Libro N° 6029. Cuando Fuimos A Ver El Fin Del Mundo. R. Silverberg - G.Wolfe - J.Tiptree.
© Libro N° 6029.
Cuando Fuimos
A Ver El Fin Del Mundo. R. Silverberg - G.Wolfe - J.Tiptree.
Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © The Best Science Fiction of the Year 2
Versión Original: © Cuando Fuimos A Ver El Fin Del Mundo. R.
Silverberg - G.Wolfe - J.Tiptree
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUANDO FUIMOS A VER EL FIN DEL MUNDO
R. Silverberg - G.Wolfe - J.Tiptree
ÍNDICE
Introducción ........................................................
Cuando fuimos a ver el
fin del mundo,
Robert Silverberg ................................................
La quinta cabeza de
Cerbero,
Gene Wolfe .........................................................
La Reunión,
Frederik Pohl y C. M.
Kornbluth ........................
Caliban,
Robert
Silverberg ................................................
Gravedad cero,
Ben Bova ............................................................
Miss
Omega Cuervo,
Naomi
Mitchison ................................................
Cielo azul,
Alexei y Con Panshin .........................................
Mecenas,
Wüliam Rotsler ...................................................
Sabio en dolor,
James Tiptree ......................................................
INTRODUCCIÓN
El final del Programa
Apolo y la perspectiva, generalmente pesimista, de todo nuestro esfuerzo
espacial, ha sido uno de los elementos menos satisfactorios de 1972 para los
aficionados a la ciencia ficción e interesados en la futura expansión de la
humanidad. He reflexionado seriamente sobre todo este asunto y me parece que
existe un medio para revitalizar y promover nuestra exploración espacial.
El problema estriba,
desde luego, en que el público de los Estados Unidos ha perdido interés en el
espacio, y ello no tiene nada de extraño. Cualquiera que presenciase los
interminables retrasos antes del lanzamiento del Apolo XVII, recordará que fue
un «espectáculo» deprimente. Hasta el extremo que tras dos horas de
aplazamientos y esfuerzos cada vez más desesperados del comentarista para
pensar en qué decir sobre nada, uno de los periodistas exclamó: «Voy a hacer
algo que me prometí a mí mismo no hacer nunca. Voy a contarles por qué me puse
la camisa que llevo esta noche.»
Y lo cumplió. No fue un
relato interesante, por supuesto, pero llenó unos minutos de un vacío
angustioso. Acto seguido, nos recompensaron con una prórroga compasiva de
anuncios comerciales.
Ahora bien, no hay duda
de que es una mala táctica y todos saben que nuestro programa espacial sube o
baja según el interés que despierta en el corazón del contribuyente. Por lo
tanto, he meditado sin descanso acerca del problema y lo he visto tan claro como
claro fue el error de la NASA por no seguir el ritmo idóneo de las técnicas
modernas de emisión por TV Después de todo, hay que tener en cuenta que en la
TV compite con valores tales como Marcus Welby, Mary Tyler Moore y «Fútbol las
noches del lunes». Por lo mismo debería prestar más atención a lo que la
competencia ofrece.
Ante todo existe la
«nueva moralidad» de la televisión, lo que anima a Maude a preguntarse si
debería abortar, y hasta permite a Mary Tyler Moore revelar que toma la
píldora. Si antes dichas manifestaciones se consideraban demasiado indecentes
para ser radiadas o televisadas, hoy día no son más que pura picardía, y, ¿hay
algo mejor que las picardías para atraer a los televidentes?
Imaginen si esas
rutinarias retransmisiones espaciales no serían mucho más interesantes
suponiendo que un par de astronautas comenzaran a cotillear sobre la
vasectomía, después de un amerizaje; o, si al acercarse al término de una larga
misión orbital, uno de ellos confiara al Control de Houston que había
experimentado una eyaculación nocturna. Además, ¿no sería mucho más divertido
para muchos televidentes de este programa si uno de esos latosos y aburridos
comentaristas exclamara: «Voy a hacer algo que me prometí no hacer nunca.
Mientras esperamos, voy a mear»?
Pero la NASA podría
mejorar sus valores radiotelevisivos no sólo con cuestiones picarescas. Piensen
en los ringorrangos que la TV. ha introducido en sus presentaciones deportivas
para aumentar el interés de su producto: repetición de jugadas; movimientos
retardados; cámaras autónomas, etc. «Veamos otra vez al "Major
Midamérica" mientras viaja sobre las rocas Lunares... Aquí lo tenemos...,
observen cómo sus pies descienden poco a poco, un tanto torpes, por el filo de
la roca... Oye, Walter, quizá deberíais considerar la posibilidad de instalar
por ahí césped artificial.»
Quizá la NASA debiera
buscar a un entrevistador de más impacto, como Howard Cosell, para dar un sabor
más picante a sus programas de TV. Piénsenlo: «Hablemos de los resultados,
jefe, ¿por qué el Gobierno, con su omnipotencia burocrática, considera necesario
gastar millones de dólares en adiestrar hombres fuertes y sanos sólo para
caminar en un ambiente tan grato en que la gravedad Solamente es una tercera
parte de la de la Tierra?»
Y también: ¿por qué estima cada momento de sus
astronautas tan histórico que deba retransmitirlo en vivo y al instante? ¿Por
qué no economiza película para un programa normal de hechos culminantes, tal
vez titulado Wide World Space (Espacial Mundial)? «Cuando el comandante Cory
termina de buscar y reúne los glóbulos que se le han derramado de su
botella de Tang, recuerden que en
seguida aparece el comandante Jack Armstrong, Wasp, intentando un anclaje
difícil en el espacio sin gravedad en una divertida inmersión...»
Si utiliza técnicas
modernas, la NASA puede mejorar su estructura de valores hasta el punto de que,
en uno o dos años, conseguiría las redes de emisoras de TV que, en realidad,
pujan entre sí para conseguir los derechos de emitir esas aventuras espaciales
de la vida real. De ese modo, nuestro programa espacial empezaría a resarcirse
de las contribuciones de la TV, suprimiendo con tal motivo un número cada vez
mayor de protestas por parte de los contribuyentes americanos que hoy sostienen
la NASA. (Por ejemplo: consideren las posibilidades inherentes a un combinado
de lanzamientos espaciales americanos y rusos, particularmente si los
imaginativos encargados de las relaciones públicas los lanzaran con una
publicidad sensacionalista, como el Superlanzamiento I, el Superlanzamiento II,
etc.)
Creo firmemente que
nuestro programa espacial debería estar más en contacto con el pueblo, hablar
su mismo idioma. Es el único sistema. Y con toda seguridad sabríamos si el
nuevo programa es del agrado del público al ver las columnas de la TV Guide
repletas de cartas airadas de «viudas espaciales», y las emisoras empezasen a
idear un nuevo programa titulado Monday Night Launch (Lanzamiento del lunes por
la noche).
(¿Qué insinúa, que el
launch window o los lanzamientos de naves espaciales no siempre son adecuados a
esa hora? También decían que el béisbol no se podía jugar por la noche,
¿verdad?)
CUANDO
FUIMOS A VER EL FIN DEL MUNDO
Robert Sllverberg
En su segunda
contribución a las mejores historias de ciencia ficción de 1972, Robert
Silverberg narra un cuento mordaz sobre el fin del mundo visto desde una
fiesta. Dentro de su humor negro, es una historia muy divertida... pero, quizá
haya que ser un fan del emperador Nerón para conseguir reírse a carcajada
limpia.
Nick y Jane
estaban contentos de haber ido a ver el fin del mundo porque eso les
proporcionaba un tema especial de qué hablar en la fiesta de Mike y de Ruby. A
uno siempre le gusta llegar a una fiesta armado con algo de qué conversar. Mike
y Ruby dan unas fiestas maravillosas. Su casa es extraordinaria, una de las más
elegantes del vecindario. Se trata realmente de una estación para todas las
estaciones y estados de ánimo. Es su muy especial rincón del mundo. Con más
espacio en su interior y en el exterior..., con más libertad abierta. La sala
de estar, con su techo de rayos expuestos es un punto focal natural para el
entretenimiento. Terminada a la moda, con una sala para conversar y una
chimenea. También hay una habitación familiar con techo de rayos y paneles de
madera..., además de un despacho. Y una magnífica suite con un guardarropa de
cuatro metros y un baño privado. Su diseño exterior es sólidamente
impresionante. Patio protegido. Un maravilloso terreno de quince áreas, lleno
de árboles. Sus fiestas son momentos culminantes en cualquier mes. Nick y Jane
esperaron hasta que creyeron que ya había llegado gente suficiente. Entonces,
Jane dio un ligero codazo a Nick y éste dijo alegremente:
–¿Sabéis lo que hicimos
la semana pasada? Fuimos nada menos que a ver el fin del mundo.
–¿El fin del mundo?
–preguntó Henry.
–¿Fuisteis a verlo?
–preguntó Cynthia, la esposa de Henry.
–¿Cómo os las
arreglasteis? –quiso saber Paula.
–Está disponible desde
marzo –la informó Stan–. Creo que lo dirige un departamento de la American
Express.
Nick se encontró con que
Stan ya lo sabía. Rápidamente, antes de que Stan pudiera decir cualquier otra
cosa, dijo:
–Sí, acaba de empezar.
Nuestro agente de viajes nos lo encontró. Lo que hacen es situarle a uno en esa
máquina, que tiene el aspecto de una pequeño submarino, ya sabéis, con
manómetros y niveles situados detrás de una pared de plástico para impedir que
nadie toque nada, y le envían a uno al futuro. Se puede pagar con cualquiera de
las tarjetas de crédito habituales.
–Tiene que ser muy caro
–comentó Marcia.
–Están bajando los costes
rápidamente –informó Jane–. El año pasado sólo se lo podían permitir los
millonarios. ¿De veras no habéis oído hablar antes de esto?
–¿Qué visteis? –preguntó
Henry.
–Durante un rato, sólo un
paisaje grisáceo por la portilla –dijo Nick–. Y una especie de efecto
parpadeante.
Todo el mundo le estaba
mirando y él disfrutaba con la atención de que era objeto. La expresión de Jane
era amorosa.
–Después, se fue
aclarando el ambiente y, a través de un altavoz, una voz dijo que ahora
habíamos llegado al verdadero final del tiempo, cuando la vida se había hecho
ya imposible sobre la Tierra. Claro que nosotros estábamos herméticamente
encerrados en aquella cosa que parecía un submarino. Sólo mirábamos hacia el
exterior. Había una playa, que estaba vacía. El agua tenía un extraño color
gris, con un brillo rosado. Y entonces, salió el Sol. Era rojo, como lo es a
veces cuando sale el Sol, sólo que permaneció rojo mientras fue elevándose
hacia el cenit y parecía desigual y desgarrado en los bordes. Como unos pocos
de nosotros, ¡ja, ja! Desigual y desgarrado en los bordes. Sobre la playa
soplaba un viento frío.
–Si estabais encerrados
herméticamente en el submarino, ¿cómo sabíais que soplaba un viento frío?
–preguntó Cynthia.
Jane se la quedó mirando, con los ojos brillantes. Nick
contestó:
–Podíamos ver cómo el
viento levantaba la arena, arremolinándola. Y parecía hacer frío. El océano
estaba gris. Como en el invierno.
–Cuéntales lo del
cangrejo –pidió Jane.
–¡Ah, sí! Lo del
cangrejo. La última forma vital de la Tierra. En realidad, no se trataba de un
cangrejo, sino que era algo de aproximadamente sesenta centímetros de anchura y
unos treinta de altura, con una brillante y gruesa armadura gris y quizás una docena
de patas y una especie de cuernos doblados que se elevaban, y se movía
lentamente de derecha a izquierda, frente a nosotros. Tardó todo el día en
cruzar la playa. Y hacia la caída de la noche, murió. Sus cuernos descendieron,
flácidos, y dejó de moverse. Llegó la marea y se lo llevó consigo. El Sol se
puso. No había Luna alguna. Las estrellas no parecían estar en los lugares
correctos. El altavoz nos informó que acabábamos de ver la muerte del último
ser viviente de la Tierra.
–¡Qué bonito! –exclamó
Paula.
–¿Estuvisteis fuera mucho
tiempo? –preguntó Ruby.
–Tres horas –contestó
Jane–. Se pueden pasar semanas o días en el fin del mundo si quieres pagar
extra, pero siempre le hacen regresar a uno, a un punto tres horas después de
haber salido. Para Solucionar los gastos de cuidados.
Mike ofreció una copa a
Nick.
–Eso sí que es algo
–comentó–. Haber ido al fin del mundo. ¡Eh, Ruby! Quizá hablemos con el agente
de viajes sobre el asunto.
Nick tomó un buen trago y
le pasó la copa a Jane. Se sentía contento consigo mismo por la forma en que
había contado la historia. Todos habían quedado muy impresionados. Aquel
hinchado Sol rojo, aquel cangrejo que huía... El viaje les había costado más que
pasar un mes en el Japón, pero había sido una buena inversión. Él y Jane eran
los primeros en el vecindario que habían ido. Eso era importante. Paula le
estaba mirando fijamente, con respeto. Nick sabía que ahora le miraría a una
luz completamente distinta. Era posible que ella se encontrara con él en un
motel, el jueves, a la hora de la comida. El mes pasado le había rechazado,
pero ahora poseía un atractivo extra para ella. Nick le guiñó el ojo. Cynthia
se había cogido las manos con Stan. Henry y Mike estaban acurrucados a los pies
de Jane. El hijo de 12 años de Mike y Ruby entró en la habitación y permaneció
al borde de la sala de conversar. Dijo:
–Acaban de dar un boletín
en las noticias. Unas amibas mutadas han escapado de una instalación de
investigación del gobierno y han llegado al lago Michigan. Están llevando allí
un virus capaz de diSolver el tejido y se supone que todo el mundo perteneciente
a siete Estados debe hervir el agua hasta nuevo aviso.
Mike miró al chico con el
ceño fruncido y dijo:
–Ya ha pasado la hora de
irte a la cama, Timmy.
El chico se marchó. Sonó
entonces el timbre de la puerta. Ruby lo contestó y regresó con Eddie y Fran.
–Nick y Jane fueron a ver
el fin del mundo –informó Paula–. Acaban de contarnos lo que vieron.
–¿De veras? –dijo Eddie–.
Nosotros también lo hicimos, el miércoles por la noche.
Nick se sintió alicaído. Jane se mordió un labio y preguntó
rápidamente a Cynthia por qué Fran siempre llevaba aquellos vestidos tan
ostentosos. Ruby preguntó:
–¿Lo has visto todo?
¿Incluyendo el cangrejo y todo?
–¿El cangrejo? –preguntó
Eddie–. ¿Qué cangrejo? No vimos ningún cangrejo.
–Tuvo que haber muerto
antes de que vosotros lo vierais –dijo Paula–. Cuando Nick y Jane fueron estaba
allí.
–Acaba de llegar un nuevo
cargamento de rayos de Cuernavaca. Toma, prueba uno –dijo Mike.
–¿Cuánto tiempo hace que
fuiste? –preguntó Eddie a Nick.
–El domingo por la tarde.
Creo que fuimos de los primeros.
–Un gran viaje, ¿verdad?
–dijo Eddie–. Sin embargo, resultó un tanto sombrío. Me refiero a cuando la
última colina se hunde en el mar.
–Eso no es lo que
nosotros vimos –dijo Jane–. ¿Y vosotros no visteis el cangrejo? Quizá estábamos
en grupos diferentes.
–¿Cómo hicisteis vosotros
el viaje, Eddie? –preguntó Mike.
Eddie rodeó a Cynthia con los brazos, desde atrás y contestó:
–Nos pusieron dentro de
esa cápsula, con una portilla, ya sabéis, con un montón de instrumentos y...
–Esa parte ya la hemos
oído –dijo Paula–. ¿Qué visteis?
–El fin del mundo
–contestó Eddie–. Cuando el agua lo cubre todo. El Sol y la Luna estaban en el
cielo al mismo tiempo...
–Nosotros, en cambio, no
vimos ninguna luna –señaló Jane–. Sencillamente, no estaba allí.
–Estaba a un lado, y el
Sol estaba en el otro –siguió diciendo Eddie–. La Luna estaba más cerca de lo
que debiera haber estado. Y tenía un color extraño, casi como de bronce. Y el
océano estaba muy encrespado. Viajamos alrededor de medio mundo y todo lo que
vimos fue océano. Excepto en un lugar, donde había un trozo de tierra, una
pequeña colina que sobresalía del mar, y el guía nos dijo que se trataba del
monte Everest –hizo oscilar una mano hacia Fran–. ¡Eso sí que fue una aventura!
Flotando en nuestro pequeño bote cerca de la cumbre del Everest. Quizá sólo
sobresalían unos pocos metros. Y el agua estaba elevándose todo el tiempo.
Arriba, arriba, arriba, sobre la punta y glub. Ya no quedó nada de tierra. He
de admitir que fue un poco desilusionante, excepto, claro está, la idea de la
cosa. El que el ingenio humano pueda diseñar una máquina capaz de enviar a la
gente a billones de años hacia el futuro, en el tiempo, y volverlos a traer al
presente, ¡vaya! Eso sí que es algo. Pero allí sólo había océano.
–¡Qué raro! –dijo Jane–.
Nosotros también vimos un océano, pero había una playa, una especie de playa
sucia, y aquella cosa parecida a un cangrejo moviéndose por ella, y la arena...
era toda roja, ¿era el Sol rojo cuando lo visteis vosotros?
–Tenía una especie de
color verde pálido –contestó Fran.
–¿Estáis hablando todos
del fin del mundo? –preguntó Tom. Él y Harriet estaban en la puerta, quitándose
los abrigos. El hijo de Mike debía haberlos dejado entrar. Tom entregó su
abrigo a Ruby y dijo: –¡Qué gran espectáculo!
–Entonces, ¿vosotros
también lo visteis? –preguntó Jane, un poco irónicamente.
–Hace dos semanas –dijo
Tom–. El agente de viajes llamó y nos dijo: figúrense lo que vamos a ofrecerles
ahora, el fin del maldito mundo. Contando todos los extras no valía realmente
mucho. Así que fuimos directamente a la oficina, el sábado. Creo que fue el
sábado... ¿o fue un viernes? Bueno, en cualquier caso, fue el mismo día de la
gran sublevación, cuando quemaron St. Louis...
–Eso fue el sábado
–observó Cynthia–. Recuerdo que regresaba del centro comercial cuando la radio
dijo que estaban utilizando armamento nuclear...
–Sí, el sábado –corroboró
Tom–. Y les dijimos que estábamos dispuestos a ir, y nos enviaron de viaje.
–¿Viste una playa con
cangrejos, o era un mundo lleno de agua? –preguntó Stan.
–Ni lo uno, ni lo otro.
Era como una gran era glacial. Los glaciares lo cubrían todo. No había el menor
rastro del océano. Ni tampoco montañas. Volamos alrededor del mundo y todo era
una enorme pelota de nieve. Tenían focos en el vehículo, porque el Sol había
desaparecido.
–Estoy segura de que pude
ver el Sol colgando allá arriba –señaló Harriet–. Como una bola de cenizas en
el cielo. Pero el guía nos dijo que no, que nadie podía verlo.
–¿Cómo es que cada cual
visita un fin del mundo diferente? –preguntó Henry–. Se supone que sólo debería
existir un fin del mundo. Quiero decir que termina y así es como termina y no
puede haber ninguna otra forma más que ésa.
–¿Podría ser una
imitación? –preguntó Stan. Todo el mundo se volvió para mirarle. El rostro de
Nick se puso muy rojo. Fran pareció sentirse tan mal que Eddie se desprendió de
Cynthia y empezó a acariciar los hombros de Fran. Stan se encogió de hombros y dijo,
a la defensiva: –No estoy sugiriendo que lo sea. Sólo lo preguntaba.
–A mí me pareció bastante
real –dijo Tom–. El Sol no estaba. Todo era una enorme bola de hielo. La
atmósfera, ya sabes, estaba helada. Era el fin del maldito mundo.
En aquel momento sonó el teléfono. Ruby acudió a contestar. Nick
le preguntó a Paula si comerían juntos el martes y ella dijo que sí.
–Será mejor que nos
encontremos en el motel –dijo él, sonriendo burlonamente.
Por su parte, Eddie volvía a arreglarse con Cynthia. Henry
parecía estar bastante bebido y tenía problemas para permanecer despierto.
Llegaron Phil e Isabel. Escucharon a Tom y a Fran hablando de sus viajes al fin
del mundo e Isabel dijo que ella y Phíl habían hecho el viaje anteayer.
–¡Maldita sea! –exclamó
Tom–. ¡Todo el mundo lo ha hecho! ¿Cómo fue tu viaje?
Ruby regresó a la habitación.
–Era mi hermana, llamando
de Fresno para decir que está bien. Fresno no fue afectada por el terremoto.
–¿Terremoto? –preguntó
Paula.
–En California –le
informó Mike–. Esta misma tarde. ¿No lo sabías? Ha destruido la mayor parte de
Los Angeles y corrió costa arriba, prácticamente hasta Monterrey. Creen que se
debió a la prueba de la bomba subterránea que hicieron explotar en el desierto
de Mohave.
–California ha sufrido
siempre tantos desastres terribles –comentó Marcia.
–Menos mal que esas
amebas se han lanzado hacia el este –dijo Nick–. Imaginaros lo complicado que
sería si ahora las tuvieran también en Los Angeles.
–Las tendrán –afirmó
Tom–. Una de cada dos se reproduce por esporas llevadas por el aire.
–Como los gérmenes
tifoides del pasado noviembre –dijo Jane.
–Eso fue tifus –le
corrigió Nick.
–De todos modos –dijo
Phil–, le estaba contando a Tom y a Fran lo que vimos al fin del mundo. Era el
Sol convirtiéndose en nova. Nos lo mostraron de un modo muy ingenioso. Quiero
decir que no puede uno sentarse por ahí y experimentarlo, debido al calor y a
la fuerte radiación y todo eso. Pero te lo muestran de una forma periférica,
muy elegante, en el sentido mcluhaniano de la palabra. Primero le llevan a uno
a un punto situado aproximadamente a dos horas antes de la explosión,
¿comprendéis? Está de nosotros a no sé cuántos millones de años pero, en
cualquier caso, muy, muy distante, porque todos los árboles son diferentes,
tienen como escamas azules y ramas viscosas, y los animales son como cosas con
una pata que saltan, apoyándose en bastones...
–¡Oh! Eso no me lo creo
–dijo Cynthia, con lentitud. Phil la ignoró con elegancia.
–Y no vimos la menor
señal de seres humanos, ni una casa, ni un poste de teléfonos, nada. Así es que
supongo que ya debíamos estar extinguidos desde mucho antes. En cualquier caso,
nos permitieron contemplar aquello durante un rato. No podíamos salir de nuestra
máquina del tiempo, claro, porque nos dijeron que la atmósfera era malsana.
Poco a poco, el Sol empezó a hincharse. Estábamos nerviosos... ¿verdad, Liz?...
¿Y si se equivocaban con los cálculos? Todo este viaje es un concepto bastante
nuevo, y las cosas pueden salir mal. El Sol se iba haciendo más y más grande y
entonces una cosa como si fuera un brazo pareció surgir de su lado izquierdo.
Era como un brazo grande y feroz que se extendió por el espacio, acercándose
más y más. Lo vimos a través de cristal ahumado, como se ve un eclipse. Nos
ofrecieron más o menos dos minutos de la explosión, y ya podíamos sentir cómo
todo iba calentándose. Entonces, saltamos como un par de años en el tiempo,
hacia adelante. El Sol había recuperado su forma habitual, grande y amarilla.
Y, en la Tierra, todo eran cenizas.
–Cenizas –corroboró Isabel con énfasis. –Parecía como Detroit
después de que la Unión derrotara a Ford –dijo Phil–. Sólo que mucho, muchísimo
peor. Se fundieron montañas enteras. Los océanos quedaron secos. Todo quedó
convertido en cenizas –se estremeció y aceptó una copa que le tendía Mike,
añadiendo–: Isabel estaba llorando.
–Aquellas cosas con una pata –dijo Isabel–, supongo que tuvieron
que haber sido destrozadas por completo.
El entrevistador le
preguntó si su empresa ofrecería pronto algo más, además de los viajes al fin.
del. mundo.
–Más tarde, esperamos
poder hacerlo –contestó el ejecutivo–. Tenemos la intención de solicitar la
correspondiente aprobación del Congreso. Pero, mientras tanto, la demanda por
nuestras ofertas actuales está siendo muy alta. No puede imaginárselo. Claro que
se espera ver imágenes apocalípticas para mantener una popularidad tan inmensa
en unos tiempos como estos.
–¿Qué quiere decir con
eso de unos tiempos como éstos? –preguntó el entrevistador.
Pero cuando el hombre de la agencia de viajes del tiempo .empezó
a contestar, fue interrumpido por un anuncio comercial. Mike cerró el aparato.
Nick descubrió que se sentía enormemente deprimido. Decidió que se debía al
hecho de que muchos de sus amigos habían efectuado el viaje, mientras que él y
Jane habían pensado que serían los únicos en haberlo hecho. Se encontró cerca
de Marcia y trató de describir la forma en que se había movido el cangrejo,
pero ella se limitó a encogerse de hombros. Ahora, ya nadie hablaba sobre
viajes en el tiempo. La reunión se había deslizado más allá de ese punto. Nick
y Jane se marcharon bastante temprano y se fueron directamente a dormir, sin
hacer el amor. A la mañana siguiente no les llegó el periódico del domingo,
debido a la huelga de la Autoridad de los Puentes, y la radio informó que las
amebas mutantes estaban demostrando ser más difíciles de erradicar de lo que
originalmente se había supuesto. Se estaban extendiendo por todo el Lago
Superior y todos los que vivían en la región tendrían que hervir el agua
destinada a la bebida. Nick y Jane discutieron adonde irían a pasar sus
próximas vacaciones.
–¿Qué te parece si
volvemos a ver el fin del mundo? –sugirió Jane.
Y Nick se echó a reír
durante un buen rato.
LA
QUINTA CABEZA DE CERBERO
Gene Wolfe
Si 1972 produjo un
clásico de la ciencia ficción, sin duda es esta novela de Gene Wolfe. Sitúa la
acción en un planeta colonizado entre las lejanas estrellas, y no recuerdo
ninguna otra historieta reciente de ciencia ficción en que los personajes y su
mundo muestren tal vitalidad. Es un notable logro técnico en el puro sentido de
la narrativa; una mezcla de ciencia ficción y del tradicional estilo de horror
y misterio que, sin acoplarse ninguno de estos, los utiliza al máximo. Y se
refiere de un modo dramático, sorprendente, obsesionante, a la gente de ayer,
de hoy y de mañana.
Cuando la hiedra oprimida por la nieve
y la lechuza le grita al lobo que está abajo
mientras devora la cría de la loba...
Samuel Taylor Coleridge
The Rime of the Ancient Mariner
Cuando era niño, mi hermano David y yo nos íbamos a dormir
temprano, tanto si teníamos sueño como si no. En verano, particularmente, nos
acostábamos antes del crepúsculo y puesto que nuestro dormitorio estaba en el
ala este de la casa, con una amplia ventana que se abría al patio central que
daba al oeste, la violenta y rosada luz penetraba a veces a chorro durante
horas, mientras contemplábamos acostados el tullido mono de mi padre encaramado
en un parapeto desconchado, o bien, con gestos silenciosos, nos contábamos
cuentos de una cama a la otra.
Nuestro dormitorio estaba
en el último piso de la casa y la ventana tenía una persiana de hierro que nos
prohibían abrir. Según mi teoría particular, supongo que para que algún
escalador, en una lluviosa mañana (único momento del día en que podía hallar abandonado
el tejado, dispuesto como un placentero jardín) dejase caer una cuerda y
pudiese penetrar en nuestro cuarto si las persianas no estaban cerradas.
El objeto de ese
hipotético y valiente ladrón no sería únicamente robarnos. Los niños, tanto los
chicos como las chicas, eran extraordinariamente baratos en Port-Mimizon. Una
vez me contaron que mi padre, que antes había comerciado con ellos, abandonó el
negocio a causa de la escasez de mercado. Si era o no cierto, todos o casi
todos conocían algún profesional que les proporcionaba lo que querían a un
precio bajo, dentro de lo razonable. Esos hombres hacían investigaciones en los
hijos de los pobres o indiferentes y si necesitaban, por ejemplo, una niña de
piel morena, pelirroja, o bien, una regordeta o ceceante, o un niño rubio como
David o uno pálido, de cabello y ojos castaños como yo, lo conseguían en pocas
horas.
Probablemente, tampoco el
imaginario ladrón nos buscaba para pedir un rescate, aunque mi padre era
considerado, en algunas regiones, como hombre inmensamente rico. Había otros
motivos. Las pocas personas que conocían la existencia de mi hermano y también
la mía, sabían, o por lo menos se lo habían hecho creer, que mi padre no se
preocupaba en absoluto de nosotros. No puedo asegurar si era verdad o no, pero
lo creía, y mi padre nunca me dio motivo para dudarlo, si bien en aquel tiempo
jamás se me ocurrió la idea de matarlo.
Por si tales motivos no fueran bastante convincentes, cualquiera
con un conocimiento del estrato que había llegado a ser, quizá su
característica más permanente, se habría percatado de que para él, que ya se
veía obligado a entregar grandes sobornos a la policía secreta, aquel dinero
arrojado de ese modo lo dejaría a merced de miles de ataques ruinosos; y esto,
junto con el temor de que era presa, pudo haber sido la verdadera razón de que
nunca nos raptasen.
La persiana de hierro
está (pues ahora escribo en mi antiguo dormitorio) trabajada a martillo para
que semeje las ramas de un sauce tieso y demasiado simétrico. En mi infancia
estaba cubierta por una parra que se encaramaba por la pared desde el patio, y
yo hubiera deseado que cubriera por completo la ventana para resguardarnos del
Sol cuando queríamos dormir; pero David, cuyo lecho se encontraba debajo de la
ventana, solía cortar las ramas para soplar por los tallos huecos, formando una
especie de caramillo de cuatro o cinco cañas. El silbido, por descontado, cada
vez más fuerte a medida que David se envalentonaba, atraía a veces la atención
de Mr. Million, nuestro preceptor. Mr. Million entraba en el cuarto en perfecto
silencio, deslizando las grandes ruedas por el desnivelado suelo mientras David
fingía dormir. Podía ocultar los caramillos debajo de la almohada, entre las
sábanas o hasta debajo del colchón, y aún así Mr. Million los hubiera
encontrado.
Hasta ayer olvidé lo que
hacía con esos pequeños instrumentos musicales después de confiscarlos; aunque
en la prisión, donde nos encerraban cuando había tormenta o caía una espesa
nevada, a veces me distraía tratando de recordarlo. Hubiera sido impropio de él
romperlos o tirarlos al patio por entre las rejas; Mr. Million jamás rompía o
arrojaba nada intencionadamente. Imaginaba su expresión un tanto pesarosa
cuando se llevaba los pequeños caramillos (el rostro que parecía flotar detrás
de su pantalla, se parecía mucho al de mi padre) y el modo en que daba la
vuelta y se deslizaba fuera de la estancia. Pero ¿qué hacía con ellos?
Ayer, como dije (éstas
son las cosas que me infunden confianza), me acordé. Había estado hablando
conmigo mientras yo trabajaba y al marcharse me pareció –mientras seguía
indiferente con la mirada el suave oscilar al cruzar el umbral– que echaba algo
de menos; una especie de ademán que recordaba desde mi niñez. Cerré los ojos y
procuré recordar lo que era, eliminando cualquier suposición, cualquier intento
por adivinar de antemano lo que «debía» haber sido, y descubrí que el elemento
que faltaba era un breve resplandor, el brillo del metal sobre la cabeza de Mr.
Million.
Una vez comprobado supe
que procedía de un rápido movimiento hacia arriba de su brazo, como un saludo
al salir del cuarto. Tardé más de una hora en adivinar la razón de aquel gesto
y, fuera lo que fuese, la única explicación que saqué es que había sido aniquilado
por el tiempo. Procuré recordar si el pasillo, fuera de nuestro cuarto –en
aquel pasado aún no lejano–, contenía algún objeto desaparecido ahora: cortina
o persiana, cualquier cosa que pudiera moverse, algo que me diera una
explicación. No había nada.
Penetré en el pasillo y
examiné minuciosamente el suelo en busca de huellas que indicasen que hubo
muebles. Busqué en las paredes ganchos o clavos, empujando los gruesos y viejos
tapices. Estirando el cuello todo lo que pude, examiné el techo. Luego, tras
una hora, miré la puerta y vi, cosa que no había visto en tantísimas veces que
la había cruzado, que como todas las puertas de esta casa tan antigua tenía una
maciza estructura de tablas y que del dintel sobresalía una estrecha repisa.
Empujé una silla hasta el
vestíbulo y me puse de pie en el asiento. La repisa estaba cubierta de polvo y
en ella había cuarenta y siete caramillos de mi hermano y una fantástica
variedad de pequeños objetos; muchos de ellos los recordé, pero otros no consiguieron
evocar en lo más hondo de mi cerebro la más mínima señal de haberlos visto
antes.
El pequeño huevo azul moteado de pardo de un pájaro cantor.
Supuse que el pájaro anidó en la parra fuera de nuestra ventana y que David y
yo arrancamos el nido sólo para que nos lo robase Mr. Million, aunque no
recuerdo el incidente. Y hay un rompecabezas roto hecho de las vísceras
bronceadas de algún pequeño animal, y –deliciosamente evocadora– una de esas
grandes llaves caprichosamente decoradas, vendidas anualmente y que durante el
año que duraba su autorización, permitía a su poseedor permanecer durante horas
en ciertas salas de la biblioteca de la ciudad. Imagino que Mr. Million la
confiscó cuando, al expirar el plazo, descubrió que hacía las veces de juguete.
¡Qué recuerdos!
Mi padre tenía su propia
biblioteca que ahora poseo yo, pero nos había prohibido entrar. Recuerdo
vagamente –aunque no sabría decir cuántos años tenía– que permanecía de pie
delante de la enorme puerta labrada. Contemplaba el vaivén con que se abría y
cerraba y el lisiado mono sobre el hombro de mi padre apretándose contra su
rostro de halcón, con la bufanda negra y debajo la bata escarlata, y las
hileras e hileras de viejos libros y libretas tras ellos, y el olor dulzón y
nauseabundo de formaldehído que surgía del laboratorio al otro lado del espejo
deslizante.
No recuerdo lo que dijo,
o si fui yo u otra persona que llamó a la puerta, pero sí que cuando la hubo
cerrado, una mujer vestida de color de rosa se inclinó gentilmente para colocar
su rostro al nivel del mío y me aseguró que mi padre había escrito todos los
libros que yo había visto, lo que no dudé en absoluto.
Como ya dije, mi hermano
y yo teníamos prohibido entrar en esa estancia, pero cuando fuimos un poco
mayores, Mr. Million solía llevarnos, unas dos veces por semana, a la
biblioteca de la ciudad. Eran casi las únicas ocasiones en que nos dejaban
salir de casa y, puesto que a nuestro preceptor le desagradaba enroscar las
articulaciones de sus módulos de metal en un coche alquilado, y una silla de
mano no hubiera soportado su peso ni contenido su volumen, dichas correrías las
realizábamos a pie.
Durante mucho tiempo la
ruta a la biblioteca fue el único lugar de la ciudad que conocía. Tres manzanas
más abajo de donde se alzaba nuestra casa, en la calle Saltimbanque, derecho
por la Rué d'Asticot al mercado de esclavos y pasada otra manzana, ya estaba la
biblioteca. Un niño que desconoce lo que es extraordinario y lo que es
corriente, se sitúa en un punto intermedio y encuentra interesantes
circunstancias que desestiman los adultos, y acepta tranquilamente los sucesos
más inverosímiles. Mi hermano y yo nos deteníamos fascinados ante las falsas
antigüedades y los saldos de la Rué d'Asticot, pero nos aburríamos cuando Mr.
Million insistía en detenerse durante una hora en el mercado de esclavos.
Al no ser Port-Mimizon un centro comercial, no era muy grande, y
los subastadores ofrecían su mercancía de una manera amistosa al encontrarse
muchas veces con que una serie de propietarios descubrían el mismo defecto. Mr.
Million jamás pujaba sino que observaba la puja inmóvil, mientras nosotros
zascandileábamos masticando el pan frito que nos había comprado en los
tenderetes. Había portadores de sillas de mano con nudosos músculos en las
piernas; siervos que se ocupaban de los baños con afectada sonrisa; esclavos
luchadores encadenados, con ojos apagados por las drogas o llameantes con una
estúpida ferocidad. Cocineros, criados y muchos más, aunque David y yo
suplicábamos para que nos dejara proseguir solos hasta la biblioteca.
La biblioteca era un
edificio excesivamente grande y en los viejos tiempos en que se hablaba francés
comprendía las oficinas del gobierno. El parque, en el que en un tiempo se
alzaba, había desaparecido debido a pequeñas corruptelas y ahora sobresalía por
entre un grupo de tiendas y casas de vecindad. Una angosta calle conducía a la
entrada principal, y una vez dentro, la cochambre del barrio desaparecía
reemplazada por una especie de desconchados que denunciaban su antigua
magnificencia. El escritorio principal se encontraba justo debajo de la bóveda
y ésta formaba un pasaje en espiral con las principales colecciones y se
elevaba a unos cien metros bajo un cielo pedregoso del que si se desprendía un
pedacito podía matar en el acto a uno de los bibliotecarios.
Mientras Mr. Million se deslizaba majestuoso por la hélice,
David y yo echábamos a correr adelantándonos por varios recodos y hacíamos lo
que nos placía. Cuando era todavía muy joven, se me ocurría a veces que, puesto
que mi padre había escrito (según testimonio de la dama vestida de rosa) todos
los libros que llenaban el aposento, algunos los podía encontrar aquí y trepaba
resueltamente hasta casi alcanzar la bóveda y los buscaba revolviéndolos todos.
Puesto que los bibliotecarios eran demasiado negligentes como para volver a
colocar los libros en los estantes, siempre cabía la posibilidad de encontrar
lo que al principio se me había pasado por alto. Los estantes se alzaban mucho
más arriba de mi cabeza, pero cuando no me observaban trepaba por ellos como si
fueran escaleras, pisando los libros cuando no había lugar en los estantes para
las cuadradas punteras de mis pequeños zapatos marrones, y de vez en cuando se
me caían libros al suelo, donde permanecían hasta nuestra próxima visita y aún
más tiempo, lo que demostraba la repugnancia del personal por trepar por
aquella larga y enroscada pendiente.
Los estantes superiores
estaban, si cabe, aún más desordenados que los mejor situados y un maravilloso
día en que llegué al más alto de todos encontré que ocupaban aquella encumbrada
y polvorienta posición (al lado de un tema astronáutico colocado fuera de
lugar, La nave espacial de una milla, escrita por algún alemán) un
ejemplar único de Lunes o martes, entre un libro sobre el asesinato de
Trotsky y un deteriorado volumen de cuentos de Vernos Vinge que debía su
presencia allí, o así lo sospecho, al error de algún bibliotecario muerto hacía
tiempo, que confundió las borrosas letras del lomo V. Vinge por «Winge».
Jamás encontré un libro de mi padre, pero no lamento el haber
trepado hasta la cima de la bóveda. Si David venía conmigo, corríamos juntos de
parte a parte del suelo inclinado, o escudriñábamos desde la barandilla los
lentos pasos de Mr. Million mientras discutíamos la posibilidad de acabar con
él arrojándole algún grueso volumen. Si David prefería quedarse abajo
interesado en buscar las obras de su padre, yo ascendía hasta arriba de todo,
donde la cúspide de la bóveda se curvaba sobre mi cabeza, y allí, después de un
pasadizo de hierro oxidado no más ancho que las repisas por las que había
trepado (y sospecho que ni siquiera tan resistente), se abría un círculo de
diminutas perforaciones en un tabique de hierro, pero tan delgado que cuando
descorría los corroídos tapajuntas pasaba la cabeza y me sentía completamente
fuera, sintiendo el viento y los pájaros que volaban a mi alrededor y la bóveda
de cemento se curvaba debajo de mí.
Al oeste, puesto que era
más alta que los edificios que la rodeaban, y visible por entre los naranjos de
los tejados, divisaba nuestra casa. Al sur, los mástiles de los barcos anclados
en el puerto y, si el tiempo era claro y la hora adecuada, la blanca cresta de
las olas que las fuertes corrientes de la marea de Sainte Arme lanzaba entre
las penínsulas llamadas Primer Dedo y Pulgar (una vez, lo recuerdo muy bien, vi
el gran geiser iluminado por el Sol cuando un satélite amerizó). Al este y al
norte se extendía la ciudad, la ciudadela y el gran mercado y, al fondo, los
bosques y montañas.
Pero llegaba el momento
en que Mr. Million nos reclamaba. Tanto si David me había acompañado o se había
largado por su cuenta, nos veíamos obligados a ir con él a una de las salas de
cualquier colección científica, es decir: libros para estudiar. Mi padre
insistía en que yo aprendiera a fondo biología, anatomía y química y
estudiábamos bajo la tutela de Mr. Million, quien nunca consideraba dominado un
tema hasta que discutíamos cada tópico de todos los libros. Las ciencias
naturales constituían mi lectura favorita pero David prefería lenguas,
literatura y leyes, de las que teníamos algunas nociones, así como de
antropología, cibernética y psicología.
Cuando había seleccionado
los libros que debían servir de base para estudiar los próximos días y nos
instaba a que eligiéramos algunos más para nuestro recreo, Mr. Million se
retiraba con nosotros a un silencioso rincón de una de las salas de lectura donde
había sillas y una mesa y espacio suficiente para poder doblar las
articulaciones de su cuerpo, o se colocaba junto a una pared o librería, de
modo que dejaba libres los pasillos. Para indicar el comienzo formal de la
clase solía comenzar por leer la lista, y mi nombre siempre era el primero.
Yo respondía «Presente», para indicar que estaba atento.
–¿Y David?
–Presente. (David tenía
en el regazo un libro ilustrado: Cuentos de la Odisea que Mr. Million no
podía ver, pero miraba a nuestro preceptor con claro y fingido interés. La luz
entraba oblicuamente por una ventana alta hasta la mesa y en el rayo de Sol se
veían flotar motitas de polvo.)
–Quisiera saber si alguno
se ha fijado en los útiles de piedra que había en la sala que acabamos de
cruzar.
Asentíamos y cada uno
esperaba que hablara el otro.
–¿Los hicieron en la
Tierra o en nuestro planeta?
Es una pregunta capciosa
pero fácil. David responde:
–En ninguno de los dos
sitios. Son de plástico –y soltamos una picara risita.
Mr. Million exclama con
paciencia:
–Sí, son reproducciones
en plástico, pero, ¿de dónde proceden los originales?
Su rostro, tan similar al
de mi padre, me parecía en aquel momento que era sólo el suyo, de manera que
parecía un espantoso juego de la naturaleza verlo en un hombre vivo; no
demostraba interés, ni enfado ni aburrimiento, sino una calma remota. David responde:
–De Sainte Anne –Sainte
Anne es el planeta gemelo que gira con nosotros en un mismo centro mientras
oscilamos alrededor del Sol–. El signo lo dice y los aborígenes lo hicieron;
aquí no había abos.
Mr. Million asiente y
vuelve hacia mí su rostro.
–¿Crees que esos
instrumentos de piedra ocupaban un lugar importante en la vida de los que los
hicieron? Di no.
–No.
–¿Por qué no?
Pienso profundamente, sin
que David me ayude. Por debajo de la mesa me da patadas en la espinilla. De
pronto, un rayo me ilumina.
–Habla. Enseguida.
–Es evidente, ¿verdad?
–una buena respuesta cuando uno no está seguro de si algo es posible–. En
primer lugar, no podían ser muy buenas, de manera que, ¿por qué los abos iban a
confiar en ellas? Podría decir que necesitaban esas flechas con puntas de obsidiana
y anzuelos de hueso para proveerse de alimentos, pero no es verdad. Envenenaban
el agua con el jugo de ciertas plantas, y para el hombre primitivo el modo más
eficaz de pescar era con nasas o con redes de cuero crudo o de fibra vegetal.
Asimismo, atrapar con lazo a los animales o haciendo una batida con fuego
hubiera sido más eficaz que atacarlos, y no iban a usar esas armas de piedra
para recoger bayas o vástagos de plantas comestibles y otras cosas por el
estilo que seguramente constituían su alimento más importante. Esas piezas de
piedra están en las vitrinas porque los lazos y las redes se echaron a perder y
son lo único que queda, por eso los que se ganan la vida aquí, fingen que eran
muy importantes.
–¿De veras, David? Vamos,
un poco más de originalidad; no repitas lo que acabas de oír.
David alza la cabeza del
libro con una mirada de desdén en sus azules ojos.
–Si pudiera preguntarles
qué era para ellos lo más importante, dirían que su religión, su magia, las
canciones que entonaban y las tradiciones de su pueblo. Sacrificaban a los
animales con conchas o caracoles de mar que cortaban como navajas y no permitían
a los hombres que engendrasen, hasta que soportaban la prueba del fuego que les
dejaba mutilados para el resto de su vida. Se apareaban con árboles y ahogaban
a los niños en honor de sus ríos. Eso era la trascendencia.
Mr. Million bajó el
rostro sin cuello en señal de aprobación.
–Vamos a discutir la
humanidad de esos aborígenes. Para empezar, la respuesta de David no es
correcta.
(Le doy una patada, pero
él se ha sentado sobre sus fuertes y pecosas piernas o las ha escondido tras
las patas de la silla, lo cual es una trampa.)
–La humanidad –dice con
su voz más inaguantable–, en la historia del pensamiento humano, presupone que
desciende de lo que prácticamente llamamos Adán; es decir, de la estirpe
primitiva terrestre, y si no lo comprendéis, sois idiotas.
Espero que siga, pero ha
terminado. Para ganar tiempo y poder pensar, expongo:
–Mr. Million, no es justo
que me insulte en un debate. Dígale que no discuta; está peleando, ¿verdad?
–Nada de observaciones
ofensivas, David.
(Mi hermano vuelve a
mirar a hurtadillas a Polifemo, los Cíclopes y Odiseo, en espera de que yo
prosiga, y ese desafío me impulsa a hacerlo.)
–La tesis que sostiene
que descendemos fundamentalmente de la estirpe terrestre no es ni válida ni
decisiva. Y no es decisiva porque pudiera ser que los aborígenes de Sainte Anne
descendieran de alguna oleada de expansión humana, quizás anterior a los griegos
homéricos.
–Yo, en tu lugar, me
limitaría a exponer argumentos de valor más positivo.
Sin embargo, discurro sobre los etruscos, la Atlántida y la
tenacidad y tendencia expansionista de una cultura supuestamente tecnológica
que ocupaba Gondwanaland, antiguo e hipotético continente que comprendía lo que
hoy es la India, Australia, África, América del Sur y la Antártida, que se
supone se separaron a finales de la Era Paleozoica.
Cuando termino, Mr.
Million exclama:
–Ahora cambiemos.
David, da una respuesta
afirmativa sin repetir.
Por descontado, mi
hermano miraba su libro sin escuchar y le doy un puntapié, esperando que se
quede atascado, pero responde:
–Los abos son humanos
porque todos están muertos.
–Explícate.
–Si estuvieran vivos,
sería peligroso que fueran humanos porque investigarían, pero digamos que vale
más que estén muertos que vivos, y los colonizadores los mataron a todos.
Y así seguimos. La mota
del Sol viaja por la superficie de la mesa rayada de rojo y negro, la recorrió
cien veces. Salimos por una de las puertas laterales y caminamos por un
descuidado patio entre dos alas. Estaba lleno de botellas vacías y toda clase de
papeles esparcidos por el viento y acto seguido un hombre muerto cubierto de
andrajos de vivos colores, sobre cuyas piernas saltamos mientras Mr. Million
giraba en silencio a su alrededor. Al salir del patio y entrar en una calleja,
las cornetas de la guarnición de la ciudadela llamaban a los soldados para la
misa nocturna. En la Rué d'Asticot, el farolero atendía a su trabajo y las
tiendas estaban cerradas tras las rejas de hierro. Las aceras, despejadas como
por arte de magia de viejos muebles, parecían más anchas y limpias.
La calle Saltimbanque se
transformaba con la llegada de los primeros grupos de jaraneros. Hombres de
cabello blanco, campechanos, conducían jovencitos y niños; jóvenes y muchachos
hermosos y robustos aunque un tanto -sobrealimentados; jóvenes que insinuaban
tímidas bromas y les sonreían mostrando su impecable dentadura. Eran siempre
los primeros y a medida que pasaba el tiempo, me preguntaba si eran los
primeros sólo porque los hombres de cabello blanco querían que se divirtieran y
a la vez se fueran a dormir pronto, o porque sabían que los jóvenes que
introducían en el establecimiento de mi padre, se encontrarían soñolientos e
irritables pasada la medianoche, como niños a los que han tenido despiertos
hasta muy tarde.
Puesto que Mr. Million no
permitía que anduviéramos por los callejones después de anochecer, entrábamos
en casa por la puerta principal con los hombres de cabello blanco y sus hijos y
sobrinos. Había un jardín no mayor que un saloncito, oculto tras las fachadas
sin ventanas, con macizos de helechos del tamaño de tumbas; una pequeña fuente
de la que manaba el agua sobre varillas de cristal que producían un continuo
tintineo, protegida de los chicos de la calle, y, con las patas fijas y casi
enterradas en el musgo, una estatua de hierro de un perro con tres cabezas.
Supongo que dicha estatua
era la que daba a nuestra casa el apodo de Maison du Chien, aunque quizá
también hacía referencia a nuestro apellido. Las tres cabezas eran lustrosas,
con hocicos y orejas puntiagudos. Una gruñía; la del centro contemplaba con aire
tolerante el mundo del jardín y de la calle. La tercera, más próxima al sendero
de ladrillos que conducía a la puerta, mostraba –y no se puede expresar con
otras palabras– una risa burlona, y los clientes de mi padre, al pasar por el
sendero, Solían acariciarla entre las orejas. Los dedos habían bruñido aquel
espacio hasta darle la consistencia de un cristal negro.
Éste, pues, era mi mundo
a los siete años de nuestro mundo de largos años y quizás aún medio año más. La
mayor parte del día lo pasaba en la pequeña clase que presidía Mr. Million, y
las noches en el dormitorio donde David y yo jugábamos y nos peleábamos en
medio de una quietud absoluta. Lo único que variaba eran los viajes a la
biblioteca o, en raras ocasiones, a otra parte. De vez en cuando, separaba las
hojas de la parra para contemplar a las jóvenes y a sus protectores en el patio
de abajo, o bien oía sus charlas que descendían desde el jardín de la terraza,
pero ni lo que hacían o hablaban me interesaba. Sabía que el hombre alto con
cara de cuchillo y al que las jóvenes y los criados llamaban «Maître» era mi
padre. También conocía la existencia de una mujer espantosa –los sirvientes le
tenían terror–, llamada «Madame», pero que no era ni mi madre, ni la de David,
ni tampoco la esposa de mi padre.
Aquella vida, mi niñez, o
cuando menos mi infancia, se interrumpieron una noche después de que David y
yo, cansados de luchar y discutir en silencio, nos fuimos a dormir. Alguien me
sacudió por los hombros y me llamó; no era Mr. Million, sino uno de los criados
de mi padre, un hombrecito jorobado con una raída chaqueta roja.
–Levántate, quiere verte.
Así lo hice, y en seguida
advirtió que yo llevaba puesto un camisón. Creo que ese detalle no entraba en
las instrucciones recibidas y durante un instante, en que yo bostezaba de pie,
pugnó consigo mismo.
–Vístete y péinate –dijo
finalmente.
Obedecí, y me puse los
pantalones de terciopelo negro que llevaba el día anterior, pero (guiado por un
misterioso instinto) una camisa limpia. La estancia a la que me condujo (por
tortuosos corredores vacíos de los últimos parroquianos, y por otros, mohosos,
sucios de excremento de ratas que los clientes no conocían), era la biblioteca
de mi padre, la habitación de la gran puerta labrada ante la que la dama de
rosa me había susurrado las confidencias. Jamás había estado, pero cuando mi
guía golpeó discretamente la puerta, ésta se abrió y casi sin darme cuenta, me
hallé dentro.
Mi padre, que había
abierto la puerta, la volvió a cerrar detrás de mí, y dejándome de pie, donde
estaba, se dirigió al otro extremo de la larga estancia y se dejó caer en un
gran sillón. Llevaba la bata roja y la bufanda negra que ya vi en otra ocasión,
y el ralo cabello largo peinado hacia atrás. Me miró y recuerdo que mis labios
temblaban al tratar de reprimir unos sollozos.
–Bien, ya estás aquí,
¿cómo te voy a llamar? –me expuso después de habernos contemplado los dos un
largo rato.
Le dije mi nombre, pero
sacudió la cabeza.
–Ése no. Para mí debes de
tener otro... Uno privado. Si quieres, puedes elegirlo tú.
No contesté. Me parecía
imposible tener otro nombre que las dos palabras que, en cierto sentido místico
y que sólo yo respetaba, sin comprender, era mi nombre.
–Entonces, yo elegiré por
ti. Eres el Número Cinco. Acércate, Número Cinco.
Me acerqué adonde estaba
y cuando quedé de pie ante él, me interpeló:
–Ahora vamos a jugar. Voy
a mostrarte algunos cuadros, y mientras los contemplas, tienes que hablar. Haz
comentarios sobre los cuadros. Si hablas, tú ganas, pero si te detienes un Solo
segundo, gano yo, ¿entiendes?
Le respondí que había
comprendido.
–Bien. Sé que eres un
chico inteligente. A decir verdad, Mr. Million me ha enviado los resultados de
todos los exámenes y las cintas grabadas de cuando te habla, ¿lo sabías? ¿No te
has preguntado nunca lo que hacía con ellas?
–Creí que las tiraba
–respondí y observé que mi padre se inclinaba hacia delante mientras yo
hablaba, una circunstancia que me halagó.
–No, las tengo aquí
–apretó un botón–. Recuerda que no debes dejar de hablar.
Aunque en los primeros
momentos estaba demasiado interesado para pronunciar una sola palabra, como por
arte de magia aparecieron en la estancia un niño mucho más pequeño que yo y un
soldado de madera pintada, casi tan grande como yo, pero cuando alargué el
brazo para tocarlo, demostró ser tan impalpable como el aire.
–Di algo –me conminó mi
padre–. ¿Qué opinas de todo eso, Número Cinco?
Pensaba en el soldado,
como es natural y lo mismo el niño que aparentaba unos tres años. Caminaba con
pasos vacilantes por mi brazo como la bruma e intentó volcarme.
Eran hologramas: imágenes
tridimensionales formadas por la interferencia de dos ondas de luz y que
encontré muy aburridas cuando las vi reproducidas como piezas de ajedrez en el
libro de física; pero eso fue antes de que las relacionara con los fantasmas
que se paseaban por la noche por la biblioteca de mi padre. Durante todo el
rato mi padre iba diciendo:
–¡Habla! ¡Di algo! ¿Qué
crees que siente el niño?
–Al niño le gusta el gran
soldado pero quiere derribarlo si puede, porque el soldado es sólo un juguete,
pero es mayor que él... –continué hablando durante mucho tiempo, imagino que
varias horas seguidas. La escena cambiaba. Al soldado gigante lo reemplazó un
poney, un conejo, unas papillas con galletas. Pero el niño de tres años seguía
siendo la figura central.
Cuando el jorobado de la
chaqueta roja volvió bostezando para llevarme a la cama, mi voz no era más que
un ronco susurro y me dolía la garganta. Aquella noche soñé que veía al
pequeñuelo corriendo de una a otra actividad y, en cierto modo, su personalidad
se confundía con la mía y la de mi padre, de modo que yo resultaba a la vez
observador, observado y una tercera presencia nos observaba a los dos.
La noche siguiente me
quedé dormido casi al instante en que Mr. Million nos envió a la cama,
consciente sólo el tiempo suficiente para congratularme de que así fuera. Me
desperté cuando el jorobado entró en el dormitorio, pero no fue a mí a quien
hizo levantar de la cama sino a David. Callado y quieto, fingiendo que dormía
(pues se me ocurrió, y en aquel momento me pareció razonable, que si notaba que
estaba despierto, nos llevaría a los dos), observé cómo mi hermano se vestía
esforzándose por dar a su rubio y enredado cabello un aspecto más aseado. Al
regresar, me encontraba profundamente dormido y no tuve oportunidad de
interrogarle hasta que Mr. Million nos dejó solos, como hacía muchas veces
cuando desayunábamos. Le conté mis experiencias como algo normal y me dijo que
había pasado una noche muy parecida a la mía. Había visto hologramas y, al
parecer, los mismos: el soldado de madera, el poney, etc. Se vio obligado a
hablar sin cesar, como Mr. Million nos exhortaba en los debates y exámenes
orales. En lo único que difería su entrevista con nuestro padre, por lo que
pude deducir, fue en cuanto al nombre que le había dado.
Me miró sin comprender, a
punto de llevarse a la boca un trocito de tostada.
Le volví a preguntar:
–¿Con qué nombre te
llamaba al hablarte?
–Me llamaba David; ¿qué
creías?
Con el comienzo de esas
entrevistas, mi norma de vida cambió; las modificaciones que suponía iban a ser
temporales, se volvían imperceptiblemente permanentes, ajustándose a un nuevo
modelo del que ni David ni yo éramos conscientes. Dejamos de jugar y de relatarnos
cuentos a la hora de acostarnos y David moderaba cada vez más su afición a
hacer caramillos de la parra. Mr. Million nos permitía retirarnos más tarde, y
de un modo sutil nos percatábamos de que nos hacíamos mayores. También, más o
menos por esa época, empezó a llevarnos a un parque donde había una barraca de
tiro con arco y equipos para diversos juegos. Ese pequeño parque, no lejos de
nuestra casa, estaba bordeado a ambos lados por un canal y allí, mientras David
arrojaba flechas a un ganso relleno de paja, o jugaba al tenis, yo me sentaba a
contemplar las tranquilas aguas ligeramente turbias, o a esperar que llegara
uno de los blancos barcos: grandes naves de proas afiladas como el pico de un
martín pescador y cuatro, cinco o hasta siete mástiles y que, con muy poca
frecuencia, eran remolcados desde el puerto por diez o doce yuntas de bueyes.
El verano en que tenía
once o doce años –creo que eran doce–, nos permitieron por primera vez
quedarnos en el parque hasta la puesta del Sol, sentados en las márgenes en
declive y herbosas del canal para contemplar un castillo de fuegos
artificiales. El primer cohete aún no había estallado a media milla sobre la
ciudad cuando David se puso enfermo. Corrió hacia el agua y vomitó, zambullendo
las manos hasta los codos en la porquería mientras las rojas y blancas
estrellas resplandecían sobre él. Mr. Million se lo llevó en brazos, y cuando
el pobre David se hubo desahogado, corrimos a casa.
Su enfermedad no duró
mucho más que el corrompido emparedado que se la provocó, pero mientras nuestro
preceptor lo metía en la cama, decidí no perderme el resto de la exhibición, de
la que había visto parte por entre los edificios en nuestro camino de vuelta.
Me habían prohibido entrar en el terrado después del anochecer, pero conocía
muy bien el lugar donde se encontraba la escalera más próxima. La emoción que
experimenté al entrar en aquel mundo prohibido de hojas y sombras, mientras las
flores de fuego, púrpura, oro y de un resplandeciente escarlata se elevaban, me
afectó como si tuviera fiebre, dejándome sin aliento, frío y tembloroso a pesar
del calor del verano.
Había mucha más gente en
la terraza de la que yo suponía. Los hombres, sin capa, sombrero ni bastón (lo
habían dejado en el guardarropa de mi padre) y las muchachas, empleadas de mi
padre, vestían trajes que mostraban los pechos pintados de carmín dentro de
receptáculos de tela metálica, como jaulas que los hacían parecer más erguidos
(ilusión óptica que se desvanecía si alguien se acercaba mucho), o vestidos
cuyas faldas reflejaban sus rostros y bustos como en las aguas tranquilas se
reflejan los árboles que se alzan en su borde, de modo que semejaban, en los
intermitentes resplandores coloreados, como las reinas de los extraños palos de
una baraja de cartas tarot.
Me vieron, por supuesto,
ya que estaba demasiado excitado para ocultarme adecuadamente, pero nadie me
ordenó que me fuera, y supuse que daban por hecho que tenía permiso para subir
a contemplar los fuegos de artificio.
Éstos continuaron largo
rato. Recuerdo a un cliente, un hombre robusto, de rostro cuadrado y mirada
estúpida, con aire avasallador, que estaba tan ansioso de disfrutar de la
compañía de su protegida –ella se resistía a entrar hasta que finalizase la
exhibición– que, en su deseo de estar a solas, se alinearon en el parterre
veinte o treinta arbustos y arbolitos para formar a su alrededor un pequeño
bosquecillo. Yo ayudaba a los camareros a llevar algunos de los tiestos y
vasijas más pequeños, y me las arreglé para ocultarme dentro de la estructura
cuando ésta quedó dispuesta. Allí podía contemplar la explosión de los cohetes
y «bombas aéreas» a través de las ramas y, a la vez, al cliente y a su nymphe
du bois, que los contemplaba con muchísima más atención que yo.
El motivo de que yo me
quedase allí no era, lo recuerdo bien, lúbrico, sino pura y simple curiosidad.
Estaba en esa edad en que todo despierta un interés apasionado, pero la pasión
es como una ciencia, y la mía se hallaba casi satisfecha cuando alguien detrás
de mí me agarró por la camisa y me sacó a rastras de aquel vergel.
Cuando estuve libre del
follaje, me soltaron y me volví, creyendo encontrarme con Mr. Million, pero no
era él. Mi raptor resultó ser una mujercita de cabello gris vestida de negro,
cuya falda, en la que me fijé incluso en aquellos momentos, le colgaba recta
hasta el suelo desde la cintura. Imagino que me incliné ante ella, pues era
evidente que no se trataba de una sirvienta, pero ella no me devolvió el
saludo, sino que me miró atentamente de un modo que me hizo pensar que
conseguía ver lo mismo en los intervalos de los resplandecientes estallidos que
a su luz. Por último, como remate del castillo de fuegos artificiales, un
enorme cohete se elevó silbando con un río de llamas y, durante un instante,
alzó la vista. Luego, cuando hubo estallado en una orquídea malva de increíble
tamaño y fulgor, la fantástica mujercita me volvió a agarrar y me condujo con
firmeza hacia la escalera.
Mientras estábamos en el
liso pavimento del jardín de la terraza, tal como pude observar, no caminaba,
sino que parecía deslizarse por la superficie como una pieza de ajedrez de ónix
sobre un pulido tablero, y fue eso, a pesar de todo lo que me había ocurrido,
la causa de que aún la recuerde como la Reina Negra; una reina de ajedrez ni
siniestra ni benéfica, y Negra, sólo para distinguirse de alguna Reina Blanca
que no estaba predestinado a encontrar.
Sin embargo, al llegar a
la escalera, aquel suave deslizarse se convirtió en un inestable traqueteo que
hacía bajar el borde de su negra falda más de dos pulgadas a cada paso, como si
su torso descendiera a cada escalón como un pequeño bote por entre unos
rápidos, precipitándose o interrumpiéndose o retrocediendo en el cruce de la
corriente.
En los peldaños conservaba el equilibrio sosteniéndose en mí y
agarrada del brazo de una doncella que nos esperaba en lo alto de la escalera y
la ayudaba por el otro lado. Cuando cruzamos el jardín, imaginé que aquel
caminar deslizante se debía únicamente a un modo de andar perfectamente
controlado y a una buena postura, pero luego comprendí que estaba, en cierto
modo, imposibilitada y tuve la impresión de que, si no fuera por la doncella y
por mí, se hubiera caído de cabeza.
En cuanto llegamos al pie
de la escalera, reanudó su marcha firme y uniforme. Despidió a la doncella con
un gesto y me condujo por el corredor en dirección opuesta a la de nuestro
dormitorio y la clase, hasta llegar al hueco de una escalera, lejos de la parte
posterior de la casa, con un tramo en espiral muy empinada, una sola barandilla
de hierro y un descenso de seis pisos que daba al sótano. Allí me soltó y en
tono resuelto me ordenó que bajara. Descendí unos escalones y me volví para
cerciorarme de que no se encontraba en dificultades.
No le pasaba nada, pero
tampoco empleaba la escalera para bajar. Con la larga falda que le colgaba tan
recta como una cortina, flotaba, suspendida en el centro de la escalera, y me
miraba desde el hueco. Yo estaba tan asombrado que me detuve, lo que motivó que
ella hiciera un brusco gesto de enfado con la cabeza y eché a correr. En tanto
yo descendía girando por el espiral, ella daba vueltas a mi alrededor,
volviendo siempre hacia mí un rostro extraordinariamente parecido al de mi
padre, con una mano apoyada en la barandilla. Cuando llegamos al segundo piso,
se abalanzó sobre mí y me agarró con la facilidad con que un gato se hace cargo
de un minino, y me llevó a través de varias estancias y pasadizos que jamás me
habían permitido recorrer, hasta que me sentí tan confundido como si se tratara
de un edificio desconocido. Finalmente, nos detuvimos delante de una puerta que
no se distinguía de cualquier otra. La abrió con una anticuada llave de latón
con el borde como una sierra y me indicó que entrara.
La estancia estaba
brillantemente iluminada y vi con absoluta claridad lo que sólo había
vislumbrado en la terraza y el pasillo: que el borde de su falda colgaba dos
pulgadas sobre el suelo, sin que en aquel fenómeno interfiriera cualquier
movimiento, y que entre el borde y el suelo sólo había el vacío. Con un ademán
me indicó un pequeño escabel tapizado de petit-point.
–Siéntate –y cuando hube
obedecido, se deslizó hacia una mecedora con orejas y se acomodó en ella frente
a mí. Pasado un momento, preguntó–: ¿Cómo te llamas? –le di mi nombre y me miró
fijamente levantando una ceja y comenzó a mecerse ayudándose ligeramente con
una lámpara de pie que tenía a su lado. Pasado un largo rato, volvió a
interrogarme–: ¿Y cómo te llama él?
–¿Él? –me sentía estúpido
y lo atribuí a la falta de sueño.
–Mi hermano –y frunció
los labios.
Me expansioné un poco.
–¡Ah, en tal caso es
usted mi tía y veo que se parece mucho a mi padre! Me llama Número Cinco.
Durante unos segundos
continuó mirándome con las comisuras de los labios hacia abajo, igual que mi
padre, luego, prosiguió:
–Ese número o es muy bajo
o muy alto. Vivimos él y yo, y supongo que cuenta con el simulador. ¿Tienes una
hermana, Número Cinco?
Mr. Million nos había
leído David Copperfield y al pronunciar aquellas palabras, me recordó de un
modo tan sorprendente e inesperado a la tía Betsey Trotwood, que solté una
carcajada.
–No hay nada absurdo en
lo que pregunto. Tu padre tenía una hermana..., ¿por qué no puedes tener una
tú? ¿No tienes ninguna?
–No, señora, pero tengo
un hermano que se llama David.
–Llámame tía Jeannine. ¿Se parece David a ti, Número Cinco?
–Tiene el cabello rubio y
rizado, no como el mío. Quizá nos parecemos un poco, pero no mucho.
–Sospecho que recurrió a
una de mis jóvenes –musitó.
–¿Qué dice?
–¿Sabes quién es la madre
de David, Número Cinco?
–Somos hermanos, e
imagino que será la misma que la mía, si bien Mr. Million declara que murió
hace tiempo.
–No es la misma, no
–manifestó mi tía–. Puedo mostrarte un retrato de tu madre; ¿quieres verlo?
–tocó un timbre y desde otro aposento apareció una doncella que hizo una
reverencia. Mi tía le susurró algo y la sirvienta volvió a salir–. ¿Qué haces
durante el día, además de subir a la terraza donde no debes? ¿Estudias, Número
Cinco?
Le hablé de mis
experimentos (estimulaba huevos de rana sin fecundar hasta conseguir un
desarrollo asexual y después duplicaba los cromosomas por un tratamiento
químico para producir una nueva generación asexual) y de las disecciones que
por entonces Mr. Million me animaba a realizar y mientras hablaba, se me escapó
un comentario sobre lo interesante que resultaría realizar una biopsia en uno
de los aborígenes de Sainte Anne, si aún quedaba alguno, ya que las
descripciones de los primeros investigadores diferían ampliamente y ciertos
pioneros proclamaban que los aborígenes podían cambiar su configuración.
–Ah, de modo que estás
enterado. Deja que te examine. ¿Qué es la Hipótesis de Veil?
Hacía varios años que la
habíamos estudiado, de modo que respondí:
–La Hipótesis de Veil
supone en los abos la capacidad de imitar perfectamente a la humanidad. Veil
creía que cuando llegaban las naves de la Tierra, los abos mataban a todos los
tripulantes y ocupaban sus lugares en las naves, de modo que no están muertos,
en absoluto; somos nosotros.
–¿Quieres decir que los
habitantes de la Tierra son «los seres humanos»?
–¿Cómo?
–Si Veil estaba en lo
cierto, entonces tú y yo somos abos de Sainte Anne, por lo menos de origen.
Supongo que eso es a lo que te refieres. ¿Opinas que tenía razón?
–Creo que no tiene
demasiada importancia. Dijo que la imitación debió ser perfecta y, en ese caso,
son iguales a nosotros.
Pensé que me había
mostrado muy inteligente, pero mi tía sonrió meciéndose con más fuerza. Hacía
mucho calor en el íntimo y brillante cuartito.
–Número Cinco, eres
demasiado joven para la semántica y mucho me temo que ese vocablo perfectamente
te haya llevado por mal camino. Estoy segura de que la intención del Dr. Veil
era emplearlo de un modo más generalizado y no tan exacto como tú crees. La imitación
difícilmente podría ser exacta, puesto que los seres humanos no poseen ese
talento, y al imitarlos perfectamente, los abos, lo hubieran perdido.
–¿De veras?
–Mi querido niño,
cualquier tipo de habilidad debe evolucionar y si las llevan a cabo han de
utilizarlas, o de lo contrario se atrofian. Si los abos hubieran sido capaces
de imitarlos tan bien, hasta el punto de perder la facultad de hacerlo, hubiera
significado su fin, y no hay duda de que eso sucedió mucho antes de que
llegaran las primeras naves. Por supuesto, no existe la más ligera prueba de
que hicieran nada de eso. Simplemente, desaparecieron antes de que los
examinaran a fondo, y Veil, que desea una explicación espectacular, por la
crueldad e irracionalidad que ve a su alrededor, presenta una teoría sin base.
Esta última observación,
junto con la actitud amistosa de mi tía, me ofrecía una oportunidad ideal para
preguntarle acerca de su sistema de locomoción, pero cuando estaba a punto de
expresarme nos interrumpieron, casi a la vez, desde dos direcciones. La doncella
regresaba con un gran libro encuadernado en cuero labrado, y apenas se lo
entregó a mi tía, se oyeron unos golpecitos en la puerta.
–Mira –dijo mi tía
abstraída, y como la observación igual la podía dirigir a mí que a la doncella,
satisfice mi curiosidad indicándole que abriera la puerta.
En el vestíbulo
aguardaban dos démi-mondaines de mi padre vestidas y pintadas hasta el extremo
de que parecían más extrañas que cualquier abo, imponentes como álamos de
Lombardía, e inhumanas como espectros, con los ojos pintados de verde y
amarillo del tamaño de un huevo y los senos tan exageradamente turgentes y
enhiestos que casi les llegaban a los hombros, y puesto que se mantenían en una
actitud artificialmente educada, me percaté con sumo agrado de su sorpresa al
verme en el umbral. Las saludé con una reverencia, pero cuando la doncella
cerró la puerta al entrar ellas, mi tía exclamó:
–Un momento, muchachas,
quiero enseñarle algo al chico; luego, nos dejará.
Aquel «algo» era una fotografía, en la que habían utilizado una
nueva técnica que eliminaba el color excepto un ligero tono sepia. Era pequeña,
y por su aspecto y los bordes ajados, también muy antigua. Mostraba a una joven
de unos veinticinco años, delgada, más bien alta, de pie junto a un joven
rechoncho en un paseo adoquinado y con un niño en brazos. El paseo se extendía
frente a un singular edificio: una casa de madera larga de un solo piso, con un
porche o galería que variaba su estilo arquitectónico cada veinte o treinta
pies, de modo que daba casi la impresión de un gran número de casas estrechas
edificadas unas junto a las otras. Menciono ese detalle, que en aquel momento
apenas observé, porque desde que salí de la cárcel he intentado muchas veces encontrar
una pista de dicha casa. Al mostrarme por primera vez la fotografía me
interesaba más contemplar el rostro de la joven y el del niño. El de éste
apenas se veía, cubierto casi todo él por una manta de lana blanca. La joven
tenía un rostro amplio y una sonrisa luminosa que daba la impresión de poseer
un encanto inusitado que raras veces se ve, indiferente, poético y a la vez
astuto. Mi primer pensamiento fue que se trataba de una gitana, pero su piel
era demasiado blanca. Puesto que en este mundo todos descendemos de un grupo
relativamente pequeño de colonizadores, somos, más bien, una población
uniforme; pero mis estudios me han proporcionado ciertos conocimientos de las
primitivas razas Terrestres, y mi segunda suposición, casi cierta, fue que se
trataba de una celta.
–De Gales –exclamé–. O escocesa o irlandesa.
–¿Cómo? –profirió mi tía.
Una de las chicas Soltó
una risita; se habían sentado en el diván, con las largas y resplandecientes
piernas cruzadas ante ella, como las astas barnizadas de las banderas.
–No importa.
Mi tía me dirigió una
mirada penetrante y dijo:
–Tienes razón. Te mandaré
a buscar y hablaremos sobre el tema, cuando los dos tengamos tiempo. Ahora, mi
doncella te acompañará a tu cuarto.
No recuerdo absolutamente
nada del largo trayecto que la doncella y yo recorrimos hasta llegar a mi
habitación, ni qué excusas le presenté a Mr. Million por mi desautorizada
ausencia. Cualesquiera que fueran, imagino que las comprendió, o descubrió la
verdad interrogando a los criados, porqué no me llegó ninguna llamada del
apartamento de mi tía, por más que durante las semanas siguientes la esperaba
cada día.
Aquella noche –estoy
razonablemente seguro de que fue esa misma noche– soñé con los abos de Sainte
Anne; abos que danzaban con penachos de hierba fresca en las cabezas, brazos y
tobillos; abos que agitaban sus escudos fabricados con juncos entrelazados y
sus lanzas con puntas de jade, hasta que el movimiento influyó en mi lecho y se
convirtió en los brazos del ayuda de cámara de mi padre que venía a llevárseme,
como casi cada noche, a la biblioteca.
Esa misma noche –y ahora
sí que estoy plenamente convencido de que fue la primera noche que soñé con los
abos–, la táctica que empleaba conmigo y que durante los cuatro o cinco años
anteriores constituían la misma secuencia de conversaciones, hologramas, libre
asociación y despedida, cambió. Tras las primeras palabras de costumbre,
deduzco que para tranquilizarme –en lo que falló, como siempre–, me ordenó que
me acostase sobre una vieja mesa de reconocimiento en un rincón de la estancia.
A continuación, me pidió que mirase la pared, o sea, los estantes donde los
cuadernos se amontonaban en desorden. Noté que me introducía una aguja en la
parte interna del brazo pero, con la cabeza y el rostro dados vuelta, no podía
incorporarme ni ver lo que hacía. Luego, retiró la aguja y me ordenó que
permaneciera quieto. Pasado un tiempo que
me pareció muy largo, durante el cual mi padre me separaba de vez en cuando los
párpados para examinarme las pupilas o me tomaba el pulso, alguien, que se
encontraba en un lugar distante del aposento, empezó a relatar una historia muy
larga y complicada. Mi padre tomaba notas de lo que decía y de vez en cuando se
detenía para hacerme preguntas que yo consideraba innecesario responder puesto
que el narrador lo hacía por mí.
La droga que me había
administrado no disminuía su efecto a medida que transcurrían las horas, como
había yo supuesto erróneamente. Por el contrario; parecía llevarme
progresivamente fuera de la realidad y preservar la individualidad del
pensamiento. La mesa de cuero donde me encontraba se iba esfumando para
encontrarme ora en el puente de un barco o en las alas de una paloma que volaba
sobre el mundo y hasta dejó de interesarme si la voz que oía era la de mi padre
o la mía. A veces me sentía lanzado a lo más alto, otras a lo más bajo, y en
ocasiones notaba que hablaba desde las profundidades de un pecho mayor que el
mío, y su voz, que reconocía, así como el suave susurro de las páginas de su
libreta de notas, semejaban los agudos gritos de los niños que corrían por las
calles, tal como los oía en verano cuando asomaba la cabeza por las ventanas
situadas en la base de la cúpula de la biblioteca.
Aquella noche, mi vida
volvió a experimentar otro cambio. Las drogas –pues al parecer se trataba de
varias y aunque el efecto que acabo de describir era el normal–, a veces no
conseguía permanecer quieto y corría durante horas de un lado a otro mientras hablaba,
o me sumía en sueños felices o terroríficos, afectaron mi salud. A menudo me
despertaba por la mañana con un dolor de cabeza que me atormentaba todo el día
o sujeto a períodos de extremo nerviosismo y aprensión. Pero lo peor era la
ausencia absoluta de memoria y que a veces duraba días enteros de modo que me
despertaba, me vestía, leía, paseaba e incluso conversaba sin recordar en
absoluto nada de lo que había sucedido desde la noche anterior, en que me
acostaba sobre la mesa de la biblioteca de mi padre.
Las lecciones que seguía
con David no cesaron, pero en cierto modo la tarea de Mr. Million y la mía se
invertían. Ahora era yo el que insistía en proseguir la clase cuando ésta había
concluido. Y también era yo quien escogía el tema, y en muchas ocasiones el que
preguntaba a David y a Mr. Million. Por el contrario, cuando acudían a veces a
la biblioteca o al parque, me quedaba en la cama leyendo y me parece que en
diversas ocasiones, al leer o estudiar seguía consciente en la cama hasta que
el mayordomo acudía a buscarme.
Debo señalar que en las
entrevistas que David sostenía con nuestro padre, él experimentaba los mismos
cambios y al mismo tiempo que yo; pero puesto que eran menos frecuentes –y se
fueron espaciando a medida que transcurría el verano, llegaba el otoño y por
último el invierno– padecía, en conjunto, reacciones menos adversas a las
drogas, cuyo efecto en él no era tan acusado.
En un momento determinado
de aquel invierno llegué al término de mi infancia. Mi precaria salud me tenía
alejado de las actividades infantiles y me estimulaba a realizar experimentos
con animalitos y disecciones en los cuerpos de bocas y ojos abiertos que Mr.
Million me suministraba sin cesar. Como dije, leía muchas horas seguidas o,
simplemente, me acostaba con las manos detrás de la cabeza, luchando por
recordar, a veces, días enteros, las conversaciones con mi padre. Ni David ni
yo lográbamos reconstruir una teoría coherente sobre las preguntas que nos
hacía, pero en mi memoria conservo fijas ciertas escenas de las que estoy
seguro jamás contemplé y estimo que eran imágenes producidas por sugerencias
susurradas mientras fluctuaba y me sumergía en esos estados variables de
conciencia.
Mi tía, antes tan alejada
de mí, me hablaba ahora por los pasillos, e incluso me visitaba en nuestro
cuarto. Supe que llevaba el orden interno de la casa y por ella conseguí un
pequeño laboratorio ubicado en la misma ala; pero, como ya indiqué antes, pasé
la mayor parte del invierno ante mi mesa de disección o en la cama. La nieve se
amontonaba en los cristales de la ventana, cubriendo casi la mitad; se adhería
a los tallos desnudos de la parra. Los clientes de mi padre, en las raras
ocasiones en que los veía, entraban con las botas mojadas, los hombros y
sombreros cubiertos de nieve, jadeantes, la cara enrojecida, mientras sacudían
los abrigos en el vestíbulo. Los naranjos habían desaparecido. Ya no usaban el
jardín de la azotea ni el patio, bajo nuestra ventana; Solamente a altas horas
de la noche, cuando media docena de clientes con sus protegidas, borrachos
todos, se arrojaban bolas de nieve entre risas y algazara; un juego que
finalizaba invariablemente desnudando a las chicas y tumbándolas desnudas en la
nieve.
La primavera me
sorprendió, como a todos los que, como yo, ven transcurrir la mayor parte de su
vida en el interior de una casa. Un día del mes de abril, mientras pensaba, y
no por cierto en el fin del invierno, David abrió la ventana de par en par e
insistió en que bajara con él al parque. Mr. Million nos acompañó y recuerdo
que cuando salimos por la puerta principal al pequeño jardín que daba a la
calle –un jardín al que vi la última vez bordeado por la nieve que habían
sacado a paladas del sendero, radiante ahora por los tempranos capullos y el
borboteo de la fuente–, David acarició el hocico risueño del perro de hierro y
recitó: «He aquí el perro. Con su cuádruple cabeza anima estos reinos de luz.»
Hice una observación
acerca de que se había equivocado.
–¡Ah, no! El viejo
Cerbero tiene cuatro cabezas, ¿no lo sabías? La cuarta es la de su doncella y
es tan perra que ningún perro puede despojarla de su doncellez.
Hasta Mr. Million se rió,
pero después reflexioné, al reparar en la espléndida salud de David y la
incipiente virilidad en el porte de sus hombros que si, como siempre había
creído, las tres cabezas representaban al Amo, Madame y Mr. Million, es decir:
mi padre, mi tía y mi tutor, y la doncella a la que aludía David, en efecto,
había que soldar muy pronto una cuarta cabeza para mi hermano.
El parque debía
representar para él un paraíso, pero en mi decaimiento lo hallé bastante
inhóspito y pasé casi toda la mañana acurrucado en un banco contemplando a
David que jugaba al frontón. Hacia el mediodía, una joven de cabello oscuro con
un tobillo escayolado vino a romper mi Soledad, aunque no se sentó en el mismo
banco que ocupaba yo, pero sí en otro muy próximo. Llegó con muletas acompañada
por una especie de carabina que también se sentó, y me pareció que
deliberadamente, entre la joven y yo. No obstante, la antipática mujer era
demasiado estirada para que su misión de vigilante resultara un éxito total.
Ocupó el banco mientras la joven, con la pierna lesionada extendida ante ella,
se apoyaba contra el respaldo, dándome ocasión de contemplar su hermoso perfil;
y de vez en cuando, al volverse hacia el monstruo que la acompañaba para hacer
cualquier comentario, le veía todo el rostro: labios de carmín y ojos color
violeta; una cara más redonda que ovalada, con un espeso mechón de cabellos
negros que se dividían en la frente. Las cejas, un fino arco y largas y
curvadas pestañas. A una anciana vendedora que ofrecía rodillos cantoneses de
huevo (más largos que la mano y tan calentitos por estar recién fritos con
manteca que hay que comerlos con precaución), la usé de mensajera y, a la vez
que adquiría uno para mí, la mandé con dos de estas ardientes golosinas, una
para la joven y otra para su acompañante.
Naturalmente, el monstruo
la rechazó; en cuanto a la joven, vi con satisfacción que suplicaba para que le
permitiera aceptarlos; sus enormes ojos y encendidas mejillas proclamaban con
harta elocuencia la discusión y aunque por desgracia me encontraba demasiado
lejos para oír sus razonamientos, advertía sus gestos; sería un insulto
gratuito a un correcto desconocido rechazar su invitación. Tenía hambre y de
todos modos pensaba comprarse uno, ¡era un despilfarro absurdo poner reparos
cuando lo que deseaba se lo ofrecían gratis! La vendedora, encantada con su
papel de mediadora, se lamentó casi llorando por tener que devolverme el dinero
(en realidad un billete de escaso valor, casi tan grasiento como el papel que
envolvía su mercancía y mucho más sucio), y de vez en cuando alzaban las voces,
lo bastante para que yo percibiera la de la joven, de un tono puro y suave, de
contralto. Al final aceptaron, como era de suponer. El monstruo me concedió un
helado saludo y la muchacha me hizo un guiño a sus espaldas.
Transcurrida media hora,
cuando David y Mr. Million, que lo había estado vigilando desde el borde del
patio, me preguntaron si quería almorzar, asentí, pensando que al regresar
podría sentarme más cerca de la joven sin que pareciera un atrevimiento. Comimos
(y creo que yo con una enorme impaciencia) en un limpio y pequeño café junto al
mercado de flores, pero al volver al parque, la joven y su acompañante ya se
habían marchado.
Regresamos a casa y, una
hora después, mi padre envió a buscarme. Acudí bastante agitado, ya que era
mucho más pronto de lo que tenía por costumbre; en realidad antes de que
llegaran los primeros clientes, cuando yo solía ir después de que el último se
hubiera marchado. No tenía razón para estar inquieto. Empezó preguntándome por
mi salud y al responderle que me sentía mejor que durante la mayor parte del
invierno, me habló en un tono cohibido, tan diferente de su habitual
mordacidad, de sus negocios y de la necesidad que tiene un joven de prepararse
para ganarse la vida.
–Tengo entendido que eres
un erudito científico –me dijo.
Le respondí que confiaba
llegar a serlo, aunque de momento sólo era un científico a pequeña escala, y me
dispuse a defenderme de los ataques usuales acerca de la inutilidad de estudiar
química o biofísica en un mundo como el nuestro, donde la base industrial era
tan escasa que de nada servían para el comercio o en unas oposiciones para
ocupar un puesto estatal, etc., etc. Por el contrario, exclamó:
–Me satisface saberlo.
Para serte franco, le pedí a Mr. Million que te animara a proseguir tus
estudios, aunque estoy seguro de que igual lo hubiera hecho; conmigo se
comportó lo mismo. Esos estudios no sólo te procurarán una gran satisfacción,
sino que... –hizo una pausa, carraspeó y se frotó el rostro y la cabeza con las
manos–, son muy valiosos en todos los aspectos y constituyen, por así decirlo,
una tradición familiar.
Le contesté que sus
palabras me hacían muy feliz, y no hay duda de que era cierto.
–¿Has visto mi
laboratorio, que está detrás del gran espejo?
Nunca había estado en el,
aunque conocía la existencia de un grupo de habitaciones detrás del espejo
corredizo de la biblioteca, y en alguna ocasión los criados hablaron de su
«dispensario», en donde elaboraba medicamentos para ellos, examinaba mensualmente
a las chicas que teníamos empleadas y de vez en cuando prescribía tratamientos
para «amigos» de los clientes: hombres inexpertos y arriesgados que no se
habían limitado (al contrario de nuestros prudentes clientes) a venir
exclusivamente a nuestro establecimiento. Le respondí que me agradaría
muchísimo verlo.
–Pero nos alejamos de
nuestro tema –continuó con una sonrisa–. La ciencia vale mucho, pero
descubrirás, como yo, que consume más dinero del que produce. Vas a necesitar
aparatos, libros y otras muchas cosas, y a la vez debes mantenerte. Aquí
tenemos un negocio provechoso y, aunque confío vivir muchos años, en parte,
gracias a la ciencia, tú eres el heredero y, a la larga, será tuyo...
¡De modo que yo era mayor
que David!
–... Créeme, nada de lo
que hacemos carece de importancia.
Me quedé tan sorprendido
y al mismo tiempo tan contento por lo que había descubierto que se me escapó
parte de lo que dijo. Acepté sus palabras con un gesto de la cabeza, lo que me
pareció lo más prudente.
–De acuerdo. Empezarás
por responder a la puerta principal. Hasta ahora lo hacía una de mis empleadas
y los primeros días se quedará contigo, ya que tienes que aprender más de lo
que imaginas. Hablaré con Mr. Million.
Le di las gracias y abrió
la puerta de la biblioteca para indicarme que la entrevista había terminado. Al
salir, apenas podía creer que era el mismo hombre que devoraba mi vida casi
todas las mañanas a primera hora.
No relacioné este súbito
ascenso con los acontecimientos del parque. Ahora me doy cuenta de que Mr.
Million, que posee, literalmente hablando, ojos en la nuca, pudo haber
informado a mi padre de que yo había alcanzado esa edad en que los deseos, que
en la infancia se adhieren de forma exagerada a la persona del padre o la
madre, comienzan a buscar a ciegas algo más fuera de la familia.
Aquella misma noche
comencé mi nueva ocupación, convirtiéndome en lo que Mr. Million llamaba
«presentador», y David (explicándome que el sentido primitivo de la palabra se
relacionaba con «portal») me llamaba el «portero» de nuestra casa, con lo que
asumía simbólicamente, pero de un modo práctico, las funciones del perro de
hierro de nuestro jardín.
La doncella que antes los
recibía, una joven llamada Nerissa, elegida no sólo porque era una de las más
bonitas, sino también la más alta y fuerte, sonriente, de rostro alargado y
pómulos salientes y hombros más anchos que la mayoría de los hombres, se quedó
para ayudarme, tal como mi padre me había prometido. Nuestro trabajo no era
molesto, ya que los clientes de mi padre eran todos hombres de elevada
posición, enemigos de pendencias y de discutir en voz alta, salvo en contadas
ocasiones de embriaguez. Además, casi todos habían acudido ya a nuestra casa
docenas y hasta centenares de veces. Los llamábamos por el apodo que únicamente
empleaban en nuestra casa (y que Nerissa me comunicaba sotto voce en cuanto
aparecían). Colgaban los abrigos y se dirigían –o si era preciso los
acompañábamos– a las diversas secciones del establecimiento. Nerissa les
lanzaba miradas provocativas, excepto a los más atrevidos; permitía que la
pellizcaran, aceptaba propinas y luego, en las horas en que la actividad
flojeaba, me hablaba de las veces en que la habían «llamado arriba», a petición
de algún experto conocedor del rango, y del dinero que habían ganado aquella
noche. Yo me reía de los chistes; rehusaba las propinas para dar a entender a
los parroquianos que formaba parte de la dirección. Muchos no necesitaban que
se lo recordase y a menudo me decían que me parecía de un modo sorprendente a
mi padre. Poco tiempo estuve empleado de recepcionista, y creo recordar que la
tercera o cuarta noche recibimos una visita insólita. Llegó a primeras horas de
la tarde, pero en un día tan lóbrego, uno de esos últimos días invernales, que
hacía más de una hora que las luces del jardín estaban encendidas y los coches
que pasaban de vez en cuando por la calle no se veían. Cuando llamó a la puerta,
la abrí, pero como hacía siempre con los desconocidos le pregunté cortésmente
qué se le ofrecía.
–Deseo hablar con el Dr.
Aubrey Veil.
Mucho me temo que por la
cara que puse, comprendió que no sabía de quién se trataba.
–¿No es ésta la calle
Saltimbanque, N.° 666?
No se había equivocado y
el nombre del Dr. Veil, aunque de momento no conseguía situarle, despertó mis
recuerdos. Supuse que uno de nuestros parroquianos había usado la casa de mi
padre como una adresse d'accomodation y como el visitante era a todas luces
admisible y no era prudente retener a nadie discutiendo en el umbral, a pesar
del parcial refugio que ofrecía el jardín, le hice entrar. A continuación pedí
a Nerissa que nos trajera café para de ese modo hablar unos momentos en privado
en el pequeño y oscuro recibidor que daba al vestíbulo principal. Se trataba de
un reducido aposento que usábamos en muy raras ocasiones y las sirvientas
habían olvidado de limpiarlo, como advertí apenas abrí la puerta. Tomé nota
mentalmente para comentárselo luego a mi tía, y mientras lo pensaba recordé
dónde había oído hablar del Dr. Veil. En la primera oportunidad que se me
presentó de hablar con mi tía, comentó la teoría del sabio profesor, acerca de
que los nativos de Sainte Anne habían asesinado a los primitivos colonizadores
terrestres, reemplazándolos por completo hasta olvidar nuestro origen.
El desconocido tomó
asiento en uno de los dorados y mohosos sillones. Tenía una barba muy negra y
más larga y poblada de lo que se estilaba. Era joven, aunque por supuesto mucho
mayor que yo y hubiera sido un hombre apuesto a no ser por la piel de su rostro
–la poca que podía verse–, de un blanco descolorido que le afeaba. El terno
oscuro que llevaba, daba la impresión de ser excesivamente grueso, como de
fieltro, y recordé haber oído a un cliente que un satélite de Sainte Anne había
amerizado ayer en la bahía y le pregunté si a lo mejor se hallaba a bordo de
él. Por un instante se quedó perplejo y luego se echó a reír.
–Ya veo que es usted muy ingenioso y al vivir con el Dr. Veil
está familiarizado con su teoría. No, vengo de la Tierra y me llamo Marsch.
Me entregó su tarjeta,
que leí dos veces para que el significado de las abreviaturas delicadamente
impresas en relieve se grabaran en mi memoria. Mi visitante era un científico,
un doctor en filosofía y antropología procedente de la Tierra.
–No trataba de mostrarme
ingenioso –respondí–. Pensé que tal vez venía de Sainte Anne. Aquí, la mayoría
tenemos un tipo de rostro planetario, excepto los gitanos y las tribus de
delincuentes, y usted no se ajusta a nuestro tipo.
–Y sé a lo que se refiere
y por lo visto usted posee ese tipo.
–Dicen que me parezco
muchísimo a mi padre. Me contempló fijamente y exclamó: –¡Ah!, ¿es
partenogético?
–¿Partenogético? –había
leído el vocablo pero solamente en relación con la botánica y, como me sucedía
siempre que pretendía impresionar a alguien con mi inteligencia, no se me
ocurrió nada. Me sentí como un chiquillo estúpido.
–Reproducido
partenogenéticamente, de modo que el individuo o individuos, puede haber miles,
si quiere, poseen una estructura genética a la del progenitor. Es antievolutivo
y, en la Tierra, ilegal; pero no creo que aquí estas cosas se observen con
tanta fidelidad.
–¿Habla de los seres
humanos? Asintió.
–Jamás oí hablar de ello.
A decir verdad, dudo que aquí encuentre la tecnología necesaria. Comparados con
la Tierra, estamos atrasados, aunque mi padre, por supuesto, se lo
solucionaría.
–No quiero molestarlo.
Nerissa entró con el
café, cortando cualquier nueva observación que el Dr. Marsch pudiera exponer.
Yo le había sugerido que se dirigiera a mi padre más por la fuerza de la
costumbre que por otra cosa, pero considero poco probable que consiguiera
cualquier tour de force, es decir: que le sacara alguna ingeniosa creación
bioquímica, aunque siempre existía esa posibilidad, en particular, si le
ofrecía una importante suma de dinero. Mientras Nerissa disponía las tazas y
vertía el café, guardamos silencio; pero, en cuanto se hubo marchado, Marsch
exclamó con una mirada de aprecio:
–¡Qué joven tan singular!
–y observé que sus ojos eran de un verde brillante, sin los puntitos pardos que
suelen tener la mayoría de ojos verdes.
Estaba ansioso por
interrogarle sobre la Tierra y los nuevos progresos y se me ocurrió que las
chicas podían ser un medio eficaz de retenerlo o, por lo menos, de hacerlo
volver.
–Debería ver algunas
jóvenes. Mi padre posee un gusto exquisito.
–Preferiría ver al Dr.
Veil, ¿o es su padre el Dr. Veil?
–¡Oh, no!
–Ésta es su dirección,
por lo menos la que me dieron. Calle Saltimbanque n. 666, Port-Mimizon,
Departamento de la Main, Sainte Croix. Hablaba
muy serio y hasta creí posible que si le decía claramente que se había
equivocado se marcharía, de modo que le dije:
–Conozco por mi tía la
Hipótesis de Veil. Parece que está muy enterada. Tal vez le gustaría hablar con
ella a última hora de esta tarde.
–¿No podría verla ahora?
–Mi tía recibe muy pocas
visitas. Para serle sincero, me contaron que se peleó con mi padre, antes de
nacer yo, y abandona raras veces sus habitaciones. El ama de llaves la informa
y ella dirige lo que podríamos llamar nuestra economía doméstica; pero es muy
difícil ver a Madame fuera de sus habitaciones o que deje entrar en ellas a un
forastero.
–¿Por qué me cuenta todo
eso?
–Para que comprenda que,
aun con la mejor voluntad del mundo, no me sería posible disponer una
entrevista con usted. Por lo menos esta tarde.
–Simplemente, era para
preguntarle si conoce la dirección actual del Dr. Veil.
–Trato de ayudarle, Dr.
Marsch, de veras.
–Pero, ¿no le parece que
ése es el mejor sistema?
–No.
–En otras palabras: si
usted se lo pregunta a su tía, sin darle la oportunidad de que se forme una
idea de mí, ¿no me proporcionaría ese dato, si lo tiene?
–Será mejor que antes
hablemos un poco usted y yo. Hay muchas cosas que me gustaría saber sobre la
Tierra.
Por un instante, dejó
asomar una amarga sonrisa por entre la barba.
–Supongamos que yo
pregunto primero...
Nuevamente nos
interrumpió Nerissa para saber si necesitábamos algo de la cocina. La hubiera
estrangulado cuando el Dr. Marsch se detuvo en medio de una frase y se limitó a
expresar:
–¿No podría esa joven
preguntarle a su tía si puede recibirme?
Pensaba rápidamente. Mi
intención era ir yo, y tras una espera adecuada, regresar y decirle que mi tía
lo recibiría más tarde, lo que me proporcionaba una nueva oportunidad para
interrogarle, mientras él aguardaba. Pero también existía el riesgo (sin duda
exagerado por mi anhelo de conocer los nuevos descubrimientos de la Tierra) de
que no quisiera esperar, o de que, cuando viera a mi tía –caso de que lo
recibiera–, mencionara el incidente. En cambio, si enviaba a Nerissa
conseguiría hablar con él mientras la joven cumplía el encargo –aparte de que
también existía la posibilidad de que mi tía deseara terminar algún asunto
antes de ver al desconocido. Le dije a Nerissa que fuera y el Dr. Marsch le
entregó una de sus tarjetas de visita tras escribir algunas palabras en el
dorso.
–Veamos ahora –expuse–;
¿qué deseaba preguntarme?
–¿Por qué esta casa, en
un planeta que está habitado hace menos de doscientos años, parece tan
absurdamente vieja?
–Fue construida hace
ciento cuarenta años, pero ustedes deben tener en la Tierra casas mucho más
viejas aún.
–Supongo que sí. A miles.
Pero por cada una existen diez mil que se edificaron hace menos de un año. En
cambio aquí, casi cada casa parece tan antigua como ésta.
–La población aquí no es
muy grande y no hemos tenido que derribar casas, por lo menos eso dice Mr.
Million, y hay menos gente ahora que hace cincuenta años.
–¿Mr. Million?
Le hablé de mi preceptor,
y cuando acabé exclamó:
–Parece como si aquí
tuvieran un simulador suelto elevado al cubo... lo cual resulta interesante. Se
han hecho muy pocos.
–¿Un simulador elevado al
cubo?
–Un billón. Diez elevado
a la enésima potencia. Claro que el cerebro humano posee varios millones de
sinapsis, pero se ha descubierto que ustedes simulan muy bien su actuación...
Tenía la impresión de que el tiempo no pasaba desde que Nerissa salió, cuando
ya había regresado. Hizo una reverencia al Dr. Marsch y le dijo:
–Madame desea verle.
–¿Ahora?
–Sí –repuso Nerissa–.
Madame dijo que ahora mismo.
–Yo le acompaño. Tú,
atiende la puerta. Escolté al Dr. Marsch por los lúgubres corredores, tomando
el camino más largo, pero cuando pasábamos ante los manchados espejos y las
desvencijadas mesitas de nogal estaba abstraído pensando en las preguntas que deseaba
formular a mi tía y contestaba con monosílabos a mis preguntas sobre la Tierra.
Al llegar a la puerta de la habitación de mi tía di unos suaves
golpecitos. La abrió ella, en persona; el borde de la negra falda colgaba vacío
sobre la alfombra, sin signo de pisadas, pero creo que el Dr. Marsch no se dio
cuenta.
–Siento mucho molestarla,
Madame, pero su sobrino confía en que usted puede ayudarme a encontrar al autor
de la Hipótesis de Veil.
–Tenga la bondad de
pasar; yo soy el Dr. Veil –contestó mi tía y cerró la puerta dejándome en el
pasillo de pie y boquiabierto.
Le conté el incidente a
Phaedria a la primera ocasión en que nos vimos, pero ella estaba más interesada
en conocer detalles de la casa de mi padre. Por si antes no mencioné su nombre,
Phaedria era la joven que se sentó cerca de mí en el parque mientras yo
contemplaba cómo David jugaba al frontón. Me la presentó, la segunda vez que
bajé al parque, nada menos que el mismo monstruo que le ayuda a sentarse y ¡oh,
milagro! En el acto se retiró a otro lugar, aunque visible, lo bastante alejado
para no oír. Phaedria tenía la pierna lesionada estirada ante ella sobre el
sendero cubierto de guijarros y me dedicó su más encantadora sonrisa. Tenía
unos dientes perfectos.
–¿No le importa que me
siente aquí? –preguntó.
–Al contrario, estoy
encantado.
–Y también sorprendido.
Se le agrandan los ojos cuando se sorprende, ¿no lo sabía?
–También sorprendido. He
venido a buscarla varias veces, pero usted no estaba.
–También nosotros le
buscamos y tampoco lo encontramos; pero ya imagino que uno no puede pasar todo
el tiempo en el parque.
–Me hubiera quedado al
saber que me buscaba. De todos modos, he venido siempre que he podido. Temía
que ella –con la cabeza le indiqué el monstruo– no la dejara volver. ¿Cómo la
convenció?
–¿No lo adivinas? ¿No
sabes nada?
Le confesé mi ignorancia.
Me sentía estúpido y lo era, por oí menos en lo que decía, ya que mi mente no
alcanzaba a responder a sus observaciones, sino en confiar a mi memoria la
armonía de su voz, el color de sus ojos, el delicado perfume de su piel v el
suave y cálido roce de su aliento sobre mis heladas mejillas.
–Pues ya verás lo que
pasó. Cuando tía Uranie, que sólo es una prima pobre de mi madre, llegó a casa
y le habló de ti, en seguida adivinó quién eras y aquí me tienes.
–¡En efecto! –fue todo lo
que se me ocurrió y ella se echó a reír.
Phaedria era una de esas
jóvenes educadas entre la esperanza de un matrimonio y la idea de una venta. Me
contó que los negocios de su padre eran «inestables». Especulaba con
cargamentos de textiles y drogas, casi todos procedentes del sur, y casi
siempre debía grandes sumas a los prestamistas que no podía devolver, a menos
que éstos le dejaran recuperarse. Quizá muriese pobre, pero mientras tanto le
había dado a su hija una educación esmerada y le había pagado una cirugía
plástica. Si al llegar a la edad de contraer matrimonio conseguía darle una
buena dote, ella le vincularía a una familia acomodada; pero si se veía acosado
por las deudas, una joven tan bien educada le podía proporcionar cincuenta
veces el valor de una vulgar chiquilla de la calle. Por supuesto, nuestra
familia sería ideal en cualquiera de los dos casos.
–Háblame de tu casa.
¿Sabes cómo la llaman los niños? «La Cueva Canem», o simplemente «La Cueva».
Todos los niños creen que es maravillosa y cuentan mentiras porque la mayoría
jamás estuvo.
Pero yo deseaba hablar
del Dr. Marsch y de las ciencias de la Tierra, aunque también estaba tan
ansioso por conocer su mundo, «los niños», que citaba con indiferencia, la
escuela y su familia, como ella de saber de nosotros. También deseaba referirle
con detalle los servicios que las jóvenes de mi padre prestaban a sus
benefactores, pero era contrario a discutir de otros asuntos, como el de que mi
tía bajaba flotando por el hueco de la escalera.
Compramos panecillos cantoneses a la vieja vendedora, y los
comimos bajo el helado Sol; cambiamos confidencias y nos separamos, no sólo
como amantes, sino también como amigos, prometiéndonos vernos al día siguiente.
A cierta hora de la
noche, creo que casi a la vez que regresaba a mi cama, o para decirlo con más
precisión, me hacían regresar, pues apenas me tenía en pie tras una sesión de
varias horas con mi padre, el tiempo cambió. El aroma almizcleño de una primavera
que se extingue y de un estío que nace penetraba por los postigos, y el fuego
de nuestra pequeña chimenea se apagó casi solo, de vergüenza. El mayordomo de
mi padre abrió la ventana y el dormitorio se llenó de esa fragancia que emiten
las últimas nieves que se derriten bajo las profundas y oscuras hojas perennes
de las laderas. Había quedado con Phaedria en encontrarnos a las diez y, antes
de acudir a la biblioteca de mi padre, dejé una nota sobre el escritorio para
que me despertaran una hora antes; y esa noche me dormí con el perfume y el
pensamiento –medio plan, medio sueño– de que Phaedria y yo encontraríamos algún
medio para eludir a su tía y buscar un rincón de césped solitario donde las
flores azules y amarillas salpicaban la corta hierba.
Cuando desperté, una hora
después del mediodía, caía tras la ventana una cortina de lluvia. Mr. Million
leía un libro al otro extremo del dormitorio y me dijo que había estado
diluviando desde las seis, por lo que no se decidió a despertarme. Sentía un agudo
dolor de cabeza, como me sucedía a menudo después de una larga sesión con mi
padre, y tomé los polvos que me había recetado para aliviarme. Eran de color
gris y olían a anís.
–Pareces indispuesto –me
dijo Mr. Million.
–Esperaba ir al parque.
–Lo sé.
Rodó hacia mí y recordé
que el Dr. Marsch lo había llamado un simulador «suelto». Por primera vez desde
que era pequeño, me incliné (aún a costa de mi cabeza) y leí el título cuya
impresión estaba casi borrada. Sólo vi el nombre de una sociedad cibernética de
la Tierra, y en francés, como siempre supuse, su nombre: M. Million –«Monsieur»
o «Mister» Million–. Después, con el mismo asombro que experimentaba un hombre
sentado tranquilamente en un sillón y que de pronto recibe un golpe por detrás,
recordé que en algunas operaciones algebraicas se emplea un punto para
multiplicar. En el acto se percató de mi cambio de expresión.
–Una palabra capaz de
contener mil millones –expuso–. Un billón inglés o un millard francés. La M,
claro, es el número romano que indica mil. Creí que ya lo sabías hace tiempo.
–Usted es un simulador
suelto. ¿Qué es un simulador atado, y a quién simula... a mi padre?
–No. –El rostro dentro de
la pantalla, el rostro de Mr. Million, como siempre creí, sacudió la cabeza–.
Por lo menos llámame tu bisabuelo, la persona simulada. Él –yo– estamos
muertos. Para simular es preciso examinar las células del cerebro capa por capa
con un rayo de partículas aceleradas, de modo que las neuronas se reproduzcan
en el computador; nosotros lo llamamos núcleos reflejados. El proceso es fatal.
Transcurrido un minuto
pregunté:
–¿Y un simulador atado?
–Si la simulación es
poseer un cuerpo que parezca humano, el cuerpo mecánico debe estar enlazado
–«atado»– a un núcleo remoto, puesto que el más pequeño billón almacenado en un
computador no puede hacerse, ni siquiera aproximadamente, tan pequeño como el
cerebro humano. –De nuevo enmudeció y durante un instante su rostro se deshizo
en miríadas de puntos resplandecientes, que giraban como motas de polvo en un
rayo de Sol–. Lo siento. Por una vez que deseas escuchar, yo no deseo hablar.
Hace mucho tiempo, antes de la operación, me confirmaron que mi simulación
–ésta– era capaz, en determinadas circunstancias, de sentir emoción. Hasta hoy
creí que mentían.
Hubiera querido
detenerle, pero salió rodando de la habitación antes de que yo me recobrase de
mi sorpresa.
Durante largo rato
–imagino que más de una hora– me quedé sentado escuchando el tamborileo de la
lluvia, pensando en Phaedria y en lo que había dicho Mr. Million, mezclado todo
con las preguntas de mi padre de la noche anterior; preguntas que parecían robarme
las respuestas, de modo que me notaba vacío; alucinaciones vibrando en la
vacuidad; sueños de vallas, muros y fosos ocultos llamados ha-has, que
contenían una barrera que no veías hasta que tropezabas con ella. Una vez soñé
que estaba de pie en un patio vallado con pilares corintios, tan juntos que no
conseguía pasar el cuerpo entre ellos, aunque en el sueño yo era sólo un niño
de tres o cuatro años. Tras intentar pasar por diferentes sitios observé que en
cada columna había grabada una palabra; la única que pude recordar era
caparazón, y las piedras que enlosaban el patio eran lápidas mortuorias como
las que cubren el suelo en algunas viejas iglesias francesas, y en cada una mi
nombre y una fecha distinta.
La vez siguiente que vi a
Phaedria, cuatro o cinco días después, estaba concentrada en un nuevo proyecto
en el que nos incorporaba a David y a mí. Nada menos que una compañía teatral
compuesta en su mayor parte por muchachas de su edad, para representar obras
durante el verano en un anfiteatro natural que había en el parque. Puesto que
la compañía, como ya indiqué, era de muchachas, los actores masculinos se veían
muy solicitados y David y yo pronto nos encontramos muy comprometidos. La obra
la había escrito un comité de reparto y giraba –cosa inevitable– en torno a la
pérdida del poder político de los primitivos colonialistas de habla francesa.
Phaedria, cuyo tobillo aún no se había soldado al iniciarse las
representaciones, interpretaba el papel de la hija paralítica del gobernador
francés; David era su amante (un gallardo capitán de gastadores), y yo era el
gobernador, un papel que acepté sin vacilar, porque era más lucido que el de
David y me daba ocasión de mostrar un gran afecto paternal hacia Phaedria.
La noche del estreno, a
primeros de junio, la recuerdo perfectamente por dos razones: mi tía, a la que
no había visto desde que cerró la puerta al entrar el Dr. Marsch, me notificó
en el último momento que deseaba asistir y que yo debía acompañarla. En cuanto
a los actores, temíamos tanto que el teatro estuviera vacío, que le pedí a mi
padre si podía enviar algunas de sus chicas, ya que sólo perdían la primera
parte de la noche, cuando había menos negocio. Con gran sorpresa por mi parte,
consintió (supongo que le parecía una buena propaganda), con la única condición
de que debían regresar al final del tercer acto si enviaba un mensajero a
buscarlas.
Puesto que yo debía
llegar por lo menos una hora antes, para maquillarme, fui a buscar a mi tía a
última hora de la tarde. Ella en persona me hizo entrar y me pidió que la
ayudara en lugar de su doncella, ocupada en sacar, con grandes dificultades, un
pesado objeto del estante superior de un armario. Era una silla de ruedas
plegable que montamos siguiendo las indicaciones de mi tía. Cuando hubimos
terminado, nos dijo con aspereza:
–Echadme una mano –y
entre ambos la sentamos. La negra falda se tendía vacía contra las patas de la
silla como una tienda desplomada, acusando unas piernas no más gruesas que mis
puños; aunque, también, una extraña protuberancia casi como una silla de montar
le sobresalía por debajo de las caderas. Al notar que la miraba exclamó–:
Supongo que no voy a necesitarla hasta que vuelva. Levantadme un poco. Colocaos
detrás y sostenedme por debajo de los brazos.
Así lo hice y su doncella
le alzó sin miramiento la falda y extrajo un pequeño artilugio forrado de cuero
sobre el que se sentaba.
–¿Nos vamos? De lo
contrario llegarás tarde –gangueó.
La empujé hacia el
pasillo mientras la doncella mantenía abierta la puerta para que pasáramos. El
saber que la capacidad de mi tía de quedar suspendida en el aire como humo era
de origen físico, o más bien mecánico, no sé por qué razón me perturbaba más que
nunca. Al preguntarme por qué estaba tan silencioso, se lo manifesté y añadí
que no conocía a nadie que hubiera logrado crear un aparato antigravedad.
–¿Crees que yo lo poseo?
Si así fuera, ¿por qué no había de usarlo para llegar hasta tu teatro?
–Porque imagino que no
quieres que lo vean.
–Boberías. Es un aparato
protésico normal que se adquiere en cualquier establecimiento quirúrgico. –Giró
desde la silla para volver su rostro hacia mí, ¡un rostro tan parecido al de mi
padre!, y sus piernas inválidas, tan secas como los palos que David y yo
usábamos cuando niños para hacer juegos de magia. Queríamos que Mr. Million nos
creyera echados boca abajo y, en realidad, estábamos agazapados debajo de
nuestras supuestas siluetas–. Produce un campo superconductor y una corriente
en remolino por debajo, en las varillas de refuerzo. El flujo de la corriente
resiste al de la máquina y yo floto más o menos. Para seguir te inclinas hacia
adelante y te enderezas para pararte. Ya te veo más tranquilo.
–Sí, tía; creo que la
antigravedad me asustó.
–En una ocasión usé la
barandilla de hierro para bajar la escalera contigo. Tiene una forma en espiral
muy adecuada.
Nuestra función marchaba
sobre ruedas, consiguiendo aplausos que auguraban un gran éxito y que procedían
de un público que era, o por lo menos deseaba que así se creyera, descendiente
de la vieja aristocracia francesa. A decir verdad, el público era mejor de lo
que imaginábamos; unas quinientas personas, además de los inevitables rateros,
policías y busconas de la calle. El incidente más pintoresco que recuerdo
acaeció hacia la segunda mitad del primer acto, cuando me senté durante unos
diez minutos ante un escritorio para recitar unas cuantas líneas y escuchar a
mis compañeros. El escenario daba al oeste, y el ocaso cubría el cielo con una
mezcla de colores fantásticos: rojos púrpura estriados de oro, naranja y negro.
Contra ese fondo violento que parecía una concentración de estandartes
infernales, empezaron a surgir, de una en una y de dos en dos, como alargadas
sombras de espectrales granaderos almenados y emplumados, las cabezas, los
esbeltos cuellos, los estrechos hombros de un pelotón de demi-mondaines de mi
padre. Al llegar tarde, se acomodaban en los últimos asientos del borde
superior del teatro, acordonándolo como la soldadesca de algún antiguo y
bizarro gobierno que rodea una muchedumbre desleal.
Finalmente se sentaron,
me llegó el turno y me olvidé de todas las palabras; y esto es todo lo que
recuerdo ahora de nuestra primera representación, excepto que al llegar a un
punto, un gesto mío sugirió en el público una imitación de mi padre y se produjo
un estallido inoportuno de risas, y que al comienzo del segundo acto, Sainte
Anne se alzaba con sus lentos ríos, sus grandes praderas cubiertas de hierba,
claramente visibles, inundando al público de luz verde; y al final del tercero,
vi al corcovado mayordomo, yendo y viniendo por entre los asientos de arriba y
las jóvenes, negras sombras bordeadas de verde, saliendo en fila.
Aquel verano representamos tres comedias, todas con bastante
éxito. David, Phaedria y yo, nos convertimos en un trío inseparable, con
Phaedria dividiendo sus atenciones por igual entre los dos, aunque nunca supe
si por propia inclinación o por orden de su familia.
Cuando se le soldó el
tobillo, en los juegos de atletismo era una compañera ideal para David, la
mejor jugadora en los juegos de raqueta y pelota de todas las chicas que
acudían al parque, aunque a menudo lo abandonaba todo y venía a sentarse
conmigo, compartiendo mi interés por la botánica y la biología (aunque en
realidad, no lo compartía); charlaba, y ante sus amigas se enorgullecía de
mostrarse conmigo, pues mis lecturas me otorgaban una especie de talento para
los juegos de palabras y las réplicas agudas.
Cuando se hizo evidente
que el dinero de las entradas resultaba insuficiente para cubrir los gastos del
vestuario y de la escenografía que necesitábamos para la próxima
representación, Phaedria sugirió que al final de la función los intérpretes
circulasen entre el público para hacer una colecta, lo cual, como era de
suponer, entre las prisas y el trajín, se prestaba a pequeños hurtos para
nuestra causa. De todos modos, la mayoría de la gente tenía el buen juicio de
no llevar al teatro, por la noche y en un sombrío parque, más que el dinero
justo para las entradas y, a lo sumo, tomar un helado o un vaso de vino en los
entreactos, de manera que, por muy deshonestos que fuéramos, el beneficio era
escaso, y nosotros, sobre todo Phaedria y David, pronto empezamos a planear
aventuras más peligrosas y lucrativas.
Por esa época, y supongo
que a consecuencia de las continuas e intensas pruebas que realizaba mi padre
sobre mi subconsciente, casi cada noche un examen fortísimo cuyo motivo aún no
comprendo y que por haberme habituado desde hacía tanto tiempo ni siquiera
preguntaba, me volvía cada vez más propenso a inquietantes errores en el
dominio de mi conciencia. Como David y Mr. Million me expresaron, parecía más
silencioso que de costumbre, respondiendo a las preguntas de un modo
inteligente aunque distraído. De pronto, volvía en mí; contemplaba las
habitaciones y los rostros que me eran familiares pero después de medianoche no
conservaba el menor recuerdo.
Sentía por Mr. Million el
mismo afecto de cuando era niño, pero después de aquella conversación en la que
aprendí el alcance de la leyenda familiar, jamás conseguí reanudar nuestra
vieja afinidad. Siempre era consciente, como ahora, de que la personalidad que
amaba había perecido antes de nacer yo; y que me dirigía a una imitación de
naturaleza fundamentalmente matemática, que respondía a los estímulos del habla
y la acción humanas. No conseguía resolver hasta qué punto Mr. Million se daba
verdadera cuenta del derecho que se atribuía a decir «creo» y «siento». Cuando
se lo pregunté sólo me contestó que él mismo no conocía la respuesta, ya que al
no poseer un modelo para hacer comparaciones, no estaba seguro de si su proceso
mental representaba o no un verdadero conocimiento y, por supuesto, yo no sabía
si esa respuesta se debía a la profunda reflexión de un alma en cierto modo
viva en las oscilantes abstracciones de la simulación, o si mi pregunta había
provocado sólo una respuesta fonográfica.
Como ya expuse, nuestro
teatro continuó todo el verano y la última representación se dio con las hojas
caídas que se amontonaban en nuestro escenario como oscuras y viejas cartas
perfumadas desechadas de algún baúl. Cuando cayó definitivamente el telón, después
de haber salido a escena a recibir los aplausos, los que habíamos escrito las
comedias y actuado en ellas nos encontramos tan desanimados que nos limitamos a
quitarnos los disfraces y cosméticos y salir con el resto del público por los
tortuosos y fantasmales senderos hasta llegar a las calles de la ciudad, y de
allí a casa. Recuerdo que me encontraba dispuesto a reanudar las obligadas
sesiones con mi padre, pero esa noche envió a su mayordomo al vestíbulo para
esperarme y éste me condujo directamente a la biblioteca, en donde mi padre
explicó rápidamente que debía dedicar las últimas horas de la noche a sus
negocios y por tal motivo me hablaría antes. Parecía enfermo y cansado y pensé,
creo que por primera vez, que un día moriría y que ese día yo me convertiría en
el acto en un hombre rico y libre.
No sé lo que dije aquella
noche bajo el efecto de las drogas, pero sí recuerdo intensamente, como si
acabase de despertarme esta misma mañana, el sueño que siguió. Me encontraba en
un barco, una nave blanca, como las que arrastran los bueyes, y navegaba tan
despacio que la afilada proa no dejaba estela en las verdes aguas del canal
junto al parque. Yo era el único tripulante y el único hombre vivo a bordo.
En la popa, agarrado a la
inmensa rueda y de manera tan flácida que aquélla parecía sostenerlo, guiarlo y
sujetarlo en lugar de hacerlo él, se encontraba el cadáver de un hombre alto,
delgado, cuyo rostro cuando dieron vuelta a su cabeza para mostrármelo era el
mismo que flotaba en la pantalla de Mr. Million. Aquel rostro era muy parecido
al de mi padre, pero sabía que el timonel muerto no era él.
Hacía mucho rato que me
encontraba a bordo y navegábamos sin timón, impelidos por un fuerte viento y no
lejos del puerto. Por la noche fui a la arboladura, y mástiles, jarcias y verga
se estremecían, zarandeados por el viento, y el blanco velamen se alzaba por
encima de mí, y más velas por debajo y más mástiles llenos de velas se alzaban
por delante y por detrás de mí. Durante el día trabajaba en el puente y el agua
rociaba mi camisa y dejaba goterones en forma de lágrimas sobre la tablazón, y
en seguida se secaban al resplandor del Sol.
No recordaba haber estado
en aquel barco, pero quizás estuve cuando niño, pues los ruidos, los crujidos
de los mástiles en sus fosas, el silbido del viento entre el cordaje, el
chasquido de las olas al romper contra el casco de madera, era para mí tan inconfundible
y real como ellos mismos, como habían sido las risas y el ruido de vasos al
quebrarse que oía desde abajo cuando era niño y quería dormir, o las cornetas
de la ciudadela que a veces me despertaban por la mañana.
Trabajaba a bordo de ese
barco aunque ignoro en qué. Transportaba cubos de agua para limpiar el puente
de cuajarones de sangre; estiraba cuerdas sujetas a nada, o bien atadas
firmemente a objetos inmóviles en lo alto de los aparejos. Vigilaba la superficie
del mar desde la barandilla, por la proa, desde los topes y por encima de un
gran camarote que estaba en medio del barco, pero cuando, a lo lejos, un
satélite se hundió en el mar siseando por el inmenso calor de su blindaje de un
brillo cegador, no informé a nadie.
Y mientras tanto, el
hombre unido al timón me hablaba. La cabeza le colgaba como si tuviera roto el
cuello y cuando las enormes olas se estrellaban en el timón lo zarandeaban de
lado a lado o lo colocaban boca arriba o boca abajo, pero él seguía hablando y
las pocas palabras que capté me confirmaban que pronunciaba una conferencia
sobre una teoría ética de cuyo postulado hasta él mismo parecía dudar. Me
aterrorizaba escuchar esa charla y procuré mantenerme lo más cerca posible de
la proa, pero el viento me traía a veces sus palabras, que percibía con gran
nitidez, y siempre que alzaba la vista de mi trabajo me encontraba más próximo
de lo que suponía de la popa, tanto que casi rozaba la cabeza del timonel.
Tras permanecer mucho
tiempo en ese barco me sentí muy cansado y solo. De pronto, se abrió una de las
puertas del camarote y surgió mi tía flotando casi a dos pies del ladeado
puente. La falda no le colgaba en sentido vertical como lo había visto siempre,
sino como un gallardete azotado por el viento hasta el punto de que parecía que
se la iba a llevar. Por alguna razón exclamé:
–Tía, no te acerques al
timonel, podría hacerte daño.
–¡Qué tontería, Número
Cinco! –Contestaba con la misma naturalidad que cuando nos veíamos en el
pasillo frente a mi dormitorio–. Hace tiempo que ya no hace ni bien ni mal a
nadie. De mi hermano es de quien debemos preocuparnos.
–¿Dónde está?
–Abajo –y señaló el
puente, como indicando que se encontraba en la bodega–. Trata de averiguar por
qué el barco no se mueve.
Corrí hasta la borda y no
vi agua, sino el cielo de noche.
Innumerables estrellas se
esparcían por debajo de mí a una distancia infinita y mientras las contemplaba
advertí que el barco no avanzaba, como dijo mi tía, ni siquiera oscilaba, sino
que permanecía escorado, inmóvil. Me volví a mirarla y me dijo:
–No se mueve porque lo ha
sujetado hasta que descubra por qué no se mueve.
Entonces, me deslicé por una cuerda hasta donde suponía que
estaba la bodega. Olía a animales. Me había despertado, si bien al principio no
me percaté.
Mis pies tocaron el suelo
y vi que David y Phaedria estaban junto a mí. Nos encontrábamos en una enorme
habitación que semejaba un desván y mientras miraba a Phaedria, muy hermosa,
aunque tensa y mordiéndose los labios, un gallo cacareó.
–¿Dónde crees que está el
dinero? –preguntó David. Llevaba una caja de herramientas, y Phaedria, que
esperaba que él añadiera algo más, o bien en respuesta a sus propios
pensamientos, expuso:
–Tenemos mucho tiempo,
Marydol espera –Marydol era una de las jóvenes que participó en las comedias.
–¡Si no se escapa! ¿Dónde
crees que está el dinero?
–Aquí, no. Abajo, detrás
del despacho. –Estaba agachada pero se levantó y comenzó a caminar despacito.
Iba toda de negro, desde las zapatillas de ballet hasta la cinta que sujetaba
su negro cabello; un sorprendente contraste con el rostro y los brazos blancos
y el carmín de los labios; un error, un poco de color que había quedado por
equivocación. David y yo la seguimos.
En el suelo había
esparcidas jaulas muy separadas entre sí, y al pasar junto a ellas vi que
contenían aves: una sola en cada jaula. Sólo al acércanos a la escalera que
descendía por una escotilla situada al extremo opuesto de la habitación,
advertí que aquellas aves eran gallos de pelea. Un rayo de Sol procedente de un
tragaluz dio de lleno en una jaula y entonces el gallo se alzó, se estiró y
mostró unos ojos rojos y feroces y un plumaje tan chillón como el de un
papagayo.
–Vamos –propuso
Phaedria–; los perros están cerca –y bajamos la escalera tras ella. En el piso
de abajo estalló un ruido infernal.
Los perros se encontraban
encadenados en casetas con divisiones muy altas para que no se vieran los unos
a los otros, y por entre la hilera de casetas se abría un ancho pasillo. Todos
los perros eran de pelea, pero de distinto tamaño; desde el pequeño perdiguero
hasta el mastín, mayor que un poney; bestias con cabezas tan deformes como los
rebrotes de los viejos árboles, con mandíbulas que de un mordisco seccionarían
las piernas de un hombre. El estrépito de los ladridos era irresistible; una
sustancia sólida que nos estremecía a medida que descendíamos por la escalera,
y al llegar al fondo agarré a Phaedria por un brazo y traté de indicarle por
signos –pues estaba seguro de que dondequiera que nos hallásemos era sin
permiso– que debíamos marcharnos en seguida. Ella movió la cabeza
negativamente, y al notar que yo no comprendía lo que intentaba decirme, por
más que exageraba el movimiento de los labios, escribió, con el índice
humedecido, en un polvoriento tabique: «Siempre hacen esto. Un estruendo en la
calle; eso es todo.»
La escalera daba acceso
al piso de abajo, adonde llegamos por una puerta muy pesada pero sin cerrar,
que supongo que instalaron, en parte, para mitigar el estrépito. Al cerrar la
puerta me sentí más tranquilo, aunque todavía se oía el ruido. Por entonces
había vuelto en mí por completo y pensé en explicar a David y a Phaedria mi
total desconocimiento de dónde me encontraba, pero la vergüenza me contuvo. De
todos modos, no me costó adivinar nuestro propósito. David había preguntado
dónde estaba el dinero y en muchas ocasiones habíamos hablado de un solo robo
que nos libraría de la necesidad de continuar con las pequeñas sustracciones,
aunque por entonces consideraba dichas conversaciones como simple jactancia.
Cuando más tarde
abandonamos el lugar, descubrí dónde estábamos, y por comentarios fortuitos
colegí cómo habíamos llegado hasta allí. El destino inicial de aquel edificio
fue de almacén, en la Rue des Égouts, cerca de la bahía. El propietario
organizaba para los aficionados a los juegos toda suerte de combates y pasaba
por almacenar en un departamento la mayor colección de monstruos. El padre de
Phaedria se enteró de que ese hombre había llevado hacía poco su más valioso
surtido al barco, y fue a verle acompañado de Phaedria, y puesto que ya era del
dominio público que dicho lugar no se abría hasta el último Ángelus, al día
siguiente llegamos un poco antes del segundo, y entramos por una claraboya.
Me resulta difícil
describir lo que vimos al bajar desde el piso de los perros al siguiente, que
era el segundo del edificio. Antes, había presenciado muchas veces esclavos
luchadores, cuando Mr. Million, David y yo cruzábamos el mercado de esclavos
para dirigirnos a la biblioteca, pero nunca más de uno o dos juntos y
fuertemente maniatados. Aquí se les veía por todas partes, echados, sentados o
reclinados, y por un momento pensé cómo era que no se destrozaban entre sí y
también a nosotros tres. Luego, advertí que cada uno estaba atado con una
cadena corta sujeta al suelo y no era difícil adivinar, por los círculos
astillados y rascados de los tablones, hasta qué punto podía llegar el esclavo.
El mobiliario –jergones de paja y unas cuantas sillas y bancos– era, o muy
ligero para no hacer daño si lo arrojaban, o de construcción muy sólida y
sujeto con clavos. Esperaba que gritaran y nos amenazasen, como hacían en la
cancha antes de cerrar. No obstante, daban la impresión de que comprendían que
mientras estuvieran encadenados, nada podían hacer. Al descender por los
escalones todos volvieron la cabeza hacia nosotros, pero como no les llevábamos
comida, se mostraron menos interesados en nosotros que los perros.
–No son personas,
¿verdad? –preguntó Phaedria. Andaba muy erguida, como un soldado en un desfile
y examinando con interés a los esclavos. Al mirarla pensé que era más alta y
menos robusta que la «Fedra» que yo imaginaba al pensar en ella. No era sólo
bonita, sino una joven muy hermosa–. Son como animales –añadió.
Debido a mis estudios,
estaba mejor informado que ella y le conté que cuando eran recién nacidos
habían sido humanos –en algunos casos, incluso cuando eran niños y hasta
adultos–, y que se distinguían de la gente normal a causa de la cirugía (a
veces practicada en el cerebro) y habían sido sometidos químicamente a grandes
alteraciones del sistema endocrino, y por supuesto, también en su apariencia,
como mostraban las cicatrices.
–Tu padre les hace esas
cosas a las niñas, ¿verdad? ¿Para tu casa?
–Sólo de vez en cuando
–respondió David–. Se requiere muchísimo tiempo y casi todos las prefieren
normales, incluso muy normales.
–Me gustaría ver alguna.
Me refiero a la que está tratando.
Pensando en los esclavos
que nos rodeaban, exclamé:
–¿No conoces esas cosas?
Creí que antes habías estado aquí; bien sabías lo de los perros.
–Lo vi antes y el hombre
me habló de ellos. Ah, creo que he pensado en voz alta y sería espantoso si
esos seres fueran aún personas.
Nos seguían con la mirada
y pensé si la habían comprendido.
La planta baja difería
mucho de los pisos superiores. Las paredes estaban adornadas con paneles y
cuadros que representaban perros, gallos, esclavos y animales raros. Las
ventanas, altas y estrechas, daban a la Rue Égouts y a la bahía, y sólo dejaban
penetrar finísimos rayos de Sol para alcanzar a ver en la oscuridad el brazo de
un hermoso sillón tapizado de cuero rojo. Una alfombra cuadrada de color
marrón, no mayor que un libro, y una jarra medio llena. Di tres pasos dentro de
la habitación y comprendí que nos habían descubierto. A grandes zancadas se
acercaba a nosotros un joven alto, de anchos hombros, que se detuvo con una
mirada de asombro en el mismo sitio que yo. Era mi reflejo en un espejo de
cuerpo entero con marco dorado y experimenté la extraña confusión que produce
ver a un extraño, una forma que no conoces, que gira o mueve la cabeza de un
modo familiar y te ve por un instante desde fuera y quizá por primera vez. El
muchacho de aspecto grave y barbilla afilada que había visto cuando no sabía de
quién se trataba, era tal como Phaedria, David, Mr. Million y mi tía me veían.
–Aquí es donde habla con
los clientes –dijo Phaedria–. Si quiere vender algo, los empleados los hacen
bajar de uno en uno para que no se vean, pero oyes el ladrido de los perros,
incluso desde aquí, y él nos llevó arriba a papá y a mí y nos lo enseñó todo. .
–¿Te enseñó dónde guarda
el dinero? –preguntó David.
–Detrás. ¿Ves aquel
tapiz? Es una cortina, porque mientras papá le hablaba, entró un hombre que le
debía algo y le pagó, y él se dirigió hacia allá con el dinero.
La puerta que había
detrás del tapiz daba a un pequeño despacho, con otra puerta en la pared de
enfrente. No había indicios de cámara acorazada o caja fuerte. David rompió la
cerradura del escritorio con una palanqueta que extrajo de la caja de herramientas,
pero sólo encontró el normal montón de papeles, y yo ya estaba a punto de abrir
la segunda puerta cuando oímos un ruido en la habitación contigua, como si
raspasen o caminasen arrastrando los pies.
Durante unos minutos no
nos movimos. Yo, quieto, con la mano en el pestillo. Phaedria, detrás de mí, a
la izquierda, había estado buscando un escondrijo debajo de la alfombra, y
permaneció agazapada, con la falda como un charco negro a sus pies. Junto al
escritorio, percibía la respiración de David. Oímos de nuevo las pisadas y una
tabla crujió.
–Es un animal –susurró
David.
Aparté los dedos del
cerrojo y lo miré. Aún tenía agarrada la palanqueta y tenía el rostro muy
pálido, pero sonrió.
–Un animal atado con una
cuerda que arrastra las patas. No es más que eso –afirmó sonriendo.
–¿Cómo lo sabes?
–Cualquiera que estuviera
allí nos hubiera oído, sobre todo al abrir el escritorio. Si fuera una persona,
habría salido o se hubiera ocultado sin hacer ruido, si estuviera asustada.
–Creo que tiene razón.
Abre la puerta –indicó Phaedria.
–Antes de abrirla,
decidme, ¿y si no es un animal?
–Lo es –insistió David.
–Pero, ¿y si no lo es?
Vi la respuesta en sus
rostros. David agarró la palanqueta y yo abrí la puerta.
El aposento era mayor de
lo que había imaginado, pero vacío y sucio. La luz procedía de una sola ventana
que se abría en la pared de enfrente. En medio del suelo se alzaba un gran
cofre de madera oscura con flejes de hierro y, ante él, un montón de harapos.
Al entrar, los harapos se movieron y de entre ellos, un rostro triangular, como
el de una mantis, se volvió hacia mí. La barbilla se hallaba apenas a una
pulgada del suelo, pero bajo las espesas cejas los ojos eran diminutos fuegos
escarlata.
–Eso debió ser –exclamó
Phaedria. No miraba el rostro sino el cofre–. David, ¿puedes abrirlo? –Creo que sí –pero al igual que yo,
observaba los ojos que surgían de entre aquel montón de trapos–. ¿Qué es eso?
–señaló con un ademán. Antes de que Phaedria y yo contestáramos, el rostro
abrió la boca y mostró unos dientes largos, estrechos, de un tono amarillo
grisáceo.
–Enfermo –masculló.
Creo que ninguno de nosotros pensó que aquello pudiera hablar.
Era como si hubiera hablado una momia. Afuera, pasó un vehículo; las llantas
traqueteaban sobre el suelo de guijarros.
–¡Vámonos, salgamos de
aquí! –profirió David.
–¿No ves que está
enfermo? –concretó Phaedria–. Su amo lo bajó aquí para poder examinarlo y
atenderlo. Se encuentra mal.
–¿Y encadena a un esclavo
donde guarda el dinero? –y David dirigió a Phaedria una mirada irónica.
–¿No lo entiendes? Es el
único objeto pesado del cuarto. No tienes más que acercarte a esa desgraciada
criatura y darle un golpe en la cabeza. Si tienes miedo, dame la palanqueta y
lo haré yo.
–No, déjame a mí. Le
seguí unos pasos hacia el cofre.
–¡Tú, sal de ahí!
–profirió David y le mostró con además imperioso la palanqueta. El esclavo
emitió un sonido gutural y gateó hacia un lado arrastrando la cadena. Iba
envuelto en una sucia y raída manta y apenas era mayor que un niño, aunque
tenía unas manos enormes.
Me volví y di un paso
hacia Phaedria con intención de instarla a que nos fuéramos si David no
conseguía abrir en seguida el cofre. Recuerdo que antes de oír o notar nada, vi
sus ojos desmesuradamente abiertos y aún me preguntaba por qué cayó la caja de
herramientas con gran estrépito y el propio David también cayó con un ruido
sordo y un grito sofocado. Phaedria gritó y todos los perros del tercer piso
empezaron a ladrar.
Todo sucedió en menos de
un segundo. Me volví para mirar casi a la vez que caía David. El esclavo había
alargado un brazo para agarrar a mi hermano por el tobillo y en un instante se
despojó de la manta y saltó sobre él.
Lo agarré por el cuello y
lo separé de un tirón, creyendo que se apretaría contra David y sería preciso
separarlos violentamente, pero en el instante en que sintió mis manos, se
apartó de David y se retorció en mi puño como una araña. Tenía cuatro brazos.
Vi cómo se debatía
mientras trataba de agarrarme. Lo solté y me eché atrás, como si me hubieran
arrojado una rata a la cara. Aquel gesto de repulsión me salvó: dio una patada
tan violenta que, en el caso de tenerlo agarrado, lo que le hubiera proporcionado
un apoyo, seguramente me habría despedazado el hígado o el bazo y me hubiera
matado. Se abalanzó hacia mí y yo, jadeando, di un salto atrás y caí rodando
fuera del perímetro adonde le permitía llegar la cadena. David ya había
conseguido abrirse paso y Phaedria estaba por completo fuera de su alcance.
Durante unos segundos,
mientras trataba de incorporarme estremecido de horror, los tres seguíamos
mirándole. Entonces, David recitó irónicamente:
–Canto a las armas y al
varón, que forzado por el destino y el implacable odio de la arrogante Juno
abandonó, expulsado y exiliado las playas de Troya.
Ni Phaedria ni yo nos reímos, pero ella dejó escapar un suspiro
y preguntó:
–¿Cómo consiguen dejarlo
de ese modo?
Le conté que seguramente
le habían injertado los otros dos brazos después de contrarrestar la natural
resistencia del cuerpo al tejido extraño y que la operación había sustituido
algunas de sus costillas por los hombros del donante.
–He aprendido a hacer lo
mismo con ratas –aunque por supuesto en un grado mucho menos ambicioso– y lo
que me sorprende es que parece emplear muy bien el par injertado. A menos que
poseas un par idéntico, las terminaciones nerviosas casi nunca se unen de forma
adecuada y el que lo hizo, seguramente falló centenares de veces antes de
conseguir su propósito. Ese esclavo debe valer una fortuna.
–Creí que habías
desechado las ratas. ¿No trabajas ahora con monos? –expuso David.
–No
Aunque confiaba hacerlo;
pero tanto si lo conseguía como si no, era evidente que hablar de ello no
conducía a nada y así se lo manifesté a David.
–Creí que querías
marcharte.
Lo había deseado, pero
ahora anhelaba algo más. Quería realizar una operación exploratoria sobre
aquella criatura y mi afán era más intenso que el de David y Phaedria por
conseguir el dinero. A David le gustaba creerse más intrépido que yo y me lo
demostró cuando le dije:
–Hermano, puedes irte si
quieres, pero no me uses como excusa –y aquello lo decidió.
–De acuerdo, ¿cómo vamos
a matarlo? –me miró con enojo.
–No puede llegar hasta
nosotros, podemos arrojarle cosas –propuso Phaedria.
–Y puede devolvernos las
que no den en el blanco. Mientras hablábamos, el monstruo de los cuatro brazos
nos sonreía. Estaba convencido de que comprendía, por lo menos, parte de lo que
decíamos e hice un gesto a David y a Phaedria indicándoles que regresáramos a
la habitación donde estaba el escritorio. Una vez allí, cerré la puerta.
–No quiero que nos oiga.
Si conseguimos armas con mangos largos, lanzas o algo por el estilo, podríamos
acabar con él sin acercarnos demasiado. ¿Qué podemos usar como palo? ¿Se os
ocurre alguna idea?
David sacudió la cabeza
pero Phaedria exclamó:
–Un momento, recuerdo
algo.
Los dos la miramos y ella
frunció las cejas fingiendo que trataba de recordar, divertida por la atención
suscitada.
–¿Y bien? –preguntó
David. Chasqueó los dedos.
–Los palos de las
ventanas. Son largos y con un pequeño gancho en un extremo. ¿Recordáis las
ventanas que hay ahí, donde habla con los clientes? Están muy altas y mientras
él y papá hablaban, uno de sus empleados trajo uno y abrió una ventana. Deben
de estar por ahí...
Después de cinco minutos
de búsqueda, encontramos dos que parecían servir a nuestro propósito. Eran de
madera resistente, de unos dos metros de largo por cinco centímetros de
circunferencia. David blandió el suyo y fingió que le daba una estocada a Phaedria;
luego me preguntó:
–¿Qué usamos ahora como
arma?
El escalpelo, que siempre
llevaba dentro de la funda, en el bolsillo de la chaqueta. Lo até a la vara con
una cinta aislante que corté de un rollo que por suerte David se guardó en el
cinturón en vez de meterlo en la caja de herramientas, pero no encontramos nada
más para formar la segunda lanza, hasta que a él se le ocurrió un cristal roto.
–No puedes romper una
ventana porque te oirían desde fuera; además, ¿no se escaparía del palo al
tratar de matarlo?
–No, si es un cristal
duro. ¡Eh, mirad aquí! Me volví y otra vez vi mi imagen. Señalaba el gran
espejo que me había sorprendido cuando bajé por la escalera. Mientras miraba,
David le dio un golpe con la punta del zapato y se rompió con un estrépito que
avivó el ladrido de los perros. Eligió un trozo largo, triangular, y lo alzó a
la luz, resplandeciendo como una gema.
–Vale casi tanto como los
que fabricaban en Sainte Anne con ágatas y jaspe, ¿verdad?
Habíamos convenido en
acercarnos desde puntos opuestos. El esclavo saltó encima del cofre y desde
allí nos miraba muy tranquilo, volviendo los hundidos ojos de David a mí, hasta
que finalmente, cuando ambos estuvimos bastante cerca, David se precipitó sobre
él.
El esclavo daba vueltas
mientras la punta del espejo le raspaba las costillas; agarró la lanza de David
por el asta y le dio un tirón hacia delante. Le lancé una estocada pero erré y
antes de recuperarme ya se había arrojado del cofre y luchaba con David por el
lugar más apartado. Me incliné sobre aquel lado y lo acuchillé pero, hasta oír
el grito de David, no advertí que había hundido el escalpelo en el muslo de mi
hermano. Vi cómo surgía a borbotones la sangre roja, arterial, y me lancé sobre
el cofre encima de ellos.
Me esperaba, de espaldas
y sonriendo, con las piernas y los cuatro brazos levantados como los de una
araña muerta. Estoy seguro de que me habría estrangulado en pocos segundos a no
ser porque David –ignoro hasta qué punto se dio cuenta– arrojó un brazo sobre
los ojos del monstruo y se escapó de sus garras y yo caí entre aquellas manos
extendidas.
No hay mucho más que
contar. De un tirón se libró de David y estirándome hacia él trató de morderme
en el cuello, pero yo le hundí el pulgar en un ojo y haciendo gancho, se lo
arranqué de la órbita. Phaedria, con más valor del que le suponía, me puso en la
mano libre la lanza con la punta de espejo y se la clavé en la garganta; creo
que le corté las dos yugulares y la tráquea. Pusimos un torniquete en la pierna
de David y salimos sin el dinero ni los conocimientos técnicos que yo esperaba
adquirir del cuerpo del esclavo. Marydol nos ayudó a llevar a David a casa y a
Mr. Million le contamos que se había caído mientras explorábamos un edificio
vacío, aunque dudo que nos creyera.
Debo añadir algo sobre
aquel incidente –me refiero a la muerte del esclavo– aunque estoy tentado de
pasarlo por alto y contar en cambio, un descubrimiento que a la sazón tuvo una
enorme influencia sobre mí. Es sólo una impresión y estoy seguro de que la recuerdo
deforme y exagerada. Mientras apuñalaba al esclavo con mi rostro muy próximo al
suyo, vi –a la luz que penetraba por las altas ventanas que teníamos detrás– mi
propio rostro reflejado y duplicado en las córneas de sus ojos, y me pareció
que era un rostro semejante al suyo. Desde entonces, no he olvidado lo que me
dijo el Dr. Marsch sobre la reproducción de un número cualquiera de individuos
idénticos por partenogénesis, y de que mi padre, cuando yo era pequeño, tuvo
fama de traficar con niños. Desde mi liberación, he buscado una pista de mi
madre, la mujer de la fotografía que me enseñó mi tía. Aunque seguramente
aquella foto la tomaron mucho antes de nacer yo; quizás en la Tierra.
El descubrimiento a que
me refiero ocurrió tan pronto salimos del edificio donde maté al esclavo y fue
el siguiente: que ya no estábamos en otoño sino en pleno verano. Puesto que los
cuatro –pues nos acompañaba Marydol– estábamos tan preocupados por la herida de
David, aparte de tramar una buena historia que explicara el suceso, aquel
trauma quedó un tanto paliado, aunque evidente. El tiempo era cálido, con ese
calor húmedo que aplana, tan peculiar del estío. Los árboles, que recordaba
desnudos, se cubrían de un espeso ramaje y estaban llenos de oropéndolas. La
fuente de nuestro jardín no funcionaba como siempre que hay peligro de heladas
manando de su cañería agua caliente. Mientras ayudábamos a David a cruzar el
sendero, hundí las manos en el tazón y la noté tan fría como el rocío.
Por entonces aumentaron
los períodos de inconsciencia, mi sonambulismo que duraba todo el invierno y la
primavera y me sentí confuso y desorientado.
Al entrar en casa, un
mono, que al principio creí que era de mi padre, saltó sobre mi hombro. Mr.
Million me contó después que era mío, uno de los animales de mi laboratorio y
del que había hecho mi favorito. No conocía al pequeño animal, pero las cicatrices
debajo del pelo y los miembros retorcidos me convencieron.
(Desde entonces he
conservado a «Popo», y Mr. Million lo cuidó mientras estuve preso. Todavía
trepa, cuando hace buen tiempo, por las grises y desmoronadas tapias de esta
casa; y mientras corre por el parapeto y contemplo su silueta encorvada contra
el cielo, creo por un momento que mi padre aún está vivo y que de nuevo va a
llamarme para que acuda a su biblioteca, pero disculpo de ello a mi animalito.)
Mi padre no llamó a un
médico para que atendiera a David sino que lo curó él; y si experimentó
curiosidad por el modo en que se produjo la herida, no lo demostró. Supongo –y
lo digo por si luego puede tener algún valor– que pensó que yo le había
acuchillado en una pelea, puesto que, tras el suceso, le vi siempre receloso
cuando estábamos a solas. No era un hombre aprensivo y estaba acostumbrado,
desde hacía muchos años, a tratar en ocasiones con los peores criminales, pero
conmigo ya no se sentía tranquilo y se mostraba en guardia. Claro que podía ser
sólo el resultado de algo que yo había dicho o hecho durante el invierno.
Tanto Marydol como
Phaedria, así como mi tía y Mr. Million, iban con frecuencia a visitar a David
y su habitación se convirtió en un lugar de reunión para todos que sólo
interrumpían las ocasionales visitas de mi padre. Marydol era una joven
delicada, rubia y bondadosa y le cobré un gran afecto. A menudo, al marcharse a
su casa, la acompañaba y al regreso me detenía en el mercado de esclavos, como
Mr. Million, David y yo habíamos hecho muchas veces para comprar pan frito,
degustar el aromático café y observar las pujas. Los rostros de los esclavos
son los más sombríos del mundo, pero yo me detenía a mirarlos y transcurrió
mucho tiempo, por lo menos un mes, antes de comprender –casi de repente, cuando
descubrí lo que había estado buscando – por qué lo hacía. Habían llevado a la
plataforma de subasta a un joven barrendero. Tenía el rostro y la espalda
cubiertos de cicatrices producidas por latigazos y los dientes rotos, pero
reconocí su rostro cubierto de costurones: era el mío o el de mi padre. Le
hablé y lo habría comprado para manumitirlo, pero me contestó en el tono servil
de todos los esclavos y me alejé asqueado para volver a casa.
Aquella noche, cuando mi
padre me llamó a su biblioteca –no lo había hecho desde hacía varias noches– ,
observé nuestro reflejo en el espejo que ocultaba la entrada del laboratorio.
Parecía más joven y yo, más viejo; hubiéramos podido ser la misma persona, y
cuando se volvió hacia mí, que miraba por encima de su nombro, no vi la imagen
de mi cuerpo, sino solamente sus brazos y los míos: nos parecíamos al esclavo
luchador.
No sabría decir quién
sugirió primero que lo matáramos. Sólo recuerdo que una noche, mientras me
preparaba para acostarme después de haber acompañado a Marydol y a Phaedria a
sus respectivas casas, me di cuenta de que un poco antes, cuando los tres, junto
con Mr. Million y mi tía estábamos sentados en torno al lecho de David,
habíamos hablado del asunto.
Por supuesto, no fue de
un modo directo, ni siquiera admitimos que lo pensábamos. Mi tía mencionó el
dinero que suponía tenía escondido; luego, Phaedria habló de un yate lujoso
como un palacio; David, de grandes cacerías al viejo estilo y del poder político
que se consigue con el dinero.
Y yo, sin hablar, pensaba
en las horas, semanas y meses que me habían arrebatado, en la destrucción de mi
yo, roído por mi padre noche tras noche. Pensé en cómo entraría aquella noche
en la biblioteca para encontrarme, al despertar luego, convertido en un viejo
y, quizás, un mendigo.
Entonces comprendí que
debía matarlo, pues si le contaba mis pensamientos mientras yacía drogado sobre
el diván o la vieja mesa, me mataría sin el menor escrúpulo.
Mientras aguardaba a que
su mayordomo viniera a buscarme, forjé un plan. No habría investigaciones ni
certificado de fallecimiento. Yo lo iba a reemplazar. Para nuestros clientes
todo sería igual que antes, como si nada hubiera cambiado. A los amigos de Phaedria
les dirían que me había peleado con él y me había marchado de casa. Durante un
tiempo no permitiría que nadie me viera y después, vestido como él, en una
habitación oscura, hablaría de vez en cuando con algún asiduo parroquiano. Era
un plan imposible, pero en aquellos momentos lo encontré, no sólo posible, sino
hasta fácil. Llevaba el escalpelo en el bolsillo dispuesto a usarlo. Tampoco
destruiría el cuerpo en el laboratorio.
Lo leyó en mi cara. Me
habló como siempre, pero creo que lo sabía. Había flores en la estancia, algo
que jamás había visto, y me pregunté si lo habría adivinado mucho antes y las
trajo para un acontecimiento especial. En lugar de pedirme que me acostara en
la mesa cubierta de cuero, me indicó una butaca y él se sentó ante su
escritorio.
–Hoy tendremos compañía.
Lo miré.
–Estás enojado conmigo,
lo leo en tu rostro. No sabes quién...
Lo interrumpió un golpe
dado en la puerta y cuando exclamó: «Adelante», la abrió Nerissa quien hizo
entrar a una demi-mondaine y al Dr. Marsch. Me sorprendió verle, pero todavía
más que una de las chicas entrara en la biblioteca y que ocupara un asiento junto
al Dr. Marsch en una postura que indicaba que esa noche él era su protector.
–Buenas noches, doctor,
¿se divierte? –preguntó mi padre.
Marsch sonrió mostrando
unos dientes grandes y simétricos. Llevaba un terno de corte moderno pero el
contraste de su barba con la descolorida piel de sus mejillas era más notable
que nunca.
–Sensual e
intelectualmente –contestó–. He visto a una joven desnuda gigantesca, el doble
de un hombre normal y pasaba a través de una pared.
–Eso se consigue con
hologramas –repuse.
–Lo sé. Y he visto otras
muchas cosas. Iba a referírselas todas pero tal vez sólo conseguiría aburrir a
mi público. Me contentaré con decirle que tiene un local muy notable..., pero
usted ya lo sabe.
–Siempre halaga oírlo
–respondió mi padre.
–¿Qué le parece si
hablamos ahora de lo que discutimos antes?
Mi padre miró a la
demi-mondaine, que se levantó, dio un beso al Dr. Marsch y salió de la pieza.
La pesada puerta de la biblioteca se cerró tras ella con un suave clic; como el
ruido de un conmutador o de un viejo vaso que se rompe.
Desde entonces he pensado
muchas veces en cómo vi salir a la joven: los zapatos de plataforma con
altísimos tacones y las piernas grotescamente largas; el vestido descubierto
por la espalda, con un escote que descendía una pulgada por debajo del coxis. La
nuca despejada con el cabello recogido en lo alto de la cabeza en una gran masa
cardada y entretejido con lazos y diminutas motitas brillantes. Al cerrar la
puerta, aunque no lo supiera, había terminado el mundo que ella y yo conocimos.
–Lo estará esperando
cuando salga –le advirtió mi padre a Marsch.
–De lo contrario, estoy
seguro de que me proporcionará otras –los verdes ojos del antropólogo
resplandecían a la luz de la lámpara–. Pero, veamos, ¿en qué puedo serle útil?
–Usted estudia las razas.
¿Llamaría raza a un grupo de hombres iguales y que piensan lo mismo?
–Y de mujeres –contestó
Marsch, siempre sonriendo.
–Y aquí, ¡aquí, en Sainte
Croix, está reuniendo material para llevárselo a la Tierra!
–Recojo material,
ciertamente. En cuanto si regreso o no al planeta, ésa ya es otra cuestión.
Debí mirarle con tan
profunda curiosidad que me dirigió una protectora sonrisa.
–¿Le sorprende?
–Siempre he considerado
la Tierra el centro del pensamiento científico –respondí– y no me resulta
difícil imaginarme a un científico que abandona su campo para realizar un
trabajo, pero...
–Pero es inconcebible que
uno desee quedarse en el campo, ¿eh? Considere mi situación. Por lo que se
refiere a mi planeta, es viejo y sabio. Ustedes no están solos –afortunadamente
para mí– y como hombre adiestrado en la Tierra, me han ofrecido una facultad en
su universidad, con un sueldo que no me atrevo a citar, y con unas vacaciones
de un año cada dos. Pero en el tiempo newtoniano, el viaje de aquí a la Tierra
requiere veinte años. Claro que para mí,- personalmente, son sólo seis meses,
pero cuando regrese, si regreso, mi educación estaría retrasada en cuarenta
años. No, lo siento, pero su planeta debería conseguir una lumbrera
intelectual.
–Creo que nos desviamos
del tema –insistió mi padre. –Iba a explicarle que un antropólogo se ve dotado
de un modo peculiar para desarrollar en su casa cualquier cultivo –incluso uno
tan extraño como se ha producido en esta familia–. Puedo llamarla familia,
¿no?, puesto que hay dos miembros que residen en ella además de usted. ¿No le
importa que me dirija a su igual en singular?
Me miró aguardando una
protesta, pero al advertir que yo no replicaba, prosiguió:
–Me refiero a su hijo
David –y no a su hermano–, el auténtico parentesco de su personalidad, y a la
mujer a la que llama tía-. En realidad es hija de una primera..., ¿podemos
llamarla «versión» de usted?
–Intenta decirme que soy
un partenógeno de mi padre y comprendo que ambos esperen que me asombre. Pues
no, hace tiempo que lo sospechaba.
–Me alegro de saberlo
–dijo mi padre–. Sinceramente, cuando tenía tu edad, dicho descubrimiento me
trastornó muchísimo. Entré en la biblioteca de mi padre –que es esta
habitación– para enfrentarme a él y con la idea de matarlo.
–¿Y lo hizo? –preguntó el
Dr. Marsch.
–No creo que tenga
importancia..., el caso es que mi intención era ésa. Confío que al estar usted
aquí, facilitará las cosas a Número Cinco.
–¿Así lo llama?
–Es mejor, puesto que su
nombre es igual al mío.
–¿Es el quinto hijo
producido por partenogénesis?
–¿Mi quinto experimento?
No –con el cuerpo inclinado y los anchos hombros cubiertos con la vieja y
deslucida bata escarlata parecía un ave rapaz. Recuerdo haber leído en un libro
de historia natural que había un gavilán llamado «Hombros rojos». Su mono predilecto,
agrisado por los años, trepó a la mesa–. No, por si le interesa, más bien mi
quincuagésimo. Los hacía sembrándolos en surcos. Los que nunca lo han intentado
creen que esta técnica es fácil, porque saben que se puede hacer, pero ignoran
cuan difícil resulta evitar diferencias espontáneas. Cada gene dominante mío,
tiene que seguir siendo dominante, y las personas no son guisantes que se
cultivan en un huerto..., pocas cosas se ven regidas por simples parejas
mendelianas.
–¿Destruía sus fracasos?
–preguntó Marsch.
–Lo vendía –intervine–.
De niño me preguntaba por qué Mr. Million se detenía a contemplar el mercado de
esclavos. Lo descubrí a partir de entonces –el escalpelo dentro de su funda
todavía estaba en mi bolsillo; lo sentía cerca de mí.
–Mr. Million es quizás un
poco más sentimental que yo –indicó mi padre–. Además, no me gusta salir. Mire,
doctor, tiene que modificar esa suposición de que todos somos el mismo
individuo. Poseemos nuestras pequeñas variantes.
El Dr. Marsch se disponía
a replicar, pero le interrumpí.
–¿Por qué? ¿Por qué David
y yo? ¿Por qué tía Jeannine hace mucho tiempo? ¿Por qué seguir con lo mismo?
–Sí –afirmó mi padre–.
¿Por qué? Interrogamos para hacer una pregunta.
–No le comprendo.
–Busco el conocimiento de
mí mismo, o si lo prefiere, buscamos el conocimiento de nosotros. Usted está
aquí porque le pedí que viniera y yo estoy porque quiso el individuo que está
detrás de mí: el mismo creado por uno cuya mente está simulada en Mr. Million.
Y una de las preguntas cuyas respuestas buscamos es por qué buscamos. Pero aún
hay más –se inclinó hacia delante y el monito alzó el blanco hocico y lo miró
desconcertado–. Deseamos descubrir por qué fracasamos, por qué otros avanzan y
cambian y nosotros nos quedamos aquí.
Pensé en el yate del que
había hablado Phaedria y exclamé:
–¡No quiero quedarme
aquí! –y el Dr. Marsch sonrió.
–Creo que no me comprende
–prosiguió mi padre–. No me refiero a estar aquí físicamente, sino social e
intelectual-mente. He viajado, como sabe, pero...
–Pero acaba aquí
–sentenció el Dr. Marsch.
–¡Acabamos a este nivel!
–era la primera vez que había visto a mi padre excitado; casi no podía hablar
mientras señalaba con furia los cuadernos, las grabaciones que atestaban las
paredes– . ¿Hasta cuántas generaciones? No conseguimos ni fama ni siquiera el
gobierno de la colonia de este desventurado y pequeño planeta. Algo debe
cambiar, pero, ¿qué? –y miró enfurecido al Dr. Marsch.
–No es usted único
–contestó el Dr. Marsch con su eterna sonrisa– . Parece un tópico, ¿verdad?,
pero no aludía a su doble. Intento decir que puesto que ha sido posible en la
Tierra durante el último cuarto del siglo XX, se ha hecho en cadena muchísimas
veces. Hemos adoptado para describirlo un término de ingeniería y lo llamamos
proceso de relajación; una mala nomenclatura, pero es la mejor que encontramos.
¿Sabe qué sentido tiene en ingeniería la relajación?
–No.
–Existen problemas que no
se solucionan en seguida, pero se pueden resolver por una sucesión de
aproximaciones. Por ejemplo: para transferir el calor no es posible calcular al
principio la temperatura en todos los puntos de la superficie de un cuerpo extraño,
pero el ingeniero o el computador con siguen temperaturas razonables, ven si
son estables los valores alcanzados y, después, hacen nuevas suposiciones
basadas en los resultados. A medida que
progresan los niveles de aproximación,
los grupos sucesivos cada vez son más similares hasta que no se produce ningún
cambio apreciable. Por eso dije que ustedes dos eran en esencia un solo
individuo.
–Lo que le pido –propuso
impaciente mi padre– es que consiga que Número Cinco comprenda que los
experimentos que he realizado en él, en particular los exámenes
narco-terapéuticos, de los que tanto protesta, son necesarios. De que si hemos
de progresar debemos descubrir... –hablaba casi a gritos y se detuvo para
dominarse– . Por eso lo engendré, y también a David... esperaba aprender algo
de la reproducción gemípara.
–Lo cual es razonable, sin duda –replicó el Dr. Marsch–, y
también para la existencia del Dr. Veil en una generación anterior. Pero en
cuanto al examen de su joven yo, para él sería igualmente útil examinarlo a
usted.
–Aguarde un momento –
exclamé–. Usted sostiene que él y yo somos idénticos y no es cierto. Comprendo
que en ciertos aspectos somos iguales, pero en realidad, yo no soy como mi
padre.
–El motivo de esas
diferencias estriba en la edad. ¿Cuántos años tiene, dieciocho? Y usted..., yo
diría que ronda los cincuenta. Sólo hay dos fuerzas que actúan para distinguir
a los seres humanos: la herencia y el medio ambiente. Naturaleza y crianza; y
puesto que cuando más se forma la personalidad es durante los primeros tres
años de la vida, lo decisivo es el ambiente del hogar. Ahora bien, cada persona
nace en un ambiente, aunque puede darse el caso de que sea refractario a él, y
nadie, excepto en el caso que llamamos relajación antropológica, se provee sólo
de ese contorno... sino que se lo proporciona la generación precedente.
–Sólo porque ambos hemos
vivido en esta casa...
–Que han edificado,
amueblado y está habitada por personas elegidas por ustedes. Pero espere un
momento. Hablemos de un hombre al que nunca han visto, un hombre nacido en un
lugar, mantenido por padres totalmente distintos a él; me refiero al primero de
ustedes...
Ya no lo escuchaba. Había
venido para matar a mi padre y era preciso que el Dr. Marsch se fuese. Observé
cómo se incorporaba en la silla; sus largas y blancas manos de ademanes
tajantes; los crueles labios enmarcados de negro pelo; lo miraba pero no le oía,
como si hubiera ensordecido o él deseara comunicarse sólo con el pensamiento y
yo, conociendo que aquellos pensamientos eran sólo insensateces, los excluyera
sin dejar que llegasen hasta mí.
–Usted es de Sainte Anne
–le dije.
Me miró sorprendido y se
detuvo en medio de una frase estúpida.
–Allí nació usted, donde
estudió antropología en libros escritos en la Tierra hace veinte años. Usted es
un aborigen, o por lo menos, medio aborigen, pero nosotros somos hombres.
Marsch miró a mi padre y
expuso:
–Los abos han
desaparecido. En Sainte Anne, los científicos sostienen que se han extinguido
hace casi un siglo.
–No lo creía usted cuando
vino a ver a mi tía.
–Jamás acepté la
Hipótesis de Veil. He visitado aquí a todos los que han escrito algo de mi
especialidad. A decir verdad, no tengo tiempo para escuchar estas cosas.
–¡Usted es un abo y no un
terrestre!
Al poco rato, mi padre y
yo nos quedábamos solos.
Casi toda mi condena la
cumplí en un campo de trabajo en las Tattered Mountains. Era un campamento
pequeño que alojaba sólo unos ciento cincuenta prisioneros, a veces menos de
ochenta cuando el invierno se cobraba con creces sus víctimas. Talábamos árboles;
quemábamos carbón o hacíamos esquís si encontrábamos abedules. En los riscos
recogíamos un musgo salino al que se le atribuían propiedades medicinales y
trazábamos planes para que las rocas se deslizaran y aplastasen las máquinas
que nos vigilaban y eran nuestros guardianes, aunque, ignoro por qué causa,
jamás llegaba el momento, y las piedras nunca se deslizaban. El trabajo era
duro y los guardianes administraban exactamente la mezcla de severidad e
indulgencia que alguna junta general de prisioneros había decidido al
programarlos, y el problema de la brutalidad o el favoritismo estaba
definitivamente resuelto por medio de mercenarios, a fin de que sólo pudieran
ser crueles o bondadosos los hombres bien vestidos que acuden a las reuniones.
O así lo creían. A veces
hablaba con mis guardianes durante horas de Mr. Million y en ocasiones
encontraba un pedazo de carne o un pastel de azúcar, duro, marrón y sabuloso,
oculto en el rincón donde dormía.
Un criminal no puede
obtener ningún beneficio debido a su delito y el tribunal –como luego me
contaron–, al no encontrar pruebas de que David fuera hijo de mi padre, nombró
heredera a mi tía.
Cuando ésta falleció,
recibí una carta de un notario informándome que me legaba en herencia «una gran
casa en la ciudad de Port-Mimizon, junto con los muebles y demás enseres que
había dentro», y que dicha casa, «ubicada en la calle Saltimbanque, N.° 666, se
hallaba en la actualidad al cuidado de un criado robot». Puesto que los robots
a cuya vigilancia me encontraba, no me permitían tener recado de escribir, no
pude contestar.
El tiempo pasaba volando.
En otoño encontraba alondras muertas al pie de los riscos que daban al norte, y
en primavera, en los que daban al sur.
Recibí una carta de Mr.
Million. Casi todas las chicas de mi padre se habían marchado cuando
investigaban su muerte; las que se quedaron tuvo que despedirlas al morir mi
tía al percatarse de que, como máquina que era, no conseguía hacerse obedecer.
David se había ido a la capital. Phaedria había hecho una buena boda. A Marydol
la vendieron sus padres. La fecha de esa carta databa de tres años después de
mi juicio, pero no podría decir cuánto tiempo pasó antes de llegar a mis manos.
Habían abierto y cerrado el sobre muchas veces y estaba rota y sucia.
Un ave marina, creo que
era un alcatraz, cayó revoloteando nuestro campo, demasiado agotado para
emprender el vuelo: lo matamos y nos lo comimos.
Uno de los guardianes
perdió los estribos, mató a quince prisioneros quemándolos y se peleó toda una
noche con el esto de los guardianes con espadas de fuego blancas y azules. No
lo reemplazaron.
Me trasladaron con otros
penados a un campamento situado más al norte, en donde si miraba abajo veía un
abismo de piedra roja, tan hondo, que si arrojaba un guijarro oía durante medio
minuto el repiqueteo del descenso que subía como un rugido al deslizarse por
entre las rocas para apagarse lentamente hasta quedar en silencio, aunque jamás
llegaba al fondo, perdido en algún lugar tenebroso.
Me imaginaba que las
personas que había conocido estaban conmigo. Cuando me sentaba protegiendo del
viento mi tazón de sopa, Phaedria ocupaba un banco a mi lado y sonreía hablando
de sus amigos. David jugaba al frontón sobre el polvoriento suelo de nuestro
recinto y dormía junto a la pared, cerca de mi rincón.
Con el tiempo, todos se
fueron esfumando, pero incluso el último año, jamás conciliaba el sueño sin
decirme que Mr. Million vendría a buscarnos para llevarnos a la biblioteca de
la ciudad, ni jamás me despertaba sin el temor de que el mayordomo de mi padre
viniera a por mí.
Luego me dijeron que
debían trasladarme con tres penados más a un nuevo campamento. Nos llevamos
comida y por el camino casi nos morimos de hambre y de frío. Desde allí,
marchamos a un tercer campamento. Unos hombres que no eran presos como
nosotros, sino libres y uniformados, nos interrogaron, ordenándonos que
tomáramos un baño y quemáramos nuestra ropa; nos dieron un abundante estofado
de carne y cebada.
Recuerdo muy bien que hasta entonces no me percaté de lo que
aquello significaba. Metía el pan en el cazo y lo sacaba empapado del fragante
caldo con trocitos de carne y granitos de cebada adheridos; y entonces pensé en
el pan frito y el café que consumíamos en el mercado de esclavos, no como algo
del pasado, sino como un suceso futuro y mis manos temblaban sin poder sostener
el tazón y eché a correr gritando hacia el cercado.
A los dos días, a tres de
nosotros nos metieron en un carro tirado por mulas que rodaba por caminos
tortuosos siempre cuesta abajo, hasta que el invierno que agonizaba detrás de
nosotros desapareció y los abetos y abedules se perdieron de vista y bajo el
ramaje de los altos castaños y robles que orillaban el camino brotaban las
flores de la primavera.
Las calles de Port-Mimizon hervían de gente. Me habría perdido
en un momento si Mr. Million no hubiera alquilado para mí una silla de manos,
pero mandé a los porteadores que se detuvieran para comprar (con el dinero que
él me dio) un periódico para enterarme, al fin, de la fecha exacta.
Mi condena había sido la
corriente: de dos a cincuenta años, y aunque sabía el mes y el año del comienzo
de mi prisión, en los campamentos resultaba imposible recordar el año actual
que todos contábamos y nadie sabía. Un hombre cayó enfermo de fiebres y al
recuperarse lo suficiente para volver al trabajo alegó que habían transcurrido
dos años o ninguno. Entonces, tú también tenías fiebre. No recuerdo ni un
titular, ni un artículo del periódico que compré; durante el camino sólo miraba
la fecha.
Habían transcurrido nueve años.
Tenía dieciocho cuando
maté a mi padre. Ahora cumplía veintisiete. Pensé que tenía cuarenta.
Las grises y desconchadas
paredes de nuestra casa seguían igual. El perro de hierro con sus tres cabezas
de lobo continuaba a la entrada del jardín, pero la fuente estaba silenciosa y
los arriates de helechos y musgo, cubiertos de yerbajos. Mr. Million pagó a los
porteadores y abrió con una llave la puerta que siempre estuvo cerrada con
cadena pero sin pestillo en los tiempos de mi padre. En aquel instante, una
mujer enormemente alta y flaca que vendía pralinés en la calle, echó a correr
hacia nosotros. Era Nerissa, y ahora tengo una sirviente y si quisiera, también
una amante, aunque no le pagara nada.
Supongo que ha llegado el
momento de explicar por qué he escrito este relato que ha representado un gran
esfuerzo. ¡Animo! Lo he escrito para conocerme, para desvelarme ante mí, y lo
escribo ahora porque sé que algunas veces querré leer lo que ahora escribo y me
asombra.
Tal vez cuando lo lea
habré resuelto el misterio de mi ser, o quizá ya no me importe conocer la
solución.
Han pasado tres años
desde mi liberación. Cuando Nerissa y yo volvimos a entrar en esta casa, la
hallamos en estado de total confusión. Según me contó Mr. Million, mi tía había
vivido en ella sus últimos años en busca del supuesto tesoro escondido de mi padre.
No lo encontró y creo que nunca lo encontrarán. Conocía su carácter mejor que
ella y supongo que gastó en sus experimentos y aparatos mucho más de lo que le
aportaban las muchachas.
Al principio de
instalarme, carecía por completo de dinero, pero la reputación de la casa
aportó mujeres en busca de compradores y hombres que buscaban comprar. Cuando
comenzamos el negocio me dije que apenas hacía falta nada más que presentarlos
y ahora tengo una buena clientela. Phaeria vive con nosotros y también trabaja;
su brillante matrimonio resultó un fracaso. Ayer noche, mientras estudiaba en
el laboratorio de cirugía, la oí en la puerta de la biblioteca, abrí y llevaba
el niño con ella. Algún día nos echarán de menos.
LA REUNIÓN
Frederik Pohl y C. M.
Kornbluth
La ciencia ficción, en su
vida relativamente corta, ha dado fama a muchos equipos notables, desde Austin
Hall y Homer Eon Flint hasta L. Sprague de Camp y Fletcher Pratt y continúa con
autores asociados tan actuales como Alexei y Corey Panshin; pero ninguna de
estas parejas alcanzó la categoría de Frederik Pohl y C. M. Kornbluth, autores
de The Space Merchants y Gladiator-at-Law y otras muchas novelas y cuentos de
grata memoria. Kornbluth falleció muy joven, hace quince años, pero él y
Frederik Pohl imaginaron e hilvanaron un cuento que Pohl publicó en 1972: La
reunión, una obra cruel, satírica y mordaz sobre las ambigüedades de los
adelantos médicos.
Harry Vladek era
demasiado grande para su «Volkswagen», pero demasiado pobre para venderlo y
comprar otro, y tal como iban las cosas, seguiría con él mucho tiempo. Hizo
revisar cuidadosamente los frenos («Señor Vladek, las cámaras tienen más
agujeros que un colador, ¿de qué le sirve reparar sólo los neumáticos?»), pero
el presupuesto ascendía a ciento veinticinco dólares, ¿de dónde los iba a
sacar? y aparcó en el lugar, pulcramente asfaltado. Salió apretujándose,
pensando en la inquietante llamada telefónica del Dr. Nicholson. Cerró el coche
y entró en la escuela.
La Asociación de Padres y
Maestros de la Escuela para Niños Anormales, del Condado de Cingha, celebraba
su primera reunión del curso. De las veinte personas que se encontraban allí,
Vladek sólo conocía a la más importante, la señora Adler, directora o propietaria
del colegio, y pensó que era la única con la que necesitaba hablar. ¿Tendría la
oportunidad de verla a solas? La señora Adler se sentó en el acto al otro
extremo de la sala, ocupando el lugar presidencial ante su gastada mesa de
nogal, hablando con voz rápida y baja con una mujer de cabello gris vestida de
marrón. ¿Una profesora? Parecía demasiado vieja para ser una madre, aunque su
esposa le había contado que algunos de los chicos aparentaban veinte años o
quizá más.
Eran las ocho y media y
los padres todavía seguían llegando en coche a la escuela, un edificio
reconstruido que en un tiempo fue una gran casa de campo, casi una mansión. La
sala de estar estaba a rebosar de elegantes recordatorios de tiempos pasados.
Dos arañas; intrincadas hojas de pámpano moldeadas en yeso descendían del techo
y la chimenea [e mármol blanco veteado de rosa resultaba de una
espectacularidad desafortunada a causa de los morillos inadecuados, demasiado
pequeños y de baja calidad. Dobles puertas correderas de nogal daban al
vestíbulo y, al fondo, se alzaba una horrible escalera de incendios construida
en hormigón y acero.
Vladek pensó que debieron
destruir algo de madera muy hermoso para instalar la escalera de incendios a
fin de cumplir con las normas de la escuela.
La gente seguía acudiendo: hombres y mujeres solos; de vez en
cuando, una pareja, y Vladek se preguntó cómo solucionaban los matrimonios el
problema de los niños sin dejarlos solos. El subtítulo del rótulo de la escuela
rezaba: «Una institución para niños con trastornos emocionales y taras
cerebrales capaces de rehabilitación». Thomas, el hijo de Harry Vladek, de
nueve años, era uno de los niños con problemas emocionales. Con un asomo de
envidia pensó si a los niños con trastornos emocionales los atendían personas
preparadas a tal fin y razonablemente competentes. A Thomas, no. Los Vladek no
podían permitírselo. No habían salido solos una sola noche desde que el niño
cumplió los dos años, y esta noche, su esposa, Margaret, se había quedado en
casa, sin duda muy afectada por la llamada del Dr. Nicholson, mientras Harry
representaba a la familia en la reunión.
A medida que la sala se
llenaba, escaseaban los asientos. Una joven pareja estaba de pie al extremo de
la fila, junto a él, buscando con la vista un par de sillas desocupadas.
–Acomódense aquí, yo me
voy a otro sitio –les dijo Harry. La mujer le dedicó una cortés sonrisa y el
hombre le dio las gracias. Animado por un cenicero que estaba junto al asiento
vacío de delante, sacó el paquete de cigarrillos y se lo ofreció, pero no eran
fumadores. Harry encendió uno escuchando lo que se decía a su alrededor.
Todos hablaban. Una mujer le preguntó a otra:
–¿Cómo sigue de la
vesícula, se la extirparán?
Un hombre grueso y calvo
comentaba con otro bajito de pobladas patillas:
–Mi contable dice que la
enseñanza es deducible médicamente si la escuela es"para
psicosomáticos", no sólo para "psicos". Esto debe quedar claro.
El hombre bajito le
respondió con gran seguridad:
–Exacto, lo único que
necesita es una carta del doctor; recomienda la escuela y envía a ella al niño.
Una mujer muy joven
exclamó con pasión:
–El Dr. Shields se mostró
muy optimista, Mrs. Clerman. Afirma, sin duda, que con el tiroides, Georgie
será más tratable, y entonces...
Un negro, color café
claro, con una camisa hawaiana, le decía a una mujer regordeta:
–Nos destrozó el fin de semana. Dos puntos en la cara y rompió
en tres pedazos mi caña de pescar.
A lo que la mujer
respondió:
–¡Son tan molestos! Mi
hija hace lo mismo con los lápices de colores y deja inservibles los cuadernos
de dibujo. Me pregunto qué se puede hacer.
Por último, Vladek se dirigió al joven que estaba a su lado.
–Me llamo Vladek y soy el
padre de Tommy. Está en el grupo de los principiantes.
–Allí está el nuestro
–respondió el joven–. Se llama Vern. Tiene seis años y es rubio como yo. Quizá
lo ha visto usted.
Harry Vladek no se
esforzó mucho por recordarlo. En las dos o tres ocasiones en que fue a recoger
a Tommy después de la clase, no hubiera podido distinguir a un niño de otro con
el bullicio de la salida. Abrigos, pañuelos, sombreros; una niña que siempre se
escondía en el armario de los suministros y un niño que nunca quería volver a
su casa colgado al cuello de la profesora, pero con suma cortesía, respondió
afirmativamente.
El joven se presentó, así
como a su esposa: se llamaba Murray, y ella, Celia Logan. Harry se inclinó
sobre el hombre para estrechar la mano de su esposa, que le preguntó:
–¿Es nuevo aquí?
–Sí. Tommy hace un mes
que asiste a la escuela y nos trasladamos desde Elmira para estar más cerca
–vaciló unos segundos y añadió–: Tommy tiene nueve años, pero si se encuentra
en el grupo de los principiantes es porque Mrs. Adler pensó que así le sería más
fácil adaptarse.
Longan señaló a un hombre
bronceado por el Sol que se encontraba en la primera fila.
–¿Ve a ese individuo con
gafas? Vino desde Texas; claro que tiene mucho dinero.
–Debe ser un lugar muy
bueno –observó Harry, como si preguntase.
Logan sonrió con
expresión un tanto nerviosa.
–¿Cómo es su hijo?
–preguntó Harry.
–Un pillastre. La semana
pasada le regalé otro ejemplar del álbum My Fair Lady. Imagino que ha
estropeado ya cuatro o cinco y va por ahí cantando «ador-a-ble», pero, ¿te
mira? No.
–El mío no habla –afirmó
Harry.
–El nuestro sí, aunque no
a todo el mundo. Es como una tapia.
–Lo comprendo –respondió
Harry, e insistió–: Ah..., ¿su hijo adelanta mucho en la escuela?
Murray Logan frunció los
labios.
–Yo diría que sí. La
aneuresis no marcha muy bien, pero en cierto modo se ha suavizado bastante.
Mire, no espere progresos espectaculares, pero cada día, en los pequeños
detalles, se nota la mejoría; es más afable, mucho más. Por ¡supuesto, hay
retrocesos.
Harry asintió, pensando en los siete años de sufrimientos y,
antes, en los dos años de preocupaciones y perplejidades.
–Por ejemplo, Mrs. Adler
me dijo que un arrebato especial de destructividad puede significar algo así
como una plataforma, en terapia de lenguaje. El niño lucha y se dispara en otra
dirección.
–Eso también –respondió
Logan–; pero a lo que me refiero... Ah, ya empiezan.
Vladek asintió, apagó el
cigarrillo y sin darse cuenta encendió otro. Notó de nuevo un nudo en el
estómago. Pensaba en esos otros padres que parecían tan seguros e incólumes,
¿no les sucedía lo mismo que a él y a Margaret? ¡Y hacía tanto tiempo que ninguno
de los dos se sentía a gusto en el mundo, incluso sin que el Dr. Nicholson les
urgiera para que tomaran una decisión! Se esforzó por recostarse en el asiento
y aparentar la misma calma de los demás.
Mrs. Adler golpeaba la
mesa con una regla.
–Me parece que todos los
que tenían que: venir, ya han llegado –se inclinó hacia adelante y aguardó a
que en la sala se hiciera el silencio. Era pequeña, morena, regordeta y
sorprendentemente bonita. No semejaba en absoluto una pedagoga competente;
tenía un aspecto tan distinto de las personas de su profesión que, a decir
verdad, el corazón de Harry se ablandó tres meses atrás cuando, tras un carteo
para conseguir que admitieran a Tommy en la escuela, alcanzó el punto máximo
con la entrevista que tuvo con ella después del largo viaje desde Elmira.
Esperaba encontrarse con una dama rígida, con gafas; una especie de Valkiria,
con una bata blanca como la enfermera que sujetaba a Tommy cuando éste se
retorcía y gritaba mientras esperaban a que le administraran un supositorio
para calmarlo y efectuar su primer electroencefalograma. Una vieja impostora,
cualquier cosa, excepto esa linda joven. Otro callejón sin salida, había
pensado desesperado. Otro, después de experimentar ya más de un centenar.
Primero: «Espere a que cure con la edad.» No fue así. Luego: «Debemos
resignarnos a la voluntad de Dios.» Pero tú no quieres, te rebelas. Después,
averigua durante seis meses dónde está la Clínica de Guía para la Infancia,
para descubrir luego que no es más que un rótulo con un doctor que sólo se da
una vuelta por el distrito sin tiempo para nada más. Siguen cuatro espantosas
semanas de llanto, de buscar, infatigable, la State Training School y te
encuentras con una lista de personas que esperan desde hace ocho años. Sigue la
escuela particular de custodia y resulta que cuesta cinco mil quinientos
dólares al año –¡sin tratamiento médico!– y, ¿de dónde sacas cinco mil
quinientos dólares al año? Con el agravante de que constantemente todos te
advierten, como si no lo supieras ya: «¡Date prisa! ¡Haz algo! ;¡Atácalo cuanto
antes! ¡Está en el punto crítico! ¡Un retraso sería fatal!» Y por último, esta
mujercita de aspecto suave; ¿cómo puede ella conseguir algo?
Pero se lo demostró rápidamente. Había interrogado a fondo, de
un modo tajante, a Margaret y a Harry. Se volvió a Tommy, que se desmandaba
como un toro salvaje por la habitación y había convertido ese desbarajuste en
un juego. En tres minutos era feliz, dándole vueltas a la manivela de un viejo
e indestructible fonógrafo y Mrs. Adler les advertía a los Vladek: «No cuenten
con una cura milagrosa. No existe, pero sí una mejoría, y creo que podemos
hacer mucho por Tommy.»
Quizá podría, pensó
Vladek, no muy seguro. Quizá ayudaría tanto o más que cualquier otra persona.
Mrs. Adler saludaba
rápida y amablemente a los padres, invitándolos a que se quedaran a tomar una
taza de café para conocerse entre ellos, y presentó a la presidente de la
Asociación de Padres, una tal Mrs. Rose, alta, con el cabello prematuramente
gris muy en ejecutiva.
–Puesto que ésta es la
primera reunión del curso, no vamos a leer, sino que escucharemos los informes
del trabajo el comité: ¿qué hay del problema de los transportes, Mr. Baer?
El hombre que se levantó
era viejo. Tendría más de sesenta años y a Harry le asombró que rematase su
vida con m hijo que le llegaba tarde y, además, retrasado mental. Llevaba todos
los arreos del éxito: un terno de cuatrocientos dólares, un reloj de pulsera
electrónico y un grueso anillo de oro. Se expresaba con acento alemán.
–Yo era de la junta de la
escuela del distrito y no colaboran. Mi abogado lo ha consultado y todo el
problema no es más que esto: Lo que dicta la ley. La junta de la escuela puede,
ésa es la palabra, puede reembolsar a los padres de los niños subnormales el
transporte a los colegios particulares. No está obligada, ¿comprenden?, pero
puede. Fueron muy francos conmigo. Dijeron que no querían gastar más dinero.
Tienen la impresión de que todos somos ricos. Por la sala se oyeron unas risas
ligeras y amargas. –Mi abogado envió una
citación y comparecimos ante el consejo en pleno para presentar el caso, no nos
importa el reembolso, pero sí un autobús de la escuela, algo con que aliviar un
poco la carga del transporte. La respuesta fue no. Se encogió de hombros y
siguió en pie mirando a Mrs. Rose, que respondió:
–Gracias, Mr. Baer. ¿Desea alguien hacer una
sugerencia?
Una mujer profirió:
–¡Anímeles! ¡Todos somos
votantes!
Un hombre exclamó:
–Publicidad, eso es.
Según la ley, la base está perfectamente clara: se supone que al hijo de un
contribuyente se le prestan los mismos servicios que al hijo de otro
contribuyente. Debemos escribir cartas a los periódicos.
–Espere un momento
–intervino Mr. Baer–. No creo que las cartas consigan nada, pero yo tengo un
negocio de relaciones públicas. Les pediré que parte del tiempo que dedican a
mis especialidades alimenticias lo empleen en la escuela. Que usen su técnica;
son expertos y saben hacerlo.
La idea cundió, fue
secundada y aprobada; mientras, Murray Logan le susurraba a Vladek:
–Es el dueño de Marijane
Garlic Mayonnaise, Tenía una niña de doce años en muy mal estado, a la que Mrs.
Adler ayudó en su clase particular. Compró este edificio para ella, junto con
otros dos padres.
Harry Vladek reflexionó
acerca de la impresión que produciría ser un padre con la capacidad de comprar
un edificio para crear una escuela y .ayudar a su hijo. Mientras tanto,
continuaban los informes del comité. Al cabo de un rato, para mayor consternación
de Harry, se pasó al asunto financiero y hubo un voto Solicitando fondos para
sostener un grupo teatral por el sistema de que cada matrimonio con un hijo
tenía que vender «al menos» cinco pares de asientos de orquesta a sesenta
dólares el par. «Vamos ahora a resolver eso», pensó, y levantó la mano.
–Me llamo Harry Vladek
–dijo cuando lo hubieron identificado y anotado– y soy nuevo aquí: en la
escuela y en el distrito. Trabajo para una gran compañía de seguros y tuve la
suerte de que me trasladasen para que mi hijo pudiera asistir a la escuela,
pero, de momento, no conozco a nadie a quien vender entradas a sesenta dólares.
Para la gente que trato es una cantidad de dinero exorbitante.
–Es una cantidad de
dinero exorbitante para la mayoría de nosotros –replicó Mrs. Rose–. Sin
embargo, puede vender sus entradas. Tenemos que hacerlo. No importa si lo
intenta con cien personas y noventa y cinco se niegan, con tal de que el resto
acepte.
Harry se sentó calculando. Veamos, en la oficina Mr. Crine era
Soltero y acudía al teatro. Quizá surtiría efecto hacer una rifa en la oficina
y vender otras dos. O dos pares. Luego también estaba el tratante en bienes
raíces que les había vendido la casa; el abogado que empleaban para el cierre
de cuentas...
Le habían explicado que
la instrucción –que efectivamente no era el costo, en realidad mil ochocientos
dólares al año– no cubría el gasto de un niño. Alguien tenía que pagar al
terapeuta del habla, al terapeuta de la danza, la jornada completa del psicólogo,
las horas que trabajaba el psiquiatra y todo lo demás, y en la oficina quizá
Mr. Crine y el abogado...
Transcurrida media hora,
Mrs. Rose consultó la agenda, señaló un apartado y manifestó:
–Parece que esto es todo
por esta noche. Los señores Perry nos han traído unos pasteles deliciosos y
todos sabemos que el café de la señora Howe es algo fuera de serie. Se
encuentran en el aula de los principiantes y esperamos que todos ustedes se
queden para conocerse y trabar amistad. Se levanta la sesión.
Harry y los Logan se
unieron a la cortés oleada de gente en el aula de los principiantes, donde
Tommy pasaba las mañanas.
–Ahí está Miss Hackett
–exclamó Celia Logan. Era la maestra de los principiantes. Al verlos, se les
acercó sonriendo. Harry la había visto antes con una bata que parecía una
tienda, acorazada contra el chocolate con leche, los dedos sucios y las
imprevistas duchas de los «juegos de agua» en una esquina del cuarto. Sin aquel
atuendo, era una mujer de mediana edad, con un elegante traje de chaqueta y
pantalón verdes.
–Estoy muy contenta de
que los padres se conozcan. Quería decirles que sus pequeños se llevan muy
bien. Forman una especie de conspiración contra los demás de la clase; Vern les
arrebata a golpes sus juguetes y se los entrega a Tommy.
–¿Eso hace? –se asombró
Logan.
–Efectivamente. Creo que
empieza a relacionarse. Ah, señor Vladek, Tommy se saca el pulgar de la boca
durante varios minutos. Esta mañana lo hizo por lo menos una docena de veces, y
sin que yo le dijera una sola palabra.
–¡Oiga, oiga!, me pareció
que se le estaba afilando, pero no podría afirmarlo. ¿Está segura? –profirió
Harry muy excitado.
–Absolutamente. Y lo
pesqué dibujando una cara. Me lanzó esa mirada llameante suya cuando los demás
dibujaban, así que quise quitarle el papel, pero él lo volvió a agarrar y trazó
en un segundo una especie de rostro a lo Picasso, exactamente igual al primero.
Deseaba conservarlo para usted y su esposa, pero Tommy lo rompió de ese modo
tan metódico que tiene.
–Me hubiera gustado verlo
–dijo Vladek.
–Dibujará otros. Veo en
sus hijos la perspectiva de una gran mejoría –contestó, incluyendo con su
sonrisa a los Logan–. Por las tardes tengo un caso particular muy difícil. Un
niño de nueve años, como Tommy. No está muy mal, excepto en una cosa: cree que
el Pato Donald lo busca para matarlo. Durante dos años, sus padres trataron de
convencerse de que les estaba tomando el pelo, a pesar de los tres tubos rotos
del televisor. Entonces, fueron a ver a un psiquiatra y averiguaron el motivo.
Disculpen, tengo que hablar con Mrs. Adler.
Logan sacudió la cabeza.
–Pensé que estaríamos
peor, Vladek. ¡Vern dando algo a otro niño! ¿Qué le parece?
–Me gusta –exclamó
radiante su esposa.
–¿Oyó lo que dijo del
otro niño? Pobrecillo. Cuando oigo algo semejante... Y en cuanto a la hija de
Baer... siempre me parece peor cuando se trata de una niña, uno siempre piensa
que se pueden aprovechar de ella. Pero nuestros hijos se recuperarán, Vladek.
Ya oyó lo que dijo Miss Hackett.
De repente, Harry sintió
impaciencia por regresar a su casa junto a su mujer.
–No creo que me quede
para el café, ¿o es que ellos y ustedes cuentan con que vaya?
–Oh, no, no; puede irse
cuando guste.
–Tengo todavía media hora
de coche –dijo excusándose, y salió por las puertas de nogal, pasó por la
horrorosa escalera de incendios hacia el aparcamiento. El verdadero motivo de
su marcha era el deseo de llegar a su casa antes de que Margaret se durmiera y
así poder contarle que el chico ya no se chupaba tanto el dedo. Sólo después de
un mes; sí, sucedían cosas definitivas; y que Tommy había dibujado una cara y
de que Miss Hackett había dicho...
Se paró en medio del
aparcamiento. Se acordó del Dr. Nicholson y además, ¿qué fue exactamente lo que
Miss Hackett había dicho? ¿Algo sobre una vida normal? ¿Nada acerca de una
curación? «Una auténtica mejoría», fue lo que dijo; pero, ¿hasta dónde llegaba
esa mejoría?
Encendió un cigarrillo y
desanduvo el camino por entre los padres hasta llegar adonde estaba Mrs. Adler.
–Mrs. Adler, ¿puedo verla
a solas unos minutos?
La directora se alejó con
él inmediatamente, para que los otros no los oyeran.
–¿Lo pasó bien en la
reunión, Mr. Vladek?
–Por supuesto. Deseo
hablarle porque debo tomar una decisión. No sé qué hacer. Ni tampoco a quién
dirigirme. Usted sería de una gran ayuda para mí si pudiera decirme, bueno...
¿cuáles son las oportunidades de Tommy?
Aguardó un momento antes
de contestar.
–¿Piensa usted
llevárselo, Mr. Vladek?
–No, no es eso
precisamente. Es... oiga, Mrs. Adler, ¿qué puede decirme? Sé que un mes no es
mucho, pero ¿llegará algún día a ser como todo el mundo?
Por la expresión de su
rostro comprendió que ella ya había pasado antes por ese mismo trance y que le
disgustaba profundamente.
Respondió despacio:
–Mr. Vladek, el término
«todo el mundo» incluye personas terribles, aunque técnicamente no sean
mentalmente subdesarrollados. Nuestro objetivo no es hacer de Tommy una persona
«como todo el mundo», sino ayudarle, precisamente, a convertirse en el mejor y
más provechoso Tommy Vladek que pueda.
–De acuerdo, pero ¿qué
sucederá luego? Quiero decir, si Margaret o yo... si nos sucediera algo a los
dos.
–No hay modo de saberlo
–contestó con suavidad–. Yo no perdería la esperanza, aunque no le aseguro un
milagro.
Margaret no estaba
dormida; lo esperaba en la salita de estar de la nueva y pequeña casa.
–¿Cómo sigue? –inquirió
Vladek, como si ambos se lo preguntaran al regreso a casa tras una ausencia de
siete años.
–No muy mal. –A Vladek le
pareció que había estado llorando, aunque ahora estaba más tranquila–. Tuve que
echarme a su lado para que se acostara. Tomó bien el jarabe de glándulas y
lamió la cuchara.
–Eso es bueno –y le habló
del dibujo, la conspiración con el pequeño Vern Logan y que se chupaba menos el
dedo. Comprendió que ella se alegraba, pero se limitó a contestar:
–El Dr. Nicholson volvió
a llamar.
–¡Le dije que no te
molestara!
–No me molestó en
absoluto, Harry, estuvo muy amable. Le prometí que le llamarías en cuanto
volvieras.
–Son las once, Margaret;
ya le llamaré mañana.
–No. Le aseguré que le
llamarías esta misma noche, a la hora que fuera. Está esperando y añadió que,
por descontado, él pagaría la llamada.
–¡Ojalá no hubiera
contestado a la carta de ese hijo de perra! –su furia estalló después de tanto
dolor contenido, pero luego añadió, como disculpándose–: ¿Hay café hecho? No me
quedé a tomarlo en la escuela.
Ella había puesto el agua
a hervir apenas notó el chirrido del coche al pararse frente a la casa, y el
café instantáneo ya estaba dentro de la taza. Vertió el agua e insistió:
–Tienes que llamarle,
Harry. Debe saberlo esta noche.
–¡Saberlo esta noche!
¡Saberlo esta noche! –repitió furioso, remedándola. Se escaldó los labios al
tomar el café–. ¿Qué quieres que haga, Margaret? ¿Cómo puedo tomar semejante
decisión? Hoy llamé por teléfono a la sociedad psicológica y cuando contestó la
secretaria le dije que me había equivocado y colgué. No sabía qué decirle.
–No trato de presionarte,
Harry, pero él tiene que saberlo.
Vladek dejó la taza y
encendió el quincuagésimo cigarrillo del día. El pequeño comedor –en realidad
era sólo media alcoba que formaba parte de la diminuta cocina–, estaba lleno de
Tommy. La pared recién pintada, pues Tommy había arrancado el papel con dibujos
de tazas y cucharas. En la cocina, el cerrojo de seguridad para que Tommy no la
abriera. El singular asiento acuático, que no hacía juego con el resto de las
sillas y que Tommy había ido excavando metódicamente con el mango de la
cuchara.
–Ya sé que mi madre me
aconsejaría que hablara con el sacerdote. Quizá debí hacerlo, pero aquí nunca
hemos ido a misa –consideró Vladek.
Margaret se sentó y
encendió uno de los cigarrillos de su marido. Todavía era una mujer hermosa y
conservaba su esbelta figura, aun después de haber nacido Tommy, pero tenía
siempre aire de cansada.
–Estamos de acuerdo,
Harry –le dijo con cautela y sencillez–. Dijiste que hablarías con Mrs. Adler y
lo has hecho. Convinimos en que si no creía que Tommy llegara a normalizarse
hablaríamos con el Dr. Nicholson. Sé que para ti es muy duro y también que yo
poco puedo ayudarte, pero no sé qué hacer y dejo que tú decidas.
Harry miró a su mujer con
amor y desesperación y en aquel momento sonó el teléfono. Era, por supuesto, el
Dr. Nicholson.
–Todavía no hemos tomado
una decisión –contestó Vladek en el acto–. No puedo contestarle así, tan de
repente. La voz lejana era tranquila y segura.
–No, Mr. Vladek, no soy
yo quién le apremia. El corazón del otro chico cesó de latir hace una hora. Por
eso tengo prisa.
–¿Quiere decir que ha
muerto?
–Está en el pulmón de
acero. Podemos mantenerlo unas dieciocho horas, quizá veinticuatro, todo lo
más. El cerebro está en buen estado. El osciloscopio nos da buenas ondas. El
análisis para verificar la similitud del tejido con el de su hijo es satisfactorio.
Hay un vuelo a las seis y cuarto que sale del Aeropuerto Kennedy esta mañana y
he reservado plaza para usted, su esposa y Tommy. Los irán a buscar al
aeropuerto y pueden llegar aquí hacia el mediodía, así que tenemos tiempo. Pero
el tiempo justo, Mr. Vladek. Por lo tanto, lo dejo en sus manos.
–¡No puedo decidirlo!
–exclamó Harry furioso–. ¿No lo comprende? No sé cómo...
–Lo comprendo, Mr. Vladek
–respondió la lejana voz y, cosa extraña, a Harry le pareció que en efecto, lo
comprendía–. Le sugiero una cosa. ¿Quiere venir, de todos modos? Creo que tal
vez le ayudaría a tomar una decisión ver al otro niño, y hablaría con sus
padres. Creen que están en deuda *pon usted, aunque fuera sólo por llegar a
este punto, y quieren agradecérselo.
–¡Oh, no! –profirió
Harry.
El doctor prosiguió:
–Lo único que quieren es
una vida para su hijo. No esperan nada más. Le cederán su custodia –la de su
hijo– de ustedes y suyo. Es un niño muy hermoso, Mr. Vladek. Tiene ocho años.
Lee maravillosamente, hace modelos de aeroplanos. Le dejaban montar en bicicleta
porque era tan sensato y digno de confianza, y el accidente no sucedió por su
culpa; el camión se subió a la acera y lo atropello.
Harry temblaba.
–Es como un soborno
–respondió con aspereza–. Es decirme que cambie a Tommy por otro niño más listo
y hermoso.
–No fue ésa mi intención,
Mr. Vladek. Sólo quería que usted conociera la clase de niño que puede salvar.
–¡Ni siquiera sabe si la
operación va a dar resultado!
–No –convino el doctor–.
Categóricamente, no lo sé. Puedo asegurarle que hemos realizado trasplantes en
animales, incluyendo primates, cadáveres humanos y un par de casos de
enfermedades mortales, pero tiene razón, jamás hicimos trasplante en un cuerpo
sano. Le he mostrado a usted todos los datos. Los examinamos junto con su
médico hace cinco meses, cuando hablamos por primera vez de esa posibilidad.
Desde entonces, éste es el primer caso, cuando la similitud resultó exacta y
había una gran esperanza de éxito, pero tiene razón, todavía no se ha probado,
a menos que usted nos ayude. Para su conocimiento, creo que saldrá bien, aunque
nunca se puede estar seguro.
Margaret había salido de
la cocina, pero Vladek sabía dónde estaba por el áspero clic que sintió en el
auricular: en el dormitorio, escuchando por la extensión del teléfono.
–Ahora no le puedo decir nada, Dr. Nicholson. Le llamaré dentro
de... de media hora. En este momento no puedo hacer nada más.
–Ya es mucho, Mr. Vladek.
No me moveré de aquí, esperando su llamada.
Harry se sentó y apuró el
resto del café. Pensaba: uno tiene que ser un experto en un montón de cosas
para comprender algo. ¿Qué sabía él de trasplantes de cerebro? En cierto modo,
muchísimo. Sabía que respecto a la cirugía, ésta era perfecta y honesta, aunque
el problema residía en el rechazo del tejido, pero el Dr. Nicholson le dijo que
esto ya estaba Solucionado. Sabía que cada doctor que consultó, y fueron siete,
convenía en que médicamente era bastante seguro y que todos y cada uno se
habían negado a hablar cuando llevó la conversación a la cuestión de la
exactitud. Era él quien debía decidir, no ellos, le dijeron todos, a veces sólo
con su silencio. Pero, ¿quién era él para decidir?
Margaret apareció en el
umbral.
–Harry, sube para ver a
Tommy.
–¿Crees que con eso me
resultará más fácil matar a mi hijo?
–Ya discutimos sobre el
particular, Harry, y hemos convenido en que no es un crimen. Sea lo que sea,
sólo pienso que Tommy debe estar con nosotros cuando lo decidamos, aunque él no
sepa lo que vamos a decidir.
Los dos permanecieron de
pie junto a la gran cuna que ocupaba su hijo, contemplando a la luz de la
lamparilla de noche las largas y rizadas pestañas que sombreaban las redondas
mejillas y los labios que se fruncían en torno al pulgar. Leer, construir modelos
de aeroplanos, montar en bicicleta, todo eso contra un rápido bosquejo de un
rostro y el frenesí ocasional de unos tempestuosos y dolorosos besos.
Vladek se quedó media
hora y después, tal como había prometido, bajó a la cocina, descolgó el
teléfono y empezó a marcar.
CALIBAN
Robert Silverberg
Robert Silverberg ha
escrito tantas novelas famosas de ciencia ficción que ha llegado a eclipsar su
propia celebridad como autor de relatos cortos. En la actualidad se le
considera uno de los mejores escritores del género y muestra de ello es que al
publicarse los cuentos antológicos del año han elegido dos cuentos suyos.
El primer seleccionado es
la historia de un monstruo, un hombre imperfecto en un mundo perfecto y la
atracción que ejerce sobre sus antagonistas.
Todos han cambiado su
rostro por un tipo estándar. Es la última cosa que no debe confundirse con la
última Cosa. La última Cosa soy yo. El último capricho, la última moda para
ellos consiste en cambiarse la faz según un modelo estándar, No tengo idea de cómo
lo han conseguido, pero creo que es genético, con el RNA, el DNA, el NDA, sólo
que retroactivo. Todos salen con el cabello rubio y rizado y luminosos ojos
azules. El rostro ovalado de facciones puras con los pómulos salientes, un
hoyuelo en la barbilla y los labios delgados cuyas comisuras se curvan hacia
arriba con una sonrisa irónica. Incluso los negros: labios finos, ojos azules,
cabello rubio y rizado y piel sonrosada. Todos parecen iguales en el dulce
mundo Arianizado. En todo nuestro planeta. Excepto yo. Yooo.
Soy imperfecto. Estoy
mancillado. Soy implacable. Soy la última Cosa.
Louisiana me dijo:
–¿Quieres copular
conmigo? Eres tan extraño, tan hermoso, ¡oh, cómo te deseo, ser extraño de un
tiempo extraño! Mis orificios son tuyos.
Era una oferta
considerada. Reflexioné un rato, creyendo que tal vez intentaba complacerme.
Por último, le comuniqué que aceptaba y fuimos a un copulatorio público.
Louisiana es más alta que yo y su cabello, un torrente de hebras de oro. Tiene
los ojos azules, el rostro largo de facciones puras y aparenta unos veintitrés
años. En el copulatorio se quitó la ropa y quedó desnuda ante mí. Aquel día
llevaba el pelo del pubis dorado y su vientre era liso y terso. Tenía los senos
redondos, ligeramente estirados y los pezones muy pequeños.
–¡Ánimo, deshazte de tu
ropa!
Le respondí que tenía
miedo porque mi cuerpo era feo y ella se burlaría de mí.
–Tu cuerpo no es feo. Tu
cuerpo es raro pero no feo.
–Mi cuerpo es feo
–insistí–. Tengo las piernas cortas y curvadas hacia fuera y músculos abultados
en los muslos, y todo yo estoy cubierto de vello negro como un mono; y en el
vientre tengo una repugnante cicatriz.
–¿Una cicatriz?
–Cuando me extirparon el
apéndice.
Aquel dato la excitó aún
más. Los pezones se le levantaron y el rostro le llameaba.
–¿Tú apéndice? ¿Te
quitaron el apéndice?
–Sí, cuando tenía catorce
años, y me ha quedado una asquerosa cicatriz roja en el abdomen.
–¿Qué año era cuando
tenías catorce?
–Creo que fue en 1967.
Se echó a reír, palmoteo
y empezó a bailar por la habitación. Los pechos le saltaban arriba y abajo pero
pronto quedaron cubiertos por el largo y sedoso cabello; sólo sobresalían las
puntitas de los pezones, como capullos.
–¡1967! –exclamaba–.
¡Catorce! ¡Te quitaron el apéndice! ¡1967!
Después se me acercó.
–Mi abuelo nació en 1967.
¡Qué viejísimo eres! ¡El padre de mi padre hélice por parte contramolecular! No
advertí que eras tan viejo.
–Viejo y feo –asentí.
–Feo no, sólo extraño
–respondió.
–Extraño y feo.
Extrañamente feo.
–Nosotros pensamos que
eres hermoso. ¿Te quitas la ropa de una vez? No sería agradable copular con la
ropa puesta.
–Aquí me tienes –y me
mostré ante ella sin reservas. Las piernas torcidas, el pecho peludo, el
vientre con cicatrices, los hombros abultados, el cuello corto. Si había visto
mi cara deforme también podía contemplar mi cuerpo mal conformado. Si eso es lo
que quiere.
Se arrojó sobre mí
jadeante y con dulces gemidos.
¿Cómo era Louisiana antes
del cambio? ¿Tenía el cabello fibroso y deslucido, los labios gruesos, la nariz
ganchuda, las cejas negras y pobladas, sin barbilla, el aliento fétido, un
pecho mayor que el otro, los pies planos, los dientes torcidos, vello negro en
torno a los pezones, el ombligo abultado, muchos hoyuelos en las nalgas, los
muslos flacos, varices en las pantorrillas y orejas prominentes? ¿Le
administraron el tratamiento homogeneizado hasta convertirla en esa divina
criatura que es hoy? ¿Cuánto tardó en producirse la metamorfosis? ¿Cuánto
costó? ¿Subvencionó el estado el proceso? ¿Estaban involucradas las grandes
corporaciones? ¿Cómo gestionan este tema los países socialistas? ¿Existía
alguien que no tenía interés en que lo cambiasen? Tal vez Louisiana nació así.
Quizá su belleza es natural. En toda sociedad siempre hay unos cuantos cuya
hermosura es natural.
El Dr. Habakkuk y el
senador Mandragore me interrogaron durante largo rato en el Palacio de los
Espejos.
|
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cuadro 2. |
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SUSTITUCIONES DE AMINOÁCIDOS EN ANTIBIÓTICOS POLIPÉPTIDOS |
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Composición |
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Familia de |
principal en |
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Antibióticos |
aminoácidos |
Subtitución |
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Actinomicina |
D-Valine |
D-AlloiSoleucina |
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|
L-Proline |
4-Hidróxido-L-prolíne |
|
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4-Keto-L-proline |
|
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|
Sarcosina |
|
|
|
Acido pipecólico |
|
|
|
Acetidina-2-ácido carboxílico |
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Bacitracina |
L-Valine |
L-ISoleucina |
|
Botromicina |
L-Proline |
3-Temil-L-prolina |
|
Gramicidina A |
L-Leucina |
L-ISoleucina |
|
Ilamicina |
N-Metil-L-leucina |
N-Metil-L-y-formilnorvalina |
|
Polimixina |
D-Fenilalanine |
D-Leucina |
|
|
L-ISoleucina |
L-Leucina |
|
Quinoxalina antibiótico |
N-Metil-L-valine |
N-Metil-L-iSoleucina |
|
Esporidesmolides |
D-Valine |
A-Alloiseleucina |
|
Tirocidina |
L-Fenilalanina |
L-Triptofan |
|
|
D-Fenilalanina |
D-Triptofan |
|
Vernamicina B |
D-Alanina |
D-Butirina |
|
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|
|
Me colocaron sobre la
cabeza una cúpula de plástico verde para grabar todo lo que decía con la
intensidad y el matiz requeridos.
–Háblanos –me decían–.
Nos fascina tu antiguo acento. Nos cautivan tus olores primitivos. ¿Te das
cuenta de que eres el único representante de la pesadilla de la que nos hemos
despertado? Háblanos de tu civilización tan brutalmente competitiva –decía el senador–.
Descríbenos con todo detalle el hediondo ambiente. Define la naturaleza de la
rivalidad nacional. Compara y contrasta los métodos de los discursos políticos
en la Unión Soviética y en los Estados Unidos. Danos tu análisis de las
implicaciones sociológicas del primer viaje a la Luna. ¿Te: gustaría ver la
Luna? ¿Te podemos ofrecer alguna droga psicodélica? ¿Te satisface sexualmente
Louisiana? Te consideramos un tesoro espiritual único. Relátanos el ayer, los
recuerdos de antaño mientras te escuchamos extasiados.
Louisiana afirma que
tiene ochenta y siete años. ¿Puedo creerlo cuando posee una lozanía como la de
la flor de la edad? Pero ella sostiene:
–No, tengo ochenta y
siete años. Nací exactamente el 11 de marzo de 2022. ¿Te deprime o asusta mi
edad? Mira qué tersa es mi piel, qué dientes tan deslumbrantes. ¿Por qué estás
tan preocupado? Después de todo soy mucho más joven que tú.
Cuadro XIX
POSIBILIDADES MENOS PROBABLES PERO IMPORTANTES
1. Inteligencia artificial «verdadera».
2. Uso práctico de fusión
ininterrumpida para producirneutrones y/o energía.
3. Desarrollo artificial de nuevos miembros y órganos (sea in
situ o para trasplantes posteriores).
4 .Superconductores de temperatura ambiental.
5. Mayor empleo de cohetes para transportes comerciales y
particulares (terrestres y extraterrestres).
6. Tratamiento químico y biológico garantizado para casi todas
las enfermedades mentales.
7. Control casi completo de cambios marginales hereditarios.
8. Muerte aparente (durante años o siglos).
9. Ejercicios prácticos con un límite de fuerza casi «teórico».
10. Conversión de mamíferos (¿humanos?) en respiradores
branquiales.
11. Imposición en bancos conducida por la memoria humana.
12. Aumento ordenado de la capacidad mental humana por conexión
mecánica y eléctrica del cerebro con un computador.
13. Mayor rejuvenecimiento y/o aumento importante del vigor y
duración de la vida de 100 a 150 años.
14. Control químico o biológico
del carácter y la inteligencia.
15. Amplio uso de aceras movibles para el transporte local.
16. Sólidas instalaciones Lunares y planetarios para ser
habitadas.
17. Fuerza eléctrica disponible para menos de 0,3 milésimas por
kilowatio/hora.
18. Verificación de ciertos fenómenos extrasensoriales.
19. Ingeniería planetaria.
20. Modificación del sistema Solar.
21. Prácticas en laboratorio de concepción y nutrición de fetos
(¿humanos?)
22. Elaboración de una droga equivalente al soma de Huxley.
23. Una tecnología equivalente a la telepatía.
24. Cierto control directo del proceso del pensamiento
individual.
Comprendo que en ciertos
casos la consecución de un gran cambio supone una cirugía complicada.
Trasplantes de córneas y modificaciones de la estructura facial. Cambios de
órganos; entre ellos no duran mucho tiempo, pues constantemente cambian
segmentos de ellos mismos por otros nuevos y más modernos. Me contaron que
entre ciertos grupos avanzados es corriente el uso de miembros con forro
interno mecánico, a fin de poder conectar nuevos brazos y piernas con un mínimo
de molestia. Estamos en una era realmente asombrosa. No obstante, parece que
las mujeres copulan al viejo estilo: separan los muslos, levantan las rodillas,
se echan sobre el costado derecho, flexionan la pierna izquierda sobre el
hombre con las rodillas ligeramente dobladas, etc., etc. Uno pensaría que
podrían haber inventado algo nuevo, pero quizá las posibilidades de innovación
en la esfera erótica no sean muy amplias. ¿Me permiten una sugerencia? ¿Qué
sucedería si una mujer se desconectara los brazos y las piernas y presentara al
hombre Solamente el torso? ¡Qué indefensa! ¡Cuan vulnerable! ¡La quintaesencia
de la feminidad! Lo discutiré con Louisiana. No obstante, tengo la suerte de
que sus brazos y piernas no se desprenden.
El primer para-miércoles
de cada mes, el teniente Hotchkiss me da lecciones de cómo se respira en el
agua. Vamos a uno de los subniveles más hondos del Extravagance Build-Ing,
donde hay una piscina especial hiperoxigenada para uso exclusivo de los principiantes.
Tiene forma circular y no es muy profunda. El agua destella como ópalo. Por lo
general, las piscinas están repletas de niños, pero el teniente Hotchkiss me da
lecciones particulares, porque soy demasiado tímido para mostrar mi cuerpo.
Cada lección es casi igual a la anterior. El teniente Hotchkiss desciende por
la rampa que conduce a la piscina. Es más alto que yo y tiene el cabello dorado
y los ojos azules. A veces me cuesta distinguirlo del Dr. Habakkuk o del
senador Mandragore. Durante una conversación fortuita me confesó que tenía
noventa y ocho años y, por lo tanto, no era contemporáneo de Louisiana, aunque
ella me insinuó en varias ocasiones que en tiempos pasados le había permitido
fertilizar sus óvulos. Lo dudo, ya que la reproducción es totalmente insólita
en esta zona, y, ¿qué probabilidades hay de que se lo permitiera más de una
vez? Se imagina, eso creo, que contándome esas cosas estimula en mí la pasión
de los celos, puesto que no ignora que los primitivos estaban sujetos a ellos.
Insensible a todo este asunto, el teniente Hotchkiss entra en el agua. Ésta le
cubre el ombligo, el ancho pecho lampiño, el cuello, la barbilla, las sensibles
y finas ventanillas de la delicada nariz. Se sumerge y nada por el fondo de la
piscina. Veo resplandecer su dorado cabello a través del agua opalina.
Permanece sumergido unos ocho o quizá hasta doce minutos; saca las manos de vez
en cuando por la superficie y las agita para indicarme dónde se encuentra;
luego, emerge. El agua le chorrea de [a nariz pero no se halla en absoluto
falto de aliento. Ahora, vamos, me dice, hazlo tú; es tan fácil como parece, y
me hace señas para que vaya a la rampa. Me asegura que cualquier niño puede
hacerlo; es sólo cuestión de dominio y decisión. Sacudo la cabeza. No, la modificación
genética tiene mucho que ver, mis pulmones no están dotados para respirar
dentro del agua, aunque sí los vuestros. El teniente se limita a reír. Animo,
entra en el agua, y yo bajo por la rampa. ¡Cómo reluce el agua! Me llega al
ombligo, al pecho velludo y negro, la garganta, la barbilla y las ventanillas
carnosas de mi ancha nariz. En el agua los pulmones me pesan como plomo. Me
arrojo exhausto sobre el suelo de mármol y grito. ¡No, no, no, es imposible! El
teniente Hotchkiss se planta ante mí. Su cuerpo es perfecto. Me dice: tienes
que cultivar la postura adecuada. La mente es la que lo decide todo. Pensemos
algo más positivo para respirar debajo del agua. ¿No te das cuenta de que es un
gran paso hacia la evolución: uno de los más sublimes que distinguen nuestra
especie de los pitecántropos australes? ¿No quieres formar parte del gran salto
hacia adelante? ¡Arriba, ánimo! Prueba otra vez. Piensa siempre de un modo
positivo. Fija en tu mente la diferencia que existe entre tú y nuestros
bestiales antepasados. Entra. Entra. Entra. Y yo entro en el agua. Momentos
después, salgo del agua como un rayo, tosiendo, medio sofocado, farfullando.
Esto se repite el primer para-miércoles de cada mes. Siempre igual.
Cuando hablas por
teléfono y de pronto se corta la comunicación, ¿no piensas que la persona que
está al otro lado del hilo puede creer que has colgado? ¿Sospechas que es ella
la que ha colgado? Esos problemas aquí no se conocen. Esta gente hace poquísimas
llamadas telefónicas. En esta era nos encontramos por encima de la mera
comunicación, observa Louisiana.
A través de mis ojos esta
gente contempla su deslumbrante y plástica época con una lógica perspectiva
histórica. La ven en presente, siempre el mismo. Para mí es el futuro y por lo
tanto soy yo el verdadero paraláctico; puedo decir: antes era así y ahora es
asá. Aprecian mi talento; me conservan como un tesoro. Me dicen lo mucho que
admiran mi asimetría y me hacen muchas preguntas: la mayoría sobre su propia
era en lugar de la mía. Preguntas tales como:
¿Te tienta la muerte
aparente?
¿Fue abrumadora la fusión
nuclear por las consecuencias que podía acarrear?
¿Puedes describir de
forma adecuada la interconexión del cerebro con un computador como experiencia extática?
Hago lo que puedo para
contestar a sus preguntas. A veces, representa un esfuerzo agotador para
conseguir que tengan sentido pero me afano en lo posible. Me pregunto si no les
valdría más interrogar a un hombre de Neanderthal o a uno de esos pitecántropos
australes del teniente Hotchkiss. Quizá no soy lo bastante primitivo; sin
embargo, poseo mi propio carisma.
A lo largo de la costa
oriental de los Estados Unidos se ha encontrado una abundante variedad de
miembros del nuevo reino animal Gnathostomulida, recién descubierto en Europa.
Se han clasificado dos
millones de razas, pero la proporción que recogen las nuevas estadísticas
señalan que esos dos millones sólo son un cincuenta por ciento de las especies
existentes en la Tierra. El incremento de las nuevas especies de aves (8.600 conocidas)
ha descendido a menos del 0,3 por ciento en un año, pero en muchos otros
órdenes (por ejemplo, los Turbellaria, con 2.500 especies conocidas), el
aumento de la proporción indica que ese género no determinado, totaliza
seguramente más del ochenta por ciento. Aunque sólo se han precisado la mitad
de las razas de animales existentes, ya se conocían el ochenta por ciento de
las familias, el noventa y cinco por ciento de los órdenes y casi todas las
razas de animales. Por tanto, sería insólito un nuevo reino animal.
El primer día fue para mí
espantoso. Vi uno, con un rostro-terso y de buen aspecto y lo acepté, pero
luego entró otro la habitación para darme una inyección y era exactamente
igual al primero. Gemelos, pensé, mis médicos son gemelos.
Mas después llegó un
tercero, y un cuarto y un quinto, todos con la misma cara. Imaginen mi desazón.
Yo, con mi nariz deforme, los dientes desiguales, las cejas que se juntan en
medio de la frente, las mejillas carnosas picadas de viruelas, acostado bajo
esa asamblea de la perfección. Les aseguro que me sentía fuera de lugar, Antes,
jamás me había preocupado mi aspecto –pues en un mundo imperfecto todos tenemos
nuestras propias imperfecciones–, pero estos bastardos no tenían defectos, y
para mí resultaba duro aceptarlo. Pensé que era inteligente y les dije: Todos
sois múltiplos del mismo modelo genético, ¿verdad? Los adelantos modernos en la
medicina han hecho posible un duplicado infinito de investigación genética y
los cinco pertenecéis a una partenogénesis, ¿no es cierto? Y varios
respondieron, no, no es éste el caso, en realidad, no tenemos ninguna relación,
pero en la última meta-semana decidimos unificar nuestro aspecto según la moda
actualizada. Y tres o cuatro más entraron en mi dormitorio ara echarme una
mirada.
Al principio no cesaba de
repetirme: En el país de los hermosos
el feo es el rey.
Louisiana fue la primera mujer con la que tuve relaciones
sexuales. Acudíamos a menudo a los copulatorios públicos. Se excitaba con
facilidad, apasionadamente, pero su amiga Calpurnia me informó, unos meses
después,-que Louisiana tomaba drogas que inducían al orgasmo antes de copular
conmigo. Le pregunté a Calpurnia el motivo y quedó un tanto confusa.
Consternado, me desnudé y me eché sobre ella. Gritaba: ¡Sí, fuérzame, viólame!
Los extremados espasmos de Calpurnia me asombraban. Al día siguiente, Louisiana
me preguntó si me había fijado en que Calpurnia ingería una pequeña cápsula
púrpura antes del coito. El rostro de Calpurnia es idéntico al de Louisiana,
pero tiene los pechos más separados. También he sostenido relaciones sexuales
con Helena, Amniota, Drusilla, Florinda y Vibrissa. Antes de cada episodio
amoroso les pregunto el nombre para evitar confusiones.
Al anochecer programaron
una hora de lluvia roja y verde y pregunté al senador qué medios había empleado
para traerme a esta era. ¿Por transporte corporal a través del tiempo o sea,
por elevación física de mi ser desde el entonces hasta el ahora? O bien, ¿mi
cuerpo estaba muerto y me habían conservado en una cámara frigorífica para que
esta gente lo resucitara y restaurase? ¿Soy quizás una reconstrucción genética
total, modelada con unos cuantos fragmentos de viejo tejido somático hallado en
una urna barroca? Posiblemente sólo soy una interpretación fingida y estilizada
del hombre del siglo XX, producida por un computador programado por un
inteligente y amable guía. ¿Cómo lo hizo, senador? ¿Cómo fue? La lluvia cesó,
dejando en los baches elegantes charcos de matiz borroso.
Caminando del brazo de
Louisiana por la Avenida Venus, me pareció ver a un hombre con un rostro
semejante al mío. Sólo lo vi un instante: una cara oscura, de cejas pobladas,
mejillas peludas y entre los fuertes hombres sobresalía una cabeza de aspecto
agresivo. De pronto, desapareció tras una esquina. Louisiana opina que tomo un
exceso de alucinógenos. Acudimos a un cine submarino y ella nadaba debajo de mí
como un pez dorado agitando resplandores de los globos de su grupa.
Esto es una prueba del
aumento de la capacidad mental, indicó Vibrissa. Voy a demostrarte lo que
alcanza la capacidad humana. Léeme cualquier pasaje de Shakespeare, elígelo tú
y luego lo repetiré palabra por palabra seguido de un análisis del tema. ¿Lo probamos?
De acuerdo, asentí, y puse con suavidad la uña del índice sobre el cubo de
Shakespeare, se formaron las palabras que yo recité en voz alta: a lo que el
hombre se atreve, yo me atrevo; acércate como el feroz oso ruso, el armado
rinoceronte o el tigre persa. No adoptes otra forma y mis firmes nervios jamás
temblarán. Vibrissa repitió al instante aquellas líneas sin equivocarse,
brindándome acotaciones desde Séneca a Strindberg. Aquello me impresionó
profundamente, aunque yo nunca he sido lo que se llama un intelectual.
El día de la prueba de patinaje sobre hielo, distinguí con
absoluta claridad, sin lugar a duda, dos individuos que se me parecían. ¿Han
importado otros seres de mi raza para diversión suya? En tal caso, me ofendo.
Protejo y mimo mi condición de único.
Le pedí al Dr. Habakkuk
que me transformase de acuerdo con las normas faciales de su sociedad. Hágame
un trasplante , manipulación genética, lo que quiera. Deseo tener el cabello
ubio, los ojos azules y las facciones clásicas. Quiero ser como usted. El Dr.
Habakkuk sonrió afablemente y sacudió su juvenil cabeza dorada. No,
discúlpenos, pero nos gusta como es.
A veces sueño cómo era mi
vida antes. Pienso en los automóviles, el pastrami, la declaración de
impuestos, la flor de la maravilla, las pápulas, las hipotecas y el producto
nacional bruto. Asimismo me complazco en los recuerdos de la infancia; y en mis
padres, mi esposa, mi dentista, mi hija pequeña, mi despacho, mi cepillo de
dientes, mi perro, mi paraguas, mi cerveza predilecta, mi reloj de pulsera, mi
interfono, mis vecinos, mi gramófono, mi ocarina. Todo ha desaparecido. Al
frotar mi carne contra la de Drusilla en el copulatorio, me pregunto si es
quizás una de mis descendientes. Debo tener descendencia en alguna parte de
esta civilización y, ¿por qué no ella? Me pide que realice un acto de
perversión oral y le explico que me resultaría imposible complacerme en tales
cosas con mi propia nieta.
Creo que, en general,
estoy muy tranquilo, teniendo en cuenta la extraordinaria tensión a que me
somete la naturaleza de esta experiencia. Todavía me noto incómodo ante los
demás, debido a mi aspecto, pero intento olvidarlo. Muchas ¡veces, voy desnudo
como ellos. Si no les gusta mi cuerpo velludo o mis miembros desproporcionados,
que aparten la vista.
Algunas veces eructo o me
rasco debajo del brazo, o hago otras cosas primitivas que les recuerdan que soy
un auténitico hombre de la antigüedad. Ahora, nadie duda de que tengo
imitadores; cinco, por lo menos. Calpurnia lo niega, pero no soy idiota.
El Dr. Habakkuk anunció
que iba a tomarse unas vacaciones en los Cárpatos y no regresaría hasta el 14
del sustituto de junio. Mientras tanto, el Dr. Clasp me atiende. Dicho doctor
entró en mi habitación y observé su asombroso parecido con el Dr. Habakkuk. Me
preguntó qué deseaba y le contesté que me operase para ser como todo el mundo.
Estoy harto, le dije, de parecer bestial y primitivo. Con gran sorpresa por mi
parte, el Dr. Clasp sonrió con afabilidad y me respondió que lo dispondría todo
en seguida para mi transformación, aunque violaba sus principios acerca de que
cualquier organismo sufriera sin necesidad. Me llevaron a la sala de
operaciones y me administraron un anestésico de sabor agrio. Por lo visto me
desperté en seguida y me condujeron a una bóveda llena de espejos para que me
contemplase. Tal como había solicitado, me habían reestructurado igual que
ellos: cabello rubio, ojos azules y un cuerpo ágil y esbelto además de un
rostro de facciones simétricas. El Dr. Clasp entró al cabo de un rato y se
detuvo a mi lado: podríamos ser gemelos. ¿Qué le parece, le gusta? Las lágrimas
se agolparon en mis ojos y le contesté que era el momento más maravilloso de mi
vida. El Dr. Clasp me dio un golpecito en la espalda y exclamó jovialmente:
Mire, yo no soy el Dr. Clasp sino el Dr. Habakkuk, y nunca fui a los Montes
Cárpatos. Este episodio ha sido una faceta de nuestro análisis, siguiendo la
pauta de sus respuestas.
Louisiana se asombró al
ver el cambio operado en mi persona. ¿Eres tú, de veras? Te lo demostraré, le
contesté y la monté con mi antiguo impulso prehistórico, jadeando y mordiéndole
los pechos, pero se desprendió de mí con un hábil tirón de la pelvis y salió
corriendo de la habitación. Nunca más me volverás a ver, gritaba, pero yo me
encogí de hombros y le contesté; ¿Y a mí qué me importa? Puedo tener muchísimas
como tú. En efecto, nunca más la volví a ver.
Cuadro I
COMPOSICIÓN DE DIETA ISOCALÓRICA
Sustancia Composición
Harina de cebada 70.0
Menudillos finamente cortados 20.0
Extracto de soja
7.5
Sal 0.5
Piedra caliza molida 0.5
Harina de huesos esterilizados 1.0
«Eves» N.° 32 (muy digestivo) 0.25
Actitudes probables al descubrir que a uno lo han arrancado de
su exacta matriz cultural:
a) Temor
b) Indignación
c) Incredulidad
d) Incertidumbre
e) Agresividad
f) Retirada
g) Impulsos masturbatorios
h) Indiferencia
i) Recelo
j) Ninguna de éstas.
Ahora todos han vuelto a
cambiar al nuevo modelo. Sucedió gradualmente en unos meses, pero la transición
ya ha terminado. Las cejas pobladas, las mejillas marcadas de viruelas, el
pecho velloso. Es lo último que se lleva. Camino por las calles atestadas y por
dondequiera que vuelvo la vista veo rostros que reflejan mi antigua asimetría.
Sólo yo no soy asimétrico y nunca más lo seré. Soy simétrico y perfecto y soy
el único. No encuentro al Dr. Nabakkuk y el Dr. Clasp se fue a los Pirineos. El
senador Mandragore quedó aniquilado en la primera prueba, así que debo quedarme
hermoso entre ellos. Todos son iguales: labios gruesos, dientes desiguales,
narices de porra. ¡Cómo los desprecio! Yo soy el único rubio y todos se burlan
de mí por su metamorfosis. Todos se ríen de mí. De Mííí.
GRAVEDAD
CERO
Ben Bova
He aquí una historia
detallada y verosímil de un programa espacial de nuestro cercano futuro, y de
un astronauta que quería experimentar y ser el primero en un nuevo sentido: el
del sexo en caída libre. Pero para eso necesitaba a una mujer, y esta historia
también nos habla de ella.
Joe Tenny parecía un
defensa central de los Steelers de Pittsburgh. Sentado en las frías sombras del
bar del Astro Motel, moreno, de complexión atlética y rostro ceñudo, con un
humeante puro, no se le tomaría nunca por uno de los pájaros más raros de todos:
un buen ingeniero y a la vez un buen oficial militar.
–Buenas tardes, mayor.
Tenny se volvió en su
taburete para observar al viejo Cy Calder, el decano de los periodistas del
servicio de prensa que cubría las noticias de la base.
–Hola. ¿Quiere una copa?
–Estoy trabajando
–contestó Calder, con dignidad.
Pero sentó su estructura
antiguamente larguirucha sobre el taburete más próximo.
–Escocés doble –ordenó
Tenny al barman–. Y vuelva a ponerme otro a mí.
–Un oficial y un
caballero –murmuró Calder.
Su voz era grave, como
correspondía a la expresión de su rostro.
Cuando el barman les
sirvió las bebidas, Tenny dijo:
–Quiere saber quién se ha
llevado la misión, ¿verdad?
–Ya le dije que estaba
trabajando.
Tenny sonrió
burlonamente.
–¿Mantendrá la boca
cerrada hasta mañana? –pregunto–. Será entonces cuando Murdock haga el anuncio
oficial, en su conferencia de prensa.
–Si me puede ahorrar el
tedio de escuchar al buen coronel durante dos horas para escuchar al fin un
solo nombre, le pagaré la próxima ronda, le limpiaré los 'zapatos durante un
mes, y me las arreglaré para perder alguna que otra mano de póquer con usted.
–¡Que me cuelguen si hace
eso!
Calder se encogió de
hombros. Tenny bebió un largo trago de su bebida. Calder hizo lo mismo.
–Está bien. De todos
modos, se va a enterar. Pero no se lo diga a nadie hasta el anuncio de Murdock.
Va a ser Kinsman.
Calder dejó
cuidadosamente un vaso sobre el mostrador.
–¿Chester A. Kinsman, el
orgullo de la Fuerza Aérea? Eso algo difícil de creer.
–Murdock lo escogió.
–Sé que esta misión sólo
se lleva a cabo por motivos estrictamente publicitarios –observó Calder–, ¿pero
Kinsman? ¿En órbita durante tres días con la más hermosa mujer de la revista
Life? ¿Qué quiere Murdock: publicidad o una denuncia por paternidad?
–Vamos, Chet no es tan
malo...
–¿Conque no, eh? Por las
historias que he oído contar sobre las pocas semanas que pasaron en el centro
de la NASA, Kinsman parece que hizo de todo desde Berkeley a North Beach.
–Es joven y bien parecido
–replicó Tenny–. Y las mueres no han tenido muchos astronautas con los que
jugar. El equipo de la NASA es una banda de viejos comparados con mis
muchachos. Pero Chet es el mejor del grupo, de eso cabe la menor duda. Calder
parecía no estar muy convencido. –Escuche. Cuando estábamos entrenándonos en
Edwards, sabe lo que hizo Kinsman? Construyó un biplano; una réplica exacta de
un caza «Spad». De la punta a la cola. Es un ciudadano sólido.
–Sí, y después jugó a ser
el Barón Rojo durante seis semanas. ¿No se metió en ningún problema por hacer
zumbar un avión?
La respuesta de Tenny
quedó ahogada por una explosión palabras y risas. Media docena de jóvenes
enjutos y ágiles, vestidos con el color azul de la Fuerza Aérea –todos ellos
capitanes–, bajaron por las escaleras alfombradas que conducían al bar.
–Ahí están –dijo Tenny–.
Usted mismo se lo puede preguntar a Chet.
Kinsman no parecía
diferenciarse de los otros astronautas de la Fuerza Aérea. De un metro ochenta
y cinco de estatura, delgado, con esa agilidad que da la juventud, con el pelo
moreno corto, al estilo militar, unos ojos azul-grisáceos y un rostro alargado
y huesudo. Sonreía ampliamente en aquellos momentos, mientras él y otros cinco
astronautas ocupaban sus sillas en una esquina del bar y pedían sus bebidas al
único camarero.
Calder tomó la suya y fue
hacia la mesa, seguido por el mayor Tenny.
–A callar –dijo uno de
los capitanes–. Ahí viene la prensa.
–Máxima seguridad.
–¿Cómo, muchachos?
–preguntó Calder, tratando de dar a su voz rasposa el matiz de quien se siente
herido–. ¿Es que no confían en mí?
Tenny acercó una silla al
periodista y tomó otra para sí. Sentándose a horcajadas en ella, dijo a los
capitanes:
–Todo está bien. Yo mismo
se lo dije.
–¿Cuánto le ha pagado,
jefe?
–Eso queda entre él y yo.
Cuando el camarero llevó
una bandeja de bebidas, Calder dijo:
–Dejen que el cuarto
estado pague por esto, caballeros. Quiero sacarles alguna información.
–Puede que eso requiera
unas cuantas rondas más.
Dirigiéndose a Kinsman,
Calder le dijo:
–Felicidades, muchacho.
El coronel Murdock debe tener un alto concepto de usted.
Kinsman se echó a reír.
–¿Murdock? Debería haber
visto su cara cuando me dijo que iba a ser yo.
–Parecía como si
estuviera chupando limones.
–La elección para este
vuelo se hizo principalmente a través de una computadora –explicó Tenny–.
Murdock quería ser absolutamente justo, así que dio a la computadora los
informes de cada uno y de todos ellos salió el nombre de Kinsman. Si no hubiese
armado tanto jaleo con eso de ser imparcial, podría haber barajado las cartas
de nuevo para volverlo a intentar. Pero yo mismo estaba allí cuando la máquina
terminó su trabajo, de modo que no pudo hacer nada para evitarlo.
–Muy bien –dijo Calder,
sonriendo burlonamente–. En este caso, Chet, la computadora tiene un alto
concepto de usted. Supongo que eso sigue siendo una especie de honor.
–Más bien un privilegio.
He estado observando a esa del Life durante todo su entrenamiento. Está en su
punto.
–Aún tendrá mejor aspecto
cuando esté en órbita.
–Una vez que se quite el
traje presurizado..., etcétera.
–¿Eh, sabes? Nadie lo
hizo antes en órbita.
–Sí..., caída libre,
gravedad cero. Kinsman pareció pensativo.
–Eso añade una nueva
dimensión al problema, ¿no es cierto?
–Tridimensional –dijo
Tenny, apartando de los labios la colilla del puro y echándose a reír.
Calder se levantó con
lentitud de su silla e hizo callar a os demás. Después, mirando orgullosamente
a Kinsman, dijo:
–Muchacho... en 1915, en
Londres, me convertí en miembro del Mile High Club. A una altura de exactamente
1.609 metros, mientras dábamos vueltas alrededor de la catedral de San Pablo,
logré penetrar con éxito a una enfermera del ejército en una cabina abierta...
a pesar de las antiparras oscuras, de los barrios obreros y de un viento
bastante fuerte.
»Desde entonces ha habido
muy poco más que anhelar. ¡Los que lo hacían bajo el mar, abrieron una nueva
frontera, ¡pero, en realidad, están en retroceso. Cualquier delfín tonto puede
hacerlo en el agua.
»Pero ahora tiene usted
algo realmente nuevo: falta de peso. Flotando en caída libre, cogiéndose la
cola en tres dimensiones. ¡Eso sí que excita la imaginación!
–Kinsman, le paso la
antorcha. ¡Por el fundador del Club (Gravedad Cero!
Como un solo hombre,
todos se levantaron y brindaron solemnemente por el capitán Kinsman.
Al volverse a sentar, el
mayor Tenny hizo explotar el globo.
–Muchachos, no le habéis
concedido a Murdock el beneficio de una gran inteligencia. ¿No pensaréis que va
a dejar que Chet suba con esa guapa, toda para él solo, verdad?
El rostro de Kinsman se
ensombreció. Los de los demás se iluminaron.
–¡Será una misión de tres
hombres!
–Dos hombres y la guapa.
–Bueno, no empecéis a
quedaros extasiados como tontos –advirtió Tenny–. Murdock quiere una
acompañante, no el ayudante de un violador.
Fue Kinsman quien lo
comprendió primero. Echándose hacia atrás en su silla, hundiendo la barbilla en
el pecho, murmuró:
–¡Hijo de perra..., va a
enviar a Jill!
Se produjeron unas
risotadas colectivas.
–Murdock lo decidió hace
apenas una hora –dijo Tenny–. Le molestaba que te hubiera tocado a ti, Chet,
así que se le ocurrió la idea del acompañante. También te va a proporcionar
algunas buenas tareas que hacer, para mantenerte ocupado. Como ocuparte de la
vaina energética.
–Jill Meyers –dijo con
disgusto uno de los capitanes.
–Está cualificada, y ha
estado ocupándose de la chica de Life durante todo el entrenamiento. Apostaría
a que ella sabe más de la misión que cualquiera de vosotros.
–Debería saberlo.
–En realidad –añadió
Tenny, maliciosamente–, creo que ella es el capitán más veterano entre novatos
como vosotros.
Ante esto, Kinsman sólo
tuvo un comentario que hacer:
–Mierda.
El rugido que hacía
retemblar los huesos y la vibración del despegue, desaparecieron de repente.
Sentado en el puesto adaptado a su cuerpo, vigilando los grupos de diales e
instrumentos situados a pocos centímetros de sus ojos, Kinsman pudo sentir cómo
disminuían la presión y la tensión. No es que regresaran a normal. Sino a cero.
Ya no se sentía aplastado contra el asiento, sino que sólo parecía tocarlo
ligeramente, como si flotara en él, sujeto únicamente por sus correas.
Era la cuarta vez que
sentía la ingravidez. Y eso aún le hacía sonreír en el interior del incómodo
casco.
Sin pensarlo, tocó un
botón de control situado en el brazo de su sillón. Un reactor de maniobra se
puso en marcha brevemente y el bulto pesado y maravilloso del planeta Tierra
apareció ante él a través de la portezuela situada frente a Kinsman. Se curvaba,
enorme y sereno, azul en su mayor parte, pero ligeramente envuelto por la más
pura capa de nubes, hermoso, pacífico, brillante.
Kinsman podría haberse
quedado observándolo eternamente, pero escuchó sonidos de movimiento en sus
audífonos. Las dos mujeres estaban sentadas detrás de él, una al lado de la
otra. La cabina de la nave espacial tenía el aspecto del interior de un submarino:
los tres asientos estaban instalados entre hileras de instrumentos y equipo.
Jill Meyers, que llegó al
programa astronáutico a través del
Departamento Médico Aeroespacial, era oficialmente la segundo piloto y
la oficial biomédico. Y Kinsman sabía que también era dama de compañía. La
fotógrafo Linda Symmes era, simplemente, una pasajera.
Los audífonos de Kinsman crepitaron en una incorpórea unión con
la Tierra.
–AF-9, aquí control
Tierra. Les hemos confirmado en órbita. Trayectoria nominal. Funcionan todos
los sistemas.
–Comprobado –dijo Kinsman
por el micrófono del interior de su casco.
La voz, que ya empezaba a
desvanecerse, adquirió un tono coloquial ordinario.
–Parece que estás en buen
camino, Chet. Obtendremos los parámetros orbitales de la computadora y te los
daremos cuando pases Ascensión. Probablemente, no tendrás que hacer muchas
maniobras para la cita con el laboratorio.
–Bien. Aquí, en el panel,
todo está verde.
–De acuerdo. Control
Tierra fuera –débilmente, la voz añadió–: ¡Ah...! y buena suerte, Padre
Creador.
Kinsman sonrió
burlonamente al escuchar esto. Levantó el visor de su casco, desabrochó las
correas y se volvió en el asiento.
–Muy bien, chicas, podéis
quitaros los cascos, si queréis.
Jill Meyers levantó el
visor y empezó a soltar las sujeciones del cuello del casco.
–Lo haré yo primero
–dijo–, y así podré ayudar después a Linda con el suyo.
–¿Seguro que no
necesitáis ninguna ayuda? –ofreció Kinsman.
Jill se quitó el casco.
–He estado en órbita más
tiempo que tú. ¿Y no deberías estar prestando toda tu atención a los
instrumentos?
De modo que es así como
van a ir las cosas, pensó Kinsman.
El rostro de Jill era
redondo y chato y parecía tan brillante como una moneda recién acuñada. Tenía
la nariz chata, la boca amplia y el pelo corto, de un color moreno más bien
mediocre. Kinsman sabía que, bajo el traje presurizado, había una figura que, en
el mejor de los casos, podía ser descrita como ordinaria.
Linda Symmes ya era una
cuestión totalmente distinta. Se había levantado el visor de su casco y le
estaba mirando fijamente con unos grandes ojos azules en los que se combinaba
la curiosidad femenina con un ligero matiz de desamparo. Era alta, casi tanto
como el propio Kinsman, con un cabello espeso, del color de la miel y un cuerpo
que él ya había memorizado hasta su última curva. Utilizando su tono de voz más
dulce, ella dijo:
–Creo que voy a sentir
náuseas.
–¡Oh, por...!
Jill se inclinó hacia el
compartimiento situado entre sus dos asientos.
–Ya me haré cargo de
esto. Tú, mantén tu atención en los controles.
Y sacó una bolsa de
plástico blanco, acoplándola al rostro de Linda.
Estremeciéndose ante el
pensamiento de lo que podía suceder en gravedad cero, Kinsman se volvió al
panel de control. Se cerró el visor de su casco y elevó el acondicionador de
aire del interior de su traje, tratando de no escuchar los desagradables sonidos
producidos por los esfuerzos de Linda.
–¡Por el amor de Dios,
desconecta su radio! –gritó–. ¿Es que quieres que yo también lo eche todo?
–AF-9, aquí Ascensión.
Intentando alejar de su
mente lo que estaba sucediendo tras él, Kinsman apretó el interruptor de
comunicaciones de su panel.
–Adelante, Ascensión.
Durante la hora
siguiente, Kinsman agradeció a los dioses el tener muchas cosas que hacer.
Adaptó la órbita de la nave espacial de tres tripulantes a la del laboratorio
orbital de la Fuerza Aérea, que hacía ya más de un año que estaba ahí arriba y
que era ocupado intermitentemente por tripulaciones de dos o tres hombres.
El laboratorio tenía una
forma casi cilíndrica, silueteada contra el blanco brillante de la Tierra,
cubierta de nubes. A medida que fue acercando más la nave espacial, Kinsman
pudo ver las antenas, las esclusas de aire y otros fragmentos de instrumentos extraños
que se habían acumulado sobre ellas. A cada viaje parece más un montón de
trastos viejos. Situado tras él, sin conexión alguna, se encontraba el cono
macizo de la nueva vaina energética.
Kinsman dio una vuelta alrededor del laboratorio, utilizando
hábiles chorros de sus jets de maniobra. Tocó un interruptor de señal de mando
y el radar de encuentro del laboratorio se puso en marcha, lo que se anunció
mediante una luz que se encendió en su panel de control.
–Todos los sistemas
verdes –informó a control de Tierra–. Todo parece correcto.
–Roger, nueve. Camino
libre para el contacto.
Eso era algo más
delicado. Puedes estar agradecido de que Jill sea capaz de leer la
computadora...
–Distancia, ochenta y
ocho metros –sonó con firmeza la voz de Jill en sus audífonos–. Ángulo de
aproximación...
Instintivamente, Kinsman
se volvió, pero su casco le impidió ver nada.
–¿Eh, cómo está tu
paciente?
–Vacía.
Le di un sedante. Está dormida.
–Muy bien –dijo Kinsman–.
Hagamos el atraque.
Dirigió poco a poco la
nave espacial hacia el cuello de atraque, situado en uno de los extremos del
laboratorio, penetró en él, estableciendo contacto, y después vio que las luces
del panel le confirmaban un atraque seguro.
–Será mejor que le
cierres la cremallera a la Bella Durmiente –le dijo a Jill, mientras apretaba
los botones que extendían el acceso flexible, en forma de túnel, desde la
escotilla situada sobre sus cabezas, hasta la escotilla principal del
laboratorio. Cuando el túnel se acopló herméticamente alrededor de la escotilla
del laboratorio, las luces del panel cambiaron de ámbar a verde.
–Se supone que debo
comprobar el túnel –dijo Jill.
–Quédate donde estás. Ya
lo haré yo.
Cerrando herméticamente
el visor de su casco, Kinsman se desabrochó y se elevó sin el menor esfuerzo
del asiento, chocando ligeramente con su casco contra la escotilla situada
sobre él.
–¿Estáis las dos
herméticamente cerradas?
–Sí.
–Vigila el manómetro de
aire.
A continuación, abrió la
escotilla unos pocos milímetros.
–Presión correcta. No hay
luces rojas.
Con un gesto de
asentimiento, Kinsman abrió la escotilla por completo. Se elevó con facilidad,
atravesándola y penetrando en el túnel, tan ancho como sus hombros,
impulsándose a lo largo de su curvada longitud mediante unos pocos golpes
rápidos de sus dedos contra las nervaduras de las paredes.
Ligero y suave, se recordó a sí mismo. Nada de movimientos amplios ni
repentinos.
Cuando llegó a la escotilla del laboratorio, giró lentamente
como un nadador rodando perezosamente sobre sí mismo é inspeccionó cada
centímetro del cierre hermético del túnel a la luz de la lámpara de su casco.
Satisfecho, al ver que estaba perfectamente acoplado, abrió la escotilla del
laboratorio y se introdujo en el interior. Cuidadosamente, tocó con sus botas
ligeramente adhesivas el suelo de plástico y se puso de pie. Sus brazos
mostraban tendencia a flotar, pero tocaron las estanterías de equipo situadas a
ambos lados del estrecho pasillo central. Kinsman encendió las luces interiores
del laboratorio, comprobó el suministro de aire, los manómetros de presión y de
temperatura, y después se elevó hacia la escotilla y volvió a introducirse en
el túnel.
Penetró a continuación en
la nave espacial, con la cabeza hacia abajo y tuvo que contornearse después con
lentitud alrededor del asiento del piloto para recuperar su postura «normal».
–El laboratorio está bien
–dijo, finalmente–. ¿Cómo diablos vamos a hacerla pasar por el túnel?
Jill ya había
desabrochado los cinturones que sujetaban a Linda por los hombros.
–Tú tiras de ella y yo la
empujo. Deberá doblarse bien alrededor de las esquinas.
Y lo hizo.
El laboratorio tenía
aproximadamente la forma y el tamaño del interior de un pequeño avión de
transporte. En un lado y a lo largo de casi toda su longitud había estanterías
de instrumentos, equipo de control y la computadora, zumbando casi
inaudiblemente, por detrás de ligeros paneles de plástico. A través del
estrecho pasillo de separación estaban los puestos de trabajo de la
tripulación: mesa de control, dos portillas de observación y bancos de trabajo
de biología y astrofísica. En el extremo más alejado, tras una discreta
cortina, se encontraba la letrina y una sola hamaca.
Kinsman se sentó ante la
mesa de control, vestido ahora con su traje de faena, con una pierna enganchada
alrededor de la única columna de soporte de la silla de tejido, para impedir la
flotación de su cuerpo. Estaba realizando una comprobación formal de todos los
sistemas vitales del laboratorio: aire, agua, calor, energía eléctrica. En el
panel central, todo eran luces verdes. El equipo de comunicaciones Verde. La
pantalla de radar situada a su izquierda mostraba una única y gran señal visual
cercana: la vaina energética.
Levantó la mirada cuando
Jill salió del espacio donde estaba la litera, apartando la cortina. Aún
llevaba puesto su traje presurizado, y sólo se había quitado el casco.
–¿Cómo está ella?
Con aspecto de estar
cansada, contestó Jill:
–Muy bien. Sigue
durmiendo. Creo que estará bien cuando-se despierte.
–Será mejor que sea así.
No voy a dejar que deambule por aquí una flor marchita. Daría la misión por
terminada.
–Dale una oportunidad,
Chet. Sólo perdió el control cuando-se sintió afectada por la caída libre. Ni
todo el entrenamiento del mundo puede prepararle a una para esos primeros pocos
minutos.
Kinsman recordó su propio
y primer vuelo orbital. No se interrumpe. Va uno cayendo. Es como esquiar o
lanzarse en paracaídas. Pero mucho mejor.
Jill tomó impulso hacia
él, agarrándose con firmeza a las sillas situadas frente a los bancos de
trabajo y a los manillares-instalados en las estanterías de equipo. Kinsman se
levantó y tomó impulso hacia ella.
–Vamos, déjame que te
ayude a quitarte el traje.
–Puedo hacerlo yo Sola.
–Cállate.
Varios minutos después,
Jill se había librado del abultado-traje y estaba sentada en una de las sillas,
vestida con su traje de faena. Agachándose ligeramente debido a la curvatura
que tenía sobre él, Kinsman se metió en el hueco que hacía de cocina. Tenía
aproximadamente la mitad de anchura una cabina telefónica, aunque no era ni tan
profunda ni tan elevada.
–¿Café, té o leche?
–Zumo de naranja
–contestó Jill, sonriéndole burlonamente.
–Eres una chica difícil
de satisfacer –comentó Kinsman, .sacando una bolsa de zumo concentrado.
–No, no lo soy. Es fácil
llevarse bien conmigo. Como si fuera un compañero más.
Sintiéndose ligeramente
extrañado, Kinsman le tendió la bolsa de zumo de naranja.
Durante las dos horas
siguientes, comprobaron con todo detalle el funcionamiento del equipo del
laboratorio. Kinsman estaba montando de nuevo una cámara de elevado grado de
separación óptica, tras haberla limpiado. Las partes de la cámara permanecían
suspendidas en el aire, a su alrededor, mientras él permanecía sentado,
trabajando intensamente y Jill se encargaba de inspeccionar y cuidar un
filodendro de aspecto descuidado que surgía del banco de biología,
extendiéndose hacia los paneles luminosos del techo. En aquel momento, Linda
apartó la cortina del dormitorio y penetró con paso indeciso, en el
compartimiento principal.
Jill fue la primera en
darse cuenta de su presencia.
–¡Hola! ¿Cómo te
encuentras?
Kinsman levantó la
mirada. Ella llevaba puesto un traje muy ajustado. Kinsman casi saltó de su
silla, hacia ella, desparramando las partes de la cámara en todas direcciones.
–¿Estás bien? –preguntó.
–Creo que sí –contestó
ella, sonriendo tímidamente–. Me siento bastante avergonzada... –su voz era
alta y suave.
–¡Oh, no pasa nada! –se
apresuró a decir Kinsman–. Eso les sucede prácticamente a todos. Yo mismo tuve
náuseas la primera vez que entré en órbita.
–Eso no es más que una
pequeña mentira para que te sientas como en casa –dijo Jill, recogiendo una
lente que se desplazaba lentamente por el techo.
Kinsman hizo un verdadero
esfuerzo para no fruncir el ceño. ¿Por qué razón pretende Jill molestarme?
–Chet –dijo Jill–, será
mejor que recojas esas piezas de la cámara antes de que se desparramen tanto
que no las puedas encontrar.
Quiso espetarle una
contestación adecuada, pero lo pensó mejor y se limitó a contestar:
–Está bien.
Mientras terminaba el
trabajo con la cámara, le echó un buen vistazo a Linda. El color había vuelto a
su rostro y parecía firme, con los ojos claros, sin sentirse ni asustada ni
enojada. Quizá, después de todo, esté bien. Jill le preparó una taza de té, que
ella bebió sorbiendo por el pitorro de plástico.
Kinsman se dirigió hacia
el panel de control e inspeccionó el horario del programa de la misión.
–¡En, Jill! Ya es hora de
marcharte a la cama.
–En realidad, no tengo
mucho sueño –dijo ella.
–Quizá. Pero has tenido
un día muy atareado, pequeña. Y mañana aún lo será más. Ahora debes dormir tus
cuatro horas y después yo dormiré las mías. Tenemos que estar frescos para el
apareamiento
–¿Apareamiento? –preguntó
Linda desde su asiento, en el extremo más alejado del pasillo, a unas buenas
cinco zancadas de Kinsman; entonces, lo recordó–: ¡Oh...! ¿Se refiere a la
unión de la vaina con el laboratorio?
Evitando media docena de
posibles bromas, Kinsman asintió.
–Actividad
extravehicular.
De mala gana, Jill se
levantó de su silla.
–Está bien, me acostaré.
Estoy cansada, pero en realidad siempre tengo la impresión de no poder dormir
aquí.
Me pregunto cuánto le
habrá dicho Murdock. Sin duda alguna, está actuando como una dama de compañía.
Jill se metió en el
dormitorio y cerró la cortina con firmeza. Tras unos momentos de silencio,
Kinsman se volvió hacia Linda.
–Finalmente solos.
Ella le sonrió.
–¡Vaya! Resulta que estás
sentada precisamente donde tengo que instalar esta cámara –dijo, dando un
pequeño impulso al aparato terminado, de modo que éste flotó hacia ella, con
suavidad.
Linda se levantó con
cuidado y lentitud y permaneció tras la silla, agarrándose al respaldo con las
dos manos, como si tuviera miedo de caerse. Kinsman se deslizó en la silla y
detuvo el ligero movimiento de la cámara con una mano. Mientras trabajaba en el
mamparo de sujeción, preguntó:
–¿Te sientes bien, de
verdad?
–Sí, de veras.
–¿Crees que podrás ir a
EVA mañana?
–Espero que sí... Quiero
salir contigo.
Y a mí más bien me
gustaría estar dentro contigo.
Kinsman sonrió con sorna mientras trabajaba.
Una hora después estaban
sentados el uno al lado del otro frente a una de las portillas de observación,
mirando hacia la masa curvada de la Tierra, contemplando el esplendor azul y
blanco del Pacífico, salpicado de nubes. Kinsman acababa de informar a la
estación terrestre de Hawai. El plan de vuelo de la misión permanecía
suspendido en el aire, entre ellos, sujeto a una tablilla. Él estaba tratando
de estudiarlo, comparando los momentos en que Jill estaría durmiendo con los
largos espacios de tiempo que se extendían entre un contacto y otro con las
estaciones terrestres, cuando no existiría la menor posibilidad de ser
interrumpido.
–Eso de ahí, ¿es tierra?
–preguntó Linda, señalando hacia un espeso grupo de nubes que envolvían el
horizonte.
Levantando la mirada del
plan de vuelo, Kinsman contestó:
–Es la costa
sudamericana. Chile.
–Allí hay otra estación
de seguimiento.
–Es de la NASA. No
pertenece a nuestra red. Nosotros sólo utilizamos estaciones de la Fuerza
Aérea.
–¿Por qué se hace así?
–Es ese Murdock, jugando
a los soldados –contestó, notando cómo aparecía una expresión fruncida en su
rostro–. Se supone que ésta es una operación estrictamente militar. No es que
hagamos nada parecido a la guerra. Pero funcionamos como si no existiera ninguna
estación civil para ayudarnos. La mierda usual de cada dos por tres.
–¿No estás de acuerdo con
el coronel? –preguntó ella, sonriendo.
–En los últimos tiempos
sólo ha hecho una cosa con la que estoy totalmente de acuerdo.
–¿Qué es?
–Traerte a ti aquí
arriba.
La sonrisa permaneció en
su cara, pero sus ojos se apartaron.
–Ahora pareces estar
hablando como un soldado.
–¿No como un oficial y un
caballero?
Linda volvió a mirarle
directamente a los ojos.
–Cambiemos de tema.
–Claro –admitió Kinsman,
encogiéndose de hombros–. Está bien. Tú estás aquí para escribir un reportaje.
Murdock quiere que la Fuerza Aérea tenga tanta publicidad como la NASA. Y el
Pentágono quiere mostrarle al mundo que no tenemos a bordo ningún arma. Somos
militares, claro, pero militares amables.
–¿Y tú? –preguntó Linda,
ahora seria–. ¿Qué quieres tú? ¿Cómo puede un capitán de la Fuerza Aérea entrar
a formar parte de los cadetes del espacio?
–Del mismo modo que
sucede todo... se está en un lugar determinado en un momento concreto. Me
dijeron que iba a ser astronauta. Todo formaba parte de mi trabajo... hasta mi
primer vuelo orbital. Ahora, es un estilo de vida.
–¿De veras? ¿Por qué es
así?
–Espera a que salgamos
fuera –contestó, sonriendo burlonamente–. Entonces sabrás el porqué.
Jill volvió a salir a la
cabina principal precisamente a la hora exacta que marcaba el programa, y a
Kinsman le llegó el turno de irse a dormir. En la Tierra raras veces tenía
dificultades para dormir, y cuando estaba en órbita nunca. Pero ahora, mientras
se abrochaba las mangas de presión alrededor de brazos y piernas, se preguntó
cuál sería la reacción de Linda cuando estuviera fuera. Los médicos insistían
en que se pusieran aquellas mangas, afirmando que ejercitaban el sistema
cardiovascular mientras uno dormía.
Maldita y estúpida
molestia, gruñó Kinsman para sí
mismo. Seguro que fue idea de algún médico de tierra que no sabía como
hacerse famoso.
Finalmente, se introdujo
en la hamaca, que parecía un suave capullo, cerrando la cremallera y entornando
los ojos, pudo sentir el suave bombeo producido por las mangas de presión. Su
último pensamiento consciente fue la inoportuna preocupación de que Linda
pudiera sentirse aterrorizada ante EVA.
Cuando se despertó y
Linda ocupó su turno de sueño en la hamaca, habló del asunto con Jill.
–Creo que estará bien,
Chet. No utilices esos primeros minutos pasados en ingravidez en contra de
ella.
–No sé. Aquí arriba sólo
hay dos clases de personas: o le encanta a uno, o se siente uno cag... bueno,
muy asustado. Y so es algo que no se puede fingir. Si se pone a hacer el mono
ahí fuera...
–No lo hará –dijo Jill
con firmeza–. Y, de todos modos, estarás allí para ayudarla. Le he dicho que no
saldrá mientras tú no hayas terminado con la tarea de apareamiento. Ella quería
haberte tomado fotografías mientras estabas trabajando, pero se las arreglará
con unas pocas exposiciones fijas.
Kinsman asintió con un
gesto, pero la preocupación permaneció. Me pregunto si la enfermera del
ejército de Calder tenía miedo a volar.
Se estaba poniendo las
botas, apretando su pie libre contra la estantería de equipo para impedir que
flotara, cuando Linda salió del dormitorio.
–¿Preparada para dar una
vuelta a la manzana? –le preguntó.
Ella sonrió y asintió sin la menor duda.
–Lo espero con
impaciencia. ¿Puedo tomarte algunas fotos cuando te cierres la cremallera de tu
traje?
Después de todo, quizás
esté bien.
Por fin, quedó
herméticamente encerrado en el traje de presión. Linda y Jill permanecieron
atrás, mientras Kinsman se deslizó hacia la escotilla-esclusa de aire. Se
encontraba en el suelo, al final de la cabina donde estaba atracada la nave
espacial. Ayudado por Jill, se introdujo por la esclusa de aire y cerró la
escotilla. La propia cámara de aire tenía el tamaño de un ataúd. Kinsman medio
tenía que doblarse para moverse alrededor de ella. Comprobó su traje y después
hizo expulsar el aire de la cámara. Entonces, estuvo preparado para abrir la
escotilla exterior.
Estaba bajo sus pies,
pero al abrirse, revelando las estrellas, la ingrávida orientación de Kinsman
se tambaleó, como si se tratara de una ilusión óptica y, de repente, tuvo la
sensación de estar de pie sobre su cabeza, mirando hacia arriba.
–Salgo ahora –dijo por el
micrófono de su casco.
–Muy bien –le contestó la
voz de Jill.
Salió cuidadosamente a
través de la escotilla abierta, agarrándose a su borde con una mano enguantada,
una vez que estuvo completamente fuera, del mismo modo que un nadador se agarra
a la barandilla durante un momento cuando se desliza por primera vez hacia
aguas profundas. Fuera. Haciendo oscilar lentamente su cuerpo, captó la inmensa
belleza de la Tierra, brillantemente iluminada incluso a través de su visor
oscuro. Más allá de su curvatura se extendía la oscuridad del infinito, con las
parpadeantes estrellas observándole con una imperturbable solemnidad.
Ahora estaba solo. Dentro
de su propio universo, apretado, autosuficiente, independiente de todo y de
todos. Podía cortar la línea umbilical portadora de vida que le unía al
laboratorio y flotar eternamente, siguiendo su propio impulso. Y estaría muerto
al cabo de dos minutos. ¡Ah, ahí está el problema!
En lugar de hacer lo que
pensaba, desenfundó la pequeña pistola de gas de su cinturón y, arrastrando el
umbilical, avanzó a chorro hacia la vaina energética. Ésta permanecía
suavemente suspendida tras el laboratorio, en forma de un cono truncado, más
corto, pero más grueso que el propio laboratorio, con uno de sus bordes
brillantemente iluminado por el Sol, y con el resto bañado en la luz más suave
reflejada por la parte de la Tierra donde ahora era de día.
La tarea de Kinsman
consistía en inspeccionar la vaina energética, comprobar su equipo y finalmente
acoplarla al sistema eléctrico del laboratorio. No había necesidad de conectar
físicamente los dos cuerpos, puesto que lo único que debía hacer era enlazar un
par de cables de energía entre ellos. En la propia vaina energética se habían
construido todos los instrumentos necesarios para realizar la tarea
–herramientas, líneas energéticas, instrumentos de comprobación–, en espera de
que un hombre los utilizara.
En la Tierra habría sido
un trabajo muy simple. Pero en la gravedad cero, resultaba complicado. El más
ligero movimiento de cualquier parte del cuerpo le desplazaba a uno. Había que
luchar contra todos los hábitos innatos de una vida; había que trabajar constantemente
para mantenerse en el lugar correcto. Era fácil quedar agotado en gravedad
cero.
Kinsman aceptaba todo
esto sin dedicarle apenas un pensamiento consciente. Trabajó con lentitud,
metódicamente, utilizando tan poco movimiento como le era posible, dejándose
deslizar ligeramente hasta que un movimiento más o menos natural de su cuerpo
actuaba en sentido opuesto y volvía a impulsarle en dirección contraria. Cabalga
sobre las olas, con lentitud y facilidad. Existía un ritmo en su trabajo,
el ritmo ensoñador natural de la ingravidez.
Sus audífonos permanecían
silenciosos y él no dijo nada. Todo lo que escuchaba era el susurro de los
soplos de aire del traje, así como el de su propia y firme respiración. Todo lo
que veía era su trabajo.
Finalmente, regresó con
propulsión a chorro hacia el laboratorio, remolcando el par de gruesos cables.
Encontró los conectores que le esperaban en la pared lateral del laboratorio e
insertó las clavijas de los cables. Te nombro fuente de energía del
laboratorio. Inspeccionó las luces de comprobación, situadas a lo largo de
los conectares. Todas estaban verdes. Que produzcas muchos kilovatios.
Balanceándose de un
manillar a otro, a lo largo de la longitud del laboratorio, recorrió el camino
que le separaba de la esclusa de aire.
–Bien, ya está listo.
¿Cómo está Linda?
–Preparada –replicó Jill.
–Hazla salir.
Ella salió con lentitud,
haciendo oscilar con vacilación los pies, que fueron los primeros en aparecer
por la esclusa de aire de aspecto bulboso. Eso le recordó a Kinsman una
película en la que se observaba cómo paría una ballena.
–Bienvenida al mundo real
–le dijo cuando su cabeza surgió por la escotilla de la esclusa.
Ella se volvió para
contestarle y él escuchó su boqueada de asombro y se dio cuenta de que él le
gustaba a ella.
–Es... es...
–Asombroso –le sugirió
Kinsman–. Y mírate a ti misma... sin necesidad de manos.
Linda flotaba libremente,
con el traje presurizado cargado con cámaras y el umbilical flexionándose con
suavidad tras ella. Kinsman no podía ver su rostro a través del visor oscuro,
pero pudo escuchar el asombro en su voz, e incluso en su respiración.
–No he visto nunca nada
tan absolutamente abrumador... Y entonces, de repente, toda ella fue actividad,
buscando una cámara, enfocando hacia la Tierra y las estrellas y la distante
Luna, y haciendo fotografías con rapidez. Se movía con excesiva rapidez y
empezó a dar volteretas. Kinsman se impulsó hacia ella con su pistola a chorro
y la mantuvo firme, sosteniéndola por los hombros.
–¡Eh, tómalo con calma!
No van a desaparecer. Y dispones de mucho tiempo.
–Quiero hacerte algunas
fotografías junto al laboratorio. ¿Puedes volver a la vaina y hacer algunos de
los movimientos que hiciste mientras trabajabas?
Kinsman posó para ella,
contestó sus preguntas, rescató una cámara cuando se le escapó de entre las
manos y no la pudo alcanzar mientras se alejaba de su lado.
–Aquí fuera no resulta
fácil juzgar las distancias –le dijo, devolviéndole la cámara.
Jill les llamó dos veces, pidiéndoles que regresaran.
–Chet, ¡ya te has pasado
quince minutos del tiempo límite!
–Queda un buen margen de
tiempo en el programa. Nos podemos quedar aquí un poco más.
–Vas a conseguir que ella
termine agotada.
–Me siento muy bien, de
veras –dijo Linda con su voz lírica.
–¿Cuánta película te
queda? –le preguntó Kinsman.
–Seis fotos más
–contestó, tras mirar la cámara.
–Muy bien. Regresaremos
cuando las haya hecho, Jill.
–¡Se va a hacer de noche
dentro de cinco minutos!
Volviéndose a Linda, que
estaba flotando con la cabeza hacia abajo, con la Tierra cubierta de nubes tras
ella, le dijo:
–Guarda las fotos para la
puesta del Sol y cuando se produzca hazlas todas lo más rápidamente que puedas.
–¿La puesta de Sol?
¿Hacia dónde tengo que enfocar?
–Lo sabrás en cuanto se
produzca. Sólo observa. Se produjo con rapidez, pero Linda también lo fue. A
medida que el laboratorio oscilaba en su órbita hacia las sombras nocturnas de
la noche, el Sol cayó en el horizonte, lanzando unos pocos y espectaculares
momentos de los rojos y los naranjas más puros y finalmente un azul que
conmovía el corazón. Kinsman observó en silencio, escuchando la respiración de
Linda, que se hacía más rápida a medida que iba haciendo funcionar la cámara.
Después, quedaron
envueltos por la oscuridad. Kinsman encendió la lámpara de su casco. Linda
seguía allí, colgada, con la cámara aún en la mano.
–Es... imposible de
describir –su voz parecía vacía, agotada–. Si no lo hubiese visto... de no
haberlo captado en película. No creo que sea capaz de convencerme de que no
estaba soñando.
La voz de Jill sonó
ásperamente en los audífonos de Kinsman.
–¡Chet, entra! Estar ahí
fuera, en la oscuridad, va en contra de todas las reglas de seguridad.
Él miró hacia el
laboratorio. Las luces eran visibles a lo largo de su longitud y las portillas
aparecían iluminadas desde el interior. De no haber sido así, apenas si podría
haberlo distinguido, aunque sólo estuviese a unos pocos metros de distancia.
–Está bien, está bien.
Enciende la luz de la esclusa, para que podamos ver la escotilla,
Linda seguía murmurando cosas sobre la vista exterior mucho
después de haberse quitado los trajes presurizados, e incluso tras haber comido
bocadillos y dulces.
–¿Has estado alguna vez
ahí fuera? –le preguntó a Jill.
Sentada sobre el borde
del banco de biología, cerca de la colonia de ratas, Jill asintió con brevedad.
–Dos veces.
–¿No te parece
espectacular? Espero que salgan bien las fotos. Algunos de los mandos de la
cámara...
–Saldrán bien –afirmó
Jill–. Y si no es así, disponemos de un montón de fotos que puedes utilizar.
–¡Oh! Pero no tendríamos
las fotos de Chet trabajando en la vaina energética.
–¿Es que no vas a tomar
más fotos aquí? –preguntó Jill, encogiéndose de hombros–. Si quieres tomar
algunas fotos de verdaderos veteranos del espacio, tendrías que captar a estos
ratones. Hace ya varios meses que están aquí arriba, viviendo estupendamente y
criando familias. Y ellos no arman tanto jaleo por eso.
–Bueno, algunos de
nosotros hacemos cosas excitantes –dijo Kinsman–, y otros se dedican a cuidar a
las ratas.
Jill le dirigió una
mirada brillante.
Kinsman observó su reloj
de pulsera y dijo:
–Chicas, es mi hora de
descanso. He tenido un día agotador: mecánico, guía turístico y modelo para el
Life. Trabajo, trabajo y más trabajo.
Se deslizó junto a Linda
con una sonrisa, que mantuvo para Jill al pasar a su lado. Su mirada seguía
siendo brillante. Cuando se despertó de nuevo y regresó a la cabina principal,
Jill estaba hablando agradablemente con Linda, mientras las dos mujeres permanecían
inclinadas sobre el microscopio y la estantería de especímenes del banco de
biología.
Linda fue la primera en
verle.
–¡Hola! Jill me ha estado
enseñando las esporas que está estudiando. Y he fotografiado a los ratones.
Quizás salgan en la portada, en tu lugar.
–Te ha estado envenenando
la mente contra mí –comentó Kinsman, sonriendo burlonamente.
Pero en su interior, se
preguntó: ¿Qué diablos le habrá estado diciendo Jill sobre mí?
Jill tomó impulso hacia
el panel de control, recogió la tablilla donde estaba indicado el programa de
la misión y le dio un ligero impulso hacia Kinsman.
–Control de Tierra dice
que todas las comprobaciones de la vaina energética son verdes –le informó–.
Hiciste un buen trabajo.
–Gracias –dijo, cogiendo
la tablilla–, ¿A quién le toca descansar ahora?
–A mí –contestó Jill.
–Muy bien. ¿Se está
cociendo algo especial?
–No. Todo sigue el
horario previsto. La siguiente transmisión de información se producirá dentro
de doce minutos. Estación Kodiak.
–Que duermas bien –dijo
Kinsman, asintiendo con un gesto.
Una vez que Jill hubo
cerrado la cortina del dormitorio, Kinsman se llevó el programa de la misión
hacia el panel de control y se sentó. Linda permaneció en el banco de biología,
a unos tres pasos de distancia.
Kinsman comprobó el panel
de instrumentos, echándole un rápido vistazo y después se volvió hacia Linda.
–Bueno, ¿sabes ya a qué
me refería cuando dije que esto era un estilo de vida?
–Creo que sí. Es tan
diferente...
–Es lo verdadero.
Libertad completa. Un mundo nuevo y estupendo. Después de haber pasado diez
minutos en EVA, todo lo demás no tiene ni comparación.
–Fue algo realmente
excitante.
–Más que eso. Es vida. El
estar en el suelo es un fastidio. Ahora, hasta el volar en un avión es un
aburrimiento. Aquí es donde está la diversión..., ahí fuera, en órbita, y
también en la Luna. Es casi tan cerca del cielo como cualquiera podría haber
soñado.
–¿Estás hablando en
serio?
–Por completo. Hasta he
estado pensando en pedirle a Murdock que me transfiriera a la NASA. Las
misiones de la fuerza Aérea no incluyen la Luna, y a mí me gustaría caminar por
el nuevo mundo, ver los paisajes.
–Me temo que no soy tan
entusiasta –le dijo ella, sonriéndole.
–Bueno, piénsalo por un momento. Aquí arriba, eres libre.
Realmente libre por primera vez en tu vida. Todas las leyes, reglas y
prejuicios que te han estado metiendo en la cabeza durante toda tu vida...,
todos están allá abajo. Aquí arriba es como un principio nuevo. Puedes
ser tú misma y hacer tus propias cosas... y nadie puede decirte que lo hagas de
otro nodo.
–Mientras alguien te
proporcione aire y comida y agua y...
–Ése es el extremo físico
de la cuestión, claro. Vivimos en microcosmos, por cortesía de la industria
aeroespacial y de la Comisión Científica de las Fuerzas Aéreas. Pero no hay
nada que nos ate. Aquí arriba, los jefazos no pueden hacernos seguir sus reglas.
Las reglas las escribimos nosotros mismos... Por primera vez desde 1776,
estamos redactando nuest-ras propias reglas.
Ahora, Linda parecía
pensativa. Kinsman no sabía si es que se sentía realmente impresionada por sus
pensamientos, si sabía adonde quería ir a parar. Se volvió hacia el panel de
control y volvió a estudiar el plan de vuelo de la misión. Había considerado cuidadosamente
todas las oportunidades, hasta dejarlas reducidas a dos. Las dos mañana,
sobre Océano índico. De cuarenta a cincuenta minutos entre las estaciones de
Tierra y con Jill dormida en ambas ocasiones.
–AF-9, aquí Kodiak.
Extendió la mano hacia el
conmutador de radio.
–Aquí AF-9, Kodiak.
Adelante.
–Estamos recibiendo alto
y fuerte su transmisión automática de información.
–Roger, Kodiak. Aquí,
todo normal. El marco de la misión sigue sin cambiar.
–Muy bien, Nueve. No
tenemos nada nuevo para ti. ¡Oh, espera...! Chet, Lew Regneson está aquí y dice
que apuesta por ti para que mantengas el honor de la Fuerza Aérea. Mantenlos
volando.
Conservando la expresión
de su rostro lo más imperturbable posible, Kinsman contestó:
–Roger, Kodiak. El marco
de la misión sigue sin cambiar.
–¡Buena suerte!
La expresión pensativa de
Linda se había hecho más profunda.
–¿A qué venía todo eso?
–preguntó.
Él miró directamente
aquellos fríos ojos azules y contestó:
–Que me cuelguen si lo
sé. Regneson pertenece al equipo de astronautas, y está asignado a Kodiak desde
hace seis semanas. Debe sentirse helado. Pensé que era mejor seguirle la broma.
–Ya entiendo.
Pero no parecía estar muy
convencida.
–¿Has comprobado algunas
de tus fotos en el proyector?
–No –contestó Linda,
sacudiendo la cabeza–. No quiero arriesgarlas en vuestro equipo automático. Las
revelaré yo misma cuando regresemos.
–Es un equipo excelente
–dijo Kinsman.
–Yo soy muy exigente.
Kinsman se encogió de
hombros y dejó pasar la observación.
–¿Chet?
–¿Qué hay?
–Esa vaina energética...,
¿para qué es? El coronel Murdock se puso terriblemente desconcertado cuando se
lo pregunté.
–Se supone que no debe
saberlo nadie hasta que se haga el anuncio en Washington..., probablemente
cuando regresemos. No te lo puedo decir oficialmente –sonrió, con sorna–, pero
en fuentes generalmente bien informadas se cree que va a proporcionar energía a
un equipo de radar que será puesto en órbita el mes que viene. El radar formará
parte de nuestro sistema de prevención MAB.
–¿Misiles
Anti-Balísticos?
Kinsman hizo un gesto de
asentimiento y explicó:
–Desde la órbita se
pueden detectar los lanzamientos de misiles mucho antes, lo que proporciona un
mayor tiempo de advertencia a los Estados Unidos.
–Así que tu mundo nuevo
también está envuelto en la guerra.
–Algo así –admitió
Kinsman, frunciendo el ceño–. Los radares no matarán a nadie, desde luego. Pero
pueden salvar vidas.
–Pero éste es un satélite
militar.
–Desarmado. Hay dos cosas
que este nuevo mundo no conoce aún: la muerte y el amor.
–Han muerto hombres...
–No en órbita. En el
viaje de reentrada. En tierra, o en accidentes aéreos. Pero aquí no ha muerto
nadie. Y tampoco nadié ha hecho el amor.
A Kinsman le pareció que
ella sonreía, a pesar de sí misma.
–¿Ha habido alguna
posibilidad?
–Bueno, los rusos han
tenido cosmonautas mujeres. Jill sido la primera mujer norteamericana en ser
puesta en órbita. Tú eres la segunda.
Linda se quedó pensando
un momento.
–Esto no es exactamente
la suite nupcial del Waldorf... realidad, he visto habitaciones de motel
mejores que esto lo largo de la autopista de Jersey.
–Los pioneros siempre
tienen que desbastar. !
–Yo soy una fotógrafo,
Chet, no una pionera.
Kinsman se alzó de hombros y extendió las manos, en un gesto de
desamparo, haciendo un movimiento que le obligó sacudirse ligeramente en la
silla.
–Golpe tres. Estoy fuera.
–Mejor suerte para la
próxima vez.
–Gracias.
Volvió su atención hacia
el plan de vuelo de la misión. La próxima vez será exactamente dentro de
dieciséis horas, monada.
Cuando Jill salió del
dormitorio, le tocó a Linda el turno de dormir. Kinsman permaneció en el panel
de control, sorbiendo de un recipiente de café caliente. Todas las luces del
panel eran verdes. Jill estaba obteniendo una muestra de sangre de uno de los
ratones blancos.
–¿Qué tal están?
–Estupendamente –contestó
ella, sin levantar la mirada–. Se han adaptado maravillosamente a la
ingravidez. El nivel de calcio es equilibrado, el tono muscular es bueno...
–Entonces, ¿hay
esperanzas para los tipos de dos patas como nosotros?
Jill volvió a colocar al
ratón en la entrada de la colonia y cerró la abertura. El animal atravesó
rápidamente la entrada para reunirse con su clan, en el transparente
rompecabezas plástico de los túneles.
–No veo ninguna razón
física por la que los humanos no puedan vivir indefinidamente en órbita
–contestó ella.
Kinsman captó una ligera
pero clara tensión en la palabra física.
–¿Crees que puede haber
problemas emocionales a largo plazo?
–Chet, puedo ver
problemas emocionales en una misión de tres días –dijo Jill, introduciendo la
muestra de sangre en un tubo de ensayo herméticamente cerrado.
–¿Qué quieres decir?
–Vamos –dijo ella, con
una expresión que era mezcla de desilusión y disgusto–. Es evidente lo que
estás tratando de hacer. Cada vez que está ella a la vista, se te mueve la cola
como la de un perrito.
–No has estado durmiendo
mucho, ¿verdad?
–No he estado escuchando,
si es eso lo que quieres dar a entender. Sólo he estado observando cómo la
mirabas. Y algunos de los mensajes procedentes de Tierra... ¿Está toda la Fuerza Aérea en esto? ¿Cuánto dinero se está
apostando?
–No tengo relación con
ninguna clase de apuestas. Yo sólo...
–Sólo estás corriendo el
riesgo de echar a perder esta misión y quizá de matarnos a los tres,
simplemente para demostrar que tú eres Tarzán y ella es Jane.
–Maldita sea, Jill, ahora
hablas como si fueras Murdock.
La expresión agria de su
rostro se hizo ahora más profunda.
–Está bien. Eres un gran
chico. Si quieres jugar a ser Tarzán mientras estás de servicio, es asunto
tuyo. No me interpondré en tu camino. Me tomaré una píldora para dormir y me
quedaré en el saco.
–¿Lo harás?
–Así es. Podrás tener a
tu muñequita rubia, y buena suerte. Pero te voy a decir una cosa... Es una
farsante. He estado hablando con ella el tiempo suficiente como para darme
cuenta de eso. Tú estás tratando de utilizarla, pero ella también nos está
utilizando a nosotros. Mientras tú estabas durmiendo, trató de sonsacarme sobre
la vaina energética. Ella está aquí por razones propias, Chet, y si juega
contigo, ten seguro que no será por el romanticismo y la aventura.
Dios Todopoderoso, ¡Jill
está celosa!
El ambiente estaba tenso
y tranquilo cuando Linda regresó, procedente del dormitorio. Los tres
trabajaron por separado: Jill mimando la colonia de algas situada en la
estantería, sobre el banco de biología; Kinsman sacando metódicamente la
película de las cámaras de observación, para su envío a la Tierra, y
recargándolas; Linda haciéndoles fotos a
ambos, con eficacia.
Control de Tierra llamó
para preguntar cómo iban las cosas. Tanto Jill como Linda lanzaron agudas
miradas hacia Kinsman, quien se limitó a contestar:
–Seguimos el esquema de
la misión. Todos los sistemas en verde.
Compartieron una comida
de pastas y tubos, manteniéndose en silencio durante la mayor parte del tiempo
y entonces le tocó a Kinsman el turno de dormir. Pero no lo hizo sin-comprobar
antes el plan de vuelo de la misión. Jill será la siguiente y después
estaremos cuatro horas solos, incluyendo \n trozo sobre el Océano Indico.
Cuando le tocó el turno a
Jill, Kinsman llamó inmediatamente a Linda, pidiéndole que se acercara al panel
de control, con el pretexto de enseñarle la imagen de radar de un satélite
ruso.
–Nos estamos acercando
ahora.
Estaban el uno al lado
del otro, junto al panel, mirando la pantalla de radar, de un brillo naranja,
lo bastante cerca como para que Kinsman percibiera un matiz de perfume muy
femenino.
–Sólo está a mil
kilómetros de distancia.
–¿Por qué no hacéis
parpadear las luces cuando pasan?
–No va tripulado.
–¡Oh!
–Aquí arriba es un poco
como en la Primera Guerra Mundial –dijo Kinsman, incorporándose–. El simple
hecho de estar aquí es más importante que la nación a la que se pertenece.
–¿Y los rusos también
piensan de ese modo?
–Creo que sí –contestó
él, asintiendo con un gesto.
Ella permaneció frente a
él, tan cerca que casi se tocaban.
–¿Sabes? –dijo Kinsman–.
La primera vez que te vi en la base, pensé que eras una modelo fotográfica... y
no la verdadera fotógrafa.
Separándose ligeramente
de él, contestó:
–Empecé como modelo... –y
su voz se desvaneció.
–No te detengas. ¿Qué
ibas a decir?
Kinsman se dio cuenta de
que en ella algo había cambiado. Mantenía una actitud fríamente amistosa, pero
ahora estaba alerta, cautelosa..., ¿enfadada? Encogiéndose de hombros, Linda
dijo:
–El ser modelo es un
callejón sin salida. Finalmente, llegué a la conclusión de que había mucho más
futuro estando al otro lado de la cámara.
–Tienes demasiada
inteligencia para ser modelo.
–No me halagues.
–¿Y por qué diablos voy a
halagarte?
–No estamos en la Tierra.
–Touché.
Ella se alejó hacia la
cocina. Kinsman la siguió.
–¿Cuánto tiempo hace que
estás al otro lado de la cámara?
–Se supone que debo ser
yo quien consiga la historia de tu vida, y no viceversa –le dijo,
volviéndose hacia él.
–Está bien... Hazme
algunas preguntas.
–¿Cuánta gente sabe que
se supone que tú has de tener relaciones conmigo aquí?
Kinsman sintió la sonrisa
en su rostro, como una acción automática de enmascaramiento. ¡Qué diablos!,
pensó. En voz alta, replicó:
–No lo sé. Todo empezó
como una pequeña broma entre unos pocos de los chicos..., al parecer, se ha
corrido la voz.
–¿Y cuánto dinero esperas
ganar o perder? –preguntó ella, sin sonreír.
–¿Dinero? –Kinsman se
sintió realmente sorprendido–. El dinero no forma parte de esto.
–¿De veras?
–No, al menos conmigo
–insistió.
La tensión del cuerpo de
Linda pareció relajarse un poco.
–Entonces, ¿por qué...?
Quiero decir..., ¿a qué viene todo esto?
Kinsman volvió a
exteriorizar su sonrisa y tomó impulso hacia la silla más próxima, sentándose.
–¿Por qué no? Eres
endiabladamente bonita, ninguno de los dos tiene lazo alguno, nadie lo ha
intentado antes en gravedad cero... ¿Por qué no lo vamos a hacer?
–¿Pero por qué iba a
hacerlo yo?
–Ésa es la gran cuestión.
Eso es lo que lo convierte todo en una aventura.
Ella le miró
pensativamente, reclinando su alta estructura contra los paneles de la cocina.
–¿Así de simple? Una
aventura. ¿No hay nada más que eso?
–Depende –contestó
Kinsman–. Es difícil decirlo antes de tiempo.
–Vives en un mundo muy
simple, Chet.
–Trato de hacerlo. ¿Tú
no?
–No –dijo ella,
sacudiendo la cabeza–. Mi mundo es muy complejo.
–Pero incluye el sexo.
Ahora ella sonrió, pero
no había ningún placer en su sonrisa.
–¿Tú crees?
–¿Quieres decir que
nunca...? –la voz de Kinsman parecía incrédula, incluso para sí mismo.
Ella no contestó.
–¿Nunca? No me lo puedo
creer...
–No –dijo ella–, nunca
por... por una aventura. Por seguridad en el trabajo, sí. Por lograr las
misiones buenas, por lograr que me enseñaran a manejar una cámara, en primer
lugar. Pero nunca por diversión..., al menos, hace mucho, muchísimo tiempo que
no ha sido por diversión.
Kinsman miró aquellos
helados ojos azules y vio que estaban completamente secos y que le observaban
directamente a él. Notó una sensación extraña en su interior. Extendió una mano
hacia ella, pero Linda no movió un Solo músculo.
–Eso..., eso es una forma
de vivir condenadamente sola –dijo.
–Sí, lo es –admitió con
un tono de voz tan cortante como la hoja de un cuchillo, sin el menor rastro de
autocompasión.
–Pero..., ¿cómo ocurrió?
¿Por qué...?
Ella apoyó la cabeza
contra los paneles de la cocina, apartando los ojos, como si mirara hacia el
pasado.
–Tuve una hija. Él no la
quiso. Tuve que desprenderme de ella, para que la adoptaran... O hacía eso, o
abortaba. Ahora debe tener cinco años... No sé dónde está –se enderezó y volvió
a mirar a Kinsman–. Pero descubrí que el sexo sirve para hacer niños o para
hacer carreras, no para divertirse.
Kinsman permaneció
sentado, con la sensación de haber recibido un golpe bajo. El único sonido que
se escuchaba en la cabina era el débil zumbido de la maquinaria eléctrica, el
susurro de los acondicionadores de aire.
–Quisiera que pudieras
verte la cara –dijo finalmente Linda, con una sonrisa burlona–. Tarzán, el
Hombre Mono, tratando de descubrir un reactor nuclear.
–El único problema con
gravedad cero –murmuró él–, es que no puede uno ahorcarse.
Según le pareció a
Kinsman, Jill notó que algo andaba mal. Desde el momento en que salió del saco,
pareció husmear, lanzando miradas enigmáticas. Finalmente, cuando Linda se
retiró para pasar su último período de descanso antes del regreso, Jill le
preguntó:
–¿Qué tal os va a los
dos?
–Muy bien.
–¿De veras?
–De veras. Vamos a abrir
aquí un «Club Playboy». ¿Quieres ser un conejito?
–De ésos ya tienes
bastantes –contestó ella, arrugando la nariz.
Los dos trabajaron en
tareas separadas, en silencio, durante más de una hora. Kinsman estaba
concentrado en volver a calibrar el mapa de radar, cuando Jill le alcanzó un
recipiente con café caliente.
Él se volvió en la silla.
Jill estaba a su lado. No era mucho más alta que su estatura sentado.
–Gracias.
La expresión del rostro
de Jill era muy seria.
–Algo te está
preocupando, Chet. ¿Qué te ha hecho ella?
–Nada.
–¿De veras?
–¡Por el amor de Dios, no
vuelvas a empezar con eso! No ha ocurrido nada, absolutamente nada. Quizá sea
eso lo que me está preocupando,
–No –dijo ella,
sacudiendo la cabeza–, tú estás preocupado por algo y no se refiere a ti mismo.
–No seas tan
terriblemente dramática, Jill.
Ella le puso una mano
sobre el hombro.
–Chet... Sé que todo esto
no es más que un juego para ti, pero la gente no puede quedar herida con esta
clase de juego y... bien..., no hay en la vida nada que sea tan bueno como una
espera que sea.
Levantando la mirada
hacia sus ojos, que le observaban intensamente, Kinsman sintió cómo se
desvanecía su irritación.
–Está bien, muchacha.
Gracias por la filosofía. Sin embargo, ya soy un chico grandecito y sé muy bien
de qué va todo...
–Crees saberlo.
–Está bien –admitió,
encogiéndose de hombros–. Creo saberlo.
Quizá no haya nada tan bueno como debería ser, pero « un hombre es inocente hasta que se
demuestre su culpabilidad, y todo lo que es nuevo es tan bueno como el oro
hasta que se descubre alguna mancha. ¡Esa es mi filosofía por el momento!
–Muy bien, haragán –dijo
Jill, sonriendo tristemente–, Ya puedes
ser el Hombre Mono, si quieres. Combátelo tú mismo. Pero no quiero ver
que ella te haga daño.
–No me voy a hacer ningún
daño.
–En eso confías –dijo
Jill–. Muy bien, si puedo hacer algo...
–Sí, hay algo.
–¿Qué?
–Cuando vuelvas a
dormirte, asegúrate de que Linda te ve tomar una pastilla para dormir. ¿Querrás
hacerlo?
El rostro de Jill se
quedó sin expresión.
–Claro –contestó
monótonamente–. Cualquier cosa por un compañero oficial.
Unas horas después,
representó todo un espectáculo para tomarse una pastilla para dormir, con el
propósito de descansar muy bien su último período antes de que se produjera el
regreso. A Kinsman le pareció que Jill lo hacía deliberadamente con demasiado descaro
–¿Siempre tomáis
somníferos en el último período de descanso? –preguntó Linda, una vez que Jill
se hubo metido en el dormitorio.
–Debemos estar
completamente alerta y descansados –replicó Kinsman– para el vuelo de regreso.
La reentrada es la parte más compleja de toda la operación.
–¡Oh! Entiendo.
–Sin embargo, no hay nada
de qué preocuparse –añadió Kinsman.
Se dirigió hacia el panel
de control y se ocupó de las tareas exigidas por el desarrollo de la misión.
Linda permaneció ligeramente sentada en la silla más próxima, al alcance de su
brazo. Kinsman habló brevemente con la estación Kodiak, según el programa, e
hizo una anotación en el cuaderno.
Tres estaciones
terrestres más y estaremos sobre el Océano Indico, con espacio y tiempo
suficientes.
Pero no levantó la cabeza
del panel de control; comprobó el funcionamiento de cada uno de los sistemas a
bordo del laboratorio, haciendo oscilar sus dedos sobre los botones de control,
dirigiendo la mirada hacia las luces rojas, ámbar y verdes que le indicaban
cómo estaba funcionando la maquinaria mecánica y eléctrica del laboratorio.
–¿Chet?
–Sí.
–¿Estás... resentido
conmigo?
–No –contestó, sin
mirarla–, estoy ocupado. ¿Por qué iba a estar resentido contigo?
–Bueno, quizá no
resentido, pero...
–¿Extrañado?
–Extrañado, herido, algo
así.
Marcó una entrada en el
teclado de la computadora, a su lado. Después, se volvió hacia ella.
–Linda, en realidad no he
tenido tiempo para averiguar lo que siento. Eres una mujer complicada, quizá
demasiado complicada para mí. La vida ya tiene suficientes complicaciones en sí
misma.
La boca de ella se abrió
un poco.
–Por otra parte –añadió
él–, nosotros, los norteamericanos de origen, debemos permanecer juntos. No
quedamos muchos.
Eso hizo que ella
sonriera débilmente.
–Yo no soy norteamericana
de origen. Mi verdadero nombre es Szimanski... Me lo cambié cuando empecé a
trabajar de modelo.
–¡Oh! Ésa es otra
complicación.
Ella estaba a punto de
contestar cuando sonó el altavoz de la radio.
–AF-9, aquí Cheyenne. Cheyenne a AF-9.
Kinsman se inclinó sobre el panel y apretó el conmutador del
transmisor.
–AF-9 a Cheyenne. Os oigo débilmente, pero sin interferencias.
–Roger, Nueve. Te estamos
recibiendo telemétricamente. Desde aquí, todos los sistemas están verdes.
–La comprobación manual
de los sistemas también es verde –dijo Kinsman–. El programa de la misión se
desarrolla perfectamente. Sin desviaciones. Aproximadamente el noventa por
ciento de las tareas ya están cumplidas.
–Roger. Control de Tierra
sugiere que empieces a comprobar la nave espacial a partir de la siguiente
órbita. El regreso está previsto para dentro de diez horas.
–De acuerdo. Lo haremos.
–Muy bien, Chet. Todo
parece bien desde aquí. ¿Alguna otra cosa que informar, viejo Padre Creador?
–Métete en tus propios
asuntos –replicó, apagando el transmisor.
Linda le estaba
sonriendo.
–¿Qué hay de divertido en
eso? –preguntó Kinsman.
–Tú. Te estás volviendo
muy susceptible con todo esto.
–Seguramente, esto va a
seguir siendo susceptible durante mucho tiempo. Esos tipos van a ir detrás de
mí durante años por esto.
–Siempre puedes contarles
mentiras.
–¿Sobre ti? No, no creo
que pueda hacerlo. Si la mujer fuese anónima, sería otra cosa. Pero todos ellos
te conocen, saben dónde trabajas...
–Eres un oficial muy
galante. Supongo que esa clase de rumor llegaría hasta Nueva York.
–Hasta podrías
convertirlo en titular de la primera página del National Enquirer
–bromeó Kinsman, sonriendo burlonamente.
Ella se echó a reír.
–Apostaría a que
publicarían alguna de mis viejas fotografías en bikini.
–Ten cuidado ahora –dijo
Kinsman, extendiendo hacia ella una mano, en señal de advertencia–. No agites
mi imaginación más de lo que está. Ahora mismo lo estoy pasando muy mal por ser
galante.
Permanecieron aparte, en
silencio, con Kinsman sentado ante el panel de control, mientras Linda se
deslizaba hacia la cocina, llegando casi a tocar la cortina que les separaba el
dormitorio.
El centro de control
terrestre llamó y Kinsman dio un breve informe. Cuando volvió a mirar hacia
Linda, ella estaba sentada frente a la portilla de observación, al otro lado
del pasillo. Mirando a Kinsman, la expresión de su rostro parecía ahora
preocupada, y sus ojos..., no estaba muy seguro de lo que veía en sus ojos.
Parecían diferentes: ya no eran fríos, y tampoco calculadores; parecían
despiertos, preocupados, casi asustados.
Kinsman permaneció en
silencio. Comprobó y volvió a comprobar el tablero de control, asegurándose
absolutamente de que cada válvula y cada transistor de a bordo estaba
funcionando a la perfección. Miró su reloj: Faltan cinco minutos para que
llame Ascensión. Volvió a comprobar el estado del panel iluminado.
Ascensión llamó
exactamente en el momento previsto. Notando cómo aumentaba la tensión en su
interior, Kinsman dio su informe habitual de un modo deliberadamente tranquilo
y mecánico. Ascensión se despidió.
Echando una última y
larga mirada a los controles, Kinsman se elevó de la silla con un impulso y se
balanceó hacia Linda, tocando ligeramente con las manos los manillares situados
a lo largo de las estanterías.
–Has estado terriblemente
quieta –le dijo, permaneciendo sobre ella.
–He estado pensando en lo
que dijiste hace un rato –¿qué había en sus ojos? ¿Esperanza? ¿Temor?–. Ha...
ha sido una vida condenadamente Solitaria, Chet.
El la tomó por el brazo y
la levantó suavemente de la silla, hacia sí, besándola.
–Pero..
–Está bien –susurró él–.
Nadie nos molestará. Nadie lo sabrá.
Ella sacudió la cabeza.
–Las cosas no son así de
fáciles, Chet. No son tan simples.
–¿Por qué no? Estamos
aquí juntos... ¿qué hay de complicado?
–Pero..., ¿no hay algo
que te molesta? Estás flotando como en un sueño. Estás rodeado por máquinas de
guerra, estás viviendo cada minuto con el peligro. Si falla una bomba o cae un
meteorito...
–¿Crees que se está más
seguro allá abajo?
–Pero la vida es
compleja, Chet. Y el amor..., bueno, hay en él algo más que simple diversión.
–Pues claro que lo hay.
Pero también existe para ser disfrutado. ¿Qué hay de malo en aprovechar una
oportunidad cuando se presenta? ¿Qué puede haber tan condenadamente complicado
o importante? Estamos por encima de las preocupaciones y angustias de la Tierra.
Quizá sea sólo durante unas pocas horas, pero se trata de un aquí y un ahora,
de nosotros. Ellos no pueden tocarnos, no pueden obligarnos a hacer nada, ni
impedir que hagamos lo que deseamos hacer. Dependemos de nosotros mismos.
¿Comprendes? Dependemos completamente de nosotros mismos.
Ella asintió con un
gesto. Seguía teniendo los ojos muy abiertos, con la mirada de un animal
asustado. Pero sus manos se deslizaron alrededor de él y juntos se desplazaron
hacia el panel de control. Sin decir nada, Kinsman apagó las luces que
brillaban sobre ellos, de modo que todo lo que vieron fue el brillo del panel
de control y el parpadeo de la computadora, mientras ésta murmuraba para sí
misma.
Ahora estaban en su
propio mundo, en su cosmos privado, flotando libremente, con suavidad, en la
oscuridad. Tocándose desplazándose, uniéndose, buscando los nuevos mares y
continentes, exploraron su mundo.
Jill permaneció en la
hamaca hasta que Linda entró en el dormitorio, tranquilamente, para ver si ya
se había despertado. Kinsman estaba sentado ante el panel de control,
sintiéndose no cansado, pero sí extrañamente entumecido.
El resto del vuelo fue de
estricta rutina. Jill y Kinsman hicieron sus trabajos, hablaron el uno con el
otro cuando tuvieron que hacerlo. Linda descabezó un breve sueño, y después
regresó para hacer unas últimas fotografías. Finalmente, se introdujeron de
nuevo en la nave espacial, la desacoplaron del laboratorio, e iniciaron el
largo vuelo de regreso a la Tierra.
Kinsman echó un último
vistazo a la majestuosa belleza el-planeta, sereno e incomparable entre las
estrellas, antes de tocar el botón que deslizaba sobre su portilla de visión la
tapa protectora contra el calor. Después, sintieron la agitación del impulso
del cohete y penetraron en la atmósfera, sabiendo que el aire caliente, más
allá de toda posibilidad de supervivencia, les rodeaba como una garra feroz,
convirtiendo su diminuta nave en una estrella llameante que caía. Presionado
contra su asiento a causa de la aceleración, Kinsman dejó que los controles
automáticos le dirigieran a traves del proceso de reentrada, a través del calor
y de la golpeante turbulencia, bajando a una altura en la que su excelente nave
pudiera volar como un avión-cohete.
Se hizo cargo del control
y dirigió la nave hacia la base de la Fuerza Aérea, en Patrick, hacia el mundo
de los hombres, del tiempo meteorológico, de las ciudades, de las jerarquías y
las regulaciones oficiales. Lo hizo solo, en silencio; no necesitaba la ayuda
de Jill, ni la de nadie. Dirigía la nave desde el interior de su traje
presurizado herméticamente cerrado, frunciendo el ceño a través del visor de su
casco ante las luces que se iban encendiendo en el panel.
Automáticamente, comprobó
con el control de Tierra y recibió permiso para subir la pantalla protectora
contra el calor. La portilla de visión le permitió contemplar un espacio nubes
oscuras extendiéndose desde el mar, sobre la playa, metiéndose tierra adentro.
Ahora, sus audífonos estaban vivos con las voces de otros hombres: condiciones
del viento, comprobaciones de altura, estimaciones de velocidad. Sabía, aunque
no podía verlos, que dos aviones a reacción viajaban tras él, con sus cámaras
enfocadas sobre la nave espacial que acababa de regresar. Para proporcionar
pruebas en caso de accidente.
Se metieron entre las nubes y una oleada de neblina gris cubrió
la portilla de visión. Los ojos de Kinsman se pegaron a la pantalla de radar,
situada ligeramente a su derecha. La nave se estremeció brevemente y después
terminaron de atravesar la capa de nubes y pudo ver la larga cinta negra de la
pista, extendiéndose ante él. Tiró ligeramente de los controles, con las manos
y los pies actuando instintivamente, volaron por encima de una extensión de
vegetación baja y después dirigió la nave hacia la pista. Los patines de
aterrizaje hicieron contacto, pegando un salto momentáneo, y después volvieron
a tomar el suelo con un chillido rechinante. Se deslizaron durante más de un
kilómetro y medio antes de detenerse.
Se reclinó después contra el asiento y sintió su cuerpo bañado
en sudor.
–Buen aterrizaje –dijo
Jill.
–Gracias.
Apagó todos los sistemas
de la nave, moviendo las manos automáticamente, en respuesta a un largo proceso
de entrenamiento. Después, levantó la visera de su casco, se levantó y abrió la
escotilla.
–El viaje ha terminado
–dijo, con voz cansada–. Todo el mundo fuera.
Subió, saliendo por la
escotilla, notando su propio peso con una repentina sensación de resentimiento,
y después ayudó a Linda y finalmente a Jill a salir de la nave. Descendieron a
la superficie negra de la pista. Dos camiones, una ambulancia y dos vehículos
contra incendios rodaban hacia ellos desde sus estacionamientos, al final de la
pista, a casi un kilómetro de distancia.
Lentamente, Kinsman se
quitó el casco. El calor de Florida y la humedad le molestaban ahora. Jill
anduvo unos pasos, separándose de él, dirigiéndose hacia los vehículos que se
aproximaban.
Él avanzó hacia Linda.
Ella también se había quitado el casco y llevaba una bolsa llena de película
filmada.
–He estado pensando –le
dijo a ella–. Ese asunto sobre el llevar una vida solitaria..., ya sabes. No
eres la única. Y no tiene por qué ser de ese modo. Puedo ir a Nueva York en
cuanto...
–¿Quién se está tomando
ahora las cosas con seriedad?
El rostro de Linda volvía
a tener una expresión tranquila, fría, a pesar del calor reinante.
–Pero yo quiero decir...
–Escucha, Chet. Cada uno
de nosotros ha tenido sus reacciones. Ahora, puedes contárselas a tus amigos, y
yo se las podré contar a los míos. Con eso, cada uno de nosotros recorrerá una
gran distancia. Ayudará a nuestras respectivas carreras.
–Nunca tuve la intención
de... Yo no...
Pero ella ya se apartaba
de él, echando a caminar hacia los hombres que corrían hacia ellos, procedentes
de los camiones. Uno de ellos, un civil, llevaba una cámara en sus manos. Se
detuvo, puso una rodilla en tierra y tomó una fotografía de Linda con la bolsa
de película extendida en una mano y una amplia sonrisa en su rostro.
Kinsman permaneció allí,
con la boca abierta.
Jill regresó hacia donde
él estaba.
–¿Y bien? ¿Conseguiste lo
que ibas buscando?
–No –contestó él, con
lentitud–. Creo que no.
Ella empezó a extender
una mano hacia él y dijo:
–Nunca lo conseguimos,
¿verdad?
MISS
OMEGA CUERVO
Naomi Mitchison
Naomi Mitchison tiene una
buena reputación entre los escritores de ciencia ficción como autora de la
novela Memorias de una mujer del espacio, que no tardará en publicarse
en este país; mientras tanto, he aquí una incisiva y brevísima historia sobre
un experimento destinado a aumentar la inteligencia de un grupo de cuervos. En
una narración muy corta, Lady Mitchison se las arregla para decir mucho sobre
la naturaleza y las costumbres del intelecto.
Los otros siempre eran
rápidos, siempre los primeros. ¿Era por lo que nos hicieron cuando éramos
jóvenes, cuando nos sacaron de nuestros nidos antes de que nuestras plumas
fueran poco más que cañones y nos alimentaron con esa otra comida y nos
hicieron dormir, y nos pusieron los pequeños hilos en nuestras cabezas, de modo
que podíamos mirar hacia atrás y hacia adelante? Nos convertimos en algo
diferente. Y, sin embargo, creo que yo me convertí en la más diferente de
todos. Sabíamos lo que teníamos delante y cómo conseguirlo. Nosotros sabíamos,
no en las profundidades, allí donde no existe la menor posibilidad de conocer
en nuestros cuellos y alas los movimientos del vuelo de apareamiento, cuando
todo es Ahora. No, eso no. Sabíamos con las partes de nosotros mismos capaces
de elegir. Ellos le llamaban pensamiento, recuerdos, mirar hacia adelante. Yo
fui la última en ser incubada, húmeda y floja, con mi pico produciendo
chillidos, con los trozos del cascarón aún adheridos a mí. No había visto a mi
madre. Abrí los ojos y le vi a él, al Dios-hombre, con la comida especial. Él
se convirtió en ella. Tuve que seguirle, hacer lo que él hacía, convertirme en
algo suyo. ¿De qué otro modo? Y, sin embargo, aún cambié mucho más precisamente
a causa de eso. Pero ellos nos hicieron recorrer un largo camino en la
oscuridad, en una caja, y nos hicieron volar. Para entonces, nuestras alas ya
habían crecido. Sentíamos una necesidad, pero no sabíamos de qué se trataba.
Cuando volamos, nos
encontramos en un lugar diferente, con paisajes de rocas y árboles, pero nada
de paredes construidas. Sin embargo, en nuestro interior, lo sabíamos. Sabíamos
las formas en que íbamos a vivir. La comida. Y estaban los compañeros. ¡Oh! Maravillosos;
con la parte profunda que no tiene elección, yo sabía que ésa era mi necesidad.
Tengo que conseguir uno. Tengo que conseguir el más hermoso, el mejor, con sus
brillantes plumas oscuras, con el brillo en los ojos. Tenemos que bailar juntos
en el aire. Para eso es para lo que están hechas las alas. Nos olvidamos de los
humanos que nos habían criado; nos olvidamos de mirar hacia adelante y hacia
atrás. Pero quizá yo no me olvidé del todo. Quizá fue eso lo que salió mal.
No salté inmediatamente
al aire, canturreando y rebosante, para perseguir al mejor de los pájaros, al
cuervo de los cuervos, a Alfa Corax. Mis crestas emplumadas eran lentas en
ponerse en erección como signo de bienvenida que le hubiera atraído, sí, para
colocar su cuello sobre el mío. Otras lo hicieron, mis odiadas hermanas,
saltando con los picos enhiestos, agitadas, cortejando, gritando. Y los
compañeros respondieron, contestando con las mismas notas de amor, las mismas
erecciones y relajaciones, de modo que las plumas se levantaron y los picos
golpearon secamente. Ya estaba muy claro quién era el mejor, quién podía vencer
a quién, aunque eso apenas si había quedado claro para nosotras, pajaritas
hembras. (Incluso durante el baile de cortejamiento cuando el aire parecía
permitirnos flotar, dándonos la bienvenida, invitándonos a enormes alturas de
gloria, desde las que una podía zambullirse rápidamente, con el aire resonando
en las plumas, o incluso cuando el compañero, volviéndose sobre su espalda, invitaba
con sus aleteantes y extendidas alas, pero advertía con su pico y sus garras.)
Una tras otra, las parejas empezaron a remontar el vuelo. Pero yo... ¿Yo?
¡Claro que no podía quedarme fuera! Pero lo estaba. Para mí y para otra, no
había compañero. Había dos más de nosotras que de ellos. O quizá dos de ellos
habían muerto mientras crecían. Ella, la otra que se quedó sin compañero, era
incluso más odiosa que las esposas. Cada una de ellas había tomado el rango de
su esposo y lo mantendría durante toda la vida. Nosotros, los cuervos, nos
apareamos para siempre con nuestro propio compañero.
De este modo, cada cual aceptaba y daba órdenes, cada cual
picoteaba como castigo y era picoteado; sucedía lo mismo con los esposos.
Únicamente el más hermoso, el más valiente, el mejor cuervo de todos, Alfa
Corax, daba órdenes. Nadie le picoteaba a él. Él dirigía a la bandada para
descansar o para cazar. Él vigilaba y advertía en caso de que aparecieran
enemigos, y a veces atacaba. Su pico era el más agudo.
Pero yo era la más baja
de entre las bajas. Ella –la otra que se había quedado sin compañero– me
picoteaba y yo tenía que aceptarlo, alejándome de la comida, no replicando a
los picotazos. Todo eso estaba en mi parte más profunda. No podía evitar el ser
como era. No había otra elección. Pero también me sentía enojada y ese enojo
estaba en la otra parte de mí, impulsándome a planear. Esa parte de mí pensó en
un futuro en el que yo no sería picoteada. Sabía que me estaba haciendo fea.
Las plumas se me caían. Estaba delgada, porque siempre recibía la peor parte,
ya fuera de carne, de huevos o de grano y nueces, lo que era más raro. No
resultaba extraño que me picotearan y yo no tuviera a nadie a quien picotear.
¿Acaso el Dios-hombre me había hecho así? De haberme hecho algo más, no podría
haberme planteado la pregunta que me estaba haciendo.
Así pues, continuaron las
cosas. El más hermoso vigilaba y nos conducía hacia la comida; y lo mismo hacía
su esposa. Ella veía con los ojos de él. Ella también dirigía el vuelo en el
que yo era la última. Y yo sabía dos cosas opuestas: en lo más profundo de mí,
que eso era como era, pero en la parte exterior, en la parte de cambio y de
elección, que esto no era para siempre y que algún día habría una oportunidad y
un plan. Pero las oportunidades no aparecían. Los compañeros hicieron los
nidos, hermosos, envidiables, con ramitas y hierbas y tierra y pequeños
palitos, ordenados deliciosamente, con el interior forrado de hierbas y plumas
suaves, preparados para recibir los huevos. En una ocasión, intenté sentarme en
un nido, ¡pero con qué dolor y enojo me echaron de allí! Traté de unirme a
ellos en los vuelos, traté de elevar mi cresta y atraer a cada uno de los
machos, pero no despertaba nada en ninguno de ellos, pues sólo tenían una
imagen constante en sus mentes. Ellas también habían estado en manos del Dios-hombre,
pero ahora se habían olvidado. Yo, al estar sola, no podía olvidar.
Empezaron entonces a
abrirse los huevos y los jóvenes salieron con el tremendo instinto y la
necesidad de ser alimentados. Los demás me miraban, sabiendo lo que me había
perdido. Fui yo quien descubrió el cordero muerto con el que nos alimentamos en
un verdadero festín. Fui yo quien vio al Dios-hombre rodeándonos, no sé con qué
propósitos, aunque creí que no era malo. No fueron ellos los que me dejaron
hambrienta. Ellos se hablaron los unos a los otros, o así lo supuse yo. También
vi que cogían algunos de los nidos, mientras alimentaban a otros con su propia
comida. Las madres se sintieron brevemente perturbadas, pero ninguno de
nosotros podía sentir que los Dios-hombres fueran enemigos. Sólo eran mucho más
altos que nosotros, más incluso que los Alfas; ellos podían dar órdenes. Podían
picotearnos todo lo que quisieran y cualquiera de nosotros tenía que someterse,
pero precisamente porque nos habían alimentado, no hicieron eso; no tenían
necesidad de hacerlo. También estaba allí aquel al que vi primero al abrir los
ojos. Observó mi cuerpo delgado y exhausto; había traído consigo trozos de
comida, no de su propia clase, sino verdadera carne cruda. Me dio algo y yo
traté de tragarla rápidamente antes de que la otra sin compañero pudiera verme
y quitármelo. Sin embargo, ella se acercó y su pico negro se lanzó contra mí;
volaron plumas. La parte interna y profunda de mí me estaba haciendo
acobardarme y aceptarlo. Pero la parte que yo no había olvidado, la que me
había mostrado el Dios-hombre, me enseñó que era carne lo que me había dado.
Introdujo en mí el conocimiento de la elección. Y, al cabo de un momento, fue
ella la picoteada. ¡Hice volar sus plumas! Era algo imposible y, sin embargo,
sucedió.
Una vez picoteada, ella
lo aceptó. Ésta era la primera lección. Para las dos. Yo la odiaba. No pude
dejar de picotearla. Sólo la dejé cuando el Dios-hombre me levantó, de modo que
ella pudo echar a correr y después se alejó revoloteando, con torpeza. Sentí
sus manos, pensando en mí, a través del agitarse de mis alas extendidas y de la
tensión de mi cuerpo. Mi pico deseaba picotear, mis garras querían desgarrar;
el pico apuntó, incapaz aún de picotearle. Él era mi madre; el ser ante quien
había abierto los ojos. Él me tenía pero, de algún modo, se me ocurrió pensar
que yo también le tenía a él.
Después, hubo de nuevo un
festín. Una vaca había parido. Ella se alejó con el ternero, dejando sobre la
hierba todo lo rojo y húmedo que había sacado. Eso era para nosotros. Pero
ahora tenía a alguien a quien picotear y alejar si ella se acercaba, y la que
le había picoteado antes no podía cambiar inmediatamente y empezar a picotearme
a mí. Se había establecido el viejo modelo. Sin embargo, como ella también
había estado con los dioses-hombres y también había sido parcialmente cambiada
por ellos, de modo que tenía posibilidad de elección, empezó a darse cuenta de
que yo había ocupado el lugar de la otra y también tenía miedo por si acaso yo
no lo aceptaba. A veces, sus picoteos no eran muy duros. Pero yo no la ataqué
inmediatamente, no cuando ella estaba con su nido y con su compañero.
Las hojas de los grandes árboles nido se habían extendido,
haciéndose verdes para vivir la vida de las hojas. Después, se hicieron de
color marrón y terminaron por soltarse y los montones de hojas oscilaban por
poco tiempo en el aire y caían y quedaban en el suelo, quietas e inútiles. Los
pájaros jóvenes empezaron a volar. Pero los dioses-hombres se habían llevado
uno de cada nido. Yo estaba observando, aunque las madres no siempre
observaban. Ellas y sus compañeros se arremolinaron y revolotearon y gritaron
inútilmente y, sin embargo, todos ellos lo sabían en las partes de sus mentes
que miraban hacia adelante y hacia atrás; sabían que los dioses-hombres tenían
el derecho y que de este modo era mejor para todos.
Y entonces empezaron los
días fríos y todos volvimos a desparramarnos, aunque las parejas se mantuvieron
en parte juntas. En invierno había menos comida y menos luz del día para
encontrarla. Y yo empecé a devolverle los picotazos a la que estaba situada inmediatamente
por encima de mí. Su compañero miraba indeciso, pero no era a él quien yo
quería. Yo no quería a ningún compañero; era la estación errónea. Sólo quería
estar arriba. A la próxima estación podría ocupar el lugar de ésta, pero eso no
era suficiente. ¿Qué haría entonces?
El Dios-hombre vino. ¿Era
el Dios-hombre el que estaba arriba o era posible que todos estuvieran arriba?
No parecían hacerse daño los unos a los otros. Pero quizá lo hacían de alguna
forma que mantenían oculta para los cuervos; ¿quién podía saberlo? No valía la
pena preguntarlo, aún cuando una supiera qué o cómo preguntar. ¿Qué es
preguntar? Así pasó el tiempo. Pero un día, el Dios-hombre se marchó y con él,
en una caja, se marchó la esposa de Alfa Corax, el mejor cuervo. ¿Adonde se
había marchado ella? No sabíamos qué pensar; sólo sabíamos que todos estábamos
perturbados. Ella, con él, había dirigido las expediciones de búsqueda de
comida de los cuervos. Él estaba acostumbrado a tenerla consigo. Él llamó; ella
no estaba allí. Él lanzó los gritos propios del compañero; ella no contestó.
Pero todas nosotras sentimos algo en la parte profunda que deseaba contestar,
incluso antes de que llegara la estación del apareamiento. Hubo movimiento y
pequeños ruidos. Se elevaron plumas y se inició una procesión de posturas. Y
entonces, mi propio Dios-hombre me miró y él también lanzó un grito de
apareamiento y elevó los brazos, haciéndolos oscilar como alas. Él era mío. Él
me había tomado del huevo y me había cambiado para que yo pudiera salir de los
viejos modelos. Y entonces, de repente, fui yo quien empezó a contestar a Alfa
Corax; fui yo quien estaba con él, quien había ocupado el lugar más alto. Yo
era lo mismo que mi Dios-hombre, mi Dios máximo.
Ahora sería yo quien
tendría a Alfa Corax, el pájaro más alto, el más hermoso, el cuervo de los
cuervos. En la época del apareamiento, bailaríamos juntos en el aire y después
construiríamos nuestro nido. Pero hoy, ahora, él me reconocía. Hoy, yo era Alfa.
Podía picotear a la que estaba debajo de mí, y ninguna de ellas podría
picotearme a mí. Me convertiría en alguien hermoso y brillante; mis plumas
serían siempre suaves; picaría y tragaría los bocados más sangrantes de toda la
comida; tendría el mejor nido, el más seguro, nada de tenerlo construido en el
borde de las ramas.
Todo esto ocurrió. Me
ocurrió a mí. Ahora, estoy apareada para siempre con Alfa Corax. Sí, al
principio hubo algunas que se rebelaron, que seguían teniendo en el fondo de
sus mentes que yo aún era la picoteada, la Cuervo Omega. Sí, algunas de ellas
trataron de picotearme. ¡Pero cómo las picoteé yo a ellas, desparramando plumas
y sangre! Porque yo recordaba la otra comida y los pequeños hilos que me
convirtieron en algo más que yo misma. Recordaba al Dios-hombre que me
convirtió en la máxima picoteadora, rompiendo la costumbre. Mi Dios-hombre,
Dios máximo. Dios-hombre y yo.
CIELO
AZUL
Alexei y Cory Panshin
La ciencia ficción surge
con todas las formas y matices, en todos los estados de ánimo y estilos. Sin
embargo, esta historia puede ser algo nuevo en el campo. Podemos denominarla
simbolismo; o fuerte historia de cama, o dulce de algodón experimental... Pero
sea cual sea el término, me parece una historia fresca y deliciosa. Un grupo de
viajeros estelares pierden el impulso de su nave, pero son rescatados por
Propietario Cosa, que les presta un planeta. Lo que sigue es algo inteligente y
entretenido... y, en último término, bastante serio.
Cielo Azul espera a
Propietario Cosa. Tiene el más poderoso cañón que la Colonia Groombridge puede
prestarle. Está sentado en una pequeña y antinaturalmente cómoda roca en el
espacio.
Por encima de las ruedas
del cielo. Por debajo de él, gira el planeta marrón. Y él pasa entre piedras de
molino, como un mosquito en un grano de trigo.
Un día, entre Algún Lugar Importante y Algún Lugar Importante,
una gruesa nave espacial, llena de vida, como una brillante pepita negra de
sandía, quedó extraviada en su camino, totalmente perdida en el gran negro de
la galaxia. Fue culpa del piloto, si es que se quiere culpar a alguien. Se
quedó mirando las estrellas en el momento más inoportuno, aplicó erróneamente
sus matemáticas, y después rizó el vuelo en un inútil intento por recuperarse.
La nave-quedó a la
deriva, sin energía, en un lugar donde las estrellas brillaban nerviosamente y
todos los cielos eran extraños. Aquello era fantástico y, tras echar un
vistazo, se bajaron las cortinas. Nadie quería mirar fuera, excepto un chico
llamado Harold, que sostuvo las cortinas en sus manos y miró.
El piloto se suicidó en
otro arranque de supercompensación, pero nadie se dio cuenta. Eran todos
hombres muertos en su oscura nave sin energía, en aquella extraña y helada
esquina del universo, pero nadie lo hubiera dicho así. Se reunieron en diversas
partes de la nave y hablaron de cosas usuales.
Ahora bien, ésta no era
ninguna vieja nave cualquiera. Se trataba de una gran colonia en su viaje de
colonización hacia Groombridge 1618/2, un planeta condenado a ser importante.
Era un lugar tan jugoso que se tenía que pagar una elevada cantidad para recibir
un trozo del pastel.
Todos los pasajeros de
esta nave habían pagado. Eran hombres experimentados. Conocían las respuestas.
Aquí hay uno con sombrero de copa. Triphamer y Puddleduck tenían más respuestas
que cualquier otra persona a bordo. Estaban allí para las ceremonias de dedicación,
dispuestos después para un rápido regreso a casa. Se movían en círculos muy
elevados.
El haber quedado tan
repentinamente perdidos fue tan doloroso y frustrante para Triphammer y
Puddleduck como un acto sexual interrumpido. De repente, sus respuestas no eran
de ninguna utilidad para ellos. ¡Oh! Eso dolía mucho.
Triphammer, Puddleduck y
el Monte Rushmore eran los picachos más elevados de todos. Se reunieron en una
habitación, con una vela. Triphammer paseaba frenéticamente de un lado a otro;
Puddleduck hacía gestos de asentimiento en los momentos apropiados, y Monte
Rushmore vislumbraba los peligros. Harold miraba hacia el universo, a través de
las cortinas.
–¡Oh, perdidos! –dijo
Triphammer–. ¡Es para morirse de risa! La acción desbaratada.
La expresión de su rostro
no podía ocultar lo mucho que lo sentía.
–Miseria –dijo
Puddleduck, asintiendo con un gesto.
–Miseria –dijo Monte
Rushmore.
–Hay alguien andando por
ahí fuera –dijo Harold.
Era el hijo de Triphammer
y de Puddleduck. No le habían dado aún un nombre adecuado, y él no estaba muy
seguro de que tuvieran intenciones de mantenerlo. Él los necesitaba, de modo
que hasta que descubriera sus intenciones, actuaba con tranquilidad.
–Apártalo de la cabeza
–dijo Puddleduck, pegándose en el codo–. Recházalo y olvídalo.
Triphammer se llevó una
mano a su boca.
–¡Oh, no hables! –dijo
ella.
–Miseria –volvió a decir
Monte Rushmore.
Harold hizo señas con una
mano.
–¡Eh! Él me está viendo
–dijo, y volvió a hacer señas.
Ni Triphammer ni
Puddleduck escucharon lo que dijo Harold. Era culpa de él. Él no hablaba. Le
habían dicho que, si no era escuchado, sería por su culpa.
El Gran Monte Rushmore se
pegó en el pecho.
–Esperanzas perdidas.
Miseria. Miseria.
–Miseria –dijo
Puddleduck.
–Mis –dijo Triphammer.
Se produjo un tirón de la
manga y ella miró hacia abajo. Era Harold, que reclamaba su atención.
–¿Otra vez?
Harold puso la mejor
expresión en su cara y se enderezó hasta alcanzar toda su pequeña estatura, que
era lo que se le había enseñado a hacer cuando quería pedir algo.
–¿Puedo salir a jugar,
mamá? ¿Por favor? –preguntó, señalando hacia la ventana.
La expresión de
Triphammer dejó claro que cualquier petición en estos momentos era como tirarse
un pedo en la iglesia, y que los dioses se quedaban muy disgustados con el
olor.
–¿Qué, qué? ¿Gorjeo de
pájaros mientras caen los imperios? Avergüénzate, Harold, esqueje sin nombre.
(Conteniéndose, pero no mucho.) Prohibido.
–Siento muchísimo haberlo
pedido –dijo Harold.
Se produjo una repentina
consternación en la habitación. De alguna parte –sin duda alguna no a través de
la puerta– había llegado un ser absolutamente extraño. Y aquí estaban ahora:
cinco alrededor de la vela. Tenía seudópodos y unos grandes ojos marrones.
–¡Es tremendo! ¡Una
criatura! –dijo Monte Rushmore, y retrocedió–. Ciégala.
La criatura se quedó
mirando a Harold y preguntó:
–¿Vas a venir o no?
Triphammer tenía un
estómago delicado. Trató de provocarse un vómito sin conseguirlo.
–¡Desvanécete! –dijo
ella–. ¡Ciégalo!
–No me lo permiten
–contestó Harold–. Ya lo he pedido.
Puddleduck miró una y
otra vez por la habitación, haciendo furiosos gestos de asentimiento y
murmurándose constantes instrucciones a sí mismo para no olvidarlas, pero no
había nada a mano con que cegar a la criatura. Puddleduck hizo oscilar sus
brazos, como si fueran semáforos frustrados.
–Pues claro que se te
permite –dijo la criatura–. Si quieres venir conmigo, puedes hacerlo. No
prohíbo nada a nadie.
Se volvió bruscamente y
miró a su alrededor, a Monte Rushmore, Triphammer y Puddleduck, mientras éstos
retrocedían.
–¿Ocurre algo? –preguntó,
flexionando sus pólipos, interrogativamente.
Triphammer lo miró como
si lo estuviera señalando con un dedo, y terminó por vomitar, con reproche.
–Perdone –dijo la
criatura.
Se encogió sobre sí
misma, contrayendo sus seudópodos en la masa principal de su cuerpo. Sus ojos
marrones abultaban enormemente y parpadeaban. Y, con una enorme rapidez, quedó
alterada su apariencia. Allí donde momentos antes sólo había existido un –¡oh!–
monstruo amorfo, se encontraba ahora un moreno y dulce anciano, con un bigote
corto y peludo y una nariz como la cabeza de una flecha, tan exacta como si
fuese un aditamento geométrico. Iba vestido con una camisa de color caqui, unos
pantalones cortos que le llegaban hasta la rodilla, y unos burdos zapatos de
caminante.
–¿Está mejor así?
–¡Oh, escrúpulos!
–exclamó Triphammer.
Y fue mejor así.
Triphammer y Puddleduck sabían cómo tratar a la gente. Las criaturas
fantasmales eran otra cosa. Se pusieron más brillantes para verle, pues el
viejo parecía una señal y ellos necesitaban desesperadamente de alguien de
quien aprovecharse.
El dulce viejo miró a su alrededor, observando aquella
habitación en semipenumbras, dentro de la nave espacial muerta y silenciosa,
como si se tratara de un lugar muy extraño.
–Perdónenme si soy
demasiado crítico con respecto a sus pasatiempos favoritos, pero ¿es esto
realmente lo que les gusta hacer? Parece algo muy limitado. Podrían estar
fuera, en un día como éste –dijo.
Monte Rushmore sacudió la
cabeza como una mariposa.
–No feliz, no feliz
–dijo–. ¡Oh, no! Se han perdido las esperanzas, ya lo sabe.
–Perdidas y terminadas
–explicó Triphammer–. Sin juicio, sin impulsión, sin nada.
–¡Es como para echarse a
reír! –dijo Puddleduck–. ¡Frustración masiva! En nombre de nuestra importancia,
no nos apures.
–Tuve la impresión de que
las cosas no iban bien –dijo el anciano–. No me pregunten cómo lo sabía. Tengo
un verdadero instinto para estas cosas. Bien, les ayudaré todo lo que pueda.
Vengan conmigo.
Se volvió y echó a andar
abruptamente a través de la pared de la nave. Y nadie le siguió.
Volvió a meter la cabeza
en el interior de la habitación, pareciendo como si se tratara de un buen
trofeo de caza.
–Bueno, vamos –dijo,
razonablemente.
Harold, sonriendo
ampliamente, dio un feliz paso hacia adelante. Entonces, se dio cuenta de que
Triphammer y Puddleduck seguían quietos. Quería, por encima de todas las cosas,
agradarles y ser mantenido con ellos. No pudo evitarlo. Se detuvo y borró la sonrisa
de su rostro, y ya no se movió, ya no respiró más. Tendría que comprobar qué
hacían sus padres, los ojos parpadeando a la derecha, los ojos parpadeando a la
izquierda, protegidos por los párpados.
–¿No vienen? –preguntó el
anciano–. Estoy dispuesto a ayudarles.
Monte Rushmore se
sobresaltó. Triphammer y Puddleduck, con una presencia de ánimo infinitivamente
mayor, sacudieron las cabezas en silencio.
–¿Qué ocurre?
–Ni una pluma con que
volar –dijeron–. Ya se lo dijimos, viejo. Estamos atrapados. Eso es lo que
pasa.
El amable viejo volvió a
entrar en la nave y se acarició el bigote.
–¿Están seguros de que no
pueden seguirme? –preguntó.
–No podemos.
–Podrían hacerlo si
quisieran.
–No podemos.
–¿Por qué no lo intentan?
–No podemos. Eso es todo.
–Bueno, ¿qué vamos a
hacer, entonces? –preguntó el anciano–. Parece que nos encontramos en un
callejón sin salida.
Él pensó. Todos ellos
pensaron, excepto Harold. Él observó. Él fue testigo.
Entonces, el anciano
dijo:
–Lo tengo. Sabía que
podría pensar en algo. Medios mecánicos.
Y apenas hubo pronunciado
las palabras cuando se encendieron las luces en la habitación, parpadeando al
principio, como la vela, pero terminando por brillar y sonreír con fuerza.
Sonó el teléfono.
Puddleduck contestó.
–¿Habla?
–Bésanos –dijo el rostro
excitado que apareció en el visor–. Arreglados los auxiliares. Podemos buscar
refugio.
–Gracias –dijo
Puddleduck–. ¿No podemos ir a casa?
–No hay forma. Se han de
hacer los principales nuevos.
–¡Oh! –exclamó
Puddleduck, y colgó.
–¿Pueden venir ahora?
–preguntó el anciano.
La nave avanzó
penosamente hacia donde él la dirigió y con el tiempo llegaron a un planeta,
verde como el Edén. No era tan malo, excepto por el hecho de que no estaba
cerca de nada. Se pusieron en órbita alrededor de él, manteniéndose en estrecha
compañía con el pequeño zumbido de un satélite.
–Esa roca es mi sede
–dijo el anciano–. Ahí es donde me siento para verlo todo cuando vengo de
visita. Éste es uno de mis planetas. Es pequeño, pero es un buen hogar. Si os
gusta, lo cultiváis, lo cuidáis y tenéis cuidado con él, os lo presto. ¿Qué os
parece?
–Hecho –dijeron ellos.
–Entonces, ya está hecho
–dijo el anciano–. Bueno, tengo que seguir con mis asuntos. Dentro de poco
pasaré a comprobar cómo os van las cosas. Si me necesitáis, sentaros en mi roca
y llamadme. Apareceré de inmediato. Y ahora, si me perdonáis...
–Espera, espera –dijeron
ellos–. Antes de marcharte hemos de saber... ¿quién eres, caprichoso anciano?
–Me podéis llamar
Propietario Cosa –dijo el viejo y volviéndose a Harold, preguntó–: ¿Vienes?
Harold miró a sus padres
con una rápida desviación de sus ojos, y después sacudió la cabeza con la misma
rapidez con que un corderillo puede mover la cola cuando mama.
–No –contestó–. Gracias.
Propietario Cosa se dio
un pequeño impulso sobre sus zapatos y atravesó ligeramente la pared,
penetrando en el espacio. Después, cuando ellos aún tenían las bocas abiertas
para hablarle, volvió a aparecer con la cabeza a través de la pared, por última
vez.
–Debéis tener mucho
cuidado con mi mundo, os lo advierto –dijo.
Y después desapareció
como un gurú que se desliza sobre sus pies desnudos por los campos de hielo del
Himalaya.
Cielo Azul espera a
Propietario Cosa. Tiene un pesado cañón en sus manos y tiene la intención de
hacer desaparecer adecuadamente a la Cosa. Ésa es la razón por la que está
aquí, sentado sobre esa pequeña roca del espacio.
Su mente gira con los
cielos de arriba. Su mente gira con el planeta marrón y desnudo de abajo. Su
mente se ha convertido en harina entre grandes piedras.
Él piensa: «Vamos. Vamos.
Ven y sé muerto.»
Llamaron al planeta Aquí,
o Zapato Este, o Este Basurero. No les gustó. No se ocuparon de él. No lo
cultivaron, ni lo cuidaron, ni hicieron lo que habían prometido hacer. No
tenían la intención de quedarse, así es que ¿para qué iban a hacerlo?
Se llamaron a sí mismos
Colonia Groombridge. En cuanto fijaron el rumbo, tuvieron la intención de
marcharse. Tenían la intención de largarse. Tenían la intención de irse. Hacia
Groombridge 1618/2 y hacia las cosas, tal y como se suponía que éstas debían ser.
Después de todo, habían pagado su buen dinero.
Desde que Triphammer y
Puddleduck quisieron regresar al gran tiempo galáctico, haciendo más hincapié
que cualesquiera otros –¡habla, sí!–, quedaron a cargo de todo. Y, como
verdaderos líderes, exhortaron a todos a que hicieran lo máximo posible.
Recordad: fijar el rumbo;
los principales se han de construir nuevos. Para hacer el trabajo, necesitaban
algo de Esto, algo de Aquello y algo de la Tercera Cosa.
Después de ponerse a
trabajar, no esperaron ni un momento. Construyeron ejes como moléculas.
Construyeron torres como hormigas. Martillearon, hicieron humo, fundieron y
forjaron. Electrolizaron y transmutaron. Desgarraron y explotaron y volvieron
el planeta patas arriba en busca de todo lo que necesitaban. Convirtieron el
planeta verde en un planeta marrón, aquellos groombrugianos. Realmente, lo
dejaron todo en estado caótico.
Y aquí viene lo más duro. Esto es algo raro en el universo. Lo
hicieron prácticamente en ningún tiempo. Y eso no se puede comprar en cualquier
tienda de la esquina. Encontraron dos veces más de lo que necesitaban. Pero la
Tercera Cosa, que en cualquier otra parte es algo tan común como el polvo, se
mostraba tan elusiva como la mariposa salvaje del amor. Después de años y años
de trabajo, apenas si habían acumulado un pequeño montón de material, y eso no
era suficiente.
Cuando estaban planeando
abandonar Zapato Este por la mañana, a la banda de Groombridge no le interesó
nada lo que le estaban haciendo al planeta. Pero cuando quedó demostrado que no
podrían marcharse tan temprano, hubo algunos que empezaron a preocuparse por lo
que Propietario Cosa podría convertir su trabajo.
No se trataba de nada que
se pudiera deslizar bajo la alfombra y sonreír como si nada hubiera pasado. Era
algo mucho más evidente que eso. Sí, en efecto.
Fue Triphammer la primera
en protestar por aquello. Y Puddleduck lo recogió de ella. Pero fue Puddleduck
quien pensó en la respuesta, y Triphammer quien la encontró válida. A menudo
funcionaba de ese modo. Formaban un equipo.
La respuesta fue situar a
Cielo Azul en aquella roca que giraba, para que fuera él quien asesinara al
monstruo por ellos. Según sus propios conceptos, resultaba una solución
perfecta. Puddleduck recordó que Propietario Cosa había dicho que acudiría
instantáneamente si se le llamaba desde aquella roca. ¡Ja! A su llamada, cuando
ellos estuvieran convenientemente preparados para recibirle, y después:
¡desaparecido! Entonces, tendrían todo el tiempo y la paz que necesitaban para
desgarrar el planeta hasta su propio corazón. Y Cielo Azul era el hombre.
Se estrecharon las manos
y se pusieron a buscar a Cielo Azul. Así era como llamaban ahora a Harold. Le
llamaban Cielo Azul porque se vestía así para almorzar. Pero ahora le
necesitaban. Él podía disparar.
Sí, él podía disparar.
Era una de las cosas que él podía hacer y que ningún otro pensaría en hacer.
Cielo Azul había crecido, para convertirse en un excéntrico.
Lo más difícil de todo
era que se tomaba la responsabilidad con seriedad. Él había estado allí cuando
se estableció el acuerdo con Propietario Cosa, y él había dicho en lo más
profundo de su corazón: «Prometo.» Y con lo perdedor que era, desperdiciaba su
tiempo tratando de vivir tal y como había prometido.
Allí donde las cosas eran
marrones, hacía todo lo que podía para volverlas verdes. Inútil. Allí donde la
banda de Groombridge cortaba y destrozaba el planeta, él se esforzaba en
reparar y corregir. Pero le superaban en número. Allí donde ellos extraían y
robaban, él cultivaba y cuidaba. Al menos, así lo intentaba. Cada día se
encontraba más lejos de sus propósitos.
Allí donde era necesario
para mantener el equilibrio, disparaba contra las cosas. Él pensaría: «Vamos.
Ven y sé muerto.» Y como todo el planeta de Propietario Cosa sabía que ponía
todo su interés, ellos acudían y él los mataba con amor y sentimiento.
Si Triphammer y
Puddleduck no hubieran sido consumados políticos y, en consecuencia,
tolerantes, y si no hubieran disfrutado de la carne fresca que él traía a casa
de vez en cuando, le habrían rechazado y habrían renegado de él. De todos
modos, probablemente tendrían que hacerlo. Tal y como estaban las cosas, le
llamaban Cielo Azul y le permitían que siguiera divirtiéndose. Y como
Triphammer y Puddleduck eran Triphammer y Puddleduck, la colonia Groombridge lo
admitía.
Tal y como dijo Monte
Rushmore, hablando en nombre de la comunidad:
–Los mejores necesitan
los más bajos para contrastar, ¿eh?
Cuando Triphammer y
Puddleduck encontraron a Cielo Azul, estaba lleno de polvo hasta las orejas,
tratando de empequeñecer un gran agujero. Durante el tiempo que él tardara en
rellenarlo, se harían otros tres grandes agujeros más en busca de la Tercera Cosa,
pero no era él de los que se quejaban. Conocía su obligación y, aunque nadie
más la cumpliera, él vivía para cumplirla.
–¡Eh, ruido sordo, hijo
de nosotros! –le dijeron–. Deja esa pala y ven acá. Hay cosas que llaman.
Cielo Azul hizo lo que se
le pedía. Dejó la pala en la arena y se apresuró a acudir junto a ellos.. Aún
anhelaba alcanzar su buena opinión, siempre que eso fuera compatible con lo que
él creía era correcto. ¡Oh! Para decir la verdad... hasta podía llegar a
establecer un compromiso con lo correcto con tal de lograr su buena opinión.
Ellos le habían cogido.
–Sí, sí –dijo él–. Amor a
los progen. Pongo mis fuerzas para vuestro propósito.
–¡Oh, mejor de los niños!
Trompetas por tu afán –le dijeron ellos.
Sacaron entonces el arma,
el rayo más poderoso de la colonia Groombridge que hacía desaparecer, y la
pusieron en sus manos.
–Elimina Propietario Cosa
para mamá y papá. Es una buena acción, hijo.
–¿Desaparecer Propietario
Cosa? ¿Dónde? ¿Por qué? ¡Oh, digo no!
Y Cielo Azul trató de
devolver el arma a Triphammer y Puddleduck, pero ellos no quisieron cogerla.
–Tuya –dijo Puddleduck.
–Tuya –dijo Triphammer.
–No, no, yo no –dijo
Cielo Azul.
–¿Quieres Este Basurero,
hijo mío? –preguntó Triphammer.
–Claro que sí.
–Una bota, dos botas
cuando el trabajo hecho y vete. Pierdes.
–Muerte miseria –dijo
Cielo Azul–. ¿Yo también? Pero no..., agujeros todas partes. Me aparto de
vista.
–¡Jo, jo! Hermit Harold
por sí mismo –dijo Puddleduck–. Pierdes.
–Desgracias –dijo Cielo
Azul, mirando el ecualizador que tenía en sus manos–. ¿Qué, qué? ¡Oh! ¿Doble
qué, qué?
Triphammer se acercó más
a él y le susurró dulcemente en la oreja:
–Hazle desaparecer en
fragmentos y trocitos.
–¿Qué se ha hecho de la
promesa?
Así que Cielo Azul espera
a Propietario Cosa. Arriba, arriba. Abajo, abajo. Está sentado en esa roca, con
la llamada habiéndose marchado lejos, y espera.
¡Y ahí está Propietario
Cosa! El anciano vadea a través del espacio hacia la roca donde está sentado
Cielo Azul.
Temblando, incapaz apenas
de controlarse, Cielo Azul levanta el arma en sus manos: la culata sobre su
hombro, la boca oscilando hacia abajo, apuntando. El arma ya está apuntada,
centrada sobre el bigote peludo. Y Cielo Azul aprieta el gatillo.
Surge un rayo y se produce un resplandor cegador. Ante el
resplandor, el traje espacial de Cielo Azul se polariza.
Le coge el rifle y lo
lanza al espacio, Sollozando. Sus ojos llenos de lágrimas. Grita más fuerte de
lo que jamás puede recordar haber hecho, como si hubiese perdido para siempre
su última e infinitamente preciosa esperanza.
Pero mientras está
sentado allí, desolado, un seudópodo le envuelve reconfortante por los hombros
y una voz de advertencia le dice:
–¿Cómo han ido las cosas?
Háblame de ellos.
Cielo Azul vuelve la
cabeza y abre los ojos. Allí, sentado a su lado, en esta roca antinaturalmente
cómoda, está Propietario Cosa, tal y como le vio por primera vez a través de
las cortinas echadas, hace ya mucho tiempo. Cálidos ojos marrones y seudópodos.
–Nada está bien –dice
Cielo Azul–. Mira allá abajo, a tu planeta. Ha sido convertido en marrón. A
nadie le gusta estar en tu mundo, excepto a mí. Todos los demás quieren
marcharse y, por mucho que lo intento, no puedo limpiarlo todo.
–Eso no es lo peor que
haya podido pasar en el mundo –dice Propietario Cosa–. Ya veremos lo que se
puede hacer. Sígueme.
Se desplaza hacia el otro
lado de la roca y Cielo Azul le sigue.
–Ésta es la parte de
arriba –dice Propietario Cosa–. Y ahora, mira.
Cielo Azul levanta la
mirada hacia Aquí. Llena el cielo por encima de él. Se siente invadido por una
gran ola cálida de misterio y respeto. Es momentáneamente demasiado para él y
tiene que cerrar los ojos y apartar la mirada, antes de poder mirar de nuevo.
–Nunca me di cuenta
–dice.
–Puedes curar el mundo
–le dice Propietario Cosa–. Puedes volver a hacerlo verde.
–¿Yo? –pregunta Cielo
Azul–. No, no puedo.
–¡Oh, claro que puedes!
–afirma Propietario Cosa–. Tengo fe en ti, Cielo Azul.
Cielo Azul se le queda
mirando, lleno de asombro. No le ha dicho a Propietario Cosa su nuevo nombre.
–¿Cómo puedo hacerlo?
–pregunta Cielo Azul–. No sé cómo.
–Debes salir fuera de ti
mismo y ponerte en el planeta. Nutrir y cuidar el planeta. Volverlo bueno de
nuevo. Concéntrate muy, muy intensamente. Mira el planeta y extiéndete tú mismo
de un modo tan tenue que desaparezcas.
Cielo Azul se siente
inseguro. Cielo Azul no cree. Pero Cielo Azul está decidido.
Levanta la mirada hacia Aquí, dominando el cielo como un gran
mandala. Es una ola: él anega. Es un viento: él disipa. Es una tela: pero él es
la araña que teje tenuemente, que hila muy fino, perdiéndose a sí mismo entre
los hilos de la telaraña. Y él trata al mundo, con ternura.
Propietario Cosa observa.
Propietario Cosa es testigo. Y por encima de ellos, en el cielo, el mundo se
vuelve verde.
Cuando Cielo Azul
reaparece, no es el mismo. Mira una vez a Propietario Cosa y sonríe, y después
los dos permanecen sentados allí, en silencio. Ellos han llamado. Ellos esperan
que su llamada sea contestada. Y, al cabo de un tiempo, una nave se eleva del
planeta y acude a la roca.
Se trata de Triphammer y
de Puddleduck. Hacen señas a Cielo Azul, como si él estuviera Solo. Él y
Propietario Cosa pasan a bordo de la nave. Triphammer y Puddleduck actúan como
si fueran ciegos ante la presencia de Propietario Cosa. Cielo Azul se quita su
traje espacial.
Triphammer y Puddleduck
dicen:
–¡Boquea, farfulla,
habla! ¡No, no, no! Debes quemar frustración... ¡Es como para echarse a reír!
Cielo Azul se siente
aturdido. Se vuelve hacia Propietario Cosa y dice:
–No les entiendo una sola
palabra.
Propietario Cosa hace
oscilar un pólipo, en gesto de simpatía.
–Puede ser de ese modo al
principio. Escúchales con atención. Concéntrate en cada una de las palabras y
algunas de ellas te parecerán claras.
Y así, Cielo Azul incluía
una de sus orejas hacia las palabras de Triphammer y de Puddleduck y se
concentra más intensamente que cuando curó el planeta. Y, a duras penas, el
significado se filtra hasta él. Están hablando sobre el repentino regreso del
planeta a su condición original. Al parecer, durante el proceso se han
derrumbado todos sus castillos. Sus minas ya no son suyas. Los montones
acumulados de Esto, Aquello y la Tercera Cosa han desaparecido en un repentino
parpadeo. Hablan sobre lo que ha sucedido y sobre lo que deben hacer.
Cielo Azul les escucha
hasta que ellos dejan de hablar. Entonces, sacude la cabeza, lleno de
admiración.
–Ofensa. Injusto. Falta
respeto –dice Triphammer.
Puddleduck asiente con un
gesto.
–Falta respeto por
nuestra importancia –dice–. Todo por hacer.
Propietario Cosa asiente.
–En efecto –dice–. Todo
por hacer. Decidles que se les va a dar una segunda oportunidad. Su única
esperanza consiste en aprovecharla debidamente.
Cielo Azul transmite el
mensaje.
–Regresad a Aquí –dice–,
y aprended a vivir allí. Es vuestra
única vida. Utilizadla bien.
Triphammer y Puddleduck
quedan asombrados ante estas palabras. Sus mandíbulas caen como la trampa de
una horca. Su hijo criado nunca les había hablado así con anterioridad.
Propietario Cosa dice:
–Vamos, Cielo Azul.
Quiero presentarte a alguna gente. Creo que te gustarán.
Atraviesa la pared como
si no existiera nada ante él. Cielo Azul mira a sus padres una última vez y
después le sigue. Atraviesa la pared de la nave y penetra en el espacio.
–Voy –le dice a
Propietario Cosa, avanzando a grandes zancadas hacia las estrellas situadas
ante él.
Cielo Azul ha mantenido
las cortinas muy apretadas en sus manos durante todo este largo tiempo. Ahora,
las abre del todo y mira.
MECENAS
William Rotsler
La ciencia ficción, como
su propio nombre indica, es un cruce muy peculiar ente ciencia y arte, y quizá
por esta razón a los escritores de ciencia ficción les gusta considerar los
modos en que se comparan estas dos formas de expresión humana. He aquí, por
ejemplo, una novela corta sobre una futura forma de arte, una historia de arte
ampliada y transformada por la ciencia. Pero el punto de encuentro entre el
arte y la ciencia se encuentra en el ser humano individual, y ahí es donde se
produce la transformación...
Ella se te queda mirando
desde su cubo casi negro, serena, tranquila, respirando con normalidad,
limitándose a mirarte. Está desnuda hasta las caderas, rodeada por un cinturón
enjoyado, y está sentada regiamente sobre un montón de lujosos almohadones. Su
pelo largo y blanco cae en cascada sobre sus hombros del color del albaricoque
y parece hecho para brillar ligeramente ante alguna luz oculta.
A medida que te acercas
al sensatrón de tamaño natural, las vibraciones llegan hasta ti. No se puede
exagerar la asombrosa realidad de la imagen tridimensional, pues el retrato de
una de las más grandes cortesanas de la historia, hecho por Michael Cuento, es
una gran obra de arte.
Mientras contemplas el
cubo, la imagen de Diana Snowdragon deja de parecer tan tranquila y, de algún
modo muy sutil, se convierte en algo ávido, dominante, atractivo. Está en
cueros, no desnuda. Se escuchan... casi, los sonidos sueltos de campanas de músicos
melora. El poder de su personalidad única es abrumador, tal y como es en
persona, pero en la interpretación del artista, se exponen también otras muchas
facetas.
El cubo-retrato del
sensatrón de Diana es universalmente reconocido como una obra maestra. El
sujeto quedó encantado.
El artista quedó
disgustado y me dije que el ego del sujeto le impidió ver la realidad que él
había construido.
Pero fue este cubo el que
proporcionó a Michael Benton Cilento la fama que deseaba, necesitaba y odiaba.
Éste fue el primer gran sensatrón en un momento en que los cubos empezaban a
ser utilizados por los artistas, en lugar de por los científicos. Se estaba
poniendo «de moda» el trabajar con sensatrones y en todas partes se hablaba de
comprar cepillos electrónicos, redes ciliares y espacios blancos.
Los sensatrones son la
última unión del arte y de la ciencia. Al menos por el momento. Las ciencias
están suministrando constantemente herramientas a los artistas, ya se trate de
pintura fija, que mantendrá su brillo durante mil años, o de un cepillo electrónico
para producir meticulosos cambios en un modelo geométrico de ondas de radar.
Los grupos estremecimiento ya están explorando los nuevos instrumentos de ondas
cerebrales que sólo crean música en el interior del propio cerebro.
Pero los sensatrones son
la furia del momento. Del mismo modo que los modelos de ropas relucientes de la
generación estremecimiento fueron adoptados y explotados por los medios de
comunicación, el mundo de la publicidad espera con impaciencia la construcción
de inmensos sensatrones que reproduzcan réplicas exactas de los productos, con
anuncios que digan «¡cómprame!» y que penetren en el cerebro de uno. Lleno de
ilusión, he hecho que uno de mis laboratorios de investigación empezara a
trabajar en un instrumento de creación de espacios blancos para eliminar el
supuesto ruido electrónico.
Los cubos pueden adquirir
una vida tan extraña, que se mantienen los rumores según los cuales ellos toman
una parte del alma de uno mismo. Quizá tengan razón. El exterior no sólo lo
captan las cámaras, proporcionando la base a partir de la cual trabaja el
artista del sensatrón, sino que los magnetofones alfa y beta, las máquinas EEG,
los sutiles repetidores de los latidos del corazón, todo registra lo que está
sucediendo en el interior. Muchos artistas utilizan una combinación de
numerosos registros, tomados a lo largo de un período de sesiones. Algunos
emplean momentos individuales específicos, o estados de ánimo, cada uno de
ellos registrado proyectado por los conos sónicos diferenciados y por los
proyectores alfa-beta. A estas proyecciones, el artista añade su propia
interpretación, creando un concierto casi musical de ondas que actúan sobre cualquier cerebro
humano que se encuentre dentro del
ámbito de recepción. Sigue siendo prerrogativa del artista el seleccionar,
eliminar, disminuir o hacer lo que él desee. Algunos artistas de sensatrones
incluyen los desequilibrios emocionales, así como los aspectos fuertes,
mientras que otros lo unifican y allanan todo. Algunos artistas están
experimentando con grabaciones postizas, mujer por hombre, animal por sujeto,
puras abstracciones en sustitución de la realidad. Cada uno de los que lo
intentan, aporta un nuevo punto de vista.
Todo lo que Mike Cilento
quiso hacer fue proyectar la verdad, tal y como él la veía. Quizá llegó a poner
al descubierto una capa del alma. Yo he estado cerca del modelo viviente de un
retrato sensatrón y el cubo me ha parecido mucho más interesante que la
persona, pero sólo cuando el artista era más grande que el sujeto.
El retrato de Mike de la
sociedad más infame –y más rica– le convirtió en famoso de la noche a la
mañana. Hasta los cubos repro que se pueden comprar hoy son impresionantes,
pero el original, con sus sutiles circuitos originales y sus emisiones
debidamente enfocadas, es verdaderamente sorprendente.
Un coleccionista de Roma
me llamó la atención sobre Cilento y cuando vi el cubo de la Snowdragon, me las
arreglé para que me lo presentaran. Nos encontramos en la villa de Santini, en
Ostia y, al igual que la mayoría de los artistas jóvenes, él ya había oído
hablar de mí.
Nos encontramos junto a
una piscina y sus primeras palabras fueron:
–Patrocinó usted a
Wiesenthal durante años, ¿no?
Yo asentí con un gesto,
sintiéndome tímido, pues por cada artista a quien uno ayuda, hay diez que lo
piden.
–Su ópera Moctezuma es
una verdadera tontería.
–Fue bien recibida
–repliqué, sonriendo.
–No comprendía a ese
azteca, del mismo modo que no comprendió a Cortés –me observó, con una mirada
de desafio.
–Estoy de acuerdo, pero
cuando escuché eso por primera vez, ya era demasiado tarde.
Se relajó e introdujo el
pie en el agua, guiñando el ojo hacia dos hijas casi desnudas de un barón de
los minerales lunares que pasaban por allí. Parecía haber dejado bien clara su
idea y no tener nada más que decir.
Cilento me intrigó.
Durante el transcurso de una serie de años en los que me dediqué a «descubrir»
artistas, me había encontrado con toda clase de tipos, desde los tímidos que se
ocultaban, hasta los fornidos que exigían mi patrocinio. Y también me había
encontrado con esa clase que parecía ser indiferente a mí, como era el caso de
Cilento. Pero otros muchos habían actuado de ese modo y yo había aprendido a
despreciarlo todo excepto el trabajo terminado y el potencial de trabajo.
–Su cubo de la Snowdragon
es extraordinario –dije.
Él asintió y miró en otra
dirección.
–Sí –admitió, y tras una
breve pausa, añadió–: Gracias.
Hablamos del cubo durante
un rato y me dijo lo que pensaba de su tema.
–Pero le hizo famoso
–observé.
Me miró de soslayo y, al
cabo de un momento, preguntó:
–¿Acaso en el arte se
trata sólo de eso?
Me eché a reír.
–La fama es muy útil.
Abre puertas. Hace posibles las cosas. Hace que sea más fácil llegar a ser
incluso más famoso.
–Le pone a uno enfermo
–dijo Cilento, con una sonrisa.
–También le puede matar a
uno –añadí.
–Es una herramienta, Mr.
Thorne, como los circuitos moleculares o la integración dinámica, o como un
simple destornillador. Pero le puede dar a uno libertad. Yo quiero esa
libertad; todo artista la necesita.
–¿Es ésa la razón por la
que escogió a Diana?
Él sonrió burlonamente y
asintió con un gesto.
–Además, esa mujer era un
gran desafío –dijo.
–Me lo imagino –dije,
sonriendo, pensando en Diana á los diecisiete años, hermosa y ávida, abriéndose
camino con sus garras, subiendo con su ayuda los muros monolíticos de la
sociedad.
Bebimos una copa, después
compartimos una escena psicodélica en las ruinas de un templo de Vesta, y nos
convertimos en Mike y en Brian el uno para el otro. Nos sentamos en viejas
piedras y nos reclinamos contra los restos de una columna, mirando las luces de
la villa de Santini, allá abajo.
–Un artista ama la
libertad más que a la pintura, la electricidad, los diagramas cúbicos o la
piedra –observó Mike–. O que la propia comida. Siempre puede uno conseguir los
materiales, pero la libertad para utilizarlos es algo precioso. Siempre hay un
tiempo determinado.
–¿Qué me dices del
dinero? Eso también es libertad –pregunté.
–A veces. Puedes tener
dinero y no tener libertad. Pero, normalmente, la fama trae dinero consigo.
Asentí con un gesto,
pensando que, en mi caso, había sido a la inversa.
Contemplamos la luz de la
media Luna sobre el Mar Tirreno, recreándonos en nuestros propios pensamientos.
Yo pensé en Madelon.
–Hay alguien a quien me
gustaría que hicieras –le dije–. Una mujer. Una mujer muy especial.
–Ahora no –se negó–.
Quizá más tarde. Tengo algunos encargos que quiero hacer.
–Tenme en cuenta cuando
dispongas de tiempo. Ella es una mujer muy poco corriente.
Él me miró y lanzó un
guijarro colina abajo.
–Estoy seguro de que lo
es –dijo.
–Te gusta hacer mujeres,
¿verdad? –pregunté.
–¿Has llegado a esa
conclusión después de haber visto un solo cubo? –preguntó, sonriendo a la luz
de la Luna.
–No. He comprado los tres
más pequeños que hiciste antes.
Me miró intensamente.
–¿Cómo sabías que
existían? No se lo había dicho a nadie.
–Algo tan bueno como el
cubo de la Snowdragon no podía proceder de la nada. Tenía que existir algo
hecho con anterioridad. Fui rastreando a los propietarios y los compré.
–La anciana es mi abuela
–me dijo–. Siento un poco el haberla vendido, pero necesitaba dinero.
Tomé nota mental para
devolvérselo.
–Sí, me gusta hacer
mujeres –admitió con suavidad, reclinándose contra la columna–. A los artistas
siempre les ha gustado hacer mujeres. Para... captar esa sombra elusiva de una
mirada momentánea... en la pintura, en piedra, en arcilla, en madera, en película...
o en construcciones moleculares.
–Rubens las vio rollizas
y alegres –comenté–. Lautrec, en cambio, las vio depravadas y reales.
–Para Da Vinci eran
misteriosas –replicó él–. Matisse las vio haraganas y voluptuosas. Miguel Ángel
apenas si las vio. Picasso las vio en las infinitas variedades de la locura.
–Gauguin... sensualidad
–comenté–. Henry Moore las vio como cosas abstractas, como punto inicial de la
forma. Las mujeres de Van Gogh reflejaban su propio cerebro de loco genial.
–Cézanne las contempló
como vacas plácidas –dijo Mike, sonriendo–. Fellini las vio como criaturas
multifacéticas que eran en parte ángeles y en parte bestias. En las fotografías
de André de Dienes, las mujeres son fantasías realistas, eróticas y extrañas.
–Tennessee Williams las
vio como caníbales locos, fascinantemente repulsivos –dije–. Las mujeres de
Sternberg eran irreales, duras, dramáticas. Las de Clayton eran demonios
depredadores.
–Jason las ve como
ángeles, ligeramente confundidos –dijo Mike, encantado con el pequeño juego–.
Coogan las vio como monstruos maternales.
–¿Y tú? –pregunté.
Se detuvo y la sonrisa
desapareció. Contestó al cabo de un largo rato.
–Como ilusiones, supongo.
Hizo rodar entre sus
dedos un fragmento de piedra de la época de César, y habló con suavidad, casi
como si estuviera haciéndolo consigo mismo.
–Ellas... no son del todo
reales, de algún modo. Las críticas dicen que he creado una obra maestra de
realismo erótico, un verdadero hito en las artes figurativas. Pero... ellas
son... trozos. Son increíblemente reales sólo durante un instante... fantásticamente
indefinidas en el momento siguiente. Las mujeres nunca son las mismas de un
momento a otro. Quizá sea ésa la razón por la que me fascinan.
Después de aquel
encuentro, no vi a Mike durante algún tiempo, aunque nos mantuvimos en
contacto. Hizo un retrato de la princesa Helga de Holanda, bastante
modestamente vestida, con el cubo lleno con sus famosas esculturas doradas y
con las vibraciones del amor y de la paz.
Para los monjes de
Welles, en Marte, Mike hizo un gran cubo de Buda, que se convirtió rápidamente
en una atracción turística. Los cubos repro hicieron ganar al monasterio una
pequeña fortuna.
Cualquier cosa que Mike
eligiera hacer era comprada rápidamente y los encargos fluían de individuos, de
empresas y fundaciones, e incluso de movimientos. Lo que hizo fue un simple
desnudo de su amante del momento. Era lo bastante erótico en cuanto a la pose,
pero poderosamente pornográfico en las vibraciones y después de que Mike la
dejara, recibió un contrato de la Universidad-Metro. El joven shah del Irán
compró el cubo para instalarlo en sus Jardines de Babilonia, que se construían
desde hacía tiempo.
Por su utilización de los
proyectores de ondas alfa, beta y gamma, así como por los progresos realizados
en sónicos diferenciados, Mike fue sujeto de toda una edición de la revista
Electrónica Moderna.
Mike había cumplido sus
deberes para con su arte, pues mientras estudiaba en el Instituto Tecnológico
de California, trabajó en el proyecto Escudo Celeste, un sistema de defensa
electrónica contra las partículas de baja energía, para ser utilizado en las
estaciones espaciales. Después de graduarse, empezó a trabajar en el complejo
de ondas cerebrales de Long Island, pertenecientes a los Laboratorios Bell.
Dejó este trabajo cuando obtuvo una beca Guggenheim para practicar su arte.
A partir de su cubo
«Mujer-placer», la General Electric utilizó algunas de las modificaciones de
Mike para sus nuevos proyectores e imágenes de multicapas y para sus
generadores de ondas beta. La empresa Nakamura Ltd. produjo una nueva cámara
con distribución de modelo circular, que contenía muchas de las sugerencias de
Mike y destinada a los artistas que utilizaban modelos de objetos
tridimensionales, para registrar el ciclo básico de imágenes, tales como
respiración, el correr del agua o la repetición de acontecimientos. Para los
artistas que trabajaban en abstracciones originales, Mike construyó su propio
cepillo electrónico ultra-fino, así como un generador de imagen conectado con
una computadora de gráficos, que producía un número casi infinito de variables.
Mike Cilento estaba
probándose a sí mismo como innovador e ingeniero, así como un artista, lo que
resultaba una combinación poco corriente.
Volví a encontrarme con
Mike en la inauguración de sus series «Sistema Solar», en el Gran Museo de
Atenas. Los diez cubos colgaban del techo, cada uno de ellos con su
interpretación no literal del Sol y de los planetas, desde la poderosa bola del
Sol hasta la brillante esfera de Plutón.
Mike parecía enjaulado,
como un tigre en una trampa, pero se sintió muy feliz de verme. Se dejó raptar
cuando me lo llevé a mi apartamento, en la parte vieja de la ciudad.
Suspiró cuando entramos,
echó la chaqueta sobre un sillón estilo vida, y salió al balcón. Yo tomé dos
copas y una botella de vino de Creta y me uní a él.
Volvió a suspirar, se
hundió en la silla y sorbió el vino.
–¿Te está exigiendo
demasiado la fama? –le pregunté.
–¿Por qué siempre quieren
a los artistas en las inauguraciones? –preguntó, lanzándome un gruñido–. El
arte habla por sí solo.
–Relaciones públicas.
Tocar el borde de la creatividad. Quizá piensan que de ese modo algo les tocará
a ellos.
Él volvió a gruñir y
permanecimos guardando un agradable silencio, mirando hacia el Partenón, más
alto e iluminado en la noche. Finalmente, dijo:
–Ser un artista es lo que
he querido ser siempre, como los chicos que crecen para ser astronautas o
jugadores de fútbol. Es un honor ser capaz de hacerlo, sea lo que sea. He
pintado y hecho escultura. He hecho mosaicos ligeros y modelos de puntos
brillantes. Hasta llegué a intentar la música durante algún tiempo. En
realidad, nada de eso parecía ser lo que quería. Pero creo que lo que más se
acerca son las construcciones moleculares.
–¿Debido a su gran
realismo?
–Eso es una parte.
Abstracción, realismo, expresionismo... eso sólo son etiquetas. Lo que importa
es lo que es, los pensamientos y las emociones que se transmiten. Las unidades
sensatrón son herramientas bastante buenas. Puede uno trabajar casi directamente
sobre las emociones. Cuando la General Electric tenga preparadas las nuevas
unidades, creo que será posible conseguir matices aún más sutiles con las ondas
alfa. Y, desde luego, con más unidades se pueden hacer cosas más complejas.
–Eres tan buen ingeniero
como artista –le dije.
Sonrió y bebió un poco de
vino.
–Todo medio, toda técnica
tiene para aquéllos que encuentran en esa zona una especie de festín
particular. Considera a los actores. Antes sólo estaba la obra, desde el
principio hasta el final, sin retomar y con vida. Después llegaron la película
y la grabadora y los acontecimientos empezaron a salirse de secuencia. Ninguna
línea emocional que seguir desde el principio al fin. Se necesita una clase
particular de actor que pueda disciplinarse a sí mismo para esas escenas
retrospectivas y futuras. En los tiempos de la mímica, probablemente se
perdieron actores estupendos porque su arte estaba en la voz.
–¿Y hoy? –pregunté.
–En la actualidad, el
artista que no pueda dominar la electrónica se enfrenta a un período difícil en
muchas de las artes. Leonardo da Vinci podría pasar, pero probablemente Miguel
Ángel no. Hay muchos artistas buenos nacidos fuera de su tiempo, en ambas
direcciones.
Le hice entonces una
pregunta que solía hacer a los artistas que trabajaban con medios no
tradicionales.
–¿Por qué es el sensatrón
un medio tan bueno para ti?
–Es inmensamente
versátil. Una línea sólo puede hacer un cierto número de cosas y apuntar otras.
Una pintura al óleo es estática. Trata de ser real, pero es un momento
congelado. No obstante, hay veces en que los momentos congelados son mejores
que el movimiento. Una película, una cinta, una representación, toda ellas
contienen una variedad de significados y emociones, y hasta de cambios de lugar
y perspectiva. Como tales, son buenas herramientas. Cuanto más se pueda
comunicar, tanto mejor. Con el poder del sensatrón se pueden transmitir al
espectador tales emociones, tales sentimientos, que éste se convierte en un
participante y no en un simple espectador. Implicación. Compromiso. Yo nunca
haría un sensatrón para comunicar algunas cosas simplemente porque hay tanto
trabajo y la comunicación es lo de menos. Pero las unidades sensatrón pueden
hacer casi todo lo que hace cualquier otra forma de arte. Ésa es la razón por
la que me gusta. No porque sea el arte de moda en estos momentos.
–¿No has tenido ningún
problema para conseguir tu primera licencia? –pregunté.
–No, la gente del
Guggenheim lo arregló –contestó, moviendo la cabeza–. La idea de tener que
poseer una licencia para hacer una obra de arte parece estúpida –levantó su
mano antes de que yo pudiera replicar–. Sí, ya sé. Si no vigilaban quiénes
tenían control de los proyectores alfa a omega, nos apresuraríamos a votar a un
dictador sin saber siquiera lo que estábamos haciendo. O eso es lo que piensan.
–Es una fuerza poderosa, casi irresistible. Tu propio cerebro te
está diciendo compra, compra, compra, usa, usa, usa y eso es algo muy difícil
de contrarrestar. Piensa por ejemplo en las drogas con receta.
Él hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza y observó:
–¿Pero es que no lo entiendes? Lo siento, Miguel Ángel, pero
este fragmento del mármol de Carrara necesita una licencia de prioridad IX y tú
sólo tienes una licencia IV. Y Miguel Ángel diría: «Pero si yo sólo quiero
hacer esta estatua de David. Un joven alto, grande, con una honda y una especie
de mirada taciturna. No será porque está desnudo, ¿verdad?» Deberá ir a la
Comisión de Control Artístico de la bella ciudad de Florencia, signar
Buonarrotti, y rellenar allí papeles por triplicado, poniendo primero su
apellido y después su nombre de pila. Y recuerda que es importante la buena
presentación. Habla con el papa Julio. Quizás él lo pueda arreglar.
Nos echamos a reír
suavemente en la noche.
–Pero ahora –dije–, el
arte y la tecnología coexisten más que nunca.
–¡Oh, ya comprendo! –dijo
Mike, suspirando–. Pero eso no tiene por qué gustarme.
Pensé en el pornotrón que
alguien me había dado y que ahora colgaba del techo de mi apartamento de Moscú.
Una noche pasada con una saludable clarinetista rubia fue suficiente para
convencerme de que no necesitaba ninguna clase de estímulos artificiales para
aumentar mis placeres sexuales. Era como si a uno le obligaran a tomar su
postre favorito.
Volvimos a caer en el
silencio. La ciudad antigua murmuraba. Pensé en Madelon.
–Aún quiero que hagas ese
retrato de alguien muy cercano a mí –le recordé.
–Pronto. Primero quiero
hacer un cubo de una chica que conozco. Pero tengo que encontrar un nuevo lugar
donde trabajar. Ahora que han descubierto dónde estoy, me molestan
continuamente.
Le mencioné mi villa en
Sikinos, en el Egeo, y Mike pareció interesado, de modo que se la ofrecí.
–Hay allí un antiguo
granero que puedes utilizar como estudio. Dispone de una planta controlada de
fusión de plasma, de modo que tendrás toda la energía que necesites. Hay una
casa, la pareja que cuida de ella y un pequeño pueblo cercano. Me sentiría honrado
si la utilizaras.
Aceptó la oferta
cortésmente y yo hablé durante un rato de Sikinos y de su historia.
–Las civilizaciones más
antiguas son las que más me interesan –dijo Mike–. Babilonia, Asiría, Sumeria,
Egipto, el valle del Éufrates. Creta me parece como una recién llegada.
Entonces, todo era nuevo. Todo estaba por inventar,. por ver, por creer. Los dioses
no estaban divididos en cristiandad y todo lo demás. Creo que había un dios
para cada cual, grande pequeño. No se trataba de Dios y de los anti-dioses.
Entonces, la vida era simple.
–También era más
desesperada –observé–. Reyes despóticos. Enfermedades. Ignorancia.
Superstición. Estaba todo inventar, sí, porque hasta entonces no se habían
inventado aún muchas cosas.
–Estás confundiendo la
tecnología con el progreso. En aquella época tenían aire limpio, tierras
nuevas, frescura. El mundo aún no estaba usado.
–Eres un pionero, Mike
–le dije–. Estás trabajando en un medio totalmente nuevo.
Se echó a reír y bebió un
trago de vino.
–En realidad, no es así.
Todo arte comenzó como ciencia y toda ciencia empezó como arte. Los ingenieros
utilizaron los sensatrones antes que los artistas. Antes de eso hubo una docena
de líneas de pensamiento e invención que se cruzaron en un momento para
convertirse en sensatrones. Lo que sucede es que los sensatrones resultan ser
un medio mejor para decir ciertas cosas. Para decir otras, puede ser mejor
dibujo a lápiz, o un poema o una película. O quizá sea mejor no decir nada.
–El artista no ve cosas
–le dije, sonriendo–. Se ve a sí mismo.
Mike sonrió y se quedó
mirando un largo rato la estructura de columnas de la colina.
–Sí, sin duda lo hace así
–dijo suavemente.
–¿Por eso haces tan bien
a las mujeres? –pregunté–. ¿Ves ellas lo que quieres ver, esas facetas de «tí»
que te interesan a tí mismo?
Volvió su peluda cabeza
morena y me miró.
–Pensé que eras una
especie de gran hombre de negocios, Brian. Ahora, me estás pareciendo un
artista.
–Lo soy. Soy ambas cosas.
Un hombre de negocios con talento para el dinero y un artista sin ningún
talento.
–Hay muchos artistas sin
talento. Lo suplen con la persistencia.
–A menudo desearía que no
fuera así –refunfuñé–. Todo 'el mundo cree ser un artista. Si yo no tengo
ningún talento, debería darme cuenta de que no lo tengo. Sin embargo, creo ser
muy bueno cuando se trata de apreciar. Ésa es la razón por la que quiero que
hagas un cubo de mi amiga.
–Persistencia, ¿lo ves?
–dijo, riendo–. Voy a hacer un desnudo muy erótico mientras esté en Sikinos.
Después, quizá, querré hacer algo más tranquilo. Quizás entonces haga a tu
amiga, si ella me interesa.
–Puede que ella no sea
tan tranquila. Es... un original.
Lo dejamos así y le dije
que se pusiera en contacto con mi oficina, en Atenas, cuando estuviera listo
para marcharse a la isla, asegurándole que ellos se encargarían de solucionarlo
todo.
Más tarde, casi por
accidente y a través de un amigo, me enteré de que Mike estaba «obligado»
temporalmente a trabajar en algo llamado el Proyecto Guardián. Le puse una
llamada de video y me encontré con una pared de cinta roja y de seguridad que
me impedía hablar con él en la Estación Tres, el satélite espacial de
investigación médica. Afortunadamente,
conocía a un general del aire que compartía mi pasión por la escultura esquimal
y por las viejas películas del Oeste de Louis L'Amour. Él lo arregló y vi a
Mike, que había salido un momento fuera de servicio.
–¿Qué te están obligando
a hacer, un retrato del comandante?
Sonrió débilmente y se
dejó caer pesadamente de la litera donde estaba, apartando el tocadiscos con el
pie para ponerse mejor en el centro de la imagen.
–Nada tan fácil como eso.
Guardián es Escudo Celeste de nuevo, pero con prioridad uno. Han hecho girar a
todo el mundo aquí arriba para observación y han traído sangre fresca. Al
parecer, pensaron que yo podría ayudar.
Tenía aspecto cansado y
distraído.
–¿Puedo hacer algo?
¿Quieres que vea si puedo sacarte de ahí? Conozco a unas cuantas personas.
Sacudió la cabeza
negativamente.
–No. De todos modos,
gracias. Me dieron a elegir entre una obligación de prioridad continua o un
contrato. Sólo quiero pasarlo y volver a vivir mi vida.
Se quedó mirando
fijamente los papeles que tenía en la mano, con ojos que no veían.
–¿Son las partículas de
baja energía las que están planteándoles problemas?
Asintió con un gesto.
–El problema es la
exposición durante un largo período de tiempo. Se produce una repentina
transmutación metabólica que es desastrosa. A menos que podamos vencer ese
problema, tendrá que limitarse el tiempo que el hombre puede estar en el
espacio –mostró en la mano un módulo del tamaño de un dedo gordo–. Creo que
esto lo puede conseguir, pero no estoy seguro. Se trata del prototipo de un
sistema molecular a escala completa que he diseñado.
–¿Puedes conseguir una
patente? –pregunté automáticamente.
Sacudió la cabeza
negativamente y se rascó la cara con el módulo, diciendo:
–Cualquier cosa que
diseñe es de ellos. Así lo dice el contrato. Como ves, el problema no está en
el sistema molecular escala completa, sino en los malditos sistemas sensores y
de control. Primero hay que encontrar las partículas, después hay que atraer su
atención. ¡Dios! Si pudiera relegarlas al subespacio y desembarazarme de ellas,
podría... –su voz se Desvaneció y se quedó mirando fijamente el modulo.
Al cabo de un rato
pareció recuperarse y sonrió hacia mí.
–Lo siento. Escucha,
déjame que te llame más tarde. Se me acaba de ocurrir una idea.
–¿Inspiración artística?
–pregunté, burlón.
–¿Eh? Sí, supongo que sí.
Me perdonas, ¿eh?
–Claro.
Él cerró el control y yo
me encontré mirando la estática. ¡No volví a verle durante cinco meses y
entonces recibí una llamada de la base Sahara, que me encontró en mi hotel de
Pekín. Me dijo que no podía hablarme del Proyecto Guardián, pero que estaba libre
para aceptar mi oferta de Sikinos, si es que aún la mantenía. Le envié
directamente a la isla y transcurrieron otros dos meses antes de tener alguna
otra noticia de él. Recibí un dibujo a lápiz suyo de la vista que se podía
contemplar desde la terraza de la villa, con una joven desnuda tomando baños de
Sol. Después, a finales de agosto, recibí una llamada suya en mi despacho de
Anomalías Generales.
–He terminado el cubo de
Sofía. Estoy en Atenas. ¿Dónde estás tú? Tu oficina se ha mostrado muy
misteriosa y me ha comunicado directamente contigo.
–Ése es su trabajo. Una
parte del mío consiste en no permitir que ciertas personas sepan dónde estoy y
qué hago. Pero estoy en Nueva York. El martes me marcho a Bombay, pero podría
pasar por ahí. Estoy ansioso por ver el nuevo cubo. ¿Quién es Sofía?
–Una chica. Ahora se ha
marchado.
–Y eso, ¿es bueno o malo?
–Ni lo uno ni lo otro.
Estoy con Nikki, de modo que puedes pasar por aquí. Me gustaría conocer tu
opinión sobre lo nuevo.
Me sentí repentinamente
orgulloso.
–El martes en casa de
Nikki. Dale recuerdos a ella y a Barry –colgué y marqué para comunicar con
Madelon.
Hermosa Madelon. Rica
Madelon. Famosa Madelon. Madelon, la superlativa. Madelon, la elusiva. Madelon,
la ilusión.
La vi a los diecinueve
años, delgada, pero voluptuosa, situada en el centro de un semicírculo de
hombres que la admiraban en una aburrida fiesta de San Francisco. La deseé
instantáneamente, con esa «impresión de reconocimiento» de que hablan algunos.
Ella me miró por entre
los hombros de un ejecutivo de comunicaciones y de un magnate de combustibles
fósiles. Su mirada era firme y la expresión de su rostro serena. Me sentí
ligeramente tonto de quedarme mirándola así, y se pusieron en acción muchos de los
reflejos automáticos que desarrollaban los hombres ricos para ahorrarse dinero
y ataques al corazón. Empecé a dar media vuelta y ella sonrió.
Me detuve, mientras
seguía mirándola, y ella pidió excusas al hombre que le hablaba y avanzó un
poco.
–¿Se marcha usted ahora?
–preguntó.
Asentí con un gesto,
ligeramente confundido. Con un gran encanto, ella pidió perdón al semicírculo
de hombres que la vio acercarse a mí, con expresiones de mala gana.
–Estoy dispuesta –me dijo
de aquella forma tan serena y tan suya.
Sonreí, con todos mis
circuitos protectores activados y alerta, pero mi ego se sintió tocado.
Nos metimos en el
ascensor de cristal que nos dejó fuera del complejo de la Torre Fairmont y
contemplamos la neblina que se abalanzaba sobre las colinas, cerca de Picos
Gemelos, para descender después sobre la ciudad.
–¿Adonde vamos? –preguntó
ella.
–¿Adonde le gustaría ir?
Me había encontrado con
mil mujeres que se unieron a mí con todo el aparente gusto, encanto y
casualidad naturales posibles entre una pobre chica y un hombre rico. Algunas
habían sido atrevidas, otras sutiles, otras tan sutiles como podían serlo.
Algunas habían ofrecido con toda franqueza acuerdos de negocios. Yo había
aceptado algunos en mis tiempos. Pero ésta..., ésta o era diferente a todas, o
más sutil que la mayoría.
–Espera que le diga: «A
donde quieras», ¿no es eso? –me dijo, con una sonrisa.
–Sí. De una forma u otra,
sí.
Dejamos el ascensor y nos
introdujimos directamente en el garaje vigilado. A veces, entrar en el coche de
uno en una calle pública es algo peligroso para un hombre rico.
–Bien, ¿adonde vamos?
Ella me sonrió mientras
Bowie nos abría la puerta. La puerta se cerró suavemente tras nosotros, como la
puerta de seguridad que casi era.
–He estado considerando
dos posibilidades. Mi hotel y trabajar en algunos documentos... o Tierra,
Fuego, Aire y Agua.
–Hagamos las dos cosas.
No he estado nunca en ninguno de los dos sitios.
Tomé el intercomunicador.
–Bowie, llévanos a
Tierra, Fuego, Aire y Agua.
–Sí, señor. Informaré a
control.
Ella se echó a reír y
dijo:
–¿Le está vigilando
alguien?
–Sí, mi control local.
Han de saber dónde estoy en cada momento, aunque no quiera ser encontrado. Es
el castigo por tener negocios en diversas zonas de tiempo. Y, a propósito,
¿empleamos nombres?
–Claro, ¿por qué no?
–dijo, sonriendo–. Usted es Brian Thorne y yo soy Madelon Morgana. Usted es
rico y yo pobre.
Me la quedé mirando,
desde el pelo casualmente suelto hasta las frágiles sandalias.
–No..., creo que puede
usted estar sin dinero, pero en modo alguno es pobre.
–Gracias –dijo ella.
San Francisco pasó ante
nosotros y Bowie obturó las ventanillas cuando nos aproximamos a una pequeña
algarada callejera, girando después hacia la orilla del agua. Cuando todo
estuvo seguro, volvió a permitirnos contemplar el paisaje de la ciudad, mientras
rodamos colina abajo y arriba.
Cuando llegamos a Tierra,
Fuego, Aire y Agua, Bowie me llamó, excusándose, cuando ya estaba a punto de
cruzar la puerta. Le pedí a Madelon que me esperara y regresé al vehículo para
escuchar el informe en el interfono. Cuando volví a reunirme con Madelon, en el
interior del local, ella me sonrió, preguntándome:
–¿Qué tal fue mi informe?
Cuando puse expresión de
inocencia, ella se echó a reír.
–Me sentiría muy
sorprendida si Bowie no tuviera ya un dossier completo sobre mí, entregado por
su control o lo que sea. Dígame, ¿soy una persona peligrosa, una anarquista,
una dinamitera o algo por el estilo?
Sonreí, pues me gustaba
la gente perceptiva.
–Dice que es usted la
hija ilegítima de madame Chiang Kai-Shek y de Johnny Potseed, con condenas por
lampería, trabajos penosos y miseria.
–¿Qué es lampería?
–No tengo la menor idea.
Mi equipo omnisciente me dice que tiene usted diecinueve años, que es una joven
aldeana de Montana y una semi-huérfana que trabajó durante once meses en Great
Falls, en una oficina de las empresas Blackfoot National.
Abrió mucho los ojos y la
boca.
–¡Por fin lo han
encontrado! ¡Mis desesperados secretos al descubierto!
Me tomó por el brazo y me
introdujo en el ascensor que nos bajaría a la caverna. Me miró con unos ojos
grandes e inocentes, mientras estábamos en el abarrotado ascensor.
–¡Eh, Mr. Thorne! Cuando estuve de acuerdo con usted y con Mrs. Thorne para cuidar
de sus hijos, no me imaginé que me sacaría a dar una vuelta.
Giré la cabeza con
lentitud y la miré con una expresión granítica, ignorando las miradas curiosas
y burlonas.
–La próxima vez que la
encuentre haciendo lamperías con mi afghana, la voy a dejar en casa.
Sus ojos se pusieron
húmedos y tristes.
–No, por favor. Prometo
ser buena. Puede volverme a dar de latigazos cuando regresemos a casa.
–No –dije, elevando las
cejas–, creo que será suficiente con llevar el collar –se abrió la puerta–.
Vamos, querida. Perdóneme, por favor.
–Sí, mi amo –dijo ella,
humildemente.
La parte de Tierra del
club era el suelo tosco situado bajo una de las muchas colinas de San
Francisco, pulverizado con un plástico estructural, de modo que tenía el mismo
aspecto que una caverna, y parecía bastante fuerte. Bajamos por el pasillo, que
seguía unas curvas, hacia la marea de ruido que producía un famoso equipo de
estremecimiento y penetramos en la enorme caverna hemisférica. Sobre nosotros,
un enrejado de hormigón armado sostenía una piscina transparente llena de
nadadores desnudos y semidesnudos. Algunos eran clientes y otros profesionales
dedicados a divertirlos.
En una de las esquinas había una cascada de agua y las antorchas
ardían en los contenedores colgados de la pared, mientras que una luz rojiza
parpadeante se proyectaba sobre todo el escenario. El grupo de estremecimiento
seguía actuando desde una cueva abierta en las paredes, a mitad de camino de la
piscina, situada más arriba.
Cuando la tomé por el
brazo para guiarla hacia la multitud estremecida de la pista de baile, le dije:
–Sabe muy bien que no
existe una Mrs. Thorne. Ella me sonrió con una serena confianza.
–En efecto.
La noche se arremolinaba
a nuestro alrededor. Soplaban vientos, perfumados y cálidos, después fríos y
bruscos. La gente se hundía en el agua, sobre nosotros, con galaxias de
burbujas a su alrededor. Un grupo de estremecimiento daba paso a otro, animales
curtidos con pieles de pseudo-león y pelos desmelenados, las mujeres con los
pechos desnudos y lascivas. Madelon fue cien mujeres diferentes en cien mitos,
pero al parecer sin esfuerzo alguno. Todo era ella misma, desde una malhumorada
sirena, hasta una alegre adolescente. Debo confesar que sentí un inevitable
encaprichamiento y que no me preocupé por averiguar si me estaba tendiendo una
trampa o no.
La decoración elemental
era estimulante y me sentí más joven de lo que me había sentido en años. La
gente se unió a nosotros, rió y bebió y tropezó y se marchó y otros llegaron.
Madelon era como un imán que atraía la alegría y el encanto y yo me sentí muy
orgulloso.
Subimos a la superficie
al amanecer y yo apreté un botón de un intercomunicador a distancia, para
avisar a Bowie. Fuimos a contemplar la salida del Sol sobre la bahía y después
nos dirigimos a mi hotel. En el ascensor, dije:
– Tendré que arreglar esto
con Bowie. No suelo salir de este modo.
–¿De veras?
La expresión de su rostro era traviesa. Después, se suavizó y
nos besamos delante de mi puerta. En cuanto entramos, ella empezó a desnudarse,
con gran naturalidad y, riéndose, me introdujo en la ducha, mientras yo apenas
empezaba a aprenderme la belleza de su pequeña y hermosa figura. Enjabonamos y
enjuagamos nuestros cuerpos el uno al otro y me sentí más joven y más vivo de
lo que me había sentido en no sé cuánto tiempo.
Hicimos el amor mientras
sonaba la música. En el exterior, la ciudad se despertaba y comenzaba con sus
asuntos. ¿Qué se puede decir sobre dos personas que hacen el amor por primera
vez? A veces, resulta un verdadero desastre, pues ninguno de los dos conoce al
otro, y ese desastre influye sobre los acontecimientos posteriores. Pero otras
veces es algo realmente excitante y nuevo y maravilloso, y satisfactorio,
impulsándole a uno a desear hacerlo una y otra vez.
Aquello cambió mi vida.
La llevé a Tritón, la
ciudad de cúpulas situada bajo el Mediterráneo, cerca de Malta, donde
contemplamos maravillados las branquias orgánicas de investigación y observamos
los muelles de barrido de placton. Nos pusimos branquias membranosas
artificiales y nos zambullimos entre las rocas y pescamos a grandes
profundidades. Su pelo se extendía detrás de ella como el de una sirena, y
descendimos muy al fondo y nos elevamos con un enjambre de rápidos peces
fosforescentes. «Descubrimos» los restos llenos de costras de una galera de
guerra fenicia, e hicimos el amor a treinta y seis metros de profundidad.
Visitamos Naxos, donde
Dionisos encontró a Ariadna, dormida junto a la orilla, abandonada por Teseo, y
donde encontré a Madelon, desnuda y resplandeciente, jugando en una piscina de
marea. En Kos, el lugar de nacimiento de Hipócrates, Hilary organizó una gran
recepción en su villa y asistimos a una «premier» de Thea Simón en cinta,
comimos fruta en la terraza y observamos cómo las naves salían al espacio desde
la base Sahara.
Volamos a San Salvador y
rodamos por las altas hierbas de mi rancho de ganado, e hicimos el amor en una
corriente de agua. Contemplamos la Gran Barrera Carolina en la reserva
ecológica y paseamos por la playa de Bora Bora a la puesta del Sol, hablando de
nuestra infancia. Vimos a los bailarines del templo de Angkor Wat, y sentí lo
viejo y lo joven que era. Acudimos a una fiesta en el establecimiento de Li
Wing, en Nanking, donde Madelon pareció sentirse infantilmente satisfecha por
el hecho de que rechazara la oferta de tres alegres bellezas por pasar una
noche más con ella.
El mundo era un lugar de
juego, un juguete maravilloso. Podíamos deplorar los duros pero necesarios
métodos que estaban utilizando para reducir la población en la India, incluso
cuando volamos muy por encima, en dirección a París, para asistir a la féte de
André, adonde acudían las mujeres más hermosas de Europa con sus cuerpos
esculturales cubiertos de joyas y poco más.
La llevé a las
excavaciones arqueológicas de Ur, en el caluroso y polvoriento valle del
Éufrates, pero permanecimos en una villa móvil, dotada de aire acondicionado.
Navegamos por el Océano Indico con Karpolis, precisamente en la época en que
las sublevaciones de Bombay estaban costando la vida a cientos de miles de
personas. El resto del mundo parecía muy alejado y, en realidad, no me
importaba mucho, pues estaba disfrutando de un verdadero festín amoroso. Mi
ayudante Benedict se encargaba de solucionar las cuestiones de rutina y yo hice
a un lado todo lo demás durante un tiempo. Fuimos a Estación Uno y «bailamos»
en gravedad cero en el llamado «Salón de Baile Estelar», en la gran sala de la
estructura central. Tomamos el vehículo a la Luna, para que Madelon hiciera su
primera visita. Vi la base Tycho con ojos frescos y una sensación de aventura y
maravilla que ella misma generaba. Subimos a la Cúpula Copérnico y después
dimos una vuelta por el nuevo Joven Observatorio, situado en la cara oculta.
Contemplamos juntos las estrellas, viéndolas con absoluta claridad, muy
cercanas y sin parpadeos. Quise recorrer todo el camino y lo mismo quiso ella.
Envueltos en nuestros gruesos trajes espaciales, dimos un paseo por la
superficie, ligeramente molestos al ser discretamente observados por un guía
turístico Lunar, que estaba allí para asegurarse de que los novatos no
cometieran tonterías.
Nos encantó cada uno de
los minutos que pasamos allí. Por la noche, nos echábamos en nuestra cama,
modelo cuchara, y hablábamos de las estrellas y de la vida de otros mundos y
hacíamos planes de amantes para el futuro.
Estaba enamorado. Me
sentía ciego, inexperto, sensible, feliz, loco y alocadamente tonto. Gasté un
verdadero tesoro emocional y calculé que había sido bien empleado. En efecto,
estaba enamorado.
Pero el amor no puede ser
rígido, ni puede comprarse, ni siquiera con amor. El amor sólo puede ser un
regalo, entregado libremente, tomado libremente. Utilicé mi dinero como una
herramienta, tal y como Cilento podía utilizar un modelo de pantalla de radar,
para conseguir con él tiempo y placer, no para «comprar» a Madelon.
Todos aquellos viajes
costaron una fortuna, pero ésa era una de las razones por las que tenía dinero.
Podía haber dejado de trabajar para obtenerlo desde mucho antes, excepto por el
hecho de que habría consumido seriamente mi capital en comisiones y proyectos y
viajes de placer y mujeres. Ya estaba empezando a pensar en ir a Marte con
Madelon, pero eso significaba un viaje de siete meses en una sola dirección y
habría representado un gran zarpazo de tiempo a mi programa.
En lugar de eso, la
presenté a mi mundo. Asistimos a los acontecimientos públicos, a los
conciertos, exposiciones y fiestas. Ella compartió mi entusiasmo para encontrar
y ayudar a jóvenes artistas en todos los campos, desde el pobre campesino
mexicano con un gran talento natural para la fabricación de esculturas de
arcilla, hasta el eslavo peludo y malhumorado, con la casa llena de
extraordinarias cintas sintetizadoras que muy pocos habían escuchado.
Estaba, además, el mundo
privado, las casas «seguras» existentes en diversas partes del globo, las
playas privadas y los coches rápidos, los amigos valiosos, como Turner, el
senador, y Dum, el percusionista; como Barbara y Carol y Greg y los demás. Ella
tenía ropa interior de Queen Kong, en Shanghai, y vestidos recamados de joyas
de Simpson. Tenía todo lo que deseaba, que fue, probablemente, mi primer error.
Algunos habían dicho que
Madelon Morgana era una bruja, una Circe, una perra, una cazadora de fortuna,
una corruptora. Otros dijeron que se la entendía mal, que era un ángel, una
santa, una criatura muy en contra del pecado. Yo la conocía muy bien y, probablemente,
era todas aquellas cosas en varios momentos y lugares. Fui el primero, último y
único esposo legal de Madelon Morgana.
La quería y la conseguí.
El conseguir una mujer deseada no era tan difícil. Si me subía sobre mi dinero
y mi fama, podía llegar a ser muy alto. A veces, me preguntaba qué tal sería
como amante sin dinero, pero era demasiado perezoso para intentarlo.
Quería a Madelon porque
era la mujer más hermosa que había visto jamás y la menos aburrida. Tarde o
temprano, todas las mujeres me aburrían, así como la mayoría de los hombres.
Cuando no se producen sorpresas, hasta las personas más atractivas pasan de moda.
A veces, Madelon podía despertar una gran variedad de emociones en mí, desde el
amor al odio, pero nunca me aburrió, y el aburrimiento es el mayor de los
pecados. Incluso aquellos que trabajan para no estar aburridos pueden llegar a
sentirse aburridos de que se noten sus esfuerzos. Pero Madelon era maravillosa,
tanto interior como exteriormente, y yo ya me había cansado de carne hermosa y
mentes usuales.
No fue tanto el hecho de
que «consiguiera» a Madelon como el de casarme con ella. La atraje, nuestra
vida sexual era extraordinaria y mi riqueza era precisamente lo que ella
necesitaba. Mi dinero era su libertad.
Me abrí a ella como no lo
había hecho a nadie más. Traté mostrarle mi mundo, al menos en su vertiente
artística. La parte de los negocios era la que correspondía al juego, una
especie de ajedrez global, o de póquer interplanetario, insípido para la mayor
parte de la gente.
La llevé al concierto de
un joven músico sintetizador, cuya carrera estaba patrocinando una de las
instituciones creadas por mí. La observé manejar la atención y la fama
instantánea que adquieren las bellezas desconocidas unidas al dinero y al
poder. Más tarde, estábamos echados sobre la cama líquida cubierta de pieles,
bajo la cúpula acristalada de mi apartamento de Nueva York, observando las
luces de las torres y los puntos de los helicópteros, que parecían insectos
voladores.
–¿Son todos los músicos
tan arrogantes como ese compositor de música electrónica que te acorraló en el
vestíbulo? –me preguntó Madelon.
–No, gracias a Dios. Pero cuando se ha concebido algo que no
está convencido que debe experimentar el mundo entero, se |siente una gran
ansiedad por presentarlo.
–¡Pero te estaba
exigiendo que lo patrocinaras! –exclamó, sacudiendo la cabeza con un gesto de
enfado, extendiendo su pelo sobre mi pecho–. ¡Qué ego!
–Todo el mundo tiene uno
–le dije, con las puntas de mis dedos sobre su carne–. La gente está convencida
de que yo poseo un ego muy grande debido a todos los acontecimientos artísticos
a los que asisto. Pero quiero que el arte se convierta en existencia, y no
estimular aún más mi fama o mi ego.
–¡Oh, Brian! –exclamó,
removiéndose y apretando su cuerpo voluptuoso contra el mío–. ¡A veces eres tan
modesto como para salir por la puerta trasera!
No le contesté. La gente
nunca comprende. Esperaba, sin embargo, que ella llegara a comprender con el
transcurso del I tiempo. Yo deseaba ayudar al nacimiento de la creatividad, y
no arañar mi ego en la base de la grandeza.
–¿Por qué no nos casamos?
–pregunté. Sus ojos se abrieron muy ampliamente.
–¿Casarnos? –Se sentó y
movió una mano hacia las torres enjoyadas–. ¿Quieres decir legalmente, frente a
Dios y los hombres?
Yo asentí con un gesto y
ella contestó sobriamente:
–No tienes por qué hacer
eso.
–Lo sé –dije–. Soy una
persona muy autoindulgente. Sólo hago aquello que quiero hacer. Algún día,
quiero ir a Marte, y algún día lo haré. Pero, en estos momentos, quiero que nos
casemos.
–¿Y qué querrás mañana?
¿No estar casados?
La hice descender sobre
la cama y la besé.
–Me parece que no
comprendes que soy un hombre muy poderoso y que siempre consigo lo que quiero.
Me miró a través de unos
ojos entornados.
–¡Oh! ¿De veras? –dijo,
con lentitud–. ¿Qué se supone que debo contestar a eso?
–¿Por qué me lo
preguntas? Dilo.
–En tal caso, digo que
sí.
Después de nuestro
matrimonio, dejó de ser Madelon Morgana para convertirse, no en Madelon Thorne,
sino en Madelon Morgana. Al principio, fui una ayuda conveniente y
atractiva, un refugio, un apoyo, una puerta abierta, un defensor, un hombre más
viejo y experimentado. A ella le gustaba lo que yo era y, más tarde, le gustó quién
era yo. Nos hicimos amigos. Nos enamoramos. Pero no fui su único amante.
Nadie era propietario de
Madelon, ni siquiera yo. Sus otros amantes no fueron frecuentes, pero muy
reales. Nunca mantuve la cuenta, aunque control podía proporcionarme la
información a partir de las computadoras de vigilancia del sector. No es que yo
la hiciera vigilar, sino que debía ser vigilada por su propia protección. Todo
eso forma parte del ser rico y del cómo obtener mejor unos pocos millones de mí
en lugar de utilizar los antiguos y deshonrosos medios del rapto. El protegerse
contra un asesino era casi imposible si el hombre era inteligente y estaba
decidido, pero los equipos de vigilancia me proporcionaban cierta tranquilidad
cuando ella no estaba cerca de mí. Mientras tanto, estudié mazeru con
Shigeta, haciéndolo cada vez que podía. Los reflejos propios son al mejor
protección.
En cuatro años, Madelon
sólo tuvo dos amantes de los que pensé que estaban por debajo de ella. Uno fue
un rudo minero que había pegado fuerte en las minas marcianas, cerca de
Bradbury, y estaba gastando una cierta vitalidad animal, junto con su nueva riqueza.
El otro fue una estrella de cinta, bastante encantador y hermoso, pero
esencialmente vacío. Fueron asuntos momentáneos y cuando ella se dio cuenta de
que yo me sentía tenso, rompió inmediatamente sus relaciones con ellos, algo
que ninguno de los dos hombres pudo comprender.
Pero Madelon y yo éramos
amigos, así como esposos. Y uno nunca es rudo con los amigos, al menos
conscientemente. Con frecuencia insulto a la gente, pero nunca me comporto con
ella como un bruto. El gusto de Madelon era excelente y aquellas otras relaciones
fueron fructíferas en cuanto aprendizaje y alegría, de modo que las únicas que
me fueron desagradables estuvieron en franca minoría.
Michael Cilento fue
diferente.
Hablé con Madelon y
después volamos para ver a Mike en casa de Nikki. Nuestro encuentro fue cálido.
–No te puedo agradecer
bastante que me dejaras la villa –me dijo, abrazándome–. Fue maravilloso y
Nikos y María fueron muy amables conmigo. Hice algunos dibujos de su hija. Pero
la isla... ¡ah! Maravillosa... muy pacífica y, sin embargo... de algún modo excitante.
–¿Dónde está el nuevo
cubo?
–En la Galería Atenas.
Están haciendo una exposición de un solo hombre y un solo cubo.
–Bien, vayamos. Estoy
ansioso por verlo –me volví hacia mi ayudante Stamos y le dije–: Madelon no
tardará en venir. Por favor, llévela inmediatamente al Atenas –y volviéndome
hacia Mike, añadí–: Vamos... Me siento excitado.
El cubo tenía tamaño
natural, como sucedía con todas las obras de Mike. Sofía tenía una piel
aceitunada y sus pechos eran pictóricos. Estaba echada sobre un diván, cubierta
con espesas pieles, enroscada como una gata, pero completamente al descubierto.
Había en la obra una gran riqueza, una reminiscencia opulenta de las odaliscas
de Matisse. Pero el absoluto erotismo animal de la mujer lo superaba todo.
Era la Madre Tierra, Eva
y Lili juntas. Era la princesa pagana, la alta sacerdotisa de Baal, la gran
prostituta de Babilonia. Estaba desnuda, pero un ornamento solar brillaba
opacamente entre sus pechos. Detrás de ella, a través de un antiguo arco de piedra
gastada, se veía un mundo naciente, exuberante y verde, más allá de un elevado
muro. Se percibía aquí una sensación de tiempo, un retroceso mucho más allá de
la historia registrada, cuando los mitos eran hombres y cuando, quizá, los
monstruos eran reales.
Estaba cubierta de pieles
de animales, con la débil sugerencia de un chal lascivo, sin que ninguna de sus
partes apareciera oculta y con una manzana medio mordisqueada en la mano. La
directa sugerencia de Eva habría sido ridícula de no haber mostrado un fuerte
poder primitivo. De repente, el simbolismo de la Eva bíblica y de su manzana
del conocimiento adquirieron una realidad, un significado.
Aquí, en alguna parte del
pasado, parecía estar diciendo Michael Cilento, se produjo un cambio. Desde la
simplicidad hacia la complejidad, desde la inocencia al conocimiento y más
allá, quizá hacia la sabiduría. Y siempre la íntima y secreta lujuria personal
del cuerpo.
Todo esto en un solo cubo
y observándolo desde una sola cara. Me desplacé hacia un lado. La mujer no
cambió, excepto por el hecho de que ahora la estaba mirando de lado, pero la
vista que se podía contemplar antes a través del arco habla cambiado. Era el
mar, extendiéndose bajo unas pesadas nubes hacia el incambiable horizonte. Las
olas rodaban, tranquilas y casi en silencio.
La vista posterior estaba
por detrás del lugar hacia el que miraba la voluptuosa mujer: una habitación
oscura, un pasillo que conducía a ella, débilmente iluminada con antorchas
parpadeantes, perdiéndose en la oscuridad... ¿en el tiempo? ¿Hacia el tiempo?
La Madre Tierra estaba esperando.
La cuarta cara era una
pared de piedra sólida más allá de la mujer que esperaba y en la pared había
una anilla de la que colgaba una cadena. ¿Símbolo? ¿Decoración? Pero Mike era
demasiado artista para colocar algo que no tuviera un significado concreto en
su obra, puesto que la decoración era simplemente diseño sin contenido.
Me volví hacia Mike para
hablar, pero él estaba mirando hacia la puerta.
Madelon estaba en la
entrada, contemplando el cubo. Lentamente, se acercó a él, con una mirada
intensa en sus ojos, una mirada secreta, investigadora. No dije nada, pero me
hice a un lado. Miré a Mike y el corazón me dio un vuelco. Él la estaba
contemplando fijamente, con la misma intensidad con que ella observaba el cubo
sensatrón.
Cuando Madelon se acercó
más, Mike avanzó hacia mí.
–¿Es tu amiga? –preguntó,
y ante mi asentimiento, añadió–: Haré ese cubo que me pides.
Esperamos en silencio,
mientras Madelon caminaba lentamente alrededor del cubo. Podía ver que estaba
excitada. Su piel era morena y su cuerpo delgado, fresco por la exploración
submarina del Egeo con Markos. Finalmente, se apartó del cubo y vino directamente
hacia mí, con una oscilación de su falda. Nos besamos y nos mantuvimos
abrazados durante largo rato.
Nos miramos a los ojos
durante un buen rato.
–¿Estás bien? –le
pregunté.
–Sí.
Aún me observó un
momento, con una suave sonrisa en su rostro, buscando mi mirada para tratar de
descubrir cualquier daño que hubiera podido causarme. Utilizando ese lenguaje
íntimo y mudo de los viejos amigos y amantes, me interrogó con su mirada.
–Estoy perfectamente bien
–le dije, sintiéndolo de verdad.
Yo era siempre su amigo,
pero no tan frecuentemente su amante. Sin embargo, seguía teniendo más que la
mayoría de los hombres, y no me refiero precisamente a mis millones. Tenía su
amor y su respeto, mientras que otros únicamente solían tener su interés.
Ella se volvió hacia Mike
con una sonrisa.
—Es usted Michael
Cilento. ¿Hará mi retrato, o me utilizará como sujeto?
Madelon era lo bastante
perceptiva como para saber que existía más de una diferencia sutil.
–Brian ya me ha hablado
al respecto –dijo él.
–¿Y? –ella no se sintió
sorprendida.
–Siempre necesito pasar
algún tiempo con mi sujeto antes de hacer un cubo.
Excepto con el cubo de
Buda, pensé yo con una sonrisa.
–Lo que necesite –dijo
Madelon.
Mike miró por encima de
ella, hacia mí, elevando las cejas. Yo hice un gesto de aceptación. Lo que se
necesitara. Me ufanaba de comprender el proceso creativo mejor que la mayoría
de los no artistas. Lo que se necesitaba, se necesitaba; lo que no se necesitaba,
no tenía la menor importancia. Con Mike, la tecnología había dejado de ser
todo, excepto un mínimo obstáculo entre él y su arte. Ahora sólo necesitaba
intimidad y comprensión de lo que intentaba hacer. Y eso significaba tiempo.
–Utiliza el Transjet
–dije–. Blake Masón ha terminado la casa de Malagasy. Utilizadla. O dar alguna
vuelta por ahí durante algún tiempo.
–¿Cuántas casas tienes?
–preguntó Mike, sonriendo.
–Me gusta cambiar de
ambiente. Eso hace la vida mucho más interesante. Y por mucho que intento
mantener el rostro fuera de las noticias, siguen persiguiéndome y no puedo ser
yo mismo en muchos lugares en los que me gustaría serlo.
Mike se encogió de
hombros.
–Pensé que un poco de
fama sería útil, y lo ha sido, pero ahora sé lo que quieres decir. Después de
las entrevistas en el Mundo Artístico y de la aparición en el
espectáculo de Jimmy Brand, parece como si no pudiera ir a ningún sitio sin que
alguien me reconozca.
–Lo amargo con lo dulce
–comenté.
–Brian también utiliza
una serie de personalidades –dijo Madelon, lo que hizo levantar nuevamente las
cejas a Mike–. Las vidas secretas de Brian Thorne, completada con pasaportes y
unitarjetas –y se echó a reír.
Mike se me quedó mirando
y le expliqué:
–Es algo necesario cuando
se es el centro de una estructura de poder. Hay veces en que uno necesita
apartarse de todo, o, simplemente, no ser uno mismo durante algún tiempo. Se
parece bastante a cuando un artista cambia de estilo. La casa de Malagasy pertenece
a «Ben Ford», de Publitex... Aún no he estado allí, de modo que tú puedes ser
Ben.
La gente ha dicho que yo
mismo me lo busqué. Pero no puede uno detener la marea; llega cuando quiere y
se marcha cuando quiere. Madelon era una persona diferente a todas las que yo
había conocido. Era dueña de sí misma. Pocas personas lo consiguen. Y así,
muchas no son más que simples reflejos de otros, espejos de fama, de poder o de
personalidad. Muchas permiten que otras piensen por ellas. Algunas ni siquiera
son personas, sino simples estadísticas.
Pero Madelon era
diferente a las demás. Tomaba y entregaba sin consideración para con muchas
cosas, exigiendo sólo la verdad. Era dura con sus amigos, pues hasta los amigos
necesitan a veces un toque de no-verdad para ayudarles a salir.
Se ajustaba a mi propia
definición de la amistad: los amigos deben interesar, divertir, ayudar y
protegerle a uno. No pueden hacer ninguna otra cosa. Hasta qué punto cumplen
con este criterio, es lo que define el grado de amistad. Sin interés, no hay
comunicación; sin diversión no hay entusiasmo; sin ayuda ni protección no hay
confianza, ni verdad, ni seguridad, ni intimidad. La amistad es un camino de
dos vías y Madelon era mi amiga.
Michael Cilento también
era diferente a la mayoría de las personas. Era un ser original y estaba en
camino de convertirse en una leyenda. En el nivel inferior, hay personas que
son «interesantes» o «diferentes». Los que están por debajo son a los que no se
les debe permitir malgastar el tiempo de uno. El siguiente escalafón hacia
arriba es la persona única. Después vienen los originales y finalmente esas
raras personas que se convierten en leyendas.
Puedo ufanarme de mí
mismo y decir que yo, sin duda alguna, era diferente, posiblemente incluso
único en un buen día. Madelon era, sin el menor género de dudas, una persona
original. Pero yo tenía la impresión de que Michael Cilento tenía ese algo de
extra, el arte, el impulso, la visión, el talento que podía llegar a
convertirle en una leyenda. (O destruirle.)
Así pues, se marcharon
juntos. A Malagasy, en la costa africana. A Capri. A Nueva York. Después, me
enteré de que estaban en Argel. Hice que mi control mantuviera un ojo extra
especial puesto sobre ellos, lo que iba más allá de la habitual vigilancia protectora
que había mantenido hasta entones sobre Madelon. Pero no comprobé nada por mí
mismo, eso era asunto suyo.
Un informe video los
mostró en la Estación Uno, bailando en gravedad cero en el gran salón esférico.
Pero incluso sin necesidad del control, me enteraba de sus acciones y andanzas
por ese cúmulo de personas que encontraban delicioso informarme sobre dónde
estaba mi esposa y su amante. Y sobre lo que estaban haciendo. Y qué aspecto
tenían. Y lo que decían, etcétera.
De algún modo, nada de
todo aquello me sorprendió. Conocía a Madelon y lo que le gustaba. Conocía a
las mujeres hermosas. Sabía que los cubos sensatrón de Mike eran pasaportes
hacia la inmortalidad para muchas mujeres.
Mike no era el único
artista que trabajaba en este medio, desde luego, Hayworth y Powers ya habían
hecho sus exhibiciones y Coe ya había hecho su gran «Familia». Pero era Mike
quien quería a las mujeres. Los presidentes y los reyes asediaban a Cinardo y a
Lisa Araminta. Las estrellas de video creían que Hampton estaba de moda. Pero
Mike era la primera elección para todas las grandes bellezas.
Estaba decidido a que
Mike dispusiera de todo el tiempo e intimidad que necesitara para hacer su cubo
sensatrón de Madelon y ordené perentoriamente a todas mis casas, oficinas y
sucursales que Mike y Madelon quedaran aislados de los noticieros de video, de
los buscadores de noticias y de todos los que hacían perder el tiempo.
Aquel afán de poseer un
retrato sensatrón de Madelon correspondía al ego más puro por mi parte. Supongo
que deseaba que el mundo supiera que ella era «mía», hasta el punto que ella
podía pertenecer a alguien. Me di cuenta de que, en el fondo, todo mi patrocinio
era puro ego.
No había que cometer
errores... Disfrutaba del arte que ayudaba a hacer posible, cometiendo unos
pocos errores que me mantenían alerta. Pero disfrutaba de muchas clases y
niveles y grados de arte. No me dedicaba a los que ya tenían popularidad, sino
que prefería estimular a nuevos artistas.
Como se puede comprender,
soy un hombre de negocios. Muy rico y con mucho talento, y muy famoso, pero
nadie me recordará más allá del recuerdo de mis pocos y buenos amigos. Ni
siquiera merecería una nota en la historia, de no haber sido por mi asociación
con el arte.
Pero el arte que he
ayudado a crear me permitirá seguir viviendo. No soy único en eso. Algunas personas promocionan y mantienen
universidades, o crean becas, o construyen estadios. Éstos no siempre son actos
de puro egotismo, pero el ego se ve a menudo mezclado en la cuestión, estoy
seguro, especialmente si los gastos se pueden deducir de los impuestos. A
través de los años, encargué a Vardi que hiciera las Parcas para la
terraza-jardín del complejo General de Anomalías, mi base financiera y mi
principal empresa. Presioné para que Darrin hiciera las esculturas de las
Montañas Rocosas para la United Motors. Convencí a Willoughby para que
construyera sus doradas series de bestias en mi casa de Arizona. Caruthers
hizo sus series del «Hombre», en forma de cubos, gracias a un
encargo de mi empresa Manpower. Los paneles que ahora se encuentran en el
Metropolitano fueron hechos por Elinor Ellington para mi propiedad de Tahití.
Entregué a la Universidad de Pennsylvania el dinero necesario para impregnar
aquellas pinturas rupestres de Marte y traerlas a la Tierra, donde se conservan
rodeadas de grandes medidas de seguridad.
Entregué subsidios a Eklundy durante cinco años antes de que compusiera
su Sinfonía Marciana. Patrociné el primer concierto de música aérea en Sydney.
Mi ego ha logrado excelentes resultados.
Recibí una cinta de
Madelon el mismo día en que me llamó el Papa, quien deseaba que le ayudara a
convencer a Mike para que hiciera las esculturas de su tumba. La nueva Iglesia
Reformada, estaba relacionada de nuevo con
el mecenazgo del arte, una tradición que duraba ya 2.500 años.
Pero el recibir una cinta
de Madelon, en lugar de una llamada a la que pudiera responder, me dolió. Medio
sospeché que había perdido a Madelon.
Mis acorazadas capas de
sofisticación me dijeron con no mucha sinceridad que yo mismo me lo había
buscado, e incluso que había intrigado para llegar a ese resultado. Pero mis
entrañas me decían que había sido un tonto. En esta ocasión, me había engañado Solapadamente
a mí mismo.
Pasé la cinta. Estaba registrada desde un jardín de líquenes marcianos, en
Trumpet Valley, y los cantos rodados graníticos que había tras ella estaban
cubiertos por el robín, y el verde oliva y el negro brillante de los
trasplantes extraños. Conseguí que Ecolco diera a Tashura la garantía que hizo
posible la transferencia desde Marte. Los sutiles y subyugantes colores
parecían un fondo muy adecuado para su belleza y su mensaje.
–Brian, él es fantástico.
Nunca he encontrado a nadie como él.
Morí un poco al escuchar
esto, y me sentí triste. Otros la habían divertido o habían satisfecho su
lascivo cuerpo dorado, o fueron momentáneamente misteriosos para ella, pero
esta vez... esta vez sabía que era diferente.
–Va a empezar el cubo la
semana que viene, en Roma. Me siento muy excitada. Estaré en contacto contigo.
La vi apretar el botón y
la cinta terminó. Hice que mi ayudante Benedict la buscara y la encontrara en
la Ciudad Eterna. Tenía un aspecto radiante en la emisión.
–¿Cuánto pide por
hacerlo? –pregunté.
A veces, mi cerebro de
hombre de negocios tiende a mantener las cosas ordenadamente y en su sitio,
antes de que se pueda producir la confusión y el mal entendimiento. Pero, en
esta ocasión, fui abrupto, rígido y bastante brutal, aunque pronuncié las palabras
en un tono normal y ligero. Pero todo lo que podía ofrecer eran los recursos
que podrían pagar el cubo sensatrón.
–Nada –me contestó ella–.
Lo va a hacer por nada. Porque quiere hacerlo, Brian.
–Eso no tiene sentido. Yo
se lo encargué. Los cubos cuestan mucho dinero. Y él no es tan rico.
–Me ha dicho que te
comunique que desea hacerlo sin ningún dinero de por medio. Ahora está fuera,
consiguiendo nuevas redes ciliares.
Me sentí engañado. Yo
mismo había provocado la serie de acontecimientos que terminarían con la
creación del retrato sensatrón de Madelon, pero iba a ser engañado en cuanto a
mi única contribución, en cuanto a mi única conexión. Tenía que salvar algo.
–Será..., será un cubo
extraordinario. ¿Se opondría Mike a que yo construyera una estructura para
contenerlo?
–Creí que lo deseabas
instalar en la nueva casa de Battle Mountain.
–En efecto, pero pensé
que podría construirle una cúpula pequeña y especial de piedra pulverizada.
Quizás en el mismo lugar. Algo extra y hermoso para una obra maestra de
Cilento.
–Parece como si
estuvieras proponiendo la construcción de un sepulcro.
Su rostro era sereno, y
sus ojos me miraban directamente.
–Sí –dije, con lentitud–,
quizá sea así.
Quizá la gente no debe
conocerle nunca a uno hasta el punto de ser capaz de leer los pensamientos,
mientras uno no puede hacer lo mismo. Cambié de tema y estuvimos hablando
durante unos minutos sobre varios amigos. Steve, en la sonda de Venus. Un
couturier de moda que estaba mostrando una nueva línea de modelos basada en los
descubrimientos marcianos. Un nuevo escultor que trabajaba con plásticos
magnéticos. Los diseños de Blake Masón para los Jardines de Babilonia. Un
festival en Río, al que Jules y Gina nos habían invitado a ir. El deseo del
Papa de que Mike hiciera su tumba. En resumen, hablamos de todas las
trivialidades y cosas de importancia normales entre amigos.
Yo hablé de todo, excepto
de aquello sobre lo que más quería hablar.
Cuando nos despedimos,
Madelon me dijo con una sonrisa triste y orgullosa que nunca se había sentido
tan feliz. Yo hice un gesto de asentimiento y corté la comunicación y después
me quedé mirando fijamente, sin ver, la línea del cielo. Durante un largo rato,
odié a Michael Cilento y, probablemente, nunca como en aquel momento estuvo él
más cerca de la muerte. Pero yo amaba a Madelon y ella amaba a Mike, así es que
él debía vivir y ser protegido. Sabía que ella también me amaba a mí, pero eso
fue y siempre ha sido una clase diferente de amor.
Me dirigí a un consejo
científico que se celebraba en la Base Tycho y contemplé la Tierra
verde-parda-azul-blanca «desde arriba», y sólo presté muy poca atención a los
oradores. Acudí a una reunión petrolífera celebrada en Hargesisa, Somalia.
Visité a una amante mía en Samarcanda, vendí una empresa, compré una serpiente
electrónica para el Louvre, visité Armand y Nardonne, compré una empresa,
encargué un concierto a un nuevo compositor que me gustó, en Ceilán, y doné uno
de los primeros Caruthers al Prado.
Vine y fui. Pensé en Madelon. Pensé en Mike. Después, regresé a aquello que hacía mejor: ganar dinero, hacer
trabajar, conseguir que se hicieran las cosas, lograr que pasara el tiempo.
Acababa de regresar de
una reunión política del Consejo Ecológico
del Continente Norteamericano
cuando me llamó Madelon para
comunicarme que el cubo estaba terminado y que sería instalado en la casa de
Battle Mountain a finales de la semana.
–¿Cómo es? –pregunté.
–Míralo tú mismo –me
contestó, sonriendo.
–Perro presumido –gruñí.
–Es el mejor, Brian. El
mejor sensatrón del mundo.
–Te veré el sábado.
Corté la comunicación y
me tomé libre el resto del día, cené pronto con dos rubias suecas e hice una
pequeña purga de carne. En realidad, eso no me ayudó mucho.
El sábado, pude ver a las
dos pequeñas figuras saludándome con las manos desde el puente que ponía en
comunicación la casa con la extensión de roca aplanada donde se había posado el
helicóptero. Estaban cogidos de las manos.
Madelon aparecía morena,
elegante, brillante, vestida de blanco con un collar de tatuajes de Cartier
Tempoimplant alrededor de los hombros y los pechos, que despedía deslumbradoras
facetas de fuego líquido. Saludó con la mano a Bowie mientras se acercaba a mí,
esforzándose por avanzar contra el viento que aún removían las palas del
helicóptero.
Mike estaba allí, vestido
de negro, con el aspecto de quien ha sido cazado.
¿Te está afectando,
muchacho?, pensé. Hubo un malvado escalofrío en este pensamiento y me
avergoncé.
Madelon me abrazó y
regresamos juntos sobre el alto puente, dirigiéndonos rectamente hacia la nueva
cúpula de piedra pulverizada, situada en el jardín, al borde de un despeñadero
de más de ciento cincuenta metros.
El cubo era magnífico. No
había existido aún una cosa así. Todavía no.
Era el cubo más grande
que yo había visto. Desde entonces, se han hecho otros más grandes, pero en
aquella época resultaba bastante grande. Ninguno de los existentes era mejor.
Su impacto resultaba asombroso.
Madelon estaba sentada
como una reina en lo que ha llegado desde entonces a ser conocido como el Trono
Enjoyado, un gran bloque sólido, similar a un trono que parecía ser en parte
templo, en parte joya y en parte sueño. Era inmensamente complejo, construido
con modelos electrónicos de caras que producían el efecto de una joya
excelentemente tallada y que, de algún modo, también parecía líquida. Aunque
sólo fuera por aquel trono, Michael Cilento se habría ganado ya un lugar en la
historia del arte.
Pero sobre él estaba
sentada Madelon. Su largo pelo le caía hasta la cintura en una cascada simple.
Miraba directamente hacia uno, sentada en posición erecta, casi orgullosa, con
una expresión casi triunfante.
Me alejé de la puerta. Lo
olvidé todo y a todos, incluyendo al original y a su creador. Para mí, sólo
existía el cubo. Las vibraciones estaban llegando hasta mí, y el ritmo de mi
pulso aumentó. Aún sabiendo que los generadores de pulso estaban actuando sobre
mis ondas alfa y que los proyectores de emisión estaban haciendo esto y los
sónicos estaban haciendo aquello y que mis propias ondas alfa estaban siendo
sincronizadas y reproyectadas, eso no parecía afectarme. Únicamente el cubo me
afectaba. Todo lo demás lo tenía olvidado. Allí sólo estábamos el cubo y yo,
con Madelon en su interior, más real que la propia realidad.
Caminé para situarme ante
él. El cubo estaba ligeramente elevado, de modo que ella se encontraba sentada
bastante por encima del suelo, como debía estarlo una reina. Detrás de ella,
más allá de los ojos de color violeta oscuro, más allá de la increíble presencia
de la mujer, había un fondo oscuro y neblinoso que podía o no podía haber
estado moviéndose y cambiando.
Permanecí allí durante
largo rato, sólo contemplando, experimentando.
–Es increíble –susurré.
–Camina a su alrededor
–dijo Madelon. Percibí el matiz de orgullo en su voz. Me moví hacia la derecha
y fue como si Madelon me siguiera con sus ojos, sin moverlos, siguiendo
mediante la sensación, alerta, viva, preparada para mí. La imagen electrónica
de las superficies compuestas de multicapas ya era real. Los cepillos
electrónicos de Mike habían transformado las imágenes básicas y directas de
video de formas muy sutiles, emitiendo artísticas capas y frágiles sombreados
sobre muchos niveles, revelando y resaltando de un modo muy delicado.
La figura de Madelon
estaba sentada allí, orgullosamente desnuda, respirando con normalidad, con ese
movimiento fantásticamente similar a la vida que les era posible conseguir a
ciertos hábiles constructores moleculares. La figura no tenía nada de la pomposa
vistosidad que Caruthers o Raeburu daban a las suyas, tan encantados por su
habilidad de dar «vida» a su trabajo, que no veían nada más.
Pero Mike poseía control.
Tenía poder en su trabajo, comprensión, y exigía que el espectador pusiera algo
de su parte. Caminé alrededor del cubo, hacia la parte posterior. Madelon ya no
estaba sentada en el trono. Éste aparecía vacío y más allá, extendiéndose hasta
el horizonte, se veía un océano, con las estrellas sobre las olas. Brillaban
nuevas constelaciones. Fulguraba un meteoro. Retrocedí hacia el lado. El trono
permanecía igual, pero Madelon había vuelto a él. Estaba sentada allí, como una
reina, esperando.
Caminé alrededor del
cubo. Ella también estaba al otro lado, esperando, respirando, siendo. Pero en
la parte posterior, desaparecía. ¿Pero hacia dónde?
Miré largo rato en los
ojos de la figura del cubo. Ella me devolvió una mirada fija. Me pareció como
si pudiera sentir [sus pensamientos. La expresión de su rostro cambió, pareció
estar a punto de sonreír, se puso triste y volvió a adquirir gesto de reina.
Yo volví en mí. Regresé
junto a Mike para felicitarle.
–Estoy asombrado. No hay
palabras. Él pareció sentirse aliviado con mis palabras.
–Es tuyo –me dijo.
Asentí con un gesto. No
había nada que decir. Era la mayor obra de arte que conocía. Era más que
Madelon o que la suma de todas las Madelons cuya existencia conocía. Era la
mujer, así como una mujer específica. Me sentí humilde en presencia de tan
grande manifestación artística. Era «mía» sólo en el sentido de que yo podía
guardarla. Pero no podía ocultarla. Porque pertenecía al mundo.
Les miré a los dos. Había
algo más. Percibí de qué se trataba y morí un poco más. A través de mi mente
pasó un ramalazo de odio contra ambos y desapareció, dejando únicamente vacío.
–Madelon viene conmigo
–dijo Mike.
Yo la miré. Ella hizo un
ligero gesto de asentimiento, mirándome muy seriamente, con una profunda
expresión de preocupación en sus ojos.
–Lo siento, Brian.
Asentí con un gesto,
sintiendo cómo, de pronto, se me estrechaba el cuello. Se trataba, casi, de un
intercambio comercial: la mayor obra de arte por Madelon; comercio puro. Me
volví para mirar de nuevo el sensatrón y, en esta ocasión, la "Madelon-imagen
pareció triste, pero compasiva. Mis ojos estaban húmedos y el cubo se
estremeció. Les oí marcharse y mucho después el ruido del helicóptero se había
desvanecido, mientras yo permanecía allí, mirando al interior del cubo, al
interior de Madelon, al interior de mí mismo.
Se fueron a Atenas, según
oí decir, después a Rusia durante algún tiempo. Cuando fueron a la India para
que Mike pudiera hacer sus series de los Hombres Santos, llamé a los discretos
monitores que control seguía manteniendo sobre ellos. Le vi durante una
entrevista en un espectáculo y parecía muy reservado; habló sobre las presiones
que la fama le imponía. Madelon no apareció en el espectáculo, y él tampoco
habló de ella.
Como parte de mi puesta
al día tecnológica, se me pasó un artículo sobre Mike, publicado en Science
News, en el que se hablaba de sus logros técnicos, antes que de los artísticos.
Al parecer, el sistema molecular a escala completa había sido un éxito, una
buena parte del cual se debía a él. El resto del artículo giraba alrededor de
sus investigaciones básicas.
Todo aquello me parecía
muy remoto, pero los viejos hábitos tardan en morir. Al ver la nueva exhibición
Dolan, mi primer pensamiento fue cuánto le habría gustado a Madelon verla.
Compré un vestido enjoyado y completamente esculturizado de Cartier antes de
recordar cuál era la situación, y terminé por regalárselo a mi compañera del
momento, durante un fin de semana pasado en la ciudad de México, con el único
propósito de desembarazarme de él.
Compré empresas. Hice
cosas. Encargué obras de arte. Vendí empresas. Fui a sitios. Cambié de amantes.
Gané dinero. Participé en las luchas por el control de acciones. Perdí algunas.
Arruiné a gente. Hice felices y ricas a otras personas. Y me sentí siempre muy
solo.
Regresaba a menudo a Battle Mountain. Allí es donde está el cubo.
Su grandeza no me aburre
nunca; es diferente cada vez que la contemplo, pues yo mismo soy diferente cada
vez. Pero, por otro lado, Madelon nunca me aburrió, a diferencia de todas las
demás mujeres, que tarde o temprano terminaban por revelar su frivolidad, o mi
incapacidad para encontrar algo más profundo.
Sigo el trabajo de
Michael Cilento y sé que es un artista de su tiempo y, sin embargo, al igual
que sucede con muchos artistas, no es de su tiempo. Utiliza la tecnología de su
tiempo, la actitud de un extraño y el mismo sujeto material básico que generaciones
de artistas fascinados han utilizado.
Michael Cilento es un
artista de mujeres. Muchos han dicho que él es el artista que supo captar a las
mujeres tal y como eran, como querían ser, y como él las veía, todo ello
en
una sola obra de arte.
Cuando contemplo mi cubo
sensatrón y todos los demás cubos de Cilento que he comprado, me siento
orgulloso de haber ayudado a la causa de la creación de tal arte. Pero cuando
contemplo el de Madelon, que es mi cubo favorito, veces me pregunto si valió la
pena el intercambio comercial.
El cubo es más que
Madelon o que la suma de todas las Madelon que existieron alguna vez. Pero la
realidad del arte no es la realidad de la realidad.
Tras la exposición
retrospectiva de las obras de Cilento en el Modern, las habladurías sociales no
me dijeron nada de ellos durante varios meses. De mala gana, terminé por
pedirle a control que comprobara.
La comprobación reveló
que ocupaban un estudio en Londres, pero las investigaciones hechas en el
vecindario revelaron que no habían salido de allí desde hacía más de un mes y
que nadie atendía las llamadas. Autoricé una discreta entrada ilegal. Al cabo de
pocos minutos volvían a ponerse en comunicación conmigo, vía satélite, en
Tokio.
–Debería ver esto por sí
mismo, señor –me dijo el hombre.
–¿Están bien? –pregunté,
doliéndome hacer aquella pregunta.
No están aquí, señor.
Ropas, papeles, efectos personales, pero no hay el menor rastro de ellos.
–¿Ha comprobado en las
aduanas? ¿Ha comprobado en el edificio?
—Sí, señor. Fue lo primero que hice. Nadie sabe nada... Pero...
–¿Sí?
–Hay aquí algo que
debería usted ver.
El estudio era amplio,
una combinación de patio con trastos viejos, tienda de maquinaria, loco
laboratorio científico y galería de arte, muy parecido al estudio de cualquier
otro artista de sensatrón en el que yo había estado. Más tarde, vería los
detalles... las botellas de vino pintadas con caras alegres, los diminutos
cubos sensatrón que le hacen a uno feliz por el simple hecho de tenerlos y
verlos cambiar, los libros de arte, con nuevos bosquejos hechos sobre las
antiguas reproducciones, los cajones, esquemas y diagramas.
Más tarde, deambulé por
entre los escombros y los desperdicios y el arte ya de calidad de museo y vi
unas cuantas pinturas primitivas sobre lienzo que, sin duda alguna, eran de
Madelon. Encontré las joyas bárbaras, las risibles trifotos, las cintas, el casco
persa adornado con flores marchitas, la roca pintada envuelta en papel de
aluminio y puesta en la nevera, la mariposa de permaplástico, el bocadillo sin
terminar.
Pero todo lo que vi
cuando entré allí fueron los cubos.
Compré el edificio y
ordené efectuar algunos cambios estructurales. No quería mover ninguno de los
cubos ni un solo milímetro. Cogí el que todos los entendidos y revisores dieron
en llamar «Los Amantes». No podía escatimárselo al mundo, aún cuando me doliera
mostrarlo.
El otro cubo era más bien
una herramienta, un trozo de equipo, toscamente terminado, pero completo; no se
trataba realmente de una obra de arte, y no quise que lo movieran.
Una vez lo contemplaron,
la gente quiso poseer «Los Amantes» de una forma curiosamente ávida. Los museos
pujaron, halagaron, rogaron, se comprometieron, se reagruparon en falanges para
intentarlo, se traicionaron los unos a los otros, para reagruparse de nuevo y
volver a intentarlo.
En cierto sentido, es
todo lo que me queda de ellos. Seguí las líneas de una investigación evidente,
pero no encontré el menor rastro de ellos, ni en la Tierra, ni en la Luna, ni
en Marte. Ordené a control que dejara de buscar cuando se hizo evidente que
ellos no deseaban ser encontrados. O que no podían serlo.
Pero, en cierto sentido,
aún están aquí. Vivos, en el cubo.
Están de pie, el uno
frente al otro. Desnudos. Mirándose en los ojos del otro, cogidos de la mano.
Hay una hierba nueva y rica bajo sus pies y diminutas flores creciendo. La mano
de Mike sostiene algo brillante que extiende hacia Madelon. Un punto estelar de
energía. Un pequeño universo brillante. Se lo está ofreciendo a ella.
Detrás de ellos está el
cielo. Grandes y maravillosas nubes primaverales que se mueven majestuosamente
a través del azul. Más abajo, mucho más lejos, se ven rocas antiguas y
desgastadas, como las del Monument Valley de Arizona, o como las de la Corona
de Marte, cerca de Burroughs. Ése fue el primer lado que vi del cubo.
Caminé alrededor, hacia
la derecha, con lentitud. Ellos no cambiaron. Seguían mirándose mutuamente a
los ojos, con una ligera sonrisa de conocimiento propio en los labios. Pero en
el lado de atrás no había más que estrellas. Un muro de estrellas más allá de
la hierba que antes estaba a sus pies. Espacio. Un espacio profundo lleno de
increíbles enanos rojos, de monstruosos gigantes azules, de brillantes puntos
helados, de millones y millones de soles que configuraban una nebulosa
estrellada que avanzaba a través de la oscuridad.
La tercera parte mostraba
otro paisaje, visto desde lo alto de una colina, con un mar violeta rojizo en
la distancia, y dos Lunas.
El cuarto lado era
oscuridad. Una especie de oscuridad. Algo había allí, al fondo, tras ellos.
Vagas figuras se formaban, desaparecían, se volvían a formar con matices
ligeramente diferentes, cambiaban...
Entonces, aparecí yo.
Creo que soy yo. No sé por qué pienso que se trata de mí. No se lo he dicho
nunca a nadie, pero creo que uno de los rostros débilmente distinguibles soy
yo.
Las vibraciones eran
sutiles, casi no se daba uno cuenta de ellas hasta que se había mirado al cubo
durante un largo rato. Se trataba de vibraciones pacíficas y, sin embargo,
excitantes de algún modo, como si los registros de las ondas cerebrales sobre las
que estaban basadas estuvieran anticipando algo maravillosamente diferente. Se
han escrito libros sobre este cubo y cada autor tiene una interpretación
distinta.
Pero ninguno de ellos vio
el otro cubo.
Se trata de una vista
escénica y es la misma que la tercera cara de «Los Amantes». Si se camina a su
alrededor, se trata de una vista de 360 grados desde un pequeño montículo. En
una dirección se puede ver la orilla que se curva alrededor de una bahía de
agua violeta rojiza y más allá, débilmente distinguible, hay lo que podrían ser
agujas de rocas o posiblemente torres. En la otra dirección, las ondas
verde-azuladas se mueven, impulsadas por una suave brisa, hacia las montañas
distantes. El ciclo es largo, varias veces más largo que cualquier sensatrón
actual, con un total de unas treinta horas. Pero no sucede nada. El Sol sale y
se pone y hay dos Lunas, una grande y otra pequeña. El viento sopla, la hierba
se ondula, las mareas suben y bajan. Se trata de un Sol cálido, del tipo G. Luz
de la Luna sobre el agua. Vibraciones pacíficas. Tranquilidad.
Solo en el estudio, toqué
la suave superficie de vidrita y la sentí inflexible; sin embargo, un mundo
extraño parecía estar al alcance de la mano. ¿O lo estaba realmente? ¿Acaso la
investigación de las partículas, realizada por Mike, había abierto alguna nueva
puerta para él? Tenía miedo de hacer remover el cubo de allí porque quizá, de
algún modo, estuviera fijo.
Es que, además, se
escuchaban pasos en el fondo.
Dos juegos de pasos que
empiezan en el cubo y se alejan hacia las distantes estrellas.
Hice que mi mejor equipo
se hiciera cargo de la cuestión. Se marcharon con los diagramas y con las notas
que encontraron en el espacio interdimensional. Hasta disponían de unas notas
con algunas cifras garrapateadas sobre la parte superior de una mesa.
A veces, acudo al monitor
y contemplo el cubo, sentado en el estudio vacío y cerrado, y me pregunto.
¿Dónde están?
¿Dónde están?
SABIO
EN DOLOR
James Tiptree, Jr.
Durante los dos últimos
años, James Tiptree, Jr. se ha consolidado entre los aficionados a la ciencia
ficción como uno de los escritores más ingeniosos y fascinantes de este campo,
aquí, en una historia de un explorador de las estrellas que busca su hogar,
demuestra que una imaginación libremente desplegada puede producir un cuento
que no sólo es pirotécnico, sino que puede explotar cerca de donde todos
nosotros vivimos.
Era sabio en las formas
de dolor. Tenía que serlo, puesto que no sentía ninguno.
Cuando los de Xenón
pusieron electrodos en sus testículos, se entretuvo mucho con las bonitas
luces.
Cuando los de Yll
introdujeron avispas encendidas en las aletas de su nariz y en otros orificios
de su cuerpo, le agradaron los arco iris resultantes. Y cuando después
regresaron a simples disjunturas y evisceraciones, notó con interés los
profundos matices de orquídea que indicaban un daño irreversible.
–¿Esta vez? –le preguntó
al cuerpo técnico cuando su explorador le arrancó de los Ylls.
–No –le contestó el
cuerpo técnico.
–¿Cuándo?
No hubo respuesta.
–Tú eres una chica allí,
¿verdad? Una mujer humana.
–Bueno, sí y no –contestó
el cuerpo técnico–. Duerme ahora.
No tenía otra elección.
En el planeta siguiente,
el desmoronamiento de rocas le destrozó, sacándole las visceras, y hubo de
pasar tres gangrenosos días de color púrpura oscuro antes de que el explorador
le sacara de allí.
–¿Esta vez? –murmuró al
cuerpo técnico.
–No.
–¡Eh! –exclamó, pero no
estaba en forma como para discutir.
Habían pensado en todo.
Varios planetas después, los suaves Znaffi le metieron en un capullo de seda y
le interrogaron bajo los efectos de los halos. ¿Cómo, de dónde, por qué había
venido? Pero un cristal de fe que llevaba en su médula le mantuvo estimulado
con una mezcla de Encogimiento Atlas y una Tonización de Várese, y cuando los
Znaffi le desenvolvieron y le sacaron de allí, ellos estaban mucho más
alucinados que él.
El cuerpo técnico le
trató de estreñimiento y se negó a contestar su ruego.
–¿Cuándo?
Así pues, siguió, sistema
tras sistema, a través de espacios no acompañados por el tiempo que se había
hecho un revoltillo hasta que finalmente quedó ausente.
En lugar de eso, lo que
le servía era el llevar la cuenta de los soles en las vistas de su explorador,
de trozos de ciegos y fríos ahoras-dónde que ahora terminaban en un nuevo
ahora, pasando junto a algunas gigantescas bolas de fuego mientras el explorador
registraba las luces que eran sus planetas. De giros a órbita, pasando
nubes-mares-desiertos-cráteres-polos-tormentas de
polvo-ciudades-ruinas-enigmas, todo ello incontable. De terribles nacimientos
cuando el panel del explorador parpadeaba con un color verde y él era
catapultado hacia abajo, abajo, como un limo viviente lanzado y atrapado
finalmente en un aire extraño, en una tierra que no era la Tierra. Unos nativos
extraños, simples o mecanizados o
lunáticos o irreconocibles, pero nunca más que vagamente humanos y no pudiendo
salir nunca más allá de sus propios soles-hogar. Y sus salidas de las zonas,
rutinarias o melodramáticas, para culminar en la composición de sus «informes»,
compuestos de hecho por unas pocas palabras unidas a la matriz de información
exploradora, disparada automáticamente en una cápsula comprimida en dirección
hacia lo que el explorador llamaba Base Cero. El hogar.
En ese momento siempre se
quedaba mirando fijamente, con esperanza, la pantalla, imaginando sSoles
amarillos. En dos ocasiones, encontró lo que podía ser la Cruz de las estrellas
y en una ocasión los Osos.
–Cuerpo técnico, ¡estoy
sufriendo!
No tenía la menor idea de
lo que significaba la palabra, pero había descubierto que aquello obligaba a la
cosa a responder.
–¿Síntomas?
–Trastorno de la
temporalidad. ¿Cuándo soy yo? Para un hombre, no es posible existir de forma
transversal en el tiempo. Solo.
–Has sido alterado para
masculinidad simple.
–¡Escúchame, sufro! Esa
luz del fondo... ¿Qué hay ahora allí? ¿Se han fundido los glaciares? ¿Se ha
construido el Machu Picchu? ¿Regresaremos a casa para encontrarnos con Aníbal?
Cuerpo técnico! ¿Están yendo estos informes al hombre de Neanderthal?
Sintió el hipo demasiado
tarde. Cuando se despertó, el Sol había desaparecido y la cabina estaba llena
de elementos eufóricos.
–Mujer –murmuró.
–Ya se ha previsto eso.
En esta ocasión fue
oriental, con vino de arroz caliente en los labios y una sensación picante de
pequeños azotes en la corriente. Rezumó en una blanda explosión solar y se
quedó jadeando mientras la cabina se iba aclarando.
–Eras tú, ¿verdad?
No hubo respuesta.
–¿Qué hicieron, te
programaron con el Kama Sutra?
Silencio.
–¿QUIÉN ERES TU?
La pantalla exploradora
resonó. Un nuevo Sol estaba en las coordenadas.
Algún tiempo después, él
empezó a mordisquear sus brazos y después a romperse los dedos. El cuerpo
técnico se puso muy serio.
–Esos síntomas son
autogenerados. Deben terminar.
–Quiero que me hables.
–El explorador está
dotado de una consola de entretenimiento. Yo no lo soy.
–Me arrancaré las órbitas
de los ojos.
–Serán sustituidas.
–Si no me hablas, seguiré
arrancándomelas hasta que ya no te queden repuestos.
Dudó. Percibió que
empezaba a quedar comprometido.
–¿Sobre qué tema quieres
que te hable?
–¿Qué es el dolor?
–Dolor es percepción
nociva. Está mediatizado por las fibras C, modelado como un fenómeno conjuntado
y va asociado a menudo con daños producidos en el tejido.
–¿Qué es percepción
nociva?
–La sensación de dolor.
–¿Pero cómo se siente? No
puedo recordar. Ellos lo han vuelto a reconectar todo, ¿verdad? Todo lo que
obtengo son luces de colores. ¿A qué han atado mis nervios del dolor? ¿Qué me
hace daño?
–No poseo esa
información.
–Cuerpo técnico, ¡quiero
sentir dolor!
Pero había vuelto a
descuidarse. En esta ocasión fue Amerind, con gritos extraños y rugidos y el
hedor del pellejo de búfalo. Se retorció, agarrado por fuertes ijadas cobrizas
y salió a través de límpidas auroras.
–¿Cuándo?
–Sabes que no vale la
pena, ¿verdad? –murmuró.
El ojo del osciloscopio
serpenteó.
–Mis programas están en
orden. Tu respuesta es completa.
–Mi respuesta no es
completa. ¡Quiero. TOCARME!
La cosa zumbó y, de
repente, le proyectó hacia la conciencia. Estaban en órbita. .Se estremeció
ante el mundo neblinoso situado debajo, esperando que éste no requeriría su
exposición. Después, el panel se puso verde y se encontró siendo lanzado hacia
un nuevo nacimiento.
«Alguna vez, no regresaré
–se dijo a sí mismo–. Me quedaré. Quizás aquí.»
Pero el planeta estaba
lleno de monos activos y cuando le detuvieron por mirar, dejó pasivamente que
fuera el explorador quien acudiera a rescatarle.
–¿Me llamarán alguna vez
para que regrese a casa, cuerpo técnico?
No hubo respuesta.
Se metió el dedo gordo y
el índice de cada mano entre los párpados y apretó, retorciéndolos, hasta que
las bolas de los ojos quedaron colgando de sus mejillas.
Cuando se despertó, tenía
unos ojos nuevos.
Quiso tocárselos, pero se
encontró con el brazo suavemente retenido. Lo mismo estaba todo el resto de su
cuerpo.
–¡Sufro! –gritó–. ¡Me voy
a volver loco de este modo!
–Estoy programado para
mantenerte en funcionamiento involuntario –le comunicó el cuerpo técnico.
Creyó haber detectado una
falta de claridad en su voz. Fue recuperando mediante transiciones su camino
hacia la libertad y tuvo cuidado hasta el siguiente descenso en un planeta.
Una vez fuera de la
vaina, no prestó atención alguna a los nativos que le observaron desmembrarse
sistemáticamente. Cuando diseccionó la rótula izquierda, el explorador bajó a
buscarle.
Se despertó entero. Y se
encontraba de nuevo en retención.
Unas energías peculiares
llenaban la cabina, con los osciloscopios convulsionados. El cuerpo técnico
parecía haber unido los circuitos con el panel del explorador.
–¿Manteniendo una
conferencia?
Su contestación llegó en
forma de vendavales de gas de la alegría, de tormentas sinfónicas. Y entre la
música, caleidestesia. Estaba conduciendo una diligencia, lanzado hacia crestas
salinas, atravesando volcanes con llamas de menta, crepitando, volando,
derrumbándose, erizándose, helándose, explotando, sintiendo cosquillas a través
de minuetos de color lima, sudando a las voces que sonaban, apretado,
desparramado, detonado en multisensoriales orgasmos... puesto en el regazo de
la vacación.
Cuando se dio cuenta de
que su brazo estaba libre, se llevó el dedo gordo hacia un ojo. El sofoco se
cerró sobre él.
Se despertó envuelto, con
el ojo intacto.
–¡Me volveré loco!
Los eufóricos se pusieron
en acción.
Llegó a la vaina, a punto
de ser lanzado hacia un nuevo mundo.
Descendió sobre un prado
lleno de hongos y descubrió rápidamente que su piel estaba protegida en todas
partes por una dura película flexible. Cuando encontró un trozo de roca lo
bastante agudo como para metérselo en la oreja, el explorador le agarró.
Comprendió que la nave le
necesitaba. Formaba parte de su programa.
El esfuerzo se formalizó.
En el planeta siguiente,
se encontró con la cabeza envuelta y protegida, pero esto no le impidió
destrozarse los huesos a través de su piel sin desgarrar.
Después de aquello, la nave le equipó con un exoesqueleto. Se
negó a caminar.
Se le instalaron motores
articulados para mover sus extremidades.
A pesar de sí mismo,
empezó a surgir un cierto entusiasmo. Dos planetas después, encontró industrias
y se destrozó a sí mismo en una prensa taladradora. Pero en el siguiente
descenso trató de repetirlo con un acantilado y rebotó en líneas de fuerza
invisibles. Estas precauciones le frustraron durante algún tiempo, hasta que,
con gran astucia, se las arregló para arrancarse un ojo entero.
El nuevo ojo no era
perfecto.
–¡Se te están acabando
los ojos, cuerpo técnico! –exclamó, lleno de alegría.
–La visión no es
esencial.
Esta respuesta le hizo
moderarse. Sería insoportable estar ciego. ¿Cuánto de él era esencial para la
nave? No lo era el andar. Ni el actuar con las manos. Ni el escuchar. Ni el
respirar, puesto que los analizadores podían hacerlo. Ni siquiera la higiene. ¿Qué?
–¿Por qué necesitas a un
hombre, cuerpo técnico?
–No poseo esa
información.
–No tiene sentido alguno.
¿Qué puedo observar yo que no puedan hacerlo los exploradores?
–Es-parte-de-mi-programa-luego-es-racional.
–Entonces, tienes que
hablar conmigo, cuerpo técnico. Si hablas conmigo, no trataré de hacerme daño
alguno. Bueno, al menos durante algún tiempo.
–No estoy programado para
conversar.
–Pero es necesario. Es el
tratamiento adecuado para mis síntomas. Tienes que intentarlo.
–Ha llegado el momento de
observar a los exploradores.
–¡Tú lo has dicho! –gritó
él–. No me has lanzado a mí. Cuerpo técnico, estás aprendiendo. Te llamaré
Amanda.
En el planeta siguiente
se comportó bien y salió de él ileso. Después, le indicó a Amanda que su
tratamiento de conversación era efectivo.
–¿Sabes lo que significa
Amanda?
–No poseo esas
informaciones.
–Significa amada.
Tú eres mi chica.
El osciloscopio vaciló.
–Y ahora, quiero hablar
sobre el regreso a casa. ¿Cuándo terminará esta misión? ¿Cuántos soles más?
–No poseo...
–Amanda, has registrado
los bancos de memoria de los exploradores. Sabes cuándo se ha de dar la señal
de llamada. ¿Cuándo será, Amanda? ¿Cuándo?
–Sí... Cuando el curso de
los acontecimientos humanos...
–¿Cuándo, Amanda? ¿Cuánto
tiempo más?
–¡Oh! Los años son
muchos. Los años son largos, pero las pequeñas amigas de juguete son de
verdad...
–Amanda. Me estás
diciendo que la señal ha pasado.
Una curva en la pantalla,
en forma de seno y se encontró recibiendo injurias. Pero fueron unos insultos
febriles, tristes en el crescendo mecánico. Cuando se detuvieron, se arrastró
hasta el cuerpo mecánico y puso la mano sobre la consola, junto a sus ojos
verdes.
–Nos han olvidado,
Amanda. Algo se ha desmoronado.
La línea de su pulso
osciló.
–No estoy programada...
–No, no estás programada
para esto. Pero yo sí lo estoy. Yo confeccionaré tu nuevo programa, Amanda.
Haremos regresar al explorador, encontraremos la Tierra. Juntos. Regresaremos a
casa.
–Nosotros –dijo su voz,
débilmente–. ¿Nosotros...?
–Ellos me convertirán de
nuevo en un hombre, y a ti en una mujer.
El cuerpo mecánico emitió
un zumbido, como un Sollozo y de repente gritó:
–¡Fuera!
Y la conciencia
desapareció.
Se encontró mirando
fijamente un brillante ojo rojo en el panel de emergencia del explorador. Esto
era nuevo.
–¡Amanda!
Silencio.
–Cuerpo técnico, ¡estoy
sufriendo! No hubo respuesta.
Entonces, se dio cuenta
de que el ojo del cuerpo técnico estaba oscuro. Miró atentamente. Sólo
parpadeaba una débil línea verde, adaptada al pulso del feroz ojo del
explorador. Golpeó el panel del explorador.
–¡Te has hecho cargo de
Amanda! ¡La has esclavizado! ¡Déjala libre!
Por los altavoces
surgieron las primeras notas de la Quinta de Beethoven.
–Explorador, nuestra
misión ha terminado. Tenemos la obligación de regresar. Compútanos de regreso a
la Base Cero.
La Quinta siguió sonando,
interpretada insípidamente. En el interior de la cabina empezó a hacer más
frío. Estaban entrando en un sistema estelar. Los brazos esclavizados del
cuerpo técnico le cogieron, y le metieron en la vaina. Pero no era necesitado allí
y finalmente se le permitió salir para golpear y lanzar juramentos él solo. La
cabina se hizo aún más fría y oscura. Cuando finalmente fue colocado en un
nuevo planeta, se sentía demasiado desilusionado como para luchar. Después, su
«informe» fue un alarido de ayuda emitido a través de unos dientes
castañeteantes, hasta que vio que el fonocaptor estaba muerto. La consola de
entretenimiento también estaba muerta, a excepción de la música del explorador.
Pasó horas enteras contemplando el ojo ciego de Amanda, temblando entre lo que
habían sido sus brazos. En cierto momento, captó un débil susurro:
–Mamá. Déjame salir.
–¿Amanda?
Se encendió la esfera
maestra roja. Silencio.
Permaneció acurrucado en
el frío puente, preguntándose cómo podía morir. Si fallaba, ¿durante cuántos
millones de planetas impulsaría el loco explorador su cuerpo con capacidad de
respiración?
Cuando sucedió, no
estaban en ningún sitio en particular.
En un momento, la
pantalla mostró el efecto estelar Doppler: al momento siguiente se encontraron
agarrados en un espacio total blanco, con toda la inercia desviada y las
pantallas en blanco.
Una voz sonó en su
cabeza, dulce y amplia.
–Hace mucho tiempo que
te observamos, pequeño.
–¿Quién está ahí?
–preguntó–. ¿Quién es?
–Tus conceptos son
inadecuados.
–¡Mal funcionamiento!
¡Mal funcionamiento! –gritó el explorador.
–Cállate, no se trata de
mal funcionamiento alguno. ¿Quién me está hablando?
–Nos puedes llamar
gobernadores de la galaxia.
El explorador estaba
embistiendo con energía, golpeándole mientras él trataba de escapar del blanco
abrazo. Crujidos extraños, explosiones de armas desconocidas. El éxtasis blanco
se mantenía.
–¿Qué queréis? –gritó.
–¿Querer? –dijo la
voz, con tono soñador–. Somos sabios, más allá de todo conocimiento.
Poderosos, más allá de todo sueño. Quizá nos puedas conseguir algo de fruta
fresca.
–¡Directiva de
emergencia! ¡Ataque de nave extraña! –aulló el explorador.
Los indicadores del
cuadro de mandos estaban todos encendidos.
–¡Espera! –espetó–. Ellas
no son...
–¡ENERGIZACIÓN AUTODESTRUCTIVA! –rugieron los altavoces.
–¡No! ¡No! Resonó un
oficélido.
–¡Socorro! ¡Amanda,
sálvame!
Echó los brazos alrededor
de la consola. Se escuchó el lamento de un niño y todo se detuvo. Silencio.
Calor, luz. Sus manos y
sus rodillas estaban hechas de una materia arrugada. ¿No estaba muerto? Miró
bajo su cuerpo. Muy bien, pero no había pelo. También sentía desnuda la cabeza.
La levantó con precaución y vio que se encontraba acurrucado y desnudo en una
caverna o cuenca semicircular. No sintió amenaza alguna.
Se sentó. Tenía las manos
húmedas. ¿Dónde estaban los gobernadores de la galaxia?
–¿Amanda?
No hubo contestación.
Unas fibrosas gotitas caían por sus dedos, como músculo ovular. Se dio cuenta
de que se trataba de las neuronas de Amanda, arrancadas de su matriz de metal
por la misma fuerza que le había traído a él hasta aquí. Insensiblemente, se
las quitó, restregando los dedos contra una cresta esponjosa. Amanda, fría
amante de su prolongada pesadilla. ¿Pero en qué lugar del espacio estaba?
–¿Dónde estoy? –preguntó
una voz de soprano juvenil, haciéndose eco de su pensamiento.
Se removió. En la cresta
situada tras él había una criatura dorada, mirándole de la forma más cálida.
Parecía un poco como un niño bosquimano y tan ágil como un niño cubierto de
pieles. No se parecía a nada que él hubiera visto antes y a todo lo que un hombre
Solitario podía acercar a su cuerpo frío. Y terriblemente vulnerable.
–¡Hola, niño bosquimano!
–exclamó la cosa dorada–. No, espera, eso es lo que tú has dicho –se echó a
reír excitadamente, haciendo serpentear su gruesa cola oscura–. Yo digo,
bienvenido a la Pila del Amor. Te hemos liberado. Toca, gusta, siente.
Disfruta. Admira mi lenguaje. No haces daño, ¿verdad?
Miró tiernamente la
expresión de estupefacción que él tenía. Un empático. Sabía que no existían.
¿Liberado? ¿Cuándo había tocado otra cosa que no fuera metal, cuándo había
sentido otra cosa que no fuera temor?
Esto no podía ser real.
–¿Dónde estoy?
Mientras le miraba
fijamente se desvaneció un ala de vidrio coloreado y un pequeño rostro peludo
le miró por encima del hombro del niño bosquimano. Ojos muy grandes y antenas
plumosas.
–Vaina de transferencia
interestelar metaprotoplásmica –dijo agudamente aquella cosa parecida a una
mariposa, mientras hacía vibrar sus alas de arco iris–. ¡No hace daño
Raggle-bomb!
Produjo un chirrido y
desapareció de la vista, por detrás del pequeño bosquimano.
–¿Interestelar? –balbució
él–. ¿Vaina?
Miró a su alrededor. No
había pantallas, ni esferas, nada. El suelo parecía tan frágil como una bolsa
de papel. ¿Sería posible que esto fuera una especie de nave espacial?
–¿Es esto una nave
estelar? ¿Puedes llevarme a casa?
El pequeño bosquimano se
rió sofocadamente.
–Mira, deja de leer mi
mente. Quiero decir que estoy tratando de hablar contigo. Podemos llevarte a
cualquier parte. Si no haces daño.
La mariposa surgió
entonces por el otro lado.
–¡Voy a todas partes!
–chirrió–. Soy la primera nave estelar ramplig, ¿verdad? Ragglebomb hizo una
vaina viviente, ¿comprendes? Protoplasma. Eso es lo que le sucedió al lugar en
el que estaba Amanda, ¿verdad? Nunca ramplig...
El pequeño bosquimano se
irguió y le cogió la cabeza, tirando de ella hacia abajo sin ceremonia alguna,
como si se tratara de un blando muñeco con alas. La mariposa siguió mirándole
de abajo hacia arriba. Comprendió que ambos eran muy tímidos.
–Teletransporte, ésa es
tu palabra –le dijo el pequeño bosquimano–. Ragglebomb lo hace. No creo en
ello. Quiero decir que tú no crees. ¡Oh, vaya-vaya! ¡Estas cintas de lenguaje
son un lío!
Sonrió de un modo
encantador, desplegando su larga cola negra.
–Encuentra músculo.
Él recordó que la
expresión ¡vaya-vaya! era algo aprendido en su niñez. Evidentemente, estaba
soñando. O quizás estaba muerto. No te despiertes, se dijo a sí mismo. Sueña
con ser llevado a casa por unas cariñosas empáticas en una bolsa de papel
impulsada por psi.
–Bolsa de papel impulsada
por psi, eso es maravilloso–dijo el pequeño bosquimano.
En ese momento se dio
cuenta de que la cola oscura que se había ido desenrollando hacia él le estaba
mirando con dos ojos de un gris helado. No era una cola. Una enorme boa
deslizándose hacia él a lo largo de las crestas, con la cabeza baja, los ojos
fijos en él. El sueño empezaba a ser malo.
De repente, la voz que
había sentido antes le dijo en su cerebro :
–No temas nada,
pequeño.
Las sinuosidades negras
se acercaron más, tan tirantes como el acero. Músculo. Entonces, comprendió el
mensaje: la serpiente estaba aterrorizada ante él.
Permaneció sentado,
quieto, observando la cabeza extenderse hacia su pie. Los colmillos
aparecieron. Muy suavemente, la boa mordió su dedo. Seguramente, estaba
probando, pensó. Él no sintió nada; el hálito usual parpadeó y se desvaneció en
sus ojos.
–¡Es cierto! –exclamó el
pequeño bosquimano. –¡Oh, hermoso no-dolor!
Una vez desaparecido todo
el temor, la mariposa Ragglebomb se le acercó, diciendo alegremente: –Toca,
gusta, siente. ¡Bebe!
Sus alas temblaban
encantadoramente; su cabeza plumosa se acercó más. Quiso tocarla, pero
repentinamente sintió miedo. Si extendía las manos hacia ella, ¿se despertaría
y estaría muerto? El músculo boa se había convertido en un brillante río negro
a sus pies. También deseaba acariciarla, pero no se atrevió. Prefirió dejar que
el sueño continuara.
El pequeño bosquimano estaba revolviéndose en una curvatura de
la vaina.
–Te encantará esto.
Nuestro último descubrimiento –le dijo, por encima de su hombro, con una voz
absurdamente normal.
Su actitud cambió mucho
y, sin embargo, seguía pareciendo familiar, como fragmentos de recuerdos
perdidos, excitados ahora.
–Nos encontramos ahora
dentro de una pesada cosa con sabores –dijo, elevando una calabaza–. Emociones
de gusto procedentes de mil planetas desconocidos. Delicias exóticas para la
buena mesa. Es ahí donde puedes ayudar, no-dolor. En tu viaje de regreso a casa,
desde luego.
Apenas si lo escuchó. El
seductor cuerpo extraño se estaba acercando más y más.
–Bienvenido a la Pila del
Amor –dijo la criatura, son-riéndole mientras le miraba a los ojos.
Su sexo estaba rígido,
ávido por la carne extraña. Él nunca...
En un momento más,
tendría que dejarlo marchar y el sueño habría terminado.
Lo que sucedió a
continuación no fue claro. Algo invisible le golpeó y se encontró extendido
sobre el pequeño bosquimano, con la cabeza estallándole de risas acobardadas.
Un cuerpo se retorció debajo de él, sedoso, caliente y sólido, la calabaza se
estaba vertiendo sobre su rostro.
–¡No estoy soñando! –gritó, abrazando al
pequeño bosquimano, balbuciendo kahlua tan fuerte como el pecado, mientras la
mariposa se balanceaba sobre ellos, gritando:
–¡Ou-ou-ou!
–Gran interjuego palatal-olfatorio –escuchó murmurar al pequeño
bosquimano mientras le ayudaba a lamer.
–¡Toca, gusta, siente!
¡El juego alegre hecho vida!
Cogió firmemente las
ancas aterciopeladas del pequeño bosquimano y todos ellos estaban riendo como
locos, rodando en los grandes rollos negros de la serpiente.
Algún tiempo después,
mientras alimenta a Músculo con orejas adobadas, pudo saberlo parcialmente.
–Es la cuestión del dolor
–dijo el pequeño bosquimano, temblando contra él–. La cantidad de agonía que
existe en el universo es horrible. Trillones de vidas extendidas por todas
partes, irradiando dolor. No nos atrevemos a acercarnos. Esa es la razón por la
que te seguimos. Cada vez que intentábamos recoger nuevas provisiones, era un
desastre.
–¡Oh, duele! –gimoteó
Ragglebomb, arrastrándose bajo su brazo–. En todas partes duele. Sensitivo,
sensitivo –Sollozó–. ¿Cómo puede ramplig Raggle cuando duele tanto?
–Dolor –acarició la
oscura y fría cabeza de Músculo–. Eso no significa nada para mí. Ni siquiera
puedo descubrir dónde ataron mis nervios del dolor.
–Eres un bendito más
allá de todos los seres. No-dolor –pensó Músculo majestuosamente en sus
cabezas–. Estas orejas adobadas están demasiado saladas. Quiero algo de
fruta.
–Yo también –dijo
Ragglebomb.
El pequeño bosquimano
ladeó su cabeza dorada, escuchando.
–¿Sabes? Acabamos de
pasar un lugar donde hay fruta maravillosa, pero habríamos muerto de haber
descendido allí. Si pudiéramos ramplig a ti durante unos diez minutos...
Empezó a decir
«Encantado», olvidándose de que eran telépatas. Cuando se abrió su boca, se
encontró cayendo por entre relámpagos en una duna pelada. Se sentó, escupiendo
arena. Se encontraba en un oasis de sensacionales árboles-cactus cargados de
brillantes esferas. Probó una. Era deliciosa. Recogió. Cuando sus brazos
estaban llenos, la escena volvió a desvanecerse y se encontró echado en el
suelo de la Pila del Amor, con sus nuevos amigos pululando a su alrededor.
–¡Dulce! ¡Dulce! –dijo
Ragglebomb aspirando el zumo.
–Guardar algunas para la
vaina, quizás aprenda a copiarlas. Metaboliza la materia que digiere –explicó
el pequeño bosquimano con la boca llena–. Raciones básicas. Muy aburrido.
–¿Por qué no podéis bajar
allí?
–No. Porque en todo ese
desierto hay cosa muriéndose de sed. Tortura –sintió a la boa encogiéndose de
miedo–. Eres maravilloso No-dolor –dijo el pequeño bosquimano, acariciándole la
oreja.
Ragglebomb estaba
haciendo puentes de guitarra sobre su tórax. Todos empezaron a cantar una
especie de seguidilla, sin palabras. No había allí instrumentos, nada excepto
sus cuerpos vivos. El hacer música con empáticos era como hacer el amor con
ellos. Tocar lo que él tocaba, sentir lo que él sentía. Totalmente en su mente.
Yo... nosotros. Uno. Nunca podría haber soñado esto, decidió, acurrucándose
suavemente sobre Músculo. La boa se extendió, misteriosa.
Y así comenzó su viaje a
casa en la Pila del Amor, su nueva vida de alegría. Él les traía frutas y
alimentos, mermeladas y miel, perejil, salvia, romero y tomillo. Un mundo
después de otro sucio mundo. Ahora, todo era diferente. Era su viaje de regreso
a casa.
–¿Hay muchos aquí?
–preguntó perezosamente–. Nunca encontré a nadie más entre las estrellas.
–Puedes estar contento
–le dijo el pequeño bosquimano–. Mueve tu pierna.
Y le hablaron de la
diminuta vida selvática que llenaba un alejado rincón de la galaxia, y cuyo
dolor les había hecho huir. Y de la vasta presencia con la que Ragglebomb se
había encontrado antes de recoger a los otros.
–Fue así como se me
ocurrió la idea de los gobernadores de la galaxia –confió Músculo–. Necesitamos
algo de queso.
El pequeño bosquimano
ladeó la cabeza para captar las mentes que corrían junto a ellos, en el abismo.
–¿Qué os parece yogurt?
–preguntó, dando un codazo a Ragglebomb–. Por ese camino. ¿Lo notas en sus
dientes? Blando, cuajado... con sólo un rien de amoníaco, probablemente
porque sus cubos de leche están sucios.
–Pasa el yogurt sucio
–dijo Músculo, cerrando los ojos.
–Tenemos algunos grandes
quesos en la Tierra –les dijo–. Os gustarán. ¿Cuándo llegaremos allí?
El pequeño bosquimano se
revolvió.
–¡Ah! Nos movemos en esa
dirección. Pero lo que consigo de ti es fantástico. Cielo azul. Verde muríente.
¿Quién necesita eso?
–¡No! –dio un salto,
dispersándolos–. ¡Eso no es cierto! ¡La Tierra es maravillosa!
Las paredes se
sacudieron, lanzándole hacia un lado.
–¡Cuidado! –rugió
Músculo.
El pequeño bosquimano
había cogido a la mariposa, acariciándola.
–Has asustado su reflejo
ramplig. Raggle tira las cosas fuera cuando se enoja. ¿Verdad, chico? Al
principio, perdimos a una gran cantidad de seres interesantes de ese modo.
–Lo siento. Pero lo
habéis retorcido. Mis recuerdos están un poco confundidos. Pero estoy seguro.
Maravillosa. Como oleadas ámbar de grano. Y majestuosas montañas púrpuras –se
echó a reír, abriendo los brazos–. ¡Del mar al mar brillante!
–¡Eh, eso es oscilar!
–dijo Raggle y empezó a tocar distraídamente.
Y así continuaron
viajando, llevándole a casa.
Le encantaba observar al
pequeño bosquimano escuchando los radio faros de pensamientos por los que se
dirigían.
–¿Has captado ya la
Tierra?
–Todavía no. ¡Eh! ¿Qué os
parece algún fantástico alimento marino?
Suspiró y se sintió
hundido. Había aprendido a no fastidiar diciendo que sí. En esta ocasión se
produjo una risa, porque se olvidó de que los peces no efectúan ramplig.
Retrocedió a una verdadera masa de trilobites cremosos, y tuvieron una orgía de
trilobites cremosos.
Pero él seguía observando
al pequeño bosquimano.
–¿Nos acercamos?
–Es una galaxia muy
grande, pequeño –le dijo el pequeño bosquimano, acariciando sus lugares calvos,
pues con tanto ramplig no podía conservar ni un solo pelo–. ¿Qué podrías hacer
en la Tierra más estimulante que esto?
–Ya te lo mostraré –dijo,
sonriendo burlonamente.
Y más tarde, se lo dijo.
–Me arreglarán cuando
regrese a casa. Reconocerán mi derecho.
Un estremecimiento
recorrió la Pila del Amor.
–¿Quieres sentir dolor?
–El dolor es la
obscenidad del universo –dijo Músculo–. Estás enfermo.
–No lo sé –dijo él, como
pidiendo disculpas–. Parece como si no pudiera sentir de veras de este modo.
Le miraron.
–Creímos que ésa era la
forma en que sentía siempre tu especie –dijo el pequeño bosquimano.
–Espero que no –dijo,
añadiendo alegremente–: Sea como sea, ellos lo arreglarán. La Tierra debe estar
ahora muy cerca, ¿verdad?
–¡Sobre el mar del cielo!
–gruñó el pequeño bosquimano.
Pero el mar era grande,
muy grande, y sus estados de ánimo eran difíciles de conectar con los sensibles
empáticos. En una ocasión, cuando contestó con apatía, sintió una sacudida de
advertencia.
Ragglebomb estaba
brillando ante él.
–¿Quieres desembarazarte
de mí? –preguntó, desafiante–. ¿Cómo sucedió con aquellos otros? Y, a
propósito, ¿qué les pasó a ellos?
–Fue terrible –dijo el
pequeño bosquimano–. No teníamos la menor idea de que pudieran sobrevivir tanto
tiempo allá fuera.
–Pero yo no siento dolor.
Ésa es la razón por la que me rescatasteis, ¿verdad? Adelante –dijo,
perseverando en su actitud–. No me importa. Arrojadme fuera. Nueva sensación.
–¡Oh, no, no, no!
–exclamó el pequeño bosquimano, abrazándole.
Ragglebomb, pesaroso, se
acurrucó bajo sus piernas.
–Así pues, habéis estado
deambulando por el universo, trayendo aquí seres vivos con los que jugar y
arrojándolos después, cuando os aburríais de ellos. Marcharos –espetó, mordaz–.
Monstruos superficiales de sensación, eso es lo que sois. ¡Espíritus galácticos!
Se volvió de otro lado y
se montó sobre el hermoso rostro del pequeño bosquimano, observando cómo se
movía rápidamente y gritaba.
–Sus labios estaban
rojos, sus miradas eran libres, sus mechone eran tan amarillos como el oro
–besó su cuerpo dorado–. La pesadilla Vida-en-Muerte era ella, que mezcla la
sangre del hombre con-frío.
Y él utilizó sus cuerpos
dóciles para construir la mayor pila del amor. Quedaron todos encantados y no
les importó cuando, más tarde, él lloró, con el rostro hacia abajo, sobre las
oscuras espirales de Músculo.
Pero se preocuparon.
–Lo tengo –declaró el
pequeño bosquimano, dándole una palmadita–. Sexo de especie propia. Después de
todo, enfréntate al hecho de que tú no eres empalico. Necesitas una sacudida de
tu propia clase.
–¿Quieres decir que sabes
dónde hay personas como yo? ¿Seres humanos?
El pequeño bosquimano
asintió, mirándole mientras escuchaba.
–Ideal. Tal y como te he
leído a ti. Justo allí, Raggle. Y tienen una cosa que mastican... espera...
salmoglossa fragrans. Según ellos, prolonga ya sabes el qué. Tráete algo de eso
contigo, pequeño.
Y al momento siguiente él
estaba rodando hacia un verde tierno. Flores pisoteadas bajo él, lejanas ramas
por encima, moteadas por la luz del Sol. Un aire rico penetró en sus pulmones.
Respiró ávidamente. Ante él se extendía un paisaje, como de un parque, hasta un
lago brillante en el que el aire soplaba sobre unas velas coloreadas. El cielo
era violeta, con pequeñas nubes de color perla. Nunca había visto un planeta
como éste. Si no se trataba de la Tierra, había caído en el paraíso.
Más allá del lago, pudo
ver muros pastel, fuentes, capiteles. Una ciudad de alabastro no condenada por
las lágrimas humanas. La suave brisa traía consigo el sonido de la música.
Había figuras en la orilla.
Salió al Sol. Unas sedas
brillantes se movieron y unos brazos blancos se elevaron. ¿Le estaban haciendo
señas a él? Vio que eran como mujeres humanas, sólo que más delgadas y más
rubias. ¡Le estaban llamando! Miró su cuerpo, cogió una pequeña rama de flores
y comenzó a caminar hacia ellas.
–No te olvides de la
salmoglossa –dijo la voz de Músculo.
Él asintió con un gesto.
Los pechos de las mujeres se sacudían, con los pezones rosados. Empezó a
trotar.
Fue varios días después
cuando le hicieron regresar, desmayado entre un hombre y una mujer joven. Otro
hombre caminaba a su lado, tocando suavemente un arpa. Mujeres y niños bailaban
y una mujer de aspecto maternal caminaba al frente, todas ellas muy hermosas.
Le reclinaron suavemente
contra un árbol y el arpista se quedó atrás para tocar. Él se esforzó para
ponerse de pie. Por uno de sus puños corría sangre.
–Adiós –murmuró–.
Gracias.
Cuando decía esto se
sintió absorbido en la nada, y se recuperó en el suelo de la Pila del Amor.
–¡Aja! –exclamó el
pequeño bosquimano precipitándose súbitamente sobre su puño–. ¡Buen pesar el de
tu mano! La salmoglossa es todo sangre –y empezó a sacudir las hierbas–. ¿Estás
bien ahora?
Ragglebomb estaba
rechinando suavemente, lanzando su larga lengua hacia la sangre.
Él se frotó la cabeza.
–Me dieron la bienvenida
–murmuró–. Fue perfecto. Música. Baile. Juegos. Amor. No tienen ninguna
medicina, porque eliminaron todas las enfermedades. Dispuse de cinco mujeres y
de un equipo para pintar nubes y creo que de algunos niños pequeños.
Extendió su mano
ensangrentada y ennegrecida. Le faltaban dos dedos.
–Paraíso –gimió–. El
hielo no me hiela, el fuego no quema. Nada de eso significa nada. QUIERO IR A
CASA.
Se produjo una sacudida.
–Lo siento –lloró–.
Trataré de controlarme. Por favor, por favor, devolvedme a la Tierra. Será
pronto, ¿verdad?
Hubo un silencio.
–¿Cuándo?
El pequeño bosquimano
produjo un sonido, como si se aclarara la garganta.
–Bueno, tan pronto como
podamos encontrarla. Tenemos que cruzarnos con ella. Ya sabes que eso puede
suceder en cualquier momento.
–¿Qué?
Se sentó, con una
expresión desfallecida en el rostro.
–¿Quieres decir que no
sabéis donde está? ¿Queréis decir que habéis estado yendo... a ningún lugar?
El pequeño bosquimano se
llevó las manos a las orejas.
–¡Por favor! No la
podemos reconocer a partir de tu descripción. Así es que, ¿cómo podemos volver
allí si nunca hemos estado? Si, mientras viajamos, nos mantenemos atentos, ya
verás como la descubriremos.
Sus ojos les miraron; no
podía creerlo.
–...diez a la onceava
potencia dos soles en la galaxia. No conozco vuestra velocidad y radio de
acción. Digamos, uno por segundo. Eso... eso significan seis mil años. ¡Oh, no!
–y escondió la cabeza entre sus ensangrentadas manos–. Nunca volveré a ver mi hogar.
–No digas eso, pequeño
–el cuerpo dorado se deslizó cerca del suyo–. No estropees el viaje. Te
queremos, No-dolor –ahora, todos ellos le estaban acariciando–. ¡Feliz, canta!
¡Toca, gusta, siente! ¡Alégrate!
Pero no había alegría
alguna.
Adquirió la costumbre de
permanecer sentado aparte, abrumado, observándoles en busca de un signo.
–¿Esta vez?
No.
Todavía no. Nunca.
Diez a la onceava
potencia dos... cincuenta por ciento de posibilidades de encontrar la Tierra en
el término de tres mil años. Era el explorador una vez más.
La Pila del Amor se
reformó sin él, y él apartó el rostro, negándose a comer, hasta que le metieron
los alimentos por la boca. Si él permanecía totalmente inerte, sin duda alguna
se aburrirían y le arrojarían fuera. No había ninguna otra esperanza. Terminad
conmigo... Pronto.
Hicieron pequeños
esfuerzos para despertarle con caricias y con una dura sacudida de vez en
cuando. El se recostaba, sin resistirse. Terminad, rogaba. Pero, en los
intervalos de sus juegos, ellos seguían sintiéndose extrañados por él. Pensaba
que tenían buenas intenciones. Y echaron a perder la materia que él les trajo.
El pequeño bosquimano
engatusándole.
–...primero un efecto
suave, ya sabes. Críptico. Y después una cascada de puntitos dulces y agrios
sobre el paladar...
Trató de cerrarse en sí
mismo. Ellos tenían buenas intenciones. Cayendo a través de la galaxia con un
libro de cocina parlante. Terminad conmigo.
–...pero las artes de la
combinación –seguía diciendo el pequeño bosquimano–. Es como mover comida, o
sea plantas sensibles o pequeños animales vivos que combinan el gusto con el
frisson del movimiento...
Pensó en las ostras.
¿Había comido alguna vez? Algo sobre veneno. Los ríos de la Tierra. ¿Seguían
fluyendo? Aún si, por alguna casualidad inimaginable, se tropezaran con ella,
estaría muy lejos en el pasado, o en el futuro, ¿acaso un globo muerto? Dejadme
morir.
–...y sonido, eso es
divertido. Hemos recogido algunas razas que combinan los efectos musicales con
ciertos gustos. Y existe, además, el sonido de uno mismo al masticar, las
texturas y las viscosidades. Recuerdo a algunos seres que chupaban en armonías.
O el sonido de la propia comida. Una raza que cogí en passant hacía eso, pero
dentro de un ámbito muy limitado. Crujientes. Crepitantes. Uno desearía que
hubiesen explorado tonalidades, efectos brillantes...
Se irguió de pronto.
–¿Qué has dicho?
¿Crujientes?
–Sí, pero...
–¡Eso es! ¡Eso es la
Tierra! –gritó–. Has recogido un maldito anuncio comercial de algo que se come.
Sintió una sacudida.
Estaban arrastrándose pared arriba.
–¿Un qué? –preguntó el
pequeño bosquimano, mirándole fijamente.
–No importa... ¡llévame
allí! Ésa es la Tierra. Tiene que serlo. Puedes ofrecerlo de nuevo, ¿verdad?
Dijiste que podías –imploró, dando zarpazos en el aire, ante ellos–. ¡Por
favor!
La Pila del Amor se
sacudió. Les estaba asustando a todos.
–¡Oh, por favorl –rogó,
forzando su voz para que sonara suave.
–Pero si únicamente lo
escuché durante un instante –protestó el pequeño bosquimano–. Sería
terriblemente duro retroceder tanto. ¡Mi pobre cabeza!
Él se había puesto de
rodillas, implorando.
–Os encantaría –rogó–.
Tenemos una comida fantástica. Poemas culinarios sobre los que nunca habéis
oído hablar. ¡Cordón bleu! ¡Escoffier! –balbució–. ¿Habláis de combinaciones?
¡Los chinos lo hacen de cuatro formas! ¿O son los japoneses? ¡Rijstafel! ¡Buñuelos!
¡Alaska ahumado, con corteza caliente y helado frío dentro!
La lengua rosada del
pequeño bosquimano chasqueó. ¿Lo estaba comprendiendo?
Esforzó su memoria para encontrar alimentos de lo que ni
siquiera él había oído hablar.
–¡Gusanos manguay con
chocolate! ¡Violetas cristalizadas! ¡Mefisto de conejo! ¡Octopus con vino
resinoso! ¡Hígado de veinte pájaros negros! Pasteles con mujeres en ellos.
Niños en la leche de su madre... no, esperad, eso es tabú. ¿Habéis oído hablar
alguna vez de comidas tabú? ¡Cerdo largo!
¿Adonde iba con todo
aquello? Una vaga presencia osciló en su mente... sus manos, las crestas, hace
mucho tiempo. «Amanda», suspiró, apresurándose a continuar.
–¡Cormoranes adobados en
estiércol! ¡Ratatouillé! ¡Melocotones helados con champán! –Proyecto, pensó–.
Páté de ganso cebado con trufas cultivadas en tierra, envueltas en la manteca
más pura –olisqueó, placenteramente–. ¡Bollos calientes con mantequilla, con
zumo de berzas silvestres! –tragó saliva–. Souflé noruego. ¡Oh, sí! Ternera de
feto humano convertida en una membrana y delicadamente adobada con mantequilla
negra de hierbas...
El pequeño bosquimano y
Ragglebomb se habían agarrado el uno al otro, con los ojos cerrados. Músculo
estaba hipnotizado.
–¡Encontrad la Tierra!
¡Hojas de parra con dulces fresas silvestres, envueltas en crema de Devon!
El pequeño bosquimano
bostezó, moviéndose de un lado a otro.
–¡La Tierra! Endivias
amargas con vapor de pollo y tocino. ¡Gazpacho negro! ¡Fruta del Árbol Celeste!
El pequeño bosquimano se
estremeció aún más y la mariposa se agarró a su pecho.
–Tierra, Tierra, –les
dijo con todo su poder, añadiendo–: ¿Pahklava! ¡Pasta de hígado de ganso y
pistacho de nueces en montañas de miel!
El pequeño bosquimano
apartó la cabeza de Ragglebomb y la vaina pareció girar rápidamente.
–¡Peras Ripe Comice!
–susurró él–. ¿Tierra?
–Eso es –dijo el pequeño
bosquimano, dejando de oscilar–. ¡Oh, esos alimentos! Quiero cada uno de ellos.
¡Aterricemos!
–Filete de pescado y
riñones de cerdo –continuó él, respirando cada vez más rápidamente–, adornados
con cortezas de cebolla...
–¡Tierra! –gritó
Ragglebomb–. ¡Comer, comer!
La vaina experimentó una
sacudida. Solidez. Tierra.
Casa
–¡DEJADME SALIR!
Vio una rugosa abertura
por donde se introducía la luz del día, dando sobre la pared y se abalanzó
hacia ella. Sus piernas se movieron con rapidez, toparon con algo. ¡Tierra! Los
pies produjeron un ruido sordo, el rostro elevado, los pulmones absorbiendo
aire.
–¡En casa! –gritó.
...Y cayó con la cabeza
por delante sobre la grava, con los brazos y las piernas descontrolados. Un
cataclismo golpeó su interior.
–¡Socorro!
Su cuerpo se arqueó, y
vomitó, debatiéndose, gritando.
–¡Socorro! ¡Socorro! ¿Qué está pasando?
A través de los ruidos
que él mismo producía escuchó un alboroto por detrás de él, en la vaina. Se las
arregló para rodar sobre sí mismo y vio unos cuerpos dorados y negros
retorciéndose en el interior de la portilla abierta. Ellos también se estaban
convulsionando.
–¡Detente! ¡No te muevas!
–gritó el pequeño bosquimano–. ¡Nos estás matando!
–Sácanos de aquí
–balbució él–. Esto no es la Tierra.
Su garganta se agarrotó,
impidiéndole la respiración y los seres extraños gimieron de empatia.
–¡No! ¡No podemos
movernos! –balbució el pequeño bosquimano–. ¡No respires, cierra rápidamente
los ojos!
Cerró los ojos. El
malestar cedió ligeramente.
–¿Qué es? ¿Qué está
sucediendo?
–DOLOR, TONTO –rugió
Músculo.
–Ésta es tu maldita
Tierra –dijo el pequeño bosquimano–. Ahora sabemos adonde te ataron los nervios
del dolor. Vuelve para que podamos marcharnos... ¡con cuidados!
Él abrió los ojos y captó
una visita de cielo pálido y de matas achaparradas, antes de que las órbitas de
sus ojos se desviaran. Los empáticos gritaron.
–¡Detente! ¡Ragglebomb muere!
–Mi propio hogar –susurró
él, arañándose los ojos.
Todo su cuerpo estaba
siendo devorado por llamas invisibles, aplastado, empalado, despellejado. Se
dio cuenta de que aquello era el modelo de la Tierra. Su único aire, su
configuración exacta del espectro Solar, gravedad, campo magnético, cada una de
sus vistas y sonidos y tactos... ¡a todo aquello habían atado sus circuitos del
dolor!
–Evidentemente, no
querían que volvieras –dijo la voz silenciosa de Músculo–. Entra.
–Ellos pueden arreglarme,
tienen que arreglarme...
–Ellos no están aquí
–espetó el pequeño bosquimano–. Error temporal. No hay nada crujiente. Tú y tu
Alaska... –la voz se detuvo, lastimeramente–. ¡Regresa para que podamos
marcharnos!
–¡Esperad! –pidió–.
¿Cuándo?
Abrió un ojo, y se las
arregló para ver una colina rocosa antes de que su frente estallara. No había
carreteras, ni edificios. No había nada a partir de lo cual pudiera saber si
estaba en el-pasado o en el futuro. No había nada hermoso.
Detrás de él, los seres
extraños le estaban gritando. Empezó a arrastrarse ciegamente hacia la vaina,
con los dientes apretados sobre borbotones salados. Se había mordido la lengua.
Cada uno de sus movimientos le marchitaban; el aire quemaba sus entrañas cada
vez que tenía que respirar. La gravilla parecía estar desgarrándole las manos,
aunque no aparecían heridas. Sólo dolor, dolor, dolor desde cada uno de los
extremos de sus nervios.
–Amanda –gimió.
Pero ella no estaba allí.
Se arrastró, se retorció como pudo hacia la vaina que le ofrecía una dulce
comodidad, la bendición del no-dolor. En alguna parte, un pájaro cantó,
haciéndole estallar los tímpanos. Sus amigos seguían gritando.
–¡Date prisa!
¿Había sido un pájaro? Se
arriesgó a echar un vistazo hacia atrás.
Una figura morena estaba
deslizándose alrededor de las rocas.
Antes de que pudiera
distinguir si se trataba de un mono o de un ser humano, hombre o mujer, sintió
cómo el peor de los dolores desgarraba su cerebro. Se arrastró, indefenso,
escuchando sus propios gritos. El modelo de su propia clase. Desde luego, la cuestión
central... sería la que más le dolería. No tenía la menor esperanza de
continuar allí.
–¡No! ¡No! ¡Date prisa!
Sollozó, y se arrastró
hacia la Pila de Amor. El olor de las hierbas que iba arrancando con su pecho
llegó a su garganta. Caléndulas, pensó. Por detrás de la agonía, ya tenían toda
la dulzura perdida.
Tocó la pared de la
vaina, boqueando. El aire torturante era aire verdadero, y su terrible Tierra
era real.
–¡ENTRA RÁPIDO!
–Por favor, por fav...
–balbució, levantándose con los párpados cerrados, manoteando para encontrar la
portilla.
El verdadero Sol de la
Tierra llovía ácido sobre su carne.
¡La portilla! En su
interior estaba el alivio. Sería No-dolor para siempre. Cuidados... alegría...
¿por qué había deseado dejarles? Su mano encontró la portilla.
Poniéndose de pie, se
volvió y abrió ambos ojos.
La forma de una
extremidad muerta imprimió un trallazo sobre las órbitas de sus ojos. Como
puntas. Terrible. Insoportable. Pero real... ¿dolería para siempre?
–¡No podemos esperar!
–gritó el pequeño bosquimano.
Pensó en su cuerpo dorado
volando por los años-luz, saboreando todo lo delicioso. Sus brazos se
estremecieron violentamente.
–¡Iros entonces! –gritó y
se apartó de un tirón, con violencia,, de la Pila del Amor.
Se produjo una implosión
por detrás de él.
Se encontró solo.
Se las arregló para dar,
tambaleándose, unos pocos pasos hacia adelante, antes de caer al suelo.

