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Libro N° 6033. Illión 1. El Asedio. Simmons, Dan.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6033. Illión 1. El Asedio. Simmons, Dan. Emancipación. Mayo 25 de 2019.

Título original: © Ilium

 

Versión Original: © Illión 1. El Asedio. Dan Simmons

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Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ILLIÓN 1

El Asedio

Dan Simmons

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación

Los hoy llamados Cantos de Hyperion, formados por HYPERION (1989 - NOVA 41) y LA CAÍDA DE HYPERION (1990 - NOVA 42), son ya un hito en la moderna ciencia ficción. Unos años más tarde, les siguieron ENDYMION (1996 - NOVA 98) y EL ASCENSO DE ENDYMION (1997 - NOVA 120). Pero iba pasando el tiempo y Dan Simmons parecía haber olvidado esa temática de la ciencia ficción que tan brillante y satisfactoriamente supo abordar.

Profesional inteligente y polimorfo como pocos, Simmons se ha dedicado también, y siempre con gran éxito, a la novela de terror, género en el que cosechó sus primeros éxitos con LA CANCIÓN DE KALI (1985) o LOS VAMPIROS DE LA MENTE (1989) y, más recientemente incluso se ha dedicado a la novela de suspense y espionaje con THE CROOK FACTORY (1999) y EL BISTURÍ DE DARWIN (2000). Sólo THE HOLLOW MAN (1992), con disquisiciones casi metafísicas en torno a la telepatía y la soledad, podía, en cierta forma, emparentarse con la ciencia ficción. Y debo decir que, dado el peso relativo del mercado editorial en esos otros géneros, casi me temía que Simmons no volviera a la ciencia ficción.

Afortunadamente, me equivocaba.

Si pasaron seis años desde HYPERION a ENDYMION, otros seis han transcurrido desde el final de esa saga hasta el inicio de otra llamada incluso a superarla.

HYPERION venía a ser la reconstrucción de los Cuentos de Canterbury de Chaucer en clave de ciencia ficción, y la nueva saga, la formada por ILIÓN (2003) y OLIMPO (2004) podría definirse, a grandes rasgos la reconstrucción de la ILIADA de Homero en clave de ciencia ficción. Pero sólo a grandes rasgos: cualquier obra de Simmons incluye demasiados elementos para reducirla a una única caracterización...

Por eso, si junto a los Cuentos de Canterbury hallábamos en HYPERION un análisis de diversas culturas religiosas de la humanidad y la brillante intervención de un personaje como el poeta John Keats, en ILIÓN hay también múltiples referencias a otras obras y personajes capitales de la mejor literatura de la humanidad: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO de Marcel Proust, LA TEMPESTAD de William Shakespeare, sin olvidar el papel de esos humanos de la Tierra del futuro convertidos en émulos de los «eloi» de Herbert G. Wells (LA MÁQUINA DEL TIEMPO), eso sí, no enfrentados a ningún tipo de «morlock», pero sí bajo la atenta vigilancia y supervisión aquí de unos misteriosos Voynix de origen desconocido.

A partir de estos comentarios, algún lector que no conociera la obra de Simmons podría pensar que nos hallamos, con ILIÓN y OLIMPO, ante una obra que, siendo erudita, ha de resultar pesada e incómoda de leer. Nada más lejos de la realidad: los lectores que conocen a Simmons, recuerdan (diré que con suma satisfacción) el carácter absorbente y dinámico de todas sus novelas, escritas con las mejores y atrayentes técnicas de los best-sellers más al uso, pero dotadas de una profundidad reflexiva y emotiva mucho mayor. Simmons es uno de los mejores escritores de hoy y a sus obras me remito.

La trama de ILIÓN se estructura en torno a tres grandes ejes. Por una parte está esa épica aventura del asedio y conquista de Troya (Ilión), presenciada con el distanciamiento que proporcionan los comentarios de un observador como el escolástico Thomas Hockenberry. Se trata de un personaje misteriosamente revivido y presente en este Marte cuyo Monte Olimpo se ha convertido en la morada de los posthumanos quienes, gracias a su tecnología, se comportan como los dioses de la saga homérica. Curiosamente, ahora que se ha distribuido la nueva versión cinematográfica de la historia del asedio de Troya en la película de ese título dirigida por Wolfgang Petersen, es fácil constatar que la ausencia de los dioses en el film es un grave handicap (¿qué sería de la ILIADA y la ODISEA sin las intervenciones divinas?) que, afortunadamente, no lastra la novela de Simmons. La ILIADA no es sólo una historia heroica, es algo más que Homero, Simmons (éste por mediación del personaje Hockenberry) no dejan de recordarnos a cada momento: los seres humanos como marionetas en las manos de unos dioses que a veces tienen comportamientos y motivaciones sumamente humanos...

Si la reconstrucción de la aventura homérica en clave de ciencia ficción puede ser el eje central de la trama, lo cierto es que Simmons proporciona otros ejes temáticos con los que enlaza con otras obras también indiscutibles de la historia de la literatura. En nuestro mismo sistema solar, más allá de los asteroides, viven los «moravec» (en claro homenaje al famoso robotista actual Hans Moravec), entidades robóticas semiorgánicas, independientes de los humanos desde hace tiempo. Conocedores del gran incremento de la actividad cuántica que se manifiesta en Marte, los moravecs inician una expedición de la que sólo algunos de sus miembros conocen su verdadero alcance. Eso permite a Simmons introducir a dos moravec obsesionados respectivamente con la obra de Shakespeare (los sonetos, primordialmente) y con EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO de Marcel Proust.

Y todo ello sin olvidar a esos humanos de la Tierra del futuro, que parecen aceptar gozosos y tal vez inconscientes una vida insulsa y con escaso sentido al margen de todo lo que sea lúdico. Como ya se ha dicho, se trata de un nuevo homenaje literario, en este caso a los «eloi», los ociosos personajes de LA MÁQUINA DEL TIEMPO de H.G. Wells. Dejo para los lectores interesados la búsqueda de las muchas otras referencias que la novela encierra. Es uno de los «bonos» añadidos de la misma.

Literatura dentro de la literatura, lo cierto es que, como ocurriera en HYPERION, Simmons demuestra su incuestionable maestría como narrador y su profundo conocimiento de las principales obras de los mejores escritores que le han precedido. En realidad, con un sentido casi teatral, Simmons propone un relato a tres voces que va alternando con mesura y juicio, componiendo un fresco impresionante que intriga al lector.

Como ya ocurriera con HYPERION, la separación de un año entre la publicación del original de las dos primeras partes parece casi un suplicio para el lector. En el caso de HYPERION logré evitar ese trago para el lector en español publicando en NOVA, una tras otra, las dos primeras partes, pero ahora no me he resistido a lo que me parece, según se decía, «justo y necesario», y publicamos ILIÓN, incluso antes de haber podido leer OLIMPO, la esperada continuación que ha de aparecer en el mercado estadounidense durante 2004. Aunque con Simmons, no hay ya dudas posibles: como ya ocurriera en el caso de HYPERION, es muy posible que la conclusión supere a este inmejorable inicio que es ILIÓN.

Sólo les diré, para terminar (o casi) que la premura en presentarles ILIÓN ha hecho que todavía no haya ganado el premio Hugo de 2004 en cuya lista de finalistas, lógicamente, se encuentra (acompañado, todo hay que decirlo, por algún que otro de los títulos que tenemos previstos en NOVA...). Mi pronóstico (y creo que no es en absoluto arriesgado) es que va a ser la ganadora, pero eso sólo lo sabremos con seguridad después del verano. Por este motivo ahora sólo puedo decirles que, de momento, ILIÓN es una de las novelas finalistas al premio Hugo de 2004. Aunque es lógico esperar que obtenga éste y posiblemente muchos más premios.

Un comentario final. Personalmente me encuentro estos últimos años añorando ese interesante periodo de la narrativa cuando los autores se conformaban con escribir una buena novela de doscientas cincuenta o trescientas páginas. No es la moda actual. Y menos en la ciencia ficción.

Ahora cualquier libro se acerca peligrosamente al millar de páginas y algunos de los más recientes éxitos de NOVA lo demuestran, desde TRÁNSITO de Connie Willis a CRISIS PSICOHISTÓRICA de Donald Kinsgbury, pasando por UN ABISMO EN EL CIELO de Vernor Vinge, sin olvidar el exagerado (en todos los sentidos) CRIPTONOMICÓN de Neal Stephenson y sus dilatadas continuaciones.

Eso crea graves problemas en las ediciones en algunas lenguas que tienden a una mayor extensión que el inglés original. Y el español es una de ellas. Aunque inicialmente planeábamos publicar ILIÓN en un sólo volumen, al ver la extensión de la traducción hemos acabado publicando la obra en dos volúmenes al igual que se ha hecho en Italia y como, muy posiblemente, se haga también en Francia. Esa dilatada extensión y las bajas tiradas de la ciencia ficción en algunos países europeos como España explican esa mala costumbre en la que hemos incurrido la mayoría de editores europeos de ciencia ficción en concreto, al menos en los últimos años. Debo reconocer que no me gusta tener que hacerlo, pero la realidad, y sus presiones, es la que acaba decidiendo.

En cualquier caso, de momento, aquí tienen ustedes la primera parte de ILIÓN (que titulamos EL ASEDIO, como se ha hecho en Italia) y, en dos o tres meses, esperamos poder poner a su alcance la segunda parte, LA REBELIÓN (¡y vaya rebelión...! se lo advierto), siguiendo también la senda marcada por el editor italiano.

Y nada más por ahora. Les dejo con la amena y a la vez compleja narración que Simmons ha elaborado para su regreso, por la puerta grande, a la mejor ciencia ficción de todos los tiempos. Tal vez porque se ha convertido en un tópico decir que el mayor pecado de los españoles es la envidia, no me molesta reconocer que envidio (¡y mucho!) a Simmons su excepcional maestría de narrador. Y sólo me conformo y lo soporto gracias a la gran satisfacción que me produce leer novelas como ILIÓN. Una gozada. De verdad. Que ustedes la disfruten.

MlQUEL BARCELÓ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta novela está dedicada al Wabash College: a sus hombres, su facultad y su legado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras tanto la Mente, de placer mermada,

se retira a la felicidad.

La Mente, ese Océano donde cada especie

busca con afán su parecido;

y sin embargo crea, trascendiéndolos,

muchos otros Mundos, y otros Mares;

aniquilando todo lo que está hecho

en un verde Pensamiento, en una verde Sombra.

 

Andrew Marvell, The Garden

 

 

Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes.

 

AQUILES,

La Iliada, Canto Noveno, 405-409

 

 

Un corazón amargo que deja pasar el tiempo y muerde.

Robert Browning, Caliban upon Setebos

 

 

Agradecimientos

Aunque consulté muchas traducciones de la Iliada durante la preparación de esta novela, me gustaría expresar mi particular reconocimiento a los siguientes traductores de la obra al inglés: Robert Fagles, Richmond Lattimore, Alexander Pope, George Chapman, Robert Fitzgerald y Alien Mandelbaum. La belleza de sus traducciones es manifiesta y su talento va más allá de la comprensión de este autor.

En lo que se refiere a la poesía derivada o la imaginativa prosa relacionadas con la Iliada, que ayudaron a dar forma a este volumen, me gustaría agradecer especialmente el trabajo de W. H. Auden, Robert Browning, Robert Graves, Christopher Logue, Robert Lowell y lord Tennyson

En relación con la investigación y los comentarios sobre la Iliada y Homero, me gustaría reconocer el trabajo de Bernard Knox, Richmond Lattimore, Malcom M. Willcock, A. J. B. Wace, F. H. Stubbings, C. Kereny y los miembros de la scholia homérica, demasiado numerosos para mencionarlos a todos.

En lo referido a sus inteligentes comentarios sobre Shakespeare y el Caliban Upon Setebos de Robert Browníng, agradezco los escritos de Harold Bloom, W. H. Auden y los editores de la Northon Anthology of English Literature. Por su valiosa aportación a la interpretación de Auden sobre Caliban Upon Setebos y otros aspectos de Caliban, remito a los lectores a Later Auden, de Edward Mendelson.

Las reflexiones de Mahnmut sobre los sonetos de Shakespeare fueron guiadas principalmente por el maravilloso libro The Art of Shakespeare's Sonnets, de Helen Vendler.

Muchos de los comentarios de Orphu de Io sobre la obra de Marcel Proust fueron inspirados por Proust Way: A Field Guide to In Search of Lost Time, de Roger Shattuck.

A los lectores interesados en emular el irresistible amor de Mahnmut por Shakespeare, les recomendaría Shakespeare: The Invention of the Human, de Harold Bloom, y Me and Shakespeare: Adventures with the Bard, de Herman Gollob.

Por los mapas detallados de Marte (antes de la terraformación), tengo una enorme deuda de gratitud con la NASA, el Jet Propulsión Laboratory y el libro de la National Geographic Society, editado por Paul Raeburn y con prólogo y comentarios de Matt Golombeck, Uncovering the Secrets of the Red Planet. La revista Scientific American ha sido una rica fuente de detalles, y debo dar las gracias por sus artículos «The Hidden Ocean of Europa», de Robert T. Pappalardo, James W. Head y Ronald Greeley (octubre de 1999), «Quantum Teleportation», de Antón Zeilinger (abril de 2000) y «How to Build a Time Machine», de Paul Davies (septiembre de 2002).

Por último, doy las gracias a Clee Richeson por los detalles acerca de cómo construir un horno de fundición con cúpula de madera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 - Las llanuras de Ilión

 

Cólera.

Canta, oh, Musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, asesino, ejecutor de hombres destinados a morir, canta la cólera que costó a los aqueos tantos buenos hombres y envió tantas almas vitales y valerosas a la temible Casa de la Muerte. Y de paso, oh, Musa, canta la cólera de los propios dioses, tan petulantes y poderosos aquí en su nuevo Olimpo, y la cólera de los posthumanos, muertos y desaparecidos como parecían, y la cólera de los pocos humanos auténticos que quedan, por ensimismados e inútiles que puedan haberse vuelto. Mientras estás cantando, oh, Musa, canta también la cólera de esos seres pensativos sintientes, serios pero no del todo humanos que soñaban bajo los hielos de Europa, morían en la ceniza sulfurosa de Io y nacían en los fríos pliegues de Ganímedes.

Oh, y cántame, oh, Musa, a mí el pobre Hockenberry, nacido contra su voluntad... el pobre y muerto Thomas Hockenberry, doctorado en clásicas, Hockenbush para los amigos, amigos convertidos en polvo en un mundo ya olvidado. Canta mi cólera, sí, mi cólera, oh, Musa, por pequeña e insignificante que pueda ser esa cólera en comparación con la furia de los dioses inmortales, o con la ira del aniquilador de dioses, Aquiles.

Pensándolo bien, oh, Musa, no cantes nada de mí. Te conozco. Te he servido, oh, Musa, incomparable zorra. Y no me fío de ti, oh, Musa. Ni pizca.

Si voy a ser el coro reacio de esta historia, entonces puedo empezar por donde quiera. Elijo empezar por aquí.

Es un día como cualquier otro de los más de nueve años transcurridos desde mi renacimiento. Me despierto en los barracones de Escolo, ese lugar de arena roja y cielo azul y grandes rostros de piedra. Convocado por la musa, olisqueado y aprobado por los asesinos cerbéridos y transportado diligentemente veinticinco kilómetros en vertical hasta las verdes cumbres del Olimpo por la escalera mecánica de cristal a gran velocidad, (una vez en la mansión vacía de la musa) me entrega la misión el escólico saliente de guardia, me pongo mis ropas mórficas y la armadura de impacto, me coloco al cinto el bastón táser y luego me TCeo a las llanuras nocturnas de Ilión.

Si alguna vez han imaginado el asedio de Ilión, como yo hice profesionalmente durante más de veinte años, tengo que decirles que su imaginación, casi con toda certeza, no estaba a la altura de la tarea. La mía no lo estaba. La realidad es mucho más maravillosa y terrible de lo que incluso el poeta ciego nos haría ver.

Primero está la ciudad, Ilión, Troya, una de las grandes polis armadas del mundo antiguo: a más de cuatro kilómetros de distancia desde la playa donde ahora me encuentro pero aún visible y hermosa y dominando desde su terreno elevado, con sus vertiginosas murallas iluminadas por miles de antorchas y hogueras, sus torres no tan vertiginosas como Marlowe nos hizo creer, pero todavía sorprendentes: altas, redondeadas, extrañas, imponentes.

Allí están los aqueos y dánaos y otros invasores: técnicamente no son todavía «griegos», ya que esa nación no existirá hasta dentro de dos mil años, pero los llamaré griegos de todas formas. Cubren kilómetro tras kilómetro a lo largo de la costa. Cuando yo enseñaba la Iliada, les contaba a mis estudiantes que la Guerra de Troya, a pesar de toda su gloria homérica, no había sido probablemente en realidad más que un asunto menor: unos cuantos miles de guerreros griegos contra unos cuantos miles de troyanos. Incluso los miembros mejor informados de la scholia (el grupo de expertos en la Iliada que se remonta hasta hace casi dos mil años) estimaron a partir del poema que no podrían haber acudido más de cincuenta mil aqueos y otros guerreros griegos en sus naves negras.

Se equivocaban. Las estimaciones demuestran ahora que hay más de doscientos cincuenta mil griegos invasores y aproximadamente la mitad de troyanos defensores y sus aliados. Evidentemente todos los héroes guerreros de las Islas Griegas vinieron corriendo a la batalla (por el saqueo), y trajeron a sus soldados y aliados y criados y esclavos y concubinas consigo.

El impacto visual es sorprendente: kilómetro tras kilómetro de tiendas iluminadas, hogueras, defensas de estacas afiladas, kilómetros de zanjas cavadas en el duro terreno de las playas (no para ocultarse y resistir, sino como defensa contra la caballería troyana) e, iluminando todos esos kilómetros de tiendas y hombres y brillantes lanzas y escudos pulidos, miles de hogueras y fuegos de campamento y piras funerarias.

Piras funerarias.

Durante las últimas semanas, la enfermedad ha asolado las filas griegas, diezmando primero burros y perros, y luego abatiendo a un soldado aquí, un criado allá, hasta que, de repente, en los diez últimos días se ha convertido en una epidemia, y ha acabado con más héroes aqueos y dánaos de lo que han hecho en meses los defensores de Ilión. Sospecho que se trata de tifus. Los griegos están seguros de que es la ira de Apolo.

He visto a Apolo de lejos (tanto en el Olimpo como aquí), y es un tipo muy desagradable. Apolo es un dios guerrero, señor del arco plateado, «el que golpea desde lejos», y aunque es el dios de las curaciones, también es el dios de las enfermedades. Más que eso, es el principal aliado divino de los troyanos en esta batalla, y si pudiera salirse con la suya, los aqueos serían aniquilados. Proceda este tifus de los ríos llenos de cadáveres y demás aguas contaminadas o del arco plateado de Apolo, los griegos tienen razón al pensar que se la tiene jurada.

En este momento los «señores y reyes» aqueos (y cada uno de estos griegos es una especie de rey o señor en su propia provincia y a sus propios ojos) se reúnen en una asamblea pública cerca de la tienda de Agamenón para decidir un curso de acción que acabe con esta plaga. Me acerco despacio, casi reacio, aunque después de más de nueve meses de dedicar aquí mi tiempo, esta noche debería ser el momento más excitante de mi larga observación de esta guerra. Esta noche comienza en realidad la Iliada de Homero.

Oh, he sido testigo de muchos elementos del poema de Homero poéticamente desplazados en el tiempo, como el llamado «catálogo de naves», el listado de todas las fuerzas griegas congregadas, recogido en el Canto Segundo de la Iliada pero cuya reunión presencié hace nueve años durante los preparativos de esta expedición militar en Aulide, en el estrecho entre Eubea y el territorio griego. O la Epipolesis, la revista que pasó Agamenón al ejército, que tiene lugar en el Canto Cuarto de la epopeya de Homero pero que presencié poco después de que los ejércitos desembarcaran aquí, cerca de Ilión. Sucedió a este hecho lo que yo solía enseñar como la Teichoskopia, o «Vista desde la muralla», el momento en que Helena identifica a los diversos héroes griegos para Príamo y los otros líderes troyanos. La Teichoskopia, pertenece al Canto Tercero del poema, pero tuvo lugar después del desembarco y de la Epipolesis en el transcurso real de los acontecimientos.

Si es que hay un transcurso real de los acontecimientos.

En todo caso, esta noche se celebra la reunión en la tienda de Agamenón y tendrá lugar la confrontación entre Agamenón y Aquiles. Es aquí donde empieza la Iliada, y debería ser el centro de mis energías y mi habilidad profesional, pero la verdad es que me importa un carajo. Que posen. Que griten. Que Aquiles eche mano a la espada. Bueno, confieso que me interesa observar eso. ¿Aparecerá de verdad Atenea para detenerlo, o fue sólo una metáfora para explicar que es el sentido común de Aquiles el que intervino? He esperado toda mi vida para responder a esa pregunta y la respuesta está sólo a unos minutos de distancia, pero, extraña, irrevocablemente... me... importa... un... carajo.

Los nueve años de doloroso renacimiento y lenta memoria regresan y la constante guerra y las constantes poses heroicas, por no mencionar mí propia esclavitud en manos de los dioses y la musa, se han cobrado su precio. Me sentiría completamente feliz si apareciera ahora un B-52 y dejara caer una bomba atómica sobre griegos y troyanos por igual. Al carajo todos estos héroes y los carros de madera en los que se desplazan.

Pero avanzo hacia la tienda de Agamenón. Éste es mi trabajo. Si no observo esto y hago mi informe para la musa, mi situación continuará siendo la misma. Los dioses me reducirán a astillas de hueso y ADN polvoriento y me recrearán a partir de ellos y eso, como ellos dicen, será todo.

 

 

 

2 - Ardis Hills, Ardis Hall

 

Daeman se faxeó a estado sólido cerca de la casa de Ada y parpadeó estúpidamente al ver el sol rojo en el horizonte. El cielo estaba limpio de nubes y el ocaso ardía entre los altos árboles de la cordillera y hacía brillar el anillo-p y el anillo-e mientras rotaban en el cielo cobalto. Daeman se sentía desorientado porque era por la tarde y sólo un segundo antes, cuando se había faxmarchado de la fiesta del Segundo Veinte de Toby en Ulanbat, era de día. Habían pasado años desde la última vez que visitara la casa de Ada, y a excepción de en los casos de amigos a quienes visitaba regularmente (Sedman en París, Ono en Bellinbad, Risir en su casa en los acantilados de Chom, y pocos más), nunca había tenido ni idea de en qué continente o zona horaria se encontraría. Pero claro, Daeman no conocía los nombres ni las posiciones de los continentes, mucho menos los conceptos de geografía o zonas horarias, así que su propia falta de conocimiento no significaba nada para él.

Seguía siendo algo que desorientaba. Había perdido un día. ¿O lo había ganado? En cualquier caso, el aire olía distinto aquí: más húmedo, más rico, más salvaje.

Daeman miró en derredor. Se encontraba en el centro de un fax-nódulo genérico: el círculo habitual de permfalto con postes de hierro rematados por una pérgola de cristal amarillo y cerca del centro del círculo, el poste que sostenía el inevitable signo codificado que no podía leer. No había ninguna otra estructura visible en el valle, sólo hierba, árboles, un arroyo en la distancia, la lenta revolución de ambos anillos cruzándose como el soporte cardánico de un grandioso y lento giroscopio.

Era una tarde cálida, más húmeda que en Ulanbat, y el faxpad estaba situado en un prado rodeado de colinas bajas. A tres metros del círculo había un antiguo carricoche abierto de una sola rueda, para dos personas, con un servidor igualmente antiguo que flotaba sobre el hueco del conductor y un único voynix de pie entre las varas de madera.

Había pasado más de una década desde que Daeman visitara por última vez Ardis Hall, pero ahora recordó la tremenda incomodidad de todo aquello. Absurdo, no tener tu casa en un fax-nódulo.

—¿Daeman Uhr? —inquirió el servidor, aunque obviamente sabía quien era.

Daeman gruñó y le tendió su ajada maleta Gladstone. El diminuto servidor se acercó flotando, recogió el equipaje con sus cuernos acolchados y lo cargó en el carruaje mientras Daeman subía a bordo.

—¿Esperamos a alguien más?

—Usted es el último invitado —repuso el servidor. Zumbó hasta su hueco hemisférico y chasqueó una orden. El voynix se enganchó a las varas y empezó a trotar hacia el sol poniente; sus oxidadas patas y la rueda del carruaje apenas levantaron polvo sobre el camino de grava. Daeman se acomodó en el cuero verde, apoyó ambas manos en su bastón y disfrutó del viaje.

Había venido no a visitar a Ada sino a seducirla. Esto era lo que hacía Daeman: seducir a mujeres jóvenes. Eso y coleccionar mariposas. El hecho de que Ada tuviera veintitantos años y Daeman se acercara a sus Segundos Veinte no suponía ninguna diferencia para él. Ni el hecho de que Ada fuera su prima hermana. Los tabúes sobre el incesto habían acabado hacía mucho tiempo. «Deriva genética» no era ni siquiera un concepto para Daeman, pero si lo hubiera sido, se habría confiado a la fermería para que lo arreglara. La fermería lo arreglaba todo.

Daeman había visitado Ardis Hill diez años antes en su papel de primo, para tratar de seducir a la otra prima de Ada, Virginia, por puro aburrimiento, puesto que Virginia tenía el atractivo de un voynix, cuando vio por primera vez a Ada desnuda. Caminaba por uno de los interminables pasillos de Ardis Hall en busca del conservatorio del desayuno cuando pasó ante la habitación de la joven. La puerta estaba entornada, y allí, reflejada en un alto espejo estaba Ada, bañándose ante una palangana con una esponja y expresión levemente aburrida (Ada era muchas cosas, pero Daeman había descubierto que no tendía al exceso de higiene). Su reflejo, el de esta mujer joven saliendo de la crisálida de su infancia, había sobresaltado al joven adulto que era sólo un poco mayor que Ada en la actualidad.

Incluso entonces, con la redondez de la infancia todavía presente en sus caderas y muslos y sus pechos de pezones en flor, Ada era una visión que merecía la pena contemplar. Pálida (la piel de la muchacha conservaba un suave tono blanco de pergamino no importaba cuánto tiempo estuviera al aire libre), de ojos grises, labios de frambuesa y pelo negro-negro que era el sueño de un erotómano aficionado. La moda era entonces que las mujeres se depilaran los sobacos, pero ni la joven Ada ni (según esperaba sinceramente Daeman) la adulta habían prestado más atención a eso que a la mayoría de las otras tendencias culturales. Congelado en el alto espejo (y clavado y montado en la bandeja de colección de la memoria de Daeman) estaba aquel cuerpo todavía infantil pero ya voluptuoso, de grandes pechos pálidos, piel cremosa, ojos atentos, con toda su palidez resaltada por cuatro matas de pelo negro: el signo curvo de interrogación del cabello, que llevaba cuidadosamente recogido excepto cuando jugaba, que era la mayor parte del tiempo; las dos comas bajo sus brazos, y el perfecto signo de exclamación negro (inmaduro aún para ser un delta) que conducía a las sombras entre sus muslos.

En el carruaje, Daeman sonrió. No tenía ni idea de por qué Ada lo había invitado a su fiesta de cumpleaños después de todo aquel tiempo (o a la de los Veinte de quien lo estuviera celebrando) pero confiaba en seducir a la joven antes de faxear de vuelta a su mundo real de fiestas y largas visitas y asuntos esporádicos con mujeres más mundanas.

El voynix trotaba sin esfuerzo, tirando del carricoche con sólo el susurro de la grava en el suelo y el suave zumbido de los antiguos giroscopios en el cuerpo del carruaje. Las sombras se extendían por el valle, pero el estrecho carril subía la montaña, captaba los últimos rayos del sol (partidos por el siguiente pico al oeste) y luego descendía hasta un valle más amplio entre campos de cultivo. Los servidores revoloteaban sobre los sembrados, pensó Daeman, como pelotas de croquet levitando.

La carretera se desvió hacia el sur (a la izquierda para Daeman), cruzó un río por un puente cubierto de madera y prosiguió a lo largo de una colina aún más empinada para internarse en un viejo bosque. Daeman recordaba vagamente haber ido en busca de mariposas por aquel bosque hacía diez años, el mismo día en que vio a Ada desnuda en el espejo. Recordó su excitación al capturar un raro ejemplar de capa llorosa cerca de una cascada, el recuerdo mezclado con la excitación de ver la pálida piel y el pelo negro de la muchacha. Recordó la mirada que le dirigió el reflejo de Ada cuando el pálido rostro se alzó tras sus abluciones (desinteresada, ni complacida ni furiosa, inmodesta pero no descarada, vagamente clínica), y miró a Daeman, petrificado a sus veintisiete años por la lujuria, de la misma forma en que el propio Daeman estudió a su capa llorosa fruto de su captura.

El carruaje se acercaba a Ardis Hall. Estaba oscuro bajo los viejos robles y olmos y álamos de la cima de la colina, pero habían emplazado linternas amarillas a lo largo del camino y se veían filas de linternas de colores en el bosque primigenio, quizá senderos marcados.

El voynix dejó atrás la arboleda y una visión crepuscular se abrió ante ellos: Ardis Hall brillando en la cima de la colina; blancos senderos y caminos de grava serpenteando en todas direcciones; el gran jardín herbáceo extendiéndose desde la mansión a lo largo de más de medio kilómetro antes de finalizar en otro bosque; el río más allá, reflejando todavía la luz moribunda del cielo, y a través de una abertura en las montañas, al sur, atisbos de picos boscosos (negros, carentes de luz) y luego más montañas más allá, hasta que las negras cordilleras se mezclaban con las nubes oscuras del horizonte.

Daeman se estremeció. No había recordado hasta ese momento que el hogar de Ada estaba cerca de los bosques de dinosaurios de aquel continente, fuera cual fuese. Recordó haberse sentido aterrado durante su visita previa, aunque Virginia y Vanessa y todos los demás le habían asegurado que no había ningún dinosaurio peligroso en setecientos kilómetros a la redonda. Todos lo habían tranquilizado, es decir, todos menos Ada, que con sus quince años apenas lo había mirado con aquella expresión calculadora y levemente divertida que pronto identificó como su expresión habitual. Entonces habían hecho falta las mariposas para que se atreviera a dar un paseo al aire libre. Ahora haría falta algo más. Aunque sabía que era perfectamente seguro con los servidores y voynix alrededor, Daeman no tenía ganas de ser devorado por un reptil extinto y despertar en la fermería con el recuerdo de esa indignidad.

El olmo gigante de la falda de Ardis Hall había sido adornado con docenas de linternas; unas antorchas cubrían el camino circular y los senderos de grava blanca que iban de la casa al patio. Unos centinelas voynix montaban guardia en los setos del camino y en los lindes de los oscuros bosques. Daeman vio que habían dispuesto una larga mesa cerca del olmo (las antorchas fluctuaban con la brisa de la noche alrededor del lugar de la fiesta), y que unos cuantos invitados iban congregándose para cenar. Daeman también advirtió complacido con su habitual esnobismo que la mayoría de los hombres todavía vestían túnicas blandas, albornoces y trajes de tarde de color tierra, un estilo que había pasado de moda hacía meses en los círculos sociales más importantes que Daeman frecuentaba.

El voynix recorrió el camino circular hasta las puertas de Ardis Hall, se detuvo ante un rayo de luz que brotaba de aquellas puertas y soltó las varas del carricoche tan suavemente que Daeman ni siquiera lo notó. El servidor revoloteó para recoger su maleta mientras Daeman se apeaba, contento de sentir los pies en el suelo, todavía un poco mareado por el faxeo del día.

Ada abrió la puerta y bajó las escaleras para saludarlo. Daeman se detuvo en seco y sonrió estúpidamente. Ada no era sólo más hermosa de lo que recordaba: era más hermosa de lo que hubiese podido imaginar.

 

 

 

3 - Las llanuras de Ilión

 

Los comandantes griegos están reunidos ante la tienda de Agamenón, hay un puñado de mirones interesados, y la discusión entre Agamenón y Aquiles está poniéndose al rojo vivo.

Debería mencionar que a estas alturas me he morfeado en la forma de Biante, no el capitán peleo del mismo nombre que lucha en las filas de Néstor, sino el capitán que sirve a Menesteo. Este pobre ateniense está enfermo de tifus y, aunque sobrevivirá para combatir en el Canto Decimotercero, rara vez sale de su tienda, que está lejos, costa abajo. Por su grado de capitán, Biante tiene peso suficiente para que los lanceros y curiosos le dejen paso, permitiéndome acceder al círculo central. Pero nadie esperará que Biante hable durante el inminente debate.

Me he perdido la mayor parte del episodio en que Calcante, hijo de Téstor y el «más claro de todos los adivinos», les ha dicho a los aqueos el verdadero motivo de la ira de Apolo. Otro capitán allí presente me susurra que Calcante ha solicitado inmunidad antes de hablar, exigiendo que Aquiles le protegiera si a los reyes y jefes congregados no les gustaba lo que iba a decir. Aquiles ha estado de acuerdo. Calcante le ha dicho al grupo lo que ya sospechaba, que Crises, el sacerdote de Apolo, había suplicado el regreso de su hija cautiva, y que la negativa de Agamenón había enfurecido al dios.

Agamenón se ha enfadado por la interpretación de Calcante.

—Suelta cagarrutas cuadradas de cabra —susurra el capitán, con risa que huele a vino. El capitán, a menos que yo esté equivocado, se llama Oro y caerá a manos de Héctor dentro de unas semanas cuando el héroe troyano empiece a masacrar aqueos a puñados.

Oro me cuenta que Agamenón ha accedido hace unos minutos a devolver a la muchacha esclava, Criseida.

«La prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa», ha gritado Agamenón Atrida, pero entonces el rey ha exigido como recompensa una cautiva igualmente hermosa. Según Oro, que es un bocazas, Aquiles ha gritado: «Espera un momento, Agamenón, el más codicioso de todos los hombres.» Ha dicho que los argivos, otro nombre más para los aqueos, los dánaos, los malditos griegos con tantos nombres, no estaban dispuestos a entregar más botín a su jefe por el momento. Algún día, si la marea de la batalla se pone de nuevo a su favor, ha prometido Aquiles el ejecutor de hombres, Agamenón tendrá a su chica. Mientras tanto, le ha dicho a Agamenón que devuelva a Criseida a su padre y que cierre el pico.

—En ese punto el señor Agamenón, hijo de Atreo, ha empezado a cagar cabras enteras —ríe Oro, hablando tan fuerte que varios capitanes se vuelven a mirarnos con el ceño fruncido.

Yo asiento y miro hacia los círculos interiores. Agamenón como siempre, está en el centro de todo. El hijo de Atreo parece un comandante supremo de la cabeza a los pies: alto, la barba recogida en rizos clásicos, el ceño de un semidiós y ojos penetrantes, músculos aceitados, vestido con los atuendos más hermosos. Directamente frente a él en el círculo está Aquiles. Más fuerte, más joven, aún más hermoso que Agamenón, Aquiles desafía toda descripción. Cuando lo vi por primera vez en el «catálogo de naves», hace más de nueve años, pensé que Aquiles tenía que ser el humano más parecido a un dios entre todos estos hombres que parecían dioses, tan impresionantes eran su físico y su presencia. Desde entonces, he advertido que a pesar de toda su belleza y poder, Aquiles es relativamente estúpido: una especie de Arnold Schwarzenegger pero infinitamente más guapo.

Alrededor de este círculo interno están los héroes sobre los que me pasé décadas enseñando en mi otra vida. No decepcionan cuando uno se los encuentra en carne y hueso. Cerca de Agamenón, pero obviamente no de su parte en la discusión que ahora está en alza, se encuentra Odiseo. Es una cabeza más bajo que Agamenón, pero más ancho de torso y hombros, y se mueve entre los señores griegos como un carnero entre las ovejas; la inteligencia y la habilidad se le notan en los ojos y han marcado las arrugas de su rostro ajado. Nunca he hablado con Odiseo, pero anhelo hacerlo antes de que esta guerra se acabe y él se marche a sus viajes.

A la derecha de Agamenón esta su hermano menor, Menelao, el marido de Helena. Ojalá tuviera yo un dólar por cada vez que he oído a uno de los aqueos murmurar que si Menelao hubiera sido mejor amante (si hubiera tenido una polla más grande, fue como lo expresó crudamente Diomedes a un amigo hace unos tres años); en ese caso Helena no se hubiese fugado con Paris a Ilión y los héroes de las islas griegas no habrían malgastado los últimos nueve años en aquel maldito asedio. A la izquierda de Agamenón está Orestes, no el hijo de Agamenón, que se quedó en casa, malcriado, y que algún día vengará el asesinato de su padre y se ganará su propia obra teatral, sino sólo un leal lancero del mismo nombre que morirá a manos de Héctor durante la siguiente gran ofensiva troyana.

Detrás del rey Agamenón está Euríbates, el heraldo de Agamenón... que no hay que confundir con Euríbates, que es el heraldo de Odiseo. Junto a Euríbates se encuentra el hijo de Ptolomeo, Eurimedonte, auriga de Agamenón... y a quien no hay que confundir con el menos guapo Eurimedonte que es el auriga de Néstor (a veces admito que cambiaría gustoso todos estos gloriosos patronímicos por unos cuantos apellidos sencillos).

También en la mitad del semicírculo de Agamenón están esta noche Ayax el Grande y Ayax el Pequeño, comandantes de las tropas de Salamina y la Lócride. A estos dos nunca los confunden, excepto por el nombre, ya que Ayax el Grande parece un delantero de la Liga Nacional de Fútbol y Ayax el Pequeño un raterillo. Eurílao, tercero en el mando de los combatientes de Argólide, se halla junto a su jefe, Estenéleo, un hombre que cecea tanto que ni siquiera es capaz de pronunciar su propio nombre. El amigo de Agamenón y el comandante supremo de los combatientes de Argolis, el sincero Diomedes también está aquí, no muy feliz esta noche, con la vista fija en el suelo y cruzado de brazos. El viejo Néstor («el claro orador de Pilos»), se encuentra cerca de la mitad del círculo interno y parece aún menos feliz que Diomedes mientras Agamenón y Aquiles se encrespan y se insultan.

Si las cosas suceden tal como las relata Homero, Néstor hará su gran discurso dentro de unos pocos minutos, tratando en vano de avergonzar tanto a Agamenón como al furioso Aquiles para que se reconcilien antes de que su ira sirva a los troyanos, y confieso que quiero oír el discurso de Néstor aunque sólo sea por la referencia que hace a la antigua guerra contra los centauros. Los centauros me han interesado siempre y Homero hace que Néstor hable de ellos y de la guerra contra ellos de manera casual: los centauros son una de las dos únicas bestias mitológicas que se mencionan en la Iliada. Otra es la quimera. Anhelo escucharle hablar de los centauros, pero mientras tanto me mantengo apartado de los ojos de Néstor, ya que la identidad que estoy morfeando (Biante) es uno de los subordinados del viejo, y no quiero que me haga hablar. Ahora no hay peligro: la atención de Néstor y la de todos está enfocada en el intercambio de duras palabras y rencor entre Agamenón y Aquiles.

Junto a Néstor, y obviamente sin aliarse con ningún líder, está Menesteo (que morirá a manos de París dentro de unas semanas si las cosas van como cuenta Homero). Veo también a Eumelo, líder de los tesalianos de Feras; a Polixeno, caudillo de los epeos; a Talpio, el amigo de Polixeno; a Toante, comandante de los etolos; a Leonteo y Polipetes con sus peculiares atuendos argisanos; también a Macaón y su hermano Podalirio con unos cuantos tenientes tesalios entre ambos; al querido amigo de Odiseo, Leuco, destinado a morir dentro de unos días a manos de Antifo, y a otros que he llegado a conocer bien a lo largo de los años, no sólo de vista sino por el sonido de sus voces, además de por sus formas distintas de combatir y alardear y hacer ofrendas a los dioses. Por si no lo he mencionado todavía, diré que los griegos aquí congregados no hacen nada a medias: aplican al máximo sus capacidades, cada esfuerzo convertido en lo que un erudito del siglo XXI llamó «el riesgo total del fracaso».

Frente a Agamenón y a la derecha de Aquiles se encuentran Patroclo, el mejor amigo del ejecutor, cuya muerte a manos de Héctor desencadenará la auténtica cólera de Aquiles y la mayor masacre de la historia de la guerra, y Tiepólemo, el hermoso hijo del mítico héroe Heracles, que huyó de casa después de matar al tío de su padre, que pronto morirá a manos de Sarpedón. Entre Tiepólemo y Patroclo se ha colocado el viejo Fénix (amigo querido y antiguo tutor de Aquiles); susurra al hijo de Diocles, Orsíloco, que morirá muy pronto a manos de Eneas. A la izquierda del furioso Aquiles se encuentra Idomeneo, amigo mucho más íntimo del ejecutor de lo que daba a entender el poema.

Hay otros héroes en el círculo interno, por supuesto, además de incontables más en la muchedumbre que tengo detrás, pero ya captan la idea. Nadie carece de nombre, ni en el poema épico de Homero ni en la realidad diaria de estas llanuras de Ilión. Cada hombre lleva consigo el nombre de su padre, su historia, sus tierras y esposas e hijos y enseres en todo momento, en todos los encuentros marciales y retóricos.

Es suficiente para agotar a un simple intelectual.

—¡Muy bien, deiforme Aquiles, haces trampas a los dados, haces trampas en la guerra, haces trampas con las mujeres... y ahora intentas hacerme trampas a mi —está gritando Agamenón—. ¡Oh, no, ni hablar! No vas a engañarme así. Tienes a la esclava Briseida, tan hermosa como cualquiera de las que hemos tomado, tan hermosa como mi Criseida. ¡Quieres quedarte con tu recompensa mientras yo acabo con las manos vacías! ¡Olvídalo! Prefiero entregar el mando del ejército a Ayax, aquí presente... o a Idomeneo... o al astuto Odiseo... o a ti, Aquiles... a ti... antes de dejarme engañar.

—Hazlo pues —replica Aquiles—. Ya es hora de que tengamos un caudillo de verdad.

El rostro de Agamenón se vuelve púrpura.

—Bien. Echemos una negra nave al mar y llenémosla de remeros y de sacrificios para los dioses... llévate a Criseida si te atreves... pero tú tendrás que realizar los sacrificios, oh, Aquiles, ejecutor de hombres. Pero entérate, me cobraré una recompensa... y esa recompensa será tu hermosa Briseida.

El hermoso rostro de Aquiles se contrae de furia.

—¡Insolente! ¡Vas armado de desvergüenza y cubierto de avaricia, cobarde con cara de perro!

Agamenón da un paso adelante, suelta su cetro y echa mano a la espada.

Aquiles lo imita gesto por gesto y agarra el pomo de su propia espada.

—¡Los troyanos nunca nos han hecho ningún daño, Agamenón, pero tú sí! No fueron los lanceros troyanos quienes nos trajeron a esta orilla, sino tu propia avaricia... Estamos combatiendo por ti, colosal montón de vergüenza. Te seguimos hasta aquí para recuperar tu honor de los troyanos, el tuyo y el de tu hermano Menelao, un hombre que ni siquiera puede conservar a su esposa en el dormitorio...

Menelao da un paso al frente y echa mano a su espada. Los capitanes y sus hombres gravitan en torno a un héroe u otro, así que el círculo se rompe, dividiéndose en tres campos: los que pelearán por Aquiles, los que pelearán por Agamenón, y los que están cerca de Odiseo y Néstor, que parecen lo suficientemente disgustados para matarlos a ambos.

—Mis hombres y yo nos marchamos —grita Aquiles—. Volvemos a Ptía. Es mejor ahogarse en un barco vacío de vuelta a casa, derrotado, que quedarse aquí y perder la honra llenando la copa de Agamenón y aumentando el botín de Agamenón.

—¡Bien, vete! —grita Agamenón—. ¡Adelante, deserta! Nunca te he pedido que te quedes y luches por mí. Eres un gran soldado, Aquiles, pero, ¿qué tiene eso de especial? Es un don de los dioses y no tiene nada que ver contigo. ¡Te encantan la batalla y la sangre y dar muerte a tus enemigos, así que toma a tus lánguidos mirmidones y márchate! —escupe Agamenón.

Aquiles se estremece de furia. Está claro que se siente dividido entre la urgencia por girar sobre sus talones, tomar a sus hombres y marcharse de Ilión para siempre, y el abrumador deseo de desenvainar la espada y abrir a Agamenón como si fuera una oveja sacrificada.

—Pero entérate, Aquiles —continúa Agamenón, reduciendo su grito a un terrible susurro que oyen los centenares de hombres congregados—, te quedes o te marches, renunciaré a mi Criseida porque el dios, Apolo, insiste... ¡pero me quedaré a tu Briseida a cambio, y todos los hombres sabrán cuan superior es Agamenón al niño mimado de Aquiles!

Aquí Aquiles pierde el control y desenvaina su espada. Así podría haber terminado la Iliada, con la muerte de Agamenón o la muerte de Aquiles, o la de ambos; los aqueos hubiesen regresado a casa, Héctor hubiese disfrutado de su vejez e Ilión hubiese permanecido en pie durante un millar de años y tal vez rivalizado con la gloria de Roma. Pero en este instante la diosa Atenea aparece tras Aquiles.

La veo. Aquiles se da la vuelta, el rostro torcido, y obviamente la ve también. Nadie más puede verla. No comprendo esta tecnología de capas de invisibilidad, pero funciona cuando yo la uso y les funciona a los dioses.

No, advierto inmediatamente, esto es algo más. Los dioses han detenido otra vez el tiempo. Es su forma favorita de hablar a sus humanos favoritos sin que los demás los oigan, pero yo lo he visto unas cuantas veces. Agamenón tiene la boca abierta (veo su saliva flotando en el aire), pero no se oye ningún sonido, no hay ningún movimiento de mandíbula ni muscular, ningún parpadeo de esos ojos oscuros. Lo mismo sucede con todos los hombres del círculo: están congelados, embelesados o abstraídos, petrificados. En el cielo, un ave marina se sostiene inmóvil en pleno vuelo. Las olas se encrespan pero no rompen en la orilla. El aire es tan denso como jarabe y todos nosotros estamos inmovilizados como insectos en ámbar. El único movimiento en este universo detenido proviene de Palas Atenea, de Aquiles y (aunque sólo se note porque me inclino hacia delante para oír mejor) de mí.

La mano de Aquiles reposa todavía en el pomo de su espada, extraída a medias de su hermosa vaina repujada, pero Atenea lo ha agarrado por el largo pelo y lo ha obligado a volverse hacia ella, así que él no se atreve a desenvainarla del todo. Hacerlo sería desafiar a la misma diosa.

Pero los ojos de Aquiles arden, más locos que cuerdos, grita en medio del denso y viscoso silencio que acompaña estas paradas temporales:

—¿Por qué? ¡Maldición, maldición, por qué ahora! ¿Por qué vienes a mí ahora, diosa, Hija de Zeus? ¿Has venido a ser testigo de mi humillación ante Agamenón?

—¡Cede! —dice Atenea.

Si nunca han visto ustedes a un dios o a una diosa todo lo que puedo decir es que son más grandes que la vida (literalmente, ya que Atenea debe medir dos metros diez), y más hermosos y sorprendentes que ningún mortal. Supongo que sus laboratorios nanotecnológicos y de ADN recombinante los hicieron así. Atenea combina cualidades de belleza femenina, presencia divina y poder puro de un modo que yo ni siquiera sabía que fuese posible antes de encontrarme devuelto a la existencia a la sombra del Olimpo.

Su mano sigue engarfiada en el pelo de Aquiles, y lo obliga a inclinar la cabeza hacia atrás y a apartarse del petrificado Agamenón y sus lacayos.

—¡Nunca cederé! —grita Aquiles. Incluso en este aire congelado que atenúa y apaga todo sonido, la voz del ejecutor de hombres es fuerte—. ¡Ese cerdo que se cree rey pagará su arrogancia con la vida!

—Cede —dice Atenea por segunda vez—. Hera, la diosa de blanca armadura me envía desde los cielos para detener tu cólera. Cede.

Puedo ver un destello de vacilación en los ojos enloquecidos de Aquiles. Hera, la esposa de Zeus, es la aliada más fuerte de los aqueos en el Olimpo y protectora de Aquiles desde su extraña infancia.

—No luches ahora —ordena Atenea—. Aparta la mano de la espada, Aquiles. Maldice a Agamenón sí quieres, pero no lo mates. Haz lo que ordenamos ahora y te prometo una cosa: sé que ésta es la verdad, Aquiles, veo tu destino y conozco el futuro de todos los mortales: obedécenos ahora y un día serán tuyos deslumbrantes regalos como recompensa por esta afrenta. Desafíanos y muere ahora mismo. Obedécenos a ambas, a Hera y a mí, y recibe tu recompensa.

Aquiles hace una mueca, se zafa, parece hosco pero vuelve a envainar la espada. Contemplarlos a Atenea y a él es como contemplar dos formas vivas entre un campo de estatuas.

—No puedo desafiaros a ambas, diosa —dice Aquiles—. Es mejor que un hombre se someta a la voluntad de los dioses, aunque su corazón se rompa de cólera. Pero es justo entonces que los dioses oigan las plegarias de ese hombre.

Atenea esboza la más leve de las sonrisas y desaparece de la existencia (TCeándose de vuelta al Olimpo) y el tiempo continúa su marcha.

Agamenón está terminando su arenga.

Con la espada envainada, Aquiles se planta en el centro del círculo.

—¡Tú, pellejo borracho! —exclama el ejecutor de hombres—. Tú con tus ojos de perro y tu corazón de ciervo. Tú, «caudillo» que nunca nos has guiado a la batalla ni has puesto emboscadas con los mejores aqueos; tú, que careces del valor para saquear Ilión y por eso debes saquear las tiendas de su ejército; tú, «rey» que gobierna sólo a los más abyectos de nosotros. Te prometo, te juro solemnemente que este día...

Los cientos de hombres que me rodean toman aire como si fueran un solo hombre, más sorprendidos de esta promesa de maldición que si Aquiles hubiera simplemente atravesado a Agamenón como a un perro.

—Te juro que algún día todos los aqueos echarán de menos a Aquiles —grita el ejecutor de hombres, tan fuerte que detiene los juegos de dados a un centenar de metros en el campamento—. ¡Todos ellos, todos tus ejércitos! Pero entonces, Atrida, por mucho que te aflijas, no podrás hacer nada para socorrerlos, aunque muchos sucumban y perezcan a manos de Héctor, ejecutor de hombres. Y ese día desgarrarás tu corazón y te lo comerás, desesperado, pesaroso por haber deshonrado al mejor de todos los aqueos.

Y con eso Aquiles se vuelve sobre su famoso talón y sale del círculo, internándose en la oscuridad entre las tiendas y levantando la grava de la playa. Tengo que admitirlo: es un mutis cojonudo.

Agamenón se cruza de brazos y sacude la cabeza. Otros hombres comentan su sorpresa. Néstor se adelanta para pronunciar su discurso de en-los-días-de-la-guerra-con-los-centauros-todos-permanecimos-juntos. Esto es una anomalía (Homero hace que Aquiles esté todavía presente cuando Néstor habla), y mi mente escólica toma nota de ello, pero mi atención está muy, muy lejos.

Es entonces, al recordar la mirada asesina que Aquiles le ha lanzado a Atenea justo antes de que ella, tirándole del pelo, lo obligara a someterse, que se me ocurre el plan de acción más audaz, más obviamente condenado al fracaso, más suicida y maravilloso. Por un instante me cuesta respirar.

—Biante, ¿te encuentras bien? —pregunta Oro, a mi lado.

Miro al hombre, desconcertado. Momentáneamente no puedo recordar quién es él ni quién es «Biante», olvidada mi propia identidad morfeada. Sacudo la cabeza y me aparto del círculo de gloriosos guerreros.

La grava cruje bajo mis pies sin el heroico eco del mutis de Aquiles. Camino hacia el agua y lejos de miradas indiscretas me despojo de la identidad de Biante. Si alguien me viera ahora vería al maduro Thomas Hockenberry, con gafas y todo, lastrado por el absurdo atuendo de un lancero aqueo, con lana y piel cubriendo mi equipo morfeador y mi armadura de impacto.

El océano está oscuro. Oscuro como el vino, pienso, pero no me hace gracia.

Tengo la abrumadora necesidad, no por primera vez, de usar mi capacidad de invisibilidad y mi arnés de levitación para salir volando de aquí, para revolotear sobre Ilión una última vez, para contemplar sus antorchas y sus habitantes condenados, y luego volar hacia el sureste a través del mar oscuro como el vino (el Egeo), hasta llegar a las islas y el continente griegos que todavía no lo son. Podría ver cómo están Clitemnestra y Penélope, y Telémaco y Orestes. El profesor Thomas Hockenberry, de niño y de hombre, siempre se llevó mejor con las mujeres y los niños que con los varones adultos.

Pero estas mujeres y niños protogriegos son más asesinos y están más sedientos de sangre que ningún varón adulto que Hockenberry conociera en su otra vida incruenta.

Dejo el vuelo para otro día. De hecho, lo descarto por completo.

Las olas llegan una tras otra, con su tranquilizadora cadencia familiar.

Lo haré. La decisión llega con la felicidad del vuelo, no, no del vuelo, sino con la excitación de ese breve instante de gravedad cero que uno pasa cuando se lanza de un lugar elevado y sabe que no va a volver a terreno sólido. Hundirse o nadar, caer o volar.

Lo haré.

 

 

 

4 - Cerca de Conamara Caos

 

El sumergible moravec de Mahnmut el europano iba tres kilómetros por delante del kraken y ganaba terreno, lo cual debería haberle dado un poco de confianza a la diminuta criatura robo-orgánica, pero como el kraken solía tener tentáculos de cinco kilómetros de largo, no lo hacía.

Era un agravio. Peor que eso, era una distracción. Mahnmut casi había terminado su nuevo análisis del Soneto 117, estaba ansioso por enviarlo por e-mail a Orphu en Io, y lo último que necesitaba era que se tragaran su sumergible. Estudió el kraken, verificó que la enorme, hambrienta y gelatinosa masa continuaba persiguiéndolo, y se interfaceó con el reactor lo suficiente para añadir otros tres nudos a la velocidad de su nave.

El kraken, que estaba literalmente fuera de pie tan cerca de la región de Conamara Caos y sus filones abiertos, no pudo mantener el ritmo. Mahnmut sabía que, mientras ambos estuvieran viajando a esa velocidad, el kraken no podría extender por completo sus tentáculos para envolver al sumergible; pero si su pequeño sub se encontraba con algo (digamos un montón grande de algas iridiscentes) y tenía que frenar, o peor aún, se quedaba atrapado en los brillantes filamentos de basura, entonces el kraken caería sobre él como un...

—Oh, bueno, maldita sea —dijo Mahnmut, abandonando cualquier intento de buscar un símil y hablando en voz alta al silencio zumbante de la estrecha cavidad medioambiental del sumergible. Sus sensores estaban conectados con los sistemas de la nave y la visión virtual le mostraba enormes masas de algas iridiscentes delante. Las brillantes colonias flotaban a lo largo de las corrientes isotérmicas, alimentándose de las venas rojizas de sulfato de magnesio que se alzaban hacia los hielos de la superficie como múltiples raíces ensangrentadas.

Mahnmut pensó sumérgete y el sumergible se zambulló otros veinte kilómetros, esquivando las colonias inferiores de algas apenas por unas docenas de metros.

El kraken se zambulló tras él. Si los kraken pudieran sonreír, éste habría estado sonriendo: era la profundidad a la que cazaba.

Reacio, Mahnmut eliminó el Soneto 116 de su campo visual y consideró sus opciones. Ser devorado por un kraken a menos de cien kilómetros de Conamara Caos Central sería embarazoso. Era culpa de aquellos malditos burócratas: tenían que limpiar sus submares locales de monstruos antes de ordenar a uno de sus exploradores moravec que se presentara a una reunión.

Podía matar al kraken. Pero sin ningún sumergible recolector en mil kilómetros a la redonda, la hermosa bestia sería reducida a pedazos y devorada por los parásitos de las colinas de algas luminiscentes, por los tiburones salinos, por los gusanos de tubo que flotaban libres y por otros krakens mucho antes de que una recolectora de la compañía pudiera acercarse. Sería un desperdicio terrible.

Mahnmut apartó su visión virtual lo suficiente para echar un vistazo a su enviro-nicho, como si un atisbo de su apretujada realidad pudiera darle una idea. Lo hizo.

En su consola, junto a volúmenes encuadernados en tafetán de Shakespeare y la edición Vendler, estaba su lámpara de lava: una bromita de su antiguo socio moravec Urtzeil, hacía casi veinte años-J.

Mahnmut sonrió y reajustó su virtual en todas las longitudes de banda. Tan cerca de Caos Central tenía que haber diapiros, y los krakens odiaban a los diapiros...

Sí. Quince kilómetros sur-sureste había un banco entero, alzándose lentamente hacia la capa de hielo tan lánguidamente como las masas de cera lo hacían en su lámpara de lava. Mahnmut fijó su rumbo hacia el diapir más cercano y aceleró otros cinco nudos para asegurarse, si había seguridad posible dentro del alcance de los tentáculos de un kraken maduro.

Un diapir no era más que una masa de hielo cálido, calentado por las corrientes de aire y las zonas gravitatorias templadas de las profundidades que se alzaba a través del mar Epsomsalt hacia la capa de hielo que una vez cubrió Europa en su totalidad y que ahora, dos mil años-t después de que llegara la compañía de trabajo criobot, aún cubría más del 98 por ciento de la Luna. Este diapir, de unos quince kilómetros de diámetro, se alzaba rápidamente acercándose a la superficie de hielo.

A los krakens no les gustaban las propiedades electrolíticas de los diapiros. Incluso evitaban tocarlos con la sonda de sus tentáculos, mucho más evitaban el contacto con sus brazos y fauces asesinas.

El sub de Mahnmut llegó a la masa en ascenso unos buenos diez kilómetros por delante del kraken perseguidor, frenó, morfeó su casco exterior para la fuerza del impacto, colocó sensores y sondas, y se hundió en la masa viscosa. Mahnmut usó sónar y EPS para comprobar las corrientes lenticulares y de navegación a unos ocho mil kilómetros sobre él: En unos minutos el diapir se fundiría con la gruesa capa de hielo, flotaría hacia arriba a través de las fisuras, lentículas y corrientes, y brotaría en una fuente de un centenar de metros de altura. Durante un breve espacio de tiempo, ese punto de Conamara Caos parecería el parque de Yellowstone de la América de la Edad Perdida, con géiseres de azufre rojo y manantiales calientes. Luego el rastro se dispersaría en la gravedad de Europa, siete veces menor que la terrestre, caería como una tormenta de nieve a cámara lenta durante kilómetros a cada lado de las lentículas de la superficie y se congelaría en la fina y artificial atmósfera de Europa (en sus cien milibares), para añadir más eflorescencias abstractas a los ya torturados campos de hielo.

Mahnmut no podía morir en términos literales (aunque en parte orgánico, «existía» más que «vivía», y lo habían diseñado para ser duro), pero decididamente no quería convertirse en parte de una fuente o en un trozo congelado de eflorescencia abstracta durante los siguientes mil años-t. Olvidó un minuto tanto al kraken como el Soneto 116 mientras realizaba los cálculos (el ascenso del diapir, el progreso del sumergible a través de la masa viscosa, el rápido acercamiento a la capa de hielo) y luego centró sus pensamientos en la sala de motores y los tanques de lastre. Si funcionaba bien, saldría por el lado sur del diapir medio kilómetro antes del impacto con el hielo y aceleraría de inmediato para una salida de emergencia justo cuando la ola de la fuente del diapir fuera forzada por la corriente. Usaría aquella aceleración de cien kilómetros por hora para mantenerse por delante del efecto fuente: el sumergible le serviría de tabla de surf durante la mitad del trayecto hasta Conamara Caos Central. Tendría que recorrer los últimos veinte kilómetros o así hasta la base sobre la superficie cuando la ola se calmara, pero no tenía otra elección. Sería una entrada bestial.

A menos que algo hubiera bloqueado la corriente por delante. O a menos que otro sumergible viniera desde Central. Eso sería embarazoso durante los pocos segundos que pasarían antes de que Mahnmut y La Dama Oscura fueran destruidos.

Al menos el kraken ya no tendría nada que ver. Los bichos repugnantes se negaban a acercarse a más de cinco kilómetros de la superficie de hielo.

Tras haber introducido todas las órdenes y sabiendo que había hecho todo lo que se le ocurría para sobrevivir y llegar a la base a tiempo, Mahnmut volvió a su análisis del soneto.

El sumergible de Mahnmut (al que había bautizado hacía tiempo como La Dama Oscura), recorrió los últimos veinte kilómetros hasta Conamara Caos Central siguiendo una corriente de un kilómetro de ancho por la superficie del mar negro bajo un cielo negro. Un Júpiter en tres cuartos asomaba, las nubes brillaban y los bancos estaban cubiertos de colores apagados mientras un diminuto Io cruzaba la cara del gigante no muy lejos del helado horizonte. A cada lado de la corriente, acantilados de hielo estriado se alzaban varios cientos de metros, sus caras peladas gris oscuro y rojo turbio contra el cielo negro.

Mahnmut se sintió nervioso mientras recuperaba el soneto de Shakespeare.

Soneto 116

No aparta a dos almas amadoras

adverso caso ni cruel porfía:

nunca mengua el amor ni se desvía,

y es uno sin mudanza a todas horas.

Es fanal que borrascas bramadoras

con inmóviles rayos desafía;

estrella fija que los barcos guía;

mides su altura, mas su esencia ignoras.

Amor no sigue la fugaz corriente

de la edad, que deshace los colores

de los floridos labios y mejillas.

Eres eterno, amor: si esto desmiente

mi vida, no he sentido tus ardores,

ni supe comprender tus maravillas.

Al cabo de tantas décadas, había llegado a odiar aquel soneto. Era una de esas cosas que los humanos recitaban en las bodas allá en la Edad Perdida. Era cursilón. Era un pasteleo. No era buen Shakespeare.

Pero encontrar los microregistros de los escritos críticos de una mujer llamada Helen Vendler (una crítica literaria que había vivido y escrito en uno de esos siglos —el XIX o el XX o el XXI; los sellos temporales del registro eran vagos en ese aspecto—), dio a Mahnmut la clave para traducir el soneto. ¿Y si el Soneto 116 no era, como había sido interpretado durante tantos siglos, una pegajosa afirmación, sino una violenta negativa?

Mahnmut volvió a repasar sus «palabras clave» anotadas en busca de apoyo. En la primera estrofa: «no, ni, nunca, ni, sin». Luego, en los dos tercetos: «no, no, ni». Reflejaban el nihilista «nunca, nunca, nunca, nunca, nunca» del rey Lear.

Era definitivamente un poema de negación. ¿Pero qué negaba?

Mahnmut sabía que el Soneto 116 formaba parte del ciclo del «Hombre joven», pero también sabía que la expresión «Hombre Joven» era poco más que un añadido de años posteriores y más recatados. Los poemas de amor no iban dirigidos a un hombre, sino «al joven»: ciertamente un muchacho, probablemente no mayor de trece años. Mahnmut había leído las críticas de la segunda mitad del siglo XX y sabía que tales «expertos» interpretaban literalmente los sonetos como auténticas cartas homosexuales del dramaturgo Shakespeare. Pero Mahnmut también sabía, por obras más eruditas de épocas anteriores y de la última parte de la Edad Perdida, que esa interpretación literal motivada políticamente era pueril.

Shakespeare había estructurado un drama en sus sonetos, Mahnmut estaba seguro de ello. «El joven» y la posterior «Dama Oscura» eran personajes de ese drama. Había tardado años en escribir los sonetos; no eran el producto del calor de una pasión, sino de la madurez creativa de Shakespeare. ¿Y qué estaba explorando en estos sonetos? El amor. ¿Y cuáles eran las «verdaderas opiniones» de Shakespeare sobre el amor?

Nadie lo sabría jamás. Mahnmut estaba seguro de que el bardo era demasiado listo, demasiado cínico, demasiado sigiloso para mostrar sus verdaderos sentimientos. Pero obra tras obra, Shakespeare describió cómo los sentimientos fuertes (incluido el amor) convertían a las personas en idiotas. Shakespeare, como Lear, amaba a sus Locos. Romeo había sido el Loco de la Fortuna, Hamlet el Loco del Destino, Macbeth el Loco de la Ambición, Falstaff... bueno, Falstaff no era el Loco de nada... pero se volvió loco por el amor del príncipe Enrique y murió con el corazón roto cuando el joven príncipe lo abandonó.

Mahnmut sabía que el «poeta» del ciclo de sonetos, que a veces aparece como «Will», no era (a pesar de la insistencia de tantos obtusos eruditos del siglo XX) el Will Shakespeare histórico sino más bien otra creación dramática del dramaturgo/poeta para explorar todas las facetas del amor. ¿Y si este «poeta» era, como el infeliz conde Orsino de Shakespeare, el Loco del Amor? ¿Un hombre enamorado del amor?

A Mahnmut le gustaba esta interpretación. Sabía que la relación de «dos almas amadoras» entre el poeta mayor y el joven, no era de carácter homosexual, sino una auténtica comunión de sensibilidades, una faceta del amor honrada en días muy anteriores a los de Shakespeare. En apariencia, el Soneto 116 era una declaración evidente de ese amor y su permanencia, pero si en realidad era una negativa...

Mahnmut vio de pronto dónde encajaba. Como tantos grandes poetas, Shakespeare empezaba sus poemas antes o después de que empezaran. Pero si éste era un poema de negación, ¿qué estaba negando? ¿Qué le había dicho el joven al poeta mayor, tan cegado de amor que necesitaba una refutación tan vehemente?

Mahnmut apartó los dedos de su manipulador primario, tomó su stylus y escribió en la placa:

Querido Will:

Por supuesto que a ambos nos gustaría que el enlace de dos almas amadoras que tenemos, ya que los hombres no pueden compartir el matrimonio sacramental de los cuerpos, fuera tan real y permanente como el verdadero matrimonio. Pero no puede ser. La gente cambia, Will. Las circunstancias cambian. Cuando las cualidades de las personas o las propias personas desaparecen, el amor desaparece también. Te amé una vez, Will. Te amé de verdad, pero has cambiado, eres distinto, y por eso ha habido un cambio en mí y una alteración en nuestro amor.

El Joven

Mahnmut miró la carta y se echó a reír, pero su risa se apagó en cuanto advirtió cómo cambiaba esto todo el Soneto 116. Ahora, en vez de una afirmación de amor perpetuo, el soneto se convertía en una violenta negativa a las calabazas del joven, en una argumentación en contra de un abandono tan egoísta. La nueva lectura del soneto era:

No, no aparta a dos almas amadoras

adverso caso ni cruel porfía (como tú afirmas):

nunca mengua el amor ni se desvía,

y es uno sin mudanza a todas horas.

Mahnmut apenas podía contener su nerviosismo. Todo en el soneto y en el ciclo entero de sonetos encajaba ahora. Quedaba poco de este amor del enlace de «dos almas amadoras» (poco más que furia, acusaciones, incriminaciones, mentiras y más infidelidades), todo lo que sería mostrado en el Soneto 126, donde «El Joven» y el amor ideal mismo serían abandonados por los placeres descarados de la «Dama Oscura». Mahnmut transfirió consciencia a su virtual y empezó a codificar una e-nota para su fiel interlocutor en la última docena de años-t. Orphu de Io.

Sonaron cláxons. Las luces parpadearon en la visión virtual de Mahnmut. Durante un segundo pensó: ¡El kraken!, pero el kraken nunca subiría a la superficie ni entraría en una corriente abierta.

Mahnmut guardó el soneto y sus notas, borró la e-nota de la cola de salida y abrió los sensores externos.

La Dama Oscura estaba a cinco kilómetros de Caos Central y en la región de control remoto de los hangares submarinos. Mahnmut dirigió la nave a la Central y estudió los acantilados de hielo que tenía delante.

Desde el exterior, Conamara Caos parecía igual que el resto de la superficie de Europa: un amasijo de cordilleras de presión que se alzaban heladas doscientos o trescientos metros, la masa de hielo bloqueando el laberinto de corrientes abiertas y lentículas negras, pero luego los signos de habitabilidad se volvían visibles: la boca negra de los hangares submarinos abriéndose, los ascensores moviéndose por la cara de los acantilados, más ventanas visibles en la superficie del hielo, luces de navegación pulsando y parpadeando en lo alto de los módulos de superficie, los habitáculos y las antenas y, muy por encima de donde el acantilado terminaba, contra el cielo negro, varias lanzaderas interlunares atracadas en la pista de aterrizaje.

Naves espaciales aquí en Caos Central. Muy inusitado. Mientras Mahnmut terminaba de atracar, fijaba en modo de espera las funciones de su nave y empezaba a separarse de los sistemas del sumergible, pensaba: ¿Para qué demonios me han llamado?

Terminado el atraque, Mahnmut revivió el trauma de limitar sus sentidos y su control a los torpes confines de su cuerpo más o menos humano y dejó la nave, caminó sobre el hielo iluminado de azul y tomó el ascensor de alta velocidad hasta los habitáculos situados en las alturas.

 

 

 

5 - Ardis Hall

 

Una comida para una docena de personas sentadas a la mesa bajo el árbol iluminado por linternas: venado y jabalí silvestre, trucha de río, ternera de los rebaños de ganado que pastaban entre Ardis y los prados lejanos, caldos de los viñedos de Ardis, maíz fresco, calabaza, ensalada y guisantes del huerto, y caviar faxeado desde algún lugar.

—¿De quién es el cumpleaños y quién cumple Veinte? —preguntó Daeman mientras los servidores repartían la comida entre la docena de comensales de la larga mesa.

—Es mí cumpleaños, pero no celebro mis Veinte —respondió el hombre guapo y de pelo rizado llamado Harman.

—¿Disculpe? —Daeman sonrió sin comprender. Aceptó un poco de calabaza y pasó el cuenco a la dama que tenía al lado.

—Harman está celebrando su cumpleaños anual —dijo Ada desde la cabecera de la mesa. Daeman estaba físicamente agotado, pero qué hermosa estaba ella con aquel bronceado y la túnica de seda negra.

Daeman sacudió la cabeza, todavía sin comprender. Los cumpleaños anuales pasaban inadvertidos, no se celebraban.

—Así que no están celebrando un Veinte cumpleaños esta noche —le dijo a Harman, haciendo un gesto con la cabeza al servidor flotante para que volviera a llenar su copa de vino.

—Pero celebro mi cumpleaños —insistió Harman con una sonrisa—. El nonagésimo noveno.

Daeman se detuvo, asombrado, y luego miró en derredor rápidamente, pensando que se trataba de una especie de broma de aquel grupo de provincianos: desde luego una broma de mal gusto. Nadie bromeaba con sus noventa y nueve años. Daeman sonrió débilmente y esperó el remate de la broma.

—Harman habla en serio. —dijo Ada animadamente. Los demás invitados guardaron silencio. Desde el bosque se oyó la llamada de las aves nocturnas.

—Yo... lo siento —consiguió decir Daeman.

—Me muero de ganas por llegar. Tengo un montón de cosas que hacer.

—Harman recorrió caminando ciento cincuenta kilómetros de la Brecha Atlántica el año pasado —dijo Hannah, la joven amiga de pelo corto de Ada.

Daeman ahora estaba seguro de que se estaban quedando con él.

—No se puede recorrer caminando la Brecha Atlántica.

—Pero yo lo hice —Harman comía maíz de la mazorca— Únicamente hice un reconocimiento. Sólo, como dice Hannah, ciento cincuenta kilómetros, y luego de vuelta a la costa norteamericana. Pero desde luego no fue difícil.

Daeman volvió a sonreír para demostrar que era un buen deportista.

—¿Pero cómo pudo llegar a la Brecha Atlántica, Harman Uhr? No hay fax-nódulos cerca.

No tenía ni idea de qué era la Brecha Atlántica, ni siquiera de qué era Norteamérica, y no estaba del todo seguro del emplazamiento del océano Atlántico, pero estaba seguro de que ninguno de los 317 fax-nódulos estaba cerca de la Brecha. Había faxceado por cada uno de aquellos nódulos más de una vez y nunca había visto la legendaria Brecha.

—Caminé, Daeman Uhr. Desde la costa oriental norteamericana, la Brecha corre directamente por el paralelo cuarenta hasta lo que los humanos de la Edad Perdida llamaban Europa. España era la última nación-estado donde llega la Brecha, creo. Las ruinas de la antigua ciudad de Filadelfia (puede que la conozca como Nódulo 124, en la mansión de Loman Uhr) está sólo a unas cuantas horas de camino de la Brecha. Si hubiera tenido valor, y hubiera llevado comida suficiente, habría podido ir caminando hasta España.

Daeman asintió y sonrió y siguió sin tener absolutamente ni idea de qué hablaba aquel tipo. Primero la obscenidad de alardear de sus noventa y nueve años, luego toda esta cháchara sobre paralelos y ciudades de la Edad Perdida y caminar. Nadie caminaba más de unos cientos de metros. ¿Para qué hacerlo? Todo lo que era de interés humano se encontraba cerca de un fax-nódulo y las pocas rarezas lejanas (como la Ardis de Ada), se podían alcanzar en carruaje o en droshky. Daeman conocía a Loman, naturalmente: recientemente había celebrado el Tercer Veinte de Ono en la cara mansión de Loman, pero todo el resto del soliloquio de Harman eran paparruchas. El hombre obviamente se había vuelto loco en sus últimos días. Bueno, el último fax a la fermería y la Ascensión pronto se encargarían de eso.

Daeman miró a Ada, su anfitriona, con la esperanza de que ella interviniera para cambiar de tema, pero Ada sonreía como si estuviera de acuerdo con todo lo que Harman había dicho. Daeman contempló la mesa en busca de ayuda, pero los otros invitados habían estado escuchando amablemente (incluso con aparente interés), como si aquella cháchara fuera parte de su regular conversación provinciana a la mesa.

—La trucha está bastante buena, ¿verdad? —le dijo a la mujer que tenía a su izquierda— ¿Estaba buena la suya?

Una mujer sentada al otro lado de la mesa, una fornida pelirroja probablemente entrada ya en su Tercer Veinte apoyó su más que prominente papada en el puño y le dijo a Harman:

—¿Cómo era? La Brecha, quiero decir.

El hombre del pelo rizado y el profundo bronceado se hizo de rogar, pero los otros miembros de la mesa (incluida la joven rubia por cuya trucha había inquirido Daeman y que había ignorado groseramente la pregunta) le pidieron a Harman que hablara. Por fin él accedió con un gracioso movimiento de la mano.

—Si nunca han visto la Brecha, es una visión fascinante desde la orilla. Tiene unos ochenta metros de ancho: una grieta que se extiende al este hasta donde alcanza la vista, estrechándose más y más hacia el horizonte hasta que parece sólo una franja brillante que se pierde allí donde el océano se encuentra con el cielo.

Caminar por ella es... un poco extraño. La arena de la playa no está húmeda al borde de la Brecha. No hay olas que la alcancen. Al principio toda tu atención se centra en uno u otro de los bordes... al internarte en sus profundidades, te das cuenta de pronto del brusco corte del agua, como una pared de cristal que separara al caminante de los vaivenes de la marea. Hay que tocar la barrera: nadie podría resistirlo. Esponjosa, invisible, cede levemente a la presión, fría por el agua que hay al otro lado, pero impenetrable. Sigues caminando sobre la arena seca... a lo largo de los siglos el fondo del mar sólo ha sentido la humedad de la lluvia, y por eso la arena y la tierra son sólidas, las criaturas y plantas marinas se han secado, disecadas hasta el punto de parecer fosilizadas.

»Una docena de metros más adelante, las paredes contenidas de agua a ambos lados se alzan por encima de tu cabeza. Las sombras se mueven en el interior. Ves peces pequeños nadando cerca de la barrera entre el aire y el mar, y luego la sombra de un tiburón, y luego el pálido brillo de una anémona, cosas flotantes que no puedes identificar del todo. A veces las criaturas marinas se acercan al borde de la Brecha, la tocan con sus frías cabezas, y luego se dan la vuelta rápidamente, como alarmadas. Un kilómetro más allá y el agua está tan por encima de tu cabeza que el cielo se vuelve más oscuro. Una docena o más de kilómetros y las paredes de agua a cada lado se alzan más de treinta metros sobre ti. Las estrellas salen en la rebanada de cielo que puedes ver, incluso de día.

—¡No! —dijo un hombre delgado de pelo rubio que estaba al extremo de la mesa. Daeman recordó su nombre: Loes—. Estás bromeando.

—No —respondió Harman—. No bromeo —sonrió de nuevo—. Caminé unos cuatro días. Dormía de noche. Volví cuando me quedé sin comida.

—¿Cómo sabías si era de día o de noche? —preguntó la amiga de Ada, la atlética joven llamada Hannah.

—El cielo es negro y las estrellas se ven en el cielo diurno —dijo Harman—, pero las franjas de océano a cada lado contienen todo el espectro de luz, de azul brillante arriba a negro oscuro en el fondo de la Brecha.

—¿Encontraste algo exótico? —preguntó Ada.

—Algunos barcos hundidos. Antiguos. De la Edad Perdida y anteriores. Y uno que podría ser... más nuevo. —Sonrió otra vez—. Fui a explorar uno de ellos: un casco enorme y oxidado que emergía de la pared norte de la Brecha, tendido sobre su costado. Entré aprovechando un agujero en el casco, subí por las escalerillas, me abrí paso por los suelos ladeados iluminándome con una pequeña linterna que llevaba, hasta que de pronto, en un espacio grande (creo que se llamaba bodega) allí estaba la Brecha, desde el techo hasta el suelo, una pared de agua, repleta de peces. Acerqué la cara a la fría pared invisible y vi mejillones, moluscos, serpientes de mar y formas de vida cubriendo todas las superficies, alimentándose unas de otras, mientras que en mi lado sólo había sequedad, óxido viejo, y los únicos seres vivos éramos yo y un pequeño cangrejito blanco que obviamente había emigrado, como yo, desde la orilla.

Se alzó viento y agitó las hojas del alto árbol que los protegía. Las linternas se bambolearon y su rica luz se esparció por el mantel de seda y algodón y los peinados y las manos y las caras cálidamente iluminadas alrededor de la mesa. Todos estaban embelesados. Incluso Daeman sintió interés, a pesar de que aquello no eran más que tonterías. Las antorchas en sus pebeteros a lo largo del camino fluctuaron y chisporrotearon con la súbita brisa.

—¿Qué hay de los voynix? —preguntó una mujer sentada junto a Loes. Daeman no recordaba su nombre. ¿Emme, tal vez?—. ¿Hay más o menos que en tierra? ¿Centinelas o móviles?

—No hay voynix.

Todos los comensales parecieron tomar aire. Daeman sintió la misma súbita inquietud que había experimentado cuando Harman anunció que cumplía noventa y nueve años. Sintió un arrebato de vértigo. Tal vez el vino era más fuerte de lo que pensaba.

—No hay voynix —repitió Ada en un tono no tanto de asombro como de tristeza. Alzó su copa de vino— Un brindis —dijo. Los servidores se acercaron flotando para llenar las copas. Todos alzaron las suyas. Daeman parpadeó para espantar el mareo y se obligó a mostrar una sonrisa agradable y sociable.

Ada no pronunció ningún brindis, pero todos (incluso, después de un instante, Daeman) bebieron el vino como si lo hubiera hecho.

El viento había arreciado al final de la cena, las nubes se movían para oscurecer los anillos p y e, y el aire olía a ozono y a las cortinas de lluvia que cubrían las oscuras montañas al oeste, así que el grupo se trasladó al interior y luego se dividió mientras las parejas se encaminaban a sus dormitorios o a diversas alas y habitaciones para divertirse. Los servidores reprodujeron música de cámara en el conservatorio sur, la piscina cubierta de la parte trasera de la mansión atrajo a unas cuantas personas, y había un buffet de medianoche servido en el mostrador curvo del porche de observación de la primera planta. Algunas parejas se fueron a sus habitaciones privadas para hacer el amor, mientras que otras encontraron un lugar tranquilo para desplegar sus turín e irse a Troya.

Daeman siguió a Ada, que había acompañado a Hannah y al hombre llamado Harman a la biblioteca del segundo piso. Si Daeman quería que su plan para seducir a Ada antes de que terminara el fin de semana tuviera éxito, tenía que pasar con ella cada minuto disponible. Sabía que la seducción era a la vez una ciencia y un arte: una mezcla de habilidad, disciplina, proximidad y oportunidad. Sobre todo de proximidad.

Caminando junto a ella, Daeman notó el calor de su piel a través de la seda negra y marrón que llevaba. Su labio inferior, advirtió de nuevo después de una década, era enloquecedoramente carnoso, rojo, hecho para ser mordido. Cuando alzó el brazo para mostrar a Harman y Hannah la altura de los estantes de la biblioteca, Daeman contempló el sutil y suave movimiento de su pecho derecho bajo su fina vaina de seda.

Había estado en una biblioteca otras veces, pero nunca en una tan grande. La sala debía de tener más de treinta metros de largo y la mitad de esa altura, con un entresuelo que ocupaba tres paredes y escalerillas deslizantes en ambos niveles para alcanzar a los volúmenes más altos e inaccesibles. Había alcobas, huecos, mesas con grandes libros abiertos sobre ellas, zonas para sentarse aquí y allá, e incluso estantes de libros sobre el gran ventanal de la pared del fondo. Daeman sabía que los libros físicos aquí almacenados tenían que haber sido tratados con nanoquímíca no-descompositiva muchos, muchos siglos antes, probablemente hacía milenios (aquellos artilugios inútiles estaban hechos de cuero y papel y tinta, por el amor del cielo), pero la sala con sus paneles de caoba y sus charcos de luz, los antiguos muebles de cuero y las paredes de libros acechantes seguía oliendo a viejo y a deterioro a la sensible nariz de Daeman. No era capaz de imaginar por qué Ada y los otros miembros de su familia mantenían aquel mausoleo en Ardis Hall, o por qué Harman y Hannah querían verlo esta noche.

El hombre del pelo rizado, que decía estar en su último año y que sostenía haber caminado por la Brecha Atlántica, se detuvo asombrado.

—Es maravilloso, Ada.

Subió por una escalerilla, la deslizó a lo largo de una estantería, y tendió una mano para tocar un grueso volumen de cuero.

Daeman se echó a reír.

—¿Cree que la función lectora ha regresado, Harman Uhr?

El hombre sonrió, pero pareció tan confiado que, por un segundo, Daeman casi esperó ver el dorado tropel de símbolos correrle por el brazo mientras la función lectora señalaba el contenido. Daeman nunca había visto en acción la función perdida, naturalmente, pero había oído a su abuela describirla y a otra gente mayor describiendo lo que disfrutaron sus tatarabuelos.

Ninguna palabra fluyó. Daeman apartó la mano.

—¿No desearía tener la función lectora, Daeman Uhr?

Daeman se oyó reír una vez más aquella extraña velada y fue agudamente consciente de que las dos mujeres jóvenes lo miraban con expresiones a caballo entre la diversión y la curiosidad.

—No, por supuesto que no —dijo por fin—. ¿Para qué? ¿Qué podrían decirme estas cosas viejas que tuviera importancia alguna para nuestra vida actual?

Harman siguió subiendo por la escalerilla.

—¿No siente curiosidad acerca del motivo por el cual ya no se ven posthumanos en la Tierra y por saber adonde fueron?

—En absoluto. Volvieron a sus ciudades en los anillos. Lo sabe todo el mundo.

—¿Porqué? —preguntó Harman—. Después de moldear nuestros asuntos durante milenios, de vigilarnos, ¿por qué se marcharon?

—Tonterías —dijo Daeman, quizás un poco más refunfuñón de lo que había pretendido—. Los posts siguen vigilándonos desde arriba.

Harman asintió, como iluminado, y deslizó la escalerilla unos metros por su guía metálica. La cabeza del hombre casi tocaba ahora la parte inferior del entresuelo de la biblioteca.

—¿Y los voynix?

—¿Qué pasa con los voynix?

—¿Se ha preguntado alguna vez por qué estuvieron inmóviles durante tantos siglos y están tan activos ahora?

Daeman abrió la boca, pero no tenía nada que decir a ese respecto. Al cabo de un momento, consiguió farfullar:

—Esa historia de que los voynix no se movían antes del fax final es una tontería absoluta. Mitos. Cuentos populares.

Ada avanzó un paso.

—Daeman, ¿te has preguntado alguna vez de dónde vienen?

—¿Quiénes, querida?

—Los voynix.

Daeman se rió sinceramente y con ganas.

—Por supuesto que no, señora mía. Los voynix siempre han estado aquí. Son permanentes, fijos, eternos... se mueven, a veces no están a la vista, pero siempre siguen presentes, como el sol o las estrellas.

—¿O los anillos? —preguntó Hannah con su suave voz.

—Exactamente. —A Daeman le complació que ella lo comprendiera.

Harman sacó un pesado libro de las estanterías.

—Daeman Uhr, Ada me ha contado que es usted todo un experto en lepidópteros.

—¿Cómo dice?

—Un experto en mariposas.

Daeman sintió que se ruborizaba. Siempre era agradable que reconocieran las habilidades de uno, incluso los desconocidos, incluso aquellos desconocidos que no estaban del todo en sus cabales.

—Un experto no, Harman Uhr, solamente un coleccionista que ha aprendido un poco de su tío.

Harman bajó la escalerilla y llevó el pesado libro a la mesa de lectura.

—Entonces esto debería interesarle.

Abrió el volumen. Página tras página aparecieron pintorescas representaciones de mariposas.

Daeman se acercó, sin habla. Su tío le había enseñado los nombres de unos veinte tipos de mariposas y él había aprendido de otros coleccionistas los nombres de unas cuantas de las mariposas que había capturado. Extendió la mano para tocar la imagen de una Cola de Golondrina Tigre Occidental.

—Cola de Golondrina Tigre Occidental —dijo Harman, y añadió—: Pterourus rutulus.

Daeman no comprendió las dos últimas palabras, pero se quedó mirando al hombre mayor, sorprendido.

—¡Usted las colecciona también!

—¡Qué va! —Harman tocó una imagen familiar, dorada y negra—. Monarca.

—Sí —dijo Daeman, confundido.

—Almirante Rojo, Fritilaria Afrodita, Campo de Media Luna, Azul Común, Dama Pintada, Febo Parnasiana —dijo Harman, tocando una imagen cada vez. Daeman conocía dos o tres nombres.

—Entiende usted de mariposas —dijo.

Harman negó con la cabeza.

—Nunca se me había ocurrido que los tipos distintos de mariposa tuvieran nombre, hasta ahora.

Daeman miró la mano gruesa del hombre

—Tiene usted la función lectora.

Harman volvió a negar con la cabeza.

—Nadie tiene ya esa función palmar. Como tampoco nadie tiene la función comunicadora o de la geoposición ni los accesos de datos ni puede autofaxearse en los nódulos.

—Entonces... —empezó a decir Daeman, y se detuvo confundido. ¿Se estaba burlando de él aquella gente por algún motivo? Había venido a pasar el fin de semana en Ardis Hall con buenas intenciones (bueno, con la intención de seducir a Ada, pero todo por diversión), y ahora este.... ¿juego malicioso?

Como si notara su creciente furia, Ada le puso los delgados dedos sobre la manga.

—Harman no tiene la función lectora, Daeman Uhr —dijo suavemente—. Recientemente ha aprendido a leer.

Daeman se la quedó mirando. Aquello no tenía más sentido que celebrar el nonagésimo noveno cumpleaños o farfullar sobre la Brecha Atlántica.

—Es una habilidad —dijo Harman en voz baja—. Como aprender los nombres de las mariposas o sus fabulosas técnicas como... conquistador de damas.

Esta última frase hizo que Daeman parpadeara. ¿Tan conocida es mi otra afición?

Hannah intervino.

—Harman ha prometido enseñarnos este truco... a leer. Podría sernos útil. Tengo que aprender a moldear antes de hacer más y quemarme.

¿Moldear? Daeman no imaginaba qué tenía eso que ver con quemarse o adquirir la función lectora. Se lamió los labios y dijo:

—No tengo ningún interés en estos juegos. ¿Qué quieren de mí?

—Necesitamos encontrar una nave espacial —dijo Ada—. Y hay motivos para creer que puedes ayudarnos.

 

 

 

6 - Olimpo

 

Cuando termina mi turno la noche del enfrentamiento entre Aquiles y Agamenón, me teleporto cuánticamente de vuelta al complejo escólico del Olimpo, grabo mis observaciones y análisis, transfiero los pensamientos a una piedra verbal y la llevo a la pequeña habitación blanca de la musa, que da al Lago de la Caldera. Para mi sorpresa, la musa está allí, hablando con uno de los otros escólicos.

El escólico se llama Nightenhelser y es un hombretón amigable que, según he sabido a lo largo de los cuatro años que lleva residiendo aquí, vivió y enseñó en una universidad y murió en el Medio Oeste americano a principios del siglo XX. Al verme en la puerta, la musa pone fin a su conversación con Nightenhelser y lo despide, haciéndolo salir por la puerta de bronce hacia la escalera mecánica que baja en espiral por el Olimpo hasta nuestros barracones y el mundo rojo de abajo.

La musa me indica que me acerque. Dejo la piedra verbal en la mesa de mármol que tiene delante y retrocedo, esperando ser despedido sin una palabra, como es la dinámica habitual entre los dos. Sorprendentemente, ella toma la piedra verbal mientras sigo aquí y la rodea con la mano cerrando los ojos para concentrarse. Yo espero. Confieso que estoy nervioso. Tengo el corazón desbocado y las manos, unidas a la espalda mientras permanezco de pie en una especie de parodia profesional de la posición de descanso de un soldado, sudorosas. Decidí hace años que los dioses no pueden leer la mente, que su increíble percepción de los pensamientos humanos, héroes y escólicos por igual, proviene de alguna ciencia avanzada en el estudio de los músculos faciales, movimientos oculares y demás. Pero podría estar equivocado. Tal vez son telépatas. Si es así (y si se molestaron en leerme la mente durante mi momento de epifanía y decisión en la playa después del enfrentamiento entre Agamenón y Aquiles), entonces soy hombre muerto. Otra vez.

He visto a escólicos que disgustaron a la musa, que no es en modo alguno una de los dioses más importantes. Hace unos años (el quinto año de asedio, en realidad), había un escólico del siglo XXVI, un asiático regordete e irreverente con el poco habitual nombre de Bruster Lin. Y aunque Bruster Lin era el erudito más brillante y reflexivo de todos nosotros, su irreverencia fue su final. Literalmente. Después de uno de sus comentarios más irónicos, referido al combate mano a mano entre Paris y Menelao (el vencedor se lo lleva todo) con lo que el resultado de aquel combate singular habría zanjado la guerra. La lucha a muerte entre el amante de Helena de Troya y su esposo aqueo (orquestada delante de dos ejércitos animando, con Paris hermoso con su armadura dorada y Menelao temeroso con el ojo puesto en los negocios) nunca llegó a consumarse. Afrodita vio que su amado Paris iba a ser convertido en carne picada, así que bajó y lo apartó del campo de batalla y lo llevó de vuelta con Helena, donde, como los liberales infructuosos de todas las épocas, Paris se mostró mejor guerrero en la cama que en el campo de batalla. Así que después de uno de los divertidos comentarios de Bruster Lin sobre el episodio Paris-Menelao, la musa (a quien no le hizo gracia) chasqueó los dedos y los billones y trillones de obedientes nanocitos del cuerpo del indefenso escólico se condensaron y explotaron hacia afuera en un gigantesco salto nanolemming, despedazando al todavía sonriente Bruster Lin en un millar de jirones sangrantes delante del resto de nosotros y enviando su cabeza aún sonriente a nuestros pies, mientras permanecíamos firmes.

Fue una seria lección que nos tomamos al pie de la letra. Nada de comentarios. Nada de hacer chistes con el serio asunto del deporte de los dioses. El precio de la ironía es la muerte.

La musa abre los ojos y me mira.

—Hockenberry —dice, su tono el de una burócrata de mi siglo a punto de despedir a un oficinista de rango medio—, ¿cuánto tiempo llevas con nosotros?

Sé que la pregunta es retórica, pero cuando te interroga una diosa, aunque sea una diosa menor, uno responde incluso a las preguntas retóricas.

—Nueve años, dos meses, dieciocho días, diosa.

Ella asiente. Soy el escólico superviviente más antiguo. O, más bien, soy el escólico que ha sobrevivido más tiempo. Ella lo sabe. Tal vez este reconocimiento oficial de mi longevidad es mi elegía antes de ser eliminado con una explosión de nanocitos.

Siempre había enseñado a mis estudiantes que había nueve musas, todas hijas de Mnemosine: Cléis, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, cada una patrona, al menos según la tradición griega posterior, de una expresión artística como la flauta o la danza o la narración o el canto heroico. Pero en mis nueve años, dos meses y dieciocho días sirviendo a los dioses como observador en las llanuras de Ilión, he informado, visto y oído sólo a una musa: esta alta diosa que está sentada delante de mí tras la mesa de mármol. Con todo, a causa de su voz estridente, siempre he pensado que es Calíope, aunque el nombre significaba originalmente «la de la voz hermosa». No puedo decir que esta musa solitaria tenga una voz hermosa (es más un claxon que un órgano a mis oídos), pero desde luego he aprendido a saltar cuando ella dice «rana».

—Sígueme —dice, levantándose de manera fluida y saliendo por la puerta privada de su blanca habitación de mármol.

La sigo de un salto.

La musa tiene el tamaño de los dioses: es decir, más de dos metros pero perfectamente proporcionada, menos voluptuosa que algunas de las diosas pero con la constitución de una triatleta femenina del siglo XX, e incluso en la gravedad reducida del Olimpo, tengo que esforzarme para mantener el ritmo mientras ella cruza los verdes jardines entre los edificios blancos.

Se detiene ante un nexo de carro. Digo «carro» y es vagamente parecido a un carro: bajo, levemente en forma de herradura, con un hueco a un costado que permite a la musa montarse. Pero carece de caballos, riendas y auriga. Se aferra a la barandilla y me llama.

Vacilante, con el corazón latiendo salvajemente ahora, subo y me sitúo a un lado mientras la musa pasa sus largos dedos por una cuña de oro que podría ser una especie de panel de control. Las luces parpadean. El carro zumba, chasquea, es envuelto de pronto por una red de energía, y se eleva del suelo girando a medida que asciende. De repente un par de «caballos» holográficos aparecen delante del carro y galopan como si estuvieran tirando del carro a través de él. Sé que los caballos holográficos obedecen a la necesidad griega y troyana de identificación, pero la sensación de que son animales reales tirando de un carro real a través del cielo es muy fuerte. Me agarro a la barra de metal y me sujeto, pero no hay ninguna sensación de aceleración, aunque el disco de transporte se agita y se sacude, gira una vez a treinta metros sobre el modesto templo de la musa y luego acelera hacia la profunda depresión del Lago de la Caldera.

¡El carro de los dioses!, pienso y achaco el indigno pensamiento a la fatiga y la adrenalina.

He visto estos carros un millar de veces, por supuesto, volando cerca del Olimpo o sobre las llanuras de Ilión mientras los dioses corren de un lado a otro ocupándose de sus asuntos sagrados, pero siempre desde el suelo. Los caballos parecen más reales desde ese ángulo y el propio carro parece más insustancial cuando vas en él, volando a treinta metros sobre la cima de una montaña (volcán, en realidad) que ya de por sí se eleva unos veinticinco mil metros por encima del suelo del desierto.

La cima del Olimpo debería carecer de aire y estar cubierta de hielo, pero el aire aquí es tan denso y respirable como cinco kilómetros más abajo, donde los barracones de los escólicos se agrupan en la base de los acantilados volcánicos, y en vez de hielo, la amplia cima está cubierta de hierba, árboles y edificios blancos lo suficientemente grandes y majestuosos para que la Acrópolis parezca un excusado en comparación.

La figura en forma de ocho del Lago de la Caldera, en el centro de la cima del Olimpo, tiene cerca de veinte kilómetros de diámetro y la atravesamos a velocidad casi supersónica, gracias a algún campo de fuerza o algún artilugio de magia divina que impide que el viento nos arranque la cabeza al mismo tiempo que ahoga el sonido. Cientos de edificios, cada uno rodeado de hectáreas de hierba cuidada y jardines, los hogares de los dioses, supongo, rodean el lago, por cuyas aguas azules grandes autotrirremes de tres filas de remos navegan lentamente. El escólico Bruster Lin me dijo una vez que calculaba que el Olimpo tenía el tamaño de Arizona, y que su cima cultivada era aproximadamente igual a la superficie de Rhode Island. Me resultó extraño escuchar comparar cosas de aquí con estados de ese otro mundo, de ese otro tiempo, de esa otra existencia.

Agarrado a la fina barandilla con ambas manos, miro más allá de la cima de la montaña. El espectáculo es sobrecogedor.

Estamos a tanta altura que puedo ver la curvatura del mundo. Al noroeste, el gran océano azul se prolonga en ese cuerno invertido del horizonte. Al noreste se extiende la costa, y se me antoja que incluso desde esta distancia puedo ver las grandes cabezas de piedra que marcan el límite entre tierra y mar. Al norte está la guadaña del archipiélago sin nombre, apenas visible desde la orilla de nuestros barracones escólicos, y luego nada más que azul, todo el camino hasta el polo. Al sureste diviso otras tres altas cumbres volcánicas recortadas sobre el horizonte, obviamente más bajas que la del Olimpo pero, al contrario que éste, con su clima controlado, blancas de nieve. Una de ellas, supongo, debe ser el Helicón, hogar de mi musa y sus hermanas, sí es que las tiene. Al sur y suroeste, durante cientos de kilómetros, distingo una sucesión de campos cultivados, y luego bosques salvajes, y luego desierto rojo más allá, luego quizás otra vez bosques, hasta que la tierra se funde con las nubes y la neblina y por mucho que parpadee o me frote los ojos no distingo ningún detalle.

La musa hace virar nuestro carro y desciende hacia la orilla oeste del Lago de la Caldera. Ahora veo que las motas blancas que advertí al cruzar el lago son enormes edificios blancos con columnas y escalinatas al frente, adornadas con gigantescos pies y decoradas con estatuas. Estoy seguro de que ningún escólico ha visto esta parte del Olimpo... o al menos no la ha visto y ha vivido para contárnoslo a los demás.

Descendemos cerca del más grande de los gigantescos edificios, el carro toca tierra y los caballos holográficos desaparecen de la existencia con un parpadeo. Hay varios cientos más de carros celestes aparcados en la hierba.

La musa saca de su túnica lo que parece ser un medallón.

—Hockenberry, me han ordenado que te lleve a un sitio donde no puedes estar. Una de las deidades me ha ordenado que te entregue dos artículos que podrían impedir que te aplasten como a un insecto si te detectan. Póntelos.

La musa me tiende dos objetos: un medallón con una cadena y lo que parece ser una capucha de cuero. El medallón es pequeño pero pesado, como si estuviera hecho de oro. La musa extiende la mano y desliza una parte del disco en el sentido de las agujas del reloj con respecto a la otra.

—Es un teleportador cuántico personal como el que utilizan los dioses —dice en voz baja—. Puede teleportarte a cualquier lugar que visualices. Este disco TC en concreto te permite seguir el rumbo cuántico de los dioses cuando cambian de fase a través del espacio de Plank, pero nadie (excepto la deidad que me lo entregó) puede ver tu rumbo, ¿Comprendes?

—Sí —digo; la voz casi me tiembla. Yo no tendría que tener este objeto. Será mi muerte. El otro «regalo» es peor.

—Esto es el Casco de la Muerte —dice ella, colocando el casco de cuero repujado sobre mi cabeza, pero dejándolo envuelto alrededor de mi cuello como si fuera una capucha—. El Casco de Hades. Lo fabricó el propio Hades y es la única cosa en el universo que puede ocultarte de la visión de los dioses.

Parpadeo estúpidamente al oír esto. Recuerdo vagas notas eruditas sobre «el Casco de la Muerte», y me acuerdo de que el propio nombre de Hades (Äides en griego) significaba «el invisible». Pero por lo que sé, Homero menciona el Casco de la Muerte de Hades sólo una vez, cuando Atenea se lo pone para ser invisible al dios de la guerra, Ares. ¿Por qué demonios me prestaría una cosa así una diosa? ¿Qué esperan que haga por ellos? Las rodillas me flojean sólo de pensarlo.

—Ponte el casco —ordena la musa.

Torpemente, tiro del grueso cuero. Hay aparatos insertados en el tejido, chips de circuitos, máquinas nanotecnológicas. El casco tiene un visor transparente y flexible y una malla que cubre la boca; cuando tiro de la capucha, el aire parece ondear extrañamente a nuestro alrededor, aunque mi visión sigue clara.

—Increíble —dice la musa. Mira más allá de mí. Me doy cuenta de que he conseguido el objetivo de todo muchachito adolescente: auténtica invisibilidad, aunque no tengo ni idea de cómo el casco oculta todo mi cuerpo a la vista. Mi impulso es salir corriendo como alma que lleva el diablo y esconderme de la musa y de todos los dioses. Me reprimo. Tiene que haber alguna pega. Ningún dios ni diosa, ni siquiera mi musa menor, le daría a un simple escólico tal poder sin salvaguardas.

—Este aparato evitará que te vean todos los dioses excepto la diosa que me autorizó a dártelo —dice suavemente la musa, mirando el aire vacío a la derecha de mi cabeza—. Pero esa diosa puede verte y localizarte en cualquier parte, Hockenberry. Y aunque el medallón apaga el sonido, el olor e incluso los latidos, los sentidos de la diosa están por encima de tu comprensión. Quédate cerca de mí en los próximos minutos. Camina con cuidado. No digas nada. Respira lo más livianamente que puedas. Si te detectan, ni yo ni tu divina patrona podremos protegerte de la ira de Zeus.

¿Cómo respira uno liviana y suavemente cuando está aterrado? Pero asiento, olvidando que la musa no puede verme ahora. Ella espera, todavía mirando con la cabeza un poco ladeada como si me buscara con su visión divina Croo:

—Sí, diosa.

—Pon tu mano en mi brazo —ordena ella bruscamente—. Quédate junto a mí. No pierdas el contacto. Si lo haces, serás destruido.

Pongo la mano sobre su brazo como una tímida debutante escoltada a una fiesta de pedida. La piel de la musa está fría.

Una vez estuve en el edificio de montaje de vehículos del Centro Espacial Kennedy, en cabo Cañaveral. La guía dijo que a veces se formaban nubes bajo el tejado situado a docenas de metros por encima del suelo de asfalto. El edificio de montaje cabría perfectamente en un rincón de esta inmensa sala donde ahora nos encontramos y nunca repararías en él: parecería los bloques de un juego de construcción infantil en una catedral.

Uno dice «dioses» y piensa en los dioses importantes, los principales: Zeus, Hera, Apolo y unos cuantos más. Pero hay cientos de dioses en esta sala y la mayor parte de la habitación está vacía. A lo que parecen ser kilómetros de altura, una cúpula dorada (los griegos no descubrieron los principios de la cúpula, así que esto contrasta con la arquitectura clásica de los otros grandes edificios que he visto en el Olimpo), dirige acústicamente la conversación a todos los rincones del espacio.

El suelo parece hecho de oro pulido. Los dioses se apoyan en barandas de mármol y se asoman desde entresuelos que forman círculos. Las paredes albergan cientos y cientos de nichos en arco, cada uno con una escultura de mármol blanca. Las estatuas de los dioses presentes aquí ahora.

Hologramas de aqueos y troyanos fluctúan aquí y allá, muchos de ellos de tamaño natural, a todo color, imágenes tridimensionales de los hombres y mujeres mientras discuten o comen o hacen el amor o duermen. Cerca del centro de la sala, el suelo de oro baja hasta un hueco más grande que cualquier combinación de piscinas de tamaño olímpico, y en este espacio fluctúan y flotan más imágenes en tiempo real de Ilión: amplias vistas aéreas, primeros planos, barridos, imágenes múltiples. Pueden oírse los diálogos como si los griegos y los troyanos estuvieran en esta misma sala. Alrededor de esta piscina de visión, sentados en tronos de piedra y acomodados en cojines y de pie con sus togas como de caricatura, están los dioses. Los dioses importantes. Los peces gordos, los dioses conocidos por los eruditos.

Los dioses menores se apartan mientras la musa se acerca a esta piscina central, y yo me apresuro para seguir su paso, mi mano invisible temblando en su brazo dorado, mientras trato de que mis sandalias no chirríen, de no tropezar, estornudar ni respirar. Ninguna de las deidades parece reparar en mí. Sospecho que sabré muy pronto si alguna de ellas lo hace.

La musa se detiene a unos pocos metros de Palas Atenea y yo me quedo tan cerca que me siento como un niño de tres años agarrado a la falda de su madre.

Hay una feroz discusión en curso, mientras Hebe, una de las diosas menores, se mueve entre los demás, sirviendo alguna especie de néctar dorado en sus copas divinas. Zeus está sentado en su trono y me basta con mirarlo para tener claro que aquí es el rey, el que impulsa las nubes de tormenta, dios de dioses. No es ninguna caricatura, este Zeus, sino una realidad imposiblemente alta cuya presencia barbuda, ungida y palpablemente regia hace que la sangre se me convierta en líquido viscoso y asustado.

—¿Cómo podemos controlar el curso de esta guerra? —exige a todos los dioses mientras mira a su esposa, Hera, con ojos asesinos—. O el destino de Helena, si diosas como Hera de Argos y Atenea, guardiana de los soldados, siguen interviniendo, como al detener la mano de Aquiles cuando iba a derramar la sangre del hijo de Atreo.

Vuelve su mirada tormentosa hacia una diosa recostada sobre un montón de cojines púrpura.

—Y tú, Afrodita, con tu risa constante, siempre defendiendo a ese niño bonito de París, espantando a los espíritus malignos y desviando lanzas bien arrojadas. ¿Cómo puede la voluntad de los dioses —y, lo más importante, la voluntad de Zeus— manifestarse si las diosas seguís mediando y protegiendo a vuestros favoritos a expensas del Hado? A pesar de todas tus maquinaciones, Hera, Menelao puede llevarse a Helena a casa... o quizá, quién sabe, Ilión prevalecerá. No es cosa de unas cuantas diosas decidir esos asuntos.

Hera cruza sus finos brazos. Con tanta frecuencia en el poema Hera es nombrada como «la diosa de los níveos brazos» que casi espero que los suyos sean más blancos que los de las otras diosas, pero aunque la piel de Hera es bastante lechosa, no lo es más en apariencia que la de Afrodita o que la de su hija Hebe o que la de ninguna otra diosa de las que veo desde mí punto de observación próximo a la piscina de imágenes... a excepción de la de Atenea, claro está, curiosamente bronceada. Sé que estos párrafos descriptivos son una característica de la poesía épica de Homero: Aquiles es mencionado repetidamente como «el de los pies ligeros», Apolo como «el que mata desde lejos», y el nombre de Agamenón suele ir precedido por «el Atrida» o «rey de hombres»; los aqueos son «de fuertes brazos» y sus naves «negras» o «cóncavas», y así sucesivamente. Estos epítetos se repiten para responder a las exigencias del hexámetro dactílico más que para describir. De ese modo, el bardo, al cantar, respetaba la medida utilizando frases-fórmula. Siempre he sospechado que algunas de esas frases rituales (como la de la «aurora de rosáceos dedos») eran también muletillas que proporcionaban al bardo unos cuantos segundos para recordar, si no inventar, los siguientes versos de acción.

Con todo, mientras Hera responde a su mando, le miro los brazos.

—Hijo de Cronos, temida Majestad —dice, los blancos brazos cruzados—, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Cómo te atreves a considerar que todos mis esfuerzos son estériles? Me está costando sudores, sudores inmortales, lanzar los ejércitos aqueos, regalar los egos de estos héroes varones lo suficiente para impedir que se maten unos a otros antes de matar a los troyanos, y me cuesta grandes dolores (mis dolores, oh, Zeus) causar dolores aún mayores al rey Príamo y los hijos de Príamo y la ciudad de Príamo.

Zeus frunce el ceño y se inclina hacia delante en su incómodo trono, abriendo y cerrando sus enormes manos blancas.

Hera descruza los brazos y alza exasperada las manos al cielo.

—Haz lo que quieras, siempre lo haces, pero no esperes que ninguno de los inmortales te alabemos por ello.

Zeus se pone en pie. Si los otros dioses miden dos metros y medio o tres, Zeus debe medir tres metros y medio. Su ceño está más que fruncido y no empleo ninguna metáfora cuando digo que truena:

—¡Hera... mi querida, amada, insaciable Hera! ¿Qué te han hecho Príamo y los hijos de Príamo para que estés tan furiosa, seas tan implacable y quieras hacer caer la ciudad de Ilión? —Hera permanece en silencio, las manos a los costados, con lo que parece aumentar la furia real de Zeus—. ¡Es más apetito que furia, diosa! —ruge—. No quedarás satisfecha hasta que derribes las puertas de Troya, rompas sus murallas y te los comas crudos. —La expresión de Hera no contribuye a desmentir esta acusación—. Bueno... bueno... —truena Zeus, casi rezongando, de una manera demasiado familiar en los maridos a lo largo de los siglos—, haz lo que quieras. Pero una cosa más, y recuérdalo bien, Hera: cuando llegue el día en que yo decida destruir una ciudad y consumir a sus habitantes, una ciudad que tú ames, como yo amo Ilión, entonces ni siquiera se te ocurra intentar oponerte a mi furia.

La diosa avanza en tres rápidos pasos y me recuerda un depredador saltando, o a un ajedrecista viendo su oportunidad y aprovechándola.

—¡Sí! Las tres ciudades que más amo son Argos, Esparta y Micenas de los anchos caminos, de calles tan amplias y regias como las de la aciaga Ilión. Puedes saquearlas todas para contento de tu corazón de vándalo, mi señor. No me opondré a ti. No me enfrentaré a tu voluntad.... de poco me serviría de todas formas, ya que eres el más fuerte de los dos. Pero recuerda esto, oh, Zeus: aunque soy tu consorte, también nací de Cronos y por tanto merezco tu respeto.

—Nunca he sugerido lo contrario —murmura Zeus, ocupando de nuevo su duro asiento.

—Entonces dejémonos en este punto —dice Hera, ahora con más dulzura—. Yo a ti y tú a mí. Los dioses menores obedecerán. ¡Rápido ahora, esposo mío! Aquiles ha dejado el campo por el momento, pero una tregua inestable apacigua los terrenos de batalla entre troyanos y aqueos. Encárgate de que los troyanos rompan esta tregua y causen los primeros daños, no sólo a sus juramentos, sino a los afamados aqueos.

Zeus reflexiona, gruñe, se agita en su asiento, pero ordena a la atenta Atenea:

—Baja rápidamente a los campos de batalla entre troyanos y aqueos. Te ordeno que te encargues de que sean los troyanos los primeros en romper la tregua y causar daño a los afamados aqueos.

—Y humillar a los argivos en su triunfo —apunta Hera.

—Y humillar a los argivos en su triunfo —ordena Zeus, cansado.

Atenea desaparece en un relámpago de TC. Zeus y Hera abandonan la sala y los dioses empiezan a dispersarse, hablando en voz baja entre si.

La musa me indica que la siga con un sutil gesto con el dedo y me guía fuera del salón de encuentros.

—Hockenberry —dice la diosa del Amor, reclinada en los cojines de su diván, mientras la gravedad (leve como es) da énfasis a toda su blanca y sedosa voluptuosidad.

La musa me ha conducido a esta otra sala del Gran Salón de los Dioses, esta habitación oscura en la que sólo brillan un brasero que arde lentamente y algo que se parece sospechosamente a una pantalla de ordenador. Me ha susurrado que me quitara el Casco de la Muerte y me he sentido aliviado al quitarme la capucha, pero aterrado de volver a ser visible.

Entonces ha entrado Afrodita, se ha aposentado en el diván y ha dicho:

—Eso será todo hasta que te llame, Melete.

Y la musa se ha marchado por una puerta secreta.

Melete, he pensado. No una de las nueve musas, sino un nombre de una época anterior en que se creía que las musas eran tres: Melete de «la práctica», Mneme del «recuerdo», y Aoide de...

—Hockenberry, te he visto en el Salón de los Dioses —dice Afrodita, sacándome de mi ensimismamiento erudito— y si te hubiera delatado a nuestro señor Zeus, ahora serías menos que cenizas. Ni siquiera tu medallón TC te habría permitido escapar, pues yo podría seguir tu rumbo de cambio de fases a través del tiempo y el espacio. ¿Sabes por qué estás aquí?

Afrodita es mi patrona. Es la que ordenó a la musa que me entregara estos artilugios. ¿Qué hago? ¿Me arrodillo? ¿Me postro en el suelo en presencia de la divinidad? ¿Cómo me dirijo a ella? En mis nueve años, dos meses y dieciocho días aquí, mi existencia nunca había sido reconocida por otro dios que mi Musa.

Decido inclinar levemente la cabeza, evitando mirar su belleza, los pezones sonrosados que se notan a través de la fina seda, la suave curva del vientre que proyecta sombras en ese triángulo de tejido oscuro donde se encuentran sus muslos.

—No, diosa —digo por fin, pero he olvidado la pregunta.

—¿Sabes por qué fuiste escogido como escólico, Hockenberry? ¿Por qué tu ADN quedó exento de disrupción nanocítica? ¿Por qué, antes de ser elegido para la reintegración, tus escritos sobre la guerra fueron añadidos al simplex?

—No, diosa.

¿Mi ADN está exento de disrupción nanocítica?

—¿Sabes qué es un simplex, sombra mortal?

¿El virus del herpes?, pienso.

—No, diosa —digo.

—El simplex es un sencillo objeto matemático, un ejercicio de lógica, un triángulo o trapezoide plegado sobre sí mismo —dice Afrodita—. Sólo que combinado con múltiples dimensiones y algoritmos que definen nuevas áreas nocionales, creando y descartando regiones posibles de espacio-n, los planos de exclusión se convierten en contornos inevitables. ¿Lo entiendes ahora, Hockenberry? ¿Comprendes cómo se aplica esto al espacio cuántico, al tiempo, a la guerra de abajo, a tu propio destino?

—No, diosa. —La voz me tiembla esta vez. No puedo evitarlo.

Hay un roce de seda y alzo la mirada lo suficiente para ver a la hembra más hermosa que existe acomodando sus bellos miembros y sus suaves muslos sobre el diván.

—No importa —dice—. Tú, o el mortal que fue tu molde, escribió un libro hace varios miles de años. ¿Recuerdas su contenido?

—No, diosa.

—Si dices eso una vez más, Hockenberry, voy a abrirte desde la entrepierna al cuello y usaré literalmente tus tripas para hacerme unas ligas. ¿Entiendes eso?

Es difícil hablar sin saliva en la boca.

—Sí, diosa —consigo decir, oyendo el seco ceceo.

—Tu libro, de 935 páginas, trataba de una sola cosa: Menin. ¿Recuerdas ahora?

—No, di... Me temo que no recuerdo eso, diosa Afrodita, pero estoy seguro de que tienes razón.

Levanto la cabeza lo suficiente para ver que ella está sonriendo, la barbilla apoyada en la mano izquierda, el dedo alzado a lo largo de la mejilla hasta una perfecta ceja oscura. Sus ojos son del color del coñac caro.

—Cólera —dice ella en voz baja—. Menin aede thea... ¿Sabes quién ganará esta guerra, Hockenberry?

Tengo que pensar rápido. Sería un escólico muy malo si no supiera cómo termina el poema (aunque la Ilíada acaba con los ritos funerarios por Patroclo, el amigo de Aquiles, no con la destrucción de Troya, y no hay ninguna mención a ningún caballo gigantesco excepto en los comentarios de la Odisea, que es otro poema distinto), pero si finjo saber cómo acabará esta guerra, y está claro por la discusión que acabo de oír que el edicto de Zeus de que no debe informarse a los dioses del futuro como se dice en la Ilíada sigue vigente... quiero decir, si los propios dioses no saben qué pasará a continuación, ¿no estaría yo poniéndome por encima de los dioses, incluyendo el Hado, al decírselo? La soberbia no ha sido nunca un tributo que estos dioses recompensen. Además, Zeus (el único que sabe la historia completa de la Ilíada) ha prohibido a los otros dioses que pregunten y a todos los escólicos que discutan otra cosa que no sean los acontecimientos ya pasados. Fastidiar a Zeus no es un buen plan para sobrevivir en el Olimpo. A pesar de todo, parece que estoy exento de la disrupción nanocítica. Por otro lado, creo por completo a la diosa del Amor cuando dice que convertirá mis tripas en ligas.

—¿Cuál era la pregunta, diosa? —es todo lo que consigo decir.

—Sabes cómo termina el poema de la Ilíada, pero desafiaría la orden de Zeus si te lo preguntara —dice Afrodita, su pequeña sonrisa desaparece, sustituida por algo parecido a un puchero—. Pero puedo preguntarte si ese poema predice esta realidad en concreto. ¿Lo hace? En tu opinión, escólico Hockenberry, ¿gobierna Zeus el universo, o lo gobierna el Hado?

Oh, mierda, pienso. Cualquier respuesta acabará conmigo sin tripas y con esta hermosa mujer (diosa) usándolas como ligas viscosas.

—Tengo entendido, diosa, que aunque el universo se doblega a la voluntad de Zeus y debe obedecer los caprichos de la fuerza divina llamada Hado, el kaos todavía tiene algo que ver en las vidas de dioses y hombres.

Afrodita emite un sonido suave y divertido. Todo en ella es tan suave, apetecible, excitante...

—No esperaremos a que el caos decida esta competición —dice, la voz despojada de todo regocijo—. ¿Viste a Aquiles retirarse de la batalla hoy?

—Sí, diosa.

—¿Sabes que el ejecutor de hombres ya le ha rezado a Tetis para que castigue a sus amigos aqueos por la vergüenza que Agamenón le ha hecho pasar?

—No he sido testigo de esa oración, diosa, pero sé que sigue el rumbo del... del poema.

Esto sí puedo decirlo. Es un acontecimiento ya pasado. Además, la diosa marina Tetis es la madre de Aquiles y todo el mundo en el Olimpo sabe que él ha pedido su intervención.

—En efecto —dice Afrodita—. Esa perra gorda de pechos húmedos ya ha estado en el Gran Salón, y se arrojó a los pies de Zeus en cuanto el viejo loco regresó de su encuentro con los etíopes del río Océano. Le suplicó, por el bien de Aquiles, que garantizara victoria tras victoria a los troyanos, y el viejo carcamal accedió, poniéndose así en ruta de colisión con Hera, campeona principal de los argivos. De ahí la escena de la que fuiste testigo.

Permanezco de pie con los brazos extendidos, las palmas hacia abajo, la cabeza levemente inclinada, mientras contemplo a Afrodita como si fuera una cobra, pero sabiendo que si ella decide atacarme, el golpe será mucho más rápido y más letal que el de ninguna cobra.

—¿Sabes por qué has sobrevivido más que ningún otro escólico? —pregunta Afrodita.

Incapaz de hablar sin condenarme, niego levemente con la cabeza.

—Todavía estás vivo porque he previsto que ejecutes un servicio para mí.

El sudor que corre por mí frente me hace cosquillas y me pica en los ojos. Más sudor me empapa las mejillas y el cuello. Como escólicos, nuestro deber jurado (mi deber durante los últimos nueve años, dos meses y dieciocho días) es observar la guerra en las llanuras de Ilión sin intervenir jamás, observar sin cometer ningún acto que pudiera cambiar el resultado de la guerra o la conducta de sus héroes de ninguna forma.

—¿Me has oído, Hockenberry?

—Sí, diosa.

—¿Te interesa oír cuál será este servicio, escólico?

—Sí, diosa.

Afrodita se levanta del diván y ahora inclino la cabeza, pero oigo el roce de su túnica de seda, incluso la suave fricción de sus suaves muslos blancos frotándose levemente mientras se aproxima; puedo oler el aroma a perfume y hembra limpia mientras permanece tan cerca. Había olvidado por un momento lo alta que es una diosa, pero me acuerdo de nuestras respectivas alturas cuando se alza sobre mí, sus pechos a centímetros de mi cabeza gacha. Por un instante debo combatir la necesidad de enterrar mi cara en el valle perfumado entre esos pechos, y aunque sé bien que eso sería mi último acto antes de una muerte violenta, sospecho en este momento que bien merecería la pena.

Afrodita coloca la mano sobre mi tenso hombro, toca el duro cuero repujado del Casco de la Muerte y luego pasa las yemas de sus dedos por mi mejilla. A pesar de mi miedo, siento una poderosa erección sacudiéndose, alzándose, reafirmándose.

El susurro de la diosa, cuando se produce, es suave, sensual, levemente divertido, y estoy seguro de que ella sabe el estado en que me encuentro, lo espera como es debido. Baja la cabeza y se inclina tan cerca que noto el calor de su mejilla irradiando contra la mía mientras me susurra dos sencillas órdenes al oído.

—Vas a espiar a los otros dioses para mí —dice suavemente. Y entonces, apenas audible por el redoble de mi corazón—: Y cuando sea el momento adecuado, vas a matar a Atenea.

 

 

 

7 - Conamara Caos Central

 

Contando a Mahnmut, había cinco moravecs galileanos en la cámara de reuniones presurizada en lo alto de la placazona. La criatura mecánica europana le resultaba familiar (el integrador primero Asteague/Che, con base en Pwyll), pero los otros tres le resultaban más extraños que los krakens al provinciano Mahnmut. El moravec ganimediano era alto, elegante como todos los ganimedianos, atávicamente humanoide, envuelto en negro buckycarbono y mirando con ojos de mosca; el calistano era de un tamaño y un diseño más parecidos a los de Mahnmut: de un metro de altura, sólo vagamente humanoide, con sintepiel e incluso un poco de carne real bajo la clara cobertura de polimido, y sólo treinta o cuarenta kilogramos de masa; la criatura ioniana era... impresionante. Un moravec de uso pesado y antiguo diseño, construido para soportar toros de plasma y géiseres de sulfuro, la entidad con base en Io medía al menos tres metros de altura y seis de longitud, y tenía la forma de un cangrejo de herradura terrestre: blindado, con un desordenado montón de apéndices morfeables, impulsores, lentes, flagelos, antenas, sensores de amplio espectro y facilitadores. Estaba obviamente acostumbrado al duro vacío: su superficie estaba erosionada y arañada, vuelta a pulir y reparada tantas veces que parecía tan llena de agujeros como la propia Io. Aquí, en la sala de reuniones presurizada, usaba potentes repulsores de fuente para no taladrar el suelo. Mahnmut se mantenía a distancia del ioniano, frente a él en la placa de comunión.

Ninguno de los demás se presentó, ni a través de infrarrojos ni por tensorrayo, así que Mahnmut hizo lo mismo. Se conectó a los umbilicales nutrientes en su hueco de la placa, y esperó.

Por mucho que le gustara respirar cuando podía permitirse el lujo de hacerlo, a Mahnmut le sorprendió que la sala estuviera presurizada a 700 milibares sobre todo, estando allí el ganimedano y el ioniano, que no respiraban. Entonces Asteague/Che empezó a comunicarse a través de micromodulación de ondas de presión de la atmósfera (en inglés de la Edad Perdida, nada menos) y Mahnmut advirtió que la sala estaba presurizada por cuestiones de intimidad, no de comodidad. El habla-sónica era la forma de comunicación más segura del sistema galileano, e incluso el blindado obrero durovac de Io había sido retroequipado para acomodarse a ello.

—Quiero daros las gracias a todos por dejar vuestros deberes para venir aquí hoy —empezó a decir el de Pwyll, el integrador primero—, sobre todo a los que habéis viajado desde fuera de este mundo para estar presentes. Yo soy Asteague/Che. Bienvenidos, Koros III de Ganímedes, Ri Po de Calisto, Mahnmut de la investigación del polo sur, aquí, en Europa, y Orphu de Io.

Mahnmut giró sorprendido e inmediatamente abrió un canal.

¿Orphu de Io? ¿Eres entonces mi viejo interlocutor shakespeariano, Orphu de Io?

En efecto, Mahnmut. Es un placer conocerte en persona, amigo mío.

¡Qué extraño!; ¿Cuáles eran las probabilidades de que nos encontráramos de esta manera, en persona, Orphu?

No tan extraño, amigo mío. Cuando me enteré de que ibas a ser invitado a esta expedición suicida, insistí en ser incluido.

¿Expedición suicida?

—...después de más de cincuenta años jupiterinos sin contacto con los posthumanos —estaba diciendo Asteague/Che—, unos seiscientos años terrestres, hemos perdido la pista de lo que están haciendo los pH. Es hora de enviar una expedición sistema adentro, hacia el fuego del campamento, y averiguar cuál es el estatus de estas criaturas y calibrar si son una amenaza directa e inmediata para los galileanos. —Asteague/Che hizo una breve pausa—. Tenemos motivos para sospechar que lo son.

La pared situada tras el integrador europano era transparente, por ella se veía la masa de Júpiter sobre los campos helados iluminados por las estrellas. Se volvió opaca y entonces mostró las diversas lunas y mundos moviéndose en su danza fija alrededor del lejano sol. La imagen se centró en el sistema Tierra-Luna-anillos.

—Durante los últimos quinientos años ha habido cada vez menos actividad en los espectros de frecuencia modulada, gavitrones y neutrinos en los anillos de habitáculos polares y ecuatoriales de los posthumanos —dijo Asteague/Che—. Durante el último siglo, ninguna. En la Tierra misma, sólo hay rastros residuales... posiblemente debidos a actividad robótica.

—¿Existe todavía el grupito de humanos originales? —preguntó Ri Po, el pequeño calistano.

—No lo sabemos —respondió Asteague/Che. El integrador pasó la mano por el teclado y una imagen de la Tierra llenó la ventana, Mahnmut sintió que se le paraba la respiración. Dos tercios del planeta estaban iluminados por el Sol. Mares azules y unos cuantos rastros de continentes marrones eran visibles bajo las masas móviles de nubes blancas. Mahnmut nunca había visto la Tierra, y la intensidad del color le resultó casi abrumadora.

—¿Es una imagen en tiempo real? —preguntó Koros III.

—Sí. El Consorcio de las Cinco Lunas ha construido un pequeño telescopio óptico de espacio profundo justo en la parte frontal exterior del magnetodisco jupiterino. Ri Po estuvo implicado en el proyecto.

—-Pido disculpas por la baja de resolución —dijo el calistano—. Ha pasado más de un año jupiterino desde que nos dedicamos a la astronomía de luz visible. Y este proyecto fue apresurado.

—¿Hay rastros de los originales? —dijo Orphu de Io. Los descendientes de tu Shakespeare, por tensorrayo a Mahnmut.

—No se sabe —contestó Asteague/Che—. La mayor resolución es inferior a dos kilómetros y no hemos visto ningún signo de vida humana-original ni de artefactos, aparte de ruinas previamente localizadas. Hay un poco de faxactividad de neutrinos, pero puede ser automática o residual. En realidad, los humanos no nos preocupan ahora. Los post-humanos sí.

¿Mi Shakespeare? ¡Querrás decir nuestro Shakespeare!, tensorrayó Mahnmut al gran ioniano.

Lo siento, Mahnmut. Por mucho que me gusten los sonetos (incluso las obras teatrales de tu bardo) mi preferido es Proust.

¡Proust! ¡Ese esteta! ¡Estás bromeando!

En absoluto. En el espectro subsónico del tensorrayo se produjo un estertor que Mahnmut interpretó como la risa del ioniano.

El integrador abrió imágenes de algunos de los millones de habitáculos orbitales moviéndose en su danza de anillos alrededor de la Tierra. Muchos eran blancos, otros plateados. Por brillantes que parecieran en la pesada luz, tan cerca del Sol, también parecían extrañamente fríos. Y vacíos.

—No hay lanzaderas. No hay evidencias de faxeo de neutrinos anillos-a-Tierra. Y el puente-convoy de materiales pesados acelerando entre los anillos y Marte (observado en fecha tan reciente como hace veinte años jupiterinos, doscientos cuarenta y tantos años anillo Tierra/pH) ha desaparecido.

—¿Crees que los posthumanos han desaparecido? —preguntó Koros III—. ¿Que habrán muerto? ¿O emigrado?

—Sabemos que hubo un cambio en su uso de energía, cronoclástico, cuántico y gravitacional —dijo el integrador. La unidad era más alta y un poco más humanoide que Mahnmut, cubierta de brillantes materiales amarillos. Su voz era suave, calmada, cuidadosamente modulada—. Nuestro interés se centra en Marte.

La imagen del cuarto planeta llenó la ventana.

El interés que Mahnmut sentía por Marte era marginal en el mejor de los casos, y las imágenes que tenía del planeta eran de la Edad Perdida. Este mundo no se parecía a las fotos y holos de aquella época.

En vez de un mundo rojo oxidado, la imagen reciente de Marte revelaba un mar azul que cubría la mayor parte del hemisferio norte, el río del Valle Marineris era una cinta azul de muchos kilómetros de ancho que conectaba con ese océano. Gran parte del hemisferio sur seguía siendo marrón rojizo, pero había también grandes manchas de verde. Los Montes Tharsis, en realidad volcanes, seguían del suroeste al noreste en oscura procesión (uno con una visible columna de humo), pero el Monte Olympus se alzaba ahora a unos veinte kilómetros de una enorme bahía que trazaba un arco en el océano norteño. Nubes blancas se amontonaban y agrupaban en la mitad iluminada de la imagen y brillantes luces resplandecían cerca de la Llanura de Hellas más allá del borde oscuro del exterminador. Mahnmut vio un huracán girando al norte de la costa de la Planicie Chryse.

—Lo terraformaron —dijo Mahnmut en voz alta—. Los posts terraformaron Marte.

—¿Cuándo? —preguntó Orphu de Io. De todos modos, ninguno de los galileanos sentía particular interés por Marte, ni por ninguno de los Mundos Interiores, (a excepción de por su literatura), así que aquello podía haber sucedido en cualquier momento de los dos mil quinientos años terrestres transcurridos desde la ruptura entre los moravecs y la humanidad.

—En los últimos doscientos años —dijo Asteague/Che— Tal vez en el último siglo y medio.

—Imposible —Koros III fue rotando— Marte nunca podría ser terraformado en tan poco tiempo.

—Sí, imposible —convino Asteague/Che—. Pero ahí está.

—Entonces los post emigraron allí.— dijo Orphu de Io.

Respondió el pequeño Ri Po:

—Creemos que no. La resolución de nuestras observaciones de Marte ha sido un poco mejor que la de la Tierra. Por ejemplo, a lo largo de las costas...

La pantalla mostró una zona a lo largo de una península serpenteante al norte de donde los anchos ríos del Valle Marineris (más bien un largo mar interior, en realidad) desembocaban en una bahía, atravesaban un istmo, y luego se vaciaban en el océano del norte. La imagen se centró. Donde la tierra se encontraba con el mar (a trozos montañas desiertas de color rojo y en el resto llanuras verdes y pobladas de bosques), diminutas manchas negras seguían la línea de la costa. La imagen se centró una vez más.

—¿Son... esculturas? —preguntó Mahnmut.

—Cabezas de piedra, creemos —dijo Ri Po. La imagen cambió: la silueta de una de las imágenes difusas sugería un ceño, una nariz, una barbilla atrevida.

—Esto es ridículo —dijo Koros III—. Tendría que haber millones de estas cabezas de la isla de Pascua para cubrir toda la costa del océano norte.

—Contamos cuatro millones, doscientas tres mil quinientas nueve —dijo Asteague/Che—. Pero su construcción no está terminada. Tened en cuenta que esta foto fue tomada hace unos meses, durante la aproximación más cercana de Marte.

De una miríada de diminutas formas difusas surgió lo que podía ser una gran cabeza de piedra sobre ruedas. La cara pétrea miraba hacia el cielo, sus ojos sombríos contemplaban directamente el telescopio espacial. Las diminutas figuras parecían sujetas a la cabeza por múltiples cables que tiraban de ella, pensó Mahnmut, como los esclavos egipcios que tiraran de los bloques de una pirámide.

—¿Trabajadores humanos? —preguntó Orphu—. ¿O robots?

—Creemos que ni una cosa ni otra —dijo Ri Po—. El tamaño no encaja. Y fijaos en el color de las figuras en las bandas de análisis espectral.

—¿Verde? —dijo Mahnmut. Le gustaban los rompecabezas literarios, no los reales—. ¿Robots verdes?

—O una especie de pequeños humanoides verdes hasta ahora desconocidos —dijo con seriedad Asteague/Che.

Orphu de Io se estremeció con una risa subsónica.

—HV —dijo en voz alta.

[?], envió Mahnmut.

Hombrecillos verdes, transmitió Orphu de Io por la banda común, y se estremeció otra vez.

—¿Por qué hemos sido convocados? —le preguntó Mahnmut a Asteague/Che—. ¿Qué tiene que ver con nosotros esta terraformación?

El integrador devolvió la transparencia a la ventana. Las franjas de Júpiter y las llanuras de hielo de Europa a la luz de la tarde parecían apagadas y mudas después de todos los vibrantes azules y blancos del interior del sistema.

—Vamos a enviar un equipo a Marte para investigar esto e informar —dijo Asteague/Che—. Habéis sido elegidos. Podéis decir que no ahora. —Los cuatro permanecieron en silencio en todas las frecuencias de comunicación—. He dicho «informar» —continuó el integrador—, pero no necesariamente «volver». No tenemos ningún modo seguro de haceros regresar al sistema jupiterino. Por favor, indicad si queréis ser sustituidos en esta misión. —Los cuatro permanecieron en silencio—. Muy bien —dijo el integrador europano—. Descargaréis los detalles específicos sobre la expedición dentro de unos minutos, pero dejadme comentar los puntos principales. Usaremos el sumergible de Mahnmut para la exploración del planeta. Ri Po y Orphu cartografiarán desde la órbita mientras Mahnmut y Koros III van a la superficie. Nos interesa especialmente la actividad en y alrededor del Monte Olympus, el volcán más grande. La actividad de cambios cuánticos en esa zona ha sido grande e inexplicable. Mahnmut llevará a Koros III a la costa, y nuestro amigo de Ganímedes hará la exploración.

Mahnmut sabía por sus archivos y lecturas que los humanos de la Edad Perdida indicaban que querían interrumpir aclarándose la garganta. Hizo amago de aclararse la suya.

—Tienes que perdonar mi estupidez, pero ¿cómo llevamos a La Dama Oscura (mi sumergible) a Marte?

—No es ninguna pregunta estúpida —dijo el integrador—. ¿Orphu de Io?

El gigantesco cangrejo blindado giró sobre sus repulsores de modo que diversas lentes negras miraron a Mahnmut.

—Han pasado siglos desde que enviamos algo sistema adentro. Todo lo que enviáramos a la antigua usanza necesitaría medio año jupiterino para llegar. Hemos decidido usar las tijeras.

Ri Po se agitó en su hueco de la placa.

—Creía que las tijeras iban a utilizarse sólo para exploración interestelar.

—El Consorcio de las Cinco Lunas ha decidido que esto tiene prioridad —dijo Orphu de Io.

—Supongo que se usará algún tipo de nave espacial —intervino Koros III—. ¿O vais a lanzarnos uno tras otro, desnudos, como pollos disparados por un trebuchet?

El rumor subsónico de Orphu sacudió la placa. Obviamente le había gustado la comparación de Koros.

Mahnmut tuvo que acceder a la red común. Un trebuchet era un arma de asedio humana de la Edad Perdida, de los días anteriores a sus civilizaciones de Nivel Dos (prevapor), mecánica pero mucho más potente que una mera catapulta, capaz de lanzar grandes pedruscos a más de un kilómetro.

—Hay una nave espacial —dijo Asteague/Che—. Ha sido diseñada para llegar a Marte en unos cuantos días y configurada para que quepa en ella el sumergible de Mahnmut. La nave tiene un sub-sistema de entrada atmosférico para el sumergible de Mahnmut... La Dama Oscura.

—Llegar a Marte en unos cuantos días —repitió Ri Po—. ¿Cuáles son los factores delta-v para dejar el tubo de flujo de Io?

—Poco menos de tres mil gravedades —dijo el integrador—. Ges terrestres.

Mahnmut, que nunca había experimentado una carga gravitatoria más grande que la de Europa (una séptima parte de la g-terrestre), intentó imaginar veintiuna mil de tales ges. No pudo.

—Durante la aceleración, la nave, incluida La Dama Oscura, estará envuelta en gel —dijo Orphu de Io—. Estaremos tan cómodos como chips de circuitos en un molde de gelatina.

Estaba claro que Orphu había participado en la planificación de la nave y Ri Po en la observación de los dos mundos. Koros III probablemente había sido advertido de antemano sobre su papel al mando de la expedición. A Mahnmut le pareció que solamente a él lo habían dejado fuera de los preparativos de la misión, probablemente porque su función (dirigir La Dama Oscura a través de los mares marcianos) era poco importante. Tal vez, se dijo, debiera abandonar aquella expedición, después de todo.

¿Proust? tensorrayó al gran ioniano.

Lástima que no vayamos a la tierra, amigo mío. Podríamos visitar Stratford-on-Avon. Y comprar una jarrita de recuerdo.

Era una vieja broma entre ellos, pero en el contexto actual volvía a tener gracia. Mahnmut tensorrayó una decente imitación de la pesada risa de Orphu y el gran artefacto se agitó tan pesadamente en respuesta que los otros cuatro pudieron oírlo a través del denso aire.

Ri Po no se reía. Obviamente, estaba calculando.

—El impulso de una tijera nos daría una velocidad inicial de unas dos décimas partes de la velocidad de la luz, e incluso después de una drástica deceleración magnética sistema adentro, tendremos una velocidad de acercamiento de una milésima de la velocidad de la luz... más de trescientos kilómetros por segundo. Llegaremos a Marte con bastante rapidez, aunque esté al otro lado del Sol, como ahora. ¿Pero ha pensado alguien en cómo vamos a frenar una vez lleguemos allí?

—Sí —dijo Orphu de Io, dejando de sacudirse—. Hemos pensado en eso.

Incluso después de treinta años jupiterinos de existencia, Mahnmut no tenía a nadie de quien despedirse en Europa. Su compañero de exploración, Urtzweil, había sido destruido en un accidente cerca del Cráter Pwyll dieciocho años-J antes, y Mahnmut no había intimado con ninguna otra entidad consciente desde entonces.

Dieciséis horas después de la conferencia, Conamara Caos Central ordenó a los esforzados remolcadores orbitales que sacaran a La Dama Oscura de una ruta abierta y la pusieran en órbita, donde moravecs de durovac, supervisados por Orphu de Io, introdujeron el sumergible en el Martefacto y dejaron que los viejos remolcadores de inducción lunares llevaran éste hasta Io. Mahnmut y los otros tres moravecs de la expedición habían discutido brevemente el nombre que iban a darle al aparato, pero la imaginación les falló, el impulso les faltó y, como la mayoría de las naves espaciales construidas por los moravecs en los miles de años transcurridos desde que comenzara la navegación espacial, la nave era poco elegante según los clientes clásicos, al menos. Tenía ciento quince metros de eslora y estaba compuesta principalmente por vigas de buckycarbono, con un arrugado tejido de escudo de radiaciones envolviendo los nichos modulares, sondas olfateadoras semiautónomas, docenas de antenas, sensores y cables. La nave era claramente distinta a las máquinas del sistema jupiterino, sobre todo por su brillante núcleo bipolar magnético y sus vistosos deflectores externos. Dentro de su morro abultado había cuatro campanas de motor de fusión y los cinco cuernos del achicador Matloff/Fennelly. Una protuberancia de diez metros de ancho en la popa sujetaba la vela de boro plegada. Ni el achicador ni la vela harían falta hasta la deceleración del viaje y los motores de fusión no tenían nada que hacer en la fase de aceleración de la misión.

Mahnmut se quedó dentro de La Dama Oscura (ahora repleta de gel), mientras que Koros III y Ri Po se situaron a sesenta metros de distancia, en el módulo de control delantero que consideraban el puente. El plan era que Ri Po se encargara de pilotar durante su breve salto hacia dentro, mientras que Koros III servía como comandante titular de la expedición. El plan también requería que el ganimediano se trasladara al sumergible de Mahnmut poco antes de que La Dama Oscura, vaciada de gel, fuera lanzada a la atmósfera marciana. Una vez en los océanos de Marte, Mahnmut actuaría como taxista, llevando a Koros III al punto de desembarco que el comandante ganimediano escogiera para su acción de espionaje. Koros había descargado varios detalles de la misión que no concernían a Mahnmut.

Orphu de Io se había instalado en su hueco en el casco exterior de la nave, detrás de los diez toros solenides y delante de los puntales de las velas, y estaba conectado al puente y el sumergible por todo tipo de imaginables enlaces de voz, datos y comunicación. La mayor parte de su conversación no técnica la mantenía con Mahnmut.

Sigo interesadísimo en tu teoría de la construcción dramática de los sonetos, amigo mío. Espero que vivamos lo suficiente para que analices más el ciclo.

¡Pero Proust!, respondió Mahnmut. ¿Por qué Proust cuando puedes pasarte toda la existencia estudiando a Shakespeare?

Proust fue tal vez el explorador definitivo del tiempo, la memoria y la percepción, replicó Orphu.

Mahnmut hizo un sonido de estática.

El magullado ioniano emitió su sacudida a través de la línea de audio.

Espero convencerte de que ambos pueden ser disfrutados y de ambos puede aprenderse, Mahnmut, amigo mío.

El mensaje de Koros III llegó por la línea común: Quizá queráis aumentar la anchura de banda de las líneas visuales. Nos acercamos al toro de plasma de Io.

Mahnmut abrió todos los enlaces visuales tal como se le pedía. Prefería ver los acontecimientos externos a través de las lentes de Orphu de Io, pero en aquel momento las vistas más interesantes estaban en las cámaras de proa de la nave, y no necesariamente en los espectros de luz visible.

Aceleraron hacia la gran superficie a parches amarillos y rojos de Io, llegando a la luna desde debajo del plano de la eclíptica y preparados para pasar por encima de su polo norte justo antes de volar hacia el tubo de flujo Io-Júpiter.

Durante el breve viaje desde Europa, Orphu y Ri Po habían descargado la información pertinente sobre aquella región del espacio de Júpiter. Criatura de Europa, Mahnmut siempre se había concentrado principalmente en el sonar y en la leve percepción visual dentro de los negros océanos de allí, pero ahora percibía la esfera magnética joviana como el lugar ruidoso y abarrotado que era. Al mirar hacia delante en las bandas de radio decamétricas, vio el toro de plasma Io-Júpiter y, en ángulo recto al toro, el tubo de flujo de Io extendiéndose como unos anchos cuernos en los polos norte y sur de Júpiter. Más allá de Júpiter y sus lunas, más allá de la magnetopausa, Mahnmut notó cómo la proa combatía las turbulencias que chocaban como grandes olas blancas en un arrecife oculto, oyó las ondas Langmuir corriente arriba cantando en la oscuridad magnética más allá de ese arrecife, y detectó las ondas acústicas iónicas chisporroteando después de su largo viaje cuesta arriba desde el Sol. El Sol mismo era poco más que una estrella muy brillante desde el espacio de Júpiter.

Ahora, mientras la nave remontaba Io y se internaba en el tubo de flujo, Mahnmut oyó el coro en modo Whistler y los siseos que la pequeña luna hacía mientras atravesaba su propio toro de plasma, comiendo su propia cola, prácticamente. Pudo ver las profundas bandas de emisiones ecuatoriales y tuvo que reducir el rugido de radio kilométrico y decamétrico que procedía del tubo de flujo mismo. Todo el espacio galileano era un horno de radiación dura y actividad electromagnética (Mahnmut había pasado toda su existencia con este rugido de fondo en sus oídos virtuales), pero pasar del toro al tubo de flujo tan cerca de Júpiter envío violentas cascadas de torturados electrones siseando alrededor de la nave como banshees que gritaran para entrar en una casa asediada. Era una experiencia nueva y a Mahnmut le pareció un poco enervante.

Cuando estuvieron dentro del tubo de flujo, Koros gritó: «¡Aguantad!», antes de que los canales de sonido quedaran ahogados por el rugido del huracán.

El toro de plasma de Io era un gigantesco donut de partículas cargadas que se sacudían dentro de la cola de dióxido sulfúrico, sulfido de hidrógeno y otros gases que eran dejados atrás (y luego acumulados de nuevo) por la violenta luna que era el hogar de Orphu. Mientras Io aceleraba en su rápida órbita de 1,77 días alrededor de Júpiter, atravesando el campo magnético del gigante gaseoso y surcando su propio toro de plasma, creaba una enorme corriente eléctrica entre Júpiter y ella misma, un cilindro de doble cuerno e impulsos magnéticos increíblemente concentrados llamado el tubo de flujo de Io. El tubo conectaba los polos magnéticos sur y norte de Júpiter y creaba salvajes auroras allí, mientras que los cuernos del tubo de flujo mismo llevaban una corriente constante de unos cinco megaamperios y producían constantemente más de dos billones de vatios de energía.

El Consorcio de las Cinco Lunas había decidido hacía algunas décadas que sería una lástima despilfarrar dos billones de vatios de energía.

Mahnmut vio cómo el polo norte de Io fluctuaba bajo ellos. La materia eyectada por varios volcanes sulfúricos (sobre todo de Prometeo, al sur, cerca del ecuador de la luna), se alzaba a ciento cuarenta kilómetros de altura por encima de la magullada superficie, como si la violenta luna les estuviera disparando, intentando hacerlos volver antes de que alcanzaran el punto sin retorno.

Demasiado tarde. Ya estaban allí.

En el vídeo común de proa, las guías de navegación superpuestas de Ri Po mostraban su propia introducción en el tubo de flujo y proyectaban su alineamiento con la tijera. Júpiter se abalanzó hacia ellos, cubriendo rápidamente la visión como una muralla de muchas vetas.

Las hojas físicas de la tijera (un acelerador de ondas magnético de brazo dual, giratorio, insertado dentro del acelerador de partículas natural del tubo de flujo de Io) tenían ocho mil kilómetros de largo, sólo un fragmento de la longitud del tubo de flujo: más de medio millón de kilómetros curvos que conectaban el polo norte de Io con el polo norte de Júpiter.

Pero la tijera podía moverse. Como le había explicado a Mahnmut Orphu de Io:

—El momento angular puede ser una cosa esplendorosa, mi pequeño amigo.

La nave que albergaba el amado sumergible de Mahnmut se había aproximado a Io y el tubo de flujo (incluso después de la plena aceleración concedida por los remolcadores iónicos) a una velocidad de unos 24 kilómetros por segundo, menos de 86.000 kilómetros por hora. A esa velocidad, harían falta más de cuatro horas para atravesar la distancia del tubo de flujo entre el polo norte de Io y el de Júpiter, años-t para llegar a Marte. Pero no tenían ninguna intención de continuar a aquel paso de tortuga.

La nave entró en el chisporroteante y rugiente campo del tubo de flujo, encontró el vértice de la tijera, se alineó con la hoja superior, y entonces usó las propiedades aceleradoras del mismo tubo para lanzar el solenoide que era la nave espacial a través de los cinco kilómetros de cable del acelerador superconductor bipolar. En cuanto la nave entró en la primera puerta como una torpe pelota de croquet que atraviesa la primera de varios miles de metas, la hoja del acelerador-tijera empezó a abrirse con una velocidad angular diferencial cercana (y teóricamente incluso superior) a la velocidad de la luz. Cabalgaron un látigo ondulante en un segundo y luego pasaron a la punta del siguiente, usando tanta energía de aquellos dos billones de vatios como el acelerador-tijera podía conseguir.

La nave (y todo lo que había dentro) pasó de cero-g a casi tres mil ges en dos con seis segundos.

Júpiter se alzó ante ellos, pasó y quedó atrás en un parpadeo. Mahnmut redujo todos sus monitores para poder apreciar su partida.

—¡Yaaajuuuuu! —gritó Orphu desde el casco externo.

La nave y el sumergible se tensaron, crujieron, gruñeron y gimieron por la fuerza-g, pero estaban hechos de materia dura (La Dama Oscura misma había sido construida para soportar varios millones de kilogramos de presión por centímetro cuadrado en los mares profundos de Europa), igual que aquellos moravecs.

—¡La leche! —dijo Mahnmut, con intención de enviar el comentario sólo a Orphu de Io, pero emitiendo a sus tres colegas.

—En efecto —respondió Ri Po.

Las tórridas luces polares de Júpiter (el brillante óvalo auroral que rodeaba el polo norte del gigante gaseoso, acompañado por la ardiente huella de Io donde el tubo de flujo se encontraba con la atmósfera) destellaron bajo ellos y desaparecieron a popa.

Ganímedes, que segundos antes se encontraba a un millón de kilómetros al otro lado del sistema, se abalanzó hacia ellos, quedó atrás y se perdió de vista.

—Uruk Sulcus —dijo Koros III por la banda común, y por un momento Mahnmut pensó que el moravec-comandante se estaba atragantando o maldecía antes de captar el matiz levemente sentimental de su voz por lo demás fría, y entonces se dio cuenta de que Koros debía de estar refiriéndose a alguna región de Ganímedes (una bola de nieve sucia y apenas entrevista que quedaba atrás), que debía ser su hogar.

La diminuta luna de Himalia, que ninguno de ellos había visitado (ni les importaba) pasó agitándose como una luciérnaga con las alas ardiendo.

—Hemos atravesado el frente de choque principal —informó Ri Po con su acento sin inflexiones de Calisto—. Salimos de la charca local por primera vez... al menos este moravec.

Mahnmut miró sus pantallas. Según los indicadores de Ri Po estaban ya a cincuenta y tres diámetros de Júpiter y seguían acelerando. Mahnmut tuvo que consultar bancos de memoria desacostumbrados y ver que Júpiter tenía un diámetro de casi 142.000 kilómetros antes de comprender su velocidad. La nave trazaba un arco sobre el plano de la eclíptica, pero Mahnmut recordó vagamente que el plano era para que la gravedad del Sol los capturara de nuevo y los hiciera caer hacia Marte, que estaba al otro lado del Sol en este momento. En cualquier caso, pilotar no era asunto suyo. Su trabajo empezaría cuando desembarcaran en el océano de Marte, y navegar allí parecía bastante sencillo: rica luz solar, temperaturas cálidas, aguas poco profundas sin presión de importancia, estrellas por las que guiarse de noche, satélites geoposicionarios que pondrían en órbita para poder navegar durante el día, casi ninguna radiación en comparación con la superficie de Europa. ¡Nada de krakens! Nada de hielo. ¡Nada de hielo! Todo parecía demasiado natural, si los posthumanos eran hostiles, había bastantes posibilidades de que los moravecs no sobrevivieran al viaje a Marte ni a la entrada en la atmósfera, y aunque lo hicieran, había todavía más probabilidades de que nunca pudieran regresar a sus hogares en el espacio de Júpiter. Pero Mahnmut no podía hacer nada al respecto ahora. Sus pensamientos empezaron a centrarse en el Soneto 127.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Koros III.

Todos informaron que estaban bien. Hacía falta algo más que unos cuantos millares de gravedades sobre sus respectivos pechos para acabar con aquella tripulación. La moral era alta.

RI Po empezó a informar acerca de otros hechos de navegación y espaciales, pero Mahnmut ya no prestaba atención. Estaba atrapado en el campo de gravedad del Soneto 127, el primero de los dedicados a la «Dama Oscura».

 

 

 

8 - Ardis

 

Daeman durmió bien y soñó con mujeres.

Le resultaba ligeramente divertido, si no extraño, soñar sólo con mujeres el día que no se acostaba con una. Era como si requiriese carne cálida y femenina junto a él cada noche, y su subconsciente la suministrara cuando sus esfuerzos diarios fracasaban. Cuando despertó tarde, en su cómoda habitación de Ardis Hall, el sueño se deshizo en jirones, pero quedó de él lo suficiente (además de la habitual erección matutina) para traerle un recuerdo del cuerpo de Ada, o alguien muy parecida a Ada: cálida, de piel blanca, perfumada, con nalgas rotundas y pechos redondos y muslos sólidos. Daeman anhelaba la conquista del fin de semana venidero y tenía pocas dudas esta hermosa mañana de que tendría éxito.

Más tarde, ya duchado, afeitado, vestido impecablemente al estilo que consideraba rural informal (pantalones de algodón de rayas blancas y azules, chaleco de lana, chaqueta pastel, camisa de seda blanca y corbata de piedra de rubí, con su bastón favorito y con zapatos de cuero negro un poco más recios que sus habituales zapatillas) desayunó en el conservatorio iluminado y descubrió, para su satisfacción, que Hannah y aquel tal Harman se habían marchado por la mañana temprano. «A preparar el vertido de la tarde», fue la críptica explicación que dio Ada y a Daeman no le interesó lo suficiente para pedir explicaciones. Se alegraba de que el tipo se hubiera marchado.

Ada no sacó a colación absurdos como los libros o las naves espaciales, sino que pasó con él toda la mañana, haciéndole de guía, familiarizándolo de nuevo con las muchas alas y pasillos de Ardis Hall, sus bodegas y pasadizos secretos y antiguos desvanes. Él recordó un recorrido similar en su primera visita y a la púber Ada-niña guiándolo por una desvencijada escalera hasta la plataforma del jinker del tejado. Daeman, atento como siempre a tales revelaciones, medio entrevió el cielo de todo hombre joven en su falda arremangada mientras ella subía ante él: recordaba perfectamente los muslos lechosos y las sombras oscuras y punteadas.

Esa mañana subieron la misma escalera hasta la misma plataforma. Los tablones de caoba todavía brillaban, sobresaliendo entre gabletes hasta un alero situado a veinte metros sobre el sendero de grava donde los voynix se alzaban como escarabajos erguidos y oxidados. Daeman se apartó del borde sin barandilla, pero Ada ignoró el peligro y se acercó hasta el límite, para contemplar con tristeza la pradera y la lejana línea del bosque.

—¿No darías cualquier cosa por tener un jinker que funcionara? —dijo ella—. ¿Aunque sólo fuera unos cuantos días?

—No. ¿Por qué?

Ada hizo un gesto con sus manos de largos dedos.

—Incluso con un jinker infantil, podrías sobrevolar el bosque y el río, remontar esas montañas hasta el oeste, volar durante días y días lejos de aquí, lejos de cualquier faxpuerto.

—¿Por qué querría nadie hacer eso?

Ada lo miró un instante.

—¿No sientes curiosidad? ¿Por lo que hay ahí?

Daeman se arregló el chaleco como si se estuviera limpiando migajas.

—No seas absurda, querida. Ahí no hay nada de interés: desierto, ninguna persona. Vaya, todo el mundo que conozco vive a unos kilómetros de un faxpuerto. Además, hay Tyrannosaurus rex por ahí fuera.

—¿Un tiranosaurio? ¿En nuestro bosque? —dijo Ada—. Tonterías. Nunca hemos visto uno por aquí. ¿Quién te ha dicho eso, primo?

—Tú lo hiciste, querida. La última vez que estuve de visita, hace medio Veinte.

Ada negó con la cabeza.

—Debí quedarme contigo.

Daeman pensó en aquello, en sus años de ansiedad por la idea de volver a visitar Ardis, en las pesadillas a causa de los tiranosauríos que había tenido durante años, y sólo pudo hacer una mueca.

Ada pareció leer sus pensamientos y sonrió levemente.

—¿Te has preguntado alguna vez, primo Daeman, por qué los posts decidieron mantener nuestra población en un millón? ¿Por qué no un millón uno? O novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve? ¿Por qué un millón?

Daeman parpadeó, intentando encontrar la relación entre la charla sobre los jinkers infantiles de la Edad Perdida y los dinosaurios y la población humana que era la misma desde... bueno, desde siempre. Tampoco le gustó que les recordara a ambos que eran primos, ya que las antiguas supersticiones a veces inhibían las relaciones sexuales entre familiares.

—Me parece que ese tipo de especulaciones provocan indigestión, incluso en un día tan hermoso como éste, querida —dijo—. ¿Pasamos a un tema más feliz?

—Por supuesto —respondió Ada, bendiciéndolo con la más dulce de las sonrisas—. ¿Por qué no bajamos a buscar a algunos de los otros invitados antes del almuerzo y nuestro viaje al sitio del vertido?

Esta vez, ella fue la primera en bajar la escalera.

Los servidores flotantes sirvieron el almuerzo en el patio norte y Daeman charló amigablemente con algunos de los jóvenes (parecía que varios invitados más habían faxeado para el «vertido» de la tarde, fuera lo que fuese), y después de la comida muchos de los invitados encontraron camas en la casa o cómodos sillones a la sombra en los jardines donde reclinarse mientras se cubrían los ojos con paños turín. El tiempo habitual bajo el turín era de una hora, así que Daeman se acercó hasta la linde de los árboles, atento a las mariposas mientras caminaba.

Ada se reunió con él cerca del pie de la colina.

—¿No usas el turín, primo Daeman?

—No —dijo él, y se dio cuenta de que había sido más brusco de lo que pretendía—. Me he acostumbrado a esas cosas después de casi una década, pero no abuso de ellas. ¿Tú también te abstienes, Ada, querida?

—No siempre —contestó la joven. Hacía girar un parasol de color albaricoque mientras caminaba, y la suave luz le daba a su tez pálida un brillo hermoso—. Compruebo los acontecimientos de vez en cuando, pero me parece que estoy demasiado ocupada para volverme adicta como tanta gente hoy en día.

—Parece que hay turín por todas partes.

Ada se detuvo a la sombra de un olmo gigantesco con anchas ramas bajas. Bajó el parasol y lo cerró.

—¿Lo has probado?

—Oh, sí. Se puso de moda en mis Veinte. Me pasé varias semanas disfrutando del... exceso de todo eso. —No pudo evitar por completo el disgusto que le causaba el recuerdo—. Desde entonces, no.

—¿Te opones a la violencia, primo?

Daeman hizo un gesto neutral.

—Me opongo a su... sustitución.

Ada se rió en voz baja.

—Precisamente ése es el motivo de Harman para no probarlo nunca. Los dos tenéis algo en común.

La idea era tan improbable que la única respuesta de Daeman fue apartar hojas muertas del suelo con la punta de su bastón.

Ada miró al sol en vez de utilizar la función temporal de su palma.

—Se despertarán pronto. «Una hora bajo el paño equivale a ocho horas de turgente experiencia.»

—Ah —dijo Daeman, preguntándose si lo había dicho con doble intención. Su expresión, siempre amable pero un tanto pícara, no daba ninguna pista—. Eso del vertido... ¿durará mucho?

—Está previsto que dure casi toda la noche.

Daeman parpadeó sorprendido.

—¿Seguro que no acabaremos durmiendo al raso en el río o donde vaya a tener lugar ese acontecimiento? —se preguntó si dormir bajo las estrellas y anillos mejoraría sus posibilidades de pasar la noche con la joven.

—Habrá provisiones para aquellos que quieran quedarse toda la noche en el sitio del vertido —dijo Ada—. Hannah promete que será bastante espectacular. Pero la mayoría de nosotros volverá a la mansión poco después de medianoche.

—¿Habrá vino y otras bebidas en el... ah... vertido? —preguntó.

—Con toda seguridad.

Ahora le tocó a Daeman el turno de sonreír. Que los demás se quedaran viendo el espectáculo, él le serviría a Ada bebidas durante toda la noche, seguiría su «turgente» línea de sugerente conversación, la acompañaría a casa (con suerte y la planificación adecuada irían solos los dos en un pequeño carruaje), vertería la fuerza plena de sus no poco considerables poderes de atención sobre ella y, con sólo un poquito de suerte adicional, esta noche no tendría que soñar con mujeres.

A última hora de la tarde, la veintena aproximada de invitados a la mansión (algunos farfullando sobre los acontecimientos experimentados con el turín durante el día, cómo Menelao había sido alcanzado por una flecha envenenada o una tontería por el estilo) fueron reunidos por un puñado de serviciales servidores y todos salieron hacia el «sitio del vertido» en una caravana de droskhies y carruajes.

Se las había arreglado para ir en el carruaje principal con su anfitriona, y Ada señalaba árboles interesantes, claros y arroyos mientras avanzaban y zumbaban a lo largo de cuatro o más kilómetros por el sendero de tierra hacia el río. Daeman ocupó más espacio en su lado del banco de cuero rojo de lo que le correspondía dada su agradable redondez, y fue recompensado con el contacto del muslo de Ada contra el suyo durante todo el viaje.

Su destino, vio cuando salían del risco de piedra caliza sobre el valle fluvial, no era el río, exactamente, sino un afluente del canal principal, una charca de unos cientos de metros de diámetro, donde la erosión y las riadas habían creado un amplio escudo de arena (una especie de playa). Allí habían levantado una elevada y frágil estructura de troncos, ramas, escalerillas, caños, rampas y escaleras. A Daeman le pareció un burdo patíbulo, aunque nunca había visto un patíbulo de verdad, naturalmente.

Había antorchas en el poco profundo afluente y la endeble estructura se alzaba mitad sobre la arena, mitad sobre el agua. Un centenar de metros más allá, bloqueando aquel canal del río, había una estrecha isla llena de cicadáceas y helechos de pelo de caballo, donde los pájaros y pequeños reptiles voladores alzaban el vuelo con una algarabía de gritos y un frenético aleteo. Daeman se preguntó tontamente si habría mariposas en la isla.

En una zona herbosa de la playa habían levantado pintorescas tiendas de seda, sillones y largas mesas de comida. Los servidores flotaban de un lado a otro, a veces gravitando sobre las cabezas de los invitados que llegaban.

Caminando tras Ada al bajar del carruaje, Daeman reconoció a algunos de los trabajadores del extraño andamiaje: Hannah en la cima, atando más elementos estructurales, con un pañuelo rojo alrededor de la cabeza; el demente, Harman, sin camisa, sudando, con una piel extrañamente bronceada mantenía un fuego contenido a unos tres metros bajo Hannah; otros jóvenes, presumiblemente amigos de Hannah y Ada, corrían de un lado a otro entre las rampas de madera y las escaleras, llevando pesadas cargas de arena y más ramas y piedras redondas.

Un fuego ardía con fuerza en el núcleo de barro de la estructura y las chispas se alzaban al sol del atardecer. Todas las acciones de los trabajadores parecían llenas de sentido, aunque Daeman no le encontraba ninguno al alto montón de palos y canales y barro y arena y llamas.

Un servidor llegó flotando y le ofreció una bebida. Daeman la aceptó y se fue en busca de un asiento a la sombra.

—Esto es la cúpula —explicó Hannah al grupo de invitados más tarde—. Llevamos trabajando en ella una semana, trayendo materiales río abajo en canoas. Cortando y doblando ramas para que encajen.

Fue después de una buena cena. La luz del sol todavía iluminaba las altas montañas en la vertiente cercana al río, pero el valle en sí estaba en sombras y ambos anillos brillaban con fuerza en el cielo oscuro. Las chispas saltaban y flotaban hacia los anillos y el bufido de los fuelles y el rugido del horno eran muy fuertes. Daeman tomó otra copa, la octava o la décima de la tarde, y ofreció una segunda a Ada, quien negó con la cabeza y volvió su atención hacia Hannah.

—Hemos entretejido la madera para darle forma de cesta y hemos cubierto el centro del horno, el pozo, con barro refractario. Lo hicimos a paletadas, mezclando arena seca, bentonita y agua. Luego hicimos bolas con la masa de barro, las envolvimos en hojas mojadas para impedir que se secaran, y cubrimos el pozo del horno con el material. Eso es lo que impide que toda la cúpula de madera se prenda fuego.

Daeman no tenía ni idea de lo que estaba hablando la mujer. ¿Por qué construir una estructura grande y llamativa de madera y luego prenderle fuego por el centro si no quieres que arda? Aquel lugar era una casa de locos.

—Básicamente —continuó Hannah—, nos hemos pasado los últimos días alimentando el fuego principal y apagando todos los otros pequeños iniciados por el horno. Por eso lo hemos construido cerca del río.

—Maravilloso —murmuró Daeman, y fue en busca de otra bebida mientras Hannah y sus amigos (incluso el insufrible Harman) seguían parloteando, usando términos absurdos como «lecho de roca», «cinturón de viento», «tobera» (que según explicaba Hannah era una especie de entrada de aire en su horno cubierto de barro, cerca de la cual una joven llamada Emme seguía trabajando en los fuelles), «zona de fundición» y «arena moldeadora» y «espita» y «agujero de escoria». A Daeman todo aquello le parecía bárbaro y vagamente obsceno.

—Y ahora ha llegado el momento de ver si funciona —anunció Hannah. Su voz revelaba a la vez agotamiento y entusiasmo.

De repente, los invitados tuvieron que echarse atrás en la orilla arenosa del río. Daeman se apartó hacia el prado cercano a las mesas, mientras todos los jóvenes (y aquel maldito Harman) iniciaban un frenesí de acción. Las chispas volaron más altas. Hannah corrió hasta el borde de la llamada cúpula mientras Harman se asomaba a las llamas contenidas por el horno de barro de abajo y gritaba esto y lo otro. Emme siguió manejando los fuelles hasta que no pudo más y fue relevada por el hombre delgado llamado Loes. Daeman escuchó por encima a Ada explicar sin aliento aún más detalles a sus amigos. Captó términos como «tubo de explosión» y «puerta de explosión» y «escoria congelada» (aunque las llamas ardían más altas y más calientes que antes) y «presión de explosión». Daeman se apartó otros diez o quince pasos.

—¡Temperatura de dos mil trescientos grados! —le gritó Harman a Hannah. La mujer delgada se secó el sudor de la frente, hizo algún ajuste en la cúpula de arriba y asintió. Daeman agitó su bebida y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera estar con Ada a solas en el carruaje que los llevaría de vuelta a Ardis Hall.

De repente se produjo una conmoción que hizo que Daeman levantara la cabeza de su bebida seguro de que vería toda la estructura en llamas y a Hannah y a Harman ardiendo como muñecos de paja. Pero no. Aunque Hannah usaba una manta para apagar las llamas de la escalerilla situada bajo la parte superior de la cúpula (espantando a serviciales servidores e incluso a un voynix que se había acercado para proteger a los humanos del peligro), Harman y otros dos habían terminado de hurgar dentro del feroz horno y acababan de abrir una «espita», permitiendo que lo que parecía ser lava amarilla fluyera hasta la playa por los canales de madera.

Algunos de los invitados se abalanzaron hacia delante, pero los gritos de Hannah y el calor que emanaba del flujo de metal líquido los obligaron a retroceder.

Los canales rudamente tallados y alineados humearon pero no se incendiaron mientras el metal rojo amarillento fluía viscosamente desde la estructura de la cúpula, dejaba atrás las escaleras y se vertía en un molde en forma de cruz situado en la arena.

Hannah bajó corriendo una escalera y ayudó a Harman a sellar el agujero. Los dos se asomaron al horno a través de una portilla, hicieron algo (Ada se lo estaba explicando a un invitado) al «agujero de escoria» (diferente de la espita, advirtió Daeman vagamente) y entonces la joven y el hombre mayor (que pronto sería un hombre mayor y muerto, pensó Daeman cruelmente) saltaron desde la estructura de la cúpula a la arena y corrieron a mirar el molde.

Más invitados corrieron hasta la playa. Daeman se acercó sin ganas, depositando su bebida en la bandeja de un servidor que pasaba.

El aire estaba muy frío junto al río, pero el calor del molde al rojo vivo en la arena golpeó el rostro de Daeman como un feroz puño.

La materia fundida se solidificaba en una masa roja y gris en forma de cruz.

—¿Qué es esto? —preguntó Daeman en voz alta—. ¿Alguna especie de símbolo religioso?

—No —respondió Hannah. Se quitó el pañuelo y se secó el rostro sudoroso, manchado de hollín. Sonreía como si estuviera loca—. Es el primer molde de bronce desde hace... ¿cuánto, Harman? ¿Mil años?

—Probablemente el triple —le dijo el hombre mayor tranquilamente.

Los invitados murmuraron y aplaudieron.

Daeman se echó a reír.

—¿Para qué sirve? —preguntó.

Harman lo miró.

—¿Para qué sirve un bebé recién nacido? —dijo el hombre sudoroso, el torso desnudo.

—Precisamente por eso lo digo —contestó Daeman—. Ruidoso, exigente, apestoso... inútil.

Los otros lo ignoraron mientras Ada abrazaba a Hannah, Harman y los demás trabajadores, como habría hecho si hubieran realizado algo de valor. Los invitados se arremolinaron. Harman y Hannah subieron las escaleras y empezaron a chismorrear, asomándose a las portillas y hurgando en el horno con barras de metal como si hubiera más producción de esa lava. Evidentemente, se dijo Daeman, aquel espectáculo de pirotecnia iba a continuar toda la noche.

Daeman sintió de pronto ganas de orinar, dejó atrás las mesas, pensó primero hacerlo en el pabellón cubierto, y luego decidió (de acuerdo con el espíritu de toda aquella tontería pagana) responder a la llamada de la naturaleza al fresco. Subió el desnivel de hierba camino de la oscura línea de árboles tras una mariposa monarca que pasó aleteando junto a él. No había nada fuera de lo común en ver una monarca, pero era tarde y había pasado además la estación para que estuviera por ahí revoloteando. Daeman dejó atrás al último voynix y se adentró bajo las altas ramas de olmos y cicadáceas.

Alguien, posiblemente Ada, gritó algo desde la ribera del río, a treinta metros de distancia, pero Daeman ya se había desabrochado los pantalones y no quiso parar. En vez de darse la vuelta para responder, avanzó otros veinte pasos o así para ocultarse en la oscuridad del bosque. Aquello sólo requería un minuto.

—Ahhh —dijo, todavía observando las alas anaranjadas de la mariposa a tres metros de él mientras el chorro de orina caía sobre el oscuro tronco de un árbol.

El enorme alosaurio, de nueve metros de largo del morro a la cola, surgió de la oscuridad a cuarenta kilómetros por hora, agachándose bajo las ramas mientras cargaba.

Daeman tuvo tiempo de gritar pero decidió volver a subirse los pantalones antes de darse la vuelta y correr expuesto de esa manera. A pesar de toda su lujuria, Daeman era un hombre modesto. Alzó su pesado bastón de madera para combatir a la bestia.

El alosaurio apresó el bastón y el brazo por igual. Le arrancó el brazo por el hombro. Daeman gritó de nuevo e hizo una pirueta en medio de una fuente de su propia sangre.

El alosaurio lo derribó y le arrancó el otro brazo (lo lanzó al aire y lo pilló al vuelo como si fuera un aperitivo), y luego procedió a sujetar el torso sin brazos pero que aún se sacudía con una pata enorme y con garras, hasta que se preparó para bajar de nuevo su terrible cabeza. De manera casi juguetona el monstruo mordió a Daeman y lo partió por la mitad, tragándose del tirón la cabeza y la parte superior del torso. Las costillas y la columna crujieron y desaparecieron en las fauces del animal. Entonces el alosaurio engulló las piernas y la mitad inferior del torso del hombre, lanzando alrededor pedazos de carne como haría un perro con una rata.

El zumbido del fax comenzó entonces, mientras dos voynix corrían y mataban al dinosaurio.

—Oh, Dios mío —gimió Ada, deteniéndose al borde de los árboles mientras los voynix terminaban su sangrienta tarea.

—Qué carnicería —dijo Harman. Indicó a los otros invitados que retrocedieran—. ¿No le advertiste que permaneciera dentro del límite de los voynix? ¿No le hablaste de los dinosaurios?

—Él preguntó por los tiranosaurios —dijo Ana, la mano todavía cubriéndole la boca—. Le dije que no había ninguno por aquí.

—Bueno, eso es verdad —dijo Harman.

Tras ellos, el crisol continuaba rugiendo y lanzando chispas de hollín al cielo cada vez más oscuro.

 

 

 

9 - Ilión y Olimpo

 

Afrodita me ha convertido en espía, y sé cuál es el castigo que los mortales hemos aplicado siempre a los espías. Sólo puedo imaginar qué me harán los dioses. Pensándolo bien, prefiero no hacerlo.

Esta mañana, el día después de convertirme en agente secreto de la diosa del amor, Atenea se teleporta cuánticamente desde el Olimpo y se morfea en un troyano, el lancero llamado Laudoco. Obedeciendo la orden de Zeus de que los guerreros de Ilión deben ser quienes rompan la actual tregua, busca al arquero Pándaro, hijo de Licaón.

Usando el casco de invisibilidad de Hades y el medallón de teleportación privado que me dio mi musa, me TCeo tras Atenea, luego me morfeo en un capitán troyano llamado Equepolo y sigo a la diosa disfrazada.

¿Por qué elegí a Equepolo? ¿Por qué me resulta familiar el nombre de este capitán sin importancia? Entonces me doy cuenta de que a Equepolo sólo le quedan unas horas de vida; si Atenea tiene éxito al utilizar a Laódoco para romper la paz, este troyano (al menos según Homero) recibirá una lanzada de los argivos en el cráneo.

Bueno, el señor Equepolo podrá recuperar su cuerpo y su identidad antes de que eso suceda.

En la Ilíada de Homero esta ruptura de la tregua sucedió justo después de que Afrodita apartara a Paris de su combate singular con Menelao, pero en la realidad de esta guerra de Troya, esa no-confrontación entre Menelao y Paris sucedió hace años. Esta tregua es algo más mundano: algunos de los representantes del rey Príamo se reúnen con algunos de los heraldos de los aqueos; ambos bandos llegan a algún complicado acuerdo para dejar de luchar debido a alguna fiesta o algún funeral o alguna otra cosa por el estilo. Si me preguntan a mí, uno de los motivos por los que este asedio ha durado casi una década es debido a tanto tiempo descontado de la lucha: los griegos y troyanos tienen tantas celebraciones religiosas como nuestros hindúes del siglo XXI, y tantas fiestas como un empleado de correos americano. Uno se pregunta cómo consiguen matarse unos a otros entre tantas festividades y sacrificios a los dioses y celebraciones funerarias de diez días.

Lo que me fascina ahora, tan poco tiempo después de haber jurado rebelarme contra la voluntad de los dioses (sólo para encontrarme siendo mucho más peón de su voluntad que antes), es la cuestión de con qué rapidez y con qué precisión pueden desviarse los acontecimientos reales de esta guerra de los detalles del relato de Homero. Hasta ahora las diferencias (la secuencia de la Reunión de los Ejércitos, por ejemplo, o el momento de la abortada batalla entre Paris y Menelao) han sido de poca importancia, fácilmente explicables por la necesidad de Homero de incluir ciertos acontecimientos pasados en el corto lapso del poema, que se sitúa en el décimo año de la guerra. Pero, ¿y si los acontecimientos toman realmente un curso diferente? ¿Y si me acerco a, pongamos por caso, Agamenón esta mañana y clavo esta lanza (la lanza del pobre y condenado Equepolo, cierto, pero una buena lanza de todas formas) en el corazón del rey? Los dioses pueden hacer muchas cosas, pero no pueden devolver a la vida a los mortales muertos (ni a los dioses muertos tampoco, por paradójico que eso parezca).

¿Quién eres, Hockenberry, para frustrar el Destino y desafiar la voluntad de los dioses?, me interroga una vocecita debilucha y académica que he escuchado y seguido la mayor parte de mi vida real.

Yo soy yo, Thomas Hockenberry, es la respuesta de mi yo contemporáneo, fragmentado como está, y ahora mismo estoy harto de estos matones prepotentes que se llaman a sí mismos dioses.

Ahora, en mi papel de espía más que de escólico, me acerco lo suficiente para escuchar el diálogo entre Atenea (morfeada como Laudoco) y ese bufón (pero buen arquero) que es Pándaro. Hablando como un guerrero troyano a otro, Atenea-Laudoco apela a la vanidad del idiota, le dice que el príncipe Paris lo cubrirá de regalos si mata a Menelao, e incluso lo compara con el arquero por excelencia, Apolo, si tiene la habilidad para conseguir este tiro.

Pándaro se traga el anzuelo, la caña y el sedal (Atenea prendió el corazón del loco en su interior, fue la manera en que un buen traductor describió este momento), y hace que algunos de sus amigotes lo oculten de la vista con sus escudos mientras prepara su largo arco y escoge la flecha perfecta para el asesinato. Durante siglos, los escólicos (los expertos en la Ilíada) han discutido el tema de si los griegos y troyanos usaban o no veneno en sus flechas. La mayoría de los escólicos, yo incluido, decían que no: esa conducta simplemente no estaba a la altura del alto concepto del honor en la batalla que tienen estos héroes. Nos equivocábamos. Sí que emplean veneno. Y un veneno letal y rápido, por cierto. Eso explica por qué tantas de las heridas mencionadas en la Ilíada eran tan rápidamente fatales.

Pándaro dispara. Es un tiro brillante. Sigo la flecha mientras vuela cientos de metros, traza un arco y luego se abalanza directamente hacia el pelirrojo hermano de Agamenón. La flecha atravesará a Menelao mientras permanece al frente de sus combatientes contemplando a los heraldos discutir en tierra de nadie. Es decir, lo atravesará si no interviene ninguna deidad amiga de los griegos.

Una lo hace. Con mi visión aumentada, veo a Atenea abandonar el cuerpo de Laudoco y TCearse al lado de Menelao. La diosa está jugando un doble papel: engaña a los troyanos para que rompan la tregua y luego corre a asegurarse de que uno de sus favoritos, Menelao, no resulte muerto. Embozada de la cabeza a los pies, invisible para amigos y enemigos pero visible para este escólico, aparta la flecha como una madre aparta una mosca de su hijo dormido (creo que he plagiado esa imagen, pero ha pasado tanto tiempo desde que leí el libro de la Ilíada, traducido o en versión original, que no puedo estar seguro).

Con todo, a pesar de su gesto protector de desvío, la flecha alcanza al hombre. Menelao grita de dolor y cae, con la flecha asomando de su cuerpo justo por encima de la entrepierna. ¿Ha fallado Atenea?

Se produce la confusión. Los heraldos de Príamo corren tras las líneas troyanas y los negociadores aqueos se protegen tras los escudos griegos. Agamenón, que ha estado empleando el tiempo de la tregua para pasar revista a sus tropas, que se extienden fila tras fila (tal vez la inspección está pensada para imponer su liderazgo esta primera mañana tras el motín de Aquiles), llega a tiempo de encontrar a su hermano revolviéndose en el suelo, mientras capitanes y tenientes se congregan a su alrededor.

Manejo mi pequeño bastón. Aunque el bastón parece el tipo de maza que un comandante troyano menor podría llevar, no es propiedad del capitán Equepolo: es mío, de uso estándar por los escólicos. Es una especie de micrófono direccional, que detecta y amplifica el sonido hasta cuatro kilómetros de distancia y transmite la información a los auriculares que llevo cada vez que estoy en las llanuras de Ilión.

Agamenón le esta haciendo a su hermano moribundo un responso cojonudo. Lo veo mecer la cabeza y los hombros de Menelao en sus brazos y lo oigo disertar sobre la terrible venganza que él, Agamenón, descargará sobre los troyanos por el asesinato del noble Menelao, después de lo cual lamenta cómo los aqueos (a pesar de la sangrienta venganza de Agamenón) perderán valor, renunciarán a la guerra y llevarán sus negras naves de vuelta a casa cuando Menelao haya muerto. Después de todo, ¿qué sentido tiene rescatar a Helena si su marido engañado está muerto? Abrazando a su gimoteante hermano, Agamenón hace de profeta;

—Pero las tierras de Príamo alimentarán los gusanos con tu carne y pudrirán tus huesos, oh, hermano mío, mientras yaces muerto ante las murallas infranqueadas de Troya, fracasada tu misión.

La mar de alegre todo. Justo lo que un moribundo quiere escuchar.

—Espera, espera, espera —gruñe Menelao entre dientes—. No me entierres tan rápido, hermano mayor. La punta de la flecha no está alojada en ningún punto mortal. ¿Ves? Se ha clavado en mi cinturón de bronce y me ha dado en el mango del amor que pretendía perder, no en las pelotas ni en el vientre

—Ah, sí —dice Agamenón, frunciendo el ceño ante la herida donde la flecha apenas ha penetrado levemente. Casi parece decepcionado. Todo el responso es caca de vaca ahora y parecía que se lo había estado trabajando un rato.

—Pero la flecha está envenenada —jadea Menelao, como intentando alegrar a su hermano. El pelo rojo de Menelao está empapado de sudor y hierba, pues el casco dorado salió rodando cuando cayó.

Tras ponerse en pie y soltar los hombros y la cabeza de su hermano tan rápidamente que Menelao habría vuelto a caerse al suelo si sus capitanes no lo hubieran sujetado, Agamenón manda llamar a Taltibio, su heraldo, y le ordena que busque a Macaón, el hijo de Asclepio, el médico del propio Agamenón, y bastante bueno por cierto, ya que se supone que Macaón aprendió su oficio de Quirón, el amistoso centauro.

Ahora parece cualquier campo de batalla de cualquier época: un hombre caído gritando y maldiciendo y gimiendo mientras el dolor empieza a fluir a través de la conmoción inicial de la herida, amigos arrodillados alrededor, indefensos, inútiles, y luego la llegada del médico y sus ayudantes, dando órdenes, arrancando la punta de bronce de la carne, sorbiendo veneno, colocando vendas limpias sobre la herida, mientras Menelao sigue gritando como el típico cerdo en el sacrificio.

Agamenón deja a su hermano al cuidado de Macaón y se va a arengar a sus hombres a la batalla, aunque los aqueos (incluso sin Aquiles en sus filas) parecen airados y furiosos y hoscos y con poca necesidad de que los espoleen para ir al combate.

Veinte minutos después del aciago disparo de flecha de Pándaro, la tregua se ha acabado y los griegos atacan las líneas troyanas a lo largo de cuatro kilómetros de polvo y sangre.

Es hora de que salga del cuerpo de Equepolo antes de que al pobre hijo de puta le den con una lanza en plena frente.

No recuerdo mucho de mi vida real en la Tierra. No recuerdo si estuve casado, si tuve hijos, dónde viví. Sólo tengo imágenes borrosas de un estudio repleto de libros donde leía y preparaba mis clases. Tampoco recuerdo la pequeña facultad donde enseñaba en West-Central, Nueva York, de la que sólo conservo imágenes de edificios de ladrillos y piedra en una colina con una maravillosa vista al este. Una de las cosas más raras de ser escólico es que los fragmentos de recuerdos no-esencialmente-escólicos regresan después de meses y años, lo cual puede ser uno de los motivos por los que los dioses no nos permiten vivir mucho. Yo soy la excepción.

Pero recuerdo las clases y los rostros de mis estudiantes, las charlas, algunas discusiones alrededor de una mesa ovalada. Recuerdo a una mujer de rostro juvenil preguntando: «Pero ¿por qué duró tanto tiempo la guerra de Troya?» También recuerdo haberme sentido tentado de señalarle que ella se había criado en una época de comida rápida y guerras rápidas —McDonald's y la guerra del Golfo, Arby's y la guerra al terrorismo—, pero que en aquellos días antiguos, los griegos y sus enemigos no tenían más intención de apresurarse en la guerra que de apresurarse con una buena comida.

En vez de insultar los momentos de atención de mis estudiantes, le explicaba a la clase cómo aquellos héroes agradecían la batalla, cómo una de sus palabras para el combate era charme, que proviene de la misma raíz de charo, «alegría». Les leía una escena donde dos guerreros se enfrentan y son descritos como charmei gethosunoi: «regocijándose en la batalla». Les explicaba el concepto griego de aristeia; el combate guerrero contra guerrero o en pequeño grupo, donde un individuo puede demostrar su valor, y lo importante que era para los antiguos y cómo la gran batalla a menudo se detenía para que los soldados de cada bando pudieran ser testigos de tales ejemplos de aristeia.

—¿Entonces lo que, o sea, quiere decir —tartamudeó una estudiante de rostro juvenil, el cerebro encajando en su sitio, el tartamudeo ilustrando ese modo irritante de hablar y el defecto de pensamiento que se extendió como un virus entre los jóvenes americanos durante el final del siglo XX—, o sea, que la guerra, o sea, habría terminado mucho antes si no se hubieran, o sea, parado cada dos por tres para ese arista-como se llame?

—Exactamente —dije yo con un suspiro, mirando el antiguo reloj Hamilton de la pared con la esperanza de ser liberado.

Pero ahora, después de más de nueve años viendo la aristeia en acción, puedo decir con certeza que esos combates singulares tan amados por los troyanos y los argivos sí que son uno de los motivos de este asedio prolongado, infinito, lento como la melaza. Y como les pasaba incluso a los turistas americanos más sofisticados que viajaban demasiado tiempo por Francia, una de mis necesidades más imperiosas era volver a la comida rápida: o, en este caso, a la guerra rápida. Un pequeño bombardeo, una pequeña invasión aerotransportada, bim, bang, gracias señora, de vuelta con Penélope.

Pero no hoy.

Equepolo es el primer capitán troyano en morir durante el ataque aqueo.

Tal vez se debe a que el hombre está todavía aturdido y desorientado después de que yo tomara prestado su cuerpo, pero mientras su grupo de combatientes troyanos se enzarza con un grupo griego liderado por Antíloco, el hijo de Néstor, buen amigo de Aquiles, el pobre Equepolo es lento a la hora de levantar su lanza y por eso Antíloco dispara primero. La punta de bronce de la lanza golpea el casco de cola de caballo de Equepolo justo en el borde y le atraviesa el cráneo, sacándole un ojo y derramando los sesos del hombre entre sus dientes. Equepolo cae, como le gusta decir a Homero, como una torre derribada.

Ahora comienza una dinámica que he visto demasiado a menudo, pero que nunca deja de fascinarme. Los griegos y troyanos luchan por motivos de honor fundamentalmente, es cierto, pero el botín es su segunda, y no muy a la zaga, motivación. Estos hombres son guerreros profesionales: matar es su trabajo y saquear es su paga. Una gran parte del honor y el saqueo consiste en la sofisticada y hermosa armadura (el escudo, la coraza, las grebas, el cinturón de guerra) de sus enemigos caídos. Capturar las armas de un enemigo es el equivalente griego heroico de las cabelleras cortadas por los guerreros sioux, y mucho más lucrativo. Como poco, la armadura protectora de un capitán está hecha de precioso bronce, y (para los oficiales más importantes) a menudo repujada de oro y decorada con pedrería.

Y así comienza la lucha por la armadura del capitán Equepolo.

Un comandante aqueo llamado Elefenor se abalanza, agarra a Equepolo por los tobillos y empieza a arrastrar el ensangrentado cadáver entre la confusión de lanzas y espadas y escudos que entrechocan. He visto a Elefenor en el campamento aqueo a lo largo de los años, lo he visto pelear en escaramuzas menores, y tengo que decir que el nombre le viene al pelo: es enorme, con hombros gigantescos, brazos poderosos, muslos pesados. No es el cuchillo más afilado del cajón de luchadores de Agamenón, pero sí un combatiente grande, fuerte, valiente y útil. Así Elefenor, el hijo de Calcodonte, que cumplió treinta y ocho años este junio pasado, comandante de los abantes y señor de Eubea, arrastra el cadáver de Equepolo tras la pantalla de atacantes aqueos y empieza a desnudar el cuerpo.

Entonces Agenor, un guerrero troyano, hijo de Antenor, padre de Arquéloco (a los cuales he visto en las calles de Ilión), se interna entre los aqueos en liza y ve las costillas expuestas de Elefenor mientras el grandullón se agacha bajo la protección de su escudo para terminar de desnudar el cadáver de Equepolo. Agenor salta hacia delante y clava su lanza en el costado de Elefenor, rompiendo las costillas y convirtiendo el corazón del hombre en una masa informe. Elefenor vomita sangre y se desploma. Más combatientes troyanos se abalanzan, respondiendo al ataque aqueo, mientras Agenor libera su lanza y empieza a despojar a Elefenor de su cinturón de guerra y su escudo y su coraza. Otros troyanos se llevan el cuerpo casi desnudo de Equepolo hacia las líneas troyanas.

La lucha empieza a girar alrededor de estos hombres caídos. El aqueo llamado Ayax (Ayax el Grande, el llamado Ayax Telamonio de Salamina, a quien no hay que confundir con Ayax el Pequeño que comanda a los locrisios), avanza, envaina su espada y utiliza su lanza para abatir a un troyano muy joven llamado Simoisio, que se había adelantado para cubrir la retirada de Agenor.

Justo una semana antes, en la seguridad amurallada de los tranquilos parques de Ilión, morfeado como el troyano Estenelo, yo había estado bebiendo vino y compartiendo historias con Simoisio. El muchacho de dieciséis años (que nunca llegó a casarse, ni a acostarse siquiera con una mujer) me había hablado que su padre, Antemión, le puso el nombre del río Simoi, que corre junto a su modesto hogar, a menos de un kilómetro de las murallas de la ciudad. Simoisio todavía no había cumplido seis años cuando las negras naves de los aqueos aparecieron por primera vez en el horizonte y, hasta hace unas semanas su padre se había negado a permitir que el sensible muchacho se uniera al ejército ante las murallas de Ilión. Simoisio me confesó que le aterraba morir: no tanto por la muerte en sí, dijo, sino por morir antes de tocar el pecho de una mujer o sentir cómo era estar enamorado.

Ahora Ayax el Grande suelta un grito y arroja su lanza, haciendo a un lado el escudo de Simoisio y alcanzando el pecho del muchacho por encima de la tetilla derecha, destrozándole el hombro y haciendo asomar la punta de bronce hasta que sobresale un palmo tras la espalda del muchacho. Simoisio cae de rodillas y se queda mirando asombrado: primero a Ayax y luego la lanza que sobresale de su pecho. Ayax el Grande coloca su pie calzado con sandalias sobre la cara de Simoisio y libera la lanza, permitiendo que el cuerpo del muchacho caiga de cara en el polvo empapado de sangre. Ayax el Grande se golpea la coraza y ruge para que sus hombres le sigan.

Un troyano llamado Antífo, apenas a veinte pasos de distancia, arroja su lanza contra Ayax el Grande. La lanza falla su objetivo pero alcanza en la ingle a un aqueo llamado Leuco mientras éste ayuda a Odiseo a despojar el cadáver de otro capitán troyano. La lanza atraviesa la ingle de Leuco y sale por su ano, la punta arrastra rizos de colon e intestino gris y rojo. Leuco cae sobre el cadáver del capitán troyano pero vive otro terrible momento, agitándose, agarra la lanza y trata de arrancarla de su ingle pero sólo consigue verter más entrañas sobre su propio regazo. Mientras tira de la lanza, Leuco grita y tira también del brazo ensangrentado de su amigo Odiseo.

Leuco muere por fin, los ojos vidriosos, una mano agarrada a la lanza de Antífo y la otra todavía sujeta a la muñeca de Odiseo. Éste se zafa de la tenaza del muerto y se da media vuelta, los ojos oscuros ardiendo bajo el borde de su casco de bronce, y busca un enemigo: cualquier enemigo. Odiseo arroja su lanza y corre tras ella. Más aqueos lo siguen hacia la brecha que abre entre las líneas teucras.

La primera lanzada de Odiseo mata a Democoonte, hijo bastardo del rey de Troya, Príamo. Yo estaba en la ciudad hace nueve años, la mañana en que Democoonte llegó para ayudar a defender Ilión. Era voz común que Príamo había puesto al joven a cargo de su famoso establo de caballos de carreras en Abidos, una ciudad situada al noreste de Troya, en la orilla sur del Helesponto, para mantenerlo apartado de la vista de su esposa y sus hijos legítimos. Los caballos de Abidos eran los más rápidos y más hermosos del mundo, y se decía que Democoonte consideraba un honor ser considerado jefe de los establos a una edad tan temprana. Ahora, ese joven troyano está a punto de volver la cabeza hacia el enloquecido grito de guerra de Odiseo cuando la punta de la broncínea lanza lo alcanza en la sien izquierda y atraviesa su cabeza y sale por la sien derecha, derribándolo al suelo y clavando su cráneo destrozado en el costado de un carro volcado. Democoonte nunca supo qué lo golpeó.

Los teucros se retiran ahora, replegándose ante la furia de Odiseo y Ayax el Grande, tratando de arrastrar consigo a sus nobles muertos si es posible, abandonándolos cuando no.

Héctor, el más grande luchador de Ilión y también el hombre más honrado, salta de su carro y se bate en retirada, intentando instar a los troyanos para que aguanten, pero el ataque aqueo es demasiado fuerte e incluso Héctor cede terreno, mientras urge a los hombres a mantener la disciplina. Los troyanos luchan y se revuelven y arrojan sus lanzas mientras se retiran.

Morfeado como un lancero troyano poco importante, me repliego más rápido que la mayoría, manteniéndome fuera del alcance de las lanzas, sin temor a ser considerado un cobarde. Antes, me cubrí de la vista de los mortales y empecé a avanzar hacia donde pudiera ver a Atenea tras las líneas aqueas (pronto se le unió Hera, ambas diosas invisibles para los hombres), pero la lucha estalló demasiado rápidamente y su escalada fue demasiado feroz, así que dejé las líneas del frente tras la caída de Equepolo, confiando en que mi visión ampliada y el micrófono direccional me mantengan en contacto con los acontecimientos.

De repente todo se congela. El aire se espesa. Las lanzas se paran en el aire, la sangre cesa de manar. Los hombres a quienes les faltan segundos para morir obtienen una moratoria de la que nunca sabrán mientras todo sonido cesa, todo movimiento se detiene.

Los dioses juegan otra vez con el tiempo.

Apolo llega primero, su carro TCeándose en existencia no lejos de Héctor. Luego el dios de la guerra, Ares, aparece, habla furioso con Atenea y Hera un minuto; usa su propio carro para sobrevolar las líneas de batalla y aterriza cerca de Apolo. Afrodita se reúne con ellos, mira hacia mí (hacia donde yo finjo estar petrificado en mi sitio como los demás mortales) durante apenas un instante antes de sonreír y hablar a sus dos aliados en el amor a los troyanos, Ares y Apolo. La miro por el rabillo del ojo mientras la diosa señala y gesticula hacia el campo de batalla como un George Patton de tetas grandes.

Los dioses han venido a luchar.

Apolo alza la mano, el sonido regresa con estrépito, el tiempo comienza de nuevo como un tsunami de polvo y movimiento, y la matanza se reemprende con furor.

 

 

 

10 - Cráter París

 

Ada, Harman y Hannah esperaron los dos días que se consideraban habitualmente el mínimo intervalo decente tras una visita a la fermería, y luego faxearon hasta Cráter París para encontrar a Daeman. Era tarde y estaba oscuro y hacía frío allí, y (lo descubrieron en cuanto salieron de debajo de la fachada del León Guardado del fax-nódulo) estaba lloviendo. Harman les encontró un barouche cubierto y un voynix tiró de ellos a lo largo del lecho de un río seco lleno de cráneos blancos, dejando atrás kilómetros de edificios desmoronados.

—Nunca he estado en Cráter París —dijo Hannah. A la joven, apenas a dos meses de su Primer Veinte, no le gustaban las grandes ciudades. CP era uno de los fax-nódulos más poblados de la Tierra, con unos 25.000 residentes semipermanentes.

—-Es un motivo por el que nos faxeé al nódulo del León Guardado en vez de a un puerto llamado Hotel Inválido, que está más cerca de donde vive Daeman —dijo Ada—. Todo en esta ciudad es antiguo. Merece la pena tomarse tiempo para echar un vistazo.

Hannah asintió, pero vacilante. Hilera tras hilera, los edificios de piedra y acero, la mayoría cubiertos de brillante siempreplas, parecían vacíos y oscuros y resbaladizos con la lluvia. Los servidores y los brilloglobos flotaban aquí y allá por las calles oscuras, los voynix permanecían quietos y silenciosos en las esquinas, pero se veían muy pocos humanos. Claro que como señaló Harman, eran más de las diez de la noche. Incluso una ciudad tan cosmopolita como Cráter París tenía que dormir.

—Esto sí que es interesante —dijo Hannah, señalando hacia la estructura que se alzaba unos trescientos metros sobre la ciudad.

Harman asintió.

—Es de principios de la Edad Perdida. Algunos dicen que es tan antigua como Cráter París, tal vez incluso tan antigua como la ciudad que había aquí antes del cráter. Es un símbolo de la ciudad y de la gente que la construyó hace mucho tiempo.

—Interesante —repitió Hannah. De trescientos metros de altura, la burda reproducción de una mujer desnuda parecía hecha de algún polímero claro. La cabeza quedaba a veces oculta por nubes bajas, y luego era brevemente visible, y Hannah vio que su rostro carecía de rasgos a excepción de una mueca abierta entre labios rojos. Negros muelles retorcidos de quince metros de longitud caían en espiral como rizos desde la cabeza esférica. Las piernas estaban abiertas, los pies ocultos tras los oscuros edificios del oeste, pero los muslos abultaban tan gruesos y anchos como Ardis Hall. Los pechos eran enormes, globulares, caricaturescos; se llenaban y se vaciaban alternativamente con líquido rojo foto luminiscente que hervía y cuyos niveles ahora subían y ahora bajaban en cascada por el interior del vientre y las piernas y luego subían de nuevo por los brazos levantados y el rostro sonriente. La luz brillante del vientre y los pechos y los enormes glúteos teñía de un rojo rubí la parte superior de una estructura más alta que rodeaba el cráter.

—¿Cómo se llama? —preguntó Hannah.

—La Putain enorme —dijo Ada

—¿Qué significa?

—Nadie lo sabe —dijo Harman. Ordenó al voynix que girara a la izquierda en un puente desvencijado y luego pasara a lo que una vez fue una isla cuando el agua fluía en el río de cráneos secos, hacia las ruinas de un edificio que una vez debió de ser bastante grande. Ahora una baja cúpula resplandeciente de luz púrpura se alzaba dentro de las paredes caídas como un huevo extraño en un nido de piedras dispersas.

—Espera aquí —le dijo Harman al voynix, y condujo a las dos mujeres entre las ruinas hacia la cúpula transparente.

Una losa de piedra blanca de unos dos metros de altura se alzaba en el centro del lugar. Había canalillos en la base de la losa y canales en el suelo de piedra. Detrás y por encima de la losa se alzaba una burda estatua de un hombre desnudo, tallada en la misma roca blanca. El hombre empuñaba un arco con una flecha encajada.

—Esto es mármol —dijo Hannah, pasando la mano por la superficie del bloque. Entendía de piedras—. ¿Que es este lugar?

—Un templo a Apolo —contestó Harman.

—-He oído hablar de estos nuevos templos —dijo Ada—, pero nunca había visto ninguno. Me pareció raro: unos cuantos altares en los bosques, como una especie de broma o algo así.

—Hay templos como éste por todo Cráter París y en las otras grandes ciudades —dijo Harman—. Templos en honor a Atenea, Zeus, Ares... todos los dioses de las historias de los turín.

—Los canalillos y canales... —empezó a decir Hannah.

—Para que corra la sangre de los animales sacrificados —dijo Harman—. Sobre todo ovejas y ganado vacuno.

Hannah se apartó de la losa y se cruzó de brazos.

—La gente no... matará los animales, ¿no?

—No —respondió Harman—. Tienen a los voynix para hacer eso. Hasta ahora.

Ada se quedó en la puerta abierta. La lluvia caía por el brillante portal, convirtiéndolo en una cascada teñida de púrpura.

—¿Que era este sitio... antes? Las ruinas.

—Estoy seguro de que era un templo de la Edad Perdida —dijo Harman.

—¿A Apolo? —Hannah estaba rígida, los brazos cruzados con fuerza contra su cuerpo.

—No lo creo. Entre los escombros de por aquí hay trozos y piezas de estatuas: no son dioses, ni personas, ni voynix... no del todo... son demonios, creo. Una antigua palabra era «gárgola»... pero no estoy seguro de lo que significa.

—Salgamos de aquí —dijo Ada—. Vamos a buscar a Daeman.

Cruzando el río de cráneos y al oeste de nuevo hacia el cráter, los amplios bulevares terminaban donde los edificios de la Edad Perdida estaban coronados por estructuras más nuevas y más altas, algunas muy nuevas, probablemente de menos de mil años de antigüedad, un entramado de negro buckylazo y tribambúes brillantes por la lluvia. Hannah activó una función para encontrar a Daeman, y el rectángulo de luz flotante sobre su palma izquierda brilló ahora en ámbar, ahora en rojo, luego de nuevo en verde mientras tomaban escaleras y ascensores de un nivel de calle a un nivel de entresuelo, de un nivel de entresuelo a la explanada colgante de quince pisos sobre los antiguos tejados, luego hacia arriba desde el nivel de las explanadas hasta los pabellones residenciales. Hannah se detuvo a mirar en el raíl de la explanada, hipnotizada como la mayoría de los visitantes la primera vez que contemplaban el ojo rojo sin parpadear a kilómetros y kilómetros por debajo en el círculo negro sin fondo del cráter; Ada tuvo que apartarla agarrándola por el codo y la condujo al siguiente ascensor y a la escalera.

Sorprendentemente, fue una persona, no un servidor, quién respondió a la puerta de la domi de Daeman. Ada presentó a su grupo, y la mujer, que parecía estar a mitad de la cuarentena como les pasaba a todos los tres y cuatro Veintes, se identificó como Marina, la madre de Daeman. Los condujo por pasillos cálidamente pintados y por escaleras interiores y a través de salas comunes hasta las zonas privadas del lado del cráter del complejo de domi.

—El servidor trajo el mensaje de que veníais, por supuesto —dijo Marina, deteniéndose ante una hermosa puerta de caoba tallada—, pero no se lo he dicho a Daeman. Todavía está... perturbado... por el accidente.

—¿Pero no lo recuerda, verdad? —dijo Harman.

—Oh, no, por supuesto que no —respondió Marina. Era una mujer atractiva y Ada notó el parecido con su hijo en el pelo rojo y la constitución agradablemente fornida—. Pero ya sabe lo que se dice de esas cosas... las células recuerdan.

Pero si no son las mismas células, pensó Ada. No dijo nada.

—¿Trastornará a Daeman el hecho de vernos? —preguntó Hannah. A Ada le pareció más curiosa que preocupada.

Marina hizo un gracioso movimiento de indiferencia con la mano, como diciendo «ya veremos». Llamó a la puerta y la abrió cuando la voz apagada de Daeman los invitó a pasar.

La habitación era grande y estaba tapizada con telas de ricos colores, tapices de seda flotantes y cortinas de encaje alrededor de la zona donde dormía Daeman, pero la pared del fondo era toda de cristal y daba a un porche privado. Las lámparas de la amplia habitación emitían una luz tenue, pero la ciudad brillantemente iluminada de más allá del balcón se curvaba a ambos lados, y constelaciones de linternas, globos de luz y suaves luces eléctricas eran visibles a un kilómetro de distancia en el cráter oscuro. Daeman estaba sentado en un cómodo sillón junto a la ventana sacudida por la lluvia, contemplando el panorama como si reflexionase. Parpadeó al ver a Ada, Harman y Hannah, pero luego les indicó que se acercaran al círculo de muebles blandos. Marina se excusó y cerró la puerta tras ella mientras los tres tomaban asiento. Las puertas de cristal estaban abiertas y el frío aire que entraba a través de las pantallas olía a lluvia y bambú mojado.

—Queríamos ver cómo estabas —dijo Ada— Y yo quería disculparme en persona por el accidente... por no haber cuidado mejor de mi invitado.

Daeman sonrió y se encogió de hombros, pero sus manos temblaban levemente. Las apoyó en las rodillas, cubiertas por una bata de seda.

—Lo único que recuerdo es algo grande que se abría paso entre los árboles... y el olor a carroña, de eso sí me acuerdo... y luego despertarme en el nido-tanque de la fermería. Los servidores me dijeron lo que había pasado, naturalmente. Sería divertido si la idea no fuera tan... inquietante.

Ada asintió, se acercó más, y le tomó de la mano.

—Te pido disculpas, Daeman Uhr. Los alosaurios han venido a la mansión sólo muy raras veces en las últimas décadas y los voynix siempre están allí para protegernos...

Daeman frunció el ceño pero no retiró la mano de la suya.

—Evidentemente, no hicieron un buen trabajo al protegerme.

—Es extraño —dijo Harman, cruzando las piernas y tamborileando en los brazos de papel corrugado de su sillón—. Muy extraño. No puedo recordar la última vez que un voynix falló al proteger a un humano en una situación semejante.

Daeman miró al hombre mayor.

—¿Está usted acostumbrado a situaciones en que los animales recombinados se comen a las personas Harman Uhr?

—En absoluto. Me refería a situaciones en que los seres humanos corren peligro.

—Pido otra vez disculpas —dijo Ada—. El fallo de seguridad por parte de los voynix fue inexplicable, pero mi propio descuido fue inexcusable. Lamento que tu fin de semana en Ardis Hall se estropeara y que tu sentido de la armonía fuera perturbado.

—Perturbado, sí... tal vez una palabra inadecuada para describir el ser devorado por un carnívoro de doce toneladas —dijo Daeman, pero sonrió levemente, e inclinó la cabeza más levemente todavía para dar a entender que aceptaba la disculpa.

Harman se inclinó hacia delante y unió las manos, subiéndolas y bajándolas para darse énfasis mientras hablaba.

—Teníamos un asunto sin terminar por discutir, Daeman Uhr...

—La nave espacial. —Ahora el tono irónico de Daeman se convirtió en sarcasmo.

Harman no se detuvo. Sus manos unidas se alzaron y cayeron con las sílabas.

—Sí. Pero no sólo una nave espacial... es el objetivo definitivo, por supuesto... sino cualquier forma de máquina voladora. Jinker. Sonie. Ultraligero. Cualquier cosa que nos permita explorar entre fax-puertos...

Daeman se arrellanó en su asiento, apartándose de la intensidad de Harman, y se cruzó de brazos.

—¿Por qué insiste en esto? ¿Por qué me molesta con esto?

Ada le tocó el brazo.

—Daeman, Hannah y yo habíamos oído, de personas distintas, que en una fiesta reciente en Ulanbat (hace cosa de un mes, creo), les dijiste a algunos conocidos nuestros que una vez conociste a alguien que mencionó haber visto una nave espacial... y a alguien que habló de volar entre nódulos...

Daeman consiguió parecer a la vez desconcertado e irritado por un instante, pero luego se echó a reír y negó con la cabeza.

—La bruja —dijo.

—¿Bruja? —repitió Hannah.

Daeman abrió las manos en un eco del gracioso gesto de indiferencia de su madre.

—La llamábamos así. He olvidado su verdadero nombre. Una loca. Obviamente en su último Veinte... —dirigió una mirada hacia Harman—. La gente empieza a perder el contacto con la realidad en sus últimos años.

Harman sonrió e ignoró la pulla.

—¿No recuerda el nombre de esa mujer?

Daeman hizo de nuevo el mismo gesto, con menos gracia esta vez.

—No.

—¿Dónde la viste? —preguntó Ada.

—En el último Hombre Ardiente. Hace año y medio. He olvidado dónde se celebró... en algún lugar frío. Seguí a unos amigos de Chom cuando se faxearon allí. Las ceremonias de la Edad Perdida nunca me interesaron mucho, pero había muchas jóvenes fascinantes en esa reunión.

—¡Yo estuve allí! —dijo Hannah, los ojos brillantes—. Fueron unas diez mil personas.

Harman sacó una hoja de papel muy doblada de un bolsillo de su túnica y empezó a desplegarla sobre la otomana acolchada que había entre ellos.

—¿Recuerdas qué nódulo?

Hannah negó con la cabeza.

—Era uno de los nódulos medio olvidados. Uno de los vacíos. Los organizadores enviaron el código del nódulo como un día antes de que comenzara la ceremonia. Creo que allí no vivía nadie. Era un valle rocoso rodeado de nieve. Recuerdo que estuvo encendido todo el día, toda la noche, durante los cinco días del Hombre Ardiente. Y el frío. Los servidores habían emplazado un campo de Planck sobre todo el valle y calentadores aquí y allá por el valle mismo, así que no era incómodo, pero no se permitía que nadie fuera más allá del perímetro del valle.

Harman miró su ajada y doblada hoja de micropergamino. La página estaba cubierta de líneas retorcidas, puntos y runas arcanas como las que se veían en los libros. Señaló con un dedo un punto cerca del pie.

—Aquí. En lo que era la Antártida. Un nódulo llamado «El Valle Seco».

Daeman lo miró sin expresión.

—Esto es un mapa en el que llevo trabajando cincuenta años —dijo. Harman—. Una representación bidimensional de la Tierra con todos los fax-nódulos conocidos y sus códigos. La Antártida era el nombre en la Edad Perdida de uno de los siete continentes. He registrado siete fax-nódulos antárticos, pero sólo uno de ellos (este valle seco del que he oído hablar pero no he visitado nunca) está libre de hielo y nieve.

Esto obviamente no hizo nada para iluminar a Daeman. Incluso Ada y Hannah parecían confusas.

—No importa —dijo Harman—. Pero si el sol brillaba todo el día y toda la noche, este valle seco es el fax-puerto probable. Durante los veranos polares, hay días en los que el sol no se pone.

—El sol no se pone en junio en Chom —dijo Daeman, manifiestamente aburrido—. ¿Está cerca de su valle seco?

—No —Harman señaló un punto próximo a la parte superior del mapa—. Estoy bastante seguro de que Chom está en esta gran península de aquí arriba, sobre el círculo ártico. Cerca del polo norte, no del polo sur.

—¿El polo norte? —dijo Ada.

Daeman miró a las dos mujeres.

—Y yo que creía que la bruja del Hombre Ardiente estaba loca.

—¿Recuerda algo más que dijera esa mujer, esa bruja? —preguntó Harman, obviamente demasiado entusiasmado para sentirse insultado.

Daeman negó con la cabeza. Parecía cansado.

—Sólo cháchara. Habíamos estado bebiendo mucho. Era la noche de la quema y llevábamos despiertos días y noches bajo aquella maldita luz, robando unas cuantas horas de sueño en una de las grandes tiendas naranja. Fue la última noche y suele haber orgías la última noche y pensé que tal vez ella... pero era demasiado vieja para mi gusto.

—¿Pero habló de una nave espacial? —Harman estaba visiblemente intentando ser paciente.

Daeman volvió a encogerse de hombros.

—Alguien... un joven, aproximadamente de la edad de Hannah, comentó el hecho de que no teníamos sonies para volar desde el último fax, y esta... bruja... que había estado muy callada pero que también estaba muy borracha, dijo que sí que teníamos, que había jinkers y sonies si sabías dónde buscarlos. Dijo que ella los usaba a menudo.

—¿Y la nave espacial? —insistió Harman.

—Dijo que había visto una, eso es todo —respondió Daeman, frotándose las sienes como si le dolieran—. Cerca de un museo. Le pregunté qué museo era, pero no contestó.

—¿Por qué llamas bruja a esa mujer mayor? —preguntó Hannah.

—No empecé yo. Todo el mundo la llamaba así —Daeman parecía un poco a la defensiva—. Creo que es porque dijo que no había faxeado, sino que había llegado caminando, cuando estaba claro que no podía haberlo hecho... no había otros nódulos ni estructuras en el valle y el campo de Planck se selló.

—Es verdad —dijo Hannah—. Ese último Hombre Ardiente puede que haya sido en el lugar más remoto al que he faxeado jamás. Lamento no haber visto a esa mujer allí.

—Sólo recuerdo que estuvo dos noches —dijo Daeman—. La primera y la última. Y se mantuvo apartada, excepto durante aquella absurda conversación.

—-¿Cómo sabías que era vieja? —preguntó Ada en voz baja.

—¿Quieres decir aparte de por su evidente locura?

—Sí.

Daeman suspiró.

—Parecía vieja. Como si hubiera ido a la fermería demasiadas veces.

Hizo una pausa y frunció el ceño, pensando sin duda en su reciente visita al lugar.

—Parecía más vieja que nadie que yo haya visto jamás. Creo que incluso tenía esas marcas en la cara.

—¿Arrugas? —dijo Hannah. La muchacha parecía envidiosa.

Daeman sacudió la cabeza.

—Alguien que estaba junto al fuego la llamó por su nombre esa noche, pero no puedo... Yo había estado bebiendo también, sabéis, y no había dormido.

Hannah miró a Ada, tomó aliento y dijo:

—¿Pudo ser Savi?

Daeman alzó rápidamente la cabeza.

—Sí. Creo que eso era. Savi... sí, eso parece. Era raro. —Vio que Harman y Ada intercambiaban una mirada de inteligencia—. ¿Qué? ¿Es importante? ¿La conocéis?

—La Judía Errante —dijo Ada—. ¿Has oído esa leyenda?

Daeman sonrió, cansado.

—¿Sobre la mujer que de algún modo no llegó al último fax hace mil años y que está condenada a vagar por la tierra desde entonces? Por supuesto. Pero no sabía que la mujer de la leyenda tuviera un nombre.

—Savi —dijo Harman—. Savi es su nombre.

Marina llegó con dos servidores que traían jarras de vino caliente especiado y una bandeja de quesos y pan. El incómodo silencio fue interrumpido con charlas intrascendentes mientras comían y bebían.

—Faxearemos hasta allí por la mañana –les dijo Harman a Hannah y Ada—. Al valle seco. Puede que quede alguna pista.

Hannah sostenía su jarra humeante con ambas manos.

—No veo cómo. Ese Hombre Ardiente fue, como ha dicho Daeman, hace más de dieciocho meses.

—¿Cuándo es el siguiente? —preguntó Ada. Nunca asistía a aquellas ceremonias de la era de la demencia.

Fue Harman quien contestó:

—Eso nunca se sabe. El Cabal del Hombre Ardiente fija la fecha y la notifica a la gente sólo días antes del acontecimiento. A veces se celebran con meses de intervalo. A veces con una docena de años. El del valle seco fue el último. Si has ido a alguno de los tres anteriores, te invitan. Yo no fui porque estaba caminando por la Brecha Atlántica.

—Quiero ir con vosotros a buscar a esa mujer —dijo Daeman.

Los demás, incluida su madre, lo miraron con sorpresa.

—¿Te sientes preparado? —preguntó Ada.

Él ignoró la pregunta.

—Me necesitaréis para identificar a la mujer si la encontráis. A esa... Savi.

—Muy bien —dijo Harman—. Agradecemos su ayuda.

—Pero faxearemos por la mañana —dijo Daeman—. No esta noche. Estoy cansado.

—Por supuesto —dijo Ada. Miró a Hannah y Harman—. ¿Faxeamos de vuelta a Ardis?

—Tonterías —dijo Marina—. Seréis nuestros invitados esta noche. Tenemos cómodos domis para invitados en el nivel superior. —Captó la sutil mirada de Ada en dirección a Daeman—. Mi hijo ha estado muy cansado desde el... accidente. Puede que duerma diez horas o más. Si os quedáis como invitados, podréis marcharos juntos cuando se despierte. Después de desayunar.

—Por supuesto —repitió Ada. Había siete horas de diferencia entre Cráter París y Ardis (todavía no era la hora de la cena allá en Ardis Hall), pero como todos los viajeros de fax, estaban acostumbrados a adaptarse a los horarios locales.

—Os mostraremos vuestras habitaciones —dijo Marina, guiándolos mientras los servidores gemelos flotaban a su lado.

Las «habitaciones» eran en realidad pequeños domis, sofisticadas suites situadas un nivel por encima del habitáculo de Marina y Daeman y a las que se llegaba por medio de una amplia escalera de caracol. Hannah aprobó la suya pero luego salió a explorar por su cuenta Cráter París. Harman dio las buenas noches y desapareció en su domi. Ada cerró la puerta, inspeccionó los interesantes tapices, disfrutó de la vista del cráter desde el balcón (la lluvia había cesado y la luna y los anillos eran visibles entre las nubes dispersas) y luego entró y ordenó una cena ligera a los servidores. Después se dio un baño y se relajó en el agua cálida y perfumada durante media hora o más, sintiendo cómo el dolor de la tensión abandonaba sus músculos.

Había conocido a Harman hacía apenas doce días, pero parecía que hiciera mucho más tiempo. El hombre y sus intereses la fascinaban. Ada había acudido a una fiesta del solsticio de verano en la mansión de un amigo cerca de las ruinas de Singapur, no porque le gustaran las fiestas (tendía a evitar faxear y acudir a las fiestas cuando podía, y viajaba solamente a las casas de viejos amigos cuando se celebraban reuniones pequeñas), sino porque su joven amiga Hannah iba a ir y la había instado a que asistiera. La fiesta del solsticio fue divertida, a su modo, y mucha de la gente era interesante, ya que su amigo acababa de celebrar su cuarto Veinte (Ada siempre Había disfrutado de la compañía de personas mayores que ella). Entonces conoció a Harman, con quien tropezó cuando salía de la biblioteca de la casa. El hombre era callado, incluso reticente, pero Ada entabló conversación con él usando algunas de las tácticas que sus amigos más listos habían usado con ella para conseguir que hablara más.

Ada no sabía qué pensar del truco que Harman había empleado para aprender a leer sin una función (no había confesado su habilidad hasta otra reunión en casa de otro amigo seis días antes de la reunión en Ardis Hall), pero cuanto más pensaba Ada en ello, más sorprendida estaba. Ada siempre se había considerado bien educada: se sabía todas las canciones y leyendas habituales, había memorizado las Once Familias y a todos sus miembros, conocía muchos de los fax-nódulos de memoria, pero la amplitud de conocimientos y la curiosidad literaria de Harman la dejaba sin habla.

El mapa que había colocado delante de Daeman (tan poco apreciado por la curiosa y aventurera Hannah) seguía sorprendiendo a Ada. Nunca se había topado con el concepto de «mapa» antes de que Harman le mostrara los diagramas hacía menos de una semana. Fue Harman quien le explicó que el mundo era una esfera. ¿Cuántos de los amigos de Ada sabían eso? ¿Cuántos de ellos se habían preguntado siquiera por la forma del mundo en el que vivían? ¿De qué servía aquel arcano fragmento de conocimiento? El «mundo» era tu hogar y usabas la red de faxes para ver a tus amigos y sus hogares. ¿Quién pensaba jamás en la forma de la estructura física que se extendía más allá de la red de faxes? ¿Y por qué iban a hacerlo?

Ada supo ya aquel primer fin de semana con Harman que el interés del hombre por los posthumanos que habían partido hacía tanto tiempo bordeaba la obsesión. No, se corrigió Ada, recostada en la cálida bañera y moviendo burbujas de sus pechos a su garganta con sus largos y pálidos dedos, es una verdadera obsesión para Harman. No puede dejar de pensar en los posthumanos: dónde están, por qué se marcharon. ¿Con que sentido?

Ada no sabía la respuesta, naturalmente, pero había llegado a compartir la apasionada curiosidad de Harman, abordándola como un juego, una aventura. Y él seguía haciendo preguntas que hacían que cualquier otro de los amigos de Ada simplemente se riera: ¿Por qué hay sólo un millón de humanos? ¿Por qué eligieron los posts ese número? ¿Por qué nunca uno más, ni uno menos? ¿Y por qué cien años asignados a cada uno de nosotros? ¿Por qué nos salvan incluso de nuestra propia estupidez para que podamos vivir cien años?

Las preguntas eran tan simples y tan profundas que resultaban embarazosas: era como oír a un adulto preguntar por qué tenemos ombligo.

Pero Ada se había unido a la búsqueda de una máquina voladora, quizá de una nave espacial para poder viajar hasta los anillos y hablar con los posthumanos en persona, y ahora a esta leyenda de la Judía Errante, y cada día que pasaba traía más excitación.

Como Daeman siendo devorado por un alosaurio.

Ada se ruborizó, vio cómo su pálida piel se arrebolaba hasta la línea del agua y las burbujas. Aquello había sido terriblemente embarazoso. Ninguno de los otros invitados recordaba que hubiera sucedido nunca algo similar ¿Por qué no habían ofrecido los voynix una protección mejor?

¿Qué son exactamente los voynix?, le había preguntado Harman doce días antes en el complejo de la casa del árbol, cerca de Singapur. ¿De dónde vienen? ¿Los construyeron los humanos de la Edad Perdida? ¿Son un producto de la demencia rubicón? ¿Los crearon los posts? ¿O son ajenos a este mundo y tiempo y están aquí por sus propios motivos?

Ada recordó su incómoda risa aquella tarde mientras estaban sentados en la terraza, el champán en la mano, cuando él hizo aquella pregunta tan absurda, tan serio. Pero ella no había podido responderla entonces, ni sus amigos en los días siguientes, aunque su risa fue más nerviosa aún que la suya propia, y ahora Ada, después de toda una vida de ver voynix cada día, los miraba con una curiosidad cercana a la alarma. Hannah había empezado a reaccionar de la misma forma.

¿Qué sois?, se había preguntado esa noche cuando salieron de su birlocho en Cráter París y dejaron allí al voynix, aparentemente sin ojos, el caparazón oxidado y la capucha correosa mojada por la lluvia, sus hojas asesinas retractadas pero sus manipuladores acolchados extendidos y enroscados, todavía sujetando las guías de su carruaje.

Ada salió del baño, se secó, se puso una fina bata y les dijo a los servidores que la dejaran. Salieron a través de una de sus membranas de pared osmóticas. Ada se asomó al balcón.

La habitación y el balcón de Harman estaban a la derecha de los suyos, pero la intimidad de los porches quedaba asegurada por un estrecho entramado de pantallas de fibra de bambú que se extendía tres palmos más allá de la barandilla del porche. Ada se acercó a la partición, se quedó en la barandilla un instante, contempló el ojo rojo del cráter de abajo, alzó la mirada hacia el cielo despejado con sus estrellas y anillos móviles, y entonces pasó la pierna por la barandilla sintiendo el suave y mojado bambú contra la carne del interior de su muslo un segundo antes de sacar el pie, descalzo, y palpar el camino a lo largo del fino borde de la división.

Durante un segundo quedó unida al porche solamente por la presión de los dedos de sus manos y sus pies, palpando a ciegas alrededor de la partición del otro lado para encontrar el saliente paralelo, sintiendo la gravedad tirar de ella hacia el vacío. ¿Cómo sería caer hacia este magma ardiente, saber que estaría muerta al cabo de unos segundos de caída libre terribles? Nunca lo sabría. Si se soltaba ahora, si sus pies descalzos y sus dedos resbalaban, nunca recordaría los siguientes segundos y, minutos después, despertaría en los tanques de la fermería. Los posthumanos no concedían a los humanos recuerdos de sus propias muertes.

Ada apretó los pechos contra el borde de la partición, luchó por recuperar el equilibrio y pasó la pierna izquierda hasta que su pie descalzo encontró el estrecho borde de bambú que corría hasta el porche de Harman. No se atrevió a mirar para ver si Harman estaba fuera, en el balcón, o en la puerta de cristal: toda su atención estaba concentrada en impedir que sus pies resbalaran, que sus pies no se deslizaran por el mojado y resbaladizo tribambú.

Llegó al porche y lo rebasó, aferrándose a la barandilla con tanta fuerza que los brazos le temblaron. Al sentir que su fuerza menguaba en un arrebato postadrenalínico de debilidad, pasó rápidamente la pierna izquierda, sintiendo que la bata se le abría, y se arañó el interior del muslo con una junta de la barandilla.

Harman estaba sentado con las piernas cruzadas en un diván de cojines blancos, mirándola. Su balcón estaba iluminado por una vela única protegida por un cristal.

—Podrías haberme ayudado —-susurró ella, sin saber por qué lo decía ni por qué susurraba. Vio que Harman tampoco llevaba otra cosa que una fina bata de seda, atada flojamente.

Él sonrió y negó con la cabeza.

—-Lo estabas haciendo bien. Pero, ¿por qué no dar la vuelta y llamar?

Ada tomó aire y, por respuesta, aflojó el cinturón de su bata y la dejó abierta. El aire que llegaba de las alturas del cráter era frío, pero con corrientes de aire más cálido imbuidos en la brisa mientras ella acariciaba la parte inferior de su vientre.

Harman se levantó, se acercó a ella, la miró a los ojos y le cerró la bata, atándosela sin apenas rozarla con los dedos.

—Me siento honrado —dijo, también susurrando ahora—. Pero todavía no, Ada. Todavía no.

La tomó de la mano y la acercó al diván.

Cuando los dos estuvieron tumbados lado a lado, Ada parpadeando sorprendida y sonrojada por algo parecido a la humillación (aunque no estaba segura de si era por el rechazo o por su propio atrevimiento), Harman rebuscó tras el sillón y sacó dos paños turín de color crema. Dobló cada uno para que los microcircuitos bordados estuvieran adecuadamente en posición.

—Yo no... —empezó a decir Ada.

—Lo sé. Pero sólo por esta vez. Creo que algo importante está a punto de ocurrir. Vamos a compartirlo.

Ella se tumbó en los suaves cojines y dejó que Harman ajustara el turín en sus ojos. Notó que él se acostaba junto a ella, la mano derecha suavemente posada sobre su mano izquierda.

Imágenes y sonidos y sensaciones fluyeron.

 

 

 

11 - Las llanuras de Ilión

 

Los dioses han venido a jugar. Más concretamente, han venido a matar.

La batalla lleva un rato en marcha con el dios Apolo atacando a los troyanos, con Atenea acicateando a los argivos y otros dioses recostados a la sombra de un árbol en la colina más cercana, riendo a ratos mientras Iris y sus otros criados les sirven vino. He visto al jefe tracio Píroo, un valiente aliado troyano, matar a Diores el de los ojos grises con una piedra. Diores, comandante del contingente epeo de los griegos, cayó sólo con un tobillo roto después de que el enardecido Píroo lanzara la piedra, pero la mayoría de los camaradas de Diores retrocedieron, Píroo se abrió paso entre los pocos que quedaron para proteger a su capitán caído, y (ahora indefenso, el tobillo aplastado) el pobre Diores tuvo que quedarse allí tendido mientras Píroo atacaba, atravesaba el vientre del tracio con su larga jabalina y le sacaba las entrañas al hombre, enganchándolas en la punta afilada y retorciéndola mientras Diores gritaba.

Éste era el sabor de la última media hora de batalla y fue un alivio cuando Palas Atenea alzó la mano, obtuvo permiso de los otros dioses y detuvo en seco el tiempo y el movimiento.

Con mi visión ampliada (ampliada por las lentes de contacto de los dioses) ahora puedo ver a Atenea cruzar la tierra de nadie y preparar al hijo de Tideo, Diomedes, como máquina de matar. Lo digo casi literalmente. Como los propios dioses, y como yo, Diomedes el hombre será ahora en parte máquina, con sus ojos y su piel y su misma sangre ampliados por las nanotecnologías de alguna era futura muy superior a mi corto lapso de vida. Tras congelar el tiempo, Atenea coloca lentes de contacto similares a las mías en los ojos del aqueo, que le permitirán ver a los dioses y, de algún modo, refrenar un poco el tiempo cuando se concentre en el meollo de la acción, lo que triplicará (a los ojos sin amplificación de los testigos) su tiempo de reacción. Homero escribió que Atenea puso «al hombre en llamas» y ahora comprendo la metáfora: usando la nanotecnología imbuida en su palma y su antebrazo, Atenea está ocupada convirtiendo el campo electromagnético latente que rodea el cuerpo de Diomedes en un verdadero campo de fuerza. En infrarrojo, el cuerpo y los brazos y el casco y el escudo de Diomedes arden de repente «con fuego incansable como la estrella que arde en la cosecha». Ahora advierto, al ver a Diomedes brillar con el denso ámbar del tiempo congelado por los dioses, que Homero debió de estar refiriéndose a Sirio, la Estrella Perro, la más brillante en el cielo griego (y troyano) a finales de verano. Está en el cielo esta noche.

Mientras sigo mirando, Atenea también inyecta miles de millones de máquinas moleculares nanotecnológicas en el muslo de Diomedes. Como siempre que se produce una nanoinvasión, el cuerpo humano la interpreta como una infección y la temperatura de Diomedes sube al menos cinco grados. Veo el ejército invasor de máquinas moleculares subir del muslo a su corazón, pasar de allí a los pulmones y brazos y piernas de nuevo; el corazón hace que su cuerpo brille todavía con más fulgor en mi visión infrarroja.

A mi alrededor, la muerte en el campo de batalla es contenida a la fuerza durante estos minutos extendidos. Diez metros a mi izquierda veo a un carro congelado en una burbuja de polvo y sudor humano y saliva equina. El auriga troyano (un hombre bajo y tranquilo llamado Fegeo, hijo del principal sacerdote troyano del culto al dios Hefesto y hermano del recio Ideo; en mis disfraces morfeados, he compartido el pan y el vino con Ideo una docena de veces en los últimos años), está petrificado en el acto de inclinarse por la parte delantera del carro, sujeto al borde con la mano izquierda, una larga jabalina en la derecha. Ideo está junto a su hermano, detenido en el acto de azuzar a los caballos inmovilizados mientras agarra las rígidas riendas con la otra mano. El carro ha sido detenido en el acto de atacar a Diomedes, todos los jugadores humanos son inconscientes de que la diosa Atenea lo ha parado todo mientras juega a las muñecas con su campeón elegido, vistiendo a Diomedes de campos de fuerza y lentes de contacto de ultravisión y nanoaumentadores como si fuera una preadolescente jugando con su Barbie. (Recuerdo a una niña pequeña jugando con muñecas Barbie, quizás una hermana de mi propia infancia. No creo que tuviera ninguna hija propia. No estoy seguro, naturalmente, pero los recuerdos que han vuelto a lo largo de los últimos meses son como añicos de cristal con reflejos nublados en ellos.)

Estoy lo suficientemente cerca del carro para ver el júbilo del combate cincelado en el rostro bronceado de Fegeo, y el miedo petrificado en sus ojos pardos que no pestañean. Si Homero contó esto correctamente, Fegeo estará muerto dentro de menos de un minuto.

Veo a otros dioses congregándose en el lugar de la batalla como cuervos carroñeros. Allí está Ares, dios de la guerra, cobrando solidez a mi lado de las líneas de batalla, acercándose al carro detenido en el tiempo que contiene a Ideo y su hermano condenado. Las palmas de Ares abren su propio campo de fuerza tras el carro petrificado que lleva a los dos hermanos hacia la muerte.

¿Por qué le importa a Ares lo que les suceda a estos dos? Cierto, a Ares no le hacen ninguna gracia los griegos: obviamente ha aprendido a odiarlos en esta guerra y los mata a través de sus instrumentos o por su propia mano cuando puede, pero, ¿porqué esta evidente preocupación por Fegeo o su hermano Ideo? ¿Es sólo un movimiento para contrarrestar la estrategia de Atenea al proteger a Diomedes? Este juego de ajedrez con seres humanos de verdad que caen y gritan y mueren se me antoja decadente, una obscenidad. Pero la estrategia sigue intrigándome.

Entonces recuerdo que el dios de la guerra es medio hermano de Hefesto, el dios del fuego, también nacido de la esposa de Zeus, Hera. El padre de Fegeo e Ideo, Dares, ha prestado largos y fieles servicios al dios del fuego dentro de las murallas de Troya.

Esta guerra idiota es más complicada y absurda que la guerra de Vietnam que medio recuerdo de mi juventud.

De repente, Afrodita, mi nueva jefa, se TCea y cobra existencia treinta metros a mi izquierda. También está aquí para ayudar a los troyanos y disfrutar de la matanza. Pero...

En los últimos segundos detenidos antes de que el tiempo reemprenda su marcha, recuerdo que si la lucha real sigue el camino del viejo poema, la propia Afrodita resultará herida por Diomedes en la próxima hora. ¿Por qué acude a la batalla sabiendo que un mortal la herirá?

La respuesta es la misma que me han recordado contra mi voluntad durante los últimos nueve años, pero ahora el hecho me golpea con la fuerza y la luz de una explosión nuclear: ¡Los dioses no saben qué va a pasar a continuación! Parece que nadie más que Zeus puede ver la lista que tiene preparada el Hado.

Todos los escólicos somos conscientes de esto: no nos está permitido, pues lo prohíbe Zeus, discutir acontecimientos futuros con los dioses, y ellos tienen prohibido preguntarnos por los cantos futuros de la Ilíada. Nuestra tarea es sólo confirmar que el libro de Homero haya sido fiel a los acontecimientos del día que se nos encomienda observar y registrar. Muchas veces Nightenhelser y yo, mientras contemplamos a los Hombrecitos Verdes empujar sus caras de piedra hacia la orilla mientras el sol se pone en el mar, hemos comentado esta paradoja de la ceguera de los dioses respecto a los acontecimientos futuros.

Yo sé que Afrodita será herida hoy, pero la diosa misma no lo sabe. ¿Cómo puedo utilizar esta información? Si se lo dijera a Afrodita, Zeus lo sabría: no sé cómo, pero sé que lo sabría, y a mí me desintegraría y Afrodita sería castigada de una forma menor. ¿Cómo puedo usar el conocimiento de que Afrodita, la diosa que me ha dado estos regalos para que espíe, será, tal vez, herida por Diomedes en este día?

No tengo tiempo para encontrar la respuesta Atenea termina de juguetear con Diomedes y suelta su tenaza sobre el espacio y el tiempo.

La luz real y el terrible ruido y el violento movimiento se reanudan. Diomedes se abalanza, el cuerpo y la cara y el escudo resplandecientes, la luz evidente para los otros mortales, visible para compañeros aqueos y enemigos troyanos.

Ideo completa el movimiento de azuzar los caballos. El carro se abalanza y rueda hacia la línea griega, directamente hacia el sobresaltado Diomedes.

Fegeo arroja su lanza contra Diomedes; falla por un pelo, la punta pasa por encima del hombro izquierdo del hijo de Tideo.

Diomedes, la piel arrebolada, la frente ardiendo, sudorosa y febril por el calor de la batalla, arroja su propia lanza. Vuela recta y alcanza de lleno a Fegeo en el pecho («entre las tetillas», creo que cantó Homero en griego). Fegeo cae hacia atrás, golpea el suelo y rueda varias veces, la lanza se rompe y se astilla mientras el cadáver se detiene en el polvo del carro en el que viajaba cinco segundos antes. La muerte, cuando viene, viene rápida en las llanuras de Ilión.

Ideo salta del carro, gira y se pone en pie, espada en mano, preparado para proteger el cuerpo de su hermano.

Diomedes empuña otra lanza y se abalanza de nuevo, obviamente dispuesto a acabar con Ideo de la misma manera que acaba de matar al hermano del joven. El troyano se da la vuelta para huir, dejando el cuerpo de su hermano en el polvo, lleno de pánico, pero Diomedes lanza con fuerza y tino, dirigiendo la larga vara hacia el centro de la espalda del joven que corre.

Ares, el dios de la guerra, vuela hacia delante (literalmente vuela hacia delante, usando el mismo tipo de arnés de levitación que los dioses me han suministrado) y detiene otra vez el tiempo, protegiendo a Ideo de la lanza, detenida ahora a treinta centímetros de la espalda del joven. Luego Ares extiende su campo de fuerza alrededor de Ideo y reanuda el tiempo lo suficiente para que el campo de energía rechace la lanza de Diomedes. Después Ares teleporta cuánticamente al aterrado joven y lo saca por completo del campo de batalla para ponerlo a salvo en algún lugar. Para los aturdidos y aterrorizados troyanos, es como si un parpadeo de negra noche les hubiera arrebatado a su camarada.

Así que el hermano de Ares, Hefesto, el dios del fuego, no habrá perdido a sus dos sacerdotes futuros, pienso yo, pero luego doy un salto para ponerme a cubierto mientras la batalla se reanuda y más griegos siguen a Diomedes a la brecha creada por la muerte de Fegeo. El carro vacío avanza sin rumbo por las llanuras rocosas y es capturado por los jubilosos aqueos.

Ares regresa, TCeándose en semisolidez, una alta forma divina, para intentar animar a los troyanos y gritando con voz de dios para que se reagrupen y rechacen a Diomedes. Pero los troyanos están divididos: algunos corren aterrorizados ante el avance del ardiente Diomedes, otros giran para obedecer la vibrante voz del dios. De repente, Atenea cruza levitando por encima de las cabezas de griegos y troyanos, agarra a Ares por la muñeca y le susurra algo urgentemente al enfurecido dios.

Los dos se TCean y se marchan.

Miro de nuevo a mí izquierda y la diosa Afrodita (invisible para los griegos y troyanos que combaten y maldicen y mueren a su alrededor) me indica con la mano que los siga.

Me pongo el Casco de la Muerte y me vuelvo invisible para todos los dioses excepto para Afrodita. Luego pulso el medallón que llevo al cuello y me TCeo detrás de Atenea y Ares, siguiendo sus pasos a través del espacio-tiempo tan fácilmente como seguiría unas pisadas en la arena mojada.

Es fácil ser un dios. Si tienes el equipo adecuado.

No se han teleportado muy lejos, a unos quince kilómetros, hasta un lugar sombreado en las riberas del Escamandro, al que los dioses llaman Janto, el caudaloso río que atraviesa las llanuras de Ilión. Cuando cobro solidez y me TCeo a unos quince pasos de ellos, Ares vuelve la cabeza y me mira directamente. Durante un instante sé que el Casco de Hades ha fallado, que me ven, que estoy muerto.

—¿Qué pasa? —pregunta Atenea.

—Me ha parecido sentir algo. Una sacudida. Una sacudida cuántica.

La diosa vuelve sus ojos grises hacia mí.

—Aquí no hay nada. Veo en todo el espectro de cambio de fase.

—Yo también —replica Ares y aparta su mirada de mí. Dejo escapar un tembloroso suspiro lo más silenciosamente que puedo; el Casco de Hades todavía me emboza. El dios de la guerra empieza a caminar de un lado a otro por la ribera del río—. Zeus está en todas partes hoy en día.

Atenea camina junto a él.

—Sí, Padre está furioso con todos nosotros.

—Entonces, ¿por qué lo provocas?

La diosa se detiene.

—¿Provocarlo, cómo? ¿Defendiendo a mis aqueos de la matanza?

—Preparando a Diomedes para que lleve a cabo una masacre —dice Ares. Advierto por primera vez el tono rojizo del pelo rizado del alto dios, de musculatura perfecta—. Eso es peligroso, Palas Atenea.

La diosa se ríe suavemente.

—Llevamos nueve años interviniendo en esta batalla. Es el juego, por el amor de Dios. Es lo que hacemos. Sé que planeas intervenir en defensa de tu amada Ilión hoy mismo, masacrando a mis argivos como si fueran ovejas. ¿No es peligrosa... la activa intervención por parte del dios de la guerra?

—No tan peligrosa como armar a un bando u otro con nanotecnología. No tan peligroso como dotarlos de campos de cambio de fase. ¿En qué estás pensando, Atenea? Intentas convertir a estos mortales en dioses como nosotros.

Atenea vuelve a reírse, pero se pone seria cuando advierte que su risa enfurece más a Ares.

—Hermano, mi ampliación de Diomedes es breve, lo sabes. Sólo quiero que sobreviva a este encuentro. Afrodita, tu querida hermana, ya ha instado al arquero troyano Pándaro para que hiera a uno de mis favoritos, Menelao, e incluso mientras hablamos susurra al oído del arquero: Mata a Diomedes.

Ares se encoge de hombros. Sé que Afrodita es su aliada y su instigadora. Como un niño pequeño caprichoso (un niño pequeño y caprichoso de tres metros de altura con un campo de energía pulsante), encuentra una piedra plana y la lanza al agua.

—¿Y qué importa si Diomedes muere hoy o el año que viene? Es mortal. Morirá.

Ahora Atenea ríe abiertamente.

—Por supuesto que morirá, mi querido hermano. Y por supuesto que la vida o la muerte de un simple mortal no tienen ninguna consecuencia para nosotros... ni para mí. Pero debemos jugar al Juego. No dejaré que esa perra de Afrodita impida la voluntad de los Hados.

—¿Cual de nosotros conoce la voluntad de los Hados? —replica Ares, todavía haciendo un puchero, los brazos cruzados sobre su poderoso pecho.

—Padre lo hace.

—Eso dice él —dice el dios de la guerra con una mueca.

—¿Dudas de nuestro amo y señor? —el tono de Atenea es casi burlón.

Ares mira alrededor rápidamente y, por un segundo, temo haberme descubierto al hacer ruido donde estoy, de pie, en un peñasco plano, pues temo dejar mis huellas en la arena. Pero la mirada del dios de la guerra pasa de largo.

—No demuestro ninguna falta de respeto hacia nuestro Padre —dice Ares por fin, y su voz me recuerda a la de Richard Nixon cuando hablaba al micrófono oculto del Despacho Oval que sabía que estaba allí. Poniendo sus mentiras on the record—. Mi respeto y lealtad y amor son todos para Zeus, Palas Atenea.

—A lo cual sin duda nuestro Padre responde recíprocamente —comenta Atenea, sin ocultar ya el sarcasmo.

De repente, Ares alza la cabeza.

—¡Maldita seas! —exclama—. Me has traído aquí para apartarme del campo de batalla mientras los malditos aqueos siguen matando a más troyanos míos.

—Por supuesto. —Atenea pronuncia las dos palabras en tono de burla, y fugazmente creo que voy a ser testigo de algo que no he visto en todos los años que llevo aquí: una batalla cuerpo a cuerpo entre dos dioses.

En cambio, Ares da una patada a la arena en una muestra final de petulancia y se TCea. Atenea se ríe, se arrodilla junto al Escamandro y se echa agua fría en la cara.

—Idiota —susurra, para sí misma, supongo, pero lo tomo como una declaración dirigida hacia mí, protegido únicamente por el campo de distorsión del Casco de Hermes. «Idiota» me parece una valoración muy adecuada de mi estupidez.

Atenea se TCea de vuelta al campo de batalla. Al cabo de un minuto dedicado a temblar por mi propia estupidez, cambio de fase y la sigo.

Los griegos y troyanos siguen matándose unos a otros. Qué noticia.

Busco al otro escólico visible en el campo. Para el ojo inexperto, Nightenhelser no es más que otro soldado de infantería troyano que se mantiene apartado de lo peor de la lucha, pero veo el delator brillo verde con el que los dioses nos han marcado a los escólicos cuando estamos morfeados, así que me quito el Casco de Hades, me morfeo en Falces (un troyano que morirá a manos de Antíloco y tal y tal), y me reúno con Nightenhelser, que se encuentra en un promontorio bajo contemplando la matanza.

—Buenos días, escólico Hockenberry —me dice cuando me acerco. Hablamos en inglés. Ningún otro troyano está lo bastante cerca para oírnos por encima del estrépito del bronce y el rumor de los carruajes, y los miembros de ambas coaliciones están acostumbrados a extraños lenguajes tribales y dialectos.

—Buenos días, escólico Nightenhelser.

—¿Dónde has estado durante la última media hora o así?

—Me he tomado un descanso —digo. Suele pasar. A veces la carnicería llega a ser demasiado incluso para nosotros los escólicos y nos TCeamos lejos de Troya para pasar una horita tranquilos o para tomar un buen vaso de vino—. ¿Me he perdido mucho?

Nightenhelser se encoge de hombros.

—Diomedes atacó hace unos veinte minutos y fue alcanzado por una flecha. Justo según lo previsto.

—La flecha de Pándaro —digo yo, asintiendo. Pándaro es el mismo arquero teucro que hirió antes a Menelao.

—Vi a Afrodita incitar a Pándaro —dice Nightenhelser. El hombretón tiene las manos en los bolsillos de su burda capa. Las capas troyanas no tienen bolsillos, naturalmente, así que Nightenhelser se los ha cosido.

Esto sí que era noticia. Homero no cantó que Afrodita instara a Pándaro a disparar a Diomedes, sólo que hiriera a Menelao para que la guerra continuara. El pobre Pándaro es literalmente un muñeco de los dioses este día... su último día.

—¿Una herida grave la de Diomedes? —pregunto.

—En el hombro. Esténelo estaba presente y le sacó la flecha, que no estaba envenenada. Atenea se TCeó en la lucha un minuto antes, tomó a su mascota Diomedes y «puso energía en sus miembros, «sus pies y sus manos luchadoras».

Nightenhelser estaba citando alguna traducción de Homero con la que no estoy familiarizado.

—Más nanotecnología —digo—. ¿Ha encontrado Diomedes al arquero y lo ha matado ya?

—Hace unos cinco minutos.

—¿Soltó Pándaro ese interminable discurso antes de que Diomedes lo matara? —pregunto. En mi traducción favorita, Pándaro se lamenta por su destino en unos cuarenta versos, mantiene un largo diálogo con un capitán troyano llamado Eneas (sí, ese Eneas), y los dos atacan a Diomedes en un carro, arrojando lanzas al herido aqueo.

—No —dice Nightenhelser—. Pándaro sólo dijo «carajo» cuando la flecha falló su objetivo. Luego saltó al carro con Eneas, disparó una flecha que atravesó el escudo y la coraza de Diomedes (pero no le hirió), y dijo «mierda» un segundo antes de que la lanza de Diomedes le diera entre los ojos. Otro caso, supongo, de licencia poética de Homero en los discursos-

—¿Y Eneas? —Ese encuentro es crucial para la historia, además de para la Ilíada. No puedo creer que me lo haya perdido.

—Afrodita lo salvó hace un minuto —confirma Nightenhelser. Eneas es el hijo mortal de la diosa del amor y ella lo cuida con mimo—. Diomedes aplastó el hueso de la cadera de Eneas con una roca, igual que en el poema, pero Afrodita protegió a su chico herido con un campo de fuerza y se lo está llevando del campo. Diomedes se quedó bien jodido.

Me cubro los ojos con la mano.

—¿Dónde está ahora Diomedes?

Pero veo al guerrero griego antes de que Nightenhelser pueda señalármelo, a unos cien metros de distancia, en el centro de una refriega, muy por detrás de las líneas troyanas. Hay una bruma de sangre en el aire alrededor del brillante Diomedes y un montón de cadáveres a cada lado del aqueo, que se sacude, golpea, apuñala. El aumentado Diomedes parece abrirse paso a través de oleadas de carne humana para alcanzar a Afrodita, que se aparta lentamente.

—Jesús —digo en voz baja.

—Sí —responde el otro escólico—. En los últimos minutos ha matado a Astinoo e Hipirón, Abante y Poliido, Janto y Toon, Equemón y Cromio... todos los Pares capitanes.

—¿Por qué de dos en dos? —pregunto, pensando en voz alta.

Nightenhelser me mira como si yo fuera un alumno algo torpe de una de sus clases de 1890.

—Iban en carro, Hockenberry. Dos hombres por carro. Diomedes los mató cuando los carros lo atacaron.

—Ah —digo, cortado. Mi atención no está centrada en los capitanes teucros asesinados, sino en Afrodita. La diosa acaba de detenerse en su retirada de las líneas troyanas, todavía llevando al herido Eneas, y ahora se vuelve a un lado y a otro, claramente visible para los asustados troyanos que huyen del ataque de Diomedes. Afrodita obliga a los combatientes troyanos a volver a la lucha con puñaladas de electricidad y titilantes empujones de campo de fuerza.

Diomedes ve a la diosa y, enloquecido, se abre paso a través de una última línea protectora de troyanos para enfrentarse a la diosa misma. No habla, sino que prepara su larga lanza. Afrodita levanta un campo de fuerza como si nada, todavía llevando al herido Eneas, y está claro que no le preocupa el ataque de un simple mortal.

Ha olvidado las modificaciones que le ha hecho Atenea a Diomedes.

Diomedes da un salto hacia delante, el campo de fuerza de la diosa chisporrotea y cede, el aqueo avanza con su larga lanza y la vara y la punta atraviesan el campo de fuerza personal de Afrodita, el peplo de seda y la carne divina. La punta de la lanza, afilada como una navaja, corta la muñeca de la diosa de modo que asoman el músculo rojo y el hueso blanco. Icor dorado, más que sangre roja, chorrea en el aire.

Afrodita contempla la herida durante un segundo y entonces grita: un chillido inhumano, algo enorme y amplificado, un rugido femenino surgido de una batería de amplificadores de un concierto de rock del infierno.

Retrocede, todavía gritando, y suelta a Eneas.

En vez de continuar su ataque a Afrodita, Diomedes desenvaina la espada y se dispone a decapitar al inconsciente Eneas.

Febo Apolo, señor del arco plateado, se TCea y solidifica entre el enloquecido Diomedes y el teucro caído y mantiene al aqueo a raya con un pulsante hemisferio de campo de plasma. Cegado por la sed de sangre, Diomedes acomete contra el campo de fuerza, su propio campo de energía choca contra el escudo defensivo amarillo de Apolo. Afrodita sigue mirándose la muñeca herida y parece a punto de desmayarse y quedarse allí tirada, indefensa, delante del airado Diomedes. La diosa es incapaz de concentrarse lo suficiente para TCearse mientras siente tanto dolor.

De repente su hermano Ares llega en un ardiente carro volador, apartando a troyanos y griegos por igual mientras ensancha la huella de plasma del navío para que aterrice junto a su hermana. Afrodita farfulla y gime de dolor, intentando explicar que Diomedes se ha vuelto loco.

—¡Sería capaz de combatir con el Padre Zeus! —chilla la diosa, desplomándose en los brazos del dios de la guerra.

—¿Puedes pilotar esto? —inquiere Ares.

—¡No! —Afrodita se desmaya. Cae en brazos de Ares, todavía acunándose la mano izquierda herida con la mano derecha, ensangrentada... o icoriada. Verlo es extrañamente perturbador. Los dioses y las diosas no sangran. Al menos no lo han hecho en los nueve años que llevo aquí.

La diosa Iris, la mensajera personal de Zeus, aparece en el campo de batalla entre el carro y el campo de fuerza de Apolo, donde el dios sigue protegiendo al caído Eneas. Los troyanos han retrocedido con los ojos desorbitados de espanto y los campos de energía solapados mantienen a raya a Diomedes. El aqueo irradia calor y furia en visión infrarroja, como un guerrero de lava latiente.

—Llévala con su madre —ordena Ares, colocando a la inconsciente Afrodita en el suelo del carruaje sin caballos. Iris alza el vehículo de energía hacia el cielo y lo cambia de fase fuera de la vista.

—Sorprendente —dice Nightenhelser.

—Jodidamente fantástico —digo yo. Es la primera vez en mis más de nueve años aquí que he visto a un griego o un troyano atacar con éxito a un dios. Me vuelvo hacia Nightenhelser, que me mira escandalizado. A veces me olvido de que el escólico pertenece a un siglo anterior al mío—. Bueno, pues lo es —digo a la defensiva.

Quiero seguir a Afrodita al Olimpo y ver qué ocurre entre ella y Zeus. Homero escribió al respecto, naturalmente, pero ya ha habido suficiente disparidad entre el poema y los acontecimientos reales de hoy para picar mi interés.

Empiezo a separarme de Nightenhelser (quien contempla los acontecimientos tan embelesado que no advierte mi marcha) y me preparo para colocarme el Casco de Hades y girar los controles del medallón TC personal. Pero algo sucede en el campo de batalla.

Diomedes deja escapar un grito de guerra tan fuerte como el grito de dolor de Afrodita, que todavía resuena, y entonces el aqueo aumentado ataca de nuevo a Apolo y Eneas. Esta vez, el cuerpo nano-reforzado de Diomedes y su espada en fase atraviesan las capas exteriores del escudo de energía de Apolo.

El dios permanece inmóvil mientras Diomedes ataca y se abre paso a través del titilante campo de fuerza, como un hombre que empuja nieve invisible.

Entonces la voz de Apolo resuena con una amplificación que debe ser audible a cuatro o cinco kilómetros.

—¡Piensa, Diomedes! ¡Retrocede! Ya basta de esta locura mortal... guerrear con los dioses. No somos de la misma raza, humano. Nunca lo fuimos. Nunca lo seremos.

Apolo aumenta de tamaño, de sus imponentes tres metros de altura pasa a convertirse en un gigante de más de seis.

Diomedes detiene su ataque y retrocede, aunque es imposible decir si lo hace por miedo o por puro agotamiento.

Apolo se agacha y vuelve opacos los campos de fuerza a su alrededor y alrededor del caído Eneas. Cuando la niebla negra desaparece, un minuto más tarde, el dios se ha ido, pero Eneas sigue allí tendido, herido, con la cadera rota, sangrando. Los guerreros troyanos corren a formar un círculo en torno a su líder caído y abandonado antes de que Diomedes lo mate.

No es Eneas. Sé que Apolo ha dejado un holograma táctil tras él y se ha llevado al auténtico príncipe herido a las alturas de Pérgamo (la ciudadela de Ilión), donde las diosas Leto y Artemisa, la hermana de Ares, usarán su medicina divina nanotecnológica para salvarle la vida a Eneas y restañar sus heridas en cuestión de minutos.

Me dispongo a regresar al Olimpo cuando de repente Apolo se TCea de vuelta al campo de batalla, oculto a la visión de los mortales. Ares, que todavía arenga a los troyanos tras su casco defensivo, alza la cabeza cuando llega el otro dios.

—Ares, destructor de hombres, asaltante de murallas, ¿vas a dejar que ese puñado de mierda te insulte de esa forma? —Invisible a los aqueos, Apolo señala al jadeante Diomedes, que se recupera.

—¿Insultarme a mi? ¿Cómo me ha insultado?

—Idiota —truena Apolo con frecuencias ultrasónicas audibles solamente a los dioses y los escólicos y los perros de Troya, quienes responden con un terrible aullido—. Ese... ese mortal acaba de atacar a la diosa del amor, tu hermana. Le ha seccionado los tendones de su muñeca inmortal. Diomedes incluso me ha atacado a mí, uno de los dioses más poderosos de los posthumanos. ¡Atenea lo ha transformado en una especie de suprahumano para convertir en el hazmerreír de todos a Ares, dios de la guerra, hediondo de sangre!

Ares vuelve la cabeza hacia el jadeante Diomedes, que ha estado ignorando al dios desde que fracasó en su intento por atravesar el campo de fuerza.

—¿Se burla de mí? —chilla Ares con un grito que todos pueden oír desde aquí al monte Olimpo. He advertido a lo largo de los años que Ares es bastante estúpido para tratarse de un dios. Lo está demostrando hoy—. ¿¡Se atreve a mofarse de mí!?

—Mátalo —exclama Apolo, todavía hablando en ultrasonidos—. Córtale la cabeza y cómetela.

Y el dios del arco plateado se TCea.

Ares se está volviendo loco. Decido que no puedo marcharme todavía. Quiero desesperadamente TCear de vuelta al Olimpo y ver hasta qué punto está malherida Afrodita, pero esto es demasiado interesante para perdérmelo.

Primero, el dios de la guerra se morfea en el corredor Acamas, príncipe de Tracia, y corre de un lado a otro entre los teucros congregados, instándolos a volver a la batalla y expulsar a los griegos del saliente que han creado al seguir a Diomedes hasta las líneas troyanas. Luego Ares se morfea en Sarpedón y tienta a Héctor: el héroe se contiene de luchar con extraña reticencia. Avergonzado por lo que piensa que son acusaciones de Sarpedón, Héctor se reúne con sus hombres. Cuando Ares ve que Héctor está arengando al cuerpo principal de combatientes troyanos, el dios se vuelve él mismo y se une al círculo de luchadores que mantienen a los griegos alejados del holograma del inconsciente Eneas.

Confieso que nunca he visto una lucha tan feroz en los nueve años que llevo aquí.

Si Homero nos enseñó algo, es que el ser humano es un receptáculo débil, un envoltorio carnoso de sangre y tripas sueltas a punto de ser desparramadas.

Se están desparramando ahora.

Los aqueos no esperan a que Ares tenga una nueva oportunidad, sino que atacan con carros y lanzas siguiendo el salvaje liderazgo de Diomedes y Odiseo. Los caballos relinchan. Los carros se astillan y vuelcan. Los jinetes conducen sus monturas hacia una muralla de lanzas y brillantes escudos. Diomedes arde de nuevo en primera línea, llamando a sus hombres a la batalla mientras mata a todo troyano que se pone a su alcance.

Apolo vuelve al campo de batalla en un remolino de bruma púrpura y suelta al curado Eneas (el Eneas auténtico) en la refriega. El joven ha sido sanado y más que eso: fluye con luz igual que hizo el modificado Diomedes cuando Atenea terminó con él. Los troyanos, que atacan ya siguiendo a Héctor, sueltan un alarido conjunto al ver a su príncipe resucitado y contraatacan.

Ahora son Eneas y Diomedes quienes lideran la lucha en bandos opuestos, matando capitanes enemigos a puñados, mientras Apolo y Ares instan a más troyanos a unirse a la pelea. Veo como Eneas mata a los descuidados gemelos aqueos, Orsíloco y Cretón.

Ahora Menelao, recuperado de su herida, hace a un lado a Odiseo y acomete contra Eneas. Oigo reírse a Ares. Al dios de la guerra le encantaría que el hermano de Agamenón, el verdadero marido de Helena, el hombre que inició esta guerra al maltratar a su esposa, cayera muerto este día. Eneas y Menelao se detienen a la distancia de un brazo, los otros combatientes se apartan para respetar su aristeia, las lanzas de los dos guerreros fintan y avanzan, fintan y avanzan.

De repente, Antíloco, el hermano de Néstor, buen amigo del casi olvidado Aquiles, salta para colocarse hombro con hombro junto a Menelao, obviamente temeroso de que la causa griega muera con su capitán si el no interviene.

Enfrentado a dos ejecutores legendarios en vez de a uno, Eneas retrocede.

A doscientos metros al este de esta confrontación, Héctor ha atacado la línea aquea con tal ferocidad que incluso Diomedes retrocede con sus hombres. Con su visión aumentada, Diomedes ve a Ares (invisible a los demás) luchando al lado de Héctor.

Todavía quiero marcharme, para ver cómo está Afrodita, pero no puedo irme ahora. Veo que Nightenhelser toma notas frenéticamente en su ansible grabador. Esto me da risa, ya que los miles de nobles troyanos y argivos que combaten aquí son todos tan analfabetos como niños de dos años. Si descubrieran las anotaciones de Nightenhelser, incluso en griego, no significarían nada para ellos.

Todos los dioses intervienen en la acción ahora.

Hera y Atenea cobran existencia con un parpadeo, la esposa de Zeus obviamente insta a Atenea a que participe en la lucha. Atenea no se resiste. Hebe, la diosa de la juventud y servidora de los dioses mayores, aparece en un carro volador. Hera toma el control, y Atenea también salta a bordo, dejando caer su peplo mientras se ciñe la loriga. La camisa de batalla de Atenea brilla. Levanta un chispeante escudo de energía de amarillo brillante y pulsante rojo, y su espada envía rayos de luz a la Tierra.

—¡Mira!

Es Nightenhelser que me grita por encima del fragor. Cae un relámpago auténtico proveniente del norte, una alta capa de oscuros estratocúmulos se alza a doce mil metros o más en el cálido cielo de la tarde. La nube de pronto cobra la forma del rostro de Zeus.

—ADELANTE PUES, ESPOSA E HIJA —ruge el trueno de la tormenta—. ATENEA, A VER SI ERES RIVAL PARA EL DIOS DE LA GUERRA. ¡ABÁTELO SI PUEDES!

Nubes negras gravitan sobre el campo de batalla mientras la lluvia y los truenos golpean a troyanos y argivos por igual.

Hera hace descender el carro sobre las cabezas de los griegos, más abajo todavía para abatir a los troyanos como alfileres de cuero y bronce.

Atenea salta a un carro real junto al agotado Diomedes y su fiel auriga, Estenelo.

—¿Has acabado por hoy, mortal? —le grita a Diomedes; la última palabra rezuma sarcasmo—. ¿No le llegas a tu padre ni a la suela de los zapatos que te detienes cuando tus oponentes mantienen así el terreno?

Indica el lugar donde Héctor y Ares barren a los griegos con su carga.

—Diosa —le jadea Diomedes—, el inmortal Ares protege a Héctor y...

—¿NO TE PROTEJO YO A TI? —ruge Atenea, de cuatro metros y medio de altura y creciendo, alzándose sobre el brillo en extinción de Diomedes.

—Sí, diosa, pero...

—¡Diomedes, alegría de mí corazón, mata a ese troyano y al dios que lo protege!

Diomedes parece sobresaltado, incluso horrorizado.

—Los mortales no podemos matar a los dioses...

—¿Dónde está escrito eso? —truena Atenea y se inclina sobre Diomedes, inyectándole algo nuevo, transfiriéndole energía de su campo divino personal. La diosa agarra al indefenso Estenelo y lo arroja a diez metros del carro. Atenea empuña las riendas del carro de Diomedes y fustiga los caballos, dirigiéndose hacia Héctor y Ares y todo el ejército troyano.

Diomedes apresta su lanza como si en efecto planeara matar un dios: a Ares.

Y Afrodita quiere utilizarme a mí para que mate a la propia Atenea, pienso, el corazón desbocado de terror y excitación. Las cosas puede que pronto sean muy distintas de lo que Homero predijo, aquí, en las llanuras de Troya.

 

 

 

12 - Sobre el cinturón de asteroides

 

La nave empezó a decelerar en cuanto dejó la magnetosfera jupiterina, de manera que su gran arco balístico sobre el plano de la eclíptica hasta Marte, al otro lado del Sol, tardaría no varias horas sino varios días. Eso les venía bien a Mahnmut y a Orphu de Io, ya que tenían muchas cosas sobre las que discutir.

Poco después de su partida, Ri Po y Koros III, desde el módulo de control de proa, anunciaron que iban a desplegar la vela de boro. Mahnmut contempló a través de los sensores de la nave cómo se desplegaba la vela circular y los seguía siete kilómetros por detrás, sujeta por ocho cables, y luego extendía su radio completo de cinco kilómetros. A Mahnmut le pareció un círculo negro sacado del campo estelar mientras observaba el vídeo de popa.

Orphu salió de su nido en el casco y reptó por el cable principal, a lo largo del toro solenoide, y luego por los cables de apoyo como un Quasimodo en forma de herradura, comprobándolo todo, tirando de todo, impulsándose por chorros de reacción sobre la superficie de la vela para comprobar grietas o rendijas o imperfecciones. No encontró nada anómalo y volvió a la nave con una extraña e imperiosa gracia en gravedad cero.

Koros III ordenó que dispararan el achicador magnético modificado Matloff/Fennelly y Mahnmut sintió y registró las energías de la nave cambiando mientras el aparato colocado en la proa de la nave generaba un radio de campo achicador de 1.400 kilómetros, absorbiendo iones sueltos y concentrándose en recolectar viento solar.

¿Cuánto va a tardar esto en hacernos decelerar lo suficiente para detenernos en Marte?, preguntó Mahnmut por la línea común, pensando que respondería Orphu.

Fue el imperioso Koros III quien respondió: A medida que la velocidad de la nave disminuya y la zona efectiva del achicador aumente, manteniendo siempre la temperatura de la vela para que no exceda su punto de fusión de dos mil grados Kelvin, la masa de la nave igualará 4x106, y por tanto la disminución de nuestra velocidad actual de 0,1992 c a 0,0001 c (el punto de colisión inelástico) requerirá 23,6 años estándar.

¡Veintitrés coma seis años estándar!, exclamó Mahnmut por la línea común. Era más tiempo de discusión de lo que había esperado.

Eso nos frenaría sólo a una velocidad aceptable de 300 kilómetros por segundo, dijo Koros III. Una milésima de la velocidad de la luz no es nada despreciable cuando vamos hacia dentro del sistema.

Parece que el aterrizaje en Marte va a ser duro, dijo Mahnmut.

Orphu emitió un sonido rugiente por la línea.

El navegante calistano se puso en comunicación: No vamos a depender solamente de la deceleración de la vela de boro ionizado, Mahnmut. El viaje real requerirá poco menos de once años estándar. Y nuestra velocidad al entrar en la órbita de Marte será inferior a sesenta kilómetros por segundo.

Eso está mejor, dijo Mahnmut. Estaba en la cabina de control de La Dama Oscura, pero todos sus sensores y controles familiares estaban apagados. Era extraño estar recopilando datos que no fueran de su propio soporte vital en los sensores de la nave más grande. ¿Qué crea la diferencia?

El viento solar, dijo Orphu a través de la línea dura del casco-cuna. Aquí su media es de 300 km/sg con una densidad iónica de 106 protones/m3. Empezamos con medio tanque de hidrógeno jupiterino y un cuarto de tanque de deuterio, vamos a obtener más hidrógeno y deuterio del viento solar con el absorbedor Matloff Fennelly y dispararemos los cuatro motores de fusión de la proa justo después de pasar el Sol. Ahí es donde la auténtica deceleración empezará a hacer efecto.

No veo la hora de que llegue el momento, dijo Mahnmut.

Yo tampoco, respondió Orphu de Io. Emitió de nuevo aquel ruido, entre el rumor y el estornudo. Mahnmut pensó que el enorme moravec o bien no tenía sentido del humor o lo tenía enormemente agudo.

Mahnmut leyó À la recherche du temps perdu, de Proust, mientras la nave pasaba a unos 140.000.000 de kilómetros del Cinturón de Asteroides.

Orphu había descargado el idioma francés con todas sus complicaciones además de la novela y la información biográfica sobre Proust, pero Mahnmut acabó leyendo el libro en cinco traducciones al inglés porque el inglés era el idioma perdido en el que concentró sus propios estudios en el último siglo-t y medio y se sentía más cómodo juzgando la literatura en ese idioma. Orphu se rió de esto y le recordó al pequeño moravec que comparar a Proust con el Shakespeare que tanto amaba Mahnmut era un error, que eran tan diferentes en sustancia como el rocoso mundo terraformado sistema adentro al que se dirigían y sus familiares lunas de Júpiter, pero Mahnmut lo leyó de nuevo en inglés de todas formas.

Cuando terminó (sabiendo que había sido una multilectura rutinaria, pero ansioso por empezar el diálogo) contactó con Orphu por tensorrayo, ya que el moravec ioninano estaba fuera de su nido, comprobando de nuevo los cables de la vela de boro, atado firmemente a cables de seguridad esta vez a causa del aumento de la deceleración.

No sé, dijo Mahnmut. No lo veo así. A mí todo esto me parecen los devaneos de un esteta.

¿Esteta? Orphu giró uno de sus tentáculos comunicadores para conectar con el tensorrayo mientras sus manipuladores y flagelos estaban ocupados soldando un cable conector. Para Mahnmut, que lo veía en vídeo, el arco de soldadura blanco parecía una estrella contra la negra vela que había detrás de la torpe masa de Orphu. Mahnmut, ¿hablas de Proust o de su narrador-MarceI?

¿Hay alguna diferencia? Incluso mientras enviaba la sarcástica pregunta, Mahnmut sabía que estaba siendo injusto. Había enviado a Orphu cientos, quizá miles de e-mails a lo largo del último medio siglo-t, explicando la diferencia entre el Poeta, llamado «Will» en los sonetos, y el artista histórico llamado Shakespeare. Sospechaba que Proust, denso e impenetrable, sería igualmente complejo cuando se trataba de identificar autor y personajes.

Orphu de Io ignoró la pregunta y envió: Admite que te ha encantado la visión cómica de Proust. Es, por encima de todo, un escritor cómico.

¿Había una visión cómica? He visto poco humor en la obra, Mahnmut —hablaba en serio. El sentido del humor humano no le era extraño a Mahnmut ni a los moravecs: incluso los primeros robots espaciales, autoevolutivos y tenuemente sentientes, creados y enviados por la raza humana antes de la pandemia rubicón, habían sido programados para comprender el humor. La comunicación con los seres humanos (la comunicación real, bidireccional) habría sido imposible sin humor. Era algo tan humano como la furia o la lógica o los celos o el orgullo: elementos todos que había encontrado en la interminable novela de Proust. ¿Pero Proust y sus protagonistas vistos como un escritor cómico de personajes cómicos? Mahnmut no lo veía así, y si Orphu estaba en lo cierto, era un fallo importante. Había sido Mahnmut quien había pasado décadas encontrando el humor y la sátira en las obras del bardo, Mahnmut quien había sacado a la luz incluso la más leve ironía de los sonetos de Shakespeare.

Escucha, dijo Orphu mientras corría por uno de los tensos cables de vuelta a la nave, los propulsores de reacción latiendo. Lee esta parte de Un amor de Swann otra vez. Es cuando Swann, enamorado de la infiel y casquivana Odette, utiliza toda su habilidad como chantajista emocional para impedir que vaya al teatro sin él. Escucha el humor aquí, amigo mío. Descargó el texto.

—Te juro —le dijo, poco antes de que ella se marchara al teatro—, que al pedirte que no vayas no esperaría, si fuera un hombre egoísta, solamente que rehusaras, pues tengo un millar de otras cosas que hacer esta noche y me sentiría atrapado yo mismo, o más bien molesto, si, después de todo, me dijeras que no vas a ir. Pero mis ocupaciones, mis placeres no lo son todo: debo pensar también en ti. Puede llegar el día en que, al verme irrevocablemente apartado de ti, tengas derecho a reprocharme no haberte advertido en la hora decisiva en que sentí que estaba a punto de juzgarte, uno de esos juicios severos que el amor no puede resistir mucho tiempo. Verás, tu Nuit de Cléopatre (¡vaya título!) no tiene nada que ver con el asunto. Lo que debo saber es si en efecto eres una de esas criaturas del más bajo grado de mentalidad e incluso de encanto, de esas despreciables criaturas que son incapaces de perdonar un placer. Y si lo eres, ¿cómo podría nadie amarte?, pues no eres ni siquiera una persona, una entidad claramente definida, imperfecta pero al menos perfectible. Eres un agua informe que correrá por cualquier pendiente que se le ofrezca, un pez carente de memoria, incapaz de pensamiento, que pasa toda su vida en su acuario y continuará golpeándose cien veces al día contra la pared de cristal, confundiéndola siempre con el agua. ¿Te das cuenta de que tu respuesta tendrá el efecto...? No diré de hacer que deje de amarte inmediatamente, por supuesto, sino de hacer que seas menos atractiva a mis ojos cuando me dé cuenta de que no eres una persona, de que estás por debajo de todo en el mundo y eres incapaz de elevarte un centímetro. Obviamente, habría preferido pedirte de manera casual o sin importancia que no vayas a tu Nuit de Cléopatre (ya que me obligas a ensuciar mis labios con un nombre tan abyecto) con la esperanza de que vayas de todas formas. Pero, al haber decidido plantearte ese tema, para obtener tan drásticas consecuencias de tu respuesta, me pareció más honorable hacerte la debida advertencia.

Mientras tanto, Odette había mostrado signos de emoción e incertidumbre cada vez mayores. Aunque no comprendía el significado de este discurso, entendió que debía ser incluido en la categoría de «arengas» y escenas de reproche o súplica, como su familia le permitía en el trato con los hombres, sin prestar atención a las palabras que se susurraban, para concluir que no servirían a menos que estuvieran enamorados, y que como estaban enamorados, era innecesario obedecerlas, ya que más tarde sólo estarían más enamorados. Y por eso habría escuchado a Swann con la mayor tranquilidad si no hubiera advertido que se estaba haciendo tarde, y que si seguía hablando mucho más ella «nunca», como él le dijo con una sonrisa amistosa, obstinada aunque levemente abatida, «llegaría a tiempo para la Obertura».

Mahnmut se rió con ganas en los estrechos confines de la sala de control presurizada de La Dama Oscura. Ahora lo captó. El humor era brillante. Había leído aquel párrafo la primera vez concentrándose en la emoción humana de los celos y en el esfuerzo evidente del personaje, Swann, por manipular la conducta de la mujer llamada Odette. Ahora estaba... claro.

Gracias, le dijo a Orphu mientras el moravec de quince metros en forma de cangrejo de herradura se acomodaba en su nido. Creo que ahora percibo el humor. Me gusta. No se parece en nada al tono y el lenguaje y la estructura de Shakespeare, pero en cierto modo es... lo mismo.

La obsesión por el enigma de lo que significa ser humano, sugirió Orphu. Tu Shakespeare mira todas las facetas de la humanidad a través de la reacción a los acontecimientos, encontrando lo profundo e interno a través de personajes que se definen como acciones. Los personajes de Proust se sumergen en el recuerdo para ver las mismas facetas. Tal vez tu bardo es más parecido a Koros III, que nos conduce en esta expedición. Mi dulce Proust es más parecido a ti, envuelto en la crisálida de La Dama Oscura y sumergiéndose en las profundidades, buscando la geografía de arrecifes y el duro fondo y otros seres vivos y todo el mundo a través de la ecolocalización.

Mahnmut reflexionó acerca de aquello varios ricos nanosegundos. No comprendo cómo tu Proust resolvió este enigma... o más bien, cómo intentó resolverlo, a través de la inmersión en la memoria.

No sólo en la memoria, Mahnmut, amigo mío, sino en el tiempo.

A decenas de metros de distancia, protegido por el casi invulnerable e impenetrable doble casco de su sumergible y el de la nave que lo llevaba, Mahnmut sintió como si el ioniano hubiera extendido un apéndice y lo hubiera tocado de alguna manera personal y profunda.

El tiempo está separado de la memoria, murmuró Mahnmut a través de su línea privada, hablando ahora sobre todo para sí mismo, ¿pero está alguna vez la memoria separada del tiempo?

¡Exactamente!, tronó Orphu. Exactamente. Los protagonistas de Proust, principalmente el narrador «Yo» o «Marcel», pero también, nuestro pobre Swann, tienen tres oportunidades para escudriñar y resolver el tupido enigma de la vida. ¡Sus tres intentos fracasan, pero de algún modo la historia en sí tiene éxito, a pesar de los fallos de su narrador e incluso de su autor!

Mahnmut reflexionó sobre esto en silencio durante un rato. Cambió su visión de cámara externa a cámara externa, mirando más allá de las complejidades de la nave y su aterradora vela circular, hacia «abajo», hacia las rocas, hacia el Cinturón. Deseó que la imagen ofreciera ampliación total y allí la tuvo.

Un asteroide solitario giraba contra la negrura. No había ningún peligro de impacto. No sólo su nave estaba ya a 150.000.000 de kilómetros por encima del plano de la eclíptica y dejaba atrás el Cinturón a velocidad cegadora, sino que aquel asteroide (consultó a los bancos de astronavegación de Ri Po e identificó la roca como Gaspra) se alejaba de ellos. Seguía siendo un minimundo de tamaño apreciable (los datos cotejados indicaban que Gaspra medía 20 x 16 x 11 kilómetros) y la ampliación, equivalente a pasar a una distancia de unos 16.000 kilómetros, mostraba una masa irregular en forma de patata y una complicada sucesión de cráteres. Más interesante, había elementos sin duda artificiales en la imagen: líneas rectas marcadas en la roca, brillos en los cráteres oscuros, claras fuentes de luz en la «nariz» aplastada del asteroide.

Rocavecs, dijo Orphu en voz baja. Seguramente miraba el mismo vídeo. Hay unos cuantos miles de millones dispersos por el Cinturón.

¿Son hostiles como dice todo el mundo? En cuanto envió esta pregunta, Mahnmut temió que lo tachara de ansioso.

No lo sé. Supongo que lo son: decidieron evolucionar en una cultura mucho más competitiva que la que nosotros creamos. Se dice que temen y aborrecen a los posthumanos y que nos odian a los moravecs externos. Koros III tal vez sepa si las leyendas sobre su ferocidad son ciertas.

¡Koros! Y, ¿por qué?

No muchos moravecs lo saben, pero dirigió una expedición a las rocas hace unos sesenta años-t para Asteague/Che y el Consorcio de las Cinco Lunas. Nueve moravecs lo acompañaron. Sólo regresaron otros tres.

Mahnmut reflexionó un instante. Deseó saber más sobre armas; de haber querido los rocavecs matarlos en aquel momento, ¿poseían un arma de energía o un misil hipercinético capaz de alcanzar la nave? Parecía improbable a su velocidad actual de más del 0,193 de la velocidad de la luz. Mahnmut le dijo a Orphu: ¿Cuáles son las tres formas con las que los personajes de Proust intentaron resolver el enigma de la vida... y fracasaron?

El gran moravec del espacio profundo se aclaró la garganta virtual. Primero, siguieron el camino de la nobleza, el título, los derechos de nacimiento y la hidalguía, dijo Orphu. Marcel, el narrador, sigue esta vía durante unas doscientas páginas. Al menos cree que la aristocracia más importante es la nobleza de carácter. Pero todo resulta vacío.

Sólo fachada, dice Mahnmut.

Nunca es sólo fachada, amigo mío, envía Orphu, su vibrante voz más animada en la línea privada. Proust veía esa fachada como el pegamento que mantiene unida la sociedad... cualquier sociedad, en cualquier época. La estudia a todos los niveles a lo largo del libro. Nunca se cansa de sus manifestaciones.

Yo sí, dijo Mahnmut tranquilamente, esperando que su sinceridad no ofendiera a su amigo.

El estertor de Orphu, vibrando en el subsónico incluso estando en línea, convenció a Mahnmut de que no lo había hecho.

¿Cual fue el segundo camino que intentó seguir para responder al enigma de la vida?, preguntó Mahnmut.

El amor, dijo Orphu.

¿El amor?, repitió Mahnmut. Había bastante en las más de tres mil páginas de En busca del tiempo perdido, pero todo parecía tan... falto de esperanza.

El amor, tronó Orphu. El amor sentimental y la lujuria física.

¿Te refieres al amor sentimental que Marcel (y Swann, supongo) sentían por su familia, la abuela de Marcel?

No, Mahnmut: el sentimentalismo por las cosas familiares, por la memoria misma, y por la gente que pasa a formar parte del reino de las cosas familiares.

Mahnmut miró el asteroide llamado Gaspra. Según la barra de datos de Ri Po, Gaspra tardaba unas siete horas estándar en girar completamente alrededor de su eje. Mahnmut se preguntó si un lugar semejante podría ser alguna vez para él o para algún ser sentiente fuente de familiaridad, del sentimentalismo. Bueno, los mares oscuros de Europa lo son.

¿Cómo dices?

Mahnmut sintió que sus capas orgánicas le cosquilleaban cuando se dio cuenta de que había hablado en voz alta por la línea privada. Nada. ¿Por qué no condujo el amor a la respuesta sobre el enigma de la vida?

Porque Proust sabía (y sus personajes descubren) que ni el amor ni su más noble prima, la amistad, sobreviven jamás a las cuchillas entrópicas de los celos, el aburrimiento, la familiaridad y el egoísmo, dijo Orphu, y por primera vez en su comunicación directa, a Mahnmut le pareció que había cierta tristeza en la voz del gran moravec.

¿Nunca?

Nunca, dijo Orphu y emitió un profundo suspiro. ¿Recuerdas las últimas líneas de Un amor de Swann? «¡Pensar que malgasté años de mi vida, que esperaba morir, que tuve mi mayor historia de amor con una mujer que no me atraía, que ni siquiera era mi tipo!»

Me di cuenta de eso, dijo Mahnmut, pero no sabía en ese momento si se suponía que era algo terriblemente gracioso u horriblemente amargo o insoportablemente triste. ¿Qué era?

Las tres cosas, amigo mío, envió Orphu de Io. Las tres.

¿Cuál era el tercer camino de los personajes de Proust para descubrir el enigma de la vida?, preguntó Mahnmut. Aumentó el flujo de O2 de su cámara para despejar los tentáculos arácnidos de tristeza que amenazaban con acumularse en su corazón.

Dejémoslo para otra ocasión, dijo Orphu, percibiendo tal vez el estado de ánimo de su interlocutor. Koros III va a aumentar el radio del achicador y puede que sea divertido ver los fuegos artificiales en el espectro de rayos-X.

Dejaron atrás la órbita de Marte y no hubo nada que ver; Marte, claro, estaba al otro lado del Sol. Dejaron atrás la órbita de la Tierra un día más tarde y no hubo nada que ver; la Tierra estaba lejos en la curva de su órbita en el plano de la eclíptica, muy por debajo. Mercurio era el único planeta visible en los monitores mientras pasaban como una exhalación sobre él, pero para entonces el rugido y el resplandor del Sol llenaba todas sus pantallas visoras.

Mientras pasaban sobre el Sol a un perhelio de sólo 97.000.000 kilómetros (los filamentos radiadores dejaban una pista de calor) la vela de boro fue desmontada, recogida y plegada para guardarla en su domo de popa. Orphu ayudó a los manipuladores remotos en la tarea y Mahnmut vio en las pantallas de la nave cómo su amigo corría de un lado a otro, sus cicatrices y marcas visibles bajo la ardiente luz solar.

Dos horas antes de disparar los motores de fusión, Koros III sorprendió a Mahnmut invitando a todo el mundo a reunirse en el módulo de la sala de control, cerca de los cuernos del achicador magnético.

No había ningún corredor interno en la nave. El plan era que Koros pasara a La Dama Oscura a través de cables y asideros en cuanto la nave terminara de decelerar y estuviera en la órbita marciana. Mahnmut dudaba respecto a hacer el viaje a través del casco hasta la sala de control.

¿Por qué debemos reunirnos físicamente para hablar?, le preguntó a Orphu por su línea privada. Y tú no cabes en el módulo de la sala de control, de todas formas.

Puedo flotar en el exterior, veros a todos a través de la portilla, conectar cables al módulo de control para establecer una comunicación segura.

¿Por qué es eso mejor que una conferencia en multifrecuencia?

No lo sé, dijo Orphu, pero dispararemos los motores dentro de ciento catorce minutos, así que, ¿por qué no me acerco a la bodega de la nave y te recojo?

Eso es lo que hicieron. Mahnmut no tenía ningún problema con el vacío y la radiación dura, naturalmente, pero la idea de desconectarse de la nave y quedarse atrás de algún modo lo inquietaba. Orphu se reunió con él en la bodega de carga y Mahnmut tuvo un inolvidable atisbo de La Dama Oscura, completamente iluminada por los cegadores rayos del Sol, contenida en la bodega de la nave como un tiburón salino en el vientre de un kraken.

Orphu usó sus manipuladores para colocar a Mahnmut en un nicho protegido en su caparazón y se fue agarrando a los cables para hacer el viaje hasta el propulsor de reacción alrededor del oscuro vientre de la nave, siguiendo sus costillas de toros y vigas, y avanzó por el casco superior. Mahnmut contempló los motores de fusión esféricos, sujetos a la proa como diseños de último momento, y comprobó la hora: faltaban setenta y cuatro minutos para la ignición.

Mahnmut estudió el material ultrainvisible que rodeaba la nave propiamente dicha: un envoltorio absolutamente negro y poroso que hacía que todo el casco, menos los motores de fusión, la vela de boro y otros artilugios sacrificables, fuera teóricamente invisible tanto para la mirada como para el radar, el radar profundo, los reflejos gravitónicos, el infrarrojo, los UV y las sondas de neutrinos. ¿Pero qué diferencia habrá si usamos nuestras cuatro columnas de llama de fusión durante dos días?

La sala de control tenía una compuerta. Mahnmut ayudó a Orphu a conectar su cable protegido, y luego atravesó la compuerta y volvió a respirar aire a la antigua usanza.

—Esta nave lleva armas —dijo Koros III sin más preámbulos: hablaba a través del aire. Sus ojos multifacetados y su negro caparazón humanoide reflejaban las luces halógenas rojas.

El tercer moravec en la pequeña sala de control presurizada (el diminuto calistano, Ri Po) se colocó en la tercera punta del triángulo de moravecs.

¿Oyes esto?, subvocalízó Mahnmut por su línea privada con Orphu. El enorme ioniano era visible a través de las ventanas de proa.

Oh, sí.

—¿Por qué nos dices esto ahora? —le preguntó Mahnmut a Koros III.

—Me ha parecido que el ioniano y tú teníais derecho a saberlo. Vuestra existencia está en juego.

Mahnmut miró al piloto.

—¿Sabías lo de las armas?

—Sabía lo de las armas defensivas insertadas en la nave —repuso Ri Po—. No he sabido hasta ahora que se llevarían armas a la superficie. Pero es una deducción lógica.

—A la superficie —repitió Mahnmut—. Hay armas en la bodega de La Dama Oscura —no era en realidad una pregunta.

Koros III asintió con aquella antigua señal de confirmación humanoide.

—¿De qué clase? —exigió saber Mahnmut.

—No tengo libertad para decirlo —dijo, estirado, el alto ganimediano.

—Bueno, tal vez yo no tenga libertad para transportar armas en mi sumergible —replicó Mahnmut

—No tienes autoridad alguna en la materia —dijo Koros III. Su voz parecía más triste que imperiosa.

Mahnmut se rebulló.

Tiene razón, dijo Orphu y Mahnmut advirtió que el ioniano había hablado por la línea común. Ninguno de nosotros tiene capacidad de decisión en este punto. Tenemos que continuar.

—Entonces, ¿por qué decírnoslo? —-insistió de nuevo Mahnmut.

Fue Ri Po quien contestó.

—Llevamos observando Marte desde que dimos la vuelta al Sol. Desde esta distancia, nuestros instrumentos confirman las actividades cuánticas detectadas desde el espacio jupiterino... pero la intensidad es varias magnitudes superior a lo que estimábamos. Este mundo es una amenaza para todo el sistema solar.

¿Cómo es eso?, preguntó Orphu. Los posthumanos experimentaron con cambios cuánticos durante siglos en sus ciudades orbitales alrededor de la Tierra.

Koros III sacudió la cabeza de aquella extraña manera humana, aunque «extraña» no era la palabra que acudía a la mente de Mahnmut cuando contemplaba a la alta figura negra brillante con sus resplandecientes ojos de mosca.

—No hasta ese punto —dijo el jefe de la misión—. La cantidad de cambios de fase cuánticos que han tenido lugar en Marte ahora mismo es igual a un agujero abierto en el tejido del espacio-tiempo. No es estable. No es un ejercicio sano de tecnología cuántica.

¿Tiene algo que ver con los voynix?, preguntó Orphu. Todo lo que la mayoría de los moravecs jupiterinos sabían de los fabulosos voynix era que el planeta Tierra había irradiado una actividad de cambios de fase cuántica sin precedentes cuando se mencionaron por primera vez las criaturas en las comunicaciones de neutrinos posthumanas hacía más de dos mil años-t.

No sabemos si los voynix tienen algo que ver ni si, de hecho, están todavía en la Tierra, envió Koros por la banda común.

—Repetiré que considero éticamente imperativo informaros a todos de que hay armas a bordo de esta nave y a bordo del sumergible. La decisión de usar estas armas no será vuestra. La responsabilidad será solamente mía cuando esté a bordo de esta nave, y de Ri Po para defender la nave cuando Mahnmut y yo hayamos bajado a la superficie del planeta. La decisión de usar armas letales en Marte será sólo mía.

—¿Las armas de la nave no son ofensivas entonces? ¿No se usarán contra objetivos en Marte? —preguntó Mahnmut.

—No —dijo Ri Po—. Las armas de a bordo son sólo defensivas.

Pero ¿a bordo de La Dama Oscura hay armas de destrucción masiva?, preguntó Orphu de Io.

Koros III hizo una pausa, sopesando obviamente sus órdenes contra el deseo de saber de la tripulación.

—Sí —dijo por fin.

Mahnmut intentó decidir cuáles podrían ser esas armas de destrucción masiva. ¿Bombas de fisión? ¿Armas de fusión? ¿Emisores de neutrinos? ¿Explosivos de plasma? ¿Aparatos antimateria? ¿Bombas de agujero negro para hacer reventar planetas? No tenía ni idea. Sus siglos de existencia no le habían aportado ninguna experiencia con otras armas que las redes, sondas y galvanizadores necesarios para espantar a los krakens o capturar la vida marina de Europa.

—Koros —preguntó en voz baja—, ¿llevaste armas en tu misión a las rocas hace algunas décadas?

—No —respondió el ganimediano—. No hubo necesidad. Por muy belicosos y feroces que se hayan vuelto los moravecs asteroidales en su reciente evolución, no supusieron ninguna amenaza a la existencia de todos los seres sentientes del sistema solar —Koros III proyectó la hora: sólo faltaban cuarenta y un minutos para que se dispararan los motores de fusión. ¿Alguna otra pregunta?

Orphu tenía una: ¿Por qué estamos en modo ultrainvisible si nos acercamos a Marte dejando cuatro rastros de fusión que nos iluminarán como una supernova, visibles día y noche para que nos localice cualquier cosa que tenga ojos en la superficie de Marte? Espera... estás intentando obtener una respuesta. Estás intentando provocar que nos ataquen.

—Sí —dijo Koros—. Es la forma más sencilla de calibrar sus intenciones. Los motores de fusión se desconectarán cuando estemos todavía a dieciocho millones de kilómetros de Marte. Si para entonces no han intentado interceptarnos, lanzaremos por la borda los motores, los toros solenoides y todos los aparatos externos, y entraremos en la órbita marciana con contramedidas pasivas que oculten nuestra localización. Ahora mismo no sabemos si los posthumanos (o las entidades que hayan terraformado Marte y residan ahora allí, sean quienes sean), tienen una civilización técnica o postécnica.

Mahnmut reflexionó sobre esto. Iban a desprenderse de toda forma de propulsión que pudiera llevarlos de regreso a casa.

Yo diría que la actividad masiva de cambio de fase cuántica es signo de algo bastante tecnológico, dijo Orphu.

—Tal vez —dijo Ri Po—. Pero hay sabios idiotas en el universo.

Con esa críptica declaración, la reunión terminó, se extrajo la atmósfera de la sala de control, y Orphu llevó a Mahnmut de vuelta a su sumergible en la bodega de la nave.

Los cuatro motores se encendieron según lo previsto. Durante los dos días siguientes, Mahnmut estuvo sujeto a su sillón de alta-g mientras la nave deceleraba en el plano de la eclíptica hacia Marte a más de 400 ges. La bodega en torno a La Dama Oscura fue de nuevo llenada de gel de alta-g, pero sus compartimentos vitales no, y el peso y la falta de movilidad se volvieron agotadores para Mahnmut. No podía imaginar la tensión que sentiría Orphu en su cuna del casco. Marte y todas las imágenes de proa quedaban oscurecidas por el cuádruple resplandor solar de los motores, pero Mahnmut pasó el tiempo comprobando en vídeo el casco, las estrellas a popa, y releyendo partes de Á la recherche du temps perdu y encontrando conexiones y disparidades con sus amados sonetos shakesperianos.

El amor de Mahnmut y Orphu por los idiomas y la literatura humanas de la Edad Perdida no era tan inusitado. Más de mil cuatrocientos años-t antes, los primeros moravecs que fueron enviados al espacio jupiterino para explorar las lunas y contactar con los seres sentientes que se sabía que habitaban la atmósfera de Júpiter fueron programados por los primeros posthumanos con sofisticadas cintas pleno-sensoras de la historia humana, la conducta humana y las artes humanas. El rubicón ya había tenido lugar, naturalmente, y antes de eso la Gran Retirada, pero seguía habiendo algo de esperanza en la salvación de la memoria y los archivos del pasado humano, aunque los últimos 9.114 humanos al estilo antiguo de la Tierra no pudieran ser salvados por el último fax. En los siglos pasados desde que se perdiera el contacto con la Tierra, el arte humano y la literatura humana y la historia humana se habían convertido en las aficiones de miles de moravecs de durovac y de los establecidos en las lunas. El antiguo compañero de Mahnmut, Urzweil (que fue destruido en una avalancha de hielo bajo el cráter helado europano de Tyre Macula dieciocho años-t antes) era un apasionado de la guerra de Secesión americana. El sombrero azul de infantería de la Unión de Urzweil seguía todavía en el cajón, bajo la mesa de trabajo de Mahnmut, junto a la lámpara de lava aislada por gel que el propio Urzweil le había regalado.

Al contemplar la llamarada filtrada de los motores de fusión de proa en su monitor de video, Mahnmut intentó relacionar la imagen del Marcel Proust histórico (un hombre que se pasó en cama los tres últimos años de su vida, en su famosa habitación forrada de corcho, rodeado de galeradas que llegaban constantemente, viejos manuscritos y botellas de pociones adictivas, recibiendo ocasionalmente visitas de un prostituto y de los trabajadores que montaban uno de los primeros teléfonos sin operadora de París) con el Marcel-narrador de la agotadora obra de percepción que era En busca del tiempo perdido. Los recuerdos de Mahnmut eran prodigiosos: podía recuperar el callejero de París en 1921, descargar cada fotografía y dibujo o pintura jamás hechos por Proust, contemplar el Vermeer que hizo que el personaje de Proust se desmayara, cotejar cada personaje de los libros con cada ser humano real que Proust había llegado a conocer... pero nada de todo esto le ayudaba mucho a comprender la obra. El arte humano, Mahnmut lo sabía, simplemente trascendía a los seres humanos.

Cuatro caminos secretos a la verdad del enigma de la vida, había dicho Orphu. El primero (la obsesión de los personajes de Proust con la nobleza, la aristocracia, con los estratos superiores de la sociedad) era obviamente un callejón sin salida. Mahnmut no tenía que abrirse paso a través de tres mil páginas de cenas como había hecho el protagonista de Proust para darse cuenta de eso.

El segundo, la idea del amor como la clave al enigma de la vida, fascinaba a Mahnmut. Ciertamente, Proust (como Shakespeare pero de una manera completamente distinta) había intentado explorar todas las facetas del amor humano (heterosexual, homosexual, bisexual, familiar, colegial, interpersonal), además del amor por los lugares y las cosas y la vida misma. Y Mahnmut había tenido que estar de acuerdo con el análisis de Orphu de que Proust había rechazado el amor como verdadera vía hacia una comprensión más profunda.

El tercer camino para Marcel había sido el arte (el arte y la música) pero aunque eso había llevado a Marcel a la belleza, no le había llevado a la verdad.

¿Cuál es el cuarto camino? Y si les falló a los héroes de Proust, ¿cuál era el verdadero camino entre las páginas y detrás de ellas, desconocido para los personajes pero quizás entrevisto por el propio Proust?

Todo lo que Mahnmut tenía que hacer para averiguarlo era abrir la línea con Orphu. Perdidos quizás en sus propios pensamientos, los dos amigos se habían comunicado muy poco durante aquel último día de deceleración. Me lo dirá más tarde, pensó Mahnmut. Y tal vez para entonces lo captaré yo mismo... y veré si tiene relación con el análisis de Shakespeare de lo que hay más allá del amor. Ciertamente el bardo había rechazado el amor sentimental y el romántico y el físico al final de los sonetos.

Los motores de fusión dejaron de rugir. La liberación de la alta-g y el ruido y la vibración transmitidos por el casco fueron algo aterrador.

Inmediatamente los esféricos motores de fuel fueron expulsados, alejados de la trayectoria de la nave por pequeños cohetes.

Liberando vela y solenoide, dijo la voz de Orphu por la línea común. Mahnmut vio por varias señales de video del casco como esos componentes eran lanzados al espacio.

Mahnmut volvió al vídeo de proa. Marte era ya claramente visible, sólo a dieciocho millones de kilómetros por delante y bajo ellos. Ri Po proporcionó superposiciones de la trayectoria en la imagen. Su acercamiento parecía perfecto. Pequeños impulsores iónicos internos continuaban frenando la nave y preparándose para inyectarla en una órbita polar.

No hay registros de radar ni otros sensores durante nuestro descenso, dijo Koros III: Ningún intento de intercepción.

Mahnmut pensó que el ganimediano era muy digno pero que tendía a decir obviedades.

Recibimos datos a través de nuestros sensores pasivos, dijo Ri Po.

Mahnmut comprobó los indicadores. Si hubieran estado aproximándose a, digamos, Europa, las pantallas habrían mostrado emisiones de radio, gravitónicas, de microondas y un puñado de otras emisiones relacionadas con la tecnología procedentes de la luna habitada por los moravecs. Marte no mostraba nada. Pero el mundo terraformado estaba sin duda habitado. El telescopio montado en la proa detectaba ya imágenes de las casas blancas del Monte Olympus, los tajos rectos y curvos de las carreteras, las cabezas de piedra alineadas a la orilla del Mar del Norte, e incluso algunos atisbos de movimiento y actividad individuales, pero no tráfico radiado, ni ningún relé de microondas, ni firmas electromagnéticas propias de una civilización tecnológica. Mahnmut recordó la expresión que Ri Po había utilizado: ¿Sabios idiotas?

Preparados para entrar en la órbita de Marte dentro de dieciséis horas, anunció Koros. Observaremos desde la órbita durante otras veinticuatro horas. Mahnmut, prepara tu sumergible para ignición deorbital dentro de treinta horas.

Si, dijo Mahnmut por la línea común, reprimiendo el impulso de decir «señor».

Marte pareció bastante tranquilo durante la mayor parte de las veinticuatro horas que estuvieron en órbita polar a su alrededor.

Había seres artificiales en el Cráter Stickney, en Fobos, (máquinas mineras, lo que quedaba de un acelerador magnético, domos rotos y exploradores robóticos) pero estaban fríos y polvorientos y ajados y tenían más de tres mil años de antigüedad. Quien había terraformado Marte en el último siglo no tenía nada que ver con los antiguos artefactos de la luna interior.

Mahnmut había visto imágenes de Marte cuando era el Planeta Rojo (aunque siempre le había parecido más naranja que rojo), pero ya no era rojizo-anaranjado. Al pasar sobre el polo norte, la vista telescópica ofrecía imágenes de hasta un metro de longitud de lo que quedaba del casquete polar: sólo un charco de agua helada, una isla blanca en el azul Mar del Norte.

Espirales de nubes se movían sobre el océano que cubría más de la mitad del hemisferio norte. Las tierras altas eran todavía anaranjadas y la mayor parte de las masas de tierra eran marrones, pero el sorprendente verde de los bosques y prados era visible sin necesidad de recurrir al telescopio.

Nada ni nadie desafió la nave: no hubo llamadas de radio, ni búsqueda o adquisición de radar, ningún tensorrayo ni láser ni sonda de neutrinos modulados. A medida que los tensos minutos se convertían en largas horas de silencio, los cuatro moravecs contemplaron las imágenes y se prepararon para el descenso de La Dama Oscura.

Obviamente había vida en Marte: vida humana o posthumana, por su aspecto, junto con la de otra especie al menos: los movedores de cabezas de piedra, posiblemente humanos, pero bajos y verdes en las fotos del telescopio. Navíos de blancas velas se movían a lo largo de la costa norte y por los cañones llenos de agua del Valle Marineris, pero no eran muchos. Unas cuantas velas más eran visibles en el cráter que formaba el mar que antes había sido la Planicie de Helias. Había claros signos de habitabilidad en el Monte Olympus, y al menos una escalera de alta tecnología movedora de personas o un ascensor a lo largo de los flancos de ese volcán, y fotografías de media docena de máquinas voladoras cerca de la caldera de la cima del Olympus, y unos cuantos atisbos de unas casas blancas y jardines en las altas laderas de los volcanes de Tharsis —Monte Ascraeus, Monte Pavonis y Monte Arsia—, pero ningún signo de una extensa civilización planetaria por el momento. Koros III anunció por la línea común que calculaba que no vivían más de tres mil personas de pálido aspecto humano en los cuatro volcanes, junto con tal vez veinte mil trabajadores verdes congregados en diez ciudades a lo largo de las costas.

La mayor parte de Marte estaba vacía. Terraformada pero vacía.

Difícilmente puede ser un peligro para todas las formas de vida sentientes del sistema solar entonces, ¿no?, preguntó Orphu de Io.

Fue Ri Po quien respondió: Mira el planeta a través del mapa cuántico.

—Dios mío —dijo Mahnmut en voz alta en su vacío nido-ambiente. Marte era un cegador destello rojo de actividad de cambio cuántico, con líneas de flujo que convergían en el volcán principal, el Monte Olympus.

¿Podrían los escasos vehículos voladores estar causando este caos cuántico?, preguntó Orphu. No se registran en el espectro electromagnético y desde luego no tiene impulsión química.

No, dijo Koros III. Aunque las pocas máquinas voladoras entran y salen del flujo cuántico, no lo generan. O al menos no son su fuente primaria.

Mahnmut contempló un minuto más el extraño mapa cuántico superpuesto antes de aventurar una sugerencia a la que llevaba días dándole vueltas. ¿Tendría sentido contactar con ellos a través de la radio o por otro medio? ¿Aterrizar abiertamente en el Monte Olympus? ¿Ir como amigos en vez de como espías?

Hemos considerado ese curso de acción, dijo Koros. Pero la actividad cuántica es tan intensa que consideramos imperativo recopilar más información antes de revelarnos.

Recopilar información y llevar estas armas de destrucción masiva lo más cerca posible del volcán, pensó Mahnmut con cierta amargura. Nunca había querido ser soldado. Los moravecs no estaban diseñados para combatir y la idea de matar a seres sentientes luchaba con una programación tan vieja como su especie.

De todas formas, Mahnmut preparó a La Dama Oscura para el descenso. Puso el sumergible en energía interna y separó todos los umbilicales de soporte vital de la nave, permaneciendo conectado sólo a través de los cables de comunicación que serían cortados cuando salieran de la bodega. El sumergible había sido envuelto en ultrasilencio y un pak-reactor de impulsores rodeaba la proa y la popa del sub; Koros III controlaría los impulsores durante la fase de entrada y luego los expulsaría. Por último, un círculo de paracaídas que frenaría su caída después de la reentrada, también controlado y expulsado por Koros III. Sólo después de llegar al océano guiaría Mahnmut su sumergible.

Preparado para bajar al sumergible, dijo Koros III desde la cubierta de control.

Permiso para subir a bordo concedido, repuso Mahnmut, aunque su comandante titular no había pedido permiso alguno. No era europano y desconocía el protocolo. Mahnmut vio la advertencia de que las puertas de la bodega de la nave se abrían y exponían La Dama Oscura de nuevo al espacio para que Koros pudiera hacer la transferencia por medio del cable guía.

Mahnmut conectó el enlace de vídeo del casco donde se alojaba Orphu. El ioniano advirtió la atención. Adiós por un tiempo amigo mío, dijo Orphu. Volveremos a vernos.

Eso espero, dijo Mahnmut. Abrió la compuerta inferior del sumergible y se preparó para hacer volar los últimos cables comunicadores.

Esperad, dijo Ri Po. Algo se acerca desde el borde del planeta.

El vídeo de la sala de control mostró a Koros III apartándose de la compuerta que acababa de abrir y regresando a los instrumentos. Mahnmut apartó el dedo del botón que armaba la pirotecnia de la línea de comunicación.

Algo se aproximaba desde Marte. En aquel momento era sólo un blip en el radar. El telescopio de proa giró para captarlo.

Debe haber sido lanzado desde el Olympus mientras estábamos fuera de la línea de visión, dijo Orphu.

Ahora nos sigue, dijo Ri Po.

Mahnmut siguió las frecuencias mientras su nave empezaba a llamar. El blip no contestó.

¿Veis eso?, preguntó Koros III.

Mahnmut lo veía. El objeto tenía menos de dos metros de longitud: era un carro abierto sin caballos y rodeado por un brillante campo de fuerza. Había dos humanoides en el vehículo abierto, un hombre y una mujer, la hembra al parecer lo guiaba y el varón, más alto, simplemente estaba allí de pie, mirando hacia delante como si pudiera ver la nave envuelta en invisibilidad a unos ocho mil kilómetros de distancia. La mujer era alta y regia y rubia; el hombre tenía el pelo gris corto y una barba blanca.

La risa de Orphu estremeció la línea común. Se parece a las imágenes de Dios, dijo. No sé quién es su novia.

Como si oyera este insulto, el hombre de la barba gris alzó el brazo.

La imagen de vídeo destelló y murió en el mismo instante en que Mahnmut fue lanzado contra las correas de su sillón de alta-g. Sintió que la nave se estremecía dos veces, terriblemente, y luego empezaba a girar salvajemente mientras las fuerzas centrífugas lo arrojaban con fuerza a la derecha primero, hacia arriba después y por último hacia la izquierda.

¿Está bien todo el mundo?, gritó por todas las líneas. ¿Podéis oírme?

Durante varios mareantes segundos la única respuesta fue el silencio y el ruido de la línea. Luego la tranquila voz de Orphu llegó a través del rugido de la estática. Puedo oírte, amigo mío.

¿Estás bien? ¿Está bien la nave? ¿Les hemos disparado?

Estoy dañado y cegado, dijo Orphu mientras la estática siseaba y chisporroteaba. Pero he visto lo sucedido antes de que la explosión me cegara. No les hemos disparado, pero la nave está... medio destruida, Mahnmut.

¿Medio destruida?, repitió Mahnmut estúpidamente. ¿Qué...?

Una especie de lanza de energía. La sala de control... Koros y Ri Po... muertos. Desintegrados. Toda la proa destruida. La cubierta superior dañada. La nave gira dos veces por segundo y empieza a quebrarse. Mi propio caparazón se ha resquebrajado. Mis jets de reacción han desaparecido. La mayoría de mis manipuladores también. Estoy perdiendo energía e integridad en la coraza. Aparta el sumergible de la nave... ¡rápido!

¡No sé cómo!, gritó Mahnmut. Koros tenía el subsistema de control. Yo no sé...

De repente la nave se estremeció de nuevo y las líneas de vídeo y comunicación se cortaron por completo. Mahnmut oyó un violento siseo a través del casco y advirtió que era la nave separándose de él. Conectó las cámaras del sumergible y vio sólo brillo de plasma por todas partes.

La Dama Oscura empezó a dar tumbos y a retorcerse más salvajemente, aunque Mahnmut no sabía si era con la nave moribunda o por su cuenta. Activó más cámaras, los impulsores subacuáticos del sumergible y el sistema de control de daños. La mitad de los sistemas no funcionaban o respondían con lentitud.

¿Orphu? No hubo respuesta. Mahnmut activó los másers omnidireccionales, intentando un enlace por tensorrayo. ¿Orphu?

Ninguna respuesta. Los vuelcos aumentaron. La bodega de La Dama Oscura, presurizada para la llegada de Koros, perdió de repente toda su atmósfera, haciendo girar al sumergible más salvajemente.

Voy por ti, Orphu, llamó Mahnmut. Hizo volar la compuerta y se soltó las correas. Tras él, en alguna parte, bien en la nave que se desgajaba o en La Dama Oscura misma, algo explotó y lo hizo chocar violentamente contra el panel de control y luego lo hundió en la oscuridad.

 

13 - El valle seco

 

Por la mañana, después de un buen desayuno preparado por los servidores de la madre de Daeman en sus apartamentos de Cráter París, Ada y Harman y Hannah y Daeman faxearon hasta el lugar del último Hombre Ardiente.

El fax-nódulo estaba iluminado, naturalmente, pero fuera del pabellón circular era noche profunda y el aullido del viento resultaba audible incluso a través del campo de fuerza semipermeable. Harman se volvió hacia Daeman.

—Éste era el código que tenía: veintiuno ochenta y seis. ¿Te parece correcto?

—Es un maldito pabellón de fax-nódulo —gimió el hombre más joven—. Todos parecen iguales. Además, está oscuro ahí fuera. Y vacío. ¿Cómo voy a saber si es el mismo lugar que visité hace dieciocho meses, de día, con una multitud de otras personas?

—El código parece correcto —dijo Hannah—. Yo seguí a otra gente, pero recuerdo que el nódulo del Hombre Ardiente tenía un número alto, no uno al que yo hubiera faxeado antes.

—¿Y tenías qué? —preguntó desdeñoso Daeman—. ¿Dieciséis años, entonces?

—Era poco mayor —dijo Hannah. Su voz era fría. Mientras que Daeman era una masa pálida, Hannah tenía los músculos bronceados. Como reconociendo esta diferencia (aunque Daeman nunca había oído que hubiera dos seres humanos que lucharan físicamente fuera del drama del paño de turín), dio un paso atrás.

Ada ignoró la quisquillosa conversación y se acercó al borde del pabellón, presionando el campo de fuerza con sus delgados dedos. El campo onduló y se combó, pero no cedió.

—Esto es sólido —dijo—. No podemos salir.

—Tonterías —contestó Harman. Se reunió con ella y ambos empujaron y sondearon, apoyando su peso contra el elástico campo de energía, que de todas formas no cedió. No era semipermeable después de todo: o al menos no a los objetos físicos como los seres humanos.

—Nunca había oído hablar de nada igual —dijo Hannah, uniéndose a ellos para apoyar el hombro contra la pared invisible—. ¿Qué sentido tiene levantar un campo de fuerza en un pabellón fax?

—¡Estamos atrapados! —dijo Daeman, poniendo los ojos en blanco—. Como ratas.

—Idiota —dijo Hannah. Por lo visto aquel día no se llevaban bien—. Siempre puedes faxear y largarte. El portal está aquí mismo, detrás de ti, y sigue funcionando.

Como para demostrar el argumento de Hannah, dos servidores esféricos de uso general atravesaron el titilante fax-portal y flotaron hacia los humanos.

—El campo no nos deja salir —les dijo Ada a los servidores.

—Sí, Ada Uhr —dijo una de las máquinas—. Lamentamos el retraso en venir a ayudarles. Este fax-nódulo se... usa raramente.

—¿Y qué? —dijo Harman, cruzándose de brazos y mirando al servidor líder con el ceño fruncido. La otra esfera se había acercado flotando a uno de los cubículos de suministros en la columna blanca del pabellón—. ¿Desde cuándo están sellados los fax-nódulos? —continuó Harman.

—-Mis disculpas de nuevo, Harman Uhr —dijo el servidor con la voz casi-masculina utilizada por todos los servidores de uso general en todas partes—. El clima exterior es inhóspito en extremo en esta época del año. Si se aventuraran ustedes a salir sin termopieles, sus posibilidades de sobrevivir serían escasas.

El segundo servidor extrajo cuatro termopieles del cubículo y flotó hacia los cuatro humanos, para ofrecer a cada persona aquellos trajes moleculares más finos que el papel.

Daeman sostuvo el traje con ambas manos, perplejo.

—¿Es una broma?

—No —respondió Harman—. Me he puesto uno antes.

—Y yo también —-dijo Hannah.

Daeman desplegó la termopiel. Era como sujetar humo.

—Esto no me cabrá encima de la ropa.

—No es para eso —dijo Harman—. Tiene que ir pegado a la piel. Tiene capucha también, pero podrás ver y oír a través de ella.

—¿Podemos llevar nuestra ropa normal encima? —preguntó Ada.

Había un atisbo de preocupación en su voz. Después de su inútil exhibición de la noche anterior, no se sentía muy aventurera. Al menos no cuando se trataba de desnudez.

El primer servidor respondió:

—Excepto el calzado, no es aconsejable llevar otras capas, Ada Uhr. Para que la termopiel sea efectiva, debe ser plenamente osmótica. La ropa reduce su eficacia.

—Será una broma —dijo Daeman.

—Siempre podríamos faxear de vuelta a casa y ponernos nuestra ropa de invierno más gruesa —dijo Harman—. Aunque no estoy seguro de que valga para las condiciones climatológicas de ahí fuera —miró hacia la pared del campo de fuerza. El aullante viento era audible y aterrador.

—No —dijo el segundo servidor—, las chaquetas y abrigos y capas estándar no serían adecuadas aquí, en el Valle Seco. Podemos facturar ropa de clima extremo más modesta y regresar con ella dentro de treinta minutos si lo prefieren.

—Al diablo —dijo Ada—. Quiero ver qué hay ahí fuera.

Se dirigió al centro del pabellón, tras el fax-portal mismo, y empezó a desnudarse a la vista de todos. Hannah dio cinco pasos y se unió a ella, quitándose la túnica y los pantalones globo de seda.

Daeman se rió un momento. Harman se le acercó, le tocó el brazo y lo condujo al otro lado del círculo, donde también empezó a desnudarse. Mientras se desvestía, Daeman miró varias veces por encima del hombro a las mujeres: la piel de Ada brillaba rica y plena a la luz de los halógenos del techo; Hannah era esbelta y fuerte y bronceada. Hannah alzó la cabeza mientras se subía la termopiel por las piernas y miró a Daeman con el ceño fruncido. Él apartó los ojos rápidamente.

Cuando los cuatro se reunieron de nuevo en el centro del pabellón, con sólo las botas o los zapatos sobre la termopiel, Ada se echó a reír.

—Estas cosas revelan más que si fuéramos desnudos —-dijo.

Daeman se agitó, cortado por el acierto de la declaración, pero Hannah sonrió a través de su máscara. La termopiel era más pintura que ropa.

—¿Por qué tenemos colores diferentes? —preguntó Daeman. Ada era amarillo vivo; Hannah naranja; Harman de un azul intenso; Daeman verde.

—Para que se identifiquen unos a otros con facilidad —respondió el servidor como si le hubieran hecho la pregunta a él.

Ada volvió a reírse: aquella risa libre, tranquila, inconsciente, que hizo que ambos hombres se volvieran a mirarla.

—Lo siento —dijo—. Es que es... es bastante obvio, incluso desde lejos, quién de nosotros es quién.

Harman se acercó al campo de fuerza y colocó su mano azul contra él.

—¿Podemos pasar ahora? —les preguntó a los servidores.

Las máquinas no respondieron, pero el campo de fuerza tembló levemente, la mano de Harman lo atravesó y luego su cuerpo azul pareció moverse a través de una cascada de plata y pasó al otro lado.

Los servidores siguieron a los cuatro a la ventosa oscuridad.

—No necesitamos vuestra escolta —les dijo Harman a las máquinas. Daeman advirtió que la voz del otro hombre se perdía con el viento, pero que podía oírla claramente a través de la capucha de termopiel. Había algún tipo de aparato de transmisión auditiva y auriculares en el traje molecular.

—Pido disculpas, Harman Uhr —dijo el primer servidor, pero si que la necesitan. Por la luz.

Ambos servidores estaban iluminando el abrupto terreno con múltiples haces de luz que surgían de sus cuerpos.

—Ya he usado estas termopieles otras veces, en las montañas altas y el lejano norte. Llevan un dispositivo para ampliar la luz en las lentes de la capucha. —Se tocó la sien, palpó un instante—. Aquí. Ahora puedo ver perfectamente. Las estrellas son brillantes.

—Oh, cielos —dijo Ada mientras conectaba su visión nocturna. En vez de los pequeños círculos de luz que creaban los haces de los servidores, todo el Valle Seco era ahora visible, todas las rocas y los peñascos resplandecían. Cuando alzó la cabeza, las titilantes estrellas la dejaron sin respiración. Cuando la volvió, el pabellón de fax-nódulo iluminado brillaba, era un horno rugiente de luz.

—Esto es... maravilloso —dijo Hannah. Se apartó veinte pasos del grupo, saltando de roca en roca. Estaban en el fondo de un amplio valle rocoso, con acantilados graduales a cada lado. Sobre ellos, los campos nevados brillaban azules y blancos a la luz de las estrellas, pero el valle en sí estaba despejado de nieve. Las nubes se movían ante las estrellas como ovejas fosforescentes. El viento aullaba alrededor, agitándolos aunque estuvieran quietos.

—Tengo frío —dijo Daeman. El regordete joven se movía de un lado a otro. Sólo llevaba zapatillas.

—Podéis regresar al pabellón y dejarnos —les dijo Harman a los servidores.

—Con el debido respeto, Harman Uhr, nuestra programación para proteger a las personas no nos permite dejarlos aquí solos, corriendo el riesgo de ser heridos o de perderse en el Valle Seco —dijo uno de los servidores—. Pero nos apartaremos un centenar de metros, si lo prefieren.

—Lo preferimos —dijo Harman—. Y apagad esas malditas luces. Son demasiado brillantes para nuestras lentes de visión nocturna.

Ambos servidores obedecieron y se marcharon flotando hacia el pabellón del fax-nódulo. Hannah los guió por el valle. No había árboles, ni hierba, ningún signo de vida aparte de los cuatro seres humanos de colores vivos.

—¿Qué estamos buscando? —preguntó Hannah, saltando sobre lo que podría haber sido en verano un pequeño arroyo... si es que el verano llegaba alguna vez a ese lugar.

—¿Es éste el sitio del Hombre Ardiente? —preguntó Harman.

Daeman y Hannah echaron un vistazo alrededor. Finalmente, Daeman habló:

—Podría ser. Pero había, ya sabes, tiendas y pabellones y excusados y flujodomos y el campo de fuerza sobre el valle y grandes calefactores y el Hombre Ardiente y luz diurna y... era diferente entonces. No hacía tanto frío. —Saltó torpemente de un pie a otro.

—¿Hannah? —inquirió Harman.

—No estoy segura. Aquel lugar también era rocoso y desolado, pero... Daeman tiene razón, parecía diferente con miles de personas y a la luz del día. No lo sé.

Ada encabezó la marcha.

—Vamos a desplegarnos para buscar algún signo de que el Hombre Ardiente se celebró aquí.... fuegos de campamento, montoncillos de rocas... algo. Aunque no creo que encontremos a vuestra Judía Errante aquí esta noche, Harman.

—Shhh —dijo Harman, mirando por encima de su hombro azul a los lejanos servidores, y advirtiendo entonces que estaban transmitiendo su conversación de todas formas—. Muy bien —dijo con un suspiro—, vamos a desplegarnos, digamos unos treinta metros, y busquemos cualquier cosa que...

Se detuvo cuando una forma grande, sólo vagamente humanoide, apareció en un cañón lateral. La criatura se abrió paso entre las rocas con gracia torpemente familiar. Cuando estuvo a diez metros, Harman dijo:

—Vuelve. No necesitamos a ningún voynix.

Uno de los servidores respondió, la voz sonando en sus oídos aunque la esfera flotaba tras ellos.

—Debemos insistir, damas y caballeros. Éste es el más remoto y hostil de todos los fax-nódulos conocidos. No podemos correr el riesgo de que algo les haga daño.

—¿Hay dinosaurios? —preguntó Daeman, nervioso.

Ada se echó a reír de nuevo y abrió los brazos y las manos a la oscuridad y el aullante frío.

—Lo dudo, Daeman. Tendrían que ser de alguna dura raza recombinada invernal de la que nunca he oído hablar.

—Cualquier cosa es posible —dijo Hannah, señalando una gran roca próxima a la entrada de otro cañón lateral, a unos cincuenta metros a la derecha—. Eso de ahí podría ser un alosaurio esperándonos.

Daeman dio un paso atrás y estuvo a punto de tropezar con una roca.

—No hay ningún dinosaurio aquí —dijo Harman—. No creo que haya ningún ser vivo. Hace demasiado frío. Si dudáis de mí, quitaos las capuchas un segundo.

Los otros así lo hicieron. Los auriculares moleculares resonaron con sus exclamaciones.

—Quédate atrás hasta que se te llame —instruyó Hannah al voynix. La criatura retrocedió treinta pasos.

Emprendieron el ascenso del valle, hacia el noroeste, siguiendo los Indicadores de dirección de sus palmas. Las estrellas se estremecían por la fuerza del viento y de vez en cuando los cuatro tuvieron que acurrucarse al socaire de un gran peñasco para no salir volando. Cuando la furia del viento disminuyó su intensidad, volvieron a desplegarse.

—Ahí hay algo — dijo la voz de Ada.

Los otros corrieron a reunirse con la forma amarilla a una treintena de metros al sur. Ada estaba contemplando lo que a primera vista parecía una roca más, pero cuando Daeman se acercó, vio el pelo quebradizo o el pelaje, los extraños apéndices aleteantes y los agujeros negros u ojos. La cosa parecía haber sido tallada en madera ajada.

—Es una foca —dijo Harman.

—¿Qué es eso? —preguntó Hannah, arrodillándose para tocar la figura inmóvil.

—Un mamífero acuático. Las he visto cerca de las costas... lejos de los fax-nódulos.

—También él se arrodilló y tocó el cadáver del animal—. Se ha secado... momificado, es la palabra. Puede que lleve aquí siglos. Milenios.

—Así que estamos cerca de una costa —dijo Ada.

—No necesariamente —respondió Harman, poniéndose en pie y echando un vistazo en derredor.

—Eh —dijo Daeman—. Recuerdo ese peñasco grande. El pabellón de la cerveza estaba situado justo debajo. —Correteó hacia el peñasco situado cerca de la pared del acantilado.

—¿Estás seguro? —preguntó Ada cuando lo alcanzaron. Sólo había una losa de roca alzándose hacia las frías estrellas ardientes y las veloces nubes. Todos miraron al suelo en busca de signos de la tienda o de las hogueras o huellas de las máquinas, pero no había nada.

—Fue hace año y medio —dijo Harman—. Los servidores probablemente limpiaron bien y...

—Oh, Dios mío —lo interrumpió Hannah.

Todos se volvieron velozmente. La joven ataviada de naranja miraba hacia el cielo. Alzaron la cabeza, justo cuando advertían el juego de luces de colores en las rocas a su alrededor.

El cielo nocturno estaba lleno de cortinas de luz danzante y titilante: bandas de azules y amarillos y rojos bailarines.

—¿Qué es esto? —susurró Ada.

—No lo sé —respondió Harman, también susurrando. La luz continuó rebulléndose en las porciones de cielo limpias de nubes. Harman se quitó la capucha de termopiel—. Dios mío, es casi igual de brillante sin la visión nocturna. Creo que vi algo parecido hace décadas cuando estuve...

—Servidores —interrumpió Daeman—, ¿qué es esta luz?

—Una forma de fenómeno atmosférico asociado con las partículas cargadas del Sol cuando interactúan con el campo electromagnético de la Tierra —dijo la voz de la lejana máquina—. Ya no disponemos de los datos concretos de la explicación científica, pero recibe varios nombres, incluyendo...

—Muy bien —dijo Harman—. Ya es suficiente... eh —había vuelto a colocarse la capucha y contemplaba la losa de roca que tenían delante.

Había complejas muescas en la roca. No parecían haber sido hechas por el viento ni por otras causas naturales.

—¿Qué es esto? —preguntó Ada—. No se parece a los símbolos de los libros.

—No —respondió Harman.

—¿Algo del Hombre Ardiente? —dijo Hannah.

—No recuerdo que hubiera muescas en la roca cerca de la tienda de la cerveza —dijo Daeman—. Pero tal vez los servidores arañaron la superficie al retirar el material después de la celebración.

—Tal vez —dijo Harman.

—¿Deberíamos seguir buscando por aquí? —-preguntó Ada—. ¿Intentamos buscar algún signo de que esa mujer que persigues estuvo aquí? ¿O de que incluso estuvo aquí el Hombre Ardiente? Tal vez queden algunas cenizas.

—-¿Con este viento? —rió Daeman—. ¿Después de año y medio?

—Un pozo —dijo Ada—. Una hoguera. Podríamos...

—No —dijo Harman—. Aquí no vamos a encontrar nada. Faxeemos a algún lugar cálido y comamos algo.

Ada volvió su cabeza amarilla para mirar a Harman, pero no dijo nada.

Los dos servidores se les habían acercado flotando y el voynix se alzaba detrás.

—Nos vamos —le dijo Harman al servidor—. Podéis usar los haces de vuestras linternas para guiarnos hacia el fax-pabellón.

Era poco más de mediodía en Ulanbat y el habitual centenar de invitados se congregaba en la fiesta del Segundo Veinte de Tobi en la planta septuagésimo novena de los Círculos del Cielo. Los jardines colgantes se agitaban y susurraban con la brisa que llegaba flotando desde el desierto rojo. Un puñado de hombres y mujeres jóvenes que no habían advertido su ausencia en los últimos días saludaron a Daeman, pero éste siguió a Harman, Hannah y Ada mientras buscaban algo caliente que comer con los dedos en la larga mesa del banquete y un servidor les ofrecía vino frío. Harman los hizo apartarse de la multitud y dirigirse a una mesa de piedra cerca de la baja muralla que marcaba el perímetro del círculo. Doscientos cincuenta metros más abajo, caravanas de camellos guiadas por servidores y seguidas por voynix avanzaban por la dura Autopista de Gobi.

—¿Qué ocurre? —dijo Ada mientras se sentaban a comer a la sombra del jardín—. Sé que allí pasó algo.

Harman empezó a hablar, se detuvo, y esperó a que un servidor pasara flotando de largo.

—¿Os habéis preguntado alguna vez si ese servidor utilitario es el mismo que habéis visto en otro lugar? —preguntó—. Todos parecen iguales.

—Eso es absurdo —dijo Daeman. Entre bocados a un muslo de pollo, se lamía los dedos y tomaba vino helado.

—Tal vez —dijo Harman.

—¿Qué viste allí en la oscuridad? —preguntó Hannah—. ¿Aquellas marcas en la roca?

—Eran números —dijo Harman.

Daeman se echó a reír.

—No, no lo eran. Conozco los números. Todos conocemos los números. Eso no eran números.

—Eran números escritos con palabras.

—No se parecen a los galimatías de los libros —dijo Ada—. A las palabras.

—No —dijo Harman—. Creo que era el tipo de escritura que la gente hacía a mano. Las palabras estaban todas entrelazadas y conectadas y gastadas por el viento. Sospecho que las escribieron en el último Hombre Ardiente. Pero pude leerlas.

—Palabras —rió Daeman—. Hace un momento acabas de decir que eran números.

—¿Qué decían? —preguntó Hannah.

Harman miró de nuevo alrededor.

—Ocho-ocho-cuatro-nueve —dijo en voz baja.

Ada sacudió la cabeza.

—Parece el código de un fax-nódulo, pero es demasiado alto. Nunca he visto ningún código que empezara con dos ochos.

—No hay ninguno —dijo Daeman.

Harman se encogió de hombros.

—Tal vez. Pero cuando acabemos aquí, voy a intentar ese nódulo central.

Ada contempló el lejano horizonte. Los anillos eran visibles por encima de ellos, dos cadenas lechosas cruzando un cielo celeste claro.

—¿Por eso conservaste las cuatro termopieles en vez de arrojarlas a la papelera de eliminación, como nos dijeron los servidores que hiciéramos?

—No sabía que te hubieras dado cuenta —dijo Harman. Sonrió y bebió vino—. Intenté hacerlo con disimulo. Supongo que no soy muy bueno con los secretos. Al menos los servidores ya habían faxeado para marcharse.

Como siguiendo una clave, un servidor se acercó flotando para volver a llenar sus vasos. La pequeña máquina esférica flotaba más allá de la muralla, a doscientos cincuenta metros por encima del terreno amarillo rojizo, mientras sus diestros brazos manipuladores servían el vino en sus copas.

Si Harman no hubiera insistido en que se pusieran sus termopieles y se las colocaran bajo la ropa antes de faxear, podrían haber muerto.

—Santo Dios —gimió Daeman—, ¿dónde estamos? ¿Qué pasa?

No había ningún pabellón de fax-nódulos. El código 8849 los había llevado directamente a la oscuridad y el caos. El viento aullaba. Había hielo bajo sus pies. Los cuatro chocaban con cosas duras a cada paso que daban en la ululante oscuridad. Incluso el fax-portal había desaparecido tras ellos.

—¡Ada! —gritó Hannah—. ¡La luz!

Sus capuchas proporcionaban luz nocturna, pero ninguno la llevaba puesta en este momento y no parecía haber luz ambiental que aumentar en aquella negrura absoluta.

—Estoy intentando encender... ¡ya!

La pequeña linterna que le había pedido prestada a Tobi derramó un fino haz en la noche, iluminando una puerta abierta cubierta de escarcha, bloques de hielo de diez centímetros de largo, olas heladas de hielo en el suelo. Ada movió la luz y tres rostros la miraron, la sorpresa claramente visible en cada uno de ellos.

—No hay ningún pabellón —dijo Harman en voz alta.

—Todo fax-nódulo tiene su pabellón —respondió Hannah—. No puede haber ningún portal sin pabellón nódulo. ¿No?

—No así en los antiguos tiempos —dijo Harman—. Había miles de nódulos privados.

—¿De qué está hablando este tío? —gritó Daeman—. ¡Salgamos de aquí!

Ada había dirigido la luz hacia el lugar por donde habían faxeado. No había ningún portal. Se encontraban en una pequeña habitación con estantes y mostradores y paredes, todo cubierto de hielo. Al contrario que todos los fax-pabellones, no había ningún pedestal en el centro de la sala, el fax-nódulo con la placa de códigos. Y eso significaba que no había ninguna salida, ninguna forma de volver atrás. Un millón de copos de hielo bailaron en el rayo de luz de la linterna. Más allá de las paredes, el viento aullaba.

—Daeman, lo que dijiste antes parece ser verdad —dijo Harman.

—¿Qué? ¿Qué dije antes?

—Que estamos atrapados, atrapados como ratas.

Los ojos de Daeman se movieron de un lado a otro y el rayo de luz de la linterna se dirigió hacia las paredes heladas. El viento aulló con más fuerza.

—Parece igual que el viento del Valle Seco —dijo Hannah—. Pero allí no había edificios, no?

—No lo creo —contestó Harman—. Pero sospecho que estamos en la Antártida.

—¿Dónde? —dijo Daeman. Los dientes le castañeaban—. ¿Qué es una... antártida?

—El lugar frío donde estuvimos esta mañana —dijo Ada.

Atravesó la puerta, dejando a los otros sumidos en la oscuridad durante un momento. Se apresuraron a seguirla y corrieron tras ella como patitos.

—Hay un pasillo aquí —dijo Ada—. Cuidado dónde pisáis. El suelo tiene un palmo de nieve y hielo.

El pasillo congelado conducía a una cocina helada, la cocina helada a un salón helado con sofás volcados cubiertos de nieve. Ada pasó el rayo de luz de la linterna por una pared de ventanas triplemente cubiertas de hielo.

—Creo que sé dónde estamos —susurró Harman.

—Eso no importa ahora —dijo Hannah—. ¿Cómo salimos de aquí?

—Esperad —dijo Ada, dirigiendo el rayo de la linterna al suelo para que las caras de todos quedaran iluminadas por la luz reflejada desde abajo—. Quiero saber dónde crees que estamos.

—Según la historia que he oído, la mujer que estoy buscando... la Judía Errante, tenía una casa, un domi, en el monte Erberus, un volcán de la Antártida.

—¿En el Valle Seco? —preguntó Daeman. El joven no paraba de mirar por encima del hombro la oscuridad que tenía detrás—. ¡Dios, me estoy congelando!

Hannah se movió tan rápidamente sobre el hielo hacia Daeman que éste se tambaleó y casi resbaló.

—Tonto, tienes que ponerte la capucha de la termopiel —dijo ella—. Todos tenemos que hacerlo. Nos vamos a congelar si no lo hacemos. Además, estamos perdiendo un montón de calor corporal a través del cuero cabelludo.

Le sacó de la camisa la capucha verde de termopiel y se la colocó.

Todos se apresuraron a imitarla.

—Esto está mejor—dijo Harman—. Ahora puedo ver. Y oigo mucho mejor... los auriculares del traje reducen el aullido del viento.

—Estabas diciendo antes que esta mujer tenía una casa en un volcán... ¿cerca del Valle Seco? ¿Lo suficientemente cerca como para que caminemos hasta el fax-pabellón que hay allí?

Harman hizo un gesto de indefensión con las manos.

—No lo sé. Me preguntaba si es así como apareció en el Hombre Ardiente, caminando sin más, pero no conozco la geografía de este lugar. Puede que esté a mil kilómetros de aquí.

Daeman contempló las ventanas negras y heladas donde el viento agitaba las hojas a prueba de rotura.

—Yo no voy a salir de aquí —dijo llanamente—. Por nada del mundo.

—Por una vez, estoy de acuerdo con Daeman —dijo Hannah.

—No comprendo nada —dijo Ada—. Dijiste que la mujer vivió aquí hace mucho tiempo, hace siglos y más siglos. ¿Cómo pudo...?

—No lo sé —contestó Harman. Tomó la linterna de Ada y empezó a recorrer el siguiente pasillo. Se detuvo ante lo que parecían ser barrotes blancos. Mientras los otros observaban, volvió al salón, asió el trozo de mueble más pesado que pudo encontrar (una pesada mesa cuyas patas se rompieron al liberarla), y regresó para aplastar los trozos de hielo uno tras otro, abriendo un camino en el pasillo cubierto

—¿Adonde vas? —llamó Daeman—. ¿De qué va a servir salir de aquí? Nadie ha estado ahí fuera en un millón de años. Sólo vamos a congelarnos cuando...

Harman abrió de una patada la puerta situada al fondo del pasillo. La luz escapó. Y el calor. Los otros tres se movieron tan rápidamente como les fue posible sobre la traicionera superficie.

Era muy parecida a la habitación en la que habían faxeado, un espacio sin ventanas y de unos seis metros cuadrados. Pero al contrario de la otra habitación, ésta era cálida, iluminada, y estaba libre de nieve y hielo. Y al contrario que la otra habitación también, ésta estaba casi ocupada por un disco metálico circular de más de tres metros de diámetro. La cosa flotaba silenciosamente a tres palmos del suelo de hormigón, y un campo de fuerza titilaba como un dosel de cristal sobre la superficie superior del círculo plateado. En esa superficie había seis marcas rodeadas de un suave material negro: cada marca tenía la forma de un ser humano con dos asideros o controladores donde deberían estar las manos.

—Parece que alguien esperaba a dos personas más— le susurró Hannah.

—¿Qué es esto? —dijo Daeman.

—Creo que es un sonie... también llamado un AFV —respondió Harman, la voz apagada.

—¿Qué? —preguntó Daeman—. ¿Qué significa eso?

—No lo sé —dijo Harman—. Pero la gente de la Edad Perdida solía volar en ellos.

Tocó el campo de fuerza: se dividió como azogue bajo sus dedos, fluyó alrededor de su mano, engulló su muñeca.

—¡Cuidado! —dijo Ada, pero Harman ya se había puesto de rodillas y luego se tumbó sobre el estómago, colocándose sobre el disco y el material negro. Su cabeza y su espalda se alzaron levemente sobre la curvada superficie superior de la máquina.

—Se está bien —dijo—. Es cómodo. Y cálido.

Eso fue suficiente para los demás. Ada fue la primera en subirse al aparato, tenderse sobre el estómago y agarrar las dos asas.

—¿Son algún tipo de control?

—No tengo ni idea —dijo Harman, mientras Hannah y Daeman subían al disco y ocupaban las impresiones exteriores, dejando vacías las dos formas del centro.

—¿No sabes cómo pilotar esta cosa? —preguntó Ada, un poco más nerviosa esta vez—. ¿Por los libros? ¿Por tus lecturas?

Harman negó con la cabeza.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo? —preguntó Ada.

—Experimentando. —Harman retorció la parte superior de su asa derecha. Allí había un solo botón rojo. Lo pulsó.

La pared ante ellos desapareció como si la hubieran hecho volar hacia la noche antártica. El frío viento y la nieve revoletearon a su alrededor en una cegadora implosión, como si el aire de la habitación hubiera sido barrido y la tormenta hubiera venido a ocupar su lugar.

Harman abrió la boca para decir: «¡Agarraos!» Pero antes de que pudiera hablar, el disco saltó de la habitación a una velocidad imposible, presionando las suelas de sus botas contra el metal y haciendo que todos ellos se aferraran salvajemente a las asas.

La burbuja del campo de fuerza que se cerró sobre sus cabezas los mantuvo vivos mientras el sonie, el AFV, el platillo, salía volando del volcán blanco con sus edificios ajados y cubiertos de hielo aferrados a la vertiente que daba al mar. Las lentes de visión nocturna de las capuchas de termopiel les mostraron el bosque de abetos a lo largo de la costa que había vuelto al hielo y la muerte, el equipo robótico abandonado y olvidado en la curvatura de la bahía, y luego el mar blanco: el mar congelado.

El disco se niveló a unos trescientos metros sobre ese mar congelado y se alejó de la tierra.

Harman soltó una de las asas el tiempo suficiente para activar el indicador de dirección de su palma.

—Noreste —les dijo a los demás a través de los comunicadores de sus trajes.

Ninguno respondió. Todos estaban agarrándose y temblando demasiado para comentar la dirección hacia la que se encaminaba la máquina mientras los llevaba a la muerte.

Lo que Harman no dijo en voz alta fue que si los antiguos mapas que había estudiado eran correctos, no había nada en esa dirección a lo largo de miles de kilómetros. Nada.

Diez minutos de vuelo y el disco empezó a perder altitud. Habían dejado atrás el hielo y ahora volaban sobre agua negra cuajada de icebergs.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Ada. Odiaba el temblor de su voz—. ¿Se está quedando esta cosa sin energía... combustible... lo que sea que utilice?

—No lo sé —respondió Harman.

El disco se estabilizó a menos de treinta metros sobre el agua.

—¡Mirad! —exclamó Hannah. Soltó una mano de su asidero para señalar ante ellos.

De repente la espalda de algo enorme, vivo, cuajado de edad, la carne dura y arrugada, rompió el frío mar, su cabeza mamífera irradiando como sangre latiente en su visión nocturna amplificada. Un chorro de agua se abalanzó hacia ellos y Harman olió a pescado en el aire fresco que permitía pasar el campo de fuerza.

—¿Qué...? —empezó a decir Daeman.

—Creo que se llamaba... ballena, así es como se pronunciaba...

Pero creí que se habían extinguido hacía milenios, antes del último fax.

—Tal vez los posthumanos la trajeron de vuelta durante el último fax —dijo Ada a través de los intercomunicadores.

—Tal vez.

Siguieron surcando el mar, siempre en dirección este-noroeste, y al cabo de unos cuantos minutos más el disco mantuvo su altitud y los cuatro pasajeros empezaron a relajarse un poco, adaptándose, como han hecho siempre los humanos desde tiempo inmemorial, a una situación nueva y extraña. Harman se había tendido de costado y contemplaba las brillantes estrellas visibles entre las nubes dispersas. Ada lo sobresaltó al gritar.

—¡Mirad! ¡Ahí delante!

Un gran iceberg había cobrado forma en el oscuro horizonte y el disco se abalanzaba directamente hacia él. La máquina había pasado de largo o por encima de otros icebergs, pero ninguno tan ancho (se extendía kilómetros de lado a lado como una centelleante muralla blanquiazul en su visión nocturna), ni tan alto: estaba claro que la cima de aquella cosa monstruosa superaba su altitud actual.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Ada.

Harman sacudió la cabeza. No tenía ni idea de la velocidad a la que iba el sonie (ninguno de ellos había viajado más rápido que en un droshky tirado por voynix), pero iba lo bastante veloz, lo sabía, para que el impacto los destruyera.

—¿Tienes otros controles en tu asidero? —preguntó Hannah. Su voz era extrañamente tranquila.

—No —respondió Harman.

—Podríamos saltar —dijo Daeman desde atrás, a la izquierda de Harman. El disco se ladeó un poco cuando Daeman se apoyó en las rodillas y codos, la cabeza dentro de la burbuja del campo de fuerza.

—No —dijo Harman, en tono imperativo—. No durarías ni treinta segundos en ese mar, aunque sobrevivieras a la caída... cosa que no harías. Túmbate.

Daeman se tumbó de nuevo sobre el vientre.

El disco no redujo la velocidad ni cambió de rumbo. La cara del iceberg (Harman calculó que tendría al menos cuatro kilómetros de diámetro) se abalanzó hacia ellos y se hizo más alta. Harman calculó que se alzaba al menos noventa metros sobre el agua. Lo golpearían a dos tercios de su fría cara.

—¿No hay nada que podamos hacer? —dijo Ada, convirtiendo la pregunta en una declaración.

Harman se quitó la capucha y la miró. El aire frío no era tan malo dentro de la cabina del campo de fuerza.

—No lo creo —respondió—. Lo siento.

Tendió la mano derecha para tomar la mano izquierda de ella. Ada se quitó la capucha de la termopiel para mirarlo a los ojos. Entonces los dos entrelazaron los dedos unos breves segundos.

Escasos cientos de metros antes de la feroz colisión, el disco volador redujo de nuevo velocidad y ganó altitud. Rozó la cúspide del iceberg apenas a tres metros y viró a la derecha hasta volar con rumbo sur sobre la superficie helada. Volvió a frenar, gravitó, y se posó sobre la superficie, la nieve siseando bajo su calentada parte inferior.

Harman y los demás permanecieron un instante en silencio donde estaban, aferrados a las asas, sin compartir sus pensamientos.

La burbuja del campo de fuerza desapareció y de repente el terrible frío y el viento le quemaron la cara a Harman. Se puso la capucha a toda prisa, mirando a Ada mientras ella hacía lo mismo.

—Deberíamos bajarnos de esta cosa antes de que decida llevarnos a otro lugar —dijo Hannah en voz baja por el comunicador.

Así lo hicieron. El viento les hizo perder el equilibrio, se aplacó, los volvió a empujar. La nieve que revoloteaba les cubrió las ropas y las capuchas.

—¿Y ahora qué? —susurró Ada.

Como respuesta, una doble hilera de bengalas de ultrarrojos se encendió, perfilando un sendero de tres metros de ancho que se extendía durante un centenar de metros a partir del disco, hacia la nada.

Caminaron juntos, apoyándose unos en otros para oponerse al viento. Si las bengalas no hubiesen brillado tanto en su visión nocturna, le habrían dado la espalda al viento y se habrían perdido en cuestión de segundos... perdido hasta caer por el borde del iceberg que se encontraba en algún lugar de su derecha.

El camino terminaba en un agujero en la superficie. Habían tallado escalones en el hielo que desaparecían hacia otro brillo rojo, mucho más abajo.

—¿Vamos? —dijo Hannah.

—¿Qué otra opción tenemos? —gruñó Daeman.

Los escalones estaban resbaladizos, pero habían colocado una especie de cuerda de escalada en la pared derecha, con ganchos metálicos y lazos, y los cuatro se agarraron a la cuerda mientras descendían. Harman llevaba contados cuarenta escalones cuando la escalera pareció terminar en una pared de hielo. No, los escalones continuaban a la derecha, hacia abajo (cincuenta escalones esta vez), y luego a la izquierda y de nuevo hacia abajo cincuenta más, todo el descenso iluminado por espaciadas bengalas infrarrojas colocadas en el hielo.

Al pie de los escalones, un corredor se internaba en las profundidades del iceberg, el camino iluminado ahora por bengalas verdes y azules además de rojas. De vez en cuando se encontraban con encrucijadas, pero una opción estaba siempre a oscuras, la otra iluminada. Una vez tuvieron que subir por un corredor que ascendía lentamente; en otra ocasión descendieron un centenar de metros o más. Los giros y encrucijadas y opciones se volvieron demasiado laberínticos para llevar la cuenta.

—Alguien nos está esperando —susurró Hannah.

—Cuento con ello —contestó Ada.

Salieron a un amplio salón, quizá de unos veinte metros en su punto más ancho, el techo de hielo a diez metros sobre ellos con varias entradas salpicando las paredes y conectadas por escaleras de hielo, el suelo graduado en distintos niveles. Los calentadores fijos en pedestales brillaban anaranjados y había diversas fuentes de luz clavadas en las paredes, suelos y techos. En una de las plataformas bajas había lo que parecían ser pieles de animales, cojines, y una mesita baja con cuencos de comida y jarras y copas para beber. Los cuatro se congregaron en torno a la mesa pero contemplaron dubitativos su contenido. Nadie se sentó en los cojines ni en las pieles.

—Está bien —dijo una voz de mujer tras ellos—. No está envenenada.

Había salido de una puerta alta situada cerca de la plataforma y ahora descendía en zigzag por las escaleras hacia ellos. Harman tuvo tiempo de apreciar el pelo de la mujer (gris y blanco, una opción casi Inaudita excepto entre unos cuantos excéntricos) y su cara: marcada con arrugas como había dicho Daeman. Aquella mujer era vieja de una manera que ninguno de ellos (excepto Daeman en el último Hombre Ardiente) había visto jamás, y el efecto inquietó incluso a Harman, con sus noventa y nueve años.

Aparte de su evidente vejez, la mujer era bastante atractiva. Su paso era firme y vestía una túnica azul corriente, pantalones de cordón y botas recias. El único toque de excentricidad era la capa de lana roja que llevaba sobre los hombros. El modelo de la capa era complicado, no se sabía si un cuadrado o un trenzado. Mientras bajaba la plataforma para acercarse a ellos, Harman advirtió el oscuro objeto metálico que llevaba en la mano derecha.

Como si advirtiera ella misma el objeto por primera vez, la mujer lo alzó hacia ellos.

—¿Sabe alguno que es esto?

—No —dijeron Daeman, Ada y Hannah a coro, en voz baja.

—Sí —dijo Harman—. Es una especie de arma de la Edad Perdida.

Los otros tres lo miraron. Habían visto armas en los dramas del paño turín (espadas, lanzas, escudos, arcos y flechas), pero nada tan parecido a una máquina como esa cosa negra y roma.

—Correcto —dijo la mujer—. Se llama pistola y sólo hace una cosa: mata.

Ada avanzó un paso hacia la anciana.

—-¿Vas a matarnos? ¿Nos has traído hasta aquí para matarnos?

La anciana sonrió y depositó el arma sobre la mesa, junto a un cuenco de naranjas.

—Hola, Daeman —dijo—. Me alegro de volver a verte, aunque no estoy segura de que me recuerdes de nuestro último encuentro. Estabas en un estado bastante avanzado de ebriedad.

—Te recuerdo, Savi —dijo Daeman con frialdad.

—Y todos vosotros —continuó la anciana—. Harman, Ada, Hannah... bienvenidos. Has sido persistente siguiendo las pistas, Harman.

Se sentó sobre las pieles, hizo un gesto, y uno tras otro los cuatro se sentaron alrededor de la mesa con ella. Savi tomó una naranja, la ofreció y empezó a pelarla con una afilada uña cuando los demás la rechazaron.

—No nos conocemos —dijo Harman—. ¿Cómo sabes mi nombre... nuestros nombres?

—Has dejado una buena estela tras tu paso... ¿cuál es el título honorario que usáis ahora? Harman Uhr.

—¿Estela?

—Caminar lejos de los fax-nódulos para que los voynix tuvieran que seguirte. Aprender a leer. Buscar las pocas bibliotecas que quedan en el mundo... incluida la de Ada Uhr —asintió en dirección a Ada y la joven asintió a su vez como respuesta.

—¿Cómo sabes que los voynix me siguieron a alguna parte? —preguntó Harman.

—Los voynix te vigilan —dijo Savi. Partió la naranja en gajos, puso de dos en dos en cuatro paños de lino y se los ofreció. Los cuatro aceptaron esta vez—. Yo te vigilo —terminó de decir, mirando a Harman.

—¿Por qué? —Harman miró los gajos y recogió el paño—. ¿Por qué me espías? ¿Y cómo?

—Son dos preguntas distintas, mi joven amigo.

Harman tuvo que sonreír. Nadie que conociera lo había llamado joven desde hacía mucho tiempo.

—Entonces responde a la primera —dijo—. ¿Por qué me espías?

Savi terminó el segundo gajo de naranja y se lamió los dedos. Harman advirtió que Ada estudiaba a la anciana con fascinación, mirando sus dedos arrugados y sus manos manchadas por la edad. Si Savi se dio cuenta de la inspección, la ignoró.

—Harman... ¿puedo dejar el Uhr? —No esperó ninguna respuesta, sino que continuó—. Harman, ahora mismo eres el único ser humano de la Tierra, en una población de más de trescientas mil almas... el único ser humano aparte de mí, que sabe leer un lenguaje escrito. O que quiere hacerlo.

—Pero... —empezó a decir Harman.

—¿Trescientas mil personas? —interrumpió Hannah—. Somos un millón. Siempre hemos sido un millón.

Savi sonrió pero negó con la cabeza.

—Querida, ¿quién te ha dicho que hay un millón de seres humanos vivos en la Tierra hoy?

—Bueno... nadie... Quiero decir, todo el mundo lo sabe...

—Exactamente —dijo Savi—. Todo el mundo lo sabe. Pero no hay ningún mecanismo para contar la población.

—Pero cuando alguien pasa a los anillos... —continuó Hannah, mostrando su confusión.

—Se permite que nazca otro niño —terminó Savi—-. Si, Eso he advertido durante el último milenio o así. Pero no sois una población de un millón. Sois bastantes menos.

—¿Por qué iban a mentirnos los posts? —preguntó Daeman.

Savi alzó una ceja.

—Los posts. Ah, sí... los posts. ¿Has hablado con algún posthumano recientemente, Daeman Uhr?

Daeman debió considerar que la pregunta era retórica, porque no contestó.

—Yo sí que he hablado con posthumanos —dijo Savi en voz baja.

Esto hizo que los otros guardaran silencio. Esperaron, expectantes. Una idea semejante era (al menos para Hannah y Ada) literalmente sobrecogedora.

—Pero eso fue hace mucho tiempo —dijo la anciana, hablando en voz tan baja que los otros se inclinaron hacia delante para oírla mejor—. Hace mucho, mucho tiempo. Antes del último fax. —Sus ojos, de un azul sorprendente un segundo antes, ahora parecían nublados, distraídos.

Harman negó con la cabeza.

—Yo fui el que oyó la historia que se cuenta sobre ti: la judía Errante, la última de la Edad Perdida. Pero no lo comprendo. ¿Cómo puedes vivir más allá de tu quinto Veinte?

Ada parpadeó por la rudeza de Harman, pero a Savi no pareció importarle.

—En primer lugar, este lapso de vida de cien años es un añadido relativamente reciente a la humanidad, queridos míos. Es algo que se les ocurrió a los posts sólo después del último fax. Sólo después de que lo estropearan todo, nuestro futuro, el futuro de la Tierra, en aquel desastroso fax final. Sólo siglos después de que mis nueve mil ciento trece compañeros humanos postrubicón fueran faxeados a la corriente de neutrinos para nunca regresar (aunque los posts prometieron que lo harían), sólo después de ese... genocidio, vuestros preciosos posthumanos reconstruyeron la población nuclear de vuestros antepasados y se les ocurrió la idea de cien años y una población rebaño teórica de un millón de personas...

Savi se detuvo y tomó aliento. Obviamente estaba agitada. Tomó aire de nuevo e indicó las jarras que había sobre la mesa.

—Tengo té, por si os interesa. O un vino muy fuerte. Yo voy a tomar vino.

Así lo hizo, sirviéndolo con manos temblorosas. Indicó las copas. Daeman negó con la cabeza. Hannah y Ada tomaron té. Harman aceptó una copa de vino tinto.

—Harman —empezó a decir la anciana de nuevo, más controlada ahora—, hiciste dos preguntas antes de que me desviara de la respuesta. Primero, por qué he reparado en ti. Segundo, por qué he sobrevivido tanto tiempo.

»La respuesta a la primera pregunta es que me interesa todo aquello en lo que están interesados los voynix y lo que les alarma, y ellos están interesados en ti y les alarma tu conducta a lo largo de las últimas décadas...

—Pero, ¿por qué van los voynix a reparar en mí o a preocuparse por mí...? —empezó a decir Harman.

Savi alzó un dedo.

—A tu segunda pregunta, puedo decir que he vivido todos estos siglos durmiendo gran parte del tiempo y ocultándome cuando estoy despierta. Cuando me muevo es, o bien con un sonie (habéis disfrutado de un viaje en uno) o a través de faxes secretos, moviéndome entre los muros de los nódulos actuales, usando las antiguas matrices de campofaxes

—No comprendo —dijo Ada—. ¿Cómo puedes faxear en secreto?

Savi se puso en pie. Los otros la imitaron.

—Comprendo que ha sido un día muy ajetreado para vosotros, mis jóvenes amigos, pero tenéis muchas cosas por delante si decidís seguirme. Si no, el sonie os devolverá al pabellón de fax-nódulos más cercano... en lo que solía ser Sudáfrica, creo. Es vuestra elección —miró a Daeman—. Cada uno de vosotros debe elegir.

Hannah apuró su té y soltó la copa.

—¿Y qué vas a mostrarnos si te seguimos, Savi Uhr?

—Muchas cosas, hija mía. Pero ante todo, os enseñaré a volar y faxear a dos lugares de los que nunca habéis oído hablar... dos lugares con los que nunca habéis soñado.

Los cuatro se miraron unos a otros. Harman y Ada asintieron, acordando que seguirían a la mujer.

—Sí, cuenta conmigo —dijo Hannah.

Daeman pareció sopesar su decisión en silencio un instante. Luego dijo:

—Iré. Pero antes, quiero un poco de ese vino fuerte, después de todo.

Savi le llenó la copa.

 

 

 

14 - Órbita baja de Marte

 

Mahnmut reseteó sus sistemas e hizo una rápida valoración de daños. Nada lesivo en sus componentes orgánicos ni cibernéticos. La explosión había causado una rápida despresurización de tres tanques de lastre de proa, pero doce permanecían intactos. Comprobó los relojes internos; había estado inconsciente menos de treinta segundos antes del reseteo y estaba todavía conectado virtualmente a su sumergible a través de las bandas habituales. La Dama Oscura informaba de salvajes cabriolas, algún daño menor en el casco, sobrecarga en los sistemas monitorizadores, temperaturas en el casco por encima del punto de ebullición, y de una docena de problemas más, aunque nada exigía la atención inmediata de Mahnmut. Trató de restablecer las conexiones de vídeo, pero todo lo que pudo ver fue el interior al rojo vivo de la bodega de la nave espacial, las puertas abiertas y, a través de esas puertas, las estrellas dando tumbos.

¿Orphu?

No hubo respuesta en la banda común ni en ninguno de los canales máser o de tensorrayo. Ni siquiera estática.

La compuerta seguía abierta. Mahnmut se puso una mochila de reacción personal y cables de cuerda de microfilamentos irrompibles y salió por la compuerta, combatiendo las fuerzas vectoriales de los giros de la nave agarrándose a los asideros que conocía después de décadas de trabajo en las profundidades marinas. Comprobó en su casco que las puertas de la bodega de carga del submarino estaban completamente abiertas, calculó cuánto espacio necesitaría y luego escogió al azar algunas de las máquinas cuidadosamente colocadas por Koros y las expulsó del sub, de la nave espacial que se desintegraba entre burbujas de metal fundido y plasma brillante. Mahnmut no sabía si estaba eyectando las armas de destrucción masiva que Koros planeaba llevar a la superficie (¡En mi nave!, pensó con la misma ira que antes), o si estaba expulsando equipo que necesitaría para sobrevivir si alguna vez llegaba a Marte. En ese momento, no le importaba. Necesitaba el espacio.

Tras atar la cuerda a las abrazaderas del casco de La Dama Oscura, Mahnmut se lanzó al espacio, cuidando de no chocar con las puertas desvencijadas de la bodega de carga.

Una vez fuera y a salvo a cien metros de la nave, rotó para ver por primera vez los daños.

Era peor de lo que pensaba. Como había descrito Orphu, toda la proa de la nave espacial había desaparecido: la sala de control y todo lo demás en diez metros a la redonda. Eliminado como si nunca hubiera existido. Sólo una nube brillante de plasma que se disipaba alrededor de la proa indicaba dónde habían estado Koros III y Ri Po.

El resto del fuselaje de la nave se había resquebrajado y fragmentado. Mahnmut imaginaba cuáles habían sido los catastróficos resultados si los motores de fusión, los tanques de hidrógeno, el achicador Matloff-Fennelly y otros artilugios de propulsión no hubieran sido expulsados poco antes del ataque. La explosión secundaria sin duda los habría volatilizado a Orphu y a él.

¿Orphu? Mahnmut utilizaba ahora la radio además del tensorrayo, pero la antena reflectora se había desgajado del casco con el relé máser. No hubo respuesta.

Tratando de evitar los fragmentos voladores, gotas de metal brillante, y lo peor de la nube de plasma en expansión mientras se mantenía en línea para que los tumbos no lo atrajeran a la nave moribunda, Mahnmut usó los impulsores de reacción para sobrevolar el casco de la nave. Los giros eran ahora tan feroces (estrellas, Marte, estrellas, Marte) que Mahnmut tuvo que cerrar los ojos y usar el radar de la mochila para encontrar el camino por el casco.

Orphu estaba todavía en su hueco. Mahnmut sintió una momentánea alegría (la firma del radar mostraba que su amigo estaba intacto y en su sitio), pero luego abrió los ojos y vio la carnicería.

La explosión que había arrancado la proa había quemado y quebrado el casco superior de la nave hasta la posición de Orphu y, tal como había dicho el ioniano, resquebrajado y ennegrecido un tercio de su pesado caparazón. Los manipuladores de proa de Orphu habían desaparecido. Le faltaban las antenas de comunicación delanteras. Y los ojos. Los últimos diez metros del caparazón superior de Orphu estaban agrietados.

—¡Orphu! —gritó Mahnmut por tensorrayo directo.

Nada.

Usando hasta la última de sus habilidades informáticas, Mahnmut calibró los vectores implicados y se lanzó hacia el casco superior, con los diez propulsores disparando microestallidos para ajustar su peligrosa trayectoria, hasta que quedó a un metro del mismo. Sacó la herramienta-k del cinturón de la mochila y disparó un pitón al casco, luego le ató la cuerda, asegurándose de que no se enrollara. Tendría que soltarse al cabo de un momento.

Tras tensar la cuerda y balancearse colgado de ella como el brazo de un péndulo, Mahnmut se lanzó en arco hasta la cuna de Orphu... aunque cráter calcinado parecía una descripción más acertada dadas las actuales circunstancias.

Agarrado al caparazón de Orphu, con las piernas colgando salvajemente ante él, Mahnmut pegó un disco de conexión al cuerpo de su amigo, justo delante de donde habían estado sus ojos.

—¿Orphu?

—¿Mahnmut? —La voz de Orphu era cascada pero fuerte. Sobre todo, parecía sorprendido. ¿Dónde estás? ¿Cómo contactas conmigo? Todos mis comunicadores se han estropeado.

Mahnmut sintió el tipo de alegría que sólo unos pocos personajes de Shakespeare experimentaban alguna vez.

—Estoy en contacto contigo. Línea dura. Voy a sacarte de aquí.

—¡Eso es una idiotez! —tronó la voz del ioniano—. Soy inútil. No...

—Calla —replicó Mahnmut—. Tengo un cable. Tengo que atarte con él. ¿Dónde…?

—Hay una abrazadera a unos dos metros de mi bulto sensor —dijo Orphu.

—No, no la hay. —Mahnmut odiaba la idea de clavar un pitón en el cuerpo de Orphu, pero lo haría si tenía que hacerlo.

—Bueno... —empezó a decir Orphu, y guardó unos terribles segundos de silencio mientras asimilaba la extensión de sus heridas—. Más adelante, entonces. Lo más lejos de los daños. Justo encima del amasijo impulsor.

Mahnmut no le dijo a su amigo que los impulsores externos también habían desaparecido. Dio la vuelta, encontró el conector y ató la cuerda de microfilamentos con un nudo muy seguro. Si había una cosa que el moravec Mahnmut tenía en común con los marineros humanos que le habían precedido durante milenios en los mares de la Tierra, era el arte de atar un buen nudo.

—Aguanta —-dijo Mahnmut por la línea de conexión—. Voy a sacarte. No te preocupes si perdemos contacto. Hay un montón de fuerzas vectoras en marcha ahora mismo.

—¡Esto es una locura! —exclamó Orphu, la voz todavía chillona a través de la conexión—. No hay espacio en La Dama Oscura y no serviré de nada si me llevas allí, así que...

—Calla —repitió Mahnmut con calma, y añadió—: amigo mío.

Mahnmut disparó todos los impulsores de la mochila de reacción, soltando la cuerda del pitón al hacerlo.

Los impulsores sacaron a Orphu de su hueco en el casco. El giro de la nave hizo el resto, enviando a ambos moravecs a un centenar de metros de distancia.

Con los cómputos delta-v nublando su campo de visión, Marte y las estrellas todavía alternándose cada medio segundo, Mahnmut dejó que la cuerda se tensara y luego disparó los impulsores, gastando energía a un ritmo feroz, hasta equiparar las velocidades de giro y auparse por el largo cable hasta La Dama Oscura.

La masa de Orphu era increíble, empeorada por los giros, pero el cable era irrompible y en ese momento también lo era la voluntad de Mahnmut. Los acercó a la bodega abierta y el submarino que esperaba.

La nave espacial empezó a romperse por la tensión, y pedazos de la popa se desgajaron y pasaron volando sobre Mahnmut mientras permanecía aferrado al caparazón de Orphu, dos toneladas de metal que no alcanzaron la cabeza del moravec más pequeño por poco menos de cinco metros. Mahnmut tiró de ambos.

No sirvió de nada. La nave se rompía alrededor de La Dama Oscura, las explosiones seguían resquebrajando la cubierta mientras los gases de reacción y las cámaras presurizadas internas iban cediendo Mahnmut nunca llegaría al submarino antes de que quedara destrozada del todo.

—Muy bien —murmuró Mahnmut—. La montaña tiene que ir a Mahoma.

—¿Qué? —exclamó Orphu, alarmado por primera vez.

Mahnmut había olvidado que la conexión seguía operativa.

—Nada. Agárrate.

—¿Cómo puedo agarrarme, amigo mío? Mis manos y brazos han desaparecido. Agárrate tú a mí.

—Bien —dijo Mahnmut, y activó todos los impulsores que tenía. Gastó con tanta rapidez los suministros de energía que tuvo que pasar a la reserva de emergencia.

Funcionó. La Dama Oscura emergió de la oscura bodega de la nave sólo segundos antes de que el vientre del navío espacial empezara a romperse.

Mahnmut se alejó más, viendo las gotas de metal fundido salpicar el pobre y ajado caparazón de Orphu.

—Lo siento —susurró Mahnmut mientras agotaba el combustible para apartar el sumergible de la moribunda nave.

—-¿Sientes qué? —preguntó Orphu.

—Nada —jadeó Mahnmut—. Te lo diré más tarde.

Tiró, empujó, impulsó, e izó al estilo moravec al gran ioniano hasta la bodega de carga casi vacía. Se estaba mejor en la oscuridad de la bodega: las estrellas/planeta/estrellas/planeta que giraban salvajemente ya no producían en Mahnmut vértigo visual. Metió a su amigo en el principal hueco de carga y activó las tenazas ajustables.

Orphu ya estaba seguro. Era probable que los tres (La Dama Oscura y los dos moravecs) estuvieran condenados, pero al menos acabarían su existencia juntos. Mahnmut conectó los comunicadores del submarino al puerto de línea dura.

—Ahora estás a salvo —jadeó Mahnmut, sintiendo que las partes orgánicas de su cuerpo se acercaban a la sobrecarga—. Ahora voy a cortar la comunicación.

—Qué... —empezó a decir Orphu, pero Mahnmut había cortado la línea portátil y fue pasando mano sobre mano hasta la compuerta de la bodega de carga. Todavía funcionaba.

Con sus últimas fuerzas, se aupó al corredor interno lleno de vacío hasta el nicho medioambiental y cerró la escotilla, pero no presurizó la cámara, sino que conectó el soporte vital. El O2 fluyó. Los comunicadores sisearon con la estática. Los sistemas de la nave informaron de los daños sufridos; eran soportables.

—¿Sigues ahí? —dijo Mahnmut.

—¿Dónde estás tú?

—En mi sala de control.

—¿Cuál es la situación, Mahnmut?

—La nave está esencialmente girando hasta hacerse pedazos. El submarino está más o menos intacto, incluyendo el envoltorio silencioso y los impulsores de proa y popa, pero no tengo ni idea de cómo controlarlos.

—¿Controlarlos? —Entonces Orphu comprendió—. ¿Sigues intentando entrar en la atmósfera de Marte?

—¿Qué otra opción tenemos?

Hubo un segundo o dos de silencio mientras Orphu reflexionaba al respecto. Finalmente, dijo:

—Estoy de acuerdo. ¿Crees que podrás pilotar este cacharro hasta la atmósfera?

—Ni hablar —dijo Mahnmut, casi alegre—. Voy a descargar todo el software de control que puso Koros y te voy a dejar pilotar a ti.

Por la conexión llegó aquel ruido a medias entre el rumor y el estornudo, aunque a Mahnmut le costaba creer que su amigo se estuviera riendo en aquel preciso momento.

—No lo dirás en serio... Estoy ciego... no sólo me faltan los ojos y las cámaras, sino que tengo quemada toda la red óptica. Soy un caos. Esencialmente, soy un poquito de cerebro en una cesta rota. Dime que estás bromeando.

Mahnmut descargó los bancos de programación que el submarino tenía sobre los impulsores externos añadidos, los paracaídas... todo aquel jaleo críptico. Activó todas las cámaras del casco del submarino pero tuvo que apartar la mirada. Los giros eran tan terribles y producían tanto vértigo como antes. Marte llenaba el campo de visión: casquete polar, mar azul, casquete polar, mar azul, un poco de espacio negro, casquete polar... y verlo hacía que Mahnmut se sintiese mareado.

—Ya —dijo cuando terminó la descarga—. Yo seré tus ojos. Te daré los datos de navegación que el submarino pueda extraer del software de reacción. Tú estabilízanos y pilota.

Esta vez no hubo duda de que se reía.

—Claro, por qué no —dijo Orphu—. Demonios, la caída bastará para matarnos.

Los anillos de impulsores de La Dama Oscura empezaron a disparar cumpliendo la orden de Orphu.

 

 

 

15 - Las llanuras de Ilión

 

Diomedes, empujado literalmente a la batalla por una Atenea ataviada para la guerra, envuelta en una nube y manejando sus caballos, se abalanza para atacar a Ares.

Nunca he visto nada parecido. Primero Afrodita es herida por el ampliado argivo, el hijo de Tideo, y ahora el mismísimo dios de la guerra ha sido retado por Diomedes a un combate singular. Aristeia con un dios. Increíble.

Ares, como es su costumbre, había prometido a Zeus y Atenea esta misma mañana que ayudaría a los griegos y ahora, acicateado por las puyas de Apolo y su propia naturaleza traicionera, ha empezado a atacar sin cuartel a los argivos. Hace unos minutos, el dios de la guerra, ha matado a Perifante (hijo de Oquesio, el mejor luchador que tenía que ofrecer el contingente eolo de los griegos) y está a punto de despojar a Perifante cuando alza la cabeza y ve que el carro guiado por Atenea se cierne sobre él. La diosa está oculta por una capa de invisibilidad. Ares debe saber que algún dios o diosa lleva el carro, pero no tiene tiempo para intentar ver a través de la nube de oscuridad: está demasiado ansioso por matar a Diomedes.

El dios golpea primero, arrojando su lanza con la precisión que sólo un dios puede conseguir. La lanza vuela y rebasa el borde del carro, directa al corazón de Diomedes, pero Atenea extiende la mano en su nube de oscuridad y la desvía. Momentáneamente, todo lo que Ares puede ver incrédulo es cómo su lanza forjada por un dios sigue volando hasta que su punta de aleación de tungsteno se clava en el suelo rocoso.

Ahora, mientras el carro se acerca, le toca el turno a Diomedes: se asoma y se abalanza con su lanza de bronce ampliada de energía. El campo de Planck de invisibilidad de Palas Atenea permite al arma humana atravesar en primer lugar el campo de fuerza del dios de la guerra, luego el ornado cinturón del dios de la guerra, luego las divinas entrañas del dios de la guerra.

El grito de dolor de Ares, cuando se produce, hace que el anterior aullido de Afrodita parezca un susurro. Recuerdo que Homero describió el ruido como «un grito espantoso, como el de nueve o diez mil soldados enfurecidos en el fragor de la batalla». También resulta ser una descripción que se queda corta. Por segunda vez en este día sangriento, ambos ejércitos detienen el sombrío asunto de su matanza por temor mortal ante tan divino ruido. Incluso el noble Héctor, concentrado ahora en nada más noble que abrirse paso entre la carne argiva para asesinar a un Odiseo que se bate en retirada, detiene su ataque y vuelve la cabeza hacia el ensangrentado terreno donde Ares ha sido herido.

Diomedes salta del carro que conduce Atenea para terminar el trabajo con Ares, pero el dios de la guerra, todavía rebulléndose de dolor divino, se agita, crece, cambia y pierde su forma humana. El aire alrededor de Diomedes y los otros griegos y troyanos que luchan por el cadáver ahora olvidado de Perifante se llena de pronto de tierra, despojos, trozos de tela y cuero, mientras Ares abandona su forma de dios humanoide y se convierte... en otra cosa. Donde el alto dios Ares se encontraba hace un minuto, ahora se alza un retorcido ciclón de negra energía de plasma, su electricidad estática descargándose en relámpagos que golpean al azar a argivos y teucros por igual.

Diomedes detiene su ataque y retrocede, su ansia de sangre temporalmente frenada por la furia del ciclón.

Entonces Ares desaparece, TCeándose con las entrañas contenidas sólo por sus propias manos ensangrentadas, y el campo de batalla queda casi tan inmóvil como si los dioses hubieran vuelto a detener el tiempo. Pero no: los pájaros siguen volando, el polvo sigue posándose, el aire se sigue moviendo. La inmovilidad ahora se debe al asombro; nada más y nada menos.

—¿Has visto alguna vez algo semejante, Hockenberry? —La voz de Nightenhelser me sobresalta. Me había olvidado de que estaba aquí.

—No —respondo. Permanecemos en silencio un momento hasta que la mortífera batalla se reemprende, después de que la forma embozada de Atenea desaparezca del carro de Diomedes, y entonces empiezo a apartarme del otro escólico—. Voy a morfear y ver cómo se toma esto la familia real en las murallas de Ilión —le digo a Nightenhelser antes de desaparecer de su vista.

Me morfeo, en efecto, pero es sólo un truco para cubrir mi auténtica desaparición. Oculto por el polvo y la confusión en las filas troyanas, alzo el Casco de la Muerte sobre mi cabeza y, activando el medallón, me TCeo tras el herido Ares, siguiendo su pista cuántica a través del retorcido espacio hasta el Olimpo.

Emerjo del cambio cuántico no en las verdes praderas del Olimpo ni en el Salón de los Dioses, sino en un enorme espacio similar a la sala de control de un hospital de finales del siglo XX. No se parece a ninguna otra estructura o espacio interior que yo haya visto en el Olimpo. Hay puñados de dioses y otras criaturas visibles en el espacio de aspecto estéril, y durante medio minuto después del cambio de fase contengo la respiración (una vez más) mientras mi corazón redobla a la espera de comprobar si estos dioses y sus sicarios son capaces de detectar mi presencia.

Evidentemente, no.

Ares está en una especie de mesa de reconocimiento con tres entidades o criaturas humanoides pero-no-del-todo-humanas flotando sobre él y curándolo. Las criaturas puede que sean robots, aunque más estilizados y de apariencia más orgánica que ningún robot de los que se imaginaban en mi época, y veo que uno de ellos le ha insertado una sonda mientras otro pasa un brillante rayo ultravioleta a lo largo del vientre abierto de Ares.

El dios de la guerra se sigue sujetando las tripas con las manos ensangrentadas. Parece dolorido y asustado y fastidiado. Parece, en otras palabras, humano.

A lo largo de la pared blanca, depósitos gigantescos se elevan seis metros o más, llenos de un borboteante fluido violeta, con diversos umbilicales y filamentos, y... dioses: altos, bronceados, de forma humana, en diversos estadios de lo que podrían ser reconstrucciones o descomposiciones. Veo cavidades orgánicas abiertas, huesos blancos, músculos estriados, el mareante destello de un cráneo desnudo. No reconozco las otras formas-dioses, pero en el tanque más cercano flota Afrodita, desnuda, los ojos cerrados, el cabello flotando, el cuerpo perfecto excepto por la muñeca y la mano casi cercenadas de su brazo perfecto. Un revoltijo de gusanos verdes traza espirales en torno a los ligamentos y tendones y huesos de ese brazo, devorando o suturando o ambas cosas. Aparto la mirada.

Zeus entra en la larga sala y cruza el espacio entre los monitores sanitarios sin diales, dejando atrás robots de lo que parece carne sintética, dioses que inclinan la cabeza y se apartan reverentes. Por un instante, la cabeza del gran dios gira hacia mí, los sorprendentes ojos bajo las cejas grises me miran directamente, y sé que he sido descubierto.

Espero el trueno de Zeus y el estallido del relámpago. Nada sucede. Zeus se vuelve (¿está sonriendo?) y se detiene delante de Ares, que sigue encogido en la mesa de reconocimiento, entre máquinas flotantes y seres robóticos ocupados en la cura. Se detiene ante el dios herido con los brazos cruzados, la toga en su sitio, la cabeza gacha, con la barba recortada y las cejas grises sin recortar, el pecho desnudo irradiando fuerza y luz broncínea, la expresión fiera: parece más el director de colegio irritado que un padre preocupado, diría yo.

Ares habla primero.

—Padre, ¿no te enfurece ver tanta violencia humana, tanta sangre? Somos los dioses duraderos e inmortales, pero sufrimos heridas e insultos, a causa de nuestras divinas discusiones y voluntades en conflicto, cada vez que tratamos a esos apestosos mortales con un ápice de amabilidad. Y ya es bastante malo que tengamos que combatir a esos nanoenloquecidos hijos de puta, mi señor Zeus, pero también tenemos que combatirte a ti.

Ares toma aliento, hace una mueca de dolor y espera. Zeus no dice nada, pero sigue mirando con mala cara como si reflexionara sobre las palabras del dios de la guerra.

—Y Atenea —jadea el dios herido—. Has dejado que esa muchacha vaya demasiado lejos, oh, hijo de Cronos. Desde que hiciste nacer de tu propia cabeza a esa hija del caos y la destrucción, siempre has dejado que se salga con la suya, nunca has bloqueado su intrépida voluntad. Y ahora ha convertido al mortal Diomedes en una de sus armas y lo ha empujado a arremeter contra nosotros los dioses.

Ares está excitado y furioso. La saliva vuela. Todavía veo los amasijos grises y azulados de sus intestinos en lo que parece ser sangre dorada.

—Primero incitó a ese... a ese... mortal a que atacara a Afrodita, cercenando su muñeca y derramando su sangre divina. Los ayudantes del Curador me han dicho que estará en la cuba un día entero, recuperándose. Luego Atenea lanzó a Diomedes contra mí, nada menos que contra mí, el dios de la guerra, y su cuerpo nanoaumentado fue tan rápido que habrían tenido que tenerme en las tinas durante días o semanas, quizás incluso hubiese necesitado resucitación, de no haber sido yo aún más rápido. Si hubiera ensartado mi corazón en la punta de su lanza, todavía estaría agitándome entre los cadáveres humanos allá abajo, sintiendo más dolor del que siento, intentando resistirme pero siendo derrotado por el mero bronce de los mortales, débil como un fantasma sin aliento de nuestros días de la antigua Tierra y...

—¡YA BASTA! —grita Zeus, y no sólo detiene la diatriba de Ares, sino que paraliza a todos los dioses y robots—. No quiero oír más tus quejas, Ares, embustero, traicionero pedo de gorrión, miserable excusa de hombre, mucho menos que dios.

Ares parpadea al oír esto, abre la boca pero (sabiamente, creo) decide no interrumpir.

—Escucha tus gemidos y tus quejas por ese pequeño corte —se mofa Zeus desplomando sus poderosos brazos y abriendo una mano gigantesca como si se dispusiera a borrar de la existencia al dios de la guerra con una orden—. Tú... Te odio más que a la mayoría de los gusanos elegidos para convertirse en dioses cuando llegó nuestro Cambio, miserable hipócrita. Cobarde amante de la muerte y las batallas sombrías y el sangriento torbellino de la guerra. Tienes la dureza de tu madre, Ares, y su furia... confieso que apenas puedo dominar a Hera, sobre todo cuando toma decisiones sobre algún proyecto querido, como masacrar a los aqueos hasta el último hombre.

Ares se dobla como si las palabras de Zeus le estuvieran lastimando, pero sospecho que la causa del dolor es realmente el robot esférico que cierra la herida de su abdomen con lo que parece ser una máquina de coser portátil de potencia industrial.

Zeus ignora las atenciones de los médicos y camina de un lado a otro, plantándose a dos metros de donde yo estoy antes de darse media vuelta y volver a detenerse ante el encogido y dolorido Ares.

—Espero que sean los consejos de tu madre, los deseos de Hera, los que te hagan sufrir como buen «dios de la guerra»... —percibo el sarcasmo divino en las palabras de Zeus—. Yo preferiría verte muerto...

Ares alza la cabeza, sorprendido y aterrorizado.

Zeus se ríe de la expresión del dios de la guerra.

—¿No sabías que podemos morir? ¿Morir más allá de la reconstrucción en el tanque o la recomresurrección? Podemos, hijo mío, podemos.

Ares agacha la cabeza, confundido. La máquina casi ha terminado de volver a su sitio las divinas entrañas y está cosiendo los últimos músculos.

—¡Curador! —truena Zeus, y algo alto y no muy humano emerge de detrás de las borboteantes tinas. Es más centípedo que máquina, con múltiples brazos, cada uno con varias articulaciones, y unos ojos rojos como de mosca a tres metros de altura de su cuerpo multisegmentado. Cintas y aparatos y extraños componentes orgánicos cuelgan de arneses colocados alrededor del gigantesco cuerpo de insecto del Curador.

—Sigues siendo mi hijo —dice Zeus al cariacontecido dios de la guerra. La voz del Señor del Trueno es más suave ahora—. Eres mi hijo como yo soy hijo de Cronos. Para mi te parió tu madre. —Ares extiende la mano ensangrentada como para agarrar el brazo de Zeus, pero el dios mayor ignora el gesto—. Pero confía en mí, Ares. Si hubieras nacido de algún otro dios, créeme si te digo que hace tiempo que te hubiese lanzado a ese oscuro y profundo abismo donde los Titanes se revuelcan todavía hoy.

Zeus indica al Curador que avance, se da media vuelta y sale del salón.

Yo retrocedo un paso (lo mismo hacen los otros dioses presentes) mientras el gigantesco Curador alza a Ares con cinco de sus brazos, lo lleva al tanque vacío, le coloca varias fibras y tentáculos y umbilicales, y lo mete en el borboteante líquido violeta. En cuanto su cara está bajo la superficie, Ares cierra los ojos y los gusanos verdes salen de las aberturas del cristal y se ponen a trabajar en el masacrado vientre del dios.

Decido que es hora de marcharme.

Estoy aprendiendo el ritmo de la teleportación cuántica con este medallón. Imagino con claridad el lugar al que quiero ir, y el aparato me TCea allí. Imagino claramente el campus de mi universidad en Indiana en los últimos años del siglo XX. El aparato no hace nada. Suspirando, imagino el dormitorio escólico en la base del Olimpo.

El medallón me lleva de inmediato. Cobro existencia (aunque no visibilidad a causa del Casco de Hades) ante los rojos escalones, frente a las puertas verdes del barracón de piedra roja.

Ha sido un día condenadamente largo y todo lo que quiero es encontrar mi camastro, quitarme todos estos atavíos y dormir. Que Nightenhelser informe a la musa.

Como si mis pensamientos la hubieran convocado, veo que la musa cobra existencia a dos metros de mí y hace a un lado las puertas del barracón. Me sorprendo. La musa nunca había venido a los barracones: siempre subimos en el ascensor de cristal para verla.

Seguro de que la tecnología o lo que sea de Hades me oculta, la sigo a la sala común.

—¡Hockenberry! —grita con su poderosa voz de diosa.

Un escólico joven llamado Blix, un erudito homérico del siglo XXII al que le han asignado el turno de noche en Ilión, sale de su habitación en el primer piso frotándose los ojos y con aspecto estúpido.

—¿Dónde está Hockenberry? —exige saber mi musa.

Blix niega con la cabeza, la boca abierta. Duerme con calzones y una camiseta manchada.

—¡Hockenberry! —insiste la impaciente musa—. Nightenhelser dice que fue a Ilión, pero no está allí. No se ha presentado ante mí. ¿Has visto a alguno de los escólicos del turno de día?

—No, diosa —dice el pobre Blix, inclinando la cabeza en una especie de aproximación a la deferencia.

—Vuelve a la cama —dice la musa, disgustada. Sale al exterior, contempla la costa colina abajo hacia donde los hombrecillos verdes se esfuerzan tirando de las cabezas de piedra, y entonces se TCea con un suave golpe de aire inspirado.

Yo podría seguir su pista a través del espacio de cambio de fase, pero... ¿para qué? Está claro que ella quiere recuperar el casco y el medallón. Con Afrodita en el tanque, para ella soy un cabo suelto: apuesto a que, aparte de Afrodita, sólo la musa sabe que con estos aparatos estoy equipado para ser espía.

Y quizá ni siquiera la musa sabe para qué planea utilizarme Afrodita...

Para espiar a Atenea y luego matarla.

¿Por qué? Aunque las duras palabras de Zeus a su hijo Ares sean ciertas (que los dioses pueden morir la Verdadera Muerte), ¿es posible que un simple mortal pueda causarla? Diomedes ha hecho todo lo posible hoy.

Y ha puesto a dos de los dioses fuera de combate, flotando en tanques con gusanos verdes que trabajan en ellos.

Sacudo la cabeza. De pronto me siento muy cansado y confuso. Mi esfuerzo por desafiar a los dioses, hace ahora veinticuatro horas, ha terminado. Afrodita me hará eliminar mañana a esta hora.

¿Adonde ir?

No puedo esconderme de los dioses mucho tiempo, y si se entera de que lo estoy intentando, Afrodita se hará unas ligas con mis tripas mucho antes. En cuanto la diosa del amor vuelva mañana a la acción, me verá... me encontrará.

Puedo TCear de vuelta al campo de batalla ante Ilión y permitir que mi musa me encuentre. Puede que sea mi mejor opción. Aunque se apropie de mis cosas, probablemente me permitirá vivir hasta que Afrodita salga del tanque. ¿Qué tengo que perder?

Un día. Afrodita estará en el tanque un día, y ninguno de los otros dioses puede verme hasta que ella vuelva. Un día.

Efectivamente, me queda un día de vida.

Con eso en mente, finalmente decido adonde voy.

 

 

 

16 - Mar del Polo Sur

 

Los cuatro viajeros decidieron comer por fin.

Savi desapareció en uno de sus túneles iluminados unos minutos y regresó con platos calientes: pollo, arroz recalentado, pimientos al curry, y tiras de cordero a la parrilla. Los cuatro habían picoteado en Ulanbat unas horas antes, pero ahora comieron con entusiasmo.

—Si estáis cansados —dijo Savi—, podéis dormir aquí esta noche antes de que nos marchemos. Hay dormitorios cómodos en algunas de las habitaciones cercanas.

Todos dijeron que no estaban cansados: era sólo media tarde según la hora de Cráter París. Daeman miró alrededor, engulló el cordero a la parrilla que estaba masticando, y dijo:

—¿Por qué vives en un...? —Se volvió hacia Harman—. ¿Cómo lo llamaste?

—Un iceberg —contestó Harman.

Daeman asintió y masticó y se volvió hacia Savi.

—¿Por qué vives en un iceberg?

—Este hogar concreto mío puede que sea el resultado de... digamos... la nostalgia de una vieja. —Cuando vio que Harman la miraba intensamente, añadió—: Estaba en una especie de período sabático en un iceberg muy parecido a éste cuando el último fax se hizo sin mí, hace más de diez veces el lapso de vida que se os permite.

—Creía que todo el mundo fue almacenado durante el último fax —dijo Ada. Se limpió los dedos en una hermosa servilleta de lino pardo—. Todos los millones de humanos al viejo estilo.

Savi negó con la cabeza.

—Millones no, querida. Éramos poco más de nueve mil cuando los posts hicieron su último fax. Por lo que yo sé, ninguno, y muchos eran mis amigos, fue reconstituido después del Hiato. Todos los supervivientes de la pandemia éramos judíos, ¿sabes?, a causa de nuestra resistencia al virus rubicón.

—¿Qué son los judíos? —preguntó Hannah—. ¿O, más bien, qué eran los judíos?

—Principalmente una creación racial teórica —dijo Savi—-. Un grupo genético semidistinto surgido debido al aislamiento cultural y religioso a lo largo de varios miles de años.

Hizo una pausa y contempló a sus cuatro invitados. Sólo la expresión de Harman sugería que tenía una leve idea de lo que estaba diciendo.

—En realidad no importa —dijo Savi en voz baja—. Pero por eso oíste que hablaban de mí como «la Judía Errante», Harman. Me convertí en un mito. Una leyenda. La expresión «Judía Errante» sobrevivió a su significado.

Sonrió de nuevo, pero sin humor.

—¿Cómo perdiste el último fax? —preguntó Harman—. ¿Por qué te dejaron atrás los posthumanos?

—No lo sé. Me he hecho a mí misma esa pregunta durante siglos. Tal vez para que pudiera actuar como... testigo.

—¿Testigo? —dijo Ada—. ¿De qué?

—Hubo muchos extraños cambios en el cielo y la Tierra en los siglos anteriores y posteriores al último fax, querida. Tal vez los posts consideraron que alguien (aunque fuera sólo un ser humano antiguo) debería ser testigo de esos cambios.

—¿Muchos cambios? —dijo Hannah—. No entiendo nada.

—No, querida, no lo entiendes, ¿verdad? Tú y tus padres y los padres de tus padres habéis conocido un mundo que no parece cambiar en absoluto, a excepción de la sustitución de algunos individuos... y sólo al ritmo constante de un siglo por persona. No, los cambios de los que estoy hablando no fueron visibles, desde luego. Pero ésta no es la Tierra que conocieron los humanos antiguos originales ni los primeros posts.

—¿Cuál es la diferencia? —-preguntó Daeman, y por su tono se veía lo poco que le interesaba la respuesta.

Savi lo barrió con sus claros ojos grises.

—Para empezar, una nimiedad, sin duda, algo insignificante en comparación con todo lo demás, pero importante para mí, al menos: no hay otros judíos.

Les mostró el camino a las zonas de cuartos de baño privados y sugirió que se quitaran las termopieles para el viaje.

—¿No las necesitaremos? —preguntó Daeman.

—Hará frío hasta llegar al sonie —respondió Savi—. Pero nos las arreglaremos. Y después no las necesitaréis.

Ada se quitó la termopiel y estaba de vuelta en la habitación principal, tendida en el sofá, contemplando las paredes de hielo y reflexionando sobre todo aquello, cuando Savi salió de una recámara distinta. La mujer mayor llevaba unos pantalones más gruesos que antes, botas más fuertes y más altas, una capa forrada, una gorra encasquetada, el pelo recogido en una cola de caballo gris, a la espalda una ajada mochila caqui que parecía pesada. Ada nunca había visto a ninguna mujer vestirse así y se sintió fascinada por el estilo de la anciana. Advirtió que le fascinaba Savi en general.

Harman también estaba fascinado, al parecer, pero por el arma que aún era visible en el cinturón de Savi.

—¿Sigues pensando en matarnos? —preguntó.

—No —dijo Savi—. Al menos de momento. Pero hay otras cosas a las que hay que disparar de vez en cuando.

El trayecto desde el interior del iceberg y por la superficie hasta el sonie fue frío, en efecto (el viento seguía ululando y la nieve arremolinándose), pero la máquina estaba cálida bajo la burbuja de su campo de fuerza. Savi ocupó el puesto principal que Harman había ocupado durante el vuelo de llegada y Ada se situó a su derecha. Cuando Savi pasó la mano por la capucha negra bajo el asa apareció un panel de control holográfico.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó Harman desde su lugar a la izquierda de la anciana. Una marca de ocupante seguía vacía entre Daeman y Hannah.

—Habría sido un desastre si hubieras intentado pilotar el sonie de camino hacia aquí —dijo Savi. Se aseguró de que todos estuvieran bien colocados y sujetos en posición tendida; luego giró el mando, la máquina zumbó gravemente y se alzaron verticalmente doscientos metros o más sobre el hielo, hicieron una pirueta invertida (el campo de fuerza los mantuvo sujetos en su sitio pero pareció que no había nada más que aire entre ellos y la terrible muerte si caían al hielo azul y el mar negro tan por debajo), y entonces la máquina se enderezó, osciló a la izquierda, y ascendió firmemente hacia las estrellas.

Cuando la máquina volaba hacia el noroeste a gran velocidad y una altitud respetable, Harman preguntó:

—¿Puede esto ir hasta allí?

Señaló con el brazo izquierdo, los dedos apretando el campo de fuerza elástico que tenía encima.

—¿Adonde? —dijo Savi, todavía concentrada en las imágenes holográficas. Alzó los ojos—. ¿Al anillo-p?

Harman estaba casi de espaldas, contemplando el anillo polar que se movía de norte a sur sobre ellos, las decenas de miles de componentes individuales resplandeciendo en el aire fino y límpido a esa altura.

—Sí —dijo.

Savi negó con la cabeza.

—Esto es un sonie, no una nave espacial. El anillo-p está alto. ¿Para qué querrías ir hasta allí arriba?

Harman ignoró la pregunta.

—¿Sabes dónde podríamos encontrar una nave espacial?

La anciana volvió a sonreír. Observando a Savi con atención, Ada advirtió la diversidad de expresiones de la mujer: las sonrisas verdaderamente cálidas, las que no tenían ningún calor, y ésta, amable, que sugería frialdad o ironía.

—Tal vez —dijo, pero su tono no daba pie a más preguntas.

—¿Conociste de verdad a los posthumanos? —preguntó Hannah.

—Sí —dijo Savi, alzando levemente la cabeza para hacerse oír por encima del zumbido del sonie mientras avanzaban hacia el norte—. Sí que conocí a algunos.

—¿Cómo eran? —La voz de Hannah era un poco triste.

—En primer lugar, todos eran mujeres.

Harman parpadeó.

—¿Si?

—Sí. Muchos de nosotros sospechábamos que sólo unos cuantos posts bajaban a la Tierra, pero que usaban formas diferentes. Todas femeninas. Tal vez no había ningún posthumano varón. Tal vez no conservaron el género mientras controlaban su propia evolución. ¿Quién sabe?

—¿Tenían nombres? —preguntó Daeman.

Savi asintió.

—La que conocí mejor... bueno, la que vi más... se llamaba Moira.

—¿Cómo eran? —volvió a preguntar Hannah—. Su personalidad. Su aspecto.

—Preferían flotar a caminar —dijo Savi, críptica—. Les gustaba hacer fiestas para nosotros, los antiguos. Solían hablar en acertijos deíficos.

Hubo un minuto de silencio sólo interrumpido por el viento que corría sobre el casco de policarbono y la burbuja del campo de fuerza. Finalmente, Ada dijo:

—¿Bajaban mucho de sus anillos?

Savi volvió a negar con la cabeza.

—No mucho. Muy raramente, hacia el final, en los últimos años antes del último fax. Pero se rumoreaba que tenían algunas instalaciones en la Cuenca Mediterránea.

—¿La Cuenca Mediterránea? —preguntó Harman.

Savi sonrió y Ada pensó que era una de sus sonrisas de diversión.

—Mil años antes del último fax, los posts secaron un mar que había al sur de Europa: hicieron una presa entre una roca llamada Gibraltar y la punta del norte de África, y nos lo prohibieron. Convirtieron gran parte en granjas, o eso nos dijeron los posts, pero un amigo mío se coló allí antes de que lo descubrieran y expulsaran, y dijo que había... bueno, ciudades podría ser la mejor descripción, si algo de estado sólido puede ser llamado una ciudad.

—¿Estado sólido? —dijo Hannah.

—No importa, hija.

Harman se tumbó de nuevo, apoyándose en los codos. Sacudió la cabeza.

—Nunca he oído hablar de esa Cuenca Mediterránea. Ni de Gibraltar. Ni... ¿cómo dijiste? El norte de África,

—Sé que has descubierto unos cuantos mapas, Harman, y has aprendido a leerlos... más o menos —dijo Savi—. Pero eran mapas pobres. Y antiguos. Los pocos libros que los posthumanos dejaron y que subsisten en esta época analfabeta son inconcretos... inofensivos.

Harman volvió a fruncir el ceño. Volaron hacia el norte en silencio.

El sonie los llevó de la noche polar a la luz de la tarde, lejos del oscuro océano, y a través de una tierra que desde las alturas sólo podían imaginar y a una velocidad que sólo podían soñar. El anillo-p se desvaneció a medida que el cielo se fue haciendo azul y el anillo-e apareció al norte.

Sobrevolaron tierra oculta por nubes altas y blancas, luego vieron picos elevados cubiertos de nieve y valles glaciares muy por debajo. Savi hizo descender al sonie al este de los picos y volaron a unos pocos cientos de metros por encima de bosques tropicales y sabanas verdes, todavía moviéndose tan rápidamente que aparecieron más picos como puntos en el horizonte para convertirse en montañas en segundos.

—¿Esto es Suramérica? —preguntó Harman.

—Solía serlo.

—Y eso, ¿qué significa?

—Significa que los continentes han cambiado un poco desde que se dibujaron los mapas que has visto —dijo la anciana—. Y han tenido varios nombres desde entonces también. ¿Mostraban los mapas que viste una masa de tierra conectada a la llamada Norteamérica?

—Sí.

—Ya no existe.

Tocó los símbolos holográficos, retorció el mando, y el sonie voló más bajo. Ada se apoyó en los codos, el pelo contra la burbuja, y miró alrededor. En silencio, a excepción del roce del aire sobre la burbuja de fuerza, el sonie volaba por encima de las copas de los árboles: cicadáceas, helechos gigantescos y antiguos árboles sin hojas pasaron de largo. Al este se alzaban colinas que se convertían en altos picos. Grandes animales avanzaban como borrones móviles cerca de ríos y lagos. Pastaban animales con morros improbables, veteados de blanco, marrón, pardo, rojo. Ada no pudo identificar ninguno de ellos.

De repente, un rebaño de herbívoros echó a correr a treinta metros bajo el sonie. Llevados por el pánico, los animales intentaban salvar la vida. Tras ellos corrían seis criaturas parecidas a aves, enormes, de dos metros y medio de altura o más, calculó Ada, con un plumaje salvaje que partía de los picos más grandes y las caras más feas que Ada hubiese visto. Los herbívoros corrían rápido, a cincuenta o sesenta kilómetros por hora, calculó Ada en los pocos segundos que pasaron antes de que el sonie los perdiera de vista, pero las aves se movían más rápido, quizás a ochenta kilómetros por hora, cuatro veces más rápido que cualquier droshky o carruaje en el que Ada o los otros tres hubieran viajado jamás.

—¿Qué...? —empezó a decir Hannah.

—Aves Terroríficas —dijo Savi—. Phorushacos. Después del rubicón, los ARNistas tuvieron unos cuantos siglos locos para jugar. Es adecuado, ya que las auténticas Aves Terroríficas deambularon por estas llanuras y montañas hace unos dos millones de años, pero esa clase de mierda, como vuestros dinosaurios al norte, crea el caos en la ecología. Los posts prometieron limpiarlo todo durante el Hiato del último fax, pero no lo hicieron.

—¿Qué es un arnista? —preguntó Ada. Los animales (las aves terroríficas de pico rojo y las presas por igual) se habían perdido ya de vista tras ellos. Rebaños mayores de animales más grandes eran visibles ahora al oeste, acechados por seres parecidos a tigres. El sonie remontó el vuelo y se dirigió al pie de las colinas.

Savi suspiró, como si estuviera cansada.

—Artistas del ARN. Independientes de la recombinación. Rebeldes sociales y bromistas graciosos con tanques regen-piratas y secuenciadores.

Miró a Ada, luego a Harman, luego a Daeman y Hannah.

—-No importa, hijos —dijo.

Volaron otros quince minutos sobre bosques brumosos y luego giraron al oeste para aproximarse a una cadena montañosa. Las nubes se movían en torno a los picos de las montañas, bajo ellos, y la nieve se agitaba alrededor del sonie, pero de algún modo el campo de fuerza mantenía los elementos a raya.

Savi tocó la imagen brillante, el sonie perdió velocidad y viró al oeste, hacia el sol poniente. Iban a mucha altura.

—¡Oh, cielos! —exclamó Harman.

Ante ellos, dos afilados picos se alzaban a cada lado de una estrecha horquilla cubierta de terrazas de hierba y ruinas verdaderamente antiguas, muros de piedra sin techo.

Un puente (también de la Edad Perdida pero obviamente no tan antiguo como las ruinas de piedra), corría desde uno de los afilados picos en forma de diente hasta el otro, por encima de las ruinas. No había ninguna carretera más allá del puente colgante (la autopista terminaba en una pared de roca a ambos lados) y los cimientos estaban hundidos en la roca entre las ruinas.

El sonie sobrevoló el lugar.

—Un puente colgante —susurró Harman—. He leído sobre ellos.

Ada era buena estimando el tamaño de las cosas, y supuso que el puente medía casi kilómetro y medio de longitud, aunque la pasarela se había roto en una docena de sitios; dejaba ver sus tripas oxidadas y el vacío. Supuso que las dos torres (con restos de antigua pintura naranja pero casi por completo cubiertas de óxido) medían más de doscientos cincuenta metros. La cima de cada una de ellas sobrepasaba las montañas de los extremos. Las torres dobles estaban verdes debido a algo que parecía ser hiedra desde la distancia, pero cuando el sonie se acercó, Ada vio que era artificial: burbujas verdes y escaleras y parches de material flexible parecido al cristal se enroscaban en torno a las torres y los pesados cables de suspensión, incluso en torno a los cables de apoyo, y colgaban libres sobre la carretera destrozada. Las nubes bajaban desde el alto pico y se mezclaban con la bruma que se alzaba de los profundos cañones bajo las ruinas de la cima, enroscándose y rebulléndose en torno a la torre sur y oscureciendo la carretera y los cables colgantes de allí.

—¿Tiene nombre este lugar? —preguntó Ada.

—La Puerta Dorada de Machu Picchu —dijo Savi, mientras tocaba los controles para acercarse.

—Y eso, ¿qué significa? —preguntó Daeman.

—No tengo ni idea —respondió Savi.

El sonie circundó la torre norte (naranja oscuro y óxido viejo bajo la brillante luz de sol más allá de las nubes) y flotó lenta, cuidadosamente, hasta la cima, donde se posó sin ningún sonido.

El campo de fuerza se apagó. Savi asintió y todos salieron, se desperezaron, miraron alrededor. El aire era frío y muy ligero.

Daeman se acercó al oxidado borde de la cima de la torre y se asomó. Como había nacido y había crecido en Cráter París, no tenía miedo a las alturas.

—Yo en tu lugar procuraría no caerme —dijo Savi—. Aquí no hay ninguna fermería de rescate. Si te mueres lejos de los fax-nódulos, te quedas muerto.

Daeman retrocedió apresuradamente, tanto que casi se cayó en su prisa por apartarse del borde.

—¿Qué dices?

—Digo lo que digo —respondió Savi, echándose la mochila al hombro—. Aquí no hay ninguna fermería. Intenta permanecer vivo hasta que vuelvas.

Ada miró hacia arriba, donde ambos anillos eran visibles en el cielo azul.

—Creía que los posthumanos podían faxearnos desde cualquier parte si nosotros... nos metíamos en problemas.

—A los anillos —dijo Savi, la voz monótona—. Donde la fermería os cura.

—Sí —dijo Ada débilmente.

Savi negó con la cabeza.

—No hay ninguna fermería en los anillos. Y no son los posts los que os faxean cuando sucede algo malo para reconstruiros. Es todo un mito. Propaganda. O, con más franqueza: caca de la vaca.

Harman abrió la boca para hablar pero fue Daeman quien lo hizo.

—Yo estuve allí —dijo furioso—. En la fermería. En los anillos.

—En la fermería, sí —dijo Savi—. En los anillos, no. No te curaron los posthumanos. Si están allí arriba, les importas un rábano. Y no creo que estén allí ya.

Los cuatro se encontraban en la oxidada cima de la torre, a más de doscientos metros sobre la carretera destruida, a trescientos metros por encima de la garganta verde y las ruinas de piedra.

El viento que llegaba de los picos más altos los azotaba y les agitaba el pelo.

—Después de nuestro último Veinte, subimos a unirnos a los posts... —empezó a decir Hannah, con un hilo de voz.

Savi se echó a reír y los condujo hacia un irregular glóbulo de cristal situado en el extremo oeste de la cima de la antigua torre.

Había habitaciones y antesalas y escaleras que descendían y escaleras móviles petrificadas y habitaciones más pequeñas a la salida de las cámaras principales. A Ada le pareció extraño que el cielo y las torres anaranjadas y los cables colgantes y los retazos de jungla y carretera de abajo no se vieran teñidos de verde a través del material y que la luz del sol no se filtrara verdosa, pues el cristal verde, de algún modo, dejaba pasar bien los colores.

Savi los condujo de un módulo verde a otro, de un lado de la torre bifurcada a otro, a través de finos tubos que tendrían que haberse agitado con la fuerte brisa, pero no lo hacían. Algunas de las cámaras se extendían nueve o diez metros más allá de la torre, y Ada no tenía ni idea de cómo el glóbulo verde estaba unido al acero y el hormigón.

Algunas de las habitaciones estaban vacías. En otras había... artefactos. Una serie de esqueletos de animales se recortaban contra las montañas en una sala. En otra, lo que parecían ser réplicas de máquinas ocupaban mostradores y colgaban de alambres. En otra más, cubos de plexiglás contenían fetos de un centenar de criaturas, ninguna de ellas humana, aunque inquietantemente parecidas a los humanos. En otra sala, deslucidos hologramas de campos estelares y anillos se movían a través de los observadores.

—¿Qué es esto? —preguntó Harman.

—Una especie de museo —dijo Savi—. Creo que faltan las exposiciones más importantes.

—¿Creado por quién? —preguntó Harman.

Savi se encogió de hombros.

—No creo que por los posts. No lo sé. Pero estoy segura de que el puente (o el original de este puente, puede que sea una réplica) se alzó una vez sobre las aguas cerca de una ciudad de la Edad Perdida en lo que era entonces la costa oeste del continente situado al norte de aquí. ¿Has oído alguna vez algo parecido, Harman?

—No.

—Tal vez lo he soñado —dijo Savi con una risotada triste—. La memoria me juega malas pasadas después de todos estos siglos de sueño.

—Mencionaste antes que habías dormido durante siglos —dijo Daeman, en un tono que a Ada le pareció brusco—. ¿A qué te referías?

Savi los había conducido por una larga escalera de caracol dentro del tubo de cristal verde sujeto entre los cables de suspensión, y ahora indicó una hilera de algo que parecían ser ataúdes de cristal.

—Una forma de criosueño —dijo—. Sólo que no es frío... lo cual es una estupidez, porque eso es lo que significa «crio» originalmente. Algunas de estas crisálidas todavía funcionan, todavía congelan el movimiento molecular. No mediante frío, sino mediante una especie de microtecnología que extrae energía del puente.

—¿Del puente? —dijo Ada.

—Todo esto es un receptor de energía solar —explicó Savi—. O al menos las partes verdes lo son.

Ada contempló los polvorientos ataúdes de cristal y trató de imaginar dormirse dentro de uno de ellos y esperar... ¿qué? ¿Años antes de despertar? ¿Décadas? ¿Siglos? Se estremeció.

Savi la estaba mirando y Ada se sonrojó. Pero Savi sonrió. Una de sus sonrisas sinceramente divertidas, pensó Ada.

Subieron a un largo cilindro de cristal verde que colgaba de un ajado y oxidado cable de suspensión, más grueso que la altura de Harman. Ada caminó con cuidado, tratando de sostenerse por pura fuerza de voluntad, temerosa de que su peso combinado hiciera caer el cilindro, el cable, el puente entero. De nuevo vio a Savi mirándola. Esta vez no se ruborizó, sino que frunció el ceño, cansada del escrutinio de la anciana.

Los cuatro se detuvieron al cabo de un minuto, alarmados. Parecía que habían entrado en una sala de reuniones llena de gente: había gente de pie en el perímetro de la sala, hombres y mujeres con extraños atuendos, gente sentada a las mesas y de pie ante paneles de control, gente que no se movía ni se volvía a mirar a los recién llegados.

—No son reales —dijo Daeman, aproximándose al hombre más cercano, vestido con un traje azul oscuro y con una especie de tela en la garganta. Daeman le tocó la cara.

Los cinco caminaron de figura en figura, mirando a los hombres y mujeres vestidos con ropa extraña, con extraños peinados e inusitados adornos personales: tatuajes, joyas raras, pelo y piel secos.

—Leí que en otros tiempos los servidores tuvieron forma humana... —empezó a decir Harman.

—No —respondió Savi—. Esto no son robots. Sólo son maniquíes.

—¿Qué? —dijo Daeman.

Savi explicó la palabra.

—¿Sabe quiénes se supone que son? —preguntó Hannah—. ¿O por qué están aquí?

—No —dijo Savi. Se apartó mientras los otros exploraban.

Al fondo de la cámara, colocada en un hueco de cristal, como si ocupara un lugar de honor, la figura de un hombre reposaba en un adornado sillón de madera tapizada de cuero. Incluso sentado, no cabía duda de que era más bajo que la mayoría de los otros maniquíes masculinos de la sala. Iba ataviado con una especie de túnica parda que parecía un vestido corto, sujeta con un cinturón hecho de basta lana o algodón. Los pies de la figura estaban calzados con sandalias. El hombre debería haber sido cómico, pero sus rasgos (el pelo gris, rizado y corto, la nariz aguileña y los feroces ojos que miraban osadamente desde debajo de unas pobladas cejas) eran tan poderosos que Ada tuvo que acercarse al maniquí con cautela. Los antebrazos del hombre, musculosos, con muchas cicatrices, los dedos gruesos, que asían con tranquilidad pero con fuerza el brazo del sillón de madera, todo en la figura daba la impresión de fuerza contenida, fuerza de voluntad además de física, tanto que Ada se detuvo a dos metros de la figura. El hombre era bastante mayor de lo que los humanos decidían parecer en esta época: entre el Segundo Veinte de Harman y la ancianidad de Savi. La túnica del hombre era lo suficientemente escotada para que Ada pudiera ver el vello gris de su ancho y bronceado pecho.

Daeman se abalanzó hacia delante.

—Conozco a este hombre —dijo, señalando—. Ya lo había visto.

—En el drama turín —dijo Hannah.

—Sí, sí —dijo Daeman, chasqueando los dedos en un intento por recordar—. Su nombre es...

—Odiseo —dijo el hombre de la silla. Se levantó y avanzó un paso hacia el sobresaltado Daeman—. Odiseo, hijo de Laertes.

 

 

 

17 - Marte

 

—Se está estabilizando —le dijo Mahnmut a Orphu a través de la conexión—. Ritmo de giro reducido a una revolución cada tres segundos. El cabeceo y la guiñada se aproximan a cero.

—Voy a intentar acabar con los giros —dijo Orphu—. Avísame cuando tengas el casquete polar en la retícula.

—Bien, no... va a la deriva. Maldición. Qué destrozo. —Mahnmut intentaba cotejar la irregular imagen de vídeo con el borrón blanco del casquete polar marciano a través de una nevada de residuos a la deriva y plasma aún brillante.

—Sí —dijo Orphu desde la bodega—. Estoy destrozado.

—No hablaba de ti.

—Lo sé. Pero sigo estando destrozado. Daría la mitad de mi biblioteca de Proust por recuperar uno de mis seis ojos.

—Ya te conectaremos algún apoyo visual —dijo Mahnmut—. Demonios. Volvemos a girar.

—Deja que gire hasta justo antes de entrar en la atmósfera —dijo Orphu—. Ahorra energía y combustible. Y, no, no vamos a arreglar esto de la visión. Hice una comprobación de daños después de que me enchufaras aquí, y no son sólo los ojos y las cámaras lo que falta. Estaba mirando hacia la proa cuando la nave fue alcanzada, y el destello quemó todos los canales hasta el nivel orgánico. Mis nervios ópticos internos son ceniza.

—Lo siento —dijo Mahnmut. Sintió náuseas y no era sólo por los giros. Al cabo de un minuto dijo—: Nos estamos quedando sin todo lo que es consumible: aire, agua, combustible de reacción. ¿Estás seguro de que quieres quedarte dentro de este campo de escombros?

—Es nuestra mejor posibilidad —dijo Orphu—. En el radar, somos otro pedazo de la nave espacial destruida.

—¿Radar? —preguntó incrédulo Mahnmut—. ¿Viste quien nos atacó? Ha sido un maldito carro ¿Te parece que un carro tiene radar?

 

Orphu rumió una risa.

—¿Crees que un carro puede arrojar una lanza de energía como la que desintegró un tercio de la nave, incluyendo a Koros y Ri Po? Y, sí, Mahnmut, vi ese carro: fue lo último que veré jamás. Pero no creo ni por un segundo que fuera un carro de verdad con un hombre y una mujer gigantescos viajando en el vacío. Ni hablar. Demasiado bonito... demasiado increíble.

Mahnmut no tuvo nada que responder a eso. Deseó que Orphu redujera los giros (el submarino volvía a inclinarse y a derrapar de nuevo), pero en el campo de escombros todo daba vueltas, así que tenía sentido que ellos también.

—¿Quieres hablar sobre los sonetos de Shakespeare? —preguntó Orphu de Io.

—¿Me la estás metiendo doblada, tío? —a los moravecs les encantaban las frases coloquiales de los antiguos humanos, cuanto más escatológicas mejor.

—Sí —dijo Orphu—. Te la estoy metiendo doblada, amigo mío.

—Espera un momento, espera un momento —dijo Mahnmut—. Los restos empiezan a brillar. Y nosotros también. Acumulamos ionización.

Le agradó que su voz conservara la calma. Ante ellos, trozos grandes de la nave espacial brillaban en un rojo oscuro. La proa de La Dama Oscura empezaba a brillar también. Los sensores externos de La Dama Oscura empezaron a informar que la temperatura del casco aumentaba. Estaban entrando en la atmósfera de Marte.

—Es hora de enderezarnos —dijo Orphu, que recibía los datos del casco del sumergible y hacía lo que podía con la descarga de control parcial de Koros III mientras disparaba los impulsores adjuntos al submarino y realineaba el giroscopio—. ¿Se acabaron los vuelcos?

—No del todo.

—No podemos esperar. Voy a darle la vuelta a este montón de hierro oxidado antes de que nos incendiemos.

—Este «montón de hierro oxidado» se llama La Dama Oscura y puede que nos salve la vida —comentó Mahnmut fríamente.

—Vale, vale —convino Orphu—. Avísame cuando la marca sesgada del monitor de vídeo de popa se centre en el brazo de Marte sobre el polo. Empezaré a controlar los giros entonces. Dios, lo que daría por recuperar uno de mis ojos. Lo siento, es la última vez que lo digo.

Mahnmut observó el monitor. A causa de la nube de residuos que se ensanchaba cada vez más, las únicas indicaciones en las que podía confiar para guiar a Orphu los últimos treinta minutos procedían del propio Marte. Incluso las dos pequeñas lunas eran invisibles. Ahora los impulsores resonaban huecamente y el submarino dañado giraba despacio; la cámara de proa perdía su visión de Marte y mostraba plasma brillante, metal calentado al rojo vivo y un millón de esquirlas relucientes que una vez fueron su nave espacial y sus compañeros de viaje.

La masa anaranjada, roja, marrón y verde de Marte llenó la cámara de proa y la marca sesgada que Orphu había indicado a Mahnmut que buscara en el monitor se alzó, cruzando la costa cubierta de nubes, mostrando mar azul, luego blanco...

—Casquete polar —informó Mahnmut—. Ahí está el brazo superior.

—Muy bien —respondió Orphu. Todos los impulsores martillearon—. ¿Ves el polo norte en la cámara de proa?

—No.

—¿Alguna estrella reconocible?

—No. Sólo más ionización en el casco.

—Lo suficiente para gobernar —dijo el ioniano—. Ahora voy a usar el anillo de impulsores de popa como cohetes de freno.

—Koros III iba a usar el gran subsistema de reacción de la proa para reducir la velocidad en la reentrada, y luego expulsarlo antes de que golpeáramos la atmósfera —dijo Mahnmut. El brillo de popa era ahora de un rojo más profundo.

—Yo voy a conservar esos impulsores más pesados mientras entramos en la atmósfera —dijo Orphu.

—¿Porqué?

—Ya verás.

—¿No es posible que, si conservamos esos impulsores, exploten cuando se calienten durante la reentrada?

—Es posible —gruñó el ioniano.

—Estamos bastante fastidiados —dijo Mahnmut—. ¿Alguna posibilidad de que nos rompamos cuando se desgaje material ardiente del casco?

—Claro, existe esa posibilidad —dijo Orphu. Disparó los impulsores de hierro pesado.

Mahnmut sintió que se apretaba contra su asiento de aceleración durante treinta segundos y luego se relajó cuando el ruido y la vibración cesaron. Oyó un pesado golpe en el momento en que el anillo de control de altitud fue lanzado al espacio.

Una bola de fuego pasó ante la cámara de proa, aunque la cámara mostraba ahora lo que tenían detrás, ya que entraban en la atmósfera de popa.

—Estamos entrando en la atmósfera —dijo Mahnmut, y notó que su voz no era tan calmada como antes. Nunca había estado en una atmósfera planetaria real y la idea de todas aquellas moléculas apretujadas añadía intranquilidad a su náusea—. El subsistema expulsado acaba de ponerse al rojo blanco y se ha incendiado. La popa empieza a brillar. Lo mismo ocurre con el paquete de reacción de proa, pero menos. La mayor parte de las ondas de choque y de calor parecen estar alrededor de nuestra cola. ¡Uf!... ahora caemos detrás del campo de residuos, pero todo arde ante nosotros. Es como si estuviéramos en medio de una enorme tormenta de meteoros.

—Bien —dijo Orphu—. Aguanta.

Lo que fuera la nave de los moravecs golpeó la ahora densa atmósfera marciana tal como Mahnmut había descrito a Orphu: como una tormenta de meteoritos cuyos fragmentos mayores pesaban varias toneladas y se extendían varias decenas de metros. Un centenar de bolas de fuego corrieron por el pálido cielo marciano y una sacudida de graves explosiones sónicas quebró el silencio del hemisferio norte. Las bolas de fuego cruzaron el casquete polar norte como una bandada de feroces pájaros y continuaron hacia el sur a través del Mar de Tetis, dejando largos rastros de vapor de plasma tras su paso. Curiosamente, parecía que volaran en vez de caer.

Apenas unos milenios antes, la atmósfera de Marte, prácticamente inexistente, estaba compuesta en su mayor parte por monóxido de carbono. De unos ocho milibares, no era nada en comparación con la presión de 1.014 milibares de la Tierra al nivel del mar. En menos de un siglo, mediante un proceso que ninguno de los moravecs comprendía, el planeta había sido terraformado hasta lograr unos muy respirables 840 milibares.

Las bolas de fuego recorrieron el hemisferio norte en desordenada formación, dejando huellas sónicas tras su estela. Algunas de las piezas más pequeñas (lo bastante grandes para soportar a la feroz entrada en la atmósfera pero lo suficientemente pequeñas para rebotar en el denso aire) empezaron a desintegrarse a unos ochocientos kilómetros al sur del polo. Contemplado desde el espacio, habría parecido que una deidad disparaba una andanada de enormes balas trazadoras de ametralladora al océano norte de Marte.

La Dama Oscura era una de esas balas trazadoras. El material de camuflaje en torno a la popa y dos tercios del casco se incendiaron y se unieron a la estela de plasma que dejaba atrás el sumergible en su caída. Las antenas externas y los sensores se quemaron. Luego el casco empezó a humear y a resquebrajarse y a desgajarse.

—Ah... —dijo Mahnmut desde su asiento antiaceleración—, ¿no deberíamos soltar los paracaídas?

Sabía lo suficiente del plan de aterrizaje de Koros como para estar al corriente de que los paracaídas de fibra de buckycarbono tenían que desplegarse a quince mil metros de altura para hacerlos bajar con suavidad hasta la superficie del océano. La última vez que Mahnmut vio el océano, antes de que los ópticos de popa se quemaran, se convenció de que estaban a menos de quince mil metros y de que caían muy rápido.

—Todavía no —gruñó Orphu. El ioniano no tenía ningún asiento antiaceleración en la bodega y parecía que las gravedades de la deceleración le estaban afectando—. Usa tu radar para saber nuestra altitud.

—El radar ha desaparecido —dijo Mahnmut.

—Lo intentaré.

Sorprendentemente, funcionó. Mostró la huella de una superficie sólida (bueno, agua líquida) que se acercaba a ellos a una distancia de ocho mil doscientos metros, ocho mil metros, siete mil ochocientos metros. Mahnmut transmitió la información a Orphu.

—¿Soltamos ahora los paracaídas? —preguntó.

—Los otros restos no van a desplegar paracaídas.

—¿Y?

—¿De verdad quieres bajar flotando bajo un dosel, para aparecer en todos los sensores?

—¿Sensores de quién? —replicó Mahnmut, pero comprendió el argumento de Orphu. Con todo...—. Cinco mil metros —dijo—. Velocidad tres mil doscientos kilómetros por hora. ¿De verdad queremos chocar contra el agua a esta velocidad?

—En realidad, no —dijo Orphu—. Aunque sobreviviéramos al impacto, quedaríamos enterrados bajo cientos de metros de cieno. ¿No dijiste que este océano tiene sólo unos centenares de metros de profundidad?

—Sí.

—Voy a hacer girar tu nave ahora —dijo Orphu.

—¿Qué?

Pero entonces Mahnmut oyó el pesado encendido de los impulsores (de algunos solamente) y el giroscopio gimió, aunque el ruido fue mas un rechinar que un zumbido.

La Dama Oscura, inició un doloroso vuelco, girando la proa. El viento y la fricción tiraron del casco, arrancando los últimos sensores situados en mitad de la nave y quebrando una docena de compartimentos. Mahnmut desconectó las ululantes alarmas.

Ahora caían de proa. Uno de los últimos registros de vídeo mostró las salpicaduras en el océano (si cabe llamar «salpicaduras» a las columnas de vapor y plasma de dos mil metros causadas por los impactos) y Mahnmut comprendió que les tocaría el turno en cuestión de segundos.

Describió los impactos a Orphu y dijo:

—¿Paracaídas? ¿Por favor?

—No —dijo Orphu, y disparó los impulsores principales que deberían haber sido expulsados en órbita.

Las fuerzas de deceleración arrojaron a Mahnmut hacia las correas que lo sujetaban y le hicieron desear tener el gel de aceleración que habían usado en la maniobra de onda en el Tubo de Flujo de Io. Más columnas de vapor se alzaron alrededor del sumergible, en picado, como columnas corintias que pasaran de largo, y el océano llenó la pantalla. Los impulsores rugieron y giraron, disminuyendo su velocidad. Mahnmut vio que la anilla de depósitos se desprendía y volaba tras ellos en el instante en que el rugido cesó. Estaban sólo a unos miles de metros sobre el océano y la superficie parecía tan dura como la superficie helada de Europa.

—Para... —empezó a decir Mahnmut, gimiendo ahora abiertamente y sin avergonzarse por ello.

Los dos enormes paracaídas se desplegaron. La visión de Mahnmut se volvió roja, luego negra.

Golpearon el Mar de Tetis.

 

—¿Orphu? ¿Orphu?

Mahnmut, rodeado de oscuridad y silencio, intentaba que sus bancos de datos entraran en línea. Su nicho medioambiental estaba intacto, El O2 todavía fluía. Eso era sorprendente. Sus relojes internos indicaban que habían pasado tres minutos desde el impacto. Su velocidad era cero.

—¿Orphu?

—Arugghhh. —Un ruido a través de la conexión—. Cada vez que intento dormir, me despiertas.

—¿Cómo estás?

—Dónde estoy sería más acertado preguntar —rezongó Orphu—. Me solté del nicho. Ni siquiera estoy seguro de que esté todavía en La Dama Oscura. Si lo estoy, el casco está roto: estoy dentro de agua. Agua salada. Espera, tal vez me haya orinado encima.

—Sigues conectado por el cable —dijo Mahnmut, ignorando el último comentario del ioniano—. Probablemente estés todavía en la bodega. Estoy recibiendo algunos datos del sonar. Estamos hundidos en el fondo de cieno, pero sólo un metro o cosa así, a unos ochenta metros de la superficie.

—Me pregunto en cuántos trozos estaré —musitó Orphu.

—Quédate ahí —dijo Mahnmut—. Voy a soltarme y bajaré a verte. No te muevas.

Orphu soltó su temblorosa risa.

—¿Cómo voy a moverme, viejo amigo? Todos mis manipuladores y flagelos han ido a ese gran cielo moravec de las alturas. Soy un cangrejo sin pinzas. Y no estoy demasiado seguro de tener caparazón. Mahnmut... ¡espera!

—¿Qué? —-Mahnmut se había soltado y se estaba quitando umbilicales y cables de control virtual.

—Si... de algún modo... consigues llegar hasta mí, suponiendo que el corredor interno no esté aplastado y las puertas del casco no estén completamente combadas o soldadas por el calor de la entrada... ¿qué vas a hacer conmigo?

—Ver si estás bien —dijo Mahnmut, soltando los cables ópticos. En los monitores, de todas formas, todo era oscuridad.

—Piensa, viejo amigo —dijo Orphu—. Me sacas de aquí... si no me descuajaringo en tus manos... ¿y luego qué? No cabré por tus corredores de acceso interno. Aunque me sacaras del submarino, no quepo en tu nicho y desde luego no podré aferrarme al casco. ¿Vas a caminar mil kilómetros por el fondo del océano llevándome a cuestas?

Mahnmut vaciló.

—Sigo funcionando —continuó Orphu—. O al menos sigo comunicándome. Incluso me fluye O2, a través del umbilical, y recibo algo de energía eléctrica. Debo de estar en la bodega, aunque esté inundada. ¿Por qué no pones en marcha La Dama Oscura y nos llevas a algún sitio más cómodo antes de intentar que volvamos a reunirnos?

Mahnmut salió al aire externo e inspiró profundamente varias veces.

—Tienes razón —dijo por fin—. Cada cosa a su tiempo.

La Dama Oscura se estaba muriendo.

Mahnmut había trabajado en aquel sumergible —en varios iguales sucesivamente y en progresivos modelos— desde hacía más de un siglo terrestre, y sabía que era duro. Adecuadamente preparado, podía soportar muchas toneladas métricas de presión por centímetro cuadrado y las tensiones de la aceleración de 3.000-g del tubo de flujo, pero el duro y pequeño submarino solo era tan fuerte como su parte más débil, y las tensiones energéticas del ataque en la órbita de Marte habían excedido la tolerancia de la parte más débil.

El casco tenía grietas y quemaduras irreparables. En aquel momento, estaban enterrados de proa. La mayor parte del submarino se encontraba hundida en más de tres metros de cieno y lecho marino y sólo unos cuantos metros de la popa sobresalían del barro, el casco y el bastidor estaban retorcidos, las puertas de la bodega de carga retorcidas e inalcanzables, y diez de los dieciocho tanques de lastre se habían roto. El pasillo interno que comunicaba la sala de control de Mahnmut con la bodega estaba inundado y parcialmente bloqueado. Fuera, dos tercios del material de camuflaje habían ardido y arrasado todos los sensores externos. Tres de los cuatro equipos de sonar estaban estropeados y el cuarto sólo emitía señales intermitentes. Únicamente uno de los cuatro equipos principales de propulsión seguía operativo y los pulsadores de maniobra eran un caos.

A Mahnmut le preocupaba más la avería de los sistemas de energía de la nave: el reactor primario había sido dañado por la subida de energía durante el ataque y funcionaba con un ocho por ciento de eficacia; las células de almacenamiento estaban en reserva. Eso era suficiente para mantener un mínimo de apoyo vital, pero el conversor de nutrientes había desaparecido y sólo les quedaban unos cuantos días de agua potable.

Finalmente, el conversor de O2 estaba estropeado. Las células de combustible no producían aire. Mucho antes de que se quedaran sin agua o comida, Mahnmut y Orphu se quedarían sin oxígeno. Mahnmut tenía reservas internas de aire, pero sólo suficientes para un día-t o dos si no las recargaba. Todo lo que podía esperar era que, puesto que Orphu trabajaba en el espacio durante meses seguidos, una cosa tan insignificante como carecer de oxígeno no le perjudicara. Decidió preguntárselo al ioniano más tarde.

Más informes de daños llegaban a través de los sistemas IA del submarino que todavía funcionaban. Si se le concedía un mes o más en un muelle helado de Conamara Caos con una docena de moravecs de servicio trabajando, La Dama Oscura podría salvarse. De lo contrario, sus días (ya se midieran en soles marcianos, días terrestres o semanas europanas) estarían contados.

Manteniéndose en contacto con el casi silencioso Orphu a través de los cables, temiendo que su amigo dejara de existir sin advertírselo, Mahnmut le pasó el informe más positivo que logró componer y lanzó una boya periscopio. La boya ascendió a partir de la sección de la popa que sobresalía del cieno y funcionaba aún.

La boya en sí era más pequeña que la mano de Mahnmut, pero contenía una amplia gama de sensores de imágenes y datos. La información empezó a llegar.

—Buenas noticias —dijo Mahnmut.

—El Consorcio de las Cinco Lunas manda una misión de rescate —tronó Orphu.

—No tan buenas.

En vez de descargar los datos no visuales, Mahnmut los resumió para conseguir que su amigo siguiera escuchando y hablando.

—La boya funciona. Mejor aún, los satélites de comunicaciones y posición que Koros III y Ri Po colocaron en órbita siguen allí. Me pregunto por qué las... personas que nos atacaron no los borraron del espacio.

—Nos atacaron un Dios del Antiguo Testamento y su amiguita —dijo Orphu—. Puede que no se dignen reparar en satélites de comunicaciones.

—Creo que más parecían griegos que personajes del Antiguo Testamento —dijo Mahnmut ¿Quieres los datos que estoy recibiendo?

—Claro.

—El MPS nos sitúa en la parte sur de la Planicie de Chryse del océano norte, a unos trescientos cuarenta kilómetros de la costa de Xanthe Terra. Tenemos suerte. Esta parte de Acidalia y el mar de Chryse es como una enorme bahía. Si nuestra trayectoria se hubiera desviado unos cuantos kilómetros al oeste habríamos chocado contra las montañas de Tempe Terra. La misma desviación al este, Arabia Terra. Unos cuantos segundos más de vuelo al sur sobre las cordilleras de Xanthe Terra y...

—Seríamos partículas en la atmósfera superior —dijo Orphu.

—Eso es —dijo Mahnmut—. Pero si sacamos de aquí a La Dama Oscura, podremos llevarla hasta el delta del Valle Marineris si es necesario.

—Se suponía que Koros y tú teníais que desembarcar en el otro hemisferio —dijo Orphu— Al norte del monte Olimpus. Tu misión era explorar y llevar este aparato al Olimpus. No me digas que el submarino está en condiciones de hacernos rodear la península de Tempe Terra...

—No —admitió Mahnmut. En realidad, tendrían más suerte si La Dama Oscura aguantaba y seguía funcionando el tiempo suficiente para llevarlos a la tierra firme más cercana, pero no iba a decírselo al ioniano.

—¿Alguna otra buena noticia? —preguntó Orphu.

—Bueno, hace un día muy bonito en la superficie. Todo es agua líquida hasta donde puede ver la boya. Olas moderadas de menos de un metro. Cielo azul. Temperaturas de más de veinte grados...

—¿Nos están buscando?

—¿Cómo dices?

—La… gente… que nos atacó, ¿nos está buscando?

—Sí —dijo Mahnmut—. El radar pasivo mostró varias de esas máquinas voladoras...

—Carros.

—...varias de esas máquinas voladoras sobrevolando el mar en los miles de kilómetros cuadrados que dejó la huella del impacto.

—Buscándonos —dijo Orphu.

—No hay ningún registro de búsqueda de radar o de neutrinos —dijo Mahnmut—. Ninguna búsqueda de energía espectral...

—¿Pueden encontrarnos, Mahnmut? —La voz de Orphu era monótona.

Mahnmut vaciló. No quería mentirle a su amigo.

—Posiblemente —dijo—. Casi con toda certeza lo harían si estuvieran utilizando energía moravec, pero no parece el caso. Están sólo... mirando. Tal vez con ojos y magnetómetros.

—Nos encontraron muy fácilmente en la órbita. Nos apuntaron.

—Sí.

No cabía ninguna duda de que el carro o sus ocupantes disponían de algún tipo de aparato localizador de objetivos efectivo a ocho mil kilómetros de distancia.

—¿Has recuperado la boya?

—Sí —dijo Mahnmut. Pasaron varios segundos de silencio roto únicamente por el crujido del casco dañado, el siseo de la ventilación y el golpeteo de varias bombas que trabajaban en vano por achicar el agua de las secciones inundadas—. Tenemos varias cosas a nuestro favor —dijo Mahnmut por fin—. Primero, hay toneladas y toneladas de residuos de metal de la nave en nuestro rastro, y es un rastro largo. Los primeros impactos no fueron tan al sur del casquete polar.

»Segundo, hemos caído de proa, y la única sección que sobresale de los sedimentos, la popa., conserva algunos fragmentos de material de camuflaje. Tercero, hemos reducido energía hasta el punto de que no originamos ninguna lectura. Cuarto...

—¿Sí? —dijo Orphu.

Mahnmut estaba pensando en el moribundo suministro de energía, las menguadas reservas de aire y agua y el dudoso sistema de propulsión.

—Cuarto, ellos siguen sin saber por qué estamos aquí.

Orphu tronó suavemente.

—Creo que nosotros tampoco lo sabemos, viejo amigo —Después de aproximadamente un minuto sin comunicación, Orphu añadió—: Bueno, tienes razón. Si no nos encuentran en las próximas horas, puede que tengamos una posibilidad. ¿O hay alguna otra mala noticia?

Mahnmut vaciló.

—Tenemos un ligero problema con nuestro suministro de aire —dijo por fin.

—¿Hasta qué punto es serio?

—-No estamos produciendo ninguno.

—Bueno, eso sí que es un problema —dijo el ioniano—. ¿Cuánto hay en reserva?

—Unas ochenta horas. Para nosotros dos, quiero decir. El doble, probablemente más, si es sólo para mí.

Orphu tronó levemente a través del intercomunicador.

—¿Sólo para ti? ¿Estás pensando en pisar mi toma de aire, amigo mío? Mis partes orgánicas también necesitan aire, ya lo sabes.

Durante un segundo Mahnmut se quedó sin habla.

—Creía... eres un moravec de durovac... pensaba...

—Pensabas que me paso meses en el espacio sin sacar tajada de Io —suspiró Orphu—. Produzco mi propio oxígeno a partir de las células de combustible internas, usando los fotovoltaicos de mi caparazón para darles energía.

Mahnmut sintió que su pulso disminuía. Había posibilidades de supervivencia si Orphu no necesitaba el aire de la nave.

—Pero mis fotovoltaicos están destruidos —dijo Orphu suavemente—, y las células de combustible no han producido O2 desde el ataque. Sobrevivo gracias al suministro de la nave. Lo siento, Mahnmut.

—Mira —dijo Mahnmut rápidamente, con fuerza—. Pensaba mantener el aire en marcha para los dos, de todas formas. No es ningún problema. He hecho los cálculos: nos quedan unas ochenta horas al ritmo de consumo actual. Y puedo reducirlo. Toda esta sala de control y mi nicho están inundados. Los sellaré. Ochenta horas, y luego vendremos a por aire. Su búsqueda habrá terminado ya.

—¿Estás seguro de que puedes sacar a La Dama Oscura del cieno? —preguntó Orphu.

—Absolutamente seguro —mintió Mahnmut, impertérrito.

—Voto porque nos quedemos inmóviles en el fondo marino durante... digamos... tres soles, tres días marcianos, setenta y tres horas o así, para ver si de verdad han cancelado la búsqueda con los carros. O doce horas después de nuestro último contacto por radar con ellos. Lo que pase primero. ¿Nos dejará eso tiempo suficiente para salir del barro y subir a la superficie, dejando además algo de energía y oxígeno?

Mahnmut miró su pared virtual de luces rojas de alarma y disfunción.

—Setenta y tres horas debería ser tiempo de sobra —dijo—. Pero, si se marchan antes, es mejor que subamos a la superficie y nos dirijamos a la costa. La Dama puede ir a unos veinte nudos por la superficie con el reactor a este nivel, así que, en cualquier caso, tardaremos un día y medio en llegar a tierra, sobre todo si somos quisquillosos con respecto a nuestro punto de destino.

—Tendremos que dejar de ser quisquillosos —dijo Orphu—. Muy bien, parece que de lo único que tenemos que preocuparnos durante el próximo par de días es del aburrimiento. ¿Jugamos al póquer? ¿Trajiste las cartas virtuales?

—Sí —dijo Mahnmut, sonriendo.

—No le robarás a un moravec ciego, ¿verdad? —dijo Orphu. Mahnmut se detuvo en el proceso de descargar el tapete verde—. Estoy bromeando, por los clavos de Cristo —prosiguió Orphu-—. Mis nódulos visuales han desaparecido, pero aún conservo la memoria y parte del cerebro. Juguemos al ajedrez.

Tres soles eran 73,8 horas y Mahnmut no quería permanecer tanto tiempo en el lecho marino. El reactor estaba perdiendo energía más rápido de lo que había calculado (las bombas consumían más de lo previsto) y todo el soporte vital flirteaba con el colapso.

Durante el primer período de sueño, Mahnmut pasó a energía interna, se armó de palanquetas y equipo para cortar y bajó por los estrechos corredores hasta la bodega. Los espacios interiores estaban inundados, el pasillo vertical sin energía y negro como boca de lobo. Mahnmut activó las lámparas de su hombro y nadó hasta lo más hondo. El agua era aquí mucho más cálida que en el mar de Europa. Las vigas y mamparos se habían desmoronado y bloqueaban los últimos diez metros de camino. Mahnmut los cortó con el soplete. Tenía que comprobar en qué estado se hallaba Orphu.

A dos metros de la compuerta, Mahnmut se detuvo. El impacto había combado el mamparo de proa, casi aplanándolo. El corredor, ya de por sí estrecho, se había reducido a un espacio de menos de diez centímetros de diámetro. Mahnmut veía la compuerta de la bodega (cerrada, combada y retorcida) pero no podía alcanzarla. Tendría que abrirse paso a través de uno o de ambos mamparos de presión y luego probablemente usar el soplete para cortar la compuerta misma. Sería un trabajo de seis o siete horas, y había un problema básico: el soplete consumía oxígeno, igual que Orphu y él. Lo que utilizara el soplete provendría de su suministro de aire.

Mahnmut flotó varios minutos cabeza abajo en la oscuridad, con el cieno arremolinándose delante de sus lentes ante los haces gemelos de sus lámparas del hombro. Tenía que decidirse. En cuanto Orphu despertara y advirtiera lo que estaba haciendo, el ioniano trataría de disuadirlo. Y la lógica dictaba ceder a la disuasión. Aunque consiguiera atravesar los mamparos en seis o siete horas, Orphu tenía razón: Mahnmut no podría mover al enorme moravec mientras siguieran atrapados en el lecho marino. Incluso los primeros auxilios se verían limitados a los recursos y sistemas que Mahnmut mantenía a bordo para sí mismo: tal vez no funcionaran con el enorme moravec de durovac. Si Mahnmut conseguía liberar a La Dama Oscura del cieno y llegar a la superficie, ése sería el mejor momento para llegar a Orphu... aunque tuviera que cortar las puertas de la bodega desde el casco exterior. Entonces habría O2 de sobra. Y podría sacar a Orphu si era preciso, encontrar un modo de atarlo al casco exterior, a la luz y el aire.

Mahnmut se dio media vuelta y subió nadando por el corredor ladeado y retorcido de regreso a su espacio personal. Dejó el equipo cortador. Más tarde.

Acababa de ocupar su asiento cuando la voz de Orphu llegó a través del comunicador.

—¿Estás despierto, Mahnmut?

—Sí.

—¿Dónde estás?

—En los controles. ¿Dónde si no?

—Sí —dijo Orphu, su grave voz parecía cansada y vieja a través de la conexión—. Pero estaba soñando. Me ha parecido notar una vibración. He pensado que podrías estar... no sé.

—Vuelve a dormir —dijo Mahnmut. Los moravecs dormían, aunque sólo fuera para soñar—. Te despertaré para la comprobación dentro de dos horas.

Mahnmut hacía subir la boya periscopio unos segundos cada doce horas, escrutaba rápidamente los cielos y el pacífico mar, y la recuperaba. Las máquinas voladoras seguían surcando el cielo día y noche al final de las primeras cuarenta y nueve horas, pero más al norte, cerca del polo.

Mahnmut se sentía relativamente cómodo. Su sala de control y el nicho adyacente estaban ilesos, cálidos y sólo un poco ladeados hacia proa. Podía moverse si lo deseaba. Varias de las otras recámaras habitables se habían inundado (incluidos el laboratorio científico y el antiguo cubículo de Urtzweil), pero aunque las bombas achicaron en poco tiempo el agua de tres compartimentos, Mahnmut no se molestó en llenarlos de aire. De hecho, lo primero que hizo después de su conversación inicial fue conectar su umbilical de O2 y vaciar su nicho y la sala de control. Se dijo que lo hacía para ahorrar oxígeno, pero sabía que el motivo era en parte que se sentía culpable de estar tan cómodo mientras Orphu sentía dolor (dolor existencial, al menos) y flotaba en la oscuridad inundada de la bodega.

Mahnmut todavía no podía hacer nada al respecto, no con tres cuartas partes del submarino clavadas en el suelo del océano, pero entró en el laboratorio científico al vacío y recogió comunicadores y otras cosas que necesitaría si alguna vez conseguía liberar al ioniano.

Y liberarme a mí mismo, pensó Mahnmut, aunque estar separado de La Dama Oscura no le parecía libertad. Todos los criobots de los profundos mares de Europa tenían imbuida la semilla de la agorafobia, el auténtico terror a los espacios abiertos, y sus evolucionados descendientes moravecs la habían heredado.

Al segundo día, después de su octava partida de ajedrez, Orphu dijo:

—La Dama Oscura tiene una especie de aparato de escape, ¿no?

Mahnmut tenía la esperanza de que Orphu desconociera aquel hecho.

—Sí —dijo por fin.

—¿De qué clase?

—Una pequeña burbuja salvavidas —dijo Mahnmut, de un humor de perros por tener que hablar de aquello—. No mucho más grande que yo. Para soportar grandes presiones y llevarme a la superficie.

—Pero, ¿tiene una bengala de señalización, su propio sistema de soporte vital, algún tipo de sistema de propulsión y navegación? ¿Agua y comida?

—Sí —dijo Mahnmut—, ¿y qué?

Tú no cabrías y no puedo tirar de ti.

—Nada—dijo Orphu.

—Odio la idea de dejar La Dama Oscura —dijo sinceramente Mahnmut—. Y no quiero pensar en eso ahora. No durante días y días.

—Muy bien.

—Lo digo en serio.

—Muy bien, Mahnmut. Sólo sentía curiosidad.

Si Orphu se hubiera burlado de él en aquel momento, Mahnmut podría haberse metido en la burbuja de salvamento y haberse marchado. Estaba furioso con el ioniano por sacar a colación aquel tema.

—¿Quieres jugar otra partida de ajedrez? —preguntó Mahnmut.

—Ni hablar del peluquín —contestó Orphu.

Sesenta y una horas después del impacto contra el agua, sólo había un carro visible en el radar, pero volaba a ochenta kilómetros sobre ellos y diez al norte. Mahnmut recuperó la boya periscopio en cuanto pudo.

Estaba escuchando música por el intercom (Brahms) y, allá en su bodega inundada, Orphu estaba presumiblemente haciendo lo mismo.

De repente, el ioniano preguntó:

—¿Te has preguntado alguna vez por qué los dos somos humanistas, Mahnmut?

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, humanistas. Todos los moravecs evolucionaron o bien hacia nosotros, los humanistas con nuestro extraño interés por la antigua raza humana, o hacia los tipos más interactivos como Koros III. Ellos son los que forjan las sociedades moravec, los Consorcios de las Cinco Lunas, los partidos políticos... lo que sea.

—Nunca me había fijado —dijo Mahnmut.

—Te estás quedando conmigo.

Mahnmut guardó silencio. Empezaba a darse cuenta de que, en casi un siglo y medio de existencia, había conseguido permanecer ignorante de casi todo lo importante. Conocía únicamente los fríos mares de Europa (que nunca más volvería a ver) y aquel sumergible, al que le quedaban horas o días de existencia como entidad en funcionamiento. Eso y los sonetos y las piezas teatrales de Shakespeare.

Mahnmut estuvo a punto de echarse a reír a través del comunicador. ¿Qué podía ser más inútil?

Como si volviera a leerle la mente, Orphu dijo:

—¿Qué diría el bardo de esta situación?

Mahnmut observaba las lecturas de energía y los niveles de consumo. No podían esperar las setenta y tres horas. Tendrían que intentar liberarse en las próximas seis horas o así. E incluso en tal caso, si no conseguían soltarse inmediatamente, era posible que el reactor dejara de funcionar del todo, se sobrecargara, y...

—¿Mahnmut?

—Lo siento. Estaba adormilado. ¿Qué pasa con el bardo?

—Debe de tener algo que decir sobre naufragios —dijo Orphu—. Me parece recordar que había montones de naufragios en Shakespeare.

—Oh, sí —dijo Mahnmut—. Montones de naufragios. Noche de reyes, La tempestad, la lista sigue y sigue. Pero dudo que haya nada en sus obras que nos sirva en esta situación.

—Háblame de alguno de esos naufragios.

Mahnmut negó con la cabeza en el vacío. Sabía que Orphu estaba intentando hacer que apartara la mente de su realidad actual.

—Háblame de tu amado Proust —dijo—. ¿Dice el narrador Marcel algo de estar perdido en Marte?

—Pues sí —dijo Orphu con un levísimo atisbo de humor.

—Estás bromeando.

—Nunca bromeo con À la recherche du temps perdu —dijo Orphu, en un tono que casi, no del todo, convenció a Mahnmut de que el ioniano hablaba en serio.

—Muy bien, ¿qué dice Proust sobre sobrevivir en Marte? —preguntó Mahnmut. Faltaban cinco minutos para que desplegara la boya periscopio de nuevo y los iba a llevar a la superficie aunque el carro estuviera sobrevolando a diez metros sus cabezas.

—En el volumen tercero de la edición francesa, el volumen quinto de la traducción al inglés que te descargué, Marcel dice que, si de pronto nos encontráramos en Marte y nos crecieran un par de alas y un nuevo sistema respiratorio, no dejaríamos de ser nosotros mismos —-dijo Orphu—. No mientras tuviéramos que usar los mismos sentidos. No mientras estuviéramos lastrados con la misma consciencia.

—Estás bromeando —dijo Mahnmut.

—Nunca bromeo sobre las percepciones del personaje de Marcel en À la recherche du temps perdu —repitió Orphu en un tono que indicó a Mahnmut que en efecto estaba bromeando, pero no en lo referente a esa extraña referencia a Marte—. ¿No leíste las ediciones que te envié al principio de nuestro viaje sistema adentro?

—Lo hice. De verdad. Pero me salté los dos últimos miles de páginas.

—Bueno, no me extraña —dijo Orphu—. Escucha, aquí hay un párrafo que viene después de lo de desarrollar alas y pulmones nuevos en Marte. ¿Lo quieres en inglés o en francés?

—En inglés —respondió Mahnmut rápidamente. Tan cerca de una terrible muerte por asfixia, no quería la tortura añadida de tener que escuchar francés.

—El único viaje auténtico, la única Fuente de la Juventud —recitó Orphu—, se encontraría no en viajar a tierras extrañas sino en tener otros ojos, en ver el universo a través de los ojos de otra persona, de un centenar de otras personas, y ver los cientos de universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es.

Mahnmut olvidó en efecto su inminente asfixia durante un minuto mientras reflexionaba sobre esto.

—Ésa es la cuarta y última respuesta de Marcel al enigma de la vida, ¿verdad, Orphu? —El ioniano permaneció en silencio—. Quiero decir —continuó Mahnmut—, que dijiste que en los tres primeros intentos Marcel fracasó. Intentó creer en la notoriedad. Intentó creer en la amistad y el amor. Intentó creer en el arte. Nada de esto funcionó como elemento trascendente. Así que éste es el cuarto intento. Esta... —no encontró palabra ni frase adecuadas.

—Consciencia escapando de los límites de la consciencia —dijo Orphu tranquilamente—. La imaginación rompiendo los límites de la imaginación.

—Sí —jadeó Mahnmut—. Comprendo.

—Tienes que hacerlo —dijo Orphu—. Ahora eres mis ojos. Tengo que ver el universo a través de los tuyos.

Mahnmut guardó silencio un minuto, rodeado por el siseo del umbilical de O2

Luego dijo:

—Vamos a intentar subir La Dama Oscura.

—¿La boya periscopio?

—Al infierno con ellos si siguen allí arriba esperando. Prefiero morir peleando que asfixiarme aquí en el cieno.

—Muy bien —dijo Orphu—. Has dicho «intentar». ¿Hay alguna duda de que puedas sacarnos del cieno?

—No tengo ni puñetera idea de si podremos librarnos de esta mierda —dijo Mahnmut, conectando con la mente los interruptores virtuales, subiendo a rojo la energía del reactor, armando los impulsores y piros—. Pero vamos a intentarlo con todas nuestras fuerzas dentro de... dieciocho segundos. Agárrate, amigo mío.

—Puesto que mis asideros, manipuladores y flagelos han desaparecido, supongo que lo dices en sentido retórico.

—Agárrate con los dientes —dijo Mahnmut—. Seis segundos.

—Soy un moravec —dijo Orphu, ligeramente indignado—. No tengo dientes. ¿Qué estabas...?

De repente la comunicación se cortó con el rugir de todos los impulsores, el tronar de los mamparos quebrándose y cediendo y el gran gemido de La Dama Oscura intentando librarse de la resbaladiza presa de Marte.

 

 

 

18 - Ilión

 

Esta ciudad (Ilión, Troya, la ciudad de Príamo, Pérgamo) es más hermosa de noche.

Las murallas, cada una de más de treinta metros de altura, están iluminadas con antorchas y braseros en las almenas, y se recortan a la luz de los cientos de hogueras del ejército troyano acampado en la llanura. Troya es una ciudad de altas torres, la mayoría iluminadas hasta bien entrada la noche, con las ventanas cálidas de luz, los patios brillantes, las terrazas y balcones calentados por velas y hogueras y más antorchas. Las calles de Ilión son anchas y están cuidadosamente pavimentadas (una vez intenté meter la hoja de mi cuchillo entre las piedras y no pude) y muchas reciben la luz de los portales abiertos, con antorchas colocadas en los huecos de las paredes, y de las hogueras donde cocinan los miles y miles de soldados extranjeros y sus familiares que viven aquí ahora, aliados de Troya todos.

Incluso las sombras de Ilión están vivas. Hombres y mujeres jóvenes de clase baja hacen el amor en los callejones oscuros y las terrazas en penumbra. Perros bien alimentados y gatos eternamente astutos se deslizan de sombra en sombra, de los callejones a los patios, acechando los bordes de las calles más anchas, donde fruta y verdura, pescado y carne que han caído de los carros del mercado diario son suyos para comer, y luego vuelven a las sombras y la oscuridad de los callejones bajo los viaductos.

Los residentes de Ilión no tienen miedo a morir de hambre o sed. Con las primeras alarmas de la llegada de los aqueos (muchas semanas antes de que las negras naves llegaran hace más de nueve años), cientos de reses y miles de ovejas fueron conducidos a la ciudad. Se vaciaron las granjas en un radio de seiscientos kilómetros cuadrados de la ciudad. Sigue llegando ganado regularmente, y la mayoría de la carne llega a pesar de los tibios esfuerzos de los griegos por impedirlo. La fruta y la verdura llegan fácilmente a Ilión traídas por los mismos astutos granjeros y comerciantes que venden comida a los aqueos.

Troya fue construida en este lugar hace muchísimos siglos principalmente por el enorme acuífero que hay debajo (la ciudad tiene cuatro pozos gigantescos, siempre frescos y profundos). Pero para mayor seguridad, Príamo ordenó hace tiempo que un afluente del río Simoi, que corre al norte de Ilión, fuera desviado por los canales fácilmente defendibles y los viaductos subterráneos hasta la ciudad. Los griegos tienen más problemas para obtener agua fresca que los residentes de Ilión, quienes técnicamente sufren un asedio.

La población de Ilión (probablemente la mayor de la Tierra en esta época) se ha duplicado desde que comenzó la guerra. Primero, para protegerse llegaron a la ciudad los granjeros y pastores y pescadores y otros ciudadanos de las llanuras de Ilión. Tras ellos llegaron los ejércitos de los aliados de Troya: no sólo los combatientes, sino a menudo sus esposas e hijos y sus padres y sus perros y su ganado.

Estos aliados pertenecen a grupos diferentes: los «troyanos» que no son de Troya misma, los dárdanos, y otros de las ciudades más pequeñas y zonas adyacentes de Ilión, como los leales soldados del monte Ida, que está al norte, en Licia. También están aquí los adrasteos y otros combatientes de lugares situados a muchas leguas al este de Troya, además de los pelasgos de Larisa, al sur.

De Europa han venido los tracios, payones y cicones. De las orillas meridionales del mar Negro han venido los halizones, que viven cerca del río Halis y están relacionados con los herreros chalibes de las antiguas leyendas. Se oyen en la ciudad canciones de campamento y maldiciones de los paflagos y etenos, un pueblo del norte del mar Negro, los probables tatarabuelos de los futuros venecianos. De Asia Menor han venido los desastrados misios; Enomo y Nastes son dos misios a los que he tratado y que, según Homero, morirán a manos de Aquiles en la batalla fluvial que tendrá lugar. Será una matanza tan terrible que no sólo el Escamandro fluirá rojo durante meses, sino que el río se atascará con los cadáveres de todos los hombres que Aquiles masacrará, incluidos los cuerpos de Nastes y Enomo.

También, reconocibles por sus salvajes cabellos y sus extrañas armas de bronce, y por su olor, están los frigios, mayones, carios y licios.

La ciudad está llena y maravillosamente viva y es estrepitosa todo el día, todos los días, a excepción de dos o tres horas. Es la ciudad más hermosa y más grande del mundo: de esta época o de cualquier época de la historia de toda la humanidad.

Pienso esto mientras yazgo desnudo junto a Helena de Troya, en su cama; las sábanas huelen a sexo y a nosotros, la brisa fresca entra a través de las hinchadas cortinas. En alguna parte un trueno ruge mientras se acerca la tormenta. Helena se agita y susurra mi nombre.

—Hock-en-beee-rry...

Entré en la ciudad a última hora de la tarde después de TCear desde el hospital de los dioses en el Olimpo, sabiendo que la musa me estaba buscando para matarme y que, si no me encontraba aquel día, Afrodita lo haría cuando saliera de su tanque de curación.

Tenía pensado mezclarme con los soldados que contemplaban la última de las batallas de aquel largo día (allí a lo lejos, al sol de la tarde, en medio del polvo, Diomedes seguía masacrando troyanos), pero cuando vi a Héctor regresar a la ciudad con sólo parte de su habitual retén, me morfeé en uno de los hombres que conocía (Dolón, un lancero y explorador de confianza, que pronto morirá a manos de Odiseo y Diomedes), y seguí a Héctor. El noble guerrero entró por las Puertas Esceas (las puertas principales de Ilión, hechas de fuertes planchas de roble y tan altas como diez hombres del tamaño de Ayax), y fue inmediatamente asaltado por las esposas e hijas de Troya, que le preguntaban por sus maridos e hijos y hermanos y amantes.

Vi el alto penacho rojo de Héctor atravesar la multitud de mujeres, su cabeza y sus hombros sobresaliendo del mar de rostros suplicantes, y lo vi cuando finalmente se detuvo para hablar a la creciente muchedumbre.

—Rezad a los dioses, mujeres de Troya —fue todo lo que dijo antes de girar sobre sus talones y encaminarse al palacio de Príamo. Algunos de sus soldados cruzaron las altas lanzas y le cubrieron la retirada conteniendo a la gimiente masa de mujeres troyanas. Yo me quedé con los últimos cuatro miembros de su guardia y en silencio acompañé a Héctor hasta el magnífico palacio de Príamo, construido ancho, como decía Homero, y brillante con sus porches y columnatas de mármol pulido.

Nos apoyamos contra la pared (las sombras de la tarde ya se arrastraban hacia los patios y dormitorios) y montamos guardia mientras Héctor se reunía brevemente con su madre.

—Nada de vino, madre —dijo, rechazando la copa que ella le había ordenado servir a un criado—. Ahora no. Estoy demasiado cansado. El vino podría menguar las pocas fuerzas que me quedan para la matanza que vendrá esta noche. Además, estoy cubierto de sangre y polvo y de toda la suciedad de la batalla. Me avergonzaría alzar una copa en honor a Zeus con unas manos tan sucias.

—Hijo mío —dijo la madre de Héctor, una mujer a la que yo había visto actuar con calor y buen corazón a lo largo de los años—, ¿por qué has dejado la lucha si no es para rezar a los dioses?

—Eres tú quien debe rezar —dijo Héctor. Tenía el casco a su lado, sobre el diván. El guerrero estaba en efecto sucio, con la cara manchada de capas de tierra y sangre convertidas en un lodo rojizo por el sudor, y se sentaba como sólo hacen quienes están exhaustos, con los antebrazos en las rodillas, la cabeza gacha, la voz apagada—. Ve al altar de Atenea, reúne a las más nobles de las más nobles mujeres de Ilión, y escoge el peplo más hermoso que puedas encontrar en el palacio de Príamo. Extiéndelo sobre las rodillas de la estatua de oro de Atenea y promete sacrificarle doce vacas no sometidas todavía a yugo en su templo si se apiada de Troya. Pide a la sombría diosa que salve a nuestra ciudad y nuestras esposas troyanas y nuestros hijos indefensos del terror de Diomedes.

—¿A eso hemos llegado? —susurró la madre de Héctor, inclinándose hacia delante y tomando en las suyas las ensangrentadas manos de su hijo—. ¿Finalmente hemos llegado a eso?

—Sí —dijo Héctor, y se puso en pie con esfuerzo y recogió su casco y salió de la habitación.

Con los otros tres lanceros, seguí al agotado héroe mientras recorría los seis bloques de la ciudad hasta la residencia de Paris y Helena, un gran complejo con su puñado de terrazas y torres residenciales y patios privados.

Héctor se abrió paso entre guardias y criados, subió las escaleras, y abrió de golpe la puerta que conducía a las habitaciones de Paris y Helena. Yo casi esperaba ver a Paris en la cama con su consorte robada (Homero cantó que la lujuriosa pareja se había ido directamente a la cama horas antes, cuando Paris había sido apartado de su lucha con Menelao), pero en cambio, Paris alzó la cabeza mientras acariciaba la armadura de batalla y Helena permanecía sentada cerca, dirigiendo a las criadas en su bordado.

—¿Qué coño estás haciendo? —rugió Héctor al otro hombre, más pequeño—. ¿Sentado aquí como una mujer, como un niño llorón, jugando con tu armadura mientras los auténticos hombres de Ilión mueren a centenares, mientras el enemigo rodea la ciudadela y llena nuestros oídos de gritos de batalla extranjeros? Levántate, hijo de puta. ¡Levántate antes de que Troya sea convertida en cenizas alrededor de tu cobarde culo!

En vez de ponerse en pie de un salto, indignado, el noble Paris sonrió.

—Ah, Héctor, merezco tus maldiciones. Nada de lo que dices es injusto.

—Entonces mueve el culo y ponte esa armadura —dijo Héctor bruscamente, pero la furia de su tono se había apagado de pronto, ya fuese por la fatiga o por la tranquila negativa de Paris a defenderse.

—Lo haré —dijo Paris—, pero óyeme primero. Déjame que te diga una cosa.

Héctor permaneció en silencio, tambaleándose levemente sobre sus pies calzados con sandalias. Llevaba el casco emplumado bajo el brazo izquierdo, en cuya mano sostenía una lanza larguísima que había tomado del sargento de nuestra pequeña guardia. Ahora Héctor usó el asta de esa lanza para sostenerse.

—No me quedo en mis habitaciones sólo por furia o por resentimiento —dijo Paris, indicando a Helena y sus criadas como si fueran parte del mobiliario—. Sino por pena.

—¿Pena? —repitió Héctor, despectivo.

—Pena —dijo Paris de nuevo—. Pena por mi propia cobardía de hoy... aunque fueron los dioses quienes me arrancaron de la lucha con Menelao, no mi propia voluntad. Y pena por el destino de nuestra ciudad.

—Ese destino no está escrito en piedra —replicó Héctor—. Podemos detener a Menelao y a sus enloquecidos lacayos. Ponte la armadura. Vuelve conmigo a la batalla. Todavía queda otra hora de luz. Podemos matar a muchos griegos a la luz ensangrentada del sol poniente y a otros más en el oscuro crepúsculo.

Paris sonrió y se puso en pie.

—Tienes razón. La batalla me alcanza ahora incluso a mí: el mayor amante del mundo, no su mayor guerrero. El destino y la victoria cambian, ¿sabes, Héctor?, ahora de una forma, luego de otra, como una fila de hombres desarmados bajo una andanada de flechas enemigas.

Héctor se puso el casco y esperó, en silencio, desconfiando obviamente de la promesa de Paris de volver al combate.

—Ve tú —dijo Paris—. Yo tengo que ponerme esta armadura. Ve tú, ya te alcanzaré.

Héctor guardó silencio al oír estas palabras, reacio a marcharse sin Paris, pero la hermosa Helena (y sí que era hermosa) se levantó de su asiento y cruzó el suelo de mármol para tocar el antebrazo manchado de sangre de Héctor. Sus sandalias emitieron suaves sonidos sobre el frío mármol.

—Mi querido amigo —dijo, la voz temblándole de emoción—, mi querido hermano, tan querido por mí (zorra como soy, viciosa, una perra maléfica, un horror femenino que hiela la sangre), oh, cómo desearía que mi madre me hubiera ahogado en el oscuro mar Jónico el día que nací antes que ser la causa de todo esto —se vino abajo, apartó la mano de Héctor y rompió a llorar.

El noble Héctor parpadeó, levantó la mano libre como para tocarle el pelo, la apartó rápidamente, y se aclaró la garganta, cortado. Como tantos héroes, el gran Héctor era torpe con las mujeres. Antes de que pudiera hablar, Helena continuó, todavía llorando, entre hipidos y sollozos.

—Oh, noble Héctor, si los dioses han ordenado en efecto todos estos terribles años de sangre vertida por mí, desearía haber sido la esposa de un hombre mejor, un guerrero antes que un amante, un hombre con voluntad para hacer más por esta ciudad que llevarse a su esposa a la cama en la larga tarde de su perdición.

Paris hizo amago de dar un paso hacia Helena entonces, como para abofetearla, pero su proximidad al alto Héctor lo contuvo. Los soldados que estábamos junto a la pared fingimos no ver nada ni tener oídos.

Helena miró a Paris. Sus ojos estaban rojos y brillantes. Siguió hablándole a Héctor como si Paris (su secuestrador y segundo esposo putativo) no estuviera en la habitación.

—Éste... se ha ganado el desprecio de los hombres de verdad. No tiene ni firmeza de ánimo ni agallas. No las tiene ahora... ni las ha tenido nunca. —Paris parpadeó y sus mejillas enrojecieron como si lo hubieran abofeteado—. Pero recogerá los frutos de su cobardía, Héctor —continuó Helena, ahora escupiendo literalmente las palabras, su saliva manchando el suelo de mármol—. Te juro que recogerá los frutos de su debilidad. Por los dioses, lo juro.

Paris salió de la habitación.

Helena se volvió hacia el guerrero cubierto de suciedad.

—Pero ven y siéntate en esta silla, junto a mí, querido hermano. Tú eres quien más ha sido golpeado por toda esta lucha... y todo por mí, Héctor, puta como soy. —Se sentó en el diván cubierto de cojines e indicó con la mano un sitio a su lado—. Nosotros dos estamos unidos por el destino, Héctor. Zeus plantó la semilla de un millón de muertes, de la condenación de nuestra época, en cada uno de nuestros pechos. Mi querido Héctor. Somos mortales. Los dos moriremos. Pero tú y yo viviremos durante un millar de generaciones en sus cantos.

Reacio a seguir escuchando, Héctor se dio la vuelta y salió de la habitación colocándose el casco empenachado, que destelló con los oblicuos rayos del sol de la tarde.

Mirando una última vez a Helena sentada, la cabeza gacha, aprecié sus brazos pálidos y perfectos y la suavidad de sus pechos, visibles bajo el fino peplo, alcé mi lanza (la lanza del explorador Dolón) y seguí a Héctor y a sus otros tres leales lanceros.

Es importante que lo cuente tal como sucede. Helena se agita, susurra mi nombre, pero vuelve a dormirse. Mi verdadero nombre. Susurra «Hock-en-beee-rry», y es como sí me hubieran atravesado el corazón con una lanza.

Y ahora, acostado junto a la mujer más hermosa del mundo antiguo, quizá la mujer más hermosa de la historia (o al menos la mujer por quien ha muerto el mayor número de hombres) recuerdo más sobre mi vida. Sobre mi antigua vida. Sobre mi vida real.

Estuve casado. Mi esposa se llamaba Susan. Nos conocimos cuando estudiábamos en la universidad de Boston, nos casamos poco después de graduarnos. Susan era inspectora de enseñanza media, pero casi no trabajó después de que nos mudáramos a Indiana, donde empecé a dar clases en la Universidad DePauw, en 1972. No tuvimos hijos, pero no por falta de ganas. Susan estaba viva cuando enfermé de cáncer de hígado y me ingresaron en el hospital.

¿Por qué demontres estoy recordando esto ahora? Después de nueve años de no tener casi ningún recuerdo personal, ¿por qué recuerdo a Susan ahora? ¿Por qué ser ahora acuchillado por los afilados fragmentos de mi antigua vida?

No creo en Dios con «D» mayúscula y, a pesar de su evidente corporeidad, no creo en los dioses con «d» minúscula; no como fuerzas reales del universo. Pero sí que creo en la puta diosa Ironía. Engaña constantemente. Gobierna a hombres y dioses y a Dios por igual.

Y tiene un perverso sentido del humor.

Como Romeo acostado junto a Julieta, oigo el trueno acercarse hacia nosotros desde el suroeste, resuena en el patio, el viento agita las cortinas de las terrazas a ambos lados del gran dormitorio. Helena se agita pero no se despierta. Todavía no.

Cierro los ojos e intento dormir unos minutos más. Los noto irritados, como si tuviera arena bajo los párpados. Me estoy haciendo demasiado viejo para permanecer despierto tanto tiempo, sobre todo después de hacer el amor tres veces a la mujer más hermosa y sensual del mundo.

Después de dejar a Helena y Paris, seguimos a Héctor hasta su casa. El héroe que nunca había huido de una batalla en su vida huía de la tentación que representaba Helena: corría a casa con su esposa Andrómaca y su hijo de un año.

En mis nueve años de observar y deambular por Ilión, nunca había hablado con la esposa de Héctor, pero conocía su historia, todo el mundo en Ilión conocía su historia.

Andrómaca era hermosa por derecho propio (no se la podía comparar con Helena o las diosas, eso era cierto, pero era bella de una manera más humana) y también pertenecía a la realeza. Procedía de la zona del ámbito troyano conocida como Cilicia en Tebas, y su padre era el rey local, Eetión, admirado por la mayoría, respetado por todos. Vivían en las faldas del monte Placos, en un bosque famoso por su madera; las grandes Puertas Esceas de Ilión estaban construidas con madera cilícea, igual que las torres de asedio que los griegos tenían a menos de cuatro kilómetros de distancia.

Aquiles había matado a su padre. Abatió a Eetión en combate cuando el aqueo de los pies ligeros condujo a sus hombres contra las ciudades troyanas poco después de que los griegos desembarcaran. Andrómaca tenía siete hermanos (ninguno de ellos guerrero, sino pastores de ovejas y bueyes) y Aquiles acabó con ellos el mismo día, después de buscarlos por los campos y perseguirlos hasta darles muerte en las rocas bajo el bosque. El plan de Aquiles era obviamente no dejar con vida a ningún varón de la familia real cilícia. Esa noche, Aquiles hizo que sus hombres vistieran el cadáver de Eetión con la armadura de bronce y lo incineró con respeto. Luego levantó un montículo sobre las cenizas del viejo rey. Pero los cadáveres de los hermanos de Andrómaca permanecieron en los campos y bosques, pasto de los lobos.

Enriquecido con el saqueo de una docena de ciudades, Aquiles todavía exigió el rescate de un rey por la reina de Eetión, la madre de Andrómaca, y lo recibió. Ilión era todavía rica entonces, y libre para negociar con sus invasores.

La madre de Andrómaca regresó a los salones de su palacio vacío en Cilicia y allí (según la frecuente narración que Andrómaca hacía de su aciaga historia), «Artemisa, con una lluvia de flechas, la abatió».

Bueno, en cierto modo.

Artemisa, hija de Zeus y Leto y hermana de Apolo, es la diosa de la caza (la vi ayer mismo en el Olimpo), pero es también la diosa que preside los nacimientos. En un pasaje de la Ilíada, un irritado Apolo le grita a su hermana, delante de su padre Zeus: «Te deja que mates a las madres en el parto», refiriéndose a que Artemisa es responsable de causar la muerte en los partos además de servir como comadrona divina a las mujeres mortales.

La madre de Andrómaca murió nueve meses después de ser secuestrada como rehén por Aquiles el día que murió Eetión, el padre de Andrómaca. La madre de Andrómaca murió de parto intentando traer al mundo al hijo del asesino de su marido.

Decidme que la puta diosa Ironía no gobierna el mundo.

Andrómaca y su bebé no estaban en casa. Héctor corrió de habitación en habitación, mientras los cuatro lanceros esperábamos protegiendo la entrada pero sin interferir. El héroe estaba claramente preocupado y más ansioso de lo que yo le había visto jamás en el campo de batalla. De vuelta al umbral, detuvo a dos criadas que entraban.

—¿Dónde está Andrómaca? ¿Ha ido al Templo de Atenea con las otras nobles esposas? ¿A la casa de mi hermana? ¿A ver a las esposas de mi hermano?

—Nuestra señora ha ido a la muralla, amo —dijo la más vieja de las criadas—. Todas las mujeres troyanas se han enterado de la terrible lucha del día, de la ira de Diomedes y de cómo la fortuna se ha vuelto contra los hijos de Ilión. Tu esposa ha ido a la gran puerta de Troya para ver lo que pueda ver, para saber si su amo y señor aún vive. Corrió como una loca, amo, mientras el aya corría tras ella llevando a tu hijo.

Apenas pudimos seguir el ritmo de Héctor que volaba hacia las Puertas Esceas. A una manzana de la muralla me di cuenta de que yo no debería estar con él. Aquel acontecimiento (el encuentro de Héctor y Andrómaca en las almenas) era demasiado importante. Demasiados dioses lo estarían contemplando. La musa podía estar allí buscándome.

A varios cientos de metros de las puertas, me despisté de los lanceros y me mezclé con la multitud de una calleja secundaria. Las sombras eran ahora profundas, el aire más fresco, pero las altas torres de Ilión seguían iluminadas por el sol que se ponía por el oeste.

Elegí una de aquellas torres y subí por su serpenteante escalera interior, todavía morfeado como anónimo lancero. Nadie importante.

La torre estaba construida más o menos como un minarete (aunque el Islam quedaba aún a milenios de distancia en el futuro) y yo fui la única persona en el estrecho balcón circular cuando llegué arriba. El sol me daba en los ojos, pero polarizando mis filtros visuales y ampliando el foco de las lentes de contacto que me dieron los dioses, obtuve una clara visión de la reunión en la muralla.

Andrómaca corrió por el parapeto y se abalanzó hacia su esposo, los pies girando en el aire cuando él la levantó en vilo y le devolvió el abrazo. El pulido casco de bronce de Héctor resplandeció en el dorado sol de la tarde. Otros soldados y las preocupadas esposas que había en la muralla se apartaron para que su líder y la esposa de éste tuvieran un poco de intimidad. Sólo el aya de Andrómaca, con el bebé de un año en brazos, se quedó cerca de la pareja.

Yo podría haber escuchado su conversación con mi bastón teledirigido, pero decidí observar el movimiento de sus bocas y estudiar sus expresiones. Después del arrebato de alivio al ver a su esposo guerrero vivo e ileso, Andrómaca frunció el ceño y empezó a hablar rápida, urgentemente. Recordé del relato de Homero, en líneas generales, lo que estaba diciendo: hacía un resumen de sus penalidades, de su soledad después de que Aquiles asesinara a su padre y sus hermanos. Leyéndole los labios capté algunas de las palabras que dijo:

—Tú eres ahora mi padre, Héctor, y mi noble madre también. Ahora eres mi hermano, mi amor. ¡Y también eres mi marido, joven y cálido y viril y vivo! ¡Apiádate de mí, esposo mío! No me abandones. No vuelvas a las llanuras de Ilión a morir allí y a dejar que arrastren tu cadáver tras un carro aqueo hasta que la carne se te suelte de los huesos. ¡Quédate aquí! Combate aquí. Protege nuestra ciudad luchando en la torre, aquí.

—No puedo —dijo Héctor, el casco destellando mientras negaba lentamente con la cabeza.

—Sí que puedes —vi decir a Andrómaca, el rostro retorcido de amor y miedo—. Tienes que hacerlo. Acerca tus ejércitos a ese cabrahigo, ¿lo ves? Ahí es donde nuestra amada Ilión es más vulnerable al ataque. Tres veces han intentado ya los argivos abrirse paso por ese punto, esperando derrotar nuestra ciudad, tres veces sus mejores guerreros se han abierto camino... los dos Ayax, el Mayor y el Menor, Idomeneo y el terrible Diomedes. Tal vez algún oráculo les mostró nuestras debilidades. ¡Combate aquí, esposo mío! ¡Protégenos aquí!

—No puedo.

—Puedes —exclamó Andrómaca, zafándose de su abrazo—. ¡Pero no quieres!

—Sí —vi decir a Héctor—. No quiero.

—¿Sabes qué me sucederá, noble Héctor, cuando mueras tu noble muerte y te conviertas en comida para los perros aqueos? —Vi a Héctor dar un respingo, pero guardó silencio—. ¡Me convertirán en la puta de algún sudoroso comandante griego! —gritó Andrómaca, tan fuerte que la oí a media manzana de distancia-—. ¡Me llevarán a Argos como botín, como esclava de Ayax el Grande o Ayax el Pequeño o el terrible Diomedes o algún capitán menos importante que me follará a su capricho!

—Sí —dijo Héctor, la mirada dolorida pero firme—. Pero yo estaré muerto, y la tierra que me cubra apagará tus gritos.

—Sí, oh, sí —gimió Andrómaca, sollozando y riendo ahora al mismo tiempo—. El noble Héctor estará muerto. Y su hijo, a quien todos los ciudadanos de Ilión llaman Astianacte, «Señor de la Ciudad», será esclavo de los cerdos aqueos, vendido y apartado de su madre esclava y puta. ¡Ése será tu noble legado, oh, noble Héctor!

Y Andrómaca hizo acercarse al aya y agarró al niño, alzándolo como un escudo entre Héctor y ella.

VÍ el dolor en el rostro de Héctor, que extendió sin embargo las manos para coger al niño pequeño.

—Ven aquí, Escamandrio —dijo Héctor, llamando a su hijo por su nombre en vez de por el apodo que le había puesto la gente de la ciudad.

El niño se asustó y empezó a llorar. Pude oír su llanto desde mi atalaya en la torre, a media docena de tejados de distancia.

Era el casco. El casco de Héctor. Bronce pulido y resplandeciente, manchado de sangre y suciedad, reflejaba la luz del sol y el distorsionado parapeto y al niño mismo. El casco con su flameante cresta roja de crin de caballo y sus monstruosamente brillantes guardas de metal que se curvaban alrededor de los ojos de Héctor y le cubrían la nariz.

El niño lloró y se acurrucó contra su madre, temeroso de su padre.

En ese momento, cabía esperar que Héctor se sintiera devastado: ¿No recibiría un último abrazo de su hijo? Pero el guerrero echó atrás la cabeza y rió con ganas largamente. Al cabo de un momento, Andrómaca se rió también.

Héctor se quitó el casco de batalla de la cabeza y lo depositó sobre la muralla, donde ardió a la luz del sol poniente. Luego alzó a su hijo, abrazándolo y lanzándolo al aire y recogiéndolo hasta que el crío chilló, no de terror sino de placer. Sosteniendo a su hijo en el hueco de su fuerte brazo derecho, Héctor atrajo a Andrómaca hacia sí con el izquierdo.

Todavía sonriendo, Héctor alzó el rostro al cielo.

—¡Zeus, óyeme! ¡Todos vosotros, inmortales, oídme!

Todos los guardias y mujeres de la muralla habían guardado silencio. Las calles se acallaron con una extraña calma. Pude oír la fuerte voz de Héctor a manzanas de distancia.

—Conceded a este niño, mi hijo, a quien tanto amo, que pueda ser como yo: el primero en la gloria entre troyanos y hombres! ¡Fuerte y valiente como yo, Héctor, su padre! Y conceded, oh, dioses, que Escamandrio, hijo de Héctor, pueda gobernar toda Ilión con poder y gloria algún día y que todos los hombres digan: «Es mejor que su padre.» Ésta es mi plegaria, oh, dioses, y no pido otra cosa para mí.

Y con esto, Héctor devolvió el niño a Andrómaca, los besó a ambos y dejó la muralla para volver al campo de batalla.

Admito que las horas posteriores a la despedida de Héctor y su esposa fueron tristes para mí. No me animó precisamente el hecho de saber que, al año siguiente, Andrómaca, en efecto, sería arrancada de la ciudad incendiada y llevada a una tierra donde sería esclava de otros hombres. Ni tampoco contribuyó a alegrarme saber que el aqueo que la capturará (Pirro, destinado a convertirse en antepasado de los reyes de la tribu eperiota y a tener una tumba de héroe en Delfos) arrancaría al hijo de Héctor, Escamandrio (llamado Astianacte, «Señor de la Ciudad», por los residentes de Ilión), del pecho de su ama y lo arrojaría desde las altas murallas a una sangrienta muerte. El mismo Pirro asesinará al padre de Héctor y Paris, el rey Príamo, en el altar de Zeus en su propio palacio. La Casa de Príamo se extinguirá en una noche. La idea es deprimente.

Esto no es ninguna excusa para lo que hice a continuación, pero lo explica en parte.

Deambulé por las calles de Ilión hasta el anochecer y después de él, sintiéndome más solo y deprimido que en los nueve años que llevo aquí como escólico. Todavía iba vestido de lancero troyano (preparado para ponerme el Casco de Hades en un segundo, el medallón TC listo para escapar al instante) y de pronto me encontré de vuelta en el complejo de Helena. Confieso que había ido allí a menudo a lo largo de los años, sacando tiempo entre mis observaciones escólicas, acudiendo en secreto a la ciudad y a este palacio sólo para tener la oportunidad de verla a ella... de ver a Helena, la mujer más hermosa y atractiva del mundo. ¿Cuántas veces me había quedado al otro lado de la calle del complejo, embobado como un chiquillo enamorado y esperando a que las luces se encendieran en los apartamentos y terrazas superiores, esperando poder ver siquiera un atisbo de aquella mujer?

De repente mi embeleso nocturno fue interrumpido por una visión más aterradora: un carro volador que sobrevolaba lentamente las calles y tejados, invisible para los ojos mortales pero visible gracias a mi visión ampliada. Inclinada sobre la barandilla, escrutando las calles, iba mi musa. Yo nunca la había visto sobrevolar la ciudad ni las llanuras de Ilión hasta entonces. Supe que me estaba buscando.

Me puse el Casco de Hades en un periquete para ocultarme (esperaba) de dioses y hombres. La tecnología debió de funcionar. El carro de la musa flotó a menos de treinta metros de mi cabeza sin reducir nunca su velocidad.

Cuando el carro pasó de largo, trazando círculos sobre el mercado central situado a una docena de manzanas al este, activé los remaches de mi arnés de levitación. Todos los escólicos van equipados con estos arneses, pero los usamos en contadas ocasiones. A menudo, después de un día de confusa lucha en el campo de batalla, había empleado el arnés de levitación para alzarme sobre el campo de batalla, obtener una imagen general de la situación táctica y luego volar a Ilión (aquí, a casa de Helena, para ser sinceros) con la esperanza de verla, unos minutos antes de TCear de vuelta al Olimpo y mis barracones.

Ahora no. Me alcé sobre la calle, invisible mientras volaba por encima de los lanceros que montaban guardia en la entrada principal del complejo de Paris y Helena, crucé la alta muralla y aterricé sobre uno de los balcones del patio interior, ante las estancias privadas de la pareja. Con el corazón redoblando, atravesé la puerta abierta y las hinchadas cortinas. Mis sandalias casi no hacían ruido sobre el suelo de piedra. Los perros del complejo deberían de haberme detectado (el Casco de Hades no disfrazaba el olor), pero todos rondaban por la planta baja y en el patio exterior, no aquí, donde vivía la pareja real.

Helena estaba en la bañera. Tres criadas la atendían, sus pies descalzos dejaban marcas húmedas en los escalones de mármol mientras subían y bajaban agua caliente. Unas cortinas de gasa rodeaban el baño en sí, pero como los trípodes de los braseros y las lámparas colgantes estaban dentro de su perímetro, el fino material de la cortina no ponía ningún obstáculo a la vista. Todavía invisible, me quedé ante el suave tejido y contemplé a Helena mientras se bañaba.

Así que éstas son las tetas que lanzaron mil naves, pensé, e inmediatamente me maldije por ser tan capullo.

¿He de describirla? ¿He de explicar por qué el calor de su belleza, su belleza desnuda, puede conmover a los hombres a través de más de tres mil años de frío tiempo?

Creo que no... y no por discreción o decoro. La belleza de Helena está más allá de mis pobres poderes de descripción. Habiendo visto tantos pechos de mujer, ¿había algo único en los suaves, rotundos pechos de Helena? ¿O algo más perfecto en el triángulo de vello púbico entre sus muslos? ¿O más excitante en torno a sus muslos pálidos y musculosos? ¿O más sorprendente en sus glúteos blancos y lechosos y su fuerte espalda y sus pequeños hombros?

Claro que sí. Pero yo no soy el hombre que pueda contaros esa diferencia. Fui un intelectual de poca monta y (en mi fantasía sobre mi vida perdida) tal vez novelista. Haría falta un poeta superior a Homero, superior a Dante, superior a Shakespeare para hacer justicia a la belleza de Helena.

Salí de la habitación, al fresco de la terraza vacía de su dormitorio, y toqué el delgado brazalete que me permitía morfearme en otras personas. El panel de control del brazalete sólo brillaba cuando yo lo requería, pero habló a mi pulgar con símbolos e imágenes. En él estaban almacenados los datos para morfearme en todos los hombres que había registrado en los últimos nueve años. Teóricamente, podría haberme morfeado en una mujer, pero nunca había encontrado ningún motivo para hacerlo y, desde luego, no lo encontré esa noche.

Tienen que comprender algo sobre la facultad de morfearse: no es reformar las moléculas y el acero y la carne y el hueso para que adopten forma. No tengo ni idea de cómo funciona, aunque un escólico de corta vida del siglo XXI llamado Hayakawa trató de explicarme su teoría hace unos cinco o seis años. Hayakawa no dejaba de insistir en la conservación de materia y energía (sea lo que sea eso), pero yo no presté atención a esa parte de su explicación.

Evidentemente, morfear funciona a nivel cuántico. ¿Qué no lo hace con estos dioses? Hayakawa me pidió que imaginara a todos los seres humanos que hay aquí, incluyéndonos a él y a mí, como ondas de probabilidad firmes. A nivel cuántico, dijo, los seres humanos (y todo lo demás en el universo físico) existen de instante en instante como una especie de frente de ola que se colapsa: las moléculas, la memoria, las viejas cicatrices, las emociones, los pelos, el aliento cervecero, todo. Estas bagatelas que nos dieron los dioses registraban las ondas de probabilidad y nos permitían interrumpir y almacenar los originales y, durante algún tiempo, mezclar nuestras ondas de probabilidad con las almacenadas, llevando nuestros propios recuerdos y nuestra voluntad a un nuevo cuerpo cuando nos morfeamos. Por qué esto no violaba la amada conservación de la masa y energía de Hayakawa, no lo sé... pero él seguía insistiendo en que no lo hacía.

Debido a esta usurpación de forma y acción de otra persona, los escólicos casi siempre morfeábamos en figuras menores de la guerra de Troya: lanceros como el guardia sin nombre cuya forma yo había adoptado esta tarde. Si me convirtiera en Odiseo, digamos, o en Héctor o Aquiles o Agamenón, nos pareceríamos por fuera, pero la conducta sería la nuestra propia (muy inferior al carácter heroico de la persona real) y cada minuto que usáramos su forma llevaríamos los acontecimientos reales más y más lejos de esta realidad desplegada que corre paralela a la Ilíada.

No tengo ni idea de dónde iba la persona real cuando nos morfeábamos en ella. Tal vez la onda de probabilidad de esa persona simplemente flotaba a nivel cuántico, sin colapsarse en lo que llamamos realidad hasta que nosotros abandonábamos su forma y su voz. Tal vez la onda de probabilidad se almacenaba en el artilugio que llevábamos o en alguna máquina o en alguna botella de los dioses en el monte Olimpo. No lo sé y no me importa demasiado. Una vez le pregunté a Hayakawa, poco antes de que molestara a la musa y desapareciera para siempre, si podíamos usar el brazalete morfeador para convertirnos en uno de los dioses. Hayakawa se echó a reír y dijo: «Los dioses protegen sus ondas de probabilidad, Hockenberry. Yo no intentaría jugar con ellos.»

Ahora activé el brazalete y repasé los cientos de hombres que había registrado hasta que encontré el que quería: Paris. Es probable que la musa hubiera acabado con mi existencia de haber sabido que yo había escaneado a Paris para morfearlo en el futuro. Los escólicos no interfieren.

¿Dónde está Paris ahora mismo? Con el pulgar sobre el icono activador, traté de recordar. Los acontecimientos de esta tarde y esta noche (la confrontación entre Héctor y Paris y Helena, el encuentro de Héctor y su esposa y su hijo en las murallas) todo ocurría casi al final del Canto Sexto de la Ilíada. ¿No?

No podía pensar. Me dolía el pecho de soledad. La cabeza me daba vueltas, como si hubiera estado bebiendo toda la tarde.

Sí, el final del Canto Sexto. Héctor deja a Andrómaca y Paris lo alcanza antes de que salga de la ciudad, o justo cuando lo hace. ¿Cómo decía mi traducción favorita? «No se entretuvo mucho Paris en sus abovedados salones.» El nuevo marido de Helena se había puesto la armadura, como prometió, y corrió a reunirse con Héctor y los dos hombres atravesaron juntos las Puertas Esceas, camino de una nueva batalla. Recuerdo haber escrito un artículo para una convención de expertos donde analizaba la metáfora de Homero: Paris corriendo como un caballo que se libra de sus ataduras, el pelo al viento como una crin sobre sus hombros, ansioso de batalla, bla, bla, bla.

¿Dónde está Paris ahora? ¿Después de anochecer? ¿Qué me he perdido mientras deambulaba por las calles y miraba las luces de Helena y las tetas de Helena?

Eso era en el Canto Séptimo, y siempre me había parecido que el Canto Séptimo de la Ilíada era una masa confusa y apelotonada. Terminaba el largo día que había comenzado en el Canto Segundo, con Paris matando al aqueo llamado Menesteo y Héctor abriéndole la garganta a Eyoneo. Se acabaron los abrazos paternales. Luego hubo más combates y Héctor se enfrentó a Ayax el Grande en combate singular y...

¿Qué? Poco más. Ayax iba ganando (era mejor luchador) pero entonces los dioses empezaron a disputar de nuevo por el resultado, había un montón de charla por parte de griegos y troyanos, un montón de dimes y diretes, y una tregua, y Héctor y Ayax intercambian sus armaduras y se comportaban como viejos amigos, y luego todos acordaban una tregua mientras reunían a los muertos para quemarlos en las piras, y...

¿Dónde demonios está Paris esta noche? ¿Se queda con Héctor y el ejército para supervisar la tregua, habla en los ritos funerarios? ¿O actúa según su personalidad y se va a la cama con Helena?

—¿A quien le importa una mierda? —dije en voz alta y pulsé el icono de activación del brazalete y me morfeé en Paris.

Todavía era invisible, ataviado con el Casco de Hades, el arnés de levitación, todo.

Me quité el casco y todo lo demás excepto el brazalete morfeador y el pequeño medallón TC que me colgaba del cuello, y lo oculté todo tras un trípode, en un rincón del balcón. Ahora era sólo Paris con su armadura. Me quité la armadura y la dejé en el balcón también, apareciendo sólo como Paris con su suave peplo. Si la musa me localizaba ahora, no tendría más defensa que TCearme.

Atravesé las cortinas del balcón para llegar a la zona de baños. Helena alzó la cabeza sorprendida mientras yo abría las cortinas.

—¿Mi señor? —dijo, y vi primero el desafío en sus ojos y luego la mirada gacha de lo que podría haber sido disculpa y sumisión por sus anteriores palabras— Dejadnos

—ordenó a las criadas, y las mujeres se marcharon.

Helena de Troya subió lentamente los escalones de la bañera hacia mí, el pelo seco excepto por los mechones mojados sobre sus omoplatos y pechos, la cabeza aún gacha, pero mirándome ahora a través de las pestañas.

—¿Qué quieres de mí, esposo mío?

Tuve que intentarlo dos veces antes de encontrar la voz adecuada. Finalmente, con la voz de Paris, dije:

—Ven a la cama.

 

 

 

19 - Puerta Dorada de Machu Picchu

 

Caminaron de glóbulo verde en glóbulo verde de la Puerta Dorada, bajaron escaleras mecánicas inmóviles y cruzaron pasillos recubiertos de verde que conectaban los cables gigantescos que sostenían la carretera situada muy por debajo. Odiseo los acompañaba.

—¿Eres de verdad Odiseo del drama turín? —preguntó Hannah.

—Nunca he visto el drama turín —dijo el hombre.

Ada advirtió que el hombre que se hacía llamar Odiseo no había confirmado ni negado realmente nada: sólo evitaba la pregunta.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harman—. ¿Y de dónde vienes?

—Es una respuesta complicada —dijo Odiseo—. Llevo algún tiempo viajando, intentando encontrar el camino a casa. Esto es sólo una parada en el camino, un lugar donde descansar, y me marcharé dentro de unas semanas. Preferiría contar mi historia más tarde, si no os importa. Tal vez cuando cenemos, esta noche. Savi Uhr tal vez pueda ayudarme a encontrar sentido a partes de mi relato.

A Ada le pareció muy raro oír a alguien hablar inglés común como si no fuera su lengua materna: nunca había oído ningún acento hasta entonces. No había ningún acento regional en el mundo de Ada basado en el fax, donde todo el mundo vivía en todas partes... y en ninguna.

Los seis salieron a la cima de la torre donde Savi había hecho posarse antes el sonie. Lo hicieron justo cuando el sol tocaba la punta de uno de los dos afilados picos que sujetaban el puente, el situado más al sur. El viento del poniente era fuerte y frío. Caminaron hasta la barandilla que bordeaba la plataforma y contemplaron el barranco en pendiente con sus terrazas desmoronadas a más de doscientos cincuenta metros por debajo.

—La última vez que vine a la Puerta Dorada, hace tres semanas —dijo Savi—, Odiseo estaba en uno de los sarcófagos criotemporales donde suelo dormir. Su llegada, y lo que significa, es el motivo por el que finalmente contacté con vosotros: por eso dejé esas direcciones en la roca del Valle Seco.

Ada, Harman, Hannah y Daeman contemplaron a la anciana, sin comprender los términos ni el verdadero significado de su declaración. Savi no explicó nada. Los cuatro esperaron a que Odiseo dijera algo que los iluminara.

—¿Qué hay para cenar? —preguntó Odiseo.

—Más de lo mismo —contestó Savi.

El hombre barbudo negó con la cabeza.

—No —señaló a Harman con un dedo ancho y recio, y luego a Daeman—. Vosotros dos. Nos queda una hora de luz, Buen momento del día para cazar. ¿Queréis venir conmigo?

—¡No! —dijo Daeman.

—Sí —dijo Harman.

—Yo quiero ir —dijo Ada, sorprendida por el ímpetu de su propia voz—. Por favor.

Odiseo la miró largamente.

—Sí —dijo por fin.

—Debería ir con vosotros —dijo Savi. Parecía dubitativa.

—Sé cómo manejar tu máquina —contestó Odiseo, indicando el sonie con un gesto.

—Lo sé, pero... —Savi tocó el arma negra que llevaba en el cinturón.

—No hace falta —dijo Odiseo—. Sólo busco comida, no una guerra. No habrá voynix allí.

Savi siguió vacilante.

Odiseo miró a Ada y Harman.

—Esperad aquí. Volveré con mi lanza y mi escudo.

Harman se echó a reír antes de darse cuenta de que el hombre del torso desnudo y la pálida túnica no estaba bromeando.

Odiseo sabía en efecto pilotar el sonie. Despegaron de la cima de la torre, rodearon el alto barranco con sus ruinas que proyectaban complicadas sombras y surcaron un valle a alta velocidad.

—Creí que ibas a cazar bajo el puente —dijo Harman por encima del siseo del viento.

Odiseo negó con la cabeza. Ada advirtió que el pelo gris del hombre le caía por el cuello como una crin rizada.

—Aquí no hay más que jaguares y ardillas y fantasmas —dijo Odiseo—. Tenemos que llegar a las llanuras para encontrar caza. Y tengo en mente una presa en concreto.

Salieron de la desembocadura del cañón a gran velocidad y surcaron las praderas moteadas de altas cicadáceas y abetos. El sol se ponía, pero sobre las montañas y toda la llanura se proyectaban todavía largas sombras. Un rebaño apareció bajo ellos: grandes animales herbívoros que Ada no logró identificar, de piel marrón con los cuartos traseros a franjas blancas. Los cientos de criaturas eran parecidos a los antílopes, pero de tamaño tres veces mayor, con las patas largas y extrañamente articuladas, largos cuellos flexibles y morros colgantes como mangueras rosadas. El sonie no hizo ningún sonido mientras revoloteaba sobre ellos y ninguno de los animales levantó siquiera la cabeza.

—¿Qué son? —preguntó Harman.

—Comestibles —-dijo Odiseo. Descendió trazando círculos e hizo aterrizar el sonie bajo unos altos matorrales, a unos treinta metros a sotavento de la manada. El sol se ponía.

Además de dos lanzas absurdamente largas (cada una más larga que el sonie, cuyas astas habían sobresalido de la burbuja del campo de fuerza y la popa del aparato volador), Odiseo había traído un escudo de bronce muy trabajado con capas de piel de buey, además de una espada corta en una vaina y un cuchillo que guardaba en el cinturón de su túnica. A Ada (que había empleado el paño turín con más frecuencia de lo que le había admitido a Harman) aquella yuxtaposición de un hombre del fantástico drama turín de Troya con su propio mundo, o esta versión salvaje de su mundo, la mareaba un poco. Se levantó y siguió a Odiseo y Harman, que se alejaban del sonie.

—No —ordenó Odiseo—. Tú quédate con el vehículo.

—Y un cuerno —contestó Ada.

Odiseo suspiró y les habló en un susurro.

—Quedaos los dos aquí, tras este matorral. No os mováis. Si algo se acerca, subid al sonie y activad el campo de fuerza.

—No sé hacerlo —susurró Harman.

—Dejé activada la IA —dijo Odiseo—. Tendeos y decid: «Conecta campo de fuerza.»

Sosteniendo ambas lanzas, Odiseo se internó en la llanura, caminando lenta y silenciosamente entre las bestias que pastaban. Ada oía los animales de nariz colgante gruñir y masticar, oía la hierba que arrancaban con los dientes y su fuerte hedor. No corrieron alarmados cuando el hombre se acercó, y en el momento en que los animales situados en el perímetro de la manada finalmente alzaron la cabeza, Odiseo estaba a doce metros. Se detuvo, soltó una lanza y el escudo y empuñó la otra lanza.

Los animales habían dejado de masticar y miraban al extraño bípedo fijamente, pero no parecían alarmados.

El poderoso cuerpo de Odiseo se encogió, se arqueó y se tensó. La lanza voló recta, hasta alcanzar el animal más cercano por encima del pecho y casi atravesar su largo y grueso cuello. El animal se agitó, soltó un gruñido estrangulado y cayó pesadamente.

Los otros animales bufaron, balaron y echaron a correr, cada uno de ellos zigzagueando a un lado y a otro de una manera que Ada no había visto nunca, pues sus extrañas patas les permitían cambiar casi instantáneamente de dirección, hasta que toda la manada se alejó y se perdió de vista un par de kilómetros al norte.

Odiseo se apoyó en una rodilla junto al animal muerto y sacó el cuchillo corto y curvo de su cinturón. Con unos cuantos rápidos tajos le abrió la cavidad abdominal, sacó órganos y entrañas, que arrojó a la hierba (excepto lo que parecía el hígado, que guardó en un pequeño tarro de plástico que había colocado a un lado), y luego separó la piel de un cuarto trasero y cortó una gruesa tajada de carne roja, que también guardó en el tarro. Después rebanó la garganta del animal muerto, manchando de más sangre la hierba, y liberó su lanza cuidando de no romperla. Limpió el asta y la punta de bronce en la hierba.

Todavía de pie junto a los matorrales, Ada sintió una oleada de mareo inundarla y decidió sentarse en la hierba para no desmayarse. Nunca había visto a un ser humano matar a un animal, mucho menos abrirlo y desollarlo parcialmente con tanta habilidad. Fue terriblemente... eficaz. Avergonzada de su reacción, pero intentando no desmayarse, colocó la cabeza entre las rodillas hasta que los puntos negros dejaron de bailar alrededor del círculo de su visión.

Harman le tocó la espalda, preocupado, pero cuando ella le indicó que la dejara, empezó a caminar hacia el cadáver.

—Quédate ahí —ordenó Odiseo.

Harman se detuvo, confundido.

—Se han ido. ¿Necesitas ayuda para cargar...?

Odiseo alzó una mano para indicar a Harman que se quedara donde estaba.

—No es esto lo que quiero cazar. Esto es... ¡No te muevas!

Harman y Ada volvieron el rostro hacia el oeste. Dos formas bípedas, blancas, negras, y rojas, se acercaban a gran velocidad, más rápido aún de lo que habían huido los herbívoros. Ada sintió que la respiración se le atascaba en la garganta y vio a Harman quedarse paralizado.

Las criaturas corrían hacia el cadáver ensangrentado del herbívoro y el arrodillado Odiseo a más de noventa kilómetros por hora. Se detuvieron en medio de una nube de polvo. Ada reconoció las aves que habían visto desde el sonie: Aves Terroríficas, las había llamado Savi. Pero lo que había resultado extrañamente divertido desde las alturas, esas criaturas parecidas a avestruces que corrían como pollos torpes, era en realidad aterrador.

Las dos Aves Terroríficas se habían detenido a cinco pasos del cadáver del otro animal, los ojos fijos en Odiseo. Cada ave medía más de metro ochenta de altura. Plumas blancas cortas recubrían sus cuerpos musculosos, plumas negras sus alas residuales, y sus patas eran poderosas y tan gruesas como el torso de Ada. Los picos de las aves, de por lo menos doce centímetros, perversamente retorcidos, rojos alrededor de la boca (como manchados de sangre), eran controlados por unos poderosos músculos de las mandíbulas que abultaban bajo la media docena de largas plumas rojas que sobresalían de la parte posterior del cráneo. Sus ojos eran de un terrible y malévolo color amarillo rodeado de círculos azules, bajo un ceño de saurio. Además de sus imponentes picos de depredador, las aves tenían poderosas zarpas delanteras (cada una tan larga como el antebrazo de Ada) y una garra de aspecto aún más terrible en la curvatura de cada ala residual.

Ada supo de inmediato que aquel monstruo no era un carroñero, sino un terrible depredador.

Odiseo se puso en pie, una larga lanza en la mano izquierda y la lanza ensangrentada en la mano derecha. Las cabezas de las Aves Terroríficas se volvieron al unísono, los ojos amarillos parpadearon, y la pareja de cazadores se separó. Parecían bailarines ejecutando una coreografía a la perfección y preparándose para atacar a Odiseo por ambos lados. Ada olió el hedor a carroña de los monstruos. No le cabía duda de que aquellas poderosas patas desnudas podían impulsar a cada Ave Terrorífica unos cinco metros o más hacia su presa (Odiseo) de un solo salto, con las garras extendidas y agitándose mientras el monstruo de una tonelada de peso aterrizaba. Estaba claro que la pareja trabajaba a la perfección como equipo asesino.

Odiseo no esperó a que tomaran posiciones y atacaran. Con letal elegancia lanzó su primera lanza (en línea recta y firme) contra el musculoso pecho del Ave Terrorífica que tenía a la izquierda, y luego giró para enfrentarse a la segunda. La primera ave dejó escapar un alarido terrible que petrificó los pulmones de Ada. Un segundo más tarde, Odiseo, con un rugido y un aullido similar, saltó sobre el cadáver del herbívoro, se pasó la lanza de la mano izquierda a la derecha y lanzó la punta de bronce contra el ojo derecho de la segunda Ave Terrorífica.

La primera ave retrocedió tambaleándose, agarró la lanza que asomaba por su pecho y rompió la gruesa vara de roble. La segunda esquivó el empellón de Odiseo echando la cabeza hacia atrás como una cobra. Sorprendida del ataque de aquel pequeño bípedo sin plumas, el ave saltó dos veces (retrocediendo tres metros) y tiró de la lanza que pretendía herirla.

Odiseo tenía que apartar la lanza rápidamente después de cada amago, por temor a que se la arrancara de las manos. Todavía gritando, el hombre retrocedió y pareció resbalar con el ensangrentado cadáver del bípedo. Rodó de costado.

El Ave Terrorífica, ilesa, vio su oportunidad y la aprovechó, saltando dos metros en el aire y lanzándose sobre Odiseo con los espolones y las zarpas extendidas.

Todavía rodando, Odiseo se incorporó sobre una rodilla con un único movimiento fluido y plantó la lanza en el suelo un segundo antes de que el Ave Terrorífica cayera sobre ella con todo el peso de su cuerpo y se clavara la punta de bronce, que atravesó el musculoso pecho y le llegó al horrible corazón. Odiseo tuvo que rodar de nuevo para apartarse mientras la enorme criatura se desplomaba sin vida donde él había estado arrodillado.

—¡Cuidado! —gritó Harman, y empezó a correr hacia la refriega.

La primera Ave Terrorífica, sangrando por la herida de lanza y con el asta rota todavía clavada en el pecho, corría a espaldas de Odiseo. La cabeza del ave se abalanzó sobre dos metros de cuello serpentino cubierto de plumas y el enorme pico chasqueó en el lugar donde habría estado la cabeza de Odiseo si éste no se hubiera apartado. Pero el guerrero se lanzó hacia delante en vez de hacerlo hacia atrás, rodando de nuevo, con las manos vacías esta vez mientras el Ave Terrorífica pasaba de largo y luego giraba, retorciéndose y volviéndose de manera casi tan imposiblemente rápida como los herbívoros de extrañas patas.

—¡Eh! —gritó Harman, y le lanzó una piedra al ave gigante.

El animal alzó la cabeza molesto por la impertinencia, los ojos amarillos parpadearon y el enorme depredador se abalanzó hacia Harman, que resbaló en la tierra, dijo «¡Mierda!» con voz aguda y echó a correr por donde había venido. De repente Harman advirtió que no podría dejar atrás al monstruo, y se volvió, las piernas separadas, los puños levantados, dispuesto a enfrentarse a la carga del Ave Terrorífica con las manos desnudas.

Ada buscó una piedra, un palo, algún arma. No había nada a su alcance. Se puso en pie de un salto.

Odiseo alzó su escudo y, usando el cadáver del herbívoro como trampolín, saltó hacia la espalda del Ave Terrorífica, desenvainando su espada corta mientras lo hacía.

El ave siguió corriendo hacia Harman y Ada, pero ahora tenía el cuello vuelto, la cabeza torcida; su gigantesco pico rojo golpeaba el escudo circular de Odiseo. Cada vez que las enormes mandíbulas golpeaban, Odiseo era empujado hacia atrás, pero sus piernas apretaban con fuerza el cuerpo del animal, a tres metros del suelo, y aunque se doblaba igual que un falso jinete del drama turín, no llegó a caer. Entonces, cuando la cabeza del Ave Terrorífica se volvió para buscar a Harman con sus ojos amarillos, Odiseo se abalanzó hacia delante y atacó con la espada el cuello de plumas blancas de la gigantesca ave, cercenando la yugular.

Saltó, cayó de pie y corrió hacia Harman mientras el Ave Terrorífica se desplomaba en el suelo y se quedaba inmóvil a tres metros escasos de ellos. La sangre borboteaba a metro y medio en el aire; la roja fuente disminuyó y dejó de manar cuando el enorme corazón paró de latir.

Jadeando, cubierto de sangre de herbívoro y Aves Terroríficas y hierba y barro, sujetando con fuerza la espada ensangrentada y el escudo, Odiseo sonrió con los dientes apretados y dijo:

—Sólo quería una para cenar, pero nos quedaremos con la segunda para las sobras.

Ada se acercó a Harman y le tocó el brazo. Él no se volvió a mirarla. Tenía los ojos desorbitados.

Odiseo se acercó al ave más cercana, le seccionó la enorme cabeza y pasó el cuchillo por su pecho, pelando piel y plumas con la facilidad con la que alguien ayuda a quitarse un grueso abrigo.

—Necesitaré más bolsas de plástico —les dijo a Harman y Ada—. Hay algunas en el compartimento de popa del sonie. Decid a la máquina: «Abre la taquilla.» Se abrirá. Deprisa.

Harman había iniciado ya el camino hacia el sonie, pero se volvió.

—¿Deprisa? ¿Por qué?

Odiseo se limpió la sangre de la barba con el dorso de la mano y les dedicó una blanca sonrisa.

—Estas aves huelen la sangre a diez leguas de distancia... y hay centenares de parejas de Aves Terroríficas que salen de caza por las llanuras al anochecer.

Harman se volvió y echó a correr hacia el sonie para traer las bolsas.

Ada advirtió que Savi y Daeman estaban borrachos antes de empezar la cena.

Sirvieron la comida en una sala de cristal adjunta al soporte más alto del costado de la torre sur. Savi estaba calentando comida precocinada en una burbuja de microondas corriente, pero a Ada le fascinó: nunca había visto una comida preparada exclusivamente por un ser humano. La ausencia de servidores en las áreas de residencia de la Puerta Dorada resultaba aún más notoria durante las comidas.

Odiseo estaba fuera, en la ancha viga de apoyo del puente. Había levantado una burda estructura de metal y piedra donde quemaba la madera traída de las llanuras. Se había puesto a llover y Odiseo tenía que conseguir que la hoguera no se apagara. Las llamas iluminaban la pintura oxidada y ajada de la torre.

Mientras observaba a través de la pared transparente verde y bebía una copa de ginebra, Harman preguntó:

—¿Es una especie de altar a sus dioses paganos?

—Más bien no —dijo Savi—. Así es como cocina su comida.

La anciana llevó platos y cuencos a la mesa redonda donde esperaban los demás.

—Dile que entre, ¿quieres? —le dijo a Harman—. Nuestra comida se enfría mientras la suya se quema, y una tormenta viene de camino. No es buena idea estar en la superestructura del puente durante una tormenta.

Cuando por fin se sentaron, Odiseo colocó los platos de madera llenos de humeante carne en una encimera cercana para que nadie tuviera que ver la ennegrecida comida, y Savi fue pasando una jarra de vino. Se sirvió la última. Ada oyó a la anciana susurrar:

—Baruch atah adonai, eloheno melech ha olam, borai pri hagafen.

—¿Qué es eso? —preguntó Ada en voz baja. Todos los demás se reían por algo que había dicho Daeman y nadie pareció reparar en los murmullos de Savi. La única vez que Ada había oído otro idioma era en el drama turín; allí los hombres que batallaban hablaban en un extraño galimatías, pero de algún modo el turín traducía cada palabra, de modo que todos los que estaban bajo el paño comprendían el significado sin tener que escuchar en realidad.

Savi negó con la cabeza, aunque Ada no supo si era para decir que no conocía el significado de las extrañas palabras o que no estaba dispuesta a revelárselo.

—Exploré todos los niveles del puente y las burbujas situadas alrededor del puente —estaba diciendo Hannah, entusiasmada—. El metal del puente es viejo y oxidado pero... sorprendente. Y hay extrañas formas de metal en algunas de las salas de abajo. Están sueltas, no forman parte de ninguna estructura. Algunas tienen forma de hombres y mujeres.

Savi ladró una risa. Volvía a llenar su vaso de vino. Ninguna palabra extraña acompañó ahora esta acción.

—Son estatuas —-dijo Odiseo—. Esculturas. ¿Nunca has visto esas cosas?

Hannah negó lentamente con la cabeza. Aunque la muchacha se había pasado años aprendiendo a calentar y verter metal, según sabía Ada, la idea de hacer cosas con la forma de seres humanos y otras criaturas vivientes era sorprendente. A Ada también le parecía extraña.

—No tienen arte —le dijo bruscamente Savi a Odiseo—. Ni escultura, ni pintura, ni artesanía, ni fotografía, ni holografía, ni siquiera manipulación genética. Ni música, ni danza, ni ballet, ni deportes, ni canto. Ni teatro, ni arquitectura, ni kabuki, ni no-obras, ni nada. Son tan creativos como... pájaros recién nacidos. No, retiro eso: incluso los pájaros saben cantar y construir un nido. Estos eloi modernos son cucos silenciosos que habitan los nidos de otros pájaros sin dar siquiera una canción como pago. —Savi empezaba a pronunciar sus palabras muy despacio.

Odiseo miró a Hannah, Ada, Daeman y Harman, pero su expresión era ilegible. Mientras tanto, los cuatro invitados miraban a Savi, preguntándose por qué su tono era tan furioso.

—Pero claro —continuó la anciana, mirando a los ojos solamente a Odiseo—, tampoco tienen literatura. Ni tú tampoco.

Odiseo sonrió a la mujer. Ada reconoció la sonrisa de cuando el hombre estaba cortando carne del flanco del herbívoro caído. Odiseo se había bañado antes de la cena, incluso se había lavado el pelo gris rizado, pero Ada todavía imaginaba sus brazos y sus manos y su barba tal como estuvieron antes: manchados de sangre y vísceras. No era asunto suyo, pero le pareció que era poco inteligente por parte de Savi reprenderlo así.

—El preletrado se encuentra con los posletrados —continuó Savi, abriendo los brazos como para presentar a Odiseo a los otros cuatro. Luego alzó un dedo—. Oh, me olvidaba de nuestro amigo Harman, aquí presente. Es el Balzac y el Shakespeare de la actual basura de la humanidad antigua. Lee como un niño de seis años de la Edad Perdida, ¿verdad, Harman Uhr? Mueves los labios cuando lees las palabras, ¿eh?

—Sí —dijo Harman, sonriendo levemente—. Mis labios se mueven cuando leo. No sabía que hubiera otra forma de hacerlo. Y tardé más de cuatro Veintes en llegar a ese grado de eficiencia.

A Ada le pareció que el hombre de noventa y nueve años estaba siendo insultado, pero no le importaba; sólo le interesaba lo que Savi diría a continuación.

Ada se aclaró la garganta.

—¿Qué animal... mataste... hoy? —le preguntó a Odiseo, la voz aguda y quebradiza—. No me refiero a las Aves Terroríficas, sino al otro.

—Lo llamo el bicho de la nariz ondulante —dijo Odiseo—. ¿Quieres probar un poco?

Se volvió hacia la encimera y alzó el plato del fuego y lo plantó ante Ada.

Queriendo ser amable, Ada tomó el trocito más pequeño del plato, maneándolo torpemente con sus utensilios.

El plato fue pasando. Hannah y Daeman fruncieron el ceño ante la carne, la olisquearon, sonrieron amablemente, pero no tomaron nada. Cuando el plato llegó a Savi, ésta se lo pasó a Odiseo sin decir palabra.

Ada mordisqueó el bocado más pequeño que pudo cortar. Estaba delicioso: como filete, sólo que más fuerte y más rico. El humo de la madera le daba un sabor diferente a las cosas de microondas que había probado hasta entonces. Cortó un trozo más grande.

Odiseo estaba comiendo con un cuchillo corto y afilado que había traído a la mesa consigo, cortando las tiras finas y masticándolas mientras las sujetaba con la punta del cuchillo. Ada intentó no mirar.

—Macrauchenia —dijo Savi entre bocado y bocado de su ensalada de arroz al microondas.

Ada alzó la cabeza, preguntándose si sería parte del extraño ritual lingüístico de la mujer.

—¿Cómo dices? —preguntó Daeman.

—Macrauchenia. Ése es el nombre del animal que nuestro amigo griego mató, y que nuestros otros dos amigos están comiendo como si no hubiera segundo plato. Cubrieron estas llanuras suramericanas hace un millón de años, pero se extinguieron antes de que la humanidad apareciera en Suramérica. Fueron recuperados por los ARNistas durante los locos años posteriores al rubicón, antes de que los posthumanos pusieran fin a la reintroducción de especies extintas a la buena de Dios. Una vez que recuperaron el Macrauchenia, sin embargo, algunos ARNistas pensaron que sería inteligente recuperar el Phorushracos.

—¿Foru qué? —dijo Daeman.

—Phorushracos. Las Aves Terroríficas. Los genios ARNistas se olvidaron de que esas aves fueron el principal depredador en Suramérica durante millones de años, hasta que llegaron los Smilodontes desde Norteamérica, cuando el nivel de las aguas bajó y emergió el puente de tierra entre los continentes. ¿Sabíais que el istmo de Panamá está de nuevo bajo el agua? ¿Que los continentes han vuelto a separarse?

Miró alrededor, obviamente embriagada, beligerante y segura de que ninguno de ellos tenía ni idea de lo que estaba diciendo.

Harman tomó un sorbo de vino.

—¿Queremos saber qué es un Smilodonte?

Savi se encogió de hombros.

—Solo un gato jodidamente grande con unos dientes de sable jodidamente grandes. Se comía las Aves Terroríficas para almorzar y se hurgaba los dientes de sable con las garras que sobraban. Los idiotas ARNistas recuperaron a los dientes de sable, pero no aquí. En la India. ¿Alguien sabe dónde está... estaba? ¿Debería? Los posthumanos lo soltaron en Asia y lo llevaron al maldito archipiélago.

Los cinco la miraron.

—Gracias por recordármelo —dijo Odiseo con acento cargado, y se levantó y se acercó a la encimera—. El siguiente plato, Ave Terrorífica.

Llevó a la mesa el plato más grande.

—Llevo bastante tiempo esperando para probar esta exquisitez, pero nunca tuve tiempo de cazar una hasta hoy. ¿Quién quiere?

Todos menos Daeman y Savi se ofrecieron voluntarios para probar una rodaja. Todos se sirvieron más vino. En el exterior, la tormenta había llegado con furia y los destellos de los relámpagos se dibujaban en la estructura del puente, iluminando el barranco y las ruinas de abajo además de las nubes y los entrecortados picos a cada lado.

Ada, Harman y Hannah intentaron probar cada uno un poco de carne y luego bebieron copiosamente agua y vino. Odiseo comía tajada tras tajada de la punta de su cuchillo.

—Me recuerda al... pollo —dijo Ada en medio del silencio.

—Sí —dijo Hannah—, decididamente parece pollo.

—Pollo con un sabor extraño, fuerte y amargo —-dijo Harman.

—Buitre —dijo Odiseo—. Me recuerda al buitre —-dio otro gran bocado, lo engulló y sonrió—. Si volviera a cocinar Ave Terrorífica, usaría un montón de salsa.

Cinco de ellos comieron arroz al microondas en silencio mientras Odiseo disfrutaba de más trozos de Ave Terrorífica y Macrauchenia, engulléndolos con grandes tragos de vino. La pausa en la conversación habría sido incómoda de no ser por la tormenta. Se había levantado viento, los relámpagos eran casi continuos, iluminaban la burbuja con estallidos de luz blanca, y los truenos habrían ahogado cualquier conversación. La burbuja verde donde cenaban parecía bambolearse lentamente cuando el viento aullaba y los cuatro invitados se miraban entre sí con ansiedad apenas oculta.

—No pasa nada —dijo Savi, sin parecer ya furiosa ni embriagada, como si sus palabras hubieran venteado parte de la presión de su amargura—. El pariglás no conduce la electricidad y estamos firmemente sujetos... mientras el puente aguante, no nos caeremos. —Savi apuró su vino y sonrió con tristeza—. Naturalmente, el puente es más viejo que los dientes de Dios, así que no puedo garantizar que vaya a permanecer en pie.

Cuando lo peor de la tormenta pasó y Savi ofrecía café y té calentado en contenedores de cristal de extraño aspecto, Hannah dijo:

—Prometiste contarnos cómo llegaste aquí, Odiseo Uhr.

—¿Quieres que cante todas mis idas y venidas, desviándome de mi rumbo y una otra vez, desde los días en que mis camaradas y yo saqueamos las sagradas alturas de Pérgamo? —repuso éste en voz baja.

—Sí —dijo Hannah.

—Lo haré —contestó Odiseo—. Pero primero, creo que Savi Uhr tiene algo que discutir con todos vosotros.

Miraron a la anciana y esperaron.

—Necesito vuestra ayuda —dijo Savi—. Durante siglos he evitado exponerme a vuestro mundo, a los voynix y otros vigilantes que me quieren mal, pero Odiseo está aquí por un motivo, y sus fines sirven a los míos. Os pido que lo llevéis de vuelta, a uno de vuestros hogares, donde otros puedan visitarlo y que le permitáis reunirse y hablar con vuestros amigos.

Ada, Harman, Daeman y Hannah intercambiaron miradas.

—¿Por qué no faxea a donde quiera? —preguntó Daeman.

Savi negó con la cabeza.

—Odiseo no puede faxear, y yo tampoco.

—Eso es una tontería —dijo Daeman—. Todo el mundo puede faxear.

Savi suspiró y sirvió el vino que quedaba en su copa.

—Muchacho —dijo—, ¿sabes lo que es faxear?

Daeman se echó a reír.

—Por supuesto. Es cómo vas de donde estás a donde quieres estar.

—Pero, ¿cómo funciona? —preguntó Savi.

Daeman sacudió la cabeza ante la testarudez de la anciana.

—¿Qué quieres decir con «cómo funciona»? Funciona y ya está. Como los servidores o el agua corriente. Usas un portal fax para ir de un sitio a otro, de un fax-nódulo al siguiente.

Harman alzó la mano.

—-Creo que Savi Uhr quiere decir cómo funciona la máquina que nos permite faxear, Daeman Uhr.

—Yo me he preguntado eso mismo unas cuantas veces —dijo Hannah—. Sé construir un horno para derretir metal. Pero, ¿cómo se construye un portal fax que nos envíe de aquí para allá sin tener que... recorrer el camino intermedio?

Savi se echó a reír.

—No lo hace, amables chiquillos. Vuestros portales fax no os envían a ninguna parte. Os destruyen. Os descomponen átomo a átomo. Ni siquiera envían los átomos a cualquier parte, sólo los almacenan hasta que los necesita la siguiente persona que faxea. No vais a ninguna parte cuanto faxeáis. Morís y permitís que otro yo vuestro sea construido en otra parte.

Odiseo se bebió el vino y contempló la tormenta que se alejaba: al parecer no estaba interesado en las explicaciones de Savi. Los otros cuatro se la quedaron mirando.

—Vaya —dijo Ada—, eso es... es...

—Una locura —dijo Daeman.

Savi sonrió.

—Sí.

Harman se aclaró la garganta y soltó su taza de café.

—Si somos destruidos cada vez que faxeamos, Savi Uhr, ¿cómo es que lo recordamos todo cuando... llegamos... a otro lugar? —Levantó la mano derecha—. Y esta pequeña cicatriz. Me la hice hace siete años, cuando tenía noventa y dos. Normalmente, estos pequeños problemas se resuelven cuando vamos a la fermería cada Veinte, pero... —se detuvo como si él mismo viera la respuesta.

—Sí —dijo Savi—. Las mentes-máquina de los fax-portales recuerdan vuestras pequeñas imperfecciones, igual que hacen con vuestros recuerdos y la estructura celular de vuestras personalidades y envían la información (no vosotros, sino la información) de fax-nódulo en fax-nódulo. Os actualizan y rejuvenecen vuestras células cada veinte años (lo que llamáis visitas a la fermería). Pero, ¿por qué crees que desapareces al cumplir los cien años, Harman Uhr? ¿Por qué dejan de renovaros cuando llegáis a esa edad? ¿Y adonde irías en tu próximo cumpleaños?

Harman no dijo nada, pero Daeman intervino.

—A los anillos, mujer loca. Al Quinto Veinte, todos vamos a los anillos.

—Para convertiros en posthumanos —dijo Savi, sin poder evitar una mueca—. Para subir al cielo y sentaros a la derecha de... alguien.

—Sí —dijo Hannah, pero sonó como una pregunta.

—No —respondió Savi—. No sé qué les ocurre a las pautas de memoria que la logosfera conserva de vosotros hasta que cumplís los cien años, pero sé que no envían los datos a los anillos. Puede que los almacenen, pero sospecho que los destruyen. Que los desintegran.

Por segunda vez aquel largo día, Ada creyó que iba a desmayarse. Con todo, fue la primera en recuperar el habla.

—¿Por qué no podéis tu y Odiseo Uhr usar los fax-nódulos, Savi Uhr? ¿O es que decidís no hacerlo?

Elegir no ser destruido, que no arranquen los átomos de tu cuerpo como la carne de los cadáveres del herbívoro y el Ave Terrorífica que hemos comido esta noche. Ada metió los dedos en su vaso de agua y se tocó la mejilla con las yemas.

—Odiseo no puede faxear porque la logosfera no tiene ningún registro suyo —dijo Savi en voz baja—. Su primer intento de faxear sería el último.

—¿Logosfera? —repitió Hannah.

Savi volvió a negar con la cabeza.

—Es un tema complicado. Demasiado complicado para una vieja que ha bebido demasiado.

—¿Pero lo explicarás pronto? —insistió Harman.

—Os lo enseñaré todo mañana —dijo Savi—. Antes de que volvamos a separarnos.

Ada miró a Harman a los ojos. Él apenas podía contener su entusiasmo.

—Pero esta logosfera... sea lo que sea —dijo Hannah—, ¿tiene un registro tuyo? ¿Para los fax-nódulos? ¿Y podrías faxear?

Savi esbozó su triste sonrisa.

—Oh, sí. Me recuerda a hace más de mil años, cuando faxeaba cada día de mi vida. La logosfera me está esperando como un Ave Terrorífica invisible... me reconocería al instante si intentara probar uno de vuestros fax-portales corrientes. Pero ese sería también mi último intento.

—No comprendo.

—Dejemos toda esta charla tecnológica —dijo Savi—. Aceptad que ni Odiseo ni yo podemos utilizar vuestros preciosos fax-portales. Y que si yo visitara vuestra maravillosa sociedad volando hasta allí, me costaría la vida.

—¿Por qué? —preguntó Harman—. No hay violencia en nuestro mundo. Sólo en el drama turín. Y ninguno de nosotros cree que sea real —miró fijamente a Odiseo, pero el hombre del pelo gris no respondió de ninguna manera.

Savi tomó un sorbo de vino.

—Creedme cuando digo que si me muestro abiertamente estaría muerta. También creed que es imperativo que se permita a Odiseo conocer a gente, hablar con ella, hacerse oír. SI os devuelvo a casa volando, ¿alguno de vosotros lo podría alojar en su casa unas cuantas semanas? ¿Un mes?

—Tres semanas —interrumpió Odiseo, brusco, como si le molestara oír hablar de él como si no estuviera presente—. No más.

—Muy bien —dijo Savi—. Tres semanas. ¿Ofrecerá alguno de vosotros tres semanas de hospitalidad a este forastero en tierra extraña?

—¿No correrá Odiseo peligro, igual que tú? —preguntó Daeman.

—Odiseo Uhr sabe cuidar de sí mismo —dijo Savi.

Los cuatro permanecieron en silencio un minuto, tratando de comprender la petición y sus circunstancias.

—-Me gustaría acoger a Odiseo —dijo por fin Harman—, pero también quiero visitar ese lugar donde dijiste que podría haber naves espaciales, Savi Uhr. Mi objetivo es llegar a los anillos. Como señalaste, me acerco a mi Veinte final: no tengo tiempo que perder. Preferiría pasar el tiempo buscando ese mar seco donde dices que los posthumanos mantenían sus naves para volar a los anillos e y p. Tal vez si me enseñaras a pilotar tu sonie...

Savi alzó las cejas como si le doliera la cabeza.

—¿La Cuenca Mediterránea? No se puede volar hasta allí, Harman Uhr.

—¿Quieres decir que está prohibido?

—No. Quiero decir que no se puede volar allí. Los sonies y otras máquinas voladoras no funcionan sobre la Cuenca. —Savi hizo una pausa y contempló a los presentes—. Pero es posible caminar o conducir hasta la Cuenca. Nunca he estado allí, no en todos estos siglos, pero puedo llevarte. Si uno de tus amigos accede a acoger a Odiseo durante tres semanas.

—Yo quiero ir contigo y con Harman —dijo Ada.

—Y yo también —dijo Daeman—. Quiero ver esa Cuenca como-se-llame.

Harman miró al joven, sorprendido.

—Al demonio —dijo Daeman—. No soy ningún cobarde. Apuesto a que soy el único de los presentes que ha sido devorado por un alosaurio.

—Brindaré por eso —dijo Odiseo, y apuró su vino.

Savi miró a Hannah.

—Eso te deja a ti, querida.

—Me gustaría alojar a Odiseo —dijo la joven—. Pero yo no faxeo mucho ni voy a fiestas. Vivo con mi madre y ella no acoge a grupos con frecuencia tampoco.

—No, me temo que eso no sirve —dijo Savi—, Odiseo sólo dispone de tres semanas y tenemos que empezar con un lugar bien conocido y donde pueda alojarse mucha gente durante semanas seguidas. Lo cierto es que Ardis Hall sería perfecto —miró a Ada.

—¿Qué sabes de Ardis Hall, Savi Uhr? —preguntó Ada—. Y ya puestos, ¿cómo sabes lo de las lecturas de Harman o todo lo que pasa en el mundo, si no puedes caminar entre nosotros ni emplear los fax-nódulos?

—Observo —dijo la anciana—. Observo y espero y a veces vuelo a sitios donde puedo mezclarme con vosotros.

—El Hombre Ardiente —dijo Hannah.

—Sí, entre otras cosas —respondió Savi. Miró a los presentes— Parecéis agotados. ¿Os acompaño a vuestras habitaciones para que podáis dormir? Continuaremos la conversación por la mañana. Dejad los platos, yo los recogeré y los fregaré más tarde.

La idea de recoger o fregar los platos nunca se les había ocurrido a los invitados. Una vez más, Ada miró alrededor y sintió la ausencia de servidores y voynix.

Ada quiso protestar contra aquella imposición de irse a la cama (todavía no habían escuchado el relato de Odiseo), pero miró a sus amigos: Hannah estaba consumida por la fatiga; Daeman, borracho, apenas era capaz de mantener erguida la cabeza; el rostro de Harman denotaba su edad, y sintió que el cansancio también actuaba en ella. Era hora de dormir.

Odiseo se quedó sentado a la mesa mientras Savi y los demás abandonaban el salón y la anciana los conducía a través de pasillos iluminados sólo por los lejanos relámpagos. Subieron una escalera mecánica cubierta de cristal que rodeaba la torre de la Puerta Dorada y bajaron por un largo corredor hasta una serie de habitaciones-burbuja situadas en el punto más alto de la torre norte. Los dormitorios no estaban físicamente unidos a la cima de la torre, sólo al corredor de cristal que tenía el puente de acero como pared sur, y los cubículos mismos se asomaban precariamente al espacio, como racimos de uvas.

Savi les ofreció a todos burbujas separadas, e indicó a Hannah la primera habitación del corredor. La joven vaciló en la entrada del diminuto lugar. Dentro del cubículo incluso el suelo era transparente, así que Hannah dio un paso y luego saltó de regreso a la relativa solidez del pasillo de acceso, cubierto por una alfombra.

—Es perfectamente seguro —dijo Savi.

—Muy bien —dijo Hannah, y lo intentó otra vez. La cama estaba situada contra la pared del fondo y había un lavabo y un inodoro separados, cerca de la pared del pasillo, que guardaban la intimidad desde el punto de vista de las otras burbujas de sueño, pero por todas partes las paredes curvas y el suelo eran tan claros que se veían las piedras iluminadas por los relámpagos y la falda de la colina situada directamente debajo, a doscientos cincuenta metros.

Hannah caminó insegura por el suelo transparente y se sentó agradecida en la forma sólida de la cama. Los otros tres rieron y aplaudieron.

—Si tengo que ir al baño por la noche, puede que no tenga valor para volver a cruzar ese suelo —dijo Hannah.

—Te acostumbrarás. Hannah Uhr —dijo Savi— Puedes abrir y cerrar la puerta con una orden de voz. Sólo te responderá a ti.

—Puerta, ciérrate —dijo Hannah.

La puerta se cerró como un iris. Savi los fue dejando uno a uno en sus cubículos: primero Daeman, que se desplomó en la cama sin ningún temor aparente al espacio vacío bajo sus pies, luego a Harman, que se despidió de las dos antes de ordenar a su puerta que se cerrara, y después a Ada.

—Duerme bien, querida —dijo Savi—. Los amaneceres aquí son bastante hermosos y espero que disfrutes del espectáculo por la mañana. Te veré en el desayuno.

Había un camisón de seda sobre la cama. Ada fue al baño, se dio una rápida ducha caliente, se secó el pelo, dejó la ropa sobre la encimera, junto al lavabo, se puso el camisón y regresó a la cama. Una vez tapada, volvió el rostro hacia la pared y contempló los picos de las montañas y las nubes. La tormenta se dirigía ya hacia el este, los relámpagos iluminaban desde dentro las nubes que se alejaban y los picos y el barranco cercano estaban inundados de luz de luna. Ada contempló la carretera y las ruinas de piedra de abajo. ¿Qué había dicho Odiseo sobre aquel lugar? ¿Que estaba habitado sólo por jaguares, ardillas y fantasmas? Al contemplar las antiguas piedras gris pálido a la luz de la luna, Ada casi creyó en fantasmas.

Llamaron suavemente a la puerta.

Ada se levantó de la cama, caminó de puntillas sobre el frío suelo y colocó las yemas de los dedos sobre el metal irisado.

—¿Quién es?

—Harman.

El corazón le dio un vuelco a Ada. Tenía el deseo no formulado de que Harman se reuniera con ella esta noche.

—Puerta, ábrete —susurró, dando un paso atrás, advirtiendo en el reflejo de la pared la blancura lechosa de sus brazos y su fino camisón a la luz de la luna.

Harman entró y se detuvo mientras Ada le susurraba a la puerta que volviera a cerrarse. Harman llevaba sólo un pijama de seda azul. Ella esperaba que él la abrazara, la tomara en brazos y la llevara a la suave cama junto a la pared transparente y curva. ¿Cómo sería, se preguntó, hacer el amor como si estuvieras flotando sobre estas nubes, estas montañas?

—Necesito hablar contigo —dijo Harman en voz baja.

Ada asintió.

—Creo que es importante que Odiseo esté en el lugar adecuado las próximas semanas —dijo él—. Y no creo que el cubículo de la madre de Hannah lo sea.

Sintiéndose como una tonta, Ada se cruzó de brazos. Le pareció que podía notar el frío aire nocturno de las montañas a través del cristal bajo sus pies.

—No sabes lo que quiere hacer Odiseo, ni por qué.

—No, pero si es realmente Odiseo, puede que sea muy importante. Y Savi tiene razón... Ardis Hall es el lugar perfecto para que se encuentre con gente.

Ada sintió la ira hervir en su interior. ¿Quién era aquel hombre para decirle lo que tenía que hacer?

—Si crees que es tan importante que se aloje en algún sitio —-dijo—, ¿por qué no le invitas a tu casa?

—Yo no tengo casa —dijo Harman.

Ada parpadeó, intentando comprender. No pudo. Todo el mundo tenía una casa.

—Llevo muchos años viajando —dijo Harman—. Sólo poseo lo que llevo conmigo, a excepción de los libros que he reunido y que guardo en un cubículo vacío, cerca de Cráter París.

Ada abrió la boca para hablar pero no pudo decir nada. Harman se acercó, tanto que Ada captó su olor a hombre y jabón. También se había duchado antes de ir a su habitación. ¿Haremos el amor después de esta conversación?, pensó Ada, sintiendo que su furia se desvanecía con la misma rapidez con la que había venido.

—Necesito ir con Savi a la Cuenca Mediterránea —dijo Harman—. Llevo más de sesenta años intentando encontrar un medio de llegar a los anillos e y p, Ada. Estar tan cerca... bueno, tengo que ir.

Ada sintió que la furia volvía a arder.

—Pero yo quiero ir con vosotros. Quiero ver esa Cuenca... encontrar una nave espacial, ir a los anillos. Por eso te he ayudado estas últimas semanas.

—Lo sé —susurró Harman. Le tocó el brazo—. Y quiero que vengas conmigo. Pero este asunto de Odiseo puede que sea importante.

—Lo sé, pero...

—Y Hannah no conoce a tanta gente. Ni tiene espacio para visitas.

—Lo sé, pero...

—Y Ardis Hall sería perfecto —susurró Harman. Su suave contacto con el brazo de Ada cesó, pero mantuvo firme su mirada. Ada fue consciente de las estrellas más allá del techo claro y transparente, sobre sus cabezas.

—Se que Ardis Hall sería perfecto —dijo Ada. Se sentía triste y dividida entre imperativos y personas—. Pero ni siquiera sabemos qué quiere este Odiseo... ni quién es realmente.

—Cierto —susurró Harman—. Pero la mejor manera de averiguarlo sería que tú lo albergaras mientras yo busco una nave espacial en la Cuenca Mediterránea. Te prometo que si encuentro una que pueda llevarnos a los anillos, iré a buscarte antes de ir allí.

Ada vaciló antes de volver a hablar. Tenía el rostro ligeramente alzado hacia el de Harman, y tuvo la sensación de que, si no hablaban, él la besaría.

De repente, un relámpago destelló y un trueno de la tormenta lejana sacudió la estructura de cristal verde.

—Muy bien —susurró Ada—. Alojaré a Odiseo y haré que Hannah me ayude en Ardis Hall durante tres semanas. Pero sólo si me prometes llevarme a los anillos si encuentras un modo de hacerlo.

—Lo prometo —dijo Harman. La besó entonces, pero sólo en la mejilla, y sólo como podría haberlo hecho un padre, pensó Ada, si hubiera conocido alguna vez un padre.

Harman se volvió para marcharse, pero antes de que Ada pudiera ordenar a la puerta abrirse, se volvió otra vez hacia ella.

—¿Qué opinas de Odiseo?

—¿Qué quieres decir? ¿Si creo que es realmente Odiseo? —Ada se sentía confundida por la pregunta.

—No. Quiero decir, qué opinas de él. ¿Te interesa el hombre?

—¿Si estoy interesada en su historia, quieres decir? Es intrigante. Pero tendré que escuchar lo que diga antes de decidir si está diciendo la verdad.

—No, yo... —Harman se detuvo y se frotó la barbilla. Parecía cortado—. Quiero decir, ¿lo encuentras interesante? ¿Te sientes atraída por él?

Ada no pudo menos que reírse. En algún lugar al este, los truenos hicieron eco.

—Idiota —dijo por fin y, sin esperar más, se acercó a Harman, lo abrazó y lo besó en los labios.

Harman respondió pasivamente unos segundos y luego le devolvió el beso y el abrazo. A través de la fina seda que los separaba, Ada sintió crecer su excitación. La luz de la luna fluía sobre la piel de sus rostros y brazos como leche blanca derramada. De repente una poderosa ráfaga de viento golpeó el puente y la burbuja del cubículo dormitorio se bamboleó.

Harman tomó a Ada en brazos y la llevó a la cama.

 

 

 

20 - El mar de Tetis en Marte

 

—Creo que fue Falstaff quien me hizo desenamorarme del bardo.

—¿Cómo dices? —preguntó Mahnmut a través de la conexión. Estaba ocupado conduciendo el moribundo sumergible hacia la costa aún invisible a unos débiles ocho nudos, intentando mantener la nave en funcionamiento, escrutando los cielos con la boya periscopio en busca de carros enemigos y reflexionando de manera general sobre la improbabilidad de su supervivencia. Orphu llevaba en silencio en la bodega de La Dama Oscura desde hacía más de dos horas. Ahora esto—, ¿Qué decías sobre Falstaff?

—Estaba diciendo que fue Falstaff quien me hizo apartarme de Shakespeare y acercarme a Proust.

—Yo pensaba que te encantaría Falstaff —dijo Mahnmut—. Es tan gracioso.

—Me encantaba Falstaff —respondió Orphu—. Bueno, me identificaba con Falstaff. Quería ser Falstaff. En una época pensé que me parecía a Falstaff.

Mahnmut trató de imaginarlo. No pudo. Centró su atención en las funciones de la nave y el periscopio.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —preguntó.

—¿Te acuerdas de la escena de Enrique IV, Primera Parte, en que Falstaff encuentra el cadáver de Henry Percy, Hotspur, en el campo de batalla?

—Sí —-dijo Mahnmut. El periscopio y el radar indicaban que el cielo estaba libre de carros. Se había visto obligado a desconectar el reactor estropeado durante la noche y el nivel de las baterías de reserva había caído hasta el cuatro por ciento, lo que les permitía una velocidad de solamente seis nudos, y la energía seguía bajando. Mahnmut sabía que tendría que llevar a La Dama Oscura a la superficie de nuevo, y muy pronto: cada vez que subían tomaba aire marciano para su propia supervivencia, lo almacenaba en su nicho, lo respiraba hasta que se volvía rancio, y dirigía hacia Orphu todo el aire producido en la nave. El submarino no había sido diseñado para abrirse a la «atmósfera» europana, y había tenido que anular una docena de protocolos de seguridad para dejar entrar el aire marciano.

—Falstaff apuñala el cadáver de Hotspur en el muslo sólo para asegurarse que está muerto —dijo Orphu—. Luego se lo carga a la espalda para arrogarse el mérito de haberlo matado.

—Cierto —dijo Mahnmut. Los MPS indicaban que estaban a treinta kilómetros de la costa, pero no había ni rastro de ella en el periscopio, y no quería dirigir el radar hacia tierra. Se dispuso a vaciar los tanques de lastre y subir de nuevo a la superficie, pero se preparó para una inmersión de emergencia si algo aparecía en el radar—. Lo mejor del valor es la discreción, y la discreción me ha salvado la vida —citó—. Todos los estudiosos de Shakespeare a los que he leído, Bloom, Goddard, Bradley, Morgann, Hazlitt, e incluso Emerson, opinan que puede que Falstaff sea uno de los más grandes personajes creados jamás por Shakespeare.

—Sí —dijo Orphu y calló un minuto mientras el sumergible se estremecía y rugía por la descarga de los tanques de lastre. Cuando la nave volvió a quedar en silencio y sólo se oía el océano al otro lado del casco, dijo—: Pero yo encuentro a Falstaff despreciable.

—¿Despreciable?

El submarino salió a la superficie. Era poco después del amanecer, y el sol (muchísimo más grande que el puntito de estrella que Mahnmut estaba acostumbrado a ver en Europa) apenas sobresalía por el horizonte. Abrió las exclusas y respiró el aire fresco y salino.

—¿En qué es experto? En tretas y astucias. ¿En qué es astuto? En villanías. ¿En qué es villano? En todo —dijo Orphu.

—Pero el príncipe Enrique bromeaba cuando dijo eso. —Mahnmut decidió navegar por la superficie. Era mucho más peligroso (el radar había detectado un carro volador cada una o dos horas mientras estaban sumergidos) pero podrían recorrer ocho nudos en la superficie y estirar sus menguadas reservas de energía.

—¿Bromeaba? —dijo Orphu—. Rechaza al viejo pícaro en Enrique IV, Segunda Parte.

—Y Falstaff se muere por ello —dijo Mahnmut, respirando el aire límpido y pensando en Orphu, allá abajo en la bodega negra e inundada, conectado a la vida sólo a través de la línea de O2 y el intercomunicador. La primera vez que subieron a la superficie, Mahnmut se había dado cuenta de que sería imposible sacar al gran ioniano de allí hasta que llegaran a tierra—. El rey le ha roto el corazón —dijo, citando a la hostelera Quickly.

—He decidido que merecía ser desterrado —dijo Orphu—. Cuando le ordenaron reclutar soldados para la guerra con Percy, Falstaff aceptó sobornos para dejar a los buenos y reclutar sólo a perdedores. Hombres a quienes llamó «carne de cañón».

Mientras sentía que La Dama Oscura avanzaba más rápido sobre las suaves olas, Mahnmut siguió controlando el sonar, el radar y el periscopio.

—Todo el mundo dice Falstaff es mucho más interesante que Enrique —dijo—. Gracioso, realista, antimilitarista, ingenioso... Hazlitt escribió: «La bendición de la libertad obtenida con humor es la esencia de Falstaff.»

—Sí —dijo Orphu—. Pero, ¿qué clase de libertad es ésa? ¿La libertad de burlarse de todo? ¿La libertad de ser un ladrón y un cobarde?

—Sir John era un caballero —dijo Mahnmut. De repente su atención se centró en lo que Orphu estaba diciendo: Orphu, el cínico y burlón comentarista sobre la locura de la existencia moravec—. Empiezas a parecerte a Koros III —dijo.

Eso hizo que Orphu se estremeciera.

—Nunca seré un guerrero.

—¿Era guerrero Koros? ¿Crees que mató moravecs durante su misión al Cinturón?

—Mahnmut sintió curiosidad.

—Nunca sabremos lo que sucedió en el Cinturón —dijo Orphu—, y dudo que Koros tuviera más ganas de luchar que el resto de nosotros, en cumplimiento del deber, cosas de las que Falstaff se mofaba incluso en su amado príncipe Enrique.

—Y tú piensas que aquí nos trae el deber —dijo Mahnmut. Había neblina al sur.

—Algo así.

—¿Y crees que podrías necesitar ser más Hotspur que Falstaff?

Orphu de Io volvió a estremecerse.

—Puede que sea demasiado tarde para eso. Perdí el tiempo, y ahora el tiempo me pierde a mí.

—Eso no es de Falstaff.

—De Ricardo III —dijo una voz desde la bodega.

—¿Crees que eres demasiado viejo para lo que nos aguarda? —dijo Mahnmut, preguntándose qué podía aguardarles.

—Bueno, me siento un poco viejo, sin ojos, sin piernas, sin manos, sin dientes y sin caparazón —respondió el ioniano.

—Nunca has tenido dientes —dijo Mahnmut. La misión de Koros era explorar cerca del gran volcán, el Olympus, y llevar el Aparato de la bodega de carga lo más cerca posible de su cima. Pero La Dama Oscura estaba cerca de la muerte y Orphu podría estar también muriendo. Aunque Orphu sobreviviera, tal vez no pudiera ver o moverse o cuidar de sí mismo si conseguían llegar a tierra. ¿Cómo iba Mahnmut a llevar el Aparato tres mil kilómetros tierra adentro mientras impedía que su amigo y él fueran detectados y destruidos por la gente de los carros?

Preocúpate de eso cuando lleves La Dama a tierra y Orphu pueda salir de la bodega, pensó. Una cosa después de otra. El cielo azul estaba libre de amenazas, pero se sentía terriblemente expuesto mientras el sumergible avanzaba hacia el sur sobre las olas.

—¿Tiene algún consejo tu amigo Proust? —le preguntó a Orphu.

Orphu se aclaró la garganta con un estremecimiento:

—La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo;

la muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin,

alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse...

No es demasiado tarde para buscar un mundo más nuevo...

Aunque mucho se ha perdido, mucho queda; y a pesar

de que no tenemos ahora el vigor que antaño

movía cielo y tierra, lo que somos, somos:

un espíritu ecuánime de corazones heroicos,

debilitados por el tiempo y el destino, pero con la firme voluntad

de combatir, buscar y no ceder.

—No querrás hacerme creer que eso es de Proust —dijo Mahnmut. La neblina, al sur, se despejaba.

—No. Es del Ulises, de Tennyson.

—¿Quién es Ulises?

—Odiseo.

—¿Quién es Odiseo?

Hubo un silencio de desconcierto. Finalmente, Orphu dijo:

—Ah, amigo mío, esta laguna en tu por lo demás excelente educación exige ser reparada. Puede que necesitemos saber todo lo posible sobre...

—Espera —dijo Mahnmut. Y un minuto más tarde—: ¡Espera!

—¿Qué ocurre?

—Tierra. Veo tierra.

—¿Algo más? ¿Algún detalle?

—Estoy cambiando la resolución —dijo Mahnmut.

Orphu esperó, pero finalmente dijo:

—¿Y...?

—Las caras de piedra —dijo Mahnmut—-. Veo las caras de piedra... en la cima de los acantilados, principalmente. Extendiéndose hacia el este hasta donde puedo ver.

—¿Sólo hacia el este? ¿No al oeste?

—-No. La hilera de caras termina casi donde tendríamos que tomar tierra. Percibo movimiento allí. Hay cientos de personas, o de cosas, moviéndose a lo largo de los acantilados y por la playa.

—Será mejor que nos sumerjamos —dijo Orphu—. Esperemos a que anochezca antes de desembarcar. Encuentra una cueva submarina o algo donde puedas ocultar La Dama y...

—Demasiado tarde —dijo Mahnmut—. A la nave no le quedan más de cuarenta minutos de soporte vital y propulsión. Además, la forma, la gente... han dejado de empujar caras de piedra hacia el oeste. Acuden a la playa a centenares. Nos han visto.

 

 

 

21 - Ilión

 

Podría contarles cómo es hacer el amor con Helena de Troya. Pero no lo haré. Y no porque hacerlo no sería nada caballeroso por mi parte. Los detalles no forman parte de mi historia. Pero puedo decir sinceramente que si la vengativa musa o la enloquecida Afrodita me hubieran encontrado un momento después de que Helena y yo hubiéramos terminado nuestro primer encuentro amoroso, digamos, un minuto después de que nos separáramos en las sábanas humedecidas de sudor para recuperar el aliento y sentir la fresca brisa que se adelantaba a la tormenta, y si la musa y la diosa hubieran irrumpido y me hubieran matado entonces... puedo decirles sin miedo a equivocarme que la breve segunda vida de Thomas Hockenberry habría sido feliz. Y al menos habría terminado en un punto álgido.

Un minuto después de ese instante de perfección, la mujer apretaba una daga contra mi vientre.

—¿Quién eres? —exigió saber Helena.

—Soy tu... —empecé a decir, y me detuve. Algo en los ojos de Helena me hizo abortar mi mentira de que era Paris antes de poder vocalizarla.

—Si dices que eres mi nuevo marido, tendré que hundirte esta hoja en las entrañas

—dijo tranquilamente—. Si eres un dios eso no debería importar. Pero si no lo eres...

—No lo soy —conseguí decir. La punta del cuchillo estaba ya casi sacando sangre de la piel sobre mi vientre. ¿De donde ha salido este cuchillo? ¿Estaba entre los cojines mientras hacíamos el amor?

—Si no eres un dios, ¿cómo has tomado la forma de Paris?

Advertí que ésta era Helena de Troya (la hija mortal de Zeus), una mujer que vivía en un universo donde dioses y diosas tenían constantemente sexo con los mortales; un mundo donde los cambiaformas, divinos y no divinos, caminaban entre los simples humanos; un mundo donde el concepto de causa y efecto tenía significados completamente diferentes.

—Los dioses me concedieron la habilidad para morfe... para cambiar de aspecto.

—¿Quién eres? —preguntó ella—-. ¿Qué eres?

No parecía enfadada, ni siquiera especialmente sorprendida. Su voz era tranquila, sus hermosos rasgos no estaban distorsionados por el temor ni por la furia. Pero la hoja presionaba firmemente contra mi vientre. La mujer quería una respuesta.

—Me llamo Thomas Hockenberry —dije—. Soy uno de los escólicos.

Sabía que nada de esto tendría sentido para ella. Mi nombre me sonaba raro incluso a mí, duro entre las inflexiones más suaves del antiguo lenguaje.

—Tho-mas Hock-en-beee-rry —silabeó ella—. Parece persa.

—No —dije yo—. Es holandés, alemán e irlandés, en realidad.

Vi que Helena fruncía el ceño y comprendí que mis palabras no sólo no tenían sentido para ella, sino que parecían las de un loco.

—Ponte una túnica —dijo—. Hablaremos en la terraza.

El gran dormitorio de Helena tenía terrazas a ambos lados, una que daba al patio y la otra al sureste, sobre la ciudad. Mi arnés de levitación y el resto de mi equipo (a excepción del medallón TC y el brazalete morfeador que había llevado a la cama) estaban ocultos tras la cortina de la terraza del patio. Helena me condujo a la otra. Los dos vestíamos finas túnicas. Helena mantuvo el cuchillo corto y afilado en la mano mientras nos deteníamos en la balaustrada, a la luz reflejada de la ciudad y los ocasionales relámpagos de la tormenta.

—¿Eres un dios? —preguntó ella.

Estuve a punto de responder que sí: habría sido la forma más sencilla de convencerla para que apartara el cuchillo de mi vientre, pero sentí la súbita, inexplicable y abrumadora necesidad de decir la verdad para variar.

—No. No soy un dios.

Ella asintió.

—Lo sabía. Te habría destripado como a un pez si me hubieras mentido en eso —sonrió torvamente—. No haces el amor como un dios.

Bien, pensé yo, pero no había respuesta para eso.

—¿Cómo es que puedes tomar la forma y el aspecto de Paris?

—Los dioses me han dado la habilidad para hacerlo —dije yo.

—¿Por qué? —La punta de la hoja de la daga estaba sólo a unos centímetros de mi piel desnuda bajo la túnica.

Me encogí de hombros, pero entonces advertí que ese gesto no era utilizado por los antiguos.

—Me concedieron esta habilidad para sus propios fines. Los sirvo. Observo la batalla y les paso informes. Es práctico que yo pueda tomar la forma de... otros hombres.

Helena no pareció sorprendida por esto.

—¿Dónde está mi amante troyano? ¿Qué has hecho con el auténtico Paris?

—Está bien —dije—. Cuando abandone su aspecto, regresará a lo que estaba haciendo cuando me morfeé... cuando tomé su forma.

—¿Dónde estará? —preguntó Helena.

La pregunta me pareció un poco extraña.

—Dondequiera que hubiese estado si yo no hubiera tomado prestada su forma —dije por fin—. Creo que acababa de abandonar la ciudad para unirse a Héctor para la lucha de mañana.

En realidad, cuando yo abandone la forma de Paris, éste estará exactamente donde habría estado si hubiera continuado con lo suyo mientras yo usurpaba su identidad: durmiendo en una tienda, tal vez, o en medio de la batalla, o tirándose a una de las esclavas en el campamento de Héctor. Pero era demasiado difícil explicárselo a Helena. No me pareció que le apeteciera un discurso sobre las funciones de ondas de probabilidad y la simultaneidad temporal cuántica. Yo no podía explicar por qué ni Paris ni los que lo rodeaban advertirían ni recordarían su ausencia, ni como Paris recordaría acciones que habría llevado a cabo si yo no hubiera interrumpido el colapso de ondas de probabilidad de esa línea temporal. La continuidad cuántica se restablecería en cuanto yo cancelara la función mórfica.

Mierda, yo mismo no comprendía nada de todo aquello.

—Abandona su forma —ordenó Helena—, Muéstrame tu auténtico aspecto.

—Mi señora, yo... —empecé a protestar, pero su mano se movió velozmente, la hoja cortó seda y piel, y sentí la sangre correrme por el abdomen.

Mostrándole que mi mano derecha iba a moverse muy muy despacio, activé las funciones brillantes y toqué el icono del brazalete morfeador.

Fui de nuevo Thomas Hockenberry: más bajo, más delgado, encorvado, con mi mirada levemente miope y el pelo escaso.

Helena parpadeó una vez y manejó rápidamente la daga, más rápidamente de lo que nadie podría. Oí el corte y el rasgado. Pero no fueron los músculos de mi estómago los que abrió, sino el nudo de la túnica y la seda misma.

—No te muevas —susurró. Helena de Troya me abrió la túnica, usando la mano libre para hacerla resbalar por mis hombros.

Permanecí desnudo y pálido ante aquella mujer formidable. Si un diccionario necesitara alguna vez una definición perfecta de «patético», con una fotografía de este momento sería suficiente.

—Puedes volver a ponerte la túnica —dijo ella al cabo de un instante.

Me la volví a poner. El cinturón estaba roto, así que la sujeté con la mano. Ella parecía meditabunda. Permanecimos varios minutos allí, en la terraza, en silencio. Aunque era tarde, las torres de Ilión brillaban a la luz de las antorchas. Los puestos de vigilancia resplandecían en los torreones de las distantes murallas. Al sur, más allá de las Puertas Esceas, ardían las piras de cadáveres. Al suroeste, los relámpagos destellaban entre las altas nubes de tormenta. No había ninguna estrella visible y el aire olía a la lluvia que llegaba desde el monte Ida.

—¿Cómo has sabido que no era Paris? —pregunté por fin.

Helena parpadeó para salir de su ensimismamiento y me dirigió una sonrisita.

—Una mujer puede olvidar el color de los ojos de su amante, el tono de su voz, incluso los detalles de su sonrisa o su aspecto, pero no puede olvidar cómo folla su marido.

Ahora me tocó a mí el turno de parpadear sorprendido, y no sólo por la forma vulgar de hablar de Helena. Homero había loado literalmente el aspecto de Paris, comparándolo con un «garañón al trote» cuando describió la prisa de Paris por reunirse con Héctor ante la ciudad, esa misma noche, seguro en su veloz carrera... la cabeza hacia atrás, la cabellera ondeando sobre sus hombros, seguro y esbelto en su gloria. Paris estaba, como habían dicho los adolescentes de mi vida anterior, cañón. Mientras estuve en la cama de Helena había poseído el cabello ondulado de Paris, su cuerpo bronceado por el sol, su vientre liso, sus músculos ungidos, su...

—Tu pene es más grande —dijo Helena.

Parpadeé de nuevo. Dos veces. Ella no empleó la palabra «pene», naturalmente (el latín no era todavía una lengua), y la palabra griega que eligió era más parecida a «polla». Pero eso no tenía sentido. Mientras hacíamos el amor, yo tenía el pene de Paris...

—No, no ha sido por eso que me he dado cuenta de que no eras mi amante —dijo Helena. Parecía estar leyéndome la mente—. Es sólo un comentario.

—Entonces cómo...

—Sí —dijo Helena—. Lo he sabido por cómo te has acostado conmigo, Hock-en-beee-rry.

No supe qué responder, y no podría haber hablado claramente si hubiera tenido algo que decir.

Helena volvió a sonreír.

—Paris me poseyó por primera vez no en Esparta, donde me ganó, ni en Ilión, adonde me trajo, sino en la pequeña isla de Cránae, en el camino hacia aquí.

No había ninguna isla con el nombre de Cránae que yo conociera, y puesto que la palabra solamente significa «rocoso» en griego antiguo, supuse que Paris había interrumpido su viaje para desembarcar en una isla pequeña, rocosa y sin nombre para montárselo con Helena sin la vigilante presencia de la tripulación de su barco. Lo cual significaba que Paris era... impaciente, igual que tú, Hockenberry, dijo la vocecita de algo que se parecía bastante a mi consciencia. Demasiado tarde ya para conciencias.

—Me ha poseído, y yo a él, cientos de veces desde entonces —dijo Helena en voz baja—, pero nunca como esta noche. Nunca como esta noche.

Me sentí lleno de confusión y de orgullo. ¿Era esto bueno? ¿Era un cumplido? No, un momento... era absurdo. Homero describe a Paris como un ser casi divino por su belleza y encanto físicos, como un gran amante, irresistible para mujeres y diosas por igual, lo cual tenía que significar que Helena sólo quería decir...

—Tú —continuó, interrumpiendo mis confusos sentimientos— tú has sido... fervoroso.

Fervoroso. Me apreté con más fuerza la túnica y miré hacia la inminente tormenta para ocultar mi embarazo. Fervoroso.

—Sincero —dijo ella—. Muy sincero.

Si no se callaba pronto y dejaba de buscar sinónimos de patético le arrebataría la daga y me cortaría la garganta.

—¿Te enviaron los dioses? Preguntó.

Pensé otra vez en mentirle. Desde luego, ni siquiera aquella férrea mujer mataría a alguien que estuviera cumpliendo una misión para los dioses. Pero una vez más decidí no mentir. Helena de Troya parecía casi telépata. Y decir la verdad para variar me pareció bien.

—No —dije—. No me envió nadie.

—¿Viniste aquí sólo porque querías acostarte conmigo?

Bueno, al menos no había vuelto a usar la palabra con «f».

—Sí —dije—. Quiero decir, no. —Ella me miró. En algún lugar de la ciudad, un hombre se rió con fuerza, luego una mujer hizo lo mismo. Ilión no dormía nunca—. Quiero decir... me sentía solo. Llevo toda la guerra solo, sin nadie con quien hablar, nadie a quien acariciar...

—A mí me acariciaste bastante —dijo Helena.

No supe si su tono era de sarcasmo o de acusación.

—Sí.

—¿Estás casado, Hock-en-beee-rry?

—Sí. No.

Volví a negar con la cabeza. A Helena debí parecerle un completo idiota.

—Creo que estuve casado —dije—, pero si es así, mi esposa está muerta.

—¿Crees que estuviste casado?

—-Los dioses me llevaron al monte Olimpo a través del tiempo y el espacio —-dije, sabiendo que ella no lo entendería, pero sin que me preocupara—. Creo que morí en mi otra vida, y que de algún modo ellos me recuperaron. Pero no me devolvieron toda mi memoria. Las imágenes de mi vida real, de mi antigua vida, vienen y van... como sueños.

—Comprendo —dijo Helena. Advertí por su tono que, de algún modo, sorprendentemente, lo hacía.

—¿Hay algún dios o diosa en concreto a quien sirvas, Hock-en-beee-rry?

—Informo a una de las musas, pero ayer mismo me enteré de que Afrodita controla mi destino.

Helena alzó la cabeza, sorprendida.

—Y también ha controlado el mío —dijo en voz baja—. Ayer mismo, cuando la diosa salvó a Paris de la furia de Menelao y lo trajo aquí, a nuestra cama, Afrodita me ordenó que fuera con él. Cuando protesté, se enfureció y amenazó con convertirme en el blanco de la ira de troyanos y aqueos.

—La diosa del amor.

—La diosa de la lujuria —dijo Helena—. Y yo sé mucho de lujuria, Hock-en-beee-rry.

Una vez más, no supe qué decir.

—Mi madre fue Leda, a quien llamaban «la hija de la noche» —dijo ella con desenfado—, y Zeus acudió a ella y se la folló mientras tomaba la forma de un cisne... un cisne enorme y caliente. Había un mural en mi casa que representaba a mis dos hermanos mayores y un altar a Zeus y a mí, en forma de huevo, esperando salir del cascarón.

No pude evitarlo: solté una carcajada. Entonces los músculos de mi estómago se tensaron, esperando que la hoja de la daga los atravesara.

En cambio, Helena sonrió.

—Si sé de secuestros y de ser peón de los dioses. Hock-en-beee-rry.

—Sí. Cuando Paris fue a Esparta...

—No —interrumpió Helena—. Cuando yo tenía once años, Hock-en-beee-rry, fui secuestrada en el templo de Artemisa Ortia por Teseo, el que unificó las ciudades del Ática en la ciudad de Atenas. Teseo me dejó embarazada: le di una hija, Ifigenia, a quien no pude tratar con amor y que entregué a Clitemnestra para que la criara con su marido, Agamenón, como si fuera suya. Mis hermanos me rescataron de este matrimonio y me llevaron a Esparta. Entonces, Teseo se marchó con Hércules a hacer la guerra a las amazonas, se entretuvo invadiendo el infierno, casándose con una guerrera amazona y explorando el Laberinto del minotauro en Creta.

La cabeza me daba vueltas. Todos y cada uno de estos griegos y troyanos tenían una historia y tenían que contarla a la primera oportunidad. ¿Pero qué tenía esto que ver con...?

—Entiendo de lujuria, Hock-en-beee-rry —dijo Helena—. El gran rey Menelao me reclamó como esposa, aunque a ese tipo de hombres les encantan las vírgenes porque aman su linaje más que a la vida, aunque yo era un bien manchado en un mundo de hombres que aman tanto a sus vírgenes. Y luego Paris, impulsado por Afrodita, vino a secuestrarme de nuevo, para traerme a Troya y convertirme en su... trofeo.

Helena detuvo el recital y pareció estudiarme. No se me ocurrió nada que decir. Había un pozo sin fondo de amargura bajo sus frías e irónicas palabras. No, no era amargura, advertí al mirarla a los ojos: tristeza. Una terrible, cansada tristeza.

—Hock-en-beee-rry —continuó Helena—. ¿Crees que soy la mujer más hermosa del mundo? ¿Has venido a secuestrarme?

—No, no he venido a secuestrarte. No tengo ningún sitio a donde llevarte. Mis propios días están contados por la ira de los dioses: he traicionado a mi musa y a su jefa, Afrodita, y cuando Afrodita cure de las heridas que le causó ayer Diomedes, me borrará de la faz de la tierra tan seguro como que estamos aquí.

—¿Sí? —dijo Helena.

—Sí.

—Ven a la cama... Hock-en-beee-rry.

Me despierto a la luz gris previa del amanecer, después de haber dormido sólo unas pocas horas después de nuestros dos últimos encuentros amorosos, pero sintiéndome perfectamente descansado. Estoy de espaldas a Helena, pero sé que ella está también despierta en esta gran cama de columnas talladas.

—¿Hock-en-beee-rry?

—¿Sí?

—¿Cómo sirves a Afrodita y los otros dioses?

Pienso en eso un momento y luego me doy la vuelta. La mujer más hermosa del mundo está tendida a la tenue luz, apoyada en un codo. Su pelo largo y oscuro, revuelto por nuestro encuentro, cae sobre su hombro y su brazo desnudos, mientras sus ojos, con las pupilas dilatadas y oscuras, se clavan en los míos.

—¿A qué te refieres? —pregunto, aunque creo saberlo.

—¿Por qué te trajeron los dioses a través del tiempo y el espacio, como tú dices, para servirlos? ¿Qué sabes tú que ellos necesiten?

Cierro los ojos un momento. ¿Cómo puedo explicárselo? Si le respondo con sinceridad será una locura. Pero como admití antes, ya estoy harto de mentir.

—Sé algo sobre la guerra que se está librando —respondo—. Sé algunos de los acontecimientos que sucederán... que podrían suceder.

—¿Sirves a un oráculo?

—No.

—¿Eres entonces augur? ¿Un sacerdote a quien alguno de los dioses le ha dado esa visión?

—No.

—Entonces no lo comprendo —dice Helena.

Me agito, me siento en la cama; coloco los cojines para estar más cómodo. Todavía está oscuro, pero un pájaro empieza a cantar en el patio.

—-En el lugar de donde vine —susurro—, hay un canto, un poema, sobre esta guerra. Se llama la Ilíada. Hasta ahora, los acontecimientos de la guerra se parecen a los que allí se cantan.

—Hablas de este asedio y de esta guerra como si ya fuera un relato antiguo en la tierra de donde eres —-dice Helena—. Como si todo esto hubiera ocurrido ya.

No se lo admitas. Sería una locura.

—Sí —digo—. Ésa es la verdad.

—Eres uno de los Hados —dice.

—No. Sólo soy un hombre.

Helena sonríe con picardía. Toca el valle entre sus pechos donde yo he llegado al clímax hace apenas unas horas.

—Eso ya lo sé, Hock-en-beee-rry.

Me ruborizo, me froto las mejillas y noto la barba. Nada de afeitarse esta mañana en los barracones de los escólicos. ¿Para qué molestarse? Sólo te quedan horas de vida.

—¿Responderás a mis preguntas sobre el futuro? —pregunta, en voz terriblemente baja.

Sería una locura hacerlo.

—En realidad no conozco vuestro futuro —digo, sinceramente—. Sólo los detalles de ese poema, y ha habido muchas discrepancias entre él y los acontecimientos reales...

—¿Responderás a mis preguntas sobre el futuro? —posa su mano en mi pecho.

—Sí —digo.

—¿Está condenada Ilión? —La voz de Helena es firme, calmada, suave.

—Sí.

—¿Será tomada por la fuerza o por la astucia?

Por el amor de Dios, no puedo decirle eso, pienso.

—Por la astucia —digo.

Helena sonríe.

—Odiseo —murmura.

Yo no digo nada. Me digo que, si no le doy ningún detalle, estas revelaciones no afectarán a los hechos.

—¿Morirá Paris antes de que caiga Troya? —pregunta ella.

—Sí.

—¿A manos de Aquiles?

¡Nada de detalles!, clama mi consciencia.

—No —-digo. Al carajo.

—¿Y el noble Héctor?

—Muerte —digo, sintiéndome como una especie de juez sádico.

—¿A manos de Aquiles?

—Sí.

—¿Y Aquiles? ¿Volverá vivo de esta guerra?

—No.

Su destino estará sellado en cuanto mate a Héctor, y lo sabe, lo sabe por una profecía que ha llevado consigo como un cáncer durante años. ¿Una vida larga o la gloria? Homero dijo que ésa fue... es... será la decisión que debe tomar. Pero, según la profecía, sólo será conocido como hombre, no como el semidiós en el que se convertirá si mata a Héctor en combate. Pero tiene una opción. ¡El futuro no está decidido!

—¿Y el rey Príamo?

—Muerte —digo, con un ronco susurro. Asesinado en su propio palacio, en su templo privado en honor a Zeus. Será hecho pedazos como un ternero sacrificado a los dioses.

—¿Y el hijo pequeño de Héctor, Escamandrio, a quien el pueblo llama Astianacte?

—Muerte —digo. Cierro los ojos ante la imagen de Pirro arrojando al niño desde la muralla.

—¿Y Andrómaca, la esposa de Héctor? —susurra Helena.

—Esclavizada —digo. Y Helena continúa con esta letanía de preguntas, estoy seguro de que me volveré loco. No importaba desde la distancia, desde la mirada desinteresada de observador de un escólico. Pero ahora estoy hablando de gente a la que he visto y conocido... y con la que me he acostado. Me sorprendo que Helena no haya preguntado por su propio destino. Tal vez no lo haga nunca.

—¿Y yo moriré en Ilión? —pregunta, la voz todavía calma.

—No.

—¿Pero me encontrará Menelao?

—Sí.

Me siento como uno de esos muñecos de feria que te decían la fortuna, tan populares en mi infancia. ¿Por qué no le respondo como lo harían ellos? Sería más parecido al Oráculo de Delfos: El futuro es vaporoso. O: Pregunta otra vez. ¿Estoy alardeando ante esta mujer?

Ya es demasiado tarde.

—¿Menelao me encuentra pero no me mata? ¿Sobrevivo a su cólera?

—Sí.

Recuerdo el relato de Odiseo en la Odisea. Menelao encuentra a Helena escondida en las habitaciones de Deífobo, en el gran palacio real, cerca del altar de Paladión, y el marido cornudo se abalanza hacia ella, la espada desnuda, con la intención de matar a la hermosa mujer. Helena descubrirá su pecho a su marido, como invitando a descargar el golpe, como deseándolo... y entonces Menelao dejará caer la espada y la besará. No está claro si Deífobo, uno de los hijos de Príamo, morirá a manos de Menelao antes o después de esto...

—¿Pero me lleva de vuelta a Esparta? —susurra Helena—. Paris muerto, Héctor muerto, todos los grandes guerreros de Ilión muertos o pasados por la espada, todas las grandes mujeres de Troya muertas o arrastradas a la esclavitud, la ciudad incendiada, su muralla derribada y sus torres destruidas, la tierra cubierta de sal para que nada vuelva a crecer jamás... ¿y yo viviré y Menelao me llevará de vuelta a Esparta?

—Algo así —digo yo, advirtiendo lo absurdo que parece.

Helena se levanta de la cama y camina desnuda hasta la terraza que da al patio. Durante un minuto olvido mi papel de Casandra y me quedo embobado contemplando el cabello oscuro que le cae por la espalda, sus perfectos glúteos y sus piernas fuertes. Permanece desnuda en la balustrada, sin volverse hacia mí, y dice:

—¿Y qué hay de ti, Hock-en-beee-rry? ¿Te han dicho los Hados tu propio destino a través de ese poema suyo?

—No —confieso—. No soy lo bastante importante para aparecer en el poema. Pero estoy bastante seguro de que moriré hoy.

Ella se vuelve. Espero que Helena esté llorando después de lo que le he contado (si es que me cree), pero sonríe levemente.

—¿Sólo «bastante seguro»?

—Sí.

—¿Morirás a causa de la cólera de Afrodita?

—Sí.

—He sentido esa cólera, Hock-en-beee-rry. Si se le antoja matarte, lo hará.

Bueno, eso si que es dar ánimos. Callo durante un rato. Desde la terraza abierta llega un rumor.

—¿Qué es eso? —pregunto.

—Las mujeres de Troya siguen suplicando a Atenea piedad y protección divina, cantan y hacen sacrificios en su templo, como ordenó Héctor —dice Helena. Se da de nuevo la vuelta y contempla el patio interior, como si intentara encontrar al solitario pájaro que canta.

Demasiado tarde para la piedad de Atenea, pienso. Entonces, sin pensarlo, digo:

—Afrodita quiere que mate a Atenea. Me ha dado el Casco de Hades y otras herramientas para que pueda hacerlo.

Helena vuelve la cabeza e incluso a la tenue luz percibo su expresión de sorpresa, su palidez. Es como si finalmente hubiera reaccionado a mi terrible oráculo. Desnuda, regresa y se sienta al borde de la cama, donde yo estoy apoyado en un codo.

—¿Matar a Atenea, has dicho? —susurra, la voz más baja que nunca.

Asiento.

—¿Se puede entonces matar a los dioses? —pregunta Helena, la voz tan baja que apenas consigo oírla desde un palmo de distancia.

—Creo que se puede —digo—. Ayer mismo, oí a Zeus decirle a Ares que los dioses podían morir.

Entonces le hablo de Afrodita y Ares, de sus heridas, el extraño lugar donde están curándose. Le explico cómo Afrodita saldrá hoy de esta tina, cómo es posible que ya lo haya hecho, ya que el Olimpo sigue el mismo esquema día-noche que Ilión y allí ya es también mañana.

—¿Puedes viajar al Olimpo? —susurra ella. Helena parece perdida en sus pensamientos. Su expresión ha cambiado lentamente de la sorpresa a... ¿qué?—. ¿Ir y volver de Ilión al Olimpo cada vez que te plazca? —pregunta.

Vacilo. Sé que ya he contado demasiado. ¿Y si esta Helena es solamente mi musa morfeada? Se que no lo es. No me pregunten cómo lo sé. Y al infierno si lo es.

—Sí —respondo, también susurrando ahora, aunque el personal de la casa no está despierto todavía— Puedo ir al Olimpo cuando quiero y quedarme allí sin que me vean los dioses.

A excepción del pajarillo que piensa que ya es de día, la ciudad y el palacio están extrañamente silenciosos. Hay guardias en la entrada principal, lo sé, pero no oigo el roce de sus sandalias ni el golpeteo de sus lanzas sobre la piedra. Las calles de Ilión, nunca totalmente en silencio, parecen calladas ahora. Incluso los cánticos de las mujeres en el templo de Atenea han cesado.

—¿Te dio Afrodita los medios para matar a Atenea, Hock-en-beee-rry? ¿Algún arma de los dioses?

—No.

No le hablo del Casco de la Muerte de Hades ni del medallón TC. Ninguna de esas cosas podrían matar a una diosa.

De repente la corta daga aparece de nuevo en su mano, a pulgadas de mi piel. ¿Dónde guarda esa cosa? ¿Cómo la hace aparecer así? Supongo que los dos tenemos nuestros pequeños secretos.

La daga se acerca.

—Si te mato ahora —susurra Helena—. ¿cambiará la canción de Ilión que conoces? ¿Cambiará el futuro... este futuro?

Éste no es el momento de ser sincero, Tommy, chico, me advierte la parte cuerda de mi cerebro. Pero digo la verdad de todas formas.

—No lo sé. No veo cómo. Es mi... destino... morir hoy. Supongo que no importa si es por tu mano o la de Afrodita. De todas formas, no soy un actor de este drama, sólo un observador.

Helena asiente pero sigue pareciendo distraída, como si su pregunta sobre mi muerte tuviera pocas consecuencias de todas formas. Alza la daga hasta que su punta casi toca la firme carne blanca bajo su barbilla.

—Si me quito la vida ahora mismo, ¿cambiará la canción? —pregunta.

—No sé cómo salvará a Ilión o cambiará el resultado de la guerra —respondo. Esto no es completamente cierto. Helena es una figura central de la Ilíada de Homero, y no tengo ni idea de si los griegos se quedarían a terminar la lucha o no si ella se suicida. ¿Por qué lucharían si Helena estuviera muerta? Por la gloria, el honor, el botín. Pero con Helena eliminada como premio para Agamenón y Menelao, y Aquiles todavía rumiando en su tienda, ¿habría botín suficiente para mantener a las decenas y decenas de miles de aqueos en la batalla? Llevan saqueando las tierras y ciudades costeras de Troya casi una década ya. Tal vez ya hayan tomado suficiente y estén buscando una excusa, y por eso Menelao aceptó el combate singular con Paris para decidirlo todo, antes de que Afrodita se llevara a Paris. De vuelta a la cama, Helena y Paris practicando el sexo en esta misma cama hace unas pocas horas. Tal vez el suicidio de Helena terminaría en efecto con la guerra.

Ella baja la daga.

—He pensado en matarme desde hace diez años, Hock-en-beee-rry. Pero tengo demasiada ansia por la vida y demasiado poco amor a la muerte, aunque merezca morir.

—No mereces morir —digo yo.

Ella sonríe.

—¿Merece morir Héctor? ¿Lo merece su bebé? ¿Y el noble Príamo, el más generoso de los padres para conmigo? ¿Se merecen morir todas esas personas a quienes oyes despertarse en la ciudad? Incluso los guerreros de Aquiles y todos los demás que ya han bajado al frío Hades... ¿se merecen morir por una mujer casquivana que eligió la pasión y la vanidad y el secuestro por encima de la fidelidad? ¿Y qué hay de los miles de mujeres troyanas que han servido bien a sus dioses y maridos, pero que serán apartadas de sus hogares y sus hijos y serán vendidas como esclavas por mi culpa? ¿Merecen ese destino, Hock-en-beee-rry, sólo porque yo escogí vivir?

—No te mereces morir —digo tozudamente. Todavía tengo su olor en mi piel, mis dedos, mi pelo.

—Muy bien —dice Helena, y desliza la daga bajo el colchón—, ¿Entonces me ayudarás a vivir y seguir libre? ¿Me ayudarás a detener esta guerra? ¿O a cambiar al menos su resultado?

—¿Qué quieres decir?

Me pongo en guardia. No tengo ningún interés en intentar ayudar a los troyanos a ganar esta batalla. Y no podría hacerlo si lo intentara. Hay demasiadas fuerzas en juego, por no mencionar a los dioses.

—Helena —digo—, hablaba en serio cuando decía que no me queda tiempo. Afrodita saldrá hoy de su tina de recuperación, y aunque pueda esconderme de los otros dioses, ella podrá encontrarme cuando quiera. Aunque no me mate en el acto por desobedecerla, no tendré libertad para actuar en el poco tiempo que me queda como escólico.

Helena aparta la sábana que me cubre. Ahora hay ya más luz y puedo verla mejor que en ningún otro momento desde que la contemplé en la bañera anoche. Se monta a horcajadas sobre mí, coloca una mano sobre mi pecho mientras baja la otra, buscando, incitando.

—Escúchame —dice, inclinándose hacia mí, ofreciéndome sus pechos—. Si vas a cambiar nuestros destinos, tienes que encontrar el fulcro.

Lo interpreto como una invitación y trato de penetrarla.

—No, todavía no —susurra ella—. Escúchame, Hock-en-beee-rry.

Si vas a cambiar nuestros destinos, tienes que encontrar el fulcro. Y no me refiero a lo que estás haciendo ahora.

Es difícil, pero me detengo lo suficiente para escucharla.

Hora y media más tarde la ciudad despierta y yo camino por las calles, vestido con todos mis aparejos escólicos y morfeado de lancero tracio. El sol ha salido y la ciudad cobra plenamente vida, con calles con puestos callejeros abiertos, rebaños de animales, niños que corren y guerreros que desayunan tambaleantes antes de salir a matar.

Cerca del mercado, encuentro a Nightenhelser (morfeado de guarda dárdano pero visible como Nightenhelser a través de mis lentes) desayunando en un restaurante al aire libre que ambos hemos frecuentado. Alza la cabeza y me reconoce.

No huyo ni empleo el Casco de Hades para desaparecer. Me siento con él a la mesa bajo un árbol bajo y pido pan, pescado seco y fruta para desayunar.

—Nuestra musa te estaba buscando en los barracones antes del amanecer —dice el grueso Nightenhelser—. Y de nuevo junto a las murallas esta mañana. Preguntaba por ti. Parece ansiosa por encontrarte.

—¿Te preocupa que te vean conmigo? —pregunto—. ¿Quieres que me vaya?

Nightenhelser se encoge de hombros.

—Todos los escólicos vivimos un tiempo prestado, de todas formas. ¿Qué importa? Tempus edax rerum.

Llevo tanto tiempo pensando en griego antiguo que tardo un segundo en traducir del latín. El tiempo es un devorador. Tal vez, pero quiero más. Rompo el pan caliente y fresco y como, maravillándome de su glorioso sabor y del dulce vino del desayuno. Todo parece, huele y sabe más nítido, más limpio, más nuevo y maravilloso esta mañana. Tal vez sea por la lluvia de anoche. Tal vez sea por otra cosa.

—Hueles sospechosamente a perfume esta mañana —dice Nightenhelser.

Al principio mi única respuesta es el rubor (¿puede el otro escólico oler en mí los placeres de la noche?), pero entonces me doy cuenta de a qué se refiere. Helena insistió en que me bañara con ella antes de marcharme. La vieja esclava encargada de dirigir el acarreo de agua caliente al baño era Etra, hija de Piteo, esposa del rey Egeo y madre del famoso Teseo, el gobernador de Atenas y el hombre que secuestró a Helena cuando tenía once años. Recuerdo el nombre de Etra de mis días de estudiante. El doctor Fertig, un magnífico experto en Homero, insistía en que el nombre había sido escogido al azar. «Etra, hija de Piteo» le debió sonar bien a Homero o algún poético predecesor que necesitaba un nombre para una simple esclava, decía el doctor Fertig, y que la madre del noble Teseo no podía ser en modo alguno la sirvienta de Helena en Troya. Bueno... pues se equivocaba, doctor Fertig. Hace sólo media hora, mientras retozaba en la bañera hundida de mármol con una Helena desnuda, ella mencionó que la vieja esclava Etra era, en efecto, la mamá de Teseo, que los hermanos de Helena, Cástor y Polideuces, cuando fueron rescatados del cautiverio al que los sometió Teseo, se llevaron a la anciana como castigo, y que Paris se la había llevado con ellos también a Troya.

—¿Estás pensando en algo, Hockenberry? —-preguntó Nightenhelser.

Me sonrojé otra vez. Hasta entonces había estado pensando en los suaves pechos de Helena, visibles a través de las burbujas del baño. Comí un poco de pescado y dije:

—No estuve en el campo ayer por la noche. ¿Ocurrió algo interesante?

—No mucho. Sólo el gran duelo de Héctor con Ayax. Justo el enfrentamiento que llevamos esperando desde que las naves aqueas llegaron a la orilla. Justo todo el Canto Séptimo, enterito.

—Oh, eso —dije. El Canto Séptimo era un excitante duelo entre Héctor y el gigante aqueo, pero no sucedía nada. Ningún hombre hería al otro, aunque Ayax era obviamente mejor guerrero, y cuando la noche era demasiado oscura para seguir combatiendo, Ayax y Héctor pidieron una tregua, intercambiaron regalos de armaduras y armas, y ambas partes volvieron a incinerar a sus muertos. No me había perdido nada crucial; nada por lo que renunciar a un minuto con Helena.

—Hubo algo extraño —dijo Nightenhelser.

Comí pan y esperé.

—Sabes que se supone que Héctor sale de la ciudad con su hermano, Paris, y que ambos lideran a los troyanos en la batalla. Homero dice que Paris mata a Menesteo al principio de la lucha.

—¿Sí?

—Y más tarde, ¿recuerdas que el consejero del rey Príamo, Antenor, aconseja a sus camaradas troyanos que devuelvan a Helena y todos los tesoros saqueados en Argos, que los devuelvan y dejen que los aqueos se marchen en paz?

—Eso es después de que Ayax y Héctor se hagan amigos después de no matarse el uno al otro e intercambian regalos en el campo, ¿no?

—Sí.

—Bueno, ¿pues qué pasa con eso?

Nightenhelser suelta su copa.

—Bueno, es Paris quien se supone que responde a Antenor e insta a los troyanos a no entregar a Helena, pero se ofrece a entregar los regalos a cambio de la paz.

—¿Y? —digo, advirtiendo adonde quiere ir aparar. Siento de pronto que el estómago me tiembla.

—Bueno, Paris no estuvo allí anoche... ni salió con Héctor por las Puertas Esceas, ni mató a Menesteo, ni ofreció siquiera la propuesta de paz al anochecer.

Asiento y mastico.

—¿Y?

—Es una de las discrepancias más grandes que hemos visto, ¿no Hockenberry?

Tengo que encogerme otra vez de hombros.

—No lo sé. El Canto Séptimo muestra a los aqueos construyendo su muralla defensiva y la trinchera cerca de la costa, pero tú y yo sabemos que esas defensas llevan aquí desde el primer mes después de su llegada. Homero mezcla a veces la cronología.

Nightenhelser me mira.

—Tal vez. Pero la ausencia de Paris para rebatir la sugerencia de Antenor respecto a entregar a Helena fue extraña. Finalmente, el rey Príamo habló por su hijo, diciendo que estaba seguro de que Paris nunca entregaría a la mujer, pero que podría renunciar al tesoro. Pero sin Paris allí en persona, muchos troyanos presentes mostraron su acuerdo. Es lo más parecido a un tratado de paz que he visto en todos los años que llevo aquí, Hockenberry.

Siento la piel fría. Mi desliz con Helena anoche, mi larga personificación de Paris ya ha cambiado algo importante en el fluir de los acontecimientos. Si la musa hubiera conocido los detalles de la Ilíada (cosa que no sabía), habría sabido de inmediato que yo había ocupado el lugar de Paris en la cama junto a Helena.

—¿Has informado de la discrepancia a la musa? —pregunto en voz baja. Nightenhelser tendría que haber terminado su turno al anochecer. Como yo había desaparecido, era el único escólico de guardia anoche. Su deber era informar de esas rarezas.

Nightenhelser mastica lentamente los restos de su pan.

—No —dice por fin.

Dejo escapar un suspiro.

—Gracias —digo.

—Será mejor que nos vayamos —dice el otro escólico. El restaurante se está llenando de troyanos y sus esposas que esperan un sitio. Mientras dejo caer unas monedas sobre la mesa, Nightenhelser me toma del brazo—. ¿Sabes lo que estas haciendo, Hockenberry?

Lo miro a los ojos. Mi voz es firme cuando respondo:

—Sinceramente, no.

Una vez en la calle, parto en dirección contraria a la de Nightenhelser. Tras entrar en un callejón vacío, me pongo la capucha del Casco de Hades y toco el medallón TC.

Es el amanecer en la cima del monte Olimpo. Los edificios blancos y los prados verdes reflejan la luz rica pero más débil que hay aquí. Siempre me he preguntado por qué el sol parece más pequeño alrededor del Olimpo que en los cielos de Ilión.

Ya había visto antes el lugar donde aparcan los carros, cerca del edificio de la musa, y por eso he venido aquí. Contengo la respiración mientras un carro baja en espiral del cielo de la mañana y aterriza a dos metros de donde estoy, pero Apolo baja y se marcha sin reparar en mí. El Casco de Hades todavía funciona.

Me subo al carro y toco la placa de bronce que hay en la parte delantera. Observé con atención a la musa cuando nos hizo sobrevolar el lago de la caldera el otro día. Una placa transparente y brillante cobra existencia unos centímetros por encima del bronce. Toco los iconos siguiendo la secuencia que vi usar a la musa.

El carro se agita, se alza, vuelve a agitarse, y se estabiliza mientras yo muevo el brillante controlador virtual de energía que hay junto a los indicadores. Lo giro a la izquierda y dejo que el carro vire a veinte metros del suelo. Toco el icono con la flecha hacia delante y el carro se abalanza hacia el frente, volando al sur por encima del lago azul. A cualquier dios que pudiera estar observando, le parecería un carro vacío que vuela solo, pero no hay ningún dios visible mirando.

Al otro lado del lago, gano altura y trato de encontrar el edificio adecuado. Allí... justo más allá del Gran Salón de los Dioses.

Una diosa (no la reconozco) grita desde las escalinatas del enorme edificio y otros dioses salen a ver qué ocurre, pero ya es demasiado tarde: he identificado el edificio que busco: gigantesco, blanco, con una puerta abierta.

Ya le estoy pillando el tranquillo a los controles del carro y bajo en picado a veinte palmos del suelo y acelero hacia el edificio. Tengo que alzar el lado izquierdo del carro casi en perpendicular con el suelo (no me caigo, hay gravedad artificial en la máquina) mientras me interno entre las gigantescas columnas a setenta u ochenta kilómetros por hora.

Dentro, el espacio es tal como recordaba: las tinas gigantescas llenas de borboteante líquido violeta, gusanos verdes pululando alrededor de los dioses inconscientes que flotan mientras son curados. El Curador (una gigantesca criatura centípeda con brazos metálicos y ojos rojos) está al otro lado de la tina de reconstrucción de Afrodita, preparado para sacarla de allí, supongo, y sus ojos rojos me miran y sus muchos brazos tiemblan mientras el carro se abalanza en el espacio tranquilo; pero no está entre mi objetivo y yo y acelero antes de que ni él ni nada pueda detenerme.

Sólo en el último segundo decido saltar y no quedarme en el carro. Debe ser el recuerdo de Helena, la noche con Helena, el placer renovado por la vida en aquellas horas con Helena.

El Casco de Hades todavía me protege. Salto del veloz carro, aterrizo de golpe, siento algo doblarse o romperse en mi hombro izquierdo y luego doy vueltas hasta detenerme mientras el carro vuela directamente hacia la tina de reconstrucción, rompiendo plástico y acero, arrojando líquido violeta a treinta metros de altura. Algo (una parte del carro o un enorme añico del cristal de la tina) rompe en dos al gigantesco Curador centípedo.

El cuerpo de Afrodita rueda por el suelo en medio de una oleada de líquido violeta y una masa hirviente de gusanos verdes moribundos. Las otras tinas (incluyendo la que contiene a Ares en su nido de gusanos) se agitan pero no se rompen ni caen.

Se disparan pitos, alarmas, sirenas que me ensordecen.

Intento levantarme, pero mi cabeza, la pierna izquierda y el hombro derecho me duelen enormemente y me desplomo. Me arrastro hasta un lado de la sala, tratando de mantenerme apartado de la baba verde. No temo lo que me puedan hacer los productos químicos, pero el contorno de mi cuerpo será visible en la riada si no puedo escapar de ella. Puntos negros bailan ante mi visión y me doy cuenta de que voy a perder el conocimiento. Dioses y flotantes máquinas robóticas corren hacia la gran sala de curación.

En los segundos que pasan antes de que pierda el conocimiento, veo al poderoso Zeus entrar, la capa oscilante, el ceño fruncido.

Lo que vaya a pasar a continuación tendrá que ser sin mí. Apoyo la frente contra el frío suelo, cierro los ojos y dejo que la negrura me trague.

 

22 - La costa de la planicie Chryse

 

—Maté a mi amigo, Orphu de Io —le dijo Mahnmut a William Shakespeare.

Los dos caminaban por los barrios situados a orillas del Támesis. Mahnmut sabía que estaban a finales del verano de 1592, aunque no sabía cómo lo sabía. El río estaba repleto de barcazas, chalanas y barcos de mástiles cortos. Más allá de los edificios Tudor y las desvencijadas casas de la orilla norte se alzaban las espiras y torres de Londres. Una bruma calurosa gravitaba sobre el río y tras los barrios, a cada orilla.

—Debería haber salvado a Orphu, pero no pude —dijo Mahnmut. Tenía que caminar rápido para mantener el ritmo del dramaturgo.

Shakespeare era un hombre fornido, de veintitantos años, habla suave, vestido de manera más digna de lo que Mahnmut habría esperado de un actor y autor teatral. El rostro del joven era un óvalo afilado, con entradas ya acusadas, patillas, un poco de barba y un fino bigote como si Shakespeare estuviera experimentando con una barba más permanente. Su cabello era castaño, sus ojos de un verde grisáceo, y llevaba un jubón negro del que sobresalían los holgados y suaves cuellos de una camisa blanca y unos cordones blancos que colgaban. Un pequeño arete de oro pendía de la oreja izquierda del escritor.

Mahnmut quería hacerle a Shakespeare un millar de preguntas: ¿qué estaba escribiendo?, ¿cómo era la vida en esta ciudad que pronto sería asolada por la peste?, ¿cuál era la estructura oculta de los sonetos? Pero de lo único que podía hablar era de Orphu.

—Intenté salvarlo —explicó Mahnmut—. El reactor de La Dama Oscura se desconectó y luego las baterías murieron a menos de cinco kilómetros de la costa. Intenté encontrar un hueco en alguna de las muchas cuevas que hay a lo largo de los acantilados... un lugar donde pudiéramos esconder el submarino.

—¿La Dama Oscura? —preguntó Shakespeare—. ¿Ése es el nombre de vuestro navío?

—Sí.

—Continuad, os lo ruego.

—Orphu y yo estuvimos hablando sobre las caras de piedra —dijo Mahnmut—. Era de noche... nos acercábamos a la costa de noche, a cubierto de la oscuridad, pero yo usaba el visor nocturno y le describía las caras. Él estaba todavía vivo. La nave proporcionaba suficiente O2 para él.

—¿O2?

—Aire —explicó Mahnmut—. Como digo, le estaba describiendo las grandes cabezas de piedra...

—¿Grandes cabezas de piedra? ¿Estatuas?

—Monolitos de unos veinte metros de altura —dijo Mahnmut.

—¿Reconocisteis el rostro de la estatua? ¿Era algún conocido vuestro, o quizás un rey o un conquistador famoso?

—Estaba demasiado lejos para que viera muchos detalles de las caras —dijo Mahnmut.

Habían llegado a un amplio puente de muchos arcos cubiertos de edificios de dos plantas. Un pasaje de unos cuatro metros de ancho corría bajo las estructuras, como una carretera a través de un túnel, y en aquel momento un abigarrado puñado de peatones esquivaba un rebaño de ovejas que alguien conducía a la ciudad. A lo largo de ese camino había cabezas humanas clavadas en picas, algunas secas y momificadas, otras simples cráneos con algún mechón de pelo o jirones de carne podrida, otras tan sorprendentemente frescas que conservaban color en las mejillas o los labios.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Mahnmut. Sus partes orgánicas sintieron náuseas.

—El Puente de Londres —dijo Shakespeare—. Decidme qué le sucedió a vuestro amigo.

Cansado de mirar hacia arriba para ver al dramaturgo, Mahnmut se subió a un muro de piedra que servía de balustrada. Pudo ver una impresionante torre al este, y supuso que era la de Ricardo III. Sabiendo que estaba soñando o muriendo por falta de aire, Mahnmut no quiso que aquel sueño terminara antes de hacerle a Shakespeare una preguntita o dos.

—¿Habéis empezado ya a escribir vuestros sonetos, maese Shakespeare?

El dramaturgo sonrió y contempló el apestoso Támesis, luego se volvió a mirar la hedionda ciudad. Había detritos por todas partes, y cadáveres de caballos muertos y ganado pudriéndose en los charcos de barro; mientras un salvaje efluvio de sanguinolentas vísceras de pollo flotaban en los canales al descubierto y giraban en las aguas estancadas. Mahnmut casi había desconectado sus sensores olfativos. No entendía cómo aquel humano con su nariz completa podía soportarlo.

—¿Cómo sabéis que estoy experimentando con el soneto? —preguntó Shakespeare.

Mahnmut imitó un encogimiento de hombros humano.

—Una suposición. ¿Así que los habéis iniciado?

—He considerado jugar con la forma —admitió el dramaturgo.

—-¿Y quién es el Joven de los sonetos? —preguntó Mahnmut, casi sin aliento por la expectativa de desentrañar ese antiguo misterio—. ¿Es Henry Wriothesley, el conde de Southampton?

Shakespeare parpadeó sorprendido y miró con atención al moravec.

—Parecéis seguirme muy de cerca en esos asuntos, pequeño Calibán.

Mahnmut asintió.

—¿Entonces es Wriothesley el Joven de los sonetos?

—Su alteza cumplirá diecinueve años este octubre y el bozo de su labio superior, se dice, se ha convertido en pelo —dijo el dramaturgo—. No es precisamente un joven.

—William Herbert, entonces —sugirió Mahnmut—. Sólo tiene doce años y se convertirá en el tercer conde de Pembroke dentro de nueve.

—¿Conocéis las fechas de futuros ascensos y sucesiones? —dijo Shakespeare con tono de ironía—. ¿Sabe maese Calibán navegar el mar del tiempo además de este océano de Marte del que habla?

Mahnmut estaba demasiado entusiasmado con la resolución de aquel enigma para responder a eso.

—Le dedicaréis el gran Folio de 1623 a William Herbert y su hermano, y cuando vuestros sonetos se publiquen, los dedicaréis al «Señor W. H.».

Shakespeare miró al moravec como si fuera un sueño producido por la fiebre. Mahnmut quiso decir: No, vos sois el sueño de un cerebro moribundo, maese Shakespeare. No yo. En voz alta, dijo:

—Es que me parece interesante que tuvierais a un hombre joven o a un muchacho por amante.

La reacción del poeta sorprendió a Mahnmut: Shakespeare se dio la vuelta, desenvainó una daga de su cinturón, y la colocó sobre la unidad de cabeza del moravec.

—¿Tenéis un ojo, Pequeño Calibán, donde pueda enterrar mi hoja? Cuidando de no bajar su permicarne hasta la punta de la hoja, Mahnmut negó ligeramente con la cabeza.

—Os pido disculpas —dijo—. Soy extraño en vuestra ciudad, en vuestro país, y desconozco vuestras costumbres.

—¿Veis esas tres cabezas más cercanas, en los postes del puente? —preguntó Shakespeare.

—Sí.

—La semana pasada a esta hora desconocían nuestras costumbres

—Comprendo —dijo Mahnmut—. Perdonad, señor.

Shakespeare volvió a guardar la daga en su vaina de cuero. Mahnmut recordó que el hombre era actor, acostumbrado a fiorituras y exageraciones, aunque la daga era puntiaguda, no como las que se usan en el teatro. Y la respuesta de Shakespeare no había sido una negativa a la pregunta de Mahnmut.

Ambos volvieron a mirar el río. El sol colgaba imposiblemente grande y anaranjado y bajo en la neblina del río, al oeste. La voz de Shakespeare, cuando habló, fue suave.

—Si escribo esos sonetos, Calibán, lo haré para explorar mis propios fallos, debilidades, compromisos, autoengaños y penosas ambigüedades, como uno busca en un hueco ensangrentado el diente que falta después de una reyerta de taberna. ¿Cómo matasteis a vuestro amigo, ese Orphu de Io?

Mahnmut tardó un segundo en contestar a la pregunta.

—No pude llevar a La Dama a la caleta que había visto en la costa —dijo—. Lo intenté y fracasé. El reactor del submarino murió de repente, la energía se apagó. La Dama se hundió en menos de cuatro brazas de agua, a tres kilómetros o así de la cueva. Intenté vaciar todos los tanques de lastre para volcarla de lado y poder soltar las puertas de la bodega y llegar a mi amigo... pero se hundió rápidamente.

Mahnmut miró al poeta. Shakespeare parecía estar prestando atención. Los edificios del puente, tras él, estaban rojos por el amanecer en el Támesis.

—Salí y pasé a O2 interno y bucee durante horas —continuó Mahnmut-—. Usé palanquetas y lo que quedaba de acetileno y mis dedos manipuladores, pero no logré abrir las puertas, no pude despejar los escombros del acceso inundado a la bodega. Orphu mantuvo la conexión durante un tiempo, pero lo perdí cuando fallaron los sistemas internos. Nunca pareció preocupado, nunca asustado, sólo cansado... muy cansado. Hasta que la comunicación falló. Estaba oscuro. Debí perder el sentido. Tal vez estoy en el seno del océano marciano ahora mismo, muerto con Orphu, o muriendo, soñando esta conversación mientras las últimas células de mi cerebro orgánico se desconectan.

—Tu seno se ha enriquecido con todos los corazones —dijo Shakespeare con monotonía—, que al faltarme suponía muertos, y allí reina el amor, y todos los adorables atributos del amor, y todos los amigos que creía sepultados.

Mahnmut recuperó la consciencia y se encontró en la playa, a la luz del día marciano, rodeado de docenas de hombrecillos verdes. Estaban inclinados sobre él, observándolo con los ojillos negros de sus caras verdes y transparentes. Retrocedieron uno o dos pasos cuando Mahnmut se enderezó con un ligero zumbido de sus servos.

Eran muy pequeños. Mahnmut medía poco más de un metro. Esas... personas... eran más bajas que él. Eran de forma más humanoide que Mahnmut, pero de aspecto no completamente humano. Eran bípedos, con brazos y piernas, pero no tenían orejas, ni nariz, ni boca. No llevaban ropa y sólo tenían tres dedos en cada mano, como los personajes de los dibujos animados que Mahnmut había visto en archivos de la Edad Perdida. Carecían de sexo, advirtió Mahnmut, y su carne (si carne era), transparente, como suave plástico, dejaba ver un interior sin órganos ni venas. Los cuerpos estaban llenos de flotantes glóbulos y masas verdes, partículas y pompas, todo fluyendo y borboteando de una manera no muy distinta a como lo hacía la amada lámpara de lava de Mahnmut, ahora abandonada con el submarino roto.

Más hombrecillos verdes bajaban por un camino abierto en la cara del acantilado. Mahnmut vio la última de las caras de piedra erigidas aproximadamente a un kilómetro al este. Otra estaba en posición horizontal sobre una larga plataforma de madera colocada sobre ruedas, muy por encima de ellos, cerca del borde del precipicio, sostenida por cuerdas. Los detalles de las caras no eran discernibles.

Al infierno con las cabezas. Mahnmut giró y escrutó el mar y la playa. Olas tibias iban llegando con la regularidad de un metrónomo. ¿Dónde está La Dama Oscura?

Allí estaba: a doscientos metros, con parte de la quilla superior y la superestructura de mando claramente visibles. El medidor de profundidad y el sonar habían muerto antes que ella, y Mahnmut había cometido tal vez la más antigua y ultrajante de todas las ofensas que un capitán pueda cometer: abandonar su nave. Había recurrido al ojo interno mientras trabajaba desesperadamente por liberar las puertas de la bodega del arenoso y fangoso fondo del mar, pero comprendió que debía haberse desmayado y había llegado a la orilla durante la noche.

¡Orphu! ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente, soñando con Shakespeare? El cronómetro interno de Mahnmut dijo que habían pasado poco menos de cuatro horas.

Puede que todavía esté vivo ahí dentro. Empezó a caminar hacia el agua, intentando caminar por el fondo hasta el sumergible varado.

Una docena de hombrecillos verdes se interpusieron entre él y el agua, bloqueándole el camino. Luego veinte. Después cincuenta. Un centenar más lo rodearon en la playa.

Mahnmut nunca había alzado una mano o un manipulador con furia, pero ahora estaba dispuesto a luchar, a golpear y herir y patalear para abrirse paso entre la multitud si era necesario. Pero intentaría hablar primero.

—Apartaos de mi camino —dijo, la voz amplificada al máximo y resonando con fuerza en el aire marciano—. Por favor.

Los ojos negros en aquellas caras verdes lo miraron. Pero no tenían oídos para oírle ni bocas para hablar.

Mahnmut se rió sin ganas y empezó a abrirse paso entre ellos, sabiendo que por muy fuerte que fuese lo vencerían por superioridad numérica: se sentarían sobre él y lo destrozarían. La idea de semejante violencia, suya o de ellos, hizo que sus interiores orgánicos se encogieran de horror.

Uno de los hombrecillos verdes alzó la mano como para decir «alto». Mahnmut se detuvo. Todas las cabezas verdes se volvieron hacia la derecha y miraron hacia la playa. La multitud se separó como por arte de magia mientras un hombrecillo verde que parecía exactamente igual que los demás se acercaba. Se detuvo delante de Mahnmut y extendió ambas manos como si le tendiera un cuenco invisible o rezara.

Mahnmut no comprendió. Ni tampoco quería perder tiempo comunicándose mediante el lenguaje de signos. Orphu podía seguir vivo.

Dejó atrás al hombrecillo, pero otra docena cerró filas tras ese emisario, bloqueándole el paso. Mahnmut tendría que luchar o prestar atención a los gestos de la figura verde.

Dejó escapar un suspiro no muy distinto a un gemido y se detuvo, tendiendo las manos para imitar el gesto del hombrecillo.

El emisario sacudió la cabeza, tocó el brazo izquierdo de Mahnmut (los sensores orgánicos y moravéquicos le dijeron que los dedos verdes estaban fríos) y bajó el brazo de Mahnmut, luego le agarró el derecho. El hombrecillo verde se acercó la mano de Mahnmut hasta que los dedos y la palma del moravec se apoyaron contra la carne fría y transparente.

El hombrecillo verde empujó con fuerza, impulsándose hacía delante y sosteniendo la mano de Mahnmut con más y más tesón hasta que la palma del moravec marcó el pecho plano, empujó la carne hacia dentro y luego... la atravesó.

Mahnmut, sorprendido, habría apartado la mano, pero el hombrecillo verde no soltó su presa. Mahnmut vio su mano oscura entrar en el fluido del pecho del hombrecillo verde, sintió la carne transparente cerrándose con fuerza alrededor de su antebrazo en un sellado al vacío.

Todos los hombrecillos verdes se llevaron la mano al pecho.

Los dedos abiertos de Mahnmut encontraron algo duro, casi esférico. Vio una pompa verde del tamaño de un corazón humano en el centro del pecho del hombrecillo. Su palma sintió su pulso.

El hombrecillo verde tiró de nuevo y Mahnmut comprendió. Cerró los dedos orgánicos alrededor de la pompa.

¿QUÉ

NECESITAS?

Sorprendido, Mahnmut casi liberó la mano. Se obligó a dejar los dedos tal como estaban, enroscados en torno a la pompa-corazón del hombrecillo verde. Mahnmut había percibido la pregunta fluir hasta su cerebro en pulsos, latidos, vibraciones. No con palabras, desde luego no en inglés ni ruso ni francés ni chino ni primario ni en ningún idioma que Mahnmut hubiera utilizado jamás. No sabía cómo responder, así que habló.

—Tengo que salvar a mi amigo, que está atrapado en la nave de allí.

Ciento cincuenta cabezas verdes se volvieron al unísono para mirar el sumergible. Trescientos ojos negros miraron unos segundos y luego se volvieron de nuevo hacia Mahnmut.

DINOS CON TUS

PENSAMIENTOS

DÓNDE

ESTÁ.

Mahnmut cerró los ojos y formó una imagen de Orphu en la bodega bloqueada, una imagen de las puertas, una imagen del corredor interno. La respuesta-vibración latió en su brazo:

ESPERA.

La mano de Mahnmut quedó libre de pronto y salió de la tensa carne del hombrecillo verde con un audible sonido de succión. El hombrecillo se desplomó en la arena, rodó de costado y se quedó inmóvil: las pompas verdes de su cuerpo dejaron de fluir, sus ojos negros se nublaron y quedaron ciegos, se agitaron una vez. y se quedaron quietos. Los ciento cuarenta y tantos hombrecillos restantes se volvieron y se dedicaron a la tarea de salvar a Orphu.

Mahnmut se desplomó en la arena junto a lo que era claramente el cadáver sin vida del emisario. Madre de Dios, pensó el moravec. Comunicarse los mata.

Más hombrecillos verdes siguieron bajando el empinado sendero desde el acantilado. Doscientos. Trescientos. Seiscientos. Mahnmut dejó de intentar contarlos e (ignorando la petición del emisario de que esperara) caminó y chapoteó por la orilla hasta llegar al submarino varado. Mahnmut entró por la compuerta de la torreta hasta su nicho seco para comprobar si alguna de las baterías había vuelto a funcionar. No era así. Pasó a través de la compuerta interna hasta el corredor inundado de la bodega y nadó hasta el casco destruido. No se podía llegar a Orphu por ahí. Tras regresar a la sala de control, trató de comunicarse de nuevo. Silencio. Puso a salvo su edición de los sonetos en un envoltorio impermeable y guardó algunas cosas en una mochila (el comunicador remoto que había diseñado para Orphu si podía sacarlo, los discos de bitácora de la nave, copias duras de mapas, una pistola de señales, células de energía) y se encaramó a lo alto de la torreta.

Los hombrecillos verdes habían traído grandes rollos de cable negro, el mismo con el que tiraban de las cabezas de piedra, así como docenas de ruedas con las que habían estado moviendo la enorme plataforma. Trabajaban con increíble eficacia: algunos nadaron hasta el sumergible y ataron cuerdas por encima y por debajo del agua, otros clavaron varas de metal de las ruedas en la arena y la cara rocosa del acantilado, montaron poleas y pasaron el cable de la orilla al submarino y otra vez a la orilla.

El submarino era pesado (más todavía con el reactor empapado de agua, la bodega y los corredores inundados), y a Mahnmut le costaba creer que aquellos hombrecillos consiguieran moverlo.

Pero lo hicieron.

En cuestión de veinte minutos, hubo cientos de cables tendidos entre el submarino y la orilla y muchos hombrecillos verdes en cada cable. Comprendieron que era una misión de rescate; lo primero que hicieron fue tirar con fuerza de lado (los cables se extendían como una telaraña negra hasta la playa) para volcar el submarino sobre su costado derecho.

El instinto impulsaba a Mahnmut a tirar de los cables, pero sabía que eso no tenía sentido. Esperó en el casco de La Dama Oscura, cambiando de sitio cuando el submarino se movió, y en cuanto las puertas de la bodega quedaron despejadas de barro se zambulló en las aguas poco profundas con una palanqueta energética y la lámpara del hombro a toda potencia.

Las puertas de la bodega habían quedado retorcidas y fundidas parcialmente por la entrada en la atmósfera, y Mahnmut logró abrirlas sólo unos centímetros antes de que se atascaran por completo. Con ganas de llorar de frustración, golpeando el casco con furia impotente, de repente tuvo la sensación de que no estaba solo y se dio la vuelta en el agua llena de cieno.

Media docena de hombrecillos verdes estaban de pie en el fondo del agua, observándolo. No parecían necesitar respirar.

Sin querer «comunicarse» con ellos de nuevo al precio de matar a uno, Mahnmut señaló la sección levantada de la puerta, señaló la superficie, hizo ademán de enrollar un cable alrededor del fragmento de metal y tirar de él.

Los seis hombrecillos verdes asintieron y subieron a la superficie, tres metros más arriba.

Al cabo de un minuto regresaron sesenta, algunos tirando de cables, otros con las varas negras de las ruedas que usaban para tirar de las cabezas de piedra. Trabajaron de nuevo con increíble eficiencia, algunos en equipo para hacer retroceder unos cuantos centímetros de las puertas del otro extremo de la bodega, otros pasando el cable como si ensartaran una aguja. En cuestión de minutos tuvieron docenas de fuertes cables pasados bajo las puertas atascadas. Subieron de nuevo a la superficie, tras indicar por gestos a Mahnmut que los siguiera.

De nuevo Mahnmut respiró aire, sintió la luz del sol en su polímero y su piel y se plantó en el casco de La Dama Oscura mientras cientos de hombrecillos verdes tiraban y tiraban de los cables sirviéndose del sistema de poleas instalado en el acantilado. Volvieron a tirar.

El sumergible crujió, el casco gimió, el limo los rodeó, y La Dama Oscura rodó otros treinta grados a estribor y se retorció hasta que el vientre de la nave quedó al descubierto y la popa apuntó hacia la playa. Las puertas de aleación de la bodega se combaron, pero no se abrieron.

Mahnmut atacó de nuevo las puertas con su palanqueta energética. El metal torturado y retorcido no cedió. Su soplete de acetileno se quedó sin O2 y sin energía.

Los hombrecillos verdes lo apartaron amablemente de su infructuosa labor. Mahnmut se soltó y se dejó resbalar hacia la bodega de nuevo, dispuesto a tirar de las puertas retorcidas y atascadas hasta que sus propias células de energía murieran, pero entonces vio que los HV no habían acabado su trabajo.

Ataron y cortaron cables, convirtiendo los cincuenta hilos en uno, que subieron luego por la cara del acantilado a través de una serie de enormes poleas conectadas a un entramado de varas de apoyo que de algún modo habían clavado en la piedra. Finalmente, llevaron el cable hasta la enorme cabeza de piedra y envolvieron los extremos en torno al cuello de la figura unas cuantas veces antes de terminar de atarlo.

Cinco de los hombrecillos verdes se acercaron y empujaron a Mahnmut al agua, apartándolo del submarino.

Mahnmut no podía creer lo que estaba viendo. Había dado por supuesto que las grandes cabezas de piedra eran sagradas para los hombrecillos verdes, y que su trabajo de arrastrarlas y colocarlas a lo largo de la costa era una exigencia imperativa religiosa o psicológica a la que dedicaban todo su tiempo, energía y devoción, puesto que las cabezas de piedra eran única prioridad. Evidentemente estaba equivocado.

Cientos de figuras verdes movieron la cabeza en su plataforma hasta darle la vuelta, se pusieron detrás, empujaron y la tiraron por el acantilado.

La cabeza de piedra, de cara al acantilado ahora, cayó sesenta metros, golpeó las rocas de la base del acantilado y se partió en una docena de trozos. Pero el cable corrió en las poleas, las varas saltaron de la piedra, y los extremos atados arrancaron las puertas de la bodega de carga y las hicieron volar cincuenta metros antes de llevarse el metal retorcido acantilado arriba y luego de nuevo abajo.

Cientos de hombrecillos verdes nadaron hacia el submarino, pero Mahnmut lo alcanzó primero y conectó de nuevo sus linternas.

Allí estaban los tres objetos que había dejado en la bodega, incluido el gran Aparato que tenían que llevar al Monte Olympus. Y encajado en el hueco, ajado y cascado y silencioso, estaba Orphu de Io.

Mahnmut usó la energía que quedaba en su palanqueta para soltar las pestañas de contención y las ataduras. La enorme masa de Orphu se liberó y cayó salpicando al agua. Pero la bodega estaba ahora abierta hacia el cielo, el submarino boca abajo, y no había forma de que Mahnmut pudiera sacar al ioniano del pozo parcialmente inundado en el que se había convertido la bodega.

Una docena más de hombrecillos verdes saltaron con Mahnmut y encontraron puntos de sujeción en el caparazón agujereado y resquebrajado de Orphu para apoyar brazos y piernas verdes bajo la forma desmañada del moravec de durovac. Juntos, hicieron palanca y lo levantaron. Trabajando en silencio, sin resbalar nunca ni soltarlo, alzaron a Orphu, pasaron con cuidado más cables a su alrededor, lo deslizaron por la curva del casco de La Dama Oscura, lo bajaron al agua, colocaron rodamientos bajo él, lo depositaron en una balsa y, suavemente, impulsaron el cuerpo del ioniano hasta la playa.

Los hombrecillos verdes (ahora había al menos un millar de ellos en la playa) retrocedieron para hacer sitio a Mahnmut mientras éste intentaba averiguar si Orphu estaba muerto o vivo. El ioniano yacía inerte en la playa de arena roja, como un enorme trilobites golpeado por las tormentas que hubiera sido arrastrado a la orilla en una de las oscuras épocas prehistóricas de la Tierra.

Sin dejar de estudiar el cielo en busca de los carros volantes que, Mahnmut estaba seguro, vendrían tarde o temprano, vació su mochila y las bolsas impermeables del material que había rescatado de La Dama Oscura. Primero sacó cinco de las pequeñas pero potentes células de energía, las conectó en serie y llevó el cable hasta uno de los conectores que le quedaban a Orphu. No hubo respuesta por parte del gran ioniano, pero el señalizador virtual indicaba que la energía fluía hacia alguna parte. A continuación, Mahnmut recorrió la curva del caparazón de Orphu (asombrado de ver los daños físicos claramente por primera vez, allí, al sol de la mañana) y encajó el receptor de radio en su enchufe. Comprobó la conexión (recibió un zumbido de onda portadora) y activó su propio micrófono.

—¿Orphu?

No hubo respuesta.

—¿Orphu?

Silencio. Las docenas de hombrecillos verdes observaban, impasibles.

—¿Orphu?

Mahnmut pasó cinco minutos ocupado en la tarea, llamando una vez cada diez segundos, usando todas las frecuencias y comprobando una y otra vez las conexiones del receptor. La unidad de comunicación estaba recibiendo su transmisión. Era Orphu quien no respondía.

—¿Orphu?

No había silencio, exactamente. Con sus receptores externos, Mahnmut oía más ruido ambiental que en toda su vida: las olas lamiendo la arena, el siseo del viento contra el acantilado tras él, la suave sacudida de los hombrecillos verdes cuando cambiaban de posición de vez en cuando y los mil detallitos de las vibraciones en una atmósfera planetaria tan densa. Sólo estaban muertos la comunicación y Orphu.

—¿Orphu? —Mahnmut comprobó su cronómetro. Llevaba trabajando más de treinta minutos. Reluctante, a cámara lenta, se bajó del caparazón de su amigo, caminó quince pasos hasta la playa y se sentó en la arena mojada, al borde del agua. Los hombrecillos verdes le hicieron sitio y luego lo rodearon de nuevo a respetuosa distancia. Mahnmut miró la pared de diminutos cuerpos verdes, rostros sin expresión y ojos negros que no parpadeaban.

—¿No tenéis trabajo que hacer? —preguntó, y su voz sonó extraña y ahogada a sus propios receptores auditivos, quizá debido a la acústica de la atmósfera marciana.

Los HV no se movieron. La cabeza de piedra se había convertido en un montón de escombros en la base del acantilado, pero los hombrecillos verdes la ignoraron. Una docena de cables todavía se extendían hasta el sumergible, que yacía inerte en la marea baja.

Mahnmut sintió una súbita e inconmensurablemente profunda oleada de pérdida y añoranza. Había tenido tres relaciones íntimas en sus tres décadas jupiterinas de existencia, más de trescientos años marcianos. Primero con La Dama Oscura, sólo una máquina semisentiente, pero para la que había sido diseñado y en la que encajaba a la perfección: la Dama estaba muerta. Segundo con su compañero de exploración, Urtzweil, muerto hacía quince años-J, la mitad de la existencia de Mahnmut. Ahora Orphu.

Se encontraba a cientos de millones de kilómetros de casa, solo, desentrenado, falto de preparación para esta misión a la que había sido enviado. ¿Cómo iba a recorrer los más de cinco mil kilómetros que lo separaban del Monte Olympus para plantar el Aparato? Y, si lo hacía, ¿qué? Koros III tal vez supiera lo que había que hacer, en qué consistía realmente su misión, pero el infeliz Mahnmut, el de La Dama Oscura, no tenía ni puñetera idea.

Deja de sentir pena de ti mismo, idiota, pensó. Miró a los HV. Tenían que ser imaginaciones pero parecían abatidos, incluso tristes. No habían llorado la muerte de uno de los suyos, ¿cómo podían emocionarse por el fin de un moravec, una máquina sentiente cuya existencia nunca habían imaginado?

Mahnmut sabía que tendría que comunicarse de nuevo con los hombrecillos verdes, pero odiaba la idea de meter la mano en el pecho de una de las criaturas, de matarlas a través de la comunicación. No, no lo haría hasta que fuera imperioso hacerlo.

Se puso en pie, regresó junto al cadáver de Orphu y empezó a desconectar las células de energía.

—Eh —dijo Orphu en la banda de comunicación—. Todavía estoy comiendo.

Mahnmut se sobresaltó tanto que cayó hacia atrás en la arena.

—Jesús, estás vivo.

—-Tanto como podamos estar «vivos» los moravecs.

—Maldito seas —dijo Mahnmut, con ganas de reír y llorar, pero sobre todo de golpear al grande y ajado cangrejo—. ¿Por qué no me respondiste cuando te llamé, y te llamé y te volví a llamar?

—¿Qué querías? —dijo Orphu—. Estaba en hibernación. Llevo así desde que el aire y la energía de La Dama Oscura se agotaron. ¿Esperabas que hablara contigo mientras estaba en hibernación?

—¿Qué mierda es eso de la hibernación? —dijo Mahnmut, caminando alrededor de Orphu—. Nunca había oído que los moravecs entraran en hibernación.

—¿Los vecs de Europa no lo hacéis? —preguntó Orphu.

—Obviamente, no.

—Bueno, ¿qué puedo decir? Al trabajar solos en el toro de radiación de Io, o en cualquier lugar del espacio jupiterino, los moravecs de durovac a veces nos topamos con situaciones que nos obligan a desconectarlo todo un tiempo hasta que alguien pueda llegar a repararnos y recargarnos. Pasa. No muy a menudo, pero pasa.

—¿Cuánto tiempo podrías haber permanecido en esta... hibernación? —preguntó Mahnmut, su furia convertida en algo parecido al mareo.

—No mucho —dijo Orphu—. Unas quinientas horas.

Mahnmut extendió los dedos a través de sus sensores manipuladores, agarró una piedra, y golpeó el caparazón de Orphu.

—¿Has oído algo? —preguntó el ioniano.

Mahnmut suspiró, se sentó en la arena cerca del extremo de Orphu que solía albergar sus ojos y empezó a describir su situación actual.

Orphu convenció a Mahnmut de que tendrían que comunicarse otra vez con los HV mediante un intérprete. Al ioniano le repugnaba la idea de causar la muerte a uno de los hombrecillos verdes tanto como a Mahnmut (sobre todo puesto que los HV los habían rescatado), pero argumentó que la misión dependía de que se comunicaran y rápido. Mahnmut había intentado hablarles de nuevo, había probado el lenguaje de signos, había intentado dibujar en la arena el mapa de la costa donde estaban y el del volcán al que tenían que llegar, incluso había intentado usar la versión de tonos de un idioma extranjero gritando. Los HV lo miraban muy tranquilos, pero no respondían. Finalmente, un hombrecillo verde tomó la iniciativa: avanzó un paso tomó la mano de Mahnmut y se la acercó al pecho.

—¿Debo hacerlo? —le preguntó Mahnmut a Orphu a través del comunicador.

—Tienes que hacerlo.

Mahnmut dio un respingo mientras su mano atravesaba la carne que cedía, cuando sus dedos rodeaban y luego asían lo que sólo podía ser un corazón verde y latiente en el fluido cálido y pegajoso del cuerpo del hombrecillo.

¿CÓMO

PODEMOS

AYUDAROS?

Mahnmut quería hacer un centenar de preguntas, pero Orphu le ayudó a establecer un orden de prioridades.

—El submarino —dijo Orphu—. Tenemos que ocultarlo de la vista antes de que llegue un carro volador.

Con una combinación de lenguaje e imágenes Mahnmut comunicó la idea de trasladar el sumergible un kilómetro al oeste, a la cueva oceánica del acantilado que asomaba al mar desde tierra firme.

Sí.

Docenas de hombrecillos verdes empezaron a trabajar mientras Mahnmut se quedaba allí, la mano hundida en el pecho del traductor. Empezaron a hundir varas en la tierra, a pasar más cables hasta La Dama Oscura y a tirar de poleas. El traductor esperó con la mano de Mahnmut cerrada en torno a su corazón.

—Quiero preguntarle por las cabezas de piedra —dijo Mahnmut a través del comunicador—. Preguntarle quiénes son, por qué están haciendo esto.

—No hasta que encontremos un modo de llegar al Olympus —insistió Orphu.

Mahnmut suspiró y comunicó la petición de ayuda para llegar al gran volcán. Transmitió imágenes del Monte Olympus tal como lo había visto desde la órbita y preguntó si había algún modo de que los HV pudieran hacerlos viajar por tierra a través de las montañas de Tempe Terra, o al este a lo largo de la costa del Tetis durante más de cuatro mil kilómetros, y luego al sur a lo largo de la costa de Alba Patera hasta el Monte Olympus.

ESO

NO

ES

POSIBLE.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Orphu cuando Mahnmut transmitió la respuesta—. ¿Quiere decir que no es posible ayudarnos, o viajar al este de esa forma?

Mahnmut había sentido algo parecido al alivio cuando el HV traductor declaró que su misión había terminado, pero de todas formas formuló la aclaración que solicitaba Orphu.

NO

ES

POSIBLE

QUE

VIAJÉIS

HASTA

EL

ESTE

EN

SECRETO

PORQUE

LOS

HABITANTES

DEL

OLYMPUS

OS

VERÍAN

Y

OS

MATARÍAN.

—Pregúntale si hay otro modo —dijo Orphu—. A lo mejor podríamos seguir por tierra, por el Valle Kasei.

NO.

IRÉIS

AL

LABERINTO

NOCTIS

EN

FALUCHO.

—¿Qué es un falucho? —preguntó Orphu cuando Mahnmut transmitió la respuesta—. Suena a payaso italiano.

Es un barco de vela latina, de dos mástiles —dijo Mahnmut, cuya formación en los negros fondos submarinos de Europa había incluido todo lo que podía descargarse sobre los líquidos mares de la Tierra—. Solían recorrer el Mediterráneo hace milenios.

—Pregúntales cuándo podemos partir —envió Orphu.

—¿Cuándo podemos partir? —preguntó Mahnmut, sintiendo la pregunta como una vibración a través de sus dedos y un cosquilleo en la mente.

LA

BARCAZA

DE

LAS

PIEDRAS

LLEGA

POR

LA

MAÑANA.

EL

FALUCHO

VENDRÁ

CON

ELLA.

PODRÉIS

PARTIR

EN

ÉL.

—Necesitaremos rescatar algunas otras cosas de nuestro sumergible —dijo Mahnmut. Envió las imágenes del Aparato y las otras dos piezas de carga de la bodega, imaginó que las llevaban a la orilla y las transportaban a la cueva. Luego envió la imagen de los HV llevando a Orphu a la misma cueva.

En respuesta, docenas de hombrecillos verdes empezaron a chapotear y nadar hacia la nave. Otros se acercaron a Orphu y empezaron a colocar los rodamientos en una plataforma del tamaño de Orphu.

—Creo que no podré seguir sujetando el corazón de este hombre más tiempo —le dijo Mahnmut a Orphu a través del comunicador—. Es como agarrar un cable eléctrico.

—Suéltalo, entonces —dijo el ioniano.

—Pero...

—Suéltalo.

Mahnmut le dio las gracias al intérprete (les dio las gracias a todos) y soltó su presa. Igual que el primer intérprete, este hombrecillo verde cayó a la arena, se retorció, siseó, se secó y murió.

—Oh, Dios —susurró Mahnmut. Se apoyó contra el caparazón de Orphu. Los hombrecillos verdes estaban ya levantando la masa del ioniano, colocando ruedas bajo él.

—¿Qué están haciendo?

Mahnmut describió el cadáver del intérprete y el trabajo que hacían a su alrededor, los preparativos para transportar a Orphu y el Aparato y otros objetos que ya habían sacado de la nave, los cables que sujetaban el submarino, los cientos de HV que tiraban de ellos desde la orilla arrastrando ya La Dama Oscura hacia el oeste, hacia la cueva donde estaría a salvo de las miradas del cielo.

—Iré contigo a la cueva —dijo Mahnmut, sombrío. El cadáver del intérprete era como un pellejo seco, encogido y marrón sobre la arena roja. Todos los órganos internos se habían secado y el fluido se había derramado, convirtiendo el charco de lodo que creaba en algo parecido a sangre roja. Los otros hombrecillos verdes, sin prestar atención al cadáver, empezaban ya a hacer rodar a Orphu por la arena, hacia el oeste.

—No —protestó Orphu—. Sabes lo que tienes que hacer.

—Ya te describí las caras cuando las vi desde el mar.

—Las viste de noche y a través de la boya periscopio —dijo Orphu—. Tenemos que ver una o dos a plena luz del día.

—La que hay en la base del acantilado está hecha pedazos —dijo Mahnmut, con ganas de llorar—. La siguiente está a un kilómetro hacia el este. En lo alto de los acantilados.

—Ve tú —dijo Orphu—. Permaneceré en contacto por el comunicador mientras ellos me llevan a la cama. Podrás ver cómo manejan La Dama Oscura durante la mayor parte de tu paseo.

Mahnmut accedió a regañadientes y caminó hacia el este, alejándose de la multitud de HV que tiraban de su submarino muerto por la costa y de Orphu y del frescor y la sombra de la cueva.

La cabeza caída estaba rota en demasiados pedazos para distinguir ningún rasgo. Mahnmut subió con esfuerzo el empinado sendero por el que los hombrecillos verdes habían descendido aparentemente con tanta facilidad. El sendero era estrecho y aterradoramente empinado y resbaladizo.

En la cima, Mahnmut se detuvo un segundo para recargar sus células y mirar alrededor. Al norte, el Mar de Tetis se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Al sur, tierra adentro, la piedra roja daba paso a montañas bajas también rojas y, varios kilómetros más al sur, Mahnmut distinguió bosques verdes al pie de las montañas. Había algo de hierba en el sendero que siguió hacia el este a lo largo del borde del precipicio.

Mahnmut se detuvo para mirar el promontorio y el agujero preparado para la cara de piedra que los hombrecillos verdes habían sacrificado lanzándola desde lo alto del acantilado para abrir las puertas de la bodega de carga. Había sido preparado cuidadosamente y Mahnmut pudo ver que la base del cuello de las grandes cabezas de piedra encajaba en el agujero y se sostenía así en su sitio. Estos hombrecillos verdes eran artesanos y hábiles picapedreros.

Mahnmut caminó hacia el este. Veía la siguiente cabeza del horizonte oriental. El moravec no estaba diseñado para caminar (su función consistía básicamente en estar sentado en un sumergible de exploración, y a veces nadar) y cuando se cansaba de ser bípedo, alteraba el funcionamiento de sus articulaciones y columna y caminaba como un perro durante un rato.

Cuando llegó a la siguiente cabeza de piedra se detuvo junto a su ancha base. El agujero donde encajaba el cuello había sido rellenado con algo parecido a cemento. Miró el sendero que los rodamientos y miles de HV habían creado a lo largo de la cima del acantilado, y al oeste, donde la multitud verde había tirado del submarino y empujado a Orphu ya casi hasta la cueva.

—¿Has llegado? —dijo la voz de Orphu.

—Sí. Estoy apoyado contra ella.

—¿Cómo es la cara?

—Es un mal ángulo desde abajo —dijo Mahnmut—. Casi todo labios y barbilla y nariz.

—Llégate otra vez a la playa, estas caras están hechas para ser vistas desde el mar por algún motivo.

—Pero... —empezó a decir Mahnmut, contemplando el empinado acantilado que caía al menos un centenar de metros hasta la arena. Había un leve sendero en las rocas cubiertas de hierba, igual que en el otro lado—. Si me rompo el cuello tratando de bajar

—envió—, será por tu culpa.

—Entendido —dijo Orphu—. Percibo la vibración mientras me mueven, pero no tengo ni idea de cuánto nos falta para llegar a la cueva. ¿Puedes verlo tú?

Mahnmut amplificó su visión mientras miraba hacia el oeste.

—Estáis a sólo un par de cientos de metros de la entrada —dijo— Voy a bajar. ¿Estás seguro de que quieres que compruebe también la siguiente cabeza? Es otro kilómetro y todas las cabezas parecían iguales desde la órbita.

—Creo que deberíamos comprobarlo —dijo Orphu.

—Dijo el vec sin patas —murmuró Mahnmut. Empezó el largo y empinado descenso hasta la playa.

Se alejó cuanto pudo, retrocediendo hasta que las olas le lamieron las patas. El rostro era absolutamente identificable. Sin decir nada, caminó otro kilómetro hasta el este por el borde del agua. La siguiente cara era idéntica a la primera: orgullosa, imperiosa, imponente, su rostro contemplaba ferozmente el mar, la piedra esculpida representaba el rostro de un anciano, con la coronilla casi calva pero con melena que caía a cada lado del arrugado rostro, los ojos pequeños bajo cejas duras y de curva descendente, arrugas en las comisuras, pómulos altos tallados en la piedra, una barbilla pequeña pero firme, labios finos convertidos en una mueca y el mismo semblante severo.

—Es un viejo —dijo Mahnmut por el comunicador—. Definitivamente, un varón humano mayor, pero no lo reconozco por los bancos de datos de historia.

Sólo hubo estática durante unos segundos.

—Fascinante —dijo Orphu—-. ¿Por qué se merecería un viejo de la Tierra miles de estas cabezas de piedra en la costa marciana?

—No tengo ni idea —dijo Mahnmut.

—¿Es uno de los que iban en el carro? —preguntó Orphu—. ¿Parece un dios?

—Un dios griego no —respondió Mahnmut—. Más parece un viejo poderoso pero dispéptico. ¿Puedo volver ya, antes de que uno de esos tipos con toga y barba gris venga en su carro volador y me vea aquí de pie mirando embobado como un turista?

—Sí —dijo Orphu—. Creo que deberías volver.

 

 

 

23 - Bosque de pinos gigantes de Tejas

 

Odiseo no contó la historia de sus viajes aquella mañana durante el desayuno en la burbuja verde situada en lo alto de la Puerta Dorada en Machu Picchu. Nadie se acordó de preguntárselo. A Ada todos le parecieron preocupados, y no tardó en darse cuenta de por qué.

Ada estaba cansada porque había dormido poco, pero había pasado la noche más maravillosa de su vida con Harman. Había «tenido sexo» antes (¿qué mujer de su edad no lo había tenido?), pero nunca hasta entonces había hecho el amor. Harman había estado exquisitamente tierno y a la vez ansiosamente insistente, atento a sus necesidades y respuestas pero no controlado por ellas, sensible pero firme. Durmieron un poco, enroscados juntos en la estrecha cama contra la pared de cristal curvo, pero despertaron a menudo, sus cuerpos renovaron el acto del amor antes de que sus mentes estuvieran plenamente despiertas. Cuando el sol se alzó sobre la torre situada al este de Machu Picchu, Ada se sentía una persona distinta: no, no era eso, advirtió, se sentía una persona más grande, más plena, más conectada.

Ada pensó que Hannah también actuaba de una forma extraña esa mañana: arrebolada, hiperalerta, atenta a todos los comentarios del hombre que se hacía llamar Odiseo y miraba a Ada de vez en cuando y luego apartaba los ojos, un poco ruborizada. Dios mío, comprendió Ada justo cuando terminaban el desayuno y estaban listos para partir, para volar juntos hasta Ardis Hall, al norte. Hannah se ha acostado con Odiseo.

Durante un minuto, a Ada no le costó creerlo: nunca desde que eran amigas le había comentado Hannah que hubiera estado con un hombre ni nada sobre asuntos sexuales, pero vio las miradas que Hannah dirigía al hombre de la barba y las señales físicas: la joven estaba sentada frente a Odiseo, pero su cuerpo reaccionaba todavía a cada movimiento del hombre, las manos nerviosas, inclinándose hacia delante... y Ada se dijo que había sido una noche entretenida en los domis de la Puerta Dorada.

Daeman y Savi contrastaban claramente. El joven no estaba de mejor humor que la noche anterior; ladraba preguntas sobre la Cuenca Mediterránea, ansioso por iniciar su aventura con Harman y Savi, pero obviamente nervioso por ello. Savi parecía retraída, casi apenada y con prisa por partir.

Harman estaba silencioso y, le pareció a Ada, todavía concentrado en ella, aunque no ajeno a los demás. Ella captó su mirada una o dos veces y algo cálido se movió en su pecho cuando le sonrió. Una vez puso la mano en la parte externa de su pierna, bajo la mesa, y la palmeó dos veces.

—¿Entonces cuál es el plan? —preguntó Daeman mientras terminaban el desayuno de cruasanes calientes (Ada había visto con sorpresa cómo Savi horneaba el pan el día antes) y mantequilla y bayas y zumo de frutas recién exprimidas y rico café.

—El plan es llevar volando a Odiseo, Hannah y Ada a Ardis Hall, ya se hace tarde si queremos llegar antes de que oscurezca, y luego que tú, Harman y yo vayamos a la Cuenca Mediterránea —contestó Savi—. ¿Sigues dispuesto a participar en esta expedición. Daeman Uhr?

—Sigo dispuesto.

A Ada no se lo parecía: le parecía cansado o resacoso o ambas cosas.

—Entonces guardemos los bártulos y movamos el culo —dijo la anciana.

Partieron en el mismo sonie en el que habían venido, aunque Hannah le dijo a Ada que había otras máquinas voladoras en una de las salas adjuntas a la torre sur del puente. El pequeño sonie tenía un número sorprendente de compartimentos en la parte trasera, para la mochila de Savi y sus otras cosas, pero era Odiseo quien llevaba más equipaje: una espada corta en una vaina, su escudo, mudas de ropa y las dos lanzas que había empleado para cazar las Aves Terroríficas. Savi se tendió en la depresión central delantera, manejando los brillantes controles virtuales, con Ada a su izquierda y Harman a la derecha. Daeman, Odiseo y Hannah ocuparon las tres concavidades posteriores, y Ada miró hacia atrás una vez y vio a su amiga de la mano del hombre de la barba.

Volaron hacia el este sobre las altas montañas y luego descendieron y viraron de nuevo hacia el norte sobrevolando una densa jungla y un río ancho y marrón que Savi dijo que se llamaba Amazonas. La jungla en sí era un sólido dosel de bosque tropical roto sólo aquí y allá por unas cuantas pirámides de cristal azul cuyas cimas tenían trescientos metros de altura y se internaban en las nubes bajas portadoras de lluvia. Savi no les dijo qué eran esas pirámides y los demás parecían demasiado cansados o sumidos en sus propios pensamientos para preguntar.

Media hora después de que la última de las pirámides desapareciera tras ellos, Savi hizo virar el sonie hacia la izquierda y volaron rumbo oeste-noroeste a través de altas montañas. El aire era tan ligero y frío que la burbuja del campo de fuerza tuvo que reforzarse a la aparente baja altura de treinta metros sobre el terreno, y el aire de la burbuja se presurizó de nuevo con un contenido de oxígeno más alto.

—¿No nos estamos desviando? —preguntó Harman después del largo silencio.

Savi asintió.

—He tenido que dar un amplio rodeo para esquivar los Monolitos Zorin, que se extienden por la costa de lo que solía ser Perú, Ecuador y Colombia —dijo—. Algunos de ellos siguen armados y en automático.

—¿Qué son los Monolitos Zorin? —preguntó Hannah.

—Nada por lo que tengamos que preocuparnos hoy —dijo Savi.

—¿A qué velocidad viajamos? —preguntó Ada.

—Despacio —respondió Savi. Miró la pantalla virtual que rodeaba sus manos y muñecas—. A unos quinientos kilómetros por hora, ahora mismo.

Ada trató de imaginar esa velocidad. No pudo. Nunca había viajado en nada más rápido que un droshky tirado por voynix antes de su primer viaje en aquel sonie, y no tenía ni idea de a qué velocidad iba un droshky. Probablemente no a quinientos kilómetros por hora. Desde luego. Las montañas y las cordilleras pasaban de largo mucho más rápido que el paisaje familiar en el trayecto en droshky o carruaje entre el fax-portal y Ardis Hall.

Volaron durante otra hora. En un momento dado, Hannah dijo:

—Me está empezando a doler el cuello de tanto mirar por encima del borde del sonie, y la burbuja es demasiado baja para que me siente. Ojalá...

Gritó. Ada, Daeman y Harman dejaron escapar chillidos similares.

Savi había movido la mano por el panel de control virtual y el sólido sonie bajo ellos simplemente había desaparecido. En los breves segundos transcurridos antes de que Ada cerrara los ojos con fuerza, vio a su alrededor a los seis humanos, su equipaje y las lanzas de Odiseo volando en mitad de la nada, aparentemente flotando en el vacío

—Avísanos la próxima vez que vayas a hacer algo parecido —le dijo Harman a Savi, temblando.

La anciana murmuró algo.

Ada pasó un minuto entero o dos tocando el frío metal de la cubierta que tenía delante, palpando la suave solidez como de cuero del contorno del asidero bajo sus piernas y su vientre y su pecho antes de atreverse a abrir otra vez los ojos. No estoy cayendo, no estoy cayendo, se dijo. Sí, ESTÁS cayendo, le decían sus ojos y su oído interno. Cerró de nuevo los ojos y volvió a abrirlos justo cuando salían de las tierras altas y seguían una península que se extendía al noroeste de la tierra firme.

—Me ha parecido que querrías ver esto —le dijo Savi a Harman, como si los demás no supieran de qué estaban hablando.

Ante ellos, el océano se abría paso a través del istmo, agua despejada visible en una grieta de al menos ciento cincuenta kilómetros. Savi ganó altitud y los dirigió al norte sobre mar abierto.

—Los mapas que he visto muestran el antiguo istmo conectando América del Norte y del Sur siempre por encima del nivel del mar —dijo Harman, estirándose en su posición para mirar hacia atrás.

—Los mapas que has visto son inútiles —dijo Savi. Sus dedos se movieron y el sonie aceleró y ganó más altitud.

Era pasado mediodía cuando avistaron otra costa. Savi hizo descender más el sonie y pronto estuvieron sobrevolando pantanos que rápidamente dieron paso a kilómetros y kilómetros de pinos gigantes y secuoyas (Savi fue nombrando los árboles); los más altos se elevaban cincuenta o sesenta metros en el aire húmedo.

—¿Alguien quiere estirar las piernas en suelo sólido mientras paramos para almorzar? —preguntó Savi— ¿O quiere alguien un poco de intimidad para seguir los dictados de la naturaleza?

Cuatro de los cinco pasajeros votaron ruidosamente a favor. Odiseo sonrió levemente. Había estado dormido.

Almorzaron en un claro sobre un pequeño promontorio rodeado de árboles gigantescos. Los anillos e y p se movían pálidamente en el trocito de cielo azul visible en lo alto.

—¿Hay dinosaurios por aquí? —preguntó Daeman, escrutando las sombras bajo los árboles.

—No —dijo Savi—. Suelen preferir las partes medias y septentrionales del continente.

Daeman se relajó contra un tronco caído y mordisqueó fruta, carne y pan, pero se enderezó cuando Odiseo dijo:

—Tal vez lo que está diciendo Savi Uhr es que hay depredadores más feroces por aquí que mantienen alejados a los dinosaurios recombinados.

Savi frunció el ceño a Odiseo y sacudió la cabeza, como quien reprende a un niño incorregible. Daeman escrutó de nuevo las sombras del mediodía entre los árboles y se acercó más al sonie para terminar su comida.

Hannah, sin apartar apenas los ojos de Odiseo, se entretuvo en sacar su paño turín de un bolsillo y ponérselo sobre los ojos. Permaneció reclinada durante varios minutos mientras los demás comían en silencio disfrutando de la sombra y la tranquilidad. Finalmente Hannah se enderezó, se quitó el paño bordado de microcircuitos y dijo:

—Odiseo, ¿te gustaría ver qué está pasando contigo y tus camaradas en la guerra por la ciudad amurallada?

—No —respondió el griego. Arrancó un trozo de sobras frías de Ave Terrorífica con los dientes, la masticó despacio, y luego bebió del odre de vino que había traído consigo.

—Zeus está furioso y ha desequilibrado la balanza en favor de los troyanos, liderados por Héctor —continuó Hannah, ignorando la negativa de Odiseo—. Han hecho retroceder a los griegos a través de sus defensas, el foso y las picas, y luchan alrededor de las naves negras. Parece que tu bando va a perder. Todos los grandes reyes, tú incluido, se han dado la vuelta y han echado a correr. Sólo Néstor se quedó a luchar.

Odiseo gruñó.

—Ese viejo cascarrabias. Se quedó porque le mataron el caballo.

Hannah miró a Ada y sonrió. Estaba claro que el objetivo de Hannah era introducir a Odiseo en la conversación y era igualmente obvio que creía haberlo conseguido. Ada seguía sin creer que aquel hombre demasiado real (bronceado por el sol, arrugado, lleno de cicatrices, tan distinto de los varones renovados en la fermería de su existencia) fuera la misma persona que el Odiseo del drama turín. Como la mayoría de la gente inteligente que conocía, Ada creía que el paño turín proporcionaba un entretenimiento virtual, escrito y grabado probablemente durante la Edad Perdida.

—¿Recuerdas esa lucha junto a las naves negras? —instó Hannah.

Odiseo volvió a gruñir.

—Recuerdo el festín la noche antes a ese miserable día de perros. Llegaron treinta naves de la isla de Lemnos con vino, mil medidas, suficiente vino para ahogar a los ejércitos troyanos, si no hubiéramos tenido un uso mejor para él. Euneo, el hijo de Jasón, lo envió como regalo para los Atridas, Agamenón y Menelao —miró fijamente a Hannah y los demás—. El viaje de Jasón, ésa sí que es una historia que merece la pena escuchar.

Todos excepto Savi miraron sin comprender al hombre del pecho desnudo.

—Jasón y sus Argonautas —repitió Odiseo, mirando de rostro en rostro—. Sin duda habréis oído esa historia.

Savi rompió el cohibido silencio.

—No han oído ninguna historia, hijo de Laertes. Nuestros humanos antiguos carecen de pasado, de mitos, de historias de ningún tipo... a excepción del paño turín. Son tan perfectamente postletrados como tú y tus camaradas fuisteis preletrados.

—Nosotros no necesitábamos hacer marcas en la corteza o el pergamino o el barro para ser hombres recordados —gruñó Odiseo—. La escritura se había ensayado antes de nosotros y fue abandonada por ser algo inútil.

—Ciertamente —dijo Savi, seca—. «¿Se alza menos recto un taburete analfabeto?», creo que fue Horacio quien lo dijo.

Odiseo se la quedó mirando.

—¿Nos hablarás de ese Jasón y sus... sus qué? —preguntó Hannah, sonrojándose de una manera que convenció a Ada de que, en efecto, su amiga había dormido con Odiseo la noche anterior.

—Ar-go-nau-tas —dijo Odiseo lentamente, recalcando cada sílaba como si le hablara a una niña—. Y no, no lo haré.

Ada descubrió que su mirada se dirigía hacia Harman y que su mente regresaba a los recuerdos de la larga noche anterior. Quiso alejarse con Harman y hablar con él en privado sobre lo que habían compartido o, si eso fallaba, sólo cerrar los ojos en el húmedo calor del claro moteado por el sol y dormir, quizá para soñar en su acto amoroso. O mejor aun, pensó Ada, mirando a Harman con ojos entornados, podríamos perdernos en la penumbra del bosque y volver a hacer el amor, en vez de soñar con ello.

Pero Harman no parecía advertir sus miradas y obviamente tenía desconectado su receptor de telepatía amorosa. El amado de Ada parecía divertido e interesado por los comentarios de Odiseo.

—¿Nos contarás una historia sobre tu guerra del paño turín? —le preguntó al hombre de la barba.

—Se llamó Guerra de Troya y al carajo con vuestro harapo turín —dijo Odiseo, pero había estado bebiendo copiosamente de su odre y parecía haberse aplacado—. Sin embargo, puedo contaros una historia que vuestro precioso pañal desconoce.

—Sí, por favor —dijo Hannah, acercándose al guerrero.

—El Señor nos libre de los contadores de historias —murmuró Savi. Se levantó, guardó su paquete del almuerzo en el cofre del sonie y se internó en el bosque.

Daeman la vio marcharse con evidente ansiedad.

—¿De verdad creéis que por aquí hay depredadores peores que los dinosaurios? —le preguntó a nadie en concreto.

—Savi sabe cuidar de sí misma —dijo Harman—. Tiene esa arma.

—Pero si algo se la comiera —dijo Daeman, todavía contemplando el bosque—, ¿quién pilotaría el sonie?

—Calla —dijo Hannah. Tocó la muñeca de Odiseo con sus dedos largos y morenos—. Cuéntanos la historia que el paño turín no conoce. Por favor.

Odiseo frunció el ceño, pero Ada y Harman asentían en apoyo de la petición de Hannah, así que se limpió las migajas de pan de la barba y empezó.

—Esta experiencia no estaba y no aparecerá en vuestra historia del harapo turín. Los hechos que compartiré ahora con vosotros sucedieron después de la muerte de Héctor y Paris, pero antes de lo del caballo de madera.

—¿Paris muere? —interrumpió Daeman.

—¿Héctor muere? —-preguntó Hannah.

—¿Caballo de madera? —dijo Ada.

Odiseo cerró los ojos, se pasó los dedos por su corta barba y dijo:

—¿Puedo continuar sin ser interrumpido?

Todos excepto la ausente Savi asintieron.

—Los acontecimientos que os describiré ahora sucedieron después de la muerte de Héctor y Paris, pero antes de lo del caballo de madera. Era cierto en aquellos días que, entre sus más premiados tesoros, la ciudad de Ilión poseía una imagen divina caída del cielo, vosotros lo llamaríais meteorito, pero era una piedra fundida y esculpida por el propio Zeus generaciones antes de nuestra guerra como signo de la aprobación del padre de los dioses ante la fundación de la ciudad misma. Esta figura de piedra metálica se llamaba Paladión, porque tenía la forma de Palas.... no Palas Atenea, como llamamos a nuestra diosa, sino Palas, la compañera de su juventud. Esta otra Palas (la palabra puede ser masculina o femenina, pero su significado se aproxima al de la palabra latina virago, «virgen fuerte»), había muerto en una lucha con Atenea. Y fue Ilio, a veces llamado Ilo, padre de Laomedonte, quien fue a su vez padre de Príamo, Titón, Lampo, Clitio y Hicetaón, quien encontró la piedra estelar delante de su tienda una mañana y la reconoció por lo que era.

»Este antiguo Paladión, la fuente secreta de la riqueza y el poder de Ilión, tenía tres cúbitos de altura, llevaba una lanza en la mano derecha y una rueca y un huso en la izquierda, y se asociaba con la diosa de la muerte y el destino. Ilio y los otros antepasados de los actuales defensores de Troya habían ordenado hacer muchas réplicas del Paladión, de muchos tamaños diferentes, y ocultaron y guardaron estas falsas estatuas como sin duda hicieron con la auténtica, ya que todo el mundo sabía que la supervivencia de Ilión dependía de su posesión del Paladión. Fueron los propios dioses quienes me revelaron este hecho en sueños en aquellas últimas semanas del asedio a Ilión, y por eso le conté a Diomedes mi plan para entrar en la ciudad y localizar el verdadero Paladión, para que él y yo pudiéramos regresar a la ciudad, robarlo, y sellar el destino de Troya.

»Primero, me disfracé con harapos de mendigo, e hice que mi propio criado me azotara con un látigo para desfigurarme así con heridas e hinchazones. Los ciudadanos de Ilión eran notables por su debilidad de estómago cuando se trataba de meter en cintura a sus criados: tendían a malcriar a los esclavos más que a castigarlos, y ningún criado troyano que perteneciera a una buena familia podía salir con la ropa rota y heridas de látigo, así que razoné que los harapos y el hedor y, lo más importante, las marcas ensangrentadas del látigo harían que los ciudadanos se apartaran avergonzados al verme. Un disfraz perfecto para un espía, ¿no os parece?

»Me elegí a mi mismo para esta tarea porque era el más astuto y hábil de todos los aqueos y, también, porque había estado dentro de las murallas de Troya hacía más de diez años como jefe de una delegación que pretendía entablar negociaciones de paz para la liberación de Helena antes de que nuestras negras naves llegaran por la fuerza y empezara una guerra. Obviamente, esas negociaciones fracasaron (todos nosotros los auténticos argivos esperábamos que fracasaran, pues nos moríamos de ganas de luchar y estábamos ansiosos de botín), pero recordaba bien el trazado de la ciudad dentro de aquellas grandes murallas y puertas.

»En mi sueño, los dioses (probablemente Atenea, que favorecía mi causa más que los demás) me habían revelado que el Paladión y sus muchas réplicas estaban escondidos en algún lugar del palacio real de Príamo, pero no me dijeron dónde exactamente, ni cómo podría distinguir el verdadero Paladión de sus copias.

»Esperé hasta la hora más oscura de la noche, cuando las hogueras de las almenas están en su momento más bajo y los sentidos humanos son más débiles, y entonces usé gancho y cuerda para subir a las altas murallas. Maté a un guardia al hacerlo y escondí su cadáver bajo el forraje almacenado dentro de las murallas para la caballería tracia. Ilión era grande, la ciudad más grande del mundo, y tardé un tiempo en recorrer sus calles y callejones para llegar al palacio de Príamo. Dos veces los centinelas armados me dieron el alto, pero yo gruñí e hice gestos ahogados mientras gesticulaba sin sentido con mis brazos ensangrentados, y ellos me consideraron un esclavo idiota que había sido azotado por su estupidez, y me dejaron pasar.

»El palacio de Príamo era grande (tenía cincuenta dormitorios, uno para cada uno de los hijos de Príamo), y estaba bien guardado por los mejores miembros de las tropas de elite troyanas, con guardias en todas las puertas y ante cada ventana al nivel de la calle, y más guardias dentro de los patios y en las murallas del palacio: ningún centinela adormilado me dejaría pasar, no importaba lo tarde que fuera o lo sangrientas que fueran mis heridas ni lo idiotas que fueran mis gruñidos, así que me dirigí al sur, a la casa de Helena, que también estaba bien protegida, pero algo menos después de que matara con mi cuchillo al segundo troyano de la noche y escondiera su cuerpo lo mejor que pude.

»Después de la muerte de Paris en un duelo de arqueros, Helena había sido entregada en matrimonio a otro de los hijos de Príamo, Deífobo, a quien el pueblo de Ilión llamaba «el derrotador del enemigo», pero a quien los aqueos nos referíamos en el campo como «culo de buey». Pero su nuevo esposo no estaba en casa esa noche y Helena dormía sola. La desperté.

»No creo que hubiera matado a Helena si ella hubiera pedido ayuda: la conocía desde hacía muchos años, como invitado en la noble casa de Menelao y, antes de eso, como uno de los primeros pretendientes de Helena desde que estuvo en edad de ser elegida en matrimonio, aunque eso no fue más que una formalidad, pues yo estaba ya felizmente casado con Penélope incluso entonces. Fui yo quien aconsejó a Tindaero que hiciera jurar a los pretendientes que acatarían la decisión de Helena, lo que evitó un gran derramamiento de sangre por culpa de los perdedores y sus malos modales. Creo que Helena agradeció siempre ese consejo.

»Helena no pidió ayuda esa noche que la desperté de su inquieto sueño en su hogar de Ilión. Me reconoció en el acto y me abrazó y me preguntó por la salud de su verdadero esposo, Menelao, y de su hija tan lejana. Le dije que todos estaban bien, aunque no le conté que, en ese momento de la guerra, Menelao había sido herido de gravedad dos veces en el campo de batalla y moderadamente media docena de veces, incluida una reciente flecha en el culo, y que estaba de un humor de perros. En cambio, le comuniqué cuánto la echaban de menos su marido y su hija y su familia en Esparta, y que deseaban que volviera bien.

»Helena se echó a reír entonces. "Mi señor y marido Menelao me quiere muerta y tú lo sabes, Odiseo —dijo—. Y estoy segura de que él mismo me matará cuando las grandes murallas y las Puertas Esceas de Ilión caigan pronto, como profetizó el oráculo de Hock-en-beee-rry." Yo no conocía ese oráculo (Delfos y Palas Atenea son los únicos videntes del futuro que conozco), pero no pude contradecirla: parecía probable que Menelao, en efecto, le cortara la garganta después de todos sus amargos años de deslealtad en los brazos y tálamos de sus enemigos. Pero no se lo dije. En cambio, le dije que intercedería ante Menelao, hijo de Atreo, para convencerlo de que le salvara la vida si Helena no me traicionaba esa noche y me ayudaba a encontrar una forma de entrar en el palacio de Príamo y me indicaba cómo elegir el verdadero Paladión.

»"No te traicionaría de todas formas, Odiseo, hijo de Laertes, fiel y sabio consejero", dijo Helena. Y me reveló cómo burlar las defensas del palacio y cómo distinguir al verdadero Paladión cuando lo viera entre sus imitaciones.

»Pero era casi el amanecer. Demasiado tarde para completar mi misión esa noche. Así que salí y recorrí las calles y subí y bajé la muralla por las aberturas que había dejado al matar a los guardianes, y dormí hasta tarde al día siguiente, y me bañé, comí y bebí, e hice que Macaón, el hijo de Asclepio y el mejor médico del ejército, vendara mis heridas y aplicara un ungüento sanador.

»A la noche siguiente, sabiendo que necesitaría un aliado, ya que no podría luchar y cargar con la pesada piedra Paladión al mismo tiempo, pedí a Diomedes que participara en mi plan. Juntos, en la hora más oscura de la noche, el hijo de Tideo y yo escalamos la muralla. Matamos a su centinela con una flecha certera. Luego recorrimos rápidamente las calles y callejones, sin disfraz ahora de esclavos azotados, sino matando eficaz y silenciosamente a todos los que nos desafiaban, y encontramos el camino hasta el palacio de Príamo a través de las cloacas ocultas que Helena me había indicado.

»A Diomedes, hombre orgulloso como tantos testarudos héroes de Argos, no le gustó chapotear por las cloacas, ni siquiera para asegurar la caída de Ilión. Gruñó y maldijo y se quejó y gimió y estaba de un humor de perros cuando añadimos al insulto la herida de tener que subir por un agujero de uno de los excusados de los soldados, en el sótano del palacio, donde estaban los tesoros de Príamo, en los barracones de su guardia de élite.

»Fuimos silenciosos, pero nuestro hedor nos precedía y tuvimos que matar a los primeros veinte guardias que encontramos en aquellos corredores: el vigésimo primero nos mostró cómo abrir las puertas de la cripta del tesoro sin disparar las alarmas ni las trampas, y luego Diomedes le cortó también la garganta.

»Además de toneladas de oro, montañas de piedras preciosas, vitrinas de perlas, montones de telas bordadas, cofres de diamantes y gran parte de las riquezas del fabuloso oriente, había unas cuarenta estatuas del Paladión dispuestas en nichos. Eran iguales en todo excepto en el tamaño.

»"Helena me dijo que me llevara la más pequeña", le dije a Diomedes, y así lo hice, envolviendo el Paladión en una capa roja que le había quitado al último guardia que matamos. La caída de Ilión estaba en nuestras manos. Todo lo que teníamos que hacer ahora era escapar.

»En este punto Diomedes decidió que quería saquear la cripta de Príamo esa noche, ya, inmediatamente. La atracción de todo aquel botín era demasiado grande para el avaricioso hijo de puta sin seso. Diomedes habría cambiado diez años de nuestra sangre por un centenar de libras de oro.

»Yo... lo disuadí. No describiré la pelea que tuvimos cuando deposité el Paladión envuelto en rojo en el suelo y desenvainé la espada para detener al hijo de Tideo, rey de Argos, para que no estropeara nuestra misión con su avaricia. La pelea terminó rápidamente gracias a la astucia. Muy bien, si insistís, os lo diré: no hubo ningún noble combate. No hubo ninguna gloriosa aristeia. Le sugerí que nos quitáramos las apestosas túnicas antes de pelear, y mientras el gran tontorrón se desnudaba, le lancé un lingote de oro a la cabeza y lo dejé inconsciente.

»Al final, acabé huyendo del palacio de Príamo con el pesado Paladión en una mano y el más pesado y desnudo Diomedes al hombro.

»No podía llevarlo de aquel modo hasta la muralla, así que estuve a punto de dejarlo allí, junto a la alcantarilla, donde pasaba el río bajo las murallas de Ilión, pero Diomedes recuperó el conocimiento justo entonces y accedió a abandonar la ciudad conmigo. Nos marchamos en silencio. No me habló de nuevo ese día, ni esa semana, ni después de la caída y el saqueo de Ilión, ni nunca jamás.

»Ni yo he hablado con Diomedes desde ese día.

»He de añadir que fue poco después de eso, después de que llevara el Paladión al campamento de los argivos donde lo escondimos bien, seguros de que Troya tenía las horas contadas, cuando empezamos a trabajar en el gigantesco caballo de madera. El caballo serviría para tres propósitos: primero, como escondite, claro, para llevarme a mí y a una escogida banda de mis mejores luchadores al interior de la ciudad; segundo, como medio de que los propios troyanos desmontaran el gran dintel de piedra que se alzaba sobre las Puertas Esceas para que la ofrenda pudiera entrar en su ciudad, pues la profecía decía que esas dos condiciones tendrían que darse antes de que Ilión cayera: la pérdida del Paladión y la destrucción del dintel Esceo. Y tercero y último, fabricamos el gran caballo como ofrenda a Atenea para reparar la pérdida de su Paladión, ya que ella era conocida también como Hippia, la «diosa caballo», pues fue ella quien embridó y domó a Pegaso para Belerofontes y quien aprovechaba para cabalgar y ejercitar sus propios caballos siempre que podía.

»Y esto, amigos míos, es mi breve relato del robo del Paladión y la caída de Ilión, Espero haberos complacido, ¿Hay alguna pregunta?

Ada miró a Harman a los ojos. ¿Aquello era un breve relato?, pensó, y vio que su amante captaba su pensamiento como un beso soplado.

—Sí, yo tengo una pregunta —dijo Daeman.

Odiseo asintió.

—¿Por qué la llamas Troya la mitad de las veces e Ilión el resto? —preguntó el joven regordete.

Odiseo sacudió levemente la cabeza, se levantó, tomó la vaina y la espada corta del sonie y se internó en el bosque.

 

 

 

24 - Ilión, Indiana y Olimpo

 

Zeus está furioso. He visto a Zeus furioso antes, pero esta vez está muy, muy, muy furioso.

Cuando el Padre de los Dioses irrumpe en las ruinas de la cámara de curación del Olimpo, evalúa los daños, contempla el cuerpo de Afrodita tendido desnudo entre un nido de rebullentes gusanos verdes en el suelo húmedo y luego se vuelve a mirar en mi dirección, estoy seguro de que me ve, de que supera los poderes enmascaradores del Casco de Hermes y me ve. Pero aunque me mira directamente varios segundos y parpadea, con esos ojos grises glacialmente fríos, como si tomara alguna decisión, aparta de nuevo la mirada y yo, Thomas Hockenberry, antaño de la Universidad de Indiana y, más recientemente, del lecho de Helena de Troya, puedo seguir viviendo.

Tengo el brazo derecho y la pierna izquierda muy magullados, pero no hay nada roto, así que, todavía oculto por el Casco de Hades de la vista de las docenas de dioses que irrumpen en la sala de curación, escapo del edificio y TCeo al único lugar que se me ocurre, aparte del dormitorio de Helena, donde aún puedo descansar y recuperarme: el barracón de los escólicos al pie del Olimpo.

Por costumbre, me dirijo a mi propio cubículo, mi propia cama pelada, pero me dejo puesta y activada la capucha del Casco de Hades mientras me desplomo en ella y duermo a trompicones. Ha sido un día y una noche y una mañana largos e infernales. El Hombre Invisible duerme.

Me despierto con el sonido de gritos y truenos en el piso de abajo. Para cuando llego al pasillo, el escólico llamado Blix pasa corriendo (casi choca conmigo en realidad, pues para él soy invisible), y le explica sin aliento a otro escólico llamado Campbell:

—La musa está aquí, matando a todo el mundo.

Es cierto. Me escondo en el hueco de una escalera mientras la musa (nuestra musa, la que Afrodita llamó Melete) abate a los pocos escólicos con vida que huyen por los barracones en llamas. La diosa está utilizando descargas de pura energía que brotan de sus manos: algo exagerado, tópico, pero horriblemente efectivo con la simple carne humana. Blix está condenado, pero no hay nada que yo pueda hacer por él ni por los demás.

Nightenhelser. El grueso escólico ha sido mi único amigo de verdad en estos últimos años. Jadeando, corro hasta su habitación en los barracones. El mármol está chamuscado, la madera arde, el cristal de la ventana se ha derretido, pero no hay ningún cadáver calcinado aquí, como los hay en los pasillos y vestíbulos. Ninguno de aquellos cuerpos carbonizados era lo bastante grande para ser el grueso Nightenhelser. De repente llegan gritos de la segunda planta, y luego silencio a excepción del incesante rugir de las llamas. Me asomo a una ventana y veo a la musa pasar volando en su carro, los caballos holográficos al galope. Casi vencido por el pánico, atragantándome audiblemente con el humo (si la musa estuviera todavía aquí en los barracones me oiría) me obligo a visualizar Ilión y el restaurante donde vi por última vez a Nightenhelser. Entonces agarro y retuerzo el medallón TC, y escapo.

No está en el restaurante donde lo vi por la mañana temprano. Salto al campo de batalla: no está en su sitio de costumbre, en el parapeto sobre las líneas troyanas. Me quedo el tiempo suficiente para advertir que Héctor y Paris están liderando con éxito a las tropas troyanas en un ataque contra los argivos que huyen, y entonces TCeo hasta un lugar a la sombra, tras las líneas griegas, cerca de su foso y la hilera de picas y donde me he encontrado con Nightenhelser en el pasado.

Está aquí, disfrazado de Dólope, hijo de Clito, a quien le quedan unos pocos días si lo va a matar Héctor de tener razón Homero. Sin molestarme en morfear para tener otro aspecto que el del delgado Hockenberry, me quito la capucha del Casco de Hades y corro hacia el otro escólico.

—Hockenberry, ¿qué...? —Nightenhelser se escandaliza por lo poco profesional de mi conducta y por la reacción de los otros aqueos cercanos. Llamar la atención sobre uno mismo es lo último que quiere un escólico. Excepto, tal vez, ser reducido a cenizas por una musa vengativa. No tengo ni idea de por qué nuestra musa se está cargando a todos los escólicos, pero calculo que de algún modo he causado esta matanza de inocentes.

—Tenemos que salir de aquí —digo, gritando por encima del estrépito de los refuerzos a la carga, el relincho de los caballos y el fragor de los carros. Desde este polvoriento lugar de observación parece que todo el centro de las líneas griegas ha cedido.

—¿De qué estás hablando? Hoy es un día importante. Héctor y Paris están…

—A la mierda Héctor y Paris —digo en inglés.

La musa ha TCeado y ha cobrado forma sólida sobre las líneas troyanas donde Nightenhelser y yo solemos estacionarnos, otra musa conduce su carro volador mientras ella se inclina por el lado y escruta las tropas con su visión ampliada. Morfearnos no nos salvará hoy a los mortales escólicos.

Como para demostrarlo, la musa llamada Melete («mí» musa) alza las manos y dispara un rayo coherente de energía hacia tierra, golpeando a un soldado de infantería troyano llamado Dío, que tendría que estar vivo para recibir una reprimenda en el Canto Veinticuatro según Homero, pero que muere hoy en un destello de llamas y un remolino de humo y calor. Otros troyanos retroceden, algunos huyen hacia la ciudad y sin comprender la ira de esta diosa en un día de victoria ordenada por Zeus, pero Héctor y Paris están a medio kilómetro al sureste, liderando su ataque, y ni siquiera miran atrás.

—Ése no era Dío —jadea Nightenhelser—. Era Houston.

—Lo sé —digo yo, volviendo mi visión ampliada a modo normal. Houston era el más joven y más nuevo de los escólicos. Yo apenas había hablado con él. Probablemente estaba hoy en las líneas troyanas porque yo había desaparecido.

El carro de la musa vira bruscamente y vuela hacia nosotros. No creo que la muy zorra nos haya visto todavía (nos encontramos entre cientos de hombres y caballos arremolinados), pero lo hará dentro de unos segundos.

¿Qué hago? Puedo ponerme el Casco de Hades y correr de nuevo como un cobarde, dejando a Nightenhelser para que muera como pasó con Blix y todos los demás, a quienes fallé. No hay modo de que la capucha metálica pueda escondernos a ambos de la visión divina de la musa. O podemos correr... correr hacia las naves negras. No avanzaremos ni veinte metros.

El carro desciende más y se camufla, de modo que resulta invisible para los griegos y troyanos de abajo. Con nuestra visión nanoalterada, Nightenhelser y yo todavía lo vemos venir.

—¿Qué demonios? —chilla Nightenhelser, soltando su vara de grabación mientras lo abrazo, rodeándolo con ambos brazos y una pierna como si fuera un soldado delgaducho que intentara violar a un tiarrón de su tamaño.

Con un brazo en torno al cuello del gran escólico, agarro el medallón TC y lo retuerzo.

No sé si esto funcionará. No debería. El medallón está obviamente diseñado para transportar sólo a la persona que lo lleva. Pero mi ropa viene conmigo cuando TCeo, y más de una vez he llevado alguna otra cosa de sitio en sitio a través del espacio de Planck, así que tal vez el campo cuántico establecido por la teleportación incluye cosas con las que mi cuerpo está en contacto o lo que rodean mis brazos.

Qué demonios, va. Merece la pena intentarlo.

Cobramos existencia en la oscuridad, caemos pendiente abajo y nos separamos. Miro desesperadamente a mi alrededor, tratando de determinar dónde nos encontramos. No había tenido tiempo de visualizar ningún destino: simplemente había deseado estar en otro sitio y nos-cuanto teleporté a ambos... a otra parte.

¿Dónde?

Hay luz de luna, así que puedo ver a Nightenhelser observándome alarmado, como si yo fuera a saltarle encima otra vez de un momento a otro. Sin hacerle caso, miro al cielo (estrellas, un trozo de luna, la Vía Láctea) y luego a la tierra: árboles altos, una colina cubierta de hierba, un río cercano.

Estamos decididamente en la Tierra (la antigua Tierra de Ilión al menos), pero no parece el Peloponeso ni Asia Menor.

—¿Dónde estamos? —pregunta Nightenhelser, poniéndose en pie y sacudiéndose—. ¿Qué pasa? ¿Por qué es de noche?

El lado opuesto del mundo antiguo, pienso.

—Creo que estamos en casa —digo.

—¿En Indiana? —Nightenhelser se aparta otro paso.

—La Indiana del año mil doscientos y pico antes de Cristo —-digo— Siglo arriba o siglo abajo.

Me he lastimado el brazo al caer por la pendiente.

—¿Cómo hemos llegado aquí? —Nightenhelser siempre ha sido tranquilo, algo cascarrabias a su modo, pero nunca se había enfadado realmente por nada. Ahora sí que parece cabreado.

—Nos he TCeado a ambos.

—¿De qué demonios estás hablando, Hockenberry? No estábamos cerca del portal TC.

Lo ignoro y me siento sobre una roca pequeña, frotándome el brazo. No hay muchas colinas en Indiana, ni siquiera las había en mi otra vida allí, pero había zonas rocosas y boscosas alrededor de Bloomington, donde vivíamos Susan y yo. Creo que, en mi pánico, visualicé... bueno, mi casa. Deseo con todas mis fuerzas que el medallón TC nos haya trasladado a través del tiempo además del espacio y nos haya soltado en la Indiana de finales del siglo XX, pero algo en la oscuridad completa del cielo nocturno y el olor límpido y puro del aire me dice lo contrario.

¿Quién hay aquí en el 1200 antes de Cristo? Los indios. Sería irónico que el medallón nos hubiera TCeado para alejarnos de una muerte inminente a manos de nuestra musa (literalmente) sólo para llevarnos al Nuevo Mundo, donde los indios nos van a cortar la cabellera. La mayoría de las tribus no arrancaban la cabellera a sus víctimas antes de que llegaran los hombres blancos, rezonga la parte pedante de mi cerebro de catedrático. Aunque creo recordar haber leído en alguna parte que en ocasiones arrancaban orejas como prueba de sus crímenes.

Bueno, eso hace que me sienta mejor. Siempre se puede confiar en que un asesino tenga un buen estilo al escribir, o eso se dice, y en que un catedrático diga algo deprimente cuando ya estás deprimido.

—¿Hockenberry? —-inquiere Nightenhelser, sentándose en una roca cercana (no demasiado cerca de mí, advierto), y frotándose también codos y rodillas.

—Estoy pensando, estoy pensando —digo con mi mejor voz de Jack Benny.

—Bien, pues cuando acabes —dice Nightenhelser—, tal vez puedas decirme por qué la musa acaba de matar a Houston.

Esto me hizo serenarme, pero no estaba seguro de cómo responder.

—Están pasando cosas con los dioses —digo por fin—. Planes. Intrigas. Pactos.

—No me digas —dice Nightenhelser, con ironía. Alzo ambas manos, las palmas hacia arriba.

—Afrodita estaba intentando utilizarme para que asesinara a Atenea.

Nightenhelser se me queda mirando. Consigue, a duras penas, no quedarse boquiabierto.

—Sé lo que estás pensando —digo—. ¿Por qué yo? ¿Por qué usar a Hockenberry? ¿Por qué darle el poder para TCear por su cuenta y el Casco de Hades para ocultarse? Y estoy de acuerdo: no tiene sentido.

—No estaba pensando eso —dice Nightenhelser. Un meteorito cruza el cielo sobre nosotros. En algún lugar del bosque, un búho emite un ruido que no llega a ser un ulular—. Me estaba preguntando cuál es tu nombre de pila.

Ahora me toca a mí el turno de quedarme mirándolo.

—¿Porqué?

—Porque los dioses nos instan a que no usemos nuestros nombres propios y nosotros temíamos llegar a conocernos bien porque los escólicos estábamos siempre... desapareciendo y siendo sustituidos por los dioses —dice el hombretón, parecido a un oso incluso en las sombras de la oscuridad—. Así que quiero saber cuál es tu nombre de pila.

—Thomas —digo después de un segundo—. Tom. ¿Y el tuyo?

—Keith —dice el hombre a quien conozco levemente desde hace casi un año. Se pone en pie y contempla el bosque oscuro—. Bueno, ¿y ahora qué Tom?

Insectos, ranas y otros bichos nocturnos crean un ruido de fondo en el bosque negro. A menos que sean Indios espiándonos.

—¿Sabes como...? Quiero decir, ¿has ido mucho de acampada...?

—¿Te refieres a si me moriré si me dejas aquí solo? —pregunta Nightenhelser... Keith.

—Sí.

—No lo sé. Probablemente. Pero sospecho que mis posibilidades son muchísimo más altas aquí que en las llanuras de Ilión. Al menos mientras la musa siga en pie de guerra…

Supongo que Keith esta pensando también en los indios.

—Además, tengo mis jueguecitos escólicos y demás. Puedo hacer fuego, usar el arnés de levitación para volar si es preciso, morfearme en Toro si es necesario... Así que supongo que puedes TCear a donde tengas que ir y hacer lo que tengas que hacer —dice Nightenhelser—. Infórmame después sobre los detalles... si hay un después.

Asiento y me pongo en pie. Parece extraño... equivocado, dejar al otro escólico aquí, solo, pero no veo otra opción.

—¿Puedes encontrar el camino de regreso? —pregunta—. Aquí, quiero decir. Para recogerme.

—Eso creo.

—¿Eso crees? ¿Eso crees? —Nightenhelser se pasa la mano por el pelo hirsuto—. Espero que no fueras jefe de tu departamento, Hockenberry.

Supongo que el momento de llamarse por el nombre propio ha pasado.

No hay ningún lugar en el universo donde menos me gustaría estar que en el Olimpo. Cuando llego, los habitantes de ese monte están reunidos en el Gran Salón de los Dioses. Tras asegurarme de que el Casco de Hades está en su sitio y de que no proyecto ninguna sombra, me deslizo hasta el gran edificio estilo Partenón.

En mis nueve años y pico como escólico, nunca he visto tantos dioses juntos. A un lado de la larga piscina holográfica se sienta Zeus, en lo alto de su trono de oro, más imponente que nunca. Como he mencionado, los dioses suelen tener dos metros y medio o más de altura, excepto cuando adoptan forma mortal, y Zeus normalmente es quince o veinte centímetros más alto, un adulto divino para sus hijos cósmicos. Pero hoy Zeus mide siete metros, cada uno de sus musculosos antebrazos es tan largo como mi torso. Me pregunto cómo se conjuga esto con la conversión de masa y energía de la que intentó hablarme el otro escólico hace años, pero ahora no tiene importancia. Me apoyo contra la pared, lejos de los otros dioses y sin hacer ningún ruido ni movimiento que traicionen mi presencia a los refinados sentidos de todos estos superhéroes... eso sí que importa.

Yo creía conocer por su nombre a todos los dioses y diosas, pero aquí hay docenas a los que no reconozco. Los que sí conozco, los dioses y diosas que han estado más implicados en la lucha en Troya, se alzan en la multitud como estrellas de cine en un mitin de políticos menores, pero incluso el menor de estos dioses es más alto, más fuerte, más guapo y más perfecto que ninguna estrella del cine que yo recuerde de mi otra vida. Junto a Zeus, al otro lado de la piscina holográfica (que divide ahora la sala como un largo foso) distingo a Palas Atenea, el dios de la guerra Ares (obviamente ya ha salido de su tanque de curación, que no resultó dañado cuando destruí el de Afrodita), los hermanos más jóvenes de Zeus: el dios marino Poseidón (que rara vez viene al Olimpo), y Hades, señor de los muertos. El hijo de Zeus, Hermes, se encuentra cerca de la piscina, y el guía y ejecutor de gigantes es tan esbelto y hermoso como las estatuas que he visto de él. Otro hijo de Zeus, Dionisos, el dios del placer, habla con Hera y (en contraste con su imagen pública) no sostiene ninguna copa de vino en la mano. Para ser el dios del placer Dionisos parece pálido, débil y amargado: como un hombre que está solo en la tercera semana de un programa de doce pasos. Tras ellos, con aspecto de ser más viejo que el tiempo, está Nereo, el auténtico dios del mar, el Viejo del Mar. Los dedos de sus manos y pies están unidos por membranas y tiene agallas visibles bajo los sobacos.

Los Hados y las Furias están aquí a la fuerza, chocando por accidente o capricho entre los dioses y diosas. Son dioses (más o menos) pero a veces tienen poder regulador sobre los otros dioses. No son de aspecto humano como los dioses y diosas normales, y confieso que casi no sé nada de ellos, excepto que no viven en el Olimpo, sino en uno de los tres volcanes situados al sureste, cerca de donde residen las musas Mi musa, Melete, está aquí, junto a sus hermanas, Menemo y Aoide. Las musas más «modernas» también: las verdaderas Calíope, Polimnia, Urania, Erato, Cleis, Euterpe, Melpómene, Terpsícore y Talía. Justo tras las musas se encuentran los dioses de la lista principal. Afrodita no está entre ellos: eso es lo primero que advierto. Si estuviera, me vería con tanta facilidad como veo yo a estas divinidades. Pero su madre, Dione, sí que asiste, y está hablando con Hera y Hermes y parece bastante seria. Cerca de ese grupo están Deméter (la diosa de las cosechas) y su hija Perséfone, la esposa de Hades. Tras ellas distingo a Pasitea, una de las Gracias. Más atrás, como corresponde a su inferior rango, están las Nereidas, desnudas hasta la cintura, hermosas y de aspecto traicionero.

La metadiosa llamada Noche permanece apartada. Su peplo y velo son de un púrpura tan oscuro que parece negro, e incluso los otros dioses y diosas se alejan de ella. No sé nada sobre Noche, excepto que hay rumores de que Zeus la teme. Nunca la había visto en el Olimpo hasta hora.

Me siento como uno de esos aficionados al cine que se plantan entre la multitud en la entrega de los premios de la Academia, intentando separar los dioses-alfa de los menores. Hebe, por ejemplo, está allí, cerca de los varones (la diosa de la juventud, la hija de Zeus y Hera, es sólo una criada de los dioses), y allí, el pelo rojo como el fuego, está Hefesto, el gran artificiero, hablando con su esposa, Caris, que es sólo una de las Gracias. Establecer un orden entre los dioses y las diosas, advierto ahora, no por primera vez, es complicado.

De repente la diosa Iris, la mensajera de Zeus, vuela hacia delante (sí, vuela) y da una palmada.

—El Padre hablará —dice, la voz tan clara y nítida como un solo de flauta.

Inmediatamente las docenas de conversaciones entre murmullos cesan y el gran salón queda en silencio.

Zeus se pone en pie. El brillo de su trono de oro y los escalones de oro que conducen hasta él lo baña en luz divina.

—Oídme todos, dioses y diosas —dice Zeus, con suavidad. Pero su voz es tan potente que noto su vibración en las altas paredes de mármol—. Alguna deidad ha intentado hoy herir a Afrodita, irrumpiendo en nuestro salón de curación y, aunque sigue viva, estuvo a punto de morir y necesitará muchos más días de curación. Alguna deidad intentó matar a una inmortal hoy... intentó matar a uno de nosotros, que no tenemos la muerte por destino.

Los murmullos y conversaciones escandalizadas dan comienzo como un zumbido y se convierten en un rugido en la enorme sala.

—¡¡SILENCIO!! —truena Zeus, y esta vez su voz es tan fuerte que me derriba y me hace resbalar por el suelo de mármol como si fuera una bala de heno en un tornado. Por fortuna, no choco con ninguno de los dioses ni diosas al resbalar, y el ruido que hago es ahogado por los ecos del grito de Zeus.

—Oídme ahora, dioses y diosas —continúa, su voz amplificada como si llegara del sistema de megafonía definitivo—. Que ninguna hermosa diosa, ni ningún dios tampoco, intente desafiar mi estricto decreto. Os someteréis a mi voluntad... ¡AHORA!

Esta vez estoy preparado para la fuerza huracanada de su voz y me agarro a una columna hasta que la oleada ha pasado.

—Escuchadme —dice Zeus, casi susurrando ahora, su poder aún más terrible por el tono suave—. Cualquier dios que viole mi dictado ayudando a los troyanos o a los aqueos como he visto hacer este mes, volverá al Olimpo golpeado por mi rayo y masacrado por mi trueno, caerá en eterna desgracia, y será desterrado. Desafiadme, y descubriréis lo que es ser arrojado a las sombras del Tártaro a medio universo de distancia en el espacio y el tiempo, a la sima más profunda que se abre bajo nuestras entidades cuánticas.

Mientras habla, el largo pozo holográfico hierve y borbotea, se vuelve completamente negro y se convierte en algo distinto a un holograma: el pozo rectangular (que parece una docena de piscinas de tamaño olímpico puestas una junto a la otra, bullendo llenas de aceite negro) suelta de repente un rugido propio y se convierte en un agujero que da a un lugar oscuro y feroz y terriblemente profundo. El hedor del azufre se expande y los dioses y diosas que están cerca del borde retroceden.

—Contemplad el Tártaro —exclama Zeus—, las profundidades más bajas de la Morada de Hades, un lugar tan por debajo del infierno como está el hogar de Hades por debajo de la tierra misma. ¿Os acordáis, los dioses y diosas más veteranos entre nosotros, de cuando me seguisteis a aquella guerra de diez años contra los Titanes, que gobernaban antes que nosotros? ¿Os acordáis de que expulsé a Cronos y Rea, mis propios padres, más allá de estas puertas de hierro y estos umbrales de bronce, ay, y a Japeto también, pese a todo su poder?

Todos en el salón guardan silencio. Sólo se oyen los ahogados rugidos y gritos y chillidos que llegan del pozo del Tártaro abierto. No tengo ninguna duda de que es un agujero al infierno, no un holograma, lo que se abre a tres metros escasos de donde me acurruco.

—SI LANCÉ A MIS PADRES A ESTE POZO DE POZOS POR TODA LA ETERNIDAD —ruge Zeus—, ¿DUDÁIS QUE ENVIARÉ VUESTRAS ALMAS AULLANTES EN UN SEGUNDO?

Los dioses y diosas no responden, sino que retroceden varios pasos alejándose del horrible vacío.

Zeus sonríe, terrible.

—Venga, intentadlo, inmortales, para que todos puedan aprender.

Un enorme cable dorado cae del techo del salón, dividiendo el pozo del infierno. Los dioses y diosas corren para apartarse de su caída. Golpea el mármol con estrépito. La cuerda, es más gruesa que la maroma de un barco y parece tejida con miles de hilos de auténtico oro de dos centímetros de grosor. Debe pesar muchas toneladas.

Zeus baja sus escalones dorados y alza el cable, sujetándolo con facilidad con sus manos gigantescas.

—Agarrad vuestro extremo —dice, casi alegremente.

Los dioses y diosas se miran unos a otros y no se mueven.

—¡AGARRAD VUESTRO EXTREMO!

Cientos de inmortales y sus inmortales sirvientes corren a obedecer y agarran el largo cable, como niños en un juego de tirar de la cuerda. En un minuto Zeus está solo a un lado del pozo del Tártaro, sujetando la cuerda con indiferencia, y la incontable turba de dioses y diosas está al otro, sujetando con fuerza el cable de oro con sus poderosas manos divinas.

—Arrastradme —dice Zeus—. Arrojadme del cielo a la tierra y al Hades y más abajo, a las apestosas profundidades del Tártaro. Arrastradme, digo.

Ni un solo dios mueve un músculo de bronce.

—¡ARRASTRADME, OS LO ORDENO!

Zeus agarra el cable dorado y empieza a tirar. Las sandalias de los dioses resbalan y chirrían sobre el mármol. Varios cientos de dioses y diosas arrastrados hacia el pozo, algunos tropiezan, otros caen de rodillas.

—¡TIRAD, MALDITOS SEÁIS! —aúlla Zeus—. ¡TIRAD O SERÉIS ARRASTRADOS AL HEDIONDO TÁRTARO HASTA QUE EL TIEMPO MISMO SE PUDRA EN LOS HUESOS DEL UNIVERSO!

Zeus tira de nuevo y veinte metros de cable dorado se enroscan tras él. La hilera de dioses y diosas y gracias y furias y nereidas y ninfas y lo que queráis del otro lado (todos tirando excepto Noche con su peplo púrpura) resbala y chirría más cerca del pozo. Atenea, que va en cabeza está sólo a diez metros del borde cuando grita:

—¡Tirad, dioses! ¡Haced caer al viejo hijo de puta!

Ares y Apolo y Hermes y Poseidón y el resto de los más poderosos dioses ponen manos a la obra. Dejan de resbalar. El cable se tensa, crujiendo y pelándose por la tensión. Las diosas gritan y tiran al unísono; Hera (la esposa de Zeus) tira todavía con más fuerza que los demás. El cable de oro se estira y gruñe.

Zeus se ríe. Los mantiene a todos a raya con una sola mano en la cuerda. Luego agarra el cable con la otra mano y vuelve a tirar.

Los dioses gritan como niños en una montaña rusa. Atenea y los que están cerca de ella siguen deslizándose por el mármol como si fuera hielo, cada vez más y más cerca del rugiente pozo del Tártaro, mientras docenas de inmortales menores se rinden y se sueltan. Pero Atenea no suelta su presa. La diosa de los ojos grises es acercada implacablemente hacia el borde de la humeante puerta al infierno. Toda la hilera de esforzados y sudorosos inmortales que maldicen está cediendo.

Zeus se ríe y suelta el cable. Los dioses vuelan hacia atrás y aterrizan sin más ceremonias sobre sus inmortales culos.

—Dioses y diosas, hermanos, hermanas, hijos, hijas, primos y sirvientes... no podéis arrastrarme —dice Zeus. Regresa a su trono y se sienta—. Ni aunque os arrancarais los brazos de las articulaciones, si tiraseis hasta la muerte, podríais arrastrarme si yo decido no moverme. Soy Zeus, el más grande, el más poderoso de los reyes.

Alza un enorme dedo.

—Pero... si decido arrastraros a vosotros, os expulsaré de este Olimpo, os haré colgar en el negro espacio sobre el Tártaro, ataré también el mar y la tierra, engancharé el extremo en la cima de esta montaña llamada Olimpo, y os dejaré allí colgando en la oscuridad hasta que el Sol se enfríe.

Si yo no acabara de ver lo que he visto, pensaría que el viejo hijo de puta se estaba tirando un farol. Ahora sé que no.

Atenea se pone en pie, a menos de un metro del borde del pozo del Tártaro, y dice:

—Padre Nuestro, hijo de Cronos, que estás en el más alto trono del cielo, conocemos tu poder, Señor. ¿Quién puede alzarse contra ti? Nosotros no...

Todos los inmortales parecen estar conteniendo la respiración. El temperamento de Atenea es legendario, sus habilidades diplomáticas a menudo son escasas: si ahora dice algo equivocado...

—Incluso así —dice la hija de Zeus de mirada gris—, nos compadecemos de esos pobres mortales, yo y mis condenados lanceros argivos, que representan sus pequeños papeles en su pequeño escenario, muriendo sus terribles muertes, ahogándose en su propia sangre al final de sus pequeñas vidas.

Da otros dos pasos, de modo que las puntas de sus sandalias cuelgan sobre el borde del negro pozo. En algún lugar a cientos de metros por debajo, en la oscuridad surcada de relámpagos del Tártaro, algo enorme aúlla de dolor y miedo.

—Sí, Zeus —continúa Atenea—, nos mantendremos apartados de la guerra como ordenas. Pero concédenos, al menos, permiso para ofrecer a nuestros mortales favoritos tácticas que puedan salvarlos, para que no todos caigan bajo el rayo de tu inmortal cólera.

Zeus mira a su hija un largo instante y, por una vez, no puedo leer sus pensamientos: ¿Furia? ¿Humor? ¿Impaciencia?

—-Tritogeneia, querida hija tres veces nacida —dice Zeus—, tu valor siempre me ha dado dolor de cabeza. Pero no te acobardes, pues nada de la lección que os he dado hoy fluye de mi cólera, sino que sólo pretende demostrar a todos los aquí congregados las consecuencias de su desobediencia.

Y tras haber hablado, Zeus baja de su trono y su carro personal llega volando entre las gigantescas columnas. Su par de caballos de cascos de bronce (reales, veo, no hologramas) aterrizan a su lado, sus crines doradas al viento. Tras ponerse su armadura dorada y empuñar el látigo, Zeus sube al carro de batalla, hace restallar el látigo, y el tiro y el carro corren por el mármol y luego despegan trazando un círculo sobre el salón a treinta metros por encima de las cabezas de los dioses y diosas, antes de volar entre las columnas y desaparecer en un temblor de trueno cuántico.

Poco a poco, los dioses y diosas y demás entes menores abandonan el salón, murmurando y planeando entre sí. Ninguno (estoy seguro) tiene pensado obedecer a su amo y señor.

Y yo me quedo aquí un rato, invisible y alegre de serlo. Tengo la boca abierta y respiro entrecortadamente, como un perro vapuleado un día de calor. Me parece que estoy babeando un poco y todo.

Algunas veces, aquí arriba, en el Olimpo, es difícil creer por completo en causa y efecto y en el método científico.

 

 

 

25 - Bosque de pinos gigantes de Tejas

 

Daeman estaba ahora completamente solo, él y el sonie en el claro del bosque, y no le gustaba.

Después de que Savi se marchara, Odiseo había contado su interminable y absurda historia y al terminar se había internado en el bosque. Hannah esperó un minuto y luego se fue detrás del viejo (Daeman había sabido inmediatamente esa mañana que Hannah y el hombre barbudo habían dormido juntos la noche anterior: su radar sexual rara vez se equivocaba). Unos cuantos minutos más tarde, Ada y el otro viejo, Harman, dijeron que iban a dar un corto paseo y luego desaparecieron bajo los árboles en dirección opuesta (Daeman sabía que también habían practicado el sexo la noche antes. Evidentemente, él y la vieja bruja, Savi, eran los únicos que no se estaban comiendo nada).

Así que Daeman estaba ahora solo en el claro del bosque, apoyado contra el casco del sonie, escuchando el movimiento de las hojas y los chasquidos de las ramas en la oscura maleza, cosa que no le gustaba ni pizca. Si aparecía un alosaurio, estaba preparado para saltar al sonie... pero, ¿luego qué? Ni siquiera sabía cómo acceder a los controles holográficos, mucho menos cómo activar la burbuja del campo de fuerza ni pilotar la máquina. Sería un entremés en un plato para el dino.

A Daeman se le ocurrió gritar para llamar a Savi o a cualquiera de los otros y decirles que regresaran, pero inmediatamente se lo pensó mejor. ¿Atraía el ruido a los dinosaurios y otros depredadores? No iba a probar para averiguarlo. Mientras tanto, se sentía muy incómodo: no sólo por la ansiedad, sino por la necesidad de ir al cuarto de baño. Los otros podrían haberse perdido entre los árboles con los pañuelos de papel que Savi les había proporcionado, pero Daeman era un ser humano civilizado: nunca iba al cuarto de baño sin... bueno, sin un cuarto de baño, y no estaba dispuesto a empezar ahora. Naturalmente, no sabía cuántas horas pasarían hasta que llegaran a Ardis Hall, y Savi hablaba como si ni siquiera fuera a detenerse allí. Soltaría a Hannah, Ada y el ridículo impostor que se hacía llamar Odiseo, y luego se dirigiría a la Cuenca Mediterránea o lo que fuera. Daeman sabía que no podía esperar tanto para aliviarse.

Advirtió que se sentía más desanimado que asustado. Por lo visto había sorprendido a todos al ofrecerse voluntario para acompañar a la vieja y a Harman en su ridícula expedición, pero nadie había adivinado sus verdaderos motivos. En primer lugar le daban miedo los dinosaurios de Ardis Hall. No pensaba volver allí. Segundo, toda aquella charla de que faxear era una especie de destrucción y reconstrucción de gente lo había puesto extremadamente nervioso. Bueno, ¿quién no lo estaría, tan poco tiempo después de despertar en la fermería, al enterarse de que su cuerpo real había sido destruido? Daeman había faxeado casi todos los días de su vida, pero la idea de entrar ahora en un fax-portal, sabiendo que iba a desintegrar sus músculos, huesos, cerebro y memoria, y luego a construir una copia en otra parte (si la vieja estaba diciendo la verdad)... bueno, la idea le molestaba una barbaridad.

Así que optó por viajar en el sonie unos cuantos días más, para no enfrentarse a los dinosaurios de Ardis ni a la destrucción de sus átomos o moléculas o lo que fuera en el fax.

Ahora sólo quería un cuarto de baño y un servidor o a su madre para que le hicieran la cena. Tal vez le exigiera a la vieja que lo dejara en Cráter París, después de todo. No estaba demasiado lejos, ¿no? Aunque les había echado un vistazo a los galimatías de Harman (su «mapa») Daeman no tenía ni idea de la geografía del mundo. Todo estaba exactamente tan lejos como cualquier otra cosa: a un paso de fax-portal.

La anciana salió del bosque, vio a Daeman solo, apoyado contra el sonie que flotaba suavemente, y dijo:

—¿Dónde está todo el mundo?

—Eso es lo que me estaba preguntando. Primero el bárbaro se marchó. Luego Hannah fue tras él. Después Ada y Harman se marcharon por allí... —señaló hacia los altos árboles, al otro lado del claro.

—¿Por qué no usas tu palma? —dijo Savi, y sonrió como si algo que había dicho le hiciera gracia.

—Ya lo he intentado —respondió Daeman—. En tu bloque de hielo. En el puente. Aquí. No funciona.

Alzó la palma izquierda, pensó en la función buscadora, y le mostró el rectángulo en blanco que flotaba allí.

—Eso es sólo la función Iocalizadora inmediata —dijo Savi—. Sólo una flecha-guía cuando estás cerca de algo, como por ejemplo en una biblioteca buscando un libro en el pasillo equivocado. Usa lejonet o cercanet.

Daeman se la quedó mirando. Desde la primera vez que viera a esta mujer había dudado de su cordura.

—Ah, es verdad —dijo Savi, todavía con aquella sonrisa triste—. Habéis olvidado todas las funciones. Generación tras generación.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Daeman—. Las antiguas funciones como la lectura ya no funcionan. Las perdimos cuando los posthumanos se marcharon —señaló los anillos que se entrecruzaban en el pedazo de cielo que tenían encima.

—Tonterías —dijo Savi. Se acercó, se apoyó en el sonie y le agarró el brazo izquierdo, volviendo su palma hacia ella—. Piensa en tres círculos rojos con cuadros azules en el centro.

—¿Qué?

—Ya me has oído —continuó sujetándole la muñeca.

Idioteces, pensó Daeman, pero visualizó tres círculos rojos con cuadrados azules flotando en el centro de cada uno.

En vez del pequeño rectángulo de luz amarillo blancuzca que generaba la función localizadora, un gran óvalo de luz azul flotaba ahora a un palmo de su palma.

—¡Guau! —exclamó Daeman, liberando la muñeca de su tenaza y sacudiendo la mano, como si un insecto enorme se le hubiera posado encima. El óvalo azul fluctuó con ella.

—Relájate —dijo Savi—. Está en blanco. Visualiza a alguien.

—¿A quién? —A Daeman no le gustaba nada aquella sensación: su cuerpo haciendo algo que no sabía que podía hacer.

—A cualquiera. Alguien íntimo.

Daeman cerró los ojos y visualizó el rostro de su madre. Cuando volvió a abrirlos, el óvalo azul estaba repleto de diagramas. Trazados de calles, un río, palabras que no sabía leer, una visión aérea del círculo negro que sólo podía ser el cráter en el corazón de Cráter París. La imagen entró en un zoom y de repente estuvo en una estructura estilizada, quinta planta, un domi cerca del cráter... no su casa. Dos estilizadas figuras humanas, personajes de dibujo animado pero con caras reales y humanas, estaban en la cama, la hembra sobre el varón, moviéndose...

Daeman cerró el puño y apagó el oval.

—Lo siento —dijo Savi—. Olvidé que nadie usa inhibidores de búsqueda hoy en día. ¿Tu novia?

—Mi madre —respondió Daeman, tragando bilis. Era el domicomplex de Goman, situado al otro lado del cráter: conocía la distribución de cuando era niño y jugaba en las habitaciones interiores mientras su madre retozaba con el hombre alto de piel oscura y la voz suavizada por el vino. A Daeman no le gustaba Goman, y no sabía que su madre seguía viéndolo. Según lo que Harman había dicho, ya era de noche en Cráter París.

—Vamos a ver dónde están Hannah y Ada y los demás —dijo Savi. Se echó a reír—. Aunque tal vez deseen haber activado también los inhibidores de lejonet.

Daeman no se atrevía a abrir el puño.

—Recíclalo —dijo Savi.

—¿Cómo?

—¿Cómo te libras de tu flecha localizadora?

—Pienso «apágate» —dijo Daeman, y añadió mentalmente: estúpida.

—Hazlo.

Daeman lo pensó y el óvalo azul desapareció.

—Cercanet se activa pensando en un círculo amarillo con un triángulo verde dentro —dijo Savi. Miró su propia palma y un brillante rectángulo amarillo apareció sobre ella.

—Piensa en Hannah —dijo Savi.

Así lo hizo. Las palmas de ambos mostraron un continente (Norteamérica, pero Daeman no lo reconoció), y luego un zoom hasta la sección sur-central, zoom al norte hasta la costa, zoom a una compleja serie de palabras ilegibles y mapas topográficos, zoom bajo estilizados árboles hasta una forma estilizada con la cabeza de Hannah sobre un cuerpo de caricatura, caminando sola... no, sola no, advirtió Daeman, pues había un signo de interrogación caminando junto a ella.

Savi volvió a reírse.

—Cercanet no sabe cómo procesar a Odiseo.

—No veo a Odiseo —dijo Daeman.

Savi acercó la mano a su cubo holográfico amarillo y tocó el signo de interrogación. Señaló las dos figuras rojas en el borde de la nube.

—Ésos somos nosotros —dijo—. Ada y Harman deben de estar al norte.

—¿Cómo sabemos que es Hannah? —preguntó Daeman, aunque había visto su coronilla.

—Piensa «primer plano» —dijo Savi. Le mostró la nube de su palma que había bajado más, hasta nivelarse, y estaba contemplando a la estilizada Hannah con la cara real de Hannah caminar entre árboles estilizados, a lo largo de un estilizado arroyo.

Él pensó «primer plano» y se maravilló de la claridad de la imagen. Veía la sombra de los árboles sobre sus rasgos. Hablaba animadamente con el símbolo (Savi había dicho que era un signo de interrogación) que flotaba junto a ella. Daeman se alegró de no encontrar a Hannah en mitad del acto sexual.

Savi debía haber visualizado a Ada y Harman, pues la nube amarilla de su palma cambió y mostró a dos figuras caminando sobre signos topográficos en algún lugar por encima de los puntos rojos estacionarios que había identificado como ellos mismos.

—Todo el mundo está vivo, los dinosaurios no se han comido a nadie —dijo Savi—. Pero me gustaría que regresaran de una maldita vez para que pudiéramos marcharnos. Se está haciendo tarde. Si estos fueran los viejos tiempos, los llamaría a sus palmas y les diría que movieran el culo y volvieran.

—¿Puedes usar esto para comunicarte? —dijo Daeman, alzando su mano vacía.

—Por supuesto.

—¿Por qué no sabemos esas cosas? —lo dijo con cierto enfado.

Savi se encogió de hombros.

—Los llamados humanos antiguos no sabéis mucho de casi nada.

—¿Qué quieres decir con eso de «llamados humanos antiguos»? —inquirió Daeman. Ahora estaba enfadado de verdad.

—¿Crees realmente que los humanos de la Edad Perdida, los pretéritos, tenían todas estas nanomáquinas insertadas genéticamente en sus células y cuerpos? —preguntó Savi.

—Sí —respondió Daeman, aunque se dio cuenta de que no sabía absolutamente nada de los pretéritos de la Edad Perdida, y le importaba aún menos.

Savi guardó un minuto de silencio. A Daeman le parecía cansada, pero quizá todos los antiguos humanos prefermería tenían tan mal aspecto. No lo sabía.

—Deberíamos ir a recogerlos —dijo ella por fin—. Yo iré por Hannah y Odiseo, tú ve por Ada y Harman. Pon tu palma en cercanet, activa tu localizador como de costumbre y eso te llevará hasta ellos. Diles que el autobús se marcha.

Daeman no tenía ni idea de qué era un «autobús», pero le daba igual.

—¿Hay otras funciones? —preguntó antes de que la anciana se marchara.

—Centenares.

—Muéstrame una —la desafió Daeman. No la creía. Centenares, no; pero con una o dos le bastaría para ser popular en las fiestas, interesante para las mujeres jóvenes.

Savi suspiró y se apoyó contra el sonie. Se había levantado viento y las ramas de la secuoya que se alzaba sobre ellos se agitaban.

—Puedo mostrarte la función que acabó por expulsar a los posthumanos de la Tierra —dijo en voz baja—. La todonet.

Daeman cerró el puño de nuevo y apartó la mano.

—No si es peligroso.

—No lo es —dijo Savi—. No para nosotros. Mira, yo primero.

Le bajó el brazo, le abrió los dedos y le tocó la palma de una manera que a él le pareció casi excitante. Luego colocó su propia palma junto a la suya.

—Visualiza cuatro rectángulos sobre tres círculos rojos sobre cuatro triángulos verdes —dijo ella suavemente.

Daeman frunció el ceño: era difícil, las sombras resbalaban al borde de su habilidad para retener la imagen, pero lo consiguió por fin, cerrando los ojos.

—Abre los ojos —dijo Savi.

Daeman así lo hizo y tuvo que agarrarse al sonie con ambas manos para apoyarse.

No había ninguna nube de palma. Ningún mapa ilegible ni ninguna figura de dibujo animado.

En cambio, hasta donde alcanzaba la vista todo se había transformado. Los árboles cercanos, para él sin ningún otro interés que la sombra que le proporcionaban eran ahora complejos, altísimos, transparentes, capa tras capa de tejido vivo y pulsante, corteza muerta, vesículas, venas, materia interior que mostraba vectores estructurales y anillos de columnas de datos fluyentes, el móvil rojo y verde de la vida: agujas, xylemas, floemas, agua, azúcar, energía, luz del sol. Supo que de haber sabido leer el flujo de datos habría comprendido exactamente la hidrología del milagro viviente que era ese árbol, habría sabido exactamente cuánta presión aplicaba para elevar osmóticamente toda esa agua desde las raíces... Si Daeman miraba hacia abajo veía las raíces hundidas en el suelo, el intercambio energético de agua de la tierra a las raíces, el largo viaje de docenas de metros desde las raíces a los túbulos verticales que elevaban el agua... ¡docenas de metros en vertical! ¡Como un gigante que sorbiera de una pajita! Y luego el movimiento lateral del agua, moléculas de agua en tuberías de grosor microscópico, a lo largo de ramas de quince, veinte o treinta metros, estrechándose, estrechándose, la vida y los nutrientes de esa agua, la energía del sol...

Daeman alzó la cabeza y vio la luz solar como la lluvia de energía que era: luz que alcanzaba las agujas de pino y era absorbida, luz que incidía en el humus bajo sus pies y calentaba las bacterias que allí había. ¡Podía contar las atareadas bacterias! El mundo a su alrededor era un torrente de información, una marea de datos, un millón de microecologías interactuando a la vez, energía a energía. Incluso la muerte era parte de la compleja danza del agua, la luz, la energía, la vida, el reciclado, el crecimiento, el sexo y el hambre que fluían a su alrededor.

Daeman vio un ratón muerto casi enterrado en el humus, al otro lado del claro, poco más que pelo y huesos ya, pero aún una bengala de energía de luz roja mientras las bacterias se daban un festín y los huevos de las moscas incubaban para convertirse en gusanos al sol de la tarde y la lenta disgregación de las proteínas seguía a nivel molecular, y...

Jadeando, casi ahogándose, Daeman se dio la vuelta, tratando de acabar con aquella visión, pero la complejidad estaba en todas partes: el pulsante y humeante flujo de la energía transmitiéndose; los nutrientes siendo absorbidos; las células siendo alimentadas; las moléculas bailando en los árboles transparentes y respirando suelo: el cielo encendido con su lluvia, y el arrebato de la luz del sol y los mensajes de radio de las estrellas.

Daeman se cubrió los ojos con las manos, pero demasiado tarde: había mirado a Savi, la vieja, también una galaxia de vida. Vida anidada en las destellantes neuronas de su cerebro, tras aquel cráneo sonriente, que ardía como relámpagos en la cadena de impactos que corrían por sus nervios retinales y en los miles de millones de formas vivas de su estómago, ocupadas e indiferentes todas, y... Tratando de apartar la mirada, Daeman cometió el error de mirarse a sí mismo, de mirar dentro de sí, más allá de sí, su conexión con el aire y el suelo y el cielo...

—¡Apágate! —dijo Savi; la mente de Daeman repitió la orden.

La brillante luz del mediodía que se reflejaba en los árboles y el suelo cubierto de agujas le pareció de repente a Daeman tan oscura como la medianoche. Las piernas le fallaron. Jadeando, Daeman se deslizó por el borde del sonie y se desplomó en el suelo, rodó hasta quedar boca abajo, los brazos extendidos, las palmas planas, la cara apretada contra las agujas de pino.

Savi se agachó junto a el y le dio una palmada en el hombro.

—Pasará dentro de un minuto —dijo suavemente—. Descansa aquí. Yo iré a buscar a los demás.

Ada vaciló cuando Harman sugirió que fueran a dar un paseo: temía que Savi se enfadara o se sintiera alarmada por la ausencia de todo el mundo cuando regresara al claro, pero Hannah ya había salido corriendo detrás de Odiseo, y Ada no quería quedarse junto al sonie con Daeman. Además, no sabía si tendría otra oportunidad para hablar en privado con su nuevo amante antes de que ella regresara a Ardis y él se fuera volando con Savi a aquella Cuenca Meditecomosellamara. Subieron una colina, luego siguieron un arroyo al otro lado. El bosque bullía de cantos de pájaros, pero no vieron ningún animal más grande que una ardilla. Harman parecía preocupado, perdido en sus pensamientos y la única vez que tocó a Ada fue cuando le tendió la mano para ayudarla a cruzar el arroyo sobre una cascada de tres metros. Ella se preguntó si la noche que habían pasado juntos había sido un error, un fallo de cálculo por su parte, pero cuando se detuvieron a descansar en la base de la cascada, vio que sus ojos se centraban en ella, vio el afecto y la ternura de su mirada y se alegró de que se hubieran convertido en amantes.

—Ada —dijo él— ¿conoces a tu padre?

Ella parpadeó. La pregunta no era del todo sorprendente: la gente sabía que tenía padre, por supuesto, teóricamente, pero esas cosas no se preguntaban casi nunca.

—¿Quieres decir si sé quién fue?

Harman negó con la cabeza.

—Quiero decir si lo conoces. ¿Lo has visto?

—No —respondió ella—. Mi madre llegó a decirme su nombre en una ocasión, pero creo que él... alcanzó su Quinto Veinte hace algunos años.

Casi había estado a punto de decir pasó a los anillos, el eufemismo humano más común para referirse a la ascensión corpórea al cielo de los posthumanos. Su corazón redobló cuando se preguntó por qué Harman le estaba haciendo aquella extraña pregunta. ¿Creía que existía la posibilidad de que él fuera su padre? Sucedía, claro. Las mujeres jóvenes hacían el amor con hombres mayores que podrían ser sus anónimos padres espermáticos: el incesto no era tabú, ya que no había ninguna posibilidad de que nacieran hijos de una unión semejante, y no había hermanos ni hermanas, ya que cada mujer sólo podía reproducirse una vez, pero la idea era extrañamente inquietante.

—Yo no sé quién fue mi padre —dijo Harman—. Savi dijo que en una época, incluso después de la Edad Perdida, los padres eran casi tan importantes para los niños como lo son las madres ahora.

—Cuesta imaginarlo —dijo Ada, todavía confusa. ¿Qué estaba intentando decirle? ¿Que era demasiado viejo para ella? Eso era una tontería.

Él empezó a caminar de nuevo y ella lo siguió bajo los árboles. Hacía fresco a la sombra, pero el aire era más denso. La cascada murmuraba tras ellos. De repente Ada miró en derredor, alarmada.

—¿Has oído algo? —preguntó Harman, deteniéndose junto a ella.

—No. Es que... hay algo raro.

—No hay servidores —dijo Harman—. Ni voynix.

Era eso, advirtió Ada. Estaban solos. Durante los dos últimos días, la ausencia de los omnipresentes servidores y voynix había sido como un sonido de fondo que faltara. Pero resultaba más evidente ahora que estaban solos, nada más que ellos dos.

De repente, sin ningún motivo concreto, Ada se estremeció.

Harman asintió.

—He estado tomando notas del terreno y observando el sol —señaló con la rama que estaba usando como bastón— El claro está detrás de esa colina.

Ada sonrió, pero no estaba totalmente convencida. Comprobó su localizador de palma, pero estaba en blanco, como sucedía desde que habían dejado el domi de la Antártida. Había estado en el bosque otras veces (normalmente en sus tierras de Ardis), pero nunca sin un servidor flotando cerca para mostrarle el camino a casa o sin un voynix como protección. Pero esto no era más que tensión de fondo a la ansiedad central de la extraña pregunta de Harman.

—¿Por qué preguntas por los padres?

Él la miró mientras seguían bajando la colina, internándose en el bosque de secuoyas. La sombra era casi penumbra, aunque lanzadas de luz salpicaban aquí y allá el silencio catedralicio.

—Por algo que me ha dicho Savi esta mañana —respondió—. Algo de que yo era lo bastante viejo para ser tu abuelo. Sobre que me metía en esta aventura para encontrar la fermería y relacionarme contigo, como una especie de negación de mi Veinte Final.

La primera respuesta de Ada fue la furia, seguida inmediatamente de una punzada de celos. Furia por la estúpida observación de Savi: no era asunto de aquella mujer con quién se acostaba Ada ni qué edad tenía. Celos por el hecho de que Harman se hubiera levantado de la cama aquel amanecer para ir a charlar con Savi. Ada simplemente le había dado un beso de despedida cuando se levantó, se lavó y se vistió esa mañana, un poco decepcionada porque su nuevo amante no quería pasar otra hora con ella antes de que todos se levantaran para desayunar, pero respetando su decisión, suponiendo que era madrugador por costumbre.

¿Pero qué era tan importante para que tuviera que dejarla al amanecer para ir a hablar con Savi? ¿No planeaba pasar los próximos días con Savi en su estúpida búsqueda de una nave espacial? De hecho, advirtió Ada, Savi iba a ocupar su lugar en esa aventura.

Estudió el rostro de Harman, de aspecto mucho más joven, sin las sorprendentes patas de gallo y el pelo gris de Odiseo, y vio que él no había advertido su arrebato de furia y celos. Harman seguía preocupado, perdido en sus propias reflexiones, y Ada se preguntó si la atención y la amabilidad que le había dispensado en los últimos días (hasta su maravilloso apareamiento de la noche anterior) eran aberraciones, sólo parte de un preludio al sexo, y no su conducta habitual. No lo creía, pero no lo sabía. ¿Era toda esta intimidad que había estado sintiendo con Harman una ilusión, algo generado por su encoñamiento con él?

—¿Sabes cómo eliges quedarte embarazada? —preguntó Harman, todavía hurgando distraídamente en el suelo con su bastón.

Ada se detuvo, desconcertada. La pregunta era... sorprendente.

Harman se detuvo y la miró como si no hubiera dicho nada fuera de lo común.

—Quiero decir si sabes como funciona el mecanismo —dijo el, todavía aparentemente ajeno a lo inadecuado de la pregunta. Los hombres y mujeres simplemente no discutían estas cosas.

—Si vas a darme un sermón sobre los pajaritos y las abejitas, es un poco tarde —dijo ella, envarada.

Harman se rió de buena gana. A lo largo del último par de semanas, esa risa había encandilado a Ada. Ahora la irritó una barbaridad.

—No me refiero al sexo, querida —dijo. Ada advirtió que era la primera vez que usaba ese término, pero no estaba de humor para apreciarlo—. Me refiero a cuando recibas permiso para quedarte embarazada, quizá dentro de décadas... y a elegir el donante de esperma.

Ada se estaba sonrojando y el hecho de que no pudiera dejar de sonrojarse le enfurecía. Se sonrojó aún más.

—-No sé de qué estás hablando.

Sí lo sabía, naturalmente. Eran los hombres quienes se suponía que no sabían ni discutían de estas cosas. La mayoría de las mujeres decidían solicitar un embarazo en torno a su Tercer Veinte. Normalmente el periodo de espera era de uno o dos años antes de que se concediera el permiso, transmitido por los posthumanos a través de los servidores. En ese punto, la mujer abandonaba la actividad sexual, tomaba el desinhibidor de embarazos y decidía cuál de sus antiguas parejas sería el padre espermático de su hijo. El embarazo se producía en cuestión de días y el resto era tan antiguo como... bueno, como la humanidad.

—Estoy hablando del mecanismo por el que decides qué esperma almacenado es elegido por tu cuerpo —continuó Harman—. Las hembras humanas antiguas no tenían esa elección.

—Tonterías —replicó Ada—. Nosotros somos igual. Siempre ha sido así.

Harman negó con la cabeza lentamente, casi con tristeza.

—No —dijo—-. Incluso en la época de Savi, hace unos mil años más o menos, el embarazo era algo más que un acto casual. Ella dice que este mecanismo de almacenamiento y selección de esperma era algo que los posts insertaron en nosotros (en las mujeres) basándose en la estructura genética de las polillas.

—¡Las polillas! —dijo Ada, no ya sólo sorprendida sino verdadera y profundamente furiosa ahora. Aquello era tan absurdo como denigrante—. ¿De qué demonios estás hablando, Harman Uhr?

Él alzó la cabeza y pareció advertir su reacción por primera vez, como si el uso del tratamiento formal hubiera sido una bofetada en la cara que lo hubiera devuelto a la realidad.

—Es cierto —dijo—. Lo siento si te molesta, pero Savi dice que los posts estructuraron genéticamente esta habilidad para elegir al padre espermático años después de la relación a partir de los genes de una polilla llamada...

—¡Basta! —gritó Ada. Tenía los puños cerrados. Nunca había golpeado a nadie en la vida, ni había querido hacerlo, pero en ese momento estaba a punto de darle un puñetazo a Harman—. Savi dice esto, Savi dice lo otro. Ya estoy harta de esa vieja bruja. Ni siquiera creo que sea tan vieja... ni tan sabia. Está loca, nada más. Voy a volver al sonie.

Se internó en el bosque.

—¡Ada! —llamó Harman.

Ella lo ignoró, caminando colina arriba, resbalando en las agujas y el humus mojado.

—¡Ada!

Ella continuó, dispuesta a dejarlo atrás.

—Ada, no es por ahí.

Hannah alcanzó a Odiseo a unos cientos de metros del claro. Él se dio la vuelta y se llevó la mano al pomo de la espada cuando la oyó salir de los matorrales, pero se relajó al ver quién era.

—¿Qué quieres, muchacha?

—Quiero ver tu espada —dijo Hannah, apartándose el pelo oscuro de la cara.

Odiseo se echó a reír.

—¿Por qué no? —soltó la vaina de cuero de su cinturón y le tendió el arma—. Ten cuidado con los filos, muchacha. Podría afeitarme con esta hoja, si alguna vez decidiera hacerlo.

Hannah desenvainó la espada corta y la sopesó, vacilante.

—Savi me ha dicho que trabajas con metales —dijo Odiseo. Se inclinó en un arroyo, recogió agua con las manos y bebió— Dice que puede que seas la única persona, hombre o mujer, de todo este mundo feliz que sabe cómo forjar bronce.

Hannah se encogió de hombros.

—Mi madre se acordaba de historias antiguas sobre la forja del metal, jugaba con fuego y hornos abiertos cuando era más joven. Yo continúo los experimentos —alzó la espada y la descargó.

—Nos has visto luchar en el paño turín —dijo Odiseo.

Hannah asintió.

—¿Y...?

—Estas usando bien la espada, muchacha. Cortar en vez de apuñalar. Esta herramienta está hecha para cercenar miembros y desparramar entrañas, para nada más refinado.

Hannah hizo una mueca y le devolvió el arma.

—¿Es ésta la espada que utilizaste en las llanuras de Ilión? —preguntó en voz baja—. ¿Y en tu aventura para robar el Paladión?

—No. —Él alzó la espada verticalmente hasta que parte de la luz que se filtraba entre las altas ramas bailó en su superficie—. Esta espada en concreto fue un regalo que me hizo... una mujer, en uno de mis viajes.

Hannah esperó más explicaciones, pero en vez de contarle otra historia, Odiseo dijo:

—¿Te gustaría ver qué hace a esta espada diferente?

Hannah asintió.

Odiseo usó el pulgar para pulsar dos veces la empuñadura, y de repente la espada pareció temblar levemente. Hannah se acercó más. Sí, un zumbido sutil pero perceptible procedía de la hoja. Alzó una mano hacia el metal pero Odiseo disparó la suya rápidamente, agarrándola por la muñeca.

—Si la tocaras ahora, muchacha, perderías todos los dedos.

—¿Por qué? —Ella no se debatió para liberar la muñeca, y al cabo de unos segundos Odiseo la soltó.

—Está vibrando —dijo Odiseo, plantando la espada ante sus ojos. Hannah advirtió de nuevo que era exactamente tan alta como Odiseo. La noche anterior lo había oído en el salón burbuja verde del puente, después de que los otros se acostaran. Lo acompañó a dar un paseo, regresó a su domi para charlar durante horas, y se había quedado dormida en el suelo junto a su cama. Hannah sabía que Ada pensaba que se habían hecho amantes: a ella no le importaba y no se le ocurría ningún motivo para convencerla de lo contrario.

—Es casi como si estuviera cantando —dijo Hannah, volviéndose un poco para oír mejor el agudo zumbido.

Odiseo se rió con fuerza, aunque Hannah no supo por qué.

—No te preocupes —dijo—. No me lo dio ninguna Dama del Lago, aunque no es algo que esté demasiado lejos de la verdad —se rió de nuevo.

Hannah miró al hombre de la barba. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Se preguntó si él la tenía.

—¿Por qué vibra? —preguntó.

—Apártate —dijo el hombre del pecho fornido.

La mayoría de las secuoyas de su alrededor tenían unos dos metros de grosor, algunas algo más, pero un pino más pequeño (quizás una ponderosa o un abeto Douglas) crecía en un claro soleado, pocos metros a su izquierda. El árbol tenía probablemente treinta o cuarenta años de edad, de unos quince metros de altura, con un tronco de unos cuarenta centímetros de grosor.

Odiseo plantó los pies en el suelo, agarró la espada con una mano y la blandió ante el tronco. Asestó un golpe sin esfuerzo con el filo.

La hoja describió un arco tan suave que pareció que había fallado por completo. No hubo ningún sonido de impacto. Unos pocos segundos más tarde, el alto pino se estremeció, se agitó y cayó ruidosamente al suelo.

Odiseo pulsó de nuevo el pomo y el leve sonido de vibración cesó.

Hannah se acercó a inspeccionar el tocón y el árbol caído. Las secciones del tronco parecían haber sido separadas quirúrgicamente, no serradas. Pasó la mano por el tocón cercenado a la altura del pecho. No había savia, ni irregularidades en el corte. La madera era tan suave como si hubiera sido sellada con plástico y cauterizada de algún modo. Se volvió hacia Odiseo.

—Eso debió venirte muy bien durante el asedio de Troya —dijo.

—No has estado escuchando, muchacha —respondió Odiseo. Volvió a envainar el arma y se la colgó del ancho cinturón—. Éste fue un regalo que me hicieron unos cuantos años después de que dejara la guerra e iniciara mis viajes. Si la hubiera tenido en Ilión... —Odiseo sonrió horriblemente—. No habría quedado ni un troyano, ni un dios ni una diosa con la cabeza sobre los hombros. Te lo prometo.

Hannah le sonrió al viejo. No eran amantes (todavía no), pero tenía planeado quedarse en Ardis Hall mientras Odiseo estuviera allí de visita, ¿y quién sabía qué podría suceder?

—Estáis aquí —dijo Savi, bajando la pendiente hacia ellos. Cerró el puño y lo que pareció el campo indicador de un localizador de palma se apagó.

—¿Es hora de continuar? —preguntó Odiseo, hablándole a Savi pero mirando a Hannah como si fueran viejos conspiradores.

—Hora de continuar —dijo Savi.

 

 

 

26 - Entre Eos Chasma y Coprates Chasma en el Valle Marineris Central Este

 

Tres semanas de viaje hacia el oeste río arriba (mar interior, en realidad) del Valle Marineris, y Mahnmut estaba a punto de perder su mente moravec.

Su falucho, tripulado por veinte hombrecillos verdes, era sólo uno de los muchos navíos que se abrían paso hacia el este o el oeste camino del valle inundado o al norte o al sur por el estuario que daba a la Planicie de Chryse del océano septentrional de Tetis. Además de una docena de otros faluchos tripulados por HV, habían pasado al menos tres barcazas de cien metros de largo cada día, todas ellas transportando cuatro grandes piedras sin tallar para hacer cabezas, todas dirigiéndose al este desde la cantera del sur del Laberinto Noctis, situado en el extremo occidental del Valle Marineris, todavía a unos dos mil ochocientos kilómetros por delante del falucho de Mahnmut.

Orphu de Io había sido trasladado a bordo y asegurado en la cubierta media, oculto a la vista aérea por un toldo levantado, atado junto a las piezas grandes de carga y otros artículos rescatados de La Dama Oscura. Sólo pensar en su sumergible (dejado atrás en la caverna marina situada a más de mil quinientos kilómetros de ellos) deprimía a Mahnmut.

Hasta aquel viaje, Mahnmut no sabía que fuera capaz de deprimirse, capaz de sentir una tensión emocional tan terrible y una sensación de desesperación tal que lo dejaba casi sin voluntad y aún con menos ambición, pero la violenta separación de su submarino le había demostrado lo mal que podía sentirse. Orphu (cegado, lisiado, transportado a bordo como lastre inútil) parecía de buen humor, aunque Mahnmut estaba aprendiendo lo cuidadosa y raramente que su amigo mostraba sus verdaderos sentimientos.

El falucho había llegado, como prometieron, temprano aquella mañana marciana después de su arribada a la costa, y mientras los HV arrastraban a bordo al pobre Orphu, Mahnmut bajó al submarino inundado varias veces, sacando todas las unidades energéticas extraíbles, las células solares, el equipo de comunicación, los discos de bitácora y todos los instrumentos de navegación que pudo transportar.

—Nadaste desnudo hasta el lugar del naufragio y te llenaste los bolsillos de bizcochos antes de volver, ¿eh? —dijo Orphu aquella mañana cuando Mahnmut le contó sus esfuerzos de salvamento.

—¿Qué? —Mahnmut se preguntó si el cascado ioniano había perdido por fin la cabeza.

—Un pequeño error de continuidad en el Robinson Crusoe de Defoe —se estremeció Orphu—. Siempre me gustan los errores de continuidad.

—No la he leído —dijo Mahnmut. No estaba de humor para bromas. Dejar atrás a La Dama Oscura lo había dejado destrozado.

Discutieron su reacción durante las tres primeras semanas de viaje, ya que tenían poco que hacer a bordo del falucho excepto discutir cosas. El receptor-transmisor de radio de onda corta que Mahnmut había conectado a Orphu funcionaba bien.

—Estás sufriendo de agorafobia tanto como de depresión —dijo Orphu.

—¿Cómo es eso?

—Fuiste diseñado, programado y entrenado para formar parte del submarino, oculto bajo el hielo de Europa, rodeado de oscuridad y a profundidades aplastantes, cómodo en tus estrechos espacios —dijo el ioniano—. Ni siquiera tus breves incursiones en la superficie helada de Europa te prepararon para estas amplias vistas, los distantes horizontes y los cielos azules.

—El cielo no es azul ahora mismo —fue todo lo que dijo Mahnmut por respuesta. Era por la mañana temprano y, como la mayoría de las mañanas, el Valle Marineris estaba cubierto de nubes bajas y densa niebla. Los HV habían arriado las velas del falucho y avanzaban a golpe de remo (treinta hombrecillos remaban, quince a cada banda, al parecer infatigables) cada vez que el viento no movía el barco de vela latina de dos mástiles. Brillaban linternas en la proa, el mástil delantero, ambos costados y la popa, y el falucho apenas se movía. Esta sección del Valle Marineris tenía más de ciento veinte kilómetros de anchura y la sección en la que pronto entrarían tendría doscientos kilómetros: era un mar interior más que un río; incluso en los días despejados, los altos acantilados de las orillas norte o sur eran invisibles en la distancia, pero había suficiente tráfico de naves de HV para tomar precauciones con la niebla.

Mahnmut advirtió que era cierto, que la agorafobia era parte de su problema, ya que sentía más agudamente la depresión en los días claros, cuando la visión era ilimitada; pero también sabía que era más complicado, que no se debía sólo al hecho de estar separado del seguro nido y los controles sensoriales de su nave. Mahnmut era, lo había sido siempre, un capitán, y sabía por su propia programación y posteriores lecturas, que nada duele más a los capitanes que la pérdida de sus navíos. Además, le habían encargado una misión importante (llevar a Koros III a la base oceánica del Monte Olympus), y había fracasado miserablemente. Koros III estaba muerto, al igual que Ri Po, el moravec que tendría que estar esperando en órbita para recibir, interpretar y transmitir los importantes datos de reconocimiento de Koros.

¿A quien? ¿Cómo? ¿Cuándo? Mahnmut no tenía ni idea.

Hablaron también de eso durante sus semanas de tranquilo viaje. Era aún más tranquilo de noche, ya que los HV entraban en hibernación en cuanto el sol se ponía. Aseguraban el falucho con una complicada ancla (Mahnmut había hecho sondeos y decidió que el agua bajo ellos tenía más de seis kilómetros de profundidad) y no se volvían a mover hasta que la luz del sol tocaba su piel verde y transparente a la mañana siguiente. Parecía obvio que los HV obtenían energía solamente de la luz solar, incluso a través de la niebla matutina. Desde luego Mahnmut nunca había visto a un hombrecillo verde comer ni segregar nada. Podía preguntárselo, pero aunque tenía la hipótesis de que el HV individual no «moría» realmente después de la comunicación (pensaba que los hombrecillos verdes eran una consciencia múltiple, no un conjunto de individuos), Mahnmut no se fiaba lo suficiente de esa hipótesis para meter la mano dentro del pecho de otra personita verde, agarrar lo que podía ser su corazón y hacer preguntas que podían esperar hasta otro día.

Pero Mahnmut no tenía ningún reparo en hacerle preguntas a Orphu.

—¿Por qué nos enviaron? —preguntó al décimo día—. No comprendemos la misión y no estaríamos equipados para llevarla a cabo aunque supiéramos lo que tenemos que hacer. Fue una locura enviarnos en la ignorancia.

—Los administradores moravec están acostumbrados a repartir los deberes y asignar tareas especializadas —dijo Orphu—. Tú fuiste lo mejor que encontraron para conducir a Koros III hasta el volcán. Yo fui el mejor moravec que pudieron encontrar para atender la nave espacial. Nunca consideraron la posibilidad de que tú y yo fuéramos el equipo que quedaría para hacer el trabajo de los otros dos.

—¿Por qué no? —dijo Mahnmut—. Seguro que sabían que la misión sería peligrosa.

Orphu se estremeció suavemente.

—Probablemente pensaron que era todo o nada... que todos moriríamos si se llegaba a lo peor.

—Casi lo hicimos —le murmuró Mahnmut—. Probablemente lo haremos.

—Descríbeme el día —dijo Orphu—. ¿Se ha levantado ya la niebla?

Los días y el paisaje y las noches eran hermosos. El conocimiento que tenía Mahnmut de los mundos con atmósfera respirable procedía exclusivamente de sus bancos de datos de la Tierra, y aquel Marte terraformado era un cambio interesante.

Los cielos variaban de un brillante celeste a mediodía a un cielo sonrosado que a veces adquiría una tonalidad dorada que lo llenaba todo de fulgor. El sol mismo parecía significativamente más pequeño que como se veía desde la Tierra en las viejas grabaciones de vídeo, pero era inmensamente más grande y más brillante y más cálido que ningún sol que los moravecs de Galileo hubieran conocido en los últimos mil quinientos años-t. La brisa era suave y olía a mar salado y (a veces, sorprendentemente) a vegetación.

—¿Te has preguntado alguna vez por qué nos dieron ese sentido? —preguntó Orphu cuando Mahnmut describió el olor a vegetación mientras entraban en el ancho estuario del Valle Marineris desde el Tetis.

—¿El qué? —dijo Mahnmut.

—El olfato.

El moravec europano tuvo que pensarlo. Siempre había considerado natural su sentido del olfato, aunque era completamente inútil bajo el agua o en la superficie de Europa, y prácticamente inútil en el nido medioambiental de La Dama Oscura: en otras palabras, en todas partes donde existía.

—Podía oler los humos tóxicos en el submarino o en los cubículos presurizados de Conamara Caos Central —dijo por fin, sabiendo que no era una respuesta convincente. Los moravecs tenían alarmas insertadas para esos peligros.

Orphu se estremeció suavemente.

—Yo podría haber olido el azufre cuando estaba en la superficie de Io, ¿pero quién querría hacerlo?

—¿Puedes oler? —dijo Mahnmut—. No tiene mucho sentido para un moravec de durovac.

—Desde luego —respondió Orphu—. Ni tampoco el hecho de que me paso... me pasaba... gran parte de mi tiempo viendo las cosas en el espectro de luz visible para los humanos, pero lo hacía cada vez que era posible.

Mahnmut pensó también en esto. Era cierto; él hacía lo mismo, aunque podía ver fácilmente en infrarrojo y en la gama UV del espectro. La visión de Orphu, Mahnmut lo sabía, incorporaba visualizaciones de frecuencias de radio y líneas de campos magnéticos, desconocidas para los antiguos humanos, pero que tenían mucho sentido para un moravec que trabajaba en los campos de radiación dura del espacio galileano.

¿Por qué elegía el ioniano las limitadas longitudes de onda «visibles» por los humanos con más frecuencia?

—Creo que es porque nuestros diseñadores y todas las generaciones subsiguientes de moravecs querían en secreto ser humanos —dijo Orphu, respondiendo a la pregunta no formulada de Mahnmut sin acompañarla de un estremecimiento de ironía o diversión—. El efecto Pinocho, como quien dice.

Mahnmut no estaba de acuerdo con eso, pero se sentía demasiado deprimido para discutir.

—¿A que huele ahora? —preguntó Orphu.

—A vegetación podrida —dijo Mahnmut mientras el falucho seguía el canal que desembocaba en el ancho estuario—- Huele como el Támesis de Shakespeare con marea baja.

La primera semana de navegación río arriba, para no volverse loco de inactividad, Mahnmut desmontó e inspeccionó (lo mejor que pudo) las otras tres piezas de carga recuperadas (Orphu era la cuarta).

El artefacto más pequeño, una pieza ovoide lisa no mucho más grande que el compacto torso de Mahnmut, era el Aparato, el elemento más importante de la misión del difunto Koros III. Todo lo que Mahnmut y Orphu sabían sobre el Aparato era que se suponía que el ganimediano tenía que llevarlo al Monte Olympus, y, dadas unas circunstancias adecuadas desconocidas por Mahnmut y Orphu, activarlo.

Mahnmut sondeó el Aparato con el sonar y levantó una parte diminuta de su casco de transaleación reflexiva. No descubrió su función. La máquina, si era tal, era macromolecular: esencialmente una única molécula nanocuadrada con un núcleo central blando de tremenda energía contenida sólo por los campos internos de la macromolécula. El único «aparato-aparato» que Mahnmut encontró asociado con el casco fue un iniciador-encendedor de corriente generada. Treinta y dos voltios aplicados en el lugar adecuado harían... le harían algo a la macromolécula de dentro.

—Podría ser una bomba —dijo Mahnmut mientras volvía a colocar cuidadosamente en su sitio el milímetro cuadrado de metal.

—Menuda bomba —murmuró Orphu—. Si la em-molécula es principalmente una cáscara de huevo, aquí tenemos un reventador de planetas. La yema nos caería encima.

Fingiendo no haberlo oído para conservar su amistad y no tener que arrojar a Orphu por la borda, Mahnmut miró las paredes del cañón por el que pasaban (aún viajaban a tres kilómetros de los altos acantilados del sur que bordeaban el ancho mar interno), e imaginó toda aquella belleza de rocas rojas, escalonadas y estriadas desaparecida. Pensó en los altos manglares que crecían en las marismas más bajas del estuario marciano, en las recortadas aulagas visibles en las paredes más altas de los acantilados del valle, incluso en el frágil cielo azul con altos cirros sobre las rocas, y trató de imaginarlo todo destruido por una explosión cuántica lo bastante grande para hacer pedazos un mundo. Difícilmente parecía adecuado.

—¿Se te ocurre que pueda ser otra cosa aparte de una bomba? —preguntó Orphu.

—Así de entrada no —dijo el ioniano—. Pero algo que contiene tanta energía cuántica implosiva acumulada constituye una tecnología muy superior a mi comprensión. Te sugiero que trates con cuidado el Aparato y le pongas debajo algunos cojines o algo, pero ya que ha sobrevivido al ataque de la gente de los carros y a la entrada atmosférica que me frió a mí y acabó con tu nave, no puede ser demasiado delicado. Dale una patada en el culo y a otra cosa. ¿Cuál es la siguiente pieza del cargamento?

La siguiente pieza era sólo un poco más grande que el Aparato, pero mucho más comprensible.

—Es una especie de comunicador de chorro —dijo Mahnmut—- Está plegado, pero me parece que si lo activo, se desplegará sobre su propio trípode, lanzará un gran plato al cielo y producirá una seria explosión de... algo. Energía codificada en tensobanda o k-máser o quizás incluso gravedad modulada.

—¿Para qué necesitaría eso Koros? —preguntó Orphu—. Los satélites de comunicaciones siguen en órbita y la nave espacial podría haber transmitido cualquier tipo de tensorrayo o señal de radio al espacio galileano. Demonios, incluso tu submarino podría haber contactado con casa.

—Tal vez esto no tenga por finalidad transmitir al espacio de Júpiter —-sugirió Mahnmut.

—¿Adonde entonces?

Mahnmut no tenía ninguna sugerencia.

—¿Cómo iba a codificar el mensaje Koros? —preguntó el ioniano.

—Hay conectores virtuales —dijo Mahnmut, después de inspeccionar cuidadosamente la compacta maquinaria bajo su piel de nanocarbono—. Podríamos descargar todo lo que hemos visto y aprendido a codificarlo y activarlo. A menos que necesite un código de activación o algo por el estilo. ¿Quieres que lo conecte y lo compruebe?

—No —dijo Orphu—. Todavía no.

—¿Qué usa este comunicador como fuente de energía de chorro? —-preguntó Orphu antes de que Mahnmut pudiera cerrar el aparato.

Mahnmut no estaba familiarizado con la tecnología, pero describió el contenedor magnético y el esquema del campo de fuerza.

—Vaya, vaya —dijo Orphu—. Eso es felscbenmass chevkoviana. Antimateria artificial como la que el Consorcio empleó para impulsar la primera sonda interestelar. Contiene suficiente energía para mantenernos vivos y coleando varios siglos terrestres si encontramos una manera de conectarnos.

Mahnmut sintió que su corazón redoblaba.

—¿Podríamos haberlo utilizado para sustituir el reactor de fusión de La Dama?

Orphu guardó silencio varios segundos.

—No, no lo creo —dijo por fin—. Demasiado libre, demasiado rápido y demasiado duro para poder domarlo. Es posible que tú y yo pudiéramos conectar con su campo, pero no creo que pudiéramos haberle dado energía a La Dama Oscura aunque se pudiera haber reparado el submarino. Y dijiste que no podías hacer las reparaciones solo, ¿no?

—Habrían hecho falta los muelles helados de Conamara Caos —dijo Mahnmut, con una extraña combinación de pesar y alivio al enterarse de que aquello no era ninguna solución para la pobre Dama.

Por mucho que lo deprimiera la muerte de su nave, la idea de volver a navegar los más de dos mil kilómetros era aún más deprimente.

La última pieza de carga era la más grande, la más pesada y la más incomprensible.

El contenedor era un cubo de tribambú de un metro y medio de alto por dos de ancho, envuelto en transpolímero. Una breve inspección demostró a Mahnmut que el cubo estaba lleno: cientos de metros cuadrados de un tejido microfino de polietileno enmascarador con tiras de células solares de alta resolución; veinticuatro segmentos de titanio cónico articulado interconectados y parcialmente anidados; cuatro contenedores presurizados cuyos sensores indicaban que contenían helio, una mezcla de hidrógeno y oxígeno y metanol; ocho impulsores de pulso atmosférico con controladores de conexión y, por último, doce cables de buckycarbono plegados de quince metros conectados a los cuatro lados de la caja de tribambú donde venía la cosa.

—Me rindo —dijo Mahnmut después de varios minutos de reflexionar y hurgar y desplegar—. ¿Qué demonios es esto?

—Un globo —dijo Orphu.

Mahnmut sacudió su cabeza moravec. Había criaturas globos vivas y moravecs en la atmósfera de Júpiter, muchos más nadando en la sopa de Saturno, ¿pero qué habría querido hacer Koros III con un globo artificial en Marte?

Orphu transmitió la respuesta mientras Mahnmut la oía de su propia mente.

—La misión de Koros era llegar a la cima del Monte Olympus, hasta el lugar de la perturbación cuántica, y de esta manera no habría tenido que escalar el volcán. ¿Cuáles son las dimensiones de este... globo?

Mahnmut se lo dijo al ioniano.

Inflado con helio, aquí, a cero-cero, nivel del mar marciano, tendría un diámetro de más de sesenta metros y una altura de unos treinta y cinco, con lo cual elevaría fácilmente la barquilla, a ti, el Aparato y la radio de chorro hasta los límites del espacio... o la cima del Olympus —dijo Orphu.

—¿Barquilla? —dijo Mahnmut, todavía intentando asimilar la idea.

—La caja que lo contiene. Eso es obviamente lo que Koros III pretendía pilotar. ¿Trae una capota transpolímera... algún tipo de cubierta presurizable?

—Sí.

—Entonces ahí lo tienes.

—Pero el Monte Olympus tiene una escalera mecánica que sube por su cara sur —dijo Mahnmut estúpidamente.

—Koros y los moravecs que planearon esta misión no lo sabían, Mahnmut —dijo Orphu.

Mahnmut apartó un momento la mirada del globo para pensar. Los acantilados sureños del Valle Marineris eran sólo una fina línea roja contra el horizonte verdiazul mientras el falucho se internaba en los canales centrales del estuario.

—La barquilla es demasiado pequeña para llevarte —dijo.

—Bueno, naturalmente... —empezó a decir Orphu.

—Construiré una barquilla más grande —lo interrumpió Mahnmut.

—¿De verdad crees que ascenderemos a la cima del Monte Olympus? —dijo Orphu en voz baja.

—No lo sé —respondió Mahnmut—, pero sí sé que todavía estaremos a más de dos mil kilómetros del volcán cuando... si... alguna vez llegamos al extremo occidental del Valle Marineris en este barquito. No tenía ni idea de cómo íbamos a atravesar el lío del Laberinto Noctis y la Llanura de Tarsis hasta el Olympus, pero este... globo... podría servir. Tal vez...

—Podrías empezar ahora —dijo Orphu—. Sería más rápido que este... ¿cómo lo llamaste?

—Falucho —dijo Mahnmut, contemplando los aparejos y velas recortadas contra el cielo rosa y azul. Varios hombrecillos verdes se balanceaban sin esfuerzo de un aparejo a otro en los palos—. Y no, no creo que debiéramos intentarlo con el globo hasta que tengamos que hacerlo. Es de un tejido tipo camuflaje-camaleón, incluso la barquilla, pero no estoy convencido de que la gente de los carros no pueda localizarlo. Lo elevaremos cuando lleguemos al Laberinto Noctis. Será de por sí un viaje aéreo bastante difícil, ya que tres de los volcanes más altos de Marte se interpondrán entre nosotros y el Olympus.

Orphu se estremeció cerca de lo subsónico.

—La vuelta al mundo en ochenta días, ¿eh?

—La vuelta entera no —dijo Mahnmut—. Contando este viaje en barco, tenemos que viajar un poco más de una cuarta parte.

Mahnmut intentó matar el tiempo y librarse de su desánimo leyendo los sonetos de Shakespeare en el libro físico que había salvado de La Dama Oscura. No funcionó. Mientras que en los últimos años se había sumergido en los análisis descubriendo estructuras ocultas, conexiones de palabras y contenido dramático, ahora los sonetos le parecían solamente tristes. Tristes y bastante desagradables.

A Mahnmut el moravec no podía importarle menos lo que «Will» el «poeta» de los sonetos le hiciera al «Joven» o esperara que le hiciera éste (Mahnmut no tenía ni pene ni ano ni ansiaba ninguno tampoco), pero la profusión de halagos y los flagrantes abusos al obtuso pero adinerado «Joven» por parte del poeta mayor le resultaban ahora opresivos a Mahnmut, algo que bordeaba lo perverso. Pasó a los sonetos a la «Dama Oscura», pero éstos eran aún más cínicos y perversos. Mahnmut estaba de acuerdo con el análisis de que el interés del poeta por esta mujer se centraba precisamente en su promiscuidad: la mujer del pelo oscuro, ojos oscuros, pechos oscuros y pezones oscuros era, si había que fiarse del poeta, no una puta, pero desde luego algo parecido a una fresca.

Mahnmut había descartado hacía tiempo el ensayo de Freud de 1910, «Un tipo especial de elección del objeto según los hombres», en que el médico brujo de la Edad Perdida había documentado casos de varones humanos que podían excitarse sexualmente con mujeres cuya promiscuidad era manifiesta. Shakespeare vacilaba a la hora de describir la vagina de una mujer como la bahía donde todos los hombres cabalgan y se burlaba con saña (oh astuto amor) de la promiscuidad de su Dama Oscura. Aunque Mahnmut había pasado años felices descubriendo niveles más profundos y estructuras dramáticas tras estas vulgaridades, aquel día (el sol a punto de ponerse en el gran mar interior, los acantilados alzándose rojos y rosados al norte) los sonetos le parecían un lienzo sucio, las confesiones íntimas de un poeta obsceno.

—¿Leyendo tus sonetos? —preguntó Orphu.

Mahnmut cerró el libro.

—¿Cómo lo sabías? ¿Has aprendido telepatía ahora que te has quedado sin ojos?

—Todavía no —rumoreó el ioniano. El gran caparazón de cangrejo de Orphu estaba atado a la cubierta, a diez metros del lugar cercano a la proa donde se sentaba Mahnmut—. Algunos de tus silencios son más literarios que otros, eso es todo.

Mahnmut se puso en pie y se volvió hacia la puesta de sol. Los hombrecillos verdes corrían en los palos y en el obenque del ancla, preparando la nave para dormir.

—¿Por qué nos programaron a algunos de nosotros para que tengamos predisposición hacia los libros humanos? —-preguntó—. ¿Para qué puede servirle eso a un moravec ahora que la especie humana puede estar extinta?

—Yo mismo me he preguntado eso —dijo Orphu—. Koros III y Ri Po estaban libres de nuestra aflicción, pero debes de haber conocido a otros que estaban obsesionados con la literatura humana.

—Mi antiguo compañero, Urtzweil, leía y releía la versión de la Biblia del rey Jaime —dijo Mahnmut—. La estudió durante décadas.

—Sí —respondió Orphu—. Y yo y mi Proust —tarareó unas cuantas notas de Me and My Shadow—. ¿Sabes qué tienen en común todas esas obras sobre las que gravitamos, Mahnmut?

Mahnmut se lo pensó un momento.

—No —dijo por fin.

—Son inagotables.

—¿Inagotables?

—Inagotables. Si fuéramos humanos, estas obras y novelas y poemas concretos serían como casas que siempre se abrieran a nuevas habitaciones, escaleras ocultas, desvanes por descubrir... ese tipo de cosa.

—Aja —dijo Mahnmut, sin captar la metáfora.

—No pareces muy contento con el bardo hoy —dijo Orphu.

—Creo que su inagotabilidad me ha agotado —admitió Mahnmut.

—¿Qué está pasando en cubierta? ¿Hay mucha actividad?

Mahnmut se apartó de la puesta de sol. Tres cuartas partes de los miembros de la tripulación de HV del barco estaban trabajando en silencio y ataban y fijaban y soltaban y aseguraban el ancla. Sólo quedaban tres o cuatro minutos de luz antes de que entraran en hibernación: se tenderían, se enroscarían y se desconectarían durante la noche.

—¿Sientes las vibraciones en la cubierta? —le preguntó Mahnmut a su amigo. A excepción del olfato, era el último sentido que le quedaba a Orphu.

—No, sólo sé la hora que es —respondió el ioniano—. ¿Por qué no los ayudas?

—¿Cómo dices?

—Ayúdalos —repitió Orphu—. Eres un marinero capaz. O al menos distingues la proa de la popa. Échales una mano... o tu equivalente moravec más cercano.

—Los estorbaría. —Mahnmut contempló el rápido trabajo y la precisión de los hombrecillos verdes. Se escurrían por las jarcias y mástiles como en los vídeos que había visto sobre monos—. Nosotros no tenemos telepatía —añadió—, pero estoy seguro de que ellos sí. No necesitan mi ayuda.

—Tonterías —dijo Orphu—. Hazte útil. Voy a seguir leyendo a monsieur Swann y su infiel amiga.

Mahnmut vaciló un momento, pero luego guardó el insustituible libro de sonetos en su mochila, trotó hasta el centro de la cubierta, y colaboró para arriar la vela latina. Al principio los HV detuvieron su trabajo sincronizado y se le quedaron mirando, los ojos negros como botones de antracita en aquellas caras verdes y sin rasgos, pero luego le hicieron sitio y Mahnmut, contemplando el sol poniente y respirando el limpio aire marciano, se puso a trabajar con todas sus ganas.

A lo largo de las siguientes semanas, el estado de ánimo de Mahnmut pasó de la depresión a la satisfacción a algo parecido al equivalente moravec de la alegría. Trabajaba todos los días con los HV, entablaba conversación con Orphu incluso mientras cosía velas, preparaba jarcias, limpiaba cubiertas, levaba el ancla y ocupaba su turno al timón. El falucho recorría unos cuarenta kilómetros al día, cosa que parecía muy poco hasta que uno tomaba cuenta que avanzaba corriente arriba, navegando con vientos irregulares, remando gran parte del tiempo y deteniéndose por completo durante la noche. Como el Valle Marineris tenía unos cuatro mil kilómetros de longitud (casi la anchura de la nación de la Edad Perdida llamada Estados Unidos, como le recordaba constantemente Orphu), Mahnmut se resignó a hacer el viaje en unos cien días marcianos. Más allá del borde occidental del mar interior, seguía recordándose a si mismo y Orphu se lo recordaba también si se le olvidaba, había más de mil ochocientos kilómetros hasta la llanura de Tharsis.

Mahnmut no tenía ninguna prisa. Los placeres del velero (no tenía ningún nombre por lo que sabía el moravec, y no estaba dispuesto a matar a un hombrecillo verde para preguntarlo) eran sencillos y auténticos, el paisaje sorprendente, el sol cálido de día y el aire deliciosamente fresco de noche, y la desesperada urgencia de su misión se desvanecía bajo el efecto tranquilizador de la rutina.

A finales de su sexta semana de navegación, Mahnmut trabajaba en el mástil mayor del navío cuando un carro apareció a menos de un kilómetro ante el barco, volando bajo (a treinta metros escasos de las velas del navío), lo que no dio tiempo a Mahnmut para ocultarse. Estaba solo en la intersección de los dos segmentos del mástil (las velas de un falucho son triangulares, sus dos mástiles segmentados, la sección superior inclinada hacia atrás) y no había ningún hombrecillo verde en los cordajes. Mahnmut estaba completamente expuesto a la mirada de quien fuera o de lo que fuera que pilotara el carro.

Pasó por encima viajando a varios cientos de kilómetros por hora, y tan bajo que Mahnmut vio que los dos caballos que tiraban del carro eran hologramas. Un hombre con una túnica parda era su único ocupante, alto, sujetando las riendas virtuales. Tenía la piel dorada, era tremendamente guapo, con el pelo largo y rubio al viento. No se dignó mirar hacia abajo.

Mahnmut aprovechó la oportunidad para estudiar el vehículo y a su ocupante con todos los filtros visuales, a las frecuencias y longitudes de onda que tenía a su disposición. Transmitía los datos a Orphu por si el dios del carro lo había visto y decidía hacer volar a Mahnmut del mástil con un gesto de la mano. Los caballos, las riendas y ruedas eran holográficos, pero el carro era bastante real: de titanio y oro. Mahnmut no detectó ningún cohete, pulso de iones ni estela de impulsión, pero el carro emitía energía en toda la gama del espectro EM, suficiente para ahogar la narración que Mahnmut le hacía a Orphu si no hubieran estado empleando tensorrayo. Más ominosamente, la máquina voladora arrastraba corrientes cuatridimensionales de flujo cuántico. Parte del perfil energético de aquella cosa era capturado en un campo de fuerza que Mahnmut veía claramente en el infrarrojo: un escudo de energía en la proa del veloz aparato lo protegía del viento de su propio paso y una burbuja defensiva más amplia lo rodeaba. Mahnmut se alegró de no haber arrojado una piedra contra el carro ni haberle disparado (si hubiera tenido una piedra o un arma energética, cosas que no tenía). Aquel campo de fuerza, calculó Orphu, mantendría al conductor a salvo de cualquier cosa menos potente que una explosión nuclear de baja intensidad.

—¿Qué lo hace volar? —preguntó Orphu mientras el carro se perdía al este—. Marte no tiene suficiente campo magnético para impulsar ninguna máquina voladora EM.

—Creo que es el flujo cuántico —dijo Mahnmut desde su posición en el mástil. Era un día de viento y el falucho se mecía de un lado a otro y adelante y atrás, y las olas lo golpeaban desde el sur.

Orphu emitió un sonido grosero.

—La distorsión cuántica dirigida puede romper el tiempo y el espacio... a la gente y los planetas también, pero no sé cómo hace volar un carro.

Mahnmut se encogió de hombros a pesar del hecho de que su amigo, invisible bajo el toldo levantado en mitad de la cubierta, no podía verlo.

—Bueno, no tenía hélices —dijo—. Te descargaré los datos, pero me ha parecido que esa máquina volaba en un rizo de distorsión cuántica.

—Curioso —dijo Orphu—. Pero ni siquiera un millar de esas máquinas voladoras explicarían el grado de distorsión cuántica que Ri Po registró en el Monte Olympus.

—No —reconoció Mahnmut—. Al menos este... dios, no nos vio.

Hubo una pausa en la conversación y Mahnmut escuchó el choque de la proa del falucho contra las olas y la sacudida de las velas latinas cuando volvieron a hincharse con el viento. Había una suave brisa entre los aparejos, allí donde se hallaba Mahnmut, y le gustaba su sonido. También le gustaba el menos que agradable movimiento del barco, aunque lo compensaba fácilmente agarrándose al mástil con una mano y a una maroma tensa con la otra. Ahora se hallaban en la parte más ancha del valle inundado, en una zona llamada Melas Chasma, con el enorme y radiante submar de Candor Chasma abriéndose al norte y el lecho marino a más de ocho kilómetros bajo ellos, pero había acantilados pertenecientes a islas enormes (algunas de varios cientos de kilómetros de longitud y treinta o cuarenta kilómetros de diámetro) visibles en el horizonte, al sur.

—Quizá te ha visto y ha mandado un mensaje al Olympus pidiendo refuerzos —sugirió Orphu.

Mahnmut envió la estática de radio equivalente a un suspiro.

—Siempre tan optimista.

—Realista —corrigió Orphu. Pero el tono de la siguiente emisión fue serio—. Sabes, Mahnmut que tendrás que hablar de nuevo con los hombrecillos verdes, y pronto. Tenemos demasiadas preguntas que necesitan respuesta.

—Lo sé —dijo Mahnmut. La idea lo hacía sentirse vagamente mareado, de una manera que el movimiento del falucho no conseguiría nunca.

—Tal vez debiéramos Inflar y elevar el globo antes —sugirió de nuevo Orphu. Mahnmut había pasado varios días ensamblando una barquilla más ancha y más grande con el tribambú de la primera y algunos tablones prestados de uno de los mamparos menos esenciales del falucho. A los HV no pareció importarles que usara sus tablas.

—Sigo pensando que no deberíamos hacerlo todavía —dijo Mahnmut—. Ni siquiera estamos seguros de cuáles son los vientos dominantes este mes, y los impulsores no nos darán mucha guía una vez que el globo ascienda en la corriente marciana. Será mejor que estemos lo más cerca posible del Olympus antes de arriesgar el globo.

—Estoy de acuerdo —contestó Orphu después de un rato de silencio—, pero es hora de que volvamos a hablar con los HV. Tengo la teoría de que no es telepatía lo que emplean... ni cuando se comunican contigo ni cuando se pasan información entre sí.

—¿No? —dijo Mahnmut, mirando a la docena de hombrecillos verdes que subían de las cubiertas de los remos y empezaban a trabajar eficazmente en los cordajes—. No se me ocurre qué otra cosa puede ser. Desde luego no tienen boca ni orejas, y no transmiten datos en ninguna frecuencia de radio, tensorrayo, máser ni luz.

—Creo que la información está en las partículas de sus cuerpos —dijo Orphu—. Nanopaquetes de información codificada. Por eso insisten en que uses tu mano para agarrar ese órgano interno: es una especie de central de telégrafos, y tu mano, en oposición a, digamos, tus manipuladores generales, es orgánica. Las máquinas moleculares vivientes pueden pasar a tu corriente sanguínea por osmosis y viajar hasta tu cerebro orgánico, donde los mismos nanobytes ayudan a traducir.

—¿Entonces cómo se comunican entre sí? —preguntó Mahnmut, dubitativo. Le había gustado la teoría de la telepatía.

—-De la misma forma —respondió Orphu—. Por contacto. Sus pieles son semipermeables, probablemente los datos pasan de unos a otros con cada contacto casual.

—No sé —dijo Mahnmut—. ¿Recuerdas que esta tripulación parecía saberlo todo sobre nosotros cuando llegó el falucho? Sabían adonde íbamos. Tuve la sensación de que nuestra presencia había sido transmitida telepáticamente a toda la red psíquica de los hombrecillos verdes.

—Sí, a mí también me lo pareció —dijo Orphu—. Pero aparte del hecho de que ningún humano ni moravec ha establecido jamás un marco teórico para explicar la telepatía, la navaja de Occam dictaría que la tripulación del falucho supo de nosotros a través del simple contacto físico con los HV del lugar donde desembarcamos... o con otros que hubieran estado allí.

—Nanopaquetes de datos en la corriente sanguínea, ¿eh? —dijo Mahnmut, sin ocultar su escepticismo—. Pero uno de esos individuos sigue teniendo que morir si voy a hacer más preguntas.

—Lamentablemente —respondió Orphu, sin mencionar sus anteriores argumentos de que cada HV individual probablemente no tenía más personalidad autónoma que las células epiteliales humanas.

Varios hombrecillos subían al mástil de proa que estaba cerca de Mahnmut, soltando cabos y arriando la vela latina con la facilidad de acróbatas. Asentían amistosamente con la cabeza mientras subían o bajaban.

—Creo que esperaré para hacerles preguntas —dijo Mahnmut—. Ahora mismo, hay una nube enorme y oscura en el horizonte al sur, y necesitarán toda la tripulación para preparar el barco para la inminente tormenta.

 

 

CONTINUARA...

 

 

Dramatis Personae

Aqueos (griegos)

AQUILES  Hijo de Peleo y la diosa Tetis, el más feroz de los héroes aqueos, destinado al nacer a morir joven y obtener la gloria eterna o a vivir una larga vida en el anonimato.

ODISEO  Hijo de Laertes, rey de Ítaca, marido de Penélope, astuto estratega, favorito de la diosa Atenea.

AGAMENÓN  Hijo de Atreo, comandante supremo de los aqueos, marido de Clitemnestra. Es la insistencia de Agamenón en quedarse con la esclava Briseida, perteneciente a Aquiles, lo que precipita la crisis central de La Ilíada.

MENELAO  Hijo menor de Atreo, hermano de Agamenón, marido de Helena.

DIOMEDES  Hijo de Tideo, capitán de los aqueos, y un guerrero tan feroz que recibe la aristeia (una oportunidad para mostrar valor individual en el combate) en La Ilíada, sólo superada por la cólera final de Aquiles.

PATROCLO  Hijo de Menetio, el mejor amigo de Aquiles, destinado a morir a manos de Héctor en La Ilíada.

NÉSTOR  Hijo de Neleo, el más viejo de los capitanes aqueos, «el claro orador de Pilos» dado a largos discursos en los consejos.

FÉNIX  Hijo de Amintor, tutor y viejo camarada de Aquiles, quien inexplicablemente tiene un papel central en la importante «embajada ante Aquiles».

Troyanos (defensores de Ilión)

HÉCTOR  Hijo de Príamo, caudillo y principal héroe de los troyanos, esposo de Andrómaca y padre del pequeño Escamandrio (el niño también conocido como Astianacte, o «señor de la ciudad» por los ciudadanos de Ilión)

ANDRÓMACA  Esposa de Héctor, madre de Astianacte; el regio padre y los hermanos de Andrómaca murieron a manos de Aquiles.

PRÍAMO  Hijo de Laomedón, anciano rey de Ilión (Troya), padre de Héctor y Paris y de muchos otros hijos.

PARIS  Hijo de Príamo, hermano de Héctor, dotado combatiente y amante; fue Paris quien provocó la Guerra de Troya al secuestrar en Esparta a Helena, la esposa de Menelao, y llevársela a Ilión.

HELENA  Esposa de Menelao, hija de Zeus, víctima de múltiples secuestros debido a su belleza.

HÉCUBA  Esposa de Príamo, reina de Troya.

ENEAS  Hijo de Anquises y Afrodita, caudillo de los dárdanos, destinado en La Ilíada a ser el futuro rey de los dispersos troyanos.

CASANDRA  Hija de Príamo, víctima de violaciones, torturada clarividente.

Dioses del Olimpo

ZEUS  Rey de los dioses, marido y hermano de Hera, padre de incontables dioses y mortales, hijo de Cronos y Rea, los Titanes a quienes derrotó y arrojó al Tártaro, el círculo inferior del mundo de los muertos.

HERA  Esposa y hermana de Zeus, defensora de los aqueos.

ATENEA  Hija de Zeus, firme defensora de los aqueos.

ARES  Dios de la guerra, impulsivo, aliado de los troyanos.

AFRODITA  Diosa del amor, aliada de los troyanos, intrigante.

HEFESTO  Dios del fuego, artificiero e ingeniero de los dioses, hijo de Hera; desea a Atenea.

Humanos antiguos

ADA  Acaba de cumplir su Primer Veinte, dueña de Ardis Hall.

HARMAN  Tiene noventa y nueve años y por tanto le falta un año para su Último Veinte; el único hombre de la Tierra que sabe leer.

DAEMAN  Se acerca a su Segundo Veinte, grueso seductor de mujeres y coleccionista de mariposas.

SAVI  La Judía Errante, la única humana antigua que no fue recogida en el último fax, mil cuatrocientos años antes.

Moravecs*

(*Organismos autónomos, sentientes y biomecánicos esparcidos por los humanos por todo el sistema solar exterior durante la Edad Perdida)

MAHNMUT  Explorador de los mares helados de Europa, la luna de Júpiter; piloto del sumergible La Dama Oscura; erudito aficionado a los sonetos de Shakespeare.

ORPHU DE IO  Moravec de durovac de ocho toneladas de peso y seis metros de envergadura, en forma de cangrejo y fuertemente blindado. Trabaja en el toro sulfúrico de Io; entusiasta de Proust.

ASTEAGUE/CHE  Europano. Primer integrante del Consorcio de las Cinco Lunas.

KOROS III  Ganimediano de diseño humanoíde recubierto de buckycarbono, con ojos de mosca, comandante de la expedición a Marte.

RI PO  Calistano, de diseño no humanoide, piloto espacial.

CENTURIÓN LÍDER MEP AHOO  Soldado rocavec del Cinturón de Asteroides

Otras entidades

VOYNIX  Misteriosas criaturas bípedas, en parte servidores, en parte perros guardianes. No son de la Tierra.

HV  Hombrecillos Verdes, también conocidos como zeks; obreros de Marte de organismo basado en la clorofila, cuya tarea es erigir miles de Grandes Cabezas de Piedra.

PRÓSPERO  Avatar de la logosfera evolucionada y autoconsciente de la Tierra.

ARIEL  Avatar de la biosfera evolucionada y autoconsiente de la Tierra.

CALIBÁN  Monstruo mascota de Próspero.

CALIBANI  Clones inferiores de Calibán, guardianes de la Cuenca mediterránea.

SICÓRAX  Bruja, madre de Calibán; según Próspero también se la conoce como Circe.

SETEBOS  Violento y arbitrario dios de Calibán, con «tantas manos como un pulpo». No pertenece al sistema solar de la Tierra.

EL SILENTE  Dios de Próspero (tal vez), Némesis de Setebos, y entidad desconocida.

 

 

 

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