Libro N° 6030. El Proyecto Del Hombre-Lobo. Simak, Clifford D.
© Libro N° 6030.
El Proyecto Del Hombre-Lobo. Simak, Clifford D. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © The werewolf principle
Versión Original: © El Proyecto Del Hombre-Lobo. Clifford D. Simak
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Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PROYECTO DEL HOMBRE-LOBO
Clifford
D. Simak
Presentación de contratapa
Hay pocos grandes escritores de
Ciencia-Ficción, pero Clifford D. Simak es uno de ellos.
Yorshire Post
Allá por el siglo XXVII es creado un
hombre, prácticamente inmortal, al que se dota con la mente de un eximio
científico. Es enviado al Universo, pero, cuando regresa a la Tierra, descubre
que en ella ya no hay un lugar para él...
1
Aquella criatura se detuvo, acurrucada
contra el suelo, y miró fijamente los diminutos puntos de luz que brillaban
ante ella, resplandeciendo suavemente a través de la oscuridad.
La criatura gimió, asustada e incómoda.
El mundo resultaba demasiado caliente y
húmedo y la oscuridad demasiado densa. Existía mucha vegetación y demasiado
grande y desproporcionada. La atmósfera se hallaba en violenta conmoción y la
vegetación parecía hallarse sometida a un puro sufrimiento. A lo lejos, en la
lejanía, se apreciaban unos vagos destellos de luz, que no aclaraban la noche,
y en alguna parte lejana, algo parecía quejarse en unos largos y sordos ruidos
prolongados. A su alrededor existía vida, mucha más vida de la que cualquier planeta
tenía derecho a poseer; pero una vida estúpida y atrasada, parte de ella apenas
algo más que un puro estremecimiento biológico; pequeños puñados de materia que
apenas si podían reaccionar débilmente a ciertos estímulos.
Tal vez, se dijo aquella criatura a sí
misma, no debería intentar con tanto ahinco el continuar abriéndose camino
hacia alguna parte. Quizás debería contentarse con permanecer en aquel lugar
sin nombre, donde no existía ningún otro ser, ni sensación de recuerdo excepto
un conocimiento, extraído de alguna parte, de que debiera haber otros seres.
Aquello, mezclado con ocasionales ráfagas de inteligencia, retazos inconexos de
información que exacerbaban la lucha por escapar, como un individuo aislado, le
impulsaban a saber por qué estaba allí y por qué medios se encontraba en
semejante situación.
¿Y qué hacer entonces?
Volvió a acurrucarse y a gemir
nuevamente.
¿Cómo podría haber tanta agua en un solo
lugar? ¿Y tanta vegetación y tan ruidosa agitación de los elementos? ¿Cómo
podría cualquier mundo ser tan absurdo y tan exageradamente superpoblado de
elementos vitales? Resultaba casi un sacrilegio que hubiese tanta agua a la
vista, discurriendo como un torrente bajo la ladera del lugar en que se
encontraba, y encharcada en pequeñas lagunas sobre el propio suelo. Y no solo
aquello, sino incluso el propio aire, que en aquella atmósfera estaba cargado
de pequeñas gotas del líquido elemento.
¿Qué era aquel tejido sujeto a su
garganta, que le cubría toda la espalda, cayéndole hasta el suelo, movido por
el viento? ¿Alguna especie de protección? No debería ser así, probablemente. Su
envoltura de piel plateada había sido siempre todo lo que había necesitado.
¿Antes?, se preguntó a sí mismo. ¿Antes
de qué, o cuándo?
Luchó por volver a pensar en el pasado y
obtuvo la obscura impresión de una tierra de cristal, en donde reinaba un aire
frío y seco, con polvo de nieve y arena, con un cielo fulgurante de incontables
estrellas y donde la noche era tan brillante como el día, alumbrada por el
brillo dorado de varias lunas. Y entonces sintió también en su cerebro un vago
recuerdo, desvaído en sus perfiles, de ir explorando en las profundidades del
espacio para arrancar los secretos de las estrellas.
¿Era aquello un recuerdo o una fantasía,
nacida de aquel lugar sin nombre de donde había escapado? No parecía haber
medio de saberlo.
La criatura extendió su par de brazos,
recogió el tejido del suelo y lo sostuvo, hizo con él dos pequeños fardos y los
puso debajo de ellos. El agua se escapó cayendo en diminutas gotas en los
charcos del suelo.
¿Y aquellos puntos de luz distantes? No
eran estrellas, ya que se advertían demasiado bajos en el suelo, y de cualquier
modo no se trataba de estrellas. Lo que por sí mismo resultaba imposible, ya
que siempre había muchas estrellas...
Cautamente, aquella criatura dirigió su
mente hacia la luz, percibiendo no solamente la luz, sino un intuitivo sentido
de la existencia de mineral. Cuidadosamente rastreó sus ideas y se dio cuenta
de que un enorme bloque de mineral se erguía en la oscuridad, demasiado regular
en su forma para ser un afloramiento natural.
En la distancia, aquel murmullo sin
sentido continuaba, lo mismo que el resplandor de la lejana luz que parecía
subir hasta el cielo.
¿Debería continuar, imaginó, dando
vueltas alrededor de aquella luz? ¿O sería preferible dirigirse rectamente
hacia ella para descubrir de lo que se trataba? Tal vez sería mejor volver
sobre sus pasos en un esfuerzo para regresar una vez más al vacío de donde
provenía... Aunque, en realidad, desconocía en absoluto adonde tendría que
volver en tal caso. Cuando había quedado libre, el lugar ya no estaba allí. Y,
desde el momento en que había quedado en libertad, había viajado muy lejos.
¿Dónde estaban aquellos otros dos que
también habían estado en aquel lugar de la nada? ¿Habían quedado igualmente en
libertad, o habrían permanecido atrás, percibiendo, tal vez, la opresiva
extrañeza que se extendía al exterior del lugar? Y si no habían escapado,
¿dónde podrían hallarse entonces?
Y no solamente dónde, sino quién...
¿Por qué no habían respondido nunca? ¿O
es que no habían oído la pregunta? Quizás no existían las condiciones adecuadas
en aquel lugar sin nombre para ser contestada una pregunta. Era extraño, pensó
la criatura, ocupar el mismo espacio, el mismo sentido de posible existencia,
con otros dos seres y nunca estar en condiciones de comunicarse con ellos.
A pesar del calor de la noche, la
criatura se estremeció interiormente.
Se dijo que no podría continuar allí. No
erraría sin fin. Era preciso encontrar un lugar como refugio, aunque buscar un
refugio en un mundo tan loco como aquél era algo que no había calculado hasta
entonces.
Se movió hacia adelante con lentitud,
inseguro de sí mismo, con la incertidumbre de adonde ir y qué hacer...
¿Las luces?, se preguntó.
¿Debería investigar qué eran aquellas
luces o...?
El cielo explotó. El mundo se llenó de
un inmenso resplandor mezclado con una cegadora tonalidad azul. La criatura,
privada de la vista, con todos sus sentidos anulados, retrocedió y un grito de
espantosa angustia pareció estallar también en su cerebro. Después, aquel grito
quedó interrumpido, la luz desapareció de sus ojos y de nuevo se encontró, una
vez más, en aquel lugar de la nada.
2
La lluvia azotaba a Andrew Blake en el
rostro y la propia tierra temblaba con el estampido del trueno; las grandes
masas de la hendida atmósfera rugían juntas de nuevo y, según parecía, por
encima de su cabeza. El aire tenía el penetrante olor del ozono y se dio cuenta
del frío barro que se mezclaba en los dedos de sus pies.
¿Cómo es que había llegado hasta allí,
en plena tormenta, sin tener con qué cubrirse la cabeza, con la ropa mojada y
chorreando y sin sandalias?
Blake había comenzado a andar, tras la
cena, para echar un vistazo a la tormenta que parecía gestarse al oeste de la
montaña y allí, segundos más tarde, se encontraba inmerso en la propia
tormenta, o al menos, esperó que lo fuera.
El viento rugía entre un grupo de
árboles y desde el pie de la ladera en donde se hallaba pudo oír claramente el
sonido del agua corriendo y, justamente al otro lado del arroyo, ver la luz
brillando en las ventanas de un edificio.
Su casa, tal vez..., pensó con una
sensación de embriaguez. Pero allí donde estaba edificada su casa, no existía
ninguna ladera en el monte, ni ninguna corriente de agua. Había árboles, pero
no muchos, y debería haber otras casas.
Levantó la mano y se la pasó por la
cabeza con un gesto de perplejidad. El agua que le empapaba los cabellos
chorreó libremente por su rostro.
La lluvia, que había cesado por unos
momentos, comenzó a golpearle nuevamente con nueva intensidad, y se volvió
hacia la casa. No era la suya, con toda seguridad; pero era una casa y allí
habría alguien que le dijese donde estaba y...
Pero... ¿decirle dónde estaba? ¡Qué
insensatez! Un segundo antes había estado en su patio contemplando las nubes
tormentosas, y no había habido lluvia.
Debió soñarlo o había sufrido una
alucinación. Pero el golpeteo de la lluvia no tenía nada de sueño, y el olor a
ozono fluctuaba todavía en el aire. ¿Y quién había notado jamás el olor del
ozono estando en sueños?
Comenzó a caminar hacia la casa, y al
mover el pie derecho, éste entró en contacto con algo duro. Un ramalazo de
dolor flameó a través del pie y la pierna. Terriblemente dolorido levantó el
pie agitándolo al aire, mientras se sostenía sobre la otra pierna. Un agudo
dolor se había concentrado en el dedo mayor del pie levantado y tuvo que
apretar los dientes perdiendo casi el equilibrio. El pie sobre el que se
sostenía resbaló en el barro y él cayó desplomado al suelo, esparciendo el
barro en todas direcciones. El suelo estaba encharcado y frío.
Se quedó allí momentáneamente. Atrajo
hacia sí el pie dolorido e intentó a ciegas, con las manos, calmarse el agudo
dolor que sufría.
No, no se trataba de un sueño. Soñando,
ningún hombre era tan estúpido como para tropezar con el dedo mayor del pie.
Algo había sucedido. Alguna cosa, en una
fracción de segundo, le había transportado, sin saberlo, tal vez a muchas
millas de distancia desde el patio en que se encontraba. Le habían transportado
corporalmente, colocándole, en medio de la lluvia y el trueno, en una noche tan
obscura que no se veía nada.
Se frotó nuevamente el pie y se sintió
algo mejor a los pocos momentos. Cuidadosamente se levantó e intentó caminar
con el pie dañado. Apoyándose en el talón y con todo el cuerpo tenso, pudo
servirse de la pierna. Como un borracho, dando tumbos y resbalando en el barro,
fue descendiendo por la ladera y a través del arroyo, para seguir por la ladera
opuesta hacia arriba y en busca de la casa.
Los relámpagos iluminaban el horizonte y
por un instante vio destacarse la silueta completa de una casa contra el
resplandor lejano de uno de ellos, como algo macizo, con pesadas chimeneas y
ventanas situadas profundamente, como ojos, en la propia piedra.
Una casa de piedra..., pensó. ¡Qué
anacronismo! Una casa de piedra y alguien viviendo en ella...
Se dirigió hacia la valla, sin sufrir
daño, ya que caminaba con la mayor cautela y despacio. Siguió la valla a ciegas
hasta dar con el hueco de la entrada. Más allá, tres pequeños rectángulos de
luz marcaban lo que tomó por la situación de una puerta.
Unas piedras lisas se extendían bajo sus
pies y siguió el sendero que formaban. Cerca de la puerta, disminuyó aún más su
marcha hasta no ser más que un inaudible deslizamiento. Tal vez hubiera algunos
escalones que condujesen a la puerta y tenía que cuidarse el pie tan dolorido.
Efectivamente, había unos escalones. Los halló con el pie todavía dolorido y se
quedó, deteniéndose un momento, rígido y tembloroso, con los dientes apretados,
hasta que el agudo dolor hubo pasado.
Después, subió los escalones y encontró
la puerta. Buscó algún timbre o señal de llamada; pero no existía ningún
aparato parecido. Siguió buscando y encontró una aldaba.
¿Una aldaba? Por supuesto, se dijo a sí
mismo, una casa como aquella tendría una aldaba para llamar a la puerta. Una
casa tan hundida en el pasado...
Un miedo incontrolable surgió en su
interior. No era el espacio, sino el tiempo, imaginó. ¿Había sido desplazado
–de haberlo sido–, no en el espacio, sino en el tiempo?
Levantó la aldaba y golpeó con ella.
Esperó. Parecía no existir señal alguna de haber sido oído. Volvió a golpear de
nuevo.
El sonido de unos pasos se oyó a su
espalda y un cono de luz se esparció envolviéndole por completo. Dio
rápidamente la vuelta y el ojo redondo de la luz de la linterna le cegó
momentáneamente. Tras aquella luz creyó ver dibujada la figura de un hombre, vagamente,
con un débil perfil entre las espesas sombras de la noche. A su espalda se
abrió la puerta de acceso a la casa de piedra, y la luz de su interior
contrarrestó la otra, viendo al hombre que sostenía la linterna en una mano,
abrigado con una chaqueta de piel de oveja y llevando en la otra un objeto
metálico que Blake tomó sin duda por una pistola.
El hombre que había abierto la puerta
preguntó secamente:
– ¿Qué es lo que ocurre?
–Alguien que intenta entrar, senador
–respondió el hombre de la linterna–. ¿Cómo se las habrá arreglado para
esquivarme?
–Conque le ha esquivado –dijo el
senador–. Es natural, estaría usted acurrucado en cualquier sitio, huyendo de
la lluvia. Si ustedes, amiguitos, quieren jugar a ser guardias, me gustaría que
de verdad hicieran bien su papel.
–Estaba obscuro –protestó el guardia–, y
se deslizó... y…
–No creo que se deslizara –continuó el
senador–. Este hombre, sencillamente, ha llegado hasta aquí y ha utilizado el
picaporte. Si hubiera intentado pasar inadvertido, no veo para qué lo hubiera
utilizado. Ha venido hasta aquí, como cualquier ciudadano corriente, y usted no
le ha visto.
Blake se volvió lentamente para ver al
hombre que estaba en el marco de la puerta.
–Lo siento, señor – dijo–. No lo
sabía... No tuve la menor intención de causar ningún trastorno. Simplemente vi
la casa, y...
–Y eso no es todo, senador –interrumpió
el guardia–. Esta noche han ocurrido otras cosas extrañas. Hace un momento vi
un lobo...
–Vamos, no diga tonterías. No hay lobos.
No existen en absoluto. No los hay desde hace más de un siglo.
–Pero yo he visto uno –insistió
tozudamente el guardia–. Se produjo un gran relámpago y lo vi, en las colinas,
al otro lado del arroyo.
El senador se dirigió a Blake.
–Lamento tenerle hasta ahora en la
puerta con todo este parloteo. No está la noche para eso.
–Parece que me encuentro perdido –repuso
Blake, luchando por evitar que le castañetearan los dientes–. Si fuese tan
amable de decirme dónde estoy y señalarme el camino...
–Apague esa linterna –dijo el senador al
guardia– y vuelva a su puesto.
La linterna se apagó.
–¡Lobos, pues no está mal! –exclamó el
senador en tono zumbón–. Si tiene la bondad de entrar –le dijo a Blake–, podría
cerrar la puerta.
Blake entró y el senador cerró la
puerta. Se encontró en una espaciosa estancia, flanqueada a ambos lados, y
desde el suelo hasta el techo, por unas enormes puertas de madera. En una
habitación contigua, más al fondo, ardía un fuego delicioso en una gran
chimenea de piedra. La habitación estaba repleta de pesados muebles tapizados
en colores brillantes.
El senador pasó delante y se detuvo para
mirar a Blake.
–Me llamo Andrew Blake –dijo éste–, y me
temo que esté manchándole el suelo. Lo siento, señor.
La lluvia caída sobre sus ropas iba
formando pequeños charcos en el piso y una línea de huellas de sus pies mojados
venía desde la entrada hasta el sitio en que se hallaba.
El senador era un hombre alto, esbelto,
de cabellos blancos y un bigote plateado, bajo el cual se hallaba una boca de
labios finos en cuyo trazo se apreciaba una mueca de firmeza e inteligencia.
Vestía una bata blanca en cuyos bordes aparecía un motivo de color rojo
parecido a una sierra dentada.
–Tiene el aspecto de una rata ahogada
–le dijo el senador–, si no le importa que lo diga así. Y por lo que veo,
además, ha perdido usted sus sandalias.
Se volvió, abrió una de las grandes
puertas laterales de la estancia y apareció un inmenso perchero lleno de ropa.
El senador eligió una bata gruesa de color marrón.
–Tome esto –dijo entregándosela a
Blake–. Le servirá. Es de lana pura. Estoy seguro de que tiene frío.
–Sí, ciertamente -–repuso Blake con el
mismo esfuerzo de siempre para no rechinar los dientes.
–La lana le calentará –dijo el senador–.
No se ve con frecuencia. Ya no hay más que tejidos sintéticos. Esta lana la
consigo de un tipo medio "chiflado que vive en las Colinas Escocesas.
Tiene una forma de pensar bastante parecida a la mía... en que hay una cierta
gran virtud al hecho de seguir apegado a las viejas realidades.
–Estoy seguro de que tiene usted razón
–repuso Blake.
–Considere esta casa –dijo el senador–.
Tiene ya tres siglos de antigüedad y aún es fuerte y tan sólida como el día en
que se construyó. Construida con verdaderas piedras y buenas maderas. Y por
hombres trabajadores y honrados... –Entonces miró fijamente a Blake–. Pero aquí
me tiene declamando, mientras que usted está helándose. Suba por esas escaleras
a la derecha. La primera puerta a la izquierda. Es mi habitación. Encontrará
sandalias en el armario. Supongo que su ropa interior estará chorreando...
–Supongo que sí.
–Encontrará lo que necesite. El baño
está a la derecha, conforme se entra. Creo que no le vendrá mal un buen baño
caliente, aunque tenga que esperar diez minutos. Mientras, le diré a Elaine que
prepare un buen café y yo descorcharé una buena botella de brandy.
– ¡Oh! No tiene por qué molestarse
tanto. Ya ha hecho demasiado...
–En absoluto –dijo el senador–. Me
alegro de que haya venido.
Apretando contra sí las- ropas de lana
que le había entregado el senador, Blake subió la escalera y llegó al primer
piso entrando en la habitación que le había indicado su anfitrión. Pronto
descubrió el metálico resplandor de la bañera. Aquello era magnífico. Se metió
en el baño y al hacerlo se dio cuenta de que estaba tan desnudo como un
arrendajo. En alguna parte y de algún modo, había perdido hasta los
calzoncillos.
3
Cuando Blake volvió a la gran habitación
de la chimenea, el senador le estaba esperando. Estaba sentado en un sillón y
en el borde de uno de los brazos lo estaba una mujer de cabellos obscuros.
–Bien –dijo el senador–, ya apareció
usted, joven. Me dijo su nombre, pero me temo que lo he olvidado a medias.
–Mi nombre es Andrew Blake.
–Lo lamento. Mi mente parece no tener ya
el poder de retención de que tiempo atrás hacía gala. Esta es mi hija Elaine y
yo soy Chandler Horton. No me cabe duda, a juzgar por lo que ocurrió en la
puerta, que ya sabe usted que soy un senador.
–Me siento muy honrado, senador –dijo
Blake–. Señorita Elaine, es un placer conocerla.
– ¿Blake? –Preguntó la joven–. He oído
ese nombre alguna vez. Muy recientemente, además. Dígame, ¿por qué es usted
famoso?
–Pues creo que por nada en absoluto.
–Pero apareció en todos los periódicos.
Y además, apareció usted en el dimensino. ¡Sí, ahora me doy cuenta! Usted es el
hombre que ha regresado de las estrellas...
– ¡No me digas! –exclamó el senador,
adelantando el cuerpo en el sillón–. Pero qué interesante, señor Blake. Ese
sillón de ahí es muy confortable. Es el sitio de honor de la casa, pudiéramos
decir. Cerca del fuego.
–Papá –comentó entonces Elaine– tiene la
tendencia a volverse aristocrático y a sentirse todo un caballero a la antigua
usanza cada vez que alguien cae por aquí. No debe hacerle mucho caso.
–El senador –repuso Blake– es un
maravilloso anfitrión.
El senador tomó un frasco de cristal y
buscó unos vasos.
–Recordará que le prometí a usted una
copa de buen brandy.
–Tenga cuidado en alabarlo –dijo Elaine
sonriendo–. El senador tiene el orgullo de considerarse un gran juez respecto
al brandy. Bueno, algo más tarde, supongo que le gustará un poco de café y lo
tomaremos todos. Ya he puesto en marcha la autococina.
– ¿Otra vez en funciones la autococina?
–preguntó el senador.
Elaine hizo un gesto con la cabeza.
–No es nada especial. Para hacer café en
la forma en que lo he programado y además huevos fritos y jamón. ¿Quiere usted
tomar un poco? –preguntó a Blake–. Creo que están aún calientes.
Blake denegó con la cabeza.
–No, muchísimas gracias.
–Los dispositivos mecánicos han estado
constantemente de moda durante muchos años –comentó el senador–. A mí no me
gustan –se levantó, repartió los vasos y se sentó en su sillón–. Por eso es por
lo que me agrada este sitio. Es un domicilio sin complicaciones. Fue construido
hace trescientos años por un hombre que impregnaba de dignidad todas sus cosas
y tenía un cierto sentido ecológico que le hacía construirlas con sus
materiales verdaderos y genuinos. Esta casa la construyó con piedras nobles y
con maderas de los bosques próximos. No impuso su casa sobre el habitat; hizo
de la misma una parte de él. Y excepto por lo que respecta a la autococina,
aquí no hay ni el menor chisme mecánico.
–Estamos chapados a la antigua –dijo
Elaine–. Yo he sentido siempre vivir en un lugar como éste; es algo semejante,
bueno, digamos, a vivir tranquilamente en una antigua cabaña a estilo del siglo
xx.
–Sin embargo –comentó Blake–, hay en
ello un cierto encanto. Y la sensación de seguridad y solidez.
–Tiene usted razón –intervino el
senador–. Así es; la tiene. Puede escucharse el murmullo del viento. Y la
lluvia.
Y dio vueltas a la copa en las manos,
calentando el brandy.
–No vuela, por supuesto –añadió el
senador–, y no le habla a uno. Pero quién desea una cosa que vuele y...
– ¡Papá! –exclamó Elaine.
–Tiene que excusarme, señor mío –dijo el
senador–. Tengo mis entusiasmos y me gusta charlar sobre ellos y a veces no me
doy cuenta de que solo hablo yo, y sospecho que a veces no tengo buenas
maneras. Mi hija dijo algo respecto a haberle visto a usted en el dimensino.
–Desde luego, papá –dijo Elaine–. Tú, es
que no pones nunca atención. Estás tan envuelto en tus cuestiones políticas y
en la bioingeniería que no tienes interés por lo demás.
–Pero, querida –protestó el senador–,
las audiencias y la política son cosa importante. La raza humana necesita
decidir antes de que pase mucho tiempo qué debe hacer con todos esos planetas
que estamos encontrando. Y te digo que el terraformarlos[1]
es la solución de un lunático. Piensa en el tiempo que eso se llevará y las
ingentes cantidades de dinero que habría que gastar.
–Y a propósito –interrumpió Elaine–. Lo
había olvidado. Mamá ha telefoneado. No vendrá a casa esta noche. Ha oído
hablar de una tormenta y se quedará en Nueva York.
El senador dejó escapar una sorda
exclamación.
–Me parece muy bien. Es una noche de
perros para viajar. ¿Cómo estaba Londres? ¿Dijo algo al respecto?
–Ha disfrutado mucho con la
representación.
–Music-hall –explicó el senador a
Blake–. Es el resurgimiento de una forma antigua de entretenimiento. Muy
primitivo, lo comprendo. Pero a mi esposa le encanta. Es una persona muy
sensible a las cuestiones artísticas.
–Es una cosa horrible decirlo –dijo
Elaine.
–En absoluto –repuso el senador–. Es la
verdad. Pero volvamos a nuestro tema de la bioingeniería. Quizás, señor Blake,
tenga usted algunas opiniones sobre el asunto.
–No, no puedo decir que las tenga. Me
encuentro en cierta forma como desplazado.
–¿Desplazado? ¡Ah, sí, comprendo!
Supongo que debe estarlo. Este asunto de las estrellas. Ahora recuerdo la
historia. Encapsulado, si mal no recuerdo y encontrado por algunos mineros de
los asteroides. ¿De qué sistema se trataba?
–En la proximidad de Antares. Una
pequeña estrella, solo un número en los catálogos estelares, sin nombre. Pero
no recuerdo nada de eso. Esperaron a revivirme hasta que fui traído a
Washington.
– ¿Y no recuerda nada?
–En absoluto –repuso Blake–. Mi vida
comenzó, por lo que a mí respecta, hace menos de un mes. No sé quién soy, y...
–Pero usted tiene un nombre.
–Un mero convencionalismo –indicó
Blake–. Uno que elegí al azar. John Smith habría servido igual. Parece ser que
un hombre tiene que tener un nombre especial.
–Pero, si mal no recuerdo, usted tiene
conocimiento de su pasado.
–Sí, y aquí está lo extraño. Un
conocimiento de la Tierra, de sus gentes y sus formas de vida; pero en muchos
aspectos desfasado, sin esperanza. Me encuentro asombrado y confuso
continuamente. Tropiezo a cada instante con costumbres, ideas y palabras que me
resultan totalmente extrañas y nada familiares.
–No tiene que hablar de ello –dijo
Elaine con calma–. No deseamos escudriñar en su vida.
–No me importa –le contestó Blake–. Ya
he aceptado la situación. Es una extraña posición la mía; pero algún día lo
sabré. Espero que llegue el momento en que sepa quién soy, de dónde vengo y
cuándo, y qué ocurrió entre las estrellas. Por el momento, como podrán ustedes
comprender, me encuentro realmente confundido. Sin embargo, todos han sido muy
considerados conmigo. Se me ha dado una casa para vivir. No he sido molestado.
Se encuentra en un pueblo pequeño...
– ¿En éste? –preguntó el senador–. Cerca
de aquí, supongo.
–Pues realmente no lo sé ahora –dijo
Blake–. Me ocurre algo chocante y divertido. No sé dónde estoy. El pueblo se
llama Middleton.
–Está allá abajo, al fondo del valle
–indicó el senador–. Debe estar a menos de cinco millas. Por lo visto, vamos a
ser vecinos.
–Salí a la calle después de la cena –les
dijo Blake–. Estaba en el patio, mirando hacia las montañas. Se aproximaba una
tormenta. Grandes nubarrones, truenos y relámpagos; pero todavía se estaba bien
al exterior. Y entonces, repentinamente, me encontré sobre la colina que hay al
otro lado del arroyo que discurre bajo esta casa, lloviendo a cántaros y
empapado hasta los huesos...
Se detuvo y puso la copa cuidadosamente
sobre la mesa. Entonces se quedó mirando con fijeza a ambos, alternativamente.
–Así es como ha ocurrido –continuó
Blake–. Ya sé que suena a fantasía.
–Suena a algo imposible –repuso el
senador.
–Lo creo. Y no fue solamente el espacio,
sino el tiempo lo que se ha implicado en esta situación. No solamente me
encontré a varias millas de distancia del sitio en que estaba mirando la
tormenta, sino que era de noche y cuando salí al patio, apenas si comenzaba a
obscurecer.
–Lamento que ese estúpido guardia le
deslumbrara con la linterna. El hecho de encontrarse aquí, ya era suficiente
sorpresa para usted. Nunca he solicitado a nadie que me guarde. Es más, no me
gustan los guardianes. Pero Ginebra insiste en que todos los senadores
necesitan estar custodiados. Lo cierto es que ignoro por qué. No hay nadie,
estoy bien seguro, que quiera hacernos daño. Por fin y tras muchos años, la
Tierra es, al menos, algo en buena parte civilizado. –Bueno, papá, hay esa
cuestión de la bioingeniería –dijo Elaine–. Parece que es un gran problema...
–No tiene nada de particular, excepto
una determinación de pura política. No hay razón...
–Pero sí que la hay –insistió Elaine–.
Los viejos conservadores, y también los mezquinos convencionalistas, están
mortalmente en contra –dijo volviéndose hacia Blake–. Debería usted saber que
el senador, que vive en una casa construida hace trescientos años y se jacta de
que no hay en ella ni una simple máquina...
–La autococina –interrumpió su padre–.
Te has olvidado de ella.
Elaine ignoró al senador.
–...y que se jacta de que no hay en ella
ni una simple máquina, se alistaría junto a esos fanáticos, a los
ultraprogresistas y al grupo más avanzado que existiera. El senador intervino
entonces.
–Bueno, querida, no exageres. Es una
simple cuestión de sentido común. Eso costaría miles de millones de dólares,
solo para terraformar un simple planeta. A un costo mucho más razonable y en
una fracción de tiempo determinada, podríamos instrumentar una raza humana que
pudiera vivir sobre ese planeta. En lugar de cambiar el. planeta para el
hombre, cambiaríamos el hombre para que se ajustara al planeta.
–Ese es exactamente el problema –dijo
Elaine–. Ahí radica la cuestión en que insisten tus oponentes. Cambiar al
hombre, ése es el aspecto en que más se encarnizan. Suponen y afirman que
cuando eso se pudiera conseguir, esa cosa que tuviera que vivir en otro
planeta, no sería ya un hombre.
–Puede que no tuviese ese aspecto –dijo
el senador–, pero aún seguiría siendo un hombre.
Elaine se dirigió a Blake.
–Comprenderá usted, sin duda, que yo no
estoy contra el senador. Pero hay veces que resulta terriblemente duro hacerle
comprender con quién tiene que habérselas.
–Mi hija –dijo entonces el senador–,
hace a veces el papel de abogado del diablo, y a veces también me presta un
buen servicio. Pero en esta cuestión, no hay ninguna necesidad de hacerlo.
Conozco muy bien la postura agria y hostil de la oposición.
Entonces, levantó la botella de brandy.
Blake sacudió la cabeza con un gesto negativo.
–Señor, si hubiera una forma de volver a
casa... Creo que ya es demasiado tarde.
–Puede usted quedarse esta noche con
nosotros.
–Gracias, senador; pero si hubiera
alguna forma de irme...
–Ciertamente, Mr. Blake. Uno de los
guardias le llevará. Creo que será mejor utilizar un coche para terreno firme.
Es mala noche para un flotador.
–Se lo agradezco de todo corazón.
–Le daré a uno de esos guardias la
oportunidad de ser útil –dijo el senador–. Mientras conduce, no verá lobos. Y a
propósito, cuando anduvo usted por ahí fuera, ¿no vio algún lobo?
–No, señor. No vi ningún lobo.
4
Michael Daniels permanecía de pie junto
a una ventana y observaba al personal de tierra en el Riverside a través del
bulevar trayendo las casas. Los negros cimientos de las casas resplandecían
mojados en la noche, y el Potomac, a un cuarto de milla de distancia, daba la
impresión de una cinta de tinta obscura que recogía y reflejaba el resplandor
de las luces de aterrizaje.
Después, una tras otra, las casas fueron
depositándose en tierra, fuera ya del cielo nuboso, para detenerse sobre sus
respectivos cimientos, cerniéndose con lentitud y deliberadamente para calcular
con toda exactitud el preciso lugar que correspondía a cada edificio.
Pacientes que llegan, pensó Daniels, o
tal vez miembros del personal que vuelven de vacaciones. O bien pudiera ser que
se tratase de otras personas sin relación con el hospital, tanto de pacientes
como del personal.
La ciudad se hallaba abarrotada de
gente, ante la expectativa de que se abriesen en uno o dos días las reuniones
respecto a la bioingeniería. Las cuestiones del Espacio atraían el máximo
interés y las casas migratorias estaban siendo ubicadas, apretujándose en
cualquier espacio que pudiera encontrarse.
A lo lejos y más allá del río, en alguna
parte sobre la antigua Virginia, con sus luces apagadas por la niebla, una nave
estaba llegando y preparándose a tomar tierra en el espaciopuerto.
Siguiendo el vuelo de la astronave,
Daniels se entretuvo en especular de qué lejana estrella podría venir, y a qué
distancia se hallaba del hogar patrio. Sonrió sombríamente para sí mismo. Esa y
otras parecidas habían sido preguntas que siempre se había hecho, como una
obsesión desde los días de su infancia, cuando había sostenido firmemente la
determinación de que algún día él también viajaría a las estrellas. Desde
luego, en aquellos tiempos no era raro pensar así. Todos los muchachos soñaron
con ir a las estrellas.
Unos surcos de humedad corrían por los
cristales de la ventana en el exterior. Fuera, las casas volantes flotaban en
el aire llenando poco a poco todos los cimientos disponibles. Por el bulevar
rodaban algunos pocos coches de tierra silenciosamente, sobre sus cojines de
aire, esparciendo en todas direcciones chorros de agua sobre la superficie
encharcada de las calles. Era una mala noche, desde luego, para que la calle
estuviese animada con muchos coches.
Debería irse a casa y lo sabía. Tendría
que haber salido ya hacía rato. Los niños ya estarían en la cama, pero Cheryl
estaría esperándole.
Hacia el este, casi más allá del ángulo
de su visión, resplandeciente por la luz reflejada, pudo ver la blancura
fantasmal de la gran columna que se levantaba junto al río en honor de los
primeros astronautas que habían surcado los espacios hacía ya más de quinientos
años, empezando por circundar la Tierra, empujados por los primitivos y
ruidosos cohetes de reacción química.
Washington, pensó, una ciudad de
desgastados edificios, llena de monumentos, una jungla de mármol y granito,
repleta de antiguas asociaciones, con su metal y su piedra tocados por la
pátina de antiguos recuerdos y con el aura de lo que fue una vez el enorme
poder que había representado en el antiguo mundo. Otrora la capital de una
antigua República y entonces solo la sede de un gobierno provincial, aunque
todavía con un aire de grandeza que parecía envolverla con un manto de realeza.
Y así era mejor, pensó, que en un tiempo
semejante, cuando una noche suave y húmeda cayera sobre la ciudad, se crease la
ilusoria apariencia a través de la cual pudieran moverse los viejos fantasmas y
espíritus del pasado.
En la habitación se oían los apagados
sonidos propios de un hospital en la noche, el suave y apagado paso de una
enfermera por un corredor, el sordo ruido de un carrito de mano y el zumbido de
un timbre en la recepción.
Alguien abrió la puerta tras él. Daniels
se volvió rápidamente.
–Buenas noches, Gordy –dijo.
Gordon Barnes, un residente, le sonrió
con un gesto.
–Pensé que te habrías marchado ya a esta
hora.
–Estaba a punto de hacerlo. Estaba
considerando ese informe –e hizo un gesto en dirección a un expediente que
yacía sobre la mesa.
Barnes tomó el expediente y las fichas y
le echó un vistazo.
–Andrew Blake –dijo–. La pieza de un
intrigante rompecabezas.
Daniels sacudió la cabeza perplejo.
-–Es más que intrigante –declaró–. Es
sencillamente que no es posible. ¿Qué edad le calculas a Blake? Solo con
mirarlo...
–No más de treinta años, Mike. Por
supuesto que ambos sabemos que tiene unos doscientos años, cronológicamente
hablando.
–Si tuviera treinta, se esperaría de él
una cierta deterioración, ¿verdad? El cuerpo ya comienza a desgastarse hacia
los veinte. Y desde esa edad va decayendo progresivamente, encaminándose hacia
la senectud.
–Sí, ya sé, pero éste no es el caso de
Blake. Ya me he dado cuenta.
–Es perfecto –comentó Daniels–. Un
perfecto espécimen. Joven. Es algo más que juventud. Sin un fallo, sin una
debilidad...
– ¿Y no hay evidencia de quién pueda ser
realmente?
Daniels denegó con un gesto.
–La Administración del Espacio ha
rebuscado los informes de una forma muy meticulosa. Puede ser cualquiera entre
mil personas distintas. En los dos siglos pasados desaparecieron varias docenas
de astronaves. Salieron y nadie ha vuelto a saber más de ellas. Este tipo pudo
ser cualquiera de las personas que se hallaban a bordo de esas astronaves.
–Alguien le puso en situación de
hibernación por el frío –dijo Barnes– y le colocó en una cápsula. ¿Pudiera ser
eso una pista útil?
– ¿Quieres decir que era tan importante
como para que le buscasen la oportunidad de salvarle?
–Pues algo parecido...
–Me parece algo sin sentido –repuso
Daniels–. Incluso aunque así lo hicieran, sigue siendo un poco absurdo. Lanzar
a un hombre al espacio... ¿Qué probabilidades tendría de ser encontrado de
nuevo? ¿Una entre mil millones? Lo ignoro. El espacio es demasiado grande y
vacío.
–Pero Blake ha sido hallado.
–Sí, ya sé. Su cápsula flotaba en un
sistema solar que había sido colonizado menos de cien años atrás y un grupo de
mineros de los asteroides le encontraron. La cápsula había adoptado una órbita
alrededor de un asteroide y le vieron cómo resplandecía al sol como algo
extraordinariamente curioso. Demasiado resplandor. Soñarían con hallar un
monstruoso diamante o algo parecido. Unos pocos años más tarde y se hubiera
estrellado contra el asteroide. Intenta calcular esas posibilidades.
Barnes dejó el expediente en donde lo
había tomado en la mesa y se aproximó al lugar que Daniels ocupaba junto a la
ventana.
–Estoy de acuerdo contigo. Eso tiene
poco sentido. Ha tenido una extraña suerte ese hombre. Aún después de haber
sido encontrado, alguien tuvo que haber abierto la cápsula. Tuvieron
necesariamente que ver que era un hombre lo que contenía. La cápsula era
transparente, eso pudieron verlo también. Alguien pudo haber concebido la
fantástica idea de descongelarlo y así resucitarlo. De esta manera tuvo un gran
valor su entretenimiento. ¡Quién sabe, tal vez podría poseer alguna información
que hubiese valido la pena de conocer!
–Se hubiera hecho así algo muy bueno
–dijo Daniels–. Esa es otra cuestión. La mente de Blake aparece en blanco,
excepto por una base generalmente humana, la clase de conocimiento y origen de
su raza que un hombre solo puede obtener en la Tierra. Habla el lenguaje y
tiene aspectos humanos y la especie de información básica que un hombre que
vivió hace doscientos años pudo haber almacenado en su memoria. Pero eso es
todo. Ni la menor memoria ni recuerdo de qué pudo haberle sucedido, ni quién es
o de dónde puede haber procedido.
–Creo que no hay duda de que
originalmente procedía de la Tierra, y no de ninguna colonia estelar.
–Eso parece. Sabía, una vez que le
revivieron, lo que era Washington, dónde estaba y lo que la ciudad fue. Pero
para él todavía sigue siendo la capital de los Estados Unidos. Hubo muchas
otras cosas más, también, que solamente un terrestre podía conocer. Como puedes
imaginarte, le hemos hecho incontables análisis y pruebas.
– ¿Y cómo va ahora?
–Aparentemente muy bien. No he oído
hablar más de él. Se encuentra en una pequeña comunidad al oeste de la ciudad.
Allá en las montañas. Pensó, y yo también, que necesitaba algún tiempo de
reposo y descanso. Tiempo para tomárselo con calma y meditar. Eso puede
proporcionarle la oportunidad de pensar algo, hallar alguna huella de su
pasado. Por ahora, supongo que estará comenzando a recordar quién y qué era. Yo
no se lo sugerí, no quise forzarlo a nada, suponiendo que lo más natural es que
así suceda. Blake se encuentra bastante confuso respecto a todas las cosas.
–Y si recuerda algo... ¿te lo dirá?
–No lo sé –repuso Daniels–. Espero que
desee hacerlo. Pero no tengo ningún ascendiente sobre él. No considero tampoco
prudente forzarlo a nada. Dejémosle que se encuentre a sí mismo. Creo que si
tiene dificultades, se pondrá en contacto conmigo.
5
Blake se quedó en el patio, observando
cómo las luces rojas traseras del coche de tierra se alejaban de su casa.
La pertinaz lluvia había cesado y a
través de los retazos de las algodonosas nubes, pudo observar algunas
estrellas. A todo lo largo de la calle, las casas aparecían como bloques
obscuros, solo iluminadas con las luces de la entrada. En su propia casa, también
estaban encendidas en la puerta, como un signo de algo que le estaba esperando.
Hacia el oeste, las montañas se elevaban como una inmensa mole que quisiera
llegar hasta el cielo. El viento que procedía del nordeste era frío y
penetrante y Blake se arrebujó en las ropas de lana que vestía y se subió el
cuello para protegerse la cabeza. Se adelantó hacia la puerta y subió los tres
escalones de acceso. Se abrió la puerta y entró.
–Buenas noches, señor –dijo la casa y
después, como en un tono de reprimenda, continuó–: Parece que llega tarde o que
alguien le ha retenido.
–Sí, algo me ha ocurrido –dijo Blake–.
¿Tienes idea de lo que puede haber sido?
–Se marchó usted del patio –dijo la casa
como disgustada de que esperase el dueño posterior información al respecto–.
Debe usted saber que a nosotros no nos concierne nada de lo que suceda más allá
del patio.
–Sí claro –farfulló confuso Blake.
–Debería usted habernos dicho a dónde
iba –insistió la casa testarudamente–. Pudo usted también haber tomado sus
medidas para estar en contacto con nosotros. Así le habríamos proporcionado
ropas adecuadas. Por lo que vemos, viene usted con ropas diferentes de las que
se llevó al salir.
–Un amigo me las ha prestado.
–Mientras estuvo fuera –le dijo la
casa–, ha llegado un mensaje para usted. Está en la máquina postalgráfica.
La máquina aludida estaba instalada a un
lado de la entrada. Blake se aproximó a ella y tomó una hoja de papel que la
máquina proyectaba hacia afuera. El mensaje estaba escrito con caracteres
precisos y era algo corto y formal. Decía así:
«Si Mr. Andrew Blake estuviera conforme
en ponerse en contacto con Mr. Ryan Wilson, en el pueblo de Willow Grove,
podría saber algo que le serviría de gran provecho.»
Blake sostuvo el papel entre sus dedos,
nuevamente confuso y desconcertado. Aquello resultaba increíble, pensó. Olía a
melodrama.
– ¿Willow Grove? –preguntó.
–Lo buscaremos hasta encontrarlo –dijo
la casa.
–Por favor, hazlo.
–En un momento estará dispuesto el baño
–indicó la casa–. Es decir, si usted lo desea.
–La comida también estará dispuesta al
momento –gritó la cocina–. ¿Qué es lo que desea comer el señor?
–Pues sí, me gustaría comer algo. ¿Qué
tal huevos con jamón y algunas tostadas?
–También puedo hacer algo más –repuso la
cocina–. ¿Estofado de liebre? ¿Tal vez langosta a la termidor?
–Huevos y jamón.
–¿Qué le parece la decoración? Tenemos
la presente desde hace muchísimo tiempo.
–No, déjala como está. La decoración no
importa.
–Por supuesto que importa –insistió la
casa, tozudamente–. Hay cosas estupendas, como...
–He dicho que lo dejes como está.
–Como quiera, señor –repuso
obedientemente la casa.
–La comida es lo primero –dijo Blake–,
después el baño y después el irme a la cama. Ha sido un día agitado.
–¿Y el mensaje?
–Olvídalo ahora. Pensaremos en él
mañana.
–El pueblo de Willow Grove está al
noroeste de aquí –informó la casa–. A cincuenta y siete millas. Lo buscaremos
hasta localizarlo con toda exactitud.
Blake atravesó la sala de estar y se
dirigió al comedor, sentándose a la mesa.
–Tiene que venir por la comida -se quejó
la cocina–.
No puedo llevársela ahí.
–Ya lo sé. Dime cuándo estará dispuesta.
– ¡Pero está usted sentado en la mesa!
– ¡El hombre tiene derecho a sentarse
donde le plazca! –tronó la casa.
–Sí, señor –repuso la cocina.
La casa permaneció en silencio y Blake
fue a sentarse en un sillón, cansado hasta los huesos.
Entonces se dio cuenta de que el
empapelado de la habitación se había animado. Aunque, pensándolo bien, no era
realmente el papel de las paredes. La casa ya le había hecho notar que tal cosa
se produciría cualquier día.
Había tantas cosas, pensó Blake, y tan
nuevas, que con frecuencia se hallaba confuso.
Apareció un bosque entremezclado de
praderas; un riachuelo discurría a través del bosque y los prados. Un conejo
surgió en la escena, dando saltos deliberadamente. Se detuvo junto a unas matas
de trébol y se puso a .mordisquear los tallos más tiernos. Movía sus largas
orejas atrás y adelante y se rascó, moviendo la cabeza a un lado, con los
vigorosos golpes de sus patas de atrás. El arroyo brillaba a la luz del sol
conforme avanzaba en su camino, destacándose en su superficie la espuma de
pequeñas olas y una serie de hojas caídas de los árboles. Un pájaro voló a
través de la escena y se posó en un árbol. Levantó la cabeza y cantó, aunque
sin sonido. Se podía decir que estaba cantando solo por el temblor de su
pequeña garganta.
– ¿Quiere el señor que se le ponga
sonido a la escena? –preguntó el comedor.
–No, gracias. Creo que no me gustaría.
Quiero solamente estar sentado y descansar. Tal vez en otra ocasión...
Sentarse, descansar y pensar... Intentar encontrar qué era lo que le había
sucedido e, igualmente, cómo pudo haber sido y por qué. Y determinar quién o
qué era él, qué es lo que había sido de él y qué podría ser ahora. Todo aquello
era, pensó, como una pesadilla que le hubiera ocurrido estando despierto.
Aunque cuando llegase la mañana, todo
estaría nuevamente normal. Podría ser que así fuese. El sol volvería a brillar
por el este y el mundo estaría inundado de luz. Saldría a dar un paseo y a
charlar con algún vecino, a lo largo de la calle y todo iría bien. Tal vez, si
consiguiera dejar su mente tranquila, sería lo mejor para aclarar su situación
actual. Muy bien pudiera no volver a ocurrirle, y si no ocurría, no había
necesidad de preocuparse. Se movió nervioso en el sillón.
–¿Qué hora es? –preguntó–. ¿Cuánto
tiempo he estado fuera?
–Son casi las dos en punto –repuso la
casa–. Se marchó usted a las ocho o muy poco después.
Seis horas, pensó Blake, y solo podía
recordar lo sucedido en dos, como mucho. ¿Qué le habría ocurrido en aquellas
otras cuatro horas y por qué no podía recordarlas? Por la misma causa, ¿por qué
no podía recordar el tiempo en que estuvo en el espacio y el tiempo anterior a
tal situación? ¿Por qué su vida tenía que empezar cuando abrió los ojos en el
momento de hallarse en la cama de un hospital en Washington? Había existido
otro tiempo, otros años transcurridos. Una vez tuvo un nombre y una historia
personal y... ¿Qué habría sucedido para que todo se hubiese borrado?
El conejo que aparecía en la escena de
la pared había terminado de comer sus tréboles y comenzó a marcharse a
saltitos. El pájaro seguía en la rama, mudo. Una ardilla correteó por el tronco
de un árbol hacia abajo, se detuvo dos pies antes de llegar al suelo, saltó
como un rayo y se escurrió de la vista en un abrir y cerrar de ojos. A poco se
le veía subir rápidamente al árbol, hacer rápidas cabriolas entre las ramas,
detenerse y saltar de nuevo, en una constante excitación.
Era como estar sentado en una ventana,
echando un vistazo al paisaje natural de los bosques, ya que aquella visión no
era unidimensional. Tenía profundidad, perspectiva y color. Los colores del
paisaje no eran colores pintados, sino los propios de la naturaleza.
La casa aún siguió haciéndole preguntas
y sugerencias, molestándole con sus solícitas atenciones de robot, llegando a
hacerle su estancia incómoda. No existía nada en el fondo de sus recuerdos que
le tuviera preparado para nada parecido a aquello. Pudo recordar, con trabajo,
que alguien –cuyo nombre le fue imposible memorizar– había resuelto el enigma
de la gravedad y que el aprovechar totalmente la energía solar ya había sido
cosa común y corriente.
Pero a pesar de que la casa disponía de
energía, era impulsada por el Sol y su tremenda energía controlada en su propia
planta energética, y era móvil en virtud de sus aparatos antigravitarios, había
mucho más que todo aquello. Era un robot, un robot con un complejo de perfecto
servicio en su interior y, a veces, parecía casi un complejo maternal. Se
cuidaba a la perfección de la gente que albergaba. Tenía muy fijamente
insertado en sus circuitos el bienestar de sus huéspedes. Hablaba con ellos y
les servía, les recordaba cosas, charlaba con tales personas y les mimaba. Era
una casa, un sirviente y un compañero, todo en una pieza. Un hombre, pensó
Blake, con el tiempo, llegaría a considerar su casa como un leal y cariñoso
amigo.
La casa lo hacía todo por su dueño. Le
alimentaba, le lavaba las ropas, le preparaba el lecho y si se le daba
oportunidad, hasta podía limpiarle la nariz. Vigilaba constantemente por su
dueño y huésped, adivinaba los menores deseos y a veces resultaba incluso
demasiado. Imaginaba cosas que creía pudieran ser agradables a su ocupante,
tales como las escenas de las paredes, aquélla del conejo y el pájaro.
Pero todo aquello llevaba algún tiempo
para acostumbrarse a considerarlo algo normal. Tal vez no lo sería para alguien
que hubiera pasado su vida en tal situación. Pero volver de las estrellas, Dios
sabía desde dónde o cuándo, y ser alojado de pronto en una casa así, era algo
bastante fuerte y precisaba de tiempo para hacerse a la idea de algo tan
realmente fantástico.
– ¡Venga y tome! –Gritó la cocina–. ¡El
jamón y los huevos ya están a punto!
6
Se despertó como encorvado en un lugar
que nunca antes había percibido, una extraña envoltura llena de artefactos
hechos en su mayoría de madera; aunque también los había de metal y de tejido.
Reaccionó instantáneamente. Puso en
marcha sus defensas y borró aquel lugar. Se transformó a sí mismo en una
pirámide, un estado sólido del ser y construida para él como una esfera de
aislamiento.
Buscó la energía precisa que pudiera
necesitar para su vida y que sirviera de chispa para encender el poder de su
mente, y allí estaba aquella energía, como una marea creciente, procedente de
algún hontanar del que no podía, sin embargo, conocer su origen.
Entonces se dio cuenta de que podía
pensar. Sus procesos mentales eran ahora claros y brillantes, tan lógicos y
agudos como el filo de una navaja. Ya no había en su pensamiento aquella
cualidad nebulosa y obnubilante que le había envuelto hasta entonces. Aquella
masa piramidal le proporcionaba, sin duda, alguna estabilidad y un escenario
apropiado para que su mente pudiera operar.
Dirigió su pensamiento hacia la solución
de lo que había ocurrido, y de cómo, tras un período desconocido de tiempo,
durante el cual se había encontrado marginalmente inoperante, de repente se
hallaba libre y totalmente capaz y eficiente de nuevo.
Buscó un principio; pero no había
comienzo, o tal vez, solamente un comienzo tan borroso e indistinto del que no
podía estar seguro. Buscó, profundizó y rebuscó, olfateando entre los obscuros
túneles de su mente, y no encontró principio del cual pudiese tomar un punto
sólido de partida.
Aunque aquello, se dijo a sí mismo, no
tenía gran importancia, puesto que un principio podría no ser realmente
esencial. ¿Existía siempre, realmente, un principio para las cosas o lo buscaba
más bien como un lugar en que echar el ancla para desarrollar los procesos
mentales?
Por supuesto que un principio no era
necesario, ni tampoco lo era un fin; pero en alguna parte y de algún modo,
debía existir algo que se aproximara a un comienzo y a un fin.
Tal vez la cuestión era, más bien, si
tenía un pasado, y de eso estuvo bien seguro, ya que su mente estaba repleta
con la espuma flotante de los restos de un naufragio que constantemente llegaba
a las riberas de su conciencia procedente del pasado, trayéndole retazos
sueltos de información, como la radiación de fondo que puede encontrarse en
cualquier planeta al que se llega por primera vez. Intentó canalizar aquella
espuma y aquella marea del pasado en un esquema mental; pero no le fue posible
conseguir ese esquema ni ninguna pauta a seguir, ya que no había medio de que
aquellos retazos sueltos de información pudiesen encajar unos en otros.
Los datos, pensó con verdadero pánico.
Una vez había dispuesto de datos. Era seguro que los había tenido. Una vez
también había tenido algo con lo que su mente pudiera funcionar. Y aquellos
datos deberían estar presentes en su cerebro, aunque enmascarados o soterrados
en algún misterioso repliegue de su mente, apareciendo solo en forma de trozos,
retazos sueltos e inconexos, y la mayor parte sin decisiva importancia, aunque
estaba seguro de que realmente pudieran tenerla.
Así permaneció en aquella forma
piramidal, escuchando el vacío temblor de su mente, una mente poderosa y capaz,
pero desprovista del material necesario para funcionar, una mente que discurría
loca y desarticulada, sin ningún valor positivo por el momento.
Rebuscando entre aquellos trozos
incompletos que danzaban locamente en la jungla del pasado, tuvo la impresión
de una tierra rocosa y hostil y, por encima de ella, un cilindro macizo tan
negro como la propia roca cerniéndose en el gris resplandor del espacio
exterior hasta hacerse difícil el seguirlo. Y dentro del cilindro, estaba algo
que desafiaba toda imaginación, algo tan grande y fantástico que su mente
reculaba asustada ante su sola idea.
Rebuscó con un esfuerzo supremo tratando
de encontrar alguna pista para reconocer lo que era, no hallando otra cosa que
la imagen de la tierra negra y rocosa y la negrura y soledad del cilindro que
se cernía sobre ella.
A desgana, dejó que se desvaneciese
aquella imagen y se aferró a otra pieza del recuerdo. Esta vez era un valle
florido, que se abría en una pradera, una pradera restallante de color con los
mil matices de miles de millones de plantas en flor. Un sonido musical temblaba
en el aire. Miríadas de pequeñas criaturas se movían entre las flores; pero no
había pista que pudiese serle útil y que le permitiera aproximarse a su
significado.
Había existido otra, una vez. Había
existido otro ser, y había sido este ser el que había captado las imágenes y se
las había transmitido, y no solo tales imágenes, sino los datos propios de su
forma. Todavía las imágenes daban vueltas en su mente, aunque mezcladas
dislocadamente; pero los datos precisos habían desaparecido de alguna forma.
Se acurrucó aún más y disminuyó su forma
piramidal; dentro de su cerebro el vacío y el caos le proporcionaban un
terrible sufrimiento. Blake intentó entonces una vez más hundirse hacia atrás
en el pasado para encontrar a la otra criatura que le había proporcionado las
imágenes y los datos correspondientes.
Pero no había nada que pudiera
encontrar. No existía forma alguna de alcanzar ni tocar a aquella otra
criatura. Y acabó por encerrarse en sí mismo, en su espantosa soledad, llorando
amargamente y sollozando con el más profundo dolor, sin lágrimas ni sollozos,
ya que no estaba preparado para una cosa o la otra.
Y en la desnudez vacía de su inmenso
dolor volvió aún más hacia el pasado, encontrando un tiempo en que no había
existido tal criatura; cuando todavía su mente funcionaba con datos y con
imágenes abstractas basadas sobre aquellos datos; pero no había color, ni
tampoco los datos o conceptos, ni las imágenes eran comprensibles, sino que, a
destellos, resultaban espantosas y terroríficas.
Todo resultaba inútil. Era un esfuerzo
doloroso, terrible e inoperante el intentar encontrarse a sí mismo. Aún
resultaba todo ineficaz, era aún la mitad de sí mismo y así no podía funcionar
adecuadamente, porque estaba falto del material que le permitiese poder
hacerlo. Sintió que una mayor negrura se abatía más aún sobre su mente cansada
y decidió no luchar contra ella. Y se quedó quieto dejando que aquella negrura
llegase.
7
Blake despertó y la habitación estaba
gritándole:
– ¿A dónde fue usted? Vamos, hable. ¿Qué
le ocurrió?
Se hallaba sentado en el suelo en el
centro de la habitación, con las piernas cruzadas. Aquello era un absurdo, ya
que debía encontrarse en la cama.
La habitación comenzó de nuevo:
– ¿A dónde fue usted? ¿Qué es lo que le
ha ocurrido? ¿Qué hizo?
– ¡Oh, cállate de una vez! –restalló
Blake.
La habitación dejó de hablar.
La luz del amanecer se filtraba por las
ventanas y, en alguna parte del exterior, un pájaro cantaba alegremente. En la
habitación todo era normal. No había cambiado nada. Estaba exactamente como la
recordaba a la hora de irse a la cama.
–Y ahora, explícate –dijo–. ¿Exactamente
qué ocurrió?
– ¡Se marchó usted! Y además, construyó
una pared a su alrededor...
– ¡Una pared!
–Con algo parecido a la nada –dijo la
habitación–. Una burbuja de algo invisible. Me ha llenado usted con una nube de
algo incomprensible.
–Tú estás loca –repuso Blake–. ¿Cómo he
podido hacer una cosa así?
Pero aunque pronunciaba aquellas
palabras, Blake sabía que la habitación tenía razón. La habitación solo podía
informar con toda exactitud del fenómeno que había percibido. No era cuestión
de imaginación. Era solo una máquina, aunque muy sofisticada y en sus
experiencias no existía nada parecido a la superstición, al mito o a los
cuentos de hadas.
–Desapareció usted –dijo la habitación–.
Se envolvió usted en la nada y desapareció. Pero antes de envolverse en esa
extraña sustancia, usted cambió.
– ¿Cómo pude cambiar?
–No lo sé; pero lo hizo. Se fundió usted
y adoptó otra forma, o comenzó a tomarla y después se envolvió con esa extraña
nube a sí mismo.
– ¿Y no pudiste sentirme? Eso será el
por qué pensaste que me había ido.
–No podía sentirle. No pude penetrar esa
especie de nada.
– ¿Nada?
–Simplemente algo parecido a la nada
–explicó la habitación–. No pude analizarlo.
Blake se levantó del suelo, tomó los
pantalones cortos que había dejado caer en el piso cuando fue a acostarse la
noche anterior. Se los puso y también el resto de la ropa que había sobre una
silla. Era la misma ropa pesada y de lana, de color marrón, y repentinamente
recordó la noche pasada; la extraña casa de piedra con el senador y su hija.
Ha cambiado usted, le había dicho la
habitación. Ha cambiado usted y construido a su alrededor un muro de algo
parecido a la nada. Pero a Blake le resultaba imposible tener el menor recuerdo
de semejante hecho.
Por lo mismo que tampoco podía recordar
en absoluto lo que había ocurrido la noche anterior en el intervalo existente
entre que se vio en el patio y el momento en que se halló envuelto en la
tormenta y a unas buenas cinco millas de su domicilio.
Dios mío, pensó. ¿Qué está ocurriéndome?
Se sentó en la cama pensativamente.
–Habitación –dijo–. ¿Estás segura?
–Absolutamente segura.
– ¿Alguna especulación?
–Sabe usted muy bien que yo no puedo
especular sobre nada.
–Claro, por supuesto, no podrías...
–La especulación es ilógica –dijo la
habitación.
–Sí, desde luego, creo que tienes razón
–le respondió Blake.
Blake se dirigió hacia la puerta.
– ¿No tiene usted nada más que decir?
–preguntó la habitación en tono desaprobatorio.
– ¿Y qué podría decir? Tú sabes mucho
más que yo de lo sucedido.
Salió y se asomó a la baranda. Mientras
se dirigía a la escalera, la casa le saludó en su habitual forma alegre y
cortés.
–Buenos días, señor –le dijo
alegremente–. Ya ha salido el sol y hace un día espléndido. Se acabó la
tormenta y no hay nubes. Los pronósticos son de buen tiempo. La temperatura
ahora es de 49 grados F, y antes de que el día termine superará los 60. Ha amanecido
un bello día de otoño y todo es magnífico. ¿Tiene usted alguna preferencia,
señor? ¿Qué opina sobre la decoración? ¿Y de los muebles? ¿Qué le parece algo
de música?
–Pregúntale –intervino la cocina–, qué
es lo que desea comer.
–Claro –siguió la casa–, ¿qué desea
comer?
– ¿Qué tal unas gachas de avena?
–De acuerdo.
–El señor desea gachas de avena –repitió
la casa.
–Está bien –repuso la cocina, vencida–.
Ya se están preparando.
–No tiene usted que hacerle mucho caso a
la cocina –dijo la casa–. Está trabajando al parecer bajo la impresión de una
fuerte frustración. Tiene programadas una serie de recetas de fantasía que son
realmente buenas; pero casi nunca tiene la oportunidad de utilizar ni una sola
de ellas. Alguna vez, señor, por darle gusto, ¿por qué no le hace caso a la
cocina?
–Gachas de avena –repitió Blake.
– ¡Oh, muy bien, señor! El periódico de
la mañana está en la bandeja del postálgrafo. Esta mañana parece que trae pocas
noticias.
–Si no te importa, lo consideraré yo
mismo.
–Perdone, señor. A su completo gusto.
Estaba intentando serle útil e informarle.
–Limítate a intentarlo, pero sin
insistir –repuso Blake.
–Lo lamento, señor. Me vigilaré a mí
misma.
En la entrada recogió el periódico y se
lo puso doblado bajo el brazo. Se dirigió hacia la ventana para echar un
vistazo a su alrededor.
La casa de al lado se había marchado. La
plataforma se erguía vacía.
–Se marcharon esta mañana –explicó la
casa–. Hace más o menos una hora. Supongo que será un viaje de vacaciones de
corta duración. Todas nos alegramos.
– ¿Todas?
–Pues claro que sí, señor. Todas las
otras casas, señor. Nos alegramos de que estén poco tiempo fuera y de que
vuelvan pronto. Son todas muy buenas vecinas, señor.
–Parece que sabes mucho acerca de ellas.
–Bueno, señor. No me refiero a la gente.
Era solo de las casas en sí mismas.
–Entonces, vosotras las casas, os
consideráis vecinas.
–Vaya, por supuesto que sí. Nos
visitamos entre nosotras. Y también hablamos unas con otras.
–Supongo que para intercambiaros
información...
–Naturalmente. Bien, ahora, permítame
insistir sobre la decoración.
–Está perfectamente así.
–Es que lleva así varías semanas...
–Bien –dijo Blake pensativamente–.
Puedes hacer algo sobre ese papel que recubre los muros, en el comedor.
–No es el papel, señor.
–Ya me figuro que no lo es. Lo que
quiero decir es que ya me estoy aburriendo de ese conejo y de esas flores.
– ¿Qué le gustaría en su lugar?
–Cualquiera cosa que te guste a ti. Algo
que no tenga conejos en escena.
–Pero, señor, puedo hacer millares de
combinaciones...
–Bien, cualquier cosa que te parezca
–dijo Blake–, pero asegúrate de que no aparezcan más conejos.
Se alejó de la ventana y se fue al
comedor. Una serie de ojos le miraban fijamente desde las paredes; miles de
ojos, ojos desprovistos de una simple faz, ojos de todos los colores y de todas
las formas. Unos aparecían en pares y otros en solitario. Y todos y cada uno
parecían mirarle a él directamente sin pestañear. Había ojos de un azul claro,
ojos de bebé con una mirada llena de inocencia, otros inyectados .en sangre que
miraban con furia o con odio, otros con temor y otros, en fin, jóvenes, bellos,
junto a los arrugados y sin vida de los ancianos. Todos parecían conocerle,
saber quién era, le miraban con fijeza y de una forma horrible, como si
formasen parte de otras tantas caras que quisieran gritarle o morderle con
furia.
– ¡Casa! –gritó.
– ¿Qué le pasa, señor?
–Esos ojos.
–Pero usted dijo, señor, que pusiera
cualquier cosa, menos conejos. Pensé que los ojos constituían toda una novedad
para usted...
– ¡Quítalos de ahí ahora mismo!
Los ojos desaparecieron y en su lugar
apareció una playa deliciosa como fin de una ribera suave y plácida. La blanca
arena llegaba hasta las suaves olas que venían a morir a la playa con su eterno
y monorrítmico ir y venir. Unos árboles se inclinaban ante el empuje del
viento. Por encima del paisaje, unas aves marinas gritaban alegremente mientras
volaban. E incluso dentro de la habitación se percibía distintamente el olor de
la sal y la arena.
– ¿Así es mejor? –preguntó la casa.
–Sí, mucho mejor. Muchas gracias.
Blake se sintió encantado por el
paisaje. Era como si estuviera en la misma playa.
–Hemos puesto el sonido y el olor
–comentó la casa–. Podemos añadir, si lo prefiere el señor, el viento...
–No, es suficiente.
Las olas seguían yendo y viniendo y los
pájaros volando adornaban con sus chillidos la perfección del paisaje vivo que
reflejaban las paredes, al igual que las nubes algodonosas que flotaban en el
cielo. ¿Acaso habría algo que la casa no pudiera reproducir? Millares de
combinaciones, había dicho la casa. Un hombre podía estar allí sentado y
contemplar cualquier escena que deseara.
Una casa... pensó. ¿Qué era una casa?
¿De qué forma había evolucionado? Primeramente, en los albores de la humanidad,
no era más que un refugio con qué escudarse contra el viento y la lluvia, un
lugar en donde acurrucarse, un sitio para esconderse. Y aquello, básicamente,
todavía podría ser su definición; pero ahora un hombre hacía algo más que
esconderse y abrigarse contra los elementos y las fieras; una casa era un lugar
para vivir. Tal vez llegara el día, en algún tiempo futuro, en que el hombre no
tuviera que abandonar su casa para nada, sino vivir su vida en el interior, sin
aventurarse fuera de sus puertas.
Aquel día, se dijo a sí mismo, tal vez
estuviera más cerca de lo que pudiera pensarse, ya que una casa había dejado de
ser un simple refugio, o un lugar para vivir. Era un compañero y un sirviente;
dentro de sus paredes se encontraba todo lo preciso, cuanto pudiera desearse.
Próximo al comedor, estaba el saloncito
que albergaba el dimensino, la lógica expansión y el desarrollo de la
televisión que había conocido doscientos años atrás. Pero entonces ya no era
algo que se observaba y escuchaba, sino algo que se experimentaba. Una obra
maestra de la fantasía, pensó, viendo aquel trozo de costa marina sobre la
pared. Una vez en el interior de aquella habitación, con el aparato en
funcionamiento, se entraba en la acción y en el sentido de la forma del
entretenimiento. No solo se sentía captado por el sonido, el olfato y el gusto,
la temperatura y el sentimiento de lo que se iba desarrollando junto con la
imagen; sino que de una forma sutil, el espectador llegaba a ser, por simpatía,
y por comprensión, una parte de la acción y la emoción que el dimensino
proporcionaba en sí.
En la parte opuesta del dimensino, en un
rincón, estaba la biblioteca, que contenía dentro de la simplicidad de su
constitución electrónica toda la literatura que aún sobrevivía procedente de la
larga historia del hombre. Allí bastaba con girar un dial y oprimir un botón
para tener a la vista todos los pensamientos y las esperanzas de cada ser
humano que hubiera escrito algo, manejando la palabra, intentando plasmar en
una hoja de papel el fermento de la experiencia, el sentimiento o la convicción
que hubieran existido albergados en su cerebro.
Aquella casa era el pregón lejano de
hacía dos siglos, una estructura y una institución de la que había que
maravillarse.
Y todavía no estaba acabada. En otros
dos futuros siglos podría tener tantos cambios y refinamientos como los que
había sufrido en los dos pasados. ¿Tendría alguna vez un fin el concepto de lo
que era una casa?
Tomó el periódico que tenía doblado aún
bajo el brazo y lo abrió. La casa había tenido razón. Pocas noticias.
Se había seleccionado a tres hombres
para el Depósito de Inteligencia, para unirse a todos aquellos otros hombres
seleccionados cuyos pensamientos y personalidad, conocimiento e inteligencia,
habían tenido, en el decurso de los últimos trescientos años, el privilegio de
formar parte masivamente del Banco de la Mente, que tenía en su interior los
pensamientos de los hombres de más fina intelectualidad del género humano. Otra
noticia se refería a que el Proyecto norteamericano de modificación del tiempo
quedaría finalmente ubicado en Roma, en donde residía el Tribunal Supremo. La
disputa sobre las masas de camarones aparecidas a lo largo de la costa de
Florida continuaba en todo su apogeo. Una astronave de inspección y exploración
había llegado finalmente a Moscú, tras haber salido diez años antes de viaje y
ser dada por perdida. Y que, al día siguiente, las discusiones sobre la
ingeniería biológica comenzarían en Washington.
La ingeniería biológica y su relato
ocupaba dos columnas del periódico, una relativa al senador Chandler Horton y
la otra al también senador Salomón Stone.
Blake se dispuso a leerlo entero:
WASHINGTON. Norteamérica. – Los dos
senadores de Norteamérica se enfrentarán con sus respectivos puntos de vista en
relación a la tan discutida proposición del programa de ingeniería biológica
que se abre aquí mañana. Se esperan verdaderos fuegos de artificio. Ninguna
propuesta de los últimos años ha captado tanto la imaginación del público,
teniendo en cuenta que trata de la mayor controversia que existe por el momento
en todo el mundo.
Los dos senadores de Norteamérica se
hallan entre sí en una posición diametralmente opuesta, como en realidad lo han
venido haciendo siempre en la mayor parte de su carrera política. El senador
Chandler Horton, ha tomado la firme decisión de que se apruebe la propuesta,
que sería sometida al comienzo del próximo año a referéndum mundial. Por e}
contrario, el senador Salomón Stone, se halla obstinadamente opuesto a ella.
Que estos dos hombres se hallen el uno
frente al otro, con tan dispares puntos de vista, no es nada nuevo. Pero el
significado político de esta resolución es algo de gran profundidad a causa de
la llamada Ley del Consentimiento Unánime, en asuntos de esta especie, que,
como es sabido, han de ser sometidos a referéndum a escala planetaria, ya que
el mandato de los votantes tiene que ser unánimemente aprobado en la sala de
conferencias del Senado Mundial de Ginebra.
De esta forma, de ser favorablemente
votado, el senador Stone sería requerido para que hiciese su votación en el
Senado Mundial estipulando su punto de vista. Fallando este punto, debería,
como es sabido, proponer la dimisión de su cargo. En todo caso, se produciría
una elección especial para llenar la vacante producida por su renuncia. Solo
serían elegibles para la vacante aquellos candidatos que con anterioridad
hubieran conocido y sostenido sus puntos de vista respecto al problema que se
discute.
Si el referéndum resulta contrario a la
medida adoptada, sería el Senador Horton el que se encontraría en el mismo
caso.
En el pasado, cuando se llegaba a una
situación parecida, los senadores conservaban sus escaños votando las
propuestas a las que se habían opuesto. Este no sería el caso, según precisan
la mayor parte de los observadores, bien se trate de Horton o de Stone. Ambos
han situado sus vidas políticas y; su reputación limpiamente sobre el tapete de
la cuestión. La filosofía política de ambos es tan opuesta como los dos polos
de un imán, y a lo largo de los años, su personal y mutua antipatía se ha
convertido ya' en una leyenda senatorial. No se crea que en esta última
ocasión, ni uno ni otro...
–Perdone, señor –dijo la casa–, pero las
escaleras informan que algo extraño le ha sucedido a usted. Se encuentra bien,
espero...
Blake levantó los ojos del periódico.
–Sí, me encuentro perfectamente.
–Pero pudiera no ser así –insistió la
casa– y creo conveniente sugerirle que sería una buena idea que fuese a ver a
un médico.
Blake dejó caer el periódico y se quedó
con la boca abierta unos momentos, para cerrarla con firmeza. Después de todo,
oficiosa como era, la casa parecía tener los mejores «sentimientos». Era un
servo-mecanismo y su solo pensamiento robótico y su solo propósito era servir
lo mejor posible al ser humano que albergaba.
–Tal vez tengas razón...
Era indudable que algo marchaba mal. En
las últimas veinticuatro horas algo extraño le había ocurrido por dos veces.
–Hay ese famoso doctor en Washington
–dijo Blake– en el hospital donde me llevaron para revivirme. Creo que su
nombre es Daniels.
–Sí, el doctor Michael Daniels –afirmó
la casa.
– ¿Conoces ese nombre?
–Nuestro archivo de datos sobre usted es
completísimo –repuso la casa–. ¿Cómo podríamos servirle, como se supone que
debemos hacerlo, en caso contrario?
–Entonces tendrás su número. Podrás
llamarlo.
–Pues naturalmente, señor. Si así lo
desea...
–Por favor.
Dejó el periódico a un lado y se dirigió
hacia la sala de estar. Se sentó ante el teléfono y la pequeña pantalla se
encendió poco a poco.
–Un momento, señor –dijo la casa.
El panel se aclaró perfectamente y
aparecieron la cabeza y los hombros del Dr. Michael Daniels.
–Soy Andrew Blake. ¿Me recuerda?
–Ciertamente que le recuerdo –repuso el
Dr. Daniels–. La pasada noche estuve pensando qué sería de usted. ¿Qué tal se
encuentra?
–Físicamente muy bien –dijo Blake–. Pero
he tenido... bien, hasta que usted lo decida, supongo que podrían llamarse
alucinaciones.
–Pero no pensará usted que lo son.
–Estoy seguro por completo de que no.
– ¿Podría usted pasarse por aquí? Me
gustaría hacerle un completo reconocimiento médico.
–Estaré encantado de ir a verle, doctor.
–Washington está en plena ebullición.
Está lleno de gente por todas partes. Las gentes vienen a la cuestión de la
bioingeniería. En la calle, frente a nosotros, hay una residencia. ¿Quiere
esperar a que vea si puedo reservarle una plaza?
–Desde luego, gracias.
El rostro de Daniels desapareció de la
pantalla, y la confusa imagen de una oficina, desfocada de la escena, danzaba
vagamente en la pequeña pantalla.
En aquel momento, sonó la voz de la
cocina:
–Las gachas de avena están ya listas y
esperando. He hecho también tostadas y huevos con jamón, más una cafetera
abundante de buen café.
–El amo está ocupado en el teléfono –le
dijo la casa, en tono desaprobatorio–. Todo lo que ordenó fueron las gachas de
avena.
–Ha podido cambiar de opinión –repuso la
cocina–. Puede que las gachas de avena no sean suficientes. Puede que tenga más
apetito del que creía. No irás a querer que diga que estamos matándole de
hambre.
Daniels volvió a la pantalla.
–Gracias por haber esperado– dijo a
Blake–. No hay reserva por el momento, ni sitio disponible. He reservado una
plaza para mañana. ¿Le parece bien?
–Desde luego que sí. Yo solo quiero
hablar con usted.
–Podríamos hablar ahora, si lo desea.
Blake hizo un gesto negativo con la
cabeza.
–Comprendo –: repuso
Daniels–. Le veré mañana, pues. Digamos a la una en punto. ¿Qué planes tiene
para hoy?
–No tengo plan alguno.
– ¿Por qué no se va a pescar? Deje que
su mente se libere de toda preocupación. Ocúpese de algo real y práctico. ¿Es
usted pescador?
–No lo sé, no lo había pensado. Me
parece que lo he sido alguna vez. El deporte tiene un sonido que me resulta
familiar.
–Cosas que todavía están en el fondo de
su memoria –comentó el médico–. Todavía recordando...
–No recuerdo nada en concreto. Solo como
algo de fondo. Retazos de algo que va cayendo al azar aquí y allá. Pero en
conjunto no me dice nada. Alguien menciona algo o leo alguna cosa que me
resulta súbitamente familiar, alguna frase, cualquier hecho o determinada
situación que puedo aceptar. Algo que haya conocido o visto en algún tiempo
pasado; pero no dónde, cuándo o bajo qué condiciones lo encontré.
–Sería muy importante para nosotros
poder encontrar alguna pista procedente del pasado de usted.
–Vivo sencillamente con él –dijo Blake–.
Es la única forma en que puedo seguir adelante.
–Es la única aproximación sensata –opinó
Daniels–. Pase usted un buen día y le veré mañana. Creo que en su localidad hay
varios arroyos con muy buenas truchas. Trate de pescar alguna.
–Gracias, doctor.
El teléfono emitió un chasquido y la
pantalla se obscureció. Blake se volvió y la casa le dijo:
–Tan pronto como haya usted tomado el
desayuno, le tendremos el flotador dispuesto en el patio. Encontrará aparejos
de pesca detrás del dormitorio que se utiliza como un cuarto trastero y la
cocina le preparará un almuerzo. Mientras tanto, voy a buscar para usted, hasta
encontrarlo, un buen arroyo truchero, le prepararé las direcciones, y...
– ¡Ya está bien de tanto parloteo!
–Interrumpió irritada la cocina–. ¡El desayuno se está enfriando!
8
El agua corría espumeante a través del
estrecho paso de los árboles caídos y de un grupo de matorrales, y discurría
saltarina por medio de un pequeño boscaje de abedules existentes en la curva de
la corriente, hasta desembocar a una charca remansada y tranquila, para
continuar su camino.
Blake condujo cuidadosamente su silla
flotadora hacia el terreno existente al fin de la barrera de los sauces, soltó
el dispositivo antigravitatorio y fue a tomar tierra suavemente. Por un
momento, quedó sentado en la silla flotadora, sin moverse, escuchando el
delicioso rumor del agua y encantado por la sedante quietud del remanso. Ante
él, más lejos, la línea de montañas se elevaba en el cielo.
Finalmente, abandonó el aparato flotador
y de la parte trasera soltó la cesta de la comida y el aparejo de pesca. Dejó
la cesta a un lado de la orilla recubierta de fina hierba, en donde crecían los
abedules en un pequeño bosquecillo.
Algo se removía entre el amasijo de los
árboles retorcidos que existía al otro lado del arroyo. Al oír el ruido, Blake
dio la vuelta para fijarse con curiosidad y sorpresa. Un par de brillantes ojos
le miraban fijamente desde debajo de un tronco.
Sería un visón, pensó Blake. O quizás
una nutria, lo que le miraba con curiosidad desde su escondite por debajo del
tronco.
–Hola –dijo Blake–. ¿No te importa si
intento poner a prueba mi suerte?
–Hola –dijo lo que podía ser un visón o
una nutria, con una voz de tono agudo y cantarina–. ¿Qué clase de suerte es la
que quiere poner a prueba? Por favor, tiene que aclararlo...
– ¿Eh? ¿Cómo? ¿Quién eres...? –y la voz
de Blake se detuvo en seco.
Entonces, ante la perplejidad de Blake,
salió de debajo del tronco el imaginado animal de ojos relucientes como dos
cuentas de abalorio. No se trataba de ningún visón ni de ninguna nutria. Era un
ser bípedo... como algo que hubiera salido de las páginas de un libro infantil.
Un hocico de roedor peludo, rematado por un cráneo alargado, del que
sobresalían un par de orejas puntiagudas con borlas en la punta. Tendría unos
dos pies de altura y aparecía recubierto de una suave piel de color marrón.
Vestía unos sencillos pantalones rojo brillante, la mayor parte de los cuales
lo ocupaban unos grandes bolsillos, y sus manos estaban constituidas por unos
largos y finos dedos.
Retorció graciosamente el hocico.
– ¿Por casualidad –preguntó– no tendría
usted alguna comida dentro de esa cesta?
Su voz resultaba chillona y graciosa al
propio tiempo.
–Vaya, pues sí que tengo –repuso Blake–.
Me figuro que tendrás hambre.
Aquello era absurdo, por supuesto.
Seguramente que a los pocos momentos, aquella ilustración viviente de libro
infantil se esfumaría simplemente y él podría continuar su pesca, apenas
comenzada.
–Me estoy muriendo de hambre –dijo
aquella viñeta viviente–. La gente que solía traerme comida, parece estar ahora
de vacaciones. Desde entonces, estoy pordioseando algo que comer. ¿Ha tenido
usted, por casualidad, alguna vez en su vida, que pordiosear la comida?
–Pues no creo que me haya ocurrido eso
–contestó Blake.
Pero aquel fantástico ser no se
desvanecía de la vista. Continuaba allí, bien vivo, y charlando, sin que
pudiera quitárselo de encima.
Buen Dios, pensó Blake, ya comenzamos
otra vez...
–Si tienes hambre –se decidió Blake a
decir al fin –buscaremos en la cesta. ¿Hay algo especial que tú puedas comer?
–Yo como todo lo que el Homo sapiens
coma. No tengo preferencias ni soy exigente. Mi metabolismo parece coincidir
admirablemente con el de los habitantes de la Tierra.
Juntos, se dirigieron hacia la cesta y
Blake quitó la tapa.
–Parecía usted indiferente a mi
aparición allí debajo del tronco –le dijo la criatura.
–No es nada que me importe –repuso
Blake, forzando a su mente a pensar con rapidez sacándola de su
amodorramiento–. Aquí tenemos bocadillos, algunos pasteles, una fuente de
ensalada y patatas y huevos revueltos.
–Si no le importa, tomaré un par de
bocadillos.
–Adelante –le urgió Blake.
– ¿No tiene intención de comer conmigo?
–Hace un momento que he desayunado.
La criatura se sentó con un bocadillo en
cada mano y comenzó a comer con un hambre de lobo.
–Tendrá que perdonarme mí falta de
buenas maneras en la mesa –dijo a Blake–, pero es que no he comido nada decente
desde hace casi dos semanas. Supongo que espero demasiado de los demás. Esas
gentes que me traían comida y se cuidaban de mí solían traerme casi siempre un
recipiente con leche.
Mientras comía con hambre feroz, unas
migajas de comida le temblaban en los bigotes, pero seguía comiendo. Acabó los
dos bocadillos y alargó una mano que puso encima de la cesta.
– ¿No le importa? –preguntó vacilante.
–En absoluto.
Y tomó entonces otro bocadillo.
–Le ruego que me perdone –dijo aquella
criatura–, pero... ¿cuántos hay como usted?
– ¿Cuántos... como yo?
–Sí, como usted. ¿Cuántos hay como
usted?
–Vaya –repuso Blake–. Solo hay uno como
yo, yo mismo. ¿Cómo podría haber más?
–Ha sido una tontería de mi parte, por
supuesto –se excusó aquella extraña criatura–, pero cuando le vi la primera
vez, hubiese podido jurar que hay muchos más que usted.
Comenzó a comer el tercer bocadillo;
pero ahora mucho más despacio que los otros dos anteriores.
Lo terminó y apartó de los pelos del
bigote las migajas que habían quedado prendidas.
–Se lo agradezco mucho.
– ¡Oh, no hay de qué! –Dijo Blake–.
¿Estás seguro de que no quieres otro más?
–Otro bocadillo no, desde luego. Pero si
le sobra algún pastel...
–Tómalo tú mismo.
La criatura lo hizo así.
–Y ahora –dijo Blake– que ya me has
hecho varias preguntas, creo que yo podré hacerte otra.
–Es muy justo, ciertamente. Adelante y
pregunte lo que quiera.
–No dejo de preguntarme quién eres
exactamente.
–Vaya, bendito sea Dios –dijo la
criatura– y pensé que lo sabría. Ni se me había pasado por la cabeza que no me
hubiera reconocido.
Blake sacudió la cabeza con un gesto
negativo.
–Lo lamento, pero no lo sé.
–Yo soy un duende –dijo aquella criatura
inclinándose graciosamente–. Estoy a su servicio, señor.
9
El doctor Michael Daniels estaba
esperando en su despacho cuando Blake entró en su oficina.
– ¿Qué tal se siente usted esta mañana?
–preguntó el médico.
Blake hizo un gesto ambiguo.
–No mal del todo, tras haber puesto en
práctica la idea que me sugirió ayer. ¿Hay algún dato sobre mí que yo pueda
saber?
–Podemos enseñarle el expediente. Hay
todavía que hacer algunas comprobaciones, y...
–Bien, gracias, doctor.
Daniels le hizo un gesto hacia un
sillón.
–Póngase cómodo, tenga la bondad.
Tenemos algunas cosas de qué hablar.
Blake se sentó en el sillón indicado.
Daniels sacó un grueso dossier que puso frente a él y lo abrió.
–Supongo que habrá usted rebuscado y
comprobado sobre lo que pudo haberme ocurrido en el espacio exterior... lo que
me ocurrió a mí, con más precisión. ¿Ha habido suerte?
Daniels sacudió la cabeza negativamente.
–Ninguna. Hemos escudriñado los nombres
de los pasajeros y la lista de la tripulación de todas las astronaves perdidas.
Es decir, lo ha hecho la Administración del Espacio. Ellos están tan
interesados en esto como yo.
–Las listas de pasajeros no le dirán
mucho –apuntó Blake–. Son simplemente unos nombres y no sabemos...
–Es cierto –repuso Daniels–, pero es que
también hay huellas dactilares y fonohuellas. Y usted no aparece en ningún
sitio.
–De alguna forma tuve que salir al
espacio...
–Sí, claro, ya sé que lo hizo. Alguien
le congeló. Alguna persona se tomó la molestia de congelarle y dejarle en
animación suspendida. Si pudiéramos descubrir por qué lo hizo así, sabríamos
muchísimo más de lo que sabemos ahora. Pero, por supuesto, cuando se pierde una
astronave, los registros también se pierden.
–Yo he estado intentando pensar por mi
parte –comentó Blake–. Hemos estado haciendo presunciones, todo el tiempo, de
que yo fui congelado con la finalidad de que mi vida se detuviera. Eso
significa que ello se hizo antes de lo que le sucediera, sea lo que fuese, a la
nave estelar. ¿Cómo pudo cualquiera saber lo que iba a pasar? Bueno, supongo
que deben existir situaciones en que esto puede darse. ¿Ha pensado usted en la
eventualidad de que yo fuese congelado y lanzado fuera de la nave porque no me
quisieran a bordo, a causa de algún posible hecho y que los demás tuviesen
miedo de mí o algo por el estilo?
–No –repuso Daniels–. No había pensado
en eso. Sin embargo, había imaginado que no habría sido usted sólo el congelado
y encapsulado y que tal cosa ha podido hacerse con muchos otros que aún se
hallen en el espacio. Disponiendo de tiempo, puede hacerse algo para salvar
algunas otras vidas... y sospecho que vidas importantes.
–Pero volvamos al asunto de mi expulsión
al espacio. De haber sido tan insignificante, como para tomar la determinación
de arrojarme al espacio como una basura, ¿por qué tan elaborado intento de
salvarme la vida? El médico hizo un gesto de duda.
–No puedo ni siquiera imaginarlo.
Estamos tratando solo con suposiciones. Creo que tendrá usted que resignarse a
la posibilidad de no saberlo nunca. Yo había esperado que usted pudiera haber
calado en el pasado de su mente; pero se ve que no ha sido posible. Pero hay
una clara oportunidad de que se encuentre en condiciones de hacerlo. Tras algún
tiempo, intentaremos un buen tratamiento siquiátrico que podrá ayudarnos.
Aunque debo decirle francamente que también puede resultar un fracaso.
– ¿Me está usted insinuando que me
entregue sin lucha? –No. Me limito a decirle la verdad. Seguiremos intentándolo
tanto tiempo como usted quiera estar de acuerdo con nosotros; pero me encuentro
en la obligación moral de expresar la opinión de que quizás nunca llegue a
saberlo.
–Comprendo...
–Y cambiando de tema... ¿qué tal ha ido
esa pesca?
–Oh, muy bien –repuso Blake–. Capturé
seis truchas estupendas y pasé un día magnífico al aire libre. Lo cual supongo
sería lo que usted deseaba.
– ¿Ha habido cualquier alucinación?
–Pues... sí –afirmó Blake–. La hubo. No
se lo había contado aún. Decidí esta mañana contárselo. Pero, ¿qué más da una
alucinación más o menos? Cuando estaba pescando, me encontré con un duende.
– ¡Vaya!
–Pues sí, me encontré con un duende de
carne y hueso. Hablé con él. Se comió la mayor parte de mi almuerzo. Ya sabe lo
que quiero decir y a lo que me refiero. Una de esas pequeñas y fantásticas
criaturas que aparecen en los cuentos de los niños, con sus orejas puntiagudas
y un gorro picudo. Solo que este no llevaba gorro y tenía la cara de un roedor.
–Pues ha tenido usted suerte. No hay
mucha gente que tropiece con un duende. Y menos todavía los que hablan con
ellos.
– ¿Quiere usted decir que existen esas
cosas?
–Pues claro que sí, desde luego. Se
trata de un pueblo emigrante de las estrellas Coonskin. No hay muchos de ellos.
Vino un grupo selecto de unos cien miembros, más o menos, ya hace de eso unos
ciento cincuenta años, en uno de los navíos estelares de exploración. La idea
fue que los duendes nos visitaran por un
cierto tiempo, como una especie de intercambio cultural. Pero les gustó la
Tierra y obtuvieron el permiso formal de permanecer en nuestro mundo. Después
que se hubieron diseminado, fueron desapareciendo gradualmente. Se marcharon a
los bosques. Allí encontraron lugares donde vivir a su gusto, cuevas,
madrigueras, huecos de grandes árboles y sitios parecidos –sacudió la cabeza
con cierto aire de perplejidad. Son unas extrañas criaturas. Rechazaron la
mayor parte de las ventajas materiales que les ofrecimos. No querían saber nada
de nuestra civilización, les importó un comino nuestra cultura; pero en cambio,
se enamoraron de nuestro planeta. Les gustó la Tierra como un lugar para vivir,
a su modo, por supuesto. Parece ser que son seres altamente civilizados; pero
en diferente forma a nosotros. Muy inteligentes; pero con diferentes
valoraciones de las que nosotros sostenemos. Tengo entendido que algunos de
ellos se unieron a determinadas familias o a particulares que les
proporcionaban de tanto en tanto alimentos, ropa para vestirse y otras cosas
útiles para las necesidades propias de su forma de vivir. Los duendes no son
animales domésticos de esas gentes. Puede que se les pudiera llamar talismanes
de la buena suerte. Se les ha asignado muchas de las cualidades literarias de
los duendes de las historias antiguas.
–Es fantástico...
– ¿Y qué se creía usted, Blake? ¿Que era
otra alucinación?
–Pues sí, ciertamente. Yo esperaba que
desapareciera de mi vista en cualquier instante, como desvaneciéndose en el
aire. Pero no fue así. Se sentó, comiendo con un apetito feroz mis bocadillos y
después se limpió cuidadosamente los bigotes de las migajas que habían quedado
prendidas en ellos. Además, me señalaba con toda exactitud dónde tirar el
anzuelo. Por allí, me decía; y en efecto, una buena trucha. Así permaneció
conmigo un buen rato, pareciendo como si tuviera la certeza de dónde se hallaba
la pesca.
–Le estaba pagando a su manera y
agradeciéndole el almuerzo. Estaba sencillamente dándole buena suerte.
– ¿Cree usted realmente que de veras
saben dónde están los peces? A mí me dio esa impresión, pero...
–No me sorprendería nada –comentó
sonriendo Daniels–. Como le he dicho, no sabemos mucho acerca de esos duendes.
Tienen probablemente determinadas facultades, de las que carecemos nosotros. El
saber dónde estaba la pesca, puede ser una de ellas –miró entonces agudamente a
Blake–. ¿Es que no ha oído usted hablar nunca de los duendes? De los de verdad,
quiero decir.
–No, nunca.
–Creo que eso, en cierta forma, es una
pista. Si usted hubiera estado aquí en la Tierra en aquel tiempo en que
llegaron, necesariamente tendría que haber oído hablar de ellos.
–Puede que fuera así; pero no lo
recuerdo.
–No lo creo. El incidente, a juzgar por
las noticias de la época, produjo una enorme impresión en todo el mundo. Es
algo que necesariamente recordaría usted de haberlo oído. Tuvo que haber
producido una fuerte huella en su mente.
–Tenemos también otras cosas propias de
esta época –dijo Blake–. La forma de vestir es algo completamente nueva para
mí. Trajes, pantalones cortos y sandalias. Puedo recordar claramente que yo
solía vestir una especie de pantalones largos y chaleco. Otra cosa son también
las naves. Las rejillas de gravedad son algo desconocido para mí. Recuerdo que
entonces utilizábamos la energía nuclear.
–La seguimos usando.
–En mis días era solo la energía
atómica. Ahora es una fuerza auxiliar para generar altas velocidades; pero la
potencia real proviene del control y manipulación de las fuerzas
gravitacionales.
–Hay otras muchas cosas que son
completamente nuevas para usted también –apuntó Daniels–. Las casas por
ejemplo...
–Casi me han vuelto loco al principio
–contestó Blake–. Pero me siento aliviado con el duende. Esto sustrae un
incidente potencial en mi situación.
–Esas alucinaciones... Usted no piensa
que lo son, por supuesto. Me lo dijo ayer.
–No veo cómo puedan ser. Recuerdo todas las cosas que ocurren hasta un
cierto punto, después todo queda en blanco y finalmente me encuentro a mí mismo
de nuevo. No puedo recordar ninguna cosa que haya sucedido en ese período en
blanco, aunque hay suficiente evidencia de que algo trasciende y de que hay un
definido espacio de tiempo para darse cuenta de ello.
–Esto último ocurre mientras duerme
usted.
–Cierto. Pero la habitación de la casa
observó ciertos fenómenos que ocurrieron en un definido espacio de tiempo.
– ¿Qué clase de casa tiene usted?
–Una Norman-Gilson B258.
–Uno de los más nuevos y mejores modelos
–comentó Daniels–. Bellamente instrumentada y computada electrónicamente.
Prácticamente a prueba de errores. No hay mucho margen de que algo pueda ir
equivocado con semejante casa.
–Yo no creo que se haya producido ningún
error. Creo que la habitación dijo la verdad. Creo firmemente que algo sucedió
en la habitación. Cuando me desperté, me hallaba en el suelo...
–Pero sin la menor idea de lo que le
había ocurrido, hasta que la habitación se lo dijo, ¿no es cierto? ¿No tiene
ninguna idea del por qué ocurren esas cosas?
–Ninguna, en absoluto. Yo había confiado
en que se le hubiera ocurrido a usted, doctor.
–Realmente, no. Es decir, alguna idea
real. Hay dos cosas respecto a usted. ¿Cómo le diría?... Bueno... que resultan
confusas. De una parte, su condición física. Tiene usted el aspecto de un
hombre de treinta años, tal vez de treinta y cinco. Apenas si hay alguna arruga
en su rostro. Tiene la apariencia de la madurez; pero así y todo, su cuerpo es
el de un hombre joven, muy joven. .No existe el menor signo de deterioro
orgánico, ni de decadencia física. Es más, ni de que nada de esto haya
comenzado. Es usted un perfecto ejemplar físico. Y si eso es así, ¿por qué
tiene el aspecto de una edad mayor de treinta años? – ¿Y la otra? Ha dicho
usted que había dos. – ¿La otra? Bien, se trata de su encefalograma. Revela una
extraña pauta. La principal raya de lectura del cerebro aparece claramente
reconocible. Pero hay algo más también. Casi... –y vaciló al decir esto– como
si otras pautas cerebrales se hubieran superimpuesto al suyo propio. Son ritmos
cerebrales débiles, podría decirse que subsidiarios, que desde luego aparecen,
aunque no fuertemente.
– ¿Qué está usted intentando decirme,
doctor? ¿Es que algo funciona mal mentalmente? Esto podría explicar las
alucinaciones, por supuesto. Es decir, significaría que las alucinaciones son
verdaderas. Daniels denegó con un gesto.
–No, no es eso. Pero resulta extraño. No
hay nada que indique ninguna malfunción, ni deterioro cerebral. Su mente, en
apariencia, es tan saludable y tan normal como su cuerpo. Es como si tuviera
usted más de un cerebro. Aunque a mí me consta, desde luego, que solo tiene
uno. Los Rayos X lo han evidenciado claramente.
– ¿Está usted seguro de que soy humano?
–Su cuerpo proclama que lo es. ¿Por qué lo pregunta? –Pues realmente, no lo sé
muy bien –dijo Blake–. Me encontraron ustedes en el espacio exterior. Yo
provengo del espacio...
–Sí, ya lo sé. Olvídelo. No hay una
pizca de evidencia de que usted no sea humano. La abrumadora prueba que
tenemos, lo demuestra así.
– ¿Y ahora, qué? Me vuelvo a casa y sigo
esperando más sorpresas y alucinaciones...
–No inmediatamente. Nos gustaría que se
quedase usted con nosotros unos cuantos días. Bien, si usted quiere...
– ¿Van a hacerme más análisis?
–Tal vez. Me gustaría hablar con algunos
de mis colegas y dejar que éstos le viesen. Me interesa su opinión.
Creo que es conveniente que se quede
aquí para ulteriores observaciones.
– ¿Para el caso de que se produzcan
otras alucinaciones?
–Algo parecido a eso –dijo el Dr.
Daniels.
–Ese asunto del cerebro me tiene
preocupado y molesto –dijo Blake–. Dice usted que más de uno...
–No. Es solo una sugerencia del
electroencefalograma. Yo no me preocuparía al respecto.
–Está bien. No lo haré.
–Pero... ¿qué era lo que el duende le
había preguntado? ¿Cuántos de vosotros estáis aquí? Y que hubiera podido jurar
cuando le vio la primera vez que había más de uno...
–Doctor, con relación a ese duende...
– ¿Qué hay de particular en ese duende?
–Nada, supongo –repuso Blake–. Nada que
tenga importancia.
10
Extracto de las sesiones de la encuesta
senatorial (regional, Washington, Norteamérica) en la propuesta del programa de
ingeniería biológica como base para una política de colonización de otros
sistemas solares.
MR. PETER DOTY, Consejero del Comité:
¿Su nombre es Austin Lukas?
DR. LUKAS: Sí, señor. Resido en Tenafly,
New Jersey y estoy empleado en «Biologics. Inc.» en New York, Manhattan.
MR. DOTY: ¿Encabeza usted el
Departamento de Investigación de esa Compañía, no es cierto?
DR. LUKAS: Soy jefe de uno de los
programas de investigación.
MR. DOTY: Y este programa, ¿tiene algo
que ver con la bioingeniería?
DR. LUKAS: Sí, señor, así es. Por el
momento estamos trabajando y somos responsables de la obtención del desarrollo
de un animal agrícola todo-propósito.
MR. DOTY: ¿Tendría la bondad de
explicarse claramente?
DR. LUKAS: Con mucho gusto. Nuestra
esperanza es estar en condiciones de desarrollar un animal que provea de
diferentes tipos de carne, que proporcione leche, lana u otra clase de piel,
tal vez todo eso reunido en una sola pieza. Reemplazaría, así lo esperamos, a
los animales especializados que el hombre ha venido utilizando en su economía
doméstica desde la Revolución Neolítica.
SENADOR STONE: Infiero, Dr. Lukas, que
ya tiene algunas, indicaciones de que sus investigaciones pueden desembocar en
un éxito práctico.
DR. LUKAS: Ciertamente así es, señor.
Podría decir que ya tenemos el problema básicamente despejado. Disponemos ahora
de todo un rebaño de esos animales. Ahora estamos intentando obtener todavía
algunos refinamientos. Tenemos como meta el desarrollo de un solo animal que
sustituya a todos los demás animales de una granja, suministrando todos sus
productos útiles en conjunto.
SENADOR STONE: Y en este aspecto...
¿tiene usted alguna esperanza de éxito?
DR. LUKAS: Puede decirse que nos
sentimos muy animados.
SENADOR STONE: ¿Puedo preguntarle cómo
van ustedes a llamar a ese animal que tienen en estudio?
DR. LUKAS: Aún no tenemos ningún nombre.
Ni siquiera hemos pensado por ahora en eso.
SENADOR STONE: ¿No será una vaca,
verdad?
DR. LUKAS: No por completo.
Naturalmente, tendrá algunos aspectos bovinos.
SENADOR STONE: ¿Un cerdo? ¿Una oveja?
DR. LUKAS: No, ninguno de los dos. No
totalmente, desde luego. Pero con algunas características de ambos.
SENADOR HORTON: Creo que no es preciso
seguir adelante con tanto detalle y alargar estos preliminares de la encuesta.
Lo que mi distinguido colega desea preguntarle, es si ese animal es algo
completamente nuevo como forma de vida –una vida sintética, digamos– o si aún
puede afirmarse que tenga relaciones con las formas naturales presentes.
DR. LUKAS: Eso, senador, es una pregunta
extremadamente difícil de responder. Se podría decir que las formas naturales
presentes han permanecido y se han utilizado como pautas a seguir; pero la
criatura viviente que tenemos ahora, es esencialmente una nueva especie de
animal.
SENADOR STONE: Gracias, profesor. Quiero
también agradecer a mi colega senador su aguda percepción en la dirección de la
encuesta que se lleva a cabo. Bien, así contamos con una criatura viviente,
completamente nueva como especie y distantemente asociada tal vez, con una
vaca, un cerdo, una oveja y quizás con otras formas de vida...
DR. LUKAS: Sí, con otras formas de vida.
Por supuesto que tiene que haber un límite en alguna parte, pero por el
momento, no lo vemos. Sabemos que estamos en condiciones de continuar diseñando
varias formas de vida y refundirlas juntas en algo viable.
SENADOR STONE: ¿Y conforme avanza usted
más en esta dirección, avanza también más esta forma de vida en su asociación
con cualquier presente forma viviente?
DR. LUKAS: Sí, supongo que así podría
llamarlo usted. Tendría que pensar este asunto antes de darle una respuesta
adecuada.
SENADOR STONE: Y ahora, doctor,
permítame preguntarle algo en el aspecto estético. Usted puede hacer ingeniería
biológica con animales. ¿Podría hacerse lo mismo con seres humanos?
DR. LUKAS: Ah, sí. Por supuesto.
SENADOR STONE: ¿Cree usted en la certeza
de que podrían formarse en el laboratorio nuevos tipos de humanidad? Tal vez
fuesen diferentes tipos...
DR. LUKAS: No me cabe duda alguna.
SENADOR STONE: Y una vez que esto haya
sido hecho, una vez que un nuevo tipo de ser humano haya sido construido con
ciertos caracteres específicos... ¿podría perpetuarse y engendrar realmente la
forma creada por usted?
DR. LUKAS: No existe la menor duda. Los
animales que hemos creado son verdaderos y se reproducen igualmente. No sería
diferente respecto a un ser humano. Se trata simplemente de alterar su material
genético. Como comprenderá, eso es lo primero que precisa hacerse.
SENADOR STONE: Dejemos este asunto bien
sentado. Supongamos que desarrollase usted un nuevo carácter determinado
humano. ¿Este carácter, esta nueva alteración genética, se reproduciría en
otros seres humanos con la misma cualidad?
DR. LUKAS: Exacto. Exceptuando, por
supuesto, las pequeñas mutaciones y variaciones que se hallan implícitas en los
procesos evolutivos. Pero eso ocurre en las formas naturales. Así es como ha
evolucionado la vida y lo sigue haciendo en nuestros días.
SENADOR STONE: Digamos que crea usted un
nuevo tipo de ser humano. Digamos, por ejemplo, uno que tuviese la capacidad de
existir bajo las condiciones de una gravedad mucho más alta que la que hay en
la Tierra, uno que pudiese respirar una diferente clase de aire, que pudiese
ingerir alimentos que resultarían letales para un ser humano terrestre, tal
como cualquiera de nosotros... Permítame que insista en todos los puntos de
esta frase, si no le importa. ¿Sería posible que pudiese usted construirlo?
DR. LUKAS: Está usted solicitando mi
opinión, por supuesto.
SENADOR STONE: Exactamente, así es. DR.
LUKAS: Pues bien, entonces, yo diría que es absolutamente posible. Primero,
tendría usted que tomar en consideración todos los factores implicados y
después diseñar la respuesta biológica como un fotocalco, y... SENADOR STONE:
¿Pero sería eso posible? DR. LUKAS: Sin ninguna duda posible. SENADOR STONE:
¿Podría usted diseñar un ser que pudiera existir bajo casi cualquier condición
planetaria?
DR. LUKAS: Senador, me veo en la
necesidad de dejar esto en claro. No podría. La bioingeniería de los seres
humanos no cae dentro de mi campo particular. Pero sí es posible dentro del
estado de la capacidad de la ciencia genética el hacerlo así. Hoy hay hombres
trabajando con el problema que pueden hacerlo. No es que haya ningún serio
intento, por el momento, de crear tal ser humano; pero los problemas que el
proyecto implica, creo que han sido ya descubiertos y elaborados.
SENADOR STONE: ¿Y los procedimientos
también? DR. LUKAS: Así lo tengo entendido. También los procedimientos.
SENADOR STONE: Y esos hombres,
trabajando con esos procedimientos, ¿podrían diseñar un ser humano que pudiera
sobrevivir bajo cualquier condición planetaria?
DR. LUKAS: Bien, no tan a rajatabla,
senador. No en cualquier condición. Eventualmente, tal vez; pero no ahora. Y
pudiera haber, por supuesto, ciertas condiciones que fueran enteramente
incompatibles con cualquier forma de vida.
SENADOR STONE: Pero se podría crear una
forma de vida humana que pudiese existir bajo un número de condiciones que por
el momento la prohíben.
DR. LUKAS: Creo que esa declaración es
correcta.
SENADOR STONE: Entonces, permítame
preguntarle, doctor... si tal vida pudiera crearse, ¿seguiría siendo humana?
DR. LUKAS: Estaría basada, hasta donde
fuese posible, sobre el patrón biológico e intelectual del ser humano. Es
preciso contar con un punto de partida.
SENADOR STONE: ¿Tendría el aspecto de un
ser humano?
DR. LUKAS: En ciertos casos, no.
SENADOR STONE: Tal vez en la mayor parte
de los casos. ¿No sería eso correcto, doctor?
DR. LUKAS: Dependería completamente de
la severidad de los parámetros ambientales del entorno con que tuviera que
enfrentarse.
SENADOR STONE: En algunos casos, ¿sería
un monstruo, verdad?
DR. LUKAS: Senador, le ruego defina bien
sus términos. ¿Qué es un monstruo?
SENADOR STONE: Está bien, pues. Digamos
que un monstruo es una forma de vida que sería repugnante para que la mire un
ser humano. Una forma de vida, frente a la cual un ser humano no pudiese
establecer relación con respecto a sí mismo. Una forma de vida confrontada con
la cual un humano se encontrase a sí mismo aterrado u horrorizado o lleno de
repugnancia y disgusto.
DR. LUKAS: El que un hombre pueda
sentirse lleno de repugnancia o disgusto, dependerá, en gran parte, de la clase
de hombre que sea. Con la adecuada actitud...
SENADOR STONE: Olvidemos eso de la
propia actitud. Tomemos un hombre o mujer corriente, o cualquiera de 'os que
están sentados en esta habitación. ¿Podrían ciertas personas mirar esa
hipotética creación suya y sentir repugnancia o disgusto?
DR. LUKAS: Supongo que algunas de ellas
lo sentirían. Pero deseo corregirle, senador, si me lo permite. Ha dicho usted
un monstruo. Ese no es mi monstruo. Eso es algo que ha suscitado su
imaginación.
SENADOR STONE: Pero algunos seres
humanos considerarían a tal criatura como un monstruo, ¿no es cierto? DR.
LUKAS: Algunos. SENADOR STONE: Tal vez la mayor parte. DR. LUKAS: Sí, tal vez
en su mayoría. SENADOR STONE: Gracias, doctor. Creo que esas son todas las
preguntas que deseaba hacerle.
SENADOR HORTON: Y ahora, Dr. Lukas,
charlemos un poco más sobre ese hombre sintético. Sé que la denominación no es
enteramente correcta; pero pienso que puede agradar a mi colega.
SENADOR STONE: Un hombre sintético, sí.
No un ser humano. Lo que esa llamada bioingeniería propone es el colonizar
otros planetas no con seres humanos, sino con criaturas sintéticas que no
tuvieran semejanza con seres humanos. En otras palabras, dejar suelta por la
Galaxia toda una horda de monstruos.
SENADOR HORTON: Bien, veamos ahora. Dr.
Lukas; convengamos usted y yo con el senador Stone que tal criatura pudiera ser
francamente horrible para mirarla. Pero lo que pueda parecer, lo considero algo
al margen de la cuestión. Lo importante del asunto es de lo que se trata, qué
es. ¿Está de acuerdo?
DR. LUKAS: Desde luego, señor.
SENADOR HORTON: Aparte de lo que pueda
parecer, ¿diría usted que tal criatura sería un ser humano?
DR. LUKAS: Sí, senador, lo diría. Su
estructura corporal podría no detentar semejanza con lo que fuese
interiormente. Su identidad permanecería en su cerebro y en su mente, en sus
motivaciones y en sus perspectivas, sus horizontes.
SENADOR HORTON: Y su cerebro, ¿sería un
cerebro humano?
DR. LUKAS: Sí, señor.
SENADOR HORTON: En consecuencia, sus
emociones, motivaciones y perspectivas estarían conformadas a la apariencia
humana.
DR. LUKAS: Ciertamente que así sería.
SENADOR HORTON: Por tanto, sería humano.
No importa cuál sea la forma externa, seguiría siendo humano.
DR. LUKAS: Sí, humano.
SENADOR HORTON: Doctor, que usted sepa,
¿tal criatura ha sido ya hecha alguna vez? Por criatura, quiero decir, por
supuesto, un hombre sintético... un ser humano sintético de uno u otro sexo.
DR. LUKAS: Sí. Hace cosa de doscientos
años. Se hicieron dos. Pero hubo una diferencia...
SENADOR STONE: ¡Un momento! ¿Se refieren
ustedes al viejo mito del que se ha hablado ocasionalmente?
DR. LUKAS: Senador, no se trata de un
mito.
SENADOR STONE: ¿Tiene usted
documentación en que respaldar su declaración?
DR. LUKAS: No, señor.
SENADOR STONE: ¿Qué quiere usted decir
con... no, señor? ¿Cómo puede presentarse aquí en esta audiencia y hacer una
declaración que no puede respaldar documental-mente?
SENADOR HORTON: Yo puedo hacerlo. A su
debido tiempo, pondré en evidencia todos los documentos necesarios.
SENADOR STONE: Tal vez, entonces, el
senador debería estar sentado donde lo está ahora el testigo...
SENADOR HORTON: En absoluto. Estoy
perfectamente satisfecho con este testigo. Dice usted, señor mío, que hubo una
diferencia...
SENADOR STONE: ¡Un momento! ¡Objeto esas
palabras! No pienso que este testigo sea competente.
SENADOR HORTON: Bien, descubrámoslo. Dr.
Lukas, ¿bajo qué circunstancias llegó usted a semejante información?
DR. LUKAS: Hace diez años, cuando
realizaba ciertas investigaciones sobre un documento, solicité autorización
para tener acceso a ciertos registros en la Administración del Espacio.
Senador, yo perseguía y estaba siguiendo lo que usted llama un mito. Muy pocas
personas lo conocían; pero yo había oído hablar de él y me interesó la
cuestión. Solicité la oportuna licencia.
SENADOR HORTON: ¿Y la obtuvo usted?
DR. LUKAS: Bien, no inmediatamente, la
Administración del Espacio estaba, como pudiera decirse, poco predispuesta. Así
adopté la postura de considerar que en cuestiones de dos siglos de antigüedad
era inútil el permiso. Ya no se trataba de una cuestión de tener el permiso
adecuado, sino una cuestión de archivos históricos. No me importa decir que me
costó un trabajo ímprobo demostrar a cada uno de ellos la lógica de mi
argumento.
SENADOR HORTON: ¿Y prevaleció finalmente
su punto de vista?
DR. LUKAS: Sí, finalmente. Debo añadir
que con una considerable y competente ayuda. Tales archivos habían permanecido
sujetos al más alto secreto de seguridad nacional. Técnicamente, su seguridad
continuaba siendo la misma. Me llevó un trabajo increíble demostrar que tal
situación era ridícula...
SENADOR STONE: Y ahora, permítame,
doctor, un momento. Antes de que continúe, una pregunta. Dijo usted que tuvo
ayuda.
DR. LUKAS: Sí, señor.
SENADOR STONE: ¿Pudo provenir la mayor
parte de esa ayuda del Senador Horton?
SENADOR HORTON: Puesto que esa pregunta
me concierne personalmente, responderé si el Dr. Lukas lo consiente. Me siento
muy satisfecho de admitir que le presté alguna ayuda.
SENADOR STONE: Está bien, es todo lo que
deseaba saber. Así esto queda registrado.
SENADOR HORTON: Dr. Lukas, si es tan
amable, puede continuar.
DR. LUKAS: Los registros señalaban que
hacía doscientos veintiún años, para ser exactos en el 2266, se habían hecho
dos seres sintéticos. Tenían forma humana y mentes humanas; pero fueron
construidos para un propósito especial. Lo fueron para ser utilizados en
contactos iniciales con la vida de otros planetas, para ser llevados a bordo de
astronaves de exploración y de vigilancia y usados para reunir datos sobre la
vida dominante en cualquier nuevo planeta que pudiera Ser hallado en el
espacio.
SENADOR HORTON: Y ahora, doctor Lukas,
sin entrar en más detalles, ¿cómo fue planeado el hacer un trabajo de tal
suerte?
DR. LUKAS: No estoy muy seguro de poder
explicarlo todo con absoluta claridad; pero lo intentaré. Esos seres humanos
sintéticos, eran altamente adaptables. Puede usted describirlos, a falta de
mejor término, como de algo plástico. Se empleó en dichos seres, de una
extremada versatilidad, algo que no hubiera podido ser aplicado diez años
antes. Todos los componentes básicos de estos seres humanos construidos
implicaban que sus cuerpos fuesen altamente versátiles, como algo muy completo
y paradójicamente, en cierto sentido, esencialmente sin completar: los
aminoácidos...
SENADOR HORTON: Tal vez, por el momento,
solo quiera decirnos qué se intentaba hacer con esos cuerpos, sin entrar en
detalles de los principios implicados en su construcción.
DR. LUKAS: ¿Se refiere a cómo se suponía
que habrían de funcionar?
SENADOR HORTON: Así es, por favor.
DR. LUKAS: La idea era que, una vez
cualquier nave exploratoria hubiese aterrizado en un planeta, se capturase y
examinase cuidadosamente una de las especies dominantes del mismo. Supongo que
les será familiar lo que significa el proceso de examen. La estructura, su
organización química, los procesos metabólicos; todos los datos que hacen que
una criatura pueda ser determinada. Tales datos serían almacenados en un centro
de memoria. Una vez hecho esto, los datos podrían ser transmitidos al humano
simulado, el cual, por la calidad única de su versatilidad biológica, cambiaría
en una exacta copia de la criatura que estuviese descrita por tales datos en
los registros. Esto no podía constituir un proceso lento, cualquier retraso
resultaría fatal. Tendría que ser una cosa terrible de observar: un ser humano
que cambia casi instantáneamente en una criatura extraña de otro mundo.
SENADOR HORTON: Dice usted que el humano
se habría transformado en una criatura extraña. ¿Quiere decir eso que lo haría
en todos los aspectos, mental, intelectual, si el termino es correcto, y así
sucesivamente?
DR. LUKAS: De hecho, el humano se habría
convertido en esa criatura de otro mundo. No una de ellas, ya comprenderá, sino
una exacta copia de la criatura, de la cual hubiese tomado el patrón
correspondiente. Tendría los recuerdos de esa criatura y su mente. Habría
estado en condiciones de captar inmediatamente el entorno que la otra criatura
hubiese dejado de lado. Abandonada por la nave estelar, habría buscado a los
semejantes de dicha criatura y continuado así sus investigaciones...
SENADOR HORTON: ¿Quiere usted decir que
también habría retenido su mentalidad humana?
DR. LUKAS: Bueno, eso sería difícil de
decir. La mentalidad humana, la memoria y su identidad y todo el resto de su
personalidad seguiría aún allí, aunque quizá profundamente sublimado. Existiría
como un subconsciente que pudiese ser aflorado rápidamente a la superficie. Se
le habría implantado una cierta compulsión para que el humano, tornado en esa
otra criatura extraña, volviese a la nave tras un determinado intervalo y, una
vez de vuelta, se le hubiese inducido a revertir de nuevo a su forma humana. De
vuelta a esta situación, habría estado en condiciones de recordar las memorias
de su existencia como una criatura de otro mundo y los datos, que de otra
manera hubieran sido imposibles de obtener, habrían estado dispuestos.
SENADOR HORTON: Y... ¿puedo preguntar,
cómo funcionó todo eso?
DR. LUKAS: Eso, señor, es difícil de
decir. No hay registros con resultados prácticos de la experiencia. No existen
informes de ambos, una vez enviados al espacio exterior. Después de haber sido
enviados, no queda más que el silencio.
SENADOR HORTON: ¿Su conjetura es que
algo pudo ir mal?
DR. LUKAS: Sí; aunque no puedo imaginar
qué pudo haber sido.
SENADOR HORTON: Tal vez algo relacionado
con esos hombres simulados...
DR. LUKAS: Sí, ése pudo haber sido el
caso. No hay forma de saberlo.
SENADOR HORTON: No funcionaron,
quizás...
DR. LUKAS: Creo que tuvieron que haber
funcionado perfectamente. No veo que haya existido razón para que ellos no
hubieran dado el rendimiento científico para el que fueron planeados. Tuvieron
que haber funcionado correctamente.
SENADOR HORTON: Hago estas preguntas,
porque sé que si yo no las hago, mi distinguido colega las hará. Y ahora,
permítame hacerle una propia. ¿Podría ser construido hoy uno de esos hombres
simulados?
DR. LUKAS: Sí, con los fotocalcos en
nuestras manos, no habría el menor inconveniente en construir otro.
SENADOR HORTON: Pero no se construyeron
otros, por lo que usted sabe, ¿verdad?
DR. LUKAS: Así es, por cuanto a mí
respecta y yo sepa.
SENADOR HORTON: ¿Podría hacer alguna
especulación al respecto?
DR. LUKAS: No, señor.
SENADOR STONE: Perdonen si interrumpo.
Dr. Lukas, ¿tiene usted alguna especie de término descriptivo para el proceso
que fue empleado al construir tales hombres simulados?
DR. LUKAS: Sí, en realidad lo tenemos.
Se le llama «El Proyecto del Hombre-Lobo».
11
En la zona verde del otro lado de la
calle, un hombre llevaba en la mano un tubo que sacó de la parte trasera de una
de las casas y lo colocó en el patio al borde de la piscina. Dentro del tubo
había un árbol y cuando aquel hombre lo hubo colocado y se alejó, el árbol
comenzó a sonar, emitiendo un sonido parecido al alegre repicar de muchas
campanitas de plata.
Blake, sentado en una silla y envuelto
en una bata a rayas coloreadas, apoyaba los codos en el filo del balcón a cinco
pisos de altura sobre la calle y, extremando su sentido auditivo, intentó
adquirir la certeza de que tal campanilleo procedía de aquel árbol. Parecía
increíble; pero no se había producido tal tintineo argentino hasta que el tubo
en donde el árbol estaba insertado había sido colocado junto a la piscina. Sus
oídos le dijeron, sin duda alguna, que aquel alegre tintineo procedía de aquel
lugar precisamente.
Washington, adormilado en la niebla
azulada de una tarde de finales de octubre, respiraba quietud. Unos cuantos
coches de tierra pasaban por el bulevar de abajo, con sus tubos de escape
silenciosos, como si emitieran apagados suspiros al pasar. En la distancia y
sobre el Potomac, unos cuantos flotadores discurrían plácidamente como unos
asientos volantes con personas dentro de ellos. Las casas de la zona verde se
hallaban alineadas en filas simétricas, cada una con su brillante césped verde,
sus parterres de flores de brillante colorido y el azul resplandor de sus
piscinas. Adelantando el cuerpo, pudo observar su propia casa, bulevar abajo,
en la tercera línea de la parte frontal, descansando sobre los cimientos en
donde había sido colocada.
Su inmediato vecino en el porche
solarium era un hombre de avanzada edad, tapado hasta las orejas con una espesa
manta roja, quien con los ojos en blanco miraba fijamente al espacio, como si
estuviera ausente de cuanto le rodeaba y murmurando algo para sí mismo. A corta
distancia, dos hombres jugaban tranquilamente una partida de un juego que daba
la impresión de ser ajedrez.
Un asistente se le aproximó deprisa a
través del porche.
–Mr. Blake –dijo–. Hay alguien que desea
verle.
Blake se levantó y miró a su alrededor.
De pie en la puerta que conducía al porche, se hallaba una mujer alta y de
cabellos obscuros vistiendo un traje rosa pálido, de un tejido cuya textura
parecía seda.
–Miss Horton –dijo Blake–. Sí, por
favor, pase.
Ella atravesó el porche y le dio la
mano.
–Fui ayer tarde a su poblado a visitarle
y me encontré que había salido –le dijo ella.
–Lo lamento. Siento mucho no haber
estado allí, pero por favor, tome asiento.
La joven tomó asiento en un sillón.
–Usted y su padre se encuentran en
Washington por lo que veo –dijo Blake–. Esas audiencias...
Ella aprobó con un gesto.
–Sí, comenzaron esta mañana.
–Supongo que irá usted a algunas...
–Así creo. Pero es algo que me resulta
doloroso. Me duele ver a mi padre adoptar la postura que siempre toma. Le
admiro, por supuesto, por sostener algo en lo que cree; pero me gustaría que
ocasionalmente pudiese ponerse del lado de cualquier cosa que tuviera la
aprobación pública. Pero casi nunca lo hace. Siempre está en la oposición, por
lo que al público concierne. Y esta vez, es algo que puede realmente dañarle.
–Se refiere usted a esa cuestión de la
unanimidad. Estuve leyendo algo de eso el otro día. Me parece un poco absurdo.
–Tal vez lo sea –dijo Elaine–. Pero así
es. Se está llevando la ley de la mayoría hasta límites innecesarios. Creo que
le quitarían media vida al senador si tuviese que retirarse de la actividad
pública. Su actuación política es para él el pan y la sal prácticamente de
todos los años que ha vivido.
–Aprecio muchísimo a su padre –comentó
Blake–. Hay en él algo de naturalidad, de firmeza, algo que corresponde muy
bien con la casa en que viven ustedes.
–Quiere usted decir que es algo chapado
a la antigua.
–Bueno... tal vez. Aunque no así
exactamente. Hay algo de gran solidez en ese hombre y, con todo, tiene un
enorme entusiasmo y una total dedicación...
–Ah, sí. Una total dedicación. Se le
puede admirar por eso, como muchas personas lo hacen igualmente. Pero se las
arregla de una u otra forma para irritar a muchas personas al mostrarles que
están equivocadas.
Blake se puso a reír.
–No conozco nada mejor para irritar a la
gente.
–Tal vez. Pero... ¿qué tal se encuentra
usted?
–Todo va perfectamente, me encuentro muy
bien, gracias. Creo que no hay razón para que me encuentre aquí. Antes de que
usted llegase, estaba sentado, escuchando a un árbol que emitía un campanilleo
constante y agradable como si tuviera mil campanitas de plata. Yo no podía dar
crédito a mis oídos. Un hombre de allá enfrente sacó uno de la casa y lo colocó
junto a la piscina y entonces comenzó a sonar.
Ella se acercó al balcón para mirar a
través de la calle. El árbol seguía emitiendo aquel extraño y agradable
sonsonete de argentinos sonidos.
–Un árbol de monasterio –dijo Elaine–.
No hay muchos. Unos pocos fueron importados de un planeta, uno muy alejado, no
puedo recordar de cual.
–Estoy continuamente enfrentándome con
cosas que me son completamente desconocidas y nuevas. Cosas que están
completamente fuera de mi círculo de experiencias. Precisamente el otro día me
encontré un duende.
Ella le miró radiante.
– ¡Un duende! ¿De veras le encontró?
Blake afirmó con un gesto decidido de la
cabeza.
–Y se comió todo mi almuerzo.
– ¡Oh! Eso fue magnífico para usted. La
mayor parte de la gente jamás ha tenido la suerte de ver uno.
–Nunca oí hablar de ellos –dijo Blake–.
Pensé que había sufrido otra alucinación.
–Como la vez que estuvo usted en casa...
–Así es. Todavía no sé lo que ocurrió
aquella noche. No encuentro ninguna explicación para ello.
–Los médicos...
–Los médicos no sirven de mucho en esto.
Están tan desconcertados como yo mismo. Pienso que el duende parecía estar más
cerca de la realidad que nadie hasta ahora.
– ¿El duende? ¿Qué podía saber de todo
esto?
–Me preguntó cuántos había como yo. Dijo
que se sentía completamente seguro, cuando me vio por primera vez, de que había
más de uno en mí. Dos hombres en uno, tres. Yo no sabría decir cuántos. Más de
uno, dijo él...
–Mr. Blake –dijo ella–. Creo que cada
hombre es algo más de un solo hombre. Tiene en sí muchos aspectos distintos...
Blake sacudió la cabeza.
–No es eso lo que el duende sugirió y
quería decir. Estoy seguro de que no era eso. He pensado mucho en ello, y he
llegado a la conclusión de que se refería a diferencia de temperamentos.
– ¿Le ha dicho usted eso al médico?
–Pues... no. Creo que no lo haré. El
pobre hombre ya tiene demasiadas preocupaciones. Esto podría ser otra cosa.
–Pero muy importante, tal vez.
–No sabría decirlo.
–Actúa usted como si le tuviera sin
cuidado, como si no quisiera descubrir qué le ha ocurrido. O, tal vez, es que
tiene usted miedo de descubrirlo.
Blake la miró agudamente.
–No había pensado de esa forma, se lo
aseguro; pero quizás tenga usted razón.
Al otro lado de la calle los sonidos de
las campanitas del árbol misterioso dejaron de emitir su argentino tintineo y,
en su lugar, comenzaron a dejar oír el sonido profundo y sonoro de una campana
muchísimo mayor, como una llamada general de advertencia y un desafío a través
de los tejados de la vieja ciudad.
12
El horror y el miedo parecían llenar el
túnel. Se olfateaban extraños olores y se percibía un extraño murmullo. Una luz
fantasmal se desprendía de las paredes y el suelo era duro como la roca.
La criatura estaba acurrucada y gemía,
con todos los músculos en tensión y cada uno de sus nervios temblaba por
separado con un terror paralizante.
Aquel túnel se extendía como si no
tuviera fin, y no había escape posible. Estaba cogido y atrapado. No tenía idea
de dónde pudiera estar. Era un lugar que no había visto antes y que jamás había
buscado. Había sido atrapado y lanzado allí por alguna razón que desconocía
absolutamente.
En otra ocasión y en la oscuridad, se
había sentido mojado por un vapor caluroso y con la sensación de tener a su
alrededor infinidad de diminutas formas de vida. Ahora estaba en lugar seco y
cálido; pero sin la sensación de tales diminutas formas vivientes, sino más
bien teniendo la sensación extraña efe distantes formas de vida mucho mayores,
y el resonar de sus pensamientos recorriéndole el cráneo como un gigantesco
tambor dentro del cerebro.
La criatura dio media vuelta, medio
levantándose de su postura acurrucada, tocando en el duro suelo con las uñas de
los pies. El túnel continuaba sin fin, delante y detrás. Era un lugar cerrado
donde no podían observarse las estrellas. Pero había intercambio de palabras,
no pronunciadas en voz alta, como una conversación que se desarrollase en su
mente, como algo caótico; una conversación nebulosa que surgía y lanzaba
destellos en su cerebro, desprovista de profundidad y del menor significado.
Un mundo reducido a un túnel, pensó con
terror, un estrecho y cerrado espacio que se alargaba siempre y constantemente,
lleno de dolores, de extrañas sensaciones de palabras y palpitante de miedo.
Existían aberturas, según comprobó, a
todo lo largo del túnel; algunas de ellas estaban cerradas con un obscuro
material, mientras que otras estaban abiertas, las cuales conducían, sin duda
alguna, a otros túneles que igualmente seguirían adelante, siempre adelante,
como un dédalo infinito.
A lo lejos y en la profundidad del
túnel, una criatura enorme, terrible, se acercaba procedente de una de las
aberturas. Producía un chirriante sonido al andar por el piso duro del túnel.
Emitía gritos espeluznantes y algo que llevaba chocaba con el suelo, cuyo
sonido agrandaba un terror que parecía golpearle el cráneo. Corría al ver a la
primera criatura, y la vocalización de su miedo combinándose con las
reverberaciones del terror escondido en su cerebro parecía llenar todo el
túnel, dando la impresión de que estallaba toda una tormenta en aquel largo y
espantoso pasadizo.
La criatura se movió, arañando
desesperadamente con las uñas de los pies el duro material del piso, con su
cuerpo inclinado hacia la más próxima abertura que conducía fuera del túnel. En
el interior de su cuerpo, sus vísceras parecían agarrotadas con el pánico que
surgía a oleadas de su cerebro, hasta sentir que su mente se obscurecía como si
un nubarrón inmenso cayera desde lo alto y le envolviese por todas partes. De
repente, se encontró con que ya no era él mismo, que no estaba dentro de ningún
túnel, hallándose de nuevo en aquel lugar cálido, confortable y grato que había
sido su prisión.
Blake resbaló hasta detenerse junto a su
cama y en uno de los movimientos, se preguntó por qué corría y por qué su bata
de hospital estaba tirada por el suelo, viéndose desnudo en la habitación. Y en
aquel mismo instante de su asombro, se produjo un chasquido en su cerebro, como
si algo dentro de su cabeza se hubiese desprendido, desgajándose, y entonces
supo qué había sido el túnel del horror y las otras dos criaturas que eran un
solo ser con él mismo.
Se dejó caer sobre la cama con una
sensación de felicidad. Otra vez volvía a ser la totalidad de sí mismo: la
criatura que había sido antes. Ya no estaba solo, sino con otros dos. Hola,
compañeros, les susurró mentalmente; y ellos le contestaron, no con palabras,
sino con un mensaje de sus mentes.
(Apretones de manos y sentido de
hermandad. Brillantes estrellas, frías y distantes por encima de un desierto de
ventisqueros de nieve y arena. La busca y el hallazgo de datos procedentes de
las estrellas. El cálido y humeante pantano. El prolongado pesar de los datos
en el interior de la pirámide que era una computadora biológica. El rápido y
mutuo acercamiento de tres entes pensantes. El contacto de las mentes, una
contra la otra.)
–Corrió al verme –dijo Indagador–. Habrá
otros que vengan.
–Este es tu planeta, Cambiador. Tú sabes
lo que hay que hacer.
–Sí, Pensador –dijo Cambiador–, es mi
planeta. Pero nuestro conocimiento es un solo conocimiento.
–Sin embargo, tú eres el más rápido. El
conocimiento es muchísimo, hay demasiado. Te seguimos, pero con lentitud.
–Pensador tiene razón –dijo Indagador–.
La decisión te corresponde a ti.
–Ellos pueden no saber que soy yo –dijo
Cambiador–. No inmediatamente. Disponemos de un poco de tiempo.
–Pero no demasiado. –No, Indagador, no
demasiado.
Aquello tenía sentido, pensó Blake.
Habría muy poco tiempo. La enfermera dando gritos histéricos por el vestíbulo
atraería a otras personas, internos, otras enfermeras, médicos, los hombres
allí empleados en trabajos accesorios y a la gente de la cocina. En pocos
minutos todo el hospital se convertiría en un espantoso alboroto.
–El problema es –dijo–, que Indagador se
parece demasiado a un lobo.
–Tu definición –dijo Indagador–,
significa que uno se come al otro. Tú sabes que yo jamás...
No, se dijo a sí mismo Blake. No, por
supuesto que no haría nada de aquello Indagador. Pero ellos pensarán que sí.
Cuando te vean, pensarán que eres un lobo. Como el guardia aquella noche en
casa del senador Horton, que te vio en silueta contra un relámpago y, lleno de
las viejas leyendas de los lobos, reaccionó instantáneamente.
Y si cualquiera viese a Pensador, ¿qué
pensarían de él?
– ¿Qué nos ha sucedido, Cambiador?
–preguntó Indagador–. Dos veces me he liberado, una vez en la humedad y la
oscuridad y de nuevo entre luz y estrechura.
–Más tarde pensaremos en eso –dijo
Cambiador–. Ahora estamos en un buen apuro. Tenemos que salir de aquí.
–Cambiador –dijo Indagador–, necesitamos
quedarnos contigo. Si más tarde necesitamos escapar y huir, yo puedo hacerlo.
–Y yo –dijo a su vez Pensador– si
llegáramos a precisarlo... Yo puedo ser cualquier cosa.
–Calma –dijo Blake en voz alta–.
Quietos. Dejadme pensar un segundo.
13
Primero, había sido él mismo, un
humano... un ser humano simulado, un androide, un hombre hecho en un
laboratorio, la versatilidad, un cyborg (organismo cibernético) con el
«Proyecto del Hombre-Lobo», la flexibilidad biológica e intelectual que le
había conformado tal y como era.
Un hombre. Un hombre en todo, excepto en
procrear. Y un hombre mejor que cualquier hombre normal pudo haber sido jamás.
Inmune a la enfermedad, con el poder de la auto-curación y auto-reparación. Con
el mismo intelecto, la misma emoción y los mismos procesos fisiológicos que
cualquier otro hombre. Pero también una herramienta, un instrumento; un hombre
diseñado para llevar a cabo una cierta misión. Y sicológicamente tan bien
equilibrado, tan inhumanamente lógico, tan flexible, tan perceptivo que podía cambiarse
en cualquier forma extraña de vida y asumir un intelecto extraño y unas
emociones extrañas sin la violencia mental que habría deshecho a cualquier
hombre común y corriente.
Segundo, había sido el Pensador (¿de qué
otra forma se le podía haber llamado?); una masa sin forma de carne que podía
asumir cualquier otra deseada; pero que tras una larga reflexión prefirió una
forma piramidal como la óptima funcional. Un habitante entre la ruda
selvatiquez de un planeta encharcado; un lugar primigenio donde un sol recién
nacido lanzaba sobre él un raudal fabuloso de luz y energía. Formas monstruosas
se arrastraban pululando entre las charcas y pantanos; pero el Pensador no
tenía miedo de ellas, ni de ninguna otra cosa. Obteniendo su sustento de la
impresionante marea energética que bañaba constantemente al planeta, ellos
disponían de su única defensa, una envoltura de entremezcladas líneas de fuerza
que les vallaba contra el devorador mundo en que habitaban. Para ellos, no
existía el pensamiento de la vida o de la muerte, sino solo de la existencia,
ya que no había recuerdo ni idea del nacimiento, como tampoco de que ninguno
hubiera muerto. Las brutales fuerzas físicas, bajo ciertas circunstancias,
podrían desmembrarles, esparciendo la carne de su cuerpo; pero de cada trozo de
su carne rota y dispersa, en donde residía almacenado el recuerdo genético de
la totalidad de la criatura completa, podía resurgir una nueva entidad
completa. No es que semejante cosa hubiera sucedido, pero el conocimiento de
que ello pudiera ocurrir y sus consecuencias, formaba una parte de la
información mental básica con que cada Pensador estaba equipado.
El Cambiador y el Pensador, y el
Cambiador se había convertido en el Pensador, por las sutiles técnicas y las
argucias de aquella otra tribu de pensadores allá a muchos años luz de
distancia; un hombre simulado se convertía en otra criatura, con todas las
memorias y pensamientos de ella, con todas sus actitudes y motivaciones, con
todo su equipo sicológico y fisiológico. Se convertía, en efecto, en otra
criatura; pero aún conservando bastante de hombre, que le hacía huir, llegado
el momento, del terror y la solemne grandeza de la cosa en que se había
convertido. Salvado solo por la armadura mental construida en él sobre aquel
planeta tan lejano que, desde aquel punto del espacio, su sol resultaba
invisible.
El terror subsistía, aunque
marginalmente, solo escondido en los recónditos rincones de aquella cosa con
mente que era la criatura de otro mundo. Ya que él era la criatura, y la parte
humana de sí mismo estaba incrustada en la carne y en la mente mística que era
la criatura de los pantanos. Pero al pasar el tiempo, la mente humana emergió
para tomar el lugar que le correspondía, el horror quedó sumergido y finalmente
olvidado, habiendo aprendido a vivir en aquel nuevo cuerpo y sobre tan
diferente mundo, exaltado, hechizado y lleno por completo con la maravilla de
su nueva experiencia. Dos mentes existían una junto a otra, sin que ninguna
exigiera su ascendencia sobre la otra, no luchando por la preponderancia, sin
contender, ya que ambas pertenecían a una entidad que ya había dejado de ser
humana puramente o puramente criatura de los pantanos; pero las dos en una.
El sol de aquel mundo lo bañaba todo con
su tremenda y nueva energía y el cuerpo así formado, absorbía su subsistencia
de ella, y los pantanos eran un bello lugar porque eran el hogar de la
criatura.
Una nueva vida estaba a su alcance, para
explorar y aprender, para maravillarse y apreciarla, una nueva vida y un mundo
nuevo, y un mezclado punto de vista enriquecido por la fusión de dos mentes, la
mente extraña y la mente humana.
Había un lugar favorito para Pensar, y
el Pensamiento Favorito, y a veces, no con frecuencia, una nebulosa
comunicación con otras criaturas compañeras del planeta, como un tímido intento
de entrar en contacto con mentes que se rozaban ligeramente en la oscuridad,
para volver a separarse, ya que aunque la comunicación era posible, apenas si
había necesidad de ella. Cada uno de los Pensadores era autosuficiente.
El tiempo carecía de significado, y
también el espacio, excepto por lo que concernía tanto a uno como a otro de
ambos en el Pensamiento. El Pensamiento lo era todo, era la razón de existir,
era la gran tarea y la total dedicación, dirigido hacia algo que no tenía fin.
Algo que siempre habría de completarse y seguir, seguir adelante como una meta
infinita, inalcanzable, eterna...
Pero el tiempo ahora era un factor, ya
que la mente humana había sido disparada a un tiempo en que era preciso que
retornara y había retornado y el Pensador se había convertido de nuevo en un
hombre. Los datos que el hombre había reunido estaban almacenados en el
interior de un núcleo de memoria, y la astronave lanzada al espacio de nuevo, y
siempre así.
Ahora había otro planeta y otra criatura
y el Cambiador se convirtió en otra criatura como se había convertido en el
Pensador, y llegó al planeta en la guisa de la criatura en la que se había
transformado.
El planeta era frío y seco, como al
principio había sido caliente y húmedo, con un sol lejano y débil y las
estrellas brillando como pequeños diamantes en un cielo sin nubes; el suelo
lleno de polvo de arena y de nieve, en dunas rizadas y suaves vientos que
barrían la tierra a intervalos frecuentes, de una forma incisiva y pertinaz.
Entonces, la mente humana corrió hacia
el cuerpo de un Indagador que corría en un grupo de Indagadores a través de las
frígidas llanuras y por las crestas rocosas, corriendo con una alegría pagana
bajo la suave luz de aquellas estrellas diamantinas y las linternas de las
lunas del planeta, buscando los lugares sagrados en que, por larga tradición,
ellos sostenían comunicación con las estrellas. Solo por la vieja tradición, ya
que en determinados momentos y lugares captaban las imágenes transmitidas inconscientemente
por las muchas culturas que vivían en otros sistemas solares.
No comprendiendo aquellas imágenes, ni
siquiera intentando comprenderlas, se limitaban a captarlas y a guardarlas como
un valor estético que les enriquecía mentalmente. Como un humano, pensó la
mente humana dentro del cuerpo del Indagador, podría recorrer maravillado las
galerías de una exposición, para detenerse y mirar fijamente alguna pintura
especialmente bella o extraña que, con sus componentes de color y expresión,
sustentaban una verdad que hablaba en una lengua silenciosa; una verdad que no
podía traducirse en palabras, y que tampoco era preciso que se dijese en
palabras.
Una mente humana, dentro del cuerpo del
Indagador, y otra mente también; una mente que normalmente debía haber
desaparecido cuando el hombre simulado había asaltado el cuerpo en que tal
mente estaba alojada.
Los astutos hombres de la Tierra no lo
habían planeado de aquella forma, no habían soñado que aquello ocurriese así;
habían creído y pensado que una mente extraña y su cuerpo no se interferirían
con el hombre sintético que ellos habían fabricado y que éste podría dejar de
lado cualquier otra forma extraña de vida que encontrase, quitándoselos de
encima, y proseguir el proyecto para el que había sido fabricado especialmente.
Pero no fue así como ocurrió en la
práctica. La memoria y la pauta general de su constitución no habían
desaparecido ni cambiado básicamente. Permanecían en el androide.
Y así fue como en el cuerpo del
Indagador, no había dos criaturas, sino tres, ocupando su cuerpo, corriendo en
aquellas llanuras de nieve y arena. Y mientras el Indagador portaba y captaba
las imágenes de las estrellas, el Pensador absorbía los datos y los evaluaba,
haciendo preguntas y encontrando respuestas. Como si dos partes de una
computadora operasen separadamente, una como el centro o núcleo de memoria que
sostenía los datos programados y la otra del sistema, la que llevaba a cabo las
funciones de análisis, llegando a una perfecta coordinación, y así, finalmente,
funcionaron como un todo. Las imágenes dejaron de ser algo meramente relativo
al sentido estético, y comenzaron a tener un mayor y más profundo significado,
las partes recortadas y reunidas de todas las zonas del Universo y dispuestas
al azar sobre la mesa, esperando que alguien las reuniese para formar la figura
perfecta del rompecabezas, formando así una pauta y con ella, las muchas y
diminutas claves fragmentadas de lo que podría probar ser un sencillo plan que
rigiese universalmente la Creación.
Tres mentes temblorosas, tímidamente
asomadas al umbral de lo que podía ser el alma y la vastedad de toda la
eternidad. Trastornadas e incapaces al principio de captar las implicaciones de
la posibilidad de que todas las preguntas a todas las cuestiones que desde
siempre se habían hecho estuvieran al alcance de su mano, que una suma total de
los secretos de las estrellas pudiese reunirse al fin en unas ecuaciones de
comprensión, que hubieran permitido el escribir una simple sentencia y decir:
Esto es el Universo.
Pero el tiempo del reloj humano, que
funcionaba dentro de una de las mentes, sonó con una fuerte alarma y con
insistente premura determinando que ya era tiempo de volver a la astronave de
nuevo. No se podía negar la astucia y la inteligencia con que los hombres de la
Tierra habían trabajado y el cuerpo del Indagador volvió a la astronave.
Regresó a ella para dejar vacía la mente del hombre simulado y que entonces la
nave se lanzara al cielo otra vez y se dirigiese a nuevas estrellas, para ir de
una en otra y enviar fuera al hombre simulado y tiempo de nuevo para hallar
cuerpos e inteligencias que pudieran ser encontrados en otros planetas, y de
esta forma ganar, por la observación de primera mano, la información que
pudiese poner al hombre en condiciones, en otro momento, de tratar con tales
inteligencias para la mayor ventaja del género humano.
Pero cuando el Cambiador volvió a la
nave, algo se había trastocado. Algo inesperado había ocurrido.
Un microsegundo de advertencia de que
algo iba mal; después la nada... la nada hasta ahora. Una semi-inconsciencia;
pero con solo uno despierto, despierto y perplejo. Pero poco después,
finalmente, tras cierto tiempo, los tres juntos una vez más, hermanos de sangre
y de mente.
–Cambiador, tienen miedo de nosotros.
Descubrieron lo que somos.
–Sí, Indagador. Tal vez solo lo han
pensado. No podrían saberlo de ningún modo. Solo han podido tener una sospecha
y hacer cualquier suposición. Un ligero temblor de un dial, una ligera
alteración de una corriente...
–Pero no esperaron –dijo Indagador–. No
nos dieron ninguna oportunidad. Vieron que algo iba mal y después nos dejaron
ir.
–Así son los hombres –dijo el Cambiador.
–Cambiador, tú eres un hombre.
–Pensador, no lo sé. Dime tú quién soy.
Al fondo del vestíbulo sonaron pasos
precipitados.
–Entró ahí... Kathy dijo que lo vio
entrar.
El ruido de los pies aumentó de una
forma estruendosa y los internos con sus chaquetas blancas llegaron en masa
junto a la puerta.
–Oiga –gritó uno de ellos–, ¿ha visto
usted un lobo?
–No –repuso Blake–. No he visto ningún
lobo.
–Hay en esto un endiablado acertijo
–dijo otro interno–. Kathy no tenía por qué haber mentido. Ella vio algo. Se ha
asustado hasta perder la cabeza...
El primer interno avanzó amenazador.
–Oiga, Mr. Blake. Si está usted
bromeando y si esto es una especie de broma, sepa que...
Un pánico terrible corrió en las otras
mentes, como una marea creciente, el pánico de unas mentes de cara a una
situación amenazadora ante seres extraños en una extraña situación de otro
mundo. La inseguridad, el fallo de no comprender el entorno, sin ninguna base
para hacerse con la situación...
– ¡No! –gritó Blake–. ¡No! No...
espera...
Pero ya era demasiado tarde. El cambio
ya había comenzado, la mente del Indagador se había impuesto y una vez ocurrido
así, una vez que el cambio se había disparado en acción, nada podía detenerlo.
¡Idiotas! ¡Idiotas!, gritó mentalmente
Blake.
Los internos se echaron hacia atrás
aterrados, empujándose enloquecidos para salvar la entrada de la habitación del
hospital.
De cara a ellos estaba el Indagador, con
el rabo levantado, la piel gris plata de envoltura corporal brillando a la luz
procedente de la lámpara del techo, y dispuesto a saltar, con las encías al
aire y los labios retraídos, mostrando sus espantosos y relucientes colmillos.
14
El Indagador se retrajo sobre sus patas
traseras, gruñendo y con el terror atenazándole la garganta.
Atrapado y sin salida. Ninguna abertura
tras él ni a ambos lados. La única salida era dirigirse por el hueco frontal
hacia el túnel exterior, apiñado de gentes extrañas que marchaban sobre dos
patas y envueltas con pieles artificiales. Sus cuerpos apestaban y sus mentes
dejaban escapar hacia él una onda cerebral tan intensa, que formaban como un
muro en movimiento, frente al cual tenía que abrirse paso con sus patas
delanteras. Era una onda cerebral carente de inteligencia lo que sentía; pero
que hizo resurgir en él los temores primitivos y los odios primigenios
entremezclados y caóticos. El Indagador dio unos pasos hacia adelante y el
grupo que taponaba la salida reculó hacia atrás. Ante aquel movimiento, sintió
una sensación de triunfo recorrerle todo su cuerpo. Heredado de algún remoto
antepasado ancestral, un recuerdo inserto profundamente en su mente pareció
estallar en un gesto de guerrero triunfante, y el sordo gemido que corría por
su garganta se transformó en un atronador y salvaje aullido, un aullido que
caló hasta los huesos en aquellas asustadas criaturas, que se dispersaron por
todas partes. El Indagador corrió hacia adelante. Sus patas se vieron
reforzadas por una apremiante velocidad al dirigirse por aquel túnel haciendo
un rápido giro a la derecha. Una de aquellas extrañas criaturas pegadas a la
pared y dándole la cara, sacó una especie de arma que levantó sobre su cabeza
para dejarla caer y golpearle con ella. El Indagador se abalanzó sobre aquel
bípedo. Su maciza cabeza atenazó la garganta del bípedo dándole un terrible
mordisco que le desgarró la carne. Dejó tras sí a una tambaleante criatura que
gritaba y caía al suelo.
El Indagador dio la vuelta y se encaró
con las otras criaturas bípedas que se reunieron para cargar contra él. Las
garras de sus patas marcaban surcos en el suelo y, de pronto, se lanzó en
tromba contra la multitud. Con la cabeza golpeó a un lado y a otro, mordiendo y
destrozando cuanto encontraba hasta dejar el túnel despejado. Parecía hallarse
lleno del rojo resplandor de su visión, producto de su rabia desatada.
Así todas las criaturas huyeron excepto
unas cuantas que estaban caídas sobre el suelo, otras que se arrastraban y
otras que permanecían vacilantes y gritando.
El Indagador se detuvo un momento,
erguido el cuerpo, y emitió un terrible grito, un grito de triunfo y desafío;
el antiguo y hasta entonces desconocido grito ancestral de triunfo y desafío al
enemigo que en los viejos días se había oído constantemente a través de aquel
lejano planeta de dunas de nieve y arena.
El túnel se ofrecía borroso para su
visión aguda y parecía oler de nuevo a un aire cercano, seco y puro como el de
su lejano hogar en las estrellas, más bien que al extraño y apestoso ambiente
que había olido en aquel extraño lugar en donde se encontraba hacía un momento.
Y era, extrañamente, un Indagador muy anciano, uno de los orgullosos guerreros
de una raza que en otras épocas había batallado a muerte contra las hordas de
los seres, ya casi olvidados, llenos de escamas que habían guerreado con los Indagadores
por el dominio del planeta.
Atraído por aquel olor próximo y huyendo
del confinamiento que le cercaba y por la luz esparcida de entre los muros del
túnel, echó a correr con la esperanza de hallar otro lugar y otro tiempo,
marchando incierto y desorientado. El túnel estaba entonces delante de él libre
de criaturas bípedas; pero, a lo lejos, y tras él, oyó el correr de nuevas
criaturas y el ambiente se volvió a cargar con una terrible mezcla de ondas
cerebrales que procedía de todas direcciones.
– ¡Cambiador!
–Las escaleras, Indagador. Baja y sigue
por esas escaleras.
– ¿Escaleras?
–La puerta. La abertura que está
cerrada. La que tiene un signo y un pequeño recuadro con letras rojas.
–La veo. Pero la puerta es sólida.
–Empújala. Se abrirá. Utiliza tus
brazos, tus patas delanteras y no tu cuerpo. Por favor, recuerda. Utiliza tus
patas delanteras. Las has usado tan raramente que has olvidado que las tienes.
El Indagador se dirigió hacia la puerta.
– ¡Tus brazos, tonto! ¡Con los brazos!
El Indagador la empujó con el cuerpo.
Estuvo a punto de caer rodando, pero se repuso en el acto. Se hallaba en un
cubículo y en el suelo se encontraba un paso de estrechos trozos, uno tras
otro, que conducía hacia abajo. Esto tiene que ser la escalera, pensó para sí.
Comenzó a bajarlas despacio, con
precaución al principio y después con mayor rapidez, hasta hacerlo con soltura.
Llegó así a otro cubículo y a través del corto espacio del suelo, otras
escaleras continuaban hacia abajo de nuevo.
– ¿Cambiador?
–Sigue bajando. Encontrarás tres
dispositivos iguales. Después dirígete hacia la puerta. Habrá allí muchas
criaturas. Vete recto hacia la puerta hasta encontrar una gran abertura a tu
izquierda. Sal por ella y estarás al aire libre.
– ¿Al aire libre?
–Sobre la superficie del planeta. Fuera
del edificio (la caverna) en donde estamos. Ellos tienen cavernas una encima de
otra hasta el tope del terreno.
–Y después... ¿qué?
– ¡Entonces, corre!
–Cambiador, ¿por qué no te haces tú
cargo de todo esto? Tú puedes manejarte mejor. Tú eres igual que esas
criaturas. Tú puedes sencillamente andar como ello» y salir sin problemas.
–No puedo. No tengo ropas.
– ¿Lo que cubre el cuerpo? ¿Esas pieles
artificiales?
–Así es.
–Pero eso es idiota. Ropas...
–Nadie se mueve en ninguna parte sin ir
cubierto con ellas. Es la costumbre.
– ¿Y tú te encuentras sujeto a la
costumbre?
–Mira, has cogido a esas criaturas por
sorpresa. Por un momento se han quedado heladas ante su vista. Solo han podido
mirarte, sin hacer nada. Te pareces a un lobo y...
–Ya lo dijiste antes. No me gusta ese
pensamiento. Hay en ello algo que me parece sucio y...
–Se trata de una criatura ya extinguida.
Una criatura temible que sembraba el terror en el corazón de las gentes. Tienen
que haberse sentido horrorizados ante tu presencia.
–Está bien, está bien. Pensador, ¿tú qué
opinas?
–Vosotros dos, seguid adelante –dijo el
Pensador–. No tengo datos. No puedo ayudar en nada. Tenemos que confiar
absolutamente en el Cambiador. Este es su planeta y él lo conoce.
–Está bien, pues. Allá voy.
Indagador siguió bajando rápidamente la
escalera. Por todas partes se percibía el espeso y metálico sentido del miedo.
Las ondas mentales resonaban constantemente.
«Si pudiéramos salir de ésta, pensó
Indagador. Si pudiéramos salir de esto...»
Sintió que su propio temor se
incrementaba, como un peso que fuera cayendo sobre él de incertidumbre y de
duda.
– ¿Cambiador?
–Adelante. Lo estás haciendo muy bien.
Llegó hasta el tercer tramo de escaleras y se encaró con la puerta.
– ¿Esta?
–Sí, y vete rápido hacia ella. Esta vez
con tus brazos, recuerda. Con el cuerpo golpeándola no se abrirá de par en par.
Puede volverse, golpearte y hacerte caer de espaldas, y entonces podrían
cogerte.
Indagador adoptó la postura de ponerse
en guardia como en el boxeo sacando bien los brazos. Así se dirigió
decididamente hacia la puerta.
–Cambiador, ¿hacia la izquierda? ¿La
abertura de la izquierda?
–Sí. A diez veces la longitud de tu
cuerpo.
Los brazos extendidos del Indagador
golpearon la puerta, que se abrió. Su cuerpo resultó catapultado dentro de la
habitación. Tuvo la confusa sensación de gentes gritando, de bocas abiertas y
de criaturas que se movían rápidamente. Allí estaba la abertura a la izquierda.
Dio media vuelta y se lanzó contra ella. Un racimo de criaturas se dirigía
hacia la abertura procedente del exterior; más extrañas criaturas todavía de
las que habitaban en este planeta, vestidas de diferentes clases de pieles
artificiales. Abrieron la boca para gritarle y levantaron sus manos que
sostenían unos objetos relucientes que dejaban escapar súbitas lenguas de fuego
y emitían un hedor acre.
Algo se estrelló contra el metal muy
cerca de donde se encontraba, produciendo un sonido hueco, y alguna cosa se
incrustó instantáneamente en una pieza de madera. Después, Indagador, incapaz
de detenerse, aún habiéndolo deseado, se encontró entre aquellas criaturas,
lanzando el viejo grito de guerra que le estremecía el cuerpo. Se mezcló con
ellas por un instante, atravesó el grupo y finalmente salió de la gran caverna
que parecía llegar hasta el cielo.
Desde atrás le llegaron ciertos pequeños
y pesados objetos que viajaban a una gran rapidez y que se incrustaban en el
suelo mientras corría, haciendo saltar trozos -del material 'de que el suelo
estaba compuesto.
Podría ser de noche, pensó, ya que no
había muchas estrellas en el cielo, aunque sí algunas brillando muy distantes,
lo que estaba bien, ya que resultaba impensable que un planeta no tuviese una
bóveda de estrellas.
Percibió fuertes olores, aunque
diferentes, no tan acres, ni tan agudos o pesados como los que había percibido
su olfato en el edificio, sino olores mucho más agradables.
Tras él proseguía el ruido continuado y
el vuelo de los diminutos objetos; después se encontró en la esquina de la
caverna que llegaba hasta el cielo y siguió corriendo alrededor de la esquina,
recordando que Cambiador le había-dicho que tenía que correr. Y gozando del
fresco de la noche y de la carrera, ayudado por sus poderosos músculos, siguió
huyendo con la grata sensación de encontrar bajo sus patas un suelo llano y
sólido.
Por primera vez desde que llegó tuvo
ocasión de darse cuenta de los diversos aspectos del planeta, que daba la
impresión de ser en algunos lugares muy movido. Y en otros, realmente muy
extraño. ¿Quién había oído jamás que un planeta tuviese el terreno allanado y
duro? El suelo se extendía, hasta donde alcanzaba su vista, lejos de las
cavernas, igualmente liso y aplanado. Y por todas partes vio gran cantidad de
cavernas, levantándose desde el suelo, y, en muchas de ellas, pequeños
recuadros iluminados de luz amarilla. Frente a algunas, había en pequeñas zonas
valladas representaciones en piedra o en metal de los residentes del planeta.
¿Por qué tendrían que existir cosas así? Podía ser, se imaginó, que cuando
aquellas criaturas morían, se convirtiesen en piedra o en metal y se quedasen
de pie en el lugar en que habían muerto. Aunque aquello no parecía razonable,
ya que algunas de aquellas criaturas convertidas en metal o en piedra tenían un
tamaño mucho mayor que el que habían tenido en vida. Pero era muy posible, por
supuesto, que las criaturas tuviesen diferentes tamaños y tal vez solo las más
grandes se metamorfosearan en piedra o metal.
No había muchos residentes del planeta a
la vista en una gran distancia. Pero corriendo por la superficie, y con mucha
rapidez, aparecieron formas metálicas con ojos resplandecientes en la parte
frontal, emitiendo un gran zumbido al pasar, dejando al propio tiempo una gran
ráfaga de viento al cruzarse con él. Del interior de aquellas formas metálicas
le llegaban ondas cerebrales, con la sensación de seres vivientes; pero una
cosa viviente que en la mayor parte de los casos tenía más de un cerebro; las ondas
cerebrales eran suaves y tranquilas y no cargadas con el odio y el miedo que
había sentido allá atrás, en el interior de la gran caverna.
Resultaba extraño, desde luego, pero
Indagador se dijo a sí mismo que sería de lo más infrecuente que en un planeta
solo se encontrase una sola forma de vida. Hasta entonces existían aquellas
cosas que caminaban sobre dos pies y eran protoplasmáticas, y las cosas
metálicas que se movían con gran rapidez y con determinado propósito, llevando
aquellos grandes ojos de luz en la delantera y conteniendo más de un cerebro en
su interior. Recordó también, en aquella húmeda y cálida noche, que había
percibido muchas otras formas de vida que parecían llevar en sí o muy poca
inteligencia o ninguna prácticamente; seres que eran poco más que trozos de
materia, dotados con el precioso don de la vida.
Si aquel planeta, al menos, no fuese tan
caliente y su atmósfera tan pesada y opresiva, podría comprobar que realmente
era muy interesante. Aunque, en verdad, todo era muy confuso.
–Indagador...
– ¿Qué pasa, Cambiador?
–Lejos y a tu derecha. Los árboles. La
gran vegetación. Puedes verla contra el cielo. Dirígete hacia ella. Si podemos
meternos en su interior, nos ayudará mucho.
–Cambiador –preguntó Pensador–, ¿qué
vamos a hacer ahora?
–No lo sé. Tendremos que pensarlo. Los
tres juntos. – ¿Esas criaturas estarán dándonos caza?
–Presumo que lo harán.
–Deberíamos tener una misma mente.
Indagador y yo deberíamos conocer todo lo que tú sabes.
–Así es –dijo Indagador–. Hasta ahora no
ha habido tiempo. Han sucedido muchas cosas.
–Llega hasta los árboles –dijo
Cambiador– y tendremos todo el tiempo que necesitamos.
Indagador se apartó hacia un lado de la
poderosa caverna que se levantaba hasta el cielo, atravesando por un lado un
gran trozo de terreno y dirigiéndose hacia los árboles. Surgiendo de la
oscuridad y cargando contra él con sus dos ojos fuertemente iluminados, llegó
una de aquellas metálicas criaturas, con el suave suspiro del aire que
exhalaba. Se inclinó y se lanzó directamente contra Indagador. Sus patas se
estremecieron, echó las orejas hacia atrás y el rabo hacia arriba.
Cambiador le animó:
– ¡Corre, lobo sarnoso! ¡Corre, chacal
indómito! ¡Corre, zorro furioso!
15
El jefe del personal era un hombre
calmoso y de buenas maneras. No era la clase de persona de quien se espera que
dé un puñetazo sobre la mesa.
Pero ahora lo dio con todas sus fuerzas.
–Lo que quiero saber –gritó–, es quién
ha sido el cabeza de chorlito que ha telefoneado a la policía. Hemos podido
manejar este asunto nosotros mismos. No tenemos necesidad de la policía.
–Yo me imagino, señor –dijo Michael
Daniels–, que quienquiera que lo haya hecho, pensó que tenía alguna razón para
hacerlo. El corredor estaba lleno de personas muy asustadas.
–Hemos podido tener cuidado con ellas
–dijo el jefe del personal–. Este es un asunto que solo nos concierne a
nosotros. Hemos podido tener cuidado con esas personas y después proceder de
una forma más ordenada.
–Tiene usted que darse cuenta, señor
–dijo Gordon Barnes–, que todo el mundo estaba trastornado. Un lobo en el
hospital...
El jefe hizo un gesto a Barnes para que
callase, y se dirigió hacia la enfermera.
–Miss Gregerson, usted fue la primera
que vio la cosa.
La joven estaba todavía pálida y
temblorosa; pero afirmó con un gesto.
–Yo salía de una habitación y me
encontraba en el corredor. Era un lobo. Dejé caer la bandeja que llevaba, grité
y me puse a correr. Estaba aterrada.
– ¿Está usted segura de que era un lobo?
–Sí, señor. Completamente segura.
– ¿Cómo podía estarlo? Pudo muy bien
haber sido un perro.
–Doctor Winston –intervino Daniels–,
está usted intentando confundir su declaración. No hay diferencia entre que
fuese un lobo o un perro.
El jefe le miró irritado y después hizo
un gesto de impaciencia.
–Está bien –dijo–. Bien. El resto de
ustedes puede salir. Si quiere quedarse conmigo, doctor Daniels, me gustaría
que charlásemos un poco.
Ambos esperaron y los demás salieron.
–Ahora, Mike –dijo el jefe de personal–,
sentémonos ambos y pongamos en esto un poco de sentido común. Blake era su
paciente, ¿verdad?
–Sí, lo era. Usted le conoció, doctor.
El hombre que fue hallado en el espacio. Helado y encapsulado.
–Sí, ya sé –dijo Winston–. Y ahora,
veamos. No puede usted esperar que me crea una cosa como esa. Lo que usted está
diciendo es que Blake era un hombre-lobo.
– ¿Leyó usted los periódicos esta tarde?
–No, no puedo decir que los haya leído.
¿"Qué tienen los periódicos que ver con lo que ha ocurrido aquí?
–Nada, quizá; pero me inclino a
pensar...
Daniels se detuvo al ir a decir lo que
pensaba. Buen Dios, se dijo para sí, es demasiado fantástico. Es imposible que
pueda ocurrir. Aunque sea la única explicación posible que pudiera esclarecer
lo que ha ocurrido allá arriba en el tercer piso hace un par de horas.
–Doctor Daniels, ¿qué está usted
inclinado a pensar? Si tiene alguna información, por favor, adelante con ella y
déjeme conocerla. Se dará cuenta, por supuesto, de lo que significa para
nosotros. La publicidad... demasiada publicidad y la de peor clase. El
sensacionalismo, y un hospital no puede permitirse el lujo del sensacionalismo.
Odio pensar, que, ahora mismo, los periódicos y el dimensino estén ocupándose
de la cuestión. Además, habrá una encuesta policial. Ya están husmeando por los
alrededores, hablando con personas con las que no tienen derecho a hablar y
haciendo preguntas que no deberían ser hechas. Y habrá investigaciones de todas
clases. Puede que llegue a una conferencia del Congreso. La Administración del
Espacio se nos va a lanzar a la garganta, deseando saber qué es lo que le ha
ocurrido a Blake, su precioso fetiche. Y no puedo decirles, querido Daniels,
que se ha convertido en un lobo.
– ¡No es un lobo, señor! Se trata de una
criatura de otro mundo. Una que notablemente se parece a un lobo. Recordará
usted que la policía afirmaba que era un lobo con unos brazos que sobresalían
de sus hombros.
El jefe dijo molesto:
–Nadie más ha dicho eso. La policía
estaba atacada de pánico cerval. Se dedicó a pegar tiros por todo el vestíbulo.
Una de las balas le pasó rozando al recepcionista por menos de una pulgada. Se
aplastó en un panel justo encima de su cabeza. Le digo que todos eran unos
hombres aterrados. No saben lo que vieron. ¿Qué versión daría usted de un ser
de otro mundo?
Daniels respiró profundamente y se
dispuso a argumentar.
–Un testigo llamado Lukas testificó esta
tarde en la encuesta sobre bioingeniería. Ha estado rebuscando entre documentos
antiguos respecto a dos hombres simulados que se construyeron hace un par de
siglos atrás. Afirmó que había encontrado los registros e informes en la
Administración del Espacio, rebuscando en sus archivos...
– ¿Y por qué en esos archivos? ¿Por qué
tendría un registro de tal clase que estar a...?
–-Espere –dijo Daniels–. No ha oído
usted ni la mitad de la cuestión todavía. Eran androides a los que se había
aplicado un proceso de extremada versatilidad.
– ¡Buen Dios! –exclamó Winston. Y miró
con más atención a Daniels–. ¡El antiguo «Proyecto del Hombre-Lobo»! Un
organismo que puede cambiar, que puede convertirse en cualquier cosa. Hay sobre
eso un viejo mito...
–Aparentemente no era ningún mito
–afirmó Daniels sombríamente–. Dos de los androides fueron sintetizados y
enviados a bordo de una astronave exploratoria al espacio.
– ¿Y supone usted que Blake es uno de
ellos?
–Eso es lo que se me ha ocurrido pensar.
Lukas ha testificado esta tarde que fueron enviados dos al espacio. Después,
todo quedó sumido en el silencio. Nada se ha mencionado que hubieran vuelto.
–Pero eso no tiene ni pizca de sentido
común –protestó Winston–. Por Dios, hombre, hace doscientos años... Si hicieron
entonces androides, buenos y útiles androides, estaríamos ahora rodeados por
enjambres de ellos. No creerá usted que solo se hicieron dos y después
abandonaron la totalidad del proyecto.
–Usted lo hubiera hecho si esos dos no
hubieran dado resultado. Digamos, como argumento, que no solo los androides
fallaron al volver, sino hasta las astronaves que les llevaron al espacio.
Fueron despachadas hacia la nada del Universo y no volvió a oírse palabra de
todo ello. No solo se habría silenciado todo respecto a los androides, sino que
el registro y el informe del fracaso se hubiera enterrado en lo más oculto de
los archivos. Y la Administración del Espacio habrá procurado que nadie se
interesara por el asunto.
–Pero ellos no podrían saber que los
androides tuviesen nada que ver con la desaparición de las astronaves. En los
tiempos pasados e incluso ahora, siempre hay naves que no regresan nunca.
Daniels sacudió la cabeza.
–Una de las astronaves puede que sí.
Algo pudo haberle ocurrido a una de ellas. Pero dos con una cosa en común, cada
una con un androide a bordo, es distinto. Puede que a una de ellas le ocurriera
alguna determinada y especial circunstancia...
–No me gusta esto, Daniels –se quejó el
jefe–. No me gusta el olor de este asunto. No quiero por nada del mundo tener
nada que ver, ni verme mezclado con la Administración del Espacio. Ellos tienen
demasiado peso para que intentemos meternos en sus asuntos. Y de cualquier
forma, no veo cómo todo esto pueda tener algo que ver con que Blake, como
parece usted pensar, se convierta en un lobo.
–Ya le dije antes que no se trata de un
lobo. En un planeta extraño tiene la apariencia de un lobo. Digamos que el
Proyecto del Hombre-Lobo no funcionase en la forma en que se había programado.
El androide estaba propenso a cambiar en una forma extraña, utilizando los
datos extraídos de una forma capturada de otro planeta y vivir así como tal
criatura de otro mundo por un cierto tiempo. Después, se le suprimirían esos
datos y el androide se hubiera convertido de nuevo en un hombre, dispuesto para
adoptar cualquier otro cambio. Pero supongamos...
–Comprendo –dijo Winston–. Supongamos
que no funcionó. Supongamos que los datos de la criatura extraña no han sido
erradicados. Supongamos que el androide permaneciese como ambas cosas, extraño
y humano... dos criaturas y a voluntad una o la otra.
–Pues eso, señor –dijo Daniels–, es lo
que he estado pensando. Y hay algo más. Le tomamos un electroencefalograma a
Blake y mostraba algo extraño. Era como si tuviese más de una mente en su
cerebro. Como sombras de otras mentes mostrándose en los trazos.
– ¿Sombras? ¿Se refiere usted a más de
una mente extra?
–No sé –repuso Daniels–. No se
determinaron bien las indicaciones. Nada de lo que pueda estarse seguro.
Winston se levantó de su mesa de
despacho, comenzando a deambular de un lado a otro de la habitación.
–Espero que esté usted equivocado. Creo
que lo está. Eso es una locura.
–Esa es una manera –le dijo Daniels
obstinadamente–, en que podremos explicar lo ocurrido.
–Pero hay una cosa que no podemos
explicar. Blake fue hallado congelado dentro de una cápsula. Ni el menor rastro
de la nave. Ninguna otra señal. ¿Cómo podemos afirmar nada?
–Nosotros no podemos –contestó Daniels–.
No hay forma en que podamos hacerlo. No podemos saber lo que ha ocurrido.
Cuando habla usted respecto a haber encontrado otros rastros, está usted
presumiendo de que la astronave fue destruida y nosotros ignoramos qué es lo
que realmente ha ocurrido. Incluso de haberlo sido, hace un par de siglos, los
restos u otros indicios de la nave, se habrían perdido en el espacio, yéndose a
cualquier punto del Universo a la deriva. Pudieron haber quedado en las
inmediaciones de la cápsula y no haber sido vistos. En el espacio, la
visibilidad es muy pobre. A menos que algo recoja luz y la reflecte, no hay
forma de ver nada.
– ¿Piensa usted, tal vez, que la
tripulación de la astronave, una vez que ocurriese lo que fuera, tomaron a
Blake, le congelaron, le encapsularon y le lanzaron al espacio? ¿Una forma de
quitárselo de en medio? ¿Una forma inhumana de hacerlo?
–No podría saberlo, señor. No hay forma
de que podamos saberlo. Todo lo que podemos hacer es especular y hay demasiadas
especulaciones que pueden ser hechas en mil aspectos diferentes para que nos
limitemos a la correcta. Si la tripulación hizo lo que usted ha sugerido,
quitándose de encima a Blake... ¿por qué no volvió la astronave? Es como si al
querer explicar una cosa, se tiene uno que ver forzado a explicar otra, y
después otra cosa más y así como una cadena sin fin. Creo que es una tarea sin
esperanza para mí.
Winston detuvo su nervioso paseo por la
estancia, volvió a la mesa y tomó asiento. Accionó el comunicador.
– ¿Cuál es el nombre de la persona que
testificó esta mañana?
–Lukas, doctor Lukas. No recuerdo el
primer apellido. Deberá estar en los periódicos. El operador del cuadro de
distribución debe tenerlo, con seguridad.
–Supongo que lo mejor será que vengan
los senadores también, si pueden venir. Horton... Chandler Horton. ¿Quién es el
otro?
–Salomón Stone.
–Está bien –dijo Winston–. Veremos qué
piensan de todo esto. Ellos y el doctor Lukas.
– ¿El Espacio también, señor?
Winston negó con un gesto.
–No. Por el momento, no. Necesitamos más
información antes de mezclarnos en los asuntos de la Administración del
Espacio.
16
El refugio era pequeño y cerrado, una
prominencia rocosa con un espacio en su interior producido por la erosión de la
piedra de una forma natural. Por encima, el terreno se elevaba a gran altura
verticalmente, y, por debajo, la pared rocosa se desplomaba a gran profundidad.
Al pie de la colina, un arroyo de agua
discurría ruidoso sobre un lecho pedregoso. En la ladera, a la boca de la
cueva, el terreno estaba repleto de diminutas piedrecitas, desprendidas a
través de los años por la acción de los elementos de la masa rocosa de la
montaña. Aquellas piedrecitas se clavaban traidoramente en las patas de
Indagador mientras se dirigía hacia la cueva; pero se las arregló para llegar
hasta ella. Una vez dentro, descansó enroscándose y de cara al exterior.
Por primera vez tuvo la sensación de
seguridad, con sus flancos y la parte trasera del cuerpo protegidos, aunque
tenía la certeza de que solo era una ilusoria seguridad. Las criaturas de este
planeta, incluso entonces, estarían aún persiguiéndole y no pasaría mucho
tiempo sin que llegara el momento que registrasen piedra a piedra toda aquella
zona. Ciertamente, había sido vista por aquella criatura metálica que había
cargado contra él con su rugiente chorro de aire y sus brillantes y grandes
ojos que proyectaron la luz. Se estremeció pensando el trabajo que le había
costado poder llegar al fin al amparo del grupo de árboles que tenía enfrente.
Tres largos más de su cuerpo y le
habrían cazado.
Se relajó, dejando que sus músculos se
distendieran poco a poco.
Su mente continuó comprobando, buscando,
intentando comprender. Aquí había vida, mucha más vida de la que podía
esperarse, un planeta superpoblado, un lugar en donde hervía la vida. Pequeñas
formas vivientes, que no pensaban, sin inteligencia, existiendo y poco más.
Había pequeñas inteligencias, siempre alertas, sintiendo miedo, pero con una
inteligencia tan limitada que realmente eran poco más que una vida que apenas
se daba cuenta de que existía, inadvertida de los peligros que la acechaban.
Una cosa corría, buscando, cazando, persiguiendo a muerte, con el sangriento
impulso de matar en su mente, espantosa y terrible; una cosa hambrienta. Tres
formas de vida estaban acurrucadas en un lugar, un lugar algo escondido y
seguro, ya que sus mentes se hallaban a gusto y tranquilas, rodeadas de un poco
de protección. Y otras, muchas otras. Vida por todas partes, alguna con
inteligencia. Pero en ninguna parte ya, el agudo, brillante y terrible sentido
de las cosas que vivían en aquellas cuevas que se levantaban hasta el cielo.
Un planeta desordenado, pensó Indagador,
desaliñado y sucio, con demasiada vida, agua y vegetación, con el aire
demasiado espeso y cargado y un clima demasiado cálido. Un lugar en donde no se
podía descansar en absoluto, sin sentido de la seguridad, la clase de lugar en
donde podía sentirse, observarse, escuchar y temer, un peligro indetectado que
pudiera llegar en cualquier momento, deslizándose a través de una invisible red
y arrojársele a la garganta. Los árboles murmuraban con suavidad y se imaginó,
al escucharlos, si tal murmullo procedía de los mismos árboles o procedía de la
atmósfera que soplaba a través de ellos.
Mientras descansaba en su cueva,
Indagador llegó al conocimiento de que era la fricción del viento contra la
sustancia de los árboles lo que producía aquel agradable y suave murmullo, el
rozar de sus hojas y el gemir de sus ramas y de que los árboles por sí mismos
no tenían capacidad alguna para emitir sonidos, que los árboles y la otra
vegetación sobre el planeta llamado Tierra estaban vivos, pero carentes de
inteligencia y sin sentidos de percepción. Y que las cuevas eran edificios y
que los humanos no eran miembros de una tribu, sino que formaban unidades
sexuales a las que se conocía como familias y que el edificio en que vivía una
familia se le llamaba hogar.
La información fue cayendo dentro de su
mente, como una marea creciente de olas sucesivas y que le había enloquecido en
un momento determinado con ciego pánico. Al fin consiguió desprenderse de aquel
insensato terror y aquella marea fue marchándose y tranquilizándole la mente.
Pero en su cerebro yacía todo el conocimiento del planeta, que consistía en
todos los tesoros de información que formaban la mente de Cambiador.
–Lo siento –dijo Cambiador–. No hubo
tiempo para que tú hubieras absorbido todo esto lenta y adecuadamente y te
hubieras familiarizado con ello y lo hubieras clasificado. Te lo proporcionaré
inmediatamente. Ahora lo tendrás para utilizarlo.
Con sus sentidos bien despiertos,
Indagador puso atención y se estremeció ante la tremenda complejidad de aquel
conocimiento.
–Mucho de todo esto está muy anticuado
-–dijo Cambiador–. Hay ahora muchas cosas que yo no conozco. Tenéis este
planeta como yo lo conocí hace doscientos años, además de lo que he captado
desde que volví. Debes de tener en cuenta que los datos que he impresionado en
ti no son completos y algunos de ellos son de apenas algún valor.
Indagador se enroscó contra el piso de
la roca del refugio, todavía intentando ver algo en la oscuridad de los
bosques, lanzando a distancia y aumentando el poder de su red de detección
mental en todas direcciones.
Un sentimiento de desolación pareció
caer como una losa sobre él. Una terrible nostalgia del planeta de las dunas
cambiantes de nieve y arena le invadió con la imposibilidad de poder volver a
él. Tal vez jamás volviera. Se quedaría aquí, en este lugar enmarañado de
demasiada vida y demasiado peligro, sin saber dónde refugiarse, ni qué hacer.
Perseguido por las criaturas dominantes de este planeta, criaturas que ahora
sabía eran mucho más horribles de lo que había imaginado que pudieran ser.
Astutas, rudas e ilógicas, aplastadas por el odio y el temor, obedeciendo la
criminal tendencia de una especie en formación.
–Cambiador –preguntó–, ¿qué hay de mi
otro cuerpo? El que yo habitaba antes de que llegaran los humanos. Tú cogiste
ese cuerpo, recuerda. ¿Qué hiciste con él?
– ¡Yo no! Yo no lo tomé. No hice nada
con él.
–No intentes emplear esos trucos legales
contra mí. No te refugies en cuestiones retóricas. Tal vez no estés solo. Tú no
personalmente; pero...
–Indagador –dijo el Pensador–, no
adoptes ese tono de razonamiento. Nosotros tres hemos sido atrapados en la
misma trampa, si es una trampa. Estoy inclinado a creer que no es tal cosa,
sino una situación única que puede trabajar en nuestro beneficio. Nosotros
compartimos un cuerpo y nuestras mentes están más juntas de lo que otras jamás
hayan podido estarlo antes. Es preciso que no discutamos, no debemos tener
diferencias, ya que no podemos permitirnos ese lujo. Tenemos que trabajar y
colaborar juntos siempre. Hemos de marchar en perfecta armonía. Si hay
diferencias, debemos eliminarlas inmediatamente y no permitir que prosperen.
–Eso es exactamente lo que estoy
haciendo –dijo Indagador–. Hay una cosa que me molesta. ¿Qué me ocurrió
primero?
–Aquel primer cuerpo –le dijo Cambiador–
fue biológicamente escudriñado. Fue deshecho, casi molécula a molécula, y
analizado. No hay ya forma en que pueda ser reunido de nuevo.
–Me mataste entonces, es lo que quieres
decir.
–Si prefieres llamarlo así...
– ¿Y Pensador también?
–Pensador también. Pensador fue el
primero.
–Pensador –dijo Indagador–, ¿no te
resientes por esto?
– ¿Para qué serviría el resentimiento?
–Esa no es una respuesta y tú lo sabes.
–No estoy seguro –repuso Pensador–.
Tendría que meditarlo bien. Uno debe, por supuesto, resentirse de cualquier
violencia que se le haga. Pero yo me inclino a considerar que lo ocurrido ha
sido más una transfiguración que una violencia. Si esto no me hubiese ocurrido
a mí, nunca pudiera haber existido en tu cuerpo o entrar en tu mente. Todos los
datos que recogiste de las estrellas, se habrían perdido para mí, y perdido de
la forma más lastimosa, ya que jamás lo habría sabido. Y tú, a tu vez, de no
haber sido por lo que hicieron los humanos, jamás habrías imaginado la
significación de las imágenes que has almacenado procedentes de las estrellas.
Te habrías limitado simplemente a reunirías y ni siquiera te habrías
maravillado ante ellas. No puedo concebir nada más trágico que eso, estar al
borde del misterio y no poder maravillarse ante él.
–No estoy muy seguro –dijo Indagador– de
que prefiriese el misterio y renunciase a la maravilla.
–Pero, ¿es que no ves la belleza de
esto? –preguntó Pensador–. Aquí estamos los tres, tres de nosotros, todos
diferentes. Tres tipos de lo más distinto. Tú, Indagador, el duro, el bandido;
Cambiador el astuto programador; y yo...
–Y tú –dijo Indagador–, el sabelotodo,
el soñador, el premonitor.
–Estaba a punto de decir –dijo
Pensador–, el chapucero tras la verdad.
–Si es algo que os pueda haceros sentir
mejor –les dijo entonces Cambiador–, pediría excusas por la raza humana. En
muchos aspectos me disgusta tanto como a vosotros dos.
–Y por una buena razón –dijo Pensador–.
Ya que tú no eres humano. Tú eres algo hecho por los humanos, eres un agente de
los humanos.
–Así y todo –dijo Cambiador–, es preciso
que uno sea algo. Más bien me gusta ser humano que nada en absoluto. No se
puede estar solo.
–Tú no estarás solo –intervino
Pensador–. Nosotros dos estamos contigo.
–Aún así –repitió Cambiador
testarudamente– insisto en ser humano.
–Es algo que no comprendo –dijo
Pensador.
–Tal vez yo sí –dijo Indagador–. Allá en
el hospital, sentí algo que no había sentido antes, algo que ningún indagador
ha sentido desde hace mucho, muchísimo tiempo. El orgullo de la raza y además
el orgullo también del espíritu de lucha racial que está escondido en algún
lugar recóndito de mi mente y que ni siquiera sabía que estaba allí. Sospecho,
Cambiador, que mi raza, en algún momento, hace ya mucho tiempo, se sentía
aguijoneada por lo que la tuya lo está hoy. Es una cosa que llena de orgullo
pertenecer a semejante raza. Eso le da a uno fuerza, dimensión y una gran
cantidad de respeto propio. Esto es algo que Pensador y su especie no han
sentido nunca.
–Mi orgullo –dijo Pensador–, si es que
existe, sería de una clase diferente y surge de diferentes motivaciones. Pero
no quiero excluir que existan distintos motivos de orgullo racial.
Indagador dedicó su atención a la ladera
de la colina y a los bosques, como alertado por una punzada de peligro que se
aproximaba rastreando como una serpiente por la red detectora que había situado
a su alrededor.
– ¡Quietos! –advirtió a los otros dos.
A lo lejos, se percibió una ligera
indicación de peligro y centró su atención sobre ella. Había tres de ellos,
tres humanos y al poco tiempo bastantes más, una larga fila de ellos que
avanzaban cautelosamente, rebuscando entre el bosque. Sólo podía tratarse de
aquello en que había pensado.
Captó las leves ondas cerebrales de
aquellos humanos, y comprobó que tenían miedo, pero también estaban
encolerizados y cargados de disgusto y de odio. Pero al propio tiempo que
apreció tales sentimientos, captó además la sensación de la caza, una extraña y
salvaje excitación que se centraba en encontrar y matar la cosa que les
producía aquel temor.
Indagador se incorporó un poco dispuesto
a lanzarse fuera del refugio rocoso, ya que aquélla era la forma, la única
manera de eludir a aquellos humanos, correr y correr, siempre correr.
–Espera –dijo Pensador.
-Se nos echarán encima.
–No todavía en un buen rato. Se mueven
muy despacio. Tiene que haber una forma mejor. No podemos correr siempre. Ya
hemos cometido una equivocación. No deberíamos hacer otra.
– ¿Qué equivocación?
–No deberíamos haber cambiado en tu
persona. Tendríamos que haber permanecido con el cuerpo de Cambiador. Fue un
pánico ciego lo que nos hizo realizar el cambio.
–Pero no sabíamos nada. Vimos el peligro
y reaccionamos. Estábamos siendo amenazados.
–Yo pude haber salvado la situación
–dijo Cambiador–. Pero de esta forma, creo eme ha sido la mejor manera de
todas. Ellos tenían sospechas de mí, y me habrían puesto bajo observación.
Podrían haberme detenido. En esta forma, al menos, somos libres.
–Pero no por mucho tiempo –dijo
Pensador–, si tenemos que seguir huyendo. Hay muchos de ellos, demasiados,
demasiados en el planeta. No podremos escondernos de todos. Tampoco podremos
esquivarlos a todos. Matemáticamente tenemos tan poca probabilidad que
prácticamente se reduce a cero.
– ¿Tienes tú algo que decir? –preguntó
Indagador.
– ¿Por qué no cambiamos en mí? Yo puedo
convertirme en un peñasco, en cualquier cosa, dentro de la cueva. En una roca,
tal vez. Cuando vengan a mirar al interior no percibirán nada extraño.
–Un momento –intervino Cambiador–. Tu
idea está bien; pero hay muchos problemas.
– ¿Problemas?
–Deberías haberlos calculado ya. No se
trata de problemas, sino de un problema. El clima de este planeta. Es demasiado
cálido para Indagador. Y será demasiado fríe para ti.
– ¿Frío es la falta de calor?
–Así es, en efecto.
– ¿Falta de energía?
–Sí.
–Se lleva algún tiempo captar toda esta
terminología –dijo Pensador–. Tiene que estar catalogada, empapada en la mente.
Pero yo puedo soportar algún frío. Y para nuestra causa común, bastante frío si
es preciso.
–No se trata de soportar ese frío. Por
supuesto que puedes hacerlo. Pero necesitas grandes cantidades de energía.
–Cuando me formé aquella vez en la
casa...
–Disponías de la energía suministrada
por la propia casa, que podías absorber. Aquí no disponemos de nada, sino es el
calor depositado en la atmósfera. Y ahora que el sol se ha puesto, el calor irá
bajando más y más. Tendrás que operar solo con la energía que tiene el cuerpo
que formamos. No puedes obtenerla de fuentes externas.
–Comprendo –dijo Pensador–. Pero puedo
formar una figura que conserve la que tenemos. Puedo adherirme a ella. Si se
hace el cambio, ¿tendré toda la energía del cuerpo?
–Yo diría que sí. El cambio en sí mismo
tal vez requiera algún intercambio de energía; pero sospecho que no será mucha.
– ¿Cómo te sientes, Indagador?
–Con calor –repuso éste.
–No me refiero a eso. ¿No estás cansado,
verdad? ¿Ninguna falta de energía?
–No, me encuentro perfectamente en ese
aspecto.
–Esperaremos –dijo Pensador– hasta que
se encuentren aquí cerca. Después cambiaremos en mí, y yo soy la casi nada.
Solo un peñasco sin forma. Lo mejor sería que pudiera extenderme alrededor de
toda la cueva, como si fuera un revestimiento interior. Pero de esa forma
perdería mucha energía.
–Puede que no vean la cueva –dijo
Cambiador–. Es posible que pasen de largo.
–No podemos correr riesgos –comentó
entonces Pensador–. Volveremos a cambiar tan pronto como pasen, si cuanto dices
es la verdad.
–Puedes calcularlo por ti mismo –invitó
Cambiador–. Tú tienes los datos que te he dado. Tú sabes mucho más de física y
de química que yo.
–Los datos tal vez, Cambiador. Pero no
el hábito mental de emplearlos. No pienso en la forma que tú lo haces. Ni tengo
tu capacidad para las matemáticas, ni tu rápida captación de los principios
universales.
–Pero tú eres nuestro pensador.
–Yo pienso de otra forma.
–Bien, dejemos este parloteo –dijo
Indagador impaciente–. Veamos qué es lo que vamos a hacer. Una vez que pasen,
volveremos a mi forma.
–No –dijo Cambiador–. En la mía.
–Pero tú careces de ropas.
–Aquí no hacen falta.
–Tus pies... necesitan zapatos. Hay
rocas y astillas que pinchan por el suelo. Y tus ojos no son buenos en la
oscuridad.
–Ya están casi encima de nosotros
–advirtió Pensador.
–Está bien –repuso Indagador–. Sí, ya
están bajando por la colina.
17
Faltaban quince minutos para que
comenzase el programa favorito del dimensino. Elaine Horton lo había estado
esperando todo el día, ya que Washington estaba aburrido. Ya estaba contando el
tiempo para poder volver a la vieja casa de piedra de Virginia Hills.
Tomó asiento en un sillón y comenzó a
hojear las páginas de una revista, distraídamente, cuando el senador entró en
la estancia.
– ¿Qué has hecho durante todo el día?
–preguntó a su hija.
–Parte del tiempo escuchando las
conferencias.
– ¿Te gustó?
–Sí, tienen bastante interés. Lo que no
comprendo es por qué te has molestado tanto en sacar a relucir ese viejo asunto
de hace doscientos años.
El senador rió entre dientes.
–Bien, en parte, supongo para fastidiar
a Stone. No pude verle la cara. Me figuro que se le saltarían los ojos como a
las ranas...
–Y la mayor parte del tiempo –añadió
ella–, estaría sentado y mirándote con malos ojos. Supongo que estabas
demostrando que la bioingeniería no es una cosa tan nueva como mucha gente
piensa.
El senador se sentó en otro sillón y
tomó un periódico, echándole un vistazo a los titulares de la primera página.
–Todo esto –dijo– puede ser hecho, ya
que lo fue y con bastante destreza e inteligencia hace ya más de dos siglos. La
cosa produjo miedo una vez, pero ahora no veo el motivo, no debería volver a
ocurrir. Piensa en todo el tiempo que hemos perdido: doscientos años de tiempo.
Tengo otros testigos que lo harán resaltar con la fuerza que se merece el
asunto. Y a propósito, ¿tu madre salió bien?
–Sí –repuso la joven–. El avión salió
poco antes de mediodía.
–Roma, en esta época, no está en su
ambiente. ¿Qué fue, cine, poesía o qué?
–Cine, esta vez. Algunas viejas
películas que alguien ha encontrado procedentes de finales del siglo xx, según
creo.
El senador suspiró.
–Tu madre es una mujer inteligente. Ella
aprecia tales cosas, yo me temo que no. Estaba pensando en haberte llevado con
ella. Yo habría estado interesado en ir, si tú hubieras querido.
–Sabes muy bien que no estaba
interesada. Eres un viejo zorro; estás hablando con admiración de las cosas que
a mamá le gustan, cuando en realidad a ti te importan un comino.
–Supongo que tienes razón –convino el
senador–. ¿Qué hay en el dimensino? ¿Puedo verlo contigo?
–Hay sitio de sobra y tú lo sabes. Me
encantará que lo hagas. Estoy esperando lo de Horatio Alger. Aparecerá dentro
de unos diez minutos aproximadamente.
–Horatio Alger... ¿Qué es eso?
–Imagino que es lo que tú llamarías un
serial. Sigue durante mucho tiempo. Horatio Alger es el hombre que lo escribió.
Ha escrito muchos libros, mejor dicho, los escribió allá a principios del siglo
xx, tal vez algo antes. Los críticos opinaron entonces que eran libros inútiles
y supongo que lo fueron. Pero mucha gente los leyó y eso, aparentemente,
significa que tienen alguna especie de mensaje humano. Todos se refieren a cómo
un pobre muchacho se las arregla y triunfa contra la adversidad y la desgracia.
–Eso me suena a folletín –dijo el
senador.
–Supongo que lo es. Pero los productores
y los escritores han tomado esos libros trasnochados e inútiles y los han
convertido en documentos sociales con bastante toque satírico entremezclado en
los relatos. Y lo cierto es que han hecho un maravilloso trabajo al recrear el
pasado, el entorno ambiental de la época, cuya mayor parte me parece que debe
corresponder a finales del siglo xix y principios del xx. No solamente se trata
del ambiente físico, sino del social y moral. Ya sabes que fue una edad de barbarie.
Hay situaciones humanas en ellos que hielan la sangre...
En aquel momento zumbó el teléfono y el
panel de visión se encendió.
El senador cruzó la habitación para
atender la llamada.
Elaine se puso cómoda en el sillón.
Dentro de cinco minutos comenzaría su programa favorito. Y sería magnífico
tener al senador junto a ella. Pensó que nada se opondría, si no fuera por
aquella llamada telefónica. Hojeó las páginas de una revista. A su espalda
sonaban algo veladas las palabras de una conversación.
El senador volvió junto a ella.
–Tengo que salir un momento.
–Vas a perderte a Horatio.
El senador Horton sacudió la cabeza
contrariado.
–Ya lo veré en otra ocasión. Me ha
llamado Ed Winston, del Hospital de San Bernabé.
–El hospital... ¿ocurre algo?
–No hay nadie herido, ni enfermo grave,
si es eso a lo que te refieres. Pero Winston parece trastornado. Ha dicho que
quiere verme urgentemente. No me ha dicho de qué se trata.
–No vayas a tardar mucho. Vuelve pronto
si puedes. Con el día de hoy y esas dichosas encuestas necesitarás dormir.
–Me las arreglaré lo mejor posible.
Ella fue hasta la puerta principal, le
ayudó a ponerse el abrigo y después volvió a la sala de estar.
El hospital, pensó... No le gustó nada
de aquello. ¿Qué tendría que hacer allí el senador? Los hospitales la
molestaban. Ella había ido al mismo hospital a regañadientes, aunque después se
había alegrado. Aquel pobre hombre estaba realmente metido en un buen lío. Sin
saber quién era, ni qué era.
Elaine se dirigió al dimensino y tomó
asiento, con la pantalla curvada y resplandeciente frente a ella y en dos
direcciones, como envolviéndola. Presionó los botones, buscó la onda precisa y
el panel luminoso comenzó a dibujar las primeras imágenes.
Era extraño, pensó, cómo su madre podía
sentirse atraída respecto a una vieja película, un viejo entretenimiento pasado
de moda, en dos dimensiones. Entretenimiento que la mayor parte de las gentes
ya casi habían olvidado que había existido. Lo peor de ello, pensó Elaine
confusa, era que la gente que gustaba dedicar su atención para ver cosas de los
viejos tiempos, también profesaba un gran placer por los modernos
entretenimientos. En unos pocos cientos de años en el futuro, tal vez cuando
los medios de diversión hubiesen evolucionado, el viejo dimensino sería
nuevamente redescubierto como un arte antiguo, como si no hubiese sido
debidamente apreciado en el tiempo que floreció.
La pantalla del dimensino reflejaba una
escena en una calle del centro de la ciudad. Una voz decía:
«...nadie puede dar todavía una
explicación a lo que ha ocurrido aquí hace menos de una hora. Sólo se tienen
informes contradictorios y no hay dos que concuerden, ni nada que haya sido
comprobado debidamente. En el hospital se están calmando las cosas por el
momento; pero durante algún tiempo se ha originado todo un pandemónium. Nos
informan de que ha desaparecido uno de los pacientes; aunque no están
confirmados tales informes. Hay muchos relatos que parecen estar de acuerdo en
que cierto animal, que alguien afirma que es un lobo, salió como alma que lleva
el diablo por los corredores, atacando a todo el mundo que se cruzaba en su
camino. Uno de los relatos cuenta que el lobo, si es que se trata de un lobo de
verdad, tenía unos brazos que le sobresalían de los hombros. La policía, cuando
llegó, hizo fuego contra algo, rociando la recepción con una lluvia de
balazos...»
A Elaine se le detuvo la respiración.
¡San Bernabé! ¡El hospital de San Bernabé! Ella había ido allí a ver a Andrew
Blake y su padre se dirigía allí ahora... ¿Qué pasaría?
Medio se incorporó del sillón y
nuevamente se dejó caer. No había nada que ella pudiera hacer o debiese hacer.
El senador sabía cómo desenvolverse por sí mismo, como siempre lo había hecho.
Y fuese lo que fuese, lo ocurrido en el hospital, ya había terminado. O en
apariencia así parecía. Si esperaba un poco más, vería llegar a su padre en el
coche y subir las escaleras.
Permaneció sentada y sintió que un
escalofrío le recorría el cuerpo, como el viento frío que soplaba por la calle.
18
El ruido de las pisadas sonaba cerca,
deslizándose sobre las losas de piedra del exterior de la cueva. Un rayo de luz
se introdujo en el interior.
Pensador se retrajo sobre sí mismo,
haciéndose más denso y apretado, reduciendo su campo. El adoptado, con su nueva
forma, podría traicionarle, y lo sabía; pero ya no podía reducirse más aún, ya
que le resultaba imposible y no podría existir en tal condición, especialmente
allí y en aquel momento, donde el frío de la atmósfera le absorbía
despiadadamente su energía vital.
Es preciso que sigamos siendo nosotros
mismos, pensó. Yo, seguir siendo yo mismo, Indagador igualmente y así también
Cambiador. No podemos ser más o menos lo que somos, y no podemos cambiar
excepto por un proceso de lenta evolución; pero en los milenios por venir puede
que no sea posible que tres seres se fundan en uno, y que no puedan existir
tres separadas mentes, sino una sola... Esa menté tendría una emoción que no
siento ahora; que reconozco, pero que no puedo entender; la dura, fría e
impersonal lógica que yo tengo, pero de la que carecen mis compañeros; y la
aguda sensibilidad que pertenece a Indagador, que no es la mía, ni la de
Cambiador. Sólo la ciega casualidad y el azar nos puso a los tres juntos,
reuniendo nuestras mentes, dentro de una masa de materia de la que se hizo un
cuerpo... ¿Qué habrá podido suceder para que esto haya ocurrido? ¿El destino?
Pero... ¿qué es el destino? ¿En qué consiste? Podría ser algo grande, un plan
formidable y a escala universal, y este hecho ha sido el que nos puso a los
tres juntos como una pequeña parte de ese plan, un paso necesario antes de que
alcance la remota conclusión hacia la cual se dirige siempre... El humano se
arrastraba más cerca, teniendo bajo los pies la deslizante roca del repecho y
las manos aferradas al terreno, para sostener su cuerpo del tirón de la
gravedad contra el fondo del barranco, y la linterna en una mano balanceándola
de un lado a otro, como un errático arco de luz.
Consiguió apoyar un codo contra el borde
de la entrada de la cueva y se ayudó a subir hasta tener la cabeza a nivel de
la abertura.
Entonces pareció tragar saliva y gritó:
– ¡Eh, Bob! Esta cueva tiene un olor
raro... Aquí ha habido algo hace un momento...
Pensador se expandió en su campo,
empujando hacia afuera violentamente. Dio al hombre como un terrible puñetazo.
El codo perdió contacto con el borde de la cueva y el humano se deslizó por el
precipicio, retorciéndose y precipitándose hacia el fondo. Dejó escapar un
espantoso grito de terror. Después fue rebotando entre los salientes, los
troncos y demás accidentes de la vertiente, hasta detenerse en el fondo, desde
donde llegó el sonido de algo que chocaba contra el arroyo.
Otras personas se dirigieron a toda
prisa ladera abajo, con las luces balanceándose de un lado a otro, alumbrando
el camino entre los matorrales y los troncos.
Unas voces gritaron:
– ¡Bob, algo le ha ocurrido a Harry! _
–Sí, he oído cómo gritaba.
–Está aquí en el arroyo. Le oí cuando
chocó su cuerpo contra el agua...
Todos se precipitaron hacia el arroyo al
fondo del barranco. Una media docena de luces se movía sin ton ni son en el
fondo y varios humanos se lanzaron al arroyo. Desde más lejos se oyeron otras
voces.
Algo pareció removerse en forma
interrogante dentro de la mente de Pensador.
–Sí –preguntó–. ¿Qué es?
– ¿Qué hacemos ahora? –protestó
Indagador–. Ya has oído cómo ha gritado. Ahora están excitados, pero uno de
ellos recordará. Habrá algunos que estén subiendo hasta aquí de nuevo. Y pueden
comenzar a dispararnos.
–Estoy de acuerdo –dijo Cambiador–.
Investigarán. El hombre que cayó...
– ¡Cayó! –dijo Pensador desmayadamente–.
Yo le empujé.
–Está bien, pues. El hombre que tú
empujaste les ha puesto a todos sobre aviso. Olió a Indagador, seguramente.
–Yo no apesto –comentó disgustado
Indagador.
–Esto es ridículo –intervino Pensador–.
Yo diría que nosotros tres, todos, tenemos distintos olores. La forma de tu
cuerpo fue suficiente para contaminar toda la cueva.
–Puede haber sido el olor de tu cuerpo
–dijo Indagador–. No olvides que...
–Silencio, dejaos ya de tanto parloteo
inútil –ordenó tajante Cambiador–. La cuestión no es que alguno de nosotros
tuviéramos algún olor especial. Es de lo que tenemos que hacer ahora. Pensador,
¿puedes cambiar en algo fino y aplastado, en una forma que no tenga perfil y
que pueda deslizarse desde aquí hasta lo alto de la colina?
–Lo dudo. El planeta es demasiado frío.
Estoy perdiendo energía con demasiada rapidez. Si extiendo mi cuerpo por la
superficie, la perdería con mucha mayor rapidez aún.
–Es un problema con el que tenemos que
enfrentarnos –dijo Indagador–. El problema de retener la suficiente energía.
Cambiador podría comer por todos. Tendrá que suplir la energía que nos falta,
ingiriendo en su propio cuerpo los alimentos que le sean propios. Y permanecer
en la forma de su cuerpo hasta haberlos digerido. Hay pocas fuentes de energía
para Pensador y probablemente ningún alimento que yo pudiera tomar y que mi
aparato corporal digestivo pudiese aprovechar.
–Todo eso es cierto –dijo Cambiador–.
Pero consideremos eso a su debido tiempo. Por el momento, volvamos a nuestra
situación presente. ¿Puedes hacerte cargo de la situación, Indagador? A mí me
localizarían. Mi cuerpo se mostraría de color blanco.
–Ciertamente que sí puedo –repuso
Indagador.
–Bien. Arrástrate fuera de esta cueva
hasta la colina. Ve despacio y con calma. Pero con la rapidez y prontitud que
te sea posible. Todo el grupo de investigación está junto y si no te oyen, no
nos perseguirán.
–Sobre la colina y... ¿después, qué?
–Procura llegar a uno de esos grandes
caminos –dijo Cambiador–. Allí encontraremos un teléfono público.
19
–Si lo que usted cree es verdad –dijo
Chandler Horton–, entonces no podemos perder tiempo en ponernos en contacto con
Blake.
– ¿Qué le hace pensar que sea Blake?
–preguntó el jefe del personal–. No era Andrew Blake quien corría fuera del
hospital. Si Daniels tiene razón, era una criatura de otro mundo.
–Pero Blake estaba aquí también
–protestó el senador Horton–. Pudo estar encerrado dentro del cuerpo de una
criatura extraña, que después se ha cambiado en Blake.
El senador Stone, arrellanado en su
sillón, se burló de Horton.
–Si quiere usted conocer lo que pienso,
todo eso es un completo disparate, una solemne tontería.
–Estamos interesados en sus
pensamientos, por supuesto –repuso Horton–. Pero quisiera, Salomón, que al
menos por una vez, fueran un poco constructivos.
– ¿Y qué puede haber de constructivo en
todo esto? –gritó Stone–. Esto es una especie de juego de niños, al menos así
parece haberse convertido. Todavía no lo he calculado bien; pero creo conocer
de lo que se trata. Juraría que está usted en el fondo de todo esto. Usted está
siempre sacándose trucos de la manga, Chandler. Creo que está removiendo todo
esto para demostrar algo, más que probablemente, pero hasta ahora no veo de qué
se trata. Sabía que se intentaba algún truco cuando trajo usted a ese Lukas para
testificar.
–Doctor Lukas, si no le importa, senador
–dijo Horton.
–Está bien, pues, doctor Lukas. ¿Qué
conoce él al respecto?
–Veamos la forma de descubrirlo. Doctor
Lukas, ¿qué sabe usted de todo esto?
Lukas hizo un gesto seco.
–De lo ocurrido en este hospital,
absolutamente nada. Respecto a si ha podido ocurrir según lo que opina el
doctor Daniels... creo estar de acuerdo con él.
–Pero eso es una simple suposición
–apuntó Stone–. Nada más que suposiciones. El doctor Daniels cree haberlo
descubierto. ¡Estupendo! ¡Magnífico! ¡Hurra por él! Tiene una gran imaginación.
Pero eso no significa que lo que ha ocurrido realmente es lo que él piensa.
–Debo hacerle notar –intervino entonces
el jefe del personal– que Blake era paciente del doctor Daniels.
– ¿Lo que significa que también cree
usted lo que él piensa?
–No necesariamente. No sé personalmente
qué pensar. Pero si hay alguien aquí que pueda formarse una buena opinión, es
el doctor Daniels.
–Creo que debemos calmarnos un poco
–opinó Horton– y revisar lo que tenemos disponible a mano. Ni que decir tiene
que apenas tengo que resaltar los cargos del senador Stone de que esto sea un
juego de niños, ni ningún truco; pero sí que debemos todos estar de acuerdo en
que lo ocurrido aquí esta noche, está muy fuera de lo usual. También dudo de
que la decisión del doctor Winston de reunimos a todos, haya sido hecho a la
ligera. Sabe ahora que no puede formarse una sólida opinión; pero ciertamente
tiene que haber sentido que había alguna razón para interesarnos a todos.
–Sigo creyendo que la hay –dijo el jefe.
–Comprendo que el lobo, o lo que
fuese...
Salomón Stone emitió un fuerte
resoplido.
Horton le miró glacialmente con fijeza.
–...o lo que fuese –continuó–, corrió
por las calles hacia el parque y la policía intentó darle caza.
–Eso es cierto –dijo Daniels–. Ahora se
encuentran por ahí fuera intentando capturarlo. Un idiota de motorista le captó
con los faros cuando cruzaba la calzada e intentó correr tras él.
–Comprenderán ustedes que ésta es una
clase de asunto que debemos parar en seco –explicó Horton con energía–. Todo el
mundo aquí, aparentemente, pareció perder los estribos...
–Tiene que comprender –dijo el jefe del
personal– que todo ello era francamente fantástico. Nadie pensó con la cabeza.
–Si Blake es lo que Daniels piensa que
es –dijo Horton–, tenemos que hacer que regrese. Hemos perdido dos siglos de
progreso en la bioingeniería, porque se tenía entendido que la Administración
del Espacio y su proyecto fracasó, y a causa de este fracaso, el proyecto fue
archivado para siempre. Archivado de tal forma, debo hacer resaltar, hasta el
extremo de ser olvidado. Todo lo que quedó de él fue el mito y la leyenda. Pero
ahora parece que no fracasó. Podemos tener la evidencia de su éxito ahí fuera,
en los bosques.
–Falló, de acuerdo –dijo el doctor
Lukas–. No funcionó en la forma que había calculado la Administración del
Espacio. Creo que Daniels ha dado en el clavo. Una vez que las características
de un ser de otro mundo fueron insertas en el androide, ya no pudieron ser
erradicadas. Se convirtieron en un rasgo permanente del propio androide. Y así
llegó a ser dos criaturas, la humana y la extraña. En todo. En características
corporales y en estructura animal.
–Señor, esa situación mental –preguntó
el jefe del personal–, ¿haría que la mentalidad del androide fuese sintética?
Con ello quiero significar una mentalidad cuidadosamente fabricada que fue
sintetizada y después insertada en su interior.
Lukas hizo un gesto negativo.
–Yo lo dudaría, doctor. Eso habría sido
un método primitivo, un procedimiento más bien tonto de conseguirlo. Los
registros, o al menos lo que yo he visto, no hacen ninguna mención de ello;
pero presumo que la estructura y la pauta de una mente humana fue impresa en el
androide, en su cerebro. Incluso entonces tenían que haber dispuesto ya de esa
técnica. Los Bancos de Mentes fueron creados hace ya mucho tiempo.
–Sí, algo más de trescientos años
–afirmó Horton. –Entonces, resulta evidente que disponían de la técnica
suficiente para hacerlo y realizar tal transferencia. Este asunto de construir
una mente sintética resultaría difícil hoy, una vez que se abandonó hace ya
doscientos años. Dudo que hoy conociésemos todos los ingredientes para proveer
una mente equilibrada, una que fuese humana. Hay tantas cosas para poder
construir una mente humana... Podríamos sintetizar una mente, sí, supongo que
lo haríamos; pero una extraña, que dé lugar a que surjan acciones y emociones
extrañas, no totalmente humanas, algo menos que humano, tal vez algo más que
humano.
–Así usted piensa –dijo Horton– que
Blake lleva en su cerebro el duplicado de la mente de un hombre que vivió en el
tiempo en que fue fabricado...
–Yo me encuentro inclinado casi
positivamente a afirmar que así es.
–Y yo también –expresó el jefe del
personal.
–Así pues –continuó Horton–, él es
humano, o por lo menos, tiene una mente humana, ¿no es cierto?
–No veo otra solución –opinó el doctor
Lukas–. Tuvieron que haberle provisto de una mente humana.
–Todo es una perfecta tontería
–interrumpió Stone–. Jamás he oído tanto disparate en todos los días de mi
vida.
Nadie le dedicó la menor atención. El
jefe de personal se dirigió al senador Horton.
– ¿Cree usted que es vital que
encontremos a Blake?
–Desde luego, antes de que la policía le
mate o destruya el cuerpo, sea el que sea, en que esté contenido. Y antes
también de que consiga refugiarse en cualquier agujero por ahí, Dios sabe
dónde, y nos lleve meses el encontrarle, si es que se le encuentra.
–Estoy completamente de acuerdo –dijo el
doctor Lukas–. Piensen en todo lo que tiene que contarnos. Si la Tierra espera
embarcarse en un programa de ingeniería humana, bien sea ahora o en un futuro
próximo, lo que podemos aprender de Blake tiene un valor incalculable.
El jefe del personal hizo un gesto con
la cabeza asombrado.
–Pero Blake es un caso especial. Es un
espécimen superversátil. Según tengo entendido, el proyecto no tiene en cuenta
una criatura semejante.
–Doctor –dijo Lukas–, lo que dice usted
es cierto; pero cualquier clase de androide, cualquier tipo de sintetismo
organizado...
–Caballeros, creo que están ustedes
perdiendo el tiempo –interrumpió el senador Stone–. No va a llevarse a cabo
ningún proyecto de bioingeniería humana, ni programa parecido. Yo y algunos de
mis colegas, ya lo hemos considerado.
–Salomón –dijo Horton pacientemente–,
dejemos que usted y yo nos preocupemos de la política del proyecto más tarde.
Ahora mismo tenemos a un hombre aterrado por ahí en esos bosques y debemos
hallar la forma de hacerle saber que no pretendemos causarle ningún daño.
– ¿Y qué se propone hacer para conseguir
eso?
–Pues a mí me parece bastante simple.
Ordenar que cese la persecución, y después dar las noticias oportunas en los
medios de difusión. Contando con periódicos, los poderosos medios electrónicos
y...
– ¿Cree usted que un lobo leerá un
periódico o se detendrá a, mirar un dimensino?
–Lo absolutamente probable es que haya
dejado ya de ser un lobo –dijo Daniels–. Tengo la corazonada de que tan pronto
como sea posible, se convertirá en un hombre. Por una poderosa razón, una
criatura extraña debería encontrar este planeta de lo más confuso e
inconfortable.
–Caballeros, por favor –sugirió el jefe
del personal.
Todos se volvieron hacia él.
–No podemos hacer eso –dijo–. Semejante
historia, pondría en el más espantoso de los ridículos a este hospital. Sería
absurdo en cualquier circunstancia, pero, ¡salir ahora con la historia del
hombre-lobo! ¿Es que no se figuran ya las cabeceras de los periódicos? ¿No se
figuran el jolgorio de la prensa a nuestras expensas?
–Pero, ¿y si tenemos razón? –sugirió
Daniels.
–Ese es el problema. No podemos saber si
tenemos razón. Podemos tener toda la razón del mundo para creer que estamos en
lo cierto, pero aún seguiría siendo insuficiente. En una cosa así, tenemos que
disponer de la absoluta evidencia y no la tenemos.
–Entonces, ¿se niega usted a que se haga
ese anuncio? lo que respecta al hospital, no puedo. Si la Administración del
Espacio lo permite, entonces estaré de acuerdo. Pero no puedo, no por mí mismo,
aunque yo tuviera razón. La Administración del Espacio me dejaría caer en la
espalda una tonelada de ladrillos. Se formaría un verdadero infierno...
– ¿Incluso después de doscientos años?
–Sí, incluso después de tanto tiempo
pasado. ¿No ven ustedes que si Blake es lo que pensamos, pertenece de todas
formas al Espacio? Eso es cuenta de ellos. Es su bebé, no el mío. Blake es algo
que ellos comenzaron y...
La burlona carcajada del senador Stone
resonó por toda la estancia.
–No le preste atención alguna, Chandler.
Adelante y cuéntele a los muchachos lo que quiera por su cuenta. Adelante con
esa historia. Demuéstrenos que tiene agallas. Siga sus convicciones. Espero que
lo haga.
–Apuesto a que lo haré –repuso Horton.
–Si va a hacerlo, debo advertirle algo,
amigo –dijo Stone–-."Una palabra pública procedente de usted y armaré un
escándalo que durará por lo menos dos semanas.
20
La llamada periódica y constante del
teléfono llegó finalmente hasta el mundo de ilusiones del dimensino. Elaine
Horton se levantó, abandonando el lugar en que había estado observando el mundo
de cosas ya pasadas, de antiguos días de la Tierra.
El teléfono continuaba su zumbido
intermitente con el panel de visión pulsando impaciente sus destellos
luminosos.
Se aproximó al aparato y tocó el
dispositivo correspondiente. Frente a ella apareció un rostro, débilmente
iluminado por la defectuosa luz de una cabina pública de teléfonos.
– ¿Andrew Blake? –llamó sorprendida.
–Sí, soy yo. Ya verá...
– ¿Le ocurre algo? Al senador le han
llamado, y...
–Creo estar en dificultades –le dijo
Blake–. Probablemente habrá usted oído lo que ha ocurrido.
–Se refiere usted al hospital... Estuve
un rato pendiente; pero se ha visto muy poco. Han dicho algo respecto a un
lobo, y también que uno de los pacientes había desaparecido.
Entonces, súbitamente, pareció caer en
la cuenta de algo.
– ¡Un paciente desaparecido! ¿Se
referían a usted, Andrew?
–Me temo que sí. Necesito ayuda. Y usted
es la única persona que conozco, la única a quien me atrevería a pedírsela...
– ¿Qué clase de ayuda?
–Necesito algunas ropas.
– ¿Quiere decir que abandonó el hospital
sin ropas? Pero debe hacer un frío terrible ahí en la calle...
–Es una larga historia –dijo Blake–. Si
no quiere ayudarme, no lo haga. Me hago cargo. No quiero verla implicada en
todo esto; pero lo cierto es que estoy helándome poco a poco y estoy metido en
un buen apuro...
– ¿Quiere decir que está huyendo del
hospital?
–Así podría llamarlo usted.
– ¿Y qué clase de ropas?
–Cualquier clase, las que sean. No
dispongo de nada absolutamente.
Elaine pareció dudar por un momento.
Esto debiera consultarlo con el senador. Pero no estaba en casa. No había
vuelto del hospital y no había dicho cuando lo haría.
Cuando la joven habló de nuevo, lo hizo
con la voz más calmada y precisa.
–Veamos si estoy en lo cierto, Blake.
Usted ha sido quien se escapó del hospital y sin sus ropas. Y dice que no va a
volver. Está en un gran apuro. ¿Quiere decir que le están buscando?
–Sí, desde hace algún tiempo la policía
está a mi caza y captura.
– ¿Y ahora no?
–No, no por el momento. Les hemos dado
esquinazo.
– ¿Habla usted en plural?
–Perdone, me he equivocado. Quería decir
que he conseguido escapar de la policía.
Elaine suspiró profundamente.
– ¿Dónde se encuentra en este momento?
–No estoy absolutamente seguro. La
ciudad ha cambiado desde que yo la conocí. Calculo que estoy al sur del final
del viejo puente de Taft.
–Quédese ahí –dijo ella–. Espere a que
llegue con mi coche. Rodaré despacio y le buscaré.
–Gracias...
–Un momento. Se me ocurre algo. ¿Está
usted llamando desde un teléfono público?
–Así es.
–Necesita usted una moneda para que
funcione el aparato. Sin ropas de ninguna clase, ¿dónde consiguió usted esa
moneda?
Un amargo gesto se dibujó en el rostro
de Blake.
–Las monedas caen dentro de las cajitas.
Me temo que utilicé una piedra.
– ¿Ha roto usted la caja para conseguir
una moneda con que llamar?
–Como lo habría hecho un gamberro
profesional.
–Comprendo. Será mejor que me dé el
número de ese teléfono. Permanezca próximo a él, para que pueda llamarle,
si es que no puedo encontrarle... si no
está usted donde supone.
–Un momento.
Blake miró a la plaquita situada encima
del teléfono y leyó los números. Elaine encontró un lápiz y copió el número al
margen de un periódico.
–Se dará cuenta –dijo ella– que está
corriendo un gran riesgo conmigo. Tengo que tenerle materialmente clavado en
ese teléfono y el número puede ser localizado.
Blake hizo otro gesto amargo.
–Me he dado cuenta. Pero tengo que
correr ese riesgo. Usted es la única oportunidad con que cuento.
21
– ¿Esa mujer? –preguntó Indagador–. Ella
es una hembra, ¿no es cierto?
__Si –dijo Cambiador–. Una magnífica
hembra. Muy bella, diría yo.
–Apenas si he captado algo –dijo
Pensador–. El concepto es nuevo para mí. Una hembra es un ser a quien uno
demuestra afecto, ¿verdad? Según veo, la atracción debe ser mutua. ¿Una hembra
en la que se puede confiar?
__A veces –repuso Cambiador–. Depende de
muchas cosas...
–No comprendo tu actitud respecto a las
hembras –gruñó Indagador–. No son más que continuadoras de la raza.
__Tu sistema –dijo Pensador–, es
ineficiente y desagradable. Si surge la necesidad, yo soy mi propio
continuador. La presente cuestión parece ser no la importancia biológica o
social de esta hembra, sino la de saber si es alguien en quien podamos confiar...
–No lo sé –repuso Cambiador–. Creo que
sí. Apostaría a que sí podemos confiar.
Estaba acurrucado tras un matorral,
temblando de pies a cabeza. Sus dientes tenían la constante tendencia a
rechinar. El viento, soplando del norte, traía un toque helado. Cuidadosamente
puso los pies bajo el cuerpo, intentando aliviar el dolor que sentía en ellos.
Se había magullado los dedos mientras corría huyendo en la oscuridad tropezando
en algo agudo y ahora le dolían terriblemente.
En frente, estaba la cabina pública de
teléfonos, con el signo iluminado resplandeciendo un tanto sombríamente. Más
allá de la cabina, discurría la calle, prácticamente desierta. Algún coche
pasaba ocasionalmente, y siempre a toda velocidad. El puente sonaba
siniestramente a hueco al paso de los vehículos.
Blake se acercó aún más a los
matorrales. ¡Cristo, pensó, qué situación! Allí acurrucado, desnudo y medio
helado, esperando a una chica a quien solo había visto dos veces para pedirle
ropas sin estar seguro de que quisiera hacerlo...
Hizo una serie de gestos
contradictorios, recordando la llamada telefónica. Se había visto forzado a
poner en juego toda su voluntad para hacerlo. No le habría reprochado nada, de
no haber querido ella escucharle. Asustada, naturalmente y tal vez llena de
sospechas, pero, ¿quién no lo habría estado en su lugar? Una persona
completamente extraña llamando con una tonta y embarazosa súplica de ayuda...
Analizando la cuestión, no tenía nada
que reprocharle. Lo sabía. Y para que las cosas resultasen más ridículas aún,
era la segunda vez que se había visto obligado a llamar al hogar del senador en
solicitud de ropas. Esta vez, sin embargo, no había ido a su hogar. La policía
estaría vigilando y le hubiera echado el guante antes de aproximarse.
Se estremeció invadido por un frío
terrible y se lió los brazos al cuerpo en un fútil intento de conservar el
calor. Por encima de él sonó un ruido extraño y, al levantar los ojos, comprobó
que era una casa deslizándose entre los árboles, perdiendo altitud, tal vez
dirigiéndose a uno de los lugares de aparcamiento predeterminados de la ciudad.
La luz se escapaba por sus ventanas, de donde salía igualmente el sonido de
risas y de música. Eran gentes felices, libres de cuidados, mientras que él
estaba como una fiera perseguida y muerta de frío.
Observó la casa hasta desaparecer,
cayendo hacia el este. ¿Qué tenía él que hacer? ¿Qué tendrían que hacer los
tres? Una vez que consiguieran las ropas, ¿cuál sería el siguiente paso a dar?
Por lo que Elaine había dicho,
aparentemente él no había sido todavía identificado como el hombre que se había
escapado del hospital. Pero pasadas algunas horas, la historia se extendería
por todas partes. Entonces, su rostro aparecería en las primeras páginas de los
periódicos y en el dimen-sino. En tal caso, no tendría la menor esperanza de
poder escapar, sin ser reconocido. Era cierto que tanto Indagador como Pensador
podrían hacerse cargo de la situación cambiándose en su cuerpo y entonces no
habría rostro humano que reconocer; pero tanto el uno como el otro deberían
permanecer más estrictamente aún fuera de la vista de las gentes. El clima
estaba contra ellos, demasiado frío para Pensador y demasiado cálido para
Indagador, aparte de las demás complicaciones inherentes al hecho de absorber
energía y conservarla, para mantener el cuerpo en funcionamiento. Habría
alimento que Indagador pudiera tomar, pero era preciso investigar cuál podía
ser. Existían lugares próximos a fuentes de energía eléctrica donde Pensador
pudiera extraer la precisa; pero sería complicado buscarlas y seguir aún sin
ser detectados.
¿Sería seguro, pensó, entrar en contacto
con el doctor Daniels? Pensando bien el asunto, decidió al fin que sería más
bien inseguro. Sabía ya la respuesta que le daría: que volviese al hospital. Y
el hospital era una trampa. Allí permanecería sujeto a interminables
entrevistas, pruebas médicas y tal vez, tratamiento siquiátrico. No estaría a
cargo de él. Permanecería cortésmente vigilado y bien guardado. Un prisionero,
en suma. Y aún habiendo sido fabricado por el hombre, no estaba dispuesto, de
ningún modo, a ser propiedad de ningún otro hombre. Tenía que seguir siendo
quien era.
Pero... ¿qué pensar de sí mismo? No era
un hombre solo, por supuesto, sino un hombre con otras dos criaturas. Incluso
deseándolo nunca podría escaparse de aquellas otras dos mentes que, con él,
compartían la propiedad de una masa de materia que servía para sus cuerpos.
Pero ahora que pensaba en ello, se dio cuenta de que no quería verse libre y
escapar de aquellas otras mentes. Estaban soldadas a la suya, estaban con él,
más cerca y más fundidas de lo que cualquier otra cosa pudiera haberlo estado.
Eran amigos, bueno, tal vez no exactamente amigos, sino colaboradores
existiendo en el lazo común de una simple carne. Y aún no habiendo sido amigos
ni colaboradores, había aún otra consideración que no podía ignorar. Había sido
por su mediación por lo que los otros estaban metidos en aquella aventura, y
considerándolo bien, no tenía otro remedio que seguir con ella hasta el fin.
¿Acudiría Elaine a la cita, o por el
contrario, habría ido a la policía con la información, o al hospital? No podía
tampoco reprocharle nada a la joven, de haberlo hecho. ¿Cómo podría ella saber
que no estaba más bien loco de atar, o ligeramente atacado de alguna especie de
locura? Elaine podía creer muy bien que actuaba en su propio interés, de haber
actuado en esa forma. En cualquier momento podía llegar un coche de la policía,
dejando escapar de su interior un grupo de guardias armados.
–Indagador –dijo Cambiador–, podemos
hallarnos en dificultades. Está pasando ya mucho tiempo para que venga ella.
–Hay otros caminos a seguir –repuso
Indagador–. Si ella falla, encontraremos otros medios.
–Si la policía llega –dijo Cambiador–,
tendremos que transformarnos en ti. No podré de ningún modo escapar. No puedo
ver muy bien en la noche y tengo los pies destrozados, y...
–En cualquier momento que lo digas,
estaré dispuesto –repuso Indagador–. No tienes más que avisar.
Allá abajo, en el valle lleno de
árboles, un mapache dejó escapar un lastimero aullido. Blake se estremeció.
Diez minutos más, pensó. Le daré a Elaine diez minutos más. Si no aparece en
ese tiempo nos iremos de aquí. Y en aquel momento, imaginó cómo podría saber el
tiempo correspondiente a diez minutos sin contar con un reloj para apreciarlo.
Siguió acurrucado, solitario,
sintiéndose miserable y estremecido por el frío y la angustia. Una cosa
extraña, pensó. Extraño en un mundo de criaturas de las cuales tenía la misma
forma. ¿Habría algún lugar para él, no solo en este planeta, sino en cualquier
otra parte del Universo?
–Soy humano –dijo a Pensador–, insisto
en ser un humano.
Pero, ¿qué derecho tenía para insistir?
–Calma, muchacho –dijo Indagador–.
Vamos, cálmate, tranquilo.
Siguió pasando el tiempo. El mapache se
había callado. Un pájaro trinaba su canto nocturno entre los árboles. ¿Estaría
asustado por la extraña presencia suya? ¿O presintiendo alguna amenaza
misteriosa?
Un coche se aproximó lentamente por la
amplia calzada. Se detuvo en el bordillo opuesto a la cabina telefónica.
Entonces tocó la bocina suavemente.
Blake se levantó y por detrás del
matorral hizo un gesto con los brazos.
– ¡Por aquí! –gritó.
Se abrió la portezuela del coche y
Elaine salió. A la débil luz de la bombilla de la cabina telefónica la
reconoció con su rostro oval y la obscura belleza de sus cabellos. La joven
llevaba un bulto en las manos.
Elaine pasó por delante de la cabina
telefónica y se dirigió hacia el matorral. Se detuvo a diez pies de distancia.
–Aquí tiene, tome –dijo, arrojándole el
bulto.
Con los dedos agarrotados por el frío,
Blake desenrolló el paquete tomando ávidamente las ropas. Las sandalias eran
buenas, la ropa de buena lana negra, con un capuchón adosado.
Una vez vestido rápidamente, salió fuera
y se unió a Elaine.
–Gracias –dijo–. Estaba casi congelado.
–Lamento haber tardado tanto –dijo
ella–. No dejé de pensar un momento en la situación en que se encontraba. Pero
tenía que reunir las cosas.
– ¿Cosas?
–Sí, lo que necesitaba usted.
-–No comprendo.
–Dijo usted que estaba huyendo. Necesita
usted algo más que ropas. Venga y entre en mi coche. Tengo un calentador.
Blake retrocedió.
–No –le dijo a la chica–. ¿No lo
comprende? No puedo seguir comprometiéndole más de lo que ya lo he hecho. No es
que no se lo agradezca...
–No tiene sentido –dijo la joven–. Usted
es la buena acción del día.
Blake sé apretó las ropas contra el
cuerpo.
–Mire –dijo ella–. Tiene frío. Métase en
el coche.
Blake vaciló. Tenía mucho frío y en el
coche hacía calor.
–Vamos –insistió ella.
Se dirigió con ella hacia el coche,
esperó a que entrase, situándose tras el volante, y después entró él. Una
bocanada de aire caliente le acarició los tobillos.
Ella lo puso en marcha y el coche
arrancó.
–No puedo permanecer aquí aparcada
–explicó la joven–. Cualquiera podría informar del hecho, verme o investigar.
Mientras siga moviéndome, todo irá bien y será legal. ¿Hay algún sitio a dónde
pueda llevarle?
Blake sacudió la cabeza, denegando.
– ¿Fuera de Washington, tal vez?
–Sí. Fuera de Washington es un punto de
arranque, al menos.
– ¿Podría decirme algo al respecto,
Andrew?
–No mucho. Si se lo dijera,
probablemente detendría el coche y me echaría.
Ella soltó una sincera carcajada.
–Vamos, no intente dramatizar las cosas,
Andrew, sea lo que sea. Voy a dar la vuelta y a dirigirme hacia el oeste. ¿Le
va bien?
–Está perfectamente. Allí habrá lugares
en donde pueda esconderme.
– ¿Cuánto tiempo piensa usted que podrá
seguir escondiéndose?
–No sabría decirlo.
– ¿Sabe lo que pienso? No creo que tenga
que esconderse en absoluto. Alguien acabaría por descubrirle. Su única
oportunidad es seguir caminando y moviéndose, sin permanecer mucho tiempo en
ningún lugar.
– ¿Ha pensado usted en eso?
–No. Creo que es de sentido común. Esa
ropa que le he traído, uno de los trajes de lana del que papá se siente tan
orgulloso, es de la clase del que los estudiantes vagabundos suelen ponerse.
– ¿Estudiantes vagabundos?
–Ah, lo había olvidado. No está usted
todavía familiarizado con las cosas que pasan ahora. No son realmente
estudiantes. Mejor se les podría llamar holgazanes artísticos. Van de un lado a
otro, algunos pintan algo, otros escriben libros y algunos de entre ellos hacen
poesías, ya sabe, cosas de arte como ésas. No es que haya muchos; pero los
suficientes para que sean reconocidos así por la indumentaria que usan. Y ni
que decir tiene que nadie les presta atención. Puede usted ponerse esa capucha
sobre el rostro sin que nadie le mire a la cara.
– ¿Y cree usted que podría pasar por uno
de esos estudiantes vagabundos?
Ella ignoró la interrupción.
–Encontré una vieja mochila para usted.
Es de la que ellos suelen utilizar. Algunos cuadernos de papel, lápices y un
par de libros para leer. Mejor será que les eche un vistazo para que sepa de
qué tratan. Tanto si le gusta como si no, será usted un escritor. A la primera
ocasión, escriba dos o tres páginas. Así, si alguien le pregunta, dará la
sensación de ser auténtico.
Se arrebujó en el asiento, acariciado
por el tibio ambiente del interior del coche. Ella había ya dado la vuelta por
otra calle y se dirigía hacia el oeste. Enormes bloques de edificios que
parecían llegar al cielo se levantaban unos junto a otros.
–Busque en el compartimiento que tiene a
su derecha –dijo ella–. Supongo que está hambriento. Le he arreglado algunos
bocadillos y un termo lleno de café.
Blake metió la mano en la bolsa lateral
y sacó un paquete. Lo abrió y tomó un bocadillo.
–Estaba realmente hambriento –dijo.
–Pensé que lo estaría, es natural.
El coche siguió marchando. Las casas de
apartamientos se iban haciendo más escasas. Aquí y allá había pequeñas
comunidades con simples casas.
–Pude haber traído un flotador para
usted –dijo Elaine–. Incluso tal vez un coche de tierra.- Pero ambos necesitan
licencia y no sería difícil localizarlos. Además, nadie presta atención a un
hombre que camina a pie. Estará usted más seguro de esta forma.
-–Elaine –preguntó Blake–. ¿Por qué se
ha tomado tanta molestia por mí? Yo no le había pedido tanto.
–No sé. Supongo que será por lo mucho
que ha sufrido y la mala racha que está pasando. Recogido en el espacio y
después metido en un hospital para ser examinado constantemente. Llevado algún
tiempo a aquel pequeño pueblo, para ser enjaulado en seguida nuevamente.
–Ellos estaban haciendo lo que podían
por mí.
–Sí, ya lo sé. Pero eso no podía ser
nada agradable. No le reprocho que se haya usted escapado a la primera
oportunidad de hacerlo.
Siguieron rodando algún tiempo en
silencio. Blake comía los bocadillos y tomaba de tanto en tanto un sorbo de
café caliente y azucarado.
– ¿Y ese lobo? –preguntó la joven de
repente–. ¿Qué sabe usted de ese asunto? Dicen que se trata de un lobo.
–Por lo que yo sé, no se trata de ningún
lobo.
Al responder así se consoló a sí mismo
de que técnicamente, al menos, tenía razón. Indagador no era ningún lobo.
–El hospital estaba terriblemente
revuelto y el pánico cundió por todas partes –continuó Elaine–. Telefonearon al
senador para que fuese allá.
– ¿Por mí o por el lobo? –preguntó
Blake.
–No lo sé. Papá no había vuelto todavía
cuando salí.
Llegaron a una intersección y la joven
detuvo el coche, lo aproximó al borde y entonces frenó.
–Hasta aquí es donde puedo llevarle
–dijo ella–. No debo tardar demasiado en volver a casa.
Blake abrió la puerta y vaciló.
, –Gracias –murmuró–. Me ha ayudado
usted no sabe cuánto. Espero que algún día...
–Un momento –le interrumpió Elaine–.
Aquí tiene su mochila. En ella hay también algún dinero...
–No, espere...
–Espere usted. Lo necesitará. No es
mucho; pero le servirá de gran ayuda. Es de todo lo que dispongo. Algún día
podrá devolvérmelo.
Blake alargó la mano y tomó la mochila y
se la colgó al hombro. Su voz estaba velada por la emoción cuando habló de
nuevo.
–Elaine... Elaine... no sé qué decir...
En la oscuridad interior del coche
parecía que ella estaba más cerca de él. Su hombro tocaba a su brazo y pudo
apreciar el dulce perfume que exhalaba la joven. Sin que pudiera darse cuenta
de lo que hacía, le puso el brazo alrededor de los hombros, se aproximó a ella
y la besó. Ella levantó las manos y le rodeó la cabeza con sus dedos suaves y
frescos.
Después se apartaron. Ella le observaba
con una dulce mirada, firme y segura.
–No te habría ayudado si no me hubieras
gustado tanto –dijo ella–. Creo que eres todo un hombre y que actúas bien.
Pienso que no estás haciendo nada de lo que tengas que avergonzarte.
Blake no respondió.
–Ahora, vete –dijo ella–. Escapa en la noche.
Más tarde, cuando puedas, hazme saber alguna noticia tuya...
22
El lugar para comer se hallaba en el
vértice de una Y, donde el camino se bifurcaba en dos direcciones. A la media
luz de la naciente aurora, el rojo letrero que se extendía en el techo aparecía
rosado. Blake anduvo entonces con alguna mayor rapidez. Allí existía la
oportunidad de entrar en calor, mientras descansaba y tomaba algún alimento.
Los bocadillos con que le había provisto Elaine, le habían durado toda la
noche, una larga noche de caminar incesante; pero entonces, se hallaba
nuevamente hambriento. Con la llegada del nuevo día, debería encontrar un sitio
en que pudiera dormir un poco y esconderse, tal vez en alguna pila de heno. Se
preguntó si todavía quedarían pilas de heno en el campo, o si tales cosas del
pasado habrían desaparecido ya de la faz de la Tierra.
El viento soplaba obstinadamente desde
el norte, obligándole a ponerse la capucha del traje de lana del senador Horton
sobre la cara. La tira de la mochila le hería ya el hombro e intentaba, a cada
instante, cambiársela y reajustarla y encontrar un trozo de piel que no
estuviese ya enrojecido. Le daba la impresión de que no quedaba ninguna parte
en esas condiciones.
Llegó finalmente al cenador y atravesó
el pequeño jardín de la fachada; subió, unos cuantos peldaños y se dirigió
hacia la puerta. El lugar estaba vacío. El mostrador resplandecía como si
estuviese recién pulimentado y limpio y la cafetera cromada, brillando a la
incierta luz de las lámparas dispuestas en el techo de la estancia.
– ¿Cómo está usted? –preguntó la
habitación. La voz correspondía a una pulida y atenta camarera–. ¿Qué va a ser
esta mañana?
Blake miró a su alrededor, sin ver a
nadie y después se dio cuenta de la situación real. Otra instalación robótica,
como las casas volantes.
Se adelantó por el local y tomó asiento
en uno de los taburetes.
–Unos pasteles –repuso–, y un poco de
jamón y café. Dejó deslizarse la mochila de su hombro dolorido hasta situarla
junto al taburete.
– ¿Madrugando, verdad? –preguntó la
habitación–.
No me diga que ha estado caminando toda
la noche. –No toda la noche. Desde temprano, eso es todo. –Ya no se ven
compañeros suyos por aquí. ¿A qué se dedica, amigo?
–Escribo algo –dijo Blake–. Por lo
menos, lo intento. –Bien –repuso la instalación robótica en forma de albergue
de camino–, al menos usted logra contemplar algo de esta zona campestre. Me
aburro aquí como una ostra. No consigo ver a nadie. Todo lo que hago es hablar
mucho, con lo cual consigo distraerme algo.
Automáticamente, un vertedor vertió un
trozo de pasta sobre la parrilla, la movió a lo largo de un pequeño raíl y
después soltó un segundo y un tercero, para inmediatamente volverlos a su
primitiva posición. Un brazo metálico montado junto a la cafetera se extendió y
puso en marcha una palanca situada encima de la parrilla. Tres lonchas de jamón
se deslizaron, una tras otra, para caer en la parrilla. Con la mayor destreza,
el brazo metálico las tomó y las separó poniéndolas en perfecto orden.
– ¿Desea usted tomar el café ahora?
–preguntó el comedor.
–Por favor.
El brazo metálico tomó una taza, la
sostuvo bajo la espita de la cafetera y activó el dispositivo. El café salió
humeante y oloroso y, una vez llena la taza, el brazo metálico la colocó
limpiamente ante Blake. Después actuó de nuevo para recoger el azucarero,
limpio y brillante, que colocó con la mayor delicadeza y cortesía a su alcance.
– ¿Crema? –preguntó la máquina.
–No, gracias –dijo Blake.
–Oí una buena historia el otro día
–comentó el comedor–. Un cliente que pasó por aquí me la contó. Parece qué...
La puerta se abrió tras Blake.
– ¡No! ¡No! –gritó malhumorado el
comedor–. Vamos, lárgate fuera. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no asomes
por aquí cuando tengo clientes?
–Vengo precisamente a ver a tu cliente
–dijo una voz chillona.
El sonido de aquella voz hizo que Blake
se volviera en el acto. Un duende estaba de pie junto a la puerta, con sus
brillantes ojos encima de su hocico de roedor y el cráneo apepinado flanqueado
por unas grandes orejas con borlitas en las puntas. Sus pantalones estaban
rayados de verde y rosa.
–Yo le alimento –comentó el comedor–.
Tengo que soportarlo. La gente dice que es buena suerte tener uno cerca, pero
éste no me trae otra cosa que problemas. Todo se le vuelven trucos. Es un
marrullero y un impertinente. No me tiene ningún respeto...
–Eso es porque adoptas humos de persona
humana –repuso tranquilamente el duende–, olvidándote que tú no eres un ser
humano, sino una máquina hecha por los humanos y para servirlos, robando un
trabajo honesto a un humano que pudiera llevarlo a cabo. Me pregunto si existe
alguien que sienta respeto por ti.
– ¡Ya se han terminado las
consideraciones! Ya no más dormir aquí cuando hace frío en la calle. No tengo
nada más para ti. Me he hartado de soportarte.
El duende no hizo el menor caso a la
andanada de improperios del comedor y atravesó decidido el piso de la
habitación. Se detuvo y se inclinó graciosamente ante Blake.
–Buenos días, honorable señor. Espero
que se encuentre bien.
–Muy bien –repuso Blake, luchando entre
lo divertido de la escena y cierto presentimiento–-. ¿Te gustaría tomar algo
conmigo para desayunar?
–Encantado –dijo el duende, subiéndose
al taburete más próximo a Blake, donde quedó con las piernas colgando a buena
distancia del suelo.
–Señor, tomaré cualquier cosa que tome
usted. Ha sido usted de lo más cortés y generoso al invitarme, porque
ciertamente estoy hambriento.
–Ya has oído a mi amigo –dijo Blake al
comedor–. Tomará lo mismo que yo.
– ¿Pagará usted por él? –preguntó el
comedor.
–Por supuesto que sí.
El brazo mecánico volvió a actuar
repitiendo las mismas operaciones que para servir a Blake.
–Es bueno tomar una comida normal
–comentó el duende, hablando confidencialmente a Andrew Blake–. La mayor parte
de la gente me da desperdicios. Y mientras el hambre no puede elegir,
interiormente estoy suplicando a veces una mayor consideración hacia mi
persona.
–No le permita que le cuente historias
–advirtió el comedor a Blake–. Invítele a desayunar, si quiere; pero después
envíele al diablo. No deje que le engatuse, o le dejará sin blanca.
– ¡Puaff! ¡Máquinas! –repuso el duende
despectivamente–. No tienen sensibilidad. Ignoran los más finos instintos. Son
duras para aquellos a quienes tienen la obligación de servir. Además, no tienen
alma.
–Tampoco la tienes tú, extraño piojoso
–exclamó iracundo el comedor–. Eres un embaucador, un vagabundo y además un
parásito. Te vales del género humano, sin misericordia y no tienes la menor
gratitud, ni sabes cuándo vas a detenerte en tus granujerías.
El duende miró a Blake, con un gesto
irónico y después levantó ambas palmas de las manos hacia arriba con aire
desesperanzado.
–Te lo repito, sí, eres todo eso
–prosiguió el comedor irritado–. Todo lo que te he dicho es una verdad como un
templo.
La máquina había servido al duende lo
mismo que a Blake y, al final, con su brazo mecánico depositó ante ellos un
tarrito de jarabe. La nariz del duende se movió con evidente placer ante su
olor.
–Tiene un olor delicioso –dijo.
Desde la lejanía comenzó a oírse un
débil quejido.
El duende se irguió, con las orejas de
punta y nerviosas.
El extraño sonido llegó de nuevo más
fuerte.
– ¡Es otro de ellos! –gritó el comedor–.
Se supone que nos avisan con tiempo suficiente de la llegada. Y tú, granuja
–dijo, dirigiéndose al duende–, se supone también que deberías estar en el
campo para avisarnos. Para eso te alimento.
–Es demasiado pronto para que venga otro
–dijo el duende–. No debería llegar otro hasta más avanzada la mañana. Se
supone que deben repartirse y utilizar diferentes caminos, para que así uno
mismo no tenga que soportarlos todo el tiempo.
Aquel ruido se aproximaba más y más, más
fuerte y terrible por momentos, como un trueno solitario que rodase por las
colinas.
– ¿Qué es eso? –preguntó Blake.
–Es un crucero –le explicó el duende–.
Uno de esos grandes cargueros que van por el mar. Lleva un cargamento de algo
que tiene que transportar a largas distancias, unas veces desde Europa, otras
de África y así. Debió llegar a la orilla del mar hace una hora
aproximadamente.
– ¿Quieres decir que no se detiene
cuando alcanza la orilla?
– ¿Por qué debería hacerlo? Funciona
sobre el mismo principio que los coches de tierra, sobre un cojín de aire. Lo
mismo viaja por el agua que por tierra. Al llegar a la orilla, no vacila, sino
que se limita a seguir un camino.
El ruido era ya espantoso. El metal del
comedor retemblaba, las contraventanas sonaban como unas castañuelas. La puerta
parecía arrancarse de sus goznes y todo daba la impresión de ser víctima de un
fuerte movimiento sísmico.
Aquel zumbido llenaba la habitación y
fuera se apreciaba un espantoso y terrible aullido como si una tormenta a
escala gigante atravesara la tierra.
– ¡Todo va a caer al suelo! –gritó el
comedor para ser oído por encima del ruido–. Ustedes, tírense al suelo. Este
parece uno de los grandes.
El edificio temblaba como por efecto de
un tremendo terremoto y el ruido parecía el de una catarata que dejase caer sus
masas de agua en todas direcciones, llenando la habitación hasta estallar.
El duende se había refugiado bajo el
taburete con ambos brazos firmemente sujetos al soporte metálico del asiento.
Tenía la boca abierta y resultaba evidente que estaba gritándole algo a Blake,
pero su voz quedaba perdida en el estruendo.
Blake se tiró al suelo y se aferró al
piso, intentando fijar los dedos en él y sujetarse; pero la cubierta del piso
era dura y suave al tacto y no pudo sostenerse de ningún modo.
El comedor parecía un barco naufragando
y el espantoso aullido de la bocina del crucero mar-tierra resultaba ya
insoportable. Blake sintió deslizarse por el suelo.
Poco a poco el espantoso ruido fue
disminuyendo para perderse en la distancia.
Blake se incorporó. Un charco de café se
esparcía sobre .el mostrador, donde había estado su taza, sin que se viera
rastro alguno de ella. El plato con los dulces, el jamón y los huevos, estaba
tirado en el suelo con su contenido desparramado y deshecho. Y lo mismo sucedía
con el alimento del duende.
El brazo mecánico de la instalación
robot, dejó escapar un chasquido, tomó una espátula y lo limpió todo lo mejor
posible. Por lo demás, el espacio existente tras el mostrador aparecía lleno de
vajilla hecha añicos.
– ¡Eh, miren ustedes! –se quejó el
comedor–. Debería haber una ley para este atropello. Lo notificaré al Jefe y
pondrá una demanda y que paguen los culpables. Y ustedes, también tienen que
firmar una demanda. Aleguen agonía mental o cosa parecida. Tengo formularios de
demanda, si quieren hacerla.
Blake denegó con un gesto.
– ¿Y los motoristas? ¿Qué ocurre cuando
uno se encuentra con eso en la carretera?
–Ya vio usted esos bunkers a lo largo
del camino, de diez pies de alto, con caminos de salida en todos ellos.
–Sí, ya los vi.
–El crucero tiene que sonar su sirena
tan pronto como deja el agua y comienza a viajar por tierra. Tiene que seguir
tocándola todo el tiempo que dure el viaje tierra adentro. Se oye la sirena y
entonces hay que dirigirse hacia uno de esos bunkers y esconderse debajo.
El grifo trabajaba incansablemente
recorriendo el mostrador y limpiando la suciedad existente.
–Oiga, señor –preguntó el comedor–, ¿es
que no sabe usted nada sobre los cruceros y los bunkers? ¿De qué andurriales
viene?
–Eso no es asunto tuvo –dijo el duende
hablando por Blake–. Lo que hace falta es que nos pongas otra vez el desayuno,
y menos hablar.
23
–Caminemos un poco por la carretera
–dijo el duende cuando abandonaron el comedor.
El sol de la mañana asomaba ya por el
horizonte a su espalda y sus alargadas sombras se movían a lo largo de la
carretera frente a ellos. El pavimento, notó Blake, estaba roto y erosionado.
–No cuidan de las carreteras –dijo–, al
menos en la forma que yo las recuerdo.
–No tienen necesidad de hacerlo –explicó
el duende–. No hay ruedas. No tienen precisión de una superficie suave y lisa,
puesto que no hay contacto. Los coches marchan sobre cojines de aire. Solo
necesitan caminos con una cierta señalización. Ahora, cuando hacen alguna nueva
vía de comunicación, se limitan a poner una doble fila de estacas, para mostrar
a los usuarios la localización de la autopista o la carretera que tienen que
seguir.
Continuaron andando, sin prisa. Una
bandada de mirlos se levantó en un azulado batir de alas de un matorral de la
izquierda.
–Siempre van en bandadas –dijo el
duende–. Se levantan pronto. Son unos desvergonzados esos mirlos. No son como
las alondras o los petirrojos.
– ¿Conoces bien a esos pájaros
silvestres? ¿Y a los demás animales?
-–Vivimos con ellos –explicó el duende–.
Hemos conseguido entenderlos. Hemos incluso llegado a hablar con algunos. No
con los pájaros. Los pájaros y los peces son estúpidos. Pero los mapaches y las
zorras, las ratas almizcleras y los visones... son verdaderas gentes.
–Vives en los bosques, por lo que veo.
–En los bosques y los campos. Nos adaptamos a la ecología. Tomamos las cosas
como las encontramos, haciéndonos cargo de las circunstancias. Somos hermanos
de sangre toda la vida. No disputamos con nadie.
Blake intentó recordar lo que Daniels le
había dicho. Una extraña clase de gentes que se habían sentido ligadas a la
Tierra, no por causa de la forma de vida dominante que la habitaba, sino por el
planeta en sí mismo. Tal vez, pensó Blake, porque encontraron en los residentes
no dominantes, en los pocos animales que vivían silvestres en los bosques y
campos, la clase de sencilla asociación que les gustaba a los duendes.
Insistiendo en vivir su vida a su propio gusto, y a su manera independiente, y
con todo, mendigos y desvergonzados adhiriéndose en una estrecha alianza con
cualquiera que quisiera proveerles de sus simples necesidades.
–El otro día me encontré con otro de tus
compañeros –dijo Blake–. Tienes que perdonarme; pero no estoy seguro. ¿Podrías
tú...?
– ¡Oh, no! –dijo el duende–. Era otro de
los nuestros. Era el que le localizó a usted.
– ¿Localizarme a mí?
–Sí, ciertamente. Fue uno que estuvo
observando y vigilando. Dijo que había más de uno en usted y que estaban
ustedes en apuros. Nos pasó la información y todos nosotros nos dedicamos a
tenerles al alcance de nuestra vigilancia.
–Aparentemente, habéis hecho un buen
trabajo. Se ve que os ha costado poco trabajo echarme la vista encima.
–Cuando tenemos que cumplir cualquier
cometido –dijo el duende con orgullo– solemos ser muy eficientes.
– ¿Y yo? ¿En qué lugar encajo?
–No estoy seguro exactamente. Tenemos
que vigilarle. Usted solo tiene que saber que le estamos vigilando. Puede usted
contar con nosotros.
–Te lo agradezco –le dijo Blake–. Te lo
agradezco muchísimo.
Aquello era todo lo que necesitaba, se
dijo Blake a sí mismo, tener a aquellas extravagantes criaturas siguiéndole los
pasos.
Caminaron un largo rato en silencio y
después Blake preguntó:
–El otro duende que encontré te dijo que
no me perdieras de vista, ¿verdad?
–No solo a mí...
–Ya lo sé. Se lo dijo a todos vosotros.
¿Quisieras explicarme qué fue lo que os dijo al resto de vosotros? Bueno, tal
vez sea una pregunta estúpida. Hay correo y teléfonos.
El duende dejó escapar una risita entre
dientes, con un evidente disgusto.
–Por nada del mundo se nos ocurriría
utilizar esos cacharros. Ello iría contra nuestros principios y realmente no
tenemos la necesidad de usarlos. Nos limitamos a pasar la información.
–Quieres decir con eso que sois
telepáticos...
–Bueno, para ser honestos con la verdad,
no sé si lo somos o no. No podemos transmitir palabras, si es eso a lo que
usted se refiere. Pero disponemos de una cualidad especial. Resulta difícil de
explicar.
–Tenía que haberlo imaginado –dijo
Blake–. Una especie de poder psíquico tribal...
–No comprendo bien eso –respondió el
duende–, pero si usted prefiere expresarlo así, creo que no hace daño a nadie.
–Supongo que tiene que haber muchas
personas a las que tienes que vigilar, como a mí.
–No hay otras, al menos, por el momento.
Nuestro amigo nos dijo que había más de uno en usted y...
– ¿Qué tiene eso que ver?
–Vaya, bendito sea –dijo el duende–, ése
es el nudo gordiano de la cuestión. ¿Cuántas veces se encuentra uno con alguien
que es más de una persona en un solo cuerpo? ¿Quiere decirme cuántos hay?
–Hay tres en mí.
El duende sonrió con aire de triunfo.
–Sabía que los había. Me hice una
apuesta a mí mismo de que había tres en usted. Uno de ustedes es peludo y
fogoso, pero con un temperamento terrible. ¿Puede confirmarme si es así?
–Sí, ciertamente así es.
–Pero el otro me desconcierta.
–Bienvenido al club –concluyó Blake–. A
mí también me desconcierta.
24
Cuando Blake llegó hasta la cima de la
empinada colina, vio en el valle, donde la tierra se allanaba por un par de
millas para volver a elevarse hacia la siguiente, una grande, negra y enorme
estructura que se parecía sorprendentemente a una monstruosa chinche, medio
encorvada y roma en ambos extremos.
Blake se detuvo ante su vista. Nunca
había visto un crucero, pero no cabía la menor duda de que aquella cosa que
descansaba al fondo del valle era el crucero que tanto había trastornado el
comedor.
Unos coches pasaban no lejos de Blake,
recibiendo éste la bocanada del aire comprimido que se escapaba de sus
mecanismos.
El duende le había dejado hacía ya una
hora y, desde entonces, había caminado sin descanso, buscando algún lugar donde
poder esconderse y dormir. Pero a ambos lados del camino no había más que
campos cuyas únicas señales eran las hileras de las cosechas recogidas y
mostrando el color dorado del otoño. Ninguna vivienda a la vista próxima al
camino; las que se divisaban estaban alejadas más de una milla o dos. Blake
calculó si el uso de aquel camino, que podía ser considerado como una autopista
para las máquinas de entonces, habría sido la causa determinante del
alejamiento de los lugares para vivir. Tal vez hubiera otra razón. A lo lejos y
hacia el sudoeste, se levantaba a gran altura un grupo de resplandecientes
torres; tal vez un complejo de apartamientos de altura, todavía tan cerca
relativamente de Washington, pero que daba a sus ocupantes las ventajas de la
vida campestre.
Blake, siguiendo por el escalón exterior
de la autopista, descendió colina abajo hasta llegar finalmente hasta donde
reposaba el crucero. Se había colocado a un lado de la autopista, descansando
en unos grandes pivotes de seis pies de altura, como cuatro patas enormes de
una gigantesca tortuga. Tan cerca, todavía parecía mayor que visto a distancia,
levantándose a más de veinte pies por sobre su cabeza.
En el morro del crucero, estaba un
hombre sentado contra una escalera que conducía a la cabina de mando. Estaba
sentado a la buena de Dios y vistiendo un grasiento mono de piloto, sobre el
cual llevaba una túnica que tenía recogida en la cintura.
Blake se detuvo y le miró:
–Buenos días, amigo –dijo Blake–. Me
parece que se encuentra usted en dificultades.
–Saludos, hermano –repuso el hombre,
mirando con curiosidad la ropa negra de Blake y su mochila–. Está usted en lo
cierto. Se ha quemado un reactor y ha comenzado a salpicarme. Suerte que no ha
explotado –añadió. El maquinista o piloto del crucero escupió en el suelo–.
Ahora sólo nos queda estar aquí sentados y esperar. He pedido por radio un
repuesto necesario y un grupo de reparaciones, lo que se llevará su tiempo,
como es natural. –Ha dicho usted, nosotros...
–Sí, somos tres –dijo el maquinista–.
Los otros dos están arriba, desmontando la tubería. –Y señaló con el dedo hacia
la parte superior de la cabina.
–Hacíamos un viaje perfecto y a la hora
precisa –siguió explicando–. Eso es lo deseable, hacer un buen crucero, con el
mar en calma y sin niebla en la costa. Pero ahora, nos habremos retrasado en
horas cuando lleguemos a Chicago. Pero qué diablos, ahora lo de menos es el
retraso.
– ¿Se dirige usted a Chicago?
–Esta vez sí. Siempre a diferentes
lugares. Nunca dos veces al mismo sitio.
Y levantando una mano tiró hacia atrás
la visera del casco.
–Sigo pensando en May y en los niños.
– ¿Su familia? Seguramente que podrá
ponerse en contacto con ellos y sabrán lo ocurrido.
–Lo he intentado. Pero no están en casa.
Finalmente he pedido al operador que alguien vaya a decirles que no tardaré
mucho, para que se tranquilicen. Ya ve, cuantas veces tomo este camino ellos
saben siempre cuándo voy a pasar y esperan cerca del camino para saludarme con
la mano y desearme buen viaje. Los chicos están siempre asustados de que su
padre tenga que conducir este monstruo.
–Vivirá usted cerca, supongo.
–Sí, en una pequeña ciudad –dijo el
maquinista–. Un pequeño remanso a cien millas de aquí, poco más o menos. Es una
vieja ciudad, apartada de la circulación. Se conserva en la misma forma que
estaba hace doscientos años. Bueno, pusieron un nuevo frontal en uno de los
edificios que hay en la calle principal, algunos han remozado su casa
modernizándola; pero la mayor parte sigue como antiguamente, en la apariencia
que siempre tuvo. Nada de grandes edificios de apartamientos que tanto abundan
por todas partes. Nada nuevo prácticamente. Un buen lugar para vivir. Una vida
fácil y sencilla. Nada de ajetreos, ni Cámara de Comercio, ni nadie que se mate
por enriquecerse. El que desea eso, se va de allí, sencillamente. Hay mucha
pesca, y caza también. Hay otras distracciones, todavía se juega a la
herradura. Creo que habrá captado la imagen que le he hecho.
Blake asintió con un gesto.
–Un buen lugar para que se críen los
chicos –afirmó el maquinista.
Y recogió una ramita del suelo, que
partió en dos trozos, echándolos por el aire.
–Se llama Willow Grove. ¿Ha oído usted
alguna vez ese nombre?
–No –repuso Blake–. Ni creo que nunca...
Pero aquello no era cierto, comprobó de repente. ¡Sí que lo había oído! Aquel
mensaje que le dejaron en el teletipo y que le había estado esperando cuando el
guardia le había llevado de casa del senador Horton, mencionaba el nombre de
Willow Grove.
–Entonces es que lo ha oído nombrar
–insistió el maquinista.
–Ahora me parece que sí. Alguien me lo
mencionó en alguna ocasión.
–Pues ya lo sabe, un buen sitio para
vivir –repitió el maquinista.
¿Qué había dicho aquel mensaje? Ponerse
en comunicación en el pueblo de Willow Grove con alguien, quien le haría saber
algo de su mayor interés... Después estaba el nombre de la persona con quien
debería ponerse en contacto. ¿Qué nombre era? Blake rebuscó frenéticamente en
su memoria; pero no estaba allí.
–Bien –le dijo el maquinista–. Tengo que
seguir mi trabajo. Espero que el equipo de averías llegue de un momento a otro.
Ya deberían de estar aquí. Son una buena gente.
Blake siguió marchando, subiendo por la
pendiente de la colina que coronaba el valle. En la cima vio que había árboles,
una fila de ellos con la pátina dorada del otoño, y a trozos, interrumpida por
los campos y sembrados. Tal vez en alguna parte y entre aquellos árboles podría
encontrar un sitio para dormir.
Volviendo atrás en su pensamiento, Blake
intentó despertar la fantasía de la noche; pero aún existía en todo aquello un
aire de irrealidad. Era como si la serie de incidentes que habían ocurrido no
hubieran sido a él sino a otra persona cualquiera.
Por supuesto que continuaría su
persecución; pero por el momento había escapado a las garras de la autoridad.
Para entonces Daniels, con toda certeza, ya habría descubierto lo que tuvo que
haber ocurrido y ahora estaría buscando, no a un lobo solo, sino a él también,
a Blake en persona.
Llegó a la cima de la colina y enfrente,
un poco hacia abajo, vio un grupo de árboles, no formando un bosquecillo, sino
un auténtico bosque que cubría la mayor parte del terreno a ambos lados del
camino. Abajo, donde el valle se aplanaba, había otros campos y otros más en la
lejanía, la otra falda de la colina siguiente también estaba recubierta de
árboles. Allí, seguramente, aquellas colinas estarían tan recubiertas de
vegetación que impedirían el cultivo de las tierras y quizás aquella
disposición de laderas con árboles y campos cultivados, se perdería en una
lejanía sin fin.
Descendió por la falda de la colina y en
el mismo borde del bosque sus ojos captaron un movimiento furtivo. Alerta y
confuso, esperó verlo de nuevo. Tal vez fuera un pájaro saltando de una rama a
otra o quizás algún animal. Pero los árboles estaban en calma, excepto el suave
movimiento de las hojas mecidas por una tenue brisa.
Caminó al lado opuesto y alguien o algo
le dirigió una especie de silbido. Se detuvo, medio asustado, y giró sobre sus
talones mirando con atención los matorrales que crecían bajo los árboles.
– ¡Por aquí! –murmuró una voz chillona.
Entonces, dejándose guiar por la voz, vio a un duende, esta vez con pantalones
marrones a rayas verdes, camuflado entre el bosque.
Otro de ellos, murmuró Blake. Buen Dios,
otro duende, y esta vez no tengo alimento alguno que ofrecerle.
Se echó rápidamente fuera del camino y
se metió entre el boscaje. El duende aparecía solo como una débil silueta
obscurecida por la poca luz del bosque, hasta que se halló a su lado.
–Le estaba vigilando –dijo el duende–.
Tengo entendido que está cansado y necesita un lugar para reposar.
–Sí, es cierto –repuso Blake–. Hasta
aquí no había nada, excepto colinas y campos.
–Bien, sea bienvenido a mi hogar –saludó
el duende–. Bueno, si no le importa compartirlo con una infortunada criatura a
quien he ofrecido mi protección.
–En absoluto –dijo Blake–. ¿Y esa otra
criatura? –Es un mapache –dijo el duende–, perseguido sin piedad por una jauría
de perros, maltratado sin misericordia, pero que se las ha arreglado para
escapar. En estas colinas, comprenderá usted que existe un deporte muy humano y
popular entre los hombres, y del que habrá oído hablar, que es la caza del
mapache.
–Sí, creo que he oído hablar de eso.
Pero Blake sabía que no recordaba en absoluto semejante cosa, hasta que el
duende se lo había dicho.
Y de nuevo, una frase, había dejado
suelto otro resorte mental haciendo que apareciese un recuerdo escondido hasta
aquel momento, y otra pieza de su pasado humano había caído suavemente en su
sitio. Comenzó a recordar vivamente lo que era aquella caza, esperar la noche,
con la linterna en la mano, situado en la cima de la colina, con una escopeta
en la otra y esperando que los perros rastrearan el olor de alguno de aquellos
animales. Y al momento, todo el valle rugiendo con los ladridos de los perros.
Sentía el olor dulzón de las hojas caídas de los árboles, las desnudas ramas
recortarse a la luz de la luna, la excitación de la caza y el correr tras los
perros al fondo del valle, para no quedarse atrás.
–He intentado explicarle al mapache
–dijo el duende–, que si usted venía, sería un amigo. No estoy demasiado
seguro, sin embargo, de que lo haya comprendido. No es un animal muy brillante
y como podrá imaginarse, está todavía bajo los efectos de un trauma.
–Trataré por todos los medios de no
alarmarle –le aseguró Blake al duende–. No haré movimientos súbitos. ¿Habrá
sitio para los dos?
– ¡Oh!, pues claro que sí. Mi hogar está
en el hueco de un árbol. Hay mucho sitio disponible.
Buen Dios, pensó nuevamente Blake,
¿sería posible que aquello pudiera ocurrirle a él? ¿Encontrarse en el interior
de un bosque hablando con una figura arrancada de un libro de cuentos
infantiles y siendo invitado a refugiarse en el hueco de un árbol y a compartirlo
con un mapache?
Y... ¿de dónde le venía el recuerdo de
la caza del mapa-che? ¿Había estado alguna vez, realmente, en una partida de
caza como aquélla? Parecía imposible. Blake sabía lo que era, un hombre, un ser
humano fabricado por un proceso químico y construido para un definido
propósito, de lo que se desprendía que jamás había tenido la ocasión de cazar
ningún mapache.
–Si quiere seguirme –le indicó el
duende–, le llevaré hasta el árbol.
Blake siguió al duende y le pareció que
había puesto el pie a la entrada de un pequeño país de hadas. Hojas relucientes
como joyas de todas las formas imaginables, como si fueran de oro, colgaban de
todas partes, de los árboles, arbustos, matorrales, flores, casando en sus más
finos detalles y con colores mucho más delicados que los de todo el esplendor
de brillantes colores correspondientes a la pigmentación otoñal de los árboles
que formaban un techo sobre sus cabezas. Y otra vez el recuerdo de otro lugar,
igual que aquél, le volvió a la imaginación. Recuerdos sin detalle de tiempo y
lugar; pero dejándole sin aliento ante la belleza de otros bosques y de otro
día, captado en aquel momento en que los matices del otoño se hallaban en su
orgía de colores suaves, antes de que el primer toque de deterioración hubiera
llegado a los árboles y a las hojas, en el exacto momento antes de que
comenzaran a desvanecerse.
Siguieron un camino tan imperceptible
que costaba trabajo recorrerlo.
–Esto es bonito –dijo el duende–. A mí
me gusta el otoño más que el resto del año. En mi antiguo planeta no existía
cosa parecida.
– ¿Todavía sigues pensando en tu
planeta?
–Por supuesto –repuso el duende–. Los
viejos relatos siguen transmitiéndose. Es nuestra herencia del pasado. Llegará
el tiempo, imagino, que llegaremos a olvidarlos, ya que la Tierra será ya, en
adelante, nuestro hogar. Pero por ahora, nos sentimos sólidamente ligados a
ambos.
Llegaron a un gigantesco árbol, un
impresionante roble de ocho pies de anchura en el tronco, envejecido y
deformado, retorcido, y con las escamas de las colonias parásitas de líquenes
de color marrón y plateado. Alrededor de la base crecían gran cantidad de
helechos.
–Es aquí. Le pido perdón; pero tendrá
usted que servirse de sus manos y rodillas y entrar un poco a rastras. No es un
lugar diseñado para humanos.
Blake se arrodilló y comenzó a gatear.
Los helechos le rozaban la cara y el cuello, para encontrarse luego en una
suave y fresca oscuridad que olía a madera vieja. Desde algún sitio, por
encima, se filtraba alguna luz que hacía desvanecer un tanto la oscuridad del
refugio.
Se movió en el interior con cuidado.
–Dentro de poco –le dijo el duende–, sus
ojos se acostumbrarán a este ambiente y podrá ver perfectamente.
–Puedo ver algo –repuso Blake–. Hay»
alguna luz.
–Sí, de los agujeros de la parte
superior del tronco. El árbol es ya muy viejo. En realidad es solo un cascarón.
Una vez, hace ya mucho tiempo, fue achicharrado por un incendio en el bosque, y
las raíces tuvieron la oportunidad de volver a crecer. Pero a menos que sea
atacado por un huracán, aún se mantendrá por muchos años. Y, mientras, nos
sirve de hogar a nosotros, y más arriba, a toda una familia de ardillas. Hay
además muchos nidos de pájaros, aunque por el momento la mayor parte de ellos
ya se han marchado. A través de los años, este árbol ha sido el hogar de muchos
seres. Viviendo en él se tiene la sensación de pertenecerle de algún modo.
Los ojos de Blake se habían ya adaptado
al ambiente y pudo mirar en el interior del hueco del árbol. La superficie
interior aparecía pulida y limpia. Todo lo podrido parecía haber sido limpiado
cuidadosamente. El hueco se elevaba como una enorme chimenea por encima de su
cabeza; como un largo túnel vertical. Aquí y allá, una mancha de luz brillante
marcaba el agujero hecho en la corteza del viejo roble.
–Nadie le molestará –le dijo el duende–.
Hay otros dos más como yo. Yo diría, utilizando términos humanos, que son dos
viudas. Pero son muy tímidas frente a los humanos. También hay algunos niños...
–Lo siento –se disculpó Blake–. No
sabía...
–No tiene de qué preocuparse –le aseguró
el duende–. Las viudas emplean todo su tiempo en reunir raíces y nueces y los
pequeños nunca están aquí. Hay tantos amiguitos por los bosques que se pasan
todo el tiempo con ellos.
Blake miró a su alrededor. No había
nada.
–No tenemos muebles de ningún género –le
dijo calmosamente el duende–. Ni pertenencias materiales. Nunca las hemos
necesitado, ni tampoco ahora. Tenemos algún alimento, nueces, avellanas, frutos
secos y raíces, que almacenamos para el invierno; pero eso es todo lo que
poseemos. Pensará usted seguramente que somos unos imprevisores...
Blake denegó con un gesto, mitad
respuesta, mitad maravillado.
Algo se movió quedamente en un ángulo
obscuro del árbol-casa y Blake volvió la cabeza. Una cara peluda de brillantes
ojos le miraba con fijeza.
–Es nuestro otro amigo –dijo el duende–.
No parece que le tenga miedo.
–No haré nada que pueda dañarle.
– ¿Tiene usted hambre? –preguntó el
duende–. Tenemos...
–No, gracias. Comí esta mañana con un
compatriota suyo.
El duende hizo un gesto afirmativo,
dando a entender que ya conocía el asunto.
–Sí, me dijo que venía usted hacia acá.
Por eso le he estado esperando. El no podía ofrecerle un lugar para dormir, no
tiene nada más que una madriguera, demasiado pequeña para humanos.
El duende se volvió para marcharse.
–No sabría cómo darle las gracias –le
dijo Blake emocionado.
–Ya nos lo ha agradecido. Nos ha
aceptado usted y nosotros le hemos aceptado. Aceptó usted nuestra ayuda y eso
tiene mucha importancia. Se lo aseguro, ya que ordinariamente somos nosotros
quienes buscamos ayuda de los humanos. El poder devolver una fracción de esos
favores es de lo más preciado para nosotros.
Blake miró entonces al mapache. Le
estaba vigilando con sus brillantes ojos de fuego. Cuando volvió la vista, el
duende había desaparecido.
Blake acercó la mochila y vació el
contenido en el suelo. Había una manta fina y compacta a desemejanza de
cualquier otra que jamás hubiera visto, con un lustre extraño y metálico; un
cuchillo con su vaina, un hacha plegada, un pequeño equipo de utensilios para
cocinar, un encendedor y una lata de esencia, un mapa plegado, una linterna,
y...
¡Un mapa!
Lo tomó nerviosamente con las manos y lo
desplegó, utilizó la linterna para iluminarlo y se acercó más para leer los
nombres en él estampados.
Willow Grove, había dicho el maquinista
del crucero, a unas cien millas de distancia. Allí estaba, en efecto, el lugar
a donde tenía que dirigirse. Finalmente, pensó, un punto de destino en este
mundo y situación en que parecía no haber ningún lugar a donde dirigirse. Un
punto en el mapa y una persona, con un nombre que no recordaba, que tenía una
importante información para él.
Dejó la manta a un lado y puso de nuevo
el resto de los objetos en la mochila.
El mapache, según comprobó, se había
aproximado a él un poco, acuciado en su curiosidad, aparentemente por las cosas
que había sacado de la mochila.
Blake se aproximó a la pared interior
del roble, desenrolló la manta y se la puso encima del cuerpo, tumbándose. La
manta parecía adherirse a él, como si su cuerpo fuese un imán, desprendiendo un
suave calor. El suelo era liso, sin pedruscos ni objetos que le molestaran.
Blake tomó un puñado de la substancia de que estaba compuesto, dejándolo correr
suavemente entre sus dedos. Eran diminutos fragmentos de madera podrida,
fragmentos que durante años habían caído por aquella chimenea del tronco hueco.
Cerró los ojos y un sueño reparador se
abatió dulcemente sobre él. Su subconsciente pareció hundirse en una sima,
donde había algo, los otros dos seres, parte de sí mismo, que se unieron a él,
reteniéndole y rodeándole hasta formar parte todos de uno mismo.
Era como el llegar juntos a casa, como
una reunión con viejos amigos a quienes no se ha visto desde hace tiempo. No
hubo palabras, ni eran precisas. Hubo una común bienvenida, una comprensión
total, y una fusión mental, hasta el extremo de que ya no era Andrew Blake, ni
siquiera un humano, sino un ser para el que no hiciera falta nombre, y algo que
significaba mucho más que si fuera Andrew Blake o humano.
A través de aquella misteriosa fusión
mental, tras la bienvenida y el placer de estar reunidos, dejó de ser Andrew
Blake para convertirse otra vez en el Cambiador.
–Indagador, cuando despertemos, hará
entonces más frío. ¿Quieres hacerte cargo de la situación por esta noche? Tú
puedes viajar más a prisa y puedes percibir el camino en la oscuridad, y...
–Me haré cargo. Pero están tus ropas y
esa mochila y estarás desnudo otra vez.
–Tú puedes llevarlo. Tienes brazos y
manos, ¿recuerdas? Te pasas todo el tiempo olvidándote de que tienes brazos.
– ¡Está bien! –repuso Indagador–. ¡Está
bien! ¡Está bien!
–Willow Grove –dijo Cambiador.
–Sí, ya lo sé –dijo Indagador–. Leímos
el mapa juntamente contigo.
El mapache habíase desplazado poco a
poco y ahora estaba frente a ellos.
Blake levantó una esquina de la manta y
la echó sobre el peludo cuerpo del animal. Después siguió durmiendo.
25
Cambiador había advertido de que haría
más frío, y efectivamente el tiempo se había vuelto más helado; pero aún lo
suficientemente bueno para huir y tomar una determinación en cualquier momento.
Pero cuando Indagador hubo alcanzado la cima de otra colina, el viento helado
del norte le hirió como un cuchillo.
Se detuvo y permaneció unos momentos
quieto, sobre el suelo, expuesto al aire, ya que allí, por alguna razón
geológica, los árboles no habían invadido el terreno, sino que se detenían en
la cima de la cresta, una circunstancia en cierta forma rara, ya que la mayor
parte de las colinas estaban recubiertas de bosques.
El cielo estaba despejado y lleno de
estrellas relucientes en la noche, aunque le pareció a Indagador que no había
tantas como podían verse siempre en su planeta de origen. Y allí podía quedarse
y formarse imágenes de las estrellas, aunque ya sabía por Pensador que, en
realidad, no eran tales imágenes, sino impresiones calidoscópicas de otras
razas y otras culturas y que suministraban los primitivos y más simples datos,
de los cuales podría deducirse algún día la verdad del Universo.
Se estremeció pensando en ello; pensando
cómo su mente y sus sentidos podrían alcanzar aquellos años luz de distancia
para recoger la cosecha y los frutos de otras mentes y otros sentidos. Estaba
estremecido; pero también sabía por Pensador que éste no se estremecería por
nada, aún habiendo sido construido de nervios y músculos para hacerlo. No había
nada, absolutamente, que pudiese sorprender a Pensador; para él no existía
ninguna cualidad mística en el Universo o en la vida, sino más bien una masa de
hechos y datos, de principios y de métodos, que podían ser insertos en su mente
y ser utilizados por su facultad para la lógica.
Pero para mí, pensó Indagador, para mí
todo es un puro misticismo. Para mí no hay necesidad de razón alguna, ninguna
compulsión que me lleve a buscar la lógica, ni ninguna fría determinación que
me lleve a descubrir el núcleo de la razón.
Continuó en el borde de la colina, con
la cola llegándole casi hasta el suelo y con el hocico y su fina nariz
levantada hacia el viento. Para él resultaba suficiente que el Universo
estuviese lleno de belleza y de maravillas, sin preguntar el por qué; deseando
que nada pudiera ocurrir para echar por tierra la maravilla de las cosas y su
belleza.
¿Habría comenzado ya aquel proceso de la
destrucción de la belleza y el encanto? ¿Se habría colocado en una posición tal
donde se hallara a sí mismo con un mayor alcance del que jamás hubiera buscado
para nuevas maravillas y misterios, y tales cosas maravillosas se viniesen
abajo por el conocimiento y la lógica con que estaba proveyendo a Pensador?
Intentó comprobar su pensamiento; pero
todavía estaba en su interior el misticismo de lo maravilloso. Allí, en aquel
filo montañoso de la colina, soplándole el frío viento del norte, con las
estrellas luciendo en la negrura de la noche, con el viento soplando a los
árboles existentes a poca distancia, y los bosques murmurando a la obscura
noche, con los extraños olores y las vibraciones de otros mundos que poblaban
el aire, aún quedaba sitio para maravillarse y disfrutar el encanto del
misterio que corría por todos sus músculos y sus nervios.
El espacio que mediaba entre él y la
próxima cima de la otra colina aparecía libre de amenaza. A lo lejos, unos
destellos de luz marcaban el paso de los coches que cruzaban a través de las
colinas. En el valle había habitáculos, traicionando su presencia rayos
luminosos que dejaban escapar misteriosas vibraciones, radiaciones o cualquier
otra denominación que pudiera dárseles de la vida humana en sí misma y aquella
otra extraña fuerza a la que los humanos llamaban electricidad.
Había pájaros en los árboles y otros
animales mayores, aunque mucho menores que él, que se deslizaban entre los
matorrales; a su derecha, ratones acurrucados en sus agujeros, una marmota
enroscada en su madriguera y una serie incontable de pequeñas criaturas y
diminutos animales carroñeros moviéndose por el suelo entre las hojas podridas
de la vegetación. Pero todo aquello le tenía sin el menor cuidado, ya que para
nada le afectaba.
Siguió tranquilamente colina abajo,
atravesando los bosques, tomando nota y reseñando cada árbol y catalogando y
evaluando todas las criaturas vivientes de cierto tamaño, alerta ante cualquier
peligro, y con el pensamiento de hallarse con algo que no pudiera reconocer ni
calibrar el peligro que supusiera para él.
Los árboles terminaron y frente a él se
desplegaron los campos, campos con caminos y casas, y allí volvió a detenerse y
a vacilar de nuevo para elegir la dirección a seguir.
Un humano con su perro bajaba por el
arroyo en un coche que caminaba despacio como si se tratase de un camino
privado; junto al arroyo, y en dirección a una casa, un grupo de vacas
aparecían durmiendo silenciosas en un prado. Excepto por todo aquello, el valle
parecía limpio de criaturas vivientes, a excepción hecha de ratas y otros
pequeños residentes.
Emprendió un corto trote por el valle y
después por una ladera pedregosa. Alcanzó la falda de la ladera de la colina
próxima; la subió, y descendió por el otro lado. Llevaba la mochila bajo su
brazo izquierdo, abultada a causa de llevar las ropas de Cambiador al igual que
los demás utensilios. Resultaba una molestia permanente ya que le obligaba a
marchar desequilibrado y a estar pendiente de no ser detenido por algún arbusto
o saliente rocoso.
Se detuvo por un instante, dejó caer la
mochila al suelo y retrajo el brazo izquierdo. Aliviado de aquella pesada
carga, ajustó el brazo en el interior de la cavidad del hombro. Sacó el brazo
derecho y recogió el saco, lo puso bajo el citado miembro y continuó su marcha.
Tal vez, se dijo para sí, tendría que ir cambiándose con frecuencia el peso de
un brazo al otro. De aquella forma le resultaría más fácil.
Cruzó el valle, llegó hasta la próxima
colina y se detuvo en la cima unos momentos antes de continuar.
Willow Grove, había dicho Cambiador.
Cien millas. Podría llegar allí al amanecer si marchaba a la misma velocidad
que lo había estado haciendo hasta ahora. ¿Qué es lo que podía aguardarles a
los tres cuando llegasen a Willow Grove? Willow era un árbol y Grove un grupo
de árboles[2].
Resultaba de lo más extraño cómo los humanos determinaban ciertos puntos
geográficos. Había poca lógica en ello, ya que un bosquecillo de sauces podía
morir y desaparecer y entonces el nombre del lugar no tendría significado.
Inestable, pensó. Los humanos, por lo
visto, también ellos mismos como raza, eran algo inestable. Su continuo cambio
de vidas, eso que ellos llamaban progreso, no conducía más que a la
inestabilidad. Había algo que decir en pro de forjar una especie de vida, que
una raza deseara vivir, construirla sobre unos valores básicos y después
sentirse satisfecho.
Dio un paso colina abajo, se detuvo y se
quedó tenso, escuchando.
Aquel sonido llegó de nuevo, como algo
débil y aún lejano.
Un perro, se dijo. Un perro que sigue un
rastro.
Siguió rápidamente, pero con cautela,
colina abajo, dirigiéndose hacia adelante pero de soslayo y hacia un lado y
otro. Al llegar al filo del bosque se detuvo para inspeccionar la faja plana
del valle que se extendía frente a él. No se advertía nada que inspirase
peligro y así emprendió un trote por el valle, llegó a una valla, la saltó con
ímpetu y continuó.
Por primera vez sintió la sensación de
una verdadera fatiga. A despecho de la relativa frialdad de la noche, estaba
poco acostumbrado al calor de la Tierra. Había marchado tenazmente, intentando
cubrir el mayor terreno posible, para alcanzar Willow Grove al amanecer.
Tendría que tomarse las cosas con más calma durante un rato, hasta recobrarse y
dar el segundo empujón.
Cruzó el valle al trote, sin galopar,
alcanzó la ladera opuesta y la subió lentamente. En la cima, se hizo el
propósito de sentarse y descansar un rato para que cuando comenzase la carrera
de nuevo pudiese seguir el ritmo del comienzo.
A medio camino de la ladera, oyó el
ladrar de los perros una vez más y entonces le pareció más fuerte y más cerca.
Los ladridos le llegaban ayudados por el viento, sin embargo no podía estar
seguro de a qué distancia estaban ni en qué dirección.
En la cima, se sentó. La luna salía por
el horizonte y los árboles proyectaban unas largas sombras a través de una
pequeña pradera que se extendía sobre la pendiente ladera de la colina.
El ladrar de los perros estaba
definitivamente más cerca ahora y había más de uno. Intentó contarlos. Por lo
menos había cuatro, tal vez cinco o seis.
Quizás se dedicaran a la caza del
mapache. El duende había dicho algo respecto a ciertos humanos que usan perros
para cazar los mapaches, llamando a aquello un deporte. Por supuesto que en
aquello no existía el menor deporte. Pensar en llamarlo así, era una
perversión, aunque puestos a pensar, los humanos parecían pervertidos en más de
un aspecto. La guerra honesta, por supuesto, era otra cosa parecida; pero en
aquello no había ni guerra ni honestidad.
Los ladridos aumentaban subiendo por la
ladera que quedaba a su espalda y se aproximaban rápidamente. Ahora era un
sonido frenético propio de unos perros enardecidos por un rastro y lanzados a
todo correr.
¡Estaban sobre su rastro!
Indagador saltó sobre sus pies y dio
media vuelta, dejando a sus sensores captar lo que subía por la ladera. Allí
estaban no solo los perros, sino que se oían otros ruidos que ya no
correspondían a los canes y éstos, enloquecidos, seguían el olor del rastro con
firmeza.
El darse cuenta le produjo una fuerte
impresión, ya que debía haberlo hecho antes en la otra colina, cuando comenzó a
escuchar el ladrido de los perros. Estos no perseguían a ningún mapache.
Perseguían a una pieza de caza mayor.
Un estremecimiento de horror le recorrió
todo el cuerpo y se lanzó en tromba colina abajo. Tras él, una vez que la
jauría llegó a la cima del cerro, estalló el salvaje canto de la caza, no
amortiguado ya por el terreno. Indagador estiró el cuerpo comenzando una loca
carrera a toda velocidad, con la cola flotando tras él. Llegó al valle, lo
cruzó y atacó la ladera que presentaba la colina siguiente. Ya había ganado
distancia a los perros; pero una vez más comenzó a sentir el cansancio correrle
por las venas, y se dio cuenta de cuál sería el final, podía sobrepasar a los
perros en frenéticos impulsos de velocidad corriendo al máximo de sus fuerzas,
pero al final la fatiga acabaría con él. Tal vez, pensó, lo más inteligente
sería elegir el terreno adecuado y volverse para plantarles cara. Pero había
varios. Podría dar cuenta de dos o tres. Pero había más de tres. También podría
tirar la mochila y, aliviado de aquel peso y del efecto de desequilibrio que le
producía, correr con mayor rapidez. Pero la ventaja sería ligera y además había
prometido a Cambiador que no la dejaría. Cambiador se enfadaría si así lo
hacía. Ya se había enfadado por haberse olvidado de que tenía brazos y manos.
Resultaba extraño, pensó, que los perros
pudieran perseguir su rastro. Como una criatura extraña en este planeta, él
debería ser diferente a todo lo que los perros conocían o hubieran conocido
jamás, y debería dejar tras de sí un diferente tipo de rastro, y un olor
distinto. Pero la diferencia (si es que había diferencia) parecía no
producirles temor, sino más bien inducirles a una caza aún más frenética. Tal
vez no fuera tan desemejante a las criaturas de este planeta como se había
imaginado.
Continuó, aunque a un paso menor, sin
detenerse, creyendo que conservaba el mismo ritmo; pero cansándose con mayor
rapidez. Hacía ya rato que se había esforzado al límite y comenzaba a creer que
llegaba su fin.
Sabía que podía pedir a Cambiador que
adoptara su forma. Tal vez así los perros perdiesen su rastro, al convertirse
en humano o, incluso si lo seguían, no le atacarían. Pronto desechó la idea.
Debía llegar hasta el fin. Surgió en él un orgullo obstinado que le impedía
llamar en auxilio a Cambiador.
Llegó a la cima y bajo él se extendía el
valle y en éste aparecía una casa con luz en las ventanas. Entonces, comenzó a
formarse un plan en su mente.
No sería Cambiador, sino Pensador.
Aquello podía tener éxito.
–Pensador, ¿podrías extraer energía de
una casa?
–Pues claro que sí. Ya lo hice antes.
– ¿Y desde el exterior de la casa?
–Basta con que esté bastante cerca.
–De acuerdo, pues. Cuando llegue...
–Adelante –dijo Pensador–. Ya sé lo que
tienes pensado.
Indagador trotó ladera abajo, dejó que
los perros se aproximaran, incrementó su velocidad cuando llegó al valle y se
dirigió hacia la casa. Los ladridos eran ya enloquecedores, con la presa ya a
la vista, y ponían en juego todas sus fuerzas, el aliento de sus pulmones y sus
últimas energías para atrapar a la tan deseada pieza.
Indagador se volvió y los vio, apretados
en una jauría espantosa, como algo terrible, a la luz de la luna y cruzando el
espacio existente, ladrando y aullando, excitados ante la inmediata matanza.
Y entonces, súbitamente, Indagador entró
en acción. La casa estaba muy próxima y, al aumentar el ladrido de los perros,
se encendieron más luces en las ventanas, todas procedentes de un poste situado
en el centro del patio, como una fuente emisora de energía.
Una pequeña valla separaba la casa del
campo y entonces Indagador de un potente salto entró en el interior del patio.
Se aproximó inmediatamente al poste de energía radiante, pegándose literalmente
a él.
– ¡Ahora! –gritó a Pensador–. ¡Ahora!
26
Hacía frío, un frío que mordía la carne,
como un golpe físico que dañaba el cuerpo y la mente.
El satélite del planeta parecía
suspendido por una línea cortada de alta vegetación, y la tierra estaba estéril
y seca, mientras que a través de la construcción que los humanos llamaban una
valla saltaban unas enloquecidas criaturas llamadas perros por los humanos.
Pero cerca de allí había un banco de
energía y Pensador se asió a él, con urgencia, con desesperación, casi con
pánico. Se aferró a él y tomó mucha más de la que necesitaba, mucha más de la
que hubiese necesitado jamás. La casa se obscureció y el poste de conducción de
energía con su luz radiante, comenzó a apagarse y cayó finalmente en la
oscuridad.
El frío había desaparecido y su cuerpo,
conformado en forma de pirámide, resplandecía. Los datos estaban nuevamente
allí, como lo habían estado antes, más precisos, más claros, más concisos de lo
que jamás lo hubieran estado, alineados en renglones y filas, esperando ser
utilizados. Dentro de su mente el proceso lógico era claro, brillante y agudo.
Hacía ya tiempo que no lo había
utilizado.
– ¡Pensador! –gritó Indagador–. ¡Acaba
pronto! ¡Los perros! ¡Los perros!
Tenía razón, por supuesto. Ya tenía idea
de lo que eran los perros y del plan de Indagador, un plan que ya estaba en
funcionamiento.
Los perros daban vueltas a su alrededor,
ladrando, chillando, arañando con sus uñas el suelo, detenidos en su carrera,
como aterrados ante el súbito cambio que se había operado y la aparición que
había reemplazado al lobo que habían venido persiguiendo y cazando.
Existía demasiada energía, comprobó
Pensador con un ligero pánico. Demasiada, mucha más de la que podía manejar.
Y se liberó de ella.
Se produjo una terrible llamarada.
Un espantoso relámpago iluminó por un
momento el valle con el tremendo resplandor. La pintura de la casa se chamuscó,
derritiéndose en goterones.
Los perros volvieron a saltar la valla
en sentido opuesto y aullaron aterrados al alcanzarles el relámpago. Salieron
como alma que lleva el diablo con el rabo entre las piernas y la grupa todavía
humeando de la chamusquina que se les había venido encima de una forma tan
prodigiosa e inesperada.
27
Willow Grove, para Blake, era un pueblo
que había conocido alguna vez en el pasado. Aquello era imposible, por
supuesto. Tal vez fuese un lugar que pudo haber leído en alguna parte, haberlo
visto en imágenes; pero donde no había estado personalmente jamás.
Y con todo, estando allí en la esquina
de la calle a la luz del amanecer, los viejos recuerdos comenzaron a surgir de
su mente, conformando una pauta de algo sabido y conocido, que hacía coincidir
todas las cosas cada una en su lugar; la forma en que los escalones conducían
al Banco del pueblo en una esquina de la calle, los macizos olmos que crecían
en el pequeño parque de la villa y otros muchos detalles. Tenía que haber, lo
sabía como cosa cierta, una estatua en el parque, erigida en el centro de una
fuente que estaba más seca que con agua y un viejo cañón, montado en su maciza
cureña y sus grandes ruedas, con el tubo ensuciado por las palomas.
No todo encajaba perfectamente en su
lugar; había, no obstante, algunas diferencias. Una tienda de regalos y una
joyería ocupaban el edificio donde había estado el almacén del jardín; una
nueva fachada se había construido en la peluquería, que todavía seguía
siéndolo, y en especial, sobre todo el conjunto de la calle y la villa, parecía
cernerse un aire de antigüedad que no estaba la última vez que la había visto.
¡Que la había visto!
¿Es que pudo haber visto alguna vez
aquella población?
¿Cómo pudo haberla visto y haberla
olvidado hasta entonces? Técnicamente, al menos, debería estar en posesión de
todo lo que hubiese conocido. En aquel instante, allá en el hospital, todo
había vuelto a su mente, todo lo que había sido, todo lo que había hecho. Y si
las cosas habían sucedido así, ¿por qué y cómo los recuerdos de Willow Grove se
apartaban de él?
Una vieja ciudad, muy antigua, sin casas
volantes colocadas en sus cimientos ya predeterminados, sin grandes masas de
grandes edificios complejos que surgieran en sus alrededores. Eran casas
sólidas, fabricadas en la antigüedad, de madera, ladrillo y piedra, construidas
en el lugar que debían ocupar, sin tendencias vagabundas insertas en ninguna
instalación robótica de su interior. Algunas de ellas tenían, según pudo
comprobar, unas instalaciones de energía solar, torpemente esparcidas por los
tejados de las casas y, al borde de la población, otra planta solar municipal,
aparentemente utilizada para llevar la energía necesaria a las casas que no
tuvieran el equipo solar propio.
Se puso la mochila de forma más
confortable sobre el hombro y se apretó el capuchón de lana de su traje más
cerca del rostro. Cruzó la calle y caminó sin plan fijo por la acera,
curioseándolo todo y sintiendo de vez en cuando afluir a su mente viejos recuerdos
perdidos en la nebulosa del olvido. Estaban aquellos nombres y aquellos sitios.
Jake Woods había sido banquero y seguramente que ya no estaría vivo. Pues, si
alguna vez había visto aquel poblado, desde luego tenía que haber sido hacía
más de doscientos años.
Y Charley Breen y él se habían escapado
de la escuela y se habían ido a pescar en el arroyo, consiguiendo de vez en
cuando algún leucisco.
Era increíble, se dijo a sí mismo, es
más, era imposible.
Y con todo, los recuerdos seguían
martilleándole en la mente, no de una forma vaga y nebulosa, sino con todos los
incidentes, rostros e imágenes del pasado, en sus verdaderas dimensiones y
características. Recordó que Jake Woods había sido cojo y llevaba siempre un
bastón, sabía qué clase de bastón era, pesado y brillante, de una buena madera
pulida a mano. Charley había sido siempre muy pecoso y le había acarreado
muchos problemas. También estaba Minnie Short, una vieja borracha, vestida con
harapos y andrajos que caminaba con un raro trotecillo y que había trabajado
como oficinista en el depósito de maderas. Pero aquel viejo almacén de madera
había desaparecido y en su lugar se levantaba una agencia de cristal y plástico
para flotadores.
Llegó hasta un banco situado enfrente de
un restaurante al otro lado de la calle y cerca del Banco local y sentóse
pesadamente. Había muy poca gente en las calles y, conforme pasaban, se le
quedaban mirando con fijeza.
Se sintió a gusto. Incluso después de la
dura noche sufrida por Indagador en su alocada carrera, su cuerpo estaba
todavía fresco y fuerte. Tal vez fuese a causa de la captada energía de
Pensador, una energía transferida de Pensador a Indagador y de éste a él mismo.
Dejó caer la mochila del hombro y la
puso junto a él en el banco, y echó hacia atrás la capucha de lana.
La gente comenzaba a abrir sus tiendas y
almacenes. Un coche pasó sin gran ruido por la solitaria calle.
Leyó los letreros y signos y ninguno le
resultaba familiar. Los nombres de los comercios y los de las personas que eran
sus propietarios, le eran totalmente desconocidos. Todo había cambiado.
En el primer piso de las casas, las
ventanas ostentaban letreros con la indicación de sus habitantes, dentistas,
médicos, abogados. Alvin Bank, doctor en Medicina; H. H. Oliver, dentista; Ryan
Wilson, abogado; J. D. Leach, óptico; etc..
Pero... ¡un momento! ¡Vuelta atrás!
¡Ryan Wilson, allí estaba!
Ryan Wilson era el nombre que había
mencionado el mensaje que le dejaron en el postálgrafo. Allí, al otro lado de
la calle, se hallaba la oficina del hombre que estaba indicado en la nota y que
tenía algo importante que comunicarle.
El reloj situado encima de la puerta
marcaba las nueve en punto. Wilson debía estar ya en la oficina; o estaría a
punto de llegar. Si la oficina estaba cerrada, podría esperar un poco.
Blake se levantó del banco y cruzó la
calle. La puerta que daba a la escalera estaba abierta y chirrió sobre sus
goznes al empujarla. La escalera estaba a obscuras y era muy empinada; la
pintura del papel que recubría las paredes también se hallaba muy descuidada.
La oficina de Wilson estaba al fondo de
la entrada espaciosa y tenía la puerta abierta. Blake se dirigió al despacho
exterior, que estaba vacío en aquel momento. En el interior, un hombre aparecía
sentado en mangas de camisa, manipulando una serie de papeles y documentos,
junto a otros almacenados en una bandeja de alambre.
Aquel individuo le miró.
–Pase –le dijo.
– ¿Es usted Ryan Wilson?
El hombre asintió con un gesto.
–Mi secretaria no ha llegado todavía.
¿En qué puedo servirle?
–Usted me envió un mensaje. Mi nombre es
Andrew Blake.
Wilson se echó hacia atrás y le miró con
fijeza.
– ¡Bien, que me aspen! –dijo
finalmente–. Nunca pensé que le vería. Supuse que se habría ido por su bien.
Blake denegó con un gesto, asombrado.
– ¿Ha visto usted los periódicos de la
mañana? –le preguntó Wilson.
–No.
Aquel hombre alargó la mano y abrió un
ejemplar que yacía en la esquina de su despacho, poniéndolo frente a Blake:
La cabecera del periódico decía en
enormes caracteres:
¿EL HOMBRE DE LAS ESTRELLAS ES UN
HOMBRE-LOBO?
y como subtítulo:
TODAVÍA CONTINUA LA BÚSQUEDA Y CAPTURA
DE BLAKE.
Y, a continuación, Blake observó
claramente una gran fotografía de su propia persona.
Blake sintió que se le retiraba la
sangre de las mejillas; pero luchó para no traicionar su emoción.
Dentro de su cerebro sintió a Indagador
removiéndose inquieto.
– ¡No! ¡No! –gritó mentalmente a
Indagador–. Déjame que maneje yo esta situación.
Indagador se sintió calmado.
–Es interesante –dijo con calma a
Wilson–. Gracias por mostrármelo. ¿Sabe usted si han hecho pública alguna
recompensa?
Wilson giró la muñeca, cerró el
periódico y volvió a dejarlo en la esquina del despacho.
–Todo lo que tiene usted que hacer –dijo
Blake–, es marcar un número de teléfono. El número del hospital es...
Wilson levantó una mano
interrumpiéndole.
–Eso es algo que no me concierne. No me
importa quién es usted.
– ¿Aunque yo fuera el hombre-lobo?
–Sí, aunque lo fuera usted. Puede usted
marcharse ahora mismo si lo desea y yo volveré a mi trabajo. Pero si desea
quedarse aquí, hay un par de preguntas que se supone debo hacerle, si es que
quiere responder a ellas, por supuesto...
– ¿Preguntas? –Sí. Dos sencillas preguntas.
Blake vaciló.
–Sepa que estoy actuando –le dijo
Wilson–, en nombre de un cliente. Por un cliente que murió hace ciento
cincuenta años. Este es un asunto que ha venido barajándose y manteniéndose
pendiente, generación tras generación, dentro de esta firma. Mi bisabuelo fue
el hombre que aceptó la responsabilidad de llevar adelante el deseo de ese
cliente.
Blake sacudió la cabeza, intentando
quitarse de encima como una niebla de su cerebro. Allí había algo terriblemente
equivocado. Lo sabía desde el mismo momento en que había puesto el pie en la
villa.
–Está bien –dijo–. Adelante: pregunte lo
que quiera.
Wilson abrió un cajón de la mesa y sacó
dos sobres. Dejó uno a un lado y después abrió el otro, que contenía un papel
que crujió al quitarle los dobleces.
El abogado se puso frente a los ojos el
primer papel.
–Bien, Mr. Blake. Primera pregunta:
¿Cómo se llamaba su maestra de la escuela primaria?
Blake rebuscó frenéticamente en su mente
y de pronto halló lo que buscaba.
–Su nombre era Jones –repuso–. Miss
Jones. Creo que la señorita Ada Jones. Eso hace ya mucho tiempo...
Pero, de algún modo, parecía que no
hacía tanto. Aún habiendo dicho que había pasado mucho tiempo, le pareció en
aquel momento ver a la vieja maestra, solterona y cascarrabias, con el pelo
desmañado y un gesto duro en la boca. Vestía una blusa de color púrpura. ¿Cómo
podía olvidar aquella blusa que solía ponerse casi siempre?
–Está bien –dijo entonces Wilson–. ¿Qué
hicieron ustedes, es decir, usted y Charley Breen a las sandías del huerto del
diácono Watson?
–Vaya... pues... ¿y cómo ha sabido usted
eso?
–No importa –le contestó Wilson–.
Limítese a contestar.
–Bien –dijo Blake–. Creo que un truco
sucio, propio de muchachos algo alocados. Los dos nos arrepentimos después de
hacerlo. Nunca se lo dijimos a nadie. Charley se apoderó de una aguja
hipodérmica de su padre, porque era médico, ¿sabe?
–Yo no sé nada –repuso secamente Wilson.
–Pues bien, tomamos la jeringa y un
jarro de petróleo de quemar y fuimos poniendo una inyección de keroseno a cada
sandía. No mucho, claro, y así las sandías tomaron un sabor terrible.
Wilson dejó el papel que tenía en la
mano y sacó el otro sobre.
–Ha pasado usted la prueba. Ahora esto
es suyo.
Y alargó el sobre a Blake.
Blake tomó el sobre y vio lo que había
escrito en el exterior, palabras formadas con la elegante escritura de viejos
tiempos pasados con la tinta ya casi desvaída, de un marrón sucio.
Lo escrito allí decía lo siguiente:
Para el hombre que tiene mi mente.
Y bajo aquella escritura, la firma:
Theodore Roberts.
La mano de Blake se estremeció como por
una descarga eléctrica y dejó caer el sobre, mientras que luchaba intensamente
por evitar el temblor que le sacudía ya todo su cuerpo.
Entonces lo supo todo, ahora sabía una
vez más que todo estaba allí, todas las cosas que había olvidado, todas las
viejas identidades y rostros.
–Soy yo... –murmuró forzando sus labios
a moverse–. Era yo. Teddy Roberts. No soy Andrew Blake.
28
Llegó hasta la gran puerta de hierro,
que estaba cerrada y se introdujo por la puerta trasera, caminando sobre la
blanda grava del camino que sonaba suavemente bajo sus pies. Bajo él se
extendía el pueblo de Willow Grove. Allí, a su alrededor, todo marcado por las
viejas piedras recubiertas de musgo y junto a los pinos de la vieja verja de
hierro, estaban todos aquellos ancianos que fueron jóvenes, mientras él había
sido un niño.
–Siga el camino a la izquierda –le había
dicho Wilson–. Encontrará usted la huerta familiar a medio camino de la colina,
a la derecha. Pero Theodore no está muerto. Está en el Banco de las Mentes y
está en usted igualmente. Es solo sus restos los que están allá. No consigo
comprenderlo.
–Ni yo tampoco –repuso Blake–. Pero
siento que tengo que ir.
Y así es como había ido, subiendo la
pendiente del áspero camino raramente utilizado, a las puertas del cementerio.
Mientras subía por la ladera de la colina, pensó que todo lo que había en aquel
cementerio le resultaba familiar. Los pinos, dentro de la verja de hierro, eran
más altos y más grandes de como él los recordaba, y a la luz del día, estaban
más obscuros y sombríos de lo que había imaginado que estarían. Pero el viento,
susurrando y gimiendo a través de las agujas de sus hojas parecía entonar una melodía
que llegaba hasta los remotos recuerdos de su niñez.
Theodore... así estaba firmada la carta.
Pero no había sido Theodore, más bien Teddy. El pequeño Teddy Roberts y más
tarde, aún Teddy Roberts, joven físico de la Universidad Técnica de California
y Miembro del Instituto de Tecnología, ante quien el Universo había tenido que
rendirse como un genio, brillante y espectacular a quien era preciso
comprender. El Theodore llegó más tarde, el doctor Theodore Roberts, un anciano
ampuloso de paso lento y voz sonora, de cabellos blancos. Sí, había sido un
hombre a quien jamás había conocido él, Andrew Blake, y jamás le conocería. Y
aquella mente gloriosa, la que llevaba superimpuesta en su cerebro sintético
dentro de su cuerpo sintético, había sido la mente de Theodore Roberts.
Ahora todo lo que precisaba era, para
hablar con Teddy Roberts, tomar un teléfono y marcar el número del Banco de las
Mentes e identificarse a sí mismo. Y después, tras una corta espera, tal vez
surgiría una voz y tras la voz, la mente de Theodore Roberts. Pero no la voz
del hombre mismo, ya que la voz había desaparecido con la muerte, ni la mente
de Theodore Roberts, sino la más antigua, más sabia y más firme mente que había
desarrollado procedente de Teddy Roberts. Pero meditándolo bien, Blake pensó que
no sería nada bueno, sería una extraña conversación. ¿O tal vez no? El que
había escrito la carta había sido Theodore, no Teddy, un hombre que la había
redactado desde la profundidad de su anciana edad, con la débil y temblorosa
mano, enviándole sus saludos y su mensaje.
¿Podría la mente ser todo lo que es un
hombre? ¿O la mente era una cosa solitaria que se mantenía aparte del hombre
que la sustentaba? ¿Cuánto de hombre tenía la mente y cuánto el cuerpo? ¿Cuánto
de humanidad representaba él cuando residía como una simple noción humana
dentro del cuerpo de Indagador y cuánto menos, tal vez, dentro del cuerpo de
Pensador? Pensador era un ser muy lejos del concepto de humano, un ingenio
biológico que convertiría la energía, con sentidos que no correspondían por
completo con los sentidos humanos y provisto de una lógica-instinto-sabiduría
que tomaba el lugar de la mente, según el concepto antropológico.
En el interior de la puerta trasera se
detuvo y permaneció en la densa oscuridad umbrosa de los pinos. El aire estaba
cargado con el punzante olor perenne del entorno y el viento soplaba y gemía; a
cierta distancia un hombre trabajaba entre las pequeñas moles de granito
recubiertas de musgo y el sol, en la quietud de la luz mañanera, hacía lanzar
destellos a la herramienta que utilizaba en sus labores.
La capilla se alzaba junto a la puerta,
con las tablillas blancas de sus paredes brillando en las verdes sombras de los
pinos y con sus agujas dirigidas hacia arriba, intentando inútilmente igualarse
con la altura de los árboles. A través de la puerta abierta, Blake echó un
vistazo al interior y a sus apagadas y suaves luces. Con lentitud, Blake pasó
la capilla y comenzó a andar. Bajo sus pies, la gravilla del sendero crujía al
ser pisada. A medio camino de la colina y hacia la derecha. Y cuando llegase
allá encontraría la marca escrita en una piedra, proclamando sin palabras al
mundo que el cuerpo de Theodore Roberts yacía bajo ella. Blake vaciló.
¿Por qué deseaba ir?
Para visitar el lugar en que reposaba su
cuerpo... no, no su cuerpo, sino el del hombre cuya mente portaba en su
cerebro.
Y si aquella mente todavía seguía
estando viva –si dos mentes seguían estando vivas–, ¿qué importancia tenía el
cuerpo? Solo era un desperdicio y su muerte no debería lamentarse, ni el lugar
en donde estuviera tendría la menor significación.
Lentamente volvió por el sendero,
dirigiéndose a la puerta. Cuando llegó a la capilla, se detuvo y permaneció
mirando, a través de la puerta, la población allá abajo.
Sabía que no estaba dispuesto aún para
volver a la villa, si es que alguna vez lo estaba. Ya que, cuando volviera al
poblado de nuevo, necesitaba saber qué hacer. Y aún no sabía qué es lo que
tendría que hacer, ni idea de cómo lo haría.
Se dirigió hacia la capilla y se sentó
en las escaleras. ¿Qué tendría que hacer ya? ¿Qué quedaba por hacer?
Ahora, sabiendo por fin quién era
realmente, no había necesidad alguna de seguir huyendo. Ahora que sentía el
suelo firme bajo sus pies, se encontraba con que aquel suelo carecía de
significación alguna.
Se buscó en los bolsillos de su traje y
tomó la carta. La desdobló, y la volvió a leer. El contenido decía así:
«Mi querido señor:
»Supongo que esta manera de dirigirme a
usted es extraña y torpe. He ensayado otras formas de saludos como
encabezamiento y todas me han sonado a falso e impreciso, por lo que he optado
por la que me parece más formal y, al menos, digna.
»En este momento, desde luego, ya sabe
usted quién soy yo y quién es usted, por lo que no hay necesidad de otras
adicionales explicaciones que conciernan a nuestra mutua relación que, doy por
descontado, es la primera en su género que existe sobre la faz de la tierra y,
tal vez, un tanto embarazosa para ambos.
»He vivido con la esperanza de que algún
día volviera usted y los dos pudiéramos sentarnos, tal vez con una copa en la
mano, y pasar una hora agradable comparando notas. Ahora, tengo cierto temor de
que usted no pueda regresar, ya que se ha ido tan lejos; temo que algo haya
ocurrido que impida, por tanto, su retorno. Pero aunque usted lo hiciera, para
mí tendría que ser muy pronto, ya que el fin de la vida está sobre mí
cerniéndose como una fatal e inevitable circunstancia.
»Digo el fin de la vida y esto, con
todo, no es algo absolutamente cierto. El final de la vida, por supuesto, se
refiere a lo que a mí respecta físicamente. Pero mi mente continuará existiendo
en el Depósito de la Inteligencia, una mente entre otras, capaz de continuar
funcionando como unidad independiente, o actuando en colaboración, como una
especie de singular simbiosis con otras mentes que allí continúan existiendo.
»No ha sido sin cierta vacilación el que
lo haya aceptado finalmente. Me doy cuenta, por supuesto, del honor que supone;
pero incluso habiendo aceptado, bien sea por mí mismo o en bien de la
Humanidad, no estoy cierto de que un hombre pueda vivir confortablemente como
una mente solitaria y temo, también, que la Humanidad, con el tiempo, pueda
llegar a depender en exceso sobre la acumulada sabiduría del llamado Banco de
las Mentes. Si permanecemos, como es por el momento la situación de hoy día,
simplemente como un recurso consultivo a quien se someten preguntas para su
consideración y recomendación, entonces el Banco Mental puede servir para un
útil propósito. Pero si el mundo de los hombres llega a depender de la
sabiduría del pasado solo, glorificándolo o deificándolo, inclinándose ante él
e ignorando la sabiduría del presente, entonces se convertirá en un estorbo y
un detrimento.
»No estoy muy seguro de por qué le
escribo esto a usted. Posiblemente porque usted es el único a quien puedo
escribirlo, ya que, en muchos aspectos, usted es mi otro yo.
»Parece extraño que en la vida, la mía
en este caso, un hombre haya de enfrentarse a dos decisiones tan similares, ya
que cuando yo fui seleccionado como el único cuya mente debería ser impresa en
su cerebro, sentí muchas de las reservas que ahora estoy sintiendo. Lamento
que, en muchos aspectos, mi mente podría no ser la clase de mente que pudiera
resultar la mejor para usted. Yo tenía tendencias y prejuicios que más bien
pudieran prestarle a usted un mal servicio. Todos estos años no me he sentido a
gusto, imaginando con frecuencia si mi mente pudiera servirle para bien o para
mal.
»El hombre, ciertamente, ha venido desde
lejos, procedente de la simple bestia que era cuando consideramos cuestiones
como éstas. Me he imaginado, a veces, si no hemos llegado demasiado lejos, si
en la vanidad de la inteligencia, no hemos irrumpido en un terreno prohibido.
Pero estos pensamientos me han llegado solo últimamente. Son las dudas
acumuladas de un hombre que se ha hecho anciano y por tanto, es algo que tiene
que ser descartado.
»Puede que a usted le parezca esta carta
una errática divagación y de propósito poco definido. Si es usted tan amable de
soportarme, voy a intentar, dentro de un razonable espacio de tiempo, dilucidar
el pequeño propósito que la anima.
»A través de los años, he pensado en
usted frecuentemente y he intentado imaginarme dónde estaría, si aún seguiría
con vida y cuándo volvería. Pienso que usted tiene que haberse dado cuenta ya
de que algunos, tal vez muchos, de los hombres que le fabricaron a usted, le
consideraron como un problema de bioquímica. Ahora creo, habiendo vivido todos
estos años, que no se sentirá usted confuso por la franqueza de esta
declaración. Pienso que usted es la clase de hombre que puede comprenderlo y
aceptarlo.
»Pero sepa que nunca he pensado en usted
en otra forma distinta a la de considerarle como otro ser humano,
verdaderamente como otro hombre igual a mí mismo. Como usted sabe, yo fui hijo
único. No tuve hermanos ni hermanas. Con frecuencia he pensado en usted como el
hermano que nunca tuve. Pero en los últimos años, creo que sé la verdad de
esto. Usted no es un hermano. Usted está más cerca de mí que un hermano. Usted
es mi otro yo, igual a mí en cualquier forma, y en ningún aspecto secundario.
»Permanezco con la esperanza de que si
vuelve, aunque yo haya muerto físicamente, pueda usted ponerse en contacto
conmigo, razón por la que escribo esta carta. Siento curiosidad por saber lo
que está usted haciendo y qué puede usted estar pensando. Me parece a mí que,
visto lo que ha sido y el trabajo que ha estado llevando a cabo, ha debido
usted haber desarrollado algunos interesantes y reveladores puntos de vista.
»Si toma contacto conmigo, es preciso
que todo quede a su propio juicio. No estoy enteramente seguro de que ambos
pudiéramos charlar, aunque me gustaría muchísimo. Permanezco en la confianza de
que sabrá usted qué es lo mejor que tiene que hacer.
»Por el momento, me preocupa mucho la
cuestión de si es prudente para la mente de un hombre seguir y seguir siempre
investigando. Se me ocurre que mientras la mente puede ser la mayor parte de
cualquier hombre, el hombre no es solo una mente. En un hombre hay muchas más
cosas implícitas que la sabiduría y la memoria para absorber hechos y
desarrollar puntos de vista. ¿Puede un hombre por sí mismo orientarse en las
regiones desconocidas en donde debe existir cuando solo sobrevive la mente?
Puede permanecer como un hombre, por supuesto, pero queda todavía la cuestión
de su humanidad. ¿Se convierte en algo más o menos que humano?
»Quizás, si por alguna causa, pudiéramos
hablar ambos, dígame usted qué piensa de todo esto.
»Pero si usted quiere que permanezcamos
aparte, tenga la seguridad de que si de alguna manera yo pudiese saberlo, lo
comprendería. Y en tal caso, quisiera que sepa que mis mejores deseos y mi
entrañable afecto van con usted unidos para siempre.
»Con el mayor afecto, »Theodore
Roberts.»
Blake dobló la carta y volvió a
guardarla en el bolsillo de su chaquetón de lana.
Todavía Andrew Blake, y no Theodore
Roberts; Teddy Roberts, tal vez, pero Theodore Roberts, no.
Y si tomara asiento frente a un teléfono
y marcase el número del Banco Mental, ¿qué es lo que tendría que decir cuando
Theodore Roberts se pusiera al otro extremo de la línea? ¿Qué podría decirle?
La verdad, es que no tenía nada que ofrecerle. Serían dos hombres, ambos
necesitando ayuda, cada uno mirando al otro en busca de la ayuda que ninguno
podría dar al otro.
Blake podría decir: Soy un hombre-lobo,
así es como me llaman en los periódicos. Yo soy solo parte de un hombre,
no más de un tercio de hombre. El resto
de mí es otra cosa, algo que usted no ha oído jamás ni lo ha imaginado. Yo ya
no soy un humano y no hay sitio para mí en este mundo, ningún lugar de la
Tierra. No pertenezco a ninguna parte. Soy un monstruo, un fiasco y puedo,
además, dañar a cualquiera con quien me ponga en contacto.
Aquello era cierto. Blake había herido y
dañado a todos los que había conocido. Elaine Horton, a quien había besado...
Una joven que pudo haber amado, que quizás amaba todavía. Aunque podía amarla
con la parte de humano que quedaba en él, solo sería con la tercera parte de su
propio yo. Y podía herir también a su padre, aquel maravilloso anciano, con sus
rígidos principios y sus inquebrantables convicciones del pasado. También
dañaría al joven doctor Daniels, quien había sido el primero, y por cierto tiempo,
su solo amigo.
Podía hacer daño a todos y a todo, a
menos que...
Así era. A menos que...
Había algo que tenía que hacer, alguna
acción que debía llevar a cabo.
Exploró en su mente por aquello que
tenía que hacer y no estaba allí.
Se levantó con lentitud del escalón en
que había estado sentado, y se volvió hacia la puerta, volvió de nuevo sobre
sus pasos y se dirigió hacia la capilla, caminando despacio por el pasillo.
El lugar estaba en la mayor quietud y en
la penumbra. Un candelabro eléctrico, montado en el facistol, apenas disipaba
las sombras como el resplandor de un débil fuego ardiendo en la obscura
vaciedad de una llanura desolada.
Un lugar para meditar. Un sitio para
poner en orden las ideas, sin sentir los apremios del tiempo. Un lugar para
planear el orden de sus pensamientos y ver qué es lo que tenía que hacer.
Se apartó hacia uno de los asientos;
pero no se sentó, sino que se quedó de pie, arrullado por el suave soplar del
viento en los pinos del cementerio. Había llegado al punto de la decisión
definitiva, allí disponía del tiempo y el lugar apropiados para resolver sus
problemas, sin retirada posible. Había estado huyendo hasta entonces, y huyendo
para cierto propósito; pero ya no tenía objeto ni sentido el impulsivo acto de
huir, ya que, por lo demás, tampoco había ningún sitio a donde ir; había
alcanzado el último punto y entonces, si tuviera que huir de nuevo hacia alguna
parte, necesitaba saber hacia dónde.
Allí, en aquella pequeña ciudad, había
hallado quién y qué era y la ciudad era en sí un callejón sin salida. Todo el
planeta era un callejón sin salida, no había lugar para él sobre la Tierra, ni
en la Humanidad.
Aún procediendo de la Tierra, no tenía
nada que reclamar a los humanos, ni a la Humanidad. Era algo híbrido, el
producto del más terrible logro biológico que hubiese existido jamás antes que
él.
Era, además, todo un equipo, equipo
formado por tres seres diferentes. Aquel conjunto tenía la oportunidad y la
capacidad de trabajar unido y, tal vez, la de resolver un problema universal
básico; pero no era un problema que tuviese que ver específicamente con la
Tierra, o con la vida que residía en ella. No tenía nada que hacer en este
mundo, ni este mundo nada tenía tampoco que haber hecho por él.
Quizás en algún otro planeta, desierto y
en un primitivo estado evolutivo, donde no hubiese cultura ni distracción
cultural, podría llevar a cabo su función, él, el equipo; no él, el humano,
sino él, los tres conjuntamente.
Lejos, muy lejos, al margen ya del
tiempo y la distancia, existiría la posibilidad de resolver el propósito y el
significado del Universo. O en caso de no hacerlo así, el haber ahondado hasta
el máximo del problema, en forma tal, que jamás antes ninguna inteligencia lo
hubiera hecho.
Volvió a pensar de nuevo en lo que yacía
en el poder de aquellas tres mentes que habían sido eslabonadas y unidas por la
inconsciente e impremeditada inventiva conformada por las mentes de los
hombres; el poder, la fuerza y la belleza, lo maravilloso y lo horrible. Y se
sintió acobardado ante la comprobación de que tal vez con ello se había forjado
un instrumento que ultrajaba todo el propósito y el significado para el cual
estaba destinado ahora a investigar a través del Universo.
Con el tiempo, quizás las tres mentes se
convertirían en una simple mente y si tal sucedía, entonces su humanidad ya no
importaría nada, puesto que habría desaparecido. Entonces, los lazos que le
ligaban a aquel planeta llamado Tierra y la raza de bípedos seres que habitaban
la Tierra se habrían perdido en el olvido y él se encontraría libre. Y entonces
también, se dijo a sí mismo, sería la ocasión de quedarse a su gusto y
descansar, y por tanto olvidar. Y, cuando hubiese olvidado, cuando ya hubiera
dejado de ser humano, podría considerar los poderes y capacidades mantenidos
dentro de aquella mente común, como nada más que una cosa vulgar, ya que la
mente del hombre, le constaba, si bien era inteligente, era limitada, muy
limitada. Se embobaba ante lo maravilloso y vacilaba frente a la total
comprensión del Universo. Pero mientras pudiese ser limitada, estaba segura y
se sentiría confortable.
El había superado a la Humanidad con lo
que estaba especialmente dotado, pero aquellas dotes ultrahumanas herían. Le
dejaban débil y vacío, fuera del reposo y la comodidad.
Se acurrucó sobre el suelo y se abrigó
con sus propios brazos. Aquel pequeño espacio, pensó, incluso aquella diminuta
habitación que estaba ocupando, no le pertenecía, ni él pertenecía a ella. No
había ningún sitio para él. Era una nada enmarañada que había sido engendrada
por accidente. El nunca había imaginado ser lo que era. Era un intruso. Un
intruso, tal vez, sobre este planeta solamente, pero la humanidad que aún se
adhería a él hacía que este planeta tuviera importancia, el único lugar del
Universo que la tuviera todavía.
Con el paso del tiempo se vería libre de
todo recuerdo de la Humanidad; pero esto, de suceder, pasaría en milenios por
venir. El presente y la Tierra, no el eterno futuro y el Universo.
Sintió el calor de la simpatía queriendo
llegar hasta él, sintiendo también obscuramente de donde procedía, incluso en
su amargura y su desesperación; le dio la sensación de hallarse en una trampa y
luchó contra ella.
Luchó débilmente; pero los otros
hablaban mentalmente entre ellos y podía oír sus palabras y comprender sus
pensamientos, que pasaban entre los dos, y las palabras con que le hablaban a
él, aunque no las comprendiese.
Ellos se aproximaron a él, le miraron y
le abrigaron junto a ellos y su extraño calor le hizo sentirse seguro y
acompañado. Y se hundió poco a poco en la comodidad y el olvido y, en el fondo
de su angustia, le pareció sentirse fundido en un mundo donde nada existía sino
ellos tres, solo él y los otros dos, ligados juntos por toda la eternidad.
29
Un viento de diciembre, fino y mordiente
como agujas de hielo, soplaba por los campos, arrancando las últimas hojas
obscuras, ya marchitas, del solitario roble que se erguía a medio camino de la
colina. En lo alto, donde se hallaba el cementerio, los pinos gigantes
susurraban en el frío ambiente del fin de año. Unas nubes espesas y multiformes
corrían por el cielo, sintiéndose la presencia de la nieve arrastrada por las
nubes. Dos figuras vestidas de azul se hallaban a las puertas del cementerio y
el pálido sol del invierno, brillando por un momento a través de las rotas
nubes, resplandeció sobre los pulidos botones y el cañón de los rifles de
aquellas figuras.
A un lado de la puerta, un pequeño grupo
de visitantes y curiosos se apretujaba, mirando ávidamente, a través de los
barrotes de hierro, la blancura de la capilla.
–Hoy no hay muchos –dijo Ryan Wilson a
Elaine Horton–. Cuando el tiempo es bueno, especialmente en los fines de
semana, tenemos toda una multitud.
Wilson se levantó el cuello de su traje
gris abrigándose la garganta.
–No es que apruebe lo que pasa –continuó
Wilson–, pero es Theodore Roberts quien está ahí. No importa la forma que
adopte, sigue siendo Theodore Roberts.
–El doctor Roberts, tengo entendido
–dijo Elaine–, estuvo muy bien considerado en Willow Grove.
–Ciertamente. El fue el único de
nosotros que ganó honores y distinciones. La ciudad está muy orgullosa de él.
– ¿Y lamenta usted todo esto?
–No sé si llamarlo molestia. Mientras
que se mantenga el decoro debido, creo que no importa. Pero a veces, las
multitudes toman un aspecto de día de fiesta y eso no nos gusta.
–Tal vez no debería haber venido –dijo
Elaine–. Lo he estado pensando mucho. Pero cuanto más lo meditaba, más sentía
la necesidad de venir.
–Usted le brindó su amistad –dijo Wilson
con aire grave–. Tiene usted derecho a venir. Me imagino que él no tendría
muchos amigos.
El pequeño grupo de personas que se
apretujaba en las puertas del cementerio se había deshecho y comenzaba a bajar
la colina.
–En un día como éste –comentó Wilson–,
no hay mucho que ver para la gente. Por eso no se quedan mucho tiempo. Solo la
capilla. En el buen tiempo, las puertas de la capilla están abiertas y se puede
echar un vistazo a su interior; pero incluso así, hay poca cosa que ver. Para
empezar, hay un pasillo obscuro, donde apenas si se puede ver algo. Pero ahora,
cuando se abren las puertas, se obtiene la sensación de un resplandor, de algo
que brilla allí dentro. Al principio no se aprecia. No se puede apenas ver nada.
Es solo como mirar a un agujero que cuelga justo encima del suelo. Todo está
borroso. Supongo que debe ser un campo de fuerza de alguna especie. Pero
después, gradualmente, el escudo, o las defensas o sea lo que fuere, parecen
desprenderse y puede apreciarse ese resplandor.
– ¿Me dejarán entrar? –preguntó Elaine.
–Supongo que no tendrán inconveniente
–repuso Wilson–. Le he enviado recado al capitán. No se puede culpar a la
Administración del Espacio por custodiar el sitio tan rígidamente. La
responsabilidad por lo que pueda haber allí les concierne solo a ellos. Ellos
comenzaron el proyecto, hace doscientos años. Lo ocurrido aquí, no habría
sucedido de no haber sido por el «Proyecto del Hombre-Lobo».
Elaine se estremeció.
–Le ruego que me perdone –se excusó
Wilson–. No debería haber dicho eso.
– ¿Por qué no? Aunque sea desagradable,
así es como se le llama por todo el mundo.
–Ya le conté lo del día en que llegó a
mi oficina –le dijo el abogado–. Era un joven agradable.
–Era un hombre aterrado –dijo Elaine–,
huyendo de todo el mundo. Si me lo hubiera dicho a mí...
–Quizás entonces no sabía...
–Sabía que estaba en dificultades. El
senador y yo le hubiéramos ayudado. El doctor Daniels también lo habría hecho.
–Seguramente no quiso implicarla a
usted. Este es una clase de asunto para no mezclar en él a los amigos. Y Blake
quería conservar su amistad. Tenía miedo, más que seguro, que de habérselo
dicho a usted habría podido perder su amistad.
–Comprendo que pudiera haberlo pensado
así. Soy yo la que me lo reprocho. Pero no quería herirlo en sus sentimientos.
Pensé que debería tener la oportunidad de encontrar la respuesta por sí mismo.
La gente descendía colina abajo, pasando
a su lado y siguiendo el camino.
30
La pirámide se erguía a la izquierda y
frente a la fila de asientos. Resplandecía de una forma misteriosa; pulsando
suavemente y fuera de ella parecía envolverla una cortina de luz.
–No se acerque mucho –advirtió el
capitán–. Podría asustarla.
Elaine no respondió. Se quedó mirando
fijamente aquella pirámide y el horror y la maravilla surgieron juntos
apretándole la garganta.
–Puede usted quedarse a dos o tres filas
de asientos de distancia –volvió a decir el capitán–. Podría ser peligroso si
intenta acercarse demasiado. Realmente no lo sabemos.
Hizo un esfuerzo para hablar, ya que las
palabras se negaban a salir de su garganta.
– ¿Ha dicho usted asustarla? –preguntó.
–No lo sé –repuso el capitán–. Así es la
forma en que actúa. Como si estuviera asustada por nuestra presencia. O
sospechara de nosotros. O puede que no quiera saber nada de nosotros tampoco.
Hace poco que está así resplandeciente. Estaba apagada, corrió un trozo de la
nada, como si ahí no existiera ninguna cosa. Es como si hubiera creado por sí
misma un mundo especial para ella, con sus defensas exteriores preparadas.
– ¿Y ahora sabe que no queremos hacerle
ningún daño?
–Habla usted como si fuese una
persona...
–Andrew Blake –afirmó ella.
– ¿Le conoce usted, señorita? Mr. Wilson
lo ha dicho.
–Le vi tres veces.
–Respecto a que sepa que no queremos
hacerle daño, puede que sea eso –explicó el capitán–. Algunos científicos lo
creen también. Muchos de ellos han intentado estudiar eso; bien, perdone,
señorita, estudiarle. Pero no han conseguido apenas nada. No hay mucho que
calcular ni comprender.
–¿Están seguros? –preguntó la joven–.
¿Están seguros de que es Andrew Blake?
–Ahí abajo, por debajo de la pirámide
–le dijo el capitán–. En la base, a la derecha.
– ¡El traje de lana! –exclamó Elaine–.
¡Ese fue el que yo le di!
–Sí. El único que vestía. Está debajo,
ahí en el suelo. Solo sobresale un trozo por debajo de la pirámide. Ella dio
otro paso y se detuvo.
–No demasiado lejos –advirtió el
capitán–. Ni demasiado cerca.
Esto es una locura, pensó Elaine. Si él
está aquí, tiene que saberlo. Sabría que soy yo y no estaría asustado...
Debería saber que solo le traigo mi amor...
La pirámide, entonces, emitió unas
suaves pulsaciones.
Pero quizás lo ignora, se dijo Elaine.
Tal vez se haya cerrado para el resto del mundo, sí, eso es lo que ha hecho.
Y tiene razón para hacerlo... ¿Cómo
tiene que sentirse al saber que su mente es la de otro hombre; una mente
prestada, ya que no tiene ninguna suya propia, a causa de la simpleza de los
hombres, que no han sido lo suficientemente grandes para fabricarle una mente?
El ingenio suficiente para conformar su carne y sus huesos, y un cerebro; pero
no una mente. Y cuánto peor, tal vez, sea el conocer que es parte de otras dos
mentes, por lo menos...
– ¿Capitán? –Sí, señorita Horton.
– ¿Saben los científicos cuántas mentes
hay? ¿Podría haber más de tres?
–No parecen saberlo –repuso el oficial–.
Dada la situación, tal y como está, parece no haber límite.
Sin límite, pensó Elaine. Allí había
lugar para una infinidad de mentes, capaces de captar todo el conocimiento que
existe en el Universo. Y yo me encuentro aquí, hablando silenciosamente a la
criatura que ha sido Andrew Blake. Aquí estoy. ¿Puedes decir que estoy aquí? Si
alguna vez me necesitas, Andrew, si es que cambias de nuevo y te conviertes en
hombre... Pero, ¿cómo podría volver de nuevo a convertirse en un hombre? Quizás
se hubiera transformado en aquella pirámide por no tener necesidad de ser un
hombre, para no tener que encararse con una Humanidad con la que nada tenía que
compartir...
Se volvió y dio un paso vacilante hacia
la parte frontal de la capilla, después se volvió una vez más.
La pirámide estaba brillando suavemente
y parecía tan pacífica y tan sólida y, con todo, tan aislada del resto del
mundo, que se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas se escaparon de sus
bellos ojos.
No debería llorar, se dijo a sí misma.
No lloraré... ¿Por quién tengo que llorar? ¿Por Andrew Blake? ¿Por mí misma?
¿Por la embriagada raza del hombre? No está muerto. Quizás sea peor que la
muerte. Si había sido un hombre y hubiera muerto, ella podría haberse marchado
diciéndole adiós.
Una vez se había vuelto hacia ella en
demanda de ayuda. Ahora estaba más allá de toda ayuda, de cualquier ayuda
humana. Tal vez mucho más allá de toda la Humanidad...
Se volvió de-nuevo.
–Me iré ahora –dijo Elaine–. Capitán,
por favor, ¿quisiera caminar a mi lado?
El oficial la tomó del brazo y echó a
andar a lo largo del pasillo.
31
Todo estaba allí. Las grandes y negras
torres como ancladas en la corteza granítica del planeta parecían alcanzar el
cielo. El espacio verde con sus árboles y flores y sus animales correteando
alegremente permanecían como inmóviles en el tiempo. La estructura rosada se
elevaba en aéreas curvas y espirales por encima del mar de color púrpura
recubierto de espuma. Y, en la aridez de la gran meseta, las cúpulas de color
mostaza que albergaban inteligencias solitarias, como anacoretas, funcionaban
tan lejos como sus sentidos especiales podían alcanzar.
Aquellas y muchas otras, y no imágenes
de ellas solamente, arrebatadas de las estrellas heladas que se esparcían como
una bóveda de cristales desparramados por el cielo del planeta, aquel planeta
de arena movediza y de arena, con las ideas, pensamientos y conceptos que
componían aquellas imágenes.
La mayor parte de las ideas y conceptos
eran simples piezas aisladas que no tenía correlación entre sí; pero todas
ellas eran como piezas de un gigantesco y fabuloso rompecabezas dentro de una
red lógica.
La tarea era enorme y a veces confusa;
pero, poco a poco, los diversos datos iban cayendo en sus lugares respectivos
dentro de una pauta general, y una vez identificados, eran suprimidos de la
consideración activa a que habían sido sometidos; aunque siempre preparados
para disponer de ellos, si había necesidad de hacerlo.
Trabajaba con satisfacción y con
felicidad... lo que le molestaba. La satisfacción era una cosa perfecta y
agradable; y completamente permisible, además; pero la felicidad era un
elemento extraño y equivocado. Era algo que había sido desconocido y no debería
sentirse, era una cosa extraña y suponía una emoción. Para el mejor resultado
no debería existir la emoción, lo que le irritaba por sentir aquella felicidad
y se dispuso a erradicar tal sensación.
Debía ser un contagio, se dijo a sí
mismo. Un contagio que debía haber sufrido a causa de Cambiador y tal vez de
Indagador, que era, desde luego, la criatura más inestable. Una situación
contra la que tenía que ponerse en guardia, ya que la felicidad era algo
nefasto y malo para él; pero había otras emociones ilógicas inherentes a los
otros dos que aún podían ser peores.
Y así, barrió de su mente la felicidad y
puso una guardia permanente contra ella, continuando con su trabajo, reduciendo
las ideas y los pensamientos a puros conceptos, hasta donde podían ser
reducidos a fórmulas, axiomas y símbolos, permaneciendo con todo cuidado atento
al proceso para no perder la sustancia del mismo, ya que tal sustancia sería
necesitada más tarde.
Se producían titánicos esfuerzos que
debían ser guardados como entre paréntesis para una mayor consideración y
eventualmente, incluso a falta de más datos. La pauta lógica del proceso era
segura; pero, extrapolada demasiado lejos, dejaba algún hueco para el error y
le era preciso obtener mayores datos que indicasen la dirección correcta. Había
tantos posibles desvaríos y desviaciones, que no existía potencialmente nada
que fuese fácil. El proceso exigía una fuerte disciplina y una constante
revisión y autoexamen para estar cierto de que el concepto emanado de sí mismo
fuese eliminado. Aquello era lo que hacía que la felicidad fuese una cosa mala
y un estorbo.
El material de la torre negra, por
ejemplo. Tan sutil, parecía imposible que se mantuviese y que, dejada a sí
misma, poseyese fuerza. Y no había duda respecto a su sutileza y finura:
aquella información la obtuvo de forma clara y sólida. Pero el choque de los
neutrones era ya otra cosa; neutrones apretados tan sólidamente juntos que
asumían las características del metal, todo sostenido en una rígida asociación
por una fuerza para la que no había definición. El choque significaba e
indicaba el concepto del tiempo, pero, ¿era el tiempo una fuerza? Un tiempo
dislocado, pensó, tal vez. Un tiempo trastocado que tomaba su propio sitio
tanto en el pasado como en el futuro, esforzándose eternamente hacia una meta
imposible para cualquier fantástico mecanismo que mantuviese al tiempo fuera de
lugar. ¿Sería aquello posible?
Y la idea de los pescadores del espacio,
que esparcen sus redes a través del vacío de años luz cúbicos, captando la
energía arrojada al espacio por tanto sol ardiente. Captando en el proceso los
increíbles pecios de cosas desconocidas que una vez cruzaron o vivieron en la
inmensidad espacial, los desperdicios de las infinitas vastedades del espacio
abandonado. No se trataba de tales pescadores o de qué clase de redes lanzaban
o cuáles podrían atrapar la energía. Era solo el pensamiento de que tales pescadores
pescasen. Alguna fantasía, quizás de alguna mente común sombría, una religión o
una fe, o un mito... ¿O es que podrían existir tales pescadores?
Aquellos pensamientos y muchos más y
aquella débil impresión, tan débil que apenas estaba registrada; débil, quizás
porque procedía de una estrella tan distante que incluso la luz llegaba a
debilitarse. Una mente universal, decía, y era todo lo que decía. Una mente
quizás, de la cual procedían todos los pensamientos. Una mentalidad tal vez,
que reunía en sí todo el pensar. O una mente que disponía la ley y el orden que
hace que los electrones giren alrededor de los núcleos atómicos y que dispone
la cadencia del dispositivo de las galaxias.
Había más, y todo ello fragmentario y
muy confuso.
Y solo era el comienzo. Esto era
únicamente la simple cosecha de un momento de tiempo en un simple planeta. Pero
todo ello era importante, cada detalle informativo, la más débil impresión del
conocimiento. En alguna parte, todo coincidiría, todo encajaría, cada cosa en
su sitio, de algún modo tendría que haber un lugar para ello, dentro de la
pauta de la ley y el orden, de la causa y el efecto, de la acción y la
reacción; lo que componía el Universo.
Todo lo que se precisaba era tiempo. Con
más datos y mayor lógica, todo volvería a convertirse en una entidad.
Y el tiempo, como factor, podía ser
cancelado. Había una eternidad por delante.
Pensador, quieto en el suelo de la
capilla, emitía suaves pulsaciones, con el mecanismo lógico que era su mente
encaminado hacia la verdad universal.
32
Cambiador luchó.
Tenía que marcharse. Debía escapar. No
podía permanecer, enterrado en aquella negrura y en aquella quietud, en el
confort y la seguridad, en aquella hermandad que lo rodeaba y lo engullía.
De otro modo, no quería luchar.
Permanecería exactamente donde estaba, quedándose todo tal cual era. Pero algo
le hacía luchar, le impulsaba a hacerlo, no algo propio de su interior, sino
algo existente exteriormente, una criatura, un ser o una situación que le
exigía entrar en acción y que le decía a gritos que no debía seguir allí, sin
importar cuánto lo deseara. Había algo que quedaba sin hacer y no podía de
ningún modo ser dejado sin llevarlo a cabo, y él era el único capaz para llevar
a cabo la tarea, cualquiera que fuese.
–Calma, calma –dijo Indagador–. Estás
mejor así. Hay demasiadas penas, demasiadas amarguras ahí fuera en el exterior,
fuera de aquí.
¿Fuera de aquí?, pensó. Y recordó algo
de aquello. El rostro de una mujer, los altos pinos en la puerta, otro mundo
visto como se puede ver a través de una cortina de agua, remoto y distante,
improbable. Pero Blake sabía que estaba allí.
– ¡Me habéis encerrado! –gritó–. ¡Tenéis
que dejarme ir!
Pero Pensador no le prestó ninguna
atención. Siguió pensando, todas sus energías dirigidas hacia todos los datos
de información y de hechos, las grandes torres negras, las cúpulas de color
mostaza, y la indicación de algo o de alguien dando órdenes para el Universo.
Su fuerza y su voluntad se desplomó y
volvió a hundirse en la negrura y la quietud.
–Indagador –dijo.
–No –repuso éste–. Pensador está
trabajando de firme.
Blake se recogió sobre sí
silenciosamente y se irritó contra los dos en su mente. Pero el irritarse no
era bueno.
Yo no les he tratado en esa forma, se
dijo para sí. Cuando estaba en el cuerpo, siempre les escuché. Nunca les dejé
abandonados ni apartados.
Siguió descansando, y el pensamiento
indicó a su mente" que lo mejor era seguir en aquella comodidad y en
aquella quietud. ¿Qué importaba todo lo demás, fuese lo que fuese? ¿Qué
importaba la Tierra?
Pero allí estaba la clave: ¡La Tierra!
La Tierra y la Humanidad. Y ambas cosas importaban. No, tal vez, para Indagador
y para Pensador, aunque lo que importase a uno tenía que importar a los tres.
Luchó de nuevo débilmente y se encontró
con que le faltaban las fuerzas precisas, o tal vez la voluntad necesaria.
Siguió en aquella quietud de nuevo, esperando, reuniendo fuerza y paciencia.
Ellos se cuidaban de él, se dijo a sí
mismo. Ellos se habían arriesgado y le habían protegido en una hora de angustia
y ahora le tenían prisionero, encerrado, y no le dejaban ir...
Intentó mostrar una vez más su angustia,
con la esperanza de que en una situación angustiosa, encontraría la fuerza, la
voluntad. Pero no pudo. Había sido algo borrado. Le pareció aferrarse a sus
bordes, pero sin poder captarlo en su verdadera dimensión.
Y así volvió a quedarse quieto contra la
oscuridad y dejar que la calma volviera a llegarle; pero mientras lo hacía así,
sabía que debería luchar para ser libre de nuevo y, aunque le parecía de otra
parte difícil, si seguía luchando sin cesar, habiendo en todo aquello algo que
no comprendía totalmente, su razón le impelía a tener que hacerlo.
Permaneció quieto y pensó de qué forma
se parecía a un sueño, un sueño en donde uno sube a una montaña, pero en el que
jamás se llega a la cima; o a la clase de sueño en que uno se halla colgado al
borde de un precipicio, hasta que los dedos resbalan y cae por algo que no
tiene fin, cayendo, cayendo, sin llegar jamás al fondo.
El tiempo y lo fútil del propósito se
extendieron ante él, sabiendo que el tiempo, en sí mismo, era inútil, ya que
conocía que el Pensador consideraba al tiempo como un factor negativo, o más
bien, como un factor inexistente.
Intentó colocar su situación dentro de
una correcta perspectiva, pero rehusó caer dentro de una pauta, en que la
perspectiva pudiese ser medida. El tiempo era algo borroso y la realidad una
bruma y, nadando inmerso en aquello, llegó a divisar un rostro, un rostro que
al principio no tenía para él un especial significado; pero que finalmente supo
que era alguien a quien conocía y después, al fin, aquel rostro humano, medio
entrevisto en la oscuridad, quedó impreso en su mente para siempre.
Sus labios se movían y no pudo oír sus
palabras; pero aquellos labios, el recuerdo de ellos había quedado
indeleblemente impreso en su mente.
Cuando puedas, hazme saber algo de ti...
Sí, allí estaba. Ahora tenía que
hacerlo.
Surgió abruptamente fuera de la
oscuridad y de la quietud y le pareció sentir una fuerte protesta a su
alrededor; la ofendida protesta de los otros dos.
Negras torres giraban en la oscuridad a
su alrededor, un negro girar en la negrura, con el sentido del movimiento; pero
no de la vista. Y repentinamente, la vista también.
Se encontró de pie en la capilla del
cementerio y el lugar estaba sombrío con la débil luz de los candelabros y
desde el exterior pudo oír el susurro de los pinos acariciados por el viento.
Se produjeron unos gritos y vio a un
soldado corriendo pasillo arriba hacia él, mientras otro permanecía perplejo
con el fusil apuntándole.
– ¡Capitán! ¡Capitán! –gritaba el que
corría.
El otro soldado se adelantó un paso.
–Tómalo con calma, hijo –dijo Blake–. No
voy a ir a ninguna parte.
Se dio cuenta de que algo se había
enredado en sus tobillos y vio que era su traje. Se liberó de él y se agachó
para recogerlo y ponérselo por los hombros.
Un militar con unos galones en las
charreteras llegó a buen paso caminando por el pasillo. Se detuvo frente a
Blake.
–Soy el capitán Saunders, señor –dijo–.
De la Administración del Espacio. Estamos custodiándole.
– ¿Custodiándome? ¿O vigilándome?
El capitán hizo un leve gesto ambiguo.
–Tal vez un poco de ambas cosas. Me
congratulo, señor, de que, una vez más, se haya convertido en un ser humano.
Blake se apretó aún más la ropa en los
hombros.
–Está usted equivocado –dijo–. Tiene ya
que saber que está en un error. Usted sabe que no soy un ser humano... no
completamente humano.
Quizás, pensó, solo humano en la forma
externa y que tenía la conciencia de poseer, aunque debía haber algo más en
ello, ya que había sido diseñado como un ser humano, y fabricado como hombre.
Se habían producido cambios, por supuesto, pero no tantos, como para ser algo
no humano. No algo que fuese inaceptable, ni que diese la impresión de un
monstruo para la Humanidad.
–Hemos estado esperando –dijo el
capitán–. Hemos esperado que...
– ¿Cuánto tiempo? –preguntó Blake–.
¿Cuánto tiempo han esperado?
–Casi un año.
¡Un año! No había parecido tan largo el
suceso. A Blake le pareció que era cuestión de horas. Cuánto tiempo, imaginó
Blake, había estado apoyado y sostenido, sin saberlo, en las protectoras
profundidades de la mente comunal antes que hubiera llegado a saber que
necesitaba quedar libre... ¿Lo habría sabido desde el principio y luchó desde
el momento en que Pensador le había transferido? Era difícil de saber. El
tiempo, dentro de una mente desasociada, podía quedar totalmente desprovisto de
su significado, quedando convertido en algo inútil como medida de duración.
Ahora que el terror y la agonía mental
habían desaparecido de él y podía enfrentarse con la realidad de que no era
humano en suficiente medida para reclamar un lugar sobre la Tierra, se dirigió
al oficial.
–Bien, ¿y ahora?
–Mis órdenes son las de llevarle a
Washington, a la Administración del Espacio, tan pronto como sea seguro el
poder hacerlo.
–Ahora puede ser algo seguro. No voy a
causarles ningún problema.
–No es a usted a quien me refiero –dijo
el capitán–. Es a la multitud que hay ahí fuera.
– ¿Qué quiere decir con la multitud?
–Esta vez es toda una muchedumbre de
adoradores. Hay cultos, parece, dirigidos a considerarle como una especie de
Mesías enviado para liberar al Hombre de todo el mal que hay en él. En otras
ocasiones, son grupos que le denuncian a usted como un monstruo... perdone,
señor, si he empleado ese término. Lo había olvidado. Por favor, discúlpeme.
–Y esos grupos, tanto el uno como el
otro, ¿le han proporcionado problemas?
–A veces –explicó el capitán–. En
ocasiones, muchos. Por eso es por lo que debemos escaparnos de aquí con el
mayor sigilo.
–Pero, ¿no sería mejor salir caminando
tranquilamente?
–Desgraciadamente, ésta no es una
situación que pueda manejarse tan fácilmente como usted la ve. Puedo ser franco
con usted. Nadie, excepto unos pocos de nosotros, sabrán que usted se ha
marchado. La guardia continuará en sus puestos...
; – ¿Va usted a dejar a la gente
creyendo que aún sigo aquí?
–Sí. Es lo más fácil.
–Pero algún día...
El capitán denegó con un gesto.
–No. Pasará mucho tiempo. Usted no será
visto. Tenemos una astronave esperándole. De esa forma puede marcharse, si
quiere, por supuesto.
– ¿Para liberarse de mí?
–Tal vez –concluyó el capitán–. Pero
también sirve para que usted se libre de nosotros.
33
La Tierra deseaba librarse de él, quizás
por miedo, tal vez simplemente disgustada por su presencia, como un nefasto
producto de sus propias ambiciones e imaginación que debía ser rápidamente
quitado de la circulación. Para él ya no había sitio en la Tierra, ni en la
Humanidad y con todo él era humano, un humano producto, y había sido hecho
posible por los grandes cerebros y el conocimiento de los científicos
terrestres.
Había pensado en aquello cuando entró
por primera vez en la capilla de Willow Grove y ahora, hallándose de pie
apoyado en una ventana y mirando las calles de Washington, sabía que había
tenido razón y que había juzgado correctamente la reacción de la Humanidad.
No había forma de saber cuál era mayor,
si la actitud de la gente del mundo, o la de los componentes de la
Administración del Espacio. Para la Administración del Espacio él constituía un
viejo error, un planteamiento ya pasado de moda y cuanto antes se lo quitasen
de encima, sería muchísimo mejor.
Había también aquella muchedumbre de
personas, en la ladera de la colina del cementerio, al exterior; una
muchedumbre reunida allí para rendir homenaje a quien pensaban que se lo
merecía. Chiflados, ciertamente; ocultistas, con toda probabilidad; la clase de
gente que se aferran a cualquier nueva sensación que llene sus vidas vacías de
contenido, todavía siendo seres humanos, todavía la propia Humanidad.
Siguió allí junto a la ventana, mirando
con fijeza las calles de Washington, por las que transcurrían muy pocos coches
en un sentido u otro, y los perezosos paseantes que acababan por tomar asiento
en los bancos bajo los árboles de la avenida. La Tierra, pensó, la Tierra y las
gentes que vivían en ella, gente que tenía su trabajo y su familia y un hogar a
donde ir, que tenía quehaceres y aficiones, sus fracasos y triunfos y sus
amigos. Pero eran gentes que pertenecían plenamente a este mundo. Incluso si él
pudiera pertenecer por igual, si por determinadas circunstancias más allá de lo
que pudiera imaginar se volvía aceptable para la Humanidad, ¿podría
considerarse así? Porque Blake no era él solo. No se podía considerar un
individuo, ya que había los otros dos que estaban en él, en plena mezcolanza,
como una masa de materia que conformaba su cuerpo.
El que estuviera atrapado en una
cuestión emocional era algo que no importaba en absoluto a los otros, aunque
allá en la capilla del cementerio de Willow Grove, le pareció que sí. Que ellos
fuesen incapaces de emoción humana alguna, estaba fuera de discusión; sin
embargo, pensándolo bien, Blake consideró si Indagador podría tener una
capacidad emocional casi igual a la suya.
Pero convertirse en un proscrito, el ser
arrojado de la Tierra, para vagar por el Universo como un paria, le parecía más
de lo que era capaz de aceptar para encararse con ello.
La astronave le estaba esperando, ya
casi dispuesta y de él dependía elegir entre marcharse o quedarse. Aunque la
Administración del Espacio parecía sentirse mucho más inclinada a que se fuera
para siempre, de una vez por todas.
Por otra parte, no había nada que
pudiera ganar quedándose, solo la débil esperanza de que cualquier día pudiese
convertirse en hombre de nuevo.
Y si podía... ¿lo deseaba realmente?
Su cerebro bullía confuso con la
ausencia de una respuesta adecuada y siguió apoyado en la ventana, apenas
viendo lo que sucedía en la calle.
Un golpe dado en la puerta le remitió
súbitamente a la realidad.
La puerta se abrió y en ella vio al
guardia echándose a un lado en su puesto de vigilancia. Entonces entró un
hombre y por un momento, medio cegado por las luces de la calle y el resplandor
del exterior, Blake no le reconoció. A los pocos instantes se dio cuenta de
quién era.
–Senador –dijo, dirigiéndose hacia él–,
ha sido usted muy amable en venir. No pensé que lo haría.
– ¿Por qué no tendría que haber venido?
–repuso Horton–. Su mensaje expresaba el deseo de hablar conmigo.
–Pero no sabía si usted deseaba volver a
verme. Después de todo, yo he contribuido probablemente al resultado del
referéndum.
–Tal vez –convino Horton–. Sí, tal vez
usted lo hizo. Stone se comportó con la mayor falta de ética al utilizarle a
usted como un horrible ejemplo. Utilizó sus argumentos de la forma más
efectiva.
–Lo lamento. Eso es lo que quería
decirle. Yo habría ido a verle a usted; pero por el momento me hallo, digamos,
sometido a una suerte de atenuada especie de arresto.
–-Bien, ahora creo que tenemos algo más
de qué hablar. El referéndum y sus consecuencias son, como puede suponer, algo
doloroso para mí. Hace unos días he presentado mi dimisión y debo confesarle
que me llevará algún tiempo hacerme a la idea de que ya no soy senador.
– ¿No quiere tomar asiento, por favor?
En aquel sillón –dijo Blake indicándole uno–. Creo que puedo ofrecerle una copa
de buen brandy.
–Bueno, esa es una idea que aplaudo.
Creo que ya es hora de poder tomarse una copa. En aquella ocasión en que vino
usted a mi casa, también tomamos brandy. Y, si mal no recuerdo, había una
botella especial.
Se sentó en el sillón y miró a su
alrededor.
–Yo diría que le están cuidando bien. Un
suave arresto domiciliario, nada más.
–Y con un guardia en la puerta.
–Creo que tienen un poco de miedo de
usted, con toda probabilidad.
–Supongo que puede ser así. Pero no creo
que sea necesario.
Blake se dirigió al mueble bar y sacó
una botella y dos vasos. Volvió y se sentó en un sofá, de cara al senador
Horton.
–Tengo entendido –dijo Horton–, que está
usted a punto de abandonarnos. Según me han dicho, la astronave está ya
dispuesta o casi a punto.
Blake asintió con un gesto, mientras
escanciaba el brandy. Alargó una de las copas al senador.
–He estado pensando acerca de la
astronave –dijo–. No tiene tripulación alguna. Solo yo exclusivamente en ella.
Es enteramente automática. Y para llevar a cabo todo esto solo en un año...
–Oh, no se trata del tiempo de un año
–protestó el senador–. ¿No se ha tomado nadie la molestia de hablarle de ella?
Blake denegó con la cabeza.
–Creo que lo han abreviado todo. Esa es
la palabra: abreviado. Me han explicado qué palancas debo manejar y qué diales
girar para que me lleve a donde quiera ir, cómo funciona el proceso de la
alimentación, el mantenimiento de la nave y demás detalles técnicos. Es todo
cuanto me dijeron. Yo pregunté, por supuesto; pero no parecía haber más
respuestas. El punto principal de la cuestión era el que me fuera cuanto antes
de la Tierra, como un borracho cuando se le echa a golpes de una taberna.
–Comprendo –repuso el senador–. El viejo
juego de los militares. Un truco de los días de antaño. Mucho papeleo, canales
diferentes de información y cosas parecidas, imagino. Y en todo ello, supongo,
un poco de su ridícula seguridad nacional.
El senador dio vueltas a la copa en sus
manos y miró a Blake.
–No tiene que tener miedo, si eso es lo
que está pensando. No es ninguna trampa. Están haciendo las cosas como dijeron
que las harían.
–Me alegro de oír eso, senador.
–Esa astronave no ha sido construida
–dijo Horton–. Pudiéramos decir que ha crecido. Ha estado continuamente en los
tableros de dibujo de los ingenieros y científicos desde hace más de cuarenta
años. Diseñada y vuelta a diseñar una y otra vez. Construida y después
desmontada para incorporarle mejoras o algún nuevo diseño o dispositivo.
Comprobada una y otra vez, por muchas veces. Millones de hombres-día de trabajo
y miles de millones de dólares gastados en ella. Y siempre, en cualquier
momento dado, cada vez que ha estado terminada y han pasado más o menos dos
años, han vuelto a añadírsele nuevos refinamientos. Es una astronave que puede
funcionar para siempre y un hombre puede vivir en ella por la eternidad,
prácticamente. Es la única forma en que una persona equipada como usted puede
salir al espacio y hacer el trabajo para el cual fue construida.
–Una pregunta, senador. ¿Para qué tanta
molestia?
– ¿Molestia? No comprendo.
–Bien, mire, cuanto dice usted está
bien. Esa extraña criatura de la que estábamos hablando, de la cual yo soy una
tercera parte, puede salir en tal nave para recorrer y vagar por todo el
Universo y llevar a cabo nuestra tarea. Pero, ¿cuál es la recompensa? ¿Qué le
va en ello a la raza humana? ¿Cree usted, quizás, que algún día, después de
millones de años luz volveremos para ponerles en la mano lo que hemos
aprendido?
–No lo sé. Quizás sea esa la idea. Tal
vez puedan ustedes hacerlo. Quizás haya en usted la suficiente humanidad como
para desear volver alguna vez.
–Lo dudo, senador.
–Bien, creo que no hay mucho que
discutir al respecto. Quizás, aunque usted lo deseara, la cosa resultaría
imposible. Estamos conscientes del tiempo que le llevará su trabajo y de lo que
ello implica, y el género humano no es tan estúpido, o al menos así lo creo yo,
como para imaginar que permaneceremos para siempre. Para el tiempo en que usted
o ustedes tengan la respuesta adecuada, si es que la obtienen, puede que ya
haya dejado de existir la raza humana.
–Conseguiremos la respuesta. Si salimos,
conseguiremos la respuesta.
–Otra cosa –dijo el senador–. ¿Ha
pensado usted que la Humanidad pudiera ser capaz de enviarles al espacio, de
hacerlo posible, para que salgan al Universo en busca de esa respuesta, incluso
sabiendo que no le serviría de ningún beneficio? Y sabiendo que en alguna parte
del Universo tiene que haber alguna inteligencia para quien sus datos y sus
respuestas serían útiles.
–No había pensado en eso –dijo Blake–, y
no estoy seguro de creerlo.
–Se siente usted amargado respecto a
nosotros, ¿verdad?
–Tampoco estoy seguro. No sé realmente
qué es lo que siento. Un hombre que ha vuelto a su hogar de nuevo y no se le
permite que permanezca en él. Y a quien se le echa a puntapiés en el momento de
llegar.
–No tiene que salir, por supuesto. Yo
había creído que lo deseaba usted. Pero si quiere quedarse...
– ¿Quedarme? ¿Para qué? ¿Para ser
encerrado en una vitrina y rodeado de la amabilidad oficial? ¿Para que se me
mire fijamente como a un bicho raro y se me apunte con el dedo? ¿Para tener de
rodillas a una partida de idiotas fuera de la jaula como han estado
arrodillados y rezando allá en el cementerio de Willow Grove?
–Supongo que eso no tendría objeto.
Quedarse, permanecer aquí, quiero decir. En el espacio exterior usted tiene un
trabajo que hacer y...
–Esa es otra cosa –dijo Blake–. ¿Cómo es
que conoce usted tanto sobre mí? ¿De qué forma lo ha averiguado? ¿Cómo ha
descubierto usted todo lo que hay implicado en este asunto?
–Comprendo que sea solo cuestión de una
deducción básica –repuso el senador–, cimentada en una intensiva observación y
búsqueda de hechos. Pero no habríamos conseguido nada sin la ayuda de los
duendes.
Con que era aquello, pensó Blake. Otra
vez los duendes...
–Estaban interesados en usted –dijo
Horton–. Parece que están interesados en todo lo que vive. Ratones de las
praderas, insectos, puercoespines, incluso en los seres humanos. Supongo que
podríamos llamarles sicólogos. Aunque en realidad ésa no sea la palabra
adecuada. Sus capacidades están más allá de la sicología.
–No era por mí –dijo Blake–. No en
Andrew Blake, quiero decir.
–No. Como Andrew Blake, usted no era más
que otro humano cualquiera. Pero ellos han percibido la existencia de ustedes
tres, mucho antes de que lo supiéramos nosotros. Emplearon mucho tiempo con
Pensador. Simplemente sentándose frente a él y mirándole, aunque sospecho que
harían algo más que mirarle.
–Entonces, entre ustedes, los humanos y
los duendes, han conseguido los hechos básicos.
–No todos –repuso el senador–, pero lo
bastante para conocer las capacidades que usted posee y lo que puede usted
hacer con ellas. Llegamos a la conclusión de que semejantes capacidades no
pueden ser desperdiciadas. Tiene que aceptar la oportunidad de utilizarlas. Y
sospechamos, también, que no pueden ser usadas aquí en la Tierra. Por eso es
por lo que la Administración del Espacio ha decidido dejarle que utilice la
astronave.
–Bien, ahora está la cosa clara –dijo
Blake–. Tengo un trabajo que hacer y, tanto si lo quiero o no, sigue habiendo
un trabajo que llevar a cabo.
–Supongo que eso depende de usted.
–No es un trabajo que haya solicitado
por mi gusto.
–No –convino Horton–. No, imagino que no
lo solicitó. Pero debe haber una cierta satisfacción en su magnitud.
Permanecieron sentados y silenciosos por
unos momentos, ambos un poco incómodos por la forma en que había ido
desarrollándose la conversación y el giro de la misma. Horton apuró el brandy y
dejó la copa a un lado. Blake alargó la mano hacia la botella.
Horton denegó con la cabeza.
–No, gracias. Tengo que irme ya. Pero
antes de irme, debo hacerle una pregunta. ¿Qué espera usted descubrir por ahí
en el espacio? ¿Qué es lo que sabe ya?
–Por lo que concierne a lo que esperamos
saber, no tengo la menor idea. Y respecto a lo que sabemos... pues un montón de
cosas que añadir a la nada.
– ¿Ninguna idea? ¿Ninguna pauta a seguir
para comenzar?
–Hay solo una indicación. No demasiado
definida; pero la hay. Una mente universal.
– ¿Se refiere usted a una mente que rige
el Universo... que pulsa los diferentes botones de todo el mecanismo cósmico?
–Puede ser –repuso Blake–. Algo parecido
a eso.
Horton dejó escapar un suspiro.
– ¡Oh, Dios mío! –exclamó.
–Sí, ¡oh, Dios mío!... –repitió Blake,
no burlándose; pero muy cerca de la ironía.
Horton se puso en pie bruscamente, un
tanto rígido.
–Tengo que irme. Gracias por el trago.
–Senador –le dijo Blake–. Envié un
mensaje a Elaine y no ha habido respuesta. Intenté telefonearla.
–Sí, ya lo sé.
–Necesito verla, señor, antes de irme.
Hay ciertas cosas que debo decirle y...
–Mr. Blake –dijo Horton–, mi hija no
quiere verle.
Blake se levantó y se encaró con el
anciano senador.
–Pero, ¿cuál es la razón? ¿Puede decirme
por qué?
–Pues pienso que, incluso para usted, la
razón es bastante obvia.
34
Las sombras fueron extendiéndose por la
habitación, y Blake todavía se hallaba sentado en el sillón, inquieto,
angustiado y con el cerebro sumido en la mayor confusión dándole vueltas a un
círculo sin fin frente a las últimas palabras del senador Horton.
Ella no quería ya ni verle ni
hablarle... y había sido el recuerdo de su rostro lo que había hecho finalmente
que surgiera de las sombras y la quietud en que se hallaba inmerso. Si lo que
había dicho el senador era cierto, entonces, toda su lucha y su esfuerzo había
sido algo totalmente estéril. Podía haberse quedado mejor donde estaba hasta
que Pensador hubiese finalizado sus pensamientos y sus cálculos, sumido en
aquella especie de nirvana.
Pero... ¿habría dicho el senador toda la
verdad? ¿Ocultaría algún resentimiento por la parte que él había jugado en la
derrota del proyecto de bioingeniería? ¿Le habría pagado con la misma moneda,
al menos en parte, la decepción que había sufrido?
Esto no parecía muy verosímil, se dijo
Blake a sí mismo, ya que el senador conocía la política lo bastante como para
haber comprendido que aquel asunto de la bioingeniería había sido un juego
político como otro cualquiera. En todo aquello había algo extraño. Para
comenzar, Horton habíase comportado afablemente y no había dado la menor
importancia al referéndum, para después, y súbitamente, volverse brusco y frío.
Casi como si hubiera jugado un papel aprendido de antemano, aunque aquello, tan
simple, carecía de sentido a primera vista.
–Lo estás tomando todo de la mejor
forma. Excelente –dijo Pensador–. Nada de tirarse de los pelos, ni rechinar los
dientes, ni protestar.
–Vamos, ¡cállate! –Restalló Indagador–.
Deja al hombre solo.
–Solo quería ofrecerle un consuelo y
prestarle un apoyo moral –persistió Pensador–. Se aproxima a un nivel cerebral
de altura, sin estallidos emocionales. Esa es la única forma de intentar
solucionar un problema como ése.
Pensador emitió un suspiro mental.
–Sin embargo, debo admitir que no puedo
desenmarañar la importancia de semejante problema.
–No le prestes ninguna atención –dijo
Indagador a Blake–. Cualquier decisión que tomes será estupenda para mí. Si
quieres quedarte en este planeta por algún tiempo, a mí no me importa en
absoluto. Ya nos las arreglaremos.
– ¡Oh, seguro! –dijo Pensador–. No habrá
problema. ¿Qué es la duración de una vida humana? Supongo que no querrás
permanecer más tiempo que el de una vida normal humana, ¿verdad?
–Señor –preguntó entonces la
habitación–. ¿Debo encender las luces?
–Todavía no –repuso Blake.
–Pero se está haciendo de noche, señor.
–No me importa la oscuridad.
– ¿Desea entonces que le prepare la
cena?
–Por el momento, no, gracias.
–La cocina puede hacerle lo que desee.
–Dentro de un rato. Todavía no tengo
apetito.
Le habían dicho que nada les importaría
si quería quedarse en la Tierra, si es que decidía hacer un intento para
convertirse en humano... pero, ¿de qué serviría?
–Podrías intentarlo –le dijo mentalmente
Indagador–. Esa hembra humana podría decidirse a cambiar de opinión.
–No creo que lo haga –repuso Blake.
Y aquello era lo peor de todo, que Blake
podía comprender por qué ella no cambiaría de opinión, por qué no quería tener
nada que ver con un ser semejante a él.
Pero no se trataba de Elaine solamente,
aunque sabía que ella era la parte principal. Lo era también la cuestión de
cortar el último lazo con aquellas gentes a quienes había reclamado un
parentesco, el ansia de un hogar que jamás había tenido; pero que la Humanidad
que existía en él gritaba como suya, el ser forzado a renunciar al derecho a
haber nacido antes de que hubiera tenido la oportunidad de reclamarlo. Sí,
aquello era, se dijo a sí mismo, el hogar, el derecho a nacer y el parentesco,
cosas preciosas para él porque en lo más profundo de su corazón sabía que jamás
podría tenerlas.
Un timbre sonó suavemente.
–El timbre está sonando, señor –le
advirtió la habitación.
Se levantó del sofá hasta situarse
frente al teléfono. Pulsó el botón. La pantalla resplandeció, pero no se
produjo ninguna imagen.
–Esta llamada –dijo la voz del
operador–, tiene que efectuarse sin transmisión visual. Está usted en su
derecho si quiere rehusarla.
–No –dijo Blake–. Adelante. No tiene
para mí ninguna importancia.
Una voz, concisa y helada, hablando en
palabras directas sin ningún especial matiz de entonación, dijo:
–Esta es la mente de Theodore Roberts al
habla. ¿Es usted Andrew Blake?
–Sí. ¿Cómo está usted, doctor Roberts?
–Perfectamente. ¿Cómo podría estar de
otra forma?
–Lo siento. Lo había olvidado. Ni lo
había pensado.
–Como usted no ha tomado contacto
conmigo, me he decidido yo a hacerlo. Creo que deberíamos hablar. Tengo
entendido que se dispone usted a marcharse pronto de la Tierra.
–La astronave está casi dispuesta para
mí –contestó Blake.
–Y sale usted a aprender.
–Así es.
– ¿Ustedes tres?
–Nosotros tres.
–He pensado en eso con frecuencia –dijo
la mente de Theodore Roberts–, desde que fui informado de su situación. Un día
llegará, por supuesto, cuando los tres no formen sino uno solo.
–Yo también lo he pensado. Pero llevará
tiempo; mucho tiempo.
–El tiempo no tiene significado para
ustedes –dijo la mente del doctor Roberts–. Para ninguno de nosotros. Ustedes
disponen de un cuerpo inmortal, que solo moriría por la violencia. Yo no tengo
cuerpo y soy inmune a la violencia. La sola cosa que puede matarme es el fallo
de la tecnología que sostiene mi mente. Tampoco tiene sentido ni significación
especial la Tierra. La Tierra no es más que un punto en el espacio... un
diminuto punto en el espacio, y además, insignificante. Hay solo una pequeña
cosa en todo este Universo, una vez se piensa en ello, que es lo único que
importa. Cuando lleguen ustedes al fondo de las cosas, todo lo que contará
realmente será la inteligencia. Si buscan ustedes un denominador común en el
Universo, busquen la inteligencia.
– ¿Y la raza humana? –preguntó Blake–.
¿La Humanidad? ¿Es que tampoco importa?
–La raza humana –repuso aquella helada y
precisa voz– es un pequeño destello de inteligencia, no como ser humano, ni
como alguna clase de ser.
–Pero la inteligencia... –comenzó a
decir Blake, y después se calló.
Era inútil, se dijo, intentar presentar
otro punto de vista a aquella cosa a quien hablaba; no a un hombre, sino a una
mente sin cuerpo, que estaba tan firme en sus convicciones dentro de su
ambiente tecnológico, como lo estaría un ser de carne y hueso en el suyo.
Perdido para el mundo físico, recordando el mundo real como lejano y
difuminado, tal vez en la forma en que un hombre adulto recuerda su niñez, la
mente de Theodore Roberts existía solo en un mundo unidimensional. Un pequeño
mundo de flexibles parámetros, pero un mundo también en donde no ocurría nada,
excepto lo que sucediese como un ejercicio intelectual. – ¿Qué era lo que
estaba diciendo... o quería decir?
–Supongo –repuso Blake ignorando la
pregunta–, que usted me dijo eso...
–Se lo dije –dijo Theodore Roberts–,
porque sé que usted necesita que le aclaren ciertas cosas, ya que precisa
hallarse grandemente perplejo. Y puesto que usted-es una parte de mí...
–Yo no soy ninguna parte de usted
–afirmó Blake–. Usted me dio una mente, hace dos siglos. Esta mente ha
cambiado. Ya ha dejado de ser su mente.
–Yo había pensado...
–Lo sé. Ha sido muy amable de su parte.
Pero no es nada bueno. Yo me mantengo sobre mis dos pies. Tengo que hacerlo. No
hay elección. Demasiada gente tiene una mano puesta sobre mí y no puedo
despedazarme para dar a cada uno lo que solicita, ni a usted, ni a los biólogos
que diseñaron los fotocalcos de mi cuerpo, ni a los técnicos que conformaron mi
esqueleto, mis músculos, mis nervios, etcétera. ..
Se produjo un silencio y Blake añadió
rápidamente:
–Lo siento mucho. Tal vez no debiera
haber dicho eso. Espero que no esté usted irritado.
–No estoy irritado –dijo la mente del
doctor Roberts–. Me siento agradecido, tal vez. Ahora ya no tengo necesidad de
preocuparme más, imaginando si mis prejuicios y mi forma antigua de ser puedan
prestarle más bien un menguado servicio. Pero me he permitido extenderme sobre
el particular, quizás hablando demasiado. Hay algo que quería especialmente
decirle a usted y pienso que debería usted saberlo. Existe otro ser como usted.
Otro hombre sintético, que se envió en otra astronave...
–Sí, sabía algo al respecto –dijo
Blake–. Con frecuencia he pensado... ¿qué es lo que sabe usted de él?
–Volvió a la Tierra –dijo la mente del
doctor Roberts–. Lo trajeron en una forma muy parecida a la suya.
– ¿Quiere decir usted en forma de
animación suspendida?
–Sí. Pero esta vez la astronave volvió a
la Tierra. Volvió unos pocos años después de haber sido lanzada. La tripulación
se aterró de lo que había sucedido y...
–Entonces, ¿no causó ninguna gran
sorpresa? ¿Ni la causé yo?
–Sí, me inclino a pensar que usted sí la
produjo. Nadie le creía a usted ligado a lo sucedido hacía tanto tiempo. Muy
pocas personas de la Administración del Espacio lo sabían. No fue sino hasta
muy poco antes de que escapara usted del hospital, tras la encuesta sobre la
bioingeniería, cuando alguien comenzó a pensar si usted no sería el otro. Pero,
antes de que pudiera hacerse nada al respecto, usted había desaparecido.
– ¿Y ese otro? ¿Está todavía en la
Tierra? ¿Lo tiene quizás la Administración del Espacio?
–No lo creo. Realmente no lo sé.
Desapareció.
– ¡Desaparecido! ¡Quiere usted decir que
lo destruyeron!
–Lo ignoro.
– ¡Maldita sea, tiene usted que saberlo!
–gritó Blake–. ¡Dígamelo! Saldré de aquí y destrozaré cuanto se ponga en mi
camino. Le encontraré y...
–Es inútil. No está aquí.
–Pero... ¿cuándo? ¿Cuánto tiempo hace?
–Hace ya varios años. Mucho antes de que
usted volviera del espacio.
–Mire... ¿cómo lo sabe usted? ¿Quién se
lo dijo?
–Aquí estamos varios millares –dijo
Theodore Roberts–. Lo que sabe uno, está a disposición del resto. Hay muy poco
que se pierda.
Blake sintió la futilidad de intentar
desvelar ni aproximarse a los íntimos pensamientos de aquella mente encerrada
en el Banco de las Mentes, ni de descubrir nada sobre él mismo. El otro hombre
había desaparecido. El doctor Roberts lo había dicho, y, sin duda, debería
saberlo. Pero... ¿dónde? ¿Muerto? ¿Escondido en cualquier parte? ¿Enviado otra
vez al espacio?
El único hombre, el solo otro ser en el
Universo con el que podía haber tenido una íntima relación de parentesco... y
ahora había desaparecido sin dejar el menor rastro.
– ¿Está usted seguro?
Tras un silencio, Roberts preguntó:
– ¿Va usted a volver al espacio? ¿Lo ha
decidido ya?
–Sí –dijo Blake–. Ya no hay nada que me
ligue a la Tierra, nada que tenga que hacer aquí.
Sí, ciertamente no había nada que hacer
en la Tierra. Si el otro hombre había desaparecido, ya no le quedaba nada en la
faz de la Tierra. Elaine Horton había rehusado hablar con él y su padre, una
vez tan amigable, se había comportado como un hombre frío y distante cuando le
dijo adiós. Theodore Roberts no era más que una voz helada hablando desde el
vacío de una sola dimensión.
–Cuando usted vuelva –dijo entonces
Roberts–, todavía estaré aquí. Por favor, llámeme por teléfono. ¿Se pondrá en
contacto conmigo?
Si vuelvo alguna vez, pensó Blake. Si
usted está todavía aquí. Si es que queda alguien. Si volver a la Tierra vale la
pena...
–Sí –repuso al fin–. Sí, por supuesto,
le llamaré por teléfono.
Alargó la mano y apagó el aparato.
Y se sentó, rígido, en la oscuridad y en
el silencio, sintiendo cómo la Tierra huía de él, dejándole lejos, muy lejos,
en un círculo en constante expansión, en donde se encontraba total y
absolutamente solo...
35
La Tierra se había quedado muy atrás. El
sol se había encogido en su tamaño; pero todavía seguía siendo el Sol y no se
confundía aún con otra estrella cualquiera. La astronave estaba cayendo a lo
largo del túnel de vectores gravitacionales que haría, en poco tiempo, aumentar
su velocidad hasta el punto en que las estrellas comenzarían a borrarse de su
visión y mezclarse sus colores y comenzar entonces su lenta traslación a otro
Universo que existía más allá de la velocidad de la luz.
Blake estaba sentado en el sillón del
piloto, mirando con atención la curva transparencia que se abría en el espacio
exterior. Había allí tanta quietud, tanta paz y tranquilidad... era la absoluta
falta de acontecimientos del vacío que existe entre las estrellas, con su
infinita extensión. Dentro de poco, daría una vuelta por la astronave para
comprobar que todo marchaba bien, aunque ya sabía por descontado que así sería.
-–Vamos a casa –dijo Indagador, hablando
quietamente en la mente de Blake–. A casa de nuevo...
–Pero no por mucho tiempo –le contestó
Blake–. Solo por el tiempo preciso para recoger los datos que antes perdimos, y
que tú no tuviste tiempo de conseguir. Después, seguiremos, a donde tú puedas
estar al alcance de otras estrellas.
Y así viajaría por el espacio, pensó,
siempre moviéndose en la inconmensurable vastedad del Universo, manipulando con
los datos reunidos por aquella computadora biológica que era la mente de
Pensador. Buscando, siempre buscando, investigando todos los matices y datos
que pudieran constituir el todo del mecanismo universal, de forma que
constituyese una estructura comprensible. ¿Y qué encontrarían? Muchas cosas,
tal vez, que ninguno, ahora, pudiese sospechar.
–Indagador está equivocado –dijo
Pensador–. No tenemos casa ni hogar. No podemos tenerlo. Cambiador encontró
uno. Con el tiempo comprobaremos que realmente si lo necesitamos.
–La astronave será nuestro hogar –dijo
Blake.
–No la astronave –opinó Pensador–. Si
insistes en un hogar, entonces tendremos todo el Universo. Todo el espacio es
nuestro hogar. La totalidad del Universo.
Aquello podría ser, en sustancia, lo que
la mente del doctor Roberts había intentado decirle. La Tierra no es más que un
punto en el espacio, había dicho. Y así, desde luego, eran todos los demás
planetas, todas las otras estrellas, solo puntos de materia y de energía,
concentrados en remotas entidades, con el vacío de por medio. La inteligencia,
había dicho Roberts, es todo lo que cuenta; es lo único de significación y de
valor. No la vida sola, ni la materia, ni la energía; sino la inteligencia. Sin
inteligencia, toda la materia esparcida, todo el inmenso vacío del Universo,
toda la flamígera energía radiante, no tenía significado alguno, puesto que sí
carecía de sentido. Era solo la inteligencia la que podía hacer que la materia
y la energía cobrase significación.
Sin embargo, pensó Blake, sería bueno
siempre tener un ancla en alguna parte de aquella vasta inmensidad del vacío
del espacio, estar en condiciones de apuntar a un sitio preciso, aunque solo
fuese el producto de una sola mente, y señalar a un lugar cualquiera donde
existiera materia y energía y decir: este es mi hogar... El tener un lugar al
que sentirse ligado, poseer algún punto de referencia.
Siguió sentado en su sillón de piloto,
mirando fascinado a las estrellas, recordando, una vez más, aquel momento en la
capilla del cementerio de Willow Grove, en donde había sentido por primera vez
su falta de hogar, y de que nunca podría pertenecer, no a la Tierra, sino a
ninguna parte; y que siendo de la Tierra, no podía permanecer en ella, ni
tampoco con su figura humana, formar parte de la Humanidad. Pero aquel momento,
recordó ahora, también le había mostrado que sin importar lo falto de hogar que
estaba, no se encontraba solo, ni jamás lo estaría. Tenía a los otros dos con
él; había suficiente. Tenía al Universo y a sus ideas, todas las fantasías,
todo el hirviente fermento intelectual que había surgido en él.
La Tierra pudo haber sido su hogar,
tenía derecho a esperar que lo hubiera sido. Un punto en el espacio... La idea
era correcta, un punto en el espacio, la Tierra solo era un diminuto punto del
espacio. Pero a despecho de lo pequeño que pudiera ser tal punto, era una señal
hogareña. El Universo no era suficiente, por ser demasiado grande. Como hombre
de la Tierra se es alguien, se posee alguna identidad; pero el hombre del
Universo estaba perdido entre las estrellas.
Sintió de pronto el suave sonido de unos
pasos, se levantó rápidamente y giró sobre sí mismo.
Elaine Horton estaba apoyada en la
puerta de la cabina.
Blake adelantó un paso y se quedó helado
de asombro.
– ¡No! –gritó–. ¡No! No sabes lo que
estás haciendo...
Un polizón, pensó, un mortal viajando en
una astronave inmortal. Y había rehusado hablar con él, y...
–Sí –afirmó ella con su bella sonrisa a
flor de labios–. Sé lo que estoy haciendo muy bien. Yo pertenezco a este lugar.
–Un androide –repuso él con tristeza y
decepción–. Un ser simulado, que me han enviado para hacerme feliz... Y
mientras, la verdadera Elaine...
–Andrew –dijo ella, sonriendo–. Yo soy
la verdadera Elaine.
Blake abrió los brazos, hizo un gesto y,
súbitamente, ella se lanzó hacia ellos. Andrew la estrechó amorosamente,
sintiendo un agudo dolor por la intensa felicidad de tenerla allí; de tener con
él a alguien también humano con la característica intimidad de lo humano,
mezclado con un gran amor también humano.
–Pero... ¡no puedes hacerlo! Yo no soy
humano. No te das cuenta de lo que está sucediendo. Yo no aparezco siempre en
esta forma. Me convierto en otras cosas.
Ella levantó la cabeza graciosamente y
le miró fijamente.
–Pero .si yo lo sé, Andrew. No
comprendes... Yo soy el otro de nosotros.
–Había otro hombre –dijo él casi
estúpidamente–. Había...
–No era otro hombre. Era una mujer. El
otro era una mujer.
Aquello era fantástico, pensó Blake.
Theodore Roberts, ignorándolo, había dicho que era otro hombre.
–Pero el senador Horton... Tú eres la
hija de Horton.
Ella negó con un gesto.
–Hubo una Elaine Horton; pero murió. Se
suicidó por una horrible y sórdida razón. Aquello pudo haber destrozado la
carrera del senador.
–Entonces, tú...
–Te lo explicaré. No es que no supiese
nada al respecto. Cuando el senador rebuscó entre los datos del «Proyecto del
Hombre-Lobo», descubrió lo que concernía a mi persona. Me vio y quedó perplejo
por el formidable parecido con su hija. Por supuesto, yo estaba en animación
suspendida entonces, y lo había estado por muchos años. Nosotros éramos un feo
problema, Andrew. Me parece que no dimos el resultado que pensaron al hacernos.
–Comprendo. Lo sé. Me alegro ahora de
que no fuese así. Entonces, tú lo has sabido todo el tiempo...
–No, solo recientemente. El senador
tenía acceso a la Administración del Espacio. Ellos deseaban a toda costa
ocultar al máximo el «Proyecto del Hombre-Lobo». Pero cuando el senador llegó
hasta ellos, frenético, enloquecido por la pena de haber perdido a su hija, me
entregaron a él, ya que se hallaba como loco, un hombre deshecho hasta la
médula. Yo pensé que era su hija. Le quise como a un padre. Yo ya había sido
sometida a un lavado de cerebro, acondicionada, o sometida al proceso, sea el
que sea, a que te debieron someter a ti, para hacerme creer que en realidad yo
era su hija.
–Tuvo que haber sido toda una prueba.
Ocultar la muerte de su hija y después tomarte a ti...
–El era el único que podía arreglarlo.
Era un hombre encantador, un padre amante, aunque rudo y sin entrañas en
cuestiones políticas.
–El te quería...
Elaine aprobó con un gesto.
–Así es, Andrew. En muchos aspectos,
sigue siendo mi padre. Nadie puede figurarse lo que le costó decírmelo.
–¿Y tú? A ti también te costaría...
–Desde luego. Pero no podía quedarme.
Una vez que lo supe, ya me fue imposible la idea de seguir en tal situación. Yo
habría sido un fiasco, al igual que tú. Viviendo eternamente. Y una vez que el
senador hubiera fallecido, ¿qué me hubiera quedado?
Blake aprobó con la cabeza,
comprendiéndolo todo, pensando en dos personas que tienen que encararse con una
situación como aquélla.
–Además –dijo ella–, yo te pertenecía.
Creo que lo supe desde el principio... desde el primer instante que llegaste,
mojado y muerto de frío, a aquella vieja casa de piedra...
–El senador me dijo...
–Que yo no quería verte más, que no
deseaba hablar más contigo.
–Pero, ¿por qué?
–Intentaron asustarte y dejarte a un
lado. Tuvieron miedo de que no quisieras marcharte de la Tierra, de que
intentases echar raíces en ella. Querían que pensaras que nada te quedaba por
hacer en la Tierra. El senador, la mente de Roberts y el resto. Porque teníamos
que salir al espacio, querido. Somos instrumentos de la Tierra, el regalo y el
don de la Tierra al Universo. Si las inteligencias del Universo tienen alguna
vez que descubrir qué es lo que ha sucedido, qué es lo que tiene que ocurrir,
en qué consisten todos los misterios, nosotros podemos ayudar a conseguirlo.
–Entonces... ¿somos de la Tierra? La
Tierra todavía nos quiere...
–Por supuesto, Andrew –afirmó ella–.
Ahora que ya saben quiénes somos, la Tierra está orgullosa de nosotros.
Andrew la abrazó estrechamente y se dio
cuenta de que la Tierra era finalmente, y para siempre lo sería, su hogar. Que
dondequiera que fuesen, la Humanidad estaría con ellos. Pues ellos eran la
extensión de la Humanidad, las manos y la mente del género humano extendida
hacia los misterios de la eternidad.
FIN
[1] Terraformar. Neologismo nacido de la moderna Astronáutica y que
significa el acondicionar cualquier planeta que pueda descubrirse en el
Universo a imagen y semejanza de la Tierra, básicamente considerado. (N. del
T.)
[2] La palabra willow significa en inglés «sauce», y grove, «bosquecillo»,
es decir «Bosquecillo de los Sauces», lo que explica el juego de palabras en
inglés del propio contexto. (N. del T.)

