Libro N° 6028. Las Puertas Del Cielo. Silverberg, Robert.
© Libro N° 6028.
Las Puertas Del Cielo. Silverberg, Robert. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © OPEN THE SKY
Versión Original: © Las Puertas Del Cielo. Robert Silverberg
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS PUERTAS DEL CIELO
Robert Silverberg
Traducción de Eduardo G. Murillo
Título original
OPEN THE SKY
Traducido de la edición de Bantam Books, Nueva York, 1984
Cubierta: Enric Satué
1967, ROBERT SILVERBERG
1991, EDICIONES GRIJALBO, S.A.
Arago, 385, Barcelona
Primera edición
Reservados todos los derechos
N: 8425322871
Depósito legal: B. 8.9751991
Impreso en Hurope, S.A., Recared, 2, Barcelona
Para Frederik Pohl
Índice
UNO
Fuego Azul 2077............................................... 5
DOS
Los guerreros de la luz 2095............................. 27
TRES
Adonde van los transformados 2135................. 60
CUATRO
Lázaro, levántate y anda 2152.......................... 93
CINCO
Las puertas del cielo 2164................................. 122
UNO
Fuego Azul
2077
LA LETANÍA ELECTROMAGNÉTICA
Franjas del espectro
Demos gracias por la luz, que se extiende más allá de nuestra
visión.
Humillémonos ante el calor.
Bendigamos la energía que nos santifica.
Bendito sea Balmer, que nos dio las longitudes de onda.
Bendito sea Bohr, que nos dio la comprensión.
Bendito sea Lyman, que trascendió la visión.
Recitemos ahora las franjas del espectro.
Benditas sean las ondas largas de radio, que oscilan
lentamente.
Benditas sean las ondas medias de radio, que a Hertz
agradecemos.
Benditas sean las ondas cortas, eslabones de la humanidad, y
benditas sean las microondas.
Benditos sean los infrarrojos, portadores del calor
vivificador.
Bendita sea la luz visible, magnifícente en angstroms.
(Sólo en festividades
señaladas: Bendito sea el rojo, sagrado para Doppler. Bendito sea el
naranja. Bendito sea el amarillo, santificado por la mirada de Fraunhofer.
Bendito sea el verde. Bendito sea el azul por su línea de hidrógeno. Bendito
sea el añil. Bendito sea el violeta, henchido de energía.)
Benditos sean los ultravioletas, portadores de la riqueza
solar.
Benditos sean los rayos X, sagrados para Roentgen, que los
sondeó a fondo.
Benditos sean los gamma, en toda su energía; benditas sean
las frecuencias más altas.
Demos gracias a Planck. Demos gracias a Einstein. Demos
gracias en especial a Maxwell.
¡En nombre del espectro, del cuanto y del sagrado angstrom,
paz!
1
El caos se extendía sobre la faz de la
Tierra, pero a hombre que se hallaba en la Cámara de la Nada no le importaba en
absoluto.
Diez mil millones de seres (¿o acaso
serían ya doce en este momento?) luchaban por un lugar bajo el sol. Los
rascacielos apuntaban hacia el firmamento como tallos de frijoles. Los
marcianos se mofaban. Los venusinos escupían. Cultos extravagantes florecían
por todas partes, y los vorsters se inclinaban ante sus diabólicas luces azules
en un millar de capillas. Todo esto, por el momento, carecía de significado
para Reynolds Kirby. Estaba al margen. Era el hombre encerrado en la Cámara de
la Nada.
El lugar donde descansaba se encontraba a
mil doscientos metros sobre las aguas azules del Caribe, en su apartamento del
piso cien situado en Tortola, Islas Vírgenes. Un hombre tenía que descansar en
alguna parte. Kirby, un importante funcionario de las Naciones Unidas, tenía
derecho a gozar del calor y a dormitar, y destinaba una cantidad sustancial de
su playa. Pudo ver la línea
oscura del arrecife de coral; las aguas eran verdes en la zona de la orilla y
de un azul intenso a medida que se alejaban de ella. El arrecife estaba muerto,
por supuesto. Los sistemas vitales de las delicadas criaturas que lo habían
construido ya no podían asimilar más combustible de motor, y el límite de
tolerancia había sido sobrepasado bastante tiempo antes. Los aerodeslizadores
que se desplazaban de isla en isla dejaban una estela mortífera a su paso.
El hombre de las Naciones Unidas cerró
los ojos. Y los abrió enseguida, porque al bajar los párpados apareció en la
pantalla de su cerebro la visión de la chica esper, retorciéndose, chillando,
mordiéndose los nudillos, su piel amarilla cubierta de sudor. Y el vorster que
estaba junto a ella movía de un lado a otro aquella condenada luz azul,
mientras murmuraba: «Sosiégate, hija mía, sosiégate, pronto estarás en armonía
con el Todo».
Eso había ocurrido el pasado jueves. Hoy
era el miércoles siguiente. A estas alturas ya estará en armonía con el Todo,
pensó Kirby, y habrán dispersado a los cuatro vientos un irreemplazable banco
de genes. O a los siete vientos. A Kirby le costaba últimamente precisar los
tópicos.
«Siete mares –pensó–. Cuatro vientos.»
La sombra de un helicóptero cruzó su
campo de visión.
–Tu invitado está llegando –anunció el
robot.
–Magnífico –replicó Kirby con ironía.
La noticia de que el marciano estaba al
llegar puso nervioso a Kirby. Le habían elegido como guía, mentor y perro
guardián del visitante procedente de la colonia
marciana. Mucho dependía de mantener re laciones cordiales con los marcianos,
porque representaban mercados vitales para la economía de la Tierra. También
representaban vigor y energía, cuali dades que escaseaban en la Tierra.
Pero relacionarse con ellos
–susceptibles, veleido sos, impredecibles– era también sumamente compli cado.
Kirby sabía que le esperaba un trabajo difícil Tenía que alejar al marciano de
todo posible peligro mimarle y cuidarle, sin parecer en ningún momento
condescendiente u obsequioso. Y si Kirby lo estro peaba... Bien, podría ser
lamentable para la Tierra y fatal para la carrera de Kirby.
Opacó la ventana y corrió hacia su
dormitorio pa ra ataviarse como correspondía a su alcurnia: túnica gris
ajustada, fular verde, botas de piel azul, guantes de malla dorada reluciente.
Cuando el anunciador llegó con un estruendo metálico para informarle que
Nathaniel Weiner de Marte había llegado, Kirby iba vestido de pies a cabeza
como el importante funcionario terrícola que era.
–Hágale pasar –dijo.
La puerta se abrió como un diafragma y el
marciano entró con movimientos ágiles. Era un hombre pequeño y corpulento, de
unos treinta años, hombros anormalmente anchos, labios finos, pómulos salientes
y ojos brillantes y oscuros. Parecía físicamente fuerte, como si no hubiera
pasado la vida en la atmósfera liviana de Marte, sino luchando contra la
gravedad asesina de Júpiter. Estaba muy bronceado, y una red de arrugas partía
del rabillo de los ojos. Parecía agresivo, pensó Kirby. Parecía arrogante.
–Ciudadano Kirby, es un placer conocerle dijo el marciano con
voz rasposa y pronfunda.
–El honor es mío, ciudadano Weiner.
–Permítame –dijo Weiner, desenfundando la
pistola láser. El robot de Kirby se apresuró a adelantarse con la almohada de
terciopelo. El marciano colocó el arma con todo cuidado sobre el lujoso
complemento. El robot se deslizó por la estancia y entregó la pistola a Kirby.
–Llámame Nat –dijo el marciano.
Kirby esbozó una breve sonrisa. Tomó la
pistola, resistió la loca tentación de reducirle a cenizas en el acto y la
examinó. Después volvió a depositarla sobre la almohada, haciendo un gesto al
robot para que la devolviera a su propietario.
–Mis amigos me llaman Ron –dijo Kirby–. Reynolds es un nombre
bastante feo.
–Encantado de conocerte, Ron. ¿Qué hay de
beber?
La ruptura del protocolo desagradó a
Kirby, pero mantuvo una imperturbabilidad diplomática. El marciano había
respetado meticulosamente el ritual de la pistola, pero cabía esperarlo de
cualquier habitante de la frontera; no implicaba que siguiera comportándose con
el mismo escrúpulo.
–Lo que quieras, Nat –dijo con suavidad Kirby–. Sintéticos, auténticos... Pide y lo tendrás. ¿Qué te parece
un ron filtrado?
–He tomado tanto ron que ya me sale por
las orejas, Ron. Esos gabogos de San Juan se lo beben como si fuera agua.
¿Tienes un whisky decente?
–Teclea –dijo Kirby, con un majestuoso
gesto de la mano. El robot cogió el tablero del bar y lo acercó al marciano.
Weiner echó un vistazo a los botones y tecleó un par, casi al azar.
–He pedido uno de centeno doble para ti
–anunció Weiner–, y un bourbon doble para mí.
Kirby empezaba a divertirse. El rudo
colono no sólo escogía su bebida, sino la de su anfitrión. ¡Un whisky de
centeno doble! Kirby disimuló su sorpresa y aceptó la bebida. Weiner se
arrellanó en un balancín de espuma trenzada. Kirby también se sentó.
–¿Cómo va tu visita a la Tierra? –preguntó Kirby.
–Bastante bien. Bastante bien. De todos
modos, me pone enfermo ver tanta gente apretujada.
–Es la
condición humana.
–En Marte no, ni tampoco en Venus.
–Es cuestión de tiempo.
–Lo dudo. Allá arriba sabemos cómo controlar el aumento de
población, Ron.
–Y nosotros también. Nos costó un tiempo
metérselo en la cabeza a todo el mundo, y para entonces ya éramos diez mil
millones de personas. Confiamos en que la tasa de aumento descienda.
–¿Sabes una cosa? Deberíais coger a una
persona de cada diez y echarla a los convertidores. Obtendríais un buen pico de
energía a cambio de toda esa carne. Eliminaríais mil millones de personas de la
noche a la mañana –rió por lo bajo–. Es broma. No sería ético.
–No eres el primero en sugerirlo, Nat –sonrió Kirby–. Y
algunos lo dijeron muy en serio.
–Disciplina: ésa es la respuesta a todos los problemas
humanos. Disciplina y más disciplina. Abnegación. Planificación. Este whisky es
condenadamente bueno, Ron. ¿Otra ronda?
–Sírvete.
Weiner lo hizo con generosidad.
–Vaya con el brebaje –murmuró–. No tenemos
bebidas como éstas en Marte. Tengo que admitirlo, Ron. Este planeta, a pesar de
lo mal que huele y lo abarrotado que está, no carece de ventajas. No me
gustaría vivir aquí, te lo aseguro, pero me alegra haber venido. Las mujeres...
¡Ummmm! ¡Las bebidas! ¡Los estímulos!
–¿Llevas aquí dos días?
–Exacto. Una noche en Nueva York...
Ceremonias, un banquete, toda esa basura, patrocinada por la Asociación
Colonial. Después fui a Washington para ver al presidente. Simpático el chico,
aunque un poco panzudo. Le conviene algo de ejercicio. Luego, esa idiotez de
San Juan, un día de hermandad con los camaradas de Puerto Rico, esa clase de
basura. Y ahora aquí. ¿Qué se puede hacer aquí, Ron?
–Bien, podemos bajar a nadar un poco...
–Puedo nadar todo lo que me dé la gana en
Marte. No quiero ver agua, sino civilización. Complejidad –los ojos de Weiner
brillaban. Kirby comprendió de repente que el tipo ya había llegado borracho, y
que los dos tragos largos de bourbon le habían colocado a modo–. ¿Sabes lo que
quiero hacer, Kirby? Quiero salir y revolearme un poco en la basura. Quiero ir
a fumaderos de opio. Quiero ver a espers en éxtasis. Quiero acudir a una sesión
vorster. Quiero vivir la vida, Ron. Quiero experimentar a fondo la Tierra...
¡basura incluida!
2
El salón de los vorsters se hallaba en un
viejo edificio desvencijado, casi en ruinas, situado en el centro de Manhattan,
a un tiro de piedra de las Naciones Unidas. Kirby se sentía reacio a entrar;
nunca había vencido su repugnancia por los barrios bajos, ni siquiera ahora,
cuando el mundo se había convertido en una inmensa y apiñada barriada. Pero Nat
Weiner lo había ordenado, y así debía ser. Kirby le había traído aquí porque
era el único reducto de los vorsters que había visitado antes, por lo que no se
encontraría tan fuera de lugar entre los fieles.
El letrero sobre la puerta decía en letras brillantes pero
semiborradas:
HERMANDAD DE LA RADIACIÓN INMANENTE
SED TODOS BIENVENIDOS
SERVICIOS DIARIOS
SANAD VUESTROS CORAZONES
ARMONIZAOS CON EL TODO
–¡Fíjate en eso! ¡Sanad vuestros
corazones! ¿Cómo está tu corazón, Kirby? –comentó riendo Weiner al ver el
letrero.
–Está
perforado en varios puntos. ¿Vamos a entrar?
–¿A ti qué te parece? respondió Weiner.
El marciano estaba borracho como una
cuba, pero Kirby se vio forzado a admitir que lo llevaba con dignidad. Kirby, a
lo largo de la prolongada velada, ni siquiera había intentado competir con el
enviado de la colonia, pero aun así se sentía mareado y sobreexcitado. Le
picaba la punta de la nariz. Ardía en deseos de desembarazarse de Weiner y
volver a la Cámara de la Nada para purificar su cuerpo de tanto veneno.
Pero Weiner quería pasárselo en grande, y era difícil
culparle por ello. Marte era un lugar duro, que apenas concedía tiempo para el
placer. Terraformar un planeta exigía el máximo esfuerzo. La tarea estaba casi
terminada, después de dos generaciones de trabajo, y el aire de Marte estaba
limpio y apto, pero nadie se atrevía todavía a relajarse. Weiner había venido
para negociar un acuerdo comercial, pero también era su primera oportunidad de
escapar a los rigores de la vida en Marte. La llamaban la Esparta del espacio.
Y esto era Atenas.
Entraron en el salón vorster.
Se trataba de una estancia oblonga, larga y angosta. Una
docena de filas de bancos sin pintar corrían de pared a pared, con un pasillo
estrecho a un lado. Al fondo se hallaba el altar, en el que brillaba la
inevitable radiación azul. Detrás se erguía un hombre alto, esquelético, calvo
y barbudo.
–¿Es ése el sacerdote? susurró estruendosamente Weiner.
–No creo que les llamen sacerdotes –dijo Kirby–, pero es el que lleva la voz cantante.
–¿Tomaremos la comunión?
–Limitémonos a mirar –sugirió Kirby.
–Fíjate en esos condenados maníacos –dijo Weiner el marciano.
–Es un movimiento religioso muy popular.
–No lo entiendo.
–Observa y escucha.
–Ahí de rodillas..., humillándose ante esa porquería de
reactor...
Algunas cabezas se volvieron en su
dirección. Kirby suspiró. No tenía el menor aprecio por los vorsters o su
religión, pero tampoco le agradó la rotunda profanación de su fe. Agarró por el
brazo al marciano, sin el menor miramiento, le guió hasta el banco más cercano
y le obligó a arrodillarse, colocándose a su lado. Weiner le dirigió una mirada
de reproche. A los colonos no les gustaba que los extranjeros les tocaran. Un
venusino habría acuchillado a Kirby por algo parecido, aunque, por suspuesto,
un venusino no visitaría la Tierra, ni mucho menos se metería en un salón
vorster.
Weiner, ceñudo, se inclinó hacia adelante para contemplar la
ceremonia. Kirby forzó la vista en la tenue oscuridad para observar al hombre
situado detrás del altar.
El reactor, un cubo de cobalto 60,
recubierto de agua que neutralizaba las peligrosas radiaciones antes de que
chamuscaran la carne, estaba en funcionamiento y brillaba. Kirby distinguió en
la oscuridad un débil resplandor azul, que aumentaba de intensidad poco a poco.
Una luz blancoazulada ocultaba la rejilla del diminuto reactor, y un extraño
fulgor azul verdoso, que parecía casi púrpura en su núcleo, remolineaba en
torno suyo. Era el Fuego Azul, la espectral luz fría de la radiación Cerenkov,
que se extendía hasta abrazar toda la estancia.
Kirby sabía que no se trataba de nada místico. Los electrones
se agitaban en el depósito de agua, moviéndose a una velocidad superior a la de
la luz en ese medio, y mientras se movían lanzaban un chorro de fotones.
Precisas ecuaciones explicaban el origen del Fuego Azul. En honor a la verdad,
los vorsters no le adjudicaban propiedades sobrenaturales, pero era un
instrumento simbólico útil, un foco de los sentimientos religiosos, más
atrayente que la crucifixión, más dramático que las Tablas de la Ley.
–Toda vida surge de una sola Unidad –dijo con voz serena el
vorster que oficiaba–. Debemos la
infinita variedad del universo al movimiento de los electrones. Los átomos se
encuentran; sus partículas se entrelazan. Los electrones saltan de órbita en
órbita, y tienen lugar cambios químicos.
–¿Oyes lo que dice ese piojoso bastardo? bufó Weiner–. ¡Una
lectura química!
Kirby se mordió el labio, angustiado. Una chica sentada en el
banco que había frente a ellos se volvió y dijo en voz baja y perentoria:
–Por favor. Limítense a escuchar..., por favor.
Su aspecto era tan pasmoso que Weiner se quedó mudo de
sorpresa. El marciano dio un respingo, es tupefacto. Kirby, que ya había visto
antes mujeres alteradas quirúrgicamente, apenas reaccionó. Copas iridiscentes
cubrían los huecos donde habían estado sus orejas. Un ópalo estaba engastado en
el hueso de la frente. Sus párpados eran de chapa de oro brillante. Los
cirujanos habían hecho algo a su nariz y labios. Tal vez había sufrido un
horrible accidente. Lo más probable era que se hubiera mutilado con propósitos
estéticos. Locura. Locura.
Por la energía del sol –dijo el vorster–,
por la savia de las plantas, por la maravilla incomparable del crecimiento
damos gracias al electrón. Por los enzimas de nuestro cuerpo, por las sinapsis
de nuestro cerebro, por el latido de nuestro corazón damos gracias al electrón.
Combustible y comida, luz y calor, alimento y energía, todo surge de la Unidad,
todo surge de la Radiación Inmanente...
Kirby comprendió que era una letanía. A
su alrededor, la gente se mecía al compás de las palabras semicanturreadas,
asentía con la cabeza e incluso lloraba. El Fuego Azul se expandió y llegó
hasta el desvencijado techo. El hombre del altar realizó una especie de
bendición con sus brazos largos como las patas de una araña.
–¡Venid! –gritó–. ¡Arrodillaos y cantad las alabanzas!
¡Enlazad los brazos, inclinad la cabeza, dad gracias a la unidad fundamental de
todas las cosas!
Los vorsters empezaron a caminar
arrastrando los pies hasta el altar. Recuerdos de su niñez episcopaliana
despertaron en Kirby: avanzar por el pasillo para tomar la comunión, la hostia
en la lengua, el veloz trago de vino, el olor a incienso, el crujido de las
vestiduras sacerdotales. Hacía veinticinco años que no acudía a un servicio.
Existía una diferencia abismal entre la magnificencia de la catedral y la
ruinosa fealdad del improvisado templo, pero Kirby, por un momento, experimentó
un fugaz sentimiento religioso, un levísimo impulso de avanzar con los demás y
postrarse de hinojos ante el reactor centelleante.
La idea le sorprendió y aturdió.
¿Cómo se le había ocurrido? Esto no era
religión. Era devoción a un culto, un movimiento efímero, la última moda, que
desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. ¿Diez millones de conversos de la
noche a la mañana? ¿Y qué? El nuevo profeta aparecería mañana o pasado mañana
exhortando a los fieles a hundir las manos en la solución rutilante de un
contador de centelleo, y los salones vorsters se quedarían vacíos. Esto no era
Piedra, sino arenas movedizas.
Pero aquel impulso momentáneo...
Kirby apretó los labios. Pensó que se debía a la tensión de
escoltar durante toda la noche a aquel marciano salvaje. Le importaba un bledo
la Unidad Celestial. La unidad fundamental de todas las cosas no significaba
nada para él. Este lugar sólo podía atraer a los cansados, a los neuróticos, a
los hambrientos de novedades, a los que pagaban gustosamente una buena cantidad
para que les cortasen las orejas y les hendiesen la nariz. El hecho de que
hubiera estado casi a punto de sumarse a los demás comulgantes ante el altar
daba la medida de su propia desesperación.
Se relajó.
Y en el mismo momento Nat Weiner se levantó de un brinco y
avanzó tambaleándose por el pasillo.
–¡Salvadme! –gritó el marciano–. ¡Sanad mi jodida alma!
¡Mostradme la Unidad!
–Arrodíllate con nosotros, hermano –dijo el líder vorster con
voz afable.
–¡Soy un pecador! –chilló Weiner–. ¡Estoy
empapado de alcohol y corrupción! ¡He de salvarme! ¡Abrazo el electrón! ¡Me
entrego!
Kirby avanzó presuroso tras él. ¿Hablaría
Weiner en serio? Los marcianos eran famosos por su rechazo a todos los
movimientos religiosos, incluidos los establecidos y legales. ¿Habría sucumbido
a la diabólica luz azul?
–Toma las manos de tus hermanos –murmuró el líder–. Humilla tu cabeza y deja que el resplandor te envuelva.
Weiner miró a su izquierda. La chica de las alteraciones
quirúrgicas estaba arrodillada a su lado. Le tendió la mano. Cuatro dedos de
carne, uno de metal teñido de azul turquesa.
–¡Es un monstruo! –aulló Weiner–. ¡Lleváosla! ¡No dejaré que
me corten en pedazos!
–Tranquilízate, hermano...
–¡Sois una pandilla de farsantes! ¡Farsantes, farsantes,
farsantes! ¡Nada más que una banda de...!
Kirby llegó junto a él. Hundió sus dedos
en los prominentes músculos de la espalda de Weiner, con una fuerza que el
marciano, a pesar de su borrachera, no podía dejar de advertir.
–Vamonos, Nat –dijo Kirby en voz baja y urgente–.
Salgamos de aquí.
–¡Sácame tus sucias manos de encima, terrícola!
–Nat, por favor... Estamos en un templo...
–¡Estamos en un manicomio! ¡Locos, locos, locos! ¡Míralos,
arrodillados como deleznables maníacos! –Weiner luchó por ponerse en pie.
Parecía que su voz retumbante fuera a derribar las paredes–. ¡Soy un hombre
libre de Marte! ¡Excavo en el desierto con estas manos! ¡He visto cómo se
llenaban los océanos! ¿Qué habéis hecho vosotros? ¡Cortaros los párpados y
revolcaros en la porquería! ¡Y tú..., sacerdote de pacotilla, les robas el
dinero y te encanta!
El marciano se aferró al pasamanos del altar y saltó por
encima, acercándose peligrosamente al brillante reactor. Se abalanzó hacia el
alto y barbudo vorster.
El sacerdote, sin perder la calma, extendió un largo brazo,
abriéndose paso entre los movimientos espasmódicos de los miembros de Weiner.
Las puntas de sus dedos tocaron durante una fracción de segundo la garganta del
marciano.
Weiner se desplomó como un saco.
3
–¿Ya te encuentras bien? –preguntó Kirby con la garganta seca. Weiner se agitó.
–¿Dónde está la chica?
–¿La de las alteraciones?
–No –dijo con voz rasposa–. La esper. Quiero tenerla cerca de
nuevo.
Kirby miró a la esbelta muchacha de cabello azul. Ella
asintió con expresión tensa y cogió la mano de Weiner. El rostro del marciano
estaba perlado de sudor, y todavía tenía los ojos desencajados. Se hallaba
acostado, con la cabeza apoyada sobre varias almohadas, las mejillas hundidas.
Se encontraban en un esnifario, enfrente del salón vorster.
Kirby había tenido que sacar al marciano del lugar, cargándolo sobre los
hombros; los vorsters no permitían la entrada a los robots. El esnifario le
pareció un lugar tan apropiado como cualquier otro para llevarle.
La chica esper salió a su encuentro cuando Kirby entró en el
local tambaleándose. También era vorster, como atestiguaba el cabello azul,
pero, por lo visto, había dado por concluidas sus tareas religiosas del día y
estaba rematando la jornada con una rápida inhalación. Se había inclinado con
instantánea compasión para examinar de cerca la cara enrojecida y sudorosa de
Weiner, preguntándole a Kirby si su amigo había sufrido un ataque.
–No estoy muy seguro de lo que ocurrió –dijo Kirby–. Estaba
bebido y provocó un altercado en el salón vorster. El responsable del servicio
le tocó la garganta.
La chica sonrió. Era de aspecto frágil, parecía una niña
extraviada y no sobrepasaría los dieciocho o diecinueve años. Afligida por el
don. Cerró los ojos, cogió la mano de Weiner y apretó la ancha muñeca hasta que
el marciano revivió. Kirby no supo lo que había hecho. Todo esto constituía un
misterio para él.
Weiner, que recobraba las fuerzas visiblemente, trató de
incorporarse. Aferró la mano de la joven, y ella no hizo nada para soltarse.
–¿Con qué me golpearon? –preguntó Weiner.
–Fue una momentánea alteración de tu carga –explicó la chica. El hombre paralizó tu corazón y tu cerebro
durante una milésima de segundo. No quedarán secuelas.
–¿Cómo lo hizo? Apenas me tocó con los dedos.
–Existe una técnica. Te pondrás bien.
Weiner miró fijamente a la chica.
–¿Eres una esper? ¿Me estás leyendo el pensamiento?
–Soy una esper, pero no leo el pensamiento. Sólo soy una
empat. Todos estáis poseídos por el odio. ¿Por qué no vuelves allí? Pídele que
te perdone. Sé que lo hará. Deja que él te enseñe. ¿Has leído el libro de
Vorst?
–¿Por qué no te vas al infierno? –dijo Weiner hastiado–. No, no lo harás. Eres demasiado lista. También tenemos
espers listos en Marte. ¿Quieres pasarlo bien esta noche? Me llamo Nat Weiner,
y éste es mi amigo Ron Kirby. Reynolds Kirby.
Es un coñazo, pero le daremos el esquinazo –el marciano aumentó la presión de
su mano–. ¿Qué me dices?
La chica no contestó. Se limitó a fruncir el ceño. Weiner
hizo una extraña mueca y le soltó el brazo. Kirby, al observarlo, tuvo que
disimular una sonrisa. Weiner se complicaba la vida en todas partes. Este era
un mundo complicado.
–Cruza la calle y vuelve allí –susurró la chica–. Ellos te
ayudarán.
Se volvió sin esperar su réplica y se desvaneció en la
oscuridad. Weiner se pasó la mano por la frente como si estuviera limpiando de
telarañas su cerebro. Se puso en pie con un esfuerzo, ignorando la mano
extendida de Kirby.
–¿En qué clase de sitio estamos? –preguntó.
–Es un esnifario.
–¿Van a predicarme también aquí?
–Sólo te nublarán un poco el cerebro –dijo Kirby–. ¿Quieres
probarlo?
–Claro, ya te dije que quería probarlo todo. No tengo la
suerte de venir a la Tierra cada día.
Weiner sonrió, pero la sonrisa era sombría. Ya no parecía
estar tan colocado como una hora antes. Ser puesto fuera de combate por el
vorster le había serenado algo. Sin embargo, continuaba en forma, dispuesto a
embeberse de todos los pecaminosos placeres que este perverso planeta podía
ofrecerle.
Kirby se preguntó si las cosas le estaban saliendo tan mal
como parecía. No había forma de saberlo... Todavía no. Más tarde, por supuesto,
cabía la posibilidad de que Weiner protestara por el trato recibido, y Kirby se
encontraría transferido bruscamente a tareas menos delicadas. Un pensamiento
desagradable, por cuanto otorgaba una gran importancia a su carrera; quizá
representaba lo más importante de su vida. No quería arruinarla en una sola
noche.
Ambos se dirigieron hacia los reservados.
–Explícame una cosa –dijo Weiner–. ¿Esa gente cree de veras
en todo ese rollo del electrón?
–La verdad es que no lo sé. No lo he estudiado en profundidad,
Nat.
–Has sido testigo de la aparición del movimiento. ¿Cuántos
miembros tendrá ahora?
–Un par de millones, supongo.
Eso es mucho. En Marte sólo tenemos siete millones de
habitantes. Si hay tantos chiflados adeptos al culto...
–En la Tierra existen actualmente
montones de nuevas sectas religiosas. Es una época apocalíptica. La gente desea
ansiosamente que la tranquilicen. Experimenta la sensación de que los
acontecimientos han dejado atrás a la Tierra, de modo que busca la unidad,
alguna forma de escapar a la confusión y la fragmentación.
–Si quieren unidad, que vengan a Marte. Tenemos trabajo para
todos, y no nos queda tiempo para comernos el tarro sobre la unidad– Weiner
lanzó una carcajada–. Al
infierno con ello. ¿Qué vamos a esnifar?
–El opio está pasado de moda. Inhalamos los productos más
exóticos. Dicen que las alucinaciones son muy divertidas.
–¿Dicen? ¿No lo
sabes? ¿Es que no tienes información de primera mano sobre nada, Kirby? Ni siquiera estás vivo. Eres un zombi. Un hombre
necesita ciertos vicios, Kirby.
El hombre de las Naciones Unidas pensó en la Cámara de la
Nada que le esperaba en la elevada torre de la balsámica Tórtola. Su rostro no
se alteró en ningún momento.
–Algunas personas estamos demasiado ocupadas pera dedicarnos
a los vicios –dijo. Sin embargo, creo que tu visita va a enseñarme muchas
cosas, Nat. Vamos a esnifar.
Un robot rodó hasta ellos. Kirby aplicó su pulgar derecho a
la placa amarilla encajada en el pecho del robot. Se encendió una luz cuando la
huella dactilar de Kirby quedó grabada.
–Pasaremos la factura a su central –dijo el robot.
Su voz era absurdamente profunda: problemas de tono en la
cinta madre, sospechó Kirby. El robot se alejó escorando un poco a estribor.
Las tripas oxidadas, se imaginó Kirby. Cabía la posibilidad de que no le
cobraran la factura. Tomó una máscara de esnifar y se la tendió a Weiner, que
se tumbó confortablemente en el sofá apoyado contra la pared del reservado.
Weiner se puso la máscara, Kirby tomó otra y se la ajustó sobre la nariz y la
boca. Cerró los ojos y se arrellano en el balancín de espuma trenzada situado
junto a la entrada del reservado. Tras un momento sintió el gas que se
introducía por sus fosas nasales. Poseía un repugnante olor agridulce, un olor
sulfúrico.
Kirby aguardó la alucinación.
Sabía que mucha gente pasaba horas cada día en reservados
como éste. El gobierno no cesaba de aumentar los impuestos para desalentar a
los esnifadores, pero aun así seguían acudiendo, pagando diez, veinte, treinta
dólares por esnifada. El gas en sí no era adictivo, no influía en el
metabolismo como la heroína. Se trataba más bien de una adicción psicológica,
algo que podía vencerse en caso de intentarlo, pero nadie se tomaba la molestia
de probarlo, como en la adicción al sexo o al alcoholismo moderado. Para
algunos era una especie de religión. Cada uno se hacía su propio credo; un
mundo tan poblado albergaba multitud de creencias.
Una joven hecha de diamantes y esmeraldas caminaba por el
cerebro de Kirby.
Los cirujanos habían eliminado hasta el último trozo de carne
de su cuerpo. Sus ojos poseían el brillo frío de las piedras preciosas; sus
pechos eran globos de ónice blanco rematados por rubíes; sus labios, franjas de
alabastro; su cabello, hebras de oro amarillo. Fuego azul oscilaba a su
alrededor, fuego vorster que crepitaba de manera extraña.
–Estás cansado, Ron –dijo ella–. Necesitas evadirte de ti mismo.
–Lo sé. Ya utilizo la Cámara de la Nada cada dos días.
Intento evitar el colapso nervioso.
–Tu problema es que eres demasiado rígido. ¿Por qué no
visitas a mi cirujano? Cámbiate. Despréndete de toda esa estúpida carne. La
carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios; de la corrupción no nace
la incorrupción.
–No –murmuró Kirby. No se trata de eso. Todo lo que necesito
es un poco de descanso. Un buen baño, sol, una cura de sueño. Pero debo cuidar
de ese marciano chiflado.
La alucinación rió de modo estridente, hizo ondear los brazos
y ejecutó una circunvolución sinuosa. Habían reemplazado los dedos por astillas
de marfil. Las uñas eran de cobre pulido. La lengua lasciva que asomaba entre
los labios de alabastro era una serpiente de llamativo fexiplast.
–Presta atención –canturreó voluptuosamente–. Te desvelaré un
misterio. No dormiremos, sino que seremos transformados.
–Dentro de un momento –dijo Kirby. En un
abrir y cerrar de ojos. La trompeta sonará.
–Y los muertos resucitarán incorruptos. Hazlo, Ron. Parecerás
mucho más atractivo. Hasta es posible que tu próximo matrimonio salga un poco
mejor. La echas de menos... Admítelo. Deberías verla ahora. Tu amada yace a
profundidad cinco. Pero es feliz. Porque lo corruptible debe tender a la
incorrupción, y lo mortal debe tender a la inmortalidad.
–Soy un ser humano protestó Kirby. No quiero convertirme en
una pieza de museo ambulante como tú o como ella,
pongamos por caso. Ni siquiera si se pusiera de moda entre los hombres.
La luz azul empezó a latir y enturbiar la visión de su
cerebro.
–No obstante, Ron, necesitas algo. La Cámara de la Nada no es
la respuesta. No es... nada. Afíliate. Hazte miembro. El trabajo tampoco es la
respuesta. Únete. Únete. ¿No quieres esculpirte? Muy bien, conviértete en un
vorster. Ríndete a la Unidad. Que la muerte sea engullida victoriosamente.
–¿No puedo continuar siendo yo mismo? –gritó Kirby.
–Lo que eres no basta. Ahora no. Ya no. Vivimos tiempos
difíciles. Un mundo abrumado de problemas. Los marcianos se burlan de nosotros.
Los venusinos nos desprecian. Necesitamos una nueva organización, nueva
energía. El pecado es el aguijón de la muerte, y la fuerza del pecado es la
ley. Tumba, ¿dónde está tu victoria?
Un desenfrenado torbellino de colores bailó en la mente de
Kirby. La mujer alterada quirúrgicamente hizo una pirueta, saltó, se agitó y
exhibió su vistosa magnificencia sembrada de joyas frente a él. Kirby se
estremeció. Aferró frenéticamente la máscara. ¿Por esta pesadilla había pagado
una elevada suma? ¿Cómo era posible que la gente se enganchara en esta
experiencia, este viaje por los pantanos de la mente?
Kirby se arrancó la máscara de esnifar y la tiró al suelo del
reservado. Llenó sus pulmones de aire fresco, parpadeó y volvió a la realidad.
Estaba solo en el reservado.
Weiner, el marciano, se había ido.
4
El robot responsable del esnifario no le sirvió de ayuda.
–¿Adónde se fue?
preguntó Kirby.
–Se marchó –fue la herrumbrosa respuesta–. Dieciocho dólares y
sesenta centavos. Pasaremos la factura a su central.
–¿Dijo adonde iba?
–No conversamos. Se marchó. ¡Auuuurk! No conversamos. Pasaremos la factura a su central. ¡Auuuurk!
Kirby lanzó una maldición y salió corriendo a la calle. Miró
involuntariamente al cielo. Vio brillar las letras color limón de la
información horaria luminosa que flotaba en el firmamento, moteada de rojo en
algunos puntos:
LAS 22:05, HORA OFICIAL DEL ESTE
VIERNES 8 DE MAYO DE 2077
COMPRE FREEBLES: ¡SON CRUJIENTES!
Faltaban dos horas para la medianoche. Tiempo suficiente para
que aquel colono lunático se metiera en líos. Lo último que Kirby deseaba era a
un Weiner borracho, y tal vez alucinado, suelto por Nueva York. La misión no se
reducía a depararle una mera hospitalidad. Parte del trabajo de Kirby consistía
en vigilar a Weiner. Los marcianos ya habían venido a la Tierra antes. La
sociedad liberada les sentaba como un vino cabezón.
¿Adonde habría ido?
Un sitio probable era el salón vorster. Quizá Weiner había
vuelto para armar un poco más de jaleo. Kirby, sudando por todos los poros de
su cuerpo, atravesó la calle a toda prisa, esquivando las lágrimas propulsadas
que pasaban, y se precipitó en el interior de la destartalada capilla. El
servicio proseguía. No parecía que Weiner estuviera presente. Todo el mundo
estaba sentado dócilmente en sus bancos, y no se producían gritos, chillidos ni
carcajadas de borrachos. Kirby avanzó en silencio por el pasillo, examinando
cada banco. Ni rastro de Weiner. La chica de la cara alterada continuaba allí;
sonrió y le tendió la mano. Durante un pavoroso momento, Kirby se sintió
catapultado de nuevo hacia su alucinación, y se le puso la carne de gallina.
Cuando logró recobrarse, forzó una leve sonrisa de cortesía y salió del recinto
vorster lo más rápido que pudo.
Subió a la cinta deslizante y dejó que le transportara al
azar, a varias manzanas de distancia. Ni rastro de Weiner. Kirby descendió y se
encontró frente a una Cámara de la Nada pública, donde por veinte pavos a la
hora era posible entregarse a un delicioso olvido. Tal vez Weiner había
entrado, ansioso de probar todas las diversiones alienantes que la ciudad
ofrecía. Kirby cruzó el umbral.
No había robots a cargo del negocio, sino un verdadero
empresario de carne y hueso, rebosante de papadas, que pesaría unos doscientos
kilos. Unos ojillos sepultados en grasa observaron a Kirby con aire incierto.
–¿Le apetece una hora de descanso, amigo?
–Estoy buscando a un marciano –dijo de sopetón Kirby–. Así de
alto, hombros anchos, pómulos salientes.
–No le he visto.
–Tal vez esté en uno de sus depósitos. Esto es importante.
Asunto de las Naciones Unidas.
–Me da igual que sea asunto de Dios Todopoderoso. No le he
visto –el gordo dirigió un vistazo fugaz a la placa de identificación de
Kirby–. ¿Qué quiere que haga, que le abra los depósitos? Aquí no ha entrado.
–Si viene, no le permita alquilar una cámara. Distráigale y
llame a Seguridad de las Naciones Unidas en el acto.
–He de alquilarla si quiere. Esto es un local público,
colega. ¿Quiere meterme en líos? Escuche, le veo muy fatigado. ¿Por qué no pasa
un rato en un depósito? Le sentará de maravilla. Se sentirá como...
Kirby giró sobre sus talones y salió a toda prisa. Sentía
náuseas, provocadas tal vez por el alucinógeno. También tenía miedo y un buen
cabreo. Se imaginó a Weiner asaltado en un callejón oscuro y su cuerpo enorme
viviseccionado expertamente para los bancos de órganos clandestinos. Un destino
merecido, bien mirado, pero tiraría por los suelos la reputación de Kirby. Lo
más probable sería que Weiner, desmandado como un toro chino –Kirby se preguntó
si la comparación era correcta–, se metiera
en tal lío que costara Dios y ayuda sacarle de él.
Kirby no tenía idea de dónde buscarle. Se topó con una
publicabina en la esquina de la calle siguiente y se coló en su interior,
oscureciendo los cristales. Introdujo su placa de identificación en la ranura y
pulsó el número de Seguridad de las Naciones Unidas.
La brumosa pantalla se iluminó y apareció el rostro barbudo y
regordete de Lloyd Ridblom.
–Patrulla nocturna –dijo Ridblom. Hola, Ron. ¿Dónde está tu
marciano?
–Lo he perdido. Me dio el esquinazo en un esnifario.
Ridblom se animó al instante.
–¿Quieres que suelte un televector en su busca?
–Todavía no. Creo que no tiene idea de que su desaparición nos
pueda preocupar. Lo mejor será que pongas el vector tras mis huellas y sigamos
en contacto. Pon en marcha un dispositivo de rutina para localizarle. Si se
deja ver, notifícamelo enseguida. Llamaré dentro de una hora para cambiar las
instrucciones si no ha sucedido nada para entonces.
–Quizá le hayan raptado los vorsters –sugirió Ridblom–. Estarán extrayéndole la sangre para obtener vino de misa.
–Vete al cuerno –dijo Kirby. Salió de la cabina y apoyó un
momento los pulgares sobre sus ojos. Se dirigió lenta y deliberadamente hacia
la cinta deslizante y dejó que le condujera de vuelta al salón vorster. Unas
cuantas personas estaban saliendo del templo, entre ellas la chica de las
conchas iridiscentes. No se contentaba con entrometerse en sus alucinaciones;
también se cruzaba en su camino en la vida real.
–Hola –dijo la
joven. Al menos, su voz era afable–. Soy Vanna Marshak. ¿Adonde ha ido tu amigo?
–Es lo que me pregunto. Se volatilizó hace un rato.
–¿Se supone que debes cuidar de él?
–Se supone que debo vigilarle, en cualquier caso. Es un
marciano, ¿sabes?
–No lo sabía. Se ha mostrado muy hostil hacia la Hermandad,
¿verdad? Fue muy triste la forma en que interrumpió el servicio. Debe de estar
terriblemente enfermo.
–Terriblemente borracho –rectificó Kirby–. Les pasa a todos
los marcianos que vienen aquí. Les abren la jaula y se imaginan que todo es
posible. ¿Puedo invitarte a una copa? –añadió de forma mecánica.
–No bebo, pero te acompañaré si te apetece.
–No me apetece una. Necesito una.
–No me has dicho tu nombre.
–Ron Kirby. Trabajo para las Naciones Unidas. Soy un
burócrata de segunda. Bueno, corrijo: un burócrata de primera pagado como uno
de segunda. Entremos aquí.
Tocó con el codo el adorno de un bar de la esquina. El
esfínter se abrió con un relincho y les dejó pasar. La joven exhibió una cálida
sonrisa. Tendría unos treinta años, calculó Kirby. Era difícil acertar, con
toda aquella quincalla que sustituía a su cara.
–Ron filtrado –pidió Kirby.
Vanna Marshak se apoyó en la barra, muy cerca de él. Llevaba
un perfume sutil y desconocido.
–¿Por qué le trajiste a la casa de la Hermandad? –preguntó.
Kirby engulló su bebida como si fuera zumo de limón.
–Quería ver cómo eran los vorsters, de modo que le complací.
–Deduzco, por tanto, que no nos tienes antipatía.
–Carezco de opinión. He estado demasiado ocupado para
prestaros atención.
–Eso no es cierto –dijo ella con desenvoltura–. Piensas que es
una chifladura, ¿no?
Kirby pidió una segunda bebida.
–Muy bien –admitió–. Es cierto. Es una opinión superficial
que no se basa en ninguna información veraz.
–¿No has leído el libro de Vorster?
–No.
–Si te regalo un ejemplar, ¿lo leerás?
–Supongo. Una prosélita con un corazón de oro –rió. Se sentía
borracho otra vez.
–No me parece divertido. Eres contrario a las alteraciones
quirúrgicas, ¿no?
–Mi esposa, cuando todavía era mi esposa, se cambió toda la
cara. Me enfadé tanto que me dejó. Hace tres años. Ahora está muerta. Ella y su
amante murieron al estrellarse su cohete en Nueva Zelanda.
–Lo siento muchísimo, pero yo no me lo hubiera hecho de haber
conocido las enseñanzas de Vorst. Era insegura, indecisa. Hoy sé a dónde me
dirijo..., pero es demasiado tarde para recuperar mi auténtica cara. De todas
formas, creo que resulta bastante atractiva.
–Adorable. Hablame de Vorst.
–Es muy sencillo. Quiere que el mundo recupere los valores
espirituales. Quiere que todos seamos conscientes de nuestra naturaleza común y
nuestras metas más elevadas.
–Lo que podemos manifestar mirando la radiación Cerenkov en
antros ruinosos.
–El Fuego Azul no es más que el accesorio. Lo que cuenta es
el mensaje interior. Vorst quiere que la humanidad viaje a las estrellas.
Quiere que salgamos de la confusión y el desconcierto y empecemos a sacar al
exterior nuestros verdaderos talentos. Quiere salvar a los espers que van
enloqueciendo día tras día, aprovechar sus recursos y ponerles a trabajar codo
con codo en el próximo gran paso del progreso humano.
–Entiendo –dijo Kirby con gravedad–. ¿Cuál es?
–Ya te lo he dicho. Ir a las estrellas. ¿Crees que nos vamos a
contentar con Marte y Venus? Hay millones de planetas ahí arriba esperando a
que el hombre descubra una forma de llegar a ellos. Vorst cree que conoce esa
forma, pero es necesaria la unión de las energías mentales, una fusión... Oh,
sé que suena muy místico, pero ese hombre ha conseguido algo. Y también sana
las almas atormentadas. Ése es el objetivo a corto plazo: la comunión, la
cicatrización de las heridas. El objetivo a largo plazo es llegar a las
estrellas. Hemos de superar las fricciones entre los planetas, por supuesto...
Lograr que los marcianos sean más tolerantes, y restablecer el contacto con los
habitantes de Venus, si todavía queda algo de humano en ellos... ¿No crees que
existen posibilidades, que no se trata de supercherías y fraude?
Kirby no compartía esa opinión. Todo le parecía confuso e
incoherente. Vanna Marshak poseía una voz suave y persuasiva, y la seriedad con
que se manifestaba la dotaba de atractivo. Hasta podía perdonarla por permitir
a los esgrimecuchillos mutilarle la cara. Pero en lo referente a Vorst...
El comunicador que llevaba en el bolsillo zumbó. Era una
señal de Ridblom, y significaba que debía llamar a la oficina ahora mismo.
Kirby se levantó.
–Perdóname un momento. He de atender a algo importante...
Atravesó el bar, se detuvo, respiró hondo y entró en la
cabina. Introdujo la placa en la ranura y pulsó el número con dedos
temblorosos.
Ridblom apareció otra vez en la pantalla.
–Hemos encontrado a tu chico –anunció el rechoncho agente de Seguridad.
–¿Muerto o vivo?
–Vivo, por desgracia. Está en Chicago. Pasó por el consulado
de Marte, pidió prestados mil dólares a la mujer del cónsul y trató de violarla
a cambio. La mujer se libró de él y llamó a la policía, y ellos me llamaron a
mí. Tenemos a un equipo de cinco hombre pisándole los talones. Se dirige al
templo vorster del bulevar Michigan, y va borracho como una cuba. ¿Le
interceptamos?
Kirby se mordió el labio, angustiado.
–No, no. En cualquier caso, goza de inmunidad. Ya me encargo
yo. ¿Hay algún cacharro libre en el helipuerto de las Naciones Unidas?
–Claro, pero tardarás cuarenta minutos como mínimo en llegar a
Chi, y...
–Tengo tiempo de sobra. Quiero que hagas esto: consigue a la
esper más atractiva que puedas encontrar en Chicago, tal vez una empat, del
tipo sexy, oriental a ser posible, como aquella que se «quemó» en Kyoto la
semana pasada. Métela entre Weiner y ese templo vorster y échasela encima. Que
le aplaque con sus encantos. Que le retenga como pueda hasta que yo llegue, y
si ha de perder la honra en el trance dile que le pagaremos bien. Si no puedes
encontrar una esper, agénciate una mujer policía persuasiva, o lo que sea.
–No entiendo por qué es necesario todo esto –dijo Ridblom–.
Los vosters saben cuidar de sí mismos. Creo que poseen un método misterioso de
dejar sin sentido a un alborotador para que no...
–Lo sé, Lloyd, pero ya han dejado a Weiner sin sentido una vez
en el curso de la noche. Por lo que sé, una segunda dosis podría matarle. Nos
meteríamos en un buen lío. Limítate a desviarle.
Ridblom se encogió de hombros.
–De acuerdo.
Kirby salió de la cabina. Estaba sobrio de nuevo. Vanna
Marshak seguía sentada en el mismo sitio donde la había dejado. Sus
desfiguraciones artificiales casi resultaban atractivas, vistas desde lejos y
bajo aquella luz.
–¿Y bien? –sonrió la joven.
–Le han encontrado. Consiguió llegar a Chicago y va a armar un
buen lío en la capilla vorster de allí. He de ir y echarle mano.
–Sé amable con él, Ron. Es un hombre torturado. Necesita
ayuda.
–¿No nos pasa a todos? –Kirby parpadeó de repente. El
pensamiento de ir a Chicago solo le pareció insufrible–. ¿Vanna?
–¿Sí?
–¿Tienes algo que hacer durante las próximas dos horas?
5
El helicóptero sobrevoló la rutilante perspectiva de Chicago.
Kirby vio la extensión brillante del lago Michigan y las espléndidas torres de
dos kilómetros de alto que bordeaban el lago. Sobre su cabeza centelleaba la
información horaria, a franjas color chartreuse sobre fondo azul intenso:
LAS 23:31, HORA OFICIAL CENTRAL
VIERNES 8 DE MAYO DE 2077
OGLEBAY REALTY: EL MEJOR
–Aterriza –ordenó Kirby.
El robopiloto inclinó el aparato. Era imposible, por
supuesto, desafiar los fuertes vientos de aquellos profundos cañones; tendrían
que descender en un helipuerto situado en la azotea de alguna torre. El
aterrizaje fue suave. Kirby y Vanna saltaron al exterior. Le había recitado la
doctrina vorster de cabo a rabo durante el trayecto desde Manhattan. Llegado a
este punto, Kirby ya no estaba seguro de si el culto era una completa
estupidez, una siniestra conspiración contra el orden establecido, un credo auténticamente
profundo y moralmente edificante, o una combinación de los tres.
Creía haberse hecho una idea general. Vorst había pergeñado
una religión ecléctica, tomando prestado el aspecto confesional del
catolicismo, absorbiendo cierto ateísmo del urbudismo, añadiendo una dosis de
reencarnación hindú y adornando el conjunto con oropeles ultramodernistas,
reactores nucleares en cada altar y mucha palabrería sobre el sagrado electrón.
Por otro lado, también se hablaba de controlar las mentes de los espers para
impulsar el viaje a las estrellas, de una comunión de mentes, incluso no espers,
y, lo más sorprendente, el atractivo principal, la inmortalidad del individuo;
no la reencarnación o la esperanza en el nirvana, sino la vida eterna en carne
y hueso. Teniendo en cuenta los problemas demográficos de la Tierra, la
inmortalidad no constaba entre las principales prioridades de cualquier hombre
cuerdo. Inmortalidad para los demás, en cualquier caso; a uno siempre le
gustaba pensar en la prolongación de la propia existencia, ¿no? Vorst predicaba
la vida eterna del cuerpo, y la gente picaba. En ocho años el culto había
aumentado de un templo a mil, de cincuenta fieles a millones. Las viejas
religiones estaban en bancarrota. Vorst regalaba brillantes piezas de oro, y,
aunque fueran falsas, los creyentes tardarían bastante en descubrirlo.
–Vamos –dijo Kirby–. No tenemos mucho tiempo.
Descendió por la rampa de salida, se volvió para tomar de la
mano a Vanna Marshak y la ayudó a bajar los últimos escalones. Corrieron por la
zona de aterrizaje de la azotea hasta el gravidardo, entraron y descendieron a
la planta baja en cinco vertiginosos segundos. La policía local aguardaba en la
calle. Tenían tres lágrimas.
–Está a una manzana del templo vorster, ciudadano Kirby –dijo
un policía–. La esper le ha retenido durante media hora, pero está empeñado en
ir allí.
–¿Qué quiere hacer? –preguntó Kirby.
–Quiere el reactor. Dice que se lo va a llevar a Marte para
darle un uso apropiado.
Vanna respingó al oír la blasfemia. Kirby se encogió de
hombros, se reclinó en el asiento y miró las calles. La lágrima se detuvo. El
marciano estaba en la acera opuesta.
La chica que iba con él era sensual, curvilínea y de aspecto
voluptuoso. Caminaban tomados del brazo. Ella se pegó al costado de Weiner y le
susurró al oído. Weiner lanzó una fuerte carcajada, se volvió hacia ella, la
atrajo hacia sí y después la apartó. La chica se arrimó otra vez. Menuda
escena, pensó Kirby. Habían despejado la calle. Policías de la ciudad y dos
hombres de Ridblom les observaban hoscamente sin intervenir.
Kirby salió del coche y le hizo un gesto a la joven. Ella
intuyó al instante quién era, soltó el brazo de Weiner y se apartó a un lado.
El marciano se volvió en redondo.
–Me has encontrado, ¿eh?
–No me agradaría que hicieras algo de lo que puedas
arrepentirte después.
–Muy leal de tu parte, Kirby. Bien, puesto que estás aquí,
serás mi cómplice. Me dirijo al templo vorster. Están desperdiciando buenas
materias fisionables en esos reactores. Mientras tú distraes al cura, yo me
apoderaré del proyector azul, y todos viviremos felices para siempre jamás. No
dejes que te pille desprevenido. No es muy divertido.
–Nat...
–¿Estás conmigo o no, tío? –Weiner señaló la capilla. Se
hallaba al otro lado de la calle, a una manzana de distancia, en un edificio
casi tan destartalado como el de Manhattan. Empezó a caminar hacia ella.
Kirby miró a Vanna, indeciso. Después cruzó la calle en pos
de Weiner. Reparó en que la chica alterada también les seguía.
Cuando Weiner llegó a la entrada del templo vorster, Vanna
corrió hacia adelante y se plantó frente a él, cortándole el paso.
–Espere –dijo–. No entre a armar jaleo.
–¡Apártate de mi camino, zorra de cara falsa!
–Por favor –suplicó ella–. Usted tiene problemas. No está en
armonía consigo mismo, ni con el mundo que le rodea. Entre conmigo, y le
enseñaré a rezar. Puede ganar mucho ahí dentro. Si abriera su mente y su
corazón, en lugar de complacerse en su odio, en su resistencia de borracho a
ver...
Weiner la golpeó.
La abofeteó en la cara con el dorso de la mano. Las
alteraciones quirúrgicas son frágiles, y no conviene que reciban golpes. Vanna
cayó de rodillas, gimiendo, y se cubrió el rostro con las manos. Seguía
bloqueando el camino del marciano. Weiner echó la pierna hacia atrás como para
propinarle un puntapié, y fue entonces cuando Reynolds Kirby olvidó que le
pagaban para ser diplomático.
Kirby se precipitó hacia Weiner, le sujetó por el codo y le
obligó a volverse. El marciano perdió el equilibrio. Se aferró a Kirby. Éste
cerró el puño y lo descargó sobre el musculoso estómago de Weiner. Este emitió
un quejido sordo y trastabilleó hacia atrás. Kirby no había golpeado con rabia
a un ser humano desde hacía treinta años, y hasta aquel momento no comprendió
el placer salvaje que entrañaba algo tan primitivo. La adrenalina inundó su
cuerpo. Golpeó a Weiner de nuevo, justo debajo del corazón. El marciano, muy
sorprendido, se desplomó de espaldas y quedó tendido en la calle.
–Levántate –dijo Kirby, casi ciego de ira.
Vanna le tiró de la manga.
–No le pegues –murmuró. Sus labios metálicos estaban
arrugados. Brillaban lágrimas sobre sus mejillas–. No le pegues más, por favor.
Weiner siguió tendido, moviendo la cabeza levemente. Una
nueva figura hizo aparición: un hombrecillo de piel correosa y entrado en años.
El cónsul marciano. Kirby sintió que el estómago se le contraía de aprensión.
–Lo siento muchísimo, ciudadano Kirby –dijo el cónsul–. Ha
estado haciendo el loco por ahí, ¿verdad? Bien, nosotros nos ocuparemos de él.
Necesita que alguien de su propia raza le diga que se ha comportado como un
imbécil.
–Fue culpa mía –tartamudeó Kirby–. Le perdí de vista. No le
eche la culpa. Él...
–Lo comprendemos perfectamente, ciudadano Kirby –el cónsul
sonrió con aire bondadoso, hizo un gesto y asintió con la cabeza cuando tres
asistentes se adelantaron y levantaron en brazos a Weiner.
La calle se vació de repente. Kirby se encontraba de pie,
agotado y estupefacto, frente a la capilla vorster, y Vanna estaba con él.
Todos los demás se habían ido. Weiner se había desvanecido como el ogro de una
pesadilla. No ha sido una noche muy afortunada, pensó Kirby. Pero ahora se
había terminado.
Ahora, a casa.
Dentro de una hora y media estaría en Tortola. Un rápido y
solitario chapuzón en el cálido océano, y mañana media hora en la Cámara de la
Nada. No, una hora, decidió Kirby. Bastaría para reparar los estragos de la
noche. Una hora de disociación, una hora de flotar en el líquido amniótico,
protegido, abrigado, indiferente a los agobios del mundo, una hora de dichosa
aunque cobarde evasión. Estupendo. Maravilloso.
–¿Entrarás ahora? preguntó Vanna.
–¿En la capilla?
–Sí. Por favor.
–Es tarde. Te llevaré de vuelta a Nueva York ahora mismo.
Pagaremos todas las reparaciones que..., que requiera tu cara. El helicóptero
nos espera.
–Que espere. Entremos.
–Quiero irme a casa.
–Tu casa también puede esperar. Concédeme dos horas contigo,
Ron. Siéntate y escucha lo que tienen que decir ahí dentro. Acércate al altar
conmigo. Lo único que debes hacer es escuchar. Te relajará, te lo garantizo.
Kirby miró aquel rostro artificial, deformado. Debajo de los
grotescos párpados yacían ojos auténticos..., brillantes, implorantes. ¿Por qué
se mostraba tan ansiosa? ¿Pagaban una comisión de salvación por cada alma
perdida arrastrada hacia el Fuego Azul? ¿O acaso era una auténtica y fervorosa
creyente, entregada en cuerpo y alma al movimiento, sincera en su convicción de
que los seguidores de Vorst vivirían por los siglos de los siglos, vivirían
para ver a los hombres llegar a las estrellas más distantes?
Estaba muy cansado.
Se preguntó qué opinarían los oficiales de Seguridad de la
Secretaría si un alto funcionario como él empezaba a chapotear en el
vorsterismo.
También se preguntó si quedaba algo por salvar de su carrera,
después del desastre de esta noche con el marciano. ¿Qué podía perder?
Descansaría un rato. Tenía un dolor de cabeza espantoso. Quizá una esper le
aguardaba dentro para darle masajes en los lóbulos frontales durante un rato.
Los espers eran propensos a dejarse arrastrar hacia las capillas vorsters, ¿no?
El lugar parecía atraerle. Había hecho del trabajo su
religión, pero ¿tan útil le era en esos momentos? Tal vez había llegado el
momento de relajarse, el momento de quitarse la máscara de indiferencia, el
momento de averiguar qué buscaban las multitudes con tanto apremio en esas
capillas. O quizá había llegado el momento de rendirse y dejarse arrastrar por
la ola del nuevo credo.
El letrero sobre la puerta rezaba:
HERMANDAD DE LA RADIACIÓN INMANENTE
VENID TODOS
LOS QUE TAL VEZ NO MURÁIS JAMÁS
ARMONIZAOS CON EL TODO
–¿Quieres? –preguntó Vanna.
–Muy bien –murmuró Kirby–. Quiero. Vayamos a armonizarnos con
el Todo.
Ella le tomó de la mano. Cruzaron el umbral de la puerta.
Alrededor de una docena de personas estaban arrodilladas en los reclinatorios.
Al fondo, el responsable de la capilla manipulaba los moderadores del pequeño
reactor, y el primer resplandor azulino empezaba a bañar el templo. Vanna guió
a Kirby hasta la última fila. El hombre miró hacia el altar. El brillo
aumentaba de intensidad, arrojando un extraño fulgor sobre el hombre rechoncho
y de aspecto obstinado que presidía el servicio. Ahora blancoverdoso, ahora
purpúreo, ahora el Fuego Azul de los vorsters.
El opio del pueblo, pensó Kirby, y la trillada frase sonó
estúpidamente cínica en su mente. ¿Qué era la Cámara de la Nada, después de
todo, sino el opio de la élite? ¿Y qué eran los esnifarios? Aquí, al menos, no
se acudía para satisfacer al cuerpo, sino a la mente y el espíritu. En
cualquier caso, escuchar bien valía una hora de su tiempo.
–Hermanos –dijo el hombre del altar, con voz suave y velada–,
hemos venido a celebrar la Unidad fundamental. Hombre y mujer, estrella y
piedra, árbol y pájaro, todo consiste en átomos, y estos átomos contienen
partículas que se desplazan a velocidades prodigiosas. Son los electrones,
hermanos. Ellos nos enseñan el camino de la paz, tal como os voy a explicar.
Ellos...
Reynols Kirby inclinó la cabeza. De pronto, se sentía incapaz
de mirar al resplandeciente reactor. Algo le martilleaba el cráneo. Era
vagamente consciente de que Vanna estaba sentada a su lado, sonriente, cálida,
cercana.
«Estoy escuchando –pensó–. Sigue adelante. ¡Háblame!
¡Háblame! Quiero escuchar. Que Dios y el todopoderoso electrón me ayuden...
¡Quiero escuchar!»
DOS
Los guerreros de la luz
2095
1
Si el Acólito de Tercer Grado Christopher Mondschein tenía
una debilidad, ésta consistía en que deseaba con todas sus fuerzas vivir
eternamente. Era un anhelo humano muy común, y nada reprensible. Pero el
acólito Mondschein lo llevaba demasiado lejos.
–Al fin y al cabo –consideró necesario recordarle uno de sus
superiores–, tu función en la Hermandad es mirar por el bienestar de los demás,
no llevar el agua a tu molino, acólito Mondschein. ¿Está claro?
–Sí, perfectamente claro, hermano –dijo Mondschein con
tirantez. Estaba abrumado de vergüenza, culpabilidad y cólera–. Comprendo mi
error. Suplico el perdón.
–No es cuestión de perdonar, acólito Mondschein –replicó el
hombre de mayor edad–. Es cuestión de comprender. El perdón me importa un
bledo. ¿Cuáles son tus objetivos, Mondschein? ¿Qué persigues?
El acólito dudó un momento antes de responder, tanto porque
era una buena política sopesar las palabras antes de contestar a un miembro
importante de la Hermandad, como porque sabía que pisaba terreno resbaladizo.
Tiró nerviosamente de los pliegues de su hábito y dejó que sus ojos resbalaran
por la magnificencia gótica de la capilla.
Estaban de pie en el triforio, mirando la nave. No se
celebraba ningún servicio, pero algunos fieles ocupaban los bancos,
arrodillados ante el resplandor azul del pequeño reactor de cobalto alzado
sobre un estrado. Era el santuario Nyack de la Hermandad de la Radiación
Inmanente, la tercera más grande de la zona de Nueva York, y Mondschein había
ingresado seis meses antes, el día en que cumplió veintidós años. En aquel
momento albergó la esperanza de que fuera un auténtico sentimiento religioso el
que le impulsaba a empeñar su suerte con los vorsters. Ahora ya no estaba tan
seguro.
–Quiero ayudar a la gente, hermano –dijo en voz baja,
aferrándose a la barandilla del triforio–. A la gente en general y a la gente
en particular. Quiero ayudarles a encontrar el camino. Y quiero que la
humanidad alcance sus principales objetivos. Como dice Vorst...
–Ahórrame las escrituras, Mondschein.
–Sólo trato de demostrarle...
–Lo sé. Escucha, ¿no comprendes que has de ascender de forma
ordenada y progresiva? No puedes saltarte a tus superiores, Mondschein, por
impaciente que estés en llegar a la cumbre. Entra en mi despacho un momento.
–Sí, hermano Langholt. Lo que usted diga.
Mondschein siguió al otro hombre por el triforio hasta
adentrarse en el ala administrativa del santuario. El edificio era de
construcción reciente y pasmosamente bello, muy diferente de las destartaladas
capillas vorster ubicadas en los barrios bajos, de un cuarto de siglo atrás.
Langholt aplicó una huesuda mano sobre el botón y la puerta se abrió como un
diafragma al instante. Ambos entraron.
Era una habitación pequeña, austera,
oscura y sombría. El techo era de estilo gótico. Las paredes laterales estaban
cubiertas de estanterías para libros. El escritorio consistía en una bruñida
plancha de ébano, sobre la cual brillaba una luz azul en miniatura, el símbolo
de la Hermandad. Mondschein vio algo más sobre el escritorio: la carta que
había escrito al supervisor regional Kirby, solicitando el traslado al centro genético de la Hermandad en Santa Fe.
Mondschein enrojeció. Enrojecía con
facilidad; sus mejillas eran regordetas, propensas al rubor. Era un hombre que
sobrepasaba un poco la estatura media, algo entrado en carnes, de cabello
áspero y oscuro y facciones enjutas y serias. Mondschein se sentía absurdamente
inmaduro en comparación con el hombre flaco y de aspecto ascético que le
doblaba la edad y le estaba dando un buen rapapolvo.
–Como ves, tenemos tu carta dirigida al supervisor Kirby –dijo
Langholt.
–Señor, esa carta era confidencial. Yo...
–¡En esta orden no hay cartas confidenciales, Mondschein! Da
la casualidad de que el supervisor Kirby me entregó la carta en persona. Como
comprobarás, ha añadido una nota.
Mondschein tomó la carta. Sobre la esquina superior izquierda
había una breve nota garrapateada: «Tiene una prisa de mil diablos, ¿verdad?
Rebájele los humos. R. K.».
El acólito dejó la carta sobre la mesa y esperó la
reprimenda. En lugar de ello, su superior le sonrió con afabilidad.
–¿Por qué querías ir a Santa Fe, Mondschein?
–Para tomar parte en las investigaciones que se realizan
allí. Y en el... programa de reproducción.
–No eres un esper.
–Quizá tenga genes latentes, o puede que mediante alguna
manipulación mis genes sean importantes para el banco. Señor, ha de comprender
que mi comportamiento no era puramente egoísta. Quiero contribuir con el máximo
esfuerzo.
–Puedes contribuir, Mondschein, haciendo tus tareas de
limpieza, rezando, buscando conversos. Si has de ser llamado a Santa Fe, lo
serás a su debido tiempo. ¿No has pensado que hay otros muchos mayores que tú
que desean ir allí? Yo mismo, el hermano Ashton, el supervisor Kirby... Vienes
de la calle, por así decirlo, y al cabo de unos meses ya quieres un billete
para la utopía. Lo siento. No es tan fácil de conseguir, acólito Mondschein.
–¿Qué haré ahora?
–Purifícate. Libérate del orgullo y la ambición. Baja a la
iglesia y reza. Haz tu trabajo diario. No busques ascensos rápidos. Es la mejor
manera de no lograr lo que deseas.
–Podría solicitar el ingreso en el servicio misionero
–insinuó Mondschein–. Unirme al grupo que va a Venus...
–¡Ya empezamos otra vez! –suspiró Langholt–. ¡Conten tu
ambición, Mondschein!
–Me refería a ello como penitencia.
–Por supuesto. Te imaginas que probablemente los misioneros
se conviertan en mártires. También te imaginas que, si por chiripa vas a Venus
y no te despellejan vivo, volverás aquí transformado en un hombre de gran
influencia en la Hermandad, que será enviado a Santa Fe como un guerrero al
Valhalla. ¡Mondschein, Mondschein, eres tan transparente! Rozas la herejía,
Mondschein, cuando rehusas aceptar tu suerte.
–Señor, jamás me he relacionado con los herejes. Yo...
–No te acuso de nada –dijo Langholt con firmeza–. Simplemente
te advierto que vas en dirección equivocada. Temo por ti. Mira –arrojó la carta
acusatoria a la unidad de eliminación de basuras, donde se quemó al instante–,
olvidaré todo lo relativo a este incidente. Pero tú no lo olvides. Sé más
humilde, Mondschein. Sé más humilde, te repito. Ahora, ve a rezar. Largo.
–Gracias, hermano –murmuró Mondschein.
Le temblaban un poco las rodillas cuando salió de la
habitación y subió al descensor que llevaba a la capilla. Considerando todos
los elementos en juego, había salido bien librado. Podían haberle sometido a
reprimenda pública. Podían haberle trasladado a una zona muy poco deseable,
como la Patagonia o las Aleutianas. Incluso podían haberle separado de la
Hermandad definitivamente.
Había sido una equivocación garrafal pasar por encima de
Langholt, y Mondschein lo reconocía. Pero ¿cómo evitarlo? Morir un poco día
tras día, mientras en Santa Fe escogían a los que vivirían para siempre. Era
intolerable contarse entre los repudiados. El estado de ánimo de Mondschein
empeoró al comprender que casi no le quedaba ninguna posibilidad de ir a Santa
Fe.
Se deslizó en un banco trasero y miró solemnemente al cubo de
cobalto 60 que brillaba en el altar.
«Que el Fuego Azul me engulla suplicó–. Que surja de él
purificado y limpio.»
A veces, arrodillado ante el altar, Mondschein había
experimentado una levísima punzada de arrobo espiritual. Era lo máximo que
había sentido, pues, a pesar de que era un acólito de la Hermandad de la
Radiación Inmanente y miembro de la segunda generación del culto, Mondschein no
era un hombre religioso. Que se extasíen otros ante el altar, pensó. Mondschein
sabía muy bien lo que era el culto: una fachada que encubría un extenso
programa de investigación genética. Al menos, eso le parecía, aunque en ocasiones
tenía sus dudas sobre qué era la fachada y qué la auténtica realidad. En
apariencia, mucha gente extraía beneficios espirituales de la Hermandad, en
tanto él carecía de pruebas sobre los supuestos éxitos de los laboratorios de
Santa Fe.
Cerró los ojos y hundió la cabeza en el pecho. Visualizó
electrones girando en sus órbitas. Repitió en silencio la Letanía
Electromagnética, recitando las franjas del espectro.
Se imaginó a Christopher Mondschein viviendo siglo tras
siglo. Una oleada de ansia se apoderó de él mientras salmodiaba todavía las
frecuencias medias. Mucho antes de llegar a los rayos X, sudaba de frustración
y miedo a morir. Sesenta, setenta años más y le llegaría el turno, mientras en
Santa Fe...
Ayúdame. Ayúdame. Ayúdame.
Que alguien me ayude. ¡No quiero
morir!
Mondschein levantó la vista hacia el altar. El Fuego Azul
parpadeó como si se burlara de él por extralimitarse. Oprimido por la oscuridad
gótica, Mondschein se puso en pie y salió corriendo a respirar el aire puro.
2
Llamaba la atención por su hábito de color añil y la capucha
monacal. La gente le miraba como si poseyera poderes sobrenaturales. Nadie
advirtió que sólo era un acólito, y, aunque muchos curiosos también eran
vorsters, nunca terminaban de asumir que la Hermandad no tenía tratos con lo
sobrenatural. Mondschein consideraba que los seglares carecían de inteligencia.
Subió a la cinta deslizante. La ciudad se cernía a su
alrededor, torres de travertina que parecían cubiertas de grasa a la débil luz
rojiza de aquel atardecer de marzo. Nueva York se había extendido por las
orillas del Hudson como una plaga, y los rascacielos empezaban a invadir las
Adirondacks. Hacía mucho tiempo que Nyack había sido absorbida por la
metrópoli. El aire era frío y olía a humo. El fuego estaría devorando una
reserva forestal, pensó Mondschein, malhumorado. Veía a la muerte por todas
partes.
Su modesto apartamento se hallaba a cinco manzanas de la
capilla. Vivía solo. Los acólitos debían colgar los hábitos si querían casarse,
y no les estaba permitido mantener relaciones pasajeras. El celibato todavía no
pesaba sobre Mondschein, aunque había confiado en desprenderse de él cuando le
trasladaran a Santa Fe. Corrían rumores sobre jóvenes y dispuestas acolitas de
Santa Fe. Mondschein estaba seguro de que no todos los experimentos de
reproducción se realizaban mediante inseminación artificial.
Ahora ya no importaba, ya podía despedirse de Santa Fe. Su
impulsiva carta al supervisor Kirby lo había echado todo a perder.
Estaba atrapado para siempre en los rangos inferiores de la
jerarquía vorster. A su debido tiempo le aceptarían en el seno de la Hermandad;
adoptaría un hábito ligeramente diferente, se dejaría crecer la barba,
presidiría los servicios y atendería las necesidades de su congregación.
Estupendo. La Hermandad era el movimiento religioso que
crecía con más rapidez en la Tierra, y servir a la causa constituía, sin duda,
una noble causa. Sin embargo, un hombre carente de vocación religiosa no podía
ser feliz presidiendo una capilla, y Mondschein no sentía la llamada. Había
confiado en colmar sus necesidades enrolándose como acólito, y ahora comprendía
el error de su ambición.
Estaba atrapado. Sólo era otro hermano vorster. Había miles
de capillas diseminadas por el mundo. La Hermandad contaba con unos quinientos
millones de miembros. No estaba mal en una sola generación. Las viejas
religiones lo pasaban mal. Los vorsters ofrecían algo que las otras no: los
avances de la ciencia, la seguridad de que, más allá del ministerio espiritual,
existía otro que servía a la Unidad sondeando en los misterios más profundos.
Un dólar entregado a la capilla vorster de la localidad podría contribuir al
desarrollo de un método que asegurase la inmortalidad, la inmortalidad
individual. Ése era el cebo, y funcionaba bien. Bueno, había imitadores, cultos
inferiores, algunos prósperos a su manera. Incluso existía una herejía vorster,
los Armonistas, los mercachifles de la Armonía Trascendente, un vástago del
culto original. Mondschein se había decantado por los vorsters y sentía lealtad
hacia ellos, pues había sido educado como devoto del Fuego Azul. Pero...
–Perdone. Mil disculpas.
Alguien le empujó en la cinta deslizante. Mondschein sintió
que una mano se abatía sobre su espalda, casi derribándole. Se enderezó, algo
tambaleante, y vio a un hombre de anchos hombros, vestido con una sencilla
túnica azul, que se alejaba a toda velocidad. Torpe idiota, pensó Mondschein.
Hay sitio para todos en la cinta deslizante. ¿A qué vienen tantas prisas?
Mondschein se ajustó la túnica y la dignidad.
–No entres en tu apartamento, Mondschein –dijo una voz
suave–. Sigue adelante. Te espera un torpedo en la estación de Tarrytown.
No había nadie cerca de él.
–¿Quién ha hablado? preguntó, tenso.
–Relájate y
colabora, por favor. No sufrirás el menor daño. Todo esto es por tu bien,
Mondschein.
Miró a su alrededor. La persona más próxima era una anciana.
Se hallaba a unos quince metros detrás de él, en la cinta deslizante, y le
dedicó al instante una sonrisa boba, como si le pidiera la bendición. ¿Quién
había hablado? Durante un frenético momento, Mondschein pensó que se había
convertido en telépata, que algún poder latente había madurado de súbito. Pero
no, no había sido un mensaje enviado mediante el pensamiento, sino una voz.
Mondschein comprendió. El hombre que le había dado el golpe en la espalda debía
haberle adherido una oreja emisora y receptora. Una diminuta placa metálica
transpóndica, que probablemente sólo midiera media docena de moléculas de
espesor, algún milagro de improbable subminiaturización... Mondschein no se
molestó en buscarla.
–¿Quién es usted? –preguntó.
–Eso no importa. Ve a la estación y alguien saldrá a tu
encuentro.
–Visto mis hábitos.
–También nos ocuparemos de eso –fue la tranquila respuesta.
Mondschein se mordisqueó el labio. No tenía autorización para
abandonar las inmediaciones de la capilla sin el permiso de un superior, pero
ahora no tenía tiempo para eso y, en cualquier caso, no iba a complicarse con
trámites burocráticos después de la reciente regañina. Correría el riesgo.
La cinta deslizante le llevó hacia adelante.
No tardó en divisar la estación de Tarrytown. El estómago de
Mondschein se retorció de tensión. Olió los vapores acres del combustible que
utilizaba el torpedo. El frío viento le traspasó el hábito; no sólo temblaba de
inquietud. Bajó de la pasarela deslizante y entró en la estación, una
reluciente cúpula verdeamarilla de paredes de plástico. No había mucha gente.
Los viajeros procedentes del centro de la ciudad aún no habían empezado a
llegar, y la huida masiva a las ameras se produciría más tarde, a la hora de la
cena.
Se le acercaron unas figuras.
–No les mires –le advirtió la voz del artilugio que llevaba
en la espalda–. Sigúeles de forma indiferente.
Mondschein obedeció. Eran tres personas, dos hombres y una
mujer delgada de rostro anguloso. Caminaban sin prisa, y fueron dejando atrás
el quiosco de faxdiarios, los puestos de limpiabotas y las taquillas de
consigna. Uno de los hombres, bajo, de cabeza cuadrada y pelo pajizo espeso y
corto, posó la palma de su mano sobre una taquilla y la abrió. Sacó un paquete
abultado y se lo puso bajo el brazo. Atravesó en diagonal la estación hacia el
lavabo de caballeros.
–Espera treinta segundos y sigúele –dijo la voz a Mondschein.
El acólito fingió estudiar el reloj del quiosco. No le
entusiasmaba su situación actual, pero presentía que sería inútil, e incluso
peligroso, resistirse. Cuando pasaron los treinta segundos, se dirigió hacia el
lavabo. El dispositivo examinador decidió que pertenecía al sexo masculino, y
la señal de ADMISIÓN centelleó. Mondschein entró.
–Tercera cabina –murmuró la voz.
El hombre rubio no estaba a la vista. Mondschein entró en la
cabina y encontró el paquete de la taquilla apoyado contra el váter. Al recibir
la orden, lo tomó y abrió los cierres. El envoltorio cayó al suelo. Mondschein
se encontró sujetando el hábito verde de un hermano armonista.
¿Los herejes? ¿Qué demonios...?
–Póntelo, Mondschein.
–No puedo. Si me ven con...
–No te verán. Póntelo. Te guardaremos tu hábito hasta que
vuelvas.
Se sentía como una marioneta. Se desprendió de su hábito, lo
colgó de un gancho y se puso el poco familiar uniforme. Le sentaba bien. En la
superficie interior había algo prendido: una máscara termoplástica. Agradeció
el detalle. La desdobló, apretándola contra su rostro hasta que se adaptó por
completo. La máscara disimularía sus rasgos hasta hacerlos irreconocibles.
Mondschein puso con todo cuidado su hábito en el envoltorio y
lo cerró.
–Déjalo sobre el asiento –le dijeron.
–No me atrevo. Si se pierde, ¿cómo lo explicaré?
–No se perderá, Mondschein. Date prisa. El torpedo está a
punto de salir.
Mondschein salió de la cabina a regañadientes. Se vio en el
espejo. Su cara, ya de por sí rechoncha, parecía hinchada: mejillas abultadas,
papadas sin afeitar, labios gruesos y húmedos. Anormales círculos morados
aparecían bajo sus ojos, como si hubiera estado de juerga toda la semana.
También el hábito verde era extraño. Portar el símbolo de la herejía le hizo
sentirse más cercano a su congregación que nunca.
La mujer delgada avanzó hacia él cuando entró en la sala de
espera. Sus pómulos eran como filos de hacha, y sus párpados habían sido
reemplazados quirúrgicamente por astillas de fino platino. Era una moda en
desuso de la generación anterior. Mondschein recordó a su madre cuando salió de
la consulta de cirugía estética con el rostro transformado en una máscara
grotesca. Ya nadie lo hacía. Esta mujer debía tener por lo menos cuarenta años,
pensó Mondschein, aunque parecía mucho más joven.
–Eterna armonía, hermano –dijo con voz hueca.
Mondschein buscó la respuesta armonista apropiada,
improvisando un:
–Que la Unidad te sonría.
–Agradezco tu bendición. Tu billete está en orden, hermano.
¿Quieres venir conmigo?
Comprendió que se trataba de su guía. Había dejado la oreja
en su hábito. Confió, aprensivo, en que no tardaría mucho en volver a ver la
prenda. Siguió a la mujer hasta la plataforma de embarque. Podían llevarle a
cualquier sitio: Chicago, Honolulú, Montreal...
El torpedo refulgía en la iluminada estación, esbelto,
elegante, de pulido casco verdeazulado.
–¿Adonde vamos? –preguntó Mondschein a la mujer mientras
subían a bordo.
–A Roma.
3
Los ojos de Mondschein se abrieron de par en par mientras
veía pasar los monumentos de la antigüedad. El Foro, el Coliseo, el Anfiteatro
de Marcelo, el recargado monumento a Víctor Manuel, la Columna de Mussolini. Su
ruta atravesaba el corazón de la antiquísima ciudad. También vio el resplandor
azul de una capilla vorster al recorrer a toda velocidad la Via dei Fori
Imperiali, como una incongruencia en la capital de una religión más antigua. No
obstante, Roma era una de las bases más sólidas de la Hermandad. Cuando
Gregorio XVIII aparecía en la ventana del Vaticano, todavía atraía a cientos de
miles de bulliciosos romanos, pero muchos de esos mismos romanos abandonaban la
plaza tras ver al Papa y se dirigían a la capilla de la Hermandad más próxima.
Era evidente que los armonistas también se estaban abriendo
paso aquí, pensó Mondschein, pero guardó las formas mientras el coche corría
hacia la salida norte de la ciudad.
–Esta es la Via Flaminia –anunció su guía–. Cuando instalaron
el lecho electrónico de la carretera, siguieron el antiguo trazado. Aquí están
muy apegados a las tradiciones.
–Estoy seguro –dijo cansadamente Mondschein. Mediaba la tarde
y sólo había comido un bocadillo en el torpedo. El viaje de noventa minutos le
había depositado en Roma horas antes del ocaso. Una bruma invernal flotaba
sobre la ciudad; la primavera se retrasaba. La
máscara que Monschein llevaba le producía fuertes picores en la cara. El miedo
atenazaba sus dedos.
Se detuvieron frente a un edificio de ladrillo parduzco,
situado a unos veinte kilómetros al norte de Roma. Mondschein se estremeció
cuando entró a toda prisa en su interior. La mujer de los párpados de platino
le guió escaleras arriba, hasta llegar a una cálida y bien iluminada
habitación, ocupada por tres hombres ataviados con los hábitos verdes
armonistas. Ello confirmó la sospecha de Mondschein: «Estoy en un antro de
herejes».
No se presentaron. Uno era bajo y rechoncho, de rostro
cetrino y nariz protuberante. Otro era alto y espectralmente delgado, de brazos
y piernas como patas de araña. El tercero, de piel pálida y estrechos ojos
insulsos, carecía de rasgos distintivos. El regordete era el mayor, y actuaba
como portavoz.
–Así que te han rechazado, ¿eh? –dijo sin más preámbulos.
–¿Cómo...?
–Eso no importa. Te hemos estado observando, Mondschein.
Confiábamos en que lo lograrías. Deseamos infiltrar a un hombre en Santa Fe
tanto como tú deseas ir allí.
–¿Son ustedes armonistas?
–Sí. ¿Te apetece un poco de vino, Mondschein?
El acólito se encogió de hombros. El hereje alto hizo un
gesto, y la mujer delgada, que no se había ido de la habitación, se adelantó
con una botella de vino dorado. Mondschein aceptó una copa, pensando
lúgubremente que, casi con toda seguridad, contendría una droga. El vino estaba
frío y poseía un toque dulzón, como un Graves semiseco. Los demás también
tomaron vino.
–¿Qué desean de mí? –preguntó Mondschein.
–Tu ayuda –dijo el gordo. Estamos en guerra, y queremos que
luches a nuestro lado.
–Yo no entiendo de guerras.
–Una guerra entre la oscuridad y la luz –prosiguió el hombre
alto con voz afable–. Somos los guerreros de la luz. No pienses que somos
fanáticos, Mondschein. La verdad es que somos hombres muy razonables.
–Tal vez creas –dijo el tercer armonista– que nuestro credo
deriva del tuyo. Nosotros respetamos las enseñanzas de Vorst, y las seguimos
casi todas. De hecho, nos consideramos más fieles a sus enseñanzas originales
que la actual jerarquía de la Hermandad. Somos una fuerza purificadora. Toda
religión necesita reformadores.
Mondschein bebió vino.
–Por lo general –dijo pestañeando con malicia–, los
reformadores suelen tardar mil años en aparecer. Sólo estamos en 2095. La
Hermadad apenas tiene treinta años de existencia.
El hereje rechoncho asintió con la cabeza.
–En nuestros días se progresa con rapidez. Los cristianos
tardaron trescientos años en hacerse con el control político de Roma, desde los
tiempos de Augusto a los de Constantino. Los vorsters no necesitaron tanto
tiempo. Ya conoces la historia: hay hombres de la Hermandad en todos los
cuerpos legislativos del mundo. En algunos países han llegado a organizar sus
propios partidos políticos. Tampoco es preciso que te recuerde el crecimiento
económico de la organización.
–¿Y vosotros, los purificadores, predicáis la vuelta al viejo
y sencillo estilo de hace teinta años? –preguntó Mondschein–. ¿Los edificios
desvencijados, las persecuciones y todo lo demás? ¿Es eso?
–No. No desdeñamos los usos del poder. Simplemente creemos
que el movimiento se ha dejado atrapar en irrelevancias. El poder por el poder
se ha convertido en más importante que el poder dirigido a lograr objetivos más
esenciales.
–La cúpula vorster es reacia a comprometerse políticamente e
intriga para provocar cambios en la estructura de los impuestos. Inmiscuirse en
la política nacional es una pérdida de tiempo y energía. Entretanto, el
movimiento es un completo fracaso en Marte y Venus: ni una capilla entre los
colonos, nada de nada; el rechazo total. ¿Dónde están los grandes resultados
del programa de reproduccción de espers? ¿Dónde están los impresionantes saltos
hacia adelante? –terminó el hombre alto.
–Sólo estamos en la segunda generación –dijo Mondschein–. Han
de tener paciencia –el que pidiera paciencia a los demás le hizo sonreír, y
añadió–: Creo que la Hermandad va por el buen camino.
–Es obvio que no lo crees así –dijo el hombre pálido–. Cuando
nuestra reforma desde dentro fracasó, tuvimos que marcharnos y empezar nuestra
propia campaña, paralela a la original. Los objetivos a largo plazo son los
mismos. La inmortalidad individual mediante la regeneración del cuerpo. Pleno
desarrollo de los poderes extrasensoriales, en busca de nuevos métodos de
comunicación y transporte. Eso es lo que queremos..., no el derecho a decidir
la cuantía de los impuestos locales.
–Primero, controlar los gobiernos –dijo Mondschein–. Después,
concentrarse en los objetivos a largo alcance.
–No es necesario –interrumpió el armonista gordo–. A nosotros
nos interesa la acción directa. También confiamos en el éxito. De uno u otro
modo, lograremos nuestros propósitos.
La mujer delgada sirvió más vino a Mondschein. Intentó
disuadirla, pero ella insistió en llenarle la copa. Mondschein bebió.
–Imagino que no me ha traído a Roma sólo para comunicarme su
opinión sobre la Hermandad. ¿Para qué me necesitan?
–Supon que estemos en condiciones de trasladarte a Santa Fe
–dijo el gordo.
Mondschein se enderezó de un salto. Su mano apretó la copa y
estuvo a punto de romperla.
–¿Cómo podrían hacerlo?
–Supon que podamos. ¿Aceptarías obtener cierta información de
los laboratorios y transmitírnosla?
–¿Espiar para ustedes?
–Puedes llamarlo así.
–Me parece repugnante.
–Serás recompensado por ello.
–Mejor que la recompensa sea buena.
–Te ofrecemos un puesto de décimo grado en nuestra
organización –dijo el hereje en voz baja, inclinándose hacia delante–. Lo mismo
te costaría quince años en la Hermandad. Somos una organización mucho más
pequeña; ascenderás más rápido en nuestra jerarquía que donde estás ahora. Un
hombre ambicioso como tú podría llegar muy cerca de la cumbre antes de cumplir
cincuenta años.
–¿Qué tiene de bueno llegar muy cerca de la cumbre en una
jerarquía de segunda división? –preguntó Mondschein.
–¡Es que no seremos de segunda división, gracias a la
información que nos proporcionarás! Nos ayudará a crecer. Millones de personas
abandonarán la Hermandad para unirse a nosotros cuando sepan lo que les
ofrecemos... Todo lo que ella posee,
más nuestros propios valores. Nos extenderemos con rapidez, y conseguirás una
posición elevada, porque habrás apostado por nosotros desde el principio.
Mondschein comprendió la lógica que encerraban aquellas
palabras. La Hermandad ya estaba plagada de burócratas bien afianzados,
poderosos y ricos. El ascenso era virtualmente imposible. Sin embargo, si
brindaba su lealtad a un grupo pequeño pero dinámico, cuya ambición rivalizaba
con la suya...
–No saldrá bien –dijo con tristeza.
–¿Porqué?
–Dando por sentado que puedan introducirme en Santa Fe, seré
examinado por espers mucho antes de llegar allí. Sabrán que voy como espía y me
rechazarán. Mis recuerdos de esta conversación me traicionarán.
El hombre gordo esbozó una amplia sonrisa.
–¿Por qué piensas que recordarás esta conversación? ¡Nosotros
también tenemos nuestros espers, acólito Mondschein!
4
La habitación en la que se encontró Christopher Mondschein
estaba pavorosamente vacía. Era un cuadrado perfecto, construido tal vez con un
margen de error de centésimas de milímetro, y no había nada más que el propio
Mondschein. Ni muebles, ni ventanas, ni siquiera una telaraña. Apoyó el peso
del cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro, levantó la vista hacia el alto
techo y buscó sin éxito la fuente de la constante y suave iluminación. Tampoco
sabía en qué ciudad se hallaba. Le habían sacado de Roma al amanecer. Podría
estar en Yakarta, o quizá en Akron.
Todo el asunto despertaba en él una profunda desconfianza.
Los armonistas le habían asegurado que no correría riesgos, pero Mondschein no
compartía su seguridad. La Hermandad no habría alcanzado su envergadura sin
desarrollar métodos de autoprotección. A pesar de las garantías recibidas,
cabía la posibilidad de que le detectaran mucho antes de acceder a los
laboratorios secretos de Santa Fe, y lo que sucedería a continuación no sería
agradable.
La Hermandad contaba con medios para castigar a quienes la
traicionaban. Tras la fachada bondadosa se ocultaba cierta vena de crueldad
necesaria. Mondschein había oído rumores; aquel sobre el supervisor regional de
Filipinas, por ejemplo, que se había dejado engañar con falsas promesas para
entregar informes sobre los consejos de alto nivel a ciertos oficiales de
policía antivorsteritas.
Quizá fuera falso. Mondschein había oído que el hombre fue
llevado a Santa Fe para ser sometido a la extirpación de los centros del dolor.
¿Podía considerarse un destino feliz no volver a sentir dolor? En absoluto. El
dolor era la medida de la seguridad. Sin dolor, ¿cómo podía saberse que algo
estaba demasiado caliente o demasiado frío al tocarlo? Se producirían miles de
pequeñas lesiones: quemaduras, cortes, erosiones. El cuerpo se iría mutilando.
Un dedo ahora, la nariz después, un ojo, una tira de piel... Bien mirado,
alguien podía devorar su propia lengua sin darse cuenta.
Mondschein se encogió de hombros. La pared sin hendiduras que
había frente a él se telescopó de repente y un hombre entró en la habitación.
La pared se cerró a su espalda.
–¿Es usted el esper? barbotó Mondschein, nervioso.
El hombre asintió con la cabeza. No poseía rasgos
característicos. Mondschein se imaginó que su rostro tenía cierto aspecto
euroasiático. Era de labios delgados, cabello lustroso y oscuro, y tez casi
olivácea. Parecía a punto de quebrarse.
–Tiéndase en el suelo –dijo el esper con voz suave y
aterciopelada–. Relájese, por favor. Usted me tiene miedo, y no debería
tenerlo.
–¿Por qué no? ¡Va a introducirse en mi mente!
–Relájese. Por favor.
Mondschein lo intentó. Se acomodó sobre el flexible y
elástico suelo y puso las manos junto a sus costados. El esper adoptó la
posición del loto en una esquina de la habitación sin mirar a Mondschein. El
acólito esperó, inseguro.
Había visto a pocos espers. Actualmente había muchos; tras
años de duda y confusión, sus características habían sido aisladas y
reconocidas más de un siglo antes, y un aumento considerable y deliberado de
apareamientos entre espers había incrementado su número. De todas formas, los
talentos seguían siendo impredecibles. La mayoría de los espers carecían de
control sobre sus habilidades. Además, eran individuos inestables, muy
nerviosos por lo general, y no era raro que la tensión les condujera a la psicosis.
A Mondschein no le hacía ninguna gracia la idea de estar encerrado en una
habitación con un esper psicótico.
¿Qué pasaría si el esper era un malvado? ¿Qué pasaría si, en
lugar de provocar una amnesia selectiva en Mondschein, decidía causar graves
alteraciones en sus pautas memorísticas? Se podía dar el caso de que...
–Ya puede levantarse –dijo el esper bruscamente–. Ha
concluido.
–¿Qué ha concluido? –preguntó Mondschein.
El esper emitió una carcajada triunfal.
–No es necesario que lo sepa, idiota. Ha concluido, eso es
todo.
La pared se abrió por segunda vez. El esper salió. Mondschein
se irguió con una extraña sensación de vaciedad; se preguntó dónde estaba y qué
le estaba ocurriendo. Iba a casa por la cinta deslizante, un hombre le empujó,
y después...
–Sigúeme, por favor –dijo una mujer delgada, de pómulos
improbables y párpados de platino brillante.
–¿Por qué?
–Confía en mí. Ven por aquí.
Mondschein suspiró y dejó que le guiara por un estrecho
pasillo hasta otra habitación, brillantemente pintada e iluminada. En una
esquina de la estancia había un depósito metálico del tamaño de un ataúd.
Mondschein, por supuesto, lo reconoció. Era una cámara de privación sensorial,
una Cámara de la Nada. Se flotaba en una cálida solución nutritiva, vista y
oído desconectados, liberado de la atracción de la gravedad. Poseía usos más
siniestros: un hombre que pasara demasiado tiempo en la Cámara de la Nada adquiría
una gran docilidad, resultaba muy sencillo adoctrinarle.
–Desnúdate y entra –dijo la mujer.
–¿Y si no lo hago?
–Lo harás.
–¿Cuánto tiempo estaré?
–Dos horas y media.
–Demasiado. Perdone, pero no me siento tan tenso. ¿Quiere
hacer el favor de indicarme la salida?
La mujer hizo una señal. Un robot de nariz roma y pintado de
un feo tono negro entró en la habitación. Mondschein nunca se las había tenido
con un robot, y ahora no lo intentó. La mujer indicó la Cámara de la Nada por
segunda vez.
Estoy soñando, se dijo Mondschein. De hecho, es una
pesadilla.
Empezó a despojarse de su ropa. La Cámara de la Nada zumbaba,
dispuesta. Mondschein entró y se dejó engullir. No podía ver. No podía oír. Un
tubo le suministraba aire. Mondschein cayó en una pasibidad total, en un
bienestar fetal. El batiburrillo de ambiciones, conflictos, sueños, culpas,
deseos e ideas que constituía la mente de Christopher Mondschein se disolvió
temporalmente.
Despertó a su debido tiempo. Le sacaron de la Cámara (las
piernas le temblaban y tuvieron que sostenerle) y le dieron sus ropas. Reparó
en que su hábito no era del color adecuado: verde, el color de los herejes.
¿Cómo era posible? ¿Le estaban enrolando por la fuerza en el movimiento
armonista? Sabía que lo mejor era no hacer preguntas. Le pusieron una máscara
termoplástica sobre la cara. «Por lo visto, voy a viajar de incógnito.»
Al cabo de poco rato, Mondschein llegó a una estación de
torpedos. Las letras arábigas de los letreros le dejaron estupefacto. ¿El
Cairo? ¿Argel? ¿Beirut? ¿La Meca?
Le habían reservado un compartimiento privado. La mujer de
los párpados alterados estuvo sentada a su lado durante el veloz viaje.
Mondschein intentó hacerle preguntas en repetidas ocasiones, pero la única
respuesta que obtuvo fue un encogimiento de hombros.
El torpedo aterrizó en la estación de Tarrytown. Territorio
familiar, por fin. Un letrero horario anunció a Mondschein que eran las 07,05
horas del miércoles 13 de marzo de 2095, hora oficial del Este. Recordaba
perfectamente que había sido el martes por la tarde cuando regresaba a casa
desde la capilla, tras haber recibido una merecida reprimenda por el asunto del
traslado a Santa Fe. Serían las 16,30 horas. Había perdido en algún sitio todo
el martes por la noche y parte de la mañana del miércoles, unas quince horas en
total.
–Ve al lavabo –susurró la mujer delgada cuando entraron en la
sala de espera principal–. Tercera cabina. Cambíate de ropa.
Mondschein, muy preocupado, obedeció. Había un paquete sobre
el asiento. Lo abrió y descubrió su hábito añil de acólito. Se despojó a toda
prisa del hábito verde y se ciñó el suyo. Recordó la máscara facial y también
se la quitó. Empaquetó el hábito verde y, no sabiendo lo que debía hacer con
él, lo dejó en la cabina.
Al salir, un hombre maduro de cabello oscuro se le acercó y
le extendió la mano.
–¡Acólito Mondschein!
–¿Sí? –dijo Mondschein. No le reconoció, pero le estrechó la
mano.
–¿Has dormido bien?
–Yo... Sí–dijo Mondschein–. Muy bien –hubo un intercambio de
miradas, y de pronto Mondschein olvidó para qué había entrado en el lavabo, qué
había hecho allí, y también que había llevado un hábito verde y una máscara
termoplástica en el vuelo procedente de un país cuyo principal idioma era el
árabe, que había estado en otro país y que, además, había salido desconcertado
de una Cámara de la Nada apenas unas horas antes.
Ahora creía que había pasado una confortable noche en su
casa, en su modesta vivienda. No sabía por qué estaba en la estación de
torpedos de Tarrytown a esta hora de la mañana, pero se trataba de un misterio
insignificante que no merecía un escrutinio detallado.
Mondschein, que sentía un hambre inusitada, compró un
gigantesco bocadillo en el distribuidor automático situado en el nivel inferior
de la estación. Lo engulló en pocos segundos. A las ocho, se encontraba en la
capilla de Nyack perteneciente a la Hermandad de la Radiación Inmanente,
preparado para ayudar en el servicio matutino.
El hermano Langholt le saludó con grandes muestras de afecto.
–¿Te enfadaste mucho por nuestra pequeña charla de ayer,
Mondschein?
–Ya se me ha pasado.
–Bien, bien... No debes permitir que tu ambición te domine,
Mondschein. Todo llega a su debido tiempo. ¿Quieres hacer el favor de comprobar
el nivel gamma del reactor?
–Desde luego, hermano.
Mondschein se dirigió hacia el altar. El Fuego Azul parecía
un oasis de seguridad en un mundo incierto. El acólito sacó el detector de
rayos gamma de su estuche y se dispuso a empezar sus tareas matutinas.
5
El mensaje que ordenaba su traslado a Santa Fe llegó tres
semanas más tarde. Cayó como un rayo en la capilla de Nyack, descendiendo los
escalones de la jerarquía hasta llegar al insignificante acólito.
Otro acólito le comunicó la noticia a Mondschein de forma
indirecta.
–Te llaman al despacho del hermano Langholt, Chris. El
supervisor Kirby está allí.
Mondschein se alarmó.
–¿Qué pasa? No he hecho nada malo..., al menos, no que yo
sepa.
–No creo que sea para regañarte. Es algo grande, Chris. Todo
el mundo está conmocionado. Es algo referente a Santa Fe –dirigió a Mondschein
una mirada de curiosidad–. Según creo, vas a ser trasladado allí en una nave.
–Muy divertido –dijo Mondschein.
Corrió al despacho de Langholt. El supervisor Kirby estaba
apoyado en la estantería de la izquierda. Langholt y él parecían hermanos.
Ambos eran altos, delgados, de mediana edad y aspecto ascético.
Mondschein nunca había visto tan de cerca al supervisor.
Kirby había sido un importante funcionario de la burocracia internacional de
las Naciones Unidas, hasta que se convirtió doce o quince años atrás. Ahora era
un hombre clave en la jerarquía, tal vez entre los doce más importantes de la
organización. Llevaba el pelo corto y sus ojos eran de un singular tono
verdoso. A Mondschein le costaba sostener su mirada. Al ver a Kirby en persona,
se preguntó de dónde había extraído la energía para escribirle aquella carta,
solicitando el traslado a los laboratorios de Santa Fe.
–¿Mondschein? sonrió levemente Kirby.
–Sí, señor.
–Llámame hermano, Mondschein. El hermano Langholt me ha
hablado bastante bien de ti.
«¿Eso ha hecho?», pensó Mondschein, sorprendido.
–Le he dicho al supervisor –intervino Langholt – que eres ambicioso, impaciente y entusiasta. También le he
señalado que, en algunos aspectos, posees estas cualidades en un grado
excesivo. Tal vez aprendas a moderarlas en Santa Fe.
–Hermano Langholt –dijo Mondschein, estupefacto–, creía que
mi solicitud de traslado a Santa Fe había sido rechazada.
Kirby asintió con la cabeza.
–Ha vuelto a ser examinada. Necesitamos algunos sujetos de
control que no sean espers. Seleccionamos una docena de acólitos, y el
ordenador nos proporcionó tu nombre. Cumples los requisitos. Supongo que
todavía quieres ir a Santa Fe...
–Por supuesto, señor..., hermano Kirby.
–Bien. Tienes una semana para arreglar tus cosas –los ojos
verdes se hicieron de repente más penetrantes. Confío en que nos seas de
utilidad, hermano Mondschein.
Mondschein no estaba seguro de si le enviaban a Santa Fe como
respuesta dilatada a su petición o para desembarazarse de él en Nyack. Le
resultaba incomprensible que Langholt aprobará su traslado después de haberlo
rechazado con tal acritud unas semanas antes. Los caminos de los líderes
vorsters eran inescrutables, decidió Mondschein. Aceptó la desconcertante
decisión de buen grado, sin hacer preguntas. Finalizada la semana, se arrodilló
en la capilla de Nyack por última vez, se despidió del hermano Langholt y se
dirigió a la estación de torpedos para tomar el vuelo de mediodía hacia el
Oeste.
Llegó a Santa Fe a media mañana, hora local. La estación se
hallaba atestada de gente ataviada con el hábito azul, más de la que había
visto nunca en un lugar público. Mondschein aguardó en la estación,
contemplando con inquietud la inmensidad del paisaje de Nuevo México. El cielo
era de un tono extrañamente brillante, y la visibilidad parecía ilimitada.
Mondschein divisó a kilómetros de distancia altas montañas de piedra arenisca.
Un desierto de color tostado, salpicado de artemisa verdegrisácea, rodeaba la
estación. Mondschein jamás había visto un espacio tan abierto.
–¿Hermano Mondschein? –preguntó un acólito gordinflón.
–En efecto.
–Soy el hermano Capodimonte. Soy su guía. ¿Me permite su
equipaje? Bien. Vamos, pues.
Una lágrima estaba aparcada en la parte posterior.
Capodimonte tomó la única maleta de Mondschein y la cargó en el vehículo.
Mondschein calculó que tendría unos cuarenta años. Un poco viejo para ser
acólito. La grasa de la nuca formaba un rollo que sobresalía del cuello de la
camisa.
Entraron en la lágrima. Capodimonte la activó y se pusieron
en marcha.
–¿Es la primera vez que viene aquí?
–Sí –respondió Mondschein. El paisaje es impresionante.
–Maravilloso, ¿verdad? Te hace amar más la vida. Aquí se
adquiere perspectiva del espacio. Y de la historia. Ruinas antiquísimas
esparcidas por todas partes. Cuando se haya instalado, quizá podamos ir a las
viviendas trogloditas del Cañón de los Frijoles. ¿Le interesan esas cosas,
Mondschein?
–No sé mucho sobre ello –admitió–, pero me gustará ir a echar
un vistazo.
–¿Cuál es su especialidad?
–Tecnología nuclear. Soy controlador de reactores.
–Yo era antropólogo hasta que ingresé en la Hermandad. Paso
mi tiempo libre en los pueblos. Volver al pasado de vez en cuando es bueno,
sobre todo aquí, en que el futuro se despliega con tanta celeridad a tu
alrededor.
–¿Es verdad que se están haciendo progresos?
Capodimonte asintió con la cabeza.
–Dicen que la cosa va muy bien. No formo parte de la élite,
por supuesto. La gente de élite apenas abandona el centro. Por lo que he oído,
sin embargo, están realizando grandes progresos. Mire allí, hermano... La
ciudad de Santa Fe, por la que vamos a pasar dentro de un momento.
Mondschein miró. La palabra que le vino a la mente fue pintoresca. La ciudad era pequeña, tanto
en superficie como en el tamaño de los edificios, que no parecía sobrepasar los
tres o cuatro pisos. Incluso desde esta distancia, Mondschein divisó el color
pardorrojizo del adobe.
–Imaginaba que sería mucho más grande –dijo.
–Protección. Monumento histórico y todo eso. La conservan
como estaba hace cien años. Está prohibido edificar.
–¿Y el centro experimental? –preguntó Mondschein, frunciendo
el ceño.
–Oh, no está en Santa Fe. Santa Fe es la ciudad más próxima.
En realidad, nos hallamos a sesenta kilómetros de distancia en dirección norte,
cerca de la región de Picuris. Todavía quedan muchos indios.
Empezaron a ascender una pendiente. La lágrima se internó por
pistas forestales y la vegetación cambió; los nudosos enebros y pinos piñoneros
dieron paso a oscuras extensiones de abetos Douglas y ponderosas. A Mondschein
todavía le costaba creer que no tardaría en llegar al centro genético. «Hay que
hacerse notar», se dijo. La única forma de conseguir algo en este mundo
consistía en alzar la cabeza y chillar.
Él había chillado. Había sido reprendido por ello..., pero le
habían enviado a Santa Fe.
¡Vivir eternamente! Someter su cuerpo a los experimentadores
que estaban consiguiendo reemplazar las células, regenerar los órganos,
devolver la juventud. Mondschein sabía en qué se trabajaba aquí. Existían
riesgos, por supuesto, pero ¿y qué? En el peor de los casos, moriría..., pero
también estaba previsto que ocurriera en el esquema normal de los
acontecimientos. En contrapartida, podía ser uno de los elegidos, uno de los
escogidos.
Un portal se cernió sobre ellos. El sol brillaba furiosamente
sobre la hoja de metal.
–Hemos llegado –anunció Capodimonte.
El portal comenzó a abrirse.
–¿No me someterán a un examen antes de dejarme entrar?
–preguntó Mondschein.
–Hermano Mondschein –rió Capodimonte–, hace quince minutos
que le están examinando. Si hubiera algún motivo para rechazarle, ese portal no
se estaría abriendo. Relájese. Y sea bienvenido. Lo ha conseguido.
6
El nombre oficial del lugar era Centro de Ciencias Biológicas
Noel Vorst. Ocupaba unos veintidós kilómetros cuadrados de llanura, y todo el
perímetro, hasta el último milímetro, estaba rodeado por una verja provista de
toda clase de detectores. Dentro había docenas de edificios: dormitorios,
laboratorios y otras dependencias de carácter indefinido. Las donaciones de los
fieles, que colaboraban en función de sus medios (desde un dólar a varios
miles), constituían los cimientos financieros de todo el proyecto.
El centro era el corazón y el núcleo de la organización
vorster. Las investigaciones que aquí se llevaban a cabo servían para mejorar
las vidas de todos los vorsters. La esencia del atractivo que ejercía la
Hermandad era que no sólo ofrecía consuelo espiritual, al igual que las viejas
religiones, sino también las prestaciones científicas más avanzadas. Los
médicos vorsters se destacaban por encima de sus colegas. La Hermandad de la
Radiación Inmanente sanaba el alma y el cuerpo.
Y, cosa que la Hermandad no trataba de ocultar, el principal
objetivo de la organización era la conquista de la muerte. No sólo desterrar
las enfermedades, sino también la vejez. Incluso antes de que naciera el
movimiento vorster, los hombres habían hecho grandes progresos en ese sentido.
La esperanza media era de noventa y pico años, e incluso sobrepasaba los cien
en ciertos países. Por eso la Tierra rebosaba de gente, a pesar de los
rigurosos controles de natalidad que se hacían efectivos en casi todas partes.
Ya había cerca de once mil millones de seres, y la tasa de natalidad, aunque en
fuerte descenso, seguía siendo mayor que la de mortalidad.
Los vorsters confiaban en aumentar la esperanza de vida para
los que deseaban vidas más largas. Ciento veinte, ciento cincuenta años: éste
era el objetivo inmediato. ¿Por qué no doscientos, trecientos, mil? «Dadnos la
vida eterna», gritaban las masas, y afluían a las capillas para asegurarse un
puesto entre los elegidos.
La prolongación de la vida complicaría todavía más el
problema de superpoblación, por suspuesto. La hermandad lo sabía. Aspiraba a
otras metas que aliviarían el problema. Abrir las puertas de la galaxia al
hombre: ése era el auténtico objetivo.
La colonización del universo por el hombre había empezado
varias generaciones antes de que Noel Vorst fundara el movimiento. Marte y
Venus habían sido colonizados, de manera diferente en cada caso. Para empezar,
ninguno de ambos planetas era habitable por el hombre. Habían cambiado Marte
para acomodar al hombre, y el hombre había cambiado para sobrevivir en Venus.
Las dos colonias prosperaban. Sin embargo, apenas se había hecho nada para
solventar la crisis de población. Sería preciso que partieran naves desde la
Tierra día y noche durante cientos de años, transportando gente a las colonias,
para reducir las multitudes que asfixiaban el planeta natal, algo
económicamente imposible.
Pero, si fuera posible llegar a los mundos extrasolares, si
no fuera necesaria una carísima terraformación antes de ser ocupados, y si se
inventara un nuevo medio de transporte mucho más barato...
–Demasiados «si» –dijo Mondschein.
–No lo niego –asintió Capodimonte–, pero vale la pena
intentarlo.
–¿Piensa en serio que se podrá enviar a la gente a las
estrellas en virtud de los poderes esper? –preguntó Mondschein. ¿No cree que es
un sueño desmedido y fantástico?
–Sueños desmedidos y fantásticos siguen moviendo a los
hombres –sonrió Capodimonte–. La busca del Preste Juan, la busca del Paso del
Noroeste, la busca de los unicornios... Bien, éste es nuestro unicornio,
Mondschein. ¿Por qué tanto escepticismo? Mire a su alrededor. ¿No ve lo que
ocurre?
Mondschein llevaba una semana en el centro de
investigaciones. Todavía no se desenvolvía con confianza, pero había aprendido
mucho. Sabía, por ejemplo, que una ciudad entera de espers había sido contruida
en la parte más alejada del cauce seco que dividía el centro en dos. Seis mil
personas vivían en ella. Ninguna sobrepasaba los cuarenta años y todas se
reproducían como conejos. Llamaban al lugar la Calle de la Fertilidad. Gozaba
de una dispensa especial del gobierno para procrear un número ilimitado de niños.
Algunas familias tenían hasta cinco o seis hijos.
Era una lenta forma de desarrollar una nueva especie de
hombre. Se escoge un grupo de personas provistas de talentos excepcionales, se
les circunscribe en un entorno aislado, se les deja escoger a la pareja y
multiplicar el banco genético... Bien, ésa era una forma. Otra consistía en
manipular directamente el plasma original. Lo estaban haciendo en el centro, y
de diversas maneras. Microcirugía tectogenética, moldeado polinuclear,
manipulación del DNA... lo probaban todo. Cortar y cincelar los genes, estimular
los cromosomas, lograr que los diminutos replicantes produjesen algo
ligeramente diferente de lo que había antes: tal era el objetivo.
¿Funcionaba? Hasta el momento, resultaba difícil saberlo. Se
tardarían cinco o seis generaciones en evaluar los resultados. Mondschein, como
mero acólito, carecía de conocimientos para juzgar por sí mismo. Lo mismo se
podía decir respecto de la gente con la que se relacionaba, técnicos en su
mayoría. Sin embargo, podían especular, y lo hacían, hasta bien entrada la
noche.
A Mondschein le interesaba mucho más el trabajo centrado en
la prolongación de la vida que los experimentos en genética esper. Los
vorsters, también en este aspecto, estaban estableciendo una técnica. Los
bancos de órganos proporcionaban recambios para casi todas las formas de tejido
humano: pulmones, ojos, corazón, intestinos, páncreas, riñones. Ahora, todo
podía implantarse utilizando las técnicas de irradiación que destruían la
reacción contraria al injerto. Pero ese rejuvenecimiento pieza por pieza no era
la auténtica inmortalidad. Los vorsters buscaban una forma de que las células
del cuerpo regenerasen el tejido perdido, a fin de que el impulso hacia la
continuación de la vida surgiera desde dentro, no mediante injertos externos.
Mondschein aportó su granito de arena. Como a toda la gente
de nivel inferior del centro, se le pidió que donara un trozo de tejido cada
pocos días, que sería empleado como material para experimentos. Las biopsias
eran un engorro, pero formaban parte de la rutina. También contribuía
regularmente al banco de esperma. Al no ser esper, se le consideraba un sujeto
de control adecuado para el trabajo que se realizaba. ¿Cómo descubrir el gene
de la teleportación? ¿Por telepatía? ¿Y el de todos los fenómenos paranormales
a los que se colgaba la etiqueta de «esp»?
Mondschein colaboró. Jugó su humilde papel en la gran
campaña, consciente de que era como un soldado de infantería en una batalla.
Fue de laboratorio en laboratorio, sometiéndose a pruebas y pinchazos, y cuando
no tomaba parte en dichas empresas, se dedicaba a su especialidad, trabajar
como hombre de mantenimiento en la planta nuclear que proporcionaba energía a
todo el centro.
Era una vida muy diferente de la que llevaba en la capilla de
Nyack. No acudían fieles, y era fácil olvidar que formaba parte de un
movimiento religioso. Se celebraban servicios regularmente, por supuesto, pero
la profesionalidad que los envolvía implicaba cierta rutina mecánica. Sin
algunos seglares en la casa, era difícil continuar dedicado al culto del Fuego
Azul.
En este clima más enrarecido, la impaciencia de Mondschein se
fue apaciguando. No podía soñar en ir a Santa Fe porque ya estaba allí, en el
meollo, participando en experimentos. Sólo le quedaba esperar, contar los
momentos de progreso y esperanza.
Hizo nuevos amigos, adquirió nuevos intereses. Fue con
Capodimonte a ver las ruinas antiguas, fue a cazar a la sierra de Picuris con
un larguirucho acólito llamado Weber, se incorporó al coro y cantó con vigorosa
voz de tenor.
Era feliz aquí.
No sabía, por descontado, que era un espía de los herejes.
Todo había sido borrado de su memoria. Su lugar lo ocupaba un mecanismo latente
que se disparó una noche, a principios de septiembre, y Mondschein experimentó
de repente una extraña compulsión.
Era la noche del Sagrado Mesón, una fiesta que preludiaba el
solsticio de otoño. Mondschein, ataviado con su hábito azul, se hallaba de pie
en la capilla entre Capidomonte y Weber, contemplando el reactor que brillaba
en el altar y escuchando la voz que entonaba:
–El mundo gira y las configuraciones cambian. Se produce un
salto cuántico en la vida de los hombres cuando dudas y temores quedan atrás y
nace la certidumbre. Se produce un destello parecido al de la luz, una oleada
de radiación interior, un sentimiento de Unidad con...
Mondschein se puso rígido. Eran las palabras de Vorst,
palabras que había oído infinidad de veces, tan familiares para él que habían
cavado surcos en su cerebro. Sin embargo, tenía la sensación de oírlas por
primera vez. Cuando las palabras «un sentimiento de Unidad» fueron
pronunciadas, Mondschein dio un respingo, aferró el asiento que tenía delante y
se dobló en dos, presa del dolor. Parecía que le estuvieran perforando las
tripas con un cuchillo afilado.
–¿Te encuentras bien? –susurró Capodimonte.
Mondschein asintió con la cabeza.
–Son sólo... retortijones...
Se obligó a erguirse. Pero sabía que no se encontraba bien.
Algo iba mal, y no sabía qué. Estaba poseído. Ya no era dueño de su voluntad.
Obedecería de buen o mal grado una orden interior cuya naturaleza desconocía de
momento, pero que le sería revelada en el momento oportuno, y a la cual no
opondría resistencia.
7
Siete horas después, en la oscuridad de la noche, Mondschein
supo que el momento había llegado.
Se despertó, cubierto de sudor, y se puso el hábito. El
dormitorio estaba en silencio. Salió de su habitación, se deslizó
silenciosamente por el pasillo y entró en el descensor. Momentos más tarde
emergía en la plaza que se hallaba frente a los edificios de los dormitorios.
La noche era fría. En la llanura, el calor del día se
desvanecía en cuanto se hacía de noche. Mondschein, temblando un poco, avanzó
por las calles del centro. No había guardias; en esta colonia de fieles
cuidadosamente seleccionados y examinados con todo rigor no se temía a nadie.
Era posible que algún esper estuviera despierto, buscando detectar pensamientos
hostiles, pero Mondschein no desprendía ninguna emanación que pudiera ser
considerada hostil. No sabía adonde iba, ni lo que estaba a punto de hacer. Las
fuerzas que le impelían actuaban desde el fondo de su mente, fuera del alzance
de cualquier esper. No guiaban sus centros cerebrales, sino sus respuestas
motrices.
Llegó a uno de los centros de recogida de datos, un edificio
de ladrillo cuya fachada carecía de ventanas. Mondschein apretó la mano contra
el escáner identificador de la puerta y esperó a que le identificase. Sólo
tardó un momento en comparar los datos con los que figuraban en la lista del
personal, y fue admitido.
A su cerebro afluyó el conocimiento de lo que había venido a
buscar: una cámara holográfica.
Las guardaban en el segundo nivel. Mondschein fue al almacén,
abrió un armario y sacó un objeto compacto de quince centímetros cuadrados.
Salió del edificio sin prisa y deslizó la cámara en su manga.
Mondschein cruzó otra plaza y se acercó al laboratorio XXIa,
en el edificio de la longevidad. Había acudido allí aquel día para entregar una
biopsia. Atravesó velozmente la puerta, bajó al sótano y entró en el cuartito
situado a la izquierda. Sobre el banco de trabajo que ocupaba toda la pared
posterior había una fila de fotomicrógrafos. Mondschein activó el
activadorescáner y una correa transportadora fue arrojando los fotomicrógrafos
en el tragante de un proyector. Empezaron a aparecer en el objetivo del visor.
Mondschein apuntó su cámara y fue haciendo un holograma de
cada fotomicrógrafo a medida que aparecían. Trabajó con rapidez. El rayo láser
de la cámara chasqueaba, golpeaba el objeto, rebotaba y lanzaba otro rayo que
cortaba el primero en un ángulo de 45 grados. Los hologramas no se podían ver
sin el equipo adecuado; sólo un segundo rayo láser, dispuesto en el mismo
ángulo que el empleado para tomar los hologramas, podría transformar los
dibujos irreconocibles de círculos entrecruzados que mostrarían las placas en
imágenes. Mondschein sabía que tales imágenes serían tridimensionales y de una
extraordinaria definición. Sin embargo, no se detuvo a pensar en el uso al que
se destinarían.
Salió al frío de la madrugada, temblando ligeramente. Estaba
amaneciendo. Mondschein devolvió la cámara a su lugar después de sacar la
cápsula de placas holográficas. Eran diminutas; la cápsula no sobrepasaba el
tamaño de una uña. La guardó en el bolsillo del pecho y volvió al dormitorio.
Olvidó que se había ausentado de la habitación en cuanto su
cabeza tocó la almohada.
–Me apetece ir a Frijoles hoy –dijo Mondschein a Capodimonte
por la mañana.
–Te ha entrado el gusanillo, ¿eh? –dijo Capodimonte,
sonriente.
–Ya se me pasará –respondió Mondschein, encogiéndose de
hombros–. Quiero ver las ruinas, eso es todo.
–En ese caso podríamos ir a Puye. No has estado allí. Es
impresionante, y muy diferente de...
–No. Quiero ir a Frijoles. ¿De acuerdo?
Consiguieron el permiso para salir del centro (los técnicos
de grado inferior no encontraban muchas dificultades al respecto), y a primera
hora de la tarde partieron hacia el oeste, en dirección a las ruinas indias. La
lágrima zumbó por la carretera hasta Los Álamos, una ciudad científica secreta
de la era anterior, pero se desviaron a la izquierda y se internaron en el
parque nacional de Bandelier antes de llegar a Los Alamos. Traquetearon por una
vieja carretera de asfalto durante unos dieciocho kilómetros, hasta que
llegaron al centro principal del parque.
Nunca había mucha gente, pero ahora, en pleno verano, el
lugar estaba casi desierto. Los dos acólitos pasearon por el sendero principal,
dejaron atrás las ruinas del pueblo conocido como Tyuonyi, en el fondo de un
cañón, esculpido en bloques de piedra volcánica, y ascendieron por un tortuoso
sendero que les llevó hasta las viviendas trogloditas. Se detuvieron ante el
kiva, la cámara excavada en la roca que había sido el templo ceremonial de los
antiguos indios.
Espera un momento –dijo Mondschein. Quiero echar un vistazo.
Subió por la escalerilla de madera y se izó hasta
introducirse en el kiva. El humo de antiguas hogueras había ennegrecido las
paredes. Una de ellas estaba sembrada de nichos, en los que antaño se habían
guardado objetos de la mayor importancia ritual. Tranquilamente, sin comprender
en realidad lo que hacía, Mondschein sacó la diminuta cápsula de hologramas del
bolsillo y la depositó en un rincón del nicho situado más a la izquierda.
Dedicó otro momento a examinar el kiva y salió.
Capodimonte estaba sentado sobre la roca blanca que formaba
la base del risco, y contemplaba el alto muro rojizo que se alzaba al fondo del
cañón.
–¿Tienes ganas de hacer una buena excursión? –preguntó
Mondschein.
–¿Adonde vamos? ¿A las ruinas de Frijolito?
–No –dijo Mondschein. Señaló la cumbre de la pared del
cañón–. Vamos a Yapashi, o hacia los Leones de Piedra.
–Eso está a dieciocho kilómetros, y ya fuimos a mediados de
julio. No tengo ganas de volver otra vez, Chris.
–Regresemos, pues.
–No hace falta que te enfades. Podemos ir a la Cueva
Ceremonial. Es una caminata corta. Por hoy ya está bien, Chris.
–Muy bien. A la Cueva Ceremonial.
Impuso un paso rápido a la caminata. El regordete Capodimonte
se quedó sin aliento antes de los primeros quinientos metros. Mondschein,
malhumorado, no moderó la marcha, y Capodimonte se esforzó en seguirle.
Llegaron a las ruinas, las visitaron brevemente y volvieron. Cuando se
encontraron de nuevo en las dependencias del parque, Capodimonte dijo que
quería descansar un rato, tomar un refrigerio antes de regresar al centro de
investigación.
–Adelántate –dijo Mondschein. Entraré a curiosear en la
tienda de recuerdos.
Esperó hasta que Capodimonte se perdió de vista. Después,
entró en el bazar y se acercó a la comunicabina. Un número, implantado
hipnóticamente en su cerebro meses antes, cuando yacía amodorrado en la Cámara
de la Nada, acudió a su memoria. Introdujo monedas en la ranura y marcó.
–Armonía eterna –respondió una voz.
–Soy Mondschein. He de hablar con alguien de la Sección
Trece.
–Un momento, por favor.
Mondschein aguardó, la mente en blanco. Era un sonámbulo.
–Adelante, Mondschein –dijo una voz ronroneante–. Déme los
detalles.
Mondschein, con gran economía de palabras, le contó dónde
había escondido la cápsula de hologramas. La voz ronroneante le dio las
gracias. Mondschein cortó la comunicación y salió de la cabina. Capodimonte
entró pocos minutos después en el bazar, con aspecto satisfecho y descansado.
–¿Has visto algo que quieras comprar? –preguntó.
–No –contestó Mondschein–. Vamonos.
Capodimonte se puso al volante. Mondschein contempló el
paisaje cambiante y se abismó en una profunda meditación. «¿Por qué he venido
aquí hoy?», se preguntó. No tenía ni idea. No recordaba nada, ni un simple
detalle de su espionaje. El borrado había sido completo.
8
Fueron a buscarle una semana más tarde, a medianoche. Un
voluminoso robot irrumpió en su habitación sin previo aviso y se inmovilizó
junto a su cama, las enormes garras preparadas para sujetarle si intentaba
huir. El robot venía acompañado de un hombrecillo de rostro afilado llamado
Magnus, uno de los hermanos supervisores del centro.
–¿Qué pasa? preguntó Mondschein.
–Vístete, espía. Vamos a interrogarte.
–Yo no soy un espía. Te equivocas, hermano Magnus.
–Ahórrate las mentiras, Mondschein. Arriba. Levántate. No
ofrezcas resistencia.
Mondschein estaba perplejo, pero sabía que era mejor no
discutir con Magnus, considerando sobre todo los cuatrocientos kilos de
velocísima inteligencia metálica presentes en la habitación. Desconcertado, el
acólito saltó de la cama y se puso el hábito. Siguió a Magnus hasta el pasillo,
donde aparecieron otros compañeros y se le quedaron mirando. Se produjo un
intercambio de apagados murmullos.
Diez minutos después, Mondschein se encontraba en una sala
circular situada en la quinta planta de las dependencias administrativas del
centro, rodeado de más jerifaltes vorsters de los que esperaba ver en un
recinto cerrado. Había ocho, absortos en un estrecho conciliábulo. El estómago
de Mondschein se contrajo de tensión. Una luz le deslumbró.
–La esper ha llegado –murmuró alguien.
Habían enviado a una chica de apenas dieciséis años, de cara
pálida y fea. Su piel estaba cubierta de pequeñas manchas rojas. Sus ojos eran
despiertos, brillaban de una forma desagradable y nunca estaban quietos. Su
aspecto disgustó a Mondschein en cuanto la vio, pero trató desesperadamente de
disimular sus sentimientos, sabiendo que la muchacha podía sellar su destino
con una palabra. Fue inútil: ella detectó su desprecio en cuanto entró en la
sala, y los labios carnosos esbozaron una breve y torcida sonrisa. Enderezó su
cuerpo rechoncho.
–Éste es el hombre –dijo el supervisor Magnus–. ¿Qué lees en
él?
–Miedo. Odio. Obstinación.
–¿Y deslealtad?
–Antes que nada, es fiel a sí mismo –dijo la esper, enlazando
las manos sobre el estómago.
–¿Nos ha traicionado? –preguntó Magnus.
–No. No capto nada en ese sentido.
–Me gustaría saber qué significa... –dijo Mondschein.
–Tranquilo –le interrupió Magnus.
–Las pruebas son abrumadoras –dijo otro supervisor–. Quizá la
muchacha se equivoca.
–Explórale más profundamente –ordenó Magnus–. Retrocede día a
día, examina sus recuerdos. No descartes nada. Ya sabes lo que debes buscar.
Mondschein, confuso, dirigió una mirada suplicante a los
rostros impenetrables que le rodeaban. La chica parecía disfrutar. «Asquerosa
mirona –pensó–. Que te lo pases bien.»
–Cree que me lo estoy pasando bien –dijo la esper–. Debería
sumergirse en una letrina para saber lo que se siente en momentos así –dijo la
muchacha.
–Explórale –indicó Magnus–. Es tarde y necesitamos muchas
respuestas.
La joven asintió. Mondschein aguardó alguna sensación
indicadora de que estaban sondeando sus recuerdos, de que unos dedos invisibles
hurgaban su cerebro. No ocurrió nada semejante. Se sucedieron largos minutos en
silencio y la chica levantó la vista con aire de triunfo.
–La noche del trece de marzo ha sido borrada.
–¿Puedes averiguar lo que sucedió, pese a ello? –preguntó
Magnus.
–Imposible. Fue un trabajo de expertos. Le extirparon toda la
noche. Además, le suministraron una buena dosis de contramnemónicos. No sabe
nada del papel que le tocó jugar –dijo la chica.
Los supervisores intercambiaron miradas. Mondschein sintió
que el sudor le pegaba el hábito al cuerpo, y el olor hirió su nariz. Un
músculo palpitaba en su mejilla y la frente le dolía atrozmente, pero, a pesar
de ello, no se movió.
–La chica puede marcharse –dijo Magnus.
La tensión que reinaba en la atmósfera disminuyó un poco
cuando la esper salió, pero Mondschein no se serenó. Abrigaba la convicción
desesperada de que había sido juzgado y condenado por un crimen cuya naturaleza
ignoraba. Pensó en algunas de las habladurías, tal vez falsas, que corrían
sobre el espíritu vengativo de la Hermandad: el hombre al que extirparon los
centros del dolor, el esper condenado a redoblar sus esfuerzos, el biólogo
lobotomizado, el supervisor renegado al que abandonaron en una Cámara de la
Nada durante noventa y seis horas consecutivas. Comprendió que no tardaría en
saber hasta qué punto eran falsos aquellos rumores.
–Para que lo sepas, Mondschein –dijo Magnus, alguien entró
subrepticiamente en el laboratorio de longevidad y fotografió todo con un
hológrafo. Un trabajo excelente, sólo que tenemos montado un dispositivo de
alarma allí, y tú lo activaste.
–Se lo juro, señor, nunca he puesto el pie dentro...
–Ahórrate saliva, Mondschein. A la mañana siguiente,
realizamos un análisis de activación neutrónica en el lugar, por pura rutina.
Descubrimos rastros de tungsteno y molibdeno que se desprendieron de ti
mientras tomabas los hologramas. Coinciden con el modelo de tu piel. Nos
condujeron hasta ti sin tardanza. No cabe duda: el mismo modelo neutrónico en
la cámara, en el equipo del laboratorio y en tu mano. Fuiste enviado aquí como
espía, a sabiendas o no.
–Kirby ha llegado –anunció otro supervisor.
–Me gustaría saber lo que tiene que decir sobre esto –murmuró
Magnus en tono lúgubre.
Mondschein vio la figura larguirucha de Reynolds Kirby entrar
en la sala. Apretaba firmemente sus labios finos. Parecía haber envejecido diez
años desde que Mondschein le había visto en el despacho de Langholt.
–Aquí tienes a tu hombre, Kirby –Magnus giró sobre sus
talones y habló con irritación–. ¿Qué opinas de él ahora?
–No es mi hombre –le rectificó Kirby.
–Tú aprobaste su traslado aquí –replicó Magnus–. Quizá
deberíamos examinarte también a ti, ¿eh? Alguien introdujo una bomba de
relojería en este lugar, y la bomba ha estallado. Ha pasado información sobre
todo un laboratorio.
–Tal vez no –dijo Kirby–. Tal vez retenga todavía los datos
en su poder.
–Salió del centro al día siguiente de que entraran en el
laboratorio. Él y otro acólito fueron a visitar unas ruinas indias. No es muy
arriesgado suponer que transfirió los hologramas durante su ausencia.
–¿Habéis localizado al emisario? –preguntó Kirby.
–Nos estamos desviando de la cuestión –dijo Magnus–. La
cuestión es que este hombre vino al centro recomendado por ti. Le sacaste de la
nada y lo pusistes aquí. Lo que a todos nos gustaría saber es dónde lo
encontraste y por qué lo enviaste aquí.
El rostro enjuto de Kirby se crispó por un momento. Miró a
Mondschein, y después a Magnus con marcada hostilidad.
–No acepto ninguna responsabilidad por haber traído aquí a
este hombre. Sucede que me escribió en febrero, solicitando el traslado a Santa
Fe y un trabajo que no fuera el habitual de la capilla. Pasó por encima de los
administradores locales, y les envié una carta sugiriendo que le disciplinaran
un poco. Unas semanas después recibí instrucciones en el sentido de que fuera
trasladado aquí.
»Me quedé asombrado, por decir algo, pero di mi aprobación.
Eso es todo lo que sé sobre Christopher Mondschein.
Magnus extendió un índice y lo agitó en el aire.
–Espera un momento, Kirby. Eres un supervisor. ¿Quién da las
instrucciones? ¿Cómo te pueden presionar para autorizar un traslado si eres un
alto dirigente?
–Las instrucciones las dictó una autoridad más alta.
–Me cuesta admitirlo –dijo Magnus.
Mondschein estaba sentado inmóvil, fascinado pese a su
situación por el enfrentamiento entre los supervisores. Nunca había comprendido
los motivos de que autorizaran su traslado, y ahora daba la impresión de que
nadie los comprendía.
–Las instrucciones procedían de alguien cuyo nombre me niego
a revelar –dijo Kirby.
–¿Te estás cubriendo las espaldas, Kirby?
–Estás abusando de mi paciencia, supervisor Magnus– dijo
Kirby secamente.
–Quiero saber quién coló un espía entre nosotros.
Kirby respiró hondo.
–Muy bien –dijo–. Te lo diré. Todos seréis testigos. La orden
vino de Vorst. Noel Vorst me llamó y ordenó que este hombre fuera enviado aquí.
Vorst le envió. ¡Vorst! ¿Qué opinas
de eso?
9
No habían terminado de interrogar a Mondschein. Oleadas de
espers trabajaron en él, intentando sin éxito penetrar bajo el borrado. También
se emplearon métodos orgánicos. Acribillaron a Mondschein de sueros de la
verdad antiguos y nuevos, desde pentotal sódico en adelante, y baterías de
ceñudos hermanos le interrogaron con el mayor rigor. Mondschein dejó que
pusieran al desnudo su alma, exhibiendo con impúdico alivio sus aspectos más
desagradables, sus momentos de egoísmo, todo lo que hacía de él un ser humano.
No descubrieron nada útil. Ni siquiera una inmersión de cuatro horas en una
Cámara de la Nada resultó positiva. Mondschein salió tan confuso que fue
incapaz de responder a una pregunta hasta tres días después.
Estaba tan desconcertado como los demás. Habría confesado de
buen grado los pecados más abyectos; en realidad, confesó en varios momentos del largo interrogatorio para darlo por
concluido, pero los espers leyeron sin la menor dificultad sus motivos y se
rieron de sus confesiones. Sabía que, de alguna manera, había caído en manos de
enemigos de la Hermandad y llegado a un pacto con ellos, un pacto que había
cumplido. Pero no guardaba el menor recuerdo de todo ello. Porciones completas
de su memoria se habían desvanecido, y esto le aterrorizaba.
Mondschein sabía que estaba acabado. No le dejarían
permanecer en Santa Fe, por supuesto. Su sueño de estar presente cuando se
alcanzara la inmortalidad había concluido. Le expulsarían con espadas de fuego,
se marchitaría y envejecería, maldiciendo su oportunidad perdida. Es decir, si
no le mataban o le infligían una forma sutil de lenta destrucción.
Una ligera nevada de diciembre caía el día que el supervisor
Kirby vino a comunicarle su destino.
–Puedes marcharte, Mondschein –dijo el hombre alto con aire
sombrío.
–¿Irme? ¿Adonde?
–A donde quieras. El veredicto ha sido pronunciado. Eres
culpable, pero existen dudas razonables sobre tu voluntariedad. Se te expulsa
de la Hermandad, pero no se tomarán más medidas contra ti.
–¿Significa eso que también he sido expulsado de la Iglesia
como comulgante?
–No necesariamente. Depende de ti. Si quieres ir a rendir
culto, no te negaremos nuestro consuelo. Sin embargo, no existe ninguna
posibilidad de que asciendas en la jerarquía de la Iglesia. Has sido
descalificado y no correremos más riesgos contigo. Lo siento, Mondschein.
Mondschein también lo sentía, aunque experimentaba cierto
alivio. No iban a vengarse de él. Lo único que perdería sería la oportunidad de
alcanzar la vida eterna..., aunque tal vez la conservara, como cualquier otro
fiel.
Había echado a perder su oportunidad de ascender en la
jerarquía vorster, desde luego, pero todavía quedaba otra jerarquía de mayor
movilidad.
La Hermandad le depositó en la ciudad de Santa Fe, le dio un
poco de dinero y le dejó en libertad. Mondschein se encaminó de inmediato a la
capilla más próxima de la Armonía Trascendente, sita en Alburquerque, a unos
veinte minutos de trayecto.
–Te estábamos esperando –dijo un armonista de flotante hábito
verde–. Tengo instrucciones de ponerme en contacto con mis superiores en cuanto
aparecieras.
Mondschein no se mostró sorprendido, ni tampoco experimentó
un gran asombro cuando le comunicaron al poco rato que partía en dirección a
Roma enseguida. Los armonistas pagarían sus gastos.
Una mujer delgada de párpados alterados quirúrgicamente le
recibió en la estación de Roma. No la reconoció, pero ella le sonrió como si
fueran viejos amigos. Le condujo a una casa de la Via Flaminia, a unos
dieciocho kilómetros al norte de Roma, donde un hermano armonista rechoncho, de
rostro cetrino y nariz protuberante le esperaba.
–Bienvenido –dijo el armonista–. ¿Te acuerdas de mí?
–No.Yo...,sí.¡Sí!
Los recuerdos afluyeron, aturdiéndole. La otra vez no había
un solo hereje en la habitación, sino tres. Le habían dado vinos y ofrecido un
puesto en la jerarquía armonista, y él había accedido a dejarse introducir
subrepticiamente en Santa Fe, un soldado de la gran cruzada, un guerrero de la
luz, un espía armonista.
–Lo has hecho muy bien, Mondschein –dijo el hereje
untuosamente–. No pensábamos que te cazarían tan pronto, pero no conocíamos en
profundidad sus métodos de detección. Sólo podíamos protegerte de los espers, y
cabe decir que lo hicimos a la perfección. En cualquier caso, la información
que nos proporcionaste resultó extraordinariamente útil.
–¿Cumplirán su parte del trato? ¿Me darán un puesto de grado
diez?
–Por supuesto. No pensarás que te íbamos a engañar, ¿verdad?
Seguirás durante tres meses un curso de adoctrinamiento, para que te hagas una
idea de nuestro movimiento. Después te integrarás en las tareas propias del
puesto que ocuparás en nuestra organización. ¿Qué prefieres, Mondschein, Marte
o Venus?
–¿Marte o Venus? No le entiendo.
–Vamos a destinarte a nuestra división misionera. Partirás de
la Tierra el próximo verano y trabajarás en una de las colonias. Eres libre
para elegir la que prefieras.
Mondschein estaba estupefacto. Eso no era lo convenido. Se
había vendido a aquellos herejes, sólo para ser embarcado hacia un planeta
extraño y un posible martirio... No, no esperaba nada semejante.
«Fausto tampoco esperaba problemas», pensó fríamente
Mondschein.
–¿Qué clase de engaño es éste? –preguntó–. ¡No tienen derecho
a pedirme que me haga misionero!
–Te ofrecimos un trabajo de grado diez –dijo el armonista sin
alzar la voz–. Nos reservamos el derecho a elegir el destino.
Mondschein permaneció en silencio. La cabeza le dolía. El
rostro del armonista pareció borrarse y oscilar. Era libre de marcharse, de
salir por la puerta y mezclarse con la multitud. De convertirse en un don
nadie. También podía claudicar y llegar a ser... ¿qué? Cualquier cosa.
Cualquier cosa.
Tenía el cincuenta por ciento de posibilidades de estar
muerto dentro de seis semanas.
–Acepto –dijo–. Venus. Iré a Venus –sus palabras resonaron
como los barrotes de una jaula al cerrarse.
El armonista asintió.
–Esperaba que lo hicieras –dijo. Hizo ademán de marcharse, se
paró y miró con curiosidad a Mondschein–. ¿De verdad pensabas que podías elegir
tu puesto..., espía?
TRES
A donde van los transformados
2135
1
El muchacho venusino danzó con agilidad alrededor del Hongo
Dañino que crecía detrás de la capilla, esquivando al asesino verdegrisáceo con
consumada habilidad. En tres saltos dejó atrás el tronco elástico del limolimbo
y se acercó a la apretada fila de humildes tallos mellados que crecían en la
parte posterior del jardín. El muchacho les sonrió, y se apartaron con tanta
diligencia como el mar Rojo ante Moisés algún tiempo antes.
–Aquí estoy –le dijo a Nicholas Martell.
–No creí que regresarías –contestó el misionero vorster.
El muchacho, Elwhit, le miró con aire travieso.
–El hermano Christopher dijo que no podría regresar. Por eso
he venido. Habíame del Fuego Azul. ¿De veras puedes conseguir que los átomos
hagan luz?
–Entra –dijo Martell.
El chico era su primer triunfo desde su llegada a Venus; por
el momento, un triunfo insignificante. Pero Martell no se quejaba. Un paso era
un paso. Había todo un planeta que ganar. Incluso un universo.
Al entrar en la capilla, el chico se hizo el remolón,
repentinamente tímido. ¿Había venido impulsado por simple malicia, o era un
espía enviado por los herejes de la capilla cercana? Daba igual. Martell le
trataría como a un converso en potencia. Activó el altar y el Fuego Azul
alumbró el pequeño recinto; motas de color bailaron sobre los tablones del
techo de madera. La energía brotó del cubo de cobalto, y los rayos, inofensivos
pero impresionantes, provocaron que Elwhit lanzara una exclamación de maravillado
asombro.
–Este fuego es simbólico –murmuró Martell–. Existe una unidad
fundamental en el universo; como los bloques de los juegos de construcción,
¿entiendes? ¿Sabes lo que son las partículas atómicas, protones, electrones,
neutrones, de las que están hechas las cosas?
–Puedo tocarlas –dijo Elwhit–. Puedo moverlas.
–¿Me enseñarás cómo? –Martell recordaba la forma en que el
chico había apartado aquellas plantas afiladas como la hoja de un cuchillo que
había en el jardín posterior. Una mirada, un empujón mental, y habían
retrocedido. Estos venusinos podían teleportarse; estaba seguro–. ¿Cómo mueves
las cosas?
El chico se desentendió de la pregunta con un encogimiento de
hombros.
–Cuéntame más cosas del Fuego Azul –pidió.
–¿Has leído el libro que te di, el que escribió Vorst? Te
dirá todo lo que necesitas saber.
–El hermano Christopher me lo quitó.
–¿Se lo enseñaste? –preguntó Martell, estupefacto.
–Quiso saber por qué había venido a verte. Le dije que
hablaste conmigo y me diste un libro. Me quitó el libro. He vuelto. Dime por
qué estás aquí. Habíame de lo que enseñas.
Martell no había imaginado que su primer converso sería un
niño. Sopesó con cuidado las palabras que pronunció a continuación.
–Nuestra religión es muy parecida a la que enseña el hermano
Christopher, pero existen algunas diferencias. Su gente inventa muchos cuentos.
Son buenos cuentos, pero sólo son cuentos.
–¿Sobre Lázaro, por ejemplo?
–Exacto. Simples leyendas. Intentamos evitar esas cosas.
Intentamos centrarnos en los aspectos básicos del universo. Nosotros...
El chico perdió el interés. Tiró de su túnica y dio un codazo
a una silla. Únicamente le fascinaba el altar. Sus ojos brillantes se desviaron
hacia él.
–El cobalto es radiactivo –dijo Martell–. Es una fuente de
rayos beta: electrones. Recorren el depósito y liberan fotones. Así se produce
la luz.
–Yo puedo detener la luz –dijo el chico–. ¿Te enfadarás
conmigo si la detengo?
Martell sabía que sería una especie de sacrilegio, pero
sospechaba que le sería perdonado. Cualquier indicio de actividad telequinésica
que detectara sería útil.
–Adelante –dijo.
El chico permaneció inmóvil, pero el resplandor disminuyó,
como si una mano invisible hubiera penetrado en el reactor, interceptado el
flujo de partículas. ¡Telequinesis a nivel subatómico! Martell estaba
entusiasmado y estremecido a la vez mientras veían desvanecerse la luz. De
pronto, recuperó su brillo de nuevo. Gotas de sudor resbalaban por la frente
purpuroazulada del muchacho.
–Eso es todo –anunció Elwhit.
–¿Cómo lo haces?
–Me sale –rió el chico–. ¿Tú no sabes?
–Me temo que no. Oye, si te doy otro libro, ¿me prometes que
no se lo enseñarás al hermano Christopher? No me quedan muchos. No puedo
permitirme el lujo de que los armonistas los confisquen todos.
–La próxima vez. No tengo ganas de leer ahora. Volveré. Ya me
lo contarás todo en otra ocasión.
Salió bailando de la capilla y avanzó a saltos entre la
maleza, indiferente a los peligros que acechaban en el sombrío bosque que se
extendía al otro lado. Martell le vio marcharse, sin saber si había logrado su
primer converso o se estaban burlando de él.
Quizá ambas cosas a la vez, pensó el misionero.
Nicholas Martell había llegado a Venus diez días antes, a
bordo de una nave de pasajeros procedentes de Marte. La nave trasportaba
treinta pasajeros, pero ninguno había buscado la compañía de Martell. Diez eran
marcianos, y detestaban compartir la misma atmósfera de Martell. Los marcianos,
ahora que su planeta había sido terraformado a su gusto, preferían llenar sus
pulmones de una mezcla de gases terrestres. Lo mismo le había sucedido a
Martell en otro tiempo, pues era nativo de la Tierra, pero ahora formaba parte
de los transformados, equipado con branquias del más puro estilo venusino.
En realidad, no eran branquias; no le servirían de nada bajo
el agua. Eran filtros de alta densidad, que aprovechaban al máximo las
moléculas de oxígeno decente de la atmósfera venusina. Martell se había
adaptado bien. El helio y otros gases inertes no servían a su metabolismo, pero
se alimentaba de nitrógeno y no ponía auténticos reparos a sustentarse de CO2
durante breves períodos. Los cirujanos de Santa Fe trabajaron en él durante
seis meses. Era cuarenta años demasiado tarde para realizar alteraciones en el
óvulo o en el feto de Martell, como se hacía normalmente para adaptar al hombre
a la vida en Venus, de modo que alteraron al Martell ya adulto. La sangre que
corría por sus venas ya no era roja. Su piel poseía un hermoso tono cianótico.
Era como cualquier persona nacida en Venus.
En la nave también viajaban diecinueve venusinos de pura
cepa, pero no demostraron la menor camaradería con Martell y le obligaron a
desaparecer de su presencia. La tripulación alojó a Martell en una cámara de
almacenaje, disculpándose educadamente.
–Ya sabe cómo son esos arrogantes venusinos, hermano. Una
mirada que induzca a error y se le echarán encima con sus puñales. Quédese
aquí. Estará más seguro –una breve carcajada–. Incluso estará más seguro,
hermano, si vuelve a casa sin poner pie en Venus.
Martell había sonreído. Estaba preparado para lo peor.
Durante los últimos cuarenta años, docenas de miembros
pertenecientes a la orden religiosa de Martell habían sufrido el martirio en
Venus. Era un vorster o, dicho en términos más precisos, un miembro de la
Hermandad de la Radiación Inmanente, y se había integrado en la rama misionera.
Al contrario que sus prodecesores martirizados, Martell se había adaptado
quirúrgicamente a la vida en Venus. Los demás se habían visto obligados a
protegerse con trajes de respiración, limitando tal vez su eficacia. Los vorsters
no se habían abierto camino en Venus, a pesar de que eran el grupo religioso
más numeroso de la Tierra desde hacía más de una generación. Martell, solo y
adaptado, se había impuesto la tarea largamente aplazada de fundar una orden de
la Hermandad en Venus.
Martell recibió una gélida bienvenida al llegar a Venus.
Cuando la nave descendió en picado, atravesando las capas de nubes, las
turbulencias del aterrizaje le marearon. Se recobró y aguardó sentado
pacientemente. Era un hombre flaco, de rostro en forma de cuña y ojos hundidos.
Distinguió a través de la portilla su primera visión de Venus: un terreno
llano, de aspecto fangoso, bordeado por una franja de árboles feos, de tronco
macizo y cuyas hojas azulinas poseían un brillo siniestro. El cielo era gris, y
remolineantes masas de nubes bajas formaban dibujos en espiral contra el fondo
más oscuro. Técnicos robot salían de un edificio cuadrado y de aspecto extraño
para atender las necesidades de la nave. Los pasajeros fueron saliendo.
En la aduana, un venusino de casta inferior miró al vorster
con indiferencia y cogió su pasaporte.
–¿Religioso? preguntó con frialdad.
–Exacto.
–¿Cómo le han permitido venir?
–Tratado de 2128 –dijo Martell–. Un número limitado de
observadores de la Tierra con propósitos científicos, éticos o...
–Corte la historia –el venusino presionó con el dedo una
página del pasaporte y apareció un sello de visado brillante–. Nicholas
Martell. Morirá aquí, Martell. ¿Por qué no vuelve por donde vino? En la Tierra
los hombres viven enternamente, ¿no?
–Viven mucho tiempo, pero tengo trabajo aquí.
–¡Idiota!
–Tal vez convino Martell sin perder la calma–. ¿Puedo irme?
–¿Dónde se alojará? Aquí no hay hoteles.
–La embajada marciana cuidará de mí hasta que me haya
establecido.
–Nunca se establecerá.
Martell no le contradijo. Sabía que hasta un venusino de
casta inferior se consideraba por encima de cualquier terrestre, y que
contradecirle supondría un insulto mortal. Martell no estaba preparado para
entablar un duelo a cuchillo. Como no era orgulloso por naturaleza, estaba
dispuesto a tragarse todos los insultos por el bien de su misión.
El aduanero le indicó que pasara con un ademán. Martell tomó
su única maleta y salió del edificio. «Ahora, un taxi», pensó. Se encontraba a
muchos kilómetros de la ciudad. Necesitaba descansar y hablar con el embajador
marciano, Weiner. Los marcianos no miraban con mucha simpatía su objetivo, pero
al menos toleraban la presencia de Martell. En Venus no había embajada de la
Tierra, ni tan siquiera consulado. Los vínculos entre el planeta madre y su
orgullosa colonia se habían roto mucho tiempo atrás.
En el extremo de la pista aguardaban algunos taxis. Martell
se encaminó hacia ellos. El suelo crujía bajo sus pies, como si fuera una
frágil corteza. El planeta parecía sombrío. Ni un rayo de sol asomaba por entre
las nubes. No obstante, su cuerpo adaptado estaba funcionando bien.
El espaciopuerto tenía un aspecto de abandono, pensó Martell.
Casi únicamente se veían robots. Un equipo de cuatro venusinos se
responsabilizaba del lugar; había los diecinueve de la nave y los diez
marcianos, pero nadie más. Venus era un planeta poco poblado, y apenas contaba
con tres millones de habitantes, diseminados en sus siete espaciosas ciudades.
Los venusinos eran hombres de la frontera, legendarios por su arrogancia. Había
espacio suficiente para ser arrogante, pensó Martell. Cambiarían su conducta si
pasaran una semana en la abarrotada Tierra.
–¡Taxi! –gritó.
Ningún robocoche se movió de la fila. ¿También los robots
eran arrogantes, o le pasaba algo a su acento? Llamó de nuevo, sin obtener
respuesta.
Entonces, lo comprendió. Los pasajeros venusinos estaban
saliendo y se dirigían hacia la zona reservada a los taxis. Y, por supuesto,
gozaban de preferencia. Martell les miró. Eran hombres de casta superior, al
contrario que el aduanero. Caminaban con altivez, contoneándose, y Martell
comprendió que le derribarían de un puñetazo si se cruzaba en su camino.
Sintió cierto desprecio hacia ellos. ¿Qué eran, sino samurais
de piel azul, señores de la frontera fuera de su tiempo, principillos que
vivían en una fantasía medieval? Hombres seguros de sí mismos, que no
necesitaban baladronear ni someterse a complicados códigos de caballería. Si,
en lugar de considerarles nobles revestidos de una superioridad innata, se
pensaba en ellos como meros hombres impetuosos, inquietos y profundamente
inseguros, era fácil superar la sensación de admiración temerosa que una procesión
semejante despertaba.
Sin embargo, no se conseguía suprimir por completo dicha
admiración.
Porque impesionaba verles
desfilar por la pista. Los venusinos de casta superior e inferior estaban
separados por algo más que la costumbre. Eran biológicamente diferentes. Los de
casta superior fueron los primeros en llegar, las familias fundadoras de la
colonia de Venus, y eran mucho más extraterrestres en cuerpo y mente que los
venusinos de cosecha reciente. Los antiguos procedimientos genéticos eran
rudimentarios, y los primeros colonos habían sido transformados en virtuales
monstruos. Eran seres extraterrestres de unos dos metros y medio de altura,
piel de color azul oscuro sembrada de grandes poros y oscilantes ristras de
branquias que pendían de sus gargantas. No parecían tataranietos de terrícolas
ni por asomo. Una vez avanzado el proceso de colonizar Venus, había sido
posible adaptar los hombres al segundo planeta sin variar en exceso el modelo
humano básico. Ambas castas de venusinos, surgidas de manipulaciones genéticas,
apenas se distinguían. Las dos compartían el mismo exagerado sentido del honor
y el mismo desdén por la Tierra; las dos eran extraterrestres por dentro y por
fuera, en cuerpo y espíritu. Con todo, aquellos cuyos ancestros descendían de
los más transformados entre los transformados, detentaban el poder, hacían gala
de su peculiaridad y consideraban al planeta su patio de recreo.
Martell vio cómo los venusinos de casta superior entraban
solemnemente en los vehículos que esperaban y se alejaban. No quedó ningún
taxi. Los diez pasajeros marcianos de la nave montaron en un taxi aparcado al
otro lado de la terminal. Martell volvió a entrar en el edificio. Los venusinos
de casta inferior le observaron con el rostro ceñudo.
–¿Cuándo podré conseguir un taxi que me lleve a la ciudad?
–preguntó Martell.
–No podrá. Hoy ya no volverán.
–En ese caso, llamaré a la embajada marciana. Enviarán un
vehículo para que me recoja.
–¿Está seguro? ¿Por qué se iban a molestar?
–Quizá tenga razón. Será mejor que vaya andando.
La reacción de los marcianos recompensó su bravata. Le
miraron sorprendidos y asombrados. Quizá también admirados, como si pensaran
que estaba loco. El hermano Martell salió de la terminal y empezó a caminar,
siguiendo una estrecha carretera, mientras su cuerpo alterado respiraba el aire
de aquel planeta extraño.
2
Fue un paseo solitario. No circulaba ningún vehículo ni se
divisaba la menor señal de lugar habitado que rompiera la monotonía de la
vegetación que bordeaba la carretera. Los árboles, de tono azulino, tétricos y
siniestros, se alzaban como torres sobre la carretera. Sus hojas afiladas como
cuchillos centelleaban a la débil y difusa luz. De vez en cuando se oía un
crujido en el bosque, como si algún animal acechara entre los arbustos.
Martell, sin embargo, no vio nada. Continuó andando. ¿Cuántos kilómetros, doce,
veinte? Estaba dispuesto a seguir caminado hasta el fin de los tiempos, si
fuera necesario. Contaba con las fuerzas necesarias.
Su mente bullía de planes. Levantaría una pequeña capilla y
pregonaría la oferta de la Hermandad: la vida eterna y la conquista de las
estrellas. Era posible que los venusinos le amenazaran con matarle, pues ya
habían asesinado a otros misioneros de la Hermandad, pero Martell estaba
dispuesto a morir, si era preciso, para que los demás llegaran a las estrellas.
Su fe era fuerte. Antes de partir, los altos cargos de la Hermandad le habían
deseado en persona buena suerte. El canoso Reynolds Kirby, coordinador
hemisférico, le había estrechado la mano, y mayor había sido su sorpresa cuando
vio aparecer a Noel Vorst, el Fundador, una legendaria figura que rebasaba los
cien años de edad.
–Sé que tu misión será fructífera, hermano Martell –le había
dicho con voz suave.
El recuerdo de aquel glorioso momento todavía emocionaba a
Martell.
Siguió adelante, guiado por el contorno de algunas casas
apartadas de la carretera. Por consiguiente, estaba llegando a las afueras de
la ciudad. En este mundo de pioneros, las costumbres de los pioneros se
mantenían, y los colonos procuraban construir sus casas a cierta distancia de
las otras. Se hallaban esparcidas en un área circular que rodeaba los
principales centros administrativos. Los muros de la altura de un hombre que
aislaban las primeras casas a la vista no le sorprendieron; estos venusinos eran
tan poco amigables que construirían un muro alrededor del planeta su pudieran.
En cualquier caso, no tardaría en llegar a la ciudad, y entonces...
Martell se detuvo cuando vio que una rueda se precipitaba
sobre él.
Su primer pensamiento fue que se había desprendido de algún
vehículo. Después comprendió que no se trataba de una pieza mecánica, sino de
una forma de vida salvaje venusina. Apareció sobre un promontorio de la
carretera y se abalanzó sobre Martell a una velocidad aproximada de ciento
cincuenta kilómetros por hora. Martell tuvo una diáfana aunque momentánea
visión: dos ruedas de algún material córneo, moteadas de naranja y amarillo,
unidas por una estructura interna semejante a una caja. Las ruedas medían, como
mínimo, tres metros de diámetro. La estructura que las conectaba era más
pequeña, de manera que el borde de las ruedas salía proyectado. Los bordes
estaban afilados como una navaja. La criatura se movía mediante una
transferencia incesante de su peso al cuerpo central, y adquirió una
aceleración terrorífica cuando cargó contra el misionero.
Martell saltó hacia atrás. La rueda pasó de largo, a
escasísimos centímetros de sus pies. Martell tuvo tiempo de ver lo afilado que
estaba el borde, y un olor acre hirió su olfato. Si se hubiera movido con más
lentitud, la rueda le habría partido en dos.
Recorrió unos cien metros sin detenerse. Después, como un
giroscopio descontrolado, ejecutó un giro sorprendentemente cerrado y cargó de
nuevo sobre Martell.
«Ese bicho se propone cazarme», pensó el misionero.
Conocía muchas técnicas de combate vorster, pero ninguna
estaba pensada para enfrentarse a una bestia semejante. Sólo podía continuar
esquivándola y confiar en que la rueda fuera incapaz de alterar bruscamente su
trayectoria. El animal se acercó a toda velocidad; Martell contuvo el aliento y
saltó a un lado de nuevo. Esta vez, la rueda viró con brusquedad. Su borde
izquierdo seccionó el borde colgante de la capa azul de Martell, y un trozo de
tela cayó sobre el pavimento. Martell, jadeante, vio que la criatura giraba
para embestirle otra vez, y comprendió que podía corregir su curso. Unas
tentativas más y le acanzaría.
La rueda atacó por tercera vez.
Martell esperó hasta el último momento. Cuando los bordes
afilados se encontraban a sólo unos centímetros de distancia, saltó por encima
del animal. Sus músculos educados en la Tierra le permitieron elevarse seis
metros, gracias a la reducida gravedad. Estaba casi seguro de que le partiría
en dos antes de completar el salto, pero cuando sus pies tocaron tierra
comprobó que seguía entero. Martell giró sobre sus talones y comprobó que había
sorprendido a la bestia; ésta había girado hacia dentro, hacia el lugar donde
suponía que Martell se encontraba, y había arrollado su maleta, partiéndola
como si un rayo láser la hubiera alcanzado. Sus pertenencias estaban esparcidas
sobre la carretera. La rueda se detuvo, disponiéndose a atacarle una vez más.
¿Y ahora, qué? ¿Trepar a un árbol? Las ramas del más próximo
brotaban a seis metros de altura. Martell no tendría tiempo de trepar hasta
ponerse a salvo. La única posibilidad residía en seguir saltando de lado a lado
de la carretera, intentando anticiparse a los movimientos de la criatura.
Martell sabía que no aguantaría mucho más. Se cansaría, al contrario que la
rueda, y los bordes cortantes le despedazarían, esparciendo sus tripas sobre el
pavimento. No le parecía correcto morir inútilmente sin haber comenzado antes
su trabajo.
La rueda atacó. Martell la esquivó y oyó que pasaba con un
sonido silbante. ¿Se estaría irritando? No, se trataba simplemente de un ser
irracional que buscaba comida, que cazaba siguiendo el dictado de una
naturaleza perversa. Martell respiró hondo. La próxima acometida...
De súbito, ya no estaba solo. Un muchacho acudió corriendo
desde uno de los edificios cercados que coronaban la colina, y trotó paralelo a
la rueda durante unos metros. Entonces (Martell no comprendió el motivo), la
rueda se torció y cayó, con los discos alzados en el aire. Quedó tendida como
un queso gigantesco, bloqueando la carretera. El chico, no mayor de diez años,
parecía complacido consigo mismo. Era de casta inferior, por supuesto. Uno de
casta superior no se habría molestado en salvarle. Martell llegó a la
conclusión de que el muchacho, probablemente, ni siquiera había pensado en
salvarle, sino que había derribado la rueda por pura diversión.
–Te doy las gracias, amigo –dijo Martell–. Un segundo más y
me habría cortado en pedazos.
El muchacho no respondió. Martell se acercó para examinar la
rueda caída. Su borde superior se agitaba de frustración mientras pugnaba por
enderezarse... Una tarea imposible, por lo visto. Martell bajó la mirada y vio
un quiste violeta oscuro cerca del centro de una rueda, retorcido y abierto.
–¡Cuidado! –gritó el chico, pero ya era demasiado tarde.
Dos tentáculos semejantes a látigos surgieron del quiste. Uno
se enrolló alrededor del muslo izquierdo de Martell, y el segundo atrapó al
muchacho por la cintura. Martell experimentó una oleada de dolor, como si los
tentáculos estuvieran provistos de ventosas ribeteadas de ácido. Una boca se
abrió en la estructura interna de la rueda. Martell observó unos contundentes y
afilados salientes similares a dientes que empezaban a agitarse de
anticipación.
Sin embargo, estaba en condiciones de hacer frente a la
situación. No podía detener las temerarias embestidas de la rueda, pura energía
mecánica en funcionamiento, pero era probable que el cerebro de la bestia
poseyera una carga eléctrica, y los vorsters conocían formas de alterar las
corrientes cerebrales. Era una forma menor de poder extrasensorial, al alcance
de quien se tomara la molestia de dominar las disciplinas implicadas. Martell,
ignorando el dolor, aferró con la mano derecha el tentáculo y ejecutó el acto
de neutralización. Un momento después, el tentáculo se aflojó y Martell estuvo
libre, al igual que el muchacho. Los tentáculos no se retrayeron hacia el
quiste, sino que se derrumbaron flaccidamente sobre la carretera. Los afilados
dientes se inmovilizaron; la placa córnea de la rueda superior dejó de moverse.
El ser estaba muerto.
Martell miró al chico.
–En paz –dijo–. Yo te he salvado y tú me has salvado.
–Tú aún sigues en deuda –replicó el muchacho con extraña
solemnidad–. Si yo no te hubiera salvado primero, no habrías vivido lo
suficiente para salvarme. En cualquier caso, no habría sido necesario salvarme,
porque yo no habría salido a la carretera, y por tanto...
Martell abrió los ojos de par en par.
–¿Quién te ha enseñado a razonar así? –preguntó, divertido–.
Pareces un profesor de teología.
–Soy el pupilo del hermano Christopher.
–Y él es...
–Ya lo descubrirá. Quiere verle. Me envió a buscarle.
–¿Y dónde le encontraré?
–Venga conmigo.
Martell siguió al chico hasta uno de los edificios. Dejaron
la rueda muerta en la carretera. Martell se preguntó qué ocurriría si un
vehículo cargado de venusinos de casta superior se topaba con el cadáver y
tenían que apartarlo del camino con sus aristocráticas manos.
Martell y el muchacho atravesaron un bruñido portal de cobre
que se abrió al aproximarse el chico. Se detuvieron ante un sencillo edificio
de madera en forma de A. Cuando advirtió el letrero colgado sobre la puerta, se
sorprendió tanto que soltó su maleta rota, y sus pertenencias cayeron al suelo
por segunda vez en diez minutos.
El letrero decía:
SANTUARIO DE LA ARMONÍA TRASCENDENTE
SED TODOS BIENVENIDOS
Martel sintió que las piernas le fallaban. ¿Armonistas? ¿Aquí?
Los herejes de hábito verde, vastagos del movimiento vorster
original, habían hecho algunos progresos en la Tierra durante un tiempo, dando
la impresión de que llegarían a constituir una amenaza para la organización de
la que habían nacido. Sin embargo, desde hacía más de veinte años no eran más
que un absurdo grupillo insignificante de disidentes. Parecía inconcebible que
estos herejes, tan fracasados en la Tierra, hubieran establecido una iglesia en
Venus, algo que había resultado imposible para los vorsters. Era imposible. Era
impensable.
Una figura apareció en el umbral. Se trataba de un hombre
corpulento, de unos sesenta años, cabello que empezaba a encanecer y rasgos que
anticipaban cierta tendencia a engordar. Como Martell, estaba adaptado
quirúrgicamente a las condiciones de Venus. Parecía tranquilo y seguro de sí
mismo. Sus manos descansaban sobre una confortable panza eclesiástica.
–Soy Christopher Mondschein –dijo–. Me he enterado de su
llegada, hermano Martell. ¿Quiere entrar?
Martell vaciló.
–Vamos, vamos, hermano –sonrió Mondschein–. No existe peligro
en compartir el pan con un armonista, ¿verdad? A estas alturas se habría
convertido en carne picada de no ser por la valentía del chaval, y yo le envié
a salvarle. Me debe la cortesía de una visita. Entre, entre. No pervertiré su
alma, se lo prometo.
3
El enclave armonista era modesto, pero de carácter
permanente. Había un templo, adornado con las estatuillas y parafernalia de la
herejía, una biblioteca y una zona de vivienda. Martell divisó a varios chicos
venusinos que trabajaban en la parte posterior del edificio, cavando lo que
debían de ser los cimientos de un anexo. Martell siguió a Mondschein a la
biblioteca. Se fijó en una colección de libros que le resultaron familiares:
las obras de Noel Vorst, bellamente encuadernadas, la carísima Edición del Fundador.
–¿Le sorprende? –preguntó Mondschein–. No olvide que nosotros
también aceptamos la supremacía de Vorst, a pesar de que nos rechaza. Siéntese.
¿Le apetece un poco de vino? Aquí hacen un blanco seco excelente.
–¿Qué está haciendo en Venus?
–¿Yo? Es una historia terriblemente larga, que no dice mucho
en mi favor. Podría resumirla diciendo que era joven y estúpido y dejé que me
enviaran aquí. Eso ocurrió hace cuarenta años, y ahora ya no me arrepiento de
lo sucedido. He comprendido que fue lo mejor que pudo pasarme. Supongo que es
una señal de madurez poder asumir...
La incoherencia de Mondschein irritó la mente precisa de
Martell.
–No me interesa su historia personal, hermano Mondschein –le
interrumpió–. Le preguntaba desde cuándo está su orden aquí.
–Unos cincuenta años.
–¿Ininterrumpidamente?
–Sí. Tenemos ocho templos aquí y unos cuatro mil fieles,
todos de casta inferior. Los de casta superior no se dignan fijarse en
nosotros.
–Tampoco se dignan a expulsarles –observó Martell.
–Es cierto. Quizá estemos más allá de su desprecio.
–Pero han asesinado a todos los misioneros vorsters que han
venido aquí. Nos destruyen a nosotros, les toleran a ustedes. ¿Por qué?
–Tal vez perciben una fuerza en nosotros que no encuentran en
la organización madre –sugirió el hereje–. Admiran la fuerza, por supuesto.
Usted ya debe saberlo, de lo contrario no se habría atrevido a salir de la
terminal. Usted demostró fuerza, pese a la tensión nerviosa. De todas formas,
no le habría servido de mucho su demostración si la rueda le hubiera
despedazado.
–Como estuvo a punto de suceder.
–Como sin duda habría sucedido si no me hubiera enterado de
su llegada. Su misión habría concluido de una forma prematura. ¿Le gusta el
vino?
Martell apenas lo había probado.
–No está mal. Dígame, Mondschein, ¿de veras se dejan
convertir los nativos?
–Algunos. Algunos.
–Me cuesta creerlo. ¿Qué saben ustedes que nosotros no
sepamos?
–No se trata de lo que sabemos, sino de lo que ofrecemos.
Venga conmigo a la capilla.
–Prefiero no hacerlo.
–Por favor. No le hará ningún daño.
Martell, a regañadientes, se dejó conducir al
sanctasanctórum. Contempló con desagrado los iconos, las imágenes y toda la
basura armonista. En lugar del pequeño reactor que emitía radiación azul
Cerenkov propio de las capillas vorsters, brillaba sobre el altar un modelo del
átomo, a lo largo del cual se movían incesantemente centelleantes simulacros de
electrones. Martell no se consideraba un hombre fanático, pero era fiel a su
fe, y la visión de aquella parafernalia infantiloide le enfermó.
–Neol Vorst es el hombre más brillante de nuestro tiempo
–dijo Mondschein–, y no hay que subestimar sus logros. Vio que la cultura de la
Tierra se fragmentaba y caía en decadencia, vio que la gente se entregaba a las
drogas, a las Cámaras de la Nada y a cientos de vicios deplorables. Y vio que
las viejas religiones habían perdido su fuerza, que era el momento adecuado
para fundar un credo nuevo, sintético y ecléctico que prescindiera del
misticismo de las antiguas religiones y lo reemplazara por un nuevo tipo de
misticismo, un misticismo científico. El Fuego Azul de su invención, un símbolo
maravilloso, capaz de cautivar la imaginación y encandilar al ojo, tan bueno
como la cruz y la media luna, incluso mejor, porque era moderno, era
científico, podía ser entendido al tiempo que desconcertaba. Vorst tuvo la
perspicacia de establecer su culto y la capacidad admistrativa de llevarlo
adelante con éxito. Pero le faltó algo para redondear su pensamiento.
–Una conclusión precipitada, teniendo en cuenta que
controlamos la Tierra como ninguna religión del pasado jamás...
–Convengo en que los logros alcanzados en la Tierra son
impresionantes –sonrió Mondschein–. La Tierra estaba madura para las doctrinas
de Vorst. ¿Por qué fracasó en los demás planetas, pues? Porque su pensamiento
era demasiado avanzado. No ofrecía nada capaz de rendir los corazones y los
espíritus de los colonos.
–Ofrece la inmortalidad con el cuerpo actual –dijo Martell
con crispación–. ¿No es suficiente?
–No. No ofrece un mito, sino un frío toma y daca: acude a la
capilla, paga el diezmo y tal vez vivirás para siempre. Es una religión seglar,
a pesar de todas las letanías y rituales introducidos. Carece de poesía. Falta
un Cristo naciendo en el pesebre, un Abraham sacrificando a Isaac, un destello
de humanidad, un...
–Un sencillo cuento de hadas –interrumpió Martell, brusco–.
Estoy de acuerdo. Ese es el punto capital de nuestra enseñanza. Irrumpimos en
un mundo que ya no era capaz de creer en las viejas historias, y en lugar de
inventar otras nuevas ofrecimos sencillez, energía, el poder de los avances
científicos.
–Y lograron el control político de casi todo el planeta,
mientras establecían al mismo tiempo magníficos laboratorios que llevaban a
cabo una investigación avanzada sobre la longevidad y la percepción
extrasensorial. Estupendo. Estupendo. Admirable. Pero ahí fracasaron. Nosotros
estamos triunfando. Tenemos una historia que contar, la historia de Noel Vorst,
el Primer Inmortal, redimido por el fuego atómico, purificado del pecado.
Ofrecemos a nuestros feligreses la posibilidad de ser redimidos por Vorst y por
el profeta posterior de la Armonía Trascendente, David Lázaro. Poseemos algo
capaz de cautivar la fantasía de los venusinos de casta inferior, y dentro de
una generación haremos lo propio con los de casta superior. Son pioneros,
hermano Martell. Han cortado todos los vínculos con la Tierra y están empezando
de nuevo por sus propios medios, en una sociedad de unas pocas generaciones de
edad. Necesitan mitos. Están modelando sus propios mitos aquí. ¿No cree que
dentro de un siglo los primeros colonos de Venus serán considerados seres
sobrenaturales, Martell? ¿No cree que para entonces serán santos armonistas?
Martell estaba auténticamente asombrado.
–¿Es ése su juego?
–En parte.
–Lo que están haciendo es volver al cristianismo del siglo
quinto.
–No exactamente. También continuamos el trabajo científico.
–¿Cree en lo que enseña?
Mondschein sonrió de una forma extraña.
–Cuando yo era joven –dijo–, era acólito vorster en la
capilla de Nyack. Ingresé en la Hermandad porque significaba un trabajo.
Necesitaba estructurar mi vida, y tenía la infundada esperanza de ser enviado a
Santa Fe para que hicieran experimentos de inmortalidad conmigo; por eso me
enrolé. Por el más frivolo de los motivos. ¿Sabe, Martell, que no sentía la
menor vocación religiosa? Ni siquiera el asunto vorster, trillado, secular, me
hacía mella. Tras una serie de confusiones que todavía no me explico y que ni
siquiera empezaré a explicarle, abandoné la Hermandad, me uní al movimiento
armonista y vine aquí como misionero. El misionero que ha logrado más éxitos en
Venus, según parece. ¿Cree que la mitología armonista puede emocionarme si fui
demasiado racional para aceptar el pensamiento vorster?
–Por lo tanto, vende con el mayor cinismo estas tonterías de
santos e imágenes. Lo hace para conservar su influencia. Un mercachifle de
panaceas, un predicador de pacotilla en las regiones salvajes de Venus...
–Cálmese –le aconsejó Mondschein–. Estoy consiguiendo
resultados. Y, tal como Noel Vorst debió de decirle, no nos interesan los
medios, sino los fines. ¿Le apetece arrodillarse y orar un rato?
–Por supuesto que no.
–En ese caso, ¿puedo orar por usted?
–Acaba de decirme que no cree en su propia doctrina.
–Hasta las plegarias de un incrédulo pueden ser oídas –sonrió
Mondschein–. ¿Quién sabe? Sólo hay una cosa segura: usted morirá aquí, Martell.
Por lo tanto, rezaré por usted, para que atraviese la llama purificadora de las
frecuencias máximas.
–Basta de tonterías. ¿Por qué está tan seguro de que moriré
aquí? Es una falacia dar por sentado que, como todos los anteriores misioneros
vorsters fueron martirizados aquí, yo también lo seré.
–Si nuestra posición en Venus ya es bastante precaria, la
suya será insostenible. Venus no le quiere. ¿Puedo decirle la única manera que
tiene de sobrevivir más de un mes?
–Hágalo.
–Únase a nosotros. Cambie el hábito azul por el verde.
Necesitamos todos los hombres capacitados que podamos conseguir.
–No sea absurdo. ¿Cree de veras que haría algo semejante?
–Cabe la posibilidad. Muchos hombres han dejado su orden por
la mía..., incluso yo.
–Prefiero el martirio.
–¿Y a quién beneficiará su gesto? Sea razonable, hermano.
Venus es un lugar fascinante. ¿No le apetece vivir para verlo? Únase a
nosotros. Aprenderá los rituales enseguida. Verá que no somos unos ogros. Y...
–Gracias. Me marcho, con su permiso.
–Había confiado en que sería invitado en la cena.
–No es posible. Me esperan en la embajada marciana, si no me
encuentro con más fieras locales en la carretera.
Mondschein aceptó con serenidad el rechazo a su
invitación..., una invitación que, pensaba Martell, no podía haber hecho en
serio.
–Permítame, al menos –dijo el armonista–, que le ofrezca un
medio de transporte para ir a la ciudad. Estoy seguro de que el orgullo que
siente por su santidad no le impedirá aceptarlo.
–Con mucho gusto –sonrió Martell–. Podré contarle una
historia divertida al coordinador Kirby: cómo salvaron los herejes mi vida y me
acompañaron en coche a la ciudad.
–Después de intentar hacerle abjurar de su fe.
–Naturalmente. ¿Puedo marcharme ya?
–Sólo tardaré unos momentos en preparar el coche. ¿Quiere
esperar fuera?
Martell hizo una inclinación con la cabeza y escapó aliviado
de la capilla hereje. Atravesó el edificio y desembocó en el patio, un espacio
despejado de unos quince metros cuadrados, bordeado de escamosos arbustos
verdegrisáceos cuyas flores de gruesos pétalos poseían un espeluznante aspectro
carnívoro. Cuatro muchachos venusinos, incluyendo el que había rescatado a
Martell, trabajaban en la excavación. Usaban herramientas normales, palas y
picos, y Martell tuvo la desagradable sensación de haber retrocedido al siglo
XIX. Aquí no era posible encontrar los sofisticados artefactos de la Tierra,
tan numerosos y familiares.
Los chicos le miraron con frialdad y prosiguieron trabajando.
Martell los observó. Eran delgados y ágiles, de edades que debían de oscilar
entre los nueve y catorce años, aunque resultaba difícil decirlo. Parecían
hermanos. Sus movimientos eran graciosos, casi elegantes, y sus pieles azules
brillaban a causa del sudor. Martell tuvo la sensación de que la estructura
ósea de sus cuerpos era mucho más extraña de lo que había imaginado; hacían
cosas imposibles con sus articulaciones mientras trabajaban.
De repente, tiraron a un lado los picos y las palas y
juntaron las manos. Los ojos brillantes se cerraron por un momento. Martell vio
que la tierra suelta surgía del pozo y formaba por sí sola un pulcro montón a
unos seis metros de distancia.
«Son teleimpulsores –pensó Martell maravillado–. ¡Vaya con
los niños!»
El hermano Mondschein apareció en aquel preciso momento.
–El coche está esperando, hermano –dijo con suavidad.
4
Mientras entraba en la ciudad venusina, Martell no podía
apartar de su pensamiento la indiferente proeza de los cuatro muchachos. Habían
sacado del pozo unos centenares de kilos de tierra, utilizando poderes
extransensoriales, y los habían depositado limpiamente en el lugar elegido.
¡Impulsores! Martell tembló de excitación apenas reprimida.
Los espers de la Tierra formaban ahora una tribu numerosa, pero sus talentos
eran por lo general telepáticos, sin extenderse en dirección a la telequinesis
en grado significativo. Tampoco podía controlarse el desarrollo de sus poderes.
Un minucioso programa de reproducción, ya en su cuarta o quinta generación,
estaba intensificando los poderes extrasensoriales existentes. A un esper
dotado le era posible introducirse en la mente de un hombre y reordenar su
contenido, e incluso sondear los secretos más ocultos. También existían algunos
precogs, que recorrían en uno y otro sentido la secuencia temporal, como si
todos los puntos del trayecto fueran uno solo, pero solían «quemarse» en la
adolescencia, y sus genes ya no eran de utilidad para el banco. Impulsores
(teleportadores) que pudieran mover objetos físicos de un lugar a otro eran tan
raros en la Tierra como las aves fénix. ¡Y había cuatro en el patio trasero de
una capilla armonista de Venus!
Nuevas tensiones se agitaban en Martell. Durante su primer
día había hecho dos descubrimientos inesperados: la presencia de armonistas en
Venus y la presencia de impulsores entre ellos. De repente, su misión había
adquirido una urgencia apremiante. Ya no se trataba simplemente de establecer
una avanzadilla en un mundo hostil, sino de evitar ser vencidos y aplastados
por una herejía que consideraban en declive.
El coche que Mondschein le había proporcionado dejó a Martell
ante la embajada marciana, un pequeño y macizo edificio situado frente a la
inmensa plaza que parecía constituir toda la ciudad. El papel de los marcianos
en lograr que Martell fuera a Venus había sido decisivo, y una visita al
embajador era de una importancia capital.
Los marcianos respiraban aire de tipo terrestre y no querían
adaptarse a las condiciones venusinas. Por tanto, una vez en el interior del
edificio, Martell tuvo que aceptar una capucha respiratoria que le protegería
de la atmósfera de su planeta natal.
Nat Weiner, el embajador, doblaba en edad a Martell, y quizá
era todavía más viejo, cerca de los noventa. De cuerpo vigoroso, sus hombros
eran tan anchos que parecían desproporcionados en relación a sus caderas y
piernas.
–Así que finalmente ha venido –dijo Weiner–. Creí que tendría
más sentido común.
–Somos gente resuelta, ciudadano Weiner.
–Lo sé. Hace mucho tiempo que estudio sus métodos –la mirada
de Weiner parecía perderse en la lejanía–. Más de sesenta años, de hecho.
Conocí al coordinador Kirby antes de su conversión... ¿Se lo ha dicho?
–No me lo mencionó –contestó Martell. Sintió un hormigueo en
la piel. Kirby había ingresado en la Hermandad veinte años antes de que Martell
naciera. Vivir un siglo no era raro en estos tiempos, y el propio Vorst estaría
en su vigésima o trigésima década, pero, pese a todo, resultaba estremecedor
pensar en un período de tiempo tan dilatado.
–Fui a la Tierra para negociar un acuerdo comercial –sonrió
Weiner–, y Kirby fue mi carabina. En aquel tiempo trabajaba para las Naciones
Unidas. Se lo hice pasar mal. Me gustaba beber entonces. Creo que nunca
olvidará aquella noche –clavó su mirada en los ojos inmóviles de Martell–.
Quiero que sepa, hermano, que no puedo proporcionarle protección si es atacado.
Mi responsabilidad sólo abarca a los ciudadanos de Marte.
–Comprendo.
–Mi consejo sigue siendo el mismo que le di al principio.
Vuelva a la Tierra y viva hasta una edad avanzada.
–No puedo hacerlo, ciudadano Weiner. He venido a cumplir una
misión.
–¡Ah, la dedicación! ¡Maravilloso! ¿Dónde construirá su
capilla?
–En la carretera que lleva a la ciudad. Quizá más cerca de la
ciudad que el templo armonista.
–¿Y dónde vivirá hasta terminar de construirla?
–Dormiré al raso.
–Aquí existe un ave a la que llaman alcaudón. Es grande como
un perro, sus alas parecen de cuero viejo y su pico es como una lanza. Una vez
la vi precipitarse desde ciento cincuenta metros de altura sobre un hombre que
echaba una siesta en un campo despejado. El pico le clavó en la tierra.
–Hoy he sobrevivido al encuentro con una rueda –dijo Martell,
imperturbable–. Quizá también pueda esquivar a un alcaudón. En cualquier caso,
no permitiré que me atemoricen.
Weiner asintió con la cabeza.
–Le deseo buena suerte –dijo.
Suerte fue lo único que consiguió Martell del embajador, pero
aun así se sintió agradecido. Los marcianos se mostraban fríos hacia los
terráqueos y todo cuanto producían, incluidas las religiones. No odiaban a los
terrestres, como aparentaban los venusinos de ambas castas; los marcianos no
eran seres alterados cuyos lazos con el planeta madre eran tenues a lo sumo,
sino que seguían siendo muy parecidos a los terrestres. Por otra parte, eran
colonizadores duros y agresivos que sólo velaban por sus propios intereses.
Hacían de intermediarios entre la Tierra y Venus porque les era beneficioso;
aceptaban a los misioneros de la Tierra porque eran inofensivos. A su modo,
eran tolerantes, pero reservados.
Martell salió de la embajada marciana y se puso al trabajo.
Tenía dinero y energías. No podía contratar mano de obra venusina directamente,
porque trabajar a las órdenes de un terráqueo constituiría una afrenta para
cualquier venusino, incluso de casta inferior, pero sería posible contratar
trabajadores por mediación de Weiner. Los marcianos, por descontado, recibirían
una comisión por sus servicios.
Se contrataron hombres y se alzó una modesta capilla. Martell
dispuso su diminuto reactor para que entrara en funcionamiento. Solo en la
capilla, permaneció de pie en silencio mientras el Fuego Azul cobraba
resplandeciente vida.
Martell no había perdido su capacidad de asombro. No era un
místico, sino un hombre de mundo, pero la visión de la luz que brotaba del
reactor sumergido en agua le fascinó, y cayó de rodillas, tocando su frente en
un gesto de sumisión. No llevaba sus sentimientos religiosos al extremo de la
idolatría, como los armonistas, pero intuía el poderío del movimiento al que
había dedicado su vida.
El primer día, Martell sólo procedió a las ceremonias de
consagración. El segundo, tercero y cuarto aguardó esperanzado a que algún
miembro de la casta inferior experimentara la curiosidad suficiente para entrar
en la capilla. No acudió ninguno.
Martell no se molestó en salir a la busca de fieles. Todavía
no. Prefería que, a ser posible, sus conversos fueran voluntarios. La capilla
siguió vacía. Al quinto día recibió una visita..., la de un ser parecido a una
rana, de veinticinco centímetros de largo, la frente erizada de horribles
cuernecillos y espinas de aspecto mortífero que brotaban de sus hombros. ¿Es
que no había en ese planeta formas de vida desprovistas de armas o corazas?, se
preguntó Martell. Empujó la rana con el pie para echarla afuera. El animal
gruñó y trató de clavarle los cuernos en el pie. Martell se apartó a tiempo,
interponiendo una silla. El cuerno izquierdo de la rana se clavó tres
centímetros en la madera; cuando lo sacó, un fluido iridiscente resbaló por la
pata de la silla, abriendo un surco en la madera. Martell jamás había sido
atacado por una rana. Al segundo intento consiguió expulsarla sin sufrir ningún
daño. Bonito planeta, pensó.
Al día siguiente, hubo una visita más alegre: Elwhit. Martell
le reconoció; era uno de los chicos que teleportaban tierra en la parte trasera
del recinto armonista. Apareció como por arte de magia.
–Tienes Hongos Dañinos aquí –dijo sin otros preámbulos.
–¿Eso es malo?
–Matan a la gente. Se la comen. No los pises. ¿Eres de veras
un religioso?
–Yo creo que sí.
–El hermano Christopher dice que no debemos confiar en ti,
que eres un hereje. ¿Qué es un hereje?
–Un hereje es un hombre que no está de acuerdo con la
religión de otro hombre. De hecho, yo pienso que el hermano Christopher es el
hereje. ¿Quieres entrar?
El chico lo miraba todo con los ojos abiertos de par en par,
poseído de una curiosidad insaciable, y no paraba de moverse. Martell ansiaba
interrogarle acerca de sus aparentes poderes telequinésicos, pero sabía que en
este momento era más importante intentar convertirle. Las preguntas que deseaba
hacerle sólo conseguirían alejarle. Martell, paciente y trabajosamente, le
explicó lo que ofrecían los vorsters. Era difícil analizar la reacción del
chico. ¿Significarían algo los conceptos abstractos para un niño de diez años?
Martell le dio el libro de Vorst, el texto sencillo. El chico prometió volver.
–Ten cuidado con los Hongos Dañinos –dijo al marcharse.
Pasaron unos días hasta que el chico regresó con la noticia
de que Mondschein le había confiscado el libro. A Martell, en cierta forma, le
complació saberlo. Era una señal de que los armonistas estaban asustados. «Que
conviertan las enseñanzas de Vorst en algo prohibido y me llevaré a los cuatro
mil conversos de Mondschein», pensó Martell.
Dos días después de la segunda visita de Elwhit, un hombre de
rostro grande, ataviado con el hábito armonista, entró en la capilla.
–Estás tratando de robarnos a ese chico, Martell –dijo sin
presentarse–. No lo hagas.
–Vino por voluntad propia. Puedes decirle a Mondschein...
–El niño siente curiosidad, pero sufrirá si sigues
permitiéndole que venga. Disuádele la próxima vez, Martell. Por su bien.
–Estoy intentando alejarle de vosotros por su bien –replicó
el vorster con tranquilidad. Y haré lo mismo con todos los que vengan. Estoy
dispuesto a luchar con vosotros para quedármelo.
–Le destruirás. Caerá en la lucha. Déjale en paz. Disuádele.
Martell no pensaba rendirse. Elwhit significaba el medio de
poner una pica en Venus, y sería una locura desperdiciar la ocasión.
A última hora de la tarde se presentó otro visitante, tan
amistosamente como la rana cornuda. Era un fornido venusiano de casta inferior,
provisto de un puñal enfundado bajo cada axila. No había venido para rezar.
–Apaga esa cosa y deshazte de las materias fisionables antes
de diez horas –dijo, señalando el reactor.
–Es necesario para nuestra observancia religiosa –replicó
Martell, el ceño fruncido.
–Son materias fisionables. Aquí está prohibido disponer de un
reactor privado.
–En la aduana no pusieron objeciones –observó Martell–.
Declaré el cobalto 60 y expliqué su propósito. Me permitieron introducirlo.
–Las aduanas son las aduanas. Ahora estás en la ciudad, y yo
digo no a las materias fisionables. Necesitas un permiso para hacer lo que
estás haciendo.
–¿Y dónde consigo el permiso? –preguntó Martell,
contemporizando.
–En la policía. Yo soy la policía. Petición denegada. Apaga
el artilugio.
–¿Y si no lo hago?
Martell pensó por un instante que el presunto policía le
apuñalaría en el acto. El hombre retrocedió como si Martell le hubiera escupido
en la cara.
–¿Me estás desafiando? –preguntó, tras un inquietante
silencio.
–Te estoy haciendo una pregunta.
–Te pido, basándome en mi autoridad, que te deshagas de ese
reactor. Si desafías mi autoridad, me desafías a mí. ¿Está claro? No pareces un
hombre de acción. Actúa con inteligencia y haz lo que te digo. Diez horas. ¿Me
has oído?
Se marchó.
Martell meneó la cabeza, entristecido. ¿Era la defensa de la
ley una cuestión de orgullo personal? Bien, sólo cabía esperar esto. Más aún:
querían que apagara su reactor, y sin reactor la capilla no sería una capilla.
¿Podía apelar? ¿A quién? Si se enfrentara al intruso y le matara, ¿le
conferiría ello derecho a mantener encendido el reactor? En cualquier caso,
difícilmente daría ese paso.
Martell decidió no rendirse sin lucha. Acudió a las
autoridades, o a quienes pasaban por ser las autoridades en aquel lugar, y
después de esperar cuatro horas a que le recibiera un oficial de menor rango,
recibió la instrucción fría y concisa de que desmantelara el reactor cuanto
antes. Sus protestas fueron en vano.
Weiner tampoco le sirvió de ayuda.
–Apague el reactor –le aconsejó el marciano.
–No puedo realizar mis funciones sin él. ¿De dónde se han
sacado esta ley sobre el uso privado de los reactores?
–Probablemente la inventaron en su honor –insinuó Weiner con
afabilidad–. No hay forma de evitarlo, hermano. Tendrá que cerrarlo.
Martell volvió a la capilla. Encontró a Elwhit esperando en
la escalinata. El chico parecía preocupado.
–No cierres –dijo.
–No lo haré –Martell le invitó a entrar–. Ayúdame, Elwhit.
Enséñame. He de aprender.
–¿El qué?
–¿Cómo desplazas las cosas con tu mente?
–Me meto en su interior. Me apodero de lo que hay dentro.
Existe una fuerza. Es difícil explicarlo.
–¿Te enseñaron a hacerlo?
–Es como caminar. ¿Qué mueve tus piernas? ¿Qué las hace
enderezarse debajo de ti?
Martell hervía de frustración contenida.
–¿Puedes decirme qué sientes cuando lo haces?
–Calor. En la parte superior de la cabeza. No lo sé. No
siento gran cosa. Habíame del electrón, hermano Nicholas. Cántame la canción de
los fotones.
–Enseguida –Martell se agachó para mirar al chico a los
ojos–. ¿Tu padre y tu madre pueden mover cosas?
–Un poco. Yo puedo mover más.
–¿Cuándo descubriste que podías hacerlo?
–La primera vez que lo hice.
–¿Y no sabes cómo...? –Martell se calló. No tenía sentido.
¿Cómo iba a describir un niño de diez años una función telequinésica? Lo hacía
con la misma naturalidad que respiraba. Era preciso embarcarlo hacia la Tierra,
hacia Santa Fe, y dejar que el Centro de Ciencias Biológicas Noel Vorst le
echara un vistazo. Pero sería imposible, obviamente. El chico no iría, y no
sería muy ético enviarle contra su voluntad.
–Cántame la canción –pidió Elwhit.
–En nombre del
espectro, del quantum y del sagrado angstrom...
La puerta de la capilla se abrió y entraron tres venusinos:
el jefe de policía y dos agentes. El muchacho giró sobre sus talones y se
escabulló en dirección a la parte posterior.
–¡Cogedle! –aulló el jefe de policía.
Martell protestó a voz en grito. Fui inútil. Los dos agentes
persiguieron al chico hasta el patio. Martell y el jefe de policía les
siguieron.
Los agentes rodearon al muchacho. De repente, el más
corpulento salió disparado por los aires, pateando violentamente mientras caía
sobre el mortífero grupo de Hongos Dañinos que crecían entre la maleza.
Aterrizó con un golpe sordo. Se produjo un gemido ahogado. Martell había
observado que los Hongos Dañinos se movían con rapidez. El moho carnívoro
devoraba cualquier cosa orgánica; los filamentos pegajosos, que reaccionaban
con ominosa velocidad, se pusieron en acción al instante. El agente quedó
atrapado en una red de zarcillos cuyas enzimas adhesivas entraron en
funcionamiento al cabo de un segundo. Debatirse empeoraba la situación. El
hombre se agitó y estiró, pero los zarcillos se multiplicaron, clavándole en el
suelo. Había llegado el momento de las enzimas digestivas. Un aroma dulzón y
nauseabundo brotó del macizo de Hongos Dañinos.
Martell no tuvo tiempo de examinar el proceso de disolución.
El venusino atrapado en los funestos anillos de limo estaba a punto de morir;
el agente superviviente, con el rostro casi blanco de miedo y rabia, atacó al
muchacho con un cuchillo.
Elwhit se lo arrebató de la mano. Intentó reunir fuerzas para
lanzarle sobre el grupo de hongos, pero su cara estaba perlada de sudor, y los
músculos que tensaban sus mejillas hablaban bien a las claras de su lucha
interna. El agente se tambaleó, resistiéndose a la telequinesis. Martell se
quedó petrificado. El jefe de policía se precipitó hacia adelante con el
cuchillo en alto.
–¡Elwhit! –chilló Martell.
Ni un telequinésico podía defenderse de una puñalada en la
espalda. La hoja se hundió profundamente. El chico se desplomó. En el mismo
momento, vencida la presión ejercida sobre él, el agente cayó al suelo. El jefe
agarró al herido y convulso muchacho y le arrojó a los Hongos Dañinos. Fue a
parar junto a los restos del agente muerto, y Martell contempló horrorizado
cómo los siniestros zarcillos se apoderaban del niño. Sintió náuseas. Tuvo que
apelar a las técnicas disciplinarias para que su mente reaccionara.
Para entonces, el jefe de policía y el agente habían
recuperado la serenidad. Echaron una brevísima ojeada a los dos cadáveres
disueltos, agarraron a Martell y le obligaron a entrar de nuevo en la capilla.
–Ha asesinado a un niño –dijo Martell, sin poder
controlarse–. Le apuñaló por la espalda. ¿Dónde está su honor?
–Lo aclararé ante nuestros tribunales, cura. Ese chico era un
asesino, influido por doctrinas peligrosas. Sabía que íbamos a clausurar la
capilla. Estar aquí constituía una violación de la ley. ¿Por qué no ha apagado
el reactor?
Martell luchaba por encontrar las palabras precisas. Quería
decir que no pensaba aceptar la derrota, que se iba a quedar aquí, decidido a
luchar hasta el martirio si era necesario, a pesar de la orden que le conminaba
a cerrar el templo. Sin embargo, el brutal asesinato de su único converso había
doblegado su voluntad.
–Apagaré el reactor –dijo con voz hueca.
–Hágalo.
Martell lo desmanteló. Los policías aguardaron, e
intercambiaron miradas de complacencia cuando la luz se desvaneció.
–No es una capilla de verdad sin esa luz encendida, ¿verdad,
cura? –preguntó el agente.
–No –respondió Martell–. Creo que también voy a cerrar la
capilla.
–No ha durado mucho.
–No.
–Míralo, con esas branquias que se agitan –dijo el jefe de
policía–. Todo para parecerse a nosotros, ¿y a quién ha engañado? Vamos a darle
una lección.
Avanzaron hacia él. Ambos eran hombres corpulentos y fuertes.
Martell estaba desarmado, pero no les tenía miedo. Sabía defenderse. Se
acercaron a él, dos figuras de pesadilla, grotescamente inhumanas, de ojos
brillantes y hendidos, párpados internos que se movían arriba y abajo por
efecto de la tensión, narices pequeñas que oscilaban, branquias temblorosas.
Martell hizo un esfuerzo para recordarse que era tan monstruoso como ellos;
ahora era un transformado. Su hermano.
–Démosle una fiesta de despedida –dijo el agente.
–Han conseguido su propósito –objetó Martell–. Voy a cerrar
la capilla. ¿También necesitan atacarme? ¿De qué tienen miedo? ¿Tan peligrosas
son las ideas para ustedes?
Un puño se hundió en la boca de su estómago. Martell se
tambaleó, retuvo el aliento y se esforzó en conservar la calma. El canto de una
mano golpeó su garganta. Martell la desvió de un manotazo y aferró la muñeca.
Se produjo un breve intercambio de iones y el agente se derrumbó, maldiciendo.
–¡Cuidado! ¡Es eléctrico!
–No pretendo hacerles daño –advirtió Martell–. Déjenme salir.
Las manos volaron hacia los cuchillos. Martell esperó.
Después, poco a poco, la tensión disminuyó. Los venusinos se hicieron a un
lado, como dando la discusión por concluida. Después de todo, habían logrado
dar al traste con la misión vorster, y ahora parecían ser reacios a enfrentarse
con el misionero derrotado.
–Largúese de la ciudad, terrícola –masculló el jefe de
policía–. Vuelva a su lugar de origen. No vuelva a enredarnos con su religión
de pacotilla. No nos interesa ninguna. ¡Fuera!
5
No hay negrura comparable a la del cielo nocturno de Venus,
pensó Martell. Era como una capa de lana que envolviera la cúpula del
firmamento. Ni una estrella, ni un rayo de luna atravesaba aquel arco de
tinieblas. Sin embargo, despuntaba una luz, ocasional e intermitente: grandes
aves predadoras, diabólicamente luminosas, rasgaban la oscuridad en el momento
más inesperado. Martell, de pie en la terraza posterior de la capilla
armonista, observó el vuelo de un ser resplandeciente, a menos de treinta metros
de altura, suficiente para divisar la hilera de garras ganchudas que erizaban
los bordes sobresalientes de las alas curvadas en forma de flecha.
–Nuestras aves también tienen dientes –dijo Christopher
Mondschein.
–Y las ranas tienen cuernos –señaló Martell–. ¿Por qué es tan
perverso este planeta?
–Pregúnteselo a Darwin, amigo mío –rió Mondschein–. Sucedió
así. ¿Así que ha conocido a nuestras ranas? Unos biche jos mortales. Y ha visto
una rueda. También tenemos peces muy divertidos. Y fauna carnívora. Sin
embargo, carecemos de insectos. ¿Se imagina? Ni un artrópodo terrestre. Hay
algunos deliciosos en el mar, por supuesto, una especie de escorpión más grande
que un hombre, un tipo de langosta de garras espantosamente enormes, pero aquí
nadie entra en el mar.
–Lo entiendo muy bien –dijo Martell. Otra ave luminiscente
pasó volando, rozó los árboles y se alejó. De su cabeza plana brotaba un
resplandeciente órgano carnoso del tamaño de un melón, oscilando al extremo de
un grueso pedúnculo.
–¿De modo que quiere unirse a nosotros, después de todo?
–dijo Mondschein.
–En efecto.
–¿Infiltrándose, Martell? ¿Espiando?
Las mejillas de Martell se cubrieron de rubor. Los cirujanos
le habían respetado dicha reacción, que se manifestaba con un color gris
oscuro.
–¿Por qué me acusa? –preguntó.
–¿Por qué otro motivo se uniría a nosotros? Se expresó con
mucha contundencia la semana pasada.
–Eso fue la semana pasada. Mi capilla está cerrada. Vi con
mis propios ojos cómo asesinaban a un muchacho que confiaba en mí. No deseo
contemplar más asesinatos similares.
–¿Admite, por tanto, que fue culpable de su muerte?
–Admito haber permitido que pusiera en peligro su vida.
–Nosotros se lo advertimos.
–Pero no tenía ni idea de la crueldad de las fuerzas que se
abatirían sobre mí. Ahora, sí. No puedo soportarlo solo. Deje que me una a
ustedes, Mondschein.
–Demasiado transparente, Martell. Vino aquí ansioso de
convertirse en mártir. Ha tirado la toalla demasiado pronto. Es obvio que
pretende espiar nuestro movimiento. Las conversaciones nunca son tan sencillas,
y usted no es un hombre fácil de convencer. Sospecho de usted, hermano.
Martell observó un pájaro centelleante que se recortaba
contra el fondo oscuro.
–¿Se niega a aceptarme, pues?
–Esta noche le concedemos asilo. Por la mañana tendrá que
marcharse. Lo siento, Martell.
Por más persuasivo que se mostrase, la decisión del armonista
no cambiaría. Martell no estaba sorprendido, ni tampoco decepcionado; unirse a
los armonistas había sido una estrategia de dudoso éxito, y esperaba el rechazo
de Mondschein. Si hubiera aguardado seis meses a solicitar el ingreso, quizá la
respuesta habría sido diferente.
Se mantuvo apartado mientras el pequeño grupo de armonistas
celebraba los ritos vespertinos. No los llamaban «vísperas», desde luego, pero
Martell solía identificar a los herejes con la religión más antigua. Tres
terráqueos alterados estaban destinados en la misión, y las voces de ambos
subordinados hacían coro con la de Mondschein al interpretar los himnos, que
parecían ofensivos en su religiosidad, pero al mismo tiempo algo conmovedores.
Siete venusinos de casta inferior participaban en el servicio. Después, Martell
compartió una cena a base de carne desconocida y vino ácido con los tres
armonistas. Su presencia no les incomodó; de hecho, casi parecían satisfechos.
Uno, Bradlaugh, era delgado y de aspecto frágil, brazos largos y facciones
cómicamente embotadas. El otro, Lázaro, era robusto y atlético, de ojos vacuos
y piel tensa como una máscara sobre su ancha cara. Era el que había visitado la
malograda capilla de Martell. Éste sospechaba que Lázaro era un esper. Su
apellido despertó la curiosidad del misionero.
–¿Es usted pariente del
Lázaro? –preguntó.
–Su sobrino nieto. Nunca llegué a conocerle.
–Parece que nadie ha llegado a conocerle –dijo Martell–. A
veces pienso que el presunto fundador de su herejía no es más que un mito.
Los rostros que le rodeaban se pusieron rígidos.
–Conozco a alguien que le vio una vez –dijo Mondschein–. Un
hombre impresionante, en su opinión: alto e imponente, con cierto aire
majestuoso.
–Como Vorst –señaló Martell.
–Muy parecido a Vorst. Líderes naturales, ambos –Mondschein
se puso en pie–. Buenas noches, hermanos.
Martell se quedó a solas con Bradlaugh y Lázaro. Se produjo
un incómodo silencio. Al cabo de un rato, Bradlaugh se levantó y habló con
frialdad.
–Le acompañaré a su habitación.
El cuarto era pequeño, provisto únicamente de un catre.
Martell se quedó satisfecho. Había menos símbolos religiosos de los que
esperaba, y era un lugar adecuado para dormir. Rezó sus oraciones con gran
rapidez y cerró los ojos. Poco después, una capa de sueño ligero recubrió la
agitación que le embargaba.
La capa se quebró.
Se oyeron unas carcajadas retumbantes y ásperas. Algo golpeó
las paredes de la capilla. Martell consiguió despertarse a tiempo de oír un
grito apagado.
–¡Entregadnos al vorster!
Se incorporó. Alguien entró en su habitación. Era Mondschein.
–Están borrachos –susurró el armonista–. Han estado de juerga
toda la noche y ahora vienen a armar camorra.
–¡El vorster! –rugió alguien fuera.
Martell miró por la ventana. Al principio no vio nada;
después, a la luz de los farolillos que alumbraban los muros externos de la
capilla, vislumbró siete u ocho figuras titánicas que se tambaleaban de un lado
a otro del patio.
–¡Miembros de la casta superior! –jadeó Martell.
–Uno de nuestros espers nos avisó hace una hora –dijo
Mondschein–. Tenía que suceder tarde o temprano. Saldré y les calmaré.
–Le matarán.
–No es a mí a quien persiguen.
Martell le vio salir del edificio. Sobre él se cerró el
anillo de venusinos borrachos, y Martell dedujo, por su actitud amenazadora,
que le iban a hacer daño. Vacilaron. Mondschein les hizo frente con
determinación. Dada la distancia, Martell no distinguía lo que decían.
Parlamentaban, probablemente. Los gigantes iban armados y se tambaleaban. Un
ser luminoso pasó sobre el grupo, y Martell vislumbró de súbito los rostros de
los hombres de casta superior, alienígenas, deformados, aterrorizantes. Sus
pómulos parecían hojas de cuchillo; sus ojos eran meras hendiduras. Mondschein,
dando la espalda a la ventana, gesticulaba, hablando sin duda con rapidez y
vehemencia.
Un venusino levantó una enorme piedra y la arrojó contra la
blanca pared de la misión. Martell se mordió los nudillos. Hasta él llegaron
fragmentos de conversación, palabras inquietantes.
–Deja que le atrapemos... Podemos terminar con todos
vosotros... Ya es hora de que os aplastemos como sapos...
Mondschein levantó las manos. ¿Imploraba, o sólo trataba de
calmar los ánimos de los venusinos?, se preguntó Martell. Se le antojó un gesto
hueco, inútil. En la Hermandad no se rezaba para obtener una recompensa. Se
vivía bien, se servía a la causa, y la recompensa llegaba a su debido momento.
Martell se tranquilizó. Se puso el hábito y salió al exterior.
Nunca había estado tan cerca de hombres de casta superior.
Despedían un olor fétido, un olor que a Martell le recordó la rueda.
Contemplaron con incredulidad la aparición del vorster.
–¿Qué quieren? –preguntó Martell.
Mondschein le dedicó una fugaz mirada.
–¡Vuelva adentro! ¡Estoy negociando con ellos!
Un venusino desenvainó la espada. La hundió treinta
centímetros en la tierra esponjosa, se apoyó en ella y dijo:
–¡Aquí tenemos al curita! ¿A qué esperamos?
–No debería haber salido –dijo Mondschein, indeciso–. Aún
existía una esperanza de serenarles.
–Ni la menor esperanza. Destruirán todo lo que usted ha hecho
aquí si no les apaciguo. No tengo derecho a infligirle esta desgracia.
–Usted es nuestro invitado –le recordó Mondschein.
Martell no pensaba aceptar la caridad de los herejes. Tal
como los armonistas sospechaban, había acudido a ellos con la pretensión de
espiar; había fracasado, al igual que en todo lo demás, y no estaba dispuesto a
esconderse tras el hábito verde de Mondschein.
–Entre. ¡Rápido! –ordenó, tomando a Mondschein del brazo.
El armonista se encogió de hombros y desapareció. Martell se
dio la vuelta para encararse con los venusinos.
–¿A qué han venido? –preguntó.
Un escupitajo le alcanzó en plena cara.
–Le empalaremos y le arrojaremos al estanque de Ludlow, ¿eh?
–dijo un venusino, sin hacerle caso.
–¡Lo cortaremos en pedazos y lo asaremos!
–¡Lo ataremos con estacas para que lo devore una rueda!
–He venido en son de paz –dijo Martell–. Os he traído el don
de la vida. ¿Por qué no escucháis? ¿De qué tenéis miedo? –comprendió que eran
como niños grandes, que se divertían empleando su fuerza en aplastar hormigas–.
Sentémonos bajo aquel árbol. Os quitaré la borrachera. Bastará con que me deis
la mano...
–¡Cuidado! –rugió un venusino–. ¡Da corriente!
Martell alargó la mano hacia el gigante más cercano. El
hombre saltó hacia atrás con manifiesta torpeza. Al instante, como para expiar
su falta de agilidad, desenvainó su espada, un centelleante anacronismo tan
largo como Martell. Dos venusinos sacaron sus cuchillos. Se abalanzaron hacia
delante. Martell llenó sus pulmones alterados de aire alienígena y esperó que
su sangre en otro tiempo roja se derramara sobre la tierra. De repente, se
volatilizó.
–¿Cómo ha llegado aquí? –preguntó el embajador Nat Weiner.
–Ojalá lo supiera –replicó Martell.
La súbita luminosidad del despacho deslumbre los ojos de
Martell. Todavía veía las hojas de las temibles espadas que descendían hacia
él. Una sensación de irrealidad le sacudió, como si hubiera abandonado un sueño
para penetrar en otro, en el cual soñaba una historia diferente.
–Este es un edificio de máxima seguridad –dijo Weiner–. No
está autorizado a entrar aquí.
–Ni siquiera estoy autorizado a vivir –replicó el misionero
sin vacilar.
6
Martell sopesó la posibilidad de volver a la Tierra para
contar lo que sabía en Santa Fe. Podría dirigirse al Centro Vorster, donde,
menos de un año antes, había entrado con su aspecto terrícola en una
habitación, saliendo transformado en un ser extraterrestre por obra y gracia de
cuchillas giratorias y láseres cortantes. Podía solicitar una entevista con
Reynolds Kirby e informar al canoso centenario de labios finos de que los
venusinos dominaban la telequinesis, de que eran capaces de desviar una rueda,
lanzar a un atacante a los Hongos Dañinos o teleportar sin el menor daño a un
ser humano a ocho kilómetros de distancia y a través de las paredes.
En Santa Fe debían enterarse. La situación tenía mal aspecto.
La firme implantación de los armonistas en Venus y la abundancia de
teleportadores podían significar un golpe desastroso para el proyecto de Vorst.
Los vorsters habían logrado sustanciales éxitos en la Tierra, por supuesto.
Eran los dueños del planeta. Sus laboratorios habían llevado a cabo
proyecciones estadísticas sobre la duración de la vida que apuntaban a una
longevidad de trescientos o cuatrocientos años sin trasplante de órganos, regenerando
desde el interior del cuerpo; una especie de inmortalidad. No obstante, la
inmortalidad era sólo un objetivo de los vorsters. El otro era llegar a las
estrellas más inalcanzables.
Y en eso les llevaban ventaja los armonistas. Contaban con
teleportadores que ya obraban milagros. Unas pocas generaciones de trabajo
genético, y enviarían expediciones a los demás sistemas solares. Una vez
transportado un hombre a ocho kilómetros de distancia, sano y salvo, sólo era
cuestión de un salto cuantitativo, no cualitativo, enviarle a Proción. Martell
tenía que decírselo. Santa Fe, aquella vasta extensión de edificios en donde
los técnicos escindían genes y los encajaban de nuevo trabajosamente, donde
familias de espers se sometían a interminables pruebas, donde hombres biónicos
realizaban maravillas más allá del alcance de la comprensión, le llamaba.
Pero no fue. Un informe personal parecía innecesario.
Bastaría con un cubo mensaje. Para Martell, la Tierra era ahora un mundo
extraño. Le incomodaba volver y vivir en el interior de un traje respiratorio.
Se negó a embarcarse en un viaje de vuelta.
Gracias a los buenos oficios de Nat Weiner, Martell grabó un
cubo y lo envió a Kirby. Se alojó en la embajada marciana mientras aguardaba la
respuesta. Había expuesto la situación reinante en Venus tal como él la
entendía, expresando su gran temor de que los armonistas les llevaran la
delantera y alcanzaran antes las estrellas. La respuesta de Kirby llegó en su
momento. Agradecía a Martell sus valiosísimos datos. Y se expresaba a
continuación en tono tranquilizador. Decía que los armonistas eran hombres. Si
alcanzaban las estrellas, sería un logro de la raza humana. Ni de ellos ni
nuestro, sino de todos, porque el camino estaría abierto. ¿Seguía su
razonamiento el hermano Martell?, preguntaba Kirby.
Martell experimentó la sensación de que andaba sobre arenas
movedizas. ¿Qué estaba diciendo Kirby? Se mezclaban de cualquier manera medios
y fines. ¿Se cumpliría el propósito de la orden si los herejes conquistaban el
universo? Se irguió frente al altar que había improvisado en su habitación de
la embajada, desolado, buscando respuestas a preguntas imposibles.
Pocos días después volvió con los armonistas.
7
Martell estaba de pie junto a Christopher Mondschein a la
orilla de un lago brillante. El opaco resplandor del sol se filtraba a través
de las espesas nubes, esparciendo una luminosidad sobre el aguaquenoeraagua. El
brillo del agua no era debido a un efecto del sol, sino a los celentéreos
luminosos que bullían en su fondo poco profundo. Sus tentáculos, que las
corrientes hacían oscilar, emitían una suave radiación verdosa.
Había otros animales en el lago. Martell vio que brillaban
bajo la superficie, nervudos y huesudos, de mandíbulas rechinantes y aletas
metálicas. De vez en cuando, un hocico hendía el agua, y un ser feo y delgado
saltaba veinte metros en el aire antes de hundirse de nuevo. Desde las
profundidades asomaban tentáculos retorcidos y erizados de ventosas,
pertenecientes a monstruos que Martell no tenía ningún interés en conocer.
–Pensé que nunca le volvería a ver –dijo Mondschein.
–¿Cuando salí a enfrentarme con los venusinos?
–No. Después, cuando se devaneció. Pensé que estaba
preparándose para volver a la Tierra. Ya sabe que es inútil tratar de fundar un
templo vorster aquí.
–Lo sé, pero llevo la muerte de aquel muchacho sobre mi
conciencia. No puedo marcharme. Le animé a visitarme y por eso murió. Estaría
vivo si le hubiera alejado. Y yo también estaría muerto si uno de sus pequeños
venusinos no me hubiera puesto a salvo teleportándome.
–Teníamos depositadas en Elwhit grandes esperanzas –dijo con
tristeza Mondschein–, pero era demasiado impetuoso. Por eso acudió a nosotros.
Era un chico inquieto. Ojalá le hubiera dejado en paz.
–Hice lo que tenía que hacer –replicó Martell–. Lamento que
acabara tan mal.
Siguió la trayectoria de una sinuosa serpiente negra que se
deslizaba de un lado a otro del lago. Proyectó de súbito unos brazos
extensibles con un gesto terrorífico y se apoderó de un ave que volaba bajo.
–No he vuelto para espiarles –dijo Martell con cautela–. He
venido para unirme a su orden.
Mondschein arrugó levemente su frente azul.
–Por favor. Ya lo hemos discutido antes.
–¡Examíneme! ¡Haga que uno de sus espers me lea la mente! Se
lo juro, Mondschein, soy sincero.
–En Santa Fe le introdujeron una serie de órdenes hipnóticas.
Lo sé. Yo también he pasado por ello. Le enviaron aquí para espiar, pero usted
no lo sabe, y, aunque le sondeáramos, nos costaría mucho descubrir la verdad.
Extraerá toda la información que pueda, volverá a Santa Fe y le pondrán en
manos de un esper que se la sacará, ¿eh?
–No. Nada de eso.
–¿Está seguro?
–Escuche, no creo que manipularan mi mente en Santa Fe. Acudo
a ustedes porque pertenezco a Venus. He sido transformado –extendió las manos–.
Mi piel es azul. Mi metabolismo es la pesadilla de un biólogo. Tengo branquias.
Soy un venusino, y aquí vienen los transformados. No puedo ser un vorster,
porque los nativos no lo aceptarían. Por lo tanto, he de unirme a ustedes. ¿No
lo entiende?
Mondschein asintió con la cabeza.
–Sigo pensando que es un espía.
–Le digo...
–Cálmese. Sea un
espía. No hay problema. Puede quedarse. Puede unirse a nosotros. Será nuestro
puente, hermano. Será el vínculo que conectará a los vorsters con los
armonistas. Juegue a dos bandas, si quiere. Es exactamente lo que queremos.
De nuevo, Martell experimentó la sensación de que el suelo se
hundía bajo sus pies. Imaginó que se precipitaba en un pozo desprovisto de
gravedad, cayendo, cayendo, cayendo eternamente. Escrutó los ojos mansos de
Mondschein, sospechando que tal vez estuviera obsesionado por algún demencial
proyecto universal, una fantasía personal que...
–¿Intenta reunificar ambas órdenes? –preguntó.
–Personalmente, no le respondió Mondschein–. Forma parte del
plan de Lázaro.
Martell pensó que Mondschein se refería a su asistente.
–¿Aquí manda él o usted?
–No me refería al Lázaro de aquí –sonrió Mondschein–. Me
refiero a David Lázaro, el fundador de nuestra orden.
–Está muerto.
–En efecto, pero todavía seguimos el camino que nos trazó
hace medio siglo. Y ese camino contempla la reunificación de ambas órdenes. Es
esencial, Martell. Cada una tiene lo que la otra desea. Ustedes tienen la
Tierra y la inmortalidad. Nosotros tenemos Venus y la teleportación. Todo
apunta a una fusión de intereses, y usted será, posiblemente, uno de los
hombres que ayuden a cimentarla.
–¡No lo dirá en serio!
–Con toda la seriedad de que soy posible –Martell observó que
la expresión de Mondschein se endurecía, apartando la máscara de cordialidad–.
¿Quiere vivir para siempre, Martell?
–No deseo morir, excepto por un fin elevado, desde luego.
–Traducido a palabras vulgares significa que desea vivir
tanto tiempo como pueda, y con honor.
–Exacto.
–Los vorsters se acercan
cada día más a ese objetivo. Tenemos cierta idea de lo que está ocurriendo en
Santa Fe. Una vez, hace cuarenta años, robamos el contenido de un laboratorio
de longevidad. Nos sirvió de ayuda, pero no lo suficiente. No accedimos al
sustrato del conocimiento. Por otra parte, hemos hecho algunos progresos, como
habrá descubierto. La reunificación vale la pena, ¿no? Nosotros alcanzaremos
las estrellas, ustedes la eternidad. Quédese y espíe, hermano. Pienso, y creo
coincidir con Lázaro, que cuantos menos secretos ocultemos, más rápidos serán
los progresos.
Martell no contestó. Un muchacho salió del bosque. Era
venusino, tal vez el que le había salvado de la rueda, tal vez el hermano de
Elwhit. Parecían intercambiables en su peculiaridad. La conducta de Mondschein
se transformó al instante. Sonrió levemente y se olvidó de los temas cósmicos.
–Tráenos un pez –dijo al muchacho.
–Sí, hermano Christopher.
Se hizo el silencio. Las venas de la frente del chico
palpitaron. El agua hirvió en el centro del lago y un chorro de espuma salió
disparado hacia lo alto. Apareció un animal escamoso, de color dorado apagado.
Quedó suspendido en el aire, tres metros de furia frustrada; sus grandes
mandíbulas se abrían y cerraban, impotentes. La bestia se abalanzó sobre el
grupo reunido en la orilla.
–¡Ese no! –jadeó Mondschein.
El muchacho lanzó una carcajada. El enorme pez fue devuelto
al lago. Un instante después cayó a los pies de Martell algo opalescente, un
animal de medio metro de largo, numerosos dientes, aletas que casi eran piernas
y una cola en forma de abanico, provista de púas que se agitaban y estremecían.
Martell se apartó de un salto, pero enseguida comprendió que no se hallaba en
peligro. La cabeza del pez se abatió como golpeada por un puño invisible y
quedó inmóvil. El esbelto y sonriente muchacho, que había sacado del agua al
monstruo y a este pequeño animal igualmente mortífero, podía matar con un leve
impulso de sus lóbulos frontales.
Martell miró a Mondschein.
–¿Todos sus impulsores... son venusinos?
–Todos.
–Confío en que los tenga controlados.
–Yo también –replicó Mondschein. Agarró al pez con cuidado
por una gruesa aleta, procurando que las púas de la cola no le apuntaran–. Un
bocado exquisito, en cuanto saquemos los sacos de veneno, por supuesto.
Cogeremos dos o tres más y esta noche cenaremos demonio marino para celebrar su
conversión, hermano Martell.
8
Le dieron una habitación, le destinaron a trabajos
domésticos, y en sus ratos libres le adoctrinaron sobre los principios de la
Armonía Trascendente. Martell encontró la habitación adecuada y el trabajo
aceptable, pero tragarse la teología le costó bastante más. No podía fingir, ni
en su interior ni de puertas afuera, que tuviera sentido para él. Cristianismo
maquillado, unas gotas de Islam, una pizca de budismo puesto al día, todo ello
encajado en una estructura copiada sin el menor recato de Vorst. Una mezcla
indigesta para Martell. Las enseñanzas de Vorst ya contenían bastante
sincretismo, pero Martell las aceptaba porque se había criado en su seno.
Instruirse en la herejía era muy diferente.
Empezaban con Vorst, aceptándole como profeta del mismo modo
que el cristianismo respetaba a Moisés y el Islam honraba a Jesús. Pero, por
supuesto, existía la posterior desviación, representada por la figura de David
Lázaro. Los escritos de Vorst no mencionaban a Lázaro. Martell conocía su
existencia gracias a sus estudios sobre la historia de la Hermandad de la
Radiación Inmanente, que mencionaban a Lázaro de pasada como una figura
tangencial, un temprano partidario de Vorst y también un temprano disidente.
Pero Vorst vivía y, según afirmaban ambos grupos, viviría
eternamente, en armonía con el cosmos, el Primer Inmortal. Lázaro había muerto,
mártir de la honradez, cruelmente traicionado y asesinado por los prepotentes
vorsters cuando triunfaron en la Tierra.
El Libro de Lázaro narraba la triste historia. Martell sintió
escalofríos cuando leyó:
Lázaro era confiado y carecía de
malicia. Pero los hombres de corazón duro le asaltaron una noche y le
asesinaron, y alimentaron el convertidor con su cuerpo para que no quedara ni
una sola molécula. Y cuando Vorst supo la noticia, derramó amargo llanto y
dijo: Ojalá me hubierais matado a mí en su lugar, porque de esta manera le
habéis concedido una inmortalidad que nunca perderá...
Martell no encontró ni un pasaje de las escrituras armonistas
que desacreditara a Vorst. Incluso se describía el asesinato de Lázaro como
obra de secuaces, ejecutado sin el conocimiento o el deseo de Vorst. Las
escrituras estaban impregnadas de la confianza en que un día la fe se
reunificaría, si bien quedaba patente que los armonistas sólo se plegarían a la
unidad sin que se les impusiera por la fuerza, y en completa igualdad.
Unos meses antes, Martell habría considerado absurdas sus
pretensiones. En la Tierra eran un movimiento insignificante, que cada año
perdía adeptos. Ahora, entre ellos pero no integrado del todo, comprendía que
había subestimado su poder. Venus les pertenecía. Por más que fanfarronearan y
se pavonearan los nativos de casta superior, ya no eran los amos. Había espers
entre los venusinos de la oprimida casta inferior (impulsores, como mínimo), y
habían puesto su destino en manos de los armonistas.
Martell trabajó. Aprendió. Escuchó. Y sintió miedo.
Llegó la estación de las tormentas. Brotaron de las eternas
nubes lenguas de fuego que iluminaron todo Venus. Torrentes de lluvia enconada
azotaron las llanuras. Arboles de ciento cincuenta metros de altura fueron
arrancados de la tierra y transportados a grandes distancias. De vez en cuando,
miembros de la casta superior se acercaban a la capilla para burlarse o
proferir amenazas, y entre carcajadas y alaridos lanzaban gritos de desafío,
mientras en el interior del edificio sonrientes muchachos de casta inferior
aguardaban, dispuestos a defender a sus maestros en caso necesario. En cierta
ocasión, Martell vio a tres hombres de casta superior catapultados a veinte
metros de la entrada cuando intentaban irrumpir por la fuerza.
–Nos ha golpeado un rayo –se dijeron entre sí–. Hemos tenido
suerte de sobrevivir.
La primavera trajo el calor. Martell trabajó en los campos,
arañándose su piel alienígena. Bradlaugh y Lázaro le acompañaron. Ya no tomaba
lecciones. Estaba bien versado en la docrina armonista, pero sin asumirla, y
una barrera de escepticismo, en apariencia infranqueable, le impedía
profundizar en ella.
Entonces, un día sofocante en que el sudor manaba a chorros
de los poros alterados de los exterrícolas, el hermano León Bradlaugh se unió
al cortejo de santos mártires. Sucedió con gran rapidez. Estaban en el campo,
una sombra se cernió sobre ellos, y una voz silenciosa gritó en el interior de
Martell: «¡Cuidado!».
No pudo moverse, pero tampoco estaba escrito que ese día
moriría. Algo cayó a plomo desde el cielo, algo pesado y alado, y Martell vio
un pico de un metro de largo que se hundía en el pecho de Bradlaugh. Brotó un
chorro de sangre cobriza. Bradlaugh se desplomó, empalado por el alcaudón. Este
desenterró el pico y se oyó el sonido de la carne al ser rasgada y destrozada.
Rindieron el último homenaje a los restos de Bradlaugh. El
hermano Christopher Mondschein presidió la ceremonia, y después requirió la
presencia de Martell.
–Ya sólo quedamos tres –dijo–. ¿Te harás cargo de la
enseñanza, hermano Martell?
–Yo no soy de los vuestros.
–Vistes un hábito verde. Conoces nuestras creencias. ¿Aún te
consideras un vorster, hermano?
–Yo... Yo no sé lo que soy. Necesito reflexionar.
–No tardes en darme tu respuesta, hermano. Tenemos mucho que
hacer.
Martell no sabía que en menos de un día sabría de qué lado
estaba. Al día siguiente del funeral de Bradlaugh, llegó la nave de pasajeros
que hacía el trayecto desde Marte cada tres semanas. Martell no se enteró hasta
que Mondschein mandó a buscarle.
–Llévate a uno de los muchachos en el coche, y rápido. ¡Hay
que salvar a un hombre!
Martell no hizo preguntas. La noticia había sido transmitida
mediante una cadena de espers, y su misión se limitaba a obedecer. Entró en el
coche. Uno de los pequeños acólitos venusinos se sentó a su lado.
–¿Qué dirección tomamos? –preguntó Martell.
El chico hizo un gesto. Martell apretó el botón de arranque.
El coche aceleró por la carretera que llevaba a la autopista. Al cabo de cinco
kilómetros, el muchacho gruñó una orden y el coche se detuvo.
Una figura cubierta con un hábito azul se divisaba a un lado
de la carretera, la espalda apoyada contra el tronco de un gigantesco árbol.
Había dos maletas abiertas caídas en la carretera, y un animal de lomo angosto
y peludo, hocico chato y colmillos que recordaban a los de un jabalí estaba
revolviendo su contenido, mientras su pareja atacaba al vorster recién llegado.
El hombre intentaba romper el cerco dando patadas y puñetazos al animal.
El muchacho saltó del coche. Sin el menor esfuerzo aparente,
hizo que los dos animales volaran por los aires y se estrellaran contra unos
árboles, al otro lado de la carretera. Cayeron a tierra, aturdidos pero
resueltos. El chico les hizo levitar de nuevo y entrechocar sus cabezas. Esta
vez dieron media vuelta y huyeron, buscando refugio en unos matorrales.
–Parece que Venus siempre recibe a los recién llegados de
esta manera –dijo Martell–. Mi comité de recepción fue un ser llamado rueda. Y
espero que nunca se tropiece con una. Me habría hecho pedazos de no ser por un
muchacho venusino que tuvo la gentileza de ponerla ruedas arriba. ¿Es usted un
misionero?
El hombre parecía demasiado desconcertado para responder de
inmediato. Enlazó las manos, las separó y se ajustó el hábito.
–Sí... –dijo por fin–. Sí, lo soy. Vengo de la Tierra.
–¿Transformado quirúrgicamente, por lo tanto?
–Exacto.
–Yo también. Me llamo Nicholas Martell. ¿Cómo van las cosas
por Sante Fe, hermano?
Los labios del recién llegado se tensaron. Era un hombrecillo
descarnado, uno o dos años más joven que Martell.
–Si usted es Martell, ¿qué puede importarle? Martell el
hereje. Martell el renegado.
–No. Quiero decir que... yo...
Se quedó callado. Sus manos estrujaron la tela del hábito
verde armonista. Las mejillas le ardían. Asumió con dolor la verdad sobre sí
mismo, que el cambio se había producido de fuera a dentro, y ya no pudo
sostener la mirada de su transformado sucesor en la misión de Venus. Se volvió,
clavando la vista en el espeso bosque que ya no le resultaba alienígena.
CUATRO
Lázaro, levántate y anda
2152
1
La Monopista Uno de Marte, la arteria principal, corría de
este a oeste como una faja de cemento que bordeaba el hemisferio occidental del
planeta. Al norte se extendía la Región del Lago, con sus fértiles campos; al
sur, más cerca del ecuador, se encontraba el anillo de vibrantes estaciones
compresoras, tan fundamentales en la realización del milagro. El ojo observador
podía reconocer todavía los viejos cráteres y hendiduras del paisaje, ocultos
ahora bajo una capa de hierba cortada y ocasionales bosques de pinos.
Los pilones de cemento grises de la monopista avanzaban hacia
el horizonte. De la arteria surgían ramales que conducían a los poblados de las
regiones remotas, y se construían nuevos ramales a medida que se alzaban más
poblados. Desde un punto de vista logístico, habría sido más sencillo que todos
los marcianos vivieran en una macrociudad, pero los marcianos no estaban
dispuesto a ello.
Ahora se estaba construyendo el ramal 7Y, que avanzaba
mediante torpes curvas hasta el nuevo poblado de los lagos Beltran. Ya se
habían alzado pilones de sostén en las tres cuartas partes del trayecto que
separaba la Monopista Uno del poblado; un enorme transportapilones avanzaba por
la campiña, aspirando la arena de los diez metros anteriores y escupiendo
planchas de cemento que clavaba en tierra. Aspirar, escupir, clavar y vuelta a
empezar: aspirar, escupir, clavar. La máquina se movía con rapidez, guiada por
un cerebro homeostático que la mantenía en funcionamiento. Detrás venían las
otras máquinas que armaban la pista entre los pilones y enlazaban las líneas de
utilidad pública que seguirían el trazado de la ruta. Los colonos marcianos
disponían de muchos milagros, pero el impulsador de microondas de la energía
eléctrica ordinaria no era uno de ellos, todavía no, y era preciso enlazar las
líneas de un lugar a otro, como en la Edad Media.
El sistema de la monopista estaba pensado para transportar
grandes pesos. Los marcianos, como todo el mundo, utilizaban torpedos para
trasladarse de un sitio a otro, pero los pequeños y ligeros vehículos no
servían para embarcar materiales de construcción, y este planeta aún tenía que
construirse, ahora que la fase de reconstrucción había concluido. Los
terraformadores se habían ido. En el año de gracia de 2152, Marte era un valle
frondoso, y la inminente tarea consistía en introducir una civilización en el
ya habitable planeta. La población marciana se contaba por millones. Habían
superado la etapa colonizadora y deseaban establecerse para disfrutar los
placeres de la prosperidad económica. Y la monopista avanzaba, kilómetro a
kilómetro, bordeando los mares y salvando lagos y ríos.
Máquinas inteligentes se encargaban de los trabajos pesados.
Los hombres, sin embargo, vigilaban en todo momento a las máquinas. Siempre
podía suceder que la homeostasis se descompensara y el transportapilones se
volviera loco. Había ocurrido años antes. Los relés de cierre se habían borrado
del circuito, y antes de que nadie pudiera impedirlo había veinticinco
kilómetros de pilones entrecruzados en el lago Holliman..., a ochocientos
metros bajo las aguas. Los marcianos odiaban el despilfarro. Las máquinas habían
demostrado que no se podía confiar en ellas por completo, y por tanto las
vigilaban.
Dos personas se encargaban de supervisar la construcción de
este ramal en particular de la Monopista Uno: un hombre de sesenta y ocho años,
delgado y tostado por el sol, llamado Paul Weiner, que tenía buenas conexiones
políticas, y un hombre regordete y pelirrojo llamado Hadley Donovan, que no las
tenía. Los pelirrojos escaseaban en Marte, por las habituales razones
estadísticas, y también los hombres gordos, aunque no tanto como antes. La vida
se había hecho más sedentaria, al igual que los jóvenes marcianos. A Hadley
Donovan le divertían las peculiaridades de sus antepasados, siempre armados con
pistolas, con su rígida etiqueta, sus cuerpos teatralmente estirados, su aire
de gran importancia. Esos amaneramientos tal vez habían sido necesarios en los
días de los pioneros, pensaba Donovan, pero llevaban treinta años pasados de
moda. Se había permitido el lujo de una modesta panza. Sabía que Paul Weiner le
despreciaba.
El sentimiento era mutuo.
Los dos hombres estaban sentados codo con codo en un vehículo
oruga, avanzando lentamente por el paisaje, aún virgen de carretera, cuarenta
kilómetros por delante de la flotilla de transportapilones. Los radiofaros de
respuesta emitían un blip a intervalos regulares; en el tablero de control que
había frente a ellos se encendían y apagaban colores con un brillo evanescente.
Weiner debía controlar el trabajo de la flotilla de transportapilones; Donovan
inspeccionaba el rumbo planificado previamente de la pista, buscando bolsas de
subsuelo blando que el construyepilones no sería capaz de detectar.
Donovan intentaba realizar ambas tareas a la vez. No se
atrevía a confiar ninguna responsabilidad laboral real a un enchufado político
como Weiner. Este era sobrino de Nat Weiner, que ocupaba altos cargos en
consejos directivos, tenía ciento y pico años de edad y viajaba a la Tierra
cada tanto para que los vorsters le extrajeran el páncreas, los riñones y las
arterias carótidas y le implantaran prácticos sustitutos artificiales.
Probablemente, Nat Weiner iba a vivir para siempre, y se dedicaba a colocar poco
a poco miembros de su familia en todas las ramas de la administración pública.
Hadley Donovan, empeñado en supervisar un trabajo que realmente exigía toda la
atención de dos hombres, sintió una vaga desesperación mientras examinaba su
cuadro de mandos y dirigía una mirada disimulada a Weiner cada treinta
segundos, más o menos.
Una luz púrpura apareció en la Pantalla de Anomalías. Donovan
experimentó una leve curiosidad, pero estaba demasiado ocupado con su propio
cometido para mencionarlo a Weiner.
–Capto algo extraño, Donovan –dijo en aquel momento Weiner,
arrastrando las palabras. ¿Qué opina, cuidadano?
Donovan frenó el vehículo oruga y estudió el cuadro de
mandos.
–Parece una cueva de roca subterránea. A unos... seis u ocho
kilómetros de la pista.
–¿Cree que deberíamos echar un vistazo?
–¿Para qué? La pista no pasa por las cercanías.
–¿No siente curiosidad? Tal vez sea la cripta de un tesoro
oculto por los antiguos marcianos.
Donovan no se dignó responder al comentario.
–¿Qué le parece que es, pues? –insistió Weiner–. Tal vez sea
una caverna horadada por una corriente subterránea, ¿no cree? El subsuelo de
Marte contenía grandes masas de agua antes de que terraformaran el planeta. Los
ríos corrían bajo el desierto.
–Puede que se trate tan sólo de una oquedad practicada por
los ingenieros terraformadores –respondió Donovan, irritado–. No comprendo por
qué... Oh, maldita sea. Está bien. Vayamos a investigar. Paralicemos toda la
obra durante media hora. ¿Qué más me da?
Empezó a mover interruptores.
Era una interrupción absurda y estúpida, pero había que
satisfacer la curiosidad del viejo. ¡La cueva del tesoro! ¡Corrientes
subterráneas! Donovan se vio forzado a admitir que no se le ocurría ningún
motivo racional para que hubiera en este lugar una bolsa de espacio abierto
subterráneo. Geológicamente, carecía de sentido.
Se desviaron en dirección al punto. Se hallaba a unos seis
metros bajo sus pies, y la superficie estaba cubierta de hierba, que en
apariencia no había sido hollada. Una sonda sonora confirmó que la cripta tenía
tres metros de largo, casi cuatro de ancho y unos dos y medio de profundidad.
Donovan estaba convencido de que era obra de los terraformadores. En cualquier
caso, no constaba en ningún plano. Llamó a un robot excavador y lo puso a
trabajar.
El techo de la cripta quedó al descubierto al cabo de diez
minutos: una placa de cristal fusionado verde. Donovan se estremeció un poco.
–Creo que hemos localizado una tumba, ¿no cree? –dijo Weiner.
–Dejémoslo correr. No es nuestro problema. Haremos un informe
y...
–¿Qué tenemos aquí? –preguntó Weiner, y deslizó su mano en
una abertura. Dio la impresión de que acariciaba algo en el interior. Sacó
rápidamente la mano cuando un resplandor amarillo se derramó sobre la parte
superior de la cripta.
–Que la bendición de la armonía eterna sea con vosotros,
amigos –dijo una voz–. Habéis llegado al lugar de descanso temporal de Lázaro.
Asistencia médica cualificada me revivirá. Solicito vuestra ayuda. Os ruego que
no intentéis abrir esta cripta si no es con asistencia médica cualificada.
Silencio.
–Que la bendición de la armonía eterna sea con vosotros,
amigos –repitió la voz–. Habéis llegado al lugar...
–Un cubovoz –murmuró Donovan.
–¡Mire! –jadeó Weiner, señalando el techo de la cripta. El
cristal, iluminado desde abajo, ahora era transparente. Donovan divisó una
cripta rectangular. Un hombre delgado, de rostro afilado, yacía de espaldas en
una solución nutritiva; cables alimentadores estaban conectados a sus
extremidades y tronco. Era como una Cámara de la Nada, pero mucho más
complicada. El durmiente sonreía. Había símbolos misteriosos escritos en las
paredes de la cámara. Donovan los reconoció como símbolos armonistas, aquel culto
venusino. Se sintió confundido. ¿Cómo habían llegado hasta aquí?
–El lugar del descanso temporal de Lázaro –dijo el cubovoz.
Lázaro era el profeta de los armonistas. Para Donovan, todas aquellas
religiones eran anodinas. Ahora tendría que informar del descubrimiento, se
retrasaría la construcción de la pista, adquiriría sin quererlo cierto
prestigio y...
Y nada de esto habría ocurrido si Weiner se hubiera quedado
adormilado como de costumbre. ¿Por qué se había fijado en la anomalía que
reflejaba el cuadro de mandos? ¿Por qué?
–Será mejor que se lo digamos a alguien –apuntó Weiner–. Creo
que es importante.
2
En un pequeño edificio oculto en la jungla de Venus, ocho
hombres que no eran hombres se hallaban frente a un noveno. Todos tenían la
piel azul cianótica de Venus, aunque sólo tres la tenían de nacimiento. Los
demás eran productos de la cirugía, terrícolas convertidos en venusinos. No
sólo su cuerpo había sido transformado. Los seis alterados habían sido vorsters
en un período de su desarrollo espiritual.
Los vorsters eran los seres más poderosos de la Tierra. Pero
esto no era la Tierra, sino Venus, y Venus estaba en manos de los armonistas,
llamados en ocasiones los lazaristas por el apellido de su fundador mártir,
David Lázaro. Lázaro, el profeta de la Armonía Trascendente, había sido
asesinado por seguidores de los vorters más de sesenta años antes. Ahora, para
consternación de los fieles...
–Hermano Nicholas, ¿puedes informarnos? –preguntó Christopher
Mondschein, la cabeza visible de los armonistas de Venus.
Nicholas Martell, un hombre delgado y obstinado de edad
madura, miró a sus ocho colegas con aire de preocupación. Había dormido poco
durante los últimos días, y su equilibrio había padecido profundos sobresaltos.
Martell había viajado a Marte para verificar el asombroso informe llegado a los
tres planetas poco antes.
–Coincide con el artículo periodístico. Dos trabajadores se
toparon con la cripta mientras supervisaban la construcción del ramal de la
monopista.
–¿Viste la cripta? –preguntó Monschein.
–Vi la cripta. La rodeaba un cordón de seguridad.
–¿Y Lázaro?
–Se veía una figura en el interior de la cripta. Coincidía
con la imagen de Lázaro que se guarda en Roma. Se parecía a todos a los
retratos. La cripta es una especie de Cámara de la Nada, y la figura está
embutida en su interior. Las autoridades marcianas han examinado el sistema de
circuito de la cripta, y dicen que probablemente estallará en pedazos si
alguien los manipula de forma indebida.
–La figura –insistió un hombre de mejillas huecas llamado
Emory–. ¿La figura es de Lázaro?
–Se parece a Lázaro –dijo Martell–. Recuerde que nunca vi a
Lázaro en persona. Yo aún no había nacido cuando él murió. Si es que murió.
–No diga eso –bufó Emory–. Todo es un fraude. Lázaro murió, y
punto. Fue arrojado al convertidor. No queda nada de él, salvo protones,
electrones y neutrones.
–Así lo afirma nuestra Escritura –le concedió Mondschein.
Cerró los ojos un momento. Era el mayor de los presentes. Llevaba sesenta años
en Venus y había conducido a esta rama del movimiento hasta su posición
dominante actual–. Siempre cabe la posibilidad de que nuestro texto esté
alterado.
–¡No! –exclamó
Emory, joven y conservador–. ¿Cómo puede decir eso?
Mondschein se encogió de hombros.
–Los primeros años de nuestro movimiento, hermano, están
envueltos en la duda. Sabemos que Lázaro existió, que trabajó con Vorst en
Santa Fe, que discutió con Vorst sobre los procedimientos y que fue asesinado,
o al menos apartado. Ya no queda nadie en el movimiento que estuviera
relacionado directamente con Lázaro. Nosotros no vivimos tanto como los
vorsters, ya lo sabe. Por tanto, si Lázaro no fue arrojado al convertidor, sino
simplemente trasladado a Marte en estado de animación suspendida y conectado a una
Cámara de la Nada durante sesenta o setenta años...
Se hizo el silencio en la habitación. Martell dirigió a
Mondschein una dolida mirada de soslayo.
–¿Qué pasará si revive y afirma que es Lázaro? –habló por fin
Emory–. ¿Qué ocurrirá con el movimiento?
–Si llega el caso, lo afrontaremos –replicó Mondschein–.
Según el hermano Nicholas, parece que existen dudas sobre la posibilidad de
abrir la cripta.
–Exacto –corroboró Martell–. Si está preparada para estallar
cuando se manipule...
–Ojalá –interrumpió el hermano Ward, que aún no había
hablado–. Para nuestros propósitos, el mejor Lázaro es el Lázaro mártir.
Podemos conservar la tumba como un lugar de culto, enviar peregrinos y, tal
vez, lograr que los marcianos se interesen. Pero, si vuelve a la vida y empieza
a estropear las cosas...
–Lo que hay en esa cripta no
es Lázaro –dijo Emory.
Mondschein le miró, estupefacto. Emory parecía a punto de
sufrir un ataque de nervios.
–Quizá le convenga descansar un poco –sugirió Mondschein–. Se
toma este asunto demasiado a pecho.
–Es un asunto muy inquietante, Christopher –dijo Martell–. Si
hubieras visto la figura de la cripta... Parece tan angelical, tan confiado en
la resurrección...
Emory gruñó. Mondschein frunció el ceño un momento, y en
respuesta la puerta se abrió y entró un nativo venusino, uno de los espers que
los armonistas llevaban tanto tiempo recogiendo en Venus.
–El hermano Emory está cansado, Neerol –dijo Mondschein. El
venusino asintió con la cabeza. Su mano se cerró sobre la muñeca de Emory,
púrpura oscuro sobre añil intenso. Se formó un nexo. Se produjo un momentáneo
flujo neural. Se abrieron algunas compuertas en el cerebro de Emory. Éste se
relajó y el venusino le condujo fuera de la sala.
Mondschein paseó su mirada alrededor.
–Hemos de proceder sobre la hipótesis –dijo– de que el
auténtico cuerpo de David Lázaro ha aparecido en Marte, de que nuestro libro
está equivocado acerca de su destino y de que existe la posibilidad de que el
cuerpo enterrado en la cripta pueda ser devuelto a la vida. La pregunta es:
¿cómo vamos a reaccionar?
Martell, que había visto la cripta y ya nunca volvería a ser
el mismo, fue el encargado de responder.
–Sabéis que siempre me he mostrado escéptico sobre el valor
carismático de la historia de Lázaro. No obstante, considero que la situación
nos puede proporcionar ciertos beneficios. Si conseguimos apoderarnos de la
cripta y convertirla en el centro simbólico de nuestro movimiento... Algo que
cautive la imaginación de la gente...
–Exactamente –aprobó Ward–. Poseer un mito siempre ha
constituido nuestro mayor atractivo. La competencia cuenta con Vorst y sus
milagros médicos, Santa Fe y todo eso, pero carece de algo que conmueva el
corazón. Nosotros nos hemos aprovechado del martirio de Lázaro para controlar
Venus, cosa que los vorsters jamás pudieron hacer. Y ahora que Lázaro resucita
de entre los muertos...
–Vas desencaminado –dijo Mondschein–. Lo ocurrido en Marte no
concuerda con la leyenda. No estaba previsto que Lázaro resucitara. Fue
reducido a átomos. Imagínate que unos arqueólogos descubrieran que Cristo no
fue crucificado, sino decapitado. Imagínate que saliera a la luz que Mahoma
nunca puso el pie en La Meca. Si ese hombre es realmente Lázaro, significa que
nuestra propia mitología nos ha jugado una mala pasada. Podría destruirnos.
Podría hacer naufragar todos nuestros logros.
3
A cuarenta y cinco kilómetros de la pintoresca ciudad de
Santa Fe, los laboratorios del Centro de Investigaciones Biológicas Noel Vorst
se alzaban en el interior de un anillo de montañas oscuras. En este lugar, los
cirujanos transformaban seres vivos en extraterrestres. En este lugar, los
técnicos manipulaban genes laboriosamente. En este lugar, familias de espers se
sometían a incesantes rondas de experimentos, y hombres biónicos empujaban sin
piedad a sus cobayas humanos hacia un nuevo estadio de la existencia. El Centro
era una máquina poderosa, que trabajaba con un propósito firme y determinado.
Hombres inconcebiblemente viejos constituían el corazón de la
máquina.
El núcleo del movimiento se hallaba en el edificio rematado
por una cúpula situado cerca del salón de actos principal, donde Noel Vorst
residía cuando se trasladaba a Santa Fe. Vorst, el Fundador, reconocía más de
un siglo y cuarto de existencia. Algunos decían que estaba muerto, que el Vorst
que aparecía a veces en las capillas de la Hermandad era un robot, un
simulacro. A Vorst le divertían tales rumores. A estas alturas, la mayor parte
de su cuerpo era artificial, pero sin duda estaba vivo, y no tenía la menor
intención de morir. Si hubiera planeado morir, jamás se habría tomado la
molestia de fundar la Hermandad de la Radiación Inmanente. Los primeros años
habían sido muy duros. No es agradable ser considerado un chiflado.
Entre quienes habían considerado a Vorst un chiflado en
aquellos días se encontraba su actual lugarteniente, el Coordinador Hemisférico
Reynolds Kirby. Este se había unido a la Hermandad en una época de crisis
personal, buscando algo a lo que aferrarse en medio del vendaval. Ocurrió en
2077. Setenta y cinco años más tarde, continuaba aferrado. A estas alturas ya
era el alter ego de Vorst, un anexo
del alma del Fundador.
Sin embargo, el Fundador no había confiado en Kirby para
manejar el problema de Lázaro. Por primera vez en muchos años, Vorst había
guardado reserva sobre los detalles de un plan. Había cosas que no se podían
compartir. Cuando se trataba de temas relacionados con David Lázaro, Vorst los
mantenía in pectore, incapaz de
confiar ni siquiera en Kirby.
El Fundador se mecía en un balancín de espuma trenzada que le
evitaba padecer casi todos los rigores de la gravedad. En otros tiempos había
sido un gigante vigoroso y dinámico, y aún hacía uso de estas virtudes si la
ocasión lo requería, pero prefería la comodidad. Era necesario que se reservara
las fuerzas. Su plan había funcionado bien, pero sabía que podía fracasar sin
su guía.
Kirby, labios finos, cabello grisáceo, cuerpo compuesto en su
mayor parte de órganos artificiales como el de Vorst, estaba sentado frente a
él. Los laboratorios vorsters ya no precisaban esos torpes artilugios mecánicos
para prolongar la juventud. Durante la generación anterior habían conseguido
estimular la regeneración desde dentro, el renacimiento del cuerpo, sin duda el
método más preferible. Kirby había nacido demasiado pronto, al igual que Vorst.
Para ellos, el camino hacia la inmortalidad condicional pasaba por la
sustitución de órganos. Con suerte, vivirían dos o tres siglos más,
sometiéndose a revisiones periódicas. Los hombres más jóvenes, aquellos que se
habían integrado en el movimiento durante los últimos cuarenta años, tenían una
esperanza de vida que se elevaba a varios cientos de años. Vorst sabía que
algunas de la personas que actualmente vivían nunca morirían.
–Sobre el asunto de Lázaro... –dijo Vorst.
Su voz provenía de un vocoder. Le habían extirpado la laringe
sesenta años antes. Sin embargo, el efecto resultaba bastante conseguido.
–Podríamos infiltrar a nuestros hombres –respondió Kirby–,
con la ayuda de Nat Weiner. Lanzaremos una bomba sobre esa cripta y le
concederemos al señor Lázaro el descanso eterno.
–No.
–¿No?
–Por supuesto que no –dijo Vorst. Bajó los protectores que
lubricaban sus ojos–. No debe ocurrirle nada a esa cripta ni al hombre que hay
en su interior. Nos infiltraremos, desde luego. Tendrás que utilizar tu
influencia con Weiner, pero no para destruir. Vamos a resucitar a Lázaro.
–Que vamos a...
–Como presente para nuestros amigos, los armonistas. Para
demostrar nuestro gran efecto hacia nuestros hermanos en la Unidad.
–No –dijo Kirby. Los músculos de su rostro descarnado se
tensaron, y Vorst advirtió que estaba realizando ajustes en la adrenalina,
intentando conservar la calma ante este asalto a su lógica–. Es el profeta de
los herejes. Sé que tienes tus motivos para alentarles a expandirse en ciertos
lugares, Noel, pero devolverles su profeta... No tiene sentido.
Vorst golpeó con el dedo un adorno de su escritorio. Se abrió
un compartimiento y apareció el libro de Lázaro, las escrituras herejes. A
Kirby pareció sorprenderle su presencia allí, en el cuartel general del
movimiento.
–Lo has leído, ¿verdad? –preguntó Vorst.
–Por supuesto.
–Te hace saltar las lágrimas. Cómo asaltaron mis
desvergonzados seguidores a ese gran y bondadoso hombre llamado David Lázaro y
le dieron muerte. Uno de los actos más blasfemos desde la Crucifixión, ¿eh? La
mancha de nuestro historial. Somos los malos de la historia de Lázaro. Y aquí
tenemos a Lázaro, conservado en salmuera en Marte durante los últimos sesenta
años. Pese a lo que el libro afirma, no se le aniquiló físicamente. Estupendo.
¡Espléndido! Emplearemos todos los recursos de Santa Fe en la tarea de
devolverle la vida. El gran gesto ecuménico. Sabrás sin lugar a dudas que
abrigo la esperanza de reunifícar las dos ramas escindidas de nuestro
movimiento.
Los ojos de Kirby brillaron por un momento.
–Llevas diciendo eso sesenta o setenta años, Noel. Desde que
los armonistas se separaron. ¿Lo dices en serio?
–Soy sincero en todo. Claro que les haré volver. Bajo mis
condiciones, naturalmente, pero serán bienvenidos. Todos servimos a la misma
causa de manera diferente. ¿Conociste a Lázaro?
–La verdad es que no. Yo no era muy importante en la
Hermandad cuando él murió.
–Lo había olvidado. Me cuesta ubicar a todo el mundo en su
molde temporal. Confundo los períodos. Aun así... Tú ascendías hacia la cumbre
cuando Lázaro se escindió. Yo respetaba a ese hombre, Kirby. Sentí su muerte, a
pesar de su gran equivocación. Mi propósito es redimir el pecado de la
Hermandad resucitando a Lázaro. Su apellido es de lo más apropiado, ¿no crees?
Kirby tomó una esfera metálica brillante del escritorio, una
especie de pisapapeles, y jugueteó con ella. Vorst esperó. Tenía la esfera a la
vista para que los visitantes la tomaran y descargaran sus tensiones en ella.
Sabía que, para muchos que acudían a entrevistarse con él, presentarse ante
Vorst era como ascender a la cumbre del monte Sinaí para escuchar la Ley. Vorst
lo encontraba fascinante. Contempló a Reynolds Kirby, que luchaba consigo
mismo.
Por fin, Kirby (el único hombre del planeta que podía
tutearle) habló con voz tensa:
–Maldita sea, Noel, ¿a qué clase de juego estás jugando?
–Juego?
–Te encuentro sentado ahí con tu sonrisa de oreja a oreja, me
dices que vas a resucitar a Lázaro, me doy cuenta de que haces malabarismos con
las líneas maestreas, como si fueran bolas de billar, y no sé de qué va el
asunto. ¿Por qué vas a hacerlo? ¿No sería preferible que ese hombre siguiera
muerto?
–No. Muerto, es un símbolo. Vivo, puede ser manipulado. Es
todo cuanto voy a decirte –los ojos llameantes de Vorst se clavaron en el
rostro preocupado de Kirby–. ¿Crees que me estoy volviendo senil? ¿Que he
guardado tanto tiempo el plan en mi mente que se ha podrido? Sé lo que estoy
haciendo. Necesito a Lázaro vivo, o... o no habría empezado todo esto. Ponte en
contacto con Nat Weiner. Apodérate de la cripta como sea. Nos encargaremos de
Lázaro aquí, en Santa Fe.
–Muy bien, Noel. Lo que digas.
–Confía en mí.
–¿Qué otra cosa puedo hacer?
Kirby salió de la habitación rodando en su silla. Vorst se
relajó, alimentó con hormonas su corriente sanguínea y cerró los ojos. El mundo
osciló. Se sintió por un momento arrastrado a la deriva, de vuelta a 2071, y
estaba fabricando reactores de cobalto 60 en un sórdido sótano y alquilando
habitaciones pequeñas como capillas para su culto. Se replegó, lanzándose hacia
adelante, a una velocidad vertiginosa, hacia el borde del ahora y un poco más
allá. Vorst era un esper de grado inferior y talento insignificante, pero su
mente le jugaba en ocasiones malas pasadas. Echó una mirada al borde del mañana
y se ancló con desesperación.
Vorst abrió el comunicador del escritorio con un decisivo
golpe de sus dedos y habló unos instantes con un interno del pabellón de
«quemados», sin identificarse. Sí, confirmaron al Fundador, había una esper al
borde de la extinción. No, no era probable que sobreviviera.
–Prepárenla –dijo Vorst–. El Fundador va a visitarla.
Los ayudantes de Vorst le rodearon, preparándole para el
desplazamiento. El anciano se negaba a aceptar la inmovilidad e insistía en
llevar una vida lo más activa posible. Un descensor le depositó en la planta
baja, y luego, amparado por la cabalgata de aduladores que le acompañaban a
todas partes, el Fundador cruzó la plaza principal del recinto y entró en el
pabellón de «quemados».
Media docena de espers enfermos, separados por espesos muros
y protegidos por miembros de su especie, yacían a las puertas de la muerte.
Siempre había espers aplastados por sus propios poderes, espers que, en un
momento dado, empleaban más voltaje del que podían controlar y se destruían.
Desde el principio, Vorst se había concentrado en salvarles, pues eran los
espers que más necesitaba. Actualmente, el tanto por ciento de salvaciones era
bueno. Pero no lo bastante bueno.
Vorst conocía la causa de las extinciones. A este pabellón se
enviaban los osciladores, anclados de manera insegura en su tiempo. Se
columpiaban del pasado al presente, incapaces de controlar sus movimientos,
acumulando una carga de fuerza temporal que, al final, destrozaba sus mentes.
Era un vértigo mortal; el sentido del tiempo se hacía confuso. El propio Vorst
había experimentado ráfagas pasajeras. Durante diez años, casi un siglo antes,
se había creído loco, hasta que por fin comprendió. Había visto los límites del
tiempo, una visión del futuro que le había despedazado y rehecho, y que, tal
como sabía ahora, sólo era un atisbo de lo que los auténticos espers
experimentaban.
El caso en cuestión era joven, de sexo femenino y oriental:
una combinación fatal, por lo visto. Un ochenta por ciento de las extinciones
era de procedencia mongoloide, chicas adolescentes por lo general. Las que
poseían ese rasgo no llegaban a la edad adulta. Ésta debía de tener unos
dieciséis años, aunque era difícil acertar; aparentaba entre veinte y
veinticinco. Yacía retorcida en la cama, casi desnuda, y se tiraba del camisón
en su agonía. El sudor perlaba su piel pardoamarillenta. Arqueó la espalda, hizo
una mueca y se desplomó. Los pechos que revelaba el camisón eran los de una
niña.
Vorsters de hábito azul, advertidos de la presencia del
Fundador, rodeaban la cama.
–Sólo le queda una hora de vida, ¿verdad? –preguntó Vorst.
Alguien asintió con la cabeza. Vorst se acercó más a la cama.
Aferró el brazo de la muchacha con sus dedos enjutos. Entró otro esper, colocó
una mano sobre la de Vorst y la otra sobre la chica, y proporcionó el vínculo
que el Fundador deseaba. De repente, se puso en contancto con la joven
agonizante.
Su cerebro ardía. Saltaba adelante y atrás en el tiempo, y
Vorst saltaba con ella, arrastrado como un autoestopista. La luz brilló en su
mente, como si bailaran rayos a su alrededor. El ayer y el mañana se fundieron.
Su cuerpo delgado se estremeció como una caña azotada por el viento. Las
imágenes danzaban como demonios, figuras sombrías surgían del pasado, oscuros
avatares del mañana. «Háblame, háblame, háblame –imploraba Vorst–. ¡Muéstrame
el camino!» Se encontraba en el umbral del conocimiento. Había avanzado paso a
paso durante setenta años de esta forma, utilizando los cuerpos retorcidos y
torturados de estos «quemados» como puentes tendidos hacia el mañana,
arrastrándose hacia adelante por sus propios medios, siguiendo las líneas
maestras de su grandioso plan.
«Haz que vea», suplicó Vorst.
La figura de David Lázaro dominaba la pauta del mañana, como
Vorst sabía que ocurriría. Lázaro se erguía como un coloso, se levantaba a una
inesperada resurrección, extendiendo las manos hacia los hermanos ataviados de
verde de su herejía. Vorst se estremeció. La imagen osciló y se desvaneció. La
frágil mano del Fundador aflojó su presa.
–Ha muerto –dijo–. Sáqueme de aquí.
4
Un anciano había dado la orden, otro obedeció y a un tercero
se le pidió un favor. Nat Weiner, del Presidium marciano, siempre estaba
deseoso de complacer a su viejo amigo Reynolds Kirby. Se conocían desde hacía
más tiempo del que aceptaban admitir.
Weiner, como casi todos los marcianos, no era vorster ni
armonista. Los marcianos eran indiferentes a los cultos y mantenían una postura
neutral y provechosa. Ahora, en la Tierra, los vorsters equivalían a un
gobierno mundial, pues su influencia se hacía sentir en todas partes; para
Marte era una cuestión de sentido común estrechar las relaciones con los
dirigentes vorsters, puesto que Marte tenía negocios con la Tierra. Venus, el
planeta de los hombres adaptados, era un caso diferente. Nadie estaba muy seguro
de lo que ocurría allí, salvo que la herejía armonista se había establecido
firmemente en los últimos treinta o cuarenta años, y cabía la posibilidad de
que un día hablara en nombre de Venus como los vorsters hablaban en nombre de
la Tierra. Weiner había servido como embajador de Marte en Venus, y pensaba que
comprendía bastante bien a los pieles azules. No le caían muy bien, pero ya no
sentía fuertes emociones. Las había dejado atrás al cumplir cien años.
Bien a su pesar, Reynolds Kirby habló cara a cara con Weiner
para solicitar un favor. Hacía veinte años que no se veían, desde la última
visita de Weiner al centro de rejuvenecimiento de Santa Fe. No era frecuente
que se les permitiera a los ateos disfrutar de las técnicas de
rejuvenecimiento, pero Kirby, como un favor, había logrado que Weiner y un
selecto grupo de sus amigos marcianos acudieran periódicamente para seguir el
tratamiento.
Weiner comprendió muy bien que Kirby aceptaba en silencio
pagarés por aquellos favores, y que los pagarés deberían liquidarse algún día.
Perfecto; lo único importante era sobrevivir. En caso necesario, Weiner se
habría convertido en vorster con tal de acceder a Santa Fe. Aunque, por
supuesto, eso perjudicara su carrera política en Marte, donde tanto vorsters
como armonistas eran considerados subversivos. De esta forma, sin correr
riesgos, gozaba de amplias ventajas, y se lo debía a su amigo Kirby. Weiner haría
lo imposible por devolver a Kirby el favor.
–¿Ya has visto la supuesta cripta de Lázaro, Nat? –preguntó
el vorster.
–Fui hace dos días. Mantenemos un fuerte dispositivo de
seguridad. Ya sabes que la encontró mi sobrino. Me gustaría matarle.
–¿Por qué?
–Sólo nos faltaba encontrar basura armonista cerca de los
lagos Beltran. ¿Por qué no le enterrasteis en Venus, entre los suyos?
–¿Por qué piensas que le enterramos, Nat?
–¿No fuisteis vosotros los que le matasteis, le pusisteis en
un congelador, o lo que sea?
–Todo sucedió antes de mi época. Sólo Vorst sabe la auténtica
verdad, y quizá tampoco él. Lo más seguro es que fueran los seguidores de
Lázaro quienes le metieran en esa cripta, ¿no crees?
–De ninguna manera. ¿Por qué tergiversarían su propia
historia? Es su profeta. Si le hubieran puesto allí, lo habrían recordado y
orado por su resurrección, ¿no? Sin embargo, el acontecimiento les ha
sorprendido más que a nadie –Weiner frunció el ceño–. Por otra parte, el
mensaje grabado está plagado de lemas armonistas. Y hay símbolos armonistas en
la cripta. Me gustaría entenderlo. Más aún: me gustaría que nunca le hubiésemos
encontrado. ¿Por qué has venido, Ron?
–Vorst está interesado en él.
–¿En Lázaro?
–xacto. Quiere devolverle la vida. Nos llevaremos la cripta a
Santa Fe, la abriremos y le reviviremos. Vorst quiere anunciarlo públicamente
mañana por todos los medios de comunicación.
–No puedes hacerlo, Ron. Si alguien ha de apropiárselo,
tienen que ser los armonistas. Es su profeta. ¿Cómo voy a entregarlo a tus
muchachos? En primer lugar, vosotros le asesinasteis, y ahora...
–Y ahora vamos a revivirle, lo que, como todo el mundo sabe,
excede las posibilidades de los armonistas. Pueden intentarlo, si quieren, pero
no disponen de nuestros avanzados laboratorios. Nosotros estamos preparados
para revivirle. Después, se lo entregaremos a los armonistas para que predique
lo que le dé la gana. Déjanos libre acceso a la cripta.
–Me pides mucho, Ron.
–Te hemos dado mucho.
Weiner asintió con la cabeza. Comprendió que había llegado la
hora de hacer efectivos los pagarés.
–Los armonistas pedirán mi cabeza –dijo.
–Tu cabeza está muy bien fijada, Nat. Encuentra un medio de
darnos la cripta. Vorst se enfadará con nosotros si no lo haces.
–Lo haré –suspiró Weiner.
Pero ¿cómo?, se preguntó el marciano cuando el contacto se
interrumpió. ¿Por force majeure?
¿Entregar la cripta y al cuerno la opinión pública? ¿Y si Venus se lo tomaba a
mal? Aún no se había declarado ninguna guerra interplanetaria, pero tal vez era
un buen momento para ello. Por supuesto, los armonistas querían, con toda la
razón del mundo, el cuerpo de su fundador. Sólo hacía una semana que el
converso Martell, aquel que había llegado a Venus para fundar una misión
vorster y se había pasado después a los armonistas, había venido a ver la
cripta y esbozar un vacilante plan para tomar posesión de ella. Martell y su
jefe Mondschein se enfurecerían cuando descubrieran que la reliquia de Lázaro
iba a embarcarse rumbo a Santa Fe.
Tenía que maniobrar con suma diplomacia.
La mente de Weiner zumbó y cliqueteó como un ordenador,
presentando y rechazando diversas posibilidades, abriendo y cerrando un
circuito tras otro. No sólo la antigüedad mantenía al marciano en el poder. Era
ágil. Había adquirido una notable habilidad desde la noche en que, borracho
como un palurdo, se había soltado el pelo en Nueva York.
Tres horas y muchos miles de dólares en llamadas
interplanetarias después, Weiner había llegado a una solución satisfactoria.
La cripta, como objeto, era propiedad del gobierno marciano.
Por lo tanto, Marte podía disponer de ella a su antojo. Sin embargo, el
gobierno marciano reconocía el singular valor simbólico de este descubrimiento,
y se proponía evacuar consultas con las autoridades religiosas de los demás
planetas. Se formaría un comité: tres armonistas, tres vorsters y tres
marcianos seleccionados por Weiner. Era de suponer que tanto armonistas como
vorsters buscarían tan sólo el bien de su culto, y los marcianos del comité
mantendrían una neutralidad imperturbable, asegurando de esta manera un juicio
imparcial.
Por supuesto.
El comité se reuniría para deliberar sobre el destino de la
cripta. Los armonistas, naturalmente, la reclamarían para ellos. Los vorsters,
tras hacer pública su oferta de emplear toda su superciencia en devolver la
vida a Lázaro, solicitarían la oportunidad de llevarla a la práctica. Los
marcianos sopesarían todas las posibilidades.
Después, pensó Weiner, se procedería a la votación.
Uno de los marcianos votaría a favor de los armonistas...
para guardar las apariencias. Los otros dos se pronunciarían a favor de
permitir a los vorsters que se encargasen del durmiente, bajo rigurosa
supervisión que impidiera cualquier truco. Cinco votos contra cuatro darían la
cripta a Vorst. Mondschein pondría el grito en el cielo, por descontado, pero
los términos del acuerdo permitirían que dos representantes de los armonistas
se introdujeran durante una temporada en los laboratorios secretos de Santa Fe,
y eso les calmaría en parte. Habría protestas, pero, si Kirby cumplía su
palabra, Lázaro sería revivido y devuelto a sus partidarios. ¿Cómo iban a
negarse los armonistas a semejante pacto?
Weiner sonrió. No existía problema, por intrincado que fuera,
carente de solución. Sólo era preciso pensar un poco. Se sintió complacido
consigo mismo. De haber sido cuarenta años más jóvenes, se habrían corrido una
juerga para celebrarlo. Pero, ahora, no.
5
–No vayas –dijo Martell.
–¿Suspicaz? –preguntó Christopher
Mondschein–. Es nuestra oportunidad de ver su tinglado. No he estado en Santa
Fe desde que era joven. ¿Por qué no voy a ir?
–Es imposible saber lo que puede pasarte allí. Les encantaría
ponerte la mano encima. Eres la piedra angular de todo el movimiento venusino.
–¿Crees que me van a pulverizar ante los ojos de tres
planetas? Sé realista, Nicholas. Cuando el Papa visita La Meca, ya se preocupan
de protegerle. No correré ningún peligro en Santa Fe.
–¿Qué me dices de los espers? Te sondearán.
–Neerol me acompañará a modo de escudo. No me sacarán nada.
Me defenderá de cualquier esper. Además, no tengo nada que ocultar a Noel
Vorst. Tú eres el más indicado para comprenderlo. Te aceptamos, a pesar de que
te habían implantado órdenes de espiarnos. Nos interesaba contarle a Vorst
hasta dónde habíamos llegado.
Martell cambió de estrategia.
–Ir a Santa Fe da a entender que nuestra orden bendice a este
supuesto Lázaro.
–¡Ya pareces el hermano Emory! ¿Me estás diciendo que es un
fraude?
–Te estoy diciendo que deberíamos tratarle como si lo fuera.
Contradice nuestra leyenda sobre Lázaro. Tal vez sea una estratagema vorster
calculada para sumirnos en la confusión. ¿Qué haremos cuando nos entreguen un
Lázaro que hable y camine, y tratemos de reformar toda nuestra orden en torno a
él?
–Es un asunto delicado, Nicholas. Hemos construido nuestra fe
sobre la existencia de un mártir sagrado. Si de repente pierde la condición de
mártir...
–Exactamente. Nos destruirá.
–Lo dudo –respuso Mondschein. El viejo armonista tocó sus
branquias con un gesto nervioso–. Tu visión del futuro se queda corta,
Nicholas. Admito que los vorsters nos han superado hasta el momento. Se han
apoderado de este Lázaro y están a punto de devolvérnoslo. Muy embarazoso, pero
¿qué vamos a hacer? No obstante, el siguiente movimiento es nuestro. Si muere,
nos limitaremos a cambiar un poco nuestras escrituras. Si vive y trata de
entrometerse, revelaremos que es una especie de simulacro preparado por los
vorsters para perjudicarnos, y le destruiremos. Nos apuntaremos un tanto:
nuestra historia original sigue en pie y revelamos las siniestras añagazas de
los vorsters.
–¿Y si en verdad es Lázaro?
Mondschein frunció el ceño.
–En ese caso, tenemos un profeta en nuestras manos, hermano
Nicholas. Hemos de correr el riesgo. Me voy a Santa Fe.
6
En la Tierra, el Centro Noel Vorst bullía con una actividad
inusitada mientras continuaban los preparativos para recibir el cargamento
procedente de Marte. Un conjunto de laboratorios había sido dispuesto para la
resurrección de Lázaro. Por primera vez desde la fundación del Centro, se había
permitido que cámaras de vídeo mostraran a los planetas una ínfima parte de sus
instalaciones interiores. El lugar estaba lleno de extranjeros, incluyendo una
delegación de armonistas. Para vorsters de la vieja guardia, como Reynolds
Kirby, era casi impensable. El sigilo se había convertido en algo rutinario
para él. Sin embargo, la orden había partido del propio Vorst, y nadie pensaba
discutir con el Fundador.
–Creo que ha llegado el momento de levantar un poco la tapa
–había dicho.
Kirby aportaba su granito de arena a medida que el gran día
se acercaba. Le preocupaban algunas lagunas de sus recuerdos, y en virtud de su
cargo de lugarteniente investigaba en los archivos vorsters para rellenarlas.
El problema consistía en que Kirby no podía recordar nada sobre la trayectoria
de David Lázaro antes del martirio, y presentía que era importante saber algo
más de lo que contaba la historia oficial. ¿Quién era Lázaro, por ejemplo?
¿Cómo se había enrolado en las filas vorsters... y cómo las había abandonado?
Kirby había ingresado en 2077, arrodillándose ante el Fuego
Azul de un reactor de cobalto de Nueva York. Como converso reciente, no le
interesaba la política de la jerarquía, sino los valores que el culto ofrecía:
estabilidad, esperanza de una larga vida, posibilidad de alcanzar las estrellas
aprovechando las capacidades de los espers; Kirby deseaba que la humanidad
explorara los otros sistemas solares, pero no centraba en ese logro el anhelo
de su vida. Ni siquiera la posibilidad de vivir eternamente –el cebo que atraía
a millones de conversos vorsters– le parecía tan arrebatadora.
Lo que le arrastró hacia el movimiento a
la edad de cuarenta años fue la disciplina que ofrecía. Su plácida vida carecía
de consistencia, y el mundo que le rodeaba constituía un caos de tales
dimensiones que se evadía de él mediante una serie interminable de paraísos
artificiales. Entonces apareció Vorst, brindando una nueva y fascinante
creencia que arrebató a Kirby al instante. Durante los primeros meses se
contentó con ser un simple fiel. Al poco se convirtió en acólito. Y después,
demostrando su capacidad innata de organización, ascendió rápidamente de cargo
en cargo, hasta llegar a ser la mano derecha de Vorst a los ochenta años,
interesándose mucho más por su supervivencia personal.
Según la historia oficial, el martirio de David Lázaro había
tenido lugar en 2090. En aquel tiempo, Kirby llevaba trece años con los
vorsters, y velaba por miles de hermanos como supervisor regional.
A tenor de sus recuerdos, ni siquiera había oído hablar de
David Lázaro en 2090.
Los armonistas, el movimiento herético, habían empezado a
ejercer su influencia unos años más tarde, adoptando los hábitos verdes y
burlándose de la astuta orientación hacia el poder civil de los vorsters. Se
proclamaban seguidores del mártir Lázaro, pero ni siquiera entonces, pensó
Kirby, hablaban mucho de Lázaro. Sólo después, cuando el poder de los
armonistas aumentó y le robaron Venus a Vorst, se decidieron a hacer hicapié en
la leyenda de Lázaro. «¿Por qué, siendo contemporáneo de Lázaro, nunca oí su nombre?»,
se preguntó Kirby.
Se encaminó hacia el edificio que guardaba los archivos.
Era una cúpula geodésica de color blanco lechoso, recubierta
de un tejido rugoso que la dotaba de una textura similar a la piel de un
tiburón. Kirby se internó por un túnel enlosado, se identificó a los guardias
robots, atravesó una puerta en forma de esfínter y desembocó en la habitación
pintada de color verde oliva donde se guardaban los registros. Apretó un botón
en forma de signo de interrogación y solicitó información.
LÁZARO, DAVID.
En las profundidades de la tierra giraron cilindros. Cintas
suministradoras de información se pusieron en movimiento, se ofrecieron al beso
del analizador y enviaron imágenes flotantes que ascendieron hacia el
expectante Kirby. Letras impresas en un amarillo brillante aparecieron en la
pantalla.
Una biografía sucinta, reducida e insuficiente:
NACIDO: el 13 de marzo de 2051.
ESTUDIOS: Primaria y Secundaria en Chicago, licenciado en
Letras en Harvard en 2072, doctorado en Filosofía (Antropología) en Harvard en
2075.
DESCRIPCIÓN FÍSICA (1/1/88): un metro y
ochenta y ocho centímetros, noventa kilos de peso, ojos y cabello oscuros, sin
cicatrices distintivas.
AFILIACIÓN: Ingresó en la capilla de Cambridge el 11471.
Rango de acólito alcanzado el 17773...
Seguía una lista de los sucesivos rangos escalados por Lázaro
en la jerarquía, concluyendo con una sencilla anotación: muerte: 9290.
Eso era todo. Un expediente escueto y reducido, nada
elaborado, sin encomios anexos como los que constaban en el expediente de
Kirby, sin información sobre las desavenencias de Lázaro con Vorst. Nada. El
tipo de expediente, pensó Kirby con desazón, que cualquiera podía haber
tecleado en cinco minutos e introducido en los archivos... ayer.
Examinó los bancos de memoria, confiando en localizar algún
detalle suplementario sobre el archihereje. No encontró nada. No existían
motivos fundados para sospechar: Lázaro había muerto mucho tiempo atrás, y era
probable que en aquellos tempramos días los informes fueran breves. Aun así, le
parecía inquietante. Kirby salió del edificio. Los acólitos le miraron como si
se tratase del propio Vorst. Seguro que estaban tentados de arrodillarse ante
él. «Si supieran lo ignorante que soy
–pensó Kirby–. Después de setenta y cinco años con Vorst. Si lo supieran.»
7
La cripta de cristal de David Lázaro, transportada desde
Marte a costa de un gran desembolso, se hallaba en el centro de la sala de
operaciones, bajo la vigilancia de cámaras de vídeo montadas en las paredes y
el techo. Un bosque de aparatos cuidadosamente dispuestos rodeaba la cripta:
polígrafos, compresores, centrifugadores, cirustatos, analizadores,
calibradores de enzimas, escalpelos láser, retractores, impactadores,
exploratórax, tacs cerebrales, un bypass cardiopulmonar, sustitutos renales,
bioticones, elsevires, un generador de presión de helio II y un monstruoso
criostato resplandeciente. El despliegue era impresionante, y para impresionar
estaba concebido. La ciencia vorster se exhibía aquí, y cada detalle,
impresionante, por superfluo que pareciera, contribuía a acentuar el efecto del
conjunto.
Vorst no se hallaba presente. La circunstancia también
formaba parte de la escenificación. Kirby y él contemplaban el acontecimiento
desde el despacho de Vorst. El miembro presente más relevante de la Hermandad
era el regordete y risueño Capodimonte, un supervisor regional. Tras él se
erguía el armonista Christopher Mondschein. Mondschein y Capodimonte se habían
conocido brevemente durante la corta y desastrosa carrera del primero como
acólito en Santa Fe, en 2095. Ahora, sin embargo, era una figura terrorífica;
ocultaba su cuerpo transformado bajo un traje respiratorio, una imagen
grotesca, de pesadilla. Un nativo de Venus, de aspecto todavía más
extravagante, se pegaba a Mondschein como una segunda piel. El visitante
armonista parecía tenso y de mal humor.
–Ya se ha determinado que la atmósfera de la cripta es una
mezcla de gases inertes, sobre todo argón –dijo el comentarista de la
televisión–. Lázaro está inmerso en una solución nutritiva. Los espers han
detectado signos de vida. Los cierres de la cripta se abrieron ayer en
presencia de la delegación de armonistas venusinos. Ahora se están extrayendo
los gases, y los sensibles instrumentos de los cirujanos no tardarán en tocar
al durmiente, y empezará el proceso infinitamente complejo de devolverle los impulsos
vitales.
Vorst rió.
–¿No es eso lo que ocurrirá? –preguntó Kirby.
–Más o menos, excepto que el hombre está tan vivo como
siempre en este preciso momento. Todo cuanto necesitan es abrir la cripta y
sacarle fuera.
–Muy poco impresionante.
–Desde luego –corroboró el Fundador. Vorst enlazó las manos
sobre el estómago, sintiendo los débiles latidos de sus órganos artificiales.
El comentador siguió recitando kilómetros de prosa descriptiva. El intrincado
despliegue de instrumentos que rodeaba la cripta se puso en movimiento, brazos
y tentáculos oscilando como los miembros de un ser compuesto de muchos cuerpos.
Vorst no apartaba la mirada del rostro alterado de Christopher Mondschein.
Jamás había creído que Mondschein volvería a Santa Fe. Una persona admirable,
pensó el anciano. Había sorteado bien las adversidades, considerando la forma
en que se le había manipulado casi sesenta años antes.
–Han abierto la cripta –dijo Kirby.
–Eso veo. Observa a la momia de rey Tut levantarse y andar.
–Te lo tomas muy a la ligera, Noel.
–Ummm –dijo el Fundador. Una sonrisa aleteó en sus labios por
un momento. Hizo ajustes infinitesimales en el flujo de hormonas. En la
pantalla apenas se podía ver la apertura de la cripta, casi oculta por los
instrumentos que rodeaban al durmiente.
De repente, se produjo un leve movimiento en la cripta.
¡Lázaro se movía! ¡El mártir regresaba!
–Es la hora de hacer mi gran entrada –murmuró Vorst.
Todo estaba dispuesto, así que un túnel reluciente le
transportó con toda rapidez a la sala de operaciones.
Kirby no le siguió. La silla del Fundador irrumpió
serenamente en la sala, justo cuando la figura de David Lázaro se despertaba
tras sesenta años de inconsciencia y se incorporaba.
Una mano temblorosa señaló con el dedo. Una voz ronca trató
de encontrar las palabras adecuadas.
–¡VVVorst! –jadeó Lázaro.
El Fundador sonrió con benevolencia y alzó su brazo
descarnado, a modo de saludo y bendición. Delicadamente, una mano invisible
movió una mano y el Fuego Azul iluminó las paredes de la sala, proporcionando
el toque teatral definitivo. Christopher Mondschein, impasible bajo su máscara
respiratoria, apretó los puños con rabia cuando la luz le bañó.
–Demos gracias por la luz, que se extiende más allá de
nuestra visión –dijo Vorst.
«Humillémonos ante el calor.
«Bendigamos la energía que nos santifica...
«Bienvenido a la vida, David Lázaro. ¡En nombre del espectro,
del cuanto y del sagrado angstrom, paz, y perdona a aquellos que te hicieron
daño!
Lázaro se levantó. Sus manos buscaron y encontraron el borde
de la cripta. Emociones inconcebibles deformaban su rostro.
–Yo... ¡he estado dormido! –murmuró.
–Sesenta años, David. Y aquellos que me rechazaron y te
siguieron se han hecho poderosos. ¿Ves? ¿Ves los hábitos verdes? Venus es tuyo.
Te hallas al frente de un ejército poderoso. Ve con ellos, David. Aconséjales.
Te devuelvo a ellos. Eres mi presente para tus seguidores. «Y el que estaba
muerto se levantó y anduvo... Soltadle y dejadle ir.»
Mas Lázaro no contestó. Mondschein estaba boquiabierto,
apoyándose con fuerza en el venusino que se erguía a su lado. Kirby,
contemplando la pantalla, experimentó una punzada de temor reverente que barrió
su escepticismo durante un momento. Hasta la cháchara del comentarista se
ennoblecía con el milagro.
La luz del Fuego Azul lo abarcaba todo, aumentando de
intensidad a cada segundo, como las llamas del ocaso que se desplazan hacia el
Valhalla. Y en medio de todo se alzaba Noel Vorst, el Fundador, el Primer
Inmortal, sereno y radiante, erguido su cuerpo anciano, brillantes sus ojos,
extendidas sus manos hacia el hombre que había estado muerto. Sólo faltaba el
coro de los diez mil, entonando el Himno de las Longitudes de Onda mientras un
órgano cósmico desgranaba un canto triunfal.
8
Y Lázaro vivió y caminó entre los suyos de nuevo y entabló
conversación con ellos.
Y Lázaro estaba muy sorprendido.
Había dormido... durante un momento, el tiempo que tarda un
ojo en parpadear. Ahora, siniestras figuras azules le rodeaban: venusinos,
encapuchados como demonios para protegerse del aire ponzoñoso de la Tierra. Y
le aclamaban como su profeta. A su alrededor se alzaba la metrópolis de Vorst,
vertiginosos edificios que testificaban el actual poderío de la Hermandad de la
Radiación Inmanente.
El venusino gordo –Mondschein, ¿no? –depositó un libro en las
manos de Lázaro.
–El Libro de Lázaro –dijo–. La crónica de tu vida y obra.
–¿Y muerte?
–Sí, y muerte.
–Habrá que sacar una nueva edición –dijo Lázaro. Sonrió, pero
estaba solo en su arrobo.
Se sentía fuerte. ¿Por qué no se habían degenerado sus
músculos durante el largo sueño? ¿Cómo era posible que pudiera levantarse y
andar entre los hombres, mandar obediencia a las cuerdas vocales y experimentar
la fuerza de la vida?
Estaba solo con sus seguidores. Dentro de unos días se
marcharía a Venus con ellos, donde tendría que vivir en un medio ambiente
autónomo. Vorst se había ofrecido a transformarle en venusino, pero Lázaro,
asombrado de que tales portentos fueran posibles, no estaba muy seguro de
desear convertirse en una criatura provista de branquias. Necesitaba tiempo
para reflexionar. El mundo al que había regresado de una forma tan inesperada
era muy diferente del que había dejado.
Sesenta y pico de años. Por lo visto, Vorst se había
apoderado de todo el planeta, tal como se había propuesto en los ochenta,
cuando Lázaro empezó a disentir con él. Vorst había comenzado con un movimiento
científicoreligioso al que Lázaro se había unido. Fórmulas mágicas mezcladas
con reactores de cobalto, una letanía del espectro y los electrones, una gran
dosis de espiritualidad adornada, pero en el fondo la promesa de una vida larga
(o eterna). Ello provocó la defección de Lázaro. Pero pronto, comprendiendo la
fuerza que poseía, Vorst había empezado a infiltrar hombres en los parlamentos,
a comprar bancos, empresas públicas, hospitales y compañías de seguros.
Lázaro se había opuesto a tales maniobras. Entonces, Vorst
era accesible, y Lázaro recordaba que había discutido con él acerca de sus
desviaciones hacia los poderes políticos y económicos.
–El plan lo exige así –había contestado Vorst.
–Es una perversión de nuestros principios religiosos.
–Nos conducirá a nuestra meta.
Lázaro se había mostrado en desacuerdo. Poco a poco,
reuniendo a unos cuantos partidarios, había creado un grupo rival, aunque en
teoría continuaba siendo fiel a Vorst. Gracias a su aprendizaje con Vorst supo
cimentar una fe. Proclamó el reino de la armonía eterna, vistió a los suyos con
hábitos verdes, les proporcionó símbolos, fervor reformista, oraciones, una
liturgia progresista. No podía afirmar que su movimiento poseyera una gran
fuerza comparado con la maquinaria de Vorst, pero al menos era una herejía
destacada, que atraía a cientos de nuevos seguidores cada mes. Lázaro se
proponía crear un movimiento misionero, sabiendo que sus posibilidades de echar
raíces en Venus, e incluso en Marte, eran superiores a las de Vorst.
Y un día de 2090 hombres cubiertos con hábitos azules le
secuestraron, anulando su guardia personal de espers y apoderándose de él con
tanta facilidad como si fuera un trozo de plomo. Sus recuerdos se borraban en
ese punto, hasta su despertar en Santa Fe. Le dijeron que corría el año 2152 y
que Venus estaba en manos de los suyos.
–¿Permitirá que le transformen? –quiso saber Mondschein.
–Aún no estoy seguro. Quiero pensarlo.
–Le resultará difícil desempeñar su cometido en Venus a menos
que les permita adaptarle.
–Podría quedarme en la Tierra –sugirió Lázaro.
–Imposible. Aquí carece de fuerza. La generosidad de Vorst no
llegará a tales extremos. No permitirá que se quede aquí, después de la
algarabía que ha causado su regreso.
–Tiene razón suspiró Lázaro–. Así pues, dejaré que me
transformen. Iré a Venus y veré qué logros ha alcanzado usted.
–Quedará agradablemente sorprendido.
La resurrección ya había sorprendido bastante a Lázaro. Le
dejaron solo y estudió las sagradas escrituras de su fe, fascinado por el papel
de mártir que le habían asignado. Un libro sobre historia armonista reveló a
Lázaro su propio valor: allí donde los sentimientos religiosos de la Hermandad
cristalizaban alrededor de la figura prohibida y remota de Vorst, los
armonistas reverenciaban sin lugar a dudas su bondadoso mártir. «Debe ser muy
embarazoso para ellos que haya vuelto», pensó Lázaro.
Vorst no fue a visitarle mientras estuvo descansando en el
hospital de la Hermandad. En su lugar se presentó un hombre llamado Kirby, de
rostro apergaminado por la edad. Dijo que era el coordinador hemisférico y el
colaborador más estrecho de Vorst.
–Me uní a la Hermandad antes de que usted desapareciera
–dijo–. ¿Había oído hablar de mí?
–No lo recuerdo.
–Yo era un simple subalterno. No me extraña que ignorara mi
existencia, pero confiaba en que se acordara de mí si nos hubiéramos conocido.
Este intervalo de tantos años nubla mi memoria, pero para usted es como si no
hubiera pasado el tiempo.
–Mi memoria funciona perfectamente –dijo Lázaro con firmeza–.
No le recuerdo en absoluto.
–Ni yo a usted.
El resucitado se encogió de hombros.
–Trabajé al lado de Vorst. Tuvimos discrepancias. Eso queda
fuera de toda duda. En un momento dado, me alejé y fundé los armonistas.
Después... desaparecí. Y aquí estoy. ¿Le resulta difícil creerme?
–Tal vez me he engañado. Ojalá me acordara de usted.
Lázaro se recostó. Paseó la mirada por las paredes verdes
elásticas. Los intrumentos que controlaban sus constantes vitales zumbaban y
cliqueteaban. Flotaba en el aire un olor acre: asepsia en acción. Kirby parecía
irreal. Lázaro se preguntó qué laberinto de bombas y caballetes le mantenían
entero bajo su grueso y caluroso hábito azul.
–Comprenderá que no puede quedarse en la Tierra, ¿verdad?
–dijo Kirby.
–Por supuesto.
–La vida le resultará muy incómoda en Venus a menos que se
transforme. Nosotros lo haremos. Sus hombres podrán supervisar la operación. Ya
lo he comentado con Mondschein. ¿Está interesado?
–Sí. Cámbienme.
Vinieron al día siguiente para convertirle en venusino. Sabía
que la operación era un asunto de interés público, pero sería ingenuo pretender
que su vida le pertenecía en exclusiva. Ya no. Le dijeron que tardarían varias
semanas en consumar la transformación. En otros tiempos costaba meses. Le
equiparían con branquias y le adaptarían para respirar la inmundicia ponzoñosa
que era la atmósfera de Venus. Después, quedaría en libertad. Lázaro aceptó. Le
abrieron en canal, le rehicieron de nuevo y le prepararon para embarcar.
Vorst, encogido y con un hilo de voz, pero todavía una figura
autoritaria, vino a verle.
–Has de saber que no tuve nada que ver con tu secuestro.
Nadie me informó... Fue obra de unos fanáticos.
–Por supuesto.
–Me complace la disparidad de opiniones. El camino que sigo
no es necesariamente el único correcto. Hace muchos años que echo en falta el
diálogo con Venus. En cuanto te instales, confío en que te comunicarás conmigo.
–No me cerraré en banda contra ti, Vorst. Me has dado la
vida. Escucharé lo que tengas que decirme. No existen motivos que impidan mi
cooperación, siempre que respetemos nuestras respectivas esferas de intereses.
–¡Exactamente! Al fin y al cabo, nuestro objetivo es el
mismo. Podemos unir nuestras fuerzas.
–Con cautela.
–Con cautela, sí. Pero con sinceridad –Vorst sonrió y se
marchó.
Los cirujanos completaron su obra. Lázaro, convertido en un
alienígena, viajó a Venus con Mondschein y el resto del séquito armonista. Era
como un triunfante regreso a casa, si se podía llamar casa a un lugar en el que
nunca había estado.
Hermanos de hábito verde y piel azulina le dieron la
bienvenida. Habían enfatizado el elemento espiritual hasta límites que él jamás
había sospechado, prácticamente divinizándole, pero Lázaro no tenía la menor
intención de corregirlo. Sabía que su posición era muy precaria. Había hombres
poderosos en su organización a los que no alegraría precisamente el regreso de
un profeta, y que tal vez le someterían a un segundo martirio si amenazaba sus
intereses establecidos. Lázaro procedió con cautela.
–Hemos hecho grandes progresos con los espers –le dijo
Mondschein. Vamos muy por delante del trabajo de Vorst en ese campo, según mis
noticias.
–¿Tenemos telequinésicos?
–Desde hace veinte años. Nuestro poder crece cada día. En la
próxima generación...
–Me gustaría ver una demostración.
–Ya lo habíamos previsto.
Le mostraron lo que eran capaces de hacer. Introducirse en un
bloque de madera y hacer que sus moléculas bailaran en llamas, lanzar un
guijarro al cielo, materializarse de un lugar a otro... Sí, era impresionante,
desafiaba la razón. Sin duda superaba los logros de la Hermandad.
Los espers venusinos se exhibieron ante Lázaro durante horas
seguidas. Mondschein, sereno y complacido, no cabía en sí de satisfacción.
Hablaba de umbrales, levitación, impulsos telequinésicos, fulcros de unidad y
otros temas que dejaban a Lázaro estupefacto, aunque alentado.
El que había regresado señaló con un dedo las grises masas de
nubes que ocultaban los cielos.
–¿Cuánto falta? –preguntó.
–Aún no estamos preparados para los viajes interestelares
–replicó Mondschein–. Ni siquiera interplanetarios, aunque en teoría no exista
gran diferencia entre unos y otros. Estamos trabajando en ello. Dénos tiempo.
Triunfaremos.
–¿Podemos hacerlo sin la ayuda de Vorst?
La complacencia de Mondschein se desvaneció.
–¿Qué clase de ayuda puede darnos él? Ya le he dicho que vamos una generación por delante de sus
espers.
–¿Nos bastará con los espers? Quizá pueda proporcionarnos lo
que nos falta. Una empresa colectiva: armonistas y vorsters colaborando. ¿No
cree que vale la pena sondear la posibilidad, hermano Christopher?
–Claro, sí, sí, por supuesto –sonrió, sin ganas, Mondschein–.
Claro que vale la pena sondearla. Admito que no habíamos considerado este
acercamiento, pero usted aporta un nuevo enfoque a nuestros problemas. Me
gustaría discutir el asunto con usted más adelante, cuando ya se haya
instalado.
Lázaro aceptó la verborrea de Mondschein con benevolencia.
Sin embargo, no había olvidado el arte de leer entre líneas, a pesar de su
larga ausencia.
Sabía cuándo le daban largas.
9
En Santa Fe, una vez finalizada la insólita invasión de
armonistas, las cosas volvieron a la normalidad. Lázaro se había levantado y
viajado a otro planeta, los hombres de la televisión se habían retirado y el
trabajo continuaba: las pruebas, los experimentos, los sondeos en los misterios
de la vida y la mente, las incesantes tareas del movimiento interno vorster.
–¿Existió alguna vez David Lázaro, Noel? –preguntó Kirby.
Vorst frunció el ceño desde el capullo termoplástico. Apenas
terminaron los cirujanos de trabajar con Lázaro, corrieron a encargarse del
Fundador, que padecía un aneurisma en un vaso sanguíneo dos veces
reconstituido. Los sensores habían localizado el punto exacto, las pinzas
subcutáneas lo habían puesto al descubierto, las microcintas se ajustaron en el
lugar correspondiente y una red de filamentos y polímeros enlazados
reemplazaron a la peligrosa burbuja. Vorst estaba acostumbrado a las
operaciones.
–Viste a Lázaro con tus propios ojos, Kirby –dijo.
–Vi algo que se levantaba de aquella cripta, andaba y hablaba
racionalmente. Conversé con ese algo. Vi cómo lo convertían en un venusino. Eso
no significa que fuera real. No te costaría nada construir un Lázaro, ¿verdad,
Noel?
–Si quisiera, pero ¿por qué lo querría?
–Es obvio. Para hacerte con el control de los armonistas.
–Si tuviera malas intenciones respecto a los armonistas
–explicó pacientemente Vorst–, les habría borrado de la faz de la tierra hace
cincuenta años, antes de que se apoderasen de Venus. Me gustan. Ese joven, Mondschein, ha sufrido una espléndida
transformación.
–No es joven. Tiene ochenta años, como mínimo.
–Una criatura.
–¿Vas a decirme si Lázaro es auténtico?
Los ojos de Vorst destellaron de irritación.
–Es auténtico, Kirby. ¿Satisfecho?
–¿Quién le metió en esa cripta?
–Sus propios seguidores, supongo.
–Entonces, ¿quién se olvidó de su ubicación?
–Bueno, tal vez lo hicieran mis hombres. Sin autorización.
Sin decírmelo. Ocurrió hace mucho tiempo –las manos de Vorst se movían con
gestos rápidos y agitados–. ¿Cómo voy a recordarlo todo? Fue encontrado. Le
devolvimos a la vida. Se lo di a sus fieles. Me estás molestando, Kirby.
Kirby comprendió que se había adentrado en un campo sembrado
de minas. Había azuzado a Vorst hasta el límite de su paciencia; insistir sería
desastroso. Kirby había visto a otros hombres abusando de su intimidad con
Vorst, y también había visto la desaparición imperceptible de dicha intimidad.
La irritación de Vorst se desvaneció.
–Sobreestimas mi astucia, Kirby. Deja de preocuparte por el
pasado de Lázaro. Limítate a considerar el futuro. Se lo he entregado a los
armonistas. Les será de mucho valor, independientemente de lo que ellos
piensen. Están en deuda conmigo. Les he infligido una estupenda y pesada
obligación. ¿No te parece útil? Ahora me deben algo. Cuando llegue el momento
adecuado, les pasaré la factura.
Kirby permaneció mudo. Presentía que, de alguna manera, Vorst
había alterado el equilibrio el poder entre ambos cultos, que los armonistas,
en alza desde que tomaron posesión de Venus y su rico filón de espers, habían
perdido su ventaja. Pero no tenía ni idea del método empleado, ni tampoco
deseaba profundizar en el enigma.
Vorst estaba usando su comunicador. Levantó la cabeza y miró
a Kirby.
–Hay otro «quemado» –dijo–. Quiero ir allí. Acompáñame.
–Por supuesto.
Siguió al Fundador por un laberinto de túneles, hasta
desembocar en el pabellón de «quemados». Un esper, esta vez un muchacho,
agonizaba. Quizá fuera hawaiano; su cuerpo se retorcía como si le estuvieran
aplicando descargas eléctricas.
–Es una pena que no poseas poderes extrasensoriales, Kirby
–dijo Vorst–. Podrías echar un vistazo al futuro.
–Soy demasiado viejo para lamentarlo.
Vorst avanzó hacia adelante, haciendo una señal al esper que
le aguardaba. Tuvo lugar el vínculo. Kirby, como mero espectador, se preguntó
qué estaría experimentando Vorst en ese momento. Los labios del Fundador se
movían como si mascullara, y los dientes sobresalían de las encías cada vez que
el cuerpo del esper sufría un espasmo. Alguien dijo que el chico recorría a
toda velocidad en uno y otro sentido el flujo temporal. Kirby no le encontró
sentido. Sin embargo, Vorst parecía viajar con el muchacho, contemplando una
borrosa visión del mundo desde cada lado del muro temporal.
Ahora... Ahora... Atrás... Adelante...
Kirby experimentó la fugaz sensación de que él también se
había unido al vínculo y viajaba por el tiempo, como segundo pasajero del
esper. ¿Era aquél el caos del ayer? ¿Y el brillo dorado del mañana? Ahora...
Ahora... «Maldito seas, viejo intrigante, ¿qué me has hecho?» Lázaro
irguiéndose por encima de todos, Lázaro, que ni siquiera era real, un androide
pergeñado en un laboratorio subterráneo por orden de Vorst, una marioneta útil,
Lázaro había alcanzado el mañana y se disponía a robarlo...
El contacto se rompió. El esper había muerto.
–Hemos desperdiciado otro –murmuró Vorst. El Fundador miró a
Kirby–. ¿Te encuentras mal?
–No. Estoy cansado.
–Ve a descansar. Seis cortos sobre historia y un rato en el
tanque de relajación. Ya podemos respirar tranquilos. Lázaro no está en
nuestras manos.
Kirby asintió en silencio. Alguien cubrió con una sábana el
cadáver del esper. Dentro de una hora, las neuronas del chico se encerrarían en
una cámara de refrigeración del edificio anexo. Poco a poco, corno si pesaran
ocho siglos sobre sus espaldas en lugar de uno, Kirby siguió a Vorst fuera de
la habitación. La noche había caído; las estrellas que brillaban sobre Nuevo
México poseían esa peculiar brillantez acerada, y Venus, recortándose a baja
altura contra el horizonte montañoso, era la más brillante de todas. Ya tenían
a su Lázaro ahí arriba. Habían perdido un mártir y habían ganado un profeta.
Kirby empezaba a comprender que Vorst se había metido limpiamente en el
bolsillo a toda la tribu de herejes. El viejo era execrable. Kirby se arrebujó
en su hábito y mantuvo el paso con cierto esfuerzo, mientras Vorst avanzaba en
la silla hasta su despacho. Le dolía la cabeza por culpa de aquel breve e
insondable contacto con el esper. Pero dentro de diez minutos se sentiría
mejor.
Pensó en acudir a la capilla para rezar. ¿Para qué? ¿De qué
le serviría arrodillarse ante el Fuego Azul? Le bastaba con acercarse a Vorst y
pedirle su bendición. Vorst, su mentor durante cerca de ocho décadas; Vorst,
que poseía la capacidad de hacer que se sintiera todavía como un niño; Vorst,
que había resucitado a Lázaro de entre los muertos...
CINCO
Las puertas del cielo
2164
1
El anfiteatro de operaciones era una herradura mantenida a
baja temperatura e iluminada por una pálida luz violeta. En el extremo norte,
las ventanas situadas al nivel de la segunda galería dejaban pasar el frío sol
de Nuevo México. Desde su asiento, que dominaba la mesa de operaciones, Noel
Vorst veía las montañas azules que se alzaban a media distancia, fuera de los
confines del centro. Las montañas no le interesaban, ni tampoco lo que ocurría
en la mesa de operaciones. Sin embargo, disimulaba esta falta de interés.
Vorst no necesitaba acudir en persona a la operación, por
supuesto. Al igual que todos los demás, sabía que un resultado positivo era
improbable. Pero el Fundador contaba 144 años de edad, y pensaba que era útil
aparecer en público siempre que sus fuerzas se lo permitían. Así evitaba que la
gente le creyera sumido en la senilidad.
Abajo, los cirujanos estaban congregados alrededor de un
cerebro al descubierto. Vorst había presenciado como levantaban la parte
superior del cráneo y hundían sus escalpelos de luz en la arrugada masa
grisácea.
Había uno diez mil millones de neuronas en aquel bloque de
tejido, así como una infinidad de terminales axonales y receptores dendítricos.
Los cirujanos confiaban en reordenar las mallas sinápticas de aquel cerebro,
alterando el mecanismo de control proteínicomolecular para lograr que el
paciente se adaptara a los planes de Vorst.
Qué locura, pensó el viejo. Ocultó su pesimismo y siguió
sentado en silencio, escuchando el latido de la sangre en sus satinadas
arterias artificiales.
Lo que allí se estaba haciendo constituía un acontecimiento
notable, desde luego. Reuniendo todos los recursos de la moderna microcirugía,
los técnicos más destacados del Centro de Ciencias Biológicas Noel Vorst
estaban alterando las pautas de reconocimiento molecular proteínaproteína de un
cerebro humano. Torcer un poco los circuitos; cambiar las estructuras
transinápticas para establecer un vínculo mejor entre las membranas pre y
postsinápticas; conectar en derivación las potencias de entrada sináptica individuales
de un árbol dendítrico a otro... En suma, reprogramar el cerebro para que
cumpliera los designios de Vorst, consistentes en actuar como la fuerza
propulsora necesaria para conseguir que un equipo de exploradores salvase el
abismo de añosluz que les separaba de otra estrella.
Se trataba de un proyecto extraordinario. Los cirujanos del
centro de investigaciones de Santa Fe se habían preparado para ello durante
cincuenta años, manipulando los cerebros de gatos, monos y delfines. Ahora, se
habían decidido a proceder con sujetos humanos. El paciente de la mesa era un
esper de grado medio, un precog escasamente dotado para desplazarse en el
tiempo; su expectativa de vida era de unos seis meses, y no existían dudas
sobre la extinción que se produciría después. El precog había sido informado de
estas circunstancias, y por ello se había presentado voluntario para el
experimento. Los más expertos cirujanos del mundo estaban operándole.
El proyecto sólo tenía dos defectos, y Vorst lo sabía:
No era probable que terminara con éxito.
Y, sobre todo, no era en absoluto necesario.
Sin embargo, no se le podía decir a un grupo de hombres
abnegados que el trabajo de toda su vida carecía de sentido. Además, siempre
existía la débil esperanza de que crearan artificialmente un impulsor, un
telequinésico. Por lo tanto, Vorst se sintió obligado a presenciar la
operación. Los hombres que trabajaban en el anfiteatro sabían que la presencia
sobrenatural del Fundador estaba con ellos. Aunque no alzaban la vista hacia la
galería donde se sentaba Vorst, sabían que el anciano marchito pero todavía vigoroso
les sonreía con benevolencia, protegido de la fuerza de gravedad por la armazón
de espuma trenzada que resguardaba sus viejos miembros.
El cristalino de sus ojos era sintético. Sus intestinos había
sido fabricados a partir de polímeros. Su firme corazón provenía de un banco de
órganos. Poco quedaba del primitivo Noel Vorst, salvo el cerebro, que estaba
intacto pero sometido a lavados con los anticoagulantes que evitaban las
apoplejías.
–¿Está cómodo, señor? –le preguntó el joven y pálido acólito
que se hallaba a su lado.
–Perfectamente. ¿Y usted?
La pequeña broma de Vorst hizo sonreír al acólito. Sólo tenía
veinte años, y se sentía muy orgulloso de que le hubiera tocado acompañar al
Fundador en su paseo diario. A Vorst le gustaba verse rodeado de gente joven.
El temor reverencial que despertaba en ellos era tremendo, por supuesto, pero
lograban ser atentos y respetuosos sin canonizarle. En el interior de su cuerpo
palpitaban las contribuciones de muchos jóvenes vorsters voluntarios: una
película de tejido pulmonar de uno, una retina de otro, los ríñones de un par
de gemelos. Era un hombre hecho de retazos, portador de la carne de su propio
movimiento.
Los cirujanos se inclinaron sobre el cerebro expuesto. Vorst
no podía ver lo que hacían. Una cámara encajada en un instrumento quirúrgico
transmitía la escena a una pantalla situada al nivel de la platea, pero ni
siquiera la imagen ampliada le permitía ver mucho más. Frustrado y aburrido,
seguía manteniendo su mirada de vivo interés.
Apretó un botón comunicador que sobresalía en el brazo de la
silla y habló en voz baja.
–¿Tardará en llegar el coordinador Kirby?
–Está hablando con Venus, señor.
–¿Con quién? ¿Con Lázaro o con Mondschein?
–Con Mondschein, señor. Le diré que venga en cuanto termine.
Vorst sonrió. El protocolo sugería que las negociaciones de
alto nivel fueran llevadas a cabo a nivel administrativo, entre los ejecutivos,
no entre los profetas. Por lo tanto, estaban hablando los lugartenientes: el
Coordinador Hemisférico Reynolds Kirby en nombre de los Vorsters de la tierra y
Christopher Mondschein por los armonistas de Venus. Pero llegaría el momento en
que sería necesario cerrar el trato con una conferencia entre los dos seres más
en armonía con la Unidad Eterna, y esto sería tarea de Vorst y Lázaro.
... cerrar el trato...
Un temblor agarrotó la mano derecha de Vorst. El acólito le
observó atentamente, preparado para apretar botones hasta que el equilibrio
metabólico del Fundador se recuperase. Vorst obligó a la mano a relajarse.
Estoy bien –insistió.
... para abrir las
puertas del cielo...
Estaban ya tan cerca del final que todo empezaba a parecer un
sueño. Un siglo de proyectos, de jugar al ajedrez con adversarios aún no
nacidos, alzando un fantástico edificio de teocracia sobre la base de una única
esperanza, débil y arrogante...
¿Era una locura el deseo de remodelar las pautas de la
historia?, se preguntó Vorst.
¿Era una monstruosidad conseguirlo?
En la mesa de operaciones, la pierna del paciente se elevó
sobre un mar de vendas y pateó el aire irregular y convulsivamente. Los dedos
del anestesista volaron sobre su teclado, y el esper que se encontraba
esperando la emergencia entró en silenciosa acción. Se produjo una gran
actividad alrededor de la mesa.
En aquel momento, un hombre alto y de rostro curtido por la
intemperie entró en la galería y saludó a Vorst.
–¿Cómo va la operación? –preguntó Reynolds Kirby.
–El paciente acaba de morir –contestó el Fundador–. Todo
parecía marchar bien.
2
Kirby no había esperado mucho de la operación. Lo había
discutido en profundidad con Vorst el día anterior; aunque no era científico,
el coordinador intentaba mantenerse informado sobre los trabajos que se
llevaban a cabo en el centro de investigaciones. La tarea de Kirby consistía en
supervisar las numerosas actividades seculares del culto religioso que, en la
práctica, gobernaba la Tierra. Hacía casi noventa años que Kirby se había
convertido, y había sido testigo del crecimiento imparable del culto.
El poder político, a pesar de su utilidad, no era el objetivo
de la Hermandad. La esencia del movimiento era su programa científico, centrado
en las instalaciones de Santa Fe. En dicha ciudad se había construido, a lo
largo de las décadas, una insuperable fábrica de milagros, financiada por las
constribuciones económicas de miles de millones de vorsters esparcidos por
todos los continentes. Y los milagros se habían producido. Los procesos de
regeneración aseguraban una esperanza de vida de tres o cuatro siglos, o quizá
más, para los recién nacidos; nadie estaría seguro de haber alcanzado la
inmortalidad hasta pasados algunos milenios de prueba. La Hermandad ofrecía un
razonable facsímil de vida eterna, pagando con creces la deuda contraída en el
momento de su fundación, cien años antes.
El otro objetivo, las estrellas, había dado más problemas a
la Hermandad.
El hombre estaba encerrado en el sistema solar a causa de la
velocidad límite de la luz. Los cohetes de combustible químico y las naves de
propulsión iónica tardarían demasiado. Era fácil llegar a Marte y Venus, pero
no así a los inhospitalarios planetas exteriores, y el viaje de ida y vuelta a
la estrella más próxima duraría unas cuantas décadas con la tecnología actual,
nueve años como mínimo. Por lo tanto, el hombre había transformado Marte en un
mundo habitable y se había transformado para poder vivir en Venus. Cavó minas
en las lunas de Júpiter y Saturno, rindió visitas ocasionales a Plutón y envió
robots a explorar Mercurio y los gigantes gaseosos. Y seguía mirando con
desesperanza hacia las estrellas.
Las leyes de la relatividad gobernaban los movimientos de los
cuerpos reales en el espacio real, pero no se aplicaban necesariamente a las
circunstancias del mundo paranormal. En opinión de Noel Vorst, el único camino
a las estrellas era el extrasensorial. Por eso había reunido espers de todas
las variedades en Santa Fe, estimulando a lo largo de generaciones programas de
reproducción y manipulación genéticas. La Hermandad había producido una
interesante variedad de espers, pero ninguna con el talento de transportar
cuerpos físicos por el espacio, mientras en Venus habían aparecido mutantes
telequinésicos de forma espontánea, un irónico subproducto de la adaptación de
la vida humana a dicho planeta.
Venus se encontraba fuera del control directo de los
vorsters. Los armonistas de Venus contaban con los impulsores que Vorst
necesitaba para saltar a la galaxia. Sin embargo, manifestaban escaso interés
en colaborar con los vorsters en una expedición. Kirby llevaba semanas
negociando con su homónimo de Venus, intentando alcanzar un acuerdo.
Entretanto, los cirujanos de Santa Fe no habían abandonado su
sueño de crear impulsores terrestres, ahorrándose la eventual colaboración de
los impredecibles venusinos. El proyecto de reordenamiento sináptico había
llegado a la fase de experimentación con un ser humano.
–No funcionará –había dicho Vorst a Kirby–. Todavía nos
llevan cincuenta años de ventaja.
–No lo entiendo, Noel. Los venusinos tienen el gen de la
telequinesis, ¿no? ¿Por qué no podemos duplicarlo? Considerando todo lo que
hemos hecho con los ácidos nucleicos...
–No existe un «gen de la telequinesis», ya lo sabes. Forma
parte de una constelación de pautas genéticas. Durante treinta años hemos
intentado a conciencia duplicarlo, y ni siquiera hemos avanzado mucho. También
hemos experimentado un acercamiento aleatorio, puesto que los venusinos
adquirieron la habilidad de esta manera. Tampoco ha habido suerte. Y después ha
venido este asunto de las sinapsis: alterar el cerebro, no los genes. Quizá nos
conduzca a alguna parte, pero no estoy dispuesto a esperar otros cincuenta
años.
–Vivirás muchos más, tenlo por seguro.
–Sí, pero no puedo esperar más. Los venusinos tienen los
hombres que necesitamos. Es hora de ganarles para nuestros propósitos.
Kirby, pacientemente, había cortejado a
los herejes. Se intuían señales de progresos en las negociaciones. En vista del
fracaso de la operación, la necesidad de alcanzar un acuerdo con Venus era cada
vez más urgente.
–Ven conmigo –dijo Vorst, mientras se llevaban al paciente
muerto–. Hoy van a experimentar con la gárgola, y no quiero perdérmelo.
Kirby siguió al Fundador fuera del anfiteatro. Los acólitos
se hallaban atentos al menor problema. Vorst ya no intentaba caminar, y se
desplazaba en su silla de espuma trenzada. Kirby aún prefería utilizar sus
piernas, aunque era casi tan viejo como Vorst. La visión de los dos paseando
por las plazas del centro de investigaciones siempre despertaba la atención.
–¿No te preocupa el nuevo fracaso? –preguntó Kirby.
–¿Por qué? Ya te dije que era demasiado pronto para que
saliera bien.
–¿Qué me dices de la gárgola? ¿Alguna esperanza?
–Nuestra esperanza –replicó Vorst con serenidad– es Venus. Ya
tienen impulsores.
–¿Y para qué seguir intentando desarrollarlos aquí?
–Aceleración. La Hermandad no ha aminorado la velocidad en
cien años. No estoy dispuesto a cerrar ningún camino, ni siquiera los
deseperados. Todo es cuestión de aceleración.
Kirby se encogió de hombros. A pesar de todo el poder que
ostentaba en la organización (y sus poderes eran inmensos), siempre había
sospechado que carecía de auténtica iniciativa. Los planes del movimiento
habían emanado desde el primer momento de Noel Vorst. Sólo él conocía las
reglas del juego. ¿Y si Vorst moría aquella tarde, dejando el juego a medias?
¿Qué ocurriría con el movimiento? ¿Seguiría rodando hacia adelante por su
propio impulso? Kirby se preguntó hacia qué objetivo.
Entraron en un pequeño edificio cuadrado de cristal esponjoso
verde brillante. Un susurro de asombro les precedió: ¡Vorst venía! Hombres de
hábito azul salieron a recibir al Fundador. Le condujeron a la habitación en la
parte trasera donde se hallaba la gárgola. Kirby mantuvo el paso, haciendo caso
omiso de los acólitos dispuestos a sostenerle si tropezaba.
La gárgola descansaba, enmarañada entre las cintas que la
sujetaban. No era un espectáculo agradable. Trece años de edad, noventa
centímetros de altura, grotescamente deformada, sorda, inválida, de córneas
veladas y piel granulada y rugosa. Un mutante, pero que no era producto de
laboratorio; padecía el síndrome de Hurler, un error natural y congénito del
metabolismo, identificado científicamente por primera vez dos siglos y medio
antes. Los infortunados padres habían llevado al monstruo a una capilla de la
Hermandad de Estocolmo, confiando en que un baño de Fuego Azul curaría sus
defectos. No había sido así, pero un esper de la capilla había detectado
talentos latentes en la gárgola, enviándola a Santa Fe para que fuera sometida
a pruebas y sondeos. Kirby se estremeció de asco.
–¿Cuál es la causa de estos engendros? –preguntó al médico
que tenía a su lado.
–Genes anormales. Producen un error metabólico que da como
resultado una acumulación de mucopolisacáridos en los tejidos del cuerpo.
Kirby asintió con solemnidad.
–¿Y existe relación directa con los poderes extrasensoriales?
–Es mera coincidencia.
Vorst se acercó a la criatura para examinarla en detalle. Los
obturadores visuales del Fundador cliquetearon cuando se inclinó para mirar. La
gárgola estaba encorvada y doblada sobre sí misma, virtualmente incapaz de
mover los miembros. Los ojos lechosos expresaban una desdicha infinita. Carne
de eutanasia, pensó Kirby. Sin embargo, Vorst confiaba en que aquel monstruo le
llevaría a las estrellas.
–Que empiece el examen –murmuró Vorst.
Un par de espers de utilidad general se adelantaron: una
acicalada mujer de cabello enmarañado y un hombre gordo de cara triste. Kirby,
cuyas facultades extrasensoriales eran deficientes hasta el punto de no
existir, contempló en silencio el examen que se llevaba a cabo sin pronunciar
palabra. ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué impulsos dirigían a la masa confusa que
tenían frente a ellos? Kirby no lo sabía, pero se consoló pensando que tal vez
Vorst tampoco lo sabía. El Fundador no gozaba de grandes recursos extrasensoriales.
Al cabo de diez minutos, la esper levantó la vista.
–Existen indicios de telequinesis –dijo.
–Sólo indicios –corroboró el segundo esper–. Nada que los
demás no tengan. También posee aptitudes mediocres de comunicación. Nos está
diciendo que la matemos.
–Recomiendo la disección –dijo la chica–. Al sujeto no le
importa.
Kirby se estremeció. Los dos indiferentes espers habían
sondeado la mente de la tullida criatura, y ese simple acto debería haber
bastado para conmover sus almas. Ver, durante un momento de empatia, lo que
significaba ser una gárgola humana de trece años, mirar el mundo a través de
aquellos ojos velados... ¡Pero aquellos dos iban directamente al grano! Ya
habían fundido sus mentes con otras monstruosidades en más de una ocasión.
Vorst agitó una mano.
–Resérvenla para posteriores estudios. Tal vez se le pueda
dar algún uso práctico. Si es un pirético, tomen las precauciones habituales.
El Fundador hizo girar su silla y se dispuso a abandonar el
pabellón. En aquel momento entró corriendo un acólito que portaba un mensaje.
Se quedó petrificado al ver a Vorst avanzando en su dirección. El Fundador
sonrió paternalmente y esquivó al muchacho, que expresó el mayor de los
alivios.
–Un mensaje para usted, coordinador Kirby –dijo el acólito.
Kirby lo tomó y presionó el pulgar contra el sello. El sobre
se abrió.
El mensaje era de Mondschein.
«LÁZARO ESTÁ DISPUESTO A HABLAR CON
VORST», rezaba.
3
–Estuve loco durante unos diez años –declaró Vorst–. Más tarde
descubrí cuál era el problema. Padecía oscilaciones temporales.
La esper le miraba con sus ojos redondos y pálidos. Estaban
solos en los aposentos privados del Fundador. Era delgada, de miembros flojos,
y tenía treinta años. Mechones de cabello negro caían como paja pintada a ambos
lados de su cara. Se llamaba Delphine, y nunca se había acostumbrado a la
franqueza de Vorst, a pesar de los meses que llevaba a su servicio. Tampoco
tenía la menor posibilidad de lo contrario; cuando salía del despacho después
de cada sesión, otros espers borraban sus recuerdos de la visita.
–¿Me sintonizo ya?
–Aún no, Delphine. En los momentos difíciles, cuando empiezas
a recorrer la línea temporal y piensas que nunca regresarás al presente, ¿has
creído que estabas loca?
–A veces da mucho miedo.
–Pero regresas. Ése es el milagro. ¿Sabes cuántos osciladores
se han quemado? Centenares. Yo también me he quemado, pero soy un precog
inferior. En aquel tiempo, sin embargo, era capaz de recorrer la línea
temporal. Vi el futuro de la Hermandad. Llámalo visión, llámalo sueño. Lo vi,
Delphine. Un poco borroso en los bordes.
–¿Tal como lo cuenta en su libro?
–Más o menos. En los años comprendidos entre 2055 y 2063,
tuve las peores visiones. Empezó cuando yo tenía treinta y cinco años. Era un
técnico ordinario, un don nadie, y entonces experimenté lo que podría llamarse
una inspiración divina, sólo que era un atisbo de mi propio futuro. Pensé que
me estaba volviendo loco. Más tarde, comprendí.
La esper guardó silencio. Vorst entornó los ojos. Los
recuerdos asaltaron su mente. Después de años de caos y colapso internos, había
salido del crisol de la locura purificado, consciente de sus propósitos. Vio
cómo podía remodelar el mundo; más aún, vio cómo había remodelado el mundo. Después, todo se redujo a empezar, a
fundar las primeras capillas, a improvisar los rituales del culto, a rodearse
de los talentos científicos necesarios para alcanzar sus objetivos. ¿Existía un
toque de paranoia en su determinación, unas gotas de Hitler, un matiz de
Napoleón, un hálito de Gengis Jan? Tal vez. A Vorst le complacía considerarse
un fanático, e incluso un megalómano. Un megalómano frío, racional y
triunfador. No había querido detenerse ante nada para alcanzar sus fines, y era
lo bastante precog para saber que los iba a alcanzar.
–Lanzarse a transformar el mundo es una gran responsabilidad
–dijo–. Un hombre ha de ser un poco necio para intentarlo, incluso para pensar
que puede intentarlo. Saber cómo ha de ser el resultado ayuda bastante. Saber
que simplemente está llevando a la práctica lo inevitable hace que no se sienta
tan idiota.
–Pero excluye la incertidumbre de la vida –dijo la esper.
–¡Ah, Delphine, has puesto el dedo en la llaga! Pero tú ya lo
sabías, por supuesto. Es deprimente desarrollar tu propio guión, sabiendo lo
que viene a continuación. Al menos, se me ha concedido la clemencia de la
incertidumbre en los pequeños detalles. No puedo ver mucho por mí mismo, de
modo que debo hacer autostop con osciladores como tú, y las visiones no son
claras. Pero tú sí ves con claridad, ¿verdad, Delphine? Has recorrido tu propio
trayecto vital. ¿Ya has visto tu extinción, Delphine?
Las mejillas de la esper enrojecieron. Bajó la vista al suelo
y no contestó.
–Perdona, Delphine –dijo Vorst–. No tenía derecho a
preguntarte esto. Sintonízate conmigo, Delphine. Haz tu trabajo. Llévame
contigo. Hoy ya he hablado demasiado.
La chica se preparó para el gran esfuerzo. Poseía más control
que la mayoría de sus iguales. Mientras casi todos los precogs soltaban amarras
en un momento u otro, Delphine se aferraba a sus poderes y a su vida, y había
alcanzado, a pesar de su especialidad esper, una edad avanzada. A la larga,
también se quemaría, cuando hiciera un esfuerzo superior a sus posibilidades.
Sin embargo, por el momento le resultaba inapreciable a Vorst; era su bola de
cristal, el más útil de todos los osciladores que le habían ayudado a fraguar
sus planes. Y si resistía un poco más, hasta que él viera la superación de los
últimos obstáculos, el largo viaje concluiría y ambos podrían descansar.
Ella dejó de aferrarse al presente y se internó en el reino
donde todos los momentos eran ahora.
Vorst miró, esperó y sintió que la joven le llevaba consigo
cuando empezó su periplo en el tiempo. Vorst no podía iniciar el viaje por sí
solo, pero podía seguir. Las brumas le envolvieron y se meció vertiginosamente
a lo largo del hilo temporal, como había hecho tantas veces. Se vio a sí mismo
en diferentes momentos, y vio a otras personas, figuras en sombras, figuras
como surgidas de un sueño, que acechaban tras las cortinas del tiempo.
¿Lázaro? Sí, Lázaro estaba allí. Kirby también. Mondschein.
Todos ellos, los peones de la partida. Vorst vio el brillo de algo distinto y
contempló un paisaje que no era de la Tierra, ni de Marte, ni de Venus. Se puso
a temblar. Miró un árbol de doscientos cuarenta metros de altura, coronado de
hojas azul celeste, que se recortaba contra un cielo neblinoso. Después, fue
apartado de allí y arrojado a la pestilente confusión de una calle de ciudad
barrida por la lluvia, y se detuvo ante una de sus primeras capillas. El
edificio ardía bajo la lluvia, y su nariz captó el intenso olor a madera húmeda
chamuscada. Y luego sonrió al ver el rostro estupefacto y tostado por el sol de
Reynolds Kirby. Y luego...
Perdió la sensación de movimiento. Se reintegró a su propio
molde temporal, efectuando los ajustes de adrenalina que compensaban sus
esfuerzos. La osciladora estaba derrumbada en su silla, cubierta de sudor,
aturdida. Vorst llamó a un acólito.
–Llévala al pabellón –dijo–. Encárgate de que se ocupen de
ella hasta que recupere las fuerzas.
El acólito asintió y cogió en brazos a la chica. Vorst se
mantuvo inmóvil hasta que se fueron. La sesión le había satisfecho. Había
confirmado sus ideas intuitivas acerca del inminente camino a seguir, y eso
siempre era reconfortante.
–Enviadme a Capodimonte –dijo por el comunicador.
La rechoncha figura de hábito azul entró minutos después.
Cuando Vorst se hallaba en Santa Fe, nadie perdía el tiempo retirándose a sus
aposentos después de una cita. Capodimonte era el supervisor regional de Santa
Fe, y era el responsable habitual del lugar, excepto cuando residían personajes
como Vorst o Kirby. Capodimonte era imperturbable, leal, útil. Vorst le
confiaba misiones delicadas. Intercambiaron rápidas y rutinarias bendiciones.
–Capo, cuánto tiempo tardarías en escoger el personal para
una expedición interestelar?
–¿Inter...?
–Digamos, para finales de año. Investiga en los archivos y
reúne varios equipos posibles.
Capodimonte consiguió recuperar su aplomo.
–¿Cuántos miembros por cada equipo?
–Desde dos personas a una docena. Empieza con una pareja
estilo Adán y Eva, y sigue hasta seis parejas. Equivalentes en salud,
adaptabilidad, compatibilidad, talento y fertilidad.
–¿Espers?
–Con precaución. Puedes incluir una pareja de empats y una
pareja de curadores. En todo caso, evita los exóticos. Y recuerda que esas
personas van a ser pioneros. Han de ser flexibles. Pasaremos de genios en este
viaje, Capo.
–Cuando haya confeccionado las listas, ¿a quién debo
entregarlas, a usted o a Kirby?
–A mí, Capo. No quiero que se te escape ni una sílaba de esto
a Kirby o a quien sea. Ponte al trabajo y decide los grupos como si ya los
hubiéramos programado. No sé de cuántos miembros se compondrá la expedición que
enviemos, y quiero tener preparado un grupo autosuficiente a todos los
niveles... De dos, cuatro, ocho, lo que te parezca más conveniente. Dispones de
dos o tres días. Cuando hayas terminado con ello, pon media docena de tus
mejores hombres a trabajar en la logística del viaje. Da por segura una cápsula
impulsada por espers y estudia los diseños óptimos. Hemos tenido décadas para
planearlo; debemos contar con todo un arsenal de anteproyectos. Examínalos. Es
tu criatura, Capo.
–Señor, ¿puedo hacer una pregunta subversiva?
–Adelante…
–¿Se trata de un ejercicio hipotético, o va en serio?
–No lo sé –contestó Vorst.
4
El rostro azul de un venusino se asomó a la pantalla, extraño
e impresionante, pero su propietario había nacido en la Tierra, como delataban
la forma de la cabeza, la línea de los labios y el perfil de la barbilla. Era
el rostro de David Lázaro, fundador y líder resucitado del culto de la Armonía
Trascendente. Vorst había conversado a menudo con Lázaro durante los doce años
transcurridos desde la resurrección del archihereje. Los dos profetas siempre
se habían permitido el lujo del pleno contacto visual. Era monumentalmente caro
enviar no sólo voces sino también imágenes por la cadena de estaciones que
conectaban la Tierra y Venus, pero el gasto significaba poco para los dos
hombres. Vorst insistió. Le gustaba ver el rostro transformado de Lázaro
mientras hablaban. Le permitía concentrarse en algo durante los largos y
aburridos intervalos que interrumpían su conversación. Aun a la velocidad de la
luz, los mensajes tardaban en llegar de un planeta a otro. Un simple
intercambio de opiniones requería más de una hora.
–Creo que ha llegado la hora de unir nuestros movimientos,
David –dijo Vorst, sentado cómodamente en su balancín de espuma trenzada–. Nos
complementamos mutuamente. Esta separación no nos favorece en nada.
–Quizá se pierda algo en la unión –replicó Lázaro–. Somos la
rama más joven. Si nos reabsorbéis, nos disolveremos en vuestra jerarquía.
–De ninguna manera. Te garantizo que los armonistas gozarán
de plena autonomía. Más aún, te garantizo un papel dominante en la composición
política.
–¿Qué tipo de garantías me ofreces?
–Aparquemos el tema de momento. Tengo una tripulación
interestelar preparada para partir. Estará equipada por completo dentro de unos
meses. He dicho equipada por completo. Estarán en condiciones de hacer frente a
cualquier cosa que encuentren. Sin embargo, es preciso hacerles salir del
sistema solar. Danos el impulso, David. Cuentas con el personal necesario.
Hemos seguido paso a paso vuestros experimentos.
Lázaro asintió con la cabeza, y sus branquias temblaron.
–No te negaré que lo hemos conseguido. Somos capaces de
impulsar mil toneladas de aquí a Plutón. Somos capaces de impulsar esa masa
hasta el infinito.
–¿Cuánto se tardaría en llegar a Plutón?
–Poco. No te diré exactamente cuánto. Digamos que las
estrellas están al alcance de la mano. Desde hace ocho o diez meses. Desde
luego, no hay forma de establecer un contacto permanente. Podemos impulsar,
pero no podemos hablar a una distancia de docenas de añosluz. ¿Podéis vosotros?
–No. Perderemos el contacto con la expedición en cuanto
supere el límite de la comunicación por radio. Tendrá que enviar de vuelta una
nave auxiliar convencional para anunciar su llegada. Pasarán décadas antes de
que nos enteremos, pero hemos de intentarlo. Cédenos tus hombres, David.
–¿Te das cuenta de que quemaremos docenas de nuestros jóvenes
más prometedores?
–Sí, me doy cuenta. De todos modos, cédenos tus hombres.
Contamos con técnicas para reparar a los quemados. Que impulsen la nave hacia
las estrellas, y cuando caigan exhaustos intentaremos sanarles. Para eso está
Santa Fe.
–¿Primero reventarles y, más tarde, curarles? Qué crueldad.
¿Tan importantes son las estrellas? Prefiero que esos chicos desarrollen sus
poderes en Venus y sigan sanos.
–Les necesitamos.
–Y nosotros también.
Vorst empleó el intervalo en inundar su cuerpo de
estimulantes. Vibraba de energía cuando le llegó el turno de contestar.
–David, me perteneces –dijo–. Yo te hice y te necesito. Te
dormí en 2090, cuando no eras nadie, un advenedizo, te devolví a la vida en
2152 y te di un mundo. Me lo debes todo. Ahora, exijo que me pagues. He estado
esperando este momento cien años. Tu pueblo tiene por fin los espers que pueden
enviar a mi pueblo a las estrellas. Independientemente del precio que debas
pagar, quiero enviarles.
La fuerza que confinó a sus palabras agotó a Vorst, pero tuvo
tiempo de recobrarse. Tiempo de pensar, de esperar la respuesta. Había movido
sus piezas, y ahora le tocaba a Lázaro. A Vorst no le quedaban muchos ases en
la manga.
La figura de rostro azul se veía inmóvil en la pantalla; las
palabras de Vorst aún no habían llegado a Venus. La respuesta de Lázaro tardó
en llegar.
–No creía que fueras tan directo, Vorst –dijo–. ¿Por qué debo
estarte agradecido por revivirme, si fuiste tú quien me metió en aquel agujero?
Sí, lo sé. Porque mi movimiento era insignificante cuando me apartaste de él y
poderoso cuando me resucitaste. ¿También te concedes el mérito por ello? –una
pausa–. No importa. No quiero darte mis espers. Si quieres ir a las estrellas,
consigúelos por tus propios medios.
–No digas tonterías. Tú también quieres las estrellas, David,
pero ahí arriba, en esas tierras salvajes, careces de los medios técnicos para
equipar una expedición. Yo sí los tengo. Unamos nuestras fuerzas. Es lo que
deseas, digas lo que digas. Voy a decirte lo que te impide aceptar mi oferta,
David. Tienes miedo de la reacción de tu pueblo cuando se entere de que has
accedido a colaborar, dirán que te has vendido a los vorsters. Te empeñas en
adoptar una postura en la que no crees, porque careces de auténtica
independencia. Imponte, David. Utiliza tus poderes. Puse el planeta en tus
manos. Ahora quiero que me pagues la deuda.
–¿Cómo voy a decirle a Mondschein, a Martell y a los demás
que he accedido mansamente a someterme a tus deseos? Ya les ha puesto bastante
nervioso que les impusieran un mártir resucitado. A veces creo que me van a
martirizar otra vez, y ésta es definitiva. Necesito darles algo a cambio.
Vorst sonrió. La victoria estaba al alcance de su mano.
–Diles que te ofrezco la autoridad suprema sobre ambos
planetas, David. Diles que la Hermandad no sólo acogerá con agrado la vuelta de
los armonistas, sino que serás el dirigente supremo de ambas ramas de la fe.
–¿De ambas?
–De ambas.
–¿Y qué harás tú?
Vorst se lo dijo. Y una vez surgidas las palabras de sus
labios, el Fundador se hundió en su balancín, agotado y aliviado al mismo
tiempo, sabiendo que había efectuado la última jugada de la partida que ya
duraba un siglo, y que todo había salido a pedir de boca.
5
Reynolds Kirby estaba con su terapeuta cuando llegó la orden
de que se reuniera con Vorst. El Coordinador Hemisférico flotaba en una
solución nutritiva, una Cámara de la Nada adaptada cuyo objetivo no era el
olvido, sino la revitalización. Si Kirby hubiera deseado escapar a una nada
temporal, se habría aislado por completo del universo y entrado en suspensión
total. Sin embargo, hacía mucho tiempo que había superado la afición por tales
diversiones. Ahora, se contentaba con mecerse en la solución nutritiva,
restaurando las sustancias vitales tras un día agotador, mientras un terapeuta
esper eliminaba las cargas de su espíritu.
Por lo general, Kirby no toleraba que le interrumpieran en
mitad de una sesión. A su edad necesitaba toda la paz posible. Había nacido
demasiado pronto para gozar de la cuasi inmortalidad de las generaciones más
jóvenes; su cuerpo no era capaz de recuperar instantáneamente la vitalidad como
el de cualquier hombre del siglo XXII, usufructuario de los adelantos vorsters
logrados en un siglo. No obstante, había una excepción a la regla de Kirby: una
llamada de Vorst tenía prioridad sobre cualquier otra cosa, incluida una sesión
de terapia necesaria.
El terapeuta lo sabía. Concluyó de manera prematura la sesión
con suma destreza y tonificó a Kirby para que se reintegrara a las tensiones
del mundo. No había transcurrido ni media hora cuando ya el coordinador se
dirigía hacia el edificio rematado por una cúpula donde Vorst tenía su cuartel
general.
Vorst parecía agitado. Kirby nunca había visto al Fundador
tan consumido. La frente abombada de Vorst parecía la de una calavera, y sus
ojos oscuros brillaban con una intensidad turbadora. Un débil sonido se oía
claramente en el despacho: la maquinaria de Vorst, bombeando energía al anciano
cuerpo. Kirby tomó asiento donde Vorst le indicó. Fuertes dedos surgieron del
tapizado y empezaron a aliviarle la tensión.
–Voy a convocar una reunión del consejo dentro de poco para
ratificar las medidas que acabo de tomar –dijo Vorst. Pero antes de que todo el
grupo se reúna, quiero discutir algunas cosas contigo, repasarlas una o dos
veces.
Kirby no alteró su expresión. Después de décadas de conocer a
Vorst, procedió a una traducción instantánea: «He hecho algo autoritario
–estaba diciendo Vorst–, y voy a convocar a todo el mundo para que dé su
beneplácito, pero antes voy a obligarte a que me des el tuyo.» Kirby estaba
preparado para aceptar lo que Vorst hubiera hecho. No era un hombre débil por
naturaleza, pero nadie le llevaba la contraria a Vorst. El último que lo había
intentado seriamente fue Lázaro, quien, como resultado, durmió sesenta años en
Marte encerrado en una caja.
–He hablado con Lázaro y cerrado el trato –murmuró Vorst,
ante el cauteloso silencio de Kirby–. Ha accedido a proporcionarnos impulsores,
tantos como queramos. Es posible que enviemos una expedición interestelar a
finales de año.
–Me dejas un poco aturdido, Noel.
–Es decepcionante, ¿verdad? Durante cien años avanzas hacia
un objetivo a paso de tortuga, y de repente te encuentras a un paso de la recta
final; la emoción del intento deja paso al aburrimiento de lo ya consumado.
–Todavía no hemos enviado esa expedición a otro sistema solar
–le recordó con serenidad Kirby al Fundador.
–Lo haremos, lo haremos. Está fuera de toda duda. Estamos en
la recta final. Capodimonte ya se dedica a seleccionar personal para la
expedición. Pronto pondremos a punto la cápsula. La gente de Lázaro colaborará,
y allá iremos. Dalo por hecho.
–¿Cómo conseguiste que accediera, Noel?
–Explicándole cómo serán las cosas cuando la expedición haya
partido. Dime, ¿te has parado a pensar alguna vez en cuáles serían los
objetivos de la Hermandad después de enviar la primera expedición?
–Bien... –vaciló Kirby–. Enviar más expediciones, supongo.
Consolidar nuestras posiciones. Continuar las investigaciones médicas. Seguir
con nuestro trabajo habitual.
–Exactamente. Un largo y lento camino llano hacia la utopía.
Ya no se trataría, de escalar una montaña. Por eso no me quedaré para seguir
dirigiendo la situación.
–¿Cómo?
–Me voy en la expedición.
Si Vorst se hubiera arrancado una extremidad y golpeado el
suelo con ella, Kirby no se habría quedado más estupefacto. Las palabras del
Fundador le golpearon como un mazazo y le hicieron retroceder. Kirby se agarró
a los brazos de la silla, y la silla le aferró en respuesta, meciéndole con
suavidad hasta que su conmoción se calmó.
–¿Que te vas? –estalló Kirby–. No, no. No me lo puedo creer,
Noel. Es una locura.
–He tomado mi decisión. Mi trabajo en la Tierra ha terminado.
He guiado a la Hermandad durante un siglo, y ya es suficiente. He visto como
tomaba el control de la Tierra, y también el de Venus indirectamente, y cuento
con la colaboración, ya que no el apoyo, de los marcianos. He hecho aquí todo
lo que me propuse. Con la partida de la primera expedición interestelar, habré
rematado lo que llamo presuntuosamente mi misión sobre la Tierra. Es hora de
seguir adelante. Probaré en otro sistema solar.
–No permitiremos que te vayas –dijo Kirby, sorprendido por
sus propias palabras–. ¡No puedes irte! A tu edad..., subirte a una cápsula con
destino a...
–Si yo no voy, no habrá cápsula con destino a ningún sitio.
–No hables de esa manera, Noel. Pareces un niño mimado
amenazando con suspender la fiesta si no accedemos a sus caprichos. En la
Hermandad hay otras personas cuyas responsabilidades tampoco les permitirán
marchar.
Para sorpresa de Kirby, su acida acusación sólo pareció
divertir a Vorst.
–Creo que has interpretado mal mis palabras –dijo–. No he
dicho que suspenderé la
expedición si yo no voy. He dicho que utilizar los espers de Lázaro depende de
que yo vaya. Si no subo a bordo de la cápsula, no nos prestará sus impulsores.
Kirby se sumió en el estupor por segunda vez en diez minutos,
mezclado esta vez con dolor, porque comprendió que se había producido una
traición.
–¿Es éste el trato que hiciste, Noel?
–Valía la pena pagar el precio. Ya hace mucho tiempo que se
precisaba un cambio en el poder. Yo desaparezco de escena; Lázaro se convertirá
en el jefe supremo del movimiento. Tú serás su vicario en la Tierra.
Conseguimos los espers. Abrimos las puertas del cielo. Beneficia a todo el
mundo involucrado.
–No, Noel.
–Estoy harto de estar aquí. Quiero marcharme. Lázaro también
quiere que me vaya. Soy demasiado grande, más grande que todo el movimiento. Es
hora de dar entrada a los mortales. Tú y Lázaro podéis dividiros la autoridad.
El ostentará la supremacía espiritual, pero tú gobernarás la Tierra. Los dos
forjaréis algún tipo de relación comunicante entre los armonistas y la
Hermandad. No será muy difícil; los rituales son muy parecidos. En diez años
habrá desaparecido cualquier resentimiento. Y yo estaré a doce añosluz de
distancia, sin entrometerme en vuestro camino, viviendo en mi retiro.
Pastoreando en el planeta X del sistema Y. ¿Qué te parece?
–Que no creo nada de todo esto, Noel. Que abdiques al cabo de
un siglo, que te largues como una exhalación con un grupo de pioneros, que
vivas en una cabaña de troncos en un planeta desconocido a la edad de ciento
cincuenta años, que sueltes las riendas...
–Pues empieza a creértelo –dijo Vorst. Por primera vez desde
que había empezado la conversación, su voz recuperó el viejo tono restallante–.
Me voy. Está decidido. En cierto sentido, ya me he ido.
–¿Qué significa eso?
–Ya sabes que soy un oscilador de segunda fila, que hago
planes ayudándome de precogs.
–Sí.
–He visto el futuro. Sé cómo empezó y sé cómo va a ser. Me
marcho. He seguido el plan hasta ahora... He seguido y he guiado, todo a la
vez, patas arriba a través del tiempo. Sabía todo lo que haría un poco de
antemano. Desde que fundé la Hermandad hasta este preciso momento. Así que está
decidido. Me voy.
Kirby cerró los ojos y luchó por conservar la calma.
–Examina el trayecto que ya he recorrido –dijo Vorst–.
¿Alguna vez di un paso en falso? La Hermandad prosperó. Se apoderó de la
Tierra. Cuando fuimos lo bastante fuertes para permitirnos un cisma, fomenté la
herejía armonista.
–Que tú fomentaste...
–Escogí a Lázaro para mis designios y le llené la cabeza de
ideas. Era un acólito insignificante, arcilla en mis manos. Por eso nunca le
llegaste a conocer en los primeros tiempos. Pero estaba allí. Yo le escogí. Yo
le moldeé. Hice que su movimiento se opusiera al nuestro.
–¿Por qué, Noel?
–Ser monolítico no hubiera dado resultado. Hice una apuesta
compensatoria. La Hermandad fue pensada para triunfar en la Tierra, pero los
mismos principios no atraían, no podían atraer a Venus. De modo que puse en
marcha un segundo culto. Lo hice a la medida de Venus y les di a Lázaro.
Después, les di a Mondschein. ¿Te acuerdas? Fue en 2095. Era un vulgar acólito
ambicioso, pero comprendí que poseía energía y le fui dando pequeños toques,
hasta que se encontró en Venus y transformado. El edificó toda la organización.
–¿Y sabías que habían encontrado impulsores? –preguntó Kirby,
incrédulo.
–No lo sabía, pero confiaba en ello. Sólo sabía que fundar
los armonistas era una buena idea, porque vi que había sido una buena idea. ¿Me sigues? Por la misma razón, rapté a
Lázaro y le oculté en una cripta durante sesenta años. En aquel momento no supe
por qué, pero sabía que podía ser útil guardarme en el bolsillo por un tiempo
al mártir armonista, una carta que podría jugar en el futuro. Jugué esa carta
hace doce años, y desde entonces los armonistas han sido míos. Hoy he jugado mi
última carta: yo mismo. He de irme. En cualquier caso, mi trabajo ha terminado.
Estoy harto de desenredar la madeja. He hecho juegos malabares durante cien
años, impulsando mi propia oposición, creando conflictos destinados a
resolverse en una síntesis definitiva, y esta síntesis ya se ha producido y me
marcho.
–Me humillas, Noel –dijo Kirby, tras un largo silencio–, al
pedirme que ratifique una decisión que ya es tan inmutable como las olas y el
amanecer.
–Eres libre para oponerte a ella en la reunión del Consejo.
–Pero, de todas formas, ¿te irás?
–Sí. No obstante, quisiera tu apoyo. No influirá en el
resultado final, pero prefiero tenerte a mi lado que en contra. Me gustaría
pensar que comprendes más que nadie lo que he hecho durante estos años. ¿Crees
que existe todavía algún motivo para que me quede en la Tierra?
–Te necesitamos, Noel. He ahí el único motivo.
–Ahora eres tú el que se comporta como un niño. No me
necesitáis. El Plan está consumado. Ya es hora de largarse y pasar la tarea a
otros. Dependes demasiado de mí, Ron. Te cuesta hacerte a la idea de que nunca
más voy a manejar los hilos.
–Quizá sea eso –admitió Kirby, pero ¿de quién es la culpa? Te
has rodeado de subordinados serviles. Te has hecho indispensable. Estás sentado
en el corazón del movimiento como un fuego sagrado, y todo el que se acerca
demasiado sale chamuscado. Ahora, te llevas el fuego a otra parte.
–Lo traslado –rectificó Vorst–. Bien, tengo un trabajo para
ti. Los miembros del Consejo llegarán dentro de seis horas. Voy a darles la
noticia, y supongo que les trastornará como a ti. Tómate libre esas seis horas
y piensa en lo que acabo de decirte. Reconcíliate con ello. Más aún, no te
limites a aceptarlo, apruébalo. En la
reunión, levántate y no expliques sólo por qué es correcto que yo me vaya, sino
también por qué es necesario y vital para el futuro de la Hermandad que lo
haga.
–Quieres decir...
–Ahora no digas nada. Aún eres hostil. No lo serás una vez
hayas examinado la dinámica de la situación. Manten la boca cerrada hasta
entonces.
–Sigues manejando los hilos, ¿no? –sonrió Kirby.
–A estas alturas ya es una vieja costumbre. Pero es la última
vez que lo hago. Te prometo que cambiarás de opinión. Comprenderás mi punto de
vista dentro de una hora o dos. Al anochecer, tendrás ganas de meterme por la
fuerza en esa cápsula. Sé que tendrás ganas. Te conozco.
6
En un claro umbroso de Venus, los impulsores practicaban su
deporte favorito.
Una avenida de enormes árboles se alejaba hacia el horizonte
nacarado. Las hojas dentadas formaban en lo alto un espeso dosel. Abajo, en la
tierra cenagosa sembrada de hongos, doce muchachos venusinos de piel azul y
hábito verde ejercitaban sus habilidades. Varias figuras de mayor envergadura
les contemplaban desde cierta distancia. David Lázaro se erguía en el centro
del grupo. A su alrededor se congregaban los líderes armonistas: Christopher
Mondschein, Nicholas Martell, Claude Emory.
Lázaro había tenido serios problemas con estos hombres. Para
ellos, había sido apenas un nombre del martirologio, una figura reverenciada e
irreal gracias a cuyo poder ausente gobernaban una religión. Habían tenido que
adaptarse a su regreso, y no les había resultado fácil. Lázaro pensó en algún
momento que le asesinarían. El peligro había pasado y ellos se sometían a sus
deseos. Pero, por haber dormido durante tanto tiempo, era a la vez más joven y
más viejo que sus lugartenientes, lo que en ocasiones le impedía ejercer toda
su autoridad.
–Está arreglado –dijo–. Vorst se marchará y el cisma
concluirá. Trazaré algún plan con Kirby.
–Es una trampa –dijo Emory, sombrío–. Ten cuidado, David. No
se puede confiar en Vorst.
–Vorst me devolvió a la vida.
–Pero antes te metió en aquella cripta –insistió Emory–. Tú
mismo lo dijiste.
–No podemos estar seguros de eso –contestó Lázaro, aunque era
cierto que el propio Vorst lo había admitido en el curso de su última
conversación–. Son puras conjeturas. No hay pruebas de que...
–No tenemos ningún motivo para confiar en Vorst, Claude –le
interrumpió Mondschein–, pero, si comprobamos que se halla a bordo de la
cápsula, ¿qué podemos perder impulsándole hacia Betelgeuse o Proción? Nos
libraremos de él y trataremos con Kirby. Kirby es un hombre razonable. No es
tan condenadamente tortuoso como Vorst.
–Es muy sospechoso –volvió a la carga Emory–. ¿Por qué un
hombre con el poder de Vorst renuncia voluntariamente ?
–Tal vez esté aburrido –sugirió Lázaro–. El poder absoluto
sólo puede ser comprendido del todo por quien lo ostenta. Es pesado. Es
divertido manipular a tu antojo durante veinte, treinta, cincuenta años...,
pero Vorst lleva cien años al mando. Quiere cambiar de aires. Me inclino por
aceptar la oferta. Nos libraremos de él y manejaremos a Kirby. Además, hay un
punto a su favor: ni ellos ni nosotros podemos alcanzar las estrellas sin la
ayuda del otro bando. Estoy a favor. Vale la pena intentarlo.
Nicholas Martell señaló a los impulsores.
–No olvides que perderemos algunos. No es posible impulsar
una cápsula hacia las estrellas sin sobrecargar a los impulsores.
–Vorst nos ha ofrecido sus servicios de rehabilitación –dijo
Lázaro.
–Otro punto a favor –observó Mondschein–. El nuevo acuerdo
nos permitirá acceder a los hospitales vorsters. Desde un punto de vista
egoísta, me gusta la idea. Creo que ha llegado el momento de abandonar la
arrogancia y rendirnos a Vorst. Está ansioso por hacer el trueque y largarse.
Muy bien. Que se vaya, y ya procuraremos aprovecharnos de Kirby.
Lázaro sonrió. No había pensado que se ganaría el apoyo de
Mondschein con tanta facilidad, aunque Mondschein era viejo, pasaba de los
noventa años, y tenía muchísimas ganas de recibir los cuidados que le
proporcionarían los médicos vorsters, cuidados que no encontraría en el adverso
Venus. Mondschein había visto los hospitales de Santa Fe cuando era joven, y
conocía los milagros que se llevaban a cabo en ellos. No era un motivo muy
respetable, pensó Lázaro, pero al menos era un motivo humano, y Mondschein era
humano debajo de sus branquias y piel azul. «Como todos nosotros –comprendió
Lázaro–. Aunque ellos no lo sean.»
Miró a los impulsores. Eran venusinos de la quinta y sexta
generaciones. Portaban la semilla de la Tierra, pero eran muy diferentes de la
estirpe original. Las primeras manipulaciones genéticas que había adaptado la
humanidad a la vida en Venus fueron un éxito; estos muchachos ya no eran
humanos. Jugaban con entusiasmo. Ahora ya les costaba muy poco esfuerzo
transportar objetos a grandes distancias. Podían enviarse mutuamente al otro
extremo de Venus en un instante, o plantar un pedrusco en la Tierra en una o
dos horas. No podían autotransportarse, porque necesitaban un fulcro para
producir el impulso. Pero esto era lo de menos. No podían saltar de un lugar a
otro en virtud de sus poderes individuales, pero sí en colaboración mutua.
Lázaro no se cansaba de mirarles: aparecían, desaparecían,
saltaban, movían objetos. Simples niños que todavía no dominaban con maestría
su talento. ¿De qué poder gozarían cuando madurasen por completo?, se preguntó.
¿Y cuántos morirían para lograr que la humanidad saltara por
encima de sus barreras actuales?
Un pájaro de alas en forma de sierra, débilmente luminoso a
la luz del anochecer, cruzó el cielo en diagonal por encima de los árboles. Uno
de los impulsores levantó la vista, sonrió, se apoderó del ave y la envió por
el aire a medio kilómetro de distancia. Se escuchó un graznido de rabia,
distante pero audible.
–El trato está cerrado –dijo Lázaro–. Ayudamos a Vorst, y
Vorst se va. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –se apresuró a decir Mondschein.
–De acuerdo –murmuró Martell, arrastrando los pies por el
musgo grisáceo que festoneaba la tierra.
–¿Claude? –preguntó Lázaro.
Emory frunció el ceño. Miró a un muchacho de largos miembros,
materializado a menos de seis metros de distancia, que volvía de pasear por
otro continente. El rostro enjuto de Emory reflejaba una gran tensión.
–De acuerdo –dijo.
7
La cápsula, un obelisco de acero de berilio, medía quince
metros de altura: un arca insegura que surcaría el mar de estrellas. Contenía
habitaciones para once personas, un ordenador cuyas facultades inspiraban
cierto temor reverente y un tesoro subminiaturizado, consistente en todo lo que
valía la pena salvar de dos mil millones de años de vida en la Tierra.
–Prepara la cápsula –había indicado Vorst al hermano
Capodimonte como si el Sol fuera a convertirse en nova el mes que viene y
tuviéramos que salvar lo más importante.
Como antiguo antropólogo, Capodimonte tenía sus propias ideas
sobre lo que debía contener un arca semejante, pero procuró no dejarse influir
por ellas y cumplir al pie de la letra las instrucciones de Vorst. Un subcomité
de hermanos había planeado décadas atrás, con absoluta discreción, una
expedición interestelar a años vista, que había sufrido sucesivos retoques, por
lo que Capodimonte se benefició del pensamiento de otros hombres. Una comodidad
suplementaria.
Existían algunos preocupantes componentes de misterio en el
proyecto. Por ejemplo, no conocía la naturaleza del planeta al que se
dirigirían los pioneros. Nadie lo sabía. Desde esta distancia, no había forma
de saber si albergaría vida de tipo terrestre.
Los astrónomos habían localizado cientos de planetas
esparcidos por otros sistemas. Algunos podían ser vistos de forma borrosa
mediante los sensores telescópicos; la existencia de otros se deducía gracias a
los cálculos de órbitas estelares irregulares. Pero los planetas estaban allí.
¿Darían la bienvenida a los terrícolas?
De los nueve planetas que componían el sistema solar, sólo
uno era habitable... Un tanto por ciento pesimista para otros sistemas. Había
costado dos generaciones de duro trabajo terraformar Marte; los once pioneros
ni siquiera podrían hacer esto. Convertir a los hombres en venusinos había
exigido los más sofisticados adelantos genéticos, algo impensable para los
viajeros. Deberían encontrar un mundo a su medida o fracasar.
Los espers de Santa Fe afirmaban que existían mundos
apropiados. Habían escrutado los cielos, extendido su mente y establecido
contacto con planetas tangibles y habitables. ¿Ilusión? ¿Engaño? Capodimonte no
estaba en condiciones de poder precisarlo.
Reynolds Kirby, preocupado por el proyecto desde el primer
momento, fue a ver a Capodimonte.
–¿Es verdad que ni siquiera saben a qué estrella se dirigen?
–preguntó.
–Es verdad. Han detectado emanaciones procedentes de algún
lugar. No me preguntes cómo. Tal como está previsto, nuestros espers se
encargarán de guiar la nave, y sus impulsores de propulsión. Nosotros
encontramos, ellos nos elevan.
–¿Un viaje a cualquier parte?
–A cualquier parte corroboró Capodimonte–. Practican un
agujero en el cielo y envían la cápsula a través. No viaja por el espacio
normal, sea lo que sea el espacio normal. Aterriza en el planeta con el que
nuestros espers afirman haber conectado y envían un mensaje, diciéndonos dónde
están. Recibiremos el mensaje dentro de una generación. Pero, entretanto, ya
habremos enviado otras expediciones. Un viaje sólo de ida a ninguna parte. Y
Vorst es el primero en apuntarse.
Kirby meneó la cabeza.
–Es difícil de creer, ¿no? Pero es evidente que será un
éxito.
–¿Sí?
–Sí. Vorst ordenó a sus osciladores que echaran un vistazo.
Le han dicho que llegará sano y salvo; por eso tiene tantas ganas de lanzarse
hacia esa negrura: sabe por adelantado que no correrá ningún riesgo.
–¿Tú te lo crees? –preguntó Capodimonte, pasando las hojas
del inventario.
–No.
Ni tampoco el hermano Capodimonte, pero no puso objeciones al
papel que le habían adjudicado. Estaba presente en la reunión del Consejo
cuando Vorst anunció sus sorprendentes intenciones, y había oído a Reynolds
Kirby defender con gran elocuencia que se le permitiera partir al Fundador. La
tesis de Kirby fue de lo más acertado, considerando el contexto de pesadillas
que rodeaba todo el proyecto. Y la cápsula partiría, impulsada por el esfuerzo
común de algunos muchachos de piel azul, y guiada a través de los cielos por
las mentes dispersas de los espers de la Hermandad, y Noel Vorst jamás volvería
a andar sobre la Tierra.
Capodimonte consultó sus listas:
Comida.
Ropas.
Libros.
Herramientas.
Equipo Médico.
Aparatos de comunicación.
Armas.
Fuentes de energía.
La expedición estaba convenientemente pertrechada para su
aventura, pensó Capodimonte. Todo el proyecto podía ser una locura, o la mayor
empresa llevada jamás a cabo por el hombre; el hermano Capodimonte no se
decidía por una u otra posibilidad, pero de algo estaba seguro: la expedición
estaba convenientemente pertrechada. El se había encargado de ello.
8
Era el día de la partida. El frío viento de invierno azotaba
Nuevo México en aquel día de finales de diciembre. La cápsula se erguía en una
llanura desértica, a dieciocho kilómetros del centro de investigaciones de
Santa Fe. El paisaje que se extendía hasta el horizonte rebosaba de artemisa,
enebros y pinos piñoneros, y el perfil de las montañas se alzaba a lo lejos.
Aunque se hallaba bien aislado, Reynolds Kirby se estremeció cuando el viento
asoló la llanura. Dentro de pocos días empezaría el año 2165, pero Noel Vorst
no se quedaría para darle la bienvenida. Kirby todavía no se había acostumbrado
a la idea.
Los impulsores de Venus habían llegado una semana antes. Eran
veinte, y como vivir todo el tiempo en trajes respiratorios les perjudicaba,
los vorsters habían erigido para alojarles un edificio rematado por una cúpula
que reproducía en parte las condiciones ambientales de Venus; unos tubos
bombeaban en su interior la inmundicia venenosa que estaban acostumbrados a
respirar. Lázaro y Mondschein les acompañaron, y se encerraron con ellos en el
edificio para ponerlo todo a punto.
Mondschein se quedaría después del acontecimiento para
someterse a una revisión general en Santa Fe. Lázaro regresaría a Venus al cabo
de dos días, pero antes se reuniría con Kirby en una mesa de conferencias para
elaborar las cláusulas básicas de la nueva entente. Se habían encontrado
brevemente sólo una vez, doce años atrás. Desde la llegada de Lázaro a la
Tierra, Kirby había hablado en alguna ocasión con él, llegando a la conclusión
de que no resultaría difícil alcanzar un acuerdo con el profeta armonista, pese
a que era un hombre decidido y obstinado. Al menos, así lo esperaba.
Ahora, en la desolada llanura, los altos dirigentes de la
Hermandad de la Radiación Inmanente se estaban congregando para contemplar la
desaparición de su jefe. Kirby paseó la mirada a su alrededor y vio a
Capodimonte, Magnus, Ashton, Langholt y muchos más, docenas de miembros
integrados en los grados medios de la organización. Todos le miraban. No podían
ver a Vorst, que ya se encontraba en la cápsula, junto con los demás miembros
de la expedición. Cinco hombres, cinco mujeres y Vorst. Todos eran menores de
cuarenta años, sanos, capacitados y resistentes. Y Vorst. Los aposentos del
Fundador en la cápsula eran cómodos, pero era absurdo pensar que el viejo
pudiera zambullirse en el universo de esta forma.
El supervisor Magnus, coordinador europeo, se colocó junto a
Kirby. Era un hombre bajo y de rasgos afilados que, como la mayoría de
dirigentes de la Hermandad, servía en sus filas desde hacía más de setenta
años.
–Se va de verdad –dijo Magnus.
–Sí, pronto. No cabe duda.
–¿Has hablado con él esta mañana?
–Brevemente. Parece muy tranquilo.
–Parecía muy tranquilo cuando nos bendijo anoche. Casi
alegre.
–Se quita un gran peso de encima. Tú también estarías alegre
si fueras a volar hacia el cielo, desembarazándote de tus responsabilidades.
–Ojalá pudiéramos evitarlo.
Kirby se volvió y miró con franqueza al hombrecillo.
–Es necesario –dijo–. Debe ser así, de lo contrario el
movimiento fracasaría en el momento de su mayor triunfo.
–Sí, ya oí tu discurso ante el Consejo, pero...
–Hemos culminado nuestra primera etapa de evolución. Ahora
necesitamos extender nuestra leyenda. La partida de Vorst, simbólicamente,
tiene un valor inestimable para nosotros. Asciende a los cielos, permitiéndonos
proseguir su trabajo y avanzar hacia nuevas metas. Si se quedara, empezaríamos
a contar el tiempo. Ahora, su glorioso ejemplo servirá para inspirarnos. Vorst
abrirá el camino hacia nuevos mundos, y nosotros nos quedaremos para
engrandecer la fundación que nos lega.
–Hablas como si te lo creyeras.
–Lo creo. No fue así al principio, pero Vorst tenía razón.
Dijo que yo comprendería por qué se iba, y acertó. Es diez veces más valioso
para el movimiento marchándose que permaneciendo aquí.
–Ya no se contenta con ser Jesucristo y Mahoma –murmuró
Magnus–. Se empeña en ser Moisés, y también Elias.
–Nunca creí que te oiría hablar de él tan irrespetuosamente.
–Yo tampoco. ¡No quiero que se vaya, maldita sea!
Kirby se asombró al ver que las lágrimas brillaban en los
pálidos ojos de Magnus.
–Precisamente por eso se marcha –dijo Kirby, y los dos
hombres se quedaron en silencio.
Capodimonte se acercó a ellos.
–Todo está dispuesto –anunció–. Lázaro me ha informado de que
los impulsores ya están conectados en serie.
–¿Y nuestros espers? –preguntó Kirby.
–Están preparados desde hace una hora.
Kirby miró la reluciente cápsula.
–Terminemos cuanto antes –dijo.
–Síaprobó Capodimonte–. Es lo mejor.
Kirby sabía que Lázaro estaba esperando su señal. A partir de
ahora, él daría todas las señales, al
menos en la Tierra. Esta idea, sin embargo, ya no le inquietaba. Se había
adaptado a la situación. Estaba al mando.
Insignias simbólicas atestaban el campo: iconos armonistas,
un gran reactor de cobalto, la parafernalia de los dos cultos que ahora se
fusionaban. Kirby hizo un gesto a un acólito, y las barras de protección fueron
retiradas. La cápsula cobró vida.
El Fuego Azul bailó por encima del reactor, y su resplandor
bañó el casco de la cápsula. Una luz fría, la radiación Cerenkov, el símbolo
vorster, destelló en la meseta, y de la multitud arracimada se elevó un sonido
fervoroso, las letanías susurradas, las recapitulaciones murmuradas de las
franjas del espectro. Entretanto, el hombre que había inventado la oración se
hallaba oculto dentro de aquella lágrima de acero, en el centro de la
concurrencia.
La llamarada del Fuego Azul era la señal que aguardaban los
venusinos concentrados en el edificio próximo. Había llegado el momento de
aunar sus poderes e impulsar la cápsula hacia el espacio, plantando el pie del
hombre en un nuevo mundo, en las estrellas.
–¿A qué están esperando? –preguntó Magnus en tono
quejumbroso.
–Quizá no lo consigan –dijo Capodimonte.
Kirby no dijo nada. Y entonces empezaron a conseguirlo.
9
Kirby no sabía bien lo que esperaba. Se había imaginado en
sus fantasías a una docena de venusinos bailando alrededor de la cápsula,
unidas las manos, sus frentes palpitando por el esfuerzo de elevar el vehículo
y lanzarlo al espacio. Sin embargo, los venusinos no estaban a la vista; se
hallaban encerrados en su cúpula, a centenares de metros de distancia, y Kirby
tuvo la sospecha de que ni habían enlazado las manos ni mostraban señales
externas de esfuerzo.
En sus ensueños también se había imaginado a la cápsula
despegando como un cohete, elevándose unos metros del suelo, bamboleándose
ligeramente, subiendo un poco más, remontándose de repente, cruzando el cielo
con una marcada trayectoria, disminuyendo de tamaño, perdiéndose de vista al
fin. Pero, claro, la realidad no se ajustaría a sus visiones.
Esperó. Pasó un largo momento.
Pensó en Vorst, aterrizando en otro planeta. ¿Tal vez en un
mundo habitado? ¿Qué efecto produciría Vorst al llegar a este territorio
virgen? Vorst era una fuerza irresistible, terrorífica y única. A donde fuera,
transformaría todo cuanto le rodeara. Kirby sintió pena por los diez
desventurados pioneros que gozarían de los consejos continuados de Vorst. Se
preguntó qué clase de colonia fundarían.
Fuera cual fuese, tendría éxito. El
éxito era algo natural en Vorst. Era espantosamente viejo, pero todavía poseía
una increíble vitalidad. El Fundador parecía saborear el desafío de comenzar de
nuevo. Kirby le deseó buena suerte.
–Allá van –susurró Capodimonte.
Era verdad. La cápsula seguía en tierra, pero el aire que la
rodeaba oscilaba, como agitado por las oleadas de calor que surgían de la
tierra reseca y arenosa.
Entonces, la cápsula desapareció.
Eso fue todo. Kirby miró el lugar vacío donde había estado.
Vorst había ascendido a los cielos, y en algún lugar se había abierto una
puerta.
–Existe una Unidad de la que toda vida brota –dijo alguien en
voz baja detrás de Kirby–. A la infinita variedad del universo le debemos...
–Hombre y mujer, estrella y piedra, árbol y ave... –dijo otra
voz.
–En nombre del espectro, del cuanto y del sagrado angstrom...
–dijo otra.
Kirby no se quedó a escuchar las familiares oraciones, ni
tampoco rezó. Miró brevemente una vez más aquel punto vacío del desierto, y
después levantó la vista hacia el cielo intensamente azul, que empezaba a
oscurecerse ante la inminente llegada del ocaso. Se había consumado. Vorst se
había ido, dando por finalizada su misión en la Tierra, y ahora les llegaba el
turno a los hombres inferiores. El camino estaba abierto. La humanidad podía
desparramarse por los cielos. Tal vez. Tal vez.
Solo entre la muchedumbre de fieles, Kirby dio la espalda al
ahora lugar sagrado desde el que Vorst había ascendido a los cielos. Kirby, con
mucha parsimonia, una alta figura cuya sombra se alargaba varios metros, se
alejó del lugar donde Noel Vorst había estado, hacia el lugar donde David
Lázaro le estaba esperando para hablar con él.

