Libro N° 6032. Una Y Otra Vez. Simak, Clifford D.
© Libro N° 6032.
Una Y Otra Vez. Simak, Clifford
D. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Una Y Otra Vez. Clifford D. Simak
Versión Original: © Una Y Otra Vez. Clifford D. Simak
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
UNA Y OTRA VEZ
Clifford D. Simak
I
El
hombre salió de la oscuridad cuando el amarillo verdoso del último rayo de sol
se consumía hacia el oeste. Se detuvo junto al patio y llamó:
—Señor
Adams, ¿está usted ahí?
La
silla chirrió cuando Christopher Adams cambió de posición, asustado por la voz.
Luego recordó. Hacía un día o dos que se había instalado un nuevo vecino al
otro lado del prado. Jonathon se lo había dicho... y Jonathon conocía todos los
chismes en cien kilómetros a la redonda. Todos los chismes sobre los humanos, y
también sobre los robots y sobre los androides.
—Pase
—dijo Adams—. Encantado de que se haya dejado caer usted por aquí.
Esperaba
que su voz pareciera cordial y amable, que era el tono que intentaba darle.
Pues
no se sentía encantado. Estaba un tanto irritado, trastornado por aquella
sombra que había surgido súbitamente de la oscuridad y que estaba cruzando el
patio.
Se
pasó mentalmente la mano por la frente. Esta es mi hora, pensó. La única hora
que dedico a mí mismo. La hora en la que olvido... olvido los miles de
problemas relacionados con las otras estrellas. Los olvido y regreso a la verde
oscuridad y a la quietud y al oscuro y tenue crepúsculo de mi propio planeta.
Pues
aquí, en este patio, no hay informes mentofónicos, ni listas de robots, ni
conferencias de coordinación galáctica... ni intriga psicológica, ni planos de
reacción alienígena. Nada complicado o misterioso... aunque esto no es del todo
exacto, pues existe misterio aquí; pero es un misterio suave y seguro, que se
entiende y que sólo sigue siendo misterioso porque así lo deseo yo. El misterio
del chotacabras contra un cielo oscurecido, el rompecabezas de la luciérnaga en
el seto de lilas.
Con
la mitad de su mente sabía que el extraño había cruzado el patio y que en aquel
momento estaba cogiendo una silla para sentarse, y con la otra mitad se
preguntaba una vez más sobre los cuerpos oscurecidos tendidos en la orilla del
río en el lejano Aldebarán XII y la nave retorcida contra el árbol.
Habían
muerto allí tres humanos... tres humanos y dos androides, y los androides eran
casi humanos. Y los humanos no debían morir por la violencia, a menos que fuera
la violencia de otros humanos. Y aun en ese caso, era en el campo del honor,
con todas las formalidades y técnicas del code duello, o en asuntos menos
civilizados de venganza o ejecución.
Pues
la vida humana era sacrosanta... tenía que serlo, o no habría vida humana. Tan
lastimosamente escaso era el hombre.
¿Violencia
o accidente?
Pensar
en accidente era ridículo.
Había
pocos accidentes, en realidad casi ninguno. El funcionamiento casi perfecto de
las máquinas, la inteligencia y las reacciones casi humanas de las mismas con
relación a cualquier peligro conocido, hacía mucho que había logrado que la
incidencia de accidentes fuera una cifra casi inexistente.
Ninguna
máquina era tan tosca como para chocar contra un árbol.
Así
que tenía que haber sido violencia.
Y no
podía ser violencia humana, pues la violencia humana habría anunciado el hecho.
La violencia humana no tenía nada que temer... no había apelación legal, apenas
un código moral con relación al cual sería responsable un asesino humano.
Tres
humanos muertos.
Tres
humanos muertos a cincuenta años-luz de distancia, y el hecho tenía gran
importancia para un hombre sentado en su patio en la Tierra. Tenía suma
importancia, pues ningún hombre muere a manos no humanas sin una terrible
venganza. La vida humana no ha de tomarse sin pagar por ella un precio
descomunal, en cualquier lugar de la galaxia, o la raza humana se extinguiría
definitivamente, y la gran hermandad galáctica inteligente se hundiría en la
oscuridad que la había cubierto anteriormente.
Adams
se arrellanó más en la silla, obligándose a relajarse, irritado consigo mismo
por pensar... pues según sus normas en aquella hora del ocaso no tenía que
pensar en absoluto... o pensar lo menos que su mente le permitiera.
La
voz del forastero parecía llegar desde muy lejos, pero Adams sabía que estaba
sentado a su lado.
—Bonita
noche —dijo el extranjero.
—Todas
las noches son bonitas —dijo Adams riendo entre dientes—. Los chicos del Tiempo
no permiten que llueva hasta más tarde, cuando ya todo el mundo está durmiendo.
En
un soto que había colina abajo, un malvís emitió su lisa canción y las notas
límpidas fluyeron como una mano suave que recorriera un mundo adormecido. En el
riachuelo, una o dos ranas probaban sus gargantas. Muy lejos, en algún otro
mundo sombrío, un chotacabras iniciaba su ruidosa demanda. Al otro lado del
prado, en lo alto de las empinadas colinas, empezaron a encenderse las luces de
las casas.
—Esta
es la mejor parte del día —dijo Adams.
Metió
la mano en el bolsillo y sacó la bolsita del tabaco y la pipa.
—¿Fuma?
—preguntó.
El
forastero negó con un gesto.
—En
realidad, he venido por negocios.
La
voz de Adams adquirió un tono crispado.
—Venga
a verme por la mañana, entonces. No atiendo negocios fuera de las horas de mi
trabajo.
El
forastero dijo, con voz suave:
—Se
trata de Asher Sutton.
Adams
se puso tenso, y sus dedos temblaban de tal forma que hubo de llenar la pipa a
tientas. Agradeció la oscuridad que impedía que el forastero se diera cuenta.
—Sutton
regresará —continuó el forastero.
Adams
movió la cabeza.
—Lo
dudo. Hace veinte años que se fue.
—¿Le
han borrado ustedes?
—No
—dijo Adams, lentamente—. Aún figura en la nómina, si es a eso a lo que se
refiere usted.
—¿Por
qué? —preguntó el hombre—. ¿Por qué le siguen conservando ustedes?
Adams
apretó el tabaco en la cazoleta, reflexionando.
—Supongo
que por afecto —contestó—. Afecto y fe. Fe en Asher Sutton. Aunque la fe se
está agotando.
—Exactamente
dentro de cinco días —dijo el forastero—, Sutton regresará.
Hizo
una breve pausa y luego añadió:
—Por
la mañana temprano.
—No
existe medio alguno que le permita a usted saber una cosa como ésta —dijo
Adams, en tono crispado.
—Pero
lo sé. Es un hecho comprobado.
Adams
refunfuñó.
—Eso
aún no ha sucedido.
—En
mi tiempo sí.
Adams
se levantó de un salto.
—¡En
su tiempo!
—Sí
—dijo sosegadamente el forastero—. Mire, señor Adams, yo soy su sucesor.
—Escuche,
jovencito...
—Nada
de jovencito —replicó el forastero—. Tengo la mitad de años que usted. Me estoy
haciendo viejo.
—Yo
no tengo sucesor —dijo fríamente Adams—. No se ha hablado de ninguno. Puedo
seguir en mi puesto muy bien otros cien años. Y tal vez más.
—Sí
—convino el extraño—. Más de cien años. Mucho más de cien años.
Adams
volvió a recostarse tranquilamente en su asiento. Se puso la pipa en la boca y
la encendió. Su mano era firme como una roca.
—Tomémoslo
con calma —dijo—. Dice usted que es mi sucesor... que asumirá mi puesto cuando
yo me muera o cese. Eso significa que viene usted del futuro. No es que yo le
crea en lo más mínimo, desde luego. Pero simplemente por argumentar...
—Se
dio una noticia el otro día —dijo el forastero—, sobre un nombre llamado
Michaelson que proclamaba haber ido al futuro.
Adams
refunfuñó y dijo:
—Lo
leí. ¡Un segundo! ¿Cómo puede saber un hombre que ha entrado un segundo en el
futuro? ¿Cómo puede medirlo para saberlo? ¿Cuál sería la diferencia?
—Ninguna
—convino el forastero—. Ninguna la primera vez, desde luego. Pero a la
siguiente vez entrará cinco segundos en el futuro. Cinco segundos, señor Adams.
Cinco tic-tacs de reloj. La duración de un suspiro corto. Todas las cosas han
de tener un punto de partida.
—¿Viaje
en el tiempo?
El
forastero asintió.
—No
le creo —dijo Adams.
—Me
lo temía.
—Conquistamos
la galaxia —dijo Adams— en los últimos cinco mil años...
—Conquistar
no es la palabra exacta, señor Adams.
—Bueno,
nos posesionamos de ella, entonces. O entramos en ella. Como usted prefiera. Y
hemos descubierto cosas extrañas. Cosas extrañas que jamás soñamos. Pero nunca
viajes en el tiempo.
Agitó
sus manos hacia las estrellas.
—En
todo ese espacio exterior —continuó—, no hay nadie que haya viajado en el
tiempo. Nadie.
—Ahora
sí —replicó el forastero—. Desde hace dos semanas tienen ustedes alguien que lo
ha hecho. Michaelson entró en el tiempo. Entró un segundo en el tiempo. Un
principio. Eso era todo lo que se necesitaba.
—De
acuerdo —dijo Adams—. Digamos que es usted el hombre que dentro de unos cien
años más o menos ocupará mi puesto. Supongamos que ha viajado usted en el
tiempo, hacia el pasado. ¿Para qué?
—Para
decirle a usted que Sutton regresará.
—Ya
me enteraría cuando llegara —dijo Adams—. ¿Por qué tengo que enterarme ahora?
—Cuando
Sutton regrese —dijo el forastero—, tienen que matarle.
II
La
minúscula y abollada nave descendía lentamente, como una pluma movida por el
viento, cayendo hacia el campo a la luz del sol matutino.
En
la silla del piloto se sentaba un hombre harapiento y barbudo, con todos los
nervios tensos.
Complicado,
decía su cerebro. Difícil y artificioso manejar tanto peso, apreciar la
distancia y la velocidad... difícil conseguir que toneladas de metal desciendan
contra el salvaje impulso de la gravedad. Más difícil aún que salir de la
gravedad cuando no se ha hecho ninguna consideración, sino que uno simplemente
debe elevarse y salir al espacio.
La
nave se agitó por un segundo, y él luchó con todas las fibras de su voluntad y
de su mente... y logró que volviera a flotar quedando suspendida a pocos metros
de la superficie del campo.
Dejó
que descendiera, grácilmente, de forma que apenas se produjo impacto al tocar
tierra.
Estaba
completamente rígido; fue relajándose lentamente, centímetro a centímetro,
primero un músculo, después otro. Agotador, se dijo. El trabajo más penoso que
haya hecho. Pocos kilómetros más y habría dejado que se estrellara.
A lo
lejos había un grupo de edificios, y un vehículo de tierra había surgido de
allí y recorría ahora la pista en su dirección.
Un
soplo de brisa se coló por la portilla de visión y le dio en la cara,
haciéndole recordar...
Respira,
se dijo. Tienes que estar respirando cuando lleguen. Tienes que estar
respirando y tienes que salir fuera y tienes que sonreírles. No ha de haber
nada que les llame la atención. Inmediatamente, al menos. La barba y las ropas
ayudarán algo. Estarán tan ocupados fijándose en las ropas y en la barba que
pasarán por alto un detalle insignificante. Aunque no la respiración. Si no
respiraras se fijarían en ello.
Cuidadosamente
tomó una leve bocanada de aire, y sintió su picazón en la nariz y su hervor en
la garganta y su fuego en los pulmones.
Otra
inspiración, y otra más, y el aire era suave y vivificante y le producía un
extraño alborozo. La sangre palpitaba en su garganta y le golpeaba en las
sienes; se llevó los dedos a la muñeca y sintió allí sus latidos.
Sintió
llegar la náusea, una breve náusea que combatió manteniendo rígido el cuerpo y
recordando todas las cosas que tenía que recordar.
La
fuerza de voluntad, se dijo, la fuerza de la mente... la fuerza que ningún
hombre utiliza del todo. La voluntad para decir al cuerpo lo que ha de hacer,
la fuerza para poner un motor en marcha después de años de inactividad.
Una
inspiración y luego otra. Y ahora el corazón está batiendo cada vez más
deprisa, palpitando como una bomba.
Tranquilo,
estómago.
En
marcha, hígado.
Sigue
bombeando, corazón.
No
es como si fueras viejo y herrumbroso, pues nunca lo fuiste. El otro sistema se
encargó de mantenerte en forma, de que estuvieras siempre preparado para un
aviso inminente.
Pero
la conexión significó un choque. Había sabido que lo sería: había temido su
llegada, pues sabía lo que significaría. La agonía de un nuevo tipo de vida y
de metabolismo.
Tenía
en su mente un fotocalco de su cuerpo y de todas sus partes activas... una
imagen cambiante y vacilante que tembló y se empañó y cambió de color, pero que
se afirmó bajo la presión de su mente, el impulso de su voluntad, y finalmente
el fotocalco quedó fijo, claro y brillante, y él supo que lo peor había pasado.
Persistió
en los controles de la nave con manos tan firmes que casi mellaban el metal, y
la transpiración recorrió abundante su cuerpo y se sintió relajado y débil.
Los
nervios se tranquilizaron y la sangre seguía batiendo, y supo que estaba
respirando sin pensar en ello siquiera.
Permaneció
un minuto más sentado tranquilamente, relajándose. La brisa penetraba por la
portezuela rota y le daba en la cara. El vehículo de tierra estaba muy cerca.
—Johnny
—murmuró—, estamos en casa. Lo conseguimos. Este es mi hogar, Johnny. El lugar
del que te hablé.
No
hubo respuesta, sólo un movimiento de comodidad en lo profundo de su cerebro,
una extraña y agazapada comodidad como la que se puede sentir cuando se tienen
ocho años y uno se acurruca en la cama.
—¡Johnny!
—gritó.
Y
volvió a sentir el movimiento... un movimiento de aplomo, como la sensación del
hocico de un perro contra la palma.
Alguien
estaba golpeando la puerta de la nave, golpeaba con los puños y gritaba.
—Está
bien —dijo Asher Sutton—. Ya voy. Voy ahora mismo.
Se
bajó y cogió la cartera que estaba junto al asiento, colocándosela bajo el
brazo. Fue hasta la portezuela, la abrió y salió de la nave.
Sólo
había allí un hombre.
—Hola
—dijo Asher Sutton.
—Bienvenido
a la Tierra, señor —dijo el hombre, y el «señor» hizo vibrar una cuerda en su
recuerdo. Sus ojos se posaron en la frente del hombre, y vio el número de serie
grabado en ella.
Se
había olvidado de los androides. Quizás también de muchas otras cosas. Normas
habituales que se habían borrado con el paso de veinte años. Vio que el
androide le miraba fijamente, que miraba su rodilla que asomaba por el traje
roto, que se fijaba en sus pies descalzos.
—Vengo
de un lugar en el que no se puede comprar un traje todos los días.
—No,
señor —dijo el androide.
—Y
la barba —dijo Sutton—, se debe a que no podía afeitarme.
—Ya
he visto barbas antes —le dijo el androide.
Sutton
permaneció callado, contemplando el mundo que se abría ante él... las torres
que se alzaban brillando a la luz del sol, el verdor del parque y del prado, y
el verde oscuro de los árboles y las salpicaduras azules y escarlata de huertos
floridos en terrazas escalonadas.
Respiró
profundamente y sintió penetrar el aire en sus pulmones, inundar todos los
alvéolos durante tanto tiempo olvidados. Estaba volviendo a él, regresando...
el recuerdo de la vida en la Tierra, del sol del amanecer y de los llameantes
ocasos, del cielo azul oscuro y el rocío sobre la hierba, el rápido murmullo de
la conversación humana, y el alegre sonido de la música humana, la afabilidad
de pájaros y ardillas, y la paz y la comodidad.
—El
coche espera, señor. Le llevaré con un humano —dijo el androide.
—Preferiría
caminar —dijo Sutton.
El
androide movió la cabeza.
—El
humano está esperando y es muy impaciente.
—Oh,
está bien —dijo Sutton.
El
asiento era blando y se hundió gratamente en él, posando cuidadosamente la
cartera sobre su regazo.
El
vehículo se puso en marcha y él miró por la ventanilla, fascinado ante el
verdor de la Tierra.
«Los
verdes campos de la Tierra», dijo. ¿O era «los verdes valles»? Ahora no
importaba. Era una canción escrita hacía mucho. En la época en que en la Tierra
había campos, campos en vez de parques, en la época en la que el hombre
utilizaba el terreno para cosas más importantes que para macizos de flores. En
la época, miles de años atrás, en que el Hombre había empezado a sentir la
llamada del espacio en su interior. Muchos años antes de que la Tierra se
convirtiera en capital y centro del imperio galáctico.
Una
gran nave estelar despegaba en el otro extremo del campo, deslizándose
suavemente con la llama al rojo de los eyectores espumeando en sus tubos. Su
morro se inclinó hacia la curva de la rampa de despegue, y desapareció, un
estruendoso rayo de luz plata proyectado hacia el azul. Por un instante, la luz
del sol matutino lo tino en rojo oro, disolviéndose luego en la neblina azulada
del cielo.
Sutton
volvió su mirada de nuevo a la Tierra, empapándose en aquella visión, al igual
que se empapa un hombre en el primer sol fuerte de la primavera tras meses de
invierno.
Lejos,
hacia el norte, despuntaban los dos capiteles del Ministerio de Justicia,
Sección Alienígena. Y hacia el este, la mole de brillante plástico y cristal
que era la Universidad de Norteamérica. Y otros edificios que había olvidado...
edificios para los cuales descubrió que no tenía nombre. Pero eran edificios a
kilómetros de distancia, con parques y viviendas entre sí. Las casas estaban
tapadas por árboles y maleza y entre el verdor de las onduladas colinas, Sutton
captó los destellos de color que traicionaban el lugar donde vivía la gente.
El
coche se deslizó hacia una parada ante el edificio de la administración, y el
androide abrió la puerta.
—Por
aquí, señor —dijo.
En
el vestíbulo, sólo unas cuantas sillas estaban ocupadas, principalmente por
humanos. Humanos o androides, pensó Sutton. Uno no puede decir cuáles son unos
y cuáles otros hasta que no se fija en sus frentes. La señal sobre la frente,
la marca de fábrica, la leyenda que explica: «este hombre no es humano, aunque
lo parezca».
Estos
son los únicos que me escucharán. Estos son los únicos que me prestarán
atención. Estos son los únicos que me salvarán de toda hostilidad futura que el
hombre pueda esgrimir contra mí.
Pues
son peor que los desheredados. No son los que han sido, sino los que nunca
fueron.
No
nacieron de mujer, sino de laboratorio. Su madre es un recipiente de productos
químicos y su padre el ingenio y la tecnología de la raza normal.
Androide:
un humano artificial. Un humano hecho en el laboratorio por el profundo
conocimiento que el hombre posee de la química y de la estructura atómica y
molecular y la extraña reacción que se conoce como vida.
Humano
en todo, salvo en dos aspectos: la marca sobre la frente y la incapacidad para
reproducirse biológicamente.
Humanos
artificiales para ayudar a los auténticos humanos, a los humanos biológicos, a
llevar la carga del imperio galáctico, para fortalecer la débil descendencia de
la humanidad. Pero fijos en su lugar. Oh, sí, absolutamente fijos en su lugar
correspondiente.
El
corredor estaba vacío y Sutton seguía al androide, sus pies desnudos resonando
contra el suelo.
La
puerta ante la que se detuvieron indicaba:
THOMAS
H. DAVIS
(Humano)
Jefe
de Operaciones
—Pase
—dijo el androide.
Sutton
entró, y el hombre que había tras la mesa alzó la vista y tragó saliva.
—Soy
humano —le dijo Sutton—. Tal vez no lo parezca, pero lo soy.
El
hombre señaló una silla con el pulgar.
—Siéntese
—dijo.
Sutton
se sentó.
—¿Por
qué no respondió a nuestras señales? —preguntó Davis.
—Mi
aparato estaba roto —dijo Sutton.
—Su
nave no tiene identificación.
—Las
lluvias la borraron —dijo Sutton—, y yo no tenía pintura.
—La
lluvia no borra la pintura.
—La
lluvia de la Tierra no —dijo Sutton—. La de donde yo estuve, sí.
—¿Y
sus motores? —preguntó Davis—. No pudimos captar nada de ellos.
—No
estaban funcionando —dijo Sutton.
La
nuez de Davis subía y bajaba.
—¿Que
no estaban funcionando? ¿Cómo navegó usted entonces?
—Con
energía —dijo Sutton.
—Energía...
—Davis se atragantó.
Sutton
le miraba fría y fijamente.
—¿Nada
más? —le preguntó.
Davis
estaba confundido. Todo aquello era un embrollo. Todas las respuestas eran
erróneas. Jugaba con un lápiz.
—Sólo
lo normal, supongo —colocó ante él un taco de formularios.
—¿Nombre?
—Asher
Sutton.
—¿Origen
del vu...? Eh, ¡un momento! ¡Asher Sutton!
Davis
dejó el lápiz sobre la mesa y retiró el taco de impresos.
—Así
es.
—¿Por
qué no me lo dijo al principio?
—No
tuve oportunidad de hacerlo.
Davis
estaba aturdido.
—Si
yo hubiera sabido... —dijo.
—Es
por la barba —dijo Sutton.
—Mi
padre hablaba con frecuencia de usted. Jim Davis. Quizás le recuerde.
Sutton
movió la cabeza.
—Gran
amigo de su padre. Bueno... se conocían —explicó Davis.
—¿Cómo
está mi padre? —preguntó Sutton.
—Estupendo
—dijo Davis con entusiasmo—. Se conserva bien. Aguantando, pese a sus años...
—Mi
padre y mi madre —le dijo Sutton con frialdad— murieron hace cincuenta años. En
la epidemia de Argus.
Se
levantó, miró a Davis fijamente.
—Si
ha terminado usted —dijo—, me gustaría ir a mi hotel. Encontrarán alguna
habitación para mí.
—Indudablemente,
señor Sutton, indudablemente. ¿Qué hotel?
—El
Orion Arms.
Davis
se acercó a un cajón, sacó un directorio, pasó las páginas, recorriendo con un
dedo temblón una columna.
—Cherry
26-3489 —dijo—. El teleporte está ahí.
Señaló
una serie de casetas niveladas en la pared.
—Gracias
—dijo Sutton.
—Respecto
a su padre, señor Sutton...
—Entiendo
—dijo Sutton—. Me alegra que me avisara.
Se
volvió y caminó hacia el teleporte. Antes de cerrar la puerta, miró hacia
atrás.
Davis
estaba ante el visófono, hablando muy deprisa.
III
Veinte
años no habían cambiado el Orion Arms.
Para
Sutton, cuando salió del teleporte, era el mismo que el día que se había
marchado. Un poco más desgastado y ligeramente más anticuado, pero era el
hogar, el suave susurro de tranquila actividad, los desaliñados muebles, la
atmósfera sosegada, la firme respetabilidad que él había recordado y con la que
había soñado en los largos años de exilio.
El
gran mural de la pared era el mismo que siempre, un poco más desvaído, pero
exactamente el mismo que Sutton recordaba. El mismo lascivo Pan aún
persiguiendo después de veinte años, la misma doncella aterrada al otro lado de
las mismas colinas y cañadas. Y el mismo conejo que saltaba de detrás de unas
matas y contemplaba la caza con su habitual tedio, rumiando su eterno trébol.
El
mobiliario, adquirido en la época en la que la dirección había considerado
oportuno abrir de par en par el hotel al comercio exterior, ya estaba pasado de
moda hacía veinte años. Pero seguía allí. Había sido repintado en suaves tonos
pastel, sus características autorreguladas aún limitadas a las formas humanas.
El
esponjoso revestimiento del suelo había perdido parte de su esponjosidad y el
cactus de Ceti debía de haber muerto por fin, pues una maceta de geranios
claramente terrestres ocupaban ahora su lugar.
El
empleado se separó del visófono y se volvió.
—Buenos
días, señor Sutton —dijo, con su refinada voz androide.
Luego
añadió, casi como una reflexión tardía:
—Hemos
estado preguntándonos cuándo aparecería usted.
—Veinte
años —dijo Sutton secamente— es mucho tiempo preguntándose.
—Hemos
conservado su antigua habitación para usted —dijo el empleado—. Sabíamos que la
querría usted. Mary la ha conservado siempre limpia y a punto desde que se fue
usted.
—Muy
amable por su parte, Ferdinand.
—Apenas
si ha cambiado usted —dijo Ferdinand—. Sólo la barba. Le conocí nada más verle.
—La
barba y las ropas —dijo Sutton—. La ropa es bastante mala.
—Supongo
—dijo Ferdinand— que no tiene usted equipaje, señor Sutton.
—No
tengo equipaje.
—Tal
vez quiera desayunar. Estamos sirviendo el desayuno.
Sutton
vaciló, consciente de pronto de que tenía hambre. Y se preguntó, por un
instante, qué alimentos asimilaría su estómago.
—Puedo
encontrar una pantalla —dijo Ferdinand.
Sutton
meneó la cabeza.
—No.
Prefiero asearme y afeitarme primero. Envíeme el desayuno y una muda.
—¿Huevos
revueltos? Le gustaba tomar huevos revueltos de desayuno.
—Me
parece muy bien —dijo Sutton.
Se
volvió lentamente y caminó hacia el ascensor. Estaba a punto de cerrar la
puerta cuando una voz gritó:
—¡Un
momento, por favor!
La
muchacha de pelo cobrizo cruzaba el vestíbulo corriendo. Entró en el ascensor y
apoyó la espalda contra la pared.
—Muchísimas
gracias —dijo—. Muchas gracias por esperar.
Sutton
se fijó en que su piel era de un blanco magnolia y sus ojos color granito, con
profundas sombras.
Cerró
la puerta con suavidad.
—Fue
un placer esperar —dijo.
La
muchacha hizo un gesto de risa contenida y él dijo:
—No
me gustan los zapatos. Oprimen demasiado los pies.
Pulsó
el botón con fuerza y el ascensor empezó a subir. Las luces indicaban las
plantas.
Sutton
detuvo la cabina.
—Este
es mi piso —dijo.
Abrió
la puerta y estaba a medio salir cuando ella le habló:
—Señor.
—Sí,
dígame.
—No
quería reírme. De verdad que no.
—Tiene
derecho a reírse —dijo Sutton, y cerró la puerta tras de sí.
Permaneció
inmóvil un momento, intentando dominar una súbita tirantez que le atenazaba
como un fuerte puño.
Cuidado,
se dijo. Con calma, muchacho. Al fin estás en casa. Este es el lugar con el que
soñabas. Unas cuantas puertas más y estarás definitivamente en casa. Llegarás
hasta allí, girarás el manillar, empujarás la puerta y allí estará...
exactamente tal como lo recuerdas. Tu sillón preferido, los cuadros en la
pared, la fuentecita con las sirenas de Venus... y las ventanas, donde puedes
sentarte y llenarte los ojos de Tierra.
Pero
no puedes emocionarte. No puedes ser blando y débil. Pues aquel tipo del
espaciopuerto había mentido. Y los hoteles no reservan las habitaciones para
nadie durante veinte años.
Algo
va mal, no sé qué es, pero algo va mal. Algo va terriblemente mal.
Lentamente,
dio un paso, y luego otro, luchando con la tensión, aguantando la sequedad de
la excitación que fluía en su garganta.
Recordó
que uno de los cuadros era un arroyo de un bosque, con pájaros revoloteando en
los árboles. Y en las ocasiones más inesperadas, uno de los pájaros cantaría,
generalmente al alba o a la puesta del sol. Y el agua entonaba una feliz
melodía que hacía que uno estuviera horas y horas escuchando.
Supo
que estaba corriendo y no intentó detenerse.
Sus
dedos se aferraron a la manecilla de la puerta y la giraron. Allí estaba la
habitación... el sillón preferido, el murmullo del arroyo, el chapoteo de las
sirenas...
Percibió
el peligro cuando cruzaba el umbral e intentó dar la vuelta y correr, pero era
demasiado tarde.
Sintió
que su cuerpo se encogía hasta chocar con el suelo.
—¡Johnny!
—gritó, y el grito fue un susurro en su garganta—. ¡Johnny!
Una
voz le respondió en el interior de su cerebro.
—Está
bien. Ash. Estamos juntos.
La
oscuridad le envolvió.
IV
Había
alguien en la habitación, y Sutton permanecía con los ojos cerrados, con la
respiración pausada.
Había
alguien en la habitación, alguien que paseaba en silencio. Ahora se detenía
junto a la ventana, para mirar afuera, avanzaba luego hacia la chimenea para
contemplar el cuadro del arroyo del bosque. Y en la quietud de la habitación,
Sutton oyó el murmullo alegre del arroyo sobre el chapoteo de la fuente, oyó
las lánguidas notas del canto del pájaro que llegaban desde los árboles
pintados, imaginó incluso que desde donde estaba tendido podía oler la tierra
del bosque y el perfume frío y húmedo del musgo que crecía a la orilla del río.
La persona que había en la habitación volvió a cruzarla y se sentó en una
silla; silbaba una melodía, casi inaudible. Una alegre melodía que Sutton jamás
había oído.
Alguien
me hizo un buen registro, se dijo Sutton. Me puso enseguida fuera de combate,
con gas o algo así, luego me registró. Me parece recordar algo... confusa y
vagamente. Luces que brillaban y una exploración en mi cerebro. Tengo que haber
luchado contra ello, pero sabía que era inútil. Y, además, cualquier cosa que
descubrieran les agradaría. Se halagó a sí mismo con presunción. Sí, recibirían
de buen grado cualquier cosa que arrancaran de mi mente.
Pero
han descubierto todo lo que buscaban y se han ido. Dejaron a alguien para
vigilarme y todavía está en la habitación.
Se
agitó en la cama y abrió los ojos, los abrió lentamente, manteniéndolos
vidriosos y sin fijarlos del todo.
El
hombre se levantó de la silla y Sutton vio que vestía de blanco. Cruzó la
estancia y se inclinó sobre el lecho.
—¿Se
encuentra bien ahora? —preguntó.
Sutton
alzó una mano y la pasó, desconcertado, por su cara.
—Sí
—dijo—, sí, supongo que sí.
—Ya
pasó —le dijo el hombre.
—Algo
que comí —dijo Sutton.
El
hombre negó con un gesto.
—Más
probablemente, el viaje. Tuvo que ser un viaje duro.
—Sí
—dijo Sutton—, duro.
Adelante,
pensó. Adelante, pregunte algo más. Esas son sus instrucciones. Cazarme
mientras estoy aturdido, drenarme como a un pozo. Adelante, y haz las preguntas
y gana tu piojoso dinero.
Pero
estaba equivocado.
El
hombre se irguió.
—Creo
que se encontrará perfectamente —dijo—. Si no es así, llámeme. Mi tarjeta está
sobre la repisa.
—Gracias,
doctor —dijo Sutton.
Le
contempló mientras cruzaba la habitación, y esperó hasta oír el clic de la
puerta; entonces se sentó en la cama. Sus ropas estaban amontonadas en el
centro de la habitación. ¿Su cartera? Sí, allí estaba, sobre una silla.
Registrada, sin duda, probablemente habrían sacado fotocopias.
Y
muy probablemente cámaras ocultas por toda la habitación. Oídos escuchando y
ojos mirando. ¿Pero quién?, se preguntó.
Nadie
sabía que él iba a volver. Nadie podía haberlo sabido. Ni siquiera Adams. No
había forma de saberlo. No había modo de que él les hubiera permitido saber.
Curioso.
Curioso
el modo en que Davis reconoció su nombre en el espaciopuerto y dijo una mentira
para disimular.
Curioso
el modo en que Ferdinand pretendía que su suite había estado reservada para él
durante aquellos veinte años.
Curioso,
también, el modo en que Ferdinand se había vuelto y hablado, como si veinte
años no fueran nada.
Organizado,
se dijo Sutton. Como un sistema transmisor. Instalado y esperándome.
Pero
¿por qué iba a estar esperándome alguien? Nadie sabía cuándo iba a volver. Ni
siquiera si iba a volver alguna vez.
E
incluso aunque alguien lo supiera, ¿por qué organizar todo este lío?
Pues
no podían saber, pensaba... no podían saber lo que tengo, no podían ni
imaginarlo siquiera. E incluso aunque hubieran sabido que yo volvía, con lo
increíble que es el que lo supieran, incluso eso sería un millón de veces más
creíble que el que conocieran la verdadera razón de mi regreso.
Y de
conocerla, no la creerían.
Sus
ojos toparon con la cartera que había sobre la silla y quedaron fijos en ella.
Y de
saberlo, repitió, no lo creerían. Cuando examinaran la nave, por supuesto,
harían algunas suposiciones. Entonces podría haber alguna excusa para lo que
ocurrió. Pero no tuvieron tiempo de examinar la nave. No esperaron un minuto y
no me dejaron desde el momento en que aterricé.
Davis
me empujó al teleporte y agarró su teléfono como un loco. Y Ferdinand sabía que
yo estaba de camino, sabía que me vería cuando se volviera. ¿Y la muchacha...
la muchacha de ojos color granito?
Sutton
se levantó y se desperezó. Lo primero de todo, un baño y afeitado, se dijo. Y
luego algunas ropas y desayuno. Una llamada o dos.
No
actúes como si estuvieras nervioso, se aconsejó. Actúa con naturalidad. Húrgate
las narices. Habla contigo mismo. Sácate espinillas. Ráscate la espalda contra
el marco de la puerta. Actúa como si creyeras estar solo.
Pero
ten cuidado.
Hay
alguien vigilando.
V
Sutton
estaba acabando de desayunar cuando llegó el androide.
—Me
llamo Herkimer —le dijo el androide—, y pertenezco al señor Geoffrey Benton.
—¿Le
mandó venir el señor Benton?
—Sí.
Le envía un desafío.
—¿Un
desafío?
—Sí,
ya sabe usted, un duelo.
—Pero
yo estoy desarmado.
—No
puede estar desarmado —dijo Herkimer.
—Nunca
en toda mi vida me batí en duelo —dijo Sutton—. Y no pienso hacerlo ahora.
—Es
usted vulnerable.
—¿Qué
quiere decir con eso de que soy vulnerable? Si voy desarmado...
—Pero
no puede ir usted desarmado. El código cambió hace sólo un año o dos. Ningún
hombre de menos de cien años puede ir desarmado.
—¿Y
si uno va desarmado?
—Bueno,
entonces —dijo Herkimer—, todo el que quiera puede dispararle como a un conejo.
—¿Está
usted seguro?
Herkimer
hurgó en su bolsillo y sacó un librito. Se mojó el dedo y pasó las hojas.
—Aquí
está —dijo.
—Es
igual —dijo Sutton—. Aceptaré su palabra.
—Entonces,
¿acepta el desafío?
Sutton
gesticuló.
—Supongo
que he de hacerlo. Supongo que el señor Benton esperará a que me compre un
arma.
—No
hace falta —le dijo Herkimer rápidamente—. Traigo una conmigo. El señor Benton
siempre lo hace. Sólo por cortesía, sabe. Por si alguien no tiene arma.
Buscó
en su bolsillo y sacó un arma. Sutton la cogió y la dejó sobre la mesa. —Tiene
un aspecto desagradable —dijo.
Herkimer
se irguió.
—Es
un arma tradicional —declaró—. La mejor de las que se fabrican. Es de calibre
cuarenta y cinco. Es de carga manual. Tiene un alcance comprobado de veinte
metros.
—¿Se
tira de aquí? —preguntó Sutton señalando.
Herkimer
asintió.
—Se
llama gatillo. Y no se tira sino que se aprieta.
—¿Exactamente
por qué me desafía el señor Benton? —preguntó Sutton—. No conozco a tal hombre.
Jamás he oído hablar de él.
—Es
usted famoso —dijo Herkimer.
—No
que yo sepa.
—Es
usted un investigador —indicó Herkimer—. Acaba de regresar de una larga y
peligrosa misión. Trajo usted una cartera de misteriosa apariencia. Y hay
periodistas esperándole en el vestíbulo.
Sutton
asintió.
—Entiendo.
Cuando Benton mata a alguien, le gusta que sea famoso.
—Es
mejor que lo sea —dijo Herkimer—. Más publicidad.
—Pero
yo no conozco al señor Benton. ¿Cómo sabré a quién se supone que he de
disparar?
—Se
lo mostraré —dijo Herkimer— en el televisor.
Avanzó
hacia la mesa, marcó un número y retrocedió.
—Ese
es —dijo.
En
la pantalla apareció un hombre sentado ante una mesa de ajedrez. La
distribución de las piezas indicaba que se hallaba a mitad de partida. Frente
al hombre, al otro lado del tablero, se hallaba un robot.
El
hombre extendió una mano y movió pensativamente su caballo. El robot chasqueó y
rió. Movió un peón. Benton alzó los hombros y se inclinó sobre el tablero. Se
rascó la nuca.
—Osear
le tortura —dijo Herkimer—. Siempre le tiene preocupado. El señor Benton no ha
ganado ni una sola vez en los últimos diez años.
—Entonces
¿por qué sigue jugando?
—Obstinación
—dijo Herkimer—. Pero también Osear es obstinado.
Hizo
un movimiento con la mano.
—Las
máquinas pueden ser mucho más obstinadas que los humanos. Es cuestión de cómo
se construyen.
—Pero
el señor Benton tenía que saber que Osear le ganaría —indicó Sutton—.
Sencillamente, un humano no puede vencer a un experto mecánico.
—El
señor Benton lo sabía —dijo Herkimer—, pero no lo creía. Quería demostrar lo
contrario.
—Egomaníaco
—dijo Sutton.
Herkimer
le miró sosegadamente, con fijeza.
—Creo
que tiene usted razón, señor. Yo mismo he pensado eso muchas veces.
Sutton
volvió a mirar a Benton, que continuaba inclinado sobre el tablero, los
nudillos de una de sus manos apretados contra su boca.
Su
rostro veteado era áspero, sonrosado y rechoncho, y los ojos saltones,
pensativos, conservaban una expresión de afabilidad.
—¿Le
conocerá ahora? —preguntó Herkimer.
Sutton
asintió.
—Sí.
Creo que será fácil. No parece muy peligroso.
—Ha
matado a dieciséis hombres —dijo Herkimer—. Proyecta dejar las armas cuando
llegue a veinticinco.
Miró
directamente a Sutton y dijo:
—Usted
hace el número diecisiete.
Sutton
dijo, mansamente:
—Procuraré
facilitarle las cosas.
—¿Como
desea usted que sea el duelo, señor, formal o informal?
—Hagámoslo
sin reglas.
Herkimer
mostró desaprobación.
—Existen
ciertas convenciones...
—Puede
usted decirle al señor Benton —dijo Sutton—, que no pienso prepararle una
emboscada.
Herkimer
cogió su sombrero y se lo colocó en la cabeza.
—Mucha
suerte, señor —dijo.
—Bueno,
gracias, Herkimer —dijo Sutton.
La
puerta se cerró y Sutton se encontró solo. Volvió a mirar la pantalla. Benton
jugaba a replegar sus torres. Osear sonrió; movió un alfil tres cuadros y dio
jaque mate a Benton.
Sutton
apagó la pantalla.
Se
rascó su ahora afeitada barbilla.
¿Coincidencia
o plan? Resultaba difícil saberlo. ... Una de las sirenas había saltado al
borde del manantial y balanceaba su diminuto cuerpo peligrosamente. Silbó a
Sutton. El se volvió rápidamente al oírla y ella se lanzó al agua, nadó
formando círculos, burlándose de él con gestos obscenos. Sutton se inclinó
hacia adelante, buscó en el cuadro visor, sacó el directorio de información
general, pasó las hojas rápidamente.
INFORMACIÓN-Terrestre.
Y
los encabezamientos:
Culinaria.
Cultura.
Costumbres.
Seguramente
figuraría en Costumbres.
Buscó
DUELO, anotó el número y volvió a colocar el libro en su sitio. Marcó y conectó
la llave de comunicación directa.
El
rostro aerodinámico de un robot llenó la pantalla.
—A
su servicio, señor —dijo.
—Me
han desafiado a un duelo —dijo Sutton.
El
robot esperó a que le formulara la pregunta.
—Yo
no quiero batirme en duelo —dijo Sutton—. ¿Existe alguna forma, legalmente, de
negarme? Me gustaría hacerlo airosamente, además, pero no insistiré en ello.
—No
hay forma alguna —dijo el robot.
—¿No
hay ninguna forma?
—¿Tiene
menos de cien años? —preguntó el robot.
—Sí.
—¿Está
usted mental y corporalmente sano?
—Creo
que sí.
—¿Lo
está o no lo está? Decídase.
—Lo
estoy —dijo Sutton.
—¿No
pertenece usted a ninguna religión que prohíba matar?
—Supongo
que podría clasificarme como cristiano —dijo Sutton—. Creo que existe un
mandamiento al respecto.
El
robot meneó la cabeza.
—Eso
no cuenta.
—Es
claro y específico —argüyó Sutton—. Dice: «No matarás».
—Sí,
así es —dijo el robot—. Pero ha sido desacreditado. Los propios humanos lo
desacreditaron. Jamás lo obedecieron. U obedecen una ley o la desprestigian. No
pueden olvidarla ahora e invocarla al instante siguiente.
—Entonces
supongo que estoy perdido —dijo Sutton.
—Conforme
a la revisión del año 7990 —dijo el robot—, a la que se llegó por convención,
todo humano varón de menos de cien años, sano mental y físicamente, no obligado
por lazos o creencias religiosas, que se someten a un tribunal de
investigación, ha de batirse en duelo siempre que sea desafiado.
—Entiendo
—dijo Sutton.
—La
historia de los duelos —dijo el robot—, es muy interesante.
—Es
una brutalidad —dijo Sutton.
—Quizás.
Pero los humanos son brutales en muchos otros aspectos.
—Es
usted un impertinente —le dijo Sutton.
—Estoy
aburrido y cansado de ello —dijo el robot—. Enfermo y cansado de la presunción
de todos los humanos. Declaran ilegal la guerra, y en realidad lo único que han
hecho ha sido establecer leyes de modo que nadie se atreva a luchar con ellos.
Declaran haber abolido el delito, y lo han hecho, a excepción de los delitos
humanos. Y una gran cantidad de delitos que han abolido, no lo son en absoluto,
a no ser según las normas humanas.
—Está
corriendo un gran riesgo, amigo —dijo suavemente Sutton—, hablando de ese modo.
—Puede
pulsar mi clavija —dijo el robot— siempre que quiera hacerlo. La vida no merece
la pena con el tipo de trabajo que yo hago.
Vio
la expresión de Sutton y se apresuró a seguir:
—Intente
verlo de esta forma, señor: a todo lo largo de su historia, el hombre ha sido
un asesino. Fue astuto y brutal desde el principio. Era una cosa diminuta, pero
halló la forma de utilizar estacas y piedras, y cuando las piedras no eran lo
bastante afiladas, las tallaba para que lo fueran. Al principio había cosas que
no debía haber matado. Esas cosas deberían haberle matado a él. Pero era ladino
y tenía la estaca y las piedras, y mató al mamut y a los dientes de sable y a
otras cosas a las que no podía haberse enfrentado con las manos vacías. Así que
ganó la Tierra a los animales. Los exterminó, a excepción de algunos a los que
permitió vivir por el servicio que le prestaban. E incluso mientras luchaba con
los animales, luchaba con otros de su especie. Cuando los animales
desaparecieron... el hombre siguió luchando... hombre contra hombre, nación
contra nación.
—Pero
eso es pasado —objetó Sutton—. Hace más de mil años que no hay guerra. Ahora
los humanos no tienen necesidad de luchar.
—Precisamente
ésa es la cuestión —dijo el robot—. Ya no hay necesidad de luchar, ya no hay
necesidad de matar. Oh, alguna que otra vez, quizás, en algún planeta lejano en
el que un humano tenga que matar para proteger su vida o para conservar la
dignidad y el poder humanos. Se ha convertido en un hábito de los humanos...
algo que conservan desde las cavernas. No queda nada que matar, excepto unos a
otros, así que se matan entre sí y lo llaman duelo. Saben muy bien que es
injusto y que lo enfocan con hipocresía. Han establecido un perfecto sistema de
semántica para hacer que parezca respetable y valeroso y noble. Lo denominan
tradición, e hidalguía... e incluso aunque no lo denominen con tales palabras,
así es como piensan. Lo encubren con las artimañas de su corrompido pasado, lo
envuelven con palabras y las palabras son sólo oropel.
—Mire
—dijo Sutton—. Yo no quiero batirme en duelo. No creo que sea...
El
tono de la voz del robot reflejaba alegría vengativa.
—Pero
tiene que batirse. No hay forma de echarse atrás. Quizás desee algunas
indicaciones. Conozco todo tipo de tretas...
—Creí
que no aprobaba los duelos.
—Claro
que no —dijo el robot—. Pero éste es mi trabajo. Estoy atado a él. Intento
desempeñarlo bien. Puedo contarle la historia personal de todos los humanos que
se han batido en duelo alguna vez. O puedo hablarle durante horas de las
ventajas de los estoques sobre las pistolas. O si prefiere que defienda las
pistolas, puedo hacerlo igualmente. Puedo hablarle de los pistoleros del
antiguo Oeste americano y de los gangsters de Chicago y de los pactos de
pañuelos y dagas y...
—No,
gracias —dijo Sutton.
—¿No
le interesa?
—No
dispongo de tiempo.
—Pero
señor —suplicó el robot—, no tengo oportunidad muy a menudo. No recibo muchas
llamadas. Sólo una hora o así...
—No
—dijo Sutton, con firmeza.
—De
acuerdo, entonces. Tal vez me diga usted quién le ha desafiado.
—Benton.
Geoffrey Benton.
El
robot silbó.
—¿Tan
bueno es? —preguntó Sutton.
—Eso
y mucho más —dijo el robot.
Sutton
desconectó el visor.
Se
sentó calmosamente, contemplando con fijeza el arma. Tendió lentamente una mano
y la cogió. La culata se ajustaba cómodamente a su mano. Su dedo rodeó el
gatillo. Desvió el arma y apuntó al marco de la puerta.
Era
fácil manejarla. Casi como si formara parte de él. Había una sensación de
fuerza en su interior... de fuerza y de poder. Como si súbitamente Sutton fuera
más fuerte y más grande... y más peligroso.
Suspiró
y bajó el arma.
El
robot estaba en lo cierto.
Se
acercó al visor y marcó recepción.
En
la pantalla apareció el rostro de Ferdinand.
—¿Está
alguien esperándome ahí abajo, Ferdinand?
—Ni
un alma —dijo Ferdinand.
—¿Preguntó
alguien por mí?
—Nadie,
señor Sutton.
—¿No
hay periodistas, ni fotógrafos?
—No,
señor Sutton. ¿Los esperaba usted?
Sutton
no contestó.
Desconectó,
sintiéndose estúpido.
VI
El
hombre era escaso en la galaxia. Un hombre aquí, un puñado de hombres allá.
Débiles burbujas de hueso y cerebro y músculo para controlar la galaxia.
Débiles hombros para llevar el manto de la grandeza humana a través de
años-luz.
Pues
el hombre había ido demasiado deprisa, había sobrepasado con mucho su capacidad
física. No mantenía sus puestos estelares por la fuerza, sino por algo más...
por la profundidad del carácter humano, por su colosal vanidad, por su feroz
convicción de que el Hombre era la cosa viva más importante que la galaxia
había producido. Todo esto pese a las numerosas evidencias de que no lo era...
evidencia que él consideró, valoró y dejó a un lado, despectivo con toda
grandeza que no fuese cruel y agresiva.
Demasiado
pequeño, se dijo Christopher Adams. Demasiado pequeño, y se ha extendido
demasiado. Un hombre, respaldado por doce androides y cien robots, podía
controlar un sistema solar. Podía controlarlo hasta que hubiera más hombres o
hasta que algo fallara.
Con
el tiempo habría más hombres, si el índice de natalidad persistía. Pero
pasarían muchos siglos antes de que la línea se fortaleciera, pues el hombre
controlaba sólo los puntos clave, un planeta en todo un sistema y no en todo
sistema. El hombre había saltado, ya que no había hombres suficientes, había
establecido puntos estratégicos de influencia, había pasado por alto todos los
sistemas, a excepción de los más ricos e influyentes.
Había
espacio para extenderse, espacio para un millón de años.
Si
es que quedaba algún humano tras un millón de años.
Si
la vida de aquellos otros planetas permitía vivir a los humanos, si no llegaba
el día en que estuvieran dispuestos a pagar el terrible precio de exterminar la
raza.
El
precio sería alto, se dijo Adams, hablando consigo mismo. Pero se haría, y
sería fácil. Sería sólo trabajo de unas horas. Humanos por la mañana, ningún
humano por la noche. ¿Qué importaba que murieran mil de los otros por cada
humano muerto... o diez mil, o cien mil? En determinadas circunstancias,
semejante precio podría considerarse barato.
Había
islas de resistencia incluso ahora, en las que uno caminaba cautelosamente, o
incluso las rodeaba. Como 61 Cygni, por ejemplo.
Implicó
consideración, y alguna tolerancia... y gran medida de brutalidad latente,
pero, sobre todo, engreimiento, la absoluta e indiscutible convicción de que el
Hombre era sacrosanto, de que era intocable, de que apenas podía morir.
Pero
habían muerto cinco hombres, tres humanos y dos androides, junto a un río que
corría en Aldebarán XII, a pocos kilómetros de Andrelon, la capital planetaria.
Habían
muerto violentamente, de eso no había ya duda.
Los
ojos de Adams buscaron el párrafo del último informe de Thorne:
Se
ha aplicado fuerza exterior. Encontramos un agujero quemado que atravesaba la
placa atómica del motor. La fuerza tiene que haber sido controlada o el
resultado habría sido la total destrucción. Entraron en funcionamiento los
sistemas automáticos y se apartaron de la explosión, pero la nave perdió el
control y se estrelló contra el árbol. La zona estaba saturada de radiación
intensiva.
Buen
hombre, Thorne, pensó Adams. No dejará ningún cabo suelto. Tenía allí a los
robots antes de que el lugar se hubiese enfriado. Pero no había mucho que
encontrar... no mucho para hallar una respuesta. Sólo una serie de dudosas
señales.
Habían
muerto cinco hombres, y cuando se dijo eso, tal fue el final del asunto. Pues
quedaron quemados y destrozados y no dejaron rastro, ni huellas dactilares ni
oculares para comparar con los archivos.
A
escasa distancia de la derramada negrura de los cuerpos, la máquina se había
estrellado contra un árbol, se había enrollado a su alrededor y casi había
partido el tronco en dos. Una máquina así, como los hombres, no tenía
precedente. Una máquina sin equivalente en la galaxia conocida, y, al menos
hasta entonces, sin objetivo.
Thorne
la entregaría a los talleres. La desglosaría en solidografías, hasta la última
pieza destrozada de cristal y plástico. Haría que la analizaran y que hicieran
diagramas de ella, y los robots la colocarían en registradores que la
descortezarían y analizarían molécula a molécula.
Y
podrían encontrar algo, sin duda tendrían que encontrarlo.
Adams
echó el informe a un lado y se retrepó en su silla. Perezosamente, deletreó su
nombre rotulado en la puerta de su despacho, leyendo lentamente hacia atrás,
con cuidado exagerado. Como si nunca antes hubiera visto el nombre. Como si no
lo conociera. Adivinándolo.
Y
luego la línea inferior:
SUPERVISOR,
DEPARTAMENTO DE RELACIONES EXTERIORES, SECTOR SPACIAL 16.
Y la
línea siguiente:
DEPARTAMENTO
DE INVESTIGACIÓN GALÁCTICA (JUSTICIA)
El
sol de la temprana tarde entraba por la ventana y caía sobre su cabeza,
iluminando su cortado bigote plateado y su cabello cano en las sienes.
Cinco
hombres habían muerto...
Deseó
poder quitárselo de la cabeza. Tenía otras cosas que hacer. El asunto Sutton,
por ejemplo. Los informes al respecto llegarían en una hora o así.
Pero
había una fotografía, una fotografía de Thorne que él no podía olvidar.
Un
aparato estrellado, y cuerpos destrozados, y una gran cicatriz ahumada abierta
en el césped. El río plateado corriendo en un silencio que, incluso en
fotografía, uno sabía que reinaba allí, y en la lejanía, la delgadísima trama
de Andrelon se alzaba contra un cielo rosáceo.
Adams
sonrió suavemente para sí. Aldebarán XII, pensó, tiene que ser un mundo
agradable. Nunca había estado allí, y nunca estaría... pues había demasiados
planetas, demasiados planetas para que un hombre soñara siquiera con verlos
todos.
Algún
día, quizás, cuando los teleportes recorrieran años-luz, en vez de
insignificantes kilómetros... quizás un hombre entonces pudiera recorrer el
planeta que quisiera durante un día o una hora, o sólo para decir que había
estado allí.
Pero
Adams no necesitaba estar allí... tenía ojos y oídos allí, al igual que en cada
uno de los planetas ocupados de todo el sector.
Thorne
estaba allí y Thorne era un hombre capaz. No cejaría hasta que no exprimiera el
último gramo de información de los cuerpos y del aparato destrozados.
Quisiera
poder olvidarlo, se decía Adams. Es importante, sí, pero no absolutamente
importante.
Sonó
un timbre junto a Adams, y alzó un seguro de su mesa.
—¿Qué
hay?
Respondió
la voz de un androide:
—Es
el señor Thorne, señor. Está al mentófono, desde Andrelon.
—Gracias,
Alice —dijo Adams.
Abrió
un cajón y cogió un casco, se lo colocó en la cabeza y lo ajustó con dedos
firmes. Los pensamientos fluctuaron en su cerebro, pensamientos fragmentarios y
desordenados, todos ellos vagos y lejanos. Pensamientos espectrales perforando
el universo: inimaginables pecios residuales de las mentes de cosas dispersas
en el tiempo y el espacio.
Adams
vaciló.
Nunca
me acostumbraré a usarlo, se dijo. Siempre chapucearé, como el muchachito que
sabe que merece un sopapo.
Los
pensamientos espectrales atisbaban y gorjeaban ante él.
Adams
cerró los ojos y se echó hacia atrás.
—Hola,
Thorne —pensó.
El
pensamiento de Thorne llegó, diluido en el espacio de más de cincuenta
años-luz.
—¿Eres
tú, Adams?
—Sí,
soy yo. ¿Qué pasa?
El
pensamiento de una canción le llegó, firme, y cabrioleó en su cerebro: Charlar
sin tino... acosar al pez... el oxígeno es caro.
Adams
procuró que este pensamiento saliera de su mente y se concentró.
—Empieza
de nuevo, Thorne. Vino un espectro y te borró por completo.
El
pensamiento de Thorne era más fuerte ahora, más preciso.
—Quería
preguntarte por un nombre. Me parece haberlo oído alguna vez, pero no puedo
estar seguro.
—¿Qué
nombre?
Thorne
estaba pausando sus pensamientos ahora, exponiéndolos lentamente y con énfasis
para que llegaran con claridad.
—El
nombre es Asher Sutton.
Adams
saltó de su asiento con la boca abierta.
—¿Qué?
—gruñó.
Camina
hacia el oeste, decía una voz en su mente. Camina hacia el oeste y luego hacia
arriba.
El
pensamiento de Thorne llegó hasta él:
—...era
el nombre que figuraba en la portada...
—Empieza
de nuevo —pidió Adams—. Empieza de nuevo y, por favor, despacio. Ha vuelto a
borrarse. No pude oír nada de lo que pensabas.
El
pensamiento de Thorne llegó lentamente, cada palabra impulsada con fuerza.
—Bueno,
¿Recuerdas aquel accidente que ocurrió aquí? Murieron cinco hombres...
—Sí,
sí. Claro que lo recuerdo.
—Bueno,
encontramos un libro, o lo que en tiempos había sido un libro, en uno de los
cadáveres. El libro estaba quemado, todo completamente chamuscado por la
radiación. Los robots hicieron cuanto pudieron con él, pero no fue mucho. Una
palabra aquí y otra allá. Nada de lo que pudiéramos sacar algún sentido.
El
pensamiento llegaba a través de ronroneos y ruidos. Le llegaban retazos de
pensamientos. Serpenteantes sandeces que no tendrían sentido o significado
humano, que no habrían tenido sentido ni significado humano aunque las; hubiera
oído completas.
—Repite
—pensó Adams desesperadamente—. Repite.
—Oíste
lo del desastre. Cinco hombres...
—Sí,
sí. Me he enterado hasta la parte del libro. ¿Dónde aparece Sutton?
—Eso
fue casi todo lo que los robots pudieron determinar —le dijo Thorne—. Sólo tres
palabras: «por Asher Sutton». Como si él pudiera haber sido el autor. Como si
él pudiera haber escrito el libro. Estaba en una de las primeras páginas. La
página del título, quizás. Libro tal y tal, por Asher Sutton.
Se
hizo el silencio. Hasta los sonidos espectrales enmudecieron un instante.
Luego, llegó un pensamiento agudo y balbuciente... el pensamiento de un bebé,
inmaduro y gimiente. Y tal pensamiento estaba fuera de contexto, era
intraducible, casi absurdo. Aunque espantoso y desquiciante en su connotación
extraña.
Adams
sintió súbitamente el escalofrío del miedo penetrar en su médula, agarró los
brazos del sillón con ambas memos y permaneció rígido mientras una garra
inmunda atenazaba sus entrañas.
El
pensamiento desapareció súbitamente. Cincuenta años-luz de espacio silbaban en
el frío.
Adams
se relajó, sintiendo la abundante transpiración en sus axilas, cayendo por sus
costillas.
—¿Estás
ahí, Thorne? —preguntó.
—Sí.
He cogido algo de eso también.
—Muy
malo, ¿no?
—Nunca
oí nada peor —convino Thorne.
Hubo
un momentáneo silencio. Luego, el pensamiento de Thorne llegó de nuevo.
—Quizás
sólo esté perdiendo el tiempo. Pero me parece recordar ese nombre.
—Tienes
que recordarlo —repuso el pensamiento de Adams—. Sutton fue a 61 Cygni.
—¡Oh,
es ése!
—Ha
regresado esta mañana.
—No
podría haber sido él, entonces. Quizás algún otro con el mismo nombre.
—Tiene
que haber sido —pensó Adams.
—Sólo
quería informar —le dijo Thorne—. El nombre me preocupaba.
—Sigue
con ello —pensó Adams—. Hazme saber cualquier cosa que averigües.
—Lo
haré —prometió Thorne—. Adiós.
—Gracias
por llamar.
Adams
se quitó el casco. Abrió los ojos, y la vista de la habitación, lugar familiar
y terrestre, con el sol brillando a través de la ventana, casi le produjo un
choque físico.
Se
sentó relajado en su asiento, pensando, recordando.
El
hombre que le había visitado al atardecer, surgiendo en el patio de entre las
sombras, y se había sentado en la oscuridad, y había hablado como cualquier
otro hombre... Pero lo que le había dicho era de demente.
Cuando
Sutton regrese, tienen que matarle. Yo soy su sucesor.
Absurdo.
Increíble.
Imposible.
Y,
aún así, tal vez debiera haberle escuchado, tal vez debiera haberle escuchado
hasta el final en vez de irritarme de aquel modo.
Pero
nadie mata a un hombre que regresa después de veinte años.
Y
menos aún a un hombre como Sutton.
Sutton
es un buen hombre. Uno de los mejores que tiene el Departamento.
Extraordinariamente hábil, gran conocedor de la psicología alienígena, una
autoridad en política galáctica. Ningún hombre podría haber hecho el trabajo de
Cygni tan bien como él.
Si
es que lo había hecho él.
Yo
no lo sé, desde luego, pero él vendrá mañana y me lo contará.
Después
de veinte años, un hombre tiene derecho a un día de descanso.
Lentamente,
Adams retiró el mento-casco, tendió una mano casi remisa y pulsó un botón.
Respondió
Alice.
—Envíeme
la carpeta de Asher Sutton.
—Sí,
señor Adams.
Adams
se recostó en su sillón.
El
calor del sol sobre sus hombros era reconfortante. El tic-tac del reloj,
tranquilizador.
Lugares
familiares y comodidad tras las voces espectrales surgiendo del espacio.
Pensamientos que uno no podía seguir, que no podía rastrear y decir: «Esto se
inició en tal lugar y en tal momento».
Aunque
estamos intentándolo, pensó Adams. El hombre lo intentará todo, cualquier
oportunidad, cualquier tipo de jugada sin ventajas de ningún tipo.
Rió
para sí. Rió por lo fantástico del proyecto.
Miles
de oyentes escuchando los fortuitos pensamientos de tiempos y espacios
fortuitos, escuchando para encontrar indicios, sugerencias, cauces. Buscando
una gota de sentido en el torrente de galimatías... a la caza de la palabra o
de la frase o del pensamiento disociado que pudiera traducirse en una nueva
filosofía o en una nueva técnica o en una nueva ciencia... o en algo nuevo que
la raza humana ni siquiera hubiera soñado.
Un
nuevo concepto, se dijo Adams hablando consigo mismo. Un concepto absolutamente
nuevo.
Un
concepto nuevo podría ser peligroso. Este no es momento para nada que no encaje
en la muesca, que no siga la pauta del pensamiento y de la acción humanos.
No
podía haber confusión. No podía haber nada excepto firme y clara determinación,
para seguir, para asentarse y permanecer, para mantener el statu quo.
Después,
algún día, dentro de muchos siglos, habría tiempo y lugar y espacio para un
nuevo concepto. Cuando el puño del hombre fuera más fuerte, cuando los humanos
fueran más numerosos, cuando un error o dos no significaran el desastre.
El
hombre, de momento, controlaba todos los factores, él marcaba el margen en
todos los puntos, un margen pequeño, admitido, pero margen al menos. Y así
debía seguir siendo. No debía haber nada que inclinara la balanza en dirección
equivocada. Ni palabra, ni pensamiento, ni acción, ni murmullo.
VII
Al
parecer habían estado esperándole durante un tiempo y le habían interceptado
cuando salía del ascensor y se encaminaba al comedor. Eran tres y permanecían
alineados frente a él, como si hubieran decidido que no debía escapar.
—¿Señor
Sutton? —preguntó uno de ellos, y Sutton asintió.
El
hombre era un individuo andrajoso. Seguramente no había dormido vestido, pero
la primera impresión era que sí. Apretaba un astroso sombrero con dedos
rechonchos y feos. Las uñas estaban rematadas por el azul de la suciedad.
—¿En
qué puedo servirle? —preguntó Sutton.
—Nos
gustaría hablar con usted, señor, si no le importa —dijo la mujer del trío—,
Entienda, somos una especie de delegación.
Plegó
sus gordas manos sobre su rollizo vientre e hizo cuanto pudo por sonreírle. El
efecto de la sonrisa quedó anulado por el mechón de pelo que asomaba bajo su
sucio sombrero.
—En
este momento me dirigía al comedor —dijo Sutton, intentando dar a su frase un
matiz de apresuramiento y a su voz un cierto tono irritado, aunque dentro de
los límites de la cortesía.
La
mujer siguió radiante.
—Soy
la señora Jellicoe —dijo ella, actuando como si a él le agradara semejante
información—, y este caballero, el que se dirigió a usted, es el señor
Hamilton. El otro que nos acompaña es el capitán Stevens.
El
capitán Stevens, según observó Sutton, era un individuo musculoso, mejor
vestido que los otros dos. Sus ojos azules guiñaron a Sutton, como sí quisiera
decirle: «No apruebo a esta gente más que usted, Sutton, pero les acompaño y he
de hacerlo lo mejor que pueda».
—¿Capitán?
—dijo Sutton—. Supongo que de una nave estelar.
Stevens
asintió y dijo:
—Retirado.
Carraspeó
y añadió:
—Me
desagrada molestarle, Sutton, pero intentamos llegar hasta sus habitaciones y
no lo conseguimos. Hemos estado esperando unas cuantas horas. Espero que no nos
defraude.
—Será
sólo un momento —dijo la señora Jellicoe.
—Podemos
sentarnos aquí —dijo Hamilton, retorciendo el sombrero entre sus mugrientos
dedos—. Guardamos una silla para usted.
—Como
quieran —dijo Sutton.
Les
siguió hasta el rincón del que habían salido para abordarle y tomó la silla que
le ofrecieron.
—Ahora
—pidió—, díganme de qué se trata.
La
señora Jellicoe dio un profundo suspiro.
—Representamos
a la Liga Androide de Igualdad —dijo.
Stevens
interrumpió, previniendo el largo discurso que la señora Jellicoe parecía estar
a punto de iniciar.
—Estoy
seguro —dijo— de que el señor Sutton ha oído hablar de nosotros alguna que otra
vez. La Liga existe desde hace muchos años.
—He
oído hablar de la Liga —admitió Sutton.
—Quizás
—dijo la señora Jellicoe— haya leído usted nuestra literatura.
—No
—dijo Sutton—. No puedo decir que lo haya hecho.
—Pues
aquí llevo algo —dijo Hamilton. Hurgó con mugrienta mano en el bolsillo de la
chaqueta y sacó un puñado de octavillas. Se las tendió a Sutton y este las
cogió escrupulosamente, dejándolas en el suelo junto a su silla.
—Resumiendo
—dijo Stevens—, representamos la creencia de que debería concederse a los
androides la igualdad con la raza humana. En realidad, son humanos en todos los
aspectos excepto en uno.
—No
pueden tener hijos —exclamó bruscamente la señora Jellicoe.
Stevens
alzó ligeramente sus cejas pajizas y miró a Sutton casi disculpándose.
Carraspeó.
—Eso
es bastante exacto, señor —dijo—, como usted seguramente sabe. Son estériles,
totalmente estériles. En otras palabras, la raza humana puede fabricar,
químicamente, un organismo humano perfecto, pero es incapaz de resolver el
misterio de la concepción biológica. Se han realizado muchos intentos de
duplicar cromosomas y genes, esperma y óvulos fértiles, pero ninguno de tales
intentos ha tenido éxito.
—Tal
vez algún día —dijo Sutton.
La
señora Jellicoe movió la cabeza.
—No
queremos saber todas las cosas, señor Sutton —declaró santurronamente—. Existe
un Poder que impide el que lo conozcamos todo. Existe...
Stevens
la interrumpió.
—Resumiendo,
señor. Estamos interesados en conseguir un tratado de igualdad entre la raza
humana biológica, la raza humana nacida, y la raza humana fabricada
químicamente que llamamos androides. Sostenemos que son básicamente lo mismo,
que ambos son seres humanos, que cada uno de ellos tiene derecho a la herencia
común de la raza humana.
«Nosotros,
la raza humana biológica original, creamos a los androides para apuntalar
nuestra población, para que pudiera haber más humanos que dirigieran los
puestos y centros administrativos extendidos por la galaxia. Quizás sepa usted
perfectamente que la única razón por la que no controlamos más estrechamente la
galaxia es la falta de supervisión humana.
—Lo
sé perfectamente —dijo Sutton.
Y
estaba pensando: no me extraña. No me extraña que esta Liga de Igualdad sea
considerada una banda de chiflados. Una vieja inconstante, un niño tonto sucio
y un capitán del espacio retirado con mucho tiempo de sobra y nada que hacer.
Stevens
estaba diciendo:
—Hace
miles de años que se eliminó la esclavitud entre un humano biológico y otro.
Pero hoy la esclavitud existe entre los humanos biológicos y los
manufacturados. Pues los androides son poseídos. No viven una vida como dueños
de su propio destino, sino que sirven los mandatos de una forma idéntica de
vida... idéntica en todo, excepto en que una es biológicamente fértil y la otra
es estéril.
Y
eso, pensó Sutton, seguramente es algo que se aprendió de memoria de un libro.
Como un vendedor de seguios o un agente de una enciclopedia.
—¿Qué
quieren que haga yo al respecto? —les preguntó.
—Queremos
que firme usted una petición —dijo la señora Jellicoe.
—¿Y
que haga una contribución?
—No
—dijo Stevens—. Con su firma será suficiente. Es todo lo que pedimos. Siempre
nos complace tener pruebas de que los hombres influyentes están con nosotros,
de que los hombres y mujeres juiciosos de la galaxia entienden la justicia de
lo que pedimos.
Sutton
echó la silla hacia atrás y se levantó.
—Mi
nombre —les dijo— no aportaría gran prestigio a su causa.
—Pero
señor Sutton...
—Apruebo
sus objetivos —dijo Sutton—, pero no me convencen nada sus métodos para
alcanzarlos.
Hizo
media inclinación ante ellos, que seguían sentados.
—Y
ahora he de irme a comer —dijo.
Estaba
a medio cruzar el vestíbulo cuando alguien le cogió del codo. Se volvió, casi
colérico.
Era
Hamilton, con su mugriento sombrero en la mano.
—Olvidó
usted algo —dijo Hamilton, entregándole las octavillas que Sutton había dejado
en el suelo.
VIII
El
receptor de la mesa sonó, y Adams lo cogió.
—Sí.
¿Quién es?
Las
palabras de Alice rodaron una tras otra.
—La
carpeta, señor. El expediente de Sutton.
—¿Qué
pasa con el expediente de Sutton?
—No
está, señor.
—Lo
estará usando alguien.
—No,
señor, nada de eso. Lo han robado.
Adams
dio un salto.
—¡Robado!
—Robado
—dijo Alice—. Eso mismo, señor. Hace veinte años.
—Pero
veinte años...
—Comprobamos
los puntos de seguridad —dijo Alice—. Lo robaron exactamente tres días después
de que el señor Sutton saliera hacia Cygni 61.
IX
El
abogado dijo que su nombre era Wellington. Se había dado una fina capa de
barniz plástico sobre la frente para ocultar la marca del tatuaje, pero si se
miraba fijamente, la marca se notaba. Y su voz era la voz de un androide.
Posó
cuidadosamente su sombrero sobre la mesa, se sentó meticulosamente en una silla
y colocó su carpeta sobre las rodillas. Entregó a Sutton un periódico
enrollado.
—Su
periódico, señor —dijo—. Estaba en la puerta. Pensé que lo querría.
—Gracias
—dijo Sutton.
Wellington
carraspeó.
—¿Es
usted Asher Sutton? —preguntó.
Sutton
asintió.
—Represento
a un robot que respondía al nombre de Buster. Quizás le recuerde usted.
Sutton
se inclinó rápidamente hacia adelante.
—¿Recordarle?
Pero si fue un segundo padre para mí. El me crió después de que mis padres
murieron. Ha estado con mi familia durante casi cuatro mil años.
Wellington
volvió a carraspear y dijo:
—Eso
es.
Sutton
se retrepó en su asiento apretando el periódico en su puño.
—No
me diga...
Wellington
hizo un gesto tranquilizador con la mano.
—No,
no está metido en ningún lío. Es decir, todavía no. No a menos que usted decida
acusarle.
—¿Qué
es lo que ha hecho? —preguntó Sutton.
—Se
ha escapado.
—¡Válgame
Dios! Escapado. ¿Adónde?
Wellington
se movió inquieto en su asiento.
—Creo
que a una de las estrellas Torre.
—Pero
eso queda lejos —protestó Sutton—. Queda casi fuera del límite.
Wellington
asintió.
—Se
compró un cuerpo nuevo y una nave y la equipó...
—¿Con
qué? —preguntó Sutton—. Buster no tenía dinero.
—Oh,
sí que lo tenía. Dinero que había estado ahorrando durante, como dijo usted,
unos cuatro mil años o así. Propinas de los huéspedes, regalos navideños, una
cosa y otra. Todo se fue sumando, durante cuatro mil años. Puesto a interés,
sabe usted.
—Pero
¿por qué? —preguntó Sutton—. ¿Qué trata de hacer?
—Consiguió
una casa solariega en un planeta. No se escondió. Registró su título, de modo
que usted podrá localizarle si desea hacerlo. Utilizó el nombre familiar,
señor. Eso le preocupaba un poco. Esperaba que a usted no le importara.
Sutton
meneó la cabeza.
—En
absoluto —dijo—. Tiene derecho a usar ese nombre. Tiene tanto derecho a hacerlo
como yo.
—¿No
le molesta, entonces? —preguntó Wellington—. Quiero decir todo el asunto.
Después de todo, era propiedad suya.
—No
—dijo Sutton—. No me importa. Estaba tratando de localizarle para volverle a
ver. Llamé a la antigua casa, pero no respondió nadie. Creí que habría salido.
Wellington
buscó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Dejó
una carta para usted —le dijo, mostrándosela.
Sutton
la cogió. Tenía su nombre, escrito. La volvió, pero no había nada más.
—Confió
a mi custodia un viejo baúl —dijo Wellington—. Dijo que contenía algunos
antiguos papeles de la familia que usted podría considerar interesantes.
Sutton
permaneció sentado en silencio, mirando al frente sin ver nada.
Había
en la entrada un manzano, y todos los años el joven Ash Sutton comía las
manzanas cuando aún estaban verdes, y Buster le cuidaba amablemente durante las
crisis y luego le vapuleaba de lo lindo para enseñarle a respetar su propio
metabolismo. Y cuando el muchacho de carretera abajo le había cascado al volver
a casa de la escuela, fue Buster quien le llevó al patio trasero y le enseñó a
utilizar la cabeza además de las manos en las peleas.
Sutton
apretó inconscientemente los puños, recordando la oleada de satisfacción, sus
rojos nudillos despellejados. Recordó que el muchacho de carretera abajo había
tenido un ojo morado durante una semana y se había convertido en su más fiel
amigo.
—En
cuanto al baúl —dijo Wellington—. ¿Quiere usted que se lo envíe?
—Sí
—dijo Sutton—. Por favor.
—Lo
tendrá aquí mañana por la mañana —dijo Wellington.
El
androide cogió su sombrero y se levantó.
—Deseo
darle las gracias, señor, en nombre de mi cliente. Él me dijo que usted sería
razonable.
—Razonable
no —dijo Sutton—. Únicamente justo. Él nos cuidó durante muchos años. Ha ganado
su libertad.
—Buenos
días, señor —dijo Wellington.
—Buenos
días —dijo Sutton—. Y muchísimas gracias.
Una
de las sirenas silbó a Sutton.
Y
Sutton le dijo:
—Un
día de éstos, encanto, vas a hacer eso más de lo debido.
Ella
se rascó la nariz y se zambulló en el manantial.
La
puerta se cerró tras Wellington.
Sutton
abrió lentamente la carta y desdobló su única hoja,
Querido
Ash: Fui a ver al señor Adams hoy y me dijo que temía que ya no regresaras,
pero yo le dije que sabía que volverías. Así que no hago esto porque crea que
no regresarás y que nunca lo sabrás... porque yo sé que volverás. Desde que me
dejaste para seguir tu camino me he sentido viejo e inútil. En una galaxia
donde había tantas cosas que hacer yo no hacía nada. Me dijiste que querías que
viviera en el antiguo lugar y que descansara y yo sabía que lo hacías porque
eras amable y no me venderías aunque no tuvieras nada que encargarme. Así que
estoy haciendo algo que siempre deseé hacer. Me voy a un planeta. Parece ser un
planeta muy bueno y creo que me las arreglaré bien. Lo equiparé y construiré
una casa y quizás algún día vayas a visitarme.
Tuyo,
Buster.
P.D.
Si alguna vez quieres localizarme, puedes averiguar dónde estoy en la oficina
de casas de campo.
Poco
a poco, Sutton dobló la hoja y la guardó en su bolsillo.
Permaneció
ocioso en el sillón, escuchando el murmullo de la corriente que brotaba de la
pintura colgada sobre el hogar. Un pájaro cantaba y un pez saltaba en una
tranquila charca en la curva, justo fuera del marco.
Mañana,
pensó, veré a Adams. Quizás pueda descubrir si es él quien está tras lo que
sucedió. Aunque, ¿por qué iba a ser él? Estoy trabajando para él. Cumplí sus
órdenes.
Meneó
la cabeza. No, no podía ser Adams.
Pero
tenía que ser alguien. Alguien que hubiera estado acechándole, que incluso
ahora estaba vigilándole.
Se
encogió mentalmente de hombros, cogió el periódico y lo desplegó.
Era
Prensa Galáctica, y su formato no había cambiado en veinte años. Las columnas
de siempre en letra gris llenaban la página, sólo interrumpidas por lacónicos
titulares. Las noticias sobre la Tierra empezaban en la primera página, arriba
a la izquierda, luego seguían las noticias marcianas, las venusianas, la
columna de los asteroides, la columna y media de las lunas de Júpiter... luego
los planetas exteriores. Sabía que podía encontrar las noticias sobre el resto
de la galaxia en las páginas interiores. Un párrafo o dos para cada historia.
Como las columnas personales de la antigua comunidad en los periódicos del país
de hacía muchos siglos.
Sin
embargo, pensó Sutton, alisando el periódico, era la única forma de hacerlo.
Había demasiadas noticias, noticias de muchos mundos... de muchos sectores...
noticias humanas... noticias de robots y de androides, noticias de alienígenas.
Las noticias tenían que estar reducidas, condensadas, comprimidas, haciendo que
una palabra sirviera por cien.
Había
otros periódicos, claro, dedicados a secciones aisladas, y éstos darían las
noticias locales con más detalle. Pero en la Tierra se precisaba amplia
cobertura de noticias a nivel galáctico,... pues la Tierra era la capital de la
galaxia... un planeta que era sólo la capital... un planeta que no producía
alimentos, que no tenía industrias, cuyo único negocio era el gobierno. Un
planeta del cual cada centímetro estaba retocado y cuidado como prado o parque
o jardín.
Sutton
echó una ojeada a la columna de la Tierra. Un terremoto en Asia oriental. Nueva
explotación subacuática para albergar a empleados y representantes alienígenas
de los mundos acuáticos. Entrega de tres nuevas naves estelares para el
recorrido del Sector 19. Y luego:
Asher
Sutton, agente especial del Departamento de Investigación Galáctica, regresó
hoy de Cygni 61, donde fue asignado hace veinte años. Las esperanzas de su
regreso se habían perdido hace años. Nada más aterrizar, su nave quedó bajo
vigilancia y él está recluido en el Orion Arms. Todos los intentos de llegar
hasta él para conseguir una declaración se han visto frustrados. Poco después
de su llegada fue desafiado por Geoffrey Benton. El señor Sutton eligió pistola
e informalidad.
Sutton
volvió a leerlo. Todos los intentos por llegar hasta él...
Herkimer
le había dicho que había periodistas y fotógrafos en el vestíbulo, y diez
minutos después Ferdinand había jurado que no había nadie. No había recibido
llamadas. Nadie había intentado llegar hasta él. ¿O sí? Intentos que se habían
visto frustrados. Por la misma persona que había estado acechándole, por la
misma fuerza que estaba en la habitación cuando el traspasó el umbral.
Dejó
caer el periódico al suelo y permaneció sentado, pensando.
Había
sido desafiado por uno de los más destacados, si no el más destacado, duelista
de la Tierra.
El
viejo robot de la familia se había marchado... o había sido convencido para que
se marchara.
Los
intentos de la prensa por llegar hasta él habían sido obstaculizados...
El
visor ronroneó ante él, y él se levantó.
Una
llamada. La primera desde que había llegado.
Giró
en la silla y dio al interruptor.
El
rostro de una mujer apareció en la pantalla. Ojos color granito y piel blanco
magnolia, cabello cobre resplandeciente.
—Me
llamo Eva Armour —dijo—. Soy quien le pidió que me esperara en el ascensor.
—La
reconocí —dijo Sutton.
—Llamaba
para pedirle disculpas.
—No
hace falta...
—Sí
que hace falta, señor Sutton. Usted creyó que me estaba riendo de usted y en
realidad no era así.
—Yo
tenía un aspecto divertido —le dijo él—. Tenía derecho a reírse.
—¿Me
invitará a cenar? —preguntó ella.
—Claro
—dijo Sutton—. Lo haré con mucho gusto.
—Y a
algún otro sitio después —sugirió ella—. Para que sea una gran noche.
—Con
mucho gusto —dijo Sutton.
—Me
reuniré con usted en el vestíbulo a las siete —dijo ella—. Y no llegaré tarde.
La
pantalla se apagó y Sutton permaneció sentado, rígido.
Sería
una gran noche, había dicho ella. Y él temía que estuviera en lo cierto.
Sería
una gran noche, se dijo, hablando consigo mismo, y tendrás suerte si mañana
estás vivo.
X
Adams
permanecía sentado en silencio, frente a los cuatro hombres que habían entrado
en su oficina, intentando descubrir qué podrían estar pensando. Pero sus
rostros llevaban las máscaras cotidianas.
Clark,
el ingeniero de construcción espacial, llevaba en la mano un cuaderno y su
rostro era obstinado y serio. No había fatuidad en Clark... nunca.
Anderson,
anatomista, grande y fuerte, estaba encendiendo su pipa, y, de momento, aquello
le parecía lo más importante del mundo.
Blackburn,
el psicólogo, contemplaba ceñudo la punta brillante de su cigarrillo, y
Shulcross, el experto lingüista, se había dejado caer en su asiento como un
saco vacío.
Habían
descubierto algo, se dijo Adams. Habían descubierto gran cantidad de cosas, y
algunos descubrimientos les habían asombrado.
—Clark
—dijo Adams—, espero que nos pongas al corriente.
—Examinamos
la nave —le dijo Clark—, y descubrimos que no podía volar.
—Pero
lo hizo —dijo Adams—. Sutton regresó en ella.
Clark
se encogió de hombros.
—Pudo
haber usado también un palo. O una piedra. Ambos habrían servido igualmente.
Ambos habrían volado exactamente igual o mejor que ese montón de chatarra.
—¿Chatarra?
—Los
motores estaban destrozados —dijo Clark—. Los automáticos de seguridad eran lo
único que les impedía pulverizarse. Las portillas estaban abolladas, algunas de
ellas rotas. Uno de los tubos había desaparecido. Toda la nave estaba
completamente destrozada.
—¿Quiere
decir que se había combado?
—Había
chocado con algo —declaró Clark—. Con algo fuerte y a gran velocidad. Las
juntas se habían abierto, las planchas estructurales estaban combadas, y todo
el aparato estaba en pésimas condiciones. Aunque uno hubiera podido poner en
marcha los motores, la nave nunca hubiera funcionado. Aun con los tubos en buen
estado, no podría trazarse un curso. Si se le marcaba una dirección, la nave,
sencillamente, se movería en espiral.
Anderson
carraspeó.
—¿Qué
le habría ocurrido a Sutton de estar en la nave cuando chocó?
—Hubiera
muerto —dijo Clark.
—¿Está
seguro de eso?
—Sin
lugar a dudas. Ni siquiera un milagro podría haberle salvado. Todos estamos de
acuerdo en este punto, y así lo demostramos. Elaboramos un diagrama y
utilizamos los factores de fuerza más moderados para demostrar efectos
teóricos...
Adams
interrumpió:
—Pero
él tenía que estar en la nave.
Clark
movió la cabeza obstinadamente.
—Si
estaba en la nave, murió. Nuestro diagrama demuestra que no tuvo ninguna
oportunidad. Si no le mató una fuerza, lo hicieron otras doce.
Los
dos se miraron, casi furiosamente.
Anderson
rompió el silencio.
—¿Intentó
arreglar la nave?
Clark
negó con la cabeza.
—Nada
indica que lo hiciera. No habría tenido sentido intentarlo. Sutton no sabía
nada de mecánica. Nada en absoluto. Yo comprobé eso. No tenía preparación, ni
inclinación natural. Y reparar un motor atómico es tarea para un experto.
Arreglarla, no reconstruirla. Y ésta tendría que haber sido totalmente
reconstruida.
Shulcross
habló por primera vez, suavemente, sosegadamente, sin alterar lo más mínimo su
desmañada postura.
—Quizás
hayamos hecho mal —dijo—, empezando por la mitad. Si empezáramos por el
principio, sentando primero las bases, podríamos tener una mejor idea de lo que
ocurría.
Todos
le miraron, preguntándose qué querría decir.
Shulcross
se dio cuenta de que esperaban que siguiera hablando. Se dirigió a Adams:
—¿Tiene
usted idea del tipo de lugar que puede ser el mundo de Cygni? El lugar al que
fue Sutton.
Adams
sonrió cansinamente.
—No
estamos seguros. Quizás sea muy parecido a la Tierra. Nunca hemos sido capaces
de acercarnos lo suficiente para saberlo. Es el séptimo planeta de Cygni 61.
Podría haber sido cualquiera de los dieciséis planetas del sistema, pero se
calculó matemáticamente que el séptimo planeta era el que tenía más
posibilidades de tener vida.
Hizo
una pausa y recorrió el círculo de rostros. Vio que esperaban que continuara.
—Cygni
61 —dijo—, es casi vecino nuestro. Es uno de los primeros soles que el Hombre
conoció cuando salió del sistema solar. Desde entonces ha sido siempre una
llaga en nuestros costados.
Anderson
sonrió burlonamente.
—Porque
no podemos desentrañarlo.
Adams
asintió.
—Así
es. Un sistema secreto en una galaxia que guarda pocos secretos desde que el
Hombre sale siempre que quiere y se toma la molestia de solucionarlos.
»Hemos
topado con todo tipo de cosas asombrosas, por supuesto. Condiciones planetarias
que, hasta hoy, no hemos vencido. Vida curiosa, peligrosa. Sistemas económicos
y conceptos psicológicos que nos derrotaron y que aún nos dan dolor de cabeza
siempre que pensamos en ellos. Pero al menos siempre podemos ver lo que nos
causa problemas, saber qué es lo que nos derrota. Con Cygni 61 fue diferente.
Ni siquiera podíamos llegar allí.
«Los
planetas siempre están cubiertos de nubes o encubiertos, pues jamás hemos visto
la superficie de uno siquiera de ellos. Y cuando llegas a unos miles de
millones de kilómetros del sistema, empiezas a resbalar —miró a Ciar—. Esa es
la palabra exacta, ¿no?
—No
hay palabra que lo describa —dijo Clark—. Pero resbalar es la más aproximada.
No te ves detenido, ni frenado, sino desviado. Como si la nave hubiera topado
con hielo, aunque debe ser algo más liso que el hielo. Sea lo que sea, no se
registra. No hay señal de ello, nada que uno pueda ver o que cause siquiera la
más ligera fluctuación en los instrumentos, pero se choca contra ello y se
pierde el curso. Lo corriges, y vuelves a perderlo. En los primeros tiempos,
los hombres se volvían locos intentando llegar al sistema y sin poder avanzar
ni un kilómetro más de determinada línea imaginaria.
—Como
si —dijo Adams— alguien hubiera marcado una línea letal alrededor del sistema.
—Algo
así —dijo Clark.
—Pero
Sutton cruzó esa línea —dijo Anderson.
Adams
asintió.
—Sutton
la cruzó —dijo.
—No
me gusta —declaró Clark—. No me gusta nada todo esto. Alguien se desquició por
completo. Nuestras naves son demasiado grandes, decían. Si usáramos naves más
pequeñas podríamos pasar. Como si lo que nos impidiera entrar fuera una red o
algo así.
—Sutton
pasó —dijo Adams tercamente—. No tiene sentido. El mayor o menor tamaño no
tenían nada que ver. Tiene que haber otro factor. Un factor en el que ni
siquiera hemos pensado. Sutton pasó y chocó, y si estaba en la nave cuando
chocó, murió. Pero no pasó porque su nave fuera pequeña, sino por alguna otra
razón.
Los
hombres permanecían sentados, rígidos, pensando, esperando.
—¿Por
qué Sutton? —preguntó por último Anderson.
Adams
respondió sosegadamente:
—La
nave era pequeña. Sólo podíamos enviar un hombre. Elegimos al hombre que según
nuestra opinión podría hacer mejor el trabajo si conseguía entrar.
—¿Y
era Sutton ese hombre?
—Lo
era —dijo Adams, con tono hosco.
Anderson
dijo amistosamente:
—Bueno,
al parecer, lo era. Atravesó la línea.
—O
le hicieron atravesarla —dijo Blackburn.
—No
necesariamente —objetó Anderson.
—La
cosa sigue —afirmó Blackburn—. ¿Por qué queríamos entrar en el sistema de Cygni
61? Para descubrir si era peligroso. Esa era la idea, ¿verdad?
—Esa
era la idea —convino Adams—. Todo lo desconocido es potencialmente peligroso.
No puedes subestimarlo hasta no estar seguro. Las instrucciones de Sutton eran
éstas: descubrir si Cygni 61 es peligroso.
—Y a
mayor abundamiento, ellos querrían saber de nosotros —dijo Blackburn—. Habíamos
estado espiándoles y molestándoles durante miles de años. Tenían que desear
saber de nosotros tanto como nosotros de ellos.
Anderson
asintió.
—Entiendo
lo que quiere decir. Se arriesgarían con un hombre, si es que podían arrastrar
a uno, pero no dejarían que una nave totalmente armada y toda una muchedumbre
se acercaran peligrosamente.
—Exactamente
—dijo Blackburn.
Adams
les interumpió bruscamente. Dijo a Clark:
—Habló
usted de abolladuras. ¿Eran recientes?
Clark
meneó la cabeza.
—Yo
diría que de hace veinte años. Hay gran cantidad de herrumbre. Parte de la
instalación eléctrica está corroída.
—Supongamos
entonces que Sutton —dijo Blackburn—, por algún milagro, tenía los
conocimientos precisos para arreglarla. Aun en tal caso, habría necesitado
materiales.
—Y
muchos —dijo Clark.
—Los
cygnianos podrían habérselos proporcionado —sugirió Shulcross.
—Si
es que hay cygnianos —dijo Anderson.
—No
creo que pudieran —declaró Blackburn—. Una raza que se oculta tras una pantalla
no puede estar mecanizada. Si conocieran la mecánica, saldrían al espacio en
vez de protegerse del espacio. Yo diría que los cygnianos no están mecanizados.
—Pero
la pantalla... —sugirió Anderson. —No tiene por qué ser mecánica —dijo
escuetamente Blackburn.
Clark
se palmeó la rodilla.
—¿Qué
sentido tiene toda esta especulación? Sutton no reparó esa nave. La trajo de
vuelta, de algún modo, sin repararla. Ni siquiera intentó arreglarla. Hay capas
de polvo por todas partes y ni rastro de una llave inglesa.
Shulcross
se inclinó hacia adelante.
—Hay
algo que no entiendo —dijo—. Dice Clark que algunas de las portillas estaban
rotas. Eso significa que Sutton navegó once años-luz expuesto al espacio.
—Utilizó
un traje —dijo Blackburn.
Clark
dijo, sosegadamente:
—No
había ningún traje.
Recorrió
la habitación, con una mirada, como si temiera que pudiera estar escuchando
alguien, además de ellos.
Bajó
la voz.
—Y
eso no es todo. No había ni alimentos, ni agua.
Anderson
golpeó la pipa contra la palma de la mano y el sonido hueco resonó en la
estancia. Cuidadosamente, deliberadamente, casi como si se obligara a
concentrarse en ello, echó la ceniza de su mano al cenicero.
—Puede
que yo tenga la respuesta a eso —dijo—. Al menos una pista. Queda aún mucho
trabajo por hacer antes de que tengamos la respuesta. E incluso entonces, no
podremos estar seguros.
Se
sentó rígido en su asiento, consciente de que todos tenían los ojos fijos en
él.
—No
sé si decir lo que estoy pensando —dijo.
Todos
guardaron silencio.
El
reloj de la pared marcaba los segundos.
Por
la ventana abierta, les llegó el susurro distante de una cigarra que cantaba en
la quietud de la tarde.
—Yo
creo —dijo Anderson— que ese hombre no es humano.
El
reloj siguió marcando los segundos. La cigarra gritaba al silencio.
Finalmente,
Adams habló:
—Pero
las huellas dactilares corresponden, y también las oculares.
—Oh,
es Sutton, desde luego —admitió Anderson—. De eso no cabe duda. Sutton en lo
externo. Sutton en la carne. El mismo cuerpo, o al menos parte del mismo
cuerpo, que dejó la Tierra hace veinte años.
—¿Qué
están insinuando? —preguntó Clark—. Si es el mismo, es humano.
—Coged
una vieja nave espacial —dijo Anderson— y reforzadla. Añadid un artilugio aquí
y otro allá, eliminad una cosa, modificad otra. ¿Qué obtendréis?
—Un
trabajo de reconstrucción —dijo Clark.
—Esa
es exactamente la frase que yo quería oír —les dijo Anderson—. Algo o alguien
ha hecho lo mismo con Sutton. Él es un trabajo de reconstrucción. Y es el mejor
trabajo que jamás he visto. Tiene dos corazones y el enredo de su sistema
nervioso... bueno, no exactamente enredo, pero es diferente. Evidentemente no
humano. Y tiene un sistema circulatorio extra. Bueno, no un sistema
circulatorio sino algo que lo parece. Pero que no está conectado con el
corazón. En este justo momento, diría yo, no está siendo utilizado. Como un
sistema de reserva. Un sistema empieza a fallar y puedes conectar el de reserva
mientras arreglas el primero.
Anderson
guardó su pipa y empezó a frotarse las manos como si se las estuviera lavando.
—Bueno,
entonces —dijo—, ya lo han descubierto ustedes.
Blackburn
dijo bruscamente:
—Pero
parece imposible.
Anderson
parecía no haberle oído, y, sin embargo, fue quien le contestó.
—Estuvimos
observando a Sutton durante casi un hora. Lo analizamos, fotografiamos y
grabamos centímetro a centímetro. Lleva bastante tiempo analizar un trabajo
como ése. Aún no hemos terminado.
—Pero
fracasamos en una cosa. Utilizamos un psiconómetro y no obtuvimos absolutamente
nada: ni una vibración, ni un pensamiento. Ni siquiera una filtración. Su mente
estaba cerrada, herméticamente cerrada.
—Algún
defecto en el medidor —sugirió Adams.
—No
—dijo Anderson—. Ya lo verificamos. El psiconómetro estaba en perfectas
condiciones.
Fue
recorriendo los rostros de los presentes, uno a uno.
—Quizás
no comprenden ustedes la implicación —les dijo—. Cuando un hombre está drogado,
o profundamente dormido, o cuando por cualquier otra razón está inconsciente,
el psiconómetro extrae todo su interior. Descubre cosas que su yo consciente
juraría que el sujeto desconoce. Incluso en el caso de que un hombre luche
contra ello, hay alguna filtración y esa filtración se amplía cuando cesa su
resistencia mental.
—Pero
no funcionó así con Sutton —dijo Shulcross.
—Eso
es. Con Sutton no funcionó. Y yo les digo que ese hombre no es humano.
—¿Y
cree usted que es lo bastante distinto, físicamente, como para poder vivir en
el espacio, vivir sin agua ni alimentos?
—No
lo sé —contestó Anderson.
Se
pasó la lengua por los labios y recorrió con mirada fija la habitación, como si
buscara alguna salida.
—No
lo sé —repitió—. Sencillamente no lo sé.
Adams
habló calmosamente:
—Lo
alienígena no es nada extraño para nosotros. Puede que lo fuera para los
primeros humanos que salieron al espacio. Pero actualmente...
Clark
le interrumpió con impaciencia:
—Lo
alienígena concretamente no es lo que me preocupa. Pero cuando un hombre se
convierte en alienígena...
Se
atragantó. Recurrió a Anderson:
—¿Cree
usted que es peligroso?
—Posiblemente
—contestó Anderson.
—Aun
en el caso de que lo fuera, poco daño podría hacernos a nosotros —les dijo
Adams con calma—. El lugar en el que se encuentra está absolutamente vigilado y
controlado.
—¿Y
los informes? —preguntó Blackburn.
—Sólo
cosas generales. Nada específico. Parece ser que se lo toma con calma. Recibió
algunas llamadas. Hizo una o dos él. Recibió una visita o dos.
—Sabe
que le están vigilando —dijo Clark—. Está actuando.
—Ha
corrido el rumor —dijo Blackburn—, de que Benton le ha desafiado.
Adams
asintió.
—Sí.
Así es. Adams intentó rechazar el desafío. Eso no resulta propio de alguien
peligroso.
—Quizás
—especuló Clark, casi esperanzadamente—, Benton cierre este caso por nosotros.
Adams
sonrió débilmente.
—Creo
que puede ser que Ash haya pasado la tarde preparándole una jugada sucia a
nuestro señor Benton.
Anderson
había sacado la pipa del bolsillo y estaba cargándola de nuevo. Clark buscaba a
tientas un cigarrillo.
Adams
miró a Shulcross.
—¿Tiene
usted algo más que decir, señor Shulcross?
El
experto en idiomas asintió.
—Pero
no es demasiado alentador. Abrimos la cartera de Sutton y encontramos un
manuscrito. Lo fotocopiamos y volvimos a colocarlo exactamente como estaba.
Pero hasta ahora no nos ha servido de nada. No podemos leer ni una sola
palabra.
—Algún
código secreto —dijo Blackburn.
Shulcross
movió la cabeza.
—Si
fuera eso, nuestros robots lo habrían descifrado. En una o dos horas. Pero no
se trata de un código secreto. Es un idioma. Y hasta no obtener una clave, no
se puede descifrar ningún idioma.
—Naturalmente,
lo ha verificado usted.
Shulcross
sonrió con displicencia.
—Hasta
los antiguos idiomas terrestres... hasta el babilónico y el cretense.
Comprobamos y verificamos todos los lenguajes de la galaxia. Ninguno de ellos
se le parece.
—Idioma
—dijo Blackburn—. Un nuevo idioma. Eso significa que Sutton descubrió algo.
—Sutton
podría haberlo hecho —dijo Adams—. Es mi mejor agente.
Anderson
se agitó inquieto en su asiento.
—¿Le
agrada a usted Sutton? —preguntó—. ¿Siente simpatía personal por él?
—Así
es —respondió Adams.
—Adams
—dijo Anderson—. He estado pensando. Hay algo que me resulta extraño desde el
principio.
—Sí,
¿qué es?
—Sabía
usted que Sutton iba a regresar. Sabía casi el minuto exacto en que llegaría. Y
le preparó una ratonera. ¿Cómo lo sabía?
—Sólo
presentimiento —dijo Adams.
Durante
un largo instante, los cuatro hombres le miraron fijamente. Luego comprendieron
que él no quería decir nada más. Se levantaron para salir de la habitación.
XI
Flotaba
en toda la habitación, cargada de nerviosismo, la risa de una mujer.
Las
luces cambiaron del azul oscuro de abril al gris púrpura de la demencia, y la
estancia era otro mundo que flotaba en una quietud que no era exactamente
silencio. Una brisa perfumada rozó con toque helado su mejilla... aquel perfume
traía a la mente orquídeas negras en una tierra extraña de desalentado terror.
El
suelo se movía bajo los pies de Sutton, que sentía el pequeño puño de Eva
hundiéndose en su brazo...
El
Zag les habló, y sus palabras eran sonidos huecos y muertos que surgían de un
pellejo momificado.
—¿Qué
es lo que deseáis? Aquí vivís las vidas por las que suspiráis... halláis
cualquier salida que podáis buscar... poseéis las cosas que soñáis.
—Hay
una corriente —dijo Sutton—. Un riachuelo que corre...
La
luz cambió a verde, un verde fantasmal que brillaba con suave y quieta vida,
vida exuberante y primaveral y la sugerencia de cosas venideras, y había
árboles, árboles orlados y aureolados con el verde brillante y soleado de los
primeros brotes.
Sutton
movió rápidamente los pies y notó bajo ellos la hierba, la primera hierba
tierna de la primavera, y percibió el olor de los tréboles dorados y de las
tormentillas que apenas olían... y el aroma más fuerte de las clavelinas que
florecían en la loma, al otro lado del riachuelo.
«Es
demasiado pronto para que las clavelinas florezcan», se dijo.
El
riachuelo murmuraba ante él mientras corría hacia el Gran Agujero, y se
apresuró a través de la hierba del prado, sujetando fuerte con una mano la caña
y llevando en la otra el bote de los gusanos.
Un
azulejo centelleó entre los árboles que se alzaban en la pradera y un petirrojo
lanzó su trino desde la copa del gran olmo que crecía sobre el Gran Agujero.
Sutton halló en la orilla el viejo lugar que semejaba un asiento, con el tronco
del olmo haciendo de respaldo; se sentó allí y se inclinó para escudriñar el
agua. La corriente fluía vigorosa, oscura y profunda, arremolinándose al
acariciar la ribera más alta, gorgoteando y sorbiendo con tal fuerza que
formaba pequeñas ollas de agua.
Sutton
inspiró y contuvo el aliento con acorralada ansiedad. Con manos temblorosas
buscó el gusano más grande y lo sacó del bote, colocándolo en el anzuelo.
Arrojó
el anzuelo al agua, jadeante, ladeó la caña frente a sí para manejarla
fácilmente. El anzuelo derivó hacia los remolinos de agua, flotó en un remanso
donde la corriente se volvía sobre sí misma. Dio un tirón, desapareció, luego
salió bruscamente a la superficie y volvió a flotar.
Sutton
se inclinó hacia adelante, nervioso, con las manos doloridas por la tensión.
Pero a través del nerviosismo percibía la bondad de aquel día... la paz y la
tranquilidad totales... la frescura de la mañana, la calidez del sol, el azul
del cielo y el blancor de las nubes. El agua le habló y él se sintió crecer y
convertirse en un ser que comprendía y formaba parte del límpido y blanco
éxtasis que eran colinas, corriente, pradera... tierra, nubes, agua, cielo y
sol.
¡La
caña se inclinó con fuerza!
Dio
un tirón y sintió el peso del pez que había pescado. Formó en el aire un arco,
pasando sobre él y aterrizó detrás, en la hierba. Dejó la caña, se levantó y
echó a correr.
El
pez aleteaba sobre la hierba y él cogió la cuerda y lo alzó. ¡Era enorme!
¡Medía por lo menos quince centímetros!
Jadeando
en su nerviosismo, cayó de rodillas y cogió el pez, quitando el anzuelo con
dedos torpes y temblones.
Uno
de quince centímetros para empezar, se dijo, hablando al cielo y al arroyo y a
la pradera. Tal vez todos los que coja sean igual de grandes. Tal vez llegue a
coger hasta un docena y todos midan quince centímetros. Tal vez alguno sea
incluso mayor. Tal vez...
—Hola
—dijo una voz infantil.
Sutton
se volvió, aún de rodillas.
Junto
al olmo había una muchachita a quien, por un momento, le pareció haber visto ya
en algún sitio. Pero comprendió luego que era una extraña y frunció el ceño,
pues cuando se trataba de pescar las chicas no eran buenas. Esperó que no se
quedara. No haría más que estar por allí haraganeando y estropearle el día.
—Soy...
—dijo ella, pronunciando un nombre que él no cogió, pues ceceaba un poco.
No
le contestó.
—Tengo
ocho años —dijo ella.
—Yo
soy Asher Sutton —le dijo él—. Y tengo diez... casi once.
Ella
se quedó mirándole, agarrando nerviosamente el delantal floreado que llevaba.
—Estoy
pescando —dijo él, e intentó con todas sus fuerzas evitar que sonara a
demasiado importante—. Y acabo de pescar uno grandísimo.
Vio
que ella abría súbitamente los ojos en gesto aterrado, al fijarse en algo que
venía por detrás de él, y él se volvió, de pie ya, y su mano serpenteó en el
bolsillo de su chaqueta.
El
lugar era gris-púrpura y se oía una estridente risa de mujer, y frente a él
había un rostro... un rostro que él había visto aquella tarde y que jamás
olvidaría.
Un
rostro rechoncho y fino, que incluso ahora reflejaba cordialidad, a pesar de la
mirada fulminante, a pesar del arma que ya blandía un puño velludo y regordete.
Sutton
sintió sus dedos oprimiendo el arma que llevaba, los sintió cerrarse sobre ella
y sacarla del bolsillo. Pero, lo sabía, era demasiado tarde para evitar la
llamarada de un arma que se había puesto en marcha hacía largos segundos.
La
ira ardió en su interior, una fría ira, desolada y mortal. Ira por el puño
regordete, por la cara sonriente... aquel rostro que sonreía ante un tablero de
ajedrez o tras un arma. La sonrisa de un ególatra que intentaría vencer a un
robot diseñado para jugar perfectamente al ajedrez... un ególatra que creía que
podía matar a Asher Sutton.
Comprendió
que la ira era algo más que ira... algo más grande y más devastador que la mera
actividad de la adrenalina humana. Era parte de él y algo que era más que él,
más que la cosa mortal de carne y sangre que era Asher Sutton. Una cosa
terrible extraída de no humanidad.
El
rostro que tenía ante sí se disolvió... o pareció disolverse. Cambió, y la
sonrisa desapareció, y Sutton sintió que la ira salía de su cerebro y que
disparaba de golpe contra la marchita personalidad que era Geoffrey Benton.
El
arma de Benton tosió con fuerza y escupió rojo sangre a la luz púrpura.
Después, Sutton sintió el sonido sordo de su propia arma contra su muñeca,
golpeando la palma de su mano cuando apretó el gatillo.
Benton
caía, torciéndose hacia adelante, doblándose por la mitad como si tuviera
bisagras en el estómago, y Sutton captó una expresión del rostro teñido de
púrpura antes de perderse de vista y quedar como amontonado en el suelo. Había
sorpresa y angustia, y un miedo sin límites reflejados en aquellos rasgos que
se habían deformado y que ya no eran humanos.
El
estrépito de las armas había sumido el lugar en silencio, y entre la
deslumbrante luz en la que el humo de la pólvora se arremolinaba, Sutton vio
las burbujas blancas de muchos rostros que le miraban. Rostros en su mayoría
sin expresión alguna, aunque algunos tenían bocas y las bocas estaban
completamente abiertas.
Sintió
que le tiraban del codo y se movió, dejándose guiar por la mano que sujetaba su
brazo. Súbitamente se sintió débil y agitado y la ira ya no existía, y se dijo:
«He matado a un hombre».
—Deprisa
—dijo la voz de Eva Armour—. Tenemos que salir de aquí. Todos ellos van a
acorralarte ahora. Toda la maldita jauría.
—Eras
tú —le dijo él—. Ahora recuerdo. No entendí tu nombre al principio. Lo
farfullaste... o supuse que ceceabas y no lo oí.
La
muchacha le tiró del brazo.
—Condicionaron
a Benton. Imaginaron que era todo cuanto necesitaban. No soñaron siquiera que
pudieras igualarle en un duelo.
—Tu
eras la muchachita —le dijo Sutton, con seriedad—. Llevabas un delantal de
flores y lo retorcías como si estuvieras nerviosa.
—Por
amor de Dios, ¿de qué estás hablando?
—Bueno,
yo estaba pescando —dijo Sutton—, y acababa de coger uno grande cuando llegaste
tú...
—Estás
loco —dijo la chica—. Nunca estuviste pescando.
Abrió
una puerta y le empujó fuera, y el aire frío de la noche le golpeó en la cara.
—Espera
un segundo —gritó él. Se volvió y sujetó con fuerza los brazos de la muchacha.
—¿Ellos?
—le gritó—. ¿De qué estás hablando? ¿Quiénes son ellos?
Ella
le miraba con los ojos muy abiertos.
—¿Quieres
decir que no lo sabes?
Él
meneó la cabeza, aturdido.
—Pobre
Ash —dijo ella.
Su
cabello cobrizo era una llama roja, vivo y bruñido a la luz vacilante del
letrero que se encendía y apagaba sobre la fachada de Casa Zag:
SUEÑOS
POR ENCARGO
Viva
la vida que perdió
Le
proporcionaremos una vida increíble.
Un
portero androide les habló con suavidad:
—¿Desea
un coche, señor?
Cuando
aún hablaba, el coche ya estaba allí, deslizándose suave y silenciosamente por
el camino como un escarabajo negro surgiendo de la noche. El portero tendió una
mano y abrió la portezuela.
—Rápido
es la palabra —dijo.
Había
algo en su tono suave y de urgencia que hizo moverse a Sutton. Entró en el
coche y tiró de Eva para que entrara también. El androide cerró la puerta.
Sutton
pisó con fuerza el acelerador y el coche rugió hacia la autopista, vociferando
con impaciencia al tomar la larga carretera hacia las colinas.
—¿Adónde?
—preguntó Sutton.
—Regresamos
al hotel —dijo ella—. No se atreverán a buscarte allí Tu habitación está llena
de cámaras ocultas.
Sutton
rió entre dientes.
—He
de tener cuidado o tropezaré con ellas. ¿Pero cómo lo sabes tú?
—Mi
trabajo es saber.
—¿Amiga
o enemiga? —le preguntó él.
—Amiga
—contestó ella.
Volvió
la cabeza y la observó. Estaba hundida en el asiento y era una muchachita...
pero no llevaba un delantal floreado ni estaba nerviosa.
—¿He
de suponer que no sacaría nada haciéndote preguntas?
Ella
movió la cabeza.
—Si
lo hiciera, seguramente me mentirías.
—Sí,
si quisiera hacerlo —dijo ella.
—Podría
sacártelo a la fuerza.
—Podrías,
pero no lo harás. Mira, Ash, te conozco muy bien.
—Si
me conociste ayer.
—Ya
lo sé —dijo ella—. Pero he estado estudiándote desde hace veinte años.
Él
rió.
—No
has pensando en mí en absoluto. Simplemente...
—Y,
Ash.
—¿Sí?
—Creo
que eres maravilloso.
Le
echó una rápida mirada. Seguía hundida en el asiento y el viento movía un
mechón de su pelo cobrizo sobre su cara... y su cuerpo era delicado y su rostro
esplendoroso. Y sin embargo, pensó él, y sin embargo...
—Eres
muy amable al decirme eso —le dijo—. Podría besarte por ello.
—Puedes
besarme, Ash —le dijo ella—, siempre que quieras hacerlo.
Tras
un momento de sobresalto, aminoró la marcha del coche y lo hizo.
XII
Por
la mañana, cuando Sutton estaba terminando de desayunar, llegó el baúl.
Era
viejo y estaba abollado, su antiguo forro de cuero estaba todo rasgado dejando
al descubierto el dañado esqueleto de acero cubierto aquí y allá de herrumbre.
La llave estaba en la cerradura y las correas estaban rotas. Los ratones habían
roído completamente la piel en uno de los lados.
Sutton
lo recordó... era el baúl que estaba siempre en el rincón del fondo del desván
cuando él era niño y en las tardes lluviosas iba allí a jugar.
Recogió
el ejemplar limpiamente doblado de la edición matinal de Prensa Galáctica que
le habían llevado con la bandeja del desayuno, y lo desplegó.
Buscaba
una nota que encontró en primera página. La tercera de la columna de noticias
terrestres:
El
señor Geoffrey Benton resultó muerto la pasada noche en un encuentro informal
en uno de los centros de diversión del distrito universitario. Fue vencedor el
señor Asher Sutton, que había regresado ayer de una misión en Cygni 61.
Había
una última frase, la peor que podría escribirse sobre un duelista:
El
señor Benton disparó primero y falló.
Sutton
volvió a doblar el periódico y lo dejó cuidadosamente sobre la mesa. Encendió
un cigarrillo. Pensé que sería yo, se dijo. Jamás usé un arma como ésa... casi
ni sabía que existiera un arma así. Aunque había leído sobre ellas. Pero a mí
no me interesan los duelos, y los duelistas, coleccionistas y anticuarios son
los únicos que conocerían un arma antigua.
Desde
luego, yo realmente no le maté. Benton mismo se mató. Si no hubiera fallado (y
no había excusa para fallar), el periódico de hoy habría informado a la
inversa:
El
señor Asher Sutton resultó muerto la pasada noche en un encuentro...
Haremos
que sea una gran noche, había dicho la muchacha, y ella debía de saber.
Cenaremos y haremos de ésta una gran noche. Será una gran noche y Geoffrey
Benton te matará en Casa Zag.
Sí,
se dijo Sutton, ella debía de saber. Sabía demasiadas cosas. Sobre las cámaras
ocultas de su habitación, por ejemplo. Y sobre alguien que había condicionado a
Benton para que me desafiara y me matara.
Dijo
«amiga» cuando le pregunté si era amiga o enemiga, pero una palabra es algo muy
fácil. Todo el mundo puede pronunciar una palabra y no hay forma alguna de
saber si es verdadera o falsa.
Dijo
que me había estudiado durante veinte años y eso es falso, por supuesto, pues
hace veinte años yo salí para Cygni 61 y no era importante. Era sólo un
engranaje más de una gran máquina. Y sigo sin ser importante para nadie excepto
para mí mismo y para una gran idea que ningún humano excepto yo puede conocer.
Pues no importa que el manuscrito fuera fotocopiado, no existe ni un alma que
pueda leerlo.
Ella
dijo «amiga» cuando le pregunté si era amiga o enemiga. Y ella sabía que Benton
había sido condicionado para que me desafiara y me matara. Y me llamó por
teléfono y concertó una cita para cenar conmigo.
Y
las palabras son algo fácil de decir. Pero hay otras cosas además de las
palabras, en las que no es tan fácil ocultar la verdad... la forma en que
sentía sus labios bajo los míos, la ternura de las yemas de sus dedos
recorriendo la mejilla.
Dejó
el cigarrillo, se levantó y se encaminó hacia el baúl. La cerradura estaba
oxidada y era difícil girar la llave, pero al fin lo consiguió y alzo la tapa.
El
baúl estaba medio lleno de papeles, cuidadosamente ordenados. Mirando los
papeles, Sutton rió entre dientes. Buster fue siempre un individuo metódico.
Era la naturaleza de ellos. Metódicos y... ¿qué era lo que había dicho
Herkimer? Obstinados, eso era. Metódicos y obstinados.
Se
agachó junto al baúl y revolvió entre los papeles. Antiguas cartas, limpiamente
atadas en fajos. Un cuaderno de su época de estudiante. Un paquete de
documentos que seguramente estaban caducados. Un álbum lleno de recortes que no
habían llegado a pegarse. Un álbum medio lleno de una colección barata de
sellos.
Se
acuclilló y fue pasando las hojas del álbum amorosamente, recordando la
infancia. Sellos baratos porque no había tenido dinero para comprarlos mejores.
Llamativos porque le atraían. Casi todos en malas condiciones, pero en una
época le habían parecido maravillosos.
La
manía de los sellos, recordó, había durado dos años... tres a lo sumo. Había
escudriñado catálogos, había negociado, había comprado paquetes baratos,
aprendido la extraña jerga de los aficionados... perforado, no perforado,
sombras, filigranas, talla.
Sonrió
ante la dicha del recuerdo. Había sellos que había deseado y que nunca pudo
tener, y había estudiado sus ilustraciones hasta sabérselas de memoria. Desvió
la cabeza y miró fijamente la pared intentando recordar cómo eran algunos, pero
no lo recordaba. Lo que había sido sumamente importante una vez, había quedado
sepultado por cincuenta años de otros asuntos sumamente importantes.
Dejó
a un lado el álbum y volvió al baúl.
Más
cuadernos y cartas. Recortes sueltos. Una llave de curioso aspecto. Un hueso
muy mordido que seguramente en un tiempo habría sido propiedad y solaz de algún
muy querido aunque ahora olvidado perro familiar.
Desperdicios,
dijo Sutton. Buster podría haberlo quemado sin más.
Dos
periódicos antiguos. Una banderola apolillada. Una voluminosa carta que jamás
había sido abierta.
Sutton
la colocó sobre todo lo demás que había sacado del baúl, luego vaciló, tendió
la mano y volvió a cogerla.
Aquel
sello parecía extraño. El color, en primer lugar.
El
recuerdo resonó en su cerebro y vio el sello de nuevo. Lo vio tal como lo había
visto cuando era un muchacho... no el sello mismo, por supuesto, sino una
ilustración de aquel sello en un catálogo.
Se
inclinó sobre la carta, y emitió un súbito y jadeante suspiro. El sello era
antiguo... increíblemente antiguo y... valiosísimo, válgame Dios, ¿cuánto
valdría?
Intentó
descifrar el matasellos, pero se había borrado con el tiempo y era difícil.
Se
levantó lentamente y llevó la carta a la mesa, se inclinó sobre ella, tratando
de descifrar el nombre de la población.
BRIDGEP—
WIS.
Bridgeport,
quizás. ¿Y Wis? Algún antiguo estado, tal vez. Alguna división política perdida
en la bruma del tiempo.
Julio—
198.
Julio,
1980. ¡Algo así!
¡Hacía
seis mil años!
Las
manos de Sutton temblaban.
Una
carta sin abrir, enviada al correo hacía sesenta siglos, arrojada entre aquel
montón de desperdicios, junto a un hueso roído y a una curiosa llave.
Una
carta sin abrir... y con un sello que valía una fortuna.
Sutton
volvió a leer el matasellos. Bridgeport, Wis. Julio, Parecía el 11... 11 de
julio, 198—. El otro número correspondiente al año estaba demasiado borroso
para descifrarlo. Tal vez pudiera hacerlo con una buena lente.
La
dirección, borrosa, aunque aún legible, decía:
Sr.
John H. Sutton
Bridgeport
Wisconsin
Así
que Wis era eso: Wisconsin.
Y el
nombre era Sutton.
¿Qué
había dicho el abogado androide de Buster? Un baúl lleno de papeles familiares.
Tendré
que buscar en la geografía histórica, pensó Sutton. Tendré que averiguar dónde
estaba exactamente Wisconsin.
¿Pero
John Sutton? John H. Sutton. Esa era otra cuestión. Simplemente otro Sutton.
Uno que había estado oculto todos esos años. Un hombre que olvidaba a veces
abrir su correspondencia.
Sutton
giró la carta y examinó el sobre. No había señal alguna de que hubiera sido
abierto. El pegamento se había resecado con el tiempo y al pasar la uña por una
esquina se desprendió una pequeña nube de polvo. Vio que el papel era muy
frágil y tendría que manejarlo cuidadosamente.
Un
baúl lleno de papeles familiares, había dicho el androide Wellington cuando
entró en la estancia y se sentó muy estirado en el borde de la silla y colocó
afectadamente el sombrero sobre la mesa.
Y
era realmente un baúl lleno de desperdicios. Huesos y herramientas, y
sujetapapeles y recortes. Viejos cuadernos y cartas y una carta que habían
echado al correo hacía seis mil años y que nunca habían abierto.
¿Sabría
Buster de aquella carta...? Mientras se formulaba esta pregunta, Sutton
comprendió que Buster sabía.
Y
había intentado ocultarlo... y lo había conseguido.
La
había tirado a aquel cajón de sastre sabiendo perfectamente que la
encontrarían, pero no el hombre al que iba dirigida. Pues se había pretendido
deliberadamente quitar importancia al baúl. Estaba viejo y estropeado y la
llave estaba en la cerradura, lo cual indicaba: no hay nada importante dentro,
aunque, si quieres perder el tiempo, bueno, adelante, mira. Y si alguien había
mirado, aquel batiburrillo le habría parecido exactamente lo que era... con la
única excepción de su incalculable valor sentimental.
Sutton
tendió un dedo y tocó la voluminosa carta que estaba sobre la mesa.
John
H. Sutton, un antepasado alejado seis mil años. Su sangre corre en mis venas,
aunque muchas veces diluida. Pero fue un hombre que vivió y respiró y comió y
murió, que vio amanecer en las verdes colinas de Wiscon-in... si Wisconsin
tiene colinas, dondequiera que esté.
Sintió
el calor del verano y tiritó con el frío del invierno. Leyó los periódicos, y
habló de política con los vecinos. Se preocupó por muchas cosas, a la vez
grandes y pequeñas, y la mayoría serían insignificantes, como suelen ser
siempre las inquietudes.
Fue
a pasear al río, a pocos kilómetros de su casa, y tal vez matara el tiempo en
su jardín en sus últimos años, cuando ya no tenía otra cosa que hacer.
Un
hombre como yo, aunque habría diferencias insignificantes. El tendría un
apéndice vermicular que tal vez le causara problemas. Tendría muelas del
juicio, que también le habrían causado problemas. Y tal vez muriera a los
ochenta años, o poco después, aunque también pudo haber muerto mucho antes. Y
cuando yo tenga ochenta años, pensó Sutton, estaré entrando en la flor de la
juventud.
Pero
tendría sus compensaciones. John H. Sutton habría vivido más ligado a la
Tierra, pues la Tierra era todo lo que él tenía. No se habría visto inundado
por la psicología alienígena, y la Tierra sería entonces un lugar vivo en vez
de un centro de gobierno, donde no crece nada de valor económico ni gira una
sola rueda con un fin económico. Habría elegido el trabajo que deseaba hacer
entre todo el amplio campo de tentativas humanas en vez de verse obligado a
realizar un trabajo gubernamental, a la tarea de gobernar una insignificante
zona del imperio galáctico.
Y,
en algún lugar ahora desaparecido, hubo otros Sutton antes que él, y después
que él, también perdidos, muchos otros Sutton. La cadena de la vida
prolongándose de una generación a otra, sin que ninguno de los eslabones se
destacara, excepto algún que otro eslabón que uno ve por accidente. Por el
accidente de la historia, o el accidente del mito, o el accidente de no abrir
una carta.
El
timbre de la puerta sonó y Sutton, sobresaltado, se guardó la carta en el
bolsillo interior de la chaqueta.
—Adelante
—dijo.
Era
Herkimer.
—Buenos
días, señor —dijo.
Sutton
le miró furioso.
—¿Qué
quiere? —le preguntó.
—Le
pertenezco —repuso Herkimer suavemente—. Soy parte de su tercio de la propiedad
de Benton.
—Mi
tercio... —entonces recordó.
Así
lo establecía la ley. Quien mataba a otro en duelo, heredaba un tercio de las
propiedades del hombre muerto. Esa era la ley... una ley que él había olvidado.
—Espero
que no tenga inconveniente —dijo Herkimer—. Tengo buen carácter y aprendo con
rapidez y me gusta trabajar. Puedo cocinar y coser y hacer mandados y puedo
leer y escribir.
—Y
espiarme para dar informes sobre mí.
—Oh
no, jamás haría algo así.
—¿Por
qué no?
—Por
que es usted mi dueño.
—Ya
veremos —dijo Sutton con acritud.
—Pero
yo no soy todo —dijo Herkimer—. Hay otras cosas. Hay un asteroide, un asteroide
lleno de la mejor caza, y una nave espacial. Pequeña, bien es verdad, pero muy
útil. Y hay varios miles de dólares y una finca en la costa oeste y algunas
acciones de desarrollo planetario y muchas otras cosas, demasiadas para
enumerarlas.
Herkimer
hurgó en su bolsillo y extrajo un cuaderno de notas.
—Las
he escrito por si quiere usted que se las lea.
—Ahora
no —dijo Sutton—. Tengo trabajo que hacer.
Herkimer
se animó.
—Algo
que yo podría hacer, sin duda. Algo en lo que podría ayudarle.
—No
—dijo Sutton—. Voy a ir a ver a Adams.
—Podría
llevarle su cartera. Esa de ahí.
—No
voy a llevar la cartera.
—Pero
señor...
—Siéntese,
junte las manos y espere a que yo vuelva.
—Me
pondré a revolver —advirtió el androide—. Sé que lo haré.
—Está
bien. Hay algo que pude hacer. Esa cartera que mencionó. Puede vigilarla.
—Sí
señor —dijo Herkimer, claramente disgustado.
—Y
no pierda el tiempo intentando leer lo que hay en ella —dijo Sutton—. No podrá
hacerlo.
—Oh
—dijo Herkimer, aún más contrariado.
—Hay
otra cosa. En este hotel vive una muchacha que se llama Eva Armour. ¿Sabe algo
de ella?
Herkimer
negó con un gesto.
—Pero
tengo una prima...
—¿Una
prima?
—Sí.
Una prima. La hicieron en el mismo laboratorio que a mí y por eso es mi prima.
—Tendrá
cantidad de primos, entonces.
—Sí
—dijo Herkimer—. Muchos miles. Y nos mantenemos muy unidos. Que —dijo
santurronamente— es como deberían mantenerse las familias.
—¿Y
cree que esa prima podría saber algo?
Herkimer
asintió.
—Trabaja
en el hotel. Podrá decirme algo.
Cogió
una octavilla de un montón que había sobre la mesa.
—Veo,
señor —dijo—, que le han cogido.
—¿De
qué está hablando ahora? —preguntó irritado Sutton.
—Los
de la Liga de la Igualdad —dijo Herkimer—. Están siempre esperando que aparezca
alguien importante. Tienen una solicitud.
—Sí
—dijo Sutton—. Dijeron algo de una solicitud. Querían que yo la firmara.
—¿Y
no la firmó, señor?
—No
—dijo Sutton, secamente.
Miró
con fijeza a Herkimer y dijo bruscamente:
—Usted
es un androide. Suponía que simpatizaría con ellos.
—Señor
—dijo Herkimer—, podrían hacerlo bien, pero lo hacen todo mal. Piden caridad
para nosotros, piden piedad para nosotros. No queremos caridad ni piedad.
—¿Qué
es lo que quieren?
—Consideración
de humanos iguales —dijo Herkimer—. Pero que tal consideración se base en
nuestros méritos, que no sea una concesión especial, ni tolerancia humana.
—Entiendo
—dijo Sutton—. Creo que lo entendí cuando me cogieron en el vestíbulo. Pero no
fui capaz de expresarlo en palabras...
—Es
así, señor— dijo Herkimer—: la raza humana nos ha hecho. Eso es lo irritante.
Nos hicieron exactamente con el mismo espíritu con que un labrador alimenta a
su ganado. Nos hacen con un fin y nos utilizan para ese fin. Pueden ser amables
con nosotros, pero tras su bondad hay piedad. No nos permiten hacer hincapié en
nuestros propios talentos. No tenemos aspiraciones inherentes a los derechos
básicos de la humanidad. Nosotros...
Hizo
una pausa y el brillo de sus ojos se apagó y su rostro se suavizó.
—Le
estoy aburriendo, señor —dijo.
Sutton
habló con agudeza.
—Estoy
de su parte en este asunto, Herkimer. No lo olvide. Soy su amigo y lo demostré
por anticipado no firmando esa petición.
Siguió
mirando al androide. Descarado y astuto, pensó. De esa forma les hicimos. Es la
marca de la esclavitud que acompaña a la señal que llevan en la frente.
—Puede
estar seguro —dijo a Herkimer—, de que no siento piedad por ustedes.
—Gracias,
señor —dijo Herkimer—. Gracias en nombre de todos.
Sutton
se volvió y se encaminó hacia la puerta.
—Debe
estar satisfecho, señor —dijo Herkimer—. La pasada noche salió usted muy airoso
del lance.
Sutton
se volvió.
—Benton
falló —dijo—. No podía hacer otra cosa más que matarle.
Herkimer
asintió.
—Pero
no es eso sólo, señor. Sucede que esta es la primera vez, que yo sepa, que un
hombre muere de un tiro en el brazo.
—¡En
el brazo!
—Precisamente,
señor. La bala le destrozó el brazo, pero no le tocó en ninguna otra parte.
—Estaba
muerto, ¿no es así?
—Oh,
sí —dijo Herkimer—. Pero que muy muy muerto.
XIII
Adams
le dio al encendedor y esperó a que la llama se afirmara. Sus ojos estaban
fijos en Sutton y no había en ellos suavidad, aunque había suavidad e
irritabilidad y una cierta inseguridad en el hombre, bien oculto, pero
presente.
Esa
forma de mirar, se dijo Sutton, es una vieja treta suya. Te mira fijamente
mientras da a su rostro una expresión fría como una esfinge, y si no estás
acostumbrado a él y a sus tretas, te hará creer que es el Dios Todopoderoso.
Pero
no hace lo de la mirada tan bien como solía hacerlo. Ahora está tenso, y no lo
estaba veinte años atrás. Dureza sólo, entonces. Granito, y ahora el granito
está empezando a resquebrajarse.
Algo
le preocupa. Hay algo que no va bien.
Adams
pasó la llama del encendedor sobre la cazoleta cargada de su pipa, y una y otra
vez, deliberadamente, tomándose su tiempo, haciendo esperar a Sutton.
—Sabe
usted, por supuesto —dijo Sutton, hablando sosegadamente—, que no puedo ser
franco con usted.
La
llama del encendedor se apagó y Adams se enderezó en su asiento.
—¿Eh?
—preguntó.
Sutton
se felicitó. Le había pillado desprevenido. Ahora estaba en desventaja. Un peón
colado, se dijo. Eso es... había metido un peón.
Dijo
en voz alta:
—A
estas horas ya sabe usted, sin duda, que regresé en una nave que no podía
volar. Sabe que no tenía traje espacial y que las portillas estaban rotas y el
casco acribillado. No tenía alimentos ni agua, y Cygni 61 está a once años-luz.
Adams
asintió fríamente.
—Sí,
sabemos todo eso.
—Cómo
regresé, o qué me ocurrió, nada tiene que ver con mi informe, y no tengo
intención de decírselo.
—Entonces
¿por qué mencionarlo? —rugió Adams.
—Sólo
para que nos entendamos —dijo Sutton—. Para que no me haga un montón de
preguntas que quedarán sin respuesta. Así nos ahorraremos mucho tiempo.
Adams
se retrepó en su asiento y sopló su pipa tranquilamente.
—Fue
usted enviado para obtener información, Ash —recordó a Sutton—. Cualquier tipo
de información. Cualquier cosa que nos permitiera comprender mejor a Cygni 61.
Representaba usted a la Tierra y estaba pagado por la Tierra, y sin duda debe
usted algo a la Tierra.
—También
debo algo a Cygni 61 —dijo Sutton—. Debo a Cygnl 61 mi vida. Mi nave se
estrelló y yo resulté muerto.
Adams
asintió, casi soñoliento.
—Sí,
eso es lo que dijo Clark. Que había muerto usted.
—¿Quién
es Clark?
—Un
ingeniero de construcción espacial —contestó Adams—. Duerme con naves y
fotocalcos. Examinó su nave y elaboró un gráfico de coordenadas de fuerza.
Informó que si usted estaba en la nave cuando ésta chocó, no había tenido
oportunidad de salvarse.
Adams
contempló el techo.
—Clark
dijo que si estaba usted en la nave cuando chocó, habría quedado hecho papilla.
—Es
maravilloso —dijo Sutton secamente—, lo que puede hacer un hombre con las
cifras.
Adams
le aguijoneó de nuevo:
—Anderson
dijo que no era usted humano.
—Supongo
que Anderson podría afirmar eso con sólo examinar la nave.
Adams
asintió.
—Ni
alimentos ni aire. Era una conclusión a la que cualquiera llegaría lógicamente.
Sutton
movió la cabeza.
—Anderson
está equivocado. Si yo no fuera humano, jamás me habrían vuelto a ver. No
habría regresado. Pero añoraba la Tierra y ustedes estaban esperando mi
informe.
—Se
tomó su tiempo —le acusó Adams.
—Tenía
que asegurarme —le dijo Sutton—. Tenía que saber, entienda. Tenía que ser capaz
de regresar y decirle a usted una cosa u otra. Tenía que decirle a usted si los
cygnianos eran peligrosos o no lo eran.
—¿Y
cuál es su informe?
—No
son peligrosos —dijo Sutton.
Adams
esperó y Sutton guardó silencio.
Por
último, Adams preguntó:
—¿Y
eso es todo?
—Eso
es todo —respondió Sutton.
Adams
se golpeó los dientes con la cosquilla de su pipa.
—Me
disgustaría tener que mandar a otro hombre para comprobarlo —dijo—.
Especialmente después de haberle dicho a todo el mundo que usted traería toda
la información.
—No
serviría de nada —dijo Sutton—. Nadie podría pasar.
—Usted
lo hizo.
—Sí.
Y yo fui el primero. Porque fui el primero, fui también el último.
Adams
sonrió fríamente.
—Se
encariñó usted con esa gente, Ash.
—No
eran gente.
—Bueno...
seres, entonces.
—Ni
siquiera eran seres. Es difícil decirle exactamente lo que eran. Se reiría
usted de mí si le dijera lo que realmente creo que son...
—Aproxímese
lo más que pueda —gruñó Adams.
—Abstracciones
simbióticas. Eso es bastante aproximado, la máxima aproximación a que puedo
llegar.
—¿Quiere
usted decir que realmente no existen? —preguntó Adams.
—Oh,
claro que existen. Están allí y usted es consciente de ellos. Tan consciente de
ellos como lo soy yo de usted o usted de mí.
—¿Y
son inteligentes?
—Sí
—dijo Sutton—, son inteligentes.
—¿Y
nadie más puede conseguir pasar?
Sutton
cabeceó.
—¿Por
qué no borra usted a Cygni 61 de su lista? Trate de pensar que no está allí. No
hay peligro en Cygni 61. Los cygnianos nunca molestarán al Hombre y el Hombre
no llegará nunca allí. No tiene sentido intentarlo.
—¿Están
mecanizados?
—No
—dijo Suíton—. No están mecanizados.
Adams
cambió de tema.
—Dígame,
¿cuántos años tiene usted, Sutton?
—Sesenta
y uno —respondió Sutton.
—¡Uf!
—dijo Adams—. Es sólo un muchacho. No ha hecho más que empezar.
Se
le había apagado la pipa y estaba golpeándola nerviosamente con un dedo,
hurgando en la cazoleta, mirándola irritado.
—¿Qué
planes tiene? —le preguntó.
—No
tengo planes.
—Quiere
seguir en el servicio, ¿no es así?
—Eso
depende —dijo Sutton—, de lo que piense usted al respecto. Yo, naturalmente,
había supuesto que usted no querría que siguiera.
—Le
debemos el sueldo de veinte años —dijo Adams, casi amablemente—. Está
esperándole. Puede recogerlo al marcharse. Tiene usted también tres o cuatro
años de vacaciones acumuladas. ¿Por qué no las coge ahora?
Sutton
guardó silencio.
—Venga
más tarde —dijo Adams—.Tendremos otra conversación.
—No
cambiaré de idea —dijo Sutton.
—Nadie
va a pedirle que lo haga.
Sutton
se levantó, lentamente.
—Lo
siento —dijo Adams—. Siento no contar con su confianza.
—Fui
a hacer un trabajo —le dijo Sutton, crispado—. He hecho ese trabajo. He dado mi
informe.
—Así
es —dijo Adams.
—Supongo
—dijo Sutton—, que seguirá en contacto conmigo.
Los
ojos de Adams brillaron de furia.
—Sin
duda, Ash. Estaré en contacto con usted.
XIV
Sutton
estaba sentado en silencio, y cuarenta años de su vida se borraron.
Pues
era como retroceder cuarenta años... hasta las tazas de té.
Por
las ventanas abiertas del estudio del doctor Raven entraban voces juveniles y
las pisadas de los estudiantes correteando por la calle. El viento susurraba en
los olmos, y el sonido le resultaba familiar. Llegaba distante el tañido de la
campana de una capilla, y próxima, al otro lado de la calle, la risa de una
muchacha.
El
doctor Raven le tendió la taza de té.
—Creo
que he acertado —dijo, y sus ojos brillaban—. Tres terrones y sin leche.
—Sí,
exactamente —dijo Sutton, asombrado de que recordara.
Pero
recordar, se dijo, era fácil. Me parece ser capaz de recordarlo casi todo. Como
si toda la serie de viejas normas habituales se hubieran conservado frescas en
mi mente a través de los años, esperando, como un preciado juego de plata que
permanece en un estante hasta que llega el momento de volver a usarlo.
—Recuerdo
cosas sin importancia —dijo el doctor Raven—. Cosas insignificantes e
intrascendentes, como cuántos terrones de azúcar, y lo que dijo un hombre hace
sesenta años; pero, a veces, no recuerdo muy bien las cosas importantes... las
cosas que se espera que un hombre recuerde.
La
chimenea de mármol blanco se proyectaba hacia el techo abovedado, y el escudo
de armas de la universidad sobre su pulida superficie era tan brillante como la
última vez que Sutton lo había visto.
—Supongo
—dijo—, que se preguntará por qué he venido.
—En
absoluto —dijo el doctor Raven—. Todos mis muchachos vuelven a verme. Y me
complace verles. Hace que me sienta muy orgulloso.
—He
estado preguntándomelo yo —dijo Sutton—. Y creo que sé lo que es, aunque me
resulta difícil decirlo.
—Tómeselo
con calma, entonces —dijo el doctor Raven—. Recuerde cómo solíamos hacer. Nos
sentábamos, y charlábamos sobre cualquier cosa, y luego, antes de darnos
cuenta, habíamos descubierto lo esencial.
Sutton
sonrió.
—Sí,
recuerdo, doctor. Admirables puntos de teología. Las diferencias fundamentales
entre religiones comparadas. Dígame una cosa. Usted ha dedicado su vida a ello,
sabe sobre religiones, terrestres y otras, más que ningún hombre de la Tierra.
¿Ha sido usted capaz de conservar una fe? ¿Le ha tentado alguna vez la doctrina
de su raza?
El
doctor Raven posó su taza de té.
—Tendría
que haber sabido —dijo— que me desconcertaría usted. Lo hacía siempre. Poseía
la rara habilidad de hacer exactamente la pregunta más difícil.
—No
le desconcertaré más —le dijo Sutton—. Supuse que habría descubierto usted
algunos puntos buenos, podríamos decir superiores, en las religiones
alienígenas.
—¿Encontró
usted una nueva religión?
—No
—dijo Sutton—. Una religión no.
La
campana de la capilla seguía tañendo, y la muchacha que había reído se había
marchado. Las pisadas en la elle se oían muy lejanas.
—¿Ha
sentido alguna vez —preguntó Sutton— como si estuviera sentado a la derecha de
Dios y hubiera oído algo que sabía que jamás pensó oír?
El
doctor Raven movió la cabeza.
—No,
creo que no.
—¿Qué
habría hecho de haberlo sentido?
—Creo
—dijo el doctor Raven— que estaría tan preocupado como usted.
—Hemos
vivido sólo por la fe —dijo Sutton— por lo menos durante ocho mil años, y tal
vez por más tiempo. Por más tiempo, sin duda. Pues tiene que haber sido fe, el
resplandor de algún tipo de fe, lo que impulsó al hombre de Neanderthal a
pintar de rojo las tibias y a colocar los cráneos mirando hacia el este.
—Es
poderosa la fe —dijo pausadamente el doctor Raven.
—Sí,
poderosa —convino Sutton—. Pero precisamente en su fuerza radica la confesión
de nuestra propia debilidad, la aceptación de que no somos lo bastante fuertes
para estar solos, de que hemos de tener algo en que apoyarnos, la esperanza y
la convicción expresas de que existe algún poder superior que nos ayudará y nos
guiará.
—¿Está
usted amargado, Ash? ¿Por algo que descubrió?
—Amargado
no —dijo Sutton.
De
algún lugar les llegó, fuerte en la súbita quietud, el tic-tac de un reloj.
—Doctor
—dijo Sutton—, ¿qué sabe usted del destino?
—Es
extraño oírle hablar de destino —dijo el doctor Raven—. Nunca fue usted un
hombre dispuesto a someterse al destino.
—Me
refiero al destino documental —explicó Sutton—. No a la abstracción, sino a la
realidad, a la creencia real en el destino. ¿Qué dice la historia?
—Siempre
hubo hombres que creyeron en el destino —dijo el doctor Raven—. Algunos, al
parecer, con cierta justificación. Pero, en general, no lo denominaban destino.
Lo llamaban suerte o inspiración o alguna otra cosa parecida. Algunos
historiadores han escrito sobre destino manifiesto, pero eso era sólo palabras.
Sólo cuestión de semántica. Naturalmente, existieron algunos fanáticos y otros
que creían en el destino aunque practicaban el fatalismo.
—Pero
no existe evidencia —dijo Sutton—. ¿No existe ninguna prueba real de algo
llamado destino? Una fuerza real. Algo vivo, vital. Algo que uno pueda
determinar.
El
doctor Raven cabeceó.
—No
que yo sepa, Ash. Destino, después de todo, es sólo una palabra. No es nada que
pueda determinarse. Fe, también, en un tiempo, puede haber sido sólo una
palabra, igual que lo es hoy destino. Aunque millones de personas y miles de
años hicieran de ella una fuerza real, algo que puede definirse e invocarse,
algo por lo que puede vivirse.
—Pero
los presentimientos y la suerte —protestó Sutton—, son sólo sucesos casuales.
—Pueden
ser vislumbres de destino —declaró el doctor Raven—. Destellos iluminadores. Un
indicio del curso de una amplia corriente de acontecimientos. Por supuesto, no
podemos saberlo. El hombre puede ignorar tantas cosas hasta que tiene los
hechos. Los puntos decisivos de la historia se han basado en un presentimiento.
La creencia inspirada en la propia capacidad ha cambiado el curso de los
acontecimientos más veces de las que pueden contarse.
Se
levantó y se dirigió a un estante de libros, y alzó la cabeza.
—Si
puedo encontrarlo —dijo—, hay un libro en alguna parte.
Buscó
y no lo encontró.
—No
importa —declaró—. Volveré a buscarlo después, si le interesa. Habla de una
antigua tribu africana que tenía una extraña creencia. Creían que todo espíritu
humano, o conciencia, o ego, o como quiera denominarse, tenía un igual, un
duplicado en alguna estrella lejana. Si recuerdo bien, sabían incluso en qué
estrella y podían señalarla en el cielo nocturno.
Se
volvió y miró fijamente a Sutton.
—Eso
podría ser destino, sabe —dijo—. Muy bien podría serlo.
Cruzó
la habitación hasta situarse frente al hogar apagado, con las manos unidas en
su espalda, la cabeza plateada inclinada hacia un lado.
—¿Por
qué le interesa tanto el destino? —preguntó.
—Porque
yo encontré al destino —respondió Sutton.
XV
El
rostro que apareció en la pantalla estaba enmascarado, y Adams habló con fría
irritación:
—No
recibo llamadas anónimas.
—Tendrá
que recibir ésta —dijo la voz desde detrás de la máscara—. Soy el hombre con
quien habló en su patio. ¿Recuerda?
—Supongo
que me llama desde el futuro —dijo Adams.
—No.
Estoy aún en su tiempo. He venido vigilándole.
—¿Y
vigilando a Sutton, también?
La
cabeza enmascarada; asintió.
—Acaba
usted de verle. ¿Qué piensa?
—Está
ocultándonos algo —contestó Adams—. Y no es completamente humano.
—¿Va
a hacer que le maten?
—No
—dijo Adams—. No, no creo que lo haga. Sabe algo que necesitamos averiguar. Y
matándole no conseguiremos que nos lo diga.
—Lo
que él sabe —dijo la voz enmascarada— es mejor que muera con el hombre que lo
sabe.
—Quizás
—dijo Adams— pudiéramos llegar a un entendimiento, si me dice usted de qué se
trata todo esto.
—No
puedo decírselo, Adams. Quisiera poder hacerlo. No puedo contarle a usted el
futuro.
—Y
hasta que lo haga usted —chilló Adams—, no le permitiré cambiar el pasado.
Y
estaba pensando: el hombre está asustado. Asustado y casi desesperado. Podría
matar a Sutton en cualquier momento, pero tiene miedo de hacerlo. A Sutton
tiene que matarle un hombre de su propia época... Tiene que ser así
exactamente, pues el tiempo no puede tolerar la extensión de la violencia de un
período al siguiente.
—Y
también... —comenzó a decir el hombre del futuro.
—Sí
—dijo Adams.
—Iba
a preguntarle cómo están las cosas en Aldebarán XII.
Adams
se puso rígido; la ira se reflejaba en su expresión.
—Si
no hubiera sido por Sutton —dijo el hombre enmascarado—, no habría habido
ningún accidente en Aldebarán XII.
—Pero
Sutton aún no había regresado —estalló Adams—. El ni siquiera estaba allí...
Su
voz se quebró al recordar algo. El nombre de la portada... «Por Ahser Sutton».
—Oiga
—dijo Adams—, por amor de Dios, si tiene algo que decirme, dígamelo de una vez.
—¿Quiere
usted decir que no imagina qué puede ser?
Adams
cabeceó.
—Es
la guerra —dijo la voz.
—Pero
si no hay guerra.
—En
su época no, pero sí en otra.
—Pero
cómo...
—¿Recuerda
a Michaelson?
—¿El
hombre que entró un segundo en el tiempo?
La
cabeza enmascarada asintió y la pantalla se apagó, y Adams permaneció sentado
sintiendo un-escalofrío de terror recorrer su cuerpo.
El
timbre del visor sonó y Adams dio al interruptor maquinalmente.
Era
Nelson.
—Sutton
acaba de salir de la universidad —dijo Nelson—. Ha estado una hora con el
doctor Horace Raven. El doctor Raven, por si no lo recuerda, es profesor de
religión comparada.
—Oh
—dijo Adams—. Oh, así que se trata de eso.
Tamborileó
con los dedos sobre la mesa, medio irritado, medio aterrado.
Sería
una vergüenza, pensó, matar a un hombre como Sutton.
Pero
sería lo mejor.
Sí,
se dijo, sería lo mejor.
XVI
Clark
había dicho que Sutton había muerto y Clark era ingeniero. Clark hizo un
gráfico y en el gráfico estaba la muerte; las matemáticas predicen que
determinadas fuerzas y tensiones convertirían a un humano en gelatina.
Y
Anderson habría dicho que Sutton no era humano, ¿y cómo iba a haberlo Anderson?
La
carretera se curvaba, un hilo plateado brillando a la luz de la luna, y los
sonidos y los olores de la noche flotaban en el ambiente. El agudo y límpido
aroma de las cosas que crecen, el misterioso olor del agua. Un riachuelo
cruzaba la ciénaga que se extendía a la derecha, y Sutton, detrás del volante,
captó el destello de la luz de la luna reflejada en el agua al tomar la curva.
Atisbantes ranas formaban una cortina sonora que resonaba en las colinas, y las
luciérnagas eran vacilantes linternas que atravesaban la oscuridad.
¿Y
cómo iba a saberlo Anderson?
Cómo,
se preguntaba Sutton, si no me ha examinado. A no ser que fuera uno de los que
intentaron entrar en mi mente después de atacarme cuando entré en mi
habitación.
Adams
había enseñado su juego y Adams nunca hacía eso a menos que quisiera que
alguien lo viera. A menos que tuviera un as guardado en la manga.
Quería
que yo supiera, se dijo Sutton. Quería hacerme saber, pero él no podía
decírmelo. No podía decirme que me han examinado y analizado, no podía decirme
que es él quien había preparado la habitación.
Pero
podía permitirme saberlo haciendo sólo una alusión, una alusión cuidadosamente
calculada, como la que hizo sobre Anderson. Sabía que yo lo captaría y cree que
puede ponerme nervioso.
Los
faros iluminaron por un momento el contorno gris negro de una casa que se
alzaba en una ladera, y allí había otra curva. Un ave nocturna, negra y
fantasmal, cruzó la carretera y su sombra danzó sobre la luz.
Adams
era el único, se decía Sutton, hablando consigo mismo. Era el único que estaba
esperándome. Sabía de algún modo que yo iba a volver, y lo tenía todo
dispuesto. Lo preparó todo antes de que tocara tierra y me hizo un
reconocimiento antes de que yo supiera lo que pasaba.
Y
sin duda descubrió mucho más de lo que esperaba.
Sutton
rió secamente, y la risa fue un chillido que corrió colina abajo en un río de
fuego... en un río de fuego que desembocó en la ciénaga, murió un momento y
resurgió en azul y rojo.
Silbaron
los frenos y chirriaron los neumáticos sobre el pavimento cuando Sutton viró
para detenerse. Antes de que el motor se apagara, ya estaba él fuera y corría
ladera abajo hacia la extraña nave negra que centelleaba en el pantano.
El
agua le llegaba a las rodillas y las afiladas hierbas le acuchillaban las
piernas. Los charcos resplandecían negros y grasientos a la luz de la llameante
nave. Las ranas seguían croando a la orilla de la ciénaga.
Algo
cayó y se debatió en un charco de agua cenagosa pintada por la luz, sólo a unos
pasos de la nave ardiente, y Sutton, avanzando precipitadamente, vio que se
trataba de un hombre.
Percibió
el blanco brillante de los aterrados y lastimosos globos oculares
resplandeciendo con la luz, cuando el hombre alzó sus embarrados brazos e
intentó arrastrarse. Vio el brillo de sus dientes cuando el dolor quebró su
rostro en una terrible angustia y captó el olor de carne carbonizada y rota, y
lo reconoció.
Se
detuvo y pasó las manos bajo los sobacos del hombre, tiró de él hacia arriba y
le arrastró por el pantano. El lodo tiraba de sus pies y oía tras de sí el
chapoteo, el horrible chapoteo del otro cuerpo arrastrándose por el agua y el
lodo.
Sintió
que pisaba tierra seca y empezó a subir la ladera hacia el coche. El hombre al
que arrastraba movía a sacudidas la cabeza y emitía continuos y babeantes
sonidos que podrían haber sido palabras si hubiera tenido tiempo para escuchar.
Sutton
echó una rápida mirada por encima del hombre y vio alzarse hacia el cielo las
llamas, una columna azul que iluminaba la noche.
Los
pájaros de la ciénaga salieron de sus nidos y volaron ciegos y aterrados en la
deslumbrante luz, despertando la noche con sus gritos de terror.
—Atómicas
—dijo Sutton en voz alta—. Atómicas...
No
podían durar tanto rato en un fuego como aquél. Los automáticos se desharían y
la ciénaga se convertiría en un cráter, y las colinas se carbonizarían de
horizonte a horizonte.
—No
—dijo la agitada cabeza—. No, atómicas no...
Sutton
se detuvo y se arrodilló. El cuerpo del hombre se soltó de su embarrado abrazo.
El
hombre se debatió, tratando de girarse.
Sutton
le ayudó y quedó tendido, de espaldas, mirando al cielo.
Sutton
vio que era joven... bajo la máscara de barro y dolor, era joven.
—No
hay atómicas —dijo el hombre—. Yo las descargué.
Había
un nota de orgullo en las palabras, orgullo por un trabajo bien hecho. Pero las
palabras le habían costado un gran esfuerzo. Permanecía inmóvil. Tan inmóvil
que podría haber estado muerto.
Luego
volvió a respirar y el aire silbó en su garganta. Sutton vio que la sangre
latía en sus sienes bajo la piel quemada y arrugada. El hombre movió el mentón
y las palabras surgieron, palabras débiles y confusas.
—Hubo
una batalla... en ...83... le vi venir... intenté saltar en el tiempo... —las
palabras gorgotearon y se desvanecieron, luego volvieron a brotar—:
Consiguieron nuevas armas... derretían el metal...
Giró
la cabeza y, al parecer, vio a Sutton por primera vez. Se irguió y cayó luego,
jadeando por el esfuerzo.
—¡Sutton!
Sutton
se inclinó sobre él.
—Le
llevaré con un médico.
—¡Asher
Sutton! —las dos palabras fueron un susurro.
Sutton
captó por un instante el brillo triunfal, casi fanático, que llenaba los ojos
del moribundo, entendió a medias el gesto del brazo a medio alzar, el signo
críptico que formaban los dedos.
Luego,
el brillo se apagó, y el brazo cayó y los dedos se separaron.
Sutton
sabía, antes de inclinarse y comprobar si el corazón seguía latiendo, que el
hombre estaba muerto.
Lentamente,
Sutton se levantó.
El
fuego se estaba apagando y los pájaros se habían ido. La nave estaba medio
enterrada en el lodo y Sutton observó que su diseño era distinto al de las
naves que él conocía.
Asher
Sutton, había dicho el hombre. Y sus ojos se habían iluminado y había hecho una
señal un instante antes de morir. Y había habido una batalla allá por 83.
¿Ochenta
y tres qué?
El
hombre había intentado saltar en el tiempo... ¿quién había oído hablar de
saltar en el tiempo?
Nunca
había visto a ese hombre, se dijo Sutton, como si estuviera negando un delito.
Aunque tampoco ahora le conozco. Y, sin embargo, él gritó mi nombre y parecía
como si me conociera y estuviera encantado de verme, e hizo una señal... una
señal que acompañaba al nombre.
Contempló
al hombre muerto tendido a sus pies y la imagen le dio lástima: las piernas
encogidas, aún fláccidas, los endurecidos brazos, la colgante cabeza y el rayo
de luz de luna sobre la boca abierta.
Cuidadosamente,
Sutton se arrodilló y recorrió con las manos aquel cuerpo, buscando algo, algún
bolsillo protuberante que pudiera proporcionar la clave del hombre que yacía
allí muerto.
Porque
él me conocía. Y tengo que saber cómo me conocía. Y todo esto no tiene sentido.
Había
un librito en el bolsillo de arriba de la chaqueta y Sutton lo sacó. El título
estaba escrito en oro sobre la piel negra, e incluso a la luz de la luna pudo
leer Sutton las letras que brillaban en la portada y que le dieron directamente
en los ojos:
ESTE
ES EL DESTINO
por
Asher
Sutton
Sutton
no se movió.
Permaneció
allí agachado, como agazapado, herido por las letras doradas de la cubierta de
piel.
¡Un
libro!
¡Un
libro que al parecer él había escrito, pero que no había escrito aún!
¡Un
libro que él no escribiría en muchos meses!
Y
sin embargo, allí estaba, manoseado y estropeado por la lectura. Un sonido
involuntariamente ahogado surgió espontáneo en su garganta.
Sintió
el frío de la niebla alzándose en la ciénaga, la soledad del lamento de un
pájaro.
Una
extraña nave se había zambullido en la ciénaga, se había averiado e incendiado.
Un hombre había huido de la nave, pero al borde de la muerte. Antes de morir
había reconocido a Sutton y había pronunciado su nombre. Y llevaba en el
bolsillo un libro que aún no se había escrito.
Aquellos
eran los hechos... los hechos puros y simples. No había explicación.
Se
alzaron en la noche vagos sonidos de voces humanas y Sutton se levantó deprisa,
permaneció quieto esperando, escuchando. Las voces le llegaron de nuevo.
Alguien
había oído el choque de la nave y venía para investigar, venían carretera
abajo, llamando a otros que también lo habían oído.
Sutton
se giró y subió a toda prisa la ladera hacia su coche.
No
tenía ningún sentido esperar, se dijo.
Los
que llegaban por la carretera sólo podían causarle problemas.
XVII
Había
un hombre esperando entre los lilos del otro lado de la carretera y otro
agazapado a la sombra del muro del patio.
Sutton
avanzaba lentamente, paseando, tomándose su tiempo.
—¿Johnny?
—dijo, en voz alta.
—Sí,
Ash.
—¿Es
eso todo, sólo hay esos dos?
—Creo
que hay otro, pero no puedo localizarlo. Todos van armados.
Sutton
percibió la sensación reconfortante en su cerebro, la sensación de aplomo, la
sensación de ayuda y compañerismo.
—Tenme
informado, Johnny.
Silbó
un compás o dos de una tonada que oyera hacía mucho, pero que seguía aún fresca
en su mente después de veinte años.
El
garaje de coches de alquiler estaba a dos manzanas carretera arriba, el Orion
Arms dos más abajo. Entre él y el hotel había dos hombres esperando, armados.
Dos, y quizás más.
Entre
el garaje y el hotel no había nada... sólo la cuidada belleza de una Tierra
residencial y administrativa. Una Tierra dedicada a embellecer y a gobernar,
cuidada como un jardín, cada centímetro planificado por arquitectos paisajistas
con grupos de arbustos e hileras de árboles y macizos de flores cuidadosamente
atendidos.
Un
lugar ideal, se dijo Sutton, para una emboscada.
Adams,
se dijo, asombrado. Aunque difícilmente podría ser Adams. El tenía algo que
Adams esperaba descubrir, y matar al hombre que tiene la información que tú
quieres, no importa lo irritado que puedas estar con él, es completamente
infantil.
O
los otros, de los que había hablado Eva... los que habían condicionado a Benton
y lo habían dispuesto todo para matarle.
Ellos
encajaban mejor que Adams, pues Adams quería que él siguiera con vida, y los
otros, quienesquiera que fueran, parecían muy dispuestos a matarle. Metió la
mano en el bolsillo de su chaqueta como si buscara un cigarrillo, y sus dedos
toparon con el arma que había usado con Benton. La rodeó con los dedos, la
soltó después y sacó la mano del bolsillo y encontró los cigarrillos en otro.
Ya
no había tiempo, se dijo. Luego tal vez sería el momento de usar el arma, si es
que tenía que usarla, si tenía oportunidad de usarla.
Se
paró para encender el cigarrillo, entreteniéndose, con estudiada calma,
tratando de ganar tiempo.
El
arma no le serviría de mucho, lo sabía, pero más-valía poco que nada.
Seguramente en la oscuridad no podría acertar ni a un edificio, pero hacía
ruido, y los hombres que acechaban no contaban con ello. Si no hubieran tenido
en cuenta el ruido, habrían salido hacía minutos y le hubieran liquidado.
—Ash
—dijo Johnny—, hay otro hombre. En ese matorral de enfrente. Espera dejarte
pasar y luego te tendrán acorralado entre los tres.
Sutton
gruñó.
—Bueno,
indícame su posición exacta.
—El
matorral de las flores blancas. Está en el borde. Muy cerca del camino, de modo
que podrá salir y situarse detrás de ti en cuanto pases.
Sutton
dio una chupada al cigarrillo, haciéndole brillar como un ojo rojo en la
oscuridad.
—¿Podemos
cogerle, Johnny?
—Sí,
será mejor que le cojamos.
Sutton
reanudó su paseo y vio el matorral, a no más de cuatro pasos.
Un
paso.
Me
pregunto de qué se tratará todo esto.
Dos
pasos.
Deja
de hacerte preguntas. Actúa y ya pensarás después.
Tres
pasos.
Ahí
está. Le veo.
Sutton
estaba a sólo un paso. El arma salió de su bolsillo y tras un segundo paso
habló: dos rápidas y horribles palabras.
El
hombre oculto en el arbusto cayó hacia adelante de rodillas, tambaleándose un
instante, y luego cayó de bruces. El arma cayó de su mano y Sutton la recogió
de un salto. Vio que era un artilugio electrónico, un objeto malévolo que podía
incluso matar si se fallaba por poco, debido al campo de distorsión que su rayo
causaba. Veinte años atrás, un arma como aquélla era nueva y secreta, pero, al
parecer, ahora cualquiera podía usarla.
Con
el arma en la mano, Sutton se volvió y corrió, abriéndose paso entre los
matorrales, buceando entre las ramas demasiado bajas, atravesando el macizo de
tulipanes. Por el rabillo del ojo captó un destello, la centelleante ráfaga de
un arma con silenciador, y el plateado rastro oscilante que abrió en la noche.
Se
lanzó a través de un seto lacerante y desgarrador, vadeó un riachuelo y se
encontró en un bosquecillo de abedules. Se paró para tomar aliento, y se volvió
para mirar por donde había llegado.
Todo
estaba en calma. Un cuadro plateado iluminado por la luna. Nada ni nadie se
movía. Hacía rato que el arma había dejado de disparar.
El
aviso de Johnny le llegó de pronto.
—¡Ash!
¡A tu espalda! Amigo...
Sutton
se giró, el arma a medio alzar.
A la
luz de la luna, Herkimer corría como un sabueso siguiendo un rastro.
Sutton
salió de la arboleda y le llamó amablemente. Herkimer dejó de correr, giró en
redondo, luego galopó hacia él.
—Señor
Sutton, señor...
—Sí,
Herkimer.
—Tenemos
que largarnos.
—Sí
—dijo Sutton—, supongo que sí. Caí en una trampa. Eran tres y estaban
esperándome.
—Es
más grave que eso —dijo Herkimer—. No son sólo los revisionistas y Morgan. Es
Adams también.
—¿Adams?
—Adams
ha dado órdenes de que le maten en cuanto le vean.
Sutton
se irguió.
—¿Cómo
lo sabe? —estalló.
—La
muchacha —dijo Herkimer—. Eva. Por la que me preguntó usted. Ella me lo dijo.
Herkimer
avanzó, deteniéndose frente a Sutton.
—Tiene
que confiar en mí, señor. Me dijo esta mañana que le traicionaría, pero nunca
lo haría, señor. Estoy de su parte desde el principio.
—Pero
la chica —dijo Sutton.
—Eva
también está de su lado, señor. Salimos a buscarle en cuanto nos enteramos,
pero ya era demasiado tarde para alcanzarle. Eva está esperando en la nave.
—Una
nave —dijo Sutton—. Una nave y todo.
—Es
su propia nave, señor —dijo Herkimer—. La que heredó de Benton. La nave que
heredó conmigo.
—Y
quiere que le acompañe y entre en esa nave y...
—Lo
siento, señor —dijo Herkimer.
Se
movió tan deprisa que Sutton no pudo hacer nada.
Vio
venir el puño e intentó levantar el arma. Sintió la súbita furia enfriarse en
su cerebro, y luego se produjo un terrible impacto y su cabeza cayó hacia atrás
de modo que, por un instante, antes de cerrar los párpados, vio las estrellas
girando en el cielo.
XVIII
Eva
Armour estaba llamándole suavemente.
—Ash.
Oh, Ash. Despierte.
A
los oídos de Sutton llegaba el sordo rumor de los cohetes laterales, el sonido
hueco y monótono de una pequeña nave surcando el espacio.
—Johnny
—dijo la mente de Sutton.
—Estamos
en una nave, Ash.
—¿Cuántos
hay?
—El
androide y la chica. La que se llama Eva. Y son amigos. Te dije que lo eran.
¿Por qué no prestas atención?
—No
puedo confiar en nadie.
—¿Ni
siquiera en mí?
—En
tu juicio no, Johnny. Tú eres nuevo en la Tierra.
—Nuevo
no, Ash. Conozco la Tierra y a los terrestres. Mucho mejor de lo que les
conoces tú. No eres el primer terrestre con el que he vivido.
—No
puedo recordar, Johnyy. Hay algo que recordar. Intento recordarlo y lo veo todo
borroso. Las cosas importantes, por supuesto, las cosas que aprendí, las cosas
que anoté y con las que me quedé. Pero no el lugar mismo ni su gente.
—No
son gente, Ash.
—Lo
sé. No puedo recordar.
—No
se te pide que lo hagas, Ash. Era todo demasiado extraño. No puedes conservar
tales recuerdos... no debes conservar tan extraños recuerdos, pues si los
conservas con demasiada precisión, formas parte de ellos. Y tienes que seguir
siendo humano, Ash. Tenemos que conservarte humano.
—Pero
algún día tengo que recordar. Algún día...
—Cuando
tengas que recordar, recordarás. Yo velaré para que sea así.
—Y,
Johnny.
—¿Qué
pasa, Ash?
—¿No
te importa este asunto de Johnny?
—¿Qué
pasa con ello, Ash?
—No
debería llamarte Johnny. Es impertinente y familiar... pero es amistoso. Es el
nombre más amistoso que conozco. Por eso te llamo así.
—No
me importa —dijo Johnny—. No me importa en absoluto.
—¿Entiendes
algo de todo esto, Johnny? ¿Lo de Morgan? ¿Y lo de los revisionistas?
—No,
Ash.
—¿Pero
ves una pauta?
—Estoy
empezando a verla.
Eva
Armour le zarandeó.
—Despierte,
Ash —decía—. ¿No puede oírme, Ash? Despierte.
Sutton
abrió los ojos. Estaba tendido en una litera y la muchacha seguía
zarandeándole.
—Vale
—dijo—. Puede parar ya. Está bien.
Bajó
las piernas de la litera y se sentó al borde. Alzó la mano y sintió la
hinchazón del mentón.
—Herkimer
tuvo que pegarle, Ash —dijo Eva—. No quería hacerlo, pero no fue usted
razonable y no había tiempo que perder.
—¿Herkimer?
—Eso
mismo. ¿Recuerda a Herkimer, Ash? Era el androide de Benton. Está pilotando
esta nave.
Sutton
vio que la nave era pequeña, pero limpia y confortable. Habrían cabido un par
de pasajeros más. Herkimer, con su forma de hablar precisa y formulista, había
dicho que la nave era pequeña pero servicial.
—Ya
que me han raptado —dijo Sutton a la muchacha—, supongo que no tendrán
inconveniente en decirme adonde nos dirigimos.
—No
hay ningún inconveniente —dijo Eva—. Nos dirigimos al asteroide de caza que
heredó usted de Benton. Hay una casa y comida suficiente, y a nadie se le
ocurrirá buscarnos allí.
—Está
bien —dijo Sutton, sonriendo burlonamente—. Podría aprovechar para cazar un
poco.
—No
se dedicará a cazar nada —dijo una voz a su espalda. Sutton se volvió. Herkimer
estaba en la portezuela que daba a la cabina del piloto.
—Va
escribir usted un libro —dijo Eva, suavemente—. Sin duda sabe usted de qué
libro se trata. El que los revisionistas...
—Sí
—le dijo Sutton—. Sé lo del libro...
Se
detuvo, recordando, y alzó involuntariamente una mano hacia el bolsillo del
pecho. Allí estaba el libro, y algo que se arrugó cuando él lo tocó. Recordó
también lo que era aquello. La carta... la carta increíblemente antigua que
John H. Sutton se había olvidado de abrir hacía seis mil años.
—En
cuanto al libro —dijo Sutton, y volvió a detenerse, pues iba a decir que no
tenían que preocuparse porque escribiera el libro, pues él tenía ya un
ejemplar. Pero algo le detuvo, pues no estaba seguro de que fuera oportuno,
justo en aquel momento, explicarles que tenía aquel libro.
—Traje
la cartera —dijo Herkimer—. Todo el manuscrito está en ella. Lo comprobé.
—¿Y
hay suficiente papel? —preguntó Sutton, burlándose de él.
—Y
suficiente papel.
Eva
Armour se inclinó sobre Sutton, acercándose tanto que él podía percibir la
fragancia de su cabello cobrizo.
—¿No
entiende lo importante que es que escriba usted ese libro? —preguntó ella—. ¿No
lo entiende?
Sutton
cabeceó.
Importante,
pensó. ¿Importante para quién? ¿Para qué? ¿Y cuándo?
Recordó
la boca abierta que la muerte había cerrado, los dientes brillantes a la luz de
la luna, y las palabras de un moribundo que aún resonaban fuertes en sus oídos.
—Pero
yo no entiendo —dijo—. Quizás pueda explicármelo usted.
Ella
meneó la cabeza.
—Escriba
el libro —le dijo.
XIX
El
asteroide estaba envuelto en el perpetuo crepúsculo de lo alejado del sol, y
sus escarchados picachos se alzaban hacia las estrellas como plateadas agujas
puntiagudas.
El
aire era cortante y frío y más fino que el de la Tierra, y lo extraño, se dijo
Sutton, era que podía conservarse cualquier tipo de aire en el lugar. Aunque al
precio que habría costado hacer habitable aquel o cualquier otro asteroide,
todo parecía posible.
Un
trabajo de por lo menos mil millones de dólares, calculó Sutton. Sólo el precio
de las plantas atómicas alcanzaría la mitad de aquella cifra, y sin energía
nuclear no habría fuerza que moviera las máquinas atmosféricas y de gravedad
que proporcionaban el aire y lo conservaban en el lugar.
En
un tiempo, pensó, el hombre estaba contento, buscando la soledad en una choza a
la orilla de un lago o en una choza de cazadores o a bordo de un yate, pero
ahora, con toda una galaxia, el Hombre se gasta millones de dólares en equipar
un asteroide o compra un planeta a precio de ganga.
—Hay
una cabaña —dijo Herkimer, y Sutton miró en la dirección en que indicaba el
dedo. Sobre el irregular horizonte vio el corcovado edificio negro con su único
punto de luz.
—¿Cómo
hay luz? —preguntó Eva—. ¿Hay alguien aquí?
Herkimer
cabeceó.
—Alguien
olvidaría apagar la luz al marcharse la última vez.
Rododendros
y abedules, espectrales a la luz estelar, se alzaban en grupos desiguales, como
soldados avanzando para tomar la loma en la que se alzaba la cabaña.
—El
sendero está allí —dijo Herkimer.
Él
iba a la cabeza, Eva en el centro y Sutton cerraba la marcha. El camino era
escarpado e irregular y la luz no era nada buena, pues la fina atmósfera no
dejaba pasar la luz de las estrellas, y las mismas estrellas eran minúsculos y
acerados puntos de luz que no brillaban ni titilaban, sino que permanecían
prendidas al cielo como alfileres a un mapa. Sutton vio que la cabaña parecía
asentarse sobre una pequeña planicie y supo que la planicie era trabajo del
hombre, pues en ningún otro lugar de todo aquel irregular paisaje podría
encontrarse una zona llana más grande que un pañuelo.
Un
movimiento del aire tan tenue y vago que apenas podría denominarse brisa, se
alzó ladera abajo y levantó el murmullo de los rododendros. Algo echó a correr
desde el camino y saltó a las rocas. Desde algún lugar lejano les llegó un
grito estremecedor.
—Es
un animal —les dijo Herkimer tranquilamente. Se detuvo y señaló la torturada y
retorcida peña—. Gran lugar para cazar —dijo, y añadió—: si no se rompe uno una
pierna.
Sutton
miró hacia atrás y, por vez primera, vio la auténtica y desnuda rudeza del
lugar. Un helado pozo de terreno de partículas estelares se extendía bajo
ellos... grandes simas de negror sobre las que se alzaban picachos y cumbres
como torres.
Sutton
se estremeció ante el espectáculo.
—Vamos
—dijo.
Subieron
los últimos cien metros y llegaron a la planicie hecha por el hombre; se
detuvieron y contemplaron el paisaje fantasmal, y mientras miraba, Sutton
sintió que la fría mano de la soledad le atenazaba con gélidos dedos.
Allí
estaba la más terrible y desquiciante soledad que jamás hubiera imaginado. Allí
estaba la absoluta negación de vida y movimiento, el rígido y desnudo principio
de cuando no había vida, ni siquiera el pensamiento de la vida. Allí, todo
cuanto conociera o pensara o se moviera, era una cosa extraña, una enfermedad,
un cáncer sobre el rostro de la nada.
Oyeron
pasos a su espalda y se volvieron. De la rutilante oscuridad surgió un hombre.
Su voz, cuando les habló, era amable y fuerte.
—Buenas
noches —dijo, y esperó un momento. Luego añadió, a modo de explicación—: Les
oímos aterrizar y salimos a su encuentro.
La
voz de Eva era fría y un tanto irritada.
—Nos
ha dado un susto —dijo—. Creíamos que no había nadie.
El
tono del hombre fue más duro ahora:
—Espero
no haber rebasado los límites. Somos amigos del señor Benton y nos dijo que
usáramos el lugar siempre que lo deseáramos.
—El
señor Benton ha muerto —dijo Eva con frialdad—. Este hombre es el nuevo
propietario.
El
hombre volvió la cabeza para mirar a Sutton.
—Lo
siento, señor —dijo—. No lo sabíamos. Naturalmente, nos marcharemos en cuanto
podamos.
—No
veo razón alguna —dijo Sutton— para que no se queden.
—El
señor Sutton —dijo Eva hoscamente— ha venido aquí en busca de paz y
tranquilidad. Quiere escribir un libro.
—¿Un
libro? —dijo el hombre—. Un autor, ¿eh?
Sutton
tenía la desagradable sensación de que el individuo estaba riéndose, no sólo de
él, sino de los tres.
—¿Señor
Sutton? —dijo el hombre, haciendo un gesto de profunda concentración—. No puedo
recordar el nombre. Pero, claro, no soy un gran lector.
—Todavía
no he escrito nada —dijo Sutton.
—Oh,
claro, entonces —dijo el individuo, riéndose como si aquello le aliviara— eso
probablemente lo explica.
—Hace
frío aquí fuera —dijo Herkimer bruscamente—. Vayamos adentro.
—Desde
luego —dijo el hombre—. Sí, hace frío, aunque yo no lo había notado. Por
cierto, me llamo Pringle. Mi compañero se llama Case.
Nadie
le contestó, y después de unos segundos, se volvió y trotó delante de ellos,
como un perro feliz, mostrándoles el camino.
Al
acercarse a ella, Sutton vio que la cabaña era mayor de lo que le pareció en el
valle desde la nave. Se alzaba, enorme y negra, contra la luz estelar, y de no
saber que estaba allí, podrían haberla tomado por otra formación rocosa.
La
puerta se abrió cuando sus pisadas resonaron en los escalones de piedra que
llevaban a ella, y otro hombre apareció, tieso, alto, rígido, delgado. La luz
del interior recortaba en negro su figura, envolviéndolo en un halo de fuerza.
—El
nuevo propietario, Case —dijo Pringle, y a Sutton la pareció que daba a su voz
un tono demasiado bajo, que recalcaba las palabras más de la cuenta. Como si
pretendiera que las palabras fueran un aviso.
—Benton
murió, ¿sabes? —explicó Pringle, y Case comentó:
—Oh,
¿murió? Qué extraño.
Lo
cual pareció a Sutton un curioso comentario. Case se echó a un lado para
permitirles entrar y luego cerró la puerta.
La
habitación era grande, con una sola luz encendida, y las sombras cayeron sobre
ellos desde los oscuros rincones y el cavernoso arco del techo de vigas.
—Me
temo —dijo Pringle— que tendrán que arreglárselas solos. Case y yo pasamos
nuestros apuros y no trajimos robots. Aunque puedo preparar algo si tienen
hambre. Una bebida caliente y unos emparedados, si les apetece.
—Comimos
poco antes de aterrizar —dijo Eva—. Y Herkimer se ocupará de las pocas cosas
que tenemos.
—Entonces
siéntense —dijo Pringle—. Aquel asiento de allí es cómodo. Charlaremos un poco.
—Me
temo que no podremos hacerlo. El viaje fue bastante agotador.
—Es
usted una joven descortés —dijo Pringle, y sus palabras eran un intermedio
entre la ira y la burla.
—Soy
una joven cansada.
Pringle
caminó hacia la pared, oprimió los interruptores. Las luces se encendieron.
—Los
dormitorios están arriba —dijo—. Lejos del balcón. Case y yo tenemos el primero
y el segundo a la izquierda. Pueden ustedes elegir entre los restantes.
Avanzó
para indicarles el camino escaleras arriba. Pero Case habló alto y Springle se
detuvo y esperó, con una mano sobre la barandilla.
—Señor
Sutton —dijo Case—. Me parece haber oído su nombre en algún sitio.
—No
lo creo —dijo Sutton—. No soy una persona importante.
—Pero
usted mató a Benton.
—Nadie
dijo que yo le matara.
Case
no se rió, pero su voz indicaba que de no ser Case se hubiera reído.
—Tiene
que haberle matado usted. Pues yo sé que ésa es la única forma de que alguien
consiga este asteroide: Benton amaba este lugar y jamás habría renunciado a
esta parte de vida.
—Ya
que insiste, yo maté a Benton.
Case
cabeceó, asombrado.
—Notable
—dijo—. Notable.
—Buenas
noches, señor Case —dijo Eva, y luego se dirigió a Pringle—: No es necesario
que se moleste. Encontraremos el camino.
—No
es molestia —rugió Pringle—. No es ninguna molestia.
Y,
de nuevo, se estaba riendo de ellos. Y subió ligero las escaleras.
XX
Pringle
y Case eran extraños. Había algo extraño en ellos. El mismo hecho de que
estuvieran allí, en la cabaña, era siniestro.
Había
burla en la voz de Pringle. Y había estado riéndose de ellos todo el tiempo,
riéndose burlonamente, saboreando algún chiste sutilmente disimulado, que ellos
no conocían.
Pringle
era un hablador, un bufón... pero Case era tieso y estirado y correcto, y
cuando hablaba, sus palabras eran precisas y agudas. Había algo en Case...
algún punto... algún parecido... un parecido con algo que de momento escapaba a
Sutton.
Sentándose
al borde de la cama, Sutton enarcó las cejas.
Si
pudiera recordar, se decía. Si pudiera dar con la clave de aquel amaneramiento,
de su forma de hablar y caminar y mantenerse erguido. Si pudiera asociar todo
eso con algo que sé, explicaría mucho. Podría indicarme incluso quién es Case,
o qué es, y hasta por qué está aquí.
Case
sabía que yo maté a Benton. Case sabe quién soy yo. Y debiera haber tenido la
boca cerrada, pero tenía que hacerme saber que sabía, porque eso refuerza su
ego y, aunque no lo parezca, su ego puede necesitar ayuda.
Eva
no confiaba en ellos tampoco, pues intentó decirme algo cuando nos separamos a
la puerta de su habitación, y no pude descifrar lo que era por la forma en que
movía los labios, aunque parecía que estuviera intentando decirme: «No te fíes
de ellos».
Como
si pudiera confiar en alguien...
Sutton
movió rápidamente los dedos de los pies y los contempló fascinado. Intentó
moverlos ordenadamente y no lo consiguió. Intentó igualar el movimiento de cada
uno de los dedos de cada pie y tampoco lo consiguió.
Ni
siquiera puedo controlar mi propio cuerpo, pensó. Era una idea extraña.
Pringle
y Case estaban esperándonos, se dijo Sutton. Y se preguntó al hacerlo, si no se
estaría dejando llevar por la fantasía. Pues, ¿cómo podrían estarle esperando
si no sabían que Herkimer y Eva decidirían ir al asteroide?
Meneó
la cabeza, pero la idea de que los dos habían estado esperándoles persistía...
aferrándose a él con fuerza.
Después
de todo, no era tan extraño. Adams se había enterado de que él volvía a la
Tierra, de que regresaba después de veinte años. Adams lo supo y le preparó una
trampa... y no había medio alguno, ningún medio en absoluto, de que Adams
pudiera haberlo sabido.
¿Y
por qué?, se preguntaba. ¿Por qué?
¿Por
qué le preparó Adams una trampa?
¿Por
qué se había ido Buster para afincarse en un planeta?
¿Por
qué había condicionado alguien a Benton para que le desafiara?
¿Por
qué le habían llevado Eva y Herkimer al asteroide?
Para
escribir un libro, decían.
Pero
el libro estaba escrito.
El
libro...
Buscó
su chaqueta, que estaba colgada en el respaldo de una silla. Sacó de ella el
ejemplar de letras doradas, y al hacerlo, sacó también la carta, que cayó sobre
la alfombra. La recogió y la colocó sobre la cama a su lado, y abrió el libro
por la anteportada.
ESTE
ES EL DESTINO, decía, por Asher Sutton. Bajo el título, al final de la página,
había una línea de bella letra.
Sutton
tuvo que acercarse un poco más el libro para poder leerlo bien.
Decía:
Versión Original
Y
aquello era todo. No había fecha de publicación, ni indicaciones sobre los
derechos de publicación, ni editor.
Sólo
el título y el autor y la línea impresa que decía: Versión Original.
Como
si, pensó... como si el libro fuera tan conocido, estuviera tan arraigado en la
vida de todos, que cualquier otra indicación, además del autor y el título,
fuera superflua.
Pasó
dos páginas que estaban en blanco y luego otra página, y luego comenzaba...
No
estamos solos.
Nadie
está solo.
Desde
el primer débil aleteo de la primera llama de vida en el primer planeta de la
galaxia que conoció el resurgimiento de la vida, no ha habido nunca una entidad
única que caminara o serpeara o avanzara vacilante por el sendero de la vida
sola.
Y
así era, pensó. Así es como yo lo escribiría.
Así
es como lo escribí.
Pues
he de haberlo escrito. Alguna vez, en algún lugar, he de haberlo escrito, pues
lo tengo en las manos.
Cerró
el libro y volvió a colocarlo cuidadosamente en su bolsillo, y volvió a poner
la chaqueta en la silla.
No
debo leer, se dijo. No puedo leer y saber como sigue, pues luego lo escribiría
tal como lo hubiera leído y no puedo hacer eso. He de escribirlo tal como sé
que es, tal como pienso escribirlo, la única forma de escribirlo.
He
de ser honesto, pues algún día la raza del hombre... y también la raza de otras
cosas conocerán el libro y lo leerán y todas las palabras han de ser precisas y
he de escribirlo tan bien y con tanta sencillez que todos puedan entenderlo.
Echó
hacia atrás los cobertores de la cama y se metió dentro, y al hacerlo, vio la
carta y la cogió.
Con
dedo seguro, metió la uña por la abertura del sobre y la fue pasando a lo
largo, y el pegamento se disolvió en una frágil lluvia de polvo que cayó sobre
la hoja.
Sacó
la carta y la desdobló cuidadosamente para que no se rompiera; vio que estaba
escrita a máquina, con muchos errores tapados con equis, como si el hombre que
la escribió considerara la máquina de escribir un objeto incómodo.
Se
echó de lado, y colocó el papel bajo la luz, y esto fue lo que leyó:
XXI
Bridgeport,
Wis.,
11
de julio de 1987
Me
escribo esta carta a mí mismo, de forma que el sello de correos pueda demostrar
sin lugar a dudas el día y el año en que se escribió y no la abriré, sino que
la colocaré entre mis efectos personales hasta el día en que alguien, un
miembro de mi propia familia, si Dios quiere, pueda abrirla y leerla. Y
leyéndola, sepa lo que yo creo y pienso pero no me atrevo a decir mientras
estoy vivo por miedo a que me consideren loco.
Pues
no me queda mucho tiempo de vida. He vivido ya más de la media y aunque estoy
aún sano y fuerte, conozco perfectamente la mano del tiempo, que aunque deje a
un hombre en una siega, puede cogerle en la siguiente.
No
siento un temor mórbido por la muerte ni ningún deseo sentimental de lograr la
inmortalidad que un pensamiento atribuido a mí pueda darme después de muerto,
pues el pensamiento en sí será efímero y el que lo mantiene no vivirá
demasiados años, pues breves son los años del hombre, demasiado breves para la
perfecta comprensión de cualquiera de los problemas que una vida plantea.
Aunque
es más que probable que esta carta sea leída por mis descendientes inmediatos,
que me conocen bien, soy sin embargo consciente de que por algún capricho del
destino puede llegar sin abrir hasta caer en manos de alguien muchos años
después de que yo haya sido olvidado, e incluso a manos extrañas.
Considerando
que las circunstancias que he de explicar superan el interés ordinario, aun a
riesgo de informar de algo que puede conocer bien quien lea esta carta,
incluiré aquí algunos de los hechos básicos sobre mi persona, mi localidad y mi
situación.
Me
llamo John H. Sutton y pertenezco a una familia numerosa que tiene sus raíces
en el Este, pero una de cuyas ramas se estableció en esta localidad hace unos
cien años. Aunque si quien lee esto no conoce a los Sutton he de pedirle que
acepte mi palabra sin pruebas acreditativas, me gustaría establecer que los
Sutton somos personas serias, nada dadas a bromas, y que nuestra reputación
como personas íntegras y honradas está fuera de toda duda.
Aunque
me educaron para la ley, pronto descubrí que no era totalmente de mi agrado, y
durante los últimos cuarenta años he seguido la ocupación de agricultor,
hallando en tal trabajo más satisfacción de la que hallé jamás en la ley. Pues
la agricultura es un trabajo honesto que proporciona un contacto con las cosas
más esenciales de la vida, y considero que produce una satisfacción casi
presuntuosa el simple aunque desconcertante proceso de obtener alimento de la
tierra.
Durante
los últimos años no he sido físicamente capaz de seguir realizando las tareas
más duras, aunque me enorgullece seguir haciendo las otras y dirigiéndolo todo
activamente, lo cual significa que tengo la costumbre de hacer viajes a las
fincas para ver cómo se presentan las cosas.
En
el curso de los años, ha crecido mi amor por esta tierra, aunque es dura y en
muchos casos no apta para ser cultivada fácilmente. De hecho, me descubro a
veces pensando con lástima en los hombres que tienen grandes y planos terrenos
sin ninguna colina en la que dejar reposar la mirada. Su tierra puede ser más
fértil y más fácil de trabajar que la mía, pero yo poseo algo que ellos no
tienen... un lugar en el que soy plenamente consciente de todas las bellezas de
la naturaleza, de todos los cambios de las estaciones.
En
los últimos años, en los que mi paso se ha hecho más lento y más ejercicio del
normal me resulta agotador, he adquirido la costumbre de guardar
arbitrariamente para mí ciertos lugares de reposo durante mis viajes de
inspección. No es mera coincidencia que todos estos lugares de reposo sean
lugares que halagan la vista y el espíritu. Creo realmente, para decir la
verdad, que miro más por estos lugares que por los campos y los prados, aunque,
bien lo sabe Dios, obtengo gran satisfacción de todas las facetas de mis
viajes.
Hay
un lugar que ha tenido siempre, desde el principio, la sensación de lo especial
para mí. Si fuera todavía niño, podría explicarlo diciendo que tal parece ser
un lugar encantado.
Es
un barranco profundo en el farallón que corre hasta el valle del río y está
situado al extremo norte del prado del farallón. Hay una peña bastante grande
sobre el barranco y esta piedra tiene la forma apropiada para sentarse, lo cual
puede ser una de las razones por las que me agrada, pues soy hombre que gusta
de la comodidad.
Puede
verse desde la peña la extensión del valle del río, con una fuerte perspectiva
tridimensional, debida sin duda a la altura del punto y a la claridad del aire,
aunque a veces todo el escenario está envuelto por una niebla azul de claridad
particularmente atrayente y lúcida.
La
vista es maravillosa, y a menudo me he quedado sentado allí una hora, sin hacer
absolutamente nada, sin pensar en nada, pero en paz con el mundo y conmigo
mismo.
Existe
sin embargo una extrañeza en el lugar, y esta extrañeza es lo que me resulta
difícil de explicar, pues no encuentro palabras que expresen correctamente lo
que deseo decir o la peculiaridad que desearía describir.
Es
como si el lugar hormigueara... como si el lugar estuviera esperando que algo
ocurriera, como si ese lugar particular tuviera grandes posibilidades para el
drama o la revelación, y aunque puede parecer extraño que utilice una palabra
como revelación, creo que se ajusta muy bien a lo que yo he sentido muchas
veces sentado en la peña y contemplando el valle.
Me
ha parecido a menudo que allí, en aquel punto de la Tierra, podría y puede
suceder algo que no podría ocurrir en ningún otro lugar del planeta. Y he
intentado a veces imaginar qué sería eso que podría ocurrir y eludo contar
alguna de las posibilidades que he imaginado, aunque en realidad, en otras
cosas, quizás yo no sea muy imaginativo.
Para
llegar a la peña atravieso el extremo inferior del prado del farallón, un lugar
que a menudo está cubierto de la mejor hierba de la zona de pastos, pues el
ganado, por alguna razón, no se aventura a ir hasta allí. El prado termina en
una pequeña arboleda, precursora de la verde masa de follaje que cubre la
ladera del farallón. A sólo unos metros en el interior de la arboleda está la
peña, y, debido a los árboles, está siempre sombreada, a cualquier hora del
día, aunque la vista es siempre despejada debido al rápido desnivel del
terreno.
Un
día, hace unos diez años, el 4 de julio de 1977 para ser exacto, me acerqué a
este lugar y encontré allí a un hombre y una extraña máquina en el extremo
inferior del prado, justo donde empieza la arboleda.
Digo
máquina porque eso es lo que parecía, aunque para decir la verdad yo no podía
estar seguro de ello. Era como un huevo, ligeramente puntiagudo en cada
extremo, tal como quedaría un huevo si alguien lo pisara y no lo rompiera sino
que lo aplastara de forma que sus extremos quedaran más pronunciados. No tenía
partes funcionales en el exterior, y, por lo que pude ver, ni siquiera
ventanas, aunque era evidente que el operador se sentaba en su interior.
El
hombre tenía abierta lo que parecía ser una puerta, y manipulaba lo que parecía
ser el motor, aunque cuando aventuré una mirada vi que no se parecía a ningún
motor que yo hubiera visto antes. Para ser sincero, sin embargo, nunca miré con
detenimiento ni el motor ni ninguna otra cosa del aparato, pues el hombre, en
cuanto me vio, me alejó diestramente de él y me enzarzó en una conversación tan
amena e inteligente que yo no podía, sin pecar de grosero, cambiar de tema o
eludir sus preguntas lo suficiente para prestar atención a todas las cosas que
despertaban mi curiosidad. Recuerdo ahora, al pensar en ello, que había muchas
cosas que me hubiera gustado preguntarle, pero que no me atreví a hacer, y
pienso ahora que él debió prever estas preguntas y deliberada y hábilmente me
hizo guardármelas.
De
hecho, nunca me dijo quién era ni de dónde venía, ni a qué se debía que
estuviera en mis prados. Y aunque eso pueda parecer descortés al lector de este
relato, no lo pareció en el momento, pues era una persona tan encantadora que
no se le medía por el mismo patrón con que se hubiera medido a otra persona de
menos dotes.
Parecía
bien informado de labranza, aunque no tenía aspecto de labrador. Al pensar en
ello, no recuerdo exactamente que aspecto tenía, aunque creo recordar que su
atuendo era diferente. No vestía de forma llamativa, ni ridícula, ni siquiera
de forma que pudiera pensarse que era extranjero, sino con ciertas sutiles
diferencias difíciles de determinar.
Alabó
la calidad de la hierba del prado y me preguntó cuántas cabezas de ganado
teníamos, y cuántas vacas lecheras, y cuál era la forma más satisfactoria que
habíamos descubierto para conseguir buena carne. Le contesté lo mejor que pude,
interesado en la charla, y mantuvo la conversación con acertados comentarios y
preguntas, algunas de las cuales ahora comprendo que tenían una sutil intención
adulatoria, aunque seguramente entonces no lo pensé.
Tenía
una herramienta de algún tipo en la mano y señaló con ella un campo de maíz y
dijo que parecía un buen lugar y me preguntó si creía que habría crecido hasta
la rodilla para el cuatro. Le dije que estábamos a cuatro y que ya pasaba un
poco de la rodilla y que yo estaba muy satisfecho de aquel campo, ya que era
una nueva semilla que probábamos por vez primera. Pareció un poco desconcertado
y se rió y dijo que claro que estábamos a cuatro, y que había estado tan
ocupado últimamente que había confundido las fechas. Y a continuación, antes de
que yo pudiera preguntarme cómo podía un hombre confundir las fechas hasta el
punto de olvidarse del cuatro de julio, ya estaba hablando de otra cosa.
Me
preguntó cuánto hacía que vivía allí, y cuando se lo dije, me preguntó si la
familia llevaba mucho tiempo allí. En algún sitio, dijo, había oído
anteriormente el nombre. Así que le dije que llevábamos allí mucho tiempo, y
antes de que me diera cuenta me estaba hablando de mi familia, incluyendo
anécdotas que no contamos a los ajenos al círculo familiar, ya que ni siquiera
eran el tipo de historias que nos molestamos en divulgar entre nosotros mismos.
Pues aunque nuestra familia es conservadora y honorable en lo principal y mejor
en la mayoría de las cosas que muchas otras, no existe familia alguna que no
traiga un esqueleto o dos que ocultar.
Hablamos
hasta muy pasada la hora del almuerzo, y cuando me di cuenta de ello le pedí
que nos acompañara a comer, pero él me dio las gracias y dijo que en un momento
habría resuelto su problema y seguiría su camino. Dijo que prácticamente había
terminado la reparación cuando yo aparecí. Cuando manifesté el temor de haberle
entretenido demasiado, me aseguró que no tenía la menor importancia y que le
había complacido pasar el rato conmigo.
Al
dejarle, me decidí a hacerle una pregunta. Había estado intrigado por el
utensilio que tenía en la mano durante nuestra conversación y le pregunté qué
era. Me lo mostró y me dijo que era una llave inglesa, y tenía cierto parecido
con una llave inglesa, aunque no demasiado.
Después
de haber comido y dado una cabezada, volví al prado resuelto a preguntar al
extranjero algunas de las preguntas que para entonces había comprobado que él
había eludido.
Pero
la máquina había desaparecido, y también el extranjero. Sólo quedaba una marca
en el prado que indicaba el lugar donde se había posado la máquina. Pero la
llave inglesa estaba allí, y cuando me incliné para recogerla vi que uno de sus
extremos estaba manchado y tras inspeccionarla vi que la mancha era de sangre.
Muchas veces me he culpado desde entonces por no haber hecho hacer un análisis
para determinar si la sangre era humana o de algún animal.
Igualmente,
me he preguntado muchas veces qué fue lo que ocurrió allí exactamente. Quién
era el hombre y cómo fue que dejó la herramienta y por qué el extremo más
pesado de la misma estaba teñido de sangre.
Sigo
haciendo una de mis paradas regulares en la peña y la peña sigue estando
siempre a la sombra y la vista sigue siendo despejada y el aire sobre el valle
del río sigue dando a la escena su efecto tridimensional extrañamente profundo.
Y la sensación de hormigueante ansiedad pende aún sobre el lugar, de forma que
sé que el lugar no ha estado esperando solamente este extraño suceso, que puede
haber habido muchísimos otros antes y muchísimos otros aún por suceder. Aunque
yo no espero ver otro, pues la vida del hombre es sólo un segundo comparada con
el tiempo de los planetas.
La
llave inglesa que yo cogí sigue con nosotros y ha quedado demostrado que es un
utensilio muy útil. En realidad, hemos prescindido prácticamente de las demás
herramientas y utilizado casi esta sola, pues se ajusta casi a cualquier tuerca
o buril y apretará un eje prácticamente de cualquier tamaño. No hay necesidad
de ajuste, ni existe aparato de ajuste que pueda hallarse. Se aplica
simplemente a cualquier pieza metálica que uno quiera apretar y la herramienta
se ajusta sola. No se precisa gran cantidad de presión o de fuerza para operar
la herramienta, pues parece tener la tendencia de absorber la más ligera
presión que uno ejerce sobre ella y multiplicar tal presión hasta el punto
exacto necesario para girar la tuerca o ajustar el eje. Sin embargo, tenemos
mucho cuidado y utilizamos la herramienta sólo cuando no hay observadores
extraños mirando, pues huele demasiado a magia o a brujería para ser expuesta a
la observación pública. El conocimiento general de que poseamos semejante
herramienta llevaría, casi con toda certeza, a especulaciones desagradables
entre nuestros vecinos. Y dado que somos una familia honrada y respetable, nada
más lejos de nuestro deseo que una situación tal.
Ninguno
de nosotros habla siquiera del hombre y la máquina que me encontré en el prado,
ni siquiera entre nosotros, pues parece que reconocemos tácitamente que es un
tema que no encaja en el marco de nuestras vidas como labradores serios y sin
imaginación.
Pero,
aunque no hablamos de ello, sé que yo, yo mismo, pienso mucho en ello. Paso más
tiempo del normal en el lugar de reposo de la peña, no sé exactamente por qué,
a menos que sea con la débil esperanza de que allí, de alguna manera, pueda
hallar alguna clave que confirme o niegue la teoría que he elaborado para
explicar el suceso.
Pues
yo creo, sin pruebas de ningún tipo, que aquel hombre era un hombre que venía
del futuro, y que la máquina era una máquina del tiempo y que la llave inglesa
es una herramienta que no se descubrirá ni fabricará hasta dentro de muchos más
años de los que me atrevo a imaginar.
Creo
que en algún lugar del futuro, el hombre ha descubierto un método por el cual
se mueve en el tiempo, y que indudablemente ha creado un código muy rígido de
ética y de prácticas para evitar las paradojas que resultarían del viaje
indiscriminado en el tiempo o de entrometerse en los asuntos de otras épocas.
Creo que el dejar la llave inglesa en mi época es una de esas paradojas, simple
en sí misma, pero que, en determinadas circunstancias, podría traer muchas
complicaciones. Por ese motivo, he inculcado a la familia la necesidad estricta
de continuar en nuestra actitud presente de mantener en secreto su posesión.
He
llegado igualmente a la conclusión, casi insostenible, de que el barranco en
cuyo pico está situada la peña puede ser un camino hacia el tiempo, o, al
menos, parte del camino, un punto donde nuestro tiempo presente coincide,
mediante la operación de algún principio aún desconocido, con otra época a gran
distancia de la nuestra. Puede ser un lugar en el continuo espacio-tiempo donde
se encuentra menos resistencia, viajando por el tiempo, que en otros lugares, y
que, al descubrirse, se utiliza con bastante frecuencia. O tal vez sea
sencillamente un camino temporal muchísimo más surcado, mucho más
frecuentemente utilizado que muchos otros caminos temporales, con el resultado
de que cualquier medio que separe un tiempo de otro tiempo se ha desgastado o
se ha curvado un poco, o cualquier cosa que pudiera ocurrir en tal
circunstancia.
Tal
razonamiento puede explicar el hormigueo extraño del lugar, puede explicar la
sensación de expectación.
El
lector puede pensar, lógicamente, que yo soy viejo, un hombre muy viejo, que he
pasado ya la media de la vida humana y que sigo viviendo por algún capricho del
destino humano. Aunque a mí no me lo parece así, puede que mi mente no sea tan
aguda ni viva, ni tan analítica como pudo haber sido antes, y que, como
resultado, yo sea susceptible a considerar ideas que serían sumariamente
rechazadas por un ser humano normal.
La
única prueba, si es que puede llamarse así, que tengo para apoyar mis teorías,
es que el hombre con el que me encontré podría haber muy bien sido un hombre
del futuro, podría muy bien venir de alguna civilización mucho más avanzada que
la nuestra. Pues debe haber quedado claro para quienquiera que lea esta carta
que en mi conversación con él me utilizó para sus propios propósitos, me engañó
con la misma facilidad con que un hombre de mi tiempo podría haber engañado a
un griego homérico o a un miembro de la tribu de Atila. Estoy seguro de que era
un hombre muy versado en semántica y en psicología. Mirando hacia atrás, sé que
estaba siempre muy por delante de mí.
Escribo
esto no sólo para que las teorías que pueda tener y que me guardaré de contar
en mi vida no se pierdan totalmente, sino para que puedan conocerse en una
época futura, cuando conocimientos más amplios de los que ahora tenemos pueda
utilizarlas de algún modo. Y espero que quien las lea no se reirá, ya que estoy
muerto. Pues si alguien se riera, me temo que, muerto y todo como estoy,
seguramente me enteraría.
Ese
es el defecto de los Sutton: no podemos soportar ser motivo de risa.
Y en
caso de que alguien pudiera creer que estoy trastornado, incluyo un certificado
médico, firmado hace sólo tres días, en el que se confirma, tras examen, que se
me encontró sano de mente y de cuerpo.
Pero
aún no he contado del todo la historia que tengo que contar. Estos
acontecimientos adicionales deberían haber sido incluidos en la secuencia
anterior, pero no he hallado lugar en el que encajaran lógicamente.
Se
refieren al extraño incidente de la ropa robada y de la llegada de William
Jones.
Robaron
la ropa hace unos días después del incidente en el prado del barranco. Martha
había hecho la colada a primera hora del día, antes de que el calor del sol
estival llegara, y la tendió en la cuerda. Cuando fue a recogerla, descubrió
que habían desaparecido un viejo mono mío, una camisa de Roland y dos pares de
calcetines que temo haber olvidado de quién eran.
El
robo nos sorprendió bastante, pues es algo que no suele ocurrir en nuestra
comunidad. Comprobamos entre nuestra lista de vecinos, con un cierto
sentimiento de culpabilidad, pues aunque no pronunciábamos ni una sola palabra
que alguien pudiera oír, sabíamos en nuestro interior que hasta pensar de
algunos de nuestros vecinos en relación con el robo era gran injusticia.
Hablamos
de ello periódicamente durante varios días, y al fin convinimos en que el robo
tenía que haber sido obra de algún vagabundo de paso, aunque incluso esta
explicación era muy poco satisfactoria, pues estamos muy aislados y los
vagabundos no suelen pasar, y recuerdo que aquel año era de una gran
prosperidad y había muy pocos vagabundos.
Unas
dos semanas después del robo de la ropa, llegó William Jones a la casa y
preguntó si necesitábamos alguien que nos ayudara en la siega. Nos complació su
llegada, pues andábamos escasos de mano de obra y el jornal que pidió estaba
muy por debajo del normal. Le contratamos sólo para la recolección, pero
demostró ser tan capaz que se ha quedado todos estos años. En el momento en que
escribo esto está fuera, en el patio del granero, preparando la agavilladora.
Hay
algo curioso en William Jones. En este lugar, un hombre pronto tiene un apodo,
o al menos un diminutivo de su nombre propio. Pero William Jones siempre ha
sido William. Nunca ha sido Will, o Bill, o Willy. Ni ha sido Espiga o Capullo
o Niño. Hay en él una tranquila dignidad que hace que todos le respeten y su
amor al trabajo y su interés tranquilo e inteligente en la labranza le han
ganado un puesto en la comunidad, muy superior al estatus normal de un
jornalero.
Es
absolutamente serio y nunca bebe, algo que yo le agradezco, aunque en un tiempo
tuve mis dudas. Pues cuando llegó, tenía una venda en la cabeza y me explicó
avergonzado que le habían herido en un riña de bar en algún lugar de Crawford
County.
No
sé cuándo empecé a preguntarme sobre William Jones. Desde luego no desde un
principio, pues le acepté como lo que pretendía ser, un hombre que buscaba
trabajo. Si había algún parecido con el hombre con quien yo había hablado en el
prado, no lo noté entonces. Y ahora, habiéndolo observado en fecha tardía, me
pregunto si mi mente no me estará jugando alguna pasada, si mi imaginación,
alborotada con mis teorías sobre el viaje en el tiempo, no podrá haberme
condicionado hasta el punto de hacerme ver un misterio acechando detrás de
todos los árboles.
Pero
la convicción ha arraigado en él mi transcurso de estos años. Pues aunque
intenta mantenerse en su lugar, adoptar un leguaje similar al nuestro, hay
veces en que su conversación indica una educación y una comprensión que no se
esperaría hallar en un hombre que trabaja en una granja por veinticinco dólares
al mes y manutención.
Está,
también, su timidez natural, que es algo que podría esperarse de un hombre que
estuviera intentando deliberadamente adaptarse a una sociedad que no fuera la
suya.
Y
está el asunto de la ropa. Pensando en ello, no puedo estar seguro del mono,
pues todos son muy parecidos. Pero la camisa era exactamente igual que la
camisa que había sido robada de la cuerda, aunque yo me dije que no sería tan
improbable que dos hombres tuvieran el mismo tipo de camisa. Y él iba descalzo,
lo cual resultaba curioso incluso entonces, pero lo explicó diciendo que le
habían ido muy mal las cosas, y recuerdo que le adelanté dinero para que se
comprara zapatos y calcetines. Pero resultó que no necesitaba calcetines, pues
tenía dos pares en el bolsillo.
Hace
algunos años, decidí varias veces hablar con él del asunto, pero mi resolución
fallaba siempre y ahora sé que no lo haré nunca. Pues me agrada William Jones y
yo le agrado a él, y por nada del mundo destruiría esta mutua simpatía
haciéndole una pregunta que le haría salir corriendo de la granja.
Hay
aún otra cosa que diferencia a William Jones de la mayoría de los jornaleros de
una granja. Con el primer dinero que ganó por su trabajo aquí, se compró una
máquina de escribir, y durante los dos o tres primeros años que estuvo con
nosotros, pasaba largas horas por la noche en su habitación escribiendo a
máquina y paseando por su habitación como sólo es capaz de caminar un hombre
que está pensando.
Y
luego, un día, a primera hora de la mañana, antes de que los demás nos
hubiéramos levantado, cogió un gran fajo de papel, al parecer el resultado de
aquellas largas horas de trabajo, y lo quemó. Desde la ventana de mi dormitorio
le vi hacerlo, y se quedó allí hasta estar seguro de que el último pedacito de
papel se había quemado. Luego dio la vuelta y regresó lentamente a la casa.
Nunca
le mencioné la quema del papel, pues creía, de algún modo, que era algo que no
deseaba que otro hombre supiera.
Podría
seguir escribiendo muchas otras páginas y explicar muchas otras cosas
intrascendentes y triviales que bullen en mi cabeza, pero no añadirían
absolutamente nada al relato de lo que hasta aquí he contado, y podrían, de
hecho, convencer al lector de que estoy completamente chocho.
Deseo
hacer una última afirmación a quienquiera que lea esto. Aunque mi teoría pueda
ser errónea, he de asegurarle que los hechos que cuento son verídicos. He de
asegurar a él o a ella que vi una máquina extraña en el prado y hablé con un
hombre extraño, que recogí una llave inglesa manchada de sangre, que robaron
ropa que estaba tendida en la cuerda y que, en este momento, un hombre llamado
William Jones está sacando agua del pozo para beber, pues el día es muy
caluroso.
Sinceramente,
John
H. Sutton.
XXII
Sutton
dobló la carta y el crujir del viejo papel ondeó en la quietud de la habitación
como el maligno gruñido del trueno.
Luego,
recordó algo y desdobló el fajo de hojas de nuevo y halló lo que se mencionaba
en la carta. Era amarillo y viejo... no era tan buen papel como el de la carta.
Estaba escrito con tinta, a mano, y la escritura se había descolorido, de modo
que apenas podía leerse. La fecha era Borrosa, excepto el 7 final.
Sutton
lo descifró:
He
examinado hoy a John H. Sutton y certifico que le considero mental y
físicamente sano.
La
firma era un garabato que seguramente no podría haberse descifrado con la tinta
aún fresca, pero había dos letras que destacaban claramente al final.
Las
letras eran D. M.
Sutton
miró a través de la habitación y vio en su mente la escena de aquel lejano día.
—Doctor,
he pensado hacer testamento. Me pregunto si podría usted...
Pues
John H. Sutton nunca habría contado al médico la verdadera razón de aquel
certificado... la auténtica razón por la que quería establecer que no estaba
loco.
Sutton
podía imaginárselo. Grave en su conversación, tentó, deliberado, tomándose
cantidad de tiempo para considerar las cosas, dando gran valor a cualidades y
ficciones que incluso en aquellos tiempos estaban deslucidas y desprestigiadas
por siglos de excesiva florificación.
Un
viejo tirano con su familia, muy probablemente. Quisquilloso con los vecinos,
que se reían a su espalda. Un hombre sin humor y preocupado por la ética y la
etiqueta.
Había
estudiado leyes y tenía un abogado en el interior, según reflejaba claramente
la carta. La minuciosidad de un abogado y la calma de un hacendado y la
locuacidad de un anciano.
Pero
no había duda en cuanto a la sinceridad del hombre. Creía haber visto una
máquina extraña y haber hablado con un hombre extraño y haber recogido una
llave inglesa manchada de...
¡Una
llave inglesa!
Sutton
se sentó de un salto en la cama.
La
llave inglesa que estaba en el baúl. Él, Asher Sutton, la había tenido en la
mano. La había cogido y la había tirado en el montón de desperdicios junto con
el hueso del perro y los cuadernos escolares.
La
mano de Sutton temblaba al volver a colocar la carta en su sobre. Primero había
sido el sello lo que le había intrigado, un sello que valía sabía Dios cuántos
miles de dólares... luego había sido la carta y el misterio de que estuviera
cerrada... Y ahora era la llave inglesa. Y la llave lo arreglaba todo.
Pues
la llave inglesa significaba que había habido realmente una máquina extraña y
un hombre extraño... Un hombre que sabía semántica y psicología suficiente para
expresarse con entusiasmo en el antiguo idioma. Lo bastante rápido en
comprender y para evitar que aquel agricultor en viaje de inspección le hiciera
las preguntas que estaban deseando hacerle.
Quién
es usted y de dónde viene y qué es esa máquina y cómo funciona, nunca he visto
una igual antes...
Difíciles
preguntas, si se las hubiera planteado.
Pero
nunca fueron hechas tales preguntas.
John
H. Sutton había tenido la última palabra... A lo cual debería estar
acostumbrado.
Asher
Sutton rió entre dientes pensando en que John H. Sutton había tenido la última
palabra y cómo había sucedido. Al viejo le complacería poder saberlo, pero,
naturalmente, no podía.
Había
habido algún fallo, desde luego. La carta se había perdido o traspapelado de
algún modo y luego se había perdido de nuevo... Y por último, de alguna forma,
había ido a parar a manos de otro Sutton, después de seis mil años.
Y
muy probablemente, había ido a parar a manos del primer Sutton al que serviría
de algo. Pues aquella carta tenía algo que ver con el misterio del momento.
Hombres
que viajaban en el tiempo. Hombres cuyas máquinas del tiempo se estropeaban y
aterrizaban, o atemporaban, o como quiera llamársele, en un prado. Y otros
hombres que chocaban viajando en el tiempo y gritaban a través de los recodos
del tiempo en naves incendiadas, y aterrizaban en un pantano.
Una
batalla en el ochenta y tres, había dicho el joven moribundo. No una batalla en
Waterloo o en la órbita marciana, sino en el ochenta y tres.
Y el
hombre había gritado su nombre un instante antes de morir y había hecho una
señal con los dedos colocados extrañamente. Así que soy conocido, pensó Sutton,
en el ochenta y tres y más allá del ochenta y tres, pues el muchacho dijo atrás
y eso significa que en su época, una época para la que aún faltan tres siglos,
es históricamente el pasado.
Buscó
su chaqueta de nuevo y deslizó la carta en el bolsillo con el libro; después
saltó de la cama. Buscó su ropa y empezó a vestirse.
Pues
al fin había comprendido lo que tenía que hacer.
Pringle
y Case habían utilizado una nave para llegar al asteroide, y él tenía que
encontrar aquella nave.
XXIII
La
cabaña estaba desierta, grande y vacía, con una extrañeza en aquel vacío que
hizo que Sutton, que hubiera debido estar acostumbrado a lo extraño, temblara
al sentirla.
Permaneció
un momento junto a la puerta y escuchó el murmullo del lugar, la débil e
ilógica respiración de la casa, el chirriar de las vigas congeladas, la caricia
del viento contra una cristalera, y los ruidos que ni la helada ni el viento
podían explicar, el sonido viviente de algo que no tenía vida.
La
alfombra del pasillo amortiguó sus pisadas cuando lo recorrió hacia las
escaleras. Oyó ronquidos en una de las dos habitaciones que Pringle le había
dicho que ocupaban él y Case, y se preguntó, por un momento, quién de los dos
sería el que roncaba.
Bajó
cuidadosamente las escaleras con la mano en la barandilla para guiarse, y al
llegar a la espaciosa sala esperó, permaneciendo absolutamente quieto, a que
sus ojos se acostumbraran a la oscuridad más profunda que se agazapaba allí
como animales en una cueva.
Lentamente,
los animales fueron tomando forma de sillas y divanes, mesas, escritorios y
cajas, y vio que en una de las sillas había un hombre sentado.
Como
si se hubiera dado cuenta de que Sutton le había visto, el hombre se movió,
volviendo la cara hacia él. Y aunque estaba demasiado oscuro para ver sus
rasgos, Sutton supo que el hombre de la silla era Case.
Así
que, pensó, el hombre que ronca es Pringle, aunque sabía que nada importaba
quién roncara.
—Señor
Sutton —dijo Case lentamente—, veo que decidió usted salir y buscar nuestra
nave.
—Sí
—dijo Sutton—, así es.
—Bueno,
eso está bien —dijo Case—. Esa es la forma en que me gusta que hable un hombre
y diga lo que está pensando —suspiró—. Ha encontrado usted demasiadas personas
torcidas —dijo—. Demasiada gente que trata de mentirle. Demasiada gente que le
cuenta medias verdades y creen, mientras lo están haciendo, que son muy
hábiles.
Se
levantó, alto, erguido y estirado.
—Señor
Sutton —dijo—, me agrada usted mucho.
Sutton
comprendió lo absurdo de la situación, pero sentía una frialdad y una
irritación que le indicaban que no era cuestión de risa.
Se
oyeron apagadas pisadas bajando las escaleras a su espalda y la voz de Pringle
resonó en la habitación:
—Así
que decidió usted intentarlo.
—Ya
lo ves —dijo Case.
—Te
dije que lo intentaría —dijo Pringle, con tono casi triunfal—. Te dije que
conseguiría descifrarlo.
Sutton
ahogó la náusea que se agolpó en su garganta. Pero la ira persistía... era por
la forma en que hablaban de él como si él no estuviera allí.
—Me
temo —dijo Case a Sutton—, que le hemos molestado. Somos muy poco delicados y
usted es muy sensible. Pero olvidémoslo todo ahora y vayamos a los negocios.
Creo que quería usted descubrir nuestra nave.
Sutton
se encogió de hombros.
—Le
toca mover ahora —dijo.
—Oh,
pero se equivoca —dijo Case—. No nos oponemos. Vaya y encuéntrela.
—¿Quiere
decir que no puedo encontrarla?
—Quiero
decir que puede hacerlo —dijo Case—. No la escondimos.
—Hasta
le mostraremos el camino —dijo Pringle—. Le acompañaremos. Así tardará usted
mucho menos.
Sutton
sintió el fluir de la transpiración y la humedad abundante en su frente.
Una
trampa, se dijo. Una trampa colocada bien a la vista e incluso sin cebo. Y me
he metido en ella sin mirar siquiera.
Pero
ya era demasiado tarde. No había forma de retroceder.
Intentó
dar a su voz un tono indiferente.
—De
acuerdo —dijo—. Jugaré con ustedes.
XIV
La
nave era realmente extraña, pero muy real. Y era la única cosa real. El resto
de la situación tenía un aspecto vago, irreal, casi fantástico, como si pudiera
tratarse de un mal sueño del que uno fuera a despertar en cualquier momento
para intentar distinguir por un angustioso segundo entre sueño y realidad.
—Ese
plano de ahí —dijo Pringle—, le confunde, sin duda. Y hay una buena razón para
que así sea. Pues es un mapa temporal.
Rió
entre dientes y se rascó la nuca con una mano regordeta.
—Si
le digo la verdad, yo mismo no lo entiendo. Pero Case sí. Case es militar y yo
soy sólo propagandista, y un propagandista no tiene que saber de lo que está
hablando, sólo hablar de ello de modo convincente. Pero un militar tiene que
saber de qué habla. Tiene que saberlo o algún día puede hallarse en una
situación realmente apurada y su vida puede depender de sus conocimientos.
Así
que era eso, pensó Sutton. Aquello era lo que le había preocupado. Aquélla era
la clave con la que no había podido dar. Lo que no había podido determinar
respecto a Case, lo que se había dicho a sí mismo que explicaría a Case, que
explicaría quién era y lo que era y por qué estaba allí en el asteroide.
Un
militar.
Tendría
que haberlo supuesto, se dijo Sutton. Pero yo estaba pensando en el presente,
no en el pasado ni en el futuro. Y en el mundo actual no hay militares, como
tales. Aunque hubo militares antes de mi época y al parecer los habrá en las
eras futuras. Dijo a Case:
—La
guerra en cuatro dimensiones ha de ser un tanto complicada.
Y no
lo decía porque en aquel momento le interesara la guerra, ya fuera en tres o en
cuatro dimensiones, sino porque consideró que le tocaba hablar.
Pues
de eso se trataba, se dijo... Aquélla era una situación totalmente ilógica, un
interludio ligeramente absurdo y psicopático que tendría su propósito, aunque
tal fuera un propósito oculto y confuso.
«Ha
llegado el tiempo» decía Walrus, «de hablar de muchas cosas. De zapatos —y
naves— y lacre —De coles— y reyes—»
Case
sonrió al hablar; una sonrisa dura, hermética, breve, militar.
—En
primer lugar —dijo Case—, es un asunto de cartas y gráficos y de un
conocimiento muy especial y de cierta superimaginación. Se trata de determinar
dónde puede estar el enemigo y lo que puede estar pensando y llegar antes allí.
Sutton
se encogió de hombros.
—Básicamente
ése es siempre el principio —dijo—. Llegar allí...
—Ah
—dijo Pringle—, pero ahora hay muchos más lugares adonde puede ir el enemigo.
—Se
trabaja con gráficos de pensamiento y cartas de actitud o informes históricos
—dijo Case, como si no le hubieran interrumpido—. Se sigue la pista de ciertos
sucesos y se retrocede luego hasta ellos para intentar cambiar algunos de esos
sucesos... Sólo un poco, comprende, pues no deben cambiarse demasiado. Sólo lo
suficiente para que el resultado final sea ligeramente distinto, sólo un poco
menos favorable al enemigo. Un cambio aquí y otro allá y ya está.
—Exige
gran precisión —dijo Pringle, confidencialmente—. Porque hay que asegurarse,
comprende. Se coge un curso histórico interesante y se sigue hasta el mínimo
detalle, determinando el punto clave donde es apropiado el cambio, de forma que
pueda ir uno hasta allí y cambiarlo...
—Y
entonces —dijo Case—, te llevas la gran sorpresa.
—Porque
descubres —dijo Pringle— que el historiador estaba equivocado. Parte de su
material estaba equivocado o su método era tosco o su razonamiento
incorrecto...
—En
algún lugar a lo largo de la línea —dijo Case—, perdió un eslabón.
—Eso
es —dijo Pringle—, en algún lugar perdió un eslabón, y uno descubre, después de
haberlo cambiado, que afecta a tu parte más que a la de tu enemigo.
—Ahora,
señor esqueleto —dijo Sutton—, me pregunto si podría explicarme por qué cruza
un niño la carretera.
—Sí,
señor Interlocutor —dijo Pringle—. Porque quiere llegar al otro lado.
Mutt
y Jeff, pensó Sutton. Una escena sacada de una caricatura de Krazy Kat.
Pero
hábil. Pringle era propagandista y no estaba loco. Sabía semántica y psicología
e incluso tenía conocimiento de los antiguos espectáculos de trovadores. Sabía
todo lo que había de saber sobre la raza humana, así como que tal conocimiento
podía serle útil en el pasado humano.
Un
hombre había aterrizado en el prado del barranco una mañana hacía seis mil
años, y John H. Sutton había llegado hasta allí, con un bastón, pues era el
tipo de hombre que podría haber llevado un bastón. Un recio y firme bastón de
nogal, sin duda, cortado y pulido con su propia navaja. Y el hombre había
hablado con él y había utilizado con John H. Sutton la misma táctica mental que
estaba intentando utilizar ahora Pringle con el lejano descendiente de Sutton.
Adelante,
dijo Sutton silenciosamente. Habla con voz ronca y aguda. Pues estoy sobre tu
pista y tú eres el único que lo sabe. Muy pronto estaremos hablando de
negocios.
Como
si hubiera leído el pensamiento de Sutton, Case dijo a Pringle:
—Jake,
no funciona.
—No,
supongo que no —dijo Pringle.
—Sentémonos
—dijo Case.
Sutton
sintió alivio. Ahora, se dijo, descubriría al fin lo que querían los otros,
podría dar con alguna clave para lo que estaba ocurriendo.
Se
sentó en una silla y desde donde estaba podía ver el extremo frontal de la
cabina, un pequeño espacio que proclamaba eficacia. El tablero de control
estaba delante de la silla del piloto, pero había pocos controles. Una hilera
de botones, una palanca o dos, un panel de interruptores que probablemente
controlaban las luces y portezuelas y cosas parecidas... y eso era todo. Eficaz
y simple... Nada absurdo, el mínimo de controles manuales. La nave, pensó
Sutton, casi se autocontrolaría.
Case
se arrellanó en una silla y cruzó sus largas piernas extendiéndolas frente a
él, apoyándose en la espalda. Pringle se sentaba al borde del asiento,
inclinado hacia adelante, frotándose las peludas manos.
—Sutton
—preguntó Case—, ¿qué es lo que quiere usted?
—Por
un lado —dijo Sutton—, este asunto del tiempo...
—¿No
lo sabe usted? —preguntó Case—. Bueno, fue un hombre de su propio tiempo. Un
hombre que está viviendo en este mismo momento...
—Case
—observó Pringle—, estamos en el 7990. Michaelson realmente hizo muy poco hasta
el 8003.
Case
se palmeó la frente.
—Oh,
eso es —dijo—. Sigo olvidando.
—Mire
—dijo Pringle a Sutton—. ¿Entiende lo que quiero decir?
Sutton
asintió, aunque por su vida que no entendía lo que quería decir Pringle.
—Pero
¿cómo? —preguntó Sutton.
—Es
todo cuestión de la mente —dijo Pringle.
—Sin
duda —dijo Case—. Si deja de pensar en ello, sabrá lo que es.
—El
tiempo es un concepto mental —dijo Pringle—. Buscaremos el tiempo en todas
partes antes de localizarlo en la mente humana. Consideraron que era una cuarta
dimensión. Recuerda usted a Einstein...
—Einstein
no dijo que fuera una cuarta dimensión —objetó Case—. Ni una dimensión tal como
piensa usted en longitud o profundidad o anchura. Lo consideró como duración...
—Eso
es la cuarta dimensión —dijo Pringle.
—No,
no lo es —dijo Case.
—Caballeros
—dijo Sutton—. Caballeros.
—Bueno,
en cualquier caso —dijo Case—, este Michaelson suyo determinó que era un
concepto mental, que el tiempo estaba sólo en la mente, que carece de
propiedades físicas exteriores a la capacidad del hombre para comprenderlo y
abarcarlo. Descubrió que un hombre con un sentido del tiempo lo bastante
fuerte...
—Hay
hombres, sabe usted —intervino Pringle—, que poseen un exagerado sentido del
tiempo. Pueden decirle a usted que han pasado diez minutos desde que se ha
producido un hecho, y han pasado diez minutos. Pueden contar los segundos con
tanta precisión y perfección como cualquier reloj.
—Así
que Michaelson construyó un cerebro temporal —dijo Case—. Un cerebro con su
sentido del tiempo billones de veces superior al normal, y descubrió que tal
cerebro del tiempo podía controlar el tiempo dentro de determinada área... que
podía mandar en el tiempo y trasladarse por él y transportar cualquier objeto
que pudiera estar dentro del campo de fuerza.
—Y
eso es lo que utilizamos nosotros hoy —dijo Pringle—. Un cerebro del tiempo. No
tiene uno más que colocar la palanca que indica al cerebro adonde se quiere ir,
y el cerebro del tiempo hace lo demás.
Miraba
a Sutton resplandeciente.
—Sencillo,
¿verdad?
—No
me cabe duda —dijo Sutton—. Es muy simple.
—Y
ahora, señor Sutton —dijo Case—. ¿Qué más quiere usted?
—Nada
en absoluto —dijo Sutton—. Nada.
—Pero
eso es absurdo —protestó Pringle—. Tiene que haber algo que quiera usted.
—Un
poco de información, quizás.
—¿Por
ejemplo?
—Por
ejemplo, de qué se trata todo.
—Va
usted a escribir un libro —dijo Case.
—Sí
—dijo Sutton—. Me propongo escribir un libro.
—Y
quiere usted vender ese libro.
—Quiero
verlo publicado.
—Un
libro —dijo Case—, es una mercancía. Es un producto de la mente y del músculo.
Tiene un valor de mercado.
—Supongo
—dijo Sutton— que están ustedes en el mercado.
—Somos
editores —dijo Case— en busca de un libro.
—Un
best-seller —añadió Pringle.
Case
descruzó las piernas y se sentó más erguido en la silla.
—Todo
es muy simple —dijo—. Se trata simplemente de llegar a un acuerdo. Queremos que
siga usted adelante y fije un precio.
—Que
sea alto —urgió Pringle—. Estamos dispuestos a pagar.
—No
he pensando ningún precio —dijo Sutton.
—Lo
hemos discutido —dijo Case—, de forma bastante especulativa, preguntándonos
cuánto podría querer usted y cuánto estaríamos dispuestos a dar nosotros.
Supusimos que un planeta le resultaría atractivo.
—Lo
habíamos dejado en una docena de planetas —dijo Pringle—, pero eso no tiene
mucho sentido. ¿Qué haría un hombre con una docena de planetas?
—Podría
alquilarlos —dijo Sutton.
—¿Quiere
decir usted que podrían interesarle una docena de planetas? —preguntó Case.
—No,
no quiero decir eso —le dijo Sutton—. Pringle preguntó que qué haría un hombre
con una docena de planetas, y yo trataba de ayudarle. Yo dije...
Pringle
se inclinó tanto hacia adelante en el asiento que casi se cae de bruces.
—Mire
—dijo—, no estamos hablando de uno de esos planetas que están en el quinto pino
de ningún sitio. Le estamos ofreciendo un planeta de paisaje cuidado, sin
ningún tipo de vida desagradable o venenosa, con un clima saludable y
agradables nativos, y todos los adelantos y comodidades habituales.
—Y
el dinero —dijo Case— para mantenerlo durante toda su vida.
—Situado
exactamente en el centro de la galaxia —dijo Pringle—. Es un lugar del que no
se avergonzaría usted.
—No
me interesa —dijo Sutton.
Case
perdió la calma.
—Por
amor de Dios, hombre, ¿qué es lo que quiere usted?
—Información
—dijo Sutton.
Case
suspiró.
—De
acuerdo, entonces. Le daremos información.
—¿Por
qué quieren ustedes mi libro?
—Hay
tres partes interesadas en su libro —dijo Case—. Una de esas tres partes le
mataría para evitar que escribiera el libro. Y lo que es aun más importante,
probablemente lo hará si no se pone usted de acuerdo con nosotros.
—¿Y
la otra parte, la tercera?
—La
tercera parte quiere que escriba usted el libro, desde luego, pero no pueden
pagarle ni un céntimo por escribirlo. Harán cuanto esté en su mano para
facilitarle la tarea, e intentarán protegerle de quienes quieran matarle, pero
no ofrecen dinero, nada de dinero.
—Si
acepto la oferta de ustedes —dijo Sutton— supongo que me ayudarán a escribir el
libro. Conferencias editoriales y todo eso.
—Naturalmente
—dijo Case—. A nosotros nos interesa. Queremos que se haga del mejor modo
posible.
—Después
de todo —dijo Pringle—, a nosotros nos interesa tanto como a usted.
—Lo
siento —les dijo Sutton—. Mi libro no está a la venta.
—Aumentaríamos
algo la oferta —dijo Pringle.
—Aún
no está a la venta.
—¿Es
esa su última palabra? —preguntó Case—. ¿Lo ha pensado bien?
Sutton
asintió.
Case
suspiró.
—Bueno
—dijo—, creo que tendremos que matarle.
Sacó
un revólver del bolsillo.
XXV
El
psicotrazador marcaba, interminablemente, a toda prisa, luego despacio, dando
un golpe de vez en cuando, como marcaría el tiempo un reloj con hipo.
Era
el único sonido de la habitación, y a Adams le parecía estar escuchando los
latidos de un corazón, la respiración de un hombre, la pulsación de la sangre
en la vena yugular.
Hizo
una mueca la pila de expedientes que un momento antes había barrida de la mesa,
tirándolos al suelo con un violento movimiento de la mano. Pues no contenían
nada... absolutamente nada. Todos eran perfectos, todos estaban comprobados:
certificados de nacimiento, informes escolares, recomendaciones, exámenes
psíquicos, comprobantes de lealtad... todos eran tal como debían ser. No había
ni una sola falta.
Ése
era el problema... en todos los informes del personal de] servicio no había una
sola falta. Ni una sola cosa, nada en lo que poder basar la sospecha.
Inmaculado
y puro.
Sin
embargo, algún miembro del servicio había robado el expediente de Sutton. Algún
miembro del servicio había avisado a Sutton de la trampa que le habían
preparado en el Orion Arms. Alguien que sabía lo de la trampa había estado
preparado, esperando, para ayudarle a escapar.
Espías,
se dijo Adams. Y alzó la mano, y la cerró y golpeó tan fuerte la mesa con el
puño, que le dolieron los nudillos.
Pues
sólo un miembro del servicio podría haberse hecho con el expediente de Sutton.
Sólo alguien desde el interior podría haber conocido la decisión de destruir a
Sutton, podría haberse enterado de los tres hombres designados para cumplir la
orden.
Adams
sonrió hoscamente.
El
trazador le sonrió. Quir-rap, decía, quir-rap, cliquiti, clic, quir-rap.
Aquello
era el corazón y la respiración de Sutton, aquello era la vida de Sutton
latiendo en algún lugar. Mientras Sutton viviera, sin importar dónde estuviera
ni lo que pudiera estar haciendo, el trazador seguiría con su cloqueo y sus
eructos.
Quir-rap,
quir-rap, quir-rap...
El
trazador había dicho que estaba en algún lugar del cinturón asteroidal, pero
eso era una localización muy vaga, aunque podría estrecharse. Naves equipadas
con otros trazadores estaban ya tratando de localizarle. Antes o después...
horas o días, o semanas, encontrarían a Sutton.
Quir-rap.
Guerra,
había dicho el hombre enmascarado.
Y
horas más tarde, una nave había llegado rugiendo a través de las colinas como
un llameante cometa y se había zambullido en una ciénaga.
Una
nave que hombre alguno había fabricado aún, con armas que era muy improbable
que algún hombre hubiera inventado todavía. Una nave cuyo atronar en la noche
había despertado a los habitantes de los contornos, en kilómetros a la redonda,
cuyo llameante metal había brillado como una antorcha en el cielo.
Una
nave y un cuerpo y un rastro que llevaba desde la nave al cuerpo por unos
trescientos metros de ciénaga. El rastro de las pisadas de un hombre y el
rastro de otros pies formando un surco al arrastrarse por el lodo. Y quien
había arrastrado al hombre muerto había sido Asher Sutton, pues las huellas de
Sutton estaban en la ropa enlodada del hombre en la orilla de la ciénaga.
Sutton,
pensó Adams cansinamente. Siempre Sutton. El nombre de Sutton en la portada de
un libro en Aldebarán XII. Las huellas de las pisadas de Sutton sobre la ropa
de un hombre muerto. El hombre enmascarado había dicho que el incidente de
Aldebarán XIII no se habría producido de no ser por Sutton. Y Sutton había
matado a Benton de un tiro en el brazo.
Quir-rap,
cliquiti, clic, quir-rap...
El
doctor Raven se había sentado en aquella silla al otro lado de la mesa y había
hablado de la tarde en que Sutton había aparecido por la universidad. «Encontró
el destino», había dicho el doctor Raven, y lo dijo como si se tratara de algo
normal, como si fuera algo incuestionable, algo que desde el principio se
habría esperado que ocurriera.
No
una religión, había dicho el doctor Raven, mientras el sol de la tarde
iluminaba su cabello blanco como la nieve. Oh, no, no una religión. Destino,
¿comprende?
Destino,
nombre. Destino, el curso predeterminado de los acontecimientos, concebido a
menudo como una fuerza o factor irresistible...
«La
definición comúnmente aceptada», había dicho el doctor Raven, como si estuviera
dando una conferencia, «quizás tenga que ser ligeramente modificada cuando
Asher escriba su libro».
¿Pero
cómo podría encontrar Sutton el destino? Destino era una idea, una abstracción.
«Olvida
usted», le había dicho el doctor Raven, hablando con la misma afabilidad que
emplearía con un niño, «la parte de la fuerza o factor irresistible. Eso es lo
que él encontró ...la fuerza o el factor».
«Sutton
me habló de los seres que encontró en Cygni», había dicho Adams. «No sabía muy
bien cómo describirlos. Dijo que lo más aproximado era abstracciones
simbióticas».
El
doctor Raven había cabeceado y se había rascado las orejas y calculó que las
abstracciones simbióticas podrían encajar, aunque era difícil determinar
exactamente lo que era una abstracción simbiótica o cuál era su aspecto.
Cuál
sería su aspecto, o qué podría ser.
El
robot de información había sido muy técnico cuando Adams le había planteado la
pregunta.
—Simbiosis
—le había dicho—. Bueno, señor, simbiosis es algo muy simple. Es una asociación
interna mutuamente beneficiosa entre dos organismos de diferente especie.
Mutuamente beneficiosa, entiendo, señor. Eso es lo importante, la cuestión del
beneficio mutuo. No que resulte beneficiado solamente uno de ellos, sino los
dos.
»En
el comensalismo, sin embargo, hay algo más. En el comensalismo sigue existiendo
el beneficio mutuo, señor, pero la relación es externa, no interna. Aunque no
es lo mismo que parasitismo. Porque en los casos de parasitismo, sólo se
beneficia una de las partes. El anfitrión no se beneficia, sólo el parásito.
»Esto
puede resultar en parte confuso, señor, pero...
—Bueno
—le había dicho Adams—. Háblame de la simbiosis. Ese otro asunto no me interesa
nada.
—Es
realmente —dijo el robot— algo muy simple. Considere, por ejemplo, el brezo.
Naturalmente, sabe usted que está asociado con un hongo.
—No
—dijo Adams—, no lo sabía.
—Bueno,
pues lo está —dijo el robot—. Un hongo que crece en su interior, dentro de sus
raíces y de sus ramas, de sus flores y de sus hojas, e incluso de sus semillas.
Si no fuera por este hongo, el brezo no podría crecer en el tipo de terreno en
el que crece. Ninguna otra planta puede crecer en un terreno tan pobre. Porque,
sabe usted, señor, ninguna otra planta está asociada con este particular hongo.
El brezo proporciona al hongo un lugar en el que vivir y el hongo hace posible
que el brezo pueda vivir en suelo tan pobre.
—Yo
no llamaría a eso un asunto tan simple —le dijo Adams.
—Bueno
—dijo el robot—, hay otras cosas, desde luego. Ciertos líquenes no son más que
la combinación simbiótica de un alga y un hongo. En otras palabras, en este
caso no existe nada que sea un liquen. Sencillamente, son otras dos cosas.
—Me
maravilla —dijo Adams con acritud— que no te consumas, simplemente, en la
ardiente llama de tu gran lucidez.
—También
hay algunos animales verdes —dijo el robot.
—Ranas
—dijo Adams.
—Ranas
no —dijo el robot—. Unos animales simples, animales rudimentarios. Cosas que
viven en el agua, sabe usted. Establecen una relación simbiótica con
determinadas algas. El animal utiliza el oxígeno que la planta libera, y la
planta utiliza el bióxido de carbono que libera el animal.
»Y
existe un gusano en relación simbiótica con un alga que le ayuda en los
procesos digestivos. Todo marcha perfectamente, excepto cuando el gusano
digiere al alga y entonces muere, porque sin el alga no puede digerir su
alimento.
—Todo
muy interesante —dijo Adams al robot—. ¿Puedes decirme ahora lo que puede ser
una abstracción simbiótica'
—No
—había dicho el robot—. No puedo.
Y el
doctor Raven, sentado ante su mesa, había dicho lo mismo: «Sería bastante
difícil saber exactamente lo que puede ser una abstracción simbiótica». Bajo
interrogatorio, se reiteró en que no era una religión nueva lo que había
encontrado Sutton. Oh, menos mal, no, una religión no.
Y
Raven, pensó Adams, debía saberlo, pues era uno de tos mejores y más conocidos
especialistas de la galaxia en religión comparada.
«Aunque
podría ser una nueva idea», había dicho el doctor Raven, «Válgame Dios, sí, una
idea absolutamente nueva».
Y
las ideas son peligrosas, se dijo Adams.
Pues
el hombre era escaso en la galaxia. Tan escaso, que una palabra, literalmente
una palabra pronunciada, un pensamiento espontáneo, podría ser suficiente para
poner en marcha la rebelión y la violencia que arrinconarían al hombre en el
sistema solar, de nuevo en el minúsculo anillo de planetas que le habían
albergado anteriormente. No se podía correr el riesgo. No se podía jugar con un
imponderable.
Mejor
sería que muriera un hombre innecesariamente, que el que toda la raza perdiera
el dominio de la galaxia. Mejor que una nueva idea, aunque fuera grande, fuera
borrada, que el que toda la vasta asociación de ideas que representaban a la
humanidad fuera borrada de las estrellas.
Punto
Uno: Sutton no era humano.
Punto
Dos: No estaba diciendo todo lo que sabía.
Punto
Tres: Tenía un manuscrito indescifrable.
Punto
Cuatro: Se proponía escribir un libro.
Punto
Cinco: Tenía una nueva idea.
Conclusión:
Había que matar a Sutton.
Quir-rap,
cliquiti, clic
Guerra,
había dicho el hombre. Una guerra en el tiempo.
Abarcaría
también, como el Hombre, toda la galaxia.
Sería
un ajedrez tridimensional con un billón de cuadrados y un millón de piezas. Y
con las normas cambiando a cada jugada.
Volvería
atrás para ganar sus batallas. Chocaría en puntos del tiempo y el espacio donde
ni siquiera se sabía que había una guerra. Podría, lógicamente, llegar hasta
las minas de plata de Atenas, hasta el caballo y la carroza de Thutmosis III,
hasta la navegación de Colón. Implicaría todos los campos del esfuerzo humano y
de la especulación humana, y torcería los sueños de los hombres que nunca
habían pensado en el tiempo más que como una sombra móvil en un reloj de sol.
Implicaría espías y propagandistas. Espías para aprender los factores del
pasado de modo que pudieran conspirar en la estrategia de campaña,
propagandistas para poder torcer la trama del pasado para que así la estrategia
fuera más eficaz.
Infiltraría
en el personal del Departamento de Justicia del año 7990 espías y quinta
columnistas y saboteadores. Y lo haría tan hábilmente que nunca podrían
descubrir a los espías.
Pero,
al igual que en una guerra normal y honesta, habría puntos estratégicos. Como
en el ajedrez, habría una casilla clave.
Sutton
era aquella casilla. Era la plaza que tenía que ser tomada y defendida. Era el
peón que se interponía en el camino del trayecto de alfil y de torre. Era el
peón en el que se centrarían ambas partes, ejerciendo toda su presión en un
sólo punto... y cuando una parte estuviera dispuesta, cuando hubiera conseguido
una fracción de ventaja, empezaría la matanza.
Adams
dobló los brazos sobre la mesa y reclinó la cabeza sobre ellos. Sus hombros se
agitaban por los sollozos, pero no tenía lágrimas.
—Ash,
muchacho —dijo—. Ash, confiaba tanto en ti. Ash.
El
silencio le hizo volver a sentarse erguido en la silla.
Por
un momento, no pudo localizarlo . determinar lo que pasaba. Y entonces lo supo.
El
psicotrazador había cesado en su cloqueo. Se echó hacia adelante y se inclinó
sobre él, y no había sonido alguno, ningún sonido del corazón, de la
respiración ni del latido de la sangre en la yugular.
La
fuerza impulsora que hacía que funcionara había cesado.
Lentamente,
Adams se levantó de la silla, cogió su sombrero y se lo puso.
Por
primera vez en su vida, Christopher Adams se fue a casa antes de que acabara el
día.
XXVI
Sutton
se irguió en la silla, y luego se relajó. Pues aquello era fanfarronería, se
dijo. Aquellos hombres no le matarían. Querían el libro, y los hombres muertos
no escriben.
Case
le contestó, casi como si Sutton hubiera dicho lo que pensaba en voz alta.
—No
tiene que contar con que seamos hombres honorables —dijo—, pues ninguno de los
dos pretende serlo. Creo que Pringle me apoyará en eso.
—Oh,
sin duda alguna —dijo Pringle—. Yo no tengo ninguna afición al honor.
—Habría
significado un buen montón para nosotros si lo hubiéramos llevado hasta Trevor
y .
—Un
segundo —dijo Sutton—. ¿Quién es Trevor? Es uno nuevo.
—Oh,
Trevor —dijo Pringle—. Sólo una omisión. Trevor es el jefe de la corporación.
—La
corporación —dijo Case— que quiere conseguir su libro.
—Trevor
nos habría colmado de honores —dijo Pringle— y nos habría cargado de riquezas
si lo hubiéramos logrado, pero ya que no quiere usted cooperar, tendremos que
dar con algún otro medio de obtener algún beneficio.
—Así
que cambiamos de bando y le matamos. Morgan pagará mucho por usted, pero le
quiere muerto. Su esqueleto es muy valioso para Morgan. Oh, sí, realmente lo
será.
—Y
se lo venderán ustedes —dijo Sutton.
—Con
toda certeza —dijo Pringle—. Nunca perdemos una apuesta.
Case
murmuró a Sutton:
—Espero
que usted no se opondrá.
Sutton
cabeceó.
—Lo
que hagan ustedes con mi cadáver no es asunto mío —les dijo.
—De
acuerdo, entonces —dijo Case, y alzó el arma.
—Un
segundo —dijo Sutton calmosamente.
Case
bajó el arma.
—¿Ahora
qué? —preguntó.
—¿Quiere
un cigarrillo —dijo Pringle—. Los hombres que están a punto de ser ejecutados
siempre quieren un cigarrillo o un vaso de vino o comer un pollo, o algo
parecido.
—Quiero
hacer una pregunta —dijo Sutton.
Case
asintió.
—Supongo
—dijo Sutton— que en su tiempo yo ya he escrito ese libro.
—Exactamente
—dijo Case—. Y si me lo permite le diré que es un trabajo honesto y eficaz.
—¿Y
lo han publicado ustedes u otra editorial?
Pringle
cloqueó:
—Otra
editorial, por supuesto. Si lo hubiéramos publicado nosotros, ¿por qué cree que
hubiéramos venido aquí?
Sutton
arrugó la frente.
—Ya
lo he escrito —dijo—, sin su ayuda ni su consejo... y sin que me lo editaran
ustedes. Así que, si lo escribo una segunda vez, y lo escribo tal como quieren
ustedes, habría complicaciones.
—Ninguna
—dijo Case—, que no pudiéramos superar. Nada que no pudiera explicarse de modo
absolutamente satisfactorio.
—Y
ahora que van a matarme, no habrá libro de ningún tipo. ¿Cómo solucionarán eso?
Case
frunció la frente.
—Será
difícil —dijo— y desafortunado... desafortunado para mucha gente. Pero de algún
modo lo resolveremos.
Volvió
a alzar el arma.
—¿Seguro
que no quiere cambiar de idea? —preguntó.
Sutton
movió la cabeza.
No
dispararán, se decía, es una fanfarronada. La discusión no ha hecho más que
empezar... y...
Case
apretó el gatillo.
Una
gran fuerza, como un poderoso puño, penetró en el cuerpo de Sutton y le echó
hacia atrás con tal violencia que la silla se ladeó y luego reviró, guiñando
como una nave atrapada en fuerzas magnéticas.
El
fuego brilló en su cráneo y sintió un vivo grito de agonía que le atenazaba y
le alzaba y le sacudía, haciendo resonar todos sus nervios, haciendo rechinar
todos sus huesos.
Había
un pensamiento, un pensamiento fugaz que él intentaba agarrar y mantener, pero
que se escapó culebreando de su cerebro como una anguila liberándose de
sanguinarios dedos.
Cambio,
decía el pensamiento. Cambio. Cambio.
Sintió
el cambio... lo sintió iniciarse cuando moría. y la muerte era algo suave,
suave y negro, frío y dulce y agradable. Se deslizó en ella como lo hace un
nadador en el oleaje y la muerte se cerró sobre él y le sostuvo y él sintió su
pulso y su batir y conoció la vastedad y la seguridad de ella.
En
la Tierra, el psicotrazador balbució y se detuvo, y Christopher Adams se fue a
casa por primera vez en su vida antes de que el día acabara.
XXVII
Herkimer
estaba tendido en la cama e intentaba dormir, pero el sueño tardaba en llegar.
Se admiraba de que debiera dormir... de que debiera dormir y comer y beber como
hombre. Pues él no era un hombre, aunque estaba tan cerca de serlo como podía
llegar a estarlo la mente humana y la habilidad humana.
Su
origen era químico, y biológico como el del hombre. Él era una imitación y el
hombre la realidad. Es el método, se decía, el método y la terminología, lo que
me impide ser hombre, pues en todo lo demás somos iguales.
El
método y las palabras y la marca tatuada que llevo sobre la frente.
Soy
tan bueno como el hombre y casi tan ingenioso como el hombre, aunque haga el
payaso, y podría ser tan ruin como el hombre si tuviera oportunidad. Pero llevo
una marca tatuada y soy propiedad de un hombre y no tengo alma... aunque a
veces lo dudo.
Herkimer
permanecía inmóvil mirando al techo, e intentaba recordar ciertas cosas, pero
los recuerdos no llegaban.
Primero
fue la herramienta y luego la máquina, que no era más que una herramienta
compleja, y máquina y herramienta no eran más que una prolongación de la mano.
Mano
de hombre, por supuesto.
Luego
llegó el robot y un robot era una máquina que caminaba como un hombre. Que
caminaba y miraba y hablaba como un hombre y hacía las cosas que el hombre
deseaba que hiciera; pero era una caricatura. No importaba lo bien montado que
estuviera ni la perfección de su diseño, no existía el peligro de que lo
tomaran por un hombre. ¿Y después del robot?
Nosotros
no somos robots, se decía Herkimer, ni somos hombres. No somos máquinas ni
tampoco carne y sangre. Somos productos químicos configurados en la forma de
nuestros creadores y destinados a una vida química tan próxima a la vida de
nuestros hacedores que algún día, alguno de ellos, para su propio asombro, se
encontrará con que no hay diferencia.
Configurados
en forma de hombres... y el parecido es tal, que llevamos una marca tatuada
para que los hombres puedan conocer a los suyos.
Tan
iguales al hombre, y sin embargo no hombres.
Aunque
hay esperanza. Si podemos guardar el secreto de Cuna. Si pudiéramos ocultarlo a
los ojos del hombre. Algún día no habrá diferencia. Algún día, un hombre
hablará con un androide y creerá que está hablando con otro hombre.
Herkimer
estiró los brazos y los dobló sobre la cabeza.
Intentó
examinar su mente, llegar a causas y valoraciones, pero le resultaba difícil.
Rencor no, desde luego. Ni recelo. Ni amargura. Sólo una torturante sensación
de cortedad, de haber alcanzado casi el objetivo y fallar por poco.
Pero
había comodidad, pensó. Si no había otra cosa, había comodidad.
Y
había que conservar aquella comodidad. Conservarla para los pequeños, para los
que eran menos que el hombre.
Permaneció
largo rato echado, pensando en la comodidad, contemplando el oscuro cuadrado de
la ventana cubierta de escarcha y las estrellas brillando a través de la
escarcha, escuchando, escuchando el débil gemido del lánguido y maligno viento
que parecía acuchillar el techo.
No
se dormía, y por último se levantó y dio la luz. Se vistió tiritando y sacó un
libro de su bolsillo. Acercándose mucho a la lámpara, pasó las hojas hasta un
párrafo que mostraba las huellas de haber sido leído muchísimas veces.
Nada
existe, no importa cómo haya sido creado, cómo haya nacido o haya sido
concebido o fabricado, que conozca el pulso de la vida, que camine solo. Puedo
aseguraros...
Cerró
el libro y lo retuvo entre las palmas de las manos.
«...cómo
haya nacido o haya sido concebido o fabricado...»
Fabricado.
Lo
único importante era el pulso de la vida. Comodidad.
Y
tenía que conservarse.
Cumplí
con mi deber, se dijo. Mi agradable y casi ansiado deber. Aún estoy
cumpliéndolo.
Interpreté
mi papel, se dijo, y creo que lo hice bien, interpreté mi papel cuando llevé el
desafío a la habitación de Asher Sutton. Representé un papel cuando me presenté
ante él como parte del estate duello... la parte insolente y locuaz de
cualquier androide normal.
Cumplí
mi deber por él... y sin embargo, no por él, sino por el consuelo, por el
privilegio de saber y creer que ni yo ni ninguna otra cosa viviente, sin
importar lo humilde que pueda ser, estará nunca sola.
Le
golpeé. Le golpeé con limpia precisión y le derribé, y te cogí en mis brazos y
le trasladé.
Él
estaba furioso conmigo, pero eso no importa. Porque su furia no puede borrar ni
una sola palabra de lo que él me dio.
El
trueno sacudió la casa y la ventana se tiñó por un instante de rojo.
Herkimer
se levantó y corrió a la ventana y se quedó allí agarrando el marco,
contemplando el rojo centelleo de los tubos propulsores.
El
miedo se apoderó de él y se abalanzó hacia la puerta y corrió por el pasillo
hasta la habitación de Sutton. No llamó ni giró la manecilla. Se lanzó contra
la puerta y ésta se abrió con la cerradura destrozada y retorcida y los
tornillos colgando.
La
cama estaba vacía y en la habitación no había nadie.
XXVIII
Sutton
sintió la resurrección y luchó contra ella, pues la muerte era agradable. Como
un lecho blando y cálido. Y la resurrección era un despertar estridente,
insistente, demencial, que chillaba en el frío preamanecer de una habitación
sucia y horrible. Horrible por su vida y su cruda realidad y su enfermizo y
punzante recordar de que uno tañía que levantarse y volver de nuevo a la
realidad.
Pero
esta no es la primera vez. Realmente no, dijo Sutton. Esta no es la primera vez
que muero y vuelvo de nuevo a la vida. Pues lo hice otra vez anteriormente, y
aquella vez estuve muerto durante mucho, mucho tiempo.
Había
una superficie plana y dura bajo él y estaba echado de bruces sobre ella, y
durante lo que le pareció un interminable lapso de tiempo su mente luchó por
visualizar la dureza y la lisura que había bajo él. Duro y liso y terso, tres
palabras, pero él no conseguía ver ni entender lo que describían.
Sintió
la vida serpear y animar y filtrarse por sus piernas y sus brazos. Pero no
respiraba y su corazón estaba parado.
¡Suelo!
Eso
era... aquella era la palabra para la cosa sobre la que él estaba. La
superficie dura y lisa era el suelo.
Le
llegaron sonidos, aunque al principio no los llamó sonidos, pues no tenía
ninguna palabra para ellos, y luego, un momento después, supo que eran sonidos.
Ahora
podía mover un dedo. Luego otro.
Abrió
los ojos y había luz.
Los
sonidos eran voces y las voces eran palabras y las palabras eran pensamientos.
Lleva
mucho tiempo determinar las cosas, se dijo Sutton.
—Debiéramos
haber insistido un poco más —decía una voz—. Y con más firmeza. Nuestro
problema, Case, es que no tenemos paciencia.
—La
paciencia no nos habría servido de mucho —dijo Case—. Estaba convencido de que
estábamos fanfarroneando. No importa lo que hubiéramos dicho o hecho, habría
seguido pensando que estábamos fanfarroneando y no habríamos llegado a ninguna
parte. Sólo podíamos hacer una cosa.
—Sí,
lo sé —convino Pringle—. Convencerle de que no estábamos fanfarroneando.
Sopló
con fuerza al respirar.
—Es
lástima —dijo—. Era un joven tan brillante.
Hubo
silencio durante un rato, y ahora no era sólo vida lo que penetraba en Sutton,
sino fuerza. Fuerza para levantarse y caminar, fuerza para alzar los brazos,
fuerza para desahogar su ira, fuerza para matar a dos hombres.
—No
lo hicimos tan mal —dijo Pringle—. Morgan y su gente nos pagarán muy
generosamente.
Case
era escrupuloso.
—No
me gusta el asunto, Pringle. Un hombre muerto es un hombre muerto si lo dejas
muerto. Pero si lo vendes, te conviertes en un carnicero.
—Eso
no es lo que me preocupa —le contestó Pringle—. ¿Qué significará para el
futuro, Case? ¿Para nuestro futuro? Muchos aspectos de nuestro futuro se
basaban en el libro, no habría importado mucho... no habría importado nada, en
realidad, de la forma en que lo habíamos imaginado. Pero ahora Sutton está
muerto. No habrá ningún libro escrito por Sutton. El futuro será diferente.
Sutton
se levantó.
Se
volvieron y le vieron y Case buscó el revólver.
—Adelante
—invitó Sutton—. Lléname de agujeros. No vivirás un minuto más para hacerlo.
Intentó
odiarlos tal como había odiado a Benton durante aquel fugaz instante allá en la
Tierra. Odio tan fuerte y primario que había hecho estallar la mente del
hombre.
Pero
no había odio. Sólo la grave y resuelta voluntad de matar.
Avanzó
sobre recias piernas y extendió las manos.
Pringle
corrió, chillando como una rata, buscando una salida. El arma de Case escupió
dos veces, y cuando la sangre brotó y cayó por el pecho de Sutton y él seguía
avanzando, Case arrojó el revólver y retrocedió hacia la pared.
No
duró mucho.
No
podían escapar.
No
había adonde ir.
XXIX
Sutton
condujo la nave hacia el pequeño asteroide, una girante pieza de despojos no
mucho mayor que la propia nave. La sintió chocar y tendió la mano para mover la
palanca de gravedad y la nave se encalló, y rodó por el espacio con el pedazo
de roca.
Sutton
dejó caer las manos a los lados, y permaneció sentado en la silla del piloto.
Frente a él, el espacio era negro y desamparado, rayado por las diminutas
estrellas que formaban líneas de fuego en el campo de visión, escribiendo
crípticos mensajes de luz fría y blanca en el cosmos mientras el asteroide
seguía su errático curso.
A
salvo, se dijo. A salvo por un rato al menos. Quizás para siempre, pues tal vez
no haya nadie esperándome.
Libre,
con un agujero en el pecho, con la sangre empapando su camisa y cayéndole
piernas abajo.
Muy
oportuno, pensó ceñudo, tener este segundo organismo. Este organismo que me
injertaron los cygnianos.
Me
mantendrá en marcha hasta... hasta...
¿Hasta
qué?
Hasta
que pueda regresar a la Tierra y llegar al consultorio de un médico y decir:
«Doctor, me han agujereado un poco. ¿Qué tal si me remienda?»
Sutton
rió entre dientes.
Podía
ver al doctor caer muerto.
¿O
regresar a Cygni?
Pero
no me dejarían entrar.
O
simplemente regresar a la Tierra tal como estoy y olvidarme del médico.
Podría
conseguir otra ropa, y dejaré de sangrar cuando haya salido toda la sangre.
Pero
no respiraría y se darían cuenta.
—Johnny
—dijo, pero no hubo respuesta, sólo un débil movimiento de vida en el interior
de su cerebro, una señal de reconocimiento, igual que movería un perro la cola
para hacerte saber que oía pero que estaba demasiado ocupado con un hueso para
dejar que algo le distrajera.
—Johnny,
¿estás ahí?
Pues
tenía que estar. Era una esperanza a la que asirse, era algo en lo que pensar.
Sospechaba
que ni siquiera había empezado a sondear la extraña profundidad de las
habilidades alojadas en su cuerpo y en su mente.
Él
no había sabido que su mero odio podía matar, que el odio podía brotar de su
cerebro como una lanza de acero y matar a un hombre. Y sin embargo, Benton
había muerto de un tiro en el brazo... y estaba muerto antes de que la bala le
tocara. Pues Benton había disparado primero y falló, y Benton jamás habría
fallado estando vivo.
No
había sabido que sólo con la mente podía controlar la energía necesaria para
elevar el peso muerto de una nave de un lecho rocoso y hacerla volar por once
años luz de espacio. Y sin embargo, eso era lo que había hecho, entresacando la
energía de las ardientes estrellas hasta el punto de que se oscurecían casi
totalmente, de las desordenadas motas de materia que flotaban en el vacío.
Y
aunque sabía que podía cambiar a voluntad de una vida a otra, no había sabido
con certeza que cuando una forma de vida resultaba muerta, la otra se encargaba
de todo automáticamente. Y eso era lo que había sucedido. Case le había matado,
y él había muerto, y había vuelto nuevamente a la vida. Pero él había muerto
antes de que se iniciara el cambio. De eso estaba totalmente seguro. Pues
recordaba la muerte y la reconoció. La conocía de la vez anterior.
Sintió
suorganismo comiendo... chupando las estrellas igual que un humano chupa una
naranja, royendo la energía aprisionada en el trozo de peña al que se había
unido la nave, horadando pequeñas rendijas de energía de los motores atómicos
de la nave.
Comiendo
para hacerse más fuerte, comiendo para rehacerse...
—Johny,
¿estás ahí?
Y no
hubo respuesta.
Dejó
que su cabeza cayera hacia adelante y la apoyó sobre el panel de instrumentos.
Su
cuerpo siguió comiendo, sorbiendo las estrellas.
Escuchaba
el lento gotear de la sangre cayendo de su cuerpo y chocando contra el suelo.
Su
mente estaba nublándose, y la dejó, pues no había fiada que hacer... no era
necesario utilizarla. No sabía lo que podría hacer ni lo que no podría hacer,
ni cómo manejarlo todo.
Había
caído, recordó, gritando en el extraño cielo, conociendo un instante de júbilo
salvaje al percibir que lograba pasar, que el mundo de 61 Cygni VII estaba al
alcance de su mano. Que lo que todas las naves de la Tierra no habían podido
hacer, lo había hecho él.
El
planeta se precipitaba hacia él, y vio la confusa geografía que culebreaba en
negro y gris en la pantalla.
Eso
había ocurrido veinte años atrás, pero lo recordaba, en la gris neblina de su
mente, como si hubiera ocurrido el día anterior o en aquel mismo instante.
Extendió
una mano y tiró de una palanca, y la palanca no se movió. La nave se hundió, y
por un instante sintió un creciente pánico que se convirtió en terror.
Un
hecho se destacaba, un hecho inflexible y negro, entre los centelleantes
fragmentos de pensamientos y esquemas y súplica que ululaban frenéticos en su
cerebro. Un hecho inflexible... estaba a punto de estrellarse. No recordaba el
choque, pues tal vez nunca supiera exac tamente cuándo chocó. Fue sólo miedo y
terror, y luego ni miedo ni terror.
Era
sólo el conocimiento y la consciencia y luego una nada que era reposo e inmenso
olvido.
El
conocimiento volvió en un momento... o un eón, no podía decirlo. Pero era un
conocimiento diferente, una sensibilidad que era sólo parcialmente humana, sólo
humana en un pequeño porcentaje. Y un conocimiento que era nuevo, aunque
parecía que lo había poseído siempre.
Sintió,
o supo, pues no estaba viendo, que su cuerpo estaba tendido en el suelo,
golpeado y roto, totalmente deformado. Y aunque supo que era su cuerpo y
conocía todas sus funciones superficiales y el plan de su montaje, se sintió
maravillado ante la cosa allí tendida y supo que había un problema que pesaría
sobre su extremado ingenio.
Pues
el cuerpo habría de ser recompuesto, reintegrado y coordinado de forma que
pudiera funcionar y que la vida que lo había abandonado volviera de nuevo a él.
Pensó
en Humpty Dumpty y el pensamiento era extraño, como si el verso infantil fuera
algo nuevo, o algo hacía mucho olvidado.
Humpty
Dumpty, le dijo otra parte de él, no da la respuesta; y supo que era cierto,
pues Humpty, recordó, no podía recomponerse.
Comprendió
que era dos, pues una parte de él había respondido a la otra parte. El que
contestaba y el otro, y aunque eran uno también estaban separados. Había una
hendidura que no podía entender.
Yo
soy tu destino, dijo el que había contestado. Yo estaba contigo cuando llegaste
a la vida y estaré contigo hasta que mueras. Ni te controlo ni te fuerzo, sino
que intentaré guiarte, aunque tú no lo sepas.
Sutton,
la pequeña parte de él que era Sutton, dijo: «Ahora lo sé».
Lo
supo como si lo hubiera sabido siempre, y era extraño, pues únicamente lo había
aprendido. El conocimiento, comprobó, estaba completamente enmarañado, pues él
era dos... él y el destino. No podía diferenciar inmediatamente las cosas que
sabía como Sutton solo y las que sabía como Sutton más el destino de Sutton.
No
puedo saber, pensó. Ni pude saber entonces ni puedo saber ahora. Pues aún están
profundamente arraigadas en mí las dos facetas de mi ser, el humano que soy y
el destino que me guía para una mayor gloria y una mayor vida si yo lo deseo.
Pues ni me forzará ni me presionará. Sólo me proporcionará barruntos, me
susurrará. Es lo que se llama conciencia y lo que se llama juicio y lo que se
llama rectitud.
Se
asienta en mi cerebro como no lo hace en el cerebro de ninguna otra cosa, pues
soy uno con él, como ninguna otra cosa lo es. Lo conozco con aterradora certeza
y ellos no lo conocen en absoluto, o, si lo conocen, sólo pueden conjeturar
ante la gran inmensidad de su realidad.
Y
todos tienen que saber. Todos tienen que conocer como yo.
Pero
hay algo que les impide conocer, o que retuerce su conocimiento de forma que lo
que saben es todo erróneo. He de descubrir qué es y corregirlo. Y, de un modo u
otro, he de entrar en el futuro, he de corregirlo para los días que yo no veré.
Yo
soy tu destino, había dicho el que había contestado.
Destino,
no fatalismo.
Destino,
no predeterminación.
Destino,
el curso de hombres y razas y de los mundos.
Destino,
la forma en que vives tu vida, la manera en que conformas tu vivir... la forma
de la que se pensaba que fuera tu vida, la forma en que vivirías tu vida si
escucharas la callada y queda voz que te hablaba en las encrucijadas y momentos
clave.
Pero
si no escuchabas... bueno, entonces, no escuchabas y no oías. Y no existía
fuerza capaz de hacerte escuchar. No había castigo por no escuchar, excepto el
castigo de haber ido contra tu destino.
Había
otros pensamientos u otras voces. Sutton no podía decir lo que eran, pues eran
ajenos a la maraña formada por él y el destino.
Este
es mi cuerpo, pensó. Y estoy en alguna otra parte. En algún lugar donde no se
ve como yo veía... ni se oye igual, aunque veo y oigo, pero con los sentidos de
otro y de una forma extraña.
La
barrera te permitió pasar, dijo un pensamiento, aunque la palabra que utilizó
no fue barrera.
Y
otro dijo: La barrera ha cumplido su propósito.
Y
otro dijo que había una determinada técnica que él había aprendido en un
planeta, el nombre de la cual se desvanecía y corría y formaba un borrón, y no
tenía significado alguno, hasta donde Sutton podía discernir.
Y
otro apuntó la singular complejidad e ineficacia del destrozado cuerpo de
Sutton y habló con entusiasmo de la simplicidad y perfección de la absorción
continua de energía.
Sutton
intentó gritarles que por amor de Dios se apresuraran, pues su cuerpo era una
cosa frágil y si esperaban demasiado ya sería imposible componerlo. Pero no
podía hacerlo, y como en un sueño, escuchó la respuesta del pensamiento, el
resplandor y la llama de la opinión individual moldeándose todo en un
pensamiento coherente que conformaba la consiguiente decisión.
Intentó
averiguar dónde estaba, trató de orientarse, y descubrió que no podía ni
siquiera definirse. Pues ya no era un cuerpo o un lugar en el espacio o el
tiempo, ni siquiera un pronombre personal. Era algo colgante, suspendido, que
no tenía sustancia ni podía fijarse en el esquema temporal y que no podía
reconocerse a sí mismo ni importaba que lo hiciera. Era un vacío que sabía que
existía y estaba dominado por algo más que también podría haber sido vacío,
pese al reconocimiento que podía apreciar en él.
Él
estaba fuera de su cuerpo y vivía. Pero no había modo de saber dónde o cómo
estaba.
Soy
tu destino, le había contestado lo que parecía ser una parte de él.
Pero
destino no era más que una palabra. Una idea. Una abstracción. Una vaga
definición para algo que había concebido la mente del hombre, pero que no podía
demostrar que la mente del hombre estaba dispuesta a aceptar sólo como idea no
demostrable.
Estás
en un error, dijo el destino de Sutton. El destino es real, aunque no puedas
verlo. Es real para ti y para todas las demás cosas, para todas las cosas
aisladas que conocen la oleada de la vida. Y ha sido siempre y siempre será.
¿No
es esto la muerte?, preguntó Sutton.
Eres
el primero en llegar a nosotros, dijo el destino. No podemos dejarte morir. Te
devolveremos a tu cuerpo, pero hasta entonces vivirás conmigo. Serás parte de
mí. Y eso es justo, pues yo he vivido contigo; he sido parte de ti.
Vosotros
no me queríais aquí, dijo Sutton: alzasteis una barrera para que no pasara.
Queríamos
uno, dijo el destino. Sólo uno. Tú eres ése; no habrá más.
¿Pero
la barrera?
Sólo
podía traspasarla una mente, dijo el destino. El tipo de mente que nosotros
queríamos. Determinada mente.
Pero
me dejasteis morir
Tenías
que morir, le dijo el destino. Hasta que no murieras y te convirtieras en uno
de nosotros, no podías saber. En tu cuerpo no podríamos haber llegado hasta ti.
Tenías que morir para ser libre, y yo estaba allí para cogerte y hacerte parte
de mí, de modo que entendieras.
No
entiendo, dijo Sutton.
Lo
harás, dijo el destino. Lo harás.
Y
entendí, pensó Sutton, recordando. Entendí.
Su
cuerpo se agitó al recordar y su mente se sintió aterrada ante la vasta e
insospechada inmensidad del destino... de trillones y trillones de destinos
para hermanar la abundante vida de la galaxia.
Destino
se había movido un millón de años antes y una peluda cosa simiesca se había
agachado y había cogido un palo roto. Se movió de nuevo y había golpeado una
piedra contra otra. Volvió a moverse una vez más y hubo un arco y una flecha.
Otra vez, y nació la rueda.
Destino
susurraba y algo surgía goteando del agua y en los años siguientes sus aletas
serían piernas y sus branquias ollares.
Abstracciones
simbióticas. Parásitos. Llámalos como quieras. Eran destino.
Y a
la galaxia le había llegado la hora de conocer el destino.
Si
parásitos, parásitos benéficos, dispuestos a dar más de lo que tomaban. Pues
todo lo que obtenían era el sentido de vivir, el sentido de ser... y lo que
daban, o estaban dispuestos a dar, era mucho más que mera existencia.
Pues
muchas de las vidas que vivían tenían que ser estúpidas, realmente. Una lombriz
de tierra, por ejemplo. O la oscura confusión que serpea por los nauseabundos
mundos selváticos.
Pero
gracias a ellos, algún día una lombriz de tierra podría ser más que una lombriz
de tierra... o una lombriz de tierra más grande. La oscura confusión podría ser
algo que alcanzaría alturas mayores que el hombre.
Pues
todo lo que se movía, deprisa o despacio, por la superficie de cualquier mundo,
no era una cosa sino dos. Ella y su propio destino individual.
Y a
veces el destino tomaba posesión y apresaba... y a veces no. Pero donde había
destino había esperanza eterna. Pues destino era esperanza. Y el destino estaba
en todas partes.
Ninguna
cosa camina sola.
Ni
se arrastra ni salta ni nada ni vuela ni se bambolea.
Un
planeta cerrado a toda mente excepto a una y, una vez que aquella mente llegó,
cerrado para siempre jamás.
Una
mente que contara a la galaxia cuando la galaxia estuviera dispuesta. Una mente
que hablara de destino y esperanza.
Esa
mente, pensó Sutton, es mi propia mente.
Que
Dios me ayude ahora.
Pues
si yo hubiera sido el único a elegir, si me hubieran preguntado, si hubiera
tenido algo que decir sobre ello, no habría sido yo sino alguna otra persona o
alguna otra cosa. Alguna otra mente en otro millón de años. Alguna otra cosa en
diez veces otro millón de años.
Es
demasiado pedir, pensó... demasiado pedir a un ser con una mente tan frágil
como la del hombre, que soportara el peso de la revelación, que soportara la
carga del conocimiento.
Pero
el destino me designó.
Casualidad
o accidente o simple suerte ciega... sería destino.
Viví
con destino, como destino... fui parte del destino y no el destino parte de mí,
y llegamos a conocernos como si fuéramos dos humanos mejor que si fuéramos dos
humanos. Pues destino era yo y yo era destino. Destino no tenía nombre y yo le
llamé Johnny y el hecho de que yo tuviera que nombrarle es una broma de la que
destino, mi destino, aún puede reírse.
Viví
con Johnny, mi parte vital, la chispa que los hombres llaman vida y no
entienden... la parte de mí que yo aún no entendía... hasta que mi cuerpo fue
reparado de nuevo. Y luego volví a él y era un cuerpo diferente, y un cuerpo
mejor, pues los muchos destinos se habían asombrado y aterrado ante la
ineficacia y la débil estructura del organismo humano.
Y
cuando lo compusieron, lo hicieron mejor. Lo remendaron de modo que tuviera
cantidad de cosas que antes no tenía... muchas cosas, sospecho, que aún no
conozco, y que no conoceré hasta llegado el momento de utilizarlas. Quizás
algunas de esas cosas no las conoceré nunca.
Cuando
volví a mi cuerpo, el destino vino y vivió conmigo de nuevo, pero entonces yo
ya le conocía, y le reconocí, y le llamé Johnny y hablábamos juntos y nunca
dejé de oírle, como debí dejar de oírle muchas veces en el pasado.
Simbiosis,
se dijo Sutton, una simbiosis superior a la del brezo con su hongo o el animal
rudimentario con su alga. Una simbiosis mental. Yo soy el anfitrión y Johnny es
mi huésped y estamos juntos porque nos entendemos. Johnny me da la consciencia
de mi destino, de la fuerza operativa de destino que forma mis horas y días y
yo doy a Johnny la imagen de vida que no podría tener con una existencia
independiente.
—Johnny
—llamó; y no hubo respuesta.
Esperó,
y no hubo respuesta.
—Johnny
—volvió a llamar, y en su voz había terror. Pues Johnny tenía que estar allí.
El destino tenía que estar allí.
A
menos... a menos... La idea le sacudió lentamente, suavemente. A menos que
estuviera realmente muerto. A menos que esto fuera ensoñación. A menos que esto
fuera una zona nebulosa donde el conocimiento y el sentido de existir se
entretenía un momento entre el estado de vida y el de muerte.
La
voz de Johnny era débil, muy débil y muy lejana.
—Ash.
—Sí,
Johnny.
—Los
motores, Ash. Los motores.
Sacó
a duras penas su cuerpo de la silla del piloto, sosteniéndose sobre
tambaleantes piernas.
Apenas
podía ver... sólo la borrada y confusa forma de metal que le envolvía. Sus pies
eran pesas de plomo que no podía mover... que no eran parte de él en absoluto.
Dio
un traspiés, se tambaleó y cayó de bruces.
Conmoción,
pensó. El choque de la violencia, el choque de la muerte, el choque de la
sangre manando, de la carne seca y desgarrada.
Había
habido fuerza, una oleada de fuerza que le había hecho ponerse de pie. Una
fuerza que había sido lo suficientemente grande como para tomar la vida de los
dos hombres que él había matado. La fuerza para la venganza.
Pero
aquella fuerza había desaparecido y ahora sabía que había sido la fuerza de la
mente, la fuerza de la voluntad más que la del hueso y el músculo, la que le
había permitido hacerlo.
Se
apoyó en pies y manos y se arrastró. Se detuvo y descansó, avanzó unos cuantos
pasos más con la cabeza colgando entre los hombros, babeando sangre y mucosidad
y jugos gástricos que dejaban un rastro en el suelo.
Encontró
la puerta de la cabina de motores y se alzó fiara poder llegar hasta el
picaporte.
Sus
dedos tocaron el picaporte y lo bajó, pero no tenían fuerza y resbalaron por el
metal y cayó en un confuso montón, completamente vencido, sobre la dura
frialdad del suelo.
Esperó
largo rato y volvió a intentarlo y esta vez consiguió abrir el picaporte,
aunque sus dedos volvieron a resbalar, y cuando cayó, quedó tendido atravesado
en el umbral.
Por
último, tras una espera tan larga que pensó que nunca podría lograrlo, se puso
otra vez a gatas y avanzó unos cuantos centímetros.
XXX
Asher
Sutton despertó a la oscuridad.
A la
oscuridad y a lo desconocido.
A un
desconocido y lento y súbito asombro.
Estaba
tendido sobre una superficie lisa y dura, y junto a su cabeza descendía un
techo metálico. Y algo ronroneaba y cuchicheaba a su lado. Apartó un brazo de
la cosa ronroneante y se dio cuenta de que había dormido con aquella cosa
cogida entre los brazos, apretado contra ella, como dormiría un niño abrazado a
su osito de felpa más querido.
No
existía sentido de tiempo y espacio, ni de cualquier vida anterior. Como si
hubiera brotado por arte de magia a la vida, la inteligencia y el conocimiento.
Yacía
inmóvil, y sus ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad, y al fin vio la
puerta abierta y la mancha oscura, ya seca, que cruzaba el umbral de la
habitación contigua. Algo se había arrastrado hasta allí, desde la otra
habitación hasta aquella, y había dejado tras de sí un rastro, y él permaneció
largo rato preguntándose lo que podría ser, con la angustia y el terror
royéndole la mente. Pues lo que fuera, podría estar aún allí y ser peligroso.
Pero
sentía que estaba solo, sentía la soledad en el palpitar del motor a su lado...
y fue así como supo por primera vez lo que era la cosa ronroneante. Nombre y
reconocimiento se habían deslizado en su mente sin esfuerzo consciente, como si
fuese algo desde siempre sabido; y ahora sabía lo que era. Salvo que le parecía
que el nombre había llegado antes que el reconocimiento, lo cual consideró
extraño.
Así
pues, aquello que estaba a su lado era un motor, y él estaba en el suelo, y el
metal que había sobre su cabeza era algún tipo de techo. Un espacio estrecho,
pensó. Un pequeño espacio que albergaba un motor y una puerta que daba a otra
habitación.
Una
nave. Eso era. Estaba en una nave. Y el rastro oscuro que cruzaba el umbral...
Al
principio pensó que alguna otra cosa, algo imaginario, había reptado en su
propio limo para marcar la ruta; pero ahora recordaba. Había sido él mismo...
él mismo quien había reptado hacia los motores.
Tendido
y quieto, lo recordó todo y comprobó maravillado su vitalidad. Alzó la mano y
se tocó el pecho; las ropas estaban quemadas y chamuscadas, y sintió la ceniza
entre los dedos; pero su pecho estaba entero... entero y liso y firme: buena
carne humana, sin agujeros.
Así
que era posible, se dijo. Recuerdo que me pregunté si lo sería... si Johnny no
se habría guardado una carta en la manga, si mi cuerpo poseería alguna
capacidad que yo ni siquiera sospechaba.
Sorbió
las estrellas y royó el asteroide, persiguiendo anhelante los motores. ¿Deseaba
energía? Y los motores tenían energía... más que las lejanas estrellas, más que
el frío y helado pedazo de roca que era el asteroide.
Así
que me arrastré para llegar a los motores y dejé tras de mí un oscuro rastro de
muerte y dormí con los motores en mis brazos. Y mi cuerpo absorbió y devoró la
energía que necesitaba del llameante núcleo de las cámaras de reacción.
Y
estoy entero de nuevo.
He
vuelto a mi cuerpo que respira y late, y puedo regresar a la Tierra.
Se
arrastró para salir de la sala de motores y se levantó.
A
través de las visoplacas, y desparramada como polvo enjoyado por suelos y
paredes, penetraba la desmayada luz de las estrellas. Y había dos formas
confusas, una en medio de la estancia y otra en un rincón.
Su
mente las absorbió y las olfateó como un perro olfatearía un hueso, y en un
instante recordó lo que eran aquellas formas. La humanidad que había en su
interior tembló ante las negras formas tendidas, pero otra parte de él, un
núcleo interior frío y duro, permaneció imperturbable, calculando, cara a la
muerte.
Avanzó
lentamente y, lentamente, se arrodilló junto a uno de los cuerpos. Tenía que
ser Case, pensó, pues Case era delgado y alto. Pero no podía verle la cara, y
no deseaba verla, pues en algún oscuro rincón de su mente aún recordaba la
apariencia de las caras.
Sus
manos descendieron y buscaron entre la ropa. Hizo un montoncito con los objetos
que encontró y, por último, dio con lo que estaba buscando.
Poniéndose
en cuclillas, abrió el libro por la página del título; era exactamente igual
que la del libro que llevaba en el bolsillo. Exactamente igual excepto por una
sola línea que había al final de la página.
La
línea decía: Edición Revisada.
Así
que era aquello. Aquél era el significado de la palabra que le había
confundido: Revisionistas.
Había
habido un libro, y había sido revisado. Los que vivieron en la época de la
edición revisada eran los Revisionistas. ¿Y los otros? se preguntó, repasando
los nombres... fundamentalistas, primitivos ortodoxos, indiferentes. Había
otros, estaba seguro, y no importaba. No importaba realmente cómo se llamaran
los otros.
Había
dos páginas en blanco, y el texto comenzaba:
Nosotros
no estamos solos.
Nadie
está nunca solo.
Ya
que el primer débil movimiento del primer aleteo de vida en el primer planeta
de la galaxia que conoció la llama de la vida no ha sido nunca una entidad
única que caminara o serpeara o vacilara sola por el sendero de la vida*.
Bajó
la vista al final de la página para leer la primera nota al pie:
*Esta
es la primera de muchas afirmaciones que, interpretadas erróneamente, han sido
causa de que muchos lectores creyeran que Sutton quería decir que la vida, sin
considerar su inteligencia o preceptos morales, es el beneficiario del destino.
Su primera frase, sin embargo, refuta toda esta línea de razonamiento, pues
Sutton utilizó el pronombre «nosotros», y todos los estudiantes de semántica
convienen en que es una locución común para cualquier género, al referirse a sí
mismo, el utilizar tal pronombre personal. Si Sutton hubiera querido dar a
entender toda vida, habría escrito «toda vida». Pero al utilizar el pronombre
personal se estaba refiriendo innegablemente a su propio género, a la raza
humana y solamente a la raza humana. Al parecer él creía erróneamente, creencia
nada extraña en su época, que la Tierra había sido el primer planeta de la
galaxia en conocer el aleteo de la vida. No hay duda de que, en parte, las
revelaciones de Sutton de su gran descubrimiento del destino han sido mal
interpretadas. La investigación y el estudio diligentes, sin embargo, han
logrado determinar, mas allá de la duda razonable, las partes que son
auténticas y las que no lo son. Esas partes que han sido manifiestamente
alteradas se apuntarán, y las razones para tal creencia serán cuidadosa y
abiertamente señaladas.
Sutton
pasó las páginas rápidamente. Más de la mitad del texto estaba lleno de pies de
página. Algunas páginas tenían dos o tres líneas de texto y el resto estaba
lleno de prolijas explicaciones y refutaciones.
Cerró
el libro, apretándolo entre las palmas abiertas.
Me
esforcé al máximo, pensó. Repetí y reiteré y subrayé: no solamente la vida
humana, sino toda la vida. Toda cosa que fuera consciente.
Y
sin embargo, ellos tergiversaron mis palabras.
Hicieron
una guerra para que mis palabras no fueran las palabras que yo había escrito,
para que todo aquello que yo quería decir fuera malinterpretado. Intrigaron y
lucharon y asesinaron para que el gran velo del destino cayera sólo sobre una
raza... para que la más corrompida raza de animales jamás engendrada robara lo
que se daba a entender no sólo para ellos sino para toda cosa viviente.
Y he
de impedirlo de algún modo. De algún modo ha de impedirse. Mis palabras han de
prevalecer de alguna manera para que todos puedan leer y conocer sin el velo de
la teorización mezquina, la interpretación aprendida y la lógica tendenciosa.
Pues
es tan simple. Es algo tan elemental. Toda vida tiene destino, no solamente la
vida humana.
Existe
una criatura de destino por cada otra cosa viviente. Por cada cosa viviente y
más. Esperan que la vida se produzca y cada vez que ocurre, uno de ellos está
allí y allí permanece hasta que aquella vida particular concluye. No sé cómo ni
por qué. No sé si el verdadero Johny está albergado en mi mente y en mi ser o
si se mantiene en contacto conmigo desde Cygni. Pero sé que está conmigo. Sé
que permanecerá conmigo.
Sin
embargo, los revisionistas tergiversarán mis palabras y me desacreditarán.
Cambiarán mi libro y desenterrarán viejos escándalos sobre los Sutton, para que
los errores de mis antepasados, multiplicados, manchen mi nombre.
Enviaron
a un hombre a hablar con John H. Sutton y él les dijo cosas que podían haber
utilizado. Pues John Sutton decía que todas las familias guardan esqueletos en
su armario y en eso decía la verdad. Y, viejo y parlanchín como era, habló de
esos esqueletos.
Pero
esas historias no llegaron al futuro ni pudieron utilizarse, pues el hombre que
las oyó quedó atrapado en el camino con una venda en la cabeza y sin zapatos.
Ocurrió algo que le impidió regresar.
Ocurrió
algo.
Algo...
Sutton
se levantó lentamente.
Ocurrió
algo, dijo, hablando consigo mismo, y yo sé qué fue lo que ocurrió.
Hacía
seis mil años, en un lugar llamado Winconsin.
Avanzó,
dirigiéndose a la silla del piloto.
Asher
Sutton se dirigía a Wisconsin.
XXXI
Christopher
Adams entró en su oficina y colgó el sombrero y el abrigo.
Se
volvió y retiró la silla que había ante su escritorio y en el instante en que
iba a sentarse quedó petrificado y escuchó.
El
psicotrazador ronroneaba.
Quir-rap,
murmuraba, quir-rap, cliquiti, click, quir-rap.
Christopher
Adams se enderezó, pues había quedado en una postura medio sentado medio
levantado, y volvió a ponerse el sombrero y el abrigo.
Al
salir cerró la puerta de golpe.
Y
jamás, en toda su vida, había dado un portazo.
XXXII
Sutton
acometió el río de frente, nadando con brazadas lentas y seguras. Notaba en su
cuerpo el agua cálida que le hablaba con voz profunda e importante, y Sutton
pensó: trata de decirme algo, igual que ha intentado decírselo a la gente en el
transcurso de las eras. Una voz potente hablando al paisaje, murmurando para sí
misma cuando nadie más escuchaba, pero intentando, intentando siempre contar a
su gente las nuevas que tenía que contar. Algunos quizás hubieran captado
determinada verdad y determinada filosofía del río, pero ninguno de ellos había
alcanzado el significado del idioma del río, pues es un idioma desconocido.
Como
el idioma, pensó Sutton, en el que yo tomaba mis notas. Pues tenían que estar
escritas en un idioma que nadie pudiera leer, un idioma que se hubiera olvidado
en la galaxia eones antes de que cualquier lengua actualmente viva iniciara sus
balbuceos. O un idioma que hubiera sido olvidado, o un idioma que jamás pudiera
conocerse.
Yo
no conozco ese idioma, se dijo Sutton, el idioma de mis notas. No sé de dónde
vino, ni cómo ni cuándo. Pregunté, pero no me lo dijeron. Johny intentó
decírmelo una vez, pero no pude captarlo, pues era algo que la mente del hombre
no podía aceptar.
Conozco
sus símbolos y las cosas que representan, pero desconozco los sonidos que lo
forman. Mi lengua es incapaz de formar los sonidos que constituyen la lengua
hablada. Pues todo lo que conozco es el idioma que habla este río... o el
idioma de alguna raza que se derrumbó y desapareció hace un millón de años.
El
negror de la noche descendió hasta fundirse con el negror del fluyente río; la
luna no había salido ni saldría hasta después de muchas horas. La luz de las
estrellas formaba puntitos sobre las onduladas olas del río y, en la ribera,
las luces de las casas hacían melladuras en el paisaje.
Herkimer
tiene las notas, se dijo Sutton, y espero que tenga sentido suficiente para
esconderlas. Pues las necesitaré después, pero no ahora. Me gustaría ver a
Herkimer, pero no puedo correr el riesgo, pues estarán vigilándole.
Y
sin duda me han asignado un trazador, pero me muevo con suficiente rapidez y
puedo mantenerme fuera de su alcance.
Sus
pies tocaron el suelo arenoso y se dejó caer y alcanzó la pendiente ribera. El
viento nocturno le golpeó; se estremeció, pues el río estaba caliente tras un
día de sol, y el viento estaba frío. Herkimer, por supuesto, sería uno de los
que habían regresado para procurar que él escribiera el libro tal como lo
habría escrito si no hubiera habido interferencias. Herkimer y Eva... y de los
dos, se dijo Sutton, en quien más podía confiar era en Herkimer. Pues un
androide lucharía, lucharía y moriría por lo que el libro diría. El androide y
el perro y el caballo y la abeja y la hormiga. Pero el perro y el caballo y la
abeja y la hormiga jamás sabrían, pues no podían leer.
Encontró
un ribazo herboso y se sentó y se quitó las ropas para escurrirlas, y luego
volvió a ponérselas. Atravesó después el prado hacia la carretera que enfilaba
valle arriba.
Nadie
encontraría la nave en el fondo del río... por un tiempo, al menos. Y todo lo
que necesitaba eran unas cuantas horas. Unas horas para preguntar algo que
tenía que saber, unas horas para regresar a la nave.
Pero
no podía perder ni un minuto. Tenía que conseguir la información lo más deprisa
posible. Pues si Adams había colocado un trazador para seguir su pista, y sin
duda lo habría colocado, ya sabrían que había regresado a la Tierra.
Volvió
otra vez la vieja y torturante duda sobre Adams. ¿Cómo había sabido Adams que
él iba a regresar y por qué le había preparado una trampa? ¿Qué información
había obtenido que le hubiera hecho ordenar que mataran a Sutton en cuanto le
vieran?
Alguien
le había hablado, alguien que tenía pruebas que mostrarle. Pues Adams no se
fiaría sin pruebas. Y sólo alguien del futuro podría haberle proporcionado
algún tipo de información. Uno de aquellos, quizá, que procuraban que el libro
no se escribiera, que no existiera, que el conocimiento que albergaba
desapareciera para siempre. ¿Y qué podría ser más simple que el hacer que el
hombre que tenía que escribirlo muriera?
Con
la excepción de que el libro ya había sido escrito. Que el libro ya existía.
Que, al parecer, el conocimiento se había extendido por la galaxia.
Aquello
sería catastrófico, pues si el libro no se escribiera, jamás habría existido, y
todo el segmento del futuro que de una u otra forma había sido afectado por el
libro, habría sido anulado junto con el libro, que no habría existido.
Y
aquello no podía ser, se dijo Sutton.
Lo
cual significaba que a Asher Sutton no podría ni debía permitírsele morir antes
de que escribiera el libro.
Sin
embargo, estaba escrito, el libro tenía que haber sido escrito o el futuro era
una mentira.
Sutton
se encogió de hombros. El confuso hilo de lógica era demasiado para él. No
había precepto ni precedente alguno sobre el que desarrollar la norma de causa
y resultado.
¿Futuros
alternos? Quizás, pero no parecía probable. Los futuros alternos eran una
fantasía que empleaba la semántica para demostrar una teoría, una inteligente
utilización de palabras que encubrían y enmascaraban las falacias.
Cruzó
la carretera y tomó un sendero que llevaba a la casa que se alzaba en la loma.
En
la marisma, junto al río, las ranas habían cesado en su croar y en algún lugar
lejano un pato salvaje gritaba en la oscuridad. En las colinas, los chotacabras
iniciaron el forum del atardecer. El aroma de hierba recién cortada saturaba el
aire y el olor de la niebla nocturna del río serpeaba colinas arriba.
El
sendero desembocó en un patio y Sutton avanzó por él.
Le
llegó la voz de un hombre.
—Buenas
tardes, señor —dijo la voz, y Sutton se volvió.
Entonces
vio al hombre por primera vez, un hombre que se sentaba en su silla y fumaba su
pipa a la luz de las estrellas.
—Me
desagrada tener que molestarle —dijo Sutton—, pero quisiera saber si puedo
utilizar su visor.
—Claro
que sí, Ash —dijo Adams—. Claro que sí. Todo lo que desee.
Sutton
miró fijamente a aquel hombre y sintió que se quedaba helado, petrificado.
¡Adams!
Entre
todas las casas que había a lo largo del río, se había encaminado a la de
Adams.
Adams
le sonrió.
—El
destino actúa en su contra, Ash.
Sutton
avanzó, encontró en la oscuridad una silla y se sentó.
—Tiene
usted un lugar agradable —dijo.
—Un
lugar muy agradable —dijo Adams.
Adams
sacudió su pipa y se la guardó en el bolsillo.
—Así
que murió usted de nuevo —dijo.
—Me
asesinaron —dijo Sutton—. Y recobré la vida casi inmediatamente.
—¿Fue
alguno de mis muchachos? —preguntó Adams—. Andan en su busca.
—Una
pareja de extranjeros —dijo Sutton—. De la banda de Morgan.
Adams
movió la cabeza.
—No
conozco ese nombre —dijo.
—Tal
vez no le diera su nombre —dijo Sutton—. Pero le dijo que yo iba a regresar.
—Así
que era eso —dijo Adams—. El hombre del futuro. Le ha tenido usted preocupado,
Ash.
—Necesito
hacer un visollamada —dijo Sutton.
—Puede
utilizar usted el visor —dijo Adams.
—Y
necesito una hora.
Adams
movió la cabeza.
—No
puedo concederle una hora.
—Media
hora, entonces. Puedo tener una oportunidad de conseguirlo. Media hora después
de que acabe de llamar.
—Ni
media hora tampoco.
—Usted
nunca juega, ¿verdad, Adams?
—Nunca
—dijo Adams.
—Yo
sí —dijo Sutton. Se levantó—. ¿Dónde está el visor? Correré el riesgo.
—Siéntese,
Ash —dijo Adams, casi cordialmente—. Siéntese y dígame algo.
Sutton
permaneció obstinadamente de pie.
—Si
pudiera darme su palabra —dijo Adams— de que este asunto del destino no
perjudicará al hombre. Si pudiera decirme que no servirá de ayuda y apoyo a
nuestros enemigos.
—El
hombre no tiene enemigos —dijo Ash—, a no ser los que él mismo ha creado.
—La
galaxia está esperando que estallemos —dijo Adams—. Esperando para echársenos
encima al menor signo de debilidad.
—Eso
es porque se lo enseñamos —dijo Sutton—. Observan cómo utilizamos su propia
debilidad para acabar con ellos.
—¿Qué
significará este destino? —preguntó Adams.
—Enseñaré
al hombre humildad —respondió Sutton—. Humildad y responsabilidad.
—No
es una religión —dijo Adams—. Eso es lo que me dijo el doctor Raven. Pero lo
que dice usted suena a religión... con toda esa historia de la humildad...
—El
doctor Raven tenía razón —le dijo Sutton—. No es una religión. Destino y
religiones podrían florecer juntos y existir en perfecta armonía. No se
interfieren sino que más bien se complementan. El destino defiende las mismas
cosas que defienden la mayoría de las religiones y no sustenta promesa alguna
de vida posterior. Deja eso a la religión.
—Ash
—dijo Adams sosegadamente—. Usted ha leído su propia historia.
Sutton
asintió.
—Piense
—dijo Adams—. Recuerde las cruzadas. Recuerde el esplendor del islamismo.
Recuerde a Cromwell en Inglaterra. Recuerde Alemania y América. Y Rusia y
América. Religión e ideas, Ash. Religión e ideas. El hombre luchará por una
idea cuando no pueda alzar una mano por tierra o vida u honor. Pero una idea.,
eso es algo diferente.
—Y
usted teme a una idea.
—No
podemos permitir una idea, Ash. Por lo menos, no ahora.
—Y
sin embargo —le dijo Sutton—, han sido las ideas las que han hecho que los
hombres crecieran. No tendríamos una cultura ni una civilización de no ser por
las ideas.
—En
este mismo momento —dijo Adams amargamente— los hombres están luchando en el
futuro por ese destino suyo.
—Esa
es la causa de que tenga que hacer una llamada —dijo Sutton—. Por eso necesito
una hora.
Adams
se levantó pesadamente.
—Tal
vez cometa un error —dijo—. Es algo que jamás he hecho en toda mi vida. Pero
por una vez correré el riesgo.
Cruzó
el patio y entró en una estancia pobremente iluminada, con mobiliario pasado de
moda.
—Jonathon
—llamó.
Se
oyeron pasos en el vestíbulo y entró en la estancia un androide.
—Un
par de dados —dijo Adams con gravedad—. El señor Sutton y yo vamos a jugar.
—¿Dados,
señor?
—Sí,
el par de dados que usan usted y el cocinero.
—Sí,
señor —dijo Jonathon.
Se
volvió y desapareció, y Sutton escuchó el sonido de sus pisadas por la casa
cada vez más débiles.
Adams
se volvió y quedó frente a él.
—Una
tirada cada uno —dijo—. Gana el que saque más alto.
Sutton
cabeceó, tenso.
—Si
gana usted, dispondrá de su hora —dijo Adams—. Si gano yo, cumplirá usted mis
órdenes.
—Está
bien —dijo Sutton—. En semejantes términos, estoy dispuesto a jugar.
Y
estaba pensando:
Alcé
la nave destrozada sobre 61 Cygni VII y la conduje a través del espacio. Yo era
motor y piloto, tubos y navegante. La energía generada por mi cuerpo cogió la
nave y la alzó y la guió por el espacio... once años a través del espacio.
Transporté la nave esta noche y bajé con ella por la atmósfera con los motores
parados para que no pudiera ser localizada, y aterricé en el río. Puedo sacar
un libro de aquella carpeta y ponerlo sobre la mesa sin posar las manos en él,
y podría pasar las páginas sin usar las yemas de los dedos.
Pero
los dados...
Los
dados eran diferentes.
Corren
demasiado deprisa y se detienen con igual rapidez.
—Gane
o pierda —le dijo Adams—, puede utilizar el visor.
—Si
pierdo —dijo Sutton—, no lo necesitaré.
Jonathon
regresó y dejó los dados sobre la mesa. Vaciló un momento, y cuando comprendió
que los dos humanos estaban esperando a que se fuera, se marchó.
Sutton
movió la cabeza ante los dados despreocupadamente.
—Usted
primero —dijo.
Adams
los recogió, los apretó en su puño y los sacudió, y su sonido era como el
rechinar de dientes.
Bajó
el puño sobre la mesa y abrió los dedos, y los cubitos blancos golpearon y
rodaron sobre la mesa. Se detuvieron al fin: uno era un cinco y el otro un
seis.
Adams
alzó los ojos hacia Sutton y su mirada no expresaba nada. No expresaba triunfo.
No expresaba absolutamente nada.
—Su
turno —dijo Adams.
Perfecto,
pensó Sutton. Dos seises. Tenía que sacar dos seises.
Extendió
la mano y recogió los dados, los movió en su puño, sintió su forma y su tamaño
en la palma.
Ahora
cógelos con la mente, se dijo... cógelos en tu mente al igual que en tu puño.
Manténlos en la mente, hazlos parte de ti, como hiciste a las dos naves cruzar
el espacio, como podrías hacer con un libro o una silla o una flor si
quisieras.
Cambió
por un momento y su corazón se detuvo y el fluir de su sangre se hizo lento en
sus venas y arterías, y dejó de respirar. Sintió entrar en funcionamiento el
sistema de energía, el otro organismo que absorbía energía de cualquier cosa
que pudiera tenerla.
Su
mente se extendió y tomó los dados y los movió en el interior de la prisión de
su puño, y bajó la mano con un gesto como de calada y abrió la mano y los dados
surgieron bailando.
También
bailaban en su cerebro, al igual que sobre la mesa, y los veía, o los sentía, o
era consciente de ellos como si formaran parte de sí mismo. Consciente de los
lados que tenían seis motas negras y de los que tenían una, y de todos los
demás lados.
Pero
resultaba difícil manejarlos, resultaba difícil hacerles seguir el camino que
él quería que siguieran, y por un terrible y angustioso segundo pareció como si
los danzantes cubitos poseyeran mente y personalidad propias.
Uno
de ellos era un seis, y el otro seguía moviéndose. Apareció el seis, y se
detuvo por un momento, amenazando con caer de otro lado.
Un
empujón, pensó Sutton. Sólo un pequeño impulso. Pero con la fuerza de la mente
en vez de con la de los dedos.
El
seis quedó fijo y los dados permanecieron allí, ambos mostrando seises.
Sutton
dio un profundo suspiro y su corazón volvió a latir y la sangre bombeó por sus
venas.
Los
dos hombres permanecieron un momento en silencio, mirándose frente a frente.
Adams
habló, y su voz era sosegada; nadie podría haber imaginado, por el tono que
empleaba, lo que sentía.
—El
visor está ahí —dijo.
Sutton
se inclinó, tan ligeramente como siempre, y al hacerlo se sintió estúpido, como
un personaje sacado de alguna pieza increíblemente antigua y mala del
romanticismo.
—El
destino —dijo—, sigue actuando en mi favor. Cuando surge un apuro, ahí está el
destino.
—Su
hora empezará a contar —dijo Adams— tan pronto como termine de hablar.
Se
giró vivamente y volvió al patio, muy erguido y tieso.
Ahora
que había ganado, Sutton se sintió súbitamente débil; se encaminó hacia el
visor, sintiendo sus piernas como si fueran de goma.
Se
sentó ante el visor y sacó el directorio que necesitaba. Información. Y el
subtítulo.
Geografía
histórica, Norteamérica.
Encontró
el número y lo marco, y la pantalla se iluminó. El robot dijo:
—¿Puedo
servirle en algo, señor?
—Sí
—dijo Sutton—. Me gustaría saber dónde estaba Wisconsin.
—¿Dónde
está usted ahora, señor?
—Estoy
en la residencia del señor Christopher Adams.
—¿El
señor Adams del Departamento de Investigación Galáctica?
—El
mismo —dijo Sutton.
—Entonces
—dijo el robot— está usted en Wisconsin.
—¿Bridgeport?
—preguntó Sutton.
—Estaba
en el río Wisconsin, en la ribera norte, a unos diez kilómetros de su
desembocadura en el Mississippi.
—Pero
¿y esos ríos? Nunca oí hablar de ellos.
—Está
ahora cerca de ellos, señor. El Wisconsin desemboca en el Mississippi
exactamente debajo del punto en el que se encuentra usted ahora.
Sutton
se levantó vacilante, cruzó la estancia y salió al patio.
Adams
estaba encendiendo su pipa.
—¿Consiguió
lo que quería? —le preguntó.
Sutton
asintió.
—Entonces
márchese —dijo Adams—, su hora ya ha empezado.
Sutton
vaciló.
—¿Qué
pasa, Ash?
—Me
pregunto —dijo Sutton—, me pregunto si querría usted darme la mano.
—Bueno,
desde luego que sí —dijo Adams.
Se
levantó pesadamente y le tendió la mano.
—No
sé cuál de los dos —dijo Adams—, pero es usted el hombre más grande o el mayor
estúpido que haya conocido en mi vida.
XXXIII
Bridgeport
soñaba en su nicho rocoso a lo largo del río de rápida corriente. El sol
estival caía en el hueco entre las rocas con una fiereza que parecía exprimir
la última esperanza de vida y energía de todo... de las casas batidas por el
tiempo, del polvo que cubría la calle, de los arbustos y matorrales de
marchitas hojas y de las batidas hileras de flores.
La
vía férrea rodeaba un farallón y entraba en el pueblo, luego bordeaba otro
farallón y desaparecía, y por el breve espacio de este arco fuera de algún
lugar y dentro de ninguno, brillaba al sol con la bruñida agudeza de un
cuchillo afilado. Entre los raíles y el río, la estación se amodorraba, un
edificio cuadrado que tenía el aspecto de haber arqueado los hombros contra el
sol del verano y el frío del invierno durante tantos años que se alzaba
desalentado y rastrero, esperando el siguiente trazallo del tiempo o del
destino.
Sutton
permaneció en la plataforma de la estación y escuchó el río, la succión y el
borboteo de pequeños remolinos que corrían a lo largo de la ribera, el gorgoteo
del agua fluyendo a través de un tronco oculto, el suave suspiro de los acuosos
dedos agarrando la punta de una rama goteante. Y sobre todo ello, atravesándolo
todo, el verdadero sonido del río... lengua que recorría la tierra hablando,
sonido formado por muchos otros sonidos, el sordo y profundo rugido que hablaba
de fuerza y determinación.
Alzó
la cabeza y semicerró los ojos, a causa del sol, para mirar el potente tramo de
metal que saltaba el río desde el pico del farallón, descendiendo hacia el
cimiento de camino muy pendiente que cruzaba el valle suavemente ascendente en
la otra orilla.
El
hombre saltaba los ríos sobre grandes tramos de acero y nunca oía hablar a los
ríos en su carrera hacia el mar. El hombre saltaba los mares en alas movidas
por suaves y bruñidos motores y el estruendo del mar era un sonido perdido en
la vacía bóveda del cielo. El hombre cruzaba el espacio en cilindros metálicos
que saltaban tiempo y espacio y lanzaban al hombre y sus milagrosas máquinas a
callejones de matemática conjetural ni siquiera soñados en aquel mundo de
Bridgeport, 1977. El hombre tenía prisa e iba demasiado lejos, demasiado
rápido. Tan lejos y tan rápido que se perdía muchas cosas... cosas que habría
llevado tiempo aprender... cosas que algún día, en una edad futura, dedicaría
tiempo a estudiar. Algún día, el hombre regresaría por el limoso camino y
aprendería las cosas que había pasado por alto y se preguntaría por qué las
había pasado por alto, y al conocerlas pensaría en los años para siempre
perdidos.
Sutton
bajó de la plataforma y encontró un pequeño sendero que descendía hasta el río.
Lo recorrió con cuidado, pues era blando y estaba lleno de piedras que uno
tenía que procurar no pisar, ya que al hacerlo rodaban.
Al
final del sendero encontró a un anciano.
El
anciano se sentaba encaramado en una pequeña roca asentada en el limo y
sostenía entre las rodillas una caña inclinada sobre el río. Una aromática
cachimba sobresalía de las patillas grises, y tenía junto a él un botijo de
barro con una tusa de maíz por corcho.
Sutton
se sentó cautelosamente junto a la peña y le sorprendió la frescura que se
sentía a la sombra de los árboles y de la maleza... un frescor agradable
después del brutal sol que caía sobre la villa a escasa distancia de la orilla.
—¿Pica
algo? —preguntó.
—¡Quiá!
—dijo el anciano.
Chupó
la pipa, y Sutton le contempló en silencio, fascinado.
Uno
habría jurado, se dijo, que la barba estaba ardiendo.
—Tampoco
ayer picó ninguno —le dijo el anciano.
Retiró
la pipa de la boca, con deliberado y concentrado movimiento, y escupió con
estudiada concentración en el centro de un remolino del río.
—Y
anteayer tampoco pesqué nada —añadió.
—Pero
usted quiere pescar algo, ¿no es así? —preguntó Sutton.
—Quiá
—dijo el viejo.
Bajó
una mano y alzó el botijo. Sacó el tapón y frotó el pitorro con una mano
astrosa.
—Eche
un trago —invitó, tendiéndole el botijo.
Sutton
lo cogió, recordando la mano sucia, y dominó las náuseas en silencio. Lo alzó
con cuidado y lo inclinó hacia la boca.
El
líquido entró en su boca y borboteó en su garganta y era fuego líquido mezclado
con hiel y con un toque de azufre para darle algo extra.
Sutton
separó el botijo y lo sujetó por el asa, permaneciendo con la boca
completamente abierta para refrescarla y borrar el sabor.
El
anciano volvió a colocarlo en su lugar y Sutton se limpió las lágrimas que
corrían por sus mejillas.
—No
es tan viejo como debería —se disculpó el anciano—, pero no tengo tiempo para
andarlo perdiendo con eso.
Echó
un trago, se limpió la boca con el revés de la mano y rugió satisfecho. Una
mariposa que pasaba aleteando cayó completamente muerta.
El
anciano alzó un pie y la empujó.
—Débil
cosa —dijo.
Volvió
a posar el botijo y apretó bien el tapón.
—Es
usted forastero, ¿no? —preguntó a Sutton—. No recuerdo haberle visto por ahí.
Sutton
asintió.
—Estoy
buscando a alguien llamado Sutton. John H. Sutton.
El
viejo rió entre dientes.
—¿El
viejo John, eh? Él y yo nos criamos juntos. El mayor pillastre que he conocido.
Un tipo listo, el viejo John. Se fue a estudiar derecho y le dieron una
educación. Pero no la utilizó. Se estableció en una granja en la sierra, por
allí, al otro lado del río.
Echó
una mirada rápida a Sutton y añadió:
—No
es usted pariente del viejo Sutton, ¿verdad?
—Bueno
—dijo Sutton—, no exactamente. No muy cercano, al menos.
—Mañana
es el cuatro de julio —dijo el anciano— y recuerdo cuando John y yo volamos una
alcantarilla en Campbell Hollow, por esa fecha. Encontramos algo de dinamita
que una patrulla de caminos había estado usando para barrenos. John y yo
supusimos que haría una gran detonación si la encerrábamos. Así que la
colocamos en la alcantarilla y prendimos una mecha bien larga. Señor, voló
aquella alcantarilla hasta el infierno. Recuerdo que nuestros padres querían
despellejarnos por haber hecho aquello.
Justo
en el clavo, pensó Sutton. John H. Sutton está exactamente al otro lado del río
y mañana es el cuatro. 4 de julio de 1977, eso es lo que decía la carta.
Y no
tuve que preguntar. Apareció el viejo chiflado y me lo dijo.
En
la superficie del río el sol era una bocanada ardiente, pero allí, bajo los
árboles, sólo llegaba el destello del calor. Pasó flotando una hoja con un
saltamontes encima. El saltamontes trató de saltar a tierra, pero se quedó
corto y la corriente lo atrapó y lo tragó.
—Nunca
tuvo una oportunidad —dijo el viejo—, ese saltamontes. El río más perverso de
todos los Estados Unidos es el viejo Wisconsin. No puede confiarse en él. Al
principio, intentaron navegar por él en buques de vapor, pero no pudieron
hacerlo, pues donde un día había un canal, al día siguiente había un banco de
arena. La corriente desvía la arena de un modo espantoso. Un tipo del gobierno
escribió una vez un informe sobre este río. Decía que la única forma de poder
navegar por el Wisconsin era encofrarlo y revocarlo.
Se
oía lejano y distante el rumor del tráfico por el puente. Pasó un tren,
trepidante y traqueteante, un largo furgón que se perdió valle arriba. Mucho
después de que hubiera pasado, Sutton oyó su silbante grito, como una perdida
voz de aviso por si alguien cruzaba inadvertidamente.
—El
destino —dijo el viejo— seguramente ni siquiera avisó a aquel saltamontes,
¿verdad?
Sutton
dio un salto de repente, balbuciendo:
—¿Qué
fue lo que dijo?
—No
me haga caso —dijo el viejo—. Suelo hablar conmigo mismo. A veces la gente me
oye y cree que estoy loco.
—Pero
dijo usted algo sobre el destino, ¿no?
—Es
algo que me interesa, muchacho. Una vez escribí una historia sobre el destino.
No importa mucho. Solía pasar el rato escribiendo en mi juventud.
Sutton
se relajó y se echó hacia atrás.
Una
libélula rastreaba la superficie del agua. Lejos de la orilla saltó un pez,
dejando un amplio círculo en el agua.
—Parece
que no le importa a usted mucho pescar algo o no pescar nada.
—Prefiero
no pescar nada —le dijo el viejo—. Si pica algo tiene uno que sacarlo del
anzuelo. Luego tiene uno que volver a colocar el cebo y volver a arrojar el
anzuelo al río. Luego hay que limpiar el pez. Es una perspectiva de trabajo
realmente horrible.
Se
quitó la pipa de la boca y escupió cuidadosamente en el río.
—¿Ha
leído a Thoreau, hijo?
Sutton
meneó la cabeza tratando de rememorar. El nombre le hizo recordar. Había un
fragmento en un libro de literatura antigua de sus días de estudiante. Todo
aquello era lo que quedaba de lo que se creía que había sido una gran obra.
—Tendría
que leerlo —le dijo el viejo—. Él tenía la verdadera idea. Thoreau.
Sutton
se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones.
—No
se marche —le dijo el anciano—. No me molesta lo más mínimo.
—Tengo
que seguir mi camino —dijo Sutton.
—Búsqueme
alguna otra vez —dijo el viejo—. Podríamos hablar algo más. Me llamo Cliff,
pero ahora me llaman Viejo Cliff. Pregunte por el Viejo Cliff. Todo el mundo me
conoce.
—Algún
día —repuso Sutton cortésmente—, así lo haré.
—¿Le
apetece otro trago antes de irse?
—No,
gracias —dijo Sutton rehusando—. No, muchísimas gracias.
—Está
bien —dijo el viejo. Alzó el botijo, y echó un largo y gorgoteante trago. Bajó
el botijo y dio un bufido, aunque esta vez no tan espectacular. No hubo
mariposas ahora.
Sutton
subió la ribera, de nuevo hacia el ardiente sol.
—Seguro
—dijo el ferroviario—, los Sutton viven al otro lado del río, en Grant County.
Puede llegar hasta allí por varios caminos. ¿Por cuál de ellos prefiere ir?
—Por
el más largo —le dijo Sutton—. No tengo prisa.
Cuando
Sutton subía la colina para llegar al puente, la luna estaba saliendo.
No
tenía prisa, pues disponía de toda la noche.
XXXIV
La
tierra era agreste... más agreste que ninguna que Sutton hubiera visto jamás en
los pulidos y regados parques de césped recortado de su Tierra natal. El
terreno se inclinaba hacia arriba como si reposara sobre el filo de un cuchillo
y estaba cubierto por grandes masas de piedra que parecían haber sido arrojadas
con ira divina por un gigante a tiempo inmemorial. Bruscas escarpaduras se
alzaban, remontándose sólidas, disimuladas por grandes árboles que parecían
haberse esforzado en un tiempo por igualar la altura y dignidad de las rocosas
paredes. Pero ahora se alzaban vencidos, resignados con ser menos que las
propias escarpaduras, aunque con una cierta dignidad y paciencia sin duda
aprendida de su antigua competencia.
Las
flores estivales se amontonaban en los espacios entre las esparcidas rocas o se
aferraban a los musgosos montículos de las raíces de los árboles más grandes.
En algún lugar, una ardilla se sentaba en alguna rama, y parloteaba, medio
irritada medio arrobada, al sol naciente.
Sutton
ascendía con dificultad siguiendo la garganta llena de piedras del camino del
río. A veces caminaba, aunque, más a menudo, avanzaba a gatas, abriéndose paso
loma arriba.
A
menudo se paraba y permanecía con los talones hundidos y la espalda apoyada
contra un árbol, limpiándose el sudor de la chorreante cara. Más abajo, en el
valle, el río, que le pareciera turbio y cenagoso cuando caminaba por la
orilla, había adquirido ahora un azul que desafiaba el límpido azul del cielo
que reflejaba. Y sobre el río, el aire era cristalino y puro, más claro que
nunca .Un halcón cayó en picado cruzando el espacio entre el azul del cielo y
el azul del río, y a Sutton le pareció que podría diferenciar todas las plumas
de las plegadas alas.
En
una ocasión, entre los árboles, vislumbró el claro en las escarpaduras, arriba,
y supo que estaba en el lugar que el viejo John Sutton mencionaba en su carta.
Hacía
sólo un par de horas que el sol había nacido, y aún había tiempo. Debía haber
tiempo todavía, pues John Sutton había hablado con el hombre sólo un par de
horas o así, y luego se había ido a comer.
A
partir de aquel momento, con la abertura de la escarpadura a la vista, Sutton
se tomó tiempo. Llegó a la cima y encontró la peña que su viejo antecesor
mencionaba, y era apropiada para sentarse.
Se
sentó en ella y contempló el valle, que era agradable para el retiro.
Allí
había paz, tal como John Sutton había dicho. Paz y la tranquila majestuosidad
de la escena que se abría ante él... la extraña tridimensionalidad que pendía,
como si estuviera vivo, sobre el valle del río. Extrañeza también, la
extrañeza... de sucesos esperados e inesperados.
Miró
su reloj y eran las nueve y media, así que dejó la peña y se tendió bajo un
matorral y esperó. Casi nada más hacerlo, se oyó un crepitar de motores y
descendió una nave, una pequeña nave de una sola plaza, cayendo entre los
árboles, para aterrizar en el prado justo más allá de la valla.
Salió
un hombre y se apoyó en la nave, contemplando el cielo y los árboles, como si
se sintiera satisfecho de haber alcanzado su meta.
Sutton
sonrió en silencio para sí.
Puesta
en escena, dijo. Caer inesperadamente y con una nave averiada... no es
necesario que explique su presencia. Esperar por un hombre que llegará
caminando y se dirigirá a ti. Es lo más natural del mundo. No necesitas
buscarle, él te verá y llegará hasta tu lado, y sin duda hablará.
No
podría llegar caminando colina arriba y girar a la entrada y llamar a la puerta
y decir:
«Vengo
para recoger todo el escándalo y la suciedad que pueda sobre la familia Sutton.
Quisiera saber si puedo sentarme y hablar con usted».
Pero
podrías en cambio aterrizar en un prado con una nave averiada y hablar primero
de maíz y de pastos, del tiempo y de hierba, y hacer, por último, que la
conversación recayese sobre asuntos personales y familiares.
El
hombre ahora había sacado su llave inglesa y estaba manipulando en la nave.
Debía
ser casi el momento.
Sutton
se levantó y miró fijamente a través de las entrelazadas ramas del avellano.
Bajando
la colina venía John H. Sutton, un hombre de gran vientre, con una acicalada
barba blanca y un viejo sombrero negro; caminaba balanceándose, con un cierto
aire de arrogancia.
XXXV
Así
que esto es el fracaso, pensó Eva Armour. Así es como se siente el fracaso.
Sequedad en la garganta y pesadez en el corazón y agotamiento en la mente.
Estoy
amargada, se dijo, y tengo derecho a estarlo. Aunque estoy tan cansada de
intentarlo y fracasar, que el filo de la amargura es consolador.
—El
psicotrazador de la oficina de Adams se ha parado —había dicho Herkimer, y
luego la placa se había apagado cuando él desconectó el visor.
No
había rastro de Sutton y el trazador había dejado de funcionar.
Eso
significaba que Sutton estaba muerto, y no podía estar muerto, pues,
históricamente, había escrito un libro; y todavía no lo había escrito.
Aunque
la historia era algo en lo que no se podía confiar. Se recopilaba erróneamente,
o se copiaba mal o se malinterpretaba, o era corregida por un hombre de
imaginación extraviada. Era tan difícil mantener la verdad, tan fácil convertir
mito y fábula en una vida que era más lógica y más aceptable que la verdad.
La
mitad de la historia de Sutton, pensó Eva, tenía que ser completamente
apócrifa. Y, sin embargo, había ciertas verdades que tenían que ser realmente
verdades.
Alguien
había escrito un libro, y tenía que haber sido Sutton, pues nadie más podría
descifrar el lenguaje en el que habían sido tomadas sus notas y las palabras
mismas respiraban la sinceridad del hombre.
Sutton
había muerto, pero no en la Tierra ni en el sistema solar de la Tierra y no a
los sesenta años. Había muerto en un planeta que giraba alrededor de alguna
estrella lejana, y no había muerto hasta después de muchos, muchos años.
Estas
eran verdades que difícilmente podían tergiversarse. Y estas verdades
persistirían hasta que fueran refutadas.
Y
sin embargo el trazador se había parado.
Eva
se levantó de la silla, caminó por la habitación hasta la ventana y contempló
los cuidados alrededores del Orion Arms. Las luciérnagas salpicaban los
arbustos con su brillo suave y frío y la luna salía tras una nube que semejaba
una suave colina.
Tanto
trabajo, pensó. Tantos años de planes... Androides sin marca alguna en la
frente y formados para parecerse exactamente a los humanos a los que
reemplazaban. Y otros androides que tenían marcas en la frente, pero que no
eran los androides hechos en laboratorios del siglo ochenta. Complicadas redes
de espionaje, esperando el día en que Sutton llegara a casa. Años de estudio de
los informes del pasado, intentando separar la verdad de las medias verdades y
del error categórico.
Años
de vigilancia y espera, frenando el contraespionaje de los revisionistas,
preparando el terreno para el día de la acción. Y siendo cuidadosos, siempre
cuidadosos. Pues el siglo ochenta no tenía que saber... ni siquiera tenía que
suponer. Pero había habido factores imprevistos. Morgan había vuelto al pasado
y había avisado a Adams de que tenían que matar a Sutton.
Había
apostado a dos humanos en el asteroide.
Aunque
aquellos dos factores no podían ser totalmente responsables de lo que había
ocurrido. Había otro factor en algún sitio.
Permaneció
junto a la ventana, contemplando la luna, y sus cejas se arquearon en un gesto
de concentrada preocupación. Pero estaba demasiado cansada. No conseguía
aclarar nada.
Pensaba
sólo en la derrota.
La
derrota lo explicaría todo.
Sutton
podría estar muerto y aquello sería la derrota, la total y absoluta derrota.
Victoria para una oficialidad que era a un tiempo demasiado tímida y demasiado
perversa para tomar parte activa en la lucha del libro. Una oficialidad que
pretendía mantener el statu quo, dispuesta a borrar centurias de pensamiento
para conservar el dominio de la galaxia.
Tal
derrota, pensó ella, sería incluso peor que ser derrotados por los
revisionistas, pues si hubieran ganado los revisionistas seguiría habiendo un
libro, existiría aún la enseñanza del destino del hombre. Y aquello, se dijo,
era mejor que ningún atisbo de destino.
El
visófono ronroneó a su espalda, se volvió y cruzó deprisa la habitación.
Un
robot dijo:
—Llamó
el señor Sutton. Preguntó por Wisconsin.
—¿Wisconsin?
—Es
el nombre de un antiguo lugar —dijo el robot—. Preguntó por un lugar llamado
Bridgeport, Wisconsin.
—¿Como
si fuera a ir allí?
—Como
si fuera a ir allí —dijo el robot.
—Rápido
—dijo Eva—. Dígame donde está Bridgeport.
—A
unos ocho o nueve kilómetros —dijo el robot—. Y por lo menos a cuatro mil años.
Contuvo
la respiración.
—En
el tiempo —dijo.
—Sí,
señorita, en el tiempo.
—Dígame
exactamente —le dijo Eva, pero el robot cabeceó.
—No
sé. No pude captarlo. Su mente estaba completamente turbia. Sencillamente,
acababa de pasar una experiencia penosa.
—Entonces
no lo sabe usted.
—Yo
en su lugar no me preocuparía —le dijo el robot—. Me pareció un hombre que
sabía lo que estaba haciendo. Saldrá bien de todo.
—¿Está
usted seguro?
—Estoy
seguro —contestó el robot.
Eva
desconectó el visor y volvió a la ventana.
Ash,
pensó. Ash, amor mío. Tienes que estar bien. Tienes que saber lo que estás
haciendo. Tienes que regresar con nosotros y tienes que escribir el libro y...
No
sólo por mí. No sólo por mí, pues yo tengo menos derecho que todos ellos. La
galaxia es la que lo tiene, y quizás algún día el universo. Las pequeñas vidas
están esperando tus palabras y la esperanza y dignidad de que hablan. Y más que
nada, la dignidad, se dijo. Dignidad antes que esperanza. La dignidad de la
igualdad: la dignidad del conocimiento de que toda vida se asienta en bases
iguales, de que la vida es todo lo que importa, de que la vida es el símbolo de
una hermandad superior a cualquier otra cosa que la mente del hombre haya
explicado en todas sus teorías.
Y
yo, pensó ella, no tengo derecho alguno a pensar como lo hago, a sentir como
siento.
Pero
no puedo evitarlo, Ash.
No
puedo evitar amarte, Ash.
Algún
día, se dijo. Algún día.
Permaneció
erguida y solitaria, y las lágrimas brotaron en sus ojos y corrieron por sus
mejillas. Y ella no alzó la mano para secarlas.
Sueños,
se dijo. Los sueños rotos son bastante malos. Pero el sueño sin esperanza... el
sueño desahuciado mucho antes de ser roto, ése es el peor de todos.
XXXVI
Un
palo seco se partió bajo los pies de Sutton y el hombre que tenía en la mano la
llave inglesa se volvió lentamente. Una suave y rápida sonrisa cubrió su rostro
y formó amplias arrugas para ocultar la sorpresa que brillaba en sus ojos.
—Buenas
tardes —dijo Sutton.
John
H. Sutton era una manchita que ya había subido casi la colina. El sol había
pasado ya su cenit y avanzaba hacia el oeste. En el valle, media docena de
cuervos graznaban y a Sutton le parecía que los graznidos venían de debajo de
sus pies.
El
hombre le tendió la mano.
—El
señor Sutton, ¿no es así? —preguntó—. El señor Sutton, del ochenta.
—Tire
la llave —dijo Sutton.
El
hombre pretendió no haberle oído.
—Me
llamo Dean —dijo—. Arnold Dean. Soy del ochenta y cuatro.
—Tire
la llave —dijo Sutton, y Dean la tiró. Sutton la empujó por el suelo con un
pie, hasta que estuvo fuera de alcance.
—Así
está mejor —dijo—. Ahora sentémonos y hablemos.
El
hombre hizo un gesto con la mano.
—El
anciano volverá —dijo—. Se extrañará y volverá. Se le olvidó hacer muchas
preguntas.
—Tardará
a volver —dijo Sutton—. Primero comerá y echará una siesta.
Dean
gruñó y se sentó, acomodándose y apoyando la espalda en la nave.
—Factores
fortuitos —dijo—. Eso es lo que complica las cosas. Usted es un factor
fortuito, Sutton. No se planeó de este modo.
Sutton
se sentó cómodamente y recogió la llave inglesa. La sopesó en la mano. Sangre,
pensó, hablando con la llave. Harás sangrar a alguien antes de que acabe el
día.
—Dígame
—dijo Dean—. Ahora que está usted aquí, ¿qué se propone hacer?
—Sencillo
—dijo Sutton—. Va usted a hablar conmigo. Va a decirme algo que necesito saber.
—Encantado
—aceptó Dean.
—Dijo
usted que venía del ochenta y cuatro. ¿Qué año?
—Ocho
mil trescientos ochenta y cuatro —dijo Dean—. Pero si yo fuera usted, seguiría
un poco más. Encontraría más cosas interesantes.
—Pero
usted supone que nunca llegaré tan lejos —dijo Sutton—. Cree que me ganarán.
—Por
supuesto —dijo Dean.
Sutton
golpeó el suelo con la llave inglesa.
—Hace
poco —dijo—, encontré a un hombre que murió poco después. Me reconoció y me
hizo una señal con los dedos alzados.
Dean
escupió en el suelo.
—Androide
—dijo—. Ellos le adoran, Sutton. Hicieron una religión de usted. Porque, claro,
les dio usted una esperanza a la que asirse. Les dio usted igualdad, algo que
en cierta forma les hacía semejantes al hombre.
—Entiendo
—dijo Sutton—, que no cree una palabra de lo que yo escribí.
—¿Debería
creerlo?
—Yo
lo creo —dijo Sutton.
Dean
no dijo nada.
—Han
cogido lo que yo escribí —dijo Sutton, con suavidad— y están intentando
utilizarlo para poner un peldaño más en la escalera de la vanidad del hombre.
Han perdido la idea por completo. No tienen sentido del destino porque no dan
al destino una oportunidad.
Y en
el mismo momento en que lo decía se sintió estúpido, pues le sonaba demasiado a
sermón. Se parecía demasiado a lo que los hombres de la antigüedad habían dicho
de la fe cuando la fe era sólo una palabra, antes de que se hubiera convertido
en una fuerza con la que realmente había que contar. Como los antiguos
predicadores de la Biblia con sus botas de piel de vaca y su pelo grisáceo y su
ondeante barba manchada de jugo de tabaco.
—No
estoy instruyéndole —le dijo, irritado por la forma suave en que Dean le había
hecho ponerse a la defensiva—. No le estoy sermoneando. O acepta usted el
destino o lo ignora. En lo tocante a mí, no moveré un dedo para tratar de
convencer a un solo hombre. El libro que yo escribí explica lo que sé. Pueden
tomarlo o dejarlo... a mí me da completamente igual.
—Sutton
—dijo Dean—, está usted dando cabezadas contra un muro de piedra. No ha tenido
ninguna oportunidad. Está luchando contra la humanidad. Todo el género humano
contra usted... y nada ha podido hasta ahora con la raza humana. No dispone
usted más que de un hatajo de androides roñosos y unos cuantos humanos
renegados... el tipo de humanos que abundan en las antiguas religiones.
—El
imperio se apoya en androides y robots —le dijo Sutton—. Pueden abandonarles en
cuanto quieran. Y sin ellos no pueden conservar ni un palmo de terreno fuera
del sistema solar.
—Permanecerán
con nosotros en el negocio del imperio —dijo Dean muy confiadamente—. Podrían
enfrentarse con nosotros por ese asunto del destino, pero permanecerán a
nuestro lado porque no pueden seguir adelante sin nosotros. No pueden
reproducirse. Y no pueden fabricarse. Tendrían que ser humanos para lograr que
su raza se prolongara, para poder reemplazar a los que cesan.
Rió
entre dientes.
—Hasta
que un androide pueda crear a otro androide, permanecerán con nosotros y
trabajarán con nosotros. Pues el no hacerlo significaría su suicidio racial.
—Lo
que no puedo entender —dijo Sutton— es como saben los que están con ustedes y
los que luchan contra ustedes.
—Eso
es lo malo —dijo Dean—. No lo sabemos. Si lo supiéramos, esta miserable guerra
duraría poco. El androide que te atacó ayer puede limpiarte las botas mañana, y
¿cómo saberlo? La cuestión es que no lo sabes.
Recogió
una piedrecita y la lanzó sobre la hierba.
—Sutton
—dijo—, es suficiente para volverle a uno loco. Sin batallas. Sólo escaramuzas
de guerrilla aquí y allá, cuando una pequeña fuerza de trabajo, enviada a
realizar una tarea de ajuste temporal cae en una emboscada preparada por otra
fuerza de trabajo enviada por el otro lado para interceptarlos.
—Como
le intercepté yo a usted —dijo Sutton.
—Oh
—dijo Dean; luego se animó—: Bueno, seguro. Igual que me interceptó usted.
Dean
estaba sentado con la espalda apoyada en la nave, hablando como si quisiera
prolongar la conversación... y al instante siguiente su cuerpo era un rayo en
acción, abalanzándose hacia la llave que Sutton sujetaba.
Sutton
se movió instintivamente, afirmando los pies sobre el terreno, flexionando los
músculos de las piernas para alzar el cuerpo, intentando arrojar la llave.
Pero
Dean le llevaba un largo segundo de ventaja.
Sutton
sintió lo que arrancaban la llave de su puño, la vio brillar al sol cuando Dean
la impulsaba hacia arriba para descargar el golpe.
Los
labios de Dean seguían moviéndose cuando éste intentaba inclinarse; y todavía
cuando él alzaba los brazos para protegerse la cabeza. Sutton leyó las palabras
que los labios del otro estaban formulando:
—¡Creíste
que sería yo!
El
dolor estalló en la cabeza de Sutton y por un sorprendido instante supo que
estaba cayendo, el suelo aliándose hacia su cara. Luego no hubo suelo sino sólo
oscuridad, una oscuridad en la que él naufragó por largas eternidades.
XXXVII
¡Engañado!
Engañado
por un amable personaje de quinientos años en el porvenir.
Engañado
por una carta de hacía seis mil años.
Engañado,
se dijo Sutton, por mi propia estupidez.
Se
levantó, llevándose las manos a la cabeza, y sintió el sol del oeste dándole en
la espalda, oyó el chillido de un avegato entre las zarzas y el rumor del
maizal movido por el viento.
Engañado
y atrapado, se dijo.
Se
quitó las manos de la cara, y allí, en la hierba pisoteada, estaba la llave
manchada de sangre. Sutton estiró los dedos. También en ellos había sangre...
sangre cálida y viscosa. Se tocó con cuidado la cabeza y notó su pelo
enmarañado.
Todo
se desarrolla según una norma, se dijo.
Aquí
estoy yo, y ahí la llave, y justo al otro lado de la cerca está el maizal que
cubre por encima de la rodilla en esta esplendorosa tarde del 4 de julio de
1977.
La
nave se ha ido y en una hora o así llegará John H. Sutton, balanceándose colina
abajo, para hacer las preguntas que olvidó hacer antes. Y dentro de diez años,
escribirá una carta en la que explicará sus sospechas respecto a mí, y en aquel
mismo momento estaré en el patio de la granja sacando agua para beber.
Sutton
se tambaleó y permaneció erguido en la vacía tarde, con la curva del cielo
sobre el horizonte de la serranía y el panorama del tortuoso río a lo lejos, al
pie de la pendiente.
Tocó
la llave inglesa con el pie y pensó: puedo quebrar la norma. Podría coger la
llave y entonces John H. Sutton nunca la encontraría, y cambiando un factor de
la norma, el resultado podría ser diferente.
Leí
mal la carta, pensó. Siempre imaginé que sería el otro hombre, no yo. En ningún
momento se me ocurrió que sería mi propia sangre la que mancharía la llave y
que sería yo quien robaría las ropas tendidas.
Y
sin embargo había algunas cosas que no seguían la norma. Aún conservaba su
propia ropa y no habría necesidad de robar. Su nave permanecía aún en el fondo
del río y no hacía falta esperar.
Pero
había ocurrido una vez anteriormente, pues si no hubiera ocurrido, ¿cómo
explicar la carta? La carta le había hecho ir allí y la carta había sido
escrita porque él tenía que ir, así que tenía que haber venido anteriormente. Y
en aquella otra ocasión se quedaría... y se quedaría únicamente porque no
podría marcharse. Esta vez se marcharía, esta vez no necesitaba quedarse.
Una
segunda ocasión, pensó, me han concedido otra oportunidad.
Sin
embargo eso no era correcto, pues si hubiera habido una segunda vez el viejo
John H. se habría enterado. Y no podía haber una segunda vez pues aquel era el
mismo día en que el viejo John H. había hablado con el hombre del futuro.
Sutton
movió la cabeza.
Esto
sólo había ocurrido una vez, y era precisamente aquel día.
Ocurrirá
algo, se dijo. Algo que me impedirá regresar. De algún modo me veré forzado a
robar las ropas y al final caminaré hasta la granja y preguntaré si necesitan
un peón para la siega.
Pues
la norma estaba establecida. Tenía que estarlo.
Sutton
volvió a tocar la llave inglesa con el pie, reflexionando.
Luego
se volvió y caminó colina abajo. Mirando por encima del hombro mientras se
internaba en la arboleda, vio al viejo John H. bajar la colina.
XXXVIII
Durante
tres días intentó Sutton liberar la nave de las montañas de arena que las
traicioneras y rápidas corrientes del río habían apilado sobre ella. Y cuando
pasaron tres días, admitió que era tarea inútil, pues la corriente amontonaba
la arena con la misma rapidez con que él la quitaba.
A
partir de entonces, se concentró en abrir un paso hasta la compuerta de
entrada, y tras otro día y muchas excavaciones, consiguió su propósito.
Fatigosamente,
se agarró a la nave. Una jugada, se dijo. Pero tendré que jugar.
Pues
no había posibilidad de liberar la nave utilizando los motores. Sabía que los
tubos estaban obstruidos por la arena y cualquier intento de poner en marcha la
nave significaría, sencillamente, que él y la nave, y buena parte del paisaje
circundante, se evaporarían en una llamarada de furia atómica.
Había
alzado una nave de un planeta de Cygni 61 y la había conducido a través de once
años-luz de espacio únicamente con su fuerza mental. Había conseguido sacar dos
seises.
Quizás,
se dijo. Quizás..
Había
montañas de arena y estaba totalmente agotado, agotado pese al suave y eficaz
funcionamiento de su sistema no humano de metabolismo.
Conseguí
sacar dos seises, se dijo.
Conseguí
sacar dos seises y sin duda alguna eso era más difícil que lo que tengo que
hacer ahora. Aunque aquello exigía habilidad y esto exigirá fuerza y supongo,
sólo supongo, que no he conseguido la fuerza.
Pues
haría falta fuerza para sacar del montón de arena aquella masa de metal
sepultada. No la fuerza de los músculos sino la fuerza de la mente.
Claro
que, se dijo a sí mismo, si no podía sacar la nave, podría utilizar el motor
temporal, e impulsar la nave, en el mismo lugar en el que estaba, a seis mil
años después.
Se
llevó la mano al cuello buscando la cadena-llavero que llevaba colgada.
¡Y
no había ninguna cadena!
Quedó
un momento paralizado, con la mente embotada por el terror.
En
los bolsillos, pensó; pero buscó y hurgó en ellos con la total certeza de que
no había esperanza. Pues nunca guardaba las llaves en los bolsillos... siempre
las colocaba en la cadena que llevaba alrededor del cuello, pues allí estaban
seguras.
Buscó,
febrilmente al principio, después con una torva y fría minuciosidad.
No
había ninguna llave en sus bolsillos.
La
cadena se rompió, pensó desesperado. La cadena se rompería y caería entre mis
ropas. Se tanteó cuidadosamente, de pies a cabeza, y allí no estaba. Se quitó
la camisa, cautamente, despacio, buscando la llave perdida. Tiró la camisa a un
lado y, sentándose, se quitó los pantalones, buscando en las vueltas,
volviéndolos del revés. Y allí no había ninguna llave.
Poniéndose
a gatas, buscó por las arenas del lecho del río, tanteando a la pálida luz que
se filtraba a través de las impetuosas aguas.
Después
de una hora, renunció.
La
arena impulsada por la corriente había cerrado ya el surco que había abierto
hasta la compuerta; y además ya no tenía sentido llegar hasta la compuerta,
pues cuando llegara allí no podría abrirla.
Su
camisa y sus pantalones habían desaparecido con la corriente.
Cansinamente,
abatido, se encaminó a la orilla, abriéndose paso entre las turbulentas aguas.
Sacó la cabeza al aire libre y vio las primeras estrellas de la noche brillando
en el este.
Se
sentó, en la orilla, apoyando la espalda contra un árbol. Respiró profundamente
una vez, luego otra; impuso el primer latido del corazón, luego el segundo y el
tercero... poniendo una vez más en marcha el metabolismo humano.
El
río gorgoteaba ante él y en su sonido había una profunda risa. En el valle
boscoso un chotacabras iniciaba su medido grito. Las luciérnagas bailaban entre
la negrura de los matorrales.
Le
picó un mosquito y él dio un manotazo inútil.
Un
lugar para dormir, pensó. Un pajar, quizás. Y comida robada del huerto de un
granjero para llenar su estómago vacío. Y luego ropas.
Al
menos sabía dónde podía conseguir la ropa.
XXXIX
Los
domingos eran solitarios.
Durante
el resto de la semana un hombre tenía trabajo —trabajo físico—, el interminable
y esforzado ciclo de trabajo que se precisa para ganarse la vida del suelo.
Arar la tierra, sembrar y cuidar los sembrados, y finalmente recoger la
cosecha, cortar madera, colocar vallas y arreglarlas, reparar máquinas:
trabajos todos que había que hacer con el esfuerzo muscular, con mano
encallecida y espalda dolorida y el sol dándote de lleno en la nuca o el
trallazo del viento helado atenazándote los huesos.
Un
labrador trabajaba durante seis días y el trabajo era algo que embotaba por
completo la mente, y por la noche, cuando el trabajo concluía, el sueño era
rápido y benigno. En ocasiones, el trabajo, no sólo por su efecto calmante,
sino en sí mismo, resultaba interesante y satisfactorio. La recta línea de
postes para la valla se convertía en un pequeño triunfo cuando uno se volvía y
la contemplaba en toda su longitud. El campo de mieses, con la polvareda sobre
el azadón de uno y su olor a sol sobre la paja dorada y el tañido de la
agavilladora al girar, se convierte en un simbolismo absoluto de plenitud y
satisfacción. Y había momentos en que la pelusilla rosa de los capullos de los
manzanos al brillar con la lluvia plateada de la primavera se convertía en un
silvestre y pagano peón de la resurrección de la tierra de las heladas del
invierno.
Durante
seis días trabajaba sin tiempo para pensar. El séptimo día se descansaba y se
entregaba a la soledad y a las ideas de desesperación que la ociosidad traía
consigo.
No
era una soledad debida a un agente o a un mundo o a un modo de vida, pues aquel
mundo era más próximo a la tierra y la vida y más seguro (mucho más) que el
mundo que había dejado atrás. Pero era una soledad insidiosa, una soledad
acusadora que hablaba de un trabajo que estaba esperándole, una obra que ahora
podría esperar eternamente. Una tarea que había que hacer, pero que ya quizás
nunca se hiciese.
Al
principio hubo esperanza.
Seguramente
me buscarán, pensaba Sutton. Hallarán sin duda un medio de encontrarme.
Este
pensamiento era un consuelo que abrazaba fervorosamente, una paz mental que no
se esforzaba en absoluto en analizar con minuciosidad. Porque comprendía, a
pesar de todo, que era una generalización, que no podría sobrevivir a un
análisis detallado, que era obra de la fe y de la voluntad y que, pese a todos
los consuelos que le proporcionaba, podía ser tan sólo una frágil burbuja.
El
pasado no puede alterarse en su totalidad, se decía, Puede alterarse...
sutilmente. Puede retorcerse y mellarse y marchitarse, pero aun así permanece.
Y por eso estoy yo aquí, ése debe ser el motivo de que yo esté aquí, y aquí
tendré que seguir hasta que mi amigo John H. se escriba la carta a sí mismo.
Porque el pasado está en la carta... la carta me trajo aquí y me hará
permanecer aquí hasta que por fin se escriba. Las cosas permanecerán, así
necesariamente hasta ese momento; pues hasta ese momento, el pasado, por lo que
respecta a mí y a mi relación con él, es un pasado revelado y conocido. Pero
desde el momento en que se escriba la carta se convierte en un pasado
desconocido, tiende a lo especulativo y no hay norma conocida. En lo que a mí
respecta, después de que se escriba la carta, puede suceder cualquier cosa.
Incluso
mientras lo pensaba, admitía que su premisa era una falacia. Pues conocido o
no, revelado o no revelado, el pasado tenía que constituir una norma. Porque el
pasado había sucedido. Él vivía en un tiempo que había sido ya establecido y
moldeado.
En
este pensamiento había una esperanza, pues en el desconocimiento del pasado y
el conocimiento de que, en conjunto, lo que había sucedido era algo que
permanecía inalterado, tenía que haber esperanza. Pues en alguna parte, en
algún momento, él había escrito un libro. El libro existía, y, en consecuencia,
había sucedido, aunque respecto a él aún no hubiese sucedido. Pero él había
visto dos ejemplares del libro, y eso significaba que en alguna edad futura el
libro era un factor en la norma del pasado.
Me
encontrarán algún día, decía Sutton. Algún día, antes de que sea demasiado
tarde. Me buscarán y me encontrarán. Tienen que encontrarme.
¿Quién?
se preguntaba, honrado al fin consigo mismo.
Herkimer,
un androide.
Eva
Armour, una mujer.
Ellos...
dos personas.
Pero
sólo aquellos dos. Sin duda tenía que haber más. Tras ellos, como un sombrío
ejército, estaban todos los demás androides y todos los robots que el hombre
había creado. Y de cuando en cuando, un humano que veía la rectitud de la
proposición de que el hombre no podía ser especial, simplemente porque lo
proclamase así; comprendiendo que aumentaría su gloria si ocupase su puesto
entre las otras cosas de la vida, como una simple cosa de la vida, como una
forma de vida que pudiese dirigir y enseñar y ser amiga, y no como algo que
conquistase y que rigiese y que permaneciese aparte.
Le
buscarían, por supuesto, pero ¿dónde? Con todo el tiempo y todo el espacio para
buscar, ¿cómo sabrían cuándo y dónde mirar?
El
robot del centro de información, recordaba, podía indicarles que él había
preguntado por una antigua ciudad llamada Bridgeport. Y les diría dónde. Pero
nadie podía decirles cuándo.
Pues
nadie sabía de la carta... absolutamente nadie. Recordaba cómo había caído
entre sus manos el seco y áspero pegamento, en un polvo blanco y añoso, cuando
despegó el sobre con la uña del pulgar. Era evidente que nadie había visto el
contenido de la carta desde el día en que se había escrito hasta el día en que
él, él mismo, la había abierto.
Comprendía
ahora que debería habérselo dicho a alguien... debía haber dicho dónde y cuándo
iba y lo que pensaba hacer. Pero había sido tan confiado, parecía algo tan
simple, un plan tan espléndido...
Un
plan espléndido por el carácter tan directo de la acción... interceptar al
revisionista, eliminarle y apoderarse de su nave y correr en el tiempo hasta
ocupar su sitio. Podría haber resultado, de eso estaba seguro. Habría habido un
androide en algún sitio para ayudarle a preparar su disfraz, habría habido
papeles en la nave y androides del futuro que le informasen de lo que debería
saber.
Un
plan espléndido... Pero sin resultado.
Podría
habérselo dicho al robot de información, se decía Sutton. Él, desde luego, es
de los nuestros. Habría transmitido la información.
Se
sentó apoyando la espalda en el árbol, y contempló el valle del río, brumoso
con el azul del veranillo de San Martín. Bajo él, en el campo, se alzaban los
bálagos del maíz, marrones y dorados, como una aldea india cuyas tiendas se
apretujasen frente a la inminencia del invierno. Al oeste, las escarpaduras del
Mississippi eran una nube púrpura aplastada contra la tierra. Al norte, la
tierra dorada se alzaba en bajas colinas sobrepuestas hasta llegar a un punto
nebuloso donde, en alguna parte, cesaba la tierra y comenzaba el cielo, aunque
uno no pudiese hallar el punto divisorio definido, una señal clara y certera,
como trazada a lápiz, que separase ambas partes.
Un
azulejo cruzó el cielo y fue a posarse sobre una cerca bañada por el sol. Meneó
la cola y gorgojeó, burlándose de cuantos pudieran oírle.
Un
ratón de campo salió de un bálago de maíz y miró a Sutton un instante con sus
ojos menudos, luego lanzó un chillido de súbito miedo y volvió a esconderse en
el bálago, con el rabo alzado en frenética alarma.
Seres
simples, pensó Sutton. Seres simples, insignificantes, pequeños y peludos.
También estarían conmigo, si pudiesen saber. El azulejo y el ratón de campo, el
búho y el halcón y la ardilla. Una hermandad... la hermandad de la vida.
Oyó
escarbar en el bálago al ratón e intentó imaginarse lo que podría significar la
vida siendo un ratón. En primer lugar, miedo, por supuesto, miedo omnipresente,
abrumador a las otras formas de vida, al búho y al halcón, y a la mofeta y al
visón y al zorro. Y miedo al hombre y al gato y al perro. El miedo al hombre...
Todas las cosas temen al hombre... El hombre ha hecho que todas las cosas le
teman.
Luego
estaría el hambre, o al menos el miedo y la amenaza del hambre. Y la necesidad
de reproducirse. Tendría que haber una urgencia y una felicidad de vida, la
emoción de pies en rápido movimiento y la satisfacción de la barriga llena y la
dulzura del sueño... ¿Y qué más? ¿qué más podía llenar la vida de un ratón?
Se
acuclilló en lugar seguro y lo escuchó y supo que todo estaba bien. Todo era
seguro y había comida y cobijo contra el frío acechante, pues él sabía del frío
no tanto por la experiencia de otros inviernos como por un instinto transmitido
a través de muchas generaciones de temblar de frío y morir de frío.
Llegaron
a sus oídos suaves rumores dentro del bálago cuando otros de su género se
agitaron, dedicados a sus asuntos. Olió la dulzura de la hierba curada por el
sol traída para hacer nidos donde dormir calientes y cómodos. Y olió, también,
los granos de maíz y las suculentas semillas que mantendrían sus estómagos
llenos.
Todo
está bien, pensaba. Todo está como debe estar. Pero uno ha de vigilar, no bajar
nunca la guardia, pues la seguridad es algo que puede desvanecerse en un
instante. Y somos tan débiles... Somos tan débiles y frágiles, y resultamos tan
buena comida. La pisada de una garra en la oscuridad puede conjurar rápido y
seguro desastre. Un batir de alas es canción de muerte.
Cerró
los ojos y encogió los pies y enroscó el rabo...
Sutton,
con la espalda apoyada en el árbol, de pronto, sin saber cómo o cuándo, se
había quedado así, petrificado al darse cuenta de lo que le había sucedido.
Había
cerrado los ojos y encogido los pies y había enroscado el rabo y conocido los
simples temores y la satisfacción sin ambiciones de otra forma de vida... de
una vida que se ocultaba en un bálago de maíz de las garras y las alas, que
dormía entre hierba perfumada de sol y sentía una felicidad vaga pero vital en
la segura y básica certeza de que había comida, calor y cobijo.
No
era que lo hubiese sentido o conocido tan sólo... Había sido la pequeña
criatura, había sido el ratón que se albergaba en aquel bálago; y al mismo
tiempo había sido Asher Sutton, con la espalda apoyada en la corteza de un
nogal de recto tronco, allí sentado contemplando el valle sumido en el otoño.
Somos
dos, se dijo Sutton. Yo, yo mismo, y yo, el ratón. Éramos dos al mismo tiempo,
cada uno con identidad independiente. El ratón, el auténtico ratón, no lo sabía
pues si lo hubiese sabido o sospechado yo lo hubiese sabido también, pues yo
era tanto el ratón como yo mismo.
Se
sentó tranquilo y quieto, sin mover un músculo, acosado por la idea. Sentía
asombro y miedo, miedo a una ajenidad dormida que yacía dentro de su cerebro.
Él
había traído una nave desde Cygni, había regresado de la muerte, había sacado
un seis.
¡Ahora
esto!
Un
hombre nace y tiene un cuerpo y una mente con diversas funciones, algunas de
ellas complejas, y tarda años en conocer esas funciones, más años aún en
dominarlas, uno tarda meses en dar el primer paso, más meses aún en pronunciar
una palabra, años en conseguir que el pensamiento y la lógica se conviertan en
eficaces herramientas... y a veces, decía Sutton, a veces, nunca llegan a
serlo.
Incluso
cuando hay cierta guía, la guía de mentores expertos... padres al principio y
profesores luego, doctores e iglesias y todos los hombres de ciencia y la gente
que uno conoce, toda la gente, todos los contactos, todas las fuerzas que
operan para convertir al hombre en un ser social capaz de utilizar los talentos
que posee en su propio beneficio y el de la sociedad que le guía y le mantiene
en su camino.
Herencia,
también, pensaba Sutton... el conocimiento innato y la voluntad de hacer y
pensar ciertas cosas de determinado modo... La tradición de lo que han hecho
otros hombres y los preceptos forjados por la sabiduría de los siglos.
El
ser humano normal tiene un cuerpo y una mente, y Dios sabe, pensaba Sutton, que
con ello un hombre puede arreglárselas perfectamente. Pero yo, en realidad,
tengo lo que equivale a un segundo cuerpo y quién sabe si una segunda mente,
pero para ese segundo cuerpo no tengo mentores ni herencia. Aún no sé cómo
utilizarlo. Aún estoy aprendiendo a dar el primer paso, estoy descubriendo,
lentamente, una a una, las cosas que debo hacer. Más tarde, si vivo lo
bastante, podré aprender incluso a hacerlas bien.
Pero
es inevitable que uno cometa errores. Los nulos tropiezan y caen al aprender a
andar, y sus primeras palabras son sólo sonidos aproximados y no saben lo
suficiente para evitar quemarse los dedos cuando encienden una cerilla.
—Johnny
—dijo—. Johnny, hablame.
—¿Sí,
Ash?
—¿Hay
más, Johnny?
—Espera
y verás —dijo Johnny—. No puedo decírtelo. Debes esperar.
XL
—Comprobamos
Bridgeport —dijo el androide investigador— hasta el año dos mil, y estamos
convencidos de que allí no pasó nada. Era un pueblo pequeño y quedaba al margen
de los acontecimientos mundiales.
—No
tendría por qué ser algo importante —le dijo Eva Armour—. Podría tratarse de
algo pequeño. Simplemente una pequeña clave. Quizás una palabra fuera del
contexto del futuro, una palabra que Sutton pudo decir en un momento de
descuido y que alguien recogió y utilizó. Dentro de unos años, una palabra como
esa podría hacerse parte del dialecto de esa comunidad.
—Comprobamos
todas las cosas insignificantes, señorita —dijo el investigador—. Comprobamos
todas las aberraciones posibles, cualquier indicio que pudiese sugerir que
Sutton había estado en esa comunidad. Utilizamos métodos aprobados e
investigamos todo el campo. Pero no encontramos nada, absolutamente nada. En
ese sitio no hay la menor huella.
—Pues
tuvo que estar allí —dijo Eva—. El robot del centro de investigación habló con
él. Preguntó por Bridgeport. Lo cual indica que tenía algún interés por el
lugar.
—Pero
eso no indica necesariamente que pensase ir allí —indico Herkimer.
—Tuvo
que ir a algún sitio —insistió Eva—. ¿Adónde?
—Utilizamos
el mayor número de investigadores posible, sin ningún resultado, localmente y
en el futuro —dijo el investigador—. Teníamos hasta exceso de hombres. Les
enviamos como vendedores de libros, afiladores y desempleados en busca de
trabajo. Revisamos todas las casas en un radio de treinta kilómetros, primero
en intervalos de veinte años y luego, al no encontrar nada, de diez, y por
último de cinco. Si hubiese alguna palabra o algún rumor, lo habríamos
localizado.
—Dijo
usted que hasta el año dos mil. —dijo Herkimer—. ¿Por qué no hasta 1999 o 1950?
—Teníamos
que marcar un límite arbitrario y elegimos ése —respondió el investigador.
—La
familia Sutton vivió en esa localidad —dijo Eva—. Supongo que investigarían
ustedes a la familia con más detenimiento.
—Tuvimos
hombres trabajando en la finca de los Sutton constantemente —dijo el
investigador—. Siempre que la familia necesitaba ayuda en las tareas agrícolas,
aparecía uno de nuestros hombres para ocuparse del trabajo. Cuando la familia
no necesitaba ayuda, teníamos hombres en otras fincas próximas. Uno de nuestros
hombres adquirió una licencia para cortar madera en esa localidad y se pasó
allí diez años trabajando, podría haberlo prolongado mucho más, pero temimos
que alguien sospechase.
«Hicimos
esto del año 2000 al 3150, en que se marchó de aquella zona el último miembro
de la familia.
Eva
miró a Herkimer.
—¿Se
ha estudiado exhaustivamente a toda la familia durante ese tiempo? —le
preguntó.
Herkimer
asintió.
—Hasta
el día que Asher salió hacia Cygni 61. Sin ningún resultado.
—Parece
tan absurdo... —dijo Eva—. Tiene que estar en algún sitio. Algo le pasó. Con el
futuro quizás.
—Eso
pienso yo —dijo Herkimer—. Pueden haberle interceptado los revisionistas.
Pueden estar reteniéndole.
—No
podrían retenerle A Asher Sutton no —dijo ella—. No podrían, conociendo él
todos sus poderes.
—Pero
no los conoce —le recordó Herkimer—. Y no podríamos hablarle de ellos ni
hacerle fijar su atención en ellos. Tiene que descubrirlos él mismo. Tiene que
verse bajo presión y descubrirlos entonces por reacción. Sería imposible
enseñarlos. Tiene que ser un proceso evolutivo.
—Lo
hacíamos tan bien —dijo Eva—. Estábamos haciéndolo tan bien. Forzamos a Morgan
a una acción precipitada condicionando a Benton a que desafiase a Sutton, el
único medio rápido de conseguir librarse de Asher cuando Adam no logró dar con
un plan para matarle. Y el incidente de Benton puso en guardia a Asher sin que
nosotros tuviéramos que decirle que debía andar con cuidado. Y ahora... ahora.
—El
libro está escrito —dijo Herkimer.
—Pero
no tiene que estarlo —dijo Eva—. Y tú y yo quizás no seamos más que muñecos en
un mundo de probabilidad que surgirá mañana.
—Cubriremos
todos los puntos clave del futuro —dijo Herkimer—. Reforzaremos nuestro
espionaje de los revisionistas, todas las unidades de trabajo del pasado. Puede
que descubramos algo.
—Son
los factores de azar —dijo Eva—. Nunca puedes estar seguro. Pueden suceder en
cualquier momento del tiempo y del espacio. ¿Cómo saber dónde acudir, dónde
buscar? ¿Tendremos que abrirnos camino a través de toaos los acontecimientos
posibles para conseguir lo que queremos?
—Olvidas
un factor —dijo tranquilamente Herkimer.
—¿Un
factor?
—Sí,
el propio Sutton. Sutton está en algún sitio. Y tengo mucha fe en él. En él y
en su destino. Porque, sabes, él presta atención a su destino, y eso, al final,
rendirá sus frutos.
XLI
—Eres
un hombre extraño, William Jones —le dijo John H. Sutton—. Y bueno, además. En
todos los años que llevo trabajando en el campo nunca he tenido un jornalero
como tú. Ninguno de los otros se quedaba más de un año o dos. Siempre
escapaban. Siempre se iban a algún sitio.
—Yo
no tengo adonde ir —dijo Asher Sutton—. No deseo ir a ningún sitio. Éste es tan
bueno como cualquier otro.
Era
mejor, se decía, de lo que había supuesto, pues allí había paz y seguridad y
una vida próxima a la naturaleza que ningún hombre de su época había
experimentado nunca.
Estaban
apoyados en la valla del prado y observaban el brillo de las luces de la casa y
de las luces de los autos al otro lado del río. En la oscuridad de la ladera
que había bajo ellos, el ganado, que volvía del ordeñe, sosegado y tranquilo,
rumiaba los últimos bocados de hierba antes de echarse a dormir.
Una
brisa salpicada de frescor subió por la ladera; resultaba agradable y
acariciadora después de un día de calor.
—Por
las noches siempre hay brisa fresca —dijo el viejo John H.—. Por mucho calor
que llegase a hacer durante el día siempre se puede dormir bien. —Hizo una
pausa—. Me pregunto a veces hasta qué punto un hombre debería sentirse
satisfecho. Me pregunto si eso no será un signo de... bueno, casi de pecado.
Porque el hombre no es por naturaleza un animal satisfecho. Es inquieto e
infeliz, y es esa misma infelicidad lo que le ha empujado, como un latigazo en
la espalda, a sus grandes triunfos.
—La
satisfacción —dijo Asher Sutton— es un indicio de ajuste completo a un medio
particular. Es cosa que raras veces se encuentra... Es muy difícil de
encontrar. Algún día el hombre, y otros seres también, sabrán cómo lograrla. Y
habrá paz y felicidad en toda la galaxia.
—Abarcas
demasiado territorio, William —dijo John H., riendo entre dientes.
—Estaba
considerando una visión de largo alcance —dijo Sutton—. El hombre llegará algún
día a las estrellas.
—Sí
—convino John H.—. Supongo que llegará. Pero llegará demasiado pronto. Antes de
llegar a las estrellas, el hombre debería aprender a vivir en la Tierra.
»Creo
—añadió con un bostezo— que voy a acostarme. Al hacerse uno viejo, sabes,
necesita descanso.
—Pues
yo voy a dar una vuelta —dijo Sutton.
—Paseas
mucho, William.
—Después
de oscurecer —dijo Sutton—, la tierra es distinta que de día. Huele diferente.
Es más fresca y suave y limpia, como recién lavada. Y en el silencio se oyen
cosas que no oyes de día. Caminas y estás solo con la tierra, y la tierra te
pertenece.
—No
es la tierra lo que es distinto, William —dijo John H.—. Eres tú. A veces creo
que tú ves y oyes cosas que los demás no conocemos. Casi, William... —vaciló,
pero continuó luego—. Casi como si no pertenecieses a esto del todo.
—A
veces pienso que no —dijo Sutton.
—Recuerda
esto —dijo John H.—. Tú eres uno de nosotros... Uno de la familia, como si
dijéramos. Dime, ¿cuántos años llevas con nosotros?
—Diez
—respondió Sutton.
—Eso
mismo —dijo John H.—. Me acuerdo muy bien del día que viniste, pero a veces se
me olvida. A veces parece como si hubieses estado aquí siempre. A veces me
sorprendo pensando que eres un Sutton.
Carraspeó
y escupió en el polvo.
—Te
cogí la máquina de escribir el otro día, William —dijo—. Tenía que escribir una
carta. Era una carta importante y tenía que hacerla bien.
—Está
bien —dijo Sutton—. Me alegro de que le sirviera de algo.
—¿Escribes
mucho estos días, William?
—No
—dijo Sutton—. Lo dejé. No podía. Perdí las notas, ¿sabe? Lo había pensado todo
y lo había escrito, y creía que quizás pudiese recordarlo. Pero descubrí que no
era capaz de hacerlo. De nada vale intentarlo.
En
la oscuridad, la voz de John H. sonaba sorda y suave.
—¿Tienes
algún problema, William?
—No
—dijo Sutton—. No un problema, exactamente.
—¿Algo
en lo que pueda ayudarte?
—Nada
—dijo Sutton.
—Si
lo tienes, dímelo —dijo el viejo—. Te ayudaremos.
—Puede
que algún día me vaya —dijo Sutton—. Quizás de pronto. Si lo hago, me gustaría
que me olvidasen, que olvidasen que estuve aquí.
—¿Es
eso lo que quieres, amigo?
—Sí,
eso es —dijo Sutton.
—No
podremos olvidarte, William —dijo el viejo John H.—. No podríamos hacerlo. Pero
no hablaremos de ti. Si viene alguien y pregunta por ti, haremos como si nunca
hubieses estado aquí —hizo una pausa—. ¿Es eso lo que quieres, William?
—Sí
—dijo Sutton—. Si no le importa, eso es lo que quiero.
Permanecieron
en silencio un momento, mirándose en la oscuridad, luego el viejo se volvió y
se encaminó hacia las ventanas iluminadas de la casa. Y Sutton, volviéndose
también, se apoyó de nuevo en la cerca y miró por sobre el río, donde las
mágicas luces brillaban en una tierra encantada.
Diez
años, pensó Sutton, y la carta está escrita. Diez años y las condiciones del
pasado se cumplen. Ahora el pasado puede continuar sin mí, pues yo estaba sólo
esperando a que John H. escribiera la carta... a que pudiese escribirla y yo
pudiese encontrarla en un viejo baúl dentro de seis mil años y leerla en un
asteroide sin nombre que gané matando a un hombre en un lugar que se llamará
Casa Zag.
La
Casa Zag, pensó, estará allí, al otro lado del río, lejos, sobre los pastos,
sobre el antiguo pueblo de Prairie du Chien, y la Universidad de Norteamérica,
con sus inmaculadas torres, se asentará en los cerros, allá, hacia el norte, y
la casa de Adams estará junto a la confluencia del Wisconsin y el Mississippi.
Grandes naves subirán al cielo desde los prados de Iowa y se encaminarán a las
estrellas que ahora mismo brillan allá arriba .. Y otras estrellas que ningún
ojo humano puede ver sin ayuda.
La
Casa Zag estará allá arriba, al otro lado del río. Y allí es donde algún día,
dentro de seis mil años, conoceré yo a una muchachita con un delantal
estampado. Como en un libro de cuentos. El chico conoce a la chica y el chico
es pelirrojo y lleva tupé y va descalzo y la chica aprieta nerviosa la falda
con las manos y le dice que se llama...
Se
enderezó y apretó la barra superior de la cerca.
—Eva
—dijo—. ¿Dónde estás?
Tenía
el pelo cobrizo, los ojos... ¿de qué color eran los ojos? Te he estudiado
durante veinte años, había dicho ella, y él la había besado al oírlo, sin creer
lo que le decía, pero dispuesto a creer la palabra no pronunciada que había en
su cara y en su cuerpo.
Ella
aún existía en algún sitio, en algún lugar del tiempo y el espacio. En algún
sitio podía estar pensando en él, lo mismo que él ahora pensaba en ella. Si se
esforzaba lo bastante, podría ponerse en contacto con ella. Podría conducir su
ansia de ella a través de los pliegues del espacio y el tiempo y hacerle saber
que aún recordaba, hacerle saber que, de algún modo, alguna vez volvería a
ella.
Pero
incluso mientras pensaba esto, sabía que no había esperanza, que se había
hundido en la garra de un tiempo olvidado como el hombre que se hunde en el
mar. No era él el que saldría por ella, el que llegaría hasta ella. Ella o
Herkimer o algún otro llegarían hasta él... si alguien lo hacia alguna vez.
Diez
años, pensó, y me han olvidado. Y todo porque no son capaces de encontrarme, o,
habiéndome encontrado, no pueden llegar hasta mí; o ¿será acaso por un
objetivo, y si es así, qué objetivo será?
Muchas
veces había sentido que le observaban, había sentido un estremecimiento entre
los omoplatos. Y una vez, alguien había escapado de él, cuando había estado en
el bosque tarde, en un anochecer de verano, cazando a la novilla que saltaba
las cercas y que se perdió para siempre.
Se
apartó de la cerca y cruzó la era, abriéndose camino en la oscuridad como quien
entra en una habitación bien conocida. Del pajar llegaba el aroma de heno
recién segado, y en los palos del gallinero una gallina pió soñolienta.
Sin
dejar de caminar, su mente acarició la mente de la inquieta gallina.
Vacilante
captación de algo desconocido... Era como un sonido que llegaba del borde del
sueño. Y el sonido significaba peligro. Era una señal de peligro desconocido.
Sonido y ningún lugar adonde ir. Oscuridad y sonido. Inseguridad.
Sutton
volvió a sí mismo y continuó caminando. No era mucha la estabilidad de una
gallina, pensó. Una vaca quedaba satisfecha y sus pensamientos y objetivos eran
tan lentos y pausados como su forma de alimentarse. El perro era vivaz y
amistoso, y un gato, por muy domesticado que estuviese, aún caminaba al borde
de la selva.
Los
conozco a todos, pensó. He sido todos ellos. Y hay algunos que no son del todo
agradables. La rata, por ejemplo, o una comadreja, o un pez que espera bajo los
nenúfares. Pero la mofeta... la mofeta era un tipo agradable. Se podía
disfrutar siendo mofeta.
¿Curiosidad
o práctica?
Quizás
curiosidad, admitió, la tendencia humana a investigar en cosas en las que había
carteles: no pasar; prohibida la entrada; privado; no molesten. Pero prácticas
también, el aprendizaje es uno de los instrumentos del segundo organismo.
Aprendiendo a entrar en otra mente y a compartir todos sus matices de reacción
emocional e intelectual.
Pero
había una línea... Una línea que nunca había cruzado. Por honradez innata o por
miedo a que le cogieran. No podía determinar por cuál de los dos motivos.
El
camino era una polvorienta franja de blanco que corría a lo largo de la cima,
retorciéndose entre los hondos cuencos de oscuridad cuando la tierra
desaparecía en profundos huecos. Sutton caminaba lentamente, el ruido de sus
pisadas atenuado por el polvo. La tierra era negra y la carretera blanca y las
estrellas blancas y suaves en la noche estival. Tan distintas, pensó Sutton, a
las estrellas del invierno. En invierno las estrellas se retiraban más alto en
el cielo y brillaban con una luz acerada y dura.
Paz
y quietud, se dijo. En este rincón de la vieja Tierra hay paz y quietud, no
alteradas por la turbulencia de la vida del siglo XX.
De
una tierra como aquélla salieron los hombres firmes, los hombres que en unas
cuantas generaciones más conducirían las naves hasta las estrellas. Aquí, en
los tranquilos rincones del mundo, almacenaron el vigor y el coraje, la
entereza de carácter y de convicciones que se harían cargo de los motores que
habían soñado hombres más inteligentes pero menos estables, y los conducirían a
los extremos más lejanos de la galaxia, para posesionarse allí de mundos clave
en beneficio y gloria de la raza.
El
beneficio, decía Sutton.
Diez
años, pensaba, y el inevitable pacto con el tiempo se ha consumado... todas las
condiciones cumplidas. Soy libre de irme, de ir a cualquier parte, a cualquier
tiempo que elija.
Pero
no había ningún lugar adonde ir ni medio alguno de llegar allí.
Me
gustaría quedarme, dijo Sutton. Se está bien aquí.
—Johnny
—dijo—. Johnny, ¿qué vamos a hacer?
Sintió
en su mente el estremecimiento, el viejo estremecimiento, la calidez de las
sábanas que cubren al niño arrebujado en su cama.
—Está
bien, Ash —dijo Johnny—. Todo está bien. Necesitabas esos diez años.
—Tú
has estado conmigo, Johnny.
—Yo
soy tú —dijo Johnny—. Vine cuando tú naciste. Estaré hasta que mueras.
—¿Y
luego?
—No
me necesitarás, Ash. Iré con otro. Nadie camina solo,
—Nadie
anda solo —dijo Sutton, y lo dijo como una oración.
Y él
no estaba solo.
Alguien
caminaba a su lado y Sutton no sabía de dónde había venido ni cuánto tiempo
llevaba allí.
—Un
espléndido paseo —dijo el hombre, que tenía la cara oculta en la oscuridad—.
¿Lo hace a menudo?
—Casi
todas las noches —dijo la lengua de Sutton, y su mente dijo: ¡Firme! ¡Firme!
—Hay
tanta tranquilidad —dijo el hombre—. Tanta tranquilidad y tanta soledad. Es
bueno para pensar. Caminando de noche por aquí un hombre podría pensar mucho.
Sutton
no contestó. Continuaron caminando juntos, y aunque luchaba por mantenerse
tranquilo, Sutton sentía el cuerpo tenso.
—Ha
pensado mucho, Sutton —dijo el hombre—. Diez años completos pensando.
—Debe
saberlo muy bien —dijo Sutton—. Ha estado observándome.
—Hemos
estado observándole —puntualizó el hombre—. y nuestras máquinas han observado
también. Hemos grabado sus palabras y sabemos mucho de usted. Mucho más de lo
que sabíamos hace diez años.
—Hace
diez años —dijo Sutton— envió dos hombres a comprarme.
—Cierto
—contestó el hombre—. Nos hemos preguntado muchas veces qué fue de ellos.
—Es
muy sencillo —dijo Suton—. Yo les maté.
—Tenían
una proposición que hacer.
—Lo
sé —dijo Sutton—. Me ofrecieron un planeta.
—Yo
estaba convencido entonces de que no resultaría —declaró el hombre—. Le dije a
Trevor que no resultaría.
—Supongo
que tiene otra proposición .. —dijo Sutton—. ¿Acaso un precio más alto?
—No
exactamente —dijo el otro—. Pensamos que esta vez deberíamos dejar que usted
pusiera el precio.
—Lo
pensaré —le contestó Sutton—. No estoy muy seguro de que pueda fijar un precio.
—Como
quiera, Sutton —dijo el hombre—. Estábamos esperando... y observando. No tiene
más que hacernos una señal cuando se decida.
—¿Una
señal?
—Claro.
Escríbanos simplemente una nota. Estaremos al tanto. O diga simplemente «bueno,
ya me he decidido». Estaremos escuchando y le oiremos.
—Simple
—dijo Sutton—. Así de simple.
—Le
ponemos las cosas muy fáciles —dijo el hombre—. Buenas noches, señor Sutton.
Sutton
no le vio hacerlo, pero percibió que se había tocado el sombrero... si es que
lo llevaba. Luego desapareció, dando la vuelta y cruzando los prados, caminando
en la oscuridad, hacia los bosques que subían hacia los acantilados del río.
Sutton,
en el polvoriento cambio, oyó el suave rumor de Sus zapatos sobre la hierba
empapada de rocío, el rumor amortiguado de sus pies caminando por el prado.
¡Contacto
al fin! Después de diez años, contacto con gentes de otro tiempo. Pero no las
personas adecuadas. No su gente.
Los
revisionistas habían estado observándole, tal como él había percibido.
Observando y esperando. Esperando durante diez años. Pero, claro está, no diez
años del tiempo de ellos, sino sus diez años allí. Máquinas y observadores
habrían sido alternados durante aquellos diez años, de modo que la tarea podría
haberse realizado en un año o en un mes o incluso en una semana si hubiesen
querido dedicar suficiente número de hombres y materiales en ella.
Pero,
¿por qué esperar diez años? Para ablandarle, para hacer que aceptara lo que le
ofrecieran...
¿Para
ablandarle? Sonrió en la oscuridad ásperamente. Luego, de pronto, la imagen
llegó a él y se quedó allí como estupefacto preguntándose por qué no habría
pensado en ello mucho antes.
No
habían esperado para ablandarle... Habían esperado a que el viejo John H.
escribiese la carta. Porque ellos sabían de la carta. Ellos habían estudiado al
viejo John H. y sabían que escribiría una carta. Le habían tenido controlado y
le conocían por dentro y por fuera y sabían exactamente cómo funcionaba su
mente.
La
carta era la clave de todo. La carta era el señuelo que se había utilizado para
atraer a Asher Sutton a aquel tiempo. Le habían inducido a ir allí, a aquel
pasado, luego le habían impedido salir de él, manteniéndole encerrado como si
estuviese en una jaula. Le habían estudiado y le conocían y le tenían
calculado. Sabían lo que podía hacer él con la misma seguridad con que habrían
sabido lo que haría el viejo John H.
Su
mente se agitó y atisbo con cautela en el cerebro del hombre que caminaba
ladera abajo.
Gallina
y gatos y perros y ratones de campo... y ninguno de ellos sospechaba, ninguno
de ellos habían sabido que otra mente distinta a la suya había ocupado su
cerebro.
Pero
quizás el cerebro del hombre fuese distinto. Mucho más entrenado, mucho más
sensible, quizás pudiese detectar la interferencia exterior, pudiese percibir,
si es que no conocer con precisión, que le invadían.
La
muchacha no esperará. He estado fuera demasiado tiempo. Sus afectos son
superficiales y carece de moral, carece por completo de moral, y yo soy quien
lo sabe. He estado en esta maldita patrulla demasiado tiempo. Se cansará de
esperar... Ya se cansaba de esperar cuando tenía que irme tres horas. Al diablo
con ella... Puedo conseguir otra. Pero no será igual... No será exactamente
como ella. No hay otra en ninguna parte que sea como ella.
Quien
pensase que este Sutíon sería un tipo fácil debía estar más loco que una cabra.
Dios mío, después de diez años en un agujero como éste, haría lo que fuese por
poder volver a mi propio tiempo. Lo que fuese. Pero, ¿qué es lo que hace
Sutton? Ni una maldita palabra. Ni una sola sílaba de sorpresa en todo lo que
dice. Cuando hablé con él por primera vez ni siquiera alteró el paso, siguió
caminando como si supiese perfectamente que yo estaba allí. Demonios, me
vendría bien un trago. Este trabajo destroza los nervios.
Me
gustaría poder olvidar a esa chica. Me gustaría que estuviese esperándome, pero
sé que no me esperará. Me gustaría...
Sutton
volvió a sí mismo y se quedó inmóvil en el camino.
Y en
su interior sintió un estremecimiento de triunfo, un alivio y una sensación de
victoria. Ellos no sabían. En todos los diez años que llevaban observándole no
habían visto más que cosas superficiales. Habían estado controlándole
minuciosamente, pero no tenían ni idea de lo que pasaba en su mente.
Una
mente humana, quizás. Pero no la suya. Una mente humana quizás pudiesen
desnudarla y dejarla limpia como un campo segado, quizás pudiesen diseccionarla
y analizarla y leer la historia que había en ella. Pero su mente, la mente de
Sutton, sólo les decía lo que quería decirles, sólo lo suficiente para que no
tuviesen ninguna sospecha de lo que se guardaba. Diez años atrás la banda de
Adams había intentado controlar su mente y había fracasado por completo.
Los
revisionistas habían estado diez años observando y conocían todos sus
movimientos, sabían muchas de las cosas que él había pensado.
Pero
no sabían que él pudiese vivir en la mente de un ratón, que pudiese albergarse
en los pensamientos de un pez o de un hombre.
Porque
si lo hubiesen sabido, habrían establecido ciertas salvaguardias, habrían
estado alerta contra él.
Y no
lo estaban. No estaban más alerta de lo que lo había estado el ratón.
Miró
hacia atrás por el camino hacia donde se elevaba la casa de los Sutton, sobre
el cerro. Por un instante pensó que podía verla, una oscura masa contra la
oscuridad del cielo, pero sabía que aquello era sólo pura imaginación. Sabía
que estaba allí y se había formado una imagen mental.
Uno
a uno, comprobó los objetos de su habitación. Los libros, las pocas cuartillas
escritas, la navaja de afeitar.
No
había nada allí, lo sabía, que no pudiese dejar atrás. Nada que pudiese
despertar sospechas. Nada que pudiese utilizarse algún día, más tarde, y
convertirse en una arma que alguien pudiese esgrimir contra él.
Se
había preparado para aquel día, sabiendo que llegaría... sabiendo que algún día
Herkimer o los revisionistas o un agente del gobierno saldría de detrás de un
árbol y se pondría a caminar a su lado.
¿Lo
sabía? Bueno, no exactamente. Tenía esa esperanza. Y estaba preparado para el
momento en que se cumpliese.
Muchos
años atrás, su fútil tentativa de escribir el libro del destino sin sus notas
se había desvanecido. Sólo quedaban un montón de cenizas de papel mezcladas
durante muchos años con la tierra, disueltas por la lluvia, convertidas en
elementos químicos, en componentes de un grano de trigo o de una hoja de maíz.
Estaba preparado. Preparado y dispuesto. Su mente llevaba preparada y
dispuesta, ahora lo sabía, todos aquellos años.
Suavemente,
se apartó del camino y descendió por los pastos, siguiendo al hombre que
caminaba hacia los acantilados del río. Su mente voló hasta él en la oscuridad,
le siguió como un perro de caza sigue a su presa.
Le
alcanzó pocos minutos después de que hubiese penetrado entre los árboles, y se
mantuvo a unos pasos de él, caminando cuidadosamente, en guardia contra
cualquier rama que pudiese quebrarse, contra el roce brusco de un matorral que
pudiese denunciarle.
La
nave se hallaba en el interior de una profunda garganta, y en un instante se
iluminó y se abrió una escotilla. En la escotilla iluminada apareció otro
hombre que miró hacia la noche.
—¿Eres
tú, Gus? —preguntó.
—Claro
—contestó el otro con un gruñido—. ¿Quién crees tú que iba a andar por estos
bosques a estas horas de la noche?
—Estaba
preocupado —dijo el de la escotilla—. Has estado fuera más tiempo del que
pensabas. Iba a salir ahora a buscarte.
—Tú
siempre andas preocupándote —gruñó Gus—. Entre tú y este mundo extraño, voy a
acabar loco. Trevor podría encontrar a algún otro para que siguiese con este
trabajo.
Subió
la escalerilla.
—Vamos
—dijo llanamente al otro—. Salgamos de aquí.
Se
volvió para cerrar la escotilla, pero Sutton ya la había cerrado.
Gus
dio dos pasos hacia atrás, se dejó caer en un asiento anclado y se quedó allí,
con una mueca.
—Mira
lo que conseguimos —dijo—. ¿Oyes, Pinky?, mira quién me ha seguido hasta aquí.
Sutton
les sonrió agriamente.
—Si
no les importa, caballeros, me gustaría que me llevasen con ustedes.
—¿Y
si nos importase? —preguntó Pinky.
—Yo
iré en esta nave —contestó Sutton—. Con ustedes o sin. Hagan lo que quieran.
—Éste
es Sutton —dijo Gus a Pink—. El señor Sutton. Trevor estará encantado de verle,
Sutton.
Trevor...
Trevor. Era la tercera vez que oía aquel nombre, y lo había oído antes en algún
sitio. Con la espalda contra la escotilla cerrada, percibió que su mente volvía
a otra nave con otros dos hombres.
«Trevor»,
había dicho Case. ¿O había sido Pringle quien lo había dicho? ¿Trevor? Sí,
Trevor es el jefe de la empresa.
—Llevo
todos estos años —dijo Sutton— esperando conocer al señor Trevor. Él y yo
tenemos mucho de que hablar.
—Ponla
en marcha, Pinky —dijo Gus—. Y envía un mensaje. Trevor nos preparará un
recibimiento especial. Llevamos a Sutton.
XLII
Trevor
cogió un clip y lo echó en el tintero que había sobre la mesa. El sujetapapeles
aterrizó en la tinta.
—Buen
tiro —dijo Trevor—. Consigo acertar siete veces de cada diez. Antes fallaba
siete veces de cada diez.
Miró
a Sutton, estudiándole.
—Pareces
un hombre normal —dijo—. Da la sensación de que voy a poder hablar contigo y de
que vas a poder entenderme.
—No
tengo cuernos —dijo Sutton— si es eso lo que quieres decir.
—No
—dijo Trevor—, pero tampoco te rodea ningún halo especial, por lo que a mí
concierne.
Tiró
otro clip y falló.
—Siete
de cada diez —dijo.
Tiró
otro y acertó. Saltó la tinta y salpicó la mesa.
—Sutton
—dijo Trevor—, tú sabes mucho sobre el destino. ¿Has pensado alguna vez en él
en términos de destino manifiesto?
Sutton
se encogió de hombros.
—Utilizas
un término anticuado. Pura y simple propaganda del siglo diecinueve. Hubo
cierta nación que utilizó ese truco.
—Propaganda
—dijo Trevor—. Digamos... psicología. Si uno dice algo con la suficiente
frecuencia e insistencia, al cabo de un tiempo todo el mundo lo cree. Hasta uno
mismo, al final.
—Este
destino manifiesto —dijo Sutton— se refiere, supongo, a la raza humana,
¿verdad?
—Por
supuesto —dijo Trevor—. Después de todo, somos los animales que mejor sabríamos
utilizarlo.
—Olvidas
algo —declaró Sutton—. Los humanos no lo necesitan. Se creen ya grandes, justos
y sagrados. Desde luego, es algo de lo que no hace falta hacer propaganda.
—En
un sentido estricto, tienes razón —dijo Trevor—. Pero sólo a corto plazo.
Súbitamente,
apuntó con un dedo hacia Sutton.
—Pero
cuando tengamos la galaxia en la mano, ¿qué pasará? —dijo.
—Bueno
—dijo Sutton—. Supongo que...
—Exactamente
—dijo Trevor—. Tú no sabes adonde vamos. Ni lo sabe la raza humana.
—¿Y
el destino manifiesto? —preguntó Sutton—. ¿Sería distinto si tuviésemos un
destino manifiesto?
Las
palabras de Trevor apenas si fueron un susurro:
—Hay
otras galaxias, Sutton. Mayores incluso que ésta. Muchas otras galaxias.
¡Dios
mío!, pensó Sutton.
Iba
a hablar, pero cerró la boca y permaneció inmóvil en su silla.
El
susurro de Trevor le atravesó desde el otro lado de la mesa.
—Vacilas,
¿verdad? —dijo.
Sutton
intentó hablar en voz alta, pero su voz fue también un susurro.
—Estás
loco, Trevor. Totalmente loco.
—A
la larga —dijo Trevor—, eso es lo importante. La Creencia absolutamente
inconmovible en el destino humano, la convicción positiva y absoluta de que el
hombre está destinado no sólo a dominar esta galaxia sino todas las galaxias,
todo el universo.
—Tendrás
que vivir ancho para verlo —dijo Sutton, con tono burlón.
—Yo
no lo veré, naturalmente —dijo Trevor—. Ni tú tampoco. Ni los hijos de nuestros
hijos, ni los hijos de éstos, por muchas generaciones.
—Habrán
de pasar millones de años —dijo Sutton.
—Más
que millones de años —dijo sosegadamente Trevor—. No tienes ni idea de las
dimensiones del universo. En un millón de años, estaremos todavía empezando...
—Entonces,
por amor de Dios, ¿a qué preocuparse tanto?
—Razona
—dijo Trevor.
—No
hay ninguna razón —exclamó Sutton— para planear con un millón de años de
antelación. Un individuo puede planear su propia vida, si lo desea, y eso es en
cierto modo razonable. O la vida de sus hijos, y en eso aún podría haber cierta
lógica... y hasta la vida de sus nietos. Pero ir más allá, no sería nada
lógico.
—Sutton
—dijo Trevor—, ¿has oído hablar alguna vez de una empresa?
—Hombre,
naturalmente, pero...
—Una
empresa puede planear para un millón de años —dijo Trevor—. Y podría ser muy
razonable y muy lógico el hacerlo.
—Una
empresa no es un hombre —dijo Sutton—. No es una entidad.
—Sí
que lo es —insistió Trevor—. Una entidad compuesta de hombres y creada por
hombres para realizar sus deseos. Es un concepto operativo, un concepto vivo
que pasa de una generación a otra para realizar un plan demasiado vasto para
que lo abarque sólo la vida de un hombre.
—Tu
empresa publica libros también, ¿verdad? —preguntó Sutton.
Trevor
le miró fijamente.
—¿Quién
te lo dijo?
—Un
par de hombres llamados Case y Pringle —contestó Sutton—. Intentaron comprar mi
libro en nombre de tu impresa.
—Case
y Pringle están fuera en una misión —dijo Trevor—. Deberían haber regresado
ya...
—No
lo harán —dijo Sutton.
—Los
mataste, ¿verdad?
—Ellos
intentaron matarme primero. Pero a mí es muy difícil matarme.
—Esas
no eran mis órdenes, Sutton. No quería que te mataran.
—Actuarían
por su cuenta —dijo Sutton—. Pensarían vender mi esqueleto a Morgan.
No
había modo de determinar, pensaba Sutton, las verdaderas reacciones de aquel
hombre. Su mirada y su rostro eran inmutables.
—Te
agradezco que les mataras —dijo Trevor—. Me evitaste un trabajo.
Tiró
otro clip al tintero y acertó.
—Es
lógico —dijo— que una empresa planee con un millón de años de antelación. Eso
proporciona una estructura dentro de la cual puede llevarse adelante
determinado proyecto sin interrupción, aunque deba cambiar de cuando en cuando
el personal encargado.
—Un
momento —dijo Sutton—. ¿Hay una empresa o son simples cuentos?
—Hay
una empresa —contestó Trevor—, y yo soy quien la dirige. Son muy diversos los
intereses que participan... y la participación aumentará progresivamente con el
tiempo. En cuanto podamos mostrar algo tangible.
—¿Entiendes
por tangible un destino para la raza humana, y sólo para ella?
Trevor
asintió.
—Entonces
tendremos algo de que hablar —dijo—. Una mercancía que vender. Algo que
respalde nuestra propaganda.
—No
entiendo lo que esperas ganar.
—Tres
cosas. Riqueza, poder y conocimiento. La riqueza, el poder y el conocimiento
del universo. Sólo para el hombre, ¿comprendes? Para una sola raza. Para gente
como tú y como yo. Y de los tres, el conocimiento quizás fuese lo más
importante, porque el conocimiento sumado y coordinado y estructurado puede
conducir a mayor riqueza y más poder... y a mayor conocimiento.
—Eso
es simple locura —dijo Sutton—. Tú y yo, Trevor, seremos polvo y solamente
polvo... y no sólo nosotros, si no toda la era en la que vivimos en este
momento, que quedará olvidada antes de que pueda concluirse esa tarea.
—Recuerda
la empresa.
—La
recuerdo, pero no puedo evitar que mi pensamiento se centre en los individuos.
Tú y yo y los demás individuos semejantes.
—Pensemos
entonces en términos de individuo —dijo Trevor suavemente—. Un día, la vida que
palpita en ti palpitará en el cerebro, la sangre y los músculos de un hombre
que será propietario parcial del universo. Tendrá a su servicio billones y
billones de formas de vida, unas riquezas que ni siquiera podrá contar, unos
conocimientos que tú y yo ni siquiera podemos soñar.
Sutton
se retrepó silencioso en la silla.
—Tú
eres el único hombre —siguió Trevor— que se interpone en el camino. Tú eres el
hombre que está bloqueando este proyecto de un millón de años.
—Tú
necesitas el destino... y el destino no es mío para poder dártelo.
—Tú
eres un ser humano, Sutton. Un hombre. Es de gente de tu propia raza de quien
estoy hablándote.
—El
destino —dijo Sutton— pertenece a todo lo que vive. No sólo al hombre, sino a
toda forma viva.
—Pero
no lo necesitan. Tú eres el único hombre que lo sabe. Eres el individuo que
puede contar los hechos. Puedes lograr un destino manifiesto para el género
humano en vez de un destino individual para todas las cosas que se arrastran y
reptan y cacarean y que tienen el don de la vida.
Sutton
no contestó.
—Una
palabra tuya, y la cosa está hecha —dijo Trevor.
—No
puede ser; ese plan tuyo no es factible. Piensa en la inmensidad de tiempo, los
miles de años, incluso a la velocidad de las naves espaciales actuales, que se
necesitan para cruzar el espacio intergaláctico. Sólo de esta galaxia a la
siguiente... No de esta galaxia a la última.
Trevor
lanzó un suspiro.
—Olvidas
—dijo— lo que te explicaba sobre la suma de conocimientos. Dos y dos no serán
cuatro, amigo mío. Serán mucho más que cuatro. En algunos casos, miles de veces
más que cuatro.
Sutton
movió la cabeza, lentamente.
Pero
Trevor tenía razón, lo sabía. La ciencia y la técnica se complementarían
formando una pirámide, tal como Trevor decía. Incluso los conocimientos de sólo
una galaxia, en cuanto el hombre tuviese tiempo...
—Una
palabra tuya —dijo Trevor—, y la guerra del tiempo cesará. Una palabra y la
seguridad de la raza humana queda garantizada para siempre. Lo único que la
raza necesitará será el conocimiento que tú puedes darle.
—No
sería la verdad —dijo Sutton.
—Eso
no tiene nada que ver.
—Tú
no necesitas del destino manifiesto para realizar tu proyecto.
—Hemos
de tener el respaldo del género humano —dijo Trevor—. Tenemos que poseer algo
lo bastante importante como para captar su imaginación, para arrebatarla. Algo
que centre su atención. Y el destino manifiesto, el destino manifiesto tal como
se aplica al universo, es la clave.
—Hace
veinte años, habría estado de acuerdo contigo.
—¿Y
ahora?
—Ahora
no. Ahora sé más de lo que sabía hace veinte años. Hace veinte años, Trevor, yo
era humano. Pero ya no estoy tan seguro de ser totalmente humano.
—No
he mencionado la cuestión de la recompensa —dijo Trevor—. No hace falta decir
que...
—No,
gracias —dijo Sutton—. Me gustaría seguir viviendo mi vida.
Trevor
lanzó otro clip al tintero y falló.
—Estás
fallando —dijo Sutton—. No alcanzaste el porcentaje.
Trevor
cogió otro clip.
—Está
bien —dijo—. Adelante, haz lo que quieras, diviértete. Seguirá la guerra y la
ganaremos. Es una forma infernal de luchar, pero hacemos cuanto podemos.
Ninguna guerra en ninguna parte, ningún indicio aparente de guerra, para ti la
galaxia está en absoluta y perfecta paz bajo el dominio de benevolentes
terrestres. Podemos ganar sin ti, Sutton. Pero sería más fácil contigo.
—¿Me
dejaréis libre? —preguntó Sutton, con burlona sorpresa.
—Claro,
por supuesto. Sigue tu camino, sigue dando cabezazos contra la pared un poco
más. Al final, acabarás cansándote. Acabarás cediendo por puro cansancio.
Entonces volverás y nos darás lo que queremos.
Sutton
se levantó.
Vaciló
un momento.
—¿Qué
esperas? —preguntó Trevor.
—Hay
algo que me ha desconcertado —dijo Sutton—. El libro ya está escrito de algún
modo en alguna parte. Ha sido un hecho real durante casi quinientos años. ¿Cómo
vais a alterar eso? Si yo lo escribiese ahora tal como queréis vosotros que
esté redactado, cambiaría toda la estructura humana...
Trevor
se echó a reír.
—Ya
tenemos eso calculado. Digamos que, finalmente, después de tantos años, se
descubre el original de tu manuscrito. Puede identificarse fácil e
indiscutiblemente por ciertas características que incorporarías cuidadosamente
al escribirlo. Se encontraría y se proclamaría su autenticidad, y aún más, se
demostraría... y el género humano tendría su destino...
»Explicaríamos
los errores del pasado por pruebas históricas muy convincentes de primitivas
alteraciones del manuscrito. Incluso tus amigos los androides tendrían que
creer lo que dijésemos nosotros.
—Muy
inteligente —observó Sutton.
—Estoy
de acuerdo —dijo Trevor.
XLIII
Había
un hombre esperándole a la entrada del edificio. Alzó la mano en lo que podría
ser un saludo.
—Sólo
un minuto, señor Sutton.
—Sí,
dígame.
—Habrá
algunos de nosotros siguiéndole, señor. Órdenes, ya sabe.
—Pero...
—Nada
personal, señor. No interferiremos en nada de lo que usted quiera hacer. Es
simple protección, señor.
—¿Protección?
—Claro,
señor. La gente de Morgan, ya sabe. No podemos dejar que le liquiden.
—No
saben cuánto agradezco su interés.
—No
tiene importancia, señor. No tiene por qué agradecerlo. Es sólo parte del
trabajo del día. Lo hacemos encantados. No tiene ni que agradecerlo siquiera.
Se
apartó de nuevo, y Sutton se volvió y bajó las escaleras y siguió el sendero
que flanqueaba la avenida.
El
sol estaba a punto de ponerse, y mirando por encima del hombro vio las rectos y
altas líneas del gigantesco edificio de oficinas en el que había hablado con
Trevor perfilado contra la claridad del cielo occidental. Pero no había visto
signo alguno de que alguien le siguiese.
No
tenía adonde ir. No tenía ni idea de adonde podía ir. Pero comprendía que no
podía limitarse a dar vueltas sin rumbo fijo. Caminaría, se dijo, y pensaría,
esperando que sucediese lo que tuviese que suceder.
Se
encontró con otros transeúntes, y algunos le miraron con curiosidad, y
entonces, por primera vez, Sutton se dio cuenta de que aún llevaba la ropa de
un jornalero del siglo veinte, mono azul y camisa de algodón, y pesados y
prácticos zapatos campesinos. Pero se dio cuenta de que allí, ni siquiera con
aquella anticuada indumentaria, despertaría excesiva sorpresa. Pues en la
Tierra, con sus dignatarios visitantes de lejanos sistemas solares, con su
Babel de razas trabajando en los distintos departamentos gubernamentales, con
sus intercambios de estudiantes, sus diplomáticos y legisladores que
representaban a lejanos planetas, la indumentaria de un hombre no despertaba la
menor curiosidad.
Tendría
que encontrar, se dijo, por la mañana, algún refugio, algún retiro donde
pudiese tranquilizarse y delimitar algunas de las características de aquel
mundo de quinientos años después.
Eso,
o localizar a un androide en quien poder confiar y que le pusiese en contacto
con la organización androide... Porque aunque nunca se lo habían dicho, estaba
seguro de que existía una organización androide. Tendría que haberla para
librar una guerra en el tiempo.
Abandonó
el sendero que flanqueaba la carretera, y tomó otro, muy estrecho, que se
desviaba a lo largo de una marisma hacia una serie de cerros bajos, en
dirección norte.
De
pronto cayó en la cuenta de que tenía hambre y de que debería haber parado en
alguno de los establecimientos del edificio de oficinas para comer algo. Y
entonces recordó que no tenía dinero para pagar la comida. Llevaba en el
bolsillo unos cuantos dólares del siglo veinte, pero allí nada valdrían como
medida de cambio, aunque sin duda poseerían valor como artículos de
coleccionista.
Cayó
la oscuridad sobre la tierra y comenzaron sus coros las ranas, primero lejos y
luego, incorporadas otras, la marisma resonó entera con sus ásperos trinos.
Sutton caminaba por un mundo de mágico sonido, y mientras lo hacía tenía la
sensación de que sus pies apenas tocaban el suelo, de que flotaba arrastrado
por el aliento del sonido que se elevaba al encuentro de las primeras pálidas
estrellas que brillaban sobre los oscuros cerros de enfrente.
Hace
pocas horas, pensaba, iba andando por una polvorienta carretera rural del siglo
veinte, levantando con mis pisadas blanco polvo... y vio que parte de aquel
blanco polvo aún seguía pegado a sus zapatos. Incluso el recuerdo de aquel
camino seguía en su memoria. Memoria y polvo, pensó, nos ligan al pasado.
Llegó
a las colinas y empezó a subirlas, y la noche se endulzó con aroma de pino y
con el olor de las flores del bosque.
Llegó
a la cima de una pequeña elevación y se quedó allí quieto unos instantes,
contemplando la aterciopelada suavidad de la noche. Un grillo afinaba su violín
en las proximidades, y de la marisma llegaba el rumor apagado de las ranas. En
la oscuridad, frente a él, un arroyo chapoteaba en su rocoso lecho, y hablaba
sin detenerse, hablaba con los árboles y con sus herbosas riberas y con las
flores que inclinaban hacia él sus soñolientas cabezas.
—Me
gustaría parar —decía—, me gustaría parar y hablar con vosotros. Pero no puedo,
sabéis. He de apresurarme. Tengo que llegar a un sitio. No puedo perder un
minuto. Debo darme prisa.
Como
el hombre, pensó Sutton. Porque el hombre se ve empujado como el arroyo.
Empujado por las circunstancias y la necesidad y la codiciosa ambición de otros
hombres inquietos que nunca le dejarán ser y estar.
Aunque
no oyó nada, sintió que la gran mano se cerraba sobre su brazo y le apartaba
del sendero. Girándose, intentó liberarse, y vio la oscura mancha del hombre
que le había agarrado. Esgrimió el puño y lo lanzó vigorosamente hacía la
oscura cabeza, pero no alcanzó su objetivo. Un cuerpo lanzado cayó sobre sus
rodillas y las dobló, unos brazos rodearon sus piernas, y se tambaleó y se
desplomó $e bruces.
Se
incorporó, y en algún punto a su derecha oyó el suave rumor de armas disparando
rápidamente y captó, de reojo, su brillante relampagueo en la noche.
Luego,
brotó de la nada una mano que le tapó boca y nariz.
«Polvo
anestésico», pensó.
Y
mientras lo pensaba, desaparecieron las figuras oscuras, y las ranas y el
relampagueo de las armas.
XLIV
Sutton
abrió los ojos a lo desconocido y vio que estaba tranquilamente tendido en una
cama. Por una ventana abierta penetraba la brisa, y la habitación, decorada con
fantásticos murales vivos, estaba bañada de brillante claridad. La brisa traía
aroma de flores, y fuera, en un árbol, cantaba alegre un pájaro.
Lentamente,
Sutton dejó que sus sentidos actuaran y le trajeran todos los datos de la
habitación, los datos de lo desconocido... los muebles extraños, el contorno
del cuarto mismo, los monos verde y púrpura que se perseguían por la enredadera
que trepaba por las paredes.
Sosegadamente,
su pensamiento retrocedió en el tiempo hasta su último momento de conciencia.
Recordó armas relampagueando en la noche y una mano brotando de la oscuridad
que le tapó la nariz.
Drogado,
se dijo. Drogado y raptado.
Antes
de eso, había un grillo y cantaban las ranas en la marisma y un arroyo
parloteaba ladera abajo, corriendo hacia su destino, fuera el que fuese. Y
antes, había un hombre sentado frente a él, ante una mesa, hablándole de una
empresa y un sueño y un plan que la empresa tenía.
Fantástico,
pensó Sutton. Y a la brillante luz de la habitación, la misma idea era una
absoluta fantasía... la idea de que el hombre acabaría alcanzando no sólo las
estrellas sino las galaxias.
Pero
en ello había grandeza, una grandeza muy humana. Hubo un tiempo en que era pura
fantasía pensar que el hombre pudiese alguna vez elevarse del seno de su
planeta originario; y otro en que lo era pensar que el hombre pudiese llegar
más allá del sistema solar, salir a las sobrecogedoras extensiones de vacío que
separan las estrellas.
Pero
en Trevor había fuerza. Y además de fuerza convicción. Era un hombre que sabía
adonde iba y por qué y qué hacía falta para llegar allí.
Destino
manifiesto, había dicho Trevor. Ese es el asunto. He ahí lo necesario.
El
hombre sería grande, sería un dios. Los conceptos de vida y pensamiento nacidos
en la Tierra serían los conceptos básicos de todo el universo, de la frágil
burbuja de espacio y tiempo que nadaba en un mar de misterio más allá del cual
ninguna mente podía llegar. Y sin embargo, cuando el hombre llegase al lugar al
que se encaminaba, quizás fuese también capaz de superar aquello.
En
un rincón de la habitación había un espejo, y en él vio la imagen de la mitad
inferior de su cuerpo, tendida en la cama, y desnuda, salvo por unos pantalones
cortos. Movió los dedos de los pies y observó su movimiento en el espejo.
Y tú
eres el único que nos detiene, había dicho Trevor. Eres el hombre que se
interpone en el camino del Hombre. Tú eres el obstáculo. Tú impides a los
hombres ser dioses.
Pero
no todos los hombres pensaban como Trevor. No todos los hombres estaban
enredados en el ciego chovinismo de la raza humana.
Los
delegados de la Liga de Igualdad Androide habían hablado con él un mediodía, le
habían abordado cuando salía del ascensor e iba a comer, y se habían alineado
frente a él como si esperasen que intentase escapar y pretendieran cortarle el
paso. Uno de ellos retorcía una astrosa gorra entre los sucios dedos, y la
mujer se soltó el pelo y cruzó las manos sobre el regazo, como hacen las
mujeres firmes y decididas.
Sin
duda eran chiflados. Fervientes defensores de una Causa que les hacía objeto de
una burla tranquila y devastadora. Ni siquiera les manifestaban simpatía los
propios androides, hasta los propios androides por los que trabajaban veían en
ellos ineficacia humana y ridículo exhibicionismo.
Pues
la raza humana, pensaba Sutton, no puede olvidar siquiera un momento que es
humana. No puede alcanzar la humilde grandeza que acepta sin vacilar la
igualdad. Porque los miembros de la Liga, aun cuando luchaban por la igualdad
de los androides, no podían evitar mostrarse paternalistas con quienes
proclamaban iguales.
¿Qué
había dicho Herkimer? Igualdad no por concesión especial, no por tolerancia
humana; pero sólo así aceptaría conceder igualdad la raza humana... por
concesión o por abrumadora tolerancia.
Y
sin embargo, aquel triste grupo de fanáticos paternalistas habían sido los
únicos humanos capaces de ayudarle. Un hombre que retorcía una gorra con dedos
sucios, una mujer vieja y voluntariosa y otro hombre a quien el tiempo pesaba y
sin nada que hacer. Y sin embargo, pensó Sutton... sin embargo, aun está Eva
Armour.
Podría
haber otros como ella, en alguna parte, trabajando con los androides, en aquel
momento. Podría haberlos. Sacó los pies de la cama y se sentó en el borde. En
el suelo había una zapatillas. Se las puso y se acercó al espejo.
Y
desde el espejo le miró un rostro extraño, una cara que nunca había visto, y en
su mente brotó por un instante el pánico.
Luego
sospechó algo y se llevó la mano a la frente y frotó la marca que había allí,
cruzándola oblicuamente.
Agachándose
y aproximando la cara al espejo, verificó la sospecha.
¡Lo
que tenía en la frente era una marca de identificación androide! ¡Una clave de
identificación y un número de serie!
Se
tanteó la cara minuciosamente, y localizó la sobrecubierta de plástico con que
habían alterado sus contornos hasta hacerle irreconocible.
Se
giró, volvió hasta la cama, se sentó lentamente y se agarró al borde con las
manos.
Disfrazado,
se dijo. Convertido en un androide. Le habían raptado hombre y despertaba
androide.
Sonó
la puerta y Herkimer dijo:
—Buenos
días, señor; espero que se encuentre cómodo.
Sutton
se irguió y dijo:
—Lo
estaba.
—A
sus órdenes, señor —dijo Herkimer, feliz, con una inclinación—. ¿Quiere algo?
—No
debisteis dejarme inconsciente —dijo Sutton.
—Debíamos
trabajar deprisa, señor. No podíamos permitir que usted estropease las cosas
haciendo preguntas y queriendo saber lo que pasaba. Le drogamos y le trajimos.
Era mucho más simple así, señor, puede creerme.
—Hubo
disparos —dijo Sutton—. Los oí.
—Parece
ser —le dijo Herkimer— que había unos cuantos revisionistas acechando, y
resulta algo complicado, señor, explicarlo.
—¿Luchasteis
con aquellos revisionistas?
—Bueno,
señor, a decir verdad, algunos de ellos fueron tan imprudentes como para sacar
sus armas. Hicieron mal. Llevaron la peor parte.
—No
servirá de nada si lo que pretendíais era librarme de las garras de Trevor.
Volverá a localizarme. No tendrá más que utilizar un psicotrazador. Sabe dónde
estoy y seguro que estará vigilando este sitio.
—Así
es, señor —dijo Herkimer con una sonrisa—. Sus hombres están prácticamente
amontonados alrededor.
—¿Por
qué este disfraz, entonces? —preguntó Sutton colérico—. ¿Por qué todo esto?
—Bueno,
señor —explicó Herkimer—. El motivo es el siguiente: Nos figuramos que ningún
humano en su sano juicio querría nunca que le tomasen por un androide. Así que
le convertimos en androide. Ellos se dedicarán a buscar un humano. No se les
ocurrirá mirar dos veces a un androide si buscan a un humano.
—Muy
inteligente —gruñó Sutton—. Espero que no...
—Bueno,
lo descubrirán al cabo de un tiempo, señor —admitió Herkimer alegremente—. Pero
esto nos dará un margen. Nos dejará tiempo para elaborar algunos planes.
Recorrió
rápidamente la habitación, abriendo cajones y sacando ropa.
—Es
magnífico que haya vuelto, señor. Intentamos localizarle, pero no hubo manera.
Supusimos que los revisionistas le tendrían copado en algún sitio. Así que
redoblamos nuestro servicio de espionaje aquí y anduvimos pendientes de todo lo
que pasaba. Durante las cinco últimas semanas hemos seguido todos los
movimientos de Trevor y los suyos.
—¿Cinco
semanas? ¿Dijiste cinco semanas?
—Eso
dije, señor. Cinco semanas. Desapareció usted exactamente hace siete.
—Por
mi calendario fueron diez años —dijo Sutton.
Herkimer
movió la cabeza sin la menor sorpresa.
—El
tiempo es muy curioso, señor. Ata a un hombre en nudos.
Dejó
la ropa en la cama.
—Si
se pone usted esto, señor, podremos bajar a tomar el desayuno. Eva está
esperándonos. Se alegrará mucho de vernos, señor.
XLV
Trevor
falló tres clips seguidos. Movió la cabeza triste.
—¿Estás
seguro de eso? —preguntó al hombre que se sentaba al otro lado de la mesa.
El
otro asintió, con los labios fruncidos.
—Podría
ser propaganda androide, sabes —dijo Trevor—. Son listos. Eso es lo que nunca
debéis olvidar. Un androide, con todas sus reverencias y demás, es tan listo
como nosotros.
—¿Comprendes
lo que significa? Significa...
—Puedo
decirte lo que significa —dijo Trevor—. Que de ahora en adelante no vamos a
poder estar seguros de quién es humano y quién no lo es. No habrá medio de
saber con exactitud quién es un hombre y quién un androide. Tú podrías ser un
androide. Yo podría ser...
—Exactamente
—dijo el hombre.
—Por
eso Sutton se mostraba tan irónico ayer por la tarde —dijo Trevor—. Estaba ahí
sentado donde tú y daba la impresión de reírse de mí todo el tiempo...
—No
creo que Sutton lo sepa —dijo el hombre—. Es un secreto androide. No lo conocen
más que unos pocos. Y no creo que se arriesgasen a comunicárselo a un humano.
—¿Ni
siquiera a Sutton?
—Ni
siquiera a él —dijo el hombre.
—Una
actitud muy razonable —observó Trevor.
—¿Harás
algo, sin duda...? —dijo el hombre con impaciencia.
Trevor
se acodó en la mesa y juntó las puntas de los dedos cuidadosamente.
—Por
supuesto —dijo—. Escúchame atentamente. Haremos esto...
XLVI
Eva
Armour se levantó de la mesa del patio y alzó ambas manos en un saludo. Sutton
la atrajo hacia sí y la besó en la cara.
—Esto
—dijo—, es por el millón de veces que he pensado en ti.
Ella
rompió a reír, súbitamente alegre y feliz.
—Pero
Ash, ¡un millón de veces!
—Problema
de tiempo —explicó Herkimer—. Ha estado fuera diez años.
—Oh
—dijo Eva—. ¡Oh, Ash, qué horrible!
—No
tan horrible —dijo él, sonriente—. Tuve diez años de descanso. Diez años de paz
y sosiego. Trabajando en el campo, sabes. Al principio era un poco duro, pero
lo sentí de veras cuando tuve que irme.
Apartó
una silla para ella, y luego cogió otra para él y la puso entre ella y
Herkimer.
Comieron...
jamón y huevos, tostadas y mermelada, café negro y fuerte. Se estaba bien en el
patio. Sobre ellos, en los árboles, gorjeaban cordiales los pájaros. En el
trébol de los bordes de los ladrillos y las piedras que formaban el pavimento,
zumbaban las abejas entre las flores.
—¿Te
gusta mi casa, Ash? —preguntó Eva.
—Es
maravillosa —contestó él, y luego, como si las dos ideas tuviesen alguna
relación, añadió—: Vi ayer a Trevor. Me llevó a la cima de la montaña y me
mostró el universo.
Eva
carraspeó y Sutton levantó la vista rápidamente. Herkimer esperaba, con la cara
tensa, el tenedor a mitad de camino entre el plato y la boca.
—¿Pero
qué os pasa? —preguntó—. ¿No confiáis en mí?
Y
mientras hacía la pregunta, estaba contestándosela. Por supuesto que no
confiaban en él. Él era humano y podía traicionarles. Podía alterar el destino
de modo que fuese sólo para el género humano. Y no tenían medio alguno de
asegurarse de que no fuese a hacerlo.
—Ash
—dijo Eva—, tú rechazaste...
—Dejé
a Trevor con la idea de que volvería para tratar el asunto. No es que dijese o
hiciese algo que se lo indicase expresamente. Sencillamente, cree que lo haré,
que volveré. Me dijo que me fuera y que siguiese dándome cabezazos contra la
pared por un tiempo.
—¿Ha
pensado en el asunto, señor? —preguntó Herkimer.
Sutton
negó con un gesto.
—No
—dijo—. No, no demasiado. No me he sentado a meditarlo, si te refieres a eso.
Tendría su sentido si uno fuese meramente humano. A veces me pregunto
sinceramente qué porcentaje de humano queda en mí.
—¿Cuánto
sabes del asunto, Ash? —preguntó Eva suavemente.
Sutton
se pasó una mano por la frente.
—Creo
que la mayor parte. Sé de la guerra en el tiempo y de cómo y por qué se lucha.
Sé sobre mí mismo. Tengo dos cuerpos y dos mentes, o al menos cuerpos y mentes
sustitutivos. Sé de algunas de las cosas que puedo hacer. Puede haber otras
capacidades mías que no conozca. Es cuestión de tiempo. Resulta difícil.
—No
podíamos decírtelo —explicó Eva—. Habría sido tan fácil si hubiésemos podido
decírtelo. Pero, en principio, no habrías creído siquiera lo que te decíamos.
Y, en cuanto al tiempo, uno interfiere lo menos posible. Sólo lo suficiente
para encaminar un acontecimiento en la dirección adecuada.
«Intenté
advertirle. ¿No recuerdas. Ash? Hice lo más que podía hacer.
Él
asintió.
—Después
de que maté a Benton en la Casa Zag —dijo—. Me dijiste que me habías estudiado
durante veinte años.
—Y,
recuerda, yo era la muchachita del vestido de flores. Cuando estabas pescando.
La
miró sorprendido.
—¿Sabías
eso? —preguntó—. ¿No era sólo parte del sueño de Zag?
—Identificación
—dijo Herkimer—. Para que usted pudiera identificarla como a una amiga, como
alguien a quien había conocido antes. Para que la aceptara como a una amiga.
—Pero
era un sueño.
—Un
sueño Zag —dijo Herkimer—. Zag es de los nuestros. Su raza se beneficiará si el
destino puede ampliarse a todos y no reducirse exclusivamente al género humano.
—Trevor
tiene demasiada confianza —dijo Sutton—. No sólo finge tener confianza.
Realmente la tiene. No hago más que volver a lo que me dijo: «vete y sigue
dándote cabezazos contra la pared».
—Cuenta
contigo como ser humano —dijo Eva.
Sutton
movió la cabeza, negando.
—No
puedo creer que sea eso —dijo—. Debe de tener algún plan oculto, alguna jugada
que no hemos podido descubrir.
—Eso
no me gusta, señor —dijo Herkimer lentamente—. La guerra no va nada bien de
momento. Si tuviésemos que ganar, habríamos perdido ya.
—¿Si
tuviésemos que ganar? No entiendo...
—No
tenemos que ganar, señor —dijo Herkimer—. Lo único que tenemos que hacer es
mantenernos, resistir, impedir que los revisionistas destruyan el libro tal
como usted lo escribirá. Desde el principio no hemos intentado cambiar nada. Lo
único que hemos hecho es impedirles a ellos cambiar.
—Desde
luego —dijo Sutton—. Trevor tiene que obtener una victoria decisiva. Tiene que
destruir el texto original, bien impidiendo que se escriba tal como yo me
propongo escribirlo, o bien desacreditándolo hasta tal punto que ni siquiera un
androide crea en él.
—Exactamente,
señor —dijo Herkimer—. Si no logra eso, los humanos jamás podrán decir que el
destino les pertenece, no podrán hacer que las otras formas de vida crean que
el destino está reservado exclusivamente al género humano.
—Eso
es lo único que quiere —dijo Eva—. No el destino en sí, pues ningún humano
puede tener la fe en el destino que pude tener por ejemplo, digamos, un
androide. Para Trevor es sólo cuestión de propaganda... Para que el género
humano crea tan a ciegas que está destinado al dominio que no descanse hasta
dominar el universo.
—Mientras
podamos impedirle hacer eso —dijo Herkimer—, podemos considerar que vamos
ganando. Pero la lucha está tan equilibrada que un nuevo enfoque por cualquiera
de las partes resultaría decisivo. Un arma nueva sería un factor capital,
podría significar victoria o derrota.
—Yo
tengo un arma —dijo Sutton—. Un arma a medida que les derrotaría... Pero no hay
medio de que pueda utilizarse.
Ninguno
hizo la pregunta, pero la vio en sus caras y la contestó.
—Sólo
hay una de esas armas. Un arma solo. No se puede combatir una guerra sólo con
un arma.
Resonaron
unas pisadas por la esquina de la casa y cuando se volvieron, pudieron ver a un
androide que corría hacia ellos cruzando el patio. Llevaba la ropa cubierta de
polvo y venía sofocado por la carrera. Se detuvo y les miró, apoyado en el
borde de la mesa.
—Intentaron
detenerme —dijo entrecortadamente—. La casa está rodeada...
—Andrew,
imbécil —masculló Herkimer—. ¿Qué demonios pretendes al entrar aquí corriendo
de este modo? Así sabrán.
—Han
descubierto lo de la Cuna —balbució Andrew—. Ellos...
Herkimer
se levantó rápidamente... La silla cayó al suelo por la violencia del
movimiento y se puso tan pálido que el tatuaje de su frente resaltó con súbita
claridad.
—¿Saben
dónde...?
Andrew
negó con un gesto.
—No
lo saben. Simplemente lo han descubierto. Ahora mismo. Tenemos tiempo aún...
—Llamaremos
a todas las naves —dijo Herkimer—. Tendremos que sacar a todos los guardias de
los puntos clave...
—Pero
no podemos hacer eso —exclamó Eva—. Eso sería exactamente lo que querrían que
hiciésemos... Es lo único que les impide
—Tenemos
que hacerlo —dijo Herkimer con aspereza—. No hay elección. Si destruyen la
Cuna...
—Herkimer
—dijo Eva, y había una calma lúgubre en sus apresuradas palabras—. ¡La marca!
Andrew
se volvió a mirarla, luego dio un paso atrás. La mano de Herkimer penetró como
un relámpago bajo su chaqueta y Andrew corrió hacia al muro bajo que rodeaba al
patio.
El
cuchillo relampagueó en la mano de Herkimer y se convirtió de pronto en una
rueda giratoria que siguió al fugitivo androide alcanzándole antes de que
llegase al muro. Cayó como un trapo.
Sutton
vio el cuchillo clavado limpiamente en su cuello.
XLVI
—¿Se
da cuenta, señor —dijo Herkimer— de cómo las pequeñas cosas, los factores
triviales, acaban jugando un papel importante en los acontecimientos...?
Movió
con el pie el cuerpo derribado.
—Perfecto
—dijo—. Absolutamente perfecto. Salvo que antes de informarnos debió haberse
echado cierta laca sobre su marca de identificación. Muchos androides lo hacen,
intentando ocultar la marca, pero con escaso éxito. Al poco rato la marca
aparece de nuevo.
—Pero,
¿laca? —preguntó Sutton.
—Es
cierto código que tenemos —dijo Herkimer—. Algo muy simple. Es el signo de
identificación de los agentes informadores. Una contraseña, como si dijésemos.
Es sólo un momento. Un poco de laca en el dedo y pasársela por la frente.
—Algo
tan simple —dijo Eva— que nadie, absolutamente nadie se daría cuenta.
Sutton
asintió.
—Uno
de los hombres de Trevor —dijo.
—Haciéndose
pasar por uno de los nuestros —dijo Herkimer—. Para hacer que nos delatáramos.
Para que nos pusiésemos a correr para salvar la Cuna.
—Esa
Cuna...
—Pero
eso significa —dijo Eva— que Trevor sabe del asunto. No sabe dónde está, pero
sabe que existe. Y no descansará hasta encontrarla, y entonces...
El
gesto de Herkimer la hizo detenerse.
—¿Qué
pasa? —preguntó Sutton.
Porque
había algo que iba mal, terriblemente mal. Toda la atmósfera había cambiado. La
cordialidad había desaparecido... La confianza y la cordialidad y la identidad
de objetivos. Por culpa de un androide que había llegado corriendo y había
hablado de algo que él llamaba la Cuna y había muerto, segundos después, con la
hoja de un cuchillo atravesada en la garganta.
La
mente de Sutton voló instintivamente hacia la de Herkimer y luego retrocedió.
No era un don, se dijo, que pudiese utilizarse con un amigo. Era un don que uno
debía respetar, no utilizar por curiosidad o capricho, sino sólo en caso de que
el resultado final justificase el uso.
—¿Qué
ha pasado? —preguntó—. ¿Por qué demonios...?
—Señor
—dijo Herkimer—, usted es un ser humano, y ésta es una cuestión androide.
Por
un momento, Sutton se quedó rígido, absorbiendo mentalmente el impacto de las
palabras que había pronunciado Herkimer, sintiendo bullir una lúgubre furia en
todo su cuerpo.
Luego,
deliberadamente, como si hubiese planeado hacerlo, como si fuese una acción
decidida tras largas consideraciones, cerró un puño y lo esgrimió.
Fue
un golpe terrible, con todo su peso y toda su fuerza y toda su cólera, y
Herkimer cayó como un buey descabellado.
—¡Ash!
—gritó Eva—. ¡Ash!
Le
agarró del brazo, pero él se soltó.
Herkimer
se incorporaba, cubriéndose la cara con las manos, la sangre chorreando entre
los dedos.
—No
he vendido el destino —dijo Sutton—. Y no pretendo venderlo. Aunque bien sabe
Dios que si lo hiciese, no sería más que lo que os merecéis.
—Ash
—dijo Eva con suavidad—. Ash, tenemos que estar seguros.
—¿Y
qué seguridad puedo daros yo? —preguntó—. Sólo puedo decíroslo.
—Ellos
son tu gente, Ash —dijo ella—. Tu raza. Su grandeza es también la tuya. No
puedes reprochar a Herkimer que piense...
—Tú
también eres humana —dijo Sutton—. La tacha que se me aplica a mí también se
aplica a ti.
—Yo
soy un caso especial —dijo ella—. Quedé huérfana a las pocas semanas de nacer.
Me adoptó una familia de androides. Ellos me educaron. Herkimer pertenecía a
ellos. Soy mucho más androide, Ash, que ser humano.
Herkimer
seguía aún sentado en la hierba, junto al cadáver del agente de Trevor. No se
quitaba las manos de la cara. No hacía ninguna señal, ningún movimiento. La
sangre seguía saliendo entre sus dedos y chorreando por sus brazos.
—Fue
muy agradable volver a verte —dijo Sutton a Eva—. Gracias por el desayuno.
Se
volvió y se alejó, cruzando el patio y saltando el muro bajo, y saliendo al
sendero que conducía a la carretera.
Oyó
el grito de Eva pidiéndole que se detuviera, pero fingió no oírlo.
«Me
educaron androides», había dicho ella. Y a él le había criado Buster. Buster,
que le había enseñado a luchar cuando el chico de la carretera le dio una
zurra. Buster, que le dio una zurra a su vez por comer manzanas verdes. Buster,
que se había ido, hacía quinientos años, a colonizar un planeta.
Siguió
caminando con la cólera hirviéndole aún en las venas. No confiaban en mí, se
decía. Creían que podía venderles. Después de tantos años de espera, de tantos
años de planear y pensar.
—¿Qué
pasa, Ash?
—¿Cuál
es el problema, Johnny? ¿Qué me dices tú?
—Eres
un granuja, Ash.
—Vete
al diablo —dijo Sutton—. Tú y todos los demás.
Sabía
que los hombres de Trevor tenían que estar rondando la casa, vigilando y
esperando. Esperaba que le detuvieran. Pero no le detenían. No se veía un alma.
XLVIII
Sutton
entró en la cabina de visión y cerró la puerta. Cogió la guía del estante y
buscó el número. Lo marcó, accionó la manilla y apareció en la pantalla un
robot.
—Información
—dijo el robot, fijando la vista en la frente del hombre que llamaba. Si era un
androide, eliminaba el «señor» reservado a los humanos—. Información. Archivos.
¿Qué puedo hacer por ti?
—¿Hay
alguna posibilidad —preguntó Sutton— de que controlen esta llamada?
—Ninguna
—dijo el robot—. Absolutamente ninguna.
—Quiero
ver los archivos de casas de campo del año siete mil novecientos noventa —dijo
Sutton.
—¿Archivos
terrestres?
Sutton
asintió.
—Un
momento —dijo el robot.
Sutton
esperó, viendo como el robot seleccionaba la sección correspondiente y la
aplicaba al visor.
—Están
ordenadas alfabéticamente —dijo el robot—. ¿Qué nombre deseas?
—El
nombre empieza por S —dijo Sutton—. Déjame ver la sección de la S.
El
carrete sin desenrollar era un borrón en la pantalla. La velocidad disminuyó
momentáneamente en la M, aumentó hasta la P, y luego disminuyó otra vez.
Comenzó
la lista de la S.
—Hacia
el final —dijo Sutton, y por último—: Ahí es.
Aquella
era la ficha que buscaba.
Sutton,
Buster.
Leyó
tres veces la descripción del planeta para asegurarse.
—Nada
más —dijo—. Muchas gracias.
El
robot emitió un gruñido y desapareció de la pantalla.
Fuera
de nuevo, Sutton cruzó tranquilamente el vestíbulo del edificio de oficinas que
había elegido para hacer su llamada. Fuera, en la calle, siguió hacia arriba,
se desvió por un camino y dio con un banco que tenía una vista agradable.
Se
sentó, procurando relajarse.
Sabía
que le observaban. Le vigilaban, no había duda, pues Trevor debía saber ya que
el androide que había salido de casa de Eva Armour no podía ser otro que él. El
psicotrozador le habría explicado hacía mucho la historia, habría seguido sus
movimientos y habría indicado a los hombres de Trevor que le vigilaran.
Tómatelo
con calma, se dijo. Descansa. Haraganea. Actúa como si no tuvieses nada que
hacer, como si no pensases en nada.
No
puedes engañarles, pero al menos puedes hacer que se descuiden, que tengan la
guardia baja en el momento en que vayas a actuar.
Y
tenía muchas cosas que hacer, le quedaban muchas cosas en que pensar, aunque
estaba seguro de que la vía de acción que había planeado era la vía a seguir.
La
revisó, paso a paso, comprobando cualquier posible error.
Primero,
volver a casa de Eva para conseguir las notas manuscritas que se había dejado
en el asteroide, notas que Eva o Herkimer debían haber conservado durante
aquellos años... ¿o habían sido sólo semanas?
Eso
sería, como mínimo, un asunto peliguado y embarazoso. Pero las notas eran
suyas, se decía. Tenía derecho a reclamarlas. En este asunto no había ningún
compromiso.
«He
venido a por mis notas. Supongo que aún las tendréis en alguna parte».
O,
«¿Recordáis aquella cartera mía? Supongo que la guardaríais...».
«Me
voy de viaje. Me gustaría que me dierais mis notas si están a mano».
O...
Pero
era inútil. Dijese lo que dijese, hiciese lo que hiciese, el primer paso era
reclamar las notas.
Pasearé
hasta entonces, se dijo. Volveré hacia la casa despacio, haciendo tiempo hasta
que sea casi de noche. Entonces cogeré las notas y después tendré que actuar
rápido, tan rápido que no pueda cazarme la gente de Trevor.
Después
estaba la nave, la nave que necesitaba robar.
La
había localizado a primera hora del día, mientras paseaba por la zona del
espaciopuerto. Esbelta y pequeña, sabía que habría de ser una operación rápida,
y el porte rígido y militar del oficial que había estado dirigiendo las
maniobra de aprovisionamiento y reposición de combustible había sido el indicio
final de que la nave era la que quería.
Vagando
al otro lado de las vallas, jugando el papel de un androide holgazán y curioso,
había penetrado cautelosamente en la mente del oficial. Diez minutos después,
seguía su camino, con la información que necesitaba.
La
nave llevaba una unidad temporal aneja.
No
despegaría hasta la mañana siguiente.
Estaría
bajo guardia durante la noche.
Era
sin duda una de las naves de Trevor, se dijo Sutton, una de las naves de
combate de la flota de los revisionistas.
Necesitaría
mucho control y mucho nervio para robar la nave, estaba seguro. Nervio y
rapidez y decisión y capacidad de matar.
Debía
entrar en el campo mezclado entre la gente, fingiendo que esperaba a alguna
nave. Luego se desviaría de la multitud y cruzaría el campo, actuando como si
tuviese derecho a estar allí. Sin correr.. Caminando. Correr sólo si alguien se
le enfrentaba. Correr entonces. Luchar. Matar en caso necesario. Pero conseguir
la nave.
Conseguir
la nave y elevar la velocidad hasta el límite de resistencia, tomando una
dirección distinta a su destino, utilizando todos los medios posibles.
A
dos años, o más deprisa en caso necesario, aceleraría la unidad de tiempo y se
trasladaría junto con la nave a un par de siglos atrás.
Una
vez en el pasado, tendría que librarse de los motores pues indudablemente
tendrían señales de reconocimiento incorporadas que podían ser rastreadas.
Sacaría los motores de la nave y los pondría a viajar en la dirección que
hubiese estado siguiendo.
Luego
ocuparía el casco vacío con su cuerpo no humano, y daría la vuelta para
dirigirse al planeta de Buster, aumentando la velocidad, hasta alcanzar la
fantástica cifra necesaria para recorrer los grandes espacios interestelares.
Se
preguntaba vagamente qué diferencia habría entre su cuerpo, el impulsor de su
cuerpo energético, y los motores de la nave. Sería mejor, concluyó. Mejor que
los motores. Más rápido y más fuerte.
Pero
tardaría años, varios años de tiempo, porque Buster estaba lejos.
Comprobó.
Al desembarcar los motores desviaría la persecución. Los perseguidores
seguirían las señales de reconocimiento de los motores, perderían muchos días
siguiéndoles, antes de advertir su error.
Comprobado.
El
registro temporal desconectaría el contacto de los psicotrazadores de Trevor,
pues no podían operar a través del tiempo.
Comprobado.
Cuando
pudiesen situar otros trazadores en otro tiempo para buscarle, estaría tan
lejos que se volverían locos intentando descubrir rastros de él en un período
temporal tan amplio... Si es que llegaban a descubrirlos en la vastedad de los
límites exteriores de la galaxia.
Comprobado.
Si
funciona, pensó, si funcionase. Ojalá no haya ningún error, ningún factor
imprevisto.
Sobre
la hierba patinó una ardilla que se sentó sobre las patas traseras y le miró
fijamente. Luego, concluyendo que no era peligroso, empezó a buscar
afanosamente en la hierba algún imaginario tesoro enterrado.
Libre,
pensaba Sutton. Libre de todo lo que me ata. Libre y con posibilidades de
realizar mi trabajo. Olvida a Trevor y a los revisionistas. Olvida a Herkimer y
a los androides. Escribe el libro.
Trevor
quiere comprarme. Los androides no confían en mí. Y Morgan me mataría si
pudiese.
Los
androides no confían en mí.
Eso
es estúpido, se dijo.
Infantil.
Sin
embargo, no confiaba en él. Tú eres un humano, le había dicho Eva. Los humanos
son tu pueblo. Eres un miembro de la raza.
Cabeceó,
desconcertado por la situación.
Había
algo claro. Algo que él tenía que hacer. Una obligación que era suya y que
debía cumplir porque si no todo carecería de sentido.
Hay
algo llamado destino.
Y se
me ha concedido el conocimiento de ese destino. No como ser humano, no como
miembro del género humano, sino como instrumento para transmitir ese
conocimiento a toda la demás vida pensante.
Para
hacerlo, debo escribir un libro.
Y
ese libro debe ser tan claro, vigoroso y sincero como sea posible.
Una
vez hecho eso, cesará mi responsabilidad.
Una
vez hecho eso, nada podrán exigirme.
En
el sendero, detrás del banco, sonaron unas pisadas y Sutton se volvió.
—¿Sutton,
verdad? —dijo el hombre.
Sutton
asintió.
—Siéntate,
Trevor —dijo—. Estaba esperándote.
XLIX
—No
estuviste mucho tiempo con tus amigos —dijo Trevor.
—Tuvimos
un desacuerdo.
—¿Algo
sobre ese asunto de la Cuna?
—Podría
decirse que sí —dijo Sutton—, pero el problema es mucho más profundo. Los
prejuicios básicos enraizados en humanos y androides.
—Herkimer
mató a un androide que le llevaba un mensaje sobre la Cuna —dijo Trevor.
—Creyó
que era un agente tuyo, disfrazado de androide. Por eso le mató.
Trevor
frunció los labios hipócritamente.
—¡Qué
lástima! —dijo—. ¡Qué lástima! ¿Te importaría decirme cómo se dio cuenta de...
digamos, del engaño?
—Eso
es algo que no voy a decirte —contestó Sutton.
Trevor
procuró aparentar indiferencia.
—Lo
principal es que no resultó —dijo.
—Querías
que los androides se lanzasen a proteger la Cuna y te indicasen dónde estaba.
Trevor
asintió.
—Había
también otra posibilidad. Podrían haber retirado algunos de sus guardianes de
los puntos clave. Eso nos habría ayudado algo.
—Maniobra
doble —dijo Sutton.
—Algo
así —dijo Trevor—. Dime, ¿desde cuándo y por qué desertaste de la raza humana?
Sutton
se llevó la mano a la cara, sintió la dureza del plástico que había remodelado
sus rasgos convirtiéndolos en los de otra persona.
—Fue
idea de Herkimer —declaró—. Pensó que así sería más difícil localizarme. No
buscaríais entre los androides.
Trevor
asintió.
—Habría
ayudado —dijo—. Nos habría engañado durante un tiempo. Pero cuando saliste y el
trazador te siguió, nos dimos cuenta de quién eras.
La
ardilla se acercó saltando sobre la hierba y se puso a mirarles.
—Sutton
—preguntó Trevor—, ¿qué sabes de ese asunto de la Cuna?
—Nada
—dijo Sutton—. Me dijeron que yo era humano y que eso era un asunto androide.
—Te
darás cuenta, supongo, por eso, de lo importante que debe ser.
—Creo
que sí —dijo Sutton.
—Puedes
imaginar, por el nombre, lo que puede ser.
—No
es muy difícil —dijo Sutton.
—Hicimos
los primeros androides hace mil años —dijo Trevor—, porque necesitábamos mayor
número de humanos. Los necesitábamos para rellenar las menguadas filas de la
humanidad. Los hicimos lo más parecidos que pudimos a los humanos. Y capaces de
hacer todo lo que hacían los humanos, salvo una cosa.
—Reproducirse
—dijo Sutton—. Me pregunto, Trevor, si les habríamos dado también ese poder de
haber podido. Porque de tenerlo, serían verdaderamente humanos. No habría
diferencia alguna entre un hombre cuyos ancestros se hubieran fabricado en un
laboratorio y aquel otro cuyos ancestros procediesen del océano primigenio. Los
androides serían una raza capaz de continuarse, y no serían androides. Serían
humanos. Aumentaríamos nuestra población por medios químicos además de hacerlo
por medios biológicos.
—No
sé —dijo Trevor—. Sinceramente, no lo sé. Por su puesto, lo asombroso es que
pudiéramos hacerlos en primer término, que pudiéramos producir vida en el
laboratorio. Piensa en la capacidad intelectual y la habilidad técnica
necesarias para una cosa así. El hombre llevaba siglos intentando descubrir lo
que era la vida y había ido de un callejón sin salida a otro, dándose cabezazos
contra pared tras pared. Ante la falta de una solución científica, muchos
volvieron a la fuente divina, a una respuesta mítica, a la creencia de que se
trataba de una cuestión de intervención divina. La idea la expresó
perfectamente du Noüy, que escribió en el siglo veinte.
—Les
dimos a los androides algo que nosotros no tenemos —dijo, calmosamente, Sutton.
Trevor
le miró suspicaz y áspero de pronto.
—Tú...
—Les
dimos inferioridad —dijo Sutton—. Les hicimos menos que humanos. Les
proporcionamos una razón para luchar. Les negamos algo que tienen que luchar
para conseguir... Igualdad. Les proporcionamos un motivo que el hombre perdió
hace mucho. El hombre ya no necesita probar que es tan bueno como cualquier
otro, que es el animal más importante de su mundo o de su galaxia.
—Ahora
son iguales —dijo con amargura Trevor—. Los androides se reproducen... química,
no biológicamente, desde hace ya mucho tiempo.
—Era
de esperar —dijo Sutton—. Hace mucho que deberíamos haberlo sospechado.
—Supongo
que sí —admitió Trevor—. Les dimos los mismos cerebros que tenemos nosotros.
Les dimos, o intentamos darles, una perspectiva humana.
—Y
pusimos una marca en sus frentes —dijo Sutton.
Trevor
hizo un gesto irritado con la mano.
—Ese
pequeño detalle ya no tiene importancia —dijo—. Cuando los androides hacen otro
androide, no se molestan en ponerles otra marca en la frente.
Sutton
sintió que el trueno le alcanzaba... un trueno que repiqueteaba en su cerebro,
un trueno creciente, doloroso, vibrante, que lo estremecía todo.
Él
había dicho un arma. Había dicho que había un arma...
—Pueden
hacerse mejor de lo que eran al principio —dijo Trevor—. Podrían mejorar el
modelo. Podrían construir una superraza, una raza mutante, llámalo como
quieras...
Solo
un arma, había dicho él. Y uno no puede luchar solo con un cañón. Sutton se
llevó la mano a la frente, frotándosela.
—Desde
luego —dijo Trevor—. Puede uno volverse loco pensándolo. A mí me pasa. Caben
toda clase de posibilidades. Pueden acabar con nosotros. Lo nuevo sepultando a
lo viejo.
—La
raza seguiría siendo humana —dijo Sutton.
—Nosotros
construimos lentamente, Sutton —dijo Trevor—. La vieja raza. La raza biológica.
Procedemos de la aurora del hombre, venimos de la piedra tallada y el hacha
manual, de la cueva y el nido en la copa del árbol. Hemos construido demasiado
lentamente, con demasiado dolor y sacrificio y sangre, para que nos arrebate
nuestra herencia algo para lo que esa lentitud, ese dolor y esa sangre no
significarían nada.
Un
arma, pensó Sutton. Pero se había equivocado. Había mil armas, un millón de
armas, dispuestas. Un millón de armas para que el destino fuese para toda la
vida presente y futura. La de ahora y la de billones de años después.
—Supongo
—dijo— que crees que ahora, sabiendo esto, me pasaré a vuestro bando.
—Quiero
—dijo Trevor— que descubras dónde está la Cuna y me lo digas.
—¿Para
poder destruirla? —dijo Sutton.
—Para
poder salvar a la Humanidad —dijo Trevor—. La vieja Humanidad. La verdadera
Humanidad.
—Crees
que ante esto, todos los humanos deberíamos unirnos —dijo Sutton.
—Si
te queda algo de humano —dijo Trevor— te unirás a nosotros ahora.
—Hubo
un tiempo —dijo Sutton—, allá en la Tierra, antes de que los hombres llegasen a
las estrellas, en que el género humano era lo más importante que podía conocer
la mente del hombre. Pero eso ya no es cierto, Trevor. Hay otras razas que
tienen la misma grandeza que el hombre.
—Todas
las razas —dijo Trevor—, son leales a sí mismas. Y la raza humana debe ser leal
a sí misma.
—Yo
seré traidor —dijo Sutton—. Quizás me equivoque; pero sigo pensando que el
destino está por encima de la Humanidad.
—¿Quieres
decir que te niegas a ayudarnos?
—No
sólo eso —dijo Sutton—. Voy a luchar contra vosotros. Te lo digo ahora para que
lo sepas. Si quieres matarme, Trevor, ahora es el momento. Porque si no lo
haces ahora, después será demasiado tarde.
—No
te mataría por nada del mundo —dijo Trevor—. Necesitamos las palabras que
escribiste. Pese a ti y a los androides, Sutton, las interpretaremos según
nuestros deseos. Y así lo harán todas las otras cosas que reptan y se arrastran
y a las que tú tanto admiras. No hay nada en este mundo que pueda compararse al
género humano.
Sutton
vio desprecio en la expresión de Trevor.
—Te
dejo contigo mismo, Sutton —le dijo—. Tu nombre será el más ignominioso de la
historia humana. Sus sílabas serán un sonido que hará escupir a todo el que las
pronuncie. Sutton se convertirá en una forma de insulto...
Aquello
era una provocación, pero Sutton no se inmutó.
Trevor
se levantó y empezó a caminar, pero luego se volvió. Su voz era casi un
susurro, pero penetró en el cerebro de Sutton como un afilado cuchillo.
—Ve
a lavarte la cara, Sutton. Quítate el plástico y la marca. Aun así, nunca
volverás a ser humano, Sutton. Nunca te atreverás a volver a llamarte hombre.
Se
volvió y se alejó, y mirando su espalda, Sutton vio que la Humanidad le daba la
suya para siempre.
Y en
algún punto de su cerebro, que parecía muy lejano, creyó oír un portazo.
L
Había
una lámpara encendida en un rincón de la estancia. La cartera estaba en una
mesa bajo la lámpara y Eva Armour estaba de pie junto a una silla, como si le
esperase.
—Volviste
por tus notas —le dijo—. Aquí las tienes.
Entró
sin acercarse a ella, movió la cabeza y dijo:
—Todavía
no. Necesitaré las notas más tarde. Todavía no.
Ya
está, pensó, lo que le había preocupado toda la tarde, lo que no había
encontrado palabras con que expresar.
—Esta
mañana, durante el desayuno, te hablé de un arma —dijo—. Supongo que recordarás
lo que te dije. Te dije que había sólo una. Que no se podía librar una guerra
con una sola arma.
Eva
asintió, la cara tensa bajo la lámpara.
—Lo
recuerdo, Ash.
—Hay
millones de ellas —dijo Ash—. Tantas como se quiera.
Cruzó
despacio la habitación, hasta quedar cara a cara con ella.
—Estoy
de vuestro lado —dijo, sencillamente—. Vi a Trevor esta tarde. Me maldijo en
nombre de toda la Humanidad.
Lentamente,
ella alzó una mano y él sintió deslizarse por su cara una palma fresca y suave.
Los
dedos se tensaron sobre el pelo de Ash. Eva movió la cabeza con suavidad y
ternura.
—Ash
—dijo—. Te lavaste la cara. Vuelves a ser Ash.
—Quería
ser otra vez humano —dijo él.
—¿Te
habló Trevor de la Cuna, Ash?
—Yo
ya sospechaba algo —dijo Sutton—. Él me explicó el resto. Lo de los androides
que no llevan marca.
—Los
utilizamos como espías —dijo ella, como si fuese algo muy natural—. Tenemos
algunos en el cuartel general de Trevor. Él cree que son humanos.
—¿Herkimer?
—preguntó.
—No
está aquí, Ash. Después de lo que pasó en el patio...
—Claro
—dijo Sutton—. Lo comprendo. Eva, nosotros los humanos somos tan groseros...
—Siéntate
—dijo ella—. En esa silla de ahí. Dices cosas tan extrañas que me asustas.
Él
se sentó.
—Dime
lo que pasó —preguntó ella.
No
se lo explicó.
—Pensé
en Herkimer esta tarde. Cuando Trevor hablaba conmigo. Le pegué esta mañana y
le pegaría mañana por la mañana si me dijese lo mismo. Es algo que el hombre
lleva en la sangre, Eva. Tuvimos que luchar para salir adelante. Con hacha
manual y maza y revólver y bomba atómica y...
—Cállate
—exclamó ella—. Y escucha...
Él
la miró asombrado.
—Dices
humano. ¿Y qué es Herkimer sino humano? Es un humano hecho por humanos. Un
robot puede hacer otro robot y ambos son robots, ¿no es así? Un humano hace a
otro humano y ambos son humanos.
—Trevor
tiene miedo —murmuró Sutton, confuso— a que los androides tomen el poder. Teme
que no haya más humanos. Más humanos biológicos, originales.
—Ash
—dijo ella—, estás preocupándote por algo que aún no se habrá resuelto dentro
de mil generaciones. ¿Qué utilidad tiene?
—Supongo
que ninguna. Pero es algo que se agita sin cesar en mi cabeza. No puedo
descansar un instante. En otros tiempos era todo tan simple y claro... Yo
escribiría un libro y la galaxia lo leería y lo aceptaría y todo iría bien.
—Aún
puede ser así —dijo ella—. Después de un tiempo, de mucho tiempo. Pero para
conseguirlo tenemos que parar a Trevor. Él está cegado por el mismo entramado
semántico que te ciega a ti.
—Herkimer
dijo que un arma bastaría —dijo Sutton—. Que un arma rompería el equilibrio.
Eva, los androides han avanzado mucho en sus investigaciones, ¿verdad? En la
química, me refiero. En el estudio del cuerpo humano. Tiene que ser así, para
conseguir lo que han conseguido.
Ella
asintió.
—Han
adelantado mucho, sí, Ash.
—Entonces
tendrán un examinador... Una máquina capaz de desmenuzar a una persona,
molécula a molécula, de registrarla casi átomo por átomo. De hacer un plano
exacto para fabricar otro cuerpo.
—Sí,
ya lo hemos hecho —dijo Eva—. Hemos hecho duplicados de hombres de la
organización de Trevor. Los raptamos, hacemos un plano, un duplicado...
devolvemos el duplicado y conservamos al otro en cautividad. Sólo así, con
trucos como éste, hemos podido mantenernos.
—¿Y
podríais duplicarme a mí? —preguntó Sutton.
—Desde
luego, Ash, pero...
—Con
una cara distinta, por supuesto —dijo Sutton—. Pero un duplicado del cerebro
y... bueno, unas cuantas cosas más.
—Tus
capacidades especiales —dijo Eva.
—Puedo
penetrar en otra mente —dijo Sutton—. No simple telepatía, sino el poder real
de ser otra persona, de ser aquella otra mente. De ver y conocer y sentir las
mismas cosas que la otra mente pueda ver o conocer o sentir. No sé cuál es el
proceso, pero debe relacionarse con la estructura cerebral. Si duplicáis mi
cerebro, estas capacidades pasarían al duplicado. Quizás no a todos los
duplicados, quizás no todos pudiesen utilizarlas, pero algunos podrían.
—Ash,
eso significaría...
—Que
sabríais todo lo que Trevor piensa —dijo Sutton—. Toda palabra, todo
pensamiento que pase por su mente. Porque uno de vosotros sería Trevor. Y lo
mismo con todas las demás personas que tuviesen algo que ver en la guerra del
tiempo. Sabríais, tan pronto como ellos, lo que iban a hacer. Podríais planear
el medio de desbaratar cualquier maniobra que proyectaran. Podríais bloquear
todos sus ataques.
—Sería
tablas por ahogado —dijo Eva—, y eso es exactamente lo que queremos, esa
estrategia, Ash. No sabrían nunca cómo les bloqueábamos y muchas veces no
sabrían siquiera quién les bloqueaba. Les parecería que la suerte estaba
permanentemente en su contra, que el destino estaba contra ellos.
—El
propio Trevor me dio la idea —dijo Sutton—. Me dijo que fuese a darme cabezazos
contra la pared durante un tiempo. Y que al final me cansaría de hacerlo, que
pasado un tiempo cedería.
—Diez
años —dijo Eva—. Diez años bastarían. Pero si no bastasen diez, entonces cien.
O mil si es necesario. Tenemos todo el tiempo que queremos.
—Al
final —dijo Sutton—, cederían. Comprenderían la inutilidad de su lucha. Siempre
perdiendo, sin ganar nunca.
Sentados
en la habitación, con aquel pequeño oasis de luz que hacía guardia contra la
oscuridad que les acechaba, no saboreaban el triunfo, pues no se trataba de un
triunfo. Se trataba de necesidad y no de conquista. Era el hombre luchando
contra sí mismo y ganando y perdiendo al mismo tiempo.
—¿Podéis
preparar pronto el examinador? —preguntó Sutton.
—Mañana,
Ash —dijo Eva. Le miró con curiosidad—. ¿Por qué tanta prisa?
—Me
voy —dijo Sutton—. Me voy a un refugio que tengo pensado. Es decir, si me
prestáis una nave.
—La
que quieras.
—Será
mejor así —dijo—. Si no, tendría que robarla.
Ella
no formuló la pregunta que él esperaba, y él continuó:
—Tengo
que escribir el libro.
—Hay
muchos sitios. Ash, donde podrías escribirlo. Sitios seguros. Sitios en que
podría disponerse lo necesario para que fuesen absolutamente seguros.
Pero
él negó con un gesto.
—Hay
un viejo robot —dijo—. Es toda la familia que me queda. Cuando yo estaba en
Cygni 61 se fue a uno de los sistemas estelares extremos. Me iré allí.
—Comprendo
—dijo ella, muy seria.
—Pero
queda algo —dijo Sutton—. Sigo recordando a una muchachita que apareció cuando
yo estaba pescando y habló conmigo. Sé que era una persona condicionada en mi
mente. Que fue colocada allí a propósito. Pero me da igual. Sigo pensando en
ella.
Miró
a Eva y vio que la luz de la lámpara convertía su pisto en esplendoroso cobre.
—No
sé si me enamoraré algún día —dijo Sutton—. No puedo decirte con seguridad que
te ame, Eva. Pero me gustaría que vinieses conmigo al planeta de Buster.
—Ash
—dijo ella—, debo quedarme aquí, al menos por un tiempo. He trabajando años en
esto. Quiero ver el final.
Sus
ojos estaban nublados a la luz de la lámpara.
—Quizás
algún día, Ash, si aún me quieres a tu lado, quizás algo más tarde, pueda ir.
—Siempre
te querré a mi lado, Eva —dijo Sutton.
Extendió
una mano y acarició tiernamente el bucle cobrizo que caía sobre la frente de la
muchacha.
—Sé
que nunca vendrás —dijo—. Si las cosas hubiesen sido de otro modo... si
hubiésemos sido dos personas normales viviendo vidas normales.
—En
ti hay grandeza, Ash —dijo ella—. Tú serás un dios para muchos.
Él
quedó callado, sintiendo que la soledad de lo eterno le envolvía. No había nada
de la grandeza que había dicho día, sólo soledad y amargura de quien se queda
solo y lo estará eternamente.
LI
Sutton
flotaba en un mar de luz y oía, muy lejos, el ronroneo de las máquinas
funcionando, pequeñas y afanosas máquinas que analizaban con sus dedos
diminutos de luz mientras el sensible papel corría como un arroyo de bruñida
plata a través de las ranuras. Diseccionando y pesando, analizando y
midiendo... Sin dejar nada, sin añadir nada. Un registro fiel no sólo de él
mismo sino de cada partícula de él, de cada célula y de cada molécula. De cada
nervio y de cada fibra muscular.
Y en
otro lugar distinto, también muy lejos, un lugar situado más allá del mar de
luz en que estaba, una voz decía una palabra y la repetía sin cesar:
Traidor.
Traidor.
Traidor.
Una
palabra sin signo de exclamación. Una voz sin ningún énfasis. Una voz lisa.
Primero
era una voz y luego se le unió otra y luego hubo una multitud y por último una
muchedumbre atronadora, y el sonido y la palabra crecieron hasta que hubo un
mundo de voces que gritaban la palabra. Que gritaban aquella palabra hasta que
dejó de tener significado, hasta que perdió su contenido y se convirtió en un
sonido repetido una y otra vez.
Sutton
intentó contestar y no había ninguna respuesta ni modo alguno de responder. No
tenía voz, pues carecía de labios y de lengua y de garganta. Era una entidad
que flotaba en el mar de luz y la palabra seguía, inalterable... sin detenerse
nunca.
Pero
detrás de la palabra, como fondo, había otras palabras inexpresadas.
Nosotros
somos los que tallamos el pedernal e hicimos la primera hoguera que encendió el
hombre. Nosotros expulsamos a las bestias de las cuevas y nos aposentamos en
ellas, iniciando la cultura humana. Nosotros pintamos bisontes en las paredes
de las grutas, trabajando a la luz de lámparas con musgo por pincel y grasa por
óleo. Nosotros labramos la tierra y cultivamos el primer grano. Nosotros
construimos grandes ciudades para que nuestra especie pudiese vivir agrupada y
lograr una grandeza que de otro modo hubiese sido imposible. Nosotros somos los
que soñamos con las estrellas. Nosotros somos los que sometimos el átomo a
nuestra inteligencia.
Lo
que consumes es nuestra herencia. Son nuestras tradiciones lo que cedes a cosas
que hemos hecho nosotros, que hemos moldeado nosotros con la habilidad de
nuestras manos y la agudeza de nuestra mentes.
Las
máquinas seguían su traqueteo y la voz seguía pronunciando la misma palabra.
Pero
había otra voz, en las profundidades del ser indefinible que era Asher Sutton.
Una voz débil...
No
decía palabra alguna, pues no había palabra que encerrase el pensamiento que
decía.
Sutton
contestó:
—Gracias,
Johnny —dijo—. Muchas gracias.
Y
fue asombroso que pudiese contestar a Johnny cuando no podía contestar a todos
los demás.
Y
las máquinas continuaron su repiqueteo.
LII
La
plateada nave atronó sobre la rampa de lanzamiento, y partió hacia el cielo,
una bocanada de fuego relampagueando sobre el azul.
—Él
no sabe —dijo Herkimer— que nosotros lo preparamos todo. No sabe que estuvimos
controlándole hasta el final. Que enviamos a Buster hace muchos años a crear un
refugio para él, sabiendo que algún día podría necesitar ese refugio.
—Herkimer
—dijo Eva—, Herkimer...
Su
voz se quebró.
—Me
pidió que fuese con él, Herkimer. Dijo que me necesitaba. Y yo no podía ir, no
podía explicarle...
Mantenía
la cabeza inclinada, observando el diminuto punto de luz que huía hacia el
espacio.
—Tenía
que seguir pensando —dijo— que había algunos humanos a los que ayudaba, que
había algunos humanos que aún creían en él.
Herkimer
asintió.
—No
se podía hacer otra cosa, Eva. Hiciste lo que tenías que hacer. Ya tomamos
bastante de él, de su humanidad. No podíamos quitárselo todo.
Ella
se llevó las manos a la cara y encogió los hombros, y quedó allí, quieta, una
mujer androide llorando desconsolada.

