Libro N° 6027. Las Máscaras Del Tiempo. Silverberg, Robert.
© Libro N° 6027.
Las Máscaras Del Tiempo. Silverberg, Robert. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © The Masks of Time
Versión Original: © Las Máscaras Del Tiempo. Robert Silverberg
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS MÁSCARAS DEL
TIEMPO
Robert Silverberg
Para
A. J. y Eddie
UNO
Supongo que unas memorias de este tipo
deberían empezar con alguna clase de aclaración sobre mi compromiso
personal: yo era el hombre, yo estuve ahí,
yo sufrí. Y, de hecho, mi relación
con los improbables acontecimientos de los últimos doce meses fue grande. Conocí al hombre del
futuro. Le seguí en su órbita de pesadilla alrededor de nuestro mundo. Estuve con él al final.
Pero no al principio. Y por eso, si debo
narrar toda su historia, debo hacer una
historia más que completa de quién soy yo. Cuando
Vornan-19 llegó a nuestra era, yo me encontraba tan alejado de incluso los más
extraordinarios acontecimientos
ocurridos que no me enteré de ello hasta pasadas varias
semanas. Sin embargo, finalmente me vi arrastrado al torbellino que creó… como lo fueron ustedes, todos ustedes, como lo
fuimos todos y cada uno de nosotros en todas partes.
Soy Leo Garfield. Esta noche, el 5 de
diciembre del año 1999, he cumplido los
cincuenta y dos años. Estoy soltero —por decisión propia—, y tengo una salud excelente. Vivo en Irvine, California, y ocupo la Cátedra Schultz de Física en
la Universidad de California. Mi trabajo está relacionado con
la inversión temporal de las partículas
subatómicas. Nunca he enseñado en las aulas. Tengo varios estudiantes
jóvenes ya graduados a los que considero
como mis alumnos, igual que lo hace
la Universidad, pero en nuestro laboratorio no existe ninguna instrucción formal en el sentido habitual
del término. He consagrado la mayor
parte de mi existencia adulta a la física de la inversión temporal, y mi
mayor éxito ha sido persuadir a unos
cuantos electrones de que se dieran la vuelta y salieran huyendo hacia el pasado. Hubo un tiempo en el cual pensé
que eso era un logro considerable.
Cuando llegó Vornan-19, hace poco menos de un
año, yo había llegado a un callejón sin
salida en mi trabajo y había ido al desierto para poder estar de mal humor
hasta que hubiera rebasado el punto de bloqueo.
No ofrezco eso como excusa para mi fracaso en cuanto a estar
enterado de las noticias de su llegada. Me
alojaba en casa de unos amigos a unos ochenta kilómetros al sur de
Tucson, en una vivienda totalmente moderna
equipada con pantallas murales, datáfonos y los demás canales de
comunicación que podían esperarse, y supongo
que podría haber seguido los acontecimientos desde los primeros boletines. Si no lo hice fue porque no
tenía la costumbre de seguir muy de
cerca la actualidad, y no porque me
hallara en ningún estado de aislamiento. Mis largos paseos de cada día por el
desierto eran espiritualmente de gran utilidad, pero cuando llegaba la noche
volvía a unirme con la raza humana.
Así pues, cuando vuelva a narrar la historia de cómo Vornan-19 apareció entre nosotros, deben
comprender que lo estoy haciendo mediante fuentes lejanas. Para cuando
llegué a estar metido en ella, la historia
era tan vieja como la caída de Bizancio
o los triunfos de Atila, y me enteré de ella como habría podido enterarme de cualquier
acontecimiento histórico.
Se materializó en Roma la tarde del 25 de
diciembre de 1998.
¿Roma? ¿El día de Navidad? Seguramente debió
escoger esa fecha para producir un
efecto deliberado. ¿Un nuevo Mesías, cayendo del cielo en esa
ciudad y en esa fecha? ¡Qué obvio! ¡Qué
barato!
Pero, de hecho, él insistió en que había sido
accidental. Sonrió de esa irresistible forma suya, se pasó los
pulgares por la suave piel que había bajo sus párpados y, en voz baja, dijo:
—Tenía una posibilidad entre trescientas
sesenta y cinco de aparecer en un día cualquiera. Dejé
que las probabilidades siguieran sus
propios deseos. ¿Puedes volver a explicarme cuál es el significado de este Día de la Navidad?
—El nacimiento del Salvador —dije yo—, hace
mucho tiempo.
—¿El salvador de qué, por favor?
—De la humanidad. El que vino a redimirnos
del pecado.
Vornan-19 contempló esa esfera de vacío que
siempre parecía estar acechando
aproximadamente a un metro por delante de su
cara. Supongo que estaba meditando en los conceptos de la salvación, la redención y el pecado, intentando meter algo de contenido en aquellos sonidos.
Finalmente, dijo:
—¿Este redentor de la humanidad nació en
Roma?
—En Belén.
—¿Un suburbio de Roma?
—No exactamente —dije—. Pero dado que
llegaste el día de Navidad, tendrías que haber aparecido
en Belén.
—Lo habría hecho, si lo hubiera planeado
buscando tal efecto —replicó Vornan—. Pero no sabía nada de esa figura santa vuestra, Leo. Ni el día de su nacimiento, ni
dónde nació ni su nombre.
—¿Ha sido olvidado Jesús en vuestro tiempo,
Vornan?
—Soy un hombre muy ignorante, como debo
recordarte a cada instante. Nunca he estudiado las religiones antiguas. Fue el azar lo que me llevó a ese sitio en aquel momento
—y una expresión traviesa parpadeó por un instante, igual que un relámpago juguetón, por sus elegantes rasgos.
Quizá estaba diciendo la verdad. Belén podría
haber sido más efectivo si hubiera querido manipular el efecto
Mesías. Ya que escogió Roma, por lo menos
habría podido aparecer en la plaza que hay delante de San Pedro, digamos
que justo cuando el papa Sixto le estaba
dando su bendición a las multitudes. Una iridiscencia plateada, una
figura que baja flotando hacia el suelo, los
devotos atónitos arrodillándose por centenas de millares, el mensajero
del futuro posándose suavemente, sonriendo,
haciendo la señal de la Cruz, enviando a través de las multitudes la
silenciosa corriente de buena voluntad y tranquila paz que mejor convenía a esa
jornada de celebración. Pero no lo hizo. En
vez de eso, apareció a los pies de
las Escalinatas Españolas, junto a la fuente, en esa calle normalmente repleta de gente acomodada que se
dirige hacia las boutiques de
la Via Condotti para hacer sus compras.
Al mediodía de la
Navidad, la Piazza di Spagna estaba casi vacía, las tiendas de la Via Condotti habían cerrado y las mismas Escalinatas se encontraban despejadas de sus
tradicionales ocupantes. En los peldaños de arriba había unos cuantos devotos que iban a la iglesia de la Trinita dei
Monti. Era un frío día invernal, con copos de nieve girando en el cielo
gris; un viento áspero soplaba desde el
Tíber. Roma estaba nerviosa ese día.
Los Apocaliptistas habían creado disturbios la noche anterior; turbas
feroces de rostros pintados habían ocupado el
Foro, danzando en un ballet de la Noche de Walpurgis fuera de temporada
alrededor de los maltrechos muros del Coliseo y luego se habían esparcido por
la horrible masa del monumento a Víctor
Manuel para profanar su blancura con salvajes copulaciones. Era el peor
de todos los estallidos de irracionalidad que habían azotado a Roma durante ese
año, aunque no era tan violento como, digamos, la acostumbrada erupción
Apocaliptista de Londres, o lo ocurrido en Nueva York. Aun así, los carabinieri que blandían látigos
neurales sólo pudieron apaciguarlo
con grandes dificultades, abriéndose paso por entre los miembros del
culto que chillaban y gesticulaban, teniendo
que actuar de forma totalmente implacable. Dicen que hacia el amanecer la Ciudad Eterna seguía resonando con el
eco de los gritos de aquellas saturnales. Después llegó la mañana del Cristo Niño y al mediodía, mientras
que yo aún dormía en el cálido invierno de Arizona, del cielo duro como el
hierro apareció la resplandeciente figura de Vornan-19, el hombre del futuro.
Hubo noventa y nueve testigos. Estuvieron de
acuerdo en todos los detalles básicos.
Bajó del cielo. Todos los que fueron
interrogados informaron que apareció trazando un arco sobre la Trinita dei
Monti, que voló sobre las Escalinatas
Españolas y que se posó en la Piazza de
Spagna, unos cuantos metros más allá de la fuente en forma de barco. Casi todos los testigos dijeron que dejó una línea brillante por el aire a medida que bajaba,
pero ninguno afirmó haber visto un vehículo de alguna clase. A menos que las leyes de la caída de los cuerpos hubieran sido
repelidas, Vornan-19 estaría viajando a
una velocidad de casi mil metros por segundo en
el momento del impacto, si adscribimos a la teoría de que había sido liberado de algún vehículo suspendido por encima de la iglesia a suficiente altura como
para ser invisible.
Y aun así aterrizó erguido, sobre sus dos pies, sin ninguna señal aparente de incomodidad. Luego habló
vagamente de un «neutralizador de
gravedad» que había amortiguado su descenso,
pero no dio ningún detalle, y ahora no es probable que vayamos a
descubrirlo.
Iba desnudo. Tres testigos afirmaron que le
rodeaba un aura o nimbo resplandeciente,
dejando al descubierto los contornos de su cuerpo pero siendo lo bastante opaca
en la región genital como para proteger su desnudez. Un
halo-taparrabos, por así decirlo. Da la
casualidad de que esos tres testigos eran monjas que se encontraban en los
peldaños de la iglesia. Los noventa
y seis testigos restantes insistieron en la total desnudez de Vornan-19. La mayor parte de ellos fueron capaces de describir la anatomía de su sistema
reproductivo externo con detalles bastante explícitos. Vornan era un hombre
de excepcional masculinidad, como todos acabamos sabiendo, pero esas revelaciones se hallaban todavía en el futuro cuando los testigos oculares describieron
lo bien equipado que estaba.
Problema: ¿Tuvieron las monjas una
alucinación colectiva, consistente en
el nimbo que supuestamente protegía la modestia de Vornan?
¿Inventaron deliberadamente las monjas la existencia del nimbo para proteger su
propia modestia? ¿O dispuso Vornan las
cosas para que la mayoría de los testigos le vieran del todo, mientras que quienes podían sufrir molestias
emocionales a causa del espectáculo tuvieran una imagen distinta de él?
No lo sé. El culto del Apocalipsis nos ha
proporcionado una amplia evidencia de que las alucinaciones
colectivas son posibles, así que no rechazo
la primera sugerencia. Ni tampoco la
segunda, pues la religión organizada nos ha proporcionado dos mil años de precedentes para poder afirmar
fríamente que sus funcionarios no siempre dicen la verdad. En cuanto a
la idea de que Vornan pudiera tomarse la molestia de ahorrarle a las monjas el espectáculo de su desnudez, soy
más bien escéptico. Nunca fue su
estilo el proteger a nadie contra ninguna clase de sacudida emocional, y tampoco parecía ser realmente consciente de que los seres humanos necesitaran
ser protegidos de algo tan asombroso como el cuerpo de un congénere
suyo. Además, si ni tan siquiera había oído hablar de Cristo, ¿cómo podía haber
sabido nada sobre las monjas y sus votos? Pero
me niego a subestimar la tortuosidad de su espíritu. Y tampoco pienso que a Vornan le hubiera sido
técnicamente imposible aparecer de una forma ante noventa y seis espectadores,
y de otra a los tres restantes.
Sabemos que las monjas huyeron hacia el interior de la iglesia unos instantes después de su llegada.
Algunos de los demás dieron por sentado que Vornan era alguna clase de
maníaco Apocaliptista y dejaron de prestarle atención. Pero una buena cantidad
de ellos se quedaron observándole con fascinación,
mientras que el desnudo desconocido daba vueltas por la Piazza di Spagna tras haber hecho su espectacular aparición,
inspeccionando primero la fuente, luego los escaparates del otro lado y después la hilera de automóviles aparcados
junto a la acera. El frío del invierno no parecía tener efecto alguno sobre él. Cuando hubo visto todo lo que deseaba ver a ese lado de la plaza, la cruzó y empezó a
subir las escaleras. Se encontraba
en el quinto peldaño y no había ninguna
prisa en sus movimientos cuando un policía de aspecto muy nervioso fue corriendo hacia él y le gritó
que bajara y se metiera en el furgón.
—No haré lo que me dices —replicó Vornan-19.
Ésas fueron las primeras palabras que nos dirigió, la primera línea de su Epístola a los Bárbaros. Habló
en inglés. Muchos de los testigos
oyeron y comprendieron lo que había dicho.
El policía no le entendió y siguió arengándole en italiano.
—Soy un viajero de una era lejana —dijo
Vornan-19—. Estoy aquí para inspeccionar vuestro mundo.
Seguía hablando en inglés. El policía casi
balbuceaba. Creía que Vornan era un
Apocaliptista y, además, un Apocaliptista norteamericano, la peor
especie. El deber del policía era defender
la decencia de Roma y la santidad del Día de Navidad contra las vulgaridades de este loco exhibicionista. Le gritó
al visitante que bajara los escalones. Ignorándole, Vornan-19 se dio la vuelta y siguió subiendo
serenamente. La visión de aquellas nalgas pálidas y esbeltas que se
alejaban de él enloqueció al agente de la ley. Se quitó la capa y subió
corriendo los escalones, decidido a envolver con ella al desconocido.
Los testigos declaran que Vornan-19 no miró
al policía y que no le tocó para nada. El
agente, sosteniendo su capa en la mano izquierda, alargó la derecha para coger
a Vornan por el hombro. Hubo una descarga de una débil iridiscencia azul
amarillenta y un ligero chasquido, y el policía retrocedió tambaleándose igual
que si hubiera sufrido una sacudida eléctrica. Se
dobló sobre sí mismo mientras caía, bajó rodando hasta el final de las escaleras y quedó tendido como un fardo, estremeciéndose débilmente. Los espectadores
retrocedieron. Vornan-19 siguió
subiendo por los escalones hasta llegar al final, y una vez allí se detuvo para contarle a uno de los testigos unas cuantas cosas sobre sí mismo.
El testigo era un Apocaliptista alemán llamado
Horst Klein, de diecinueve años, que había
tomado parte en las orgías del Foro entre la
medianoche y el amanecer, y que ahora, demasiado excitado para irse a dormir, vagaba por la ciudad en un estado de ánimo parecido a la depresión post
coitum. El joven Klein, que hablaba con fluidez el
inglés, se convirtió en una personalidad
televisiva familiar durante los días siguientes, repitiendo su historia en beneficio de las cadenas de noticias mundiales. Después cayó en el olvido, pero su
sitio en la historia está asegurado. No dudo de que en algún lugar de Mecklenburg o Schleswig todavía sigue repitiendo
la conversación en el día de hoy.
Cuando Vornan-19 se aproximó a él, Klein
dijo:
—No deberías matar a los carabinieri. No te lo perdonarán.
—No está muerto. Un poco aturdido, eso es
todo.
—No hablas como un norteamericano —dijo
Klein.
—No lo soy. Vengo de la Centralidad. Eso se
encuentra a mil años de distancia, ¿comprendes?
Klein se rió.
—El mundo terminará dentro de trescientos
setenta y dos días.
—¿Eso crees? De todas formas, ¿en qué año
estamos?
—1998. El veinticinco de diciembre.
—Al mundo le quedan por lo menos mil años. De
eso estoy seguro. Soy Vornan-19 y estoy aquí como visitante.
Necesito hospitalidad. Me gustaría probar
vuestra comida y vuestro vino. Deseo llevar ropas del período. Estoy
interesado en las antiguas prácticas
sexuales. ¿Dónde puedo encontrar una casa de relación?
—Ese edificio gris de ahí —dijo Klein,
señalando hacia la iglesia de
Trinita dei Monti—. Dentro cuidarán de todas tus necesidades. Sólo debes decirles que vienes del futuro, mil años
a partir de ahora. 2998, ¿no?
—2999 según vuestro sistema.
—Bien. Les encantarás. Lo único que debes
hacer es demostrarles que el mundo no va a
terminar dentro de un año a contar desde el día de Año Nuevo, y te darán
cuanto quieras.
—El mundo no terminará tan pronto —dijo
gravemente Vornan-19—. Te doy las gracias,
amigo mío.
Y empezó a ir hacia la iglesia.
Unos carabinieri sin aliento se lanzaron
sobre él desde varias direcciones a la
vez. No se atrevieron a aproximarse a más de cuatro metros de su persona, pero formaron una falange que le impedía el
acceso a la iglesia. Iban armados con látigos neurales. Uno de ellos arrojó su capa a los pies de Vornan.
—Ponte eso.
—No hablo vuestro lenguaje.
—Quieren que cubras tu cuerpo —dijo Horst Klein—. Su visión les ofende.
—Mi cuerpo no está deformado —dijo Vornan-19—.
¿Por qué debería cubrirlo?
—Quieren que lo hagas y tienen látigos
neurales. Pueden hacerte daño con ellos. ¿Ves? Son esas varas grises que llevan
en las manos.
—¿Puedo examinar tu arma? —le dijo
afablemente el visitante al agente más cercano.
Alargó la mano hacia ella. El agente retrocedió. Vornan se movió con una velocidad
que parecía imposible y arrancó el látigo de la
mano del policía. Lo cogió por la punta
utilizada para golpear y tendría que haber recibido una descarga aturdidora casi letal, pero, fuera por lo que fuese, no la recibió. El policía se quedó con la
boca abierta, mientras que Vornan estudiaba
el látigo, haciéndolo funcionar despreocupadamente
y pasando la mano por la zona metálica para sentir
los efectos que producía. Los agentes retrocedieron, persignándose con fervor.
Horst Klein se abrió paso a través de la
falange, que estaba desintegrándose,
y se arrojó a los pies de Vornan:
—Vienes realmente del futuro, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Cómo lo haces… cómo puedes tocar el látigo?
—Estas fuerzas tan suaves pueden ser
absorbidas y transformadas —dijo
Vornan—. ¿Todavía no poseéis los rituales de energía?
El joven alemán, tembloroso, meneó la cabeza.
Cogió la capa del policía y se la ofreció al hombre desnudo.
—Tápate con esto —murmuró—. Por favor. Haznos más fáciles las cosas. No puedes andar por ahí
desnudo…
Sorprendentemente, Vornan consintió. Después
de algunas dificultades, logró ponerse la
capa.
—¿El mundo no terminará en un año? —dijo
Klein.
—Desde luego que no.
—¡He sido un idiota!
—Quizá.
Las lágrimas corrieron por sus anchas mejillas teutónicas, carentes de toda arruga. La débil risa del
agotamiento se abrió paso por entre
los labios de Horst Klein. Se inclinó sobre la fría losa de piedra en una improvisada reverencia árabe ante Vornan-19. Temblando, sollozando, jadeando, Horst
Klein renunció a su fe en el movimiento Apocaliptista.
El hombre del futuro había conseguido su
primer discípulo.
DOS
En Arizona yo no sabía nada de esto. Si lo
hubiera sabido, lo habría considerado una
locura y no le habría hecho ningún caso. Pero me encontraba en una etapa
estéril y asfixiante de mi vida, con demasiado trabajo y pocos logros, y no le prestaba atención a nada que sucediera más allá
de los confines de mi propio cráneo.
Me hallaba en un estado de ánimo ascético,
y entre las cosas que me negaba ese mes estaba el ser consciente de los
acontecimientos mundiales.
Mis anfitriones eran amables. Me habían visto
pasar antes por tales crisis, y sabían cómo manejarme. Lo que
necesitaba era una delicada combinación de soledad y atención, y sólo personas de cierta sensibilidad podían
proporcionar la atmósfera requerida. No estaría fuera de lugar afirmar que Jack
y Shirley Bryant habían salvado varias veces mi cordura.
Jack había trabajado conmigo en Irvine
durante varios años a finales de la década de los 80. Había venido directamente
del Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde había conseguido la mayor parte de los honores disponibles, y
como en la mayoría de refugiados de
esa institución había en su alma algo de pálido y aprisionado, los
estigmas de haber vivido demasiado en el
Este, de excesivos veranos sin aire y demasiados inviernos ásperos. Era un placer ver cómo se abría bajo nuestro sol, como si fuera una flor demasiado resistente
para morir.
Cuando le conocí no tenía mucho más de veinte años: alto, pero con el tórax poco desarrollado, una espesa
cabellera rizada que no cuidaba
demasiado, las mejillas perpetuamente cubiertas
de una media barba, los ojos hundidos y los labios delgados e inquietos. Tenía todos los rasgos, tics y
costumbres estereotipadas del joven
genio. Yo había leído sus trabajos sobre la física de partículas, y eran
brillantes. Deben comprender que en la física se trabaja siguiendo ideas que
aparecen de forma penetrante y repentina
—inspiraciones, quizá—, y por ello no es necesario ser viejo y sabio antes de que uno pueda ser brillante. Newton remodeló el universo cuando sólo era un
muchacho. Einstein, Schrödinger, Heisenberg, Pauli y el resto de aquellos pioneros hicieron la parte más espléndida de su
trabajo antes de cumplir los treinta años. Es posible volverse más
astuto y profundo con la edad, como Bohr,
pero éste todavía era joven cuando le echó una mirada al corazón del átomo. Por
lo tanto, cuando digo que el trabajo
de Jack Bryant era brillante, no quiero
decir meramente que fuese un joven excepcionalmente prometedor. Quiero decir que era brillante en una
escala de valores absolutos, y que
había logrado alcanzar la grandeza cuando todavía le faltaba graduarse.
Durante los primeros dos años que pasó
conmigo, pensé que estaba realmente
destinado a rehacer la física. Tenía ese extraño poder, ese don de la intuición que lo hace temblar todo y penetra
cualquier duda; y también poseía la habilidad matemática y la persistencia
requeridas para perseguir su intuición y arrancarle una verdad consistente a lo desconocido. Su trabajo sólo guardaba una relación marginal con el mío.
Mi proyecto de inversión del tiempo se había
convertido en algo más experimental que teórico por aquella época,
pues ya había pasado por las etapas de las
primeras hipótesis y ahora gastaba la mayor parte de mi tiempo en el
gigantesco acelerador de partículas,
intentando acumular las fuerzas que esperaba mandarían volando hacia el pasado fragmentos de átomos. Jack, al
contrario, seguía siendo un teórico puro. Su preocupación era la fuerza que mantenía unido el átomo. Por
supuesto, en aquello no había nada de
nuevo. Pero Jack había reexaminado algunas
implicaciones que se habían pasado por alto en el trabajo hecho por Yukawa en 1935 sobre los
mesones, y mientras revisaba esa
vieja literatura, había cambiado de sitio cuanto generalmente se creía conocer
sobre el pegamento que mantiene unido al átomo. Me parecía que Jack
estaba en camino de hacer uno de los descubrimientos revolucionarios de la humanidad: lograr una comprensión de las
relaciones energéticas fundamentales
a partir de las cuales está construido el universo. Lo cual, por
supuesto, es lo que todos buscamos, en última
instancia.
Dado que yo era su tutor académico, me mantenía atento a sus estudios
―examinando los sucesivos bosquejos de su tesis doctoral― mientras que
consagraba la mayor parte de mis energías a mi propio trabajo. No comprendí las
implicaciones principales de la
investigación de Jack más que de forma
gradual. Lo había estado mirando dentro de la esfera de la física pura,
encerrada en sí misma, pero ahora veía que el desenlace
final de su trabajo tenía que ser altamente práctico. Se dirigía hacia
un medio de utilizar la fuerza de cohesión
del átomo y liberar esa energía no a través de un estallido repentino, sino en
un flujo controlado.
El propio Jack no parecía darse cuenta de ello. Las aplicaciones de una teoría física no le interesaban.
Trabajaba dentro de su ambiente de
ecuaciones, donde no entraba el aire, y no prestaba más atención a tales
posibilidades que a las fluctuaciones del
mercado de valores. Pero yo sí lo veía. El trabajo de Rutherford a principios del siglo XX había sido
también pura teoría, pero llevó de
forma infalible a la erupción del sol sobre
Hiroshima. Hombres de menor calibre podían rebuscar en el núcleo de la tesis de Jack y encontrar allí
los medios para la liberación total de la energía atómica. Ni la fisión ni la
fusión serían necesarias. Cualquier átomo podía ser abierto y despojado de su energía. Un tazón de tierra haría
funcionar un generador de un millón de kilovatios. Unas cuantas gotas de
agua mandarían una nave a la luna. Ésta era
la energía atómica de la fantasía.
Todo estaba ahí, implícito en el trabajo de Jack.
Pero el trabajo estaba incompleto.
Durante su tercer año en Irvine acudió a mí, pareciendo preocupado y al límite de sus fuerzas, y dijo que
ya no continuaría trabajando en su tesis. Me dijo que se hallaba en un punto donde necesitaba hacer una pausa y
pensar. Mientras tanto, me pedía
permiso para meterse en ciertos trabajos experimentales, sencillamente como un cambio de atmósfera. Naturalmente,
accedí a ello.
No le dije nada sobre las potenciales
aplicaciones prácticas de su trabajo.
No era cosa mía. Confieso haber sentido una especie de alivio ―mezclado con decepción― cuando interrumpió
sus investigaciones. Yo había estado reflexionando sobre la conmoción económica que afectaría a la sociedad
dentro de otros diez o quince años,
cuando cada hogar pudiera tener su propia
fuente de energía inagotable, cuando el transporte y las comunicaciones ya no
dependerían de las fuentes tradicionales de energía, cuando toda la estructura de las relaciones laborales
sobre las cuales se basa nuestra sociedad quedaría irremisiblemente derrumbada. Aun no siendo más que un
sociólogo aficionado, las conclusiones que había sacado me inquietaban. Si
hubiera sido el ejecutivo de cualquier gran corporación, habría hecho que asesinaran inmediatamente a Jack
Bryant. Dada mi posición, me limitaba a preocuparme. Admito que eso no resultaba muy digno de mi parte. El
auténtico hombre de ciencia sigue
hacia adelante sin prestar atención a las consecuencias económicas.
Busca la verdad, incluso si la verdad
hiciera que la sociedad se derrumbase. Este es un principio básico del credo científico.
Guardé silencio al respecto. Si Jack hubiera
deseado volver a su trabajo en algún momento,
no habría intentado impedírselo. Ni tan
siquiera le hubiese pedido que tomara en consideración las posibilidades a largo plazo. El no se daba cuenta de que
existiera ningún dilema moral, y no iba a ser yo quien se lo revelara.
Por supuesto, con mi silencio me estaba
convirtiendo en un cómplice de la
destrucción de la economía humana. Podría haberle indicado a Jack que su
trabajo, llevado al extremo, le daría a cada ser
humano acceso ilimitado a una fuente de energía
infinita, demoliendo los cimientos de toda sociedad y creando una descentralización instantánea de la humanidad. Mediante mi interferencia podría haber
hecho que Jack meditara sobre ello.
Pero no dije nada. Sin embargo, no deben
darme ninguna medalla al honor; no tenía por qué angustiarme mientras que Jack siguiera sin trabajar. No avanzaba en sus investigaciones, por lo cual yo no
precisaba inquietarme por las posibilidades de que alcanzara el éxito final. En cuanto volviera a trabajar, me
encontraría nuevamente enfrentado al
problema moral de si debía apoyar la libre acción de sus investigaciones
científicas o si debía intervenir para
mantener el status quo de la economía.
La elección era difícil, pero se me ahorró el
tener que hacerla.
Durante su tercer año conmigo Jack anduvo
haciendo cosas triviales por el campus. Pasó la mayor parte de su
tiempo en el acelerador, como si hubiera descubierto ahora mismo el aspecto experimental de la física y no se cansara
de jugar con él. Nuestro acelerador
era nuevo e impresionante, un modelo «aro de protones», equipado con un
inyector de neutrones. Por entonces funcionaba en la gama de los trillones de
electronvoltios: naturalmente las máquinas actuales de la espiral alfa superan con mucho eso, pero en aquellos días era
todo un coloso. Los pilones gemelos de las líneas de alta tensión que llevaban
la corriente desde la planta de fusión situada junto al Pacífico parecían
titánicos mensajeros del poder, y la gran cúpula del edificio del acelerador
propiamente dicho brillaba con una profunda autosatisfacción.
Jack pasaba mucho tiempo en el edificio.
Tomaba asiento junto a las pantallas, mientras los estudiantes no graduados realizaban experimentos
elementales en detección de neutrinos
y aniquilación de antipartículas. De
vez en cuando jugueteaba con los paneles de control para ver cómo funcionaban,
y descubrir qué sentía uno al ser amo de
aquellas inmensas fuerzas. Pero lo que estaba haciendo carecía de significado. Sólo servía para pasar el
tiempo. Había escogido deliberadamente la inactividad.
¿Era porque realmente necesitaba un descanso? ¿O había visto por fin las implicaciones de su propio trabajo y se había asustado?
Nunca se lo pregunté. En tales casos esperaba
siempre a que un joven turbado acudiera
a mí con sus problemas. Y no podía correr el riesgo de infectar la
mente de Jack con mis propias dudas, si es que todavía no se le habían ocurrido
a él.
Al final de su segundo semestre de ociosidad
pidió una sesión conmigo en mi calidad formal de consejero. Ya
viene, pensé. Va a decirme adonde le
lleva su trabajo, y me preguntará si
creo que es moralmente correcto que continúe en él…, y entonces me veré en un aprieto.
Acudí a la sesión habiéndome tomado
una buena dosis de pildoras.
—Leo, me gustaría marcharme de la Universidad
—dijo.
Me quedé atónito.
—¿Tienes una oferta mejor?
—No seas absurdo. Abandono la física.
—¿Que abandonas… la física?
—Y me caso. Conoces a Shirley Frisch; me has
visto con ella. Vamos a casarnos dentro de una semana a partir
del domingo. Será una ceremonia pequeña,
pero me gustaría que vinieras, Leo.
—¿Y después?
—Hemos comprado una casa en Arizona. En el
desierto, cerca de Tucson. Nos trasladaremos allí.
—¿Y qué harás, Jack?
—Meditar. Escribir un poco. Hay ciertas
cuestiones filosóficas que quiero tomar en consideración.
—¿Y el dinero? —pregunté—. Tu salario de la
Universidad…
—Tengo una pequeña herencia, que alguien invirtió sabiamente hace mucho tiempo. Shirley también tiene
ingresos propios. No es gran cosa, pero nos permitirán ir viviendo. Vamos a retirarnos de la sociedad. Ya no podía
seguir ocultándotelo por más tiempo.
Puse las manos sobre el escritorio y
contemplé mis nudillos durante un largo
instante. Tenía la misma sensación que si me hubieran empezado a brotar membranas entre los dedos.
—¿Qué hay de tu tesis, Jack? —acabé diciendo.
—No voy a seguir con ella.
—Estabas tan cerca de terminarla…
—Me encuentro totalmente atascado. No puedo
seguir.
Sus ojos se
encontraron con los míos y no se apartaron. ¿Estaba diciéndome que no se atrevía
a seguir adelante? ¿Su retirada en este
punto, era debida a una derrota científica o a una duda moral? Quería
preguntárselo. Esperé a que me lo dijera. No
dijo nada. Su sonrisa era rígida y nada convincente. Pasados unos
instantes, añadió:
— Leo, creo que nunca haré nada que valga la
pena dentro de la física.
—Eso no es cierto. Tú…
—Creo que ni tan siquiera deseo hacer
nada que valga la pena dentro de la física.
—Oh.
—¿Me perdonarás? ¿Seguirás siendo mi amigo? ¿Nuestro
amigo?
Fui a la boda. Resultó que yo era uno de los
cuatro invitados. La novia era una chica a la que sólo conocía
vagamente; tenía unos veintidós años y era
rubia y bonita, una graduada en sociología.
Sólo Dios sabe cómo había podido llegar a conocerla Jack, con la nariz metida todo el tiempo en sus cuadernos de notas; pero daban la impresión de estar muy
enamorados. Era alta y casi llegaba
al hombro de Jack, con una gran cascada de cabello dorado y muy fino, la piel bronceada como la miel, unos grandes ojos oscuros y un cuerpo flexible y
atlético. No cabía duda de que era hermosa, y con su corto traje blanco
de novia parecía tan radiante como haya podido estarlo jamás novia alguna.
La ceremonia fue breve y no confesional. Después nos fuimos todos a cenar, y hacia la puesta de sol los novios desaparecieron discretamente. Cuando volví
a casa esa noche sentí un curioso
vacío interior. No teniendo otra cosa que hacer, me dediqué a hurgar en mis
viejos papeles y me encontré con algunos esbozos iniciales de la tesis de Jack;
me quedé mirando largo tiempo lo que el muchacho había garrapateado, sin
comprender nada.
Un mes después me invitaron a que fuera su
huésped durante una semana en Arizona.
Pensé que se trataba de una invitación para
guardar las apariencias y la rechacé cortésmente, pensando que
se esperaba de mí que la rechazara. Sin
embargo, Jack me llamó, e insistió en que acudiera. Su rostro parecía tan animado como siempre, pero
la pantallita verdosa mostraba claramente que la tensión y el cansancio habían desaparecido de él. Acepté. Descubrí que su
casa se hallaba totalmente aislada, con kilómetros de rojizo desierto
rodeándola por todos lados. En medio de aquella desolación, era una fortaleza de comodidad. Tanto Jack como Shirley
estaban muy bronceados, eran
soberbiamente felices y se habían adaptado maravillosamente el uno al otro. En mi primer día de estancia me llevaron a dar un largo paseo por el desierto,
riendo cada vez que las liebres, las
ratas del desierto o unas grandes lagartijas de color verde huían ante
nosotros. Se agacharon para enseñarme unas
plantas pequeñas y retorcidas que crecían en el suelo estéril, y me
llevaron hasta un inmenso cactus saguaro cuyos enormes, arrugados y verdosos
brazos proyectaban la única sombra visible
en todo aquel sitio.
Su hogar se convirtió en un refugio para mí. Se daba por sentado que
yo era libre de acudir en cualquier momento, avisando
con sólo un día de antelación, siempre que sintiera la necesidad de escapar. Aunque me invitaban de
vez en cuando, insistían en que
debía usar el privilegio de invitarme yo
mismo. Lo hice. Algunas veces pasaban seis o diez meses sin que hiciera el viaje hasta Arizona; otras
veces iba allí cinco o seis fines de semana seguidos. Nunca había una pauta regular. Mi necesidad de visitarles dependía
totalmente de mi clima emocional. El
suyo, por otra parte, nunca cambiaba, ni dentro ni fuera; sus días eran
eternamente soleados. Nunca les vi pelearse, ni tan siquiera estar en
desacuerdo sobre alguna cosa. Hasta el
día en que Vornan-19 se metió en sus vidas, no hubo ningún golfo visible
entre ellos.
Gradualmente nuestra relación se fue haciendo
más profunda, hasta volverse algo
sutil e íntimo. Supongo que para ellos yo era básicamente una especie
de tío, dado que tenía poco más de cuarenta
años ―Jack aún no había cumplido los treinta, y Shirley estaba por los
veintipocos―; pero el lazo era más profundo que ése. Habría tenido que llamarlo
amor. No había nada abiertamente sexual en
ello, aunque me hubiera encantado
acostarme con Shirley si acaso llegáramos a habernos conocido de otra
forma. Desde luego, la encontraba físicamente
atractiva, y la atracción aumentó a medida que el tiempo y el sol le quitaron un poco de la encantadora
inmadurez que al principio me hizo
pensar en ella como en una chica, y no una mujer. Pero aunque mi relación con Jack y Shirley era triangular, con
vectores emocionales viajando en muchas direcciones distintas, nunca amenazó con romperse para llegar a ser un artificioso experimento de adulterio. Admiraba
a Shirley, pero no envidiaba a Jack porque la poseyera físicamente…, o eso pienso. Algunas noches, cuando oía los
sonidos del placer que llegaban de
su dormitorio, mi única reacción era el deleite por su felicidad,
incluso aunque me agitara en mi solitario
lecho. En una ocasión llevé a la casa a una
acompañante mía, con su aprobación,
pero fue un desastre. Toda la química del
fin de semana anduvo mal. Tenía que ir allí solo y, por raro que parezca, no me sentía condenado al celibato,
aunque compartir mi amor por Shirley
con Jack no accediera nunca a la unión física.
Llegamos a estar tan cerca los unos de los
otros, que casi todas las barreras cayeron. En los días cálidos —lo
cual quería decir la mayor parte del
tiempo—, Jack acostumbraba a ir
desnudo. ¿Por qué no? Allí no había ningún vecino que pudiera protestar por
eso, y difícilmente tenía que sentirse inhibido
en presencia de su esposa y su amigo más íntimo. Yo le envidiaba su libertad, pero no le imitaba porque no me parecía correcto exhibirme ante Shirley. En vez
de eso, llevaba pantalones cortos.
Era un asunto delicado, y escogieron una forma característicamente delicada
para resolverlo. Un día de agosto,
cuando la temperatura estaba por encima de los treinta y ocho grados y el sol parecía ocupar una cuarta
parte del cielo, Jack y yo estábamos
trabajando fuera de la casa, cuidando
el pequeño jardín de plantas del desierto que tanto adoraban. Cuando Shirley
apareció para traernos unas cervezas,
vi que no se había puesto las dos tiras de tela que constituían su
atuendo usual. No le dio ninguna importancia a
eso; dejó la bandeja en el suelo, me ofreció una cerveza y luego le ofreció una a Jack, y los dos se
mostraron totalmente relajados durante ese tiempo. El impacto de su
cuerpo sobre mí fue potente, pero breve. Su
atuendo normal había sido tan escaso
que los contornos de sus pechos y sus nalgas no eran ningún misterio para mí, y este cruzar la línea
entre el ir cubierta y el revelarse
era un puro tecnicismo. Mi primer impulso fue apartar la mirada, como si fuera un intruso inesperado que la había pillado por sorpresa; pero noté que ésa era
precisamente la idea que ella deseaba destruir, y por eso hice un
decidido esfuerzo por igualar su sangre
fría.
Supongo que todo esto suena
cómico y ridículo, pero dejé que mis ojos recorrieran deliberadamente su desnudez, como si me hubiera presentado una soberbia estatuilla para que la admirara y yo
estuviera demostrando mi gratitud examinándola con detalle. Mis ojos se detuvieron en las únicas partes de ella que
eran nuevas para mí: los montículos
rosados de sus pezones, el triángulo dorado que había entre sus piernas. Su cuerpo, maduro, opulento y reluciente, brillaba como cubierto de aceite bajo
el potente sol del mediodía, y estaba muy bronceada por todas partes. Cuando hube completado mi solemne y tonta inspección,
engullí la mitad de mi cerveza, me
puse en pie y, con mucha gravedad, me quité los pantalones cortos.
Después de eso dejamos de observar cualquier tabú sobre la desnudez, lo cual hizo mucho más confortable
la vida en lo que, después de todo, era una casa pequeña. Empezó a parecerme totalmente natural —y supongo que a ellos
también se lo parecía— el que la modestia careciera de importancia en nuestra relación. En una ocasión, cuando un grupo
de turistas tomó la bifurcación
equivocada del camino y apareció por el sendero del desierto que llevaba
a la casa, fuimos tan inconscientes de
nuestra desnudez que no hicimos ningún intento de escondernos y nos costó tiempo comprender el
porqué la gente del coche parecía tan
sorprendida, tan ansiosa de dar la vuelta y batirse en retirada.
Pero existía una barrera que continuaba sin
romperse: no hablaba con Jack de su trabajo en la física, o de sus
razones para abandonarlo.
Algunas veces él hablaba de física conmigo,
preguntándome por mi proyecto de
inversión temporal; y con una o dos preguntas más
bien vagas me llevaba a una discusión sobre el nudo que impedía mi avance en
aquellos momentos. Pero sospecho que hacía esto como un acto
terapéutico, sabiendo que había acudido a ellos porque me encontraba atascado y
con la esperanza de que él pudiera hacerme
rebasar el punto problemático. No parecía estar al día de los trabajos
actuales. No vi por ningún lugar de la casa
los familiares cartuchos verdes de
la Revista de Física o los Anales de Física. Era igual que si hubiera realizado una amputación. Intenté
imaginar qué sería de mi vida si me
retirara totalmente de la física, y no logré ni tan siquiera acercarme a ello. Eso era lo que había hecho Jack, y yo no sabía el porqué… y no me atrevía a
preguntárselo. Si la revelación llegaba alguna vez, tendría que venir de él,
sin que yo se lo pidiera.
Vivían una existencia tranquila, que se
bastaba a sí misma en su paraíso del
desierto. Leían mucho, tenían una amplia biblioteca musical y se habían
provisto de un equipo para hacer esculturas
sónicas y reproducirlas después. Shirley era la
escultora. Algunas de sus obras eran francamente buenas.
Jack escribía poesía que yo no lograba entender, contribuía de vez en cuando con ensayos sobre la vida del desierto
en ciertas revistas, y afirmaba estar trabajando en un gran volumen filosófico cuyo manuscrito nunca vi. Creo que básicamente eran dos personas que amaban el ocio,
aunque no fuera en ningún sentido
negativo del término; se habían apartado de la competición y se bastaban
a sí mismas, produciendo poco, consumiendo
poco y siendo profundamente felices.
Habían decidido no tener niños. Dejaban su
desierto no más de dos veces al año para
hacer rápidos viajes a Nueva York, San Francisco o Londres,
volviendo luego apresuradamente al ambiente
que habían escogido. Tenían cuatro o cinco amistades más que les
visitaban periódicamente, pero nunca me
encontré con ninguna de ellas, y tampoco parecía que fueran tan íntimas como yo. La mayor parte del
tiempo Jack y Shirley estaban
totalmente solos, y supongo que hallaban su mutua compañía profundamente satisfactoria. Me tenían perplejo. Por fuera podían parecer dos hijos de la
naturaleza carentes de
complicaciones, que corrían desnudos bajo el calor del desierto sin ser tocados por la aspereza del
mundo que habían rechazado; pero la complejidad que subyacía en su renuncia al mundo era mayor de lo que yo podía
percibir. Aunque les amaba y sentía
que eran parte de mí ―y yo de ellos―, se
trataba de una ilusión: en última instancia eran seres extraños, sin
relación con el mundo porque no pertenecían a él.
Habría sido mejor para ellos que hubieran logrado mantener su
aislamiento.
Aquella semana de Navidad en que Vornan-19
apareció en el mundo yo había ido a su casa, sintiendo una terrible necesidad de sus personas. Ya no hallaba ninguna
recompensa en mi trabajo. Se trataba de la desesperación de la fatiga; durante
quince años había vivido al borde del éxito, pues no sólo los abismos tienen bordes sino que también los tienen los acantilados,
y yo había estado escalando un
acantilado. A medida que trepaba hacia la cima, ésta iba
alejándose… hasta que tuve la sensación de que no existía ninguna cima, sino meramente la ilusión de ésta;
y que, de todas formas, cuanto había estado haciendo no merecía la dedicación que le había concedido. Esos momentos de duda
total me asaltan con frecuencia, y
sé bien que son irracionales. Supongo que todo el mundo debe sentir periódicamente el temor de que ha malgastado su vida… salvo, quizá, aquellos que verdaderamente
han malgastado sus vidas y a los que, misericordiosamente, les falta la
capacidad necesaria para darse cuenta de ello. ¿Qué le ocurre al publicitario que se rompe el alma para llenar el
cielo con una reluciente nube giratoria de propaganda? ¿Y al ejecutivo
de nivel medio, que invierte su vida en
hacer ir y venir de un lado para otro notas e informes cargados de
tensión? ¿Y el diseñador de automóviles, el agente de bolsa, el presidente de
universidad? ¿Tienen alguna vez su crisis de
valores?
La crisis de valores se había apoderado
nuevamente de mí. No podía avanzar en mi trabajo, y me volví hacia
Jack y Shirley. Poco antes de Navidad cerré mi despacho, hice suspender los envíos por correo y me invité a la
casa de Arizona para una estancia
indefinida. Mi plan de trabajo no se ajusta a los semestres y vacaciones
de la Universidad; trabajo cuando me place, y lo dejo cuando debo hacerlo.
Hacen falta tres horas para ir en coche de
Irvine a Tucson. Metí mi coche en el primer
módulo de transporte que se dirigía hacia más allá
de las montañas, y me dejé llevar hacia el Este a lo largo del
reluciente sendero, programado para un viaje breve.
El tictaqueante Cerebro de Sierra Nevada hizo el resto, liberándome en su omnisciencia de la ruta con
destino a Phoenix en el momento
adecuado, pasándome a la ruta de Tucson,
frenando mi velocidad de cuatrocientos ochenta kilómetros por hora y dejándome sano y salvo en la
terminal, donde fueron reactivados
los controles manuales de mi coche.
El clima de diciembre en la Costa había sido
frío y lluvioso, pero aquí el sol ardía
alegremente y la temperatura se encontraba bastante por encima de los veinticinco grados. Hice una pausa en
Tucson para cargar las baterías de mi coche, habiéndole robado a la Edison del sur de California unos cuantos dólares
de ingresos al olvidarme de hacerlo antes de partir. Después me interné en el
desierto. Seguí la vieja Interestatal 89
durante el primer tramo, desviándome por una carretera comarcal después de quince minutos, y dejando
incluso esa modesta arteria muy
pronto por un mero capilar que llevaba a su pequeño rincón del
deshabitado desierto. La mayor parte de esta
región pertenece a los indios papago, razón por la cual ha escapado a la plaga del desarrollo urbano que
envuelve a Tucson, y el cómo Shirley y Jack adquirieron el título de propiedad de su pequeño retazo de tierra es algo
de lo que no estoy muy seguro. Pero
estaban solos, por increíble que eso pueda
parecer en vísperas del siglo XXI. Siguen existiendo lugares en los
Estados Unidos donde uno puede apartarse de
todo, tal y como habían hecho ellos. Los últimos ocho kilómetros que
recorrí eran un sendero de tierra y guijarros que
sólo podía ser llamado camino haciendo malabarismos semánticos. El tiempo había
dejado de existir; igual podría haber
estado siguiendo la ruta de uno de mis propios electrones, retrocediendo
hacia el amanecer del mundo. Esto era el vacío
y tenía el poder de absorber los tormentos de un alma inquieta, igual
que una bomba de calor calma la danza de las moléculas.
Llegué a última hora de la tarde. Detrás de
mí yacían las cañadas y la tierra reseca. A
mi izquierda se alzaban montañas purpúreas
manchadas de polvo. Sus estribaciones se iban alejando hacia la frontera mexicana, haciendo que mis ojos viajaran
por la áspera llanura pedregosa del desierto, sobre el que la casa de los Bryant era la única intrusión moderna. Un lecho seco por donde no había corrido el agua en
siglos circundaba su propiedad.
Aparqué mi coche junto a él y caminé hacia la casa.
Vivían en un edificio de veinte años de edad,
hecho de cristal y madera de secoya, con dos pisos de altura
en la zona habitada y un solano en la parte
trasera. Bajo la casa estaba su sistema vital: un reactor Fermi, que daba
energía al aire acondicionado, los
sistemas del agua, la iluminación y la calefacción. Una vez al mes, un
hombre de Gas y Electricidad de Tucson venía hasta aquí para encargarse de la
unidad, tal y como requería la ley cada vez que algún usuario se negaba a instalar el tendido de corriente y, en vez de
ello, optaba porque se le suministrara un generador aislado. Además, el
almacén situado bajo la casa, de unos
cuarenta y cinco metros de lado, contenía el suministro de un mes en comida, y
el purificador de agua era
independiente de las instalaciones de la ciudad. La civilización podía desaparecer del todo, y
Shirley y Jack podían no darse
cuenta de ello durante semanas.
Shirley estaba en el solano, ocupada con una de sus esculturas sónicas; tejiendo una plumosa estructura de
líneas intrincadas y texturas relucientes cuyo suave trino de pájaro
tenía un inmenso poder, mientras cruzaba el desierto para llegar hasta mí. Antes de ponerse en pie y correr a mi
encuentro, los brazos extendidos y
los senos saltando, acabó lo que estaba haciendo. Al abrazarla sentí cómo una parte de mi cansancio se
esfumaba.
—¿Dónde está Jack? —pregunté.
—Está escribiendo. Saldrá dentro de poco.
Anda, deja que te lleve dentro. ¡Querido, tienes un aspecto terrible!
—Eso me han estado diciendo.
—Ya lo arreglaremos.
Cogió mi maleta y fue rápidamente hacia la casa. El agradable menearse de su desnudo trasero me
tranquilizó y me animó, y le dirigí una sonrisa a esas dos firmes
mejillas mientras se esfumaban de mi vista.
Estaba entre amigos. Había vuelto a
casa. En ese instante tuve la sensación de que podría quedarme meses
enteros con ellos.
Fui a mi habitación. Shirley lo tenía todo preparado para mí: sábanas limpias, unas cuantas bobinas junto
al lector, una luz en la mesilla de
noche, un cuaderno, una pluma y una grabadora
por si quería anotar cualquier idea que se me ocurriese. Entonces
apareció Jack. Puso en mi mano una lata de cerveza
y yo la abrí con el pulgar. Nos guiñamos el ojo con un mutuo deleite.
Esa noche Shirley conjuró una cena mágica y después, mientras el calor
huía del desierto en aquel anochecer invernal,
nos instalamos en la sala para hablar. Ninguno de los dos dijo nada de
mi trabajo, benditos sean. En vez de ello hablamos de los Apocaliptistas, pues
los dos se encontraban fascinados por el
culto del día final que ahora estaba infectando a tantas mentes.
—Los he estado estudiando muy atentamente
—dijo Jack—. ¿Lo has ido siguiendo todo?
—La verdad es que no.
—Al parecer, ocurre cada mil años. A medida
que el milenio se acerca a su fin, se difunde
la convicción de que el mundo va a terminar.
Fue muy grave hacia el año 999. Al principio sólo creían en ello los campesinos, pero después algunos clérigos muy sofisticados empezaron a contagiarse de
la fiebre y eso fue decisivo. Hubo orgías de plegaria y
también orgías del otro tipo.
—¿Y qué pasó cuando llegó el año 1000?
—pregunté—. El mundo sobrevivió y, entonces,
¿qué fue del culto?
Shirley se rió.
—Fue toda una desilusión para ellos. Pero la
gente no aprende nunca.
—¿Cómo creen los Apocaliptistas que va a perecer el mundo?
—Por el fuego —dijo Jack.
—¿El azote de Dios?
—Esperan una guerra. Creen que los líderes
del mundo ya han dado las órdenes para ello,
y que todos los fuegos del infierno quedarán liberados el primer
día del nuevo siglo.
—No hemos tenido ninguna guerra, sea del
tamaño que sea, en unos cincuenta años —dije—. La última vez que se utilizó un arma
atómica a impulsos de la ira fue en el año 1945. ¿No os parece que resulta bastante seguro suponer que a estas alturas ya hemos desarrollado técnicas para evitar el
apocalipsis?
—La ley de la catástrofe acumulativa —dijo
Jack—. La estática va aumentando hasta que
se hace precisa una descarga. Fíjate en todas
esas guerras pequeñas: Corea, Vietnam, el Cercano Oriente, Sudáfrica, Indonesia…
—Mongolia y Paraguay —apuntó Shirley por su
parte.
—Sí. En promedio, una guerra menor cada siete
u ocho años. Cada una creando secuencias de respuestas reflejas
que ayudan a motivar la siguiente, porque
todo el mundo está impaciente por
poner en práctica las lecciones de la última guerra. Eso crea una intensidad
cada vez mayor, que debe explotar en la Guerra Final, la cual debe empezar y
terminar el 1º de enero del año 2000.
—¿Crees en eso? —pregunté.
—¿Yo? En realidad no —dijo Jack—.
Sencillamente, estoy exponiendo la
teoría. No detecto ninguna señal de un holocausto inminente en este mundo, aunque admito que cuanto sé al respecto es lo que aparece en las pantallas. Sin
embargo, los Apocaliptistas son algo de lo que no es fácil olvidarse. Shirley, pasa esas cintas sobre el disturbio de Chicago,
¿quieres?
Shirley deslizó una cápsula en la rendija. Toda la pared trasera de la habitación floreció llenándose de
colores al empezar la grabación del
noticiario televisivo. Vi las torres de Lake Shore Drive y el bulevar
Michigan; vi extrañas figuras que llenaban
la autopista y la playa, haciendo piruetas y saltando junto al lago
helado. La mayor parte de ellas iban pintadas con franjas de colores chillones,
igual que los participantes de una
mascarada. Muchos iban parcialmente desnudos, pero esa no era la
desnudez inocente y natural de Jack y Shirley
en un día caluroso, sino algo feo, tosco y deliberadamente obsceno, una
desafiante exhibición de senos oscilantes y traseros cubiertos de pintura. Era algo calculado para ofender y provocar: las grotescas imágenes de Hyeronimus
Bosch liberadas por fin, agitando su desnudez ante el rostro de un mundo
al que se consideraba condenado.
Antes no le había prestado atención alguna al movimiento. Ahora me
impresionó ver a una muchacha que casi no
había entrado aún en la adolescencia lanzarse hacia la cámara, girar en
redondo, levantarse la falda de un manotazo, ponerse en cuclillas y orinar en
el rostro de otro celebrante que había
caído en el estupor. Contemplé la fornicación no disimulada, los grotescos
enredos de cuerpos, los complicados emparejamientos que serían descritos con mayor precisión llamándolos
triplicamientos o cuadruplicamientos.
Una mujer ya vieja e inmensamente gorda cruzó la playa con andares de
pato, animando a los jóvenes con sus gritos.
Una montaña de muebles desapareció entre las llamas. Los aturdidos policías
derramaban espuma sobre la multitud, pero no se acercaban a ella.
—La anarquía anda suelta por el mundo
—murmuré—. ¿Cuánto tiempo hace que ocurre
esto?
—Desde julio, Leo —dijo Shirley en voz baja—.
¿No lo sabías?
—He estado muy ocupado.
—Hay un claro crescendo —dijo Jack—. Al
principio fue un movimiento de chalados en el
Medio Oeste, alrededor del 93 o 94…, mil
miembros o algo así, convencidos de que más les valdría rezar duro, porque el Día del Apocalipsis se encontraba a menos de una década de distancia. Les entró
el virus de hacer prosélitos y empezaron
a predicar el Apocalipsis, sólo que esta vez el
mensaje se difundió. Y el movimiento se volvió incontrolable. Durante los últimos seis meses, ha empezado a cobrar fuerza la idea de que es una estupidez perder
el tiempo en nada que no sea el divertirse, dado que no queda
mucho tiempo.
Me estremecí.
—¿Locura universal?
—Algo bastante parecido. En cada continente
existe la profunda convicción de que las
bombas caerán dentro de un año a contar
desde el 1º de enero. Comed, bebed y divertíos. Se está difundiendo. Odio pensar qué punto habrá alcanzado la histeria dentro de un año, en la supuesta última
semana del mundo. Puede que nosotros tres vayamos a ser los
únicos sobrevivientes, Leo.
Contemplé la pantalla durante unos cuantos
segundos más, impresionado.
—Apaga eso —dije al fin.
Shirley se rió.
—¿Cómo es posible que no hayas oído hablar
del asunto?
—He estado totalmente fuera de contacto con la realidad.
La pantalla se oscureció, pero los demonios
pintados de Chicago seguían saltando obscenamente en mi cerebro. El mundo se
está volviendo loco, pensé, y no me he percatado de ello. Shirley y Jack se daban cuenta de cuánto me había
afectado esta revelación del apocalipsis Apocaliptista, y cambiaron hábilmente de tema, hablando de las viejas ruinas
indias que habían descubierto en el desierto, a unos cuantos kilómetros de
distancia. Bastante antes de que llegara la medianoche di muestras de cansancio, y me acompañaron a la
cama. Shirley volvió a mi habitación unos pocos minutos después; se había quitado la ropa y su cuerpo desnudo brillaba igual
que una vela encendida en el umbral.
—¿Quieres que te traiga alguna cosa, Leo?
—Estoy perfectamente —le dije.
—Feliz Navidad, querido. ¿O también te has
olvidado de eso? Mañana es Navidad.
—Feliz Navidad, Shirley.
Le soplé un beso, y ella apagó mi luz. Mientras dormía, Vornan-19 entró en nuestro mundo a casi diez mil
kilómetros de distancia, y ya nada
volvería a ser exactamente igual para ninguno de nosotros, nunca más.
TRES
La mañana de Navidad desperté bastante tarde.
Estaba claro que Jack y Shirley
llevaban horas levantados. Notaba un sabor amargo en la boca y no quería estar
acompañado, ni tan siquiera por
ellos; dado que era mi privilegio, fui a la cocina y programé en
silencio mi desayuno. Ellos percibieron mi estado
de ánimo y se mantuvieron a distancia. Zumo de naranja y tostadas brotaron por el panel de salida del autochef. Lo
devoré todo, pedí café solo y luego metí los platos en el limpiador, conectando el ciclo, y salí de la
cocina. Estuve caminando durante
tres horas.
Cuando volví, me sentía más limpio. El día era demasiado fresco para tomar un
baño de sol o trabajar en el jardín; Shirley me enseñó algunas
de sus esculturas, Jack me leyó un poco de
su poesía y yo hablé con bastantes vacilaciones sobre el obstáculo
encontrado en mi trabajo. Esa noche tuvimos
una magnífica cena de pavo asado y
Chablis casi helado.
Los días que siguieron fueron tranquilos y serenos. Mis nervios fueron perdiendo su tensión. Algunas
veces daba paseos solitarios por el
desierto; otras ellos me acompañaban.
Me llevaron a sus ruinas indias. Jack se arrodilló para enseñarme los hallazgos escondidos por la arena:
fragmentos triangulares de cerámica
blanca, marcados con rayas y puntos negros.
Me indicó los contornos medio hundidos de una casa-pozo; me mostró los cimientos de una pared hecha con piedra sin
tallar y donde se había usado fango como mortero.
—¿Es de los papago? —pregunté.
—Lo dudo. Aún estoy haciendo comprobaciones,
pero estoy seguro de que resulta demasiado bueno para ser de los papago. Mi teoría es que se trata de una colonia muy antigua
de hopis, digamos que de hace mil años,
que se dirigió hacia el sur saliendo de
Kayenta. Se supone que Shirley debe traerme algunas cintas sobre arqueología la
próxima vez que vaya a Tucson. La
biblioteca de datos no tiene ningún texto realmente avanzado.
—Podrías pedirlos —dije—. A la biblioteca de
Tucson no le resultaría difícil transferir facsímiles de los
datáfonos y mandártelos directamente. Si
Tucson no tiene los libros adecuados, pueden
pedirlos a Los Angeles. El objetivo de toda esta red de datos es que
puedes obtener lo que necesitas en tu casa, de inmediato, cuando…
—Lo sé —dijo Jack amablemente—. Pero no
quiero armar demasiado jaleo con esto. Es
posible que antes de darnos cuenta tuviésemos
por aquí un equipo de arqueólogos. Conseguiremos
nuestros libros al viejo estilo, yendo a la biblioteca.
—¿Cuánto tiempo hace que has descubierto este
sitio?
—Un año —dijo—. No hay prisa.
Le envidié su liberación de todas las
presiones normales. ¿Cómo habían logrado encontrar esa vida en el desierto? Durante
un segundo de envidia deseé que me fuera posible hacer lo mismo. Pero no podía quedarme de forma permanente con
ellos ―aunque quizá no pusieran objeciones a que lo hiciera―, y la idea de
vivir yo solo en algún otro rincón del desierto no me resultaba atractiva. No.
Mi sitio estaba en la Universidad. Mientras tuviera el privilegio de escaparme
al hogar de los Bryant cada vez que
surgiera la necesidad, podía buscar
alivio en mi trabajo. Y al pensar en eso sentí una oleada de alegría: después de tan sólo dos días aquí, ¡ya
estaba empezando a pensar de nuevo
en mi trabajo con esperanzas!
El tiempo fluía fácilmente. Celebramos la llegada del año 1999 con una pequeña fiesta, en la cual me
emborraché un poco. Mis tensiones
iban cediendo. Una ola de calor veraniego cayó sobre el desierto durante la primera semana de enero y nos tendimos desnudos al sol, felices y sin pensar
en nada. Un cactus de su jardín, que
florecía en invierno, produjo una cascada
de brotes amarillos y de alguna parte ignorada aparecieron las abejas. Dejé que un gran abejorro
velludo con las patas hinchadas de
polen se posara en mi brazo y, moviéndome tan poco como pude, no hice esfuerzo alguno por asustarle. Un instante después voló hacia Shirley y exploró
el cálido valle que había entre sus pechos; después se esfumó. Nos reímos. ¿Quién podía tener miedo de un abejorro
tan gordo?
Ya casi habían pasado diez años desde que Jack
había dimitido de la Universidad y se había llevado a
Shirley al desierto. El cambio de año trajo consigo las habituales reflexiones sobre el paso del tiempo, y tuvimos que
admitir que habíamos cambiado muy poco. Parecía que una especie de éxtasis había caído sobre nosotros a finales de la
década de los 80. Aunque yo había rebasado los cincuenta años, tenía la
apariencia y la salud de un hombre mucho más
joven; mi cabello seguía siendo negro
y mi rostro carente de arrugas. Daba gracias
por ello, pero había pagado un caro precio por mi conservación: esta primera semana del año 1999 no
estaba más avanzado en mi trabajo de lo que estaba la primera semana del año
1989. Seguía buscando modos de confirmar mi teoría de que el flujo del tiempo tiene dos direcciones, y que puede ser invertido, por lo menos en el nivel subatómico.
Durante toda una década había estado
dando vueltas sin llegar a ninguna parte,
mientras que mi fama iba creciendo de forma involuntaria, y mi nombre era
mencionado a menudo para el Nobel. Pueden
llamarlo la ley de Garfield: cuando un físico teórico se convierte en figura pública, algo se ha
torcido en su carrera. Para los
periodistas yo era un atractivo hechicero, que algún día le daría al mundo una máquina del tiempo; para mí yo no era más que un fracasado sin objetivos,
prisionero en un laberinto de recodos y desvíos.
Los diez años transcurridos habían puesto un
poco de gris en las sienes de Jack, pero
por lo demás la metamorfosis del tiempo había
sido positiva para él. Estaba más musculoso: un hombre bronceado que había perdido por completo la palidez de
quien no vive al aire libre. Su cuerpo ondulaba lleno de fuerza, y se movía con una fácil gracia que hacía
imposible creer en su anterior y
esfumada torpeza. La exposición al sol había oscurecido su piel para bien.
Parecía confiado, potente, seguro de sí mismo, allí donde en un tiempo
fue cauteloso y vacilante.
Pero quien más había ganado de todos era
Shirley. Los cambios producidos en ella eran leves, pero
todos habían sido para mejorar. La
recordaba delgada como una potrilla, demasiado dispuesta a reírse siempre, con la cintura demasiado flaca para la opulencia de sus senos. Los años habían
corregido esos pequeños defectos. Su
cuerpo dorado por el sol resultaba ahora magnífico en todas sus proporciones, y eso la hacía parecer aún
menos desnuda cuando no llevaba ropas, pues era como una Afrodita de Fidias andando bajo el sol de Arizona. Pesaba unos cuatro kilos y medio más que en los días de
California, sí, pero cada gramo de esos kilos estaba perfectamente colocado. No había en ella ni un sólo defecto físico
y, como Jack, poseía esa profunda reserva de fuerza, esa seguridad total
en ella misma, que guiaban cada uno de sus
movimientos y palabras. Su belleza aún estaba madurando. Dentro de dos o
tres años más sería deslumbrante. No
deseaba pensar en Shirley como
acabaría siendo un día, arrugada y marchita. Resultaba difícil imaginar que esas dos personas
—especialmente ella— estaban
condenadas a la misma y cruel sentencia bajo la cual debemos vivir
todos.
Estar con ellos era un puro deleite. Durante
la segunda semana de mi visita me sentí lo
bastante bien como para discutir con Jack los problemas de mi trabajo con cierto detalle. Me escuchó con simpatía, siguiéndome con algún
esfuerzo, y no pareció entender
demasiado. ¿Era cierto eso? ¿Era posible que una mente tan soberbia como
la suya hubiera perdido hasta tal punto el
contacto con la física? Fuera como fuese,
me escuchó y eso me hizo bien. Andaba a tientas en la oscuridad; tenía
la sensación de estar más lejos de mi meta ahora
que cinco u ocho años antes. Necesitaba un oyente, y lo encontré en Jack.
La dificultad radicaba en la aniquilación de
la antimateria. Haz retroceder un electrón en
el tiempo y su carga cambia; se convierte en un
positrón, e inmediatamente busca su antipartícula.
Encontrarla es perecer. Una billonésima de segundo y llega la minúscula
explosión, y es liberado un fotón. Sólo podíamos
sostener nuestro impulso para invertir el tiempo enviando nuestra partícula a
un cosmos libre de materia.
Incluso si pudiéramos hallar la energía
suficiente para lanzar partículas mayores —protones, neutrones e
incluso alfas—, haciéndolas retroceder en
el tiempo, seguiríamos cayendo en la misma trampa. Lo que enviáramos al
pasado sería aniquilado tan velozmente, que
sólo constituiría un mero microacontecimiento
en nuestro sensor de observación. Pese a lo que dijeran los noticiarios,
no existía ninguna posibilidad de un
auténtico viaje temporal; un hombre que retrocediera en el tiempo sería una superbomba, dando por supuesto en
primer lugar que un ser vivo pudiera sobrevivir a la conversión en antimateria. Dado que esta parte de nuestra teoría
parecía indiscutible, habíamos
estado explorando la idea de un cosmos libre de materia, buscando algún
«bolsillo de nada» en el cual pudiéramos
introducir nuestro viajero hacia atrás, conteniéndolo allí mientras
observábamos. Pero llegados a ese punto, nuestros recursos dejaban de
ser suficientes.
—¿Quieres crear una entrada a un cosmos sintético? —dijo Jack.
—Básicamente, sí.
—¿Podéis hacerlo?
—En teoría podemos. Sobre el papel. Creamos
una pauta de tensión que rompe la pared del
continuo. Después empujamos nuestro electrón
que se mueve hacia atrás por la brecha.
—Pero, ¿cómo podéis observarlo?
—No podemos —dije— Ahí es donde nos
encontramos atascados.
—Por supuesto —murmuró Jack—. En cuanto
introduces cualquier cosa que no sea ese
electrón dentro del universo, ya no se halla libre de materia, y entonces
obtienes la aniquilación que no deseas. Pero entonces… no tienes ningún medio
de observar tu propio experimento.
—Llámalo el Principio de Incertidumbre de
Garfield —dije, con voz abatida—. El acto de
observar el experimento destruye inmediatamente el experimento. ¿Ves
por qué estamos atascados?
—¿Habéis hecho algún esfuerzo por abrir la entrada a este universo
adyacente vuestro?
—Todavía no. No queremos afrontar los gastos
hasta no estar seguros de que podemos hacer algo con él. Además, tenemos que efectuar unas cuantas comprobaciones más
antes de que nos atrevamos a intentarlo. No se desgarra el
espacio-tiempo para hacerle aberturas hasta
no haber previsto todas las consecuencias
posibles de eso.
Se acercó a mí y me dio un suave puñetazo en
el hombro.
—Leo, ¿no has deseado nunca haberte
convertido en barbero, en vez de lo que eres?
—No. Pero por momentos desearía que la física
fuera un poco más sencilla.
—Para eso bien podrías haberte hecho barbero.
Nos reímos. Fuimos hacia el solario, donde estaba tendida Shirley, leyendo. Era una clara y límpida tarde de
enero, con el cielo de un azul
metálico, grandes nubes que parecían losas suspendidas sobre las cimas
de las montañas, y un sol grande y cálido.
Me encontraba muy a gusto y tranquilo. En mis dos semanas aquí había
conseguido externalizar el problema con mi trabajo, por lo que casi parecía ser
de alguna otra persona. Si lograba situarme
a una distancia suficiente de él, quizá pudiera encontrar algún nuevo y atrevido camino para abrirme paso a través de los obstáculos en cuanto hubiera
vuelto a Irvine.
El problema era que ya no lograba pensar
siguiendo caminos nuevos y atrevidos. Pensaba mediante astutas
combinaciones de los viejos, y eso no era suficiente. Necesitaba que alguien de afuera examinase mi dilema y me mostrara, en
un rápido relámpago intuitivo, en
qué forma se podía llegar a la solución. Necesitaba a Jack. Pero Jack se había apartado de la física; había
escogido desconectar su soberbia mente.
Una vez en el solano, Shirley rodó sobre sí
misma, sentándose, y nos sonrió. Su cuerpo
relucía con perlitas de transpiración.
—¿Qué os hace salir de casa?
—La desesperación —dije yo—. Las paredes
estaban empezando a caérsenos encima.
—Entonces tomad asiento y calentaos un poco.
—Apretó un botón que apagó la radio. Ni
tan siquiera me había dado cuenta de que estaba
encendida hasta que el sonido murió—. He estado escuchando las
últimas noticias sobre el hombre del futuro —dijo
Shirley.
—¿Quién es ése? —pregunté.
—Vornan-19. ¡Viene a los Estados Unidos!
—Creo que no sé nada de…
Jack le lanzó una tensa mirada a Shirley: la
primera vez que yo le había visto reprobarle algo. Mi interés se despertó al instante. ¿Sería todo aquello algo que me estaban
ocultando?
—No son más que tonterías —dijo Jack—.
Shirley no tendría que haberte
molestado comentando de ello.
—¿Quieres decirme de qué estáis hablando?
—Es la respuesta viviente a los Apocaliptistas
—dijo Shirley—. Afirma haber llegado del
año 2999, como una especie de turista, ya sabes. Apareció en Roma,
totalmente desnudo, en las Escalinatas
Españolas, y cuando intentaron arrestarle, dejó inconsciente a un policía
tocándole con la punta de los dedos. Desde
entonces ha estado causando toda clase de líos.
—Un estúpido fraude —dijo Jack—. Obviamente, algún idiota se ha cansado de fingir que el mundo va a
terminar el próximo mes de enero y
ha decidido fingir que era un visitante que viene del futuro, a mil años de distancia. Y la gente
le está creyendo. Es culpa de los tiempos que vivimos. Cuando la histeria es
una forma de vida, sigues a
cualquier lunático que aparezca.
—Pero… supón que sí es un viajero del tiempo…
—dijo Shirley.
—Si lo es, me gustaría conocerle —dije yo—. Podría ser capaz de responder a unas cuantas de mis preguntas
sobre el fenómeno de la inversión
temporal —reí, pero un instante después dejé de reír. No tenía nada de
divertido. Me envaré un poco y dije—:
Tienes razón, Jack. No es más que un charlatán. ¿Por qué estamos perdiendo todo este tiempo hablando de él?
—Porque existe una posibilidad de que sea auténtico, Leo —Shirley se
puso en pie y sacudió el largo cabello dorado, que caía en ondulaciones sobre sus hombros—. En las entrevistas parece
muy extraño. Habla del futuro igual que si hubiera estado allí. Oh, puede que sea un tipo inteligente y nada más, pero
es divertido. Es un hombre al que me gustaría conocer.
—¿Cuándo apareció?
—El día de Navidad —dijo Shirley.
—¿Mientras yo estaba aquí? ¿Y no lo
mencionasteis para nada?
Shirley se encogió de hombros.
—Pensamos que estabas siguiendo los
noticiarios y que no te parecía un
tema interesante.
—No me he acercado a una pantalla desde que
llegué.
—Pues entonces deberías ponerte un poco al día —dijo ella.
Jack parecía disgustado. No era nada normal
ver esta discrepancia entre ellos, y
había parecido notablemente irritado cuando Shirley había expresado su deseo de conocer al viajero del
tiempo. Extraño, pensé. Con su interés en los Apocaliptistas, ¿por qué mostrar tales prejuicios ante la
última manifestación de irracionalidad?
Mi estado de ánimo hacia el hombre del futuro
era más bien de neutralidad. Por supuesto
que todo aquello de viajar por el tiempo me
divertía; había estado dejándome la piel para demostrar su imposibilidad
práctica, y era bastante improbable que aceptara alegremente la afirmación de
que se había conseguido realizarlo. Sin duda,
ésa era la razón de que Jack hubiera intentado
mantenerme protegido de esta noticia en particular, creyendo que no necesitaba ninguna parodia distorsionada
de mi propio trabajo para recordarme los problemas de los cuales había salido
huyendo justo antes de Navidad. Pero yo estaba consiguiendo librarme de mi
depresión; la inversión del tiempo ya no
producía en mí aquella desesperación.
Me apetecía descubrir algo más sobre aquel fraude. Además, el hombre parecía haber encantado a Shirley mediante
la televisión, y cualquier cosa que
encantara a Shirley me resultaba interesante.
Una de las cadenas pasó un documental sobre
Vornan-19 esa noche, ocupando una hora de
gran audiencia normalmente reservada a uno de los espectáculos
caleidoscópicos. Aquello revelaba por sí
solo la profundidad y la extensión del interés público en la historia. El documental iba dirigido a los Robinson Crusoe como yo, que no se habían tomado la
molestia de seguir los
acontecimientos hasta aquel punto, con lo cual pude ponerme al día de una sola vez.
Estábamos flotando en neumosillones ante la
pantalla mural, y soportamos los anuncios. Por fin una voz resonante dijo: «Lo
que van a ver es en parte una simulación por ordenador». La cámara reveló la Piazza di Spagna en la mañana
del día de Navidad, con unas cuantas siluetas en las
Escalinatas y en la plaza, igual que si el
ordenador encargado de simularlas hubiera sido programado por Tiépolo. Y
en este friso cuidadosamente reconstruido de espectadores casuales apareció la imagen simulada de Vornan-19, bajando en un arco
brillante desde los cielos. Los
ordenadores hacen este tipo de cosas muy bien actualmente. A decir verdad, no importa que el ojo de una cámara no consiga registrar algún acontecimiento
inesperado de gran importancia, porque siempre se le puede sacar del abismo del tiempo mediante una astuta recreación.
Me pregunto qué pensarán de estas
simulaciones los historiadores del futuro… si es que el mundo sobrevive
al primer día del mes próximo, por supuesto.
La figura que descendía estaba desnuda, pero
los simuladores esquivaron el problema
de los testimonios discrepantes de las monjas y los otros espectadores
mostrándonos sólo una visión desde
atrás. Estoy seguro de que no se trataba de pacatería; la cobertura televisiva de la orgía Apocaliptista que Shirley y Jack me habían mostrado fue muy explícita
en cuanto a revelar la carne, y al
parecer ahora es un recurso habitual de las cadenas meter un poco de anatomía
en los noticiarios cada vez que tales exhibiciones se
encuentran protegidas por la decisión del Tribunal Supremo sobre la legítima
observación periodística. No tengo ninguna
objeción a tal cobertura de lo descubierto; hace mucho tiempo que habrían
debido descartarse los tabúes sobre
la desnudez, y supongo que cualquier cosa que anime al ciudadano para
que se mantenga bien informado es deseable, incluso ese tipo de concesiones en
los noticiarios. Pero un centímetro detrás
de la fachada de la integridad siempre se oculta la cobardía. Las
caderas de Vornan-19 no habían sido
simuladas porque tres monjas juraron que las cubría un nimbo nebuloso, y
resultaba más fácil evitar el
problema que correr el riesgo de ofender a los devotos contradiciendo el
testimonio de las santas hermanas.
Observé a Vornan-19 inspeccionando la Piazza.
Le vi subir las Escalinatas Españolas.
Sonreí mientras el nervioso policía subía
corriendo los peldaños, ofreciendo su capa, y era derribado al
suelo por un relámpago invisible.
A esto siguió el coloquio con Horst Klein. Se
hizo de forma muy inteligente, pues se
utilizó al mismo Klein, conversando con una simulación doblada del
viajero temporal. El joven alemán
reconstruyó su propia conversación con Vornan, mientras que el ordenador emitía lo que Klein
recordaba había dicho el visitante.
La escena se alteró. Ahora nos encontrábamos
dentro de un edificio, en una gran
habitación con polígonos congruentes grabados sobre paredes y techo, y con el suave y uniforme brillo de la termoluminiscencia iluminando los
rostros de una docena de hombres. Vornan-19 se
hallaba bajo custodia, voluntariamente,
pues nadie podía tocarle sin verse fulminado por aquel voltaje de anguila eléctrica suyo. Estaba siendo interrogado. Los hombres que le rodeaban pasaban
sucesivamente por el escepticismo, la hostilidad, la diversión y la ira.
También esto era una simulación; en ese momento nadie se había
tomado la molestia de grabarlo.
Vornan-19 repitió hablando en inglés lo que le
había contado a Horst Klein. Los
interrogadores le desafiaron en varios puntos de lo dicho. Distante, tolerando
su hostilidad, Vornan paró todas sus
estocadas. ¿Quién era? Un visitante. ¿De dónde venía? Del año
2999. ¿Cómo había llegado aquí? Transportado en el tiempo. ¿Por qué estaba
aquí? Para ver por sí mismo el mundo
medieval.
Jack lanzó una risa despectiva.
—Eso me gusta. ¡Para él somos gente del
medioevo!
—Es un toque muy convincente —dijo Shirley.
—Todo se lo han inventado los simuladores
—observé yo—. De momento no hemos oído ni
una sola palabra auténtica.
Pero no tardamos en oírlas. Resumiendo los
acontecimientos de los últimos diez días
en unas breves frases, el narrador del programa
describió el traslado de Vornan-19 a la suite más imponente de un elegante hotel situado en la Via Véneto, cómo había establecido allí su corte para recibir a todos
los interesados en verle y cómo había obtenido un guardarropa de excelentes
trajes contemporáneos, pidiendo que uno de los sastres más caros de Roma
atendiera sus necesidades. Todo el problema de la
credibilidad parecía haber sido dejado de lado. Lo que me asombró fue la facilidad con que Roma daba la impresión de haber aceptado esta historia sin ningún
tipo de pruebas. ¿Creían realmente que provenía del futuro? ¿O acaso la actitud romana era una enorme broma, un mero
capricho autoindulgente?
La pantalla mostró imágenes de piquetes
Apocaliptistas delante de su hotel, y de
repente comprendí por qué estaba teniendo éxito el
fraude: Vornan-19 tenía algo que ofrecerle a un mundo turbado. Si se le aceptaba, se aceptaba el futuro. Los Apocaliptistas estaban intentando negar el futuro.
Les contemplé: las máscaras grotescas,
los cuerpos pintados, las piruetas lascivas, los
carteles que blandían, gritando «¡Alegraos! ¡El fin está
cerca!». Agitaban furiosamente los puños hacia el hotel y arrojaban sacos de
luz viva hacia el edificio, con lo que
hilillos de reluciente pigmento rojo y azul corrían sobre los ladrillos desgastados por el tiempo. El
hombre del futuro era la némesis de su culto. Una época desgarrada por los
miedos de una extinción inminente se volvía hacia él de una forma sencilla y natural, y con esperanza. En una edad apocalíptica, todas las maravillas son
bienvenidas.
—Vornan-19 celebró su primera conferencia de
prensa en vivo la última noche en Roma —dijo el narrador—. Treinta reporteros que representaban a los mayores servicios
mundiales de noticias le interrogaron.
De repente la pantalla se disolvió en un
torbellino de colores, del cual surgió la
grabación de la conferencia de prensa. Esta vez
no era una simulación: Vornan en persona, vivo, apareció ante mis ojos por primera vez.
Me quedé impresionado. No puedo usar otra palabra. En vista de mi relación
posterior con él, permítaseme que lo deje bien
claro desde este momento. Le
consideraba tan sólo un fraude ingenioso. Sentía desprecio hacia sus pretensiones y despreciaba a quienes, fuera por el motivo que fuese, estaban escogiendo
participar en su ridículo juego. Sin
embargo, mi primera visión de quien pretendía ser nuestro visitante tuvo en mí
un impacto totalmente inesperado.
Parecía estar mirando hacia el exterior de la pantalla, relajado y dispuesto a todo, y el efecto de su presencia era algo más que meramente tridimensional.
Era un hombre delgado, de talla un poco
inferior a la media, con hombros delicados y algo caídos,
un cuello esbelto y femenino y una cabeza
finamente modelada, que mantenía orgullosamente
erguida. Las líneas de su rostro eran muy pronunciadas: pómulos afilados,
mejillas angulosas, mandíbula fuerte,
nariz prominente. Su cráneo era ligeramente demasiado grande para su cuerpo; formaba una bóveda bastante alta y era un poco más largo que ancho, y la
estructura ósea de atrás habría resultado de interés para un frenólogo,
pues su cráneo se hallaba curiosamente prolongado y tenía ciertas protuberancias. Sin embargo, lo que de extraño
había en él caía dentro de la gama
de lo que puede esperarse hallar en las calles de cualquier gran ciudad.
Tenía el cabello gris, y lo llevaba bastante corto. También sus ojos eran grises. Podría haber tenido
cualquier edad entre los treinta y
los sesenta años. Su piel carecía de arrugas. Vestía una túnica azul pálido que poseía la sencillez
del estilo costoso y en su cuello
había un pañuelo pulcramente doblado, de color cereza, proporcionando el único toque de color a toda su persona. Parecía tranquilo, lleno de gracia,
alerta, inteligente, encantador y un tanto desdeñoso. No tuve más remedio que pensar en un esbelto gato siamés azul que conocí
en el pasado. Tenía la ambivalente
sexualidad de un soberbio felino, porque hay algo sinuosamente femenino
en casi todos los gatos machos, y Vornan
proyectaba esa misma cualidad, ese aspecto bien cuidado de gracia que posee la pantera. No quiero decir con ello que diera la impresión de no tener sexo,
sino más bien de que era andrógino, omnisexual, capaz de encontrar y dar
placer en cualquier persona o cosa. Recalco
el punto de que ésa fue mi primera e
inmediata impresión y no algo que ahora esté proyectando hacia el pasado, fruto
de lo que luego descubrí sobre
Vornan-19.
El carácter es definido básicamente por los ojos y la boca. Ahí se centraba el poder de Vornan. Sus labios
eran delgados, su boca resultaba un poco demasiado ancha, sus dientes
eran impecables y su sonrisa deslumbrante.
Usaba esa sonrisa en destellos parecidos a los de un faro, irradiando
una inmensa calidez y preocupación, y la desconectaba con idéntica celeridad,
de tal forma que la boca se convertía en una nulidad y el centro de atención se desplazaba a los ojos, gélidos y penetrantes. Ésos eran los dos aspectos más
conspicuos de la personalidad de
Vornan: la capacidad instantánea de pedir y conseguir amor, representada por el
irresistible llamear de su sonrisa;
y la veloz retirada a una altivez solitaria y calculadora, representada por el brillo de altanería que había
en sus ojos. Charlatán o no, estaba
claro que era un hombre extraordinario, y pese a mi desprecio por aquel tipo de charadas, me sentí impulsado a verle en acción. La versión simulada
del visitante que se había mostrado antes bajo el interrogatorio de los
burócratas había tenido los mismos rasgos, pero le faltaba el poder. El primer instante en que se veía al
Vornan vivo transmitía un magnetismo
inmediato, que estaba ausente en el zombie creado por ordenador.
La cámara se demoró en él durante quizá
treinta segundos, lo suficiente como para
registrar su curiosa habilidad para exigir la atención; después recorrió
la habitación, mostrando a los periodistas.
Por apartado que me halle de estos héroes de la pantalla, reconocí como mínimo a media docena de ellos; y el
hecho de que Vornan hubiera sido considerado digno de merecer el tiempo de aquellos reporteros ―que eran estrellas mundiales― resultaba importante en sí mismo, un
testimonio del efecto que ya había
tenido sobre el mundo mientras Jack, Shirley y yo ganduleábamos en el
desierto. La cámara siguió su giro,
revelando todos los trucos de nuestra era de artefactos: la fuente energética de los instrumentos de
grabación, el hocico mate de la entrada de datos del ordenador, la grúa
de la cual colgaba el equipo de sonido, la parrilla de sensores de profundidad que impedían que se perdieran las tres
dimensiones de la retransmisión
televisiva y el pequeño láser de cesio
que servía como foco. Normalmente todos estos ingenios se mantienen cuidadosamente ocultos, aunque en
este programa se los había hecho
pasar a un aparatoso primer plano, como si fueran utensilios con los
cuales demostrar que los hombres del
medioevo también sabían una o dos cosas.
La conferencia de prensa empezó con una voz
que hablaba en los tonos secos y precisos
de Londres.
—Señor Vornan, ¿tendría la bondad de repetir
lo que ha dicho respecto a su presencia aquí?
—Ciertamente. He venido a través del tiempo para comprender mejor los procesos vitales del primer
hombre tecnológico. Mi punto de partida fue el año 2999, según sus sistemas de conteo. Me propongo visitar los centros de su civilización y llevarme de regreso toda una serie
de datos con los que deleitar e instruir a mis contemporáneos.
Hablaba con fluidez y sin ninguna vacilación detectable. Su inglés carecía de todo acento; era el inglés
que he oído hablar a los ordenadores, un lenguaje construido a partir de
fonemas castos y aislados y al que, por ello, le falta toda coloración regional. La calidad robótica de su timbre y su
vocalización transmitían claramente la idea de que este hombre hablaba un lenguaje que había aprendido in vacuo, de alguna especie de máquina instructora; pero, por
supuesto, un finlandés, un vasco o un uzbeko del siglo veinte que hubieran aprendido
inglés mediante cintas habrían sonado en forma muy parecida. En cuanto a la voz de Vornan propiamente dicha, era
flexible y bien modulada, agradable al oído.
—¿Cómo es que habla usted inglés? —dijo uno
de los periodistas.
—Parecía ser el lenguaje medieval que más
útil me resultaría aprender.
—¿No se habla en su tiempo?
—Sólo en una forma muy alterada.
—Háblenos un poco del mundo del futuro.
Vornan sonrió —el encanto de nuevo—, y con
voz llena de paciencia, dijo:
—¿Qué le gustaría saber?
—La población.
—No estoy seguro. Varios miles de millones, por lo menos.
—¿Todavía no han llegado a las estrellas?
—Oh, sí, por supuesto.
—¿Cuánto tiempo vive la gente en el año 2999?
—Hasta que se mueren —respondió Vornan con
afabilidad—. Es decir, hasta que escogen
morir.
—¿Y si no escogen morir?
—Supongo que entonces seguirán viviendo. Realmente, no estoy seguro.
—¿Cuáles son las naciones más poderosas del
año 2999?
—No tenemos naciones. Tenemos la Centralidad,
y después están las comunidades
descentralizadas. Eso es todo.
—¿Qué es la Centralidad?
—Una asociación voluntaria de ciudadanos en un área determinada. Una ciudad, en cierto sentido, pero
algo más que una ciudad.
—¿Dónde se encuentra?
Vornan-19 frunció delicadamente el ceño.
—En uno de los continentes principales. He olvidado sus nombres para los continentes.
Jack alzó los ojos hacia mí.
—¿La quito? Está claro que es un fraude. ¡Ni tan siquiera es capaz de
resultar convincente en los detalles!
—No, déjala —dijo Shirley.
Parecía estar en trance. Jack volvió a tensarse y yo me apresuré a hablar:
—Sí, veamos un poco más. Es divertido.
—¿…sólo una ciudad, entonces?
—Sí —contestó Vornan—. Compuesta por aquellos que valoran la vida comunal. No existe ninguna necesidad
económica para que nos agrupemos, compréndanlo. Cada uno es del todo autosuficiente.
Lo que me fascina es la necesidad que tienen ustedes
de andar tropezándose continuamente unos con otros. Este asunto del dinero, por ejemplo. Sin él un
hombre se muere de hambre, o va
desnudo. ¿Tengo razón? Les faltan medios independientes de producción. ¿Estoy en lo correcto al creer que
la conversión de energía todavía no es un hecho?
—Depende de a qué se refiera usted al decir
conversión de energía —dijo una áspera voz norteamericana—. La humanidad ha tenido medios de conseguir energía desde que se
encendieron los primeros fuegos.
—Quiero decir, una conversión de energía eficiente
—explicó Vornan, pareciendo algo
turbado—. El pleno uso del poder almacenado dentro de un solo… eh, un
solo átomo. ¿Les falta esto?
Miré de soslayo a Jack. Estaba agarrando su neumosillón presa de una angustia repentina, y sus rasgos se
hallaban distorsionados por la tensión. Aparté nuevamente la mirada pensando que me había entrometido en algo
terriblemente privado, y me di
cuenta de que una pregunta que tenía una década de vejez acababa de ser respondida, al menos en parte.
Cuando fui capaz de concentrar nuevamente mi
atención en la pantalla, Vornan ya no
estaba hablando sobre la conversión energética.
—…una gira por el mundo. Deseo probar toda la
gama de experiencias disponible en esta
era. Y empezaré en los Estados Unidos de
América.
—¿Porqué?
—Es mejor ver los procesos de la decadencia
en movimiento. Cuando se visita una
cultura que se derrumba, es mejor explorar primero a su componente más
poderoso. Mi impresión es que el caos que caerá sobre ustedes
irradiará hacia el exterior desde los
Estados Unidos y, por lo tanto, deseo buscar allí los síntomas en primer lugar.
Dijo esto con una especie de apagada
impersonalidad, como si el que nuestra sociedad se estuviera derrumbando resultara algo evidente por sí mismo y no fuera posible ofender a nadie hablando de algo
tan obvio. Después conectó su sonrisa el
tiempo suficiente para dejar aturdido a su público y lograr que
ignorase el presagio tenebroso que había
escondido en sus palabras.
La conferencia de prensa siguió desarrollándose hasta llegar a un final nada espectacular. Las preguntas
sobre el mundo de Vornan y el método por el cual había llegado a nuestro
tiempo fueron contestadas con generalidades tan vagas, que daba la clara impresión de estar burlando a sus
interrogadores. De vez en cuando dejaba suponer que quizá diera más detalles sobre algún punto en otro momento; en la
mayoría de sus respuestas afirmaba,
sencillamente, no saber nada al respecto.
Se mostró particularmente evasivo con todos los esfuerzos que se
hicieron por sacarle una descripción precisa de los acontecimientos mundiales en nuestro futuro inmediato. Saqué la impresión de que nuestros logros no le
merecían un gran respeto, y que estaba un poco sorprendido al descubrir
que teníamos electricidad, energía atómica
y viajes espaciales en tan temprana
etapa del flujo histórico. No hizo intento alguno de ocultar su desdén,
pero lo raro es que su altivez no llegaba a
resultar irritante. Y cuando el editor de un facboletín canadiense dijo: «¿Qué
parte de todo esto espera usted que nos creamos?», él le respondió muy
amablemente, «Oh, es usted libre de no creer nada. A mí tanto me da».
Cuando el programa hubo terminado, Shirley se
volvió hacia mí y dijo:
—Ahora ya has visto al fabuloso hombre del
mañana, Leo. ¿Qué piensas de él?
—Me divierte.
—¿Convencido?
—No seas ridícula. Todo esto es sólo un truco publicitario muy inteligente, que le está funcionando
magníficamente a quien sea. Pero hay que concederle algo a ese diablo:
tiene encanto.
—Desde luego que lo tiene —dijo Shirley. Miró
a su esposo—. Jack, querido, ¿te importaría mucho que me las arreglara para acostarme con él cuando venga a los Estados Unidos?
Estoy segura de que en los próximos
mil años habrán inventado unas cuantas cosillas en el campo del sexo, y quizá
pueda enseñarme algo.
—Muy graciosa —dijo Jack.
Su rostro estaba oscurecido por la rabia. Al
darse cuenta de ello, Shirley retrocedió. Me sorprendió que reaccionara de
aquella forma tan excesiva ante la inocente sugerencia lujuriosa hecha por
ella. Tenía la seguridad de que su matrimonio era lo bastante firme como para
que Shirley pudiera jugar a la infidelidad sin irritarle. Y entonces se me
ocurrió pensar que no estaba
reaccionando a lo dicho por ella sobre acostarse con Vornan, sino
que seguía preso de su angustia anterior. Aquellas palabras sobre la conversión total de la energía… un mundo descentralizado en el que cada hombre era
autosufíciente como unidad
económica…
—¿Os importa? —dijo, y salió de la habitación.
Shirley y yo intercambiamos miradas de
inquietud. Ella se mordió el labio, dio unos cuantos
tirones de su cabello y, en voz baja y
suave, dijo:
—Lo siento, Leo. Sé lo que le tortura, pero no puedo revelártelo.
—Creo que me lo imagino.
—Sí, probablemente tú eres la única persona capaz de imaginárselo.
Desconectó el circuito que opacaba la
ventana. Vi a Jack en el solario, agarrado a la
barandilla, el cuerpo echado hacia adelante, medio encogido, contemplando el
desierto sumido en la oscuridad. Sobre las
cimas de las montañas brilló el zigzag
del rayo, al oeste, y después nos llegó la furia instantánea de un temporal de invierno. Cortinas de agua
fluyeron como cascadas por el panel
de vidrio. Jack siguió allí, más una estatua que un hombre, y dejó que la
tormenta descargara su fuerza sobre
él. Sentí bajo mis pies el ronroneo del sistema vital de la casa, a medida que las bombas de almacenamiento absorbían el agua en las cisternas para su uso
posterior.
Shirley vino hacia mí
y me puso la mano en el brazo.
—Tengo miedo —murmuró—. Leo, tengo miedo.
CUATRO
—Acompáñame al desierto —dijo Jack—. Me
gustaría hablar contigo.
Habían pasado dos días desde que la televisión transmitió la conferencia de prensa de Vornan-19. No habíamos
vuelto a conectar la pantalla mural,
y la tensión había ido desapareciendo de la casa. Estaba planeando volver a
Irvine al día siguiente; mi trabajo me llamaba y también tenía la
sensación de que debía dejar a Shirley y
Jack a solas, mientras trataban con los abismos que se estaban abriendo
en sus vidas, fueran los que fuesen. Jack
había hablado muy poco durante esos dos últimos días; daba la impresión
de estar haciendo un esfuerzo consciente para ocultar el dolor que había
sentido aquella noche. Su invitación me
sorprendió y me hizo sentir complacido.
—¿Vendrá Shirley? —pregunté.
—No le hace falta. Sólo nosotros dos.
La dejamos tomando un baño de sol bajo la
claridad del mediodía, los ojos cerrados, su flexible cuerpo tendido de
espaldas, su belleza desnuda bajo la caricia del sol. Jack y yo caminamos más de dos kilómetros desde la casa,
tomando un sendero que raramente
utilizábamos. La arena seguía mostrando las huellas del fuerte temporal, y la achaparrada vegetación estaba
brotando con un violento verdor.
Jack se detuvo en un sitio donde tres grandes monolitos incrustados de
mica formaban una especie de Stonehenge natural,
y se puso en cuclillas ante uno de los peñascos para tirar de un matorral de salvia que crecía junto a
su base. Cuando hubo logrado arrancar
la infortunada planta, la arrojó a un lado y dijo:
—Leo, ¿te has preguntado alguna vez por qué dejé la Universidad?
—Ya sabes que sí.
—¿Cuál fue la historia que te conté?
—Que te habías metido en un callejón sin
salida con tu trabajo —dije—. Que estabas harto de él, que habías perdido la fe en ti mismo y en la física, que sólo querías
retirarte a tu nido de amor con Shirley y quedarte ahí a
escribir y meditar.
Asintió.
—Eso era mentira.
—Lo sospeché.
—Bueno, parcialmente mentira. Quería venir
aquí y vivir separado del mundo, Leo. Pero
lo de encontrarme en un callejón sin
salida… eso no era cierto. Mi problema era todo lo contrario. No me encontraba en un callejón sin salida. Bien sabe Dios que lo deseaba. Pero veía con toda
claridad el camino hacia la culminación de mi tesis. Las
respuestas estaban ahí, Leo. Todas las
respuestas.
Algo se agitó en mi mejilla izquierda.
—¿Y pudiste detenerte, sabiendo que todo
estaba a tu alcance?
—Sí.
Hurgó con el pie en la base del peñasco, se arrodilló, cogió un puñado de arena y la dejó escurrirse
entre sus dedos. Tenía el rostro ladeado, sin mirarme. Y, finalmente, dijo:
—Me pregunto si fue un acto de grandeza moral,
o simplemente de cobardía… ¿Qué piensas de
eso, Leo?
—Dímelo tú.
—¿Sabes hacia dónde estaba yendo mi trabajo?
—Creo que lo supe antes que tú —dije—. Pero
no debía indicártelo. Debía permitir que fueras tú quien
tomase todas las decisiones. No me
indicaste ni una sola vez que fueras consciente
de las consecuencias finales de tu trabajo, Jack. Por lo que yo podía ver, creías estar tratando con
las fuerzas de conexión atómica en el vacío de una teoría.
—Bien, así era. Durante el primer año y
medio.
—¿Y después?
—Conocí a Shirley, ¿recuerdas? Ella no sabía
gran cosa de física. Historia y sociología, ésos eran sus campos.
Le describí mi trabajo. No lo comprendió,
así que lo puse en términos más sencillos y luego en términos todavía
más sencillos. Para mí era una buena
disciplina el verbalizar lo que en realidad no había sido más que un montón de ecuaciones. Y finalmente le dije que lo
que estaba haciendo era descubrir lo que mantiene juntos interiormente a
los átomos. Y ella me dijo: «¿Significa eso
que seremos capaces de separarlos sin hacer explotar las cosas?». «Sí», dije yo. «Vaya, supongo que
entonces podríamos tomar cualquier átomo y liberar la suficiente energía como para mantener una casa con él». Shirley me
miró de forma extraña y dijo: «Eso
sería el fin de toda nuestra estructura económica, ¿no?».
—¿Nunca se te había ocurrido pensarlo antes?
—Nunca, Leo. Nunca. Yo era ese chico flacucho del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ¿recuerdas? No
me preocupaba la tecnología aplicada.
Shirley me cambió por completo. Empecé a hacer cálculos, y después llamé
a la biblioteca e hice que el ordenador me pasara unos cuantos textos de ingeniería, y Shirley me dio una pequeña
conferencia sobre economía elemental. Entonces lo comprendí. Sí, maldita sea, comprendí que alguien podía coger mis ecuaciones
e imaginar una forma de liberar una energía ilimitada. Era E=mC2
una vez más. Sentí pánico. No podía asumir
la responsabilidad de darle la vuelta
al mundo. Mi primer impulso fue acudir a ti y preguntarte lo que pensabas que debía hacer.
—¿Por qué no viniste?
Se encogió de hombros.
—Era la solución más fácil: dejar que la
responsabilidad cayera sobre ti. De todas
formas, comprendí que probablemente ya habías visto el problema y que me
habrías dicho algo al respecto…, a no ser
que tuvieras la sensación de que era yo quien debía resolver la parte moral sin ayuda. Por eso pedí aquel año sabático y me pasé el tiempo jugueteando con el
acelerador mientras pensaba en todo
aquello. Pensé en Oppenheimer, Fermi
y el resto de los tipos que construyeron la bomba atómica, y me pregunté qué habría hecho en su lugar.
Trabajaban en tiempo de guerra, para
ayudar a la humanidad contra un enemigo
realmente asqueroso, e incluso ellos habían tenido sus dudas…
Yo, en cambio, no estaba haciendo nada que fuera a salvar a la humanidad de un peligro claro y actual.
Sencillamente, estaba haciendo una
pequeña investigación innecesaria que destrozaría la estructura monetaria del mundo. Empecé a verme como un enemigo de
la humanidad.
—Con una auténtica conversión de la energía —dije en voz baja—, no habría más hambre, ni codicia, ni
monopolios…
—Y también habría un período de cincuenta años
de trastornos, mientras el nuevo orden de cosas iba
cobrando forma. Y el nombre de Jack Bryant
quedaría maldito. Leo, no podía hacerlo. No era capaz de cargar con la
responsabilidad. Al final de ese tercer año decidí abandonarlo todo. Me aparté
de mi trabajo y vine aquí. He cometido un crimen contra el conocimiento para
evitar el cometer un crimen peor.
—¿Y te sientes culpable por ello?
—Por supuesto que sí. Tengo la sensación de
que durante la úhima década mi vida ha sido
una penitencia por haber salido huyendo. Leo, ¿has pensado
alguna vez en el libro que estoy
escribiendo?
—Muchas veces.
—Es una especie de ensayo autobiográfico: una
apología pro vita sua. En él explico cuál era mi trabajo en la Universidad,
cómo llegué a comprender su auténtica naturaleza, por qué detuve mi trabajo y cuál ha sido mi actitud personal hacia mi
retirada de él. Podrías decir que el libro es un examen de las responsabilidades morales de la ciencia. Como
apéndice incluyo el texto completo de mi tesis.
—¿Tal y como era el día en que dejaste de
trabajar?
—No —dijo Jack—. El texto completo. Ya
te he dicho que las respuestas eran visibles cuando lo dejé. Terminé mi trabajo
hace cinco años. Todo está en el manuscrito.
Con mil millones de dólares y un laboratorio
decentemente equipado cualquier empresa
razonablemente avispada podría traducir mis ecuaciones y convertirlas en un sistema de energía totalmente funcional, del tamaño de una nuez, que sería capaz
de funcionar eternamente a base de arena.
En ese mismo instante me pareció que el eje de la Tierra había oscilado ligeramente.
—¿Por qué has esperado tanto tiempo para
sacar a relucir el tema? —dije,
después de que hubo pasado un largo momento.
—Ese ridículo programa de la otra noche me dio
el empujón final. Ese hombre que dice
venir del año 2999, con su estúpida charla sobre una civilización
descentralizada en la que cada hombre es
autosuficiente porque posee la conversión plena de la energía. Fue como tener una visión del futuro…
un futuro que yo he ayudado a moldear.
―Seguramente no creerás que…
—No lo sé, Leo. Es una estupidez imaginar a un
hombre que aparece entre nosotros
viniendo de mil años en el futuro. Estaba tan
convencido como tú de que ese hombre era un completo fraude… hasta que empezó a describir todo aquello de la
descentralización.
—Jack, la idea de la liberación total de la energía atómica lleva
circulando mucho tiempo. Ese tipo es lo bastante listo como para haberse percatado de ella y utilizarla. Eso no quiere decir necesariamente que venga en realidad del
futuro y que tus ecuaciones hayan
acabado siendo usadas. Perdóname, Jack,
pero creo que estás sobreestimando lo que hay en ti de único. Has tomado una idea del estanque de los sueños
futuristas y la has convertido en
realidad, sí, pero nadie lo sabe salvo tú y Shirley, y no debes permitir que el disparo a ciegas de ese tipo te engañe y…
—Pero, Leo, supón que fuera cierto…
—Si realmente estás preocupado por ello, ¿por
qué no quemas tu manuscrito? —le
sugerí.
Pareció tan sorprendido como si le hubiera propuesto una automutilación.
—No puedo hacer eso.
—Protegerías a la humanidad contra esos
disturbios todavía no causados, por
los cuales pareces sentirte culpable.
—El manuscrito se encuentra en un lugar
seguro, Leo.
—¿Dónde?
—Debajo de la casa. He construido una bóveda
para él y he colocado una trampa en el
reactor de la casa. Si alguien intenta entrar en la bóveda de una forma que no sea la correcta, los seguros del reactor saltarán y la casa saldrá
volando en pedazos hacia el cielo. No necesito destruir
lo que he escrito. Nunca caerá en manos
equivocadas.
—Con todo, das por sentado que ha caído
en tales manos en algún momento de los próximos mil años; de tal forma
que para cuando nazca Vornan-19 el mundo
estará viviendo ya de tu sistema de
energía. ¿Correcto?
—No lo sé, Leo. Todo este asunto es una
locura. Creo que yo mismo me estoy volviendo loco.
—Bien, aceptemos como hipótesis que Vornan-19
es auténtico, y que tal sistema de energía es
usado en el año 2999, ¿sí? De acuerdo, pero no sabemos que sea el
sistema diseñado por ti. Supón que le
prendes fuego a tu manuscrito. El acto de hacerlo cambiaría el futuro de tal forma, que la economía
descrita por Vornan-19 jamás llegaría
a existir. Es posible que él mismo se esfumara de la existencia en
cuanto tu libro entrara en el incinerador.
Y de esa forma, sabrías que el futuro ha sido salvado del terrible destino
que tú has creado para él.
—No, Leo. Incluso si quemara el manuscrito,
yo seguiría estando aquí. Podría recrear las ecuaciones de memoria. La amenaza está en mi cerebro. Quemar el libro no
probaría nada.
—Hay drogas para eliminar los recuerdos…
Se estremeció.
—No puedo confiar en ellas.
Le miré, horrorizado. Con una sensación parecida a la de caer bruscamente por una trampilla, establecí
contacto por primera vez con la
paranoia de Jack, y el saludable, bronceado, extrovertido y hablador
muchacho de aquellos años del desierto se
desvaneció para siempre. ¡Pensar que había acabado llegando a esto! Torturado
por la posibilidad de que un fraude astuto, pero nada plausible, representara a un auténtico embajador de un
futuro lejano, ¡al que había dado forma la propia creación que Jack había suprimido!
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
—dije en voz baja.
—Sí lo hay, Leo. Una cosa.
—Lo que sea.
—Encuentra alguna forma de conocer
personalmente a Vornan-19. Eres una
figura científica importante. Puedes tirar de los hilos adecuados. Habla con él. Descubre si es realmente un falsario.
—Por supuesto que lo es.
—Descúbrelo, Leo.
—¿Y si es realmente lo que dice ser?
Los ojos de Jack llamearon con una inquietante
intensidad.
—Entonces, hazle preguntas sobre su época. Haz
que te cuente más sobre todo eso de la energía atómica. Haz que te
diga cuándo fue inventada… y por quién.
Quizá no surgió hasta dentro de
quinientos años… Un redescubrimiento independiente, algo sin ninguna relación con mi trabajo. Sácale la verdad, Leo. Tengo que saberlo.
¿Qué podía decir?
¿Podía decirle acaso: «Jack, estás chiflado»?
¿Podía suplicarle que se sometiera a una
terapia mental? ¿Podía ofrecerle un rápido
diagnóstico de paranoia, como sicólogo aficionado? Sí, y perder para siempre a mi amigo más querido. Pero
convertirme en un compañero de psicosis
interrogando solemnemente a Vornan-19 me resultaba muy desagradable. Dando por supuesto que
pudiera conseguir acceso a él, suponiendo que hubiera algún modo de conseguir una audiencia individual, no sentía el menor deseo de mancharme tratando con ese
embustero, aunque sólo fuera por un instante, como si sus pretensiones
debieran ser tomadas seriamente.
Podía engañar a Jack. Podía inventarme una
conversación tranquilizadora con aquel
hombre. Pero eso era una traición. Los oscuros y atormentados ojos de Jack suplicaban una ayuda honesta y sincera. Le
seguiré la corriente, pensé.
—Haré lo que pueda —prometí.
Su mano estrechó la mía. Volvimos en silencio
a la casa.
A la mañana siguiente, mientras hacía el equipaje, Shirley vino a mi habitación. Llevaba un traje ceñido de
color perla iridiscente que realzaba milagrosamente los contornos de su
cuerpo. Yo me había acabado acostumbrando a su desnudez casi sin darme cuenta, y eso me recordó de nuevo que era hermosa, y que
en mi amor de «tío» hacia ella iba incorporada una pepita de reprimida pero
indestructible lujuria.
—¿Qué llegó a contarte ayer cuando os
fuisteis? —dijo.
—Todo.
—¿Lo del manuscrito? ¿Aquello a lo cual teme?
—Sí.
—¿Puedes ayudarle, Leo?
—No lo sé. Quiere que consiga llegar hasta el
hombre del año 2999 y que compruebe si
cuanto dice es verdad. Puede que eso no
resulte fácil. Y probablemente no servirá de mucho ni aunque pueda hacerlo.
—Está muy trastornado, Leo. Estoy preocupada
por él. Parece tan saludable visto por
fuera y, sin embargo, todo esto le ha estado
consumiendo año tras año. Ha perdido todo sentido de la perspectiva.
—¿Has pensado en conseguir ayuda profesional
para él?
—No me atrevo —murmuró—. Es lo único que no
puedo ni tan siquiera sugerir. Ésta es la gran crisis moral de su vida, y tengo que encararla de esa forma. No puedo sugerir
que es una enfermedad. Al menos, todavía no. Quizá si volvieras
aquí siendo capaz de convencerle de que
este hombre es un fraude, tal cosa
podría ayudar a Jack para que empezara a liberarse de su obsesión. ¿Lo harás?
—Haré cuanto pueda, Shirley.
De repente estuvo en mis brazos. Su rostro se encontraba en el hueco que hay entre mi mejilla y mi hombro;
las esferas de sus senos,
perceptibles a través de la delgada tela, se aplastaron contra mi pecho
y sus dedos se clavaron en mi espalda. Estaba temblando y sollozando. La abracé
hasta que empecé a temblar, aunque por otra razón, y rompí suavemente el contacto entre nosotros.
Una hora después estaba dando saltos sobre
el camino de tierra, dirigiéndome hacia Tucson y el módulo de transporte que
estaba esperando para devolverme a
California.
Llegué a Irvine al anochecer. Un pulgar sobre
la placa, y mi casa se abrió ante mí. Sellada durante tres semanas,
a prueba de toda intemperie, tenía un olor
mohoso y parecido al de una tumba. El familiar desorden de papeles y bobinas
repartido por todo el lugar
resultaba tranquilizador. Entré justo cuando empezaba a caer una suave
llovizna. Mientras vagaba de una habitación a otra, tuve la misma sensación ―la
de que algo había terminado― que solía conocer el día posterior al último día
de verano: estaba solo de nuevo, las vacaciones habían acabado, la luminosidad de Arizona había cedido paso a la
neblinosa oscuridad del invierno de
California. No podía esperar encontrarme
a Shirley dando vueltas por la casa igual que un hada, ni a Jack desenredando alguna de sus ideas
característicamente retorcidas para
que yo la tomara en consideración. La tristeza de volver a casa era todavía más aguda esta vez, pues había perdido
al amigo fuerte y resistente del cual había dependido durante tantos años, y en su lugar había aparecido un extraño, turbado y lleno de irracionales dudas. Incluso la
dorada Shirley quedaba revelada ahora no como una diosa, sino como una esposa preocupada. Había acudido a ellos llevando
una enfermedad en mi alma y había
vuelto a casa curado de eso, pero la visita había resultado onerosa.
Quité los opacadores y miré hacia el
exterior, hacia la espuma del Pacífico, la tira rojiza de
playa, los blancos remolinos de niebla
invadiendo los pinos retorcidos que crecían allí donde la arena cedía su sitio
a la tierra. La rancia atmósfera de la
casa fue desapareciendo a medida que ese aire salado y con olor a pinos fue aspirado por los ventiladores.
Deslicé un cubo de música en el
lector y los miles de diminutos altavoces empotrados en las paredes tejieron
para mí una madeja de Bach. Me permití unos cuantos decilitros de coñac.
Durante un tiempo estuve sentado sorbiendo
el licor en silencio, dejando que la música me envolviera en su capullo, y
gradualmente sentí que me dominaba
una especie de paz.
Por la mañana me aguardaba mi desesperante
trabajo. Mis amigos sufrían, presas de la angustia.
El mundo había sido convulsionado por un culto apocalíptico y ahora se veía acosado por alguien que decía ser un emisario de eras futuras. Con todo, siempre hubo
falsos profetas sueltos por el mundo, los hombres habían
luchado siempre con problemas tan duros que ponían a prueba sus espíritus, y los buenos siempre se habían visto
perseguidos por dudas devastadoras y torbellinos interiores. Nada era
nuevo. No necesitaba sentir piedad hacia mí
mismo. Vive cada día por lo que
vale, pensé; enfréntate a los desafíos a medida que surgen, no te dejes abatir, haz cuanto puedas y
manten la esperanza de una gloriosa resurrección. Perfecto. Que venga el mañana.
Después de un rato me acordé de reactivar mi
teléfono. Fue un error.
Mi personal sabe que cuando me encuentro en
Arizona no se puede comunicar conmigo.
Todas las llamadas que llegan son desviadas a la línea de mi secretaria y ella
se encarga de atenderlas como le parece
conveniente, sin consultarme nunca. Pero si
surge algo de importancia, llama a la célula de almacenamiento de mi casa para que me lo encuentre nada más regresar. Apenas devolví mi teléfono a la vida, la
célula de almacenamiento se desprendió de su carga; sonó el
timbre y yo, automáticamente, le di al
interruptor de salida. El rostro de mi secretaria, flaco y huesudo,
apareció en la pantalla.
—Llamo el cinco de enero, doctor Garfield.
Hoy ha tenido varias llamadas de un tal
Sanford Kralick del personal de la Casa Blanca. El
señor Kralick quiere hablar urgentemente con usted e insistió varias veces para que le pusiera en contacto con
Arizona. Y me presionó bastante para que lo hiciera. Cuando finalmente logré hacerle comprender que usted no podía ser
molestado, me pidió que le llamara a la Casa Blanca tan pronto como sea
posible, a cualquier hora del día o de la noche. Dijo
que era un asunto vital para la seguridad de la Nación. El número es…
Eso era todo. Jamás había oído hablar del
señor Sanford Kralick, pero, por supuesto, los ayudantes del Presidente cambian
sin cesar. Ésta era quizá la cuarta vez que la Casa Blanca me llamaba en los
últimos ocho años desde que, sin darme cuenta, me
había convertido en parte del suministro disponible de
eruditos importantes. Un perfil mío aparecido en
uno de los semanarios para retrasados mentales me había etiquetado como un
hombre a vigilar, un aventurero situado en las fronteras del pensamiento, una
fuerza dominante en la física norteamericana, y desde entonces había sido
manipulado hasta llegar a la posición
de estrella científica. De vez en cuando
se me pedía que cediera mi nombre para esta o aquella declaración oficial sobre el Propósito de la
Nación o la Estructura Ética de la
Humanidad; se me llamaba a Washington para guiar a obesos congresistas
por los intrincados caminos de la teoría de partículas cuando se discutían las
concesiones presupuestarias para nuevos
aceleradores, o se me incluía como parte del telón de fondo cuando algún
osado explorador del espacio recibía el
premio Goddard. Aquella estupidez se había extendido incluso a mi propia
profesión, la cual habría debido estar
mejor enterada al respecto; de vez en cuando le ponía el punto final a una
reunión anual de la A.A.A.S. o intentaba explicarle a una delegación de
oceanógrafos o arqueólogos lo que estaba
teniendo lugar en mi frontera particular del pensamiento. Admito ―con cierta vacilación― que había
llegado a darle la bienvenida a
tales tonterías, no por la notoriedad que proporcionaban, sino sencillamente porque me daban una excusa de apariencia virtuosa con la que escapar de mi
propio trabajo, que me procuraba cada vez menos compensaciones.
Recuerden la Ley de Garfield: los científicos estrella son, normalmente,
personas que se encuentran en un atasco creativo privado. Habiendo dejado de producir resultados
significativos, entran en el
circuito de las apariciones públicas y disfrutan con la reverencia de los ignorantes.
Pero ni una sola vez había ocurrido que tales
convocatorias de Washington vinieran en
términos tan apremiantes. «Vital para la seguridad
de la nación», había dicho Kralick. ¿De veras? ¿O se trataba de uno de aquellos washingtonianos para los cuales la hipérbole es la lengua nativa?
Mi curiosidad estaba excitada. Ahora mismo era hora de cenar en la capital. «Llame a cualquier hora»,
había dicho Kralick. Tenía la esperanza de que le interrumpiría justo cuando
fuera a sentarse ante una suprema de ave, en algún absurdo restaurante
dominando el Potomac. Tecleé apresuradamente el número de la Casa Blanca. El
sello presidencial apareció en mi
pantalla y una fantasmal voz creada por ordenador me preguntó la razón de mi llamada.
—Me gustaría hablar con Sanford Kralick
—dije.
—Un momento, por favor.
Hizo falta más de un momento. Hicieron falta
unos tres minutos, mientras que el
ordenador buscaba un número donde pasarle la
llamada a Kralick ―el cual se hallaba fuera de su oficina―, lo llamaba y hacía que le trajeran un aparato. Pasado ese tiempo, mi pantalla me mostró a un hombre joven
de aspecto sombrío, sorprendentemente feo, con un rostro en forma de cuña y unos protuberantes arcos
supraorbitales que habrían sido el
orgullo de cualquier neanderthal. Me sentí aliviado; había esperado uno de esos
hombres de plástico hinchable,
adiestrados para decir siempre que sí, tan numerosos en Washington.
Fuera quien fuese, al menos Kralick no había
sido estampado usando el molde común. Su fealdad hablaba en favor suyo.
—Doctor Garfield —dijo inmediatamente—,
¡tenía la esperanza de que llamara! ¿Ha pasado unas buenas vacaciones?
—Excelentes, gracias.
—Su secretaria merece una medalla a la
lealtad, profesor. Casi la amenacé con llamar a la Guardia Nacional si no me ponía en contacto con usted, pero aun así se negó.
—Le he advertido a mi personal de que le
haría la vivisección a quien permita
intrusiones en mi intimidad, señor Kralick. ¿Qué puedo hacer por usted?
—¿Puede venir a Washington mañana? Todos los
gastos pagados.
—¿De qué se trata esta vez? ¿Una conferencia
sobre nuestras posibilidades de sobrevivir en el siglo
veintiuno?
Kralick sonrió secamente.
—No es una conferencia, doctor Garfield. Necesitamos sus servicios de una forma muy especial. Nos gustaría
utilizar unos cuantos meses de su
tiempo y encargarle una misión que nadie
más en el mundo puede llevar a cabo.
—¿Unos cuantos meses? No creo que
pueda…
—Es algo esencial, señor. Ahora no estoy haciendo ruidos
gubernamentales. Esto es muy grande.
—¿Puede darme algún detalle?
—Me temo que no por este aparato.
—¿Quiere que vuele a Washington nada más
haberme llamado, para hablar de algo sobre lo cual no puede
contarme nada?
—Sí. En caso de que lo prefiera, iré a
California para hablar del asunto. Pero eso supondría aún más
retraso, y ya hemos perdido tanto tiempo
que…
Mi mano estaba suspendida sobre el
interruptor de cierre y me aseguré de
que Kralick se enterase de ello.
—A no ser que tenga por lo menos una pista,
señor Kralick, me temo que deberé ponerle fin a esta conversación.
No pareció intimidado.
—Bien, una pista.
—¿Sí?
—¿Está enterado de que hace unas cuantas
semanas llegó un hombre que dice proceder
del futuro?
—Más o menos.
—Lo que tenemos en mente está relacionado con
él. Le necesitamos para interrogarle sobre ciertos temas. Yo…
Por segunda vez en tres días tuve esa sensación de caer a través de una trampilla. Pensé en Jack
suplicándome que hablara con
Vornan-19; y ahora aquí estaba el gobierno ordenándome hacer lo mismo.
El mundo se había vuelto loco.
Interrumpí a Kralick diciendo:
—De acuerdo. Iré a Washington mañana.
CINCO
La pantalla del teléfono engaña mucho. Kralick había parecido atractivamente delgado y ágil en la pantalla; en
carne y hueso resultó medir más de
metro noventa, y ese aire de intelectualidad
que hacía interesante su feo rostro quedaba totalmente sumergido por la
impresión de enormidad que proyectaba. Me
recibió en el aeropuerto; cuando llegué, tras haber tomado un avión que salió del aeropuerto internacional de Los
Angeles a las 10:10, eran las diez de la mañana, tiempo de Washington.
¿Quién dice que resulta difícil invertir el tiempo?
Mientras recorríamos velozmente la carretera
automática hacia la Casa Blanca, subrayó
con insistencia la importancia de mi misión y su
gratitud por mi cooperación. No me ofreció detalles sobre lo que deseaba de mí. Tomamos por el desvío inferior
y rodamos suavemente a través de la puerta privada de acceso a la Casa Blanca. En algún lugar en las entrañas de la tierra fui debidamente examinado y declarado
aceptable, y ascendimos al venerable
edificio. Me pregunté si sería el mismo Presidente quien se encargara de
explicármelo todo. Tal y como acabó
resultando, nunca llegué a verle. Se me llevó a la Sala de Emergencias, la cual estaba absurdamente repleta con toda
clase de equipo de comunicaciones. En una cápsula de cristal situada sobre la
mesa principal había un espécimen zoológico venusiano, un plasmoide
púrpura que enviaba incansablemente hacia
delante sus seudópodos ―parecidos a los de una ameba― en una tolerable
imitación de la vida. Una inscripción
en la base de la cápsula decía que se le encontró en la segunda expedición. Me
sorprendió: no se me había ocurrido
pensar que hubiéramos descubierto un número tan elevado de ellos que nos
permitiera dejarlos olvidados como pisapapeles
en los reductos de la burocracia.
Un hombrecillo de aspecto nervioso, con el
cabello gris muy corto y un traje de vivos
colores, entró en la habitación casi al trote. Llevaba los hombros tan
acolchados como los de un jugador de rugby y una hilera de
relucientes pinchos cromados sobresalía de
su chaqueta igual que vértebras enloquecidas. Obviamente, este hombre creía
firmemente en la necesidad de ir a la moda.
—Marcus
Kettridge —dijo—. Ayudante especial del Presidente.
Me alegra que esté con nosotros, doctor Garfield.
—¿Qué hay del visitante? —dijo Kralick.
—Ha estado en Copenhague. La transmisión llegó
hace media hora. ¿Le gustaría verla antes de la
reunión?
—Podría ser una buena idea.
Kettridge abrió la mano; en su palma yacía
una cápsula de cinta y la insertó en el
aparato. Una pantalla que no había visto antes cobró
vida. Vi a Vornan-19 paseando por la barroca fantasía
de los Jardines de Tivoli, cubiertos para protegerlos del clima y sin mostrar ni una sola huella del
invierno danés. El cielo estaba manchado por dibujos de luces
parpadeantes. Se movía igual que un
bailarín, controlando cada músculo para obtener el máximo impulso. Junto a él caminaba una gigantesca rubia que tendría quizá unos diecinueve años, con
una deslumbrante corona de
cabellos y una expresión soñadora en el rostro.
Llevaba unos pantalones que terminaban casi a la altura de su ingle y una breve banda de tela sobre sus
inmensos pechos. Igual podría haber
ido desnuda: había a la vista metros enteros de carne. Vornan la rodeó con su brazo y acarició distraídamente con la yema de un dedo cada uno de los
profundos hoyuelos que había sobre sus monumentales nalgas.
—La chica es una danesa llamada Ulla algo,
que recogió ayer en el zoo de Copenhague
—dijo Kettridge—. Pasaron la noche juntos. Verá, ha estado haciendo
eso en todas partes… igual que un
emperador, haciendo acudir chicas a su cama mediante una orden real.
—No sólo chicas —gruñó Kralick.
—Cierto, cierto. En Londres fue ese joven
peluquero…
Observé el avance de Vornan-19 a través del Tivoli. Una multitud curiosa le rodeaba, y a poca distancia de
él había una docena de fornidos
agentes de la policía danesa con látigos neurales, unas cuantas personas que parecían ser funcionarios gubernamentales
y media docena de individuos que, obviamente,
eran reporteros.
—¿Cómo mantienen a distancia a los
periodistas? —dije.
—Se han unido entre ellos —dijo secamente Kettridge—. Seis reporteros que representan a todos los medios de
comunicación, y que cambian cada día. Fue idea de Vornan; dijo que le gusta la publicidad, pero que odia tener a una
turba alrededor suyo.
El visitante había llegado a un pabellón
donde la juventud danesa estaba bailando. Los chirridos y bocinazos
del grupo musical quedaban reproducidos con
una perfecta claridad, desgraciadamente, y los chicos y chicas se movían
de forma espasmódica, sin ninguna
continuidad, agitando brazos y piernas.
Era uno de esos sitios donde el suelo es una serie de calzadas que giran
intersectándose, de tal forma que estando inmóvil
y realizando los giros de la danza uno se ve llevado en órbita por todo el local, enfrentándose a un
nuevo compañero tras otro. Vornan se quedó inmóvil durante un rato observando todo esto con lo que parecía asombro.
Sonrió con su maravillosa sonrisa y
le hizo una seña a su bovina consorte. Los
dos avanzaron hacia la pista de baile. Vi cómo uno de los funcionarios colocaba monedas en la rendija;
estaba claro que Vornan no se
dignaba manejar dinero personalmente, y era necesario que alguien fuera
detrás de él pagando las facturas.
Vornan y la joven danesa se colocaron de cara el uno a la otra y
adoptaron el ritmo de la danza. No había ninguna dificultad en el baile: consistía en unos disimulados empujones de la pelvis combinados con una pauta de patear
el suelo y abrazarse, igual que todas
las demás danzas de los últimos cuarenta
años. La chica tenía los pies bien plantados en el suelo, las rodillas
flexionadas, las piernas muy separadas y la cabeza echada hacia atrás; los gigantescos conos de sus pechos se alzaban hacia los espejos facetados del techo.
Vornan, quien estaba claro se lo
pasaba muy bien, adoptó la postura de rodillas
hacia dentro y codos fuera, usada por los chicos que le rodeaban, y empezó a moverse. Pilló fácilmente
el truco del baile tras un breve instante preliminar de incertidumbre, y comenzó a ser desplazado a través del local por
el mecanismo que había bajo el
suelo, dándole la cara primero a una chica y luego a otra, ejecutando
los explícitos movimientos eróticos que se
esperaban de él.
Pronto quedó claro que casi todas las chicas sabían quién era. Sus respingos y expresiones impresionadas lo
hicieron evidente. El hecho de que una celebridad mundial estuviera
moviéndose por entre el gentío creó una cierta confusión, haciendo que las chicas perdieran el ritmo; una
de ellas se limitó a quedarse quieta
y contempló a Vornan como en éxtasis durante
todos y cada uno de los aproximadamente noventa segundos en que lo tuvo como compañero de baile.
Pero durante las primeras siete u ocho vueltas no hubo ningún problema
serio. Después de eso Vornan empezó a bailar con una chica de cabello oscuro, bonita y más bien regordeta, que tendría
unos dieciséis años y a la que el terror dejó totalmente catatónica. Se quedó medio paralizada y luego
empezó a moverse rígidamente,
logrando retroceder más allá de la señal de vigilancia electrónica que había en la parte trasera de su franja móvil. Sonó un timbre para avisarle, pero
se encontraba más allá de cualquier indicación de ese tipo y un instante
después ya tenía un pie en cada una de las
dos franjas, que iban en direcciones
opuestas. Cayó al suelo, su corta falda levantada para revelar unos muslos rosados y carnosos y, presa del miedo, se
cogió a las piernas del chico que tenía más cerca.
Él cayó también, y un instante después tuve
una demostración gráfica del efecto dominó,
pues los bailarines estaban perdiendo el
equilibrio en todo el local. Casi todo el mundo se encontraba en más de una franja al mismo tiempo, y se agarraba a otra
persona en busca de sostén. Una ola de cuerpos que caían recorrió el gran local. Y ahí estaba Vornan-19, aún
en pie, observando la catástrofe y de
un humor excelente. Su enamorada, semejante a la diosa Juno,
estaba también de pie, a 180 grados de él; pero en ese instante una mano agarró
su tobillo y se derrumbó igual que un roble
talado, estrellándose contra dos o
tres bailarines más al caer. La escena parecía algo directamente sacado del infierno: figuras que se
retorcían por todas partes, brazos y
piernas al aire, todos incapaces de levantarse. La maquinaria del pabellón de
baile acabó deteniéndose con un crujido. Hicieron falta largos minutos
para desenredar el embrollo de cuerpos.
Muchas chicas estaban llorando.
Algunas se habían despellejado la rodilla o el trasero; una había logrado perder su falda en la confusión,
no se sabía cómo, y estaba agazapada en una postura fetal.
¿Dónde estaba Vornan? El
visitante ya se encontraba en la entrada del local, abandonándolo sin ningún tipo de problemas apenas dejó de moverse el suelo. La diosa rubia iba detrás de
él.
—Tiene un talento inmenso para crear
perturbaciones —dijo Kettridge.
Kralick se rió y dijo:
—Esto no es tan malo como lo que sucedió ayer
en ese sitio de Estocolmo, donde comían smorgasbörd,
cuando apretó el botón equivocado e hizo que toda la mesa se pusiera a girar.
La pantalla se oscureció. Un Kettridge que no
sonreía se volvió hacia mí.
—Este hombre será el invitado de los Estados
Unidos dentro de tres días a partir de hoy,
doctor Garfield. No sabemos cuánto tiempo va a quedarse. Tenemos
intención de seguir muy de cerca sus
movimientos, e intentaremos prevenir parte de la confusión que ya se sabe puede causar. Lo que hemos pensado,
profesor, es nombrar un comité de cinco o seis eruditos de primera fila como… bien, como guías para el visitante. En realidad, también serán perros
guardianes, cuidadores y… espías.
—¿Creen oficialmente los Estados Unidos que es
un visitante del año 2999?
—Oficialmente, sí —dijo Kettridge—. O sea que
vamos a tratarle igual que si fuera lo que pretende.
—Pero… —balbuceé yo.
—En privado, doctor Garfield, creemos que es
un farsante —me interrumpió Kralick—. Al menos eso creo yo, y opino que también el señor Kettridge lo piensa. Es un
estafador extremadamente ingenioso y osado. Sin
embargo, y por propósitos de opinión pública, hemos decidido
aceptar a Vornan-19 como lo que pretende
ser hasta que exista alguna razón para pensar de otra forma.
—Pero, en nombre de Dios, ¿por qué razón?
—¿Conoce el movimiento Apocaliptista, doctor
Garfield? —preguntó Kralick.
—Bueno, sí. No puedo decir que sea un
experto, pero…
—De momento, Vornan-19 no ha hecho nada mucho
más dañino que dejar hipnotizado a todo un local
repleto de jovencitas danesas y conseguir que
se caigan de culo. Los Apocaliptistas, en cambio, causan daños
reales. Crean disturbios, saquean, destruyen.
Son la fuerza del caos en nuestra sociedad. Estamos intentando contenerles antes de que lo hagan
pedazos todo.
—Y acogiendo calurosamente a este hombre, que
se ha nombrado a sí mismo embajador del futuro —dije yo—,
destruyen el principal argumento que venden los Apocaliptistas, el cual consiste en que el mundo se supone va a
terminar el próximo 1º de enero.
—Exactamente.
—Muy bien —dije—, ya lo había sospechado.
Ahora usted me lo confirma como política oficial. Pero, ¿es
correcto enfrentarse a la locura de masas
con una deliberada falta de honestidad?
—Doctor Garfield —dijo Kettridge con voz lenta
y solemne—, el trabajo del gobierno es
mantener la estabilidad de la sociedad gobernada.
Cuando es posible, nos gusta seguir los Diez Mandamientos en dicha tarea. Pero nos reservamos el derecho de luchar con una amenaza a la estructura social de
cualquier forma factible, llegando hasta
a la aniquilación en masa de las fuerzas
hostiles, lo cual, pienso, usted considerará una acción más seria que unas cuantas falsedades, y a la cual
este gobierno ha recurrido en más de una ocasión.
Para ser breve: si podemos contener la locura Apocaliptista dándole
un sello de aprobación a Vornan-19, vale la
pena hacer un cierto compromiso con la moral.
—Además —dijo Kralick—, en realidad no sabemos
que sea un fraude. Si no lo es, no
estamos cometiendo ningún acto de mala fe.
—La posibilidad debe ser muy reconfortante
para sus almas —dije yo..
Inmediatamente lamenté mis osadas palabras.
Kralick pareció dolido y no le culpé por
estarlo. No era él quien había ordenado tal política. Uno a uno, los
asustados gobiernos del mundo habían
decidido cortocircuitar el movimiento de los Apocaliptistas proclamando
que Vornan era auténtico, y los Estados Unidos no hacían sino añadirse a la
lista. La decisión había sido tomada en las
alturas; Kralick y Kettridge se estaban limitando a ponerla en práctica, y yo no tenía derecho alguno a
impugnar su moralidad. Como había dicho Kralick, podía acabar resultando que acoger de esa forma a Vornan fuera no tan sólo útil, sino también correcto.
Kettridge se dedicó a mover las crestas de su
elaborado traje y no me miró al hablar:
—Doctor Garfield, podemos comprender que en
el mundo académico la gente tienda a considerar los problemas morales de
manera abstracta, pero de todas formas…
—De acuerdo —dije yo, cansado—, supongo que me equivocaba. Tenía que expresar mi opinión, eso es
todo. Dejemos a un lado ese punto. Vornan-19 viene a los Estados Unidos,
y vamos a desenrollar la alfombra roja para él. Soberbio. Y ahora… ¿qué quieren de mí?
—Dos cosas —dijo Kralick—. Primero, señor,
usted goza de una amplia consideración como
una autoridad mundial sobre la física
de la inversión temporal. Nos gustaría que nos diera su
opinión acerca de si es teóricamente posible que un hombre viaje hacia atrás en el tiempo, tal y como afirma haber hecho
Vornan-19 y cómo podría haberse realizado eso, según usted.
—Bien —dije—, tengo que ser escéptico, porque de momento sólo hemos logrado enviar hacia atrás en el
tiempo electrones individualizados.
Esto los convierte en positrones, la antipartícula del electrón,
idéntica en masa pero opuesta en carga, y
el efecto es la aniquilación virtualmente instantánea. No veo ninguna
forma práctica de evitar la conversión de la materia
en antimateria durante la inversión temporal, lo cual quiere decir que para explicar el supuesto viaje
en el tiempo de Vornan-19, primero
debemos explicar cómo puede convertirse tanta masa y luego porqué, aun estando
presumiblemente compuesto de
antimateria, no desencadena el efecto de aniquilación cuando…
Kralick se aclaró cortésmente la garganta. Me
callé.
—Siento no haberme explicado con la
suficiente claridad —dijo Kralick— No deseamos una contestación inmediata por su parte. Doctor Garfield, nos gustaría un documento
exhaustivo sobre el asunto. Le proporcionaremos toda la ayuda que
pueda necesitar. El Presidente aguarda con impaciencia el momento de leer sus
opiniones.
—De acuerdo. ¿Y la otra cosa que deseaban?
—Nos gustaría que participara en el comité
que guiará a Vornan-19 cuando llegue aquí.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Usted es una figura científica nacionalmente
conocida, y asociada en la mente del público con el viaje
temporal —dijo Kettridge—. ¿No es razón
suficiente?
—¿Quién más estará en ese comité?
—No soy libre de revelar nombres, ni siquiera a usted —me dijo Kralick—. Pero le doy mi palabra de que
todas son figuras cuya estatura en
el mundo científico o académico es igual a la suya.
—Lo cual significa que ninguno de ellos ha
dicho que sí todavía, y que tiene usted la
esperanza de convencerlos a todos como sea —dije.
Kralick pareció dolido una vez más.
—Lo siento —dije.
—Creemos que poniéndole en un estrecho
contacto con el visitante encontrará algún
medio de sacarle información sobre el proceso que empleó para viajar por
el tiempo —declaró Kettridge, muy serio—.
Creemos que esto sería de un considerable
interés para usted como científico, así como de un gran valor para la Nación.
—Sí —dije yo—. Es cierto. Me gustaría
interrogarle sobre el tema.
—Y además —dijo Kralick—, ¿por qué debería
sentir hostilidad hacia tal misión? Hemos escogido a un historiador de primera
fila para descubrir qué pauta seguirán los acontecimientos en nuestro futuro, un psicólogo que intentará comprobar la autenticidad de la historia de Vornan, una
antropóloga que buscará avances y
cambios culturales… etcétera. El comité estará examinando simultáneamente la legitimidad de las credenciales
de Vornan, e intentando sacarle cualquier cosa que pueda sernos de valor, dando
por supuesto que es lo que dice ser. No se
me ocurre ningún trabajo que pueda ser de mayor significado para la
Nación y la humanidad en este momento.
Cerré los ojos durante un segundo. Sentí que
se me había dado una reprimenda más que adecuada. Kralick era
sincero, a su impetuosa manera, y también
lo era Kettridge dentro de su
estilo, persuasivo aunque algo tosco. Me necesitaban de veras. ¿Y no era acaso cierto que yo tenía mis
propias razones para querer echarle un vistazo a lo que había tras la
máscara de Vornan? Jack me había suplicado que lo hiciera, sin soñar jamás que me resultaría tan fácil el conseguirlo.
Entonces, ¿por qué me echaba para atrás?
Veía el porqué. Estaba relacionado con mi
propio trabajo y la minúscula posibilidad de
que Vornan-19 fuera un auténtico viajero del
tiempo. El hombre que está intentando inventar la rueda no siente ningún gran entusiasmo por aprender los detalles de cómo funciona un coche a turbina capaz
de hacer ochocientos kilómetros por hora. Aquí estaba yo, jugueteando durante la mitad de mi vida con mis electrones
invertidos, y allí estaba Vornan-19,
contando historias de cómo saltar siglos enteros; en lo más profundo de mi alma
prefería no pensar para nada en él. Sin
embargo, Kralick y Kettridge tenían razón: yo era el hombre
adecuado para este comité.
Les dije que participaría.
Me expresaron profusamente su gratitud y
luego parecieron perder interés en mí, como si tuvieran planeado no malgastar
ninguna emoción en alguien que ya se había comprometido a participar. Kettridge desapareció y Kralick me concedió una oficina situada en alguna parte del
anexo subterráneo de la Casa Blanca. Pequeñas masas de luz viva flotaban en un tanque del techo. Me dijo que tenía un acceso
total a los servicios de secretariado de la casa del Ejecutivo y
me mostró dónde se encontraban las entradas
y salidas de datos del ordenador. Podía hacer todas las llamadas telefónicas
que quisiera, me dijo, y utilizar
cualquier ayuda que precisara para preparar mi toma de postura sobre el
viaje temporal para el Presidente.
—Hemos hecho arreglos para su alojamiento —me dijo Kralick—. Está en una suite al otro lado del parque.
—Pensé que podría volver a California esta
noche, para recoger mis cosas.
—No sería conveniente. Ya sabe que sólo
tenemos setenta y dos horas antes de que
Vornan-19 llegue a Nueva York. Necesitamos utilizar ese tiempo con
tanta eficiencia como sea posible.
—Pero… ¡si acabo de regresar de mis
vacaciones! —protesté—. Apenas entré en mi casa, volví a salir
de ella. Necesito dejarle instrucciones a mi personal, hacer arreglos para el
laboratorio…
—Todo eso puede hacerse por teléfono,
¿verdad, doctor Garfield? No se preocupe por
el gasto en llamadas. Preferimos tenerle dos o tres horas
hablando con California que perder todo el tiempo necesario para que usted
hiciera otros dos viajes en el breve lapso
que nos queda.
Sonrió. Yo también sonreí.
—¿De acuerdo? —preguntó.
—De acuerdo —dije.
Todo estaba muy claro. Mis posibilidades de
escoger habían expirado apenas di mi
acuerdo a participar en el comité. Ahora formaba
parte del Proyecto Vornan, sin ninguna capacidad de acción independiente. Hasta que todo esto hubiera terminado, sólo tendría la libertad de que el
Gobierno pudiera prescindir. Lo extraño es que
eso no me irritase a mí, que siempre había
sido el primero en firmar cualquier petición atacando una violación de las libertades, que nunca me había considerado como hombre adecuado para trabajar en
una organización, sino más bien como un erudito libre que tenía una muy tenue relación con la Universidad. Supongo
que todo era una forma subliminal de
esquivar la desagradable sensación que me esperaba cuando finalmente
lograse volver a mi laboratorio para luchar con mis preguntas sin respuesta.
La oficina que me habían dado era cómoda. El
suelo era de mullido cristal esponja, las
paredes plateadas y reflectantes, y el techo estaba
lleno de colores. Seguía siendo lo bastante temprano para llamar a California y encontrar a alguien en el laboratorio. Primero le notifiqué al procurador de
la Universidad que había sido llamado para
servir al Gobierno. No le importó. Después hablé con mi
secretaria y le dije que debía prolongar mi
ausencia indefinidamente. Hice los arreglos precisos para el trabajo de
mi personal y para controlar los proyectos
de investigación de mis pupilos. Discutí el problema de la entrega del correo y el cuidado de mi casa
con la instalación de datos local, y
en la pantalla apareció un detallado impreso de autorización. Se suponía
que yo debía indicar las cosas que deseaba se encargara de hacer y las que no.
La lista era larga:
Cortar el césped.
Ocuparse de que la casa estuviera cerrada y
protegida contra el clima.
Entregar correo y mensajes.
Cuidado del jardín.
Controlar posibles daños de tormentas.
Avisar a organizaciones de venta.
Pagar facturas.
Y etcétera. Acabé poniéndole una señal a casi todo y le cargué la factura del servicio al Gobierno de los
Estados Unidos. Ya había aprendido algo de Vornan-19: no tenía intención de pagar ninguna factura con mi dinero
hasta no haber sido liberado de este trabajo.
Cuando hube puesto en orden mis asuntos
personales, llamé a Arizona. Me respondió Shirley. Parecía tensa
y algo nerviosa, pero dio la impresión de relajarse un poco cuando vio mi cara
en la pantalla.
—Estoy en Washington —dije.
—¿Para qué, Leo?
Se lo expliqué. Al principio pensó que estaba bromeando, pero yo le aseguré que estaba diciéndole la
verdad.
—Espera —dijo—. Iré a buscar a Jack.
Se apartó del aparato. La perspectiva cambió
al marcharse ella y en lugar de la habitual imagen de cabeza y hombros la pantalla me mostró la minúscula imagen de Shirley
entera, en un plano de tres cuartos.
Estaba en el umbral, de espaldas a la cámara, apoyándose en la jamba de tal
forma que la opulenta esfera de uno de
sus pechos aparecía bajo su brazo. Yo sabía que los
empleados del gobierno estaban controlando mi llamada, y me enfureció que tuvieran esta visión gratuita de la hermosura de Shirley. Hice el gesto de cortar la
imagen, pero ya era demasiado tarde;
ella había desaparecido y Jack estaba
en la pantalla.
—¿Qué pasa? —preguntó—. Shirley me ha dicho…
—Dentro de unos cuantos días hablaré con Vornan-19.
—Leo, no tendrías que haberte molestado. He estado pensando en esa
conversación que tuvimos. Me siento como un maldito estúpido. Dije un montón
de… bueno, cosas propias de una persona inestable, y nunca soñé que lo dejarías
todo para salir corriendo hacia Washington…
—No fue exactamente así como sucedieron las
cosas, Jack. He venido aquí porque me han
reclutado. Vital para la seguridad de la
Nación, ese tipo de cosas. Pero sólo deseaba decirte que mientras esté aquí intentaré ayudarte en aquello de lo que
hablamos.
—Te estoy agradecido, Leo.
—Eso es todo. Intenta relajarte. Puede que tú y Shirley necesitéis
alejaros del desierto durante un tiempo.
—Puede que más tarde —dijo él—. Ya veremos
cómo van las cosas.
Le guiñé el ojo y corté la conexión. No me engañaba con toda esa
animación fingida. Lo que hubiese estado hirviendo y agitándose dentro de él hacía unos días seguía ahí, aunque ahora estuviera intentando disculparse y diciendo
que no eran más que tonterías. Necesitaba ayuda.
Ahora, un trabajo más. Conecté la entrada de
datos y empecé a dictar mi documento sobre la inversión
temporal. No sabía cuántas copias querrían, pero imaginé que eso realmente no importaba. Empecé a hablar. Un brillante
punto de luz verdosa bailaba por la
pantalla de cristal de la salida del ordenador,
escribiendo mis palabras a medida que las pronunciaba. Trabajando totalmente de memoria y sin molestarme en pedirle a los bancos de datos los textos de mis
propias publicaciones, fui soltando un rápido y nada técnico resumen de mis ideas sobre la inversión temporal. Su esencia
era que, mientras que ya se había conseguido la inversión en el nivel
subatómico, no había ninguna teoría física comprendida por mí dentro de cuyos
términos pareciese posible que un ser humano viajara hacia atrás en el tiempo y
llegara vivo a su destino, sin importar la
fuente de energía utilizada para transportarle.
Reforcé eso con unas cuantas ideas sobre la inercia temporal acumulativa, la extensión de la masa en
un continuo invertido y la
aniquilación de la antimateria.
Después me pasé unos momentos contemplando mis
palabras que brillaban en el vibrante pero
pasajero resplandor verde de la
pantalla. Pensé en el hecho de que el Presidente de los Estados Unidos hubiera elegido mediante una decisión del Ejecutivo considerar las afirmaciones de Vornan-19
como convincentes. Le estuve dando vueltas a si
sería eficaz decirle al Presidente en
su misma cara que estaba siendo cómplice de un fraude. Discutí conmigo mismo si debía comprometer mi integridad
personal para no turbar la conciencia del gran hombre, y luego me dije «al infierno con todo», y le indiqué al
ordenador que imprimiera lo que había dictado y lo transfiriera a los archivos de datos presidenciales.
Un minuto después mi copia personal salió
despedida de la rendija, escrita, con los
márgenes bien alineados y pulcramente
grapada. La doblé, me la puse en el bolsillo y llamé a
Kralick.
—He terminado —dije—. Ahora me gustaría salir
de aquí.
Vino a buscarme. La tarde ya estaba terminando, lo cual quiere decir que en el sistema temporal al que
estaba acostumbrado mi metabolismo
era poco más de mediodía, y tenía
hambre. Le pregunté a Kralick si podía almorzar. Pareció un poco sorprendido
hasta que comprendió el problema de las zonas temporales.
—Para mí ya casi es hora de cenar —dijo—.
Mire, ¿por qué no cruzamos la calle, nos
tomamos una copa juntos y luego le acompaño a sus
habitaciones del hotel? Después me encargaré de que le den algo de cenar, si le parece bien: una cena temprana en lugar de un almuerzo tardío.
—Por mí está bien —le dije.
Como un Virgilio invertido, me guió hacia
arriba saliendo del laberinto que había bajo
la Casa Blanca y emergimos al aire libre bajo la luz del crepúsculo.
Vi que la ciudad había sufrido una ligera
nevada mientras estuve bajo tierra. Los
anillos para fundir la nieve zumbaban en las aceras y robots barredores iban y venían soñolientamente
por las calles, absorbiendo el agua
sucia con sus largas y codiciosas mangueras. Aún caían unos cuantos copos. Las luces centelleaban en las
brillantes torres de Washington igual que joyas contra el cielo negro azulado del anochecer. Kralick y yo
abandonamos los terrenos de la Casa
Blanca por una puerta lateral y cruzamos
la avenida Pennsylvania en un salto de caballo ajedrecístico que nos
llevó a un pequeño bar y a una salita sumida en
la penumbra. Kralick dobló sus largas piernas bajo la mesa con cierta dificultad.
Era uno de esos sitios automáticos que habían sido tan populares hacía
unos años: una consola de control en cada mesa,
un mezclador guiado por ordenador en la trastienda del local y una
complicada serie de grifos. Kralick me preguntó qué iba a tomar, y yo dije que ron destilado. Lo tecleó en la consola y
pidió un escocés con soda para él. La placa del crédito se encendió y Kralick metió su tarjeta en la ranura. Un instante después las bebidas brotaron con un
gorgoteo de los grifos.
—De un trago —dijo.
—Lo mismo digo.
Dejé que el ron resbalara por mi gaznate.
Bajó fácilmente, aterrizando sin encontrarse con
ningún alimento sólido digno de tal nombre, y empezó a infiltrarse en mi
sistema nervioso. Sin avergonzarme, pedí otra
ración mientras que Kralick seguía gozando de
su primera copa. Me lanzó una mirada algo pensativa, como diciéndose que en mi
historial no había nada indicativo de que fuera alcohólico.
Pero pagó mi bebida.
—Vornan ha ido a Hamburgo —dijo Kralick de
repente—. Anda estudiando la vida
nocturna en el Reepersbahn.
—Pensé que eso había sido cerrado hacía años.
—Lo dirigen como una atracción para turistas,
con marineros de imitación incluidos que desembarcan y se meten en peleas. Sólo Dios sabe dónde habrá oído hablar de
ese sitio, pero puede apostar a que esta
noche tendrán una pelea excelente. —Miró su
reloj—. Probablemente ahora estará desarrollándose. Nos
llevan seis horas de adelanto. Mañana estará en Bruselas. Luego Barcelona, para
una corrida de toros. Y después Nueva York.
—Que Dios nos ayude.
—Dios hará que el mundo acabe dentro de once meses y… ¿cuánto es? ¿Dieciséis días? —dijo Kralick. Lanzó
una carcajada algo pastosa—. No es
lo bastante pronto. No es lo bastante pronto.
Si hiciera el trabajo mañana no tendríamos que vérnoslas con Vornan-19.
—¡No me diga que es usted un
cripto-Apocaliptista!
—Soy un criptobebedor —dijo—. Empecé con esto a la hora del almuerzo y la cabeza me da vueltas, Garfield.
¿Sabe que en tiempos fui abogado?
Joven, brillante, ambicioso, tenía una buena clientela… ¿Por qué
desearía entrar en el Gobierno?
—Tendría que pedir usted un antiestimulante en
la consola —dije, algo receloso.
—¿Sabe una cosa? Tiene razón.
Pidió una pildora para él y después, como si
se le hubiera ocurrido en ese mismo
instante, un tercer ron para mí. Notaba un poco
entumecidos los lóbulos de las orejas. ¿Tres copas en diez minutos? Bien, siempre tenía el recurso de tomarme también un
antistim. La pildora llegó por fin y Kralick la engulló; torció el gesto
mientras que su metabolismo pasaba por el
proceso de aceleración que consumiría la sobrecarga de alcohol introducida en él. Durante un largo
instante estuvo callado, temblando. Después recobró el control de sí mismo.
—Lo siento. Me hizo efecto de golpe.
—¿Se encuentra mejor?
—Mucho mejor —replicó—. ¿He dicho algo clasificado como secreto?
—Lo dudo. Salvo que estaba deseando que el
mundo terminara mañana.
—Oh, sólo un capricho pasajero. No hay nada religioso en ello. ¿Le importa si le llamo Leo?
—Lo preferiría.
—Bien. Mire, Leo, ahora estoy sobrio y lo que
estoy diciendo es la verdad sin adornos.
Le he dado un trabajo asqueroso y lo siento. Si
puedo hacer algo para que su vida sea más cómoda
mientras juega a ser el criado de ese embustero del futuro, no tiene más que pedírmelo. No es mi dinero el que estaré gastando. Sé que le gusta la comodidad y
la tendrá.
—Me gustaría… ah, Sanford.
—Sandy.
—Sandy.
—Esta noche, por ejemplo. Ha venido sin mucho
tiempo de aviso y supongo que no ha
tenido ocasión de ponerse en contacto con ninguna de sus amistades.
¿Le gustaría tener compañía para la cena… y
para después?
Muy considerado por su parte. Satisfaciendo las necesidades del científico solterón que se está haciendo
viejo…
—Gracias —dije—, pero creo que esta noche me
las arreglaré yo solo. Tengo las ideas un poco enredadas, tengo que ajustarme
a su zona temporal…
—No será ningún problema.
Me encogí de hombros, olvidando el tema.
Mordisqueamos unas cuantas galletitas de
algas y escuchamos el lejano siseo de los altavoces
en el sistema de sonido del bar. Kralick se encargó de hablar casi todo el rato. Mencionó los nombres de algunos
de mis compañeros en el comité Vornan, entre ellos el de F. Richard Heyman, el
historiador, y el de Helen McIlwain, la
antropóloga, y el de Morton Fields, de Chicago, el psicólogo. Yo moví la
cabeza con benevolencia. Aprobaba la elección.
—Lo comprobamos todo cuidadosamente —dijo
Kralick—. Me refiero a que no deseábamos meter en el comité a
dos personas que hubieran tenido una
discusión o algo de ese tipo, por lo que buscamos en todos los archivos
de datos para ir siguiendo sus relaciones.
Créame, fue todo un trabajo. Tuvimos
que rechazar a dos buenos candidatos porque habían estado involucrados en… bueno, incidentes más bien
irregulares con uno de los otros
miembros del comité, y eso fue una gran decepción.
—¿Tienen archivos sobre la fornicación entre
eruditos?
—Leo, intentamos tener archivos sobre todo.
Se quedaría sorprendido. Pero, sea como sea, hemos acabado
creando un comité, encontrando sustitutos para los que no servían y sustitutos para los que resultaron ser
incompatibles con los demás en la
comprobación de datos, y haciendo arreglos y más arreglos…
—¿No habría sido más sencillo considerar que
Vornan es un fraude y olvidarse de él?
—La noche pasada hubo una reunión
Apocaliptista en Santa Bárbara —dijo
Kralick—. ¿Ha oído hablar de ella?
—No.
—Cien mil personas se congregaron en la
playa. Mientras llegaban allí dañaron propiedades por una suma
aproximada de dos millones de dólares.
Después de las orgías habituales empezaron a meterse en el mar igual que
lémures.
—Lemmings.
—Lemmings, sí —los gruesos dedos de Kralick
flotaron durante un segundo sobre la
consola del bar y luego se apartaron de ella—.
Imagínese a cien mil Apocaliptistas de toda California, cantando y metiéndose totalmente desnudos en el Pacífico un
día de enero. Todavía estamos intentando averiguar las cifras de ahogados. Como mínimo hay más de cien, y sólo Dios sabe
cuántos casos de neumonía, y diez chicas fueron pisoteadas hasta morir. Leo, ese tipo de cosas las hacen
en Asia. Aquí no. ¿Ve a qué nos enfrentamos? Vornan aplastará este movimiento. Nos dirá cómo son las cosas en el año
2999 y la gente dejará de creer que
«el fin está cerca». Los Apocaliptistas se derrumbarán. ¿Otro ron?
—Creo que debería ir a mi hotel.
—De acuerdo.
Desenredó sus piernas de la mesa y salimos del bar. Mientras íbamos caminando junto al parque Lafayette, Kralick dijo:
―Creo que debería advertirle de que los
medios de comunicación saben que está
en la ciudad, y empezarán a bombardearle con
peticiones de entrevistas y todas esas cosas. Le protegeremos tan bien como podamos, pero probablemente lograrán llegar hasta usted. La respuesta a todas
las preguntas es…
—Sin comentarios.
—Exactamente. Es usted una maravilla, Leo.
Estaba nevando otra vez, un poco más activamente de lo que estaban programados para manejar los anillos
derretidores. Delgadas cortezas
blancas se formaban aquí y allá sobre el
pavimento, y en la vegetación eran más gruesas. Charcos de agua recién fundida brillaban suavemente. La
nieve centelleaba igual que la luz
de las estrellas mientras iba cayendo. Las estrellas estaban ocultas;
podríamos haber estado solos en el universo.
Sentí una gran soledad. Ahora el sol estaría brillando en Arizona.
Cuando entramos en el enorme y viejo hotel
donde me alojaba, me volví hacia Kralick
y dije:
—Creo que acabaré aceptando esa oferta de compañía para la cena.
SEIS
Sentí por primera vez el auténtico poder del
Gobierno de los Estados Unidos cuando la chica entró en mis habitaciones sobre
las siete de esa tarde. Era una rubia alta, con el cabello como oro hilado. Sus
ojos eran castaños, no azules; sus labios sensuales
y su porte soberbio. Para decirlo brevemente, se parecía de forma asombrosa a
Shirley Bryant.
Lo cual significaba que llevaban largo tiempo
teniéndome controlado, observándome y
anotando el tipo de mujer que yo escogía
normalmente, y que habían sido capaces de encontrar una con las
calificaciones exactamente adecuadas con muy poco
tiempo de aviso. ¿Significaba eso que también creían que Shirley era mi amante? ¿O que habían trazado un
perfil abstracto de todas mis
mujeres y habían acabado ofreciendo a una chica tipo Shirley porque yo ―inconscientemente― había estado escogiendo
sustitutos de Shirley durante todo el tiempo?
El nombre de la chica era Martha.
—No tienes el más mínimo aspecto de Martha.
Las Marthas son bajitas, morenas y
terriblemente obcecadas, con mentones puntiagudos.
Siempre huelen a cigarrillos.
—La verdad es que soy una Sidney —dijo Martha—. Pero el gobierno pensó que no aceptarías a una chica
llamada Sidney.
Sidney, o Martha, era una estrella, una
auténtica campeona. Era demasiado buena para ser real y
sospeché que había sido creada igual que un
golem en un laboratorio del gobierno para servir a mis necesidades. Le pregunté si era así y ella dijo que sí.
—Después te enseñaré dónde tengo el enchufe
—me dijo.
—¿Con qué frecuencia necesitas recargarte?
—En algunas ocasiones dos o tres veces cada
noche. Depende.
Tenía poco más de veinte años y no podía por
menos que recordarme a las estudiantes del campus. Quizá era un robot, quizá una acompañante para hombres de negocios; pero
no actuaba como si fuera ninguna de las dos cosas, sino más bien como un ser humano maduro, inteligente y alegre
que, por casualidad, se ofrecía para cumplir con
ese tipo de trabajos. No me atreví a preguntarle si se pasaba todo el tiempo
haciendo aquella clase de cosas.
Debido a la nieve cenamos en el comedor del
hotel. Era un lugar algo anticuado, con
candelabros y gruesos cortinajes, con camareros de
frac y una larga carta con el menú escrito en relieve. Me alegró verlo; la
novedad de usar los cubos de menú ya se había
desgastado a esas alturas y resultaba encantador ir leyendo lo que podíamos escoger de un menú impreso, mientras que un ser humano dotado de vida anotaba
nuestros deseos en un cuadernito y con un
lápiz, exactamente igual que en el pasado.
Pagaba el gobierno. Comimos bien. Caviar
fresco, cócteles de ostras, sopa de tortuga y
Chateaubriand para dos, muy poco hecho. Las
ostras eran de la pequeña y delicada variedad Olimpia, que
viene de Puget. Son de una calidad excelente, pero echo de menos las ostras
auténticas de mi juventud. Las comí por
última vez en 1976, en la Feria del Bicentenario, cuando valían cinco
dólares la docena a causa de la contaminación.
Puedo perdonarle a la humanidad la destrucción del dodo, pero no el
haber acabado con las ostras punto azul.
Volvimos arriba totalmente saciados. La perfección de la noche sólo se
vio estropeada por una desagradable escena en el
vestíbulo, cuando me vi acosado por unos cuantos chicos de la prensa que buscaban una historia.
—Profesor Garfield…
—…es cierto que…
—…palabras sobre su teoría de…
—…Vornan-19…
«Sin comentarios». «Sin comentarios». «Sin comentarios». «Sin comentarios».
Martha y yo salimos huyendo hacia el ascensor. Para proteger la intimidad coloqué un sello en mi puerta —por anticuado que sea este hotel, tiene todas las comodidades
modernas—, y estuvimos a salvo. Martha me miró con expresión coqueta, pero su timidez no duró demasiado. Tenía un
cuerpo de miembros largos y suaves,
una sinfonía en rosa y oro, y no era ningún robot, aunque descubrí dónde tenía
el enchufe. En sus brazos pude
olvidar a los hombres del año 2999, a los Apocaliptistas que se ahogaron y al polvo que se acumulaba sobre mi mesa del laboratorio. Si hay un cielo para los
ayudantes de la Presidencia, ruego
que Sandy Kralick ascienda a él cuando llegue su momento.
Por la mañana desayunamos en la habitación, nos dimos una ducha juntos
igual que si fuéramos recién casados, y nos pasamos
un rato ante la ventana contemplando las últimas huellas de la nevada nocturna. Martha se vistió; su ceñido traje de plástico negro parecía fuera de lugar bajo la
pálida luz de la mañana, pero seguía
estando preciosa. Sabía que no volvería a verla nunca más.
—Algún día tienes que hablarme de la
inversión temporal, Leo —me dijo al marcharse.
—No sé absolutamente nada de eso. Hasta la
vista, Sidney.
—Martha.
—Para mí siempre serás Sidney.
Volví a poner el sello de protección en la
puerta y cuando se hubo marchado llamé a la centralita del hotel. Como esperaba, se habían producido docenas de llamadas y
todas habían sido rechazadas. La centralita quería saber si
aceptaría una llamada del señor Kralick.
Dije que lo haría.
Le di las gracias por Sidney. Mostró muy poca
sorpresa.
—¿Puede venir a la primera reunión del
comité, a las dos, en la Casa
Blanca? —dijo después—. Una sesión para que se conozcan.
—Por supuesto. ¿Cuáles son las noticias de
Hamburgo?
—Malas. Vornan causó un disturbio. Entró en uno de los bares de mala nota y pronunció un discurso. Su
esencia era que el logro histórico más perdurable del pueblo alemán fue el Tercer Reich. Parece que eso es cuanto sabe de
Alemania, y empezó alabando a Hitler y luego se hizo un lío con Carlomagno,
y las autoridades lograron sacarle de allí justo a tiempo. Media manzana de clubes nocturnos ardió antes de que llegaran
los tanques de espuma. —Kralick esbozó una sonrisa ingenua—. Quizá no debería estarle contando esto. Todavía no es
demasiado tarde para que se retire del asunto.
Lancé un suspiro y dije:
—Oh, no se preocupe, Sandy. Ahora estoy en el
equipo, para bien o para mal. Es lo menos que puedo hacer por
usted… después de Sidney.
—Le veré a las dos. Le recogeremos y le llevaremos por un túnel, porque no quiero que le devoren los locos
de la prensa. No se mueva de ahí hasta que yo aparezca a su puerta.
—De acuerdo —dije.
Colgué el auricular, me di la vuelta y vi
lo que parecía un charco de fango verde deslizándose por debajo de mi puerta y penetrando en la
habitación.
No era fango. Era una conexión de fluido
auditivo llena de oídos monomoleculares. Me
estaban espiando desde el pasillo. Fui rápidamente hacia la puerta y
aplasté el charco con mi tacón.
—No haga eso, doctor Garfield —dijo una voz
muy débil—. Me gustaría hablar con usted.
Soy de la Red Amalgamada de…
—Váyase.
Acabé de aplastar el charco. Limpié los restos
de aquella porquería con una toalla.
Después me puse un poco más cerca de la puerta y,
dirigiéndome a cualquier oído que pudiera haber seguido pegado a la madera, dije:
—La respuesta sigue siendo: «sin comentarios». Váyase.
Finalmente me libré de él. Ajusté el sello de
intimidad para que resultara imposible deslizar ni tan siquiera una molécula de grosor de lo que fuera bajo la puerta, y me
pasé la mañana esperando. Poco antes de las dos vino a buscarme Sandy Kralick, y me introdujo casi a escondidas en el túnel que
llevaba a la Casa Blanca. Washington es un laberinto de conexiones
subterráneas. Me han contado que se puede ir de cualquier parte a cualquier
parte, si conoces las rutas y tienes las
palabras de acceso correctas bien preparadas cuando los sensores te
interpelen. Los túneles se prolongan en una capa debajo de otra. He oído decir que hay un burdel automatizado a seis niveles por debajo del Capitolio, para uso
exclusivo de los congresistas; y se supone
que el Smithsoniano está llevando a cabo
experimentos de mutagénesis en algún lugar situado debajo del Mall, engendrando monstruosidades
biológicas que nunca ven la luz del
día. Como todo el resto de las cosas que se oyen sobre la capital,
supongo que estas historias son apócrifas; supongo que la verdad, si llegara a
conocerse alguna vez, sería cincuenta veces
más horrible que las fábulas. Ésta es una ciudad diabólica.
Kralick me llevó a una habitación con paredes de bronce anodizado
situada en algún lugar bajo el ala oeste de la Casa Blanca. En ella había ya
cuatro personas. Reconocí a tres de ellas.
Los niveles superiores del mundillo científico están poblados por una
minúscula camarilla que se autoperpetúa, reproduciéndose
dentro de sí misma. Todos nos conocemos a través de las reuniones
interdisciplinarias de uno u otro tipo. Reconocí a Lloyd Kolff, Morton Fields y Aster Mikkelsen. La cuarta persona se levantó envaradamente
y dijo:
—Creo que no nos hemos encontrado antes,
doctor Garfield. Soy F. Richard Heyman.
—Sí, por supuesto. Spengler, Freud y Marx, ¿verdad?
Guardo un excelente recuerdo de esa obra.
Acepté su mano. Las yemas de sus
dedos estaban húmedas y supongo que las palmas también, pero daba la mano de esa manera centroeuropea peculiarmente
desconfiada mediante la cual las personas suspicaces cogen los dedos del
otro con cierta lejanía, en vez de pegar
una palma a la otra. Intercambiamos un poco de palabrería sobre lo
encantados que estábamos de conocernos.
Denme un sobresaliente en hipocresía. No
tenía una gran opinión del libro de F. Richard Heyman, el cual me
pareció pesado y al mismo tiempo
superficial, una hazaña difícil de conseguir; no me interesaban en lo más
mínimo las críticas que escribía de
vez en cuando para las revistas de temas generales, que inevitablemente acababan siendo pulcras evisceraciones de sus colegas; no me gustaba su forma
de dar la mano; ni tan siquiera me
gustaba su nombre. ¿Cómo se suponía
que debía dirigirme a un «F. Richard» si teníamos que utilizar los
nombres propios? ¿F? ¿Dick? ¿Qué tal “mi querido
Heyman”? Era un hombre bajo y corpulento, con una cabeza en forma de bala de cañón, una franja de
áspero cabello rojizo circundando la
mitad posterior de su cráneo y una espesa barba rojiza que se rizaba sobre sus mejillas y garganta para ocultar lo que estoy seguro era una papada tan
redonda como la cima de su cráneo.
Por entre el follaje apenas si resultaba posible ver una boca de labios
delgados, parecida a la de un tiburón. Tenía
los ojos acuosos y desagradables.
En cuanto a los demás miembros del comité, no sentía ninguna hostilidad hacia ellos. Les conocía
vagamente, estaba enterado de su alta posición dentro de sus profesiones individuales y nunca había tenido ningún desacuerdo con
ellos dentro de los foros
científicos donde nos habíamos encontrado.
Morton Fields, de la Universidad de Chicago, era un psicólogo afiliado a
la autodenominada Nueva Escuela Cósmica,
que en mi interpretación era una especie de budismo secularizado. Buscaban desentrañar los misterios
del alma colocándola en relación con
el universo como totalidad, lo cual suena
bastante pretencioso. En persona Fields se parecía a un ejecutivo de alguna gran firma camino de la cima,
quizá un especialista en
ordenadores: cuerpo delgado y atlético, pómulos altos, cabello color arena, boca de labios apretados y con las comisuras hacia abajo, mandíbula prominente y
ojos claros e inquisitivos. Podía imaginármelo alimentando de datos a un ordenador cuatro días a la semana y pasando sus
días libre dándole implacables golpes a una pelota de golf por el campo.
Con todo, no era tan pedante como parecía.
Sabía que Lloyd Kolff era el decano de los
filólogos: era un hombre enorme de cuerpo
robusto, que había dejado ya atrás los sesenta años, con un rostro
rojizo lleno de arrugas y los largos brazos
de un gorila. Su base de operaciones era Columbia y los estudiantes le tenían como uno de sus favoritos debido a su robusta manera de mantenerse con los
pies en la tierra; conocía más
obscenidades en sánscrito que ningún hombre
de los últimos treinta siglos y las usaba todas de forma tan vivida como frecuente. La especialidad de
Kolff eran los versos eróticos, en
todos los siglos y lenguajes. Se suponía que había cortejado a su esposa —también filóloga—, murmurándole abrasadoras frases en persa. Sería un buen
recurso para nuestro grupo, un valioso contrapeso al rígido pedante que
según sospechaba yo era F. Richard Heyman.
Aster Mikkelsen era una bioquímica de
Michigan, parte del grupo involucrado en el proyecto de sintetizar la vida. La
había conocido el año pasado en la
conferencia de la A.A.A.S. en Seattle. Aunque
su nombre sonaba a escandinavo, no era una de esas Junos nórdicas de las que, pese a todo, estoy tan escandalosamente encariñado. De cabello ocuro,
delgada y de huesos finos, daba una
impresión de fragilidad y timidez. Apenas si medía
más de un metro cincuenta y dos centímetros; dudo que llegara a los cuarenta y cinco kilos de peso. Supongo que
tendría unos cuarenta años, aunque parecía más joven. En sus ojos brillaba una luz cautelosa; sus rasgos eran
elegantes. Sus ropas resultaban de una desafiante castidad, modelando su figura de muchacho como para proclamar el hecho
de que no tenía nada que ofrecerle al
amante de lo voluptuoso. En mi mente apareció como un relámpago la
incongruente imagen de Lloyd Kolff y Aster
Mikkelsen juntos en la cama, los carnosos
pliegues del pesado y velludo cuerpo de él incrustándose en su silueta delgada y frágil, sus esbeltos
muslos y sus finas pantorrillas
tensándose en agonía para contener los asaltos del otro cuerpo, los tobillos
profundamente clavados en su copiosa carne. Lo desparejo de los físicos
era tan monstruoso que tuve que cerrar los ojos y apartar la mirada. Cuando osé
abrirlos de nuevo, Kolff y Aster estaban el
uno al lado de la otra, como antes ―el ziggurath de carne junto a
la melindrosa ninfa― y los dos me contemplaban con expresión de alarma.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Aster. Su voz era aguda y algo aflautada, quebradiza como la de una
adolescente—. ¡Pensé que iba a
desmayarse!
—Estoy un poco cansado —mentí.
No podía explicar por qué había
acudido a mí esa imagen tan repentina, ni por qué me había dejado tan aturdido. Para cubrir mi confusión me volví hacia
Kralick y le pregunté cuántos miembros más tendría el comité. Uno, dijo: Helen McIlwain, la famosa
antropóloga, tenía que llegar en cualquier momento. Como si sus palabras
hubieran sido una señal, la puerta se
deslizó a un lado y la divina Helen
en persona entró en la habitación.
¿Quién no ha oído hablar de Helen McIlwain?
¿Qué más puede decirse de ella? La
apóstol del relativismo cultural, la dama de la antropología que no tiene nada de dama, la tozuda estudiante de los ritos de pubertad y los cultos de
fertilidad que no ha vacilado en ofrecerse a
sí misma como mujer de la tribu y hermana de
sangre, la que llevó su búsqueda del conocimiento hasta las cloacas de Uagadugu para compartir el perro asado, la que escribió el texto básico sobre las
técnicas de masturbación, la que aprendió
de primera mano cómo se inician las
vírgenes en la helada desolación de Sikkim… Tenía la impresión de que Helen
siempre había estado con nosotros, yendo de una
increíble hazaña a otra, publicando libros que en otra era la habrían hecho quemar en la estaca, informando solemnemente
al público televisivo de asuntos que podrían escandalizar a los más endurecidos
eruditos. Nuestros caminos se habían
cruzado muchas veces, aunque no últimamente. Me sorprendió ver lo joven
que parecía; por lo menos debía tener
cincuenta años.
Iba vestida… bien, de forma aparatosa. Una cinta de plástico le rodeaba los hombros y de ella descendía
una fibra negra astutamente moldeada
para que se asemejara al cabello humano.
Quizá era cabello humano. Formaba una espesa cascada que llegaba hasta
medio muslo, el deleite de un fetichista, largo, sedoso y denso. Había algo salvaje y primordial en esta tienda de cabello que contenía a Helen; todo
cuanto faltaba era el hueso a través
de la nariz y las cicatrices ceremoniales en las mejillas. Creo que iba
desnuda bajo aquella masa de cabello.
Cuando cruzó la habitación fue posible distinguir fugaces destellos rosados
asomando por entre la cortina de pelo. Tuve la ilusión momentánea de que estaba
viendo la punta de un pezón rosado,
la curva de una lisa nalga. Con todo, era
tal la cohesión del barrido sensual que ejecutaban las largas hebras de pelo, tan suaves como si fueran de
satén, que cubrían su cuerpo casi por
completo permitiéndonos sólo esos fugaces atisbos que Helen pretendía que tuviéramos. Sus brazos, gráciles y delgados, estaban desnudos. Su cuello,
parecido al de un cisne, se alzaba triunfante por entre la hirsuta
cabellera y su propio pelo, castaño rojizo y brillante, no sufría por la comparación con su atuendo. El efecto era
espectacular, fenomenal, impresionante y absurdo. Cuando Helen hizo su gran entrada
observé el rostro de Aster Mikkelsen y vi cómo sus labios esbozaban una breve
mueca de diversión.
—Siento llegar tarde —proclamó Helen con su
magnífica voz de contralto—. He estado en el Smithsoniano. ¡Me han mostrado un magnífico
juego de cuchillos para circuncidar de Dahomey, hechos en marfil!
—¿Y te han dejado practicar con ellos?
—preguntó Lloyd Kolff.
—No hemos llegado tan lejos. Pero después de
esta ridícula reunión, querido Lloyd, me
encantará demostrar mi técnica si quieres acompañarme hasta allí.
Contigo.
—Como deberías saber, para eso llegas sesenta
y tres años demasiado tarde —rugió Kolff—. Me sorprende que
tengas tan poca memoria, Helen.
—¡Oh, sí, querido! ¡Totalmente cierto! Mil
disculpas. ¡Se me había olvidado por completo! —Y se lanzó sobre
Kolff, con su atuendo de cabello revoloteando, para besarle en su ancha
mejilla. Sanford Kralick se mordió el labio. Obviamente, esto era algo que se le había pasado por alto a su ordenador. F. Richard Heyman parecía incómodo, Fields
sonreía y Aster ponía cara de aburrimiento. Empecé a darme cuenta de que
nos esperaban momentos bastante movidos.
Kralick carraspeó, aclarándose la garganta.
—Ahora que estamos todos aquí, si pueden
concederme su atención un momento…
Procedió a explicarnos nuestro trabajo. Utilizó pantallas, cubos de
datos, sintetizadores sónicos y una batería de otros artefactos de última hora para transmitirnos lo necesario y apremiante
de nuestra misión. Básicamente, se suponía que debíamos ayudar a hacer que la
visita de Vornan-19 al año 1999 fuera más
agradable y provechosa; pero también teníamos instrucciones de mantener al visitante bajo una estrecha vigilancia, moderar los excesos más ofensivos de
su conducta si era posible, y decidir en secreto y según nuestros
propios criterios si era genuino o un astuto fraude.
Resultó que nuestro grupo se hallaba dividido
en ese último punto. Helen McIlwain creía
firme y casi místicamente que Vornan-19 había venido del año 2999.
Morton Fields era de la misma opinión,
aunque no la proclamaba de forma tan estentórea.
Le parecía que había algo simbólicamente adecuado en tener a una figura
mesiánica venida del futuro para ayudarnos
en nuestro tiempo de penas y apuros; y dado que Vornan encajaba en ese criterio, Fields estaba dispuesto a aceptarle.
Por su parte, Lloyd Kolff pensaba que la idea de tomarse en serio a Vornan era demasiado divertida como para expresarla
con palabras, mientras que F. Richard Heyman pareció
ponerse de color púrpura ante la mera suposición de abrazar una idea tan irracional. Yo también me
encontraba incapaz de aceptar las afirmaciones de Vornan. Aster Mikkelsen era
neutral, o quizá “agnóstica” sea la palabra más adecuada. Aster poseía
la auténtica objetividad científica: no pensaba adoptar ninguna postura sobre el viajero del tiempo hasta que no hubiera tenido oportunidad de verlo por sí
misma.
Parte de esta amable escaramuza científica
tuvo lugar ante las narices de Kralick. El resto sucedió esa noche,
durante la cena, con sólo nosotros seis en
la mesa de la Casa Blanca, mientras unos silenciosos sirvientes entraban
y salían para colmarnos de exquisiteces a expensas de los contribuyentes.
Bebimos mucho. Ciertas polaridades
empezaron a exponerse por sí solas en
el seno de nuestro pequeño y poco avenido grupo. Estaba claro que Kolff y Helen se habían acostado con
anterioridad, y tenían intención de
hacerlo de nuevo; los dos se mostraban tan desinhibidos respecto a su
lujuria que eso causaba una clara preocupación
en Heyman, el cual parecía tener un grave caso de estreñimiento que abarcaba desde su bóveda craneal hasta el empeine de sus pies. Al parecer, Morton Fields
también sentía cierto interés sexual hacia Helen y cuanto más bebía más intentaba expresarlo, pero Helen no se
enteraba de ello; estaba demasiado concentrada en aquel viejo y gordo Falstaff que hablaba en sánscrito, Kolff. Así pues, Fields
desvió sus atenciones hacia Aster Mikkelsen que, sin embargo, parecía tan carente de sexo como la mesa y que rechazó
sus toscos avances con la fría precisión de una mujer que llevaba largo
tiempo acostumbrada a tales tareas.
En cuanto a mi propio estado de
ánimo, era más bien de lejanía, un viejo vicio: estaba sentado allí, el observador sin cuerpo, viendo en
acción a mis distinguidos colegas.
Pensaba en el hecho de que este grupo había
sido cuidadosamente seleccionado para evitar conflictos de personalidad y otros
defectos. El pobre Sandy Kralick creía haber
reunido a seis sabios impecables que servirían al país con celosa
dedicación. No llevábamos juntos ni ocho horas y ya estaban apareciendo las
líneas de división. ¿Qué nos ocurriría
cuando se nos expusiera a la presencia del escurridizo e impredecible
Vornan-19? Temía lo peor.
El banquete terminó cerca de la medianoche.
Una hilera de botellas de vino vacías zigzagueaba por la mesa.
Aparecieron unos empleados del gobierno y
anunciaron que nos conducirían hasta
los túneles.
Entonces se descubrió que Kralick nos había
distribuido en hoteles esparcidos por toda la
ciudad. Fields hizo una escenita algo ebria pretendiendo acompañar a
Aster hasta su hotel y ella logró darle
esquinazo, no sé cómo. Helen y Kolff se marcharon juntos, cogidos del
brazo; cuando entraron en el ascensor vi la
mano de él deslizándose bajo el sudario de cabello que envolvía a Helen. Yo volví andando a mi hotel. No conecté la pantalla para descubrir qué había
estado haciendo Vornan-19 esta noche
en Europa. Sospechaba, muy justamente,
que a medida que fueran pasando las semanas tendría una ración más que suficiente de sus piruetas, y
que podía pasar muy bien sin las noticias de esta noche.
Dormí mal. Helen McIlwain ocupó mis sueños.
Antes nunca había soñado que estaba
siendo circuncidado por una hechicera
pelirroja envuelta en una capa de cabello humano. Confío en no tener de nuevo ese sueño… nunca.
SIETE
A las doce del día siguiente los seis —más Kralick— subimos al tubo interciudadano para Nueva York, sin
paradas. Llegamos una hora después, justo a tiempo para una manifestación
Apocaliptista en la terminal del tubo. Habían oído decir que Vornan-19 tenía que aterrizar pronto en Nueva
York, y estaban haciendo un poco de
entrenamiento preliminar.
Subimos al enorme vestíbulo de la terminal y
lo encontramos convertido en un mar de figuras sudorosas e
hirsutas. Banderas de luz viva derivaban
por el aire, proclamando lemas sin sentido o, sencillamente, obscenidades de lo
más corriente. La policía de la terminal intentaba mantener el orden desesperadamente.
Por encima de todo el jaleo se oía el apagado retumbar
de un cántico Apocaliptista, desgarrado e incoherente, un grito de
anarquía en el cual sólo pude distinguir las palabras
«final… llama… final…».
Helen McIlwain estaba fascinada. Los
Apocaliptistas eran, como mínimo, igual de interesantes que
sus médicos brujos tribales, e intentó
meterse por el vestíbulo de la terminal para empaparse bien cerca de
aquella experiencia. Kralick le dijo que volviera, pero ya era demasiado tarde;
Helen se había lanzado hacia la turba. Un
barbudo profeta del apocalipsis se agarró a ella y desgarró la red de pequeños
discos de plástico que llevaba por
atuendo esa mañana. Los discos salieron disparados en todas direcciones,
dejando desnuda a Helen en una tira de
veinte centímetros de anchura que iba desde su garganta hasta su cintura. Un pecho quedó bruscamente expuesto, sorprendentemente firme para una mujer de
su edad y sorprendentemente bien
desarrollado para una mujer de su constitución, más bien delgada. Helen tenía
los ojos vidriosos a causa de la
excitación y se agarró a su pretendiente, intentando extraer de él la esencia del Apocaliptismo,
mientras que éste no paraba de
agitarse, arañarla y darle golpes. Tres corpulentos guardias salieron al vestíbulo ante la
insistencia de Kralick para
rescatarla. Helen saludó al primero con una patada en la ingle que le
hizo apartarse tambaleándose; el guardia se desvaneció bajo una oleada de fanáticos y no le vimos reaparecer. Los otros dos blandieron sus látigos neurales y
los usaron para dispersar a los
Apocaliptistas. Brotaron aullidos de ofendida irritación; se oyeron agudos chillidos de dolor, dominando la corriente
de fondo del «final… llama… final…». Un pelotón de chicas medio desnudas pasó ante nosotros con las
manos en las caderas, contoneándose igual que una hilera de coristas, impidiéndome ver; cuando me fue posible mirar de
nuevo a la turba, me di cuenta de que
los guardias habían logrado despejar una
isla de espacio vacío alrededor de Helen y se la estaban llevando.
Parecía transfigurada por la experiencia.
—Maravilloso —repetía sin cesar—,
maravilloso, maravilloso, ¡qué frenesí tan orgásmico! —mientras los muros
devolvían el eco del cántico, «final… llama…
final…».
Kralick le ofreció su chaqueta a Helen y ella
la apartó de un manotazo, sin importarle su
carne desnuda o, quizá, importándole demasiado
el mantenerla a la vista. Lograron sacarnos de allí, no sé cómo. Mientras cruzábamos el umbral, oí un terrible grito de dolor que se alzaba dominando
todos los demás ruidos, el sonido que
imagino haría un hombre cuando le llevaran a
rastras antes de ser descuartizado. Jamás llegué a descubrir
quién gritaba de esa forma, o porqué; «final…»,
oí, y ya estábamos fuera.
Unos coches nos estaban esperando. Fuimos
llevados a un hotel en el centro de
Manhattan. En el piso 125 teníamos una buena vista de la zona que estaban renovando en la parte baja. Helen y Kolff ocuparon una habitación doble sin
ningún tipo de disimulo; el resto
recibimos habitaciones individuales. Kralick nos proporcionó a cada uno un
grueso paquete de cintas en las que se sugerían
métodos para manejar a Vornan. Guardé las mías sin escuchar ninguna.
Cuando miré hacia la lejana calle, vi
figuras que se movían en un río frenético por el nivel de peatones, formando
dibujos que se rompían sin cesar, y de vez en cuando algún
enfrentamiento, brazos que gesticulaban, movimientos de hormigas irritadas. De
vez en cuando una fugaz cuña de
alborotadores cruzaba rugiendo el
centro de la calle. Supuse que serían Apocaliptistas. ¿Cuánto tiempo llevaba
ocurriendo esto? Había perdido el contacto con el mundo; no había comprendido que en cualquier momento y en cualquier
ciudad uno era vulnerable al impacto del caos. Me aparté de mi ventana.
Morton Fields entró en la habitación. Aceptó
mi oferta de una copa y yo apreté los
botones de programación que había en el tablero de
servicios de mi habitación. Después nos sentamos,
sorbiendo en silencio ron destilado. Tenía la esperanza de que no empezaría a parlotear en su jerga psicológica. Pero no era de los que dan vueltas a un asunto:
directo, incisivo, cuerdo, ése era su estilo.
—Como en un sueño, ¿no? —me preguntó.
—¿Todo eso del hombre del futuro?
—Todo este ambiente cultural. El estado de ánimo fin de siécle.
—Ha sido un siglo muy largo, Fields. Quizá el mundo está contento de verlo terminar. Quizá toda esta
anarquía que hay a nuestro alrededor es una especie de celebración, ¿no?
—Puede que tenga algo de razón —me concedió—.
Vornan-19 es una especie de Fortinbrás llegado para colocar nuevamente el tiempo en sus carriles.
—¿Eso piensa?
—Es una posibilidad.
—De momento, no ha ayudado mucho a ello
—dije—. Parece crear problemas allí donde va.
—Sin pretenderlo. Todavía no se ha acostumbrado a nosotros, los salvajes, y no para de tropezar con los
tabúes tribales. Déle algún tiempo para que nos conozca y empezará a hacer maravillas.
—¿Por qué dice eso?
Fields se tiró solemnemente de su oreja izquierda.
—Tiene poderes carismáticos, Garfield. Numen.
El poder divino. Puede verlo en esa
sonrisa suya, ¿verdad?
—Sí. Sí. Pero, ¿qué le hace pensar que utilizará ese carisma
racionalmente? ¿Por qué no divertirse un poco, agitar a las turbas? ¿Está aquí
como un salvador o sólo como un turista?
—Dentro de unos cuantos días lo descubriremos
por nosotros mismos. ¿Le importa si
pido otra copa?
—Pida tres —le dije despreocupadamente—. No
pago las facturas.
Fields me miró fijamente. Sus ojos de color claro parecían tener ciertos problemas para enfocarse, igual que
si llevara un par de compresores
corneales y todavía no supiera cómo utilizarlos.
Después de un largo silencio, dijo:
—¿Conoce usted a alguien que se haya ido a la cama con Aster Mikkelsen?
—La verdad es que no. ¿Debería?
—Oh, no es nada, sólo curiosidad. Quizá sea
lesbiana.
—No sé por qué, pero lo dudo —dije yo—.
¿Importa?
Fields lanzó una débil carcajada.
—La noche pasada intenté seducirla.
—Ya me di cuenta.
—Estaba bastante bebido.
—También me di cuenta de eso.
—Aster me contó algo extraño mientras estaba
intentando llevármela a la cama —dijo
Fields—. Me contó que no se acostaba con hombres. Lo
dijo en una forma extraña, sin inflexiones y sin
emocionarse, como si debiera resultarle perfectamente obvio a todo el mundo,
salvo a un maldito idiota. Estaba preguntándome si no hay algo sobre ella que debiera
saber y que ignoro, nada más.
—Podría preguntárselo a Sandy Kralick
—sugerí—. Tiene un dossier sobre todos nosotros.
—Nunca haría eso. Quiero decir… no me parece digno por mi parte…
—¿Querer acostarse con Aster?
—No, acudir a ese burócrata intentando
enterarme de algo. Prefiero mantener
el asunto entre nosotros.
—¿Entre nosotros los profesores? —dije yo,
ampliando su frase.
—En cierto sentido —Fields sonrió, un
esfuerzo que debió costarle un poco—. Mire, amigo mío, no
tenía intención de agobiarle con mis
preocupaciones. Sólo pensé que… si sabe algo sobre… sobre ella…
—¿Sus tendencias?
—Sus tendencias.
—Nada en absoluto. Es una bioquímica brillante
—dije—. Como persona parece más bien
reservada. Eso es todo cuanto puedo contarle.
Fields acabó marchándose poco después. Oí por
los pasillos la rugiente y satisfecha carcajada
de Lloyd Kolff. Me sentía igual que
un prisionero. ¿Y si llamaba a Kralick y le pedía que me mandara inmediatamente a Martha/Sidney? Me desnudé y me introduje bajo la ducha, dejando que
las moléculas realizaran su danza de zumbidos, quitando la
suciedad de mi viaje a Washington. Después
estuve leyendo un rato. Kolff me había dado su último libro, una
antología de lírica amorosa metafísica que había traducido de los textos
fenicios hallados en Biblos. Siempre había
pensado en los fenicios como unos decididos negociantes levantinos, sin tiempo
para la poesía, erótica o de otra clase, pero los versos eran
sorprendentes, toscos y feroces. No había soñado que hubiera tantas formas de describir los genitales femeninos. Las páginas
estaban festoneadas por largas
ristras de adjetivos: un catálogo de la lujuria, un inventario de la mercancía disponible. Había partes que llegaban francamente lejos. Me pregunté si
también Aster Mikkelsen habría
recibido un ejemplar.
Debí quedarme adormilado. Sobre las cinco de
la tarde me despertaron unas cuantas hojas
que salían de la rendija de datos situada en la
pared. Kralick estaba repartiendo el itinerario de Vornan-19. Lo típico: la
Bolsa de Nueva York, el Gran Cañón, un par de fábricas, una reserva india
o dos y —puesto a lápiz como posible—
Ciudad Luna. Me pregunté si se esperaba que le acompañáramos a la Luna caso de
que fuera allí. Probablemente.
En la cena de esa noche Helen y Aster
empezaron a hablar de algo sin
hacer caso de los demás. Me encontré sentado junto a Heyman, y se me obsequió
con un discurso de interpretaciones
spenglerianas sobre el movimiento Apocaliptista. Lloyd Kolff
le contó historias escabrosas en varios idiomas a Fields, quien le escuchó con expresión melancólica y
volvió a beber abundantemente.
Kralick se reunió con nosotros a la hora del postre para decir que
Vornan-19 abordaría un cohete con destino
hacia Nueva York a la mañana siguiente y que estaría entre nosotros al
mediodía, hora local. Nos deseó suerte.
No fuimos al aeropuerto para recibir a Vornan. Kralick esperaba problemas allí, y tuvo razón; nos
quedamos en el hotel, observando la
escena de la llegada en nuestras pantallas. Dos grupos rivales se habían
congregado en el aeropuerto para saludar
a Vornan. Había una gran masa de Apocaliptistas, pero eso no era sorprendente; estos días parecía haber
una gran masa de ellos por todas partes. Lo que resultaba un poco más inquietante era la presencia de un grupo
de unos mil manifestantes a los que, a falta de otra palabra mejor, el locutor llamó los «discípulos» de Vornan. Habían venido
para adorarle. La cámara se demoraba
encantada sobre sus rostros. No eran lunáticos enfurecidos como los
Apocaliptistas; no, la mayoría de
ellos eran muy de clase media, tensos, controlándose rígidamente, sin
tener nada de celebrantes dionisíacos. Contemplé
los rostros fruncidos, los labios apretados, la expresión sobria… y me asusté. Los Apocaliptistas
representaban a la parte inquieta de
la sociedad, los que no tenían raíces, los que iban de un lado a otro. Quienes habían venido para doblar la rodilla ante Vornan eran los moradores de los
pequeños apartamentos suburbanos, los que depositaban su dinero en instituciones de ahorro, los que se iban a dormir
temprano, la columna vertebral de la vida norteamericana. Se lo hice notar a
Helen McIlwain.
—Por supuesto —dijo ella—. Es la contrarrevolución, la reacción que llega ante los excesos Apocaliptistas.
Esas personas ven al hombre del
futuro como el apóstol del orden restaurado.
Fields había dicho algo muy parecido. Pensé
en cuerpos que caían y muslos rosados en una sala de baile del
Tívoli.
—Probablemente van a quedar decepcionados si
piensan que Vornan les ayudará —dije—.
Por lo que he visto, está de parte de la
entropía.
—Puede que cambie cuando vea el poder que
puede tener sobre ellos.
Si miro hacia atrás, de todas las muchas cosas aterradoras que vi y oí
aquellos primeros días, las tranquilas palabras de Helen McIlwain fueron las
más terroríficas.
Por supuesto, el gobierno tiene una larga
experiencia en la importación de celebridades.
La llegada de Vornan fue anunciada en una
pista y después vino por otra, al final del aeropuerto, mientras que un cohete enviado desde Ciudad de México para despistar a la gente se deslizaba por la
pista donde se suponía iba a posarse el
hombre del año 2999. Considerando las
circunstancias, la policía contuvo bastante bien a la multitud. Pero cuando los dos grupos avanzaron por la
pista de aterrizaje, se fundieron en uno
solo, los Apocaliptistas mezclándose con los
discípulos de Vornan, y entonces, de repente, fue imposible
saber cuál era cada grupo. La cámara se centró en una palpitante masa de humanidad y se retiró con la misma rapidez que había llegado, al descubrirse que
bajo todo aquel tumulto se estaba realizando una violación. Miles de
figuras rodearon el cohete cuyos flancos de
un azul apagado relucían tentadoramente
bajo la débil claridad solar de enero; mientras tanto, Vornan era
silenciosamente sacado del auténtico cohete a un kilómetro y medio de
distancia. Llegó hasta nosotros mediante un
helicóptero y un módulo de transporte, mientras que sobre la gente que luchaba alrededor del cohete azul se vaciaban los tanques de espuma. Kralick llamó
para hacernos saber que estaban
llevando a Vornan a la suite de hotel que serviría como nuestros cuarteles
generales en Nueva York.
Cuando Vornan-19 se aproximaba a la
habitación, sentí un instante de
pánico repentino y cegador.
¿Cómo puedo transmitir en palabras la intensidad de ese sentimiento? ¿Puedo decir que por un instante
parecieron aflojarse las amarras del
universo, de tal forma que la Tierra andaba a la deriva por el vacío? ¿Puedo
decir que tuve la sensación de estar vagando por un mundo carente de
razón, sin estructuras, sin coherencia?
Hablo totalmente en serio: fue un momento del más absoluto miedo. Todas
mis posturas de ironía, de burla y de
sarcasmo me abandonaron; y me quedé sin la armadura del cinismo, desnudo
en mitad de una feroz galerna,
enfrentándome a la perspectiva de que estaba a punto de conocer a un
vagabundo surgido del tiempo.
El miedo que sentía era el miedo de que la
abstracción se estuviera convirtiendo en
realidad. Puede hablarse largamente sobre la
inversión temporal, incluso se puede empujar a unos cuantos electrones una breve distancia dentro del pasado y, sin embargo, todo sigue siendo esencialmente abstracto.
No he visto ningún electrón, y
tampoco puedo decirles dónde se encuentra el
pasado. Ahora, de repente, la textura del cosmos había sido desgarrada y un viento gélido llegado del futuro soplaba sobre mí; aunque intenté recapturar mi viejo
escepticismo, descubrí que era imposible. Que Dios me
ayude… realmente creía que Vornan era
auténtico. Su carisma le había precedido al interior de la habitación, convirtiéndome por adelantado. ¿De qué servía la tozudez o la incredulidad? Antes de
que apareciese, ya me había convertido en gelatina. Helen McIlwain
permanecía inmóvil, en trance. Fields no paraba de removerse; Kolff y Heyman
parecían inquietos; incluso el gélido escudo de
Aster había sido penetrado. Fuera lo que fuese aquello que sentía, ellos lo
sentían también.
Vornan-19 entró en la habitación.
Le había visto con tanta frecuencia en las
pantallas durante las dos últimas semanas que tenía la sensación de
conocerle; pero cuando estuvo entre
nosotros me encontré en presencia de
un ser tan ajeno que resultaba incognoscible. Y restos de tal sensación persistieron durante los meses
siguientes, por lo que Vornan siempre fue algo lejano y apartado.
Era incluso más bajo de lo que yo había
esperado, apenas unos dos o tres centímetros más
alto que Aster Mikkelsen. En una habitación
llena de hombres altos parecía abrumado, con la torre de Kralick a un lado y la
montaña de Kolff al otro. Y, sin embargo, dominaba perfectamente la
situación. Sus ojos nos barrieron a todos en un solo gesto y dijo:
—Es muy amable por su parte haberse tomado tantas molestias por mí. Me
siento halagado.
Que Dios me ayude. Creí.
Cada uno de nosotros somos los resúmenes de los acontecimientos de nuestro tiempo, los grandes y los
pequeños. Tanto nuestras pautas de pensamiento como nuestros nudos de prejuicios nos vienen determinados por la
destilación de lo que ocurre, que inhalamos a cada respiración. He sido
moldeado por las pequeñas guerras ocurridas
durante mi existencia, por las
detonaciones de las armas atómicas de mi infancia, por el trauma del asesinato de Kennedy, por la extinción de la ostra del Atlántico, por las
palabras que me dijo mi primera mujer en el momento del éxtasis, por el triunfo
del ordenador, por el cosquilleo del sol de Arizona sobre mi piel desnuda y por muchas cosas más. Cuando trato con
otros seres humanos, sé que tengo un
parentesco con ellos, que han sido moldeados por algunos de los acontecimientos
que han dado forma a mi alma, que
tenemos por lo menos ciertos puntos de referencia común.
¿Qué había dado forma a Vornan?
Ninguna de las cosas que me habían moldeado.
En eso hallé unos buenos cimientos para
sentirme sobrecogido. La matriz de la cual venía
era totalmente distinta a la mía. Un mundo que hablaba otros lenguajes, que había tenido diez siglos más de historia, que había sufrido
inimaginables alteraciones de cultura y
motivos… ése era el mundo del que provenía. Por mi mente cruzó un fugaz destello del mundo de Vornan, un
panorama imaginario, un mundo idealizado de verdes campos y torres relucientes, de clima controlado y vacaciones en
las estrellas, de conceptos
incomprensibles y avances inconcebibles; y supe que cuanto imaginara se
quedaría corto ante la realidad, que no
tenía ningún punto de referencia que compartir con él.
Me dije que estaba siendo un estúpido por rendirme ante tal miedo. Me dije que este hombre venía de mi propio tiempo, que era un
inteligente manipulador de sus congéneres mortales. Luché por recuperar
mi escepticismo defensivo. Fracasé.
Nos fuimos presentando a Vornan. Él siguió
inmóvil en el centro de la habitación, con
un leve aire desdeñoso, escuchando mientras que
nosotros le recitábamos nuestras especialidades científicas. El filólogo, la bioquímica, la antropóloga, el historiador
y el psicólogo fueron anunciándose respectivamente
por turno.
—Soy un físico especializado en el fenómeno
de la inversión temporal —dije yo, y esperé.
—Qué notable —replicó Vornan-19—. ¡Han
descubierto la inversión temporal en una
etapa tan temprana de la civilización! Tendremos
que hablar en alguna ocasión de esto. Espero que sea muy
pronto, sir Garfield.
Heyman dio un paso hacia adelante y ladró:
—¿Qué quiere decir con «etapa tan temprana de
la civilización»? Si piensa que somos una
manada de salvajes sudorosos, usted…
—Franz —musitó Kolff, cogiendo
a Heyman por el brazo, y descubrí entonces lo que representaba la F de «F.
Richard Heyman».
Heyman se dejó calmar con una expresión
irritada en el rostro. Kralick le miró,
frunciendo el ceño. Por muy bajo sospecha que estuviera un invitado, no se le daba la bienvenida gritándole desafíos.
—Hemos preparado una visita al distrito financiero para mañana por la mañana —dijo Kralick—. Pensé que el
resto de este día podría pasarse sin hacer nada de particular, descansando. ¿Les parece bien a todos…?
Vornan no le estaba prestando atención. Había
cruzado la habitación con un curioso
deslizarse y se encontraba al lado de Aster
Mikkelsen, mirándola.
—Lamento que mi cuerpo esté sucio por largas
horas de viaje —dijo, en voz muy baja y
suave—. Deseo limpiarme. ¿Me haría el honor
de bañarse conmigo?
Todos nos quedamos boquiabiertos. Estábamos dispuestos a no dejarnos impresionar por la costumbre que
tenía Vornan de hacer peticiones
escandalosas, pero no habíamos esperado que intentara nada tan pronto, y menos con Aster. Morton Fields se
puso rígido y giró en redondo igual que un hombre de la prehistoria, buscando claramente una forma de rescatarla de su apuro. Pero Aster no necesitaba que nadie la
rescatara. Aceptó grácilmente y sin
ninguna señal de vacilación la invitación
hecha por Vornan de compartir un cuarto de baño con él. Helen sonrió. Kolff guiñó un ojo. Fields
balbuceó algo incomprensible. Vornan
hizo una leve inclinación, doblando las
rodillas al mismo tiempo que la columna ―como si realmente no supiera muy bien de qué forma se hacían las
reverencias—, y se llevó rápidamente
a Aster de la habitación. Todo había sucedido tan deprisa que nos
habíamos quedado totalmente aturdidos.
—¡No podemos dejar que haga eso! —logró decir finalmente Fields.
—Aster no ha puesto objeciones —observó Helen—. La decisión fue suya.
Heyman se golpeó la mano con el puño.
—¡Dimito! —dijo con voz de trueno—. ¡Esto es
un absurdo! ¡Me retiro totalmente de este
comité!
Kolff y Kralick se volvieron de inmediato
hacía él.
—Franz, controla tu temperamento —rugió Kolff
y, simultáneamente, Kralick dijo:
—Doctor Heyman, le suplico…
—Supongan que me hubiera pedido a mí que
tomara un baño con él —dijo Heyman—. ¿Tenemos
que satisfacer cada uno de sus caprichos?
¡Me niego a tomar parte en esta idiotez!
—Nadie le está pidiendo que ceda a peticiones obviamente excesivas,
doctor Heyman —dijo Kralick—. La señorita Mikkelsen no fue sometida a ninguna
presión para acceder. Lo hizo en nombre de la buena armonía, de… bueno, por
razones científicas. Estoy orgulloso de
ella. De todas formas, no estaba obligada
a decir que sí, y no quiero que
usted se sienta…
Helen McIlwain le interrumpió serenamente.
—Franz, cariño, siento que hayas decidido
dimitir tan rápidamente. ¿No te habría gustado
discutir con él cómo serán los próximos mil años? Ahora nunca tendrás una oportunidad de hacerlo. Dudo que el señor Kralick pueda dejar
que le entrevistes como quieres si no
cooperas y, naturalmente, hay tantos
historiadores que estarán encantados de ocupar tu sitio, ¿verdad?
Su truco resultó diabólicamente efectivo. La
idea de permitir que algún despreciable rival consiguiera ser
el primero en acceder a Vornan tuvo un
efecto devastador sobre Heyman; y
pronto estuvo murmurando que en realidad no había dimitido, que sólo había amenazado con dimitir.
Kralick le dejó que sudara un poco antes de acceder a olvidar todo aquel
desgraciado incidente y al final Heyman, no de muy buena gana, prometió adoptar una actitud más moderada hacia
la misión.
Fields había estado mirando todo este tiempo
hacia la puerta a través de la cual se
habían desvanecido Aster y Vornan.
—¿No creen que deberíamos averiguar lo que
están haciendo? —dijo por fin, un tanto irritado.
—Dándose un baño, me imagino —dijo Kralick.
—¡Se toma usted esto con mucha calma! —dijo
Fields—. Pero, ¿y si la ha dejado marcharse con un maníaco homicida? En la postura y expresión facial de ese hombre detecté
ciertos signos que me llevan a creer que no es digno de confianza.
Kralick enarcó una de sus gruesas cejas.
—¿De veras, doctor Fields? ¿Le importaría
redactar un informe al respecto?
—Todavía no —dijo él, con expresión
malhumorada—. Pero pienso que la señorita Mikkelsen
debería ser protegida. Es demasiado pronto
para que ninguno de nosotros dé por sentado que este hombre del futuro
se halla motivado en cualquier forma por las costumbres y tabúes de nuestra
sociedad, y…
—Eso es cierto —dijo Helen—. Puede que tenga por costumbre sacrificar a una virgen de cabello oscuro
cada jueves por la mañana. Lo
importante, lo que debemos recordar, es que no piensa igual que nosotros, ni en las cosas importantes ni en las pequeñas cosas.
Por su tono, serio y tranquilo, resultaba
imposible saber si hablaba en serio,
aunque sospeché que no lo hacía. En cuanto a la inquietud de Fields, era algo muy simple de explicar: habiendo visto frustrados sus planes para con Aster,
estaba disgustado al ver que Vornan
había conseguido tener éxito tan rápidamente. De hecho, estaba tan
disgustado y preocupado que logró exasperar
a Kralick de tal forma que éste nos reveló algo que estaba claro no había
tenido intención de contarnos.
—Mi personal está observando en todo momento
a Vornan —le dijo secamente Kralick al
psicólogo—. Tenemos un completo contacto
auditivo, táctil y visual con su persona y no creo que lo sepa, y le agradecería que no se lo hiciera descubrir. La
señorita Mikkelsen no corre ningún peligro.
Fields se quedó atónito. Creo que a todos nos
pasó igual.
—¿Quiere decir que sus hombres les están observando…
ahora mismo?
—Mire —dijo Kralick, obviamente disgustado.
Cogió de un manotazo el teléfono de la casa y marcó un número de transferencia. La pantalla mural de la habitación se
iluminó al instante con una transmisión
de lo que sus aparatos sensores estaban viendo.
Se nos proporcionó una imagen a todo color y tres
dimensiones de Aster Mikkelsen y Vornan-19.
Estaban desnudos. Vornan le daba la espalda a la cámara; Aster no.
Tenía un cuerpo flexible y delgado de caderas poco anchas, y los pechos de una
niña de doce años.
Los dos estaban bajo una ducha molecular.
Ella le estaba frotando la espalda.
Parecían estar pasándoselo muy bien.
OCHO
Esa noche Kralick había dispuesto que
Vornan-19 asistiera a una fiesta en
su honor celebrada en la casa de Wesley Bruton, el magnate de
la electricidad, situada junto al río Hudson. La residencia de Bruton había
sido terminada hacía tan sólo dos o tres
años; era obra de Albert Ngumbwe, el joven y brillante arquitecto que ahora está diseñando la capital
panafricana en el bosque Ituri. Era
un lugar tan ostentoso, que incluso yo había
oído hablar de él en mi aislamiento de California: la muestra más sobresaliente
y representativa del diseño contemporáneo, según se decía. Sentí que se
me despertaba la curiosidad. Pasé la mayor
parte de la tarde con un libro prácticamente
incomprensible ―obra de un crítico de arquitectura―, el cual establecía a la mansión Bruton dentro de su contexto; podría decirse que estuve haciendo mis
deberes. La flotilla de helicópteros
partiría a las seis y media del helipuerto situado en la cima de nuestro hotel y viajaríamos bajo las más estrictas
medidas de seguridad. Me daba cuenta de que el problema logístico iba a ser muy grave durante esta gira y sería necesario llevarnos discretamente de un
sitio a otro, igual que si fuéramos
contrabando.
Varios centenares de reporteros y
otros molestos miembros de los medios de comunicación intentaban seguir a Vornan por todas partes, aunque se había acordado
que la cobertura quedaría restringida al grupo diario de seis periodistas. Una
nube de Apocaliptistas irritados seguía los movimientos de Vornan, proclamando a gritos que no creían en él. Y
ahora estaba el dolor de cabeza adicional representado por su creciente
fuerza de discípulos, una contraturba de
los lustrosos y respetables burgueses de la clase media-alta que veían en Vornan al apóstol de la
ley y el orden, y que pisoteaban la ley y el orden en su frenético deseo
de adorarle. Teniendo que vérnoslas con
todas esas fuerzas, sería preciso que nos moviéramos rápidamente.
Hacia las seis empezamos a reunimos en nuestra
suite principal. Al llegar me
encontré allí a Helen y Kolff. Este último iba vestido con la
máxima elegancia y resultaba un espectáculo impresionante
de ver: una túnica iridiscente cubría su monumental masa, centelleando en todo un espectro de colores, mientras que una gigantesca faja azul marino
atraía la atención hacia su
protuberante vientre. Había untado con pomada su ya escaso cabello blanco, repartiéndolo por la
cúpula de su cráneo. En su vasto pecho había dispuesta una hilera de
medallas académicas, conferidas por muchos
gobiernos. Sólo reconocí una, que
también me había sido concedida: la Legion des Curies de Francia. Kolff exhibía toda una docena de esos ridículos
objetos.
Por comparación, Helen casi parecía haberse contenido. Llevaba un
traje túnica fabricado con alguna especie de polímero que de vez en cuando era transparente y de vez en cuando opaco;
vista desde el ángulo adecuado parecía estar desnuda, pero la imagen duraba sólo un instante antes de que las largas cadenas de escurridizas moléculas cambiaran de
orientación y ocultaran su carne. Era
muy astuto, atractivo y, dentro de su estilo particular, incluso de buen
gusto. Alrededor de su garganta llevaba un curioso amuleto, tan aparatosamente
fálico que acababa negándose a sí mismo y
terminaba por parecer inocente. Su maquillaje consistía en una capa de brillo
verde para los labios y halos oscuros
alrededor de los ojos.
Fields no tardó en aparecer, vistiendo un
traje de negocios corriente, y después entró Heyman, vestido con un apretado traje oscuro cuyo estilo se había quedado anticuado
como mínimo hacía veinte años. Los dos parecían algo inquietos y a disgusto. No mucho tiempo después Aster entró en
la habitación, vestida con una sencilla túnica que le llegaba hasta la rodilla y adornada por una hilera de pequeñas
turmalinas que le cruzaba la frente. Su
llegada hizo que la habitación se viera recorrida por una corriente de tensión.
Me di la vuelta con cierta torpeza,
sintiéndome culpable e incapaz de mirarla a los ojos. Como
todos los demás, la había espiado; aunque
no hubiera sido idea mía conectar ese sensor de espionaje y verla a hurtadillas
en la ducha, había mirado junto con
todos los otros, había pegado mi ojo a la cerradura y había conseguido
echarle un vistazo. Ahora sus pequeños senos y sus planas nalgas de muchacho ya
no eran ningún secreto para mí. Fields volvió a ponerse rígido, apretando los puños; Heyman se ruborizó y sus pies se
removieron sobre el suelo de cristal
esponja. Pero Helen, que no creía en conceptos como la culpabilidad, la vergüenza o la modestia, la obsequió con una bienvenida cálida y carente de toda
turbación, y Kolff, que durante su
larga vida había cometido transgresiones tan a menudo que ya no podía preocuparse por sentir un leve remordimiento a causa de un poco de voyeurismo no
intencional, la saludó con su voz
retumbante y alegre de costumbre:
—¿Te lo pasaste bien aseándote?
—Fue divertido —respondió Aster sin levantar
la voz.
No ofreció más detalles al respecto. Me di
cuenta de que Fields ardía en deseos de saber si se había acostado con Vornan-19. Me parecía que eso no tenía importancia;
nuestro invitado había demostrado ya
una notable e indiscriminada voracidad
sexual, pero, por otra parte, Aster daba la impresión de ser perfectamente capaz de proteger su castidad
incluso ante un hombre con el cual se
había bañado. Parecía alegre y relajada y no
daba ni la más mínima impresión de haber sufrido ninguna violación fundamental de su personalidad en las últimas
tres horas. Yo más bien tenía la esperanza de que se hubiera acostado
con él; podía haber sido una experiencia saludable
para Aster, siendo la mujer fría y aislada que era.
Kralick llegó unos cuantos minutos después,
con Vornan-19 siguiéndole. Nos condujo a
todos hasta el helipuerto del techo, donde nos estaban aguardando los helicópteros. Había cuatro: uno
para los seis miembros del equipo de noticias, uno para nosotros seis y Vornan, uno para un grupo de gente de la Casa Blanca y uno para los cuatro guardias de
seguridad. Nuestro helicóptero fue el
tercero en despegar. Se alzó al cielo nocturno con un apagado zumbar de
turbinas y aceleró en dirección
norte. En ningún momento de nuestro vuelo pudimos ver a los otros helicópteros. Vornan-19
contemplaba con interés por su
ventanilla la reluciente ciudad que había bajo nosotros.
—Por favor, ¿cuál es la población de esta
ciudad? —preguntó.
—Incluyendo el área metropolitana que la
rodea, cerca de treinta millones de personas —dijo Heyman.
—¿Todas ellas humanas?
La pregunta nos dejó perplejos. Después de que transcurriera un
instante, Fields dijo:
—Si se refiere a que si alguno procede de
otros mundos, no. No tenemos ningún ser de otros mundos en la Tierra.
Jamás hemos descubierto ninguna forma de
vida inteligente en este sistema solar, y ninguna de nuestras sondas estelares
ha regresado todavía.
—No —dijo Vornan—, no estoy hablando de gente de otros mundos. Hablo de nativos de la Tierra. De sus
treinta millones que hay aquí,
¿cuántos son de pura sangre humana y cuántos son servidores?
—¿Servidores? ¿Se refiere a robots? —preguntó
Helen.
—En el sentido de formas de vida sintéticas,
no —dijo Vornan pacientemente—. Me
refiero a los que no tienen la posición plena
de seres humanos porque genéticamente son otra cosa. ¿Todavía no tienen
servidores? Me cuesta hallar las palabras
adecuadas con qué preguntar. ¿No construyen vida de la vida inferior? No hay… no hay… —se quedó callado durante unos segundos—. No puedo decirlo. No hay palabras.
Intercambiamos miradas de preocupación. Ésta
era prácticamente la primera conversación que cualquiera de nosotros había tenido con Vornan-19, y ya nos estábamos
atascando con problemas de comunicación.
Sentí una vez más ese escalofrío de temor, esa
conciencia de que estaba ante algo extraño. Cada átomo escéptico y racionalista de mi ser me decía que este tal Vornan
era solamente un estafador hábil y lleno de recursos y, aun así, cuando hablaba de una Tierra poblada por humanos y
menos-que-humanos, como de pasada, en sus vacilantes intentos por explicar a qué se refería, se notaba una poderosa convicción.
Vornan dejó el tema. Seguimos volando. Bajo nosotros el Hudson ondulaba perezosamente hacia el
mar. Pasado cierto tiempo, la zona metropolitana
se fue terminando y pudimos distinguir las zonas oscuras de los
bosques públicos, y después de eso nos encontramos bajando hacia la pista de
aterrizaje privada de la propiedad de cien acres que tenía Wesley Bruton, unos ciento cincuenta kilómetros
al norte de la ciudad. Bruton poseía
la mayor extensión de terreno privado sin
urbanizar al este del Mississippi, según decían. Lo creí.
La casa irradiaba luz. La vimos desde una
distancia de casi medio kilómetro al salir de los helicópteros; se encontraba
en una elevación que dominaba el río, y su exterior relucía con una luz verde que mandaba chorros de claridad hacia
las estrellas. Un paseo deslizante cubierto nos llevó hasta los escalones, atravesando un jardín invernal de hielo
esculpido, fantasías teñidas de color hechas por una mano
magistral. Cuando nos acercamos, pudimos
distinguir el diseño estructural hecho por Ngumbwe: una serie de conchas
traslúcidas concéntricas que
encerraban un pabellón terminado en punta, más alto que cualquiera de los árboles que lo rodeaban. Ocho o nueve arcos que se superponían unos encima de
otros componían el techo, girando
con lentitud, de tal manera que la forma de la casa cambiaba
continuamente. A unos noventa metros por
encima del arco más alto colgaba un gran faro de luz viva, un vasto globo amarillo que giraba, se retorcía y oscilaba
sobre su tenue pedestal. Pudimos oír música, aguda y vibrante, que llegaba de guirnaldas de
minúsculos altavoces, colocadas
sobre los gélidos miembros de los árboles, adustos y monumentales. El
paseo nos guió hacia la casa; una puerta se abrió ante nosotros bostezando
igual que una boca, deslizándose hacia los
lados para engullirnos. Tuve un fugaz atisbo de mi propia persona reflejada en la cristalina superficie de la puerta,
con aspecto solemne, pareciendo incómoda y algo entrada en carnes.
Dentro de la casa reinaba el caos. Estaba
claro que Ngumbwe era un aliado de los poderes de la oscuridad: ningún ángulo era comprensible, ninguna línea se encontraba con
las demás. Desde el vestíbulo donde nos hallábamos eran
visibles docenas de estancias que se
ramificaban en todas las direcciones imaginables,
y aun así era imposible discernir ninguna pauta, pues las mismas habitaciones se hallaban en movimiento, cambiando constantemente no tan sólo sus
contornos individuales, sino su relación con las demás. Las paredes se
formaban, se disolvían y se reencarnaban en alguna otra parte. Los suelos subían para convertirse en techos,
mientras que bajo ellos eran
engendradas nuevas habitaciones. Tuve la sensación de que en las entrañas de la tierra había una
colosal maquinaria que rechinaba y
chasqueaba para conseguir tales efectos, pero todo se hacía de forma
insonora y sin sacudida alguna. En el vestíbulo
la estructura era relativamente estable, pero la habitación oval tenía unos muros pegajosos de color
rosa, hechos con un material parecido
a la piel, que bajaban siguiendo una aguda inclinación, subiendo
nuevamente justo más allá de donde nos
encontrábamos, y retorciéndose en el aire de tal forma que la superficie, lisa y carente de toda interrupción, era la
de una cinta de Moebius. Se podía andar por esa pared, rebasar el punto de giro y abandonar la habitación para pasar a otra, pero no había ninguna salida aparente. Me
fue imposible contener la risa. Un
loco había diseñado esta casa, y otro loco vivía en ella; pero resultaba
inevitable no sentir cierto orgullo
maligno ante todo este ingenio tan pésimamente empleado.
—¡Notable! —retumbó Lloyd Kolff—. ¡Increíble!
¿Qué piensa de esto, eh? —le preguntó a
Vornan.
Vornan sonrió sin demasiado entusiasmo.
—Muy divertido. ¿Funciona bien la terapia?
—¿Terapia?
—Esta casa es para curar a los perturbados,
¿no? Un manicomio, ¿no es la palabra
adecuada?
—Ésta es la casa de uno de los hombres más
ricos del mundo —dijo Heyman, secamente—,
diseñada por el joven arquitecto Albert Ngumbwe, de gran talento. Se la
considera uno de los puntos más altos del logro artístico.
—Encantadora —dijo Vornan-19, y esa única
palabra tuvo un sonido más bien devastador.
El vestíbulo giró sobre sí mismo y nos desplazamos por la viscosa superficie hasta que de pronto nos
encontramos en otra habitación. La
fiesta se hallaba en todo su apogeo. Por lo menos un centenar de personas estaban reunidas en un salón con forma de diamante que tenía un tamaño inmenso
y unas dimensiones imposibles de
averiguar; hacían un ruido terrible, aunque
gracias a un astuto truco de ingeniería acústica no habíamos oído absolutamente
nada hasta haber rebasado la zona
crítica de la cinta de Moebius. Ahora nos encontrábamos metidos en una horda de
elegantes invitados, que, estaba claro, llevaban celebrando el acontecimiento de esa noche desde mucho antes que llegara el huésped de honor.
Bailaban, cantaban, bebían y emitían
nubes de humo multicolor. Los haces de luz se movían sobre ellos.
Reconocí docenas de rostros en un aturdido barrido de la habitación: actores,
financieros, figuras políticas, playboys,
cosmonautas… Bruton había arrojado
una gran red abarcando toda la sociedad y capturando tan sólo a los distinguidos, los animados, los
notables. Me sorprendió ser capaz de
ponerle nombre a tantos de los rostros, y me di cuenta de que era una indicación del éxito de Burton el que
pudiera reunir bajo una sola multiplicidad de techos a tantos individuos que alguien como yo, un profesor encerrado en su trabajo, fuera capaz de reconocer.
Un torrente de centelleante vino tinto fluía
de una abertura situada en lo alto de una pared
y corría en un espeso y burbujeante río
diagonalmente a través del suelo, igual que el agua por un abrevadero de cerdos. Una chica de cabello oscuro vestida
tan sólo con unos aros de plata sobre el cuerpo se encontraba bajo él, riendo mientras que el vino la empapaba. Intenté
recordar su nombre y Helen dijo:
«Deona Sawtelle. La heredera de los ordenadores». Dos apuestos jóvenes con
fracs hechos de tela espejo tiraban de sus brazos, intentando apartarla de
aquel sitio, y ella les eludía para seguir haciendo cabriolas bajo el torrente de vino. Un instante después los jóvenes
se unieron a ella. Cerca del grupo,
una soberbia mujer de piel oscura, con las fosas nasales adornadas con joyas,
lanzaba gritos de placer entre las
garras de una titánica figura de metal que la apretaba rítmicamente
contra su pecho. Un hombre con el cráneo afeitado
y brillante yacía tendido cuando largo era sobre el suelo, mientras que tres chicas apenas salidas de
la adolescencia estaban sentadas
encima de él y creo que intentaban quitarle
los pantalones. Cuatro caballeros con las barbas teñidas, que parecían eruditos, cantaban roncamente en
un lenguaje desconocido para mí, y
Lloyd Kolff cruzó la sala para saludarles
con alaridos de un placer misteriosamente expresado. Una mujer con la piel color oro lloraba calladamente junto a la base de una monstruosa construcción
giratoria de ébano, jade y latón. A
través del aire cargado de humo volaban criaturas mecánicas con ruidosas alas
metálicas y colas de pavo real, lanzando estridentes chillidos y
arrojando sus brillantes excrementos sobre los invitados. Un par de monos encadenados con eslabones de marfil copulaban
alegremente cerca de la intersección
de dos ángulos agudos de la pared. Esto era Nínive; aquello Babilonia.
Me quedé inmóvil y deslumbrado, repelido por
tanto exceso y, sin embargo, encantado,
como es encantado uno por la audacia cósmica, sea de la clase que sea.
¿Era ésta una típica fiesta de Wesley Bruton?
¿O todo aquello había sido puesto en escena en beneficio de Vornan-19? Me era imposible imaginar a la gente
portándose de aquella forma bajo
circunstancias normales. Pero todos actuaban
con franca naturalidad; sólo harían falta unas cuantas capas de suciedad y un cambio de escenario y esto
podría ser un disturbio de los Apocaliptistas, no una reunión de la élite. Vi a
Kralick… atónito. Se encontraba a un lado de la entrada ―que se había desvanecido―, enorme y con el rostro
algo pálido; sus feos rasgos
habiendo perdido su encanto a medida que el abatimiento y el desánimo se iban
filtrando por su carne. No había tenido intención de traer a Vornan a semejante
sitio.
Y, de todas formas, ¿dónde estaba nuestro
visitante? Le habíamos perdido de vista en la
primera conmoción de nuestra zambullida
dentro de la casa de locos. Vornan había estado en lo cierto: esto era un manicomio. Y ahí estaba él, justo en el centro. Ahora podía verle, junto al río de vino. La
chica de los aros plateados, la heredera de
los ordenadores, se puso de rodillas, el
cuerpo manchado de carmesí, y se pasó suavemente la mano por el costado. Los aros se abrieron ante aquella amable
orden y cayeron al suelo. Le ofreció uno a Vornan, quien lo aceptó gravemente, y lanzó el resto al aire. Los pájaros mecánicos los cogieron al vuelo y empezaron a
devorarlos. La heredera de los
ordenadores, ahora totalmente desnuda, aplaudió encantada. Uno de los jóvenes que llevaban fracs de espejo sacó un frasco de su bolsillo y roció con su
contenido los pechos y las caderas de la chica, dejando sobre ellos una delgada
película de plástico. La chica le dio las gracias con una reverencia y, volviéndose nuevamente hacia
Vornan-19, recogió un poco de vino
en las palmas de sus manos y le ofreció un trago. Vornan bebió.
Toda la mitad izquierda de la estancia sufrió una convulsión, con el suelo alzándose unos
quince metros para revelar un grupo
de celebrantes totalmente nuevo que emergía de un sótano situado en alguna
parte. Tres miembros de nuestro grupo,
Kralick, Fields y Aster, se desvanecieron en esta rotación del suelo principal. Decidí que debería mantenerme cerca de Vornan, dado que ningún otro
miembro de nuestro comité estaba
asumiendo esa responsabilidad. Kolff era presa
de paroxismos de risa junto a sus cuatro sabios barbudos;
Helen estaba inmóvil, como aturdida, intentando registrar todos los aspectos de la escena; Heyman se alejó dando
vueltas en los brazos de una voluptuosa morena con garras unidas a sus dedos. Me abrí paso a codazos por la habitación. Un joven de rostro cerúleo me cogió
la mano y la besó. Una mujer ya madura que se tambaleaba hizo caer un chorro
de vómito a diez centímetros de mis zapatos y un zumbante escarabajo metálico
de color dorado ―que tendría unos buenos
treinta centímetros de diámetro― emergió del suelo para limpiar el desastre, emitiendo chasquidos de
satisfacción; cuando se alejó, vi los engranajes que giraban bajo sus alas.
Un instante después me encontraba al lado de Vornan. Tenía los labios manchados de vino, pero su
sonrisa seguía siendo magnífica. Al
verme se apartó de la Sawtelle, quien estaba
intentando atraerle hacia el riachuelo de vino, y me dijo:
—Esto es excelente, sir Garfield. Estoy pasando una noche espléndida…
—su frente se arrugó—. Ahora recuerdo que sir Garfield
es la forma equivocada de tratamiento. Eres Leo. Una noche espléndida, Leo. Esta casa… ¡la comedia
encarnada!
A nuestro alrededor la bacanal había
aumentado todavía más su furor. Masas de luz
viva derivaban a la altura de los ojos; vi a uno de los distinguidos
invitados capturar una y comérsela. Los dos acompañantes de una mujer de aire
hinchado ―que, según reconocí con sorpresa
y disgusto, fue reina de belleza en
mi juventud― habían empezado una pelea a puñetazos. Cerca de nosotros, dos
chicas rodaban por el suelo en un
vehemente combate de lucha libre, arrancándose la ropa a puñados la una a la otra. Se formó un anillo de
espectadores y éstos aplaudieron rítmicamente a medida que las zonas de carne desnuda se iban revelando; de repente hubo
una fugaz visión de nalgas rosadas y
la disputa se convirtió en un desinhibido
abrazo sáfico. Vornan parecía fascinado por las piernas flexionadas de la chica
que estaba debajo, los movimientos pélvicos de quien la había vencido y
los húmedos ruidos de succión que hacían
sus labios al unirse. Inclinó la cabeza para ver mejor, pero en ese
mismo instante se nos aproximó una figura y
Vornan dijo:
―¿Conoces a este hombre?
Tuve la inquietante impresión de que Vornan había estado mirando en
dos direcciones a la vez, abarcando un cuadrante
distinto de la habitación con cada uno de sus ojos. ¿Sería así?
El recién llegado era un hombre bajo y
corpulento, no más alto que
Vornan-19, pero como mínimo dos veces más ancho. Su cuerpo, de un poder inmenso, soportaba una enorme cabeza dolicocéfala que se alzaba de sus colosales hombros
sin que la ayudara cuello alguno. No
tenía cabello, ni tan siquiera cejas o pestañas, lo
cual le hacía parecer mucho más desnudo que todos
los juerguistas desnudos o a medio desvestir que se agitaban junto a nosotros. Ignorándome, extendió
una gigantesca zarpa hacia Vornan-19 y dijo:
—Así que usted es el hombre del futuro.
Encantado de conocerle. Soy Wesley Bruton.
—Oh, nuestro anfitrión. Buenas noches —Vornan
le dirigió una variante de su sonrisa, menos deslumbrante, más educada, y casi de inmediato la sonrisa se apagó y los ojos
entraron en acción: agudos, fríos, penetrantes. Moviendo
suavemente la cabeza hacia mí, dijo—: Por supuesto, conoce a Leo Garfield, ¿verdad?
—Sólo de reputación —rugió Bruton.
Su mano seguía extendida. Vornan no la había estrechado. La mirada de
expectación que había en los ojos de Bruton se fue convirtiendo lentamente en una decepción asombrada y una furia apenas
contenida. Sintiendo que debía hacer algo,
estreché yo mismo la mano, y mientras que él me trituraba los
huesos, grité:
—Ha sido muy amable al invitarnos, señor
Bruton. Esta casa es un milagro… —y, en voz más
baja, añadí—: Discúlpelo, no comprende todas nuestras
costumbres. No creo que dé la mano.
El magnate de la electricidad pareció aplacarse un tanto. Me soltó y dijo:
—¿Qué piensa del lugar, Vornan?
—Delicioso. Hermoso en su
delicadeza. Admiro el buen gusto de su arquitecto, su contención, su
clasicismo.
Me fue imposible estar seguro de si sus
palabras pretendían ser una sincera
alabanza o una burla. Bruton pareció tomárselas como un cumplido. Cogió a Vornan por una muñeca, me rodeó
con su brazo libre y dijo:
—Amigos, me gustaría mostrarles algunas de
las cosas que hay entre bastidores. Esto
debería interesarle, profesor. Y sé que a Vornan le encantará. ¡Adelante!
Temí que Vornan hiciera uso de aquella
técnica para aturdir que había exhibido en las Escalinatas
Españolas y mandara a Bruton volando a diez metros de distancia por haber osado
ponerle la mano encima… Pero no, nuestro
invitado se dejó llevar. Bruton se abrió paso sin miramientos por entre
el remolineante caos de la fiesta, arrastrándonos en su estela. Llegamos a un
estrado en el centro de la habitación. Una orquesta
invisible hizo sonar un acorde terrorífico y prorrumpió en una sinfonía que
nunca había oído antes, haciendo que chorros
de sonido brotaran de cada rincón de la estancia. Una chica vestida de princesa egipcia bailaba en lo
alto del estrado. Bruton agarró con
las manos sus muslos desnudos y la apartó igual que si fuera una silla. Subimos al estrado detrás de él; hizo una señal y nos hundimos repentinamente a
través del suelo.
—Nos encontramos a sesenta metros de
profundidad —anunció Bruton—. Ésta es la sala de
control principal. ¡Miren!
Agitó sus brazos en un ademán grandilocuente.
Rodeándonos por todas partes había
pantallas que mostraban imágenes de la fiesta. La acción se desarrollaba
caleidoscópicamente en una docena de habitaciones al mismo
tiempo. Vi al pobre Kralick tambaleándose,
mientras que una mujer fatal trepaba sobre sus hombros. Morton Fields
estaba enroscado en una posición
comprometida alrededor de una opulenta mujer con una nariz ancha y algo aplastada; Helen McIlwain estaba dictándole
notas al amuleto de su cuello, una tarea que la obligaba a proporcionar una
buena imitación del acto de la felación,
mientras que Lloyd Kolff estaba gozando de ese mismo acto a no mucha distancia, riendo cavernosamente, mientras
que una chica con los ojos muy abiertos estaba agazapada ante él. No logré encontrar a Heyman. Aster Mikkelsen se encontraba en el centro de una
habitación con las paredes húmedas y
palpitantes, la expresión serena mientras que a su alrededor todo era frenesí. Mesas cargadas de comida se movían a través de las habitaciones, dando la
impresión de poseer voluntad propia; vi cómo los huéspedes cogían los alimentos, atracándose, arrojándose unos a otros
los bocados más tiernos. Había una
habitación en la que grifos de vino o
licor ―supongo― colgaban del techo para que cualquiera pudiese
coger uno de ellos, accionarlo y
saciarse con el líquido; había una
estancia sumida en una oscuridad total, pero no sin ocupantes; había otra en donde los invitados hacían
turno para colocarse en la cabeza la banda de algún tipo de ingenio que trastornaba los sentidos.
—¡Miren esto! —exclamó Bruton.
Vornan y yo miramos, él con un leve interés,
yo sintiéndome a disgusto, mientras que
Bruton accionaba interruptores, cerraba
circuitos y tecleaba en el ordenador con la alegría de un
maníaco. Las luces se encendieron y se apagaron en las habitaciones de arriba; suelos y techos cambiaron de lugar; pequeñas criaturas artificiales volaron
enloquecidas por entre los invitados
que chillaban y reían. Sonidos ensordecedores, demasiado terribles para ser llamados música, despertaron ecos por
el edificio. Pensé que la misma Tierra haría erupción en protesta, y que lava
fundida nos engulliría a todos.
—Cinco mil kilovatios por hora —proclamó
Bruton.
Puso las manos en un globo plateado que
tendría unos treinta centímetros de
diámetro, provisto de un contrapeso, y lo empujó por un riel cubierto de joyas.
Al instante una pared de la sala de control se dobló sobre
sí misma, desapareciendo para revelar el gigantesco pozo de un generador
magnetohidrodinámico, que bajaba a un sótano
aún más hondo que éste. Las agujas
de los monitores bailaban enloquecidas; los diales destellaron en rojo,
púrpura y verde ante nosotros. La transpiración caía por el rostro de Wesley
Bruton, mientras iba recitando, casi histérico, los datos y capacidades de la
central energética sobre la que tenía los
cimientos su palacio. Nos hizo oír
una salvaje canción de kilovatios. Puso su mano sobre gruesos cables y les dio masajes con una franca
obscenidad. Nos hizo señas para que
bajáramos a ver el núcleo de su generador
y le seguimos, llevados cada vez más abajo del abismo por aquel magnate
parecido a un duende. Recordé vagamente que
Wesley Bruton había edificado el grupo de compañías que distribuía
electricidad a través de medio continente, y era como si toda la capacidad
generadora de aquel monopolio incomprensible estuviera concentrada aquí, bajo nuestros pies, contenida y dominada para el solo
propósito de mantener y sostener la obra maestra arquitectónica de Albert Ngumbwe.
En este nivel, la atmósfera estaba ferozmente recalentada. El sudor rodaba por mis mejillas.
Bruton se abrió la chaqueta de un manotazo para dejar al desnudo un
pecho sin vello ceñido por gruesos cordones de músculo. Sólo Vornan-19 seguía sin ser afectado por el calor; avanzaba
casi bailando junto a Bruton, diciendo poco, observando mucho, sin
dejarse infectar en lo más mínimo por el febril estado anímico de su anfitrión.
Llegamos al fondo. Bruton acarició el curvado
flanco de su generador igual que si fuera la cadera de una
mujer. De repente debió percatarse de que
Vornan-19 no mostraba ningún éxtasis
ante este desfile de maravillas. Giró sobre sí mismo y preguntó:
—¿Tienen algo como esto en el lugar de donde
viene? ¿Hay una casa que pueda compararse con mi casa?
—Lo dudo —dijo amablemente Vornan.
—¿Cómo vive la gente ahí? ¿Casas grandes? ¿Pequeñas?
—Tendemos hacia la simplicidad.
—¡Entonces nunca ha visto una casa como la
mía! ¡No hay nada que iguale este lugar en los próximos mil años! —Bruton hizo una pausa—, Pero… ¿es que mi casa no existe en
su época?
—No estoy enterado de ello.
—¡Ngumbwe me prometió que duraría mil años!
¡Cinco mil! ¡Nadie sería capaz de hacer derribar un sitio
como éste! Escuche, Vornan, piénselo bien.
Tiene que seguir ahí, en algún sitio.
Un monumento del pasado… un museo de historia antigua…
—Quizá lo esté —dijo Vornan con indiferencia—. Verá, esta área se encuentra fuera de la Centralidad. No
tengo ninguna información firme
sobre lo que puede encontrarse ahí. Sin embargo, supongo que la barbarie primitiva de esta estructura pudo resultar ofensiva para quienes vivieron en el
Tiempo del Barrido, cuando cambiaron muchas cosas. Entonces hubo mucho que pereció por la intolerancia.
—Barbarie… primitiva… —musitó Bruton. Parecía
a punto de sufrir un ataque de apoplejía. Deseé tener a mano a
Kralick para que me sacara de este apuro.
Vornan siguió clavando dardos en la inesperadamente delgada piel del multimillonario.
—Habría sido encantador conservar un sitio
como éste —dijo—. Para celebrar festivales dentro de él,
curiosas ceremonias en honor del regreso de
la primavera… —Vornan sonrió—. Hasta podríamos volver a tener inviernos,
aunque sólo fuese para poder experimentar así el regreso de la primavera. Y entonces bailaríamos y nos divertiríamos en su
casa, sir Bruton. Pero creo que ha desaparecido. Creo que se esfumó hace centenares de años. No estoy seguro. No estoy
seguro.
—¿Se está burlando de mí? —gritó Bruton—.
¿Riéndose de mi casa? ¿No soy más que un
salvaje para usted? ¿Es que…?
Me apresuré a interrumpirle.
—Como experto en electricidad, señor Bruton,
quizá le gustaría saber algo sobre las fuentes de energía en la era de Vornan-19. En una de sus entrevistas, hace unas
cuantas semanas, dijo algunas cosas sobre
fuentes de energía relacionadas con la conversión
total; y si quiere hacerle preguntas al respecto, quizá ahora se
extienda sobre el tema.
Bruton olvidó inmediatamente que estaba
enfadado. Utilizó su brazo para limpiarse el
sudor que estaba metiéndose en sus ojos
desprovistos de cejas y gruñó:
—¿Qué es todo eso? ¡Hábleme de ello!
Vornan juntó los dorsos de sus manos en un gesto que resultaba tan comunicativo como extraño.
—Lamento saber tan poco sobre asuntos
técnicos.
—¡Pero cuénteme algo de todas formas!
—Sí —dije yo, pensando en la agonía de Jack
Bryant y preguntándome si éste era mi
momento de averiguar lo que debía saber—.
Vornan, este sistema de energía autosuficiente… ¿Cuándo empezó a ser utilizado?
—Oh… hace mucho tiempo. Es decir, en mi
época, claro.
—¿Cuánto hace?
—¿Trescientos años? —se preguntó a sí mismo—. ¿Quinientos? ¿Ochocientos? Es tan difícil calcular estas
cosas. Fue hace tiempo… hace mucho
tiempo.
—¿Qué era? —preguntó Bruton—. ¿Qué tamaño
tenía cada unidad generadora?
—Oh, bastante pequeño —dijo Vornan,
evasivamente. Su mano rozó con
suavidad el brazo desnudo de Bruton—. ¿Subimos? Me estoy
perdiendo esa fiesta suya, tan interesante.
—¿Quiere decir que eliminó la necesidad de
todo tipo de transmisión energética?
—Bruton era incapaz de olvidarse del tema—. ¿Todo el mundo generaba su propia energía? ¿Igual que estoy haciendo yo aquí?
Subimos por una pasarela de complejo trazado
―que parecía haber sido hecha por una araña― y ésta nos condujo
con sus giros a un nivel superior. Bruton
siguió haciendo llover preguntas sobre Vornan, mientras recorríamos de nuevo la
ruta que habíamos seguido para volver a la sala de control principal. Yo
intenté hacer alguna pregunta que precisase en qué momento había tenido lugar este gran cambio,
esperando poder calmar a Jack
diciéndole que había ocurrido en un futuro lejano de nuestro tiempo. Vornan esquivó alegremente todas nuestras preguntas, sin decir apenas nada que
tuviera sustancia.
Su despreocupada negativa a satisfacer sin
rodeos nuestra petición de informaciones
despertó una vez más mis sospechas. ¿Cómo podía evitar esos
balanceos pendulares de mi ánimo, si en un
momento dado estaba interrogando gravemente a Vornan sobre los acontecimientos de la historia futura, y un instante después me maldecía a mí mismo por ser
un crédulo y un idiota al darme cuenta de que era un farsante? Una vez en la sala de control, Vornan escogió un método
muy sencillo para no verse obligado a
soportar nuestras preguntas. Fue hacia
uno de los complicados paneles, le dirigió a Bruton una sonrisa de su
mayor voltaje y dijo:
—Esta habitación suya es deliciosamente divertida. Siento una gran admiración por ella.
Accionó tres interruptores y apretó cuatro botones; luego hizo girar un dial de
noventa grados y bajó una gran palanca. Bruton lanzó un aullido. La habitación se oscureció. Las chispas volaron por el aire igual que demonios. De
lo alto nos llegó el gemido cacofónico de
instrumentos musicales carentes de sustancia y los sonidos de choques y golpes.
Debajo de nosotros, dos pasarelas móviles se estrellaron la una contra la otra.
Una pantalla cobró vida de nuevo, mostrándonos con su pálido resplandor la
estancia principal, con los invitados caídos en un confuso montón.
Las luces rojas de advertencia empezaron a
parpadear. Toda la casa se había vuelto loca, habitaciones girando alrededor de
habitaciones. Bruton se había lanzado sobre los controles igual que un demente,
apretando esto y haciendo girar aquello, pero cada nuevo ajuste que realizaba
parecía servir tan sólo para aumentar la confusión. Me pregunté si el generador
no acabaría estallando. ¿Se derrumbaría todo encima de nosotros? Escuché una
ristra de maldiciones que habrían dejado en éxtasis a Kolff. La maquinaria
seguía rechinando tanto encima como debajo de nosotros. La pantalla me ofreció
una imagen desenfocada de Helen McIlwain montada sobre los hombros de un
preocupado Sandy Kralick. Se oía ruido de gritos y carreras.
Tenía que hacer algo. ¿Dónde estaba
Vornan-19? Le había perdido en la oscuridad. Avancé cautelosamente, buscando la
salida de la sala de control. Logré distinguir una puerta; presa de paroxismos,
se agitaba dentro de la concavidad que la encerraba en una serie de
estremecimientos arrítmicos. Agazapado, conté cinco ciclos completos y
entonces, con la esperanza de que mis cálculos fueran por lo menos
aproximadamente correctos, la crucé de un salto justo a tiempo para evitar el
ser aplastado.
—¡Vornan! —grité.
Una niebla verdosa flotaba por la atmósfera
de la habitación a la cual había entrado ahora. El techo se inclinaba en
ángulos improbables. Los invitados de Bruton yacían en el suelo, algunos
inconscientes, unos cuantos heridos, por lo menos una pareja trabada en un
apasionado abrazo. Creí distinguir a Vornan en una habitación vagamente visible
a mi izquierda, pero cometí el error de apoyarme en una pared: un panel
respondió a mi presión y giró sobre sí mismo, lanzándome a una habitación
distinta. Allí tuve que ponerme en cuclillas; el techo estaba apenas a metro y
medio de altura. Crucé la habitación andando a cuatro patas, tiré de un biombo
y me encontré en la sala principal.
La cascada de vino se había convertido en una
fuente, lanzando su burbujeante fluido hacia el techo reluciente. Los invitados
formaban grupos, cogiéndose unos a otros para hallar consuelo y reconfortarse, los rostros aturdidos. En el suelo zumbaban los insectos
mecánicos, limpiando los escombros; media docena de ellos habían atrapado a uno
de los pájaros metálicos de Bruton y lo estaban destrozando con sus minúsculos picos. No se podía ver a
nadie de nuestro grupo. La casa emitía
ahora un estridente chirrido.
Me preparé a morir, pensando lo adecuadamente
absurdo que era el perecer en la casa
de un lunático por el capricho de otro, mientras me hallaba embarcado en esta
misión de locos. Pero aun así continué luchando
por abrirme paso por entre el humo y el ruido, entre las siluetas de
los elegantes invitados que chillaban,
enredados unos con otros, a través de los muros que se deslizaban y los suelos que se hundían. Una vez más me
pareció ver a Vornan por delante mío. Le seguí con la tozudez de un maníaco, con la sensación de que era mi deber encontrarle y sacarle del edificio antes de que
éste se demoliera a sí mismo en una
última expresión de petulancia. Pero llegué a una barrera más allá de la cual no podía pasar. Invisible, pero impenetrable, logró detenerme.
―¡Vornan! ―grité, pues ahora le veía con
claridad. Estaba hablando con una mujer alta y atractiva de mediana edad, que no parecía nada turbada por cuanto
había sucedido―. ¡Vornan! ¡Soy yo, Leo Garfield!
Pero él no podía oír nada. Le dio su brazo a
la mujer y los dos se alejaron,
siguiendo un rumbo irregular a través del caos. Yo golpeé con mis
puños la barrera invisible.
—No hay forma de pasar —dijo una ronca voz femenina—. No lograría romperla ni en un millón de años.
Me volví. A mis espaldas había aparecido una
visión plateada: una muchacha delgada, que no
tendría más de diecinueve años, con todo su
cuerpo emitiendo un resplandor blanco. Su cabello relucía como la seda; sus ojos eran espejos de plata; sus labios estaban cubiertos de plata; su cuerpo iba ceñido por
un traje plateado. Miré de nuevo y me di cuenta de que no era ningún traje, sino meramente una capa de pintura; detecté
pezones, un ombligo, los contornos gemelos
de los músculos subiendo por el liso vientre. Llevaba ese rociado
color plata desde el cuello hasta los pies
y bajo esa luz fantasmal parecía radiante, irreal, inalcanzable. No la había visto antes en la
fiesta.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó.
—Bruton nos llevó a ver la sala de control. Vornan apretó unos cuantos
botones cuando no le mirábamos. Creo que la casa
va a estallar.
Ella se llevó su mano de plata a sus plateados
labios.
—No, no estallará. Pero de todas formas haríamos mejor saliendo de
aquí. Si va pasar por una serie de cambios aleatorios, podría aplastar a todo el mundo antes de que las cosas se calmaran.
Venga conmigo.
—¿Sabe cómo salir?
—Por supuesto —dijo— ¡No tiene más que seguirme! Hay una bolsa de
salida a tres habitaciones de aquí… a no ser que se haya desplazado.
No era momento de discutir. Se lanzó por una
escotilla que se abrió de repente y yo la
seguí, hipnotizado por la visión de su delicado trasero cubierto de plata.
Fue delante mío hasta que yo empecé a jadear
de fatiga. Saltamos sobre umbrales que
ondulaban como serpientes; nos abrimos paso por entre montones de
borrachos vacilantes; dejamos atrás corriendo obstáculos que aparecían y se
esfumaban en palpitaciones irracionales.
Nunca había visto nada tan hermoso como aquella pulida estatua que había cobrado vida, la muchacha de plata, desnuda, escurridiza y veloz, avanzando
decididamente por entre todas las dislocaciones de la casa. Se detuvo
junto a una temblorosa franja de pared y dijo:
—Aquí.
—¿Dónde?
—Ahí.
La pared se abrió con un bostezo. Me hizo
entrar y se metió detrás de mí; luego, con una veloz pirueta,
pasó junto a mí, apretó algo y nos
encontramos fuera de la casa.
El viento de enero nos golpeó igual que una
espada remolineante. Me había olvidado del clima; durante toda la noche
habíamos estado perfectamente protegidos de él. De
repente nos encontrábamos expuestos, yo con
mi delgado traje, la chica en su
desnudez, cubierta sólo por una capa de pintura plateada que tenía el grosor de
una molécula. Tropezó y cayó en un banco de nieve, rodando sobre él como si
estuviera en llamas; tiré de ella y la puse
en pie.
¿Dónde podíamos ir? Detrás de nosotros, la casa latía y se agitaba igual que un cefalópodo
enloquecido. Hasta este momento la chica había parecido saber cómo actuar, pero el aire helado la había dejado entumecida y aturdida, y ahora estaba temblando
presa de la parálisis, asustada y
patética.
—El estacionamiento —dije yo.
Corrimos hacia allí. Se encontraba por lo menos a medio kilómetro de distancia, y ahora no estábamos
viajando en ninguna cinta deslizante cubierta; corrimos sobre el suelo helado, al que montículos de nieve y ríos de hielo
habían vuelto peligroso. Me
encontraba tan excitado que apenas si notaba el frío, pero éste
castigaba brutalmente a la chica. Cayó varias veces
antes de que llegáramos al estacionamiento. Ahí estaba, por fin. Los vehículos de los ricos y los
poderosos se encontraban
ordenadamente colocados bajo un escudo protector. Logramos pasar, no sé cómo; los mecanismos que
controlaban el estacionamiento de
Bruton habían perdido el control durante
la falla general de energía y no hicieron ningún intento por detenernos. Estaban dando vueltas en una zumbante
confusión, encendiendo y apagando
sus luces. Tiré de la joven hasta la
limusina más próxima, abrí su puerta, la metí dentro y me dejé caer junto a
ella.
El interior era cálido, igual que un útero.
La chica se quedó inmóvil, temblando, medio
congelada.
—¡Abrázame! —exclamó—. ¡Me estoy helando! ¡Por
el amor de Dios, abrázame!
Mis brazos la apretaron con fuerza. Su delgado cuerpo se pegó al mío. Su pánico desapareció en un
instante; volvía estar cálida y tan
segura de sí misma como lo había estado cuando nos hizo salir de la casa. Sentí sus manos sobre mi cuerpo. Me rendí voluntariamente a su encanto plateado. Mis
labios fueron hacia los suyos y se
apartaron saboreando el metal; sus fríos muslos me rodearon; tuve la misma
sensación que si le estuviera
haciendo el amor a una máquina hábilmente concebida, pero la pintura
plateada sólo cubría su piel y la sensación se desvaneció cuando llegué a la cálida carne que había bajo ella. En nuestra apasionada lucha, su cabello plateado
se reveló como una peluca y resbaló, dejando al descubierto bajo ella un cráneo
sin platear, calvo y liso como la porcelana.
Ahora la reconocía:
tenía que ser la hija de Bruton. El gen de su carencia
de vello se había transmitido. Ella suspiró y me atrajo hacia el olvido.
NUEVE
—Perdimos el control de los
acontecimientos—dijo Kralick—. La próxima vez
tendremos que impedir que se nos escapen de las manos. ¿Quién de ustedes se encontraba con Vornan cuando tocó los controles?
—Yo —dije—. No hubo absolutamente ninguna
forma de impedir lo que ocurrió. Se movió muy deprisa. Ni
Bruton ni yo sospechamos que pudiera hacer algo así.
—No pueden permitirse bajar la guardia ni un
segundo cuando estén con él —dijo Kralick, angustiado—. Tienen que dar por sentado que en cualquier momento es capaz de
hacer lo más increíble que se puedan imaginar. ¿No he
intentado dejarles eso bien metido en la cabeza antes?
—Básicamente, somos personas racionales —dijo
Heyman—. No nos resulta fácil ajustarnos a la presencia de
una persona irracional.
Había transcurrido un día desde la debacle
que tuvo lugar en la maravillosa villa de
Wesley Bruton. Milagrosamente, no se habían
producido bajas; Kralick había hecho llamar tropas del Gobierno
que sacaron a todos los invitados de la casa ―que latía y se agitaba― con el tiempo justo. Vornan-19 había sido encontrado fuera de la casa, observándola
tranquilamente mientras ésta ejecutaba sus piruetas. Le oí murmurar a Kralick que los daños causados a la casa habían
sido de varios centenares de miles
de dólares.
El Gobierno pagaría. No le envidié
a Kralick el trabajo de calmar a Wesley Bruton. Pero, al menos, el magnate de la electricidad no podía decir que hubiera sufrido injustamente. Su propio impulso
de rebajar al hombre del futuro había
causado todos sus problemas. Bruton tenía que haber visto las imágenes del
viaje de Vornan por las capitales de Europa, y estaría enterado de que
cosas impredecibles ocurrían siempre a su
alrededor. Con todo, Bruton había insistido
en dar la fiesta y también en llevar a Vornan
a la sala de control de su mansión. Era incapaz de sentir mucha pena por él. En cuanto a los invitados que
habían visto interrumpidas sus
diversiones por el cataclismo, tampoco merecían demasiada compasión.
Habían acudido para contemplar al viajero
del tiempo y para quedar en ridículo. Habían conseguido las dos cosas, y ¿qué mal había en que Vornan hubiera escogido aumentar un poco más su ridículo
a cambio?
Pero Kralick tenía buenas razones para estar
disgustado con nosotros. Era responsabilidad nuestra impedir
que ocurrieran tales cosas. No habíamos
cumplido demasiado bien esa responsabilidad
en nuestra primera salida con el hombre del futuro.
No muy animados, nos preparamos para
continuar con la gira. Hoy teníamos que
visitar la Bolsa de Nueva York. No tengo idea de cómo
tal sitio había llegado a encontrarse en el itinerario de Vornan. Desde luego,
no fue él quien lo pidió; sospecho que
algún burócrata de la capital había decidido arbitrariamente que sería un valioso gesto de propaganda dejar que
el turista del futuro le echase una mirada al bastión del sistema capitalista. Por mi parte, yo mismo tenía
una cierta sensación de ser un
visitante de algún ambiente extraño, dado que nunca había estado cerca de la
Bolsa ni había tenido trato alguno con ella.
Por favor, comprendan que no se trata del esnobismo de un académico. Si hubiera tenido el tiempo y la inclinación para ello, me habría unido alegremente
a la diver
Kralick había sido llamado de regreso a
Washington para una serie de reuniones. Nuestro
pastor gubernamental para el día era un joven taciturno llamado
Holliday, que parecía cualquier cosa menos
feliz por haber conseguido tal misión. A
las once de la mañana nos dirigimos hacia la Bolsa, viajando todos
juntos: Vornan, nosotros siete, un surtido de acompañantes oficiales, los seis miembros del equipo de noticias para ese día y nuestros guardias. Gracias a un acuerdo
concluido anteriormente, la galería
de la Bolsa quedaría cerrada para los otros
visitantes mientras estuviéramos allí. Viajar con Vornan ya era bastante
complicado sin tener que compartir además una galería con otras visitas.
Nuestra impresionante cabalgata motorizada de
relucientes limusinas se detuvo ante el
inmenso edificio. Vornan puso cara de cortés
aburrimiento, mientras éramos llevados al interior por funcionarios de la Bolsa. Durante todo el día apenas si había dicho nada; de hecho, poco habíamos oído de
sus labios desde el malhumorado trayecto
de vuelta a casa tras el desastre de Bruton. Temía su silencio. ¿Qué
travesura se estaba guardando? En aquel
mismo instante parecía totalmente alejado de su entorno: ni los ojos astutos y
calculadores ni la sonrisa capaz de
fascinar a cualquiera estaban funcionando. Absorto, el rostro
inexpresivo, cuando fuimos en fila hacia la galería de los visitantes parecía tan sólo un hombre corriente y sin nada destacable.
La escena era impresionante. No cabía duda de
que éste era el hogar de quienes hacían cambiar de manos el
dinero.
Contemplamos una sala que tendría por lo
menos trescientos metros de lado, y quizá
unos cuarenta y cinco desde el techo al suelo. En el centro de todo se hallaba el gran pozo que albergaba
la viril longitud del ordenador financiero central: una columna reluciente de unos dieciocho metros de diámetro, alzándose del suelo y desapareciendo a través del
techo. Cada agencia de bolsa del
mundo tenía su acceso directo a esa máquina.
Dentro de sus pulidas profundidades, ¿quién podía saber cuántos relés chasqueantes había,
parloteando sin cesar, qué cantidad
de núcleos de memoria, de una pequeñez fantástica, cuántas conexiones
telefónicas, cuántos tanques de datos? Con
un solo y veloz disparo de un cañón láser habría sido posible cortar la
red de comunicaciones que mantenía unida la
estructura financiera de la civilización. Miré con cierto resquemor a Vornan-19, preguntándome qué diablura
tendría en la cabeza. Pero él parecía tranquilo, distante, no sintiendo por el suelo de la Bolsa más que un leve interés.
Alrededor del eje central del pozo del ordenador estaban situadas
estructuras más pequeñas en forma de jaula, unas treinta o cuarenta, cada una con su grupo de bolsistas excitados y gesticulantes. El espacio abierto que había
entre esos recintos estaba cubierto
de papeles. Los chicos de los mensajes iban y venían frenéticamente de un lado
a otro, dándoles patadas a los
papeles del suelo y levantando grandes nubes de éstos. En lo alto, yendo
de una pared a otra, corría la gigantesca cinta amarilla del monitor de bolsa, la cual iba pasando aumentada la información que el ordenador principal estaba
transmitiendo a todas partes. Me
pareció extraño que una bolsa de valores tan informatizada como ésta tuviera todo aquel jaleo y desorden, y que hubiera tantos papeles cubriendo el suelo,
como si el año fuera 1949 en vez de
1999. Pero no había tomado en cuenta la fuerza que tenía la tradición entre
estos bolsistas. Los hombres de
dinero son conservadores, no necesariamente en ideología, pero desde luego
sí en las costumbres. Quieren que todo siga siendo
tal y como ha sido siempre.
Media docena de ejecutivos de la Bolsa
acudieron a recibirnos: hombres de aire eficiente y cabellos grises, vestidos con respetables trajes de anticuado corte. Supongo
que debían ser increíblemente ricos; y el porqué habían
escogido pasar todos los días de sus
existencias en aquel edificio, dadas sus riquezas, era algo que no podía y no puedo comprender. Pero se mostraron
amables y serviciales, y sospecho que le habrían dado la misma acogida
cálida y sin reservas a una delegación procedente
de los países socialistas que todavía no han adoptado el capitalismo modificado; por ejemplo, a una manada de fanáticos turistas de la Mongolia. Se lanzaron
materialmente sobre nosotros, y
parecían casi tan encantados de tener en su galería a un grupo de profesores haciendo turismo como lo estaban de tener a un hombre que afirmaba venir
del distante futuro.
Samuel Norton, el presidente de la Bolsa, nos
hizo un discurso breve y cargado de dignidad. Era un hombre
alto y elegante de edad mediana, afable y
obviamente muy complacido con su
lugar en el universo. Nos habló de la historia de su organización, nos dio unas cuantas
estadísticas generales y alardeó un
poco de los actuales cuarteles generales de la Bolsa, que habían sido
construidos en la década de los 80, y acabó diciendo:
—Ahora nuestra guía les enseñará en detalle
el funcionamiento de nuestras
operaciones. Cuando haya terminado, me encantará contestar a cualquier pregunta
general que puedan tener…
particularmente aquéllas concernientes a la filosofía subyacente en nuestro sistema, que sé debe ser de
gran interés para ustedes.
La guía era una atractiva joven de veintipocos años con el cabello
rojizo, brillante y más bien corto, y su uniforme de color gris estaba artísticamente diseñado para enmascarar sus características
femeninas. Nos hizo una seña para que nos acercáramos
a la barandilla de la galería y dijo:
—Lo que ven debajo de nosotros es el salón de
compra y venta de valores de la Bolsa de
Nueva York. En el momento actual se intercambian dentro de la Bolsa cuatro mil
ciento veinticinco valores, tanto
comunes como preferentes. Los tratos de bonos se llevan en otro sitio. En el centro de la estancia ven ustedes el
pozo de nuestro ordenador principal. Se extiende a una distancia de trece pisos hacia el sótano y a ocho
pisos por encima de nosotros. De los
cien pisos de este edificio, cincuenta y uno
son utilizados en todo o en parte para las operaciones de este ordenador, incluyendo los niveles para la
programación, decodificación, mantenimiento y almacenamiento de registros. Cada
transacción que tiene lugar en la Bolsa o en
cualquiera de las bolsas subsidiarias de otras ciudades y países es registrada a la velocidad de la luz dentro de este ordenador. En el momento actual hay once
bolsas subsidiarias principales: San
Francisco, Chicago, Londres, Zurich, Milán,
Moscú, Tokio, Hong Kong, Río de Janeiro, Addis Abeba y… ah, Sidney. Dado que
estas bolsas abarcan todas las zonas
horarias, es posible llevar a cabo transacciones durante las
veinticuatro horas del día. Sin embargo, la Bolsa de Nueva York sólo está
abierta desde las diez de la mañana hasta
las tres y media, las horas tradicionales, y todas las transacciones
«fuera del parquet» son registradas y analizadas
para la sesión de preapertura a la mañana siguiente. Nuestro volumen diario en el parquet principal es
de unos trescientos cincuenta millones de acciones, y aproximadamente el doble de esa cantidad de acciones son
negociadas cada día en las bolsas subsidiarias. Sólo una generación
antes, tales cifras habrían sido
consideradas como fantásticas.
»Y ahora, ¿cómo tiene lugar una transacción? Digamos
que usted, señor Vornan, desea adquirir cien acciones de la Corporación de
Tránsito Espacial XYZ. En las cintas de ayer
ha visto que el precio del mercado es actualmente unos cuarenta dólares
la acción, por lo cual sabe que debe invertir
aproximadamente cuatro mil dólares. Su primer paso es ponerse en
contacto con su agente, lo que, naturalmente, puede
hacerse tan sólo con la presión de su dedo sobre el teléfono. Usted le indica su orden de compra y él
la transmite inmediatamente al parquet. El banco de datos particular en el que se registran las transacciones de la Tránsito
Espacial XYZ recibe su llamada y toma nota de su orden de compra. El ordenador
dirige una subasta, al igual que se ha hecho en los valores cotizables dentro de la Bolsa desde 1972.
Las ofertas para vender Tránsito Espacial XYZ son comparadas con las ofertas
de compra. A la velocidad de la luz se determina que hay cien acciones disponibles para la venta a cuarenta y que existe un comprador. La transacción queda cerrada,
y su agente se lo notifica. Lo único que le cobrará es una pequeña
comisión; además hay una pequeña tarifa por los servicios del ordenador de la Bolsa. Una parte de esto va al
fondo de jubilación de los
especialistas que antes se encargaban de poner en relación las órdenes de venta y de compra en el parquet de la Bolsa.
»Dado que todo se maneja mediante ordenador,
quizá se pregunte qué está sucediendo
ahí abajo. Lo que ve representa una deliciosa
tradición de la Bolsa: aunque ya no resulta estrictamente necesario, mantenemos una cierta cantidad de agentes que
compran y venden valores para sus propias cuentas, exactamente igual que en los viejos tiempos. Están realizando el proceso existente antes del ordenador.
Permítanme que siga el curso de una transacción individualizada
para ustedes…
Hablando con voz clara y precisa nos mostró qué significaba todo aquel loco corretear de abajo. Me
sorprendió comprender que todo
aquello se hacía puramente como una charada;
las transacciones no eran reales y al final de cada día todas las cuentas eran canceladas. En realidad era
el ordenador quien lo manejaba todo.
El ruido, los papeles arrojados al suelo,
las complicadas gesticulaciones…, todo aquello eran reconstrucciones de un pasado arcaico ejecutadas
por hombres cuyas vidas habían perdido su propósito. Era fascinante y deprimente: un ritual del dinero, un irse
deteniendo del reloj capitalista. Me
enteré de que los viejos agentes de bolsa que no querían jubilarse tomaban parte en esta diversión de cada día, mientras que junto a ellos el monstruoso
pozo del ordenador que les había robado su utilidad como hombres una década
antes relucía igual que el erecto símbolo de su impotencia.
Nuestra guía siguió hablando y hablando, contándonos cosas sobre el monitor de la bolsa y los índices
Dow Jones, descifrando los símbolos
crípticos que pasaban con la lentitud de
un sueño por la pantalla, hablando de pequeños accionistas, de
requisitos de margen y de otras muchas cosas extrañas y maravillosas. Como climax de su número, activó una salida de datos del ordenador y nos permitió echarle una
breve mirada al hirviente manicomio
que había dentro del cerebro principal,
donde las transacciones tenían lugar a velocidades improbables y miles
de millones de dólares cambiaban de manos
en instantes.
Todo aquello era impresionante, y me
impresionó. Yo, que nunca había jugado en la bolsa, sentí el apremiante anhelo
de llamar a mi agente, si podía encontrar alguno, y ser conectado a los grandes bancos de datos. ¡Venda cien GFX!
¡Compre doscientas CCC! ¡Baja un punto! ¡Sube dos puntos! Éste era el núcleo de la vida; ésta era la esencia del ser.
El ritmo enloquecido de todo aquello me
dominó por completo. Deseaba correr hacia el pozo del ordenador,
abrir mis brazos al máximo y rodear con
ellos su reluciente masa vertical. Imaginaba sus líneas de datos
extendiéndose por todo el mundo, llegando
incluso a los hermanos socialistas reformados de Moscú, trazando las hebras de una comunión de dólares de una ciudad a otra, y extendiéndose quizá hasta la
Luna, hasta nuestras futuras bases
en otros planetas, hasta las mismas estrellas… ¡el capitalismo
triunfante!
La guía se esfumó. Norton, el Presidente de
la Bolsa, se plantó nuevamente ante nosotros
con una agradable sonrisa en su amable rostro, y dijo:
—Y ahora, si puedo ayudarles en algún problema
más…
—Sí —dijo Vornan apaciblemente—. Por favor,
¿cuál es el propósito de una bolsa de valores?
El ejecutivo enrojeció y mostró señales de
aturdimiento. ¿Después de toda esta detallada
explicación, que el distinguido invitado
preguntara para qué servía todo el asunto? Hasta nosotros mismos pusimos cara
de incomodidad. Ninguno de nosotros había
pensado que Vornan hubiera venido aquí ignorando los fines y la utilidad básica de esta institución. ¿Cómo había permitido que se le llevara a la Bolsa sin
saber lo que iba a ver? ¿Por qué no había
preguntado antes? Una vez más me di cuenta de que, si era auténtico, Vornan
debía vernos como monitos graciosos cuyos
planes y acciones eran algo digno de verse
sólo por lo divertidos que resultaban; no estaba tan interesado en visitar algo llamado una Bolsa como lo estaba en el hecho de que nuestro Gobierno deseara
tan ardientemente que visitara ese algo.
—Bueno —dijo el hombre de la Bolsa—, señor Vornan, tengo entendido que en el tiempo del que usted… del que
usted viene no existe el mercado de valores, ¿verdad?
—No que yo sepa.
—¿Quizá bajo algún otro nombre?
—No se me ocurre ningún equivalente.
Consternación.
—Pero, entonces… ¿cómo se las arreglan para
transferir unidades de propiedad
corporativa?
Inexpresividad. Una sonrisa tímida,
posiblemente burlona, por parte de
Vornan-19.
—¿Tienen propiedades corporativas, no?
—Perdón —dijo Vornan—, he estudiado cuidadosamente su idioma antes de emprender mi viaje, pero hay
tantas lagunas en mi conocimiento…
Quizá si pudiera explicarme algunos de sus
términos básicos…
La tranquila dignidad del Presidente empezó a
esfumarse. Ahora Norton tenía las mejillas cubiertas de
manchitas rojas y sus ojos relucían igual
que los de un animal atrapado en una jaula.
Había visto algo de esa misma expresión en el rostro de Wesley Bruton cuando se
enteró por Vornan de que su magnífica villa, construida para perdurar a través
de las eras igual que el Partenón y
el Taj Mahal, se había esfumado y había sido olvidada en el año 2999 y que de haber sobrevivido sólo habría
sido conservada como una curiosidad, una manifestación de barroca estupidez. El hombre de la Bolsa
no podía comprender la incomprensión
de Vornan y eso le puso muy nervioso.
—Una corporaciones… bueno, una compañía
—explicó Norton—. Es decir, un grupo de
individuos que se unen para hacer algo por un
beneficio. Para manufacturar un producto, para prestar un
servicio, para…
—Un beneficio —dijo Vornan—. ¿Qué es un
beneficio?
Norton se mordió el labio y se limpió la
frente cubierta de sudor. Tras
cierta vacilación, dijo:
—Un beneficio es obtener un ingreso superior
al coste. Un valor añadido, como suele
decirse. El objetivo básico de la corporación es
conseguir un beneficio que pueda ser dividido entre sus propietarios. Para ello debe ser eficiente en la producción,
de tal forma que los costes fijos de funcionamiento sean superados y el coste
de manufactura por unidad sea más bajo que el precio del producto ofrecido en
el mercado. Bien, la razón por la cual la gente
establece corporaciones en vez de relaciones
simples de asociación es…
—No le sigo —dijo Vornan—. Términos más
sencillos, por favor. El objeto de esta
corporación es el beneficio para ser dividido entre los propietarios, ¿no? Pero, ¿qué es un propietario?
—Estaba llegando a eso. En términos legales…
—¿Y qué utilidad tiene ese beneficio para que
los propietarios lo deseen?
Tuve la sensación de que tras todo aquello se
ocultaba una trampa. Preocupado, miré a Kolff, a Helen, a Heyman. Pero ninguno de ellos parecía inquieto. Holliday, nuestro
hombre del gobierno, tenía el ceño
algo fruncido, pero quizá pensaba que las preguntas
de Vornan-19 eran más inocentes de lo que me parecían a mí.
Las fosas nasales del hombre de la Bolsa aletearon ominosamente. Daba la impresión de estar conteniendo su
ira con un gran esfuerzo. Uno de los
periodistas, percibiendo el disgusto y la incomodidad de Norton, se acercó para
casi meterle la cámara en la cara. Norton la miró con expresión feroz.
—¿Debo entender que en su era el concepto de
corporación es algo desconocido? —preguntó
Norton, hablando muy despacio—. ¿Que se ha extinguido el
motivo del beneficio? ¿Que el mismísimo dinero se ha desvanecido y ya no se
utiliza?
—Mi respuesta tendría que ser sí —dijo Vornan
con voz amable—. Al menos, tal y como
comprendo yo esos términos, no tenemos nada
equivalente a ellos.
—¿Ha ocurrido eso en Norteamérica? —preguntó
Norton con incredulidad.
—No tenemos exactamente ninguna Norteamérica —dijo Vornan—. Vengo de la Centralidad. Los términos no
son congruentes y, de hecho, me
resulta difícil compararlos incluso aproximadamente…
—¿Norteamérica ha desaparecido? ¿Cómo es
posible eso? ¿Cuándo sucedió?
—Oh, supongo que durante el Tiempo del
Barrido. Entonces cambiaron gran cantidad de
cosas. Fue hace mucho. No recuerdo ninguna
Norteamérica.
F. Richard Heyman vio una oportunidad de
arrancarle un poco de historia al
enloquecedoramente elusivo Vornan. Giró en redondo y dijo:
—Acerca de ese Tiempo del Barrido que ha mencionado ocasionalmente, me gustaría saber…
Fue interrumpido por un geiser de indignación
procedente de Samuel Norton.
—¿Norteamérica desaparecida? ¿El capitalismo
extinguido? ¡No puede ser! Le digo
que…
Uno de los ayudantes del gerente se apresuró a ponerse a su lado y le murmuró algo con aire apremiante. El
gran hombre asintió. Aceptó una cápsula de color violeta que le ofrecía
su otro ayudante y colocó el hocico
ultrasónico de ésta sobre su muñeca. Se produjo un rápido zumbar y la
administración de lo que supongo
sería alguna clase de droga tranquilizante. Norton respiró profundamente e hizo un visible esfuerzo por recobrar
el dominio de sí mismo.
Más calmadamente, el jefe de la Bolsa le dijo
a Vornan:
—No me importa confesarle que todo esto me
resulta difícil de creer. ¿Un mundo sin
Norteamérica en él? ¿Un mundo que no utiliza el
dinero? Por favor, respóndame a esto: ¿es que todo el planeta se ha vuelto comunista en la época de la que viene usted?
A esto siguió lo que se suele llamar un
silencio cargado de malos presagios, durante el que cámaras y grabadoras
estuvieron muy ocupadas capturando expresiones faciales
tensas, incrédulas, irritadas o inquietas.
Presentí un desastre inminente. Y, por fin, Vornan dijo:
—Es otro término que no comprendo. Me
disculpo por mi extrema ignorancia. Temo que mi
mundo es muy distinto al suyo. Sin
embargo… —en este punto utilizó su deslumbrante sonrisa, arrancándole así el aguijón a sus palabras— …es su mundo y no el mío lo que hemos venido aquí a
examinar. Por favor, dígame de qué sirve esta
Bolsa suya.
Pero Norton se mostró incapaz de olvidar su
obsesión por conocer los rasgos del mundo de Vornan-19.
—Dentro de un instante. Si primero me dice
usted cómo adquieren los bienes… una cosa o dos sobre su sistema económico…
—Cada uno de nosotros tiene todo aquello que
una persona pueda necesitar. Nuestras necesidades están cubiertas. Y ahora,
esta idea de la propiedad corporativa…
Norton se apartó de él, desesperado. Ante
nosotros se extendían panoramas de un futuro inimaginable: un
mundo sin economía, un mundo en el cual
ningún deseo dejaba de satisfacerse.
¿Era posible? ¿O era todo ello el encogimiento de hombros de los detalles supersimplificados de un
estafador, que no se tomaba la
molestia de fingir ante nosotros? Ya fuera una cosa o la otra, yo estaba
fascinado. Pero Norton era incapaz de
seguir. Aturdido, le hizo una seña a otro hombre de la Bolsa; éste dio
un paso hacia delante y, con voz jovial, nos
dijo:
—Empecemos por el principio. Tenemos a esta
compañía que fabrica cosas. Es
propiedad de un pequeño grupo de gente. Bien, hablando en términos legales hay un concepto conocido como
responsabilidad colectiva, el cual significa que los propietarios de una compañía son responsables por cualquier cosa que pueda hacer su compañía y que sea incorrecta
o ilegal. Para eludir tal
responsabilidad, crean una entidad imaginaria llamada corporación, que
soporta la responsabilidad de cualquier acción legal que pueda ser iniciada
contra ellos dentro de la esfera de su negocio. Bien, dado que cada miembro del
grupo poseedor tiene una parte en la
propiedad de esta corporación, podemos emitir acciones, es decir,
certificados representando partes proporcionales del interés por el beneficio que…
Y etcétera y etcétera. Un curso básico de economía.
Vornan estaba radiante. Dejó que el discurso
siguiera avanzando hasta el punto en que aquel hombre estaba
explicando que, cuando un propietario deseaba vender su acción de la compañía,
le resultaba más cómodo trabajar a través de un sistema central de subastas que
le ofrecería su acción a quien pujara más alto y entonces, con voz tranquila y
devastadora, Vornan admitió que seguía sin poder entender del todo los
conceptos de propiedad, corporaciones y beneficio, y menos aún la transferencia de valores.
Estoy seguro de que lo dijo tan sólo para irritar y hacer que siguiera la diversión.
Ahora estaba desempeñando el papel del
hombre venido de Utopía, pidiendo largas
explicaciones sobre nuestra sociedad y luego, juguetonamente, dándole un empujón a la misma estructura básica de
ésta, exhibiendo su ignorancia de todo lo que se daba por sentado en ella e implicando con eso que tales
presuposiciones básicas eran
transitorias e insignificantes. Entre los ofendidos, pero pétreamente reservados hombres de la Bolsa,
hubo una oleada de inquietud. Jamás
se les había ocurrido pensar que alguien
pudiera adoptar tal actitud de inocencia fingida. Incluso un niño sabía qué era el dinero y qué hacían
las corporaciones, aunque el
concepto de la responsabilidad limitada pudiera seguirle siendo escurridizo.
No sentía grandes deseos de verme mezclado en
aquella incómoda situación. Mis ojos
iban y venían distraídamente de un lado a otro.
Cuando miré hacia la gran tira amarilla del monitor, vi:
LA BOLSA ACOGE AL HOMBRE DEL AÑO 2999
Y después:
VORNAN-19 ESTÁ AHORA EN LA GALERÍA DE
VISITANTES
Después la cinta amarilla empezó a hablar de
transacciones de la bolsa y valores fluctuantes. Pero el daño ya estaba hecho. Toda la acción del parquet bursátil se detuvo.
Cesaron las ventas y compras falsas, y mil
rostros se alzaron hacia la balconada. De sus bocas brotaron
potentes gritos, incoherentes,
ininteligibles. Los agentes de bolsa agitaban la mano y lanzaban vítores. Y, como una sola masa,
empezaron a moverse por entre los puestos que ocupaban, señalando con la mano, emitiendo misteriosos ruidos retumbantes.
¿Qué querían? ¿El índice industrial
Dow Jones para enero del año 2999? ¿La imposición de manos? ¿Una fugaz
visión del hombre del futuro? Vornan estaba ahora junto a la barandilla, sonriendo, alzando las manos igual que si
estuviera bendiciendo al
capitalismo. Los últimos ritos, quizá… la extremaunción para los dinosaurios de las finanzas.
—Están actuando de forma extraña —dijo Norton—. Esto no me gusta.
Holliday reaccionó ante la nota de alarma que
había en su voz.
—Saquemos de aquí a Vornan —le murmuró a un
guardia que estaba junto a mí—. Esto tiene el aspecto de ser
los comienzos de un disturbio.
La cinta del monitor flotaba por el aire. Los
cambistas empezaron a coger largos
pedazos de cinta y se pusieron a bailar dándole
vueltas, tirándola contra la balconada. Oí unos cuantos gritos
por encima del ruido de fondo: querían que Vornan
bajara y se reuniera con ellos. Vornan siguió reconociendo su homenaje.
El monitor declaró:
VOLUMEN AL MEDIODÍA:
197.452.000 -- PIDJ: 1.627,51 -- SUBIDA 14,32
En el parquet estaba empezando a producirse un éxodo. ¡Los agentes de bolsa estaban subiendo hacia
Vornan! Nuestro grupo se disolvió en
la confusión. Ya estaba empezando a acostumbrarme a las salidas rápidas; Aster
Mikkelsen se hallaba a mi lado, así que la cogí de la mano y, con voz ronca, murmuré:
—¡Vayámonos antes de que empiecen los
problemas! ¡Vornan lo ha hecho de nuevo!
—¡Pero si no ha hecho nada!
Tiré de ella. Ante nosotros apareció una
puerta y nos metimos rápidamente por el
umbral. Miré hacia atrás y vi a Vornan siguiéndome, rodeado por sus
guardias de seguridad. Fuimos por un
pasillo largo y bien iluminado que se enroscaba igual que un tubo
alrededor de todo el edificio. Detrás de nosotros
se oían gritos apagados y confusos. Vi una puerta con la señal de NO PASAR y la abrí. Me encontré
en otra balconada, ésta dominando lo
que sólo podían ser las entrañas del
ordenador principal. Largas tiras de datos serpenteaban con saltos convulsivos de un banco de datos a
otro. Muchachas con batas cortas iban
y venían, metiendo las manos en enigmáticos orificios.
Lo que parecía un intestino corría por el techo. Aster se rió. Tiré de ella para que me siguiera y salimos nuevamente al pasillo. Un robocamión vino
zumbando hacia nosotros. Nos echamos a un lado, esquivándolo. ¿Qué
estaría diciendo ahora la cinta del monitor,
«Los agentes de bolsa enloquecen»?
—Aquí —dijo Aster—. ¡Otra puerta!
Nos encontramos ante la abertura de un pozo de
bajada y nos metimos dentro de él.
Abajo, abajo, abajo…
…y afuera. En la acogedora arcada de Wall
Street. A nuestra espalda gemían las sirenas. Me detuve, jadeando,
intentando orientarme, y vi que Vornan
seguía estando detrás de mí, con Holliday
y los hombres de la prensa justo detrás de él.
—¡A los coches! —ordenó Holliday.
Logramos huir con éxito. Más tarde nos
enteramos de que el índice Dow Jones había sufrido una baja de 8,51 puntos
durante nuestra visita a la Bolsa, y que dos agentes de edad ya avanzada habían
muerto debido a trastornos de sus marcapasos durante el tumulto. Esa noche, cuando salíamos de la ciudad de Nueva York, Vornan le dijo
despreocupadamente a Heyman:
—Tiene que explicarme en algún otro momento
eso del capitalismo. A su modo, parece
algo bastante emocionante.
DIEZ
En el burdel automatizado de Chicago las cosas
fueron bastante más sencillas. A
Kralick no le hacía mucha gracia dejar que Vornan visitara el sitio,
pero fue el mismo Vornan quien lo pidió, y
una petición tal a duras penas podía ser negada sin correr el riesgo de que se produjeran consecuencias explosivas. De cualquier forma, dado que tales sitios
son legales e incluso están de moda,
no había ninguna razón para rehusarse a la visita, como no fuera por
restos de puritanismo.
Vornan no era ningún puritano, eso estaba muy
claro. No había perdido el tiempo para pedir los servicios
sexuales de Helen McIlwain, tal y como nos
dijo Helen, alardeando de ello, a la tercera noche de nuestro trabajo
como acompañantes. Existía como mínimo una
posibilidad bastante elevada de que también se hubiera acostado con Aster,
aunque, por supuesto, ni él ni Aster
pensaban decir nada al respecto. Habiendo demostrado una insaciable curiosidad por nuestras costumbres sexuales, Vornan no podía ser mantenido a
distancia del burdel informatizado;
y, como le explicó muy astutamente a Kralick, sería parte de su
educación en los misterios del sistema capitalista. Dado que Kralick no había
estado con nosotros en la Bolsa de Nueva
York, no consiguió percatarse de la broma.
Se me delegó para ser el guía de Vornan. Kralick pareció algo
incomodado al tener que pedírmelo. Pero resultaba impensable dejar que fuera a cualquier sitio sin un perro guardián, y Kralick había llegado a conocerme lo bastante
bien como para comprender que yo no tenía ninguna objeción a la idea de acompañarle al sitio. Si a eso íbamos, tampoco
las tenía Kolff, pero amaba
demasiado la diversión y el jaleo para tal tarea, y Fields y Heyman no
resultaban adecuados por un exceso
de moralidad. Vornan y yo partimos hacia el laberinto erótico una tarde
bastante oscura, horas después de haber ido de Nueva York a Chicago en
un módulo de transporte.
El edificio era al mismo tiempo suntuoso y recatado: una torre de ébano en el Near North Side de al menos
treinta pisos de alto, sin ventanas
y con una fachada decorada por relieves abstractos. En su puerta no había indicación alguna de cuál era el propósito del edificio. Guié a Vornan por el
campo climatizado con la mente llena
de malos presagios, preguntándome qué
clase de caos lograría crear allí dentro.
Jamás había estado en uno de aquellos
lugares. Permítaseme la leve fanfarronada de afirmar que nunca me
había sido necesario comprar compañía
sexual; siempre había tenido disponible un amplio suministro sin más quid
pro quo que el de mis propios servicios
a cambio. Pero aprobaba de todo corazón la ley que había permitido su
establecimiento. ¿Por qué no debía ser el
sexo algo tan fácil de adquirir como la comida o la bebida? ¿No es tan esencial
como ellos para el bienestar humano,
o casi tanto? ¿Y acaso no hay unos considerables ingresos que lograr dando
licencia a una utilización pública
del erotismo, cuidadosamente regulada y fuertemente gravada con impuestos? Al final fue la necesidad
de ingresos nacionales la que había triunfado sobre nuestro tradicional puritanismo; me pregunto si los burdeles habrían
llegado a existir nunca de no ser
por el agotamiento temporal de otras fuentes
impositivas.
No intenté explicarle las sutilezas de todo
aquello a Vornan-19. Ya parecía lo
bastante sorprendido por el solo concepto del dinero,
y más lo estaría ante la idea de intercambiar dinero
por sexo o gravar con impuestos tales transacciones para el beneficio de la sociedad como un todo.
Cuando entramos, me dijo:
—¿Por qué necesitan tales sitios vuestros
ciudadanos?
—Para satisfacer sus necesidades sexuales.
—¿Y dan dinero por esta satisfacción, Leo?
¿Dinero que han obtenido por realizar otros servicios?
—Sí.
—¿Por qué no realizar los servicios directamente a cambio de la satisfacción sexual?
Expliqué brevemente el papel del dinero como medio de intercambio y
sus ventajas sobre el trueque. Vornan sonrió.
—Es un sistema interesante —dijo— Cuando
vuelva a casa, pensaré mucho en él y lo examinaré profundamente.
Pero, ¿por qué se debe pagar dinero a cambio
del placer sexual? Parece injusto.
Las chicas que uno paga aquí reciben dinero y también consiguen placer sexual, así que se les está pagando dos veces.
—No consiguen placer sexual —dije yo—. Sólo
dinero.
—Pero participan en el acto sexual. Y por lo
tanto reciben un beneficio de los hombres
que vienen aquí.
—No, Vornan. Se dejan utilizar, eso es todo.
No hay ninguna transacción de placer. Verás, están disponibles para cualquiera y
eso tiene el efecto de eliminar cualquier placer físico en lo que hacen.
—¡Pero seguramente el placer debe surgir cada
vez que un cuerpo se une a otro, sin importar cuál sea el
motivo!
—No es así. No entre nosotros. Debes
comprender…
Me detuve. La expresión de Vornan era de
incredulidad. Peor aún, de estar realmente
afectado. En ese instante Vornan parecía más
auténticamente un hombre de otro tiempo que en ningún momento anterior. Esta revelación de nuestra ética sexual le había dejado sinceramente conmocionado; su
fachada de amable diversión había caído, y vi al auténtico Vornan-19, atónito y repelido por nuestra barbarie. Perdido en la confusión,
me resultaba imposible salir de apuros
trazando la evolución de nuestra forma de vida. En vez de ello, sugerí
con voz algo pastosa que empezáramos
nuestra visita al edificio.
Vornan estuvo de acuerdo. Avanzamos a través
de una vasta plaza de baldosas púrpura que cedieron un poco
bajo nuestros pasos. Ante nosotros se
extendía una pared brillante y sin ningún adorno, interrumpida sólo por
los cubículos de recepción. Se me había instruido sobre lo que se esperaba de nosotros. Vornan entró en un cubículo; yo tomé
asiento en el cubículo situado a la
izquierda del suyo.
Una pequeña pantalla se iluminó apenas crucé
el umbral. En ella ponía: Por favor, conteste a todas las preguntas
con voz alta y clara. Una pausa. Si ha leído y
comprendido estas instrucciones, indique su comprensión con la palabra sí.
—Sí —dije.
De repente me pregunté si Vornan era capaz de comprender las
instrucciones escritas. Hablaba el inglés con fluidez,
pero no por ello tenía que poseer conocimiento alguno del lenguaje
escrito. Pensé ir en su ayuda, pero el ordenador del burdel me estaba diciendo algo y mantuve mis ojos clavados
en la pantalla.
Me estaba interrogando sobre mis preferencias
sexuales.
¿Hembra?
—Sí.
¿Menos de treinta años ?
—Sí —dije, después de pensarlo un poco.
¿Color de cabello?
Vacilé.
—Rojo —dije, por puro amor a la variación.
Tipo físico preferido: Escoja uno apretando
el botón que hay debajo de la
pantalla.
La pantalla me mostró tres siluetas
femeninas: elegantemente delgada y
con cierto aire de chico, la curvilínea vecina de la puerta de al lado y la ultravoluptuosidad hipermamífera realzada por los esteroides. Mi mano vagabundeó
sobre los botones. Era una tentación
pedir la más abundante, pero, recordándome que
buscaba la variación, opté por la silueta de chico, que por
sus contornos me hacía pensar en la de Aster Mikkelsen.
El ordenador empezó a interrogarme sobre qué
clase de actividad sexual deseaba gozar.
Me informó lacónicamente de que había tarifas extra por ciertos actos desviados
de la norma que me enumeró. También indicó
la tarifa adicional por cada uno, y con
cierta gélida fascinación me di cuenta de que la sodomía era cinco veces más cara que la felación, y que el sadismo
supervisado era considerablemente más costoso que el masoquismo. Pero descarté los látigos y las botas y también decidí
pasar sin el uso de los orificios no genitales. Que otros hombres consigan su placer en la oreja o el
ombligo, pensé. En estos asuntos soy conservador.
La siguiente secuencia que pasó por la
pantalla era la elección de posiciones, dado que había optado por la
unión carnal más regular. Lo que apareció
era como una escena surgida del Kamasutra: una veintena de siluetas
esquemáticas, masculinas y femeninas, acoplándose de formas extravagantemente imaginativas. He visto los templos de
Konarak y Khajurao, esos monumentos a la desaparecida exuberancia y fertilidad hindúes, cubiertos de hombres viriles
y mujeres de pechos opulentos: Krisna y Radha en todas las combinaciones y
permutaciones que hayan concebido jamás el hombre y la mujer. La pantalla atestada de imágenes tenía algo de esa misma y febril intensidad, aunque admito que a
esas figuras sugeridas con líneas les faltaba la volupté, la
carnalidad tridimensional de aquellas imágenes de piedra que brillaban bajo el sol de la India. Contemplé la amplia gama de
elecciones, pensativo, y escogí una que me pareció interesante.
Finalmente llegó el asunto más delicado de
todos: el ordenador deseaba conocer mi
nombre y mi número de identificación.
Algunos dicen que esa norma fue impuesta por
legisladores vengativos y pacatos, que libraban una desesperada
batalla de retaguardia para echar a pique
todo el programa de la prostitución
legalizada. El razonamiento era que nadie utilizaría ese sitio con el conocimiento de que su identidad
estaba siendo registrada en la
película de memoria del ordenador principal, quizá para ser escupida luego como parte de un dossier potencialmente destructivo. Los funcionarios
encargados de tal empresa, haciendo cuanto podían para vérselas con
aquel molesto requisito, anunciaron a voz
en grito que todos los datos serían considerados siempre como
confidenciales; con todo, supongo que
algunos temen entrar en la casa de las citas automatizadas sencillamente porque
su presencia en ella debe quedar
registrada.
Bien, ¿qué podía temer yo? Mi posición académica
sólo puede ser afectada por razones de falta moral, y no puede haber ninguna falta en hacer uso de una instalación como ésta, dirigida por el gobierno. Di mi nombre
y mi número de identificación.
Durante unos segundos me pregunté cómo se las arreglaría Vornan, a quien
le faltaba un número de identificación;
evidentemente el ordenador había sido advertido de su presencia con
anticipación, pues pasó a la siguiente etapa de nuestro procesado sin
dificultad.
En la base de la unidad del ordenador se abrió
una rendija. Se me había dicho que contenía
una máscara de intimidad que debía colocarme en la cabeza. Saqué la
máscara, la extendí y la puse en su sitio. El termoplástico se adaptó por sí
mismo a los rasgos de mi cara igual que si
fuera una segunda piel; pero durante un momento me percibí en la pantalla, que
había quedado en blanco durante unos instantes, y el reflejo no era el de ninguna cara que hubiera podido reconocer.
Misteriosamente, la máscara me había vuelto anónimo.
Ahora la pantalla me indicaba que saliera en cuanto se abriese la puerta. Obedecí. La parte frontal de
mi cubículo se levantó; fui por una rampa helicoidal que llevaba a un nivel
superior del inmenso edificio. Vi a otros hombres que subían por rampas
a mi derecha y a mi izquierda; se elevaban igual que espíritus yendo hacia su salvación, llevados hacia arriba por pistas móviles silenciosas, sus rostros
ocultos, sus cuerpos tensos. De lo
alto caía la fría radiación de un gigantesco tanque de luz, bañándonos a todos en su brillantez. Una
figura me saludó con la mano desde una rampa cercana. Era Vornan, imposible
confundirle con otro; aun estando enmascarado le detecté por la delgadez
de su figura, el porte orgulloso de su cuerpo
y cierta aura de extrañeza que parecía cubrirle incluso con sus rasgos ocultos. Me dejó atrás y
desapareció, engullido por la radiación perlina de arriba. Un instante
después yo también me hallé en esa zona de
radiación y pasé velozmente y sin ningún problema a través de otra
puerta que me dejó entrar en un cubículo no
mucho más grande que aquél donde me
había entrevistado el ordenador.
Otra pantalla ocupaba la pared de la
izquierda. En el otro extremo había un
lavabo y un limpiador molecular; ei centro del cubículo estaba ocupado por una casta cama doble, recién hecha.
Todo el lugar resultaba grotescamente aséptico. Si esto es la prostitución legalizada, pensé, prefiero a las mujeres de
la calle… si es que hay alguna. Me quedé junto a la cama, contemplando la pantalla. Estaba solo en la
habitación. ¿Habría fallado la poderosa máquina? ¿Dónde estaba mi amada?
Pero aún no habían terminado con su
escrutinio de mi persona. La pantalla se iluminó y por ella desfilaron las siguientes
palabras: Por favor, quítese la ropa para el examen médico.
Me desnudé obedientemente y coloqué mis ropas
en un cajón que brotó de la pared en
respuesta a alguna señal silenciosa. El cajón volvió a
cerrarse; sospeché que mis ropas estarían
siendo fumigadas y purificadas mientras se encontraban dentro, y estaba en lo
cierto. Me quedé desnudo salvo por mi
máscara, el Hombre Medio reducido a su atuendo final, mientras que sensores y aparatos de observación
hacían brillar una suave luz verdosa
sobre mi cuerpo, buscando con toda probabilidad
los chancros de la enfermedad venérea.
El examen duró unos sesenta segundos. Después la pantalla me invitó a extender el brazo y así lo hice, y acto
seguido una aguja bajó del techo y tomó
velozmente una pequeña muestra de mi sangre. Monitores invisibles investigaron ese fragmento de mortalidad buscando los signos de la corrupción y,
evidentemente, no hallaron nada que amenazase la salud del personal de aquel establecimiento, pues un instante después
la pantalla emitió una especie de dibujo luminoso cuyo significado era que había pasado mis pruebas. La pared que había junto
al lavabo se abrió, y una chica entró por ella.
—Hola —dijo—. Soy Esther y me alegro tanto de conocerte… Estoy segura de que vamos a ser grandes amigos.
Vestía una túnica de gasa a través de la cual
podía distinguir los contornos de su delgado cuerpo. Su cabello era
rojizo, sus ojos verdes, en su rostro había
la luz de la inteligencia y sonreía con
un fervor que pensé no era del todo mecánico. En mi inocencia había imaginado
que todas las prostitutas eran criaturas toscas y encorvadas con grandes poros
abiertos y rostros ceñudos y amargados, pero Esther no encajaba en mi imagen preconcebida.
Había visto chicas muy parecidas a ella en el campus
de Irvine; era perfectamente posible que hubiese visto a la misma Esther
allí. No le formularía esa pregunta desgastada
por el tiempo: ¿qué está haciendo una chica tan bonita como tú en un sitio como éste? Pero me lo
preguntaba. Me lo preguntaba.
Esther examinó mi cuerpo con la mirada, quizá
no tanto para juzgar mi masculinidad como para detectar
cualquier problema médico que pudiera habérsele pasado por alto al sistema sensor. Con todo, logró transformar su
ojeada en algo más que un mero
vistazo clínico; también era provocativa. Me sentí curiosamente expuesto, probablemente porque no estoy acostumbrado a encontrarme por primera vez con
jóvenes damas bajo tales
circunstancias. Tras su rápido examen, Esther cruzó la habitación y puso la mano sobre un control situado en la base de la pantalla.
Yo supuse que sería parte de la rutina
habitual para convencer al cliente de que el gran
ojo inmóvil del ordenador no espiaría sus amores; y supuse también que, pese al aparatoso gesto de haber desconectado
la pantalla, la habitación seguía siendo observada y que continuaría bajo vigilancia mientras que yo estuviera en ella.
Naturalmente, los diseñadores de aquel sitio no podían haber dejado a las chicas a merced de cualquier cliente con el cual
pudieran compartir un cubículo. Me sentí algo inquieto ante la idea de
irme a la cama con una persona sabiendo que mi
actuación estaría siendo observada y, muy probablemente, grabada, codificada y archivada, pero dominé mi
vacilación diciéndome que estaba
aquí puramente por deber. Resultaba claro
que este burdel no era sitio para un hombre instruido. Invitaba demasiado a la
suspicacia. Pero, sin duda, era adecuado
para las necesidades de quienes tenían tales necesidades.
Mientras el brillo de la pantalla se
desvanecía, Esther dijo:
—¿Apago la luz de la habitación?
—No me importa.
—Entonces la apagaré.
Hizo algo con el dial y la habitación quedó sumida en la penumbra. Con un gesto rápido y
grácil se quitó la túnica. Su cuerpo era
pálido y sin una sola arruga, con caderas estrechas y pechos pequeños de
adolescente, cuya piel traslúcida revelaba una red de finas venas azules. Me
recordó mucho el cuerpo de Aster Mikkelsen, tal y como había aparecido
en la imagen del sensor espía la semana anterior. Aster… Esther… Por un
instante de confusión onírica mezclé a las
dos y me pregunté porqué una bioquímica de fama mundial estaría trabajando también de fulana. Sonriendo amistosamente,
Esther se reclinó en la cama, colocándose de lado con las rodillas juntas; era una postura de amigable conversación, y en ella no había nada de chocante. Lo
agradecí. Había esperado que en aquel sitio una chica se tumbaría de espaldas, abriría las piernas y diría: «Venga, chico, sube
a bordo», y me alivió que Esther no
hiciera tal cosa. Se me ocurrió pensar que, en mi entrevista de abajo, el ordenador habría tomado la medida
de mi personalidad, marcándome como miembro de la inhibida clase académica, y le había transmitido a Esther un memorándum mientras que ella se preparaba para su
trabajo, indicándole que me tratara
de una forma digna.
Me senté junto a ella.
—¿Quieres hablar un poco? —preguntó ella—.
Tenemos mucho tiempo.
—De acuerdo. ¿Sabes una cosa? Nunca he estado
aquí antes.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—El ordenador me lo dijo. El ordenador nos lo
dice todo.
—¿Todo? ¿Mi nombre también?
—¡Oh, no, tu nombre no! Me refiero a todas
las cosas personales.
—Entonces, ¿qué sabes de mí, Esther?
—pregunté.
—Lo verás dentro de poco —sus ojos ardieron
con un fulgor travieso y después dijo—: ¿Viste al hombre del futuro cuando llegaste?
—¿El que se llama Vornan-19?
—Sí. Se supone que está aquí hoy. En estos momentos. Tuvimos un aviso especial en la línea principal.
Dicen que es terriblemente guapo. Le he visto en la pantalla. Me gustaría tener
ocasión de conocerle.
—¿Cómo sabes que no estás con él ahora mismo?
Se rió.
—¡Oh, no! ¡Sé que no estoy con él!
—Pero yo voy enmascarado. Podría ser…
—No lo eres. Estás tomándome el pelo, nada
más. Si fuera a estar con él, me lo habrían notificado.
—Quizá no. Quizá prefiere el secreto.
—Bueno, puede que sí, pero de todas formas sé
que no eres el hombre del futuro. Con
máscara o sin máscara, no me engañas.
—¿Qué piensas de él, Esther? ¿Crees que es realmente del año 2999?
—¿No lo crees así?
—Te estoy preguntando qué piensas tú.
Se encogió de hombros. Tomando mi mano, la
hizo subir lentamente por su liso vientre hasta que acunó el pequeño y frío montículo de su pecho izquierdo, como si
esperara desviar mis molestas preguntas
guiándome hacia el acto de la pasión. Haciendo un pequeño mohín, dijo:
—Bueno, todos dicen que es real. El
Presidente y todo el mundo. Y dicen
que tiene poderes especiales. Que puede darte una especie de sacudida eléctrica si quiere. —De repente, Esther lanzó
una risita—. Me pregunto si… si puede aturdir así a una chica, mientras que está… ya sabes, mientras está
con ella.
—Muy probablemente. Si es en realidad lo que
dice ser.
—¿Por qué no crees en él?
—Me parece que todo es un fraude —dije—. Que
un hombre caiga del cielo, literalmente,
y que afirme venir de mil años en el futuro.
¿Dónde está la prueba? ¿Cómo se supone que debo saber que está diciendo la verdad?
—Bueno —dijo Esther—, está la expresión de
sus ojos. Y su sonrisa. Hay algo extraño en él, todo el mundo lo dice. Y también habla de una forma extraña, no con un
acento, no es exactamente eso, pero su voz
suena peculiar. Creo en él, sí. Me gustaría hacer el amor con él. Lo
haría gratis.
—Quizá tendrás la oportunidad —dije.
Sonrió. Pero estaba empezando a ponerse nerviosa, como si esta conversación excediera los límites del
tipo de charla sin importancia que
tenía la costumbre de entablar con los clientes que tardaban un poco en decidirse. Pensé en el impacto que Vornan-19
había tenido incluso sobre esta chica dentro de su cubículo, y me
pregunté qué podría estar haciendo él ahora
mismo, en algún otro lugar del edificio. Tenía la esperanza de que algún
miembro del equipo de Kralick estuviera vigilándole. En principio estaba allí
para no perderle de vista, pero, como
debían saber, no había forma alguna de que yo entrara en contacto con Vornan una vez hubiéramos cruzado ese
vestíbulo, y temía un estallido de la capacidad de crear el caos que poseía
nuestro invitado, que a esas alturas
ya era familiar. Pero todo eso estaba más
allá de mi control. Deslicé mis manos por la accesible suavidad de
Esther. Se recostó en la cama, perdida en
sueños de abrazar al hombre del futuro, mientras que su cuerpo ondulaba
en los ritmos apasionados que tan bien
conocía. El ordenador la había preparado adecuadamente para su tarea; cuando nuestros cuerpos se unieron, adoptó la postura que yo había escogido y cumplió
sus deberes con energía y una
razonablemente adecuada imitación del deseo.
Después nos separamos. Parecía convenientemente satisfecha; parte de la representación, supuse yo. Me
indicó el lavabo y puso en marcha el limpiador molecular para que
pudiera purificarme de las huellas de la lujuria. Seguía quedándonos tiempo, y
ella dijo:
—Sólo para saberlo: ¿no te gustaría a ti conocer
a Vornan-19? ¿Sólo para convencerte de que es realmente lo que dice ser?
Discutí la pregunta conmigo mismo. Y luego,
con voz grave, dije:
—Bueno, sí, creo que me gustaría. Pero
supongo que nunca le conoceré.
—Resulta emocionante pensar que está aquí
mismo, en el edificio, ¿verdad? ¡Vaya, si podría estar incluso en la puerta de
al lado! Podría venir aquí luego… si quiere otra ronda. —Cruzó la habitación, vino hacia mí y me rodeó con
sus brazos. Sus ojos, grandes y brillantes,
se clavaron en los míos—. No tendría que estar
hablando tanto de él. No sé cómo he empezado. Se supone que no debemos mencionar a otros hombres cuando… Oye, ¿te hice feliz?
—Mucho, Esther. Me gustaría poder demostrarte…
—Ya sabes que sí.
Se puso de puntillas y me dio un beso suave y desapasionado en los
labios.
—Me gustas —dijo—. De veras. No es sólo una
frase del repertorio. Si vuelves aquí
alguna vez, espero que preguntarás por mí.
—Si vuelvo alguna vez, desde luego que lo haré
—dije, y hablaba en serio—. Es una
promesa solemne.
Me ayudó a vestirme. Después se esfumó a
través de su puerta, desapareciendo en las
profundidades del edificio para ejecutar algún rito de purificación
antes de encargarse de su próxima cita. La
pantalla volvió a cobrar vida, notificándome que mi cuenta de crédito recibiría
la factura según la tarifa habitual
y pidiéndome que saliera por la puerta de atrás de mi cubículo. Salí a
la cinta deslizante y me encontré llevado a través
de una región de nebulosa y perfumada belleza, una galería abovedada cuyo lejano techo estaba
festoneado por tiras de cinta
iridiscente; tan mágico era este reino que apenas si me fijé en nada
hasta no descubrir que estaba bajando de nuevo,
deslizándome en un vestíbulo tan grande como aquél por donde había entrado,
pero en el lado opuesto del edificio.
Vornan. ¿Dónde estaba Vornan?
Emergí a la débil luz de una tarde invernal, sintiéndome levemente ridículo. La visita me había resultado
educativa y divertida, pero no podía
afirmarse que hubiera servido demasiado al propósito de mantener
vigilada a la impredecible persona que se
nos había confiado. Me detuve en la gran plaza, preguntándome si debería volver adentro y buscar a Vornan. ¿Era posible
pedirle al ordenador información sobre un cliente? Mientras vacilaba, una voz a mi espalda dijo:
―¿Leo?
Era Kralick, sentado en una limusina gris
verdosa, de cuyo techo salían proyectados los
romos hocicos de una antena de comunicaciones. Fui hacia el coche.
—Vornan sigue dentro —dije—. No sé qué…
—Todo va bien. Entre.
Entré en el coche mientras el hombre del
Gobierno me mantenía abierta la
portezuela. Para mi incomodidad, descubrí que Aster Mikkelsen estaba en el asiento trasero, la cabeza inclinada
sobre alguna especie de gráficos. Me dirigió una breve sonrisa y volvió a lo que estaba analizando, fuera lo que fuese.
Me turbó un poco salir directamente del burdel para hallarme en
compañía de la pura Aster.
—Tengo contacto total con nuestro amigo —dijo
Kralick—. Quizá le interese saber que
ahora anda por su cuarta mujer y no muestra señales de que se le esté acabando
la gasolina. ¿Le gustaría echar una mirada?
—No, gracias —le dije, mientras él empezaba a conectar la pantalla—.
No soy muy aficionado a eso. ¿Ha creado algún problema
ahí dentro?
—No a su manera habitual. Está utilizando a un
montón de chicas, eso es todo. Repasando
toda la lista, probando posiciones, haciendo cabriolas igual que un chivo… —se
dio la vuelta para mirarme y dijo—: Leo, ya
lleva dos semanas con ese tipo. ¿Cuál es su
opinión? ¿Es real o es un fraude?
—Sinceramente no lo sé, Sandy. Hay veces en
las que estoy convencido de que es absolutamente auténtico. Entonces me paro a pensar, me pellizco y me digo que nadie puede
ir hacia atrás en el tiempo, que es una imposibilidad
científica y que en cualquier caso Vornan no es más que un charlatán.
—Un científico debería empezar con las pruebas
y construir una hipótesis alrededor de
ellas, algo que llevara a una conclusión, ¿no? —dijo Kralick, con cierto
cansancio—. No empezar con una hipótesis y juzgar las pruebas
en términos de ella.
—Cierto —concedí yo—. Pero, ¿qué considera
usted como pruebas? Por mis experimentos
sé algo sobre los fenómenos de la inversión del tiempo, y sé que no se puede
enviar una partícula de materia ni medio
segundo hacia atrás sin invertir su carga. Tengo
que juzgar a Vornan con relación a eso.
—De acuerdo. Y el hombre del año 999 sabía que era imposible volar a Marte. No podemos arriesgarnos a decir lo
que será posible dentro de mil años y lo que no. Y da la casualidad de que hoy
hemos conseguido unas cuantas pruebas nuevas.
—¿Cuáles?
—Vornan consintió en pasar por el examen
médico habitual ahí dentro —dijo Kralick—. El
ordenador obtuvo una muestra de sangre suya y
montones de otras cosas, y nos lo transmitió todo aquí
fuera y Aster lo ha estado examinando. Dice que tiene sangre de un tipo que nunca había visto antes y que está lleno de anticuerpos extraños, desconocidos para
la ciencia moderna… y que hay otras
cincuenta anomalías en el examen médico de Vornan. El ordenador recogió
también rastros de una actividad eléctrica
desacostumbrada en su sistema nervioso,
el truco que utiliza para aturdir a la gente que no le gusta. Está
construido igual que una anguila eléctrica. No creo que venga de este siglo, Leo. Y no puedo explicarle lo que me cuesta
decir algo semejante.
Y, desde el asiento trasero, Aster habló con
su hermosa voz, parecida al sonar de una flauta:
—Parece extraño que debamos hacer unas investigaciones tan
fundamentales mandándole a un burdel, ¿verdad, Leo? Pero estos hallazgos son muy raros. ¿Te gustaría ver las cintas?
—Gracias, no sería capaz de interpretarlas.
Kralick se dio la vuelta.
—Vornan ha terminado con la número cuatro.
Está pidiendo una quinta.
—¿Puede hacerme un favor? Ahí dentro hay una
chica llamada Esther, una pelirrojita linda y delgada. Me gustaría que
arreglara las cosas con su amigo el ordenador, Sandy. Ocúpese
de que Esther sea su siguiente chica.
Kralick hizo los arreglos. Vornan había
pedido para su próximo romance una morena alta
y curvilínea, pero el ordenador le entregó
a Esther en vez de a la morena y él aceptó la sustitución, supongo que como un perdonable defecto en nuestra medieval tecnología de ordenadores. Pedí ver
la transmisión por vídeo y Kralick lo
conectó. Ahí tenía a Esther, los ojos muy
abiertos, tímida, toda su seguridad profesional hecha pedazos al encontrarse en presencia del hombre de
sus sueños. Vornan le habló como un gran señor, calmándola y tratándola con suavidad. Esther se quitó la túnica, los dos
fueron hacia la cama, y entonces hice que Kralick quitara el vídeo.
Vornan estuvo con ella un rato bastante largo.
Su insaciable virilidad parecía subrayar aún
más lo ajeno de su origen. Yo me quedé sentado, pensativo, los ojos clavados en
la nada, intentando aceptar los datos
que Kralick había recogido hoy. Mi mente se negaba a dar el
salto. Ni incluso ahora podía creer que
Vornan-19 fuese auténtico, pese al frío que había sentido en su
presencia y todo lo demás.
—Ya ha tenido bastante —dijo finalmente
Kralick—. Está saliendo. Aster, esconda todo el equipo, rápido.
Mientras que Aster ocultaba los aparatos de observación, Kralick salió
corriendo del coche, se encontró con Vornan y le
llevó rápidamente a través de la plaza. En el brutal clima del invierno no había discípulos para prosternarse
ante él, ni tampoco ningún Apocaliptista enfurecido, así que por una vez
pudimos efectuar una partida rápida y sin problemas.
Vornan estaba radiante.
—Vuestras costumbres sexuales son fascinantes
—dijo, mientras nos alejábamos—.
¡Fascinantes! ¡Tan maravillosamente primitivas! ¡Tan llenas de vigor y
misterio!
Y aplaudió, encantado. Sentí una vez más ese extraño escalofrío deslizándose por mis miembros, y no tenía nada que ver con
el tiempo que hacía fuera del coche. Espero que Esther sea
feliz ahora, pensé. Tendrá algo que
contarle a sus nietos. Era lo menos que podía hacer por ella.
ONCE
Esa noche cenamos en un restaurante muy
especial de Chicago, un sitio cuya
particularidad es que sirve platos casi imposibles de obtener en otros sitios:
bistec de búfalo, filete de oso, alce,
reno y aves como el faisán, la perdiz o la codorniz. Vornan había oído hablar
de él y quería probar sus misteriosas delicias. Era la primera vez que acudíamos a un restaurante público con él, algo que nos inquietaba; ya estaba
empezando a desarrollarse una ominosa tendencia por la que multitudes incontrolables
se congregaban a su alrededor en todas partes, y temíamos lo que podía suceder en un restaurante. Kralick le había
pedido a la dirección del restaurante que sirviera sus especialidades en nuestro hotel y el restaurante estaba dispuesto
a ello… a cambio de un buen precio. Pero Vornan no lo aceptó. Deseaba cenar fuera, y eso hicimos.
Nuestra escolta del Gobierno tomó
precauciones. Estaban aprendiendo
rápidamente a vérselas con el impredecible comportamiento de Vornan. Resultó
que el restaurante tenía tanto una
entrada lateral como un salón privado en el piso de arriba, así que nos fue posible introducir a nuestro invitado en
ese lugar, y esquivar a los clientes habituales sin problemas. Vornan pareció disgustado al encontrarse en una
habitación aislada, pero fingimos que
en nuestra sociedad el colmo del lujo
era comer alejados de las turbas comunes, y Vornan acabó aceptando la
historia.
Algunos de nosotros no conocíamos la naturaleza del restaurante.
Heyman puso el pulgar sobre el cubo del menú, lo contempló durante un largo instante y lanzó un ronco siseo teutónico.
Los platos ofrecidos le produjeron un auténtico hervor de rabia.
—¡Búfalo! —exclamó—. ¡Alce! ¡Son animales muy escasos! ¿Vamos a
comernos valiosos especímenes científicos? ¡Señor Kralick, protesto! ¡Esto es una ofensa!
Kralick había aguantado muchas cosas durante
este viaje, y la tozudez de Heyman había sido para él una
molestia casi tan considerable como la exuberancia de Vornan.
—Le pido disculpas, profesor Heyman —dijo—.
Cuanto figura en el menú ha sido aprobado por el Departamento del Interior. Ya
sabe que incluso los rebaños de animales raros necesitan que
su número se controle ocasionalmente por el bien
de la especie. Y…
—Podrían ser enviados a otras reservas de
conservación —gruñó Heyman—. ¡No ser
sacrificados por su carne! Dios mío, ¿qué dirá la historia de nosotros?
Nosotros, que vivimos en el último siglo durante el que pueden hallarse
animales salvajes sobre la superficie de la
Tierra, matando y comiendo a los inapreciables y
escasos supervivientes de una época en la que…
—¿Quieres el veredicto de la historia? —le preguntó Kolff—. ¡Ahí está
sentada la historia, Heyman! ¡Pídele su opinión! —y agitó una gruesa mano hacia Vornan-19, en cuya autenticidad no creía, y se rió hasta hacer que la mesa se
estremeciese.
—Encuentro totalmente delicioso que se coman
esos animales —dijo Vornan con voz
serena—. Espero mi ocasión de compartir ese mismo placer.
—¡Pero no está bien! —farfulló Heyman—. Esas
criaturas… ¿existe alguna de ellas en su
tiempo? ¿O han desaparecido todas… todas
devoradas?
—Un gran mamífero bovino cubierto de un hirsuto vello marrón —dijo Aster Mikkelsen—. Emparentado con la
vaca. Anteriormente se le encontraba
en manadas de muchos miles en las praderas del oeste.
—Extinguido —dijo Vornan—. Tenemos algunas
vacas, pero no parientes de las vacas. ¿Y
el alce?
—Un animal de grandes cuernos de los bosques
del norte. Lo que hay en la pared es una
cabeza de alce, esa que tiene las grandes astas y
el hocico alargado y colgando —dijo Aster.
—Totalmente extinguido. ¿Oso? ¿Perdiz?
¿Codorniz?
Aster describió a cada uno de los animales.
Vornan replicó alegremente que en su era no se conocía a ninguno de
ellos. El rostro de Heyman se fue cubriendo
de manchones purpúreos. No había sabido que profesara creencias conservacionistas.
Nos soltó un largo y pesado sermón sobre la extinción de la vida salvaje como símbolo de una civilización
decadente, indicando que no son los bárbaros quienes eliminan a las especies, sino más bien la gente educada e
instruida, que busca las diversiones de la caza y de la mesa, y que lleva las
avanzadas de la civilización a los terrenos de cría y apareamiento de criaturas extrañas y casi desconocidas. Habló con
pasión, y en sus palabras había incluso cierta sabiduría; era la primera vez que oía a este desagradable historiador diciendo
algo que tuviera el más mínimo valor
para una persona inteligente. Vornan le observó con un agudo interés mientras
hablaba. Gradualmente una expresión
de placer se fue difundiendo por el
rostro de nuestro visitante, y yo creí saber el porqué: Heyman estaba argumentando que la extinción de las
especies llega con el extenderse de la civilización, y Vornan, que en su
fuero interno nos tenía por poco menos que
salvajes, indudablemente pensaba que tal línea de razonamiento era
extremadamente divertida.
Cuando Heyman hubo terminado, nos miramos unos
a otros y examinamos nuestros cubos del menú algo
avergonzados, pero Vornan rompió el
hechizo.
—Seguramente —dijo— no me negará el placer que existe en cooperar a la gran extinción que ha hecho a mi
propio tiempo tan vacío de vida
salvaje, ¿verdad? Después de todo, los animales
que vamos a comer esta noche ya están muertos, ¿no? Deje que me lleve a mi era la sensación de haber
cenado búfalo, perdiz y alce, por
favor.
Por supuesto, no se podía ni pensar en cenar
esa noche en alguna otra parte. Comeríamos
aquí sintiéndonos culpables, o comeríamos aquí
sin culpabilidad. Como había observado Kralick, el
restaurante usaba solamente carne con licencia obtenida a través de los canales del Gobierno, y por lo tanto no estaba causando directamente la desaparición
de ninguna especie en peligro. La carne que servía procedía de animales
ya escasos y los precios lo demostraban, pero resultaba inútil culpar a un sitio como éste de las penalidades
que sufría la vida salvaje del siglo
XX. Con todo, Heyman tenía razón en un punto:
los animales estaban desapareciendo. En algún sitio había visto una predicción de que en otro siglo
más no quedaría ni un solo animal
salvaje, salvo aquellos que se hallaran en reservas protegidas. Si
podíamos creer en Vornan como un auténtico embajador de la posteridad, esa
predicción había llegado a cumplirse.
Fuimos pidiendo. Heyman escogió pollo asado; los demás probamos las rarezas del menú. Vornan pidió algo
así como un surtido de especialidades
de la casa y lo consiguió: un filete miniatura de búfalo, una tira de
bistec de alce, pechuga de faisán y uno o
dos platos más, escogidos entre lo poco corriente.
—¿Qué animales tienen en su…
ah, en su era? —dijo Kolff.
—Perros. Gatos. Vacas. Ratones… —Vornan
vaciló—. Y algunos más.
—¿Nada salvo animales domésticos? —preguntó
Heyman, atónito.
—No —dijo Vornan, y se llevó una jugosa tajada
de carne a la boca. Sonrió complacido—. ¡Delicioso! ¡Qué
pérdida hemos sufrido!
—¿Ve? —exclamó Heyman—. Con sólo que la gente
hubiera…
—Por supuesto —dijo Vornan con dulzura—,
tenemos muchos alimentos interesantes.
Debo admitir que hay un cierto placer en
ponerse en la boca un pedazo de carne de una criatura viviente, pero es un placer que sólo muy pocos
serían capaces de disfrutar. La mayor parte
de mi gente es bastante melindrosa. Hace falta un estómago fuerte para
ser viajero del tiempo.
—¿Porque somos unos bárbaros sucios,
depravados y horribles? —preguntó Heyman
levantando la voz—. ¿Ésa es su opinión de
nosotros?
Sin dejarse impresionar en lo más mínimo,
Vornan replicó:
—Su forma de vida es muy diferente a la mía.
Obviamente. De lo contrario, ¿por qué me
habría tomado la molestia de venir hasta
aquí?
—Con todo, una forma de vida no es superior o
inferior a otra de por sí —dijo Helen
McIlwain con una luz apasionada
en los ojos, alzando la mirada de
una enorme tajada que recuerdo era bistec de reno—. La vida puede ser más cómoda en una era que en otra, puede ser más
sana o puede ser más tranquila, pero
no podemos utilizar los términos superior o inferior. Desde
el punto de vista del relativismo cultural…
—¿Sabe que en mi tiempo no se conoce lo que
es un restaurante? —dijo Vornan—. Comer alimentos en público, entre desconocidos… nos parece poco elegante. En la
Centralidad, entiéndame, se entra
bastante a menudo en contacto con extranjeros. Esto no es cierto en las
regiones periféricas. Nunca hay que
mostrarse hostil con un desconocido, pero nadie comería en presencia suya, a no ser que se tengan planes de establecer una intimidad sexual. Nuestra
costumbre es reservar el comer tan
sólo para quienes son compañeros íntimos. —Lanzó una risita—. Mi deseo
de visitar un restaurante es algo que resulta bastante perverso por mi parte.
Deben comprender que les considero a todos
como mis compañeros íntimos… —su mano hizo un gesto abarcando toda la mesa, como si estuviera dispuesto a irse a la cama
incluso con Lloyd Kolff si estuviera
disponible—. Pero tengo la esperanza de que me concederán el placer de
cenar en público uno de estos días. Quizá
intentaban no herir mi sensibilidad disponiendo que comiéramos en este
salón privado. Pero les pido que me
permitan gozar un poco de mi desvergonzado deseo la próxima vez.
—Maravilloso —dijo Helen McIlwain, hablando
más que nada consigo misma—. ¡Un tabú
sobre comer en público! Vornan, si nos
dejara saber algo más acerca de su era… ¡Tenemos tantos deseos de conocer lo que pueda contarnos, lo que sea!
—Sí —dijo Heyman—. Por ejemplo, ese período
conocido como el Tiempo del Barrido…
—…alguna información sobre la investigación
biológica de…
—…problemas de terapia mental. Las psicosis
principales, por ejemplo, son de gran importancia para…
—…una oportunidad de hablar sobre la
evolución lingüística dentro de…
—…el fenómeno de la inversión temporal. Y también algo de información sobre los sistemas de energía que…
—Era mi propia voz, introduciendo su hebra en la espesa textura de nuestra conversación. Naturalmente, Vornan no
contestó a ninguno de nosotros, dado que todos hablábamos a la vez.
Cuando nos dimos cuenta de lo que estábamos
haciendo caímos en un embarazoso
silencio, dejando torpemente que los fragmentos de palabras fueran cayendo por
el abismo de nuestra incomodidad,
para hacerse pedazos en la sima del habernos puesto conscientemente en
ridículo. Por un segundo, ahí mismo, nuestras frustraciones habían salido a la
luz. En nuestros días y noches de alegre
tiovivo con Vornan-19, éste se había mostrado
irritantemente elíptico sobre la era de la cual decía venir, dejando caer aquí una pista, allí un
atisbo, sin dar nunca nada que se
aproximara a una explicación real sobre la forma de esa sociedad del futuro de la cual proclamaba ser un emisario.
Cada uno de nosotros estaba lleno a rebosar de preguntas sin respuesta.
No fueron contestadas esa noche. Cenamos las delicadezas de una era que se esfumaba ―pechuga de fénix y entrecôte de unicornio―, y escuchamos atentamente a Vornan, más inclinado a la conversación que de costumbre,
mientras éste dejaba caer de vez en cuando fragmentos de datos sobre las
costumbres alimenticias del siglo treinta. Cualquier cosa que pudiéramos descubrir bastaba para que nos sintiéramos agradecidos. Incluso Heyman acabó tan
absorbido por la situación que dejó de llorar el destino de las rarezas que habían
agraciado nuestros platos.
Cuando llegó el momento de abandonar el
restaurante, nos encontramos metidos en una
crisis desgraciadamente familiar. Se
había corrido la voz de que el famoso hombre del futuro estaba ahí, y ya se había congregado toda una multitud. Kralick se vio obligado a ordenar que guardias
armados con látigos neurales despejaran un
camino a través del restaurante, y durante cierto
tiempo dio la impresión de que haría falta utilizar los látigos. Como mínimo cien comensales abandonaron sus mesas y fueron hacia nosotros cuando bajamos
del salón privado. Estaban impacientes por ver,
tocar y experimentar a Vornan-19 de cerca. Contemplé sus rostros, abatido y
alarmado. Algunos tenían el fruncimiento de ceño de los escépticos,
otros la vidriosa lejanía del ocioso buscador de curiosidades; pero en muchos había esa extraña mirada de reverencia que tan a menudo habíamos visto
durante la semana pasada. Era más que una mera sorpresa o asombro. Era
el reconocimiento de un hambre mesiánica
interior. Aquellas personas querían
caer de rodillas ante Vornan. No sabían nada de él, salvo lo que habían visto en sus pantallas, y aun así eran atraídas hacia él, y hacia él volvían sus ojos
para llenar algún vacío en sus
propias vidas.
¿Qué estaba ofreciendo? ¿Encanto, un aspecto
agradable, una sonrisa magnética, una voz atractiva? Sí, y el ser extraño y distinto, pues en sus palabras y en sus actos llevaba el sello de la extrañeza. Casi
podía sentir ese tirón yo mismo. Había estado
demasiado cerca de Vornan para adorarle; había
visto su colosal glotonería, su imperiosa autoindulgencia,
su gargantuesco apetito por el placer sensual de toda clase, y cuando se ha
visto a un mesías anhelando la comida y
empalando a legiones de mujeres dispuestas a dejarse empalar, es difícil sentir una auténtica
reverencia hacia él. Sin embargo,
percibía su poder.
Había tenido que transformar mi propia evaluación de Vornan. Había empezado
siendo escéptico, hostil y casi beligerante en cuanto al problema, pero ese estado de ánimo se había ido suavizando hasta que ya
casi había dejado de añadir la inevitable
coletilla, «si es auténtico», a cuanto pensaba sobre Vornan-19. No
era simplemente la prueba de la muestra de
sangre la que me había hecho cambiar, sino todos los aspectos de la
conducta de Vornan. Ahora me resultaba más
difícil creer que pudiera ser un fraude a que realmente hubiera llegado hasta nosotros a través del tiempo y, por supuesto, eso me dejaba en una
posición insostenible con respecto a mi propia especialidad científica.
Me veía obligado a creer en una conclusión que seguía considerando físicamente imposible: doblepensar, en el
sentido orwelliano del término. Que pudiera verme atrapado de esta forma era un tributo al poder de Vornan; y creía
comprender algo de lo que deseaban
las personas que intentaban acercarse a él, luchando por poner sus manos sobre el visitante mientras pasaba ante ellos.
Logramos salir del restaurante ―no sé muy bien cómo― sin ningún incidente desagradable. El clima era tan
frío que había muy pocas personas en
la calle. Pasamos rápidamente junto a ellas
y nos metimos en los coches que nos esperaban. Chóferes de rostro
impasible nos llevaron a nuestro hotel. Aquí, como en Nueva York, teníamos una hilera de habitaciones conectadas entre sí y situadas en la parte más
inaccesible del edificio. Vornan se
excusó nada más llegamos a nuestro piso. Había estado durmiendo con Helen McIlwain durante las últimas noches, pero
daba la impresión de que nuestro viaje al burdel le había dejado temporalmente sin interés alguno por las mujeres, lo cual no era demasiado sorprendente.
Desapareció en su habitación. Los guardias sellaron inmediatamente la puerta. Kralick, que parecía pálido y agotado, se
marchó para enviar su informe de la
noche a Washington. Los demás nos congregamos
en una de las suites para relajarnos un poco antes de ir a la cama.
Los seis miembros del comité llevábamos ya
juntos el tiempo suficiente como para que empezaran a
manifestarse varias pautas de conducta. Seguíamos divididos en cuanto al problema de la autenticidad de Vornan, pero no
tan agudamente como antes. Kolff,
uno de los escépticos originales, seguía estando seguro de que Vornan era un fraude, aunque admiraba la técnica de Vornan como estafador. Heyman,
quien también había estado contra
Vornan al principio, ahora no estaba tan seguro; iba claramente en
contra de su naturaleza el decirlo, pero estaba empezando a vacilar y
aproximarse al creer en el visitante,
básicamente debido a unos cuantos atisbos fascinantes que Vornan había dejado caer sobre el rumbo
de la historia futura. Helen
McIlwain seguía aceptando a Vornan como auténtico. Morton Fields, por su parte,
estaba empezando a irritarse y se apartaba de su positiva apreciación
original del visitante. Creo que estaba celoso de las proezas sexuales de Vornan,
y que intentaba vengarse poniendo en duda su legitimidad.
Nuestra Aster, originalmente neutral, había
decidido esperar hasta que hubiera más pruebas. Las pruebas habían llegado.
Ahora Aster mantenía la opinión de que Vornan venía de otro tramo más alejado
de la senda evolutiva humana, y tenía pruebas bioquímicas para satisfacerla en
cuanto a eso. Como ya he dicho, también yo había cambiado de postura hacia
Vornan, aunque sólo en lo puramente emocional; científicamente, para mí seguía
siendo una imposibilidad. Así pues, ahora teníamos a dos auténticos creyentes,
dos vacilantes ex escépticos inclinados a creer en la historia de Vornan, un
antiguo creyente que iba hacia el polo opuesto y un tozudo apóstata. Desde
luego, el movimiento global había ido en beneficio de Vornan. Se estaba ganando
a todos.
Hasta el momento, las corrientes emocionales
dentro de nuestro grupo eran fuertes y violentas. Sólo estábamos de acuerdo en
una cosa: que todos estábamos profundamente hartos de F. Richard Heyman. La
sola visión de la áspera barba rojiza del historiador se me había vuelto
odiosa. Estábamos cansados de su dogmatismo, su pontificar y su eterna
costumbre de tratarnos igual que si fuéramos estudiantes por graduar, y de los
no demasiado brillantes. También Morton Fields estaba empezando a no ser muy
bien acogido por el grupo. Detrás de su ascética fachada se había revelado como
un mero libertino ―cosa que realmente no me importaba―, y como un libertino
claramente falto de éxito, cosa que sí me parecía molesta. Había querido
acostarse con Helen y ella le había rechazado; había querido acostarse con
Aster y había fracasado por completo. Dado que Helen practicaba una especie de
ninfomanía profesional, funcionando bajo la hipótesis de que una antropóloga
tenía el deber de estudiar a toda la humanidad desde tan cerca como le fuera
posible, que rechazara a Fields era una bofetada de lo más hiriente. Antes de
que lleváramos una semana de gira, Helen se había acostado con todos nosotros
por lo menos una vez, con la excepción de Sandy Kralick, quien le tenía
demasiado miedo como para pensar en ella en términos sexuales, y con excepción
del pobre Fields. No resultaba extraño que su ánimo se estuviera agriando.
Supongo que Helen tenía algún desacuerdo académico privado con él, algo
anterior a nuestra misión con Vornan, y que eso motivaba la nada sutil castración
psicológica que practicaba con él. La siguiente jugada de Fields había sido Aster; pero Aster estaba tan alejada de este mundo
como un ángel, y paró sus avances sin
perder la sonrisa y sin ni tan siquiera dar la impresión de comprender lo que
deseaba de ella. Aunque Aster había tomado esa ducha con
Vornan, ninguno de nosotros podía creer que
entre ellos hubiera sucedido nada carnal. Teníamos la sensación de que
la cristalina inocencia de Aster parecía
estar hecha a prueba incluso del irresistible encanto masculino de
Vornan.
Así pues, Fields tenía los problemas sexuales
de un adolescente con acné y, como pueden imaginarse, esos
problemas hacían erupción de muchas formas durante las discusiones sociales ordinarias. Expresaba sus frustraciones
erigiendo opacas fachadas de terminología tras las que bufaba, hervía y
se entregaba a la rabia. Con ello consiguió
la desaprobación de Lloyd Kolff, que con su falstaffiana jovialidad sólo podía
ver a Fields como algo que deplorar. Cuando Fields se ponía lo suficientemente pesado, Kolff tendía a dejarle
hecho trizas con un alegre rugido que
sólo conseguía empeorar las cosas. Yo no
tenía ningún problema pendiente con Kolff; él seguía su camino divirtiéndose de una noche a otra y
resultaba un ursino y animado
compañero en lo que, de lo contrario, podría haber sido una misión todavía más deprimente. También
estaba agradecido por la compañía de Helen McIlwain, y no sólo en la cama. Por muy monomaníaca que pudiera mostrarse
en el tema del relativismo cultural,
era alegre, estaba bien informada, y
resultaba enormemente divertida; siempre se podía contar con ella para
que desinflara cualquier inmenso debate sobre cómo
actuar con unas cuantas palabras bien escogidas sobre la amputación del
clítoris entre las mujeres de las tribus norteafricanas, o la escarificación
ceremonial en los ritos de pubertad de Nueva
Guinea. En cuanto a la impenetrable, inescrutable
e incomprensible Aster, me resultaría imposible decir honestamente que me
gustase, pero la encontraba un agradable
enigma cuasi femenino. Me turbaba un poco el haber visto su desnudez mediante un sensor espía; los
enigmas deberían seguir siendo enigmas totales, y ahora que había
contemplado la desnudez de Aster tenía la sensación de que su misterio había sido revelado en parte. Parecía
deliciosamente casta, una Diana de
la bioquímica, mágicamente sostenida para siempre en la edad de
dieciséis años. En nuestros frecuentes debates
sobre modos y medios de tratar con Vornan, ella rara vez hablaba, pero cuanto tenía por decir era
invariablemente razonable y justo.
Nuestro circo ambulante siguió su camino, dejando Chicago para ir hacia el oeste, mientras que enero
iba terminando. Vornan era tan infatigable en su faceta de turista como
en la de amante. Le llevamos a fábricas, centrales de energía, museos, cruces de autopistas, estaciones de control
climático, puestos de observación de
transportes, restaurantes de lujo y un
montón de sitios más, algunos de ellos a petición oficial, otros por
insistencia de Vornan. En casi todas partes logró crearnos una buena cantidad de
problemas. Quizá gracias a haber
establecido que estaba más allá de la moralidad «medieval», abusó de la hospitalidad de sus
anfitriones en toda una variedad de
formas delicadamente ofensivas: seduciendo víctimas de todos los sexos
disponibles, insultando flagrantemente a las vacas sagradas e indicando sin
lugar a error que consideraba el mundo en
el cual vivíamos ―formidablemente científico y repleto de artefactos― como pintorescamente primitivo.
Esta insolencia de pulgar en la nariz me parecía refrescante y divertida; Vornan resultaba al mismo tiempo fascinante y
repulsivo. Pero había otras personas, tanto dentro como fuera de nuestro
grupo, que no pensaban así. Sin embargo, la
misma cualidad ofensiva de su conducta parecía garantizar la
autenticidad de lo que afirmaba ser y, sorprendentemente,
hubo pocas protestas ante sus travesuras. El invitado del mundo, el
vagabundo surgido del tiempo era inmune; y el mundo, aunque atónito e inseguro, le
recibía cordialmente.
Hicimos cuanto pudimos para evitar las
calamidades. Aprendimos cómo mantener a
Vornan lejos de los individuos pomposos y fácilmente vulnerables, que
seguramente provocarían alguna diablura por su
parte. Le habíamos visto contemplar con
burlón asombro el inmenso seno de una matronal mecenas de las artes que nos estaba guiando a través del espléndido museo de Cleveland; miraba el profundo
valle que había entre los dos erguidos picos blancos con tan
aguda concentración que debimos prever
problemas, pero no logramos
intervenir a tiempo cuando Vornan alargó de repente un dedo, hundiéndolo
alegremente en aquel surco cósmico, y emitió
la más leve de su asombroso repertorio de sacudidas eléctricas. Después de aquello mantuvimos lejos de
él a las mujeres de media edad
dotadas de senos abundantes y vestidas con
trajes escotados. Aprendimos a desviarle de otros blancos parecidos en
los que pudiera perforarse la vanidad, y si tuvimos un éxito por cada docena de fracasos, ya era suficiente con eso.
Donde no lo hicimos tan bien fue en extraerle
información sobre la era de la cual decía venir, o sobre
cualquier cosa que hubiera tenido lugar
entre entonces y ahora. De vez en cuando
nos dejaba obtener alguna brizna de dato, como su vaga mención de un no explicado trastorno
político al cual se refería llamándole el Tiempo del Barrido. Habló de
visitantes de otras estrellas, y charló un poco sobre la estructura política de
la ambigua entidad nacional a la cual llamaba la Centralidad, pero en esencia no nos dijo nada. En sus
palabras no había sustancia alguna; lo único que nos daba era un vago
perfil general.
Todos tuvimos abundantes oportunidades de
interrogarle. Se sometió a nuestras preguntas con un obvio aburrimiento, pero
logró esquivar cualquier auténtico interrogatorio. Una tarde hablé con él durante varias horas, en San
Luis, intentando sacarle información sobre los
temas de interés más inmediato para mí. Sólo
obtuve el vacío.
—Vornan, ¿no quieres contarme algo sobre cómo
llegaste a nuestro tiempo? ¿Sobre el mecanismo de transporte en
sí?
—¿Quieres saber algo sobre mi máquina del
tiempo?
—Sí. Sí. Tu máquina del tiempo.
—No es realmente una máquina, Leo. Es decir, no debes pensar en ella
como en algo que tiene palancas, diales y ese tipo de cosas.
—¿Quieres describírmela?
Se encogió de hombros.
—No es fácil. Es… bueno, más una abstracción
que cualquier otra cosa. No veo gran parte de ella. Entras
en una habitación y un campo empieza a
operar y… —su voz se fue apagando hasta
desvanecerse—. Lo siento. No soy un científico.
Realmente, sólo vi la habitación.
—¿Eran otros los que hacían funcionar la
máquina?
—Sí, sí, por supuesto. Yo era sólo el
pasajero.
—Y la fuerza que te desplaza a través del
tiempo…
—Querido Leo, de veras, no puedo ni
imaginarme en qué consiste.
—Yo tampoco, Vornan. Ahí está el problema.
Todo cuanto sé sobre la física me grita que no puedes hacer
retroceder en el tiempo a un hombre vivo.
—Pero yo estoy aquí, Leo. Soy la prueba.
—Suponiendo que hayas viajado realmente por
el tiempo.
Pareció alicaído. Su mano cogió la mía; sus
dedos eran fríos y extrañamente suaves y lisos.
—Leo —dijo, herido—, ¿estás expresando suspicacia?
—Sencillamente, estoy intentando descubrir
cómo funciona tu máquina del tiempo.
—Te lo diría si lo supiera. Créeme, Leo.
Personalmente no siento hacia ti otra cosa que no sea el más cálido
aprecio, así como por todos los demás individuos llenos de sinceridad, entusiasmo y coraje que he encontrado en vuestra
época. Pero, sencillamente, no lo
sé. Mira, si te metieras en tu coche y volvieras
al año 800 y alguien te pidiera que le explicases cómo funciona ese coche, ¿serías capaz de hacerlo?
—Sería capaz de explicar algunos principios
fundamentales. No podría construir un
automóvil, Vornan, pero sé qué le hace moverse. Tú ni tan siquiera me estás diciendo eso.
—Es infinitamente más complicado.
—Quizá podría ver la máquina.
—Oh, no —dijo Vornan sin alterarse—. Se
encuentra a mil años más arriba de la línea
temporal. Me dejó aquí y me volverá a llevar cuando decida
marcharme; pero la máquina en sí, que ya te
digo no es exactamente una máquina, se quedó ahí.
—¿Cómo darás la señal para que te lleve? —le
pregunté.
Fingió no haberme oído. En vez de responder empezó a interrogarme
sobre cuáles eran mis responsabilidades en la universidad;
el truco que utilizó, enfrentarse a una pregunta incómoda haciendo sus propias preguntas, era de lo más habitual
en él. No logré sacarle ni una sola gota de información. Abandoné la sesión con
mi escepticismo básico renacido. No podía
hablarme de cuál era la mecánica del viaje temporal, porque no había viajado en el tiempo. Q.E.D.: fraude. En
el tema de la conversión energética se mostraba igual de evasivo. No pensaba decirme cuándo había empezado
a utilizarse, ni cómo funcionaba, ni a quién se atribuía su invención.
Pero de vez en cuando los demás tenían más
suerte con Vornan. Quien la tuvo en grado más notable fue Lloyd
Kolff, que, probablemente por haber aireado
en voz alta sus dudas sobre su autenticidad ante el mismo Vornan, fue
obsequiado con una notable conferencia. Kolff no se había molestado en interrogar a Vornan durante las
primeras semanas de nuestra gira,
posiblemente porque consideraba a Vornan
como un artefacto sintético, posiblemente porque era demasiado perezoso como para tomarse tal trabajo.
El viejo filólogo había revelado una
veta de indolencia asombrosamente
vasta; estaba totalmente claro que vivía de los laureles profesionales ganados veinte o treinta años antes
y que ahora prefería pasar su tiempo
en banquetes, persiguiendo a las mujeres
y aceptando el sincero homenaje de los hombres más jóvenes de su disciplina.
Había descubierto que el viejo Lloyd no
llevaba publicado ni un solo trabajo significativo desde 1980. Empezaba a dar la impresión de que
consideraba nuestra misión actual
como un mero viaje de placer, un modo relajante de pasar un invierno que de otra forma habría tenido que ser soportado en el grisáceo ambiente de Morningside
Heights. Pero en Denver, una nevada noche de febrero, Kolff decidió finalmente atacar a Vornan desde el ángulo
lingüístico. No sé porqué.
Estuvieron encerrados durante un largo tiempo. A través de las
delgadas paredes del hotel podíamos oír la retumbante voz de Kolff cantando rítmicamente en un lenguaje que ninguno de nosotros comprendía: quizá recitando
versos eróticos en sánscrito para Vornan. Después tradujo y nos fue
posible captar de vez en cuando alguna
palabra salaz, incluso una o dos
atrevidas líneas sobre los placeres del amor. Pasado un rato perdimos interés en ello; ya habíamos oído
con anterioridad los recitales de
Kolff. Cuando me tomé la molestia de volver
a escuchar, percibí la suave risa de Vornan abriéndose paso como un escalpelo de plata por entre los
relinchos de Kolff, y después oí
confusamente cómo el visitante hablaba en una lengua desconocida. Ahí
dentro parecían estar pasando cosas serias. Kolff le hizo callar, le preguntó
algo, recitó unas líneas de su cosecha
propia y Vornan habló de nuevo. En ese instante, Kralick entró en
nuestra habitación para darnos copias del itinerario
previsto para el día siguiente —llevaríamos a Vornan a una mina de oro, nada menos—, y dejamos de
prestarle atención al interrogatorio
de Kolff.
Una hora después, Kolff entró en la habitación donde estábamos sentados los demás. Parecía
trastornado, y estaba bastante rojo.
Se dio unos fuertes tirones de un carnoso lóbulo, pellizcó los rollos de grasa que había en su nuca
e hizo crujir sus nudillos con un sonido parecido al de las balas al
rebotar.
—Maldición —murmuró—. ¡Maldición eterna e imperecedera! —cruzó la habitación, se quedó durante un rato
delante de la ventana, contemplando
los rascacielos coronados de nieve, y
luego dijo—: ¿Qué hay para beber?
—Ron, bourbon, escocés… —dijo Helen—.
Sírvete tú mismo.
Kolff fue oscilando pesadamente hacia la mesa
donde estaban las botellas medio vacías, cogió la de bourbon y se sirvió una ración capaz de paralizar a un
hipopótamo. Se la tragó seguida, en tres o cuatro
sorbos codiciosos, y dejó que el vaso cayera
al esponjoso suelo. Luego se quedó inmóvil, los pies firmemente plantados, atormentando el lóbulo de su oreja. Le oí maldecir en lo que podría haber sido inglés
medieval.
—¿Sacaste algo en claro de él?
—preguntó por fin Aster.
—Sí. Mucho —Kolff se hundió en un sillón y
puso en marcha el vibrador— ¡Le he sacado que
no es ningún fraude!
Heyman dio un respingo. Helen puso cara de
asombro; yo no la había visto perder nunca
la compostura anteriormente.
—¿Qué infiernos quieres decir, Lloyd?
—farfulló Fields.
—Me habló… en su propio lenguaje —dijo Kolff
con voz pastosa—. Durante media hora.
Lo tengo todo grabado. Mañana se lo daré al ordenador para el análisis. Pero
puedo afirmar que no era ningún fraude. Sólo un
genio de la lingüística podría haber inventado un lenguaje como ése, y no lo
habría hecho tan bien. —Kolff se dio una palmada en la frente—.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Un hombre llegado a
través del tiempo! ¿Cómo es posible?
―¿Le comprendiste? —pregunté Heyman.
―Dadme algo más
de beber —dijo Kolff.
Aceptó la botella de bourbon que le tendía Aster y se la llevó a los labios. Se
rascó su velludo vientre. Se pasó la mano ante los ojos como si estuviera intentando barrer telarañas. Y,
finalmente, dijo:
―No, no Le entendí. Sólo detecté pautas.
Habla el hijo del inglés… pero es un inglés tan
alejado de nuestro tiempo como el lenguaje de
la Crónica Anglosajona. Está lleno de raíces asiáticas. Pedazos de mandarín, pedazos de bengalí, pedazos de japonés. Estoy seguro de que hay árabe en él. Y
malayo. Es un chop-suey de
lenguajes… —Kolff eructó—. Mirad, nuestro inglés ya es un gran estofado. Tiene danés, francés normando, sajón,
un lío de cosas, dos corrientes, una latina y una teutónica. Por lo tanto, tenemos palabras duplicadas que
quieren decir lo mismo, pero que vienen de
cada corriente. Sin embargo, las dos fluyen de la misma fuente, la
vieja lengua nuitter indoeuropea. En
el tiempo de Vornan, ya han cambiado eso. Han tomado palabras de otros grupos ancestrales. Le han dado vueltas
a todo. ¡Qué lenguaje! Puedes decir cualquier cosa en un lenguaje como ése. ¡Cualquier cosa! Pero ahí sólo están las raíces.
Las palabras han sido pulidas igual que guijarros en un arroyo, toda la
aspereza ha quedado suavizada, las inflexiones se han esfumado. Emite diez sonidos, y transmite veinte frases. La
gramática… me harían falta cincuenta años más para encontrar la gramática. Y
quinientos para entenderla. El desprenderse de la gramática… una
bullabesa de sonidos, un pot-au-feu del lenguaje… ¡increíble, increíble! Se ha
producido otro desplazamiento de vocales, mucho más radical que el último. Habla… es como poesía. Un sueño de poesía
que nadie puede comprender. Sólo
cogí fragmentos, trozos…
Kolff se quedó callado. Se dio un masaje en la inmensa bóveda de su vientre. Nunca le había visto ponerse serio antes.
Fue un instante profundamente
conmovedor. Fields lo destruyó.
—Lloyd, ¿cómo puedes estar seguro de no
haberte imaginado todo esto? ¿Cómo puedes interpretar un lenguaje que no te es posible comprender? Si no puedes detectar una
gramática, ¿cómo estás seguro de que no se
limitaba a soltarte un parloteo sin sentido?
—Eres un idiota —dijo Kolff
tranquilamente—. Deberías coger tu cabeza y
hacer que te sacaran el veneno con una bomba de succión. Pero entonces
se te desinflaría el cráneo.
Fields se atragantó. Heyman se puso en pie y
empezó a ir de un lado para otro con
rápidas zancadas de pingüino; parecía estar atravesando por una nueva crisis interna. Yo mismo sentía una gran inquietud. Si Kolff había sido
convertido, ¿qué esperanza quedaba de que
Vornan no fuera lo que pretendía ser? Las pruebas se estaban
acumulando. Quizá todo esto era sólo una
fantasía ebria tejida por el cerebro decadente de Kolff. Quizá Aster había malinterpretado los datos del
examen médico de Vornan. Quizá. Quizá. Que Dios me ayude, no quería creer
que Vornan fuese real, pues ¿dónde dejaría eso mis propios logros científicos? Y me dolía saber que
estaba violando esa nebulosa
abstracción, el código de la ciencia, erigiendo una estructura a
priori para mi propia conveniencia emocional.
Me gustara o no, esa estructura estaba derrumbándose. Quizá. Me pregunté durante cuánto tiempo intentaría seguir apuntalándola. ¿Cuándo aceptaría todo, como
había aceptado Aster, como había
aceptado ahora Kolff? ¿Cuando Vornan hiciese un viaje en el tiempo
delante de mis ojos?
—¿Por qué no nos pasas la cinta, Lloyd? —dijo dulcemente Helen.
—Sí. Sí. La cinta…
Extrajo de su bolsillo un pequeño cubo grabador y, con cierta torpeza, logró introducirlo
en la rendija de la unidad reproductora.
Apretó el control sónico y de repente por la
habitación fluyó un torrente de sonidos suaves y algo
ahogados. Me esforcé por oír algo. Vornan hablaba de una forma a medio camino entre el arte y el juego, variando la entonación y el timbre de voz, de tal modo que su
discurso se aproximaba a la canción, y de vez en cuando un fragmento
obsesionante de una palabra comprensible parecía pasar velozmente junto a mis oídos. Pero no entendí nada.
Kolff formó un puente con sus gruesos dedos, asintiendo y sonriendo, meneando su zapato en algún momento de particular
importancia, murmurando de vez en
cuando:
―Sí. ¿Lo veis? ¿Lo veis?
Pero yo no veía
nada, y tampoco oía nada; todo era puro sonido, ahora perlino, ahora azulado, ahora un turquesa oscuro,
todo misterioso, nada de aquello inteligible. El cubo llegó a su final, y cuando hubo terminado nos quedamos
sentados en silencio, como si la
melodía de las palabras de Vornan aún perdurase
en el aire… y supe que nada se había probado, al menos no a mí, aunque
Lloyd pudiera decidir aceptar aquellos sonidos
como un idioma hijo del inglés. Kolff se puso en pie solemnemente y se guardó el cubo en el bolsillo. Se volvió
hacia Helen McIlwain, cuyos rasgos
estaban transfigurados cual si hubiera asistido a un rito increíblemente
sagrado.
—Ven —dijo, y tocó su huesuda muñeca—. Es hora
de dormir, y no es una noche para dormir
solo. Ven conmigo.
Salieron de la habitación
juntos. Yo seguí oyendo la voz de Vornan, declamando gravemente un largo pasaje
en un idioma al que le faltaban siglos por
nacer, o posiblemente profiriendo una ristra de tonterías, y sentí que aquella canción de cuna, el sonido del futuro… o el sonido del fraude ingenioso, me iba
llevando al sueño.
DOCE
Nuestra caravana avanzó hacia el oeste, de la
nevada Denver a una soleada bienvenida en California, pero
yo no acompañé a los otros. Había surgido
en mí una gran inquietud, una
impaciencia por alejarme de Vornan, Heyman, Kolff y el resto, al menos durante cierto tiempo. Ya
llevaba un mes en esta gira, y
estaba empezando a sentir sus efectos. Así pues, le pedí a Kralick que me diera
permiso para un breve período de
ausencia; me lo concedió y partí hacia el sur, hacia Arizona, a la casa del desierto de Jack y Shirley Bryant,
con el acuerdo de que volvería a reunirme con el grupo una semana después en Los Angeles.
La última vez que vi a Jack y Shirley, enero
estaba empezando; ahora estábamos a mediados de febrero, así
que realmente apenas si había pasado el
tiempo. Sin embargo, interiormente
tenía que haber transcurrido un gran lapso de tiempo, para ellos y para mí. Vi cambios en ellos. Jack parecía cansado y tenso, como si últimamente hubiera
estado durmiendo mal; sus movimientos eran nerviosos y algo
espasmódicos, y me recordó al viejo Jack, el pálido chico del este que había venido a mi laboratorio hacía tantos años. Había
sufrido una regresión. La calma del desierto le había abandonado.
También Shirley parecía hallarse bajo alguna clase de tensión. El brillo de su dorada cabellera estaba apagado, y
ahora adoptaba posturas rígidas; vi
cómo en su garganta se formaban una y otra
vez cables de tensa musculatura. Su respuesta a la tensión era un exceso de alegría compensatoria. Reía
demasiado a menudo y demasiado alto; su voz subía frecuentemente de tono en una forma antinatural, haciéndose
estridente, áspera y vibrante. Parecía mucho mayor; si en diciembre había
aparentado veinticinco años en lugar
de los treinta y pocos que le correspondían,
ahora parecía hallarse a punto de cumplir los cuarenta. Noté todo esto en los primeros minutos de mi llegada, cuando
tales alteraciones resultan más conspicuas. Pero no dije nada de lo que vi, y fue mejor que obrara de
esa forma, pues las primeras palabras que me dijo Jack fueron:
—Pareces cansado, Leo. Este asunto debe
haberte exigido un gran esfuerzo.
YShirley:
—Sí, pobre Leo. Todo ese ridículo viajar de un
lado para otro… Necesitas un buen descanso. ¿No puedes
arreglártelas para quedarte aquí más de una semana?
—¿Tan desastroso estoy? —pregunté—. ¿Resulta
tan obvio?
—Un poco del sol de Arizona hará milagros —dijo Shirley, y se rió de esa nueva y horrible forma suya.
El primer día no hicimos gran cosa, aparte de absorber el sol de Arizona. Nos tendimos los tres en el
solano, y después de aquellas semanas de brumoso invierno en el Este era
una pura delicia sentir el calor sobre mi
piel desnuda. Con su tacto de siempre, ninguno de los dos sacó a relucir
ese día el tema de mis recientes
actividades: tomamos sol y dormitamos, hablamos
un poco y por la noche tuvimos un festín con carne a la parrilla y una excelente botella de
Chambertin del 88. Mientras que el
frío de la noche barría el desierto, nos tendimos sobre la gruesa
alfombra para escuchar las danzarinas melodías
de Mozart, y todo cuanto había hecho y visto en las últimas semanas se
fue desprendiendo de mí y se me hizo irreal.
Por la mañana me desperté temprano ―mi reloj
interno estaba confundido por el cruce
de zonas temporales― y caminé un rato por el desierto. Cuando volví,
Jack estaba levantado. Se encontraba
sentado al borde del cauce seco, tallando algo en un pedazo de madera nudosa y de aspecto grasiento. Nada más
acercarme, sin poderse contener, dijo:
—Leo, ¿descubriste algo sobre…?
—No.
—¿…la conversión energética?
Meneé la cabeza.
—Lo he intentado, Jack. Pero no hay forma de
sacarle a Vornan nada que él no quiera
contarte. Y no está dispuesto a dar datos claros
sobre ninguna cosa. Es un auténtico diablo esquivando las preguntas.
—No sé qué hacer, Leo. La posibilidad de que
algo creado por mí destruya la sociedad…
—Olvídalo, ¿quieres? Jack, has penetrado una
frontera. Publica tu trabajo y acepta tu
Nobel, y al infierno con cualquier mal uso que la
posteridad consiga sacar de él. Has estado haciendo investigación pura. ¿Por qué crucificarte a ti mismo con sus posibles aplicaciones?
—Los hombres que desarrollaron la bomba debieron decirse las mismas cosas —murmuró Jack.
—¿Han estado cayendo bombas últimamente? Y mientras tanto, tu casa funciona con un reactor de
bolsillo. Podrías estar encendiendo fogatas de madera si esos chicos no
hubieran descubierto la fisión nuclear.
—Pero sus almas… sus almas…
Perdí la paciencia.
—¡Adoramos sus condenadas almas! Eran
científicos; hicieron cuanto podían y
llegaron a alguna parte. Y cambiaron el mundo,
seguro que sí, pero tenían que hacerlo. Por entonces había una guerra, ¿sabes? La civilización estaba
en peligro. Inventaron algo que causó
un montón de problemas, de acuerdo,
pero que también hizo mucho bien. Tú ni siquiera has inventado nada. Ecuaciones. Principios básicos.
¡Y aquí estás, sentado y
compadeciéndote de ti mismo porque piensas que has traicionado a la humanidad! Cuanto has hecho es usar tu cerebro, Jack, y si en tu filosofía eso es una traición a la humanidad, entonces sería mejor que…
—Está bien, Leo —dijo en voz baja—. Me
confieso culpable del cargo; autocompasión y
martirio voluntariamente solicitado. Condéname a muerte, y después
cambiemos de tema. ¿Cuál es tu opinión como
experto sobre ese Vornan? ¿Es real,
o un fraude? Le has visto de cerca.
—No lo sé.
—El viejo y buen Leo… —dijo salvajemente—.
¡Siempre incisivo! ¡Siempre teniendo a
punto la respuesta segura!
—No es tan sencillo, Jack. ¿Has estado viendo a Vornan en la pantalla?
—Sí.
—Entonces sabes que es complicado. Un
bastardo lleno de trucos, el tipo con más trucos
que me haya encontrado nunca.
—Pero, Leo, ¿no tienes ninguna intuición,
ninguna respuesta inmediata, un sí o un no,
verdad o mentira?
—La tengo —dije.
—¿Y piensas guardártela en secreto?
Me humedecí los labios y tracé un surco con
el pie sobre la arena.
—Lo que intuyo es que Vornan es lo que
dice ser.
—¿Un hombre del año 2999?
—Un viajero llegado del futuro —dije.
A mi espalda, Shirley se rió en un seco
crescendo.
—¡Eso es maravilloso, Leo! Finalmente has aprendido cómo abrazar lo
irracional…
Se nos había acercado por detrás, desnuda,
una diosa de la mañana, tan hermosa que te
dejaba sin aliento, su cabello igual que una
bandera en la brisa. Pero sus ojos eran demasiado brillantes y relucían con ese nuevo destello, siempre inmóvil.
—La irracionalidad es una amante llena de
espinas —dije—. No me alegra compartir mi lecho con ella.
—¿Por qué piensas que es auténtico? —insistió
Jack.
Le hablé de la muestra de sangre, y de la experiencia de Lloyd Kolff con el lenguaje hablado por Vornan.
Añadí algunas impresiones puramente
intuitivas que había ido reuniendo. Shirley pareció encantada, Jack
pensativo. Finalmente, dijo:
—¿No sabes nada sobre los fundamentos
científicos de ese supuesto medio para el transporte
temporal?
—Nada de nada. No habla de ello.
—No me extraña. No querrá que el año 2999 sea
invadido por un montón de bárbaros
peludos que han logrado fabricar una máquina del tiempo partiendo de su
descripción.
—Quizá se trate de eso… un asunto de seguridad
—dije.
Jack cerró los ojos. Se balanceó hacia
delante y hacia atrás sobre sus talones.
—Si es real, entonces todo ese asunto de la
energía también lo es, y sigue
existiendo la posibilidad de que…
—Basta, Jack —dije yo ferozmente—. ¡Olvida eso!
Interrumpió sus lamentaciones con un
esfuerzo. Shirley tiró de él, haciéndole
levantarse.
—¿Qué hay para desayunar? —dije.
—¿Qué te parece trucha de río, directamente sacada del refrigerador?
—Me parece bastante bien.
Le di una amistosa palmada en su
firme trasero y la mandé de vuelta hacia la casa. Jack y yo la seguimos, andando más despacio. Ahora Jack
estaba más tranquilo.
—Me gustaría hablar yo mismo de todo esto con Vornan —dijo Jack—. Quizá diez minutos. ¿Podrías
arreglarlo?
—Lo dudo. Se están concediendo muy pocas
entrevistas privadas. El Gobierno le tiene
muy vigilado… o al menos lo intenta. Y me temo que si no eres un obispo,
o un presidente de alguna gran compañía, o
un poeta famoso, no tienes ni una oportunidad. Pero no importa, Jack. No te
dirá lo que quieres saber. Estoy seguro de ello.
—Con todo, me gustaría intentar sacárselo.
Acuérdate de eso.
Prometí que lo haría, pero veía pocas posibilidades de conseguirlo. Durante el desayuno logramos abordar
temas de conversación menos
problemáticos. Después Jack desapareció para terminar algo que estaba
escribiendo, y Shirley y yo fuimos al
solario. Dijo que estaba preocupada por Jack; estaba tan terriblemente
obsesionado por lo que el futuro pudiera pensar de él… No sabía cómo conseguir que se relajase y lo olvidara.
—Compréndelo, no es nada nuevo. Ha estado ocurriendo desde que le conocí, desde que estaba contigo en
la Universidad. Pero cuando apareció Vornan, se ha vuelto cincuenta veces
peor. Ahora cree realmente que su manuscrito va a cambiar toda la historia del futuro. La semana pasada dijo que ojalá
los Apocaliptistas tuvieran razón. Quiere que el mundo estalle en pedazos el próximo enero. Está enfermo, Leo.
—Ya veo. Pero es una enfermedad que no intentará curar.
En voz muy baja, acercándose de tal forma que
podría haber pegado mis labios a los suyos, me dijo:
—¿Estabas ocultándole algo? Cuéntame la
verdad. ¿Qué dijo Vornan sobre la energía?
—Nada. Lo juro.
—Y tú crees realmente que él es…
—La mayor parte del tiempo. No estoy
convencido. Ya sabes, tengo reservas
científicas al respecto.
—¿Y aparte de ellas?
—Le creo —dije.
Nos quedamos callados. Dejé que mis ojos
recorrieran el promontorio de su columna
vertebral hasta el florecer de sus caderas. Cuentas
de transpiración relucían sobre sus nalgas bronceadas, vueltas hacia arriba. Tenía los pies estirados, y sus dedos se juntaban en un pequeño gesto de tensión.
—Jack quiere ver a Vornan —dijo.
—Losé.
—Yo también. Deja que lo confiese, Leo: le
deseo.
—La mayor parte de las mujeres le desean.
—Nunca le he sido infiel a Jack. Pero con Vornan lo sería. Primero se lo diría a Jack, por supuesto. Pero me
siento atraída hacia él. Sólo con verle por televisión quiero tocarle,
sentirle junto a mí, dentro de mí. ¿Te
escandalizo, Leo?
—No seas tonta.
—Lo que me consuela es saber que nunca tendré
la oportunidad. Debe haber un millón de
mujeres delante mío en la cola. Leo, ¿te has dado cuenta de la
histeria que está concentrándose alrededor
de este hombre? Es casi un culto. Está acabando
con el Apocaliptismo prácticamente de la noche a la mañana. El otoño pasado
todos pensaban que el mundo estaba a
punto de terminar, y ahora todo el mundo piensa que vamos a vernos
repletos de turistas llegados del futuro. Miro los rostros de las personas que hay en las pantallas, los que siguen a Vornan por todas partes, lanzando
vítores, arrodillándose… Es como un
mesías. ¿Hay algo que te suene a racional en lo que digo?
—Todo. No estoy ciego, Shirley. Lo he visto de
cerca.
—Me asusta.
—A mí también.
—Y cuando dices que te parece auténtico… tú, el viejo y escéptico Leo
Garfield… eso aún da más miedo. —Shirley me hizo
oír una vez más su estridente risita—. Viviendo aquí, al borde de la nada, a veces pienso que todo el
mundo está loco, salvo Jack y yo.
—Y últimamente has estado teniendo tus dudas
respecto a Jack.
—Bueno, sí… —su mano cubrió la mía—. ¿Por qué
estará respondiendo de esta forma la gente a Vornan?
—Porque antes nunca ha existido nadie como él.
—No es la primera figura carismática que
aparece.
—Es la primera que utiliza ese tipo de
historia —dije—. Y la primera en la
época de las comunicaciones modernas. El mundo entero
puede verle en tres dimensiones y colores naturales
durante todo el tiempo. Sabe llegar a ellos. Sus ojos… su sonrisa… Ese
hombre tiene poder, Shirley. Tú lo sientes a través
de la pantalla. Yo lo siento de cerca.
—¿Qué acabará pasando?
—Acabará volviendo al año 2999 —dije con voz
jovial—, y escribirá un libro que se venderá mucho sobre sus antepasados primitivos.
Shirley lanzó una hueca carcajada, y dejamos que la conversación fuera
agonizando hasta terminar. Sus palabras me turbaban. No es que me sorprendiera
descubrir que se veía atraída hacia Vornan;
lo que me trastornaba era que estuviese dispuesta a admitirlo ante mí. Me irritaba haberme convertido en el confidente de sus pasiones. Una mujer admite
sus deseos ilícitos ante el eunuco
de un harén, quizá, o ante otra mujer, pero no ante un hombre del que comprende
siente deseos reprimidos hacia ella.
Seguramente debía saber que si no fuera por mi respeto a su matrimonio, ya habría intentado poseerla hacía mucho tiempo, y habría sido recibido de
buena gana. Entonces, ¿por qué
contarme tales cosas, sabiendo que debían hacerme daño? ¿Pensaba que utilizaría
mi supuesta influencia para atraer a Vornan hasta su cama? ¿Que por amor hacia
ella jugaría a ser un alcahuete?
Pasamos el resto del día sin hacer nada.
Hacia finales de la tarde apareció
Jack y dijo:
—Puede que no te interese, pero Vornan sale en
la pantalla. Está siendo entrevistado en
San Diego por un grupo de teólogos, filósofos y
similares. ¿Quieres verlo?
Realmente no, pensé. Había venido aquí para escapar de Vornan y, sin que pudiera saber cómo, no pasaba
ni un instante sin que alguien le
mencionara. Pero no supe qué responder, y Shirley dijo que sí.
Jack activó la pantalla más cercana a nosotros y ahí estaba Vornan, a tamaño natural,
irradiando encanto en tres dimensiones. La cámara nos dio una imagen completa
del grupo que le interrogaba: cinco distinguidos expertos en escatología, a un par de los cuales reconocí. Observé las cejas caídas y la prolongada nariz de
Milton Clayhorn, una de las
eminencias de nuestro campus de San Diego,
el hombre que, decían, había consagrado toda su carrera al objetivo de
sacar a Cristo del Cristianismo. Vi los toscos rasgos y la piel manchada por la edad del doctor Naomi Gersten, tras cuyos ojos de párpados caídos
acechaban seiscientos años de angustia semítica. Los otros tres parecían familiares; sospeché que habían sido
cuidadosamente elegidos para representar a cada credo. Habíamos llegado con la
discusión ya bien avanzada, pero, como resultó, justo a tiempo para captar la detonación de los megatones de la bomba
de Vornan.
—¿…ningún movimiento religioso organizado en
su era, sea el que sea? —estaba diciendo Clayhorn—. ¿Una desaparición de la iglesia, por expresarlo de esa forma?
Vornan asintió con un breve gesto de cabeza.
—Pero la idea religiosa en sí —vociferó
Clayhorn— ]Eso no puede haber desaparecido! ¡Hay ciertas verdades
eternas! El hombre debe establecer una relación que delinee los límites del universo y los confines de su propia alma.
Él…
—Quizá podría explicarnos si entiende en lo
más mínimo a qué nos referimos con la
palabra religión, ¿eh? —le dijo el doctor Gersten a Vornan con su
vocecilla cascada.
—Ciertamente. Una afirmación de la dependencia
humana con respecto a una fuerza externa más poderosa —dijo Vornan, pareciendo
muy complacido consigo mismo.
—Creo que es una formulación excelente, ¿no
le parece, monseñor? —dijo un moderador de voz sedosa.
Ahora reconocía al hombre de mentón
prominente con el alzacuello: Meehan, un sacerdote de la televisión,
él mismo una figura de bastante carisma,
quien dejó transcurrir un momento para aumentar la resonancia de sus palabras y
dijo:
—Sí, a su manera está excelentemente
expresado. Es refrescante saber que
nuestro invitado comprende el concepto de la religión, incluso si… —el monseñor mostró una momentánea grieta en su fachada— …como dice, nuestras
religiones actuales han dejado de
representar un papel significativo en la vida de sus tiempos.
Me aventuro a decir que quizá el señor Vornan está
subestimando la fuerza de la religión en su día, y posiblemente, como muchos individuos de hoy, está
proyectando su falta personal de
creencias sobre la sociedad como un todo. ¿Podría obtener un comentario
sobre esto?
Vornan sonrió. Algo ominoso destelló en sus
ojos. Sentí el apretón del miedo. ¡Usando los
ojos y los labios al mismo tiempo! Estaba
tensando la catapulta para un golpe que aplastaría las
murallas del enemigo. Los miembros del grupo también se dieron cuenta de ello.
Clayhorn se encogió. El doctor Gersten
pareció desvanecerse dentro de los pliegues de su propio cuello, igual que una
tortuga asustada. El famoso monseñor
se tensó igual que esperando la hoja de la guillotina.
—¿Quieren que les cuente lo que hemos
aprendido sobre la relación del hombre con el universo?
—dijo Vornan, con voz apacible y suave—.
Verán, hemos descubierto la forma en que llegó a existir la vida sobre
la tierra, y nuestro conocimiento de la
Creación ha tenido su efecto en nuestras creencias religiosas. Por favor,
entiendan que no soy un arqueólogo y no
puedo dar más detalles aparte de lo que diga aquí. Pero esto es lo que ahora sabemos: hubo un tiempo, en el
distante pasado, cuando nuestro planeta carecía totalmente de vida.
Había un mar cubriéndolo casi todo, con rocas aquí y allá, y tanto a la tierra como al mar les faltaba incluso
el más sencillo microbio. Entonces
nuestro planeta fue visitado por exploradores de otra estrella. No
aterrizaron. Se limitaron a orbitar nuestro
mundo y vieron que carecía de vida y, debido a eso, que no tenía interés para ellos. Se quedaron tan
sólo el tiempo suficiente para lanzar cierta basura que habían acumulado
a bordo de su nave y luego siguieron viaje
a otra parte, mientras la basura que habían tirado iba descendiendo a través
de la atmósfera de la Tierra y acababa
llegando al mar, introduciendo
ciertos factores que crearon una perturbación química, la cual puso en movimiento el inicio del proceso que
tuvo como resultado el fenómeno conocido como… —el grupo de interrogadores
era un auténtico torbellino; la cámara giró, implacable, para revelar las muecas, los fruncimientos de ceño, los ojos enloquecidos, las mandíbulas como de piedra,
los labios que se abrían— …vida en la Tierra.
TRECE
Al final de mi semana de permiso me despedí
de Shirley con un beso, le dije a Jack que se tomara las cosas con calma y partí hacia Tucson para ser enviado dentro de un
módulo a Los Angeles. Llegué allí sólo
unas cuantas horas después de que el resto del equipo hubiera subido
por la costa desde San Diego. El impacto de
aquel programa con Vornan seguía despertando
ecos a lo ancho de todo el país. Quizá nunca antes en toda la historia humana
se había enunciado un gran dogma teológico por televisión en una conexión
a todo el planeta; desde luego, éste se difundió por el mundo, igual que la
contaminación de la basura primordial había infectado los mares estériles. Con afabilidad, sin alzar la
voz, con gran delicadeza y suavidad,
Vornan había minado la fe religiosa de cuatro
mil millones de seres humanos. Ciertamente, había que admirar su habilidad.
Jack, Shirley y yo habíamos presenciado el desarrollo de las reacciones con una fría fascinación. Vornan
había presentado su creencia como un
hecho comprobado, el resultado de cuidadosas investigaciones y detalles
corroborativos obtenidos de seres que
habían visitado el mundo de su tiempo. Como de costumbre, no ofreció
ninguna subestructura de datos: meramente la
afirmación, desnuda y elíptica. Pero quien se hubiera tragado las noticias de que un hombre había llegado hasta
nosotros procedente del año 2999, no tendría mucha dificultad en
tragarse la historia de la Creación dada por ese hombre; cuanto hacía falta eran unas mandíbulas flexibles. EL MUNDO NACIO DE LA BASURA, decían las cintas al día siguiente, y rápidamente el concepto pasó a ser de
dominio público.
Los Apocaliptistas, que habían estado callados
durante unas cuantas semanas,
volvieron a la vida. Realizaron vigorosas reuniones de protesta en todas las
ciudades del mundo. La pantalla nos mostraba sus rostros rígidos, sus ojos
relucientes, sus estandartes proclamando desafíos. Aprendí algo que antes no había ni tan siquiera sospechado sobre este
culto, que había brotado igual que un hongo:
estaba formado por una amalgama de componentes que procedían de
muchos sitios, creado a partir de los alienados, los que no tenían raíces, los rebeldes juveniles y —sorprendentemente—los
devotos. En el centro de las orgías de los Apocaliptistas, entre todos los ritos escatológicos y el fervor exhibicionista,
se encontraban los fundamentalistas mal vestidos y de mandíbula pétrea ―la quintaesencia del gótico norteamericano―, profundamente persuadidos de que al mundo
ciertamente le faltaba poco para
llegar a su final. Ahora veíamos a estas personas ocupando por primera vez una
posición dominante en los disturbios Apocaliptistas. No cometían ninguna bestialidad,
pero desfilaban por entre los fornicadores, aceptando benevolentemente su desvergüenza como una señal del fin que se aproximaba. Para estas personas, Vornan era el
Anticristo, y su dogma de la Creación
a partir de la basura era una estrepitosa
blasfemia.
Para otros era La Palabra. El grupo espontáneo de adoradores de Vornan
que había estado tomando forma en cada ciudad
ahora tenía no sólo un profeta, sino también un credo. «Somos basura y descendemos de la basura, y
debemos hacer a un lado toda la
autoexaltación mística y aceptar la realidad», decían estas personas. ¡Dios no existe, y Vornan es Su profeta!
Cuando llegué a Los Angeles me encontré a estos dos grupos enfrentados, desplegando todas sus fuerzas, y a
Vornan bajo una fuerte vigilancia. Sólo al precio de grandes dificultades logré reunirme nuevamente con nuestro grupo.
Tuvieron que llevarme en
helicóptero, dejándome en el techo de un hotel situado en la parte baja
de Los Angeles, mientras que a gran distancia
por debajo de mí los Apocaliptistas hacían piruetas y los adoradores de Vornan buscaban rebajarse
ante su ídolo. Kralick me llevó
hasta el borde del tejado y me hizo mirar a la confusa y convulsa masa en las
calles.
—¿Cuánto tiempo hace que ocurre esto?
—pregunté.
—Desde las nueve de la mañana. Llegamos a las
once. Podríamos hacer venir a las
tropas, pero de momento nos limitaremos a no
hacer nada y no movernos de aquí. Dicen que las turbas
cubren desde aquí hasta Pasadena.
—¡Eso es imposible! No…
—Mire hacia allí.
Era cieno. Una banda brillante se retorcía a
través de las calles, enroscándose más allá
de las relucientes torres del núcleo reconstruido de la ciudad,
llevando su hilo hasta el lejano cúmulo de las autopistas y desvaneciéndose en
algún punto hacia el este. Podía oír gritos, alaridos, gorgoteos. No quise mirar por más tiempo. Era un asedio en regla.
Vornan estaba enormemente divertido ante las
fuerzas que había liberado. Le encontré en
su corte acostumbrada, la suite del piso ochenta
y cinco del hotel; a su alrededor estaban Kolff, Heyman, Helen y Aster, unos
cuantos miembros de los medios de comunicación
y una gran cantidad de equipo. Fields no estaba allí. Después me enteré de que tenía una rabieta, y que había hecho otra intentona con Aster la noche antes
en San Diego. Cuando entré en la
habitación, Vornan estaba hablando de California,
creo que del tiempo. Se levantó inmediatamente y vino hacia mí, cogiéndome de los codos y clavando sus ojos en los míos.
—¡Leo, viejo amigo! ¡Cómo te he echado de
menos!
Verme tratado de aquella forma tan amistosa me
pilló por sorpresa, pero me las arreglé
para responder:
—He estado siguiendo tus pasos por las pantallas, Vornan.
—¿Has visto el programa de San Diego?
—preguntó Helen.
Asentí. Vornan parecía muy complacido consigo mismo. Hizo una vaga seña hacia la ventana y dijo:
—Ahí fuera hay una multitud muy numerosa.
¿Qué piensas que quieren?
—Están esperando tu próxima revelación —le
dije.
—El evangelio según san Vornan —murmuró Heyman
con expresión sombría.
Después obtuve unas noticias bastante
confusas de Kolff. Había pasado las cintas con lo dicho
por Vornan a través del ordenador del
departamento, en Columbia, con unos resultados no demasiado claros. El
ordenador estaba atónito ante la estructura
del lenguaje, y lo había convertido todo en fonemas sin llegar a ninguna conclusión. Sus análisis
indicaban la posibilidad de que Kolff
estuviera en lo correcto al pensar que eran
las palabras de un lenguaje muy evolucionado, y también la posibilidad de que Vornan se hubiera limitado
sencillamente a producir ruidos
aleatorios, dando de vez en cuando con alguna
combinación de sonidos que parecía representar una versión futurista de una palabra contemporánea.
Kolff daba la impresión de estar
bastante deprimido. En su primera oleada de entusiasmo había transmitido su evaluación sobre lo dicho por Vornan a los medios de comunicación, y eso
había ayudado a que se avivara la
histeria global; pero ahora no estaba del todo seguro de haber hecho la interpretación correcta.
—Si estoy equivocado, me habré destruido a mí
mismo, Leo —dijo—. He apoyado con todo mi prestigio lo que tal
vez sea una ridiculez, y de ser así, ya no
tengo más prestigio.
Estaba temblando. Parecía haber perdido diez kilos en los pocos días
transcurridos desde la última vez que le había visto; de
su rostro colgaban bolsas de piel flácida.
—¿Por qué no comprobar de nuevo los datos?
—dije—. Haz que Vornan repita lo que grabó
antes para ti. Luego pásale las dos cintas al
ordenador y comprueba la función de correlación. Si en la última ocasión estaba improvisando un parloteo sin sentido,
no será capaz de duplicarlo.
—Amigo mío, ésa fue mi primera idea.
—¿Y?
—No quiere volver a hablarme en su lenguaje.
Ha perdido el interés en mis
investigaciones. Se niega a pronunciar ni una sola sílaba.
—Eso me parece bastante sospechoso.
—Sí —dijo tristemente Kolff—. Por supuesto
que es sospechoso. Le he dicho que haciendo
algo tan sencillo puede destruir para
siempre todas las dudas respecto a su origen y él se ha negado. Le he dicho que negándose a hacerlo está invitándonos a que le consideremos un impostor, y
contesta que no le importa. ¿Está
engañándonos, es un embustero… o es que realmente no le importa? ¡Leo,
estoy destruido!
—Lloyd, tú percibiste una pauta lingüística,
¿no?
—Desde luego que sí. Pero puede que fuera tan
sólo una ilusión… una coincidencia de
valores sónicos.
Meneó la cabeza igual que una morsa herida, murmuró algo en persa o en pushtu y se alejó arrastrando los pies, el cuerpo
encorvado. Y comprendí que Vornan había
eliminado diabólicamente uno de los
argumentos principales para aceptarle como algo auténtico. Deliberadamente. Caprichosamente. Estaba jugando con nosotros…
con todos nosotros.
Esa noche se nos sirvió la cena en el hotel. No se podía ni soñar en que saliéramos, no con miles de personas
en las calles a nuestro alrededor.
Una de las cadenas de noticias pasó
un documental sobre el recorrido hecho por Vornan a lo largo del país, y lo
vimos. Vornan lo vio con nosotros, aunque en el pasado no había dado
muestras de gran interés sobre lo que los
medios de comunicación tenían que decir en cuanto a él. En cierto modo, deseé que no lo viera. El
documental se concentraba sobre el
impacto que había tenido en las emociones de la masa, y mostraba cosas que yo
no había sospechado: adolescentes de Illinois retorciéndose en un
éxtasis inducido por las drogas ante una
foto tridimensional de nuestro visitante. Africanos encendiendo inmensas
hogueras ceremoniales en cuyo grasiento humo azulado se decía que cobraba forma
la imagen de Vornan. Una mujer de Indiana
que había guardado las cintas de
cada programa televisivo concerniente al hombre del futuro, y que vendía
copias de ellas montadas en relicarios especiales. Vimos cómo se estaba
desarrollando un movimiento de masas hacia
el oeste; hordas de amantes de las curiosidades se estaban derramando a
través del continente con la esperanza de pillar a Vornan en sus
desplazamientos.
El ojo de la cámara bajó hacia las turbas que
habíamos visto tan a menudo, mostrándonos los
rígidos rostros de los fanáticos. Aquellas
personas deseaban una revelación de Vornan; querían profecías; querían la guía divina. Allí por donde iba, la
emoción y el nerviosismo parpadeaban igual que los relámpagos en una tormenta de verano. Me di cuenta de que
si Kolff llegaba a permitir alguna vez
que ese cubo con lo dicho por Vornan circulara
públicamente, provocaría una nueva manifestación de glosolalia… un salvaje estallido del hablar en lenguas
divinas en cuanto el parloteo sagrado se convirtiera, una vez más, en el camino hacia la salvación.
Estaba asustado. En los instantes más calmados del documental, miraba de soslayo a
Vornan y le vi mover la cabeza asintiendo con satisfacción, supremamente complacido con toda la agitación que estaba causando. Parecía disfrutar con el poder
que la publicidad y la curiosidad
habían colocado en sus manos. No importaba lo que le viniera en gana
decir: sería recibido con un gran interés,
discutido y vuelto a discutir, y rápidamente cristalizaría hasta convertirse en un artículo de fe aceptado por
millones de personas. Sólo a muy pocos hombres en la historia les ha sido dado tener semejante poder, y ninguno
de los predecesores carismáticos de
Vornan había tenido acceso a los canales de comunicación mundiales.
Me aterrorizaba. Hasta ahora Vornan había
parecido no sentir la más mínima preocupación por la respuesta
del mundo a su presencia, tan distante y
altivo como lo había estado el día en que subió desnudo las Escalinatas
Españolas, mientras un policía de Roma le
gritaba que se detuviese. Pero ahora
empezaba a surgir una corriente de alimentación en dos sentidos. Estaba viendo los documentales sobre su
propia persona: ¿disfrutaba con la
confusión que había engendrado? ¿Estaba planeando conscientemente nuevos trastornos?
Cuando actuaba con despreocupada inocencia, ya creaba la suficiente cantidad de
caos; motivado por una malicia deliberada,
podía aplastar la civilización. Al principio yo me había burlado de él, y luego
me había resultado divertido. Ahora
le tenía miedo.
Nuestra reunión se dispersó bastante pronto.
Vi a Fields hablando en tono apremiante
con Aster; ella meneó la cabeza, se encogió de
hombros y se alejó de él, dejándole con el ceño fruncido.
Vornan fue hacia Fields y le tocó suavemente el hombro. No tengo ni idea de qué
le dijo Vornan, pero la expresión de Fields
se hizo aún más sombría después. Salió de
la habitación, intentando dar un portazo con una puerta construida a prueba de portazos. Kolff y Helen se
fueron juntos. Yo me quedé un rato,
sin ninguna razón en particular para
ello. Mi habitación estaba junto a la de Aster, y fuimos juntos por el pasillo. Nos quedamos unos momentos
hablando delante de su puerta. Yo tenía la extraña impresión de que iba a invitarme a que entrara para pasar la noche;
parecía más animada de lo habitual,
con las pestañas agitándose y sus delicadas fosas nasales aleteando.
—¿Sabes cuánto tiempo vamos a continuar con
esta gira? —me preguntó. Le dije que no lo
sabía. Comentó que estaba pensando en volver a su laboratorio,
pero luego, con cierta tristeza, me hizo
otra confesión—: Me marcharía ahora mismo de no ser porque todo esto
empieza a interesarme mucho, aunque no quiera. Estoy interesada en Vornan. Leo,
¿te has dado cuenta de que está cambiando?
—¿En qué aspecto?
—Se está haciendo más consciente de lo que
ocurre a su alrededor. Al principio estaba
tan distanciado de todo, era tan distinto… ¿Recuerdas cuando me pidió
que me duchara con él?
—No puedo olvidarlo.
—De haber sido otro hombre me habría negado,
por supuesto. Pero Vornan lo dijo de una
forma tan directa… igual que lo haría un niño.
Supe que no había nada oculto en su petición. Pero ahora… ahora da la impresión de que quiere utilizar a la gente. Ya no se limita a ver las cosas, a ser un
turista. Está manipulando a todo el mundo.
Muy sutilmente.
Le dije que yo también había tenido todas
esas mismas ideas durante el programa de televisión, un poco antes. Sus ojos
brillaron; puntitos rosados brotaron en sus mejillas. Se humedeció los labios y
yo esperé oírle decir que ella y yo teníamos mucho en común y que
deberíamos conocernos mejor el uno al otro; pero cuanto dijo fue:
—Estoy asustada, Leo. Ojalá volviera al sitio
del que vino. Va a causar auténticos problemas.
—Kralick y compañía evitarán eso.
—No estoy segura —me dirigió una breve sonrisa llena de nerviosismo—. Bien, Leo, buenas noches. Duerme
bien.
Se había ido. Durante un largo instante me
quedé mirando su puerta cerrada, y la imagen robada de su delgado
cuerpo emergió de mi banco de memoria. Hasta
aquel momento Aster no había tenido
mucho atractivo físico para mí; a duras penas si parecía una mujer. De repente, comprendí lo que Morton Fields veía en ella. La deseé ferozmente. ¿Era
todo esto también parte de las
travesuras de Vornan? Sonreí. Ahora le estaba
echando la culpa de todo al visitante.
Mi mano seguía sobre la placa de la puerta de Aster y discutí conmigo mismo si
debía pedirle que me dejase entrar, pero en
vez de hacerlo acabé entrando en mi propia habitación. Conecté el
sello de la puerta, me desnudé y me preparé
para dormir.
Pero el sueño no llegó. Fui a la ventana para contemplar las turbas, pero se habían disipado. Era más de medianoche. Una rebanada de
luna colgaba sobre la inmensa ciudad. Cogí un
cuaderno de anotaciones en blanco y empecé a esbozar algunos teoremas
que habían acudido a mi mente durante la
cena: una forma de explicar una
doble inversión de carga en el viaje por el tiempo. Problema: suponiendo
que la inversión temporal es posible, crear una justificación matemática para
la conversión de la materia en antimateria,
y nuevamente a materia, antes de completar
un viaje. Trabajé rápidamente, y durante cierto tiempo incluso con resultados
convincentes. Estuve a punto de coger el
teléfono y conseguir una conexión de datos con mi ordenador para que me fuera posible realizar algunas
comprobaciones del sistema. Entonces
vi el error que había casi al principio de mi trabajo: el estúpido error
algebraico, la equivocación cometida al
cambiar de posición unos signos. Arrugué las hojas de papel y las tiré al suelo, disgustado.
Entonces oí unos golpecitos en mi puerta. Una voz:
—¿Leo? Leo, ¿estás despierto?
Activé el sensor que había junto a mi cama y obtuve una tenue imagen de mi visitante. ¡Vornan! Me levanté
de un salto y desconecté el sello de
la puerta. Iba vestido con una delgada túnica verde, como si pensara en salir.
Su presencia me asombró, pues sabía
que Kralick conectaba cada noche el sello de su habitación y, al menos
teóricamente, no había forma alguna de que
Vornan desconectara el sello de cierre, el cual se suponía debía protegerle, pero que también le
mantendría prisionero. Sin embargo, aquí estaba.
—Pasa —dije—. ¿Algún problema?
—En absoluto. ¿Estabas durmiendo?
—Trabajando. De hecho, intentaba calcular
cómo funciona tu condenada máquina del
tiempo.
Se rió suavemente.
—Pobre Leo. Te quemarás el cerebro con tanto
pensar.
—Si realmente te doy pena, podrías
proporcionarme una o dos pistas al
respecto.
—Lo haría si pudiera —dijo—. Pero es
imposible. Te explicaré el porqué abajo.
—¿Abajo?
—Sí. Vamos a dar un pequeño paseo. Me
acompañarás, Leo, ¿verdad que sí?
Me quedé boquiabierto.
—Ahí fuera hay disturbios. ¡Esa muchedumbre
histérica nos matará!
—Creo que la multitud se ha dispersado —dijo
Vornan—. Además, tengo esto…
—extendió su mano hacia mí. En su palma había dos flácidas máscaras del tipo que habíamos llevado en el burdel
de Chicago—. Nadie nos reconocerá. Pasearemos disfrazados por las calles de esta maravillosa ciudad. Quiero salir,
Leo. Estoy cansado de los desfiles y
excursiones oficiales. Tengo ganas de
volver a explorar.
Me pregunté qué podía hacer. ¿Llamar a Kralick, y hacer que encerrara nuevamente a Vornan en su
habitación? Ésa era la respuesta más
sensata. Con máscaras o sin ellas, era una imprudencia salir sin guardia del hotel. Pero entregar a Vornan de ese modo sería una traición. Obviamente,
confiaba más en mí que en ninguno de los otros; quizá incluso había algo
que deseaba decirme más allá del alcance de
los sensores espías de Kralick, como
una confidencia. Tendría que correr el
riesgo, con la esperanza de sacarle un poco de información valiosa.
—De acuerdo. Iré contigo.
—Entonces, date prisa. Si alguien tiene vigilada tu habitación…
—¿Qué hay de tu habitación?
Se rió, satisfecho de sí mismo.
—Mi habitación ha sido arreglada. Quienes
miren, pensarán que sigo dentro de ella. Pero
si me ven también aquí… Vístete, Leo.
Me puse algo de ropa y salimos de la habitación. Conecté el sello desde el exterior. En el pasillo había
tendidos tres hombres de Kralick,
profundamente dormidos. El globo verde de una cápsula anestésica flotaba por el
aire, y cuando su placa detectora sensible a la temperatura recogió mis
emisiones térmicas, vino hacia mí. Vornan
alzó la mano tranquilamente, cogió la cinta plástica que colgaba de ella y le
dio un tirón para desconectarla. Me
dirigió una sonrisa, la de un conspirador a otro. Después, igual que un chico
escapándose de casa, se lanzó por el
pasillo, indicándome que le siguiera con una seña. Un empujón de su mano
abrió una puerta de servicio, revelando un
tubo para la ropa. Vornan me hizo un gesto para que entrara.
—¡Aterrizaremos en la sala de lavadoras!
—protesté.
—No seas tonto, Leo. Saldremos antes de la
última parada.
No estaba en situación de discutir con él.
Entré en el tubo, siguiéndole, y empezamos a caer lanzados igual que
desperdicios hacia las profundidades del edificio. Una red emergió bruscamente de la pared del tubo y rebotamos en
ella. Pensé que era algún tipo de trampa, pero Vornan se limitó a decir:
—Es un dispositivo de seguridad para que los
empleados del hotel no caigan en la cinta
transportadora de la ropa. Verás, he estado hablando con los del servicio de habitaciones. ¡Vamos!
Salió de la red, que supongo habría sido activada por detectores de
masa situados a los lados del tubo, y nos metimos en una repisa mientras él abría una puerta. Para ser un hombre que apenas si comprendía lo que era una
bolsa de valores, tenía unos conocimientos notablemente completos sobre el funcionamiento interno de este hotel. La
red se metió en la pared del tubo apenas hube salido de ella; un
instante después, unas cuantas sábanas sucias pasaron volando junto a nosotros, caídas de lo alto, y se desvanecieron en
las fauces de la sala de lavadoras, situada muy por debajo nuestro.
Vornan me hizo otra seña. Nos
metimos por un angosto pasadizo iluminado desde arriba por tiras de luz
fría y emergimos finalmente en uno de los
pasillos del hotel. Por una prosaica escalera
de caracol llegamos hasta un pasillo del sótano, y salimos a la calle sin ser
vistos.
Todo estaba silencioso. Era fácil ver dónde habían estado los que provocaron el disturbio. Los lemas
brillaban en la acera y relucían en los costados de los edificios: EL FIN ESTÁ CERCA, PREPARAOS PARA CONOCER A VUESTRO CREADOR, ese tipo de cosas, las clásicas meditaciones filosóficas de cartel. Por todas partes había trozos de ropa esparcidos. Montones de espuma me indicaron que había hecho
falta cierto esfuerzo para acabar con
los disturbios. Aquí y allí estaban tendidas unas cuantas figuras
dormidas, inconscientes, borrachas o,
sencillamente, descansando; debían haber salido de las sombras después de que la policía hubo despejado la zona.
Nos pusimos las máscaras y avanzamos
silenciosamente por entre la tibia noche de
Los Angeles. En este distrito y a estas horas de la madrugada no sucedía casi
nada; las torres que nos rodeaban por todas
partes eran hoteles y edificios de oficinas, y la
vida nocturna estaba en otros sitios. Fuimos paseando sin rumbo fijo. De vez en cuando un globo publicitario
cruzaba el cielo unos centenares de metros por encima de nosotros, encendiendo y apagando sus abigarradas incitaciones. A dos manzanas de nuestro hotel nos detuvimos para
examinar el escaparate de una tienda
que vendía artículos para detección y
espionaje. Vornan parecía totalmente absorbido por ellos. La tienda
estaba cerrada, por supuesto, pero cuando nos paramos sobre una placa sensora empotrada en el pavimento, una voz meliflua nos indicó las horas en que
estaba abierta y nos invitó a volver de día. Dos puertas más abajo nos
encontramos con una tienda para deportes
especializada en equipos de pesca. Nuestra presencia activó otro sensor de la
acera que nos obsequió con un
discurso dirigido a los pescadores de altura.
—Han venido al sitio adecuado —proclamó una
voz mecánica—. Tenemos de todo. Hidrofotómetros, medidores de plancton,
penetrómetros de barro, dispersores de luz, detectores de marea, actuadores hidrostáticos, boyas radar,
clinómetros, detectores de bancos, indicadores de nivel líquido…
Seguimos avanzando.
—Me encantan vuestras ciudades —dijo Vornan—.
Los edificios son tan altos… los comerciantes son tan
agresivos. Nosotros no tenemos comerciantes, Leo.
—¿Qué haces si necesitas un detector de
bancos o un medidor de plancton?
—Están disponibles —se limitó a decir—. Rara
vez necesitamos ese tipo de cosas.
—Vornan, ¿por qué nos has contado tan pocas
cosas sobre tu tiempo?
—Porque he venido aquí para aprender, no para enseñar.
—Pero no tienes ninguna prisa. Podrías corresponder un poco. Sentimos una morbosa curiosidad acerca de
cómo serán las cosas en el futuro. Y
has dicho tan poco al respecto… No tengo sino la más vaga imagen de tu
mundo.
—Cuéntame cómo te lo imaginas.
—Menos gente de la que tenemos hoy —dije—.
Muy ordenado, muy elegante y hermoso. La
maquinaria está disimulada y, sin embargo, cuando se necesita todo está
disponible. No hay guerras. No hay naciones. Un mundo sencillo,
agradable y feliz. Me resulta difícil creer en él.
—Lo has descrito bien.
—Pero, Vornan, ¿cómo llegó a ser así? ¡Eso es lo que deseamos saber!
Mira el mundo que has estado visitando. Un centenar
de naciones suspicaces. Superbombas. Tensión. Hambre y frustraciones. Millones de personas histéricas buscando
desesperadamente un receptáculo para su fe. ¿Qué sucedió? ¿Cómo llegó a calmarse el mundo?
—Mil años es mucho tiempo, Leo. Pueden ocurrir muchas cosas.
—Pero, ¿qué ocurrió? ¿Adonde se fueron
las naciones actuales? Habíame de las crisis,
las guerras, los trastornos.
Nos detuvimos bajo un farol. Sus fotosensores nos detectaron instantáneamente y aumentaron la emisión de
luz.
—Leo, ¿y si me hablas un poco de la
organización, ascensión y caída del Sacro
Imperio Romano? —dijo Vornan.
—¿Dónde has oído mencionar al Sacro Imperio
Romano?
—El profesor Heyman me habló de él. Dime lo
que sepas sobre el Imperio, Leo.
—Bueno… supongo que no sé casi nada. Era una especie de confederación
europea de hace unos setecientos u ochocientos años. Y… y…
—Exactamente. No sabes nada sobre él.
—Vornan, nunca he dicho que fuera historiador.
—Yo tampoco —dijo él suavemente—. ¿Por qué
piensas que debería saber más sobre el
Tiempo del Barrido que tú sobre el Sacro Imperio Romano? Para mí es historia
antigua. Nunca lo he estudiado. No tenía ningún interés en aprender nada de él.
—Pero si estabas planeando hacer un viaje al pasado, Vornan, deberías
haber estudiado historia igual que estudiaste inglés.
—Necesitaba el inglés para comunicarme. No necesitaba la historia. Leo, no estoy aquí como estudioso, sólo
como turista.
—Y supongo que tampoco sabes nada sobre la
ciencia de tu era, ¿verdad?
—Nada en absoluto —dijo con voz jovial.
—¿Qué es lo que sabes? ¿Qué haces en el año 2999?
—Nada. Nada.
—¿No tienes ninguna profesión?
—Viajo. Observo. Me divierto.
—¿Un miembro de la clase rica y ociosa?
—Sí, salvo que no tenemos ricos ociosos.
Supongo que podrías calificarme de ocioso,
Leo. Ocioso e ignorante.
—¿Y en el año 2999 son todos ociosos e ignorantes? ¿Se han quedado anticuados el trabajo, el estudio y
el esfuerzo?
—Oh, no, no, no —dijo Vornan—. Tenemos muchos
espíritus diligentes. Mi hermano somático Lunn-31 es coleccionista de impulsos
luminosos, una autoridad de primera fila. Mi buen amigo Mortel-91 es un auténtico conocedor de gestos. Pol-13, cuya belleza apreciarías, danza en el psicódromo.
Tenemos nuestros artistas, nuestros poetas, nuestros eruditos. El muy famoso Ekki-89 ha trabajado cincuenta años en su
revivificación de los Años de Llama.
Sator-11 ha reunido todo un juego de
imágenes en cristal de los Buscadores, todas hechas por él. Estoy orgulloso de ellos.
—¿Y tú, Vornan?
—No soy nada. No hago nada. Soy un hombre de
lo más corriente, Leo. —En su voz había una nota que no
había oído antes, un latir que tomé por
sinceridad—. Vine aquí por aburrimiento, porque anhelaba diversión. Hay otros
poseídos por su compromiso con las
labores espirituales. Soy un recipiente vacío, Leo. No puedo hablarte de
ciencia, ni de historia. Mis percepciones
de la belleza son rudimentarias. Soy un ignorante. Un ocioso. Recorro
los mundos en busca de mis placeres, pero
son placeres huecos y pobres… —a través de la máscara me llegó el brillo
filtrado de su maravillosa sonrisa—. Estoy siendo totalmente sincero contigo, Leo. Espero que esto explique
mi fracaso por dar respuesta a tus preguntas y las de tus amigos. Soy
profundamente insatisfactorio, un hombre de muchos
defectos. ¿Te molesta mi sinceridad?
Era algo más que eso. Me había dejado atónito.
A menos que el repentino estallido de
humildad de Vornan fuese meramente un truco, se estaba etiquetando
a sí mismo como un diletante, un
derrochador, un ocioso… un don nadie salido del tiempo, alguien que se divertía entre los sudorosos primitivos porque su propia época había dejado de divertirle
por el momento. Su evasividad, los
vacíos de su conocimiento, todo parecía
comprensible ahora. Pero resultaba muy poco halagador saber que éste era nuestro viajero del
tiempo, que no habíamos merecido nada
mejor que Vornan-19. Y me pareció ominoso que quien se había proclamado
a sí mismo como un globo vacío tuviese
sobre nuestro mundo el poder que Vornan había ganado sin esforzarse.
¿Adonde le llevaría su búsqueda de
diversión? ¿Y qué límites, si es que había alguno, se impondría a sí mismo?
Mientras seguíamos caminando, le dije:
—¿Por qué no han venido a vernos otros
visitantes de tu era?
Vornan lanzó una risita.
—¿Qué te hace pensar que soy el primero?
—Nosotros nunca… nadie ha… no ha existido… —Me callé, sin saber qué decir, una vez más víctima de ese
don que Vornan tenía para abrir
trampillas en la textura del universo.
—No soy ningún pionero —me dijo amablemente—.
Antes de mí han existido muchos.
—¿Manteniendo su identidad en secreto?
—Por supuesto. Me gustaba la idea de
revelarme. Otros individuos de mente más seria
han hecho las cosas con discreción, subrepticiamente. Hacen su trabajo en
silencio y se van.
—¿Cuántos han existido?
—No tengo ni idea.
—¿Visitando todas las eras?
—¿Por qué no?
—¿Viviendo entre nosotros bajo identidades
asumidas?
—Sí, sí, por supuesto —dijo Vornan
despreocupadamente—. Creo que muy a menudo ocupando cargos públicos. ¡Pobre Leo! ¿Pensabas que un miserable idiota como yo
estaba abriendo un nuevo camino?
Sentí que me tambaleaba, más trastornado y
disgustado por esto que por cualquier otra
cosa. ¿Nuestro mundo lleno de extraños venidos
del tiempo? ¿Cien, tal vez mil, cincuenta mil viajeros entrando y saliendo de la historia? No. No. No. No. Mi mente
se rebelaba ante eso. Ahora Vornan estaba jugando conmigo. No podía haber
otra alternativa. Le dije que no le creía. Se rió.
—Te doy mi permiso para no creerme —dijo—.
¿Oyes ese sonido?
Oía un sonido, sí. Era semejante al de una cascada,
y venía de la plaza Pershing. En esa plaza no hay
cascadas. Vornan se lanzó hacia delante. Me apresuré a seguirle, mi corazón palpitante, mi cráneo
latiendo sordamente. No pude
mantenerme a su altura. Después de haber corrido una manzana y media se
detuvo a esperarme. Señaló hacia adelante.
—Un gran número de ellos —dijo—. ¡Esto me
parece muy emocionante!
La turba dispersada se había reagrupado,
reuniéndose en la plaza Pershing y empezando
ahora a desbordarse del recinto. Una falange de alborotada humanidad rodaba
hacia nosotros, llenando la calle de un lado a otro. Por un instante
no pude distinguir de qué multitud se
trataba, si de los Apocaliptistas o de aquellos que buscaban a Vornan para
adorarle, pero entonces vi los
rostros locamente pintados, los lúgubres estandartes, las cintas metálicas ondulantes sostenidas sobre las cabezas como símbolos del fuego celestial, y supe
que quienes avanzaban hacia nosotros eran los profetas del fin.
—Tenemos que salir de aquí —dije—. ¡Hay que
volver al hotel!
—Quiero ver esto.
—¡Vornan, nos pisotearán!
—No lo harán, si tenemos cuidado. Quédate a
mi lado, Leo. Deja que la marea pase sobre nosotros.
Meneé la cabeza. La vanguardia de la turba
apocaliptista se encontraba a sólo una manzana de nosotros.
Blandiendo bengalas y sirenas, los
alborotadores avanzaban en una salvaje corriente, gritos y chillidos
hendiendo el aire. Siendo meros espectadores
podíamos salir bastante malparados por causa de la multitud; si éramos reconocidos a través de nuestras máscaras, estábamos muertos. Cogí a Vornan por la
muñeca y tiré de ella, angustiado, intentando arrastrarle hacia una
calleja lateral que llevaba hasta el hotel.
Entonces sentí por primera vez sus
poderes eléctricos. Una sacudida de bajo voltaje hizo que mi mano se apartara rápidamente de él. Volví
a cogerle y esta vez me transmitió una ráfaga de energía que me aturdió y me hizo retroceder tambaleándome, con los
músculos agitándose en una danza dislocada. Caí de rodillas y me quedé encogido, medio atontado, mientras que Vornan
corría alegremente hacia los
Apocaliptistas con los brazos abiertos.
El seno de la turba le engulló. Le vi
deslizarse por entre dos de quienes corrían en primera fila y desvanecerse en
el núcleo de la masa que se agitaba y gritaba. Había desaparecido. Luché por
ponerme en pie, mareado, sabiendo que debía encontrarle, y di tres o cuatro vacilantes pasos hacia delante.
Un instante después los Apocaliptistas
estaban sobre mí.
Logré seguir en pie el tiempo suficiente para eliminar los efectos de la sacudida que me había dado Vornan.
A mi alrededor se movían los miembros
del culto, rostros cubiertos con gruesas capas de pintura roja y verde;
en la atmósfera flotaba el acre olor de la
transpiración y, misteriosamente, logré
distinguir a un Apocaliptista en cuyo pecho había sujeto el pequeño y siseante
globo de un desodorante dispersador de iones; un extraño territorio para los
melindrosos. Me hicieron dar vueltas y vueltas. Me vi abrazado por una
chica cuyos pechos desnudos se agitaban de
un lado a otro y que tenía los pezones
fosforescentes.
―¡El fin está llegando! ―dijo, con voz estridente―.
¡Vive mientras puedas!
Buscó mis manos a tientas y las
apretó sobre sus pechos. Durante un segundo sentí su cálida carne antes de que la corriente de la
turba la hiciera girar apartándola
de mí; cuando me miré las palmas, vi las huellas fosforescentes que relucían en
ellas, como ojos vigilantes.
Instrumentos musicales de origen y antepasados inciertos retumbaban y emitían bocinazos. Ante mí
desfilaron tres chicos cogidos por
los brazos, dándole patadas a quien se les pusiera cerca. Un hombretón con una máscara de chivo exponía jubilosamente
su masculinidad, y una mujer de gruesos muslos
se lanzó hacia él, ofreciéndose, y le abrazó con todas sus fuerzas. Un brazo se deslizó por mis hombros.
Giré en redondo y vi a una silueta flaca, huesuda y sonriente que se
inclinaba sobre mí; una chica, pensé, por el vestido y el largo y sedoso cabello revuelto, pero entonces la blusa
de la «chica» se abrió de golpe y vi
el pecho carente de vello, liso y reluciente, con los dos pequeños
círculos oscuros.
—Toma un trago —dijo el chico, y metió entre
mis dedos una cápsula de plástico.
No podía negarme. El extremo de la cápsula pasó por entre mis labios y noté el sabor de
un líquido amargo y no muy espeso. Me di
la vuelta y lo escupí, pero el sabor perduró en mi lengua, como si la
hubiera manchado.
íbamos en varias direcciones a la vez, quince
o veinte personas en línea, aunque el
movimiento que predominaba era en dirección al
hotel. Luché contra la marea, buscando a Vornan. Una y
otra vez las manos intentaban agarrarme. Tropecé con una pareja trabada en un
lujurioso abrazo sobre la acera; estaban
pidiendo ser destruidos y no parecía importarles. Era como un carnaval, pero no
había alegría alguna, y los trajes eran de un salvaje individualismo.
—¡Vornan! —chillé.
La turba recogió mi grito, ampliándolo. «Vornan… Vornan… Vornan… matar
a Vornan… final… llama… final… Vornan». Era la danza de la muerte. Ante mí se alzó una figura, el rostro marcado de llagas
purulentas, heridas de las que goteaba el fluido, cavidades abiertas en
el cuerpo; la mano de una mujer se levantó
en el aire para acariciarla y el maquillaje se corrió de sitio, y pude ver el hermoso
rostro intacto bajo los horrores artificiales. Vi a un joven que mediría casi
dos metros diez de alto, agitando una antorcha
humeante y chillando algo sobre el Apocalipsis; había una chica de nariz achatada empapada de sudor, desgarrándose la ropa; dos jóvenes con el cabello
cubierto de pomada le manoseaban los pechos, riendo, besándose entre ellos, para salir luego corriendo hacia otro
sitio.
—¡Vornan! —grité dé nuevo.
Entonces le vi. Estaba totalmente inmóvil, como una roca en mitad de un río y,
curiosamente, la multitud enloquecida pasaba a cada lado de él, mientras avanzaba, rugiendo. A su alrededor había dos o tres metros de espacio que
permanecía inviolable, como si se hubiera ganado
un rincón privado entre el gentío. Tenía los
brazos cruzados, examinando la locura que le rodeaba. Le habían
desgarrado la máscara y su mejilla aparecía
a través de ella, y estaba manchado de pintura y sustancias fosforescentes. Me esforcé por avanzar hacia él, fui arrastrado por un repentino movimiento
interno de la corriente principal, y
luché por volver hacia Vornan con codos y rodillas, abriéndome una ruta por entre toneladas de carne. Cuando me
encontraba a unos pocos metros de él, comprendí por qué los
alborotadores se desviaban para evitar a Vornan. Había creado un pequeño dique que le rodeaba por todos lados, un dique hecho con cuerpos humanos amontonados,
una muralla que tenía dos o tres
cuerpos de altura. Parecían muertos, pero
mientras miraba, una chica que había estado yaciendo a la izquierda de Vornan se levantó tambaleándose y
se alejó con paso vacilante. Vornan
alargó rápidamente la mano hacia el siguiente Apocaliptista que pasó
junto a él, un hombre de aspecto cadavérico
cuyo calvo cráneo estaba teñido de azul oscuro. La mano de Vornan le tocó y el hombre se derrumbó, cayendo en el sitio preciso para restaurar la
muralla. Vornan había construido una
pared viviente con su electricidad. Salté sobre ella y acerqué mi rostro al suyo.
—¡Por el amor de Dios, salgamos de aquí!
—grité.
—No estamos en peligro, Leo. Manten la calma.
—Tu máscara está rota. ¿Y si te reconocen?
—Tengo mis defensas. —Se rió—. ¡Esto es
delicioso!
No se me ocurrió intentar cogerle de nuevo.
En su estado anímico de ahora, extático y
despreocupado, me aturdiría una segunda vez, me
añadiría a su muralla y quizá no sobreviviera a la experiencia. Por lo tanto me quedé junto a él, impotente, sin moverme. Vi cómo un gran pie bajaba sobre la
mano de una chica inconsciente que yacía cerca de mí; cuando
el pie siguió avanzando, los dedos rotos se estremecieron convulsivamente,
doblándose por las articulaciones de una forma en que no se doblan normalmente
las manos humanas. Vornan giró sobre sí
mismo en un círculo completo, absorbiendo todo el espectáculo.
—¿Qué les hace creer que el mundo va a
terminar? —dijo.
—¿Cómo voy a saberlo? Es algo irracional.
Están locos.
—¿Es posible que tanta gente esté loca a la
vez?
—Por supuesto.
—¿Y saben el día en que termina el mundo?
—El 1º de enero del año 2000.
—Cuánta precisión. ¿Por qué ese día en
particular?
—Es el comienzo de un nuevo siglo —dije—, de
un nuevo milenio. La gente espera que
entonces sucedan cosas extraordinarias, nadie sabe muy bien cómo.
—Pero el nuevo siglo no empieza hasta el año
2001 —dijo Vornan con la pedantería de un
lunático—. Heyman me lo ha explicado. No es
correcto afirmar que el siglo empieza cuando…
—Ya sé todo eso. Pero nadie le hace caso.
¡Vornan, maldito seas, no nos quedemos quietos
debatiendo problemas del calendario!
¡Quiero salir de aquí!
—Entonces, vete.
—Contigo.
—Estoy disfrutando mucho con esto. ¡Leo, mira
ahí!
Miré. Una chica casi desnuda que se había
disfrazado de bruja cabalgaba sobre la
espalda de un hombre al que le brotaban cuernos
de la frente. Sus pechos estaban pintados de un reluciente color negro, y los pezones de naranja. Pero esas grotescas
imágenes no tenían ahora ningún efecto sobre mí. Ni tan siquiera confiaba en la barricada improvisada por Vornan. Si las cosas empeoraban…
De repente aparecieron helicópteros de la policía. Ya iba siendo hora,
desde luego. Se quedaron flotando por entre los edificios, a unos treinta
metros de altura, y el agitarse de sus rotores
hizo que una brisa gélida cayera sobre nosotros. Vi cómo los cañones de un gris
mate brotaban de los blancos vientres
globulares; después llegaron los primeros chorros de espuma antidisturbios. Los
Apocaliptistas parecieron darles la bienvenida. Se lanzaron hacia
adelante, intentando ocupar posiciones bajo
los cañones; algunos de ellos se quitaron las pocas ropas que llevaban y se bañaron en la espuma. Ésta empezó a burbujear, expandiéndose al entrar en
contacto con el aire, formando una
masa viscosa parecida al jabón que llenaba
la calle y hacía casi imposible todo movimiento. Los alborotadores se
debatían hacia un lado y hacia otro, agitándose
con sacudidas espasmódicas igual que máquinas a las que se les acaba la
energía, luchando por abrirse paso a través de las capas de espuma. Su sabor
era extrañamente dulzón. Vi a una chica
recibir un chorro en la cara y tambalearse, cegada, la boca y las fosas nasales cubiertas por la
sustancia. Cayó al pavimento y
desapareció totalmente, pues ahora había por lo menos noventa
centímetros de espuma alzándose del suelo, fría y pegajosa, cortando nuestras
siluetas en el comienzo de los muslos.
Vornan se arrodilló y cogió a la chica, haciéndola nuevamente visible, aunque
no se habría asfixiado allí donde estaba. Limpió tiernamente la espuma de su
rostro y pasó sus manos sobre su
carne, húmeda y resbaladiza. Cuando la agarró por los pechos, la chica
abrió los ojos y Vornan, en voz baja, le
dijo: «Soy Vornan-19». Sus labios fueron hacia los de ella. Cuando la soltó, la chica se apartó a cuatro
patas, metiéndose entre la espuma.
Horrorizado, vi que Vornan iba sin máscara.
Ahora apenas si podíamos movernos. Los robots
de la policía estaban ya en la
calle, grandes cúpulas de metal reluciente que
zumbaban con toda facilidad a través de la espuma, agarrando a
los manifestantes atrapados y reuniéndolos en grupos
de diez o doce. Los mecanismos del alcantarillado ya estaban absorbiendo el
exceso de espuma. Vornan y yo nos encontrábamos en el límite exterior de
la escena; avanzamos lentamente por entre la espuma y llegamos hasta una calle despejada. Nadie pareció fijarse en nosotros.
—Y ahora, ¿querrás ser razonable? —le dije a Vornan—. Aquí está nuestra oportunidad de volver al hotel sin
más problemas.
—De momento hemos tenido muy pocos problemas.
—Habrá grandes problemas si Kralick descubre
lo que has estado haciendo. Restringirá
tu libertad de movimientos, Vornan. Mantendrá un
ejército de guardias delante de tu puerta y le pondrá un triple sello.
—Espera —dijo—. Hay algo que quiero hacer. Después podemos irnos.
Volvió a meterse velozmente por entre la
turba. Para aquel entonces la espuma ya se había ido aclarando hasta
alcanzar una consistencia parecida a la del
pan a medio cocer y quienes se
encontraban en ella la iban vadeando con cierta dificultad. Vornan volvió pasado un instante. Llevaba consigo
a una chica de unos diecisiete años
que parecía aturdida y aterrorizada. Su vestido estaba hecho de plástico transparente, pero de él colgaban
copos de espuma que le otorgaban una decencia probablemente no deseada.
—Ahora podemos ir al hotel —me dijo. Y a la
chica le murmuró—: Soy Vornan-19. El
mundo no terminará en el mes de enero. Antes del amanecer te lo demostraré.
CATORCE
No hizo falta que entráramos en el hotel a
escondidas. Había un cordón de búsqueda
extendido a varias manzanas de distancia
alrededor de él; unos instantes después de que escapáramos a la espuma,
Vornan-19 hizo funcionar una señal de identificación
y algunos de los hombres de Kralick nos recogieron. Kralick estaba en el
vestíbulo del hotel, vigilando las pantallas de los detectores y medio
enloquecido por la ansiedad. Cuando Vornan fue hacia él, aún tirando de la temblorosa muchacha apocaliptista, pensé que a
Kralick le daría un ataque. Vornan se disculpó apaciblemente por cualquier
problema que pudiese haber causado y pidió que le llevaran a su habitación. La chica le acompañó. Cuando los dos hubieron
desaparecido, tuve una sesión bastante incómoda con Kralick.
—¿Cómo ha salido? —me preguntó.
—No lo sé. Supongo que hizo algo en el sello
de su habitación.
Intenté persuadir a Kralick de que había
pretendido dar la alarma cuando Vornan
abandonó el hotel, pero que me lo habían impedido circunstancias que se
hallaban más allá de mi control. Dudo que
le convenciera, pero al menos logré hacerle
entender que había hecho cuanto pude para impedir que Vornan se mezclara con los Apocaliptistas, y
que nada de lo ocurrido era obra mía.
En las semanas siguientes hubo un perceptible reforzamiento de la seguridad. De hecho, Vornan-19 se
convirtió en el prisionero ―y no meramente el invitado― del gobierno de los Estados Unidos. Durante todo el tiempo Vornan
había sido más o menos un prisionero
de honor, pues Kralick había sospechado
siempre que no era prudente dejarle que se moviera con libertad; pero
aparte de sellar su habitación por la noche
y apostar centinelas, no se había hecho intento alguno de restringir
físicamente su libertad. Sin saberse cómo, había logrado disponer del sello y drogar a sus guardias, pero Kralick evitó una repetición de aquello usando sellos
mejores, alarmas automáticas y más
guardias.
Funcionó, en el sentido de que Vornan no realizó más expediciones no autorizadas. Pero pienso que eso
era más debido a decisión del propio Vornan que no a las mayores precauciones de Kralick. Después de su
experiencia con los Apocaliptistas, Vornan pareció calmarse
considerablemente: se convirtió en un
turista más ortodoxo, mirando esto y aquello, pero guardándose sus comentarios más demoníacos. Yo temía a esta versión contenida de nuestro
invitado igual que temería un volcán
en calma. Pero, de hecho, no cometió nuevas
y ofensivas transgresiones de la buena educación, no irritó a nadie y,
en muchos aspectos, se comportó como un modelo de tacto. Me preguntaba qué nos
estaba reservando.
Y así fueron pasando las semanas de la gira.
Vimos Disneylandia con Vornan, y aunque
estaba claro que el lugar había sido
reacondicionado, también estaba claro que le aburrió. No le interesaba ver reconstrucciones sintéticas de
otros sitios y épocas; quería experimentar los Estados Unidos del año 1999 de
primera mano. En Disneylandia le prestó más atención a los otros visitantes que
a las atracciones propiamente dichas. Le
hicimos entrar en el parque sin ningún anuncio previo, moviéndonos en un grupo pequeño y muy apretado, y
por una vez no atrajo mucho la atención. Era como si quienes vieron a Vornan en Disneylandia hubieran dado por sentado
que veían a una parte del parque,
una astuta imitación en plástico del hombre llegado del tiempo, y pasaron junto
a él sin más que una sonrisa y un leve gesto de cabeza.
Le llevamos a Irvine y le enseñamos el
acelerador de un trillón de voltios. Eso fue
idea mía: quería una oportunidad de volver al campus durante unos días,
para visitar mi oficina y mi casa y asegurarme de que todo seguía estando bien.
Dejar que Vornan se acercase al acelerador
era algo así como un riesgo calculado, pensé, recordando el caos que
había producido en la villa de Wesley
Bruton; pero nos ocupamos de que el
visitante no llegara a estar en ningún momento cerca del equipo de
control. Lo tuve al lado, observando con expresión grave las pantallas, mientras que yo destrozaba átomos
para él. Pareció interesado, pero se
trataba del interés superficial que podría haber mostrado un niño: le gustaban
los dibujos y sus bonitos colores.
Por un instante lo olvidé todo, salvo la
alegría de manipular la inmensa máquina. Estaba en el panel
de operaciones, con miles de millones de
dólares en equipo extendiéndose ante mí y por encima, accionando interruptores
y palancas con la misma alegría que
Wesley Bruton había mostrado mientras hacía
que su casa obrara maravillas. Pulvericé átomos de hierro y envié a los neutrones girando locamente
en todas direcciones. Envié un chorro
de protones por el riel y corté el inyector
de neutrones para que la pantalla quedara salpicada por los brillantes estallidos de las líneas de la
demolición. Conjuré quarks y antiquarks. Ejecuté todo mi repertorio y Vornan asintió inocentemente, sonriendo y señalando
con el dedo. Podría haber deshinchado
mi vanidad como hizo con el hombre de la
Bolsa con tan sólo preguntarme para qué podía servir todo ese mastodóntico aparato, pero no lo hizo. No estoy seguro de si el que se contuviera fue una muestra de
cortesía hacía mí —pues me halagaba
pensar que tenía conmigo una intimidad mayor que con ninguna otra persona de
las que le acompañaban en sus viajes—,
o si era sencillamente que por el momento su veta de travesuras estaba agotada
y se contentaba con quedarse quieto y
observarlo todo respetuosamente.
Después le llevamos a la planta de fusión de
la costa. Esto fue obra mía una vez más, aunque Kralick estuvo de
acuerdo en que podía resultar útil. Por muy
intermitentes que fueran, yo seguía teniendo esperanzas de sacarle a Vornan
algún dato sobre las fuentes
energéticas de su era. La excesivamente sensible conciencia de Jack
Bryant me espoleaba a ello. Pero la
intentona fue un fracaso. El encargado de la planta le explicó a Vornan
cómo habíamos capturado la furia del mismísimo sol, desencadenando una reacción de protón a protón dentro de una
botella magnética y sacando energía de la transmutación del hidrógeno en helio. A Vornan se le
permitió entrar en la sala de relés donde el plasma era regulado mediante
sensores que operaban por encima del
espectro visible. Lo que estábamos
viendo no era el plasma enfurecido en sí —ver directamente aquello era imposible—, sino una simulación,
una recreación, una curva siguiendo
pico a pico cada fluctuación de la sopa de núcleos despojados de su poder
dentro del tanque magnético. Había pasado años enteros sin visitar la planta, y
me impresionó. Vornan se mantuvo en silencio. Habíamos esperado observaciones despectivas; no se produjo ninguna.
No se molestó en comparar nuestros
medievales logros científicos con la tecnología de su propia era. A este
nuevo Vornan le faltaba mordiente.
Después pasamos por Nuevo México, donde los indios pueblo moraban en un museo viviente de
antropología. Éste fue el gran
momento de Helen McIlwain. Nos guió a través de la polvorienta aldea de barro soltando un chorro de datos
antropológicos. A principios de primavera aún no había empezado la temporada turística regular, y por lo
tanto teníamos la aldea para nosotros solos; Kralick había hecho los
arreglos precisos con las autoridades locales para que durante ese día la reserva quedara cerrada a los visitantes, con
lo que ningún buscador de Vornan subiría desde Albuquerque o bajaría de
Santa Fe para causar problemas. Los indios salieron andando lentamente de sus casas de adobe con el tejado
plano para mirarle, pero dudo de que
muchos de ellos supieran quién era Vornan,
y que a ninguno de ellos le importara. Eran gentes achaparradas, de
rostro redondo y nariz achatada, en nada
parecidos a los indios con rostro de halcón de la leyenda. Sentí pena por ellos. En cierto sentido eran
empleados federales, pagados para
quedarse aquí y vivir en la miseria. Aunque se les permitía tener televisión, automóviles y electricidad, no podían construir casas de estilos modernos y
debían continuar triturando el maíz, ejecutando sus danzas ceremoniales
y fabricando cerámica para vender a los
visitantes. Así conservamos nuestro pasado.
Helen nos presentó a los líderes de la aldea:
el gobernador, el jefe y dos dirigentes de lo
que teóricamente eran sociedades secretas.
Parecían hombres perspicaces y bastante sofisticados, que fácilmente podrían
estar manejando agencias de automóviles en Albuquerque. Se nos condujo al
interior de unas cuantas casas e incluso
a la kiva, el centro religioso de la población, antes sacrosanto. Algunos niños ejecutaron una danza no muy lograda para nosotros. En una tienda de la
plaza se nos mostró la cerámica y las joyas de turquesa y
plata que producían las mujeres de la aldea.
Una vitrina contenía cerámica más antigua, hecha en la primera mitad del siglo
XX, preciosos objetos con un suave
acabado y elegantes dibujos semiabstractos
de pájaros y gamos; pero estas piezas se cotizaban a centenares de dólares cada una y por la expresión que había
en el rostro de la joven dependienta supuse que en realidad no estaban a la venta; eran tesoros
tribales, recuerdos de tiempos más
felices. El auténtico surtido de la tienda consistía en pequeñas
cerámicas baratas de aspecto frágil.
—¿Os dais cuenta de cómo ahora ponen la
pintura después de que la cerámica haya pasado por el fuego? —dijo
Helen, con desprecio—. Es deplorable. Cualquier niño puede
hacerlo. La Universidad de Nuevo México está intentando revivir las viejas costumbres, pero la gente de aquí afirma
que a los turistas les gustan más
las cerámicas falsas. Son más alegres, más vistosas… y más baratas.
Vornan se ganó una mirada avinagrada de Helen cuando expresó la opinión de que
las cerámicas calificadas como «para turistas»
eran más atractivas que la cerámica anterior. Creo que lo
dijo sólo por tomarle el pelo, pero no estoy seguro; los patrones estéticos de
Vornan resultaban siempre imposibles de
averiguar, y probablemente para él aquel trabajo actual de calidad
inferior parecía un producto del pasado tan
auténtico como la realmente soberbia cerámica que había en la vitrina de
exhibición.
Durante nuestra visita a la aldea, Vornan
causó tan sólo un pequeño incidente. La chica que
se encargaba de la sala de exhibiciones era una delgada belleza adolescente,
con una larga y reluciente cabellera
negra y rasgos delicados que parecían más
chinos que indios; todos nos quedamos bastante impresionados con ella, y Vornan parecía deseoso de añadirla a su colección de conquistas. No sé qué habría
pasado si le hubiese pedido a la chica que
realizara una exhibición en su cama esa noche. Afortunadamente nunca
llegó tan lejos. Mientras la chica iba y
venía por la sala de exhibiciones, Vornan
la contemplaba con obvia lujuria; me di cuenta de ello y Helen también. Cuando salimos del edificio,
Vornan dio la vuelta como
disponiéndose a entrar de nuevo en él y anunciar su deseo. Helen le bloqueó el
camino, más parecida que nunca a una bruja, sus ojos ardiendo en
contraste con su llameante melena
pelirroja.
—No —le dijo ferozmente—. ¡No puedes!
Eso fue todo. Y Vornan obedeció. Sonrió, le hizo una reverencia a Helen y se fue. No había esperado
eso de él.
El nuevo Vornan apacible era una revelación
para todos nosotros, pero el público en general prefería las revelaciones del que había conocido en los meses de enero y febrero. Contra todos los pronósticos, el interés en
las acciones y palabras de Vornan se hizo más apasionado a cada
semana que pasaba; lo que podría haber sido un prodigio de breve duración iba camino de convertirse en la sensación
de la época. Un tipo avispado montó a toda velocidad un libro bastante endeble sobre Vornan y lo llamó La Nueva Revelación.
Contenía transcripciones de todas las conferencias de prensa dadas por
Vornan-19 y sus apariciones ante los medios de comunicación desde su llegada en
Navidad, así como unos apresurados
comentarios uniéndolo todo. El libro apareció a mediados de marzo, y puede comprenderse un poco su
notoriedad por el hecho de que apareció no sólo en cubo, cinta y edición
facsímil, sino también como texto impreso… es decir, un libro, en el viejo sentido del término. Un editor de
California lo imprimió bajo la forma de un delgado volumen encuadernado con una
brillante cubierta roja y el título en incandescentes letras de ébano; en una
semana se vendió la edición de un millón de ejemplares. Muy pronto ediciones pirata empezaron a brotar por doquier de imprentas clandestinas,
pese a los frenéticos intentos hechos
por quien tenía los derechos para proteger
su propiedad.
Incontables millones de ejemplares de La Nueva Revelación inundaron el país. Yo mismo compré uno como recuerdo. Vi a Vornan
leyendo un ejemplar. Tanto la edición
auténtica como las imitaciones tenían el mismo esquema de color, rojo sobre negro, de tal forma que eran indistinguibles
a primera vista, y en las primeras semanas de primavera aquellos libros hechos con papel cubrieron la nación igual que una extraña nevada roja.
El nuevo credo tenía su profeta, y ahora
también tenía su evangelio. Me resulta difícil
comprender qué clase de consuelo espiritual podía derivarse de La
Nueva Revelación, y por lo tanto supongo que el libro era más un talismán
que unas escrituras; de él no se obtenía
ningún tipo de consejo. Lo único que se hacía era llevarlo encima,
alimentándose con el mero hecho de sentir
sus relucientes tapas en las manos. No importaba adonde fuéramos con Vornan: cada vez que se reunía una multitud, los ejemplares del libro eran
sostenidos en alto igual que las
banderolas en un partido de fútbol universitario, creando un sólido telón de fondo rojo manchado con las
letras oscuras del título.
Hubo traducciones. Los alemanes, los polacos, los suecos, los portugueses, los franceses, los rusos… todos
tenían sus propias versiones de La
Nueva Revelación. Algún miembro del personal de Kralick se dedicó a coleccionar esas versiones, y nos las entregaba allí por donde fuéramos.
Normalmente Kralick se las pasaba a
Kolff, quien mostraba un extraño y amargo
interés en cada nueva edición. El libro se abrió paso hasta Asia y nos
llegó en japonés, en varias de las lenguas de la
India, en mandarín y en coreano. Muy adecuadamente, apareció también una
edición en hebreo, el lenguaje perfecto para todo libro santo. A Kolff
le gustaba disponer los libritos rojos en hileras, cambiando su ordenación.
Hablaba con voz fascinada de hacer una
traducción propia al sánscrito o quizá al
persa antiguo; no estoy seguro de si lo decía en serio.
Desde el episodio de su entrevista con Vornan,
Kolff se había ido deslizando a una especie de abatimiento
senil. Las opiniones del ordenador sobre
las muestras lingüísticas de Vornan
le habían producido una grave impresión; la ambigüedad de aquel informe
había deshinchado su anterior convicción de que había oído la voz del futuro y
ahora, humillado tras esa lección, se había
apartado de su primer y entusiástico veredicto. No estaba totalmente seguro de
que Vornan fuera auténtico, o de que
hubiera oído realmente fantasmas de palabras en el líquido fluir del
parloteo de Vornan. Kolff había perdido la fe en su propio juicio y su propia
capacidad de experto, y ahora todos podíamos darnos cuenta de cómo se estaba derrumbando. Aquel hombre que parecía un
gran Falstaff, era al menos
parcialmente un falsario, tal y como habíamos descubierto durante nuestra gira; aunque sus dones eran grandes y su
erudición vasta, sabía que su elevada reputación llevaba ya décadas sin ser realmente válida, y de repente se había
visto revelado como alguien que no merecía una gran confianza. Sintiendo compasión por él, le pedí a Vornan que le concediera una segunda entrevista a Kolff y que
repitiese cuanto había recitado la
primera vez, fuera lo que fuese. Vornan
no pensaba hacerlo.
—Es inútil —dijo, y se negó a seguir hablando
del tema.
Kolff callado apenas parecía realmente el
mismo. Comía poco y decía menos, y hacia comienzos de
abril había perdido tanto peso que estaba
prácticamente irreconocible. Sus ropas y su misma piel colgaban flácidamente de su cuerpo encogido. Iba con nosotros de un lugar a otro, pero avanzaba
casi a ciegas, sin darse apenas
cuenta de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Kralick, preocupado, quería relevar a Kolff de la misión que se le había asignado y mandarle a casa.
Discutió el asunto con el resto de
nosotros, pero la opinión de Helen resultó
decisiva.
—Eso le mataría —dijo—. Pensaría que le
estaban despidiendo por
incompetencia.
—Está enfermo —dijo Kralick—. Tanto viajar…
—Estos viajes son útiles.
—Pero él ya no está siendo útil tampoco
—señaló Kralick—. No ha contribuido con
nada en semanas enteras. Lo único que hace es quedarse sentado jugando con todos esos ejemplares del libro. Helen, no puedo asumir esa responsabilidad…
Su sitio está en un hospital.
—Su sitio está entre nosotros.
—¿Incluso si eso le mata?
—Incluso si le mata —dijo Helen,
vigorosamente—. Mejor morir trabajando que marcharse a
rastras pensando que es un viejo estúpido.
Kralick dejó que ganara ese asalto, pero todos
temíamos, porque podíamos ver la
infección interna que iba difundiéndose día a
día por el cuerpo del viejo Lloyd. Cada mañana yo esperaba
recibir la noticia de que había muerto durante el sueño; pero cada mañana estaba allí: flaco, con la piel gris, su nariz asomando ahora igual que una pirámide en su
rostro encogido. Viajamos a Michigan
para que Vornan pudiera ver el proyecto de síntesis vital dirigido por
Aster; y mientras recorríamos los pasillos de aquel fantasmal laboratorio,
Kolff iba detrás de nosotros caminando
pesadamente, un delegado de los muertos ambulantes siendo testigo de
cómo se engendraba la vida artificial.
—Éste es uno de nuestros primeros éxitos, si
es que se le puede llamar así —dijo Aster—.
Nunca logramos imaginar en qué phylum
había que encuadrarle, pero sin duda está vivo y puede reproducirse, por lo que en ese sentido el experimento tuvo éxito.
Miramos hacia el interior de un inmenso
tanque, dentro del cual crecía toda
una variedad de plantas submarinas. Por entre los verdes
tallos nadaban delgadas criaturas azules cuya longitud iba de los quince a los veinte centímetros; no tenían ojos y se impulsaban agitando una aleta dorsal que
corría a lo largo de todo su cuerpo,
y terminaban en grandes bocas ribeteadas por unos ágiles tentáculos traslúcidos. En el tanque había por lo
menos un centenar de tales criaturas. Unas cuantas daban la impresión de estar
reproduciéndose; representantes más pequeños
de la especie asomaban de sus costados.
—Teníamos la intención de fabricar celentéreos —explicó Aster—. Básicamente, eso es lo que tenemos aquí:
una anémona gigante capaz de nadar con libertad. Pero los celentéreos no
tienen aletas y esta criatura sí, y sabe cómo usarla. No diseñamos esa aleta. Se desarrolló
espontáneamente. También existe el
fantasma de una estructura corporal segmentada, lo cual es un atributo perteneciente a un phylum
más elevado. Metabólicamente, la criatura es capaz de adaptarse a su ambiente en una forma mucho más satisfactoria que
la mayoría de los invertebrados;
vive en agua dulce o salada, se las arregla dentro de un espectro de temperaturas aproximado de treinta y cinco
grados y puede manejar cualquier tipo de comida. Así pues, hemos obtenido un super celentéreo. Nos
gustaría ponerle a prueba dentro de
condiciones naturales, quizá soltar unos
cuantos en un estanque cercano, pero, francamente, nos da miedo dejar libre a esta cosa… —Aster sonrió
con cierta preocupación—. También
hemos estado probando últimamente con
la síntesis de vertebrados, pero tenemos menos que mostrar al respecto.
Aquí…
Señaló hacia otro tanque, dentro del cual
había una pequeña criatura de color marrón que yacía flácidamente en el fondo, agitándose de vez en cuando en una especie de
sacudida. Tenía dos brazos que parecían carecer de huesos y una sola
pierna; la pierna que faltaba daba la impresión de no haber existido nunca. Su aspecto me recordó el de una salamandra
triste. Pero Aster parecía muy
orgullosa de ella, pues poseía un esqueleto bien desarrollado, un
sistema nervioso bastante decente, un juego
de ojos sorprendentemente bueno y todo el complemento de órganos internos
preciso. Sin embargo, no se reproducía. Seguían trabajando en eso. Mientras tanto, cada uno de aquellos vertebrados sintéticos tenía que ser
construido célula a célula partiendo
del material genético básico, lo cual limitaba en gran manera el alcance
del experimento. Pero esto que se había conseguido ya era bastante impresionante.
Ahora Aster se encontraba en su elemento, y
nos guió incansablemente de un lugar a
otro, recorriendo un pasillo de la gran estancia brillantemente
iluminada y yendo luego por el siguiente, pasando junto a tanques gigantescos
recubiertos de escarcha y centrífugas de aspecto siniestro que nos dominaban
con su tamaño, junto a salas ocupadas por columnas fraccionadoras, entrando en anexos donde agitadores mecánicos se afanaban ruidosamente dentro de cubas de
reacción que contenían sombríos
fluidos de una ambarina iridiscencia. Miramos por largos telescopios de fibra para espiar el interior de
habitaciones selladas en las cuales luz, temperatura, radiación y
presión estaban meticulosamente controladas. Vimos ampliaciones de microfotografías de electrones y hologramas que nos mostraron las estructuras internas de
misteriosos grupos celulares. Aster
iba sazonando generosamente sus comentarios con palabras cargadas de
significado simbólico, una jerga de
laboratorio que poseía su propio ritmo místico: oímos hablar de tituladores
fotométricos, crisoles de platino, pletismógrafos hidráulicos, micrótomos
rotatorios, densitómetros, celdas de
electroforesis, bolsas de colodión, microscopios infrarrojos, flujómetros, buretas de pistón, cardiotacómetros… un
vocabulario incomprensible y maravilloso. Nos reveló con laborioso detalle cómo eran formadas las
cadenas proteínicas de la vida y
cómo se las obligaba a reproducirse; nos lo fue explicando todo de una forma
tan sencilla como hermosa, y para hablarnos de sus logros allí estaban
los falsos celentéreos que no paraban de
retorcerse y las flácidas pseudo
salamandras. En conjunto, todo aquello era maravilloso.
Mientras nos guiaba, Aster intentaba conseguir
lo que más le interesaba: los comentarios de Vornan. Sabía que
en tiempos de Vornan existía alguna especie
de vida no totalmente humana, pues
había hablado en términos ambiguos durante una de nuestras primeras reuniones de «servidores», que no poseían la condición de seres humanos completos,
porque eran formas de vida
genéticamente no humanas, construidas a partir de la «vida inferior». Por lo que había dicho, aquellos servidores no parecían ser creaciones sintéticas, sino más
bien alguna especie de seres
compuestos construidos a partir del más humilde plasma germinal sacado de criaturas vivientes: hombres-perro, hombres-gato, hombres-ñu, tal vez.
Naturalmente, Aster deseaba saber más al respecto y, también
naturalmente, no logró enterarse de nada
más por boca de Vornan-19. Ahora estaba sondeándole de nuevo, pero sin
llegar a ningún sitio. Vornan se mantenía distante y cortés. Hizo unas cuantas preguntas. Quería saber cuándo se podría
sintetizar humanos de imitación.
Aster puso cara de incertidumbre.
—Cinco, diez, tal vez quince años —dijo.
—Si es que el mundo dura tanto —dijo Vornan,
con sarcasmo.
Todos nos reímos, más en una explosión de tensiones que por una muestra real de diversión. Incluso Aster, que
nunca había mostrado el más mínimo sentido del humor, exhibió una leve y mecánica sonrisa. Se dio la vuelta y
señaló hacia un tanque montado sobre una cápsula de presión.
—Éste es nuestro último proyecto —dijo—. No
estoy totalmente segura de en qué etapa se encuentra ahora,
dado que como todos saben me he mantenido
alejada del laboratorio desde enero. Aquí se puede ver un esfuerzo por
sintetizar un embrión de mamífero. Tenemos
varios embriones, en estadios distintos
de desarrollo. Si os acercáis…
Miré y vi unas cuantas criaturas semejantes a
peces, enroscadas dentro de pequeños recintos membranosos. Mi estómago se tensó en una respuesta nerviosa a la visión de
aquellas pequeñas criaturas de grandes
cabezas, nacidas de una confusión de aminoácidos, madurando hacia nadie podía
saber qué clase de madurez. Incluso Vornan pareció
impresionado.
Lloyd Kolff gruñó algo en un idioma que no
comprendí: tres o cuatro palabras, ásperas, pastosas, guturales. En su voz se notaba un matiz subyacente de angustia. Miré
hacia él y le vi con el cuerpo rígido, un brazo cruzando su pecho
en un ángulo agudo, el otro extendido en
línea recta. Daba la impresión de
estar ejecutando algún paso de baile extremadamente complejo, y haberse quedado paralizado a mitad de
una pirueta. Su rostro estaba de un
azul oscuro, el color de la porcelana Ming;
sus ojos ribeteados de rojo estaban muy abiertos y llenos de miedo. Se quedó en tal posición durante un
largo momento.
Luego, en lo más hondo de su garganta, emitió un leve ruido que parecía un trino y se derrumbó sobre la
superficie de piedra que coronaba
una mesa de laboratorio. Su cuerpo se agitó convulsivamente; frascos y quemadores resbalaron y se estrellaron contra el suelo. Sus manazas se agarraron
a un pequeño tanque y lo hicieron
caer, derramando una docena de pequeños y escurridizos celentéreos sintéticos. Las criaturas aletearon temblorosas a nuestros pies. Lloyd se fue
derrumbando lentamente, perdiendo su
punto de apoyo en la mesa y aflojándose en varias etapas hasta quedar
tendido de espaldas. Sus ojos seguían estando abiertos. Pronunció una sola
frase, con una dicción maravillosamente
clara: la despedida al mundo de Lloyd
Kolff. Quizá estuviera en algún idioma antiguo. Ninguno de nosotros pudo
identificarla después, y ni tan siquiera pudimos
repetir una sola sílaba de ella. Luego murió.
—¡Mantenimiento vital! —gritó Aster—.
¡Deprisa!
Dos ayudantes de laboratorio vinieron
corriendo casi de inmediato con el equipo de mantenimiento vital.
Mientras tanto Kralick se había arrodillado
junto a Kolff y estaba intentando hacerle la respiración boca a boca. Aster le
hizo apartarse, se inclinó con gestos rápidos y eficientes sobre la inmóvil masa de Kolff y le abrió la ropa de un
manotazo para revelar el gran pecho
cubierto de vello grisáceo. Hizo una seña y uno de sus ayudantes le entregó un par de electrodos. Aster los
puso en su sitio y le dio una sacudida al corazón de Kolff. El otro ayudante ya
estaba quitándole el protector a una hipodérmica
y apoyándola en el brazo de Kolff. Oímos el zumbido del morro
ultrasónico subiendo por la gama de frecuencias hasta llegar a su nivel de
funcionamiento. El corpachón de Kolff se estremeció al ser afectado
simultáneamente por las hormonas y la
electricidad; su mano derecha se alzó unos cuantos centímetros, el puño
apretado, y volvió a caer.
—Respuesta galvánica —murmuró Aster—. Nada
más.
Pero no se rindió. El equipo de mantenimiento
vital tenía como complemento una larga
serie de aparatos de emergencia, y los utilizó
todos. Un compresor para el pecho se encargó de la respiración
artificial; inyectó refrigerantes en su corriente sanguínea para evitar el deterioro cerebral; los electrodos agredieron rítmicamente las válvulas de su
corazón. Kolff estaba casi oculto
por todo el surtido de equipo de primeros auxilios que le cubría.
Vornan se arrodilló y clavó la mirada en los ojos de Kolff, todavía
abiertos. Observó la flácidez de los rasgos. Alzó una mano en un gesto vacilante para tocar la mejilla de Kolff, cubierta de manchas rojizas. Se fijó en los
mecanismos que bombeaban, daban
masaje y palpitaban sobre el hombre caído en el suelo. Luego se puso en pie y me dijo, en voz baja:
—Por favor, ¿qué están intentando hacerle?
—Devolverle a la vida.
—Entonces, ¿esto es la muerte?
—Sí, es la muerte.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Su corazón ha dejado de funcionar, Vornan.
¿Sabes qué es el corazón?
—Sí, sí.
—El corazón de Kolff estaba cansado. Se detuvo. Aster está intentando ponerlo otra vez en marcha. No lo
conseguirá.
—Esta muerte… ¿ocurre a menudo?
—Al menos una vez en la existencia de todas
las personas —dije con amargura. Habían llamado a un médico. Sacó más aparatos del equipo de mantenimiento vital y empezó
a practicar una incisión en el pecho
de Kolff—. ¿Cómo llega la muerte en tu tiempo? —pregunté a Vornan.
—Nunca de repente. Nunca así. Sé muy poco de
eso.
Parecía más fascinado por la presencia de la muerte de lo que había
estado por la creación de la vida en esta misma habitación. El médico siguió esforzándose, pero Kolff no respondió y los demás nos quedamos inmóviles, en
un círculo, igual que estatuas. Sólo
Aster se movía, recogiendo a las criaturas
que Kolff había derramado en su última convulsión. También algunas de ellas estaban muertas, unas
cuantas por la exposición al aire,
las otras por haber sido aplastadas inadvertidamente bajo nuestros pies.
Las puso dentro de un tanque.
Y finalmente el médico se levantó, meneando la cabeza.
Miré a Kralick. Estaba llorando.
QUINCE
Kolff fue enterrado en Nueva York con grandes honores académicos. Detuvimos nuestra gira durante unos
cuantos días por respeto hacia él.
Vornan asistió al funeral; sentía una gran curiosidad hacia las costumbres de nuestros entierros. Su presencia
en la ceremonia estuvo a punto de ocasionar una crisis, pues los académicos vestidos con sus togas intentaron verle más de cerca y hubo un momento en el cual
pensé que hasta el ataúd acabaría siendo derribado en la confusión. Tres libros fueron a la tumba junto con Kolff. Dos
eran obras suyas; el tercero fue la
traducción al hebreo de La Nueva Revelación. Eso me enfureció, pero Kralick me dijo que había
sido idea del propio Kolff. Tres o cuatro días antes del fin le había entregado
una cinta sellada a Helen McIlwain, y ésta acabó resultando contener las instrucciones para su entierro.
Tras el período de luto nos dirigimos
nuevamente hacia el este para
continuar la gira con Vornan. Resultaba sorprendente lo pronto que dejó de importarnos la muerte de Kolff; ahora éramos cinco en vez de seis, pero la conmoción de su
colapso se fue empequeñeciendo y muy
pronto volvimos a la rutina. Sin embargo, y a medida que el tiempo
se iba haciendo más cálido, pronto se fueron haciendo aparentes ciertos
callados cambios de ánimo.
La distribución de La Nueva Revelación parecía haberse completado ―dado que prácticamente
todos los habitantes del país tenían un
ejemplar― y las multitudes que seguían los
movimientos de Vornan eran más grandes cada día. También
estaban surgiendo profetas subsidiarios, intérpretes
del mensaje que Vornan le traía a la humanidad. El foco de gran parte de tal actividad estaba en
California, como de costumbre, y
Kralick tomó grandes precauciones para mantener a Vornan fuera de tal estado. Ese culto creciente le inquietaba,
al igual que me inquietaba a mí y a todos nosotros. Sólo Vornan parecía disfrutar con la presencia de su
rebaño. Pero incluso él parecía
aprensivo en algunas ocasiones, como cuando tomamos tierra en un aeropuerto y encontramos un mar de volúmenes
con tapas rojas que relucía a la luz del sol. Por lo menos, yo tenía la impresión de que las multitudes realmente considerables le hacían sentirse incómodo; pero la
mayor parte del tiempo parecía
complacerse con la atención que conseguía. Un periódico de California había sugerido muy seriamente que Vornan
fuera nominado para presentarse al Senado en la siguiente elección. Cuando apareció la noticia, me encontré a Kralick
riéndose, con un ejemplar de dicho periódico en las manos.
—Si Vornan llega a ver esto alguna vez, podríamos meternos en un buen
lío —dijo.
Por suerte no habría ningún senador Vornan.
Unos instantes después, más tranquilos,
nos persuadimos de que no podía cumplir con los
requisitos de residencia y también dudábamos de que los tribunales aceptaran a un miembro de la Centralidad como
ciudadano de los Estados Unidos, a no ser que Vornan tuviese alguna forma de
probar que la Centralidad era la sucesora de
hecho legalmente constituida de la soberanía nacional de los Estados Unidos.
Los planes de la gira exigían que Vornan
fuera llevado a la Luna a finales
de mayo para ver las instalaciones que se habían creado allí
recientemente. Supliqué ser excluido de aquello; realmente, no tenía deseo alguno de visitar los palacios del placer de Copérnico y me parecía que ese tiempo
extra podía utilizarlo para poner en
orden mis asuntos personales en Irvine, dado que el semestre estaba
acabando. Kralick quería que yo fuese a la
Luna, especialmente dado que ya había gozado de un permiso; pero no tenía
ninguna forma real de obligarme a ello, y
al final me dejó tener otro permiso. Acabó decidiendo que un comité de cuatro
miembros podía manejar a Vornan tan bien como uno de cinco.
Pero cuando partieron hacia la base lunar, el
comité tenía sólo tres miembros.
Fields dimitió la víspera de la salida.
Kralick tendría que haberlo previsto, dado que Fields llevaba semanas enteras gruñendo y murmurando, y su estado de ánimo hacia
toda la misión era de una obvia
rebeldía. Como psicólogo, Fields había estado
estudiando las respuestas de Vornan al ambiente a medida que íbamos desplazándonos, y había acabado encontrándose con dos o tres evaluaciones contradictorias
y mutuamente exclusivas. Dependiendo
de su propio clima emocional, Fields llegaba a
la conclusión de que Vornan era un impostor o que no lo era, y entregó informes cubriendo prácticamente todas y
cada una de las posibilidades. Mi evaluación particular de
las conclusiones de Fields era que resultaban inútiles. Sus interpretaciones cósmicas de los actos de Vornan
eran en sí mismas huecas y nebulosas,
pero yo habría podido perdonarle eso
si al menos Fields hubiera logrado mantener la misma opinión durante más
de dos semanas consecutivas.
Sin embargo, su dimisión del comité no se
produjo por motivos ideológicos. Fue
provocada por algo no más profundo que los celos y
la mezquindad. Y debo admitir, aunque Fields me gustaba muy
poco, que en tal ocasión simpaticé con él.
El problema surgió a causa de Aster. Fields
seguía persiguiéndola en una especie de
misión romántica sin esperanzas, que era tan
repugnante para el resto de nosotros como deprimente para él. Aster no le
quería: eso estaba totalmente claro, incluso para Fields. Pero la proximidad le hace cosas extrañas al ego
de un hombre, y Fields seguía intentándolo. Sobornaba a los empleados de hotel para que le dieran la
habitación contigua a la de Aster y buscaba formas de meterse
de noche en su dormitorio. Aster estaba
disgustada, aunque no tanto como lo
estaría de haber sido una auténtica mujer de carne y hueso; en muchos aspectos
era tan artificial como sus propios celentéreos
y no le daba demasiada importancia a los byronianos jadeos y suspiros de su excesivamente ardiente enamorado.
Como me contó Helen McIlwain, Fields empezó a
estar cada vez más visiblemente afectado por este trato. Finalmente, una noche en la que todos los demás nos
hallábamos en otro sitio le pidió sin
más rodeos a Aster que pasara la noche con él.
Ella dijo que no. Entonces Fields le soltó unos cuantos comentarios bastante
feroces sobre los defectos que había en la
libido de Aster. La acusó a gritos de frigidez, perversidad, malevolencia y varias otras clases de mal comportamiento que podían resumirse en esto: era una
perra. En cierto modo, probablemente
cuanto dijo sobre Aster era cierto, con un factor
limitativo: era una perra sin pretenderlo. No creo que ella hubiera estado intentando provocarle o excitarle. Sencillamente, no había logrado entender el tipo de
respuesta que se aguardaba de ella.
Pero esta vez se acordó de que era una mujer,
y dejó destrozado a Fields de una forma notablemente
femenina. Delante de Fields y de todo el mundo invitó a Vornan a que compartiera su cama con ella esa noche. Dejó
totalmente claro que se estaba ofreciendo a Vornan sin ningún tipo de reservas.
Me gustaría haber visto aquello. Tal
y como lo expresó Helen, Aster tenía por primera vez un aspecto
femenino: los ojos brillantes, los labios
tensos, el rostro ruborizado y las garras al descubierto. Naturalmente,
Vornan hizo lo que le pedía y los dos
partieron juntos, Aster tan radiante como una novia en su noche de bodas. Por lo que yo sé, quizá ése
fuera el concepto que tenía del
asunto.
Fields no pudo seguir aguantando. No puedo
culparle; Aster le había castrado de una
forma francamente definitiva, y era esperar
demasiado que se quedara rondando más tiempo por ahí para recibir otra dosis del mismo tratamiento. Le dijo a Kralick que se marchaba. Naturalmente,
Kralick le pidió que se quedara, apelando a su deber
patriótico, sus obligaciones para con la
ciencia y etcétera…, un montón de
abstracciones que yo sé resultan tan vacías para Kralick como para el resto de nosotros. No era más un
discurso ritual, y Fields lo ignoró.
Esa noche hizo su equipaje y se marchó, con lo que ―según Helen― se ahorró el ver a Vornan y Aster emergiendo de los aposentos nupciales a la mañana
siguiente con los rostros iluminados
por el recuerdo de las delicias compartidas.
Mientras ocurría todo esto, yo me encontraba
de nuevo en Irvine. Al igual que cualquier
ciudadano corriente, seguí a Vornan por la
pantalla cuando me acordaba de conectarla. Mis pocos meses con él parecían ahora todavía menos reales que cuando estaban ocurriendo; tenía que hacer un
esfuerzo para convencerme a mí mismo de que
no lo había soñado todo. Pero no era ningún sueño. Vornan estaba ahí
arriba, en la Luna, llevado de un lado a
otro por Kralick, Helen, Heyman y Aster. Kolff estaba muerto. Fields había regresado a Chicago. Me llamó desde
allí a mediados de junio; dijo que estaba escribiendo un libro sobre sus
experiencias con Vornan y quería repasar
unos cuantos detalles conmigo. No dijo nada sobre sus motivos para dimitir.
Olvidé rápidamente a Fields y su libro. También intenté olvidarme de Vornan-19. Volví a mi trabajo, que
tanto había descuidado, pero lo
hallé insatisfactorio, vacío e incapaz de hacerme bien alguno. Supongo que debía resultar una figura bastante patética: vagaba sin rumbo por el
laboratorio, hurgando por entre las cintas de los viejos experimentos,
tecleando de vez en cuando algo nuevo en el
ordenador y soportando con bostezos
las entrevistas con mis estudiantes. El rey Lear entre las partículas
elementales: demasiado viejo, demasiado atontado y demasiado cansado para
entender mis propias preguntas. Durante ese
mes tuve la sensación de que todos aquellos jóvenes me miraban con pena
y me seguían la corriente. Me sentía igual
que si tuviese ochenta años de edad. Sin embargo, ninguno de ellos fue
capaz de hacerme ninguna sugerencia con la
que abrirnos paso a través de la barrera que había detenido nuestra investigación. También ellos se encontraban atascados; la diferencia radicaba en que
ellos tenían confianza en que bastaba seguir investigando para que diéramos con algo, mientras que yo parecía haber
perdido el interés no tan sólo en la búsqueda, sino también en el
objetivo.
Naturalmente, todos sentían gran curiosidad
hacia mis opiniones sobre la autenticidad de
Vornan-19. ¿Había descubierto algo sobre su
método para desplazarse en el tiempo? ¿Pensaba que realmente
se había desplazado por el tiempo? ¿Qué implicaciones
teóricas podían hallarse en el hecho de su visita?
No tenía respuestas. Las preguntas pronto se hicieron tediosas. Y así me pasé un mes sin hacer nada,
perdiendo el tiempo, fingiendo que
trabajaba. Es posible que hubiese debido dejar nuevamente la Universidad
para visitar a Shirley y Jack. Pero mi última visita a ese lugar había sido más
bien inquietante, porque reveló abismos y
cráteres inesperados en su
matrimonio, y me asustaba volver…, pues temía descubrir que hubiese perdido el único lugar de refugio que me
quedaba. Tampoco podía seguir huyendo
de mi trabajo, por muy deprimente y moribundo que estuviese. Me quedé en
California. Visitaba mi laboratorio cada día
o cada dos días. Repasé los trabajos de mis estudiantes. Evité las
cascadas de gente de los medios de comunicación que deseaban interrogarme sobre
Vornan-19. Dormí mucho, algunas veces doce y trece horas de un tirón, con la
esperanza de que podría pasar todo este período de dudas y mal humor a base de
sueño. Leí novelas, poesía y obras de
teatro de una forma obsesiva, en auténticos ataques de lectura. Se puede adivinar mi estado anímico si digo que me abrí paso a través de los Libros
Proféticos de Blake en cinco noches
consecutivas, sin saltarme ni una sola palabra.
Aquellos delirios llenos de inspiración
siguen nublando mi mente incluso ahora, medio año después. También leí todo Proust y gran parte de Dostoievski, y una docena de
recopilaciones de las pesadillas que pasaban por ser obras de teatro en la época jacobina. Todo aquello era arte
apocalíptico para unos tiempos apocalípticos, pero gran parte
de lo que leía se esfumaba tan pronto como
había pasado por mi vidriosa retina, dejando
tan sólo un residuo: Charlus, Svidrigailov, la duquesa de Malfi, Vindice, la Odette
de Swann. Los nebulosos sueños de Blake aún perduran: Enitharmon y Urizén, Los,
Ore, el majestuoso Golgonooza:
Pero sangre & heridas & gritos de
pena & clarines de guerra,
corazones puestos al descubierto por la gran espada,
entrañas ocultas en acero labrado desgarradas
y tiradas al suelo.
¡Haz venir tus sonrisas de suaves engaños,
haz que acudan tus nubes de lágrimas!
Oiremos tus suspiros como estridentes trompetas
cuando el luto haga renovarse la sangre.
Durante este tiempo febril de soledad y
confusión interior le presté muy poca atención a los dos
movimientos de masas enfrentados que
turbaban al mundo, el que llegaba y el que se marchaba. Los Apocaliptistas no se habían extinguido, ni mucho menos; y
sus desfiles, sus alborotos y orgías todavía continuaban, aunque con una especie de cansina tozudez que no
resultaba demasiado diferente de los estremecimientos galvánicos que movieron
el brazo muerto de Lloyd Kolff. Su tiempo
había terminado. De quienes todavía no se habían comprometido con ninguno de los dos bandos, no había ya muchos
dispuestos a creer que el Armagedón llegaría el 1º de enero del año 2000…, no con Vornan yendo de un lado a otro como prueba viviente de lo contrario. Yo pensaba
que quienes tomaban parte ahora en los levantamientos Apocaliptistas eran aquellos para quienes la orgía y la destrucción
se habían convertido en una forma de vida; en sus piruetas y sus gestos ya no había nada teológico.
Dentro de este grupo de alborotadores había el duro núcleo de los devotos, los que
esperaban hambrientos el inminente Día del Juicio Final, pero
estos fanáticos perdían terreno a cada
momento. En julio, faltando menos de
seis meses para que llegara el día del holocausto designado, a los observadores
imparciales les parecía que el credo de los Apocaliptistas sucumbiría a la
inercia mucho antes de que llegaran las supuestas últimas semanas de la humanidad. Ahora sabemos que se equivocaban, pues
cuando pronuncio estas palabras sólo
faltan ocho días para que llegue la hora de la verdad; y los
Apocaliptistas siguen acompañándonos en
gran número. Esta noche es la víspera de Navidad del año 1999…, el
aniversario de la manifestación de Vornan en Roma, ahora me doy cuenta de ello.
Si en julio los Apocaliptistas daban la
impresión de estarse esfumando, ese
otro culto, el culto sin nombre de la adoración a Vornan,
estaba cobrando impulso de forma innegable. Carecía
de tesis y de propósito; el objetivo de quienes se adherían a él parecía ser tan sólo acercarse a la figura
de Vornan y pregonar a gritos su excitada aprobación de lo que era. La
Nueva Revelación era su único texto, un retazo incoherente e inconexo
de entrevistas y conferencias de prensa en el que había incrustadas aquí y allá asombrosas joyas que Vornan había dejado caer. Sólo pude dar con dos
afirmaciones del Vornanismo: que la vida sobre la Tierra es un accidente causado por el descuido de unos visitantes
interestelares, y que el mundo no será destruido el próximo 1º de enero.
Supongo que habrá religiones fundadas sobre
bases aún más parcas que éstas, pero no se me ocurre ningún ejemplo. Sin
embargo, los Vornanitas siguieron congregándose alrededor de la
enigmática y carismática figura de su profeta. Sorprendentemente, hubo muchos que le siguieron hasta la Luna,
creando multitudes que no habían sido vistas allí desde la apertura del
centro comercial en Copérnico unos cuantos
años antes. El resto se congregó ante gigantescas pantallas ―erigidas en
las plazas por avispadas empresas― y observó
en masa la transmisión desde la Luna. Y a mi vez, también yo veía
ocasionalmente los programas sobre
estas reuniones de masas.
Lo que más me inquietaba de este movimiento
era su falta de forma clara. Estaba
esperando la mano de quien lo moldeara. Si Vornan
decidía hacerlo, podría darle a su culto ímpetu y dirección con tan sólo pronunciar unas cuantas afirmaciones ex cathedra. Podía pedir guerras santas, disturbios políticos, que se bailara en
las calles, la abstinencia de todo estimulante o el abuso de éstos… y millones de personas le obedecerían. Hasta
el momento no había querido hacer uso de ese poder. Quizá sólo ahora empezaba a comprender poco a poco que tal poder estaba a su disposición. Había visto cómo
Vornan sumía en el caos una fiesta privada
con unos cuantos gestos despreocupados de su mano; ¿qué no podría hacer
cuando hubiera aferrado las palancas que controlan el mundo?
La fuerza de su culto era impresionante, y
también lo era la velocidad a la que crecía. Su
ausencia ―debida al viaje a la Luna― no parecía tener la más mínima importancia. Incluso desde lejos ejercía una
atracción tan poderosa e irracional como el tirón de la propia Luna sobre
nuestros mares. Era todo para todos los hombres, de una forma más precisa de la
que puede reflejar esa frase tan gastada;
había quienes le amaban por su alegre nihilismo,
y otros que le veían como un símbolo de estabilidad en un mundo vacilante. No dudo de que su atractivo
básico era el de una deidad: no como
Jehová u Odín, una remota y barbuda figura
paterna, sino como un Joven Dios dinámico, apuesto y alegre, la encarnación de la primavera y la luz,
las fuerzas creadoras y destructoras
unidas en una sola síntesis. Era Apolo.
Era Baldur. Era Osiris. Pero también era Loki, y los viejos creadores de
mitos no habían pensado en esa combinación.
Su visita a la Luna se vio prolongada varias
veces. Creo que era intención de Kralick
—trabajando en nombre del Gobierno, claro
está— el mantener a Vornan lejos de la Tierra tanto tiempo como fuera posible, para que así las peligrosas emociones
engendradas por su llegada en el último año del viejo milenio pudieran tener
oportunidad de apaciguarse. Se había previsto que estaría allí sólo hasta
finales de junio, pero a finales de julio
seguía en la Luna. En las pantallas le veíamos fugazmente en los baños de gravedad, o examinando con expresión grave los tanques hidropónicos, o
haciendo esquí a reacción, o
mezclándose con un selecto grupo de celebridades internacionales en las
mesas de juego. Y me fijé en que Aster estaba
a su lado con bastante frecuencia: con un extraño aspecto de majestuosidad, su
delgado cuerpo ataviado con vestidos sorprendentemente reveladores y
asombrosamente poco propios del estilo de Aster. De vez en cuando se veía en el fondo a Helen y Heyman, una pareja mal avenida
a la que unía el detestarse mutuamente, y algunas veces distinguí la imponente silueta de Sandy Kralick, con el rostro
lúgubre y serio, meditando en la increíble misión que se le había asignado.
A finales de julio se me notificó que Vornan
iba a volver, y que se necesitarían
nuevamente mis servicios. Se me dio instrucciones
para que fuera al espaciopuerto de San Francisco dentro de una semana y esperase el aterrizaje de Vornan. Un día
después recibí un ejemplar de un desagradable y delgado panfleto que estoy seguro no mejoró el estado anímico de Sandy
Kralick. Era un librito de tapas relucientes encuadernado en rojo para imitar a
La Nueva Revelación; su título era La
Novísima Revelación y su autor era
Morton Fields. El ejemplar que me
llegó iba firmado y dedicado por el autor. Antes de que pasara mucho
tiempo había millones de ejemplares en
circulación, no porque el librito tuviera ningún interés propio, sino
porque algunos lo confundieron con su modelo
original y porque otros, que coleccionaban cualquier pedazo de papel impreso
que tuviera relación con el advenimiento de Vornan-19, lo buscaron
codiciosamente.
La Novísima Revelación eran las desagradables memorias en que Fields describía sus experiencias durante la
gira con Vornan. Básicamente, era la
forma de airear su odio hacia Aster. No la nombraba —supongo que por miedo a
las leyes antilibelo—, pero nadie podía
dejar de identificarla, dado que sólo había dos mujeres en el comité y
Helen McIlwain era mencionada por su
nombre. El retrato de Aster que emergía del librito no era uno que correspondiese a la Aster Mikkelsen que
yo había conocido; Fields la mostraba como una zorra traicionera, astuta, llena de engaños y, por encima de todo lo demás,
totalmente desprovista de moral; un monstruo que había llevado a Lloyd Kolff
hasta la tumba con su insaciable apetito
sexual y que había cometido con Vornan-19 todas las abominaciones conocidas por
el hombre. Entre sus crímenes menores
estaba el haber atormentado deliberada y sádicamente al único miembro virtuoso y cuerdo de nuestro
grupo… el cual, por supuesto, era
Morton Fields. Había escrito:
«Aquella mujer viciosa y llena de caprichos
sacaba un extraño placer de afilarse las garras en mí. Yo era
su víctima más fácil. Por haber dejado
claro desde el principio que me desagradaba, me puso trampas para llevarme a su
cama… y cuando la rechacé, eso hizo
que aumentara aún más su determinación de añadirme a su colección de
cabelleras. Sus provocaciones se volvieron
flagrantes y desvergonzadas, hasta que
en un instante de debilidad me encontré a punto de ceder ante ellas. Y
entonces, por supuesto, me denunció con gran alegría
como a un Don Juan, humillándome sin escrúpulos ante los otros y…»
Y así seguía. El tono gimoteante se mantenía
durante todo el libro. Fields no perdonaba a ninguno de nosotros.
Helen McIlwain era una pos-adolescente de
cabeza hueca y de físico un tanto pasado; Lloyd Kolff era una especie de
bebé envejecido que había progresado gracias a la lujuria y la glotonería, y el astuto uso de una mente que sólo contenía
versos eróticos; F. Richard Heyman
era un tipo tieso y arrogante ―no me parece que la definición de Heyman
hecha por Fields sea injusta―, y Kralick
era despachado como un sicario del Gobierno que intentaba esforzadamente quedar
bien con todo el mundo, y que estaba
dispuesto a cualquier compromiso con tal de evitar problemas. Fields no se andaba con rodeos en cuanto al papel
jugado por el Gobierno en el asunto de Vornan. Decía con toda claridad que el Presidente había ordenado que se aceptaran
todas las afirmaciones de Vornan para así deshinchar el movimiento de los Apocaliptistas. Esto era cierto, naturalmente; pero nadie lo había admitido en
público antes, y desde luego, nadie con una posición tan alta dentro de
los círculos que rodeaban a Vornan como era
Fields. Por suerte, enterraba su
queja en un pasaje largo y confuso dedicado a los rasgos paranoides de
la mente nacional, y sospecho que a la mayor
parte de los lectores se les pasó por alto aquel punto en concreto.
En las opiniones de Fields yo era retratado con bastante precisión. Me
describía como un tipo distante, superficial, falsamente
profundo, una parodia de filosofo que invariablemente retrocedía aterrorizado ante cualquier problema difícil. No me gustan esas acusaciones, pero sospecho que
debo confesarme culpable de todas ellas. Fields hacía alusión a mi excesiva promiscuidad, mi falta de compromiso real
con cualquier tipo de causa y mi exceso de tolerancia ante los defectos de
quienes me rodeaban. Sin embargo, en su párrafo sobre mí no había veneno. A él yo no le había parecido un
estúpido ni un villano, sino más bien
una figura neutral de poco interés. Así sea.
El desagradable cotilleo de Fields sobre sus
compañeros del comité no habría bastado por sí solo para que su libro tuviera demasiada audiencia fuera de los círculos
académicos, y no justificaría el que yo hablara aquí en forma
tan extensa de él. Pero el núcleo de su ensayo era su «novísima
revelación», su análisis de
Vornan-19. Aunque confusa, laberíntica, aburrida y redactada en un estilo envarado, esta parte del libro lograba transmitir la suficiente cantidad del
carisma de Vornan como para atraer a
los lectores. Y de esta forma, el estúpido librito de Fields logró una influencia totalmente desproporcionada a su contenido real.
Sólo consagraba unos cuantos párrafos al
problema de si Vornan era auténticamente lo
que decía ser. Durante el curso de los últimos seis meses, Fields
había mantenido toda una variedad de opiniones contradictorias sobre ese tema,
y aquí había logrado amontonar todas esas contradicciones en un breve espacio. En efecto, decía que probablemente
Vornan no era un impostor, pero que
nos estaría muy bien empleado a todos el que sí lo fuera, y en cualquier caso,
aquello no importaba. Lo que
importaba no era la verdad absoluta concerniente a Vornan, sino sólo su impacto sobre el año 1999. En esto pienso que Fields tenía razón. Fraude o no, el
efecto de Vornan sobre nosotros era
innegable, y el poder de su paso a través de nuestro mundo era auténtico, incluso si Vornan como viajero del tiempo quizá no lo fuese.
Así pues, Fields manejaba el problema
envolviéndolo en un amasijo de ambigüedades confusas, y pasaba a una
interpretación del papel cultural de Vornan
entre nosotros. Era muy sencillo,
decía Fields. Vornan era un dios. Era deidad y profeta en una sola persona, un omnipotente
autopropagandista de sí mismo,
ofreciéndose como la personificación de todos los vagos anhelos sin foco concreto, sentidos por un
planeta cuya gente había tenido
demasiada comodidad, demasiada tensión y demasiado miedo. Era un dios para
nuestros tiempos, emitiendo
electricidad que podía ser producida por pilas energéticas implantadas quirúrgicamente o podía no
serlo; un dios que, al igual que Zeus, se llevaba a los mortales a su cama; un dios que causaba problemas; un dios escurridizo,
elusivo y evasivo que se consentía todos los caprichos sin ofrecer nada,
y aceptándolo casi todo.
Es preciso comprender que, al resumir los pensamientos de Fields, los
estoy comprimiendo mucho y que también
estoy desenredándolos, podando las espinas y los zarzales de su excesivo dogmatismo, y dejando sólo la teoría interior con la cual yo mismo estoy
totalmente de acuerdo. Desde luego,
Fields había captado la esencia de nuestra
respuesta a Vornan.
En ninguna parte de La Novísima Revelación afirmaba
Fields que Vornan-19 fuese literalmente divino, así como tampoco
ofrecía una opinión final respecto a la autenticidad de su afirmación en cuanto a haber venido del futuro. A Fields no le importaba si Vornan era auténtico o no y,
desde luego, no pensaba que fuese un ser sobrenatural en ningún aspecto. Lo que
realmente estaba diciendo —y lo creo de todo corazón— es que nosotros mismos habíamos hecho un
dios de Vornan. Habíamos necesitado
una deidad para que estuviera por encima
nuestro cuando entráramos en nuestro nuevo milenio, pues los viejos dioses habían abdicado; y Vornan había
llegado para colmar nuestra necesidad. Fields estaba analizando a la humanidad, no evaluando a Vornan.
Pero, naturalmente, el grueso de la humanidad
es incapaz de absorber distinciones tan sutiles. ¡Aquí había un
libro encuadernado de rojo, afirmando que
Vornan era un dios! No importaban las vacilaciones y las dudas, no importaban
todos los rodeos y oscuridades
eruditas. ¡La condición divina de Vornan
había sido proclamada oficialmente! Y de «es un dios» a «es Dios» hay un trayecto muy corto. La
Novísima Revelación se convirtió
en un texto sagrado. ¿Acaso no decía con palabras bien claras, palabras
impresas, que Vornan era divino? ¿Podían
ignorarse tales palabras?
El proceso mágico siguió todas las expectativas naturales. El pequeño panfleto rojo fue traducido a todos
los idiomas de la humanidad, pues servía de justificación sagrada a la
locura de la adoración de Vornan. Los
fieles tenían un talismán más que
llevar encima. Y Morton Fields se convirtió en el San Pablo del nuevo credo, el agente de prensa del
profeta. Aunque nunca volvió a ver a
Vornan y nunca tomó parte activa en el movimiento que había ayudado a crear
involuntariamente, a través de su pequeño y repugnante libro, Fields ya
se ha convertido en una presencia invisible
de gran significado dentro del
movimiento que ahora barre el mundo. Sospecho que acabará siendo puesto
en un lugar de altura dentro del santoral
en cuanto se hayan escrito las nuevas hagiografías.
Leyendo mi ejemplar del libro de Fields a
principios de agosto, antes de que hubiera
sido editado, no logré suponer el impacto que tendría. Lo leí rápidamente con
esa fría fascinación que se siente al levantar una roca de la playa para
dejar al descubierto las viscosas criaturas blancas que se agitan bajo ella, y luego lo dejé a un lado,
divertido y repelido, y lo olvidé todo sobre él hasta que su importancia
se hizo manifiesta.
Cuando llegó el momento, fui a San Francisco
para recibir a Vornan a su regreso del espacio. En
el espaciopuerto había las precauciones y
subterfugios habituales. Mientras que una multitud
rugiente agitaba La Nueva Revelación bajo un cielo grisáceo cubierto de niebla, Vornan avanzó por un pasillo subterráneo hasta una zona de recepción situada
en los límites del espaciopuerto.
Me dio un cálido apretón de manos.
—Leo, tendrías que haber venido —dijo—. Fue
una auténtica delicia. Yo afirmaría que ese
complejo de la Luna es el triunfo de tu era… ¿Qué has estado haciendo?
—Leyendo, Vornan. Descansando. Trabajando.
—¿Y ha servido de algo?
—No ha servido de nada.
Tenía buen aspecto, relajado y tan lleno de
confianza como siempre. Parte de su brillo se había transferido al
rostro de Aster, que se mantenía siempre
junto a él de una forma francamente posesiva, ahora ya no la mujer vacía,
ausente y cristalina que recordaba, sino una cálida y apasionada, que por fin había despertado plenamente para ser
consciente de su espíritu. No
importaba cómo hubiera obrado tal milagro, indudablemente era su logro más impresionante. Su transformación
era notable. Mis ojos se encontraron con los suyos y en sus líquidas
profundidades vi una sonrisa secreta.
Por su parte, Helen McIlwain
parecía vieja y cansada: sus rasgos flácidos,
el cabello reseco y el cuerpo un poco encorvado. Por primera vez tenía el aspecto de una mujer de
mediana edad. Luego descubrí lo que
la obsesionaba: tenía la sensación de haber
sido derrotada por Aster, pues durante todo el tiempo había dado por sentado
que Vornan la miraba como a una especie de consorte y estaba muy claro que
dicho papel había pasado ahora a ser
desempeñado por Aster. También Heyman parecía
debilitado. La pesadez teutónica que tanto me disgustaba le había
abandonado. Habló muy poco, no me saludó y en
su rostro había una expresión distante, absorta y preocupada. Me recordó
a Lloyd Kolff en sus últimas semanas. Obviamente,
la exposición prolongada a Vornan tenía sus peligros. Incluso Kralick, duro y
resistente, tenía cara de haberse visto sometido a graves pruebas. Cuando extendió su mano hacia mí le
temblaban los dedos: los tenía muy separados unos de otros, y tuvo que hacer un claro esfuerzo de voluntad para unirlos.
Superficialmente, sin embargo, la reunión fue agradable. No se dijo nada sobre las tensiones a que pudiera
estar sometido ninguno de ellos, ni
tampoco sobre la apostasía del odioso Fields.
Acompañé a Vornan en el desfile motorizado hasta la parte baja de San Francisco, y a lo largo de todo
el camino había multitudes lanzando
vítores, bloqueándolo de vez en cuando, al igual que si hubiera llegado
alguien de la más alta importancia.
Reanudamos nuestra gira interrumpida. A
esas alturas, Vornan ya había visto gran parte de lo que se consideraba una muestra representativa de los
Estados Unidos, y el itinerario
pedía de él que viajase al extranjero.
Teóricamente, la responsabilidad de nuestro
Gobierno tendría que haber terminado en ese
punto. No nos habíamos encargado de guiar a Vornan
durante los primeros días de su visita al siglo veinte, cuando
había estado explorando ―y desmoralizando― las
capitales de Europa; ahora, ya que se iba hacia el oeste, tendríamos que haberle entregado a otros. Pero
las responsabilidades tienen el poder de acabar haciéndose a sí mismas institucionales. Sandy Kralick vio cómo se le
encargaba el trabajo de llevar a Vornan de un sitio a otro, pues era la
principal autoridad del mundo en ese problema; y Aster, Helen, Heyman y yo mismo nos vimos arrastrados
hacia la órbita de Vornan. No protesté. Sentía un clarísimo deseo de huir a la
necesidad de enfrentarme con mi propio trabajo.
Así pues, viajamos. Nos dirigimos a México, hicimos una gira por las ciudades muertas de Chichen Itzá y
Uxmal, visitamos las pirámides mayas
a medianoche y nos desplazamos a Ciudad de México para echarle un vistazo a la
metrópoli más vibrante del
hemisferio. Vornan aceptó todo aquello callado y con calma. Su nuevo
estado anímico, evidenciado por primera vez
en primavera, había seguido acompañándole hasta este final del verano. Ya no
cometía ofensas verbales, ya no soltaba impredecibles y escabrosos
comentarios, ya no se podía contar con que
trastornara cualquier plan o programa en el cual estuviera involucrado.
Sus acciones parecían ahora lánguidas y
escasas. Ya no se tomaba la molestia de hacernos enfurecer.
Me pregunté a qué se debería eso. ¿Estaba
enfermo? Su sonrisa era tan deslumbrante
como siempre, pero no había vitalidad detrás
de ella; ahora todo en Vornan era fachada. Realizaba todos los gestos y movimientos precisos en una gira por el globo, y respondía de forma puramente mecánica a
cuanto veía. Kralick parecía
preocupado. También él prefería el demonio al autómata, y se preguntaba por qué su animación le había abandonado.
Pasé bastante tiempo con Vornan mientras
íbamos velozmente hacia el oeste, de
Ciudad de México a Hawaii, y de allí a Tokio, Beijing, Angkor, Melbourne, Tahití y la Antártida. No había
perdido totalmente mi esperanza de conseguir sacarle alguna información precisa sobre los puntos científicos que me preocupaban; pero aunque fracasé en eso,
aprendí un poco más sobre el propio
Vornan. Descubrí por qué estaba tan alicaído aquellos días.
Habíamos dejado de interesarle.
Le aburríamos. Nuestras pasiones, nuestros
monumentos, nuestras tonterías, nuestras
ciudades, nuestras comidas, nuestros conflictos,
nuestras neurosis… lo había probado todo y el sabor había acabado apagándose. Me confesó que se encontraba terriblemente cansado de ser llevado de un
lado a otro sobre la faz de nuestro mundo.
—Entonces, ¿por qué no vuelves a tu tiempo?
—pregunté.
—Todavía no, Leo.
—Pero si tanto te cansamos y te aburrimos…
—Creo que de todas formas me quedaré un poco
más. Puedo soportar el aburrimiento
durante cierto tiempo. Quiero ver cómo acaban las
cosas.
—¿Qué cosas?
—Las cosas —dijo.
Le repetí esto a Kralick, quien se limitó a
encogerse de hombros.
—Esperemos que vea pronto cómo acaban las
cosas —dijo Kralick—. No es el único que está cansado de tanto viajar.
El ritmo de nuestro viaje se aceleró, como si
Kralick deseara que Vornan se hartase por completo del siglo XX. Las
imágenes y las texturas se confundieron en
un veloz torbellino; fuimos
zigzagueando desde la blanca desolación de la Antártida al trópico de Ceilán y luego cruzamos la
India y el Cercano Oriente, fuimos
en falúa por el Nilo, viajamos hasta el corazón de África y volamos de una resplandeciente capital a otra. Allí donde
fuéramos, incluso en los países más atrasados, la recepción era delirante. Miles de personas se
presentaban para saludar a la deidad que les visitaba. Para aquel entonces —ya casi
estábamos en octubre—, el mensaje de La Novísima Revelación había tenido tiempo
para hacer su efecto. Las metáforas de
Fields fueron transformadas en afirmaciones; no había ninguna Iglesia Vornanita en el sentido formal de
la palabra, pero estaba muy claro que
la histeria de masas carente de foco se estaba agrupando en un
movimiento religioso.
Mis temores de que Vornan intentara tomar el
control de tal movimiento se demostraron
infundados. Las multitudes le aburrían ahora
tanto como los laboratorios y las plantas de energía. Respondía a las turbas rugientes desde balconadas bien protegidas igual que un César, alzando la mano;
pero no se me escapaban el aleteo de
sus fosas nasales ni el bostezo apenas
disimulado.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó, casi con
petulancia.
—Quieren amarte —dijo Helen.
—Pero, ¿por qué? ¿Tan vacíos están?
—Terriblemente vacíos —murmuró Helen.
—Si caminaras entre ellos sentirías su amor
—dijo Heyman, como desde muy lejos.
Vornan pareció estremecerse.
—No sería prudente. Me destruirían con su amor.
Recordé a Vornan en Los Angeles seis meses
antes, sumergiéndose alegremente en una enloquecida turba de Apocaliptistas. Entonces no había mostrado temor alguno ante
sus desesperadas energías. Cierto, iba enmascarado; pero los riesgos habían seguido siendo grandes. La imagen de
Vornan con un montón de miembros del culto aturdidos formando una barricada viviente acudió a mi cerebro. ¡Qué alegría
había sentido en medio de aquel caos! Ahora temía el amor
de las multitudes que le deseaban. Sí, éste
era un nuevo Vornan, más cauteloso.
Quizá por fin era consciente de las fuerzas que había ayudado a liberar, y se había vuelto más serio en su apreciación
del peligro. Aquel despreocupado Vornan de los primeros días ya no existía.
A mediados de octubre nos hallamos en Johannesburgo, teniendo previsto saltar el Atlántico para hacer
una gira por América del Sur. El subcontinente estaba impaciente, dispuesto a recibirle. Los primeros signos de Vornanismo
organizado estaban apareciendo allí: en Brasil y en Argentina se habían
celebrado sesiones de oración a las cuales asistieron miles de personas; y
habíamos oído decir que se estaban fundando iglesias, aunque los detalles eran
fragmentarios y no daban mucha información.
Vornan no mostraba ninguna curiosidad hacia
aquello. En vez de eso, una tarde vino a verme sin avisar y dijo:
—Deseo descansar durante un tiempo, Leo.
—¿Quieres echar una siesta?
—No, descansar de los viajes. Las multitudes,
el ruido, las emociones… ya he tenido
suficiente. Ahora quiero silencio y tranquilidad.
—Sería mejor que hablases con Kralick.
—Primero debo hablar contigo. Leo, hace algunas semanas mencionaste a unos amigos tuyos que viven en un
sitio tranquilo. Un hombre y una mujer, un antiguo estudiante tuyo, ¿sabes a quiénes me refiero?
Lo sabía. Me envaré. Obedeciendo a un impulso
caprichoso le había hablado a Vornan de Jack y Shirley, del placer que me
daba acudir a ellos en épocas de crisis interna o fatiga. Al hablarle de eso
había tenido la esperanza de sacarle alguna declaración semejante a la mía,
algún detalle de sus propias costumbres y
relaciones en ese mundo del futuro que tan irreal me parecía aún. Pero
no había previsto aquello.
—Sí —dije con voz tensa—. Sé a quiénes te
refieres.
—Quizá pudiéramos ir allí juntos, Leo. Tú y
yo y esas dos personas, sin los otros, sin los guardias, el ruido,
las multitudes. Podríamos desaparecer en silencio. Debo renovar mis energías.
Este viaje ha supuesto una gran tensión para mí, ya lo sabes. Y quiero ver a gente de esta era en su vida cotidiana. Lo que he visto hasta el momento ha sido un
desfile, una mascarada. Pero limitarse a estar sentado con tranquilidad,
hablar… eso me gustaría mucho. ¿Podrías conseguirlo, Leo?
Me cogió desprevenido. El imprevisto calor
que había en la petición de Vornan me desarmó y, automáticamente,
me descubrí calculando las posibilidades de
que pudiéramos aprender mucho sobre Vornan de esa forma. Sí, que Jack,
Shirley y yo, tomando cócteles bajo el sol de Arizona, pudiéramos arrancarle al visitante hechos que habían
permanecido ocultos durante su
enormemente público viaje alrededor del mundo. Era muy consciente de lo que podíamos intentar sacarle; y engañado por el Vornan tan poco
exigente de meses recientes, no se
me ocurrió tomar en consideración lo que él podría intentar sacar de nosotros.
—Hablaré con mis amigos —prometí—. Y con
Kralick. Veré lo que puedo hacer al
respecto, Vornan.
DIECISEIS
Al principio Kralick se molestó ante la
alteración del itinerario, que había sido
cuidadosamente calculado; dijo que América del Sur
se quedaría muy decepcionada al enterarse de que la llegada de Vornan iba a ser pospuesta. Pero los aspectos
positivos del plan también estaban claros para él. Pensó que podría resultar útil situar a Vornan-19 en un ambiente distinto, lejos de las multitudes y las
cámaras. Creo que le dio la bienvenida a una
ocasión de escapar durante un tiempo a Vornan. Al final, acabó
aprobando la propuesta.
Después llamé a Jack y Shirley.
Sentía ciertas vacilaciones ante la idea de soltarles encima a Vornan,
aunque los dos me hubieran suplicado que consiguiera
algún tipo de arreglo como éste. Jack anhelaba desesperadamente hablar con Vornan sobre la conversión
energética total, aunque yo sabía que no conseguiría descubrir nada. Y Shirley… Shirley me había confesado que sentía
una atracción física hacia el hombre del año 2999. Mis vacilaciones se debían a ella. Después me dije que fueran cuales
fuesen los sentimientos de Shirley
hacia Vornan, eran algo que la misma Shirley
debía resolver…, y que si ocurría cualquier cosa entre ella y el visitnate sería tan sólo con el
consentimiento y la bendición de Jack, en cuyo caso no tenía por qué
sentirme responsable.
Cuando les dije lo que se había propuesto,
los dos pensaron que estaba bromeando. Tuve que esforzarme para persuadirles de que realmente podía llevarles a Vornan. Al final
decidieron creerme, y les vi intercambiar
unas discretas miradas entre ellos. Después
Jack dijo:
—¿Cuándo va a ser eso?
—Mañana, si estáis preparados.
—¿Por qué no? —dijo Shirley.
Examiné su rostro buscando alguna señal que traicionara su deseo. Pero
no vi nada, aparte del nerviosismo y la excitación
normales.
—¿Por qué no? —se mostró de acuerdo Jack—.
Pero dime una cosa: ¿se verá invadido el lugar de periodistas y policías? Sería
incapaz de aguantar eso.
—No —dije—. El paradero de Vornan será
mantenido en secreto para la prensa. No habrá ni un solo hombre
de los medios de comunicación a la vista. Y
supongo que los caminos de acceso a
vuestra casa estarán vigilados, por si acaso; pero nadie de seguridad os molestará. Me aseguraré de
que se mantengan bien alejados.
—De acuerdo —dijo Jack—. Entonces, tráele.
Kralick hizo retrasar el viaje a Sudamérica y anunció que Vornan iría
a un lugar cuya localización sería mantenida en secreto para pasar unas vacaciones privadas de longitud indeterminada. Dejamos filtrar el dato de que pasaría
dichas vacaciones en una villa situada en algún lugar del océano índico.
A la mañana siguiente, un aeroplano privado salió de Johannesburgo con destino
hacia la isla de Mauricio, rodeado por gran
despliegue de preparativos y seguridad. Eso bastó para que la prensa se confundiera y quedase
desorientada. Un poco más tarde esa
misma mañana Vornan y yo subimos a un pequeño
reactor y cruzamos el Atlántico. Cambiamos de avión en Tampa, y nos encontramos en Tucson a primera
hora de la tarde. Allí nos estaba
esperando un coche. Le dije al chófer del Gobierno que se marchase y yo
mismo me encargué de conducir hasta la casa de Jack y Shirley.
Sabía que Kralick había tendido
una red de vigilancia en un radio de ochenta kilómetros alrededor de la casa, pero había accedido a
no permitir que ninguno de sus
hombres se aproximara más, a no ser que yo pidiese ayuda. Nadie nos
molestaría.
Era una impecable tarde de finales de otoño, con el cielo límpido y
brillante, libre de nubes, y su tensa
superficie azul casi vibraba con tanta claridad.
Las montañas parecían desacostumbradamente nítidas. Mientras conducía, percibí el ocasional destello dorado de un helicóptero del Gobierno en las alturas.
Estaban vigilándonos desde lejos.
Cuando llegamos, Shirley y Jack se
encontraban esperándonos delante de la casa. Jack vestía
una camisa vieja y unos tejanos algo
desteñidos; Shirley llevaba unos pantalones cortos y una camiseta. No les había visto desde la primavera, y sólo había
hablado con ellos unas cuantas veces. Me dio la impresión de que las
tensiones que había observado en ellos durante
la primavera habían seguido erosionándoles durante los meses siguientes. Los dos parecían tensos,
nerviosos, encogidos sobre sí mismos, en una forma que no podía ser
atribuida totalmente a la llegada de su famoso invitado.
—Éste es Vornan-19 —dije—. Jack Bryant, Shirley.
—Es un gran placer —dijo Vornan gravemente.
No ofreció su mano, pero se inclinó de una forma casi japonesa, primero ante Jack y luego ante Shirley. A esto siguió un
incómodo silencio. Nos quedamos inmóviles, mirándonos los unos a los otros bajo el fuerte sol. Shirley y Jack se
comportaban casi igual que si nunca hubieran
creído en la existencia de Vornan hasta este
momento; parecían considerarle como a un personaje de ficción que había sido inesperadamente traído a la existencia por un conjuro. Jack tenía los labios apretados con
tal fuerza que le latían las mejillas.
Shirley, sin apartar nunca los ojos de Vornan, se
mecía hacia atrás y hacia delante sobre los dedos de sus pies descalzos.
Vornan, tranquilo y afable, estudió la casa,
lo que la rodeaba y a sus ocupantes con una fría curiosidad.
—Permita que le enseñe su habitación —logró farfullar Shirley.
Cogí el equipaje: una maleta para Vornan y otra para mí. La mía estaba casi vacía, no conteniendo más que
unas cuantas mudas de ropa; pero tuve
que hacer un esfuerzo para levantar la
de Vornan. Había venido a este mundo desnudo, pero había acumulado una buena cantidad de objetos durante
sus viajes: ropa, recuerdos, toda una
miscelánea de cosas escogidas al azar.
Llevé el equipaje al interior de la casa. Shirley le había dado a Vornan la habitación que normalmente
ocupaba yo, y un cuarto cercano al solano ―que se usaba para guardar trastos― había sido convertido apresuradamente en una
habitación auxiliar de invitados
para mí. Me pareció bastante adecuado. Deposité
su maleta en el cuarto y le dejé con Shirley para que le instruyera en el uso de las instalaciones de
la casa. Jack me llevó a mi habitación.
—Jack, quiero que comprendas que a esta
visita se le puede poner fin en cualquier momento —dije—. Si Vornan llega a ser
demasiado para vosotros, no tienes más que decirlo y nos marcharemos.
No quiero que su presencia te cause ningún problema.
—Muy bien. Creo que esto va a ser
interesante, Leo.
—Sin duda. Pero también puede ser agotador.
Sonrió con cierta melancolía.
—¿Tendré una oportunidad de hablar con él?
—Por supuesto.
—Ya sabes sobre qué.
—Sí. Habla cuanto quieras. No habrá mucho más
que hacer. Pero eso no te llevará a ninguna parte, Jack.
—Al menos puedo intentarlo… —y, en voz baja, añadió—: Es menos alto de lo que pensaba. Pero resulta
impresionante. Muy impresionante.
Tiene una especie de poder natural para dominar, ¿verdad?
—Napoleón era bajito —le recordé—. Y Hitler
también.
—¿Sabe eso Vornan?
—No parece haber estudiado demasiada historia —dije, y ambos nos
reímos.
Un poco después, Shirley salió de la
habitación de Vornan y se topó conmigo en el pasillo. Creo que no esperaba
encontrarme allí, pues tuve un fugaz atisbo de su rostro y ahora se había quitado por completo la máscara que llevaba
delante de los demás. Sus ojos, sus fosas
nasales, sus labios… todo revelaba una
feroz emoción y un remolino de conflictos. Me pregunté si Vornan había
intentado algo en los cinco minutos que estuvieron juntos. Desde luego, lo
que vi en el rostro de Shirley era puramente
sexual, un deseo tan poderoso como la marea,
que asomaba a la superficie. Un instante después comprendió que la estaba
mirando, y la máscara volvió a quedar rápidamente colocada en su sitio.
Sonrió nerviosamente.
—Ya está instalado —dijo—. Me gusta, Leo.
¿Sabes una cosa? Esperaba que fuese frío e
impresionante, una especie de robot. Pero es cortés
y muy educado, un auténtico caballero a su propia
y extraña manera…
—Sí. Sabe cómo hechizar a la gente, desde
luego.
Unos delatores puntitos de color ardían en sus mejillas.
—¿Crees que cometimos un error al decir que podía venir aquí?
—¿Por qué iba a ser eso un error?
Se humedeció los labios.
—Es imposible saber lo que puede acabar
sucediendo. Es hermoso, Leo. Es irresistible.
—¿Te dan miedo tus propios deseos?
—Tengo miedo de hacerle daño a Jack.
—Entonces, no hagas nada sin el consentimiento de Jack —dije, sintiéndome más que nunca como un tío—. Es
así de sencillo. No te dejes llevar por tus impulsos.
—¿Y si lo hago, Leo? Cuando estaba en la
habitación con él… le vi mirarme con
un hambre tal…
—Mira así a todas las mujeres hermosas. Pero estoy seguro de que sabes
cómo decir no, Shirley.
—No estoy segura de que quiera decir no.
Me encogí de hombros.
—¿Quieres que llame a Kralick y le diga que nos gustaría marcharnos?
—¡No!
—Entonces, me temo que deberás hacer de perro
guardián de tu propia castidad. Eres adulta, Shirley. Deberías ser capaz de no acostarte con tu invitado si piensas que eso
no resultaría prudente. Eso nunca ha sido un gran problema para ti con anterioridad.
Retrocedió, sorprendida ante lo intempestivo
de mis últimas palabras. Su rostro volvió a cubrirse de
escarlata bajo el profundo bronceado. Me
miró como si nunca antes me hubiera visto con claridad. Mi estupidez hizo que
me sintiera irritado conmigo mismo.
En un instante había logrado rebajar y
envilecer una relación que había durado una década. Pero el momento de tensión pasó. Shirley se relajó igual
que si hubiera hecho una serie de
ejercicios internos y, finalmente, con voz tranquila, me dijo:
—Tienes razón, Leo. Realmente, no será ningún
problema.
La noche resultó sorprendentemente libre de
tensiones. Shirley cocinó una cena
magnífica, y Vornan no se mostró remiso en sus
alabanzas; dijo que era la primera cena que tomaba en un hogar privado y que le había encantado. Después dimos un paseo bajo el crepúsculo. Jack caminaba
junto a Vornan y yo iba con Shirley,
pero nos mantuvimos bastante cerca los unos de los otros. Jack señaló una rata
canguro que había emergido de su
escondite un poco demasiado pronto, y la rata partió
como loca dando saltos por el desierto. Vimos unas cuantas liebres y algunos lagartos. A Vornan siempre le asombraba que los animales salvajes
pudieran estar sueltos. Luego volvimos a la casa para tomar una
copa, y nos sentamos igual que cuatro
viejos amigos, sin hablar de nada en particular. Vornan parecía haberse
acomodado perfectamente a las
personalidades de sus anfitriones. Empecé a pensar que me había estado preocupando sin razón.
La curiosa tranquilidad continuó durante unos
cuantos días más. Dormíamos hasta muy tarde, explorábamos el
desierto, nos tendíamos bajo el sol,
gozando de unos agradables veinticinco
grados de temperatura, hablábamos, comíamos, mirábamos las estrellas… Vornan no se mostraba muy exuberante, y obraba casi con algo parecido a la cautela. Sin
embargo, hablaba de su propia época
más de lo que era habitual en él. Señaló las estrellas e intentó describir las
constelaciones que conocía, pero no
logró encontrar ninguna, ni tan siquiera la Osa Mayor. Habló de los tabúes alimenticios, y del atrevimiento
que supondría por su parte sentarse a una mesa con sus anfitriones en una
situación paralela en el año 2999. Charló distraídamente
sobre sus diez primeros meses entre nosotros, igual que un viajero cercano al final de su recorrido empieza a volver la vista hacia los placeres
recordados.
Tomábamos muchas precauciones para no ver
ningún programa de noticias cuando
Vornan estaba presente. Yo no quería que se enterase de que en Sudamérica se habían producido disturbios
por la decepción causada al retrasarse su visita, ni que una especie de histeria sobre Vornan estaba barriendo el mundo, y que en todas partes la gente se volvía hacia el
visitante para hallar las respuestas a los enigmas del universo. En sus declaraciones
del pasado, Vornan había dejado saber astutamente que con el tiempo acabaría proporcionando respuestas a todo; tal promesa parecía ser algo infinitamente
negociable…, aunque de hecho, Vornan había creado más preguntas que dado
respuestas. Era bueno tenerle aquí,
aislado, lejos de los centros de control de los que tan fácil le
resultaría apoderarse.
En la cuarta mañana de nuestra estancia
despertamos para encontrarnos con un brillante
sol. Desconecté los opacadores de mi ventana y
descubrí que Vornan ya se hallaba en el solario. Estaba desnudo, confortablemente instalado en el abrazo de una telaraña hecha de espuma, dormitando bajo la
brillante luz. Di unos golpecitos en la
ventana. Vornan alzó los ojos, me vio y sonrió. Salí de la casa justo cuando se
levantaba de la telaraña. Su esbelto y ágil cuerpo casi podría
haber estado fabricado con alguna especie
de sustancia plástica perfectamente lisa; en su piel no había ni la más
mínima señal, y no tenía vello corporal en
ninguna parte. No era ni musculoso ni flácido, y daba una impresión de
fragilidad y potencia simultáneas. Sé que esto suena paradójico. También poseía
una formidable virilidad.
—Aquí fuera hace un calor maravilloso, Leo
—dijo—. Quítate las ropas y únete a mí.
No supe qué hacer. No le había hablado a
Vornan del tranquilo y despreocupado nudismo de mis anteriores
visitas a esta casa; y hasta el momento se
habían observado cuidadosamente todas las normas de la decencia. Pero,
naturalmente, Vornan no tenía tabúes
sobre la desnudez; y ahora que había hecho
el primer movimiento, Shirley se apresuró a imitarle. Apareció en el solario, vio a Vornan desnudo y
que yo todavía vestía el pijama,
sonrió y dijo:
—Sí, me parece estupendo. Tenía intención de sugerirlo ayer mismo;
aquí no nos sentimos incomodados por nuestros
cuerpos.
Y habiendo hecho esa declaración de liberalismo,
se quitó la delgada túnica que había estado llevando y se tendió para gozar del sol. Vornan observó con una distante curiosidad que me sorprendió bastante,
mientras Shirley revelaba su flexible y magníficamente dotado cuerpo. Parecía interesado, pero sólo en una forma
teórica. Éste no era el visitante con
hambre de lobo que yo conocía. Sin embargo, en Shirley se notaban las señales
de una profunda incomodidad interior.
El rubor llegaba casi hasta la base de su cuello. Sus movimientos eran
exageradamente despreocupados. Sus ojos fueron con una expresión de
culpabilidad hacia la ingle de Vornan
durante un segundo, y luego se apartaron rápidamente. Sus pezones la
traicionaron, alzándose en repentina excitación.
Ella lo sabía, y se apresuró a rodar sobre sí misma para quedar tendida de espaldas, pero no antes de que
yo me hubiera fijado en lo sucedido.
Cuando Shirley, Jack y yo habíamos tomado
baños de sol juntos, todo había sido tan inocente como en el Edén; pero el tensarse de aquellos dos
pedacitos de tejido eréctil proclamaron sin ninguna clase de rodeos
cuáles eran sus sentimientos al encontrarse
desnuda frente a Vornan.
Jack apareció un poco después. Se hizo cargo
de la situación con un rápido vistazo y un
brillo de diversión en el rostro: Shirley acostada con las nalgas hacia
arriba, Vornan sin nada encima y
dormitando, yo recorriendo el solano de un lado a otro con paso inquieto.
—Un día precioso —dijo, un poco demasiado
entusiásticamente. Llevaba pantalones
cortos y no se los quitó—. ¿Hago el desayuno, Shirl?
Ni Shirley ni Vornan se molestaron en vestirse
durante toda la mañana. Ella parecía
decidida a lograr la misma informalidad que había
distinguido mis visitas a ese lugar; y tras sus primeros instantes de confusión
lo cierto es que consiguió calmarse y llegar
a una aceptación más natural de la situación. Lo raro es que
Vornan daba la impresión de ser totalmente indiferente
a su cuerpo. Eso me resultó claro mucho antes de que Shirley lo comprendiera. Sus leves coqueterías, sus movimientos
tan diestros como sutiles, doblando un hermoso muslo o hinchando su caja
torácica para hacer que asomaran sus
pechos…, todo eso le pasaba totalmente desapercibido a Vornan. Dado que, evidentemente, venía de una
cultura donde la desnudez entre quienes eran casi desconocidos no tenía nada de notable, eso no resultaba demasiado extraño…
salvo por el hecho de que la actitud
de Vornan hacia las mujeres había sido considerablemente
parecida a la de un predador durante los últimos meses, y era misterioso
que de pronto mostrara una tan conspicua
falta de respuesta a la belleza de Shirley.
Yo también acabé desnudándome. ¿Porqué no? Era
cómodo, y estaba de moda. Pero descubrí que no
podía relajarme.
En el pasado no había sido consciente de que
tomar un baño de sol con Shirley generase ninguna tensión obvia dentro de mí.
Pero ahora había momentos en los que a través de mi cuerpo rugía tal torrente de anhelo que llegaba a marearme, y me
era preciso agarrarme a la barandilla del solario y apartar la mirada.
La conducta de Jack también era extraña. La
desnudez era algo totalmente natural para él en este sitio, pero
estuvo con los pantalones cortos durante
todo un día y medio después de que
Vornan nos hubiera impulsado a desnudarnos a los demás. Su gesto era casi desafiante: trabajaba en el
jardín con los pantalones puestos, podando un arbusto que necesitaba ser
recortado, con el sudor bajando a chorros
por su ancha espalda y manchando el elástico de sus pantalones. Finalmente
Shirley le preguntó por qué estaba siendo
tan tímido.
—No lo sé —fue su extraña respuesta—. No me
había dado cuenta.
Pero siguió con los pantalones puestos.
Vornan alzó la vista y dijo:
—No será por mí, ¿verdad?
Jack se rió. Abrió el cierre de sus
pantalones y se los quitó con una contorsión, dándonos castamente la espalda. Aunque después de aquello anduvo sin ponérselos, parecía sentirse profundamente
incómodo.
Jack parecía cautivado por Vornan. Tenían
largas y entusiásticas conversaciones mientras tomaban una copa; Vornan escuchaba
con expresión pensativa, diciendo algo de vez en cuando, mientras que Jack iba soltando un torrente interminable de palabras. No presté mucha atención a esas
discusiones. Hablaban de política,
del viaje por el tiempo, de la conversión energética y de muchas otras cosas, con cada conversación transformándose rápidamente en un monólogo. Me
preguntaba por qué Vornan mostraba
tanta paciencia, pero, naturalmente, aquí no había gran cosa que hacer.
Después de cierto tiempo acabé apartándome
de ellos y me limité a tumbarme bajo
el sol, descansando. Me di cuenta de que estaba terriblemente cansado. Este año me había exigido un formidable
gasto de energía. Dormité. Me tosté al sol. Tragué frascos enteros de bebidas
frías. Y dejé que la destrucción fuera envolviendo
a mis amigos más queridos sin sentir ni remotamente la pauta de los
acontecimientos.
Notaba el vago descontento que estaba acumulándose en Shirley. Tenía la impresión de que era ignorada y
rechazada, e incluso yo podía comprender el porqué. Deseaba a Vornan. Y Vornan, que había impuesto su voluntad a tantas
docenas de mujeres, la trataba con un
respeto glacial. Igual que si hubiera abrazado
con retraso la moralidad burguesa, Vornan se negaba a entrar en cualquiera de
los gambitos de Shirley, retrocediendo
con la fracción mínima de tacto precisa. ¿Le habría dicho alguien que no era de
buena educación seducir a la esposa del anfitrión? En el pasado, sin embargo, las normas de buena conducta
jamás le habían preocupado. Sólo
podía atribuir su milagrosa exhibición
de continencia actual a su innata veta de malicia traviesa. Llevaría una mujer a su cama por puro
capricho juguetón —digamos que como hizo con Aster—, pero ahora le divertía
rechazar a Shirley sencillamente porque era hermosa, iba desnuda y se hallaba obviamente disponible. Pensé
que era un nuevo brote del viejo y
diabólico Vornan, un deliberado gesto burlón
de sacar la lengua.
Shirley estaba empezando casi a desesperarse por ello. Su torpeza me ofendía en mi calidad de testigo
involuntario. La veía sentarse junto
a Vornan para apretar la firmeza de su pecho en su espalda cuando fingía
alargar la mano hacia la copa vacía de éste; la veía invitarle descaradamente
con los ojos; la veía tenderse en
posturas cuidadosamente lúbricas, las mismas que en el pasado siempre evitaba
de forma instintiva. Nada de todo eso
dio resultado. Quizá si hubiera entrado de noche en el dormitorio de Vornan y se hubiera lanzado sobre él
habría logrado lo que deseaba, pero su orgullo no le permitía llegar tan lejos.
Y por esa razón empezó a irritarse, y dejó
que la frustración la volviera descuidada. Su fea y estridente risita apareció de nuevo. Las observaciones que le hacía a
Jack, a Vornan o a mí revelaban una hostilidad apenas
escondida. Dejaba caer las cosas, y se le
derramaban las bebidas. El efecto de todo aquello sobre mí era
deprimente, pues también yo había mostrado
mi tacto con Shirley, no sólo durante unos pocos días, sino a lo largo
de toda una década; había resistido a la tentación, me había negado el placer
prohibido de tomar a la esposa de mi amigo.
Nunca se me había ofrecido de la forma
en que ahora se ofrecía a Vornan. No me gustaba verla así, y tampoco
hallaba placer en las ironías de la situación.
Jack era totalmente inconsciente del tormento
de su esposa. Su fascinación con Vornan no le dejaba ninguna
ocasión de observar lo que estaba sucediendo a su alrededor. En su aislamiento del desierto, no había tenido
oportunidad de hacer nuevos amigos
durante años enteros, y había tenido muy poco contacto con sus viejas amistades. Ahora se pegaba a Vornan exactamente igual que un chico solitario
haría con algún extraño recién
llegado a su manzana. Escojo este símil deliberadamente; había algo adolescente ―o incluso preadolescente― en
la rendición de Jack ante Vornan. Hablaba interminablemente, dibujándose a sí
mismo contra el telón de fondo de su
carrera en la Universidad, describiendo las razones de su retiro al desierto, incluso llevando a Vornan a
ese despacho en el cual yo nunca
había entrado, donde le mostró a su invitado
el manuscrito secreto de su autobiografía. No importaba lo íntimo que fuese el tema, Jack hablaba
libremente, igual que un niño sacando sus más preciados juguetes para exhibirlos. Estaba comprando la atención de
Vornan con un esfuerzo frenético. Daba la impresión de considerar al
visitante como un amigo y compañero. Yo, que
siempre había pensado en Vornan como
inexpresablemente ajeno y distante, que
había llegado a aceptarle como auténtico principalmente porque inspiraba dentro de mí un terror tan
misterioso, encontraba sorprendente
ver a Jack sucumbiendo de esta forma.
Vornan parecía complacido y divertido. De vez
en cuando desaparecían en el despacho
durante horas enteras. Me dije que todo esto
era algún plan de Jack para sacarle a Vornan la información que deseaba. ¿Acaso no resultaba muy inteligente por parte de Jack construir una relación tan
intensa, para así tener acceso a la mente de Vornan?
Pero Jack no consiguió ninguna información de
Vornan. Y en mi ceguera, yo no me daba
cuenta de nada. ¿Cómo pude no verlo? ¿Cómo
pude no darme cuenta de esa mirada aturdida
y llena de ensoñación que Jack mostraba ahora
casi todo el tiempo…, los momentos en que sus ojos caían y se apartaba de Shirley o de mí, las mejillas brillando con una incomodidad desconocida? Incluso
cuando vi a Vornan poniendo su mano posesivamente en el hombro desnudo de Jack, seguí estando ciego.
Shirley y yo pasamos más tiempo juntos en aquellos días que en
cualquier visita anterior, pues Jack y Vornan estaban siempre haciéndose
compañía; sin embargo, no saqué ventaja de mi oportunidad. Hablábamos poco, pero nos quedábamos acostados el uno junto al
otro, tostándonos al sol; Shirley parecía tan tensa y nerviosa que yo
apenas sabía qué decirle, y por eso guardaba
silencio. Arizona era presa de la ola de calor otoñal. El calor llegaba
hirviendo desde México hasta nosotros, volviéndonos perezosos y soñolientos. La piel desnuda de Shirley relucía igual
que el bronce más delicado. La fatiga fue abandonándome. Hubo varias
ocasiones en que Shirley pareció hallarse a
punto de hablar, pero las palabras murieron en su garganta. La atmósfera
empezó a volverse tensa y espesa. Yo sentía
flotar los problemas por el aire de una forma subliminal, igual que se siente aproximar una tormenta de
verano. Pero no tenía ni idea de lo que andaba mal; estaba suspendido en un capullo de calor, y hasta el auténtico
momento del desastre no comprendí la verdad de la situación.
Ocurrió cuando llevábamos doce días de visita.
Ya sólo faltaba un día para que llegase noviembre, pero el
calor, desacostumbrado en esa estación, aún
perduraba; al mediodía el sol era como un ojo llameante cuya ardiente
mirada resultaba imposible de sostener, y
no pude seguir fuera de la casa. Me excusé ante Shirley —Jack y Vornan no eran
visibles por parte alguna—, y volví
a mi habitación. Mientras opacaba la ventana me detuve un segundo para mirar a la chica, yaciendo medio dormida en
el solario, los ojos tapados con la mano, su rodilla izquierda levantada, sus pechos subiendo y
bajando lentamente, su piel
reluciendo a causa del sudor. Pensé que era la imagen de la relajación total: la mujer lánguida y
hermosa dormitando sin hacer nada bajo el calor del mediodía. Y entonces
vi su mano izquierda, ferozmente apretada,
formando un puño tan tenso que
temblaba en la muñeca y los músculos latían a lo largo de todo su brazo; y
comprendí que su postura era una falsificación
consciente de la tranquilidad, mantenida por pura fuerza de voluntad.
Dejé la habitación a oscuras y me tendí en la
cama. El frío aire del interior de la casa
me revivió. Quizá me quedé dormido. Mis ojos se abrieron cuando oí un
ruido delante de mi puerta: alguien estaba allí. Me senté en la cama.
Shirley entró corriendo en mi habitación.
Parecía enloquecida: los ojos llenos de
horror, los labios tensos, los pechos sacudidos por el jadeo. Tenía el rostro escarlata. Vi con una curiosa
claridad cómo su piel estaba cubierta por brillantes perlas de sudor, y había un riachuelo resplandeciente en el valle de
su seno.
—Leo… —dijo con una voz seca y ahogada—. ¡Oh, Dios, Leo!
—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
Cruzó la habitación, tambaleándose, y se
derrumbó hacia delante, sus rodillas chocando con mi colchón. Parecía hallarse
casi en un estado de shock. Sus mandíbulas se movían, pero ni una sola palabra salió de sus labios.
—¡Shirley!
—Sí —murmuró ella—. Sí. Jack… Vornan… ¡Oh,
Leo, tenía razón respecto a ellos! No
quería creerlo, pero tenía razón. ¡Les vi! ¡Les vi!
—¿De qué estás hablando?
—Era hora de comer —dijo, tragando saliva e
intentando calmarse—. Me desperté en el
solario y fui a buscarles. Estaban en el despacho de Jack, como de costumbre.
No respondieron cuando llamé a la puerta, y yo
la abrí, y entonces vi por qué no habían
respondido. Estaban ocupados. Entre ellos. Entre… ellos. Brazos y piernas, todo revuelto, juntos. Lo vi. Me quedé allí puede que medio minuto viéndolos. ¡Oh, Leo,
Leo, Leo!
Su voz subió de tono hasta convertirse en un
penetrante alarido. Se lanzó hacia
adelante, desesperada, sollozando, hecha pedazos.
Cuando iba a caer sobre mí la cogí en brazos. Las pesadas esferas de sus pechos se apretaron con puntas de llama contra mi fría piel. En mi mente vi la escena
que me había descrito. Ahora todo me parecía sorprendentemente
obvio, y me quedé atónito ante mi propia
estupidez, ante la falta de escrúpulos
de Vornan y la inocencia de Jack. Me estremecí mientras imaginaba a Vornan envolviendo su cuerpo igual que algún gigantesco predador invertebrado, y después
no hubo más tiempo para seguir pensando.
Shirley estaba en mis brazos,
temblando, desnuda, el cuerpo pegajoso por el sudor, llorando. La
consolé y ella se agarró a mí, buscando tan sólo una isla de estabilidad en un mundo repentinamente vacilante; y el abrazo de consuelo que le ofrecí se convirtió
muy deprisa en algo totalmente distinto. No pude controlarme… y ella no se resistió, pero acogió mi invasión más bien como un
mero alivio o por pura venganza, y
por fin mi cuerpo penetró el suyo y caímos sobre la almohada, unidos y
jadeantes.
DIECISIETE
Hice que Kralick nos sacara a mí y a Vornan
de allí unas horas después. No le expliqué
nada a nadie. Me limité a decir que era necesario
que nos marcháramos. No hubo despedidas. Nos vestimos, hicimos las maletas y conduje llevando a Vornan hasta Tucson,
donde nos recogieron los hombres de Kralick.
Si miro hacia atrás, me doy cuenta de hasta
qué punto huí presa del pánico. Quizá debería haberme quedado con
ellos. Quizá debería haber intentado
ayudarles a que reconstruyeran sus vidas. Pero en ese caótico instante, tuve la
sensación de que debía huir. La atmósfera de culpabilidad era demasiado
asfixiante; la textura de vergüenzas
entretejidas era demasiado gruesa.
Lo que había tenido lugar entre Vornan y Jack ―y lo que había ocurrido entre Shirley y yo― se
encontraba inextricablemente mezclado
a esa catástrofe; así como, si se piensa bien, lo estaba lo que no había ocurrido entre Shirley y Vornan.
Y había sido yo quien llevó la
serpiente a ellos. En el instante de
la crisis, había perdido cualquier ventaja moral que hubiese podido tener, rindiéndome a mi impulso y huyendo
después. Yo era el culpable. Yo era
el responsable.
Puede que nunca vuelva a verles. Sé demasiado de su vergüenza secreta y, al igual que
quien se ha tropezado con una carpeta
de correspondencia amarillenta perteneciente
a un ser querido, tengo la sensación de que ese conocimiento no querido por mí se alza ahora como una espada, separándome de ellos.
Puede que eso cambie. Ahora, un par de meses después, ya veo el episodio bajo una
luz distinta. Todos conseguimos parecer
igualmente repugnantes y débiles al mismo tiempo, los tres,
muñecos agitados por el cuidadosamente planeado capricho de Vornan; y puede que
ese conocimiento compartido de nuestra fragilidad nos haga unirnos. No lo sé.
Sin embargo, sé que cuanto Shirley y Jack habían compartido solamente entre
ellos hasta ahora se encuentra roto, pisoteado e imposible de arreglar.
Ante mí se presenta un montaje de rostros:
Shirley, ruborizada y aturdida, presa de la pasión, los ojos cerrados, la boca abierta.
Shirley, llena de repugnancia, silenciosa y abatida después, dejándose caer al suelo y apartándose de mí a rastras igual
que un insecto herido. Jack saliendo del despacho, confuso y pálido igual que si hubiera sido la
víctima de una violación, caminando
cuidadosamente a través de un mundo vuelto irreal. Y Vornan pareciendo
complacido, alegremente repleto, totalmente satisfecho con su obra e incluso
más contento al descubrir lo que
habíamos hecho Shirley y yo.
No pude sentir auténtica ira hacia él. Seguía siendo la misma bestia de presa
que había sido siempre, y no había renunciado a nada. Había rechazado a Shirley no por algún exceso de
convencionalismo, sino tan sólo porque andaba al acecho de
una presa diferente.
No le dije nada a Kralick. Se daba cuenta de
que el interludio de Arizona había
sido un desastre, pero no le di detalle alguno…
y él no me los pidió. Nos encontramos en Phoenix; había volado hasta allí desde Washington cuando recibió mi
mensaje. Dijo que el viaje a Sudamérica había sido reactivado apresuradamente y
que debíamos estar en Caracas el martes próximo.
—No cuente conmigo —dije—. Ya he tenido
bastante de Vornan. Dimito del comité, Sandy.
—No lo haga.
—Tengo que hacerlo. Es un asunto personal. Le
he dado casi un año entero, pero ahora debo recoger los fragmentos de mi propia
vida.
—Dénos otro mes —me suplicó—. Es importante.
Leo, ¿ha estado siguiendo las noticias?
—Muy de vez en cuando.
—El mundo está dominado por una manía
centrada en Vornan. Empeora a cada día.
Estas dos semanas que ha pasado en el desierto
no han hecho sino inflamarla más. ¿Sabe que el domingo apareció en Buenos Aires
un falso Vornan, y proclamó un imperio latinoamericano? En sólo quince minutos consiguió reunir una turba de cincuenta mil
personas. Los daños causados ascienden a
millones, y podría haber sido peor si un francotirador no le hubiese disparado.
—¿Disparado? ¿Por qué?
Kralick meneó la cabeza.
—¿Quién sabe? Era una pura histeria. La
multitud hizo pedazos al asesino. Hicieron falta dos días para convencer a todo el mundo de que ese Vornan había sido falso. Y
después hemos tenido rumores de falsos
Vornan en Karachi, Estambul, Pekín y Oslo.
Todo es culpa de ese libro repugnante que escribió Fields. Sería capaz de arrancarle la piel a tiras…
—¿Qué tiene que ver todo eso conmigo, Sandy?
—Necesito tenerle junto a Vornan. Ha pasado
más tiempo con él que cualquier otra persona. Le conoce bien, y creo que él le conoce y confía en usted. Puede que a nadie
más le resulte posible controlarle.
—No tengo forma alguna de controlarle —dije,
pensando en Jack y Shirley—. ¿No resulta
obvio a estas alturas?
—Pero al menos con usted tenemos una oportunidad. Leo, si Vornan llega a utilizar alguna vez el poder
que tiene a su disposición, pondrá
este mundo patas arriba. Por una palabra suya, cincuenta millones de personas se cortarían el cuello. Ha estado
fuera, ha perdido el contacto. No puede comprender lo que se está preparando. Quizá usted pueda
contenerle si Vornan empieza a darse cuenta de lo que le es posible
hacer.
—Tal y como le contuve cuando destrozó la
villa de Wesley Bruton, ¿eh?
—Oh, eso fue al principio de la partida. Ahora
tenemos más datos, y no dejamos que Vornan
se acerque a ningún equipo peligroso. Y lo
que le hizo a la casa de Bruton es sólo una muestra de lo que puede hacerle al mundo entero.
Lancé una áspera carcajada.
—En tal caso, ¿por qué correr riesgos? Haga
que le maten.
—Leo, por el amor de Dios…
—Hablo en serio. Hay formas de arreglarlo. Un
bastardo del Gobierno tan grande y astuto como usted no necesita instrucciones de maquiavelismo. Líbrese de Vornan mientras
que todavía puede hacerlo, antes de que se
instale como Emperador, con una guardia de diez mil hombres. Sandy, ocúpese del asunto y deje que vuelva a mi
laboratorio.
—Sea serio. ¿Cómo…?
—Estoy siendo serio. Si no quiere asesinarle,
intente persuadirle de que vuelva al lugar donde debe estar.
—Tampoco podemos hacer eso.
—Entonces, ¿qué van a hacer?
—Ya se lo he explicado —dijo pacientemente
Kralick—. Seguirle haciendo viajar, hasta
que se harte de ello. Observarle durante todo el
tiempo. Asegurarnos de que sigue contento. Darle a todas las mujeres que sea capaz de manejar.
—Hombres también —dije.
—Le daremos niños pequeños, si acaso hace
falta. Leo…, estamos sentados sobre una bomba de muchos
megatones, y estamos intentando con todas
nuestras fuerzas que no explote. Si quiere dejarnos ahora… adelante, hágalo. Pero cuando llegue la explosión,
es probable que vaya a sentirla incluso en su torre de marfil. ¿Cuál es su respuesta ahora?
—Seguiré —dije con amargura.
Me uní otra vez al circo ambulante, y así fue
como llegué a estar presente para ver los últimos acontecimientos de la historia de Vornan. No había
esperado que Kralick tuviera éxito y
me convenciera de quedarme. Al menos
durante unas cuantas horas creí que me había librado de Vornan, a quien no odiaba por lo que le había
hecho a mis amigos, pero a quien consideraba un gravísimo peligro. Había hablado totalmente en serio cuando sugerí que
Kralick le hiciera destruir. Ahora
me hallaba comprometido una vez más a servirle de acompañante, pero esta vez
decidí mantenerme a distancia de él
incluso cuando estaba a su lado, ahogando el ambiente de camaradería que había empezado a desarrollarse entre nosotros. Vornan sabía por qué; de eso estoy
seguro. Y no parecía turbado por mi
nueva frialdad hacia él.
Las multitudes eran inmensas. Habíamos visto
turbas aullantes con anterioridad, pero
nunca habíamos visto aullando multitudes como éstas. En Caracas calcularon que cien mil personas acudieron a la cita —todas las que podían
apretarse en la gran plaza—, y cuando
gritaron su deleite en castellano, todos las contemplamos, asombrados. Vornan
apareció en un balcón para saludarles;
era igual que un Papa dando su bendición. Le pidieron a gritos que hiciera un discurso, pero no teníamos ningún
equipo para ello y Vornan se limitó a sonreír y agitar la mano. El mar de libros con tapas rojas se removió locamente.
No sé si blandían La Nueva Revelación o La Novísima Revelación,
pero eso apenas importaba.
Esa noche fue entrevistado por la televisión
venezolana. La red de noticias preparó un canal de traducción
simultánea, pues Vornan no conocía el
castellano.
―¿Qué mensaje tiene para el pueblo de Venezuela? ―le preguntaron.
—El mundo es puro, bello y maravilloso —replicó Vornan solemnemente—.
La vida es sagrada. Podéis crear un paraíso durante vuestras vidas.
Me quedé asombrado. Esas palabras piadosas
no encajaban con nuestro travieso amigo, a no ser que todo esto fuera señal de alguna nueva maldad
que estaba preparando.
Las multitudes eran todavía mayores en Bogotá. Gritos estridentes
despertaban ecos en el tenue aire de la meseta. Vornan habló de nuevo y una vez más pronunció un sermón lleno de lugares comunes. Kralick estaba
preocupado.
—Se está calentando para algo —me dijo—. Antes
nunca había hablado así. Está haciendo un auténtico esfuerzo por
llegar directamente a ellos, en vez de
permitir que sean ellos quienes acudan
a él.
—Pues entonces, suspenda la gira —sugerí.
—No puedo. Nos hemos comprometido.
—Prohíbale que haga discursos.
—¿Cómo? —me preguntó, y a eso no había ninguna
respuesta.
El mismo Vornan parecía fascinado por el tamaño de las multitudes que acudían a verle. No se trataba de
simples grupos de amantes de las curiosidades; eran hordas gigantescas enteradas de que un extraño dios caminaba por
la Tierra, y anhelaban una fugaz
visión de él. Estaba claro que ahora sentía
su poder sobre ellos, y que estaba empezando a ejercerlo. Sin embargo, me di cuenta de que ya no se exponía
físicamente a las masas. Parecía
temer que le hicieran daño y se mantenía apartado, limitándose a los balcones y los coches cubiertos.
—Te están pidiendo a gritos que bajes y
camines entre ellos —le dije, mientras nos enfrentábamos a
una rugiente multitud en Lima—. ¿No puedes
oírlo, Vornan?
—Desearía poder hacerlo —dijo.
—No hay nada que te lo impida.
—Sí. Sí. Son tantos… Se produciría una
estampida.
—Ponte un escudo para multitudes —sugirió Helen McIlwain.
Vornan giró en redondo.
—Por favor, ¿qué es eso?
—Los políticos los llevan. Un escudo para
multitudes es una esfera de fuerza electrónica
que rodea a su portador. Está diseñado
especialmente para proteger a las figuras públicas entre el gentío. Si alguien se acerca demasiado, el escudo administra una leve sacudida. Estarías perfectamente
a salvo, Vornan.
—¿Es cierto eso? —le preguntó a Kralick—.
¿Puede conseguirme uno de esos escudos?
—Creo que puede arreglarse —dijo Kralick.
Al día siguiente, en Buenos Aires, la
Embajada Norteamericana nos entregó un escudo. Lo había usado por
última vez el Presidente durante su viaje
por Latinoamérica. Un funcionario de
la Embajada le explicó su funcionamiento, colocándose los electrodos y poniendo la mochila energética
en su pecho.
—Intenten acercarse a mí —dijo, haciéndonos una seña—. Formen un grupo a mi alrededor.
Nos acercamos a él. Un suave resplandor
ambarino le envolvía. Avanzamos y de
repente empezamos a topar con una barrera
impenetrable. No había nada doloroso en la sensación, pero
resultaba totalmente efectiva en su particular y sutil manera; nos vimos arrojados hacia atrás y era imposible aproximarse
a más de un metro de quien lo llevaba. Vornan parecía
encantado.
—Deje que lo pruebe —dijo.
El hombre de la Embajada se lo puso y le instruyó en su uso. Vornan se rió e
invitó:
―Ahora, venid
todos hacia mí. Empujad y esforzaos. ¡Más! ¡Más! —pero no había forma de tocarle. Complacido, Vornan dijo—:
Bien. Ahora puedo caminar por entre
mi gente.
Después hablé con Kralick en un rincón:
—¿Por qué ha permitido que le den esa cosa?
—Porque la ha pedido.
—Podría haberle dicho que no funcionan bien o
algo parecido, Sandy. ¿No existe ninguna posibilidad de que
el escudo falle en un momento crítico?
—Normalmente no —dijo Kralick. Cogió el
escudo, lo desplegó y abrió el panel situado
en la parte trasera de la mochila energética—.
Sólo hay un punto débil en el circuito y está aquí, en ese módulo
integrado. La verdad es que resulta imposible verlo.
Tiene tendencia a sobrecargarse bajo ciertas circunstancias y sufre un
proceso degenerativo, causando un fallo del escudo. Pero, Leo, hay un circuito
de redundancia que se conecta
automáticamente y empieza a funcionar en un par de microsegundos. En realidad sólo hay una forma de
que un escudo pueda fallar, y es cuando lo han saboteado deliberadamente.
Por ejemplo, si alguien manipula el circuito de apoyo y después el módulo
principal se sobrecarga. Pero no se me ocurre que nadie pudiera hacer algo
semejante.
—Salvo quizá Vornan.
—Bueno, sí. Vornan es capaz de cualquier cosa.
Pero no me parece probable que desee
juguetear con su propio escudo. A todos los efectos prácticos, se
encuentra totalmente a salvo llevando el escudo.
—Bien —dije—. Entonces, ¿no tiene miedo de lo
que ocurrirá ahora que puede caminar por
entre las multitudes y desplegar realmente su carisma?
—Sí—dijo Kralick.
Buenos Aires fue la escena de la mayor
emoción colectiva causada por Vornan que habíamos presenciado hasta ahora. Ésta
era la ciudad donde había surgido un falso Vornan, y la presencia
del auténtico electrizó a los argentinos. La ancha Avenida 9 de Julio,
delimitada por árboles, estaba repleta de una
punta a otra, con tan sólo el obelisco de su centro puntuando la masa de carne. El desfile de Vornan avanzó
por entre esta turba caótica y
convulsa. El visitante llevaba su escudo para multitudes; los demás no íbamos tan protegidos, y nos acurrucábamos nerviosamente dentro de nuestros
vehículos acorazados. De vez en
cuando Vornan salía del suyo y caminaba por entre el gentío. El escudo
funcionaba —nadie podía acercarse a él—, pero el simple hecho de que estuviera
entre ellos hacía que la multitud entrara en
éxtasis. Se empujaban unos a otros para acercarse a él, llegando hasta
el límite extremo de la barrera electrónica
y pegándose a ella, mientras que Vornan, resplandeciente, sonreía y
hacía reverencias.
—Nos estamos convirtiendo en cómplices de toda
esta locura —le dije a Kralick—. Nunca
debimos permitir que ocurriera.
Kralick me dirigió una tensa sonrisa y me dijo que me calmase. Pero yo era incapaz de hacerlo. Esa
noche Vornan permitió de nuevo que le
entrevistaran, y lo que dijo entraba descaradamente
en lo utópico. El mundo necesitaba desesperadamente una reforma; demasiado
poder se había concentrado en un número excesivamente reducido de manos;
era inminente una era de riqueza universal,
pero sería precisa la cooperación de
las masas ilustradas para que llegara.
—Hemos nacido de la basura —dijo—, pero tenemos la capacidad de convertirnos en dioses. Sé que puede
hacerse. En mi tiempo no existe la
enfermedad, no hay pobreza ni sufrimiento. La misma muerte ha sido abolida. Pero, ¿debe esperar la humanidad mil
años para gozar de estos beneficios? Debéis actuar ahora. Ahora.
Parecía una llamada a la revolución.
De momento, Vornan no había expuesto ningún programa preciso. Lo único que hacía era lanzar
llamamientos muy generales, pidiendo una
transformación de nuestra sociedad. Pero incluso aquello se encontraba mucho
más allá de las observaciones sarcásticas, oblicuas y burlonas que había acostumbrado hacer en los primeros meses de su estancia.
Era como si su capacidad para causar problemas se hubiera visto muy ampliada; ahora se daba cuenta de que podía
cometer diabluras infinitamente
mayores hablando con las turbas en la calle
y no divirtiéndose con individuos aislados. Kralick parecía ser tan consciente
de eso como él; yo no comprendía la razón de que permitiese seguir con la gira
y el porqué se ocupaba de que Vornan tuviera acceso a los canales de
comunicación. Parecía incapaz de parar el
curso de los acontecimientos, incapaz de interrumpir la revolución que
él mismo había ayudado a fabricar.
De los motivos de Vornan nada sabíamos.
Durante el segundo día en Buenos Aires se mezcló de nuevo con la multitud. Esta vez el gentío era mucho mayor que el
día anterior, y rodearon a Vornan en una
especie de obstinada insistencia, intentando
desesperadamente llegar hasta él y tocarle. Al final tuvimos que sacarle de allí bajando una plataforma desde un helicóptero. Cuando se quitó el escudo para
multitudes, estaba pálido y tembloroso.
Nunca le había visto afectado por algo
anteriormente, pero esta multitud lo había logrado. Contempló el escudo con escepticismo y dijo:
—Posiblemente hay peligros en todo esto. ¿Qué confianza se puede tener
en el escudo?
Kralick le aseguró que estaba provisto de
circuitos de redundancia que lo volvían a prueba de fallos. Vornan no parecía muy convencido. Nos dio la espalda,
intentando recobrar la calma; lo cierto es que resultaba
refrescante ver en él un síntoma de miedo.
No podía culparle demasiado por temer a esa multitud, incluso con un
escudo.
Volamos de Buenos Aires a Río de Janeiro a
primera hora del 19 de noviembre. Intenté dormir, pero Kralick vino a mi
compartimento y me despertó. Detrás de él se encontraba Vornan. En la mano de
Kralick se veía la delgada masa de un escudo para
multitudes plegado.
—Póngase esto —dijo.
—¿Para qué?
—Para que pueda aprender cómo usarlo. Lo
llevará en Río.
Los restos de sueño se desvanecieron de mi mente.
—Oiga, Sandy, si piensa que voy a exponerme a
esas multitudes…
—Por favor —dijo Vornan—. Te quiero a mi
lado, Leo.
—Vornan ha estado algo nervioso debido al tamaño de las multitudes durante los últimos días —dijo
Kralick—, y no quiere estar solo otra vez entre ellas. Me ha preguntado
si podría convencerle para que le acompañara. Sólo le quiere a usted.
—Es cierto, Leo —dijo Vornan—. No puedo
confiar en los otros. Contigo a mi lado no tendré miedo.
Era condenadamente persuasivo. Una mirada,
una súplica y estuve listo para caminar con
él a través de millones de aullantes adoradores. Le dije que haría lo que
deseaba, y sus dedos tocaron mi mano y me
murmuró su agradecimiento en voz baja, pero conmovedora. Después se fue.
En cuanto se hubo ido me di cuenta de que
todo aquello era una locura; y cuando Kralick
me alargó el escudo para multitudes, meneé la cabeza.
—No puedo —dije—. Hable con Vornan. Dígale que
he cambiado de opinión.
—Vamos, Leo… No puede pasarle nada.
—Si no le acompaño, ¿Vornan no irá tampoco por
entre la gente?
—Eso es.
—Entonces hemos resuelto nuestro problema —dije—. Me negaré a ponerme el escudo. Vornan no podrá
mezclarse con las multitudes. Le
desconectaremos de la fuente de su poder. ¿No es lo que deseamos?
—No.
—¿No?
—Queremos que Vornan sea capaz de llegar a la
gente. Le aman. Le necesitan. No nos atrevemos a negarles a su
héroe.
—Entonces déles a su héroe. Pero no conmigo
al lado.
—No empiece de nuevo con eso, Leo. Usted
mismo es quien lo ha pedido. Si Vornan no
hace una aparición en Río, eso destrozará las
relaciones internacionales y sólo Dios sabe cuántas cosas
más. No podemos correr el riesgo de frustrar a esa turba ocultándole.
—Entonces, ¿se me arroja a los lobos?
—¡Leo, los escudos son totalmente seguros! Ayúdenos por esta última vez.
La intensidad de la preocupación sentida por
Kralick era irresistible, y al final accedí a honrar la promesa que le había hecho
a Vornan. Mientras íbamos hacia el este sobre la cada vez más encogida tierra salvaje de la cuenca amazónica, Kralick me enseñó cómo usar el escudo para
multitudes. Cuando empezamos nuestro
arco de bajada, ya era un experto. Vornan
estaba visiblemente contento de que yo hubiera accedido a ir con él. Habló sin contenerse del
entusiasmo que notaba estando entre
una multitud, y del dominio que tenía la sensación de ejercer sobre aquellos que se apiñaban a su alrededor.
Yo le escuché, y hablé muy poco. Le observé con atención, grabando en mi mente la expresión de su rostro y el brillo de su sonrisa, pues tenía la impresión de
que su visita a nuestra medieval era pronto podría estar llegando a su
final.
La multitud de Río superaba a cuanto
hubiéramos visto anteriormente. Vornan tenía
que hacer una aparición pública en la playa;
rodamos por las calles de la magnífica ciudad, dirigiéndonos hacia el mar, y no había ninguna playa visible: sólo un
mar de cabezas delimitando la orilla, una multitud increíblemente densa que se empujaba y se apretaba extendiéndose desde las blancas torres de los edificios
situados frente al océano hasta el confín de las olas, e
incluso dentro del agua. Fuimos incapaces de penetrar semejante masa, y tuvimos que ir por el aire. Atravesamos la playa
en helicóptero. Vornan resplandecía de orgullo.
—Por mí —dijo en voz baja—. Vienen aquí por
mí. ¿Dónde está mi máquina de hablar?
Kralick le había proporcionado otro artefacto
más: un traductor programado para convertir las palabras de
Vornan en un fluido portugués. Mientras
flotábamos sobre ese bosque de brazos morenos levantados hacia arriba,
Vornan habló y sus palabras retumbaron por
el claro aire del verano. No puedo responder
de la traducción, pero las palabras que utilizó fueron elocuentes y
conmovedoras. Habló del mundo de donde venía, narrando su armonía y serenidad, describiendo su libertad de la
contienda y la muerte. Dijo que cada ser humano era único y apreciado en su valor. Comparó aquello con
nuestra propia época, desagradable y
llena de dificultades. Dijo que una multitud
como la que veía bajo él era inconcebible en su tiempo, porque sólo el hambre compartida hace que se junte una multitud, y allí no podía existir ningún
hambre tan desgarradora. ¿Por qué escogíamos vivir de esa forma, nos preguntó? ¿Por qué no librarnos de nuestras
rigideces y orgullos, por qué no
arrojar nuestros dogmas y nuestros ídolos bien lejos, derribando las
barreras que encierran cada corazón humano?
Que cada hombre amara a su prójimo igual que a un hermano. Que fueran abolidos los falsos anhelos. Que pereciera el
deseo de poder. Que una nueva era de benevolencia fuese instaurada.
No eran sentimientos nuevos. Otros profetas
los habían ofrecido. Pero hablaba con una
sinceridad y un fervor tan monstruosos, que parecía estar acuñando de nuevo
cada tópico sentimental. ¿Era éste el Vornan que se había reído del mundo en su cara? ¿Era éste el Vornan que había utilizado
a los seres humanos como juguetes y herramientas? ¿Este orador que suplicaba e
intentaba convencer con tan brillantes palabras? ¿Este santo? Yo mismo me hallé al borde de las lágrimas mientras
le escuchaba. Y el impacto sobre aquellos que estaban en la playa, y los que seguían esto en las redes de noticias planetarias… ¿quién podía calcular eso?
El dominio de Vornan era completo. Su delgada figura, engañosamente
parecida a la de un muchacho, ocupaba el centro del escenario mundial. Éramos
suyos. Ahora, usando como arma la
sinceridad en vez de la burla, había logrado apoderarse de todo.
Acabó de hablar.
—Y ahora, bajemos y caminemos entre ellos,
Leo —me dijo.
Nos pusimos los escudos. Yo me encontraba al borde del terror; y el mismo Vornan, al mirar por encima de
la escotilla del helicóptero hacia
el remolineante manicomio de abajo, pareció
flaquear durante un segundo ante la idea del descenso. Pero le
esperaban. Gritaban pidiendo su presencia con voces enronquecidas por el amor. Por una vez el magnetismo funcionó en el otro sentido; Vornan fue atraído
hacia ellos.
—Ve primero —me dijo—. Por favor.
Con una bravura suicida cogí los asideros y
dejé que se me bajara los noventa metros que había hasta la playa.
Un claro se abrió para mí. Toqué el suelo y sentí la arena resbalando bajo mis pies. La gente se lanzó hacia mí: un
instante después se detuvieron,
viendo que no era su profeta. Algunos rebotaron en mi escudo. Me sentí invulnerable, y mi temor se desvaneció al ver cómo el brillo ambarino rechazaba a
quienes se aproximaban demasiado.
Ahora estaba bajando Vornan. Un rugido
apagado retumbó en diez mil gargantas y fue
subiendo de escala hasta convertirse en un
alarido intolerable. Le reconocían. Se posó junto a mí, reluciendo
con su propio poder, orgulloso de sí mismo, hinchado
de alegría. Sabía lo que estaba pensando: para ser un don nadie, no lo había
hecho tan mal. A pocos hombres se les concede convertirse en dioses
durante sus vidas.
—Camina junto a mí —dijo.
Levantó los brazos y avanzó con paso lento,
majestuoso, impresionante. Yo le acompañé
igual que uno de los apóstoles menores. Nadie
me prestaba atención, pero los adoradores se lanzaban sobre él, sus rostros
distorsionados y transfigurados, sus ojos vidriosos. Ninguno podía
tocarle. El maravilloso campo les apartaba a todos de tal forma que no se
producía ni tan siquiera el impacto de la
colisión.
Caminamos diez metros, veinte, treinta. La multitud se abrió ante nosotros
y luego volvió a comprimirse, no
habiendo nadie dispuesto a creer en la realidad del
campo. Aun estando protegido de aquella forma, sentí la enorme fuerza acumulada en aquella multitud. Quizá hubiese un millón de brasileños rodeándonos; quizá
cinco millones. Éste era el mayor momento de Vornan.
Siguió avanzando, adelante, adelante,
asintiendo, sonriendo, extendiendo su mano, aceptando graciosamente el homenaje
ofrecido.
Un negro gigantesco, desnudo hasta la
cintura, apareció ante él, reluciendo de sudor, la piel casi
purpúrea. Durante un segundo su silueta se
recortó contra el brillante cielo de verano.
—¡Vornan! —gritó con una voz parecida al
trueno—. ¡Vornan!
Extendió sus dos manos hacia Vornan… y
le cogió del brazo.
La imagen está grabada en mi mente: esa mano
negra como el azabache agarrando la tela
verde claro del traje de Vornan. Y Vornan dando
la vuelta, el ceño fruncido, mirando la mano, comprendiendo
repentinamente que su escudo había dejado de
protegerle.
—¡Leo! —gritó.
Hubo un terrible precipitarse hacia él. Oí
gritos de éxtasis. La multitud
estaba perdiendo el control.
Ante mí bailaron los asideros de la plataforma
del helicóptero. Los cogí y fui alzado hacia la seguridad. Miré hacia abajo
sólo después de haber subido al aparato; vi el informe agitarse de
la turba en la playa y me estremecí.
Hubo varios centenares de bajas. Jamás se
descubrió rastro alguno de Vornan.
DIECIOCHO
Ahora todo ha terminado y, sin embargo, sólo
está empezando. No sé si la desaparición de Vornan nos calmará o nos destruirá.
Puede que no lo sepamos durante un tiempo.
He vivido en Río seis semanas, pero en un
aislamiento tal que bien podría haber estado en la Luna. Cuando los otros se
marcharon, yo me quedé. Mi apartamento es pequeño: sólo dos habitaciones, no
lejos de la playa donde se representó el último acto de Vornan. No he dejado mi
lugar en más de un mes. Se me entrega la comida a través del canal de datos de
la casa; no hago ejercicio; no tengo amigos en esta ciudad. Ni siquiera puedo
entender el idioma.
Desde el cinco de diciembre he estado ocupado
dictando estas memorias que pronto habrán terminado. No tengo intención de
buscar que se publiquen. He registrado tan precisamente como permite el
recuerdo toda la historia de la estancia de Vornan-19 entre nosotros y mi
relación con él. Sellaré la cinta, y haré que la coloquen en una bóveda para
que no sea abierta hasta que no hayan pasado por lo menos cien años. No tengo
deseo alguno de añadirme al torrente de evangelios que está apareciendo
actualmente. Quizá mi testimonio servirá de algo dentro de un siglo, pero no
quiero que se emplee ahora para alimentar los fuegos que devastan al mundo.
Ojalá pudiera tener confianza en que, cuando alguien rompa mi sello de
silencio, todo esto habrá sido perdido en el olvido. Pero dudo de que tal sea
el caso.
Hay tantas ambigüedades que aún perduran…
¿Pereció Vornan entre la turba, o logró volver a su propio tiempo? ¿Era ese
gigante negro un mensajero venido para recogerle? ¿O fue el mismo Vornan quien
se transmitió al futuro cuando falló su escudo? No lo sé. Y, de todas formas, ¿porqué falló el escudo? Kralick
había jurado que era a prueba de todo, salvo de un sabotaje deliberado. ¿Estropeó Kralick el escudo por miedo al creciente poder de Vornan? ¿Y me usó después como
cebo en su conspiración,
persuadiéndome a cooperar para que un Vornan inquieto estuviera de
acuerdo en ponerse el escudo defectuoso y mezclarse entre la muchedumbre? Si
fue así, yo, que pretendo aborrecer la
violencia, he sido un instrumento de tal
hecho. Pero no estoy seguro de que Vornan haya sido asesinado; ni siquiera
estoy seguro de que muriese. Sólo
estoy seguro de que ya no está entre nosotros.
Creo que está muerto. No podíamos seguir
corriendo el riesgo de la presencia de Vornan. Los conspiradores que mataron a César tuvieron la sensación de estar
realizando un servicio a la sociedad. Con Vornan desaparecido, la
pregunta sigue existiendo: ¿podemos
sobrevivir a su partida?
Hemos escrito el climax final adecuado para
el mito. Cuando un joven dios acude a
nosotros, le matamos. Ahora sí es con toda certeza el Osiris desmembrado
y Tammuz, el asesinado, y el llorado Baldur.
Ahora tiene que llegar el momento de
la redención y la resurrección…, y lo temo.
Vornan vivo podría haber cometido un error a tiempo, revelándose al mundo
como un estúpido, vanidoso, ignorante y amoral; una mezcla de pavo real y lobo. Vornan desaparecido es otro asunto. Ahora que le hemos sometido al martirio,
se encuentra más allá de nuestro
control. Quienes le necesitaban aguardarán al sucesor, alguien que llene
el vacío creado ahora. Creo que no nos
faltarán sucesores. Estamos entrando en una era de profetas. En una era de nuevos dioses.
Estamos entrando en un siglo de llamas. Temo
que quizá viva para ver el Tiempo del Barrido
sobre el que habló Vornan.
Basta. Ya casi es medianoche, y hoy es treinta
y uno de diciembre. Cuando suenen las campanas, el siglo
habrá terminado para todos, salvo para los
puristas. Hay fiesta en las calles. Hay canciones y bailes. Oigo gritos roncos
y el apagado retumbar de los fuegos
artificiales. El cielo arde, lleno de luz. Si quedan algunos Apocaliptistas, deben estar esperando la hora siguiente en el temor o en el éxtasis,
soñando con el final que se aproxima. Dentro de muy poco estaremos en el
año 2000. Qué extraño me parece ese número.
Ha llegado la hora de que por fin abandone mi
apartamento. Saldré a las calles, entre la
gente, y celebraré el nacimiento del nuevo año. No necesito escudo; ahora no estoy en peligro, exceptuando tan sólo el peligro en el cual debemos
vivir todos. El siglo muere. Saldré a la
calle.
FIN

