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Libro N° 6025. La Dama Azul. Sierra, Javier.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6025. La Dama Azul. Sierra, Javier. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © La Dama Azul. Javier Sierra

 

Versión Original: © La Dama Azul. Javier Sierra

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DAMA AZUL
Javier Sierra

 

 

 

 

 

 


Solapa de la Portada: 

Javier Sierra forma parte de una nueva generación de periodistas de investigación. Después de participar en la fundación de la revista Año Cero en 1990 y de ocupar en 1996 la subdirección de la revista Mas Allá, su afán por investigar «hechos inexplicables» le ha llevado a recorrer tres continentes y a publicar cuatro ensayos. La Dama Azul es su primera incursión en la narrativa, aunque en palabras suyas «en este libro resulta particularmente difícil discernir la realidad de la ficción, sobre todo cuando todos los acontecimientos clave de la obra están apoyados en una sólida investigación de campo». Antes de sentarse a escribir estas páginas, Javier Sierra viajó en tres ocasiones a Nuevo México, Arizona y Texas recorriendo uno a uno los escenarios donde se apareció la protagonista de la novela hace más de tres siglos. En estos momentos vive en Madrid, donde tiene en preparación seis libros más de «investigaciones de frontera», como a él le gusta llamarlas.

Contraportada:

En 1629 una expedición de padres franciscanos alcanza las inhóspitas tierras de Nuevo México. Allí se encuentran con algunas tribus indígenas que afirman haber recibido la visita de una extraña mujer, a la que ellos llaman la "Dama Azul". ¿Una aparición de la Virgen o algo más?

El incidente llega pronto a oídos del papa Urbano VIII, quien ordena una investigación» cuyos resultados nunca se harán públicos.

Tres siglos y medio más tarde, diversas fuerzas luchan por hacerse con el secreto de las apariciones. Obviamente identificada como sor María Jesús de Ágreda (1602-1665), la Inquisición contabiliza mas de quinientas bilocaciones —hallarse a un tiempo en dos lugares distintos— gracias a una fór­mula secreta.

El temor no está en que alguien se apodere de la fórmula sino que con su robo se descubra un complot eclesiástico que podría minar la fe de millones de cristianos.

 

 

A las monjitas del Monasterio de la Concepción de Ágreda, en recuerdo de aquel providencial

encuentro del 14 de abril de 1991.

 

Y a Carol Sabick y J. J. Benítez, oportunas «herramientas» del Programador

 

 

 

En algunas reservas indias del sudoeste de los Estados Unidos, quedan todavía ancianas que acunan a sus nietos con curiosas historias heredadas de sus antepasados. A los pequeños se les explica que cada vez que los cielos amanecen pintados de añil, o que las praderas se quedan envueltas en un impenetrable silencio, la Dama Azul está cerca. Sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos, pobladores indígenas de Arizona, Nuevo México y Texas, sintieron su presencia hace más de tres siglos, y la veneraron como si de una poderosa diosa se tratara. Afirmaron entonces haber visto una doncella bella y refulgente que les habló de la fuerza todopoderosa que sostiene el Universo, que les advirtió de la llegada de los hombres blancos.

De hecho, fueron éstos, y especialmente una clase muy determinada de ellos -los franciscanos-, los que más a fondo investigaron tan extraña «leyenda india», y quienes –según la Historia- llegaron a identificar la verdadera naturaleza de la Dama Azul.

Nuestro relato cuenta parte de esa historia real, aunque lleva las conclusiones de la investigación eclesiástica oficial más lejos de lo que nadie habría podido suponer jamás.

Javier Sierra

 


Tres citas, tres señales:

«La casualidad es, quizá, el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar.»

Anatole France, Premio Nobel de Literatura (1921)

«Teniendo a Yahvé por refugio,

al Altísimo por tu asilo,

no te llegará calamidad

ni se acercará la plaga a tu tienda.

Pues te encomendará a sus ángeles,

para que te guarden en todos sus

caminos.»

Salmos 91, 9-11

«Lo mental y lo material constituyen dos aspectos de un proceso conjunto que están únicamente separados en el pensamiento y no en la realidad. Más bien existe una única energía que está en la base de toda realidad... Nunca existe una auténtica división entre el aspecto mental y el material...»

David Bohm, Físico (1986)

 

PREÁMBULO

 

 

El aviso

 

Diócesis de Santa Fe, Nuevo México, agosto de 1650

El joven franciscano se enjugó por enésima vez los chorros de sudor que empapaban su frente, al tiempo que humedecía de nuevo su pluma para seguir transcribiendo tan extraño interrogatorio. Frente a él, inexplicablemente ajeno a aquella asfixiante temperatura, permanecía impertérrito Gran Walpi, el nonagenario chamán y cabecilla del Clan de la Niebla de la tribu de los jumanos, arrestado por los soldados de Su Majestad Felipe IV dos semanas antes en su asentamiento de la Gran Quivira.

-Tome buena nota de lo que le voy a decir -rugió el anciano en perfecto dialecto tanoan.

-Estoy preparado.

-Está bien, escuche: jamás he violado ninguno de los secretos que me transmitieron mis antepasados. Nunca he trascrito, ni copiado sobre las rocas rojas, las fórmulas que han permitido a los Hombres Sagrados de mi pueblo volar a los territorios del más allá y recibir de los Espíritus Guía la sabiduría necesaria para vencer las dificultades a las que se ha enfrentado la nación Jumana. Ni tampoco pienso hacerlo ahora. Lo único que admito es ser el único de mi estirpe que aún no ha sucumbido a las presiones que desde hace más de dos décadas vengo sufriendo por parte de los Castillas1 para abnegar de mi don y entregarme a vuestro Dios.

 

1 Así llamaban los indios del sudoeste de los actuales Estados Unidos a los españoles.

 

-Y, sin embargo -balbuceó el fraile mientras terminaba de transcribir las palabras del indio-, el resto de su poblado pidió ser bautizado hace tiempo...

-Sí, así es.

El anciano susurró aquella respuesta como si acabaran de arrancársela de las entrañas.

-Pero déjeme contarle algo que quizá no sepa -prosiguió-. Yo soy el primogénito de una estirpe de Hombres Sagrados, instruidos desde la noche de los tiempos en el arte de hablar con los espíritus. Durante generaciones, mi familia ha actuado como intermediaria entre los habitantes del más allá y mi pueblo. Gracias a los hongos sagrados y al son de los tambores mágicos he podido reunirme con antepasados fallecidos hace cientos de lunas, recibiendo de ellos sus enseñanzas o escuchando con mis propios oídos su sabiduría.

También he podido caminar por el sendero que todos recorreremos algún día al morir, y he visto con los ojos del alma la enorme diversidad de seres que pueblan esos territorios. Seres que si decidieran tomar cuerpo físico podrían caminar entre nosotros dos sin que nos apercibiéramos de su naturaleza superior, y que incluso podrían modificar el rumbo de nuestra conversación, o de nuestra vida entera, si ello figurara en sus planes.

El franciscano resopló de impotencia.

-¿Ángeles?

-Los suyos los llaman así.

-Pero ¿no vio usted a la Dama Azul? ¿No le mostró ella cuál era la única fe verdadera? ¿Por qué no se convirtió como el resto de su pueblo?

-El hermano del manto marrón no entiende nada... -Gran Walpi, el anciano, fijó sus hundidos ojos grises en los del fraile-. La Dama Azul, en efecto, nos visitó y nos trajo las señales que vaticinaban la llegada de los Padres. Pero lo hizo gracias a la ayuda que ella recibió de esos seres de los que le hablo. Y eso nadie lo tuvo en cuenta. Puede creerlo o no, de hecho muchos Castillas con los que he conversado en este tiempo de arresto dicen que es imposible hablar con ningún ser del más allá en tanto uno viva en su cuerpo de carne y hueso, pero no importa. Yo he visto, he oído y he sentido. Y eso me basta. Comprenda que fue mi padre quien me inició en estas prácticas, y a mi padre fue mi abuelo quien le mostró el camino. Y a éste, su padre, y el padre de su padre. Y aunque es cierto que ninguno de ellos me habló de la llegada de la Dama Azul, sí me prepararon para recibir visitas como ésa, que podrían cambiar para siempre el orden que un día instauraron los Espíritus Guía en estas tierras.

Gran Walpi hablaba pausadamente, como si quisiera que el fraile, pese a sus rudimentarios conocimientos de aquel dialecto indígena, pudiera entender hasta la última de sus palabras.

-No sé si sabe las penas que se dispensan a los practicantes de brujería...

Gran Walpi no reaccionó ante aquella velada amenaza. Es como si supiera que la muerte se lo llevaría pronto, antes incluso de que cayera sobre él el peso de la justicia.

-Un tribunal del Santo Oficio de España ha solicitado que entrevistemos de nuevo a todos aquellos que vieron a la Dama Azul para poder determinar su identidad. Por eso le hemos llamado. Y no quisiera que sus declaraciones sirvieran para abrirle a usted un proceso que le perjudicara.

-No pueden comprender la naturaleza de la Dama Azul. Nadie puede. -El anciano tosió levemente antes de continuar-: Vino aquí en su cuerpo físico, traída por voluntad de los Superiores de los que le acabo de hablar, y aunque algunos llegaron a disparar sus flechas contra ella, nunca fueron capaces de abatirla o de hacerla retroceder. No. Ella fue alguien muy poderosa, y trajo consigo un mensaje igualmente potente, cuyo alcance no es para esta época.

-¿Qué quiere decir?

-Los Hombres Sagrados, los Hombres Medicina, somos capaces de transgredir el orden del tiempo. Durante nuestros viajes más allá de nuestro cuerpo entramos en un mundo donde el pasado, el presente y el futuro se confunden.

-¡Brujerías!

-Llámelo como quiera, pero tome nota de lo que le voy a decir, porque sólo lo escuchará una vez de mis labios: en un momento que está aún por llegar, cuando alguno de los herederos de mi linaje esté preparado para ello y los Espíritus Guía consientan en allanar el camino, se sabrá toda la verdad acerca de la Dama Azul.

El franciscano arqueó sus cejas mostrando su incredulidad, mientras garabateaba aquellas palabras en su pliego de papel sin perder detalle.

-¿Cuándo será eso?

-No antes de trescientos veranos como éste.

-¿Y cómo sabremos que el momento ha llegado?

-No se preocupe. Quienes vengan después de usted lo sabrán.

 

1       Trescientos cuarenta y un años después

Con paso ligero, el padre benedictino Giuseppe Baldi cruzó la plaza de San Marcos a última hora de la tarde.

Como de costumbre, caminó en dirección a la orilla de los Schiavoni donde tomó el primer vaporetto con destino a la isla de San Giorgio Maggiore. Consultó su reloj de pulsera, aflojó el último botón de su hábito tratando de exprimir un poco de relax a la cargada atmósfera veneciana y, mientras aguardaba a que quedara algún asiento libre, aprovechó para limpiar concienzudamente los cristales de sus gafas.

-Pater noster qui es in coelis... -comenzó a susurrar en latín.

Tras ajustarse las lentes sobre su nariz, descubrió que el habitual horizonte neblinoso de la ciudad de los cuatrocientos puentes resaltaba especialmente aquella tarde.

-... sanctificetur nomen tuum...

 


 

 

 

Sin soltar su letanía, que repetía una y otra vez como si tratara de descubrir algo en ella, el padre Baldi se abandonó contemplando cómo los tonos ocres del crepúsculo se reflejaban en las aguas de la desembocadura del Gran Canal.

No era difícil deducir que la primavera estaba ya a punto de estallar.

El sacerdote contuvo un suspiro, repitió en alto un par de veces «¡Pater noster! ¡Pater noster!», y echó un discreto vistazo a su alrededor. Un grupo de tímidos turistas nipones, cámara en ristre, y un par de jóvenes que identificó rápidamente como internos del orfanato Giorgio Cini de la isla, auguraban una travesía sin contratiempos.

 

«Todo en orden», pensó.

 

Catorce minutos más tarde, aquella especie de autobús flotante apeó a sus pasajeros en un embarcadero de hormigón y reemprendió el camino de regreso hacia la plaza de San Marcos. Un bofetón de aire frío despejó de golpe a los recién llegados, anunciando que aquel atardecer sería, al menos para el padre Baldi, tan tranquilo y gélido como todos los de aquel invierno.

Adoraba el orden. Y aunque sus planes para el resto del día eran sencillos, los repasó mentalmente mientras echaba a andar: tras asearse y cambiarse de calzado, cenaría frugalmente y luego se encerraría en su celda para revisar la correspondencia, entregarse a la lectura y dar cumplida respuesta a las cartas más importantes. Nada, pues, de rezos, ejercicios espirituales o charlas intrascendentes.

La perfección del plan residía en su rutina y ello le reconfortaba.

Una vez hubo abandonado el embarcadero, enfiló hacia la explanada que discurre por delante de la bella iglesia; rodeó el austero campanario de finales del XVII, y tras un nuevo vistazo a la grisácea panorámica de la plaza de San Marcos que desde allí se divisaba, aceleró el paso en dirección a la puerta de servicio de la residencia benedictina.

Siempre había seguido la misma rutina desde su llegada a la abadía treinta y seis años atrás. Los mismos gestos, las mismas impenetrables sonrisas mientras contemplaba la nada, ajeno a la excitación de los turistas que a esa hora tomaban el vaporetto, y hasta las mismas pausas en su recorrido ya en tierra firme. Y es que, pese a que esa hora tardía marcaba para todos los frailes de San Giorgio el final de la jornada, para él suponía el umbral del momento más intenso del día. Sus ocupaciones oficiales en el conservatorio Benedetto Marcello de Venecia como profesor de prepolifonía -música anterior al año mil y, por tanto, precursora de las primeras partituras escritas- apenas habían logrado nunca distraerle de sus múltiples intereses «discretos», de los que ni el mismo abad de San Giorgio estaba al corriente.

 

Hasta cierto punto era lógico: ¿quién si no un hermano de la Ordo Sancti Benedicti podría encargarse de tales estudios? A fin de cuentas, cuando San Benito fundó la orden en el siglo VI, en el monasterio italiano de Montecassino, redactó su célebre Regla de oración anticipándose en varios siglos a la instauración oficial de las notas musicales.1

1 Así, los maitines (a las 2 de la madrugada en invierno) se corresponden con la nota do. Los laudes (al amanecer) con re. Los oficios de la hora primera (6 am), tercia (9 am) y sexta (12 am) con mi, fa y sol. La nona (15 horas) se corresponde con la, las vísperas (a la puesta del sol) con sí y las completas se cerraban con do, para reiniciarse de nuevo el ciclo al día siguiente.

 

Es decir, impuso a sus monjes un «oficio divino» dividido en ocho servicios religiosos diarios con siete intervalos férreamente marcados, a imagen de los ocho «modos» que se emplearán tiempo más tarde en música, y que suponen a su vez ocho maneras distintas de combinar ocho notas. Si aquello fue una locura o una anticipación a su tiempo de San Benito, nadie lo supo nunca. Ni siquiera nuestro hombre...

Baldi, pues, era en sí mismo una pieza fuera de serie: en círculos cultos se le consideraba el cabeza visible de una clase de estudios -los prepolifónicos- únicos en el mundo, y cuyos orígenes buscaba en Aristóteles o Pitágoras, y más allá de éstos, en los recintos iniciáticos del antiguo Egipto o en los jardines colgantes de Babilonia.

La tesis que Baldi había desarrollado con los años a ese respecto era fascinante. Creía que los antiguos no sólo conocían la armonía y la aplicaban matemáticamente a sus composiciones musicales, sino que con éstas buscaban provocar estados alterados de conciencia durante las ceremonias sagradas, que permitieran a sacerdotes e iniciados acceder a parcelas sutiles de la realidad. Aquellas músicas debían permitirles incluso rastrear imágenes y sonidos del pasado que, de alguna manera, quedaban impregnados alrededor de la Tierra de la misma manera que la luz de las estrellas que vemos corresponde a la luz que emitieron hace miles o miles de millones de años. A tan grandes sabios hoy olvidados les bastaba desarrollar una «sintonía mental» adecuada para capturar esas imágenes y sonidos antiguos y poder revivir así cualquier momento del pasado. Dicho de otro modo, la música modulaba la frecuencia de las ondas del cerebro y estimulaba centros de percepción del mismo habitualmente aletargados, capaces, incluso, de navegar en el tiempo.

Pero ese conocimiento se perdió.

Pocos, por supuesto, comprendieron sus ideas vanguardistas. Lo que no impidió que, pese a su soledad intelectual, Baldi luciera habitualmente un rostro jovial y amigable. Es más, sus gafas de alambre y sus ensortijados cabellos plateados le conferían cierto halo travieso, impertinente, casi diabólico; una imagen que había sabido explotar a conciencia para mantenerse a salvo de cualquier indiscreción o ataque de curiosidad de sus hermanos en la fe.

Y aquel día de finales de marzo no fue una excepción.

 

 

2

 

-Buona sera, pater -le saludó cordialmente fray Angélico, el portero, nada más abrirle la puerta acristalada de la abadía.

Tras responderle mecánicamente y confirmar que, en efecto, tenía la correspondencia del día sobre su escritorio, el padre Baldi se precipitó escaleras arriba en dirección a su celda. Una vez en ella, si­guiendo un ritual casi pagano, Baldi encendió su polvoriento flexo ne­gro, azuzó un pequeño brasero que tenía bajo su mesa y distribuyó su siempre bien nutrida colección de cartas en dos montones diferencia­dos, según se tratara de envíos esperados o espontáneos. Acto segui­do, tras ausentarse durante veinte minutos escasos para acudir al co­medor a la hora fijada para la cena, procedió a abrirlos uno a uno, con precisión casi quirúrgica.

Disfrutaba.

En el montón de la correspondencia deseada se apilaban los tres últimos ejemplares de L'Osservatore Romano, correspondientes a los últimos días de marzo de 1991, sin duda retenidos en la oficina de correos durante el fin de semana anterior. También esperaba una car­ta de su hermana Paola, enviada desde el Abruzzo, y tres gruesos en­víos matasellados en Londres, Roma y Madrid, con remitentes que firmaban como «San Marcos», «San Mateo» y «San Juan».

Baldi acarició aquellos tres sobres y sonrió. No había nada en el mundo que le produjera más satisfacción que recibir esas gruesas misi­vas de color sepia.

En el otro montón, en cambio, se apilaban algunas hojas pa­rroquiales del Venetto, así como otro lujoso sobre de color tierra, con el familiar sello monocromo en relieve de la Secretaría de Estado de Su Santidad. Lo habían echado al correo dos días antes en la Ciudad del Vaticano y llevaba el franqueo propio de una carta urgente. El aspecto del envío no ofrecía dudas: requería ser leído de inmediato.

Con cierta gravedad, el padre Baldi tomó el estilete de bronce que usaba para rasgar su correspondencia, y abrió con limpieza el so­bre pontificio.

«Caro San Lucca -comenzó a leer-. Debe usted interrumpir de inmediato toda investigación. Los asesores científicos del Santo Padre reclaman su presencia en Roma para aclarar los pormenores de su Ultima indiscreción. No demore su visita más allá del próximo domin­go». Y firmaba: «Tuyo afectísimo, Stanislaw».

A punto estuvo de cortársele la respiración.  Temblando de nervios, releyó la misiva con atención otras dos veces más. Sintió náuseas cada vez que sus ojos repasaron aquello de «los pormenores de su última indiscreción» y una vez concluidas sus lecturas, en las que buscó desesperadamente algún fallo de interpreta­ción, algún detalle importante que le hubiera pasado desapercibido, se rindió a la evidencia. Apretó los puños con furia, y dejó que de sus labios ahora amoratados escapara un débil susurró: ¡Maledizzione! Baldi se transmutó en cuestión de segundos. Y es que, pese a lo poco explícito de aquella carta, sabía a la perfección a qué se estaba refiriendo el secretario personal de Su Santidad... y bien que lo la­mentaba.

-Un'altra volta, lo stesso errore -volvió a murmurar compun­gido.

Irritado, arrojó el abrecartas contra la mesa. Jamás hubiera su­puesto que aquella entrevista concedida unos meses atrás a un redac­tor de una conocida revista española con aspecto de ingenuo, le fuera a acarrear nuevos y graves problemas. Porque, ¿qué otra cosa, sino hablar con un periodista, podría considerarse «una indiscreción» en Roma? Además, recordaba perfectamente la situación: un joven, que debía rondar la treintena y con aspecto de empollón, se presentó en la abadía con la excusa de entrevistarle sobre su peculiar actividad pastoral de los miércoles. Su coartada funcionó, pues, efectivamente, cada semana Baldi recibía allí mismo, tras aquellos nobles muros, a cente­nares de personas que esperaban ansiosas su bendición para expulsar los demonios de sus cuerpos. El benedictino era consciente de que la mayoría de aquellos desgraciados no pasaban de ser enfermos menta­les o, en el mejor de los casos, unos pobres histéricos, pero a la vez confiaba ciegamente en el poder curativo, casi balsámico, de la fe y administraba sus bendiciones con generosidad.

De hecho, tanta publicidad le dispensaron los populares semanarios italianos Gente Mese u Oggi, y tanto eco recibió su libro La Catechesi del Diabolo en prensa, radio y televisión, que no le extrañó demasiado que una revista española hubiera terminado inte­resándose por sus exorcismos... Y, claro, concedió la entrevista.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que al reportero no le preo­cupaba lo más mínimo su trabajo como «expulsador de demonios». Con un tacto casi diplomático, aquel jovenzuelo le tanteó sobre otro asunto que él mismo había cometido la indiscreción de destapar levemente en 1972, y que le convirtió, durante unos días, en una celebridad.

En efecto, hacía exactamente diecinueve años, su nombre apa­reció en letras de molde como el cura del Venetto que afirmaba llevar más de una década trabajando en un método capaz de recuperar imá­genes y sonidos del pasado, con la ayuda de un pequeño equipo de doce físicos internacionales. De hecho, fue el Domenica della Corriere quien primero afirmó -y puso en boca del padre Baldi, que era peor- que ese equipo había sido incluso capaz de obtener, con total exacti­tud, piezas musicales antiguas ya perdidas, como el Thiestes de Quin­to Ennio, elaborada hacia el 169 d. C, así como la transcripción literal de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, zanjando así la controversia existente al respecto entre los propios Evange­listas.1

 

1 La controversia persiste aún hoy. Mientras Mateo asegura en su Evangelio que «hacia la hora nona exclamó Jesús con voz fuerte, diciendo: Eli, Eli, lema sabachtani! Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46) y Marcos lo refrenda (Mc 15, 34), Lucas oculta este extremo de debilidad de Jesús y afirma que las últimas palabras del Hijo del Hombre fueron: «Padre: en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Juan, por su parte, añade más dudas a los exégetas al afirmar que, tras mojar sus labios en vinagre, Jesús se limitó a susurrar un tímido «todo está acabado» (Jn 19, 30) antes de expirar.

 

Aquellas revelaciones -que Baldi creía completamente olvida­das en la memoria colectiva, ya que después se negó a hacer ninguna declaración confirmando o desmintiendo el asunto- estremecieron a muchos y, aunque la «exclusiva» corrió como la pólvora entre las agencias de noticias de medio mundo, el hecho de que aquel periodista ibérico le hubiera preguntado de nuevo por la Cronovisión,2 le dejó estupefacto.

 

2 Literalmente, visión a través del tiempo.

 

-¡La Cronovisión! -Baldi ahogó un nuevo grito-. ¿Qué demo­nios...?

Sus recuerdos le hicieron apretar aún más los puños. No podía creer que hubiera caído de nuevo en el mismo error de hacía más de tres lustros. ¿Qué se habría publicado en España para que la Secreta­ría de Estado vaticana le reclamara con tanta urgencia? ¿Se había vuelto a ir de la lengua con su interlocutor? ¿O éste habría suplido su silencio con alguna pérfida invención?

Por más que se esforzaba, no conseguía dar con las razones exactas de su «última indiscreción». ¿Habría hablado al español, por error, naturalmente, de los «cuatro evangelistas»? ¿Acaso del proyec­to de Cronovisión? No. No lo creía. Lo peor era que, pese a que se sentía incapaz de recordar los términos exactos de su escueta charla con aquel reportero, a su memoria fluían a borbotones imágenes vívidas de su primer resbalón con la prensa en 1972. En esa época, el arti­culista del Corriere, un tal Vicenzo Maddaloni, había optado por mezclar unas pocas verdades con mentiras tan estrepitosas como una supuesta fotografía de Jesús en la cruz que ni él ni su equipo obtuvie­ron jamás pero que aquel redactor había conseguido sabe Dios de dónde.1 Por no hablar de sus nada científicas afirmaciones, como que todo lo que sucede en este planeta queda grabado en una suerte de cinta magnética infinita e invisible llamada éter, y que los experimen­tos de Baldi y su equipo habían logrado por fin descodificar e interpre­tar. ¿Y ahora? ¿Había vuelto a exagerar las cosas otro periodista? ¿Y en qué términos?

 

1 Maddaloni aseguró que la foto le fue entregada por un tal «signor X», que fue quien le remitió después a Baldi. Años más tarde se apuntó la hipótesis de que la instantánea fue obtenida de una imagen de madera de un Cristo conservado en el Santuario dell'Amore Misericordioso, en Collevalenza, cerca de Todi, en Italia.

 

Sus dudas ensombrecieron rápidamente su gesto plácido, obli­gándole a descargar su exceso de adrenalina con movimientos reflejos bruscos. Se levantó de su mesa, merodeó alrededor de su celda derri­bando un par de columnas de libros y hasta deshizo la cama con cierta virulencia.

-Maledizzione! -repitió una vez más en tono iracundo.

Como si en ello le fuera la vida, el benedictino se arrancó fi­nalmente las gafas, se frotó con fuerza los ojos y se enjugó el rostro en un pequeño lavabo empotrado en la pared de su celda. «¡Estúpido!», le hubiera gustado gritarse al descubrir su rostro enrojecido en el espe­jo.., pero calló.

Después, sin abrir los sobres de «San Marcos», «San Mateo» o «San Juan», se precipitó por las escaleras que comunicaban su celda con el recibidor del monasterio. Una vez allí, sin encender las luces del vestidor, torció a la derecha hacia una gran puerta cerrada a con­ciencia, introdujo una mohosa llave en su cerradura y penetró en la estancia con determinación. Buscaba un teléfono y el despacho del abad le ofrecía el más discreto de todos. Ya tendría tiempo de expli­car cómo se había hecho con la llave de aquella estancia... si era nece­sario.

-Pronto, ¿puedo hablar con el padre Corso? -susurró apenas hubo marcado los nueve números correspondientes a algún abonado de Roma.

-Un attimo, prego -contestó una grave voz masculina al otro lado del aparato.

Baldi esperó durante unos segundos envuelto en la penumbra del despacho, tamborileando con los dedos de su mano derecha la cu­bierta de cristal de la mesa del abad.

-Sí, ¿dígame? Habla el padre Corso.

-Mateo... -gimió con voz entrecortada Baldi-. Soy yo.

-¡Lucas! ¿Qué estás haciendo llamándome a estas horas?

-Tengo una buena razón. He recibido una carta de la Secretaría de Estado de Su Santidad, recriminándome por nuestras indiscre­ciones...

-¿Indiscreciones? -la voz del padre Corso vaciló.

-Sí. ¿Recuerdas al periodista español del que te hablé?

-Claro. Aquel que trató de sonsacarte algo sobre la Cronovisión, ¿no?

-Ese mismo. Pues bien, creo que ha debido publicar algo sobre mí que ha irritado al Santo Padre.

-En ese caso -Corso se fortaleció-, están hablando de tus indis­creciones, no de las nuestras. ¿Capito?

-Está bien -admitió-, mis indiscreciones... El caso es que me han citado en la Cittá para que les rinda cuentas. Verás -continuó in­deciso-, no quiero que cancelen nuestro proyecto en el estado de desa­rrollo en el que ahora se encuentra, pero temo que pueda sufrir un nuevo retraso por mi causa. Nadie en Roma conoce a fondo tu implicación en esta investigación; todos los informes se han enviado siem­pre en clave, y creo que tú podrías seguir adelante sin que otros tuvie­ran que estar al tanto de los progresos.

El padre Corso -o mejor, «San Mateo»- enmudeció. Como Baldi, era hombre de acción aunque mucho más prudente que su in­terlocutor.

-¿Me escuchas?

-Te escucho, Lucas... Pero ya es tarde -musitó Corso con voz cansina.

-¿Qué quieres decir?

-Un gorila del Santo Oficio me llamó ayer por la noche. Me puso al corriente de lo que deseaban hacer con el proyecto y me ad­virtió de que hemos perdido el control sobre nuestros descubrimien­tos. Que ellos necesitan hacerse con los avances del equipo para apli­carlos de inmediato a asuntos de Iglesia.

El padre Baldi se derrumbó.

-¿Del IOE?1 ¿De la Congregación para la Doctrina de la Fe? -susurró.

-En efecto.

-Sí, ya es tarde...

 

1 El IOE, o Instituto para las Obras Exteriores, coordina los Servicios Secre­tos Vaticanos al servicio del antiguo Santo Oficio; esto es, la actual Santa Congregación para la Doctrina de la Fe. (Nota del Editor.)

 

El benedictino dejó caer los codos sobre la mesa del abad, suje­tando con su mano izquierda el auricular.

-Mio Dio! -gimió de nuevo-. ¿Y no hay nada que podamos hacer?

-Ve a Roma, Lucas, y zanja este asunto. Además, si quieres un buen consejo, no vuelvas a hablar nunca de este proyecto en público. Recuerda que cuando te fuiste de la lengua hace años, Pío XII lo clasi­ficó como Riservattisimo, aunque el Papa Juan aflojara más tarde la mordaza.

-Lo recordaré... -asintió-, gracias. Por cierto, todavía no he abierto un sobre tuyo que he recibido esta tarde, ¿qué contiene?

-Mi último informe. En él te detallo cómo hemos depurado nuestro sistema de acceso al pasado. Fray Alberto obtuvo la semana pasada las frecuencias que nos faltaban para lograr vencer la barrera de los tres siglos. ¿Recuerdas?

-Lo recuerdo. ¿Y...?

-Un éxito rotundo.

 

 

3       Dos semanas más tarde

 

¿Hasta qué punto podemos tener fe en algo o en alguien que no hemos visto nunca? ¿Dónde está la barrera que marca la diferencia entre temeridad y confianza en el Destino, o simplemente fe, cuando se trata de tomar las riendas de nuestra vida? ¿Dispone alguien de pruebas, siquiera sutiles indicios, que demuestren que existe una inteli­gencia organizadora detrás del programa que cada ser humano ha ve­nido a cumplir en este mundo? ¿Y moldea esa inteligencia los peque­ños destinos de cada uno con arreglo a algún Plan General más vasto e inalcanzable?

Carlos estaba aturdido. Nunca antes se había formulado esta clase de preguntas. Es más, hasta aquel momento -una buena mañana, entrada ya la primavera de 1991-, las cuestiones metafísicas le traían sin cuidado. Pese a que desde niño se mostró rebelde con las explica­ciones de sus profesores, empeñados en inculcarle una imagen «natu­ralista» y «mecanicista» del mundo, donde todo ocurre porque así lo marcan ciertas leyes inmutables, jamás se preocupó por indagar quién -o quizá, qué- diseñó esas normas. Eso era religión y no ciencia. Aun­que, eso sí, desde entonces se consagró a husmear en todo lo que transgrediera los dictados de semejantes «normas naturales».

Diríase que le embriagaba la sensación de tener a su alcance pruebas que contradijeran abiertamente lo establecido, y gozaba con el simple hecho de transmitirlas a los demás, provocándoles la inquie­tud de saberse en un mundo fuera de control.

Pero es que además, Carlos era un tipo con suerte. De esos que, casi por instinto, confían plenamente en ella sin saber muy bien por qué. Trabajaba desde hacía tres años para una importante revista mensual de Madrid que le permitía consagrarse, precisamente, a ese secreto placer. Desde el principio, sus excelentes relaciones con el di­rector del magazine -un hombre al que conoció en la Facultad de Ciencias de la Información, cuando sólo era un adolescente-, le sirvie­ron para visitar un amplio abanico de destinos, siempre en busca de personajes o historias curiosas. Gustaba justo de aquellos relatos que otros compañeros de profesión rechazaban por «fantasiosos», «infun­dados» o «deliberadamente falsos». Por su mesa de trabajo habían pa­sado, por tanto, desde los «imposibles» cuentos de sabios amautas del altiplano boliviano, que aseguraban atesorar todavía un líquido capaz de ablandar la roca más dura y que ya fue utilizado por los incas para construir Sacsayhuamán o Macchu Picchu, hasta pilotos militares que juraban haber perseguido ovnis sobre territorio español y haber sido forzados por sus superiores a guardar un escrupuloso silencio.

Su trabajo le fascinaba. Y sabía que la cercanía del cambio de milenio no hacía sino incrementar vertiginosamente el número de lec­tores inquietos, ávidos de sus relatos. Llevaba años recogiendo histo­rias, sin pararse nunca a pensar si tenían algún hilo sutil que las uniera y les diera coherencia... hasta entonces. Y es que, durante aquel mes de abril algo torpedeó su aparente frialdad, acaso su orgullosa objeti­vidad periodística, cuando menos se lo esperaba. Algo que le haría replantearse su papel en la vida como nunca antes en sus veintinueve años de existencia y que le enfrentaría a un hecho que ya consideran íntimamente probado millones de personas de todo el mundo: que los acontecimientos más importantes de la vida de un ser humano están programados de antemano. Y que, por tanto, en alguna parte se escon­de el Programador.

Pero él no era de ésos.

 

4

 

-¿Y adónde se supone que vamos hoy? -preguntó Txema con cierta sorna, acostumbrado a las excentricidades de su patrón.

-A cazar «sábanas santas».

La respuesta de Carlos no le conmovió en absoluto. Txema, cargado con su ligera Eos 1000, un macro Compact EF de 50 mm, un aparatoso flash electrónico y un teleobjetivo Canon 80-200, estaba he­cho a todo. Había acompañado a aquel loco por medio mundo, bajo condiciones climatológicas aún peores que las de aquella mañana y sabía que su proverbial tenacidad -o, mejor, su cabezonería aragone­sa- era capaz de sacarles casi de cualquier situación.

-Supongo que esta mañana habrás escuchado en la radio el parte meteorológico, ¿no?

Carlos asintió sin demasiado convencimiento.

-Y sabrás que tu Ibiza necesitará cadenas, como cualquier otro vehículo de cuatro ruedas, por encima de los mil metros...

El patrón siguió sin articular palabra.

-¿Llevas cadenas? -insistió Txema.

Carlos le miró de reojo y, mientras limpiaba con una mano el vaho del parabrisas y sujetaba el volante de su coche con la otra, acer­tó a contestarle entre dientes:

-¿De veras crees que en pleno mes de abril puede dejarnos aislados una nevada? ¿Es que ya no confías en mi estrella?

El tono de Carlos sonó a reproche.

-Precisamente por eso... Te conozco desde hace mucho y sé que vamos a terminar en la cima de cualquier monte buscando algo tan absurdo como una reliquia falsa ¡y sin cadenas! -respondió el fotó­grafo con resignación.

-No exageres. Con un poco de suerte, en la Sierra de Cameros no ha nevado y podremos ver las dos copias de la «sábana» en tres o cuatro horas.

Txema receló. No creía que la nieve hubiera perdonado los Ca­meros y mucho menos las serpenteantes carreteras de la región. Ade­más, tampoco acertaba a entender el porqué de aquella absurda inves­tigación. «¿Puede haber algo más ridículo que visitar unas reliquias que ya se sabe de antemano que son más falsas que Judas?»

-Sé que te parece que estoy perdiendo el tiempo.

Txema se sonrojó, como si el patrón hubiera descubierto sus pensamientos.

-... Pero me resulta muy curioso que existan tantas copias de la Sábana Santa de Turín a partir del siglo XVI y que, en cambio, no haya ninguna del siglo X o del XI.

-¿Y qué tiene eso de particular?

-Muy fácil. Para los que creen que la Sábana Santa de Turín es una falsificación del siglo XIV, el hecho de que sólo existan copias de ella a partir, precisamente, de esa fecha parece confirmar su teoría.

-Bien. Y si todo apunta al fraude, ¿qué estamos buscando en­tonces?

-Imagínatelo. Si descubrimos que una sola de estas sábanas fue copiada de la de Turín antes del siglo XIV, habremos demostrado que la original es mucho más antigua que lo que dicen los últimos análisis del carbono-14, que la dataron entre 1260 y 1390.

El fotógrafo bostezó sin disimulo.

-Ya, muy bonito. Y si no encuentras ninguna del siglo X, ¿qué pasará con tu reportaje?

-¡Nada! -exclamó triunfal Carlos-. Eso es lo mejor de todo: aunque se sabe que son reliquias falsas, se las venera porque se cree que estuvieron alguna vez en contacto con la original. Bastará con que cuente las supersticiones que rodean esas telas para que...

-¿Y se puede saber por qué has dejado tus otras investigacio­nes por una tontería semejante? Antes, nunca te habías interesado por temas religiosos. Decías que eran cosa de viejas.

La interrupción de Txema mudó la cara de Carlos.

-¿A qué te refieres?

-Ya sabes... Siempre habías esquivado todo lo que tuviera que ver con religión, espiritualidad, mística... Te recuerdo gritando en la redacción que ésos eran temas que sólo se podían coger por los pelos, porque siempre carecían de elementos tangibles que poder investigar y contrastar.

-Es cierto. De hecho, sólo conozco un par de excepciones. Y una es, precisamente, la Sábana Santa.

Carlos seguía con el rictus serio, sin apartar la vista de la carre­tera helada, rumbo a Laguna de Cameros. Acababan de abando­nar el hotel Murrieta de Logroño, un recoleto «tres estrellas», en el que habían trazado su plan de búsqueda de sábanas santas en los Cameros.

-¿Y qué pasó con aquel asunto de las teleportaciones? -el fotó­grafo siguió a lo suyo-. ¿Recuerdas a aquellos tipos que me llevaste a ver, que decían que entraron en una niebla muy espesa y aparecieron a no sé cuántos kilómetros de distancia? ¿Y la noche que pasamos en Alicante, arriba y abajo de la carretera 340, tratando de que nos teleportaran? ¿O lo de aquel cura de Venecia que hace unos meses nos dijo que era capaz de hacer que una persona se trasladara al pasado, a cientos de kilómetros de donde se encontrara, y espiara cualquier mo­mento histórico?

-Son cosas distintas, Txema.

-A lo mejor no tanto. Y en cualquier caso, mucho más intere­santes que buscar sábanas falsas de hace cuatro siglos. Además -rema­tó-, si nos jugamos la piel en la carretera me gustaría que fuera por algo más serio...

El fotógrafo tocó fondo, arañando el orgullo de su interlocu­tor. Carlos, en efecto, llevaba varios días tratando de huir de una in­vestigación realmente interesante: durante los últimos diez meses se había empeñado en la localización de testigos que aseguraban haber sufrido episodios de «teleportación», que decían haber sido traslada­dos instantáneamente a lugares remotos mientras conducían sus vehículos, pilotaban sus aviones o navegaban a bordo de sus embarca­ciones, y que no tenían ni la más remota idea de cómo pudieron verse envueltos en semejantes «saltos». Todas las personas que entrevistó el patrón, hablaban sin excepción de cómo, mientras se encontraban via­jando por alguna zona poco transitada, se tropezaron con un repentino muro de niebla, penetraron en él y, tras vencerlo, se encontraron en una carretera distinta o en coordenadas muy diferentes a las que es­taban recorriendo sólo unos segundos antes.

En un año escaso el patrón localizó y entrevistó a una veinte­na de personas que habían vivido de cerca esa clase de experiencias. Habló con pilotos civiles y militares, con sacerdotes, viajantes de comercio, camioneros y hasta con el ex marido de una famosa cantan­te. Incluso, muy propio de Carlos, llegó a establecer prima facie algunas leyes que suponía regían el comportamiento de tales desapari­ciones.

Sin embargo, calculó mal sus fuerzas y la investigación pronto se le quedó grande. Los fondos previstos por la revista se habían ago­tado en viajes, y él sencillamente se había estancado y no sabía por dónde continuar.

Se sentía fracasado. Había fallado por primera vez, y de mane­ra estrepitosa.

Mientras el Seat rojo de Carlos esquivaba los charcos helados de una carretera cada vez más estrecha y sinuosa, que serpenteaba entre las montañas peladas y blancas, Txema volvió a la carga.

-Si estabas tan entusiasmado por aquello, ¿por qué lo dejaste?

-Carlos le miró por el rabillo del ojo, aminoró la marcha, metió la tercera y contestó de mala gana.

-La culpa la tuvieron dos casos históricos de los que no pude encontrar ni rastro y que me hicieron recapacitar sobre si no estaría persiguiendo una leyenda sin fundamento, una quimera.

-¡Oh, vamos! ¿Qué casos son ésos?

-El primero lo vivió un soldado español del siglo XVI que, mien­tras estaba destacado en Manila, se trasladó instantáneamente -el 25 de octubre de 1593- hasta la plaza mayor de la Ciudad de México...

Txema se agitó en su asiento. Le revolvía el estómago que aquel jovenzuelo tuviera tan buena memoria para los nombres, las fe­chas y los lugares, pero le dejó continuar.

-... Según lo que pude averiguar, aquel hombre cruzó 15.000 kilómetros de tierra y océanos, y en cuestión de segundos se plantó en el otro extremo del mundo sin que nunca pudiera explicar cómo de­monios lo hizo.

-¿Y el segundo caso?

-Bueno, ése fue todavía más espectacular: las mismas escuetas fuentes que consulté mencionaban a una monja española llamada Ma­ría Jesús de Ágreda, que, casi cuatro décadas después del «vuelo» del soldado a Centroamérica, fue interrogada por la Inquisición como con­secuencia de sus repetidas visitas a Nuevo México para cristianizar a varias tribus indígenas a lo largo del Río Grande.

-¿Iba y volvía cuando quería? -murmuró Txema incrédulo.

-Eso parece. Alguien tan poco sospechoso como una monjita de clausura castellana fue capaz de controlar su capacidad de «vuelo» y burlar a los tribunales del Santo Oficio sin que la condenaran por brujería.

-¿Y diste con ella?

-Ni con ella ni con el soldado -su voz sonó ahora lastimera-. En el caso de la monja, tenía su nombre, pero no un lugar o un conven­to por el que empezar a buscar. En cuanto al soldado, conocía sus puntos de partida y llegada, también la fecha de su «vuelo», pero ja­más encontré su nombre o un documento de la época que recogiera su hazaña... De hecho, dejé el asunto aparcado. Si lo recuerdas, en mi último reportaje citaba esos dos incidentes, pero sin darles apenas im­portancia, y archivé todo el asunto porque no veía la manera de enfo­carlo. Por eso decidí dedicarme a otras cosas.

-A la religión, por lo que veo.

-No exactamente.

-También publicaste lo del cura de Venecia...

-Sí, también. Hablé de su idea de poder alcanzar imágenes del pasado desde nuestro presente, pero tampoco eso me condujo a nada.

-Ya.

El motor diesel del Ibiza renqueaba cada vez más. Tal como había vaticinado el fotógrafo, el paisaje se iba recrudeciendo por mo­mentos a medida que ascendían hacia la serranía de Cameros. Las temperaturas debían de estar ya bajo cero, pese al fuerte sol de la ma­ñana. Para colmo, la pequeña emisora de onda corta que llevaban por si surgía cualquier imprevisto, había dejado de funcionar. Txema se apeó del coche en un par de ocasiones para revisar la antena y cada pocos minutos intentaba infructuosamente contactar con alguien.

-Nada -cedió al fin-. Ni ruido de estática siquiera. La emisora se ha muerto.

-Tampoco es tan grave, hombre. Esta tarde, con suerte, estare­mos en Logroño otra vez y podremos llevarla a un técnico para que le eche un vistazo.

-Dime una cosa, ¿falta mucho para que lleguemos?

-Una hora, quizá.

-¡... Si nos teleportáramos! -bromeó Txema.

 

5

 

A Carlos se le provocaba con poca cosa. Bastaba con sugerirle un tema o un asunto polémico en el que él hubiera estado implicado para que, de inmediato, recitase toda una retahíla de datos y escenarios posibles. Por eso Txema, aunque nunca lo reconocía, disfrutaba viajando con él. Es más, disfrutaba dejándose llevar por su visionaria forma de trabajar y de relacionar la información más inconexa.

Antes de llegar a Laguna de Cameros, donde les esperaba -eso creían- una de las copias mejor conservadas de la Sábana Santa turinesa, Carlos se entregó a la ímproba tarea de explicar a su compañero las posibilidades teóricas de que se produjera realmente una teleporta­ción. No es que le gustara demasiado revolver en las sombras de su fallido proyecto, pero se sentía en la obligación de aclararle un par de puntos. Y es que, según le explicó con todo lujo de detalles, algunos físicos teóricos, en su mayoría norteamericanos, ya habían hecho pú­blicas fórmulas que permiten, de momento sólo sobre el papel, trasla­dar instantáneamente materia de un punto al otro del universo. De hecho, algunos de esos mismos físicos cuánticos habían logrado hacer desaparecer partículas elementales en sus grandes aceleradores de Ca­lifornia y Suiza, sin que nunca hubieran podido determinar adonde habían ido a parar esas pequeñas masas de materia.

Txema escuchaba con deleite, mientras la imaginación de Carlos se disparaba.

-¿Se teleportaron estas partículas? -se preguntaba a sí mismo, en voz alta, sin siquiera mirar a su compañero-. ¿Podrían hacerlo tam­bién, por tanto, organismos complejos en un futuro inmediato y bajo un riguroso control científico?

Tan lejos llegaron sus interpretaciones que Carlos terminó in­cluso analizando sucesos de actualidad bajo la óptica de aquella investigación abortada. Sin ningún pudor, explicó a Txema que muchas de­sapariciones aparecidas en la prensa española como las de Juan Pedro Martínez -el «niño de Somosierra»-, en julio de 1985, o la de David Guerrero Guevara -más conocido como el «niño pintor» de Mála­ga-, en abril de 1987, pudieron haber obedecido a teleportaciones es­pontáneas sufridas por los pequeños. Éstos, tras volatilizarse, qui­zá reaparecieron automáticamente en algún lugar inaccesible. Desde allí -especulaba Carlos sin inmutarse- a estos niños les había resul­tado imposible regresar, desapareciendo para siempre y sin dejar rastro.

Se mostraba convencido, en definitiva, de que nuestro universo estaba plagado de «fallas» en su estructura que se abrían ocasional­mente, engullendo todo lo que había a su alrededor y expulsándolo en otro lugar de esta u otras galaxias. Ni siquiera el indicador que anunciaba la llegada a Laguna de Cameros a la vuelta de una espectacular curva, le devolvió a la realidad.

-Mira, Txema. Piensa por un momento en lo que te he dicho. En caso de que existan realmente esa especie de puertas, capaces de tragarse todo lo que tengan cerca y de expulsarlo en otro punto del planeta, por puro cálculo estadístico tienes más posibilidades de caer en medio del océano que en tierra firme... Y, por supuesto, de desapa­recer para siempre.

-¿Y cómo sabes que esas «puertas» pueden existir?

-¡Eso es lo mejor! ¡No lo sé! El caso es que Einstein concibió un modelo de universo maleable que contemplaba la existencia de puertas o brechas que podían unir lugares distantes en el cosmos. Los modernos astrofísicos hablan de «agujeros de gusano» cuya entrada sería un agujero negro que engulliría materia a gran escala, y su salida un agujero blanco, tal vez un quásar, que expulsaría esa misma materia en otro punto del mismo universo.

Hasta se especula que pudieran conectar universos paralelos. Ya te hablé de lo que sucede a nivel de partículas elementales, así que ¿por qué no habría de suceder algo así a escala humana?

Mientras Carlos terminaba de exponer su teoría, ambos se adentraron sin proponérselo hacia el centro del pueblo. El coche enfi­ló una calle ancha, en pendiente, flanqueada por casas de piedra de dos o tres pisos de altura, algunas cubiertas con tejados de madera. El patrón, embebido en su propio relato, esquivó maquinalmente un par de perros flacos que le salieron al paso y terminó aparcando junto a un montón de troncos troceados para leña. El lugar, a esas tempranas horas, parecía deshabitado.

La cuesta desembocaba en una minúscula plaza donde sólo bri­llaba con luz propia una iglesia maciza, casi cúbica. Encajado entre grandes caserones cerrados a cal y canto, el templo estaba abierto y parecía tener cierta animación en su interior.

-Lección número uno del día -murmuró el patrón-: en los pueblos, el cura lo sabe todo. Busca siempre al cura.

Para Txema y Carlos, establecer un primer contacto con don Félix Arrondo, un sacerdote de mediana edad, vestido de paisano, chaparrete y de buen carácter, fue tarea fácil. Y más aún que el párroco se volcara de inmediato en la búsqueda de una reliquia que él ya había casi olvidado por completo.

-¿Y cómo saben ustedes que yo tengo una sábana aquí? -repe­tía una y otra vez, mientras se dirigía al campanario acompañado por aquellos visitantes-. ¡Hace años que nadie la ve!

-¡Porque usted es el cura! -exclamó Txema.

-¿Por eso?

-No, hombre -se apresuró a intervenir Carlos-, En realidad, «su» sábana se cita en varios libros sobre reliquias españolas del siglo pasado, y queríamos comprobar si esa información es todavía válida.

Don Félix tardó algunos minutos porque la sábana, primorosa­mente plegada en el interior de una caja forrada de terciopelo, estaba escondida bajo las escaleras del campanario. Cuando por fin sacó aquel estuche al porche de la iglesia y desplegó la tela frente a sus visitantes, colgándola de los clavos de la puerta principal, sus ojos brillaron de emoción. Nunca antes -ni cuando llegó a aquella parroquia veinte años atrás y le hablaron de la reliquia por primera vez- se había atrevido a abrir esa caja, ni había visto la anotación bordada en uno de los extremos del lienzo, que fechaba la tela en 1790. Ahora su rostro se iluminaba como si poseyera un tesoro que interesaba, incluso, a gente de Madrid.

La Canon de Txema no se perdió ni un detalle. Disparó allí mismo un carrete entero de 36 diapositivas, al tiempo que Carlos se esmeraba en tomar buena nota de sus medidas, de las inscripciones bordadas en rojo en la base de la sábana y hasta de los comentarios de asombro del propio don Félix.

-¿Puedo sugerirles algo? -preguntó tímidamente el cura al ter­minar de contemplar su reliquia.

-Claro, usted dirá.

-Me gustaría que se quedaran aquí hasta la hora de comer, des­pués de misa. Así podríamos celebrar nuestro hallazgo. ¿Qué les pa­rece? No todos los días sucede algo así, y se «descubre» un trozo de historia en el pueblo...

El generoso ofrecimiento les pilló desprevenidos.

-Verá, padre -el tono de voz adoptado por Carlos afiló el gesto del párroco-, nuestra intención es visitar hoy otra sábana que creemos está en La Cuesta, a pocos kilómetros de aquí...

-¿La Cuesta? ¿Otra sábana en La Cuesta? -don Félix no salía de su asombro.

-Sí. Eso está ya en la provincia de Soria y no nos gustaría que el frío nos dejara aislados tan lejos de una carretera nacional. Debemos aprovechar las horas de sol antes de que vuelva a helar y las carreteras se pongan peor de lo que ya están. Lo entiende, ¿verdad?

-Naturalmente -se resignó-. Entonces, otra vez será, ¿no?

-Desde luego, padre.

Con cierta ceremoniosidad, el padre Arrondo les tendió la mano, deseándoles suerte. Acto seguido, casi sin pestañear, se dio me­dia vuelta para descolgar la sábana de la puerta de la iglesia, plegándo­la y evitando con maestría que rozara el suelo húmedo del porche. Después, mientras cerraba el estuche que servía de relicario, lanzó un último grito a los periodistas, antes de que se metieran en el Ibiza.

-Si la carretera no les deja continuar, vuelvan aquí. Esta sierra no bromea.

Carlos y Txema se volvieron hacia él, pero no respondieron. Se limitaron a saludarle con el brazo. Tan pronto lograron poner en mar­cha el vehículo, apretaron el acelerador en dirección a la salida del pueblo.

El patrón fue el primero en hablar, pero sólo cuando enfilaron la carretera comarcal correspondiente. El tono de su voz sonó grave, pese al éxito de su fugaz visita.

-¿Ves ese banco de niebla allá delante?

-Sí.

-Pues nos va a dar problemas. El cura de Laguna tenía razón cuando dijo que esta sierra no bromea. Yo sólo estuve aquí una vez, hace dos inviernos, y vi cómo un coche volcaba después de resbalar sobre el firme...

El comentario sobrecogió al fotógrafo. Aquellas eran tierras altas, de esas que discurren entre barrancos y cañadas, y que impresio­nan cada vez que se trata de distinguir su fondo.

-Vaya... -suspiró Txema-, es un consuelo. Por lo menos sabrás hacia dónde vamos, ¿no?

-Supongo que sí: hacia la niebla.

-¿Supones?

-Bueno, compruébalo tú mismo. Abandonamos hace unos mi­nutos Laguna de Cameros, y desde entonces todos los carteles indica­dores que hemos visto están sepultados bajo la nieve o su grado de congelación es tal que no permite leerlos.

-Ya...

-Y además, para cerrar el círculo, tu radio sigue sin funcionar y no hay manera humana de saber, de momento, dónde demonios es­tamos.

La lógica de Carlos irritó a Txema, que aún luchaba por acomo­dar la bolsa de las cámaras bajo su asiento.

-¿Y qué se supone que vas a hacer?

-Lo único posible: seguir adelante hasta que desemboquemos en una carretera más grande o demos con una gasolinera donde pre­guntar el camino hacia La Cuesta y comprar unas cadenas. ¿Te parece bien?

Txema sabía lo bueno que era su compañero conduciendo. Lo vivió en Italia, donde se adaptó como un guante al infernal tráfico romano, y en Portugal, donde su pericia salvó al vehículo de una costo­sa reparación. El fotógrafo reconocía sus méritos, pero ignoraba los límites de su paciencia ante un camino que debía recorrer a velocidad de tortuga.

Durante la siguiente media hora, Txema y Carlos no intercam­biaron ni una sola palabra. Uno confiaba en salir lo antes posible de aquella ruta, el otro soñaba con comprobar que también la sábana de La Cuesta había resistido el paso de los años...

 

 

6

 

Eran las 9:50 de la mañana. De eso daba fe el cuaderno de campo de Carlos, una libreta forrada de corcho en la que iba garaba­teando todas las incidencias de su ruta. Entre ellas, la temperatura, que lejos de caldearse con las luces del día, parecía recrudecerse por momentos.

Durante muchos kilómetros no encontraron ni un alma. No ha­bía pueblos ni casas aisladas, y ni siquiera la radio del coche sintoniza­ba apropiadamente alguna emisora que les informara de la evolución del tiempo previsto para las próximas horas. De vez en cuando, Carlos detenía el coche en el arcén de aquella casi invisible carretera, se apea­ba para propinar un par de patadas a los guardabarros, inutilizados bajo masas compactas de nieve, tomaba un par de notas románticas -del estilo «9:55, desesperado en medio de una nada de color blan­co»-, y volvía a pisar el acelerador ante la mirada provocativa de su fotógrafo.

-¿Qué? ¿Dónde has dejado hoy tu estrella? -preguntó socarronamente Txema en una de aquellas «escalas».

-No te rías. Ya sabes que la suerte cambia de repente, para bien o para mal.

-Pues hoy lo ha hecho para mal, ¿no crees?

Carlos no contestó.

Apenas terminó Txema de bromear sobre la suerte, cuando en­tre la niebla se dibujó claramente una señal roja de «stop». Estaba allí, a escasos cien metros de ellos, indicándoles sin ambages que aquello era el cruce con otra carretera. Quizás una nacional desprovista de hielo.

-¿Y si...?

El fotógrafo no pudo terminar la frase. En efecto, cuando el Ibiza se detuvo frente al «stop», un gran cartel en forma de flecha, situado al otro lado de la calzada, rezaba: «N-122. Tarazona».

Carlos no lo dudó. Giró a la izquierda, tomó la nueva carretera y pisó a fondo el acelerador. ¿Qué podía perder? Acababa de abando­nar el infierno helado de la serranía de Cameros y con toda seguridad estaba ahora en la provincia de Soria, algo más al sur, en una ruta despejada de hielo. La Cuesta no podía andar ya muy lejos.

Pronto descubrió lo equivocado que estaba. Y es que, en aque­llos primeros minutos sobre la N-122, ni él, ni Txema, podían siquiera imaginar lo que estaba a punto de cruzarse en su camino...

Todo ocurrió según lo previsto.

Tras ascender por su nueva ruta en dirección a Tarazona, sur­gió la silueta de un nuevo indicador en la carretera.

Estaba ligeramen­te escorado hacia una profunda cuneta, parcialmente cubierto por la nieve, pero legible todavía.

Aquel cartel les perforó el estómago. En realidad, fue como si una sacudida eléctrica recorriera sus entrañas. Tan brusca fue la reac­ción de ambos, que Carlos casi pierde el control del volante.

-¿Tú lo has visto? -gritó Carlos, mientras propinaba tal pisotón al pedal de freno que hizo temblar la retaguardia del Ibiza.

-¿El cartel?

-Claro. ¿Qué si no?

-¿Y lo has leído?

-Sí. «Ágreda».

-¡Dios! -bramó Carlos muy excitado-. ¿Te das cuenta? ¡Es el mismo nombre que el apellido de la monja de la que te hablé!

-¿La que viajaba a América siempre que quería?

-¡Esa! -volvió a gritar haciendo un aspaviento con las manos y dejando que el coche siguiera avanzando lentamente.

-Tranquilízate. Y sujeta el volante, ¡coño! Sólo a ti se te puede ocurrir que tu monja tenga algo que ver con ese pueblo.

-¡Cómo que no! ¿Es que no lo ves? -sus ojos estaban abiertos como platos-. He sido un estúpido integral. En el siglo XVII, y desde mucho antes, a los nombres comunes de la gente famosa se le añadía su lugar de procedencia... En el caso de sor María Jesús de Ágreda, ése «de Ágreda» podría ser su apellido... ¡o su pueblo natal!

-Está bien, Carlos, si eso te va a tranquilizar entramos en el pueblo y preguntamos. A lo mejor alguien puede darte una pista.

-Pero ¿cómo no me habré dado cuenta antes?

Txema miró severamente a su compañero, mientras éste se per­día en sus propias cavilaciones. Un par de segundos después no pudo reprimir darle una orden drástica:

-Frena. Respira y luego veremos qué hacemos, ¿vale?

Carlos asintió nervioso. Tenía el rostro lívido y tragaba saliva compulsivamente.

-Bien, bien –repitió. Pero esto no puede ser casualidad. No puede serlo.1

 

1 En efecto. Muchos meses más tarde, Carlos descubrió con asombro que la probabilidad de tropezarse por azar con Ágreda era muy remota: una entre 35.618, para ser exactos. Esa cifra se corresponde, según el último Censo de Población y Vi­viendas publicado por el Instituto Nacional de Estadística en su Nomenclátor de 1993, al número exacto de núcleos de población existentes en España.

 

 

7

 

A unos dos mil kilómetros de Ágreda, bajo un sol generoso y una atmósfera transparente, exactamente a esa misma hora, la ciudad de Roma mostraba su habitual actividad.

En menos de tres minutos Giuseppe Baldi cruzó la piazza de San Pedro. Un tren procedente de Venecia le había dejado cin­cuenta minutos antes en la estación de Roma-Termini, y le faltó tiem­po para atravesar en taxi la Ciudad Eterna y adentrarse por la Via della Conciliazione hasta el centro neurálgico por excelencia del es­tado Vaticano.

No había tiempo que perder.

Su plan era tan sencillo como perfecto. Estaba seguro de que nadie sospecharía que allí, justo debajo del impresionante obelisco egipcio levantado por Domenico Fontana se iba a transgredir, en bre­ves momentos, la principal norma de comportamiento de un equipo científico de élite llamado genéricamente «los cuatro evangelistas», y del que nadie, fuera de la diplomacia vaticana, debía saber nada.

La norma en cuestión era contundente: nunca, bajo ninguna circunstancia, dos o más «evangelistas» -esto es, los jefes de los cuatro equipos internacionales que integraban su programa de trabajo- po­drían reunirse sin la presencia de alguno de los asesores científicos del Santo Padre o en el marco de un comité especial constituido al efecto. De esta forma se pretendía garantizar la fidelidad de los ejecutores del proyecto y dificultar la fuga de ideas a terceras partes no deseables. Es más, el compromiso de lealtad de los jefes de los cuatro equipos había servido hasta ese momento de mecanismo de autovigilancia para que nadie vulnerase la norma.

¿No reunirse bajo ninguna circunstancia?

Curiosamente, a Baldi, escrupuloso amante del orden y la disci­plina, no parecía remorderle en absoluto la conciencia su inminente «pecado». Era mayor la necesidad de encontrarse con el padre Luigi Corso que cumplir con las mojigaterías de la disciplina vaticana. Y es que realmente tenía la necesidad de aclarar con el «primer evangelis­ta» algunas cosas, antes de acudir a la audiencia que uno de los aseso­res del Santo Padre le había concedido, con carácter de urgencia, para el día siguiente. A fin de cuentas, estaba seguro de que «San Mateo» disponía de información privilegiada sobre el estado de las investiga­ciones de la Cronovisión; una información que, por alguna razón, na­die había querido o podido compartir con él desde aquel desgraciado asunto del periodista español, y que quizá podría hacerle salir airoso del posible expediente disciplinario.

Al menos seguía conservando la esperanza.

De repente, mientras recorría el anfiteatro pontificio, una tur­bia sensación empañó sus pensamientos: ¿Por qué así, de un día para otro, el Santo Oficio se había interesado por las investigaciones del padre Corso, del equipo de Roma, y había decidido interrumpirlas? ¿Qué había descubierto «San Mateo» en sus laboratorios que merecie­ra un traslado de competencias tan repentino?

Durante las horas inmediatamente anteriores a su llegada a la ciudad, Baldi había tratado en vano de obtener respuestas a algunas de estas preguntas, leyendo entre líneas el último informe que «San Mateo» le mandara por correo antes de la tempestad. Pero ni allí, ni en las cartas amistosas de «San Marcos» y «San Juan», había hallado las claves del conflicto. Parecía lógico. Cuando aquellos textos fueron en­viados, ni el padre Corso ni los «evangelistas» de Londres y Madrid podían siquiera intuir el inminente secuestro del proyecto por parte del IOE.

Se imponía, por tanto, violar la norma de no reunirse dos jefes de equipo. Debían aclarar estos puntos... antes de que todos los des­cubrimientos realizados se perdieran en las fauces del Santo Oficio. Y nadie mejor, ni más cercano, que el padre Corso.

¿Remordimiento, pues? Ninguno.

Mientras sorteaba los carritos ambulantes con postales, monedas conmemorativas y helados, y se esforzaba por abrirse camino entre la le­gión de turistas y fieles en dirección al obelisco, el padre Baldi repasó mecánicamente todos los pasos que le habían conducido hasta Roma. Trataba de encontrar alguna fisura en ellos que pudiera

reventar su en­cuentro con «San Mateo» y poner en evidencia la inminente trans­gresión del código ético del proyecto. Pero el telegrama donde Baldi em­plazaba a Corso -cifrado usando una vieja clave empleada por Julio César  durante sus campañas-,1 así como sus indicaciones con los detalles del punto de reunión.., eran sencillamente intraducibles para los no iniciados.

1 El historiador Suetonio, en su obra Vidas de los doce Césares describe este sencillo código de encriptación de Julio César. Consiste en sustituir la primera letra del alfabeto, A, por la cuarta, D, y seguir ese orden de sustitución con todas las demás letras. Otros estrategas romanos, como el emperador Augusto, se limitaban a sustituir la A por la B, avanzando sólo una posición para construir su abecedario encriptado.

 

«Tranquilo -se repetía una y otra vez Baldi-. Todo saldrá bien.»

No podía negar lo que era evidente: estaba nervioso, y mucho. Empezaba a creer, no sin cierta razón, que la carta que recibió de la Secretaría de estado citándole en Roma y la intervención del trabajo del padre Corso, podían ser los primeros pasos de una caza de brujas contra los «evangelistas». ¿Paranoia?

Tampoco pudo evitarlo. Al llegar a escasos diez metros del obelisco, un escalofrío le recorrió la espalda. Ése era el lugar fijado y aquélla la hora prevista. Ya no podía fallar nada.

¿O sí?

¿Habría recibido «San Mateo» su telegrama? Y sobre todo, ¿lo habría comprendido? ¿Estaría también él dispuesto a violar la ley nú­mero uno del proyecto? O una última posibilidad aún peor: ¿le habría delatado Corso en un intento de congraciarse con los nuevos respon­sables de la Cronovisión?

Circunspecto, «San Lucas» aminoró la marcha según se fue acercando al lugar. Se secó el sudor nervioso que comenzaba a empa­par su frente con un pañuelo que extrajo de una de las mangas de su sotana y decidió sentarse a esperar sobre uno de los pilones de piedra que rodean el obelisco. Corso debía de estar al caer.

Tragó saliva.

Con cada segundo de retraso, nuevas incógnitas iban agolpán­dose en la mente del padre Baldi: ¿Reconocería a «San Mateo» des­pués de tantos años sin verse? ¿Sería él alguno de los curas que a esa hora transitaban por la plaza de San Pedro, rumbo a la basílica?

-¡Jesucristo!

Impaciente, echó un rápido vistazo a su reloj: las 12:30. «Es la hora -pensó-. Si todo va bien, deberá llegar en cuestión de minutos.»

Desde su privilegiado mirador, el benedictino podía distinguir a cualquier persona que cruzase el atrio de la basílica y descendiera por sus señoriales escaleras. Pese a su mirada miope podía adivinar, sin ningún esfuerzo, cuatro carilargos sampietrini con vistosas ropas de época y armados con lanzas de acero y madera, flanqueando otras tan­tas puertas menores situadas bajo las escaleras. «¡Ah! La fiel guardia Suiza de la que no ha querido desprenderse ningún Papa», murmuró el «tercer evangelista» para sí.

También detectó la presencia de varias patrullas de carabinieri paseando entre los turistas y hasta se distrajo observando algunos inofensivos grupos de estudiantes de diversas nacionalidades que se admiraban de la belleza de la columnata o de la solidez del obelisco.

Pero ni rastro de «San Mateo».

-¡Maldito tráfico romano! -estalló Baldi, tratando de consolar­se. Una risa nerviosa hizo temblar sus finos labios.

La situación era ridícula: él, que venía desde Venecia, había llegado puntual a su cita y su colega, que residía en un barrio céntrico de Roma, llegaba con retraso.

A las 12:43 Baldi seguía allí, de pie y sin novedad.

La espera empezaba a hacerse insoportable.

Una bandada de palomas sobrevoló la aparatosa fuente barro­ca situada a unas decenas de metros del obelisco y se detuvo para mo­jarse las plumas.

-Si no podía quedar a esta hora, podía habérmelo dicho -refun­fuñó, subiendo considerablemente su tono de voz-. A no ser que...

La impuntualidad era para «San Lucas» peor que cualquiera de los siete pecados capitales. No la toleraba a nadie: ni a sus alumnos en el conservatorio, ni a sus hermanos en el monasterio... y mucho menos a los amigos en sus primeras citas desde hacía años. Creía que Dios nos mandaba al mundo con un cronómetro que contaba hacia atrás nues­tro tiempo de vida y que, por tanto, era un insulto al Altísimo de­saprovecharlo en nimiedades. Como esperar, por ejemplo.

Corso debía de tener una buena causa para retrasarse, porque ¿qué otra cosa, sino un retraso, podía justificar su ausencia? «Si los bastardos del servicio secreto hubieran interceptado mi telegrama... a estas alturas ya me habrían detenido -se consoló Baldi planteándose la peor de las opciones posible-. Debe de haber otra razón.»

Pero el alivio duró lo que un suspiro.

A las 12:55 en punto, el «tercer evangelista» no pudo resistir más. Se levantó de un brinco de la columna de piedra y, sin mirar más que al frente, se dirigió a toda velocidad hacia una de las salidas de la plaza de San Pedro. Cruzó casi sin mirar la Via de Porta Angélica en dirección a una gran tienda de recuerdos y camisetas con un teléfono público en su interior. El padre Baldi estaba dispuesto a salir de dudas.

De hecho, fue cuestión de un minuto. El tiempo necesario para buscar en sus bolsillos algunas liras sueltas y poder marcar el número del «primer evangelista».

-Por favor, ¿podría hablar con el padre Corso? La voz masculina y agria que siempre atendía aquel teléfono le pidió que esperara. Tras desviar la llamada a otra extensión, el aparato fue descolgado con rapidez.

-Dígame... ¿Con quién hablo? -respondió una voz ronca, des­conocida.

-Uh... Usted no es el padre Corso, creo que se han equivocado al pasar la llamada.

-No, no se han equivocado -se apresuró a aclarar aquella voz-. El padre Corso... -dudó- no puede ponerse ahora. ¿Quién es usted?

-Un amigo.

Baldi decidió probar suerte y forzó a su escueto interlocutor.

-¿Sabe si ha salido?

-No, no. Él está aquí. Pero, ¿quién le llama? -repitió el «ronco».

Baldi se extrañó. La insistencia de aquel desconocido en identi­ficarle no era habitual. Receló.

-¿Y usted? ¿Quién es usted?... ¿Y por qué no le pasa el auricu­lar al padre Corso?

-Le digo que no puede ponerse.

-Está bien, en ese caso llamaré más tarde -respondió airado el benedictino.

-¿Quiere que le deje algún recado? -insistió ahora el «ronco».

-Sólo dígale que le llamó... -recapacitó- el «tercer evangelista».

-¿El «tercer evangeli...»?

«San Lucas» colgó bruscamente el auricular y abandonó la tien­da sin esperar a que el teléfono expulsara las monedas sobrantes; ne­cesitaba tomar aire y despejarse del sofoco. «¡Será cretino!»

Pero Baldi, de repente, comprendió que allí había algo que no le encajaba. Si Corso había quedado con él a las doce y media bajo el obelisco de San Pedro, debía haber salido hacía un buen rato de su residencia... y allí no sólo no le respondieron con un lacónico «ha sali­do», sino que un extraño insistía en afirmar que Corso no podía ponerse y trataba de identificarle a toda costa. ¿Estaba enfermo? ¿Quizá retenido? Y en ese caso, ¿por quién?

¿Otra paranoia?

¿O, sencillamente, otro indicativo de que la «caza», como se temía, ya había comenzado?

La cabeza de Baldi iba a estallar.

No tenía alternativa: por su propia salud mental debía resolver aquel asunto en persona. Y así, allí mismo, en medio de la calle co­menzó a rebuscar frenéticamente algo que debía estar oculto en algún rincón de la pequeña cartera de mano que llevaba consigo. Hurgó en ella con ansiedad, casi como si la acabara de robar, hasta dar con un pequeño fajo de cartas atadas con una goma elástica. Husmeó entre los sobres tratando de localizar el último envío de «San Mateo», hasta que dio con él. Con el pulso todavía trémulo, echó un vistazo al indirizzo grabado en el envés de aquella misiva:

S. Matteo

Via de Cestari, 25

Roma

 

-¿Cestari? Eso no está demasiado lejos de aquí -le indicó un amable carabinieri.

-¿Puedo ir caminando?

-Tardará una media hora, pero puede hacerlo -redondeó el agente-. Siga por la Via della Conciliazione hasta el final, allí gire a la derecha y continúe todo recto hasta el puente de Amadeo. Cuando llegue a la piazza Navona, pregunte usted, que ya estará muy cerca.

-Perfecto. Gracias.

El paseo llevó al padre Baldi cuarenta y tres minutos exacta­mente. Se detuvo un par de veces por el camino para preguntar de nuevo y confirmar que llevaba el rumbo correcto, dejándose empapar por la belleza serena de las fuentes de la plaza Navona y los olores a comida que despedían las Trattorias cercanas a esa hora del mediodía. Todavía no podía comprender la falta de noticias de «San Mateo»... aunque comenzaba a temer lo peor: si no era cosa del IOE, ni del tráfico romano, entraba dentro de lo razonable que hubiera querido eludir su cita ateniéndose al maldito voto de obediencia. Lo que expli­caría su indisposición para coger el teléfono.

Pronto saldría de dudas.

 

8

 

Cuando «San Lucas» llegó a la Via de Cestari -una decadente calle romana que desemboca en el impresionante Panteón de Agripa- extremó su cautela. Pese a que nadie le había visto nunca por allí, que­ría asegurarse de que pasaría completamente desapercibido antes de enfrentarse al «primer evangelista». Además, la conversación con el «ronco» le había llenado de suspicacias.

Mal día, sí señor.

Treinta segundos más tarde, Baldi estaba delante de su objeti­vo. El número 25 era un macizo edificio de aspecto gris, con fachada de piedra, amplias cornisas de madera tallada y ventanas pequeñas, provisto de una enorme puerta que conducía a través de un espacioso corredor a un patio interior todavía más sombrío.

A simple vista era difícil distinguir si se trataba de un bloque de apartamentos, una residencia de estudiantes o un albergue para religio­sos. Y más aún si se tenía en cuenta que dos Fiats Tipo, de color azul y blanco, de la Polizia romana, bloqueaban el portón de acceso al edificio.

El rostro del padre Baldi se ensombreció. ¿Policías? «Bueno, al menos no es uno de los citröen Xantia negros del servicio secreto -re­flexionó-. Pueden estar ahí por cualquier cosa. Tranquilo.»

«San Lucas» enderezó la espalda y trató de serenarse nueva­mente.

Tras reunir la poca sangre fría que le quedaba cruzó la calle y, en cuestión de segundos, atajó los escasos metros que le separaban de los coches patrulla y la puerta del edificio. Un rápido vistazo le bastó para descubrir, empotrada en la pared derecha del corredor, una pe­queña puerta de madera con una ventanilla de la que se escapaba un fino hilo de luz. «Residencia Santa Gemma», rezaba un cartel clavado junto a la entrada de aquella especie de conserjería.

-Buona sera... ¡Cuánto movimiento! ¿Ha pasado algo?

El padre Baldi, forzando un gesto de inocencia poco natural en él, carraspeó levemente antes de componer su pregunta. Se había aso­mado a la ventanilla, descubriendo en el interior de la garita a un hom­bre de mediana edad, de cabellos rubios muy escasos, arrugas promi­nentes en la frente y una dentadura destrozada, vestido con un hábito pardo. Aquel fraile, probablemente uno de esos novicios franciscanos entrados en años pero de reciente incorporación, parecía matar el tiempo junto a un destartalado transistor Phillips.

-Sí... -contestó con desinterés el fraile tras bajar el volumen del aparato-. Si lo dice por la policía, es porque esta mañana uno de nues­tros hermanos se ha suicidado. Se ha arrojado al patio desde una ven­tana de la quinta planta.

El «tercer evangelista» identificó de inmediato aquella dicción. Era el hombre de la voz agria que solía coger el teléfono cada vez que llamaba a «San Mateo». Qué curioso: jamás se lo hubiera imaginado así.

-¿Un suicidio? -se inquietó Baldi-. Santa Madonna! ¿Y a qué hora fue eso?

-Alrededor de las once -contestó el fraile con aire compungi­do-. Yo sólo oí un golpe seco en el patio y al asomarme vi a nuestro hermano con la cabeza abierta en medio de un charco de sangre. Creo que murió en el acto.

-Y dígame, ¿puede decirme quién era?

-El padre Luigi Corso. Nuestro bibliotecario. ¿Es que lo co­nocía usted?

Baldi palideció.

-Somos... éramos viejos amigos -rectificó, haciendo de tripas corazón-. ¿Está seguro de que fue un suicidio?

El portero de los dientes mellados cambió su expresión. Le interrogó en silencio con sus ojos oscuros, tratando de encajar la sugerencia de aquel desconocido sacerdote. Salió del paso como pudo.

-¡Hombre!, la policía está allá arriba, en su habitación, tratan­do de reconstruir lo que ha sucedido. Les puede preguntar a ellos, si quiere. Ya sabe: llevan aquí más de una hora, registrando sus perte­nencias, y me han pedido que les pase todas las llamadas para el padre Corso. Podría llamarles ahora mismo y...

-No será necesario -le interrumpió Baldi-. Era sólo curio­sidad... ¿Y le han explicado por qué les tiene que pasar usted las lla­madas?

-Simple rutina, dicen.

-Ah, ya. Naturalmente.

-Padre -le abordó ahora el portero con cierta solemnidad-, usted debe saber si suicidarse es pecado mortal...

-En principio, lo es.

-Entonces, ¿se salvará el padre Corso?

Aquello le pilló desprevenido.

-Eso sólo Dios lo sabe, hijo mío.

Baldi decidió zanjar allí mismo la conversación. Se despidió como pudo, dio media vuelta con aire casi marcial, empotró el puente de sus gafas contra la nariz y se alejó caminando a paso ligero calle arriba, tratando de encajar mentalmente la nueva situación. El «pri­mer evangelista» había muerto una hora antes de su cita. Y lo que era peor: con él acababa de esfumarse su único punto de apoyo en Roma antes de la audiencia. Además, el difunto era también el principal coordinador del proyecto de Cronovisión y su fallecimiento tenía lu­gar muy poco después de que algún mandamás con púrpura decidiera hacer cambios en el programa.

¿La enésima paranoia?

 

9

 

A más de diez mil kilómetros de Roma, al otro lado del Océano Atlántico, en una ciudad de nombre evocador -Los Ángeles-, una mu­jer de edad indefinida, pequeña estatura y media melena de color aza­bache, dormía profundamente en su apartamento. Acababa de sufrir una extraña crisis epiléptica que la había dejado exhausta, una más desde que abandonara su trabajo como «psíquica» del Departamento de Defensa de su país. Había sido un empleo bien remunerado, poco reconocido y nada protegido, que dejó cuando comenzó a obsesionar­se con la idea de que los militares estaban jugando con su cerebro. Curiosamente, justo después llegaron los ataques. Se trataba de crisis aparentemente rápidas, en las que su cerebro parecía abandonar el cuerpo de forma brusca, proyectándose más allá de las brumas del es­pacio y el tiempo. Algo raro de verdad.

Ellos, naturalmente, negaron siempre cualquier relación con aquellos ataques. Es más, se justificaban diciendo que Dios dio cin­co sentidos a los hombres: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tac­to. Pero que a otros, como a los profetas epilépticos Daniel o Jere­mías, y hasta al famoso carpintero de Nazaret, José, les dio un sexto. Uno que les permitió saber del pasado y del futuro a través de sus sueños, y que cientos de años después, habían heredado gentes como ella.

La morena nunca les creyó. No era una mujer de fe. Sin embar­go, desde que apartara a los militares de su vida, extraños sueños la invadían por las noches. Eran vívidos, casi reales, y siempre empeza­ban por una ubicación geográfica específica y una fecha.

 

 

Gran Quivira, Nuevo México, noviembre de 1623

Cuando hotomkam, las tres estrellas en hilera de la constela­ción de Orión, estuvo encima del poblado, Gran Walpi,1 el jefe del Clan de Pamösnyam o de la Niebla, convocó a los líderes de su grupo a una reunión secreta en la kiva.2

 

1 Literalmente, Montaña grande.

2 Cámara ceremonial semisubterránea en la que numerosas tribus indias del suroeste de los Estados Unidos celebraban sus rituales religiosos.

 

La construcción, un recinto circular de unos seis metros de diá­metro, semienterrada en el suelo y cubierta por un techo de madera sostenido por cuatro columnas que simbolizaban los cuatro pilares en los que descansa el mundo, era la mayor de las nueve kivas del pueblo. Estaba situada casi a las afueras de la colina, donde se erigían orgullosas las viviendas de piedra de más de trescientas familias jumanas.

A la hora prevista, justo cuando hotomkam gravitaba brillante sobre la vertical de la kiva, los diez hombres del clan se sentaron sobre el suelo de arena fina del recinto. Gran Walpi parecía dispuesto a ha­blarles. Tenía el semblante serio, más de lo que ninguno de ellos hu­biera imaginado antes de descender al recinto sagrado. Las arrugas que cruzaban su sexagenario rostro parecían más profundas de lo ha­bitual. El tímido fuego que alumbraba la cabaña no hacía sino alimen­tar la impresión de que tenía que comunicarles algo funesto.

-El mundo está cambiando a gran velocidad, hermanos de Pamösnyam -susurró con voz gutural el anciano.

Sus hombres asintieron, expectantes.

-Si lo recordáis, justo hoy hace veinticinco inviernos, recibimos la primera señal de ese cambio -continuó-. Fue otro día de hotomkam cuando nuestras llanuras recibieron la visita de los hombres de fuego.

Gran Walpi alzó uno de sus temblorosos brazos hacia un aguje­ro redondo, perfecto, que se abría en el techo de la kiva y que permitía ver las tres estrellas del «cinturón» de Orión brillando en todo su es­plendor.

-Aquellos hombres de piel clara, que traían consigo brazos que escupían truenos y caparazones como los de las tortugas que les hacían inmunes a nuestras flechas, causaron gran dolor a nuestro orgulloso pueblo.3

 

3 Gran Walpi se refiere a la llegada a la región de don Juan de Oñate. Entre 1598 y 1601, jumanos y españoles libraron al menos tres batallas. Los extranjeros se impusieron siempre por las armas.

 

-¡Mataron a nuestros hermanos! -exclamó uno de los reunidos desde el otro lado del fuego.

-Perdimos tres batallas en tres temporadas -murmuró otro con tono pesaroso.

Gran Walpi clavó sus ojos en los rostros de cada uno de aque­llos hombres. A continuación, como si siguiera un extraño ritual, dejó que su vista se perdiera en el baile que dibujaban las pequeñas llamas y prosiguió:

-Ayer tuve un extraño presentimiento. Meditaba frente a nues­tro espíritu kachina, cuando escuché dentro de mí una voz que habló alto y claro.

-¿Una voz? -uno de los hombres del clan, un indio de pequeña estatura, tuerto pero fuerte como un búfalo, ahogó sin éxito sus palabras.

Gran Walpi le miró muy serio.

-Fue una voz de mujer. Me advirtió que nuestro poblado sería visitado pronto por un gran espíritu. Una presencia del más allá que no necesita que dibujemos caminos de polvo de maíz para que se acer­que y que presagiará la llegada de nuevos cambios. Dijo también que no se mostraría sólo a los iniciados, sino a todo aquel que pasara las noches de hotomkam a la intemperie.

El tuerto, todavía atravesado por la poderosa mirada del ancia­no, se sintió obligado a preguntar:

-¿Dijo por qué debía venir ese espíritu?

-No -Gran Walpi arrastró su mano derecha sobre la arena, en un gesto rápido y violento-. Sólo dejó claro que no sería ninguno de nuestros familiares kachinas...

-¿Y cómo lo distinguiremos de ellos?

-Por su extraña manera de hablar. La voz insistió mucho en que existe un Dios más fuerte que todos los demás, que creó a los indios para que se amasen entre sí, y para que amaran y respetaran incluso a sus enemigos.

-¡A los enemigos hay que combatirlos, no amarlos!

-También a mí me sorprendió aquello...

Después de observar complacido el remolino de polvo que ha­bía dejado el anciano, se levantó con solemnidad y derramó un puña­do de arena blanca sobre la hoguera, Cuando ésta terminó de escurrir­se entre sus dedos, alzó el rostro por encima de sus hombres y remató su discurso.

-... Por eso pido vuestra ayuda como guerreros espirituales, para que os preparéis y os enfrentéis a esa visita.

Un silencio sepulcral se extendió por la kiva.

-¿Y cómo habremos de enfrentarnos a un ser tan poderoso?

La pregunta de Sahu, un corpulento indio con el rostro surcado por tres rayas verticales pardas tatuadas a fuego cuando sólo tenía tres años, sumió a Gran Walpi en un profundo abatimiento.

-El hotomkan brillará sobre nosotros durante ocho días más -respondió enigmático-. Puede ser en este tiempo o en el que viene, eso lo sabremos en su momento. Pero sea como fuere, debemos estar alerta y ahora tenemos el tiempo justo para nuestra purificación.

Ninguno de los hombres rechistó. Sabían muy bien a qué les estaba empujando su jefe de clan, y su juramento de fidelidad a él y a la fuerza que representaba, les obligaba a seguir sus órdenes. Sabían que el orden cósmico estaba en peligro.

Todo siguió los cauces previstos por Gran Walpi.

Durante ocho jornadas, los diez hombres del Clan de la Niebla permanecieron encerrados en su kiva. Dos veces al día, sus esposas se acercaban hasta el pequeño orificio circular practicado en su parte superior, y sin asomarse al interior deslizaban cestas con mazorcas de maíz hervido y un gran cántaro de agua, con una larga soga de yuca.

Ni ellas, ni ninguno de los integrantes de los otros clanes, es­taban al corriente de la clase de ceremonias que se llevaban a cabo en su interior. Cada clan tenía sus ritos, sus formas ancestrales de comuni­cación con los espíritus, y su conservación era el secreto mejor guarda­do por cada una de esas sociedades secretas. Los que no pertenecían al Clan de la Niebla sólo intuían que aquellos hombres estaban purifi­cándose para alguna misión espiritual importante.

En el interior de la kiva se quemó leña durante ocho largas jornadas. Fuera de día o de noche, Gran Walpi y sus hombres perma­necían en penumbra, entonando lánguidas melodías. A medida que transcurrían los días, el ambiente en el interior se fue espesando. Sólo Gran Walpi llevaba la cuenta del tiempo y administraba los quehace­res: durante horas los hombres limpiaban y acicalaban máscaras ho­rrendas de afilados dientes y ojos enormes, a veces coronadas por plu­mas y otras por pinchos que imitaban el rostro de sus espíritus protectores y que pronto deberían usar en alguna danza ritual. Tam­bién se tensaban las pieles de los tambores o se meditaba junto al sipapu, un pequeño agujero horadado en el centro de la kiva, que creían comunicaba su poblado con los seres del inframundo. Durante el resto del tiempo, su misión se reducía a soñar en busca de algún mensaje, de alguna voz cristalina como la que previniera a Gran Walpi de la llega­da del gran espíritu.

Pero nada sucedió. Como si el espíritu que estaba por venir hubiera espantado a sus dioses en el más allá, el silencio fue la única respuesta que recibieron sus valerosos durmientes.

Durante las noches, cuatro hombres, apostados en el exterior, vigilaban la kiva. Eran los kékelt,1 jóvenes no iniciados aún para ingre­sar en el Clan de la Niebla, pero perfectamente adiestrados como gue­rreros. Ellos sabían que durante la purificación nadie, salvo los espíri­tus benignos, podía acercarse hasta la kiva. Si alguien transgredía esa norma y no respondía al santo y seña fijado, los guardianes debían dar muerte al intruso, despedazarlo en cuatro partes iguales y enterrarlas lejos del pueblo, lo más alejadas posibles unas de otras.

 

1 Literalmente, halconcitos.

 

La octava noche, cuando hotomkam brillaba más fuerte que nunca, algo se agitó en el cubículo semisubterráneo. Gran Walpi, con el rostro sudoroso, asomó su cabeza por encima de la cubierta de madera de la estancia. Los ojos se le salían de las órbitas y parecía muy alterado.

De un brinco, emergió del agujero donde estaba, quedándose agazapado encima de la techumbre del recinto ceremonial. Tras com­probar que no había nadie en los alrededores, se arrastró por encima de aquel montón de ramas secas para, finalmente, saltar sobre el suelo.

Sus siguientes movimientos fueron calculados, casi felinos. Es­quivó con astucia a los inexpertos kékelt y, armado con una vara, se adentró entre los matorrales que flanqueaban la salida del asenta­miento jumano.

Actuaba como si estuviera poseído. Como si siguiera las invisibles instrucciones de alguien capaz de guiarle en la oscuridad de la noche. Como si, por fin, los signos geométricos que se tatuara en su juventud a modo de símbolos de protección, estuvieran cumpliendo su cometido.

Curiosamente, antes de su espectacular huida, un extraño re­lámpago azul había caído al oeste del campamento. Si alguien hubiese podido observar la escena desde fuera, hubiera deducido que entre meteoro e indio existía cierta complicidad. Mientras el primero toda­vía refulgía tenuemente en el horizonte, el segundo corría como un antílope desbocado hacia él, sorteando todos los obstáculos que se in­terponían a su paso.

Al aproximarse, todo empezó a cambiar.

Un extraño silencio se apoderó de la pradera. El suave balan­ceo del océano de hierba que rodeaba la montaña se había detenido de repente. Los grillos habían cesado de cantar. Y hasta el inconfundible sonido del manantial del zorro, que el anciano atravesó como una exhalación, había detenido su inconfundible murmullo.

Gran Walpi no percibió nada de aquello; sus sentidos estaban ausentes de aquel mundo, concentrados en otro.     –¡Chóchmingure! 1

 

1 Literalmente, ¡la Madre del Maíz!

 

Instintivamente, el anciano cayó de rodillas al suelo. Su vara rodó unos metros ladera abajo antes de detenerse, al tiempo que su mirada se tornaba vidriosa.

Una joven bella, de rostro pálido y refulgente, apareció de pron­to a escasos metros de él; parecía haber descendido sobre sus tierras. Irradiaba luz por los cuatro costados, iluminando parcialmente el suelo sobre el que se deslizaba. Vestía una larga túnica blanca, oculta en parte por una capa azul celeste. Al verle llegar, aquella dama sonrió.

-Ya estás aquí. Te esperaba.

Aquellas palabras, pronunciadas en correcto dialecto tanoan, dejaron estupefacto al anciano. En ningún momento aquella joven ha­bía movido los labios, ni siquiera había gesticulado. Sin embargo, sus palabras sonaron tan limpias y transparentes como las que escuchara días atrás.

-Ya sólo faltabas tú -remató.

-¿Yo?...

-Dime, mujer, ¿qué clase de espíritu eres?

La voz del guerrero jumano sonó temblorosa.

-Soy la que soy. Mi identidad no importa ahora, pero atiende a mi procedencia y mi destino.

Gran Walpi, que se había postrado de bruces contra el suelo, elevó sus ojos hacia el resplandor. Contempló a la mujer con deteni­miento: mantenía los brazos caídos, como si deseara hacer evidente que su actitud no era hostil. Sus pies, cubiertos por las sandalias más extrañas que había visto jamás, se hundían ligeramente en la arena... ¡Y no proyectaba sombra! Era, en definitiva, exactamente igual que los espíritus kachinas que Gran Walpi conocía tan bien.

-Vengo del cielo -prosiguió-, y traigo una noticia importante pa­ra vuestro pueblo. Pronto, muy pronto, llegarán a estas tierras hombres de muy remota cuna, que os traerán relatos de un nuevo y poderoso dios.

-¿... Un nuevo dios? -Gran Walpi abrió los ojos de par en par.

-Un dios que se hizo hombre. Que encarnó en un carpintero y que murió para salvar a sus semejantes. Un dios que sólo se alimentó de amor y no de sangre.

El jefe del Clan de la Niebla no entendió ni una palabra. ¿Cómo podía un dios tomar el débil cuerpo de un hombre y morir después? ¿Qué clase de espíritu era aquella mujer luminosa que traía semejante mensaje? ¿Y por qué le había elegido para transmitirle esa información? ¿Por qué le había despertado sólo a él, incitándole a abandonar la kiva a espaldas de sus guerreros?

-No te asustes -la dama de azul se adelantó a las nuevas dudas del jumano-. Cuando lleguen los hombres de los que te hablo, deberás correr a buscarlos. Deberás pedir que os expliquen la religión que traen consigo y aceptar sus designios.

-Pero nosotros...

-Pronto no dudarás. Me verás más veces. Te traeré pruebas de lo que digo, y desearás seguir mis instrucciones.

Antes de que Gran Walpi pudiera replicar, un trueno ensorde­cedor rompió bruscamente el silencio en el que estaba sumergida la aparición. Fue un trueno extraño, casi hueco, que el anciano difícil­mente pudo comparar con otros sonidos conocidos. Acto seguido el cielo se rasgó en dos, abriendo paso a algo parecido a una corteza de calabaza refulgente que proyectó su sombra sobre la dama y el jumano y que enquistó las extremidades de Gran Walpi hasta petrificarlas.

Un terror indescriptible se apoderó entonces del guerrero. Sen­tía su cuerpo paralizado por completo. Sólo pudo observar a aquella joven elevarse y dirigirse hacia la «corteza voladora». Después, el ful­gor azulado cesó de repente. Y con él, todos los rumores nocturnos de la pradera volvieron a cobrar vida.

-¿Eres tú, Gran Walpi?

El anciano nunca supo cuánto tiempo transcurrió desde que la luz desapareciera, pero pronto una voz suave sonó a sus espaldas. Poco a poco, el guerrero pudo recobrar la movilidad en brazos y pier­nas, y al incorporarse descubrió el rostro redondo de uno de los kékelt.

-¡Sakmo!1 ¿Lo has visto?

 

1 Literalmente, prado verde.

 

El anciano agarró por los hombros al joven, tratando de disi­mular su confusión.

-Sí.

-Era una mujer, ¿verdad? -insistió nervioso.

-Era la Dama Azul... Ha venido aquí todas las noches que el Clan de la Niebla lleva encerrado en la kiva.

Gran Walpi se estremeció.

-¿Y ha hablado también contigo?

-Me llamó, y vine. La Dama me prometió que regresaría más veces.

... Sí, también a mí.

¿Qué puede significar, Gran Walpi?

El guerrero perdió su mirada entre las estrellas.

-Que pronto nada será como antes.

 

 

10

 

Le dolió.

Aquel maldito zumbido perforó sus entrañas como nunca lo había hecho antes ningún despertador. «¿Estaré enferma? -fue el primer pensamiento racional que articuló nada más abandonar su ex­traño sueño plagado de indios del Nuevo México-. Esos bastardos del Departamento de Defensa no pueden tener razón...» La mente de la morena se puso en marcha haciendo gala de sus reflejos habituales. «¿Cómo pueden diagnosticarme que he heredado un sexto sentido?, ¡qué estupidez! Y además, ¿de quién iba yo a heredar semejante cosa?»

Sin pensárselo demasiado, saltó de la cama y se dirigió directa­mente al salón para tratar de localizar en su bolso el último parte que le entregara el gabinete médico de Fort Meade, y una cinta de cassette que grabara unos meses atrás en Roma, en la consulta de un neurólo­go al que visitó para pedirle ciertas respuestas. Necesitaba comprobar que aquel diagnóstico no era otro maldito sueño. Y no lo era; el infor­me era inequívoco: «La paciente padece una clase muy extraña de epi­lepsia que se conoce como epilepsia extática o de Dostoievski. Debe someterse a observación inmediatamente y extremar las cautelas en su trabajo para el INSCOM».1

 

1 Siglas de Intelligence and Security Command. (Nota del Editor.)

 

¿Epilepsia extática? La morena -ahora sí- recordaba perfecta­mente aquellas frases. De hecho, fueron el detonante definitivo que le impulsó a tirar por la borda toda su carrera militar y regresar, o más bien huir, de nuevo a la vida civil. En cuanto a la cinta, después de acariciarla durante algunos segundos, se decidió a escucharla.

Un par de crujidos metálicos dieron enseguida paso a la voz apergaminada del doctor Buonviso. Tenía gracia. Su divertido inglés con acento italiano le recordó de inmediato aquella charla informal en la cafetería del Ospedale Generale di Zona Cristo.

-La enfermedad por la que me pregunta no es nada común, señorita -se lamentaba el doctor Buonviso.

-Lo supongo, doctor -contestó ella-. Pero algo podrá decirme, ¿no?

-Bien... El paciente de la epilepsia de Dostoievski suele tener sueños o visiones extraordinariamente vívidos. Se inician con una luz deslumbrante, que precede siempre a un súbito bajón del nivel de atención del paciente a los estímulos que le rodean. Después, por lo general, el cuerpo se queda inmóvil, rígido como una tabla, y uno se sumerge en unas alucinaciones muy reales que terminan en un estado de bienestar que precede a una extenuación física absoluta.

-Conozco los síntomas... Pero ¿puede tratarse?

-En realidad todavía no se sabe cómo. Considere usted que sólo tenemos una docena de casos documentados en todo el mundo, y que esta clase de epilepsia tan extraña la han vivido antes personajes tan poco diagnosticables como san Pablo (¿recuerda la luz que le asal­tó camino de Damasco?), Mahoma o Juana de Arco...

-¿Y Dostoievski?

-Bueno, claro. De hecho se la llama así porque este escritor ruso describe con una precisión extraordinaria sus síntomas en su no­vela El Idiota, atribuyendo a uno de sus protagonistas, el príncipe Mishkin, exactamente todas las características de esta epilepsia... ¡que padecía el propio escritor!

-Es decir, que no sabe cómo tratarla -insistió.

-Si tengo que serle sincero, no.

-¿Y sabe si es una enfermedad hereditaria?

-Sin duda. Aunque tampoco la llamaría enfermedad. En el pa­sado era tenida casi como un don de Dios. Incluso se ha llegado a decir que santa Teresa de Jesús la padeció, y que fue esa dolencia la que le abrió su camino hacia la comunión extática con Dios.

-Comprendo, doctor... Gracias.

-Prego.

Otro crujido metálico dio por finalizada la conversación. Y, ciertamente, tampoco aquella grabación la satisfizo demasiado. Aun­que no recordaba los términos exactos de su charla con el dottore Buonviso, ni siquiera que ésta hubiera sido tan poco explícita en sus resultados, seguía sintiéndose decepcionada por esa extraña sensación de vacío que le dejaba el saber que había heredado esa enfermedad visionaria.., sin saber de quién.

Forzando la memoria delante de su voluminoso álbum de fotos familiar, la morena pasó toda aquella mañana repasando los últimos años de su vida. Su graduación en la Universidad Estatal de Arizona, su reclutamiento para las investigaciones en los umbrales de la percep­ción del Stanford Research Institute (SRI)... y hasta la conferencia que le convenció para presentarse voluntaria a unos experimentos de te­lepatía que le llevaron inexorablemente a los oscuros pasillos del De­partamento de Defensa.

Recordaba como si fuera ayer que fue un hombre excepcional, un fornido «psíquico» llamado Ingo Swann, quien la sedujo para aquel trabajo. Nadie como el tal Swann era capaz de describir un lugar leja­no tan sólo concentrándose en unas coordenadas predeterminadas, ni influir en los semáforos de una calle para cambiarlos de color a volun­tad, e incluso deshacer cúmulos nubosos a su antojo con sólo fijar en ellos su mirada durante unos instantes. Es más, recordaba nítidamente cómo aquella especie de «atleta de la mente» insistió una y otra vez en decirle que el mérito no era todo suyo, que él había heredado parte de sus poderes de una bisabuela, una «mujer medicina» sioux por más señas, que se los transfirió desde el más allá.

«¿Y sí...?»

La morena sonrió. Aquella conferencia, aquellas fotos polaroid de colores aún vivos, la hacían rejuvenecer casi diez años. Después de ser reclutada para el SRI primero, y para el Departamento de Defensa menos de diez meses después, recordó cómo tonteó con varios miem­bros del equipo de investigadores del INSCOM. Todos ellos, sin ex­cepción, estaban entonces convencidos de que el comportamiento psí­quico tiene causas genéticas. De hecho, decían, en familias con sensitivos predispuestos a los «viajes astrales», los sueños premonito­rios o la telepatía, el «psíquico» destacaba siempre por su comporta­miento inestable, neurótico o histérico, y saltaba de una generación a otra.

«Y esa soy yo, sí señor.»

De un golpe, la morena cerró el álbum de fotos, y antes siquiera de pensar en vestirse decidió hacer una rápida llamada a Phoenix, en Arizona. Acababa de tener una corazonada... Una de esas raras ideas «inyectadas» de las que, por cierto, tan a menudo hablaba Swann.

-¿Mamá?

Una voz indiferente contestó al otro lado del teléfono.

-Cariño, te tengo dicho que llames por las noches -le repro­chó-. Te acabas de quedar sin trabajo y la tarifa nocturna es mucho más barata...

-Sí, ya lo sé. Pero necesito preguntarte algo de la familia.

-¡Otra vez!

-No te preocupes -atajó rápidamente, mientras se arremolina­ba en el sofá-. No tiene nada que ver con papá.

-Menos mal.

-¿Tú no sabrás, mamá, si alguien de la familia ha padecido al­guna vez epilepsia?

-¿Epilepsia?

-Responde sí o no.

Un segundo de silencio ocupó la línea.

-Bueno... recuerdo que cuando yo era niña, mi madre mencio­nó algo de los ataques que sufría mi abuela. Pero ella murió antes de que yo cumpliera los diez y apenas la recuerdo.

-¿Tu abuela?... ¿Mi bisabuela?

-Sí. ¡Uf!, y debió de ser una mujer de carácter. Era de origen indio, ¿sabes? Sus antepasados vivieron cerca del Río Grande, por eso mi madre siempre me contaba cuentos típicos de su tribu...

-Nunca me los has contado.

El tono de la morena sonó a reproche.

-Soy muy mala para esas cosas, cariño. Además eran cuentos muy increíbles, de espíritus protectores, de visitas de los dioses kachinas y ese tipo de historias...

-Eres un desastre, mamá. ¿Y no sabrás de qué tribu descendía tu abuela?

-No, no. Sólo sé que ella era una especie de hechicera, y que la familia tuvo que emigrar a Arizona porque tuvieron muchos proble­mas con la Iglesia.

La voz al otro lado del teléfono tomó aire antes de continuar.

-¿Por qué te interesa tanto?

-Por nada mamá.

-Ya... Que sepas -rió- que tu abuela, cuando tú naciste, lo pri­mero que dijo es que te parecías mucho a la «bruja».

-¿A mi bisabuela?

-A la misma.

-Gracias mamá.

Colgó el teléfono con un extraño sabor en la boca. Acababa de descubrir -así, casi sin querer, como si alguien la hubiera empujado a llamar- que ella tenía más en común con su admirado Ingo Swann de lo que jamás hubiera pensado. Ambos compartían un pasado indio... ¡y una abuela bruja por parte de madre! ¿Acaso explicaría eso su ex­traño sueño de la noche anterior? ¿Y su diagnóstico de «epilepsia de Dostoievski»?

En algunos lugares de América se dice que ese tipo de hallaz­gos sólo se producen «cuando se tiene al ángel de cara».

 

 

11

 

Carlos tomó aire antes de volver a arrancar el motor de su co­che. Siguiendo las instrucciones de Txema, se había echado a un lado de la carretera para reponerse de la impresión que le había causado su descubrimiento. Le resultaba difícil aceptar que existiera un pueblo llamado igual que el «apellido» de una monja cuya pista no había sido capaz de seguir en su momento, y se reprochaba no haber confirmado antes aquel extremo.

-Las cosas llegan cuando así está dispuesto... -susurró Txema, confundiendo deliberadamente sus palabras con el ronroneo del motor.

-¿Qué quieres decir?

-Que tal vez cuando empezaste tu trabajo con las teleportacio­nes, no estabas todavía preparado para desarrollarlo.

-Eso es filosofía barata -protestó Carlos.

-Barata o no, existe algo que se llama Destino. Yo creo en él, ¿sabes? Y a veces su fuerza empuja con más ímpetu que un huracán.

Las palabras del fotógrafo le sonaron extrañas, como si proce­dieran de algún antiguo oráculo. Carlos nunca le había oído hablar de aquella manera -en realidad, dudaba incluso de que fuera capaz de albergar esa clase de sentimientos-; sin embargo aquellas breves pa­labras agitaron algo en su interior. Fue curioso: allí mismo, al salir de aquella cuneta helada de la N-122, supo que no tenía elección, que debía desviarse de su ruta, abandonar su persecución de sábanas san­tas, alterar el orden de prioridades en su lista de asuntos pendientes y hacer algunas averiguaciones en Ágreda. Quién sabe -pensó- si aquel guiño del Destino no resucitaría del letargo su investigación sobre teleportaciones.

El acelerón le devolvió a la realidad. Cerró el cuaderno de no­tas que tenía abierto en su regazo, encargó a Txema que plegase el mapa de carreteras con cuidado, volvió a situar su mirada sobre la carretera y se adentró con decisión en el corazón de Ágreda, siguiendo las indicaciones que guiaban al centro.

Aquella mañana las calles de ese pueblo soriano estaban tan húmedas y vacías como las de Laguna de Cameros. Los parabrisas de los coches aparcados a ambos lados de la Avenida de Madrid apare­cían cubiertos por una densa capa de hielo, y sólo algunos finísimos hilos de humo rompían la monotonía de los tejados de las casas.

-¿Adónde piensas dirigirte? -le tanteó Txema con suavidad. Su compañero todavía lucía el rostro de trance que tanto le había alertado minutos atrás.

-A la iglesia mayor, ¿adónde si no? Si hubo una monja mística en este pueblo, el cura debería saberlo.

-Es probable.

El Ibiza culebreó durante un par de minutos por las calles de Ágreda. Resultó ser un pueblo grande, mucho más de lo que aparenta­ba desde la carretera. Por fortuna, la iglesia que buscaba Carlos, erigi­da junto a un edificio que parecía el ayuntamiento, y empotrada en el lado oeste de una gran plaza rectangular, apareció antes de lo espera­do. La rodeó con tiento y aparcó a apenas una decena de metros de su gran portón.

-¡Cerrada! -balbuceó impotente Txema.

-Quizás haya otra abierta...

-¿Otra?

-Sí, mira allí.

Justo a sus espaldas, detrás de un edificio de cuatro pisos pinta­do de blanco hacía poco tiempo, se alzaba la inconfundible silueta de otro gran campanario barroco. Sin prisa, se apearon del coche, atrave­saron a pie la plaza del ayuntamiento y descendieron una pequeña cuesta que desembocaba en ese templo.

-También cerrada -volvió a sentenciar el fotógrafo, no sin cier­ta desazón-. Aquí no hay nadie, y hace un frío de mil demonios...

-Es raro, ¿verdad? Hasta los bares están vacíos.

-No tan raro. Es domingo, y con esta temperatura es normal que no tengan parroquianos hasta más tarde. Quizá a las doce, cuando toquen a misa mayor...

La insinuación de Txema hizo saltar a Carlos.

-¿Las doce? No podemos quedarnos aquí parados. En todo caso, podríamos tratar de acercarnos a La Cuesta y luego, por la tarde, volver aquí a hacer algunas averiguaciones.

-Me parece bien -Estaba tiritando-. ¿Regresamos al coche?

Cuando el Ibiza volvió a arrancar, una nube de humo blanco inundó la plaza. El estruendo de su motor retumbó en las paredes del recinto. En el interior, Txema todavía se frotaba las manos, tratando de entrar en calor.

-A lo mejor te precipitaste.

-Seguramente -admitió Carlos- En cualquier caso, no me ne­garás que sigue siendo demasiada casualidad haber ido a dar por azar con este pueblo...

-Y eso sería muy incómodo para ti, ¿me equivoco?

-No. No te equivocas.

-Oye, ¿por qué te resistes a aceptar que pueda haber cosas en tu vida que estén programadas de antemano y que puedan escapár­sete?

Carlos sujetó el volante con fuerza, haciendo equilibrios para no rozar contra los vehículos mal aparcados en aquellas estrechas callejuelas.

-¡Vaya pregunta! -respondió finalmente-. Porque admitir eso equivaldría a aceptar que, en alguna parte, alguien ha trazado las lí­neas maestras de nuestras vidas. Y de ahí a aceptar la existencia de Dios, va un paso.

-¿Y por qué no habrías de admitirla? -le presionó el fotógrafo.

-Porque tengo la impresión de que Dios es una etiqueta muy fácil de aplicar a todo aquello que no se entiende, y nos evita el esfuer­zo de indagar aún más...

-¿Y si tras el esfuerzo concluyes que existe?

Carlos no contestó. De repente, sus brazos se habían quedado rígidos sobre el volante y su mirada volvía a ser vidriosa. Detuvo el Ibiza, manteniendo su motor al ralentí en medio de la calzada. A Txe­ma le incomodó su estado casi catatónico.

-¿Qué te pasa?

-Nos... hemos equivocado de carretera -contestó muy lenta­mente el patrón.

-¿Y bien?

-Nada... nada.

Tras unos segundos, las extremidades de Carlos recuperaron parte de su flexibilidad natural. Lo suficiente como para hacer avanzar el coche unos metros, hasta detenerlo en la cuneta. Lo detuvo a unos palmos escasos de otro indicador con el nombre de Ágreda cruzado por una banda roja, que indicaba el límite del término municipal, y quitó la llave del contacto. Un simple vistazo bastó a Txema para dar­se cuenta de que, en efecto, aquélla no era la N-122. Se trataba de un camino mal asfaltado, lleno de socavones y demasiado estrecho para permitir la circulación de dos vehículos al mismo tiempo.

El fotógrafo seguía sin entender.

Alterado, Carlos descendió del vehículo, cerró de un golpe la portezuela y cruzó sin mirar la carretera en dirección a un edificio de piedra construido junto a un pequeño campanario. «Quizás necesite tomar más aire», barrunto su compañero. Desde el interior del coche, Txema observó sus pasos vacilantes.

-¡Es aquí! ¡Baja! -gritó de repente.

El fotógrafo se estremeció. Sacó la bolsa de sus cámaras de debajo del asiento, y saltó fuera del coche.

-¿Qué ocurre?

-¡Mira!

Txema tembló. El dedo del patrón señalaba el edificio. O más exactamente, a una especie de foso, a poco más de dos metros por debajo del nivel de la carretera, donde se adivinaban un par de puer­tas. Una de madera, con un extraño escudo de piedra sobre él, y otra resguardada por cuatro arcos de medio punto, sitiada por fuertes rejas de hierro.

-¿Qué quieres que mire?

-Ahí. ¿No lo ves?

De nuevo, Txema paseó la vista por el foso. Se había colocado ya junto a Carlos, quien señalaba la estatua de piedra de una monja con los brazos abiertos y una cruz en una de sus manos.

-¡Es un convento! -exclamó el patrón-. ¿Qué mejor sitio para preguntar por una monja?

Sí..., desde luego. ¿Bajamos?

Los dos periodistas descendieron por una pequeña rampa de tierra que desembocaba en una portezuela de hierro, y que flanqueaba el paso a una escalera apenas visible entre la tierra y la nieve. Pronto se percataron de que el edificio era mucho más grande de lo que ha­bían calculado desde el coche. En realidad, parecía una fortaleza. Su fachada apenas estaba moteada por algunas minúsculas ventanas de madera y por unas pocas cruces oscuras, numeradas, que conformaban un paupérrimo vía crucis.

-Tienes razón, debe de ser un convento -murmuró Txema.

Carlos no le escuchó. Estaba de rodillas sobre la nieve, delante del pedestal de cemento sobre el que se había erigido la estatua de la religiosa que tanto le había llamado la atención. Garabateaba en su cuaderno algunas frases, como si transcribiera una leyenda cincela­da en la peana.

-¿Lo ves? -exclamó al fin-. Mira lo que está escrito ahí.

Txema forzó su mirada y descubrió una inscripción grabada en bajorrelieve sobre el cemento:

A la venerable Madre Ágreda, con santo orgullo. Sus paisanos.

-¿Crees que se trata de tu monja?

-¿Y quién si no?

-Conviene que no nos precipitemos. Tú mismo dijiste que fue costumbre poner el nombre del pueblo a las personas célebres que nacieron en él, y ésta podría ser otra monja famosa de otra época. ¿No te parece?

-Demasiada casualidad.

-Sólo una más en este viaje.

Carlos miró al fotógrafo de reojo. Txema continuó.

-Además, si es la monja que acabó con tu paciencia cuando lo de las teleportaciones, lo sabremos pronto... Pero si no lo fuera, me harás un favor: nos olvidamos de este buen montón de casualidades y volvemos a Madrid. ¿Vale?

-Vale.

Carlos se incorporó, y con paso firme ambos se encaminaron hacia la puerta de madera que tenían más cerca. Estaba abierta.

-¡Entra! -le forzó Txema.

Tras atravesar el umbral y adecuarse a la penumbra vieron con­firmadas sus primeras sospechas. Se encontraban, efectivamente, en un pequeño recibidor forrado de esterillas de madera y adornado con motivos religiosos. El torno, empotrado a un metro de altura en la pared de la derecha, no dejaba lugar a dudas: aquello era un convento de clausura.

Una escuálida mesa cubierta por un mantel de ganchillo y algu­nas hojas parroquiales antiguas, una campanilla, un viejo interruptor que tenía aspecto de timbre y el inconfundible cilindro de madera que conectaba la clausura con el mundo exterior, completaban la austera decoración de aquella antesala.

-¿Llamas tú? -preguntó Txema en voz baja.

-Claro.

Al presionar aquel timbre un agudo chirrido retumbó por todo el edificio.

A los pocos segundos, los goznes de una puerta crujieron al otro lado de aquel pequeño tiovivo de madera.

-Ave María Purísima -rompió el silencio una voz al otro lado del torno.

-Sin pecado concebida... -Carlos dudó.

-¿Dígame? ¿Qué desea?

La invisible interlocutora le interrogó con extraordinaria suavidad. Por un momento, el patrón barajó la posibilidad de construir una historia inocente que justificara su presencia allí y enmascarara lo que empezaba a ser ya una indigerible secuencia de casualidades, pero se dejó llevar explicándole parte de la verdad.

-Vera usted, madre: somos dos periodistas de Madrid que es­tamos investigando reliquias de algunas parroquias de la zona de los Cameros, y el temporal de nieve y el mal estado de las carreteras nos han arrastrado hasta aquí...

-¡Qué nos va a decir usted de la nieve! -exclamó espontánea aquella mujer a través del torno.

-Bueno... lo que nos gustaría es saber si aquí vivió alguna vez una monja llamada María Jesús de Ágreda. ¿Sabe? Fue una religiosa del siglo xvii y no sé si todavía guardarán memoria de ella. Hace unas semanas la cité en un reportaje sin saber si...

Un codazo del fotógrafo le hizo dejar la frase a medias..:

-¡Cómo no vamos a haber oído hablar de ella! ¡Si es nuestra fundadora!

Aquella exclamación les dejó sin palabras. La monja, ajena a su sorpresa, añadió con cierto tono de complicidad:

-Seguro que ustedes están aquí porque ella les ha llamado. ¿Sabe? Es una monja muy convincente, hasta hace milagros, y algo de ustedes le debe de haber interesado cuando han llegado aquí de esta forma que me cuenta.

-¿Es? -preguntó Carlos alarmado.

-Bueno, era... -admitió.

-¿Y qué quiere usted decir con que nos «ha llamado» hermana?

-Nada, nada... Coja la llave que le voy a dejar en el torno; abra la puerta pequeña que tiene a la derecha y atraviese el pasillo hasta el fondo. Tendrá que abrir una puerta de cristal que tiene otra llave puesta; crúcela y enciéndase la estufa, que ahora mismo bajará alguna hermana para atenderles.

Las suaves órdenes fueron tan precisas que no tuvieron alterna­tiva. De hecho, antes de que se dieran cuenta, el torno ya giraba proporcionándoles una pequeña llave de acero cosida a un llavero amarillo. Era su pasaporte al interior del convento.

 

 

12

 

Carlos se adentró por la puerta indicada tratando de seguir al pie de la letra las instrucciones recibidas. Detrás, con paso más vaci­lante, le siguió Txema, que comenzaba a barruntar si detrás de todo aquello no habría algo milagroso... A fin de cuentas, él era un hombre de fe. Discreta, sí, pero fe al fin y al cabo.

Pronto llegaron a una especie de salón con un amplio ventanal enrejado. Resultaba evidente que aquella apertura en el muro daba a otra estancia del interior de la clausura. Aquel modesto salón estaba decorado con varios lienzos de aspecto vetusto. En uno se apreciaba la imagen oscurecida de una religiosa que sostenía en su mano derecha una pluma, mientras que la izquierda descansaba sobre un libro abier­to. Les llamó la atención una Inmaculada parecida a las pintadas por Murillo, y un curioso tapiz colgado encima de la ventana enrejada que representaba varias escenas de la aparición de la Virgen de Guadalu­pe, en México, al indio Juan Diego, en pleno siglo XVI... Pero, sobre todo, les cautivó un último cuadro: se trataba -era evidente- de una tela moderna, de colores vivos y paupérrima ejecución artística, que representaba una monja vestida con un hábito azul, rodeada de indios tocados con plumas y de animales domésticos.

-¿Crees que...? -murmuró Txema.

-¿Qué otra cosa puede ser si no?

-Pero parece un cuadro muy reciente.

-¡Y lo es!

Una voz femenina sonó a sus espaldas. Procedía de detrás del ventanal, que ahora abierto dejaba ver la silueta de dos monjas vesti­das con hábitos blancos.

-Fue pintado por una monja de Nuevo México que estuvo dos años viviendo con nosotras -les aclaró una de ellas.

Aquellas mujeres se presentaron como sor Ana María y sor María Margarita. Eran como de otro mundo, como si pertenecieran a otra época. Vestidas con sencillos hábitos de lino, sus ojos iluminaban la estancia más que la luz que entraba del exterior.

-¿Y en qué podemos ayudarles? -terció una de ellas, tras invi­tar a los dos periodistas a que se sentaran.

-Queremos saber algo sobre sor María Jesús de Ágreda.

-¡Ah! ¡La venerable!

En el rostro de la hermana María Margarita se dibujó una am­plia sonrisa, pero fue la otra monja quien, desde el principio, tomó las riendas de la conversación.

Sor Ana María daba la impresión de ser una mujer pausada, serena. Su amable mirada y su porte elegante cautivaron de inmediato a sus huéspedes. La hermana María Margarita, en cambio, pronto se reveló como su reflejo especular. Menuda, inquieta, con unos ojos vivaces que a duras penas lograba ocultar tras sus gafas y una voz saltarina y punzante, tenía todo el aspecto de una pequeña revolucio­naria.

Las dos miraban a los periodistas con una mezcla de curiosidad y ternura, ajenas al entusiasmo que comenzaba a anidar dentro de ellos. Y es que, durante aquellos primeros minutos de charla, ambos tuvieron la viva sensación de que el tiempo se había detenido hacía mucho tras aquellos muros, y que aquellas mujeres eran las responsa­bles del prodigio.

-¿Qué les interesa saber exactamente de la madre Ágreda? -interrogó por fin sor Ana María, tras escuchar atentamente el apreta­do relato de cómo habían dado con ellas.

Carlos se incorporó en su silla, y la miró fijamente.

-Bueno -titubeó-... Fundamentalmente, confirmar si realmen­te la madre Ágreda estuvo en dos lugares a la vez. Ya saben: si se bilocó.

Sagaz, el fotógrafo volvió la mirada hacia el cuadro donde se veía a una monja rodeada de indios, y que sirvió para arrancar su con­versación. Las dos religiosas se miraron divertidas.

-¡Naturalmente! Aquello fue una de sus primeras «exteriorida­des» místicas, y la vivió cuando aún era muy joven. Justo cuando aca­baba de profesar como religiosa en este convento -se apresuró a expli­car sor María Margarita señalando el cuadro que había provocado el interés de Txema-. Debe usted saber que ese caso fue muy bien inves­tigado en su época, y que incluso superó el dictamen de la Inquisición.

-¿Ah, sí? -respondió el patrón sobresaltado.

-Desde luego.

-¿Y cómo fue? Quiero decir, ¿en dónde se aparecía la madre Ágreda?

-Bueno, en realidad, como usted ha dicho, se bilocaba -precisó sor Ana María-. Creemos que se dejó ver en Nuevo México, principal­mente entre algunas tribus indígenas a lo largo del Río Grande. Existe un informe de 1630 donde se recogen estos hechos.

Carlos tensó sus cejas, interrogándola con la mirada. La monja continuó.

-Sí, así es. Lo redactó un fraile franciscano llamado fray Alonso de Benavides, que recorrió todas aquellas tierras en el siglo XVII y se encontró con la tremenda sorpresa de que muchos de los poblados indios que visitó ya habían sido catequizados por una misteriosa mujer que habló con los indios.

-¿Que habló con los indios? -repitió Txema sorprendido.

-¡Imagínese! -interrumpió la monja, más exaltada que antes-. ¡Una mujer sola, entre indios salvajes, y que logró transmitirles la doc­trina de Nuestro Señor!

Todos sonrieron por aquel arrebato pasional. La hermana Ana María prosiguió su relato.

-Lo que el padre Benavides consignó en su escrito es que mu­chas noches se presentaba ante los indios una mujer vestida con hábi­tos azules, que les hablaba de un hijo de Dios que murió en la cruz y que prometió la vida eterna a quienes creyesen en él. E incluso les previno de que pronto llegarían representantes de ese Salvador a sus tierras para traerles la buena noticia.

-¿Y dice usted que ese informe se publicó?

-Sí, claro. Fue impreso en 1630 en Madrid, en la Imprenta Real de Felipe IV. Se rumorea, incluso, que llegó a interesar vivamente al Rey.

-Pero usted dijo antes que lo de las bilocaciones fue sólo la primera «exteriorización» de la madre Ágreda...

-Exterioridad -matizó. Y continuó-: Bueno, la madre pidió en sus oraciones a Dios que la librara de aquellos fenómenos. Por su cul­pa estaban corriendo rumores por toda la provincia y ya venían dema­siados curiosos a verla entrar en éxtasis en la Iglesia.

-¡Ah! ¿También entraba en trance? -Carlos iba de sorpresa en sorpresa.

-Desde luego. Y éstos no desaparecieron cuando cesaron las bilocaciones, pues pocos años más tarde se le apareció Nuestra Señora para dictarle su vida, de la que hasta ese momento apenas sabíamos nada por los Evangelios.

-Prosiga, por favor.

-La redactó en ocho gruesos volúmenes escritos a mano que todavía conservamos en nuestra biblioteca, y que después se editaron con el título de Mística Ciudad de Dios.

-¿Mística Ciudad de Dios?

-Sí. En el libro se revela que Nuestra Señora es, en realidad, la ciudad donde mora el propio Padre Celestial. Es un misterio como el de la Trinidad.

-Ya... Perdone hermana, pero hay algo que no encaja. Cuando intenté obtener información sobre su fundadora consulté diversas ba­ses de datos y catálogos de libros antiguos para ver si hallaba alguna obra suya y, la verdad, no encontré ninguna referencia... salvo que co­metiese alguna torpeza o error...

La monja sonrió.

-Tiene usted mucha suerte. El libro acaba de ser reeditado, aunque a usted seguramente le interesará más uno de los tomos de su edición antigua donde se cuenta la vida de nuestra hermana, ¿verdad? -sor Ana María interrogó con dulzura al patrón.

-Si fuera posible...

-¡Claro! -estalló la monja de nuevo-. No se preocupe; nosotras le buscaremos ese tomo y se lo enviaremos donde nos diga.

Carlos agradeció su generoso ofrecimiento y tras anotarles en un papel el número de su apartado de correos, disparó una última e inocente pregunta.

-Y díganme una cosa que tampoco me cuadra. No recuerdo haber encontrado su nombre en ningún santoral, ¿cuándo fue declara­da santa sor María Jesús?

Inexplicablemente los ojos de sus interlocutoras se ensombre­cieron. Ambas bajaron la cabeza al unísono, ocultaron las manos bajo sus respectivos hábitos blancos y dejaron pasar un interminable segun­do de silencio. Finalmente, fue sor María Margarita la que encaró la pregunta.

-Verá usted -carraspeó-. La madre Ágreda reveló también en su libro que la Virgen concibió inmaculadamente a Nuestro Señor y, como sabrá, ése era en aquella época un tema todavía muy discutido entre los teólogos y una idea herética. Además, la hermana se inmis­cuyó en los asuntos políticos de Felipe IV, con quien se escribía con frecuencia y de quien llegó a ser su verdadera asesora espiritual...

-¿Y...? -preguntó Carlos intrigado.

-Pues que esas acciones no gustaron en Roma, que ha retenido su proceso de beatificación durante más de tres siglos. Lo único que se consiguió fue que el Papa Clemente X permitiera su culto privado, concediéndole el título de Venerable pocos años después de su muer­te. El 28 de enero de 1673, para ser precisos.

-¿Es cosa de Roma?

-Del Vaticano.

-¿Y no se puede hacer nada para corregir ese error?

-Bueno -contestó sor Ana María-, hay un sacerdote de Bilbao, el padre Antonio Tejada, que está llevando el papeleo de la Causa de Beatificación para rehabilitar a la Venerable.

-Entonces, no está todo perdido.

-No, no. Gracias a Dios el padre Tejada tiene mucha fuerza de voluntad. Él ha trabajado en la reedición de los textos de nuestra ma­dre; él es también un hombre santo.

Los ojos de Carlos se encendieron. «¡Un experto!», pensó. Su fotógrafo rió para sus adentros cuando le vio preguntar con voz trémula:

-¿Creen ustedes que podría entrevistarme con él?

-Claro. Vive en la residencia de los padres pasionistas de Bil­bao, junto a un colegio de enseñanza primaria.

-¿Un colegio?

-Sí, pero no se engañe, él es profesor de Universidad -aclaró sor María Margarita con su voz cantarina.

-Si fuera a verle, llévele nuestro recuerdo y anímele a seguir adelante -rogó su compañera-. Las causas de los santos son cosas difí­ciles en las que Dios pone a prueba la paciencia de los hombres...

-Lo haré, pierdan cuidado.

-Que Dios le bendiga -murmuró la monja mientras se santi­guaba.

 

 

13

 

Al filo de las 14.30 el padre Baldi se encontraba de nuevo muy cerca de la plaza de San Pedro. Allí se sentía seguro, a salvo de sus temores. Un taxi acababa de dejarle en la esquina del Burgo de Pío IV con la Via di Porta Angélica, justo enfrente de una de las más concurri­das «entradas de servicio» de los funcionarios pontificios al recinto vaticano. A esa hora, muchos se reincorporaban a sus respectivos des­pachos después del almuerzo.

Baldi comprendió de inmediato que aquélla era una oportuni­dad de oro para no regresar a Venecia con las manos vacías tras haber fracasado su encuentro con «San Mateo».

Decidido, «San Lucas» se mezcló entre ellos, atravesó las gari­tas de seguridad de los sampietrini sin llamar la atención y se adentró en un laberinto de oficinas, rumbo a los despachos de la Secretaría de Estado. La fachada del edificio de la Secretaría, un pequeño bloque de tres plantas con contraventanas grises y tejas del color de la noche, acababa de ser meticulosamente limpiada. El inmueble presentaba un aspecto impecable. Es más, una reluciente placa de cobre, con la tiara y las llaves de Pedro grabadas en negro, anunciaba que aquélla era, sin lugar a dudas, la sede pontificia que el «evangelista» buscaba.

El interior del edificio era otro cantar: pasillos pintados de color plomo y puertas contrachapadas con los nombres de cardenales y otros destacados miembros de la curia pegados con celo, daban a entender que la puesta a punto había sido sólo cuestión de fachada. Y nunca mejor dicho.

-¿En qué puedo ayudarle?

Una monja de cara redonda y rosada, vestida con un hábito azul oscuro y una toca de ganchillo, le abordó desde detrás del único mostrador a la vista.

-Desearía ver a Su Eminencia Stanislaw Zsidiv.

-¿Tiene usted cita con él? -indagó la religiosa.

-No. Pero monseñor me conoce bien. Dígale que el padre Giuseppe Baldi, de Venecia, ha venido a verle. Es por un asunto de extrema urgencia. Además -dijo blandiendo la carta que recibiera en el monasterio de San Giorgio Maggiore hacía dos semanas-, él me mandó esta nota para que viniese lo más rápidamente posible.

Aquello fue definitivo.

La monja apenas tardó unos segundos en oprimir las teclas de la centralita, y transmitir el mensaje al otro lado del hilo telefónico. Tras un estudiado «está bien, le recibirá», que Baldi encajó con gesto torcido («a mí nadie me hace favores»), ella misma le guió a través de varios corredores iluminados con débiles fluorescentes, hasta un am­plio despacho iluminado por la luz del día.

Nada más entrar, al cura del Venetto le llamó la atención que desde los amplios ventanales se distinguiera tan claramente la cúpula de San Pedro y algunas de las 140 estatuas que coronan la co­lumnata de Bernini. Una bella escena que se completaba con unos impresionantes tapices con motivos paganos que colgaban de sus paredes.

-¡Giuseppe! ¡Cuánto tiempo!

Un hombre de mediana estatura, enfundado en una relumbro­sa sotana morada, de rostro afilado en el que destacaban unos peque­ños pero vivaces ojos azules escondidos tras los gruesos cristales de unas gafas rectangulares, se levantó de inmediato de su butaca de cue­ro negro. Con paso decidido, salvó los escasos metros que les separa­ban y le tendió los brazos.

Baldi le besó el anillo y la cruz, y después se fundieron en un abrazo. A continuación, tomó asiento frente a la atestada mesa de tra­bajo. Estiró su sotana antes de cruzar las piernas y echó un rápido vistazo a las carpetas y sobres que se apilaban, más por costumbre que por curiosidad. No hicieron falta demasiados prolegómenos. Su Emi­nencia y el benedictino se conocían desde hacía muchos años, desde sus tiempos de seminaristas en Florencia, donde habían compartido su interés por la prepolifonía. Es más, había sido monseñor Zsidiv, de origen polaco y amigo personal del Papa, quien presentó a Baldi a los coordinadores del proyecto de la Cronovisión -allá por los años cin­cuenta- cuando éste todavía estaba en mantillas. También contribuyó a que lo incorporasen como miembro de pleno derecho en su seno. La conversación fluyó rápidamente.

-Es una suerte que hayas decidido venir a verme -reconoció monseñor-. No sabía cómo localizarte para ponerte al corriente de lo que le ha ocurrido a «San Mateo» esta misma mañana...

El cardenal bajó el tono de voz, al tiempo que volvía a tomar asiento en su butaca.

-Sí, de eso precisamente quería hablarte yo también. Lo he sa­bido hace apenas una hora, cuando he visto a la policía aparcada fren­te a su casa.

-¿Has pasado por su casa? -Zsidiv se extrañó. Aquello violaba claramente el código ético de los «cuatro evangelistas».

-Bueno... en cierta medida tu carta tuvo la culpa, y tus órdenes para que viniese a Roma a rendir cuentas por lo que sucedió con el periodista español -se excusó-. Porque es eso ¿no?

-Sí. Así es.

-Pues te juro que yo no...

El cardenal le paró en seco.

-Nada de eso importa ahora. Con la muerte del «primer evan­gelista» las cosas van a cambiar mucho. El Papa está preocupado por la posibilidad de que la Cronovisión se escape de nuestro control y se descubran muchos secretos que es mejor que sigan enterrados. ¿Lo entiendes?

Monseñor se agarró a los reposabrazos de su butaca, clavando las uñas con fuerza.

-Lo peor de este incidente es que todavía no sabemos si su muerte ha sido accidental o provocada. La policía no ha tenido tiem­po de concluir su informe, y la autopsia no se le practicará hasta úl­tima hora de la tarde. Pero lo que nos preocupa ahora es que él es­taba al corriente de ciertos asuntos relacionados con la Cronovi­sión que tú ignoras, y que pueden haberse filtrado fuera de nuestro círculo.

-¿Filtrado? -el rostro del padre Baldi se desencajó.

-Eso tememos. Alguien borró de su ordenador todos los ficheros y tenemos razones para suponer que ha desaparecido de su estu­dio documentación de valor.

-¿Qué clase de documentación?

-Papeles antiguos, aunque también apuntes que recogían los detalles de sus experimentos.

Ante la mirada de incredulidad de «San Lucas», Zsidiv cambió repentinamente de tono.

-Te teníamos en cuarentena, ¿entiendes? No podíamos correr el riesgo de que fueras tú quien filtrara información a la prensa, aún menos la de «Mateo», y que descubrieras nuestro proyecto. -¿Sospechas ahora de alguien?

-Tengo varias hipótesis. Por un lado, los chicos de la Congrega­ción para la Doctrina de la Fe echan chispas con este asunto. Como sabrás, desde que Pablo VI, con sus ánimos reformistas, les quitó mu­chas competencias, andan al acecho de cualquier investigación que les suene a «herética». Han intentado echar mano a la Cronovisión desde que se enteraron de su existencia, y la publicación de tus últimas decla­raciones en la prensa les ha venido como anillo al dedo para interve­nir... aunque no sé hasta dónde han llegado. Zsidiv tomó aire y continuó:

-La otra posibilidad es que haya sido obra de nuestros socios, pero en el actual estado de nuestras relaciones diplomáticas con ellos no podemos ni insinuar esa posibilidad.

-¿Socios? ¿Qué socios? -saltó Baldi.

-Eso también forma parte de lo que los otros tres evangelistas y yo hemos evitado deliberadamente que supieras. Ahora, en cambio, la urgencia por recuperar la documentación me obliga a restituirte mi confianza.

Monseñor alzó su mirada por encima de las gafas.

-Espero no equivocarme y poder contar contigo de nuevo. Las palabras del cardenal sonaron graves. Fueron tan severas que Baldi no se atrevió a replicar ni a intentar justificarse de nuevo. Siguió allí, clavado en su silla, aguardando a que su interlocutor le explicara lo que había estado ocultándole durante esos últimos meses para poder juzgar globalmente la situación.

Stanislaw Zsidiv se levantó. Se acercó a las impresionantes ven­tanas de su despacho y, de espaldas a Baldi, comenzó a armar una serie de explicaciones que a «San Lucas» le parecieron un tanto pere­grinas. Le refirió que el Vaticano llevaba más de cuarenta años co­laborando con los servicios de inteligencia norteamericanos a través de una organización tapadera de la CÍA conocida como El Comité o, para ser más precisos, el American Committee for a United Europe (ACUE). Se trataba de una organización fundada en 1949 en Estados Unidos y dirigida desde el principio por hombres vinculados a la an­tigua Office of Strategic Services (OSS), precursora de la CÍA, con la intención de consolidar unos Estados Unidos de Europa tras la guerra. Al principio, recalcó Zsidiv, El Comité intentó controlar a to­dos los curas de tendencia comunista que pudieran encubrir actividades subversivas prosoviéticas en Europa, pero en los últimos años se había ganado la confianza del Sumo Pontífice al destapar un par de operaciones de alto nivel que planeaban atentar contra su trono.

-En definitiva -continuó monseñor-, nada que el propio Papa no sospechara, ya que desde el Concilio Vaticano II han sido muchos los planes diseñados en ciertos ambientes para propinar un golpe mor­tal a la Iglesia.

Baldi abrió los ojos de par en par.

-¿Y qué tiene que ver esto con «San Mateo»?

-Mucho -le atajó el Secretario de Su Santidad-. En todos estos años El Comité no se ha limitado a interferir en actividades políticas, sino que se ha interesado vivamente por algunos de nuestros progra­mas de investigación, y en especial por el de la Cronovisión. Fueron ellos quienes nos pusieron al corriente de que una de sus organizacio­nes, el INSCOM, había creado hacía algunos años una sección des­tinada a preparar a hombres con habilidades extrasensoriales muy de­sarrolladas, capaces de atravesar con la mente las barreras del espacio. Pretendían convertirles en una poderosa división de espionaje psíqui­co. De alguna forma descubrieron que nosotros trabajábamos en algo parecido con la ayuda de música sacra y de tus estudios de prepolifonía, y nos asignaron un colaborador, un delegado con él que poder intercambiar puntos de vista sobre nuestros respectivos avances...

-Quieres decir uno de sus hombres.

-Llámalo como quieras. Pero debes saber que ellos mismos le asignaron a la cabeza de su equipo de Roma para que trabajara con «San Mateo» y que ambos, durante sus trabajos de documentación sobre los precedentes históricos de gente que rompió las barreras del espacio, hace sólo un mes destaparon el dossier de la «Dama Azul».

-¿La «Dama Azul»?

-¡Ah! ¡Es cierto!...

Monseñor Zsidiv se volvió, miró con benevolencia al padre Baldi, y con las manos cruzadas a la altura del pecho, regresó pausada­mente a su mesa de trabajo.

-Déjame explicártelo. En los archivos del Santo Oficio, Mateo y el «gringo» descubrieron unas actas de hace tres siglos acerca de una monja española que supuestamente vivió varias experiencias de bilocación muy espectaculares.

-¿Unas actas?

-Sí. Se las conoce genéricamente bajo el título de Memorial de Benavides, pues las redactó un fraile con ese mismo nombre. En sus escritos afirmaba, entre otras muchas cosas, que esa mujer logró tras­ladarse físicamente de un lugar a otro; se le atribuía incluso la evangelización de varias tribus indias del suroeste de los Estados Unidos... Eso era, precisamente, lo que interesaba a los americanos: poden enviar hombres instantáneamente a cualquier rincón del mundo, ya sea para averiguar secretos, robar documentos comprometedores, eliminar enemigos potenciales o cambiar cosas de lugar sin dejar ninguna hue­lla. En suma, el arma perfecta: discreta e indetectable.

-¡Pero no existe ninguna frecuencia de sonido conocida que permita hacer eso! -protestó Baldi.

-Eso mismo pensaron los demás «evangelistas». De hecho, el análisis de los documentos relativos a esta monja no arrojó ni una sola prueba contundente de que fuera ella la responsable de aquellas visi­tas a los indios.

-¿Entonces?

-No lo sé. Tal vez lo que vieron los indios fue algo mucho más serio. Quizás, incluso, una manifestación de Nuestra Señora. El Papa considera muy seriamente esa posibilidad, y cree que nadie más que la Virgen pudo aparecerse en gloria y majestad a los indios preparando la evangelización de América. De hecho, «San Mateo» y su ayudante se obsesionaron con aquel tema hasta extremos inimaginables, y se empecinaron en reunir toda la información posible.

-¿Crees que esa obsesión tuvo que ver con su muerte?

-Sí. Estoy convencido. Sobre todo después de que desaparecie­ran tan rápidamente sus archivos. Es como si alguien se hubiera en­terado de sus avances y estuviera interesado en borrar del mapa todo el dossier.

-¿Y el ayudante del padre Corso no ha podido dar ninguna pista?

Monseñor Zsidiv comenzó a jugar nerviosamente con un abre­cartas de plata con empuñadura de delfín.

-No. Pero tampoco me sorprende. Mira Giuseppe, ese hom­bre no es trigo limpio. Mi hipótesis es que el INSCOM lo incorporó a nuestro proyecto para que espiase los avances del «primer evangelis­ta» y les informase... Aunque, pese a todo, ha hecho alguna contribu­ción interesante a la Cronovisión.

-¿Por ejemplo?

-Bueno... Tú sabes mejor que nadie lo delicado que es este proyecto. Al partir de la certeza bíblica de que hubo profetas y gran­des hombres del pasado a los que Dios dotó con el don de poder transgredir el tiempo, tratamos de desafiar los designios del Altísimo y con­seguir estimular a voluntad esos estados visionarios...

-Puedes ahorrarte los prolegómenos, Stan.

-Está bien. Tú fuiste quien aportó a los «evangelistas» la idea, acertada, de que ciertas notas de música sacra sirvieron a muchos de nuestros místicos para vencer esas barreras del tiempo, y de que la clave para abrir esa cueva de la mente era el sonido, como el «¡ábrete sésamo!», de Alí Babá. Pues bien -monseñor dejó el abrecartas a un lado y se frotó las manos-, este gringo sabía de un sistema aún más depurado que el tuyo, pero dentro de tu misma línea de trabajo.

El padre Baldi se quitó las gafas y, tratando de disimular su entusiasmo, comenzó a limpiarlas ceremoniosamente con una pequeña bayeta.

-¿Qué clase de sistema? -preguntó al fin.

Monseñor reprimió su sonrisa. Aguardaba impaciente esa pre­gunta.

-Verás: cuando El Comité asignó ese nuevo compañero de tra­bajo a «San Mateo», registramos y duplicamos discretamente todo el material que trajo consigo. En sus diarios de campo se mencionaban los avances de un tal Robert Monroe, un empresario norteamericano especializado en la instalación de emisoras de radio, que había diseña­do un método para enseñar a «volar» fuera del cuerpo a cualquiera que se lo propusiera.

-¿Y eso? -preguntó extrañado Baldi.

-Bueno, a nosotros también nos sorprendió. Al parecer, des­pués de la segunda guerra mundial ese hombre sufrió varias expe­riencias involuntarias de salida fuera del cuerpo, y en lugar de enca­jarlas como algo anecdótico, como hubieran hecho tantos otros, como una especie de vivencia mística íntima, quiso destripar la «física» de su funcionamiento. Las notas decían que Monroe descubrió que aquellos «viajes» estaban directamente relacionados con ciertas lon­gitudes de onda en las que trabaja el cerebro humano, y que éstas se podían inducir fácilmente mediante el uso de la hipnosis o, aún mejor, mediante la aplicación de ciertos sonidos directamente a los oídos.

-Eso no era nuevo para nosotros...

-No en teoría. Después averiguamos que ese individuo estaba tan convencido de sus teorías que, en los años setenta, fundó un insti­tuto en Virginia y comenzó a aplicar una revolucionaria tecnología de sonido a la que llamó Hemi-Sync.

-¿Hemi-Sync?

-Sí, una abreviatura de «sincronización de hemisferios» Al pa­recer, consiste en equilibrar la frecuencia en la que funcionan nuestros dos hemisferios cerebrales, y aumentarla o reducirla al unísono, lle­vando al sujeto hasta los umbrales límite de su percepción gracias a la audición de ciertos sonidos «sintéticos». Incluso estableció una especie de tablas de sonido que marcan hasta dónde se puede llegar exacta­mente gracias a las frecuencias que administra a sus «pacientes» a tra­vés de auriculares.

-¿Unas tablas? ¿Qué clase de tablas?

Monseñor Zsidiv revolvió en sus notas. En cuestión de segun­dos localizó unos apuntes tomados de la lectura de los diarios «ro­bados» al huésped norteamericano de «San Mateo». Tras examinarlos superficialmente, continuó:

-Monroe descubrió que, por ejemplo, si se suministra a un pa­ciente un sonido con una vibración de 100 hertzios (o ciclos por segun­do) en un oído, y otro de 125 hertzios en el otro, el sonido resultante, aquel que «entiende» el cerebro del paciente, lo obtiene de la diferen­cia de ambos. Es decir, «escucha» un sonido «inexistente» de 25 hert­zios que, además, percibe a través de ambos hemisferios cerebrales a la vez. Monroe bautizó ese tipo de sonido como «binaural» e insistió en que son esta clase de «ruidos» los únicos capaces de generar estados de conciencia alterados con éxito, como el que favorece la separación del cuerpo astral...

-¿Y en qué han variado estos hallazgos nuestro proyecto?

-¡Imagínatelo! Hemos pasado de tratar de entrenar a personas sensibles para ver cosas más allá del tiempo y el espacio, a considerar seriamente la posibilidad de proyectarlos fuera de sus cuerpos para recoger esa información allá donde esté...

-Casi como se cree que hacía la «Dama Azul», ¿no?

-¡Exacto! Eso fue lo que pensaron el padre Corso y su ayudan­te. Por eso opino que se volcaron tanto en ese caso.

Tal vez creyeron que investigándolo en profundidad encontrarían nuevas claves para proyectar a alguien al pasado.

-Y justo entonces muere «San Mateo».

-Así es.

Monseñor bajó la mirada, visiblemente afectado.

-Él era... -continuó- un amigo.

Sus labios comenzaron a temblar, como si de un momento a otro fuera a echarse a llorar. Pero se contuvo.

-Está bien, Stan. Sé que no he hecho muy bien las cosas última­mente, pero quizá aquí tenga la oportunidad de redimir mis errores. Si lo estimas oportuno, podría hacerme cargo de los laboratorios del «primer evangelista» y tantear a su ayudante para tratar de averiguar si sabe más de lo que dice...

Monseñor tosió con aspereza; intentaba aclarar su garganta y no emplear un tono de voz demasiado afectado.

-Es una buena idea. Podrías tomar las investigaciones de «San Mateo» donde él las dejó. Así seguirás en el equipo al menos hasta que el IOE decida intervenir otra vez.

-Por cierto, si me reincorporo al equipo, ¿qué sucederá con la audiencia de mañana?

-No te preocupes por ella. Yo mismo la desconvocaré. Si man­tienes la boca cerrada, no hará falta que pases por esa especie de juicio sumarísimo. El Santo Padre lo comprenderá.

-Gracias, eminencia. Haré lo que esté en mi mano.

-Ten mucho cuidado -le advirtió Zsidiv ya en la puerta de su despacho-. Todavía no sabemos si «San Mateo» se suicidó o lo suici­daron. ¿Me comprendes?

-¿Por dónde debo empezar a buscar?

-Ve a los estudios que el padre Corso tenía en Radio Vaticana. Allí centralizó todas sus investigaciones durante el último año, y don­de podrás localizar a su ayudante.

-¿Por quién pregunto entonces?

-Por fray Alberto. Aunque en realidad su nombre es Albert Ferrell. Agente Albert Ferrell.

 

 

14

 

Aquella lata de cerveza de importación rodó suavemente sobre el entarimado, después de resbalar de una de sus regordetas manos. Sin embargo, ni siquiera el ruido al chocar contra la mesa del televisor logró despertar a la morena. Volvía a soñar. Y esta vez con algo ocu­rrido seis años después de su último «salto onírico», relativamente cer­ca de las tierras de los jumanos... ¿Otra vez trasteaban sus genes in­dios? Ella, en ese estado, no sabría decir.

 

Isleta, Nuevo México, julio de 1629

 

Una inesperada corriente de aire tórrido azotó el camino real de Santa Fe, arrastrando tras ella una gran nube de arena. La polvare­da cruzó entre los juníperos de bayas azules crecidos al borde de la vía y, en cuestión de segundos, oscureció el azul del horizonte.

-¡Cubríos! -gritó una voz grave.

Al unísono, una decena de frailes de la orden de San Francisco, que marchaban a pie por el sendero a orillas del Río Grande, alzaron sus gruesas mangas marrones y se cubrieron el rostro. La arena, fina como las puntas de miles de alfileres de acero, atravesó sus ropas y se estrelló con fuerza contra su piel.

-¡Aguantad! -exclamó otro.

La tormenta se cebó en los frailes indefensos, que soportaron las rachas de aire caliente con cierto estoicismo.

-¡Jesús! ¡Oigo música! ¡Oigo música!

Unos gritos destacaron de repente entre los silbidos atronado­res de la tempestad.

-¿Quién oye música? -bramó una nueva voz, desde la cabeza del pelotón, con tono autoritario.

-¡Yo! ¡Fray Bartolomé! ¿No la escucha usted, padre?

Fray Esteban de Perea, un monje comisionado pocos meses an­tes por el arzobispo para tomar las riendas del programa de evangelización de Nuevo México, entornó ligeramente los ojos tratando de distinguir la silueta casi circular de fray Bartolomé. Frunció el ceño como sólo él podía hacerlo -ese mismo gesto, frecuente en él, le había valido el sobrenombre de Halcón-, y su mirada penetró aguda en las tinieblas.

-¿De dónde viene? -gruñó el padre Perea.

-¡Del sur! ¡Viene del sur!

Aunque sólo un tímido eco de sus palabras llegó a oídos de Perea, todos los frailes, sin excepción, agudizaron el oído, al tiempo que trataban de mantenerse de pie, resistiendo el envite del temporal.

-¿No la oís? ¡Viene de allí delante! -insistió fray Bartolomé a gritos.

Tras unos segundos de escucha, los misioneros distinguieron una melodía entre los agudos silbidos del viento. De no encontrarse en medio del desierto, a cinco jornadas a pie de Santa Fe, hubieran jurado que se trataba de un coro de iglesia entonando un Aleluya.

El espectáculo, sin embargo, duró poco. Antes de que pudieran distinguir una sola frase inteligible en aquel galimatías de viento, are­na removida y cánticos, la tormenta cambió bruscamente de rumbo, llevándose con ella todo rastro del coro. Después, un silencio casi mor­tal invadió de nuevo al grupo.

Fray Bartolomé se encogió de hombros, el Halcón pareció ig­norar el asunto, y el resto de la comitiva cruzó algunas miradas de incredulidad. ¿Un coro? Decidieron no tentar las burlas del demonio. Avergonzados, como si acabaran de ser testigos de alguna clase de espejismo acústico, se sacudieron los hábitos, cargaron de nuevo sus petates sobre los hombros, y reanudaron la marcha en la misma di­rección sin hacer ni un solo comentario.

El grupo quería alcanzar cuanto antes la misión de San Anto­nio de Padua, uno de los asentamientos franciscanos más antiguos de toda la región, en el que fray Esteban deseaba establecerse durante unos días para comprobar por sí mismo algo que en México le había dejado particularmente perplejo: sólo en ese lugar, en los últimos vein­te años, y según datos de fiar manejados por el arzobispo, se habían convertido al cristianismo cerca de ochenta mil indios. Es decir, casi la totalidad de todos los habitantes de una región cuyos horizontes se dice que se pierden en los confines del mundo creado por Dios.

El caso era único en toda América. Ni en México, ni en los reinos del Perú, ni en Brasil se había registrado un éxito de cristianiza­ción tan rápido y limpio.

Ninguna razón lo fundamentaba de modo convincente. Más bien todo lo contrario, pues a aquellas cifras de conversos les acompa­ñaba el persistente rumor de que alguna clase de «fuerza sobrenatu­ral» había obligado a los indios a aceptar la fe en Cristo.

A Perea, hombre bien entrenado del Santo Oficio, aquello no le gustaba. Sentía una propensión natural a recelar de todo lo etique­tado con el marchamo de milagroso; sobre todo en unas regiones don­de cada día era más difícil discernir entre religión y superchería.

-¡Escuchadme! -gritó el Halcón, sin aminorar el paso-. Si mis indicaciones son correctas, debemos estar a punto de llegar a la misión de San Antonio.

Un rumor de júbilo recorrió la formación de frailes.

-A partir de este momento -continuó- quiero que estéis muy atentos a cualquier comentario que escuchéis de los indios. No impor­ta lo extraño que os parezca. Quiero saber por qué se hicieron cristia­nos, si alguien los obligó o instruyó, y si vieron algo fuera de lo normal que los empujara a convertirse a nuestra fe.

-¿Qué quiere decir «algo fuera de lo normal»?

La pregunta, formulada por fray Tomás de San Diego, un agu­do lector de teología de la Universidad de Salamanca, alivió las inquie­tudes de la mayoría. El Halcón no titubeó.

-Hermano Tomé, no sabría explicárselo. En México escuché en el Arzobispado rumores sobre espíritus de las praderas que empujaban a los clanes de las tribus de esta región a pedir el bautismo a los frailes...

-¿Espíritus? ¿Qué clase de espíritus?

-¡Hombre de Dios! -el Halcón pareció disgustado por la insis­tencia del fraile—. Usted debería saber mejor que nadie que las gentes de estas tierras no han recibido educación, y que explican con sus po­bres palabras lo que han visto. Otra cosa es que sus calificativos sean los más adecuados y que respondan a la realidad de los hechos.

-Entiendo. ¿Quiere eso decir que los espíritus podrían ser án­geles o algo por el estilo? ¿Buscamos huellas que acrediten un mi­lagro?

El fraile empleó un tono que irritó definitivamente al Halcón.

-No puedo decirle más sobre algo que ignoro, hermano -res­pondió secamente fray Esteban-. Pero sí le ruego, y al resto de los padres también, que sea muy escrupuloso con su misión. Nuestro único objetivo es determinar qué movió a estas gentes a convertirse, y si eso ha sido obra de Dios o del diablo.

Durante las dos horas siguientes, el grupo caminó sin detenerse siquiera a recuperar el aliento. El ritmo que marcaba el Halcón no era fácil de seguir, y menos bajo un sol de justicia como aquel. Fray Barto­lomé Romero, el obeso franciscano que diera la alarma del Aleluya en medio de la tormenta, había olvidado ya el incidente, y concentraba sus fuerzas en no perder el paso. Fray Diego López, un joven lego incorporado a la misión en el último momento, le animaba desde atrás, impidiendo que se derrumbara en cualquier recodo del camino, y le empapaba con agua siempre que le veía desfallecer.

Pese al esfuerzo, el ánimo del grupo era excelente. Los cinco días de caminata no eran nada en comparación con las cincuenta y tres jornadas de navegación entre Sevilla y Ciudad de México, en la Nueva España, o los ocho meses de caravana transcurridos entre su salida de México y su llegada a Santa Fe en abril de aquel mismo año. Su ritmo era ahora fuerte, sí, pero seguro.

Justo cuando el sol alcanzó el lugar más alto del cielo, el Halcón se detuvo por primera vez. Puso la mano izquierda a modo de visera, y escrutó el paisaje, cubriendo un arco de sesenta grados.

Su rostro se tornó exultante.

-¿Ocurre algo, padre?

Uno de los frailes se adelantó para informarse de la razón de aquel brusco «descanso» bajo la solana. Fray Esteban le ignoró.

-¿Está buscando algo? -insistió el religioso.

-¿Es que no lo ve? ¡Allí delante está San Antonio!

El largo brazo del padre Perea señaló un lejano requiebro del Río Grande. En el centro de aquella curva, si se forzaba la vista, se distinguía la oscura silueta de algo parecido a un castillo. Dos grandes torres, unidas entre sí por un muro alto y macizo, despuntaban por encima de la llanura ocre y oro, rompiendo tenuemente la línea del horizonte. Al lado de esa estructura, los frailes más agudos pudieron divisar algunas pequeñas construcciones, notablemente más bajas.

-No importa si no la veis -bramó el Halcón satisfecho de su agudeza visual-. No tardaremos ni una hora en llegar.

Exactamente a una hora a pie de allí, bajo aquellas lejanas to­rres, tenía lugar en ese preciso momento una singular escena. Fray Juan de Salas escuchaba atentamente a un indio al que llamaban Pentiwa1. El chiyáuwipki -que significa «hombre del pueblo del ca­bello estrecho»- era un personaje venerado en el asentamiento. Con fama de hechicero, desde la llegada de Salas a aquella misión de fron­tera diecisiete años atrás, había tratado de congraciarse con él, invitán­dole tácitamente a compartir la influencia sobre sus paisanos. Al cura -decía- le correspondía la sanación de las almas, a él la de los cuerpos. Pentiwa era un chamán, un «hombre medicina».

 

1  Literalmente, pintando máscaras kachinas.

 

Fray Juan había decidido recibirle en privado aquel mediodía, en la modesta sacristía de su iglesia. El indio deseaba ponerle al co­rriente de algo «de extrema gravedad».

-Anoche soñé.                                        

Pentiwa, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, comenzó a hablar modulando lentamente sus palabras, como si evaluara el efec­to que éstas podían causar en su interlocutor. Había aprendido la len­gua de los castellanos en muy poco tiempo y se expresaba con fluidez.

Su dentadura mellada le hacía sisear como las serpientes, dándole una imagen amenazadora que no se correspondía con la realidad. Fray Juan sabía que era inofensivo.

-¿Y bien?

-Fue la pasada medianoche cuando desperté y recordé lo que oyera de mi abuelo, y éste del suyo, muchos años atrás. Luego com­prendí que tenía que contárselo a usted lo antes posible.

El chamán chiyáuwipki gesticulaba ampulosamente, como si tratara de dibujar sus pensamientos en el aire.

-Mis antepasados me hablaron de cómo un buen día, un tiempo antes de la llegada de los españoles, los habitantes de Tenochtitlán reci­bieron la visita de un hombre muy extraño. Lucía grandes barbas rojas y tenía un rostro alargado y triste. Sus ropas le llegaban hasta los pies, y se presentó a las autoridades y a los sacerdotes como un enviado del «hijo del Sol». Les anunció el final de su imperio, la llegada de otro que ven­dría de muy lejos y la decadencia de sus dioses sedientos de sangre...

-¿Qué deseas transmitirme, querido Pentiwa? ¿Tu angustia obedece a una vieja leyenda familiar?

La mirada grave del fraile le incitó a dejar de andarse por las ramas.

-Está bien, padre. Iré al grano: mi sueño fue una señal para que recordara lo que aquí mismo se produjo hace unos años, cuando todo mi pueblo abrazó su fe...

-¿De qué me hablas?

-De algo de lo que ningún hombre de mi tribu podrá serle nun­ca más explícito. Y no lo hará por miedo a las represalias. Pero le doy mi palabra de que aquí fuimos visitados por una «hija del Sol», una hermana del mismo personaje que visitara a Moctezuma antes de su derrota. Era tan hermosa como la luna reflejada sobre aguas tranqui­las y supo hacerse entender por todos...

-¿Aquí? ¿En Isleta?

-¿De qué se extraña? Estas tierras siempre fueron de los espíri­tus de nuestros antepasados; ellos las velaron y protegieron para que un día las heredáramos. Después, aquel orden sagrado se alteró con la llegada de los encomenderos españoles, y perdimos lo único de poseíamos.

-No te entiendo, Pentiwa.

-Es muy sencillo. Mi pueblo siempre ha estado protegido por estos espíritus. Seres azules, como el color del cielo, que velaban por nuestro bienestar y que todavía se dejan ver por las llanuras, o en nuestros sueños, para prevenirnos de acontecimientos futuros.

Fray Juan se mesó las barbas, tratando de ganar tiempo para analizar las palabras del indio.

-Pero eso es cosa de los ángeles, Pentiwa -murmuró al fin-. Ellos, como el que hablara con la Virgen María antes de que concibie­ra al niño Jesús, se aparecen a los hombres para anunciarles cosas que están por suceder... ¿No sería un ángel de la guarda aquella «hija del Sol» que visteis tú y tu pueblo?

El chamán chiyáuwipki no le quitó la vista de encima.

-Nosotros no entendemos de esas cosas, padre. Baste decir que fue un relámpago azul. Una hermosa mujer que nos advirtió de la llegada de nuevos hombres como usted en esta estación. Hombres con hábitos largos como el visitante de Tenochtitlán y largas barbas como la suya.

-No sé qué decir. Resulta una historia difícil de creer. Quizás si otras personas pudieran avalarla...

-Lo crea o no, es lo que pronto sucederá -le atajó el «hombre medicina»-. Lo malo es que esos hombres que yo espero tratarán de arrancar a nuestro pueblo el secreto de esas visitas. Pero le prevengo de que no lo conseguirán.

-¿Y soñaste todo esto?

-Sí.

-¿Y siempre se cumplen tus sueños?

El indio asintió de nuevo.

-¿Y a qué se debe ese recelo por la llegada de nuevos misione­ros? Deberías estar contento de que...

-Nuestra vida ya ha cambiado demasiado desde que llegaron los primeros frailes; no queremos que se siga alterando más. Lo com­prende, ¿verdad? Además, hemos visto cómo se castiga a los acusados de ejercer la brujería o de creer en los antiguos dioses: se han quemado máscaras de nuestros kachinas, incluso han torturado a mujeres y an­cianos en Santa Fe y en las tierras del sur para que confesasen su pe­cado de idolatría. Y todo en nombre de la nueva religión. No señor, nosotros callaremos.

Un destello de rabia iluminó los ojos del indio Pentiwa. El frai­le titubeó.

-¿Es tu última palabra?

-En cierto modo, sí. Sólo quiero que sepa que cuando lleguen esos hombres nuestro pueblo no contará nada. No quiere exponerse al peligro que se reserva a los que no creen en el Dios blanco.

-... Eso si llegan -apostilló Salas meditabundo.

-Llegarán.

 

 

15

 

Jamás el cumplimiento de un vaticinio le había parecido al pa­dre Salas tan fulminante como aquel. Y es que, apenas el chiyáuwipki hubo abandonado la sacristía, un grupo de niños entró en tropel. Muy excitados, le rodearon y empezaron a tirar de sus hábitos empujándole hacia afuera.

-Tiene visita. Tiene visita -gritaban los pequeños alborozados.

Fray Juan les acarició la cabeza, mientras intentaba mantener el equilibrio. Muchos de aquellos chiquillos eran alumnos suyos. Les había enseñado a hablar en castellano, y les estaba viendo crecer den­tro de los márgenes de la fe.

-¿Una visita? ¿Qué visita? -preguntó.

-Son muchos, y han preguntado por usted -respondió el mayor de ellos.

Antes de poder formular una nueva pregunta, el padre Salas cruzó el umbral de la puerta de la misión, cerrando los ojos ante el fuerte cambio de luz. Tardó unos segundos en adecuarse al brillo del sol de mediodía, y cuando lo hizo y comprobó la identidad de sus visi­tantes; se quedó petrificado. Frente a la puerta misma de la misión, una comitiva de once frailes de su orden, con los cabellos y las barbas blanqueados por el polvo del desierto, aguardaban de pie.

-¿Padre Salas?

Fray Juan respondió con un hilo de voz.

-Sí, soy yo, yo mismo. Pero ¿quiénes...?

-Soy fray Esteban de Perea, futuro Padre Custodio de estas tierras y, por tanto, próximo sucesor de fray Alonso de Benavides al frente de los terrenos administrados por la Iglesia de Santa Fe. Y deseo... -vaciló- pedirle en su nombre que nos acoja en su santa casa.

Fray Juan, lívido de asombro, le examinó. Éste, acababa de dar un par de pasos, colocándose al frente de la comitiva.

-¿Le ocurre algo, padre?

-No. No es nada. Sólo que no esperaba ver a tantos hermanos juntos. Hace tantos años que no recibo una visita así, que...

-Nos hacemos cargo.

El Halcón sonrió. De hecho, su futuro superior no tardó en ten­derle ambos brazos en señal de bienvenida y, sin pensárselo demasia­do, ambos hombres se fundieron en un abrazo.

-¡Santo Dios! Pero ¿qué hacen ustedes aquí? -reaccionó al fin el padre Salas.

-Hace tres meses que llegué a Santa Fe acompañado por veinti­nueve frailes de nuestra orden.

-¿Veintinueve?

-Sí -asintió complacido el Halcón-. Nos envió el mismísimo rey don Felipe IV. Desea potenciar las conversiones de paganos en Nuevo México.

Su anfitrión le observó con atención. Intentaba disimular su sorpresa, provocada no tanto por la súbita llegada de sus correligiona­rios, como por el acertado vaticinio de Pentiwa, el chamán.

-¿Y por qué nadie me anunció su visita?

-Porque no se trata de un viaje pastoral. Todavía no he tomado posesión de mi cargo y no pienso hacerlo hasta dentro de dos meses.

-Está bien -suspiró fray Juan-. Vuestra paternidad y sus frailes pueden quedarse en esta misión todo el tiempo que deseen. Aquí te­nemos pocas comodidades, pero su estancia será aceptada con alegría por los cristianos de esta villa.

-¿Son muchos?

-Muchos y creo que Su Majestad perderá el tiempo y los doblo­nes si desea cristianizar a más indios, pues todos son devotos ya de Nuestro Señor Jesucristo.

-¿Todos?

-Sí -asintió secamente fray Juan- Pero pasad, y dejad que vuestros hombres se recuperen de tan largo viaje.

Fray Esteban y sus diez frailes le siguieron hasta el interior de la misión. Recorrieron la nave de la gran iglesia de adobe que los in­dios habían levantado unos años atrás y se internaron por un pequeño pasillo a la derecha del altar mayor.

Fray Juan les explicó que aquellas habitaciones habían sido uti­lizadas como granero en tiempos de guerra, ya que el edificio, además de la casa de Dios, era una auténtica fortaleza. Había sido construi­da con muros de adobe de tres metros de grosor en la base; carecía de ventanas y la nave de la iglesia podía albergar más de quinientas personas. También les advirtió de que anduvieran con cuidado cuan­do salieran a un pequeño patio interior que separaba las cinco habi­taciones en que se dividía el local anexo a la iglesia, ya que unas tablas Casi podridas ocultaban uno de los pocos pozos de agua potable del pueblo.

-Los indios -les refirió el padre Salas- prefieren tomar el agua directamente del río, pero en tiempos de sitio, aquí dentro podrían abastecerse varias familias y resistir cualquier ataque.

La segunda mención al aspecto defensivo de su misión, indujo a los frailes a interesarse por la situación de la región.

-¿Les atacan a menudo aquí, padre? -preguntó fray Francisco de Letrado, un monje de mediana edad de Talavera de la Reina, con un gesto de temor dibujado en el rostro.

-¡Oh, vamos! ¡No hay de qué preocuparse! -fray Juan quitó hierro al asunto-. Hace mucho que no recibimos visitas hostiles de apaches u otros indios nómadas. Las sequías de los últimos años les ha obligado a buscar mejor caza y mejores silos que saquear más al oeste.

-Pero podrían volver en cualquier momento, ¿no es así? -ter­ció el Halcón.

-Naturalmente. Por eso el pueblo mantiene esta iglesia en per­fecto estado de conservación. Es su seguro de vida.

Finalmente, el padre Salas les señaló también dónde podrían quitarse de encima el polvo del camino, y les emplazó a reunirse con él después, para celebrar los oficios de vísperas.1 Zanjó con un gesto fir­me sus gestos de agradecimiento y abandonó raudo la iglesia. Inme­diatamente después, se dirigió hacia el río. Deseaba meditar acerca de la llegada de los frailes y de las extrañas revelaciones del indio Penti­wa. ¿Cómo demonios ese chamán se había adelantado a los aconteci­mientos? ¿Acaso alguno de sus hombres le habría alertado de la llega­da del grupo del padre Perea? Y en ese caso, ¿qué sentido tendría atribuir su información a un «relámpago azul» o a sueños premonito­rios? Quizás -dedujo el atormentado franciscano-, parte de las res­puestas la podría hallar en cuanto averiguara las verdaderas intencio­nes del padre Perea, y comprobara si se correspondía o no con lo profetizado por el «hombre medicina».

 

1 Las seis de la tarde, en esa época del año.

 

Fray Juan caminó por una pequeña ribera poblada de sabinas. Allí solía dormitar en las tardes calurosas del verano, o leía fragmen­tos del Nuevo Testamento, especialmente del evangelio de Lucas, que era su favorito. Pero aquel paseo era distinto: no podía evitar la impre­sión de que la llegada del padre Perea tenía algún significado que a él se le escapaba, y que sin duda guardaba relación con la repentina ne­cesidad de Pentiwa de hablar con él. Quizás, como señalara el apóstol Lucas en el capítulo 12 de su evangelio, se trataba de señales que debía interpretar como quien al ver nubes cree que va a llover. Pero ¿señales de qué?

-Fray Juan, estaba usted aquí...

El fraile, ensimismado en sus pensamientos, ignoraba que el Halcón había estado voceando su nombre por todo el poblado.

-Me gusta venir aquí a hablar con Dios, padre Perea. Es un sitio tranquilo, donde es fácil meditar sobre los problemas... -el tono de fray Juan sonó cansino.

-¿Problemas? Espero y deseo que nosotros no supongamos un problema para usted, ¿verdad?

-No, no. Por favor. Nada de eso. ¿Quiere acompañarme a ter­minar mi paseo?

Fray Esteban de Perea asintió. Y los dos, caminando bajo las refrescantes sombras alimentadas por el Río Grande, se observaron con disimulo, midiendo cómo iniciar la conversación. Ambos desea­ban saber cosas del otro, pero no querían preguntarlas abiertamente, ya que eso delataría sus intenciones. Y ambos tenían razones para ocultarlas.

-Así que usted ha venido a reemplazar a fray Alonso de Benavides... -Salas fue el primero en abordar a su interlocutor.

-Sólo cumplo instrucciones de nuestro arzobispo. Rezo cada día a Nuestra Señora para que me permita estar pronto al frente de mis responsabilidades, antes de que llegue el próximo invierno.

-Y dígame, padre -prosiguió fray Juan sibilino; no podía de­saprovechar aquel providencial encuentro-, ¿se ha detenido en esta misión por alguna razón en especial?

El Halcón dudó, y trató de esquivar la pregunta sin demasiado acierto.

-En cierto modo, sí.

-¿En cierto modo?

-En realidad, no debería hablarle de ello, pero dado que usted es el único cristiano que puede ayudarme en esta región, no me queda otro remedio. Verá, monseñor Manso y Zúñiga me encomendó en México una tarea que no sé por dónde comenzar...

-Usted dirá.

 Fray Esteban adoptó una actitud confidente. Mientras seguían caminando por la orilla tras dejar atrás las últimas casas de Isleta, le explicó que lo que iba a referirle no lo sabían con tanto detalle ni los frailes que le acompañaban.

-Antes de partir, el arzobispo me puso al corriente de unos per­sistentes rumores que hablan de conversiones multitudinarias de in­dios en estas regiones. Según me explicó, las mismas malas lenguas aseguran que tras esos arrebatos de fe se esconde la intervención de fuerzas sobrenaturales, que han convencido a los nativos para que nos encomienden sus almas.

-¿Y por qué le interesan tanto unos simples rumores?

-Ya sabe que en el Santo Oficio somos muy celosos de todo lo que se refiere a hechos sobrenaturales. Sólo en la ciudad de México el propio monseñor Manso ha tenido que extremar las precau­ciones después de que comenzaran a surgir por todas partes indígenas que aseguraran haber visto de nuevo a Nuestra Señora de Guadalupe...

-¿Y usted les da crédito?

-Ni lo doy ni lo quito, padre.

-¿Y cree que aquí ha podido suceder lo mismo?

-No puedo estar seguro, naturalmente, pero comprenderá que ese tipo de afirmaciones, de labios de unos conversos tan recientes, son algo sospechosas. Y mi obligación es investigarlas, ¿usted no lo cree necesario? -el Halcón espió a su anfitrión de reojo.

-Querido padre Perea, yo me remito a los hechos. No puedo decirle que haya visto ningún fenómeno sobrenatural con mis propios ojos, porque sería mentirle, pero debe entender que quizás yo sea el menos indicado de cuantos vivimos aquí para presenciarlo.

-¿Qué quiere decir?

-Pues que ya gozo del don de la fe, y estos indios no. Y si ellos vieron u oyeron algo que les incitó a pedirme el bautismo, ¡bendito sea Dios! Yo sólo me remito a los resultados, a cosechar sus almas, y no a averiguar las causas. ¿Me comprende?

Fray Juan se detuvo un momento para mostrarle algo a su hués­ped. Desde aquella ribera se divisaba una hermosa panorámica de la misión y de las casas que se alzaban a sus pies. Todas estaban corona­das con pequeñas cruces de madera, que imitaban los dos crucifijos de hierro colado que remataban las torres de la iglesia pero que también, a juicio del padre Salas, daban una idea de lo profundamente cristia­nas que se sentían aquellas gentes.

-Todo eso está muy bien, fray Juan, pero mi objetivo aquí es determinar las causas de esa conversión masiva. Comprenda que en México estén muy sensibilizados por esa cuestión...

-Lo comprendo.

Pentiwa tenía razón, y su acierto hizo que un escalofrío reco­rriera de arriba abajo al padre Salas. ¿Debía referir lo que el «hombre medicina» le contó del «relámpago azul»? ¿Y para qué? -lo pensó me­jor-. ¿Para que luego ningún indio corroborara la historia y se presen­taran como buenos cristianos? No. Era más prudente seguir callando.

-Está bien -resopló fray Esteban-. Hábleme de las cifras de conversos en la zona. ¿Son tan altas como se dice?

-No sabría precisárselo. Sólo dispongo de números aproxima­dos, ya que todavía no he podido llevar demasiado al día los libros de bautismo. Pero oscilan entre las ocho mil almas convertidas a nuestra fe en 1608, a los casi ochenta mil adultos bautizados en estas fechas... -el padre Salas templó la voz-. Piense usted que el año pasado el pro­pio arzobispo de la región de México accedió a que se constituyese definitivamente la Custodia de la Conversión de San Pablo1 para que pudiéramos administrar mejor a todos estos nuevos cristianos.

 

1 Con este nombre se conoció, en círculos eclesiásticos, a la región de Nuevo México que se extendía a lo largo del Río Grande. Sólo el nombre indica la cada vez más generalizada creencia de que las conversiones de aquella región, como la del pro­pio san Pablo en los Evangelios, se produjeron mediante alguna intervención milagro­sa. Pero me resisto a adelantarme a los acontecimientos...

 

-Ya -asintió el Halcón-. ¿Y no le parecen unos resultados de­masiado exagerados para tan poca mano de obra franciscana?

Su comentario, acompañado de una sonrisa cínica, sonó casi a amenaza.

-¿Exagerados? ¡De ningún modo! Aquí, eso no puedo negárse­lo, está pasando algo maravilloso, casi divino. Pero insisto en que igno­ro sus causas. Desde que construimos la misión y la noticia de nuestra llegada se extendió por la región, casi no tuvimos que esforzarnos en llevar la Palabra de Dios a estas gentes; fueron ellos los que vinieron aquí, y nos pidieron que les instruyéramos sobre su doctrina. ¡Mire usted el efecto!

-Y dígame, padre Salas, ¿a qué cree que se debe el interés de estos indios y que, sin embargo, unos cientos de millas más hacia al oeste otros nativos hostiguen y den muerte a nuestros hermanos?

 

 

Fray Esteban afiló su lengua, tratando de provocarle. Y lo con­siguió, pues el padre Salas se tornó más explícito.

-Al principio creí que los indios vinieron a esta misión en busca de seguridad. Aquí, antes de que llegáramos los españoles, las tribus sedentarias como los tiwas o los tompiros eran saqueadas a menudo por los apaches, que todavía son cazadores nómadas, muy fieros, que dominan la región del oeste. Por eso, erróneamente, creí que asentán­dose junto a la iglesia, estas gentes se sentían a salvo bajo la protección de nuestros soldados.

-¿Erróneamente?

-Sí. Fue un lamentable error. Estaba tan ocupado instruyendo a aquellas primeras avalanchas de indios, que no presté demasiada atención a sus historias. Hablaban de voces que retumbaban en los cañones, o de extrañas luces en las orillas de los ríos que les ordenaban abandonar sus pueblos en esta dirección.

-¿Unas voces? ¿No le contaron nada más de ellas? -fray Es­teban intentó controlar su entusiasmo.

-Ya digo que no concedí importancia a aquellos cuentos. Su­pongo que creerían que se trataba de los espíritus de sus antepasados, o de alguno de sus numerosos ídolos paganos...

-¿Y cree usted que yo podría interrogar a alguien que haya escuchado esas voces? Eso nos ayudaría a salir definitivamente de dudas.

-No. No lo creo.

Fray Esteban le miró irritado.

-Los indios son muy discretos sobre sus creencias. Temen que se las arranquemos en nombre de Jesucristo, y sólo las refieren cuando toman confianza con alguien. Ahora bien -remató fray Juan-, acaso pueda sonsacarles si aplica algo de estrategia.

-Lo haré, vive Dios.

 

16

 

El Halcón y sus hombres permanecieron en Isleta tres días más. Siguiendo las instrucciones de su superior, los diez frailes que le acom­pañaban dejaron sus aposentos en la misión fortificada de San Anto­nio al amanecer del segundo día y buscaron alojamiento en el seno de algunas familias del poblado. Pronto comprobaron que el carácter de los indios era amable y hospitalario, y que les complacía recibir en sus casas a esos hombres de Dios.

La estrategia de fray Esteban eran bien simple: una vez dentro del seno familiar, y generalmente con la ayuda de los más pequeños de la casa, que ya hablaban bastante fluidamente el castellano, los frailes tra­tarían de sonsacarles sobre las razones íntimas de su conversión. No se trataba de espiar -cosa imposible, dadas sus limitaciones idiomáticas-, sino de lograr su «confesión», preparando el terreno con explicaciones más o menos grandilocuentes de episodios bíblicos, como la aparición del ángel a José en sueños, o de sucesos más recientes, como las aparicio­nes de la Guadalupana al indio Juan Diego hacía menos de cien años.

El plan del Halcón funcionó sólo a medias. Y es que, a las familias de Isleta les interesaban más otras cosas. La mayor parte de las conversa­ciones giraron, por ejemplo, en torno a lo seguras que se sentían las di­versas etnias indígenas de campesinos y ganaderos bajo la tutela de fray Juan, cuyos buenos oficios -que ellos atribuían a su «conexión directa con el Dios de la cruz»- habían logrado detener los saqueos y matanzas ocasionales de los apaches,1 la peor plaga de las llanuras.

 

1 Conviene que el lector sepa que, históricamente, tanto los franciscanos como los primeros colonos españoles que llegaron a Nuevo México, utilizaron el mie­do de los indios a los ataques apaches en beneficio de sus propios intereses. Los prime­ros ofrecían cierta seguridad a cambio de la renuncia de los nativos a sus prácticas poligámicas o sus cultos a ídolos paganos. Los segundos, a cambio de protección militar de los «raids» apaches, requerían una vez al año mano de obra indígena, gratuita, para trabajar en las encomiendas o fincas españolas.

 

Sólo los niños, que hacían de intérpretes, refirieron en su ingenuidad otra clase de episodios a los frailes de Perea. Hablaban de los extraños espíritus que se aparecieron a sus progenitores, instándoles a que se aliaran con los hombres llegados del otro lado del mar. Algunos pequeños afirmaban también, temblando de miedo, que esos espíritus todavía podían verse en algunas regiones no muy alejadas de allí. ¿Imaginación? ¿Cuentos para hacerles dormir? ¿O algo más? Los frailes debatieron mucho aquellos relatos, pues, a fin de cuentas, ¿qué crédito se le podía dar a un niño?

Fray Esteban anotó cuidadosamente las «pistas» que recabaron sus hombres. Lo hacía en unos pliegues en blanco que sobraban de su ejemplar de la Biblia, en la que llevaba una especie de diario de ruta muy detallista.

Sin embargo, pese a su meticulosidad, ninguna de las informaciones que consignó en aquellas páginas le ayudaría a resolver el misterio.

En realidad, se necesitaba un milagro, una señal, para que la actitud de aquellos indios cambiara. Y el prodigio llegó al cuarto día, justo cuando los frailes hacían los preparativos para abandonar Isleta. Corría exactamente el domingo 22 de julio de 1629.

Aquella jornada, festividad de santa María Magdalena por más señas, los hombres de fray Esteban y el padre Salas convocaron a la impresionable feligresía a una misa solemne. El Halcón intuía que los oficios religiosos podrían sensibilizar a algunos nativos, y que un buen sermón, desde el altar y rodeado de frailes, podría convencer a los adultos para que hablasen. Era -todos lo sabían- la última oportunidad que les quedaba.

Fray Esteban pensaba hablar a los fieles de los miedos de sus hijos a las «voces» del desierto, urdiendo una homilía que les llegara al alma.

Cuando el sol se encontraba ya en lo más alto, y retumbó en las llanuras el último requiebro de la campana grande de la misión, la iglesia estaba a rebosar. Los listones de madera del suelo crujían al paso de la multitud, y tanto el templo como el coro elevado sobre la puerta de acceso aparecían abarrotados de indios. Doce frailes iban a oficiar un rito que habitualmente sólo conducía uno, lo que, sin duda, había sobredimensionado las expectativas de los nativos.

-Ya puede emplearse a fondo, padre Esteban -murmuró fray Juan mientras se embozaba la casulla-. Nunca he visto tanta gente en una sola misa...

-No se preocupe. Todo está preparado. Cuando dos minutos más tarde, los doce frailes, vestidos con hábitos blancos, salieron de la sacristía hacia el altar, un intenso silen­cio se extendió por toda la iglesia. Todos los ojos se fijaron en la co­mitiva de religiosos, que se iba disponiendo ordenadamente alrededor del sagrario. Y todos se estremecieron cuando desde el coro comenzó a sonar el Introito en latín.

A los indios les maravillaba el poder encerrado en aquel lugar. Apenas hubieron sonado los primeros acordes, la atmósfera del recin­to cambió de densidad; se creó una extraña sensación de ligereza en los presentes. Aunque no entendían una palabra de latín, sentían me­jor que nadie en toda la cristiandad aquel agridulce estremecimiento en sus carnes, casi olvidado desde los cercanos tiempos en que las kivas ocuparon el lugar de las iglesias.

El padre Perea llevó el peso de la ceremonia, atrapando hip­nóticamente la atención de los presentes. Después de la lectura de los textos de la Biblia, el Halcón se adelantó y comenzó su sermón:

-Después de que Jesús fuera crucificado, cuentan las escrituras que dos discípulos suyos caminaban hacia Emaús comentando la ex­traña desaparición del cuerpo del rabbí de su sepulcro. Caminaban y hablaban de cómo unas mujeres habían descubierto su tumba vacía, encontrándose con un ángel que les había dicho que el Maestro vivía... Los indios no pestañeaban. Adoraban que les contasen histo­rias maravillosas. Y aquella parecía haber salido directamente de las entrañas de su desierto. El Halcón prosiguió.

-De improviso, se les unió un hombre al que no conocían, y que les preguntó qué era aquel asunto que les traía tan ocupados. Ellos, extrañados de que no conociera la historia de Jesús, se la contaron en detalle y el desconocido, inexplicablemente, les reprendió por su falta de fe. Luego cenaron con él, y al verle partir el pan, le reconocieron.

Era el Maestro resucitado quien les había acompañado... pero desapa­reció frente a ellos en un suspiro.

Algunos indios, entre ellos el mismo Pentiwa, intercambiaron miradas de sorpresa.

-¿Sabéis por qué no le reconocieron? -continuó el Halcón-: porque confiaron sólo en sus ojos y no en su corazón. Ellos mismos comentaron después que, en presencia de aquel extraño, sintieron ar­der sus corazones. Es decir, en sus entrañas sintieron que era alguien divino, pese a no reconocerlo. Y ésa es la lección: si un día encontráis a alguien que hace arder vuestros corazones, ¡no lo dudéis!, es alguien del cielo quien os habla.

Un pequeño murmullo se extendió en la retaguardia del tem­plo. Casi nadie lo advirtió, y el padre Perea tampoco le prestó dema­siada atención. Sin embargo, un grupo formado por una cincuentena de varones, con la piel completamente tatuada con motivos geométri­cos y oscurecida por el implacable sol del desierto, comenzó a abrirse paso entre los congregados. Habían llegado silenciosamente, deslizán­dose con discreción entre la feligresía, y se habían situado casi en el centro del templo, de pie, entre el resto de los parroquianos.

Fray Esteban prosiguió su sermón.

-Nuestro Señor tiene muchas formas de dejarse sentir, y una es mandar a sus emisarios para, como les sucedió a los apóstoles camino de Emaús, poder poner a prueba la sensibilidad de los hombres. Para identificarles sólo hay que estar atento a las señales que azucen vues­tro corazón. ¿Acaso no habéis sentido vosotros ese fuego en las entra­ñas? ¿No lo han percibido ya vuestros hijos? Yo sé muy bien que sí... Nadie pestañeó. Las familias tiwa, chiyáuwipki o tompiro escu­chaban absortas las «acusaciones» del franciscano, sin saber cómo reaccionar siquiera. Mientras tanto, los recién llegados miraban a su alrededor como si el sermón no fuera con ellos. De hecho, no dijeron ni una palabra; tampoco entonaron el Deo Grafías ni el Pater Noster que siguió a la homilía del padre Perea -probablemente no eran ca­paces de hacerlo-, y aguardaron discretamente a que la ceremonia finalizase.

Curiosamente, su presencia no pareció extrañar a nadie. Los nativos identificaron a los recién llegados como un grupo de guerreros jumanos, como los que con cierta frecuencia visitaban la región para intercambiar turquesas y sal por pieles y carnes. Solían escoltar a gru­pos reducidos de mercaderes, a los que protegían de los asaltos.

Cuando terminó la misa, el jefe de aquel grupo, un indio menu­do, rapado, con varias espirales concéntricas tatuadas sobre su pecho y tuerto, se acercó hasta el altar, dirigiéndose sin titubear al padre Salas. Le habló durante casi un minuto en un complejo dialecto, el tanoan, que Salas comprendió sólo a medias, aunque lo suficiente para hacerle mudar el rostro.

-¿Qué sucede, padre?

El Halcón se dio cuenta de inmediato de que algo no iba bien.

-Es un jefe jumano -murmuró Salas mientras secaba un cáliz de plata-. Acaba de explicarme que lleva más de dos semanas de tra­vesía por el desierto, al frente de cincuenta de sus mejores hombres, y que desea hablar con nosotros.

-Si lo que necesita es agua y comida, podemos ayudarles...

-No se trata de eso, padre. Este indio dice que hace algunas semanas vieron una señal que les indicó que encontrarían aquí a mu­chos hombres de Dios, y que algunos de ellos les podrían predicar sobre la nueva fe venida más allá de la tierra de los pastos infinitos...

-¿Una señal? ¿Qué clase de señal?

El rostro de fray Esteban se iluminó y, algo nervioso, sugestio­nado quizás por su propio sermón, comenzó a exigir nuevos detalles. El indio menudo accedió, complacido de responder cualquier pregun­ta del Halcón. Gesticulaba aparatosamente mientras hablaba: primero acarició sus caderas con ambas manos y luego las subió bruscamente por encima de su cabeza. El padre Salas, ducho también en el lenguaje de signos que empleaban los miembros de tribus que hablaban distinta lengua, interpretó aquellos ademanes y palabras. No le resultó muy difícil.

-Este hombre asegura que una mujer descendió de los cielos sobre su poblado. Tenía el rostro blanco como la leche, era radiante como la luz del cielo y llevaba una especie de capa azul que le cubría de pies a cabeza, y que les habló de la presencia de muchos padres cerca de allí.

-¿Ha utilizado la palabra «padres»? -balbuceó Perea.

-Sí. Y dice también que la Madre del Maíz nunca les había ha­blado así antes. Por eso han deducido que esa mujer tenía que ser alguna otra poderosa diosa...

-¿Diosa?

-Bueno, el «capitán tuerto» dice algo más: que aquella mujer les pidió que reunieran una representación de los mejores guerreros para que vinieran a buscarnos, y para que nos escoltasen hasta su pue­blo, donde deberíamos administrar el bautismo a los suyos.

El indio hablaba muy rápido, como si se le agotara el tiempo. Acariciaba compulsivamente una tosca cruz hecha de corteza de pino y tartamudeaba un poco al hablar lo que, afortunadamente, no impi­dió que el padre Salas tradujera sus palabras a la perfección. Es más, diríase que entre ambos -indio y franciscano- existía cierta relación. ¿De dónde si no sacó el padre Salas el extraño apelativo de «capitán tuerto»?

 

Las aparatosas muecas del jumano no aclaraban aquel extremo: el «capitán» apuntaba insistentemente al cielo con el dedo índice de su mano derecha, y después lo descendía con parsimonia, trazando tirabuzones en el aire.

-Pero ¿sabe este indio lo que es el bautismo? -increpó final­mente el Halcón a fray Juan.

-Algo sabe, padre. Debe usted considerar que el «capitán tuer­to» lleva varios años viniendo a esta misión para pedirme que envíe misioneros a su pueblo. Como siempre he estado solo, sin nadie que me ayudara en mis tareas pastorales, nunca he podido atender sus pe­ticiones, pero quizá ahora...

-¿Y le había contado alguna vez lo de la mujer que bajó de las alturas? -insistió, visiblemente satisfecho.

-No, nunca.

-Pregúntele si él pudo ver a esa Dama Azul —ordenó Perea.

Fray Juan tradujo a una serie de sonidos ásperos y guturales la pregunta del Halcón, y en cuestión de segundos tradujo al castellano la respuesta del indio.

-Dice que él no, pero que algunos de los hombres que le acom­pañan la han visto en varias ocasiones, siempre al caer la tarde.

-¿En varias ocasiones? Esta sí es buena...

Fray Juan no dejó que el Halcón rematara el comentario. Sus ojos brillaban de emoción. De repente, parecía haber olvidado todas sus prevenciones anteriores.

-¿Se da cuenta? ¡Es otra señal!

-¿Otra señal? -fray Esteban no pudo ocultar su creciente en­fado.

La exclamación de su interlocutor avalaba sus dudas: el monje le había ocultado información. Pero fray Juan seguía formulando sus deducciones en voz alta, atropelladamente.

-Está claro, padre. Aunque ninguno de mis feligreses indígenas quiera contarle qué les hizo aceptar a Jesucristo como su único Dios, éstos lo harán. ¿No lo ve? El «capitán tuerto» no sabe de tribunales, no teme al Santo Oficio, casi no sabe ni de los mismos españoles, pero le cuenta la historia de una mujer vestida de azul que les empuja hasta esta misión... ¡Y además llega justo ahora!

-Tranquilícese -le ordenó el Halcón-. Si es lo que parece, con­viene que actuemos con toda precaución. Y si no lo es, deberíamos atajar para siempre esta clase de supercherías.

-¿Usted qué cree que puede ser? ¿Un milagro de Nuestra Se­ñora? ¿Otra aparición de la Guadalupana? -fray Juan se exaltaba por momentos-. ¿No describió Juan Diego a la Virgen de Guadalupe como una Dama Azul?1

-¡Válgame Dios, padre! No se precipite.

Fray Esteban le taladró con la mirada.

-¿Qué cree que debemos hacer? -repuso el padre Salas, tratan­do de controlar su emoción.

-Dígale a este hombre que estudiaremos hoy mismo su caso, y que decidiremos si mandamos o no a una delegación para que predi­que en su pueblo... -el Halcón le miró de hito en hito-. Mientras tanto, asegúrese de que le explique bien hacia dónde deberíamos dirigirnos y cuántas jornadas de camino nos separan de su asentamiento; después, convoque al resto de los frailes en el refectorio al aire libre. ¿Me ha entendido?

 

1 La apresurada apreciación del padre Salas era correcta. Un texto conocido como Nican Mopohua (ca. 1545-1550), refiere que en diciembre de 1531 un indio mexica llamado Juan Diego (también conocido como Cuatlactoatzin o «el que habla como un águila») tuvo varios encuentros con una extraña señora luminosa, cubierta por un manto azul celeste, junto a un cerro llamado Tepeyac, cerca de la antigua ciudad azteca de Tenochtitlán, en el valle de México. También entonces, aquella se­ñora pidió a Juan Diego que se dirigiera a los misioneros franciscanos para que edifi­casen una iglesia en aquel lugar sagrado. Desde entonces se la conoce como Nuestra Señora de Guadalupe o, más popularmente, la Guadalupana.

 

 

17

 

El lunes 15 de abril de 1991, Carlos estaba ya completamente repuesto de su viaje por la sierra de Cameros y Ágreda. Tras aban­donar el convento el día anterior, no sólo olvidó visitar la sábana santa de La Cuesta, sino que en lugar de regresar a Logroño como tenía previsto, enfiló la N-122, y después la nacional II, en dirección a Madrid.

 

 Una vez hubo dejado a Txema en su casa de Carabanchel, se dirigió directamente a su «cuartel general» cerca de El Escorial, donde durmió como un lirón hasta bien entrada la mañana siguiente. Estaba tan agotado que olvidó escuchar las llamadas acumuladas en su con­testador automático. Tampoco llamó a Clara, la estupenda pelirroja que había conocido meses atrás en la presentación de su último libro, con la que mantenía esporádicos encuentros íntimos.

 

Había abandonado Ágreda con una extraña sensación en el cuerpo. Se trataba de una idea pegadiza, casi atormentada, y era la rara certeza de que Txema tenía razón cuando hablaba de la existencia del Destino. ¿Qué si no le «había guiado» por la serranía de Cameros hasta Ágreda? ¿Qué si no le había llevado hasta las puertas del con­vento que fundara María Jesús de Ágreda más de trescientos años an­tes y le devolviera a una investigación que ya había dado por cerrada?

 

Por primera vez en su vida, Carlos se sentía como si el suelo se moviera bajo sus pies.

-¡No te imagino detrás de las faldas de una monja! -estalló so­noramente José Luis Martín en medio de Paparazzi, un céntrico res­taurante cercano al campo de fútbol del Real Madrid.

 

José Luis fue la primera persona con la que Carlos se reunió tras su encontronazo en Ágreda. Tenía cierta confianza en él, y ade­más, reunía varias cualidades que lo convertían en el candidato ideal al que exponer sus dudas: había estudiado psicología en la Universidad de Navarra; fue cura castrense durante veinte años en el acuartelamiento de Cuatro Vientos hasta que colgó los hábitos por Marta, su mujer, y ahora trabajaba como asesor del grupo 12 de la Brigada de Información de la Policía, en la comisaría de la calle La Tacona. Era un hombre meticuloso y ordenado, lo cual compensaba su proverbial falta de memoria, convirtiéndole en un excelente asesor policial para todo lo relacionado con crímenes religiosos, sectas y movimientos esotéricos de sospechosas filiaciones legales y políticas... Un «pequeño detalle» que, dicho sea de paso, había ayudado en el pasado a cimentar una sólida amistad entre ambos. 

-¿Has pensado en la posibilidad de que fueras tú quien atrajo a esa monja?

 

José Luis decidió «entrar a matar», antes de llevarse a la boca otro pellizco del carpaccio de ternera que había pedido. Todavía no se había recuperado de la sorpresa de saber a su amigo periodista envuelto en temas religiosos, y le observaba con una mezcla de curiosidad y preocupación.

-Eso es lo que me gusta de ti, José Luis: tienes ideas todavía más extrañas que las mías -respondió Carlos divertido-. ¿Qué tratas de insinuar esta vez?

-Muy sencillo. Ya sabes que a mí la psicología convencional no me va; que prefiero estudiar los textos de escritores malditos como Jung que leer cualquier manual conductista...

-Ya, ya... por eso estás en la Policía y no en una consulta.

-No te rías. Jung llamaría a lo que te ha pasado en Soria «sincronicidad», que es una bonita manera de decir que las casualidades no existen y que todo lo que le sucede a una persona tiene una causa oculta. En tu caso -prosiguió el policía-, Jung diría que el artículo que publicaste sobre teleportaciones mencionando a la monja, y tu obsesión por el tema, te predispusieron para vivir un «sincronismo».

José Luis no dejó replicar a Carlos.

-Tú sabes mejor que nadie que los fenómenos de percepción extrasensorial no se limitan a los tontos experimentos de telepatía con cartas que llevan impresas estrellas, círculos, ondas y cruces. La percepción extrasensorial es algo más complejo que se manifiesta con mayor fuerza cuando hay emociones de por medio... ¿Es que nunca has soñado con algún ser querido y a la mañana siguiente has recibido una carta suya? ¿Jamás ha sonado tu teléfono y te has encontrado con la voz de una persona en la que estabas pensando un segundo antes?

 

Carlos asintió, recordando que había olvidado telefonear a Clara. «¡Soy un desastre!», se reprochó. El policía prosiguió:

-Pues bien, en todos esos fenómenos intervienen las emociones que, según Jung, son el motor de los fenómenos psíquicos.

-Sigo sin entender -replicó el patrón suavemente.

 

 

-En el fondo es muy sencillo: cuando te tropezaste en la carretera con aquel indicador de Ágreda, probablemente estabas inmerso en un estado mental disociado. Por un lado, gozabas de tu «estado normal» o «probable» y por otro, de un estado «crítico» del que no eras consciente, pero que tenía que ver con tu obsesión por las teleportaciones. Y fue precisamente este estado, esa especie de «otro yo», el que rastreó sutilmente la existencia de ese punto geográfico, que debiste ver en el mapa sin darte cuenta, y el que te llevó hasta allí haciendo creer a tu «yo normal» que todo era fruto de un extraño azar.

-¿Y ese estado «crítico» me guió después hasta el convento de las franciscanas?

-Por supuesto.

 

José Luis bebió satisfecho de su copa de cerveza. Estaba seguro de haber hecho diana recurriendo a las curiosas teorías de la «sincronicidad», esbozadas por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung. Incluso, en un alarde de complicidad raro en él, confesó al periodista que, «sincrónicamente», acababa de terminar una obra de Jung sobre el azar que a Carlos le vendría muy bien estudiar, ya que su lectura le demostraría que no hay más inteligencia planificadora, ni Destino, ni Providencia, que la que cada ser humano alberga dentro de sí.

Su pragmatismo, sin embargo, no tardó en derrumbarse.

-Aceptemos tu hipótesis por un momento, y admitamos que todo ha sido fruto de un tremendo autoengaño, que no hubo tal «viaje guiado» -Carlos pudo explicarse por fin-. Entonces, ¿quién o qué lanzó varias toneladas de nieve sobre la sierra de Cameros, dejando abierta precisamente la ruta hacia Ágreda? Y una cosa más, ¿también fue mi estado anímico el que me llevó, sin preguntar a nadie (porque no encontré al cura ni en la iglesia ni en su casa parroquial), hasta el convento? ¿Y cómo pudo mi «otro yo» orientarse dentro de Ágreda si nunca antes había visto un plano de esa ciudad?

 

El policía comenzó a hacer rodar nerviosamente entre sus largos dedos un pequeño vaso de vino vacío. Luego fijó su mirada en los ojos del patrón.

-Escúchame bien, Carlos... Si todo esto no obedece a una sincronicidad junguiana y no tiene que ver con la Percepción Extrasensorial, deberían salirte al paso nuevas evidencias de que todo está guiado.

-¿Qué clase de evidencias?

-Lo ignoro. Cada vez son diferentes, créeme. Pero si no te sur­gieran -prosiguió endureciendo el tono de sus palabras-, ¡exígelas! En comisaría veo mucha mierda todos los días. Asisto a los interrogato­rios de la mayoría de los detenidos y evalúo los perfiles psicológicos de muchos delincuentes. Y esto, un día tras otro, te hace perder la fe en la trascendencia del ser humano y en que haya nadie ahí arriba... Ahora bien, si logras demostrar que lo que te sucedió en Ágreda fue un inci­dente preparado por alguna clase de inteligencia sobrehumana, y que ésta es capaz de responder a tus demandas...

-¿Qué?

-Pensaré en retomar los hábitos.

-¿Hablas como psicólogo o como ex sacerdote? -sonrió el patrón.

-De hombre que un día buscó a Dios, pasó veinte años entre quienes creía que eran sus ministros, y no lo encontró. Por eso tu tra­bajo en este caso podría ser importante.

José Luis dejó el vaso sobre la mesa, miró al periodista con un rictus pétreo, y le devolvió la palabra con una pregunta incómoda.

-¿Eres creyente?

Carlos se quedó helado.

-¿Te refieres a si soy católico practicante? -respondió a la gallega.

 

José Luis asintió con la cabeza.

-... No -balbuceó atónito ante el rumbo que tomaba la conver­sación.

-Entonces quizás podrás encontrar la Verdad sin que te ciegue ninguna fe anquilosada.

-¿La Verdad? ¿Con mayúsculas?

-Sí. Se trata de una energía aplastante, que siempre sale a relu­cir, aunque tarde siglos en hacerlo, y que reconforta y sana cuando se la encuentra. Es algo -bajó de repente el tono de voz; temía encontrar la mirada curiosa de algún comensal-... que tiene que ver con Dios.

 

 

 

 

18

 

Apenas pasaron veinticuatro horas antes de que el patrón vol­viera a reunirse con José Luis, en otras circunstancias que en ese mo­mento nunca hubiera podido prever. Durante ese tiempo, Carlos se empleó en la búsqueda de más información sobre María Jesús de Ágreda. Ahora sabía, al menos, por dónde empezar. Primero debía consultar los fondos de la Biblioteca Nacional. En los archivos encontró numerosas referencias a Fray Alonso de Benavides, el hombre que en 1630 investigó el asunto de las presuntas bilocaciones de la madre Ágreda y quién elaboró un extraño documento, plagado de referencias vagas a una Dama Azul que evangelizó varias tribus indígenas antes de la llegada de los primeros franciscanos.

 

Tras dos días de gestiones burocráticas, solicitudes y permisos, el miércoles 17 de abril, en la sala de manuscritos de la Biblioteca Na­cional, Carlos recibió el texto. La sala era un rectángulo de más de cien metros de longitud, de suelo enmoquetado y sucio, con más de cin­cuenta pupitres, férreamente vigilada por una bibliotecaria con cara de pocos amigos. El trabajo de aquella mujer de aspecto marcial con­sistía en acercarse periódicamente hasta los montacargas que comuni­caban los archivos de la Biblioteca con la sala y comprobar si les ser­vían las obras solicitadas.

-«Memorial de Benavides» -leyó de una ficha rosa, por encima del hombro de Carlos.

-Sí, lo pedí yo.

La bibliotecaria observó al periodista con desagrado.

-Ya sabe que sólo puede escribir con lápiz. Use sólo lápiz, ¿me ha entendido?

-Sí señora. Sólo lápiz.

-Y a las nueve cerramos.

-También lo sé.

 

La funcionaría dejó la obra sobre la mesa donde estaba el pe­riodista. Se trataba de un libro de 109 páginas, impreso en un papel amarilleado por los siglos, y en cuya desgastada portada, sobre un tos­co grabado de la Virgen sosteniendo en pie al niño Jesús y coronada de estrellas, podía leerse: «Memorial que fray Juan de Santander, de la Orden de San Francisco, Comisario General de Indias, presenta a la Majestad Católica del Rey don Felipe Cuarto nuestro señor». Y a ren­glón seguido: «Hecho por el padre fray Alonso de Benavides, comisa­rio del Santo Oficio y Custodio que ha sido de las Provincias y conver­siones del Nuevo México».

 

Carlos sonrió satisfecho. Aunque abrió el libro con toda pre­caución, el lomo crujió como la madera vieja.

Tras hojear algunas de las gruesas páginas, el patrón se hizo una idea aproximada de su contenido: su autor pretendía explicar a un jovencísimo Felipe IV los logros obtenidos desde 1626 hasta la fecha de impresión, por una expedición de doce misioneros franciscanos enca­bezada por el mismísimo Benavides y destinada a evangelizar los terri­torios de Nuevo México.

 

Con un estilo barroco propio del momento, fray Alonso se des­hacía en halagos a Dios Nuestro Señor y a su Fuerza (sic), a la que atribuía el descubrimiento de minas, la rápida erradicación de la idola­tría, la conversión de miles de almas en tiempo récord y, sobre todo, la imparable labor de edificación de iglesias y monasterios. «En solo un distrito de cien leguas -copió el periodista en su cuaderno de notas-, la Orden ha bautizado más de ochenta mil almas y construido más de cincuenta iglesias y conventos.»

 

Pronto Carlos tuvo claro que el Memorial de Benavides era la típica obra de propaganda de su siglo. Se veía a la legua que buscaba el favor económico del rey para que reforzara las posiciones avanzadas por los franciscanos en América y financiara los viajes de nuevos mi­sioneros.

En cualquier caso, el escrito disfrazaba ese objetivo de modo muy elegante. Pasaba revista, una por una, a todas las tribus que los hombres de Benavides habían encontrado en su ruta: apaches, piros, senecus y otros muchos pueblos eran descritos con extraordinaria can­didez.

-Todo un documento, sí señor -murmuró Carlos para sus adentros.

 

 

 

 

Pero el patrón descubrió también que había algo que no encajaba: el nombre de María Jesús de Ágreda no aparecía en ninguna pági­na. No se la citaba como la responsable de ninguna conversión; tampo­co se mencionaba jamás la palabra bilocación. Es más, si de alguien se hablaba era de la Virgen, de la ayuda que prestó a las conversiones y de cómo «los favores de Nuestra Señora» impulsaron el imparable avance cristiano en Nuevo México.


 

 

¿Cómo era posible? ¿Le habían suministrado una pista falsa las monjitas de Ágreda? ¿Estaban confundidas sobre la verdadera natu­raleza de aquel texto?

Carlos estuvo tentado de cerrar violentamente el informe. Sólo le detuvo el semblante canino de la bibliotecaria. Se decidió a agotar su tiempo en la sala de manuscritos y a hacer una segunda lectura, esta vez más atenta, del Memorial. Su «suerte» -aquella misma fuerza que le había guiado por la sierra de Cameros días atrás- le llevó derecho a la página 83.

-Pero, ¿será posible...?

 

 

Su exclamación, aunque apenas audible, recorrió la sala semi­vacía, retumbando entre las estanterías atestadas de catálogos e inven­tarios de documentos.

Había una razón para aquel «despropósito»: delante de él, bajo el sugerente epígrafe «Conversión milagrosa de la nación Jumana», se podía leer un extraño relato. Mencionaba a un tal fray Juan de Salas que, hallándose en tierras de indios tiwas al frente de un grupo de misioneros, recibió la visita de algunos miembros de la tribu de los jumanos, también llamada de los salineros por la proximidad de sus asentamientos a importantes minas de sal, que le rogaron encarecida­mente que mandara a un misionero a predicar a su pueblo. Al parecer, según explicaba Benavides, esa misma petición formal había sido rea­lizada en años anteriores, pero nunca atendida dada la carencia de frailes destinados en Nuevo México. «Y antes de que fuesen -leyó Carlos- preguntando a los indios la causa por la que con tanto afecto nos pedían el bautismo y que los religiosos los fueran a adoctrinar, respondieron que una mujer como aquella que allí teníamos pintada (que era un retrato de la madre Luisa de Carrión) les predicaba a cada uno de ellos en su lengua. Les decía que fuesen a llamar a los padres para que les enseñasen y bautizasen, y que no fuesen perezosos.» Fue una revelación.

Carlos copió compulsivamente la historia en su cuaderno y aña­dió en los márgenes algunas apresuradas anotaciones. Aquél era el único pasaje del informe susceptible de ser atribuido a una monja bilocada (de hecho, se mencionaba una, desconocida para Carlos: la ma­dre Luisa de Carrión); pero dejaba abiertas un sinfín de dudas. Sin ir más lejos, ¿cómo podía estar seguro de que el Memorial se refería a las presuntas apariciones de la madre Ágreda? ¿No habrían sido las mon­jitas del convento de Soria demasiado vehementes? Y en caso contra­rio, ¿dónde había aprendido la buena religiosa «bilocada» a comuni­carse con los indios en sus propias lenguas? ¿Era éste otro prodigio -conocido como xenoglosia o don de lenguas, entre los católicos- a sumar al de la bilocación? Pero es que además, ¿no era aquella des­cripción más parecida a cualquier relato de aparición de la Virgen que a una extravagancia como la bilocación? ¿No apuntalaba esa creencia la afirmación de que aquella mujer predicó a cada uno de los indios, como desde siempre han descrito los testigos de las supuestas aparicio­nes de Nuestra Señora?

El asunto iba ganando en interés por momentos. Lástima que la feroz bibliotecaria echase a Carlos apenas tres minutos antes de que el antediluviano reloj del recinto diera las nueve en punto.

-Puede usted seguir mañana, si lo desea -rezongó-. Le aparta­ré el libro.

No. No será necesario.

 

 

19

 

Lejos de Madrid, un sueño directamente relacionado con aquel Memorial, destellaba en la mente de una mujer. Desde fuera sólo se percibía su cuerpo menudo convulsionándose sobre la cama. Desde dentro, todo era distinto. Ella no entendía nada; «sufría» aquellos sue­ños de manera espontánea, como si formaran parte de una misma his­toria y «alguien» se los fuera dosificando cada noche, o después de cada ataque epiléptico.

El tercero le preocupó. Sobre todo cuando recordó lo que de­cían los antiguos de los sueños: que eran los vehículos que usaban las divinidades para comunicarse con los hombres y que servían para ma­nifestar cosas ocultas. Pero ¿qué cosas eran ésas? ¿Y a quién podía interesar un sueño como éste?

 

 

Isleta, tarde del 22 de julio de 1629

 

El tono apremiante de fray Esteban retumbó en los muros del templo. Al principio, ninguno de sus frailes comprendió las repentinas prisas del Halcón por determinar si debía atender la extraña petición de aquel indio semiciego, pero pronto quedó claro que la razón de su premura residía en la alusión del «capitán tuerto» a la misteriosa mu­jer que les había instado a cruzar el desierto. Fray Esteban parecía abrumado, como si hubieran caído sobre su conciencia los mismos fan­tasmas que obligaran al arzobispo de México a encomendarle la investigación de cualquier «actividad sobrenatural» en la zona.

-¿Le pasa algo, padre?

Fray Bartolomé Romero, solícito como de costumbre, tanteó al Halcón.

-No es nada... -contestó fray Esteban, distraído, mientras se quitaba la casulla y la plegaba cuidadosamente-. Simplemente, estaba pensando que si los jumanos salieron hace dos semanas de su poblado, en la región de las Gran Quivira, entonces...

-¿Entonces, qué?

-Entonces, la Dama Azul les ordenó ponerse en camino casi una semana antes de que yo decidiera visitar esta misión. ¿Lo entiende ahora, hermano Bartolomé?

-¿Y de qué se extraña? -interrogó otra voz al Halcón-. ¿Acaso es el tiempo, o el conocimiento del futuro, algo que esté vetado a Dios o a la Virgen?

Aquellas palabras dejaron estupefactos a los dos franciscanos. Y es que si, como todo parecía indicar, una misteriosa dama había estado en territorio jumano hacía dos semanas, no debía de ser una mujer corriente. No sólo se había internado en un terreno hostil por naturaleza a la condición femenina, sino que poseía la rara habilidad de adelantarse a los acontecimientos.

-Piensen vuestras paternidades lo que quieran, pero a mí no me extrañaría nada que la dama fuera alguna manifestación de Nuestra Señora, que hasta podría haberles señalado el mejor camino para lle­gar a nosotros, y haberles protegido durante su travesía.

Nadie replicó a fray Juan, que ni siquiera se detuvo junto a sus hermanos para defender sus argumentos. Sencillamente, dirigió sus pasos hacia la salida de la iglesia para comunicar al «capitán tuerto» que su petición había sido escuchada.

-Extraño tipo, ¿verdad? -susurró fray Bartolomé al oído del padre Esteban, mientras se alejaba su anfitrión.

-El desierto hace estas cosas con las gentes...

Cuando fray Juan de Salas hubo explicado al jefe jumano la decisión de los frailes, el indio cayó de rodillas, y entre sollozos, agra­deció al misionero su diligencia. Después, sin despedirse del religioso, corrió al encuentro de sus hombres, que habían acampado a apenas unos cientos de metros de la misión, detrás de la primera línea de casas de adobe.

También ellos acogieron la noticia con alborozo. No obstante, ni siquiera fray Juan se dio cuenta de que la razón de su contento iba más allá de su éxito diplomático: la consideración de los frailes confir­maba los augurios que les hiciera la Dama Azul en las jornadas prece­dentes, y les reafirmaba en su creencia de haber encontrado a una «mujer de poder». A fin de cuentas, tal como ella vaticinara, había más padres en la misión de San Antonio de Padua en aquel momento y cabía la posibilidad de que pudieran regresar al Reino de la Gran Quivira acompañados por algunos de ellos...

Siguiendo órdenes precisas, poco después de las 13.30 (hora so­lar), los franciscanos se dieron cita en un improvisado refectorio, primorosamente organizado por los tiwas en la trastienda de la mi­sión.

El rancho iba a ser el de costumbre: judías cocidas con sal, una generosa mazorca de maíz hervida y algunas nueces de postre. Todo acompañado de agua y media docena de hogazas de pan de centeno recién horneadas.

Dos minutos más tarde, tras la bendición de los alimentos, el Halcón tomó la palabra.

-Como todos sabrán, esta mañana un grupo de indios jumanos, o «rayados», ha llegado a las puertas de esta misión. Nos han pedido ayuda para que llevemos el Evangelio a su pueblo.

Fray Esteban tosió levemente.

-Nos corresponde determinar qué debemos hacer -continuó-. O bien permanecemos unidos hasta nuestro regreso a Santa Fe, o co­menzamos a asignar misioneros a otras regiones como la Jumana. -Y añadió-: Por supuesto, la decisión depende del interés que tengan ustedes por comenzar a predicar sin más dilaciones. Estoy abierto a cualquier comentario.

Los frailes se miraron unos a otros y comenzaron a murmurar entre sí. La propuesta de disolver la unidad de su pequeña expedición les había pillado desprevenidos. Y aunque sabían que antes o después algo así tendría lugar, no pensaban que la asignación fuera a llegar tan pronto.

-¿Y bien? -insistió el Halcón.

Fray Francisco de Letrado, un orondo sacerdote de Talavera de la Reina, fue el primero en pedir la palabra. Se levantó con cierta solemnidad, y entonó un discurso apocalíptico. Según él, todos aque­llos «cuentos de indios» no podían ser sino obra del demonio, que bus­caba dispersar a los predicadores enviándolos a regiones remotas con escasas garantías de éxito y con muy pocas posibilidades de poder re­gresar vivos de su empeño. «Divide y vencerás», bramaba. Por el con­trario, fray Bartolomé Romero o fray Juan Ramírez fueron más benig­nos con las intenciones de los jumanos y apostaron por una rápida evangelización de las tierras de aquellos «indios rayados». Ellos creían que las alusiones del «capitán tuerto» a una luz en el cielo daban verosimilitud a su relato, ya que lo hacían similar a algunas apariciones célebres de Nuestra Señora que también estuvieron acompañadas de peculiares brillos celestiales. Además, había que aprovechar los vien­tos favorables de la Sagrada Providencia, a lo que algunos asintieron.

Finalmente, otros, como los frailes Roque de Figueredo, Agus­tín de Cuéllar o Francisco de la Madre de Dios, no se dignaron abrir la boca para terciar en aquel asunto.

-Está bien, hermanos -el Halcón tomó de nuevo la palabra-, puesto que existe tanta diversidad de criterios bueno será que interro­guemos a alguno de los indios que haya visto a esta señora...

Un gesto de aprobación general recorrió, entre murmullos, toda la mesa.

-... Fray Juan de Salas nos hará de traductor, ¿verdad, padre?

-Naturalmente -asintió el aludido y, solícito, se levantó y fue en busca del «capitán tuerto» y de alguno de los guerreros que hubie­ran sido testigos de la aparición. Su «investigación» fue breve; le bastó acercarse al campamento jumano y exponer su demanda para que se ofrecieran varios voluntarios.

Tras observarlos detenidamente, fray Juan seleccionó uno al que llamaban Sakmo, que quiere decir «el del prado verde». Era un hombre de aspecto recio y piernas anchas como un roble. Le eligió por sus ojos cristalinos («unos ojos así, no pueden mentir», pensó), y tras tomarlo del brazo, lo arrastró fuera del campamento.

Cuando unos minutos más tarde los tres estuvieron de regreso, Sakmo se hincó de rodillas y besó el borde del hábito al monje que tenía más cerca.

-Pater... -susurró.

Aquello maravilló a todos. ¿Quién le había enseñado modales a aquel salvaje?, pensaron. Tras la reverencia, el indio se levantó del suelo y permaneció de pie frente a la mesa.

-¿Es éste el testigo que buscamos? -tronó una voz al fondo del refectorio.

El mismo jumano, un mozo de unos veinticinco años, de oscura melena, piel aceitunada, pómulos sobresalientes, casi tallados a cincel, y sonrisa limpia, bajó la cabeza como si asintiera a la duda formulada por aquella voz autoritaria.

Fray Esteban se levantó de la cabecera de la mesa, observó atentamente al «capitán tuerto» y al testigo, y desde su posición co­menzó el interrogatorio en voz alta, para que todos pudieran oírle.

-¿Cuál es tu nombre?

-«El hombre del prado verde» -tradujo el padre Salas.

-¿De dónde vienes?

-De la Gran Quivira, una región de amplios valles y profundas gargantas, situada a casi tres semanas a pie de aquí.

-¿Sabes por qué te hemos llamado?

-Creo que sí -murmuró en un tono de voz más suave.

-Nos han dicho que viste con tus propios ojos a la mujer que os ordenó acercaros hasta nosotros. Y nos han dicho también que ella misma os instruyó para que nos pidieseis el bautismo, ¿es eso cierto? Sakmo miró al «capitán tuerto» como si esperara que éste le diera su consentimiento para hablar. El viejo se lo concedió con un movimiento de cabeza.

-Sí, es cierto. La he visto varias veces en la embocadura de un cañón que llamamos de la Serpiente, donde nos ha hablado siempre con voz amable y cálida.

-¿Siempre? ¿Desde cuándo?

-Desde hace muchas lunas. Yo sólo era un niño cuando empecé a escuchar relatos de guerreros que la habían visto. Pude encontrarme con ella por primera vez cuando cumplí los dieciocho años.

-¿En qué lengua os habló?

-En tanoan, señor. Pero si tuviera que decirle cómo, no sabría explicárselo. En ningún momento movió la boca. La tuvo siempre ce­rrada, pero otros cazadores y yo la hemos escuchado y entendido per­fectamente.

-¿Cómo se os aparece?

-Siempre de la "misma forma: al caer la noche, unos extraños relámpagos caen sobre ese cañón. Entonces, escuchamos una agita­ción en el aire parecida al ruido de las serpientes de cascabel o al de los remolinos del río cuando el agua gira en espiral, y vemos cómo un camino de luz cae del cielo... Después, llega el silencio.

-¿Un camino de luz?

-Es como si un sendero se abriera paso en la oscuridad. Por ahí desciende esa mujer, que no es una chamana del pueblo, ni una Madre del Maíz... No sé quién es.

-¿Y cómo es ella?

-Es joven y hermosa. No se le ve el cabello ni las orejas, pero sí unos ojos grandes y negros. Tiene la piel blanca como la leche, como si nunca le hubiera dado el sol.

-¿Lleva algo consigo?

-Sí, señor. En su mano derecha sostiene a veces una cruz, pero no como las de madera que ustedes llevan colgadas, sino más hermosa, pulida, y toda de color negro. En otras ocasiones también lleva un amuleto colgado del cuello. No es de turquesa, ni tampoco de hueso o madera. Es del color de los rayos de la luna.

Fray Esteban iba tomando nota tratando de ordenar las carac­terísticas esenciales que configuraran el retrato de aquella misteriosa mujer. Tras apuntar las últimas palabras del indio, prosiguió implaca­ble con sus cuestiones.

-Dígame, ¿cómo vio por primera vez a esta mujer en el cañón de la Serpiente?

El indio clavó sus ojos en el franciscano.

-Estábamos cinco muchachos destinados a vigilar un ritual sa­grado en una de nuestras kivas, apostados de noche cerca de un arroyo, velando porque nadie molestara al chamán. De repente, la no­che se hizo día y, delante de nosotros, apareció esta mujer. Nos contó que venía de muy lejos y que nos traía buenas noticias. Luego llegó Gran Walpi, nuestro jefe de clan, y nos habló a todos de cómo un hom­bre-dios había muerto por la salvación de los espíritus de todas las tribus del mundo, y nos anunció que algún día, no muy lejano en el tiempo, otros hombres del mismo color de piel que ella llegarían hasta aquí para traernos esa misma noticia. Nos dijo también que ella era sólo una avanzadilla y que estaba allí gracias a las poderosas artes de ese hombre-dios...

-¿Nunca dijo su nombre?

-No.

-¿Ni tampoco el del hombre-dios?

-No.

-¿Ni del lugar del que venía?

-Tampoco.

-¿Cuál fue el veredicto del jefe del clan?

-Lo ignoro. Gran Walpi abandonó el poblado dos lunas después.

-Algo más. ¿Os dijo aquella mujer algo acerca de que ese hom­bre-dios fuera hijo suyo?

-No. -Varios frailes se removieron en sus asientos y comenzaron a hablar entre sí en voz baja.

-¿Os llamó la atención alguna otra cosa de ella? -prosiguió el Halcón.

-Sí. Alrededor de la cintura llevaba, por debajo de las ropas, una cuerda igual a la que llevan ustedes...

Aquello terminó de enfervorecer a los frailes. ¡Una cuerda franciscana! «¿Qué clase de prodigio era aquel?»

El Halcón exigió si­lencio.

-¿Llegó usted a tocar a esta Dama?

-Sí.

-¿Y?

-Sus ropas estaban calientes, como cuando nuestras mujeres sacan sus telas de las tinajas donde las tiñen. Pero estaban secas. Inclu­so nos dejó tocar su cruz negra y nos enseñó algunas oraciones, que nos obligaba a repetirle en otras visitas.

-¿Oraciones? ¿Sabría usted recitarlas?

-Creo que sí -dudó.

-Por favor...

Sakmo se arrodilló de nuevo, juntó las manos en señal de reco­gimiento, y comenzó a entonar una familiar letanía en latín, que sona­ba extraña al salir de su boca.

-Pater noster qui es in coelis... sanctificetur nomen tuum... adveniat regnum tuum... fiat voluntas tua sicut in coelo...

-Es suficiente -le interrumpió fray Juan de Salas-. Explíquele al padre Perea dónde lo ha aprendido. ¿Quién se lo enseñó?

-Ya se lo he dicho: la Dama Azul nos lo enseñó.

-¿Y nunca antes ha visto usted a un franciscano? -terció el Hal­cón de nuevo.

-No... hasta hoy. Aunque otros hombres del pueblo sí lo habían hecho, cuando vinieron aquí en estaciones anteriores para informarse de la fe en el nuevo dios, como hace muchos años en nuestro poblado. También algunas tribus amigas vienen hablándonos de ustedes desde hace varias generaciones.1

 

1 El primer desembarco «masivo» de franciscanos en Nuevo México se pro­dujo, como ya dijimos, en 1598, junto a la expedición del «adelantado» don Juan de Oñate. Este hombre trató de colonizar las tierras del norte de la Nueva España acom­pañado de ciento treinta soldados y sus respectivas familias, ochenta y tres carros, y numerosos indios mexicanos y criollos. Con él viajaron ocho franciscanos, entre ellos el padre Juan Claros, que fundó el asentamiento de San Antonio de Padua y que apenas convirtió ningún indio hasta que fue relevado por fray Juan de Salas años después. Fray Juan comenzó a recibir visitas esporádicas de los jumanos, reclamándo­le misioneros para sus tierras, al menos desde 1620.

 

-¿Y quién les dijo que vinieran aquí?

-También la Dama Azul. Insistía mucho en ello. Decía que su instrucción nunca podría ser completa, ya que tenía que visitar a otras muchas tribus, pero que ustedes la completarían.

-¿Qué otras tribus debía visitar?

-Nunca lo dijo.

Mientras Sakmo terminaba de contestar aquella nueva tanda de preguntas, fray García de San Francisco, un joven religioso de Za­mora, se aproximó con cautela hasta el Halcón. Ante el desconcierto de sus hermanos, le murmuró algo que hizo sonreír levemente al padre Esteban.

-Está bien, enséñesela. No tenemos nada que perder.

Fray García salvó de cuatro grandes zancadas la distancia que le separaba del apuesto indio, y sin mayores contemplaciones, extrajo de debajo de su hábito un pequeño escapulario con una minúscula imagen grabada en él.

-Es la madre María Luisa -dijo en alto, para todos los presen­tes-. La llevo siempre conmigo, porque me protege de todo mal. En Palencia, muchos creemos que es una de las pocas santas vivas que existen.

El hermano García acercó con delicadeza el pequeño retrato a Sakmo. Y el Halcón tronó desde el otro extremo del refectorio, pi­diendo al padre Salas que tradujese.

-¿Es ésa la mujer que usted ha visto?

Sakmo observó con atención la miniatura, pero guardó si­lencio.

-Responda. ¿Es ésa? -repitió impaciente.

-No -contestó firme.

-¿Está seguro?

-Completamente. La mujer del desierto tiene el rostro más jo­ven, menos arrugado. Las ropas son parecidas, pero las de esta mujer son del color de la madera, no del tono del cielo.

Fray Esteban se rindió ante la falta de resultados que aclararan la situación y ante su impotencia para confirmar los temores de su superior en México. Y es que, de aceptar el relato de aquel jumano, Sakmo se había tropezado con una mujer joven, resplandeciente, que incluso había dejado que tocaran sus ropas -luego era física, tangible, real- y que, por si fuera poco, enseñó el Padrenuestro a varios indios de su tribu. Ahora bien, ¿qué hacía una mujer de aspecto europeo visitando aquellas regiones en solitario? ¿Qué clase de fémina sería capaz de descender por un camino de luz desde el cielo? ¿Y por qué no había dejado ninguna pista que permitiera identificarla?

Tras apurar los últimos apuntes, el padre Perea despidió al «ca­pitán tuerto» y a Sakmo. Les emplazó a esperar hasta que tomara una determinación sobre su relato, y pidió a sus frailes que le brindaran alguna opinión. Sólo fray Bartolomé Romero, siempre tímido pero con cierta fama de erudito en el grupo, se atrevió a terciar en el asunto.

-No creo que debamos enfrentarnos a este episodio como si los indios hubieran tenido una experiencia mística -arrancó.

-¿Qué insinúa, padre Romero?

El Halcón observó cómo su interlocutor entrecruzaba los de­dos regordetes de sus manos con cierta ansiedad. Fray Bartolomé no era el prototipo de hombre de acción, sino la encarnación ideal de los amanuenses de los monasterios medievales. Todavía sudaba al recor­dar los días de paso ligero junto a fray Esteban, y se estremecía sólo de pensar que podía volver de nuevo a los caminos.

-Desde mi punto de vista, yo descartaría que se trate de una aparición de Nuestra Señora, como usted, padre Perea, ha insinuado en alguna de sus preguntas.

-¿Y cómo puede estar tan seguro de ello?

-Porque vuestra paternidad sabe muy bien que las aparicio­nes de la Virgen son experiencias inefables, absolutamente inenarra­bles. Además, si para un buen cristiano es difícil describir esta clase de cuitas divinas, cuánto más debería serlo para un pagano sin ins­trucción.

-Es decir...

-Es decir, que este indio vio algo terrenal, no divino -completó fray Bartolomé.

El Halcón se persignó ante el estupor de los demás frailes, y permaneció unos segundos meditabundo.

Después, sin más comenta­rios, disolvió la asamblea y pidió al padre Salas que permaneciera con él unos instantes.

Tan pronto los dos franciscanos se quedaron solos, fray Este­ban tomó un pellejo lleno de vino que guardaba colgado bajo una som­bra cercana, y sirvió algo de líquido en sendas jarras de barro.

-Beba, hermano Juan. Tal vez el vino nos ayude a tomar la decisión correcta.

-¿Ya sabe lo que va a hacer, padre?

Fray Juan tanteó el terreno con cautela, mientras mojaba sus labios en el alcohol.

-Como supondrá, no estoy seguro de saber cuál es la decisión correcta en este asunto... Nuestra actuación varía mucho si se trata de una aparición de la Virgen o de las andanzas de alguna devota mujer extraviada por estos pagos.

-No entiendo...

-Es evidente, padre Salas. Si lo que se ha aparecido a estos in­dios es Nuestra Señora, no hay nada que temer.

El cielo nos ha envia­do una gran bendición y nos protegerá de cualquier mal cuando visite­mos la región de la Quivira. En cambio, si como dice fray Bartolomé, no existe semejante prodigio, ya que no hay indicios de fenomenología mística en el relato del indio, podríamos pensar que los jumanos han visto a una mujer de carne y hueso, como nosotros. Es más, ella podría haberse mostrado gracias a las arteras habilidades del diablo, y podría hacernos caer en una emboscada que echara a perder el resto de pla­nes de evangelización de estas comarcas.

-¿Y por qué teme tanto esa segunda posibilidad?

-Bueno... Sakmo lo ha dicho, ¿no? Aquella mujer llevaba anu­dada a la cintura una cuerda como las nuestras.

Quizás se trate de una religiosa de la seráfica orden de San Francisco...

-O quizá no. ¿No le parecen más propios de la Virgen procederes como el descenso de los cielos o el brillo del rostro?

-Tal vez, pero nuestro amado fray Bartolomé ha olvidado citar otra característica de las apariciones de la Virgen que falta aquí. Nues­tra Señora suele aparecerse a personas aisladas, no a grupos, como los jumanos. Recuerde al apóstol Santiago, que vio a la Virgen en Zarago­za, o a Juan Diego y la Guadalupana hace mucho menos tiempo...

-Pero, padre, todavía no me ha respondido por qué cree que pueda tratarse de una simple mortal.

El Halcón apuró de un sorbo el contenido de su jarra y perma­neció en silencio unos instantes, saboreando su contenido. Luego, con un tono de voz resignado, respondió:

-Hay una razón, pero debe guardarme el secreto.

-Por supuesto.

-Además de advertirme de los rumores de conversiones sobre­naturales que corrían por estas regiones, el arzobispo Manso me mos­tró en México una carta que acababa de recibir de España. Se la había enviado otro franciscano, un tal Sebastián Marcilla, afincado en Soria por más señas, en la que le advertía que estuviera muy al tanto del descubrimiento de trazas de nuestra fe entre los indios afincados en el área de la Gran Quivira...

-No entiendo, ¿cómo podía él...?

-A eso voy, padre.

El Halcón prosiguió.

-En aquella carta, el hermano Marcilla le rogaba a nuestro arzobispo que hiciera todos los esfuerzos posibles por averiguar el ori­gen de esas trazas, y que determinara si detrás de ellas podían estar las apariciones de una religiosa con cierta fama de milagrera en España...

-¿Apariciones?

-Bueno, el término correcto sería proyecciones, puesto que Marcilla deducía que esta religiosa, de clausura por cierto, podría go­zar del don de la bilocación, es decir, podría dejarse ver por aquí sin dejar de estar en España.

-¿Y quién es? ¿La madre María Luisa, de la que habló fray Diego durante la comida?

-No. Se trata, al parecer, de una joven monja soriana llamada María Jesús de Ágreda.

-¿Y a qué espera, entonces? -saltó el padre Salas-. Si ya tiene esos indicios reunidos, ¿por qué no envía una pequeña comisión a la Quivira a que haga algunas discretas averiguaciones? Con dos frailes bastaría para que...

-¿Quiénes? -fray Esteban le interrumpió en seco.

-Si lo considerara oportuno... Yo me ofrezco voluntario. Y po­dría llevarme uno de los hermanos legos, fray Diego por ejemplo, que es joven y fuerte, y sería un magnífico asistente de viaje. Juntos podría­mos completar nuestra misión en algo más de un mes e informarle después.

-Déjemelo pensar.

-Humildemente, creo que no tiene ninguna opción mejor, pa­dre. Hablo la lengua de los indios, ellos me conocen desde hace años y sé cómo sobrevivir en el desierto mejor que ninguno de sus hombres. Para mí no sería mayor problema caminar con ellos hasta su poblado y regresar en solitario después, esquivando las rutas más vigiladas por los apaches.

El Halcón se sentó en la ribera del río. Con gesto distraído, tomó un par de minúsculas ramas del suelo y las arrojó con fuerza al agua.

-Supongo que nada puede resistirse a la corriente de la vida, ¿verdad? -murmuró.

-No, claro -asintió Salas desconcertado.

-... Pues sea. Partirán ustedes con la próxima luna llena, en agosto. Dentro de diez días. Enseñe bien su oficio a fray Diego, y trái­game cuanto antes noticias de esa Dama Azul.

 

 

20

 

A las cuatro y cuarenta minutos de la madrugada, los alrededo­res de la Biblioteca Nacional de Madrid estaban en absoluta calma. Ninguno de los autobuses del aeropuerto, con base en la cercana plaza de Colón, funcionaba aún, y el tráfico se reducía a unos pocos taxis vacíos.

Una furgoneta Ford Transit plateada tomó desde Serrano la estrecha calle de Villanueva, recorriendo cuesta abajo la verja metáli­ca que rodea el Museo Arqueológico Nacional y la gran Biblioteca. Unos doscientos metros antes del final de la calle, a punto de desem­bocar en el paseo del Prado, el conductor apagó motor y luces y conti­nuó rodando hasta aparcar en batería frente al edificio de Apartamen­tos Recoletos.

Nadie advirtió su presencia.

Un minuto y treinta segundos más tarde, dos siluetas negras descendieron de la furgoneta.

-¡Rápido! ¡Es justo aquí!

Las figuras escalaron vertiginosamente los más de tres metros de verja, sin un solo movimiento en falso. Llevaban a sus espaldas una minúscula mochila negra, y en sus oídos unos pequeños auriculares. Una tercera persona, en el interior de la furgoneta, acababa de inter­ceptar con un escáner la última transmisión del walkie-talkie del guar­da de seguridad de la puerta principal, y había confirmado que esa zona estaba despejada.

Una vez en el interior del patio frontal de la Biblioteca, las sombras desfilaron velozmente por delante de las estatuas sedentes de san Isidoro y de Alfonso X el Sabio, quienes situados a quince escalo­nes de altura sobre el nivel de la calle, parecían observar atentamente los movimientos de los intrusos.

-¡Corre, joder! -ordenó la sombra de vanguardia. En diez segundos, los dos polizones se pegaban contra el muro exterior izquierdo de esas escaleras. Cinco segundos después, una de las siluetas, el «cerrajero», abría una de las puertas de cristal del edificio.

-Pizza a base, ¿me recibes?

La voz del «cerrajero» sonó clara en el interior de la Transit.

-Alto y claro, Pizza 2.

-¿Sabes si el municipal está en la entrada?

El municipal no podía ser otro que el guardia de seguridad de ese sector.

-Negativo. Vía libre... y buen servicio.

Cuando las dos sombras penetraron en el edificio, la bóveda de medio cañón que brinda el acceso al interior de la Biblioteca estaba despejada. Además la luz roja de los sensores volumétricos de las es­quinas no había sido conectada.

-Se habrá ido a pasear el canario... -murmuró satisfecho la pri­mera sombra al ver el campo libre.

-Dos minutos, treinta segundos -respondió el «cerrajero».

-Está bien, ¡vamos!

Con destreza, las sombras ascendieron los treinta y cinco esca­lones de mármol que conducen hasta la embocadura de la sala general de consulta, donde acababan de instalar una docena de ordenadores para que los lectores accediesen a la base de datos del centro. Tras doblar rápidamente a su derecha y atravesar una sala de ficheros en­vuelta en la más impenetrable oscuridad, se acercaron con cautela has­ta la cristalera del fondo.

-Dame la punta de diamante.

El «cerrajero», con precisión quirúrgica, perforó una de las es­quinas de la ventana más occidental de la pared, y siguió todo su con­torno hasta completar el corte. Tras adherir dos suaves ventosas a su superficie, arrancó el cristal sin hacer apenas ruido.

-Apóyalo contra la pared -ordenó a su compañero.

-Bien.

-Tres minutos, cuarenta segundos.

-Correcto. Sigamos.

La ventana recortada separaba la sala de fichas de la sala de con­sulta de manuscritos. Sólo la tibia luz amarilla de los dos focos de emer­gencia situados sobre cada una de sus puertas iluminaba la estancia.

-¡Un momento! -el «cerrajero» se detuvo en seco-. Base, ¿me escuchas?

-Pizza 2, te escucho.

-Quiero que me confirmes si los ojos de la antesala del horno ven algo.

-Enseguida.

El hombre de la Transit tecleó unas instrucciones en un pequeño ordenador, conectado a una minúscula antena giratoria atornillada sobre el techo de la furgoneta. Con un leve zumbido, ésta se orientó hacia la Biblioteca, rastreando una señal electrónica muy concreta. Pronto, el cristal líquido del ordenador se iluminó y en el monitor apa­reció un plano completo de la planta principal del edificio.

-¡Genial! -exclamó el tercer hombre-. Lo sabré en unos segun­dos, Pizza 2.

-Deprisa, base.

Con diligencia, señaló con el ratón la sala de manuscritos, que se alzó de inmediato sobre el plano, adquiriendo proporciones tridi­mensionales. Con la misma flecha deslizante en la pantalla, apuntó una de las cámaras situadas sobre la puerta oeste. Un icono, con la palabra «scanning» inscrita en su parte inferior, indicaba que el siste­ma estaba conectado con la central de seguridad de la Biblioteca y con el centro emisor que lo mantenía unido a la central de seguridad de la compañía responsable.

-Vamos, vamos -murmuró impaciente el tercer hombre.

-Un momento, Pizza 2... ¡Ya está!

-¿Y bien?

-Podéis continuar. Sólo el gran horno está activado.

-Excelente.

El «cerrajero» y su acompañante saltaron con agilidad al inte­rior del recinto destinado a la lectura de manuscritos, viraron a su iz­quierda y se precipitaron por una puerta que cedió nada más empujar la barra «antipánico» que la cruzaba horizontalmente.

-Por las escaleras. Cuarto sótano.

-¿Cuarto?

-Sí, eso es. Date prisa. Llevamos ya cuatro minutos y cincuenta y nueve segundos aquí dentro.

Cuarenta segundos más tarde, el «cerrajero» y su compañero estaban en el final de la escalera.

-Ahora estamos solos -advirtió el primero-. Aquí abajo no po­demos recibir la señal del equipo de apoyo, y ésta es la sala acorazada.

-Está bien. ¿Es ésa la puerta?

El «cerrajero» asintió.

Una puerta metálica cuadrada, de dos hojas, y de unos dos me­tros y medio de lado, se alzaba orgullosa frente a ellos. El sistema de apertura estaba empotrado en la pared, a la derecha del portón, y se accionaba mediante una tarjeta magnética y un número clave que de­bía anotarse en un reducido teclado telefónico.

-No es problema -sonrió el «cerrajero»-. Sólo las puertas del cielo tienen cerradura a prueba de ladrones.

Tras deshacerse del pasamontañas que cubría su cara, y des­colgar la mochila de sus hombros, extrajo del petate una especie de pequeña calculadora. Después, tomó de uno de sus bolsillos un cable terminado en una clavija macho, y la introdujo justo debajo del lector de tarjetas.

-Veamos -murmuró-. Parece que el programa de seguridad utilizado está basado en el sistema Fichet. Bastará introducir el dígito maestro y...

-¿Hablas solo?

-¡Chisst!... Siete minutos, veinte segundos... ¡Y abierta!

Una luz verde junto al pequeño teclado del sistema de seguri­dad y un crujido a la altura del picaporte de la puerta, indicaban que el portón del «horno» acababa de rendirse al «cerrajero».

La segunda sombra no se inmutó. Aunque la precisión con la que trabajaba aquel condenado nunca había dejado de asombrar a sus compañeros de misión, todos los miembros del equipo habían apren­dido a disimular su euforia.

-Está bien, ahora es mi turno.

La segunda sombra se introdujo de un salto en el interior de la sala acorazada. Una vez dentro, hurgó en su mochila en busca de su visor nocturno. Tras quitarse el pasamontañas y dejar visibles unas facciones dulces, femeninas, con un pelo negro muy corto, se lo ajustó alrededor de la cabeza. El silbido que indicaba la carga de la batería del ingenio, le crispó los nervios.

-Bien, bonito, ¿dónde estás? -murmuró.

Lentamente, comenzó a pasear su mirada infrarroja por las sig­naturas adheridas en los diferentes estantes acristalados que se abrían a su paso. Primero fueron las letras Mss., luego Mss. Facs., y más tarde, Mss. Res., o, lo que es lo mismo, «manuscritos reservados».

-Aquí es.

 

 

21

 

 

-¡Maldita sea! ¿Quién será ahora?

No hay nada en el mundo que moleste más a un periodista que ser despertado por el teléfono. Aunque, en el caso de Carlos, su obse­sión por ese aparato resultaba casi compulsiva. Se había comprado un contestador automático jurándose a sí mismo que nunca descolgaría el auricular hasta no saber quién se encontraba al otro lado, pero si estaba en casa era incapaz de esperar a que el dichoso aparato se accio­nase.

-¿Carlos? ¿Eres tú?

-Sí... ¿José Luis?

-Quién si no. Escúchame bien...

El tono del policía parecía tenso.

-Anoche unos desconocidos entraron en la Biblioteca Nacional y se llevaron algo de sus fondos...

-¿Ah sí?

-Sí. Han asignado el caso a mi departamento, porque sospe­chan que puede haber detrás intereses sectarios de alguna clase.

-¿De veras? ¿Han dejado alguna pista? -Carlos se frotaba los ojos, tratando de despertarse.

-Sí. Pero eso no es lo más importante. Lo que más me ha sor­prendido es que el material que ha desaparecido es un manuscrito que está relacionado contigo.

-Bromeas.

-En absoluto. Por eso te llamo. Ayer por la tarde tú fuiste la última persona que estuvo en la sala de manuscritos, ¿cierto?

-Sí, eso creo.

-Y pediste un ejemplar de..., déjame ver, del Memorial de Benavides, de 1630.

-¿Han robado el Memorial? -Carlos no salía de su asombro.

-No, no. Lo que ha desaparecido es un manuscrito inédito del tal Benavides, que, según me han explicado, es una versión actualizada del libro que tú pediste, pero que jamás se publicó.

-¿Y eso qué tiene que ver conmigo? ¿Es que me consideras sospechoso?

-Bueno, Carlos, técnicamente eres la única pista que tenemos. Y además, no puede negarse que existe cierta relación entre tu consul­ta y el material robado.

-¿Y no será una «sincronicidad» de las tuyas?

-Sí, quizá lo sea. Pero la policía, oficialmente, no entiende de esas cosas. A las sincronicidades aquí las llaman indicios.

-Está bien, José Luis. Será mejor que nos veamos cuanto antes y aclaremos este asunto.

-¡Hombre! Me alegro de que coincidamos en algo.

-¿Te parece bien en el Café Gijón, delante de la Biblioteca, digamos... a las doce?

-Allí estaré.

Carlos colgó el teléfono con un nudo en la garganta. De nuevo le asaltó esa extraña sensación: el suelo se hundía bajo sus pies.

Tres horas más tarde, sentado a una de las mesas del Café Gi­jón, José Luis Martín esperaba al periodista hojeando un ejemplar de El País. Estaba sentado junto a una de las ventanas del local, tratando de distinguir la inconfundible silueta espigada del periodista entre la tromba de transeúntes que recorrían el Paseo de Recoletos.

Carlos no se hizo esperar. Llegó acompañado de otro individuo de aspecto desaliñado, que llevaba el pelo cortado a cepillo; era de complexión atlética y sus ojos, pequeños y rasgados, cruzaban su cara como si fueran una sola línea.

-Te presento a Txema Jimeno, el mejor fotógrafo de mi revista. La expresión de José Luis exigía una aclaración mayor.

-Ha venido conmigo porque me acompañó cuando pasó lo de Ágreda. Es de mi total confianza.

-Encantado.

El policía hizo ademán de levantarse y estrechó la mano de Txema, quien no abrió la boca en ningún momento. Después, una vez se hubieron acomodado alrededor de la estrecha mesa pidieron tres cortados e intercambiaron cigarrillos.

-Y bien -abrió fuego Carlos-, ¿qué han robado exactamente? José Luis extrajo del bolsillo interior de su americana un pequeño bloc de notas lleno de indicaciones escritas con una letra muy pequeña.

-Se trata de un manuscrito redactado en 1634 por fray Alonso de Benavides, a quien tú conoces bien...

Carlos asintió.

-Al parecer, según me explicó esta mañana el responsable de los fondos históricos de la Biblioteca, ese texto fue reelaborado con la intención de enviarlo al Papa Urbano VIII como actualización al in­forme que imprimiera Felipe IV en Madrid y que te implica en el caso... Contenía un montón de anotaciones marginales del propio rey, que se obsesionó con aquel legajo. Puedes suponer que se trata de una pieza única en su género.

-¿Qué valor puede tener? -los pequeños ojos de Txema lla­mearon.

-Es difícil de calcular, sobre todo porque no existen demasia­dos coleccionistas capaces de valorar la singularidad de esa obra.

-Lo que no entiendo es por qué le han asignado a usted el caso, si, como dice el patrón, lo suyo son las sectas...

El tono del fotógrafo crispó a José Luis. El policía interrogó a Carlos con la mirada, como si le pidiera cuentas sobre lo que se co­mentaba de él por ahí.

-No te preocupes, hombre. Ya te he dicho que Txema es de toda confianza.

-Es muy sencillo -respondió José Luis-. Además de la «pista» que conduce hasta Carlos, hace unos meses una especie de sociedad religiosa llamada Hermandad del Corazón de María ofreció treinta millones de pesetas a la Biblioteca por el manuscrito.

-¡Treinta kilos! -bramó Txema.

-La Biblioteca, por supuesto, no aceptó el negocio y nunca más se supo de esa Hermandad. El caso es que en el registro de hermanda­des y cofradías de la Conferencia Episcopal no saben nada de una her­mandad de ese nombre, y en Roma tampoco. Por eso en mi brigada sospechamos que pudiera tratarse de alguna secta de integristas ca­tólicos...

-Y ricos -terció el fotógrafo, ahora más entusiasmado.

-¿Se sabe ya cómo fue robado el manuscrito?

José Luis arqueó las cejas, esbozando un gesto de satisfacción. Era la pregunta que estaba esperando.

-Eso es lo más extraño de todo -templó la voz, alargando inne­cesariamente la frase-. El manuscrito se guardaba en la cámara acorazada de la Biblioteca Nacional, protegida por un sistema de seguridad muy complejo y por guardias que patrullan durante toda la noche por el interior del edificio. Pues bien, ninguna alarma saltó, nadie oyó nada y de no ser por un cristal arrancado de su marco que se encontró en la sala de lectura de manuscritos, probablemente el robo aún no se hubiera detectado.

-Luego tienen algo... -volvió a terciar Txema.

-Sí. Un cristal fuera de lugar y...

José Luis titubeó.

-... una llamada realizada desde un teléfono de la planta princi­pal a Bilbao, a las 4.59 de la madrugada.

-¿La hora del robo?

-Es probable. El número quedó registrado en la memoria de la centralita, y hemos realizado ya las debidas averiguaciones. Creemos que se trata de una pista falsa.

-¿Ah así? ¿Y por qué?

-Porque corresponde al teléfono de un colegio que a esa hora, naturalmente, estaba cerrado. Probablemente se trata de profesiona­les muy bien equipados, que han falseado electrónicamente el número para conducirnos a un callejón sin salida.

-O puede que no.

El críptico comentario de Carlos hizo que José Luis casi derra­mara el café.

-¿Qué demonios quieres decir?

-Aguarda un momento, tengo una corazonada.

El periodista abrió su cuaderno de notas en el día 14 de abril, la fecha en que se entrevistaron con las monjitas del Convento de la Con­cepción de Ágreda, y comenzó a hojear sus notas nerviosamente.

-Txema, ¿recuerdas la pista que nos dieron las hermanitas de Ágreda?

-Nos dieron muchas, ¿no?

-Ya, ya -asintió Carlos mientras seguía buscando algo muy concreto en sus anotaciones-, pero yo me refiero a una en especial, una muy clara...

-No sé.

-¡Aquí la tengo!... José Luis, ¿llevas encima tu teléfono móvil?

El policía asintió extrañado.

-¿Y el número de ese colegio de Bilbao?

Volvió a asentir, señalando un número de siete cifras en su bloc.

Carlos tomó el Motorola del policía, abrió la tapa que protegía el teclado y marcó con celeridad el número. Tras una serie de crujidos que indicaban la búsqueda de conexión, el timbre del teléfono sonó con fuerza.

-Pasionistas, ¿dígame? -respondió una voz muy seca.

El periodista sonrió satisfecho, ante la mirada incrédula del po­licía y de su fotógrafo.

-Buenos días, ¿podría hablar con el padre Amadeo Tejada, por favor?

-Está en la Universidad, señor. Pruebe esta tarde.

-Está bien, gracias. Pero vive aquí, ¿verdad?

-Así es.

-Adiós.

-Agur.

Dos miradas de sorpresa atravesaron a Carlos.

-Lo tengo, José Luis... Nuestro hombre es el padre Amadeo Tejada.

-Pero ¿cómo demonios...?

-Muy fácil, otra «sincronicidad» -le golpeó con el codo-. En Ágreda, las monjitas nos hablaron de un «experto» que está impulsan­do en Roma la causa de beatificación de sor María Jesús de Ágreda. Apunté la pista en mi cuaderno para ir a visitarlo en cuanto pudiera, y sabía que podría localizarlo en una residencia de religiosos, junto a un Colegio de Bilbao.

-¡Santo Dios!

-¿Pagará el Cuerpo Nacional de Policía un viajecito a tierras vascas?

-Claro... -balbuceó José Luis-, mañana. -Y añadió-: Pero te recuerdo que aún sigues en la lista de sospechosos.

 

 

22

 

Una violenta sacudida convulsionó el cuerpo trémulo de la dur­miente. Ésta, con la frente empapada de sudor y los dedos agarrotados por la tensión, saltaba de su último sueño al siguiente, enlazándolos como si fueran diferentes secuencias de una misma película.

 

 

Entre Isleta y la Gran Quivira, agosto de 1629

 

Diecisiete días después de abandonar la misión de San Anto­nio, en Isleta, los hombres del «capitán tuerto» comenzaban a acusar el cansancio. El ritmo de la marcha se había reducido al mínimo y las provisiones comenzaban a escasear. De las veinte millas diarias que los frailes calculaban haber recorrido en las dos semanas precedentes, ahora se alcanzaban con suerte ocho.

La razón, más que en la reducción de los víveres y el agua, había que buscarla en el aumento de las precauciones que el gru­po de guerreros tomaba. En efecto: una avanzadilla de tres hombres que les llevaba un día de ventaja, iba dejando a su paso señales dibu­jadas en rocas o en cortezas de árbol que indicaban si el camino es­taba o no despejado. Al tiempo, otro grupo de cuatro hombres vigila­ba los flancos del pelotón, custodiando a los frailes en un radio de unos mil metros. Se trataba de un comando que informaba cada hora de la buena marcha de las cosas, imitando el agónico aullido de los coyotes.

Caminaron siempre hacia el este, ganando minutos de sol con cada amanecer, y atravesando antiguos campos de caza apaches. Aun­que sabían que éstos habían emigrado hacía algunos años hacia el oes­te, sus territorios les infundían todavía cierto temor supersticioso. No en vano, las montañas peladas fueron antaño el hogar de los antepasa­dos apaches y, sobre todo, de sus sanguinarios dioses.

Pero nada ocurrió.

Los días de marcha lenta sirvieron a fray Juan de Salas, pero sobre todo al joven fray Diego López, para aprender muchas cosas acerca del desierto. Fray Diego era un mozetón asturiano, fuerte como un roble e ingenuo como un niño. Mostraba interés por todo, y no hacía más que preguntar a fray Juan acerca del idioma de los indios y cómo podría él aprender a convivir con aquellas tribus e introducirles la Palabra de Dios.

 Fueron unas jornadas en las que los franciscanos descubrieron que las «tierras llanas del norte» -como las llamaban los jumanos-, a primera vista vacías, estaban sembradas de vida. Los indios enseñaron a los frailes a diferenciar los insectos venenosos de los inofensivos. Les hablaron de las peligrosas hormigas de la cosecha, una variedad de in­vertebrados que inyecta, cada vez que muerde, un veneno que destruye los glóbulos rojos y que es más venenoso que una picadura de avispa o la mordedura de una serpiente cascabel. También les mostraron cómo trocear un cacto para exprimir agua de su interior y les instruyeron para que, en las breves noches de aquel verano, no espantaran nunca de su vera a los lagartos cornudos, pues éstos les protegían de escorpiones y hormigas venenosas, y podían servirles de desayuno a la mañana si­guiente.

Al decimoséptimo día, poco antes de caer la noche, sucedió algo que alteró aquellas lecciones. Había estado relampagueando durante toda la jornada, y aunque ninguna de aquellas oscuras nubes llegó a descargarse sobre el árido suelo del desierto, sí electrizó los ánimos de los indios, que veían en ello el augurio de una próxima señal.

-Quizá esta noche nos encontremos con la Dama Azul -susu­rró el padre López a su compañero, cuando el líder del grupo decidió detenerse en un claro para establecer el campamento-. Los jumanos parecen nerviosos, como si esperaran algo...

-Ojalá, hermano.

-Yo también tengo una extraña sensación en el cuerpo. ¿Usted no, padre?

-Es la tormenta -respondió fray Juan.

A un gesto del «capitán tuerto» -quien desde el principio había conducido la expedición y pergeñado su sistema de seguridad-, sus hombres descargaron los petates y comenzaron a limpiar un amplio círculo de tierra. El tuerto no temía que lloviese, así que decidió permanecer en plena pradera, ya que esa situación facilitaba la vigilancia de la zona.

La organización del campamento se llevó a cabo con la misma precisión de los días anteriores. Se clavaron estacas en los cuatro pun­tos cardinales, uniéndolas con una fina cuerda que, de ser arrastrada por un animal o un hombre, accionaba una especie de sonajas colgadas junto a cada vara. A tan rudimentario sistema de alarma, se le unirían los turnos de tres horas de vigilancia, encargados además de mantener siempre vivo el fuego del campamento.

Precisamente, mientras fray Juan y fray Diego extendían sus pieles de cabra sobre el suelo y ayudaban a los jumanos a reunir leña para la hoguera, algo sucedió: los centinelas divisaron la silueta de unos hombres a pie, dibujada tenuemente en el horizonte. Según ex­plicaron al tuerto, llevaban unas antorchas en la mano, lo que les con­fería cierto aire fantasmal, y se dirigían hacia ellos.

-No serán apaches, ¿verdad?

Fray Juan corrió junto a Sakmo al escuchar el informe de los centinelas.

-Lo dudo -respondió éste-. Los apaches rara vez atacan al ano­checer. Temen tanto a la oscuridad como cualquiera de nosotros... y nunca llevarían antorchas encendidas antes de un ataque.

-¿Y entonces...?

-Nuestro jefe ha ordenado que aguardemos a que lleguen hasta nosotros -respondió Sakmo muy seguro de sí mismo-. Tal vez sea una delegación de comerciantes...

Apenas diez minutos más tarde, cuando la pradera estaba ya envuelta en el oscuro manto de la noche, las antorchas llegaron hasta el campamento. Eran doce, cada una sostenida por un indio tatuado a semejanza de los expedicionarios; encabezaba la marcha un indio de piel curtida que se aproximó al «capitán tuerto» y le besó en la mejilla derecha.

Los recién llegados se acercaron hasta el fuego del campamen­to, e ignorando la presencia de los dos hombres blancos, arrojaron sus antorchas sobre la hoguera mayor.

Todo se hizo ceremoniosamente, pero a la vez con mucha natu­ralidad. Cada uno de los recién llegados, sin mediar tampoco palabra con los guerreros jumanos, desfiló frente al fuego central, besó la mis­ma mejilla del tuerto y se sentó alrededor de la lumbre.

-¡Mire! -susurró inquieto fray Diego al padre Salas-, son todos ancianos.

Fray Juan no contestó. La observación del joven franciscano era correcta. Cada uno de los indios mostraba un rostro ajado, surcado por decenas de arrugas, y enmarcado de guedejas grises y brillantes. Rondarían los cincuenta años, aunque sus carnes no parecían blandas. Se movían con agilidad.

-Huiksi!

Uno de los ancianos se dirigió a los franciscanos, emitiendo una serie de sonidos guturales que a fray Juan le costó entender al princi­pio. El anciano, en una mezcla de dialecto tanoan y hopi, les deseaba que el «aliento de la vida» estuviera siempre con ellos.

Los frailes inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento.

-Nos invitan a sentarnos -tradujo fray Diego.

Tras arrojar un puñado de hierbas resecas al fuego, que des­pidió mil chispas, el mismo indio habló.

-Venimos del pueblo de donde proviene el «capitán tuerto», que está situado a sólo dos jornadas de aquí. Ninguno de nuestros guerreros os había visto aún, pero nosotros, los más ancianos del Clan de la Niebla, sabíamos que estabais cerca y hemos salido a re­cibiros.

Fray Juan fue traduciendo la retahila de frases. El anciano pro­siguió:

-Os traemos maíz y turquesas como bienvenida. Os estamos agradecidos por vuestra visita. Deseamos que habléis a nuestro pueblo de ese Jefe-de-Todos-los-Dioses que predicáis, y que nos iniciéis en los secretos de vuestro culto a tan poderosa divinidad.

Los franciscanos palidecieron.

-¿Y cómo supisteis que veníamos precisamente en estas fe­chas? -indagó en dialecto tanoan fray Juan.

El indio que aparentaba mayor edad tomó entonces la palabra.

-Ya sabéis la respuesta: la Mujer del Desierto descendió en for­ma de relámpago azul entre nosotros, y nos puso al corriente de vues­tra llegada. Sucedió hace dos noches, en el lugar donde se ha venido manifestando desde hace tantas lunas...

-Entonces, ella está aquí.

El corazón de los frailes se aceleró.

-¿Y cómo es?

-No se parece a nuestras mujeres. Su piel es blanca como el jugo de los cactos; su voz es como el aire cuando susurra entre las montañas y su presencia transmite la paz del estanque en calma.

-¿No os da miedo?

-¡Oh, no! Nunca. Supo ganarse la confianza del pueblo cuando sanó a algunos de nuestros vecinos.

-¿Sanó? ¿Cómo fue eso?

El indio miró al padre Salas con cierta severidad. Sus ojos bri­llaban como centellas a la luz de la fogata.

-Un grupo de guerreros nos dirigimos al Cerro de los Antepa­sados para ver a la Dama. Había luna llena y toda la pradera estaba iluminada. Al llegar, vimos que parecía triste y nos explicó la razón. Se dirigió a mí reprobándome que no la hubiera avisado de la enferme­dad de mi hija pequeña, Alba, poniendo su vida en peligro...

-¿Qué le ocurría?

-Dos días antes la había mordido una serpiente y tenía una gran hinchazón en la pierna. Me justifiqué explicándole que ninguno de nuestros dioses era capaz de curar una mordedura de serpiente, pero ella me pidió que le llevara a Alba.

-Y la llevó, claro.

-Sí. La tomó entre sus brazos y la envolvió en una luz poderosa que nos obligó a apartar la vista. Después, cuando el fulgor disminuyó, la depositó sobre el suelo, y la pequeña Alba, por su propio pie, se echó en mis brazos, completamente curada.

-¿Sólo vio luz?

-Así fue.

-¿Nunca les amenazó o les pidió algo a cambio de aquellas cu­raciones?

-Jamás.

-¿Tampoco nunca se ha adentrado en el interior del pueblo?

-No. Siempre permanece fuera.

Otro de los ancianos, completamente calvo y sin apenas dien­tes, se dirigió a los padres.

 

-La Dama Azul nos enseñó esto como prueba de su paso entre nosotros, y como señal de identificación con ustedes.

El anciano se irguió, firme, a escasa distancia de los frailes. Después, con suma cautela, como si temiera equivocarse, comenzó a gesticular con el brazo derecho, subiéndose primero la mano hasta la frente y luego descendiéndola hasta el pecho.

-¡Se está santiguando! -exclamó el padre López-. Pero ¿qué clase de prodigio es éste?

La noche deparó algunas sorpresas más a los frailes. Los visi­tantes explicaron con soltura las principales enseñanzas de la Dama Azul. De todo lo que refirieron, a fray Juan y a fray Diego les llamó poderosamente la atención el hecho de que la Dama hubiera sido vista casi por todos. Era cierto que siempre descendía de las alturas envuel­ta en una resplandeciente luminosidad, y que las alimañas del desierto callaban cuando bajaba cerca de la Gran Quivira, pero no era menos real que aquella Dama era para ellos de carne y hueso, no un fantasma o un espejismo. La sentían mucho más próxima que cualquiera de los espíritus que veían sus brujos tras ingerir los hongos sagrados. Era tal la naturalidad con que explicaban lo que venían viviendo desde hacía al menos seis años, que los frailes llegaron a pensar si no estarían fren­te a una impostora de carne y hueso, llegada de Europa. La idea, sin embargo, fue desechada de inmediato.

 

 

23

 

La mañana siguiente amaneció húmeda y despejada cerca de la vertiente oriental de las montañas Manzano. A escasos cuarenta kiló­metros de sus faldas, hacia el sureste, se encontraba el campamento provisional del «capitán tuerto». Con los primeros rayos del sol del nuevo día, el lugar adquirió vida de repente, pues los indios se dedica­ron a recoger con destreza sus enseres y a enterrar bajo una fina capa de arena del desierto las huellas del fuego de la noche anterior.

Ajenos al tumulto, los frailes entonaron sus oraciones de costumbre, dando gracias a Dios por su protección y por permitirles ver la limpia y milagrosa expansión de su fe entre sus tribus. Sabían que no siempre había sido tan fácil y que el camino de la fe en el Nue­vo Mundo estaba teñido de sangre y lágrimas. Pero ni siquiera en ese momento consiguieron los frailes un instante de intimidad con Dios. Casi sin dejarse notar, algunos de los ancianos se unieron a sus plega­rias; se arrodillaron piadosamente junto a los padres y besaron des­pués las cruces que pendían de sus cuellos como si fueran «cristianos viejos».

Fue la enésima sorpresa. La enésima indicación de que aquello no podía ser fruto de un malentendido, sino de un designio divino.

Y así, al amanecer, la expedición reemprendió su camino en dirección a la Gran Quivira, mientras sus integrantes se repartían maíz para desayunar en ruta.

A medida que se intensificaban las primeras y suaves luces del día, el paisaje iba transformándose. Cruzaron una serie de dulces coli­nas, moteadas por apretados conjuntos de arbustos y matorrales. Al atravesarlos, los indios prestaban especial atención a unas matas de agujas carnosas y alargadas, que arrancaban con esmero y que des­pués, según averiguaron los franciscanos, ingerirían masivamente en las kivas como parte de sus rituales iniciáticos. Todo en el desierto, explicaron los jumanos, tiene una utilidad.

Fray Juan quiso averiguar más de su lugar de destino, aprove­chando la buena disposición de los recién llegados. Durante el camino, se quedó junto al anciano más rezagado, al que interrogó sobre su pueblo.

-Es el único poblado de esta región construido con piedra. Cuando mi padre era joven, recibimos una visita de los Castillas, y ya entonces se asombraron mucho al ver nuestras sólidas viviendas.

-¿Los Castillas?

-Sí, decían que ése era el nombre de su nación de origen, y que buscaban siete ciudades llenas de oro, que nadie jamás ha visto... Se quedaron muy poco tiempo... No teníamos lo que buscaban -rió.

-¡Vázquez de Coronado!

-No recuerdo su nombre, pero sí que mi padre me habló de su arrogancia y de su temible ejército, con brillantes caparazones como los de los escorpiones del desierto...

Al decimonoveno día de marcha (y segunda jornada tras el en­cuentro con los ancianos jumanos) el grupo del «capitán tuerto» se encontraba muy cerca de su objetivo. Todos parecían confiados, como si no fuera posible ningún contratiempo que impidiese sus deseos. Sin embargo, cuando el sol estaba ya declinando, fray Diego se estremeció de estupor.

 

Frente a ellos, como aguardando su llegada, se agrupaban unas quinientas personas, quizá más, la mayoría mujeres jóvenes acompañadas de sus hijos. A la cabeza, un par de ancianas sostenían una gran cruz de madera confeccionada con dos tablones toscamente arranca­dos de un mismo tronco, unidos por una cuerda de cáñamo trenzada de flores.

El joven Sakmo se acercó a los frailes, y les susurró:

-Deben ser mujeres owaqtl, del Clan de las Piedras Esparci­das... Ellas son las que nos avisan de la llegada de la Dama.

Fray Juan le interrogó con la mirada, pero el indio, ajeno a las dudas del fraile, prosiguió:

-Desde que llegó la Mujer del Desierto, algunas madres del pueblo entraban en comunicación con ella espontáneamente. Y aun­que nunca ingirieron los hongos sagrados que permiten hablar con los espíritus, lo hacían con facilidad...

-¿Ellas? ¿Quiénes?

-Observe, padre, y fíjese en las dos ancianas que sujetan la cruz.

-Las veo.

-Cuando se encontraron con la Mujer del Desierto por primera vez, la llamaron Saquasohuh, que significa «kachina de la Estrella Azul». Más tarde, cuando comenzaron a intuir sus llegadas y a avisar al resto del poblado, dejaron de llamarla así. —Hizo una pausa y aña­dió-: Si están aquí es porque la Dama les envía. Esperemos.

Cuando las mujeres vieron a los dos hombres blancos, atavia­dos a la manera que les describiera la  Dama Azul, prorrumpieron en una gran ovación. Elevaron la rudimentaria cruz y se acercaron hasta los frailes. Allí, ante su mirada de asombro, se persignaron. Acto se­guido, las ancianas pidieron con firmeza que fray Diego les mostrara «el libro».

-¿El libro?

-La Biblia, hermano.

-Pero, fray Juan...

-¡Hágalo! -ordenó el padre Salas-. ¡Entréguesela!

Una de ellas tomó la Biblia entre sus temblorosas manos, la besó con dulzura y gritó algo incomprensible que enfervorizó a sus compañeras.

La anciana lucía una larga cabellera blanca cuidadosamente re­partida en dos trenzas. En ningún momento vaciló. Tomó la Biblia entre sus brazos huesudos como si fuera un tronco de madera y la fue paseando ante una comitiva de indios demacrados, pálidos y con as­pecto de cansancio que se encontraban en segunda fila. Los enfermos besaron las pastas oscuras de las Sagradas Escrituras, como si espera­ran de aquel gesto alguna clase de sanación, y se echaron a tierra im­plorando la bendición de los recién llegados.

-Sin duda, esto es cosa de Dios.

Los frailes no salían de su asombro.

-Pero nadie nos creerá.

-Lo harán en cuanto miren en el fondo de nuestros ojos. La mirada de un hombre nunca miente, fray Diego.

 

 

24

 

Para llegar a los estudios de Radio Vaticana desde la plaza de San Pedro hay que ascender la Via della Conciliazione y girar a la izquierda, por delante del monumento a Santa Catalina de Siena, hasta alcanzar una ennegrecida puerta de doble hoja en la que se lee claramente el nombre de la emisora.

La institución es el órgano publicitario «oficioso» del Papa por excelencia. La radio cubre sus actos oficiales, sus viajes y coordina el trabajo de los periodistas extranjeros interesados en retransmitir eventos pontificios de especial relevancia. En suma, tiene línea directa con el Santo Padre. Quizás por esa razón, entre los tiempos de Paulo VI y el largo pontificado de Juan Pablo II, su organigrama se ha complicado notablemente. Bajo la dirección de 30 experimentados sacerdotes jesuítas, trabajan cuatrocientas personas que hacen posible más de setenta programas diarios, emitidos en 30 idiomas diferentes, del latín al japonés, pasando por el chino, el árabe, el armenio, el letón o el vietnamita.

Dispone de una impresionante capacidad técnica, que posibili­ta propagar sus ondas a los cinco continentes gracias a los más sofisti­cados equipos radiofónicos en continua, permanente y costosa revi­sión. Para algunos observadores, tales equipos son incluso demasiado sofisticados para sus necesidades reales. ¡Quién sabe!

Lo cierto es que cuando el padre Baldi llegó a las oficinas de Radio Vaticana, al filo de las 17 horas, ignoraba estos datos. Apenas había tenido tiempo de comer algo en una pizzería para turistas cerca­na al Ufficio Stampa de la plaza de San Pedro, y de relajarse un poco ante los atractivos escaparates de las librerías de la Via della Concilia­zione. No buscaba ninguna obra en particular, pero era de los que creía que nunca sobraba comprobar por dónde iban las preferencias literarias de la cristiandad, para ajustar así debidamente sus sermones. A fin de cuentas, él seguía siendo, ante todo, un «pastor» de la Iglesia.

Tras cruzar la puerta de la calle y subir la escalera de mármol que conducía directamente a una ventanilla de identificación, el «ter­cer evangelista» preguntó por los estudios del padre Corso.

-En el segundo sótano. Según se sale del ascensor, siga el pasi­llo de frente y llegará al despacho 2S-22 -le indicó un conserje de as­pecto afable-. Le estábamos esperando.

El ascensor, un rancio Thyssen de compuertas de rejilla, le de­positó en segundos frente a un aséptico corredor de color verde, mo­teado de gruesas puertas blancas cuyos picaportes eran una especie de ruedas metálicas. Aunque al primer vistazo le parecieron las esclusas de un submarino, más tarde averiguó que se trataba de portones dise­ñados especialmente para insonorizar los estudios de grabación. Enci­ma de cada puerta distinguió claramente dos pilotos, uno rojo y otro verde, instalados para indicar a gente como Baldi si se podía o no acce­der a su interior. Tampoco le pasó desapercibido el portón del 2S-22, que estaba relativamente cerca del ascensor. En principio no se distin­guía de los demás, salvo por la pequeña diferencia de que disponía de cerradura electrónica.

Sin pensárselo dos veces, el «evangelista» giró la rueda del por­tón 2S-22 noventa grados, tirando con fuerza. No estaba cerrada. Su pesada estructura cedió con facilidad, y de inmediato el benedictino accedió a una amplia sala circular, abovedada, de unos sesenta metros cuadrados aproximadamente, dividida en varias estancias menores por biombos grises. En el centro, completamente al descubierto, se distinguía un sillón anatómico de cuero negro y, ordenados alrededor, una hilera de aparatos médicos sobre carros con ruedas.

La sala estaba iluminada con una luz tenue que, pese a todo, permitía vislumbrar el contenido de las parcelas marcadas con los se­paradores grises. Había tres: una disponía de un complejo sistema de oscilógrafos, ecualizadores y una mesa de mezclas, especialmente di­señada para sintetizar sonidos; otra estaba literalmente empapelada por cajas de cintas magnetofónicas y carpetas con lecturas médicas referidas a una serie de pacientes a los que se citaba como «sujeto a», «sujeto b», «sujeto c» y así hasta el «sujeto t». Y, por último, la tercera disponía de dos mesas de oficina equipadas con sendos ordenadores IBM de última generación, así como dos archivadores metálicos de cuatro cajones cada uno, con un calendario sin estrenar de los Juegos Olímpicos de Barcelona colgado sobre ellos.

-¡Vaya! ¡Lo ha encontrado usted solo!

Una voz juvenil tronó a espaldas de Baldi. No tenía acento ita­liano, sino norteamericano. Y muy marcado.

-Usted debe de ser el sacerdote veneciano que viene a sustituir al padre Corso, ¿me equivoco?... -prosiguió-. Soy Albert Ferrell, para servirle, aunque aquí, por motivos obvios, todos me conocen como fray Alberto, a secas.

Fray Alberto obsequió al benedictino con un guiño. Se trataba de un hombre corto de estatura, con perilla bien recortada y cara son­rosada, que trataba desesperadamente de disimular su incipiente alo­pecia estirando los cabellos de sus costados sobre el cráneo. Sin em­bargo, pese a que su aspecto le pareció patético a «San Lucas», aquel «fraile» tenía una de esas miradas transparentes que, sin saber por qué, transmiten confianza y simpatía de inmediato.

-¿Le gusta el equipo?

El padre Baldi no contestó.

-Lo diseñamos a imagen de la «sala del sueño» que la Agen­cia Nacional de Seguridad construyó en Fort Meade, en Estados Uni­dos, hace algunos años. Lo más difícil fue construir la bóveda, para que nuestras pruebas con sonido ambiente tuvieran una acústica per­fecta.

«San Lucas» escuchó en silencio.

-Los aparatos que ve detrás del sillón sirven para monitorizar las constantes vitales del sujeto... y los sonidos con los que estamos experimentando se controlan desde el magnetófono electrónico que tiene a la derecha. Los aplicamos a través de cascos estereofónicos y la ecualización se gestiona desde un ordenador, ¿sabe?

Aquel hombre insistía en ser amable.

-Cada una de las sesiones con los sensitivos se graba también en vídeo, y se registran sus constantes vitales en un software especial que permite comparar los datos.

-Dígame una cosa, fray Alberto... -el tono que empleó Baldi para pronunciar su nombre no estuvo exento de cierta acidez.

-¿Sí?

-¿Cuál era exactamente su trabajo con el padre Corso?

-Digamos que yo ponía los elementos técnicos a su proyecto. El trabajo que desarrollaron ustedes, los «cuatro evangelistas», sobre la Cronovisión, estaba en un estado un tanto primitivo antes de llegar a un acuerdo con mi país...

Baldi hubiera crucificado a aquel insolente.

-Ya veo... ¿Y qué sabe usted de los «cuatro evangelistas»?

-No mucho, la verdad. Sólo que eran los cabezas de otros tan­tos equipos de élite que pretendían vencer, con técnicas más o menos heterodoxas, algunas casi paranormales, la barrera del tiempo.

-Pues ya sabe más que mucha gente en San Pedro... -respondió sin demasiado entusiasmo.

-Lo tomaré como un cumplido.

-Fray Alberto: antes de morir, el padre Corso me escribió in­formándome de que usted había logrado sintetizar las frecuencias de sonido necesarias para hacer que una persona pudiera contemplar el pasado.

-Así es -confirmó el pequeño «monje»-, aunque creo que lo­gramos algo más que simplemente contemplar el pasado.

-Explíquese, por favor.

-Contemplar el pasado era el objetivo principal de la Cronovi­sión. Nosotros, en cambio, descubrimos que de alguna manera podía­mos, además, intervenir sutilmente en él.

El «evangelista» miró a fray Alberto desafiante.

-¿Sutilmente?

-Sí. El método que desarrollamos de proyección de la mente humana al pasado, utilizando ciertas vibraciones armónicas, nos per­mitía husmear en otros tiempos, aunque no con la corporeidad con que podemos estar viéndonos nosotros dos. Y, desde luego, nos impe­día alterar la materia en el pasado. No podíamos agredir, ni mover objetos, ni tocar un instrumento...

-Disculpe mi curiosidad, pero ¿cómo obtuvo esas frecuencias?

Albert se rascó la perilla.

-¿Conoce usted los trabajos con sonidos de Robert Monroe?

-Vagamente.

-Seguramente sabrá que ese ingeniero de sonido, compatriota mío, ha desarrollado un tipo de acústica que, bien aplicado, permite el desdoblamiento «astral».

-Sí, eso tenía entendido... Pero la Iglesia no sabe nada de «cuer­pos astrales».

Baldi quería comprobar hasta dónde llegaba la astucia de su interlocutor.

-Técnicamente, tiene usted razón -aceptó fray Alberto, e hizo un gesto de despreocupación-. No obstante, lo importante es no dejar­se ofuscar por la terminología. Aunque Monroe hable de «cuerpos as­trales», los católicos tenemos un término similar para referirnos a la existencia de un elemento invisible, que habita dentro de cada ser hu­mano.

-¡Ah! ¿Es usted católico?

-En cierto modo, sí.

-Perdone. Continúe.

-Ese elemento del que hablo, que según la doctrina se despren­de del cuerpo tras la muerte, es el alma.

-Eso son palabras mayores -gruñó Baldi-. No creo que lo que se desdoble sea...

-Está bien, está bien, no se enfade. Todo depende de qué clase de alma hablemos -el ex ayudante de «San Mateo» izó los brazos am­pulosamente-. He estudiado muy bien el asunto antes de venir aquí. Recuerde que santo Tomás admitía la existencia de tres tipos de alma, con tres funciones distintas: la sensitiva, la que da movimiento o vida a las cosas y la que crea la inteligencia.

«San Lucas» le interrogó con la mirada, pero no replicó. Le provocaba náuseas, y le sorprendía a la vez, que aquel norteamerica­no, militar por más señas, utilizara conceptos teológicos para justificar su actividad. Su interlocutor se dio cuenta perfectamente, como si leyera en su corazón.

-¿Y por qué no, padre? Hasta Tertuliano creía en la corporeidad del alma, que es lo mismo que defiende Monroe.

Probablemente, ese padre de la Iglesia se refería al alma sensitiva, que es la que nos comuni­ca con el mundo material, y la más fácil de «despertar» con los sonidos. Usted con sus investigaciones con la música sacra y Monroe con sus frecuencias de laboratorio intentaban lograr cosas parecidas... Sólo que el segundo fue más lejos, al provocar desdoblamientos a voluntad.

Albert Ferrell dio momentáneamente la espalda a Baldi para bajar una persiana cercana y encender la luz de la estancia. La tarde comenzaba a caer inexorablemente sobre la Ciudad Eterna.

-Usted dijo que esta sala estaba construida a imagen de otra, en Estados Unidos, ¿cierto?

-Sí. La «sala del sueño» en Fort Meade.

-¿Y para qué se construyó algo así en un recinto militar?

-Muy fácil, señor. Durante la guerra fría supimos que los rusos, además de desarrollar armamento convencional y nuclear, estaban tratando de abrir nuevas vías de combate dentro del terreno de la mente. Adiestraron a sus mejores hombres para que, bajo estado de desdoblamiento astral, pudieran espiar instalaciones secretas nortea­mericanas o localizar silos de misiles aliados en Europa...

-Y ustedes se lo creyeron y decidieron tomar sus contrame­didas.

-Así fue -fray Alberto obvió el tono irónico de su interlocu­tor-. La misión del INSCOM fue, primero, proteger a nuestro país de ofensivas de ese tipo, y luego, comenzar a investigar amparándonos en las técnicas de Monroe. Varios de nuestros agentes acudieron a sus cursos y perfeccionaron sus métodos, construyendo la primera «sala del sueño» en 1972. Entonces yo era cabo, y estaba lejos de saber qué clase de «arma» se estaba diseñando allí dentro. Cuando ingresé en el Instituto, supe que Monroe había logrado ya un 25 % de éxitos con los «despegues» astrales conseguidos con su método; nosotros elevamos ese porcentaje notablemente gracias a un férreo programa de condi­cionamiento psicológico de nuestros hombres.

Baldi le miraba entre incrédulo y estupefacto. Aquel individuo, charlatán y abierto, realmente creía en lo que decía. Lástima que su sentido patriótico, enfundado en aquel hábito, resultara tan ridículo.

-¿Y cómo utilizaban esa sala?

-Del mismo modo que el padre Corso y yo la utilizamos aquí. Por supuesto, éste es un modelo mucho más perfeccionado que el de 1972 -dijo señalando el sillón de cuero que presidía el estudio-, y per­mite obtener mucha más información de cada experimento. Pero bási­camente, el procedimiento estándar no ha variado apenas.

-¿Ah no?

-Primero se escogía a un sensitivo, y después se le bombardeaba con sonidos muy determinados que conformaban una especie de escala.

-Explíqueme eso mejor.

«San Lucas» tomó asiento junto a uno de los IBM del estudio, y comenzó a garabatear algo en un pequeño cuaderno que extrajo de su sotana. Fray Alberto no se inmutó.

-Bueno, es algo relativamente sencillo. Monroe creía que los diferentes sonidos que sintetizó eran algo así como la esencia misma de cada uno de nuestros estados habituales de conciencia: desde el estado normal de vigilia, al sueño lúcido, el estrés e incluso el éxtasis místico. Estaba convencido de que la audición de esas «esencias» forzaba a nuestro cerebro a imitar el estado que representaba cada sonido, simplemente porque ese órgano tiende a desarrollar com­portamientos camaleónicos con arreglo a la información que reci­be del exterior. A cada una de esas «muestras» acústicas las denominó «enfoques» y las acompañó de un número determinado que indicaba el grado de intensidad que podían producir sus grabaciones.

-Como una escala.

-Como una escala, sí -repitió fray Alberto-. Por ejemplo, du­rante lo que él llamó arbitrariamente «enfoque 10», descubrió que se podía acceder a un curioso estado de relajación donde el sujeto mante­nía la mente despierta pero el cuerpo dormido; se trataba de un tipo de sonido silbante diseñado especialmente para lograr una primera sin­cronización de los hemisferios cerebrales y preparar al sujeto para re­cibir frecuencias mucho más intensas. La sincronización en cuestión se lograba pasados de tres a cinco minutos, y solía venir acompañada de extrañas sensaciones corporales, totalmente inofensivas, como paráli­sis parciales, cosquilleos o temblores incontrolados.

-¿Todas las sesiones en la «sala del sueño» se iniciaban así?

-En efecto. Luego se pasaba al «enfoque 12», que podía estimular estados de conciencia expandidos capaces de lograr cier­tos éxitos en experiencias de «visión remota» de objetos, lugares o personas; su control fue, al principio, lo que más nos interesó en el INSCOM, ya que resultaba evidente su aplicación en el espionaje mi­litar.

-¿Y se aplicó?

-Con relativo éxito. Lo mejor fue que descubrimos la utilidad de otros «enfoques» superiores.

-¿Otros?

-Sí. Monroe sintetizó también sonidos de «enfoque 15», que conseguían trasladarte hasta un «estado fuera del tiempo»; configura­ban una herramienta que permitía al sujeto abrirse a informaciones que procedieran tanto de su subconsciente como de otra clase de inte­ligencias superiores.

Fray Alberto trató de evaluar la reacción de su interlocutor.

-¿Ha oído hablar usted del channelling?

 

-Es una especie de subproducto del movimiento New Age americano -respondió el «evangelista» despectivamente.

-Bueno.., en realidad, es algo equiparable a los diálogos de los místicos con Dios o con la Virgen, o a las voces que decían que escuchaba santa Juana de Arco -se defendió el agente Ferrell-. En la antigüedad se atribuían esas voces a los ángeles.1 El caso es que fre­cuencias del tipo «enfoque 15», involuntariamente camufladas en cán­ticos espirituales, pudieron haber estimulado esos estados en el pasado. Por eso me interesé por la Cronovisión y sus investigaciones, padre.

 

1 La palabra ángel procede etimológicamente del griego, y significa, precisa­mente, «mensajero».

 

-Y, naturalmente, debo suponer que hay más «enfoques»...

«San Lucas» comenzaba a tomarse la explicación en serio.

-Desde luego. Pero de todos, los que más nos interesaron, tam­bién al padre Corso, fueron los «enfoques» 21 y 27.

El primero facilita­ba el desdoblamiento astral y el segundo permitía utilizar esos des­doblamientos a voluntad.

-¿Y para qué quería aplicar esos «enfoques» el padre Corso?

Baldi dejó de tomar notas y respaldó su pregunta con una mi­rada de hielo.

-Quería mandar uno de nuestros «soñadores» a esa época, para que determinara quién era realmente la Dama Azul y qué métodos empleaba para desplazarse por el espacio-tiempo.

-¿Es que no se sabe que era una monja de clausura española?

-Ésa es, digamos, la versión oficial. Otros, como «San Mateo», creyeron que la Dama Azul era algo más que una sencilla monja de clausura.

 

El «evangelista» no insistió, pese a que le extrañó que aquel falso monje hablara con tanto desparpajo de la Dama Azul, dando por supuesto que él ya estaba al corriente de su existencia. Con repentina avidez, fray Alberto contraatacó.

-Hay algo que, desde que conocí su trabajo con la prepolifonía, he querido preguntarle.

-Usted dirá.

-¿Qué opinión le merece, como único experto en música de los «cuatro evangelistas», que unos sonidos sintetizados, no propiamente melódicos, puedan inducir estados alterados de conciencia?

Baldi sonrió. Ahora entendía el entusiasmo del padre Corso cuando le telefoneó a Venecia, semanas atrás.

-En realidad, todo se reduce a pura matemática. Como la mis­ma música.

-¿Matemática? Me temo que no...

-¡Está muy claro! Lo que ahora este señor... ¿cómo dice usted que se llama...?

-Monroe, como Marilyn -acotó pícaramente.

-... Monroe, quiere decir, es muy parecido a lo que descubrió Pitágoras durante su estancia con los antiguos sacerdotes egipcios, en el siglo VI antes de Cristo. Allí, después de pasar más de veinte años en los templos del Alto Nilo y de ser iniciado en los secretos de la «ciencia sagrada» faraónica, constató que ciertas combinaciones musicales ar­mónicas, basadas en la octava, eran capaces de abrir los umbrales de percepción de los sacerdotes.

Fray Alberto le miró con cara de póker. Al «evangelista» le exasperó su ignorancia.

-¿No lo entiende? Por eso no podían concebir ningún ritual sagrado sin música: ¡la música les facilitaba el desdoblamiento hacia otras realidades! ¡Les permitía «hablar» con sus dioses!

-Como el «enfoque 15».

-Más o menos -admitió Baldi a regañadientes.

-Usted perdone, padre, pero soy un lego absoluto en música: ¿qué es la octava?

-Muy fácil. Una octava es la distancia que separa dos notas del mismo nombre. Así, entre do y do existen cinco intervalos grandes y dos pequeños donde se incluyen el resto de las notas (re, mi, fa, sol, la, si). Para que una composición sea armónica debe respetar esos inter­valos, y bien utilizados pueden modular nuestros estados de ánimo y hasta curarnos enfermedades. Cada combinación de notas de la escala tiene una aplicación, un sentido oculto que nos hace vibrar de un modo distinto. Es algo parecido a los «enfoques» de Monroe... sólo que él, probablemente, no inventó nada. Se limitó a redescubrir un saber muy antiguo.

-¿Ah sí?

-Pitágoras iniciaba a sus discípulos en unas liturgias poéticas donde se mezclaban ciertas «oraciones» con música, que se filtraban en su subconsciente y que les permitían conocer el «secreto de las co­sas». Incluso el Maestro ordenó construir, en su exilio, una gruta artifi­cial para provocar esos estados. Y no me extrañaría que tuviera mu­chos puntos en común con su «sala del sueño», especialmente en relación a su acústica.

-¿Qué papel juega en todo esto la matemática pitagórica, pa­dre? -insistió fray Alberto.

-La armonía musical, que Pitágoras interpretó como algo de origen espiritual, se basa en un número sagrado, el llamado «número de oro». Según él, todo lo que ocurre en la naturaleza puede expresar­se en números, ya que gobiernan la Creación. En cuanto a su aplica­ción a la música, también es muy simple: por ejemplo, si una cuerda larga emite un sonido de un tono determinado, otra que sea la mitad de larga emitirá un sonido con vibraciones dos veces más rápidas que la primera y una octava más alta... Curiosamente, esos mismos efectos se multiplicarán proporcionalmente a medida que vayamos acortando la cuerda. ¡Y sucede con todas las cuerdas!

-Interesante -susurró fray Alberto pensativo. Intentaba asimi­lar la información.

-Todo tiene una representación matemática que también for­muló Pitágoras: 1/2(raíz de 5 - 1). Un «número» que está grabado a fuego en la naturaleza y que determina, por ejemplo, cosas tan dispares como la disposición progresiva de las ramas de los árboles, la espiral de las caracolas, la forma y número de los «brazos» de nuestras neuronas y hasta el aspecto de la Vía Láctea. ¡Es el número de Dios! ¿Lo entiende ahora?

-Creo que sí -contestó fray Alberto algo aturdido.

-¿No era san Agustín quien decía que tanto el mundo físico como el moral se basan en los números, y que su armonía, el Tranquillitas Ordinis, había sido diseñado por Dios? -insistió Baldi. Le consta­ba que estaba repitiendo conceptos de los que se inculcan en los pri­meros años de seminario.

-Sí, sí -balbuceó Albert-. Entonces, usted... ¿cree que quien domine ese «número de oro» puede...?

-Quien lo domine, si eso fuera posible, podría dominar la natu­raleza entera. O al menos -Baldi suavizó el tono-, eso creían los pi­tagóricos y por eso decidieron transmitir sus hallazgos sólo a los ini­ciados...

-Interesante.

 

 

25

 

-¿Interesante? ¡Maldita sea! ¿Qué clase de persona es usted?

Baldi estalló. Su rostro se amorató e hinchó como si fuera a estallar, mientras las arterias, apenas visibles por encima de su alza­cuellos, comenzaban a bombear intensamente sangre al cerebro. Al­bert se quedó de una pieza, no sabía cómo reaccionar ante aquel súbi­to acceso de cólera.

-El «primer evangelista», el hombre que murió esta mañana, ¡su jefe!, estaba iniciado en ese secreto -rugió-. Sus notas, los archivos de su ordenador en la Residencia Santa Gemma, fueron robados y borrados de la circulación... ¿Y todo lo que se le ocurre decir es «inte­resante»?

-Yo, no...

-Mire usted, Albert. -Trató de serenarse, y respiró hondo al tiempo que hablaba-. El Vaticano desea que sea yo quien sustituya al padre Corso al frente de este trabajo, pero no puedo hacer nada si antes no recuperamos esa información. Usted fue el último que traba­jó con él, y quizás tenga una idea de dónde han podido ir a parar sus notas.

El falso fraile trató de pensar con rapidez.

-El equipo romano lo formábamos únicamente el padre Corso y yo -Albert comenzó a pensar en voz alta-. Por referencias sé que en Londres trabaja el «segundo evangelista» y tres ayudantes más, y en España sólo uno... Y, créame, los contactos de «San Mateo» con ellos debían ser mínimos y sólo por correspondencia.

-¿Estaban todos al corriente de su interés por el dossier de la Dama Azul?

-No, que yo sepa.

Baldi trató de recuperar el fuelle, respirando hondo y tratando de recuperar su color natural.

-Perdóneme, pero este asunto me saca de quicio.

-Lo comprendo, padre. Me gustaría que creyera que yo estoy de su parte en esto. Soy el primer interesado en recuperar el material del padre Corso.

-¿Podría beber un poco de agua?

-Claro.

Albert tomó una jarra de cristal de una alacena cercana, la lle­nó con agua del grifo y se la sirvió al padre Baldi junto a una servilleta de papel algo arrugada. El benedictino bebió con avidez.

-Antes me habló de un «soñador», o una figura por el estilo, al que el padre Corso pretendió enviar a los tiempos de la monja...

-Sí -la mirada de Albert se iluminó-. Era alguien muy extra­ño, que llegó a Italia el verano pasado. Le llamábamos el «Gran So­ñador».

-¿El «Gran Soñador»?

-Bien..., se trataba de un nombre clave, que protegía la identi­dad de una norteamericana de mediana edad, y bastante atractiva, por cierto...

-¿Cuál fue su participación exacta en ese trabajo?

-Estuvo con nosotros dos meses, justo después de que encon­tráramos el dossier de la Dama Azul y «San Mateo» se obsesionara con él. Nos la envió el INSCOM para que le hiciéramos algunas prue­bas con el método de «desdoblamiento astral» que estábamos en­sayando, y el padre Corso decidió utilizarla para sus fines.

-¿Utilizarla? ¿Cómo?

-No lo sé exactamente. Creo que le aplicó una combinación de sonidos Hemi-Sync de Monroe con música sacra, para enviarla a tiem­pos de la Dama Azul, a Nuevo México.

-¿Y lo consiguió?

-Que yo sepa, no. Es más, la pobre mujer comenzó a tener ex­trañas pesadillas en las que surgían formas geométricas absurdas y muchos colores... Así que el «evangelista» decidió abandonar el expe­rimento y la mandó otra vez a casa.

Baldi se acarició la montura de las gafas, tratando de encontrar la pregunta adecuada.

-¿Qué clase de relación mantuvo con el padre Corso?

Fray Alberto se sonrojó.

-Si se refiere a algo de tipo... creo que no...

-¿Sabe si después de marcharse «Gran Soñador» mantuvo algún contacto con «San Mateo»?

-Tampoco lo sé, aunque no me extrañaría. En el tiempo que pasaron juntos se hicieron buenos amigos.

-¿Dónde podría encontrarla?

-Lo ignoro. Lo último que oí decir es que había abandonado el INSCOM y el Departamento de Defensa.

-¡Pues averígüelo!

 

 

26

 

La orden del padre Baldi se emitió a las 9 de la tarde hora ro­mana, la una del mediodía en Los Ángeles. Ese día había amanecido gris en California, deprimiendo especialmente los ánimos de una mu­jer afincada en Venice Beach.

A menudo echaba de menos a sus compañeros. Desde que re­gresara de Italia y decidiera abandonar el Instituto, nada había sido igual para «Gran Soñador». Los sueños recurrentes que padecía, uni­dos a los periódicos accesos de epilepsia de Dostoievski, no sólo la habían dejado fuera del mercado laboral, sino que comenzaban a demacrar su aspecto seductor. Lo peor era no contar ya ni con el consue­lo de sus amigos, ni con las vanguardistas instalaciones médicas del Pentágono. Ahora, voluntariamente aislada de los beneficios del Go­bierno, estaba en manos de un célebre psicólogo de Hollywood Boulevard, el doctor Altshuler, un hombre que no había sido capaz de detec­tar en los electros la causa de sus sueños y al que tampoco podía confiar dónde creía que estaba la raíz de su mal.

-No entiendo por qué se niega a someterse a una sencilla hip­nosis regresiva...

El rostro enjuto de su médico reflejaba cierto disgusto.

-Se trata de un método inofensivo, que nos permitiría bucear en su subconsciente para encontrar el origen de su enfermedad.

-¡Ya sé lo que es la hipnosis, doctor! -protestó ella.

-¿Y entonces?

-No quiero someterme a ningún tratamiento que remueva mi cerebro.

-Perdóneme, señorita, pero su cerebro ya está removido. Lo que pretendo es ordenarlo de nuevo.

-No hay nada que hacer, doctor.

-Está bien, es su decisión. Pero seguramente se quedará sin co­nocer el origen de los sueños que padece.

La morena cruzó provocativamente las piernas, sentada toda­vía en la camilla de la consulta.

-Mire, doctor, he acudido a usted porque me dijeron que era un experto en investigar vidas pasadas y en determinar si una persona ha estado o no reencarnada en otra época...

-En efecto -rezongó-, pero casi siempre con ayuda de la hip­nosis.

-«Casi siempre», doctor.

La ironía de su paciente le molestó.

-En realidad, son muy pocos los casos que no necesitan de ella. Y, por lo general, se trata de niños menores de siete años que recuer­dan cosas, personas y lugares que pertenecieron a una vida anterior. Los adultos tenemos esos recuerdos bloqueados y sólo afloran espon­táneamente, y no de forma completa, después de algún tipo de shock.

-¿Shock?

-Sí, eso es. Un accidente de tráfico, la muerte repentina del cónyuge... existen causas que pueden poner en crisis nuestro cerebro y destapar parcelas de memoria sepultadas.

-Entiendo, doctor.

-Además, en su caso hay un dato que se me escapa: usted no vive los sueños en primera persona. En realidad lo observa todo como si fuera una cámara de televisión, fría y objetiva. Eso me desconcierta.

La mujer calló y fingió concentrarse en descender de la camilla. Hubiera podido responder «Doctor, me entrenaron para ello», pero no debía desvelar asuntos de Seguridad Nacional.

 

 

 

27

 

Siete horas después de la visita al doctor Altshuler, la ex agente de nombre clave «Gran Soñador» se sumía en un dulce sopor mientras trataba de prestar atención al show de Larry King en la CNN... Fue imposible.

Gran Quivira, agosto de 1629

Las noches de agosto gustaban especialmente al joven guerrero Masipa1 y a la bella Silena.2 Ambos llevaban dos semanas saliendo a hurtadillas de sus casas, trepando a media noche hasta sus tejados para tumbarse boca arriba y contemplar las estrellas.

Masipa nunca tenía miedo. Su padre había sido jefe de uno de los nueve clanes del pueblo, y le había entrenado para enfrentarse a la oscuridad e identificar la llegada de los espíritus de los antiguos kachinas. Silena no había gozado de esa instrucción pero confiaba plena­mente en él.

-¿Dónde me llevarás esta noche?

La voz aterciopelada de la bella Silena erizó los cabellos del adolescente.

-A ver el ocaso de hotomkam -respondió-. Pronto dejará de ver­se y dará paso a las estrellas del otoño. Quiero que nos despidamos de él.

-¿Y tú cómo sabes todo eso?

-Porque Ponóchona3 desapareció hace dos noches detrás del horizonte -respondió con seguridad de astrónomo.

1 Literalmente, manantial gris.

2 Literalmente, lugar en las flores donde descansa el polen.

3 Los jumanos llamaban así a la estrella Sirio. Literalmente su nombre signifi­ca «la que se amamanta».

 

Los dos prófugos abandonaron en silencio el campamento, y junto al arroyo de los lobos, volvieron sus rostros al cielo.

Sin embargo, inesperadamente algo electrizó el cuerpo del gue­rrero.

-¿Qué ocurre?

Silena notó que Masipa se había quedado inmóvil.

-Estáte quieta. He visto algo...

-¿Una serpiente?

-No es eso. ¿No notas cómo el viento se ha detenido?

-Sss... Sí -tartamudeó ella, y se agarró a su brazo-.

-Es la Mujer del Desierto.

-¿La Dama Azul?

-Sí. Siempre ocurre lo mismo cuando se acerca.

A Silena la confianza de su compañero le inyectó algo de sere­nidad. Intentó concentrarse.

-Pero no hay ninguna luz... -murmuró.

-No. Todavía no.

-¿Y si avisamos a los ancianos?

-¿Y cómo les explicarás que estábamos aquí?

La joven calló. El silencio de la noche se quebró por un extraño zumbido. Era como si miles de abejas comenzaran a revolotear entre las ramas de una sabina cercana, a punto de dispersarse por la pradera...

-No te muevas, ardilla. Está ahí.

Envueltos todavía en la penumbra, los dos jóvenes se acercaron con cautela hacia el supuesto panal.

-Qué extraño -murmuró el muchacho-. No se ve ninguna abeja.

-Tal vez...

Silena no terminó la frase. Cuando ambos se encontraban a apenas diez metros de la sabina, un potente chorro de luz cayó sobre el árbol. El zumbido del panal se apagó, y aquella cascada ígnea comen­zó a desplazarse trazando pequeños círculos.

Los jóvenes contemplaron la escena sin aliento. Vieron cómo la luz iba encogiéndose poco a poco, como si se concentrara sobre sí mis­ma. Refulgía como el sol de mediodía, pero se podía mirar directa­mente sin que quemara la vista. Palpitaba. Daba la sensación de ser algo vivo, algo más que luz... ¡algo sólido!

Todo fue cuestión de segundos. El chorro dejó de caer desde el cielo, y la llama resultante fue tomando la forma de un ser humano. Primero se definió el contorno de la cabeza, y luego los restos se transformaron en los brazos, la cintura, la corta túnica, las piernas y los pies. Los dos testigos cayeron de rodillas, como si el silencio que se había apo­derado de la pradera les impidiese mantenerse en pie. Se oyó una voz.

-Bienvenidos seáis, bienvenidos.

No cabía duda: era la Dama. Su timbre de voz sonaba tal como lo habían descrito algunos guerreros del poblado: una extraña mezcla de trueno, canto de pájaro y soplo de viento. Los jóvenes se sintieron incapaces de responder.

-He venido a veros porque sé que vuestro pueblo me ha hecho caso después de tantas y tantas lunas, y porque vuestros guerreros han traído ya los hombres que reclamé...

Masipa levantó la mirada y trató de asentir. Pero fue incapaz de articular palabra.

-El Plan está a punto de consumarse. Los señores del cielo, los que me informan puntualmente de vuestras actividades y me traen cada vez que lo estiman oportuno, me han confirmado que vues­tros corazones están ya preparados para albergar la semilla de la Verdad.

¿La semilla de la Verdad? ¿Los hombres del cielo? ¿Qué clase de jerga inescrutable era aquella? Silena y Masipa se agarraron las manos con fuerza.

-No temáis. Desde que el mundo fue creado, ha estado contro­lado por poderosos señores cercanos al Padre Universal. Algunos descendieron a estas tierras y crearon a los hombres rojos, fuertes de cuerpo y espíritu, para que les sirvieran; en otros lugares crearon hombres de piel negra, amarilla y blanca para que atendiesen otras necesidades. El Padre fue el mismo, fue su única semilla la que os creó, aunque no pudo evitar que los ejecutores de esa fecundación alteraran su semilla y la cultivaran con cuidados distintos según sus intereses.

»También debéis saber que después de aquella siembra indis­criminada hubo una terrible guerra entre los hijos del Padre Universal. Los señores del cielo se alzaron unos contra otros, y mientras los que crearon al hombre blanco ganaban la batalla en las tierras donde sale el sol y obligaban a sus pueblos a tomar los territorios conquistados al otro lado del mar, los que os crearon a vosotros fueron vencidos y desterrados y vuestras tierras olvidadas durante tiempo y tiempo. Ahora, los vencedores, mis señores, preparan el camino de la llegada de sus pueblos hasta aquí.

-¿Y quiénes nos crearon a nosotros?

-Los dioses de la serpiente. Luego Yahvé venció a los señores de las serpientes y estableció su reinado hegemónico sobre la tierra.

-¿Y tú...? -Silena no pudo terminar.

-Yo soy su avanzadilla. Me envían para que os anuncie esa lle­gada. Los señores que ahora me traen os han observado durante mu­chas lunas. Ellos son capaces de vivir entre vosotros, porque su aspec­to es humano, aunque su esencia sea inmortal. Son ángeles. Hombres de carne y hueso que comieron con Abraham, pelearon con Jacob o conversaron con Moisés.

Silena y Masipa no sabían quiénes eran aquellos hombres que citaba la Dama, pero recordaron los cuentos que les contaban sus abuelos sobre la creación del mundo. Heredados a su vez de los anasazis (los antiguos) y de los hopis (los adversarios), los jóvenes sabían que la humanidad se gestó en el «primer mundo», un período que ter­minó con una gran catástrofe de fuego, que dio paso a otros dos mun­dos más. Sus abuelos contaban que fue en el «tercer mundo», en Kasskara, cuando los dioses se enfrentaron entre sí. Los kachinas, seres de aspecto humano procedentes de más allá de las estrellas del firmamen­to, combatieron unos contra otros. Después de aquello, sólo ocasio­nalmente se dejaron ver y afirmaron que únicamente regresarían para anunciar el final del «cuarto mundo» y el inicio del «quinto». ¿Eran aquellos dioses antiguos los adversarios de los señores del cielo que ahora les anunciaba aquella Dama? ¿Venían para anunciarles el final de un mundo y el inicio del siguiente?

-Bien. Ahora escuchadme -la Mujer del Desierto prosiguió su explicación—: Quiero haceros entrega de algo para que se lo deis a los hombres blancos recién llegados, como prueba de mi visita. Decidles que la Madre del Cielo está con ellos, y que les ordena distribuir entre vosotros el agua de la vida eterna.

-¿Y por qué nosotros...? -ahogó su pregunta Silena.

-Porque tenéis el corazón abierto y podéis facilitar mi llegada a este mundo. Pero no os confundáis, yo no soy ninguno de vuestros kachinas, ni de vuestras divinidades. Mi naturaleza es otra, y mi voca­ción sólo la de mensajera.

Levantó levemente las manos, las juntó a la altura del pecho y desapareció en medio de un súbito y estremecedor fogonazo.

Los jóvenes volvieron a abrazarse asustados. No existía nada en la naturaleza que se comportara así. Incluso el amanecer, cada vez que rompe las tinieblas, anuncia su presencia iluminando tenuemente la línea infinita de la pradera. Pero no, aquello no era un amanecer.

-Será.

-Pues mañana lo entregaremos.

 

 

28

 

Al día siguiente, Masipa y Silena dudaron mucho antes de ac­tuar. Sabían que si entregaban aquel objeto en público, deberían dar muchas explicaciones, así que optaron por mantener la discreción. Aguardaron durante buena parte de la mañana a que fray Juan de Salas se quedara rezagado en una esquina del poblado, para poder abordarlo con cierta calma.

Finalmente, fray Juan se retiró a orar frente a la cruz de roble que habían clavado las mujeres owaqtl el día de su llegada a Gran Quivira. Ya no le quedaban muchas más oportunidades para hacerlo, pues tenía pensado regresar a Isleta con el padre López tan pronto los calores lo permitieran.

-Padre..., ¿puede oírme?

Fray Juan notó que alguien respiraba a sus espaldas, susurran­do algo que apenas lograba comprender. Al saberse acompañado, el franciscano se volvió con cautela.

Y allí estaban. Dos jóvenes jumanos, fuertes y bronceados, que trataban de llamar su atención. Llevaban, en actitud oferente, algo en­vuelto en unas hojas resecas de maíz. Parecían indecisos, quizá asustados.

-¿Qué queréis, hijos míos?

-Verá... anoche, cerca del Cerro de los Antepasados, el lugar donde incineramos a nuestros muertos, vimos algo.

-¿Algo?

-A la Mujer del Desierto.

-¿Ah sí?

Los ojos de fray Juan se abrieron de par en par.

-¿Sólo la visteis vosotros?

-Sí.

-¿Y os dijo algo?

-Que ustedes dos, los «hombres de Dios», deben repartir entre nosotros el agua de la vida eterna.

El padre Salas sintió flaquear las piernas. Por un momento te­mió derrumbarse de la impresión. Aquella pareja le estaba hablando, sin duda, del bautismo.

-¿Y sabéis lo que significa?

-No. No lo sabemos. También nos entregó esto para usted, para que se lo lleve como recuerdo de las visitas de la Mujer Azul.

-¿Un regalo?

Fray Juan se estremeció.

-Algo así... Nosotros no entendemos.

La bella adolescente le tendió el paquete. Él lo tomó con cierto temor, y allí mismo, sin permitir que los jóvenes salieran corriendo como parecía su intención, lo deshizo.

-¡Santo Dios! -exclamó en castellano.

Masipa y Silena dieron un paso atrás.

-¿De dónde lo habéis sacado?

-Ya se lo hemos dicho. Nos lo entregó anoche la Mujer del Desierto para usted.

Fray Juan cayó sobre sus rodillas. Los dos jóvenes le abandona­ron allí mismo, sumido en un extraño estado histérico, donde mez­claba llanto y risas. El franciscano hurgó de nuevo, compulsivamente, entre las hojas de maíz y extrajo el objeto. Se trataba de un rosario de cuentas negras, brillantes y perfectas, que terminaba en una cruz de plata.

-¡Virgen santísima! -tronó.

¿No significaba aquel rosario que, efectivamente, la Virgen en persona se encontraba detrás de aquellas visitas? Y de pronto fray Juan recordó una historia que escuchara durante su formación sacer­dotal en Toledo, y que entonces le había parecido una extravagancia. Decía el relato que Santo Domingo de Guzmán, el fundador de los dominicos, había instituido el rezo del rosario en el siglo XIII. Pero precisaba que, para la tradición popular, no había sido él el inventor sino que la Madre de Jesús misma se lo había entregado mientras ora­ba en la pequeña iglesia de Povilla. ¿No era aquel un prodigio seme­jante?

 

Dos horas más tarde, fray Juan de Salas -ya repuesto- y fray Diego López se disponían a abandonar definitivamente el poblado de la Gran Quivira. Creían haber reunido pruebas suficientes de la miste­riosa evangelización y anhelaban reunirse con sus correligionarios para plantear una estrategia que añadiera aquellas regiones a las tie­rras cristianizadas de Su Majestad Felipe IV.

Con las primeras rachas de aire fresco de la tarde, todo el pue­blo se reunió junto a la gran kiva para despedir a los «hombres de Dios». En total habría unas tres mil almas, la mayoría mujeres y niños, que aguardaban una última señal de los frailes.

-Está bien -gritó en tanoan, el padre Salas-... Nosotros mar­chamos hoy, pero pronto vendrán otros padres. Construirán una igle­sia y recibirán en ella a todos aquellos que quieran unirse a nuestra fe.

Todos escuchaban espectantes. El silencio era audible.

-Rezad frente a la cruz de la entrada del pueblo, y rogad por vuestra salvación. Decidme -subió el tono-, ¿cuántos de vosotros de­seáis el agua de la vida eterna, es decir, el bautismo?

Un rumor sordo hizo hervir toda la plaza.

-¿Cuántos? ¿Cuántos lo deseáis? -repitió el franciscano.

De repente, cientos de manos comenzaron a alzarse. Las ma­dres levantaban a sus bebés, los niños sostenían las manos de sus her­manas y los más adultos alzaban sus herramientas de trabajo. Piezas de telar, arcos y hasta frutos de la tierra despuntaban entre las cabezas de la multitud.

Todos querían el bautismo.

-Esto es un milagro -exclamó fray Diego.

-Sí, uno más.

-¿Uno más?

-He de contarle un pequeño incidente que tuve esta mañana. Por el camino le pondré al corriente, hermano...

Extendió las manos hacia la multitud e hizo un gesto para tran­quilizarlos. De pronto los congregados empezaron a reír benévola­mente, como si la promesa de fray Juan fuera la constatación de cuan­to estaban esperando. Los niños, las mujeres, los hombres reían. Fray Juan no pudo evitar una punzada de inquietud y gritó:

-Otros vendrán, pronto, pronto, y os administrarán el bautis­mo. Ahora debemos partir, pero solos. No nos sigáis, permaneced reu­nidos aquí, en el goce de Dios.

Y haciendo la señal de la cruz en el aire, los dos frailes comen­zaron a desandar el camino que hollaron sólo cuatro días atrás. Ha­bían cumplido su misión.

 

 

29

 

A las ocho de la mañana, el tráfico de salida de Madrid por la N-I, carretera de Burgos, era sólo tolerable. La mayor densidad de tráfico a esa hora se concentraba siempre en dirección entrada y única­mente descendía pasadas las diez. Sin embargo, poco les importaron semejantes circunstancias a Carlos y José Luis, cuando el Renault-19 de este último superó el kilómetro 35, a la altura del desvío a San Agustín del Guadalix. A partir de ese punto, la autovía se mostraba limpia y despejada, empapada de la nueva primavera.

-Supongo que no encontraremos hielo en Burgos... -comentó indiferente Carlos, al comenzar a descender el puerto de Somosierra.

-No te preocupes, yo he traído cadenas.

Carlos no respondió a la indirecta, tratando de no darse por aludido.

-¿Avisaste al padre Tejada de que le visitaríamos hoy? -conti­nuó José Luis.

-No pude hablar con él personalmente, pero le dejé un recado advirtiéndole que llegaríamos esta tarde. Por supuesto, no dije de qué se trataba...

-Mejor.

El periodista estiró las piernas todo lo que pudo, hasta rozar con la punta de las botas la parte posterior del salpicadero. Confiaba en las buenas artes del conductor, así que se abandonó perezosamente a sus pensamientos.

-José Luis... Le he dado muchas vueltas a esa llamada desde la Biblioteca Nacional.

-Sí, yo también -reconoció el policía.

-Entonces debes tener las mismas dudas que yo.

-Como, por ejemplo...

-Hay algo que no comprendo: si los que realizaron el trabajo eran profesionales, y parece que lo eran por cómo burlaron los siste­mas electrónicos de seguridad, ¿por qué hicieron una llamada que les delataba tan fácilmente?

-Bueno, cabe la posibilidad de que sea un número falseado por una computadora.

-Ya. ¿Y por qué el de una persona precisamente implicada en el caso Ágreda?

-Quizá sea casualidad.

-¡Si tú no crees en ellas! -protestó el patrón.

-Es cierto.

El policía se llevó un pitillo a los labios y apretó el botón del encendedor electrónico.

-¿Se sabe cuánto tiempo duró la conversación?

-No llegó a los cuarenta segundos.

-No es demasiado, la verdad.

-Quizá el suficiente para que informaran del éxito de la opera­ción.

-Quizá.

-Por cierto, cuando hablemos con el padre Tejada preferiría que no le dijéramos que estamos investigando un robo.

Carlos le miró con cierta sorpresa, pero no replicó.

-Actuaremos como si no supiéramos nada. Confío en que, si sabe algo, terminará yéndose de la lengua.

-Tú pagas, tú mandas.

El policía sonrió.

 

30

 

Perdida en una de las alas de la ciudad, y bastante alejada de la ría, la plaza de San Felicísimo en Bilbao es una escueta glorieta de hormigón que alberga desde hace varias décadas la sede de los Padres Pasionistas y la ikastola que regentan. Los dos edificios pertenecen a una curiosa orden fundada en 1720 por un misionero italiano llamado San Pablo de la Cruz y que responde a la altisonante denominación de Congregación de los Cléri­gos Descalzos de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Su máxima peculiaridad no es, empero, su nombre, sino la norma que obli­ga a sus miembros a aceptar un cuarto voto antes de su ingreso: el compro­miso de propagar el culto a la pasión y muerte del Nazareno. Al aparcar enfrente de la escalera de acceso a la residencia, José Luis y Carlos ignoraban ese dato. En cambio disponían de una ficha con algunas informaciones clave de su «objetivo». A saber: Ama­deo Tejada había ingresado en la orden en 1950, había cursado allí estudios de psicología e historia de la religión y ocupaba, desde 1983, un puesto como profesor de Teología en la Universidad de Deusto. Se le consideraba, además, un auténtico experto en angelología.

-¿El padre Tejada? Un momento, por favor.

Un fraile calvo, enfundado en una sobria sotana negra con un corazón atravesado por una espada cosido en el pecho, les rogó que aguardaran en una salita cercana a la puerta.

Tres minutos más tarde, una puerta de cristal biselado -pareci­da a las que adornaban las consultas de los médicos de los últimos años del régimen-, se abrió y dio paso a un auténtico gigante. Tejada debía rondar los sesenta años. De estatura ciclópea (superaba el metro no­venta, aunque la sotana acentuaba su altura), su pelo cano y sus largas barbas, así como su tono de voz, le conferían ese aspecto de «santo y sabio» que había impresionado a las monjas de Ágreda.

-Así que vienen ustedes a preguntarme sobre la venerable ma­dre Ágreda... -sonrió el padre Tejada, nada más estrechar las manos de sus visitantes.

-Bueno, después de hablar con ellas no nos quedaba otra elec­ción. Las monjas aseguran que usted es un sabio.

-Oh, ¡vamos!, ¡vamos! Sólo cumplo con mi obligación -sonrió complacido; pero de inmediato, se excusó-. En realidad se trata del caso de bilocación más extraordinario que he conocido. Por eso he dedicado tantas horas a su estudio y he pasado largas temporadas en el convento.

-¿De veras?

La sonrisa de Tejada volvió a iluminar la sala de espera.

-Perdone mi precipitación, pero no queremos robarle demasia­do tiempo. ¿Y ha llegado a alguna conclusión sobre la autenticidad de sus bilocaciones?

Tejada se acarició el lóbulo de la oreja izquierda y tosió leve­mente antes de responder. José Luis no podía ocultar que lo suyo era ir al grano, sobre todo si se trataba de hacer preguntas compromete­doras.

-Usted sabrá que, en realidad, existen varias clases de biloca­ciones. La más sencilla es difícilmente discernible de la simple clarivi­dencia, y en ella el sujeto bilocado es capaz de presenciar escenas que están ocurriendo lejos de donde se encuentra su cuerpo, aunque en ningún momento tiene la impresión física de estar allí. Es una clase de bilocación muy elemental y poco interesante...

El policía quedó estupefacto. No recordaba haber leído nada sobre el particular.

-Continúe -apremió.

En cambio, la más compleja es aquella en la que el sujeto se desdobla físicamente, es capaz de interactuar en los dos lugares donde se encuentra, y se deja ver por testigos que pueden dar fe del prodigio. Esa clase de bilocación es, por derecho propio, la única que puede llevar al calificativo de milagrosa.

El padre Tejada se detuvo con el fin de que sus interlocutores pudieran anotar sus precisiones. Cuando acabaron, prosiguió.

-Entre una y otra clase de bilocación, existe una amplia gama de estados en los que el sujeto se materializa en mayor o menor me­dida en su lugar de destino. Por supuesto, los casos más interesantes son los del segundo tipo; el resto podrían ser atribuidos a meras expe­riencias mentales.

-¿Y la madre Ágreda está dentro de esta segunda categoría? -Carlos retomó su cuestionario.

-No siempre.

-¿Cómo dice?

-Que quizá no siempre -repitió el pasionista con paciencia-. Debe saber que cuando esta religiosa fue interrogada por la Inquisi­ción, confesó que había viajado en más de quinientas ocasiones al Nuevo Mundo, aunque no de la misma forma. A veces tenía la impre­sión de que era un ángel el que tomaba su aspecto y se aparecía entre los indios; en otras ocasiones, otro ángel la acompañaba mientras cru­zaba los cielos a la velocidad del pensamiento;1 aunque en la mayoría de ocasiones, todo se desarrollaba mientras ella caía en trance y era asistida por sus compañeras en el convento...

 

1 Otras místicas célebres posteriores, como Anne Catherine Emmerich (1774-1824), vivieron con posterioridad frecuentes experiencias de bilocación. La pro­pia Emmerich describe como «cuando mi ángel me llama, yo le sigo (...) Y cruzamos los mares tan rápido como vuelan los pensamientos».

 

-¿Un ángel?

-Bueno, no se extrañe tanto. La Biblia habla de ellos con fre­cuencia, y asegura que se asemejan mucho a nosotros. ¿Por qué razón no podrían hacerse pasar por una mujer en América? Además, si aceptamos lo que se cuenta de ellos, podrían estar trabajando todos los días con ustedes, sin que se hubieran dado cuenta.

Tejada les brindó un guiño de complicidad, que Carlos no quiso ver.

-¿Los consideraría como unos infiltrados?

-Digamos que se trata de una especie de «quinta columna», mezclada entre nosotros para controlar desde dentro ciertos aspectos de la evolución humana.

-Bueno... Usted es un experto en angelología, y sabrá lo que se dice -el patrón esbozó cierta sonrisa de incredulidad.

-No lo tome a broma. Si usted quiere llegar al fondo del miste­rio de la Dama Azul y de la vinculación de la madre Ágreda a este asunto, debería contemplar la cuestión de los ángeles con mayor dete­nimiento.

Carlos desoyó su advertencia. Tejada tampoco parecía dema­siado interesado en añadir más énfasis a sus palabras.

-Vayamos a lo concreto, padre: ¿usted cree que la monja se trasladó alguna vez físicamente hasta América? -insistió el periodista.

-Es difícil decirlo. Pero, la verdad, nada nos impide creerlo.

 

Existen innumerables referencias a otros personajes que vivieron esa misma clase de fenómenos, y que también dejaron indicios suficientes de que sus «viajes» fueron instantáneos, en cuerpo y alma.

José Luis se revolvió en su silla. Aquellos circunloquios no faci­litaban ninguna pista sobre el paradero del manuscrito, así que, con mayor diplomacia que de costumbre, intentó llevar las aguas a un cau­ce más pragmático.

-Disculpe nuestra ignorancia, pero ¿existe, o existió, algún docu­mento, alguna crónica de la época, en el que se detallaran esos viajes?

El padre Tejada miró al policía con afable condescendencia. Parecía estar disfrutando.

-Es usted un hombre práctico. Me gusta.

José Luis sonrió por el cumplido.

-En cuanto a su pregunta, la respuesta es sí. Un fraile francisca­no llamado fray Alonso de Benavides redactó en 1630 una especie de informe, donde recoge algunos indicios que podrían ser interpretados como parte de alguna bilocación de la madre Ágreda...

-¿Algunos indicios? ¿Y eso es todo lo que hay? -insistió ma­liciosamente.

-No. Cuatro años más tarde, el mismo fraile redactó una versión ampliada de ese informe. Desgraciadamente, nunca llegué a exa­minarla. No se publicó jamás, aunque se rumorea que fascinó al propio Felipe IV hasta el punto de convertir ese texto en una de sus lecturas favoritas.

-¿Algo tan personal? ¿Sabe por qué?

-Bueno... -dudó-. Esto, naturalmente, no es «oficial» porque yo nunca he podido comprobarlo, pero parece que Benavides anotó en los márgenes de su escrito ciertas claves que explicaban las fórmu­las que la madre Ágreda utilizaba para bilocarse.

-¡Vaya! -saltó Carlos-. ¡Como un libro de instrucciones!

-Podría considerarse algo así.

-¿Sabe si alguien lo utilizó?

-Que yo sepa, el texto nunca salió de manos del rey, aunque se envió al Vaticano una copia caligráfica. No obstante, fray Martín de Porres, que era un dominico mulato del Perú, vivió numerosas expe­riencias de bilocación en parecidas fechas a las de la monja de Ágreda.

-¿Insinúa que...?

-No, no. Fray Martín murió en 1639, cinco años después de que Benavides redactara sus instrucciones, y dejando tras de sí una sólida fama de santidad esculpida a base de prodigios. Saben a quién me refiero, aunque sólo sea por la difusión medio folclórica. Se trata del monje que llamaban «Fray Escoba». Se le vio predicando en Japón mucho antes de que se redactara el Memorial de 1634. Muchos testigos lo describen como el «hermano negro».

De repente, el padre Tejada bajó la voz como si hubieran de­sembocado en una materia confidencial.

-Incluso a veces depositaba flores en el altar de la iglesia de Santo Domingo que no eran peruanas, sino japonesas...

-¿Y usted cree estos relatos? -preguntó José Luis con cierta sorna.

-¡Oh, no es sólo cuestión de fe, aunque ésta influya, natural­mente! ¿Ha oído usted hablar del padre Pío?

Sólo Carlos asintió. Él sabía que el padre Pío -de nombre real, Francesco Forgione- era un famosísimo capuchino italiano que había vi­vido hasta mediados de este siglo en Pietrelcina (Italia), y que había prota­gonizado toda suerte de prodigios místicos: desde padecer en sus carnes los estigmas de la pasión hasta gozar del don de la profecía. Por no hablar del fervor popular que todavía despierta en la Italia de nuestros días.

-Pues al padre Pío -continuó Tejada- también se le imputan algunos casos célebres de bilocación. El más famoso de todos lo vivió de cerca, en primera persona, el cardenal Barbieri, que por aquel en­tonces era arzobispo de Montevideo.

-¿Recuerda qué sucedió exactamente?

La enésima pregunta de Carlos hizo resoplar al policía.

-Se explica en todas sus biografías. En ellas se cuenta cómo un compañero de Barbieri, que era Vicario General de la diócesis del Sal­to, en Uruguay, viajó a Italia donde obtuvo la promesa del padre Pío de que Barbieri le asistiría en el momento de su muerte. Y lo cumplió, pues cuando el Vicario estaba moribundo, Barbieri fue despertado por un monje capuchino que nunca había visto antes y que le alertó de la agonía de su amigo.

-¿Pío?

-¿Quién si no? Barbieri llegó a tiempo de darle la extremaun­ción a su compañero, pero fue incapaz de dar con el capuchino ni con alguna pista sobre su identidad para pedir explicaciones. Sólo años más tarde, cuando Barbieri visitó Italia, identificó al padre Pío como el hombre que le había despertado aquella noche...

Los tres callaron durante unos instantes. En realidad, una bre­ve pausa para poder ordenar la información y formular nuevas pre­guntas.

-¿Supone entonces que el padre Pío controlaba sus bilocaciones? -Carlos retomó el interrogatorio.

-Y no sólo él. También la madre Ágreda lo hizo, aunque sólo conozco dos o tres episodios más en toda la historia. En cualquier caso, creo que su control tenía mucho que ver con el alcance de sus bilocaciones...

-¿Qué quiere decir con «alcance»?

-Exactamente eso. Tanto el padre Pío como la madre Ágreda protagonizaron bilocaciones de corto y de largo alcance. Esto es, lo­cales, desplazándose a los extramuros de sus respectivos conventos o a domicilios cercanos, e internacionales, dejándose ver incluso en otros continentes.

-¿Y Benavides sabía eso? ¿Establecía esas diferencias?

El padre Tejada ignoró descaradamente su pregunta. Parecía cansado. Desvió la charla hacia asuntos más mundanos.

-Caballeros, disculpen mi desidia..., ¿no desearían un café?

-Si a usted no le importa...

José Luis, otra vez desplazado de la conversación, fue quien aceptó aquella inesperada invitación.

El gigante se levantó de un brinco y en dos zancadas abandonó la salita. Pero el policía aprovechó aquella ausencia para advertir a su compañero de un cambio de estrategia.

-Mira, Carlos, a éste debemos entrarle directamente. ¿Qué te parece si le pregunto por la llamada de anoche?

-Pero eso te delataría...

-Tú, por si acaso, no te sorprendas, ¿vale?

La puerta biselada se abrió en ese preciso instante. Tejada apa­reció con sendos vasos de plástico llenos de un café negro y humeante.

-He añadido dos cucharadas de azúcar a sus cafés -advirtió el padre sonriente-. Pura inercia. Si les molesta les preparo otro.

-Para mí, perfecto.

José Luis tomó su taza, removió su contenido con celeridad y no esperó a que el pasionista tomara asiento.

-¿Ha investigado usted personalmente, en profundidad, alguna de sus bilocaciones?

-Se refiere a las de la madre Ágreda, supongo...

-Sí, claro -admitió el policía.

-Sólo las de «corto alcance», y en especial una que tuvo lugar en 1626, cuando ella tenía veinticuatro años y estaba a punto de ser nombrada abadesa de su convento. De hecho, aquel episodio tuvo mucho que ver con su «ascenso» en la jerarquía eclesiástica... Impresionó al mismísimo Papa.

-Cuéntenos, por favor -le espoleó Carlos.

El padre Tejada dio un sorbo a su café, se aclaró la garganta, y abrió las manos como si fuera a explicar algo dibujándolo en el aire.

-La historia se conoce popularmente como la de la «conversión del moro de Pamplona», porque de eso se trata.

Verá: un caballero, devoto del convento de la Concepción donde residía la venerable, te­nía que viajar hasta Pamplona para sacar de la prisión a un musulmán que trabajaba como sirviente para un amigo suyo de Madrid, y que se había fugado poco antes. El caso es que este caballero, gobernador de armas por más señas, explicó su misión a la monja antes de partir, y la dejó muy preocupada.

-¿Preocupada?

Carlos dejó su vaso de café sobre la mesa camilla que tenía de­lante, para volver a concentrarse en su cuaderno de notas.

-Bueno, ya sabe usted, los cristianos de aquella época no eran demasiado magnánimos con árabes y judíos, y la monja intuyó que su amigo no iba a dar ningún trato de favor a su prisionero. Y, precisa­mente, apiadándose de la suerte de aquel desconocido, le rogó que de regreso de Pamplona, le presentara al moro en cuestión. El caso es que cuando el caballero llega a Pamplona, se encuentra con que el moro explica que en su celda se le ha aparecido una religiosa que le ha con­vertido al cristianismo y que le ha pedido que se bautice en la parro­quia de Nuestra Señora de los Milagros... de Ágreda.

Finalmente, el padre Tejada había atrapado a sus huéspedes con su historia. Le rogaron que continuara.

-El caballero supuso que aquello era cosa de sor María de Je­sús, que por aquella época ya gozaba de una merecida fama de mila­grera, e incluso había sido vista levitar en éxtasis. Por supuesto, el hi­dalgo se detuvo en Ágreda, dejó que su prisionero se bautizase según su deseo,1 y aprovechó para pedir a los superiores del convento que investigasen la cuestión a fondo.

-¿Y lo hicieron?

-Desde luego. Llamaron a un notario y a varios religiosos franciscanos, y sometieron al converso a una prueba parecida a nuestras modernas rondas de identificación. Pretendían que señalara qué mon­ja se le había presentado en su celda.

1 Carlos pudo comprobar ese extremo meses después de su entrevista con el padre Tejada, consultando el Libro Primero de Bautismos de la parroquia de Nuestra Señora de los Milagros de Ágreda, el folio 126, donde se cita la fecha exacta del bautis­mo y, por tanto, del posterior encuentro entre el moro y la venerable: 28 de noviembre de 1626.

 

El padre Tejada detalló cómo colocaron a aquel infeliz -des­pués bautizado con el cristiano nombre de Francisco- cerca de la ven­tana enrejada que Carlos había conocido en el convento de Ágreda, y cómo situaron tras ella a tres monjas con el velo levantado, para que identificara a su milagrosa instructora. No dudó ni un momento en apuntar a la venerable.

-¿Y el notario dio fe de lo ocurrido? -saltó el policía de nuevo.

-Sí. Y también de una segunda prueba a la que le sometie­ron; hicieron desfilar frente a él a todas las hermanas, para que ratifi­cara o desmintiera su primera impresión. Y la ratificó, desde luego.1 Incluso -añadió-, el moro preguntó repetidamente a la monja cómo había podido visitarle en su celda de Pamplona si ella estaba encerra­da en el convento, pero sor María Jesús nunca dio la menor expli­cación.

1 Según pudo averiguar también Carlos, fue el notario don Lucas Pérez Planillo, así como los franciscanos Juan Bautista del Campo -guardián de la parroquia de San Julián de Ágreda-, y Antonio Vicente y Juan Ruiz -vicario y procurador de las monjas de la Concepción respectivamente-, quienes dieron fe de estas dos pruebas de identificación y confirmaron el prodigio. ¿Cómo habría podido escapar sor María Je­sús de su convento para aparecerse en una celda pamplónica?

 

-Disculpe mi torpeza, padre, pero ¿esto se cuenta en el texto de Benavides de 1634?

-Que yo sepa, no..., pero no se lo puedo asegurar. Ya le he dicho... -De pronto cambió el tono y preguntó-: ¿A qué viene su inte­rés por ese documento?

José Luis enderezó la espalda sobre la silla, tratando de equipa­rarse a la altura del gigante. Después sacó del bolsillo de su americana una placa de la Policía Nacional que no pareció impresionar al pasionista, y espetó:

-Padre, por favor, lamento dar un giro a esta conversación, pero debe responderme un par de preguntas.

-Usted dirá -el gigante le sostuvo la mirada con dureza. Carlos lo sintió incluso desdeñoso. No iban a obtener nada, pensó, pero José Luis empezó su interrogatorio.

-¿Recibió usted ayer una llamada telefónica al filo de las cinco de la madrugada?

-Sí.

-¿Y bien?

-Fue muy raro. Alguien llamó a la centralita y desde allí trasla­daron la llamada a mi habitación. Por supuesto, me despertó y al des­colgar no había nadie al otro lado.

-¿Nadie?

-No, nadie. Colgué, naturalmente.

La respuesta a la primera pregunta pareció satisfacer parcial­mente al policía. Al menos había comprobado que alguien hizo una llamada a aquel abonado desde la Biblioteca Nacional.

-¿Tiene más preguntas?

-Sí... -titubeó-. ¿Conoce usted una cierta Hermandad del Co­razón de María?

-No. ¿Debería?

-No, no.

-Al menos, ¿puedo saber por qué la policía se interesa por las llamadas que recibo? ¿Tengo el privilegio de ser escuchado?

Carlos no pudo contenerse. Como su compañero recelaba, res­pondió por él. Aquel sacerdote se había ganado su respeto.

-Ayer por la noche robaron un manuscrito de la Biblioteca Na­cional en Madrid. Se trataba del ejemplar de Felipe IV del Memorial revisado de Benavides... El segundo, el ampliado.

El padre Tejada ahogó una exclamación.

-Esa misma noche, a las 4.59 de la madrugada alguien usó un teléfono de la biblioteca para llamarle. Sólo pudieron ser los la­drones.

-¡Jesús! Yo ni siquiera sabía que...

-Sí, ya nos lo ha dicho, padre -trató de calmarle el periodista-. Pero es importante que si sabe algo nuevo del caso, o le vuelven a telefonear, nos llame.

El padre Tejada encajó mal la noticia. Su porte majestuoso se quebró. Dejó su café casi intacto sobre el sofá e invitó amablemente a sus huéspedes a irse.

-Les acompañaré hasta la salida.

Una vez en la puerta, mientras José Luis se dirigía a gran­des pasos hacia el coche, Tejada retuvo a Carlos cogiéndole del brazo.

-Tú no eres policía, ¿verdad?

-No, no... -balbuceó.

-¿Y por qué te interesas por la madre Ágreda?

La fuerza con la que la mano del gigante se clavaba en el bíceps de Carlos le impulsó a sincerarse.

-Es una larga historia, padre. En realidad, tengo la sensación de que, de alguna manera, alguien me metió en esto.

-¿Alguien? -se encogió de hombros-. ¿Quién?

-No lo sé. Es lo que trato de averiguar.

El padre Tejada se ajustó los faldones de su sotana, y adoptó actitud de confesor.

-¿Sabes?, otros llegamos a la madre Ágreda gracias a un sueño, a una visión, o al final de un largo cúmulo de casualidades que, de repente, allanan el camino hasta la venerable.

El estómago del periodista se revolvió.

-Conozco personas que soñaron con la madre Ágreda sin saber que era ella -continuó-. Se les aparecía rodeada de una poderosa lu­minosidad azul, como la que también describió aquel moro de Pam­plona en la cárcel, y veían cómo ella les mostraba alguna pista: un retrato de Felipe IV, una imagen de la Inmaculada Concepción, qué sé yo... Otros, por el contrario, escucharon su voz dentro de la cabeza, y recibieron instrucciones precisas de la monja. Algo así como una mediumnidad que sobreviene de repente.

-¿Y por qué cree que sucede? -Carlos tragó saliva. El músculo seguía comprimido.

-La Dama Azul es un poderoso arquetipo, un símbolo de trans­formación. A los indios les anunció la llegada de una nueva era políti­ca e histórica; a los frailes, les dejó tocar pruebas que confirmaban la existencia real de fenómenos que les sobrepasaban y que legitimaban su misión allá. Y ahora, parece estar luchando por emerger de nuevo de las brumas de la historia...

Carlos luchó por controlar sus vísceras.

-Mire, padre -arrancó-, debo aclararle que yo no soy creyente. O, al menos, no lo soy en el sentido tradicional del término... Pero también a mí me sucedió algo parecido a lo que usted me cuenta. Hace unas semanas me extravié en la serranía de Cameros y las únicas carre­teras que estaban abiertas al tráfico rodado por la nieve llevaban a Ágreda...

Tejada le miró complacido.

-...Y por «sincronicidad» -prosiguió-, justo unas semanas an­tes, tuve noticias muy superficiales de la historia de la madre Ágreda, citándola brevemente en uno de mis escritos. El resto se lo puede ima­ginar: encontré el convento, conocí a las monjitas, me informaron me­jor de la madre Ágreda... y me remitieron a usted.

-¿De esto hace unas semanas?

-Dos, para ser exactos.

-¿Ves cómo lucha por salir a la luz?

-¿Lucha?

-Sí. Y permíteme que te insista en algo: la sincronicidad no existe. Es cosa de los ángeles. Ellos la utilizan para preparar determi­nados acontecimientos sin llamar la atención sobre su actuación. La vienen utilizando desde hace siglos. Si te fijas, su presencia es el único nexo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; están presen­tes siempre que se les necesita y justo para anunciar la llegada de algún acontecimiento importante. ¿Lo entiendes?

-Pero yo creo...

-Pero nada. Pronto lo comprenderás todo.

-¿Pronto? ¿Qué comprenderé pronto?

El pasionista guardó silencio, como si una espesa sombra le obligara a moderar sus palabras.

-No quise decir eso. Y ahora -concluyó tendiéndole la mano-, tendrás que disculparme. Debo preparar unos textos para mis alum­nos de la universidad.

Desde el otro lado de la plaza José Luis había arrancado ya el Renault-19. Parecía que el padre y el periodista habían reanudado la conversación, pero la espalda de Tejada le impedía verlos mejor. No entendía nada. Y menos aún cuando el gigante se abalanzó sobre Car­los y lo estrujó en un cálido abrazo.

 

 

31

 

-¿Y bien? -El tono del policía parecía agrio-. ¿Volvemos a Madrid?  -Espera un momento. El padre Tejada acaba de decirme que en la biblioteca de Loyola trabaja otro fraile que sabe mucho de ma­nuscritos del siglo XVII. Tal vez él podría darnos más pistas sobre el segundo Memorial de Benavides. Y ya que estamos aquí...

-¿Y por eso te ha abrazado?

-No, José Luis. No ha sido por eso. Es por algo que tú no en­tenderías.

El policía no replicó. Soltó el freno de mano, y, en silencio, enfi­ló el Camino de Morgan en dirección a la ría y la Universidad. Des­pués, todo fue cuestión de seguir el mapa hasta Loyola, parar a comer un par de bocadillos y desviar voluntariamente la atención hacia con­versaciones más intrascendentes.

Enclavado en un bello paraje natural, el santuario de San Igna­cio de Loyola, construido alrededor de la que fuera su casa familiar, les atrajo como un imán. Tras varias maniobras por el atestado aparca­miento, encontraron un hueco para el coche. Después se dirigieron a paso ligero hacia las oficinas administrativas del monasterio.

Les costó convencer al jesuita del mostrador de la entrada de que la visita a la casa-museo del fundador de la Compañía de Jesús no les interesaba. Mientras el jesuita buscaba al fraile, echaron un vistazo a los documentos generados por la orden durante la evangelización de América, expuestos en unos paneles. Les gustaron especialmente va­rios grabados con escenas de la vida cotidiana y un mapa.

«Fray portero» les abordó mientras examinaban el último de los paneles.

-No he conseguido localizarlo, pero el padre Jeremías suele estar trabajando a estas horas en la biblioteca. Pueden subir por la esca­lera de la derecha y preguntar por él.

-¿Y podríamos consultar algún libro?

José Luis miró de reojo al periodista.

-Naturalmente. Es una biblioteca abierta a investigadores. Allí les informarán mejor.

José Luis y Carlos ascendieron las escaleras hasta desembocar frente a otro mostrador, tras el que se ocultaba un joven enfundado en un traje negro. El arquetipo del bibliotecario. Les informó de que, en efecto, el padre Jeremías pasaba allí las tardes, pero en aquel mo­mento se encontraba ausente.

-No creo que tarde mucho -les consoló.

-Mientras tanto, ¿podría hacer una consulta? -Carlos no pa­recía querer perder el tiempo.

-Sólo tiene que rellenar esta ficha. ¿Sabe ya lo que busca?

El periodista garabateó los datos principales, copiándolos de las últimas anotaciones de su cuaderno de campo.

Al policía le resultó evidente que aquella pista también se la había facilitado el padre Te­jada durante su despedida.

-Se trata de un libro publicado en 1692 por un jesuita gaditano llamado Hernando Castrillo.

-Déjeme que lo compruebe.

El bibliotecario tecleó algunos datos en un ordenador con as­pecto de nuevo, y sonrió satisfecho.

-Aquí está... Busque usted mismo en la estantería grande de la derecha, en la sección de obras de historia. Lleva impresa la signatura HC-210. Seguramente tendrá un punto rojo pegado, así que no podrá sacarlo en préstamo ni fotocopiarlo.

-Entendido.

Carlos cogió a su compañero del brazo y mientras tomaban una mesa cerca de la estantería señalada le susurró al oído:

-El padre Tejada me dijo que este libro podría darnos alguna pista más sobre otros extraños episodios de evangelización de la histo­ria de América...

-¿Y eso en qué nos ayudará a encontrar el manuscrito robado? -protestó José Luis.

-Para eso hablaremos con el tal Jeremías. El padre Tejada fue muy entusiasta sobre sus conocimientos acerca de manuscritos de esa época.

-Y te lo dijo tan pronto os dejé solos, ¿eh? Oye, ¿tú matas siempre dos pájaros de un tiro?

Carlos encogió los hombros en un gesto divertido. Después, se lanzó sobre la estantería. Encontró la obra en pocos segundos. Se titu­laba Historia y magia natural o Ciencia de Filosofía oculta y era un tratado de más de 350 páginas que recogía una especie de Summa geo­gráfica con todos los conocimientos comunes de la época de su redac­ción, a finales del siglo xvii. Describía los continentes conocidos con escuetos detalles, y añadía, con frecuencia regular, alusiones a las tie­rras dominadas por la corona española y sus poderosos monarcas.

Carlos hojeó la obra con deleite. Cuando llegó a la página 125, sus ojos casi se salieron de las órbitas.

-Mira. Aquí está. Mira. Tejada tenía razón. Lee.

-«Si la noticia de la fe ha llegado a los fines de la América»... ¿Y...?

-Es justo lo que buscábamos.

José Luis profirió un gruñido apenas audible.

-¿No te das cuenta? El autor se pregunta si alguien había logra­do evangelizar partes del Nuevo Mundo antes de la llegada de Colón...

-Insisto, ¿y...?
-Pues que la Dama Azul no fue la primera.

-Bueno, tú lee lo que quieras y luego me lo cuentas.

El periodista hizo caso omiso del desinterés de José Luis, y se sumergió en el tratado. Leyó estupefacto cómo los primeros jesuitas que arribaron a Sudamérica ya se tropezaron con pistas que indicaban que otros cristianos habían estado predicando por aquellas tierras an­tes que ellos. Y no precisamente de la orden de San Francisco. Al pa­recer, varios de aquellos primeros misioneros descubrieron que los in­dios veneraban formas adulteradas de la Santísima Trinidad bajo las advocaciones de «padre del sol», «hijo del sol» y «hermano del sol», y que especialmente en Paraguay se conservaba el recuerdo del paso de un tal Pay Zumé, que, cruz en ristre, predicó la buena nueva de la resurrección mucho tiempo antes de la llegada de los españoles.

¿Qué concluyeron aquellos padres?: Pues que había sido santo Tomás, el apóstol escéptico de Jesús, quien recorriera aquellos territo­rios en el siglo I. Y es que -según leyó Carlos en el apretado resumen-, Pay Zumé era una deformación lingüística de santo Tomé o santo To­más.

-Vaya, vaya... -masculló una voz anciana a sus espaldas-. Así que ustedes son los que preguntaban por mí y consultan nuestro ejem­plar del informe del padre Castrillo... Qué agradable combinación.

Carlos despegó la vista del libro.

-El padre Jeremías, supongo... -vaciló.

-El mismo. O mejor, el único Jeremías de todo Loyola.

Parecía un anciano simpático. Algo encorvado por la edad, pero con la cabeza todavía cubierta por una fina cabellera canosa. José Luis lo radiografió como sabía hacer, buscando indicios de «criminali­dad» en su aspecto. Deformación profesional.

-Muy poca gente viene a consultar libros tan raros como ése...

-Verá -se explicó Carlos-. Busco información sobre la leyenda de que jesuitas y franciscanos encontraron huellas de anteriores predi­cadores en América...

-¡Excelente! -bramó-. ¡Pero eso no es una leyenda!

-¿Cómo dice? -el patrón se extrañó-. ¿Da la Iglesia crédito a esa historia? ¿Podría usted decirnos algo?

-Joven, me temo que ignoras muchas cosas, porque crees que lo que te enseñaron en las escuelas es la única y comprobada verdad; y eso no es cierto.

José Luis asintió detrás del religioso, con gesto jocoso. De vez en cuando disfrutaba haciendo ver al periodista que la edad es un gra­do de sabiduría que sólo se alcanza con el tiempo. Un estadio natural de perfección mental del que su joven amigo estaba aún lejos.

-Déjame que te explique que cuando yo estuve en Brasil hace cuarenta años, en el estado de Bahía, en una región selvática del Ama­zonas, ya oí hablar de cosas que Castrillo sólo esboza de manera in­trascendente en este libro...

Carlos se quedó lívido.

-Por favor, continúe.

-En Brasil, los indígenas que poblaban la bahía de Todos los Santos enseñaron a mis predecesores primero, y a mí cuando llegué después, huellas de pies humanos grabadas en el suelo de roca, que veneraban como pertenecientes a Pay Zumé. En otros lugares como Itapuá, en Cabo Frío o en Paraíba se hallaron más huellas de esta cla­se... como si los pies de santo Tomás hubieran derretido la roca.

-¿Y da usted por hecho que son de santo Tomás?

-Lo dijo Jesús, ¿no?: «Id por todo el mundo y predicad el evan­gelio a toda criatura».1 Y Tomás lo hizo.

 

1 Marcos 16,15-16.

 

-Entonces, ¿por qué nunca se dio a conocer en Europa esta tarea? No recuerdo haber leído nada en los libros de historia.

-Quizá porque ni él ni ninguno de sus compañeros regresaron jamás para contarlo. Creo que Dios debió dejar a Tomás en Brasil, y de allí predicó en Paraguay, en Bolivia y en Perú, donde le conocieron como Pay Zumé, Paitume o Padre Gnupa, que de todos ellos se habla en esas regiones. -Y añadió-: En Paraguay, según el libro de Castrillo que estás consultando, el santo profetizó que sus palabras se habrían de olvidar, pero que otros hombres llegarían después trayendo el mis­mo mensaje del Evangelio... Por eso hubo regiones más fáciles de ca­tequizar que otras.

-¿Y no ha quedado ningún otro rastro de esos viajes, aparte de las pisadas del santo?

-Claro que sí -tronó el jesuita-. En Tiahuanaco, por ejemplo, muy cerca del lago Titicaca, existe un monolito de más de dos metros de altura que representa a un hombre barbado. Y, como usted sabrá, los indios del altiplano boliviano son imberbes. La estatua está en un recinto semisubterráneo, como las kivas de los indios de Norteaméri­ca, llamado Kalasasaya, y se cree que representa a un predicador. Muy cerca existen otras estatuas a las que los indígenas llaman «monjes» desde hace siglos, y que bien podrían haber representado también a esos primeros evangelizadores cristianos, muy anteriores a Colón o Pizarro.

José Luis comenzaba a ponerse nervioso otra vez. No sólo se estaba haciendo tarde, sino que todavía no había tenido ocasión de hacer las preguntas adecuadas.

-Perdone usted, padre Jeremías -interrumpió-, pero en reali­dad queríamos hablar con usted de otra cosa.

-¿De qué se trata?

-¿Conoce usted los escritos de un franciscano del siglo XVII lla­mado Benavides?

-Claro. Su Memorial es uno de los primeros documentos publi­cados sobre la historia de Nuevo México, junto a la obra de un soldado de la expedición de Oñate llamado Gaspar de Villagrá...

Su respuesta le satisfizo.

-Conocerá por tanto, el Memorial inédito que Benavides escri­bió en 1634...

El padre Jeremías se revolvió.

-Es curioso que me pregunte por esa obra. Hace algunos meses recibimos una carta de una coleccionista de Los Ángeles que nos pre­guntaba si disponíamos de ese manuscrito y si podríamos enviarle una copia del mismo. Estaba incluso dispuesta a pagar una fuerte suma por el original si era el ejemplar que buscaba.

-¿Y qué le respondió?

José Luis miró a Carlos con un gesto victorioso. Habían dado en el clavo... Al menos, en uno de ellos.

-La verdad: que nunca habíamos tenido acceso directo al texto y que desconocíamos dónde podría estar.

-Quizá en la Biblioteca Nacional.

-No lo sé. No consta registrado en el archivo general. La Bi­blioteca posee una amplia sección de manuscritos reservados, que no aparecen en los inventarios de acceso público. Piensen que esa revi­sión no llegó, según parece, a la imprenta. El problema es que muchos manuscritos o incunables, o incluso cuadernillos, no están ni siquiera registrados y ahora que los historiadores ya podrían examinarlos se les veda el acceso por falta de medios. Además, siempre se ha rumoreado que Benavides amplió su Memorial con una serie de observaciones farragosas que nadie en su época comprendió...

-¿Guarda todavía la carta de esa coleccionista?

-Sí. Lo guardo todo. Es deformación profesional. Si quieren voy a buscarla.

-Por favor.

El padre Jeremías se levantó solícito, y cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la biblioteca, se volvió y abordó a sus interlocu­tores en voz alta.

-Todavía no me han dicho para qué quieren esta información.

-Somos biógrafos de Benavides -mintió José Luis.

El jesuita no le creyó.

-Está bien, ahora vuelvo -refunfuñó.

Dos minutos después, los datos de la coleccionista engrosaban las notas de los cuadernos de José Luis y Carlos. Un nombre -Jennifer Narody-, una dirección y una ciudad: Venice Beach, cerca de Los Án­geles, California.

Tras despedirse del padre Jeremías, José Luis y Carlos inter­cambiaron dos lacónicas frases.

-Ahora todo es cosa de la Interpol.

-No. Aún es cosa mía.

 

 

32

 

«Gran Soñador» se despertó cuando la sintonía de información meteorológica de la CNN comenzó a tronar. Las 8.30 de la mañana. Amaneció con la sensación de que su cabeza había estado dando vueltas toda la noche y no consiguió detener aquellos infernales movi­mientos hasta que los chorros a presión de su ducha consiguieron en­friarla. Ella lo sabía -esos extraños sueños la estaban extenuando-, pero desconocía cómo restaurar su salud mental sin levantar las sospe­chas del INSCOM o, aún peor, del Departamento de Defensa.

Para rematar la sensación de desánimo, el tiempo seguía plomi­zo sobre Los Ángeles, y las olas que sacudían la playa de Venice salpi­caban violentamente el paseo peatonal.

Ante un panorama tan desapacible, la peor opción era quedar­se en casa expuesta a la soledad. Sin pensárselo mucho, Jennifer se abrigó con un vistoso impermeable amarillo -un regalo de su ex mari­do hacía más de quince años- y tomó un taxi hacia Melrose Avenue. Tenía la intención de visitar una librería que el día anterior le reco­mendara el doctor Altshuler. Se trataba de un célebre establecimien­to, citado incluso por Shirley McLaine en sus libros «nueva era», don­de se daban cita toda clase de personajes antisistema: curanderos, músicos, místicos, echadores de cartas... En fin, esa clase de gente por la que nunca antes se había sentido atraída, pero que ahora podía ser­virle para mitigar sus preocupaciones terapéuticas.

El taxi le dejó frente a la librería Bodhi Tree. Visto desde fuera, el local apenas se distinguía de los bungalows blancos de esa zona. Se accedía a la tienda a través de una escalera estrecha de dos tramos.

Jennifer subió de carrerilla los quince escalones y empujó con delicadeza una puerta con una pequeña placa de bronce atornillada en el centro, en la que se leía «pase sin llamar».

Ingenuamente, «Gran Soñador» pretendía encontrar alguno de los «libros para iluminar el corazón y la mente» que anunciaban pom­posamente las tarjetas rosa del establecimiento. Altshuler le había en­tregado una y le había recomendado que preguntara por Joseph, y le expusiera abiertamente su inquietud.

-¡Sueños con el pasado!

Joseph, un hombre que rozaría ya los treinta, de aspecto hippie y gafas redondas con cristales gruesos, repitió en voz alta su consulta.

-Hmmm... -murmuró-. Supongo que no le interesará ningún tratado sobre la interpretación de los sueños, ¿verdad?

-No, no. Nada de eso. Mis sueños son reales, no necesitan inter­pretación.

De las estanterías con la etiqueta «psicología» clavada con chinchetas, pasó a las correspondientes a «metafísica», «cristales» y «meditación»; se detuvo cuando llegó a «parapsicología».

-¡Aquí está! -saltó el librero-. ¿Conoce usted el caso del Petit Trianon? No es exactamente un sueño, pero...

Su clienta negó con la cabeza, al tiempo que él extraía de una estantería baja un volumen negro de pasta brillante, titulado Phantom Encounters. Pertenecía -le explicó con tono uniforme- a una nueva colección de libros recomendada por las revistas Time y Life, en donde podría encontrar algunas interesantes sugerencias. Especialmente, so­bre ese asunto del Petit Trianon.

-¿Y de qué se trata?

-De la historia de dos mujeres que, a comienzos de siglo, pa­seando por Versalles, creyeron haber sido trasladadas a la época de Luis XV y María Antonieta.

-Sí... Podría ser lo que estoy buscando.

-Ese libro no solucionará tus problemas, chiquilla.

Una anciana de voz ronca, con un vistoso pañuelo fucsia que le cubría la cabeza, se acercó sinuosamente a librero y clienta, cerrándo­les con descaro el paso por aquel reducido corredor.

-Es Madame Samantha, nuestra vidente -Joseph esbozó una sonrisa divertida.

-Desde que te vi entrar, percibí algo extraño en ti. Dame tu mano, pequeña.

Jennifer no tuvo tiempo de reaccionar. La anciana tomó su mano derecha, acarició suavemente su palma, como si tratara de ali­sarla, y se concentró, según dijo, en sintonizar con su energía vital. Tras un par de convulsiones, Madame Samantha murmuró algo:

- ¡Ay, chiquilla! Tú has tenido que ver con un trabajo que iba en contra del orden que Dios creó para el hombre. Tus ofensas le han alcanzado, pero Él, que es misericordioso y todo lo sabe, utilizará esas ofensas en beneficio de muchos.

«Gran Soñador» la miró atónita.

-Tres señales marcan lo que te digo. La primera te acompaña ya. La segunda, en cambio, es la más importante y no la entenderás hasta que llegue la tercera.

-No entiendo.

Madame Samantha abandonó su trance durante un segundo, le guiñó un ojo y le apretó la muñeca.

-Si la primera señal es lo que me imagino, sólo son sueños...

Jennifer se estremeció.

-¡Ay! -espetó la anciana con voz gutural-. Tus sueños no son únicamente sueños. Son fragmentos de algo mayor, desconocido, de un Plan.

-¿Un Plan?

-Sí, sí... Lo veo. Un plan controlado por... ¡Ohhhh!

Madame Samantha comenzó a temblar de nuevo, esta vez con mayor violencia. Sus espasmos se prolongaban, como si fueran ondas, hasta la mano de Jennifer. Tras varias convulsiones, se serenó y, entor­nando los ojos, susurró:

-No temas. Te protege una mujer vestida de azul.

Jennifer palideció. Su rostro se crispó como si acabara de escu­char algún funesto augurio de la sibila de Delfos. Tenía sus razones: ¡aquello formaba parte de sus visiones nocturnas! ¿Cómo era posible que aquella charlatana hubiera escrutado sus sueños? Apartó su mano con fuerza y huyó en dirección a la caja. Allí pagó los 19,95 dólares que costaba el libro -más los cinco extras que le reclamó Madame Saman­tha, que apareció a su lado cuando intentaba guardar el cambio y el libro en el bolso sin perder los nervios- y abandonó la tienda. No se despidió de Joseph, aunque se percató de cómo había estado observan­do toda la escena y sonreía satisfecho. Se prometió no volver jamás.

La brisa del Pacífico le devolvió parte de la serenidad. Aunque todavía sentía el aroma dulzón del incienso que se respiraba en aquel antro, el contacto con la humedad de la calle la tranquilizó. Seguía en el mundo real, con los pies en la tierra, rodeada de cosas cotidianas. Se dijo que lo que acababa de vivir en aquella librería era, sencillamente, imposible. Y sin embargo, ¿cómo supo la tal Madame...?

Todavía impresionada por el último comentario de aquella es­pecie de «gitana», Jennifer entró en un Dunkin Donuts. Afortunada­mente había pocos clientes. Pidió un tazón de café con leche muy ca­liente, y se sentó junto a una de las ventanas del establecimiento. Siempre había creído que los sueños son lo más íntimo que un ser humano tiene en su cabeza, y que nadie, absolutamente nadie, puede acceder a ellos. Sin embargo, esa certeza acababa de derrumbarse con la facilidad y la rapidez de un castillo de naipes. ¿Casualidad?

No lo pudo evitar. Allí mismo, con el pulso todavía trémulo, decidió echar un vistazo al libro. Tal vez encontraría en él alguna res­puesta. Sin embargo, mientras apuraba el café con leche con deleite, una sensación de decepción fue apoderándose de ella: ¿dónde demo­nios estaba la historia del Petit Trianon?

El principal atractivo del volumen eran unas inquietantes y bo­rrosas fotografías de fantasmas. Jennifer tardó en encontrar la refe­rencia que buscaba porque, sencillamente, se reducía a una escueta información perdida en medio del libro, que adolecía de los detalles más elementales. El caso del Petit Trianon se reducía a algunos párra­fos sobre la extraña experiencia de Ann Moberly y Eleanor Jourdain, dos profesoras inglesas que en el verano de 1901 pasaron unos días de vacaciones en París.

El 10 de agosto de aquel año -leyó Jennifer con viva curiosi­dad-, las dos amigas se internaron en los jardines de Versalles para admirar el esplendor de la corte del Rey Sol. Todo hubiera resultado perfectamente vulgar si, mientras disfrutaban de su paseo por las in­mediaciones del palacete llamado Petit Trianon, construido por Luis XV para María Antonieta, no les hubiera asaltado una extraña sensa­ción. De repente, ambas mujeres compartieron la certeza de saberse rodeadas de fantasmas. O, mejor, de haberse colado -como Alicia en el País de las Maravillas- en un mundo que no era el suyo.

Al principio, les fue difícil saber por qué se sentían tan extra­ñas, aunque luego los hechos les vinieron a dar la razón. Y es que los dos hombres tocados por sendos tricornios que vieron cerca del pa­lacete, o la joven vestida de época a la que observaron dibujando en una de las esquinas de aquellos magníficos jardines, sencillamente per­tenecían ¡a otra época! Lo curioso, además, fue que lo que comenzó siendo una «intuición», terminó convirtiéndose en una evidencia cuan­do comprobaron, por ejemplo, que en el lugar donde espiaron a la doncella, crecía en 1901 un tremendo arbusto... que, por cierto, nunca existió en tiempos de la monarquía francesa. ¿Fue una alucinación? ¿Un salto atrás en el tiempo? ¿O una pesadilla como las de «Gran Soñador»?

Para algunos expertos de la Sociedad Británica de Investigacio­nes Psíquicas -concluía el libro-, las dos profesoras inglesas habían vivido un claro episodio de retrocognición. Esto es, de visión del pa­sado.

-¿Retrocognición?

La mujer apuró de un gran sorbo lo que le quedaba de su café con leche, y, pensativa, tomó otro taxi para regresar a casa. El vehículo enfiló de nuevo la autopista Costa del Pacífico, que abandonó justo después del desvío al sur de Santa Mónica. Desde allí, callejeó durante unos minutos con cierta soltura y dejó a su pasajera en casi la mitad del tiempo -y de dólares- que el taxi de la mañana.

-Cosas de California -pensó.

«Gran Soñador» se quitó el impermeable amarillo, lanzó los zapatos al otro extremo de la habitación, tiró el libro encima de la cama y apretó el botón de reproducción de mensajes de su contes­tador.

Sólo había uno, en un inglés bastante deficiente.

-Señorita Narody, ésta es una llamada desde España. Sabemos que está interesada en ciertos manuscritos del siglo XVII, y nos gustaría hablar con usted. Volveré a telefonearla más adelante.

¿Manuscritos del siglo XVII? ¿Ella?

Borró el mensaje con determinación. Estaba claro que se trata­ba de un error. Luego buscó en el frigorífico algo para comer aunque sólo fuera para no servirse un whisky a esas horas. Un segundo más tarde, una duda le quitó definitivamente el hambre.

-Si se han equivocado, ¿cómo sabía mi nombre la persona que dejó el mensaje?

 

 

33

 

A las 17:25, una furgoneta marrón del servicio de reparto de la compañía UPS se detuvo delante del edificio de apartamentos de Jennifer Narody. Un hombre uniformado le entregó un grueso paquete enviado desde Roma. «Gran Soñador» se apresuró a abrirlo.

Era extraño. En ninguna parte constaba el remitente. Sólo eran legibles la ciudad emisora y la dirección y el teléfono de las oficinas UPS en la Ciudad Eterna, como si el paquete hubiera sido llevado en mano. No obstante, más raro aún era su contenido: un manojo de pági­nas apergaminadas, cosidas por su costado izquierdo con tres lazos de cuerda de cáñamo y ni una sola nota explicativa que lo acompañara. Jennifer fue incapaz de encontrar ninguna pista que le permitiera adi­vinar el remitente de aquel extraño «regalo». Para colmo de intrigas, estaba escrito en español, con una caligrafía endiablada, en la que era imposible descifrar ni una maldita palabra.

«Gran Soñador» no volvió a prestar atención al envío. Lo guar­dó en un cajón, tiró a la basura la caja que lo contenía y pasó el resto de la tarde mirando la televisión. Afuera, en la playa, el cielo volvía a descargar un fuerte manto de lluvia sobre la costa.

-Maldito temporal -refunfuñó.

Jennifer se quedó definitivamente dormida a las 19:54 de la tar­de. Sus sueños, por supuesto, continuaron.

 

Isleta, Nuevo México, septiembre de 1629

-¡Mire! ¡Mire bien, padre!

Fray Diego López zarandeó ligeramente al padre Salas. Dema­crado por sus interminables horas de marcha por el desierto, y apoyado en una fuerte vara de roble arrancada cerca de la Gran Quivira, fray Juan entrecerró los ojos, tratando de mirar hacia donde le se­ñalaba su compañero.

-Pero si eso es...

-Sí, padre. ¡Es Isleta!

-Gracias a Dios.

Casi perdidas en los límites de su horizonte, más allá del apreta­do grupo de sabinas y juníperos que marcaban la línea del Río Grande sobre el desierto, se alzaban orgullosas las torres de la misión de San Antonio de Padua.

Fray Juan apenas pudo sonreír. En aquel momento, le preocu­paba más el peso de su propia espalda o el estado agónico de sus pies, que el final de su ruta. Sin embargo, cuando finalmente agudizó su mirada tratando de evaluar cualquier cambio en «su» misión durante su ausencia, algo le hizo enderezarse.

-¿Lo ves tú también, hermano Diego? -su voz sonó temblo­rosa.

-¿Ver? ¿Qué he de ver?

-Las sombras que hay alrededor de la misión. Parece la carava­na de otoño1 que debe ir a Ciudad de México. Pero, tan pronto...

1 Estas caravanas fueron el único medio de transporte seguro entre México y Nuevo México hasta bien entrado el siglo XVIII. Se formaban una vez al año, recorrían la distancia entre Ciudad de México y Santa Fe en unos seis meses y garantizaban la protección militar de todos sus integrantes.

 

-¿Pronto? -le atajó fray Diego-. No debe serlo tanto. Recuer­de que el Halcón nos avisó de que el Padre Custodio, fray Alonso de Benavides, dejaría su cargo en Santa Fe en septiembre. Así que la ex­pedición debe de haberse detenido en Isleta para aprovisionarse, an­tes de adentrarse por el desierto, hacia el sur.

-Septiembre, sí -repitió fray Juan con aire ausente-. ¿Cuánto tiempo hemos pasado fuera?

-Según mi diario, cuarenta y siete jornadas completas.

-Más de un mes y medio...

El padre Salas hizo un rápido cálculo mental y terminó por ad­mitir las observaciones de su joven discípulo. No había otra respuesta más convincente: la misión había sido tomada por la caravana militari­zada del nuevo virrey, el marqués de Cerralbo, y en ella debía estar indefectiblemente fray Alonso de Benavides. ¿Quién si no?

Las cábalas de los dos peregrinos cesaron en cuanto se acerca­ron lo suficiente a Isleta. Abordada desde su lado occidental, desde la vertiente opuesta del Río Grande, la misión de San Antonio pa­recía ese día un pueblo en ferias. Hasta ochenta carruajes pesados, de dos ejes cada uno, se arremolinaban alrededor de la empalizada. Pro­tegidos por patrullas de soldados españoles, los «extramuros» de la misión estaban a rebosar de indios, mestizos e hidalgos castellanos, sumidos en frenético ir y venir como pocas veces se había visto por allí.

En medio de la turba, a los dos frailes les fue muy fácil aden­trarse en el interior de Isleta sin llamar la atención. Pese a que debía de haber no menos de trescientos blancos por los alrededores, ninguno les reconoció o les pidió que se identificasen. Hombres, mujeres, galli­nas, vacas, cerdos, burros y caballos campaban a sus anchas embrute­ciendo la periferia de la misión.

Los recién llegados debieron armarse de paciencia para abrirse paso entre las estrechas callejuelas que desembocaban en la plaza de la iglesia. Emplearon en ese corto recorrido más fuerzas y voluntad que durante las últimas jornadas de camino solitario por el desierto.

Poco importaba eso ya. Ahora, frente a las torres de ladrillo cocido que fray Juan viera crecer años atrás, comenzaba a embriagar­les la satisfacción del deber cumplido.

-Lo primero, buscar al Halcón, ¿no?

-Claro, hermano Diego. Claro.

-¿Ya tiene su veredicto sobre la Dama Azul? Vuestra paterni­dad sabe bien que fray Esteban es muy exigente, y me pedirá que con­firme sus palabras una por una.

-No te preocupes. Seré tan contundente que no le quedarán ganas de interrogarte.

Fray Diego asintió de mala gana.

Tras apretar el paso en dirección a las puertas de la iglesia, des­viaron parcialmente su ruta hacia su pared occidental. Allí, pegada a los muros de adobe del templo, se alzaba una gran tienda de lona blan­ca. Un soldado, pertrechado con una lanza herrumbrosa y desprovisto de su coraza reglamentaria, hacía guardia a la puerta con cara de po­cos amigos.

-¿Y bien?

El soldado dejó caer la lanza sobre su brazo izquierdo, cortán­doles el paso.

-¿Es ésta la tienda de fray Esteban de Perea? -indagó el padre Salas.

-No. Es la del Padre Custodio fray Alonso de Benavides, aun­que el padre Perea -reconoció- se encuentra en su interior.

Los frailes cruzaron una sonrisa de complicidad.

-Somos fray Juan de Salas y fray Diego López -se presentó este último-. Partimos hace más de un mes hacia tierras de los jumanos, y nos gustaría ver a fray Esteban de Perea...

El hosco soldado no se inmutó ante la apretada presentación del hermano Diego. Sin mudar el gesto, dio media vuelta y se introdu­jo en la tienda. Unos segundos bastaron. De repente, el silencio que reinaba en aquel campamento provisional se rompió con los inconfun­dibles gritos del Halcón.

-¡Hermanos! -tronó, desde algún lugar del interior-. ¡Pasad! ¡Pasad, por favor!

Los dos expedicionarios se dejaron guiar por los bramidos cada Vez más fuertes del padre Esteban. Aquellas lonas eran mucho más espaciosas y confortables de lo que parecían desde el exterior. Estaban divididas interiormente por paredes de tela dispuestas según la conve­niencia de cada momento, repletas de baúles, cajas con libros y apun­tes, varios rollos de mapas y hasta un pequeño relicario de plata. En el fondo de la tienda, alrededor de una mesa con capacidad para cinco o seis comensales, estaban reunidos fray Esteban de Perea, el torpe sol­dado que les atendió, fray García de San Francisco, el orondo fray Bartolomé Romero y un religioso más que al principio ninguno de los dos acertó a identificar.

Se trataba de un hombre de aspecto severo, de rasgos afilados y coronilla pelada, bien entrado el medio siglo que, sin embargo, des­prendía cierto halo de bondad. Era -no podía ser otro- el portugués fray Alonso de Benavides, responsable del Santo Oficio en Nuevo Mé­xico y hasta ese momento máxima autoridad de la Iglesia en el de­sierto.

Benavides los miró de hito en hito, pero dejó que fuera el Hal­cón quien se abalanzara sobre ellos, fundiéndose en un fraternal abra­zo. Al fin y al cabo, se trataba de sus hombres y él ya estaba oficial­mente relegado de las funciones eclesiásticas.

-Todo ha ido bien, ¿no?

Fray Esteban estaba excitado.

-Sí. La Divina Providencia ha cuidado de nosotros con su acos­tumbrado celo -le respondió fray Juan.

-¿Y de la Dama? ¿Qué sabéis de ella?

-Estuvo muy cerca de nosotros durante el tiempo que convivi­mos con los jumanos. Hubo, incluso, quien la vio cerca del poblado el día anterior a nuestro regreso.

-¿De veras?

Fray Juan adoptó un semblante serio.

-Tenemos una prueba material de lo que decimos, padre. Un regalo del cielo.

-¿Del cielo?

-Este rosario.

En los ojos del Halcón brilló un destello de codicia. Tomó entre sus manos el rosario de cuentas negras que los indios Masipa y Silena entregaran a fray Juan días atrás y besó su cruz con devoción. A conti­nuación, lo tendió a fray Alonso para que lo examinara. Éste se limitó a esbozar una tímida sonrisa de satisfacción y se guardó el rosario bajo los hábitos.

-¿Cómo llegó a sus manos este... regalo?

-La Dama Azul se lo confió a dos jóvenes de la Gran Quivira para demostrarnos así la realidad de sus apariciones.

-¿Y por qué no se presentó directamente a ustedes?

-Padre, sólo Dios guarda esas razones. No obstante, si me lo permite, creo que la Virgen sólo se aparece a los limpios de corazón y a quienes más la necesitan.

Los comentarios del responsable de San Antonio, obligaron al Halcón a buscar la aprobación de fray Diego.

-¿Usted también cree lo mismo? -preguntó secamente.

-Sí.

-¿Cree que la Dama es una aparición de Santa María?

-La Dama... padre... es una manifestación inédita de Nuestra Señora. Estamos casi seguros de ello.

Un golpe seco calló a fray Diego. El portugués había propinado un fuerte puñetazo sobre la mesa, atrayendo sobre él todas las mi­radas. Estaba rojo de ira y sus labios se sacudían espasmódicamente como si estuvieran a punto de vomitar insultos impropios de su condi­ción.

-¡Eso no es posible!

-Fray Alonso, por favor... -el Halcón trató de apaciguarlo-. Ya hemos discutido ese asunto antes.

-¡No es posible! -repitió-. Tenemos otro informe que contradi­ce abiertamente su conclusión, y que invalida su hipótesis.

Benavides no se dejó aplacar.

-¿No han leído la declaración de fray Francisco de Porras? ¡Ahí está todo claro!

-¿Fray Francisco?

 

El padre Perea tomó la palabra:

-Sí. Después de que ustedes partieran con los jumanos, y yo fuera informado de esa expedición, el padre Benavides envió a fray Francisco y a fray Cristóbal de la Concepción, con dos hermanos le­gos y doce soldados, a investigar otro extraño asunto en tierras de moquis.1

 

1 Nombre que los españoles daban a los indios hopi, en Arizona.

 

-¿Y cuándo fue eso? -indagó el padre Salas.

-Ya se lo he dicho, poco después de su partida.

Fray Alonso seguía con el semblante enrojecido por la ira. Re­sultaba evidente que él no creía que la Virgen hubiera «perdido el tiempo» instruyendo a aquellos infieles y apostaba por una solución «más racional». El Halcón trataba de serenarlo inútilmente. Le repli­caba con paciencia y buscaba subterfugios que calmaran su crispación. Como se sentía en deuda con sus hombres, decidió ser él mismo quien les brindara una explicación a aquel extravagante comportamiento.

-El padre Porras regresó ayer y nos informó de su extraordina­rio encuentro con los indios moqui, así como de la fundación de nues­tra próxima misión, que se llamará San Bernardo de Awatovi.

-¿Y bien? -fray Juan prestó toda su atención a la aventura.

-La expedición del padre Porras alcanzó su objetivo el pasado 20 de agosto. Se encontró con una población de indios reticentes a nuestra fe que, si bien acogieron hospitalariamente a su grupo, desde el principio buscaron poner a prueba a los religiosos.

-¿Poner a prueba? ¿Cómo?

-Los hechiceros de esas tribus son muy poderosos. Tienen a la población acobardada con sus historias sobre dioses kachinas terri­bles, que surgen de la tierra y agreden a quienes les son infieles. El padre Porras trató, desde el principio, de combatir esa superchería hablándoles del Creador Todopoderoso y de la debilidad de los kachi­nas, así que los brujos, para desacreditarle, le llevaron un niño ciego de nacimiento y le pidieron que lo curara su Dios...

-¿Los moquis no vieron a la Dama Azul?

-Aguarde, padre. Lo que ocurrió allí es algo diferente.

-¿Diferente?

Fray Juan, cansado de estar de pie, tomó asiento frente al Hal­cón, poniendo cara de circunstancias.

-¿Recuerda usted, hace más de un mes, cuando interrogamos a Sakmo, el jumano?

-Como si fuera ayer.

-¿Y recuerda cuando fray García de San Francisco le mostró el retrato de la madre Luisa de Carrión?

-Sí. Aquel guerrero dijo que la Dama Azul tenía un cierto pa­recido con ella, pero que era más joven y hermosa.

-Pues bien, hermano, tenemos razones para creer que esta monja está interviniendo de forma milagrosa en estas tierras.

-¿Y eso por qué?

-No se exalte vuestra paternidad. También el padre Porras es devoto de la madre María Luisa. Cuando los jefes moquis le llevaron a aquel pequeño, el padre colocó sobre sus ojos una pequeña cruz de madera, con inscripciones, que había bendecido la madre Carrión en España y que había traído consigo. Curiosamente, después de orar unos minutos con aquel crucifijo encima de la cara del muchacho, éste sanó.

Fray Alonso, más calmado, intervino.

-¿Lo comprende? Sanó por mediación de esa cruz de la madre Carrión.

-¿Y dónde está ahí la Dama Azul? -protestó fray Diego enér­gicamente-. ¿No estaremos mezclando cosas que no tienen nada que ver? Que un niño sane por una cruz bendecida no...

El padre Benavides intervino:

-Por supuesto, este prodigio será debidamente estudiado por mi sucesor, el padre Perea. El será quien demuestre si existe o no rela­ción entre ambos sucesos. No obstante, hay algo que quiero que com­prueben ustedes por sí mismos.

Fray Juan estiró el cuello y fray Diego dio un par de pasos hacia la mesa, para contemplar lo que Benavides quería mostrarles. Cere­moniosamente, colocó frente a los frailes el rosario de Masipa y la cruz de la madre Carrión. Hurgó entre las cuentas hasta localizar la cruz de plata y la situó junto a la traída por el padre Porras.

-¿Lo ven? Son como dos gotas de agua.

El padre Salas tomó ambas cruces en sus manos. Tenían el mismo tamaño y los mismos bordes en relieve.

-Pero con todos mis respetos, padre Benavides, todas las cruces se parecen.

Y fray Diego le secundó rotundo.

-Eso no prueba nada.

 

34

 

-Maldito excéntrico -pensó.

Giussepe Baldi entró a regañadientes por la puerta de Filarete, la loggia delle benedizione de la basílica más famosa de la cristiandad, y se dirigió a la zona donde los turistas hacen cola para ascender hasta la cúpula de San Pedro.

Tras echar un breve vistazo a los confesionarios apretados contra las paredes de mármol del muro sur, buscó el número 19. Los dígitos apenas eran visibles sobre aquellas vetustas cajas de madera barnizadas mil veces, pero si se prestaba atención, un buen observador podía terminar intuyendo lo que un día fueron unos espléndidos números romanos pintados de color oro, marcados en el ángulo superior derecho de cada «locutorio». El XIX se corres­pondía con el más oriental de todos ellos; el más cercano a la ampulosa tumba de Alejandro VI, y lucía un mohoso cartel que anunciaba las confesiones en polaco del sacerdote responsable, el padre Czestocowa.

Baldi se sentía ridículo. Se avergonzaba sólo de pensar que de­bía de hacer más de un siglo que nadie usaba los confesionarios para mantener una reunión discreta entre clérigos, y mucho menos en unos tiempos en que el Vaticano disponía de salas a prueba de «canarios» de última generación. Esto es, de los sofisticados y minúsculos micró­fonos espía que tanto gustaba colocar en despachos cardenalicios a los chicos de los servicios de seguridad del Santo Oficio y de otras «agen­cias» extranjeras. ¡Ni el Papa estaba a salvo!

El benedictino no tenía elección. La cita era inequívoca. Aún más, incuestionable. Así que el veneciano terminó hincando sus rodi­llas en el lado derecho del confesionario. Lo tuvo fácil: como era previ­sible, ningún polaco esperaba a esa hora para recibir la absolución.

Los paisanos del Santo Padre suelen emplear ese momento del día para dormitar o ver la tele.

-Ave María Purísima -susurró asegurándose de que nadie es­taba lo suficientemente cerca como para escucharle.

-Sin pecado concebida, padre Baldi.

La respuesta dada por la sombra sentada al otro lado de la ce­losía de madera, confirmaba que había elegido bien. El «evangelista» trató de disimular su entusiasmo.

-¿Monseñor?

-Sí. Me alegro que hayas venido, Giuseppe. Tengo noticias importantes que comunicarte y albergo razones para creer que ni mi despacho es ya un lugar seguro.

La inconfundible voz nasal de Stanislaw Zsidiv traía consigo ciertos aires funestos que intranquilizaron a su «penitente».

-¿Se sabe ya algo sobre la muerte de «San Mateo»?

-No. La autopsia no reveló ningún dato de interés, aunque la policía averiguó que el padre Luigi Corso atendió una visita media hora antes de arrojarse por la ventana. Ahora, todos los esfuerzos se concentran en saber quién fue esa persona y si influyó en su decisión de quitarse la vida.

-Entiendo.

-Pero no te he hecho venir para eso, Giuseppe.

-¿Ah, no?

-¿Recuerdas cuando hablamos en mi despacho del Memorial de Benavides?

Monseñor puso a prueba la memoria del «evangelista».

-Creo que sí. Si no recuerdo mal, se trata de un informe redac­tado por un franciscano en el siglo XVII acerca de las apariciones de la Dama Azul en el sur de los Estados Unidos...

-En efecto -asintió Su Eminencia satisfecho-. Aquel documen­to fascinó a «San Mateo» porque creyó ver en él la descripción porme­norizada de cómo una monja de clausura se trasladó físicamente de España a América para predicar a los indios. Sin embargo, luego se demostró que aquella apreciación fue demasiado generosa por parte del padre Corso, y cuando otros hermanos se lo hicieron ver, trató de enmendar su vehemencia localizando un segundo texto, redactado en 1634 por el mismo fraile, donde pensaba encontrar -esta vez sí- una descripción más «técnica» del modo en que la monja supuestamente saltó el océano.

-¿Y lo encontró?

-No. Eso es lo grave. Es un texto al que nadie había concedido la menor atención hasta ahora, pues sólo disponíamos de vagas refe­rencias de él. Corso lo buscó en los archivos pontificios, pero nunca lo encontró. Sin embargo, hace unos días, alguien entró en la Biblio­teca Nacional de Madrid y robó un manuscrito que perteneció al rey Felipe IV...

-¿No...?

El confesor resopló antes de que el benedictino formulara su pregunta.

-Era el memorial que «San Mateo» había estado buscando. La policía española, según me informaron ayer, no ha encontrado ningu­na pista de los ladrones, pero todo apunta a que se trata de un trabajo realizado por profesionales. Quizá los mismos que robaron los archi­vos del padre Corso. ¿Comprendes la gravedad del asunto?

Baldi calló.

-La impresión que tengo es que alguien pretende hacer desapa­recer toda la información relativa a la Dama Azul, para perjudicar el avance de nuestro proyecto de Cronovisión.

-¿Y por qué tantas molestias? ¿Por qué no cerrar el proyecto desde altas instancias y ya está?

-Otra posibilidad -murmuró Zsidiv- es que ese «alguien» haya desarrollado una investigación paralela a la nuestra, haya obtenido re­sultados satisfactorios y ahora esté borrando las pistas que le conduje­ron al éxito.

El «evangelista» protestó.

-Eso no son más que conjeturas.

-¿Y qué propones?

-No estoy seguro. Quizá si supiéramos lo que contenía ese do­cumento robado, sabríamos por dónde comenzar a investigar...

Monseñor trató de estirar las piernas dentro de aquella especie de ataúd vertical.

-Eso lo sabemos, padre.

-¿De veras?

-Claro. Benavides actualizó el Memorial de su estancia en Nue­vo México aquí, en Roma. Hizo dos copias del mismo: una para el Papa Urbano VIII y otra para Felipe IV.

-Entonces, lo tenemos -se entusiasmó Baldi.

-No exactamente... Verás. Fray Alonso de Benavides fue Cus­todio de la provincia de Nuevo México hasta septiembre de 1629. Des­pués de interrogar a los misioneros que habían estado en algunas tribus de la región recogiendo datos de la Dama Azul, marchó a México, desde donde el arzobispo de aquel entonces, un vasco llamado monse­ñor Manso y Zúñiga, le envió a España a completar una investigación muy especial...

-Tú dirás.

-Benavides llegó a México con el convencimiento de que la Dama Azul debía de ser una monja con fama de milagrera en Europa, llamada María Luisa de Cardón. El único problema es que los indios describían a una mujer joven y guapa, y la madre Cardón pasaba en aquel momento de los sesenta años. Aquello no persuadió a Benavi­des que, en lugar de creer que la Dama Azul podía ser una nueva aparición de la Virgen de Guadalupe, pensó que el «viaje por los aires» de la de Cardón podría haber rejuvenecido su aspecto.

-¡Tonterías!

-Déjame explicártelo. En Ciudad de México, el arzobispo le mostró la carta de un fraile franciscano llamado Sebastián Marcilla, donde se hablaba de otra monja más joven, sospechosa también de haberse bilocado a América. Y ésa era María Jesús de Ágreda. Así que, Manso y Zúñiga envió a Benavides a España a investigar, y des­pués de hacer sus averiguaciones se vino a Roma a redactar sus con­clusiones.

-Entonces, ¿por qué la copia del Memorial que hizo para el Papa no sirve?

-Porque no eran idénticas. Para empezar, la del Papa la volvió a datar en 1630. De ahí, insisto, que Corso no la identificara y, en se­gundo lugar, lo más importante, en el ejemplar que envió al rey, Bena­vides añadió ciertas notas en los márgenes, con especificaciones de cómo creía él que la monja se había trasladado físicamente, llevándose consigo objetos litúrgicos que repartió entre los indios. Según parece, mientras la madre Ágreda caía en trance en su convento, y se quedaba como dormida, su «esencia» se materializaba en otro lugar.

-Justo el «Santo Grial» de Monroe y del INSCOM.

-¿Cómo?

 

El comentario de Baldi desarmó a monseñor.

 

-Me explico. Siguiendo tus instrucciones, tomé posesión de mi puesto en los laboratorios en los que trabajó Corso. Su ex ayudante, Albert Ferrell, me habló de cómo, con la ayuda de antiguas notas mu­sicales y de los sonidos desarrollados por el ingeniero gringo del que usted me habló, habían tratado de «materializar» personas en otros lugares.

-Sí, estaba al corriente.

-Al parecer, utilizaron una mujer para esos intentos. De hecho, ella fue la persona que trabajó más estrechamente con «San Mateo» antes de su muerte. Desgraciadamente, se marchó a los Estados Uni­dos hace unos meses.

-¿La has localizado?

-Todavía no, pero cuando lo consiga pienso viajar hasta donde esté para aclarar unas cuantas dudas. Seguramente ella sabrá más que nadie de los logros de la Cronovisión. Incluso puede que conserve al­guna copia de la información que fue robada al «primer evangelista»...

El padre Baldi no llegó a terminar la frase. Tres fuertes golpes retumbaron por toda la basílica, como si alguien hubiera derribado otras tantas estatuas contra el suelo o... disparado. Las detonaciones habían sonado muy cerca de donde se encontraban. En concreto, junto a una enorme estatua de mármol, de más de cuatro metros de altura, de Santa Verónica.

Desde el ángulo que le brindaba su posición en el reclinatorio, Baldi sólo pudo distinguir una masa de humo elevándose majestuosa­mente hacia el techo de la nave.

-Un atentado... -susurró con espanto.

-¿Cómo dices? -monseñor, petrificado por el desconcierto, permaneció inmóvil dentro del confesionario.

-Parece un atentado contra la Verónica.

-No es posible.

 

Nadie tuvo tiempo de reaccionar. Dos segundos después de las detonaciones, un hombre de complexión atlética, enfundado en un traje negro, con un portafolios muy voluminoso bajo el brazo, emergió de la intensa nube de polvo y humo. El individuo se movía como un gato, sorteando a los incrédulos fieles que contemplaban el «espec­táculo», y corrió hacia el padre Baldi y la puerta de acceso a la cúpula.

-Un minuto treinta segundos -jadeó.

El benedictino se tambaleó ligeramente hacia atrás, y el fugiti­vo aún tuvo tiempo -y aliento- para proferir una extraña frase.

-Pregunta al segundo. Atiende a la señal.

Baldi titubeó.

-¿El segundo? -respondió instintivamente mientras volvía el rostro en la dirección de huida del trajeado-. ¿Me lo dice a mí?

-El segundo.

Fue lo último que vio Baldi. Un turista alemán, armado con una pequeña Nikon plateada, disparó su flash contra una de las imágenes de mármol cercanas a los confesionarios, cegando inesperadamente al benedictino.

-Madonna! -exclamó con los ojos en blanco.

Al segundo siguiente, el hombre del traje negro se había esfu­mado, y el turista examinaba el frontal de su Nikon asombrado por la intensidad de su flash.

-¿Lo ha visto? -le gritó Baldi.

-Nein... nein.

Los sampietrini fueron los siguientes en llegar. Lo hicieron a la carrera, controlando la situación, pero sin perder la compostura que se espera de la guardia solemne del Papa.

-Padre, perseguimos a un fugitivo que huyó hacia aquí. ¿No sabrá usted si subió a la terraza?

-¿Un fugitivo?

-Un terrorista.

El guardia suizo, impecable con sus calzones a rayas, respondió con aplomo. Utilizó esa manera de pronunciar romana que nadie sabe a ciencia cierta si es interrogativa o afirmativa y que, por lo general, obli­ga al interlocutor a dar explicaciones que tampoco sabe si le han pedido.

-Pasó junto a mí... Voló... Pero le juro que no sé qué ha sido de él. ¡Ese turista lo fotografió! -tartamudeó el «evangelista».

-Gracias, padre. Por favor, no abandone aún el templo.

La guardia suiza actuó con destreza: abordaron al turista y le requisaron la película que llevaba en su cámara bajo la acusación de que estaba prohibido utilizar el flash en el interior de la basílica, nor­ma rigurosa, pero poco observada. Luego regresaron hasta el padre Baldi para tomarle sus datos para un posible interrogatorio posterior. Éste se les adelantó:

-¿Pueden decirme qué está pasando aquí?

«San Lucas» percibió la decepción de los guardias.

-Ha debido de ser un fanático. Ha intentado abrir un boquete en el plinto de mármol de la columna de la Verónica y sólo para dejar una nota clavada.

-¿Una nota?

-Sí. Algo así como «propiedad de la Hermandad del Corazón de María». Una locura.

-Vaya. No ha conseguido nada, ¿verdad?

-No, sólo asustar a la gente haciendo estallar tres botes de humo delante del monumento. Pero nada más.

-Me alegro.

-Si atrapamos a ese hombre, le llamaremos. Le necesitaremos para que lo identifique, aunque quizá la foto nos sirva de prueba.

El suizo acarició satisfecho el carrete y se lo guardó en un pequeño bolsillo junto al pecho. Después, anotó en un pequeño cua­derno de pastas negras la dirección provisional del padre Baldi en Roma, así como el teléfono de su estudio en Radio Vaticana, y se des­pidió de él haciendo una pequeña reverencia, que imitó mecánicamen­te su compañero.

Baldi regresó al confesionario número 19. Monseñor había de­saparecido. Sin duda, había aprovechado la confusión para dar por terminada la cita y no dejar huella. El benedictino sintió una rara sen­sación de soledad.

-No entiendo -repitió en voz baja-. No entiendo nada. Baldi permaneció allí, con la mente extraviada, unos minutos más. Se quedó arrodillado frente a la muda celosía, haciendo recuento de lo que acababa de ocurrirle.

 

Todo era muy extraño, casi forzado. Los botes de humo, el prófugo que desaparece de repente, el turista que por poco le deja ciego y aquella frase -«pregunta al segundo»-acompañada de una extraña indicación: «atiende a la señal». Pero ¿qué señal?

Desesperado, se levantó del confesionario. Recorrió la veinte­na de metros que le separaban de la columna pentagonal agredida y echó un rápido vistazo a los daños causados por el atentado. Realmen­te, no era para tanto: el plinto de mármol de la masiva pilastra de la Verónica no había sufrido ningún desperfecto, y sólo la inscripción que en 1625 ordenara grabar a sus pies Urbano VIII aparecía ligera­mente ennegrecida.

-Qué curioso -farfulló Baldi para sus adentros-, ¿no fue Urba­no VIII el Papa al que Benavides envió su Memorial? El «evangelista» vagabundeó un poco más, hasta alcanzar el espectacular baldaquino que diseñara Bernini. Allí, sobrecogido, alzó la vista a la cúpula de San Pedro y rogó a Dios que le hiciera ver esa dichosa señal. Él era todavía, oficialmente al menos, un hombre de fe; uno de esos varones capaces de dejarse llevar por los «guiños» de Dios. De distinguir las sutiles indicaciones del Altísimo. Y, sin embargo, se sentía olvidado.

Abrumado, paseó su mirada por aquella cúpula con Dios Padre en el centro y coros de ángeles y santos a su alrededor. Luego, fue bajándola hasta la base misma de aquella corte celeste, posándola sua­vemente en sus pechinas. El espectáculo dibujado en la genial obra que diseñara Miguel Ángel era hermoso. Sus 42 metros de diámetro y sus 136 de alzada la convertían en la bóveda más grande de toda la cristiandad.

-Domine Nostrum! -bramó-. Ahí está...

La efigie de San Mateo sosteniendo una pluma de bronce de más de metro y medio de longitud en un enorme medallón, parecía reírse de él desde las alturas.

-¡Claro! ¡Qué estúpido! ¡El segundo evangelista es la señal!

 

 

35

 

De los rigores del desierto de Nuevo México a los insoportables calores de la meseta castellana. Así saltó Jennifer Narody de escenario y de tiempo, con la facilidad que sólo permiten los sueños. Pero ¿sue­ños? ¿Sin más? La duda, que la atormentaba de día, pero que se torna­ba evanescente por la noche, iba configurando en su interior la historia completa de un período histórico al que, al menos conscientemente, ella no se sentía vinculada de modo alguno.

Empezaba a pensar que durante algunas de las sesiones en la «sala del sueño» en Fort Meade, o quizá más tarde, durante sus meses de inactividad en Italia, alguien había introducido en su subconsciente alguna clase de información que desconocía y que ahora su cerebro comenzaba a destilar. Se sentía sucia por dentro, como si hubiesen profanado su intimidad y se sorprendía sueño tras sueño, enfrentándo­se a escenarios cada vez más lejanos y exóticos.

Por ejemplo, España.

Nunca había estado allí, y desde luego tampoco en Madrid. Sin embargo, ahora gozaba de la clara perspectiva de un extraño edificio, con aspecto de ciudadela fortificada, con balcones y galerías poco ilu­minadas, que transpiraba cierto aire siniestro. También en esta oca­sión Jennifer conoció el lugar y el tiempo que comenzaba a cobrar animación ante los ojos de su memoria.

Iba de sorpresa en sorpresa.

 

 

Alcázar de Madrid, septiembre de 1630

 

-Habéis causado una honda impresión en Su Majestad, fray Alonso.

-Ésa era mi intención, padre.

-El rey recibe decenas de memoriales cada temporada sobre los más variados asuntos, pero sólo el vuestro ha merecido el honor de ser impreso inmediatamente por la Imprenta Real.

 

Fray Alonso de Benavides caminaba despacio, deleitándose con las pinturas de Tiziano, Rubens y Velázquez, que Felipe IV había ordenado colgar en la galería de acceso a la Torre de Francia. A dife­rencia de sus austeros predecesores, el joven rey pretendía así animar los oscuros corredores de Palacio.

Al padre Benavides le acompañaba aquella mañana fray Bernardino de Sena, Comisario General de la Orden de San Francisco, un viejo conocido del monarca al que éste profesaba una nada disimulada simpatía.

Fray Bernardino era un hombre diestro en las relaciones diplo­máticas, envidiado por los superiores de otras órdenes que no conse­guían tantos favores de Felipe IV y el único responsable de haber he­cho correr por la corte el rumor de que un milagro había acompañado las conversiones franciscanas de Nuevo México.

Un genio de la estrategia palaciega, en suma.

-La audiencia con Su Majestad tendrá lugar, excepcionalmente, en la biblioteca -confió fray Bernardino al padre Benavides, mien­tras eran escoltados por un mayordomo vestido de negro.

-¿Excepcionalmente?

-Sí. Lo habitual es ser recibidos en el Salón del Rey, pero a Su Majestad le agrada saltarse el protocolo en según qué asuntos.

-¿Es una buena señal?

-Excelente. Como le digo, su manuscrito le ha impresionado y desea escuchar de su propia boca otros detalles relativos a su expedi­ción. En especial, todo lo que recuerde de ese asunto de la Dama Azul.

-Entonces, es verdad que ha leído mi informe...

-De la primera palabra a la última -sonrió satisfecho el Co­misario-. Por eso, padre, si logramos interesarle, tenemos garantizado el control de la futura diócesis de Santa Fe. El destino de la Orden está hoy en sus manos.

El mayordomo se detuvo frente a una sobria puerta de madera de roble. Giró en redondo hacia sus huéspedes y les pidió que aguar­dasen. A continuación, con gran pomposidad, empujó las hojas de la puerta y se coló en el interior de una estancia precariamente ilumina­da, donde, tras volver los pies hacia su derecha, realizó una exagerada reverencia.

Desde el umbral, se intuía que aquélla era una sala amplia, con varios balcones de hierro forjado al fondo. Una alfombra roja cubría parte del suelo y la sombra de un gran planisferio de cobre se adivina­ba en uno de los ángulos de la estancia.

-Majestad -anunció el mayordomo-, su visita ha llegado.

-Hágales pasar.

 

La voz sonó fuerte y grave. Fray Bernardino, familiarizado con aquellos menesteres, tomó rápidamente la delantera, arrastrando tras de sí al padre Benavides, embelesado todavía con la sensación de saberse en Palacio, tan cerca del monarca más poderoso del mundo.

Y en efecto. Allí, al fondo de un amplio salón cubierto de libros y tapices, estaba el rey. Sentado en una silla forrada en seda roja con los reposabrazos de cuerda, contemplaba silencioso a los dos recién llegados. Detrás de él, de pie, se encontraba el mayordomo principal, que, tan ampulosamente como el lacayo que les había guiado, anunció al monarca quiénes eran sus huéspedes.

-Majestad, el Comisario General de la Orden de nuestro se­ráfico padre San Francisco, fray Bernardino de Sena, y el último Padre Custodio de sus dominios del Nuevo México, ruegan su atención.

-Está bien, está bien.

El rey, con un ademán informal, hizo callar a su mayordomo mayor. Tenía buen aspecto: a pesar de su rostro lánguido y cansino, heredado sin duda de su abuelo el gran Felipe II, en sus mejillas des­puntaba un sano color sonrosado. Sus ojos azules brillaban más aún que sus cabellos claros, y su cuerpo parecía fuerte y diestro. Saltándose el protocolo, el joven monarca se levantó de su trono y, dirigiéndose a fray Bernardino, le besó fervorosamente la mano.

-Padre, ya tenía ganas de verle.

-Yo también, Majestad.

-La vida en esta corte es ciertamente monótona y sus historias sobre los progresos en la exploración de mis dominios de ultramar me ayudan a tener una adecuada perspectiva de las necesidades de la corona.

Felipe, aunque sólo contaba 25 años, hablaba ya como un au­téntico rey. Parecía haber dejado atrás una adolescencia salpicada de excesos y una vida controlada por el Conde Duque de Olivares. Pero sólo lo parecía.

-Ha venido conmigo el padre Benavides, el autor del documen­to que tanto le ha interesado. Desembarcó en Sevilla el pasado uno de agosto.

Fray Alonso se inclinó levemente, en señal de reverencia al rey.

-Bien, bien, padre Benavides... -Felipe dio una vuelta alrede­dor del fraile, mientras completaba su frase-. Así que usted es quien afirma que la madre María Luisa se ha aparecido en Nuevo México y ha convertido a nuestra fe algunas tribus de indios.

-Bueno, Majestad, por el momento es sólo una hipótesis.

-¿Y acaso vuestra paternidad sabía que sor Luisa de la Ascen­sión, más conocida por el vulgo como la monja de Carrión, es una vieja amiga de esta Real Casa?

El padre Benavides abrió los ojos de par en par.

-No, majestad. Lo ignoraba por completo.

-Sin embargo, su informe me resulta confuso. Según su escrito, la mujer que apareció ante los indios del norte era joven y hermosa.

-Sí, así es.

-¿Y cómo puede ser, si la madre María Luisa está ya vieja y achacosa?

-Majestad -fray Bernardino interrumpió al monarca, al ver que fray Alonso comenzaba a titubear-, aunque la descripción dada por los indios al padre Benavides no coincida, está más que probada la capacidad de bilocación de la madre Luisa. No sería de extrañar, por tanto, que...

-¡Eso ya lo sé, padre!

Su exclamación no sonó colérica, ni siquiera contrariada. El rey parecía disfrutar con aquel interrogatorio y se acomodó en su sillón para proseguirlo.

-¿Acaso no recuerda, fray Bernardino, que mi padre se carteó con la monja de Carrión durante años, o que mi reina todavía lo hace? Usted mismo, padre, la interrogó sobre sus desdoblamientos hace al­gunos años. Fue usted quien averiguó que esta monja llegó incluso a desplazarse milagrosamente a Roma y romper un vaso con vino enve­nenado para el Papa Gregorio XV, antes de que lo bebiese...

-Requiescat in pace... -murmuró el Comisario.

-Y también quien comprobó que la madre Luisa estuvo por gracia de Dios junto al lecho mortal de mi padre, acompañándolo has­ta el momento de ascender a los cielos.

-Sí, Majestad. Mi memoria es frágil y lo lamento. Sin embargo, recuerdo perfectamente cómo la madre María Luisa me habló de un ángel que la transportó de su convento a esta corte, y cómo fue ella quien convenció a Su Majestad Felipe III de que muriera con el hábito franciscano puesto.

-Eso ya pasó. -Al rey le incomodaba hablar de su padre, así que centró de nuevo la conversación-. Sin embargo, su informe sigue sin coincidir con la descripción actual de la madre María Luisa...

-En realidad, estamos ya indagando en otras direcciones.

-¿Otras direcciones? ¿A qué se refiere?

La pregunta del rey fue desviada a fray Alonso, que sintió cómo un extraño agarrotamiento comenzaba a apoderarse de sus músculos.

-Creemos... -le tembló la voz- que podríamos estar ante la bi­locación de otra monja de clausura.

-¿Y cómo es eso?

Felipe cruzó sus manos a la altura de la barbilla y miró al fraile fijamente.

-Verá... -Benavides respiró hondo-, cuando fray Bernardino investigó los prodigios de sor Luisa de la Ascensión, visitó también un convento en Soria donde interrogó a una joven monja que sufría ex­traños arrobamientos y éxtasis.

-¡Padre Sena!, no me hablasteis nunca de ello.

-No, Majestad -se excusó el Comisario, inclinándose frente a Fe­lipe-. No creí que llegara a ser un caso importante y archivé el asunto.

-Pues hábleme ahora de esa monja, fray Bernardino.

El rostro ajado del Comisario General adoptó cierto aire de solemnidad. Se cogió las manos por la espalda, y trazando pequeños círculos frente a la silla del monarca, comenzó a explicarse.

-Poco después de interrogar a sor Luisa, en su convento de Ca­rrión de los Condes, recibí una carta de fray Sebastián Marcilla, que ahora es Provincial de nuestra Orden en Burgos.

-Le conozco. Continuad.

-El padre Marcilla era entonces confesor del convento de la Encarnación en Ágreda y vio cómo una de sus monjas, una tal sor María de Jesús, comenzaba a sufrir extraños accesos de histeria. En­traba en un estado de trance que no sólo la hacía ligera como una pluma, sino que le cambiaba la expresión del rostro, que se tornaba beatífico y complaciente.

-¿Y por qué le llamaron para visitarla?

-Muy sencillo, Majestad. En la Orden se sabía que yo estaba muy interesado en probar la verdad de la bilocación de la madre María Luisa, así que, como aquella joven también protagonizó algunos inci­dentes en los que parecía haber estado en dos lugares a la vez, acudí a interrogarla.

-Comprendo -el rey bajó su tono de voz, como si reflexionara sobre lo que acababa de oír-... Y supongo que esa monja también es franciscana.

-Por la gracia de Dios.

-¿Y no podría tratarse de alguna otra clase de fenómeno?

Felipe, acostumbrado ya a la alteración de la información aten­diendo a intereses particulares de unos y otros visitantes de su corte, quiso dejar ver a sus huéspedes que ya no era el joven ingenuo de antes.

-No le comprendo, Majestad.

-Sí, mi buen padre. ¿No se ha planteado usted que quizás la mujer que evangelizó a los indios no fuera una monja? Podría ser la Virgen, ¡o un diablo!

Los frailes se persignaron. Con frecuencia, al monarca le gusta­ba jugar con la rigidez de sus interlocutores religiosos.

-Pero, Majestad -replicó fray Alonso-, un diablo jamás enseña­ría el Evangelio a unas almas que ya tiene ganadas para los infiernos.

-¿Y la Virgen?

-Ése fue un tema que discutimos mucho en Nuevo México y, la verdad, no disponemos de suficientes indicios para afirmarlo. No tene­mos pruebas materiales que confirmen una visita de ese calibre, tal como ocurre con la tilma que recoge la imagen milagrosa de Nuestra Señora y que el indito de Guadalupe entregó al obispo Zumárraga en México...1

 

1 Cuando en 1531 la Virgen se apareció por primera vez al indio Juan Diego, en el cerro del Tepeyac de México, nadie le creyó. En su cuarta aparición, sin embar­go, entregó al indio un ramo de rosas -inexistentes en aquella región- para que las entregara al entonces obispo de México, fray Juan de Zumárraga. Juan Diego las envolvió en su tilma -una especie de poncho de fibra vegetal-, y cuando se las quiso mostrar al obispo, éstas habían desaparecido dejando en su lugar una imagen de la Virgen, no elaborada por pincel alguno. De hecho, análisis de este lienzo, efectuados en pleno siglo XX, demuestran lo extraordinario de su elaboración, y han suscitado toda suerte de especulaciones sobre la naturaleza de esa imagen. (Nota del Editor.)

 

-¿Y cuáles van a ser sus siguientes pasos en este asunto, pa­dres?

Fray Bernardino tomó la palabra.

-Dos, con su venia, Majestad. El primero, mandar frailes de refuerzo a Nuevo México para convertir a la fe cristiana a sus nuevos súbditos. Y el segundo, enviar al padre Benavides a Ágreda para en­trevistarse con sor María Jesús.

-Me gustaría estar al tanto de sus progresos.

-Puntualmente, Majestad.

-Por de pronto -anunció el rey con cierta solemnidad-, el Me­morial del padre Benavides será impreso en mis talleres la próxima semana, ¿verdad Gutiérrez?

El mayordomo mayor se movió por primera vez en toda la reu­nión. Se acercó a un escritorio de ébano empotrado entre las estante­rías, y tras rebuscar en sus cajones, hizo una comprobación rutinaria en un pliego de previsiones.

-Serán cuatrocientos ejemplares, de los que diez se enviarán a Roma para la supervisión de Su Santidad Urbano VIII -precisó el fun­cionario con voz grave.

-Excelente -sonrió fray Bernardino-. Su Majestad es buen rey y mejor cristiano.

Felipe sonrió maliciosamente.

 

 

36

 

La audiencia con el rey Felipe IV dejó un extraño sabor de boca a fray Bernardino. El pequeño y bullicioso Comisario General había visto peligrar por un momento sus intereses, y así se lo hizo sa­ber a fray Alonso, mientras ambos abandonaban el Palacio.

-¿Cómo se le puede haber ocurrido al rey que la Dama Azul pudiera ser la Virgen? -barruntaba en voz alta.

-Tiene sentido, padre Comisario. La Dama se cubría con un manto azul, como la Guadalupana; llevaba un hábito blanco, como la Guadalupana... y hasta descendía del cielo. Incluso yo estuve tentado, al principio, de defender esa idea. No obstante, siguiendo sus instruc­ciones y las del arzobispo de México, defendí la hipótesis de la francis­cana en bilocación.

-¡Y siga haciéndolo! Si el rey, los jesuitas o los dominicos fue­ran capaces de darle la vuelta a este asunto e hicieran creer a todos que fue la Virgen quien se apareció, ¡adiós a las reivindicaciones francisca­nas! ¿Lo entiende?

-Claro, padre. La Virgen es de todos; una monja concepcionista, no.

Tras atravesar varios patios, los frailes fueron conducidos hasta la puerta de Palacio. Desde allí, se internaron a pie por las callejuelas de la capital hasta el convento de San Francisco.

-Cuando dispongamos de los primeros ejemplares de su Me­morial quiero que viaje a Ágreda e interrogue a sor María de Jesús.

El tono agrio del Comisario sonó más duro que nunca.

-Le facilitaré por escrito las órdenes precisas para que la monja hable y le pondré al corriente de alguna información sobre ella para que vaya prevenido.

-¿Prevenido?

-Sor María de Jesús es una mujer con un carácter muy fuerte. Antes de cumplir la edad reglamentaria ya obtuvo las dispensas nece­sarias para ser abadesa de su convento y goza de buena reputación en la comarca. No le será fácil interpretar su historia a favor de nuestros intereses...

-Bueno -terció fray Alonso mientras ascendían hacia la Plaza Mayor-, quizá no sea necesario... Quizá sea la responsable real de esas bilocaciones...

-Sí. Pero no podemos correr riesgos. Cuando la conocí, siendo mucho más joven, descubrí que es una de esas místicas a conciencia, que jamás, y permítame el verbo, mentirían deliberadamente. Usted ya me entiende.

Fray Alonso negó con la cabeza.

-¿Qué quiere decir con que es una «mística a conciencia»?

-Usted, claro, no conoce su historia familiar. Sor María de Je­sús es hija de una familia de buena posición venida a menos, que hace algunos años decidió disolverse de forma muy peculiar. Su padre, Francisco Coronel, ingresó en el monasterio de San Julián de Ágreda y su madre decidió convertir la casa familiar en un convento de clausu­ra, obteniendo todos los permisos necesarios en un tiempo inespera­damente breve.

-Vaya...

-El caso es que, antes incluso, el obispo de Tarazona, monseñor Diego Yepes, había confirmado ya a la pequeña María Jesús cuando sólo tenía cuatro años.

-¿Monseñor Yepes? -se extrañó Benavides-. ¿El biógrafo de santa Teresa?

-Imagíneselo. Yepes ya vio entonces que la niña tenía aptitu­des místicas, lo que tampoco es de extrañar.

-¿Ah no?

A esa hora del mediodía, el centro de Madrid estaba atestado de gente. Fray Alonso y el Comisario atravesaron la Plaza Mayor, abriéndose paso entre vendedores de pan y de telas, y continuaron su conversación.

-Su madre, Catalina de Arana, era ya una mística: decía que escuchaba «la voz de Nuestro Señor». De hecho fue ella, siguiendo las instrucciones de aquella voz, quien arrojó a su marido a la vida con­ventual. Más tarde vendrían sus arrobos, las visiones de luces extraor­dinarias en su celda, los ángeles... ¡qué se yo!

-¿Ángeles?

-Sí. Pero no angelitos alados, sino gentes de carne y hueso con extraños poderes. Cuando visité Ágreda por primera vez, la mismísi­ma sor Catalina me contó cómo, desde el comienzo de las obras del convento en 1618, se paseaban por allí un par de mozos que, sin ape­nas comer ni beber, ni cobrar la soldada, trabajaban de sol a sol en las obras.

-¿Y qué tenían que ver con los ángeles?

-Pues que, por ejemplo, curaron a muchos obreros de caídas de sus andamios o de heridas provocadas por derrumbes de muros, casi de manera instantánea. Además, lograron hacerse muy amigos de sor María de Jesús, justo en el período de 1620 a 1623, cuando ella tuvo sus ataques místicos más fuertes...

-Eso sí es curioso.

-¿Curioso? ¿Qué le parece curioso, fray Alonso?

-Bueno, estaba recordando algo que me dijeron dos frailes de Nuevo México que investigaron las apariciones de la Dama Azul entre los indios jumanos. En su informe aseguraban que aquella mujer habló de unos «señores del cielo» capaces de pasar inadvertidos entre noso­tros y provocar toda clase de fenómenos extraordinarios. Incluso, de manera muy extraña, les contó algo sobre la rebelión de Lucifer y cómo Dios se impuso a la revuelta de este ángel y volvió a traer el orden al mundo.

-¿Les habló de Lucifer?

-No cabe duda. Y les explicó también que eran los ángeles quienes la llevaban por los aires.

-Santo Dios. Averigüe todo lo que pueda, padre Benavides. Lo de que los ángeles puedan camuflarse tranquilamente entre nosotros y llevarse a la gente por los aires no me deja nada tranquilo. Y al Santo Oficio tampoco, créame.

 

37

 

La imagen desaliñada de Txema, aleccionándole dentro de su coche frente al cartel indicador de Ágreda, un par de semanas atrás, martilleaba en la cabeza de Carlos mientras se amodorraba en el asiento 33-C del «727» de American Airlines que le conducía a Los Ángeles.

«Yo creo en el Destino -repetía aquel fantasma de sus recuer­dos con la voz hueca del fotógrafo-. Y a veces su fuerza empuja con más ímpetu que un huracán.»

Carlos se revolvió.

«... con más ímpetu que un huracán.»

Lo realmente incómodo de aquel recuerdo era que las jornadas precedentes habían demostrado que Txema, efectivamente, tenía ra­zón. Desde su inesperada visita a Ágreda primero, y a Bilbao y Loyola después, todo había tenido lugar demasiado rápidamente. Casi tanto como si aquellos sucesos -robo en la Biblioteca Nacional incluido- hubieran sido escritos mucho antes y él sólo se hubiera limitado a se­guir unos patrones prefijados. Se sentía como cuando, en su más tierna infancia, copiaba frases enteras en una caligrafía que no era la suya, imitando la letra de una colección de cuadernos de tapas verdes. ¿Qué otra cosa podía explicar que Carlos hubiera convencido tan fácilmente al director de su revista para que le mandase al otro extremo del océa­no, sólo para rastrear la pista de un documento robado de escasa im­portancia histórica y menor interés periodístico? «Ve y trae lo que creas oportuno. Tú eres un profesional -le había recordado su jefe al tiempo que le advertía-: Y hagas lo que hagas, hazlo rápido.»

A Carlos, aquellas facilidades no le gustaron nada. Le hacían sentirse incómodo, manipulado. Y es que, tras el episodio de Ágreda, su mente no había podido volver a ser tan confiada y desocupada como antes; ahora funcionaba en una frecuencia que no distaba mucho de la paranoia.

A fin de cuentas, se preguntaba, ¿qué fuerza mayor le estaba arrastrando hasta los Estados Unidos detrás de una mujer que en su momento se interesó por un Memorial desaparecido? La probabilidad de que aquella «pista» del padre Jeremías fuera un espejismo era altí­sima, máxime cuando ni siquiera había podido hablar con ella por telé­fono. Contrariamente a cualquier proceder prudente, le había sido im­posible tantear el terreno para asegurarse cierto éxito, y ahora, con el visto bueno de su director y los billetes de avión, ya no podía echarse atrás.

Temía fallar más que nunca en toda su carrera, y sin embargo...

«Con más ímpetu que un huracán.»

El patrón susurró la frase del fotógrafo por tercera vez, mante­niendo los ojos perezosamente cerrados y esforzándose por enterrar sus recelos. Sin mirar, dio carpetazo a su cuaderno de notas y cerró el libro que estaba leyendo. Se trataba del manual de un psicólogo de Princeton, un tal Julian Jaynes, en el que se trataban de explicar cientí­ficamente algunos de los más importantes fenómenos místicos de la historia.

-Místicos... ¡bah! -protestó.

Su avión planeó suavemente sobre el Atlántico, por encima de la cota 330, mientras el comandante anunciaba a sus pasajeros, a través de la megafonía, que estaban sobrevolando la vertiente más occidental del archipiélago de las Azores.

-En las próximas nueve horas recorreremos casi ocho mil kilómetros hasta Texas, y después otros dos mil más hasta nuestro destino final en Los Ángeles. Confío en que tengan un vuelo agra­dable.

Aunque ya no escuchaba, Carlos, dulcemente acomodado, pro­cesó rápidamente la información: aquellos ocho mil kilómetros repre­sentaban, metro más o menos, la misma distancia que la madre Ágre­da debió superar en estado de bilocación. Eso, claro está, en el caso de que fuera ella, y no otra, la Dama Azul. Es decir, dieciséis mil kilóme­tros -casi la mitad de una vuelta completa al mundo- recorridos en el tiempo que duraba un éxtasis y sin ausentarse de su convento.

-Imposible -se reprochó tras repasar por segunda vez los cálcu­los-. Es sencillamente imposible.

Respiró hondo mientras su cuerpo vibraba al compás de la agradable sensación de cabeceo del avión, y se abandonaba en un cálido sopor. A poco que las cosas fueran tranquilas, pensó, dormiría por lo menos hasta sobrevolar Florida. Se las prometió muy felices.

Pero Carlos calculó mal. Poco antes de romper amarras con el mundo real, un repentino mareo -como si un vacío de vértigo se hu­biera adueñado de su estómago y de su cerebro- se apoderó de él. Aquella brusca sensación de vacuidad no le permitió siquiera abrir los ojos, y algo extraño, como un fuego que devorara sus entrañas, fue dominando todo su cuerpo.

-¡Dios! ¿Qué es esto?

El acaloramiento ascendió por sus arterias como si bombearan lava volcánica. Por un segundo temió estar sufriendo un infarto, pero algo, algo que nunca hubiera imaginado que le pudiera suceder a él, le disuadió de semejante idea.

-La palabra «imposible» no existe en el vocabulario de Dios, pequeño. Es un insulto a los planes del Hombre-que-rige-el-Destino, al Programador.

-¿Pero se puede saber qué...?

-...Al Programador.

Una voz suave, femenina, seductora, se dejó oír de repente dentro de su cabeza. Brotó instantánea y apenas unos segundos des­pués de que Carlos hubiera dado por buenos sus cálculos racionales y se hubiera acurrucado en su escueta butaca de clase turista.

 

La reacción de su metabolismo fue inmediata: el ritmo car­díaco alcanzó las 140 pulsaciones por minuto y una descarga de adrena­lina le hizo temblar de pies a cabeza. Allí, a 37.000 pies sobre el nivel del mar, con una temperatura en el exterior de la cabina de ochenta grados bajo cero, alguien acababa de hablarle alto y claro. Alguien que se dejó escuchar desde todos los lados y desde ninguno a la vez, y cuyo tono de voz surgía de algún lugar ajeno a sus propios pensamientos.

-¿Ya conoces al Programador'?

El timbre sobrio retumbó de nuevo dentro de sus entrañas, como si alguna invisible interlocutora se hubiera acomodado entre los pliegues de su cerebro. Carlos se asustó.

-¡No abras los ojos!

La orden le llegó inequívoca.

-¿Quién?

-No te asustes. No estás delirando. Tampoco soy un sueño. Esto es un diálogo real, tanto como cualquier otro que hayas podido mantener antes en tu vida... Y si sigues nuestras indicaciones, podre­mos entendernos.

-Pero... -Carlos titubeó- ¿quién eres?

-Una idea del Programador.

 

El patrón se quedó de una pieza. Pero no sólo por la voz dentro de su cerebro, sino por el momento que había elegido para darse a conocer. En efecto: el libro que acababa de cerrar, El origen de la consciencia en la crisis de la mente bicameral, era un osado ensayo que trataba de explicar, entre otras muchas cosas, el misterioso origen de las «voces en la cabeza» que habían percibido desde los grandes profe­tas bíblicos, hasta Mahoma, pasando por el héroe sumerio Gilgamesh o por muchos santos de todos los tiempos. El autor sostenía que hasta el año 1250 antes de Cristo, la mente de nuestros antepasados estaba dividida en dos compartimentos estancos que ocasionalmente «habla­ban» entre sí, dando pie al «mito» de las voces divinas. Los profetas, por tanto, fueron hombres con una masa encefálica en cierta forma primitiva. Pero aquel libro aseguraba, además, que cuando el hemis­ferio derecho e izquierdo del cerebro humano evolucionaron lo sufi­ciente como para interconectarse mediante una maraña de fibras co­nocida como el cuerpo calloso, esas voces desaparecieron casi por completo... y con ellas los dioses antiguos.

¿Y él? ¿Era aquella voz fruto de la sugestión? ¿Una mala pa­sada de la comida de a bordo? ¿Un fallo de los hemisferios, tal vez? Pero ¡qué diablos!, lo que acababa de escuchar ¡era real!

El estómago del patrón se encogió al volver a escuchar aquel tono severo.

-Dinos, ¿tú qué persigues, Carlos?

La nueva frase brotó nítida en su cabeza. Una vez más, sin es­fuerzo, aquella voz volvió a superponerse al ronroneo de los motores del avión. Fue imposible que el periodista la neutralizara repitiéndose que aquello debía de tener una explicación neurológica y que todo era producto del estrés con el que se había lanzado a aquel viaje. Nada sirvió: ni sacudir aparatosamente la cabeza, ni despejar los oídos con­teniendo la respiración. Sólo entonces cambió de actitud. Como si de repente comprendiese el significado real de la máxima «si no puedes combatir a tu enemigo, únete a él», Carlos optó por encararse con la voz. ¿Qué podía perder? ¿Unas horas de sueño? El precio no era alto. Tenía que arriesgarse si deseaba saber.

-¿Podemos hablar?

Esperó. Se sintió ridículo, pero prosiguió.

-¿Puedes oírme?

-Te escucho, Carlos -su interlocutora respondió de inmediato.

-¿Cuál era tu pregunta?

-Te preguntábamos sobre el objetivo de tu persecución.

-Como a Saulo.

-Como a Saulo. Quizás sí.

El patrón ganó tiempo, comprobando la velocidad que podía desarrollar el diálogo.

-Lo que quiero -susurró, arrastrando las sílabas- es averiguar quién y por qué robó el manuscrito de Benavides y examinar las fór­mulas que contiene.

-No. No buscas eso. Dinos qué persigues de verdad.

Carlos dudó por enésima vez. Si aquello era un producto de su mente, ¿por qué demonios se había inventado una voz tan impertinente?

-Bueno... -terció-, también me gustaría resolver el enigma de la Dama Azul, poder teleportarme como ella donde yo quisiera, escribir una decena de libros sobre la experiencia que me hiciesen rico... -bromeó finalmente.

-No. Tampoco es eso. No vale la pena engañarnos.

Carlos sintió una punzada de irritación.

-Tú no sabes, tú no puedes saber lo que pienso.

-Podemos.

-¿Cómo?

-Sintonizando con la longitud de onda en que se emiten tus pensamientos.

-¿Longitud de onda?

-Como una emisora. Pero no has respondido a nuestra pre­gunta.

La voz prosiguió.

-Está bien, responderemos nosotros: en realidad, buscas saber la razón última de tu presencia aquí. Comprender de verdad por qué te obsesionaste tanto con los casos de teleportación y por qué, en un de­terminado momento, dejaste «congelada» aquella investigación. Por qué te condujimos después hasta Ágreda y te pusimos en el punto de mira de esa historia, aparentemente estrafalaria, de la bilocación de una monja. Te gustaría, además, confirmar si lo que te está sucediendo es fruto del azar, o si, por el contrario, como intuyes en lo más hon­do, se trata de algo que debías hacer.

 

El periodista escuchó atónito. Aquella mujer, viniera de donde viniese, estaba muy bien informada. Conocía cosas en las que él mismo hacía tiempo que no pensaba, pero que, en efecto, formaban parte de sus inquietudes más íntimas. Replicó:

-¿Me... condujisteis? ¿Quiénes?

-Atiende bien. Esta voz de la que dudas ahora es sólo una de las muchas que han guiado a la humanidad desde la noche de los tiem­pos. Fuimos nosotros los que mostramos al patriarca Jacob que existían escaleras, puertas de luz, por las que se puede comunicar el mundo de los humanos con el de otros seres superiores. Fuimos noso­tros quienes avisamos a José de los planes que Herodes estaba a punto de poner en marcha para dar muerte a Jesús, y fuimos nosotros quie­nes advertimos a pastores y magos para que acudieran a Belén. Y eso, sólo en relación a la historia sagrada que tú conoces.

-No entiendo.

-Nosotros fuimos las voces que escucharon hombres como el emperador Constantino, George Washington, Winston Churchill y tantos otros personajes decisivos de tu historia. Nosotros guiamos a Moisés fuera de Egipto, nos llevamos por los aires a Elías y a Ezequiel y oscurecimos Jerusalén cuando Jesús murió en la cruz.

-¿Y qué queréis de mí?

-Que estés preparado. Cuando llegues a tu destino y examines lo que estás a punto de encontrar, comenzarás a atar cabos. Recuerda que nada es lo que parece, y aplica esa certeza a la Dama Azul.

-¿Por qué lo hacéis? ¿Por qué me avisáis?

-No quieras saberlo todo. Basta que sepas que actuamos guia­dos por el Amor que profesamos a nuestra criatura humana. El Amor es un extraño mecanismo que nos hace sentir como propios los senti­mientos de los demás. Es un vínculo que une a seres muy distintos entre sí, que les hace saberse hijos de una misma Esencia.

-Pero ¿por qué me habláis a mí?

-Para advertirte de que encontrarás pronto el manuscrito que buscas. Contiene evidencias que podrían transformar para siempre vuestra manera de entender las religiones y, sobre todo, a Dios.

-Luego sigo la pista correcta.

-Correcta pero incompleta. Lo que ignoras todavía es que ese documento tiene mucho que ver con lo que sucedió con la Dama Azul en América. Su «secreto» estuvo a punto de ser destapado por la tena­cidad de fray Alonso de Benavides, un fraile al que conocimos bien, y que se empeñó en llegar al fondo de los relatos que recogió de boca de los indios del Río Grande.

-¿Estuvisteis? ¿Hace tres siglos?

-Claro. El tiempo es una dimensión que no afecta tanto a otras esferas de la existencia. Esa perspectiva sobre vuestra historia es la que nos hizo comprender que hace trescientos años la civilización, es­pecialmente la cristiandad, no estaba preparada para entender ciertas revelaciones. La conmoción que hubieran provocado algunas infor­maciones sobre episodios como el de la Dama Azul hubiera bloquea­do la evolución natural del género humano y nuestra intervención hu­biera quedado demasiado en evidencia.

-¿Y eso es malo?

-Podría haber roto vuestra iniciativa. Si supierais que la solu­ción a todos los problemas la tiene alguien muy cercano, dejaríais de buscarla por vosotros mismos y trataríais de obtenerla de ese alguien sin preocuparos de comprender los porqués de esas soluciones. Aun así, os hemos ayudado en ciertas ocasiones críticas.

-¿Ah sí? ¿Cómo? ¿Cómo puedo identificaros? ¿Dónde residís?

-No te precipites. Exteriormente no nos diferenciamos de vo­sotros. Os creamos a nuestra imagen y semejanza, ¿recuerdas? Ade­más, tenemos, digámoslo así, pequeños programadores introducidos en la política, en el deporte, la ciencia, el ejército, el Vaticano, en Na­ciones Unidas, que durante años han estado insuflando cambios im­perceptibles, desde dentro, en el seno de vuestra civilización.

-¿No.., no sois humanos?

Carlos, con la cabeza gacha y los ojos cerrados, tembló en su asiento. A esas alturas era, casi, una pregunta superflua.

-En cierta medida, sí.

-¿Y qué tuvisteis que ver con la Dama Azul?

-Eso lo descubrirás por ti mismo.

-¿Cómo lo sabéis?

 

-Porque es lo más lógico, dentro de las probabilidades a las que te enfrentas ahora. Porque lo que no pudo decirse en tiempos del pa­dre Benavides, podrá salir a la luz tres siglos después. Porque la espe­cie humana está a las puertas de un cambio irreversible, una mutación sólo comparable a la que hizo salir al género humano de las cavernas y comenzar a construir grandes civilizaciones. Porque igual que intervinimos entonces, intervendremos discretamente ahora.

-Pero ¿quiénes sois? -repitió.

-Somos...

Un golpe seco en el hombro sacó a Carlos de su ensoñación.

-Señor, señor, ¿le ocurre algo?

Una azafata zarandeó al periodista con evidente gesto de preo­cupación.

-Estaba usted hablando solo, y tiritaba como si tuviera una pesadilla. ¿Desea que le traiga algo de beber? ¿Quiere una manta? Po­dría preguntar si hay un médico a bordo, o si lo prefiere...

-No, no.

-¿Está seguro?

-Sí, sí. Gracias. Ha sido una pesadilla, seguro..., lo de volar, ya sabe.

-No hay de qué. ¿Continúa usted el vuelo hasta Los Ángeles?

-Los Ángeles... Los Ángeles, ¡naturalmente!

-¿Perdón?

-Oh, no es nada. Cosas mías. Creo que aceptaré su ofrecimien­to de una bebida. ¿Podría ser un café?

La azafata se incorporó de inmediato, alejándose del extrava­gante pasajero del asiento 33-C. La verdad era que en todos los vuelos tenían pequeños incidentes de ese tipo; aquel sujeto había sufrido unas sacudidas, unos escalofríos considerables, probablemente a causa de un vuelo tan prolongado. Le prepararía el café muy caliente.

Mientras se perdía pasillo arriba, Carlos murmuró algo, muy bajo, que nadie pudo escuchar.

-¿Estaré volviéndome loco?

 

 

38

 

Las diferencias horarias son difíciles de calcular cuando se vue­la a más de diez mil metros de altura y se cruzan los imaginarios meri­dianos terrestres a toda velocidad. Cada una de esas líneas ficticias, dispuestas en intervalos de 15 grados sobre el planisferio terrestre, marca una hora de diferencia con respecto a la anterior. Así que, bien podría decirse que a cinco meridianos de distancia, entre el «727» de American Airlines y la playa de Venice en California, Jennifer Narody recibía una nueva pieza de un rompecabezas del que todavía no sabía si formaba parte. Era el último sueño de su jornada nocturna, siempre el último. Pero tan extraordinariamente vívido como los de noches anteriores.

Desde fuera, cualquiera podría haber advertido que sus globos oculares se movían frenéticamente bajo los párpados cerrados. Anun­ciaban que Jennifer se encontraba en el momento álgido del llamado sueño REM.

 

Ágreda, Soria, 30 de abril de 1631

 

Más de seis meses se entretuvo Benavides en el Madrid de los Austrias, atendiendo su cada vez más abultada correspondencia y las múltiples e inoportunas ocupaciones nacidas a la sombra del éxito ob­tenido por su Memorial. En los pasillos de Palacio no se recordaba una expectación semejante desde la llegada de las primeras noticias de la toma de Tenochtitlán por Hernán Cortés al rey Carlos, unos cien años atrás, y eso terminó pagándolo el buen fraile con una montaña de car­tas, felicitaciones y compromisos no solicitados, que le obligaron a echar más raíces de la cuenta cerca de la corte.

La aplastante burocracia de la capital le obligó a retrasar su investigación sobre el «caso de la Dama Azul», lo que le entristecía de manera palpable. Sin embargo, las intrigas palaciegas, especialmente las de los dominicos, que trataban de convencer al rey de la convenien­cia de investigar más a fondo las cifras de conversos en el Nuevo Méxi­co dadas por los franciscanos, le mantuvieron alerta, devolviéndole los ánimos necesarios para seguir luchando por sus intereses. Y es que los hombres de Santo Domingo pretendían enviar sus propios misioneros al Río Grande para conducir una investigación imparcial de los mila­gros consignados por Benavides y, de paso, impedir el monopolio que venían ejerciendo los franciscanos en la zona.

 

Por fortuna, en abril de 1631 llegó a fray Alonso la documenta­ción y los permisos necesarios para abandonar Madrid y continuar con su investigación de las visitas de la Dama Azul al Nuevo Mundo. Se le autorizaba a visitar el convento de la Concepción de Ágreda e interro­gar a su abadesa y se le conminaba a redactar un informe con sus averi­guaciones. Aquello dio nuevos bríos al portugués, haciéndole olvidar rápidamente las intrigas palaciegas y los sinsabores del difícil ejercicio de la política religiosa.

El 30 de abril por la mañana, el coche de caballos de Benavides, un discreto carruaje de madera contrachapada adornado con ribetes de cobre y hierro colado, avanzaba al galope atravesando los sobrios campos sorianos, en dirección a la eterna sombra picuda del Moncayo. En su interior, el antiguo responsable del Santo Oficio en Nuevo Mé­xico ultimaba los detalles de su siguiente investigación. Nadie podría reprocharle que fuera un hombre que malgastara su tiempo.

-Así que usted fue confesor de la madre Ágreda antes de que fuera abadesa...

El traqueteo del carruaje sacudía igualmente al padre Sebas­tián Marcilla. Su oblongo estómago se zarandeaba de izquierda a dere­cha, al compás de los caprichos del cochero, debajo de un ancho fajín de color escarlata. El padre Marcilla llevaba un buen rato haciendo de tripas corazón, por lo que no le resultó demasiado difícil simular la compostura necesaria para poder responder.

-Así es, fray Alonso. De hecho, fui yo quien escribió al arzobis­po de México advirtiéndole de lo que podía ocurrir si se exploraban las regiones del norte.

-¿De lo que podía ocurrir? ¿A qué se refiere?

-Ya sabe: que se descubrieran nuevos reinos como los de Tidán, Chilliescas, Carbucos o Jumanes.

-¡Ah!, ¿fue usted?

La cara de luna del padre Marcilla se iluminó de satisfacción.

-Advertí a Su Eminencia Manso y Zúñiga de la existencia de esas regiones, y si vuestra paternidad vio mi carta, sin duda no pasó por alto la invitación que le cursé para que comprobara la existencia de vestigios de nuestra fe en esas tierras salvajes.

-Y claro -dedujo Benavides-, esa información se la transmitió la madre Ágreda.

-Naturalmente.

-¿Y cómo transgredió usted un secreto de confesión?

-En realidad no fue tal. Las confesiones eran ejercicios de mea culpa, entonados por una monja joven que no comprendía lo que le estaba ocurriendo, pero en ningún caso fueron fuente de detalles tan precisos. Créame, nunca absolví sus «pecados» de geografía.

-Vaya... -asintió ahora con gesto tramposo fray Alonso-. Pues he de decirle que de todos esos reinos yo sólo conozco el de los jumanos, que no de los jumanes, que está ubicado hacia el noroeste del Río Grande. Del resto ningún franciscano o soldado de Su Majestad ha sabido nada todavía.

-¿Nada? -el tono del padre Marcilla sonó incrédulo.

-Ni palabra.

-Quizá no sea tan raro como parece. Tiempo tendremos de aclarar esos puntos con la propia abadesa de Ágreda, que nos dará cuenta de todo lo que le pidamos.

 

Fray Alonso de Benavides y el Provincial de Burgos, Sebastián Marcilla, congeniaron de inmediato. Marcilla se había unido en la ciu­dad de Soria al carruaje del misionero, y desde allí ambos compartie­ron unas horas, que les valieron tanto para acordar buena parte del cuestionario al que pensaban someter a la religiosa, como para esta­blecer los límites de sus respectivas competencias.

Fue tanto y tan intenso lo que hablaron, que ninguno de ellos se percató ni de los cambios abruptos del paisaje, ni del perfil de los pueblos que atravesaron ni, por supuesto, de su pronta llegada a destino.

A primera vista, Ágreda se dibujaba como un rincón sereno de las tierras altas de Castilla, puerta de paso obligada entre los reinos de Navarra y Aragón, y cruce de caminos de ganaderos y agriculto­res que animaban la adusta vida de aquel enclave estratégico. Como en cualquier villa de tales características, las escasas familias nobles del lugar y las órdenes religiosas eran sus únicos puntos de referencia permanentes. Y el convento de la Concepción se contaba entre ellos.

En aquella clausura recién estrenada, todo estaba preparado para lo que había de venir. Las monjas habían colocado una larga al­fombra púrpura que unía el camino de Vozmediano con la puerta de la iglesia, y hasta habían dispuesto una serie de mesas con pastas, agua y algo de vino tinto de la tierra para solaz de los ilustres viajeros que esperaban.

 

Gracias a los permisos previos gestionados desde Burgos por el padre Marcilla, la veintena de hermanas que formaban la congrega­ción en ese momento, aguardaban fuera de su clausura la llegada de la delegación. Oraron y cantaron durante varias horas, recorriendo el viacrucis trazado alrededor del muro exterior de la Casa y secundadas por un número creciente de fieles que sabían ya de la importancia de la delegación de sacerdotes que esperaban.

Por eso, cuando el coche de caballos de Benavides se detuvo justo enfrente de la alfombra roja, cierto silencio supersticioso se apo­deró de los presentes.

Desde el carruaje, la visión no podía ser más reveladora: las monjas, dispuestas en dos filas perfectamente ordenadas y encabeza­das por un franciscano y una hermana, que pronto dedujeron debía ser la madre Ágreda, resistían estoicamente que las cálidas bocanadas de aire de la tarde agitaran sus mantos de color azul celeste. Todas y cada una de las religiosas -tal y como enseña la regla impuesta por Santa Beatriz de Silva en 1489-, llevaban su hábito blanco, un escapulario de plata con la imagen de la Virgen al cuello, un velo negro sobre la ca­beza y aquel impresionante manto azul...

-¡Que Dios nos asista!

El inesperado lamento del padre Benavides pilló por sorpresa a su acompañante. Lo masculló nada más poner pie en tierra y echar un vistazo al paisaje. Marcilla se asustó.

-¿Se encuentra bien, hermano?

-Perfectamente. Es sólo que estos parajes llanos, estos valles llenos de mies y esos hábitos azules, parecen el reflejo de las tie­rras que he dejado al otro lado del mar. ¡Es como si ya hubiera estado aquí!

-Omnia sunt possibilia credenti -sentenció Marcilla de nuevo-. Para el creyente todo es posible.

 

La recepción fue más breve de lo previsto en esta clase de actos. Tras descender ceremoniosamente del coche, entre los cánticos del Te Deum y las ampulosas genuflexiones de las monjas, el franciscano que acompañaba a las religiosas se presentó como fray Andrés de la Torre, confesor de sor María Jesús desde 1623, y fraile residente del cercano monasterio de San Julián. A primera vista, parecía de carácter afable. Un hombre huesudo, con una nariz torcida y grandes orejas acampanadas que le conferían cierto aspecto de roedor. En cuanto a la madre Ágreda, su aspecto era bien diferente: lucía una piel blanca como la leche, el rostro redondo y ligeramente sonrosado, y unos gran­des ojos negros, con unas tremendas pupilas pardas, que dibujaban una mirada templada y poderosa a la vez.

Benavides se sintió impresionado.

-Bienvenidos sean sus paternidades -y, sin apenas una pausa-: ¿Dónde desearán interrogarme?

El tono de la supuesta Dama Azul sonó seco. Como si le dis­gustara tener que rendir cuentas de sus intimidades, calló las usuales y corteses concesiones amables, atenta al más mínimo gesto de Benavi­des y Marcilla.

-Creo que la iglesia sería el lugar idóneo -murmuró Marcilla, recordando sus tiempos de sacerdote en aquel recinto-. Se accede a ella sin necesidad de entrar en la clausura, y podría habilitarse allí una mesa con luz, tinta y todo lo necesario. Además, de esa manera ten­dremos a Nuestro Señor como testigo.

Benavides aceptó la sugerencia de buen grado, y dejó interve­nir a la abadesa.

-En ese caso, sus paternidades lo tendrán todo dispuesto para mañana a las ocho en punto.

-¿Comparecerá usted a esa hora?

-Sí, si ésa es la voluntad de mi Comisario General y de mi con­fesor. Deseo enfrentarme cuanto antes a sus preguntas y despejar to­das aquellas dudas que hayan traído vuestras paternidades.

-Confío en que todo resultará menos doloroso de lo que me parece que imagina, hermana -terció el portugués.

-También la crucifixión de Nuestro Señor fue dolorosa, y no por ello dejó de ser necesaria para la redención de la humanidad, padre.

La súbita irrupción de las hermanas entonando el Gloria in Excelsis Deo camino de la clausura salvó a Benavides de responder a aquel ácido comentario.

-Y ahora, si nos disculpan -se excusó la madre Ágreda-, debe­mos recogernos para atender nuestras vísperas. Sírvanse ustedes del ágape que les hemos preparado, y déjense arropar por la bienvenida de nuestro pueblo.

Sé que fray Andrés lo ha dispuesto todo para que se alojen convenientemente en el convento de San Julián.

Y con esas, la abadesa se perdió dentro de la clausura, seguida de sus correligionarias.

-Mujer de carácter fuerte.

-Sin duda, padre Benavides. Sin duda.

 

 

39

 

La vida de la abadesa apenas había cambiado en los últimos diez años, y aquella jornada no iba a ser una excepción.

Al caer el sol, sobre las ocho de la tarde y sin apenas haber cenado, sor María Jesús se retiró, como de costumbre, a su reducida celda para entornar su miserere y hacer el examen de conciencia del día. Lo hacía siempre en silencio, ajena a las últimas gestiones de sus hermanas, sumida en un estado que no dejaba de parecerles a todas ellas doloroso y lamentable.

La religiosa oró hasta las nueve y media, tendida de bruces so­bre el tibio suelo de barro cocido de su cuarto.

Después se lavó la cara con agua fría del pozo de la huerta y se echó a dormitar sobre una áspera tabla de madera, tratando de no pensar en el lacerante dolor que se había apoderado de sus costillas.

Alrededor de las once, cuando el resto de sus hermanas estaban ya encerradas en sus celdas desde hacía dos horas, sor María Jesús se sometió, también como de costumbre, al «ejercicio de la cruz». Duran­te hora y media se excitaba y golpeaba con pensamientos sobre la pa­sión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, después cargaba sobre sus hombros una pesada cruz de hierro de más de cincuenta kilos, con la que caminaría de rodillas a lo largo del pasillo del piso superior del convento hasta caer exhausta. A continuación, tras una breve pausa para reponer las fuerzas necesarias, tratando de no hacer ruidos que despertaran a nadie, colgaba esa cruz en la pared oeste de su celda y se suspendía en ella otros treinta minutos.

Generalmente, sor Prudencia la avisaba cada madrugada, hacia las dos, para que bajara al coro de la iglesia y presidiera los maitines, que solían prolongarse hasta las cuatro. Siempre bajaba. No importa­ba que se sintiera con fiebre, enferma o herida -situaciones bastante frecuentes-, pero aquel día, justo aquel día, prefirió quedarse en el piso de arriba del convento; quería disimular la zozobra que le produ­cía saber que, en pocas horas, una comisión de frailes la someterían a un interrogatorio acerca de sus visiones.

En el convento de San Julián la última noche de abril fue mu­cho más tranquila. A las siete en punto de la mañana, con el sol que comenzaba a brillar sobre los pastizales agredanos, los padres Marcilla y Benavides habían completado ya sus oraciones e ingerido un frugal desayuno a base de frutas y pan. Incluso habían tenido el tiempo sufi­ciente para hacerse con los pliegos de pergamino necesarios para con­signar las respuestas de la madre Ágreda durante la primera sesión. Poco podían sospechar en aquellos compases del día que esa compare­cencia sería sólo la primera de una larga tanda.

-Misericordia, madre de Dios, misericordia.

La voz angustiada de sor María de Jesús se dejó escuchar tras el portón de madera sin barnizar de su puerta.

-Sabes que te soy fiel y que guardo con discreción las cosas maravillosas que me enseñaste. Sabes que nunca traicionaré nuestros diálogos... Pero socórreme en este difícil lance.

Ninguna hermana la escuchó. Tampoco nadie contestó a sus súplicas. Aturdida por ese inexplicable silencio, la abadesa se tumbó de nuevo en el catre, aunque no pudo conciliar el sueño.

 

Treinta y cinco minutos más tarde, las puertas del refectorio del monasterio de San Julián se abrieron para fray Andrés de la Torre y un secretario de la orden encargado de transcribir el interrogatorio. Des­pués de los saludos de rigor y de comprobar que llevaban lo imprescindi­ble, los cuatro cruzaron Ágreda a plena luz del día, respirando los prime­ros efluvios del rocío dejado sobre los arbustos de retama, y en el más absoluto de los silencios. Caminaron con paso decidido hasta la clausura concepcionista. Allí, como les había prometido la abadesa, encontraron un escritorio y cinco sillas debidamente dispuestas, así como dos grandes candelabros de bronce situados a ambos lados de la cabecera de la tabla.

No se podía pedir más. La iglesia era un lugar fresco y tranqui­lo, discreto, que haría más confortable el interrogatorio. De paso, per­mitiría a alguna de las hermanas de la congregación conocer su desa­rrollo desde el coro situado encima de la puerta de acceso al recinto.

La abadesa llegó puntual al templo. Vestía los mismos hábitos de la tarde anterior, y su joven rostro denotaba signos evidentes de cansancio; llevaba demasiados años durmiendo sólo dos horas dia­rias. Saludó a los cuatro padres que la aguardaban. Tras hacer una reverencia frente al sagrario del altar mayor, tomó asiento y esperó disciplinadamente a que se completaran los primeros formulismos del interrogatorio. Sus ojos brillaban.

-A uno de mayo del año del Señor de mil seiscientos treinta y uno, en la Iglesia Mayor del Convento de la Concepción de Ágreda, procedemos al interrogatorio de sor María de Jesús Coronel y Arana, natural de la villa de Ágreda y abadesa de esta Santa Casa.

Sor María escuchó en silencio al escribano, mientras leía el ini­cio del acta. Cuando hubo concluido, levantó los ojos de la página -casi en blanco- y preguntó a la religiosa:

 

-¿Es usted sor María de Jesús?

-Sí, yo soy.

-¿Sabe, hermana, por qué ha sido convocada hoy ante este tri­bunal?

-Sí. Para rendir cuentas de mis exterioridades y de los fenóme­nos que Dios Nuestro Señor quiso que protagonizara.

-En ese caso, responda bajo juramento a todo lo que se le pre­gunte. Ya sabe que para este tribunal el secreto de confesión ha sido levantado y que debe atender a todas sus cuestiones.

La religiosa miró fijamente a fray Alonso de Benavides. Su as­pecto fibroso, casi atlético, disimulaba muy bien la edad del fraile y le confería una aureola de familiaridad a la que la monja no pudo sustraer­se. Benavides estaba sentado justo frente a ella, detrás de un montón de papeles con anotaciones indescifrables y un ejemplar de la Biblia. Al sentirse observado por la abadesa, Benavides tomó la iniciativa.

-En nuestros informes consta que usted ha experimentado nu­merosos fenómenos de arrobamiento, de éxtasis. ¿Puede explicarle a este tribunal cuándo empezaron?

-Aproximadamente hace once años, en 1620, cuando tenía die­ciocho recién cumplidos -respondió mecánicamente sor María Jesús-. Fue entonces cuando Nuestro Señor quiso que me asaltaran trances durante los oficios religiosos, y que algunas hermanas me vieran elevarme sobre el suelo. No fue un don que yo solicitara, sino que me fue concedido al igual que a mi madre.

-¿Levitó?

-Eso me dijeron, padre. Yo nunca fui consciente de ello.

-¿Y cómo explica que sus arrobos trascendieran más allá de los muros de la clausura?

-Mi antiguo confesor, fray Juan de Torrecilla, no era un fraile experto en estos asuntos.

-¿Qué quiere decir?

-Pues que, llevado por el entusiasmo, comentó estos sucesos fuera de aquí. La noticia despertó mucho interés en toda la región, y vinieron muchos fieles a verme.

-¿Usted lo sabía?

-Entonces no. Sólo me extrañaba el hecho de que habitualmente me despertara en la iglesia rodeada de seglares y que todos se deshicieran en cuidados hacia mi persona. Pero como siempre que sa­lía de ese estado traía el corazón lleno de amor, no les prestaba dema­siada atención ni les pregunté nunca acerca de su actitud.

-¿Recuerda cuándo se produjo el primer arrobo?

-A la perfección. Un sábado después de la Pascua del Espíritu Santo de aquel año de 1620. El segundo, me sobrevino el día de la Magdalena.

Fray Alonso se inclinó cuan largo era sobre la mesa, para tratar de dar más énfasis a sus palabras.

-Sé que lo que voy a preguntarle es materia de confesión, pero hemos oído que usted goza del don de poder estar en dos lugares a la vez.

La monja asintió.

-¿Es usted consciente de ese don?

-Sólo a veces, padre. De repente mi mente está en otro lugar, aunque no sé decirle ni cómo he llegado hasta allá ni qué medio he utilizado. Al principio fueron viajes sin importancia, a los extramuros del convento. Allí veía trabajar a los albañiles, a los mozos y hasta les daba instrucciones para que modificaran las obras de tal o cual manera.

-¿La veían ellos?

-Sí, padre.

-¿Y después?

-Después me vi arrastrada a lugares extraños, en los que nunca había estado antes y donde me encontré con gentes que ni siquiera hablaban nuestro idioma. Sé que les prediqué la fe de Nuestro Señor Jesucristo, y que me vi rodeada por gentes de una raza que me resulta­ba desconocida. Sin embargo, lo que más me azoraba de aquellos mo­mentos era escuchar dentro de mí una voz que me empujaba a instruir­les acerca de cómo Dios nos creó imperfectos y nos envió a Jesucristo para redimirnos.

-¿Una voz? ¿Qué clase de voz?

-Una voz que cada vez que hablaba me hacía sentir más y más confiada. Creo que fue el Sancti Spiritu, que me habló como lo hizo a los apóstoles el día de Pentecostés.

-¿Cómo empezaron esos viajes?

Fray Alonso se cercioró por el rabillo del ojo de que el escriba­no iba tomando buena nota de todo aquello.

-No estoy muy segura. Desde muy niña me preocupó mucho saber que en las nuevas regiones descubiertas por nuestra corona ha­bía miles, quizás millones, de almas que no conocían a Jesús, y que estaban abocadas a la condenación eterna. Pensar en ello me ponía enferma, y mis padres nunca supieron cómo consolarme. Pero uno de aquellos días de dolor, mientras me encontraba reposando en cama, mi madre llamó a dos albañiles que participaban de los trabajos de construcción de nuestro futuro convento, que se habían ganado cierta fama de sanadores. Les pidió que me examinaran con cuidado y que trataran de erradicar los humores que me habían llevado a enfermar.

-Continúe.

-Aquellos dos albañiles se encerraron en mi celda. Me habla­ron de muchas cosas extrañas que apenas recuerdo, pero me revelaron que tenía una misión importante que cumplir.

-No eran albañiles, ¿verdad...?

Fray Alonso recordó las advertencias que le hiciera el Comisa­rio General en Madrid.

-No. Terminaron admitiendo que eran ángeles con una misión itinerante. Que vivían desde hacía muchos años entre los hombres para ver quiénes de ellos tenían ciertas aptitudes que Dios quería aprovechar, y comenzaron a hablarme de las almas del Nuevo México y de los apuros de nuestros misioneros por alcanzar las remotas regio­nes donde vivían.

-¿Cuánto tiempo estuvo con ellos?

-Aquella primera vez, casi todo el día. De hecho, recuerdo per­fectamente que esa misma noche regresaron a por mí, se introdujeron no sé cómo en mi habitación y me sacaron sin despertar a nadie. Todo fue muy rápido. De repente me encontré sentada en un trono, sobre una nube blanca, y volando por los aires. Distinguí nuestro convento, los campos de cultivo de los alrededores, el río, la sierra del Moncayo, y comencé a subir más y más hasta que todo se hizo oscuro y vi la cara redonda de la tierra, mitad en sombras, mitad en luz.1

-¿Vio todo eso?

1 Sor María dio buena cuenta de este primer vuelo, y de las características que presenta nuestro planeta desde el espacio, en un manuscrito todavía inédito que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, bajo el título de Tratado de la redon­dez de la Tierra (Mss. 9364).

 

-Sí, padre. Fue terrible... Me asusté mucho. Sobre todo cuando me llevaron por encima de los mares hasta un lugar que no conocía. Sentía claramente cómo el viento de aquella latitud golpeaba mi cara y vi que aquellos dos albañiles, transformados en unas criaturas radian­tes y hermosas, controlaban los movimientos de la nube, guiándola ora a la derecha, ora a la izquierda, con gran seguridad.

Fray Alonso torció el gesto ante la descripción. Aquel relato coincidía con las reclamaciones heréticas investigadas tiempo atrás de boca del obispo de Cuenca, Nicolás de Biedma, o del célebre doctor Torralba, que entre finales del siglo XIV y principios del XVI afirmaron haber subido a nubes de esa clase, haber volado a Roma con ellas y, lo peor, haber sido guiados por diablillos de dudosas intenciones.

-¿Cómo puede estar tan segura de que aquellos hombres eran ángeles de Dios?

La monja se persignó.

-¡Ave María! ¿Qué otras criaturas podrían ser si no?

-No lo sé. Dígamelo usted, hermana.

-Bueno -dudó-, al principio, como vuestra paternidad, me pre­gunté si no estaría siendo engañada por algún artificio del Maligno, pero luego, cuando al poco tiempo de emprender aquel vuelo me or­denaron que descendiese en una determinada región para predicar la palabra de Dios, los recelos se esfumaron.

-¿La ordenaron descender, dice usted?

-Sí. Extendieron una especie de alfombra de luz bajo mis pies y me invitaron a que transmitiera un mensaje muy concreto a un grupo de personas que aguardaban. Supe que no eran cristianos por las ropas que llevaban, pero tampoco musulmanes o enemigos de nuestra fe. Vestían con pieles de animales, y acudieron hasta mí impresionados por la luz celeste que desprendía la nube.

-Madre, mi deber es insistir: ¿está usted segura de que eran ángeles?

-¿Qué si no? -insistió también la abadesa-. No rehuían ningu­na de mis palabras, aceptaban de buen grado mi fe en Dios y la consi­deraban con respeto y devoción. El Diablo no hubiera podido resistir tanta falsa loa a nuestro padre celestial.

-Ya. ¿Y qué pasó después?

-Hice todo lo que me pidieron. Aquella noche visité dos luga­res más, y les hablé a nuevos indios, y aunque ellos usaban otras len­guas, parecieron entenderme a la perfección.

-¿Cómo eran?

-Me llamó mucho la atención el tono cobrizo de su piel, y el hecho de que casi todos llevaban el torso, los brazos, las piernas y el rostro pintados. Algunos vivían en casas de piedra, como en nues­tros pueblos, sólo que se entraba a ellas por los tejados, y se reunían para sus ceremonias paganas en una especie de pozos a los que sólo accedían los hombres autorizados por los brujos del poblado.

Fray Alonso vaciló. Aquellos detalles coincidían con lo que él mismo había visto, y casi olvidado, en Nuevo México.

-¿Les habló a los indios de la llegada de los franciscanos?

-¡Oh, sí! Los ángeles me insistieron en eso. Incluso me permi­tieron ver algunos lugares donde trabajaban padres de nuestra seráfica orden. En uno de ellos, vi cómo un indio al que llamaban el «capitán tuerto» imploraba a uno de nuestros religiosos, un hombre adusto, de espaldas anchas y grande, que les predicara la Palabra de Dios. El «tuerto» imploraba que le asignaran los misioneros que yo misma les había dicho que exigieran.

-¡Isleta!

-No sabría decirle cómo se llamaba el lugar, nadie me lo dijo. En cambio comprobé que aquel fraile le negaba la ayuda por falta de hombres. ¿Sabe su paternidad? Yo me entrevisté con el «capitán tuer­to» lunas antes, y le di cuenta de hacia dónde debía caminar para en­contrar a los misioneros.

-¿Cuántas veces cree que estuvo allí?

-Es difícil de precisar, porque tengo la convicción de que en muchas ocasiones no fui totalmente consciente de ello. Soñaba a dia­rio con aquellas tierras, aunque no podría decirle si lo hice porque estuve en ese estado, o porque Nuestro Señor quería que reviviera ciertas escenas de mi predicación allá.

-Intente calcularlo. Es importante.

-Quizás unas... quinientas veces.

Fray Alonso abrió los ojos de par en par. Le tembló un poco -muy poco- la voz.

-Quinientas veces, ¿desde 1620 hasta hoy?

-No, no. Sólo entre 1620 y 1623. Luego, tras pedírselo a Dios Nuestro Señor y a sus intercesores con todas mis fuerzas, cesaron las exterioridades y los ángeles de Cristo que me acompañaron, marcha­ron tan misteriosamente como habían llegado.

-Entiendo... ¿Le dijo alguien cómo detener sus «exteriori­dades»?

-No. Pero decidí mortificar mi cuerpo para tener al espíritu cerca de mí. Dejé de comer carne, leche o queso y comencé una dieta sólo de legumbres. Además, tres días a la semana practicaba un ayuno es­tricto de pan y agua que he mantenido hasta hoy. Poco después, dejé de ir a Nuevo México.

-¿Nunca más?

-Nunca. A menos que aquellos ángeles tomaran mi forma y siguieran apareciéndose entre los indios sin que yo fuera consciente de ello.

Fray Alonso garabateó algo en un pergamino y lo dobló.

-Está bien, hermana. Es todo por hoy. Debemos pensar sobre lo que ha dicho antes de proseguir.

-Como desee vuestra paternidad.

La sumisión con la que se comportaba la monja desarmó al por­tugués, pero reconfortó al padre Marcilla, que veía con agrado que la religiosa no estaba decepcionando las expectativas del ex Custodio de Nuevo México. Y así, con cierto pesar, fray Alonso se sumergió, en silencio, en un extraño cálculo que le forzó a empotrarse aún más en su asiento: si aquella monjita había sido trasladada a América por ánge­les sólo entre 1620 y 1623, tal como ella afirmaba, entonces ¿quién había guiado al «capitán tuerto» de nuevo hasta Isleta hacía sólo unos meses? ¿Quién avisó a los jumanos para que salieran al paso de la comitiva de fray Juan de Salas en la Gran Quivira? ¿Quién, en defini­tiva, había tomado el relevo?

Un retortijón alteró su estómago con violencia, al tiempo que un estruendo sacudía todo el ambiente. Parecía un timbre.

¿Un timbre?

Jennifer despertó.

 

40

 

Antes de dirigirse al aeropuerto internacional Leonardo Da Vinci de Roma, el padre Giuseppe Baldi dio un paseo por el Cuartel General de la guardia suiza. No le fue difícil llegar hasta el despacho del capitán Ugo Lotti, un corpulento mocetón rubio y de ojos claros, que le atendió en cuanto supo que se trataba del principal testigo del frustrado atentado del día anterior.

El capitán Lotti se ofreció, muy cortésmente, a resolverle cualquier duda que tuviera. Desgraciadamente, el policía reconoció -tan pronto como hubo cerrado la puerta de su despacho- que las 24 horas transcurri­das desde el incidente no habían servido a sus hombres para aclarar las circunstancias del ataque contra la columna de Santa Verónica. Los sampietrini seguían en la más absoluta de las incertidumbres e ignoraban qué móvil podía inducir a atentar contra una obra de arte como aquélla.

-Es un caso muy extraño -admitió el oficial mientras acariciaba un portafolios marrón con un escudo de colores estampado en el cen­tro-. Las bombas fueron colocadas junto a tres puntos débiles de la estructura de la torre, con una pericia que nos permite afirmar que se trata de profesionales, pero, al mismo tiempo, todo fue urdido como si, en realidad, no se quisiera hacer ningún daño al monumento.

-¿Quiere decir que no pretendían destrozar nada, sólo llamar o distraer la atención de algo?

-Sí, eso parece.

-No le veo muy convencido.

-Verá, padre, cada año hay cinco o seis intentos de agredir al­guna de las más famosas 395 estatuas de la basílica de San Pedro. La Piedad es la más atacada, con diferencia, pero nunca antes se había atentado contra Santa Verónica, una obra menor de Francesco Mochi, sin ninguna relevancia especial...

-Tal vez no fuera la estatua lo que quisieran destruir. Tal vez se tratara de un acto simbólico, ¿no cree?

El capitán Lotti, sentado en una esquina de la atiborrada mesa de su despacho, se balanceó, y abordó a su visitante en tono pretendi­damente cómplice.

-No sabrá usted algo de lo que yo debería estar al corriente, ¿verdad, padre?

-Por desgracia, no.

-Ahora soy yo quien no le ve muy convencido, padre.

-He estudiado la historia de esa columna, pero no le he encon­trado mucho sentido. Como sabrá, fue diseñada originariamente por Bramante, pero cuando Julio II encarga a Miguel Ángel la construc­ción de la cúpula, éste la refuerza, junto a las otras tres columnas, de manera espectacular. Lo curioso es que se diseñaron «huecas» para albergar tesoros.

-¿Llama tesoros a unas reliquias? -el sampietrini le miró son­riendo.

-Bueno, en la columna agredida se guarda el paño original de la Verónica, el que se cree que refleja el verdadero rostro de Jesús y que fue empapado cuando ascendía al calvario.

-¿Y sabe usted algo de la «Hermandad del Corazón de María»?

-Ni idea.

-Entonces, ¿qué es exactamente lo que desea, padre?

El «evangelista» enderezó la espalda.

-En realidad, he venido para que me diga, si puede, si el carrete que confiscaron en la basílica le aportó alguna pista sobre la identidad del hombre que pasó a mi lado corriendo, el que creyeron podía ser un terrorista.

-¡Ah!, ése es otro misterio. Ayer, naturalmente, revelamos el rollo en nuestros laboratorios, y al positivar la última foto apareció algo muy raro...

El suizo rebuscó entre las carpetas que poblaban su mesa hasta localizar la fotografía.

-Ajá. Aquí la tiene. ¿Lo ve?

Baldi tomó entre sus manos el papel que le tendían. Se trataba de una copia de 15 x 20 centímetros, impresa en papel mate; la obser­vó minuciosamente durante algunos segundos. La toma era de una calidad muy deficiente, casi completamente ennegrecida. En la parte inferior se distinguía a duras penas el suelo de mármol de la basílica y, muy al fondo, sus propios zapatos Martinelli. No obstante, lo más llamativo de la imagen no era lo que estaba sobre el suelo, sino lo que ocupaba el flanco central izquierdo de la instantánea.

-¿Usted qué cree que puede ser?

-No tengo ni idea, oficial. Ya le dije a sus hombres, que el flash de la cámara me cegó y no me dejó ver hacia dónde huyó aquel hombre.

-¡Pero si era una cámara ridícula! -protestó el policía.

-Lo sé. Hasta su propietario estaba asombrado del resplandor. Y si a ese detalle le une esta foto, todo se complica admirablemente.

El «evangelista» señaló al agente una serie de extrañas marcas luminosas, que se extendían como hilos de una cometa a lo largo de la foto, y le preguntó qué creían que era. El capitán no estaba convencido.

-Quizá sean las llamas de algunos cirios que con la exposición...

-Pero, capitán -le objetó Baldi de inmediato-, usted ha dicho que era una cámara ridícula, de esas que llevan el flash incorporado y que no permiten hacer fotos con exposición.

-Entonces, tal vez se trate de un error de la lente.

-En ese caso, esas marcas aparecerían en todas las fotos. ¿No es así?

-Tiene usted razón -reconoció al fin-. Esas marcas no apare­cen en ninguna de las tomas restantes, y no tienen explicación. Ayer por la tarde, el teniente Malanga amplió parcialmente ese segmento de la imagen, pero no pudo encontrar nada tras las rayas de luz. Son sólo eso, rayas.

-Rayas invisibles al ojo humano, capitán.

El benedictino se ajustó las gafas contra la nariz antes de continuar.

-Aunque pueda parecerle ridículo, ¿sabe qué impresión me producen esas marcas?

-Usted dirá, padre.

El «evangelista» sonrió de oreja a oreja.

-Que son las «alas» de un ángel.

-¿Un ángel?

-Ya sabe, un ser de luz. Uno de esos personajes que según las Escrituras aparecen siempre para traernos algún mensaje, algún reca­do del Altísimo.

-Ah, claro -respondió Ugo Lotti sin ningún entusiasmo-. Pero, un ángel en San Pedro...

-¿Puedo quedármela?

-¿La foto?... ¿Por qué no? Nosotros tenemos el negativo.

 

 

41

 

Dos horas después, mientras facturaba su equipaje en el mos­trador de Alitalia, el benedictino todavía conservaba la sonrisa irónica que luciera en comisaría. El aeropuerto Leonardo Da Vinci estaba particularmente tranquilo aquella tarde, y en las puertas de embarque de la terminal internacional no había ni rastro del tradicional embote­llamiento de pasajeros frente al arco detector de metales.

Baldi cruzó el control de seguridad como si flotara en una nube. El permiso que le había dado esa misma mañana el secretario personal de Su Santidad, monseñor Stanislaw Zsidiv, después de la espantada del día anterior en el confesionario número 19, le había rejuvenecido. Se trataba de una autorización speciali modo para que se entrevistara personalmente con el «segundo evangelista», contraviniendo una vez más las normas del proyecto de Cronovisión, y a la que se sumaba ahora el encargo pontificio de que tratara de recuperar a toda costa el desaparecido dossier del padre Corso.

«San Lucas» voló sin incidencias hasta el aeropuerto de El Prat de Barcelona, donde enlazó con un vetusto fokker de Aviaco con des­tino al siempre difícil aeropuerto de San Sebastián. Allí, con la tarjeta de crédito que le había facilitado el propio Zsidiv antes de partir, al­quiló un Renault Clío blanco de tres puertas, con matrícula de Bilbao, y enfiló la autopista A-8 con destino a la capital vizcaína.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, a la entrada de la ciudad, aparcó el coche y detuvo a un taxi al que le entregó la dirección del «segundo evangelista» escrita en un papel. Mientras reflexionaba sobre lo rápido que podía cruzarse Europa en las postrimerías del siglo XX y cómo ni el mismísimo Julio Verne pudo haberse anticipado a aquellos adelantos, el conductor del taxi, extrañado por las indica­ciones de aquel cura extranjero de aspecto nervioso, apretó el acelerador en dirección a la Universidad de Deusto. No tardó ni diez minutos en llegar. Allí, en el edificio de corte neoclásico que alberga la Facul­tad de Derecho, en el segundo piso de una galería que desemboca en un patio soleado atestado de estudiantes, «San Marcos», o mejor, el padre Amadeo María Tejada tenía su despacho.

Un directorio colgado a la entrada del edificio especificaba cla­ramente el número y la ubicación de su oficina.

Baldi subió de tres en tres las escaleras de mármol, y una vez frente a la puerta del gabinete tanteó el picaporte con cierto nerviosis­mo tratando de apaciguar su agitada respiración. Un segundo más tar­de, propinó un par de golpes fuertes con los nudillos a aquella hoja de madera.

-Pase.

La respuesta fue tan inmediata como seca. Fuera quien fuese quien le aguardaba al otro lado, estaba habituado a recibir visitas a esas horas.      

-¿Qué desea?

El padre Tejada, con su inconfundible silueta de titán, miró de arriba abajo a su interlocutor, tratando de adivinar qué demo­nios hacía un señor entrado en años como aquél en un hervidero de estudiantes en época de exámenes. Su visitante vestía los hábitos ta­lares propios de la orden de San Benito, y le miraba con cara de asombro.

-¿«San Marcos»? -titubeó.

El rostro del gigante se iluminó. De repente, lo había compren­dido todo.

-¡Domine Deus! ¿Habéis conseguido permiso para venir hasta aquí?

Baldi asintió.

-Soy «San Lucas».

-¡El músico! ¡Por favor! Pasad y sentaos.

Tejada se sintió risueño como un colegial. No acertaba a com­prender qué asunto había traído a uno de los jefes de equipo de la Cronovisión hasta su despacho, pero intuía que debía de ser algo im­portante para que, por primera vez en casi medio siglo, transgrediese la principal norma de seguridad del proyecto.

-Monseñor Zsidiv es quien ha autorizado expresamente esta visita, padre Tejada.

-Supongo, entonces, que el asunto es grave.

-Verá, padre... -intentó explicarse «Lucas», que de pronto no encontraba las palabras-. Creo que estará al corriente del suicidio del «primer evangelista», ¿verdad?

-Sí. Lo supe hace unos días. Fue terrible.

Baldi asintió con la cabeza, de modo vehemente.

-Lo que quizá no sepa es que, tras su muerte, desaparecieron de su despacho varios documentos relacionados con su última investi­gación. Aún no sabemos dónde empezar a buscarlos.

-No entiendo. ¿Por qué se dirige a mí? Yo no soy policía.

-Bueno... Usted es un experto en ángeles, y ha estudiado mejor que nadie cómo actúan. Ya sabe: siembran señales aquí y allá, y el que aprendió o creyó haber aprendido a leerlas, puede descifrar sus desig­nios y cumplir así los de Dios mismo.

-Ése es uno de sus atributos, cierto.

-Lo que quiero decirle es que... Será mejor que lo vea usted mismo.

«San Lucas» hurgó en una pequeña cartera de mano en busca de la fotografía que le entregara el capitán Lotti. Por fin la extrajo de un sobre marrón acolchado, y la dejó caer sobre la mesa del profesor Tejada.

-Fue tomada ayer, en la Cittá del Vaticano, después de que el hombre que debiera haber aparecido en la toma hiciera detonar tres pequeños explosivos cerca de la columna de la Verónica, junto al altar mayor de San Pedro.

-¿De veras? Aquí no ha llegado ninguna noticia. ¿Hubo daños?

-Fue un incidente sin importancia, que ni siquiera ha merecido un par de líneas en L'Osservatore Romano de hoy. Pero fíjese. Los zapatos que ve detrás de esas líneas luminosas son los míos. Yo estuve allí y presencié parte del atentado.

El padre Tejada examinó con más detenimiento la imagen. Después de echar un vistazo a algunos de sus detalles con una lupa de treinta aumentos que sacó del cajón superior de su escritorio y de to­mar algunas notas, se rascó la barba sin pudor.

-¿Sabe qué clase de cámara se utilizó?

-Una Nikon de bolsillo, y se disparó sin exposición. La foto la obtuvo un turista que casualmente tomaba una instantánea cerca de la tumba de Alejandro VI.

-Comprendo. ¿Y usted no vio nada?

-No... La luz del flash, que por cierto iluminó todo con una potencia que extrañó hasta al propietario de la cámara, me cegó.

-Hum -rugió Tejada-. Probablemente no fuera la luz del flash lo que le cegó.

Baldi esbozó una tímida mueca de asombro, pero no dijo nada.

-Probablemente, el resplandor que usted vio fue lo que se tragó al supuesto terrorista.

-¿Se tragó?

-¡Vaya! ¿Sabe usted algo de física? ¿Lee alguna publicación científica sobre el tema?

-No, la verdad. Lo mío es la historia.

-Entonces, trataré de explicárselo de forma sencilla. Quizá lo que usted vio fue parte de un efecto óptico que ya se ha podido investi­gar con cierto detenimiento en algunos experimentos de física de par­tículas, especialmente en aquellos en los que un fotón bajo observa­ción es capaz de desdoblarse en dos, proyectando una réplica exacta de sí mismo a otro punto cualquiera del universo, o incluso desvane­ciéndose sin dejar rastro. Durante ese proceso de duplicación, se ha podido comprobar que el fotón original desprende una gran cantidad de energía lumínica, una fuerte radiación que es perceptible para nuestros instrumentos más modernos y que puede impregnar un nega­tivo fotográfico sin problema.

-¡Pero estamos hablando de partículas elementales, no de clo­nes humanos!

-¿Y quién le dice a usted que no hay alguien que pueda haber desarrollado una fórmula capaz de llevar esa característica poco co­nocida de los fotones a escala humana?

-¡Jesús! ¿Quién?

 

La incredulidad de «Lucas» divertía a Tejada.

-Sé que le puede parecer raro, pero no es la primera vez que veo esta clase de rayas de luz en fotografías. A veces, en casos recien­tes donde se cree que han intervenido entidades sobrenaturales, como en las apariciones de la Virgen en Medjugorge, Yugoslavia, se han obtenido imágenes similares.

-¿De veras?

-Parece que nos enfrentamos a algún tipo de manifestación energética que rodea a ciertos individuos y que es invisible al ojo hu­mano. Es algo parecido a la aureola que los artistas pintaban alrede­dor de nuestros santos y profetas, sólo que en este caso se trata de algo con base física.

-No estará diciéndome que la Virgen...

-En absoluto. Para afirmar eso deberíamos tener pruebas extraordinarias de las que no disponemos. En cambio, si he de serle sin­cero, creo que el hombre que no aparece en la foto podría ser un «infil­trado», un ángel, alguien capaz de controlar su desaparición de un escenario como si fuera un fotón y que aprovechó el flash del turista para disfrazar su huida creando un relámpago en el que desapareció.

-Eso son especulaciones.

-Lo son, es cierto. Pero ya sabe usted que tanto la tradición cristiana como otras más antiguas nos hablan de ellos como seres de carne y hueso, que a veces adoptan formas y sustancias superiores, y que nos vigilan desde dentro... ¿No lo entiende? Igual que los fotones, que son onda y partícula, los ángeles son corporales e inmateriales a la vez, y podrían gozar de sus mismas características y habilidades.

-Eso temía oír.

-Además -dijo Tejada blandiendo la foto de la basílica-, por alguna razón de su naturaleza que desconocemos, las cámaras de fo­tos, más sensibles que el ojo humano a las diferentes formas de luz, no captan el aspecto que nuestros ojos ven, sino otro diferente.

-Sí, algo así pensé yo.

-¿De veras?

-Bueno, todavía no le he explicado la segunda parte. Como comprenderá, si me he tomado la molestia de venir desde Roma hasta aquí no ha sido para enseñarle sólo una fotografía, aunque usted sea un reputado especialista en la materia.

-Me halaga. Soy todo oídos.

-Antes de que se obtuviera esta imagen, el «terrorista» murmu­ró algo a mi lado. Dijo algo así como que estuviera atento a las señales, y que preguntara al «segundo», yo deduje que debía hablar con usted, con el «segundo evangelista».

El gigante enarcó sus pobladas cejas.

-No le entiendo. Es cierto que los ángeles se manifiestan para entregarnos señales, que incluso podríamos defender que el hombre que usted vio ayer fue uno de ellos, pero ¿qué tiene que ver todo eso conmigo?

-Cuando se tomó esta foto yo trataba de encontrar una salida a la investigación de la desaparición de los archivos de «San Mateo». Ésa era mi misión oficial y, créame, no sabía qué hacer. Así que pedí una señal, un milagro, que llegó con esta imagen y con lo que escuché. ¿Lo entiende ahora?

-No, la verdad.

-Creo que vuestra paternidad puede ayudarme a averiguar el paradero de la información robada a «San Mateo». Para eso me dieron la señal, y para eso he venido aquí, ¿no se da cuenta?

-Entonces, credo quia absurdum.1

1 Lo creo porque es absurdo.

 

 

El padre Tejada echó un nuevo vistazo a la fotografía, mientras le formulaba su enésima duda.

-Dígame, padre, ¿qué clase de información desapareció tras el suicidio de «Mateo»?

-Es difícil de precisar con exactitud.

-Algo podrá hacer.

-Sí, claro. Antes de morir, el padre Luigi Corso estuvo indagan­do en las extrañas capacidades de una monjita española para despla­zarse entre el Nuevo y el Viejo continente durante el siglo XVII. Al parecer, sus «visitas» a América le valieron el sobrenombre de la Dama Azul entre los indios del suroeste de los Estados Unidos, y por razones que sólo intuyo, «San Mateo» se obsesionó con el caso.

-¡La Dama Azul! ¿Está usted seguro?

-Sí, claro.

-Ésta sí es buena.

-Me alegro que conozca el caso.

-¡Y cómo no voy a hacerlo! -exclamó con cierta teatralidad el gigante-. Escúcheme bien: hace unos días estuvo aquí la policía para preguntarme sobre un manuscrito del siglo XVII, que perteneció a Feli­pe IV, y en el que se consignó la historia de la Dama Azul. Al parecer, el texto detallaba qué clase de método empleó ésta para dar pie a esas apariciones.

Baldi tomó un lapicero de un bote rojo colocado sobre la mesa y comenzó a mordisquearlo nervioso.

-¿La técnica del fotón?

-No estoy seguro.

-¿Y por qué le interesaba a la policía ese manuscrito?

-Muy fácil: fue robado de la Biblioteca Nacional... -Tejada du­dó un segundo, mientras consultaba un calendario de mesa que tenía frente a él- ¡el mismo día que se suicidó «Mateo»!

-Sorprendente.

-¿Sabe más exactamente qué contenía ese manuscrito?

-Oh, sí. Cuando en 1630 los franciscanos sospecharon que qui­zá la mujer que se había aparecido en Nuevo México para evangelizar a aquellos infieles podía ser una monja de su orden, mandaron a Ágreda al que fuera Padre Custodio en Santa Fe para interrogar a la «sos­pechosa». Los interrogatorios duraron dos largas semanas, tras las cuales, el Custodio...

-¿Benavides?

-Exacto. El Custodio redactó un informe donde consignó las conclusiones de sus interrogatorios.

-¿Sabe cuáles fueron?

-Sólo aproximadamente. Al parecer, Benavides dedujo que la monja lograba desdoblarse (o bilocarse, como prefiera), siempre tras escuchar unos cánticos muy determinados que la hacían entrar en un trance muy profundo. De hecho, en el pasado hablé bastante de este asunto con el ayudante de «Mateo».

-Fray Alberto. Le conozco.

-El mismo.

-¿Y qué le dijo?

-Se mostró muy interesado en esa «pista». Y en cierta manera era lógico, ya que entre los «evangelistas» habían circulado notable­mente sus estudios sobre prepolifonía, donde usted mismo aseguraba que ciertas frecuencias de música sacra antigua podían ayudar a pro­vocar estados alterados de conciencia que favorecieran la bilocación.

-Así que tomaron en serio mis estudios... -Baldi sonrió satis­fecho.

-¡Oh sí! Recuerdo especialmente uno de los informes que us­ted envió al padre Corso, en el que explicaba cómo los griegos habían descubierto que según el modo en que se emplearan las notas musica­les, se podían provocar distintos estados de ánimo en una audiencia reducida. ¿Lo recuerda?

-Cómo no voy a recordarlo. Aristóteles explicó la forma en que la música obraba sobre la voluntad. Los pitagóricos descubrieron que la música en modo re (o frigio) levantaba el entusiasmo de los guerreros; en modo do (o lidio) se conseguía el efecto contrario, debi­litando la mente del escucha; en modo si (o mixolidio) provocaba ac­cesos de melancolía...

-... Y en modo mi se provocaban accesos de contemplación ex­tática -le atajó el gigante.

-Sí, sí. Eso es cierto. El modo mi marca el umbral de una per­cepción musical nueva.

-Pues escuche: el ayudante del padre Corso me confirmó que habían podido demostrar experimentalmente cómo cada cosa o situa­ción creada tiene una vibración exclusiva, y cómo si otro objeto o mente logra colocarse en esa misma vibración, accederá a la esencia de esa cosa, en su época y lugar correspondiente. El descubrimiento era ge­nial, y éste, combinado con el modo mi, parece que les dio la pauta que buscaban en Roma.

-¿Le dijo eso fray Alberto?

El padre Tejada se acarició una vez más la barba. Estaba tan excitado que no parpadeaba siquiera.

-¡Naturalmente! ¿No lo entiende? Lo poco que yo sabía de los interrogatorios de Benavides a sor María Jesús era que ésta le explicó con pelos y señales en qué momentos solía entrar en trance y des­plazarse hasta América en bilocación. Lo hacía escuchando los Ale­luyas,1 después de las lecturas de los evangelios durante la misa. Las vibraciones de ese tema, entonadas por ella misma y por su comunidad de religiosas, la catapultaban a más de diez mil kilómetros de dis­tancia.

 

1  El propio san Agustín decía que los Aleluyas facilitaban la unión mística con Dios. Se cantaban alargando la última sílaba indefinidamente, empleando en ello varias notas.

 

-¿No sabrá si Corso pudo reproducir con alguien algún fenó­meno similar?

-Ahora que lo dice, sí... Recuerdo también que fray Alberto me habló de que, investigando las composiciones musicales para las misas medievales, muchas de las cuales llegaron intactas hasta el Vati­cano II, localizaron elementos acústicos que aplicaron a varias per­sonas.

El benedictino se mostró más expectante que nunca.

-¿Y cuándo fue eso?

-Hará seis o siete meses, como mucho.

-¿Y sabe qué sonidos aplicaron? -preguntó Baldi muy intri­gado.

-Déjeme pensar... Por ejemplo, al menos desde el siglo XVI el Introito de la misa, ya sabe, la canción que anuncia el tema del que se hablará en la ceremonia, se cantaba en modo do. El Kyrie Eleison y el Gloria in Excelsis Deo posterior,2 en modo re. Y el modo mi se empleaba entre las lecturas de la Biblia y la consagración con los Ale­luyas.

 

2  «Señor, ten piedad» y «Gloria a Dios en las alturas».

 

-¡Por supuesto! -bramó «Lucas»-. ¡La misa tradicional cifra en realidad una octava completa, desde el inicio hasta el fin!

-¿Qué insinúa?

-Está claro, que la liturgia fue diseñada para, entre otras cosas, provocar mediante vibraciones sonoras estados místicos que catapul­taban a las personas más sensibles fuera de su cuerpo. ¡Mi tesis!

-Pero, padre Baldi, hay algo que no entiendo: ¿por qué ese «efecto catapulta», como lo llama usted, sólo lo vivió la madre Ágreda y no otras monjas del convento u otros fieles que también acudían a misa?

-Bueno... -vaciló-. Debe de existir una respuesta neurológica para ello. Pero claro, no disponemos de tejido cerebral de la monja para demostrarlo con total seguridad.

El benedictino se levantó azorado de su silla y comenzó a cami­nar en pequeños círculos.

-Me ha dicho que Corso utilizó esas frecuencias con algunas personas. En Roma, ayer mismo, fray Alberto me indicó que aplicaron los sonidos extraídos de las misas antiguas con otros sintetizados por ordenador a una mujer a la que llamaban el «Gran Soñador». Sin em­bargo, ante el fracaso de las pruebas, la mandaron a casa.

-¿Una mujer? ¿Italiana?

-No. Norteamericana.

-En ese caso...

El padre Tejada rebuscó en las páginas de su dietario, como si de repente hubiera recordado algún dato de interés.

-... Aquí está. No sé si resultará útil, pero cuando la policía vino a verme preguntándome por el manuscrito robado de Benavides, les envié a un buen amigo mío experto en documentos del siglo XVII. Un hermano de la Societas Jesu1 que más tarde me telefoneó para decirme algo curioso: los policías se habían interesado particularmente por los datos de una coleccionista americana que tiempo atrás escribió a Loyola preguntando por el paradero de ese texto del padre Benavides. No me extrañaría que estuviéramos hablando de la misma persona.

-¡Claro! ¡La señal!

-¿Cómo dice?

-Que ésa es la señal. ¿No lo entiende? Usted es el «segundo» a quien debía preguntar, y ese dato es la señal.

Es evidente, ¿no?

 

1  Compañía de Jesús.

 

El gigante sonrió. O aquel nervioso benedictino era un visiona­rio genial... o había perdido definitivamente los nervios con aquel caso.

 

 

 

42

 

Jennifer acudió a abrir la puerta al segundo timbrazo. Aunque el primero, largo y monocorde, lo había oído perfectamente, lo «enca­jó» dentro de su último sueño como sólo puede suceder cuando al­guien está inmerso en ese estado.

Le costaba entender quién podría llamar a su puerta a las diez de la mañana, pero se resignó a levantarse. Qué remedio. Aquél era uno de esos defectos adquiridos en la Academia Militar de Fort Meade, fruto de tediosos entrenamientos psicológicos pensados para mol­dear los hábitos de la soldadesca e impedir que dejaran un asunto sin resolver o una llamada sin atender. Y Jennifer lo sabía.

Se envolvió en una bata de seda negra, se sacudió el pelo tra­tando de despejarse un poco, y cruzó a toda velocidad el salón.

Al asomarse por la mirilla, descubrió a un joven de unos treinta años, con gafas de montura metálica, delgado y con cara de empollón, que aguardaba impaciente. No le había visto jamás.

-¿Señorita Narody? -la pregunta del visitante se escapó de sus labios cuando intuyó que le observaban.

-Sí, soy yo. ¿Qué desea?

-No sé cómo explicarle... -titubeó en un inglés sólo acepta­ble, que delataba su condición de extranjero-. Mi nombre es Carlos Albert, soy el periodista español que le dejó un mensaje en el con­testador hace unos días.

¿Se acuerda? Quería hablar con usted sobre su interés en manuscritos españoles del siglo XVII. Quizá lo recuerde.

-Hey, sí.

-Por favor, ¿podemos hablar?

Jennifer dudó si abrir o no la puerta a aquel desconocido, pero, finalmente, no tuvo otra elección. Sobre todo cuando el hombre mencionó algo acerca de un robo de material histórico que la policía estaba investigando y que podía incriminarla.

-Siento de veras las molestias que se ha tomado viniendo hasta aquí -atajó brusca el último comentario del patrón, mirándola ahora por la puerta entreabierta-, porque nunca he sido coleccionista de esa clase de documentos. Creo que se ha equivocado de persona.

-Pero es usted Jennifer Narody, ¿no?

-Sí, lo soy.

-¿Y no fue usted quien escribió al santuario de Loyola para pedir una copia del Memorial de Benavides? Yo vi su carta...

-¿Benavides? ¿Fray Alonso Benavides?

Jennifer tartamudeó ligeramente mientras pronunciaba con marcado acento californiano el nombre completo del fraile.

-Ése. ¿Lo conoce?

-Más o menos... -siguió vacilando-. Pero yo nunca he escrito a nadie sobre ese tema.

-¿Y tampoco ha visto el manuscrito del que le hablo?

La mujer no respondió. Su cerebro trataba de encontrar un sen­tido a todo aquello. Sus sueños, aquella visita y hasta el documento al que se refería mister Albert, parecían piezas de un mismo tablero de ajedrez, que sólo ahora, con un poco de esfuerzo, parecía poder ver con cierta perspectiva. De repente, en sólo un segundo, como si su conciencia se hubiera elevado sobre ese hipotético casillero blanqui­negro, lo entendió todo: la predicción de la gitana, sus visiones de Nuevo México y hasta el envío de UPS desde Roma del que casi ya se había olvidado. «¡Claro! -estalló para sus adentros-, la segunda señal era el documento que recibí, ése que no entendería hasta que llegara la tercera.»

-Usted es la última señal... -murmuró.

Carlos palideció.

-¿La señal?

-Será mejor que entre y que le eche un vistazo a algo.

Jennifer se ajustó su bata, cerrándola hasta el cuello, antes de abrir la puerta de par en par. Carlos entró en el apartamento, mientras volvía a percatarse del rumbo extraordinariamente fácil que tomaban los acontecimientos.

Es más, comenzaba a temer verse envuelto de nuevo en la misma espiral de sincronicidades que le rodearon en Ágreda semanas atrás.

El apartamento no le pareció un ejemplo de orden. Se intuían los restos del way of life americano en las cajas de pizza amontonadas sobre una mesa de cristal baja, y en la colección completa de discos de Bruce Springsteen desparramada delante de un aparatoso equi­po de música. En un armario de bambú oscurecido por sucesivas capas de barniz, Jennifer Narody se detuvo a rebuscar algo en los cajones.

-¿Puedo ayudarla?

-No, no. Nadie se aclara con mi orden excepto yo.

-Claro, lo comprendo -admitió Carlos disimulando una son­risa.

-¡Aquí está! Ha de ser esto.

Jennifer depositó sobre el televisor un grueso manojo de pági­nas antiguas, atadas con cordeles, y escritas en un estilo de caligrafía que el patrón había tenido ocasión de contemplar en muchos otros documentos del barroco español. Una oleada de sangre subió a su ros­tro, sonrojándole.

-¿De dónde lo ha sacado?

-¡Oh! Lo recibí hace algunos días por mensajero. Fue enviado desde Roma, sin remitente, y como no entendí de qué podía tratarse, lo guardé aquí.

-¿Se lo pudo enviar algún amigo coleccionista?

-Ya le he dicho que no me interesan las antigüedades.

-¿Y entonces?

-Lo ignoro. Lo siento.

 

Carlos tomó aquel tocho entre sus manos y comenzó a hojearlo con expectación. Al principio, le costó adaptarse a la grafía llena de arabescos, pero después la leyó casi de corrido: «Memorial a su Santi­dad, Papa Urbano VIII, nuestro señor, relatando las conversaciones de Nuevo México hechas durante el más feliz período de Su Adminis­tración y Pontificado y presentado a Su Santidad por el Padre fray Alonso de Benavides, de la Orden de Nuestro Padre San Francisco, Custodio de las citadas conversaciones, el 12 de febrero de 1634». Al documento, pegado en una fina tira de papel cebolla, le acompa­ñaba una inscripción más reciente trazada con lápiz rojo: «Mss. Res. 5062».

Aquella nota colmó la paciencia del periodista.

-¡Santo Dios! ¿Sabe lo que es esto?

-Por supuesto que no.

-Un documento que desapareció de la Cámara Acorazada de la Biblioteca Nacional de Madrid hace algunos días. Debe saber que el robo de documentos antiguos es un delito grave.

Jennifer Narody trató de contener su sorpresa.

-¡Yo no lo robé! -protestó-. Si así fuera, ¿cree que se lo hubie­ra enseñado así, por las buenas?

Carlos se encogió de hombros.

-Quizá tenga razón, pero lo cierto es que éste es el cuerpo del delito, y lo tiene usted en su casa.

-Espere un momento. Hasta hace un segundo ni siquiera sabía de qué se trataba. Alguien me lo envió. Alguien que... -dudó un ins­tante-, por lo que veo, quiere implicarme en algún juego sucio.

-Luego, al menos, sospecha de alguien.

-En parte.

-No quiero acusarla de nada, pero la Interpol sabe ya de su existencia y no creo que tarden mucho en enviar a alguien para hacerle unas preguntas. Entonces, le será difícil justificar la posesión de un incunable robado.

-¿Interpol?

-La brigada criminal de la policía española y el grupo antisectas alertó a Interpol temiendo que este texto hubiera salido ilegalmente del país. Y, a la vista está, tenían toda la razón.

El patrón acentuó más de lo normal la palabra «este». Jennifer se asustó.

-¿Y por qué investiga un documento como éste la brigada an­tisectas?

-Sospechaban que podría haber algún grupo de fanáticos inte­resados en apropiarse de este texto. A veces esa clase de colectivos se interesan por un libro o una obra de arte por las razones más extra­ñas. De hecho, quien entró en la Biblioteca sólo robó ese documento, y eso que podía haberse llevado otras obras mucho más singulares y valiosas.

-Parece muy extraño, ¿no?

-Mucho. Por eso creo que debería darme algunas explicaciones más, señorita. Por ejemplo, ¿cómo explica, si no leyó nunca este docu­mento, que sepa quién fue Benavides?

-Yo, no...

-Vamos, tranquilícese. No soy policía, y mi interés en este asunto es puramente personal.

-¿Personal? ¿Qué quiere decir?

-Debo llegar al fondo de este asunto si no quiero terminar vol­viéndome loco. Estoy en esto sin quererlo, y ya comienzo a escuchar hasta voces en la cabeza que me hablan del caso.

-¿Voces? -Jennifer sonrió-. Entonces es usted de los míos.

-¿De los suyos?

-Acompáñeme, por favor.

La morena condujo a Carlos hasta un mullido sofá que ocupaba casi totalmente otra pequeña habitación del apartamento. El cuarto estaba literalmente atestado de papeles, libros y recuerdos de viajes. Era, sin duda, el rincón más confortable de la casa. Incluso le sorpren­dió descubrir un enorme cuadro con la efigie de Buda presidiendo el sillón, que contrastaba amablemente con las estanterías de madera de pino que se alzaban frente a él.

-No me interprete mal, señor...

-Albert. Carlos Albert.

-Señor Albert. Pero el conocimiento que tengo de Benavides me ha venido, precisamente, por sueños. Le juro que nunca antes había oído hablar de él, ni leído ningún libro en el que le mencio­naran. Sin embargo, desde hace varias semanas, casi desde que dejé mi trabajo, vengo soñando con sucesos que tuvieron lugar hace más de tres siglos y en los que, de una u otra manera, intervino ese fraile. No sé si usted ha tenido alguna vez esa clase de ensoñaciones lúci­das, donde todo parece real, pero le aseguro que parecen cosa de magia.

-¿En qué trabajaba usted?

-Creo, y eso es lo que quiero contarle, que mi trabajo puede tener mucho que ver en todo esto.

-¿Ah, sí?

-Hasta hace poco tiempo era teniente de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, y trabajaba destinada en la sección de inteli­gencia.

Carlos dio un respingo.

-Durante mis dos últimos años de carrera, estuve destinada en Virginia, y después en Europa, dentro de un proyecto secreto, destinado a la exploración de las facultades límite de la mente hu­mana.

-¿Facultades límite?

-Sí. Habilidades psíquicas como la transmisión de pensamiento sin necesidad de recurrir a ningún sofisticado instrumental tecnológi­co, o la visión remota a través de personas entrenadas en clarividencia. ¿Comprende de qué le hablo?

-Perfectamente.

El patrón no salía de su asombro. Había oído hablar en España de esa clase de proyectos más cercanos a la ficción televisiva que a la realidad, pero ahora tenía enfrente a una persona que conocía el asun­to de primera mano. Si se trataba de una coartada para desviar su atención del Memorial, era perfecta. Justo la clase de relato increíble que interesaba a Carlos. Pero si no lo era, aquél era el enésimo guiño del Programador en quien estaba a punto de empezar a creer a pies juntillas.

-Durante la administración Reagan, mi equipo trabajó a fondo tratando de emular los supuestos logros conseguidos por los rusos para espiar a distancia instalaciones militares con ayuda de personas con habilidades psíquicas, y disponer de un «ejército» de «viajeros as­trales» capaces de desdoblarse y «volar» hasta sus objetivos. Desgra­ciadamente, la mayor parte de los experimentos terminaron en fracaso porque no se podía controlar a voluntad esta clase de fenomenología, y el general al mando fue destituido.

-¿Y cuándo entra usted en escena?

-El año pasado. El proyecto de «espionaje psíquico» nunca fue cerrado del todo porque, desde mucho antes de la caída del Muro de Berlín, sabíamos que los comunistas trabajaban intensamente con las facultades límite del ser humano aplicadas al terreno militar. Es más, los rusos habían vendido algunos de sus secretos a potencias que eran enemigas declaradas de este país.

-Entiendo.

-Para colmo de males, teníamos poco presupuesto, así que, en virtud de una serie de acuerdos, mi instituto, el INSCOM, se alió con un socio discreto, interesado también en tal clase de menesteres.

-¿Un socio?

-Sí, El Vaticano.

Carlos sacudió la cabeza.

-No se extrañe -insistió Jennifer, consciente del carácter fan­tástico para interlocutores desprevenidos-. El Vaticano lleva siglos in­teresado en cuestiones como los viajes astrales, que a nosotros sólo nos atraen desde hace cuatro décadas. De hecho, considere que el tér­mino bilocación es tan sólo la manera piadosa de definir una clase de experiencias de desdoblamiento en las que el «doble» adquiere una mayor o menor densidad, dependiendo de la técnica utilizada. Los anales de la Iglesia están llenos de esa clase de casos. En Roma les interesaba saber qué mecanismos psíquicos los provocaban: ellos po­nían la información histórica basada en observaciones de siglos, y no­sotros la tecnología suficiente para poder impulsar la «reproducción» de tales estados.

-¿Tecnología?

-Sí. El instituto para el que trabajaba envió a uno de nuestros hombres a Roma, a Radio Vaticana. Un experto en ingeniería de soni­do, que había trabajado en nuestro Cuartel General de Virginia. Allá dentro trabajaría en secreto en un proyecto de la Iglesia que trataba de averiguar qué clase de factores externos podían hacer que un santo se bilocase. Al parecer, antes de nuestra llegada ya habían descubierto que ciertos tipos de música sacra favorecían el desdoblamiento del cuerpo, descartándose otros estímulos considerados en el pasado, como los trastornos epilépticos, muy comunes, es cierto, en los santos, o el ayuno prolongado.

-Y con música podían...

-La música no era lo importante. Era la frecuencia vibratoria del sonido la que provocaba que el cerebro se comportara de una determinada forma, dando pie a experiencias psíquicas más o menos intensas. En Estados Unidos, nuestro agente aprendió una técnica parecida de desdoblamiento de otro investigador, Robert Monroe, que sintetizó sonidos de múltiples frecuencias capaces de proyectarte fuera del cuerpo tras algunas sesiones de entrenamiento. Se trataba de conjugar ambas experiencias en beneficio mutuo.

-¿Y usted?

-Yo fui a Roma un tiempo después. Trabajé con nuestra gente y el líder de un extraño grupo al que llamaban el «primer evangelista».

-¿El «primer evangelista»?

-Por supuesto, era un nombre clave. Algo parecido a «Tango»  «Matador», sólo que adecuado a la mentalidad vaticana. Allí, en una sala idéntica a la que teníamos en Fort Meade y que nuestro hombre reprodujo al detalle, me utilizaron como conejillo de Indias sometiéndome a una nueva clase de sonidos que mezclaban las frecuencias sintetizadas por Monroe y la música sacra. El «evangelista» estaba empeñado en proyectarme a otra época.

-¿A otra época? ¿Al pasado?

-Al pasado. Pero entonces no consiguió nada. Me sometió a sesiones de cincuenta minutos, en que me hacía oír sonidos minuciosamente ordenados que hacían que mi cerebro se sacudiese. Después, por la noche, yo sufría cosas raras: figuras geométricas que daban vueltas en mi cabeza, colores, y hasta comencé a escuchar voces pero sin conseguir entender qué decían.

Carlos forzó una sonrisa, pero la dejó continuar.

-Era como si hubiera sintonizado un canal de televisión cuya antena estuviera defectuosa y la señal no se recibiera bien.

-¿No le dijeron por qué querían mandarla al pasado?

-Sí. Entonces no lo comprendí, pero ahora todo encaja.

-¿Qué quiere decir?

-Querían enviarme a una época que yo no conocía para ras­trear el paradero de un documento perdido donde precisamente se consignaban instrucciones para realizar proyecciones físicas de perso­nas mediante sonidos.

-¿Físicas?

-Al parecer, alguien venía haciéndolo desde hacía tiempo. Pero ni el Vaticano ni nuestro gobierno sabían quién era. Por lo visto, sólo ese documento contenía las claves para reproducir ciertos resultados y destapar la identidad del grupo en cuestión.

-Y el documento -murmuró Carlos- es éste.

-Eso parece.

-¿Y llegó usted a soñar con él?

 

-Bueno, no exactamente -Jennifer hizo un gesto enérgico, pre­tendía acentuar su deseo de ser lo más exacta posible-. En realidad soñé con quien lo escribió y con el momento histórico en el que se redactó. Supongo que en Los Ángeles, alejada de los laboratorios, mi cerebro ha seguido tratando de «ajustar la señal» por su cuenta y fi­nalmente lo logró sin querer, fuera del plazo fijado por los expertos en Roma. Fue entonces cuando comencé a ver cosas del pasado. Cosas que sucedieron en Nuevo México y en España en el siglo XVII.

-¿Y por qué le han mandado a usted ese documento, que no pue­de ni siquiera leer? ¿Tiene la menor idea de quién puede haberlo hecho?

-No lo sé. Pero se trata de alguien que sabía que estoy viviendo aquí, y eso, créame, no es precisamente del dominio público.

La media melena de la ex militar cayó suavemente sobre sus ojos, confiriendo a sus palabras una cierta chispa de provocación. Car­los lo pasó por alto.

-¿Qué fue del «evangelista» y de su hombre en Roma?

-Hace mucho que tampoco sé nada de ellos. Después de mi fracaso por «sintonizar» en Roma mis imágenes regresé a los Estados Unidos. Caí en una depresión muy fuerte, porque los sueños psicodélicos siguieron sucediéndose y comenzaron a afectar a mi vida cotidia­na, de modo que abandoné el ejército. Poco después me mudé aquí, con la intención de ordenar mi vida. Cuando uno se retira del ejército se reabren muchas posibilidades.

-¿Tiene usted lapsos de memoria?

Jennifer le miró con incipiente irritación. Se sentía dispuesta a colaborar, no a someterse a interrogatorios de su pasado.

-¿Qué quiere decir?

-Si usted hace cosas o visita lugares que luego no recuerda.

-No. Pero si no los recuerdo no veo cómo contestarle.

Carlos sonrió, como disculpándose. Ella bajó la guardia.

-Entonces dígame, ¿cómo explicaría su carta a Loyola solici­tando el documento?

-Ya le dije que no la escribí yo.

¿Y quién lo hizo, entonces?

-Probablemente los mismos que me han mandado el documen­to, que lo robaron en su país, y que me condicionaron mentalmente. ¿No le parece a usted la solución más probable?

-Dice usted los mismos. ¿Es que sospecha de la existencia de una red organizada?

-Naturalmente.

-¿Y qué sentido tendría mandar una carta falsa a Loyola?

-Está claro: sembraron una pista para que alguien la siguiera. En este caso, usted. Es un procedimiento habitual dentro de los círcu­los del espionaje. Se siembran pistas para que el «objetivo» llegue sólo donde tiene que llegar, ¿me entiende?

Carlos se sonrojó levemente, pero continuó presionando a Jen­nifer.

-¿Y por qué robar un texto así y no cualquier otro?

-Quizá para impedir que lo encontraran antes el Vaticano o el gobierno americano. Quizá para que llegara a la opinión pública por alguna razón que desconozco. ¿Sabe?, es evidente que esa gente, sea quien sea, ha estado controlando nuestros experimentos, ha visto has­ta dónde se quería llegar en Roma y por alguna razón ha querido po­ner en mis manos lo que buscaban mis antiguos jefes. Y luego usted, aquí, forzándome a unir las piezas de este embrollo... es como si todo esto formara parte de un plan y nosotros sólo cumpliéramos con él, ¿me entiende?

-Creo que sí.

-Perdone si cambio las tornas, pero a usted ¿qué le ha traído exactamente aquí?

Aquella precisión de Jennifer bloqueó momentáneamente al patrón. Debía escoger bien la respuesta sin que pareciera una excentri­cidad... Pero claudicó.

-Fue por culpade la voz de la que le hablé. En el avión que me  trajo a Los Ángeles me dijo que en este texto encontraría muchas claves al fenómeno de la bilocación.

-O sea, que a usted también le interesa ese asunto.

-Claro.

-Entonces nos han juntado a propósito.

-¿Juntado?

Jennifer asintió con un nudo en la garganta.

43

 

-Guardián a base, ¿me copias?

-Te copio 5x5, Guardián.

-El pájaro salió del nido. ¿Dejo que vuele?

-No. Si se aleja demasiado de nosotros, retenlo sin levantar sos­pechas. La jaula estará lista en unos segundos.

-Cierro.

Cuando Giuseppe Baldi abandonó el edificio de la Universi­dad de Deusto y vio el magnífico día de primavera que le aguardaba fuera, decidió darse un paseo a pie hasta el centro de la ciudad. Bilbao acababa de salir de una semana de copiosas lluvias, que habían hume­decido los alrededores de la ciudad tornándolos cristalinos como po­cas veces al año, e inundando las faldas de las montañas limítrofes de unos pastos de color verde esmeralda.

Todo estaba en calma. Todo, menos una Ford Transit con ma­trícula de Barcelona y cristales tintados, que ronroneó suavemente al advertir la presencia del «evangelista» en la puerta de acceso al recinto universitario.

-Es el pájaro.

Un hombre de mediana edad y complexión musculosa, situado al volante de la furgoneta, encendió pausadamente un cigarrillo rubio mientras seguía con la mirada al padre Baldi.

-Al cruzar el paso de peatones, lo detienes. ¿Oíste Guardián?

Un chasquido sordo cerró la comunicación. El hombre del ciga­rro dejó el walkie-talkie sobre el asiento del copiloto, se ajustó unas gafas de sol que guardaba en una funda metálica, y movió lentamente el volante hasta situarse muy cerca del benedictino. Éste caminaba confiado por la amplia acera de la universidad.

-¿Ya?

La voz de «Guardián» tronó en el walkie exigiendo instrucciones.

-Adelante.

Fue suficiente. «Guardián», un fornido piamontés, calvo como una rana, llamado realmente Marco Stilo, se guardó el pequeño recep­tor en el bolsillo interior de su americana y apretó el paso hacia su objetivo. En cuestión de diez segundos lo rebasó a buen paso, dete­niéndose junto a un semáforo en rojo para los peatones. Allí, aguardó a que el «evangelista» se situara a su lado antes de cruzar, y le espetó en un perfecto italiano:

-Bello giorno, vero?

Baldi se sorprendió, pero trató de ignorar a aquel extraño man­teniendo la vista clavada al frente. Fue lo último que hizo antes de que aquel pelado, vestido con un caro traje de Armani, se destapara con un rápido movimiento de su brazo izquierdo y desenfundara un arma cor­ta con silenciador que a punto estuvo de clavar contra sus costillas.

-Si te mueves, te frío aquí mismo -le susurró.

El «evangelista» se quedó lívido como el mármol. No había vis­to siquiera la pistola, pero notaba su mortal presión. Nunca antes le habían apuntado con un arma de fuego, y un terror frío le paralizó al notar su afilada punta encima de los riñones.

-Es... es un error -murmuró en un español forzado-. No tengo dinero.

-No quiero atracarle, padre.

-Pe... Pero si yo no...

-¿No es usted el padre Giuseppe Baldi?

-Sí, yo soy -farfulló.

-Entonces no hay error que valga.

Antes de que «Guardián» hubiera terminado de hablar, la Ford Transit se detuvo junto al semáforo. Bastó un empujón para que el cuerpo regordete del «evangelista» cediera a su propio peso, y cayera de bruces dentro del vehículo. Una vez dentro, dos brazos musculosos lo izaron sin contemplaciones, sentándolo bruscamente en el único asiento situado al fondo de la furgoneta.

-Y ahora espero que se porte usted bien. No queremos hacerle ningún daño.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?

Baldi tartamudeó en italiano aquellas dos frases. Seguía estan­do muy confuso y se sentía magullado, pero comenzaba a tener claro que acababan de secuestrarle. Un brusco acelerón del vehículo le cla­vó en su asiento.

-Hay alguien que desea verle. Acomódese.

El calvo que le había encañonado momentos antes estaba aho­ra sentado junto al conductor y miraba fijamente al «evangelista» por el retrovisor.

No haga tonterías, padre, nos quedan unas horas de viaje hasta llegar al destino.

-¿Unas horas? ¿Adonde vamos? -balbuceó el secuestrado.

-A un lugar donde poder hablar, querido «San Lucas».

Baldi sintió cómo el miedo le atenazaba, cómo le agarrotaba hasta el último músculo del cuerpo. Aquellos hombres no le habían secuestrado por error: sabían quién era él y, lo que era más inquietan­te, para localizarle tenían que haberle seguido desde Roma. La cues­tión era por qué.

Un segundo más tarde, un brusco pinchazo en el brazo le hizo perder el conocimiento. Acababan de inyectarle una dosis de 20 mili­gramos de Valium, la justa para mantenerle dormido durante cinco horas.

La Ford Transit enfiló la carretera de circunvalación de Bilbao, hasta desembocar en la autopista A-68 en dirección a Burgos. Desde allí, enlazó sin detenerse con la nacional I, y descendió rumbo a Ma­drid hasta la altura de Santo Tomé del Puerto, poco antes de comenzar la escalada de Somosierra. En este punto exacto nace la nacional 110, que conduce hasta Segovia, donde los secuestradores echaron siete mil pesetas de gasóleo en una estación de servicio pegada al acueducto romano. Luego tomaron una carretera secundaria rumbo al pueblo de Zamarramala, donde no llegaron a entrar.

El reloj del salpicadero marcaba las diez y siete minutos de la noche. El vehículo se detuvo junto a una cruz de piedra clavada a esca­sos metros del arco de medio punto que brinda acceso a uno de los más extraños templos del medievo español, y apagó las luces tras hacer dos señales con las largas contra los bloques calizos de la iglesia. Al des­conectar la llave de contacto, el silencio inicial fue roto por un ejército de grillos que inundó el ambiente con sus cantos.

-¿Todavía duerme? -preguntó el conductor al vislumbrar la fi­gura de Baldi completamente arrugada sobre el sillón trasero.

-Sí. Los efectos del Valium son bastante duraderos. ¿Intenta­mos despertarle?

-No importa. Lo entraremos a hombros. La silueta poligonal de la ermita de la Vera Cruz contrastaba a esa hora de la noche con el mosaico de farolas y fuentes de luz de Segovia. El Alcázar, discretamente iluminado, se alzaba como la orgullosa sombra de un poder ya perdido, mientras que los campanarios de otras iglesias de la ciudad despuntaban envueltos entre las radiantes brumas calentadas por los focos instalados por el ayuntamiento junto a sus monumentos más señeros. La Vera Cruz, por fortuna, era una excepción a la regla.

Sumida en una oscuridad casi absoluta, sólo un fino hilo de luz procedente de su puerta oeste, entreabierta, indicaba que el recinto no estaba vacío.

-Deprisa, Guardián, no tenemos todo el tiempo del mundo.

Introdujeron el cuerpo inerte del «evangelista» en la iglesia. Lo izaron hasta una especie de torre hueca o edículo que sostiene el edifi­cio sagrado, y lo ascendieron por una desgastada escalera. Por fin lo depositaron, con sumo cuidado, en el suelo enladrillado de una peque­ña sala con un ara blanca tallada en el centro. Allí les aguardaba un hombre cubierto con una túnica blanca que le tapaba también el rostro.

-Habéis tardado.

Su reproche retumbó en las paredes vacías, burlando la penum­bra. El hombre del cigarro se justificó.

-El pájaro se retrasó más de la cuenta en salir del nido.

-¿Pudisteis grabar su conversación con «Marcos»?

-No. Todo fue muy rápido.

-Está bien, no importa. Dejadnos solos y cerrad la puerta.

El conductor de la furgoneta, extraordinariamente sumiso, se despidió con una pomposa reverencia de aquel sujeto. Segundos des­pués, cuando un golpe seco anunció que el portón de madera de la iglesia había sido atrancado, se inclinó sobre el desfallecido padre Baldi y trató de despertarle, con pequeñas palmaditas en las mejillas y los brazos.

El «regreso» del «evangelista» fue lento. Al fin pudo incor­porarse, aunque con dificultad. Se quitó las gafas para frotarse los ojos y recuperar progresivamente la vista. Después, con la ayuda del encapuchado, ingirió algo de agua para aclarar su garganta reseca, y por último dio un par de traspiés antes de apoyarse en el altar de piedra y sentirse con las fuerzas suficientes para articular algunas palabras.

-¿Dónde estoy?

El benedictino temblaba.

-En Segovia.

La voz del encapuchado, en contraste con la suya, sonó firme y desprendía cierto tono de familiaridad.

-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?

-Sencillamente retenerte. Has averiguado demasiadas cosas en poco tiempo, y estás a punto de echar a perder nuestros planes.

-¿Vuestros planes? ¿Quiénes sois?

-A mí me conoces.

El encapuchado, con cierta solemnidad, se echó para atrás la caperuza que le cubría la cabeza y parte del rostro, dejando al aire el inconfundible flequillo de Alberto Ferrell.

-¡Fray Alberto! -Baldi estuvo a punto de perder su precario equilibrio al identificar a su raptor-. ¿Es esto cosa de los americanos? Me secuestra para quedarse usted con el control del proyecto de Cronovisión, es eso, ¿verdad?

-No, nada de eso... Y me apena ver que todavía no haya com­prendido.

-¿Comprender? ¿Qué he de comprender?

-Cuál es nuestro papel en todo esto.

-¿Nuestro papel?

-El suyo y el mío. Somos peones de una partida de ajedrez de tremendas dimensiones.

A medida que se recuperaba de los efectos del somnífero, el «evangelista» iba elevando el tono de sus palabras.

-Que yo sepa, usted fue destinado a Roma por el gobierno nor­teamericano para ayudar a desarrollar la vertiente técnica del proyec­to de la Cronovisión. No veo partida de ajedrez por ningún lado.

-Oficialmente, así fue, padre. Aunque, de hecho, es hora de que sepa que mi trabajo está vinculado en realidad a un grupo muy antiguo llamado Fraternitate María Cordis, o Hermandad del Corazón de María, que durante los últimos veinte siglos ha preservado un se­creto terrible para la cristiandad. Un secreto que sólo el proyecto de la Cronovisión podría haber descubierto por sí mismo y que mi herman­dad se hubiera encargado de hacer público.

-¿Hermandad del Corazón de María? ¡Ustedes pusieron las bombas a la Verónica!

El padre Baldi enrojeció, y se arrastró tambaleándose hasta sentarse en un largo banco de madera oscura que circunvalaba todo el perímetro de la estancia.

-En realidad, aquel «atentado» fue el que obligó a mi grupo a actuar con rapidez y retenerle aquí. Lo que usted vio en San Pedro del Vaticano fue una advertencia de nuestros enemigos. Ellos arremetie­ron simbólicamente contra un monumento que contiene, en esencia, la clave de nuestro secreto.

-¿Secreto? No le entiendo.

-¡Vamos! Usted ha estudiado historia. Sabe que la columna de Santa Verónica fue erigida por orden papal para albergar la reliquia del «santo rostro», al igual que las otras columnas custodian la calave­ra de san Andrés, un trozo de la cruz donde fue crucificado Jesucristo o la lanza de Longinos que atravesó el costado de Nuestro Señor. Sabe que la «santa faz» corresponde al rostro de Jesús, que quedó misterio­samente grabado sobre ese lienzo...

-Sí, todo el mundo conoce esa historia.

-Los templarios que erigieron la iglesia estuvieron en el secreto y lo protegieron. Tuvieron contactos con seres superiores que les ad­virtieron de la guerra «divina» que se estaba librando a sus espaldas y de la importancia de preservar ciertos objetos para el futuro, para cuando la especie humana pudiera comprender el engaño...

Fray Alberto se acarició su cada vez más despoblada cabeza, antes de rematar la frase.

-... Pero antes de conocer otros hechos.

-¿Y el secreto?

-A eso voy. El secreto arranca cuando, durante las obras de la actual basílica de San Pedro, bajo el pontificado de Clemente VII,1 el Papa se da cuenta de que el paño de la Verónica fue impreso de la misma forma milagrosa que la tilma del indio Juan Diego, en México, en 1531, bajo su pontificado. Entonces no se sabía nada de radiaciones, y, con buen criterio, se creyó que ambas obras estaban estrecha­mente relacionadas entre sí.

-No entiendo.

-Es fácil: la Sábana Santa, la «santa faz» y la tilma de Guadalu­pe tienen un mismo origen. Ambas piezas fueron impresas por la ra­diación emitida por una clase muy particular de «infiltrados», cuya identidad la propia Iglesia no pudo establecer entonces, pero que, bá­sicamente, es la misma que impregnó la foto que usted fue a recoger esta mañana a la policía romana.

-¿Cómo sabe usted que...?

-Las paredes oyen.

-Lo que no entiendo es por qué tuvieron que atentar contra la columna de Santa Verónica -murmuró el «evangelista» con gesto abatido.

 

1 1523-1534.

 

-Como le he dicho, fue una estrategia urdida por nuestros ene­migos para ponerle a usted en la pista del Memorial de Benavides, sin que se diera cuenta de que estaba siendo utilizado. Ellos querían que lo encontrara a toda costa, lo confiscara a quienes lo tienen en este momento y lo devolviera al olvido al que ha estado condenado duran­te siglos. Firmaron la agresión con el nombre de nuestra hermandad, sólo para tratar de descubrirnos y obligarnos a desaparecer de la esce­na. Ya sabe, querían matar dos pájaros de un tiro.

-Y si esos enemigos que usted dice sabían dónde estaba el ma­nuscrito, ¿por qué no lo recuperaban ellos?

-Porque a los ángeles nos está permitido actuar en vuestro mundo hasta un cierto punto.

Baldi se estremeció.

-Usted...

-Sería muy largo de explicárselo todo -le atajó fray Alberto-. Con este secuestro estoy violando el código de no intervención en su sociedad, pero no tenía elección si quería impedir que lo que le voy a contar siguiera oculto por mucho tiempo.

-Le escucho.

-Usted conoce la historia de los ángeles caídos, y no es de los que tiene la imagen de nosotros de seres asexuados, casi estúpidos y con alas, así que le resumiré los hechos.

-¿Ángeles?

-Atienda: cuando Dios creó al hombre en este planeta, trabajó pon dos clases de ayudantes. Los más fieles a sus designios, convinie­ron en concebir al hombre como un ser inferior que, recluido en el llamado «Paraíso Terrenal», cumpliría como un autómata las tareas para las que fue diseñado, y que se reducían a trabajos físicos, casi como esclavos, en ciertos rincones ricos de la Tierra como el África aurífera. Sin embargo, otro grupo de ayudantes no estaba tan de acuerdo con la idea de crear un sirviente biológico a partir del patri­monio genético de Dios, de ahí lo de «creados a Su imagen y semejan­za»,1 que menciona el Génesis. Quisieron dotarle de conciencia y au­tonomía.

 

1  Génesis 1, 27.

 

-¡El pecado de Lucifer!

-En esencia, sí. El episodio de la «expulsión» del Paraíso surge de una conspiración para abrir la conciencia al hombre en contra de los designios de Dios, que debemos entender como una divinidad lo­cal, no como el Programador primigenio. Por eso se expulsó de la «di­rectiva divina» a los ayudantes que participaron en ese complot. Fue­ron desterrados a la Tierra, donde trataron de educar a ese ser todavía simple y primitivo mediante la creación de falsos dioses que les ins­truyeran sobre las más diversas ciencias y saberes. El humano resultó ser una criatura tremendamente crédula e insegura.

Mientras hablaba, fray Alberto daba vueltas alrededor del altar de piedra de la Vera Cruz, observando periódicamente la cara de estu­pefacción de su interlocutor. Tras aspirar algo de aire, decidió ampliar las explicaciones.

-Desde esa época ha habido dos facciones luchando sobre la Tierra. Por un lado los sirvientes «leales» a Dios que, pese a que Éste renunció a seguir ocupándose del planeta, quisieron recuperarlo de nuevo tratando de sumir al hombre en su anterior oscurantismo. Y por otro, los «rebeldes», que combatieron para llevar adelante su progra­ma de educación hasta que el ser humano comprendiera de una vez cuál era su verdadero lugar en el Universo y cuál era el rostro de quie­nes había creído sus protectores o su Dios.

-¿Y esa lucha...?

-La lucha se recrudeció con la llegada de Jesús, otro «rebelde» con la misión de abrir la conciencia humana, que fue condenado por los «leales» primero, y cuyo mensaje manipularon después.

Baldi se persignó espantado. Fray Alberto continuó casi sin pestañear.

-Esa lucha ha llegado hasta hoy. Los hombres que le han se­cuestrado, los que robaron el Manuscrito de Benavides del que sin duda le habrá hablado «Marcos», y yo, pertenecemos a la facción «re­belde». Nuestro trabajo ha consistido, durante siglos, en insuflar dosis de conocimiento en el ser humano, no sólo para que éste descubriera el verdadero rostro del Dios que les abandonó a su suerte (un dios menor, insisto, en ningún caso el Profundo que creó el Universo), sino para que tomara conciencia de ciertas habilidades o sentidos cuyo uso le fue velado por la facción «leal».

-Entonces, el hombre que yo vi en San Pedro y que me advirtió de que fuera a hablar con el segundo evangelista...

-No era un hombre. Era, llamémoslo así, un ángel leal que qui­so enviarle a los brazos de «Marcos» primero y a «Gran Soñador» des­pués, para que recuperara el Memorial e impidiera que ese conocimiento saliera a la luz, manteniéndolo dentro de los muros de una institución también «leal» como la Iglesia.

Baldi tenía los ojos abiertos como platos. Apenas podía creer lo que aquel hombre le estaba diciendo.

-¿Y tan importante es ese Memorial?

-Es la única prueba documental que podría demostrar la injeren­cia de los «leales» en ciertos episodios trascendentes de la historia, y que demostraría lo mucho que os han engañado como especie. Dios no es vengativo, ni justiciero, ni ha elegido ningún pueblo por encima de otro... El verdadero Dios es un reloj, un Programador del tiempo y el espacio.

-No sé qué decir.

-No diga nada. Simplemente ha de saber que fueron ellos, los «leales», quienes entregaron a monjas contemporáneas de María Jesús de Ágreda las claves para desdoblarse y proyectarse a otras regiones del planeta.

-¿Ellos?

-Sí. Lo hicieron, por ejemplo, en el caso de sor María Luisa de la Ascensión, más conocida como la «monja de Carrión», que experi­mentó numerosas bilocaciones a diversos lugares del mundo. Estuvo en Asís visitando el sepulcro de san Francisco; en Madrid atendió al moribundo Felipe III; en Japón reconfortó al mártir franciscano fray Juan de Santamaría en las batallas que allí se libraron contra los infie­les; entre los barcos españoles que regresaban de América y temían ser asaltados por piratas ingleses, y hasta se la vio en medio de algunas tribus del oeste de Nuevo México, evangelizándolas.

-¿Y qué interés tenían los «leales» en mandarla a tantos lu­gares?

-Uno muy claro: accidentalmente, a sor María Luisa se la tomó por Nuestra Señora en muchos de aquellos «saltos», y al ver los efectos que causaba en la población pagana, se la instruyó para que ella misma alimentase esa falsa sensación que tanto ayudaría más tarde a asentar el culto católico en ciertas regiones.

-Eso es una falacia sin ningún fundamento.

-No tanto, padre. Nosotros pusimos esa misma técnica en ma­nos de Robert Monroe, el ingeniero de sonido del que le hablé en Roma. Él tenía cierta propensión natural a los viajes astrales y a la «canalización», y detectamos su interés por llegar al fondo de aquellos fenómenos que le aquejaban, así que decidimos ayudarle. Creímos que si Monroe desarrollaba la técnica del viaje astral, que es una de las capacidades «angélicas» sustraídas a los humanos, tal vez podría deducir cómo se había estado engañando a la humanidad durante siglos con falsas apariciones.

-¿Y por qué le eligieron a él, y no a cualquier otro?

-Su cerebro tenía el lóbulo temporal derecho muy sensible. Esa parte del cerebro, que es la que regula la sensación de «yo» de un individuo con respecto al entorno y que controla funciones como los sueños o la memoria, puede, bajo determinadas circunstancias, actuar como «antena». Para nosotros fue relativamente fácil colarnos en sus sueños bajo la forma de Miranón, un «ángel instructor» que creamos para él, y orientarle sobre lo que debería hacer para poder reproducir esas vivencias a voluntad. Queríamos que un hombre del siglo XX sistematizase lo que fray Alonso de Benavides, tres siglos antes, escribió en los márgenes del ejemplar manuscrito del Memorial que robamos de la Biblioteca Nacional.

-Pero sigo sin entender sus propósitos. ¿Para qué?

-Para que la cristiandad comprendiera cómo se la engañó en­tonces con algo hoy reproducible casi a voluntad.

-Pero ¿por qué robaron el manuscrito si conocían las fórmulas y los mecanismos?

-En realidad lo robamos para que pueda salir a la luz, junto a la existencia del proyecto de la Cronovisión y de los esfuerzos militares del INSCOM por crear un departamento de «espías astrales». Nuestra pretensión era la de que alguien reuniera toda la verdad y explicara que la Virgen nunca estuvo en Nuevo México. Que fueron varias mon­jas utilizando técnicas precisas de los «leales» las que estuvieron allí, y que todo fue un complot para mantener una fe primitiva basada en la manipulación de las evidencias.

La conversación entre fray Alberto y el padre Baldi se extendió durante cincuenta minutos más. Durante ese tiempo, sólo sus voces retumbaron en la parte alta de la iglesia de la Vera Cruz, rodeados de la mayor oscuridad. Ni los frescos templarios que tímidamente emer­gían del encalado de las paredes, ni las banderas de la Orden de Malta colgadas alrededor de la nave octogonal del templo, habían sido testi­gos antes de una conversación semejante. El recinto, construido según la leyenda por los caballeros del Temple a su regreso de Jerusalén y diseñado con arreglo a los patrones de una arquitectura mágica basada en la Cúpula de la Roca del Templo de Salomón -por tanto, pergeña­da según el «número de oro» que descubriera Pitágoras-, comenzaba a condensar la presión de su interior.

-¿Y los «rebeldes» conocían esas técnicas? -preguntó Baldi después de escuchar a su interlocutor qué frecuencias de sonido logran que una persona se desdoble en un estado de hiperrelajación.

-En efecto. Y también sabíamos que aunque usted las redescu­briera durante sus trabajos de música sacra, sería difícil que escaparan al control de la Iglesia. ¿O es que cree usted que fue casualidad que recibiera en 1972 la visita de aquel periodista del Corriere della Sera preguntándole por su «máquina de ver el pasado»? ¿Y la del último reportero español que le enviamos?

-¿También fue cosa suya? Fray Alberto sonrió.

-¿De quién si no? Elegimos a un periodista al que predispusi­mos para encontrarse con usted primero, y luego con la historia de la Dama Azul, para que pudiera atar cabos y destapara esta trama.

-Pero eso no es posible. No se puede modificar el destino de una persona, así por las buenas -protestó «San Lucas».

-Nosotros, sí. Es sólo cuestión de conocer cómo funciona real­mente el Universo que, como supondrá, no es tan fiel a las leyes de Newton como se cree en este planeta. Ya las filosofías más antiguas defendían que el tiempo es una dimensión que limita sólo a ciertas especies en función de su grado de conciencia, pero nunca se hizo caso de esa máxima. Hoy sólo algunos físicos son capaces de intuir la pro­fundidad de esas palabras, sobre todo cuando comprueban a diario, en sus experiencias con partículas sencillas como fotones o electrones, que éstas se adelantan en su comportamiento a los propios deseos del experimentador. Es decir, a una escala infinitesimal, la «conciencia» de las partículas se adelanta al tiempo y «actúa» en consecuencia. Comprenderá que ese detalle no hace sino indicar qué especies más desarrolladas pueden adelantarse al futuro y allanar el terreno para preparar acontecimientos que otros menos advertidos llamarían «ca­sualidades».

-¿Y qué clase de «casualidades» han preparado?

-Perdone, pero es mejor que usted no esté al corriente. To­davía es nuestro rehén, al menos hasta que los acontecimientos se pre­cipiten.

«San Lucas» se encogió de hombros ante lo que fray Alberto presentaba como inevitable. Así que decidió tantear otros terrenos.

-¿Le contó todo esto a «San Mateo» cuando trabajó con él?

El «infiltrado» le contempló de hito en hito.

-El padre Luigi Corso fue un buen hombre. Le ayudé todo lo que pude al frente de la Cronovisión, sólo con la esperanza de que descubriera por sí mismo cómo se utilizó en el pasado la técnica de bilocación mediante la «densificación» del cuerpo astral, empleando vibraciones de sonido. Aunque no comprendió.

-Pero ¿se lo contó? -insistió Baldi.

-Le revelé el gran secreto de nuestra hermandad, sí. Estaba en la obligación de hacerlo, antes de que decidiera encerrar sus averigua­ciones en el Archivio Segreto Vaticano bajo cuatro llaves.

El padre Baldi interrogó a fray Alberto con la mirada.

-Sé lo que está pensando. En efecto, yo fui la última persona que le vio con vida. Le visité en su residencia para contárselo todo, y no pudo aguantar la verdad.

-Fue... usted.

 

44

 

Carlos empleó más de dos horas en leer la versión del manus­crito que escribiera Benavides para el rey. Devoró no sólo el texto principal -no muy diferente del Memorial impreso en 1630 por la Im­prenta Real de Felipe IV-, sino también las notas al margen donde se especificaban qué melodías sacras favorecían el «vuelo místico» y qué clase de operaciones practicaron ciertos ángeles en el cerebro de sor María de Jesús para que respondiese a ellas.1

 

1 Las operaciones de ángeles a monjas no se limitaron al caso de sor María Jesús de Ágreda. La propia santa Teresa sufrió también esas «operaciones», que des­cribió así: «Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios». Lo cierto es que, tras la muerte de esta santa, los médicos hallaron un gran corte horizontal en su corazón, que aún puede verse en su relicario de Alba de Tormes.

 

Se trataba de unos comentarios especialmente agudos, transcri­tos por Benavides de boca de la propia abadesa de Ágreda, aunque difícilmente comprensibles para un hombre pragmático como el rey. Sin embargo, a la luz de los sueños de Jennifer y de las técnicas em­pleadas en Roma con ella, aquellas palabras cobraban nueva vida.

Existía -o eso afirmaba el texto- una fórmula basada en vibraciones acústicas, para bilocarse. Una fórmula importada a la cristiandad por una clase de seres radiantes que habían descendido a la Tierra en la noche de los tiempos.

-Jennifer... -murmuró al fin el patrón, después de un buen rato en silencio.

-¿Sí?

-Usted vio a la Dama Azul en sus sueños, ¿verdad?

-Sí.

-¿Cómo era?

-Bueno... Siempre la vi descender del cielo en medio de un cono de luz. Irradiaba tanta luminosidad que a duras penas logré dis­tinguir los rasgos de su cara... pero un hecho me llamó la atención. Apostaría que era la misma mujer con la que soñé más tarde, la que llamaban María Jesús de Ágreda.

-¿Siempre fue la misma?

-Creo que sí.

-¿Y la vio siempre en solitario?

-Sí. ¿Por qué me pregunta eso?

-Porque, según este documento, hubo varias damas azules en ese período, y fueron ayudadas siempre por «ángeles» de aspecto hu­mano. Se enviaron varias monjas a ese lugar a predicar, que más tarde identificaron con la Virgen. ¿Sabe usted algo de esto?

-No. Nadie del proyecto me habló de otras damas azules.

Carlos se acarició la barbilla mientras contemplaba a Jennifer, que aguardaba deseosa de saber más detalles sobre el contenido del manuscrito. Pero el patrón no tenía tiempo.

-No me ha dicho usted qué nombre recibió ese proyecto con­junto entre el INSCOM y el Vaticano.

-No, no lo he hecho. No sé si es importante, tampoco si se trata de un secreto de Estado. Pero no tiene sentido ocultárselo. Se llamaba Cronovisión.

-¿Cronovisión?

-Eso es. ¿Ha oído hablar de él?

El periodista esquivó la mirada de Jennifer.

-Sí... sí. Hace mucho tiempo.

Jennifer no insistió. Carlos tembló recordando su último viaje a Venecia y una casi olvidada conversación con un benedictino llamado Giuseppe Baldi...

 

 

45

 

Cinco impresionantes Fiats negros, con las cortinillas de los asientos traseros echadas, atravesaron a toda velocidad la puerta de rejas del único bloque independiente de la piazza del Sant'Uffizio, en el número 11, no muy lejos de la explanada de San Pedro de Roma. Cualquier observador habría deducido que aquello no podía ser una buena señal. Y, en efecto, la Máxima Autoridad acababa de convocar a una reunión de urgencia al prefecto del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, al cardenal responsable de la Sagrada Congrega­ción para las Causas de los Santos, al director general del Instituto para Obras Exteriores (IOE), al secretario personal del Papa y al pre­fecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. El en­cuentro iba a tener lugar en el salón señorial de la sede de esta última Congregación, más conocida en todo el orbe cristiano con el nombre de Santo Oficio, a las 22.30 horas en punto.

 

Los cinco hombres subieron en silencio hasta la tercera planta del edificio, escoltados por sus respectivos secretarios. Mientras toma­ban asiento, tres monjas benedictinas sirvieron té y pastas en unos jue­gos de plata con las llaves de Pedro en bajorrelieve, al tiempo que varios funcionarios del Santo Oficio entregaban a los reunidos unas gruesas carpetas con documentación que respaldaba lo que se iba a debatir.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hom­bre con fama de pocos amigos, aguardó a que sus invitados estuvieran debidamente instalados antes de ordenar despejar la sala. Después, con la solemnidad que caracterizaba sus puestas en escena, anunció el inicio de la sesión tocando una pequeña campana de bronce.

-Eminencias, la Santa Madre Iglesia ha sido torpedeada desde dentro, y Su Santidad desea que paliemos los efectos del ataque antes de que sea demasiado tarde.

Los cardenales se miraron unos a otros con gesto de sorpresa. Nadie había oído nada acerca de sabotajes, conspiraciones o tramas dentro del Vaticano desde hacía meses. Es más, desde el atentado que sufriera el Papa a manos de un fanático turco, los acontecimientos se sucedían con una cierta calma. Sólo monseñor Ricardo Torres, cabeza dirigente de la Congregación para las Causas de los Santos, alzó la voz sobre el resto y exigió una explicación.

El prefecto Cormack, un hombre enjuto y con fama de implaca­ble, bien ganada desde que en 1979 el Papa le encargara neutralizar a los entusiastas cabecillas de la teología de la liberación, aguardó a que cesaran los murmullos. Observaba a los cardenales como quien se dis­pone a anunciar una desgracia irreparable y se compadece a un tiempo de su suerte.

-Seguimos sin tener noticias del padre Giuseppe Baldi, se­cuestrado en España el pasado miércoles.

Hizo una pausa. Los prelados reanudaron sus murmullos.

-Su desaparición no sólo ha dejado al aire nuestro proyecto de Cronovisión, sino que ha forzado a nuestros servicios secretos a inves­tigar el asunto, destapando una documentación que creo deben co­nocer de inmediato.

Cormack echó un vistazo a la sala, exigiendo silencio con sus poderosos ojos rasgados.

-En las carpetas que se les acaba de facilitar -prosiguió-, se encuentran algunos documentos que ruego examinen brevemente. Han sido reproducidos por primera y única vez. Estaban depositados en la cámara acorazada del Archivio Segreto, y confío que los maneja­rán con la mayor de las cautelas.

Los archivadores a los que se refería monseñor Joseph Cor­mack, de cubierta plastificada y con la bandera blanca y amarilla del estado pontificio estampada sobre ella, fueron abiertos de inmediato por todos.

-Atiendan, por favor, al primer documento -prosiguió el anfi­trión-. Verán una tabla cronológica donde se enumeran algunas de las principales apariciones de la Virgen durante los últimos veinte siglos. Si se fijan, se darán cuenta de que antes del siglo XI, la única apari­ción consignada es la visita que supuestamente hizo Nuestra Señora la Virgen María al apóstol Santiago, junto al río Ebro, en España, en el año cuarenta.

-Eminencia...

Monseñor Sebastiano Balducci, prefecto del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia y el púrpura más anciano de los reuni­dos a aquella hora intempestiva, se levantó de su silla esgrimiendo aquellos folios de forma amenazadora.

-Supongo que no se nos habrá convocado a una reunión sobre doctrina, utilizando para ello la vía de máxima prioridad.

-¡Siéntese, padre Balducci! -le recriminó el cardenal Cormack con los ojos enrojecidos-. Ustedes saben lo mucho que aprecia Su San­tidad el culto a la Madre de Dios, y lo mucho que ha trabajado en su consolidación en todos los continentes...

Nadie replicó...

-... Pues bien, alguien quiere poner en evidencia los métodos que hemos utilizado para promover ese culto, y desprestigiar toda nuestra institución.

-La situación es desconcertante, eminencias -Stanislaw Zsidiv, el secretario del Papa, y el último hombre que viera a Baldi en Roma, tomó la palabra, mirando a cada uno de los reunidos con su gélido rictus de leñador polaco-. De alguna manera, se ha filtrado fuera de los muros vaticanos la técnica que hemos utilizado para provocar cier­tas apariciones de Nuestra Señora.

-¿Métodos? ¿Técnica? ¿Se puede saber de qué están ustedes hablando...? -el anciano Balducci volvió a la carga, cada vez más irri­tado.

-Monseñor Balducci, usted es el único en esta sala que no ha sido informado del objeto de discusión de esta noche -le atajó Cor­mack de nuevo-. Sin embargo, va a jugar un papel fundamental para tratar de controlar la tormenta que se nos viene encima.

-¿Tormenta? Aclárese, por favor.

-Si mira de nuevo el listado, le explicaré algo que nuestra insti­tución ha mantenido en secreto durante muchos siglos.

Joseph Cormack, que a pesar de sus más de treinta años en Roma nunca había logrado pulir sus modales de cura de barrio conflictivo, apuró de un ruidoso sorbo su café, mientras observaba al padre Balducci intentando descifrar con sus pequeñas gafas doradas el pri­mer documento.

-Lo que está leyendo, padre, es la historia de la primera apari­ción histórica de la Virgen. Se la resumiré: se cree que María, preocu­pada por los escasos avances de la evangelización de la Hispania y por las dificultades que el apóstol Santiago tenía en su misión, se le presen­tó en cuerpo y alma junto al río Ebro, en la ciudad de Caesar Augusta.

-Es la leyenda que dio pie a la construcción del Pilar de Zaragoza -puntualizó monseñor Torres, el único español de la reunión y declarado devoto de Nuestra Señora del Pilar.

-Así es. El caso es que esta «visita» se produjo en vida de la Virgen, antes de su ascensión a los cielos, y sirvió para que dejara en Zaragoza un recuerdo..., una columna de piedra que aún se venera.

Balducci miró a Cormack de reojo y balbuceó algo que escu­charon todos los presentes.

-¡Fábulas! Santiago nunca estuvo en España...

-Santiago no, padre, pero la Virgen, sí. De hecho, se discutió mucho sobre aquel prodigio en los primeros años de nuestra institu­ción, y se concluyó que se trató de un milagro de bilocación. Nuestra Señora se desdobló por la Gracia de Dios hasta el Ebro, y se llevó consigo una piedra de Tierra Santa que plantó allí.

-¿Y bien?

Cormack se estiró ante la duda, casi ofensiva, del suspicaz car­denal. Su peculiar manera de pronunciar «por la Gracia de Dios» ha­bía hecho recelar al prefecto de los Asuntos Públicos de la Iglesia.

-Si mira el listado, las siguientes apariciones históricas datan del siglo XI. ¡Mil años después!

Monseñor Balducci no se dio por enterado. Miraba con cara de incredulidad aquella enumeración de nombres, fechas y lugares, y re­pasaba los datos sobre el papel a medida que los iba enunciando su anfitrión. Todavía no sabía dónde quería ir a parar.

-Aquellas nuevas visiones de la Virgen se extendieron como una auténtica epidemia por toda Europa. Nadie sabía lo que estaba sucediendo -y la Iglesia aún menos-, hasta que el Papa Inocencio III encargó una investigación a fondo que desveló algo sorprendente, y que se decidió mantener en secreto y al alcance de sólo algunos privi­legiados, dadas sus tremendas consecuencias históricas.

-Prosiga, padre Cormack. Le escucho.

-Está bien -respiró hondo-. Luego de que toda la cristiandad comprobara que el mundo seguía respirando después del 31 de di­ciembre de 999, se produjo una revitalización de nuestra fe sin paran­gón en la historia. La feligresía multiplicó su esperanza de redención y las órdenes monásticas vieron crecer espectacularmente sus recluta­mientos hasta cotas antes impensables. Muchos de esos nuevos cléri­gos y religiosas accedieron de repente a un mundo reglado, donde fue­ron sometidos a toda clase de estímulos nuevos, y comenzaron a proliferar los místicos. La comisión del Papa Inocencio, al investigar algunas apariciones y compararlas con algunas anomalías que sucedían intramuros de ciertas congregaciones, descubrió que muchas apa­riciones de la Virgen eran «simples» desdoblamientos de religiosas. Por lo general se trataba de mujeres que, además, padecían éxtasis muy intensos donde irradiaban luz, levitaban o entraban en estados epilépticos severos, dando pie a graves confusiones.

-¿Y por qué se ocultó aquello? -Los reunidos sonrieron ante la ingenuidad del padre Balducci.

-¡Hombre de Dios! La fe medieval en la Virgen sirvió para disi­mular muchos cultos anteriores al cristianismo, especialmente a diosas paganas de todo tipo, y justificó la construcción de catedrales y ermi­tas por toda Europa. Allá donde peligraba la fe, se «inventaba» una advocación mariana y se unía al pueblo para que le edificara un monumento de propiedad eclesial... Sin embargo, no fue hasta un tiempo después que se pudo controlar el fenómeno del desdobla­miento de algunas místicas, y se crearon advocaciones de la Virgen a voluntad.

-¿A voluntad? -Balducci ya no daba más crédito a lo que oía.

-Sí. Se descubrió, gracias a algunas «filtraciones» casi milagro­sas, que utilizando ciertas frecuencias musicales de los cantos practica­dos fundamentalmente por la Orden de San Benito, se favorecían los accesos de éxtasis en ciertas mujeres (siempre religiosas, a las que se podía controlar), que después se desdoblaban y viajaban adonde se les indicaba. El juego era peligroso, ya que las monjas envejecían rápida­mente, su salud mental se deterioraba en pocos años y quedaban casi inservibles para nuevos servicios.

Monseñor Balducci echó un vistazo a otro listado incluido en el dossier que la secretaría del Santo Oficio les había facilitado. En él figuraban nombres de religiosas desde el siglo XI al XIX, que aparente­mente participaron en la creación de determinadas apariciones maria­nas. Aquello era, en efecto, un escándalo de gigantescas proporciones para la cristiandad. Monjas como la cisterciense Aleydis de Schaerbeck, quien hacia 1250 se hizo célebre porque su celda se iluminaba de una luz fulgurante, mientras su cuerpo se «aparecía» en Toulouse y otras regiones del sudeste francés; la reformadora clarisa Colette de Corbie, santa, que hasta su muerte en 1447 se dejó ver en los alrededo­res de Lyon, dando pie a varias advocaciones de Nuestra Señora de la Luz, por la intensidad con que su imagen fue vista por aquellos pagos; sor Catalina de Cristo, en la España de 1590, sor Magdalena de San José, en el París de un siglo después, María Magdalena de Pazzi en 1607, en Italia... y así hasta más de cien monjas.

-Pero esto requería de una organización que coordinara todos los esfuerzos -arguyó Balducci cada vez más atónito.

-La organización existió, y era una pequeña división dentro del Santo Oficio -le respondió amablemente Giancarlo Orlandi, director general del IOE y que hasta ese momento había permanecido callado.

-¿Y ha actuado impune durante tantos siglos, sin ser descu­bierta?

-Impune, más o menos, padre -Cormack matizó con cierto pe­sar-. Ésa es, precisamente, la razón que ha motivado esta reunión de urgencia. De hecho, en otra parte de la documentación adjunta encon­trará numerosos datos sobre la única grave indiscreción que cometió este proyecto en ocho siglos de existencia. Sucedió en 1631, después de que el Santo Oficio culminara con éxito un programa de «evangelización» a distancia, proyectando una monja de clausura española a Nue­vo México.

-¿La Dama Azul?

-Vaya, ¿conoce el caso? -la respuesta de Balducci sorprendió a los reunidos.

-¿Y cómo no? Hasta las ratas en Roma saben que han estado desapareciendo documentos históricos de varias bibliotecas y archivos públicos relativos a ese caso, en estos últimos meses.

-Precisamente.

El padre Cormack inclinó levemente la cabeza, permitiendo a monseñor Torres, como responsable del examen del dossier de la Dama Azul para su posible canonización, que se explicara.

-El asunto de los documentos desaparecidos -arrancó Torres con brío- es un misterio. Han sido robados de la Biblioteca Nacional de Madrid, de los Archivos Iberoamericanos de los franciscanos y has­ta del Archivio Segreto Vaticano. Los ladrones seleccionaron cuidado­samente aquellos textos que podían poner de relieve la existencia de este programa de creación de «apariciones» marianas, y han intentado filtrarlos públicamente.

-Luego estaban al corriente de todo... -murmuró el secretario Zsidiv.

-Ése es el problema. No cabe duda de que una organización muy poderosa se ha infiltrado entre nosotros, y busca nuestra ruina. Existe una quinta columna que está tratando de echar por tierra una labor de siglos.

-¡Padre! ¿No estará acusando veladamente a nadie de esta me­sa? -Giancarlo Orlandi sobresaltó a todo el «concilio».

-No se exalte. La quinta columna de la que hablo actúa a espal­das de la Madre Iglesia. De momento ha conseguido hacerse con un documento que todos considerábamos perdido, y en donde se explican las técnicas para crear falsas apariciones de la Virgen y otros prodigios como las voces de Dios, mediante el uso de determinadas vibraciones acústicas.

-¡Dios! ¿Es eso posible?

Balducci miró horrorizado al padre Cormack, contemplando cómo éste asentía condescendientemente.

-Así es.

-¿Y qué ocurriría si se descubriese el engaño?

-Que caeríamos en un tremendo desprestigio. Imagínese: apa­receríamos como los creadores de muchas importantes apariciones de la Virgen mediante «efectos especiales». La feligresía podría sentir­se traicionada y apartarse de la tutela de la Santa Madre Iglesia...

-¿Sólo nos perjudicaría a nosotros?

La matización del cardenal Torres no sonó a pregunta, sino a exigencia para que Cormack aclarase un último punto.

-Bueno, en realidad no. Lo que nosotros hemos hecho ha sido seguir un modelo instaurado en la primera y única aparición real de la Virgen en la historia, que fue, en verdad, una bilocación. Después de su ascensión a los cielos, se nos «filtró» la fórmula para imitar ese pro­digio un milenio más tarde. La misma fórmula que emplearon ciertos personajes, llamémosles ángeles de carne y hueso, para trasladar a María a Zaragoza y devolverla a su punto de partida.

-Y supongo que mi misión será convencer a la cristiandad de la autenticidad de esas apariciones como prefecto del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, ¿no es cierto? -murmuró Balducci.

-No exactamente. Calculamos que el daño es irreparable, y que la potencia hostil que se ha hecho con la documentación, ha tomado ya medidas para dar a conocer esta terrible verdad.

-¿Y entonces?

-Su misión será dosificar esa información al mundo para que no resulte traumática. Tememos seriamente que el asunto esté ya fue­ra de control.

-¿Y cómo?

-Eso es lo que debemos acordar aquí. Pero tengo varias ideas. Pida, por ejemplo, que alguien escriba una novela, que filmen una se­rie de televisión, que se ruede una película... ¡qué sé yo! Procede utili­zar el engranaje de la propaganda. Ya sabe, cuando las verdades se disfrazan de ficción, por alguna razón terminan perdiendo verosimi­litud.

Monseñor Zsidiv se levantó de su silla luciendo un gesto triunfal.

-Yo tengo una propuesta que creo podría ser útil. Baldi, antes de desaparecer, habló con un periodista al que, ingenuamente, le filtró ciertos detalles de la Cronovisión que más tarde publicó en España, con cierta repercusión.

-Lo recordamos -le interrumpió Cormack.

-¿Y por qué no invitar a ese periodista a escribir la novela que usted propone? A fin de cuentas, él ya dispone de ciertos elementos por donde comenzar a hilar la historia. Podría titularla algo así como La Dama Azul...

El prefecto del Santo Oficio esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

-Ése es un buen punto de partida. Piensa usted como los ánge­les -le espetó.

Zsidiv sonrió para sus adentros, y musitó una frase apenas per­ceptible.

-... Sí; rebeldes.

 

 

POST SCRIPTUM

 

(algunas pistas para lectores desprevenidos)

 

La historia de la Dama Azul dista mucho de haber quedado cerrada en las páginas precedentes. En los manuales de Historia, los arrebatos y bilocaciones de sor María Jesús de Ágreda, así como los de otras religiosas de su tiempo como sor María Luisa de la Ascensión -o de Cardón-, pasaron desapercibidos. Sin embargo, pese al olvido del episodio de la Dama Azul, la monja de Ágreda desarrolló a partir del fin de sus éxtasis una vida intensa, dedicada a la literatura y a una profusa correspondencia con los principales personajes políticos de su época, entre ellos el propio rey Felipe IV.

De entre todos sus escritos de madurez, uno en particular la convertiría en inmortal. Se trata de una voluminosa obra, en ocho vo­lúmenes, que tituló Mística Ciudad de Dios, y que confeccionó -o eso aseguró ella- por expreso deseo de la Virgen María. En ella narra la vida e inmaculada concepción de Nuestra Señora, dictada por ella misma. Una vasta tarea en la que empleará siete largos años, durante los cuales no sólo se suceden sus visiones extáticas de ángeles y otras po­tencias celestiales, sino que inaugura una estrecha amistad con el rey Felipe.

El monarca, en la línea de sus predecesores en el trono, con­fió los secretos de su alma a tan inspirada mujer, cuyos consejos le indujeron a desembarazarse de la agobiante presencia del Conde-Duque de Olivares en la corte del último gran Austria. Incluso le con­soló ofreciéndose como una suerte de «médium» entre el rey y su es­posa Isabel de Borbón una vez fallecida, o entre el rey y su difunto hijo el príncipe Baltasar Carlos, «destinado», según la monja, al pur­gatorio.

Sor María Jesús quemó el manuscrito original de la Mística Ciudad de Dios en 1643, y reemprendió su reconstrucción en 1655. En vida, incineró otros muchos escritos, especialmente los redacta­dos alrededor de su período de supuestas bilocaciones en Nuevo México, por lo que los investigadores perdimos unas pistas preciosas para llegar al fondo de aquellas vivencias. Sólo el Memorial de Benavides -un documento absolutamente histórico, al que esta novela está indisolublemente unido- ha llenado parcialmente esa impenetra­ble laguna. Es por eso que estos episodios son los más oscuros de los que se tiene noticia, y, probablemente, junto a algunas ideas cierta­mente insólitas de su obra mística, los responsables de que ningún Papa se haya decidido a canonizar a esta piadosa y extravagante mujer.

En cuanto a los otros frentes abiertos en esta obra, debo decir que, efectivamente, el gobierno de Estados Unidos instituyó en Fort Meade un laboratorio para crear «espías psíquicos», muchos de los cuales llevan varios años refiriendo públicamente, y en primera persona, algunas de sus vivencias dentro del INSCOM. La mayoría de sus testimonios me han servido como base para confeccionar partes esenciales de esta novela. Como también, los estudios de Robert Monroe, un ingeniero desgraciadamente fallecido en 1995 y que logró aportar una visión esclarecedora del fenómeno del viaje astral en sus libros Journeys Out of the Body, Far Journeys y El viaje defi­nitivo.

 

Igualmente real es el proyecto de la Cronovisión. De hecho, a principios de esta década me entrevisté personalmente en Venecia con un sacerdote benedictino que participó en ciertos experimentos para tratar de «ver», e incluso «fotografiar», el pasado. Aquel buen religio­so -también experto en prepolifonía- sólo me explicó que Pío XII ha­bía decretado aquellas investigaciones como riservattisimas, y que su divulgación masiva podría cambiar el semblante de nuestra historia. Él sabrá.

 

La obra que acabas de leer es, pues, el fruto de algunos cabos sueltos con los que he tropezado en el curso de mis investigaciones sobre la Dama Azul y el enigma de los «saltos» espaciotemporales. Unos cabos que, debidamente atados, me han permitido alcanzar, al menos, una certeza íntima... La de saber que nuestro planeta está sien­do efectivamente controlado desde dentro por «infiltrados», que han encauzado determinados aspectos de nuestra cultura y nuestra reli­gión para hacernos digerir poco a poco la Gran Verdad: que el ser humano no está solo en el Universo.

 

Quienes hayan visto o sentido de cerca la larga mano de estos «infiltrados», coincidirán conmigo.

 

 

 

Escrito a caballo de tres continentes (Europa, América y África),

entre el verano de 1997 y la primavera de 1998, año del IV

Centenario de la fundación del estado de Nuevo México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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