Libros Más Recientes

Emancipación N° 1050

Emancipación N° 1049

Emancipación N° 1048

PODCAST REVISTA

Libro N° 6031. Maxwell Al Cuadrado. Simak, Clifford D.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6031. Maxwell Al Cuadrado. Simak, Clifford D. Emancipación. Mayo 25 de 2019.

Título original: © Maxwell Al Cuadrado. Clifford D. Simak

 

Versión Original: © Maxwell Al Cuadrado. Clifford D. Simak

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://cloud10.todocoleccion.online/libros-segunda-mano-ciencia-ficcion-fantasia/fot/d75/2776044.jpg

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAXWELL AL CUADRADO

Clifford D. Simak

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA DEL TRADUCTOR

 

 

En el texto de esta novela se hallan incluidos algunos personajes y designaciones pertenecientes a las antiguas mitologías, cuyos nombres se han respetado o adaptado al español en la traducción, y cuyas prin¬cipales características se detallan, por orden alfabético, a continuación:

 

–BANSHEE. – Irlandés: bean-sith, gaélico: ban-sith; del irlandés y gaélico bean, ban: mujer, y sith: hada. Dícese de una especie de hada hembra que, en algunas partes de Escocia, se suponía se fijaba a una casa específica, apareciendo antes de la muerte de algún miembro de la familia que la habitaba. En Irlanda se llama así al espíritu cuyo gemido presagia muerte. Respetado en la traducción.

 

–BROWNIE. – Duende doméstico bienhechor. En la mitología es¬cocesa se llama así al espíritu doméstico de naturaleza similar a la de un goblin o fairy. Milton los describió en sus obras corno drudgin goblin o lubberfriend. Respetado en la traducción.

 

–DRAGON. – Francés: dragon; del latín draco y griego drakon, de la raíz drak o derk, del sánscrito darç: ver, llamado así por sus en¬cendidos ojos. Dícese de un fabuloso animal concebido como una especie de cocodrilo alado, con ardientes ojos, cabeza encrestada y enormes ga¬rras, que lanza fuego; considerado a menudo como la personificación de la vigilancia. Traducido como dragón.

 

–FAIRY. – Del antiguo francés fae, en francés moderno fée; ita¬liano fata. Dícese de un ser imaginario o espíritu que tiene forma huma¬na, aunque de estatura muy inferior y con atributos sobrehumanos. Tra¬ducido como hada.

 

–FAIRY RING o CIRCLE. – Dícese de un anillo formado en el césped en algunas partes que crece notablemente más verde que en los alrededores y que, desde tiempo inmemorial ha sido considerado como causado por las hadas al danzar. Traducido como claro de las hadas o prado de las hadas.

 

–GHOST. – Anglosajón: gást, espíritu, fantasma; danés: geest; ale¬mán: geist, espíritu. Dícese del alma o parte espiritual del hombre; del espíritu visible de una persona muerta; un espíritu desencarnado; una aparición. Traducido como fantasma.

 

–GLOBIN. – Francés: gobelin; del latín cobalus, del griego kobalos, una especie de ser maligno. Dícese de un espíritu malvado o dado a las bromas malévolas. En español tiene su paralelo en el trasgo. Respetado en la traducción.

 

–LITTLE PEOPLE. – Dícese de todas las criaturas o espíritus so¬brenaturales que tienen, por lo general, una estatura inferior a la del hombre. Traducido como enanos.

 

–TROLL. – Islandés: troll; danés y sueco: trold; bajo alemán: droll; inglés: droll. Dícese de ciertos seres sobrenaturales en la mitología y literatura escandinavas, que vivían en el interior de colinas y montículos; en algunos aspectos son descritos como amistosos y benefactores, pero también dados al robo. Respetado en la traducción.

 

(datos extraídos del The New Webster Dictionary, lnternational edition).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

El inspector Drayton esperaba sentado, plantado sólidamente tras el escritorio. Era un hombre huesudo, con un rostro que parecía como si hubiese sido tallado, con un hacha embotada, de un bloque de madera nudosa. Sus ojos eran puntas de sílex y en ocasiones parecían brillar, y entonces estaba irritado y alterado. Pero Peter Maxwell sabía que un hombre así nunca se abandonaría a la ira. Tras su irritación había un cierto aspecto de bulldog que haría que siguiese adelante, sin que la ira lo apartara de su camino.

«Y ésta era justamente, se dijo Maxwell a sí mismo, una situación en la que hubiera deseado no hallarse». Aunque, ahora era evidente, había sido esperar demasiado. Naturalmente, ya había supuesto que su tro¬piezo, al no llegar a su destino correcto hacía seis semanas, debía haber ocasionado consternación aquí en la Tierra. El pensar que tal vez podría escurrirse hasta casa sin ser visto había sido completamente descabe¬llado. Y ahora estaba aquí, frente a este hombre, y tendría que ir con cuidado.

Le dijo al hombre sentado tras el escritorio:

–No creo haber comprendido el porqué mi retorno a la Tierra deba ser considerado como un asunto concerniente a Seguridad. Mi nombre es Peter Maxwell, y soy miembro del claustro de profesores de la Facul¬tad de Fenómenos Sobrenaturales de la Universidad de Wisconsin. Ha visto mis documentos...

–No tengo dudas –dijo Drayton– sobre quien es usted. Me asom¬bra su identidad tal vez, pero no dudo de ella. Es otra cosa la que me preocupa. ¿Le importaría, profesor Maxwell, decirme exactamente en dónde ha estado?

–No hay mucho que contar –contestó Peter Maxwell–. Estuve en un planeta, pero no sé ni su nombre ni sus coordenadas. Puede que esté a un año luz de distancia, en un sentido u otro, del Borde.

–En cualquier caso –intervino Drayton– no llegó al destino in¬dicado en su billete.

–En efecto –admitió Maxwell.

–¿Puede explicar lo que sucedió?

–Tan sólo puedo aventurar una hipótesis. Pienso que tal vez mi pauta fue desviada e interceptada. Al principio creí que se trataba de un error del transmisor, pero eso parece imposible. Los transmisores han estado en funcionamiento durante centenares de años. Ya no de¬berían de tener fallos.

–¿Quiere decir que fue secuestrado?

–Tal vez podría denominarse así.

–¿Y no obstante continuará sin decirme nada?

–Ya le he dicho que no hay mucho que contar.

–¿Podría estar relacionado ese planeta con los rodadores?

Maxwell negó con la cabeza:

–No podría asegurado, pero no lo creo. En realidad no vi a nin¬guno por allí, ni había ninguna señal de que tuviesen algo que ver con el planeta.

–Profesor Maxwell: ¿ha visto alguna vez a un rodador?

–Una vez, hace muchos años. Uno de ellos pasó un mes o dos en Tiempo, y un día lo vi pasar.

–¿Así que reconocería a un rodador si lo viese?

–Sí, claro que sí –contestó Maxwell.

–Veo que partió usted hacia uno de los planetas del sistema de Coonskin.

–Corría un rumor sobre un dragón –le respondió Maxwell–, sin confirmar. En realidad, las evidencias eran muy tenues, pero decidí que valía la pena investigar el asunto...

Drayton alzó una ceja.

–¿Un dragón? –se extrañó.

–Supongo –dijo Maxwell– que para cualquiera que no se halle en mi campo de actividad le resultará difícil darse cuenta de la importancia de un dragón. Pero lo cierto es que no hay ni el más pequeño indicio que nos asevere que tal ser existiese nunca. Y esto a pesar de que la leyenda del dragón tiene sólidas raíces en el folklore de la Tierra y de algunos de los otros planetas. Las hadas, los goblins, los trolls y los banshees... los hemos encontrado a todos, en la vida real; pero ni trazas de un dragón. Y lo más curioso es que la leyenda de aquí en la Tierra no es únicamente una leyenda de origen humano, puesto que los enanos también tienen su leyenda del dragón. A veces pienso que fueron ellos los que nos la transmitieron. Pero tan sólo nos pasaron la leyenda, ya que no hay evidencia de...

Se detuvo, sintiéndose un poco fuera de lugar. ¿Qué le podía im¬portar a este imperturbable policía sentado tras su escritorio la leyenda del dragón?

–Lo siento, inspector –se excusó–. A veces dejo que el entu¬siasmo por un tema favorito me arrastre.

–He oído decir que la leyenda del dragón podría haber sido produ¬cida por memorias ancestrales del dinosaurio.

–Yo también lo he oído –aceptó Maxwell–, pero me parece poco posible. Los dinosaurios se habían extinguido mucho antes de que la Humanidad hubiera evolucionado.

–Tal vez los enanos...

–Tal vez –replicó Maxwell–. Pero parece poco probable. Conoz¬co a los enanos y he hablado con ellos del dragón. Desde luego son una especie antigua, ciertamente mucho más antigua que la humana, pero no hay ninguna indicación de que se remonten hacia tan atrás en el tiem¬po. O, si lo hacen, no tienen memoria de ello. Y creo que sus leyendas y relatos folklóricos se extienden a un período de varios millones de años. Son extraordinariamente longevos, no son inmortales pero casi, y en estas circunstancias la tradición oral debe de ser muy persistente.

Drayton hizo un gesto como echando a un lado a los dragones y los enanos.

–Partió hacia Coonskin –dijo–, y no llegó allí.

–Así es. Estaba en ese otro planeta. Un planeta techado, de cristal.

–¿De cristal?

–De alguna clase de mineral, tal vez cuarzo. Aunque no puedo estar seguro. Podría ser metal. Había algo de metal allí.

–¿No podría haber sabido usted, cuando partió, que terminaría en ese planeta? –preguntó suavemente Drayton.

–Si lo que tiene en mente es una confabulación –le respondió Max¬well–, se equivoca usted totalmente. Me sorprendió por completo. Pero me parece que a usted no, ya que estaba esperándome.

–No me sorprendió particularmente –afirmó Drayton–. Ya ha pasado dos veces anteriormente.

–Entonces debe saber ya algo sobre el planeta.

–Nada en absoluto –dijo Drayton–. Tan sólo que por alguna parte hay un planeta que está operando un transmisor-receptor no re¬gistrado, y que se comunica por medio de una señal sin listar. Cuando el operador de esta Estación de Wisconsin recibió su señal de transmi¬sión, les señaló a su vez que esperasen, porque todos los receptores es¬taban ocupados. Luego se puso en contacto conmigo.

–¿Y los otros dos?

–Ambos dirigidos aquí. Los dos destinados a la Estación de Wis¬consin.

–Pero si regresaron...

–Esa es la cuestión –intervino Drayton–. Que no lo hicieron. Bue¬no, tal vez se podría decir en cierta manera que regresaron, pero no pu¬dimos hablar con ellos. La pauta de ondas resultó ser defectuosa. Fueron reconstruidos mal. Estaban hechos un revoltillo. Ambos estaban cam¬biados; tanto, que tuvimos dificultades para averiguar quiénes habían sido. Y todavía no estamos muy seguros.

–¿Muertos?

–¿Muertos? Ciertamente. Un asunto bastante desagradable. Es us¬ted un hombre afortunado.

Con alguna dificultad, Maxwell evitó un escalofrío.

–Sí, supongo que lo soy –dijo.

–Uno piensa –añadió Drayton–que alguien que tratase con la transmisión de materia se aseguraría antes de que sabía lo que se hacía. No se puede decir cuántos pueden haber captado y haberles salido mal por su estación receptora.

–Pero ustedes deberían de saberlo –señaló Maxwell–. Lo sabrían si hubiese habido personas desaparecidas. Una estación informaría enseguida si un viajero no llegase a la hora marcada.

–Eso es lo más extraño de todo el asunto –contestó Drayton–: No ha habido desapariciones. Estamos bastante seguros de que los dos seres que nos llegaron alterados habían arribado a sus destinos, pues no faltaba nadie.

–Pero yo partí para Coonskin. Seguramente informaron que...

Se detuvo como si una idea le hubiese golpeado en plena frente.

Drayton asintió silenciosamente.

–Pensé que al final llegaría a esa conclusión. Peter Maxwell arribó al sistema de Coonskin y regresó a la Tierra hace casi un mes.

–Tiene que haber algún error –protestó débilmente Maxwell.

Porque era inimaginable que hubiera dos de él mismo, que existiese aquí en la Tierra otro Peter Maxwell idéntico a él hasta en el más mínimo detalle.

–No hay error –aseveró Drayton–. Hemos elaborado una hipótesis para explicado: que el otro planeta no desvía la pauta, sino que la copia.

–¡Entonces habría dos yos! ¡Entonces...!

–Ya no –dijo Drayton–. Es usted el único. Aproximadamente una semana después de su regreso hubo un accidente. Peter Maxwell está muerto.

 

 

2

 

 

Doblando la esquina, al salir de la pequeña habitación donde se había entrevistado con Drayton, Maxwell encontró un banco vacío y se sentó cuidadosamente, colocando su única maleta frente a él en el suelo.

Era increíble, se dijo a sí mismo. Increíble que hubiera habido dos Peter Maxwell, y que ahora uno de esos Peter Maxwell estuviera muer¬to. Increíble que el planeta de cristal hubiera podido tener el equipo para alcanzar y copiar una pauta de ondas que viajaba más rápido que la velocidad de la luz, pues en ningún punto de la Galaxia de los unidos hasta entonces por los transmisores de materia se notaba ninguna pausa de tiempo entre el momento de transmisión y el de llegada. Una desvia¬ción... sí, tal vez pudiera darse una desviación, un alcanzar y atrapar una pauta, pero el copiarla era otra cosa totalmente distinta.

«Dos cosas increíbles, pensó, dos cosas que no deberían haber su¬cedido». Aunque, si una de las dos había sucedido, entonces la otra era la derivación natural de la primera. Si la pauta había sido copiada, en¬tonces necesariamente tenían que haber habido dos de él, uno que fue al sistema de Coonskin y el otro al planeta de cristal. Pero si el otro Peter Maxwell había ido realmente a Coonskin, debería estar aún allí o, a lo sumo, a punto de regresar. Había planeado una estancia de, al menos, seis semanas o más si le hubiera parecido necesario para aclarar este asunto del dragón.

Se dio cuenta de que sus manos estaban temblando y, avergonza¬do por ello, las juntó con fuerza y las depositó sobre su regazo.

No podía desmoronarse, se dijo a sí mismo. No importaba lo que le fuese a pasar, tenía que enfrentarse con ello. Y no existía una eviden¬cia, una sólida evidencia. Todo lo que sabía era lo que un miembro de Seguridad le había dicho, y no podía fiarse de ello. Tal vez no fuera más que una burda farsa policial destinada a asustarlo y hacerle ha¬blar. y esto había estado a punto de suceder. ¡A punto de suceder!

Pero aunque hubiera sucedido, habría tenido que seguir adelante. Porque tenía una tarea por realizar, una tarea que no podía realizar mal.

Y ahora la tarea podía ser dificultada por alguien que lo estuviera vigilando, aunque no podía estar seguro de que alguien lo vigilara. «Tal vez eso no alterase nada», se dijo. La parte más difícil sería lograr en¬trevistarse con Andrew Arnold. El presidente de una Universidad Pla¬netaria no era una persona fácil de ver. Tendría otras preocupaciones más acuciantes que el oír lo que tenía que decirle un profesor adjunto. Especialmente cuando el profesor no podía detallar por anticipado el asunto del que quería tratar.

Sus manos habían dejado de temblar, pero las mantenía todavía apretadas. Dentro de un momento se levantaría e iría hasta las aceras rodantes, en las que hallaría un asiento en las del centro, en las más rápidas. En una hora o algo así estaría de vuelta al viejo campus, Y averiguaría si lo que le había dicho Drayton había sido cierto. Y vol¬vería de nuevo a estar con sus viejos amigos: con Alley Oop y con Fantasma, con Harlow Sharp y Allen Preston y los demás. Se correrían buenas juergas a medianoche en el Cerdo y el Silbato, y darían largos y lentos paseos por la sombreada alameda, y navegarían en canoa por el lago. Tendrían discusiones y peleas, y contarían viejas historias, y se¬guirían la apacible rutina académica, monótona tal vez, pero alegre y que le daba a uno tiempo para vivir.

Se dio cuenta de que esperaba anhelante el viaje porque el camino de las aceras bordeaba la Reserva de los Goblins. No es que tan sólo hubiera allí goblins: había otros miembros de las razas de enanos y todos eran amigos suyos... o, por lo menos, casi todos eran amigos suyos. Los trolls podían ser exasperantes en muchas ocasiones, y era realmente difícil el poder conseguir una amistad duradera con una tal criatura como era un banshee.

Las colinas, pensó, estarían hermosas en esta época del año. Había partido hacia el sistema de Coonskin hacia finales del verano, y las co¬linas todavía habían vestido su manto de verde oscuro; pero ahora, a mediados de octubre, ya debían de haberse ataviado con todo el esplen¬dor de su vestido de otoño. Se vería el rojo vinoso del roble y los bri¬llantes rojos y amarillos de los arces y, aquí y allí, el llameante escarlata de las plantas trepadoras se mezclaría como un filete entre todos los otros colores. Y el aire olería como a sidra, con aquel aroma extraño e intoxicante que tan sólo se da en los bosques con la muerte de las hojas.

Permanecía sentado, pensando en aquella ocasión, hacía tan sólo dos veranos, en la que el señor O'Toole y él habían remontado el río en canoa hacia los páramos del norte, esperando que en algún punto del recorrido lograran hacer un contacto, de cualquier tipo, con los espí¬ritus de los que se hablaba en las antiguas leyendas Ojibway. Habían flotado en aguas cristalinas y encendido sus hogueras en los bordes de las oscuras florestas de pinos por las noches; habían pescado peces para la cena y buscado las flores silvestres escondidas en los claros del bosque, y espiado a muchos pájaros y otros animales y tenido unas buenas vacaciones. Pero no habían visto a ningún espíritu, lo que no era muy sorprendente. Se habían hecho muy pocos contactos con los ena¬nos de Norteamérica, porque eran verdaderas criaturas de los bosques, al contrario de los semicivilizados y relacionados con los humanos es¬píritus de Europa.

El lugar en el que había tomado asiento daba hacia el oeste y, a través de las imponentes paredes de cristal, podía ver más allá del río los farallones que se alzaban a lo largo de lo que había sido la frontera del antiguo estado de Iowa: grandes masas de un púrpura oscuro en¬marcadas por un cielo otoñal color azul pálido. En lo alto de uno de los farallones podía distinguir la silueta de la Facultad de Taumaturgia, que en su mayor parte se hallaba a cargo de los seres octópodos de Cen¬tauro. Mirando a los difusos contornos de los edificios, recordó que muchas veces se había propuesto asistir a uno de sus seminarios de ve¬rano, pero que nunca había podido hacerlo.

Tomó su equipaje, preparándose para irse, pero continuó sentado. Todavía se hallaba sin aliento, y sus piernas parecían sin fuerzas. Se dio cuenta de que lo que le había dicho Drayton le había afectado más de lo que había supuesto, y que aún seguía afectándole en una serie de reac¬ciones posteriores. Tendría que tomárselo con calma, se dijo. No podía desanimarse. Podía no ser verdad; probablemente no lo era. No tenía ningún significado el preocuparse demasiado antes de comprobarlo por sí mismo.

Lentamente, se puso en pie y se inclinó para tomar su maleta, pero dudó un momento antes de zambullirse en la apresurada confusión de la sala de espera. La gente, humanos y no-humanos, se daban prisa re¬suelta o permanecían en grupos y grupitos. Un hombre viejo, de barba blanca, vestido de un majestuoso color negro, al que por sus atributos Maxwell clasificó como profesor, estaba rodeado por un grupo de estu¬diantes que habían ido a despedirle. Una familia de reptílidos se halla¬ba en unos divanes colocados para gentes como ellos, incapaces de sen¬tarse. Los dos adultos estaban recostados inmóviles, frente a frente y hablando en voz baja, con el clásico siseo que plagaba el habla de los reptiles; mientras los jóvenes se encaramaban por los divanes o se esti¬raban por el suelo, jugando. En un rincón de una pequeña alcoba un ser parecido a un barril de cerveza, puesto de lado, rodaba en uno y otro sentido, de la misma forma y tal vez por los mismos motivos que un hombre pasea arriba y abajo por una sala de espera. Dos seres arácnidos, cuyos cuerpos eran más bien una masa de palillos que verdadera carne y huesos, estaban de cuclillas uno frente al otro. Habían señalado en el suelo, con un trozo de yeso, una especie de tosco tablero, y colocado sobre él un cierto número de piezas de extraña forma, que movían rápidamente de un lado para otro, chirriando excitados a medida que se desarrollaba el juego.

¿Rodadores?, había preguntado Drayton. ¿Había alguna relación en¬tre el planeta de cristal y los rodadores?

Siempre surgían los rodadores, pensó Maxwell. Existía una obsesión por los rodadores. Y tal vez hubiera una razón de ser así, aunque uno no podía estar seguro. Porque se sabía poco de ellos. Eran una presencia oscura, lejana en el espacio, otro gran grupo cultural abriéndose camino en la Galaxia, llegando a un ocasional contacto con la creciente cultura humana a lo largo de una inmensa línea fronteriza.

Puesto allí en pie, recordó la primera y única vez que había visto a un rodador: un estudiante de la Facultad de Anatomía Comparada de Río de Janeiro que había venido para un seminario de dos semanas en la Facultad del Tiempo. El campus de Wisconsin, lo recordaba bien, se había estremecido silenciosamente por la noticia y se había hablado mucho de ello, aunque aparentemente se habían dado pocas oportu¬nidades en las que poder dar una ojeada a la fabulosa criatura, ya que permanecía dentro del seminario. Se había encontrado con él atrave¬sando uno de los corredores, cuando había cruzado el paseo para ir a comer con Harlow Sharp, y recordaba, enternecido otra vez, que se había quedado asombrado.

Había sido a causa de las ruedas, se dijo. Ningún otro ser de la Galaxia las poseía. Era una criatura regordeta, una gruesa masa suspen¬dida entre dos ruedas, cuyas patas se proyectaban del cuerpo desde algún punto cerca de su parte central. Las ruedas estaban tapizadas de piel, y sus bordes eran callos córneos. La parte inferior del cuerpo col¬gaba bajo los ejes de las ruedas como un saco repleto. Pero lo peor, se dio cuenta al acercarse, era que la parte colgante era transparente, y que estaba llena con una masa de cosas reptantes que le hacían pensar a uno en un cubo de gusanos pintados con colores chillones.

Y esos objetos reptantes dentro de esa gruesa y obscena barriga, Maxwell lo sabía, eran si no gusanos, algún tipo de insectos, o una for¬ma de vida a la que se podía identificar con la forma de vida a la que los terrestres conocían por insectos. Porque los rodadores eran un meca¬nismo-colmena, una cultura constituida por muchos de esos mecanismos-colmena, una población de colonias de insectos, o por lo menos del equi¬valente a insectos.

Y con una población de esa especie, los relatos que llegaban de la lejana y dura frontera referentes a los rodadores no eran puestos en duda. Y si esos relatos terroríficos eran ciertos, entonces el hombre se enfrentaba, por primera vez desde que había salido al espacio, con el hipotético enemigo que siempre se había supuesto que sería hallado en algún lugar del espacio.

A través de la Galaxia el hombre se había encontrado con muchas otras especies, extrañas y a menudo terroríficas, pero ninguna, pensaba Maxwell, podía competir en capacidad terrorífica con una colonia de in¬sectos sobre ruedas. Había algo en la simple idea que le hacía sentir náuseas.

Actualmente, los seres extraños llegaban a la Tierra por millares, para asistir a las numerosas facultades o para integrarse en los claus¬tros de profesores de esa gran universidad galáctica en que se había con¬vertido el planeta. Y tal vez con el tiempo los rodadores pudiesen ser añadidos a esa población galáctica que hormigueaba por las facultades de la Tierra... si es que se podía establecer un contacto comprensivo. Lo cual hasta ahora había sido imposible.

¿Por qué se daba el caso, pensó Maxwell, de que la sola imagen de los rodadores fuese tan difícil de aceptar, cuando el hombre y todos los restantes seres de la galaxia que habían entrado en contacto con él ha¬bían aprendido a vivir juntos?

Aquí, en esta sala de espera, uno podía ver una buena selección de ellos: los brincadores, los reptadores, los gateantes, los ondulantes y los volteantes que provenían de tantos y tantos planetas, de tantas y tantas estrellas. La Tierra era el crisol común en que se fundía la Ga¬laxia, un lugar en el que los seres de un millar de estrellas se encon¬traban y se unían, sin fricciones al menos aparentes, para compartir sus pensamientos y culturas.

–Número cinco-seis-nueve-dos –graznó el altavoz–. Pasajero nú¬mero cinco-seis-nueve-dos. Su partida tendrá lugar dentro de cinco minutos. Cubículo treinta y siete. Pasajero cinco-seis-nueve-dos, preséntese inmediatamente en el cubículo treinta y siete.

¿Hacia dónde, se preguntó, se dirigiría el pasajero 5692? A las junglas de Jaqueca nº 2, a las torvas ciudades glaciales barridas por los vientos, a los planetas desérticos de los Soles de las Matanzas o a cualquier otro de los millares de planetas, todos ellos situados a menos de un latido del corazón del lugar en que ahora se hallaba, unidos por el sistema de transmisores, pero consecuencia de largos años de esfuer¬zos exploratorios en el pasado mientras las naves exploradoras abrían camino a través de la oscuridad del espacio sin límites. Tal y como lo estaban haciendo aún hoy, lenta y trabajosamente, expandiendo el perímetro del universo conocido por el hombre.

El sonido de la sala de espera crecía y disminuía, con el apresurado llamamiento a los pasajeros retrasados o ausentes, con el zumbido hueco de cien lenguas distintas habladas por un millar de gargantas diferentes, con el roce, o el golpeteo, o el repiqueteo de pies dando contra el suelo.

Se inclinó, tomó su equipaje y se dio la vuelta hacia la puerta.

No había dado más que tres pasos cuando tuvo que detenerse para dejar paso a un camión que transportaba un tanque lleno de un líquido lóbrego. A través de la neblina del mismo entrevió la ultrajante figura que se escondía en su interior, algún ser de uno de los planetas líquidos quizá, pero de alguno en los que el líquido no era agua. Se debía de en¬contrar aquí, muy posiblemente, como profesor visitante, tal vez en una de las facultades de filosofía, pudiera ser que en uno de los institutos de ciencias.

El camión y su tanque pasaron de largo y él siguió su camino hasta alcanzar la entrada, saliendo por la puerta a la explanada, bellamente pavimentada y escalonada, por cuya parte inferior pasaban las aceras rodantes. Se alegró al ver que no había colas, como a menudo sucedía.

Hizo una profunda inspiración para introducir aire en sus pulmo¬nes: limpio aire puro con el agudo regusto del frío otoño en él. Era algo maravilloso tras las semanas del muerto y húmedo aire del planeta de cristal.

Se dirigió hacia las escaleras y, al hacerlo, vio el enorme cartelón de anuncio colocado justamente al lado de la entrada a las aceras ro¬dantes. El texto estaba escrito con la antigua grafía inglesa y chillaba, con sólida dignidad:

 

 

CABALLERO WILLIAM SHAKESPEARE

De Stratford-on-Avon, Inglaterra

«El cómo y el porqué no escribí las obras»

Bajo el patrocinio de la Facultad del Tiempo

Oct. 22 a las 20 h.        Auditorio del Museo del Tiempo

Entradas en todas las agencias.

 

 

–¡Maxwell! –gritó alguien, y él se giró. Un hombre estaba corrien¬do hacia él desde la entrada.

Maxwell dejó el equipaje en el suelo, medio alzó su mano en señal de reconocimiento y saludó, y luego la dejó caer porque se dio cuenta que no reconocía al hombre.

El hombre pasó a un trote y luego frenó a un paso rápido.

–Profesor Maxwell, ¿no es así? –preguntó al llegar a su lado–. Estoy seguro de no equivocarme.

Maxwell asintió, envarado, algo embarazado.

–Monty Churchill –se presentó el hombre, ofreciendo su mano ex¬tendida–. Nos conocimos hace un año o así. En una de las fiestas de Nancy Clayton.

–¿Cómo está usted, Churchill? –preguntó Maxwell un tanto gla¬cialmente.

Porque ahora ya reconocía al hombre, su nombre al menos ya que no su rostro. Suponía que se trataba de un abogado, aunque no es¬taba seguro. Realizando trabajos, si recordaba correctamente, de rela¬ciones públicas: un intermediario. Un miembro de esa tribu que maneja asuntos para sus clientes, para quienquiera que pueda pagar sus ho¬norarios.

–Bien, muy bien –dijo alegremente Churchill–. Acabo de re¬gresar de un viaje. Uno corto. Pero es bueno estar de vuelta. No hay nada como el hogar. Por esto le llamé a gritos. Es usted la primera cara fa¬miliar que veo desde hace semanas.

–Me alegra que me llamase  –dijo Maxwell.

–¿Regresa al campus?

–Sí, me dirigía a las aceras.

–No hay necesidad de eso –explicó Churchill–: tengo mi volador aquí, aparcado en el campo ¬de atrás. Hay sitio para los dos. Llegará mucho antes.

Maxwell dudó. No le gustaba aquel tipo, pero lo que decía era verdad: llegarían mucho antes. Y estaba ansioso por regresar tan deprisa como le fuera posible, porque había cosas que tenía que comprobar.

–Es muy amable por su parte –dijo–. Si está seguro de que no es molestia...

 

 

3

 

 

El motor estornudó y murió. Los reactores zumbaron un segundo más y luego se callaron. El aire suspiraba en tono agudo contra la piel de metal.

Maxwell dio una rápida ojeada al hombre que se sentaba a su lado. Churchill estaba rígido: tal vez atemorizado, tal vez solamente asom¬brado. Ya que hasta Maxwell se daba cuenta de que una cosa como ésta no debería de haber sucedido, que de hecho era inimaginable. Los voladores como éste en el que viajaban estaban considerados como ina¬veriables.

Bajo ellos se hallaban las filosas rocas de los escarpados acantila¬dos, las ramas alzadas como lanzas del bosque que cubría las colinas, abrazado a las rocas. A la izquierda corría el río, una cinta de plata atravesando las arboladas tierras del fondo.

El tiempo parecía arrastrarse, alargarse, corno si por alguna extraña magia cada segundo se hubiera convertido en un minuto. Y con el alar¬gamiento del tiempo llegó una silenciosa realización de lo que iba a ocu¬rrir, como si le estuviera ocurriendo a cualquier otro y no a él mismo: un resumen de la situación, actual y desapasionado, hecho por un ob¬servador que no estaba afectado por ella. Y, aun mientras pensaba esto, en una penumbrosa y recóndita parte de su mente sabía que luego lle¬garía el pánico, y que cuando ese momento llegase el tiempo recupera¬ría su ritmo normal, mientras el volador caía al encuentro del bosque y las rocas.

Echándose hacia delante, oteó el terreno que se extendía por el frente y, al hacerlo, su ojo captó la imagen del pequeño claro en el bos¬que, un roto en las oscuras hileras de los árboles y el brillo del verde de debajo.

Sacudió a Churchill, señalando. Churchill miró hacia donde apuntaba, asintió con la cabeza y movió la rueda, lentamente, cuidadosa¬mente, experimentalmente, como si estuviese buscando una reacción del vehículo, tratando de determinar si iba a responder.

¬El volador se inclinó ligeramente, cambiando de rumbo y guiñando, todavía cayendo lentamente pero planeando en busca de una buena po¬sición. Por un momento pareció rebelarse contra los controles, luego se deslizó hacia un lado, perdiendo altitud con más rapidez pero ca¬yendo hacia el claro entre los árboles.

Ahora los árboles subían deprisa hacia ellos y, ya cerca, Maxwell podía ver su color de otoño: ya no se veían simplemente oscuros, sino que eran una masa de rojo, oro y marrón. Largas y estrechas lanzas de rojo se alzaban para atravesarles, garras de oro intentaban aferrar¬los con un apretón airado.

El volador rozó las ramas más altas de un roble, pareció dudar, casi colgar en medio del aire, y luego estaba planeando en dirección al claro, zumbando hacia un aterrizaje en la pequeña pradera situada en el inte¬rior del bosque.

Un claro de las hadas, se dijo para sí Maxwell... un lugar destinado a las danzas de las hadas, pero convertido ahora en un campo de ate¬rrizaje.

Giró la cabeza por un momento, y vio a Churchill inclinado todavía sobre los controles. Luego volvió a mirar al frente y contempló como subía el verde.

Debe de ser llano, se dijo. No debe de haber bultos ni agujeros ni mogotes, pues cuando fue plantado el césped los planos debieron de haber señalado la necesidad de que fuera llano.

El aparato golpeó y rebotó, y por un terrorífico momento se es¬tremeció en el aire. Luego ya estuvo abajo de nuevo, corriendo suavemente por el césped. Los árboles del extremo del claro se abalanzaban sobre ellos, se acercaban demasiado aprisa.

–¡Agárrese! –gritó Churchill, y ya mientras gritaba el volador giró y pivotó, resbalando. Se detuvo finalmente a una docena de palmos de los árboles que orlaban el claro.

Se quedaron sentados entre un silencio sepulcral, un silencio que parecía caer sobre ellos desde los rocosos farallones y la multicolor floresta.

Churchill rompió el silencio:

–Le anduvimos cerca –dijo.

Alzó el brazo y echó hacia atrás la carlinga, saliendo afuera, Maxwell le siguió.

–No puedo comprender lo que sucedió –dijo Churchill–. Este cacharro tiene más circuitos de seguridad en su interior de los que se puedan imaginar. Destruido por un rayo, seguro; un choque con una montaña, sí, puede ocurrir; ser atrapado por una turbulencia y arro¬jado de un lado a otro, todo esto puede pasar. Pero el motor nunca falla. La única forma de detenerlo es apagarlo.

Levantó el brazo y se enjugó la frente con la manga de su camisa.

–¿Conoce este lugar? –preguntó.

Maxwell negó con la cabeza.

–No conozco este lugar en particular. Sabía que existían sitios así. Cuando se creó la reserva y se construyeron los paisajes, el plan se¬ñalaba la necesidad de claros con césped. Lugares en los que danzan las hadas, ya sabe. No estaba buscando nada en concreto, pero cuando vi la abertura entre los árboles ya me imaginé lo que sería.

–Cuando me la señaló –añadió Churchill–, simplemente confié en que supiera lo que estaba haciendo. Parecía que no había otro lugar al que ir, así que me arriesgué...

Maxwell alzó una mano para pedir silencio.

–¿Qué fue eso? –preguntó.

–Suena como un caballo –dijo Churchill–. ¿Quién podría ir por aquí en un caballo? Viene de aquel lado.

El ruido de cascos se aproximaba.

Dieron la vuelta alrededor del volador y, al hacerlo, vieron el sen¬dero que subía a una áspera y estrecha sierra, con la masiva forma de un castillo en ruinas erguido sobre la misma.

El caballo estaba bajando por el camino a un desmañado galope. Cabalgándolo iba una pequeña y rechoncha figura que botaba en la for¬ma más asombrosa a cada movimiento de su montura. Era algo muy distinto de un apuesto jinete, con sus codos proyectados a cada lado, agitándose como alas.

El caballo llegó a la carrera por la ladera y hasta el césped. No era más apuesto que su jinete, era más bien un torpe caballo de tiro, y sus poderosos cascos, golpeando como grandes martillos, arrancaban tro¬zos de césped y los lanzaban lejos por detrás. Se dirigió derecho al vo¬lador, como si quisiera pasar por encima; luego, en el último momento, cambió torpemente de dirección y se detuvo temblorosamente, para quedarse quieto, con los costados bombeando como fuelles y resoplan¬do a través de su caído hocico.

Su jinete se deslizó con poca soltura de su grupa y, cuando llegó al suelo, explotó en un acceso de ira:

–¡Ellos son, malditos bufones! –gritó–. ¡Ellos son, los asquero¬sos trolls! Les he dicho y les he repetido que dejen en paz a las escobas voladoras. Pero no, no escuchan. Siempre gastan la broma. Las hechizan.

–¡Señor O'Toole! –gritó Maxwell–. ¿Me recuerda?

El goblin se giró y miró cegato hacia él, con sus enrojecidos y mio¬pes ojos.

–¡El profesor! –chilló–. El buen amigo de todos nosotros. ¡Oh, que terrible vergüenza! Se lo digo, profesor: los pellejos de todos ellos, los trolls, los clavaré en la puerta, y pincharé sus orejas contra los ár¬boles.

–¿Hechizo? –preguntó Churchill–. ¿Ha dicho usted hechizo?

–¿Qué otra cosa podría ser? –se indignó el señor O'Toole–. ¿Qué otra cosa podría hacer caer una escoba del cielo?

Se aproximó más a Maxwell y lo estudió ansiosamente.

–¿Puede ser realmente usted? –preguntó, con una cierta solici¬tud–. ¿En honesta carne? Oímos palabras que decían que había muer¬to. Enviamos la corona de acebo y muérdago para expresar nuestra más profunda pena.

–Soy yo, muy en verdad –dijo Maxwell, empleando fluentemente la retórica de los enanos–. Oísteis un rumor tan sólo.

–Entonces, por pura alegría –gritó Mr. O'Toole–, los tres de nosotros debemos vaciar grandes tanques de ale de octubre. El nuevo lote está a punto para el vertido y les invito, caballeros, muy cordialmente a compartir las primicias conmigo.

Otros goblins, media docena de ellos, estaban bajando a la carrera por el sendero, y el señor O'Toole les hizo señas con el brazo para que se apresuraran.

–Siempre tarde –se lamentó–. Nunca al punto. Siempre aparecen, pero siempre un poco tarde. Buenos chicos todos ellos, con los corazo¬nes en su sitio, pero faltándoles la viveza que es el atributo de los ver¬daderos goblins tales cual yo.

Los goblins llegaron galopando y respirando entrecortadamente has¬ta el césped, y se alinearon expectantes ante el señor O'Toole.

–Tengo tareas para vosotros –les dijo–. Primero vais hasta el puente y les decís a ellos, los trolls, que no más hechizos. Ellos habrán de cesarlos y desistir enteramente. Decidles que ésta es su real y última oportunidad. Si ellos hacen tales cosas de nuevo, ese puente habremos de destruir, piedra a musgosa piedra, y esas piedras habremos de despa¬rramar lejos y esparcidas, de forma que nunca jamás haya una po¬sibilidad de reconstruir ese puente de nuevo. Y ellos deberán de levantar el hechizo de esta escoba caída para que vuele como de nueva.

»Y algunos otros de vosotros deseo que busquéis a las hadas para explicarles el deterioro de su verde, poniendo mucho afán en echarles todas las culpas a ellos, sucios trolls, y prometiéndoles que el césped será arreglado, terso y bello, para su próxima danza cuando la Luna esté llena.

»Y aún otro de vosotros deberá ocuparse de Dobbin, asegurándose de que su torpe ser no cause más daños al verde, pero dejándole tomar, acaso, un bocado o dos de la yerba más larga si es que puede ser ha¬llada. La pobre bestia no tiene a menudo la oportunidad de regalarse a sí mismo con pasto tal cual éste.

Se volvió hacia Maxwell y Churchill, restregándose las manos en el simbolismo de un trabajo bien hecho.

–Y ahora, caballeros, tengan a bien subir la colina conmigo, y ensayaremos lo que puede ser hecho con el dulce ale de octubre. Les ruego, sin embargo, ir despacio, en verdadera compasión hacia mí, pues¬to que esta panza mía parece haber crecido en amplitud últimamente, y sufro muy duramente de falta de aliento.

–Guíe, mi viejo amigo –dijo Maxwell–. Emparejaremos nuestros pasos con los suyos de muy buena gana. Ha pasado demasiado tiempo desde que hemos bebido sin mesura el ale de octubre juntos.

–Sí, claro –dijo Churchill, algo más débilmente.

Iniciaron la subida por el camino. Ante ellos, alzándose sobre la sierra, el castillo en ruinas se destacaba famélico contra la palidez del cielo.

–Debo ante todo excusarme –dijo el señor O'Toole– por la con¬dición del castillo. Es un lugar con muchas corrientes de aire, lo cual produce resfriados e infecciones del sinus y otras varias miserias. Los vientos soplan a su través en forma muy maligna, y huele a húmedo y mohoso. No comprendo en su totalidad el porqué ustedes, humanos, cuando construyen los castillos para nosotros, no los hacen acondiciona¬dos y agradables. Porque el que nosotros, antes de ahora, viviésemos en ruinas, no quiere necesariamente decir que hayamos abandonado toda la comodidad y conveniencia. Vivíamos en ellas, ciertamente, porque ellas eran lo mejor que la pobre Europa podía ofrecer.

Hizo una pausa para tomar aire y continuó de nuevo:

–Puedo muy bien recordar, dos mil años atrás o más, el haber vi¬vido en castillos recién hechos, bastante pobres claro está, porque los rudos humanos de aquel tiempo no podían fabricarlos mejores, siendo torpes y sin las adecuadas herramientas ni maquinaria y siendo, en general, una obtusa clase de gente. Y nosotros forzados a escondernos en los rincones y escondrijos de los castillos, puesto que los ignorantes hu¬manos de aquellos días nos odiaban y nos detestaban en toda su gran ignorancia, y deseaban, en su misma ignorancia, realizar grandes brujerías contra nosotros.

»Aunque –continuó con bastante satisfacción–, los meros huma¬nos no fueron expertos con los hechizos. Nosotros, sin tener que sudar por ello, podíamos darles ventaja inicial y derrotar sus brujerías sin problemas.

–¿Dos mil años? –preguntó Churchill–. ¿No querrá decir...?

Maxwell hizo un rápido signo con la cabeza en una tentativa por si¬lenciarle.

El señor O'Toole se detuvo en el centro del sendero y lanzó a Churchill una mirada corrosiva.

–Puedo recordar –dijo–, cuando los bárbaros llegaron por pri¬mera vez, muy rudamente, desde esa floresta pantanosa que ustedes llaman ahora Europa Central, para golpear con las empuñaduras de sus burdas espadas de acero las mismas puertas de las murallas de Roma. Oímos de ello en las profundidades de los bosques en los que habíamos hecho nuestras moradas. Y había otros entonces, hoy ya muertos tiempo ha, que habían oído las noticias, algunas semanas después de que se produjesen, de las Termópilas.

–Lo siento –dijo Maxwell–: No todos están tan informados so¬bre los enanos...

–Le ruego entonces –intervino el señor O'Toole– que debidamente le informe.

–Es cierto –le dijo Maxwell a Churchill–. O, al menos, podría serlo. No son inmortales pues al fin mueren, pero son más longevos que cualquier otro ser vivo que conozcamos. Los nacimientos son pocos... realmente pocos, ciertamente, pues si no, no habría espacio suficiente para ellos en la Tierra. Pero viven hasta una edad muy avanzada.

–Es –afirmó el señor O'Toole– porque nos unimos íntimamente con el corazón de la Naturaleza, y no malgastamos la preciosa vitalidad del espíritu con esas mezquinas preocupaciones que arruinan las vidas y las esperanzas de los humanos.

»Pero esos –continuó– son dolorosos tópicos en los que malgastar una tan gloriosa tarde de otoño. Así que mejor trabemos, en su lugar, con determinación nuestros pensamientos en el espumoso ale que nos espera en lo alto de la colina.

Cayó en el silencio y reinició la subida por el sendero, a un paso más rápido que el que había mantenido hasta entonces.

Correteando por el camino hacia ellos venía un pequeño goblin, con su multicolor y demasiado grande camisa aleteando al viento que producía su carrera.

–¡El ale! –chillaba–. ¡El ale!

Se deslizó hasta detenerse frente a los tres que se esforzaban en subir.

–¿Qué hay con el ale? –jadeó el señor O'Toole–. ¿Intentas con¬fesar ante mí que has estado efectuando la prueba?

–Se ha tornado agrio –gimió el pequeño goblin–. Toda la mal¬dita porquería de él está agria.

–Pero el ale no puede volverse agrio –protestó Maxwell, captando una parte de la tragedia que había ocurrido.

El señor O'Toole saltó por el sendero en una ira devastadora. Su rostro viró de marrón a rojo y a púrpura. Su aliento surgía en entre¬cortados estertores.

–¡Puede, maldita sea –gritó– con un sucio y repugnante hechizo de brujería!

Se giró y comenzó a descender rápidamente por el sendero, seguido por el pequeño goblin.

–¡Dejádmelos a mí esos sucios trolls! –gritaba el señor O'Toole–. ¡Dejadme colocar mis garras alrededor de sus gargantas! ¡Los agarraré con estas dos manos y los colgaré al sol, puestos a secar! ¡Los despellejaré a todos por entero! ¡Les enseñaré lecciones que nunca olvidarán...!

Sus aullidos disminuyeron con la distancia, hasta hacerse un mur¬mullo ininteligible al ir descendiendo rápidamente por el camino, en dirección al puente bajo el cual habitaban los trolls.

Los dos humanos se quedaron mirándole, llenos de admiración y sorpresa ante tan grave y profunda ira.

–Bien –dijo al fin Churchill–, ahí se escapa nuestra oportunidad de catar el dulce ale de octubre.

 

4

 

 

El reloj en el Salón de Música comenzaba a dar las seis cuando Maxwell llegaba a los límites del campus, viajando desde el aeropuerto en una de las más lentas, y por tanto exteriores, aceras rodantes. Churchill había tomado otra acera, y Maxwell se había alegrado por ello. No era únicamente que sintiese una cierta antipatía por aquel hombre, sino también que deseaba estar solo. Quería viajar solo, con el parabrisas bajado, en silencio, sin la necesidad de entablar conversación, para empaparse de la vista y la sensación de esos pocos kilómetros cuadrados de edificios y alamedas. Volvía de nuevo a casa, al único lugar al que amaba.

El atardecer caía sobre el campus como una niebla benéfica, suavizando las siluetas de los edificios, convirtiendo las alamedas en áreas que podrían haber sido tomadas por dibujos románticos de un libro de cuentos.

Grupos de estudiantes se hallaban por entre los árboles, hablando en voz baja, llevando sus maletas, o con libros agarrados bajo el brazo. Un hombre canoso estaba sentado en un banco, contemplando a un par de ardillas que jugaban en la yerba. Dos seres reptiloides paseaban a lo largo de uno de los senderos neblinosos, andando lentamente y absortos en su conversación. Un estudiante humano caminaba, marcial, por la acera, silbando al caminar, y sus silbidos despertaban ecos en los ángulos silenciosos de los edificios. Al encontrarse y cruzar frente a los reptiles alzó un brazo en un grave saludo. Y, por todas partes, los árboles, álamos antiguos que se elevaban desde tiempos olvidados, parecían los robustos centinelas de numerosas generaciones.

Entonces el gran reloj comenzó a dar la hora, con su tañido de bronce cruzando hasta lejos los campos, y a Maxwell le pareció que el reloj del campus le estaba dando la bienvenida. Pensó que el reloj era un amigo, no solo suyo, sino de todos los que podían oírlo, la voz del campus. Echado en la cama, antes de dormirse, había escuchado noche tras noche su tañido, su sonar de las horas. Y tal vez había oído algo más que el sonar de las horas. Más bien le había parecido un vigilante nocturno gritando que todo iba bien.

Delante suyo se alzaba el tremendo complejo que era la Facultad del Tiempo, alzándose hasta hacer parecer minúsculos el paseo y la alameda; grandes bloques de plástico y cristal, con luces encendidas en muchas de las ventanas. Recostado sobre la base del complejo se hallaba el museo, y en su frontis Maxwell vio la blancura, turbada por el viento, de una pancarta pintada en tela blanca. A la penumbra y en la distancia, tan sólo podía distinguir una palabra: SHAKESPEARE.

Sonrió para sí, pensando en ello. Literatura Inglesa estaría rabiando. El viejo Chenery y todos los demás nunca le habían perdonado a Tiempo el que, hacía dos o tres años, hubiera probado que había sido el conde de Oxford y no Shakespeare el autor de las obras. Y esta presentación en persona del hombre de Stratford-on-Avon era echar sal a heridas que distaban mucho de estar cerradas.

A lo lejos, colocada sobre su colina al extremo este del campus, Maxwell podía contemplar la gran masa de la sección administrativa, recortada oscuramente sobre las últimas pinceladas rojas en el horizonte.

La acera pasó frente a la Facultad del Tiempo y su recostado museo con la pancarta ondeando al viento. El reloj cesó en su canto del tiempo, perdiéndose en la distancia los últimos tañidos de sus campanadas.

Las seis. En unos pocos minutos bajaría de la acera y se dirigiría a Winsron Arms, donde había estado su hogar durante los últimos cuatro... no, cinco años. Metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta y sus dedos siguieron los agudos contornos del pequeño portallaves colocado en el bolsillo interno.

Ahora, por primera vez desde que había abandonado la Estación de Wisconsin, la historia sobre el otro Peter Maxwell se abrió camino en su mente. Naturalmente, podía ser cierta, aunque no parecía muy probable. Se parecía demasiado a la clase de trampas que Seguridad tendería para hacer hablar a un hombre. Pero, si no era cierta, ¿por qué no se había informado desde Coonskin su ausencia? Aunque también podía ser que esta información le hubiera llegado al inspector Drayton junto con la de que ya había pasado dos veces antes. Si era posible sospechar de una afirmación de Drayton, también podía sospechar del resto. Si otros seres habían sido captados por el planeta de cristal, ciertamente no se le había dicho nada sobre ellos mientras se había encontrado allí. Pero esto tampoco era una evidencia cierta. Indudablemente, los seres del planeta de cristal le habían contado tan sólo aquellas cosas que habían deseado que conociera.

Pensándolo bien, la cosa que más le preocupaba era, no lo que Drayton le había dicho, sino lo que había dicho el señor O'Toole: Enviamos la corona de acebo y muérdago para expresar nuestra más profunda pena. Si los acontecimientos se hubieran desarrollado de distinta manera, habría hablado sobre ello con su amigo goblin, pero tal como habían ido no se había presentado la oportunidad de hablar nada.

Todo podía esperar, se dijo. Dentro de poco, cuando hubiera llegado a casa, tomaría el teléfono y haría una llamada... a cualquiera de sus amigos, y entonces sabría la verdad. ¿A quién debía llamar? Podía llamar a Harlow Sharp, en Tiempo, o a DalIas Gregg, decano de su propio departamento, o quizás a Xigmu Maon Tyre, el viejo habitante de Eridano de pilosa piel blanca. y cavilantes ojos violetas que se había pasado una larga vida en el pequeño cubículo que era su oficina trabajando en un análisis de la estructuración de los mitos. O tal vez a Allen Preston, que era su amigo y su abogado al mismo tiempo, porque si resultaba cierto lo que le había dicho Drayton de ello se deducirían unos feos problemas legales.

Impacientemente, se dio un gruñido de advertencia. Se lo estaba creyendo, estaba comenzando a creérselo. Si continuaba así, llegaría a convencerse de que podía ser cierto.

Winston Arms se hallaba justamente al final de la calle, así que se levantó del asiento, tomó su maleta y paso a la casi inmóvil acera exterior. De pie en ella, esperó, y bajó frente a Winston Arms.

Mientras subía la amplia escalinata de piedra y entraba en el vestíbulo, no vio a nadie. Rebuscando en el bolsillo, sacó la llave que abría la puerta de la calle. Uno de los ascensores estaba esperando, así que entró en él y apretó el botón del séptimo piso.

La llave se deslizó suavemente en la cerradura de su apartamento, y la puerta se abrió cuando la giró. Entró en la habitación a oscuras. Tras él la puerta se cerró automáticamente, con un chasquido de la cerradura.

Extendió la mano hacia la pared para encender la luz.

Pero, con la mano a punto de apretar, se detuvo. Había algo que no estaba bien. Una sensación, un notar algo, quizá cierto aroma. Sí, eso era... un aroma. El débil y delicado olor de un extraño perfume.

Golpeó con la mano la pared, y las luces se encendieron.

La habitación no era la misma. El mobiliario era distinto, y las chillonas pinturas de la pared... ¡él nunca había tenido, ni tendría jamás, pinturas como ésas!

Tras él la cerradura chasqueó de nuevo. Se giró; la puerta se abrió y entró un dientesdesable.

Al ver a Maxwell, el gran felino se recogió como para saltar y enseñó los dientes afilados, mostrando unos colmillos de quince centímetros.

Cautelosamente, Maxwell retrocedió. El felino se aproximó un palmo, enseñando todavía los dientes. Maxwell dio otro paso hacia atrás, notó un repentino golpe encima del tobillo y trató de desenredarse, pero no pudo y se dio cuenta de que estaba cayendo. Había visto el almohadón y debería haber recordado que estaba allí... pero no lo había recordado. Había tropezado con él y ahora iba a derrumbarse de espaldas. Trató de relajarse para amortiguar el golpe contra el suelo, pero no dio contra él. Su espalda chocó contra algo blando y que cedía y comprendió que había caído sobre el diván situado tras el almohadón.

El felino estaba atravesando el aire en un ágil salto, con sus orejas echadas atrás, la boca entreabierta y sus masivas garras estiradas formando un ariete. Maxwell alzó los brazos en un rápido gesto de defensa, pero fueron apartados como si no hubieran existido y las patas chocaron contra su pecho, clavándolo contra el diván. La gran cabeza del felino, con sus brillantes colmillos, colgaba justamente sobre su rostro. Lentamente, casi con delicadeza, el felino bajó la cabeza y surgió una larga lengua rosa que lamió ásperamente la cara de Maxwell.

El felino comenzó a ronronear.

–¡Sylvester! –gritó una voz desde la puerta–. ¡Sylvester, basta ya!

El felino cubrió la cara de Maxwell una vez más con su húmeda y rasposa lengua, y luego se sentó sobre sus patas traseras, con una media sonrisa en el semblante y sus orejas echadas hacia delante, contemplando a Maxwell con entusiasta interés.

Maxwell se esforzó en lograr sentarse, con la espalda recostada sobre los cojines del mueble y la cabeza en la espalda del diván.

–¿Y quién es usted? –preguntó la muchacha que se hallaba en la puerta.

–Pues, yo...

–Usted es un fresco –terminó ella.

Sylvester ronroneó con fuerza.

–Lo siento, señorita –dijo Maxwell–, pero yo vivo aquí. O al menos vivía. ¿No es éste el departamento sieteveintinuno?

–Desde luego que lo es –contestó ella–. Lo alquilé hace una semana.

Maxwell afirmó con la cabeza.

–Debería de habérmelo imaginado –dijo–. El mobiliario era distinto.

–Hice que el casero tirase los trastos –comentó ella–. Eran realmente atroces.

–Déjeme ver... –comentó Maxwell–: Un viejo canapé verde, bastante estropeado por el uso...

–Y un bar de nogal –prosiguió la muchacha–, y una monstruosa marina, y...

Maxwell alzó la cabeza débilmente.

–Es suficiente –dijo–. Eso que hizo tirar eran mis cosas.

–No comprendo –comentó ella–. El casero dijo que el anterior inquilino había muerto. Creo que en un accidente.

Maxwell se levantó. El gran felino se puso en pie, se le acercó, y se frotó amistosamente contra sus piernas.

–Basta ya. Sylvester –dijo ella.

El felino siguió frotándose.

–Debe de perdonarlo –le dijo la muchacha–. Es tan sólo un niño grande.

–¿Un bio-mec?

Ella asintió con la cabeza.

–Es lo más simpático que hay en vida. Va a todas partes conmigo. Aunque a menudo es una molestia. No sé qué le pasa, parece que le cae simpático.

Había estado mirando al felino, pero ahora miró cuidadosamente hacia él.

–¿Le ocurre algo malo? –le preguntó.

Maxwell negó con un gesto.

–Está como envarado.

–Un poco de trauma –contestó–. Supongo que es eso. Lo que le conté es cierto. En otro tiempo viví aquí. Hasta hace unas semanas. En alguna forma hubo un embrollo y...

–Siéntese –dijo ella–. ¿Le serviría un trago?

–Creo que sí –contestó él–. Mi nombre es Peter Maxwell, y soy miembro del claustro de...

–Espere un momento. ¿Dijo Maxwell? Ahora recuerdo. Ese es el nombre. ..

–Si, lo sé –dijo Maxwell–. Del hombre que murió.

Se sentó cuidadosamente en el diván.

–Voy a por el trago –dijo la chica.

Sylvester se deslizó cerca y suavemente, depositó su gran cabeza en el regazo de Maxwell. Éste le rascó tras una oreja y, ronroneando con fuerza, Sylvester inclinó un poco su cabeza para enseñarle a Maxwell donde le picaba.

La muchacha llegó con la bebida y se sentó junto a él.

–Todavía no lo comprendo –dijo–. Si usted es el hombre que...

–Todo se complica –dijo Maxwell.

–Debo de admitir que se lo está tomando muy bien todo. Un poco agitado, quizá, pero no en una crisis de nervios.

–Bueno –admitió Maxwell–, lo cierto es que ya lo sabía a medias. Me lo habían dicho, pero no me lo acababa de creer. Supongo que lo que pasaba era que no quería creerlo.

Alzó el vaso.

–¿Usted no bebe?

–Si está bien –le dijo ella–, si se encuentra bien, me prepararé uno para mí.

–¡Oh!, estoy bien –contestó él–. Me las arreglaré para sobrevivir.

La miró, y la vio por primera vez: suave y arreglada, con el cabello negro, pestañas largas, mejillas altas, y unos ojos que le sonreían.

–¿Cómo se llama? –le preguntó.

–Me llamo Carol Hampton. Soy historiadora en Tiempo.

–Señorita Hampton, le pido excusas por la situación en que me he puesto. He estado fuera... fuera del planeta. Acabo de regresar. Y tenía una llave que entraba en la cerradura de este departamento, que cuando me fui era mío...

–No tiene necesidad de dar excusas.

–Tomaremos el trago –dijo él– y después me iré. A menos...

–¿A menos qué?

–A menos que acepte cenar conmigo. Digamos que sería una forma de pagarle su comprensión. Podría haber escapado gritando.

–¡Si todo esto fuera un truco! –exclamó ella–. Si usted...

–No puede serlo –le contestó él–. Sería demasiado estúpido hacerlo tan complicado. Y, por otra parte, ¿cómo es que tenía la llave?

Le miró por un momento y luego dijo:

–Fue una tontería decir eso. Pero Sylvester tendrá que venir con nosotros. No quiere quedarse solo.

–¡Claro! –contestó Maxwell–. Nunca habría pensado en abandonarlo. El y yo somos amigos.

–Le costará un filete –le advirtió ella–. Siempre está hambriento, y no come nada más que buenos filetes. Grandes... y crudos.

 

 

5

 

 

El Cerdo y el Silbato estaba oscuro y clamoroso y lleno de humo. Las mesas estaban apretadas unas contra otras, con pequeños pasillos entre ellas. Ardían velas con llamas parpadeantes. El murmullo de muchas voces, hablando aparentemente todas a la vez, llenaba la sala de techo bajo.

Maxwell recorrió el lugar con la mirada, tratando de localizar una mesa que estuviera vacía. Pensó que tal vez deberían de haber ido a otro lugar, pero había sentido deseos de comer aquí, porque aquel lugar, la guarida de muchos estudiantes y de algunos miembros del claustro de profesores, era para él la representación de la esencia del campus.

–Tal vez –le dijo a Carol Hampton– deberíamos ir a otro lugar.

–Dentro de poco vendrá alguien a acomodarnos en una mesa –dijo ella–. ¡Parecen todos tan ocupados! Debe de haberse producido una aglomeración de gente. ¡Sylvester, deja eso!

Habló suplicante a la gente de la mesa junto a la que estaban en pie:

–Excúsenlo, por favor. Ni tiene educación, ni la más elemental: especialmente cuando se trata de comida. Agarra todo lo que ve.

Sylvester se lamió los labios, aparentemente satisfecho.

–No se preocupe, señorita –dijo el barbudo ocupante de la mesa–. Realmente no lo quería. El pedir filete es ya una costumbre para mí.

Alguien gritó desde el otro lado de la sala:

–¡Pete! ¡Pete Maxwell!

Maxwell esforzó la vista en la penumbra. En una mesa lejana, metida en un ángulo, alguien se había puesto en pie y estaba agitando los brazos. Maxwell lo distinguió al fin. Era Alley Oop, y a su lado se sentaba la figura, amortajada de blanco, de Fantasma.

–¿Amigos suyos? –preguntó Carol.

–Sí. Aparentemente quieren que unos unamos a ellos. ¿Le parece bien?

–¿Es el hombre de Neanderthal?

–Sí, ¿lo conoce?

–No, pero me gustaría conocerlo. Lo he visto tan sólo a veces. Y el otro, ¿es el Fantasma?

–Ambos son inseparables –le contestó Maxwell.

–Bien, vamos entonces.

–Podemos saludarlos e irnos a otra parte.

–Ni lo sueñe. Este lugar parece muy interesante.

–¿No había estado nunca aquí?

–Nunca me atreví –explicó ella.

–Abriré camino –le dijo él.

Se movió lentamente entre las mesas, seguido por la chica y el felino.

Alley Oop saltó al pasillo para recibirlos, lanzó sus brazos alrededor de él y le dio un abrazo de oso, luego lo tomó por los hombros y lo separó a distancia de brazo para mirarle a la cara.

–¿Eres el viejo Pete? –preguntó–. ¿No nos estás engañando?

–Soy Pete –dijo Maxwell–. ¿Quién crees que soy si no?

–Bueno, pues entonces lo que quiero saber –inquirió Oop–, es quién era entonces el que enterramos el martes hará tres semanas... Tanto yo como Fantasma estábamos allí. Y nos habrás de devolver veinte pavos de las flores que te enviamos. Eso es lo que nos costaron.

–Sentémonos –pidió Maxwell.

–Siempre tienes miedo de dar un espectáculo –le contestó Oop–, y este lugar está para dar espectáculos. Cada hora, según horario, hay peleas a puñetazos y siempre hay alguien subiéndose a una mesa y soltando un discurso.

–Oop –le dijo Maxwell–, hay una dama presente, y quiero que te calmes y te comportes como un ser civilizado. Señorita Carol Hampton, este grandullón es Alley Oop.

–Me encanta conocerla, señorita Hampton –dijo Alley Oop–. Y, ¿qué es lo que lleva con usted? ¡Que me caiga muerto si no es un dientes de sable! Le tendré que contar sobre aquella vez, en medio de una terrible tempestad, busqué refugio en una cueva y allí estaba ese gato grande, y yo no tenía más que mi tosco cuchillo de piedra. Mire, había perdido la maza cuando me topé con el oso y...

–Otra vez será –atajó Maxwell–. Por lo menos deja que nos sentemos. Tenemos hambre. No queremos que nos echen fuera.

–Pete –dijo Alley Oop–, es una señal de gran distinción el ser echado de este cubil. Uno no ha llegado al pináculo social hasta que lo han echado de aquí.

Pero, murmurando entre dientes, abrió camino hasta la mesa y le ofreció una silla a Carol. Sylvester se colocó entre Maxwell y Carol, apoyó su barbilla en la mesa y miró con suspicacia a Oop.

–Ese gato no me aprecia –declaró Oop–. Probablemente sabe de los muchos de sus antepasados que eliminé con una maza en la Edad de Piedra.

–Es tan sólo un bio-mec –dijo Carol–. No puede recordar.

–No me creo ni una palabra –contestó Oop–. Ese bicho no es un bio-mec. Tiene en los ojos la misma sucia mala sangre que tienen todos los dientes de sable.

–Por favor, Oop –intervino Maxwell–. Tan sólo un momento, por favor. Señorita Hampton, este caballero es Fantasma; un antiguo amigo mío.

–Me complace conocerle, señor Fantasma –afirmó Carol.

–Nada de señor –replicó Fantasma–, simplemente Fantasma. Eso es lo que soy, y lo peor de todo es que no sé de quién soy el fantasma.  Me alegra conocerla. Es tan confortable ser cuatro alrededor de la mesa. Hay algo bello y estable en el número cuatro.

–Bien –interrumpió Oop–. Ahora que nos conocemos todos, sigamos con lo importante. Vamos a beber algo. Es terrible para un hombre el beber solo. Naturalmente, aprecio mucho a Fantasma por sus muchas cualidades, pero odio a una persona que no puede beber.

–Sabes que no puedo beber –le dijo Fantasma–, ni tampoco comer, o fumar. No hay mucho que pueda hacer un fantasma, pero me gustaría que no se lo andases contando a todas las personas con que nos encontramos.

Oop le dijo a Carol:

–Parece sorprendida porque un bárbaro Neanderthal pueda jugar con el lenguaje con tanta fluidez como yo lo hago.

–Sorprendida no –replicó Carol–: Maravillada.

–Oop –le explicó Maxwell– ha absorbido más educación en los últimos doce años que la mayor parte de los hombres normales. Prácticamente comenzó en el jardín de infancia, y ahora está preparando su doctorado. Y lo mejor del caso es que luego pretende seguir adelante. Se podría decir que es uno de nuestros más notables estudiantes profesionales.

Oop levantó el brazo y lo agitó, aullando a uno de los camareros.

–¡Aquí! –llamó a gritos–. ¡Aquí hay gente que requiere tus servicios, todos ellos muriéndose lentamente de sed!

–La cosa –comentó Fantasma– que siempre he admirado en él es su carácter tímido y recatado.

–Sigo estudiando –explicó Oop–, no tanto por la sed de conocimientos como por la satisfacción que obtengo al ver los rostros incrédulamente asombrados de todos esos profesores estirados y esos estudiantes necios. Y no es que quiera decir –miraba a Maxwell– que todos los profesores sean estirados.

–Gracias –contestó Maxwell.

–Hay muchos que parecen pensar –prosiguió Oop– que el Homo Sapiens neanderthalensis no era otra cosa que un estúpido animal. Después de todo se extinguió, no pudo sobrevivir... lo que ya es una prueba evidente de que era de segunda clase. Me temo que tendré que continuar dedicando mi vida a probar...

El camarero surgió tras las espaldas de Oop.

–Eres tú de nuevo –dijo–. Debería de haberme dado cuenta cuando me gritaste. No tienes educación, Oop.

–Tenemos aquí a un hombre –le dijo Oop, ignorando el insulto– que ha vuelto de entre los muertos. Creo que sería oportuno que celebrásemos su resurrección con una renovación de la antigua amistad.

–Creo comprender que desean algo que beber.

–¿Por qué –dijo Oop– no te limitas a traernos una botella del bueno, un cubo de hielo y cuatro... no, tres vasos? Fantasma no bebe, ¿no lo sabías?

–Lo sé –dijo el camarero.

–Esto es –continuó Oop–, a menos que la señorita Hampton quiera una de esas bebidas cursis.

–¿Y que he hecho yo –preguntó Carol– para que se me de un trato distinto? ¿Qué es lo que beben?

–Bourbon –contestó Oop–. Pete y yo tenemos un gusto muy basto para las bebidas.

–Que sea Bourbon, pues –acabó Carol.

–Creo comprender –dijo el camarero– que cuando deje aquí la botella tendrán el dinero suficiente para pagarla. Me acuerdo de cuando...

–Lo que a mi me falte –dijo Oop– lo pondrá el viejo Pete.

–¿Pete?

El camarero miró a Maxwell:

–¡Profesor! –exclamó–. Oí que había...

–Es lo que he estado tratando de decirte –dijo Oop–. Es lo que estamos celebrando. Volvió de entre los muertos.

–Pero no lo entiendo.

–No tienes porqué –le atajó Oop–. Limítate a traernos la botella.

El camarero se escabulló.

–Y ahora –le dijo Fantasma a Maxwell– dinos por favor lo que eres. Aparentemente no eres un fantasma, o si lo eres es que se ha producido una gran mejora en los métodos desde que la persona a la que represento abandonó su parte mortal.

–Parece ser –contestó Maxwell– que tengo una doble personalidad. Según tengo entendido uno de mis yos tuvo un accidente y murió.

–Pero eso es imposible –objetó Carol–. La doble personalidad mental sí, eso es algo comprensible, pero físicamente...

–No hay nada en el cielo y en la tierra –dijo Fantasma– que sea imposible.

–Esa es una mala cita –comentó Oop–, y además incorrecta.

Se llevó la mano a su peludo pecho y se rascó vigorosamente con sus ásperos dedos.

–No tiene por qué estar tan horrorizada –le advirtió a Carol–. Me pica. Soy una tosca criatura de la naturaleza, y por eso me pica. De cualquier forma, no voy desnudo, llevo puestos unos pantalones cortos.

–Estás amaestrado –dijo Maxwell–, pero muy poco.

–Volviendo a la personalidad dividida –dijo la joven–, ¿nos puede explicar exactamente lo que sucedió?

–Partí hacia los planetas de Coonskin–explicó Maxwell–, y por el camino mi pauta de ondas, en alguna forma, se duplicó, y me hallé en dos lugares distintos.

–¿Quiere decir que había dos Peter Maxwell?

–Así es.

–Sí yo fuera tú –le dijo Oop–, les pondría un pleito. Esa gente de Transporte hacen lo que quieren. Podrías demandarles y sacarles una buena cantidad. Yo y Fantasma podríamos testificar en tu favor. Fuimos a tu funeral.

»En realidad –continuó– creo que Fantasma y yo deberíamos ponerles también una demanda. Por angustia mental. Nuestro mejor amigo rígido y frío en el ataúd, y nosotros postrados por el dolor.

–Lo estábamos en realidad –dijo Fantasma.

–No me cabe duda de ello –afirmó Maxwell.

–Debo decir –afirmó Carol– que los tres se lo toman muy a la ligera. Uno de los tres...

–¿Y que quiere que hagamos? –preguntó Oop–. ¿Quizá que cantemos aleluyas? ¿O que desorbitemos los ojos y quedemos llenos por la maravilla de lo acontecido? Perdimos un camarada y ahora está de regreso, y...

–¡Pero uno de él está muerto!

–Bueno –contestó Oop–, en lo que a nosotros se refiere, nunca hubo más que uno de él. Y quizá sea lo mejor. Imaginaos las situaciones embarazosas que se habrían presentado de haber dos de él.

Carol giró la vista hacia Maxwell.

–¿Y usted qué? –preguntó.

El agitó la cabeza.

–Dentro de uno o dos días pensaré seriamente en ello. Ahora creo que prefiero no hacerlo. Para decir la verdad, cuando pienso en ello me quedo un tanto atontado. Pero esta noche tengo a una chica bonita y a dos viejos amigos, y a un gran gatito y una botella por liquidar, y luego algo de comida.

Le sonrió. Ella se alzó de hombros.

–Nunca he visto a un grupo de locos como éste –dijo–. Creo que me gusta.

–A mí también me gusta –admitió Alley Oop–. Podéis decir lo que queráis de ella, pero esta civilización vuestra es una gran mejora sobre los días del ayer. El día más afortunado de mi vida fue cuando un equipo de Tiempo me arrancó hasta aquí justo en el momento en que algunos de mis queridos hermanos de tribu estaban a punto de convertirme en su comida. No es que les eche las culpas del todo. Había sido un invierno largo y duro, y la nieve era profunda y la caza escasa, y había algunos miembros de la tribu que creían que tenían un par de cuentas pendientes conmigo... y, no lo digo en broma, las cuentas se arreglaban definitivamente. Iban a machacarme la cabeza y a tirarme al puchero.

–¡Canibalismo! –dijo Carol horrorizada.

–Pues claro –le contestó Oop–. En aquellos días duros y primitivos era una cosa bastante aceptable. Pero, naturalmente, usted no lo comprendería. Nunca ha estado realmente hambrienta, supongo. Con un hambre mortal. Tan devorada por el hambre...

Dejó de hablar y miró a su alrededor.

–Lo más reconfortante de esta cultura –declaró–, es la abundancia de comida. En los viejos tiempos teníamos alzas y bajas. Cazábamos a un mastodonte y comíamos hasta vomitar, y entonces comíamos algo más y...

–Dudo –amonestó Fantasma–, que éste sea un tema adecuado para una conversación a la hora de la comida.

Oop echó una mirada a Carol.

–Una cosa tengo que advertir –insistió–. Soy honesto. Cuando digo vomitar, quiero decir vomitar y no regurgitar.

El camarero trajo la bebida, golpeando la botella y el cubo de hielo contra la mesa.

–¿Quieren pedir ahora? –preguntó.

–No hemos decidido aún –dijo Oop– si vamos a comer en este mugriento cuchitril. Es aceptable para emborracharse, pero...

–Entonces, caballero... –dijo el camarero, dejando la nota sobre la mesa.

Oop rebuscó por sus bolsillos y sacó dinero. Maxwell se acercó la botella y el cubo y comenzó a preparar bebidas.

–Vamos a comer aquí, ¿no? –preguntó Carol–. Si Sylvester no recibe ese filete que le prometimos, no sé lo que ocurrirá. Ha sido tan paciente y se ha portado tan bien hasta ahora; a pesar de todo, este olor a comida.

–Ya se ha comido un filete –recordó Maxwell–. ¿Cuánta comida puede tragar?

–Una cantidad ilimitada –contestó Oop–. En los viejos tiempos, uno de esos monstruos se podía comer a un alce de una sola sentada. ¿Os he contado alguna vez...?

–Seguro que sí –le atajó Fantasma.

–Pero ése fue un filete preparado –protestó Carol–, y a él le gustan crudos. Además, era pequeño.

–Oop –dijo Maxwell–, vuelve a llamar a ese camarero. Eres experto en eso, tienes la voz adecuada.

Oop hizo señas con su musculoso brazo, y rugió. Esperó un momento, y luego rugió de nuevo.

–No quiere prestarnos atención –gruñó al fin–. Tal vez no sea nuestro camarero. Nunca puedo diferenciar a esos monos entre sí. Todos me parecen iguales.

–No me gusta la gente de esta noche –dijo Fantasma–. La he estado observando. Se huele que va a haber dificultades.

–¿Qué ocurre? –preguntó Maxwell.

–Hay una gran cantidad de tipos de Literatura Inglesa. Ésta no es su guarida. Normalmente la clientela pertenece a Tiempo y Sobrenatural.

–¿Se relacionará con lo de Shakespeare?

–Podría ser –aventuró Fantasma.

Maxwell entregó a Carol su bebida, y le pasó otra a Oop.

–Parece injusto –le dijo Carol a Fantasma– el no darle una a usted. ¿No podría aunque tan sólo fuera olerla?

–No se preocupe por eso –interrumpió Oop–. Este individuo se emborracha con rayos de Luna. Puede bailar sobre los arcos iris. Tiene un montón de ventajas de las que no podemos disfrutar ni usted ni yo. Entre otras cosas, es inmortal. ¿Cómo se podría matar a un fantasma?

–No estoy seguro de eso –replicó Fantasma.

–Hay una cosa que me intriga –dijo Carol–. ¿Le importa que le haga una pregunta?

–En absoluto –replicó Fantasma.

–Es eso de que no sepa de quién es el fantasma. ¿Es cierto, o tan sólo es una broma?

–Es cierto –dijo Fantasma–, y no me molesta hablar de ello. Es embarazoso y confuso. Pero simplemente lo he olvidado. De Inglaterra... eso sí lo recuerdo, pero del nombre no puedo acordarme. Supongo que la mayor parte de los otros fantasmas...

–No tenemos otros fantasmas –interrumpió Maxwell–. Naturalmente, hemos tenido contactos con algunos, y conversaciones y entrevistas. Pero ningún otro fantasma ha decidido residir con nosotros. ¿Tú por qué lo hiciste, Fantasma? ¿Por qué viniste a vivir con nosotros?

–Tiene una mente inquisitiva –dijo Oop–. Siempre está explorando posibilidades.

–Aquí te equivocas –le contestó Maxwell–. Bien poco podemos hacer por Fantasma.

–Me dais –dijo Fantasma–, un cierto, sentido de realidad.

–Bueno, poco importa por qué lo hiciste. En cualquier caso, me alegro de que lo hicieses.

–Así que los tres –comentó Carol– son amigos desde hace mucho tiempo.

–¿Y eso le extraña? –interrogó Oop.

–Quizá –contestó Carol–, aunque no sé exactamente por qué.

De la parte delantera de la sala les llegó un ruido de refriega. Carol y Maxwell se giraron en sus asientos para mirar en la dirección de la que provenía, pero no se podía ver mucho.

De repente, un hombre se subió a una mesa y comenzó a cantar:

 

Hurra por el Viejo Bill Shakespeare;

Nunca escribió esas obras,

Se quedó en casa, y mientras iba tras las chicas,

Cantaba sucias redondillas...

 

Por toda la sala estallaron carcajadas y gritos, y alguien lanzó un objeto que pasó rozando al cantante. Parte de la concurrencia coreó la canción:

 

Hurra por el Viejo Bill Shakespeare;

Nunca escribió...

 

Alguien, con una voz de toro, gritó:

–¡Al infierno con el Viejo Bill Shakespeare!

La sala estalló en acción. Cayeron sillas al suelo. Otras personas aparecieron sobre las mesas. Sonaron gritos, y hubo tirones y empujones. Comenzaron a volar los puños. Diversos objetos planearon por el aire.

Maxwell se alzó de un salto y de un tirón colocó a Carol tras de sí. Oop cargó por encima de la mesa lanzando un salvaje grito de guerra. Su pie se enredó con el cubo y desparramó el hielo.

–¡Yo los tumbo! –le gritó a Maxwell–. ¡Tu los apilas!

Maxwell vio venir de la nada un puño en su dirección y fintó a un lado, lanzando a su vez un duro golpe en la dirección de que había venido el otro, aunque también sin efecto. Por encima de su hombro llegó el musculoso brazo de Oop, con su enorme puño. Golpeó contra una cara con un chasquido, y más allá de la mesa se derrumbó un cuerpo al suelo.

Algo pesado y que viajaba a gran velocidad le dio a Maxwell detrás de una oreja, tirándolo al suelo. Por todas partes le rodeaban piernas. Alguien le pisó una mano. Alguien cayó encima suyo. En lo alto, y aparentemente a lo lejos, se oían los salvajes gritos de Oop.

Retorciéndose, apartó el cuerpo que se había derrumbado encima suyo y se puso en pie tambaleante.

Una mano lo cogió por el codo y le hizo girarse.

–Vámonos de aquí –dijo Oop–, o alguien resultará herido.

Carol estaba recostada contra la mesa, doblada, con sus manos atenazadas alrededor del cuello de Sylvester. Éste estaba alzado sobre sus patas traseras y braceaba con las delanteras. Su garganta retumbaba con sus rugidos y sus largos colmillos brillaban.

–Si no lo sacamos de aquí –dijo Oop– este gato se hará con el filete él mismo.

Se agachó y echó un brazo alrededor del felino, levantándolo por el vientre, apretándolo fuerte contra su pecho.

–Cuídate de la chica –le dijo a Maxwell–. En alguna parte hay una puerta trasera. Y no te olvides de esa botella. La necesitaremos después.

Maxwell se hizo con la botella.

No se veían señales de Fantasma.

 

 

6

 

 

–Soy un cobarde –confesó Fantasma–. Admito que me vuelvo un gallina ante la violencia.

–Que te pase esto a ti –se maravilló Oop–, al único individuo en el mundo al que nadie puede darle un mamporro...

Estaban sentados en la tosca y trastabilleante mesa cuadrada que Oop había hecho con maderos sin desbastar, hacía tiempo, en una época de energía hogareña. Carol apartó su plato.

–Estaba muerta de hambre –reconoció–. Pero eso ya pasó.

–No eres la única –dijo Oop–: mira a nuestro gatito de peluche.

Sylvester estaba echado frente al hogar, con su cola apretada firmemente contra el costado y sus peludas patas cubriéndole la nariz. Sus bigotes se agitaban suavemente con su respiración.

–Es la primera vez en mi vida –se asombró Oop– que veo a un dientes de sable que no puede acabar con lo que le ponen.

Agarró la botella y la agitó. Sonaba a vacía. Se levantó trabajosamente y atravesó la habitación, se arrodilló y levantó una trampilla en el suelo, metiendo el brazo y rebuscando. Sacó un bote de frutas de cristal y lo puso a un lado. Sacó otro bote y lo colocó al lado del primero. Finalmente sacó, triunfalmente, una botella.

Volvió a meter los botes de frutas y cerró la trampilla. De vuelta a la mesa, arrancó el tapón de la botella y se preparó a llenar los vasos.

–Naturalmente, no querréis hielo –dijo–. Tan sólo sirve para diluir este veneno. Además, no tengo.

Apuntó con el dedo a la puertecilla escondida del suelo:

–Mi escondrijo –comentó–. Siempre tengo un par de botellas guardadas. Tal vez un día podría romperme una pierna o algo así, y el matasanos quizá dijese que no podía beber...

–No te lo diría por una pierna rota –objetó Fantasma–. Nadie pondría objeciones a que bebieses por tener una pierna rota.

–Bueno, o por cualquier otra cosa –terminó Oop.

Estaban sentados, satisfechos, ante sus bebidas. Fantasma miraba al fuego. Afuera, un viento que crecía en intensidad comenzaba a chocar contra la barraca.

–Nunca comí mejor –dijo Carol–. Es la primera vez que he asado mi filete, pinchado en un palo, sobre las llamas.

Oop eructó satisfecho:

–Así es como cocinábamos en la vieja Edad de Piedra. Era eso o comer la carne cruda, como dientes de sable. No teníamos cocinas u hornos ni nada de esas cosas sofisticadas.

–Creo –dijo Maxwell –que sería mejor que no te preguntásemos de dónde has sacado la carne, ¿no? Supongo que todas las carnicerías debían de estar cerradas.

–Bueno, lo estaban –admitió Oop–. Pero había una que tenía una puerta trasera con un candado tan ridículo...

–Algún día –sentenció Fantasma–, te meterás en líos.

Oop negó con la cabeza:

–No será esta vez. Primera necesidad... no, creo que no queda bien explicado por esa frase. Cuando un hombre está hambriento tiene derecho a obtener comida, esté donde esté. Ésta era la ley en aquellos tiempos prehistóricos. Creo que aún se podría defender un caso, basándose en ella, ante un tribunal. Además, mañana iré allí y les explicaré lo que pasó. Por cierto –dijo, dirigiéndose a Maxwell–, ¿tienes algún dinero?

–Estoy repleto –le contestó Maxwell–. Me llevé dinero para los gastos del viaje a Coonskin y no gasté ni un céntimo.

–¿Fuiste huésped de ese otro planeta? –interrogó Carol.

–Supongo que sí –respondió Maxwell–. Aunque nunca logré saber cuál era, exactamente, mi status.

–¿Era gente amable?

–Bueno, amables sí, pero gente... no lo sé.

Se volvió hacia Oop:

–¿Cuánto necesitarás?

–Me parece que uno de cien bastará. Hay que contar con la carne y la puerta rota, y sobre todo con el enfado de mi amigo el carnicero.

Maxwell sacó el billetero del bolsillo y, contando algunos billetes, se los entregó a Oop.

–Gracias –dijo éste–. Algún día te lo devolveré.

–No –cortó Maxwell–. Esta fiesta la pago yo. Todo comenzó cuando saqué a Carol a cenar. Luego las cosas se complicaron un poco.

Sylvester se estiró y bostezó, y luego se durmió de nuevo, esta vez echado sobre la espalda, con las patas al aire.

–¿Está aquí de visita, señorita Hampton? –preguntó Fantasma.

–No –dijo Carol sorprendida–. ¿Qué es lo que le ha hecho tener esa idea?

–El tigre –contestó Fantasma–. Dijo usted que se trataba de un bio-mec, así que, naturalmente, supuse que trabajaba en Bio Mec.

–Ya veo –dijo Carol–. Y supuso que vendría de Viena o de Nueva York. .

–Si mi memoria no me falla –añadió Fantasma–, creo que también hay otro centro en alguna parte de Asia. Creo que en Ulan Bator.

–¿Ha estado allí?

–No –respondió Fantasma–. Tan sólo he oído hablar de él.

–Pero podría ir –interrumpió Oop–. Puede ir a cualquier parte. En un abrir y cerrar de ojos. Esa es la razón por la que la gente de Sobrenatural siguen interesados en él. Esperan que algún día descubrirán cómo lo hace. Pero el Viejo Fantasma es una tumba. No les dice nada.

–La verdadera causa de su silencio –dijo Maxwell– es que está en la nómina de Transporte. Les interesa tenerlo callado. Si revelase sus técnicas de locomoción arruinaría a Transporte. Ya nadie necesitaría de él. La gente iría donde quisiese, por sus propios medios... a un kilómetro de distancia o a un millón de años luz.

–Además, es un alma en pena muy correcta –añadió Oop–. Lo que estaba tratando de decir hace un momento es que, a menos que hubieras estado en Bio Mec y te hubieras podido hacer un trabajillo para ti misma, cuesta bastante dinero tener un juguetito como es ese dientes de sable.

–¡Oh!, ya veo –dijo Carol–. Creo que sí, que valen mucho dinero. Un dinero que yo no tengo. Mi padre, antes de retirarse, trabajaba en Bio Mec de Nueva York. Sylvester fue el trabajo práctico de un seminario de estudios que dirigió. Los estudiantes se lo regalaron.

–Yo sigo sin creerme –comentó Oop– que este gato sea un bio-mec. Tiene un brillo malévolo en sus ojos cuando me mira.

–De hecho –les informó Carol–, hoy en día hay bastante más de biológico que de mecánico en estos seres. El nombre se originó cuando no eran más que un cerebro electrónico altamente sofisticado y un sistema nervioso construido en el interior de protoplasmas específicos. Pero ahora casi lo único mecánico que tienen en ellos son esos órganos que se desgastarían de estar hechos con tejidos: el corazón, los riñones, los pulmones y cosas así. Lo que se está llevando a cabo en la actualidad en Bio Mec es la fabricación de formas de vida específicas... pero, claro está, todo esto ya lo saben.

–Se cuentan algunas historias raras –dijo Maxwell– acerca de un grupo de superhombres encerrados bajo siete llaves. ¿Has oído algo de eso?

–Sí, he oído algo –admitió ella–. Siempre hay rumores así.

–El mejor que he oído en estos últimos días –intervino Oop–, es verdaderamente explosivo. Alguien me dijo que Sobrenatural había logrado establecer un contacto real con el Diablo. ¿Qué sabes de eso, Pete?

–No sé nada –respondió éste–. Supongo que alguien lo habrá intentado, es casi seguro. Es casi natural que alguien lo intente.

–¿Quieres decir –interrogó Carol–, que tal vez exista el Diablo?

–Hace dos siglos –le contestó Maxwell– la gente preguntaba, con el mismo tono de voz que tú estás usando ahora, si realmente había unos seres tales como los trolls y los goblins.

–Y los fantasmas –añadió Fantasma.

–¡Lo dices en serio! –gritó Carol.

–No es eso –le contestó Maxwell–. Lo que ocurre es que no quiero prejuzgar nada, ni siquiera algo como el Demonio.

–Ésta es una época maravillosa –declaró Oop– tal y como ya os he dicho antes. Han acabado con la superstición y los cuentos de brujas. En realidad, se los investiga para hallar lo que tienen de verdad. Pero mi gente sabía que existían los troll, los goblins y todos los demás. Todas las historias sobre ellos estaban basadas en hechos, ¿comprendéis? Lo que ocurrió es que más tarde, cuando el hombre dejó atrás su simplicidad salvaje, si es que se la quiere llamar así, negó esos hechos; no podía permitirse el creer esas cosas que, sin embargo, sabía que eran verdad. Así que las pulió y las escondió bien entre las leyendas y los mitos. Y cuando la población humana fue creciendo y creciendo, esos seres se escondieron muy bien. Y fue bueno que lo hiciesen, pues hubo un tiempo en que no eran los agradables seres que hoy consideras.

–¿Y el Demonio? –preguntó Fantasma.

–No estoy seguro –le respondió Oop–. Tal vez. Pero no puedo estar seguro. Estaban todas esas cosas que habéis redescubierto y persuadido a que volvieran a la luz, y enviado a vivir a sus reservas. Pero había muchas más. Algunas terribles; otras hasta simpáticas, a veces, pero todas molestas.

–Parece que no los apreciabas mucho –comentó Caro!.

–Señorita –dijo Oop–: así era.

–Me parece –sugirió Fantasma– que ése sería un campo fértil para una investigación de Tiempo. Aparentemente existían muchas variedades de esos... ¿se les podría llamar primates?

–Creo que se les podría llamar así –aceptó Maxwell.

–Primates de distinto género que el de los monos y los humanos.

–De muy distinto género –dijo Oop–. Peligrosos zorrinos.

–Estoy segura –dijo Carol– de que algún día Tiempo podrá estudiar eso. Conocen el problema, ¿no?

–Deberían –replicó Oop–. Se lo he explicado numerosas veces, con las descripciones adecuadas.

–Tiempo tiene demasiadas cosas que hacer –les recordó Maxwell–. Hay demasiadas áreas de interés. Y prácticamente todo el pasado por cubrir.

–Y le falta el dinero para hacerlo –añadió Carol.

–Así –declaró Maxwell– habla un leal miembro de la facultad de Tiempo.

–Pero es cierto –se quejó ella–. Las otras disciplinas podrían aprender tanto a través de las investigaciones de Tiempo... uno no se puede fiar de la historia escrita. Resulta ser, en muchos casos, diferente de lo que en realidad sucedió. Son cuestiones de un mayor énfasis, o de partidismos, o simplemente de una mala interpretación, que quedan embalsamadas para siempre en forma escrita. ¿Pero acaso proporcionan esos otros departamentos algunos fondos para la investigación de Tiempo? La respuesta es: no. Naturalmente, unos pocos de ellos lo hacen. El Colegio de Abogados ha cooperado espléndidamente, pero no lo han hecho muchos más. Tienen miedo. No quieren que sus confortables mundillos sean alterados. Tomemos, por ejemplo, ese asunto de Shakespeare. Se podría pensar que Literatura Inglesa estaría contenta de averiguar que fue Oxford quien escribió las obras. Después de todo, ha sido una cuestión sobre la que se ha discutido durante muchos años... ¿quién escribió realmente las obras? Pues no, al final, se enfadaron cuando Tiempo averiguó quién las escribió en realidad.

–Y ahora –replicó Maxwell–, Tiempo está trayendo aquí a Shakespeare para dar una conferencia sobre el cómo fue que no escribió las obras. ¿No crees que eso es echar sal en las heridas?

–Eso no es lo más importante del asunto –replicó Carol–. Lo verdaderamente importante es que Tiempo se ve obligado a montar esos espectáculos de feria con la Historia para ganar un poco de dinero. Así es como están siempre las cosas. Tenemos que hacer toda clase de planes raros para recoger dinero, ganándonos la reputación de ser un grupo de payasos. No creeréis que al Decano Sharp le gusta...

–Conozco a Harlow Sharp –dijo Maxwell–. Créeme, disfruta cada minuto de lo que está haciendo.

–¡Eso es una blasfemia! –gritó Oop en un fingido tono de terror–. ¿No sabes que puedes ser crucificado por hablar en esa forma?

–Me estáis tomando el pelo –protestó Carol–. Le tomáis el pelo a todo el mundo, os burláis de todo. Tú también, Peter Maxwell.

–Me disculparé por ellos –dijo Fantasma–, ya que ninguno podría reunir la cortesía suficiente como para hacerlo por sí mismo. Tendrías que vivir con ellos diez o quince años para llegar a comprender que no pretenden nada malo.

–Pero llegará el día –dijo Carol– en que Tiempo tendrá los fondos suficientes para hacer lo que desee. Para llevar a cabo sus proyectos favoritos y mandar al infierno a las demás facultades. Cuando se realice la venta...

Se detuvo súbitamente. Se quedó sentada, inmóvil, helada. Era posible darse cuenta de que hubiera querido llevarse la mano sobre la boca y de que sólo se contenía con un esfuerzo titánico.

–¿Qué venta? –preguntó Maxwell.

–Creo que yo lo sé –comentó Oop–. Oí un rumor, tan sólo un pequeño rumor, y no le presté atención. Aunque, si lo pensamos bien, esos sucios rumorcilIos son los que resultan ser ciertos. Los grandes, feos, monumentales y vocingleros...

–Oop, nada de discursos –interrumpió Fantasma–. Dinos simplemente lo que oíste.

–Es increíble –comentó Oop–. No os lo creeríais jamás, imposible.

–¡Oh, basta! –exclamó Carol.

Todos la miraron y esperaron.

–Tuve un desliz –dijo–. Me acaloré y tuve un desliz. Les ruego que, por lo que más quieran olviden lo que dije. Ni siquiera estoy segura de que sea cierto.

–Ciertamente –contestó Maxwell–. Has estado sometida durante toda esta noche a una basta compañía y a malos modales y...

Ella agitó la cabeza.

–No –dijo–. No, no sirve de nada pedíroslo. No tengo derecho a pedíroslo. Tengo que contároslo y confiar en vuestra discreción. Estoy bastante segura de que es cierto: Le han hecho a Tiempo una oferta por el Artefacto.

El silencio reverberó en la habitación mientras los otros tres se quedaban quietos, sin apenas atreverse ni a respirar. Ella les miró uno tras otro, sin acabar de comprender lo que pasaba.

Finalmente, Fantasma se movió ligeramente y se oyó un roce entre el silencio de la sala, como si su sudario hubiera sido un sudario real que rozase al moverse.

–No puedes comprender –dijo Fantasma– el lazo que nos une a los tres al Artefacto.

–Nos has partido por la mitad –confesó Oop.

–El Artefacto –dijo en voz queda Maxwell–. El Artefacto, el Gran Misterio, la única cosa del mundo que nos desconcierta a todos...

–Una curiosa piedra –añadió Oop.

–No es una piedra –corrigió Fantasma.

–Entonces –intervino Carol–, tal vez puedas decirme lo que es.

Esto era algo, pensó Maxwell, que ni Fantasma ni nadie podía hacer. Descubierto hacía unos diez años por investigadores de Tiempo en lo alto de una colina en el Jurásico, había sido traído al presente en un alarde de medios e ingenio. Su peso había necesitado de más energía que cualquier otra cosa trasladada a través del tiempo, una necesidad de energía que había hecho necesario el proyectar al pasado un generador nuclear portátil, trasladado pieza a pieza y montado en el lugar requerido. Y luego la tarea de devolver el generador, pues nada como eso, por simple cuestión de ética, podía ser abandonado en el pasado, ni aún en uno tan remoto como era el Jurásico.

–No puedo decírtelo –respondió Fantasma–. Nadie puede decírtelo.

Fantasma tenía razón. Nadie había podido explicarlo. Un bloque masivo de algún tipo de material; que parecía no ser ni piedra ni metal aunque al principio se había creído que era una piedra, y luego un metal; que desafiaba cualquier tipo de investigación. De un metro ochenta de largo y un metro veinte por lado, era una masa de negrura que no absorbía energía ni la emitía, cuya superficie era impenetrable por la luz o cualquier otro tipo de energía, que no podía ser cortado o roto, que detenía un rayo láser haciendo parecer que el rayo nunca hubiera sido emitido. Nada podía causarle un rasguño, nada podía introducirse en su interior... no daba ninguna clase de información. Se alzaba sobre su base en el patio exterior del Museo del Tiempo, era la única cosa en el mundo sobre la que nadie podía establecer una hipótesis válida.

–Entonces –preguntó Carol–. ¿A qué viene esa consternación?

–Es porque –contestó Oop– Pete tiene el presentimiento de que pudo haber sido, en algún tiempo, el dios de los enanos. Es decir, si es que esos pequeños zorrinos alguna vez tuvieron la capacidad de reconocer a un dios.

–Lo siento –dijo Carol–. Realmente lo siento. No lo sabía. Tal vez, si Tiempo supiera...

–No hay suficientes datos –comentó Maxwell– para hablar de ello. Es tan sólo un presentimiento. Tan sólo una creencia que me viene de algunas cosas que he oído entre los enanos. Pero ni siquiera ellos lo saben. ¡Fue hace tanto tiempo!

Hace tanto tiempo, pensó. Dios mío, ¡si casi hace doscientos millones de años!

 

 

7

 

 

–Ese Oop –dijo Carol–. No puedo dejar de pensar en él, y en esa rara casa que tiene al final de la nada.

–Se ofendería –dijo Maxwell –si te oyera llamándola casa. Es una barraca, y está orgulloso de ella... como barraca. El salto desde las cavernas a una casa hubiera sido demasiado grandes para él. Se habría sentido incómodo.

–¿Las cavernas? ¿Vivió realmente en una?

–Déjame decirte algo acerca del buen amigo Oop –le contestó Maxwell–: es un mentiroso inveterado. No puedes creerte la mayor parte de las historias que cuenta. Por ejemplo, eso del canibalismo...

–Eso me hace sentirme un tanto mejor. ¡La gente comiéndose los unos a los otros!

–Oh, no. Claro que hubo canibalismo. De eso no cabe duda. Pero el que el mismo Oop estuviera destinado a la cazuela, eso ya es otra cosa. En lo referente a informaciones de tipo general, se puede confiar bastante en él, pero no ocurre así cuando comienza a charlar de sus experiencias personales. Entonces hay que empezar a desconfiar.

–Es raro –comentó Carol–. Lo había visto por aquí y había sentido algo de curiosidad a su respecto, pero nunca había pensado en conocerlo. De hecho, nunca tuve interés en ello. Hay personas a las que coloco fuera de mi mundo, y él era una de ellas. Me imaginaba que sería rudo...

–Oh, lo es –exclamó Maxwell.

–Pero también es encantador –dijo ella.

Las claras estrellas del otoño brillaban con un profundo resplandor helado en el oscuro cielo. La carretera, casi vacía, recorría su camino al lado del acantilado. Muy abajo centelleaban las muy extendidas luces del campus. El viento, soplando hacia arriba por el farallón, traía el débil aroma de las hojas quemándose.

–Fue bonito el fuego –recordó Carol–. Peter, ¿por qué no tenemos fuego? Sería tan sencillo. No debe de ser tan difícil construir un hogar.

–Hubo un tiempo, hace centenares de años, en que cada casa, o casi cada casa, tenía al menos un hogar. En ocasiones varios. Naturalmente, todo eso de tener fuegos era un salto atrás. Un retroceso a los días en que el fuego era una protección y una fuente de calor. Pero, finalmente, los dejamos atrás.

–No creo que los dejáramos atrás –argumentó ella–. Simplemente nos apartamos, eso es todo. Le dimos la espalda a este segmento de nuestro pasado. Todavía tenemos una necesidad del fuego. Quizás sea una necesidad psicológica. Me he dado cuenta esta noche. Era tan excitante y confortable. Tal vez primitivo, pero es posible que aún haya en nosotros algo de primitivo.

–Oop –dijo él– no podría vivir sin un fuego. La falta de un fuego es lo que más le molestaba cuando Tiempo lo trajo hacia aquí. Naturalmente, cuando lo trajeron, al principio lo tuvieron que tener algún tiempo cautivo; no lo tenían confinado, pero sí estrechamente vigilado. Pero cuando, por así decido, pudo disponer de su destino, se hizo con un trozo de terreno al borde del campus y se construyó él mismo la barraca. Burda, tal como él la deseaba. Y, claro, el hogar. Y un jardín. Tienes que ver su jardín. La idea de sembrar comida era algo nuevo para él. Algo que nadie en su tiempo había ni siquiera imaginado. Los clavos, las sierras y los martillos también eran nuevos para él, y hasta los tablones, como todo lo demás. Pero era altamente adaptable. Se acostumbró a las nuevas ideas y herramientas sin vacilaciones. Nada lo dejaba atónito. Usó el martillo y la sierra y los tablones y lo demás, y se edificó la barraca. Pero creo que lo que le pareció más maravilloso fue el jardín: el hacer crecer la comida en lugar de tenerla que conseguir. Supongo que te diste cuenta de que aún hoy en día se maravilla ante la cantidad y facilidad de obtener la comida.

–Y la bebida –añadió Carol.

Maxwell se echó a reír.

–Esa es otra nueva idea que adoptó. Casi se podría decir que la convirtió en uno de sus pasatiempos. Se hace su propia bebida. Tiene un alambique en la parte de atrás de su barraca y destila uno de los peores licores caseros que jamás haya resbalado por garganta humana. Un mejunje infernal.

–Pero no se lo da a los invitados –comentó ella–. Esta noche hemos tomado whisky.

–Tiene que ser uno amigo suyo –dijo Maxwell– antes de que le deje beber su licor. Esas jarras de frutas que apartó...

–Me llamaron la atención. No parecían contener nada.

–Contenían transparente licor casero. Eso es lo que había en ellas.

–Has dicho que en otro tiempo lo tenían cautivo. ¿Y ahora? ¿Qué relación tiene con Tiempo?

–Está bajo la tutela de la facultad. Realmente no tiene ninguna atadura, pero no habría forma de echarlo. Es un defensor de Tiempo aún más empedernido de lo que eres tú.

–¿Y Fantasma? ¿Vive aquí, en Sobrenatural? ¿Está bajo la tutela de Sobrenatural?

–En absoluto. Fantasma es un gato callejero. Va a donde él quiere. Tiene amigos en todo el planeta. Según tengo entendido es un personaje importante en la Facultad de Religiones Comparadas de la Universidad del Himalaya. Pero viene por aquí bastante a menudo. Él y Oop se hicieron amigos desde el primer momento en que Sobrenatural logró establecer contacto con Fantasma.

–Pete, lo llamáis Fantasma, pero en realidad, ¿qué es?

–Pues eso; un fantasma.

–¿Pero qué es un fantasma?

–No lo sé, ni creo que nadie lo sepa.

–Pero eres de Sobrenatural.

–Oh, sí, pero todo mi trabajo se ha basado en los enanos, con un énfasis especial en los goblins, aunque me interesan todos los demás. Hasta los banshees, y no hay nada peor o más irrazonable que un banshee.

–Pero tiene que haber especialistas en fantasmas. ¿Qué dicen esos especialistas?

–Supongo que tendrán algunas teorías. Hay toneladas de literatura sobre los aparecidos, pero nunca he tenido tiempo de estudiar nada de eso. Sé que, en la Edad Media, se suponía que todas las personas, al morir, se convertían en fantasmas, pero según creo, ahora ya no se piensa así. Hay algunas circunstancias especiales que producen los fantasmas, pero no sé cuáles sean.

–Su aspecto –dijo Carol–, tal vez era un tanto fantasmal, pero fascinante. Tenía que hacer esfuerzos para no estar siempre mirándole. Tan sólo una negra oscuridad envuelta en un sudario que, supongo, no debe de ser un sudario. Y, a veces, el vislumbre de unos ojos. De lucecillas que pudieran ser ojos. ¿O me lo estaba imaginando?

–No, yo también lo he imaginado a veces.

–Por favor –rogó Carol–, agarra a ese tonto gato y mételo un palmo hacia adentro. Se está cayendo a la cinta de más velocidad. No tiene el más mínimo sentido. Se echa a dormir a cualquier hora, en cualquier lugar. En todo lo que piensa es en comer y en dormir.

Maxwell estiró los brazos y arrastró a Sylvester hasta su posición primitiva. Éste gruñó y se agitó en sueños.

Maxwell se irguió y luego se recostó en su silla, mirando arriba, al cielo.

–Mira las estrellas –dijo–. No hay nada como el cielo de la Tierra. Me alegra estar de regreso.

–¿Y qué harás ahora?

–Cuando te haya acompañado a casa y recogido mi equipaje, regresaré con Oop. Abrirá una de esas jarras de frutas y beberemos y esperaremos al alba. Luego me iré a la cama que tiene para los huéspedes, y él se echará en su montón de hojas...

–Vi esas hojas en un rincón y me consumía la curiosidad, pero no pregunté qué eran.

–Siempre duerme sobre ellas, no se encuentra confortable en una cama. Después de todo, cuando para uno, durante muchos años, un montón de hojas ha sido la culminación de todo lujo...

–Estás tratando de tomarme el pelo de nuevo.

–No, de verdad –aseguró Maxwell–. Te estoy contando la verdad.

–De todas maneras, no me refería a lo que harás esta noche, sino a lo que harás ahora que has vuelto: estás muerto, ¿recuerdas?

–Lo explicaré –contestó Maxwell–. Lo explicaré constantemente. Donde quiera que vaya habrá gente que querrá saber lo que sucedió. Habrá algún tipo de investigación. Desearía que no fuese así, pero supongo que deberá serlo.

–Lo siento –afirmó Carol–, pero también me alegro. Qué suerte que hubieran dos tú.

–Si Transporte pudiera averiguar cómo pasó –dijo Maxwell–, tal vez podrían tener algo que vender. Todos nosotros podríamos guardar un otro yo para cuando surgiese una emergencia.

–Pero no funcionaría –señaló Carol–. No serviría. Ese otro Peter Maxwell era una segunda persona y... ¡oh!, no sé lo que me digo. Es ya muy tarde para estar desenmarañándolo. Pero estoy segura de que no serviría.

–Si –admitió él–, supongo que no serviría. Era una idea tonta.

–Fue una noche maravillosa –dijo Carol–. Muchísimas gracias. Lo he pasado estupendamente.

–Y Sylvester ha comido filetes hasta reventar.

–Sí, así es. No te olvidará. Le encantan las personas que le dan filetes. No es sino un glotón.

–Hay una cosa –dijo cautamente él–, una cosa que no nos dijiste. ¿Quién ha hecho la oferta de compra del Artefacto?

–No lo sé. Tan sólo sé que ha habido una oferta. Y según tengo entendido, bastante buena; lo suficiente como para que Tiempo se interese en ella. Oí un trozo de una conversación que no estaba destinada a oír. ¿Es importante?

–Podría serlo.

–Ahora lo recuerdo –dijo al fin ella–. Se mencionó otro nombre.

No el de la persona que deseaba comprarlo, o al menos no creo que lo fuera. Era tan sólo el de alguien que estaba mezclado en el asunto. Se había ido de mi mente hasta ahora. Era de alguien que se llamaba Churchill. ¿Te dice algo este nombre?

 

 

8

 

 

Oop estaba sentado frente al hogar, limpiándose las uñas de los pies con una larga navaja, cuando regresó Maxwell cargado con su equipaje. Hizo un gesto con el cuchillo señalando a la cama:

–Tíralo por ahí y ven a sentarte conmigo. Acabo de echar un par de leños al fuego, y tengo una jarra a medias y otras dos escondidas.

–¿Dónde está Fantasma? –preguntó Maxwell.

–Oh, desapareció. No sé a dónde fue, nunca me lo dice. Pero volverá. Nunca está mucho tiempo lejos.

Maxwell dejó sus cosas en la cama, se acercó al hogar y se sentó, apoyándose contra las toscas piedras que lo formaban.

–Esta noche hiciste el payaso mejor de lo que lo haces usualmente –dijo–. ¿Qué pretendías?

–Esos grandes ojos de ella –dijo sonriente Oop–: tan sólo estaban esperando asombrarse. Lo siento, Pete, no pude evitarlo.

–Todos esos chismes acerca del canibalismo y los vómitos –le reconvino–, eran bastante indignos.

–Bueno –admitió Oop–, creo que me dejé llevar por mi entusiasmo. Es la forma en que la gente espera que actúe un rollizo neanderthal.

–Esa chica no es ninguna tonta –expuso Maxwell–. Nos colocó esa historia acerca del Artefacto en la forma más limpia que jamás he visto.

–¿Nos colocó?

–Y tanto que nos la colocó. No creerás que fue un desliz, ¿no?, viendo la forma en que lo hizo.

–No había pensado en eso –dijo Oop–. Tal vez lo hizo, pero, si fue así, ¿para qué crees que lo hizo?

–Supongo que no desea que lo vendan. Se debió figurar que si se lo contaba a un bocazas tan grande como tú, antes de que terminase el día todo el campus lo sabría. Quizás suponga que si se hablase mucho de ello resultaría imposible realizar la venta.

–Pero tú sabes, Pete, que no soy un bocazas.

–Lo sé, pero esta noche te has comportado como si lo fueras.

Oop cerró la navaja y se la metió en el bolsillo, alcanzó la jarra de frutas medio llena y se la entregó a Maxwell. Éste se la llevó a la boca y bebió. El potente líquido le rasgó a todo lo largo de la garganta como si fuera un cuchillo, y se atragantó. Pensó que le hubiera gustado, aunque tan sólo hubiera sido por una vez, beber el líquido sin atragantarse. Bajó la jarra y se quedó sentado, jadeando en busca de aire, estremeciéndose un poquito.

–Es un licor potente –comentó Oop–. La mejor partida que he hecho en bastante tiempo. ¿Viste la espuma que tenía?

Incapaz de hablar, Maxwell asintió con la cabeza.

Oop estiró el brazo y tomó la jarra, la alzó, y rebajó el nivel de su contenido en dos o tres centímetros. La dejó al fin, llevándola amorosamente contra su peludo pecho. Dejó escapar la respiración en un bufido que hizo que las llamas del hogar bailasen. Con la mano libre acarició la jarra.

–Un licor de primera –dijo.

Se limpió la boca con el revés de la mano y siguió sentado, contemplando el fuego.

–Al que, desde luego, no pudo tomar por un bocazas es a ti –prosiguió al fin–. Me he dado cuenta de que tú también has estado haciendo algunas filigranas esta noche, alrededor de la verdad.

–Tal vez sea porque ni yo mismo sé la verdad –comentó Maxwell–, o qué hacer con ella. ¿Estás preparado para escuchar mi relato?

–Siempre lo estoy –dijo Oop–, si es que quieres hablar. Aunque no tienes por qué hacerlo. No lo hagas por obligación, sólo si lo deseas. Ya sabes que aunque no me digas nada seguiremos siendo amigos. Ni siquiera tenemos que hablar de eso; tenemos muchas otras cosas de las que hablar.

Maxwell movió la cabeza lentamente.

–Tengo que contártelo, Oop. Tengo que decírselo a alguien y tú eres al único al que me atrevo a hablarle. Es algo demasiado grande para que me lo quede dentro.

Oop le pasó la jarra de fruta.

–Toma otro trago de esto y empieza cuando quieras. Lo que no me explico es el fallo de Transporte. No creo que fuese un error, creo que debió de ser otra cosa.

–Pues estás en lo cierto –le contestó Maxwell–. En algún punto hay un planeta. Supongo que bastante cerca. Un planeta errante, no atado a ningún sol, aunque supongo que podría introducirse en cualquier sistema siempre que lo desease.

–Eso sería difícil. Alteraría las órbitas de los otros planetas.

–No tendría por qué ser así –replicó Maxwell–. No tendría por qué describir su órbita en el mismo plano que los otros planetas. Esto moderaría el efecto que produciría su presencia.

Alzó la jarra, cerró los ojos y bebió un buen trago. Le saltó la tapa de los sesos y su estómago dio un bote. Bajó la jarra y se recostó contra la aspereza de los ladrillos. En la chimenea maullaba el viento; era un sonido solitario, un sonido que quedaba aislado fuera por las toscas paredes de tabla. Un madero se derrumbó en el hogar y lanzó una lluvia de chispas. Las llamas danzaron altas, y las parpadeantes sombras se persiguieron unas a otras por toda la habitación.

Oop estiró la mano y tomó la jarra de las manos de Maxwell, pero no bebió inmediatamente. La mantuvo, acurrucada, contra su regazo.

–Así que ese otro planeta interceptó y copió tu pauta de ondas –dijo–, y en ese momento hubieron dos tú.

–¿Cómo sabías eso?

–Deducción. Era la forma más lógica en que pudo haber ocurrido. Sé que habían dos tú. Hubo aquél que regresó antes que tú. Hablé con él, y eras tú... era tan Pete Maxwell como tú lo eres ahora y aquí. Dijo que no existía el dragón, y que ese asunto de Coonskin había sido una aventura sin objeto, por lo que había vuelto a casa antes de lo previsto.

–Así que fue eso –dijo Maxwell–. Me preguntaba el porqué habría vuelto tan pronto.

–Estoy en un lío –añadió Oop– acerca de si debo alegrarme o apenarme. Supongo que debería hacer ambas cosas, dejando un poco de sitio para el asombro que me producen las extrañas maniobras del destino humano. Ese otro hombre eras tú, y ahora está muerto y he perdido a un amigo... pues él era un ser humano con una personalidad, y esa humanidad y esa persona se acabaron con la muerte. Pero ahora estás tú, y si antes perdí a un amigo ahora lo he vuelto a encontrar, porque tú eres tan Pete Maxwell como lo era el otro.

–Me hablaron de un accidente.

–No estoy seguro acerca de eso –dijo Oop–. He estado pensándomelo. Desde que regresaste, ya no estoy tan seguro. Estaba bajando de una cinta, tropezó, cayó y se dio en la cabeza...

–Nadie tropieza cuando baja de una cinta. A menos que sea un borracho, un impedido o un tonto. La cinta externa apenas si se arrastra por lo lenta que va.

–Lo sé –aceptó Oop–. Eso es también lo que pensó la policía, pero no había ninguna otra explicación y, como sabes bien, la policía necesita algún tipo de explicación para poder cerrar un expediente. Era un lugar solitario, a media distancia entre aquí y la Reserva Goblin. Nadie lo vio. Pudo ocurrir cuando casi nadie viajaba. Tal vez de noche. Lo encontraron a las diez de la mañana. Debía de haber gente viajando desde las seis, pero irían en las cintas interiores, las más rápidas. No debían ver demasiado lo que había en las cintas exteriores. El cadáver podía llevar mucho tiempo allí antes que lo encontraran.

–¿Crees que no se trató de un accidente? ¿Que pudo ser un crimen?

–No lo sé. Ya he tenido esa idea. Había una cosa rara en el asunto algo que nunca fue explicado. Tanto en el cuerpo como en los alrededores se notaba un extraño olor. Un olor que no se parecía a nada que cualquiera hubiera podido oler antes. Tal vez alguien averiguó que erais dos tú y, por alguna razón, no deseaba que existieran esos dos tús.

–Pero, ¿quién pudo haber sabido que había dos yo?

–Los habitantes de ese planeta. Si es que tenía habitantes.

–Los tenía –contestó Maxwell–. Era un lugar realmente asombroso...

Lo recordó todo mientras estaba allí hablando, tal como si estuviera allí de nuevo. Un lugar de cristal... así le había parecido la primera vez que lo había visto. Una inmensa llanura de cristal que no tenía límites y un cielo de cristal, con columnas de cristal que se alzaban de la llanura hacia arriba, aparentemente hasta el cielo, aunque sus partes altas se perdían en la blancura del mismo... pilares que se alzaban volando para mantener el cielo en su sitio. Un lugar desierto, que le hacía pensar a uno en una sala de baile abandonada de tamaño gigantesco, limpia y pulida para el baile, esperando la música y los bailarines que nunca habían llegado y que nunca llegarían, dejando la sala de baile vacía por toda la eternidad, brillando con su pulimentado resplandor y su malgastada belleza.

Una sala de baile, pero una sala de baile sin paredes, extendiéndose más y más lejos, no hasta el horizonte, pues parecía no existir el horizonte, sino hasta un punto en el que el cielo, aquel extraño cielo lechoso, bajaba a unirse con el suelo de cristal.

Se quedó anonadado en la vasta inmensidad, una inmensidad que no era de un cielo sin límites, pues el cielo no era limitado, ni de grandes distancias, pues las distancias no eran grandes, sino una inmensidad medida como si fuera una habitación, como si se hallase en la mansión de un gigante, perdido, y buscando una puerta, sin tener ni idea de dónde podía encontrarse una puerta. Un lugar sin características distintivas, en que cada pilar era igual al de al lado, sin nubes en el cielo (si era cielo), en que cada metro, cada kilómetro, era igual a cualquier otro metro o kilómetro, llano y pavimentado con un pavimento de cristal que se extendía en todas las direcciones.

Deseó gritar, preguntar si había alguien, pero temía gritar... tal vez por miedo, aunque no fue entonces, sino después, que se dio cuenta de este miedo, miedo de que un solo sonido pudiese convertir a todo este frío y brillante resplandor en una nube de gélido polvo. Porque el lugar estaba silencioso, sin el más mínimo susurro. Silencioso y frío y solitario, con todo su esplendor y su blancura perdidos en la soledad.

Lenta y cuidadosamente, temiendo que el sonido de sus pisadas pudiera convertir todo este mundo en polvo, se dio la vuelta y con el rabillo del ojo apercibió, no un movimiento, sino un destello de movimiento, como si algo hubiera estado allí, pero se hubiera movido tan rápido que su ojo no hubiera podido captarlo. Se detuvo, con los cabellos erizados en su nuca, sumergido en una sensación de total extrañeza más que de peligro, temeroso de un algo tan distorsionado y tan retorcido, tan fuera del contexto humano normal, que un hombre que lo contemplase podría volverse loco antes de tener la posibilidad de apartar la vista.

No ocurrió nada; y se movió de nuevo, girándose centímetro a centímetro, y entonces vio que había estado dando la espalda a lo que parecía ser un extraño amasijo: ¿un motor? ¿Un instrumento? ¿Una máquina?

Y de repente lo comprendió. Aquí estaba el extraño artilugio que lo había traído hasta allí, algo que era el equivalente en este loco mundo de cristal de un transmisor y receptor de materia.

Pero éste, lo supo enseguida, no era el sistema de Coonskin. No era ningún lugar del que hubiera oído hablar. En ninguna parte del universo conocido existía un lugar tal y como éste. Algo había funcionado mal y había sido lanzado, no al planeta de Coonskin que había sido su destino, sino a algún lejano y olvidado rincón del universo, algún área en la que tal vez no penetrase el hombre hasta dentro de un millón de años, tan lejos de la Tierra que las distancias que los separaban no tenían significación.

De nuevo se produjeron destellos de movimiento, como si unas sombras vivientes se moviesen contra el fondo de cristal. Mientras miraba los destellos se convirtieron en formas y en figuras vacilantes, y podía ver que eran muchas las formas que se movían, todas ellas entidades separadas que parecían contener, en su imprecisión, personalidades individuales. Como si, pensó horrorizado, fueran cosas que en otro tiempo hubieran sido personas... como si fuesen unos extraños fantasmas.

–Y los acepté –le dijo a Oop–. Los acepté, quizá por simple fe. Era o esto o rechazarlos y quedarme allí, solo en aquella llanura de cristal. Quizá un hombre del siglo pasado no los hubiera aceptado. Se hubiera sentido inclinado a echarlos de su mente creyéndolos imaginarios, pero yo había pasado demasiadas horas con Fantasma para asombrarme ante la idea de fantasmas. Había trabajado demasiado tiempo en fenómenos sobrenaturales para echarme atrás ante la idea de unas criaturas y unas circunstancias más allá de lo conocido por el hombre.

»Y lo extraño de todo ello, lo que me confortó, es que se dieron cuenta de que los aceptaba.

–¿Y es eso cierto? –preguntó Oop–. ¿Un planeta lleno de fantasmas?

Maxwell asintió.

–Tal vez sea ésta una forma de definidos. Pero déjame que te pregunte: ¿qué es en realidad un fantasma?

–Un aparecido –dijo Oop–. Un espíritu.

–Pero ¿qué es lo que quieres decir con eso de espíritu? Defíneme lo que es un aparecido.

–Ya lo sé –dijo apenado Oop–. Estaba haciéndome el gracioso y no tengo excusa. No sabemos lo que es un fantasma. Ni siquiera Fantasma sabe exactamente lo que él es. Tan sólo sabe que existe... y si alguien debería saber algo de fantasmas ése tendría que ser él. Lo ha estudiado mucho. Ha pensado mucho en ello. Lo ha discutido con otros amigos fantasmas, y no hay ninguna clase de evidencia. Así que caemos de nuevo en lo sobrenatural..

–Que no entendemos –interrumpió Maxwell.

–Quizá sea algún tipo de mutación –sugirió Oop.

–Collins lo creía así –dijo Maxwell–. Pero era el único. Yo no estaba de acuerdo con él, pero eso fue antes de estar en el planeta de cristal. Ahora ya no estoy tan seguro. ¿Qué es lo que ocurre cuando una raza alcanza su fin, cuando, como raza, ha pasado por la niñez y la madurez, y llega a la vejez? Una raza que muere como lo hace un hombre, que muere de vejez. ¿Qué es lo que hace entonces? Naturalmente, podría morir. Eso es lo que se podría esperar, pero supón que tenga una razón que no le permita morir, que le haga continuar, que tenga que seguir en vida por una razón todopoderosa que no pueda permitirse el morir.

–Si la cualidad de fantasma es realmente una mutación –dijo Oop–, si supiesen que es una mutación, si estuviesen tan avanzados que pudiesen controlar la mutación...

Se detuvo y miró a Maxwell.

–¿Crees que eso es lo que pudo pasar?

–Creo que así pudo ser –dijo Maxwell–. Estoy empezando a creer firmemente en que así fue.

Oop le entregó la jarra de fruta.

–Necesitas un trago –le dijo–. Y cuando hayas acabado, yo tomaré otro.

Maxwell tomó la jarra, sin beber inmediatamente. Oop alargó el brazo hacia el montón de maderos, levantó uno en su enorme mano y lo lanzó al fuego. Una nube de chispas saltó por la chimenea. Fuera, el viento nocturno gritaba entre las ramas.

Maxwell alzó la jarra y bebió. La ola de líquido rodó por su garganta como un torrente de lava. Se atragantó, deseando otra vez poder beber, aunque tan sólo fuera por una vez aquel líquido sin atragantarse. Le devolvió la jarra a Oop. Oop la alzó y la bajó de nuevo sin beber. Miró por encima de su borde a Maxwell.

–Dijiste algo por lo que vivir. Alguna razón por la que no pudiese morir... que tuviese que continuar existiendo, en la forma en que fuese.

–Exacto –dijo Maxwell–. Información. Conocimientos. Un planeta atiborrado de conocimientos. Un almacén de conocimientos... y dudo que ni una décima parte de ellos sean similares a los nuestros. El resto es nuevo, desconocido. Parte de ello es materia en la que nunca hemos soñado. Conocimientos que tardaremos en alcanzar otro millón de años, si es que alguna vez los alcanzamos. Están almacenados, supongo que electrónicamente, disponiendo los átomos en tal forma que cada átomo lleve una partícula de información. Almacenados en láminas de metal, como las páginas de un libro, archivadas en grandes montones y en pilas, cada nivel de átomos... sí, los tienen dispuestos en niveles... lleva una información distinta. Se lee el primer nivel, y entonces se sigue con el segundo. Tal como las páginas de un libro. Cada nivel de átomos es una página, uno encima de otro. Y cada lámina de metal, no me preguntes, ni siquiera puedo imaginar cuántos niveles de átomos hay en una sola lámina de metal. Centenares de millares, supongo.

Oop alzó apresuradamente la jarra y echó un tremendo trago, cayéndole parte del licor por su peludo pecho. Dejó escapar su ardiente aliento en un eructo.

–No pueden abandonar estos conocimientos –dijo Maxwell–. Tienen que pasárselos a alguien que pueda usarlos. En alguna forma tienen que estar con vida hasta que lo pasen. Y aquí es donde yo entro en escena. Me han comisionado para que los venda.

–¡Venderlos! ¿Qué es lo que podría desear una raza de fantasmas? ¿Qué precio piden?

Maxwell alzó la mano y se secó la frente, que repentinamente se había cubierto de una neblina de sudor.

–No lo sé –contestó.

–¿No lo sabes? ¿Cómo puedes vender una cosa si no sabes lo que vale, si no tienes un precio que pedir?

–Dijeron que me lo dirían más tarde. Dijeron que buscase a alguien interesado, y que me harían saber cuál era el precio.

–Esa –dijo Oop, disgustado– es una endemoniada manera de llevar a cabo una transacción comercial.

–Sí, lo sé –aceptó Maxwell.

–¿No tienes ni idea del precio?

–Ni la más mínima. Traté de explicarles la necesidad de saberlo, y no lograron comprenderlo, o tal vez no quisieron comprenderlo. Y desde entonces he estado pensando en ello y no hay forma en que pueda saberlo. Naturalmente, todo se reduce a saber lo que un grupo como ése podría desear. Y, por mi vida, que no puedo imaginar qué es lo que podrían desear.

–Bueno –dijo Oop–. Escogieron el lugar correcto para hacer su oferta de venta. ¿Qué es lo que planeas hacer al respecto?

–Iré a hablar con Arnold.

–Te las buscas difíciles –dijo Oop.

–Mira, tengo que hablar con Arnold y con nadie más. Esto no puede ir a través de los canales normales. No puedo permitir que se escape ni una sola palabra. Superficialmente, parece una locura. Si los medios informativos, o los chismosos, llegasen a enterarse, la universidad no se atrevería ni a tocarlo. Si se supiese, y lo tomasen en cuenta, y no se llegase a un arreglo... y créeme, trabajando en la oscuridad como tengo que hacerlo, es muy posible que no se llegue a un acuerdo... se convertiría todo en una enorme carcajada que resonaría de aquí hasta el borde de la galaxia. Tendrá que ser una batalla entre Arnold y yo, y...

–Pete, Arnold no es más que un gran engreído. Lo sabes tan bien como yo. Es un administrativo. Lleva la parte de los negocios de la universidad. No me importa si tiene el título de presidente o no, es tan solo un gerente. No le importa un comino la parte académica. No arriesgaría ni un pelo por tres planetas llenos de conocimientos.

–El presidente de la universidad tiene que ser un administrativo...

–Si esto hubiera ocurrido en cualquier otro momento –se quejó Oop–, quizá hubieras tenido una oportunidad. Pero, tal como están ahora las cosas, Arnold está caminando sobre huevos. El mover la administración desde Nueva York hasta este campus de segunda clase...

–Un campus –intervino Maxwell– con una gran tradición liberal y...

–La política universitaria –declaró Oop– no se preocupa en lo más mínimo de las tradiciones liberales o de cualquier otra clase de tradiciones.

–Supongo que no –admitió Maxwell–. Pero Arnold es la persona a la que tengo que ver. Desearía que fuese cualquier otro. No tengo ninguna clase de admiración hacia ese hombre, pero es la persona con la que tengo que enfrentarme.

–Podías haberte negado.

–¿A hacer de negociador? No, no podía, Oop. Ningún hombre podría haberlo hecho. Tendrían que haber encontrado a algún otro, y quizá hubiera sido alguien que lo hubiera estropeado todo. No es que esté seguro de que yo no vaya a estropearlo, pero al menos trataré de no hacerlo. Y no es tan sólo por nosotros, sino también por ellos.

–¿Aprecias a esa gente?

–No estoy seguro de lo mucho que los aprecio. Quizá los admire, quizá me compadezca de ellos. Están haciendo lo que pueden. Han buscado por tanto tiempo a alguien a quien puedan pasar ese conocimiento.

–¿Pasar? Dijiste que estaba en venta.

–Tan sólo porque hay algo que quieren o que necesitan. Desearía poder imaginar qué es ello. Facilitaría las cosas para todos.

–Una pregunta de menor importancia. Hablaste con ellos: ¿cómo lo hiciste?

–Las láminas –dijo Maxwell–. Ya te he hablado de las láminas. Las láminas metálicas que contenían la información. Me hablaron con las láminas, y yo les hablé en la misma forma.

–¿Pero cómo podías leerlas...?

–Me dieron un aparato, parecido a un par de gafas, o mejor a unas anteojeras. Era un aparato voluminoso, supongo que tendría en su interior una gran cantidad de mecanismos. Me lo puse, y entonces pude leer las láminas. No era escritura, sino como motas en el metal. Es difícil de explicar, pero miraba las motas a través del aparato que llevaba puesto, y sabía lo que querían decir. Más tarde averigüé que eran ajustables, de forma que se podían leer los diferentes niveles atómicos. Pero para comenzar, tan sólo me escribían mensajes, si es que puede usarse el término escribir. Éramos como niños que se escriben mensajes en pizarras. Les escribí mis contestaciones pensándolas a través de otro aparato que estaba unido a las anteojeras que llevaba puestas.

–Un traductor –dijo Oop.

–Supongo que eso es lo que era. Un traductor en los dos sentidos.

–Tratamos de conseguir construir uno –dijo Oop–, y al decir tratamos me refiero al ingenio combinado no sólo de la Tierra, sino de lo que jocosamente llamamos la galaxia conocida.

–Sí, lo sé.

–Y esa gente ya lo tenía. Esos fantasmas de los que tú hablas.

–Tienen mucho más –dijo Maxwell–. No sé todo lo que tienen. Tan sólo vi algo de lo que tenían, al azar. Tan sólo para convencerme de que tenían lo que aseguraban.

–Hay una cosa que me preocupa –dijo Oop–. Hablas de un planeta. ¿Qué hay de su estrella?

–El planeta está techado. Había una estrella, creo. Pero no se podía ver desde la superficie. Lo importante es que no necesitaban tener una estrella. Creo que conocemos el concepto del universo oscilante.

–El universo yo-yo –dijo Oop–. Ése que explota y luego explota de nuevo, y de nuevo.

–Así es –dijo Maxwell–. Pues bien, ya podemos dejar de considerarlo una hipótesis. Resulta que es verdad. El planeta de cristal proviene del universo que existía antes de que se formase el actual. Mira, lo tenían todo calculado. Sabían que llegaría un tiempo en el que habría desaparecido toda la energía y que toda la materia muerta comenzaría a moverse de nuevo hacia atrás, para formar otro huevo cósmico, de forma que el huevo pudiera explotar de nuevo y dar vida a un nuevo universo. Sabían que se estaban aproximando a la muerte del universo, y que, a menos que se hiciese algo, también significaría la muerte para ellos. Así que iniciaron un proyecto. Un proyecto a nivel planetario. Absorbieron energía y la almacenaron. No me preguntes ni cómo la extrajeron ni de dónde, ni dónde la almacenaron. En alguna forma, la almacenaron en la misma esencia del planeta, de tal modo que cuando el resto del universo se oscureció y murió, ellos aún tenían energía. Techaron el planeta, lo convirtieron en un hogar. Fabricaron mecanismos de propulsión en tal forma que podían mover su planeta, para que fuera un cuerpo independiente moviéndose independientemente a través del espacio. Y antes de que comenzase la regresión de la materia muerta del universo, dejaron su estrella, que por aquel tiempo era una ceniza muerta y oscurecida, y viajaron por sus propios medios. Así es como han estado desde entonces, una población residual navegando en una nave planetaria. Vieron morir al viejo universo, al anterior a éste. Se quedaron solos en el espacio, un espacio que no tenía señales de vida, ni un resplandor de luz, ni una chispa de energía. Quizá, no lo sé, vieran la formación del nuevo huevo cósmico. Quizá, desde lo lejos, lo viesen. Y si lo vieron, vieron la explosión que señaló el comienzo de este universo en que vivimos, el enceguecedor relámpago, en la lejanía, que lanzó la energía a través del espacio. Vieron las primeras estrellas brillando rojizas, vieron tomar forma a las galaxias. Y cuando se formaron las galaxias se unieron a este nuevo universo. Podían ir a cualquier galaxia que escogiesen, establecer una órbita alrededor de cualquier estrella que deseasen. Irse en cualquier momento que lo necesitasen. Eran los nómadas del universo. Pero, ahora, se aproxima el fin. Supongo que el planeta podría seguir existiendo, pues la maquinaria de energía todavía está operando. Me imagino que debe existir un límite hasta para un planeta, pero todavía está muy lejos el del suyo. Pero la raza está muriendo, y tienen almacenados en sus archivos los conocimientos de dos universos.

–Cincuenta mil millones de años –dijo Oop–. Cincuenta mil millones de años de conocimientos.

–Por lo menos –dijo Maxwell–. Podría ser mucho más.

Se quedaron silenciosos, pensando en esos cincuenta mil millones de años. El fuego murmuraba en la garganta de la chimenea. Desde la lejanía llegó el campanello del reloj del Auditorio de Música, marcando el tiempo.

 

 

 

9

 

 

Maxwell se despertó. Oop lo estaba sacudiendo.

–Hay alguien aquí que quiere verte.

Maxwell apartó las sábanas, apoyó los pies en el suelo, y buscó a tientas sus pantalones. Oop se los dio.

–¿Quién es?

–Dijo que su nombre era Longfellow. Es un individuo antipático y despreciativo. Te espera afuera. Se ve que no quiere arriesgarse a un contagio entrando en la barraca.

–Entonces que se vaya al infierno –dijo Maxwell, volviendo a meterse en la cama.

–No, no –protestó Oop–. No me molesta en lo más mínimo. Estoy por encima de todo insulto. No hay nada que pueda herirme.

Maxwell se peleó con sus pantalones, introdujo los pies en sus zapatos y se alzó.

–¿Tienes alguna idea de quién es ese tipo?

–Ni la más mínima– respondió Oop.

Maxwell trastabilló a través de la habitación hasta el estante colocado en la pared, echó agua de un cubo a una jofaina, se inclinó, y se salpicó la cara.

–¿Qué hora es? –preguntó.

–Un poco después de las siete.

–Ese señor Longfellow debe de tener mucha prisa por verme.

–Está ahí afuera, paseándose arriba y abajo, impaciente.

Longfellow estaba impaciente. Cuando apareció Maxwell en la puerta, corrió hacia él tendiéndole la mano.

–Profesor Maxwell –dijo–, me alegra tanto haberle encontrado. Fue una tarea ardua. Alguien me dijo que tal vez lo hallase aquí. –Dio una ojeada a la barraca, y su larga nariz se arrugó un tanto–. Así que me arriesgué.

–Oop –dijo Maxwell quedamente– es un viejo y muy querido amigo.

–¿Sería posible, quizá, que diéramos un paseo? –sugirió Longfellow–. Esta es una mañana extraordinariamente hermosa. ¿Ha desayunado ya? No, supongo que aún no lo ha hecho.

–Ayudaría bastante –dijo Maxwell– el que me dijese quién es usted.

–Estoy en la Administración. Mi nombre es Stephen Longfellow. Secretario privado del presidente.

–Entonces usted es precisamente la persona a quien deseaba ver –dijo Maxwell–. Necesito mantener una entrevista con el presidente tan pronto como sea posible.

Longfellow negó con la cabeza:

–De buenas a primeras, diría que es algo bastante imposible.

Comenzaron a andar, caminando a lo largo del sendero que bajaba hacia la carretera. Desde los nogales situados a los lados del sendero caían por el aire hojas de un maravilloso y brillante color amarillo. Abajo, al lado del camino, un arce era un estallido de escarlata recortado contra el azul del cielo matutino. Y, muy lejos en aquel cielo, volaba una formación en uve de patos encaminada hacia el sur.

–Imposible –comentó Maxwell–. Lo hace usted sonar muy taxativo. Como si hubiera pensado acerca de ello y hubiera llegado a una decisión.

–Si desea usted comunicarse con el doctor Arnold –le dijo fríamente Longfellow–, existen los conductos acostumbrados. Debe comprender que el presidente es un hombre atareado y que...

–Comprendo todo eso –atajó Maxwell–. Y también comprendo lo de los conductos. Innumerables retrasos, una petición que pasa de mano en mano, y el conocimiento de la comunicación extendido entre demasiada gente.

–Profesor Maxwell –dijo Longfellow–, al parecer las florituras no sirven de nada con usted. Es usted un hombre persistente y, sospecho, además muy obstinado, y con un hombre así lo mejor es ir directamente al grano. El presidente no lo recibirá. No puede permitirse el lujo de recibirle.

–¿Porque parece que han habido dos yo? ¿Porque uno de esos yo está muerto?

–La prensa estará llena de eso esta mañana. Todos los titulares hablan de un hombre que ha vuelto de entre los muertos. ¿Ha visto la televisión o escuchado la radio?

–No –dijo Maxwell–. No lo he hecho.

–Bueno, cuando lo haga se dará cuenta de que lo han convertido en un número de circo. No puedo menos que decirle que es embarazoso.

–¿Quiere decir que es un escándalo?

–Supongo que se le puede llamar así. Y la Administración ya tiene bastantes problemas sin necesidad de identificarse con una situación como la suya. Por ejemplo, hay ese asunto de Shakespeare. No podemos evitar ese lío, pero podemos evitar el suyo.

–Pero, seguramente –dijo Maxwell–, la Administración no debe estar tan preocupada por Shakespeare como por otros problemas con los que está enfrentada. Hay ese problema del renacimiento de los duelos en Heidelberg, y la disputa sobre lo ético que es el emplear a ciertos estudiantes extraterrestres en los equipos deportivos, y...

–Pero usted mismo puede ver –se quejó Longfellow– que lo que pasa en este campus tiene mucha más importancia.

–¿Porque la Administración fue trasladada aquí? ¿En un momento en que Oxford y California y Harvard y otra media docena...?

–Si me lo pregunta –declaró secamente Longfellow–, esa fue una decisión particularmente desacertada por parte de la comisión de regentes. Ha hecho las cosas mucho más difíciles para la Administración.

–¿Qué pasaría –preguntó Maxwell– si simplemente subiese la colina en que se halla el edificio de la Administración y comenzase a aporrear mesas?

–Lo sabe usted bien. Lo echarían afuera.

–Pero ¿y si trajese a un grupo de reporteros de prensa y televisión y los tuviese afuera observando?

–Supongo que no le echarían. Quizá hasta llegase a ver al presidente. Pero le aseguro que, bajo tales circunstancias, no lograría lo que se propone, sea lo que sea.

–Así –dijo Maxwell–, que, haga lo que haga, perderé.

–De hecho –le dijo Longfellow– había venido esta mañana con una misión bastante distinta. Traía buenas noticias.

–Me lo puedo imaginar –dijo Maxwell–. ¿Qué clase de soborno estaban dispuestos a ofrecerme para hacerme desaparecer?

–Nada de sobornos –dijo Longfellow muy ofendido–. Se me dijo que le ofreciera el puesto de decano en la facultad experimental que la universidad está estableciendo en Gothic IV.

–¿Se refiere a ese planeta lleno de brujas y brujos?

–Sería una espléndida oportunidad para un hombre de su especialidad –insistió Longfellow–. Un planeta en el cual la brujería se desarrolló sin necesidad de la intervención de otras inteligencias, tal como pasó en la Tierra.

–A un centenar y medio de años luz de distancia –dijo Maxwell–. Un tanto remoto, y supongo que aislado. Pero me imagino que el salario será tentador.

–Ciertamente, muy tentador.

–No, gracias –respondió Maxwell–. Estoy ya satisfecho con el trabajo que tengo aquí.

–¿Trabajo? –preguntó Longfellow.

–Pues sí. Por si se le ha olvidado, soy miembro del claustro de profesores de una de las facultades.

Longfellow agitó la cabeza.

–Ya no –dijo– ¿Es que por casualidad se le ha olvidado? Hace más de tres semanas, usted murió. No podemos dejar puestos vacantes.

–¿Quiere decir qué me han reemplazado?

–Claro –le dijo con sorna Longfellow–. Tal y como están las cosas, está usted sin empleo.

 

 

10

 

 

El camarero trajo el revoltillo de huevos y el jamón, le echó el café, y luego se retiró dejando a Maxwell solo en la mesa. A través del gran ventanal se veía extenderse el lago Mendota como una lámina de azul cristalino, con una débil sugestión de colinas púrpuras en la otra orilla. Una ardilla corrió a lo largo de la rama del nudoso nogal situado justo fuera de la ventana, y luego se detuvo, mirando hacia arriba, para observar con sus ojos como cuentas al hombre sentado en la mesa. Una hoja roja y marrón planeó deliberadamente, desde la rama al suelo, deteniéndose en las pequeñas corrientes térmicas del aire. En la rocosa orilla, un muchacho y una muchacha caminaban lentamente, con las manos entrelazadas, a través del silencio matutino de. la orilla del lago.

Habría sido digno y civilizado, se dijo a sí mismo Maxwell, el haber aceptado la invitación de Longfellow para desayunar con él, pero por el momento ya había soportado todo lo que le era posible al secretario privado. Y, ahora, todo lo que deseaba era estar solo, tener un poco de tiempo para pensar sobre lo ocurrido... aunque probablemente no tuviera tiempo para perder pensando.

Oop había tenido .razón; ahora veía claramente que el entrevistarse con el presidente de la universidad no sería una tarea fácil, no sólo por sus muchas ocupaciones y por la obsesión de su equipo por que todo fuera a través de los conductos adecuados, sino también porque, por alguna razón que no comprendía totalmente, el asunto de los dos Peter Maxwell había asumido la talla de un escándalo del que Arnold deseaba fervientemente estar disasociado. Maxwell se preguntó, sentado allí y mirando a través de la ventana a la contemplativa ardilla de ojos saltones, si esta actitud de la Administración vendría de su entrevista con Drayton. ¿Habría informado Seguridad a Arnold? No parecía muy probable, pero debía admitir que era una posibilidad. Pero, fuera por lo que fuese, la profundidad del nerviosismo de Arnold quedaba enfáticamente demostrada por la apresurada oferta del puesto en Gothic IV. No sólo no quería la Administración tener nada que ver con este segundo Peter Maxwell, sino que además deseaba sacarlo de la Tierra, enterrándolo en un planeta en el que, en poco tiempo, sería olvidado.

Era comprensible que su puesto en Sobrenatural hubiera sido adjudicado a un reemplazo tras la muerte de otro Peter Maxwell. Después de todo, las clases debían continuar, no debían quedar vacantes en el claustro de profesores. Pero aún así, podrían haberle buscado otros empleos. El hecho de que no hubiera sido así, y de que le hubieran ofrecido tan súbitamente ese puesto en Gothic IV, era suficiente evidencia de que no se le deseaba en la Tierra.

Y, sin embargo, todo aquello era extraño. La Administración no podía haber sabido hasta ayer que existían dos Peter Maxwell. No podía haber problema, no existía una base para ninguno, hasta no tener noticia de este hecho. Lo que quería decir, se dijo a sí mismo Maxwell, que alguien había ido corriendo a la Administración, alguien que deseaba deshacerse de ti, alguien que tenía miedo de que interfiriese. Pero, interferir, ¿en qué? Y la respuesta a esto parecía tan simple y ajustada que, instintivamente, creía equivocarse. Pero, mirase por donde lo mirase, tan sólo había una respuesta: que alguien más conocía el tesoro de conocimientos existente en el planeta de cristal, y estaba luchando por conseguido.

Tenía un nombre para empezar. Carol había nombrado a Churchill, había dicho que ese Churchill estaba, en alguna forma, envuelto en la oferta que le habían hecho a Tiempo por el Artefacto. ¿Sería acaso posible que el Artefacto fuera el precio pedido por el conocimiento del planeta de cristal? Naturalmente, uno no podía afirmar eso, aunque tal vez fuera así, puesto que nadie sabía lo que era el Artefacto.

El que Churchill estuviera trabajando en la transacción no era ninguna sorpresa. Naturalmente, no lo hacía para él, sino para algún otro. Para algún otro que no podía permitir que se conociese su identidad. Era en negocios como éste donde Churchill probaba su utilidad. El hombre era un intermediario profesional, y sabía todos los trucos. Tenía contactos y, a través de largos años de operaciones, había obtenido sin duda fuentes de información en los más extraños e imprevistos lugares.

Y si éste era el caso, Maxwell se daba cuenta de que su tarea se hacía mucho más complicada. No sólo debería estar en guardia contra las murmuraciones inherentes a los conductos administrativos, sino que también debía estar seguro de que su información no cayese en otras manos que la pudiesen usar en contra suya.

La ardilla había descendido por el tronco del árbol, y ahora estaba correteando atareadamente por la pendiente de césped que llegaba hasta el lago, rebuscando entre las hojas caídas en busca de la bellota que tal vez hubiésele pasado antes por alto. El muchacho y la muchacha habían caminado hasta perderse de vista, y ahora una incierta brisa estaba agitando silenciosamente la superficie del lago.

Tan sólo había otros pocos desayunando en la sala: la mayor parte de los que se hallaban en ella cuando había entrado Maxwell ya habían terminado y se habían ido. Del piso de arriba llegaban los sonidos distantes del murmullo de voces y el ruido de pasos, mientras el flujo diario de estudiantes comenzaba a llenar la Unión, el lugar de reuniones, fuera de horas, de los alumnos.

Era una de las más antiguas estructuras del campus, y una de las más hermosas, pensó Maxwell. Durante más de quinientos años había sido el lugar de reunión, el refugio y el sitio de estudio de muchas generaciones, y en el curso de todas esas generaciones había llegado a convertirse en el segundo hogar de muchos millares de estudiantes. Aquí podía hallarse la quietud necesaria para la reflexión o el estudio, o también los acogedores rincones precisos para una buena charla, o las habitaciones de juegos con billares y mesas de ajedrez, los lugares donde comer, las salas de reuniones y, apretujadas en extraños rincones, pequeñas salas de lectura con sus estanterías de libros.

Maxwell echó hacia atrás la silla pero continuó sentado, notándose en alguna forma poco dispuesto a levantarse y salir, pues, en cuanto dejase este lugar, sabía que se encontraría inmerso en problemas con los que debía enfrentarse. Más allá de la ventana había un dorado día de otoño, que se iba haciendo más cálido a medida que el sol se alzaba del cielo; un día ideal para duchas de hojas doradas, para la azul neblina en las distantes colinas, para la solemne gloria del crisantemo en el jardín, para el tranquilo brillo de las florecillas silvestres en los campos y en los baldíos.

Tras él oyó el ruido de muchos pasos pesados, y cuando se giró en la silla vio al propietario de los pies caminando rápidamente a través del suelo de mosaico rojo en dirección a él.

Parecía una gigantesca gamba de tierra firme, con sus patas articuladas, con su extraño cuerpo y largas antenas, aparentemente órganos sensoriales extendiéndose hacia adelante a partir de su pequeña cabeza. Su color era de un blanco enfermizo, y sus tres globulares ojos negros oscilaban en los extremos de largos pedúnculos.

Se detuvo junto a la mesa y los tres pedúnculos giraron para apuntar los ojos directamente hacia Maxwell.

–Informado estoy de ser usted profesor Peter Maxwell –dijo, con una voz aguda y quebrada, mientras la piel de su cuello se agitaba rápidamente bajo su cabeza que tan extrañamente inadecuada parecía.

–Ocurre que esa información es cierta –dijo Maxwell–. Soy Peter Maxwell.

–Yo soy una criatura salida del mundo que usted quizá llama Spearhead Veintisiete. Nombre yo tengo no es de interés para usted. Aparezco ante usted llevando a cabo una comisión de mi empleadora. Tal vez conózcala usted por la designación de señorita Nancy Clayton.

–Naturalmente –dijo Maxwell, pensando que era muy propio de Nancy Clayton el emplear a un ser tan extraño como éste como chico para recados.

–Yo trabajo por mí mismo para mi educación –explicó la Gamba–, haciendo cualquier cosa que yo encuentro.

–Es muy loable –dijo Maxwell.

–Las matemáticas del tiempo estudio –declaró la Gamba–. Me concentro en las configuraciones de las líneas del mundo. Tengo un verdadero lío.

No parecía que la Gamba estuviese muy liada.

–¿Y por qué tiene tanto interés en eso? –preguntó Maxwell–. ¿Es algo relacionado con las condiciones de su mundo? ¿O con su herencia cultural?

–Oh, sí mucho, claro. Es completamente nueva idea. En mi mundo no pensamiento de tiempo. No apreciación de tal cosa como tiempo. Muy asombrado al aprender sobre él, y excitado también. Pero me aparto mucho. Llegado aquí para recado. La señorita Clayton desea saber si podrá usted a una fiesta en la tarde ir, hoy. En su casa, a las ocho que digan los relojes.

–Creo que podré –dijo Maxwell–. Dígale que siempre procuro asistir a sus fiestas.

–Muy alegrado –dijo la Gamba–. Ella mucho lo quiere allí. Usted está siendo muy hablado.

–Ya veo –dijo Maxwell.

–Difícil de encontrar a usted. Corro rápido y duro. Pregunto en muchos sitios. Finalmente, victorioso.

–Lamento –dijo Maxwell– haberle causado tantas molestias.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un billete. La criatura extendió una de sus patas delanteras y aferró el billete con una pinza, lo dobló y lo volvió a doblar, y se lo introdujo en una pequeña bolsa que surgía de su pecho.

–Usted amable más de lo esperado –gorgeó–. Hay una más información. La ocasión de la fiesta es el desvelado de una pintura, recientemente adquirida. Pintura perdida y desaparecida por muy largo. Por Albert Lambert, caballero. Gran triunfo para la señorita Clayton.

–Estoy seguro de que es así –dijo Maxwell–. La señorita Clayton es una especialista en triunfos.

–Ella, como empleadora, muy amable –dijo reprobadoramente la Gamba.

–Estoy seguro de ello –afirmó Maxwell.

La criatura se deslizó rápidamente y salió al galope de la habitación. Escuchando su partida, Maxwell la oyó taconear por las escaleras hasta llegar a la calle.

Se levantó y se dirigió él también a las escaleras. Si iba a asistir a la presentación de una pintura, se dijo a sí mismo, lo mejor sería informarse acerca del artista. Lo cual era exactamente, pensó con una sonrisa, lo que casi todas las personas invitadas a la fiesta de Nancy iban a hacer antes de que terminase el día.

¿Lambert? Le sonaba el nombre. Había leído en alguna parte acerca de él, probablemente hacía ya mucho tiempo. Tal vez había sido el artículo de una revista ojeado para pasar el rato.

 

11

 

 

Maxwell abrió el libro.

«Albert Lambert –decía la página inicial del texto– nació en Chicago, Illinois, el once de enero de 1973. Famoso como pintor del simbolismo grotesco, en sus primeros años no dio muestras de sus futuros grandes éxitos. Su obra inicial, si bien competente y demostrando un evidente profesionalismo y un profundo conocimiento de los temas tratados, no era particularmente interesante. Su período grotesco llegó a los cincuenta años y, en lugar de seguir un desarrollo, estalló en toda su plenitud casi de un día para otro, como si el artista lo hubiera ido desarrollando en secreto y no hubiese mostrado sus pinturas de ese período hasta estar satisfecho de esta nueva fase de su trabajo. Pero no existe evidencia de que esto fuese lo ocurrido. En realidad, parece existir alguna evidencia de que fue todo lo contrario...»

Maxwell hojeó las páginas del texto hasta llegar a las ilustraciones en color, pasando rápidamente por los ejemplos de la primitiva obra del artista. Y allí, de una página a otra, las pinturas cambiaron: el concepto artístico, el color, y hasta, le pareció a Maxwell, la misma forma de ejecución. Era como si las obras hubieran sido de dos artistas distintos, el primero atado intelectualmente a alguna necesidad interna de expresarse ordenadamente, el segundo absorbido, obsesionado, inmerso en alguna experiencia alucinante de la que trataba de liberarse expresándola en los lienzos.

Una terrible, oscura y desnuda belleza surgía de la página y, en el polvoriento silencio de la sala de lectura de la biblioteca, le pareció a Maxwell que podía oír el susurro membranoso de negras alas. Repugnantes criaturas correteaban por repugnantes paisajes, y sin embargo, tanto el paisaje como las criaturas, de eso se dio cuenta enseguida Maxwell, no era una simple fantasía, no era el alucinado producto de una consciente apertura de la mente, sino que parecían estar sólidamente fundamentadas en una extraña geometría edificada sobre una lógica y una perspectiva diferente a cualquier cosa que hubiera visto. La forma, el color, el tratamiento y la actitud no eran simplemente valoraciones humanas retorcidas; uno tenía el sentimiento instantáneo de que, en lugar de esto, eran la representación prosaica de una situación existente en un área totalmente fuera de cualquier valoración humana. Simbolismo grotesco, había dicho el texto. Y quizá lo fuese. Pero si era así, se dijo a sí mismo Maxwell, era un simbolismo al que tan sólo se podía llegar tortuosamente tras un doloroso estudio.

Volvió la página, y allí estaba de nuevo esa completa divergencia de lo humano: una escena distinta con distintas criaturas, situadas frente a un horizonte distinto, pero que llevaban, al igual que la primera pintura, el impacto demoledor de la realidad. No parecían una ficción de la mente del artista, sino la representación de una escena contemplada una vez y de la que ahora quería limpiar su mente y memoria. Tal cual un hombre querría lavarse las manos, pensó Maxwell, frotándolas fuertemente con una pastilla de tosco y áspero jabón, frotándoselas una y otra vez, sin fin, en un desesperado intento de remover por medios físicos una mancha psíquica en la que había incurrido. Una escena que tal vez había contemplado no a través de ojos humanos, sino mediante la extraña óptica de una raza desconocida y desaparecida.

Maxwell se sentó fascinado, contemplando la página, deseando apartar la vista pero incapaz de hacerlo, atrapado por la monstruosa y aterradora belleza, por algún propósito terrible y escondido que no podía entender. El tiempo, había dicho la Gamba, era algo en lo que su raza nunca había pensado, un factor universal que no había coloreado su cultura. Pues bien, aquí, capturado en estas ilustraciones en color, había algo en lo que el hombre jamás había pensado, en lo que ni siquiera jamás había soñado.

Alargó la mano para tomar el libro y cerrarlo, pero dudó, como si por alguna razón no debiera hacerlo, alguna razón que le obligase a continuar mirando la ilustración.

Y, en esta duda, se dio cuenta de algo extraño que le estaba haciendo continuar contemplando la página... de un asombroso factor que no había reconocido conscientemente, pero que había estado llamando su atención.

Apartó las manos y se quedó sentado, contemplando la ilustración, y luego volvió lentamente la página y, mientras contemplaba el tercer cuadro, el factor extraño le saltó a la vista: una imprecisión apenas dibujada, una técnica artística que la hacía aparecer vacilante, como si algo sustancial estuviera allí parpadeando, visto en un momento y desaparecido en el siguiente.

Permaneció con la boca abierta, y contempló el parpadeo: una ilusión óptica, probablemente. Una ilusión óptica prevista por la maestría del artista con su pincel y su pintura, pero, ilusión óptica o no, fácil de reconocer para cualquiera que hubiera visto a la fantasmal raza del planeta de cristal.

Y a través del quieto silencio de la sombría sala, una pregunta le martilleaba: ¿cómo podía haber sabido Albert Lambert del pueblo del planeta de cristal?

 

 

12

 

 

–Oí acerca de usted –dijo Allen Preston– y me pareció increíble. Pero la fuente de mi información parecía cierta, e hice un esfuerzo por entrar en contacto con usted. Me preocupa esta situación, Pete. Como abogado, diría que está usted en problemas.

Maxwell estaba sentado en el sillón situado frente al escritorio de Preston.

–Supongo que así es –dijo–. Por una parte, parece que he perdido mi empleo. ¿Existe la tenencia en mi caso?

–¿Un caso como el suyo? –preguntó el abogado–. ¿Y cuál es exactamente la situación? Nadie parece conocerla. Todo el mundo habla de ella, pero nadie parece conocerla. Yo mismo...

Maxwell sonrió sin ganas.

–Claro. Desearía conocerla. Está usted preocupado, y confundido, y no muy seguro de estar cuerdo. Está ahí sentado, y se pregunta si soy realmente Peter Maxwell.

–Bien, ¿lo es? –preguntó Preston.

–Estoy seguro de serlo. No le culparía a usted, ni a nadie, por dudarlo. Eramos dos. Algo ocurrió con la pauta de ondas. Uno de los yo fue al sistema de Coonskin, el otro a otra parte. El que fue a Coonskin regresó a la Tierra y murió. Yo volví ayer.

–Y se encontró con que estaba usted muerto.

Maxwell asintió con la cabeza.

–Habían alquilado mi apartamiento. Todas mis posesiones habían desaparecido. La universidad me dice que me han reemplazado, y que no tengo trabajo. Es por esto precisamente por lo que le pregunté sobre la tenencia.

Preston se recostó en la silla y contempló meditativamente a Maxwell.

–Legalmente –dijo–, creo que comprobaremos que la universidad está pisando firme. Comprenda, está usted muerto. No tiene tenencia. Al menos, no la tendrá hasta que pueda ser restablecida su existencia.

–¿A través de un largo proceso legal?

–Sí, sospecho que sí. No puedo darle una respuesta honesta. No hay precedente. Oh, claro que hay precedentes en el caso de identidades equivocadas... alguien que está muerto y que es tomado erróneamente por otro aún con vida. Pero con usted no hay duda. Un hombre que innegablemente era Peter Maxwell está innegablemente muerto, y no hay ningún precedente para restablecer la identidad en una situación como ésta. Tendremos que ir estableciendo nuestro propio precedente a medida que vayamos actuando, en un tedioso proceso de marcha a través de la frondosidad de los argumentos legales. Tal vez nos lleve años. A decir verdad, no sé por dónde empezar. Oh, puede estudiarse, puede ser llevado adelante, pero nos llevará un enorme trabajo y tiempo. Primero, naturalmente, tenemos que establecer, legalmente, quién es usted.

–¿Que quién soy? Por Dios, Al, sabemos quién soy.

–Pero la ley no lo sabe. La ley no le reconocería tal como es usted hoy. No tiene existencia legal. Absolutamente ninguna. Todas sus tarjetas de identificación han sido devueltas a los Archivos y ya deben estar archivadas en...

–Pero tengo esas tarjetas –dijo quedamente Maxwell–. Aquí, en mi bolsillo.

Preston se le quedó mirando.

–Sí, pensándolo bien, supongo que las debe de tener. ¡Dios mío, qué barullo!

Se alzó y paseó por la habitación, agitando la cabeza. Al llegar a la pared, dio la vuelta y regresó. Se sentó de nuevo.

–Déjeme pensarlo –dijo–. Deme un poco de tiempo. Encontraré algo. Encontraremos algo. Y hay un montón de cosas que hacer. Está el asunto de su testamento...

–¿Mi testamento? Me olvidé de mi testamento. No he pensado más en él.

–Iba a ser abierto, pero creo que podré demorarlo.

–Se lo dejaba todo a mi hermano, que está en el Servicio de Exploración. Podría ponerme en contacto con él, aunque sea difícil. Normalmente está en el exterior, con la flota. Pero lo cierto es que en eso no habrá problema. Tan pronto como conozca lo ocurrido...

–Con él no habrá problema –dijo Preston–. Pero con el tribunal ya veremos. Naturalmente, podemos hacer algo, pero nos llevará tiempo. Hasta que lo aclaremos, no puede reclamar sus posesiones. No posee nada más que lo que lleva puesto.

–La universidad me ofreció un puesto en Gothic IV. De decano de una unidad de investigación, pero por el momento no pienso aceptarlo.

–¿Qué tal está de dinero?

–Bien, por el momento. Oop me admitió como huésped, y tengo algún dinero. Si lo necesitase podría buscarme algún trabajo. Harlow Sharp me ayudaría si necesitase algo. Por lo menos me admitiría para uno de sus viajes de investigación. Creo que eso me gustaría.

–¿Pero para ello no es necesario tener un título de Tiempo?

–No si uno va como trabajador en la expedición. Supongo que sólo para los puestos de supervisión se necesita uno.

–Antes de empezar a moverse –dijo Preston– necesito conocer los detalles. Saber todo lo que ocurrió.

–Le redactaré una declaración. Lo haré ante notario. Lo que desee.

–Me parece –dijo Preston– que deberíamos presentar una demanda contra Transporte. Ellos fueron los que le metieron en ese tremendo lío.

Maxwell lo rechazó con un gesto.

–No en este momento –dijo–. Ya lo pensaremos más tarde.

–Redacte esa declaración –pidió Preston–. Mientras tanto, yo pensaré un poco y miraré unas cuantas leyes. Entonces podremos empezar. ¿Ha leído los periódicos o visto la televisión?

Maxwell negó con la cabeza.

–No he tenido tiempo.

–Se están volviendo locos –dijo Preston–. Es extraño que no lo hayan acorralado. Deben estarlo buscando. Todo lo que tienen por el momento son conjeturas. Le vieron la pasada noche en el Cerdo y el Silbato. Al parecer, mucha gente lo vio allí anoche, o creyó verlo. El comentario en este momento es que ha vuelto de entre los muertos. Si yo fuera usted, procuraría apartarme de su camino. Si lo encuentran, no les diga nada.

–No tengo ninguna intención de hacerlo –dijo Maxwell.

Permanecieron sentados en la silenciosa oficina, mirándose silenciosamente el uno al otro.

–¡Menudo follón! –dijo finalmente Preston–. ¡Qué jaleo tan bonito! Creo, Pete, que me lo pasaré en grande con esto.

–A propósito –dijo Maxwell–. Nancy Clayton me invitó esta noche a una fiesta. Me he estado preguntando si habría alguna conexión... aunque no tiene por qué haberla. Nancy acostumbraba a invitarme ocasionalmente.

Preston sonrió.

–Claro, es usted una celebridad. Será un florón para Nancy.

–No estoy muy seguro de eso –dijo Maxwell–. Debe haber oído que he aparecido. Naturalmente, tendrá curiosidad.

–Sí –dijo secamente Preston–. Tendrá curiosidad.

 

 

13

 

 

Maxwell temía encontrar periodistas emboscados esperándole cerca de la barraca de Oop, pero no había nadie. Aparentemente, no había corrido la voz de su estancia allí.

La barraca se alzaba en el torpor del atardecer, con la luz del otoño derramándose como oro fundido sobre los trozos de madera maltratados por el tiempo, con los que había sido construida. Algunas abejas zumbaban cansinamente entre las flores silvestres que crecían cerca de la puerta, y en el trozo de colina que se alzaba sobre el camino algunas mariposas amarillas flotaban en el cálido aire.

Maxwell abrió la puerta e introdujo la cabeza. No había nadie. Oop debía haber salido a alguna parte, y no se veían señales de Fantasma. El fuego brillaba rojizo en el hogar.

Maxwell cerró la puerta y se sentó en el banco situado frente a la barraca. A lo lejos, hacia el oeste, brillaba como una delgada lente azul uno de los cuatro lagos del campus. El paisaje estaba pintado con tonalidades marrones y amarillas, por las hojas muertas y los agonizantes pastos. Aquí y allí, pequeñas islas de color se encendían en dispersos grupos de árboles.

Cálida y blanda, pensó Maxwell: una tierra en la cual uno podía soñar. Muy distinta de esos violentos y lúgubres paisajes que Lambert había pintado hacía tantos años.

Se quedó sentado, preguntándose por qué esos paisajes le habían quedado tan grabados en su mente. Preguntándose también cómo podía haber conocido el artista el parpadeo de los fantasmales habitantes del planeta de cristal. No podía ser una simple casualidad; no era una de aquellas cosas que fácilmente se le ocurriesen a un hombre, la razón le decía que Lambert debía de haber sabido acerca de ese pueblo de fantasmas, al igual que la razón le decía que eso era imposible.

¿Y qué decir de todas aquellas otras criaturas, de todas aquellas otras grotescas monstruosidades que Lambert había desperdigado con un loco y maldito pincel por sus lienzos? ¿Dónde encajaban? ¿De dónde podrían haber venido? ¿Acaso eran simplemente unas locas ficciones de la imaginación, arrancadas sangrientas y descarnadas de una mente extrañamente torturada? ¿Eran la gente del planeta de cristal las únicas criaturas auténticas que Lambert había pintado? No parecía muy probable. En una u otra manera, en algún u otro lugar, Lambert debía haber visto también a esas otras criaturas. Y ¿era el paisaje pura imaginación, pintado para mantener el estado de ánimo creado por las criaturas, o podía haber sido el paisaje del planeta de cristal en otro tiempo, antes de haber sido fijado para siempre entre el suelo y el techo que lo aislaban del universo? Pero esto, se dijo a sí mismo, era imposible, porque el planeta había estado encerrado en sí mismo antes de que el actual universo hubiera nacido. Al menos hacía diez mil millones de años, quizá hasta cincuenta mil.

Maxwell se agitó intranquilo. No tenía sentido. Nada de todo esto tenía sentido. Ya tenía bastantes problemas, se dijo para sí, sin preocuparse por las pinturas de Lambert. Había perdido su trabajo, sus pertenencias estaban sujetas a un testamento, no tenía entidad legal como ser humano.

Pero nada de todo esto era demasiado importante, al menos por ahora. Primero estaba el asunto del cúmulo de conocimientos del planeta de cristal. Era un conocimiento que la universidad debía poseer, una masa de conocimientos que posiblemente era mayor que la suma de todos los conocimientos de la galaxia conocida. Era casi seguro que algunos de ellos estarían duplicados, pero estaba convencido de que habría otras amplias áreas del saber en las cuales no se habría ni pensado. Lo poco que había tenido tiempo de ver le confirmaba en esa creencia.

Le parecía estar de nuevo acurrucado ante la mesa, parecida a una mesa de café, sobre la que había amontonado las láminas de metal que había tomado de las estanterías, y con el artilugio, que era a la vez lector, intérprete y quién sabe qué más, colocado en su cabeza.

Una de las láminas de metal hablaba de la mente, no en términos metafísicos o filosóficos, sino como de un mecanismo, empleando términos y conceptos que no podía aprehender. Había combatido con la terminología, lo recordaba, pues sabía que éste era un tratado de un área del saber que nadie había tocado aún, pero al cabo de un tiempo lo había puesto de lado, puesto que lo superaba. Y había aquella otra lámina de metal, aquel otro libro, que parecía ser un texto básico sobre la aplicación de ciertos principios matemáticos a las ciencias sociales, aunque algunas de las ciencias sociales que eran mencionadas allí le resultaban inimaginables, tanteando tras de los conceptos como un ciego puede tantear tras unas mariposas revoloteantes. Había historias, las recordaba, no de un universo sino de dos, y una historia natural que le había hablado de formas de vida tan fantásticas en sus principios básicos y en sus funciones que le parecían increíbles, y una lámina de metal tan delgada que se doblaba como si fuera de papel cuando la tomó, y que había estado tan por encima de sus conocimientos que ni siquiera estaba seguro de lo que trataba. Y otra lámina de metal, más gruesa, mucho más gruesa, en la que había leído los pensamientos y las filosofías de criaturas y de culturas convertidas en polvo hacía largo tiempo, y que lo había hecho echarse hacia atrás, asustado, disgustado, molesto y desencantado, pero todavía lleno de un asombro temeroso ante la absoluta inhumanidad expresada por esas filosofías.

Todo esto y mucho, mucho más, un trillón de veces más, estaba esperando allí, en el planeta de cristal.

Era importante, recordó, que llevase a cabo la misión que le habían encomendado. Era vital que se obtuviese la biblioteca del planeta de cristal y, probablemente, aunque no le habían marcado tiempo para ello, esto debía ser realizado pronto. Pues, si fallaba, estaba seguro de que había muchas posibilidades de que el planeta se fuese a otra parte, buscando otro mercado para ofrecer lo que poseía a otro sector de la galaxia, quizá fuera de esta misma.

Tal vez el Artefacto fuera el precio, aunque no podía estar seguro de ello. El hecho de que hubieran hecho una oferta por él, y de que Churchill estuviese en alguna forma mezclado en el negocio, lo hacía parecer razonable, pero por el momento no era posible estar seguro. Tal vez el Artefacto fuera deseado por alguien para cualquier otra finalidad, tal vez por alguien que finalmente había podido imaginar exactamente lo que era. Trató de suponer qué era lo que podía haber hallado, pero no tenía datos en que basarse y no pudo proseguir.

Una bandada de pájaros cayó del cielo y pasó rozando el techo de la barraca, planeando por encima de la carretera. Maxwell los vio posarse en la agonizante vegetación de una extensión de hierbas, balanceando sus cuerpos delicadamente en las ramitas que se doblaban bajo su peso, deteniéndose por un tiempo para alimentarse antes de volar al refugio de algún recluido bosque que hubieran tomado como punto de descanso en su emigración hacia el sur.

Maxwell se alzó y se desperezó. La paz y la quietud del atardecer habían empapado su cuerpo. Le gustaría echarse una siestecita, pensó. Dentro de un rato Oop volvería a casa y lo despertaría, y comerían algo y charlarían un rato antes de ir a casa de Nancy.

Abrió la puerta y entró en la barraca, cruzándola para sentarse en la cama. Tal vez, pensó, debería ver si todavía tenía una camisa limpia y un par de calcetines que ponerse para la fiesta. Cogió la bolsa del suelo y la dejó caer en la cama.

Abriendo la cerradura, apartó la tapa y sacó unos pantalones para alcanzar las camisas situadas bajo ellos. Allí estaban las camisas, y también estaba algo más: un artilugio con una banda elástica y dos cristales, doblado.

Lo miró asombrado, reconociéndolo. Era el traductor que había usado en el planeta de cristal para leer las láminas metálicas. Lo alzó y lo mantuvo colgando en su mano. Tenía una banda elástica para sujetarlo a la cabeza, con la célula de energía en la parte posterior y con los dos cristales que uno se colocaba sobre los ojos una vez sujeto el artilugio a la cabeza.

Debía haberlo metido en la bolsa por equivocación, pensó, aunque le resultaba imposible recordar el haberlo hecho. Pero aquí estaba, y tal vez esto no fuera malo. Quizá hasta lo usase en algún momento para probar su afirmación de haber estado en el planeta, aunque se dio cuenta de que no era una evidencia demasiado buena. Era simplemente un artilugio de aspecto bastante ordinario, aunque tal vez no lo resultase tanto si alguien trasteaba con su mecanismo. Por otra parte, como recuerdo no estaba mal.

De alguna parte le llegó el sonido de un golpeteo, y Maxwell, sorprendido por un ruido tan débil, se puso rígido y se quedó escuchando atentamente. Quizá hubiera sido una ramita llevada por el viento que había golpeado contra el techo, aunque sonaba distinto de lo que lo haría una rama contra el techo.

El golpeteo cesó y luego empezó de nuevo, pero esta vez no en forma regular sino más bien como si fuera un código. Tres golpes rápidos y luego una pausa, seguidos por dos golpes rápidos y luego otra pausa, con esta secuencia repetida de nuevo.

Era alguien que estaba en la puerta.

Maxwell se alzó de la cama y permaneció indeciso. Pudieran ser los periodistas, que finalmente lo hubieran localizado, o que pensasen haberlo localizado, en cuyo caso lo mejor sería no responder a la llamada. Pero le parecía que la llamada no era lo suficientemente decidida, lo suficientemente perentoria como para ser de un periodista, o de varios, que hubieran hallado finalmente su escondrijo. Los golpes eran débiles, casi indecisos, eran el estilo de llamada que podría hacer alguien que no quisiese dar demasiada importancia a su presencia o que no estuviese muy decidido de su propósito. Y si eran periodistas, Maxwell se daba cuenta de que no solucionaría nada no dejándolos entrar, porque en un momento se darían cuenta que la puerta estaba abierta e irrumpirían en el interior.

La llamada, que se había interrumpido por un momento, comenzó de nuevo. Maxwell llegó hasta la puerta y la abrió de un tirón. Fuera se hallaba la Gamba, con su blanco, fantasmal y brillante cuerpo bajo el sol. En una de sus extremidades, que ahora servía más de brazo que de pierna, llevaba agarrado un paquete envuelto en papel que apretaba contra su cuerpo.

–Por el amor de Dios, entre –le dijo secamente Maxwell– antes de que nadie lo vea ahí.

La Gamba entró y Maxwell cerró la puerta, preguntándose qué era lo que le había hecho obrar así.

–Aprensión no debe sentir –le dijo la Gamba– acerca de los recogedores de noticias. Fui cuidadoso y me di cuenta. Siguióme nadie. Soy una criatura tan estrafalaria que sígueme nadie. Nadie nunca me concede jamas ningún propósito.

–Eso es una suerte –le dijo Maxwell–. Creo que se le podría llamar una coloración protectora.

–De nuevo aparezco –dijo la Gamba– en el nombre de la señorita Nancy Clayton. Sabe ella que llevó poco en su viaje usted, y que ni a la tienda ni a la lavandería poder ha ido. Sin ser de molestar su deseo, me ha ordenado decir con énfasis supremo esto: enviarle quiere ropas para usar.

Tomó el paquete y se lo entregó a Maxwell.

–Es muy atento de su parte.

–Ella una pensativa persona es. Que dijera otras cosas me ordenó.

–Continúe –dijo Maxwell.

–Habrá un vehículo de ruedas para llevarlo a la casa.

–No hay necesidad de eso –dijo Maxwell–. La cinta pasa justamente por delante de ella.

–Perdones ruego nuevamente –dijo firmemente la Gamba–. Pero piensa ella que lo mejor es. Mucha búsqueda y rebúsqueda hay, por parte de distintas criaturas, para el lugar donde se esconde usted hallar.

–¿Puede decirme –preguntó Maxwell –como sabe mi paradero la señorita Clayton?

–No sé realmente –contestó la Gamba.

–De acuerdo. ¿Querrá darle las gracias de mi parte a la señorita Clayton?

–Alegremente –dijo la Gamba.

 

 

14

 

 

–Lo llevaré por la parte de atrás –dijo el conductor–. Hay una manada de periodistas en la parte de delante. Más tarde se irán, pero ahora están apretujados. La señorita Clayton sugirió que tal vez no desease encontrarse con ellos.

–Gracias –dijo Maxwell–. Es muy cortés de su parte.

Como era usual, se dijo a sí mismo, Nancy se había hecho cargo de todo, pues creía que era una de sus prerrogativas el poder ordenar las vidas de la gente.

Su casa se alzaba en el bajo acantilado que bordeaba la ribera oeste del lago. A la izquierda, el agua brillaba suavemente con la primera luz de la luna. La parte delantera de la casa ardía en luz, pero la trasera estaba oscura.

El coche salió de la carretera y subió lentamente a lo largo de un camino delimitado por masivos árboles. Un pájaro asustado echó a volar, piando, a lo ancho del camino, en un agitar de alas desesperadas que fue apresado por un momento por el resplandor de los faros. Un par de perros llegó corriendo por el túnel del sendero, se dividieron, y se colocaron uno a cada lado del coche.

El conductor sonrió.

–Si fuera caminando, se lo comerían vivo.

–Pero ¿por qué? –preguntó Maxwell–. ¿Por qué de repente siente Nancy la necesidad de estar protegida por una jauría?

–No es la señorita Clayton –dijo el conductor–. Se trata de otra cosa.

Una pregunta se formó en los labios de Maxwell, pero se la tragó.

El conductor hizo girar el coche hasta colocarlo bajo un pórtico abierto, deteniéndolo.

–Entre por la puerta de atrás –dijo el conductor–. No es necesario que llame. Siga recto por el pasillo hasta cruzar las escaleras curvadas. La fiesta se celebra al frente.

Maxwell comenzó a abrir la puerta del coche, pero dudó.

–No tiene que preocuparse por los perros –le dijo el conductor–. Reconocen el coche: cualquiera que baje de él es aceptado.

Ciertamente, no se veía ni signo de los perros, y Maxwell subió rápidamente los tres escalones, abrió la puerta de atrás y entró en el vestíbulo.

El vestíbulo estaba oscuro. Un poco de luz se filtraba por la escalinata: aparentemente alguien se había dejado una luz encendida en el piso de arriba, pero eso era todo. No había otras luces encendidas. De alguna parte del frente de la casa llegaba el apagado sonido de la fiesta.

Permaneció un momento sin moverse, y al irse acostumbrando sus ojos a la oscuridad pudo ver que el vestíbulo se extendía algo hacia el centro de la casa, más allá del pie de la escalinata. Allí debía haber una puerta, o tal vez un corredor que lo llevaría hasta la fiesta.

Se dijo que era extraño. Si Nancy había dado órdenes al conductor para traerlo por la parte de atrás, debería haber tenido a alguien allí para recibirlo, o al menos debería haber pensado en que hubiera la luz suficiente como para que pudiese buscar su camino.

Era extraño y muy molesto el llegar así, el tantear el camino por el vestíbulo buscando a los otros. Por un momento pensó en dar la vuelta e irse, regresando al hogar de Oop. Pero entonces recordó los perros. Debían estar ahí afuera esperando, y realmente parecían unos animales poco amistosos.

Todo esto no parecía muy propio de Nancy. Nancy no haría una cosa así. Había allí algo muy raro y que no le gustaba nada.

Se movió cautelosamente a través del vestíbulo, permaneciendo alerta por si había una silla o una mesa con las que pudiera tropezar. Ahora podía ver un poco mejor, pero el vestíbulo todavía era un túnel sin ninguna clase de detalles.

Dejó atrás las escaleras, rodeando su base, y ahora, con la luz de la escalinata parcialmente oculta, la sala le pareció aún más oscura que antes.

–¿Profesor Maxwell? –preguntó una voz–. ¿Es usted, profesor?

Maxwell se detuvo en mitad de un paso, en equilibrio sobre una pierna. Luego colocó cuidadosamente el pie en el suelo y se quedó, inmóvil, mientras la piel se le ponía de gallina.

–¿Profesor Maxwell? –dijo la voz–. Sé que está ahí.

Realmente no era una voz, o al menos no lo parecía. Podría haber jurado que no había sonado, y sin embargo había oído las palabras, aunque quizá no en su oído sino en alguna parte de su cerebro.

Notó como el terror crecía en él y trató de combatirlo, pero no se fue del todo. Se quedó, acurrucado en algún punto en la oscuridad, dispuesto a saltar sobre él.

Trató de hablar, y todo lo que pudo fue tragar saliva. La voz dijo:

–Lo he estado esperando, profesor. Deseo comunicarme con usted. Le interesa tanto como a mí.

–¿Dónde está usted? –preguntó Maxwell.

–Al otro lado de una puerta que se halla a su izquierda.

–No veo ninguna puerta.

El viejo sentido común insistía vehementemente a Maxwell. Sal corriendo, le decía; sal de aquí tan rápido como te sea posible.

Pero no podía echar a correr. No podía conseguir hacerlo. Si corría, ¿en qué sentido debía correr? No de vuelta a la puerta, pues los perros estarían esperando allá afuera. No tanteando por el vestíbulo en tinieblas, pues lo más probable es que chocase con algo y produjese un tremendo ruido, con lo que alertaría a los invitados del frente y estos lo hallarían, cuando investigaran, desmayado y golpeado y sudando de miedo. Pues sabía que si corría el miedo saltaría de nuevo sobre él y lo haría su presa.

Ya era suficientemente malo el entrar a escondidas por una puerta trasera a una fiesta, sin necesidad de que lo encontraran en una tal situación.

Si simplemente hubiera sido una voz, cualquier clase de voz, no habría sido tan aterrador. Pero era una voz muy extraña: no tenía tonalidad, y su sonido era descarnado, mecánico, casi áspero. No era una voz humana, se dijo Maxwell. Había un extraño en aquella habitación.

–Hay una puerta –dijo la dura y llana voz–. Dé un paso a la izquierda y empújela.

La cosa estaba cayendo en el ridículo, se dijo. O bien atravesaba la puerta, o echaba a correr. Podía tratar de irse tranquilamente, pero sabía que en el mismo momento en que diese la espalda a esa puerta echaría a correr; no porque lo desease, sino porque lo tenía que hacer, tendría que escapar del terror al que habría dado la espalda.

Dio un paso a la izquierda, encontró la puerta y la empujó. La habitación estaba a oscuras, pero alguna luz se filtraba a través de las ventanas, procedente de una lámpara situada afuera en el patio, y caía en la rechoncha criatura que se hallaba en el centro de la habitación, con su enorme tripa brillando en una contorsionante fosforescencia, como si un grupo de animales marinos luminescentes hubieran sido aprisionados en una pecera.

–Sí –dijo el ser–. Tiene usted razón. Soy uno de esos seres a los que llaman rodadores. Para mi visita aquí me he dado una designación fácil de comprender por su mente. Puede llamarme señor Marmaduke. Tan solo por pura conveniencia. Espero que comprenda, pues no es ése mi nombre. De hecho, ninguno de nosotros tenemos nombre. No nos son necesarios. Nuestra identificación personal se obtiene de otra forma.

–Me alegra conocerle, señor Marmaduke –dijo Maxwell hablando lentamente, pues ésa era la única forma en que le era posible ya que sus labios se habían quedado, como el resto de su cuerpo, algo rígidos y helados.

–Y a mí también, profesor.

–¿Cómo supo quién era? –preguntó Maxwell–. No parece tener ninguna duda. Además, sabía que iba a llegar por el vestíbulo.

–Naturalmente –asintió el rodador. .

Ahora Maxwell podía ver algo más claramente a la criatura, a su hinchado cuerpo sostenido sobre dos ruedas, con su parte inferior brillando y retorciéndose como un cubo de gusanos.

–¿Es usted huésped de Nancy? –preguntó.

–Sí –contestó el señor Marmaduke–. Ciertamente lo soy. Si no me equivoco, soy el huésped de honor de esta reunión que está celebrando.

–Entonces, señor Marmaduke, quizá debería hallarse usted con los restantes huéspedes.

–Me excusé diciendo que estaba cansado –dijo el señor Marmaduke–, lo cual debo admitir que fue una pequeña prevaricación, ya que nunca me canso. Así que me retiré a descansar un rato...

–Y a esperarme.

–Exactamente –aceptó el señor Marmaduke.

Nancy, pensó Maxwell. No, estaba seguro de que Nancy no estaba metida en esto. Tenía el cerebro de un mosquito y todo lo que le preocupaba eran sus interminables fiestas. Era incapaz de cualquier tipo de intriga.

–Hay una cosa de la cual podemos hablar –dijo el señor Marmaduke–, y me imagino que puede resultarnos provechosa a los dos. Creo que está buscando un comprador para un artículo de gran importancia. Quizá yo tenga un cierto interés en este artículo.

Maxwell dio un paso hacia atrás y trató de hallar una respuesta. Pero no tenía ninguna preparada, aunque debería haberlo sabido, o al menos sospechado.

–No dice usted nada –dijo el señor Marmaduke–. Pero no puedo equivocarme. ¿No es usted el agente comisionado para la venta?

–Sí –dijo Maxwell–. Sí, soy el agente.

No servía de nada el negarlo. En una u otra forma, el ser de aquella habitación sabía sobre el otro planeta y el tesoro de conocimientos, y quizá también conociera el precio. ¿Habría sido el rodador quien había hecho la oferta por el Artefacto?

–Bien –dijo el señor Marmaduke–: Entonces, procedamos inmediatamente a discutir los términos del negocio. Sin olvidar mencionar la comisión que se llevará usted.

–Me temo –dijo Maxwell– que me es imposible hacerla por el momento. No conozco el precio. Vea, primero tenía que encontrar un posible comprador y entonces...

–No se preocupe por eso –le dijo el señor Marmaduke–, pues conozco el dato que le falta a usted. Estoy enterado del precio.

–¿Y está dispuesto a pagarlo?

–Oh, sin dudarlo –dijo el rodador–. Tan sólo me llevará un cierto tiempo. Hay algunas negociaciones que deben ser ultimadas. Una vez hecho esto, usted y yo podremos terminar el negocio y acabar con esto sin problemas ni publicidad. Lo único que queda, a mi entender, es determinar la comisión que usted se ha ganado tan merecidamente.

–Me imagino –dijo anonadado Maxwell– que será una buena comisión.

–Teníamos la idea –dijo el señor Marmaduke– de nombrarle... llamémosle bibliotecario del artículo que vamos a comprar. Habrá mucho trabajo en ordenar los artículos y codificarlos. Para un trabajo de este tipo necesitaremos una criatura como usted, y me imagino que encontrará este trabajo extremadamente interesante. En cuanto al salario, profesor Maxwell, le rogamos que fije usted mismo el salario y las condiciones de su empleo.

–Tendré que pensarlo.

–Por supuesto –dijo el señor Marmaduke–. En un asunto como éste es bueno el pensar un poco. Nos encontrará muy bien dispuestos hacia la generosidad.

–No me refería a esto –dijo Maxwell–. Tendré que pensar acerca de la venta. Acerca de si estoy dispuesto a llevar a cabo el negocio con ustedes.

–¿Acaso duda de nuestra aptitud para comprar la mercancía?

–Pudiera ser –contestó Maxwell.

–Profesor Maxwell –dijo el rodador–, sería aconsejable para usted el abandonar todas sus dudas. Es mejor que no tenga ninguna duda acerca de nosotros, pues estamos totalmente determinados a obtener lo que usted debe ofrecer. Así que lo mejor será que negocie con nosotros.

–¿Tanto si quiero como si no? –preguntó Maxwell.

–Yo –le contestó el señor Marmaduke– no lo hubiera expresado tan brutalmente, pero usted lo explica con mucha exactitud.

–No está usted en la mejor de las posiciones –le advirtió Maxwell– para hablar con este tono de voz.

–Desconoce la posición en que nos encontramos –le dijo el rodador–. Su conocimiento tan sólo llega hasta un cierto punto en el espacio. No puede saber lo que se extiende más allá.

Había algo en aquellas palabras, algo en la forma en que eran dichas, que le hizo sentir un escalofrío, como si desde algún punto desconocido del universo hubiera llegado un cortante y gélido golpe de viento atravesando la habitación.

Su conocimiento tan sólo llega hasta un cierto punto en el espacio, había dicho el señor Marmaduke. ¿Y qué se extiende más allá? Nadie lo sabía, tan sólo conocían que, en ciertas áreas más allá de la sombría frontera de las exploraciones del hombre, los rodadores se habían creado un imperio. Y, filtrándose a través de esa frontera, llegaban horribles historias, relatos similares a los que cualquier frontera podía inspirar, que nacían del asombro del hombre ante lo desconocido, que tan sólo se hallaba un poco más allá.

Había habido poco contacto con los rodadores y casi no se sabía nada de ellos... y, en sí mismo, eso ya era malo. No se habían alargado las manos, no habían habido gestos de buena voluntad, ni por parte de los rodadores ni por la de los humanos o sus amigos y aliados. La frontera estaba allí, en un gran sector allá en el espacio, una silenciosa y hosca línea que ningún bando cruzaba.

–Me sería más fácil llegar a una conclusión –dijo Maxwell– si aumentase mi conocimiento, si pudiésemos saber algo más acerca de ustedes.

–Sabe que somos bichos –dijo el señor Marmaduke, y sus palabras mostraban claramente un tinte despectivo–. Es usted intolerante...

–Nada de intolerante –dijo irritado Maxwell–, y no pensamos en ustedes como en bichos. Sabemos que son algo que se podría llamar mecanismos-colmena. Sabemos que cada uno de ustedes es una colonia de criaturas similares a la forma de vida que aquí en la Tierra son los insectos, y que eso los hace diferentes de nosotros, naturalmente, pero no mucho más de lo que lo son otros seres de otras estrellas. Señor Marmaduke, no me gusta la palabra «intolerante», porque implica el que existe la posibilidad de ser tolerante. Y nadie puede ser ni una ni otra cosa: ni yo, ni usted, ni ninguna otra criatura del universo.

Se dio cuenta que estaba estremeciéndose de ira, y se preguntó por qué repentinamente se habría irritado tanto por una sola palabra. Podía tomarse con calma la idea de que el rodador comprase el conocimiento del planeta de cristal, y luego estallaba en una súbita rabia ante una palabra específica. Tal vez fuese, se dijo a sí mismo, que habiendo tantas razas que tenían que convivir, tanto tolerancia como intolerancia se habían convertido en palabrotas.

–Arguye usted bien y con amabilidad –dijo el señor Marmaduke–, y quizá no sea usted intolerante...

–Aunque existiese una cosa como es la intolerancia –interrumpió Maxwell–, no comprendo por qué la tendría que resentir tanto. Repercutiría sobre el que la demostrase más que sobre aquel a quien estuviera dirigida. No sólo reflejaría sus modales, sino también su misma cultura básica. No existe nada más estúpido que la intolerancia.

–Entonces, si no es la intolerancia –preguntó el señor Marmaduke–, ¿qué es lo que le hace vacilar?

–Tendría que saber para qué van a usar el artículo. Tendría que conocer cuáles son sus propósitos. Tendría que saber mucho más acerca de ustedes.

–¿Para poder juzgar?

–No sé –dijo amargamente Maxwell–. ¿Cómo se puede juzgar una situación como ésta?

–Hablamos demasiado –dijo el señor Marmaduke–, y la conversación no tiene sentido. Me doy cuenta de que no tiene intención de realizar la transacción con nosotros.

–Por el momento –le dijo Maxwell–, diría que tiene usted razón.

–Entonces –afirmó el señor Marmaduke– deberemos encontrar otro camino. Con su negativa nos va a causar una gran pérdida de tiempo y numerosas complicaciones, y le quedaremos muy poco agradecidos.

–Creo –dijo Maxwell– que podré soportar su falta de agradecimiento.

–Existen ciertas ventajas, señor mío –le advirtió el señor Marmaduke– para los que se hallan en el bando victorioso.

Algo grande y que se movía velozmente pasó rozando a Maxwell, y éste, con el rabillo del ojo, vio un súbito relámpago de brillantes colmillos y el restallar de un atezado cuerpo.

–¡No, Sylvester! –gritó Maxwell– ¡Déjalo tranquilo, Sylvester!

El señor Marmaduke se movió rápidamente. Sus ruedas se desdibujaron mientras giraba en un rápido semicírculo, fintando la arrolladora carga de Sylvester y dirigiéndose a la puerta. Las garras de Sylvester chirriaron al revolverse, cambiando de dirección. Maxwell, viendo que el rodador se dirigía en su dirección, se apartó, pero una rueda le rozó la espalda, lanzándolo violentamente a un lado. Con el ruido de un latigazo, el señor Marmaduke atravesó la puerta. Tras él surgió Sylvester, largo y flexible, una figura atezada que parecía fluir sin esfuerzo a través del aire.

–¡No, Sylvester! –chilló Maxwell, precipitándose a través de la puerta y girando rápidamente en el vestíbulo, con sus piernas trabajando rápidamente.

Delante suyo, el rodador rodaba rápidamente, con Sylvester a poca distancia. Maxwell no gastó más aliento en gritarle al felino, sino que lanzó su cuerpo hacia adelante en su persecución.

Al extremo opuesto del vestíbulo, el señor Marmaduke giró limpiamente hacia la izquierda y Sylvester, casi encima suyo, perdió unos preciosos segundos mientras trataba, sin lograrlo, de girar tan limpiamente. Advertido el recodo del vestíbulo, Maxwell siguió adelante y, al girar, vio frente a él un corredor iluminado que llevaba a una corta escalera de mármol y, más allá de la escalera, a una multitud de personas que permanecían en pequeños grupos, con vasos en las manos.

El señor Marmaduke se dirigía hacia la escalera, a gran velocidad. Sylvester estaba a un salto por delante de Maxwell y tal vez a tres por detrás del rodador.

Maxwell trató de lanzar un grito de aviso, pero no le quedaba aliento para ello y, en cualquier caso, las cosas se estaban desarrollando a un ritmo demasiado rápido.

El rodador dio contra el escalón superior de la escalera y Maxwell se lanzó por el aire, con los brazos extendidos. Cayó encima del dientes de sable y le rodeó el cuello con los brazos. Los dos cayeron por el suelo y Maxwell pudo ver por el rabillo del ojo, mientras ambos quedaban extendidos, cómo el rodador rebotaba en el segundo escalón y comenzaba a perder el equilibrio.

Y, de repente, se oyeron los alaridos de las mujeres asustadas y los gritos de los hombres sorprendidos y el ruido de los cristales rotos. Por una vez, pensó sombríamente Maxwell, Nancy iba a tener una fiesta mucho más excitante de lo que habría deseado.

Se recostó contra una pared, en el extremo de la escalera y, en una u otra forma, tuvo a Sylvester encima, lamiéndole amistosamente la cara.

–Sylvester –le dijo–, esta vez sí que la has hecho buena. Nos has metido en un lío.

Sylvester siguió lamiéndole y en su pecho atronó un fuerte ronroneo.

Maxwell apartó el felino y logró resbalar por la pared hasta quedar sentado.

En el suelo de la sala situada al otro lado de la escalera, el señor Marmaduke yacía sobre un costado, con ambas ruedas girando rápidamente, mientras la fricción de la que tocaba al suelo le hacía dar vueltas sobre sí mismo.

Carol subió corriendo las escaleras y se quedó plantada, con los puños apretados contra las caderas, contemplando a Maxwell y al felino.

–¡Vosotros dos! –gritó, y luego se atragantó de rabia.

–Lo sentimos –dijo Maxwell.

–El huésped de honor –les aulló, casi llorando–. Es el huésped de honor, y vosotros lo perseguís por los pasillos como en una cacería.

–Aparentemente, no le hicimos mucho daño –comentó Maxwell–. Veo que está intacto. No me habría sorprendido que se hubiese roto su barriga y se hubiesen desparramado por el suelo todos esos bichitos.

–¿Qué pensará Nancy? –preguntó acusadoramente Carol.

–Me imagino –le dijo Maxwell– que estará encantada. No había habido tanto jaleo en una de sus fiestas desde que aquel anfibio que respiraba fuego venido del sistema de Nettle incendió su árbol de Navidad.

–Te lo estás inventando –acusó Carol–. No creo que eso sucediese.

–¡Que me caiga muerto si no es cierto! –afirmó Maxwell–. Estaba aquí y lo vi. Ayudé a apagar el fuego.

En la sala, algunos de los invitados habían agarrado al señor Marmaduke y lo estaban empujando para ponerlo de nuevo sobre sus ruedas. Pequeños robots de servicio estaban correteando, recogiendo los cristales rotos y limpiando el suelo en los lugares en que se habían derramado bebidas.

Maxwell se puso en pie y Sylvester se le acercó otra vez, frotándosele contra las piernas y ronroneando.

–Si estuviera en tu lugar –sugirió Carol–, me largaría de aquí en la mejor forma que pudiera. No creo que seas muy bien recibido.

–Por el contrario –le contestó él–, siempre soy muy bien recibido aquí.

Comenzó a descender la escalera, con Sylvester andando majestuosamente a su lado. Nancy se giró y lo vio, se separó del grupo en que estaba y atravesó la sala para saludarlo.

–¡Pete! –gritó–. Entonces es cierto. Has vuelto.

–Pues claro.

–Lo leí en los periódicos, pero casi no lo pude creer. Pensé que se trataba de una broma o de algún bulo.

–Pero me invitaste.

–¿Te invité?

No estaba tomándole el pelo. Podía ver que Nancy no le estaba tomando el pelo.

–¿Quieres decir que no me enviaste a la Gamba...?

–¿La Gamba?

–Bueno, a una cosa que parecía una gamba gigante.

Negó con la cabeza y, contemplándole el rostro, Maxwell pudo darse cuenta, con algo de asombro, que estaba envejeciendo. Al lado de sus ojos había ya demasiadas arruguitas que los cosméticos no podían ocultar.

–Una cosa que parecía una gamba –le dijo–, que me contó que era tu chico de los recados. Me dijo que estaba invitado a esta fiesta, que me mandarían un coche a recogerme. Hasta me trajo ropas, pues dijo que...

–Pete –dijo Nancy–. Por favor, escúchame. No hice nada de eso, tienes que creerme. No te invité, pero estoy muy contenta de que estés aquí.

Se le acercó más y le puso la mano sobre el brazo. Su rostro se alegró con una sonrisa.

–Y me interesará mucho –continuó– saber lo que ha pasado entre el señor Marmaduke y tú.

–Siento que eso pasase –dijo Maxwell.

–No te preocupes. Naturalmente es mi invitado, y se debe de tener consideración por los invitados, pero es un individuo terrible. De verdad, Pete, no es más que un snob, aburrido y...

–Silencio ahora –le advirtió suavemente Maxwell.

El señor Marmaduke se había desprendido del grupo de invitados y estaba rodando hacia ellos. Nancy se giró para darle la cara.

–¿Se encuentra bien? –le preguntó–. ¿Se encuentra completamente bien?

–Muy bien –afirmó el señor Marmaduke.

Rodó hasta estar cerca de Maxwell y de lo alto de su rechoncho cuerpo surgió un brazo, un brazo flexible como un cable y más parecido a un tentáculo que a un brazo, con tres dedos como garras en su extremo. Lo estiró y lo rodeó alrededor de los hombros de Maxwell. Ante su contacto, instintivamente, Maxwell sintió el deseo de apartarse, pero mediante un esfuerzo consciente de su voluntad logró quedarse quieto.

–Le doy las gracias, caballero –dijo el señor Marmaduke–. Le estoy sumamente agradecido. Quizá salvó usted mi vida. Cuando caía le vi saltar sobre la bestia. Fue un acto muy heroico.

Firmemente apretado contra el costado de Maxwell, Sylvester alzó su cabeza y dejó caer la mandíbula inferior, exhibiendo silenciosamente sus colmillos en una mueca.

–No le habría hecho daño, señor –intervino Carol–. Es tan cariñoso como un cachorrillo. Si usted no hubiera corrido, no le habría perseguido. Tenía la tonta idea de que estaba usted jugando con él. A Sylvester le agrada jugar.

Sylvester bostezó, enseñando una magnífica dentadura.

–Ese es un tipo de juego –afirmó el señor Marmaduke– por el que no siento ninguna simpatía.

–Cuando lo vi caer –dijo Maxwell–, tuve miedo por usted. Por un momento pensé que se iba a romper en pedazos.

–No hay miedo de que eso ocurra –informó el señor Marmaduke–. Soy extremadamente resistente. Este cuerpo está hecho de un material excelente. Es fuerte y puede rebotar.

Retiró el brazo de los hombros de Maxwell y lo hizo serpentear como una cuerda aceitosa por el aire, hasta volverlo a introducir en su cuerpo con un sonido seco. No quedó señal en la superficie, se fijó Maxwell, que indicase el lugar por el que había desaparecido.

–¿Tendrán la bondad de excusarme? –continuó el señor Marmaduke–. Hay alguien a quien debo ver de inmediato.

Dio la vuelta sobre sus ruedas y se alejó rodando rápidamente. Nancy se estremeció:

–Me da escalofríos –dijo–. Aunque tengo que admitir que es una gran atracción. No todas las damas de alta sociedad pueden enorgullecerse de hospedar a un rodador. Debo confesarte, Pete, que tuve que usar de muchas artimañas para tenerlo como huésped, y que ahora desearía no haberlo hecho. Hay algo sucio a su alrededor.

–¿Sabes por qué se encuentra aquí?... quiero decir aquí en la Tierra.

–No lo sé. Tengo la impresión de que está como un simple turista, aunque no me puedo hacer a la idea de que un ser así sea un simple turista.

–Creo que estás en lo cierto –le aseguró Maxwell.

–Pete –le dijo ella–, háblame de ti. Los diarios dicen...

El sonrió.

–Ya lo sé. Que volví de entre los muertos.

–Pero no lo hiciste en realidad. Sé que eso no es posible. Entonces, ¿a quién enterramos? Todo el mundo, fíjate, todo el mundo estaba en el funeral, y todos creíamos que eras tú. Pero no podías haber sido tú. ¿Qué es lo que pudo...?

–Nancy –le atajó Maxwell–. Regresé ayer. Me encontré con que había muerto y que habían vuelto a alquilar mi apartamento, y que había perdido mi empleo, y...

–Parece imposible –dijo Nancy–. Estas cosas no suelen ocurrir. No sé cómo pueden haber ocurrido.

–Yo mismo no lo acabo de comprender –dijo Maxwell–. Supongo que, poco a poco, me iré enterando de lo que pasó.

–De cualquier forma –afirmó Nancy– estás aquí, y todo está bien, y si prefieres no hablar de ello haré correr la voz de que así lo quieres.

–Es muy amable por tu parte –le agradeció Maxwell–. Pero sería inútil. .

–No tienes por qué preocuparte por los periodistas –le afirmó ella–. Aquí no hay ninguno. Antes acostumbraba a dejarlos venir, a algunos escogidos de los que creía poder fiarme. Pero no se puede confiar en nadie, averigüé eso por las malas. Así que no te molestarán.

–Creo que tienes una pintura...

–Entonces ya has oído hablar de ella. Vamos a darle un vistazo. Es la cosa de mi propiedad de la que estoy más orgullosa. ¡Imagínate, un Lambert! Y además, uno que había desaparecido. Luego te contaré cómo fue hallado, pero no te diré lo que me costó. No se lo diré a nadie. Me avergüenza lo que me costó.

–¿Por mucho o por poco?

–Por mucho –respondió Nancy–. Y, además, estas cosas se han de llevar con tanto cuidado. Es muy fácil que te timen. No quise ni hablar de comprarlo hasta que no lo examinó un experto. En realidad, dos expertos. Uno para que comprobase lo que decía el otro, aunque supongo que no era necesario. .

–Pero, ¿no hay dudas de que sea un Lambert?

–Ninguna. Yo misma ya estaba casi segura. Nadie pintó como Lambert, pero podía haber sido copiado, claro, y tenía que estar segura.

–¿Qué es lo que sabes de Lambert? –le preguntó Maxwell–. ¿Algo más que el resto de nosotros? ¿Algo que no cuenten los libros?

–No. Realmente no sé mucho, por lo menos de él como persona. ¿Por qué lo preguntas?

–Porque estás tan excitada.

–Bueno, ¡pero si es natural! Ya es bastante el encontrar un Lambert desconocido, claro. Tengo otros dos cuadros suyos, pero éste tiene algo especial porque estaba perdido. En realidad no sé si perdido es la palabra que lo define o no. Tal vez sería mejor decir desconocido. No hay datos que nos digan que lo pintara, al menos no nos han llegado datos de eso. Y es uno de sus llamados cuadros grotescos. Casi resulta increíble el pensar que uno de éstos se hubiera podido perder, o lo que le pasase. Sería más comprensible si se tratase de uno de sus primitivos.

Se abrieron camino a través del salón, rodeando los grupitos de invitados.

–Aquí está –señaló Nancy.

Habían atravesado un grupo que estaba apiñado frente a la pared de la que colgaba la pintura. Maxwell alzó la cabeza para contemplarla.

Era algo distinta de las ilustraciones en color que había visto aquella mañana en la biblioteca. Se dijo a sí mismo que era por el mayor tamaño de la pintura, por la brillantez y la claridad del color, que se había perdido en parte en las reproducciones. Pero se daba cuenta de que eso no era todo. El paisaje era distinto, y también los seres que estaban en él. Era un paisaje más terrenal: las grises colinas y los matorrales marrones que crecían sobre el suelo, los arbolillos, semejantes a helechos. Un grupo de criaturas que podrían ser gnomos seguían su camino por encima de una distante colina; un ser, similar a un goblin, estaba recostado contra el tronco de un árbol, aparentemente dormido, con una especie de sombrero calado sobre los ojos. Y otros seres... terroríficos y burlones, cuyas faces y cuerpos obscenos helaban la sangre.

En la cima de una distante colina de cresta plana, alrededor de cuya base se arremolinaba una gran masa de muy distintas criaturas, se recortaba contra el gris del cielo una pequeña mancha negra.

Maxwell exhaló el aliento en una boqueada de asombro, dio un rápido paso acercándose, y luego se detuvo, quedándose recto y envarado, temerosos de descubrirse.

Le parecía imposible que nadie más se hubiera dado cuenta. Aunque tal vez alguien lo hubiera notado y no lo hubiera creído digno de mención, o no había estado seguro y por tanto se había mostrado remiso en decirlo.

Pero a Maxwell no le cabía duda. Estaba seguro de lo que veía. ¡La pequeña mancha negra en la distante colina era el Artefacto!

 

 

15

 

 

Maxwell encontró un rincón retirado, con un par de butacas ocultas por una enorme planta florida colocada en una maceta de mármol de grandes proporciones. No había nadie allí, y se sentó.

Fuera del rincón en el que se hallaba sentado, la fiesta llegaba a su fin, comenzando las despedidas. Algunas personas ya se habían ido, y las que quedaban parecían hacer menos ruido. Y si alguien más le preguntaba qué era lo que le había sucedido, pensó Maxwell, le arrearía un puñetazo en la nariz.

Lo explicaré, le había dicho a Carol cuando ésta se lo había preguntado la noche anterior. Lo explicaré una y otra vez. Y esto era exactamente lo que había hecho, aunque no exactamente tal y como había sido en la realidad, y nadie le había creído. Le miraban con la mirada perdida, y pensaban que o estaba borracho o les estaba tomando el pelo.

Y se daba cuenta de que era a él a quien le habían tomado el pelo. Lo habían invitado a la fiesta, pero no había sido Nancy Clayton. Tampoco le había enviado ella ropa para la fiesta, ni el coche que lo había dejado en la parte de atrás, para que tuviera que cruzar el vestíbulo, pasando por el lado de la puerta tras la que le esperaba el rodador. Y apostaría cualquier cosa a que los perros tampoco eran de ella, aunque no había pensado en preguntárselo.

Comprendía que alguien se había tomado muchas molestias, en una complicada y retorcida operación, para asegurarse de que el rodador iba a tener la oportunidad de hablar con él. Era tan melodramático todo, olía tanto a relato de espionaje, que resultaba ridículo. Pero, por algún motivo, no podía pensar en ello como algo ridículo.

Aferró su vaso con las dos manos y escuchó el sonido de la agonizante fiesta.

Miró a través de las hojas de la planta que crecía en la maceta y no pudo ver al rodador, aunque había estado por allí la mayor parte de la velada.

Se pasó la bebida, sin darse cuenta, de una mano a la otra, y luego pensó en que no la quería, en que ya había bebido mucho... aunque en realidad, más que por eso, era por no ser el lugar adecuado para seguir bebiendo. No era lo mismo hallarse con un cálido y unido grupo de amigos en un pequeño lugar acogedor, que estar con demasiada gente que o era desconocida o tan sólo someramente conocida, en una sala que era demasiado grande e impersonal. Estaba cansado, más de lo que había supuesto. Pronto se levantaría y le daría las buenas noches a Nancy, y regresaría poco a poco a la cabaña de Oop en la mejor forma que pudiera.

Alzó el vaso sobre el borde de la maceta y vertió la bebida que contenía en la tierra.

–Que te aproveche –le dijo a la planta.

Cuidadosamente, doblándose con lentitud para no perder el equilibrio, depositó el vaso en el suelo.

–Sylvester –dijo una voz–. ¿Has visto quién está aquí?

Se volvió y, al otro lado de la planta, vio a Carol, con Sylvester al costado.

–Entrad –les invitó–. Es un escondrijo que he encontrado. Si os estáis los dos muy callados...

–He estado tratando de atraparte toda la noche –le dijo Carol–, pero no ha habido manera de hacerlo. Quiero saber qué ha sido ese número de circo que habéis montado tú y Sylvester persiguiendo al rodador.

Se acercó al rincón, y quedó a la espera de su respuesta.

–Me sorprendió tanto como a ti –le dijo él–. El que apareciera Sylvester de repente me dejó sin aliento. No tenía ni idea...

–Me invitan a muchos sitios –dijo fríamente Carol–. Naturalmente no es por mí, ya que supongo que te debes estar preguntando el motivo, sino por Sylvester. Es un buen motivo decorativo.

–Bien, pues mejor para ti –comento Maxwell–. En eso me ganas. Yo no fui invitado.

–Pero, de todas maneras, viniste.

–Pero no me preguntes cómo. No te creerías la explicación.

–Sylvester siempre ha sido un gato decente –dijo ella acusadoramente–. Tal vez un poco glotón en ciertas ocasiones, pero siempre comportándose como un perfecto caballero.

–Oh, sí, ya sé. Soy una mala compañía para todo el mundo.

Carol entró en el rincón y se sentó en la otra butaca.

–¿Vas a contestarme a lo que te he preguntado?

El negó con la cabeza.

–No sé si puedo. Fue algo confuso.

–No recuerdo –dijo ella–, haberme encontrado alguna vez con una persona más exasperante. No creo que te estés portando amistosamente conmigo.

–A propósito –le dijo él–: ¿viste la pintura?

–Pues claro que la vi. Para eso se dio la fiesta. Para ver la pintura y a ese raro rodador.

–¿Te fijaste en algo especial?

–¿Especial?

–Sí, en la pintura.

–No creo que viese nada especial en ella.

–En lo alto de una colina hay un pequeño cubo. Negro, puesto en la cima de la colina. Se parecía al Artefacto.

–No me fijé. No pude verla tan de cerca.

–Supongo que sí verías a los gnomos.

–Sí, me fijé en ellos. O al menos en algo que me parecieron ser gnomos.

–Y a todas esas otras criaturas –dijo Maxwell–. Parecían distintas.

–¿Distintas a qué?

–Distintas a todas las otras que pintaba Lambert usualmente.

–No sabía –dijo ella– que fueses un experto en Lambert.

–No lo soy –contestó él–. Fui esta mañana a la biblioteca, cuando me enteré de la fiesta de Nancy y de la pintura que había obtenido, y busqué un libro que tuviese reproducciones de sus obras.

–¿Y qué importa el que sean diferentes? –preguntó Carol–. Un pintor puede pintar lo que quiera.

–Claro que puede –aceptó Maxwell–. De eso no cabe duda. Pero esta pintura es de la Tierra. O, al menos, si eso es el Artefacto, y estoy convencido de que lo es, de lo que fue la Tierra. No es la Tierra que conocemos, sino de otra. Tal vez de la Tierra del Jurásico.

–¿Y no crees que sus otras pinturas sean de la Tierra? Tienen que serlo. Cuando vivía Lambert, no había otro lugar que pintar. No existían los viajes espaciales... los verdaderos viajes espaciales. Tan solo habían ido a la Luna y a Marte.

–Existían los viajes espaciales de la imaginación –contestó Maxwell–. Los viajes espaciales y los viajes temporales de la mente. Ningún pintor ha estado nunca limitado por el aquí y ahora. Es por esto por lo que todo el mundo había pensado que Lambert pintaba escenas imaginarias. Pero desde lo de esta noche me pregunto si no debía de pintar escenas reales y seres reales... lugares en los que hubiera estado.

–Quizá tengas razón –admitió Carol–. Pero ¿cómo pudo llegar a esos sitios? Eso del Artefacto es interesante, pero...

–Hay algo de lo que Oop siempre está hablando –le explicó–: Se acuerda de los goblins y de los trolls y de todos los demás enanos de la época de los Neanderthal, pero dice que también existían otras cosas, otras cosas que eran mucho peores. Que eran más malvadas y traicioneras, y a las que los Neanderthales tenían un miedo atroz.

–Y tú crees que esas cosas del cuadro pueden ser las criaturas que Oop recuerda.

–Pensaba –admitió–, me preguntaba si a Nancy no le molestaría que mañana trajese aquí a Oop, para que pudiera ver el cuadro.

–No creo que le importase –le contestó Carol–, pero no es necesario. He tomado fotos de la pintura.

–Pero...

–Ya sé, claro, que no es una cosa muy correcta. Pero se lo pedí a Nancy y me dijo que no le importaba. ¿Qué otra cosa podía decir? No he tomado las fotos para venderlas o algo así, sino que las hice para mí, para mi propia colección. Se podía considerar como una especie de pago por traer a Sylvester conmigo para que la gente lo pudiese ver. Nancy sabe cómo están las cosas, y no podía hacer nada al respecto. Si quieres que Oop les dé una ojeada...

–¿Me las dejarías? –preguntó.

–Pues claro que te las dejaría. Y, por favor, no pienses mal de mí por haber tomado las fotos. Es una forma de arreglar cuentas.

–¿De arreglar cuentas? ¿Con Nancy?

–No con ella en especial, sino con toda esa otra gente que me invita a sus fiestas. Con todos. Porque en realidad no quieren invitarme a mí. Es a Sylvester a quien realmente invitan, como si fuera un oso amaestrado o algún payaso. Y, claro, para tenerlo en sus fiestas me tienen que invitar a mí también. Pero sé por qué lo hacen, y ellos saben que lo sé y siguen invitándome.

–Creo que lo comprendo –dijo él.

–Creo –afirmó ella– que es una actitud muy condescendiente por parte de todos ellos.

–Yo también lo creo.

–Si es que le vamos a enseñar las fotos a Oop, lo mejor será que empecemos a irnos. Esta fiesta está agonizando. ¿No me vas a decir, por fin, lo que te pasó con el rodador?

–Después –le contestó él–. Ahora no. Tal vez después.

Salieron del sitio en que se hallaban, tras la planta en la maceta, y atravesaron la sala, dirigiéndose hacia la puerta, abriéndose paso por entre los cada vez más pequeños grupos de invitados.

–Deberíamos buscar a Nancy –sugirió Carol–, y decirle adiós.

–En cualquier otro momento –le replicó Maxwell–. Podemos escribirle una nota o telefonearle para decirle que no pudimos hallarla y agradecerle la velada, decirle lo bien que lo pasamos, que sus fiestas son las únicas que nunca nos dejamos perder, lo mucho que nos gustó la pintura y lo muy inteligente por su parte que fue el conseguirla y...

–Deja de hacer el payaso –le ordenó Carol–. Estás exagerando la nota, y no sabes hacerlo muy bien.

–Ya lo sé –respondió Maxwell–. Pero siempre lo intento de nuevo.

Llegaron a la puerta y comenzaron a descender la gran escalinata de amplios escalones curvos de piedra que llevaban a la calle.

–¡Profesor Maxwell! –gritó una voz.

Maxwell se volvió. Bajando las escaleras se le acercaba Churchill.

–Un momento, Maxwell, por favor –dijo.

–Sí. ¿Qué quiere, Churchill?

–Hablar un momento con usted. A solas, si no le molesta.

–Te esperaré en el camino –le dijo Carol a Maxwell.

–No te preocupes –le contestó Maxwell–. Estaré listo enseguida.

–Bien –aceptó ella–. Esperaré.

Maxwell aguardó mientras Churchill bajaba rápidamente por las escaleras. Le faltaba el aliento, y alargó una mano para asir a Maxwell por el brazo.

–He tratado de hablar con usted toda la noche –le dijo–, pero siempre estaba rodeado por una multitud.

–¿Qué desea? –le preguntó con sequedad Maxwell.

–Es sobre el rodador –le dijo Churchill–. No tiene que hacerle caso. No conoce nuestras costumbres. Yo no sabía lo que él pensaba hacer. En realidad, le dije que no...

–¿Me está diciendo que sabía lo que me preparaba el rodador?

–Le dije que no lo hiciera –protestó Churchill–. Le dije que le dejase tranquilo. Lo siento, Profesor Maxwell. Créame, hice lo que pude.

La mano de Maxwell se disparó y asió a Churchill por el pecho de la camisa, aferrando la ropa y acercando al hombre.

–¡Así que es usted el empleado del rodador! –gritó–. El que da la cara por él. Usted es quien hizo una oferta por el Artefacto, y la hizo en nombre del rodador.

–Lo que hice –declaró irritado Churchill– es asunto mío. Mi trabajo es representar a otras personas.

–El rodador no es una persona –le dijo Maxwell–. Dios sabe lo que es. En todo caso un avispero lleno de insectos. No sabemos más.

–Tiene sus derechos –dijo Churchill–. Puede efectuar negocios.

–Y usted puede ayudarle –espetó Maxwell–. Y puede recibir su dinero. Pero vaya con cuidado con la forma en que se lo gane. Y no se cruce en mi camino.

Extendió el brazo y lanzó a Churchill. Este trastabilleó, perdió el equilibrio, cayó, y rodó varios escalones antes de poder detenerse. Se quedó allí, tendido en el suelo, sin tratar de levantarse.

–Lo que tendría que haber hecho –rugió Maxwell– era echarlo escaleras abajo para que se rompiese su sucio cuello.

Miró arriba, hacia la casa, y vio un pequeño grupo de gente que se había reunido frente a la puerta y lo estaba contemplando. Contemplándolo y hablando entre ellos.

Se dio la vuelta y bajó las escaleras. Al pie de éstas, Carol estaba agarrada desesperadamente a un felino frenético.

–Creí que se iba a escapar y subir a despedazar a ese hombre –jadeó.

Miró a Maxwell con una expresión de disgusto pintada en el rostro.

–¿No te puedes llevar bien con nadie? –le preguntó.

 

 

 

16

 

 

Maxwell salió de la carretera en el punto donde cruzaba la boca de la hondonada de Hound Dog, y por un momento se quedó contemplando los farallones rocosos y los escarpados otoñales. Entre el rojo y el amarillo de las coloreadas hojas, pudo entrever a poca distancia en la hondonada la desnuda cara rocosa del punto del Cat Den, y allí, cerca del cielo, casi en el punto más alto del terreno, sabía que se hallaba el castillo de los goblins, en el que habitaba O'Toole. Y en algún punto entre el bosque estaba el puente cubierto de musgo donde moraban los trolls.

Era aún muy pronto, pues había partido mucho antes de la madrugada. Un gélido rocío yacía sobre la yerba y parpadeaba en los matorrales a los que el sol todavía no había alcanzado. El aire tenía sabor a vino y el cielo era de un azul tan difuminado y delicado que sobre toda la escena flotaba un extraño aire de expectación.

Maxwell atravesó la alta pasarela que cruzaba la carretera y, en el otro lado, halló un sendero que se introducía en la hondonada.

Los árboles se cerraron sobre él y caminó por un terreno encantado que le hizo contener el aliento. Sin darse cuenta, comenzó a andar lentamente y con mucho cuidado para que ningún movimiento apresurado o algún ruido quebrase el silencio del bosque. Cayeron hojas planeando desde el techo vegetal, alas batientes de color que descendían suavemente hasta el suelo. Delante de él corrió un ratón, saltando apresurado, moviéndose entre las hojas caídas, pero produciendo apenas un roce en su huida. Arriba de la hondonada un pájaro trinó, pero, entre los árboles, su chillido quedó ahogado y perdió su agudeza.

El sendero se dividía en dos, con el ramal de la izquierda continuando por la hondonada, mientras el de la derecha tomaba un ángulo que lo llevaba fuera, subiendo la ladera. Maxwell siguió el de la derecha. Le esperaba una larga y agotadora subida, pero se la tomaría con calma y descansaría con frecuencia. Se dijo que sería una vergüenza no detenerse tan a menudo como pudiera en un día así, lamentando el momento en que tendría que salir de aquel lugar de silencio y paz.

El sendero tenía una aguda pendiente, con numerosas vueltas y revueltas para rodear las masivas rocas que se alzaban del suelo, ancladas en él, cubiertas de líquenes que les daban aspecto de tener barbas. Los troncos de los árboles se apelotonaban: la áspera y oscura corteza del viejo roble, la blancura satinada de los abedules, mostraba pequeños parches más oscuros donde la corteza exterior se había desprendido aunque aún colgaba, tremolando al viento.

Maxwell subió lentamente, conservando el aliento, deteniéndose a menudo para mirar alrededor, para empaparse con la sensación de otoño que lo rodeaba. Llegó finalmente al prado de las hadas en el que se había estrellado el volador de Churchill, llevándolo a él de pasajero, bajo el hechizo del encantamiento de los trolls. Sobre la colina se hallaba el castillo de los goblins.

Permaneció por un momento en el prado, descansando, y luego inició de nuevo la subida. Dobbin, u otro caballo muy similar a él, estaba pastando las escasas yerbas que crecían en ásperos matojos en el interior de un corral cercano. Unas palomas revoloteaban entre las torres del castillo, pero no habían otros signos de vida.

Repentinamente, unos gritos turbaron la paz matutina y, por el portalón abierto del castillo, salió un grupo de trolls, moviéndose con rapidez en una curiosa formación. Formaban tres hileras y cada una de ellas llevaba sobre los hombros una cuerda, igual, pensó Maxwell, que un viejo cuadro que había visto de los bateleros del Volga. Corrieron a través del puente levadizo y entonces pudo ver Maxwell que las tres cuerdas estaban atadas a un bloque de piedra tallada que rebotaba tras ellos, resonando con un ruido seco y tremendo cuando golpeaba contra el puente levadizo.

El viejo Dobbin estaba relinchando enloquecido, encabritándose y galopando sin destino por el interior de la cerca.

Los trolls, con sus dentaduras brillando en contraste con sus malévolos rostros marrones y arrugados, con las cerdas de sus cabellos más erizadas de lo usual, llegaron a la carrera por el sendero, con la enorme piedra rebotando detrás, haciendo elevarse nubes de polvo al clavarse en el suelo.

Tras ellos, surgiendo por la puerta, apareció una masa de goblins armados con palos, azadones, rastrillos y aparentemente con cualquier cosa que pudiera usarse como arma y que hubieran tenido a mano.

Maxwell se apartó del camino de un salto al acercársele los trolls. Estaban corriendo en silencio y con intencionada determinación, tirando con todas sus fuerzas de las cuerdas, mientras la horda de goblins les perseguía lanzando alaridos y salvajes gritos de guerra. Al frente de la banda de goblins corría pesadamente el señor O'Toole, con su rostro y cuello de color violáceo por la ira y enarbolando un tablón en la mano.

En el punto en que Maxwell había saltado fuera del camino, el sendero descendía de repente, formando un tobogán que llevaba hasta la pradera de las hadas. Al principio del descenso, el bloque de piedra dio un enorme bote al chocar su borde delantero contra una roca saliente. Las cuerdas colgaron fláccidas, y el bloque cayó y rebotó y entonces, tirando de las cuerdas, comenzó a rodar ladera abajo.

Uno de los trolls miró hacia atrás y gritó una apresurada advertencia. Los otros soltaron las cuerdas y se dispersaron. El bloque de piedra cayó rodando por la pendiente, incrementando su velocidad a cada giro. Golpeó el césped del claro y abrió en él un enorme boquete, dio un último bote en el aire, cayó de nuevo sobre la hierba, y resbaló, abriendo un feo surco en el lugar de las danzas. Se detuvo finalmente chocando contra un gran roble al otro extremo del prado.

Los goblins bajaron rugiendo por la colina, persiguiendo a los trolls, desparramándose por entre los árboles para apresar a los ladrones de la piedra. Chillidos de terror y alaridos de ira flotaron por la ladera, entremezclados con los ruidos de muchos cuerpos persiguiéndose por entre los matorrales.

Maxwell cruzó el camino y llegó hasta la cerca. El viejo Dobbin ya se había calmado y permanecía descansando con la mandíbula inferior apoyada en una de las estacas, como si necesitase un punto de apoyo. Estaba mirando colina abajo.

Maxwell tendió la mano y acarició el cuello de Dobbin, tirándole cariñosamente de una oreja.  Dobbin le miró con un verde ojo y resopló.

–Espero –le dijo Maxwell– que no quieran hacerte tirar de esa piedra de regreso. Es un camino largo y empinado.

Dobbin agitó lánguidamente una oreja.

–Si algo conozco a O'Toole –dijo Maxwell–, no creo que tengas que hacerlo. Si puede agarrar a los trolls, lo harán ellos.

El estrépito, colina abajo, había cesado, y al cabo de un momento llegó el señor O'Toole jadeando colina arriba, llevando un tablón apoyado en su hombro. Todavía tenía el rostro de color púrpura, pero ahora ya era aparentemente más por el cansancio que por la rabia. Se apresuró por el sendero hacia la cerca, y Maxwell se adelantó a su encuentro.

–Mis más grandes apologías –dijo el señor O'Toole, con una voz tan serena como pudo lograr entre su jadeo–. Lo entreví y me alegré mucho por su presencia, pero muy urgente y perentoria era mi necesidad. Usted fue testigo, sospecho, del triste acontecimiento.

Maxwell asintió con la cabeza.

–Tomaron mi piedra de montar –dijo airado el señor O'Toole–, con el malicioso intento de dejarme a pie.

–¿A pie? –preguntó Maxwell.

–Usted lo comprende muy débilmente, lo veo. Mi piedra de montar, a la que debo subir para poder montar al viejo Dobbin. Sin una piedra de montar no es posible el ir a caballo, y debo caminar tristemente a pie, con mucho esfuerzo y jadeo.

–Ya veo –dijo Maxwell–. Como muy bien dijo usted, al principio no lo comprendí.

–Ellos, sucios trolls –dijo el señor O'Toole rechinando enfurecido los dientes–, no se detienen ante anda. Tras la piedra de montar habría sido el castillo, pieza a pieza, piedra a piedra, hasta que no existiese más que la desnudez de la roca sobre la que en otro tiempo se había alzado. Es pues necesario, en una tal circunstancia, cortarles las alas con rápida determinación.

Maxwell señaló con la cabeza colina abajo.

–¿Qué pasó? –preguntó.

–Los hemos derrotado –dijo el goblin con algo de satisfacción–. Se dispersaron como una bandada de codornices. Los hemos sacado de debajo de las rocas y de los escondites entre los matorrales, y entonces les hemos puesto arneses como si fuesen mulas, a las cuales por otra parte se parecen extraordinariamente, y ahora arrastran la piedra de montar, creo que con muchos trabajos, de vuelta. al lugar donde la encontraron.

–Se están tomando el desquite –dijo Maxwell– por haberles derruido su puente.

El señor O'Toole dio muestras de desesperación.

–¡Está equivocado! –gritó–. Por una gran y errónea compasión, nos refrenamos y no lo demolimos. Tan sólo les quitamos dos pequeñas piedras... dos pequeñas piedras, y les chillamos mucho. Y entonces ellos quitaron los hechizos de la escoba voladora y del dulce ale de octubre, y como somos unas almas simples muy dadas a los buenos instintos les dejamos escapar con tan poco.

–¿Quitaron el hechizo del ale? Creía imposible que una vez efectuados ciertos cambios químicos...

El señor O'Toole miró a Maxwell conmiserativamente.

–Habla usted –dijo– en la lengua de los científicos, que no lleva sino una errática sinrazón. No logro explicarme su amor por esa ciencia, cuando tan sólo deseándolo podría tener de nosotros la magia, si tan sólo desease aprenderla. Aunque me es preciso confesar que el desencantamiento del ale no fue todo lo perfecto que hubiera sido de desear. En su catado tiene un ligero sabor a rancio.

»Aunque no obstante –continuó– siempre es algo mejor que el no tener ale en absoluto. Si tan sólo fuese usted lo bastante amable como para unirse a mí, podríamos catarlo.

–No ha habido nada en todo el día –dijo Maxwell– que sonase tan bien como eso.

–Entonces partamos –gritó el señor O'Toole– a las estancias llenas de corrientes de aire tan inexpertamente construidas por ustedes, locos humanos, que creyeron que habitábamos sobre ruinas, y regalemos nuestros resecos paladares con espumosas y refrescantes jarras de alegría.

En el gran vestíbulo del palacio, lleno de corrientes de aire, el señor O'Toole llenó unas espumosas jarras de un enorme barril colocado sobre dos caballetes, y las llevó hacia la basta mesa situada ante el enorme hogar de piedra donde un mal encendido fuego humeaba escandalosamente.

–La blasfemia de todo este asunto –dijo el señor O'Toole mientras alzaba su jarra– es que este indigno ultraje a la piedra de montar ha sido cometido en un momento en el que nosotros, los goblins, estábamos de velatorio.

–Lo siento –dijo Maxwell–. Dice usted que de velatorio. No sabía...

–Oh, no es por uno de nosotros –dijo rápidamente el señor O'Toole–. Con la posible excepción de mi persona, toda la tribu de los goblins se halla en un disgustante estado de salud. Estábamos observándolo por el banshee.

–Pero el banshee no ha muerto.

–No ha muerto –afirmó el señor O'Toole–, pero está agonizando. Y, oh, qué penosa situación. Él es el último de una gran y noble raza que se halla en esta reserva, y los otros que todavía restan por otras partes del mundo pueden ser contados con menos dedos de los que tiene una mano.

Alzó la jarra y hundió la nariz en ella, bebiendo profunda y ávidamente. Cuando la volvió a dejar tenía espuma en los bigotes, y la dejó allí, no preocupándose en limpiárselos.

–Estamos muriendo –dijo en tono sombrío–. El planeta ha sido alterado. Todos nosotros, los enanos, y algunos que no son tan pequeños, descendemos al valle en el que las sombras son tan densas, y partimos del dominio de los seres vivos, y es el fin para nosotros. Y la misma vergüenza de todo esto le hace a uno temblar cuando piensa en ello, pues a pesar de nuestras numerosas faltas éramos una buena gente. Aun los mismos trolls, antes de que la degradación cayese sobre ellos, tenían todavía unas pocas débiles virtudes intactas, aunque me atrevo a proclamar que en este momento ya no les restan ninguna virtud. Pues con toda seguridad el robo de la piedra de montar es un truco infame, y un hecho que demuestra claramente la ausencia en ellos de toda nobleza de espíritu.

Volvió a llevarse la jarra a los labios, y la vació en unos ávidos tragos. Golpeó con ella la mesa y miró a la jarra de Maxwell, todavía llena.

–Bébala –le incitó–. Bébala y las llenaremos de nuevo para seguir remojando el gaznate.

–Siga sin mí –dijo Maxwell–. Es una pena el beber ale en la forma en que usted lo hace. Debería ser saboreado y apreciado.

El señor O'Toole se alzó de hombros.

–Soy un cerdo, no cabe duda. Pero ésta es una cerveza desencantada y no es una con la cual uno pudiera regocijarse.

No obstante, se levantó y se dirigió al barril para llenar de nuevo su jarra. Maxwell alzó la suya y tomó un sorbo. Tal como el señor O'Toole había dicho, se notaba un gusto a rancio en el sabor del ale: un sabor que se asemejaba al olor del humo de la hojarasca.

–¿Y bien? –preguntó el goblin.

–Tiene un extraño sabor, pero es aceptable.

–Algún día he de demoler ese sucio puente de los trolls –dijo el señor O'Toole, con un ataque de ira súbita–. Piedra a piedra, teniendo buen cuidado de arrancar todo el musgo para quitarles la magia a las piedras, y luego desmenuzadas en trocitos con un martillo, y transportar esos trocitos a algún lejano precipicio, y allí arrojarlos lejos y muy desperdigados, para que en toda la eternidad no puedan ser recogidos. Lo único malo –dijo, hundiendo los hombros– es que esto sería un enorme trabajo. ¡Pero uno se siente tentado! Éste era el más dulce y más suave ale que jamás fue fermentado, y ahora mírelo... apenas si es bueno para los gorrinos. Pero es un terrible pecado desperdiciar este mismo brebaje insípido que debería haber sido ale.

Agarró la jarra y se la llevó a los labios. Su nuez campanilleó, y no bajó la jarra hasta terminarla.

–Y si causo demasiado daño a ese maldito puente –dijo– y fueran esos sucios trolls reptando hasta la autoridad, ustedes los humanos me harían comparecer para explicar mi pensamiento, y no es así como debieran ser las cosas. No hay dignidad en vivir bajo las reglas, ni alegría tampoco. Y fue un pútrido día aquel en que apareció la raza humana.

–Amigo mío –dijo anonadado Maxwell–, jamás me dijo usted nada como esto antes.

–Ni a ningún otro humano –dijo el goblin–. Y, entre todos los humanos del mundo, tan sólo a usted puedo mostrar mis sentimientos. Pero tal vez haya dejado correr demasiado a mi lengua.

–Sabe usted muy bien– le respondió Maxwell– que nunca diré una sola palabra de esto.

–Naturalmente que no –aceptó el señor O'Toole–. Esto jamás turbó mi espíritu. Casi es usted uno de nosotros. Es usted lo más parecido a un goblin a lo que puede llegar un ser humano.

–Me siento muy honrado –le dijo Maxwell.

–Somos muy antiguos; más antiguos, supongo, de lo que pueda pensar la estrecha mente humana. ¿Está usted seguro de que no desea acabar con esa hórrida bebida y comenzar una nueva?

Maxwell negó con la cabeza.

–Puede usted proseguir y llenar de nuevo su jarra. Yo me quedaré saboreando ésta en vez de tragarla.

El señor O'Toole hizo un nuevo viaje al barril y regresó con una jarra llena, la depositó con fuerza contra la mesa, y se sentó de nuevo confortablemente.

–Habían pasado largos años –dijo, agitando tristemente su cabeza–. Tanto tiempo pasado, y entonces un sucio primate llegó y lo estropeó todo.

–Hace mucho tiempo –dijo Maxwell–. ¿Tanto tiempo como el Jurásico?

–Habla usted en acertijos. No comprendo esa palabra. Pero éramos muchos de nosotros, y de muchas especies distintas, y hoy somos pocos de nosotros y no de todas las especies. Tardamos mucho en morir, pero morimos inexorablemente. Amanecerá un día que no hallará a ninguno de nosotros. Entonces, ustedes los humanos se quedarán solos.

–Está usted demasiado apesadumbrado –le advirtió Maxwell–. Sabe que no es eso lo que queremos. Hemos realizado grandes esfuerzos...

–¿Desinteresados? –preguntó el goblin.

–Sí. Me atrevería a decir que desinteresados.

Por las mejillas del goblin comenzaron a caer débiles lágrimas, y alzó una peluda y callosa mano para secarlas.

–No debe usted prestarme demasiada atención –le dijo a Maxwell–, pues mi pena es muy profunda. Es por eso del banshee.

–¿El banshee es amigo suyo? –le preguntó sorprendido y un poco conmovido Maxwell.

–No es amigo mío –dijo el señor O'Toole–. Él se halla a un lado de la cerca y yo a otro. Fue un antiguo enemigo, pero es sin embargo uno de nosotros. Uno de los verdaderamente antiguos. Sobrevivió mejor que los muchos otros. Le cuesta más morir. Los muchos otros están todos muertos. Y en días como éste se olvidan rápidamente las viejas diferencias. No podíamos ir a velarlo como hubiera decretado nuestra conciencia, pero ya que no nos es posible esto le concedemos el pequeño honor de velarlo aquí. Y, entonces, esos reptantes trolls, sin una sola gota de honor en sus venas...

–¿Quiere decir que nadie, nadie en toda la reserva, puede pasar las últimas horas con el banshee?

El señor O'Toole negó cansinamente con la cabeza.

–Ni uno de nosotros. Sería contrario a la ley, violaría la antigua costumbre. No puedo hacerle comprender... está del otro lado de la cerca.

–Pero está solo.

–En un matojo de espinos –dijo el goblin–. Cerca de la cabaña en la que vivía.

–¿En un matojo de espinos?

–En los espinos –afirmó el goblin– hay una magia. En los mismos árboles...

Su voz se ahogó, y agarró rápidamente la jarra y se la llevó a la boca. Su nuez volvió a campanillear.

Maxwell metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó la foto del Lambert perdido que colgaba en el domicilio de Nancy Clayton.

–Señor O'Toole –dijo–, hay algo que tengo que mostrarle.

El goblin bajó la jarra.

–Déjemelo ver entonces –contestó–. Todos estos rodeos, cuando lo que perseguía era esto.

Tomó la foto e inclinó la cabeza para observarla.

–Los trolls –dijo–. Naturalmente. Pero a esos otros no los reconozco. Es como si debiera, pero no lo logro. Hay historias. Viejas, muy viejas historias...

–Oop vio el cuadro. Ya conoce usted a Oop.

–El gigantesco bárbaro que dice ser su amigo.

–Es mi amigo –dijo Maxwell–. Y Oop recuerda esas cosas. Son antiguas cosas de los antiguos días.

–¿Pero qué magia se usó para obtener un retrato de ellas?

–Eso es algo que desconozco. Esto es una fotografía de una pintura, realizada por un hombre hace muchos años.

–¿Por qué medios...?

–No lo sé –dijo Maxwell–. Creo que estuvo allí.

El señor O'Toole cogió su jarra y vio que estaba vacía. Fue hasta el barril y la llenó de nuevo. Volvió con la bebida y tomó la foto, mirándola atentamente, con los ojos entrecerrados.

–No sé –dijo al fin–. Había otros de nosotros. Muchos otros diferentes que ya no están presentes. Somos los desechos de una noble población.

Empujó la foto a través de la mesa.

–Quizá el banshee –sugirió–. Los años del banshee no pueden contarse.

–Pero el banshee está agonizando.

–Lo está haciendo –dijo el señor O'Toole–. Y éste es un día maldito y un día amargo para él, en el cual nadie lo acompaña en sus últimas horas.

Alzó la jarra.

–Bebamos –dijo–. Bebamos. Si podemos beber lo bastante, no nos parecerá tan malo.

 

 

17

 

 

Maxwell dio la vuelta al recodo de la choza y vio el matorral de espinos alzándose a un lado de la misma. Había algo extraño en el arbusto. Parecía como si una nube de oscuridad se hubiera colocado a lo largo de su eje vertical, haciéndolo aparecer como si tuviera un macizo tronco, del que surgiesen delgadas y cortas ramillas llenas de espinos. Y si lo que le había dicho O'Toole era cierto, se dijo a sí mismo Maxwell, esa oscura nube posada en el arbusto debía ser el agonizante banshee.

Caminó lentamente a través del espacio que lo separaba de él, y se detuvo a unos pocos pasos del arbusto. La nube negra se movía sin cesar, como una voluta de humo.

–¿Es usted el banshee? –le preguntó Maxwell al arbusto.

–Ha venido usted muy tarde –dijo el banshee– si es que desea hablar conmigo.

–No he venido a hablar –dijo Maxwell–. He venido a velar con usted.

–Vele entonces –dijo el banshee–. No será por mucho tiempo.

Maxwell se sentó en el suelo y apretó sus rodillas contra el pecho. Apoyó sus manos detrás, con las palmas posadas sobre la alfombra de seco y amarillento césped. Bajo él, el valle otoñal se extendía hasta el lejano horizonte de las colinas al norte del río, tan distintas de las colinas de la orilla sur, suaves y onduladas colinas que subían hasta el cielo como una gigantesca escalinata.

Un sonido de alas se oyó tras él y, a través del azul, apareció una bandada de cuervos. Pero excepto por este único momento en que las alas golpeaban el aire, existía un tranquilo silencio que no contenía ninguna violencia ni amenaza, un silencio ensoñador en el que las colinas permanecían silenciosas.

–Los otros no vinieron –dijo el Banshee–. Al principio pensé que tal vez lo hicieran. Por un momento creí que podrían olvidar y venir. No tendría que haber ya distinciones entre nosotros ahora. Todos somos lo mismo, todos hemos sido aplastados a un mismo nivel, pero todavía no se han roto las viejas convenciones. Las antiguas costumbres siguen imperando.

–Hablé con los goblins –le dijo Maxwell–. Están velando por usted. O'Toole está sufriendo y bebiendo para embotar el filo de su dolor.

–Usted no es de mi gente –dijo el banshee–. Usted se inmiscuye conmigo. Y sin embargo, dice que viene a velar a mi lado. ¿Cómo es que ocurre esto?

Maxwell mintió. No podía hacer otra cosa. No podía, se dijo a sí mismo, decirle a ese ser moribundo que había acudido en busca de información.

–He trabajado con su gente –le dijo–, y me he sentido muy compenetrado con ustedes.

–Usted es Maxwell– dijo el banshee–. He oído hablar de usted.

–¿Cómo se siente? –le preguntó Maxwell–. ¿Hay algo que pueda hacer por usted? ¿Algo que necesite?

–No –respondió el banshee–. Estoy más allá de toda necesidad. Casi no siento nada. Este es el problema, que no siento nada. Mi muerte es distinta a su muerte. Casi no es física. La energía se escapa de mí, y finalmente no queda nada. Es como una luz agonizante que por fin se apaga.

–Lo siento –dijo Maxwell–. Si el hablar acelera...

–El hablar puede que apresure algo las cosas, pero ya no me preocupa ni lo siento. No lo lamento. Casi soy el último de mi especie. Quedamos aún tres, y ya no vale la pena contarme a mí. De millares de nosotros, tan sólo quedan dos.

–Pero quedan los goblins, y los trolls, y las hadas...

–No lo comprende –dijo el banshee–. Nadie se lo ha contado nunca, y usted nunca pensó en preguntarlo. Esos que usted menciona son los de después, los que vinieron tras nosotros, cuando el planeta ya no era joven. Eramos colonizadores, ya debe usted saber eso.

–Lo he pensado –afirmó Maxwell– en esas últimas horas.

–Debería haberlo sabido –dijo el banshee–. Estuvo en el planeta madre.

Maxwell se atragantó.

–¿Cómo lo supo?

–¿Cómo respira usted? –preguntó el banshee–. ¿Cómo ve? Para mí, el comunicarme con ese antiguo planeta es tan natural como el respirar o el ver para usted. No me lo dice nadie, lo sé.

Así que eso era, pensó Maxwell. El banshee había sido la fuente del conocimiento del rodador, y debía de haber sido Churchill el que le había dicho al rodador que el banshee tenía la información, el que debía de haber imaginado que el banshee tenía conocimientos que nadie más sospechaba.

–Y los otros... los trolls, los...

–No –dijo el banshee–. Los banshee éramos los únicos para los cuales estaba abierto el camino. Esa era nuestra tarea, ése era nuestro único propósito. Eramos las uniones con el planeta madre. Eramos los comunicadores. Cuando el planeta madre estableció colonias, fue necesario establecer algún medio de comunicación. Todos éramos especialistas, aunque ahora las especialidades ya no signifiquen nada y casi todos los especialistas hayan desaparecido. Los primeros fueron los especialistas. Los que llegaron luego fueron simplemente colonos destinados a llenar la tierra.

–¿Quiere decir los trolls y los goblins?

–Los trolls y los goblins, y todos los demás. Naturalmente, tenían habilidades, pero no estaban especializados. Nosotros éramos los ingenieros, ellos los trabajadores. Había un abismo entre nosotros. Es por eso por lo que no han venido a velar conmigo. El viejo abismo aún existe.

–Se está usted cansando –dijo Maxwell–. Debería guardar sus fuerzas.

–No importa. La energía se escapa de mí, y cuando todo haya desaparecido la vida habrá desaparecido también. Esta muerte que estoy llevando no tiene ninguna relación con la materia o con el cuerpo, pues nunca tuve realmente un cuerpo. Yo era todo energía. Y no importa. Porque el planeta madre también muere. Usted ha visto mi planeta y lo sabe.

–Sí, lo sé –dijo Maxwell.

–Habría sido todo tan distinto si no hubieran existido los humanos. Cuando llegamos aquí por primera vez casi no había mamíferos, y desde luego ningún principiante. Podríamos haber evitado eso, la aparición de los primates. Podríamos haberlos aniquilado al principio. Se discutió eso, pues este planeta había mostrado ser prometedor, y nos molestaba el pensar que tendríamos que abandonarlo. Pero existía la antigua regla. Se encuentra tan pocas veces la inteligencia que nadie puede interponerse en el camino de su desarrollo. Es una cosa preciosa... aunque el apartamos a un lado fue una cosa que hicimos a disgusto. No obstante, cuando llegó el momento de decidir, tuvimos que reconocer que era algo muy valioso.

–Pero ustedes se quedaron aquí –dijo Maxwell–. Se hicieron a un lado, pero siguieron aquí.

–Era ya muy tarde –dijo el banshee–. Ya no había donde ir. El planeta madre ya estaba muriendo entonces. No tenía ningún significado el regresar. Y, por extraño que parezca, este planeta se había convertido en nuestro hogar.

–Deben odiarnos a los humanos.

–En un tiempo lo hicimos. Supongo que aún hay odio, pero el odio puede desaparecer con el tiempo. Quizá siempre quede un rescoldo, y nunca desaparezca. Aunque tal vez aún en nuestro odio sentíamos un cierto orgullo por ustedes. De otra forma, ¿por qué hubiera tenido que ofrecerles el viejo planeta sus conocimientos?

–Pero usted también se los ofreció al rodador.

–El rodador... Oh, sí, ya sé a quien se refiere. Pero, realmente, no se los ofrecimos. El rodador había oído hablar del viejo planeta, aparentemente por algún rumor oído muy lejos en el espacio. Y que el planeta tenía algo que quería vender. Vino a mí y me hizo tan sólo una pregunta: cuál era el precio de ese artículo. No sé si sabía lo que estaba en venta. Tan sólo dijo «el artículo».

–Y usted le dijo que el precio era el Artefacto.

–Naturalmente, se lo dije. Porque en aquel tiempo no se me había hablado de usted. Tan sólo fue más tarde cuando se me dijo que, pasado un tiempo conveniente, debía comunicarle a usted el precio.

–Y, naturalmente –dijo Maxwell–, estaba usted a punto de hacerlo.

–Sí –dijo el banshee–. Estaba a punto de hacerlo. Y ahora que lo he hecho el asunto está terminado.

–Me puede decir otra cosa. ¿Qué es el Artefacto?

–Esto no lo puedo decir.

–¿No puede, o no quiere?

–No quiero –dijo el banshee.

Traicionada, pensó Maxwell. La raza humana había sido traicionada por esta cosa agonizante que, a pesar de lo que dijera, nunca había pensado comunicarle el precio. Esta cosa que durante largos milenios había sentido un frío odio contra la raza humana. Y, ahora que se había escapado de todo, ahora se lo decía, burlándose de él, para que supiera cómo habían sido traicionados los humanos, para que, ahora que ya era demasiado tarde, los humanos pudieran saber exactamente lo que había pasado.

–Y también le habló de mí al rodador –le dijo–. Es por eso por lo que Churchill se encontraba esperando en la estación cuando regresé a la Tierra. Me dijo que llegaba de un viaje, pero no había viajado.

Se alzó, irritado.

–¿Y qué hay de ese yo que murió?

Se dirigió al arbusto, y el arbusto estaba vacío. La oscura nube que se había posado alrededor de su tronco había desaparecido. Las ramas se recortaban claramente contra el cielo del oeste.

Ido, pensó Maxwell. No muerto, sino ido. La sustancia de una criatura elemental convertida en sus elementos. Las uniones impensables que la habían mantenido en una extraña similitud de vida, debilitadas finalmente, permitiendo que lo último desapareciese, soplándola al aire y a la claridad del sol, como un pellizco de polvo arrojado al espacio.

En vida, había sido difícil convivir con el banshee. Muerto, no era más fácil. Por un corto espacio de tiempo había sentido compasión por él, tal cual un hombre debe sentir por cualquier cosa que muere. Pero sabía que esta compasión había sido malgastada, pues el banshee debía de haber fallecido con una silenciosa carcajada de burla hacia la raza humana.

Tan sólo quedaba una esperanza para persuadir a Tiempo de que entretuviese la venta del Artefacto, de forma que pudiese entrevistarse con Arnold y contarle su historia, y persuadirlo en alguna forma de que lo que le contaba era cierto. Era una historia, Maxwell se daba cuenta, que ahora era aún más fantástica que antes.

Se dio la vuelta y comenzó a descender por el sendero. Antes de alcanzar los bosques se detuvo y miró hacia atrás. El arbusto de espinos se alzaba recortándose contra el cielo, robusto y sólido, anclado fuertemente al suelo.

Cuando pasó por la pradera en donde danzaban las hadas pudo ver a un grupo de trolls trabajando hoscamente, nivelando y aplanando el suelo, colocando nuevo césped para reemplazar el que había sido arrancado por la piedra en sus rebotes. Y de la piedra no se veían ni señales.

 

 

 

18

 

 

Maxwell estaba a medio camino de regreso al campus de Wisconsin, cuando Fantasma se materializó y tomó el asiento contiguo al suyo.

–Tengo un mensaje de Oop –le dijo, ignorando cualquier preliminar a una conversación–. No debes volver a la barraca. Los periodistas parecen haber encontrado tu pista. Cuando llegaron a preguntar, Oop entró en acción, sin, creo, pensárselo mucho, ni demostrar mucho juicio en sus acciones. Los hizo salir corriendo, pero todavía están emboscados por los alrededores, vigilando tu llegada. .

–Gracias –dijo Maxwell–. Te agradezco que me lo hayas dicho, aunque en realidad no creo que esto cambie mucho las cosas.

–¿Es que –preguntó Fantasma– las cosas no marchan bien?

–Casi no marchan –le respondió Maxwell. Dudó, y luego dijo–: Supongo que Oop te ha contado lo que está pasando.

–Oop y yo no tenemos secretos –le dijo Fantasma–. Claro que me lo ha contado. Parecía dar por sentado que tú sabrías que lo haría. Pero puedes estar completamente seguro...

–No es eso –dijo Maxwell–. Tan sólo me preguntaba si tendría que contártelo todo de nuevo. Entonces sabes que iba a la reserva para comprobar lo de la pintura de Lambert.

–Sí –afirmó Fantasma–. La que tiene Nancy Clayton.

–Tengo la idea –dijo Maxwell– de que me he enterado de más cosas de las que esperaba. Me he enterado de una cosa que no nos ayuda en lo más mínimo. Fue el banshee el que le informó al rodador sobre el precio que deseaba el planeta de cristal. Se suponía que el banshee debía decírmelo a mí, pero en vez de eso se lo dijo al rodador. Dijo habérselo contado al rodador antes de saber de mi existencia, pero lo dudo. El banshee estaba agonizando cuando me dijo todo esto, pero eso no significa que dijese la verdad. Siempre fue un individuo retorcido.

–¿Está el banshee agonizando?

–Ya está muerto. Velé con él hasta que murió. No le pude enseñar la foto de la pintura. No tuve el corazón suficiente como para hacerlo.

–Pero a pesar de eso te habló del rodador.

–Tan sólo para hacerme saber que había odiado a la raza humana desde que inició su evolución. Y para hacerme saber que finalmente estaba desquitándose. Le gustaría haber dicho que los goblins y que el resto de los enanitos también nos odiaban, pero no se atrevió. Quizá sabía que nunca lo hubiera creído. Aunque algo que me había dicho O'Toole antes me hizo comprender que posiblemente exista un resentimiento ancestral. Resentimiento, aunque posiblemente no verdadero odio. Pero el banshee me confirmó que se está haciendo una oferta por el Artefacto, y que el Artefacto es el precio del planeta de cristal. Lo pensé desde el principio, y lo que dijo anoche el rodador casi lo confirmó. Aunque no podía estar completamente seguro, pues no parece que el mismo rodador esté seguro de la situación. Si lo estuviera, ¿para que hubiera necesitado tratar de atraerme y ofrecerme un empleo? Sonaba como si estuviese deseando sobornarme, como si tuviera miedo de que pudiese hacer algo para estropear su negocio.

–Entonces, todo parece bastante irremediable –observó Fantasma–. Querido amigo, lo siento mucho. ¿Hay algo que podamos hacer? Puedes contar conmigo y con Oop, y quizá también con esa chica que estuvo el otro día bebiendo con vosotros, con esa que tiene el felino.

–Parece irremediable –le respondió Maxwell–, pero hay un par de cosas que aún podemos hacer: ir a Tiempo a ver a Harlow Sharp y tratar de convencerlo para que posponga la venta, luego partir una o dos cabezas en Administración hasta acorralar a Arnold en un rincón. Si puedo convencer a Arnold para que haga una oferta similar de fondos para los proyectos de Harlow en Tiempo, estoy seguro de que Harlow rechazaría la oferta del rodador.

–Estoy seguro de que realizarás un noble intento –dijo Fantasma–. Pero dudo de los resultados. No por Harlow Sharp, que es amigo tuyo, sino por el presidente Arnold, que no es amigo de nadie. Y además no le agradará esa rotura de unas cuantas cabezas.

–Sabes lo que pienso –dijo Maxwell–: pienso que tienes razón. Pero uno no puede estar seguro hasta que lo ha probado. Quizá Arnold tenga algo de fibra moral y por una vez deje a un lado los prejuicios y el orgullo.

–Te advierto –dijo Fantasma– que quizá Harlow Sharp tenga poco tiempo para ti o para cualquier otra persona. Tiene sus propios problemas. Shakespeare llegó esta mañana.

–¡Shakespeare! –gritó Maxwell–. Por el amor de Dios, me había olvidado de que venía. Pero recuerdo que habla mañana por la noche. ¡Vaya una circunstancia desafortunada! Tenía que suceder en un momento como éste.

–Parece ser –dijo Fantasma– que William Shakespeare no es una persona fácil de manejar. Quiso salir enseguida para dar un vistazo a esta nueva edad de la que se le había hablado tanto. Tiempo pasó un mal rato persuadiéndole para que cambiase su atuendo isabelino por el que llevamos hoy en día, pero rehusaron fervientemente dejarlo salir hasta que lo aceptó. Y ahora Tiempo tiene sudores fríos pensando en lo que pueda sucederle. Lo llevan en volandas, pero no pueden hacer nada que le irrite. Han vendido hasta el último centímetro de la sala de conferencias para mañana, y no pueden arriesgarse a que ocurra nada.

–¿Cómo has oído todo eso? –dijo Maxwell–. Me parece que siempre consigues saber todos los rumores del campus antes que cualquier otra persona.

–Estoy en muchos sitios –dijo modestamente Fantasma.

–Bien. Las cosas no marchan demasiado –dijo Maxwell–, pero tendré que aceptar el riesgo. Ya casi no me queda tiempo. Si Harlow puede ver a alguien, será a mí.

–Parece increíble –dijo dolorido Fantasma– que una tan trágica combinación de circunstancias se haya acumulado para cortar el camino de lo que estás tratando de hacer. Parece imposible que por pura estupidez la universidad y la Tierra dejen de obtener el conocimiento de dos universos.

–Fue el rodador –dijo Maxwell–. Su oferta me presiona, me impone un límite de tiempo. Si tan sólo tuviera algo más de tiempo, podría solucionarlo. Podría hablar con Harlow, hasta podría obtener una entrevista con Arnold. Y si no otra cosa, posiblemente podría convencer a Harlow para que llegase a un acuerdo, y fuera Tiempo, en lugar de la universidad, quien comprase la biblioteca del planeta. Pero ya no hay tiempo. Fantasma, ¿qué es lo que sabes de los rodadores? ¿Sabes algo que no sepamos los demás?

–Lo dudo. Tan sólo sé que podrían ser el enemigo hipotético que siempre nos hemos supuesto que encontraríamos al final en el espacio. Al menos sus acciones parecen confirmar que, potencialmente, son ese enemigo. Y sus motivos, sus costumbres, su ética, toda su visión de la vida, deben ser diferentes de las nuestras. Posiblemente tenemos menos en común con ellos de lo que un hombre pueda tener con una araña o con una avispa. Y sin embargo, son astutos, y eso es lo peor de todo. Han absorbido lo suficiente de nuestros puntos de vista y de nuestra forma de actuar como para poder mezclarse con nosotros, no cometer errores y hasta negociar con nosotros. Y esto lo han demostrado en la oferta que están realizando por el Artefacto. Querido amigo, es esa astucia, esa flexibilidad, lo que más temo en ellos. Dudo que si se invirtiesen las posiciones el hombre pudiese hacer otro tanto.

–Creo que tienes razón –dijo Maxwell–. Y es por eso por lo que no podemos dejar que consigan lo que ofrece el planeta de cristal. Dios sabe lo que se puede encontrar en esa biblioteca. Yo pude echar una ojeada, pero no hice sino tomar unas muestras al azar, apenas si pude rozar los bordes. Y ya había algún material al cual no me podía aproximar ni a diez años luz, me refiero en los conocimientos. Lo cual no quiere decir que con tiempo y con habilidades que yo no poseo o que quizá ni siquiera haya oído mencionar, el hombre no pudiera comprenderlo todo. Creo que lo podría hacer. Creo que también lo podrían hacer los rodadores. Hay vastas áreas de nuevos conocimientos de las que ni siquiera tenemos idea. Este conocimiento podría representar un margen entre nosotros y los rodadores. Si alguna vez entran en colisión los hombres con los rodadores, el conocimiento del planeta de cristal posiblemente podría ser la diferencia entre una victoria y una derrota. Y también podría ser que los rodadores, si supieran que poseíamos este conocimiento, nunca permitiesen que tuviera lugar un choque. Podría significar la diferencia entre la paz y la guerra.

Estaba arrellanado en el asiento y, en medio del calor del atardecer de otoño, notó una gélida brisa que soplaba desde más allá del brillante paisaje o del cielo de seda de China que encerraba esta porción de la Tierra.

–Hablaste con el banshee –dijo Fantasma– antes de que muriese. Mencionó el Artefacto. ¿Te dio alguna pista sobre lo que realmente es? Si supiésemos lo que es en realidad...

–No, Fantasma. No me lo dijo. Pero tuve la impresión... Aunque sería mejor llamarle premonición. No es lo suficientemente fuerte como para ser una impresión. Y no fue en aquel momento, sino después. Una sensación rara y sin ninguna base en que fundamentar mi creencia... si es que es una creencia. Pero pienso que el Artefacto es algo de ese otro universo, del que existió antes que éste, del universo en el cual se formó el universo de cristal. Quizá sea algo precioso, preservado a través de los eones desde que existió el otro universo. Igual que el banshee y los otros Antiguos que Oop recuerda son nativos de ese otro universo, relacionados en alguna forma con las criaturas del planeta de cristal. Formas de vida que nacieron y se desarrollaron y evolucionaron en aquel universo pasado y que vinieron, aquí y a otros planetas, como colonizadores, en una tentativa de establecer otra civilización que pudiera seguir las huellas del planeta de cristal. Pero algo sucedió. Todos sus intentos de colonización fallaron. Aquí en la Tierra porque se desarrolló el hombre, por otras razones quizá en los otros planetas. Y creo que sé por qué algunos de esos otros intentos fallaron. Es posible que las razas mueran, en forma natural, y sin más razón que la necesidad de morir para dejar sitio a otras cosas. Una ley natural de algún tipo que no comprendemos. Tal vez una raza solo puede vivir durante un tiempo determinado. Quizá las criaturas antiguas llevan consigo su sentencia de muerte. Puede que sea algún principio en el que nunca hemos pensado porque somos tan jóvenes, un proceso natural que limpia el camino para la evolución, de forma que ninguna raza pueda vivir por siempre y ser un obstáculo para esta evolución.

–Suena razonable –dijo Fantasma– el que murieran todas las colonias. Si en alguna parte del universo hubiera habido una colonia en prosperidad creciente, parece probable que el planeta de cristal le pasase a ella sus conocimientos en vez de ofrecérnoslos a nosotros o a los rodadores, razas que no tenemos ninguna conexión con el planeta de cristal.

–Lo que me preocupa –dijo Maxwell– es el porqué la gente del planeta de cristal, tan cercana a la muerte que no son sino sombras, puedan desear el Artefacto. ¿Para qué les servirá? ¿Qué uso le podrán dar?

–Quizá si supiéramos lo que es... –meditó Fantasma–. ¿Estás seguro de que no tienes ni idea? ¿No hay nada que hayas oído, o visto, o... ?

–No –respondió Maxwell–. No tengo ni idea.

 

 

 

19

 

 

Harlow Sharp tenía un aire agobiado.

–Lamento que haya tenido que esperar tanto –le dijo a Maxwell–. Éste ha sido un día agotador.

–El solo hecho de haberle podido ver ya me alegra –dijo Maxwell–. Ese perro de presa que tiene en la antesala no me quería dejar pasar.

–Lo estaba esperando –dijo Sharp–. Supuse que aparecería más tarde o más temprano. He estado escuchando algunas historias extrañas.

–Y la mayor parte de ellas son verdad –dijo Maxwell–. Pero no es por eso por lo que estoy aquí. Esta es una visita de negocios, no de cumplido. No estaré mucho tiempo.

–De acuerdo entonces –respondió Sharp–. ¿Qué puedo hacer por usted?

–Está en tratos para vender el Artefacto –afirmó Maxwell.

Sharp asintió con la cabeza.

–Lamento eso, Pete. Sé que usted y algunos otros estaban interesados en él. Pero ha estado ahí en el museo durante años, y no ha servido más que para ser mirado por los turistas como una curiosidad. Y Tiempo necesita dinero. Seguramente ya sabe eso. La universidad tiene la bolsa cerrada, y las otras facultades tan sólo nos dan unas monedas para algunos programas específicos, y...

–Sé todo eso, Harlow. Supongo que el Artefacto es suyo y puede venderlo. Recuerdo que la universidad, cuando lo trajo en el tiempo, no quiso saber nada de ello. El coste de traerlo corrió totalmente a sus expensas y...

–Hemos tenido que ahorrar, y pedir prestado, y mendigar –dijo Sharp–. Hemos preparado proyecto tras proyecto: proyectos buenos, sólidos y sensatos, que darían beneficios en conocimientos y nuevos datos; y los hemos ofrecido, y nadie los ha querido comprar. ¡No se lo puede imaginar! Con todo el pasado para estudiar, nadie ha estado interesado. Tal vez tenían miedo de que derrumbásemos algunas de sus teorías favoritas, que ellos han construido tan bonitamente. Pero tenemos que conseguir dinero, en alguna forma, para proseguir con nuestro trabajo. ¿Se cree que me han gustado algunas de las cosas que hemos tenido que hacer para conseguir dinero extra? Como el número de feria que estamos montando con lo de Shakespeare, y algunas otras cosas similares. No nos ha hecho ningún bien, se lo aseguro. Ha degradado nuestra imagen. Y los problemas... No puede imaginarse, Pete, los problemas que tenemos. Ahí está ese Shakespeare. Está en algún sitio, como un turista, visitando los lugares, y yo aquí sentado mordiéndome las uñas hasta el codo, imaginando todas las cosas que pueden ocurrirle. ¿Se puede imaginar el lío que se organizaría si un hombre como Shakespeare no fuese devuelto a su época... un hombre que...?

Maxwell intervino para cortar la parrafada.

–No estoy discutiendo con usted, Harlow. No he venido a...

–Y de repente –le interrumpió a su vez Sharp–, nos llega esa oportunidad de vender el Artefacto, por una cantidad de dinero mayor de la que lograremos sacarle a esa tacaña universidad en un siglo. Se puede dar cuenta de lo que esa venta significa para nosotros: Una posibilidad de hacer el trabajo que nunca hemos conseguido realizar a causa de la falta de financiación. Seguro, sé lo de los rodadores: cuando Churchill vino a sondearnos supe que estaba trabajando para alguien que deseaba seguir en la sombra, pero yo no quería negociar con quien no conociese. Me enfrenté con Churchill y le dije que rehusaba hablar de negocios hasta saber a quién representaba. Y cuando me lo dijo dudé un poco, pero seguí adelante porque sabía que era nuestra única oportunidad de conseguir unos fondos decentes. Para conseguir una cantidad como esa de dinero, Pete, hubiera entrado en tratos con el mismísimo diablo.

–Harlow –le dijo Maxwell–, lo único que deseo es que entretenga la venta, que me dé un poco de tiempo.

–¿Tiempo? ¿Tiempo para qué?

–Necesito el Artefacto.

–¡Necesita el Artefacto! ¿Para qué?

–Lo puedo canjear por un planeta –dijo Maxwell–. Por un planeta atiborrado de conocimientos, conocimientos almacenados, no de un universo, sino de dos, conocimientos que tal vez cubran un período de cincuenta mil millones de años.

Sharp se inclinó hacia adelante, luego se desplomó en su silla.

–¿Lo dice en serio, Pete? ¿No se está burlando de mí? He oído algunas historias extrañas. Que había dos de usted, y que uno murió. Y que ha estado usted evitando a los periodistas y tal vez también a los policías. Que se ha metido en algún lío con la Administración.

–Harlow, se lo podría explicar todo, pero esto no serviría de nada. Probablemente no me creería. Pero lo que digo es cierto. Puedo comprar un planeta...

–¿Para usted?

–No, no para mí. Para la universidad. Es por eso por lo que necesito el tiempo: para poder ver a Arnold...

–¿Y tratar de venderle la idea? Pete, no tiene usted ni una posibilidad. Tuvo usted un encuentro con Longfellow, y Longfellow es el que dirige todo el asunto. Aunque tuviera usted una proposición legítima...

–Es legítima. Le digo que es legítima. Hablé con la gente del planeta. Vi algunos de sus archivos.

Sharp agitó la cabeza.

–Hemos sido amigos durante largo tiempo –dijo–. Haría cualquier cosa por usted. Pero no puedo seguirle en esto. No puedo rechazar esta oportunidad para Tiempo. Además, me temo que ya es muy tarde.

–¿Muy tarde?

–El precio de compra fue pagado esta tarde. El rodador tomará posesión del Artefacto mañana por la mañana. Quería hacerlo inmediatamente, pero había algún problema con la cuestión de transporte.

Maxwell quedó silencioso, anonadado por lo que había oído.

–Así que supongo que es el fin –dijo Sharp–. No hay nada que pueda hacer.

Maxwell comenzó a levantarse, pero se volvió a sentar.

–Harlow: si pudiese ver a Arnold esta noche, si pudiese convencerlo de que hiciese una oferta similar...

–No sea ridículo –dijo Sharp–. Se desmayaría en cuanto le mencionase el precio.

–¿Tanto es?

–Tanto es –respondió Sharp.

Maxwell se alzó lentamente.

–Sin embargo, tengo que decirle una cosa –le dijo Sharp–. De una forma u otra, debe usted de haber asustado al rodador. Churchill estuvo aquí esta mañana, nervioso como una anguila, lanzando espuma por la boca para cerrar el negocio inmediatamente. Desearía que me hubiera venido usted a ver antes. Quizá hubiéramos podido pensar algo, aunque no puedo imaginar el qué.

A punto de irse, Maxwell dudó, volvió al escritorio tras el cual se hallaba Sharp y dijo:

–Una cosa más. Acerca de los viajes por el Tiempo. Nancy Clayton tiene un cuadro de Lambert.

–He oído hablar de eso –dijo Sharp.

–Al fondo del cuadro hay una colina, y sobre ella una piedra. Podría jurar que esa piedra es el Artefacto. Oop dice que las criaturas que se ven en la pintura son similares a las que recuerda de los días de los neanderthales. Y ustedes hallaron el Artefacto en una colina del jurásico. ¿Cómo pudo Lambert haber conocido que se hallaba en esa colina? El Artefacto no fue hallado hasta siglos después de su muerte. Creo que Lambert vio el Artefacto y a las criaturas que pintó. Creo que viajó hacia el mesozoico. ¿No hay una discusión sobre un hombre llamado Simonson?

–Ya veo adónde quiere ir –dijo Sharp–. Apenas si es posible. Simonson efectuó alguna investigación temporal allá por el siglo XXI y se atribuyó algunos éxitos, pero admitió que tenía problemas de control. Existe la leyenda de que perdió a uno o dos hombres en el tiempo: los envió hacia atrás y no los pudo sacar. Pero siempre ha habido discusiones sobre si logró tener éxito o no. Sus notas, las que poseemos, no son demasiado reveladoras, y nunca publicó ningún escrito. Llevó sus trabajos en secreto, porque tenía la idea de que el viaje temporal podría convertirse en una mina de oro, de que podría alquilarlo para efectuar expediciones científicas, para transportar cazadores hacia atrás, a grandes cacerías... y cosas como ésas. Una idea que parecía tener era ir hacia atrás en el tiempo, hasta Sudáfrica, y vaciar las minas de diamantes de Kimberley. Así que la mantuvo en secreto; nadie supo demasiado lo que estaba haciendo.

–Pero pudo ser posible –insistió Maxwell–. Las fechas coinciden. Simonson y Lambert eran contemporáneos, y hay una abrupta ruptura en el estilo de Lambert... como si algo hubiera sucedido. Este algo pudo ser un viaje en el tiempo.

–Seguro, es posible –respondió Sharp–. Pero no apostaría nada acerca de esto.

 

 

 

 

20

 

 

Cuando Maxwell salió del edificio de Tiempo estaban apareciendo las estrellas, y el viento nocturno tenía un hálito helado. Los grandes olmos eran unas masas apelotonadas de una oscuridad más negra, interponiéndose ante las luces de las ventanas de los edificios situados al otro lado del paseo.

Maxwell notó un escalofrío y se subió el cuello de la americana, arropándose el cuello. Luego bajó rápidamente las escaleras hasta la acera que flanqueaba el paseo. Había pocas personas en el exterior. Se dio cuenta de que tenía apetito. No había comido desde primera hora de la mañana. Le parecía divertido el que pudiese estar pensando en comer cuando había desaparecido hasta la última esperanza. No sólo estaba hambriento, pensó, sino que además estaba sin hogar, pues si esperaba evitar a los periodistas no podía regresar con Oop, aunque ya no había ninguna necesidad de seguir evitando a los periodistas. Ni nada que ganar o perder contando su historia. Pero rehuía la idea, al pensar en las incrédulas expresiones que asumirían sus rostros y, era lo más probable, el tono burlón que emplearían al escribir la historia.

Llegó a la acera y se quedó allí por un momento, indeciso sobre la dirección que debía tomar. Trató vanamente de recordar dónde podría hallar un café o un restaurante que no fuera frecuentado por nadie de la facultad que pudiera reconocerle. Esta noche, más que en ningún otro momento, no tenía ninguna intención de enfrentarse con la clase de preguntas que le harían.

Algo crujió tras él, y se dio rápidamente la vuelta para encontrarse cara a cara con Fantasma.

–Oh, eres tú –dijo.

–Te he estado esperando –dijo Fantasma–. Has estado mucho tiempo ahí dentro.

–Tuve que esperar. Luego hablamos.

–¿Sirvió de algo?

–De nada. El Artefacto está vendido y pagado. El rodador se lo llevará mañana. Me temo que es el fin. Podría tratar de ir a ver a Arnold esta noche, pero ya no serviría de nada. Ya no.

–Oop ha preparado una mesa para nosotros. Me imagino que debes estar hambriento.

–Estoy muriéndome de hambre –dijo Maxwell.

–Entonces te llevaré allí.

Se alejaron del paseo y, con el fantasma guiando, siguieron un camino por lo que a Maxwell le pareció ser un largo tiempo, a través de calles estrechas y callejones.

–Es un lugar –explicó Fantasma– en donde no seremos vistos. Pero donde la comida es comestible y el whisky barato. Oop recalcó esto último.

Finalmente, bajando por una escalera de hierro hasta un sótano, llegaron al sitio. Maxwell abrió la puerta. El interior estaba en penumbra. De algún sitio en la parte trasera del edificio le llegó el confortante olor a cocina.

–Aquí sirven estilo familiar –dijo Fantasma–. Lo colocan sobre una mesa, y cada cual se sirve por sí mismo. Oop está encantado con esta forma de servirse.

La masiva figura de Oop se movió en una de las mesas de la parte de atrás. Les hizo una señal con un brazo. Maxwell vio que tan sólo había otra media docena de personas en aquel sitio.

–¡Aquí! –gritó Oop–. ¡Hay alguien a quien tenéis que conocer!

Seguido por Fantasma, Maxwell se abrió camino a través de la sala. Desde la mesa, el rostro de Carol lo contempló. Y también había otra cara. Un rostro en la penumbra, barbudo, el rostro de alguien que Maxwell creía que debía recordar.

–Nuestro invitado de esta noche –dijo Oop–. El caballero William Shakespeare.

Shakespeare se alzó y ofreció su mano a Maxwell. Una blanca sonrisa se abrió encima de su barba.

–Me considero afortunado –dijo– por haber caído en tan ruda y alborotadora compañía.

–El Bardo está pensando en quedarse aquí –dijo Oop–. En quedarse a vivir entre nosotros.

–Oh, nada de Bardo –dijo Shakespeare–. No permita Dios el que me llaméis así, pues no soy más que un honesto matarife y tratante en lanas.

–Es tan sólo un lugar común –le aseguró Oop–. Estamos tan acostumbrados.. .

–Ah, ah, ya lo sé –dijo Shakespeare–. Un error siempre se apoya fuerte sobre los pasos de aquel al que sigue.

–Pero quedarse aquí... –dijo Maxwell. Lanzó una rápida mirada a Oop–. ¿Sabe Harlow que está aquí?

–Creo que no –dijo Oop–. Tomamos nuestras precauciones para que no lo supiera.

–Escapé de la atadura –dijo Shakespeare sonriente, complacido consigo mismo–. Pero con ayuda, por la cual debo expresar mi gratitud.

–Ayuda –dijo Maxwell–. Me apuesto a que sí lo ayudaron. ¿Aprenderéis alguna vez, payasos...?

–Pete, no prosigas –dijo Carol–. Creo que fue un acto muy noble por parte de Oop. Aquí estaba este pobre hombre de otro tiempo, y todo lo que quería era ver cómo vivía la gente y...

–Sentémonos –le dijo Fantasma a Maxwell–. Tienes la cara de un hombre que necesita un buen trago.

Maxwell se sentó junto a Shakespeare, mientras Fantasma se colocaba al otro lado. Oop alcanzó una botella y la dio a Maxwell.

–Animo –le urgió–. No tengas reparos. No te preocupes por los vasos. Estamos en plan informal.

Maxwell inclinó la botella hacia su boca y la dejó gorgotear. Shakespeare lo miró con admiración. Cuando la bajó, le dijo:

–No puedo sino admirar vuestra resistencia. Ensayé un trago de ese licor, y casi me arrugó las entrañas.

–Después de un tiempo, uno se acostumbra a él –dijo Maxwell.

–Pero este ale –dijo Shakespeare, tocando con un dedo una botella medio llena de cerveza–. Ah, aquí hay una bebida suave al paladar y placentera al estómago.

Sylvester se abrió camino tras la silla de Shakespeare, se estrujó al lado de Maxwell y le puso la cabeza en el regazo. Maxwell le rascó tras las orejas.

–¿Está ese gato molestándote de nuevo? –preguntó Carol.

–Sylvester y yo somos camaradas –le replicó Maxwell–. Hemos combatido juntos en varias guerras. Luchamos anoche, ya debes acordarte, con el rodador, y le vencimos.

–Usáis una expresión risueña –le dijo Shakespeare a Maxwell–, y por tanto presumo que el negocio que habéis estado tratando y que os ha entretenido hasta ahora ha ido favorablemente.

–El asunto no ha ido en absoluto –dijo Maxwell–. La única razón por la que tengo una expresión risueña es porque estoy en una muy agradable compañía.

–¿Quieres decir que Harlow no te hizo caso? –explotó Oop–. ¿Qué no te ha dado ni un día o dos de tiempo?

–No podía hacer nada –explicó Maxwell–. Ya le habían pagado, y el rodador se lleva el Artefacto mañana.

–Tenemos medios –declaró con tono sombrío Oop– para hacerle cambiar de idea.

–Ya no –dijo Maxwell–. Ya no puede echarse atrás. La venta ha sido realizada. No devolverá el dinero, no se echará atrás en su palabra. Y si lo que tienes en mente es lo que yo creo, todo lo que tiene que hacer es anular la conferencia y devolver el dinero de los billetes.

–Supongo que tienes razón –le aceptó Oop–. No sabíamos que el negocio estuviese tan avanzado. Suponíamos que con ello conseguiríamos una mejor postura para negociar.

–Lo hicisteis lo mejor que pudisteis –dijo Maxwell–, y os lo agradezco.

–Nos habíamos figurado –dijo Oop– que, si pudiéramos ganar un día o dos, entonces todos nosotros podríamos subir la colina y abrirnos camino hasta Arnold y hacerle comprender las cosas. Pero supongo que ya todo acabó... así que echa otro trago y pásame la botella.

Maxwell tomó otro trago y le pasó la botella. Shakespeare terminó su cerveza y depositó con un golpe la botella sobre la mesa. Carol tomó la botella de manos de Oop y se sirvió un par de dedos en su vaso.

–No importa como os comportéis los demás –dijo–. Yo no seguiré una conducta bárbara. Insisto en beber en vaso.

–¡Cerveza! –gritó Oop–. ¡Más cerveza para nuestro distinguido invitado!

–Os lo agradezco, caballero –dijo Shakespeare.

–¿Cómo encontraste este cuchitril? –preguntó Maxwell.

–Conozco –respondió Oop– muchos de los rincones del campus.

–Era exactamente lo que deseábamos –intervino Fantasma–. Tiempo debe estar removiendo las piedras en busca de nuestro amigo. ¿Te dijo Harlow que había desaparecido?

–No –dijo Maxwell–. Pero parecía a punto de estallar. Mencionó que estaba preocupado, pero no se le podía sacar más. Es de esa especie de personas que pueden estar sentadas al borde de un volcán a punto de entrar en erupción sin que se les erice un solo cabello.

–¿Y qué hay de los periodistas? –preguntó luego–. ¿Todavía rodean la barraca?

Oop negó con la cabeza.

–Pero volverán. Tendremos que buscarte otro sitio para dormir.

–Supongo que podría enfrentarme con ellos –dijo Maxwell–. La historia tendrá que ser contada algún día.

–Te harán pedazos –avisó Carol–. Y Oop me ha dicho que estás sin trabajo, y que Longfellow está disgustado contigo. No te conviene una mala publicidad en estos momentos.

–Nada de eso importa mucho realmente –respondió Maxwell–. El verdadero problema es cuánto tengo que contarles.

–Todo –dijo Oop–. Suéltalo todo. Deja que la galaxia sepa exactamente lo que se perdió.

–No –dijo Maxwell–. Harlow es mi amigo. No puedo hacer nada que le cause daño.

Un camarero trajo una botella de cerveza y la dejó en la mesa.

–¡Una botella! –se irritó Oop–. ¿Qué es lo que quiere decir con una botella? ¡Vuelva a irse y venga con un saco! Este amigo está seco.

–No dijo nada –protestó el camarero–. ¿Cómo lo iba a saber?

Se marchó a buscar más cerveza.

–Vuestra hospitalidad –dijo Shakespeare– está más allá de todo reproche. Pero temo estar inmiscuyéndome en un momento de preocupación.

–En lo de preocupación estamos de acuerdo –dijo Fantasma–. Pero no está inmiscuyéndose. Nos alegra tenerlo con nosotros.

–¿Qué es lo que ha dicho Oop acerca de que quiere quedarse aquí? –preguntó Maxwell–. ¿Quería vivir aquí?

–Mis dientes están mal –dijo Shakespeare–. Cuelgan sueltos en las mandíbulas, y a veces me duelen extraordinariamente. Tengo la noción de que aquí existen maravillas mecánicas que pueden extraerlos sin dolor y fabricar otros para sustituir a los que poseo.

–Ciertamente, eso puede hacerse –afirmó Fantasma.

–Dejé en mi hogar –dijo Shakespeare– una esposa con una cortante lengua, y más bien me agradaría la idea de no volver a ella. Igualmente, el ale al que llamáis cerveza es maravilloso por encima de cualquier otro que haya bebido. Y he oído hablar de que habéis llegado a entenderos con los goblins y con las hadas, lo cual es algo maravilloso. Y sentarse a comer con un fantasma está más allá de lo comprensible, aunque uno tiene aquí la sensación de hallarse cerca de las raíces de la verdad.

El camarero llegó con los brazos repletos de botellas de cerveza, que dejó caer sobre la mesa.

–¡Aquí tienen! –dijo disgustado–. Esto los mantendrá ocupados durante algún tiempo. El cocinero dice que la comida ya llega.

–¿Acaso no piensa –le preguntó Maxwell a Shakespeare– aparecer por su conferencia?

–¡Jamás! –dijo Shakespeare–. Pues si lo hiciera, una vez terminada me devolverían sin dudarlo de nuevo a mi casa.

–Eso es lo que harían –dijo Oop– si le echan la mano encima. Ya no lo soltarían.

–¿Pero cómo se ganará la vida? –preguntó Maxwell–. No tiene usted conocimientos adecuados para este mundo.

–Yo –dijo Shakespeare– pensaré seguramente en algo. La mente de un hombre, obligada a ello, llega a las respuestas.

El camarero llegó con un carrito cargado de comida. La comenzó a depositar en la mesa.

–¡Sylvester! –gritó Carol.

Sylvester se había alzado rápidamente, había puesto las dos patas en la mesa, y se había echado hacia adelante para alcanzar dos trozos de asado poco hecho que se hallaba en el borde un gran plato lleno de costillas asadas.

Sylvester desapareció bajo la mesa, con la carne colgando de sus mandíbulas.

–El gatito está hambriento –dijo Shakespeare–. Recoge lo que puede.

–En cuestiones de comida –se lamentó Carol– no tiene ninguna clase de modales.

De debajo de la mesa llegó el sonido de huesos triturados.

–Maese Shakespeare –dijo Fantasma–. Viene usted de Inglaterra, de una ciudad situada sobre el Avon.

–Un bello país para la vista –dijo Shakespeare–, pero lleno de detritus humanos. Allí hay ladrones, asesinos, rateros, prostitutas, toda clase de malas gentes...

–Pero recuerdo –dijo Fantasma–: los cisnes sobre el río, y los sauces creciendo en las orillas, y...

–¿Que recuerdas? –aulló Oop interrogante–. ¿Cómo puedes recordar?

Fantasma se alzó lentamente, y hubo algo en ese acto que hizo que todos ellos fijasen la vista en él. Levantó una mano, aunque no había mano, sino tan sólo la manga de su sudario, si es que era sudario.

Cuando se oyó su voz sonó hueca, como si llegase de un lugar vacío muy lejano. .

–Pero recuerdo –les dijo–. Tras todos esos años, recuerdo. O bien lo había olvidado, o nunca lo supe. Pero ahora lo sé...

–Maese Fantasma –dijo Shakespeare–, actuáis en forma extremadamente extraña. ¿Qué malhadada destemplanza os ha acometido?

–Ahora sé quién soy –dijo triunfalmente Fantasma.

–Bien, demos gracias a Dios por eso –dijo Oop–. Al fin acabarán todas esas disquisiciones tuyas sobre tu origen.

–¿Y de quién, os ruego –preguntó Shakespeare–, podéis ser vos el fantasma?

–De usted –afirmó Fantasma–. Lo sé ahora... Lo sé ahora... ¡Soy el fantasma de William Shakespeare!

Por un momento, todos permanecieron sentados en silencio, anonadados. Y, entonces, de la garganta de Shakespeare surgió un estrangulado sonido de aullante terror. Con un repentino movimiento, saltó desde su silla a lo alto de la mesa, lanzándose hacia la puerta. La mesa se derrumbó con estrépito. La silla de Maxwell cayó hacia atrás, y él se derrumbó con ella. El borde de la mesa derribada lo atrapó contra el suelo, y un plato de salsa, resbalando sobre el tablero, le cayó sobre el rostro.

Trató con ambas manos de limpiarse la salsa de los ojos. De algún punto por encima de él, oyó sonar los irritados gritos de Oop.

Capaz de ver de nuevo, pero con su rostro y cabello todavía goteando salsa, Maxwell logró gatear de debajo de la mesa y ponerse tambaleantemente en pie.

Carol estaba sentada en el suelo, entre los restos de la comida.

Por todo el suelo rodaban botellas de cerveza. Enmarcada en la puerta de la cocina se hallaba la cocinera, una imponente mujer de gruesos brazos y pelo en moño, con las manos colocadas en las caderas. Sylvester estaba recostado sobre el asado, arrancando grandes trozos y tragándolos rápidamente, apresurándose antes de que pudieran detenerle.

Oop volvió cojeando de la puerta de la calle.

–Ni signo de ellos –dijo–. Ni signo de ninguno de ellos.

Extendió la mano para ayudar a Carol a ponerse en pie.

–Ese podrido Fantasma –dijo amargamente, en forma interrogante–. ¿Por qué no podría estar callado? Aunque lo supiese...

–Pero no lo sabía –dijo Carol–. No hasta este mismo momento. Fue precisa esta confrontación para lograr averiguarlo. Quizá fue algo que dijo Shakespeare. Es algo sobre lo que se ha estado interrogando durante todos esos años, y cuando repentinamente lo ha averiguado...

–Esto lo estropea todo –declaró Oop–. Shakespeare no parará nunca. Nunca lo encontraremos.

–Quizá lo esté siguiendo Fantasma –dijo Maxwell–. Eso es lo que debe haber hecho: seguir a Shakespeare para detenerlo y devolvérnoslo.

–¿Detenerlo? ¿Y cómo? –preguntó Oop–. Si Shakespeare lo ve siguiéndole, romperá todos los récords de carreras a pie.

 

 

 

 

21

 

 

Se hallaban sentados, abatidos, alrededor de la basta mesa de Oop. Sylvester estaba echado boca arriba en el suelo, con las patas delanteras cruzadas sobre el pecho y las traseras alzadas en el aire. En su rostro llevaba pegada una tonta sonrisa de satisfacción.

Oop empujó la jarra de fruta sobre la mesa, hasta Carol. Ella la tomó y olió el contenido.

–Huele a queroseno –dijo–. Y, si no recuerdo mal, sabe a queroseno.

Alzó la jarra con ambas manos y bebió de ella. Luego la empujó hacia Maxwell.

–Creo –dijo– que al cabo de un tiempo una puede llegar a acostumbrarse a beber queroseno.

–Esa es una buena bebida –dijo defensivamente Oop–. Aunque –admitió– estaría un poco mejor si fuera más vieja. Pero siempre ocurre que nos la bebemos más rápido de lo que puedo destilarla.

Maxwell alzó la jarra y engulló un buen trago. El explosivo quemó fieramente su camino garganta abajo, y reventó en su estómago. Pero la explosión no le causó ningún bien. Todavía seguía triste y abatido.

Había ocasiones, se dijo para sí mismo, en que ni siquiera el emborracharse ayudaba, en que ni siquiera podía uno emborracharse. Se bebía como una esponja, y uno continuaba sobrio. Y ahora, pensó, le agradaría muchísimo derrumbarse borracho y estar así uno o dos días. Tal vez luego, cuando volviese a estar sobrio, la vida no parecería tan mala.

–Lo que no puedo entender –dijo Oop– es por qué el viejo Bill se ha tenido que tomar eso del fantasma tan mal. Y, desde luego, se asustó. Se quedó de color rojo con topitos. Pero lo que más me preocupa es que no se asustó de Fantasma. Oh, al principio lo aceptó un tanto mal, como es natural que ocurriese en un hombre del siglo XVI. Pero una vez que se lo explicamos, pareció bastante complacido con ello. Aceptó a Fantasma mucho mejor de lo que lo hubiera hecho un hombre de digamos el siglo XX. En el siglo XVI creían en los fantasmas, y los fantasmas eran algo que podía ser aceptado. No se derrumbó hasta que se enteró de que Fantasma era su fantasma, y entonces...

–Estaba bastante intrigado –dijo Carol– por nuestras relaciones con los enanos. Nos hizo prometerle que le llevaríamos a la Reserva, para conocerlos. Como ocurría con los fantasmas, creía en ellos implícitamente.

Maxwell tomó otro trago de la jarra y se la envió a Oop. Se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo:

–El tener relaciones con un fantasma, con cualquier fantasma, no debe de ser lo mismo que encontrarse con uno en especial que resulte ser el propio. Resulta imposible para un hombre aceptar, realmente aceptar, y creer en su propia muerte. Aún el conocer que un fantasma es...

–Oh, por favor, no empecemos de nuevo con esto... –interrumpió Carol.

Oop sonrió.

–Lo cierto es que salió de allí como un disparo –dijo–. Como si le hubieran atado un petardo a la cola. Salió a través de aquella puerta sin tocar el picaporte. Simplemente, la atravesó.

–No lo vi –dijo Maxwell–. Tenía un plato de salsa sobre la cara.

–Nadie sacó nada bueno de aquel follón –dijo Oop–, excepto ese dientes de sable. Se comió casi todo un buey. Poco hecho, como a él le gusta.

–El gato es un oportunista –observó Carol–. Siempre sale de todos los enredos oliendo a rosas.

Maxwell la contempló.

–Estaba deseando preguntarte una cosa: ¿Cómo es que estabas con nosotros? Pensé que no querías saber nada más de nosotros desde la otra noche y el asunto del rodador.

Oop soltó una carcajada.

–Estaba preocupada por ti. Además, es una curiosona.

–Además, hay otra cosa –prosiguió Maxwell–. ¿Cómo es que te metiste en todo esto? Empecemos por el principio. Tú fuiste quien nos avisó que el Artefacto iba a ser vendido.

–No os avisé. Tuve un desliz. Simplemente...

–Nos avisaste –declaró Maxwell–. Y pienso que querías hacerlo. ¿Qué es lo que sabes acerca del Artefacto? Tienes que saber algo por lo que no quieres que lo vendan.

–Ajá, eso es verdad –dijo Oop–. Hermana, lo mejor será que nos lo cuentes todo.

–Un par de matones...

–No –dijo Maxwell–. No bromeemos. Esto es algo demasiado importante.

–Bueno. Oí que lo iban a vender, como ya os conté. No debía de haberlo oído, y me preocupaba, y no me gustaba. No es que hubiese nada feo en la venta, me refiero legalmente. Sabía que Tiempo tenía derecho a ello, y que podía venderlo si lo deseaba. Pero no me parecía que una cosa como es el Artefacto debiera ser vendida, ni aún por muchísimos miles de millones de dólares. Porque sabía algo acerca de él, algo que nadie más sabía, y que me asustaba contarle a cualquier persona de mi conocimiento. Y cuando les decía a otras personas lo importante que era el artefacto, me podía dar cuenta de lo muy poco que les importaba. Entonces, aquella noche, cuando vosotros dos hablasteis de él y os mostrasteis tan interesados...

–Pensaste que tal vez pudiéramos ayudar.

–Bueno, no sé lo que pensé. Pero erais los primeros que habíais demostrado algo de interés por él, aunque no os lo podía decir. No podía simplemente decíroslo, porque, comprendedlo, se suponía que no debía de saberlo, y había el problema de ser leal a Tiempo, y me encontraba hecha un lío.

–¿Estabas trabajando con el Artefacto? ¿Es así como...?

–Bueno, no –dijo ella–. No estaba trabajando con él. Pero un día, cuando me detuve a mirarlo, como cualquier turista que esté pasando por el patio interior del museo y se detenga para echarle una ojeada, porque es un objeto interesante y misterioso, vi algo... o creí ver algo, ya no lo sé. Ya no puedo estar segura. Aunque recuerdo que en aquel tiempo estuve segura. Estaba totalmente cierta de haber visto aquello de lo que nadie se había dado cuenta, o, que si se habían dado cuenta...

Se detuvo y miró a uno, luego al otro. Ninguno de ellos dijo nada. Estaban sentados en silencio, esperando a que continuase.

–No puedo estar segura –dijo–. Ya no. Ahora ya no puedo estar segura.

–Sigue –le dijo Oop–. Cuéntanoslo lo mejor que puedas.

Ella asintió con la cabeza, sobriamente.

–Fue sólo un instante. Tan rápido, tan repentino, y sin embargo, no tuve entonces ninguna duda de que realmente lo vi. El sol estaba brillando a través de las ventanas, y sus rayos caían sobre el Artefacto. Tal vez nadie había mirado nunca antes al Artefacto cuando la luz del sol hubiera estado brillando sobre él con el ángulo exacto con que incidía aquel día. No lo sé. Ésa podría ser la explicación, supongo. Pero me pareció ver algo dentro del Artefacto. Bueno, realmente, tampoco en su interior. Más bien como si el Artefacto fuera algo que hubiera sido prensado o moldeado en forma de bloque oblongo, pero uno no pudiera darse cuenta de eso excepto cuando el sol brillaba sobre él. Me pareció que podía ver un ojo y, por un momento, cuando vi este ojo, supe que estaba vivo, y que me estaba mirando y...

–¡Pero esto no puede ser!. –gritó Oop–. El artefacto es como una piedra, como un trozo de metal.

–Un raro trozo de metal –dijo Maxwell–. Algo en cuyo interior nadie puede mirar, algo que...

–Me veo obligada a decir –le recordó Carol– que ahora ya no puedo estar segura. Podría haber sido tan sólo mi imaginación.

–Nunca lo sabremos –dijo Maxwell–. El rodador se llevará mañana el Artefacto.

–Y comprará el planeta de cristal con él –dijo Oop, ultrajado por el solo pensamiento–. Me parece que no deberíamos de estar sentados aquí. Si hubiéramos podido seguir con Shakespeare...

–No nos hubiera servido de nada –dijo Maxwell–. Ese asunto de secuestrar a Shakespeare...

–¡No lo secuestramos! –dijo Oop, irritado–. Vino con nosotros de muy buen grado. Estaba muy contento de venir. Durante todo el tiempo había estado pensando en cómo podría escaparse de la escolta que le había impuesto Tiempo. Realmente, fue su propia idea. Tan sólo le ayudamos un poquito.

–¿Cómo? ¿Mamporreando las cabezas de la escolta?

–¡No! ¡Nunca! –declaró Oop–. Nos comportamos gentilmente. Creamos lo que se podría haber llamado una ligera distracción.

–Bueno, en cualquier caso –afirmó Maxwell–, fue una idea idiota. Había demasiado dinero de por medio. Podíais haber raptado a una docena de Shakespeare y nunca hubierais logrado que Harlow Sharp abandonase su plan de vender el Artefacto.

–Pero aún así –dijo Carol– debería haber algo que pudiésemos hacer. Como sacar a Arnold de la cama.

–La única forma –dijo Maxwell– en que Arnold podría ayudarnos es dándole a Tiempo una cantidad de dinero similar a la que el rodador le ha entregado a Sharp. Y no puedo imaginarme esto. ¿Y vosotros?

–No, yo tampoco –dijo Oop.

Tomó la jarra, se la llevó a la boca, y la vació. Se levantó y fue al escondite en el suelo, y sacó otra. Cuidadosamente, desenroscó la tapa y le entregó la jarra a Carol.

–Quedémonos tranquilos –sugirió– y emborrachémonos. Los periodistas estarán aquí por la mañana, y tengo que ponerme en condiciones para echarlos a todos.

–Esperad un momento –dijo Maxwell–. Creo que me está viniendo una idea.

Se sentaron, y esperaron a que la idea llegase.

–El traductor –dijo Maxwell–. El que usé para leer las láminas del planeta de cristal. Lo he encontrado en mi equipaje.

–¿Y? –preguntó Oop.

–¿Qué es lo que ocurriría si el Artefacto fuese simplemente otro archivo de datos?

–Pero Carol dice...

–Sé lo que dice Carol. Pero no está segura. Tan sólo piensa en que vio ese ojo que la miraba, y parece poco probable.

–Eso es cierto –dijo Carol–. No puedo estar totalmente segura. Y lo que Pete dice tiene sentido, aunque sea un tanto retorcido. Si tiene razón, tendrían que ser unos datos muy importantes y muy extensos. Tal vez un nuevo campo de conocimientos. Tal vez algo que el planeta de cristal dejó aquí en la Tierra, creyendo que nadie pensaría en buscarlo aquí. Algo así como un mensaje secreto.

–Aunque fuera tal como decís –dijo Oop–, ¿de qué nos sirve? El museo está cerrado, y Harlow Sharp no lo va a abrir por nosotros.

–Yo podría lograr que entrásemos –dijo Carol–. Podría telefonear al guarda y decirle que tengo que entrar para realizar algún trabajo. O que me he dejado algo dentro y que querría recogerlo. Tengo autoridad suficiente para eso.

–Y para perder tu empleo –sugirió Oop.

Ella se encogió de hombros.

–Hay otros trabajos. Y si esto resultara ir bien...

–Pero estamos tan poco seguros –protestó Maxwell–. Se trata de una posibilidad contra un millón. Tal vez menos que eso. No niego que me gustaría probarlo, pero...

–¿Y qué ocurriría si lo que encontrásemos fuese realmente importante? –preguntó Carol–. Entonces podríamos coger a Sharp y explicárselo, y tal vez...

–No sé –dijo Maxwell–. Dudo que hallemos algo lo suficientemente importante como para que Harlow se eche atrás en la transacción.

–Bueno –dijo Oop–. No perdamos el tiempo aquí sentados, hablando de ello. Vamos a hacerlo.

Maxwell miró a Carol.

–Creo que sí, Pete –dijo ella–. Creo que vale la pena.

Oop alargó la mano y tomó la jarra de licor casero de la mesa, y enroscó la tapa.

 

 

 

22

 

 

El pasado los rodeaba: el pasado puesto en pedestales, vitrinas y urnas, lo perdido y olvidado, y lo desconocido, arrancado del tiempo por las expediciones de campo que habían investigado los rincones oscuros de la historia de la humanidad. Objetos de arte y folklore que habían sido desconocidos hasta que el hombre había ido hacia atrás y los había hallado; cerámica en buen estado, que hasta entonces tan sólo se había conocido en forma de fragmentos dispersos, si es que se había conocido; botellas salidas del antiguo Egipto con los ungüentos y perfumes aún dentro de ellas, frescos; antiguas armas de hierro sacadas de la misma forja; los papiros de la biblioteca de Alejandría que deberían haber ardido, pero que no lo habían hecho porque habían sido enviados hombres allí para arrancarlos de las llamas en el mismo instante en que hubieran sido destruidos. El famoso tapiz de Ely que había desaparecido del conocimiento del hombre en una edad tan antigua... Todo eso y mucho más, un tesoro en artículos, muchos de ellos sin valor en sí mismos, pero que habían sido extraídos de las entrañas del tiempo.

El lugar había sido mal llamado, pensó Maxwell. No era el Museo Del Tiempo, sino más bien el Museo Sin Tiempo, un lugar en el que todas las épocas se unían, en donde no había distinción de tiempos, un edificio en donde todas las realizaciones y todos los sueños de la humanidad llegarían a estar unidos eventualmente, no en forma de objetos envejecidos, sino todos ellos nuevos y brillantes, fabricados tan sólo ayer. Y, aquí, uno no tenía que imaginarse, a partir de evidencias viejas y desperdigadas, lo que había sido el pasado, sino que podía tomar, aferrar y manipular las herramientas, los instrumentos y los aparatos que habían sido hechos y usados durante todo el desarrollo humano.

De pie al lado del pedestal que soportaba el Artefacto, escuchó las pisadas del guarda mientras se alejaba para reanudar sus rondas regulares.

Carol lo había conseguido, aunque en algún momento había creído que le resultaría imposible. Pero todo había ido estupendamente. Había telefoneado al guarda y le había dicho que ella y un par de amigos deseaban darle una última mirada al Artefacto antes de que se lo llevasen, y el guarda los había estado esperando en una pequeña puerta lateral situada al lado de los enormes portalones que se abrían cuando el museo estaba abierto al público.

–No se demoren mucho –gruñó–. No estoy seguro de que debiera dejarles hacerlo.

–Todo va bien –le dijo ella–. No tiene que preocuparse por nada.

Se había alejado, murmurando para sí mismo.

En lo alto, una bancada de reflectores lanzaba su luz hacia el bloque negro que era el Artefacto.

Maxwell se introdujo por debajo de la cuerda de seda que rodeaba el pedestal y llegó hasta el Artefacto, colocándose junto al mismo y rebuscando en su bolsillo el aparato intérprete.

Era un presentimiento loco, se dijo, para sí mismo. Ni siquiera era un presentimiento. Era tan sólo una idea nacida en la desesperación, y estaba perdiendo el tiempo. Posiblemente estaba haciendo el ridículo y, aunque esta loca aventura probase tener algún significado, no había nada que pudiera hacer a esa tardía hora. Mañana, el rodador entraría en posesión del Artefacto, y del conocimiento almacenado en el planeta de cristal. Y, en lo que se refería a la raza humana, esto representaría el fin de cincuenta mil millones de años de conocimientos arrancados con gran trabajo y devoción de dos universos, conocimiento que debería haber pertenecido a la Universidad de la Tierra, que debería haber sido de la universidad, pero que ahora se perdería en manos de un enigmático bloque cultural que podría resultar ser ese enemigo cósmico potencial que la Tierra siempre había temido encontrarse en el espacio.

Sabía que había empezado demasiado tarde. Si hubiera tenido un poco más de tiempo y hubiera podido entretener la venta, habría logrado encontrar personas que lo hubieran escuchado, podría haber obtenido algún apoyo. Pero todo se había conjurado en su contra, y ahora era ya demasiado tarde.

Se colocó el intérprete en la cabeza y trasteó con él, porque en alguna forma no ajustaba.

–Déjame ayudarte –le dijo Carol. Notó sus dedos manipulando expertamente el aparato, disponiendo bien la banda, colocándolo en su lugar exacto.

Mirando hacia abajo, vio a Sylvester sentado en el suelo al lado del pedestal, haciéndole muecas a Oop.

Oop vio la mirada de Maxwell.

–No le gusto a este gato –dijo el neanderthal–. Se da cuenta de que soy su enemigo natural. Algún día logrará reunir el nervio suficiente como para echarse sobre mí.

–Eso es ridículo –intervino Carol–. Es tan sólo un gatito.

–No es así como yo lo veo –dijo Oop.

Maxwell cogió los lentes del intérprete y los colocó sobre sus ojos.

Y miró al Artefacto.

Había algo allí, algo en aquel bloque de negrura. Líneas, formas, algo extraño. Ya no era simplemente un bloque de inimaginable negrura rechazando toda influencia del exterior, no tolerando nada y no entregando nada, como si fuese una cosa que se hallase aparte, suficiente en sí misma dentro del universo.

Giró la cabeza para tratar de encontrar un ángulo desde el que le fuera posible desentrañar lo que veía. No eran líneas de escritura: era otra cosa. Llevó la mano a la banda y ajustó la ruedecilla que incrementaba la potencia, manejando por un momento el ajuste del sensor.

–¿Qué es? –preguntó Carol.

–No sé... –y de repente lo supo. Y entonces lo vio. Apresada, en un ángulo del bloque, había una garra, con una piel o caparazón o escamas iridiscentes, que parecía haber sido tallada en diamantes. Una garra que se movía, y que luchaba por liberarse, para así poder atraparlo.

Se echó hacia atrás, tratando de salir de su alcance, y perdió el equilibrio. Se sintió caer, y trató de girar para caer plano sobre la espalda. Uno de sus hombros golpeó contra la cuerda de seda, y los postes que la mantenían en alto cayeron con estrépito. El suelo subió, y lo golpeó fuerte. El dar con la cuerda le había girado hacia un lado, haciéndole desplomarse sobre un hombro, aunque su cabeza no dio contra el suelo. Se echó mano a la frente, con la mano abierta, arrancándose el intérprete hacia un lado para liberarse los ojos.

Y allí, por encima de él, el Artefacto estaba cambiando. Algo se estaba elevando de él... surgiendo de la oblonga oscuridad, soltándose. Algo que estaba con vida, pulsante de vitalidad y brillando de belleza.

Una fina y atrevida cabeza, con un hocico prolongado, y una cresta en forma de sierra puntiaguda que corría desde la parte delantera de la cabeza hasta todo lo largo del cuello. Un cuerpo y un pecho atonelado, con un par de alas semidobladas, unas patas delanteras armadas con unas garras de diamantes. Brillaba cegadoramente bajo los focos que apuntaban al Artefacto, o mejor dicho a donde el Artefacto se había hallado, con cada brillante escama convertida en un punto de dura luz blanca con tonalidades de bronce y oro, amarillo y azul.

¡Un dragón!, pensó Maxwell: ¡Un dragón surgiendo de la negrura del Artefacto! ¡Un dragón al fin erguido, tras los largos eones de haber estado aprisionado en aquel bloque de oscuridad!

¡Un dragón! Tras todos los años en que había perseguido a alguno, tras todos los años de investigación, aquí tenía finalmente a un dragón. Pero no como se lo había imaginado mentalmente, no una prosaica cosa de carne y escamas, sino un ser de glorioso simbolismo. Un símbolo de los días de gloria del planeta de cristal, quizá del universo que había muerto para que el presente universo pudiera nacer. Antiquísimo y fabuloso, compañero de aquellas tribus de seres de las que los trolls y los goblins, los banshee y las hadas, no eran sino los miserables y adormecidos sobrevivientes. Una cosa cuyo nombre había pasado generación tras generación, por millares de bocas, pero que nunca había sido visto realmente por un miembro de la humanidad hasta este mismo momento.

Oop estaba de pie, más allá de uno de los caídos postes que habían sostenido la cuerda de seda, con sus piernas más arqueadas que nunca, como si hubiese empezado a agazaparse y se hubiera quedado helado, con sus enormes manos colgando a los lados, con los dedos formando garras, mientras miraba hacia arriba al terror y la maravilla en el pedestal. Frente a él, Sylvester se acurrucaba contra el suelo, con sus nudosos músculos sobresaliendo a lo largo de las peludas patas y su gran boca abierta, enseñando los colmillos y dispuesto para atacar.

Maxwell notó una mano en el hombro, y se giró.

–¿Un dragón? –preguntó Carol.

Sus palabras sonaban extrañas, como si hubiese temido preguntarlo, como si hubiera tenido que obligarlas a salir de su garganta. No le estaba mirando, sino que dirigía su vista hacia arriba, al dragón, que ahora parecía estar completo.

El dragón desenroscó su cola, que era larga y sinuosa, y, en el suelo, Oop saltó desmañadamente para evitar ser barrido por ella.

Sylvester maulló irritado y adelantó un paso.

–Deja eso, Sylvester –le dijo secamente Maxwell al felino.

Oop se adelantó rápidamente, a cuatro patas, y agarró a Sylvester por una de las patas traseras.

–Habla con él –le dijo Maxwell a Carol–. Si ese tonto gato lo ataca nos meterá en un lío de mil diablos.

–No atacaría a Oop.

–No me refiero a Oop –dijo Maxwell–, sino al dragón. Si ataca al dragón.. .

Un rugido de rabia retumbó en la oscuridad, y se oyó el ruido de pasos a la carrera.

–¿Qué está pasando aquí? –aulló el guarda, saliendo a paso de carga de las sombras.

El dragón se dio la vuelta en el pedestal y bajó de él, girando para enfrentarse con el guarda.

–¡Cuidado! –gritó Oop, todavía agarrado fuertemente a la pata de Sylvester.

El dragón se movió hacia adelante cuidadosamente, casi temerosamente, con su cabeza inclinada en un ángulo investigativo. Agitó la cola, y ésta barrió la parte superior de una mesa, lanzando al suelo media docena de bols y jarros. La cerámica cayó al suelo, y los brillantes fragmentos se desparramaron.

–¡Hey! ¡Dejen de hacer eso! –chilló el guarda. Y entonces, aparentemente por primera vez, vio al dragón. El chillido se convirtió en un aullido de terror. El guarda dio la vuelta y huyó. El dragón trotó tras él, sin prisa, pero muy interesado. Su avance era marcado por una serie de golpes secos y retumbantes.

–Si no lo sacamos de aquí –dijo Maxwell–, no dejará nada sano. A la velocidad a que va, no habrá nada entero en menos de quince minutos. Acabará con todo. ¡Y tú, Oop, por amor de Dios, aguanta a este gato! No desearía que hubiera una pelea aquí dentro.

Maxwell se puso en pie, se sacó el intérprete de la cabeza y se lo metió en el bolsillo.

–Podría abrir las puertas –ofreció Carol–, y lo podríamos echar de aquí. Las puertas grandes quiero decir. Creo que sabría hacerlo.

–¿Qué tal estás, Oop –preguntó Maxwell– en pastoreo de dragones?

El dragón había llegado hasta la parte trasera del edificio, había dado la vuelta, y ahora regresaba.

–Oop –dijo Carol–, ayúdame con esas puertas. Necesito a un hombre musculoso.

–¿Y qué hay de ese gato?

–Déjamelo a mí –dijo Maxwell–. Tal vez se comporte bien. Tal vez me tenga respeto.

Una larga cadena de golpes señalaba el avance del dragón. Escuchándolos, Maxwell soltó un quejido. Sharp le arrancaría la cabellera por esto. Amigo o no, estaría tremendamente irritado. Todo el museo destrozado, y el Artefacto transformado en toneladas de carne errante.

Dio unos pasos tentativos hacia los sonidos retumbantes. Sylvester le seguía, apretado contra sus talones. En la semipenumbra, Maxwell podía entrever la silueta del dragón.

–Dragón bonito –le dijo Maxwell–; tómatelo con calma, amigo.

Sonaba bastante tonto y completamente inadecuado. ¿Cómo demonios, se preguntó, le hablaba uno a un dragón?

Sylvester lanzó un rugido irritado.

–¡Tú quédate fuera! –ordenó Maxwell secamente–. Las cosas ya están lo bastantes complicadas sin que tú te inmiscuyas.

Se preguntó qué habría pasado con el guarda. Lo más seguro es que estuviese telefoneando a la policía y creando una tormenta.

Tras él oyó el chirrido de las puertas al abrirse. Si el dragón tan sólo esperase hasta que las puertas estuviesen abiertas, pensó quizá pudiesen sacarlo afuera. Y, una vez que el dragón hubiese salido, ¿qué pasaría entonces? Maxwell se estremeció al pensar en ello, imaginando a la gran bestia corriendo por las calles y los paseos. Tal vez fuera mejor, después de todo, mantenerlo ahí dentro.

Se quedó indeciso por un momento, sopesando las desventajas de un dragón encerrado contra las de un dragón suelto. El museo estaba ya más o menos destrozado, y quizá fuera preferible el que fuera destruido por completo que el soltar a esta criatura por el campus.

Las puertas seguían chirriando, abriéndose lentamente. El dragón había permanecido más o menos quieto, pero ahora inició un galope, corriendo hacia la puerta que se abría.

Maxwell dio la vuelta.

–¡Cerrad las puertas! –gritó. Luego saltó rápidamente hacia un lado, mientras el dragón cargaba al galope sobre él.

Las puertas estaban parcialmente abiertas, y continuaron parcialmente abiertas. Oop y Carol estaban corriendo en diferentes direcciones, con la sola idea de dejar mucho espacio para que pasasen las pesadas toneladas de carne que se dirigían hacia afuera.

Los potentes rugidos de Sylvester resonaron e hicieron eco en el museo, mientras partía en persecución de la criatura.

Desde un lado, Carol estaba gritándole:

–¡Deja eso, Sylvester! ¡No, Sylvester! ¡No!

La sinuosa cola del dragón se movía nerviosamente de lado a lado mientras corría. Caían urnas y mesas, las estatuas eran enviadas a los lados... Un camino de destrucción señalaba la huida del dragón hacia la libertad.

Gruñendo, Maxwell corrió, siguiendo a Sylvester y al dragón. Lo cierto era que no sabía por qué demonios corría. Desde luego, estaba seguro de que no tenía ningún interés en atrapar al dragón.

El dragón alcanzó la abertura y la atravesó de un salto, alzándose en el aire. Y, mientras saltaba, sus alas se desplegaron e iniciaron un atronador aleteo.

En la puerta, Maxwell resbaló hasta detenerse. En los escalones situados frente a la entrada, Sylvester también había resbalado hasta detenerse, y ahora estaba mirando hacia arriba, rugiendo irritado al dragón volador.

Era una visión que le quitaba a uno el aliento. La limpia luz de la luna incidiendo en las móviles alas, reflejándose en las bruñidas escamas de rojo y oro y azul, creaba un brillante arco iris que se agitaba en el cielo.

Oop y Carol surgieron por la puerta y se detuvieron para mirar al cielo.

–¡Maravilloso! –dijo Carol.

–Muy cierto –afirmó Maxwell.

Y ahora, por primera vez, se dio cuenta totalmente de lo que había ocurrido con exactitud. Ya no había ningún Artefacto, y la oferta de los rodadores quedaba sin efecto. Y lo mismo pasaba con cualquier oferta que se pudiese hacer en pro del planeta de cristal. La cadena de acontecimientos que se había iniciado con la copia de su pauta de ondas cuando había sido lanzado hacia Coonskin había quedado sin efecto. Ahora, excepto por aquel relampagueante arco iris en el cielo, todo era como si no hubiese sucedido.

El dragón estaba más alto ahora, flotando en el cielo. Ya no era sino el brillo de los colores del arco iris.

–Esto acaba con todo –declaró Oop–. ¿Y qué hacemos ahora?

–Fue por mi culpa –dijo Caro!.

–No fue por culpa de nadie –dijo Oop–. Es así como pasan las cosas.

–Bueno, en cualquier forma –dijo Maxwell–, estropeamos la venta de Harlow.

–Diría que así fue –dijo una voz tras de ellos–. ¿Me haría alguien el favor de decirme lo que está ocurriendo?

Se dieron la vuelta.

Harlow Sharp se encontraba en el hueco de la puerta. Alguien había encendido todas las luces del museo, y el decano se recortaba nítidamente contra el iluminado interior.

–El museo está destrozado –dijo–, y el Artefacto ha desaparecido. Y aquí están ustedes dos, y me lo podría haber supuesto. Señorita Hampton, me asombra usted. Pensé que tendría más sentido que el que se necesita para mezclarse con tal compañía. Aunque ese loco felino de usted...

–Deje a Sylvester fuera de esto –dijo ella–. Nunca tuvo nada que ver.

–¿Y bien, Pete? –preguntó Sharp.

Maxwell agitó la cabeza.

–Me es un tanto difícil explicarlo.

–Le creo –dijo Sharp–. ¿Tenía todo esto en mente cuando me habló esta tarde?

–No –dijo Maxwell–. Ha sido un accidente.

–Un accidente muy caro –le dijo Sharp–. Tal vez le interese saber que ha hecho retroceder el trabajo de Tiempo en un siglo o más. A menos, naturalmente, que en alguna forma haya movido el Artefacto y lo tenga escondido en alguna parte, en cuyo caso, amigo mío, le doy cinco segundos exactos para devolvérmelo.

Maxwell tragó saliva.

–No lo moví, Harlow. De hecho, ni lo toqué. No estoy seguro de lo que sucedió. Se convirtió en un dragón.

–¿Se convirtió en qué?

–Un dragón. Le digo, Harlow...

–Ahora recuerdo –dijo Sharp–. Usted siempre estaba hablando sobre un dragón... Partió hacia Coonskin para encontrar uno. Y ahora parece haberlo hallado. Espero que sea uno bueno.

–Es uno muy bonito –dijo Carol–. Todo dorado y brillante.

–Oh, maravilloso –dijo Sharp–. ¿No es fabuloso? Probablemente podremos hacer una fortuna llevándolo por ahí para exhibirlo. Podremos crear un circo, y le daré al dragón el papel estelar. Ya puedo verlo en letras enormes: EL ÚNICO DRAGÓN EXISTENTE.

–Pero no está aquí –dijo Carol–. Se fue volando.

–Oop –dijo Sharp–, no ha dicho usted ni una palabra. ¿Qué está sucediendo? Normalmente, es usted muy parlanchín. ¿Qué está sucediendo?

–Estoy mortificado –dijo Oop.

Sharp se volvió y miró a Maxwell.

–Pete –dijo–, probablemente se da usted cuenta de lo que ha hecho. El guarda me telefoneó, Y quería llamar a la policía; pero yo le dije que esperase hasta que yo llegara. No tenía ni idea de que las cosas estuviesen tan mal. El Artefacto ha desaparecido, y no puedo entregarlo, y esto significa que tendré que devolver todo este dinero, y una buena parte del contenido del museo ha sido destruido.

–El dragón lo hizo –dijo Maxwell–. Antes de que lo dejásemos salir.

–¿Así que lo dejaron salir? En realidad no se escapó. Ustedes lo dejaron salir.

–Bueno, estaba rompiendo todo eso. Supongo que no pensábamos en lo que hacíamos.

–Pete, dígame honestamente: ¿De verdad había un dragón?

–Sí, había uno. Estaba inmovilizado en el interior del Artefacto. Tal vez era el Artefacto. No me pregunte cómo estaba allí dentro. Supongo que por un hechizo.

–¿Un hechizo?

–Los hechizos existen en realidad, Harlow. No sé cómo. He pasado años tratando de averiguarlo, pero aún no sé más que cuando comencé.

–Me parece –dijo Sharp–, que aquí falta algo. Cuando hay un lío de los grandes, usualmente hay otro más mezclado en él. ¿Me puede decir, Oop, dónde está ese gran y buen amigo de ustedes, Fantasma?

Oop sacudió la cabeza.

–Es difícil seguirle el rastro. Siempre está escurriéndose.

–Y eso no es todo –dijo Sharp–. Hay otra situación que querría aclarar. Ha desaparecido Shakespeare. Me pregunto si alguno de ustedes podría aclarar algo sobre esta desaparición.

–Estuvo con nosotros durante un tiempo –dijo Oop–. Estábamos a punto de empezar a comer cuando se asustó bastante y desapareció. Sucedió cuando Fantasma recordó que era el fantasma de Shakespeare. Durante todos esos años se había estado preguntando sobre esto, ¿sabe?, sobre de quién era el fantasma.

Lentamente, descendiendo poco a poco, Sharp se sentó en el escalón superior, y los miró parsimoniosamente uno tras otro.

–Nada –dijo–. No se han olvidado de nada cuando han tratado de arruinar a Harlow Sharp. Han hecho un buen trabajo.

–No hemos tratado de arruinarle –dijo Oop–. Nunca tuvimos nada contra usted. Y, sin embargo, pareció que las cosas empezaban a ir mal, y ya nunca se detuvieron.

–Según la ley –dijo Sharp–, debería ponerles un pleito a cada uno de ustedes para sacarles hasta el último centavo que tengan. Tendría que pedir un veredicto, y pueden estar seguros de que lo iba a conseguir, que les obligase a los tres a trabajar para Tiempo por el resto de sus vidas. Pero los tres juntos, durante sus vidas colectivas, tan sólo podrían restañar una fracción muy pequeña de lo que le han costado a Tiempo esta noche. Así que no tiene ningún sentido el hacerlo. Aunque supongo que la policía tendrá que intervenir en este enredo. No sé cómo podríamos mantenerla apartada. Me temo que los tres van a tener que responder a muchas preguntas.

–Si tan sólo alguien quisiera escucharme –se lamentó Maxwell–, lo podría explicar todo. Esto es lo que he estado tratando de hacer desde que regresé: encontrar a alguien que me quisiese escuchar. Traté de hablarle a usted esta tarde...

–Entonces –dijo Sharp–, lo mejor es que empiece ahora mismo a explicármelo. Tengo una ligera curiosidad. Crucemos la calle y vayamos a mi oficina, donde podremos sentarnos y mantener una charla. ¿O es que esto les molestaría? Supongo que aún deben de tener pendientes de hacer una o dos cosas para acabar su trabajo de dejar a Tiempo en la bancarrota.

–No, supongo que ya no queda nada –dijo Oop–. Me atrevería a decir que ya hemos hecho todo lo que podíamos.

 

 

 

23

 

 

El inspector Drayton se levantó pesadamente de la silla en la que había estado sentado en el vestíbulo de la oficina de Sharp.

–Me alegra el que finalmente haya llegado, doctor Sharp –dijo–. Ha surgido algo...

El inspector cortó su frase cuando vio a Maxwell.

–Así que es usted –dijo–. Me alegra verle. Ha sido una larga y difícil persecución.

Maxwell hizo una mueca.

–No estoy seguro, inspector, de que comparta su alegría.

Si había alguien de quien pudiese prescindir en aquel momento, se dijo a sí mismo, era del inspector Drayton.

–¿Y quién es usted? –preguntó secamente Sharp–. ¿Qué significa el que entre usted aquí?

–Soy el inspector Drayton, de Seguridad. Tuve una corta charla con el profesor Maxwell el otro día, con ocasión de su regreso a la Tierra. Pero me temo que todavía haya algunas preguntas...

–En ese caso –dijo Sharp–, tome su sitio en la cola, por favor. Tengo asuntos pendientes con el doctor Maxwell, y me temo que los míos tienen preferencia sobre los suyos.

–No lo comprende –dijo Drayton–. No he venido aquí a arrestar a su amigo. El que apareciese aquí con usted es una casualidad afortunada que no esperaba. Hay otro asunto en el que pensé que usted podría serme de utilidad, un asunto que surgió bastante inesperadamente. Mire, oí que el profesor Maxwell estuvo invitado en una reciente fiesta de la señorita Clayton, así que fui a verla...

–Hable con sentido, señor –dijo Sharp–. ¿Qué es lo que tiene que ver Nancy Clayton con todo esto?

–No lo sé, Harlow –dijo Nancy Clayton, apareciendo en la puerta de la oficina–. Nunca traté de inmiscuirme en nada. Lo único que intento siempre es entretener a mis amigos, y no puedo ver que haya de malo en ello.

–Nancy, por favor –dijo Sharp–. Primero dígame lo que está pasando. El porqué está usted aquí, y el porqué está el inspector Drayton, y...

–Es por Lambert –dijo Nancy.

–¿Se refiere usted al hombre que pintó ese extraño cuadro que usted tiene?

–Tengo tres –dijo orgullosamente Nancy.

–Pero Lambert lleva muerto más de quinientos años.

–Eso es lo que también pensaba yo –dijo Nancy–. Pero apareció esta noche. Dijo que estaba perdido.

Un hombre apareció en el vestíbulo, apartando a Nancy a un lado: un hombre alto y robusto, de cabello rojizo y profundas líneas en el rostro.

–Parece ser, caballeros –dijo–, que están ustedes hablando de mí. ¿Les molestaría si hablase por mí mismo?

Había una extraña entonación en la forma en que decía las palabras. Y se quedó allí, sonriéndoles en una forma bonachona, y no había nada en él que pudiese causar antipatía.

–¿Es usted Albert Lambert? –preguntó Maxwell.

–Desde luego que lo soy –dijo Lambert–. Y espero no interrumpir. Pero tengo un problema.

–¿Y se cree el único? –dijo Sharp.

–Eso es algo que no sé –dijo Lambert–. Supongo que hay muchas otras personas que se enfrentan con problemas. No obstante, cuando se tiene un problema, lo que hay que hacer es ir a un sitio donde se lo puedan resolver.

–Señor –dijo Sharp–, estoy en la misma posición que usted. Y también estoy buscando respuestas.

–¿Pero no ve usted –dijo Maxwell a Sharp– que Lambert tiene la idea correcta? Ha ido al único sitio en el que su problema podía ser resuelto.

–Si yo fuera usted, jovencito –dijo Drayton–, no estaría tan seguro de mí mismo. Fue usted bastante astuto el otro día, pero ahora lo tengo atrapado. Hay un montón de cosas...

–Inspector, ¿querría usted quedarse fuera de esto? –interrumpió Sharp–. Las cosas ya están lo bastante mal sin que usted las complique. El Artefacto ha desaparecido, y el museo está destrozado, y Shakespeare ha desaparecido.

–Pero todo lo que quiero –dijo razonablemente Lambert– es volver de nuevo a casa. De vuelta al 2023.

–Oiga, espere un momento –ordenó Sharp–. Se está usted colando. Yo no...

–Harlow –dijo Maxwell–, se lo expliqué todo esta misma tarde, cuando le pregunté sobre Simonson. Seguramente se acuerda de ello.

–¿Simonson? Sí, ahora recuerdo –Sharp miró a Lambert–. ¿Es usted el hombre que pintó el cuadro en el que se ve el Artefacto?

–¿Artefacto?

–Un pedazo de piedra negra colocado sobre una colina.

Lambert negó con la cabeza.

–No, no lo he pintado. Aunque supongo que lo haré. De hecho, parece ser que tendré que hacerlo, pues miss Clayton me lo ha enseñado, e innegablemente es algo que hubiera hecho. Y debo decir que no está tan mal.

–¿Entonces vio usted realmente el Artefacto allá en el jurásico?

–¿El jurásico?

–Hace doscientos millones de años.

Lambert pareció sorprendido.

–Así que fue hace tanto. Ya sabía que era muy atrás. Había dinosaurios.

–Pero usted tendría que haberlo sabido. Estaba viajando en el tiempo.

–El problema es –dijo Lambert– que la unidad temporal se ha estropeado. Nunca parezco ser capaz de llegar al tiempo que quiero.

Sharp alzó las manos y sujetó la cabeza entre ellas. Luego las apartó y dijo:

–Por favor, vayamos punto por punto, lentamente. Primero una cosa y luego otra, hasta que lleguemos al fondo del asunto.

–Ya le expliqué –dijo Lambert– que tan sólo deseo una cosa. Y realmente es algo muy simple. Todo lo que quiero es volver de nuevo a mi casa.

–¿Dónde está su máquina del tiempo? –preguntó Sharp–. ¿Dónde la dejó? Le echaremos una mirada.

–No la dejé en ninguna parte. No podría hacerlo. Va a todas partes conmigo. Está dentro de mi cabeza.

–¡En su cabeza! –aulló Sharp–. ¡Una unidad temporal en su cabeza! ¡Pero eso es imposible!

Maxwell sonrió a Sharp.

–Cuando estábamos hablando esta tarde –dijo–, me contó usted que Simonson reveló muy poco acerca de su máquina del tiempo. Ahora parece ser...

–Le dije eso –aceptó Sharp–. ¿Pero quién en su sano juicio podría pensar que una unidad temporal pudiera ser instalada en el cerebro del sujeto? Debe tratarse de un principio nuevo. Algo en lo que nunca hemos pensado. –Le preguntó a Lambert–: ¿Tiene alguna idea de cómo funciona?

–Ni la más mínima –dijo Lambert–. La única cosa que sé es que cuando me la metieron en la cabeza, y les puedo asegurar que esto representó una importante operación quirúrgica, adquirí la habilidad de viajar en el tiempo. Tan sólo tengo que pensar dónde quiero ir, usando unas coordenadas bastante simples, y me encuentro allí. Pero algo ha funcionado mal. No importa en dónde piense, me encuentro saltando adelante y atrás, como un yoyo, de un tiempo a otro, sin que ninguno de ellos sea al que quiero ir.

–Tendría sus ventajas –dijo Sharp, hablando como en sueños, y más para sí mismo que para los demás–; permitiría acciones independientes, y sería pequeña, mucho más pequeña que la máquina que tenemos que usar. Tendría que estar dentro del cerebro y... Supongo, Lambert, que no sabe mucho acerca de ella. Me refiero a su máquina de viajar en el tiempo.

–Ya se lo dije –dijo Lambert–: nada en absoluto. Realmente, no me interesaba cómo funcionaba. Resulta que Simonson es un amigo mío...

–¿Pero por qué aquí? ¿Por qué vino usted aquí? ¿A este lugar y tiempo específicos?

–Fue un accidente, eso es todo. Y una vez llegué me pareció mucho más civilizado que un montón de sitios en los que había estado antes, y empecé a preguntar para orientarme. Aparentemente, nunca había estado hasta entonces tan lejos en el futuro, pues una de las primeras cosas de que me enteré fue de que tenían ustedes viajes temporales y de que existía una Facultad del Tiempo. Luego oí que la señorita Clayton tenía una de mis pinturas, y pensado que si tenía una de las pinturas que yo había hecho podía hallarse favorablemente dispuesta hacia mí, la busqué. Esperaba hallar como entrar en contacto con la gente que podría ayudarme a volver a casa. Y fue mientras estaba allí cuando llegó el inspector Drayton.

–Ahora, señor Lambert –dijo Nancy–, antes de que siga adelante, hay algo que deseo preguntarle. ¿Por qué, cuando estuvo usted en el jurásico, o sea lo que sea eso en lo que Harlow dice que estuvo, y pintó ese cuadro...?

–Olvida –dijo Lambert– que no lo he pintado todavía. Tengo algunos bocetos, y algún día espero...

–Bien, entonces, cuando usted lo pinte, ¿por qué no pone dinosaurios? No hay dinosaurios en ese cuadro, y usted dijo que supo que se hallaba muy atrás en el tiempo porque vio dinosaurios.

–No puse dinosaurios en la pintura –dijo Lambert– por una razón muy simple: no había dinosaurios.

–Pero usted dijo...

–Se tiene usted que dar cuenta –explicó pacientemente Lambert que tan sólo pinto lo que veo. Ni pongo ni quito nada. Y no había dinosaurios porque las criaturas del cuadro los habían echado a todos. Así que no puse dinosaurios, ni a ninguno de los otros.

–¿Ninguno de los otros? –preguntó Maxwell–. ¿De qué está usted hablando ahora? ¿Quiénes eran esos otros?

–Bueno –dijo Lambert–, los que tenían ruedas.

Se detuvo, y contempló sus rostros asombrados.

–¿Dije algo malo? –preguntó.

–Oh, no, en absoluto –dijo dulcemente Carol–. Siga, por favor, señor Lambert; y háblenos de los que tenían ruedas.

–Probablemente no me creerán –dijo Lambert–, y no puedo decirles lo que eran. Quizá los esclavos, los caballos de tiro, los que llevaban las cargas, los siervos. Aparentemente eran seres vivos: vivían, pero caminaban sobre ruedas en lugar de sobre pies, y no eran una sola cosa. Cada uno de ellos era una colonia de insectos, como abejas u hormigas, aparentemente insectos sociales. No espero que me crean ni una sola palabra de lo que les digo, pero juro...

Desde algún punto, muy lejos, llegó un sonido. El bajo y rápido sonido de ruedas que avanzaban a gran velocidad. Mientras permanecían, rígidos y a la escucha, supieron que las ruedas venían por el corredor. El ruido se aproximó, haciéndose más fuerte al ir avanzando. De repente estuvo al lado mismo de la puerta, frenando para dar la vuelta, y súbitamente el rodador se halló en la puerta.

–¡Ese es uno de ellos! –dijo Lambert–. ¿Qué está haciendo aquí?

–Señor Marmaduke –dijo Maxwell–, me alegra verle de nuevo.

–No –dijo el rodador–, no soy el señor Marmaduke. El llamado señor Marmaduke ya no será visto de nuevo por ustedes. Ha caído en muy mala desgracia. Hizo una vasta equivocación.

Sylvester había comenzado a lanzarse hacia adelante, pero Oop se inclinó y lo agarró por la piel suelta del cuello, y lo mantuvo rígidamente agarrado a pesar de sus esfuerzos por librarse.

–Fue hecho un contrato– dijo el rodador– por un humanoide que atendía por el nombre de Harlow Sharp. ¿Cuál de ustedes es Harlow Sharp?

–Yo soy ese hombre –dijo Sharp.

–Entonces, caballero, le debo preguntar qué es lo que piensa usted hacer para cumplir con su parte del contrato.

–No hay nada que pueda hacer –dijo Sharp–. El Artefacto ha desaparecido y no puede ser entregado. Naturalmente, les será reembolsado inmediatamente su pago.

–Esto, señor Sharp –dijo el rodador–, no será suficiente. Será demasiado poco para satisfacernos. Llevaremos la ley contra usted. Le destruiremos, señor, con todo nuestro esfuerzo. Haremos todo lo que podamos por empobrecerle y...

–¡Pero, miserable carretón –gritó Sharp–, si no hay ley para ti! La ley galáctica no se aplica para bichos como tú. Si crees que puedes venir a amenazarme...

Fantasma apareció, materializándose en el aire dentro de la habitación.

–Ya era hora –gritó irritado Oop–. ¿Dónde has estado toda la noche? ¿Qué has hecho con Shakespeare?

–El Bardo está a salvo –dijo Fantasma–. Pero hay otras noticias. –La manga de su sudario se alzó, y señaló al rodador–. Otros de su especie hormiguean por la Reserva de los Goblins para tratar de atrapar al dragón.

Así, pensó Maxwell ilógicamente, al fin y al cabo lo que habían deseado era el dragón. ¿Habrían sabido los rodadores desde un principio que existía un dragón? Y la respuesta era que, naturalmente, lo tendrían que haber sabido, puesto que habían sido sus muy antiguos antepasados los que habían realizado los trabajos en los días del jurásico.

¿En los días del jurásico, y cuántas otras veces en cuántos otros planetas? Los siervos, había dicho Lambert: los caballos, los destinados a llevar las cargas pesadas. ¿Eran ahora, o habían sido, miembros inferiores de aquella antigua raza de seres, o habían sido quizá simplemente animales domesticados, biológicamente mantenidos bajo el arnés por medio de ingeniería genética, para los trabajos a que estaban destinados?

Y ahora esos antiguos esclavos, habiendo establecido un imperio propio, extendían las manos para alcanzar algo que quizá pensasen era su legítima herencia. De ellos, pues en ninguna otra parte del universo, excepto quizá en aisladas y agonizantes bolsas, quedaba ninguna señal del gran proyecto de colonización imaginado por el planeta de cristal.

Y quizá, pensó Maxwell, quizá debiera ser de ellos. Pues ellos habían suministrado la labor con que se había llevado a cabo el proyecto. Y, ¿no habría el agonizante banshee, cargado con un antiguo remordimiento, tratado de deshacer el daño, cuando había traicionado al planeta de cristal? ¿No habría tratado de ayudar a esos antiguos esclavos? ¿O tal vez hubiera creído que era mejor que la herencia fuese a parar no a unos seres extraños, sino a una raza de criaturas que hubieran contribuido, aunque fuera poco, aunque fuera tan insustancialmente, con una parte en el gran proyecto que se había derrumbado en el fracaso?

–¿Quiere decir –preguntó Sharp al rodador– que, en el mismo momento en que estaba ahí amenazándome, tenía a sus bandidos allá...?

–Cubre todas las posibilidades –dijo Oop.

–El dragón se fue a casa –dijo Fantasma–. Al único hogar que puede reconocer en todo el planeta. Allí donde residen los enanos, para así poder ver de nuevo a sus amigos, volando a la clara luz de la luna sobre el valle del río. Y entonces lo atacaron los rodadores en el aire, tratando de obligarle a tomar tierra para así poder capturarlo, y el dragón está defendiéndose magníficamente, pero...

–Los rodadores no pueden volar –protestó Sharp–. Y dice usted que hay un montón de ellos. O por lo menos eso es lo que quedaba implícito en sus palabras. Pero eso es imposible. El señor Marmaduke era el único...

–Quizá –dijo Fantasma–. Se supone que no vuelan, pero lo están haciendo. En cuanto a su número, estoy asombrado. Tal vez estuvieron aquí durante todo el tiempo, escondidos. Puede ser que estén llegando a través de las estaciones de transporte.

–Podemos terminar con eso –dijo Maxwell–. Podemos hablar con la Central de Transporte. Podemos...

Sharp negó con la cabeza.

–No –dijo–. No podemos hacer eso. Transporte es intergaláctico, y no únicamente de la Tierra. No podemos interferir.

–Señor Marmaduke –dijo el inspector Drayton, hablando con su mejor voz oficial–, o quienquiera que sea usted. Creo que lo mejor será que lo detenga.

–Déjense de chácharas –dijo Fantasma–. Los enanos necesitan ayuda.

Maxwell cogió una silla y la alzó en el aire.

–Ya es hora de que terminemos de hacer el tonto –declaró. Y luego, dirigiéndose al rodador–: Y también lo es para que empiece usted a hablar, amigo. Y, si no lo hace, lo voy a abollar.

De repente, del pecho del rodador surgió un círculo de toberas, y se escuchó un sonido siseante. Un hedor les golpeó la cara, un terrible hedor que golpeaba como un puño cerrado y salvaje, y que hacía que el estómago se alborotase y la garganta experimentase unas tremendas náuseas.

Maxwell se notó caer, incapaz de controlar su cuerpo, que parecía atado por el terrible mal olor que surgía del rodador. Golpeó el suelo y rodó por él, y sus manos fueron a su cuello y lo arañaron, como si quisiese abrirlo para permitir que entrase más aire, aunque no parecía haber aire, no había nada salvo el hedor del rodador.

Sobre él oyó un terrible chillido, y cuando rodó para poder ver lo que sucedía contempló a Sylvester suspendido sobre él, con sus garras delanteras clavadas alrededor de las porciones superiores del cuerpo del rodador, y las inferiores arañando y golpeando la enorme tripa transparente en cuyo interior se contorsionaban las repugnantes masas de insectos. Las ruedas del rodador giraban frenéticamente, pero algo funcionaba mal en ellas puesto que una giraba en una dirección y la otra en la opuesta, de tal forma que el rodador giraba en una loca danza, con Sylvester agarrado desesperadamente mientras sus patas traseras golpeaban como pistones la panzuda tripa. Parecía, pensó Maxwell, como si los dos estuviesen bailando un rápido y atolondrado vals.

Una mano invisible se extendió y sujetó a Maxwell por el brazo, tirando de él, sin ceremonias, a través de la habitación. Su cuerpo atravesó la puerta, y algo del hedor desapareció, y pudo respirar aire.

Maxwell rodó sobre sí mismo y apoyó los brazos y piernas, y luchó por ponerse en pie. Levantó los puños y se restregó los ojos. Carol estaba tirada en el suelo. Oop, inclinado en el hueco de la puerta, estaba sacando a rastras a Nancy de la fétida habitación, en la que todavía se oían los ruidos del dientes de sable trabajando.

Maxwell se tambaleó hacia adelante y se inclinó, cogió a Carol, y se la echó, como un saco, sobre un hombro. Dando la vuelta, inició una inestable retirada a lo largo del corredor.

Diez metros más allá, se detuvo y miró hacia atrás. Y, cuando lo hacía, vio aparecer súbitamente al rodador en la puerta, libre finalmente de Sylvester, y con ambas ruedas girando al unísono. Atravesó el vestíbulo, rodando locamente y algo inclinado, tambaleándose ciegamente, chocando contra una pared y apartándose de ella para chocar contra la otra. De un gran desgarrón en su tripa iban cayendo unos pequeños objetos blancuzcos que se desparramaban por todo el suelo.

A tres metros de donde se hallaba Maxwell, finalmente, el rodador se derrumbó, cuando una de las ruedas chocó contra la pared y cedió. Lentamente, con lo que parecía ser una rara muestra de dignidad, el rodador se inclinó y de la abierta tripa surgió una masa de insectos que se apilaron en el suelo.

Sylvester llegó deslizándose por el suelo, muy agazapado, con su hocico extendido investigativamente, dando un pasito tras otro, mientras se acercaba a su víctima. Tras Oop y Sylvester venían todos los demás.

–Ya me puedes soltar –dijo Carol.

Maxwell la soltó, y la ayudó a ponerse en pie. Ella se apoyó contra la pared.

–Nunca vi una forma tan indigna de ser tratada –declaró–. No tienes ni una chispa de caballerosidad, atreviéndote a llevar a una chica en tal forma.

–Fue un tremendo error –dijo Maxwell–. Debía haberte dejado allí, tirada en el suelo.

Sylvester se había detenido y, alargando el cuello, husmeó al rodador, mientras su rostro se cubría de arrugas de disgusto y asombro. Ya no había signos de vida en el rodador. Satisfecho, Sylvester se echó hacia atrás y se sentó sobre las patas traseras, comenzando a lavarse la cara con la lengua. En un montón, en el suelo, al lado del caído rodador, los insectos se agitaban. Algunos de ellos comenzaron a reptar desde el montón, dirigiéndose al vestíbulo.

Sharp pasó al lado del rodador.

–Vengan –dijo–. Vámonos de aquí.

El corredor todavía olía con el terrible hedor.

–¿Pero qué es lo que pasa? –se quejó Nancy–. ¿Por qué el señor Marmaduke...?

–No son sino insectos malolientes –le dijo Oop–. ¿Puede imaginar eso? ¡Una raza galáctica de insectos malolientes! ¡Y nos tenían atemorizados!

El inspector Drayton se adelantó con aire importante.

–Me temo que será necesario que todos ustedes vengan conmigo –dijo–. Necesitaré sus declaraciones.

–¿Declaraciones? –dijo airado Sharp–. Usted debe estar loco! ¡Declaraciones en un momento como éste, con un dragón suelto y...!

–Pero ha muerto un extranjero –protestó Drayton–. Y no es un extranjero cualquiera. Es un miembro de una raza que tal vez sea nuestra enemiga. Esto podría traer repercusiones.

–Tan sólo tiene que informar –dijo Oop– que fue muerto por una bestia salvaje.

–Oop –saltó Carol–, debería tener más conocimiento para no decir una cosa así. Sylvester no es salvaje. Es tan pacífico como un cachorrillo. Y no es una bestia.

Maxwell miró a su alrededor.

–¿Dónde está Fantasma? –preguntó.

–Desapareció –dijo Oop–. Siempre lo hace cuando empiezan las complicaciones. No es más que un cobarde.

–Pero dijo...

–Lo hizo –dijo Oop–. Y estamos perdiendo el tiempo. A O'Toole le vendría bien algo de ayuda.

 

 

 

24

 

 

El señor O'Toole les estaba esperando cuando salieron del camino.

–Sabía que ustedes debían venir –les saludó–. Fantasma díjome que los buscaría. Y es grande nuestra necesidad de alguien que pueda hablar con sentido a los trolls, los cuales se esconden y murmuran en su puente, y no quieren atender a razones.

–¿Y qué tienen que ver con esto los trolls? –preguntó Maxwell–. Por una vez en la vida, ¿no puede dejarlos tranquilos?

–Los trolls –explicó el señor O'Toole–, aún sucios como son, pudieran ser nuestra salvación. Pues son los únicos, ellos, a quienes, faltándole toda civilización, o toda comunidad, permanecen expertos en los hechizos de los tiempos antiguos, y se especializan en los trabajos realmente sucios, en los más viciosos de todos los hechizos. Las hadas, claro está, también mantienen las viejas habilidades, pero todos sus hechizos son gentiles, y la gentileza es algo de lo cual ninguna necesidad habemos.

–¿Nos puede decir –preguntó Sharp– lo que está ocurriendo? Fantasma no se entretuvo en explicárnoslo.

–Con gran complacencia –dijo el goblin–. Pero tengan ustedes la bondad de iniciar el camino y, haciéndolo, les relataré todos los sucesos. Pero poco es el tiempo que podemos perder, y los trolls son de una gran terquedad de alma, y mucha será la persuasión que se necesite para que trabajen por nosotros. Están agazapados entre las musgosas piedras de ese tonto puente suyo, y retozan como cosas que han perdido la razón. Aunque, si es que hemos de contar la verdad, ellos, sucios trolls bien poca razón tienen por perder.

Avanzaron en fila india hacia arriba por el farallón rocoso que se hallaba entre las colinas, y aunque hacia el este había comenzado a surgir la luz del amanecer, el sendero, hundido entre árboles y flanqueado por matorrales, se hallaba a oscuras. Aquí y allá se despertaban de su sueño los pájaros, y piaban, y en algún sitio arriba en la colina chillaba un mapache.

–El dragón vino al hogar con nosotros –les dijo O'Toole mientras caminaban–. Al único lugar de la Tierra que le resta para ir, donde hallarse de nuevo con los de su casta. Y los rodadores, que en los tiempos antiguos atendieron por otro nombre que no el de rodadores, lanzaron su ataque contra él, cual escobas volando en formación. No deben obligarle a descender al suelo, pues entonces lo habrán aprendido, y podrán llevárselo con gran rapidez. Y él, en tanto, ha presentado noble lid, rehuyendo sus acechanzas, pero el cansancio lo acomete, y hemos de apresurarnos y darnos prisa si es que hemos de prestarle alguna valiosa ayuda.

–Y espera usted –dijo Maxwell– que los trolls sean capaces de derribar a los rodadores tal y como lo hicieron con el volador.

–Rápida es su comprensión, amigo mío. Eso es lo que se forma en mi mente. Pero esos malandrines de trolls tratan de sacar ventaja de ello.

–Nunca supe –dijo Sharp– que los rodadores pudiesen volar. Únicamente los había visto ir por la tierra.

–Sus habilidades son sin cuento –dijo O'Toole–. De sus cuerpos pueden hacer artilugios sin número y fuera de toda imaginación. Grifos para lanzar su maloliente gas, armas para expeler el rayo mortal, tubos de fuego para convertirlos en escobas voladoras que se mueven con asombrosa velocidad, y nunca nada de ellos es para bien. Llenos de odio y resentimiento tras las edades, yaciendo allí, en lo profundo de la galaxia, con el rencor comiendo como el cáncer en sus pútridas mentes, esperando el hado que les permita ser lo que nunca podrán ser, pues sirvientes son y deberán ser.

–¿Pero por qué preocuparse por los trolls? –preguntó Drayton, totalmente fuera de lugar–. Podría conseguir con solo una palabra cañones y aviones...

–No sea más tonto de lo que ya es –le dijo Sharp–. No podemos ni tocarles con el dedo meñique. No podemos crear un incidente. Los humanos no pueden tener nada que ver en esto. Es algo entre los enanos y sus antiguos esclavos.

–Pero el felino ya ha matado...

–El felino, no un humano. Podemos...

–Sylvester –protestó Carol–, tan sólo estaba tratando de protegernos.

–¿Tenemos que ir tan deprisa? –protestó Nancy–. No estoy acostumbrada a esto.

–Venga –dijo Lambert–. Tome mi brazo. Parece que el camino es bastante áspero.

–¿Sabías, Pete –dijo burbujeante Nancy– que el señor Lambert ha aceptado ser mi invitado durante un año o así, y pintar algunos cuadros para mí? ¿No es algo maravilloso por su parte?

–Sí –dijo Maxwell–. Estoy seguro de ello.

El sendero había estado subiendo la colina durante los últimos treinta metros, y ahora se hundió hacia la quebrada, que estaba cubierta de grandes piedras que, a la primera débil luz de la mañana, parecían como bestias agazapadas dispuestas para saltar. Y cruzando la quebrada se alzaba el antiguo puente, una estructura arrancada de una antigua ruta medieval. Mirándolo, a Maxwell le costó creer que había sido construido hacía tan sólo unas décadas, cuando se había erigido la Reserva.

Dos días, pensó, tan sólo habían pasado dos días desde que había vuelto a la Tierra para encontrarse con el inspector Drayton esperándole. Habían pasado tantas cosas que realmente parecía haber sido mucho más. Habían ocurrido tantas cosas increíbles, y seguían pasando aún otras que también eran increíbles... pero del resultado de todos estos acontecimientos quizá dependiese el futuro de la humanidad y de la federación que el hombre había levantado entre las estrellas.

Trató de sentir odio hacia los rodadores, pero se dio cuenta de que no los odiaba. Eran demasiado extraños, demasiado distintos de la humanidad como para inspirar odio. Más que unos seres malvados eran abstracciones de maldad, aunque esta distinción no los convertía en menos peligrosos. Había habido aquel otro Peter Maxwell, y seguramente había sido asesinado por los rodadores, pues cuando lo habían hallado habían notado a su alrededor un curioso y repulsivo olor, y ahora, desde aquel momento en la oficina de Sharp, Maxwell sabía de qué olor se trataba. Asesinado porque los rodadores habían creído que el primer Maxwell que había vuelto venía del planeta de cristal, y el asesinarlo había sido una forma de impedir que interfiriese en el negocio con Tiempo para la compra del Artefacto. Pero cuando el segundo Maxwell había aparecido, los rodadores debían haber creído inconveniente un segundo asesinato. A ello se debía, pensó Maxwell, el que el señor Marmaduke hubiera tratado de comprarle...

Y además había el asunto de un tal Monty Churchill, recordó. Cuando todo esto hubiera terminado, y no importaba como terminase, iría a buscar a Churchill para estar seguro de saldar la deuda que tenía pendiente con él.

Llegaron al puente y se metieron bajo él, y se detuvieron.

–¡De acuerdo, despreciables trolls! –gritó el señor O'Toole a las silenciosas piedras–. ¡Aquí afuera estamos un grupo de nosotros que queremos mantener conversación con vosotros!

–Usted cállese –le dijo Maxwell al goblin–. Quédese fuera de esto. Usted y los trolls no se llevan bien.

–¿Quién –preguntó el señor O'Toole– puede llevarse bien con ellos? Son obstinados, y sin una brizna de honor, y desprovistos de sentido común...

–Simplemente cállese –le dijo Maxwell–. No diga una palabra más.

Permanecieron quietos todos ellos, en el silencio de la naciente aurora, y finalmente una voz chillona les habló desde el área situada bajo la parte más lejana del puente.

–¿Quién está ahí? –preguntó la voz–. Si venís a molestarnos, no seremos molestados. El bocazas de O'Toole, durante todos estos años nos ha molestado y nos ha perseguido, y nosotros ya no queremos más de eso.

–Mi nombre es Maxwell –dijo Maxwell al que hablaba–. No he venido a molestaros. He venido a pedir vuestra ayuda.

–¿Maxwell? ¿El buen amigo de O'Toole?

–El buen amigo de todos vosotros. De cada uno de vosotros. Velé con el banshee moribundo, tomando el lugar de los que no quisieron ir a ver sus últimos momentos.

–Pero bebes con O'Toole, lo haces, y hablas con él, oh sí. Y das crédito a sus mentiras.

O'Toole se adelantó, repleto de ira.

–¡Os estrangularé por los cuellos! –gritó–. ¡Si tan sólo una vez logro poner mis manos sobre vuestros sucios cuellos...!

Sus palabras se cortaron abruptamente cuando Sharp extendió el brazo y, cogiéndolo por la parte de atrás de los pantalones, lo alzó, manteniéndolo en alto, gorgoteando y jadeando su rabia.

–Siga –le dijo Sharp a Maxwell–. Si este pequeño charlatán tan sólo abre los labios, encontraré un charco y lo ahogaré.

Sylvester se acercó a Sharp, adelantó la cabeza y olisqueó delicadamente al pendiente O'Toole. O'Toole manoteó al felino con brazos como aspas.

–¡Sacadlo de aquí! –aulló.

–Piensa que es usted un ratón –le dijo Oop–. Está tratando de decidir si vale la pena un bocado.

Sharp lo alzó más alto y le dio una patada a Sylvester en las costillas. Sylvester se apartó enseñando los dientes.

–Harlow Sharp –dijo Carol adelantándose–, no se atreva nunca más a hacer una cosa como ésta. Si se atreve, yo...

–¡Cállense! –gritó Maxwell, exasperado–. ¡Cállense todos! El dragón está ahí arriba luchando por su vida, y todos ustedes, aquí despotricando como chiquillos.

Se quedaron todos silenciosos. Algunos se echaron atrás. Maxwell esperó un momento, y luego habló a los trolls:

–No sé lo que ha pasado antes, ni sé cuál es el problema. Pero necesito su ayuda, y estamos aquí para conseguirla. Les prometo un trato justo, pero también les prometo que, si no son razonables, veremos lo que un par de cartuchos de alto explosivo le hacen a ese puente suyo.

Una voz débil y temblona salió del puente:

–Pero si todo lo que hemos querido, todo lo que hemos pedido, ha sido que ese bocazas de O'Toole nos hiciese para nosotros un barril de dulce ale de octubre.

Maxwell se volvió.

–¿Es cierto eso? –preguntó.

Sharp puso en pie a O'Toole para que pudiera responder.

–Es la rotura de un precedente –aulló O'Toole–, ¡eso es lo que es! Desde tiempo inmemorial, nosotros los goblins somos los únicos que jamás hemos fermentado el exquisito ale. Y bebido. No podemos hacer más del que bebemos. Y hacerlo para los trolls. Entonces las hadas lo querrían, y...

–Sabe –dijo Oop– que las hadas nunca beberían el ale. Todo lo que beben es leche. Ni tampoco los brownies.

–¡Sedientos querríais tenernos a todos! –gritó el goblin–. Duro trabajo es para nosotros el hacer tan sólo el que necesitamos, y además mucho tiempo, y pensamiento, y esfuerzo.

–Si es simplemente un asunto de producción –sugirió Sharp–, seguramente podríamos ayudarle.

El señor O'Toole saltó airado.

–¡Y los insectos! –gritó–. ¿Qué hay de los insectos? Que los excluirías del ale cuando estuviera fermentando, estoy seguro. Todo desagradablemente saludable. Para hacer el ale de octubre se han de tener cayendo insectos en su interior, y todas las otras cosas, y una gran suciedad, o se pierde el paladar.

–Pondremos los insectos –dijo Oop–. Iremos a buscarlos, y llenaremos un cubo de ellos, y los tiraremos dentro.

O'Toole estaba fuera de sí por la irritación. Su rostro era de un llameante púrpura.

–No podéis comprenderlo –les gritó–. Los insectos no hay que tirarlos. Los insectos caen en el barril de ale con una maravillosa selectividad y...

Sus palabras se detuvieron con un gorgoteante alarido, y Carol dijo secamente:

–¡Sylvester, quieto!

O'Toole colgaba, aullando y manoteando, de la boca de Sylvester.

Sylvester mantenía alta la cabeza, de forma que los pies del señor O'Toole no pudiesen alcanzar el suelo.

Oop estaba revolcándose por el suelo, desternillándose de risa, golpeando la tierra con los puños.

–¡Piensa que O'Toole es un ratón! –gritó Oop–. ¡Miren al gatito! ¡Ha cazado un ratón!

Sylvester se estaba comportando con gentileza. No estaba haciendo daño a O'Toole más que en su dignidad. Lo estaba manteniendo suavemente en la boca, con los dos colmillos de su mandíbula superior cerrados limpiamente sobre su cintura.

Sharp se acercó para darle otra patada al felino.

–¡No! –gritó Carol–. ¡No se atreva a hacer eso!

Sharp dudó.

–Está bien, Harlow –le dijo Maxwell–. Déjele que siga con O'Toole. Se merece algún premio por la ayuda que nos dio en la oficina.

–¡Lo haremos! –gritaba frenéticamente O'Toole–. ¡Les haremos su barril de ale! ¡Les haremos dos barriles!

–Tres –dijo la voz temblona que salía del puente.

–¡De acuerdo, tres! –aceptó el goblin.

–¿No habrá trampas luego? –preguntó Maxwell.

–Nosotros los goblins nunca hacemos trampas –dijo O'Toole.

–De acuerdo, Harlow –le dijo Maxwell–. Pégale un buen patadón.

Sharp se preparó a dar la patada. Sylvester soltó a O'Toole y se echó hacia atrás un par de pasos.

Los trolls salieron corriendo de debajo del puente y subieron por la ladera de la colina, gritando excitados.

Los humanos comenzaron a subir también, siguiéndolos.

Por delante de Maxwell, Carol tropezó y cayó. Maxwell se detuvo y la alzó. Ella se soltó y se dio la vuelta hacia él, con el rostro ardiendo por la ira.

–¡No me toques! –dijo–. ¡Ni me vuelvas a hablar! Le dijiste a Harlow que le diera una patada a Sylvester. Me gritaste. Me dijiste que me callara.

Se volvió y echó a correr, colina arriba, desapareciendo rápidamente de su vista.

Maxwell se quedó por un momento sin saber qué hacer. Luego comenzó a subir, evitando las piedras, agarrándose a los matorrales para ayudarse.

En lo alto de la colina oyó salvajes alaridos y, a su derecha, vio caer en espiral desde el cielo un gran globo negro, con sus ruedas girando locamente, hasta estrellarse en los bosques. Se detuvo, miró hacia arriba, y vio entre las copas de los árboles dos globos más que se dirigían uno hacia el otro con rumbos de colisión. No alteraron su camino ni frenaron su velocidad. Chocaron y explotaron al impacto. Vio volar los pedazos. Al cabo de unos segundos se oyó un golpeteo entre las hojas cuando llovieron los restos.

En lo alto de la colina continuaban los chillidos de aliento, y a lo lejos, cerca de la cima de la colina que se alzaba al otro lado de la quebrada, algo que oyó pero que no vio se estrelló con un golpe sordo contra el suelo.

No se veía a nadie cuando volvió a reemprender la subida.

Ya había terminado todo, se dijo. Los trolls habían hecho su trabajo, y ahora el dragón podía descender. Sonrió amargamente. Durante años había perseguido a los dragones, y finalmente aquí tenía a su dragón, aunque quizá era más de lo que había esperado. ¿Qué podía ser el dragón, y por qué había sido metido dentro del Artefacto, o convertido en Artefacto, o lo que fuese?

Era curioso lo del Artefacto, pensó: el que hubiese resistido a todo, el que lo hubiese rechazado todo, hasta el momento en que se había colocado el mecanismo intérprete en su cabeza para examinarlo. ¿Qué es lo que había ocurrido para soltar al dragón del Artefacto? Claramente, el mecanismo había tenido parte en ello, pero seguía sin poder saber lo que había sucedido. Aunque seguramente la gente del planeta de cristal ciertamente lo sabría, una de las muchas cosas que sabían, una de las muchas artes que poseían y que todavía estaban fuera del conocimiento de los demás de la galaxia. ¿Había aparecido el intérprete en su equipaje deliberadamente y no por accidente? ¿Había sido colocado allí con el mismo propósito para el que había sido usado? Después de todo, ¿era un intérprete, o era alguna otra cosa construida en forma que se le pareciese?

Recordó que en algún tiempo había pensado en si el Artefacto no habría servido alguna vez como dios de los enanos, o de aquellas otras extrañas criaturas que al principio de la historia de la Tierra habían estado asociadas con los enanos. Se preguntó si habría tenido razón entonces. ¿Sería el dragón un dios de algún tiempo arcaico?

Volvió a subir de nuevo, pero ahora más lentamente, pues ya no había necesidad de apresurarse. Era la primera vez desde que había vuelto del planeta de cristal que no había necesidad de apresurarse.

Se hallaba a algo de la mitad de la ladera cuando oyó la música, tan débil al principio, tan apagada, que no pudo estar seguro de haberla oído. Se detuvo a escuchar y supo que era música.

El sol había ya elevado la parte superior de su disco sobre el horizonte, y una cortina de cegadora luz golpeaba las copas de los árboles en la colina por encima de él, haciéndolas brillar con colores otoñales. Pero la colina a la que estaba subiendo todavía permanecía en las sombras matutinas.

Escuchó, y la música era como el sonido del agua cristalina rodando sobre alegres piedras. Música irreal. Música de las hadas. Y esto es lo que era. En la pradera de las danzas, allá a su izquierda, sonaba la música de las hadas.

¡La música de las hadas, y ellas bailando en la pradera! Era algo que nunca había visto, y ahora tenía su oportunidad. Se dirigió hacia la izquierda, y se abrió camino tan silenciosamente como podía hacia el claro del bosque.

Por favor, murmuró para sí mismo, por favor, no os vayáis. No os asustéis por mí. Por favor, quedaos y dejadme veros.

Ya estaba cerca. Era detrás de esa roca. Y la música continuaba sonando. Se arrastró los últimos centímetros alrededor de la roca, cuidando de no hacer ningún ruido.

Y entonces vio.

Los músicos estaban sentados en hilera sobre un tronco al borde del pasto, y tocaban mientras la luz matutina se reflejaba en sus alas iridiscentes y en los brillantes instrumentos.

Pero no había hadas bailando en el claro. En lugar de esto, había alguien a quien nunca hubiera esperado. Alguien de alma tan simple como para danzar al son de la música de las hadas.

Frente a frente, bailando a los acordes de los músicos, estaban Fantasma y William Shakespeare.

 

 

 

25

 

 

El dragón estaba posado sobre las almenas del castillo, con su cuerpo multicolor relumbrando al sol. Muy abajo, en su valle, el río Wisconsin, azul como un olvidado día de verano, fluía entre las orillas de rojizas florestas. Del patio del castillo llegaban sonidos de alegría mientras los goblins y los trolls, olvidados momentáneamente de su enemistad, bebían grandes jarras de ale de octubre, golpeando con ellas en las mesas que habían sido sacadas del gran salón y cantando antiquísimas canciones compuestas mucho antes de que hubiese existido esa cosa llamada hombre.

Maxwell se sentó sobre una piedra y miró a través del valle. A unos cuatro metros, el borde del precipicio se alzaba sobre treinta metros de abismo, y sobre este borde crecía un retorcido cedro, retorcido por los vientos que habían aullado a través del valle durante incontables años, con su corteza de plata en polvo, con su follaje de un suave y fragante verde. Aún desde donde se hallaba, Maxwell podía sentir el penetrante aroma del follaje.

Todo había salido bien, se dijo a sí mismo. No había Artefacto para intercambiar por el conocimiento del planeta de cristal, aunque estaba el dragón, y después de todo probablemente era el dragón lo que habían deseado las gentes de aquel planeta. Pero aunque esto no resultase ser la verdad, los rodadores habían perdido, y esto, a la larga, tal vez resultara ser más importante que el adquirir el conocimiento.

Todo había salido bien. Mejor de lo que había esperado. Excepto que ahora todos estaban irritados contra él. Carol estaba enojada con él porque le había dicho a Harlow que patease a Sylvester, y porque la había mandado callarse. O'Toole estaba enojado con él porque lo había abandonado a Sylvester, y por lo tanto obligado a ceder ante los trolls. Harlow, muy probablemente, estaba aún muy quemado porque había estropeado la venta del Artefacto, y por todo aquel destrozo del museo, aunque tal vez el que hubiera devuelto a Shakespeare pudiera aliviar algo esto. Y, naturalmente, aun quedaba Drayton, que posiblemente desearía aún interrogarlo, y Longfellow, de Administración, que sin importarle lo que hubiera pasado tampoco le querría demasiado bien.

A veces, se dijo a sí mismo, no compensaba el preocuparse mucho por algo o el pelear por algo. Quizá fueran las personas como Nancy Clayton las que tuvieran la suerte: Nancy, la de cabeza a pájaros, con sus famosos invitados y sus fabulosas fiestas.

Algo se apretó contra él, y se volvió para ver lo que era. Sylvester sacó una áspera y rasposa lengua y comenzó a lamerle la cara.

–Deja eso –dijo Maxwell–. Esa lengua tuya arranca la piel.

Sylvester ronroneó contento y se sentó al lado suyo, apoyándose pesadamente en él. Los dos se quedaron sentados, mirando a través del valle.

–Tu sí que vives bien –le dijo Maxwell al felino–. No tienes problemas, no tienes preocupaciones.

Un pie hizo rodar algunas piedrecillas. Una voz dijo:

–Has raptado a mi gato. ¿Puedo sentarme a compartirlo?

–Seguro, siéntate –dijo Maxwell–. Me apartaré para dejarte sitio. Pensé que no querías volver a hablarme jamás.

–Te portaste mal allá –dijo Carol–, y no me gustaste mucho. Pero supongo que tenías que hacerlo.

Una nube oscura se detuvo sobre el cedro.

Carol se sobresaltó y se apretó contra Maxwell. El la rodeó con su brazo y la mantuvo cerca.

–Todo va bien –dijo–. Es tan sólo un banshee.

–Pero no tiene cuerpo. No tiene rostro. Tan sólo es una nube.

–Eso no es extraño –dijo el banshee–. Eso es lo que somos, los dos que quedamos. Grandes trapos sucios ondeando en el cielo. Y no tiene que asustarse, porque ese otro humano es amigo nuestro.

–No era amigo del tercero –dijo Maxwell–. Ni lo era la raza humana. Nos traicionó a favor de los rodadores.

–Y, sin embargo, velaste con él, cuando ningún otro lo hizo.

–Sí, lo hice. Aún el peor enemigo se merece esto.

–Entonces creo –dijo el banshee– que puedes comprenderlo un poco. Después de todo, los rodadores eran de los nuestros, quizá aún son de los nuestros. Y los antiguos lazos son difíciles de romper.

–Creo que comprendo –dijo Maxwell–. ¿Qué puedo hacer por ti?

–Tan sólo vine –dijo el banshee– para decirte que el lugar al que llamas el planeta de cristal ha sido notificado.

–¿Y quieren el dragón? –dijo Maxwell–. Tendrás que darnos las coordenadas.

–Las coordenadas –dijo el banshee– serán dadas a la Central de Transporte. Querrás ir allí, tú y muchos otros, para transferir los datos. Pero el dragón se queda en la Tierra. Aquí, en la Reserva de los Goblins.

–No comprendo –dijo Maxwell–. Querían...

–El Artefacto –dijo el banshee–. Para liberar al dragón. Llevaba encerrado demasiado tiempo.

–Desde el jurásico –dijo Maxwell–. Estoy de acuerdo. Es demasiado tiempo.

–Pero no planeábamos que fuese tanto –dijo el banshee–. Lo movisteis antes de que pudiésemos liberarlo, y creímos que lo habíamos perdido. El Artefacto tan sólo era para preservarlo y ocultarlo hasta que la colonia de la Tierra pudiera ser establecida, hasta que pudiéramos protegerlo.

–¿Pero por qué protegerlo? ¿Por qué necesitaba protección?

–Porque –dijo el banshee– es el último de su raza, y por tanto muy valioso. Es el último de los... me es difícil de explicar... vosotros tenéis unos animales a los que llamáis perros y gatos.

–Sí –dijo Carol–. Tenemos uno de ellos aquí.

–Animales domésticos –dijo el banshee–. Y, no obstante, algo más que animales domésticos. Criaturas que han caminado en la Tierra con vosotros desde los primeros días. El dragón es el animal doméstico, el último animal doméstico, de las gentes del planeta de cristal. Envejecen. Pronto habrán desaparecido. No pueden dejar a su animal doméstico desamparado; tiene que ser entregado a manos amorosas.

–Los goblins cuidarán de él –dijo Carol–. Y los trolls, y las hadas, y todos los demás. Estarán orgullosos de él. Lo mimarán en demasía.

–¿Y los humanos también?

–Y los humanos también –contestó ella.

No lo vieron irse, pero ya no estaba allí. No había ni siquiera un sucio trapo ondeando en el cielo. El árbol estaba vacío.

Un animalito doméstico, pensó Maxwell. No un dios, sino un simple animal doméstico. Y, sin embargo, quizá no tan simple como parecía. Cuando los hombres habían hecho los primeros bio-mec, ¿qué habían creado? No otros hombres, al menos al principio. No ganado, tampoco, extraños seres creados para propósitos específicos. Habían creado animales domésticos.

Carol se agitó junto a su brazo.

–¿Qué es lo que estás pensando, Pete?

–En una cita –dijo–. Sí, creo que estaba pensando en una cita contigo para cenar. Tuvimos una, pero no resultó del todo. ¿Querrías probar de nuevo?

–¿En el Cerdo y el Silbato?

–Si lo quieres.

–Sin Oop ni Fantasma. Sin nadie que arme líos.

–Pero, naturalmente, con Sylvester.

–No –dijo ella–. Tan sólo nosotros dos. Sylvester se queda en casa. Ya es hora de que aprenda.

Se alzaron de la piedra, e iniciaron el regreso al castillo.

Sylvester miró hacia arriba, al dragón posado sobre el castillo, y mostró los dientes.

El dragón bajó su cabeza en el extremo de su sinuoso cuello, y le miró a los ojos. Le sacó una larga y bifurcada lengua.

 

 

Related Posts

Libros del 6001 al 7000 8385201436450703515
- Navigation - Archive Status