Libro N° 6026. Las Puertas Templarias. Sierra, Javier.
© Libro N° 6026.
Las Puertas Templarias. Sierra, Javier. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © Las Puertas Templarias. Javier Sierra
Versión Original: © Las Puertas Templarias. Javier Sierra
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
Libros Tauro:
http://www.LibrosTauro.com.ar
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://cloud10.todocoleccion.online/libros-segunda-mano-religion/tc/2017/05/09/12/86100640.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS PUERTAS TEMPLARIAS
Javier Sierra
Nueve,
como los misteriosos caballeros fundadores del Temple, han sido las personas
clave para la elaboración de esta obra. Robert Bauval, Louis Charpentier y
Graham Hancock inyectaron las dosis de investigación necesarias para darle su
forma definitiva. Roser Castellví sembró la semilla hace años, junto a ciertas
ruinas templañas en Tarragona. Juan G. Atienza fue -sin saberlo- oportunamente
generoso conmigo en momentos clave de su redacción, mientras que Ester Torres,
Geni Martín y Enrique de Vicente sufrieron más que nadie mis ausencias por
tantos meses de «navegación» al timón de estas páginas.
De
todos, no obstante, el más decisivo ha sido José María Calvin... el amigo que
me mostró siempre dónde estaba el sendero hacia el Grial
A
todos ellos, con mi eterna gratitud
«Si
secretum tibí sit, tege illud, vel revela.»
(Si
tienes un secreto, escóndelo o revélalo.)
PROVERBIO
ÁRABE adaptado por los cruzados
«¿Qué
es Dios? Es longitud, anchura, altura y profundidad.»
SAN
BERNARDO DE CLARAVAL
«Ocúpate
de no divulgar de manera sacrílega misterios santos entre todos los misterios
(...) Comunica las santas verdades sólo según una manera santa a hombres
santificados por una santa iluminación.»
DIONISIO
EL AEROPAGITA
INTRODUCCIÓN
En
agosto de 1995 viajé por primera vez a Egipto. Como todo el que llega a tierra
de faraones con un espíritu medianamente abierto, el primer contacto con sus
piedras, sus desiertos infinitos y sus fértiles riberas me hechizó. Regresé en
diciembre, y en marzo del año siguiente, y nuevamente en agosto... Así hasta en
nueve ocasiones durante los últimos cuatro años. ¿Razones? Las ha habido
personales y profesionales, pero tras cada escala en El Cairo o en Luxor sabía
que debía comenzar a hacer los preparativos para un nuevo e inminente regreso.
Y es curioso: nunca, en ninguno de los más de veinte países que llevo
recorridos, he sufrido esa imperiosa necesidad de retorno.
En
el último de mis viajes algo me llevó a adentrarme en el viejo barrio copto de
la capital, y a alejarme momentáneamente de pirámides y templos. En su museo
-una maravilla arquitectónica cuyos dos pisos se conectan entre sí por una
hermosa cadena de afiligranadas claraboyas octogonales-, descubrí que una de
sus vitrinas albergaba un fragmento de pergamino del Evangelio de Tomás. La
etiqueta que acompañaba aquel texto apócrifo indicaba que pertenecía al
conjunto de textos cristianos descubiertos en 1945 cerca del pueblecito de Nag
Hammadi, a las afueras de Luxor.
Me
impresionó. Aquellos trazos temblorosos habían sido redactados por uno de los
primeros escritores cristianos de la historia, un anónimo escriba que creía que
Tomás era el hermano mellizo de Jesús, y uno de los testigos directos de su
resurrección. Lo que más me llamó la atención es que, por paradojas de la
historia, ese texto hubiera ido a parar a Egipto, donde la doctrina de la
resurrección de la carne llevaba acuñada ya siglos gracias al mito de Osiris.
Al
regresar a España recordé que pocos meses antes de aquel «encuentro» había
adquirido en Londres la traducción íntegra de los escritos de Nag Hammadi, tal
como fueron redactados por una prácticamente desconocida secta gnóstica entre
los siglos III y IV de nuestra Era. Al repasarlos con atención, me extrañó que
en sus páginas se hicieran tantas alusiones, aunque tan intermitentes, a cierta
comunidad de sabios llamada «la organización», cuyo propósito último parecía
ser el de construir monumentos que recrearan en la Tierra «lugares
espirituales» que están en los cielos. Daba la impresión que debían de ser una
especie de «ángeles» en el exilio, tratando de reestablecer su contacto con los
cielos. Sufrían una obsesión arquitectónica que se resumía en su necesidad de
contrarrestar desde el suelo el imparable avance de ciertas «fuerzas de la
oscuridad» que los textos de Nag Hammadi nunca terminaron de describir con
detalle.
Los
gnósticos que redactaron el pergamino que envejecía dentro de aquella vitrina,
creían en la existencia de una lucha eterna entre la Luz y las Sombras. Una
guerra sin cuartel que ha terminado afectando de modo especial a los habitantes
de este planeta, y en la que algunas familias -como la de David, de donde
descendería Jesús- jugarían un papel determinante gracias a sus peculiares
vinculaciones con ciertos «superiores desconocidos» venidos «de arriba». El
particular credo de aquellos hombres del desierto se trasladó de alguna manera
a los alquimistas medievales y a los constructores de catedrales. Los
templarios -según deduje después de algunas averiguaciones en Francia, Italia y
España- tuvieron mucho que ver en esa transmisión de saber y en la perpetuación
del ideal del eterno combate entre el Bien y el Mal. Y así, sin quererlo, me vi
envuelto en la investigación de las vidas de aquellos que habían continuado la
labor de «la organización» durante más de trece siglos, preservando algunos
enclaves y planificando la erección de otros.
Con
el tiempo y buenas dosis de «suerte», llegué hasta las obras de buscadores
contemporáneos como Pietr Demianóvich Ouspensky, un ruso discípulo de un no
menos intrigante maestro armenio llamado Gurdjieff, que en 1931 llegó a la
fascinante conclusión de que los constructores de Notre Dame de París habían
heredado sus conocimientos... ¡de la época del levantamiento de las pirámides!
Es decir, que desde el antiguo Egipto hasta los canteros medievales debió de
existir una especie de «correa de transmisión» de sabiduría que ha pasado
desapercibida a ojos de historiadores y analistas. Es más, de ser acertada esa
idea, aquellos «maestros de la sabiduría» debieron dejar estampada su firma no
en el estilo arquitectónico empleado -eso hubiera sido demasiado burdo,
superficial-, sino en el modo idéntico en que planificaron unos y otros
edificios en relación a las estrellas, sin importar los milenios de historia
que los separaban.
Y,
claro, el desafío de localizar a los descendientes de aquellos maestros, de
aquellos «ángeles», me cautivó. ¿Dónde se encuentran hoy los custodios de tales
conocimientos? ¿Sería posible llegar a entrevistarse con ellos algún día? Ése
es el espíritu que anima este relato.
Para
elaborarlo, he rastreado las huellas dejadas por «la organización» -los
carpinteros (charpentiers) los llama esta novela- a lo largo de medio mundo, y
hoy creo haber encontrado parte de su rastro oculto en comunidades tan dispares
como los templarios o en obras tan armónicamente perfectas como las catedrales;
De la huella de esos «ángeles» -a los que veo como seres de carne y hueso,
infiltrados entre nosotros- ya adelanté algo en La dama azul (1) En las páginas
que vienen pretendo definirlos aún más. Atento, pues, querido lector.
1.
Publicada por esta misma editorial.
La
Navata,
bajo
el signo de Virgo,
septiembre
de 1999
ADVERTENCIA
Forzosamente,
las páginas que siguen recogen sólo una pequeña parte de unos hechos que
cambiaron silenciosamente la faz del mundo. No todos los detalles son
históricos -muchos, deliberadamente, huyen de ello-, pero sí contienen el
espíritu de algo que bien pudo ocurrir. Un día, si las Puertas se abren, como
espero, y la Providencia me lo permite, esta historia terminará de contarse.
OMEN
Jerusalén,
1125
Ni
por un segundo el bueno de Jean de Avallen imaginó que combatir con la coraza
de la fe (2) fuera algo tan real, tan próximo y tan peligroso a la vez
(2)
Años mas tarde, Bernardo de Claraval, al redactar su «Elogio de la nueva
milicia templaria» para dotar de una Regla a esta orden, empleaba exactamente
esas palabras al tratar de describir los verdaderos objetivos de la Ordo
Pauperum Commilitonum Christi Temphque Salomomci
Abrumado
por el inesperado giro de los acontecimientos, el caballero fingió indiferencia
y sonrió al conde cuando éste, inclinado sobre su oreja, le susurró el destino
al que debía encaminarse a la mayor brevedad posible las suyas fueron apenas
tres frases en lengua romance, breves, escuetas, que se colaron en el cerebro
de su siervo con la facilidad del soniquete de un trovador La última de ellas,
por cierto, se le grabó a fuego «Yo os serviré de guía», dijo.
Jean,
impresionado, acepto aquel nuevo mandado y se apresuró a entonar el Te Deum
laudamus como si nada hubiera alterado el ritmo de las cosas.
Pero
no era así
Preso
de una excitación inenarrable, el joven guerrero del manto inmaculado pronto
cayó de hinojos frente a su mentor, besó el sello del condado de la Champaña
grabado en oro sobre su espléndido anillo y pronunció en voz alta su juramento
para que todos le oyesen:
-Acepto
de buen grado vuestras órdenes, mi señor -dijo balbuceando-, y las acataré
aunque en ello me vaya la vida. Ahora que he visto la Verdad, que Nuestra
Señora proteja tan sagrada misión, amén.
Nadie
se sorprendió. A fin de cuentas el noble Hugo de Payns, senescal y hombre de
confianza del conde, se lo había dejado bien claro el mismo día que le reclutó
en Troyes, hacía ya algún tiempo. «La milicia que estamos reuniendo -le aseguró
de camino a la capilla donde se celebró su ceremonia de admisión- tendrá un
doble frente de combate: lucharemos sin cuartel contra quienes bloqueen los
caminos hacia el Santo Sepulcro, y nos batiremos contra las fuerzas
espirituales del Mal que amenazan a nuestro mundo. Vuestro trabajo, noble Jean
de Avallon, podrá desarrollarse indistintamente en ambas direcciones, por lo
que deberéis estar preparado para enfrentaros en cualquiera de esas batallas.»
Tuvo
este aviso profético en el verano de 1118, hacía ya siete largos años. Fue
entonces cuando Jean recibió el hábito albo que ahora lucía con orgullo. Aquel
lejano mes de julio el joven Avallon cumplía diecinueve primaveras, y su porte
orgulloso y fuerte, su carácter decidido y emprendedor, sus cabellos dorados y
sus ojos verde esmeralda, habían conseguido impresionar a los ejecutores del
proyecto, que pronto comenzaron a planearle un futuro lleno de
responsabilidades. A ello, desde luego, no fue ajena la «señal» de que su
nacimiento coincidió con el momento en que Godofredo de Bouillon conseguía
rendir Jerusalén y conquistarlo de manos turcas para la cristiandad.
El
arrollador triunfo de aquella primera cruzada iba a resultar decisivo. Mucho
más de lo que el Papa o los reyes europeos habían previsto.
Sea
como fuere, sólo él y ocho hombres más, todos mucho mayores que Jean,
recibieron el manto pálido que en adelante les distinguiría como los primeros
guerreros del ejército más particular que vieran los siglos: el de los Pobres
Caballeros de Cristo.
En
Troyes, Jean conoció a Godofredo de Saint Omer -un gigante de barbas blancas y
mirada cálida que ahora bajaba la vista mientras el conde le impartía su
bendición-, a Andrés de Montbard -tío de otro adolescente que pronto
despuntaría como un religioso feroz e implacable al que se conocería como
Bernardo de Claraval y que terminaría en los altares-, a Foulques de Angers -un
anciano saco de huesos que aún echaba fuego por los ojos- y a tantos otros
guerreros de probado valor que le rodeaban en aquel lance.
También
allí, en la misma capilla privada de Troyes, el joven Jean se tropezó por
primera vez con un desigual grupo de soldados, la mayoría cruzados que ya
habían cumplido el sueño de hincar su rodilla ante la tumba de Nuestro Señor
Jesucristo, que también recibieron entonces sus mantos negros o de buriel en
señal de pertenencia a la nueva milicia de De Payns.
Pero
¡cómo pasa el tiempo! ¡Y cuánto envidiaba ahora a aquellos hombres sin
responsabilidad ni noción alguna de lo que estaba sucediendo!
Es
conveniente repetirlo: siete largos años habían transcurrido ya desde esa
remota ceremonia de admisión, escueta y prudente. El capellán de entonces, un
hermano del caballero Hugo, bendijo los aperos de Jean de Avallon y le ungió
con la señal de la cruz antes de recomendarle que rindiera todo su ser a la
sagrada misión que, tarde o temprano, iba a encomendársele. Fue una «señal» más
de hecho, el joven caballero nunca terminó de entender aquello de la «sagrada
misión» hasta que, recién comenzado el séptimo invierno de campaña en
Jerusalén, durante las tareas de restauración de Haram es-Sharif o «el noble
santuario» como llamaban los árabes al antiguo recinto del Templo de Salomón,
un aviso sorprendió a los allá destinados.
Al
de Avallon la noticia le llegó mientras desenterraba un enorme arcón de piedra
cerca de la llamada Cúpula de la Cadena, unos metros al este de la
impresionante mezquita conocida como La Roca. Trabajaba a destajo desde hacía
meses despejando las antiguas cuadras del rey Salomón, pero llevaba casi tres
semanas empeñado sólo en arrastrar aquel pesado cofre a la superficie.
Fue
a primera hora de la mañana. Uno de sus sargentos, el responsable de la
farmacia, un tal Renard, descendió al túnel para darle la nueva: «Mi señor
-tosió bajo la nube de polvo que levantaron sus botas en el subterráneo-,
nuestro maestre Hugo ha recibido un mensaje urgente desde Francia. Os ruega que
acudáis cuanto antes al capítulo». «¿Sabéis de qué se trata?», preguntó el
caballero. «No. Pero debe de ser algo grave. Acudid presto.»
Cuántos
recuerdos.
Hugo
de Payns, en efecto, a eso de la hora tercia (1) de aquel mismo día, celebró
una reunión extraordinaria del capítulo en la antigua mezquita de Al Aqsa,
donde su majestad Balduino II había tenido instalada su escuálida corte hasta
hacía bien poco. Él era un hombre calculador, que disimulaba su ansiedad con un
verbo pausado, padre de una gran familia y extraordinariamente leal a los
suyos. No se anduvo, pues, con rodeos. En el interior de Al Aqsa, rodeado de
columnas de mármol desnudas de casi seis metros de altura, y al amparo del eco
de sus muros vacíos, informó a sus hombres que el conde de Champaña, otro Hugo
de ilustre linaje que había financiado los primeros momentos de la nueva Orden
de los Pobres Caballeros de Cristo, estaba próximo a llegar a Jerusalén para
unirse a su «cruzada secreta».
(1)
Nueve de la mañana
«La
sombra del Mal está más cerca que nunca de nosotros -sentenció el De Payns con
un gesto severo, que denotaba lo delicado del momento. En realidad, leía del
mensaje que acababa de recibir-. Nuestro amado conde está inquieto por ello; no
duerme ni comulga en paz desde hace meses y ha tomado la dolorosa decisión de
abandonar sus posesiones, esposa e hijos, para acompañarnos en nuestra primera
batalla verdadera: la que estamos a punto de librar contra el más poderoso
enemigo que existe sobre esta tierra.»
El
anuncio del caballero De Payns, como tantas otras cosas que sucedieron
entonces, pronto se revelaría rigurosamente exacto.
TEMPLUM DOMINII
La
«Bestia», en efecto, se desencadenó la madrugada del 23 de diciembre del año
del Señor de 1125. Pero su ira fue breve.
Vayamos
por partes.
Antes
del alba, y siguiendo las precisas instrucciones dadas por Hugo de Payns la
noche precedente, los nueve de los mantos blancos se introdujeron en el recinto
del Templo a través de la Puerta de los Algodoneros, abierta casi en el centro
de su muro occidental. Desprovista de vigilancia alguna, la entrada de aquel
grupo de nobles no llamó la atención de nadie.
Jerusalén,
a esas horas, disfrutaba de sus únicos momentos de quietud del día. No había
mercaderes en las esquinas, ni aguadores, panaderos o soldados. Es más, los
templos y lugares de devoción estaban también cerrados a cal y canto como
medida de seguridad contra mendigos y maleantes. La ciudad, pues, parecía tan
vacía como el vecino valle de Josafat.
Se
dirigieron a buen paso hacia las escaleras que ascienden hasta la plataforma
donde se levanta la llamada Cúpula de la Roca,(1) y sin apenas tiempo para
echar un vistazo a los primeros destellos del sol que se clavaban sobre su
cimborrio de cobre, treparon por ellas.
1.
Del latín, «Templo del Señor». Los cruzados conocían por ese nombre a la
«Cúpula de la Roca» situada dentro del recinto del antiguo Templo de Salomón,
en Jerusalén.
-¿Conocéis
la leyenda árabe de este lugar, joven Jean?
Andrés
de Montbard, el fornido guerrero borgoñón nacido en las mismas riberas del río
Armancon, susurró su pregunta a Jean de Avallon mientras se aproximaban a la
Puerta del Paraíso, al norte del recinto. El caballero, sorprendido, meneó la
cabeza.
-¡Válgame
Dios! -bramó el de Montbard, conteniendo su torrente de voz-. ¿No habéis salido
de vuestro agujero en todo este tiempo? Excavar y excavar, ¿a eso os dedicáis
únicamente?
-No,
pero...
-¡No
hay excusas! Deberíais saber que el conde Hugo en persona, durante su primer
viaje a Jerusalén con la cruzada de 1099, fue el único cristiano que se
preocupó por averiguar qué había de verdad en la leyenda que decía que el
profeta Mahoma había viajado hasta este preciso lugar en una sola noche. De eso
sí habréis oído hablar, ¿verdad?
Jean
de Avallen asintió.
La
silueta rechoncha del borgoñón gesticulaba como un fauno chiflado a su
alrededor. Caminando en cuclillas y silbando como una serpiente le explicó cómo
los sarracenos creían que el Profeta llegó a Jerusalén volando desde La Meca a
lomos de una burra mágica a la que llamó Al-Baraq, que quiere decir
«relámpago». Una montura todopoderosa, de crines de fuego y ojos iridiscentes,
enviada por Alá en persona.
-¿Un
relámpago? -los ojos del joven se abrieron como platos.
-Bueno
-tosió Montbard para aclarar la garganta igual que hacían los trovadores en
Francia-, lo poco que sé es lo que rumoreaban los cruzados: que Mahoma se
encontraba en aquel entonces en una situación muy delicada porque su esposa
Khandiya acababa de morir y su tío Abu Taleb también. Al parecer, en medio de
su dolor, una noche se le apareció el arcángel Gabriel vestido con una túnica
de estrellas, invitándole a venir hasta aquí. ¿Qué os parece? Su piel
centelleaba como el rayo y, como a la burra, era imposible mirarle a la cara
sin quedarse ciego.
-¿Y
le dijo para qué quería llevárselo de La Meca?
-Deseaba
mostrarle algo que le consolaría y le daría fuerzas para terminar con éxito su
misión. Quería convencerle de que su esposa y su tío estaban más vivos que
nunca, en el Paraíso. Y hasta dicen que Gabriel lo subió a lomos de Al-Baraq y
lo acompañó sobre aquella prodigiosa montura justo hasta este templo.
-¿Éste?
Jean
no salía de su asombro siguiendo las explicaciones del caballero.
-Así
es, joven amigo -volvió a musitar-. Aquí le aguardaban Abraham, Moisés y Jesús
para confirmarle que él, hijo predilecto del clan de los Hasim, era también el
heredero legítimo de un largo linaje de profetas.
-Parecéis
creeros esa historia a pies juntillas, Montbard.
El
borgoñón, que aún hablaba en voz baja, como si temiera ser escuchado por el
resto, se detuvo a pocos pasos de la escalera de acceso a La Roca para
recuperar el resuello. Estaba demasiado gordo para hablar, saltar, actuar y
caminar a la vez.
-¡Es
glorioso! -jadeó-. ¡No sabéis nada! ¡No tenéis ni idea de la historia de este
lugar pero estáis aquí, con nosotros! ¿Por qué se os reclutó?
Antes
de que Jean de Avallon pudiera protestar siquiera a aquellos insolentes
comentarios, Monfort le detuvo.
-¡No
me lo digáis! Yo os lo explicaré todo. Que Mahoma viera o no en este templo a
los patriarcas bíblicos y a Nuestro Señor realmente no nos incumbe. Lo que
verdaderamente importa ahora, lo que interesó a nuestro señor conde, es lo que
le ocurrió después al Profeta.
-¿Después?
-¡Pues
claro! -bramó-. Tampoco oísteis nada de eso, ¿verdad?
Jean
comenzaba a sentirse como un perfecto estúpido. ¿Por qué nadie le había puesto
al corriente de aquellos retazos de historia de los que presumía Montbard?
¿Tenía acaso que ver con la discreción con la que se trataban entre sí los
caballeros más veteranos? ¿Explicaba esa actitud la prohibición de que ningún
caballero entrase solo en la Cúpula de la Roca sin autorización expresa de Hugo
de Payns?
-Escuchadme
bien -prosiguió Montbard en tono confidencial-. Dicen que alguien, desde el
cielo, lanzó sobre La Roca que pronto veréis una escalera hecha por entero de
luz, y que ésta se ancló sobre la que aquí llaman la piedra de Yaqub (1) Por
ella Mahoma trepó a los cielos, los recorrió de arriba abajo, y se maravilló de
lo grande y perfecta que es la creación de Dios.
(1)
De Jacob.
-¿Y
decís que partió desde aquí a semejante viaje?
-Así
es.
-¿Y
regresó?
-Sí,
con gran sabiduría. Y muy equivocado tendría que estar, mi querido hermano, si
algo relacionado con esa escalera no fuera la razón última por la que hemos
sido convocados aquí por nuestro señor conde. Después de la cruzada, él regresó
a Francia pero encargó a Hugo de Payns que siguiera indagando en esa leyenda y
encontrara la escala.
Jean
de Avallen subió de tres o cuatro zancadas las escaleras porticadas que los
árabes llamaban mawazen (las balanzas) y alcanzó en un suspiro la Puerta del
Paraíso. Bajo su impresionante dintel turquesa y negro, uno de los sargentos de
la Orden le tendió una antorcha encendida. Y después, otra a Montbard. Los dos
eran los últimos en llegar.
-¿La
veis? -le increpó el borgoñón nada más penetrar en las penumbras de aquel
impresionante recinto octogonal.
-¿A
qué os referís?
-A
La Roca. ¿Qué va a ser? La tenéis a vuestra izquierda. Este corredor columnado
sólo es un deambulatorio que rodea al único pedazo del monte Moriah que está al
descubierto. Para los judíos ésta es la roca primordial en torno a la que Dios
creó el mundo; sobre ella Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac,
y aquí mismo fue también donde su nieto Jacob tuvo su visión de la Scala Dei
por la que vio ascender y descender miríadas de ángeles.
Jean
resopló de asombro.
-Lo
que ignoro -titubeó Montbard- es por qué lleva tantos años cerrado este lugar a
nuestros caballeros...
-Es
más hermoso de lo que imaginaba.
-Lo
es.
Mientras
el eco de sus últimas palabras se diluía entre los pliegues del mármol y la
pedrería circundante, Hugo de Payns, a la cabeza del grupo, hizo un exagerado
ademán indicándoles dónde estaba el punto de destino. Situado en el naneo
sureste de La Roca, la meta era un tosco agujero practicado en el suelo en el
que apenas se dejaban ver unos peldaños excavados a cincel, sin pulir. Los
escalones se perdían tierra adentro, y al fondo, al final de lo que parecía un
breve y estrecho corredor, se intuía una acogedora luminosidad anaranjada.
Lo
atravesaron sin pensar.
Al
otro extremo, de pie, los esperaba impaciente el conde de Champaña. De unos
cincuenta años bien cumplidos, rasgos severos, ojos marrones y una prominente
nariz ganchuda que se encorvaba sobre sus barbas grises, Hugo de Champaña
vestía un jubón y calzas inmaculadamente blancos.
-Pasad,
pasad hermanos al interior de la cueva primigenia, al axis mundi de la
cristiandad -les exhortó-. Dejad fuera vuestros prejuicios, y permitid que el
espíritu de la Verdad os penetre.
Junto
a él, también de pie, uno de los capellanes de su séquito sostenía un
voluminoso ejemplar manuscrito de la Biblia. Era un mozo joven, con el pelo
cortado según las exigencias del Cister, y al que ninguno de los caballeros
había visto antes en la Casa de la Orden o en los capítulos de aquellos días.
Cuando
Hugo de Payns entró tras Jean de Avallon en la cripta inacabada, el clérigo
supo que la ceremonia debía empezar.
-Estamos
todos -asintió el conde-. El sabio, el ingenioso, el astuto, el audaz, el
temeroso de Dios, el loco, el generoso, el mago y el ignorante. Procedamos,
pues, a abrir el camino hacia el Altísimo.
Y
dicho esto, alzó el índice de su mano derecha dando a entender al clérigo que
la ceremonia debía empezar.
-Lectura
del sagrado Libro del Génesis, capítulo vigésimo octavo -dijo, mientras los
caballeros se santiguaban mecánicamente-: «Jacob salió de Berseba y marchó a
Harrán. Llegado a cierto lugar, pasó allí la noche porque el sol habíase ya
puesto. Tomó al efecto una de las piedras del lugar, se la colocó por cabezal y
se tendió en aquel sitio. Luego tuvo un sueño y he aquí que era una escala que
se apoyaba en la tierra y cuyo remate tocaba los cielos, y ve ahí que los
ángeles de Elohim subían y bajaban por ella».
Andrés
de Montbard guiñó un ojo a Jean, que se había acomodado justo en el lado
opuesto adonde se encontraba él. Pronto supo por qué.
-Proseguid,
padre -ordenó el conde.
-He
aquí, además, que Yahvé estaba en pie junto a ella y dijo: «Yo soy Yahvé, Dios
de tu padre Abraham y Dios de Isaac. La tierra sobre la que yaces la daré a ti
y a tu descendencia, y será tu posteridad como el polvo de la tierra, y te
propagarás a poniente y oriente, a norte y mediodía, y serán benditas en ti y
tu descendencia todas las gentes del orbe. Mira, Yo estaré contigo y te
guardaré dondequiera que vayas y te restituiré a esta tierra, pues no te he de
abandonar hasta que haya cumplido lo que te he prometido». Jacob se despertó de
su sueño y exclamó: «¡Verdaderamente Yahvé mora en este lugar y yo no lo
sabía!». Y cobrando miedo, dijo: «¡Cuan terrible es este sitio; no es ésta sino
la Casa de Elohim y ésta la Puerta del Cielo!». -Y añadió-: Palabra de Dios.
-Dios,
te alabamos -respondieron los demás.
Mientras
el capellán cerraba ceremoniosamente las escrituras y envolvía su libro en una
tela de lino blanco inmaculado, el señor de la Champaña dio un paso adelante
situándose en medio de la sala. Tras besar la cruz de plata que el cura llevaba
colgada del cuello y doblar su rodilla frente a la custodia con el Cuerpo de
Cristo que había ordenado bajar a la cueva poco antes, clavó su mirada en los
caballeros.
-¿Veis
esta losa de mármol en el suelo?
Bajo
los pies de su señor se distinguía, efectivamente, una baldosa de veinte por
veinte centímetros, muy pequeña, sin signo alguno grabado sobre ella.
-Es
el lugar donde, según la Biblia, se posó la escala que vio Jacob -aclaró-.
Exactamente el mismo punto sobre el que el rey David levantó el primer altar a
Dios después de pecar gravemente de soberbia contra Él. (1) Fue él el monarca
que ordenó a Joab y todo su ejército que censaran a la población de Israel,
desconfiando así de la promesa hecha por Yahvé a Jacob cuando le prometió que
«tu descendencia será como el polvo de la tierra».
1. 2
Samuel, 24.
Hugo
de Champaña miró los rostros serios de sus hombres y continuó.
-¿Es
que no lo veis? Jacob primero y David después rezaron justo en este lugar, y
fue aquí donde al padre del sabio Salomón se le apareció un ejército celestial
que descendió por otra escala de luz y le mostró cómo debía ser el edificio que
protegiera esta puerta de entrada a los cielos. ¡Estáis en la Puerta! ¡En el
Umbral del Cielo! ¡En el umbilicus mundi que une este mundo con el otro!
-También
Mahoma vio esa escala, señor... -Jean de Avallon, casi completamente oculto
tras las anchas espaldas del flamenco Payen de Montdidier, se atrevió a
interrumpir al conde.
-Así
es, joven Avallen. Y en cierta medida, todos vosotros estáis aquí por esa
razón. Cuando hace cuatrocientos años los sarracenos tomaron esta tierra y
erigieron sobre la Roca de Moriah tan singular mezquita, sabían que estaban
encerrando entre muros de piedra el secreto de la Escala. Fue durante el asedio
de Antioquía, en el camino de Siria, cuando descubrí la terrible verdad...
-¿Terrible
verdad? ¿A qué os referís, señor?
El
conde Hugo volvió la cabeza, clavando su mirada en el gesto adusto de su fiel
Godofredo. El gigante, con los brazos cruzados sobre el pecho como si fuera un
Pantocrátor a punto de administrar justicia, le observaba expectante.
-Estuvisteis
conmigo allá, ¿ya no lo recordáis?
-Claro,
mi señor -protestó-. Pero no permanecí junto a vos todo el tiempo, porque
dirigí uno de los escuadrones que vigilaron el sector oriental de la ciudad
durante los nueve meses que duró nuestro sitio.
-Comprendo.
Entonces faltasteis al parlamento que tuve con uno de los sheíks sarracenos que
vinieron a negociar la paz con nuestras tropas. Se llamaba Abdul El-Makrisi y
llegó a mi tienda acompañado de un viejo intérprete turco que nos explicó al
príncipe Bohemundo y a mí lo peligroso que era que perseveráramos en nuestro
asedio a su ciudad.
-¿Peligroso?
¿Osó amenazaros en vuestro propio terreno?
-No,
mi fiel Saint Omer. Aquel sabio musulmán vino para advertirnos que Antioquía
era una de las plazas fuertes que protegían la ruta hacia un lugar maldito que
los cruzados debíamos evitar a toda costa. Se trataba de una de las siete
torres que el mismísimo Diablo había hecho construir entre Asia y África,
levantándolas en regiones tan remotas como Mesopotamia o las lindes de Nínive.
El-Makrisi nos explicó que aquellas torres estaban en manos de los seguidores
de cierto califa llamado Yezid, enemigo de su sultán, y abogados de la
inocencia de Lucifer y su buena voluntad para con los hombres.
-¿Defendían
a Lucifer?
-Aunque
parezca increíble, así es. Los yezidícs creen que fue el único ángel con
suficiente valor para cuestionar a un Dios colérico y justiciero como el de los
judíos o el del Profeta.
-¿Y
la «terrible verdad» de la que habláis?
-El-Makrisi
nos reveló que una de esas torres de acceso al Infierno se erigió en Jerusalén,
precisamente en este mismo lugar. Nos juró que los turcos tomaron la ciudad con
la secreta intención de sellar esa entrada para siempre y auguró que si les
echábamos de aquí, como sucedió, recaería sobre nosotros la responsabilidad de
constituir una nueva estirpe de guardianes de la Puerta. De lo contrario, el
Mal volvería a emerger por ella. Además, se nos dijo que al menos otras siete
entradas se abrirían en Occidente, y que a nosotros nos correspondería
sellarlas para siempre.
-¿Y
qué pasó? -preguntó Jean de Avallen, que llevaba un rato escuchando
sobrecogido.
-No
hicimos caso. Tras algunas deliberaciones, tomamos Antioquía gracias a un
traidor que nos tendió cuerdas y escalas desde una de sus almenas, y una vez
dentro dimos muerte a todos y cada uno de sus habitantes. La justicia divina se
impartió durante veinticuatro horas, sin interrupción ni piedad. Nuestras
espadas no distinguieron entre ancianos, mujeres, niños o soldados, y al final
del segundo día toda la sangre turca de Antioquía corría por sus calles. Y con
ella los detalles sobre las Torres del Diablo de las que sólo conseguimos
averiguar que formaban sobre la tierra la figura del Gran Carro celestial. (1)
1.
La Osa Mayor.
-¿Y
después?
-Después
vinimos a Jerusalén y comprobamos que, en efecto, el aviso de El-Makrisi era
real. La terrible verdad estaba viva. ¡Viva! ¿Lo entendéis?
El
conde cerró los ojos antes de continuar.
-Fue
al llegar a este lugar cuando comprendí la responsabilidad que había caído
sobre mí. También fue un 23 de diciembre, como hoy, cuando aquí abajo decidí
fundar la Orden a la que pertenecéis y asumir la responsabilidad que adquirí al
desoír a aquel sabio sheik.
-Entonces
-le atajó Godofredo-, en realidad nuestra misión no es la de guardar los
caminos de los peregrinos, sino proteger la Puerta que hay al final de éste.
-Las
Puertas, Godofredo. Las Puertas.
SCALA DEII
Jean
de Avallon y los ocho hombres que estuvieron con el conde de Champaña esa
madrugada en la cueva de La Roca, jamás terminaron de entender lo que sucedió a
continuación. Fue algo que, sólo cuando pudieron reflexionar sobre ello lejos
de Jerusalén y embarcados en las misiones que se les asignó, aceptaron como un
hecho minuciosamente planeado por su señor.
Ocurrió
así: Tras sus parcas explicaciones sobre la ubicación de las Torres del Diablo,
el señor de la Champaña, solícito, ordenó a su capellán que avisase a algunos
sirvientes a los que había apostado cerca del cubículo santo. Les dio algunas
indicaciones precisas que ninguno escuchó y regresó después con sus caballeros
para seguir con el oficio sagrado.
Así,
mientras los guerreros atronaban la estancia entonando Spiritus Domini Repkvit
Orbem Terrarum (El espíritu del Señor impregna toda la Tierra), media docena de
mancebos vestidos con ropa de vivos colores dispusieron junto a cada uno de los
guerreros hermosas copas de piedra. Vertieron en ellas un vino fresco y
aromático, y después se retiraron discretamente escaleras arriba.
1.
Del latín, «Escalera de Dios».
-Bebed
la Sangre de Cristo, hermanos, y juramentaos contra el Maligno ofreciendo
vuestros filos a la protección de la Escala de Dios -dijo el conde alzando su
copa y rozándola contra el techo bajo de la cueva.
Los
caballeros imitaron el gesto. Tocaron piedra con piedra y bebieron tres, quizá
cuatro veces más de aquel licor dulce. Después se dejaron inundar por una
extraña sensación de bienestar que manaba de sus propias entrañas.
Gondemar
de Anglure fue el primero en notar la bofetada de calor al ascender hasta el
nivel de La Roca. Cuando abandonó la cueva había amanecido ya, pero aquel
antiguo escribano salido del convento de Claraval para empuñar la espada,
tembló de sorpresa. No sabría cómo describirlo con palabras; fue como si una de
aquellas lenguas de fuego de las que hablaban los Evangelios en el episodio de
Pentecostés acabara de posarse sobre su cabellera nada más emerger al recinto
de la cúpula. Su vello se erizó, sus músculos perdieron súbitamente toda la
fuerza y una especie de nube densa nubló sus sentidos.
Sin
saber cómo ni por qué, su mente se iluminó. El entorno era hiperreal, lleno de
contrastes y matices que jamás había visto. Después, una extraordinaria
claridad se abrió paso entre sus confusas ideas, y hasta aquellos
ininteligibles grabados en árabe que poblaban las paredes enjoyadas de la
mezquita comenzaron a cobrar sentido para él. En cuestión de segundos, cada
palabra, cada frase extraída del Corán y grabada en piedra, era misteriosamente
comprendida por su mente.
¿Qué
prodigio era aquél?
De
rodillas, con los ojos fijos en el tambor que rodeaba la cúpula, e invadido de
una gratitud sin límite, Gondemar comenzó a recitar maravillado:
-¡Oh,
María! -bramó-. En verdad, Dios te anuncia la buena noticia de su Verbo. Su
nombre es el Mesías Jesús, hijo de María, considerado en este Mundo e ilustre
en el otro, y uno de los próximos a Dios...
-¡Es
la Sura tercera! -asombrado, Hugo de Payns comenzó a notar que él también
estaba a punto de perder el equilibrio.
-¿La
Sura?-preguntó otro.
Su
duda recibió una respuesta mecánica, insulsa, poco antes de que el senescal del
conde cayera violentamente sobre sus rodillas.
-Tercer
libro del Corán, versículo 40, hermano...
Qué
espectáculo. Uno tras otro, los caballeros fueron dándose cuenta del prodigio
que estaba produciéndose a su alrededor, y contagiados por un repentino fervor
místico, se arrodillaron alrededor de Gondemar. Pero éste no estaba sumergido
en trance alguno, ¡leía! Y Hugo, con los ojos húmedos, murmuraba casi
imperceptiblemente aquellos mismos versos, siguiéndolos con la mirada alrededor
de todo el perímetro de la bóveda filigranada. Era un milagro.
El
conde fue el último en postrarse.
Lo
increíble, no obstante, llegó instantes después. Un temblor persistente,
acompañado de un zumbido parecido al que causarían cien mil abejas danzando
alrededor de su reina, se extendió por todo el recinto. Venía de ninguna parte
y de todas a la vez, pero tamizó la atmósfera del lugar haciéndola casi
tangible.
Nadie
permaneció ajeno a aquella mutación. Imposible. Desde el suelo, un
estremecimiento agudo atravesó las botas de tafilete de los guerreros, y
ascendió vertiginosamente por sus calzas hasta apoderarse de cada una de sus
extremidades. Era un temblor constante, que encrespó sus cabellos y les hizo
sentir un fuerte cosquilleo por todo el cuerpo.
Ninguno
se movió.
No
podían.
Y
tampoco los sirvientes o los sargentos que habían sido apostados en varios de
los rincones del octógono.
Después,
sin anunciarse, llegó la luz. Un fogonazo fuerte, casi sólido, estalló frente a
ellos, en la misma vertical de La Roca. Fue en un abrir y cerrar de ojos. El
tiempo suficiente para que el zumbido se intensificara hasta el dolor y los
congregados cayeran al suelo retorciéndose de angustia.
Duró
poco. Como mucho, lo que se tarda en contar hasta diez. Y después, cuando el
tormento se esfumó, un denso silencio se apoderó del lugar.
-¿Lo...
visteis?
El
conde fue el primero en quebrar aquella calma.
-Era
una escala -murmuró uno de ellos.
-No.
Ésa es la fuerza del Maligno. Sólo quien disponga de la coraza de la fe,
resistirá... y vencerá. Ahora que ya lo sabéis, ¿deseáis aún continuar en esta
Orden?
Jean,
todavía encogido de dolor a pocos pasos del acceso al subterráneo, fue el
primero en asentir.
Conmovido,
el señor de la Champaña se acercó hasta él y, agachándose hasta colocarse a su
altura, le murmuró en voz baja algo al oído:
-En
ese caso, mi fiel Jean de Avallon, vos buscaréis las puertas de Occidente y
sellaréis cada una de ellas con un templo. Serán obras tan magníficas, tan
perfectas, que jamás dejarán entrever lo que ocultan. Y no os preocupéis, yo os
serviré de guía.
Jean,
con los ojos enrojecidos y húmedos, miró al frente, hacia La Roca ahora oscura
y vacía. Meditó las palabras del conde, y tras guardárselas en el corazón,
acertó a asentir en voz alta y clara, para que todos le oyesen.
-Acepto
de buen grado vuestras órdenes, mi señor -dijo balbuceando-, y las acataré
aunque en ello me vaya la vida. Ahora que he visto la Verdad, que Nuestra
Señora proteja tan sagrada misión, amén.
-Amén
-respondieron cuantos le oyeron, sin saber a qué.
SATÉLITE
Toulouse,
en la actualidad
Allí
estaba otra vez.
El
ERS-1 (1) se balanceó suavemente sobre su costado izquierdo, orientando de
nuevo los paneles plateados hacia la tranquila superficie del planeta azul.
Obedecía así a la última instrucción electrónica enviada desde la Tierra apenas
unas décimas de segundo antes.
1.
European Remote Sensíng.
Su
carcasa dorada centelleó mientras un silencio de espanto, el mismo que tantos
astronautas han intentado describir al regreso de sus paseos espaciales,
arropaba toda la maniobra como un manto protector.
La
recreación por ordenador de aquel instante no dejaba lugar a dudas: con una
majestuosidad envidiable, el satélite, dócil, acababa de inclinar veinte grados
el eje del cajón rectangular que sujetaba sus delicados instrumentos. Sólo los
paneles lisos de cerámica estampados con el emblema de la Agencia Espacial
Europea, se contrajeron ligeramente extendiendo aquella ligera sacudida por
todo el ingenio.
A
las 13.35, hora GMT en punto, todo estaba otra vez dispuesto para que el
«baile» se repitiese.
Quien
más quien menos cruzó los dedos.
Pese
a que la operación marchaba según el programa previsto por el equipo del
profesor Monnerie, los técnicos sabían que aquel era el momento más delicado de
toda la misión. Y se notaba. Una espesa nube de nicotina había engullido hacía
un buen rato los monitores desde donde se seguía el ajuste orbital del
satélite. De hecho, fue aquella niebla informe y seca lo primero que Michel
Témoin respiró nada más entrar a la Sala de Control.
Allá
dentro parecía de noche. El anfiteatro de tres gradas que rodeaba la gran
pantalla mural desde la que se dominaban las órbitas del resto de satélites de
la Agencia, estaba más atiborrado que de costumbre. Con las luces atenuadas,
los monitores de las consolas encendidos y los miles de teclas multicolores
resplandeciendo a la vez, el lugar parecía a punto de hervir.
-Estamos
preparados, señor.
Una
voz metalizada tronó en toda la estancia.
Adoraba
aquello. Llevaba casi tres años sin ver otro paisaje que ese enloquecido
universo de luces, señales electrónicas e instrucciones mecanizadas. No sabía
si fuera de allí llovía o hacía sol, si habían dejado atrás el invierno o el
verano. Fuera la época del año que fuese, siempre dejaba aquella sala siendo de
noche, y aunque muchas veces le quitaba el sueño el proyecto que llevaba entre
manos, nunca faltaba un día a su cita con la lectura. Lo había heredado de
Letizia... pero prefería no acordarse demasiado de ella.
-Podemos
reiniciar ya la cuenta atrás, señor.
El
operador responsable de las comunicaciones con el satélite, un clónico de Andy
Warhol que estaba sentado frente a la más céntrica de las mesas de control de
la sala, acababa de dar luz verde a la siguiente maniobra del ERS-1.
-Gracias,
Laplace -respondió alguien a sus espaldas-. ¿Está ya la antena en posición?
-Lista
para desplegarse, señor.
Témoin
palideció. Aquel segundo timbre de voz, que retumbó en el hemiciclo a través
del sistema de megafonía interno, era lo último que el ingeniero jefe esperaba
escuchar allá abajo. Sin embargo, no había error posible: Jacques Monnerie en
persona había descendido a los infiernos y estaba dando las órdenes al satélite
a pie de panel. ¿Y qué diantres hacía allí la máxima autoridad de la estación,
codo con codo con los «mortales» operarios del CNES? (1) ¿Inspeccionar por
sorpresa una misión rutinaria?
1.
Siglas del Centro Nacional de Estudios Espaciales de Toulouse
Témoin
sacudió la cabeza, y antes de que pudiera dar marcha atrás y regresara
indignado por donde había venido, meteorman -apropiado sobrenombre para un
manojo de nervios como Monnerie- le detuvo en seco de un grito. Se había
arrancado de cuajo micrófono y auriculares, y corría hacia él.
-Mon
dieu, Michel. ¿Dónde demonios se había metido usted? Llevo veinte minutos
tratando de localizarle.
-¿Veinte
minutos?
El
ingeniero, un hombre de mediana edad, gafas de pasta negras y bigote bien
recortado, trató de dibujar una sonrisa ingenua y convincente.
-Lo
siento, señor. Estaba en la sala de comunicaciones verificando los sistemas de
navegación del satélite. Nadie me ha informado de que usted controlaría esta
operación personalmente...
-Está
bien -le atajó meteorman sin demasiado convencimiento, mirándole por encima del
hombro-. Supongo que allá arriba todo estará en orden para la nueva captura de
imágenes, ¿no?
Un
escalofrío recorrió la columna vertebral de Témoin.
-El
ERS está preparado, profesor. Le aseguro que a mis hombres no se les escapará
ningún detalle.
-Eso
espero, Michel. Por su bien. Ustedes los científicos no tienen ni idea de lo
que cuesta cada uno de sus fracasos al presupuesto nacional.
El
profesor gruñó algo más en voz baja, que el ingeniero no acertó a descifrar.
Encogido dentro de su chaqueta, chasqueó la lengua antes de rematar:
-No
necesito recordarle que los resultados que obtuvimos ayer fueron un galimatías
ininteligible, señor Témoin -dijo vaciándole una pequeña nube de humo en la
cara-. Un desastre cartográfico napoleónico. ¡Y usted también me prometió que
todos los sistemas funcionarían correctamente!
-Eso
creía, señor. Pero esas cosas ocurren a veces. Ya sabe, una inversión de la
temperatura en las capas altas de la atmósfera, un haz de radar militar...
-¡Bobadas!
Pese
a su vista cansada, su pronunciada gota y sus 60 años bien cumplidos, meteorman
observó al ingeniero igual que una cobra antes de atacar a la presa elegida.
-El
satélite funcionaba bien, profesor -tembló-. Revisé sus sistemas de arriba
abajo antes de la misión de ayer y todos estaban en perfecto estado.
-Pues
algo falló, señor Témoin.
-La
cuestión es qué.
-Y
su trabajo consiste precisamente en averiguarlo, ¿no?
Jacques
Monnerie le dio la espalda, fijando toda su atención en el trazado orbital del
ERS-1 que en esos momentos terminaba de dibujarse sobre el monitor gigante de
cristal líquido de la sala.
Allá
arriba, a 800 kilómetros sobre sus cabezas, aproximadamente sobre la vertical
de Dijon, la sofisticada antena de diez metros de longitud del satélite estaba
a punto de desplegarse en cuatro partes antes de lanzar su primer haz de
microondas contra la superficie de Francia.
El
persistente rumor de la sala se apagó. Si aquello salía bien, el resto de la
maniobra sería sencilla.
-Tres...
dos... uno...
-¡Abran
el «paraguas»!
El
Synthetic Aperture Radar, más conocido como SAR por el personal de la Agencia
Espacial Europea, era un ingenio de una precisión sobrecogedora. Diseñado por
un equipo de expertos en telecomunicaciones entre los que se encontraba el
propio Témoin, el SAR permitía obtener «mapas radar» de zonas del suelo mayores
de 25 metros de lado, sin importar las condiciones atmosféricas dominantes. Era
capaz de atravesar sin dificultad nubes de tormenta y obtener imágenes
digitales nítidas de la superficie terrestre. Después, gracias a éstas, un buen
equipo de analistas podía delimitar la ubicación exacta de edificios, avenidas,
bosques o lagos y determinar su superficie exacta y orientación con un margen
de error de apenas unos centímetros.
De
hecho, cada una de esas zonas de 25 metros cuadrados quedaban después plasmadas
en un píxel, la expresión mínima de imagen hasta donde permitían ampliar los
poderosos ordenadores del CNES. Esto es, cualquier cosa mayor que esa
superficie, quedaba impresa en los instrumentos del SAR con una definición casi
absoluta.
Michel
Témoin se situó frente a la consola central de la sala, echó un breve vistazo a
los indicadores de órbita por encima del hombro de los operadores y se aseguró
de que el ERS estaba ya sobre el punto elegido. Después, tras intercambiar un
par de precisiones con «Andy Warhol», él mismo tecleó la orden correspondiente.
Eran
las 13.43 GMT. Habían transcurrido cien minutos exactos desde que el ERS-1
completara su última órbita sobre el objetivo. Fue entonces cuando «el ojo que
todo lo ve» se dispuso a tomar su primera «foto».
Automáticamente,
la palabra scanning se encendió en el margen superior izquierdo del monitor que
vigilaba Monnerie.
-¿Está
enviándonos ya la información? -preguntó.
-Sí,
señor. En menos de dos minutos la tendremos ya registrada. Luego sólo quedará
convertirla en imagen.
Su
respuesta satisfizo al profesor.
-Confío
en usted, Témoin -mintió.
-Gracias,
señor.
A
las 15.23, tras circunvalar una vez más la Tierra, el ERS-1 «disparó» una
segunda andanada de microondas sobre la línea imaginaria que une las ciudades
de Bayeaux, Évreux y Chartres. Meteorman ya no estaba allí para comprobar cómo
la órbita prefijada se había mantenido firme durante todo el trayecto. Se
limitó a advertir que quería ver los resultados sobre su mesa lo antes posible.
Pero
la misión era larga.
A
las 17.03, durante la tercera órbita, le tocó el turno a Amiens y Reims. Y a
las 18.43 a París.
A
esa altura, a través de los monitores electrónicos del satélite, la Ciudad de
la Luz se veía como una gran mancha blanca rodeada por una especie de
nubarrones oscuros. El SAR funcionaba así: asignaba un color claro a las
superficies pulidas y sólidas, generalmente construcciones humanas, en las que
rebotaban uniformemente las ondas de alta frecuencia. Y daba un tono opuesto a
aquellas texturas «blandas» e irregulares que absorbían los haces electrónicos
del satélite.
Limpio,
silencioso e indetectable, el ERS-1 era una de las mejores inversiones del
gobierno del ex presidente Mitterrand. La OTAN codiciaba sus servicios. La
mafia rusa ya había intentado piratear su información en beneficio propio
durante el primer conflicto contra Chechenia. Incluso los iraquíes jugaban con
cierta frecuencia a interceptar sus emisiones de radio tratando de robar su
preciosa base de datos cartográficos.
Antes
de cumplirse las 19.00 horas, la parte orbital de la Operación Charpentier
había finalizado por completo. Ya sólo quedaba esperar a que la información
electrónica recogida fuera descodificada y convertida en imágenes, siguiendo un
proceso similar al que aplica la NASA a los datos obtenidos de las últimas
misiones espaciales enviadas a Marte.
Nadie
en Toulouse quería ni imaginar que la misión pudiera fracasar por segunda vez
en menos de veinticuatro horas.
ZEUS
Todo
fue cuestión de minutos.
Después
de finalizado el último barrido del «ojo», con la noche ya cerrada sobre el sur
de Francia, el potente Zeus comenzó a vomitar los primeros resultados tangibles
de la Operación Charpentier. Este ordenador, con nombre del todopoderoso dios
del Olimpo, es capaz de realizar varios millones de operaciones por segundo y
le corresponde el honor de ser el único equipo europeo capaz de convertir los
impulsos electrónicos enviados por los satélites geoestacionarios en imágenes
inteligibles.
Así
pues, una tras otra, las tomas obtenidas en la vertical de Dijon, Bayeaux,
Évreux, Chartres, Amiens, Reims y París, en este orden, fueron dibujándose
lentamente en sus monitores y componiéndose sobre un mapa de pixels de casi
medio metro de lado cada uno.
Michel
Témoin esperaba.
El
ingeniero se acarició el bigote al ver la primera de las fotografías
completamente formada; suspiró como si le fuera la vida en ello y aplicó una
potente lupa encima de algunos de los accidentes del terreno. No había duda
alguna: aquello era Dijon. Y tenía el temido «error».
En
efecto, varios pixels de información en la imagen aparecían inexplicablemente
en blanco. Sin nada. Como si la tierra se hubiera volatilizado en ese punto.
Témoin
se temió lo peor.
Una
tras otra, la misma anomalía fue apareciendo sistemáticamente en las siguientes
imágenes, en diferentes parámetros de las tomas y con contornos igualmente
diversos. El ingeniero no acertaba a explicarse la razón de aquella especie de
«agujeros». Era como si un pequeño escuadrón de black holes (1) se hubieran
tragado lo que quiera que hubiera en esas coordenadas, que en todos los casos
no debían corresponder a franjas de terreno de más de mil metros cuadrados de
superficie.
1
Del inglés, «agujeros negros».
Zeus
chirrió.
Sobre
cada una de las ciudades fotografiadas habían aparecido, por segunda vez
consecutiva, aquellas siete extrañas manchas grisáceas de aspecto inestable.
En
realidad, hablar de manchas era definir demasiado el problema. Más bien se
trataba de un conjunto de rayas horizontales muy pequeñas y pegadas unas a
otras, que tapaban lo que había debajo. Analizado fríamente, era como si algún
tipo de «contraemisión» hubiera sido capaz de bloquear la pupila del ojo
electrónico del ERS-1, haciéndole desenfocar el suelo y perder aquel preciso
fragmento de información geográfica.
La
explicación no era demasiado ortodoxa -es cierto- y, además, carecía de sentido
desde un punto de vista estrictamente técnico. Lo peor era que Témoin lo sabía.
«TERRIBILIS
EST LOCUS ISTE»
Chartres,
1128
Tres
años después de lo ocurrido en Jerusalén
Todo
era tal como se lo habían descrito. El Eure, un río lento y cristalino, lamía
el canal de piedra por el que había sido desviado, aparentemente ajeno al
trajín de peregrinos que daban vida al sinfín de posadas y casas de comida del
lugar. Al este, justo después de atravesar la Puerta de Guillaume, un magnífico
puente cruzaba aquellas aguas serenas, desembocando frente a l'Hopitot, el
albergue de dos pisos construido por los benedictinos para dar techo y sustento
a cuantos religiosos de su orden recalaran allí. Y sobre aquel conjunto,
cubriendo buena parte del horizonte visible de la ciudad, la colma (1). Un
cerro majestuoso, sitiado por un mar de pequeñas casas dispuestas en una
meticulosa sucesión de círculos concéntricos, entretejidos alrededor del macizo
santuario donde se custodiaban las reliquias de san Lubino.
1.
«¡Este lugar es terrible1», Génesis 28, 17
No
necesitaron preguntar. La única calle adoquinada de la ciudad debía llevarles,
por fuerza, hasta el lugar al que se dirigían.
Aquella
era una jornada normal en Chartres. El mercado de ganado de los miércoles
estaba atestado de visitantes de todo el Beauce, que se aprovisionaban allí de
cuanto necesitaban para la temporada de invierno. La fiesta de la natividad de
Nuestro Señor estaba cerca. Cabras, ovejas, alguna que otra vaca, así como
asnos y gorrinos en abundancia, se amontonaban detrás de empalizadas de madera
improvisadas sobre el empedrado de la plaza mayor. El bullicio era
ensordecedor, y un agrio olor a excrementos inundaba el corazón de la villa.
Jean
de Avallon hizo caso omiso a la chusma. Seguido de cerca por Felipe, su
jovencísimo escudero cargado con el yelmo, la cota de armas, el espaldarcete y
las botas de hierro de su señor, se abrió paso entre los comerciantes e invitó
al séquito que custodiaba a que avanzase hasta su posición. Se trataba de un
reducido grupo de cinco monjes blancos, salidos de la abadía de Claraval hacía
justo una semana, y cuya pulcritud contrastaba con el sucio ambiente que les
rodeaba.
Frente
a ellos, uno de complexión frágil y muy delgado, rostro afilado, barba escueta
y ojos saltones, atendió de inmediato a las señas del caballero. Dio un par de
zancadas por delante del grupo, y descubriendo su cabeza rapada sobre la
marcha, se dirigió al caballero con cierta solemnidad.
-Habéis
cumplido bien vuestro trabajo, Jean de Avallon -dijo-. Que la infinita gratitud
de Nuestro Señor Jesucristo se extienda sobre vos.
-No
he hecho más que servir a mi voto de obediencia, padre Bernardo -respondió
éste, vigilando de reojo a la plebe que empezaba a arremolinarse en torno a
ellos-. Decidme ahora qué misión deseáis encomendarme y gustoso me entregaré a
ella.
-Con
sentir cerca la protección de vuestras armas será suficiente -dijo el monje-.
Chartres es un lugar de fe, que no precisará de vuestra espada tanto como de
vuestra inteligencia.
Sin
pretenderlo, Bernardo de Fontaine, abad del próspero monasterio cisterciense de
Claravalos, hizo recordar al caballero el verdadero propósito de aquel viaje.
En realidad no habían tomado la pesada ruta hacia Auxerre y Orleans sólo para
visitar al obispo Bertrand. El abad, un hombre de una inteligencia aguda y un
sentido de la devoción fuera de lo común, deseaba confirmar si aquella colina
era el lugar que llevaba meses buscando. Desde que llegara a su convento el
caballero de Avallon, Bernardo no había dejado de pensar en los extraños
episodios que habían vivido el conde Hugo y sus hombres, y en cómo podría
llegar a controlar la inmensa fuente de poder que parecían haber localizado en
Tierra Santa. ¿El Diablo? «Tal vez», se respondía. El hombre cuyo lema era su
célebre Regnum Dei intra nos est (el reino de Dios está dentro de nosotros)
creía que el Diablo también lo estaba y que, por tanto, los sucesos vividos en
Jerusalén -tan externos, tan objetivos- debían de tener una explicación
forzosamente «exterior».
Pero
había algo que le preocupaba más aún: saber que estaba ya venciendo el tiempo
para traerse desde Jerusalén la «llave» de la Scala Dei que, si Jean de Avallon
no había equivocado su descripción, había aparecido hacía poco en el subsuelo
de La Roca. Y lo que era más difícil: debía determinar dónde haría reposar
aquella reliquia. ¿Sería Chartres el lugar buscado?
Tal
como esperaba, en la iglesia abacial del burgo un pequeño comité de recepción
aguardaba la entrada del famoso Bernardo. Al frente se encontraba el obispo
Bertrand, un varón de buena panza y cabellos cuidadosamente recortados, que
vestía una fina capa roja trenzada de filigranas doradas. Junto a él, varios
«monjes negros» de Cluny, todos de muy sano aspecto, observaban con
desconfianza a aquel «hatajo de místicos muertos de hambre».
Las
presentaciones duraron lo justo. Tras encontrarse las dos delegaciones bajo el
pórtico norte de la iglesia -uno decorado con toscas imágenes de los doce
apóstoles repasadas con pinturas de vivos colores-, sus dos dignatarios se
dieron un beso en la mejilla y penetraron en el interior del templo para
deliberar a solas. A ninguno de los dos les interesaba enzarzarse en la eterna
discusión de Iglesia pobre o Iglesia rica, así que, camuflados por las
penumbras del templo, se dejaron llevar por la complicidad a la que éstas
invitaban.
-Gracias
a Dios que habéis venido, fray Bernardo.
El
rostro rosado del obispo perdió su falsa sonrisa nada más dar la espalda a su
séquito.
-En
verdad pensé que mis oraciones habían sido escuchadas cuando vuestro emisario
nos anunció ayer que llegabais a la ciudad.
Fray
Bernardo torció el gesto.
-¿Y
a qué se debe vuestra inquietud? No pensé que claudicarais tan pronto al ideal
cisterciense.
-Oh,
no, no -se apresuró a contestar el obispo-. Aunque no comulgue con vuestros
ideales ascéticos reconozco que sus monjes tienen más experiencia en los
asuntos del espíritu, y ahora me ocupa uno de éstos.
-Vos
diréis.
-La
semana pasada -se explicó Bertrand- desapareció en la cripta de Nuestra Señora,
en esta misma iglesia, el maestro de obras que habíamos contratado para
reformarla. Fue un suceso de lo más extraño. Al principio, creímos que había
sido un secuestro, pero hace sólo dos días el desgraciado reapareció en el
mismo lugar en que se esfumó, ¡cuando el templo estaba completamente cerrado!
-Así
que regresó.
-Más
o menos. Creemos que fue cosa demoniaca. ¿Qué si no?, pues de lo contrario no
entiendo cómo el maestro pudo colarse en la cripta sin forzar la puerta de
entrada. ¡Estaba intacta! Lo peor es que reapareció con las facultades
completamente trastornadas, y apenas pudimos sacar nada en claro de su
desaparición.
-¿Trastornado
decís?
El
obispo alzó la vista a la bóveda de la iglesia, como si buscara argumentos más
sólidos para su explicación.
-Bueno
-dudó-, canturreaba necedades sobre un ángel que lo había llevado a las
alturas, mostrándole, dijo, la pluralidad de las esferas del cielo. Afirmaba,
muy seguro, que Dios había dispuesto las luminarias del cielo como si fueran
cubos en una noria, todos atados entre sí, y que todo el mecanismo de esa rueda
estaba gobernado gracias a su infinita sabiduría. Y farfulló algo sobre la
voluntad de Dios de que lo que haya en el cielo sea imitado en la tierra por
los hombres. ¿cornprendéis algo?
-¿De
veras dijo eso? -los ojos saltones de Bernardo brillaron de excitación-. ¿Y
contó algo más?
-La
verdad es que no. Unos calores extrañísimos, que no supimos atajar a tiempo, se
apoderaron de él, y murió ayer por la tarde en medio de grandes delirios. Por
fortuna, poco después recibíamos al legado anunciando vuestra llegada, y dimos
gracias a Dios por enviarnos tan adecuado emisario para desvelar este misterio.
-Ya...
-Decidme,
padre, ¿tiene algún sentido para vos lo que nos contó el cantero?
-Tal
vez, eminencia -Bernardo juntó sus manos frente a la boca, en un gesto muy
propio de él-. Conducidme a la cripta donde ocurrió lo que me relatáis. Si fue
el Diablo o alguno de sus secuaces, a buen seguro que dejó allí sus infectas
huellas.
-Seguidme.
El
obispo Bertrand levantó ligeramente sus hábitos para caminar mejor, y tras
rodear el altar principal, descorrió una tapa de madera bajo la que nacía un
estrecho y húmedo tramo de escaleras. La cripta en la que desembocaba era un
recinto que debía cubrir más o menos la mitad de la nave central; oscuro como
boca de lobo, era de superficie amplia pero de escasa altura. Y al fondo, junto
a un pozo y el arcón con las reliquias de san Lubino al lado del sagrario, una
magnífica talla de la Virgen con el niño en su regazo presidía el lugar. Un
velón enorme iluminaba la estancia sin demasiada generosidad.
-¿Qué
clase de obra pensabais hacer aquí, eminencia?
-Queríamos
rebajar el suelo y hacer la cripta más cómoda. Colocar unas hileras de bancos y
poder oficiar aquí ceremonias de bautismo, funerales... No obstante, el maestro
convenció a nuestro capítulo para que derribáramos esta iglesia y comenzáramos
otra nueva de acuerdo con un estilo innovador y poco realista, la verdad.
-Comprendo
-asintió Bernardo-. ¿Y dónde decís exactamente que reapareció vuestro maestro
de obras?
-Junto
a Nuestra Señora, padre.
-Lo
suponía.
-¿De
veras?
El
abad se detuvo junto a una columna con el paso de la oración del huerto del
viacrucis claveteada sobre ella. Miró de hito en hito a su anfitrión y,
poniéndose enjarras, le espetó todo tieso:
-Obispo
Bertrand, me sorprende vuestra falta de perspicacia. Todavía no me habéis
preguntado qué es lo que me ha traído realmente a vuestro burgo. Apenas he
llegado, me habéis enfrentado a un enigma que os preocupa, pero no habéis
indagado nada en las causas reales de mi visita. Si con todo obráis de igual
manera, jamás solventaréis casos como el que ahora os desvela...
El
prelado enrojeció.
-Tenéis
razón, padre. Os debo una excusa.
-No
importa. Yo os lo diré: deseaba ver precisamente este lugar. Vos sabéis que
llevo años defendiendo que el culto a Nuestra Señora merece un lugar que hasta
ahora le ha sido negado. Nuestra Señora, como madre humana de Dios, es la
intermediaria natural entre nosotros y el reino de los cielos, entre la Tierra
y Nuestro Señor. Aquel que desee llegar a Dios lo hará más fácilmente a través
de su madre piadosa que utilizando otros caminos. Los antiguos pobladores de
este lugar, remotos antecesores de los primeros cristianos, ya sabían esto y
elevaban sus plegarias a la Madre, ¡antes de que Dios la mandara al mundo!
El
obispo aguardó un instante antes de responder.
-Acertáis,
fray Bernardo -asintió al fin-. ¿Sabíais que mi predecesor, el obispo Fulberto,
vistió con los atributos de la Madre de Dios a la diosa pagana con su hijo en
el regazo que veneraban los carnutiis, (1) y suprimió el dolmen que éstos
habían bajado hasta aquí?
1 Etnia local, de tradición druídica, que
habitaba las regiones próximas a Chartres antes de su cristianización.
-En
el bosque de Claraval, los druidas también veneraban ese tipo de divinidades.
Creían que se trataba de Madres Sagradas que engendraron sus vástagos divinos
sin contacto carnal alguno, y cuyos santuarios servían de puente natural para
hablar con lo Alto. ¿No es esto, acaso, una maravillosa prefiguración de lo que
habría de ser Nuestra Señora en este tiempo de luz? ¿No estamos ante una
evidente señal profética que anuncia la llegada de la Madre de Dios?
-Quizá
-murmuró Bertrand, encogiéndose de hombros ante la oratoria del abad de
Claraval-. Pero eso no explica lo que le ha ocurrido a nuestro maestro de
obras.
-O
sí. Si lo miráis bien, dijo que un ángel se lo llevó a los cielos y le mostró
cómo eran esas regiones. Llevo años estudiando esta clase de relatos en los
manuscritos que guardamos en mi monasterio, y uno de ellos en particular, un
escaso manojo de páginas que rescataron los hombres del conde de Champaña, mi
señor, durante la cruzada de Urbano II, cuenta algo parecido a lo que le ha
pasado a su cantero.
-Contadme
si podéis. ¿También le pasó a otro constructor?
-En
cierta medida, así es. La Biblia dice que sólo tres profetas ascendieron en
cuerpo y alma a los cielos, además de Nuestra Señora: Enoc, Elias y Ezequiel.
El primero escribió las páginas de las que os hablo, y en ellas describió
detalladamente una raza de ángeles a la que llamó los «vigilantes», que le
arrebataron de entre los suyos en dos ocasiones. La primera de ellas estuvo
ausente durante treinta días y treinta noches. Dijo haber viajado en compañía
de un ángel al que llamó Prawel y que le entregó un estilete y unas tablas en
las que escribió sin parar hasta completar trescientos sesenta textos. A su
regreso, Enoc se trajo con él aquellas preciadas tablas y se sirvió de ellas
para formar a los hombres sobre los secretos del cielo.
-Pero
las Escrituras no dicen nada de esto... -murmuró el obispo.
-Cierto.
Se trata de un libro perdido, que narra cosas terribles, sorprendentes, y que
la voluntad de Dios ha querido tener fuera del alcance de los cristianos para
no espantarlos.
-¿Espantarlos?
-Sí,
eminencia. Por ejemplo con historias como la de la rebelión de Lucifer, al que
Enoc, por cierto, llama Semyaza. En el texto del que le hablo, dice que ese tal
Semyaza y un grupo de doscientos ángeles más se sublevaron contra Dios,
copularon con nuestras mujeres, y engendraron una raza de titanes de aspecto
infernal que llegó a sobrevivir incluso al Diluvio. Esos diablos en carne
humana recorrieron toda la tierra formando familias que es posible que se hayan
perpetuado hasta hoy, y erigieron torres para señalar a los de su estirpe donde
podrían reunirse con los suyos.
-¡Válgame
Dios!
-Algo
de estos gigantes supervivientes dice el Libro de los Números, capítulo 13,
versículo 33. O Deuteronomio, capítulo 2, versículo 11. O Josué, capítulo 12,
versículo 4...
-¿Y
qué otras cosas dice su libro?
-Poco
más. Desgraciadamente, son muy escasas las páginas que poseemos, muy delicadas.
Aunque, eminencia, para satisfacer su inquietud sobre los hechos ocurridos en
su diócesis, debo decirle que los árabes que las entregaron al conde de
Champaña le explicaron que Enoc fue un gran constructor y que de aquel viaje se
trajo los planos del templo perfecto, dejándolos grabados en piedra.
-Fierre
de Blanchefort no dijo nada de un plano antes de morir -reflexionó el obispo.
-Ningún
maestro de obras lo hace.
-¿Ninguno?
¿Quiere decir que hubo más de un Enoc?
-Bueno...
Ezequiel obtuvo de Dios una visión detallada de cómo deseaba que fuera el
Templo, y existe una tradición que cuenta que sus planos llegaron hasta el
mismísimo rey David, que los legó después a Salomón. Y esos planos debían ser
sólo el principio de un gigantesco plan divino para imitar en el mundo mortal
la estructura del mundo celeste. Que vuestro constructor accediera a parte de
esa información por cuenta propia sólo puede significar una cosa, eminencia.
El
obispo Bertrand tomó las pálidas manos de fray Bernardo entre las suyas.
Estaban frías, como si el monje hubiera entrado en uno de aquellos raros
arrobos que sufría periódicamente.
-¿Qué?
-le interrogó-. ¿Qué puede significar?
-Que
el maestro de obras estuvo realmente en los cielos y accedió a los planos de
Enoc. Y alguien que hubiera visto esos planos, eminencia, es justo lo que hemos
venido a buscar aquí.
LOUIS CHARPENTIER
Toulouse
No
hacía falta ser demasiado perspicaz para saber que Jacques Monnerie no estaba
de buen humor. Cuando eso sucedía, la atmósfera de su despacho se hacía
irrespirable; apenas entraba luz a través de los cristales tintados de su
despacho, y su mesa, habitualmente ordenada, se llenaba de montañas caóticas de
papeles y virutas de lápiz por todas partes.
Y
ése era, exactamente, el desolador panorama que Michel Témoin, simulando
apatía, tenía frente a sí.
-¡Imposible!
-exclamó el profesor al examinar las imágenes del ERS-1-. ¡Imposible!
¡Imposible! -repitió-. No han podido fallar los sistemas otra vez, ¡y justo en
los mismos lugares que ayer! ¿No comprende que esto es estadísticamente
inaceptable?
El
ingeniero, de pie, tembló. Aunque sabía que su director era un hombre de
temperamento incontrolado, jamás le había visto sumido en aquella extraña
mezcla de abatimiento y cólera a la vez. Lo peor era que las imágenes
procesadas por Zeus no dejaban margen para la duda: las tomas del satélite
presentaban claras deficiencias en zonas geográficas muy concretas.
-Si
usted me lo permite -apuró Témoin tras un incómodo silencio-, tal vez lo mejor
sea explicarle al cliente que contrató este servicio lo que hemos encontrado. A
fin de cuentas, profesor, no deja de ser extraño que justo los lugares que le
interesaba fotografiar sean los que nos han dado problemas.
-Usted
no lo entiende, ¿verdad?
-¿Entender?
Meteorman
se llevó la mano izquierda a la frente, como si quisiera secarse un sudor que
aún no había aflorado.
-Nuestro
cliente es, en realidad, una sociedad filantrópica que ha donado casi treinta
millones de dólares a esta institución durante el último año para que hagamos
bien nuestro trabajo. Estas manchas -dijo señalando una de las fotos- ponen en
evidencia que no somos capaces de hacerlo. Nuestro fracaso nos arrastrará a una
catástrofe administrativa sin precedentes. Lo comprende, ¿verdad?
Su
rostro afilado enrojeció.
-Pero,
señor, yo no creo que el error sea atribuible a nuestra tecnología. Más bien
debe tratarse de algo ajeno al ERS.
-¿Ajeno?
¿Qué quiere usted decir?
Témoin
sabía que no tendría otra oportunidad como aquella para convencer a Meteorman,
así que decidió jugar fuerte.
-Piense
que es la segunda vez que repetimos el proceso, y los pixeles en blanco están
situados, como usted ha visto, exactamente en las mismas coordenadas que ayer.
¿No le parece significativo?
Monnerie
se inclinó de nuevo sobre una de las imágenes.
-¿Un
defecto en la antena? -murmuró.
El
ingeniero negó con la cabeza. La toma seleccionada -la CAE 992610- mostraba la
inconfundible línea recta que traza la rué Libergier hasta el corazón mismo de
Reims, y que debía desembocar frente al pórtico principal de su catedral
gótica. Sin embargo, en lugar de ésta lo único que podía verse era uno de
aquellos malditos borrones.
El
profesor se pellizcó la mejilla suavemente tratando de convencerse de lo que
tenía frente a los ojos. Repasó una vez más cada una de las imágenes servidas
por el ERS y propinó un buen puñetazo a la mesa. Impresas sobre papel
fotográfico y acompañadas de una serie de dígitos que indicaban las coordenadas
y altitud desde donde fueron tomadas. Las fotos impresionaban por su
extraordinaria nitidez. Y lo que mostraban era, sin duda, lo más extraño que
había visto en sus treinta y cinco años de carrera.
-Hágame
un favor, señor Témoin -habló al fin, cuando terminó de barajar aquellas
tomas-, trate de averiguar qué demonios es lo que tapan esas manchas. Si está
usted en lo cierto, quizá hayamos tenido la mala suerte de tropezamos con algún
instituto científico, un laboratorio de magnetismo o un centro experimental que
a la misma hora de nuestro barrido estaba enviando emisiones al espacio que
afectaron a nuestros sistemas. Si ése fuera el caso, al menos podríamos
entregar las fotos a nuestro cliente acompañadas de una explicación
convincente.
-No,
no -el ingeniero mudó por primera vez su rictus temeroso-. Eso no será
necesario.
-¿Ah,
no?
Monnerie
se reclinó en su asiento giratorio, aguardando una explicación que,
evidentemente, estaba a punto de llegar.
-El
problema es fácil de plantear, señor.
-Le
escucho.
-Verá,
si sobrepone estas imágenes a un plano de la misma escala de las ciudades con
que se corresponden, estoy seguro de que podremos comprobar que las áreas
afectadas se ajustan como un guante al lugar donde se levantan sus catedrales.
Monnerie
arqueó las cejas, incrédulo, mientras su ingeniero se esforzaba por mostrarse
lo más convincente posible.
-¿Lo
ve? -insistió Témoin mapa en mano-. En Chartres es la place de la Cathédrale el
centro del borrón; en París, la íle-de-France, en Amiens...
-¿Catedrales?
-le interrumpió.
-No
hay duda, señor. Compruebe los planos.
-¿Y
cómo cree usted que debo entender su afirmación, Témoin?
-Lo
ignoro. Le dije que el problema era fácil de plantear, no de resolver.
-Pero
tendrá alguna idea al respecto, ¿no es cierto?
Monnerie
observó cómo Témoin tomaba por fin asiento frente a su mesa, enjugándose el
sudor con un pañuelo color crema y acariciándose su pulcro bigote. No sabía por
dónde empezar.
-Le
he dado muchas vueltas a esto desde que vimos los resultados de ayer, y sólo he
encontrado una excepción a mi teoría, que me deja un tanto desconcertado -el
ingeniero hizo una pausa imperceptible para dar más profundidad a sus palabras,
y remató-: Dijon. Ahí la anomalía, que se sitúa bastante más al noroeste de la
ciudad, se corresponde, curiosamente, con otro enclave religioso llamado
Vézelay.
-Vaya...
¿Y eso le dice algo?
-No.
¿Y a usted?
-Lo
siento... -titubeó Monnerie-. Ya sólo faltaba que los campanarios afectasen
ahora a nuestros satélites.
-No,
no, claro. Pero ante esta información creo que la hipótesis de una
contraemisión de microondas debe ser descartada. La razón es otra, quizá de
índole arquitectónica; algún extraño efecto de absorción de microondas de las
piedras, una mala reflexión de las ondas, ¡qué sé yo!
-Entonces,
¿no tiene nada... digamos... sólido?
-Si
me permite otra sugerencia, señor, tal vez podría hablar con el cliente que ha
encargado al Centro este trabajo y tantearle sobre si esperaba encontrar algo
«especial» en las imágenes que nos pidieron.
-¿Y
qué le hace pensar que esa gestión pueda aportarnos alguna pista?
-Piénselo.
De momento, es lo único que podemos hacer. Sabemos que ningún campo magnético
natural es capaz de provocar un efecto como ese, y que lo que aparece en las
fotos del satélite lo hemos descubierto porque un cliente nos ha pedido datos
específicos de esas ciudades.
Monnerie
se mordisqueó el labio inferior, como si algo importante acabara de venírsele a
la mente pero supiera que revelarlo podría complicar las cosas. Dejó que todo
el peso de su cuerpo se volcara sobre su sillón giratorio, y tras balancearse
suavemente, clavó sus ojos en el ingeniero.
-Una
cosa más, Témoin, ¿conoce usted una fundación internacional llamada Les
charpentiers?
-No.
¿Debería?
-Su
Consejero Delegado fue quien nos encargó este trabajo hace una semana. El
propósito de su fundación es estrictamente histórico: velan por que se conserve
el patrimonio artístico de Francia, en especial de la ruta a Compostela, y
tienen un especial interés en preservar sus edificios de estilo gótico.
Recaudan fondos de mecenas de toda Europa que después invierten en proyectos
que creen pueden arrojar más luz sobre los temas históricos que les interesan.
-Vaya...
Un esfuerzo notable.
-Lo
es. Si le cuento esto es porque al decir usted lo de las catedrales, me ha
venido a la mente el nombre de la fundación.
-Claro
-sonrió Temoin-. Los carpinteros fueron un gremio particularmente importante en
la construcción de los templos góticos. Ellos eran los encargados de hacer los
andamios sobre los que se construían los arcos ojivales, y después de
retirarlos.
Monnerie
asintió.
-Se
lo digo precisamente por eso. No creo que sea más que una bonita coincidencia,
pero ya que usted tiene esas ideas tan particulares, tal vez esto le diga algo.
-¿Coincidencia?
¿Es usted de los que creen que Dios juega a los dados, profesor?
Sus
mandíbulas se tensaron antes de proseguir.
-Mire,
monsieur Monnerie, no pensaba decirle esto, pero acaba de darme una buena razón
para hacerlo. Anoche, al regresar a casa y tratar de encontrar algún sentido a
las anomalías fotografiadas por el «ojo», reuní toda la documentación que tenía
a mano sobre catedrales. Me dormí después de las dos. No fue mucho lo que
encontré, es cierto, pero había varias ediciones baratas de libros que me
llamaron la atención. Sobre todo uno.
-¿Y
bien?
-Se
titulaba Les mysteres de la Cathedrale de Chartres y había sido escrito,
agárrese, por un tal Louis Charpentier -Temoin tomó aire-. Lo entiende,
¿verdad? «Luis el Carpintero», sin duda un seudónimo propio de un maestro
constructor medieval.
-Otra
coincidencia, naturalmente.
-O
quizá no. Verá, en ese libro se explica que si se traza, en un determinado
orden, una línea que una todas las poblaciones con catedrales que precisamente
hemos estado fotografiando hoy, obtendríamos algo parecido a si dibujáramos el
plano de la constelación de Virgo sobre el mapa de Francia. ¿No le parece
extraño?
Monnerie
se reclinó sobre su butaca arrugando el entrecejo. Observó sin decir una
palabra cómo el ingeniero tomó un pedazo de papel y dibujó sobre él una especie
de rombo, en cuyos vértices situó la numeración de algunas estrellas de Virgo.
-Imagínese
que esto es Virgo...
-Bien.
-Ahora,
si une Reims con Amiens al norte, y con Chartres al sur; y ésta con Évreux y
Bayeaux, y Bayeaux con Amiens, ¿ve cómo lo que se obtiene es la misma figura
geométrica?
Jacques
Monnerie levantó la vista de los dibujos y clavó sus ojos en el ingeniero.
-Usted
es un científico, mi querido amigo. Dígame: ¿adonde cree que le va a llevar una
afirmación de esa naturaleza?
-De
momento, a ninguna parte -reconoció-. Pero ¿sabe lo mejor?, en ese libro, el
tal Charpentier explica que todas las ubicaciones religiosas que han aparecido
distorsionadas en nuestras fotos están consagradas a Nuestra Señora y fueron
construidas alrededor de las mismas fechas del siglo doce.
-No
entiendo qué importancia puede tener...
-Muy
fácil: si todas se levantaron en años consecutivos, era porque debían obedecer
a un gigantesco proyecto elaborado por maestros de obras que parecen salidos de
ninguna parte, y que dispusieron de fondos sorprendentemente abundantes en una
época de fuerte recesión económica. -Y añadió guiñando un ojo-: Creo, señor,
que aquí se esconde un enigma de primera magnitud. Ayer sólo era una sospecha,
pero hoy estoy plenamente convencido de ello. Es más, si estoy en lo cierto,
debería usted concertar una cita con ese Consejero y pedirle algunas
explicaciones.
Fue
suficiente para Monnerie. Por su mentalidad estricta y formación religiosa
severa, las repentinas divagaciones de su ingeniero amenazaban con sacarle de
sus casillas. ¿Edificios del siglo XII que emiten algo parecido a microondas
que distorsionan las lecturas de un satélite? ¿Un tal Charpentier que habla de
un plano de Virgo trazado sobre media Francia y unos charpentiers que
subvencionan a una agencia espacial para que tome imágenes de los lugares que
configuran ese diseño? El profesor, bien empotrado en su butaca, cruzó los
dedos con fuerza. Los apretó tanto, que todas sus puntas palidecieron debido a
la falta de riego sanguíneo. Después, tratando de contenerse, zanjó aquella
charla.
-Eso
es una locura, Témoin. Es evidente que tenemos un problema con el ERS, pero se
trata de algo estrictamente técnico que no es de la incumbencia de nuestro
cliente. El resto de factores que usted apunta no obedecen más que a un cunoso
cúmulo de coincidencias, condicionadas por lecturas que, créame, no debería
hacer alguien de su talla.
-Como
usted diga, señor. Pero insisto que...
-Basta,
Témoin -le atajó secamente el profesor-. Sus especulaciones han llegado
demasiado lejos. Si en las próximas horas no tengo sobre mi mesa una
explicación racional a estos errores, me veré obligado a depurar
responsabilidades. Lo ha comprendido, ¿verdad?
-Desde
luego, señor.
SUSPENSIÓN
Pasaba
del mediodía cuando el teléfono del despacho de Michel Témoin tronó junto a su
oído. El ingeniero lo escuchó sin inmutarse, y rendido como estaba sobre un
montón anárquico de papeles, fotografías y libros, dejó que sonara un par de
veces más antes de descolgarlo con desgana. Sólo cuando el tercer timbrazo se
le clavó entre las sienes, el ingeniero se dio cuenta de que había pasado toda
la maldita noche trabajando en las fotos del ERS-1.
-¿Alió?
-su saludo sonó poco convincente. Era evidente que, al otro lado, el anónimo
interlocutor se lo estaba pensando dos veces antes de continuar.
-¿Es
usted el señor Témoin? -dijo por fin.
-Sí,
soy yo. ¿Quién es?
-¿Michel
Témoin Graffin? -insistió.
-Sí.
La
voz tosió levemente, como si aclarara su garganta para transmitir algo
importante.
-Le
llamo de parte del profesor Jacques Monnerie -dijo-. Soy Pierre D'Orcet,
abogado laboralista y representante legal de la empresa para la que usted
trabaja. Tengo sobre mi mesa la copia de un expediente que el director del CNES
ha cursado contra usted esta misma mañana. ¿Sabe de lo que le estoy hablando?
Témoin
tragó saliva.
-No,
no tengo ni la menor idea.
-Está
bien, se lo explicaré. Según la carta que obra en nuestro poder, se le acusa de
haber cometido una serie de negligencias graves en el transcurso de la
supervisión del programa European Remote Sensing Satellite. También dice que
sus ideas extravagantes sobre la causa de los errores cometidos han impedido al
equipo técnico del proyecto solventarlos con la rapidez necesaria. Le llamo,
pues, para informarle de que se le va a convocar a una vista oral ante el
Consejo de Administración del CNES en breve. Va a tener que dar explicaciones
convincentes de su trabajo si no quiere verse metido en un buen lío.
«¡Será
cabrón!» La noticia despertó de golpe al ingeniero, y como si acabara de
recordar un mal sueño, pronto lo vio todo claro: Meteorman le había lanzado a
los leones para proteger su propia piel. «Me quiere como cabeza de turco, el
muy hijo de...»
-También
debo informarle -continuó D'Orcet con su acento impecable y su estudiada prosa
jurídica- de que debe usted desalojar su despacho en las próximas horas y no
incorporarse a su puesto de trabajo en tanto no se determinen sus
responsabilidades. Esta misma mañana recibirá un sobre con la confirmación por
escrito de lo que le acabo de comunicar, con instrucciones precisas para su
inmediato cumplimiento.
-¿Debo
dejar mi puesto de trabajo hoy mismo? -titubeó.
-Es
lo más conveniente para usted, señor Témoin. Créame.
El
ingeniero no replicó. Con una frialdad que le costó fingir, tanteó al abogado
acerca del tiempo que tardaría el mensajero en traerle aquel sobre y colgó con
suavidad el teléfono. Atónito, descompuesto, permaneció unos instantes sin
saber qué hacer. La sola posibilidad de quedarse sin trabajo y tener que llevar
sobre sus hombros el peso de un expediente laboral le paralizaba de terror.
Y
además, D'Orcet. Témoin, como todo el personal del CNES, había oído hablar
alguna vez de él. Sabía, como todos, lo mucho que le gustaba aplicar a sus
adversarios técnicas de cazador, y era consciente de que aquel picapleitos
siempre se las ingeniaba para quedarse con la mejor pieza de la «montería». Era
un maestro de las leyes. Astuto, ágil y despiadado, echarle encima a semejante
bestia de la abogacía era lo más parecido a condenarle de antemano a perder
hasta la camisa.
«Explicaciones,
pero ¿qué explicaciones voy a dar al Consejo?», se lamentó en voz baja,
hundiendo el rostro entre sus manos regordetas.
Lo
primero que le pasó por la mente en cuanto se serenó fue llamar al teléfono
directo de Monnerie, pero se contuvo. Aunque era probable que aquella rata
pretenciosa no estuviera esa mañana detrás de su mesa de caoba -era un cobarde
reconocido-, enseguida se percató de que enfrentarse directamente a él
contribuiría a aportar nuevos y contundentes argumentos legales contra su
causa. Después, hizo un cálculo aproximado del tiempo y la forma en la que
podría atrincherarse en su despacho, resistiendo la orden de desahucio
provisional que le llegaría de un momento a otro. Tras meditarlo mejor, también
desechó esa idea. Por último, y una vez con los requerimientos de D'Orcet en
sus manos, donde se le daba un plazo de diez días para presentar sus
alegaciones ante el Consejo, decidió que lo mejor sería tomarse un respiro y
pensar bien cómo podría convencer a sus superiores de que él no tuvo nada que
ver en los «fallos» del satélite.
Así
pues, al filo de las tres de la tarde, antes de que la mayor parte de sus
compañeros regresaran del almuerzo, Michel Témoin abandonó el Edificio C del
Centro Espacial de Toulouse rumbo a ninguna parte. Sólo se llevó consigo una
caja de cartón con algunos papeles personales, su agenda y la correspondencia
de los últimos días.
Una
escueta nota a su secretaria lo decía todo: «Volveré más tarde». La nota quedó
pegada en el monitor de su ordenador.
También
dejó las carpetas con asuntos pendientes cuidadosamente apiladas en una
bandejita de alambre, recogió lo poco que tenía encima de su escritorio -fotos
del ERS incluidas-, y tras poner algo de orden en su cartera de mano y en la
caja, bajó hasta el aparcamiento y se dispuso a atravesar el complejo de
seguridad de la agencia espacial rumbo al exterior.
Por
supuesto, Témoin no se dio cuenta del monovolumen gris plateado con matrícula
de Barcelona que se colocó inmediatamente tras él, siguiendo su ruta a través
de la amplia avenida de Edouard Belin.
TABULAE
A
las afueras de Orléans, 1128
El
campamento parecía completamente
dormido.
Desde
su posición, acurrucado junto a una espesa mata de juncos al otro lado del
Loire, Rodrigo tomó buena nota de dónde estaban los rescoldos de las hogueras y
calculó, haciendo un serio esfuerzo, cuánto tardaría en atravesar el río antes
de alcanzar el centro del asentamiento.
No
iba a ser fácil, concluyó. El puente más cercano estaba a más de dos millas de
allí , y aun abusando de la oscuridad total de una noche sin luna como aquella,
era muy probable que hubiera guardias armados hasta los dientes vigilando el
perímetro del campamento. Los rumores en la ciudad no dejaban lugar a dudas:
aquel era un convoy recién llegado de Tierra Santa, que debía de estar
protegiendo alguna reliquia muy valiosa, propiedad de algún noble señor. Un
vasallo del rey que había organizado la protección de la caravana a manos de
cinco caballeros y su nutrido y bien armado séquito de hombres.
Cualquier
riesgo merecía la pena.
La
caravana era, por otra parte, todo un misterio: el contenido exacto del
cargamento y la identidad de su propietario no habían trascendido aún, y las
fuerzas vivas de la ciudad no sabían ya qué hacer para satisfacer su
curiosidad. Dos días llevaba el contable del señor feudal recaudando cada vez
más altos tributos de paso que los caballeros, para su pasmo y el del conde,
pagaban sin chistar. Los peajes en cada uno de los puentes atravesados fueron
abonados en oro e incluso habían tenido el piadoso gesto de hacer una
espléndida donación obras de la
catedral del burgo. ¿Qué raro tesoro merecía tantos estupendios? El obispo de
la ciudad, Raimundo de Peñafort, no pudo soportar tanto misterio.
Por
eso Rodrigo estaba allí. Su misión era infiltrarse hasta el corazón mismo de la
caravana, ver con sus propios ojos qué transportaba.
Vigilar
a aquellos hombres e informar después a Peñafort. El obispo, claro no deseaba
un enfrentamiento directo con los soldados, así que había escogido al más
miserable de sus hombres para solventar el enigma. Aunque fuera atrapado y
confesara la identidad de su mentor, ¿quién creería a un patán semejante?
Había
atravesado los Pirineos huyendo del señor de Monzón, en las tierras altas
aragonesas, para intentar conseguir ser un hombre libre, y ahora se veía en la
extraña tesitura de tener que jugarse la vida para satisfacer la curiosidad de
un obispo siniestro si deseaba aspirar a su protección.
No
lo pensó. A tientas, Rodrigo se desató los cordeles que anudaban su capucha de
lana alrededor del cuello, y tras desembarazarse de ella y quedarse en mangas
de camisa, dejó las botas a un lado para sumergirse en el agua sin hacer ruido.
El río estaba helado.
-¡Dios!
-susurró de dolor, cuando sintió llegar la corriente a su entrepierna.
Nadó
en línea recta, como lo haría un perro de caza, guiado por el tenue resplandor
de las velas encendidas en el interior de una de las tiendas del campamento. Se
movía rápidamente para entrar en calor y el pobre trataba de mantener la boca
cerrada para evitar que le castañetearan los dientes. Salir, no obstante, fue
peor aún que entrar. empapado y frío, Rodrigo se rebozó durante unos minutos,
como si estuviera poseído, en la arena de un bancal. Hizo lo posible para
intentar secarse y de pie, descalzo, se acercó hasta la primera línea de
greleures(1) del campamento sólo por no quedarse quieto.
1.
Tiendas de lona, características de los cruzados franceses.
Eran
sólo tres y más allá otras tantas. Al fondo, muy al final del Pe igroso
corredor formado por los vientos de sujeción de las lonas, un leve resplandor
anunciaba la existencia de un fuego de campamento todavía bien alimentado.
El
trayecto hasta allí parecía despejado. Sin animales que pudieran dar la alarma
o bultos de cierta envergadura con los que tropezar, Rodrigo dio cuatro grandes
zancadas hasta la primera de las tiendas. Sigiloso como un zorro, repitió la
misma operación dos veces más, hasta saberse seguro al final de aquella especie
de calle y poder estirar la cabeza para adivinar qué le aguardaba al otro lado.
Entonces
lo vio.
Una
decena de metros delante de él se distinguían las ruedas macizas de no menos de
seis grandes carros. Habían sido colocados formando un círculo en torno a un
séptimo, dejando un solo hueco entre ellos por donde poder acceder de pie hasta
el corazón de aquel ruedo.
Junto
al carro central, chispeaba la hoguera en la que se calentaban dos hombres.
Lucían sendas espadas colgadas del cinto y dos pequeñas dagas cerca del muslo
derecho. Parecían relajados, conversando sobre los planes de su capitán para el
día siguiente, y asando unos pequeños trozos de carne en la lumbre.
¿Tenía
elección? Tras echar un vistazo a la escena, Rodrigo supo que no le quedaba
otra opción: debía arrastrarse por debajo de los carros de la periferia hasta
situarse justo en el lado opuesto de los soldados. Desde allí, con suerte,
reptaría hacia el centro sin ser visto, y penetraría en el carro central para
examinar su carga tratando de no balancearlo demasiado. Si todo iba como
imaginaba, le bastarían unos minutos para saber qué se guardaba allí dentro y
escapar siguiendo la misma ruta de acceso en cuanto la ocasión se lo
permitiera.
El
pulso se le aceleró.
Allá
delante, las puntas redondeadas de las botas de los soldados era lo único que
podía intuir a través de la panza del carro.
Mojado,
dejando un casi imperceptible rastro de agua tras de sí, se tumbó debajo de su
caja de madera para recuperar el aliento antes de dar el siguiente paso. Las
voces de los soldados eran ya inconfundibles.
-Llevamos
casi diez años esperando órdenes, y nunca pasa nada -se lamentaba uno de ellos.
-No
te quejes. Al menos hemos podido regresar a Francia -replicaba el otro-. Si
hubieras formado parte de la guarnición del conde, aún estarías haciendo
guardia en la Torre de David.
-Odio
Jerusalén.
-Y
yo.
Rodrigo
vio cómo uno de los soldados removía con un palo la hoguera, azuzando los
rescoldos en los que terminaba de asar su trozo de carne. Su mente se disparó:
¿de qué conde hablaban? ¿Y por qué decían odiar Jerusalén? ¿Eran cruzados?
Tomó
aire.
Mientras
la leña crujía y soltaba chispas por todas partes, el mozo se estiró por uno de
los laterales de la carreta, quitó un par de clavos en los que se amarraba la
lona que cubría la caja de carga y, haciendo fuerza con ambos brazos a la vez,
se estiró hasta introducirse con éxito en ella. Muy pesado debía de ser su
contenido porque éste no se movió ni un milímetro.
Fue
cuestión de segundos. La vista del aragonés se adaptó pronto a una penumbra
apenas rota por los destellos de la hoguera del exterior. Por fortuna, el lino
que cubría el carro era muy delgado, tanto que dejaba pasar bastante bien la
escasa claridad circundante y las amenazadoras sombras de los centinelas.
Al
principio dudó si moverse. Había caído entre dos grandes masas que asemejaban
bloques de granito. Duros y fríos, tan altos como él de pie, ambas piezas
estaban amarradas con gruesas sogas a la base del carro y calzadas con lo que
sin duda debían ser piezas de madera talladas a medida.
Rodrigo
palpó los contornos de uno de ellos, tratando de encontrar alguna juntura.
Primero buscó en las esquinas, sin encontrar ningún accidente en la pulida
superficie de la piedra. Y después, paseando la mano en diagonal por sus cuatro
caras perfectas, tampoco halló lo que buscaba. ¿Qué era aquello? ¿Dos bloques
de piedra? Y si de eso se trataba, ¿para qué apostaban dos centinelas y los
rodeaban con el resto de carros del convoy? No tenía sentido.
Tras
comprobar que el segundo de los bloques era de dimensiones parecidas, si no
idénticas, al primero, el aragonés dejó caer su espalda contra uno de ellos.
¿Y
si no fueran bloques? ¿Qué otra cosa podían ser?
Allí
apoyado, sin venir a cuento, Rodrigo recordó las piletas para abrevar caballos
que había visto en el castillo de Monzón. Los canteros las tallaban con las
piedras sobrantes de las murallas y después las cambiaban por carne ahumada o
pan a los campesinos del señor. Se trataba de cubos de piedra vaciados a
cincel, macizos por fuera, pero huecos por dentro e indistinguibles
lateralmente de un bloque de cantero normal. Eran muy prácticos, y él los había
visto utilizar incluso como sagrarios en las parroquias más pobres. ¿Y sí...?
La
idea le excitó. ¡Abrevaderos gigantes! ¡Cofres de piedra! ¡Sarcófagos! Aun a
costa de tropezarse con la sepultura de algún desgraciado, Rodrigo sabía que no
tendría otra oportunidad como aquella. Se aupó en uno de los tocones de madera
que separaban ambos bloques y, tras extender la mano para comprobar si eran
macizos por arriba, notó cómo su brazo se venía abajo. Su pulso volvió a
acelerarse. Con la mano en el vacío, la agitó dentro del cubículo tratando de
hacerse con las dimensiones de aquel gigantesco tanque de piedra. Era
sorprendente: las paredes interiores parecían más pulidas aún que las de
afuera, y en el habitáculo no cabría un hombre, ¡entraría un buey! Lisas como
espejos, su palma se deslizó sobre sus paredes como si de placas de hielo se tratara.
Pero
algo debían contener.
Apoyado
en los tocones, Rodrigo se estiró todo lo que pudo. Levantó muy poco el cuello
hasta el borde del primer arcón y después, forzando su mirada, distinguió algo
allá abajo. No sabría explicarlo muy bien, pero parecían un montón de ladrillos
de cristal. De color verde oscuro, aquellas planchas de apenas dos dedos de
grosor cada una, parecían emitir una tenue luminosidad. ¿O sólo reflejaban la
del ambiente?
Las
contó como pudo: unas ciento ochenta en cada arcón. Es decir, bastantes más de
trescientas entre los dos.
Una
vez hecho eso -que le llevó más tiempo del que esperaba-, tomó una de ellas y
se la encajó entre el ombligo y el jubón. Tenía hambre, pero aguardó
pacientemente al cambio de guardia antes de abandonar el carro y dejar el
campamento con las últimas tinieblas de la noche. Ya tendría tiempo de comer de
la bien surtida mesa de la Iglesia.
El
obispo estará satisfecho, pensó.
VIRGO
La
A-68 hasta Montastruc la-Conseillére, en la autopista hacia Albi, estaba
inusualmente descongestionada a esa hora. Acostumbrado a despachar cada fin de
jornada con los atascos de quienes huyen diariamente de Toulouse rumbo a la
infinidad de pequeñas aldeas de los alrededores, aquella calma del tráfico
rodado le pareció un paisaje de otro mundo.
Michel
Témoin manejó prudentemente su pequeño Suzuki Swift hasta las glorietas
exteriores del pueblo, y después, mientras las sorteaba al ritmo del último
disco de Loreena McKennit, enfiló con decisión hasta la puerta de su bloque de
apartamentos. Tras encajar el automóvil como pudo entre dos furgonetas gualdas
de reparto de La Poste, (1) subió de dos en dos los escalones que le separaban
del umbral del piso 2 Bl.
1.
Servicio de correos francés.
Desde
que Letizia le abandonara por un reparador de televisores hacía ya más de un
año, atravesar aquella puerta blindada comprada con el primer sueldo común de
la pareja le resultaba insoportable. Letizia era una rubia cuarentona de carnes
prietas con la que decía haber pasado algunos de los mejores momentos de su
vida. De ascendencia prusiana, su fuerte carácter dejó buena huella en toda la
casa: en la cocina de madera de pino, en la celosía con enredadera del cuarto
de baño y hasta en el dosel con grecas geométricas del dormitorio. Nada parecía
haber escapado a sus manos hacendosas y a su estricto estilo germánico. Es más,
hasta la biblioteca de la casa se enriqueció abundantemente con títulos que
Térnoin jamás hubiera pensado comprar, Les mysteres de la Cathedrale de
Chartres incluido.
Pero
no estaba para sentimentalismos.
Lanzó
las llaves junto al horrible retrato que se hicieron al borde de la muralla de
Montségur poco antes de la ruptura, y en el que Michel creía verse ahora con
pinta de cornudo, y corrió a la despensa a servirse un buen Beaujoláis. No es
que le gustara beber solo, pero el momento merecía un trago de lujo. En el
fregadero descorchó la última botella que le quedaba, y sin pensárselo
demasiado se quitó zapatos y gafas, dejándose caer en su sillón de cuero
reclinable.
-¡Muerte
a los bastardos! -exclamó en voz alta alzando su copa.
Fueron
sólo dos. Las encajó de un trago, sin fijarse en otra cosa que en el fondo
emborronado del cristal. Después, estremecido por la acidez del vino añejo, sus
ojos se posaron instintivamente sobre el lomo del libro de Louis Charpentier,
que descansaba junto a su ordenador portátil. Aunque sus contornos le
parecieron borrosos, supo de inmediato de qué se trataba. «Tú tienes la culpa
de todo -murmuró-, Y Letizia, por supuesto.»
Aquel
volumen coronaba una columna de obras irregulares, entre las que destacaba por
ser el de encuademación más pobre. Rellenó una vez más la copa, y la sujetó a
la altura de sus gruesos labios, como si desde su posición el vino pudiera
aclararle la vista o tuviera el don de resolver alguna de las dudas que le
atenazaban. ¿Por qué diablos se habría metido en camisa de once varas
defendiendo aquella estupidez de la correlación entre las catedrales y la
constelación de Virgo? ¿Se arreglaría todo si pidiera disculpas a Monnerie y se
confesara culpable de los fallos del satélite?
«Lo
dudo», se respondió balbuceando en medio de un sorbo largo e intenso. Sabía que
Meteorman le tenía ganas. Sobre todo desde que fue ascendido a director del
Centro y se vio con poder para decidir sobre las vidas de sus antiguos
compañeros. Aquel malnacido era un tirano en potencia. Un ogro.
¿Y
qué podía hacer? Témoin, que no recordaba ya la última vez que había estado al
borde de una borrachera, apuró sin respirar la nueva dosis, dejando que el
fuerte aroma del Beaujolais surtiera su efecto.
Dos
tragos más y pronto sería incapaz de creer que iban a echarle del trabajo. ¿Era
eso malo? ¿Huiría hacia delante? ¿O armaría su defensa alrededor de una idea
absurda enunciada por un autor desconocido que, además, se escondía tras un
seudónimo más que sospechoso? El salón comenzó a dar vueltas a su alrededor. ¿Y
por qué un seudónimo? ¿Acaso no bastaba ese detalle para desconfiar de la
fiabilidad de todo el libro?
El
ingeniero se tambaleó ligeramente antes de alcanzar por su propio pie la
poblada mesa de comedor, casualmente también comprada por Letizia a un
decorador de Nimes. Rió. Después de todo, cada rincón de aquella casa, hasta
cada adorno o mueble, eran como carteles que le recordaban a cada paso que su
vida -hasta ese momento sólo la amorosa- era un fracaso. Témoin, sacudiendo la
cabeza y dejando a un lado la copa con tinto en el fondo, terminó apoyando sus
codos junto a la pila de libros, posando sus narices sobre el Charpentier.
-¿Y
tú de qué te ríes? A ti también te abandonaron, estúpido -murmuró.
El
tomo, claro, no respondió. Aquel pequeño volumen, encuadernado en rústica y con
unas vistosas letras doradas grabadas sobre fondo oscuro y una imagen en blanco
y negro de la fachada principal de la catedral de Chartres, permaneció quieto
en su lugar.
-¿No
respondes?
Los
ojos vidriosos del ingeniero se detuvieron en la portada.
-Cobarde.
Dicho
aquello, Michel lo tomó de un zarpazo, hojeando con torpeza sus amarillentas
páginas. Las pasó con fruición, como si esperara que de ellas se destilara el
antídoto contra todos sus males. De hecho fue así, casi sin querer, como dio
con una hoja a la que había doblado la esquina la noche anterior. Casi al final
del capítulo titulado El misterio del cerro, se enunciaban con exactitud los
datos que le habían hecho ser acusado de tener «ideas extravagantes». Éstos,
además, venían acompañados de un curioso diagrama que le había pasado
desapercibido antes. En él se comparaban las estrellas fundamentales de la
constelación de Virgo -dibujada con aspecto vagamente romboidal- con la
disposición de ciertas catedrales góticas del norte de Francia. Según aquella
gráfica, los dos mapas eran virtualmente idénticos.
Esquema
de Virgo y las catedrales Notre Dame francesas publicado por Louis Charpentier.
El
texto adjunto no podía dejar las cosas más claras. Leyó:
Existe,
en lo que antaño fuera la Galia belga, en las antiguas provincias de Champaña,
Picardía, íle-de-France y Neustria, cierto número de catedrales bajo la
advocación de Nuestra Señora (las de los siglos XII y XIII). Ahora bien, esas
iglesias trazan sobre el terreno, y casi exactamente, la constelación de Virgo
tal como se presenta en el cielo. Si superponemos a las estrellas los nombres
de las ciudades donde se hallaban esas catedrales, la Espiga de la Virgen sería
Reims; Gamma, Chartres; Zeta, Amiens, Épsilon, Bayeaux... En las estrellas
menores encontramos Évreux, Étampes, Laon, todas las ciudades con Nuestra
Señora de la buena época. Encontramos asimismo, en la posición de una estrella
menor, cerca de la Espiga, a Nuestra Señora de la Espina, que fue construida
mucho más tarde, pero cuya construcción revela también algún misterio...
Témoin
repasó absorto, quizás borracho, un par de veces más aquel fragmento haciendo
verdaderos esfuerzos por comprenderlo. Finalmente, algo mareado por el vino, se
incorporó sobre la mesa y tras encajarse de nuevo las gafas, hizo acopio del
resto de sus fuerzas para buscar su mapa Michelin y hacer algunas
comprobaciones elementales. Si quería defenderse ante el Consejo -barruntó en
un último destello de lucidez-, debía aclarar el origen de sus «ideas
extravagantes» desde el principio.
No
es que en aquel estado pensara descubrir grandes cosas, pero mientras el
alcohol terminaba de adormecerlo, quizá aún tuviera aplomo suficiente para
juntar un par de piezas más del puzzle que ya había decidido armar.
La
remota posibilidad de éxito le despejó.
De
camino al cajón de los mapas del comedor, se aprovisionó de un pequeño bloc de
notas, una regla de plástico y un rotulador de punta fina. «Puede más la pluma
que el ordenador -farfulló parafraseando una frase célebre-, ¡y yo lo
demostraré!»
Tenerse
en pie le llevó lo suyo. Después de lavarse la cara y secársela con un trapo de
cocina estampado con caballos verdes, intentó verificar si los datos de
Charpentier y los astronómicos coincidían. Quería asegurarse de que el
entramado de aquella historia era tal como empezaba a sospechar y que la
relación entre catedrales y estrellas era más que circunstancial.
¿Correspondía
cada catedral a una estrella de Virgo?
Y en
ese caso, ¿se trataría de un paralelismo superficial, meramente geográfico, o
escondería algo más?
¿Podría
ese algo más aclarar las anomalías detectadas por el satélite?
Ayudado
de un pequeño manual de astronomía que también había olvidado Letizia en casa,
Témoin aún tuvo fuerzas para mantenerse despierto hasta bien entrada la tarde.
El tiempo suficiente para terminar de elaborar dos tablas con las que empezar a
trabajar, y que quedaron reflejadas en su bloc de notas de la siguiente manera:
CORRESPONDENCIA
CON LAS ESTRELLAS MAYORES DE VIRGO
(según
Louis Charpentier)
Catedral
gótica Fecha construcción Estrella a la que corresponde
Chartres
1194 Gamma virgínis (Porrima)
Reims
1211 Alfa virginis (Spica)
Bayeaux
1206 Épsilon virgínis (Vendirmatnx)
Amiens 1220 Zeta virginis
CORRESPONDENCIA
CON LAS ESTRELLAS MENORES DE VIRGO (según Louis Charpentier)
Fecha
construcción Estrella a la que
corresponde
1160
Virginis
1355
1163
Virginis
1336 (?)
Virginis 490 (?)
Évreux
1248 Virginis 484
Étampes
? Virginis 1324
Na
Sa de LEpine Virginis 1348
Abbeville
? Virginis 1351
Catedral
gótica
Laon
París
El
esfuerzo mental de imponer orden en aquel aparente caos le dejó exhausto. Tanto
que hasta que no repasó por enésima vez sus listas, no cayó en la cuenta de un
detalle bien significativo: los templos supuestamente construidos para imitar
las estrellas más importantes de Virgo comenzaron a levantarse, como poco,
entre los años 1160 y 1248. Se trataba de un arco de tiempo de apenas 88 años
que, aun así, estaba muy por encima de la esperanza media de vida en los siglos
XII y XIII. ¿Qué quería decir eso? Muy fácil, que si alguna vez hubo un vasto
plan constructivo de iglesias góticas consagradas a Nuestra Señora que se
correspondieran con Virgo, la obra nunca pudo estar dirigida por una sola
persona, sino, forzosamente, por un grupo de ellas, y más específicamente por
tres o cuatro generaciones de Maestros. Pero ¿quiénes? Y sobre todo: ¿tenían
éstos alguna noción de geomagnetismo que pudiese explicar lo que fotografió el
satélite?
Michel,
que comenzaba a pensar ya en círculos, garabateó junto a sus dos improvisadas
tablas un último dato sacado del Michelin: la superficie total de la figura
geométrica que delimitaban aquellos magníficos templos tenía, si el Beaujolais
no le traicionaba, 210 por 160 kilómetros de lado. Es decir, unos 33.600
kilómetros cuadrados de área, o lo que es lo mismo, el equivalente a una
pequeña provincia.
Se
entusiasmó. Una planificación así sólo podía ser obra de unos gigantes
intelectuales, capaces de orientar monumentos con decenas de kilómetros de
separación entre sí. Si reunía pruebas suficientes, Monnerie lo comprendería.
-Está
decidido. Mañana mismo saldré hacia Vézelay para reunir toda la información que
pueda con el objeto de explicar qué pudo fallar en el satélite.
Heléne,
su secretaria, percibió el dejo alcohólico de Témoin al otro lado del teléfono.
-¿Está
usted bien, señor?
-Perfectamente...
-respondió-. Recoja todos los mensajes importantes durante mi ausencia y
cancele mi agenda para esta semana. Ya la llamaré.
-Así
lo haré, no se preocupe. ¿Y si el profesor Monnerie pregunta por usted?
-Dele
largas.
El
ingeniero, exhausto, soltó el inalámbrico junto al reposabrazos del sofá,
dejándose arropar por su textura gruesa y cálida a la vez. Mientras una extraña
mezcla de deseo de saber y de venganza se apoderaba de él, un agradable sopor
comenzó a paralizar poco a poco todo su cuerpo. El Beaujolais, todos los
franceses lo saben, nunca perdona.
CAPUTI
Chartres
Hasta
bien entrada la hora sexta, (1) el abad de Claraval no despertó. El letargo que
se había adueñado de él en la cripta le había dejado fuera de combate un buen
rato. Felipe, el bien plantado escudero de Jean de Avallon, fue quien se hizo
cargo desde el principio de su recuperación, y asistió como testigo
privilegiado a los delirios del religioso. Discreto y tímido como era, le costó
un esfuerzo notable entendérselas solo con el obispo Bertrand. Sin embargo,
Felipe fue la única persona aquella mañana a la que el patriarca del burgo le
describió los pormenores del episodio de la cripta y le pidió ayuda para
reanimar al abad.
1
Mediodía.
Todos
estos raros privilegios fueron circunstanciales. Casualmente, su señor Jean se
había ausentado de la plaza del mercado para gestionar el relevo de las
caballerías, y aún tardaría un buen rato en saber lo del desmayo de Bernardo.
Así pues, él era, a falta del caballero, el soldado responsable de la seguridad
y bienestar del grupo de religiosos.
-No
os preocupéis, eminencia -tranquilizó Felipe al obispo Bertrand en nombre del
de Avallon-, El estricto régimen de nuestro reverendo padre y las severas
penitencias que se inflige a diario, le hacen mella de vez en cuando. No es la
primera vez que le ocurre algo semejante. Además -añadió con tino-, comprended
que nuestro viaje hasta aquí ha sido largo y fatigoso, y la emoción de ver
vuestra sagrada colina ha debido de ser muy intensa para él.
Bertrand
aceptó complacido aquellas explicaciones en la medida en que le eximían de toda
responsabilidad, y dio las pertinentes instrucciones a la comitiva para que los
frailes se instalaran de inmediato en una casona cerca del palacio episcopal.
El obispo fue enérgico al respecto: nada de lujos superfluos, pero ninguna
privación tampoco. Después, pidió al joven Felipe que le avisara en cuanto el
abad volviera en sí ya que, por lo que reconoció, aún tenían muchas cosas
pendientes que parlamentar.
Felipe,
disciplinado, besó el anillo del obispo y transmitió sus deseos a los «monjes
blancos» en cuanto se reunió con ellos junto al Eure.
La
habitación en la que finalmente se acomodó a fray Bernardo era una estancia
amplia, con tejado de paja y suelo de ladrillo cocido, y presidida por un
jergón grande apoyado directamente sobre el embaldosado. Desde su única
ventana, orientada al este, se distinguían perfectamente las tejas de la
iglesia del burgo y su macizo torreón de piedra caliza. Allí, pues, descansó
Bernardo durante al menos un par de horas más. Tras ellas, con el rostro
todavía rosado por tan improvisada siesta, hizo llamar a Jean de Avallon.
Fue
fray Leopoldo quien lo encontró al fin.
-Quiero
que averigüéis todo lo que esté en vuestra mano acerca de un cierto Fierre de
Blanchefort -le ordenó Bernardo sereno, desde su lecho de reposo.
-¿Lo
conocemos de algo, padre?
El
caballero, al que fray Leopoldo había localizado en la fragua de un herrero al
que llamaban Jacq, se rascó pensativo el cogote. Nunca, desde su regreso a
Francia, había visto así de preocupado al sabio de Claraval.
-Lo
único que sé es que Blanchefort fue maestro de obras del obispo Bertrand
-aclaró-, y murió hace unos días, justo después de tener una visión
extraordinaria en la capilla de la iglesia abacial donde hoy he perdido el
conocimiento.
-¿Que
vos habéis perdido...?
-Eso
no importa ya, mi buen Jean de Avallon. Lo que os pido encarecidamente ahora,
caballero, es que determinéis las causas exactas de la muerte de ese infeliz y
me aclaréis qué vino a hacer aquí con el obispo.
-Eso
quizá nos lleve algún tiempo, padre -gruñó el de Avallon.
-No
importa. Disponed de los medios que estiméis necesarios para la tarea, pero
cumplid con la misión que os encomiendo.
El
caballero, con el manto recogido sobre su brazo izquierdo, se inclinó
ceremoniosamente ante fray Bernardo, y sin darle la espalda, retrocedió hasta
la puerta de la alcoba.
-¿Debo
buscar algo en particular del maestro? -dijo antes de desaparecer tras la
puerta.
-Ahora
que lo decís, sí. Sería bueno que averiguarais si este Fierre de Blanchefort
trajo consigo planos de cualquier clase en su equipaje. Quiero saberlo todo de
su proyecto: los plazos que se había fijado para las obras, quién iba a
financiarlas, en que iban a consistir... ¡todo!
-Haré
lo que pueda.
Jean
se ajustó el yelmo de hierro sobre su cabeza y, tras renovar su compromiso de
fidelidad al abad con un juramento mecánico y secreto aprendido en Jerusalén,
abandonó la casona como alma que lleva el diablo. Iniciar una tarea como
aquella, en una ciudad que no era la suya, no iba a ser precisamente tarea
fácil. Los confidentes escaseaban y sabía lo venturoso que podría ser
distinguir a los informadores sensatos de aquellos ávidos de complacer a cambio
de unas monedas. Por eso, repasadas rápidamente las opciones, el caballero de
los ojos verdes, el «Ignorante» de Tierra Santa, optó por la vía menos
comprometida: si el tal Fierre de Blanchefort había muerto hacía apenas unos
días, lo más sensato era echar un vistazo a su tumba.
Hasta
Felipe le dio la razón.
El
capellán de la iglesia de San Leopoldo, un viejo jorobado redimido de las
herejías gnósticas que asediaban el sur del país por aquellas fechas, le
explicó con todo lujo de detalles que al infeliz maestro de obras se le enterró
en el cementerio adjunto a su parroquia hacía sólo dos días. «Vos mismo podréis
comprobar que la fosa está aún fresca -le advirtió-. No os será difícil dar con
ella sin mi compañía. Gracias a Dios no muere mucha gente de seguido por aquí.»
La
siguiente información le costó una pieza de plata. El capellán, al principio
algo remiso, terminó explicándole que Fierre de Blanchefort, en efecto, formaba
parte de una cofradía de constructores creada en Marsella tras el glorioso
regreso de algunos eminentes caballeros de la primera cruzada. Extrañamente
obsesionados con la idea de las Madres Sagradas enterradas en tierras de
druidas, el buen párroco le escribió cómo aquellos hombres iniciaron su ascenso
por toda Francia proponiendo la remodelación de cuantas capillas, oratorios e
iglesias veneraran a alguna de estas Madres. Los de su gremio no imponían
condiciones demasiado gravosas a las parroquias, por lo que muchos fueron
contratados rápidamente. Su beneficio, decían, era puramente espiritual. Les
animaba la idea de que con sus obras conseguían que la Tierra se pareciese cada
vez más al Cielo. Sus proyectos estaban, pues, imbuidos de un espíritu
maravilloso. De factura mucho más ligera que la de las iglesias precedentes,
juraban que sus edificios eran capaces de elevar hasta el espíritu del más ruin
de los mortales.
-¿Y
sabéis cómo se llamaba el gremio al que perteneció Blanchefort?
La
pregunta de Jean de Avallon sorprendió al capellán. Comprometido por el
generoso pago de su interlocutor, éste admitió que, en realidad, había oído la
filiación del Blanchefort decenas de veces durante su permanencia en Chartres,
pero afirmó que no le había prestado atención alguna. La escuchó mientras
conversaba con el obispo, incluso cuando el maestro dictaba sus cartas a un
joven fraile que el capellán tenía a su servicio. La oyó decenas de veces,
¡pero no la recordaba!
Rascándose
el mentón y entornando los ojos, el fraile trató de hacer memoria.
-Sé
que empleaban un nombre común, un gremio... -dijo-. Herreros, panaderos,
canteros... ¡No! Carpinteros. Eso es, se hacían llamar Les charpentiers.
-¿Les
charpentiers? -murmuró el caballero-. ¿No os parece un título demasiado simple
para un colectivo tan ambicioso?
-Sí,
eso también me extrañó, pero ¡ya debéis saber lo raros que son los extranjeros!
-¿Extranjeros?
Esto
puso en guardia al de Avallen.
-Sí,
claro. ¿No os lo dije? Fierre de Blanchefort no era de por aquí’ Si queréis que
os diga la verdad -susurró el capellán con gesto pícaro no me extrañaría nada
si me dijerais que era un maldito converso. Vos sabéis un hijo de Mahoma
bautizado con las aguas de Nuestro Señor, y que debió querer salvar su vida
abjurando de su fe.
-¿Y
qué os hace pensar así?
-Lo
cierto es que el color de su piel era oscuro, tenía los dientes muy blancos,
sanos, y eso, señor, no es nada corriente entre cristianos vieijos- Además,
mientras estuvo con nuestro obispo no dejó ni un momento de hacer cuentas y
cálculos utilizando números y dibujos que parecían obra del mismísimo diablo.
Los pintaba en todas partes en, la arena, en trozos de recibos... ¡qué sé yo!
La
mirada extraviada del capellán de San Leopoldo hizo recelar al caballero-
Ninguno de sus comentarios parecía más que un rumor, y aquellos sobre el origen
musulmán del maestro le llamaron la atención. ¿Para qué iba a inventarse un
detalle tan increíble? No es que fuera raro ver a algún árabe por aquellas
latitudes, resultaba a todas luces imposible. Las campañas contra los
seleúcidas de Turquía y los combates en el Mediterráneo por el control de las
rutas a Palestina habían encendido las hostilidades entre árabes y cristianos a
todos los niveles. El flujo de peregrinos cristianos por un lado, y de
mercaderes árabes en sentido opuesto, se había visto diezmado desde el de la
cruzada y casi extinguido en cuestión de sólo cinco años, supo que no tenía
elección.
Dispuesto
a salir de dudas y satisfacer la curiosidad del abad terminó de despachar con
el capellán y aguardó el momento preciso para acceder directamente al cadáver
del maestro. Su lecho de muerte, tal como le fue anunciado, era distinguible
perfectamente del resto de sepulturas. El montón de tierra fresca que cubría el
cuerpo no había tenido tiempo de poblarse de malas hierbas, y su situación
cerca a la pared oriental de la iglesia le protegía de los aires de la región,
pero exhumar cadáveres era un delito. Peor aún, pecado, sino se llenaban los
requisitos mínimos que lo justificasen. Así que, tras consultarlo con el abad
de Claraval aquella misma tarde, Jean decidió regresar de nuevo al cementerio
bien entrada la noche.
Los
camposantos cambian radicalmente de aspecto según las horas Y aquél no era una
excepción. Las cruces, columnas de piedra y lanzas clavadas para señalar el
eterno descanso de los difuntos, formaban en la oscuridad un ejército hostil de
guardianes inertes capaz de minar la serenidad de cualquiera. De día no son más
que recordatorios para los vivos, pero a oscuras parecen siervos de los
muertos.
Acompañado
de Felipe -a quien había puesto en antecedentes de su conversación con el
capellán-, y provistos de dos grandes palas, las sombras blanca y gris de los
dos intrusos se deslizaron rápidamente entre las tumbas rumbo a su objetivo.
Nadie les vio. Desprovistos de antorchas o de cualquier luz que pudiera
delatarles, Jean de Avallon y su escudero no tardaron en plantarse frente a la
tabla de madera que señalaba que lo que buscaban estaba allí, enterrado.
Escrita en grandes letras de tiza, su inscripción era apenas visible bajo el
tenue brillo de la luna menguante.
P.
Blanchefort magister comiciani (1)
1.
latín, «maestro cantero»
-Aquí
es -susurró Jean cuando sus ojos pudieron leerla-. Procedamos.
El
primer golpe sonó seco. La punta metálica de su zapa se clavó en terreno dejando un mordisco oscuro bajo
sus botas. Uno tras otro, acompasados como las ruedas dentadas de un puente
levadizo, los garfios de hierro fueron destapando la fosa en la que esperaban
encontrar el cadáver de Pierre de Blanchefort. Sólo cuando al sexto o séptimo
golpe de pala la herramienta de Felipe se negó a avanzar tierra adentro,
tuvieron la desagradable certeza de haber alcanzado lo que buscaban.
El
olor a tierra removida y a sudor frío se confundieron en ese momento. De
rodillas, fueron repasando con las manos los contornos del bulto que acababan
de tocar. Despejaron sus bordes tratando de no tocarlo demasiado, y cuando
creyeron haberlo dejado al raso, se levantaron para contemplarlo mejor.
Allí
estaba. Recién envuelto en un saco de tela rústica, el bulto de un hombre se
adivinaba claramente. Con destreza, Felipe y Jean introdujeron de nuevo sus
brazos por la parte anterior y posterior del cuerpo. Lo hicieron hasta el
fondo, hasta sacar las manos por el lado opuesto, y tiraron de él con fuerza
para depositarlo a un lado de la fosa poco profunda en la que había sido
enterrado.
El
saco estaba atado con cuatro tiras de cuerdas, que Felipe cortó con la navaja
que llevaba encima. Tras deshacerlos con su filo, buscó afanosamente la
abertura del envase y, con aquella misma hoja, rasgó de arriba abajo la tela.
Aquello siseó como una serpiente.
-¿Qué
pensáis encontrar, señor? -preguntó el escudero antes de separar la tela del
saco y mostrar su macabro contenido.
-Respuestas.
-¿Lo
abro entonces?
Jean
asintió.
Felipe
se santiguó antes de colocar sus manos a ambos lados de la tela rasgada y tirar
de ellos con toda su fuerza. El efecto fue inmediato: un olor nauseabundo
impregnó el ambiente dando paso a una visión espantosa. Con los brazos cruzados
sobre el pecho y la cabeza cubierta por una capucha, el cadáver de Pierre de
Blanchefort parecía esculpido en mármol. El escudero, inclinado sobre el fardo
funerario, lo vio muy de cerca: sus manos níveas, sus uñas amoratadas y de
bordes sucios, el rígido pecho del difunto... De no ser por el fétido hedor que
desprendía, casi hubiera podido jurar que Pierre de Blanchefort sólo dormía.
El
difunto vestía una túnica de lana marrón, coronada por una capucha que le
cubría el rostro y un cierre con botones de hueso. Un cinturón de cuero con una
hermosa hebilla brillante cerraba el conjunto, y sobre éste, las manos céreas
de Pierre de Blanchefort, cruzadas sobre el pecho, sostenían algo metálico y
grande que apretaba contra el tórax.
-¿Qué
es eso? -murmuró De Avallon en cuanto sus ojos se acostumbraron a los contornos
del fardo funerario y comenzó a distinguir sus detalles.
-¿Esto,
señor?
Felipe
tocó uno de los bordes del objeto, que parecía un grueso medallón de cobre. El
caballero asintió.
-Tráemelo
-dijo.
Haciendo
de tripas corazón, Felipe acercó sus manos hasta el cuerpo y asiendo una
esquina de aquello, que le pareció frío y liso, tiró con fuerza. El cadáver se
sacudió. No es que Felipe fuera un hombre asustadizo, o le preocupara lo que su
señor pensara de él, pero sentir que aquel cuerpo se estremecía bajo sus manos
le hizo soltar una risilla nerviosa.
Cuando
finalmente tuvo el medallón entre las manos y se cercioró de que no era nada
que hubiera visto antes, lo tendió a su señor. Parecía un amuleto, una máquina
con ruedas dentadas tal vez, y mostraba ciertas filigranas a su alrededor
absolutamente incomprensibles.
Mirándolo
mejor, se trataba de dos circunferencias planas de cobre unidas por un mismo
eje. La mayor, con un borde más grueso lleno de símbolos en bajorrelieve que se
deslizaron suavemente bajo los dedos de Jean de Avallen, oscilaba con facilidad
en ambos sentidos. La menor, clavada en el centro de la primera, permitía giros
excéntricos sobre el plano de la circunferencia mayor.
-¿Qué
es, señor?
Jean
de Avallen guardó silencio un instante antes de responder.
-Creo
que es un astrolabio.
-¿Un
astrolabio?
-Se
trata de un ingenio árabe que vi manejar por primera vez en Jerusalén. Sólo
tuve uno en las manos durante todo el tiempo que estuve allí, y sé que lo
usaban los astrónomos musulmanes para determinar la posición de las estrellas
con respecto a la esfera terrestre.
-¿Y
para qué lo querría un maestro de obras?
-No,
Felipe -le atajó-. La pregunta es: ¿para qué lo querría un charpentieri
-¿Vos
lo sabéis?
Jean,
sacudiéndose el polvo de su hábito de franela, sonrió. Era la primera vez que
lo hacía desde que entraran en el cementerio y sus dientes brillaron en la
oscuridad.
-¡Creo
que acabo de comprenderlo! -exclamó-. Está delante de nuestras narices: Jesús
de Nazaret fue un charpentier, hijo de carpintero y carpintero él mismo durante
su adolescencia, ¡y nació en una gruta marcada por una estrella!
-Explicaos,
señor.
-Es
fácil: aquel que se considere heredero de su saber, los nuevos charpentiers,
utilizarán el astrolabio para marcar las nuevas «gratas» sobre las que
construir sus templos. ¿No lo comprendéis? ¡Pierre de Blanchefort vino a
Chartres a estudiar la cripta de la iglesia abacial! ¡Una gruta! Y utilizó el
astrolabio para guiarse por las estrellas para llegar aquí.
-No
entiendo.
Felipe
trató de aclararse las ideas, pero su señor le atajó en seco.
-Pronto
lo comprenderéis -dijo-. Debemos explicarle esto al abad cuanto antes.
Con
el astrolabio en la mano, Jean de Avallon echó un último vistazo a los despojos
que tenían a sus pies. No parecía haberse inhumado el cuerpo con ninguna otra
pertenencia. Eso, ciertamente, era raro. Ni una cuerda o compás, ni siquiera
una maza o un cincel. En aquella tumba no había ni rastro de herramientas
propias de un constructor. Sea como fuere, lo cierto es que daba la impresión
de que aquel enterramiento había sido provisional, como si sus sepultureros
pretendieran desenterrarlo rápidamente y trasladar los restos a otro lugar en
cuanto fuera posible. ¿Iban a ser otros charpentiers quienes se harían cargo de
ello? Y si así fuera, ¿no sería un buen camino para resolver esta muerte
aguardar a su llegada y preguntarles qué enemigo podría haber deseado la muerte
de uno de los suyos?
Conmovido
por lo implacable que es la Dama de la Guadaña, por lo rápido que la carne se
convierte en polvo, Jean de Avallon se santiguó antes de retirar la capucha al
difunto. Quería ver la cara de aquel que pretendía reformar Chartres con un
instrumento tan peculiar.
Felipe
fue el primero en saltar.
-¡Santo
Dios! -gritó asustado-. ¡Mirad, señor! ¡Le falta...!
El
caballero, atónito, volvió a persignarse. Aunque creía haber descubierto las
piezas de un enigma que placería escuchar a fray Bernardo, nunca se hubiera
imaginado aquello.
-Sí
-murmuró-. Le falta la cabeza. -Y añadió-: Este hombre no ha muerto de fiebres.
Ha sido ajusticiado.
HIRAM
El
obispo Bertrand taconeó un par de veces más al pasar delante de la estilizada
silueta de fray Bernardo antes de articular palabra. Agitaba nerviosamente las
manos, yendo de una esquina a otra de su salón, como si así pudiera espantar
los nubarrones que se cernían sobre la cátedra que regentaba.
-También
pudieron haberle arrancado la cabeza después de muerto, ¿no es cierto, mi buen
abad?
El
tono de desesperación del prelado no conmovió el rostro severo de Bernardo.
Éste ni siquiera respondió.
Al
pedir audiencia al obispo, lo único que el abad de Claraval deseaba era
clarificar si aquella mutilación había tenido que ver o no con sus visiones en
la cripta y con aquel extraño relato del rapto del ángel. Si era como se temía,
el descubrimiento de Jean de Avallon no podía ser sino otra «señal» que
anunciaba que el tiempo estaba cerca, que debía darse prisa en traer hasta
Chartres la «llave».
-Vuestra
paternidad me perdone, fray Bernardo -insistió Bertrand-, pero aunque haya sido
vuestro caballero el que ha descubierto el cuerpo mutilado de Blanchefort, éste
es un asunto que no os incumbe directamente. Sois mi huésped, y la facultad de
administrar justicia recae únicamente sobre el alguacil y sobre mí. -Y tosiendo
ásperamente, como si en ello se le fuera el alma, añadió-: Además, hasta que no
encontremos la cabeza no podremos acusar a nadie de profanador.
Bernardo,
de pie, no titubeó.
-Os
recuerdo que vos fuisteis quien solicitasteis mi ayuda nada más llegar aquí.
-Lo
sé. Pero no me refería a una cabeza desaparecida, sino a que me ayudaseis a
aclarar la causa de la muerte del maestro de obras.
-Creo
que ambas cosas están estrechamente relacionadas -dijo Bernardo-. No pretendo
ser descabellado, pero que le falte la cabeza a quien iba a construir el nuevo
templo me parece una extraña coincidencia.
-¿Coincidencia?
¿A qué os referís?
-¿Recordáis
lo que os conté en la cripta sobre los planos del templo perfecto y el modo en
que se recibieron en tiempos bíblicos?
El
obispo asintió.
-Pues
bien, aquellos planos que el patriarca Enoc obtuvo del ángel Pawel y que él
mismo grabó sobre tablas imperecederas, terminaron en tiempos de Salomón en
manos de un arquitecto extranjero, de Tiro para ser precisos, a quien llamaban
Hiram. El tal Hiram estudió aquellos planos que contenían el orden divino y
cuando alguien intentó robárselos, fue asesinado. ¿Sabe cómo? Le arrancaron la
cabeza.
-Pero
Pierre de Blanchefort no...
-No
sé si estáis al corriente de que vuestro arquitecto pertenecía a un gremio de
iniciados que llevan un tiempo experimentando con una nueva clase de
arquitectura en toda Francia -le atajó Bernardo-. Pierre, como otros, accedió a
algún saber superior, muy elevado, que intentaba poner en práctica precisamente
aquí, atraído sabe Dios por qué. Y alguien, consciente de que disponía de ese
nuevo saber, ha querido arrebatárselo por la fuerza. La pregunta es quién.
Bernardo
dio un par de pasos hasta la mesa del abad, sacándose de entre los pliegues de
sus hábitos blancos un pedazo de piedra verdusca, plana por ambos lados y de
poco grosor, con una serie de trazados geométricos impresos por ambos lados.
Con ceremoniosidad, depositó aquella piedra sobre la mesa y aguardó. El obispo,
atónito, tomó la tablilla entre sus manos y tras sopesarla y admirar sus
inscripciones sin comprenderlas, interrogó con la mirada al abad.
Bernardo
se complació.
-Así
es, eminencia -susurró-. Eso que tenéis en vuestras manos forma parte de los
planos de Hiram, el fenicio. Es uno de los libros que copió Enoc durante su
estancia en los cielos, y que Pierre de Blanchefort consultó antes de venir a
veros.
-¿Y
vos cómo...? -tartamudeó el obispo.
-¿Cómo
lo tengo? -le atajó-. Muy fácil, hermano. Porque hemos rescatado ese secreto de
Tierra Santa. Quizás no sepáis que dentro de la cruzada hubo otra cruzada, con
una misión más sagrada aún que la de recuperar el Santo Sepulcro. Debíamos
rescatar ese fragmento de enseñanza divina, que Dios mostró a Enoc y que los
musulmanes protegían con celo desde hacía mucho tiempo. Sin embargo,
legítimamente, ese saber no era de ellos. Mucho antes de que naciera Mahoma y
aún Nuestro Señor, los dioses egipcios habían mostrado esas mismas tablas del
saber a unos pocos elegidos de su pueblo.
-¿Los
dioses egipcios?
Bernardo
asintió.
-Allá,
otro arquitecto, uno al que en Alejandría venerarían como un dios hasta la
llegada de los primeros cristianos, uno al que llamaban Imhotep, recibió unas
tablas verdes con la sabiduría necesaria para edificar las pirámides. Con el
tiempo, la leyenda terminaría convirtiendo aquellas tablas en el Libro
Esmeralda de Hermes, que no fue otro que el dios Toth divinizado y llamado «el
tres veces grande» para diferenciarlo del Hermes griego.
-Eso
es idolatría, abad.
El
obispo Bertrand sacudió la cabeza sin comprender algo que chocaba con su rígida
formación eclesiástica.
-¿Y
Blanchefort? ¿Cómo pudo él...?
-Pierre
de Blanchefort -respondió Bernardo- había sido iniciado en ese secreto y era
uno de los últimos lectores de las tablas. Llegó aquí tras iniciarse en
Vézelay, en nuestra escuela de copistas, donde obtuvo la información necesaria
para haceros una propuesta innovadora de acuerdo a un plan magistral divino. Al
rechazarla, sin duda despertasteis la codicia de algún enemigo, que decidió
acabar con su vida al saber que la Iglesia no protegería su plan. Imaginaos lo
que supuso para mí saber de su muerte.
-¿Y
por qué no me dijisteis antes que conocíais al maestro Pierre?
-¿De
qué os hubiera servido? Ni mis monjes, ni el caballero que me acompaña, saben
de ello. Si os lo revelo a vos es porque deseo que seáis consciente de que
ahora más que nunca debemos emprender las obras de reforma de la iglesia y
frustrar los planes del enemigo que nos ronda. Quizá ninguno de los dos veamos
empezar la obra, pero debemos disponerlo todo con tiento.
-¿Y
ese enemigo que hizo desaparecer a Blanchefort varios días de la cripta? ¿Qué
sabemos de él?
-Si
es lo que me temo, eminencia, ese enemigo no es de carne y hueso, ni siquiera
es de este mundo. Y esta es su manera de decirnos que no desea que construyamos
sobre una tierra que hoy domina.
-¿Podemos
hacer algo?
La
mirada de pez del obispo se llenó de un terror mal disimulado. Sabía que hablar
de un enemigo que no era de este mundo sólo podía referirse al peor de los
adversarios posibles. Al Mal en persona.
Fray
Bernardo, sereno, sabía qué hacer: ordenar que los planos divinos de Enoc
avanzaran hacia Chartres para poner en marcha su plan. Y esos planos, Dios lo
sabe bien, debían llegar sin levantar las sospechas de su poderoso oponente.
Desde
que salieron de Egipto, éste no había podido hacerse con ellos y destruirlos,
pero sabía que lo intentaría a toda costa.
ROGELIO
Monasterio
de Santa Catalina (Egipto), en la actualidad
El
icono de «mensaje entrante» se iluminó en la pantalla fosforescente del hermano
Rogelio a eso de las siete de la tarde, hora egipcia. Desde que los técnicos de
IBM viajaran expresamente hasta aquel desolado paraje donde dicen que creció la
zarza ardiente que vio Moisés durante el Éxodo, y remontaran cargados de
ordenadores los tres mil escalones tallados en roca viva que desembocan en su
Santa Casa, el monasterio activo más antiguo del mundo se había convertido
también en uno de los mejor informados del planeta.
Rogelio,
un varón de tez oscura, barbas acabadas en punta y nariz afilada, era sin duda
el artífice del milagro. En enero de 1999 consiguió que lo aceptaran en la
comunidad junto a su equipo de cuatro «ciberfrailes», y pocos meses después
obtenía de la Santa Epistasia -una especie de Vaticano ortodoxo- los fondos
necesarios para la adquisición de las computadoras. Ahora las había en todas
partes: en el refectorio, en la cocina y, claro está, en la preciosa biblioteca
del monasterio.
Aunque
su función no era, ciertamente, la de estar pendiente del correo entrante,
Rogelio abrió de un golpe de ratón el buzón electrónico, cerciorándose de que
el mensaje recién llegado estaba dirigido a alguno de los cuarenta religiosos
del lugar. Aquella era la vigésima comunicación de la tarde, así que, sin
prestarle demasiada atención, hizo clic en el botón de la impresora y aguardó.
La
máquina emitió un gruñido familiar.
Una
vez en papel reciclado, Rogelio tomó los nueve folios expelidos por la bandeja
de la Hewlett Packard y enfiló el camino más corto hacia la sacristía. El
destinatario justificaba el paseo. Si sus cálculos no fallaban, el obispo
Teodoro debía encontrarse a esa hora en la iglesia de la Transfiguración, el
Katholikón del lugar, a punto de terminar la última misa del día.
Acertó.
El patriarca estaba ya fuera del altar, recogiendo sus enseres y ordenándolos
en la habitación contigua a los frescos de San Cipriano del templo. Lucía su
habitual porte sereno, como si viviera en un mundo donde todo iba bien y nada
escapara al sabio control de Dios.
-Hermosa
jornada, ¿verdad, hermano Rogelio?
La
amable sonrisa del obispo, apenas visible tras sus pobladas barbas blancas,
recibió al monje entre los extáticos efluvios del incienso de sándalo.
-¿Estuviste
en misa?
Rogelio
meneó la cabeza.
-Vaya,
¿tan pronto te has cansado de cumplir con las obligaciones de nuestra Casa? -la
franqueza del obispo Teodoro desarmó al monje. En realidad, bromeaba. Le
encantaba hacerlo con los recién llegados o con los monjes de su absoluta
confianza; Rogelio pertenecía al segundo grupo-. Ya sé que el ritmo aquí es más
lento que en Tesalónica o en París, pero te acostumbrarás. Incluso es posible
que descubras que los ordenadores no lo son todo en los días que corren. Por
otra parte, ¡Virgen Santa! ¡Dichoso tú que has visto tanto mundo antes de
recluirte aquí!
-Sólo
llevo un año, eminencia. Aún no puedo quejarme.
-Claro,
claro -sonrió de nuevo el obispo-. Déjame quitarme esto antes de atenderte.
La
casulla de pedrería con la que había oficiado el rito -una pieza de valor
incalculable del siglo XIV-, cayó suavemente sobre un rústico sillón de felpa
que desentonaba aún más que las computadoras entre tanto icono cuajado de pan
de oro.
-Me
traes algo, por supuesto.
El
obispo no preguntó. Afirmó.
-Sí.
Esto acaba de llegar para vuestra eminencia -reaccionó Rogelio, extendiéndole
las páginas que traía bajo el brazo-. Está en francés. Si lo desea, yo puedo...
-¡Ah!
Soy capaz de leerlo perfectamente. Aprendí francés traduciendo las cartas de
cruzados que tenemos en los archivos. Tal vez sea un francés algo anticuado,
pero servirá.
Rogelio
enrojeció.
No
pretendía subestimar al obispo. En realidad, le hacía gracia que Teodoro, un
sesentón de aspecto corpulento enfundado en sus sobrios hábitos ortodoxos,
llevara casi toda su vida confinado entre aquellos muros y tuviera una visión
tan universal de todo. Santa Catalina era para un hombre de su especie algo así
como el axis mundi del saber y, desde luego, la mejor escuela de idiomas
imaginable. Copto, hebreo, griego clásico, latín, arameo, turco, árabe...
Textos de todas las clases seguían estudiándose en aquel templo igual que hacía
diez siglos. Quizá por eso, cada vez que caía en manos del patriarca un pedazo
de papel, aunque fuera uno recién regurgitado por cualquiera de los nuevos IBM
de la sala de ordenadores, lo estudiaba con infinita delicadeza. Casi como si
fuera un ejemplar único.
Y
aquel email no fue una excepción. Lo tomó sólo con dos dedos y comenzó a leerlo
sin darse tiempo a despedir al hermano Rogelio. De hecho, al venerable Teodoro
le bastó leer la primera línea -donde dice «asunto»- para mudar repentinamente
su gesto beatífico.
-Pero
¿qué significa?
Y
siguió leyendo.
-¿Lo
acabáis de recibir? -preguntó.
-Hace
unos minutos.
-¿Y
no ha pasado por las manos de nadie?
-Sólo
las mías, eminencia.
Por
cosas del respeto debido, Rogelio aguardó de pie a que terminara de leer,
fingiendo desinterés. Aparentó meditar frente a un crucifijo de bronce plantado
en el centro de la enorme mesa que presidía la sacristía, mientras el obispo
comenzaba a dar vueltas y más vueltas a su alrededor, como si orbitara en torno
al monje.
-Y
bien -finalmente, Teodoro clavó sus ojos de color Egeo en Rogelio, como si
quisiera arrancarle una confesión-, ¿no sabes de qué se trata?
-No,
eminencia. No lo he leído.
-¿Y
no sientes curiosidad?
-Sí...
claro.
-¿Crees
en las profecías? ¿Que existen personas que, en determinadas circunstancias,
son iluminadas por Dios Nuestro Señor y se muestran capaces de vislumbrar el
futuro?
Extraña
pregunta, pensó el monje.
-Creo,
eminencia -respondió al fin-. Nuestra Biblia habla mucho de ellos.
-Y
también de las señales que precederán al Juicio Final...
-Así
es -tembló.
-Pues
ésta, hermano, es una de ellas.
Teodoro
blandió amenazadoramente los folios en el aire, agitándolos como si fueran
parte de un abanico. El hermano Rogelio, impresionado por la certeza del
patriarca, todavía pudo reunir saliva para preguntar algo más.
-¿Puede
decirme de qué se trata, eminencia?
-No,
si antes no traes contigo al hermano Basilio -replicó-. Necesito que él también
escuche lo que voy a decir.
El
monje, mudo de asombro, no lo dudó. Inclinó la cabeza en señal de sumisión
absoluta y desapareció corriendo hacia el edificio de los libros.
Basilio
era el sabio por excelencia de Santa Catalina. Siendo el mayor de todos los
religiosos del lugar, ya con la espalda corva y sin cabellos que poder esconder
bajo su cofia negra, el buen hombre llevaba más de cinco décadas ejerciendo
como máximo responsable de la biblioteca. A él se le debía, por ejemplo, el
último inventario de volúmenes de 1989, la decisión de prohibir absolutamente
la entrada a turistas y curiosos a sus salas de lectura, y la responsabilidad
de velar por la preservación de la colección de manuscritos más importante del
mundo después de la del Vaticano.
Vivía
enclaustrado entre pilas de volúmenes que casi tocaban al techo, justo en el
lado opuesto del perímetro del convento Apenas salía para atender los oficios
religiosos mas importantes y su aislamiento voluntario le había hecho ganarse
una merecida fama de asceta e iluminado Rogelio, pues, no tuvo demasiadas
dificultades en localizarlo en su scriptorum y en sentarlo frente al obispo en
cuestión de minutos.
-Es
de vital importancia que me acompañe -le aseguro.
JUAN DE
JERUSALEN
A
esas horas, los cielos del Sinaí se habían teñido ya de rojo y el escaso
horizonte visible intramuros había dejado de temblar bajo el efecto del
sofocante calor de la jornada Al llegar al Katholikon, Teodoro aguardaba
impaciente
-¿Recordáis
el manuscrito de Juan de Jerusalén (1), hermano Basilio?
1 No
debe confundirse a este Juan de Jerusalén con el rey francés del mismo nombre,
que en 1210 se proclamo soberano de Tierra Santa hasta 1225 Cuando el futuro
rey nace en 1148 el Juan al que se refiere este relato esta ya muerto La
precisión es importante, pues casi todos los textos históricos que se refieren
a Juan de Jerusalén lo harán al monarca y no al templario que nos ocupa.
Aquella
pregunta a bocajarro dejo lívido al bibliotecario La máxima autoridad de la
diócesis mas pequeña del mundo se dirigió al anciano en tono respetuoso.
-Os
referís sin duda al autor de El Protocolo.
-En
efecto -el patriarca asintió-, de El Protocolo secreto de las profecías ¿A
quien si no?
-Ya
nadie habla de el, eminencia.
-Yo
si Y tengo buenas razones para creer que el espíritu de Juan de Jerusalén esta
a punto de regresar entre nosotros.
-¿Regresar?
Basilio
resopló ante la cara de circunstancias de Rogelio, que parecía no entender nada
de aquel cruce de palabras
-Lo
poco que sé de ese manuscrito -prosiguió el obispo- es que en la biblioteca
custodiamos una de las seis únicas copias que existen de él. La tradición dice
que fue escrito por Juan de Jerusalén en persona que es, a su vez, uno de los
ocho fundadores de la Orden del Temple. Muchos creemos todavía, como sabrá, que
alguien muy cercano a él lo robó antes de que muriera y lo escondió en este
monasterio hacia 1120.
-¿Y
lo habéis leído?
-Contiene
visiones terribles y precisas de la situación del mundo antes del año 2000 y
aún de después. No obstante, nuestra copia viene precedida de una advertencia
clara: hasta el «día de la señal» nadie comprenderá totalmente el sentido
global de la obra.
-Ya
sabéis mucho, eminencia -dijo Basilio-. Todo lo que afirmáis es correcto.
-Pero
las dudas del apóstol Tomás inundan mi corazón, hermano. ¿Sabemos acaso cuál
será la señal a la que se refiere el texto?
-No
exactamente.
-¿Ni
cuándo llegará?
-Tampoco.
Las
preguntas del obispo no sorprendieron al bibliotecario, que se apresuró a
matizar su respuesta.
-Juan
de Jerusalén, querido Teodoro, escondió una clave para descifrar ese misterio
en el capítulo 34 de sus profecías, aunque dudo mucho que sea algo que pueda
descifrarse a la ligera.
-Ya,
ya -sacudió sus barbas Teodoro, haciendo aspavientos con los brazos-. ¿Y
recuerda lo que dice ese capítulo?
Basilio
dudó un segundo antes de cerrar los ojos en señal de asentimiento. Después, sin
dejar que el obispo o el joven monje le interrumpieran, juntó lentamente las
manos frente a su barbilla despejada y comenzó a susurrar una retahila de
extraños versos en francés, pronunciados con acusado acento copto.
Ambos
se miraron sorprendidos ante la prodigiosa memoria del anciano bibliotecario.
Lorsque
ce sera le plein de l’An Mille qui vient apres l’An Mille L’homme saura quel
est l’esprit de toute chose.
La
pierre ou l’eau, le corps de Vanimal ou le regará de l’autre. U aura percé les
secrets que les Dieux anciens possédaient Et il poussera porte aprés porte dans
le labyñnthe de la vie nouvelle. (1)
1.
Llegados plenamente al año
mil
que sigue al año mil,
El
hombre conocerá el espíritu
de
todas las cosas,
La
piedra o el agua, el cuerpo
del
animal o la mirada del otro;
Habrá
penetrado los secretos
que
los dioses antiguos poseían
Y
empujará una puerta tras
otra
en el laberinto de la vida
nueva.
Un
denso silencio rodeó a los tres hombres en cuanto el hermano Basilio terminó de
recitar. La sacristía permaneció muda durante unos segundos, los suficientes
para que el hermano bibliotecario apartara su gesto orante del rostro y cayera
de rodillas frente al patriarca.
-Ya
no recuerdo más, eminencia. Lo siento -se excusó.
-No
importa; levantaos. Es lo que pensaba.
-¿Lo
que pensaba? ¿Qué quiere decir?
Rogelio,
al ver el rostro grave de los dos ancianos, no pudo morderse por más tiempo la
lengua.
-¡Ah!
¡Mi buen Rogelio! Os he convocado a ambos porque creo que la señal está en el
mensaje que me has traído -exclamó el obispo-. Y es una señal acorde con los
tiempos, que sólo tú, entre todos los monjes de nuestra comunidad, estás
preparado para valorar.
-No
comprendo.
-Ayer,
un satélite especializado en cartografía terrestre detectó varias emisiones no
identificadas de lo que parecen ases de microondas de alta resolución lanzadas
al espacio desde diferentes puntos de Francia -leyó.
-Sigo
sin entender qué...
-Todo
indica -prosiguió Teodoro- que esos puntos se corresponden con exactitud a
importantes catedrales y centros ceremoniales católicos, construidos durante el
siglo XII, en la época de Juan de Jerusalen. Lo verdaderamente extraordinario
es que el satélite no ha podido captar la forma de las catedrales, sino
poderosas siluetas radiantes en su lugar.
-¡Teodoro!
-exclamó el anciano Basilio alzando los brazos; nunca le habían visto así-.
¡Las puertas se abren! «El hombre empujará una puerta tras otra.» ¿No lo
comprendéis?
Rogelio
los miró desconcertado.
-Eso
parece -aceptó el obispo sin perder de vista al joven monje, que se frotaba los
ojos con los puños como si pudiera así afinar sus entendederas-. Por lo poco
que sabemos, el caballero Juan fue iniciado en un secreto peculiar del que
venimos oyendo hablar hace siglos en nuestra orden, pero del que nadie todavía
nos ha ofrecido evidencias concretas.
-Un
secreto, ¿qué secreto?
-Al
parecer, Juan y los otros ocho soldados que fundaron los Pobres Caballeros de
Cristo, germen de los posteriores templarios, fueron puestos al corriente de la
ubicación exacta de ciertos enclaves en los que era posible ascender al reino
de los cielos sin perder el cuerpo físico, y regresar después embebido de una
sabiduría infinita. Puertas al cielo, en definitiva.
Tras
una breve pausa, el obispo continuó:
-Después
de recibir ese conocimiento, la máxima obsesión de aquellos caballeros fue
conquistar tales reductos y sellar definitivamente las «puertas» para que nadie
inapropiado pudiera acceder por ellas a saberes que no le correspondían.
-Y
se acuñaron leyendas terribles para protegerlas -apostilló Basilio.
-No
les fue difícil -remató Teodoro-. A fin de cuentas la historia no era nueva.
¿Acaso no fue la ingestión del fruto del árbol de la ciencia, del bien y del
mal, lo que condenó a los hombres a su condición de mortales? Aquellas puertas,
nueva versión de la manzana maldita, sólo podrían haber sido puestas en la
Tierra por Lucifer en persona, y había que sellarlas y vigilarlas.
-Como
hicieron los yezidíes.
-¿Los
yezidíes? -los ojos de Rogelio casi se le salían de las órbitas-. Lo siento, yo
no...
Teodoro
le sonrió como si se apiadara de la ignorancia de su joven monje.
-Los
yezidíes son una escisión del islam surgida al amparo de un califa del siglo
once llamado Yezid -se explicó-. Hoy viven confinados en el norte de Irak, en
la zona kurda, y profesan una religión en la que conceden mayor poder al
príncipe del mal que al del bien. Si hemos de creer en sus tradiciones, ellos
también fueron iniciados en un secreto similar al de los templarios
aproximadamente en las mismas fechas.
-Entonces,
¿también conocen las «puertas»? -murmuró el hermano Rogelio espantado.
-Oirás
puertas -le atajó Basilio, cogiéndole de una mano-. Para los yezidíes se trata
de lugares instaurados por Lucifer para extender desde ellos su poder entre los
hombres. Están marcados por siete torres distribuidas por todo el mundo, que
imitan la forma de la Osa Mayor.(1)
1.
Según esta leyenda, recogida por el historiador francés Michel Lamy en su libro
La otra historia de los templarios (Martínez Roca, 1999), esas torres se
encontrarían distribuidas en los actuales territorios de Irak, Níger, Siberia,
Siria, Sudán, Turkestán y los Urales.
-Es
como un reflejo especular de la creación. Lo de arriba es lo divino; su
proyección inversa, abajo, corresponde a lo maligno.
-Y
esa proyección, ¿también es aplicable a las catedrales francesas?
-Naturalmente,
hermano -el tono del bibliotecario se hizo más paternalista que nunca-. Los
«secretos de los antiguos dioses» a los que alude Juan tienen que ver con ese
saber. En cada rincón del mundo se erigieron puertas imitando constelaciones
del firmamento. Su uso fue olvidado por todos, salvo por unos pocos que
preservaron ese conocimiento. En Francia, por ejemplo, la constelación regente
es la de Virgo y ése es el patrón que imitan sus catedrales dedicadas a la
Virgen.
-El
mensaje dice algo más.
La
silueta oblonga del patriarca se balanceó suavemente hacia el incensario de
plata que colgaba junto a la puerta de la sacristía. Tras cargarlo, y sin
añadir ni una palabra a su último comentario, giró sobre sus talones adoptando
un gesto severo. Ni la barba pudo disimularlo.
-Uno
de los ingenieros del Centro Nacional de Estudios Espaciales francés que diseñó
el satélite que ha descubierto la orientación de las «puertas» parece que está
dispuesto a llegar al fondo del asunto. No sé si comprenden la gravedad de lo
que les digo: revelar este secreto al mundo en estos momentos equivale a
convertir las puertas en focos de investigación científica. ¡Sería como si
Lucifer colocara la manzana del árbol de la ciencia otra vez frente a nosotros
para pecar!
-¿Y
qué podemos hacer?
-Para
eso te necesito, hermano Rogelio. Partirás mañana mismo hacia Lyon, y desde
allí seguirás de cerca las actividades de este ingeniero. Según este informe
-el obispo volvió a señalar el mensaje electrónico-, se dispone a viajar a
Vézelay para iniciar su investigación.
Teodoro
abrió los ojos de par en par, como si algún detalle de aquel mensaje le hubiera
pasado por alto.
-Claro,
¡Vézelay!
-Eminencia,
¿qué tiene de particular ese lugar?
-Allí
fue donde nació Juan de Jerusalén.
LETIZIA
Un
escalofrío recorrió la columna vertebral de Michel nada más terminar de marcar
los diez dígitos del teléfono móvil de Letizia. Nunca la había llamado a ese
número pero, contra toda sana lógica, se lo sabía de memoria. Mientras el
auricular crujía tratando de encontrar línea, una extraña inquietud se iba
apoderando de él. Era ridículo. Aunque hacía ya tiempo que había salido de su
vida, era evidente que aquella mujer de profundos ojos azules seguía
cautivándole, provocándole sensaciones contradictorias y, por encima de todo,
estremeciéndole hasta la médula sólo con su recuerdo.
-¿Diga?
¿Quién es?
Una
voz suave sobresaltó al ingeniero.
-Letizia,
soy Michel... ¿Te acuerdas? -vaciló.
-¿Michel?
-Michel
Témoin...
-¡Michel!
-exclamó por fin-. Perdóname, pero no esperaba tu llamada. ¡Cuánto tiempo sin
saber nada de ti!
-Soy
yo quien debe disculparse por llamarte a este número.
-En
absoluto. Dime, ¿ocurre algo?
-Bueno...
He pensado que como voy a pasar cerca de Orléans en unos pocos días, tal vez
podamos buscar un hueco para tomar un café y charlar. Me gustaría comentarte un
par de cosas, en las que quizá podrías echarme una mano.
-¿Trabajo?
-Algo
así.
-Ya
veo -suspiró-. No cambiarás nunca, ¿verdad?
Letizia
había abandonado Toulouse al poco de encontrar a su nuevo novio, instalándose
después en la ciudad natal de Juana de Arco, al otro extremo del país. Siempre
echó la culpa de la ruptura a la obsesiva manera que Michel tenía de llevar sus
asuntos laborales, arrinconando todo lo que fuera personal o familiar a un
segundo plano. En realidad, su drástica decisión de poner kilómetros de por
medio les había venido bien a los dos, sobre todo al ingeniero, que no hubiera
podido soportar encontrarse a su mujer en brazos de otro en cualquiera de los
parques junto al río Ariége.
-¿Y
bien? ¿De qué se trata esta vez? -preguntó Letizia suspicaz.
-Aunque
te parezca raro, debo visitar varias catedrales góticas para completar un
informe que estoy preparando para el CNES, y me gustaría poder consultarte
algunos detalles de tipo arquitectónico. Tú eres historiadora, y ya sabes que
siempre me he encontrado un poco perdido en ese terreno. Además, necesito
alguien de confianza y, claro, pensé en ti.
-¿Tú?
¿De catedrales? -Letizia rompió a reír de esa manera que sólo había escuchado
en ella-. Pues claro que te ayudaré. Eso no puedo perdérmelo. ¿Y adonde piensas
ir primero?
-A
Vézelay. Te estoy llamando desde una gasolinera, en la nacional 951. Creo que
llegaré allí dentro de media hora o así.
-¡Vézelay!
Lo conozco bien. Marcel tiene una casita muy cerca de allí, en Tharot. Era de
sus padres, y vamos bastante a esa zona los fines de semana. Es una región
preciosa. Te gustará. Pero allí... -añadió un tanto extrañada-, allí no hay
ninguna catedral.
Un
retortijón en el estómago hizo apretar los dientes al ingeniero cuando escuchó
el nombre de Marcel. Evidentemente, todavía seguía con aquel técnico del tres
al cuarto.
-Sé
que Vézelay no tiene catedral -se repuso-, pero forma también parte de mi
estudio. En fin, es largo de explicar.
-Lo
comprendo.
-¿Y
no sabrás decirme, por casualidad, a quién podría dirigirme para hacerle
algunas preguntas sobre la iglesia de Sainte Madeleine?
-¿La
Madeleine? ¡Por supuesto! -Letizia utilizó ese tono de autosuficiencia de quien
lo sabe todo-. Es la joya arquitectónica del lugar, ¿sabes? Tiene un coro de
estilo gótico primitivo impresionante, y toda la iglesia es una interesante
mezcla entre el románico más avanzado y el gótico más simple, como si sus
arquitectos hubieran ensayado allí lo que habría de ser el posterior estilo de
las grandes catedrales.
-¿En
serio?
-Sí
-se disparó Letizia-. Además, allí mismo fue donde san Bernardo convocó a los
nobles de la región para organizar la segunda cruzada contra Tierra Santa. De
eso deben de saber mucho los religiosos de la Fraternité Monastique de
Jerusalem, que son los que cuidan ahora de la iglesia. Puedes preguntar por el
padre Pierre, que es todo un sabio, y que vive en la misma plaza de la iglesia.
No te costará encontrarle.
Michel
anotó todas aquellas indicaciones en un pequeño bloc de notas, mientras Letizia
le abordaba por otro lado.
-¿Y
hasta cuándo te quedarás en Vézelay?
-Seguramente
hasta el miércoles.
-Eso
es pasado mañana.
-Sí
-remató-. Me quedaré en el hotel La Palombiere, en la place du Champ de Foire.
-Lo
conozco. Si recordara algo que pudiera serte útil te llamaría allí sin falta.
Michel
se mordió la lengua. No podía, no debía decirle «gracias, cariño», ni siquiera
insinuar lo mucho que le hubiera gustado compartir con ella aquel viaje, aunque
fuera eso lo que le brotara del corazón. Por el contrario, se despidió de
Letizia lo más neutralmente que pudo y, tratando de enterrar con diligencia sus
fantasmas, volvió a subir al coche para recorrer los escasos 40 kilómetros que
le quedaban aún hasta su destino.
Las
últimas curvas fueron las peores. Empinado y serpenteante, el acceso a la
«colina eterna» -como la llamaban los peregrinos que utilizaban el lugar en la
Edad Media como punto de partida para su ruta sagrada hacia Santiago de
Compostela- se hizo duro hasta para el moderno motor de inyección del Suzuki.
Cuando, por fin, Michel coronó aquella pendiente, recién entrado en Vézelay, la
carretera se dividió en dos frente a él.
La
Palombiere estaba a mano derecha. Era una casona del siglo XVII engullida por
madreselvas esplendorosas que, a decir verdad, estaba integrada dentro de un
conjunto urbano mucho más moderno de lo que esperaba encontrar allí.
Ingenuamente, el ingeniero se había imaginado una especie de cindadela medieval
parecida a Carcasona, pero allí lo único verdaderamente antiguo era una puerta
de piedra de arco ahusado, encastrada en una torre en mal estado que,
probablemente, debió de pertenecer a las antiguas murallas defensivas del lugar
cuando éste aún se llamaba Vercellacum.
Después
de aparcar, Michel tomó su maleta y una bolsa con cámaras fotográficas, y tras
ser instruido por la propietaria del establecimiento en el uso de un cierre
electrónico que permitía subir a las habitaciones directamente desde la calle
-sólo había que marcar el número 1863 en un panel electrónico similar a los del
CNES-, abandonó el hotel rumbo al centro.
Michel
se aseguró de que llevaba encima la copia ampliada de la fotografía CAE 990111
del ERS, en la que se veía el trazado de una línea ligeramente sinuosa que no
podía corresponder más que a la calle principal de Vézelay, y la dobló en dos.
No hacía falta ser demasiado listo para saber que aquella línea casi recta de
la imagen debía corresponderse con la amplia travesía que nacía bajo el arco de
piedra que tenía frente a él.
Ascendió
a buen paso.
La
avenida, sembrada de pequeños restaurantes y tiendas de recuerdos, le dejó casi
sin aliento. Al final de aquella cuesta interminable, una enorme fachada de
piedra, coronada por una espléndida torre maciza de cuatro cuerpos terminada en
plano, se abría majestuosa en el centro de una plaza acogedora en la que
brillaba con luz propia un templo sembrado de extrañas escenas. Perfectamente
orientada de este a oeste, la luz del sol descendiendo por el extremo opuesto
del templo enmascaraba algunos de los detalles más hermosos de su imaginería.
La
mole le impactó.
En
el aparcamiento que cubre buena parte de aquella placita, el ingeniero desplegó
la foto del satélite. No quería cometer ningún error.
Tras
un par de comprobaciones elementales tratando de imaginar cómo serían los
tejados de las casas vistos desde el ERS, situó la mancha blanca de la toma en
relación a las viviendas contiguas. Pronto se dio cuenta de la también muy
precisa orientación este-oeste que seguían las líneas de aquella
«irregularidad», respetando escrupulosamente la orientación de la propia
iglesia. No había duda: la anomalía tapaba exactamente la parcela sobre la que
se erigía el templo de Sainte Madeleine. Y nada más.
VÉZELAY
-¡Pero
si llevan dos horas reunidos!
Sor
Inés protestó enérgicamente ante la encargada de mantenimiento de la
Fraternidad Monástica de Jerusalén. Ésta, una rusa de caderas generosas y
brazos gruesos como las mismísimas columnas del Partenón, llevaba un buen rato
puesta en jarras en medio del pasillo haciendo gala de la más agresiva de sus
muecas.
-Lo
siento, pero no se puede pasar -gruñó-. Deberá volver con su bandeja de comida
a la cocina y calentarla cuando se lo ordenen, hermana.
-¡Tenemos
unos horarios! -se quejó sor Inés.
-Deben
cumplirse escrupulosamente. Sin embargo, comprenda que ésta es una reunión
excepcional. He recibido órdenes precisas de que no puede molestarse al abad
bajo ninguna circunstancia. Y eso la incumbe también a usted.
La
monjita cedió de mala gana. Dio media vuelta con su fuente llena de alimentos
humeantes y, una vez de espaldas a la rusa, refunfuñó algo en voz baja.
-Avíseme
entonces. Ya no tengo edad para darme estos paseos en balde.
Sor
Cazuelas -así llamaba a la hermana Inés toda la congregación-, descendió a
regañadientes los escalones que daban a la cocina del albergue del peregrino de
Sainte Madelaine. Situada junto a una de las discretas puertas de entrada a la
comunidad, los fogones de sor Inés eran famosos en toda la orden porque desde
sus ventanas a ras de calle podía controlarse prácticamente todo lo que sucedía
en la plaza de la basílica. Cuando la hermana Cazuelas se contrariaba por algo
-que era, por cierto, bastante a menudo-, lo único que parecía calmarla era
curiosear por aquellas ventanas y distraerse husmeando las idas y venidas de
los turistas que frecuentaban el lugar.
Bien
fuera por su enfado, o por su natural propensión al cotilleo, lo cierto es que
nada más dejar sobre la encimera de aluminio las viandas recién preparadas para
el padre Pierre y su ilustre invitado, sor Inés se dio cuenta de que algo
inusual estaba sucediendo allá afuera.
En
efecto. En el centro del aparcamiento, junto a la furgoneta de reparto de
libros de la tienda que la Fundación tiene dos manzanas más abajo, un hombre de
mediana edad y aspecto cuidado examinaba una gran foto plastificada que parecía
(qué cosas) en blanco y negro. Aquel varón de aspecto afable debía de llevar un
buen rato allí plantado, echando rápidas ojeadas ora a la iglesia ora a aquella
tremenda imagen. Al menos, el mismo que ella había perdido discutiendo con sor
Perestroika.
Sor
Inés, comida por la curiosidad, estiró el cuello por encima de los pucheros. El
extranjero -evidentemente debía de serlo, pues su gabardina y su bigote no eran
precisamente típicos de la región-, miraba sin inmutarse la imagen que sostenía
entre ambas manos, fijándose después en los alerones de las casas de alrededor,
como si tratara de encontrar algún paralelismo oculto. Después de un minuto de
subes y bajas de cabeza, el forastero, con aire indiferente, introdujo la mano
en uno de sus bolsillos y extrajo unos minúsculos binoculares grises que se
llevó frente a sus gafas. «Pero ¿qué estará mirando ese tipo?», pensó cada vez
más intrigada.
La
monjita, que ya casi había olvidado su enfado con la rusa, creyó oír que el
extranjero estaba hablando solo, en voz alta. Haciendo verdaderos esfuerzos
para alcanzar a escuchar lo que aquel personaje murmuraba, logró incluso
adivinar algunas palabras sueltas.
-Juicio
Final -barruntó-. Ángel con balanza... Condena de los pecadores...
Y
después, algo que la extrañó.
-Cuarenta
grados latitud oeste... Novecientos noventa y dos ochocientos diez...
Granito... Radioactividad...
Las
primeras palabras se referían, sin duda, a las figuras en altorrelieve que
decoran el tímpano central que flanquea el acceso al nártex de Sainte
Madelaine. Se trata de un conjunto escultórico restaurado a principios de siglo
por el célebre arquitecto Viollet-le-Duc, que representa el Juicio Final. En él
puede verse a Jesús en majestad, con los brazos extendidos, entre dos grupos de
tallas bien diferenciados entre sí: a su derecha, los justos; y a su izquierda,
los condenados a los suplicios eternos del espíritu, cuya alma es pesada en una
balanza que sostiene un ángel de mirada perdida. Pero ¿y el resto de palabras y
cifras? ¿A qué podía estar refiriéndose?
Antes
de que sor Inés prestara más atención a lo que murmuraba aquel personaje, la
silueta alta y de hombros cargados de Frangois Bremen se pegó a las espaldas
del extranjero. «Esta sí es buena», murmuró sor Inés con evidente desagrado. El
señor Bremen era bien conocido en la Fundación por encargarse de impartir a la
comunidad y a sus numerosos visitantes conferencias ocasionales sobre los más
diversos temas. Aunque gustaba decir que él era el «cronista oficial» de
Vézelay en realidad se trataba de un profesor jubilado que caía bien a casi
todo el mundo... salvo a ella. Le parecía un plasta, un pesado.
Sor
Inés, desde su «escondite», acertó a escuchar únicamente una pequeña parte de
la conversación, en la certeza de que si Bremen estaba allí no tardaría en
enterarse todo el pueblo de la identidad del visitante. Era evidente que aquel
metomentodo no había podido tampoco dominar su curiosidad al ver a tan insólito
personaje merodeando por los alrededores de Sainte Madelaine... ¡y mirando los
tejados!
-Buenos
días, señor -dijo Bremen, levantando su inconfundible boina negra en actitud de
saludo.
-Buenos
días -respondió el extranjero en perfecto francés, para sorpresa de la monjita.
-Verá
usted, llevo un rato mirando cómo examina esa foto, y no he podido evitar
preguntarme si es historiador o algo así. Disculpe mi atrevimiento, pero le he
visto tan concentrado, que creo debe de estar estudiando nuestra iglesia. No me
equivoco, ¿verdad?
Antes
de que Témoin pudiera responderle, el anciano remató:
-Yo
soy profesor, ¿sabe? Me llamó Francois Bremen y soy el, digámoslo así,
conservador oficioso de este templo.
Sor
Inés bufó desde su escondite.
-¿Ah,
sí? -el ingeniero tendió su mano al anciano-. Encantado de conocerle. Mi nombre
es Michel Témoin, señor. Y lamento decepcionarle, no soy historiador ni nada
que se le parezca. Soy ingeniero.
-¿Ingeniero?
-aquello pareció sorprenderle-, ¿Y es la primera vez que viene a Vézelay?
-Desde
luego. Estaba admirando el pórtico de entrada de la iglesia, que es soberbio.
-Y
misterioso -apostilló Bremen.
-¿Misterioso?
¿Qué ve de misterioso en una escena del Apocalipsis?
-Usted,
que debe de ser una persona inteligente, ¿de veras no ve nada raro en ese
tímpano?
-No
-dudó Témoin-. ¿Debería?
-En
realidad, casi nadie se fija -suspiró Bremen-. Y es una lástima, créame. Claro
que para darse cuenta debería tener una cultura enciclopédica, exenta de
prejuicios, y una gran capacidad de observación. Usted ya me entiende.
El
«guía oficioso» de Vézelay le brindó un guiño de complicidad que sor Inés no
pudo ver y, acto seguido, tomó de la muñeca a Michel arrastrándolo unos pasos
hacia delante, como si quisiera mostrarle algún detalle oculto de aquella
estructura. La nueva posición de los dos hombres hizo aún más difíciles las
improvisadas tareas de espionaje de la religiosa que, ya puesta, no dudó en
sacar medio cuerpo por la ventana para intentar seguir la conversación a toda
costa.
-Señor
Témoin, ¿tiene usted algún interés por la cultura egipcia?
Témoin
sacudió la cabeza antes de responder.
-La
historia no es lo mío, lo siento.
-Pues
es una lástima, porque si usted pudiera comparar esta escena del Juicio Final
de Vézelay con lo que nos cuentan los papiros del Libro de los Muertos egipcio,
vería cuántas similitudes existen entre ambas representaciones. Lo que vemos
aquí forma parte, en realidad, de alguna clase de culto egipcio que sobrevivió
camuflado en el seno de la doctrina cristiana y que llegó intacto hasta el
siglo doce.
¿No
le parece extraordinario que un texto de hace más de cuatro mil años, de una
cultura dada por muerta hace mucho, haya inspirado una obra como ésta?
-¿Similitudes?
Pero señor Francois -el ingeniero miró divertido al anciano-, ¿cómo va a haber
relación entre los antiguos credos egipcios y los constructores de Vézelay?
Cuando se comenzó a construir esta iglesia, los últimos faraones llevaban por
lo menos mil años bajo tierra.
El
profesor se encajó la boina con rudeza y después señaló a la fachada, para
pasmo de sor Inés.
-Si
hubo relación directa no lo sé, pero que ese tímpano representa una escena del
Libro de los Muertos, ¡eso es seguro! Mire usted -se enervó-, el ángel que
sostiene la balanza es casi idéntico al chacal que pesa el alma del faraón y
compara su medida con la pluma de Maat, diosa de la justicia. También es el
equivalente al dios Toth, dios de la sabiduría, que determinaba si el mortal
había adquirido saber y pureza espirituales suficientes para acceder al cielo.
Ese detalle, si se toma usted la molestia de comprobarlo, es uno de los
fragmentos del Libro de los Muertos más conocidos. También es bastante popular
el resultado de la prueba: si por ventura la pluma pesara más que el alma, eso
significaría que el difunto ha viajado hasta el Más Allá cargado de pecados, y
debe ser condenado de inmediato. Entonces se le manda a las fauces de un
monstruo terrible, al que llamaban Ammit, que devorará el espíritu inmortal del
difunto y le causará la muerte eterna.
-La
muerte eterna. Suena terrible, ¿no cree?
-Y
lo es -asintió Francois-. El abad Suger, que terminó de levantar estos muros en
1144, era consciente de eso y fabricó este templo como si fuera una «máquina
para la inmortalidad». Igual que los egipcios decoraban las tumbas de sus seres
queridos con escenas del Libro de los Muertos para guiarles en su tránsito al
Más Allá, este abad erigió un templo similar que sirviera de guía a toda su
feligresía en el tránsito que todos, antes o después, tendrían que emprender.
Michel
arqueó las cejas asombrado.
-Así
que no cree ni una palabra de lo que le digo, ¿no es eso?
-No,
no -le atajó-. Siento una tremenda curiosidad por lo que usted cuenta, señor
Bremen. Veamos, ha dicho que este lugar funcionaba como una máquina.
-Así
es.
-Pero
toda máquina se compone de un mecanismo, de unas piezas. ¿Dónde están?
-Acompáñeme
al interior y le explicaré cómo funciona.
-¿Cómo
funciona? ¿Tiene usted las instrucciones o algo así? -sonrió burlón.
-Digamos
que sí, señor Témoin. Esta iglesia se levantó con tal precisión, y reacciona de
manera tan especial en fechas muy concretas, que a veces me parece estar
visitando el interior de un mecanismo de relojería.
-Bien,
eso me interesa.
-Ya
lo creo.
Sor
Inés vio impotente cómo Bremen y el extraño ascendían las escaleras de acceso
al templo, perdiéndose en su interior a través del pequeño portal situado a la
derecha de la fachada principal.
Intrigada
por las alusiones a una «máquina» y por comentarios que nunca antes había oído
brotar de sus labios, la inquieta cocinera a punto estuvo de abandonar sus
fogones y pasearse disimuladamente cerca de aquellos dos hombres, pero sor
Perestroika frustró -una vez más- sus planes.
-¿Qué
hace ahí holgazaneando? -le reprochó nada más entrar en la cocina y ver a sor
Inés estirada cuan larga era entre la encimera y la ventana del fregadero.
-Revisaba
el cierre de las ventanas -se excusó.
-Está
bien, el padre Pierre ha solicitado que le subamos el almuerzo en cuanto
podamos. Comerá con su invitado en el despacho.
-¿En
el despacho? -se extrañó Inés.
-Sí.
Y de inmediato. No haga esperar a los padres, que ya sabe cómo se ponen.
Así
que ambas monjas tomaron las bandejas de comida, llevándolas diligentemente al
piso superior.
LA FUERZA
El
salón donde el padre Pierre despachaba con su invitado estaba literalmente
sepultado bajo montañas de papeles que amenazaban con venirse abajo. Montones
de correspondencia por abrir, revistas a las que la Fundación estaba suscrita y
que el padre deseaba ver antes de que fueran archivadas, y torres de informes y
libros para documentar un ensayo sobre san Bernardo que el monje nunca
terminaba, dibujaban un paisaje frenético.
Su
otra pasión, la radiestesia, también se dejaba notar en su estudio. Una vitrina
con una colección de péndulos de todos los tamaños y tipos lucía sobre una de
las columnas. Los había de todas clases: desde los que llevaban incorporada una
pequeña urna donde incluir el «testigo» -esto es, un pedazo de la tela, tierra
o material que se deseaba encontrar-, hasta los más sencillos, más parecidos a
plomadas de arquitecto que a ningún otro artilugio. Eran de metal, madera,
cristal y hasta cuarzo. El padre Pierre los coleccionaba desde hacía años y se
sentía orgulloso de emplearlos siempre que la ocasión lo requiriese. No en
vano, muchos en la Fraternidad le llamaban mosén zahori.
Frente
a él, impasible, un joven sacerdote ortodoxo recién llegado de Egipto observaba
aquel caos con mirada indiferente. No llegaba a encajar lo de los péndulos.
-A
ver si he entendido bien -puntualizó Pierre, sacándole del ensimismamiento-,
usted ha venido expresamente desde el Sinaí porque dice que algo extraordinario
está sucediendo en nuestra iglesia.
-Así
es -afirmó con un gesto de cabeza el ortodoxo.
-¿Y
de qué clase de fenómeno estaríamos hablando, padre? ¿Rogelio, me dijo?
-En
efecto.
-¿Y
bien, padre Rogelio?
-Tenemos
razones para creer que una fuerza maligna está a punto de despertarse bajo su
iglesia. No se trata de algo que deba tomarse a la ligera. De hecho, sabemos
que las actividades de ciertas sectas satánicas se han incrementado
notablemente en las últimas semanas en la zona, ¿no es cierto?
El
padre Pierre asintió con desdén, quitándole hierro al asunto.
-¡Vamos!
¡Vamos! -agitó las manos haciendo un vistoso aspaviento-. Se trata de gamberros
a los que les gusta entrar en los cementerios de noche, hacer pintadas
blasfemas y poco más. Eso pasa en todas partes.
-¿Y
han profanado Vézelay?
-¡Dios
Santo! ¡Claro que no!
-No
lo tome a broma, padre Pierre -sentenció Rogelio con gesto severo-, pero lo que
está ocurriendo es sólo el preámbulo de un fenómeno cíclico que terminará
afectando a este y otros lugares de Francia. La última vez que esta fuerza
estuvo tan activa como hoy fue hace ocho siglos, y entonces se la controló
gracias a que se construyeron iglesias como ésta para neutralizarla.
-¿Ocho
siglos? -repitió el padre Pierre-. ¿Quiere usted decir que la última vez que
estuvo en activo esa, digámoslo así, fuerza demoniaca fue en la época del abad
Suger?
-Eso
he dicho. Pero las cosas han cambiado mucho. Vézelay está casi totalmente
reconstruida, y la reconstrucción no respetó las fórmulas arquitectónicas que
sellaron el Mal. Ahí tiene el peligro.
-Y
según usted -frunció el ceño el padre Pierre-, ese peligro viene del subsuelo.
-Más
o menos. ¿Acaso no llaman ustedes a la montaña sobre la que se levanta Sainte
Madeleine, el «monte escorpión»?
-No
veo la relación.
-Mitológicamente
el escorpión es el único animal capaz de provocarse la muerte a sí mismo si se
ve acorralado por las llamas. Su poder es demoniaco, y la tradición que le
venera y le convirtió en un signo del zodiaco llegó aquí desde Oriente,
probablemente traída por árabes o, aún más probable, por los templarios de san
Bernardo. Al dar ese nombre a la montaña, los constructores de Sainte Madelaine
estaban ya indicando lo peligroso que es el lugar.
El
padre Pierre, un filósofo formado en la Universidad de La Sorbona, de talante
moderado, comenzó a considerar seriamente la posibilidad de que aquel hombre
fuera un pobre chiflado. Ciertamente hablaba de forma pausada, serena, pero su
mirada era de angustia. Como si el tiempo fuera escaso y estuviera en la
obligación de convencerle.
-Está
bien, padre Rogelio, ¿puede usted presentarme algo para que crea en su palabra?
El
egipcio, de mirada negra y profunda, se levantó de su sofá y plantó las manos
sobre el escritorio del prefecto de la Fraternidad. Un reloj de pared dio en
ese momento cinco campanadas, anunciando lo avanzado ya de la tarde. El
ortodoxo aguardó a que terminaran de sonar, y después respondió.
-Hágame
caso, padre, no estoy aquí por casualidad. Vigilo de cerca a un hombre que
pronto vendrá a verle y que le presentará la prueba que usted me reclama. En
realidad, él no sabe exactamente lo que tiene entre manos ni la importancia
espiritual que representa. Ni siquiera creo que llegue a comprenderla a tiempo.
Mi misión aquí es vigilarle de cerca e impedir que cometa sin querer un error
que reactive ese Mal.
-¿Y
usted a quién representa?
-Sólo
obedezco órdenes. Mi superior en el monasterio de Santa Catalina ha accedido a
ciertas informaciones reservadas, que yo mismo no conozco en su totalidad, y me
ha encargado que compruebe si existen razones para estar alarmados o no. Yo
sólo le advierto de que las actividades satánicas pueden incrementarse en breve
en este lugar, y que eso sólo será el preámbulo.
El
padre Pierre se removió en su asiento.
-¿A
qué razones de alarma se refiere?
-Si,
por ejemplo, alguien conoce más de la cuenta un determinado secreto, o si,
metafóricamente hablando, posee la llave que abra la puerta a esa fuerza de la
que le hablo.
-Si
la suya es una visita pastoral, supongo que nuestro obispo estará al tanto de
su presencia aquí, ¿no es cierto?
El
ortodoxo meneó la cabeza, haciendo mover su cabellera negra.
-No.
¿Para qué? Cuánto más alta sea una autoridad, más cosas tiene que ocultar.
Incluyendo la filiación a la que pertenece. ¿No cree?
El
padre Pierre observó a su interlocutor algo intimidado.
-No
hay nada que ocultar, padre Rogelio. Créame. La vida aquí es muy tranquila. Yo
mismo, por ejemplo, llevo años trabajando en la vida de san Bernardo, que
impulsó desde este lugar su gran obra política y convocó a los pies de Sainte
Madelaine la segunda cruzada contra Jerusalén. Nunca he visto u oído nada raro
salvo los oscuros capiteles de la basílica y la leyenda de cierto Libro del
Conocimiento que un día se habrá de encontrar por estas latitudes. Y aun eso
son puras leyendas medievales.
-Le
llamaré, padre. Cuando haya visto la prueba y atienda a mis palabras con otros
oídos, se hará cargo de la trascendencia de lo que he venido a contarle.
Pierre
se encogió de hombros antes de responder.
-Espero
no haberle ofendido. Pero profesa usted unas creencias que no puedo compartir.
-¡Oh,
no! Nada de eso. Me hago cargo de que hablar de fuerzas malignas en estos días
suena raro, pero le advierto que éstas existen y son muy poderosas. Recuerde el
dicho de que el mejor aliado del diablo es ignorar su existencia. -Y esbozando
una sonrisa burlona, añadió-: ¿Nunca percibió sus tentáculos con sus péndulos?
Sin
aguardar su respuesta, el padre Rogelio se colocó su especie de birrete negro y
enfiló escaleras abajo camino hacia la calle.
-Pronto
se acordará de mí -dijo desde el rellano-. Ya lo verá.
CORPUS HERMÉTICUM
Orléans
Rodrigo
dio un buen rodeo.
Con
tal de no regresar a través del río, escapó del campamento de los cruzados por
el camino más difícil. Por primera vez los consejos del abad de San Juan de la
Peña le fueron de utilidad. «Jamás regreses por el mismo camino por el que
sorprendiste al enemigo una vez. Podría abatirte en él a causa de tu exceso de
confianza», recordó.
Sólo
de pensar lo que podrían hacerle si le descubrían hurgando entre la mercancía
secreta a la que había accedido, le ponía los pelos de punta. A los espías -eso
también lo aprendió en los Pirineos se les desolla vivos, se les arrancan las
uñas de manos y pies, y si aun así no hablan, se les corta la lengua para que
no puedan referir nunca lo que vieron a otros.
La
visión le espantó tanto que decidió abrir bien los ojos. Tras dejar atrás los
carros y las tiendas de provisiones cruzadas, el intruso atravesó a tientas
varios campos de cultivo salpicados de peligrosos pozos abiertos a ras de
suelo. La noche sin luna no hizo fácil las cosas. Por eso, cuando con las
primeras luces del alba se adentró definitivamente en el centro de la ciudad,
Rodrigo suspiró satisfecho. Después de atravesar las porquerizas de Jon, la
herrería de los hermanos Mondidier y el recoleto telar de Amadís, el aragonés
enfiló la Cuesta de las Almas, a sabiendas de que aquel era el camino más corto
para llegar al palacio episcopal.
Casi
no tuvo que esperar. Aunque sucio y todavía con las calzas empapadas, el
secretario del obispo le recibió de inmediato, conduciéndole hasta el jardín
trasero del edificio. Los pasillos del palacio eran suntuosos, pintados con
tonos ocre muy vivos y decorados con cuadros inspirados en el martirologio
católico. Al final del mismo, tras atravesar un marco de granito tallado con
poco esmero, vio a Raimundo de Peñafort sentado en un poyo de ladrillos y
deleitándose dando de comer a una pequeña recua de patos que picoteaban a su
alrededor.
-Nunca
es temprano para alimentarse, ¿verdad? -dijo desmigando un pedazo de pan seco,
en cuanto advirtió la llegada de su espía.
-Decidme,
Rodrigo, ¿traéis con vos las noticias que os pedí?
Todos
sabían que el obispo de Orléans era un hombre ansioso, con una sed de
información inagotable y una enorme capacidad de gestión. Verlo allí, relajado,
aguardando a que desembuchara todo lo que había visto, relajó el ánimo a
Rodrigo. Aun así, no dio demasiados rodeos.
-En
realidad, eminencia, acabo de regresar del campamento, tal como vos me
pedisteis -dijo Rodrigo en un francés deficiente, sacudiéndose aún las costras
de barro adheridas a su camisa-. Y de allí os traigo algo para que lo
examinéis.
-Mmmmm
-susurró-. ¿Os habéis atrevido a robar su mercancía?
-Formaba
parte de la carga que esos caballeros traían consigo, y pensé que...
-Excelente,
excelente -sonrió-. El robo es un pecado, hijo, pero Dios sabrá perdonarte
porque la causa es justa. ¿Puedo ver lo que traéis?
Tras
hurgar en sus calzas, Rodrigo tendió al obispo la plancha que un par de horas
antes se había escondido en la cintura. Se trataba, vista ahora a plena luz, de
una especie de tablilla vitrea de no más de dos palmos de largo que tenía unos
extraños signos geométricos grabados sobre su superficie. El trazo había sido
marcado escrupulosamente, sin titubeos, y su factura maravilló tanto a Raimundo
que la examinó con la mayor de las atenciones.
-¿Sabéis
cuántos de éstos transportan?
-Más
de trescientos, eminencia.
-¿Y
qué son?
-Lo
ignoro. Lo único que sé es cuanto oí a los soldados: han sido traídos desde
Jerusalén por orden de un conde. Y nada más.
-Hugo
de Champaña, sin duda -susurró el obispo-. ¿Y adonde pretenden llevar su carga?
-También
lo ignoro.
-Entonces,
no sabéis de qué se trata, ¿verdad? -repitió.
Rodrigo,
extrañado ante la insistencia del prelado, se encogió de hombros y le explicó
con naturalidad que él no sabía leer ni escribir, que todo lo más que había
aprendido era a sumar, y que aun aquello lo hacía con dificultad. «Un pobre
diablo», pensó el obispo.
Contempló
aquel extraño bloque verde con fascinación, casi como si pudiera arrancarle sus
secretos sólo con mirarlo. Para él era evidente que había llegado, junto a los
hombres del conde Hugo, vía Troyes y que ahora se dirigían hacia algún punto en
el este. Lo que ya no estaba tan claro era el porqué de aquel traslado. ¿No
acababa de celebrarse precisamente en Troyes, en tierras del conde de Champaña,
en la ciudad regida por el sobrino del conde Hugo, un concilio convocado por
aquel imperioso monje de tierras champañonas llamado Bernardo de Claraval? ¿No
había faltado a su cita, por un motivo misterioso, el propio convocante del
concilio? ¿Y no había acudido él mismo, junto a los obispos de Reims y Laon, y
los abades de Vézelay, Qteaux, Pontigny, Trois-Fontaines, Saint Denis de Reims
o Molesmes? ¿Cabía sospechar que aquella carga era algo que el señor conde
quería alejar de Troyes por temor a que tanta clerecía lo descubriese
inoportunamente?
El
obispo, habitualmente sagaz, se sumió en la desesperación. Aquella piedra lisa
y aceitunada no decía ni palabra. No revelaba nada de su origen o significado,
mucho menos de su destino, y Rodrigo, aunque había triunfado en la misión,
había fracasado en su empeño de despejar la incógnita que traía consigo aquella
caravana bien armada.
-¿Y
ni siquiera oísteis pronunciar el nombre de Bernardo?
Rodrigo,
sorprendido, se estiró antes de responder.
-¿Bernardo?
¿De Claraval?
-¿Quién
si no?
-Sí
-dudó-. Su nombre sí lo escuché, eminencia.
-¿Y
qué dijeron de él? -preguntó distraídamente el obispo, apurando las migas del
último currusco.
-Apenas
presté atención. Dijeron que estaba en Chartres, pero no le di importancia, mi
señor.
-¿Chartres?
-los ojos de Raimundo de Peñafort se abrieron como platos-. ¿Estáis seguro de
lo que decís?
El
aragonés asintió, ajeno a los extraños razonamientos del obispo. No era muy
lógico, pensó éste, que si Bernardo había faltado al concilio en Troyes
estuviera, pocas semanas después de la cita, a tantas leguas de allí. Con los
hábitos recogidos por encima de los tobillos para no manchárselos de barro, el
prelado de Orléans se levantó y dio algunos pasos hacia unos graciosos arcos de
piedra que rodeaban su jardín.
Al
oírle resoplar, aunque fuera de espaldas, Rodrigo supo que el obispo estaba
maquinando algo. «¿Tan importante es saber que Bernardo está en Chartres?»,
dudó. Y antes de que pudiera encontrar una respuesta a tan elemental incógnita,
el cuerpo nudoso del obispo -todo él parecía retorcido como una soga-, giró en
redondo y clavó sus ojos en él.
-Irás
a Chartres -dijo-. Y averiguarás qué trama Bernardo.
-¿Qué
trama Bernardo? -Rodrigo titubeó-. ¿Y las tablas?
-¡Que
me corten la mano derecha si no van ya en esa dirección!
119
COMO ES
ARRIBA...
Vézelay
El
interior de la iglesia estaba vacío. El último grupo de turistas acababa de
abandonar el templo cámara en ristre, siendo astutamente dirigidos por sus
guías hacia las tiendas de recuerdos de los alrededores. El nártex quedó
entonces sumido en una extraña y serena quietud. Amplio y luminoso, aquella
sala previa a la entrada al templo le recordó a Témoin el Pórtico de la Gloria,
que había visto hacía años en Santiago de Compostela. El señor Bremen se
santiguó.
-¿Lo
siente? -susurró.
El
ingeniero, absorto en medio de aquella serena belleza, se encogió de hombros
sin saber qué responder.
-Me
refiero a la energía del templo -insistió Bremen-. Con el tiempo uno acaba
aprendiendo a percibir el estado de ánimo de las piedras... Sé que es difícil
de creer, pero ese estado varía de manera cíclica. Es como si el templo
estuviera enfadado unos días y amable otros.
El
ingeniero echó un vistazo a su alrededor sin comprender muy bien aquello. ¿Y si
semejante cicerone era un loco cualquiera de Vézelay? Vestido con pantalón de
pana verde y camisa de felpa, Bremen no presentaba un aspecto demasiado
alocado; sin embargo, reconoció, había algo en su mirada que le asustaba.
-¿Y
la máquina? ¿No iba usted a enseñarme cómo funcionaba el mecanismo interno del
templo? -le abordó.
-¡Ah,
la máquina! -exclamó-. Acompáñeme.
De
dos zancadas, Témoin y Bremen se situaron justo delante de la puerta interior
de Sainte Madeleine. Era una portada magnífica, con un Cristo con los brazos
abiertos mucho más desgastado que el que lucía en la fachada principal, y que
parecía emitir unos curiosos rayos de piedra ondulados sobre las escenas
circundantes.
-Es
la representación del descenso del espíritu sobre la jerarquía cristiana
-murmuró Bremen extasiado-. En las arquivoltas están las imágenes de las siete
iglesias de Asia y san Juan escribiendo el Apocalipsis al dictado de un ángel.
¿Lo ve?
En
efecto, justo debajo de un peculiar zodiaco, aparecía una escena en
altorrelieve que mostraba una figura sosteniendo una especie de vara hablando a
otra, menor, que parecía tomar notas.
-Todo
el conjunto -siguió Bremen explicando- es una alegoría a la transmisión del
conocimiento. Al trasvase de la fuerza espiritual del maestro al aprendiz. Y
todo, todo, obedece a una composición matemática rigurosa.
-¿Matemática?
¿Qué matemática puede haber en un pórtico?
Bremen,
que se había quitado su boina negra y lucía una coronilla completamente pelada,
rebuscó en los bolsillos de su pelliza. De uno de ellos extrajo un pequeño
folleto, podrido de puro viejo, que extendió frente al ingeniero. Mostraba un
esquema simple de la puerta interior de Vézelay cruzada por líneas discontinuas
a modo de trazado geométrico.
-¿Lo
ve? -dijo señalando el dibujo.
-No.
¿Qué he de ver?
-Las
instrucciones de la máquina -sonrió Bremen-. ¿Qué si no? Si traza una línea
imaginaria que una la base de la puerta y después otra que enlace con la cabeza
del Pantocrátor, obtendrá un triángulo equilátero perfecto. Y señalando el
triángulo en cuestión, dibujado con líneas discontinuas en el papel, prosiguió.
-Es
más, si traza una tercera línea que tenga como centro esa misma cabeza y la une
con otras dos hasta el eje inferior de la puerta, obtendrá... otro triángulo
idéntico al anterior, pero invertido.
-¡Eso
es! ¿No le dice nada?
Témoin
se rascó la barbilla.
-No.
-Es
la representación matemática de un viejo principio hermético: lo que está abajo
es como lo que está arriba. Hermes, querido amigo, no era sino la versión
griega del dios de la sabiduría egipcia Toth. ¿Recuerda al ángel con la balanza
del exterior? ¿Recuerda que le dije que era un símbolo de este dios?
Francois
Bremen plegó el esquema de la puerta de Vézelay con deleite y se lo introdujo
en su horrenda camisa de cuadros.
-¡Es
pura matemática! -insistió-. Los dos triángulos equiláteros entrelazados fueron
también el Sello de Salomón, el emblema personal del monarca que construyó el
templo de Jerusalén, y que hoy puede usted encontrar incluso en la moderna
bandera de Israel.
-Un
símbolo judío en un templo cristiano, ¡usted me toma el pelo! ¿Acaso ha
olvidado las persecuciones a los judíos durante la Edad Media?
-Está
bien -concedió-. Supongamos que no tenía un significado hebraizante, ¿y
entonces?
-Bueno
-le miró Témoin suspicaz-, usted es el que parece saberlo todo.
-¡Ya!
-rió-. Pues no sé si usted sabe que a veces estos triángulos entrelazados se
han utilizado también como símbolo de Virgo, porque la estrella de seis puntas
que deriva de esta figura representa al que es el sexto signo del zodiaco.
El
ingeniero casi se atragantó del susto.
-¿Y
eso qué quiere decir? -tosió.
-Es
sólo un símbolo, claro. Una señal de que el mundo de arriba, el Cielo, puede
ser interpenetrado por el de abajo, la Tierra... ¿No lo comprende? Esta puerta
es un umbral de paso al más allá.
-¿Y
la máquina? -insistió Témoin desconcertado.
-Funciona
como un espejo del cielo. En fechas importantes como los solsticios de verano e
invierno, los días veintitrés de junio y veintitrés de diciembre, se activa una
energía extraordinaria aquí dentro.
-¿Solsticios?
-Sí.
Astronómicamente se refiere a los momentos en que el Sol está en el punto más
alejado del ecuador, durante su aparente camino alrededor de la Tierra, al que
los astrónomos llaman eclíptica. Los antiguos no sabían por qué, pero veían que
el Sol detenía su movimiento progresivo al nacer sobre puntos sucesivos en el
horizonte; durante unos días se paraba y cambiaba de rumbo De hecho -añadió
triunfante-, «solsticio» significa «paro solar».
-¿Y
eso qué importancia tenía en la época de la construcción de Vézelay?
-¡Mucha!
-exclamó Bremen-. Desde muy antiguo, los solsticios marcaban giros importantes
en las estaciones del año, momentos de siembra y recolección, ritos sociales
importantes. Los cristianos los adaptaron y los convirtieron en las fiestas de
San Juan Bautista y San Juan Evangelista, respectivamente. Así, cada veintitrés
de junio, por ejemplo, se abre un camino de luz dentro de la iglesia, que marca
el «camino de Juan» hasta el cielo. El camino se repite también cada veintitrés
de diciembre, en la víspera de Nochebuena.
El
ingeniero le miró incrédulo. ¿Qué quería decir con aquello del «camino de luz»?
Bremen, que comprendió al instante la estupefacción de su interlocutor, se
apresuró a explicarse mejor. Lo tomó del brazo y lo introdujo en la nave
central de la basílica.
El
espectáculo allá dentro era soberbio: una magnífica estructura cerrada por una
bóveda de cañón con nervios bicolor como los empleados en la mezquita de
Córdoba, se abría varios metros por encima de sus cabezas. Al fondo, una
linterna luminosa, plenamente gótica, confería al lugar un aspecto singular: el
del sendero de sombras que desemboca en la luz.
-Verá
-prosiguió Bremen situándose en un lugar preciso, justo en el centro de la
nave-: cada veintitrés de junio a mediodía, la luz del sol se cuela dentro de
la iglesia a través de unos ventanucos especialmente orientados, de manera que
siete manchas de luz aparecen en el suelo, justo en el eje de la nave-
-¿Ah
sí? Nunca había oído...
-Pues
no sucede sólo aquí -le atajó-. En la catedral de Chartres, también el mediodía
del solsticio de verano, un rayo de sol se cuela por un vitral dedicado a san
Apollinaire y se estrella contra una losa con una pluma grabada en el suelo.
¿No es eso una máquina de precisión?
Témoin
parpadeó atónito.
-¿Y
lo puede ver cualquiera?
-¡Pues
claro! Ahora ya es una atracción turística, aunque casi nadie se pare a pensar
por qué se diseñaron esos templos para que funcionaran así.
-¿Y
usted lo sabe?
-Tengo
mi teoría.
-Usted
dirá.
Bremen
miró hacia atrás, como si tratara de asegurarse de que no hubiera entrado nadie
en la iglesia que pudiera escucharle. Después, con un gesto amable, invitó a
Témoin a acompañarle a un paseo por el deambulatorio.
-¿Recuerda
lo que le dije del paralelismo entre el tímpano exterior y Eí Libro de los
Muertos egipcio?
-¡Cómo
olvidarlo!
-Pues
bien, yo creo que todo viene de allá. Lo poco que sabemos de la magia egipcia
nos ha llegado a través de los griegos, y entre éstos el que alcanzó un mayor
grado de iniciación fue Pitágoras, el matemático.
-No
entiendo.
-Yo
se lo explicaré -continuó Bremen-. Pitágoras, además de matemáticas, aprendió
astronomía en Egipto. Estuvo en aquel país veintidós años y allí descubrió que
los antiguos consideraban los solsticios como momentos especiales en los que se
abría la comunicación con el «otro lado». Llamó a esos momentos «puertas», ¿lo
ve?, y consideró que en junio se abría la de los hombres donde éstos podían
ascender a los cielos; y en diciembre la de los dioses, donde éstos podían
descender a la Tierra.
-¿Y
cómo llegó esto aquí?
-Es
un poco complejo. Los druidas tenían un saber semejante, y edificaron
monumentos como Stonehenge, en Gran Bretaña, o círculos de menhires en otros
lugares, como enclaves para vigilar esas «puertas» del cielo. Después, los
cristianos construyeron sobre ellos y algunos heredaron el significado profundo
del lugar. La clave, recuérdelo, siempre es la misma: como es arriba...
...ES ABAJO
1,8,6,3.
Nunca
había sabido cómo demonios funcionaba aquel chisme, pero lo cierto es que era
de una precisión asombrosa.
Tras
aparecer los cuatro dígitos claramente en la pantallita de fósforo verde del
computador, un zumbido sordo quebró el silencio de la puerta automática de La
Palombiere, que cedió sin oponer resistencia. Gloria no se lo pensó dos veces.
Plegó el ordenador, lo introdujo en su pequeña mochila de tela y activó el
interfono que tenía colocado hábilmente en su oreja. Si los jefes necesitaban
advertirla de cualquier cosa, aquel chisme cumpliría con su inestimable
función. Después, sin mirar atrás, penetró en el edificio. No es que le gustara
demasiado hacer ese uso de la tecnología, pero si todo era tal como le había
dicho su padre, no había elección: había que determinar cuanto antes qué grado
de conocimiento tenía el doctor Témoin, como paso previo a cualquier otra clase
de acción. Ése era el plan «A».
La
Palombiere le sorprendió. Allí no había vestíbulo ni recepción. Era como si, en
realidad, aquella entrada diera a la parte de atrás de la casona y permitiera
el acceso a las habitaciones desde el discreto portón del jardín. Nada más
atravesar su puerta, a la izquierda, un tablón de corcho pegado a la pared y
colocado sobre un teléfono de monedas, mostraba todo un universo de tarjetas de
restaurantes y clubes nocturnos cercanos. Nada de interés. Dos pasos más
adelante, frente a ella, una escalera estrecha y enmoquetada parecía dar paso a
los dormitorios.
«Michel
Témoin, la 105», se repitió mentalmente. Vestida con unos Levis nuevecitos y
una camiseta ajustada, aquella rubia platino subió el primer y único tramo como
una exhalación. Giró por instinto a su izquierda, y tras recorrer tres metros
de pasillo exiguo y barandilla metálica, fue a dar frente a la puerta que
buscaba. Echó un vistazo a la plancha de madera de la puerta, y palpó con
detenimiento el borde occidental del marco tratando de cerciorarse del tipo de
cerradura empleado.
-¡Maldición!
-exclamó en un susurro.
Aquel
hotel de acceso electrónico tenía, dentro, habitaciones con llave de hierro. En
aquel pedazo de cerrojo una horquilla se le doblaría en el acto y el truco de
la tarjeta de crédito no serviría para nada. Titubeó un segundo antes de dar
marcha atrás, y cuando ya pensaba darlo todo por perdido y regresar después con
la herramienta adecuada, el ama de llaves la sorprendió.
-¡Ah!
¡Usted debe de ser la señora Témoin! ¿No es cierto? La mujer, más baja que
ella, de unos cuarenta y tantos y de pelo teñido de caoba, la miró de arriba
abajo esbozando una falsa sonrisa.
-Así
es. La señora Témoin.
No
la creyó. De inmediato se lo figuró todo: hombre treintentón, bien posicionado,
queda con su amante en un discreto hotel perdido de los circuitos turísticos
habituales. Lo peor de esas cosas era cómo lo dejaban todo. La habitación patas
arriba, las toallas hechas un asco...
-¿Tiene
ya la llave?
-No
-titubeó Gloria-. Michel la olvidó y precisamente iba a...
-Vamos,
vamos, no se preocupe. Yo la abriré. Un par de cerrojazos con una pieza enorme,
casi de sacristán, abrieron la 105. «Es la llave maestra, ¿sabe?», le dijo
sonriendo. Y aunque la rubia pretendía no dejar huellas de su paso, aquello era
lo menos malo que podía sucederle. Se despidió del ama de llaves entregándole
un billete de diez francos «por las molestias» y después cerró tras ella. No
tenía mucho tiempo.
Con
el pulso acelerado, echó un vistazo a su alrededor. La habitación estaba aún
sin hacer y la única maleta de Témoin, una pequeña Samsonite de tela,
descansaba completamente deshecha sobre una de las sillas. Encima de la cómoda,
un mueble raído que hacía las veces de mesa para el televisor, se apilaban un
pequeño montón de libros, folletos turísticos y un mapa de carreteras recién
comprado.
Los
hojeó boca abajo, dejando caer los marcapáginas. Lo que buscaba no estaba allí.
«¿Dónde
habrá dejado las fotos?», protestó. En principio, si todo era como le habían
dicho, el doctor Témoin no sabía que le estaban siguiendo, por lo que tomar la
precaución de esconderlas era absurdo.
Las
buscó en los bolsillos laterales de la maleta, en los cajones, detrás del
televisor, junto a la mesilla de noche, debajo de las alfombras, en la
americana colgada en el ropero, en el cuarto de baño... y nada. Rebuscó entre
los calcetines, revisó todos los bolsillos, e incluso se detuvo a mirar los
post-its y las marcas de rotulador fluorescente con las que había señalado un
viejo ejemplar de Les mystéres de la Cathedrale de Chartres. Tampoco hubo
suerte. Allí no estaban.
Después
de levantar el colchón para cerciorarse de que tampoco se encontraban allí,
tomó su maleta y abriéndola por el cajetín donde se alojaba el mecanismo del
cierre de seguridad, depositó en él una especie de pila de reloj minúscula que
se adhirió de inmediato al plástico.
Era
un transmisor «Spectrum», un pequeño prodigio electrónico capaz de transmitir
una señal de localización en un radio de diez kilómetros y fácilmente
distinguible con un rastreador de frecuencias del tamaño de un transistor. Si
Témoin llevaba consigo las fotos, y con él su equipaje, aquel «botón» impediría
que Gloria les perdiera la pista.
Tras
accionar el localizador, la rubia abandonó la habitación dejándolo todo como
estaba.
OSA MAYOR
En
la taberna de Eric no cabía ni un alma. El grupo de ancianos turistas que media
hora antes habían visitado la basílica de Sainte Madelaine y contemplado con
asombro las reliquias de aquella María a la que los malintencionados
atribuyeron un idilio con el mismísimo Jesús de Nazaret y hasta una
descendencia, comentaban ahora jocosos parte de aquella extendida leyenda y
reclamaban al maitre que les sirviera rápidamente sus menús.
Francois
Bremen se escurrió hasta la barra y pidió dos cervezas que pagó en el acto.
Después, haciendo auténticos equilibrios por no derramarlas, las sacó fuera del
local, hasta unas mesas de hierro en la terraza, donde el ingeniero aguardaba
impaciente acariciando una fotografía de gran tamaño que acababa de sacar de
uno de los bolsillos de su abrigo.
-¿Y
esto?
Los
ojos de Bremen se abrieron de par en par, mientras depositaba las dos generosas
jarras de cerveza sobre la mesa.
-Debo
confesarle algo -dijo Témoin muy serio-. Y debo hacerlo porque creo que usted
me ha dado algunas claves importantes sin que yo se las pidiera.
-Bueno,
ése es el premio de quienes buscamos con el corazón, ¿no cree?
El
guiño de complicidad de Bremen no conmovió al ingeniero.
-De
eso quería hablarle precisamente. Yo no busco con el corazón, ni siquiera busco
algo trascendente en todo esto. Si he venido a Vézelay -tomó aire- es porque
hace dos días uno de nuestros satélites obtuvo varias fotografías como ésta, en
las que se aprecian unas anomalías que no sé descifrar.
-¿Uno
de vuestros satélites?
-Verá
-arqueó el bigote Témoin-, mi trabajo es el de ingeniero de telecomunicaciones
del Centro Nacional de Estudios Espaciales de Toulouse, y en concreto, debo
supervisar el buen funcionamiento de los satélites meteorológicos y
cartográficos. Fue uno de estos últimos el que obtuvo esta foto. El resto las
tengo en el coche.
El
«cronista oficioso» de la villa alargó la mano para contemplar aquella foto
numerada -CAE 990111- y fijarse con detenimiento en el segmento recuadrado que,
sin duda, se correspondía con la «colina eterna» de Vézelay.
-¿Ve
algo raro? -preguntó Témoin.
-Supongo
que se referirá a esta mancha blanca que hay sobre Sainte Madelaine, ¿verdad?
-Así
es. La foto fue tomada el pasado día veintitrés, y ésta no fue la única
anomalía registrada. En otros cinco lugares surgió algo parecido. Lo curioso es
que en todos ellos se levantan construcciones góticas alzadas más o menos en el
primer periodo de expansión de ese tipo de arquitectura...
-¿Y
qué lugares son ésos?
-Todas
son ciudades del norte: Évreux, Bayeux, Chartres, Amiens y Reims.
-¡Hombre!
-exclamó Bremen-. ¡Las ciudades de Virgo!
Témoin
casi derramó la cerveza sobre el abrigo.
-¿Cómo?
-tartamudeó, secándose la espuma con el brazo-, ¿conoce usted algo de la
correlación con Virgo?
-¡Y
quién no, amigo! -bramó el maestro de nuevo-. Esa idea fue expresada por
primera vez en uno de los libros de Louis Charpentier (1) y de inmediato
adquirió una notable popularidad en ciertos ambientes, digamos, esotéricos.
Algo parecido se dijo también de ciertas construcciones de los antiguos
egipcios, que las levantaron para imitar estrellas en el firmamento. Sin
embargo, lo que Charpentier contó tenía su trampa, ¿sabe?
-
1.
Por si todavía hay algún lector desprevenido que cree que Louis Charpentier es
un mero recurso literario, quizá sea ya el momento de proporcionar su
bibliografía completa tal como ha sido traducida al castellano: El misterio de
Compostela (Plaza & Janes, 1973), El misterio de la catedral de Chartres
(Plaza & Janes, 1976), Los gigantes y el misterio de los orígenes (Plaza
& Janes, 1976) y Los misterios templarios (Ediciones Apostrofe, 1995).
Aunque traducidos tardíamente, sus obras -y sus claves- llevan ya años a
disposición del lector. Dicho queda.
-¿Su
trampa?
-Bueno
-sonrió Bremen de oreja a oreja-, en realidad nadie ha caído en ello. Pero
cuando Charpentier explica que el plano de Virgo se dibuja sobre el suelo de
Francia como un espejo, es precisamente así como debe entenderse.
-No
le comprendo.
-Si
usted ha estudiado a Charpentier, habrá comprobado cómo sitúa la estrella
principal de Virgo, Spica, en relación con la catedral de Reims.
-En
efecto, sí -asintió.
-Pues
es incorrecto. Entre todas las catedrales, la principal es, desde luego,
Chartres. ¿Por qué si no iba Charpentier a dedicarle su obra? ¿No lo entiende
aún? El plano de Charpentier ¡debe verse como si fuera el reflejo de un espejo!
De esa forma, si usted mira el plano de Charpentier invertido, como un reflejo
en un espejo, Spica ya no corresponde a Reims, sino a Chartres. Y despeja otra
cuestión: por qué no todas las «estrellas» de Virgo se correspondían con
catedrales. Ése era un problema que se daba con las estrellas menores de la
constelación. Vistas del revés, en cambio, encajan con ciudades que tienen
catedral.
-Espere
un momento -dijo Témoin sacándose del interior de la chaqueta un cuaderno de
notas, con las tablas de correspondencia entre estrellas y catedrales esbozada
por Charpentier-. Lo que usted dice lo cambia todo.
-Así
es -asintió Bremen-. Lo que me sorprende es que no se haya dado usted cuenta
antes.
-Déjeme
modificar la tabla que he elaborado de este asunto.
Témoin,
inclinado sobre la mesa, tomó el tosco dibujo de Charpentier y comparándolo con
el mapa de Virgo que fotocopió en su casa, sacó rápidamente los nuevos datos.
Visto desde esa óptica «inversa», ¡hasta las estrellas menores coincidían con
catedrales! Su lista quedó así:
CORRESPONDENCIA
«INVERSA»
CATEDRALES-ESTRELLAS
DE VIRGO
Catedral
gótica Fecha construcción Estrella a la que corresponde
Chartres
1194 Alfa
virginis (Spica)
Reims
1211 Zeta
virginis
Bayeaux
1206 Gamma
virginis (Porrima)
Amiens
1220 Delta
virginis (Minelauva)
Évreux
1248 Teta
virginis
Coutances
1218 Eta
virginis
Chalons
1230 Tau
virginis
Estrasburgo
1220 Virginis
109
-He
de reconocer que ha logrado sorprenderme, señor Bremen -admitió Témoin sin
levantar la vista de su nueva tabla-. Incluso así se salva una aparente
contradicción que ya había detectado en Charpentier: que la estrella principal,
Spica o Alfa virginis, se correspondiera con Reims, una catedral más moderna
que Chartres y no con ésta, que es la primera de su especie.
Bremen
asintió satisfecho.
-Pero
me queda una pregunta que no sé si podrá responder.
-Usted
dirá -repuso el maestro.
-Vézelay
queda absolutamente fuera de ese esquema, y sin embargo, como sucede con las
catedrales, al ser fotografiada por nuestro satélite mostró también la misma
anomalía «energética» que las construcciones de Virgo. ¿Por qué?
La
enorme humanidad de Bremen -como Michel solía llamar a alguien cuando era
corpulento- se replegó como si tuviera que gestar la respuesta dentro de su
estómago. Tomó la jarra de cerveza que tenía delante y apuró la mitad sin
respirar, antes de tomar la palabra. El ingeniero aguardó.
-Está
bien, querido amigo. Está claro que usted no se ha leído el libro de
Charpentier a fondo.
-¿Por
qué lo dice?
-Porque
de lo contrario habría visto que cita cómo, mucho antes de ponerse en marcha el
plano de Virgo, los benedictinos ensayaron algo parecido con las abadías de
diversas regiones del país. Aquí, en la Borgoña, si coloca sobre un mapa las
siete principales abadías de esta orden, obtendrá una reproducción aproximada
de la Osa Mayor, del Gran Carro. (1)
1.
En efecto, este misterio arquitectónico es rigurosamente histórico. Si se
sitúan sobre un mapa de la Borgoña las abadías de Autun. Chálon-sur-Saóne,
Beaune, Arnay-le-Duc, Saulieu, Quarré les-Tombes y Vézelay, obtendremos una
figura muy similar al Gran Carro. Cierto es que su similitud es más tosca que
la obtenida con las catedrales de Virgo, pero todo hace pensar -como dice
Francois Bremen- que se trató de «ensayos» previos al gran Plan de Virgo. En el
caso de Vézelay. por cierto, esta basílica se correspondía con la estrella más
periférica del brazo del carro, es decir, con la estrella Eta de la
constelación, también conocida como Benetnasch («plañidera»).
-¿De
veras?
-¡Naturalmente!
-¿Y
eso qué sentido tiene?
-¿Sentido?
-replicó Bremen-. Eso, amigo mío, es algo que a usted le corresponde encontrar.
Yo sólo le puedo dar algunas indicaciones a título personal, porque si lo que
quiere es saber por qué su satélite ha fotografiado en blanco esos lugares, ¡no
tengo ni la más remota idea!
-¿Qué
indicaciones?
El
profesor apuró de otro largo, pausado y asfixiante trago el resto de su
cerveza, antes de responder.
-Bueno.
Tal vez debería usted hablar con el padre Pierre. Vive aquí mismo, y es la
persona que más sabe de estas cosas. Yo aprendí con él que, a veces, la Tierra
es capaz de descargar su fuerza sobre el entorno en forma de radiaciones,
corrientes electromagnéticas y fuerzas que pueden parecer sobrenaturales. Si
logra convencerle de que hable con usted y le dice algo de interés, llámeme
luego, ¿de acuerdo?
Témoin
le miró de hito en hito.
-¿No
viene conmigo?
-¡Oh,
no! El padre y yo tenemos ciertas diferencias, y si le acompaño dudo que le
atienda demasiado bien.
-Es
una lastima Es usted la segunda persona que me ha hablado de el hoy.
Y
entregándole una tarjeta, Bremen desapareció.
GLUK
1128
Gluk
llegó a las puertas de Chartres justo antes del ocaso La del norte, una enorme
barrera de encina con remaches de cobre, estaba siendo arrastrada en esos
precisos momentos por cuatro fornidos centinelas como todos los atardeceres,
cada uno de los umbrales de acceso al burgo era sellado durante la noche por
razones de seguridad Por estar demasiado cerca de las rutas comerciales mas
importantes del Atlántico, las calles de la tranquila Chartres recibían la
visita de hordas de saqueadores que aprovechaban las horas de oscuridad para
sus tropelías.
Gluk,
pues, alcanzó el portal por los pelos. El viajero, con sus ropas amarilleadas
por el polvo y el frío, apretó el paso gesticulando a los guardias para que se
detuvieran aunque por su indumentaria era evidente que se trataba de un
extranjero, estos debieron de pensar que un hombre solo no suponía amenaza
alguna para la plaza y aguardaron a que el visitante se refugiara dentro de la
ciudad. En cuanto entró, los centinelas le reconocieron de inmediato. Aquel era
el druida de los bosques de Champaña.
Los
guardias se extrañaron. Hacia mucho que no se le veía pisando sus calles, y no
eran pocos los rumores que circulaban sobre su mas que probable muerte a manos
de algún salteador de caminos. Pero aquello no eran mas que habladurías. Y
Gluk, entre otras virtudes, las suscitaba por decenas.
Al
druida, además, se le conocía bien en toda la región por sus habilidades como
curandero. Cada vez que pasaba por Chartres, la mitad del burgo acudía a él
para que les librara de males de cuerpo y espíritu a cambio de alguna modesta
limosna. Las más de las veces el pago no pasaba de ser una hortaliza, algo de
harina o un saco de esparto, y en el mejor de los casos una cena caliente y una
cama bajo techo. Jamás cobró ningún dinero; gastaba o consumía todo lo que
tenía, y partía en cuanto se daba cuenta de que allí ya no era necesario.
Pero
aquel druida en concreto tenía otra rara habilidad: hablaba con las piedras.
Nadie sabía cómo, pero lo hacía. Interpretaba sus «deseos» con sólo acercarse a
ellas y ya desde su adolescencia era requerido por clérigos y artesanos para
marcar los lugares sobre los que habrían de erigirse capillas o ermitonos y
para que pactara con el genius loci, el «espíritu» del lugar. De hecho, era ese
don lo que le permitía seguir ejerciendo su oficio más o menos abiertamente.
Trabajaba así: preguntaba siempre a qué santo iba a ser encomendada la nueva
obra que se deseaba levantar, y después pedía que le dejasen a solas en el
lugar durante tres días y tres noches. Ningún sacerdote vio nunca a qué se
dedicaba durante ese tiempo, pero las malas lenguas aseguraban que plantaba su
vara aquí y allá, oraba, y miraba cómo las estrellas pasaban por encima. Sabía
leer, escribir, hacer números y hasta escribir música, un don ciertamente
extraño para un habitante de los bosques. Y cuando estudiaba el lugar donde iba
a levantarse una iglesia, anotaba las medidas de sus cimientos rigurosamente,
las dibujaba sobre el papel, trazaba líneas entre los diversos puntos de sus
planos y daba después su sabio diagnóstico. «Las piedras y las estrellas -solía
decir- deben estar en estrecha comunicación para que el templo funcione. -Y
añadía muy seguro de sí-: Dios creó el mundo para que fuera un reflejo de los
cielos, y sus templos una recreación de sus estrellas.»
Nadie
supo nunca dónde vivía, ni si tenía o no una familia que alimentar. En la
Borgoña o en la Champaña se creía que su irrupción era señal evidente de algún
cambio por venir; a veces la muerte de un noble, otras un cambio de obispo y
las más el anuncio de un giro en la suerte de las cosechas o la advertencia que
marcaba el inicio de una gran sequía o una epidemia. No es que fuera
exactamente así, pero Gluk callaba.
Hasta
el obispo Bertrand sabía bien del druida y de sus métodos. Y lo toleraba
porque, en cierta manera, también él le debía la vida. Por todo Chartres había
corrido la noticia de que una sífilis galopante estuvo a punto de pudrir las
partes nobles del prelado hacía algunos años, y que de no ser por la acertada
intervención de Gluk, obispo y partes haría largo tiempo que reposarían bajo
tierra. De eso hacía no menos de diez inviernos. Pero ahora, ¿qué podía traerle
otra vez a la ciudad?
Después
de cruzar la puerta norte, Gluk atravesó descalzo el Paso de los Herreros sin
detenerse a saludar a nadie. Eso era raro, muy raro. Si de algo podía
vanagloriarse el druida era de su excelente carácter y de que siempre tenía
tiempo que dedicar a quien se encontrara en el camino. Pero esta vez parecía
diferente. Vestía el mismo raído sagum de su visita anterior y se apoyaba en la
misma vara con aspecto de serpiente, pero su gesto era diferente. El suyo
seguía siendo aquel vestido holgado, sin botones, que cubría su cuerpo
raquítico hasta las rodillas y al que ceñía una cuerda de la que colgaba su
hoz. También su cabellera cana, surcada de mechas grises, era la misma. Hasta
la ancha caperuza de lana que llevaba sobre los hombros, seguía sin ser reemplazada
por otra más tupida y práctica.
Andreu,
el carnicero, al verle pasar delante de su mostrador dio con la clave: «Miradle
-susurró asombrado-, ¡lleva prisa!».
Al
enfilar la cuesta de los curtidores, Gluk siguió sin decir palabra. Atravesó
los puestos donde ardían las brasas en las que se calentaban herraduras y
argollas para el ganado, y se apresuró a vencer los escasos trescientos metros
que le separaban de la casona en la que el sifilítico Bertrand había instalado
al abad de Claraval. Allí se detuvo un segundo para contemplar su fachada de
dos plantas y el tejado de madera recién puesto, y tras pasear su mirada por
cada una de las ventanas abiertas a los últimos rayos de sol del día, bordeó el
inmueble y se dirigió con paso firme hacia la iglesia abacial.
¿Era
su visita un buen augurio o un signo funesto? Media calle comenzó a hacerse
cruces sin saber muy bien con qué carta quedarse. Mientras tanto, Gluk tomó el
camino de su derecha para perderse rumbo a la iglesia.
Por
casualidad Felipe, el escudero de Jean de Avallon, fue el único que le pudo
seguir con la mirada. A esa hora estaba apoyado en uno de los portales de doble
hoja de acceso a las cuadras, tomando el aire después de haber sacado brillo a
la espada de su señor. Le gustaba respirar el aroma frío que despedía el río al
caer la tarde, y quitarse de las narices el olor del ácido abrillantador. Fue
en ese momento cuando Gluk pasó frente a él.
El
druida no le prestó atención, pero a Felipe la estampa de aquel desconocido le
pareció surgida de otro mundo. La poca luz de la tarde apenas le dejó ver una
silueta espigada caminando a toda prisa hacia la iglesia. ¿Un brujo? ¿De camino
al templo? El escudero se alarmó. Había oído hablar mucho de aquella clase de
personajes, capaces de pactar con el Diablo y engañarle o de practicar
encantamientos que podrían hacer vagar a un guerrero alrededor de un árbol
durante años. ¿Qué hacía allí uno de aquellos magos? ¿Venía acaso en busca de
Jean de Blanchefort? ¿Era aquel uno de los charpentiers de los que había oído
hablar al capellán de San Leopoldo?
La
sorpresa le petrificó.
Un
instante después, el druida giró en el centro de la plaza y encaminó sus pasos
hacia el extremo opuesto. Delante mismo del pórtico de los apóstoles, esta vez
sin testigos, alzó su mirada a la figura sedente de Nuestro Señor y murmurando
algo en voz baja, como si pidiera su consentimiento para entrar en el templo,
hincó su rodilla desnuda, extendió su vara paralelamente al portal, y apoyando
las palmas de sus manos sobre el empedrado, besó el suelo. «Yo soy la Puerta, y
quien entre a través de mí será salvado», dijo. Después sonrió. El buen druida
acababa de darse cuenta de que aquel era un templo «orientado», es decir, sobre
su linterna lucía inequívoco el emblema de Cristo -un círculo con las tres
primeras letras del nombre del Salvador, X-P-I en griego, impresas en su
interior-, que en realidad marcaba, como una brújula, los cuatro puntos
cardinales.
Era
un templo armónico con los ejes celestes, Era, sin duda, «el lugar». (1)
1.
No es éste un detalle superfluo Los antiguos tenían especial cuidado en
orientar sus templos hacia los cuatro puntos cardinales, porque de esta manera
creían que los situaban en el centro del universo visible, conviniéndolos en
una suerte de punto geodésico que marca el lugar donde convergen cielo y
tierra.
Instantes
después de que el druida desapareciese rumbo a la nave y a las gruesas cortinas
del transepto, Jean de Avallon y su asustado escudero llegaban casi sin aliento
hasta el pórtico.
-¡Os
juro que le vi dirigirse hacia aquí! -dijo Felipe nervioso.
-Tranquilizaos.
Nada malo puede ocurriros si venís conmigo. ¿Y decís que tenía el aspecto de un
mago?
-¡Eso
es seguro! -exclamó-. Era un brujo. Llevaba largas cabelleras blancas y un saco
lleno sabe Dios de qué. Se detuvo delante de la casona, como si buscara algo o
alguien en ella, y luego partió hacia aquí. ¡Espero que no nos haya echado un
mal de ojo!
Gracias
a Dios Jean no era muy permeable a esa clase de supersticiones. Llevaba años
escuchando augurios como aquellos en media Asia sin que nunca se hubiera
cumplido ni uno sólo. Aunque, naturalmente, admitía que existían fuerzas
sobrenaturales que podían ejercer su acción sobre los mortales, también estaba
bastante seguro de que apenas habían nacido hombres capaces de dominarlas.
Cerca ya de la iglesia, Jean pidió a su escudero que le diera cuantos detalles
recordara del «mago». Debían estar seguros antes de deternerle.
-¿Y
de qué le acusaremos? -preguntó el caballero.
-Nuestro
abad lo decidirá.
-¿Y
si erráis en vuestro juicio?
-La
prudencia nunca está de más, señor. ¿No dudáis? ¿Y si éste es el asesino que
buscamos? ¿No querréis que nuevas muertes puedan caer sobre nuestras
conciencias? Quien mata a uno, puede matar a más.
Aquello
le persuadió. Tras empujar el portón y adentrarse en su nave principal, Jean
repasó la situación. Sólo había algo que no le encajaba: si el hombre que había
visto Felipe era, en efecto, un brujo, ¿qué razones podría tener para entrar
casi de noche en la Casa de Dios? ¿No le repelería profundamente un lugar
santificado como aquel?
El
tenue resplandor del único cirio que quedaba encendido en el altar apenas daba
luz a las primeras hileras de banquetas. Allí no había nadie.
-A
lo peor es uno de los que ajusticiaron al maestro constructor -repitió Felipe
cada vez más asustado-. Incluso podría haber venido a llevarse su cuerpo. Vos
mismo dijisteis que lo habían enterrado provisionalmente.
-Lo
averiguaremos enseguida -le atajó el caballero-. Tal vez sólo haya venido a
robar.
-¿Robar?
¿La sancta camisial (1) Permitidme dudarlo, señor.
1.
En Chartres, desde tiempos de Carlomagno, se veneraba una curiosa reliquia: la
sancta carama o túnica de la Santísima Virgen. Un rectángulo de tela que fue
traído desde Bizancio, y que Carlos el Calvo entregó a la iglesia del burgo en
el 876.
Una
daga corta, de filo curvo muy pulido y mango de hueso, brilló en la oscuridad.
Jean de Avallon no se separaba nunca de ella, aunque la utilizaba en raras
ocasiones. Ahora, caminando muy despacio, el brillo del arma les precedía en su
avance. Las escuetas ventanas que daban a la nave principal sólo servían para
proyectar sombras inquietantes por todas partes, dando paso a un silencio
sobrecogedor. Sólo el perfil del altar de Santiago, ubicado muy cerca del
transepto, en uno de los huecos del muro occidental, destacaba en medio de
aquella oscuridad.
-¿No
escucháis nada, señor?
Felipe,
excitado, tiró del manto de su señor. Tenía la respiración acelerada y el
golpeteo constante de su corazón estaba a punto de hacerle estallar las sienes.
-Es
allá, al fondo. En medio de la negrura -insistió.
El
caballero, con la daga bien apretada, se detuvo un instante. Todo parecía en
calma. A la altura del altar de Todos los Santos, la iglesia parecía el
interior de una enorme sepultura vacía. Pero ¿lo estaba? No sabría decirlo.
Jean de Avallon, tenso, afinó el oído todo lo que pudo, tratando de penetrar en
la penumbra. Al principio no escuchó nada, pero cuando fue capaz de discernir
entre el ruido de sus pasos, la respiración agitada de su escudero y su propio
corazón, intuyó que algo estaba ocurriendo diez pasos por delante de él.
Lo
que creyó oír era un soniquete monótono, como una oración, que emergía de algún
lugar del... ¡suelo!
-¿Lo
oís ahora? -instó Felipe otra vez.
-¡Callad!
Un
débil resplandor a ras del pavimento se había hecho visible de repente.
-Ya
lo veo -susurró-. Viene de la cripta.
-Tened
cuidado, señor.
La
cripta, justo el lugar en el que había perdido el conocimiento el abad Bernardo
un día antes, era una sala espaciosa a la que se accedía por un tramo único de
escaleras estrechas y uniformes. Cualquiera que decidiera tomarlas podía
penetrar en aquel recinto sin molestar a quien hubiera en su interior. Era una
ventaja estratégica.
Jean
y Felipe, impresionados por la cada vez más intensa fuerza de los rezos, se
deslizaron con cautela, guiados por el resplandor. Una vez dentro, descendidos
sus nueve escalones, no tuvieron demasiada dificultad en localizar su objetivo.
LUX
(1)
1.
Del latín, «luz»
En
efecto, desnudo de cintura para arriba, cubierto sólo con un taparrabos de tela
blanca, arrodillado y con los brazos en par extendidos hacia el cielo, Gluk
perdía su mirada hacia el techo de piedra. Murmuraba algo ininteligible, como
una plegaria formulada en lengua extranjera, y tenía desplegado a su alrededor
un pequeño muestrario de objetos y plantas. El caballero se fijó en todos
ellos: una cruz celta -una especie de aspa inscrita en un círculo-, algunos
amuletos de protección paganos, un rosario de cuentas de madera, algo de musgo
y agujas de pino amontonadas en dos pequeños grupos, un trozo de paño de lana
gruesa y un jarro con un líquido que le fue imposible discernir desde su
posición.
Gluk
hacía aspavientos con los brazos, mojaba la punta de sus dedos en la embocadura
del jarro y salpicaba después las paredes. Frente a él, detrás del altar, una
curiosa imagen de la Virgen, totalmente embadurnada de negro, parecía
contemplar la escena con deleite. El druida la salpicaba también a ella una y
otra vez, y de tanto en tanto consultaba unos pliegos de papel en los que había
trazado extrañas figuras geométricas. En su saco, semiabierto, relucía algo
metálico y liso que de inmediato les resultó familiar a los dos «espías». Se
trataba de un astrolabio idéntico al que arrancaron de las manos del maestro
Blanchefort. Caballero y escudero se miraron sorprendidos.
-¿Veis,
señor? ¡También tiene un libro!
El
caballero, atónito, asintió. Sólo había visto libros en Claraval, y aún así,
éstos eran ejemplares raros copiados a mano y transmitidos raramente a quien
gozaba del don de leer. Ninguno salía del monasterio sin permiso, y cada uno de
aquellos ejemplares era tenido como un auténtico y raro tesoro.
-Un
libro -susurró.
Antes
de que Jean pudiera articular una palabra más, el brujo interrumpió su
ceremonia.
-¡Un
libro, así es! -exclamó de repente, dejando que su afirmación retumbara por
toda la cripta-. ¡Y es el mejor de ellos! ¡Ni la Biblia es capaz de igualarlo
en sabiduría e ingenio!
Sin
volverse, el druida escondió los brazos frente a él y cerró de un manotazo su
hatillo.
-El
fin del sabio y el mejor de los dos medios para avanzar (1) es su título
-añadió aún de espaldas, en un francés perfecto-. Lo he recibido de alguien que
conoció a su autor en Córdoba, un cierto Abul Kasim Maslama. Y es la llave para
esta y otras puertas. ¿Sabéis? Llevo días sintiendo en mis carnes la conmoción
que recorre este lugar, y por eso me he dado prisa en venir hasta vosotros.
1.
Se trata de un libro de origen incierto -probablemente egipcio- que en siglos
posteriores será traducido con el nombre de Picatnx Un error renacentista le
otorgó ese título, que en realidad parte de la errónea traducción del nombre
del autor del tratado, cierto sabio árabe cuya identidad real es la dada por
Gluk en estas líneas.
Ninguno
de los dos abrió la boca. ¿Cómo podía verles si ni siquiera había vuelto la
cabeza hacia ellos?
-Bienvenidos
-dijo-. Os manda el hermano Bernardo, ¿verdad? -prosiguió-. ¡Ay Bernardo! Él
también conoció este libro, lo estudió tan a fondo como yo y me consta que
respeta su poder. Vosotros no me conocéis, pero los dos somos grandes amigos. Y
aunque haga ya casi veinte años que no nos vemos, seguro que le placerá verme
de nuevo.
De
Avallon, sorprendido por las dotes de adivinación de aquel anciano, guardó
instintivamente la daga en su cinto. ¿Quién era aquel hombre capaz de ver de
espaldas y que se decía viejo amigo de su abad?
-Bien,
bien -el caballero, en tono desafiante, terminó de descender las escaleras de
la cripta para dirigirse hacia el anciano-. Así que conocéis al padre Bernardo,
¿verdad? Tendréis ocasión de demostrarlo.
-¿Demostrarlo?
¿Demostrar que conozco a fray Bernardo de la Fontaine? -respondió Gluk-. ¡Yo lo
formé en los bosques de Claraval! ¡Y sé que en verdad ha llegado tan lejos como
pronosticaban los augures!
Gluk
rió. Antes de que el templario terminara de acercársele por la espalda, el
druida, de un salto, giró sobre sus rodillas clavando sus ojos transparentes
sobre los intrusos. Lo hizo con celeridad, casi como si fuera un zorro
abalanzándose sobre su presa, y presumiendo de una flexibilidad poco común en
varones de su edad. La suya era, sin lugar a dudas, una mirada poderosa,
rematada por dos cejas gruesas, una nariz chata y los labios carnosos. Su
complexión huesuda no menoscababa unos brazos y unas piernas de músculos bien
entrenados; y su voz, ronca como una lira mal afinada, era penetrante y severa.
El
druida, de pie frente a ellos, les estudió de arriba abajo, antes de
sonreirles.
-En
Évreux, hermanos, sentí que algo iba mal aquí -continuó-. Muy mal. Estuve allí
hace cuatro días, y puedo juraros que algo sacudió la Red mientras oraba. Fue
un golpe seco, calculado, que estremeció la fuerza de la woivre (1) y que me
dejó sin respiración.
1
Así llamaban en tierras celtas a la Fuerza subterránea que creen atraviesa toda
la Tierra, formando una red energética poderosa La representaban como una
serpiente (la woivre) a la que representaban como líneas en zigzag o serpientes
enroscadas a columnas, en sus templos y tumbas
Aquel
anciano hablaba pausadamente, dominando de tal forma sus inflexiones de voz, su
pronunciación, que Jean y Felipe no se atrevieron a interrumpirle. Les explicó
la manera en la que él era capaz de escuchar a la Tierra, y cómo su cuerpo
había sido educado para sentir la fuerza de los elementos antes de que se
desencadenaran. Nunca llovía o helaba sobre Gluk, si él no deseaba que así
fuera. Sin embargo, reconoció que aquella especial receptividad no era
aplicable a las conductas humanas, mucho más esquivas y erráticas que los
ciclos de la naturaleza.
-Así
pues, caballeros, decidme, ¿sabéis si ha sucedido algo terrible aquí en estas
últimas jornadas? -preguntó el druida al fin.
-¿Algo
terrible? -repitió Felipe mecánicamente.
-Un
hombre murió después de haber desaparecido durante dos días y reaparecido de
nuevo en este mismo lugar -respondió Jean de Avallon.
-¿Un
hombre? -el druida cerró los ojos como si tratara de imaginárselo.
-Sí
-prosiguió-. Era el maestro de obras a quien se había encargado reformar esta
iglesia. Desde ayer, nosotros investigamos su muerte.
-Entonces,
sin duda vos debéis ser el templario Jean, protector de Bernardo y caballero de
la nueva milicia bendecida en Troyes. He oído hablar mucho de vos y de la orden
a la que pertenecéis.
El
«Ignorante» se sobresaltó.
-Soy
quien decís, en efecto. ¿Y vos? ¿Por qué sabéis mi nombre?
-Me
llaman Gluk. Mi oficio es la custodia de los lugares sagrados. Soy un derua,
(1) pertenezco a una longeva estirpe de sabios, y aunque mis oficios están
perseguidos en muchos lugares, mi misión es la protección de los enclaves en
los que se venera a la Madre Sagrada.
1.
Del celta, «roble».
El
anciano señaló a la Virgen ennegrecida que tenía a sus espaldas, explicándoles
que esa clase de imágenes eran veneradas en lugares como aquel desde mucho
antes de que llegaran los primeros cristianos a Europa. De hecho, desde mucho
antes de que María diera a luz a su hijo Jesús.
-¿Y
qué hacéis aquí, Gluk?
-Ya
os lo he dicho. He sentido cómo la Tierra se ha estremecido en este preciso
lugar y he acudido a auxiliarla. Pero al encontraros aquí, veo que mi presencia
es menos necesaria de lo que creía. Vuestra milicia ha sido investida de la
sensibilidad necesaria para resolver una conmoción como ésta.
-No
estéis tan seguro de ello -intervino Felipe-. Tenemos una muerte misteriosa que
resolver, y lo que es peor, estamos a oscuras sobre los motivos que llevaron a
sus enterradores a sepultarlo sin cabeza. El desdichado, además, fue enterrado
con un astrolabio como el vuestro, lo que, debo deciros, os convierte en
nuestro primer sospechoso.
Gluk
ató el saco donde guardaba su preciado instrumento y el libro.
-Ya
veo -bajó la vista-. Cayó Blanchefort, ¿verdad? Aquello sobresaltó a Felipe.
-Veo
que lo conocíais.
-Sí.
Y si, como decís, le arrancaron la cabeza el asunto es más delicado de lo que
imaginaba. Tal vez no sepáis que a muchos iniciados y hasta a dioses del pasado
les arrancaban la cabeza si sabían que estaban a punto de poner en marcha
cambios que cuestionaran determinado orden establecido. Era la manera de
neutralizarlos para siempre. Los míos y yo combatimos desde hace siglos esas
poderosas fuerzas negativas que no quieren que el mundo salga de las tinieblas
en las que navega. Salomé pidió que Herodes le cortara la cabeza al Bautista;
la mujer era una de «ellos». En Egipto, Set despedazó a su hermano Osiris y lo
primero que le arrancó fue la cabeza, enterrándola cerca de Nubia; también
aquel fue uno de «ellos», al que más tarde llamaríais Satanás, que viene de
Set. En Roma, Tarquino el Soberbio, su último rey, encontró en los cimientos
del templo a Júpiter que estaba construyendo una cabeza humana, por lo que
decidió llamar al lugar «Capitolio» y consagrarlo a la Oscuridad para no perder
la suya. Creedme, pues, si os digo que las Sombras han llegado a Chartres más
rápido que la Luz a la que vuestra nueva orden representa, y han sacrificado al
maestro para regar la Tierra con su sangre y consagrarla a las fuerzas oscuras.
Debéis, pues, actuar rápido y cumplir con vuestra misión. ¡Traed nuevos
maestros! ¡Y protegedlos! -Bernardo debe saber todo esto -dijo el escudero
-Lo
sabrá.
El
druida se ajustó su capuchón al tiempo que comenzó a recoger cuanto tenía a su
alrededor.
-¿Por
qué decís eso?
-Vamos,
caballero -resopló el druida, atando el saco donde lo guardaba todo-. ¿No
fuisteis vos quien jurasteis en Jerusalén que buscaríais y protegeríais las
Puertas de Occidente? ¿Acaso no confió el conde de Champaña en vuestra
fortaleza para que trazaseis un plan que colocaría sobre cada una de las
Puertas un templo que las sellase para siempre? Bernardo sabe tan bien como yo
de vuestra iniciación, y confía plenamente en vuestra capacidad de trabajo.
-Pero
¿y cómo vos...?
Jean
de Avallon no encontró la frase que necesitaba. Aquel desconocido, que hablaba
empleando un estilo arcano y confuso, sabía algo que pertenecía a su círculo
más íntimo, y que no había referido ni al mismísimo abad de Claraval, a quien
el conde Hugo había responsabilizado de proteger. Ningún «simple» augur hubiera
podido hacer un comentario tan preciso sin estar en el secreto.
-¡Oh,
vamos! ¿Os sorprende que conozca vuestro juramento? Gluk miró con fuego en los
ojos a un Jean de Avallon tieso como su vara de serpiente.
-Explicádmelo.
-Es
sencillo, mi buen caballero. Aunque jamás me hayáis visto, ni tampoco nadie os
haya hablado de mí, yo soy uno de los que ha preparado el camino en estas
tierras para lo que ha de llegar. Bernardo es otro. El conde de Champaña otro
más. Somos como peones en un tablero de ajedrez gigante, y vamos moviéndonos a
ritmo lento para allanar el terreno para la más grande revolución que
conocieron los siglos.
-¿Y
qué ha de llegar, según vos? -le abordó Jean.
-Hacia
aquí viene un cargamento que salió de Jerusalén meses después de vuestra marcha
y del que jamás oísteis hablar. Ese cargamento está protegido por los hombres
con los que compartisteis vuestro destino en la Cúpula de la Roca, y está
llamado a renovar un viejo pacto con Dios. A algunos de los que ahora custodian
esa carga los conozco desde su infancia, pues debéis saber que también fui
instructor de muchos de ellos. Y fueron éstos los que me han referido qué
misión fue la que decidisteis aceptar en Tierra Santa.
-Pero
cómo... -Jean volvió a atorarse.
-¿Cómo
me lo contaron? No os torturéis más, mi amistad con el abad de Claraval y con
vuestros compañeros de milicia es más que circunstancial. Ambos compartimos un
mismo destino. Sin embargo, yo no lo sé todo. Por ejemplo -hizo un guiño de
complicidad-, no imaginaba que vos vendríais esta noche por mí. Y al hacerlo en
este preciso lugar, es evidente que os habéis reafirmado en la misión que
aceptasteis.
-Mi
misión no ha empezado aún -protestó.
-¡Sí
lo ha hecho! -replicó el druida-. En la caravana que os acabo de anunciar se
custodia toda la información que precisáis para poner en marcha vuestro plan.
Sobre vuestros hombros recae la responsabilidad de hacer crecer la semilla que
esos carromatos traen en su interior. Es más, ahora sé cuál es mi misión al
haber tropezado con vos aquí: prepararos para el delicado momento de la llegada
de los libros de la sabiduría. Obras que inspiraron otras como la que habéis
visto en mi zurrón, y que hablan de cómo para llegar al cielo hay que tomar
puertas desde la tierra.
-Puertas...
-se estremeció-. ¿Acaso están aquí?
-¿Aún
lo dudáis, caballero De Avallon? ¡Yo os mostraré la que descansa frente a vos!
Lo
que ocurrió después le resultó vagamente familiar al templario. El druida alzó
sus brazos lo más alto que pudo y pronunció unas frases extrañas, que
retumbaron por toda la cripta. Cuando su eco se apagó, y mientras el anciano
abría precipitadamente su libro por el centro, una suave brisa acarició sus
rostros sumiéndolos en un estado de dulce embriaguez Jean se resistió, pero
cuando notó que comenzaba a «sumergirse» en el mismo zumbido que tres años
atrás le hiciera caer de rodillas en otra cripta, la de la Cúpula de la Roca,
se rindió. Felipe se tapó los oídos con ambas manos, aunque fue incapaz de
resistir demasiado tiempo en pie. Después, atónito, vio caer de bruces al
druida, su libro y su vara, y por delante de sus ojos comenzaron a desfilar
destellos de un pasado cercano: Gondemar hablando en una lengua que no conocía,
el bruto de Montbard levantando su espada al aire tratando de contener aquella
furia invisible surgida de sabe Dios dónde, el gigante de Saint Omer con los
ojos fuera de las órbitas y el venerable conde de Champaña cerrando los ojos en
actitud orante ante el milagroso don de lenguas manifestado al de Anglure.
-¡Padre
Santo! -su grito fue ahogado por un zumbido cada vez más poderoso.
-¡Sí!
-rugió el druida-. ¡Ascended ahora! ¡La Puerta está abierta!
Fue
lo último que oyó de Gluk. El suyo fue un bramido seco, ahogado también por
aquel pitido agudo, que enmudeció en cuanto una extraña luz azul les envolvió y
les arrancó del suelo. Fue como si un torbellino les arrastrara hacia lo alto.
Pero ¿qué alto? A pocos palmos sobre sus cabezas sólo estaba la roca viva de la
cripta.
Después,
llegó el silencio.
PADRE PIERRE
Sor
Inés se quedó de una pieza al abrir la puerta. La madre Cazuelas no podía ni
imaginarse quién podría estar martilleando el timbre con aquella insistencia a
una hora tan tardía. Lo cierto es que su cara debía ser de ordago, porque el
que llamaba dio instintivamente un paso atrás antes de atreverse a articular
palabra.
Hasta
cierto punto era lógico. El hombre de la gabardina «extranjera» y el bigote
recortado al que había estado espiando hacía un rato desde la cocina, estaba
ahora allí, plantado frente a ella cuan largo era, y la examinaba de arriba
abajo. Eso intimida a cualquiera. Además, la monjita no pudo evitarlo: una ola
de calor se instaló en sus mejillas, sonrojándola en un santiamén. «Tranquila,
Inés -se dijo-, este hombre no te conoce de nada.» Y disimulando su azoramiento
como buenamente pudo, hizo lo imposible por atenderle.
-Dígame
-balbuceó sor Inés por fin-. ¿Puedo ayudarle en algo?
-Deseo
ver al padre Pierre, hermana.
El
visitante, francés sin duda alguna, no ocultó su impaciencia.
-Él
no me conoce de nada -añadió-, pero comuníquele, por favor, que se trata de un
asunto urgente y que debo verle a la mayor brevedad posible.
La
religiosa dibujó la mejor de sus sonrisas, y tras pedirle que aguardara en la
puerta a que confirmara la disponibilidad del padre, resopló camino de las
escaleras. No tardó mucho en regresar. Al cabo de un par de minutos, sor Inés
volvía a abrir la puerta de madera lacada de la calle y, sin más preámbulos,
condujo al visitante hasta el despacho del padre Pierre.
Éste,
un hombre de envergadura, alto y con un amplio flequillo cano que le caía como
una cascada sobre la frente, le tendió la mano nada más verle.
-Perdone
el desastre -se excusó-, pero llega usted en un momento un tanto delicado.
Cuando estoy escribiendo algo, no hago más que amontonar papeles y libros por
todas partes. Luego no me queda tiempo suficiente para ordenarlos y el
resultado es este caos.
Aquello
empezaba bien, barruntó Michel Témoin. Su interlocutor parecía un hombre
abierto.
-No
se preocupe -dijo-. Trataré de entretenerle lo menos posible.
-Se
lo agradezco.
El
padre Pierre se acomodó detrás de la mesa de su despacho y aguardó a que el
visitante comenzara a explicarse. Aquel hombre de aspecto impecable, vestido
con una soberbia gabardina de Armani, se sentó frente a él, presentándose como
ingeniero aeroespacial a sueldo del gobierno francés. «Usted no me creerá
-comenzó-, pero me he visto envuelto en un oscuro misterio a raíz de unas
fotografías que uno de nuestros satélites obtuvo de esta zona del país.» El
ingeniero le explicó cuál era su trabajo, y cómo debía confirmar ciertas
emisiones energéticas incontroladas que parecían emanar de un número incierto
de templos en toda Francia que habían detectado sus satélites. «Usted no sabrá
a qué me refiero, ¿verdad?», apostilló sin moverse de su butaca.
-¿Emisiones
energéticas incontroladas? -repitió el padre Pierre, abriendo los ojos como
platos-. Aquí vivimos todo el año junto a la basílica de Sainte Madelaine y no
hemos notado nada fuera de lo común. Piense que cada día visitan el templo dos
o tres centenares de personas, y hasta la fecha.
-Esto
debió de ser hace dos o tres días como mucho -le interrumpió Témoin.
-Bueno
-el sacerdote se reclinó en su butaca-, yo no entiendo nada de satélites, pero
por lo que usted cuenta tal vez todo se deba a una «descarga» puntual, quizá de
calor, que sus máquinas captaron por azar en un momento determinado, y que
luego se esfumó. Ésta es una zona llena de termas, geológicamente muy activa.
-Ya
lo comprobamos y esa emisión se repitió veinticuatro horas después de idéntica
manera. No fue algo al azar. Y como le digo, conseguimos fotografiarlo todo.
Observe.
El
ingeniero sacó del bolsillo la imagen del ERS correspondiente a Vézelay que ya
había mostrado a Bremen, y se la tendió al padre Pierre. Éste la tomó con
cuidado, desplegándola sobre la mesa. Al principio no supo dónde mirar, pero en
cuanto localizó el sinuoso recorrido del río Cure y comprobó la existencia de
un asentamiento en una de sus márgenes, se centró. En cuanto ubicó la silueta
alargada de la «colina eterna», los restos de su muralla, la disposición en
panal de sus calles, el pequeño bosque adyacente al arco de entrada y la plaza
donde se alzaba la basílica, el problema se le hizo claro. En efecto, en
aquella imagen había algo que no encajaba: ¡Sainte Madelaine no estaba en la
foto!
-¿Lo
ha visto ya? El padre Fierre calló.
-Como
verá no se trata de una energía sutil e invisible, sino que es algo que ofusca
una parte muy concreta de la superficie terrestre y muestra en su lugar esa
luminosidad lechosa.
-¿En
su Centro no tienen ni idea de qué puede tratarse?
-Hasta
ahora, la hipótesis oficial es que se trata de un error de las lentes del
satélite. Pero un examen exhaustivo de esa posibilidad la deja fuera de juego.
-Comprendo
-asintió pensativo el sacerdote.
-Verá,
padre, han sido varias las personas que me han remitido a usted como la persona
indicada para solventar este problema. Por eso he insistido en verle.
Pierre
Dumont, al servicio de la Fraternidad Monástica de Jerusalén desde hacía veinte
años, jamás había visto nada como aquello. Ni como cura ni como radiestesista.
Lo que le desconcertaba era la proximidad de aquella visita con la del padre
Rogelio horas antes. Recordaba ahora su boca de labios finos y dientes blancos
rodeada de su barbita escrupulosamente recortada y afilada. Casi podía oírle
diciendo amenazadoramente aquello de «vigilo de cerca a un hombre que pronto
vendrá a verle y que le presentará la prueba que me pide».
¿Era
aquél el hombre? ¿Y la foto la prueba de la energía diabólica de la que le
habló el padre? ¿Y si éste y el egipcio estuvieran de acuerdo Dios sabe con qué
oscuras intenciones? Sumido en sus cavilaciones, el padre Pierre volvió a
inclinarse sobre la foto del ERS y acariciándose el alzacuellos, murmuró algo.
-Señor
Témoín, ¿cree usted en el Diablo?
-Perdón,
¿cómo dice?
El
padre Pierre insistió.
-Que
si cree usted en el Diablo.
-Bueno,
no quiero parecer grosero pero dejé de creer en Dios y en la Iglesia hace
algunos años. Supongo que es a causa de mi trabajo, el estrés, las
responsabilidades, usted ya sabe.
-Se
lo pregunto, porque quienes estudiamos radíestesia sabemos que muchos lugares
sagrados fueron construidos sobre enclaves donde existía en el pasado cierta
energía telúrica muy intensa. Y esos enclaves, señor Témoin, estaban
generalmente asociados con el Diablo.
Pierre
sabía que aquella afirmación hubiera deleitado enormemente al padre Rogelio, y
aguardó a que surtiera algún efecto en su interlocutor. «De estar compinchados
-pensó-, tirará del hilo.»
-¿Radíestesia?
Lo siento, pero no sé a qué se refiere.
-¡Oh!
-el padre no pudo disimular su decepción-, usted perdone. Ese es el término con
el que definimos la disciplina que estudia ciertas corrientes energéticas que
surcan la Tierra. Los chinos la conocían como energía chí, y no fue hasta el
siglo diecinueve que un médico alemán, el doctor Ernst Hartmann, la cuantificó
científicamente y estableció una teoría por la cual aseguraba que esas
corrientes tenían forma de cuadrícula y se extendían por toda la Tierra como si
fueran venas.
-Perdón,
¿y qué pinta el Diablo en todo esto?
-Bueno,
en este caso todo se reduce a leyendas. En España, por ejemplo, como mucho la
fábula de que el rey Felipe II ordenó construir el monasterio de El Escorial
sobre una de las puertas del infierno. Sellándola con su imponente edificio, el
rey se garantizaba el acceso privilegiado a esa dimensión y el control absoluto
de una fuente de conocimientos importante. Hoy, los radiestesistas que han
medido esa zona cercana a Madrid han descubierto que por allí discurre una de
las líneas telúricas más fuertes de Europa y que la leyenda de la puerta del
infierno debió generarse por los efectos que las radiaciones de ese lugar
causaban sobre la percepción de los testigos.
El
ingeniero puso cara de no creerse nada, lo que terminó de convencerle de que no
debía saber nada del padre Rogelio.
-Y
eso... ¿se ha estudiado? -preguntó.
-Sí,
señor Témoin. Llevo trabajando en ello casi toda mi vida. Los zahoríes usan su
especial sensibilidad para captar esas corrientes de modo inconsciente, y la
aplican para buscar agua; algunos animales «conectan» con esas redes antes de
elegir el lugar donde dormir, e incluso gracias a la aplicación de aparatos
electrónicos modernos como oscilógrafos, magnetómetros o contadores Geiger, se
han podido detectar y cuantificar sus intensidades.
-¿Y
cree usted que eso es lo que hemos fotografiado?
La
mirada de Témoin se clavó en los ojos pardos del sacerdote, que no perdía de
vista la extraña luminiscencia que cubría Sainte Madelaine en la foto.
-Tal
vez -respondió ajeno-. Existen estudios que demuestran que en lugares
telúricamente muy activos, donde además suele haber fallas geológicas y
movimientos sísmicos de baja intensidad en la corteza terrestre, a veces se
generan bolas de luz que llaman Earth Lights, luces de la Tierra. Una de esas
luces, de considerable tamaño, pudo ser la causa de esta anomalía.
-¿Luces
de la Tierra?
-Sí.
Se trata de focos de luz producidos por piezoelectricidad, que es la corriente
que se genera por el roce de rocas ricas en sílice.
-¿Y
son luces que brillan durante mucho tiempo?
-Su
vida es de apenas unos segundos.
-Ya.
-Bueno
-añadió, dándose algo de bombo-, hay otra posibilidad.
-Usted
dirá.
El
sacerdote tomó de nuevo la imagen de Vézelay vista desde el espacio y gesticuló
moviendo su dedo índice en el cielo.
-Nuestro
planeta es un emisor natural de ondas de radio. Generalmente son de baja
frecuencia y totalmente ininteligibles, pero si esa emisión se hace a través de
piedras que condensan bien la energía como, digamos, el cuarzo, pueden alterar
su frecuencia y quizás podrían ser captadas desde el espacio exterior como si
fueran una señal inteligente. Ahora bien, ¡sería cosa del mismísimo Diablo
juntar lugares telúricos y cuarzos, y poder controlar esa emisión como si fuera
Morse!
-Bromea,
claro -dijo Témoin muy serio.
-Naturalmente
-sonrió el padre-. Por cierto, dígame una cosa, ¿se fijó si alguno de los
puntos fotografiados por su satélite presentaba un nivel de luminosidad mayor
que los demás?
-Quizá
Chartres. Tal vez Amiens. ¿Por qué lo pregunta?
-Entonces,
sin duda uno de esos lugares debe de ser el foco, la fuente. Si no me equivoco,
el resto de luminosidades que fotografió su satélite se debieron activar como
si fueran bombillas conectadas a una misma red eléctrica. Si quiere saber los
porqués, deberá viajar hasta allá y confirmar cuál es el emisor principal. A
fin de cuentas, Vézelay debe de ser sólo un pálido reflejo de esa red
principal.
-Pero
usted habla de una energía terrestre, telúrica dijo, y lo que más me extraña es
que esos puntos tienen forma de constelación si se aplican sobre un plano de
Francia. Recuerdan a Virgo. De igual modo, sé que Vézelay es la más exterior de
las abadías benedictinas de la Champaña que imitan la Osa Mayor. ¿Eso no le
parece significativo?
-Tal
vez -respondió el padre sin inmutarse por aquellas revelaciones.
-¿Tal
vez?
El
padre Fierre no pestañeó.
-Tal
vez, he dicho. Por si le sirve de algo, yo sí creo en el Diablo.
FUGIT
Nadie
se dio cuenta de la desaparición de Jean de Avallon hasta bien entrada la
mañana del 24 de diciembre. ¿Desidia? No. La razón, sin duda, había que
buscarla en la tranquilidad que anidaba en el corazón de los monjes desde que
se supieron dentro de los muros de Chartres; allí dentro, la protección de un
guerrero no era tan necesaria como en los caminos, y a buen seguro no
requerirían de él para casi nada a menos que decidieran regresar pronto a
Claraval.
El
primero en darse cuenta de que algo no marchaba bien fue el hermano Alfredo.
Responsable último de la cocina de los frailes, necesitaba de un hombre fuerte
y joven como De Avallon para mover el pesado armario en el que pensaba guardar
los alimentos de la cena de Nochebuena. Fue al ir a buscarlo a su alcoba cuando
encontró que ésta estaba desierta. «Qué extraño -pensó-, nunca se ausenta sin
avisar.» Fray Alfredo lo buscó por todas partes, y aunque tenía el absoluto
convencimiento de que no debía de andar muy lejos (sus armas estaban todas
apiladas, en orden, en su aposento), fue incapaz de dar con él. Su montura, sus
ropas, y todos los enseres que lleva un caballero, incluyendo el sagrado
estandarte bicolor de su orden, estaban en su lugar. Ningún caballero saldría
sin ellos.
A la
hora sexta, cuando el sol estaba en lo más alto del cielo, no sólo fray Alfredo
sino todos los monjes y mozos de cuadras lo buscaban por los alrededores,
gritando su nombre. Junto a él, además, había desaparecido Felipe, lo que no
podía ser más que otra señal de que algo funesto les había ocurrido. Jamás
caballero y ayudante hubieran desaparecido sin dar cuenta de sus intenciones de
viaje al abad.
Pero
¿acaso no habían sido ambos los comisionados para investigar la muerte y
mutilación de Pierre de Blanchefort? Los rumores, claro, se dispararon antes de
empezar la tarde.
Al
no encontrarse ni rastro de ellos en las caballerizas o en las tiendas del
pueblo, comenzó a extenderse el rumor de que el asesino del maestro de obras
podría haber dado cuenta de los dos hombres aprovechando un descuido. Lo peor
era que eso sólo podía significar una cosa: que el criminal era alguien muy
cercano a ellos, y que debía conocer sus momentos de debilidad antes de atacar.
Pero ¿y sus cuerpos? «Aparecerán flotando en el río», decían unos. «O
enterrados junto a algún requiebro del camino», murmuraban otros,
persignándose.
Según
transcurrían las horas, la desazón fue instalándose en el corazón de los
monjes. Nadie les había visto salir de sus aposentos durante la noche, ni
habían cruzado con ellos palabra alguna que permitiera sugerir la intención de
acudir a algún lugar para continuar su investigación. Sencillamente
-concluyeron- era como si se los hubiera tragado la tierra.
El
abad de Claraval, cada vez más consternado, no salió de sus aposentos en toda
la jornada. No probó bocado, hasta que, finalmente, temiéndose lo peor, mandó
escribir una nota para que fuera entregada al obispo Bertrand, en la que le
daba cuenta de los hechos.
Lo
meditó mucho, pero finalmente se decidió. Dado lo mucho que se había sincerado
con él el obispo durante su última conversación, y que le consideraba ya un
aliado contra el Enemigo, no tenía otra alternativa.
«Me
atrevo a importunarle por este medio -dictó a uno de sus frailes de confianza-,
porque tengo suficientes razones para creer que los dos hombres que se hacían
cargo de nuestra protección militar han podido correr la misma suerte que su
maestro de obras. Llevamos buscándolos desde esta mañana en los alrededores de
esta casa, y hasta ahora lo único que hemos encontrado fuera de lugar ha sido
un cirio casi deshecho en la cripta que tan funesto recuerdo nos trae sin duda
a ambos. No es mucho, cierto, pero dado que nadie se ha responsabilizado aún de
haber bajado hasta allá la cera, mis temores se multiplican. ¿No fue obras se volatilizó en aquel mismo lugar? ¿Y
no fue a su regreso cuando éste enfermó y murió?»
Bernardo
tosió antes de continuar, enjugándose el sudor nervioso que se acumulaba en sus
sienes. A renglón seguido, el abad ordenó añadir lo siguiente: «Os ruego que
mantengáis vuestra cripta sellada, para evitar que estas desgracias puedan
volver a repetirse antes de concluir nuestra investigación. Me inclino a pensar
que el Diablo anda tras estas calamidades, y como ya le dije, el único remedio
es poner piedras sobre el lugar de acuerdo a los planes de Dios que ya vienen
de camino. Suyo afectísimo. Bernardo».
Después
de plegar cuidadosamente la pieza de papel dictada y estampar sobre la mancha
caliente de lacre su sello personal, entregó aquel escrito al padre Andrés para
que lo llevara personalmente al obispo. Éste, obediente, inclinó la cabeza en
señal de sumisión, aunque no pudo evitar su sorpresa ante aquellas extrañas
revelaciones.
-¿Le
hará caso, padre? -preguntó el fraile antes de abandonar la alcoba del abad,
aun a riesgo de pecar de indiscreto. El abad no se inmutó.
-Más
vale, hermano -le respondió lánguido-. De lo contrario, y si no nos da tiempo a
iniciar nuestra obra según lo planeado, el Mal podría extenderse libremente por
la Tierra durante los próximos mil años. ¿Lo imagina? Un milenio de terror.
-¡Ave
María Santísima! ¡Mil años! Y el fraile desapareció a toda velocidad.
Los
equipos instalados en el interior de aquel monovolumen de cristales tintados
con matrícula de Barcelona, no cometían errores. Tanto los receptores de ondas
ultracortas con microamperímetro, como el ohmiómetro o el magnetómetro de
resonancia de protones, arrojaban la misma e inequívoca lectura. Aparcado a
apenas trescientos metros de Sainte Madelaine, justo detrás del llamado camino
de San Bernardo, el vehículo hizo centellear sus luces en cuanto apareció una
familiar silueta descendiendo entre las encinas.
El
padre Rogelio apretó el paso hacia la furgoneta, saludó a la cabina sin poder
ver quién estaba en su interior, y descorrió la puerta lateral sin titubear.
Una vez dentro, atento a las pantallitas de fósforo verde que marcaban las
subidas y bajadas del nivel de intensidad de los campos controlados, suspiró.
«Ningún cambio, ¿verdad?», preguntó. Uno de los dos operarios, un nubio fibroso
con la cabeza rapada, le respondió escuetamente que no. A continuación, el
padre tecleó un par de comandos en el ordenador de a bordo y aguardó a que en
la pantalla se dibujara la gráfica comparativa con todas las mediciones de la
jornada.
-¿Recuerdas
desde cuándo llevan comportándose así?
-Desde
hace dos días. El primero en dar la alarma fue el antiguo oscilógrafo 308 que
siempre llevamos encima.
-Comprendo.
Ricard,
un técnico catalán experto en telecomunicaciones, se ajustó sus lentes de culo
de vaso antes de continuar su explicación. Había pasado toda la noche sin pegar
ojo y lucía una densa barba de dos días que afeaba su rostro de luna.
-Ustedes
estaban en lo cierto -Ricard sonrió mientras se desperezaba en su butaca-. Hace
cuarenta y ocho horas una serie de puntos en Francia y España, especialmente en
el cuadrante noreste, comenzaron a fluctuar de forma espectacular. No sé cómo
lo averiguaron tan pronto ni a qué puede ser debido ese incremento de actividad
telúrica, pero aquí se está preparando algo muy gordo. Lo que me cuesta
entender es por qué el CNES no ha tomado aún cartas en el asunto.
-Mejor
así -le atajó el padre mientras se quitaba su birrete y dejaba al aire un pelo
recogido con horquillas, negro como la pez; antes de dejarlo sobre el
salpicadero, añadió algo-: Por cierto, ¿tuvo éxito Gloria en su trabajo?
El
nubio miró para otro lado, mientras Ricard forzó unas toses como si tratara de
ganar tiempo para encontrar la respuesta adecuada.
-No
del todo -dijo-. Verá, tal como usted ordenó, entró en la habitación de Témoin
haciéndose pasar por su mujer. Rebuscó en todo su equipaje sin deshacerlo
demasiado y no halló ni rastro de las fotos. Seguramente se las llevó consigo.
-Y a
usted, ¿qué tal le fue con el padre Pierre?
La
pregunta de aquel negro de metro ochenta tronó en la furgoneta desde la parte
delantera. El catalán agradeció el gesto.
-Le
advertí, pero no me hizo demasiado caso.
-¿A
qué debía hacerle caso? -insistió el nubio, que se llamaba Gérard y era hijo de
inmigrantes egipcios afincados en Lyon desde hacía dos generaciones.
-Por
supuesto, a mi aviso de que puede verse salpicado por el estallido de la
Fuerza.
-¿Y
no le habló de las Tablas?
Encorvado
aún sobre la consola donde estaban empotrados todos los sistemas de detección
del vehículo, el padre Rogelio volvió su barba puntiaguda hacia Ricard, como si
mirándolo fijamente pudiera fundirlo allí mismo.
-¿Y
ponerle sobre aviso de su existencia? No, hermano. Nada de eso. Tu trabajo es
encontrarlas y trasladarlas a nuestro monasterio... y basta.
-¡Tablas!
¡Tablas! -gruñó Gérard-. ¿Qué importancia científica pueden tener hoy unas
tablas de tres mil años? Seguro que en Santa Catalina ustedes ya tienen los
textos copiados en alguna parte, y estamos aquí perdiendo el tiempo.
-No
has comprendido nada. La última vez que estas Tablas escaparon a nuestro
control se alteró el orden de las cosas que estaba previsto desde los tiempos
de los primeros cristianos y aún antes. Lo que sirvió para construir templos en
honor de Dios en un tiempo, de repente se adulteró y comenzó a inspirar el
alzado de obras profanas, sin sentido religioso alguno o, aún peor, con
intereses heréticos detrás. Y toda esa información -prosiguió- estaba en las
Tablas.
Gérard
torció el gesto, pero escuchó al sacerdote.
-De
alguna manera, fragmentos del saber contenido en las Tablas que tan a la ligera
te tomas, trascendieron al control de los caballeros del Temple y se
extendieron por toda Europa.
-¿Y
qué importancia tiene?
-¡Blasfemo!
Una
sonora bofetada enrojeció el rostro de Gerard. El padre Rogelio, encendido,
prosiguió.
-Si
hubieras estudiado los textos del escritor renacentista Marsilio Ficino hoy
sabrías que desde el siglo dieciséis hasta hoy comenzaron a construirse
monumentos y hasta ciudades enteras que imitaban determinadas estrellas de las
que pretendían atraer sus favores. Fueron pensadas como talismanes gigantescos,
similares a los Templos de Dios, pero que en verdad eran ofensas titánicas a la
sabiduría del Altísimo y a su deseo de ser el Único Dios verdadero.
-¿No
cree usted que exagera? A fin de cuentas, si las Tablas son obra de Dios, sólo
a Él puede honrar lo que se construyera con ellas, ¿no?
Ricard
trató de apaciguar al padre.
-No,
mi querido Ricard, no exagero. Si aquel conocimiento filtrado fue capaz de
mutar una sociedad entera, haciéndonos salir de un modelo teocéntrico y entrar
en un modelo antropocéntrico como éste, ¡imagina qué sucedería si hoy cae en
manos no deseadas la fuente original de ese saber!
Un
crujido interrumpió al padre. Era la puerta lateral de la combi que se
deslizaba sobre sus guías. La curvilínea silueta de Gloria, que regresaba de su
visita a La Palombiere, se asomó al interior del vehículo. Sin decir palabra,
movió su mano para saludar a Ricard y al nubio, y besó ceremoniosamente el
anillo del padre Rogelio.
-¡Se
va! -dijo a continuación.
-¿Se
va? ¿Quién se va? ¿Témoín?
La
afilada perilla del sacerdote se arrugó antes de formular una tercera pregunta.
-¿Y
adonde?
-A
Chartres. Eso es lo que dijo a la dueña del hotel al pagar la factura.
-¿Le
pusiste un micrófono? -preguntó.
-Sí.
En la maleta. Y lleva incorporado un localizador bastante potente que nos
permitirá seguirle siempre que nos mantengamos en un radio de menos de diez
kilómetros de distancia.
Gloria
era la predilecta del padre Rogelio. Aquella criatura, con veintidós años
recién cumplidos, no sólo era una profesional eficaz, sino que trabajaba sin
dejar que su conciencia chirriara por nada. Era evidente que el obispo Teodoro,
en su infinita sabiduría, había escogido el equipo más adecuado para apoyarle
en su misión en Francia.
ORLÉANS
Con
las mujeres nunca se sabe. O, al menos, eso debió de pensar Michel Témoin
mientras deambulaba entre los coches aparcados junto al McDonald's situado en
la autopista hacia Chartres. Llevaba muchos meses sin ver a Letizia, y la sola
perspectiva de acercarse de nuevo a ella le ponía nervioso como un colegial.
Aunque sabía que lo suyo no iba a poder arreglarse, el simple hecho de volver a
sentir el mismo cosquilleo en el estómago que cuando la esperaba a la salida de
la Facultad le devolvía a sus años jóvenes. ¿Habría cambiado mucho?
Con
Letizia esa pregunta era vana. Le gustaba estrenar peinado casi cada semana;
sus uñas siempre mutaban de color en el momento menos esperado y su carácter
-¡ay, su carácter!- era de los que realizaba giros copernicanos al menor atisbo
de inestabilidad en su interlocutor. Por eso necesitaba rodearse de hombres con
carácter, que no le dieran pie a tanto cambio y la mantuvieran más o menos
estable en medio de su tempestuoso océano interior.
Aunque
la puntualidad no era, precisamente, una de sus virtudes, esta vez casi no tuvo
que esperarla. Un BMW gris perla aparcó junto a él a la hora convenida, dejando
salir a una Letizia mucho más bella de lo que era capaz de recordar. Sin duda,
se trataba de una de esas mujeres por las que el tiempo parece pasar de largo.
De muslos largos y blancos, pelo rubio -gracias a Dios no lo llevaba teñido- y
maneras suaves, Letizia formaba parte del selecto club de hembras que se
deleitan moviendo su cuerpo con la misma precisión con la que una cobra domina
sus anillos. Vestía además un fino traje rojo de tirantes que dejaba desnudos
aquellos hombros que Témoin tantas veces amó, y que dibujaba a la perfección
sus ondulantes contornos.
Letizia
saludó a Michel con un beso en la mejilla, se excusó por no haberle llamado al
hotel de Vézelay -«no encontré nada interesante para ti», dijo- y le tomó del
brazo para guiarle hasta el interior del McDonald’s.
-Vaya
un sitio para reencontrarnos, ¿eh? -protestó divertida.
Michel
dejó su cartera de mano a un lado, pidió un descafeinado grande con leche, y
ella un té con limón. Se sentaron el uno frente al otro, junto a una de las
enormes vidrieras del establecimiento, y comenzaron a hablar. El único pacto
que fijaron fue no hablar de sus vidas sentimentales, y en especial de Marcel.
«Te dolería», vaticinó Letizia.
-¿Y
bien? -le preguntó mientras soplaba su taza hirviendo-. ¿Qué te trae por aquí?
¿Ya no te aguanta el cascarrabias de Monnerie a su lado?
-¡Aún
te acuerdas de ese bastardo! -exclamó.
-¿Y
cómo no acordarse? Le veía casi más que a ti. En el CNES era quien me atendía
siempre, y el único que tenía la deferencia de acudir a mis conferencias en la
Universidad.
-Era
el jefe, y disponía mejor de su tiempo que los empleados como yo.
-¡Bobadas!
-Bueno
-susurró Michel tratando de no irritar a aquella belleza. Era evidente que
discutir con Letizia le resultaba aún más fácil que hablar-. Hablemos de otras
cosas, ¿quieres?
-Claro
-aceptó-. ¿Viste al padre Pierre, como te dije?
-Sí,
claro que le vi. Estuvimos hablando del Diablo y poco más -mintió Michel-. Y la
verdad es que no pudo aclararme casi nada de lo que le pregunté. Me pareció un
personaje de lo más extraño.
-¿Extraño?
¡Vamos, Michel! ¿Te llegó a enseñar las reliquias de María Magdalena? ¡Eso sí
es extraño!
-No
hubo tiempo. Tampoco sabía que estaban allí.
-¿Y
por qué crees que se llama a esa basílica Sainte Madeleine? Muchos sostienen
que en ese lugar fue enterrada la que fue la primera testigo de la resurrección
de Jesús, aunque ese honor se lo estuvieron disputando con la iglesia de
Saint-Maximin, en Provenza, durante un par de siglos. Hoy esas reliquias están
tras unas rejas, en la cripta, y generalmente es una de las cosas de las que
más presume el padre Pierre.
-Así
que... ¡vete a saber de quién son esos huesos!
Letizia
se mordió la lengua. Si había algo que le irritaba de su ex compañero era el
desdén con el que se enfrentaba a cualquier conversación sobre historia.
-Mira
-bufó-, no sé qué es lo que estás estudiando para el CNES, o por qué huyes de
Monnerie, pero si lo que llevas entre manos es una investigación sobre la Edad
Media, tendrás que irte acostumbrando a algo: en aquella época lo importante no
era si los hechos que se narraban en un lugar eran históricos o no, lo
importante era el símbolo que encerraban.
-Está
bien -aceptó el ingeniero-, no discutamos por eso. Pero yo no huyo de Monnerie.
-Lo
que tú digas.
Michel
se arrellanó en aquella silla de cuero falso antes de cambiar de tema.
-¿Y
qué símbolo, según tú, encierra la leyenda de la Magdalena?
-Aunque
te suene extraño, tiene mucho que ver con Egipto.
-¿Ah
sí?
-¿Te
extraña?
-Bueno,
parece que, en efecto, existen algunas reminiscencias egipcias en el
cristianismo de esa época. Y en especial en Vézelay.
Témoin
apuró su descafeinado de un trago, murmurando algo entre dientes que ella no
acertó a comprender. Tal vez un nombre propio. Lamentablemente para su
relación, nunca habían hablado demasiado de historia -¡ni de tantas cosas!-,
quizás porque en ese terreno Michel se sentía inferior. En realidad al
ingeniero no le había interesado demasiado hurgar en las desgracias de gente
que llevaba muerta más tiempo de lo que tenía intención de contar. Sin embargo,
que Letizia aludiera a Egipto, como Bremen -el «guía oficioso» de Vézelay- lo
hiciera antes frente al pórtico de Sainte Madelaine, le puso en guardia. Apretó
los dientes para no meter la pata y aguardó una explicación.
Letizia
le describió con detalle que según una leyenda provenzal muy extendida, al
morir Jesús en Palestina, María Jacobé (la madre de Santiago el Menor y san
Judas), María Salomé (madre de Santiago el Mayor -el de Compostela- y de san
Juan Evangelista), María Magdalena, Marta, Lázaro (el resucitado) y algunos
otros, fueron arrastrados hasta la Provenza en una barca desprovista de velas y
remos. Atracaron en un puerto llamado antiguamente Ra, cerca de la actual
Marsella, y por donde al parecer se había introducido el culto a las vírgenes
negras en Francia, que no eran otra cosa que estatuas de Isis con Horus en el
regazo importadas desde Alejandría. Tras su desembarco, el lugar cambió de
nombre varias veces y hoy se lo conoce como Saintes-Maries-sur-la-Mer.
-Insisto
-machacó Témoin-, ¿qué simbolismo extraes de esa leyenda?
-Es
fácil deducir que una fuerte corriente religiosa egipcia penetró en Francia
hace dos mil años y se mantuvo en la zona durante siglos; después, asimilada
por varias herejías como la catara, la albigense, y hasta por órdenes como los
templarios, renació entre los siglos once y trece coincidiendo con el
nacimiento del arte gótico. Es muy posible, pues, que la técnica constructiva
gótica aplicada a las catedrales arranque de esa misma religión secreta, pues
su base matemática es idéntica a la empleada en los templos del Egipto del
Imperio Nuevo. Hoy sabemos que los sacerdotes egipcios eran matemáticos de
primer orden.
Témoin
decidió arriesgarse, y abordó a Letizia por otro lado.
-¿Y
tú sabes si los egipcios construyeron monumentos para imitar constelaciones en
el suelo?
-¡Vaya!
Extraña pregunta viniendo de ti -sonrió-. La respuesta es sí, definitivamente
sí.
-Por
favor -rogó.
-No
es algo que resulte extraño a nadie que conozca la antigua religión egipcia.
Los Textos de las Pirámides, por ejemplo, esculpidos en las paredes de
monumentos de hace 3.400 años en la zona de Sakkara, relatan con detalle que
cuando el faraón moría, su alma se elevaba hasta convertirse en una estrella.
Los egipcios creían que se dirigía primero al Duat, un lugar del firmamento que
hoy identificamos con el cinturón de la constelación de Orion, y que era la
puerta al Amenti, al más allá.
-¿Una
puerta?
-En
sentido figurado, claro. Los faraones difuntos emprendían a partir de ese lugar
un viaje lleno de peligros para demostrar que su alma era pura y que podían
aspirar al honor de convertirse en estrella.
-Conozco
algo de la leyenda de Toth pesándole el alma antes de decidir si enviarlo a las
fauces de un monstruo o al cielo -repuso Témoin.
Los
ojos de Letizia se iluminaron.
-¡Exacto!
-Pero
no entiendo qué relación tiene eso con sus monumentos.
-Verás:
según una teoría muy reciente, (1) las tres grandes pirámides de la meseta de
Giza, vistas desde arriba, presentan la misma orientación y proporciones que
las estrellas del Duat de Orion. Es como si hubieran querido imitar sobre el
suelo esa puerta al más allá, quizás con la idea de disponer de un recinto
iniciático en el que enseñar al faraón lo que debía hacer cuando iniciara su
viaje eterno.
1.
Deben consultarse las obras de Roben Bauval El misterio de Onón (con Adrián
Gilbert. Emecé, 1995) y Guardián del Génesis (con Graham Hancock. Planeta/Seix
Barral, 1997).
-Suena
convincente.
-Desde
luego. Bajo ese punto de vista, las pirámides serían como máquinas de
resurrección. Instrumentos pensados para revivir al faraón, como Isis hizo
revivir a Osiris tras reunir todas las partes de su cuerpo, despedazadas por su
hermano Set. Allí se entrenaba al faraón para su viaje, y desde allí, a través
de unos pequeños canales abiertos en la Gran Pirámide, se «catapultaba» el alma
del rey, su ka, hasta las estrellas.
Michel
hurgó un momento en su cartera tratando de extraer algo. Finalmente, una
carpeta de cartón marrón, con varias imágenes tamaño Din A3 en su interior,
surgió de entre el amasijo de papeles y cuadernos que custodiaba.
-¿Te
acuerdas de Les mystéres de la Cathedrale de Chartres?. Finalmente, una carpeta
de cartón marrón, con varias imágenes tamaño Din A3 en su interior, surgió de
entre el amasijo de papeles y cuadernos que custodiaba.
Letizia
dudó.
-¿Te
refieres a uno de los libros que te quedaste en tu casa?
-Lo
dejaste -puntualizó de inmediato-. Pero sí, es ése.
-Si
te digo la verdad, no lo leí. ¿A qué viene ese interés?
-Es
una lástima, porque en él se cuenta que los constructores de las primeras
catedrales góticas francesas, en realidad todas las construidas hasta 1250 con
la irrupción de la Inquisición, se levantaron imitando en el suelo la
constelación de Virgo, la virgen. ¿Te resulta familiar?
-Claro
-balbuceó-. Pero ¿a santo de qué te preocupas tú por una cosa así?
-Porque
uno de nuestros satélites fotografió extrañas emisiones de microondas
procedentes de esos monumentos. Seguimos sin saber por qué, y por eso voy a
Chartres, para tratar de averiguarlo. ¿Lo ves? Se puede ver en estas tomas.
Letizia,
como antes hiciera Francois Bremen o el padre Pierre, se inclinó sobre las
imágenes del ERS-1 tratando de emplazar la misteriosa emisión a la que se
refería el ingeniero. Se colocó unas gafas de vista cansada que extrajo de su
pequeño bolso rojo, y paseó su mirada por las tomas que Michel había extendido
frente a ella.
-¿Conoces
algún «efecto» arquitectónico que pueda provocar esta clase de emisiones?
Ella
le miró a los ojos, sorprendida.
-¿Bromeas?
El ingeniero no soy yo.
Témoin
negó con la cabeza, como si desaprobara aquel comentario.
-Supongo
que el padre Pierre te pondría al día de sus investigaciones sobre radiestesia
-continuó Letizia-. Yo fui alumna suya, y él nos enseñó que los antiguos sabían
que cada figura geométrica, debidamente manejada, emite su propia vibración. Se
trata de vibraciones sutiles, que hoy llaman ondas de forma, pero que dudo
puedan ser captadas desde el espacio.
-¿Insinúas
que las catedrales son figuras geométricas gigantescas?
-Están
hechas usando combinaciones infinitas de ellas.
-¿Y
qué otra posibilidad hay?
-No
muchas -dudó Letizia-. En la antigüedad no se habla de muchos objetos capaces
de irradiar microondas, la verdad. Sin embargo...
-¿Sin
embargo?
-Bueno,
es sólo una posibilidad. En las catedrales de Chartres y Amiens se muestra en
sus fachadas un relieve que representa al Arca de la Alianza. Es como si
quisieran decirnos que las catedrales representan el nuevo pacto con Dios, y
que ellas son la última versión del «vehículo» para comunicar con la divinidad,
tal como servía el Arca.
-¿Y
bien?
-En
el Éxodo se pone mucho énfasis en el poder del Arca. Nadie podía acercarse sin
tomar las medidas oportunas, o vestido de metal, a riesgo de caer enfermo o
calcinado en el acto. Suena a radiactividad, ¿no crees?
-¿Y
dónde está el Arca?
-Ésa
es la cuestión, nadie lo sabe. Unos creen que fue robada en tiempos de Salomón
y llevada a Etiopía; otros, que se la llevó Tito en el año 70 d. C. cuando los
romanos saquearon Jerusalén y se llevaron el ajuar del Templo de Salomón,
Menorah o candelabro de los siete brazos incluido. Hasta se señala a los
templarios como los responsables de su hallazgo, que se cree pudieron haberse
traído a Francia en secreto.
Témoin
miró a Letizia fascinado. Bella e inteligente, volvía a tener su corazón en un
puño.
-¿Tú
por cuál te inclinas?
-Imposible
saberlo.
-Yo
por la última. Es una corazonada, lo sé, pero buscaré en Chartres.
-¿Podré
acompañarte?
Michel,
atónito, la perforó con la mirada.
-Bueno
-admitió Letizia-, no me gustaría que descubrieras algo en Chartres y yo no
estuviera cerca para verlo. Además, creo que podré serte útil.
-¿Y
Marcel?
-Quedamos
en no hablar de eso. ¿Recuerdas?
INTRA NOS
ESTI
1.
Del latín, «está entre nosotros».
Un
vértigo extraño se había apoderado del estómago de Jean de Avallon. En
realidad, aquello iba mucho más lejos de la simple desazón física: el vértigo
se había hecho con el control de todo su cuerpo. Ni sus músculos, ni su voz, ni
la fuerza de sus manos anchas y fuertes respondían a sus desesperados
requerimientos. Durante unos interminables segundos, flotando en medio de la
nada, el caballero luchó denodadamente por orientarse y clavar sus botas sobre
algo firme. Pero fue imposible. Aquella especie de torbellino le había
arrancado de la tierra y lanzado por los aires venciendo el techo de roca viva
de la cripta de Chartres de un modo que no acertaba a explicarse.
¿Qué
clase de prodigio era aquél?
El
templario, ingrávido aún, no tuvo tiempo para hacerse muchas cabalas más.
«Algo» o alguien le había despojado violentamente de su manto y de cuantos
objetos metálicos llevaba encima (una hebilla, su daga árabe, un broche, dos
cierres para sus botas y un brazalete de cobre que adquirió en Antioquía). Gluk
o Felipe no habían sido. De hecho, les había perdido irremediablemente de vista
nada más ser atrapado por aquella columna de fuego. ¿Dónde estaban? ¿Habían
sido capturados también ellos por aquella fuerza sobrehumana? ¿Era Dios o el
Diablo quien jugaba de esa manera con ellos?
Cuando
su cuerpo dejó de girar como una peonza y pudo recuperar el equilibrio, lo
primero que notó el de Avallon fue un extraño y penetrante olor que manaba de
todas partes. Sólo entonces sintió el suelo bajo sus pies. Poco a poco, como si
todo hubiera sido un mal sueño, la situación fue tornando a la normalidad: el
pitido penetrante que le había abatido en la capilla, la sensación de ser
zarandeado por firmes telas de seda, y hasta la fuerza que le impedía abrir los
ojos mientras ascendía, desaparecieron al unísono, decreciendo de intensidad.
La pesadilla había terminado. O tal vez no.
De
rodillas, con las manos apoyadas sobre un suelo liso y frío, el templario
comenzó a tomar conciencia de su situación. Todo parecía normal, en efecto,
pero pronto se dio cuenta de que los muros de sillería del ábside no estaban ya
donde los había visto por última vez. Faltaba el altar, y las hornacinas
abiertas en el muro, y el sagrario.
¿Dónde
estaba ahora?
Cuando,
por fin, pudo echar un vistazo a su alrededor con los ojos bien abiertos, Jean
descubrió algo terrible. Las toscas paredes de la cripta, el altar y hasta la
Virgen negra que presidía el templo, se habían esfumado. Aislado, sin rastro de
Gluk o de Felipe, Jean contempló sobrecogido el extraño recinto en el que
parecía atrapado. Se encontraba en una estancia amplia, de paredes redondeadas,
sin fisuras, puertas, o junturas entre sus bloques inexistentes. Todo parecía
hecho de una pieza, como si estuviera preso dentro de una jaula de metal. Allí
no había tampoco ni un mal mueble sobre el que echarse, y la luz, un brillo
mortecino y constante, parecía surgir de los propios muros que le confinaban.
-¡Salve!
-gritó dos veces-. ¿Hay alguien?
Nadie
respondió. De hecho, sus palabras ni siquiera sonaron con la fuerza
acostumbrada.
Un
tanto confundido, Jean de Avallon volvió a vociferar otra vez, con más ímpetu
aún, su saludo. Tampoco esta vez obtuvo ningún resultado. Y lo que era peor:
comenzaba a ser consciente de que estaba a merced de sus captores, si es que de
captores se trataba.
Tiritando,
acuclillado y con los nervios visiblemente alterados, el caballero recordó
entonces los poderosos hechizos de los druidas. ¿Acaso le había engañado Gluk y
confinado a una de aquellas tierras sin tiempo que cantaban los trovadores?
¿Tenía Felipe razón al sospechar del druida y había caído en una emboscada? O
aún más, ¿no estaría, por ventura, preso en aquel lugar maldito que los
campesinos de la Beauce, alrededor de Chartres, llamaban Magonia, y de donde
decían provenían los demonios que aterrorizaban a sus hijas vírgenes y
destruían sus cosechas? Jean trató de calmarse.
Recordó
su juramento de lealtad a la orden de los Pobres Caballeros de Cristo junto a
la Roca de Abraham, y buscó en los pliegues de sus recuerdos la fórmula para
revestirse con la coraza, de la fe a la que tan a menudo se refería Bernardo.
¿Qué otra cosa podía hacer? Sin espada o escudo, sin su cota de malla o su
maza, tan sólo podía confiar en la fortaleza que entrega Dios a cada hombre
para que se enfrente al Mal. Fue al cerrar los ojos y comenzar a formular sus
oraciones en aquel espacio vacío, cuando oyó una frase alta y clara que retumbó
en su cabeza.
-¿También
vos combatiréis a nuestro Dios?
Jean
se sobresaltó.
-No
temáis -dijo-. Soy Gabriel, el favorito de nuestro Señor. Una voz metálica,
sobria, comenzó a hablarle como si le conociera, expresándose de forma tan
contundente y segura que el caballero no se atrevió a interrumpirla.
-Soy
aquel que anunció a María que la Semilla del Divino germinaría en su seno, y
quien se apareció en sueños a José para que huyeran de Herodes hacia Egipto.
¿Vais a enfrentaros a mí como lo hizo Jacob? (1) El templario, aturdido, abrió
los ojos tratando de encontrar el lugar de donde provenía aquel torrente de
palabras. Fue inútil. Allí, en su jaula sin rejas, no había nadie. Un turbio
pensamiento cruzó entonces por su mente: ¿Y si estaba muerto? ¿Y si estuviera
en la antesala del Paraíso?
1.
La pregunta de Gabriel desvela uno de los enigmas más ásperos del Antiguo
Testamento. Me refiero, claro está, al pasaje del Génesis (32, 24-32) en el que
Jacob se enfrenta durante toda una noche con un ángel. Tras forcejear sin
descanso, al llegar el alba el ser divino le pidió al patriarca que le dejara
marcharse. Éste consintió sólo si era bendecido por el extraño y le revelaba su
identidad. El ángel accedió a lo primero, pero no a lo segundo, y le dijo: «No
te llamarás en adelante Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con
hombres y has vencido». Como digo, se trata de uno de los episodios más
misteriosos de la Biblia.
De
repente, Jean recordó el pasaje bíblico al que parecía aludir aquella voz. Se
refería a un episodio en el que el patriarca Jacob creyó morir a manos de un
ángel de Yahvé, y aunque le atizó un golpe severo en la articulación del muslo
que le dejó cojo, el tenaz hebreo resistió. Es más, Jacob aún vivió lo
suficiente para contemplar la Escalera de Yahvé hacia los cielos mientras
marchaba camino de Harrán y aunque las escrituras no lo dijeran, tuvo el valor
suficiente de ascender por ella y contemplar lo que la mayoría de los mortales
sólo admiran tras desprenderse de su cuerpo mortal. ¿Qué quería decirle
entonces la voz? ¿Que debía combatirle? ¿Y dónde debía buscarle?
-No,
Jean de Avallon, no me busquéis con los ojos del cuerpo -volvió a tronar
aquella voz poderosa-. Buscadme con los del alma y me encontraréis.
-No
os entiendo -dijo susurrando, como si temiera que el ángel le escuchara.
-¿No
sabéis por qué os he traído hasta aquí? ¿Y por qué os he separado de vuestro
escudero y del druida?
El
caballero no respondió.
-Os
he subido al mismo lugar que antes hollaron hombres santos como Enoc y
Ezequiel, o el propio Jacob. Vos me recordáis mucho a este último: sois igual
de testarudo que él, igual de torpe con los sentidos del cuerpo y con los
sentimientos. Pero, a diferencia de aquel, vos ya sabéis, porque habéis sido
iniciado en ello, que incluso otros como Mahoma accedieron a este recinto y
gozaron en él de las maravillas de la creación. Os he traído, pues, para
revelaros algo de la mayor importancia; algo que deberéis transmitir fielmente
después a vuestros semejantes, pero no con palabras sino con Obras.
Un
escalofrío recorrió la columna vertebral del desconcertado templario. Por más
que se esforzaba en tratar de localizar la fuente desde donde brotaba la voz,
le seguía siendo imposible localizar a su interlocutor.
-¿Tiene
que ver lo que decís con la búsqueda de las Puertas de Occidente que me encargó
mi señor, el conde de Champaña?
Esta
vez, como si intuyera los propósitos de su cautivo, la voz del ángel tardó en
responder. Cuando tronó de nuevo, Jean de Avallon sólo escuchó un monosílabo
fuerte y directo.
-¡Ved!
-dijo.
Aquella
palabra se alargó más de la cuenta, como si rebotara en aquellas paredes
redondas y se dilatara hasta el infinito. Sobre uno de aquellos muros blancos,
justo delante de él, comenzó a brillar un punto luminoso que, de repente,
transformó la luz tibia del lugar en oscuridad absoluta.
Lo
cierto es que la negrura no llegó a ser total. Según se fueron adaptando sus
pupilas, el templario comenzó a distinguir puntos luminosos aquí y allá. Eran
luminarias intensas pero de pequeño tamaño, algunas agrupadas formando abanicos
de colores que pronto identificó con estrellas. Las había por doquier: sobre su
cabeza, a sus lados e incluso bajo sus pies, como si reposara sobre un
invisible suelo de cristal.
-¿No
os sobrecoge la grandeza de la creación? -dijo el ángel entonces.
-Sí.
-Sabed
que cada una de estas estrellas es idéntica a vuestro Sol. En cada una de ellas
gravitan otras tierras donde viven hombres como vosotros. No hay un centro del
que dependan, porque el centro es Dios mismo. ¿Sabéis?, cada una de esas
luminarias está sometida y depende de las otras para todo. Están unidas por
corrientes invisibles, como si fueran hermanas que participaran de una misma
sangre materna. Éste es un saber -prosiguió Gabriel- del que gozaron muchos
pueblos en la antigüedad, y que también mostramos a los profetas. A estancias
celestes como éstas van a parar las almas inmortales de los humanos. Los
egipcios construyeron para Faraón rutas junto al Nilo para orientarle a su
destino eterno. Levantaron pirámides imitando el camino de los cielos, pero
reservaron el derecho de transitarlo a sus líderes. Yo os pido algo más
generoso: que facilitéis la ruta de la resurrección a todos los creyentes,
levantando en el suelo un nuevo umbral para alcanzar los cielos. Mi misión es
mostraros cómo construir esas señales, empezando por Ezequiel y el dictado que
le hicimos del que fue el primer templo del pueblo elegido, y terminando por ti
y los tuyos, a los que enseñaré a levantar las Puertas para el firmamento.
-Los
árabes nos dijeron que a Enoc le explicasteis cómo erigir las pirámides.
-No
fue a él sino a Imhotep, un arquitecto de Faraón (1), a quien entregamos, como
a Ezequiel, los planos de las Puertas para el más allá.
1
Rey Zoser de la IX Dinastía.
-No
os termino de entender.
-Fijaos
es aquel grupo de estrellas. Allá, a vuestra diestra. ¿Lo veis?
-¿El
que tiene forma de rombo? ¿El que llamamos la constelación de Nuestra Señora?
-Virgmis,
así es -dijo la voz metálica del ángel-. Sus estrellas marcan la nueva Puerta
al más allá, la Puerta de la Virgen. En tiempos de Imhotep ese umbral se
encontraba en otro grupo de estrellas, las Tres Marías, que los egipcios
identificaron con su dios Osiris. Construyeron Puertas imitando a Osiris junto
al desierto, que funcionaron mientras las estrellas siguieron emergiendo por
donde estaba previsto, pero que hoy deben ser reconstruidas de acuerdo a un
nuevo plan.
-¿Queréis
que construya la imagen del cuerpo celeste de Nuestra Señora en la Tierra?
-Así
es.
-¿Y
cómo? Yo no tengo el libro que entregasteis a Imhotep, a Enoc, o a...
-Lo
tendréis -le interrumpió-. Todo a su tiempo. Y cuando llegue a vuestras manos
traído de Oriente y Occidente a la vez, sabréis leerlo porque yo os habré
enseñado.
-Llevará
semanas, tal vez meses -protestó el caballero.
-El
tiempo no es un problema aquí. Gluk os lo mostrará.
El
templario, con gesto de sorpresa, se encogió de hombros.
-¿Gluk?
¿Y qué tiene que ver Gluk en todo esto?
-Es
uno de nuestros iniciados. Son muchos. Los llaman «carpinteros» porque son
ellos los que levantan las techumbres de los templos y éstas, como sabéis,
representan a los cielos. Son los que conocen el firmamento y sus movimientos,
y a ellos deberéis encomendaros para descifrar los libros que os llegarán desde
la Puerta de Jerusalén. Leedlos, estudiadlos y ocultadlos hasta que llegue el
tiempo en que otros merezcan acceder a ese saber.
-¿Conocéis
lo que está por llegar? -balbuceó atónito el templario, tratando de encontrar
el menor atisbo de duda en su interlocutor.
-¿No
lo dije ya? El tiempo no es un problema en el reino en el que ahora estáis.
-¿Qué
mostraré para hacer creer a los míos todo lo que me habéis dicho, oh Gabriel?
-No
será necesario que les entreguéis nada. Con vuestra determinación será
suficiente. No obstante, ya que habéis preguntado por el tiempo que vendrá, os
mostraré algo que jamás olvidaréis.
-¿Y
podré contarlo?
-Podréis.
ARCHA FOEDERIS(1)
Epifanía
del Señor Enero de 1129
1.
Del latín, «Arca de la Alianza».
Toda
Francia ardía en un fervor constructivo sin precedentes. Los padres del
caballero Andrés de Montbard, y aún sus abuelos, habían visto con sus propios
ojos cómo puentes, torres, graneros, y sobre todo capillas, iglesias y
catedrales comenzaban a crecer por doquier, como si la piedra tallada generase
más piedra tallada y los pueblos necesitaran edificar obras más grandiosas que
las de sus vecinos para dar gracias a Dios por el don de la vida.
No
fueron muchos los que participaron de la tensa angustia que recorrió la Iglesia
a finales del siglo X, justo antes de celebrar el final de 999. Sin embargo,
toda la cristiandad, con Francia a la cabeza, participó después de la alegría
de los clérigos de saberse vivos y en gracia divina. Finalmente, el severo
Padre Eterno había decidido no desatar su furia contra ellos y su infinita
piedad se tradujo en un optimismo sin precedentes.
Aquel
extraño pero intenso gozo se extendió pronto por todas partes, convirtiéndose
en una sensación duradera; las cosas -se pensaba en el campo- estaban a punto
de cambiar a mejor. Andrés, el templario menos refinado pero el de corazón más
noble, vivió esa sensación de revolución inminente desde su infancia, viendo
cómo los cultivos se ampliaban cada vez más y cómo las mujeres no dejaban nunca
de estar encinta esperando nuevos hijos con los que poder trabajar esas
tierras.
Más
tarde, él mismo se casó y tuvo familia, y antes de retirarse a cumplir con su
milicia aún pudo ver cómo uno de sus sobrinos, un cierto Bernardo de la
Fontaine, despuntó como la mente más lúcida que había conocido jamás. Su
capacidad organizativa sedujo de inmediato no sólo a su familia de noble
linaje, sino al propio conde de la Champaña, y su determinación estuvo llamada
a ser decisiva para reunirle a él y a ocho hombres más para que rescataran de
Tierra Santa una reliquia de la que pocos en la cristiandad habían oído hablar.
Así
se embarcó Andrés en las Cruzadas y de este modo logró desenterrar del fondo
del Templo de Salomón toda una biblioteca en piedra que, si había de creer en
la palabra de Bernardo, fue esculpida por el profeta Enoc en persona al dictado
de un ángel de Dios.
El
momento de entrega de aquella valiosa reliquia, formada por más de trescientas
tablas inscritas con misteriosos caracteres geométricos que sólo algunos sabios
eran capaces de leer, estaba ya próximo.
Protegida
por no menos de treinta soldados, al mando de cinco de los nueve Pobres
Caballeros de Cristo convocados por su señor conde, los siete carruajes que
desplazaban el equipaje del convoy avanzaban pesadamente sobre sus ejes de
madera. Los charcos de barro del camino y lo abrupto de algunos de sus tramos,
obligaban a una marcha lenta, pesada, que despertaba la curiosidad de los
campesinos que tenían ocasión de pasar a su vera.
-¿Qué
creéis que sucederá ahora, que entregamos ya lo que se nos encomendó? ¿Se
acabará aquí nuestra misión?
El
tono empleado por Gondemar de Anglure, aquel que cayó preso de un éxtasis
pentecostal en la Cúpula de la Roca que le abrió la comprensión de otras
lenguas, no pudo esconder su desazón al distinguir el nítido perfil de Chartres
en el horizonte. El rechoncho guerrero de Montbard, atento a sus quejas,
taconeó suavemente los costados del caballo, antes de responder.
-¡Oh,
vamos! -gruñó-. ¿No iréis a creer que con entregar las tablas se ha acabado
todo? Alguien tendrá que protegerlas a partir de ahora, ¿no creéis?
-¿Protegerlas?
-Gondemar se arqueó hacia atrás para escuchar mejor a su compañero.
-Bueno
-rectificó-, en realidad habrá que esconderlas para protegernos definitivamente
de ellas. Si habéis leído la Biblia sabréis que transportamos una carga
ciertamente peligrosa.
-¿Y
en qué lugar de la Biblia se citan las tablas de Enoc?
-En
ninguno -volvió a gruñir Montbard-. Pero sí se hacen continuas referencias a
otras tablas, las de la Ley, que Moisés recibió en el Sinaí y que creo no eran
otra cosa que parte de estos mismos libros de Enoc. Ya sabéis lo que ordenó
entonces Dios: que se dispusiera un Arca que guardara aquellas tablas, junto a
la vara de Moisés, y que nadie que no fuese sacerdote levita se acercara hasta
la sagrada caja a riesgo de perder la vida en tan irreverente intento.
-¿Y
el peligro?
-Nunca
se supo si el peligro estaba en el Arca o en su contenido, pero por si acaso,
desde que descubrimos las tablas en Jerusalén, no se ha acercado nadie a ellas
con ningún objeto de metal encima ni con fuego.
-¿Con
fuego?
-¡Ah!
-exclamó-, ¿no leísteis lo que sucedió a Nadab y Abiú, dos de los hijos de
Aarón, hermano de Moisés y responsable último del Arca después de su
construcción?
Gondemar
sacudió la cabeza.
-Si
hubierais estudiado el Levítico, habríais visto que estos dos infelices
prendieron un fuego frente al Arca que no gustó al Señor, y éste dejó salir de
la caja de la Alianza una llama que los devoró allí mismo. La llama salió de la
plancha de oro que cubría el Arca y que no fuimos capaces de encontrar bajo La
Roca.
-Recuerdo
el relato del propiciatorio, en efecto.
-¿Y
qué creéis que provocó ese fuego devorador? ¡Las tablas!
-Quizás
hayan perdido su poder -sugirió Gondemar.
-¿Os
arriesgaríais vos a comprobarlo? Los judíos aún creen que el Arca estaba
rodeada de protecciones sobrenaturales: echaba chispas capaces de calcinar a
sus porteadores, e incluso a veces se elevaba sin necesidad de llevar a nadie
cerca Hasta se dice que arrojaba por los aires a todos los que se le acercaban
demasiado (1)
1 Todos estos prodigios son relatados con mayor
o menor detalle en el Midrash comentarios seculares que los judíos recogieron
sobre el Antiguo Testamento y que hoy son un valiosísimo complemento para
comprender ciertos aspectos historíeos de las escrituras
-Nada
de eso ha sucedido con estas tablas
-A
Dios gracias
JANUA COELI
1
Del latín «puerta del cielo»
La
caravana entro en Chartres atravesando el puente viejo sobre el Eure a eso de
las cinco de la tarde Los caballos presentaban un aspecto deplorable, con las
pezuñas enfangadas y la piel empapada de sudor Tampoco sus jinetes se libraban
de aquella impresión nefasta. De hecho, hasta los soldados de a pie acusaban en
sus rostros la fatiga de un viaje de mas de tres mil quinientos kilómetros
desde Jerusalén Eran héroes, sin duda, pero su pesado avance no resplandecía
con el mismo orgullo de los cruzados de Urbano II, paladines de hazañas aun
recientes en la memoria de todos.
Nadie,
pues salió a recibirles ¿Se debía tal vez a que sus cotas de malla no relucían
lo suficiente? ¿O quizás porque casi todo el mundo estaba preparándose para el
banquete de Reyes?
-Que
no os afecten estas cosas, mi querido Gondemar -mascullo el gigante Godofredo,
mientras se apeaba del caballo- Creedme que es mejor así llegar sin levantar
pasiones y marchar antes de que estas aparezcan.
Gondemar
se acaricio las barbas tratando de disimular su decepción e imitó a su
compañero, guiando a su cabalgadura con un tirón de sus bridas.
Bien
pensado, aquel frío recibimiento era lógico Ya era vox populi que Tierra Santa
estaba bajo control desde hacia meses -los predicadores no cesaban de
vanagloriarse de ello en cada uno de sus oficios-, y todas las clases sociales,
desde los siervos de la gleba a los nobles de más alto linaje, se habían
acostumbrado ya al ir y venir de soldados procedentes de las rutas de Asia.
Las
conversaciones palaciegas no tenían como eje las hazañas de tal o cual
caballero, ni siquiera habían tenido tiempo de percatarse de la astuta acción
del abad de Claraval al conseguir el reconocimiento eclesiástico a «su» pequeña
orden de caballeros-monje. Sólo les saciaban ya los relatos que hablaban de las
riquezas de Egipto o África, y planeaban oscuras empresas comerciales que
dominaran ese lado del Mediterráneo.
Pero
¿justificaba tanta mediocridad la ausencia de un comité de recepción? ¿Dónde
estaban el obispo Bertrand y el abad de Claraval? Los guías de la caravana se
miraron extrañados. ¿No era precisamente Bernardo de Claraval quien esperaba su
llegada como agua de mayo? ¿No era el sapientísimo abad de la Champaña el
hombre que llevaba dos semanas enviando heraldos para cerciorarse del buen
estado de la carga y el mismo que contaba los días para su llegada? ¿Y por qué
tampoco estaba allí para recibirles su fiel compañero de armas Jean de Avallon,
avanzadilla de tan sagrada misión?
Naturalmente,
nadie supo decirles gran cosa. Después de varios circunloquios inútiles, lo
único en claro que sacaron los caballeros es que los frailes blancos del sur y
aún los benitos de L'Hopitot estaban empeñados en alguna tarea importante desde
hacía varios días, pues muchos los veían ir y venir de aquí para allá, al
amanecer de cada jornada, dando gritos como si buscaran cualquier cosa o
persona de la mayor importancia.
Andrés
de Montbard fue el primero en recelar. Guió los carruajes hasta dejarlos bajo
la torre del obispo y, acompañado de sus cuatro compañeros, se dirigió a pie
hacia el atrio de la abacial. Si en algún lugar podrían darle cuenta de lo que
estaba sucediendo, sin duda era allí. Aunque fuera sólo un fraile, al menos
habría un responsable de la fe que recibiría a su comitiva y le explicaría las
razones de la ausencia de fray Bernardo.
Cuatro
mantos blancos atravesaron en diagonal la plaza empedrada presidida por el
templo macizo de Nuestra Señora, internándose a toda velocidad a través de su
puerta este.
Ninguno
de los templarios se percató, pero a una prudente distancia -la misma que había
mantenido durante casi dos semanas-, Rodrigo, el celoso «espía» de Raimundo de
Peñafort, observaba atentamente cada uno de aquellos movimientos. Aunque estaba
rechoncho, Rodrigo se había encaramado sobre uno de los pajares que daban a la
plaza, tratando de no perder de vista los carromatos, sus celosos protectores y
las tablas.
Poco
podía imaginar, colgado de aquel frágil tejado de tablas y cuerdas, el brusco
giro que estaban a punto de tomar los acontecimientos. Aunque desconfiado por
naturaleza y atento a cualquier movimiento que pudiera suponer una amenaza
personal para él, el espantadizo centinela del obispo de Orléans apenas tuvo
tiempo de percatarse de lo que comenzaba a ocurrir. O mejor aún, a ocurrirle.
Fue
en un abrir y cerrar de ojos. Mientras vigilaba al último de los templarios, el
anciano Foulques de Angers, persignándose frente al crismón del templo, una
descarga le sacudió hasta la médula. Una corriente de frío glacial hizo crujir
sus huesos, paralizándole por completo.
El
de Angers no pudo oír el chasquido de las tablas del granero, a un centenar de
pasos por detrás de él.
Pero
Rodrigo se asustó. Nunca le había sucedido algo así; una sensación
cosquilleante se hizo con el control de su cuerpo en cuestión de segundos,
inundándolo por completo y nublándole la vista. Tembló. La respiración se le
desacompasó y el ritmo cardiaco siguió de cerca aquella irregularidad. Algo
-pensó buscando sus primeras oraciones- no funcionaba como debiera. Fue como si
un millón de hormigas escalaran a la vez por sus piernas, dejando impresas sus
afiladas patas sobre la piel.
Primero
se asustó; se levantó de un brinco y comenzó a sacudirse creyendo que el Diablo
se le estaba metiendo dentro. Después, cuando el cosquilleo remitió, volvió a
tumbarse sobre el tejado, boca arriba, tragando aire a espuertas e intentando
ordenar sus ideas. Se llevó la mano a la frente y comprobó que estaba sudando.
El
más anciano de los templarios había entrado en el templo y no podía verle. ¿Y
si pidiera ayuda? ¿A quién? ¿A la guardia apostada para proteger las tablas?
Con
los ojos perdidos en aquel cielo plomizo, Rodrigo se estremeció. Las «hormigas»
que le mordían las piernas venían de la iglesia y «tiraban» de él hacia su
interior. ¿Cómo explicarlo? De repente sabía que la causa de aquel mal no
estaba dentro de él si no tras la abacial ¡y no sabría decir por qué!
En
aquel arrebato, no obstante, se escondía algo aún peor: el mal -fuera éste lo
que fuese- le «estaba llamando» al templo. «Date prisa -creyó oír -o no
llegarás.»
El
aragonés no pudo resistirse por mucho más tiempo. Obediente como un cordero
asustado, se incorporó sobre su frágil atalaya y, de un salto, se encaminó
hacia la iglesia. ¿Qué poderoso hechizo era aquel que le obligaba a abandonar
así de torpemente una clandestinidad tan bien calculada? ¿De dónde emergía
ahora el valor para enfrentarse a lo que fuera con tal de penetrar en un
recinto férreamente custodiado por los hombres del conde Hugo? Rodrigo,
dominado por la voz que le reclamaba, cruzó por delante de los carros de los
cruzados y penetró en el atrio con decisión.
Las
estatuas le sonrieron.
Nada
más atravesar el primer umbral, sintió que había tomado la decisión correcta.
El intenso picor que había estremecido su cuerpo, comenzó a esfumarse como si
fuera un mal recuerdo. En su lugar sólo quedaba un golpeteo constante en los
oídos, que tenía cautiva aún su voluntad. Al parecer, no era el único en
tenerla secuestrada. Allá dentro, cerca del ábside circular del recinto, el
punto mágico donde los antiguos representaban la bóveda celeste, las siluetas
blancas de Andrés de Montbard, Gondemar de Anglure, Godofredo Saint Omer y el
venerable Foulques de Angers -a quienes conocía bien por haber seguido muy de
cerca sus maniobras- se recortaban contra el fondo de piedra gris.
Ninguno
se inmutó. Cubiertos con sus mantos albos y sus botas de punta rígida, los
templarios parecían aguardar alguna instrucción antes de mover un músculo.
¿Oraban?
Rodrigo
no hizo ademán de averiguarlo. Los cuatro -mejor aún, los cinco- estaban allí,
quietos como estatuas, esperando la llegada de «algo». El mozo se unió en
silencio al corro, y como ellos, colocó sus manos sobre los oídos, tratando de
protegerse de un silbido agudo que parecía nacer justo bajo aquel techo
abovedado.
Pronto,
lo inevitable se desencadenó. Justo en el centro de los templarios, una columna
de luz se hizo visible sin previo aviso. Brillante, cegadora, blanca como la
luna, aquella luz pulsante brotó del suelo proyectándose hacia la techumbre de
madera. Refulgía como el fuego, pero a diferencia de éste, aquel pilar ígneo
presentaba un aspecto compacto, casi sólido.
-«La
gloria de Yahvé parecía a los hijos de Israel como un fuego devorador sobre la
cumbre de la montaña» -murmuró Foulques, el debilitado anciano, citando de
memoria el capítulo 24 del Éxodo. (1) También él parecía en trance. Luego
prosiguió-: «Moisés penetró dentro de la nube, y subió a la montaña, quedando
allí cuarenta días y cuarenta noches.»
1
Éxodo 24, 17-18.
-«Harás
un arca de madera de acacia...» -comenzó a recitar Andrés groseramente, (2)
solapándose a la última frase de su compañero.
2.
Éxodo 25, 10.
-«Harás
un propiciatorio de oro puro...» -retomó Foulques. (3)
3.
Éxodo 25, 17
-«Harás
de madera de acacia una mesa de dos codos de largo» -se sumó de inmediato
Gondemar, citando del capítulo 25 del Éxodo (4)
4
Éxodo 25, 23.
-«Harás
un candelabro de oro puro» -Godofredo de Saint Omer, como no podía ser de otra
forma, cerró el coro. (5)
5
Éxodo 25, 31.
Los
cuatro confundieron sus frases haciendo que a cada nuevo versículo la columna
ganara en intensidad. El zumbido y el murmullo de sus entonaciones pronto se
fundieron en uno, haciendo que las piedras grises del ábside comenzaran a
perder su rigidez. De repente daba la impresión de que se tornaban blandas,
inconsistentes, como gigantescas piezas de cera a punto de derretirse. Era
evidente que aquello, fuera lo que fuese, no había hecho más que comenzar.
Rodrigo,
mientras tanto, había dejado perder su mirada en el centro de la pilastra de
fuego; era como un sol que no quemaba la vista. La luz, en cualquier caso, no
era completamente blanca. En el eje de la columna apenas era visible una
especie de aspa surcada de caminos curvos que giraban en el mismo sentido que
el agua en los remolinos de los ríos. Un laberinto impreso en la columna del
que de pronto vio emerger tres sombras de aspecto vagamente humanas.
Las
figuras se dibujaron en su iris, creciendo más y más hasta hacerse muy cercanas
y cubrir la anchura del tronco de luz que palpitaba frente a él. Con las
pupilas dilatadas y los ojos rojos, sin pestañear, Rodrigo aguardó. Era incapaz
de mover un músculo, de articular palabra, ni siquiera de sentir el duro suelo
de piedra bajo sus mocasines de piel.
Luego
llegó el trueno. Fue seco. Rotundo. Salvaje.
Toda
la iglesia tembló y Rodrigo, que estaba en el centro del ábside, sintió el
impacto de su furia contra el pecho. Jamás había notado una opresión como
aquella. Se quedó sin respiración, notando -con lo poco que le quedaba de
dominio sobre su conciencia- cómo el peso de su cuerpo salía proyectado hacia
atrás con una violencia inusitada. Si Satanás en persona le hubiera abofeteado
no se hubiera sentido tan frágil como en ese instante.
Un
segundo después, magullado y empotrado entre las sillas de la nave, el «espía»
pudo levantar su cuello y contemplar una escena que difícilmente podría
olvidar.
Envueltos
en una luz anaranjada muy suave, tres figuras -dos hombres jóvenes, uno de
ellos ataviado con el mismo manto de los templarios, y un anciano de cabellera
gris y aspecto descuidado- fueron vomitados por la columna, cayendo desmayados
nada más atravesar aquel «umbral».
No
perdieron aquella luminosidad de inmediato. Aún tumbados como muertos en el
suelo, el brillo naranja permaneció hasta ir desapareciendo poco a poco. Andrés
de Montbard fue el primero en reaccionar.
-¡Es
Jean de Avallon! -exclamó.
-¡Y
Gluk, el druida! -remató Gondemar, que abrió sus ojos como si acabara de salir
de un sueño profundo.
Al
principio nadie se fijó en Rodrigo, hasta que, con Gluk, Felipe y Jean
incorporados sobre una de las banquetas de madera adosadas al ábside, el
gigante de Saint Omer clavó sus ojos en él.
-¿Quién
es ése? -rugió.
Rodrigo,
algo aturdido por el golpe, trató de levantarse y explicarse, pero las palabras
no acudieron a su garganta.
PÓRTICO NORTE
Michel
había dejado su Suzuki aparcado en Orléans y se subió al BMW de Letizia para
completar el viaje hasta Chartres. Ambos sabían lo que les esperaba: una amable
ciudad provinciana, cuya vida giraba desde hacía nueve largos siglos alrededor
de su famosa cerveza y de un edificio único en el mundo: su espléndida catedral
gótica, obra de un arquitecto anónimo dotado de un genio innovador y
sorprendente.
Tardaron
menos de lo esperado en llegar, así que, al distinguir las agujas del templo,
les sobró tiempo para dejar el coche en el parking más cercano al centre ville
y premiarse con un exquisito Pavé ramsteak au rochelorí por 88 francos cada
uno. El Café de la Serpent era el refugio ideal para los «exploradores» de
catedrales. Al menos, eso les dijeron en la modesta oficina de turismo de la
villa.
Letizia
y Michel almorzaron sin perder de vista el espléndido pórtico sur de Chartres.
Sus jambas, protegidas bajo un porche esbelto y ligero, mostraban un coro de
personajes del Nuevo Testamento custodiando una soberbia recreación del Juicio
Final en el tímpano central. En realidad, aquel conjunto escultórico era sólo
una pequeña muestra de las casi cuatro mil imágenes talladas que decoran el
templo, y de los cinco mil personajes que adornan sus vidrieras.
Curiosamente,
uno de los más conocidos estaba también en el pórtico sur, empotrado en su
singular parteluz. Se trataba de una imagen de Jesucristo en pie, que sostenía
en su mano izquierda un libro cerrado por tres sellos y que apoyaba sus pies
sobre las cabezas de un dragón y un león, respectivamente. Le Beau Dieu de la
catedral.
-¿Tienes
idea de qué significa esto? -preguntó el ingeniero al ver su fotografía impresa
en la carta del restaurante.
-Vaya
por Dios -bufó Letizia divertida-. No será otro de tus exámenes, ¿verdad?
Sus
ojos claros le miraron con una dulzura que ya casi no recordaba. Las pecas de
su rostro rodearon graciosamente su sonrisa.
-En
realidad, se trata de un simbolismo muy ambiguo -respondió finalmente mientras
apuraba un té de menta-. Es una especie de «sello» que marca algunas de las
principales catedrales góticas de este periodo.
-¿Un
sello?
-Sí.
Es como el anagrama de la célebre frase de Cristo: «nadie entrará al Reino de
los Cielos si no es a través de mí», donde Jesús asume el papel de Puerta
Estelar.
-¿Puerta
Estelar? ¿Y estas figuras bajo sus pies? ¿Tienen algo que ver? -dijo Michel
señalando las figuras sobre las que se apoyaba la imagen.
-No,
no, claro -se excusó ella-. Por un lado esa imagen pretende representar el
triunfo de Cristo sobre las fuerzas del mal que tiene representadas bajo sus
talones. Pero, por otro, dado que en los otros dos pórticos de la catedral, el
Real y el Norte, se encuentran símbolos astronómicos inconfundibles, León y
Dragón podrían remitir a épocas astrológicas antiguas, vencidas por la nueva
revelación de Cristo.
-¿Y
qué épocas son esas?
-La
era de Leo discurrió hacia el 10.000 antes de Nuestra Era, y la del Dragón,
para los pueblos de Oriente, fue contemporánea más o menos a la del felino.
Michel
arqueó las cejas como sólo él podía hacerlo.
-¿Y
el libro que sostiene? -preguntó.
-Quizás
sea un ejemplar de la Biblia, quizás el Apocalipsis, en el que está inspirada
la escena superior.
-¿Quizás?
-jugueteó Michel-. ¿Y si es el Libro de los Muertos? Tú misma me dijiste que
los egipcios pudieron haber inspirado indirectamente los fundamentos del arte
gótico, ¿no?
-¿Dije
yo eso?
-Sí.
Fue cuando te expliqué que en Vézelay un curioso personaje me enseñó que el
tímpano exterior era una recreación exacta de una de las escenas más famosas
del Libro de los Muertos egipcio. El tomo que sostiene Cristo podría encerrar
aquí una especie de clave simbólica, algo así como el manual de instrucciones
para el tránsito al más allá desde este lugar.
-Hmmm...
-Letizia apuró su té-. En mi época de Universidad leí todo lo que cayó en mis
manos de un tal Rene Schwaller de Lubicz; escribía sobre simbología egipcia y
era muy bueno, aunque casi nadie le entendía. Venía a decir que los relieves de
los templos del Nilo no debían interpretarse escena por escena, o línea por
línea como hacían casi todos los egiptólogos, sino como si integraran un
conjunto armónico. Y es curioso, eso mismo acabas de hacer tú.
-¿Yo?
-¡Sí!
¿No te has dado cuenta? Has relacionado el libro que aparece en el parteluz con
la escena que se talló encima, y has «leído» ese grupo escultórico como si
fuera un todo. Es curioso, ¿sabes que empiezas a mirar las cosas como si fueras
un iniciado?
-Ya,
ya -Michel protestó-. Pero ¿tiene sentido lo que digo? Al fin y al cabo tú eres
la historiadora.
-No
lo sé. Pero deberías tener en cuenta esta paradoja: si la catedral de Chartres
fue construida, como dices, para guiar a alguien hacia el más allá, lo cierto
es que bajo sus losas no se enterró nunca a ningún obispo, ni rey, ni conde. ¡A
nadie! ¿Cómo iba a guiar a nadie al otro lado si no se enterró nunca a ninguna
persona en su suelo?
-Bueno,
por lo que he podido leer, en las pirámides tampoco se encontró nunca una sola
momia. Y según ese tal Charpentier, pirámides y catedrales fueron erigidas
siguiendo patrones matemáticos similares. La paradoja, pues, no es sólo
aplicable a este lugar.
-¡Vaya!
-sonrió Letizia, apartando un mechón de su rostro-. Veo que has progresado
mucho durante el tiempo que llevamos separados.
-¿A
qué te refieres?
-A
que has aprovechado los libros que quedaron en casa. En realidad, la idea de
que las pirámides no se construyeron como tumbas es de origen árabe. Los
primeros califas que se preocuparon de esos imponentes monumentos creyeron que
se trataba de templos dedicados a Isis en los que se iniciaba a los soberanos.
Y si, como te expliqué en Orléans, Isis fue adaptada en la Europa cristiana
como Nuestra Señora, las catedrales podrían tener una función similar en tanto
que templos dedicados al mismo servicio.
-Suena
coherente, pero entre egipcios y constructores de catedrales hubo muchas
civilizaciones. Griegos, romanos, árabes... ¿Cómo pudo transmitirse ese
conocimiento a lo largo de tantos siglos? ¿Y por qué no se construyeron obras
góticas mucho antes?
-Lo
que dices es cierto -admitió Letizia mientras cogía el bolso, pagaba el
almuerzo y tiraba de Michel hacia el otro lado de la catedral-. Pero deberías
tener en cuenta que ninguno de esos tránsitos fue brusco. Los griegos dominaron
Egipto durante tres siglos, bajo el dominio de Alejandro y sus generales, los
ptolomeos. Reformaron templos y construyeron nuevos lugares de culto sobre
enclaves donde en el pasado hubo otros; aprendieron jeroglíficos y asumieron en
poco tiempo el saber de los faraones. Luego los romanos convirtieron Egipto en
una de sus provincias y los primeros cristianos, los coptos, se establecieron
allá heredando aquel saber rescatado por los ptolomeos. Su propia Iglesia
terminaría persiguiéndolos duramente, tachándolos de herejes gnósticos y
condenando muchos de sus credos ancestrales.
-Algo
de eso dice Louis Charpentier en su libro. Asegura que entre la erección de las
pirámides, el Templo de Salomón y la catedral de Chartres mediaron dos mil años
cada vez, que viene a ser el tiempo de una Era astrológica. Naturalmente, eso
implica que cada uno de esos pueblos construyó sus templos con arreglo a la
posición de determinadas estrellas dominantes y para cubrir alguna necesidad
metafísica que hoy hemos olvidado.
-En
eso estoy de acuerdo. Los antiguos jamás hacían algo por mero gusto estético.
Todas sus acciones perseguían un fin práctico.
-¿Práctico?
-Sí.
Y no necesariamente algo material. Podrían haber levantado las pirámides por
ejemplo para guiar a sus difuntos hacia ciertas estrellas importantes dentro de
su mitología, ¿no?
-¡Pues
es una idea! -exclamó Michel. Por fin la conversación entraba en un terreno en
el que se sentía seguro-. Además, eso explicaría por qué pirámides y catedrales
tienen orientaciones tan diferentes. Letizia, intrigada, le dejó continuar.
-Hoy
los astrónomos saben que ninguna estrella permanece fija en el cielo. Se debe a
un particular movimiento terrestre al que llaman precesión.
-¿Precesión?
-Déjame
que te lo explique. La Tierra, como sabes, se mueve sobre su propio eje, y
también alrededor del Sol, dando pie a los días y las estaciones.
-Hasta
ahí lo entiendo.
-Ese
mismo movimiento hace que las estrellas que se ven en cada estación sobre el
horizonte varíen de posición, y que cada mes, más o menos, se vean nuevas
constelaciones. Ese ir y venir de estrellas dio pie a los signos zodiacales.
Sin embargo -prosiguió Michel- los antiguos descubrieron que nuestro planeta
efectuaba un movimiento irregular más, uno que hace que el eje longitudinal de
la Tierra bascule como si fuera una peonza, -haciendo que las estrellas no
estén nunca en el mismo lugar, de estación en estación. Ninguna estrella de
este verano estará en el mismo sitio el verano que viene. En realidad, aunque
te parezca extraño, se mueven a razón de un grado cada setenta y dos años,
ascendiendo y descendiendo sobre el horizonte en ciclos completos de veintiséis
mil años.
-Y
de eso tú deduces que...
-Como
cada dos mil años, las estrellas se mueven casi treinta grados, a los antiguos
les era necesario reajustar la orientación estelar de sus templos,
construyéndolos de nuevo en lugares diferentes. De esa forma podían seguir
imitando sus constelaciones sagradas sobre la Tierra.
Letizia
repasó en silencio aquella reflexión. Nunca en sus años de convivencia con
Michel le había explicado con aquella dedicación temas que a ella pudieran
interesarla. Astronomía, matemáticas, cartografía estelar... ninguno de los
asuntos en los que él andaba metido parecía que pudieran llegar a interesarla
algún día. Pero además, Michel tampoco mostró interés alguno por sus
inquietudes metafísicas o por sus lecturas sobre temas trascendentes.
Ahora,
de repente, sus pasiones convergían.
-Entonces,
según deduzco, tú crees que para entender por qué se construyeron las
catedrales, lo más sensato sería relacionarlas con su inmediato antecesor, que
fue el Templo de Salomón y sus reliquias... ¿no?
-¡Y
el Arca! -Michel mordisqueó las patillas de sus gafas con fruición-. ¿No fuiste
tú quien dijo que los templarios pudieron haber obtenido las claves del arte
gótico de ciertos documentos contenidos en el Arca?
Letizia,
divertida, asintió mientras llegaban ya al pórtico norte envuelto en las
sombras del atardecer. «¡Y además me escucha!», se dijo.
El
paseo a aquella hora discurrió impregnado de los mil y un perfumes que la
primavera arrancaba de los jardines decimonónicos anexos al doitre de Notre
Dame. Al llegar bajo las arcadas ojivales donde emergían los doce signos del
zodiaco, ella decidió apostar fuerte por Michel. No entraba en sus planes
orientar la conversación hacia donde pensaba llevarla, pero algo, allí debajo,
le hizo sentir que aquel era un buen momento.
-Veo
que la Biblia no fue nunca tu lectura favorita -dijo sin conceder demasiada
importancia al comentario.
-¿Por
qué dices eso?
-Porque
si leyeras con atención -remató-, te habrías dado cuenta de que Moisés escapó
con el pueblo elegido de Egipto, fue perseguido por Faraón y eludió su
represión gracias a que Yahvé sepultó sus tropas oportunamente en el mar Rojo.
Piensa, ¿qué pudo obligar a Faraón a perseguir a un grupo no demasiado grande
de proscritos con aquella fiereza?
Michel
no contestó. Letizia volvía a brillar con aquel magnetismo que le enamoró años
atrás. Apretó los dientes y la dejó continuar.
-Es
posible que Moisés «robara» algún secreto religioso y científico importante,
tal vez los míticos Libros esmeralda de Hermes, que después Moisés encerraría
en el Arca de la Alianza como si fueran mandamientos de su Dios. Por algo así,
ningún soberano hubiera escatimado esfuerzos en perseguir al ladrón.
-¿Hermes?
-¿De
qué te extrañas? Los maestros de obras medievales que levantaron estos muros
recordaban a menudo sus palabras a Asclepio, en las que desvelaba para qué
servían aquellos libros.
Michel
no pestañeó, dejando que Letizia rematara su extraño comentario.
-¿Ignoras
acaso que Egipto es la copia del cielo? -Y citó solemne-. «¿O, mejor dicho, el
lugar en el que se transfieren y proyectan aquí abajo todas las operaciones que
gobiernan y ponen en marcha las fuerzas celestes?»
-¡Te
lo sabes de memoria!
No
replicó. Sinuosa como una serpiente, subió las escaleras que se adentran bajo
el porche del pórtico norte, y girando sobre sus tobillos, nada más situarse
frente al parteluz con la efigie de Nuestra Señora, señaló una de las columnas
que sostienen el conjunto.
-¿La
ves? Es el Arca saliendo de Jerusalén.
El
ingeniero, abrumado por aquel insospechado alarde de erudición, abrió los ojos
como platos. Allí, en efecto, sobre dos capiteles de pequeño tamaño, reposaba
un relieve inconfundible: una caja alargada, cerrada con los mismos cerrojos
que el Libro de Cristo del pórtico sur, parecía estar desplazándose sobre un
carro. La escena siguiente, muy deteriorada, mostraba varios personajes
cubiertos por túnicas o mantos alrededor de la misma Arca, mostrando actitudes
de veneración o sumisión hacia el objeto. Y bajo ambas «viñetas», un ambiguo
texto en latín: Hic Amittitur Archa Cedens,
-¿Qué
significa? -preguntó Michel pasando las yemas de sus dedos por encima de la
inscripción.
-Algo
así como «Ahí va el Arca que has de entregar».
-¿Entregar?
¿A quién?
-Al
que lo merezca -respondió Letizia crípticamente-. Claro que siempre cabe la
posibilidad de que Cedens sea una corrupción de Foedeñs, «Alianza», en cuyo
caso la frase sería «Ahí va el Arca de la Alianza.
-¿Y
a quién representa esa escena?
-¿Cuál?
-la rubia señaló a los hombres con manto alrededor del cajón de los cerrojos-.
¿Ésta? Probablemente a los receptores del Arca y, por tanto, de los libros de
Hermes que viajaban en su interior. Unos libros que, si lees estos capiteles,
fueron custodiados por un receptor que no se especifica, nada más llegar aquí.
-¿Por
quién? ¿Por los templarios?
-Tú
lo has dicho.
El
último aserto de Letizia retumbó en los auriculares de Ricard fuerte y claro.
Al ver su gesto de sorpresa, el nubio, que horas antes había interceptado
aquella señal extraordinariamente nítida procedente de algún poderoso micrófono
instalado sobre Michel por alguien que no pertenecía a su equipo, se removió
inquieto en la parte de atrás del mono volumen.
-Hay
que actuar de inmediato -sentenció grave-. No sé quién diablos es esa mujer,
pero estoy seguro de que está a punto de revelarle al «pájaro» precisamente lo
que no queremos que averigüe.
-¿Cómo
puedes estar tan seguro, Gérard?
El
catalán le miró muy serio, dejando que las bobinas de la grabadora siguieran
registrando la conversación que estaba desarrollándose una manzana de casas más
allá.
-No
lo estoy -respondió-. Pero, después de escuchar lo que ha dicho, el padre
Rogelio aprobaría una acción preventiva inmediata.
-Lo
dices por lo de Hermes, ¿verdad?
-Sí.
Lo de Hermes.
Ricard,
sin mudar un ápice de gesto, no tuvo más remedio que asentir. La situación
estaba a punto de írseles de las manos por culpa de una desconocida. Tras girar
en su butaca basculante, el catalán le guiñó un ojo a Gloria para que
arrancara.
La
Renault Space, obediente, ronroneó un par de veces antes de enfilar el
perímetro del pequeño parque abierto frente a Notre Dame de Chartres y
aproximarse tímidamente hasta su pórtico norte. Una vez flanqueado el número
21, donde nacen las escaleras de acceso a una terraza elevada que da a una
tienda de Antiquités y a un salón de té (el Curiosités et Gourmandises), el
portón lateral del monovolumen retumbó frente al porche.
Nadie
les vio. A esa hora, hasta las tiendas de recuerdos y carretes fotográficos
estaban cerradas.
Sólo
Letizia y Michel observaron sorprendidos cómo un individuo atlético, de piel
negra pero rasgos occidentales, salvó los escalones que le separaban de ellos y
se colocó a su lado. Una Glock de nueve milímetros con silenciador resplandeció
en su mano derecha.
-No
te muevas -susurró.
El
negro, una mole de metro ochenta, clavó su mirada cetrina en la rubia, como si
aquélla fuera su objetivo. El ingeniero se estremeció.
-Esta
vez os habéis dado prisa -murmuró Letizia sin sobresaltarse.
-¿Os
conocéis?
-Sí,
Michel. Hace tiempo.
Mudo
de asombro, el ingeniero no volvió a articular palabra. «¿En qué diablos está
metida esta mujer?», barruntó. De repente, se temió lo peor: Marcel, su marido,
muerto de celos por su huida, había lanzado aquellos matones sobre ella. Pero
¿tan rápido?
El
nubio, ajeno a aquellas cabalas apresuradas, hizo un grueso aspaviento con el
arma. Señaló a la rubia el camino del furgón y paralizó con una mueca a Témoin.
Para su sorpresa, ella obedeció sin oponer resistencia.
Antes
de descender las escaleras aún acertó a despedirse.
-Busca
a Charpentier -dijo-. Y dile que me encuentre.
-¿Char...
pentier?
-La
Fundación.
Alguien,
desde dentro del vehículo, la arrastró a su interior, obligándola a interrumpir
su frase. El nubio entró después, y echando un vistazo a un Témoin más pálido
que las piedras del pórtico, se apiadó de él.
-No
vuelvas por aquí, o morirás -dijo.
Temblando
de miedo, Michel tanteó las piedras que había tras él hasta que logró apoyarse
en la columna del Archa. Su bigote, fuera de lugar, goteaba un sudor nervioso
que nunca antes había sentido.
La
Renault revolucionó el motor estruendosamente, y en cuestión de segundos se
perdió por donde había venido. Aquel rincón aislado del perímetro catedralicio
quedó entonces envuelto en un extraño silencio.
Michel
no pensó en la policía hasta mucho después.
CAMPOS ELÍSEOS
Un
hombre entrado en carnes, vestido impecablemente de gris perla, guillotinó su
tercer habano de la tarde mientras aguardaba la señal de su secretaria. Desde
su pared acristalada se veía buena parte de la Ciudad de la Luz. Era más
magnífica aún de lo que soñó Luis XIV cuando encargó a su paisajista que la
reformara de arriba abajo en 1667.
Todo
allí era historia pura. Las vistas desde el despacho de caoba del gordo daban
muy cerca del Arco del Triunfo de Napoleón. Un monumento que divide en dos la
enorme avenida que separa el impresionante Arche de la Défense del obelisco
egipcio de la Concorde y de la pirámide de cristal del Louvre.
Situado
bajo otra pirámide, esta vez de acero, el edificio desde donde el hombre del
habano dominaba París asemejaba una gigantesca aguja faraónica. En realidad,
edificios similares a ése se han levantado por todas partes en los últimos
años: en el 110 del Paseo de la Castellana de Madrid, en el corazón del barrio
neoyorquino de Manhattan, en Roma, Londres o Berlín. No importa dónde, lo
cierto es que, por paradójico que resulte, no existe hoy ningún centro de poder
del mundo sin su pirámide o su propio obelisco cerca. El Vaticano y la Casa
Blanca son sólo dos ejemplos de ello. Sus edificios, otro más.
El
gordo, relamiéndose de sus vistas, pensó en ello con aire triunfal. Algún
poderoso arquitecto, mago sin duda, había unido con seis kilómetros de línea
recta la avenida Charles de Gaulle, los Campos Elíseos, el Jardín de las
Tullerías, el Arco de Triunfo de Carrousel y el palacio del Louvre. Todo para
gloria de sus descendientes. Y a la vera de aquel trazado urbano perfecto, como
si de plantas ornamentales se tratase, crecían decenas de símbolos de poder
inventados treinta siglos antes de Cristo y colocados allí con una precisión
pasmosa.
-Señor
-tronó el interfono de repente-. La visita que esperaba acaba de llegar. ¿Le
digo que pase?
-Sí,
por favor -respondió satisfecho. En efecto, todo cuadraba.
La
puerta de su despacho chasqueó de inmediato. Un individuo delgado, de estatura
media, rostro afilado y barba no muy bien acicalada, entró al tiempo que se
ajustaba el nudo de su corbata. Llevaba bajo el brazo una carpeta llena de
papeles, descuidadamente anudados con una goma elástica. Parecía nervioso.
-Así
que usted es Jacques Monnerie -dijo el gordo, encendiendo su puro con un
mechero de oro y escondiendo la guillotina en el primer cajón de su escritorio.
-Encantado
de conocerle en persona al fin, señor Charpentier -respondió-. No sabe lo que
nuestra institución aprecia su generoso mecenazgo y su sensibilidad.
El
director del CNES tendió la mano a su anfitrión, pero no tardó en retirarla
avergonzado en cuanto se dio cuenta de que no iba a estrecharla con ninguna
otra. Charpentier, de rostro redondo y frente despejada, hizo un ademán para
que el ejecutivo tomara asiento.
-Toulouse
está a una buena distancia de aquí, ¿verdad?
-Oh,
sí, sí -Monnerie asintió nervioso.
-¿Ya
conoce usted París?
-Claro,
señor. Estudié aquí mi carrera. Aunque debo reconocer que ha crecido mucho
desde entonces. ¿Sabe? Terminé de estudiar en 1963 y después ya no me enteré ni
de lo de mayo del sesenta y ocho. Mi laboratorio en Toulouse se convirtió en mi
casa.
Meteorman
acarició su carpeta valorando en silencio si abordar a su mecenas de lleno con
cuestiones más importantes, o esperar a un momento más adecuado. Optó por la
prudencia. De hecho, ni siquiera se atrevió a sacar su cajetilla de cigarros.
El señor Charpentier, con aire distraído, continuó su intrascendente
interrogatorio ajeno a tanta explicación inútil.
-¿Y
ha visitado usted alguna vez la Bibliothéque Nationakl -preguntó-. Supongo que
sí, naturalmente. Pero ¿y su Cabinet des médaüksl
Monnerie
no abrió la boca.
-Pues
es una lástima. De veras que lo es. Por lo tanto, claro, nunca se habrá fijado
en una pieza como ésta, ¿no es cierto?
El
gordo alargó su mano redonda, de dedos enormes y cruzada de anillos de oro,
invitándole a tomar algo parecido a una moneda ovalada de poco más de cuatro
centímetros de diámetro. De una tonalidad vagamente rojiza, aquella medalla
-sin duda, de eso se trataba- presentaba en anverso y reverso algunas
inscripciones en latín y figuras ciertamente peculiares: una mujer con cabeza
de pájaro sosteniendo un espejo frente a un monarca sentado bajo palio, y otra
hembra desnuda en el lado opuesto, con un corazón y una especie de peine en
cada una de sus manos. Todo, dedujo Monnerie, salpicado de una abundante y
absurda simbología astrológica.
-Jamás
he visto nada parecido -el ingeniero acarició aquel pedazo de metal con gesto
de sorpresa-. ¿Qué es? ¿Uno de esos cachivaches que venden las tarotistas junto
al Sena?
Charpentier
le miró severo.
-Es
un amuleto que tiene más de cuatrocientos años, señor Monnerie. Nada de
quincallería. Su valor histórico es incalculable aunque, por supuesto, lo que
usted tiene en las manos es sólo una excelente réplica de la original. (1) ¿Y
sabe lo mejor? Los expertos han confirmado que perteneció a la reina Catalina
de Mediéis y que muy probablemente fue acuñada por el mismísimo Michel de
Notredame, famoso médico y adivino por aquellas fechas, más conocido como
Nostradamus.
1.
La medalla original, en efecto, se encuentra en el Gabinete de las Medallas de
la Biblioteca Nacional de París, etiquetada con el número 3 del grupo de
«medallas talismámcas» de la colección. Es de bronce ro]o con aleación de cobre
y cinc, y partículas de antimonio y plata.
-¿Nostradamus?
¿No creerá usted en profecías y cosas de ese tipo? Después de que anunciara el
fin del mundo para el 11 de agosto de 1999 yo no...
-¿Creer?
-el gordo dio una honda calada a su puro, antes de interrumpir al ingeniero-.
Esa palabra no figura en mi diccionario, señor Monnerie.
-¿Y
entonces?
-Le
enseño esto para que «sepa», no para que «crea» -Charpentier enfatizó
abusivamente los verbos, invitándole sutilmente a hacer una segunda lectura de
ellos-. Si usted se hubiera fijado bien, habría observado que las figuras que
aparecen en el anverso de la medalla son mapas de constelaciones. Ahí está la
«W» de Casiopea, el rombo de Virgo, los símbolos alquímicos de Venus y
Mercurio. Supongo que así, a simple vista, sus posiciones relativas no le dirán
tampoco nada, ¿verdad?
Jacques
Monnerie se ajustó unas escuetas lentes para la vista cansada y volvió a mirar
con atención la medallita. Esta vez trató de adelantarse a la explicación de su
anfitrión. Aunque lo suyo, ciertamente, no era la historia, en ese momento nada
le habría gustado más que estar a la altura de su mecenas. Pero seguirle el
juego era harto difícil.
-Le
ayudaré -sonrió maliciosamente monsieur Charpentier-: imagine que la mujer
desnuda es la Tierra, la diosa Gaia de los griegos, y que su cabeza indica el
norte geográfico. Desde esa perspectiva, al oeste se encuentran Casiopea y la
Cruz del Sur, al este Virgo y Venus muy cerca del cénit. Se trata, pues, de un
mapa estelar, señor Monnerie. Un mapa del que podemos deducir una fecha.
-¿Un
mapa? ¿No cree que eso es aventurar demasiado?
Una
nube de humo blanco envolvió el rostro de Meteorman, que la inhaló sin
inmutarse.
-En
absoluto, señor Monnerie. Los talismanes se construían con el propósito de
capturar el spiritus de lo superior en elementos del mundo inferior. Por lo
tanto, esa medalla es un «mapa» tosco, que carece de la precisión que hoy
exigiríamos a un astrónomo, pero que es lo suficientemente orientativo como
para deducir que está indicándonos una fecha aproximada.
-¿Una
fecha? -el ingeniero no salía de su asombro. O aquel hombre podrido de millones
no tenía ni idea de astronomía, o le estaba tomando el pelo.
-Así
es. Una fecha que corresponde, curiosamente, con la posición aproximada que
tienen las estrellas y planetas de la medalla en estos meses. ¿No le parece
extraordinario? ¡En estos meses! Los enemigos de Catalina y de Francia,
especialmente los ingleses, hicieron correr en el siglo diecisiete libelos
sobre este amuleto, afirmando que era una obra hecha por una adoradora de
Satán. Los nombres de los ángeles caídos impresos en ella, como Anael o
Asmodei, parecían darles la razón, pero en realidad todo es pura astronomía.
Hasta la dama del reverso parece una alusión clara a Virgo.
-Supongo
que me ha hecho venir para que confirme su tesis, ¿no es así?
-En
absoluto. Vuelve usted a equivocarse -el gesto de Charpentier se torció jocoso,
como si disfrutara acribillando a aquella mente racionalista-. Le he hecho
venir porque deseo ayudarle a resolver su problema. Si le cuento lo del amuleto
es para que tenga algunos elementos de juicio más antes de actuar.
El
gordo, con los ojos abiertos como platos, se levantó de su escritorio,
perdiendo su vista hacia una de las ventanas que daban a la plaza de la
Concordia. Allí, al fondo, el orgulloso obelisco regalado por Mehmet Alí a los
franceses y «robado» de la fachada principal del templo egipcio de Luxor,
brillaba bajo su capuchón dorado.
-¿Ya
sabe entonces lo de las fotos del satélite? -susurró Jacques Monnerie
quitándose las lentes de aumento.
-Desde
la primera órbita.
-¿Y?
-No
me sorprendió en absoluto. Estaba profetizado en esa medallita que usted parece
no querer leer. Debí suponerlo, le falta formación hermética, como a todos.
-Formación
¿qué?
-Her-mé-ti-ca
-silabeó-. Por ejemplo, hasta hoy usted ignoraba que los talismanes son un
viejo invento egipcio para atraer sobre la Tierra las fuerzas de los cielos. No
son lo que hoy todos suponen al oír esa palabra: simples chismes para
granjearse la buena suerte. ¡Nada de eso! Se trata de reclamos entre este mundo
y el de arriba, que se «activan» sólo en momentos importantes y que Hermes,
nombre griego del dios Toth de los egipcios, enseñó a fabricar a los hombres.
-No
me negará que aun admitiendo esa hipótesis, tiene usted una gran laguna
histórica entre Hermes y Catalina de Mediéis. Por lo menos -barruntó
provocativamente- veinticinco siglos.
-Si
no más, en efecto. Lo que usted ignora es que un ilustre antepasado de
Catalina, el célebre comerciante florentino Cósimo de Médicis, adquirió un
ejemplar del Corpus Herméticum, una versión parcial de los hoy perdidos Libros
de Hermes, y lo mandó traducir al latín a Marsilio Ficino hacia 1460. De ahí,
la familia conservó el secreto para la fabricación de talismanes y lo traspasó
a hombres sabios como Nostradamus. Tras él los hubo que acuñaron talismanes
pequeños como el de Catalina, y gigantescos, como París.
-¿Como...
París?
Meteorman
miró instintivamente hacia fuera, tratando de descubrir más allá de los
cristales tintados algún detalle de la ciudad que se le hubiera escapado hasta
ese momento. El tráfico de los Campos Elíseos era intenso a aquella hora.
-¿Cómo?
¿Tampoco se fijó? La Voie Inomphale que pasa por aquí delante atraviesa a su
paso varios símbolos egipcios indiscutibles: pirámides, obeliscos, fuentes con
esfinges... ¡Amuletos todos! Napoleón, obsesionado con Egipto después de su
campaña militar, fue iniciado en la masonería y militó en una logia llamada,
precisamente, del «Hermes egipcio», a la que se afiliaron también su padre y su
hermano José. ¿Se lo imagina? Napoleón quiso convertir su capital en un
gigantesco talismán protector para su proyecto político. Lo que no sabía
entonces es que otros antes que él y su logia, habían construido su propio
amuleto siguiendo instrucciones herméticas llegadas desde Jerusalén y Egipto.
-¿Otros?
No sé adonde...
-Escúcheme,
por favor -le atajó Charpentier-. Esos otros fueron los templarios. Los Médici,
desde Florencia, supieron de sus actividades para construir un supertalismán en
Francia en el siglo trece, cuando el proyecto estaba ya plenamente en marcha, y
les guardaron el secreto hasta los tiempos de la reina Catalina y del papa
Clemente VII(1) Y ese supertalismán templario, señor Monnerie, tenía forma de
constelación de Virgo, ocupaba cientos de hectáreas de terreno y sus extremos
fueron marcados por catedrales.
1.
Otro miembro de la familia Media, por cierto.
-¡Catedrales!
Monnerie
saltó de su asiento aferrándose a los reposabrazos. Sin decir nada más, comenzó
a deshacer nerviosamente el hatillo de papeles que apretaba bajo sus manos.
Aunque torpe, el ingeniero empezaba a hilar ciertas cosas.
-Eso
es precisamente lo que no hemos sido capaces de fotografiar con el ERS, señor
-murmuró-. ¡Catedrales!
El
hombre del habano no se inmutó en absoluto por aquella revelación.
-Lo
sé -dijo, aspirando una nueva bocanada de su aromático puro-. Contraté los
servicios del ERS para asegurarme de que la profecía contenida en la medalla
era cierta, que el supertalismán existía tal como suponíamos, y que se
activaría en estas fechas. Las fotos de su satélite me dieron la razón. Ahora
estoy seguro de que el talismán comenzó a funcionar hace unos días bajo la
configuración estelar que previeron sus constructores. Lo que no esperaba es
que comenzara a irradiar una señal magnética.
Con
cara de poker, el ingeniero trató de ordenar sus ideas.
-Entonces,
si usted ya tiene claro este galimatías, ¿cuál es mi problema?
-Su
problema, señor Monnerie, no son las fotografías. -En realidad, su trabajo
técnico ha sido un completo éxito. Su problema -repitió- reside en las
actividades no controladas de uno de sus empleados, Michel Témoin. Como sabe,
su jefe de proyecto dejó su puesto de trabajo después de que usted ordenara una
investigación que determinara sus responsabilidades en el «fallo» del ERS. Él,
abrumado, se decidió a investigar las anomalías de las fotos por su cuenta para
demostrarle su inocencia.
-¡Témoin!
No puedo creer que Témoin...
-Eso
no es todo. Monsieur Témoin intuyó acertadamente cuál era la vía de
investigación a seguir para descifrar la naturaleza de las emisiones captadas
por el ERS, y marchó hacia Vézelay, donde inició sus pesquisas. Tratando de
demostrarle a usted que debía existir alguna anomalía energética que
justificara lo detectado por el ERS, sin querer ha puesto sobre la pista de un
viejo secreto a poderosos enemigos nuestros.
-Entonces,
no es un problema mío, sino suyo.
-Mire
usted -le atajó Charpentier-, si no es capaz de apartar de su investigación a
su hombre y nuestros adversarios acceden a información que no deben por culpa
suya, el último perjudicado de esta cadena será usted y el laboratorio que
dirige. ¿Lo ha comprendido?
-Perfectamente.
El
cerebro de Jacques Monnerie, saturado de información, trató de ordenar
precipitadamente toda aquella avalancha de datos y exigencias. Mientras recogía
las imágenes digitales del ERS, calibró la situación: si lo que Témoin buscaba
estaba en los templos fotografiados por su satélite, quedaba claro que el
ingeniero iba tras la pista de alguna fuente de energía poderosa que otros
codiciaban. Un «emisor» que, por lo que deducía de lo dicho por el señor
Charpentier, estaba sujeto a una especie de temporizador programado desde hace
siglos. Una fuente de energía, en suma, que querían sólo para ellos los
directivos de la Fundación que sostenía su estatus financiero.
-Corríjame
si me equivoco, señor Charpentier -prosiguió el ingeniero-, pero lo que sus
adversarios quieren es aprovecharse de la investigación de Témoin para alcanzar
algo que sirve para activar todos esos talismanes de los que me habla.
-Así
es.
-¿Y
por qué no investigan directamente?
-Es
una larga historia, pero digamos que se trata de un grupo de gente a los que no
les está permitido intervenir directamente en la Historia desde hace siglos.
-¿Tiene
eso que ver con la «fuente» energética de los talismanes?
-Mucho.
-¿Y
qué es esa «fuente»?
Monsieur
Charpentier hinchó de aire sus pulmones antes de responder.
-Estoy
obligado a contestar sus preguntas... así que se lo diré. Se trata del Arca de
la Alianza.
Monnerie
abrió los ojos como platos.
-¿Y
sus adversarios?
-Ángeles,
señor mío. Ángeles caídos. Aunque usted no tenga fe en ello, se ha metido en
una lucha que lleva milenios en marcha.(1)
1.
Más información sobre este combate milenario en otra obra de Javier Sierra, La
dama azul, pp. 265-270.
El
ingeniero se irritó.
-¡Vamos!
No soy creyente, ¿sabe?
-No
quiero ser brusco con usted -se apresuró a suavizar su discurso el señor
Charpentier-. Pero debo ponerle al corriente, lo crea o no, de que el trabajo
de la organización que presido no está exento de muy serios adversarios. De
hecho, llevamos años tratando de proteger discretamente todos los «talismanes»
gigantes que hemos localizado en Europa, y esos enemigos, para minar nuestra
labor, se están sirviendo de Témoin para sus propósitos.
-¿Adversarios?
Yo creía que la suya era una Fundación filantrópica.
-Y
lo es. Esos enemigos, se lo diré por última vez, no son competidores
comerciales. Sé que le suena raro, pero representan la facción diabólica dentro
de todo este asunto. Si hasta ahora usted pensaba que los diablos eran seres
con cuernos, de piel roja y rabo puntiagudo, se equivoca. Como los ángeles, son
personas de carne y hueso, sólo que vienen de otro lugar.
-¿De
otro lugar? ¿Quiere decir extraterrestres? ¡Por favor!
-No.
No quiero decir extraterrestres, ni astronautas de otro planeta, ni nada
parecido. Llegan aquí por otras vías, por otras, llamémoslas así, Puertas. Y
harán lo que sea por sacarnos de este proyecto y hacerse con el control de los
talismanes.
-¿Qué
es eso de «harán lo que sea»?
-Lo
que sea. De hecho, acaban de secuestrar a nuestra mejor agente, en quien
confiábamos para que detuviera a su ingeniero: la ex mujer de Michel Témoin.
¿Comprende ahora por qué me urgía reunirme con usted?
Meteorman
se sobresaltó. De todo lo que le había dicho su financiero, aquello era lo
único verdaderamente grave. Conocía a Letizia bastante bien. Lo suficiente para
saber que lo más raro en lo que había estado aquella mujer en toda su vida era
en una especie de logia masónica femenina bastante insípida a la que acudía
religiosamente una vez por semana. Recordaba a Letizia como una mujer
inteligente y tranquila. Ideal para aplacar una personalidad ciclotímica como
la de Témoin. Pensar que podía estar en manos de un grupo de chiflados, de una
secta satánica -qué otra cosa podía ser, a tenor de lo dicho por Charpentier-,
le aterrorizaba.
Jacques
Monnerie, nervioso, comenzó a atar cabos.
-Dígame
una cosa, ¿es usted masón, señor Charpentier? -preguntó a bocajarro.
-Puede
decirse que algo así. Tuve antepasados alhamíes trabajando en las catedrales. Y
eso, literalmente, es un masón, ¿no es cierto?
-Lo
que no termino de entender -le atajó grave-, es por qué me pone usted al
corriente de todo esto. ¿Qué espera que haga?
-Quiero
que viaje urgentemente a Amiens, que es a donde sabemos que se dirige Michel
Témoin en estos momentos. Debe ganarse su confianza, contarle lo que sabe, y
cancelar su investigación. Es fácil, ¿no?
-¿Sólo
eso?
-Retirándolo
de la escena, nuestros adversarios perderán la principal guía que tienen ahora
para descubrir el emplazamiento de la fuente de los supertalismanes, y su
secreto permanecerá a salvo mucho tiempo más.
-¿Y
no va a avisar a la policía?
-Témoin
ya ha alertado a la gendarmería de Chartres sobre lo ocurrido, pero no creo que
sepan muy bien qué hacer con este caso. Nosotros nos ocuparemos de rescatar a
Letizia.
-¿Cómo
puede estar tan seguro?
-Ella
lleva encima un micrófono con un localizador. No se preocupe. Es cosa nuestra.
Charpentier
giró sobre sus talones y tomó un libro de la estantería de caoba que tenía
detrás de su escritorio. Era un volumen de tamaño medio, encuadernado en
rústica, que acarició con dulzura, como si aquel tomo pudiera hacerle olvidar
sus preocupaciones.
-¿Lee
usted español? -dijo, desempolvándolo.
-Algo.
He veraneado desde niño en la Costa Brava, y allí aprendí algunas nociones
básicas.
-Entonces,
léase esto por el camino. Un coche de la Fundación le llevará ahora mismo hasta
Amiens. Encuentre a Témoin y sáquele de allí.
Meteorman
tomó el libro entre sus manos, y sin siquiera mirarlo, formuló su última duda a
monsieur Charpentier.
-¿Y
la medalla? ¿Dice algo más de por qué se activa ese superamuleto de las
catedrales? ¿Y qué clase de «cosa» es lo que lo activa?
El
gordo le miró de reojo.
-Lamento
no poder responderle a eso. Comprenda que no le diga nada más hasta no estar
seguros de que su empleado ha abandonado totalmente su investigación.
Jacques
Monnerie bajó la mirada en señal de asentimiento, echando un vistazo fugaz a la
portada del libro que tenía en sus manos. El dibujo de un mago de barbas largas
sosteniendo un papiro con su mano derecha y una pluma con la izquierda,
coronaba el título del volumen: Picatix. El fin del sabio y el mejor de los dos
medios para avanzar.
-¡A
saber! -refunfuñó para sus adentros.
-Léalo
-insistió el gordo-. Marsilio Ficino se inspiró en él y en el Corpus Herméticum
para componer su tratado sobre talismanes de vita coditus comparanda. ¿Sabe lo
que significa?
-Ni
idea.
-«Sobre
cómo apresar la vida de las estrellas».
CLAVIS(1)
1129
1
Del latín, «llave».
Dos
días tardó Jean de Avallon en recuperar el habla y la vista. Su repentina
reaparición frente a un pequeño grupo de testigos en el ábside de la iglesia de
Notre Dame de Chartres había despertado toda suerte de rumores en la comarca.
Lo poco que se sabía de cierto era que el caballero había caído detrás del
altar mayor como si fuera un pedrisco en noche de tormenta; nadie vio
exactamente cómo fue, pero todos notaron el golpe.
En
aquellos días no había un solo siervo del conde que no envidiara la
privilegiada situación del abad de Claraval. A fin de cuentas, fueron
caballeros al servicio de este monje quienes lo vieron todo con sus propios
ojos y quienes le rindieron las cuentas oportunas.
El
pueblo estaba en lo cierto. Aquellos templarios, en efecto, dieron detalle al
abad de Claraval de cómo el cuerpo de su compañero fue vomitado por una bestia
del Averno. Un ente invisible que debió descubrir entre sus muelas la mala
carne de un cristiano piadoso. Y otro tanto, sin duda, explicaron de sus dos
acompañantes, sobre los que también comenzaron a circular toda suerte de
apuestas, a cada cual más absurda.
Bernardo,
que era un religioso prudente y observador, estaba extrañado por tanto suceso
extraordinario en un mismo lugar. Por ello, sin dilatarlo más de la cuenta, se
apresuró a visitar de inmediato a Jean y a su escudero. E hizo bien. De hecho,
a Felipe sólo tuvo ocasión de administrarle la extremaunción la misma noche de
su regreso, y ordenar el inmediato entierro de sus restos mortales. Su cuerpo,
débil y tullido, había aparecido literalmente cubierto de llagas; apenas
conservaba sus cabellos y los que le quedaban presentaban un aspecto frágil y
blancuzco. Felipe mostraba, además, los labios y las puntas de los dedos muy
amoratadas, tal como las tendría un reo después de ser penosamente torturado.
Le aquejaba, pues, una especie de lepra que no le permitía respirar bien y que
había atrofiado definitivamente sus piernas.
Nunca
llegó a hablar. Ni siquiera a abrir los ojos. Y así, cuando finalmente expiró
abrazado aún a la espada de su señor, todos pensaron que Dios se había apiadado
de él y le había querido evitar sufrimientos mayores al despertar. Aquel
diabólico mal parecía no tener remedio.
El
abad, compungido, visitó también en su celda al prisionero hecho por los
templarios en la misma Notre Dame. A los guerreros les pareció sospechoso verle
allí, de pie, presenciando el milagroso retorno de Jean de Avallon, sin
inmutarse siquiera o caer de hinojos frente al milagro. Era como si un espíritu
burlón se hubiera apoderado de la personalidad de aquel desdichado y le hubiera
arrastrado hasta la iglesia sólo para meterle en problemas. Más tarde, repuesto
de su estado, el prisionero aseguró llamarse Rodrigo, ser de origen aragonés y,
tras un par de implacables interrogatorios a manos del gigante Saint Omer,
admitió incluso haber trabajado como mercenario del obispo de Orléans para
seguir de cerca la caravana templaria llegada de Tierra Santa.
Fue
toda una sorpresa.
Bernardo
dialogó con él durante una hora. Pidió que le quitaran los grilletes y le
dieran de comer. Y así, sentado ante su cuenco de carne hervida, escuchó a
aquel monje piadoso que trataba de insuflarle confianza asegurándole que todos
sus pecados le serían perdonados si le entregaba la verdad de su estancia allá.
Poco
pudo sacar Bernardo de la garganta de aquel extranjero. Peregrino compostelano,
prófugo del señor de Monzón y aventurero por naturaleza, aquel hombre confesó
haber hurgado en el contenido de los carros sin entender demasiado el valor de
tanta tablilla grabada.
-¿Le
hablasteis de esas Tablas al obispo de Orléans? -preguntó el abad.
-Sí.
Le hablé.
-¿Y
qué os dijo?
-Nada
que recuerde.
-¿Y
no dispuso nada más para vos?
-Sí.
Me pidió que no las perdiera de vista.
Por
último, aquella misma jornada el monje blanco fue conducido a una pequeña
vivienda situada tres callejuelas más allá de la iglesia. En ella, una familia
local había dado generoso cobijo al tercero de los «reaparecidos» en Chartres.
Todos los que le vieron antes que él, le aseguraron que se trataba de un
personaje de lo más peculiar. Vestía un camisón muy desgastado y sus maneras
eran ciertamente singulares. Hasta dijeron que podía hablar tantos idiomas que
era capaz de hacerse entender incluso con los árboles del huerto familiar.
A
última hora Bernardo llegó a la casa de Christian, el herrero, acompañado de
dos monjes más. Su esposa y sus dos hijos habían terminado en ese momento de
cenar, y el huésped se había retirado ya a su alcoba para, según dijo,
concentrarse en sus oraciones.
La
mujer de Christian, una bretona de caderas anchas y amplia sonrisa, les explicó
que el anciano se había recuperado muy rápidamente de su viaje, pero se quejó
de sus modales un tanto taciturnos y de su escasa locuacidad. Como el resto de
Chartres, la familia del herrero ardía en deseos de saber qué había sucedido
exactamente en la iglesia de Notre Dame. Tenía, por fuerza, que ser un
milagro... pero ¿cuál? El anciano no lo dijo.
Después
de pasar al interior de la vivienda, y dejar atrás la forja, Bernardo bendijo a
la familia y pidió que le dejaran a solas con el extranjero. Christian
obedeció. Y así, tras cerciorarse de qué estancia de la casa hacía las veces de
celda y dormitorio del visitante, se dirigió hacia ella rogando a sus monjes
que no les importunaran.
La
habitación -si es que así podía llamarse- era un anexo de las cuadras, cerrado
con un improvisado muro de tablas y despejado para dejar hueco al camastro de
paja y la improvisada mesa en la que reposaban varios frascos cuidadosamente
etiquetados.
Con
la luz de una vela gruesa, sin duda lo que quedaba de alguno de los grandes
cirios de la iglesia de San Leopoldo, un anciano de larga cabellera leía un
libro grueso y sucio.
Bernardo
conocía aquellas pelambreras.
-¿Gluk?
-se le hizo un nudo en la garganta-. ¿Sois vos, maestro?
La
voz de Bernardo quebró el silencio que envolvía el lugar. El anciano, tieso
como una vara, levantó la vista del manuscrito que sostenía y buscó
tranquilamente en la penumbra la silueta blanca del abad. También él, aunque no
lo expresara, parecía haberle reconocido.
-¡Ah,
Bernardo! -tronó al fin-. Debí suponer que estabais aquí.
El
monje tendió sus manos para ayudar a levantarse al druida, y se fundió en un
largo abrazo con él. Al apretarlo contra su cuerpo, Bernardo notó lo escuálido
que estaba.
-Gluk,
magister, ¿qué es lo que hacéis aquí? Nunca pensé que os vería en momento tan
oportuno.
-Y
bien que lo decís, De la Fontaine -sonrió-. El Enemigo ha pretendido hacerse
con el control de este lugar santo para apropiarse de lo que habéis traído
hasta aquí.
-¿Vos
ya sabíais que...?
-Vamos,
Bernardo. En la cripta abrí la Puerta para vuestro centinela, el caballero De
Avallon. En cuanto le vi, supe que las Tablas no debían de andar lejos de aquí,
porque el Umbral se abrió con facilidad. ¿Acaso no fue este caballero el
elegido en Jerusalén para localizar las Puertas y sellarlas después junto a las
Tablas? ¿No fue él el señalado por la Providencia para dejar descansar estos
lugares e impedir que caigan en manos impuras?
El
abad asintió.
-Sin
embargo, Gluk, temo perder tan preciosa carga antes de cumplir con mi trabajo.
-Lo
decís por la muerte del maestro Blanchefort, ¿verdad?
-Y
porque hemos capturado a un espía del obispo de Orléans que, al parecer, ha
estado siguiendo a nuestra caravana durante su último trayecto, desde Troyes
hasta aquí.
El
druida vio que el rostro sereno del monje blanco se enturbiaba.
-Pero,
Bernardo, ¿de qué os han servido mis lecciones? ¿Habéis olvidado ya que la
calma de espíritu es imprescindible para vuestra lucha contra el Mal? Si la
inquietud os vence, habréis perdido la batalla. Y además, nadie puede abrir las
Puertas de Nuestra Señora si no posee la llave. Y nadie puede utilizar esa
llave si no posee el libro de instrucciones adecuado para ello.
-¿Libro
de instrucciones?
Instintivamente,
el cisterciense echó un nuevo vistazo al libro que leía el druida.
-¡Mi
buen Bernardo! ¿Habéis olvidado los años en los que trazamos este plan para
vos? ¿Tampoco recordáis las sesiones de aleccionamiento en los bosques cercanos
a Claraval, donde os mostramos los símbolos mágicos que representaban las
Puertas?
-Recuerdo
el laberinto. Metáfora del camino interior y de la peregrinación a las Puertas
Santas de Jerusalén, Roma y Santiago... Recuerdo la escalera. Alegoría que
disfraza el viaje de Jacob a los cielos y el acceso al conocimiento sagrado.
Recuerdo...
-No
habéis olvidado nada -dijo el druida.
-No.
-Entonces,
mi viaje ha sido oportuno. Después de que habléis con Jean de Avallon, podréis
usar esto como vuestro manual para girar la llave. Será el inicio de un período
glorioso en el que vuestras obras crecerán como agujas hacia el firmamento,
atrayendo sobre vuestros fieles la bendición de las luminarias celestes. Y en
ellas incluiréis los símbolos que os fueron enseñados para que otros sepan
leerlos llegado el momento oportuno.
Gluk
tendió a Bernardo aquel raído volumen escrito en latín, que tomó cuidadosamente
entre las manos. Estaba toscamente encuadernado, y la mugre de sus páginas
había ennegrecido los bordes exteriores de cada cuartilla.
Sin
terminar de soltarlo, el druida explicó a Bernardo que aquel texto había sido
originalmente escrito en árabe por sabios de Harrán, la ciudad a la que se
dirigía Jacob cuando tuvo su visión de la Scala Dei. Después, un sabeo -uno de
aquellos habitantes iluminados de Harrán- se llevó una copia a la magnífica
biblioteca de Córdoba, desde donde, tras la conquista, llegó a manos de los
precursores de la Escuela de Traductores de Alfonso X en Toledo. Allí fue
volcado finalmente al latín, «y de sus depósitos lo tomé yo», dijo.
El
libro, crípticamente titulado El fin del sabio y el mejor de los dos medios
para avanzar, estaba dividido en cuatro tratados que explicaban
pormenorizadamente la ciencia de las estrellas. «Estudia sobre todo la cuarta
de sus partes, en especial el capítulo dedicado a Hermes y a la fundación que
hace de una ciudad idéntica a la Jerusalén Celestial del Apocalipsis -le
advirtió-, y después usa su sabiduría para establecer el lugar donde levantarás
tu Puerta y las proporciones que darás a tu obra para protegerla.»
-Blanchefort
conocía las proporciones, maestro -se lamentó el abad.
-Pero
no tenía aún ni las Tablas ni el conocimiento para usarlas -le atajó Gluk-. Tú
y los tuyos, sí.
-¿Y
quién mató al magister comiciani?
-Eso
os lo desvelará también el caballero Jean, pues a esas revelaciones y a muchas
otras accedió cuando fue ascendido al mismo cielo que los profetas Enoc o
Ezequiel.
-Comprendo.
Bernardo
de Claraval no volvió a ver más a Gluk. Después de recibir de sus manos el
libro que durante tantos años había protegido, el abad estaba seguro de que el
druida había dado por finalizada su tarea vital. Los sabios de los bosques eran
así: impredecibles y sorprendentes. Gluk moriría en soledad, tal corno él había
elegido, y sus herederos -entre los que se encontraba el propio Bernardo-
continuarían más o menos abiertamente con su misión: la de lograr establecer un
vínculo definitivo entre la Tierra y el Cielo.
Por
lo que había insinuado Gluk, Jean de Avallon era la última pieza antes de poner
en marcha ese objetivo. Pero el templario, visiblemente avejentado, se
recuperaba aún en la casa de huéspedes que les cediera el obispo Bertrand.
-No
sé si sobrevivirá -se lamentó el abad-. Acabamos de enterrar a su escudero.
-Se
recuperará. Ya lo veréis.
El
augurio del druida le dio ánimos. Rodeado de toallas húmedas y palanganas de
agua caliente, el guerrero todavía dejó pasar unos días antes de comenzar a
narrar parte de su historia.
-Padre
-murmuró al fin a primera hora de la mañana de San Julián-, ya sé que soy la
llave que abrirá la Puerta.
La
revelación le extasió. Bernardo no se despegó del templario en toda la jornada,
atendiéndole en persona y animándole a vaciar el alma en sus manos.
-Vos
aceptasteis ser esa llave ya en Jerusalén, hermano Jean. Lo que os ha sucedido
después es fruto del plan que Dios preparó para un hombre de vuestro valor. No
debéis temer nada.
-Mi
señor abad -continuó-, en mi viaje al otro lado de la Puerta vi cielos e
infierno. Un ángel al que no pude ver nunca el rostro me guió a través de las
esferas celestiales, y gracias a él admiré las partes en las que está dividido
el Universo. Volé hasta Jerusalén, siguiendo la ruta del Profeta de los
infieles, y vi cómo una puerta al Averno se abría justo debajo de la Ciudad
Santa. También allí admiré otro umbral por el que se accedía directamente hasta
el trono de Dios.
-Proseguid.
-El
ángel invisible, con infinita paciencia, me mostró asimismo cómo debemos
construir nuestros templos a imagen y semejanza del Cuerpo Celeste de Nuestra
Señora y cómo éstos, unidos por la misma corriente que ata a unas estrellas con
otras, harán que podamos ascender a los cielos y hablar con los ángeles sin
necesidad de desencarnar.
-¿Visteis
todo eso con vuestros propios ojos?
-Y
más aún, mi señor. Aquella criatura de voz poderosa me mostró muchas cosas que
están todavía por venir. Como si fuera en sueños, admiré lo que vendrá en el
año mil que sigue al año mil, las calamidades que asolarán nuestra tierra y los
peligros que rondarán a nuestra fe. Aún más, me fue mostrado también el año mil
que seguirá a este último y los prodigios que en aquél se obrarán. Pero, sobre
todo, padre, me apercibí de qué encargo divino es el que debemos acometer en un
lugar tan santo como éste.
-Decidme.
Vos habéis visto, no yo.
-En
la tierra de Chartres debemos proteger sólo aquellas Tablas que tengan que ver
con la agricultura. Las seleccionaremos del santo cargamento con cuidado y
dedicación, prestando especial atención a los motivos impresos en su superficie
esmeralda. Son las Tablas de saber infinito que hablan de cómo Nuestro Señor
creó todos los vegetales y formas de vida del mundo. Éste será, pues, el templo
de la Espiga y se unirá a la Estrella de la espiga de Virgo, su perla más
brillante.
-¿Qué
más debemos hacer?
-Las
que tengan relación con la música y el poder del canto se custodiarán en
Amiens, donde levantaremos la más grande iglesia que vieran los tiempos. A fin
de cuentas, la música es la Palabra de Dios en estado puro, el Verbo del que
habla el primer capítulo del Génesis. Y lo mismo se hará con las Tablas que
describen los movimientos del Sol, que se llevarán hasta Évreux. La sabiduría
deberá repartirse, para que la misteriosa fuerza que encierran estos libros de
piedra teja una red que proteja a los fieles y bendiga nuestro reino.
-¿Te
mostró el ángel si viviremos lo suficiente para terminar nuestra obra, Jean?
El
caballero, aunque postrado, regaló al abad un gesto de solemnidad que nunca
antes había visto dibujado en aquel rostro anguloso.
-No
-dijo muy sereno-. Ni siquiera llegaremos a ver colocar la primera piedra de
esta Gran Obra, padre. Pero hemos de disponer a los nuestros para que cumplan
con su sagrado deber. Sólo los iniciados comprenderán lo que hemos hecho con
las Tablas y las rescatarán a su debido tiempo.
-¿Y
los charpentiers?
-Los
charpentiers, maestro, nos vigilarán de cerca. Descuidad. Gluk, el último de
ellos al que habéis visto, dejará una larga descendencia y su estirpe se
perpetuará hasta el final de los tiempos.
Bemardo
se arrodilló junto al lecho del caballero, dando gracias a Dios por todas
aquellas revelaciones. En realidad, su gratitud no estaba motivada tan sólo por
las palabras del templario, sino porque ahora comprendía que había llegado al
final del camino: tenía la llave (Jean), tenía las instrucciones para
accionarla (el libro de Gluk) y ya sólo le faltaba determinar el emplazamiento
exacto de la Puerta para culminar su plan.
-Sé
que estamos ya cerca de cumplir con nuestra misión, caballero -murmuró el de
Claraval, acariciándole una de sus pálidas manos con ternura-. Sin embargo, nos
falta la presencia de Blanchefort, el maestro de obras, que sabía bien dónde
tantear la presencia de la Puerta y que había visto con sus propios ojos los
planos de Enoc para la construcción del nuevo templo.
-No
penséis más en él. Como yo, Pierre de Blanchefort atravesó el Umbral Sagrado y
accedió a cuantos conocimientos hoy poseo. Matemáticas, geometría, armonía...
ninguna de esas ciencias me son ajenas desde entonces. Aparte de cuanto yo os
he narrado, también yo vi el diseño divino. Sin embargo, a diferencia de aquél,
yo soy un caballero y sabré defenderme si llegara el caso.
-¿Sabéis
acaso quién lo mató?
-Murió
por haberse acercado imprudentemente al cielo cargando su astrolabio de cobre
con él. Todo lo que tiene naturaleza divina, deberíais saberlo, repudia el
metal y lo convierte en fuente de muerte. Hasta nosotros, los caballeros del
Temple, aprendimos la lección en Tierra Santa al oír a los judíos relatar sus
cuentos sobre el Arca de la Alianza y su contenido celestial.
-Murió,
entonces, por la misma causa que Felipe, vuestro escudero -dijo el abad-, pero
¿quién y para qué le decapitaron?
-Fue
la familia de Raimundo de Peñafort, obispo de Orléans. Él pertenece a una
estirpe de diablos hechos carne que sabían lo que vos tramabais y que ha
tratado de impedirlo a toda costa. Arrancando la cabeza al magister comiciani
siguiendo su ancestral costumbre de depredadores, se aseguraban de que vos
supierais lo cerca que estaban de las Tablas. Y que pronto, antes o después, os
las arrebatarían.
-Pero
no sucederá.
-No,
de momento.
-¿De
momento?
Jean
de Avallon suspiró antes de proseguir.
-La
naturaleza y propósitos de esos diablos no es tan diferente de la de los
propios charpentiers. Debéis saber que ellos buscan lo mismo que vos: erigir
templos sobre las Puertas y controlar esos pasos al Cielo. El hecho de haberse
apropiado de la cabeza de vuestro maestro de obras obedeció sin duda a la vieja
costumbre de santificar los cimientos del edificio que planean. La cabeza, vos
lo sabéis bien, es el receptáculo de todos los misterios, la sede de la
iluminación interior. Es necesario su sacrificio para tener un espíritu
guardián que proteja el lugar; un pilar sobre el que sostener el edificio
entero.
-Lo
sé -se inclinó el abad-. Juan el Bautista fue decapitado como símbolo de la
columna que habría de sustentar el edificio místico del Cuerpo de Cristo. Por
eso la orden templaría rinde también tributo a la cabeza.(1)
1.
Uno de los grandes enigmas que rodean a la orden templaría es, precisamente, el
de su culto a una extraña cabeza a la que llamaban Baphomet Su existencia se
descubrió tardíamente, durante el proceso abierto contra los caballeros en el
siglo xiv. El verdadero significado de la palabra Baphomet está codificado en
la propia estructura del sustantivo, mediante el uso de un ingenioso sistema
hebreo llamado Atbash. El método es sencillo: todas las letras del alfabeto
hebreo se colocan en dos líneas paralelas, de manera que cuando haya que
codificar una palabra se sustituirán las letras que la forman por sus
equivalentes en la línea opuesta. Descifrarlo será muy sencillo recurriendo a
las líneas paralelas de nuevo. Pues bien, si trasladamos la palabra Baphomet a
letras hebreas y la descodificamos con el código Atbash, obtendremos el vocablo
griego Sophia. Esto es, sabiduría. Este sistema se empleó mucho para cifrar los
célebres rollos del mar Muerto y otros documentos de naturaleza gnóstica, que
también viene de un término que significa sabiduría, «gnosis».
-Allí
donde en adelante se venere un cráneo, una testa, habrá, con seguridad, una
Puerta escondida. Sea que la proteja el Lado Oscuro o sea que la defiendan los
caballeros de la Luz.
-¿Puedo
confiar en vuestras palabras?
-Podéis.
Al otro lado de la Puerta vi que los templos que guardarán las Tablas, aquellos
que contendrán el secreto de cómo abrir las Puertas, se construirán y
permanecerán levantados durante generaciones.
-Gracias
a Dios.
Jean
de Avallon había vuelto a hablar sabiamente. El abad, sobrecogido por aquel
ilimitado acceso a la sabiduría de los Altísimos, besó su mano, murmurándole
algo entre dientes. El templario, visiblemente agotado por el esfuerzo, apenas
adivinó lo que el abad intentó decirle. «A partir de ahora -escuchó-,
mereceréis llamaros Juan de Jerusaíén, pues ha sido allí, en la Jerusalén
celeste, donde habéis encontrado la iluminación. Mañana mismo pondré a vuestra
disposición a uno de mis monjes para que le dictéis todo lo que habéis visto de
nuestro futuro, para que ese saber quede por escrito.»
-Amén
-dijo el templario.
-Amén.
PICATRIX
Jacques
Monnerie no despegó la vista del ejemplar del Picatrix durante buena parte del
trayecto por carretera hasta Amiens. A bordo del confortable Mercedes 190 E que
la Fundación Charpentier había puesto a su disposición, tuvo tiempo suficiente
para hacerse una idea global acerca del contenido del libro.
Se
trataba, como se temía, de un abigarrado tratado medieval de magia en el que se
enseñaba a su propietario a fabricar amuletos. Al principio, le pareció uno de
tantos volúmenes simplistas que debieron de circular por Europa entre los
siglos XII y XIII, y en el que se contenían fórmulas absurdas para conseguir el
amor de la persona deseada, o riqueza y prosperidad para quien supiera
manejarlas. Constaba de cuatro tratados o partes, a cual más confusa. Sus
referencias históricas a titanes que gobernaban Nubia o a reyes todopoderosos
en Egipto no se ajustaban a nada de lo que él había estudiado en el
Bachillerato, y por si fuera poco, su conocimiento del Sistema Solar, al que
hacía frecuentísimas menciones, se reducía -lógico, por otra parte- sólo a los
siete planetas conocidos entonces.
Cansado
de leer estupideces, cuando iba a dar carpetazo definitivo al Picatrix y
recostarse sobre los asientos de cuero del Mercedes, encontró un pasaje que le
llamó la atención. En realidad, esperaba encontrar algo como aquello desde que
salió del despacho del señor Charpentier. Algo que justificara el interés de su
mecenas para que leyera el libro.
El
pasaje en cuestión afirmaba que los coptos eran los herederos de los antiguos
egipcios en cuestiones religiosas y, así mismo, en el manejo de sus poderosos
talismanes mágicos. Hasta ahí, eso era bastante razonable. Pero decía, además,
que sus amuletos, contrariamente a lo que pensaba, no se reducían a simples
medallitas como la de Catalina de Médicis o a pedazos de pergamino con símbolos
«de poder» escritos sobre ellos, sino que también podían enmascararse tras la
construcción de grandes edificios e incluso en la distribución geométrica de
las ciudades. Todo dependía, básicamente, de las alineaciones estelares a las
que se orientaran sus cimentaciones.
-¡Como
París! -barruntó, recordando su cita en los Campos Elíseos.
El
libro decía, además, cosas tan llamativas como ésta: «En la construcción de
ciudades -leyó- hay que utilizar las estrellas, y en la construcción de las
casas los planetas; toda ciudad que se construya con Marte en medio del cielo o
cualquier estrella fija de la misma naturaleza, verá morir a filo de espada a
la mayoría de sus gobernantes».
Picatrix
se refería igualmente a una ciudad levantada por el propio Hermes «que tenía
doce millas de largo y donde hizo una ciudadela con cuatro puertas, una por
cada punto». Y seguía: «En la puerta oriental hizo la imagen de un águila. En
la puerta occidental, la de un toro. En la septentrional, la de un león. En la
austral, la de un perro alado». El ingeniero se extrañó: ¿no eran aquellas las
imágenes que tradicionalmente se asociaban a los cuatro evangelistas? ¿No se
equiparaba a Juan con un águila, a Lucas con un toro, a Marcos con un león y a
Mateo con un ser alado?
Fue
lo último que leyó. Picatrix volvía a perderse en divagaciones absurdas sobre
el poder de los supertalismanes, que nadie con dos dedos de frente podría tomar
nunca en consideración.
Sin
embargo, como si aquel último pasaje fuera parte de uno de esos acertijos sin
solución posible, Monnerie se amodorró preguntándose si no pretendería el señor
Charpentier hacerle creer que la catedral de Amiens, ciertamente la mayor de
toda Francia, era algo así como el nuevo templo de Hermes del Picatrix.
«Demasiado sutil», pensó. No obstante, lo cierto era que las catedrales también
se orientaban hacia los cuatro puntos cardinales y a veces colocaban
evangelistas en sus fachadas.
El
chofer entró en Amiens por la avenida Port d'Aval a eso de las seis de la
tarde. Enfiló su prolongación por la rue des Francs Muriers, sembrada de casas
unifamiliares de tres plantas y estilo dieciochesco, y torció por la rué Saint
Leu hasta desembocar frente a la fachada principal de la inmensa seo de la
ciudad. Tras aparcar junto a una casa de madera que se caía a pedazos, y donde
podía leerse el equívoco cartel de Maison du Pékrin, despertó a Monnerie.
-Señor
-dijo, pellizcándole el brazo-. Ya hemos llegado.
El
ingeniero jefe se desperezó como pudo, incorporándose a duras penas en su
asiento. Cuando vio la cara oeste de Amiens parcialmente cubierta de andamios,
comprendió que era allí donde debía comenzar a buscar a Michel Témoin. El
templo, soberbio, era mucho más impresionante de lo que se había imaginado.
Ninguna fotografía hacía justicia a aquel recinto de 7.700 metros cuadrados
construidos, capaz de albergar a diez mil fieles para un solo oficio religioso.
Monnerie,
cautivado, descendió del Mercedes y se dirigió a buen paso hacia una de las
puertas laterales del templo, justo aquella que pasa por debajo del gigante de
piedra que representa a san Cristóbal. Atravesó su portezuela de madera y
desembocó muy cerca de la nave central, junto al laberinto. Prácticamente
vacía, los pocos turistas que en esos momentos aún se encontraban en el
interior de la catedral disparaban apresuradamente sus flashes, tratando de no
llamar la atención de los vigilantes.
Meteorman
echó un vistazo a su alrededor.
Al
principio no lo vio, pero una segunda «batida» a lo largo del muro norte le
hizo sentir que allí había algo que no encajaba. Miró dos o tres veces más. No
se trataba de ningún turista. Era algo del propio templo.
En
efecto, a unos metros por delante de él, en el crucero, el rosetón encastrado
en la fachada norte presentaba un aspecto fuera de lo común. Tanto, que creyó
que se trataba de un fenómeno óptico, de una confusión. El ingeniero dio unos
pasos adelante para apreciarlo mejor, confirmando lo que se temía: los
«nervios» del círculo central de su estructura... ¡formaban una estrella de
cinco puntas invertida! ¡El símbolo medieval de Lucifer!
No
había duda. Se trataba de una estrella de cinco puntas invertida, la misma que
tantas veces había visto asociada en películas y libros a la magia negra y al
Diablo. Se estremeció. ¿Qué hacía aquel «sello» en un templo como aquel, tan
visible? ¿Tendría razón monsieur Charpentier y, sin quererlo, estaría ahora
implicado en una lucha de ángeles y demonios?
Tratando
de no perder la serenidad -con aquellas cosas, ciertamente era muy fácil-,
Monnerie deambuló por las naves laterales del templo en busca de su «objetivo».
Se detuvo ante la capilla de San Nicasio, justo detrás del altar mayor, donde
admiró unas magníficas vidrieras en las que podía distinguirse un coro de reyes
tañendo sus arpas.
-La
música -explicaba en ese momento un guía a su reducido grupo de turistas
jubilados- era muy importante en la época de esplendor de las catedrales. Los
templos se edificaban siguiendo la misma proporción matemática que Pitágoras
aplicó a las cuerdas de los instrumentos musicales para que sonaran
armónicamente. Ese saber, Pitágoras lo trajo de Egipto.
«Egipto.»
Meteorman se repitió mentalmente aquel nombre, mientras se alejaba del grupo
rumbo a otra capilla, la de San Agustín de Cantorberry. Un cartel indicaba que
su absidiolo había sido modificado por Napoleón III, pero que sus vidrieras
eran originales. Del siglo XIII.
Realmente
eran brillantes. Cuadros con pequeñas escenas representaban personajes sumidos
en actividades frenéticas. Una de ellas, la más nítida del conjunto, mostraba a
dos individuos con mantos blancos transportando un cajón gracias a dos varas
que atravesaban longitudinalmente sus costados. Más arriba, otras cuatro
«viñetas» daban a entender que aquel cajón había llegado por mar y que los
hombres de los mantos blancos se habían hecho cargo de él para llevarlo...
¿adonde?
Monnerie
tardó, pero cayó en la cuenta. ¡El Arca! Como si hubiera recibido una
revelación divina, el profesor saltó sobre el pavimento de piedra. «Eso es
exactamente lo que busca Témoin.» Un clérigo que salía en ese momento de la
vecina sacristía pasó a su lado, mirándolo con incredulidad. Por supuesto, no
desperdició la ocasión.
-¿Otras
representaciones del Arca de la Alianza, dice? -murmuró el anciano, mirándole
con sus vivarachos ojos grises.
El
ingeniero jefe asintió.
-Naturalmente,
joven. Cada vidriera tiene su correspondencia en piedra, y ese arcón que usted
ve en el lado interior este de la catedral, lo encontrará justo en su vertiente
opuesta.
-En
la fachada exterior oeste.
-Precisamente
-sonrió-. La lástima es que no podrá verla usted muy bien. El Cabildo gasta
casi todo su dinero en mantener limpio ese frontis, y estamos siempre de obras.
No se imagina lo que el dióxido de carbono puede llegar a comerse la piedra.
-¿Y
no sabrá usted qué se ejecutó primero, si la vidriera o la fachada oeste?
El
clérigo sonrió de nuevo, como si la ignorancia de aquel nervioso visitante le
produjera ternura.
-¡Qué
cosas tiene usted! -exclamó-. La cara oeste fue lo primero que se terminó de
esta catedral. Déjeme pensar. Seguramente la levantaron los mismos que
terminaron en 1220 la catedral de Chartres, así que debe de ser de 1230 o por
ahí. Y por eso es la que más cuidados requiere.
-¿De
veras?
La
perilla puntiaguda de Meteorman se arrugó bajo su labio inferior. Siempre que
algo le impactaba hacía aquel gesto, mordiéndose la comisura de los labios con
fruición mientras pensaba su siguiente paso. Así pues, excitado, tomó las manos
fibrosas del clérigo y las sacudió enérgicamente, agradeciéndole sus servicios
con un billete de cien francos. «Para la restauración», dijo poniéndolo entre
sus dedos. El pobre no entendió mucho el porqué, pero aceptó aquel gesto
extravagante. San Juan -pensó para sus adentros- atrae a muchos desorientados
hasta allí, colocándolos en el verdadero camino de la fe.
Afuera
no había nadie. Al ser sábado, los obreros responsables de la limpieza de la
fachada no estaban merodeando por allí, y los andamios, cubiertos por una tela
plástica grisácea, parecían vacíos.
La
puerta del Arca debía de ser la de Notre Dame. Situada más a la derecha, se
trataba de un pórtico ojival de profundidad media flanqueado por medallones que
la estructura metálica de aquellas plataformas metálicas dejaban ver a duras
penas. Sus relieves eran sorprendentes: hombres con gorros frigios parecían
mirar planetas y estrellas, tomar medidas con sus manos, y levantar después
torres sobre el suelo. «Como en el Picatrix.»
La
huida de José, María y el niño Jesús a Egipto a lomos de un burro, los tres
Reyes Magos o el árbol del Paraíso, se mezclaban con medallones que
representaban a Moisés frente a la columna de nubes que guió al pueblo elegido
durante el Éxodo.
Aunque
Monnerie no era un experto en la Biblia, sabía que aquellas medallas se
referían a pasajes muy diferentes y muy separados en el tiempo. En cierta
manera, su común denominador -todos parecían pendientes del movimiento de
ciertas estrellas grabadas en piedra- le recordó al amuleto de Catalina.
Sin
embargo, antes de que pudiera tomar nota de la posición de los astros, justo
cuando pasaba sus manos por el relieve de un hombre con una vara mirando al
cielo, una voz le gritó desde arriba.
-¡No
toque eso! -bramó-. ¡Es la vara de Aarón!
Sorprendido,
el ingeniero volvió la cabeza hacia allí. A unos cuatro metros de altura, por
encima del parteluz con la estatua de la Virgen y el niño, un rostro regordete,
muy rojo, le observaba fijamente. Y no era uno de los obreros.
-¡Michel!
-Meteorman lo identificó de inmediato-. Es usted... ¿verdad?
La
cabeza desapareció de inmediato, seguida por el brusco martilleo de unos pasos
sobre los travesaños metálicos. Cuando cesaron, el pulcro bigote de Michel
Témoin estaba a escasos centímetros de su rostro.
-Por
todos los diablos, profesor. ¿Qué hace usted aquí?
-Eso
debería preguntarle yo, ¿no cree?
-Bueno
-dudó-, estoy recogiendo datos para explicarle por qué el ERS se comportó de
forma tan extraña hace unos días. Sigo cesado de mis funciones, ¿recuerda?
-Desde
luego.
-Creí
que mi secretaria le había informado de que salí de viaje. ¿Cómo me ha
encontrado?
-Es
una larga historia, Témoin.
-Por
aquí también han pasado muchas cosas, ¿sabe? Pero creo que ya tengo respuesta
para algunos interrogantes.
Monnerie
esperó a que su ingeniero recuperara el aliento de su rápido descenso, y le
invitó a sentarse en la barandilla de piedra que tenían allí mismo.
-En
realidad, ya no necesito respuestas a lo del ERS, Michel -dijo el profesor sin
esperar más-. Yo mismo retiraré el expediente que le abrí y pediré al gabinete
de D'Orcet que olvide los cargos contra usted por negligencia.
-Vaya.
¿Ha ocurrido algo que deba saber?
-Hablé
con la Fundación Charpentier, como usted me sugirió, y a ellos no les
sorprendieron los resultados del ERS.
-¿Charpentier?
-su rostro mudó de repente, al recordar las últimas palabras de Letizia antes
de ser secuestrada-. Debo hablar con la Fundación de inmediato.
-Aguarde
un momento. Déjeme explicarle algo antes.
-Usted
no lo entiende, profesor.
-Sí
lo entiendo. De alguna manera, la Fundación ha estado al corriente de todas sus
actividades durante este tiempo. Ellos sabían que estaba aquí y me han mandado
para que hable con usted. Temen que su investigación sobre las «anomalías» en
las catedrales sea aprovechada por terceros para apropiarse de algo indebido.
La
palabra «indebido» molestó a Témoin.
-¿Indebido?
¿Le parece indebido que hayan secuestrado a Letizia? -gritó-. ¿Se acuerda de
Letizia? ¿Eh? ¿Se acuerda?
Las
protestas de Témoin retumbaron bajo el pórtico de Notre Dame. Su interlocutor,
impasible, ni siquiera se inmutó por aquella revelación.
-Eso
también lo saben, Michel. De hecho, ya la están buscando por su cuenta, y la
encontrarán, amigo mío.
-¿Cómo?
-Letizia
es una de los suyos.
-¿De
los suyos? ¿Qué quiere decir?
La
ira del ingeniero se transformó de repente en curiosidad.
-Que
trabajaba para la Fundación y que el contacto que usted estableció con ella
entraba dentro de sus planes. Eso me dijeron Por cierto, que la relación que
usted estableció entre aquel Louis Charpentier de donde saco su idea de la
«conexión estelar» de las catedrales y la Fundación de ese nombre, debe de ser
cierta. Son una especie de sociedad secreta.
-Esta
bien -dijo sin importarle demasiado el último comentario del profesor-.
Supongamos que la encuentran. Lo que no me explico es por que le envían a usted
a detenerme.
-Accidentalmente,
el CNES se ha visto envuelto en algo que no le incumbe. Y si el cliente que nos
ha metido en este embrollo dice que paremos, debemos hacerlo. Solo le diré una
cosa mas, monsieur Charpentier me mostró en París un amuleto antiguo en el que
la situación de sus estrellas parece coincidir con la ubicación actual de la
bóveda celeste sobre Francia. Me explicó que era una especie de aviso profetice
de que en estos días algo se activaría en estos templos. Es decir, ellos sabían
lo que iba a pasar.
-¿Algo?
¿Que se va activar?
-Algo
relacionado con las catedrales. Un supertalismán o algo así que forma parte de
una Puerta. La verdad es que no entendí muy bien el galimatías que me contó,
aunque me dejó incluso un libro para que lo estudiara.
-¿Le
hablo de una Puerta? Letizia me dijo que las catedrales eran como Puertas
Estelares.
-¿Y
la creyó?
Ni
los cristales de las gafas de pasta negra de Témoin amortiguaron el fuego de su
mirada.
-Si
La veidad es que si.
-Esta
en su derecho, naturalmente, pero...
-Dígame,
¿le dijo monsieur Charpentier algo acerca del Arca de la Alianza?
Monnerie
dejo pasar un par de segundos antes de responder.
-Si
Que fuera lo que fuese su contenido, allí se encontraba el origen de las
emisiones que capto nuestro satélite. Creo que lo llamo la «fuente»
El
Arca de Amiens estaba allí, a la vista de todos.
-¡Exacto!
Y lo que contiene el Arca, según me explico Letizia, son los Libros Esmeralda
de Hermes.
-A
Hermes también lo citó, en efecto.
-Profesor,
somos dos peones accidentales en un tablero del que no conocemos nada. Y si no
somos capaces de desvelar ahora de que va todo esto, nos vamos a quedar con la
duda el resto de nuestras vidas. Yo no sé -continuo- que demonios son los
Libros de Hermes ni que contienen, pero si sé que ocultan una especie de pila
energética. Y es tan fuerte que es nuestra responsabilidad destaparla y ponerla
bajo control científico. Imagine si otros menos preparados dan con ella por
azar ¡sería un desastre!
Meteorman
dudó.
-¿Y
dónde cree usted que se esconde esa pila?
-En
el Arca, naturalmente ¿Aun no la vio?
Témoin,
risueño, señalo a través de los andamios un bulto rectangular ubicado justo
sobre la corona de la Virgen. Se trataba de una caja de buen tamaño, idéntica a
la que el mismo tocó en el pórtico norte de Chartres, y tallada con sus mismos
cerrojos de piedra. La flanqueaban varias estatuas sedentes de los principales
patriarcas del Antiguo Testamento. Allí estaba Jacob -el de la Seda Dei-,
Abraham -el que protegió la Roca del Monte Moriah-, Salomón -custodio del Arca
en su Templo-, David...
Monnerie,
absorto, se quedó contemplándola un buen rato antes de decir nada. Era el mismo
cofre que había visto en las vidrieras de la capilla de San Agustín de
Cantorberry. Exactamente el mismo, pero de piedra.
Cuando
se convenció de lo que veían sus ojos, temblando, propuso algo que nunca antes
hubiera imaginado hacer.
-¿La...
abrimos? -susurró.
-Claro,
profesor.
El
poderoso micrófono direccional Siemmens instalado en el techo de la Renault
Space captó a la perfección las últimas palabras de Michel Témoin.
-Esto
ha llegado demasiado lejos -dijo Gloria con los ojos desorbitados-. Os dije que
no se detendría por que retuviéramos a su ayudante. Tiene un perfil de
personalidad que le hace demasiado obstinado.
Gérard
y Ricard no replicaron, y el padre Rogelio, extrañamente sereno, dejó hacer a
la impetuosa jovencita.
-Si
no hacemos algo, ¡los Libros de Hermes terminarán en sus manos! ¡Y la Puerta
será suya!
-Quizá
-dijo parco el ortodoxo, mirando fijamente el pórtico sur de Amiens y las
siluetas de Monnerie y Témoin dirigiéndose hacia el andamio.
-Pero
¡padre!
-Quizá
todo esto forme parte del Plan de Dios. De la señal que espera el padre Teodoro
en el Sinaí.
-Señal,
¿qué señal? -bufó Gloria.
El
ortodoxo no respondió.
LÍBER PROFETORU (1)
Claraval
1
Del latín, «libro de profecías».
Los
preparativos para la marcha de la comitiva de monjes blancos de Chartres se
demoró todavía casi ocho meses más. En ese tiempo, Bernardo cuidó de cerca que
la recuperación de Jean de Avallon fuera completa. No obstante, ni sus
oraciones ni las curas a las que fue sometido consiguieron frenar el prematuro
proceso de envejecimiento que minaba día tras día la salud del caballero. Como
antes le ocurriera a Felipe, el escudero, las carnes del templario se tornaron
progresivamente más blancas, y las formas de sus huesos pronto comenzaron a
dejarse ver a través de una piel fina y resbaladiza, como la de una serpiente.
Su
final, pensaron todos, no debía andar ya muy lejos. Durante aquellos meses, las
atenciones del obispo Bernardo y de las familias del burgo fueron exquisitas.
Verduras frescas y caldos de carne se preparaban al alba de cada jornada sólo
para el enfermo. Después de la salida del sol se le encendía también la
chimenea y se le cambiaban las sábanas. A la hora tercia (2) se le lavaba de
arriba abajo en una tinaja de agua caliente para, justo después, ventilar la
habitación y dejarla lista para la inexcusable visita de fray Andrés. Podía
caminar, pero no quería. El escriba de Bernardo se sentaba, pues, a los pies de
la cama con un atril de madera, y allí permanecía hasta el medio día.
2.
Nueve de la mañana
-¿Y
vos qué valor dais a este diseño del suelo? -preguntaba capciosamente el abad.
-El
mismo que ya os figuráis. Que Dios creó nuestra tierra a imagen y semejanza del
Paraíso, y que de nosotros depende el acercarnos a ese mundo perfecto o no.
-¿Y
para qué creéis que marcó Dios estrellas sobre el suelo?
-Estrellas
y escaleras, abad -puntualizaba-. No olvide las poblaciones cuyo nombre está
emparentado con la visión jacobita de la Scalada: Escalada, Escalante,
Escalona...
-No
me habéis respondido.
-Pero
es evidente. Son lugares donde nuestras plegarias suben más rápidamente al
cielo. Donde lo que hagamos, pensemos o digamos tendrá más eco allá arriba, en
el reino donde habita nuestro Padre Celestial.
-Ya
veo.
El
de Claraval, por éstas y otras conversaciones similares, terminó por considerar
a Rodrigo inofensivo, así que le asignó una celda en su monasterio y le dio
permiso para moverse libremente por las tierras del convento.
Ése
fue su error.
Aquellos
meses, por lo demás, transcurrieron en medio de una intensa actividad. Fray
Andrés repasó el libro de Jean de Avallon -ya Juan de Jerusalén- y lo copió
íntegro en cinco pulcros ejemplares que conservó bajo llave. Mientras tanto, el
abad se consagraba a la medición de toscos mapas de la región, y aún más allá,
estableciendo los puntos por donde comenzaría la obra que daría sepultura a las
Tablas. Fijó en la cercana Vézelay su punto de partida, como lugar intermedio
entre las futuras catedrales de Notre Dame del norte y el Camino Estelar de
Santiago al sur, y trazó las líneas maestras para representar sobre Francia la
huella de Virgo. Fue entonces cuando sucedió.
Ocurrió
en la noche de Santo Tomás, el 3 de julio por más señas, mientras los monjes
blancos estaban reunidos en la iglesia de Claraval para celebrar sus maitines.
Habría unos cuarenta frailes, y la visita de uno de los hijos del conde de
Champaña, llegado para supervisar los trabajos cartográficos de la
congregación, les había dado cita a todos sin excepción en los oficios.
Los
caballeros dormían; el servicio también, pero los monjes no fueron los únicos
que estuvieron fuera de su lecho a aquellas horas. Rodrigo, que en ningún
momento había dejado de cultivar su forma física, tenía claro el objetivo a
alcanzar aprovechando las circunstancias. Treparía hasta la segunda planta del
edificio de dormitorios, donde reposaban los cinco templarios que asistían a
Bernardo en las labores de custodia de las Tablas, y allí tomaría su oportuno
«salvoconducto».
Dicho
y hecho.
Mientras
el Te Deum retumbaba dos esquinas, el aragonés, ágil como una lagartija, se
deslizó por las enredaderas del muro oeste de la casa, hasta saltar a los
ventanales del pasillo. Nadie le vio. Aunque en penumbra, la luz de la luna
llena inundaba de tonos plateados los baldosines de arcilla del suelo.
Orientarse no sería muy difícil.
Descalzo,
pasó por delante de las celdas de Montbard, Saint Omer, Anglure y Angers,
deteniéndose frente a la del De Avallon. Había estado allí antes, así que
calculó bien sus pasos. Miró a ambos lados del corredor, asegurándose de que
nadie le observaba, y abrió la puerta con todo sigilo.
Los
goznes no chirriaron.
Una
vez dentro, con la puerta cerrada tras él, respiró hondo. Contra la pared,
fresca, aguardó a que sus ojos se aclimataran a la oscuridad y comenzaran a
distinguir las formas de alrededor. Una cama con dosel cuatro pasos al frente,
un arcón a su derecha, una pieza de madera donde debían guardarse las armas del
caballero, un escritorio, la chimenea...
Una
nueva ojeada le hizo mirar hacia la ventana entreabierta. Por allí, justo por
donde se colaban los murmullos de los rezos de la comunidad, era donde el
caballero debía custodiar aquel libro profético del que tanto había oído
hablar.
Se
trataba de una pequeña cómoda llena de cajones, situada junto al escritorio.
Tallada, sin duda, por las hábiles manos de fray Crisóstomo -el maestro
ebanista-, el mueble destacaba del conjunto por la madera clara empleada en su
confección.
Sigilosamente,
se acercó hasta él, y cuando alargó la mano para abrir el más grande de sus
compartimentos, algo chocó contra su garganta.
-Así
que volvéis a estar muy cerca de mí.
La
frase le petrificó. Por instinto, Rodrigo se echó las manos al cuello, notando
que lo que le oprimía era la afilada hoja curva de un puñal. Un arma fría,
limpia, que podía partirle la nuez de un tajo antes de respirar siquiera.
-No
habléis -ordenó aquella misma voz con tono firme-. Sé qué habéis venido a
buscar.
-Y
lo tendréis. ¡Vaya si lo tendréis!
La
misma mano que sujetaba el puñal bajó bruscamente a la altura de los hombros y
le arrojó violentamente contra la pared. Desconcertado, Rodrigo abrió los ojos
de par en par tratando de ubicar el bulto de su agresor.
No
tuvo que forzar mucho la vista. Un instante después un golpe seco, como si
rasparan la pared, tronó frente a él prendiéndose en el acto una lámpara de
aceite que llenó de su inconfundible olor la estancia. Allí, frente a él,
sujetaba lámpara y puñal el propio Jean de Avallon.
-¿Y
bien? -el caballero le miraba desde arriba, sin darle ocasión a moverse-. ¿Qué
os ha decidido a asaltar mi alcoba? ¿Acaso el único ejemplar de El Protocolo
que he escrito y que aún no está bajo llave?
Rodrigo
asintió.
-¿Y
adonde pensabais llevároslo?
-A
Orléans.
-¿Aún
le sois fiel a su obispo?
-Es
quien me protegió.
-¿Y
si yo os perdono la vida? -dijo el templario.
-Entonces,
señor, mi fidelidad os la deberé a vos.
Jean
tendió su mano a Rodrigo para ayudarle a levantarse. Aunque con el hombro
ligeramente contusionado, el aragonés se incorporó con agilidad, mucha más que
la que demostraba aquel desecho humano que tenía frente a sí.
-Oídme,
pues -dijo-. Llevaréis este libro con vos fuera de Francia. Cruzaréis el
Mediterráneo y emprenderéis la ruta de Alejandría hasta Tierra Santa. Y allí,
donde descubráis un lugar como éste, regentado por hombres de Dios, pediréis
ingresar como novicio y les entregaréis este libro en pago de vuestra
manutención.
-¿Y
por qué me mandáis a tan lejanas tierras?
-Porque
son las tierras del origen. Donde todo empezó. De donde salieron las Tablas que
hoy protegemos y donde, en el futuro, escucharán la señal que mi obra anuncia.
-¿Señal?
-La
señal que marcará el día en el que las Puertas se abrirán para siempre.
Rodrigo
vio que el caballero alzaba, la vista casi en trance, como si acertara a ver
los resplandores de la Jerusalén Celestial del Apocalipsis descendiendo sobre
Claraval.
-¿Nos
permitirá eso ascender a los Cielos, mi señor?
-Y
mucho más.
Rodrigo
huyó esa madrugada con El Protocolo bajo el brazo y cumplió con la palabra
dada. Al alba, cuando fray Andrés acudió a visitar a Jean como cada día, lo
encontró tumbado sobre su cama, vestido con todas sus armas y con un gesto
severo dibujado en el rostro. Debió de entregar su alma a Dios poco después de
que el intruso abandonara su celda. Pero ése fue un detalle que nunca nadie
conoció.
LAPSIT EXILLIS
Vencer
los trémulos andamiajes de los operarios de limpieza de Amiens fue más difícil
de lo que Monnerie se las prometía. La escalera principal ascendía en paralelo
a la columna central que sostenía el pórtico, gravitando en medio de la nada.
La Virgen, con gesto severo, recto, pareció clavar sus ojos vacíos sobre los
del profesor, en cuanto éste llegó a su altura. Y el niño que sostenía en sus
brazos también.
Una
extraña sensación se apoderó de él. Era como si estuvieran a punto de profanar
algo sagrado. Algo que no se colocó en su lugar para que lo tocaran las manos
ateas de dos ingenieros del siglo XXI.
Pero
Témoin no estaba dispuesto a echar marcha atrás. Con agilidad, se colocó junto
a la estatua sedente de Moisés -un barbudo que sostenía una de las Tablas de la
Ley y que estaba coronado por los cuernos de la sabiduría-, invitando a
Meteorman a hacer lo propio junto a Leví, ataviado con las ropas de los
custodios del Arca.
-Aquí
es -dijo Michel con el rostro iluminado-. ¿Verdad que es magnífica?
-Lo
es. ¿Cómo piensas abrirla?
-Bueno.
Es una caja maciza. La tapa se debió pegar, así que creo que tendremos que
romperla.
-¿Y
con qué?
-Con
eso.
Témoin
señaló dos mazas que los operarios habían dejado sobre el andamio, junto a las
mangueras de agua a presión que utilizaban para arrancar la mugre de las
imágenes.
-Michel
-susurró el profesor antes de coger su martillo-. Hay algo que me desconcierta
de todo esto.
-¿De
qué se trata?
-Me
confunde que haya una representación del Arca de la Alianza en el pórtico de la
Virgen. El Arca es un objeto del Antiguo Testamento, la Virgen es un personaje
del Nuevo. Allá abajo también hay medallones mezclados de las dos épocas. Y
siendo como estoy empezando a entender que fueron los constructores de
catedrales, ¿no crees que eso encierra alguna clave?
-No
lo sé. Toma tu maza, quítate los objetos de metal y abramos esto ya.
-¿Y
el metal de los martillos?
-Probablemente
no nos afectará en una primera fase. No creo que el Arca, si está aquí dentro,
sea la propia piedra. Esto es el contenedor de algo más.
A
trescientos metros de allí, justo en la esquina de la plaza de la catedral con
la rué Cormont, el equipo de sonido de Ricard estaba recogiendo nítidamente
toda la conversación.
-Creo
que la van a abrir, padre -insistió Gloria alarmada-. Todavía estamos a tiempo
de detenerles.
-¡No!
Es evidente que no comprenden el poderoso símbolo al que se enfrentan, pero
quizás sea mejor así.
-¿Poderoso
símbolo?
El
catalán, atento a los indicadores de sensibilidad del micrófono, no pudo evitar
expresar su curiosidad al padre Rogelio.
-Sí,
hermano. No entienden por qué el Arca de la Alianza está sobre la Virgen,
porque ignoran que Nuestra Señora fue la nueva Arca que contuvo la nueva
Alianza. Fue como el Grial que guardó la Sangre de Cristo y selló el nuevo
pacto con Dios. Los antiguos sabían leer esos símbolos y los respetaban.
-No
todos.
-Cierto,
Gloria. No todos sabían leerlos.
Un
golpe seco zanjó la conversación. El equipo estereofónico de Ricard se
estremeció.
-¡La
están golpeando, padre! ¡Están abriendo el Arca!
En
efecto. La piedra caliza que remataba el cajón de piedra de la fachada comenzó
a quebrarse bajo los certeros mazazos de los ingenieros. Por fortuna, la luz
había empezado a declinar sobre Amiens y no había nadie lo suficientemente
cerca de los andamios como para percatarse del sacrilegio. Aquella escultura de
casi nueve siglos de antigüedad estaba recibiendo el ataque más grave desde que
fuera izada allá por los constructores del templo.
Jacques
Monnerie fue el primero en darse cuenta. La tapa, al sexto golpe, cedió
parcialmente, dejando que las esquirlas de piedra se hundieran hacia dentro.
-Está
hueca -sonrió satisfecho Témoin.
Dos
mazazos más, y la abertura practicada era ya tan grande como un tablero de
ajedrez.
Al
principio no se dieron cuenta, pero un fuerte olor ácido, como si fuera
amoniaco, no tardó en rodearles. Inmediatamente, una desagradable sensación de
mareo les obligó a saltar al andamio y a alejarse un poco del hueco. No
tuvieron tiempo ni de mirar dentro.
Desde
abajo, el padre Rogelio sonrió satisfecho.
-Es
la fuerza de la «fuente» -dijo sin despegar los ojos de los binoculares.
-¿Qué
ocurre, padre?
Gloria,
fuera de la furgoneta, le abordó desde la ventanilla.
-Se
han tenido que apartar del Arca. No me extrañaría nada que comenzaran a sentir
un vacío en el estómago, como si les aplastaran con una losa, y perdieran el
sentido del tiempo.
-¿El
sentido del tiempo?
-Quienes
estuvieron cerca de la fuente, como Juan de Jerusalén o Michel de Notredame,
por ejemplo, sufrieron durante años alucinaciones temporales. Era una
consecuencia más de haber estado sometidos a una gravedad extrema.
-¿Por
eso alcanzaron a «ver» el futuro?
-Por
eso, y por haber atravesado la Puerta. Sabemos que Juan de Jerusalén la cruzó
dos veces, en la Cúpula de la Roca, en Tierra Santa, y en Chartres. En cuanto a
Nostradamus, muy probablemente gracias a la familia Médicis, fue capaz de
atravesarla en Reims.
-¿Y
no nos afectará esa gravedad, estando tan cerca?
-La
«fuente» debió de ser aislada antes de guardarse... Eso espero.
-¿Hay
algún antecedente de la fuerza gravitacional del Arca?
El
padre Rogelio, extrañado por la pregunta de Gloria, apartó los prismáticos de
sus ojos.
-Sí
lo hay. Algunas tradiciones midráshicas, hebreas, dicen que el Arca era capaz
de levantarse por sí misma, flotar ingrávida e incluso transportar a quienes
tuviera cerca de sí. Además, se cuenta que era capaz de emitir un sonido
quejumbroso cada vez que se «armaba» contra sus enemigos y se levantaba ella
sola del suelo...
-No
nos afectará a esta distancia, ¿verdad?
-Supongo
que sus efectos serán muy locales. Lo justo para atemorizar a los sacrilegos.
-Eso
espero.
Monnerie
y Témoin tardaron unos minutos en reponerse. Sentados sobre el andamio, con las
manos y las ropas cubiertas del polvo blancuzco de la piedra, miraron absortos
el aspecto externo del arcón sin atreverse aún a husmear en su interior. El
olor, y una indescriptible desazón, como si sus fuerzas se hubieran perdido por
el hueco practicado en la caja, les había dejado desarmados.
-Evidentemente
hay algo ahí dentro -murmuró Témoin.
-Saquémoslo
entonces.
Con
sumo cuidado, los ingenieros volvieron a situarse sobre el arcón de piedra y
comenzaron a arrancar los trozos de la losa superior que aún tapaban su hueco.
Fue fácil. La roca estaba muy desgastada y se desprendía con facilidad.
Tras
un par de minutos, Témoin echó un vistazo a su interior. El cubículo era del
tamaño de un televisor pequeño. Era evidente que sus medidas no se ajustaban en
absoluto a las del Arca. Además, de una primera ojeada, le pareció que estaba
vacía. Un segundo después, se dio cuenta de que no era así.
Pegado
al fondo de la caja, cubierto de polvo gris, yacía algo parecido a una plancha
completamente envuelta en un pergamino. Témoin sopló primero, levantando una
nube de ceniza a su alrededor, y despejó el contenido del cofre.
-¿Qué
es? -preguntó Monnerie.
-Parece
una plancha de cuarzo. Aguarda.
Con
decisión, Michel introdujo sus manos en la caja y rodeó el objeto, tirando de
él. Era muy pesado, y con dificultad logró sacarlo del interior. Un destello
del último rayo de sol de la tarde lo hizo resplandecer de repente.
-¡Por
todos los santos! -bramó el padre Rogelio con los prismáticos clavados en el
rostro.
-¿Qué
ocurre, padre?
-¡Es
la Lapsit Exillis!
-¿La...
qué? -Ricard, con su cuerpo redondo acostado sobre el ecualizador, puso cara de
acelga.
-Lapsit
Exillis. Es uno de los nombres que se le dio al Grial en el siglo doce cuando
se inventó su existencia. En realidad -explicó nervioso el padre Rogelio- es un
nombre clave, difundido por un poeta de la época, Chrétien de Troyes, que
significa Lapis ex coelis. «Piedra del cielo».
-¿Y
qué es?
-Una
de las tablas de Kermes. Una de las tablas de Enoc. De Imhotep. De Moisés. ¡Un
libro de Dios!
Durante
un instante, Témoin apartó con cuidado el pergamino que envolvía la piedra. Lo
desenvolvió prestando atención a cada uno de sus crujidos y haciendo verdaderos
esfuerzos por no quebrarlo por ninguna parte.
Una
vez terminada la operación, pasó la manga de su americana sobre la piedra,
despejando su verdadero aspecto.
La
losa -pues eso parecía- era de un tibio color verde. Pulcramente pulida y de
aspecto cristalino, parecía, desprender una apagada luz propia. Témoin,
intrigado, pegó sus narices a la piedra, descubriendo algo más: en una de sus
caras alguien había ejecutado un diseño tan simple como elocuente. Se trataba
de dos círculos concéntricos alrededor de una esfera maciza. Uno de ellos
presentaba otra pequeña circunferencia atravesada por la mitad, como si
orbitara en torno al punto mayor.
-Es
geometría pura -dijo asombrado-. Parece una representación de la teoría
heliocéntrica.
-Imposible.
Monnerie
encogió su perilla, tratando de descifrar algo en aquel diseño que no le
encajaba.
-No
-pronunció su negación como si le pesara aquel monosílabo-. No es eso, Témoin.
-¿Qué
es, pues?
-Es
la representación del átomo de hidrógeno.
-¿Hidrógeno?
-Bueno.
Lo parece. El hidrógeno es el elemento más común en el espacio.
-¿Y?
-¿No
lo entiendes? Están diciéndonos dónde debemos mirar para encontrar la Puerta.
-¿Y
las emisiones que detectamos?
-¡Hidrógeno!
¡Emitían al espacio la fórmula del hidrógeno!
Témoin
encajó aquella pieza. A su mente acudió de inmediato el recuerdo de su
conversación con el padre Pierre. ¿Y si era cosa del Diablo el colocar aquel
cuarzo para emitir señales al espacio? La idea, por absurda, no se atrevió ni a
comentarla con Monnerie.
¿Y
sí...?
Unos
metros más abajo, aún en el interior de la Renault Space, el padre Ricardo
sonrió. Incapaz de alterar los acontecimientos, recordó la sabia frase de
Bernardo de Claraval: «Dios es longitud, anchura, altura y profundidad». Si el
genio de Claraval había encontrado al Altísimo en las constantes geométricas,
era sin duda porque él mismo había accedido a aquella Tabla y a las muchas que
debieron acompañarle. La señal, aun sin saberlo aquellos dos, había sido dada.
O aún mejor, enviada. «Pobres charpentiers -barruntó-. Acaban de perder su
monopolio.»
LOS ENVIADOS
Monasterio
de Santa Catalina (Egipto)
Teodoro
se recogió las barbas para no tropezarse con ellas, y atravesó corriendo el
patio vecino a la biblioteca para dar la buena nueva al padre Basilio. El
patriarca no estaba ya para aquellos trotes, pero aun así, descendió las
escaleras de la sala de los ordenadores con igual ímpetu que lo hubiera hecho
cualquiera de sus jóvenes novicios.
Se
ajustó la enorme cruz de plata que llevaba al cuello, atándola a su cinturón, y
entró sin llamar al estudio del bibliotecario.
-¡Eminencia!
-se sobresaltó-. ¿Qué hacéis aquí?
Basilio,
que leía en ese momento un pasaje en copto del apócrifo del Evangelio de Tomás,
se rascó su cabeza, despoblada y aguardó a que el obispo de Santa Catalina
recuperara el aliento.
-Ya...
ya lo tenemos.
Atosigado,
Teodoro blandía en su mano varios de aquellos folios reciclados en los que se
imprimían los correos electrónicos.
-Acaban
de llegar los resultados del último sondeo del ERS-1... Es urgente.
-Cálmese,
eminencia. ¿Qué son? ¿Datos del satélite francés? ¿El de las catedrales?
El
obispo asintió, tragando saliva.
-¿Y
qué dicen?
-Que
una emisión incontrolada de microondas comenzó a emitirse desde Amiens sobre
las 19.30 horas local -leyó-. Simultáneamente, los focos emisores de Chartres,
Évreux, Bayeaux y Reims intensificaron su frecuencia, elevándola. Da la
impresión de ser una acción coordinada de naturaleza no identificada. Es
previsible que otros satélites, además del ERS-1 y ERS-2, comiencen a captar
esas emisiones en breve.
A
Basilio le crujió la espalda.
-Ya,
ya... -rezongó el anciano-. ¿Y Rogelio? ¿Sabe algo de esto?
-Naturalmente.
Él mismo vio cómo a esa hora dos ingenieros del CNES extraían de la fachada
oeste de Amiens una de las Tablas de Enoc. Y no puede ser una casualidad.
Basilio
se agarró a la mesa.
-¡Virgen
Santa! -exclamó-. Eso va a hacer que...
-La
Puerta se abra, en efecto. Tal como vio Juan de Jerusalén. Tal como
predijisteis hace unos días.
-¿Y
no trataron de detenerlo?
-No
ha sido cosa de los charpentiers. Detuvimos a una de los suyos en Chartres para
que no diera más información a los no iniciados, pero es hasta ahí donde
pudimos intervenir.
-¡Ah!
-zumbó Basilio-. ¡Ese pacto de no intervención entre ángeles! ¿Siempre lo hemos
respetado?
-Sí.
Tanto los charpentiers como nosotros.
-¿Qué
haréis con la charpentier?
-La
liberaremos, claro.
-Está
bien, está bien -aceptó-. Déjeme entonces explicarle lo que puede suceder a
partir de ahora.
El
bibliotecario echó mano al ejemplar de El Protocolo secreto de las profecías
que tenía a su vera y lo abrió por la última página. Sin perder de vista el
rostro sofocado del patriarca, camuflado tras sus barbas inmaculadamente
blancas, pasó el dedo por aquel escrito como si pudiera leerlo al tacto.
-Siempre
hemos creído que las Puertas se abrían para que nosotros subiéramos a los
cielos, ¿verdad eminencia?
-Sí
-asintió sin comprender muy bien qué quería decir el viejo Basilio.
-En
realidad, no es así. Detrás de la obsesión por mantener las Puertas cerradas y
bajo control, se escondía un temor irracional que sacudió tanto a servidores de
la Luz como de las Sombras.
-¿Un
temor? ¿Qué temor? No me hablasteis de ello nunca.
-Porque
Juan de Jerusalén no lo escribió. Lo dejó encriptado en un grabado que
reprodujo en cada uno de los ejemplares originales de su obra.
-Seguís
sin decírmelo... -insistió Teodoro.
-La
Gran Puerta, la que ahora está a punto de abrirse, correrá sus goznes
invisibles no para permitirnos ascender, sino para dejar que el cielo entre
aquí y establezca su reinado. Para que se produzca el regreso de «los de
arriba». Nosotros, como descendientes de aquellos que la Biblia dice que se
mezclaron con las hijas de los hombres, (1) siempre temimos ese regreso.
1
Génesis 6, 1-3.
Teodoro
le miró incrédulo.
-¿Qué
queréis decir?
-La
señal que los satélites han captado está dirigida a ellos, a «los de arriba».
¿No lo entendéis? Es una fórmula matemática. Está escrita en el lenguaje del
Dios que Claraval comprendió tan bien Juan de Jerusalén lo dejó bien claro.
Envolvió cada una de sus lapsit exíllis con un pergamino, en el que dejó
anunciado lo que sucedería para aquel que pudiera entenderlo. En cuanto la
lapsit ha visto la luz, se ha activado el mecanismo.
-¿Y
el grabado del que habláis?
-Preguntad
al padre Rogelio.
-Sí,
es cierto -aceptó rebuscando en el manojo de e-mails que traía consigo-. En su
informe comenta algo de un pergamino. Déjeme ver... Aquí. Dice, en efecto, que
un pergamino envolvía la losa que extrajeron los ingenieros de Amiens... y
manda también una copia de lo que había grabado en él.
-Mostrádmela.
El
patriarca tendió la página correspondiente al anciano, y éste, tembloroso, la
colocó junto al último pliego del manuscrito templario. Ambos diseños eran como
dos gotas de agua. Copiados por el mismo artista de forma magistral y
minuciosa. Al verlos juntos, los ojos del anciano chispearon maliciosamente.
-Mirad.
-Ahora
veo lo que vio Jacob.
-Sí.
El regreso. Pronto estarán aquí.
Y
diciendo eso, Basilio y Teodoro se santiguaron.
Una
última nota del autor
LA PROFECÍA
DE KERMES
Del
regreso de los Antiguos hablan muchos. No es ficción.
El
Kore Kosmou, uno de los pocos libros pertenecientes a las enseñanzas herméticas
atribuidas al dios egipcio Toth -y que los judíos identificarían con Enoc-, da
cuenta de un relato estremecedor, que ilumina esa cuestión. Un relato,
naturalmente, muy ligado a las páginas anteriores. En él la diosa Isis narra a
su joven hijo Horus que Toth, el dios de la sabiduría, reveló todos los
secretos de los cielos en una colección de libros que él mismo escondió en
algún lugar de Egipto. Se trata de libros destinados a cambiar la faz de la
Tierra pero que sólo serán descubiertos cuando llegue el momento oportuno.
Isis,
la diosa de todas las diosas, lo explicó así a su retoño:
No
es adecuado, hijo mío, que deje este relato inacabado; debo contarte lo que
Kermes (Toth) dijo cuando depositó los libros. De esta manera habló: «Estos
libros sagrados, que he escrito con mis manos perecederas, han sido ungidos con
el elixir de la inmortalidad por Él, que es el maestro de todas las cosas y que
permanece incorruptible a través de los tiempos, y permanecerán invisibles y
ocultos a todos los hombres que vengan o surjan de las llanuras de esta tierra
(Egipto) hasta el momento en el que los cielos, ya ancianos, engendren hombres
que sean dignos de ellos». Habiendo pronunciado esta oración sobre el trabajo
de sus manos, Kermes fue recibido en el santuario de la eternidad.
¿Estamos
ya en el umbral de ese tiempo? Yo así lo creo.
BIBLIOGRAFÍA
Lo
que se cuenta en Las puertas templarias es sólo parcialmente fruto de mi
imaginación. Fueron muchas las obras consultadas para su elaboración, cada una
de las cuales aportó su imprescindible grano de arena a esta construcción
legendaria. Para los que, como Michel Témoin, sientan la necesidad de
investigar, he aquí algunas indicaciones de por dónde empezar. Fueron muchos
más los libros que revisé, pero éstos servirán para que quien tenga que llegar
a las Puertas... llegue.
Las
fuentes
-Anónimo,
Libro de Henoch (edición de Antonio Ribera), Barcelona, Ediciones 7 1/2, 1979.
-Claraval,
Bernardo de, Elogio de la nueva milicia templaría, Madrid, Siruela, 1994.
-Jerusalén,
Juan de, Las profecías de los templarios, Gerona, Tikal Ediciones, 1996.
-Maslama
Ben Ahmad, Abul-Kasim, Picatñx. El fin del sabio y el mejor de los dos medios
para avanzar, Madrid, Editora Nacional, 1982.
-Trismegisto,
Hermes, Corpus Herméficum (edición de Walter Scott), Madrid, Edaf, 1998.
-WAA.,
Sagrada Biblia (edición de Nácar-Colunga), Madrid, Biblioteca de Autores
Cristianos, 1967.
-Textos
gnósticos (Biblioteca de Nag Hammadi, vols. 1 y 2), Madrid, Trotta, 1997 y
1999.
Los
ensayos
-Ambelain,
Robert, Los secretos de Israel, Barcelona, Martínez Roca, 1996. Atienza, Juan
G., La ruta sagrada, Barcelona, Robín Book, 1992.
-La
meta secreta de los témplanos, Barcelona, Martínez Roca, 1998. Aveni, Anthony,
Stairways to the stars, Nueva York, John Wiley & Sons, 1997.
-Bauval,
Robert, Secret chamber, Londres, Century, 1999.
-Bauval,
Robert y Gilbert, Adrián, El misterio de Orion, Barcelona, Emecé, 1995.
-Bayard,
Jean-Pierre, El secreto de las catedrales, Gerona, Tikal, 1995. Béhar. Fierre,
Les langues occultes de la Renaissance, París, Éditions Desjonquéres, 1996.
-Burckhardt,
Titus, Chartresy el nacimiento de la catedral, Palma de Mallorca, Olañeta,
1999.
-Charpentier,
Louis, El enigma de la catedral de Chartres, Barcelona, Plaza y Janes, 1976.
-El
misterio de Compostela, Barcelona, Plaza yjanés, 1973.
-Los
misterios templarios, Barcelona, Apostrofe, 1995. Darcheville, Patrick, De la
pierre aux étoiles, París, Guy Trédaniel Éditeur, 1992.
-D’Ares,
Jacques (y equipo revista Atlantis), Vezelay et Saint Bernard,
Croissy-Beaubours, Dervy Livres, 1985.
-Deveraux,
Paul, La memoria de la Tierra, Barcelona, Martínez Roca,1993.
-Places
of power, Londres, Blandford, 1990.
-Foss,
Michael, Cruzados, Barcelona, Martínez Roca, 1998 Gilbert, Adrián, Los reyes
magos, Barcelona, Ediciones B, 1997.
-Halpern,
Paul, Los agujeros de gusano cósmicos, Barcelona, Ediciones B, 1993.
-Hancock,
Graham, Símbolo y señal, Barcelona, Planeta, 1993.
-Hancock,
Graham y Faiia, Santha, Heaven’s mirror, Nueva York, Crown, 1998.
-Hani,
Jean, El simbolismo del templo cristiano, Palma de Mallorca, Olañeta, 1997.
-Hedsel,
Mark (con notas de David Ovason), El celador, Barcelona, Martínez Roca, 1999.
-Herrmann,
Joachim, Atlas de Astronomía, Madrid, Alianza, 1984.
-Jacq,
Christian y Brunier, Frangois, El mensaje de los constructores de catedrales,
Barcelona, Plaza yjanés, 1976.
-Lamy,
Michel, La otra historia de los Templarios, Barcelona, Martínez Roca, 1999.
-Margáis.
Pierre y Rey, Denise, Aperc_us sur la Géométñe Sacrée, París, Éditions Guy
Trédaniel, 1998.
-Martes
Rubio, Alberto, Historia de las Constelaciones (6 vol), Madrid, Equipo Sirius,
1992.
-Meíville,
Marión, Nosotros los templarios, Gerona, Tikal, 1995.
-Rigby
Greg, On Earth as it is in Heaven, Londres, Rhadeus, 1996. Robinson, John J.,
Mazmorra, hoguera y espada, Barcelona, Planeta, 1994.
-Sinclair,
Andrewjerusalén, la cruzada interminable, Madrid, Edaf, 1997.
-Tarade,
Guy, Las venas de la Tierra, Madrid, Arias Montano Editores,
1991.
-Vidler,
Mark, The Star Mirror, Londres, Thorsons, 1998. Vogade, Frangois,
-Vézelay:
symbolisme et esotérisme, Varennes, Guillaudot, 1998.
-Yates,
Francés A., Gíordano Bruno y la Tradición Hermética, Barcelona, Ariel, 1983.

