Libro N° 6024. En La Ruina. Comedia Política. Shaw, Bernard.
© Libro N° 6024.
En La Ruina. Comedia
Política. Shaw, Bernard. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © En La Ruina. Comedia Política. Bernard Shaw 1933
Versión Original: © En La Ruina. Comedia Política. Bernard Shaw
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
EN LA RUINA
Comedia Política
Bernard Shaw
1933
PREFACIO
EL
EXTERMINIO
En
esta comedia, un jefe de policía alude a la nece¬sidad política de matar gente:
una necesidad tan afligente para los estadistas y tan terrorífica para los
simples ciudadanos que nadie salvo yo (que yo sepa) se ha arries¬gado a
examinar esto directamente en sí mismo, aunque todo gobierno se siente obligado
a ponerlo en práctica en una escala que varía desde la ejecución de un ase¬sino
aislado hasta la masacre de millones de personas totalmente inocentes. Aunque
aceptamos estos procedi¬mientos y aun los aplaudimos y celebramos, nosotros
mismos no nos atrevemos a decir qué hacemos o por qué lo hacemos; y por eso
llamamos a esto justicia o pena capital o nuestro deber para con el rey y la
patria o le damos cualquier otro blanqueo verbal adecuado para algo de que
huimos instintivamente como de un tra¬bajo sucio. Esas evasiones infantiles son
repulsivas. De-bemos quitar el blanqueo y descubrir qué hay en realidad debajo
de él. El exterminio debe ser planteado sobre una base científica si se lo
quiere realizar en forma hu¬manitaria y justificada, así como concienzuda.
EL
ASESINATO COMO FUNCIÓN POLÍTICA
Toda
persona reflexiva comprenderá que el asesinato es una necesidad indiscutible. A
menos que mate a los conejos y los ciervos y las ratas y los zorros, o que
"los tenga a raya", como solemos decir, la humanidad habrá de
perecer; y el sector de la humanidad que vive en el campo y está trabado en
lucha directa y personal con la naturaleza para ganarse la vida no tiene dudas
sen¬timentales y comprende que hay que matarlos. En cuan-to a los tigres y a
las víboras venenosas, su incompati¬bilidad con la civilización no se discute.
Esto no excusa el uso de crueles trampas de acero, venenos torturantes o
manadas de sabuesos como métodos de exterminio. El asesinato puede realizarse
cruelmente o bondadosamente; y la elección deliberada de métodos crueles y su
orga-nización como placeres populares, es un pecado; pero el pecado radica en
la crueldad y en el goce que propor¬ciona ésta, no en el asesinato.
EL
CARÁCTER SAGRADO DE LA VIDA HUMANA
En
el derecho, trazamos una línea divisoria entre el asesinato de los animales
humanos y el de los no hu¬manos, separando a éstos con el nombre de bestias.
Ello se basa en una creencia general de que los seres huma¬nos tienen almas
inmortales y las bestias no. En la ac¬tualidad, hay cada vez más gente que se
niega a hacer este distingo. Puede creer en La Vida Eterna y en La Vida Futura;
pero no distingue entre el Hombre y la Bes¬tia, porque algunos creen que las
bestias tienen alma, mientras que otros se niegan a creer que las materia¬
lizaciones físicas y encarnaciones de La Vida Eterna son eternas en sí mismas.
En ambos casos, la distinción mís¬tica entre el Hombre y la Bestia desaparece;
y el alegato del asesino de que, aunque a un conejo hay que matarlo por ser
dañino, a él hay que perdonarle la vida porque tiene un alma inmortal y un
conejo no la tiene, es tan irremediablemente anticuado como un duelista que
alega su carácter clerical. Cuando aparece la necesidad de ma¬tar a un
peligroso ser humano, como sucede aún actual¬mente, el único distingo que
hacemos entre un hombre y un conejo caído en una trampa es que le
proporcio¬namos delicadamente al hombre un sacerdote para que le explique que
no lo matamos, sino que sólo apresu¬ramos su traslado a una eternidad de
bienaventuranza.
La
necesidad política de matarlo es análoga a la de matar la cobra o el tigre: es
tan feroz o inescrupuloso que si sus vecinos no lo matan él matará o destruirá
a sus vecinos: por lo tanto, sólo resta incapacitarlo de una vez por todas
liquidándolo o consumir las vidas de gente útil e inofensiva cuidando de que no
cometa fechorías y enjaulándolo cruelmente como a un león de circo.
Aquí,
alguien exclamará sin duda que existe la alter¬nativa de enseñarle buenos
modales: pero no me refiero a esos casos: la verdadera necesidad sólo surge
cuando se trata con gente indomable, constitucionalmente in¬capaz de reprimir
sus impulsos de violencia o adquisi¬tivos y que no tiene reparo en sacrificar a
los demás para su propia conveniencia inmediata. Castigar a perso¬nas
semejantes resulta ridículo: sería igualmente razo¬nable castigar a una teja
por haberse caído del techo durante una tormenta y haber golpeado en la cabeza
a un sacerdote. Pero matarlos es muy razonable y ne¬cesario.
EL
EXTERMINIO ACTUAL
Todo
esto no pasa de ser simple criminología ele¬mental, de la cual he tratado ya en
forma muy com¬pleta en mi Ensayó sobre las Cárceles, que les reco¬miendo a los
lectores que se sientan impelidos a divagar en este momento sobre la Disuasión,
tan amada por nuestros directores de cárceles y jueces. Esa creencia aca¬ba con
el dogma del carácter incondicionalmente sagrado de la vida humana ó cualquier
otra encarnación de la vida, pero sólo abarca un rincón del campó abierto por
las fuerzas de exterminio modernas. En Alemania, se insinúa que la raza nórdica
debería exterminar a la lati¬na. Como ambos troncos lingüísticos están
entretejidos sin remedió a esta altura, no resulta practicable una eru¬dición
barata etnológica; pero su análisis hace familiar esa idea y despeja el caminó
para las insinuaciones prac¬ticables. No sólo se ha abogado por el exterminio
de razas y clases íntegras, sino que también se lo ha intenta¬do. La
extirpación de los judíos como tales figuró duran¬te unos breve r momentos de
demencia en el programa del partido nazi en-Alemania. El exterminio del
campesino se desarrolla activamente en Rusia, dónde la aniquila¬ción de las
clases de damas y caballeros de recursos seu¬do independientes se ha logrado
ya; y una tentativa de exterminar a la vieja clase conservadora de los
profesio-nales y de la de los kulaks ó agricultores acomodados sólo ha sido
contenida por el descubrimiento de que no se puede prescindir aún de ellos.
Fuera de Rusia, se aboga ampliamente por el exterminio de los comunistas; y en
el imperio británico y en Estados Unidos, existe un movimiento para exterminar
a los fascistas. En la India, el impulsó de los musulmanes y los indios de
exterminarse mutuamente se ve complicado por el im¬pulsó del imperio británico
de exterminar a ambos cuan¬do resultan nacionalistas militantes.
LAS
TENTATIVAS ANTERIORES NO DAN EN EL BLANCO
La
novedad y el significado de esos ejemplos con¬siste en la condición equivalente
de las partes. El ex¬terminio de lo que los exterminadores llaman razas
inferiores es tan viejo como el mundo. "El muerto a pedradas no tiene
prójimo", dijo Cromwell cuando tra¬tó de exterminar a los irlandeses. El
único negro bueno es el negro muerto" dicen los norteamericanos del tipo
Ku-Klux. "¿Odia un hombre algo que no mataría?", dijo con ingenuidad
Shylock. Pero los blancos, como nos llamamos absurdamente a nosotros mismos a
pesar del testimonio de nuestros espejos, consideramos espe¬cies inferiores a
toda la gente de un color distinto. Las damas y los caballeros identifican a
los obreros rebeldes con las sabandijas. Los dominicos, cancerberos de Dios,
consideraban a los albigenses los enemigos de Dios, así como Torquemada
consideraba a los judíos los asesinos de Dios. Todo esto es historia antigua:
lo que enfren¬tamos ahora es una creciente comprensión de que si deseamos
cierto tipo de civilización y de cultura, debe¬mos exterminar a la gente que no
encaja en ella. Existe una diferencia entre el fusilamiento a la vista de los
aborígenes en los suburbios australianos y las masacres de los aristócratas en
el terror que siguió a los ataques extranjeros contra la revolución francesa.
El pistolero australiano mata a los aborígenes para satisfacer su antipatía
personal al negro de cabello largo. Pero en la República Francesa nadie sintió
lo mismo por Lavoisier, ni ningún nazi alemán pudo sentir lo mismo con respecto
a Einstein. Sin embargo, Lavoisier fue guillotinado; y Einstein tuvo que huir
de Alemania para no perder la vida. Era estúpido decir que a la República no le
ha¬cían falta los químicos; y ningún nazi embruteció a su partido hasta el
extremo de decir que el nuevo estado fascista nacionalsocialista alemán no
necesitaba a físicos¬matemáticos. La idea es que los aristócratas (la clase de
Lavoisier) y los judíos (la raza de Einstein) no son dignos de disfrutar del
privilegio de vivir en una so¬ciedad moderna fundada sobre definidos principios
de bienestar social, netamente diferenciada de los antiguos conglomerados
promiscuos toscamente acaudillados por jefes que no tenían la menor idea sobre
la crítica social, ni tiempo para inventarla.
LA
CABEZA DEL REY CARLOS
Por
lo demás, fue la revolución inglesa la que in¬trodujo la idea del Enemigo del
Pueblo u Hombre de Sangre y mató al rey, como una afirmación de que ni siquiera
los reyes deben sobrevivir si son Enemigos del Pueblo. Esto fue algo mucho más
avanzado que la eje-cución en el siglo siguiente de Luis XV [sic] como traidor
vulgar o la del zar en nuestros tiempos para im¬pedir que lo capturase el
contingente checoslovaco y lo usara como bandera para agrupar a la reacción
realista. Carlos afirmaba tener un derecho divino de gobernar contra el
Parlamento y no estaba dispuesto a discutir el asunto. El Parlamento le negó
ese derecho y le opuso el derecho divino de gobernar de los vencedores electo¬
rales. Se libró la lucha; y los ganadores de la elección, victoriosos,
exterminaron lógicamente al rey. Al descu¬brir aquéllos que su autoridad
requería aún un disfraz regio, hicieron un duro pacto con el hijo del rey por
la corona y después de haber echado al rey siguiente que lo violó, concertaron
otro, más duro aun, con su nieto ho¬landés, antes que permitir que el título de
rey, que había perdido las nueve décimas partes de su significación, fue¬se
usado de nuevo por razones de comodidad en Ingla¬terra. Nadie tenía nada que
decir contra el carácter de Carlos como particular. Sólo fue eliminado por
incompa¬tibilidad política, o "liquidado", como decimos ahora. En esa
transacción hubo algo de realmente novedoso. La Iglesia, durante siglos, había
obligado al Estado secular a liquidar a los herejes; y la masacre de rebeldes
que trataron de sustituir a una dinastía por otra o de obte¬ner el trono para
sí era una rutina usual. Pero Carlos no era un hereje ni un rebelde. Afirmaba
un derecho divino a gobernar sin ganar elecciones; y como ese de¬recho no podía
coexistir con la supremacía de una pluto¬cracia mucho más rica y poderosa,
perdió la cabeza.
Carlos
sólo fue la primera víctima. Después de Culloden, a los jefes montañeses
derrotados y a sus parientes los mataron como a ovejas en el campo. Si hubiesen
sido simples prisioneros de guerra, esto habría significado un crimen. Pero
como eran también incompatibles con la civilización británica, esto apenas fue
una liquidación.
EL
DERECHO A EXTERMINAR QUE CONCEDE LA PROPIEDAD PRIVADA
Después
de haber eliminado el derecho divino de los reyes, los liquidadores políticos
se ocuparon poco a poco de su derivado, el derecho divino de los
terratenientes,que se disfrazara gradualmente de propiedad privada de la
tierra. Porque cuando una parcela se convierte en bien privado de un individuo
cuya subsistencia depende de ella, la relación entre él y los habitantes de esa
par¬cela se trueca en económica; y si se vuelven económi-camente superfluos o
manirrotos, debe exterminárselos. Esto sucede a cada momento dondequiera existe
la pro¬piedad privada de la tierra. Si poseo tierra y me resulta lucrativo
cultivar trigo en ella, necesito muchos obreros agrícolas que me permitan
hacerlo; y por lo tanto, tole¬ro su existencia. Si luego descubro que resulta
más lu¬crativo cubrir mi tierra de ovejas y vender su lana, tengo que tolerar
la existencia de las ovejas; pero ya no nece-sito soportar a los obreros; por
lo tanto, los expulso de mis tierras, que es mi método legal de exterminio,
con¬servando solamente a unos pocos como pastores. Más tarde, descubro que me
beneficia más poblar mi parcela de ciervos salvajes y percibir dinero de los
caballeros y damas que se divierten disparando contra ellos. En¬tonces,
extermino a mis pastores y sólo conservo a algunos guardabosques. Pero puedo
ganar mucho más de-jándoles mi tierra a unos industriales para que construyan
fábricas. Estos exterminan a las ovejas y a los ciervos; pero necesitan un
número mucho mayor de hombres que el que necesitaba yo cuando cultivaba trigo. Los
despedidos abarrotan las fábricas y se multiplican como conejos; y, por el
momento, la población crece en vez de disminuir. Pero pronto aparecen las
máquinas y ha¬cen económicamente superfluos a millones de proletarios. Por lo
tanto, el dueño de la fábrica los despide, lo cual es su método legal de
exterminio. Durante esos sucesos los exterminados, o, como los llamamos, los
desahucia-dos y expulsados, tratan de no morirse de hambre en parte emigrando,
pero más que nada ofreciéndose para toda clase de empleos como soldados,
criados, prostitu¬tas, oficiales de policía, basureros y engranajes de la
enorme maquinaria de diversiones y protección de las ociosas clases ricas
creada por el sistema de la propie¬dad privada. Organizándose en sindicatos y
en partidos laboristas municipales y parlamentarios y cosas pareci¬das y
manteniendo una suerte de incesante guerra civil consistente en huelgas y
disturbios, les arrancan a los propietarios lo suficiente para disminuir el
porcentaje del exterminio (indicado por el cálculo presunto de vida de los
actuarios para los que no poseen propiedades) por períodos calificados de
graduales, hasta que los pro¬pietarios, librando guerras suicidas, se ven
forzados a intensificar sus economías y el ritmo del exterminio vuel¬ve a
aumentar.
DISFRACES
BAJO LOS CUALES FUNCIONA EL
EXTERMINIO
PRIVADO
Nótese
que, mientras sucede todo esto, los informes del Archivero general no nos
indican las defunciones de los exterminados como tales, porque éstos no se
mue¬ren de hambre como los viajeros en el desierto. Su muerte por hambre es más
o menos prolongada; y cuan¬do sobreviene la catástrofe final, está disfrazada
bajo un imponente despliegue de nombre que le dan los médi¬cos para llamar a la
agonía. Las víctimas mueren más que nada en el primer año y luego a todas las
edades, menos aquella en que muere la gente debidamente ali¬mentada. A veces
llegan, famélicos, a una edad en que la gente de bolsillos bien provistos come
tanto que muere ahíta. En cualquiera de estas formas y en todas ellas, el
exterminio es una característica real y permanente de la civilización de la
propiedad privada, aunque nunca se la menciona como tal, y a las damas y
caballeros se les educa cuidadosamente para que no tengan concien¬cia de su
existencia y digan tonterías sobre sus hechos cuando son harto evidentes o se
vuelven demasiado es-candalosos para que se los pase por alto, cuando abogan a
menudo por la emigración o el control de la natali¬dad o la guerra como
remedios. Y contra los hechos existe una rebelión humanitaria crónica que se
expresa subterráneamente o en la superficie de la tierra con mo¬vimientos
revolucionarios, haciendo muy inestables nues¬tras constituciones políticas e
imponiéndoles una mala fe habitual a los estadistas conservadores.
LOS
PODERES PRIVADOS DE VIDA Y MUERTE
El
más importante de todos esos hechos es que los propietarios privados tienen
poderes irresponsables de vida y muerte en el Estado. Esos poderes pueden ser
tolerados mientras el gobierno es, en realidad, un comi¬té de propietarios
privados; pero si lo amplía o susti-tuye otro que obra en interés de todo el
pueblo, ese gobierno no permitirá que ninguna clase privada tenga a su merced
las vidas de los ciudadanos y se convierta así en sus auténticos señores. Un
gobierno popular, antes de comprender plenamente la situación, empieza por lo
general tratando de redistribuir la propiedad en tal for¬ma que convierte a
cada uno en un pequeño propietario, como en la revolución francesa. Pero cuando
la imposi¬bilidad de hacer esto (salvo en el caso especial de la parcela
agrícola) resulta evidente y el asunto es sondeado a fondo por filósofos
políticos sin propiedades como Proudhon y Marx, la propiedad privada se ve
tarde o temprano excomulgada y abolida; y lo que se llamaba "propiedad
real' es reemplazado por la propiedad per¬sonal ordinaria y la propiedad común
administrada por el Estado.
Todos
los movimientos progresistas y revolucionarios modernos son, en el fondo,
ataques contra la propiedad privada. Un ministro de Hacienda que se disculpa
por un aumento de la sobretasa, un dictador fascista que organiza un estado
corporativo, un comisario soviético que expulsa a un kulak y agrega sus acres a
una gran¬ja colectiva, disputan una misma carrera, aunque todos ellos, salvo el
comisario, se muestren muy reacios a ga-narla. Porque a la larga, el poder de
exterminar es harto grave para que se lo deje en manos que no sean las de un
gobierno comunista acabadamente responsable ante toda la comunidad. El
terrateniente, con su orden judi¬cial de desahucio, y el patrón, con su
despido, deben seguir finalmente el mismo camino del noble con su espada y su
inmunidad clerical y el de Hannibal Chollop con su cuchillo de monte y su
pistola.
Supongamos,
pues, que la propiedad privada, muti¬lada ya por la legislación de fábricas, la
sobretasa y una abundante persecución de menor cuantía en Inglaterra, y
tolerada sólo en Rusia provisionalmente como una deshonrosa necesidad hasta su
total extirpación, es des¬echada finalmente por las comunidades civilizadas, y
el deber de mantenerla a toda costa es sustituido por el de dar vigencia al
dogma de que toda persona de cuerpo y mente y alma capaces tiene absoluto
derecho a una parte igual en el dividendo nacional. ¿Desaparecerá en¬tonces la
costumbre del exterminio? Sugiero que, por el contrario, podría perdurar en
forma mucho más abierta, inteligente y científica que hasta ahora, porque la
rebe¬lión humanitaria contra ella se trocaría probablemente en un apoyo
humanitario a la misma; y se pondría tér¬mino a la hipocresía, el alegato venal
especial y la ocul¬tación o desconocimiento de los hechos que nos imponen
actualmente porque se permite y practica el exterminio en beneficio de un
puñado de particulares contra los intereses de la raza. La vieja doctrina del
carácter sa¬grado de la vida humana, que en nuestros manicomios de Darenth y
otras partes nos obliga aún por el terror a derrochar las vidas de gente capaz
en la protección de las vidas de los monstruos, fue un tosco recurso para
iniciar la civilización. Hoy, la descartamos al tratar con los asesinos, los
herejes, los traidores y (en Escocia) con los que arrojan vitriolo, a quienes
se puede matar legalmente. Un evadido del presidio puede ser muerto a tiros
también por un guardián para ahorrar la moles¬tia de perseguirlo y
recapturarlo; y aunque el evadido no está condenado a muerte y se trata por lo
tanto de un asesinato deliberado, los médicos forenses insisten en considerarlo
un episodio inofensivo y necesario de la ru¬tina carcelaria.
Por
desgracia, todo ese asunto es complicado por nues¬tro anticristiano vicio del
castigo, la expiación, el sacri¬ficio y todas las supersticiones tribales
afines que nos inculcan en nuestra niñez bárbaros exegetas de las Escri¬turas,
padres irascibles o sádicos y un repulsivo código penal. Hasta cuando los
horrores de la anarquía nos .obligan a establecer leyes que nos prohiben
pelearnos y torturarnos mutuamente por mero deporte, nos aferramos a cualquier
excusa para declarar a los individuos fuera de la protección legal y
torturarlos a nuestro paladar.
LAS
EXCUSAS DE LA CRUELDAD
Ha
habido cumbres de la civilización en que herejes como Sócrates, a quien mataron
por ser más sabio que sus prójimos, no fueron torturados, sino que se ordenó
matarlos en la forma más indolora que conocían sus jue¬ces. Pero de esa cumbre
se volvió a caer rápidamente en nuestra barbarie actual. En el caso de Wallace,
a quien los escoceses adoraban como a un patriota y a quien los ingleses
ejecutaron como a un traidor, el método más cruel e impúdico de matar que
podría concebir la imaginación humana, en su grado más vil, fue inven¬tado
especialmente para castigarlo por ser traidor (o "enseñarle a ser un
escuerzo"); y esa sentencia, aunque no su ejecución, la recuerdan personas
vivas aún. Juan de Leyden, por ser comunista, fue torturado tan espan¬tosamente
antes de ser colgado en una jaula sobre el campanario de la iglesia para que
muriera de hambre a la vista de todos los ciudadanos y de sus hijitos que el
obispo que se vio obligado a presenciarlo oficialmente murió de horror. Juana
de Arco, por haber usado ropas varoniles y por ser protestante y bruja, fue
quemada viva, después de haberse salvado a duras penas de la propo¬sición de
que la torturasen. La gente que vio cómo la quemaban estaba muy habituada a
esos espectáculos y los consideraba pasatiempos festivos. El sexo de una mujer
servía de pretexto para quemarla en vez de ahor¬carla más misericordiosamente.
Los delincuentes del sexo masculino eran destrozados sobre la rueda, es decir
gol¬peados hasta matarlos con barras de hierro, muy entrado ya el siglo XIX.
Esto constituía un espectáculo público; y la prolongación del sufrimiento de la
víctima era estudiado y preparado con tanto refinamiento que Cartouche, uno de
los reyes de la truhanería, fue sobornado para que traicionara a sus cómplices
con la promesa de que lo matarían con el sexto golpe de barra. La rueda y la
hoguera han desaparecido en estos últimos tiempos; pero la sádica manía de
azotar parece indesarraigable; porque después de una tentativa coronada
parcialmente por el éxito de suprimirla en la era victoriana, ha resu¬citado
con redoblada ferocidad; hace muy poco tiempo, aún, a un criminal se lo
condenaba a azotes y a diez años de presidio; y aunque la víctima eludía el
castigo y pregonaba de una manera sensacional su barbarie sui¬cidándose, nadie
protestaba, aunque treinta años antes se habría levantado contra ello una
enérgica gritería, provocada por la vieja Liga Humanitaria y expresada en el
parlamento por los nacionalistas irlandeses. Por desgracia, lo primero que
hicieron los irlandeses al dis¬frutar por fin de la autonomía fue liberarse de
esos nacionalistas sentimentales e incluir los azotes en su có¬digo en una
serie de Leyes de Coerción que habrían horrorizado al Castillo de Dublín. En un
estado realmen¬te civilizado, los azotes cesarían porque sería imposible
inducir a un ciudadano decente a azotar a otro. Entre nosotros, un funcionario
enteramente respetable lo haría por media corona y probablemente esa tarea le
propor-cionaría placer.
EL
CASO MEMORABLE DE JESUCRISTO
Me
desagrada la crueldad, hasta cuando se ejercita sobre los demás y por eso me
gusta ver exterminada a toda la gente cruel. Pero me sobresalta de horror una
proposición de castigarla. Permítaseme mi actitud con un ejemplo célebre, en
realidad demasiado célebre, de la concepción popular del derecho penal, como
medio de entregar víctimas a la avidez popular normal de cruel¬dad que ha
atemperado el freno impuesto por la civi-lización. Tomemos el caso del
exterminio de Jesucristo. No cabe duda de que hubo serios motivos para ello.
Desde el punto de vista del Sumo Sacerdote, Jesús era un hereje y un impostor;
desde el punto de vista de los mercaderes, un perturbador y un comunista; desde
el punto de vista imperialista de los romanos, un traidor; desde el punto de
vista del sentido común, un loco peli¬groso; desde el punto de vista de los
aristócratas, siempre muy influyente, un vagabundo sin un centavo; desde el
punto de vista de la policía, un obstructor de bocacalles, un mendigo, un amigo
de las prostitutas, un panegirista de los pecadores y un despreciador de los
jueces; y sus camaradas cotidianos eran unos vagabundos a quienes él indujera
al vagabundaje, haciéndoles abandonar sus oficios usuales. Desde el punto de
vista de los piadosos, Jesús era un violador del sábado, un negador de la
efi¬cacia de la circuncisión y el abogado de un extraño rito bautismal, un
glotón y un bebedor. Los médicos lo de¬testaban por ser un curandero sin título
que curaba a la gente con charlatanismo y no les cobraba nada por el tratamiento.
Jesús no era un Anticristo: nadie había oído hablar entonces de semejante poder
de las tinie¬blas; pero era un asombroso anti-Moisés. Se oponía a los
sacerdotes, a los jueces, a los militares, a la ciudad (declaraba que un rico
no podría entrar en el reino de los cielos), a todos los intereses, clases,
principados y po¬deres, invitando a todos a abandonarlos y a seguirlo. De
acuerdo con todos los argumentos, legales, políticos y religiosos, impuestos
por la costumbre y la cortesía, era el enemigo más completo de la sociedad de
su tiem¬po que jamás se hubiese llevado al banquillo de los acusados. Era
culpable en todos los aspectos de la acu¬sación y en muchos otros sentidos que
sus acusadores no tenían suficiente ingenio para configurar. Si él era inocente,
el mundo entero era culpable. Absolverlo, im-plicaba repudiar a la civilización
y todas sus instituciones. La historia ha apoyado esta posición contra él:
porque ningún estado se formó jamás sobre sus principios o permitió vivir de
acuerdo con sus preceptos: los estados que adoptaron su nombre lo usaron como
un mote que les permitiera perseguir en forma más plausible a los adeptos de
Jesús.
No
resulta sorprendente el que, en esas circunstancias y en ausencia de toda
defensa, la comunidad de Jeru¬salén y el gobierno romano decidieran exterminar
a Je¬sús. Tenían tanto derecho a hacerlo como a exterminar a los dos ladrones
que perecieron con él. Pero no había derecho ni razón para torturarlos. Jesús
tenía derecho a la muerte sin dolor de Sócrates. Podemos suponer
cari¬tativamente que si la muerte de Jesús hubiese podido ser concertada en
forma privada entre Pilatos y Caifás, Jesús habría sido eliminado de una manera
tan rápida y repentina como San Juan Bautista. Pero la multitud necesitaba la
horrible alegría de ver crucificado a al¬guien: un método de ejecución de
abominable crueldad. Pilatos sólo empeoró las cosas tratando de apaciguarlos
con una azotaina a Jesús. Los soldados tuvieron también su poco de diversión al
coronarlo de espinas y cuando lo golpearon, lo desafiaron irónicamente a
adivinar cuál de ellos había asestado el golpe.
LA
CRISTIANDAD
Todo
esto era la crueldad por la crueldad, por el pla¬cer de ser cruel. Y la
diversión no se detenía ahí. La atracción de esas atrocidades era y es tanta
que el espec¬táculo que brindaban se reprodujo en cuadros y figuras de cera y
se exhibió en las iglesias desde entonces como una ayuda a la piedad. El
principal de los instrumentos de tortura es el tema de una Adoración especial.
Pe¬queños modelos del mismo en oro y marfil se usan como ornamentos personales;
y grandes reproducciones en ma¬dera y mármol son colocadas en lugares sagrados
y sobre las tumbas. Contrastando con el caso de Sócrates, uno se ve forzado a
llegar a la conclusión de que si Jesús hu¬biese sido exterminado en forma
humanitaria, su recuer¬do habría perdido el noventa y cinco por ciento de su
atracción para la posteridad. Los que eran especialmente susceptibles a su
morbosa atracción no se daban por sa¬tisfechos con cruces simbólicas que no le
causaban daño a nadie. Pronto se ocuparon de "autos de fe", que
con¬sistían en grandes espectáculos públicos en que quema¬ban vivos a judíos o
protestantes o católicos y a cuales¬quiera otros que podían ser atrapados en un
punto doctrinario. La crueldad es tan contagiosa que la propia compasión que
suscita se ve incitada a vengarse con crueldades más infames aun.
La
tragedia de esto -o, si se quiere, su comedia¬es que la claridad de visión de
Jesús sobre este punto fue lo que lo elevó tanto por encima de sus
persegui¬dores. Enseñó que dos negros no hacen un blanco; que no se debe
replicar a un mal con otro mal peor, sino con un bien; que la venganza y el
castigo sólo duplican el mal; que debemos concebir a Dios, no como un ti¬rano
irascible y vengativo, sino como un padre afectuoso. Sin duda, esta enseñanza
inspiró muchas amabilidades privadas; pero políticamente no obtuvo más atención
que la que le dispensó Pilatos. Para todos los gobiernos ello ha seguido siendo
paradojal e impracticable. Un reco¬nocimiento típico de esto fue colgar la cruz
sobre el asiento del juez que condenaba a los malhechores a ser destrozados
sobre la rueda.
EL
CRISTIANISMO Y EL SÉPTIMO MANDAMIENTO
Ahora
bien: no basta con satirizar esto. Debemos exa¬minar por qué ha ocurrido. No
basta con asegurar que a los malhechores se les debe pagar en su propia
mo¬neda, tratándolos con la misma crueldad con que han tratado a los demás. Nos
resta aún impedir las fecho-rías que cometen. ¿Qué se puede hacer con ellos?
Poco cuesta sugerir que deben ser reformados mediante la dulzura y humillados
con la no resistencia. Sin duda, si responden a ese tratamiento. Pero si la
dulzura no logra reformarlos y la no resistencia los alienta a una nueva
agresión... ¿qué sucederá? Un mes pasado en una comunidad tolstoiana convencerá
a cualquiera de lo sana que es la creencia del inspector de policía más
pró-ximo de que todo grupo humano contiene no sólo un porcentaje de santos sino
también un porcentaje de bri¬bones irredimibles e inútiles que estropearán
cualquier comunidad si no se los detiene a cualquier precio o se los extermina
a bajo precio. Nuestro sistema mosaico de castigo vengativo, cortésmente
llamado "retributivo" por los comisionados carcelarios, los elimina
en forma temporaria; pero derrocha las vidas de los ciudadanos honrados para
protegerlos; cuesta mucho dinero que po¬dría gastarse mejor; y, después de
todo, tarde o tem¬prano deja nuevamente al bribón en libertad de reanudar sus
depredaciones. Sería mucho más sensible y menos cruel tratarlos como tratamos a
los perros rabiosos o a las víboras, sin malignidad ni crueldad, y sin aludir a
ca¬tálogos de crímenes especiales. La idea de que las per¬sonas deben estar a
salvo del exterminio mientras no cometan un asesinato deliberado, o se rebelen
contra la corona, o cometan secuestro o tiren vitriolo, no sólo significa
limitar innecesariamente la responsabilidad so¬cial y hacer privilegiada la
larga serie de intolerables inconductas que existen fuera de ellos, sino
desviar la atención de la justificación esencial para el exterminio, que es
siempre una incorregible responsabilidad social y nada más.
EL
EXPERIMENTO RUSO
El
único país que ha sido despertado a esta amplia¬ción de la responsabilidad
social es Rusia. Cuando el gobierno soviético emprendió la transformación del
capi¬talismo en comunismo, se encontró sin más instrumentos para mantener el
orden que una lista de delitos y cas¬tigos administrados mediante un ritual de
derecho penal. Y en la lista de delitos, no había lugar para los peores
agravios contra la sociedad comunista: por el contrario, se los honraba y
recompensaba en alto grado. Como dice la copla inglesa los tribunales podían
castigar a un hombre por haber robado el ganso a los pastos comuna-les, pero no
al hombre que le robó los pastos comu¬nales al ganso. El ocioso, el enemigo
común de la hu¬manidad que les roba sin cesar a todos los demás, aunque es protegido
tan cuidadosamente del robo, por su parte, no incurría en penalidad alguna y
había aprobado en realidad las leyes más rigurosas contra toda intromisión que
entorpeciera su holgazanería. La tarea de los Soviets consistía en convertir
todos los asuntos en asuntos pú¬blicos y a todas las personas en servidores
públicos; pero el ciudadano ruso común opinaba que un cargo en un servicio
público era un rasgo excepcional de buena suerte para el que lo ocupaba, porque
se trataba de una sine¬cura que comportaba el privilegio de tratar con
insolen¬cia al público y de obtener sobornos. Cuando los ferro¬carriles rusos
fueron comunizados, por ejemplo, algunos jefes de estación interpretaron el
cambio en el sentido de que ahora podían dedicarse al ocio y a la pereza a sus
anchas, cuando, en realidad, era fundamental que redoblaran su actividad y
pusieran en tensión todos sus nervios para hacer eficiente el servicio. El
infortunado comisario que era ministro de Transportes se veía obli¬gado a
llevar un revólver en el bolsillo y matar con su propia mano a los jefes de
estación que arrojaran sus telegramas al cesto de los desperdicios en vez de
ocuparse de ellos, para poder preguntarle en forma más impre¬sionante al resto
del personal si comprendía que las ór¬denes estaban para ser ejecutadas.
LA
INSUFICIENCIA DE LOS CÓDIGOS PENALES
Ahora
bien: el ser ministro de Transportes o de cualquier otro servicio público es un
trabajo full-time, no e lo puede combinar permanentemente con el de ver¬dugo
aficionado, que comporta la reputación, en todos os periódicos capitalistas de
Occidente, de ser un asesino feroz y a sangre fría. Y ninguna ampliación con¬
cebible del código penal ni de las disciplinas del servicio, con su lista de
agravios específicos y penalidades espe¬cíficas, habría podido proporcionar
exterminios ejem pia¬res instantáneos de esa índole, como tampoco satisfacer el
creciente apremio de cómo eliminar a la gente que no quiere o no puede
amoldarse al nuevo orden de cosas adaptándose a su nueva moral. Habría sido
fácil especificar ciertos agravios y ciertas penas a la antigua: como, por
ejemplo, si usted atesora dinero será fusilado; si especula sobre la diferencia
del poder adquisitivo del rublo en Moscú y en Berlín, será fusilado; si compra
en la cooperativa para venderle al comerciante particu¬lar, será fusilado; si
acepta sobornos, será fusilado; si falsifica balances de granjas o fábricas,
será fusilado; si explota a los obreros, será fusilado; y sería inútil ale¬gar
que a uno lo han educado con la idea de que se trata de actividades comerciales
normales y que toda la sociedad respetable, fuera de Rusia, está de acuerdo con
uno. Pero hasta el código más refinado de esta índole dejaría sin especificar
cien procedimientos con los cuales los destructores del comunismo podrían
arrinconarlo sin tener que afrontar jamás el problema principal: ¿cumple uno
con su función en el barco social?; ¿da más trabajo del que merece dar?; ¿se ha
ganado el privilegio de vivir en una comunidad civilizada? Por eso, los rusos
se vieron obligados a establecer una Inquisición o Cá¬mara Estrellada, llamada
al principio la Cheka y ahora la Guepeú, para ahondar en esas interrogantes y
"liqui¬dar" a las personas que no podían contestar a ellas
satisfactoriamente. La garantía contra el abuso de este poder de vida y muerte
era que a la Cheka no le interesaba liquidar a alguien que podía llegar a ser
útil desde el punto de vista público, estando todos sus intereses en la
dirección opuesta.
LA
RESPONSABILIDAD LIMITADA EN PUNTO A MORAL
Esta
novedad es terrorífica para nosotros, que traba¬jamos aún sobre un sistema de
responsabilidad limitada en la moral. Nuestros "libres" ciudadanos
ingleses pue¬den determinar con exactitud qué es lo que pueden hacer y qué es
lo que no pueden hacer si quieren salvarse de las manos de la policía. Nuestros
financieros saben que no deben fraguar certificados de acciones ni exagerar sus
activos en los balances que les envían a los accionistas. Pero siempre que se
atengan a ciertas condiciones de esta índole están en libertad de abordar una
serie de opera¬ciones absolutamente legítimas, pero no por eso menos nefandas.
Por ejemplo, acaparando trigo o cobre o cual¬quier otro artículo acaparable y
haciendo subir los pre¬cios de un modo que les permita acumular enormes
for¬tunas o causando rencillas entre las naciones por inter¬medio de la prensa
para estimular el comercio privado de armamentos. Esta responsabilidad limitada
ya no exis¬te en Rusia y es improbable que exista en el futuro en ningún estado
muy civilizado. Puede resultar imposible condenar a un acaparador con un código
penal por haber dado un solo paso ilegal, pero es muy fácil convencer a
cualquier cuerpo de jueces razonable de qué es lo que el pueblo llama "un
bribón". En Rusia, esa convicción llevaría a su desaparición y su familia
recibiría una carta en la cual le dirían que no debía esperarlo, ya que no
volvería a su casa. En nuestro país, ese
hombre disfru¬taría de sus ganancias con honor y seguridad personal y le daría
las gracias a su buena estrella por vivir en un país libre y no en la Rusia
Comunista.
Pero
como el nuevo tribunal le ha sido impuesto a Rusia por la presión de las
circunstancias y no planeado y meditado con tiempo, ambas instituciones, la
Guepeú y la policía común que aplica el código penal, trabajan conjuntamente;
con el extraño resultado de que la ma¬nera más segura de escapar a la Guepeú es
cometer un delito común y refugiarse en brazos de la policía y del juez,
quienes no pueden exterminarnos porque la pena capital ha sido abolida en Rusia
(la liquidación por la Guepeú no es castigo: es sólo "arrancar las
cizañas"); y la condena a prisión, por más que pueda ser severa para
nosotros dada la crueldad en el trato de los delin¬cuentes, será llevada a la
práctica con relativa lenidad y probablemente, si el procesado se porta bien,
se le indultará al cabo de algún tiempo. Como una condena a cuatro años de
prisión se considera suficiente para cualquier tipo razonable de asesinato, un
acaparador que se ve en el inminente peligro de ser localizado y liqui¬dado por
la Guepeú haría bien en perder los estribos y matar a su suegra, consiguiendo
así la oportunidad de seguir viviendo por lo menos cuatro años más.
Tarde
o temprano, esta situación tendrá que ser es¬tudiada concienzudamente hasta su
lógica conclusión en todos los países civilizados. La lista de los delitos y
las penas se volverá tan anticuada como las de enfermeda¬des y medicamentos de
los médicos; y se podrá ser juez sin dejar de ser cristiano. Y el exterminio,
mi tema en estos momentos, se trocará en una ciencia humanitaria en vez de ser
la infame mescolanza de piratería, cruel-dad, venganza, engreimiento racial y
superstición que es ahora.
EL
LIMITE NATURAL DEL EXTERMINIO
Por
suerte, cuanto mayor es la franqueza y el realismo con que se lo afronta más se
lo desliga de la masacre lisa y llana que ahora lo hace terrible. Cuando
Carlomagno fundó el Sacro imperio romano germánico (si es que puede decirse que
alguien lo fundó) decretó que todos sus súbditos debían ser católicos e hizo
una ten¬tativa propia de un aficionado de asegurar esa estabilidad social
matando a todos los que caían en sus manos y se negaban a ser bautizados. Pero
no puede haber lle¬gado muy lejos con eso, porque hay un ave que no se debe
matar con ningún pretexto: la gallina de los huevos de oro. En Rusia, el
gobierno soviético empezó con una tentativa carlomagnesca de exterminar a la
burguesía clasificándola como inteligencia, restringiendo sus ra¬ciones y
ubicando a sus hijos al pie de la abarrotada lista educacional. También
proscribieron al kulak, el granjero terco y tacaño más rico que sus vecinos y
deseoso de verlos más pobres que él. Aferraron al kulak con rudeza de los
hombros y lo arrojaron sin un centavo al camino. Había razones plausibles para
este principio de selección en la población, ya que la perspectiva moral y la
de la burguesía y los kulaks era peligrosamente anti¬social. Pero los
resultados fueron desastrosos. La bur¬guesía contenía la clase profesional y la
clase comercial organizadora. Sin profesionales y organizadores de em¬presas
nada podía hacerse en las industrias; y la esperan¬za de que miembros selectos
del proletariado pudieran tomar a su cargo trabajo profesional y de organización
sobre la base de su talento nativo en número suficiente se vio frustrada de una
manera abrumadora. Cuando el kulak fue expulsado de su granja y su capacidad
agrí¬cola quedó paralizada, escaseó el alimento. Muy pronto, hubo que
reintegrarlo a la granja y decirle que siguiera trabajando hasta que le llegara
la hora y se estableció una agradable convención implícita por la cual todas
las personas cultas, por más que fuesen a todas luces damas o caballeros y
estuvieran dispuestas a asegurarles a las autoridades que sus padres habían
"trabajado la tierra con sus propias manos" fueron aceptadas como
autén¬ticos proletarios y transferidas de la infame clase de la inteligencia a
la clase honorable del "proletariado inte¬lectual". Hasta Lenin y sus
colegas, todos ellos ultra¬burgueses (de lo contrario, nunca habrían
sobrestimado tan absurdamente los recursos intelectuales del proleta¬riado ni
hubieran desdeñado tanto la pretensión de su propia clase de ser
indispensable), permitieron que a sus padres los calificaran de agricultores de
manos ca¬llosas. Ahora, la ficción se ha convertido en un chiste permanente:
pero uno se topa aún con él si acusa a una rusa de ser una danza o a un ruso de
ser un caballero.
INCOMPATIBILIDAD
DEL CAMPESINADO CON LA CIVILIZACIÓN MODERNA
Estos,
con todo, son simples recursos de transición. El proletariado ruso se está
formando ahora su propia clase profesional y de organizadores; y el ex burgués
se está extinguiendo, después de haber visto a sus hijos recibir una sólida
educación comunista y de haber escu¬chado sus sermones sobre sus anticuados
prejuicios. Y los planificadores del Estado soviético no tienen tiempo para
preocuparse de problemas moribundos; porque se ven enfrentados con la nueva y
abrumadora necesidad de exterminar a los campesinos, quienes existen aún en
número imponente. La idea de que se puede formar un estado civilizado con
cualquier material humano el uno de los viejos espejismos extremistas. En
cuanto a edificar el comunismo con basura como la producida por el sistema capitalista,
ni pensarlo. Para una Utopía comunista necesitamos una población de utopistas;
y los utopistas no crecen en estado salvaje en los bosques ni son recogidos en
los barrios pobres: hay que culti¬varlos con mucho cuidado y muy costosamente.
Los cam¬pesinos no sirven: pero sin los campesinos, los comu¬nistas nunca
habrían podido copar la revolución rusa. Nominalmente, fueron los Soviets de
los campesinos y soldados quienes apoyaron a Lenin y salvaron al co¬munismo
cuando toda la Europa Occidental lo acosó como una manada de sabuesos a un
zorro. Pero como todos los soldados eran campesinos y todos los campe¬sinos se
sentían ávidos de propiedades, el elemento mi¬litar sólo agregó al clamor de
los campesinos de "Dennos tierra" el clamor de los soldados de
"Dennos paz". En realidad, Lenin dijo: "Tomen la tierra; y si
gente de mentalidad medieval se lo impide, extermínenla; pero no quemen sus
casas, porque las necesitarán ustedes mis¬mos para vivir." Y fueron las
legiones resultantes de pequeños propietarios las que hicieron inexpugnables la
posición de Lenin y les proporcionaron a Trotzky y a Stalin los soldados rojos
que derrotaron a los contrarre¬volucionarios de 1918. Porque la
contrarrevolución, en la cual intervinimos nosotros, para eterna vergüenza nuestra
(Inglaterra da el ejemplo de la revolución y lue¬go ataca a todos los países
que se supone lo siguen), se proponía hacer volver a los antiguos
terratenientes; y el campesino luchó contra eso cuando los mercenarios y
re¬clutas de los ejércitos capitalistas no querían luchar en su favor.
UNA
VICTORIA DEL CAMPESINO ES UNA VICTORIA PARA LA PROPIEDAD PRIVADA
Esto,
en cuanto a Lenin; pero la guerra contra los contrarrevolucionarios, cuando
concluyó con una victo¬ria para el propietario campesino, fue en realidad una
victoria para la propiedad privada y le siguió por eso una enconada lucha entre
el gobierno fanáticamente comu¬nista y el propietario campesino ferozmente
individua¬lista que quería quedarse con los frutos de su parcela y no tenía
intenciones de compartirlos con nadie y me¬nos aun con los proletarios de la
ciudad, que le parecían gente de otra clase social. Librados a sí mismos, los
mujiks habrían reproducido la civilización capitalista en su peor expresión
norteamericana, al cabo de diez años. Por eso, la tarea más urgente que debía
abordar el victo¬rioso gobierno comunista era exterminar al mujik; y, con todo,
el mujik, a pesar de ser aún la gallina de los huevos de oro, no podía ser
exterminado en forma su-maria sin exterminar de paso a toda la nación rusa.
La
salida de este punto muerto era bastante evidente, aunque muy costosa y
aburrida. Se puede exterminar a cualquier clase de seres humanos no sólo con
una vio¬lencia sumaria, sino también educando a sus hijos para que sean
distintos. En el caso del campesinado ruso, el padre vive en una sucia perrera,
sin recibir órdenes de nadie y se gana la vida con métodos primitivos en una
parcela de tierra donde un tractor a duras penas podría moverse aunque él
pudiera permitirse semejante lujo, pero esa parcela le pertenece. Su libro es
el libro de la naturaleza, del cual pueden obtener toda clase de sabi¬duría los
que han aprendido a leerlo con la práctica re¬querida en los libros impresos;
pero él no ha tenido tanta práctica y a los fines culturales debe ser clasificado
como un ignorante, aunque sabe cosas que ignoran los profesores universitarios.
Lo bestializa el trabajo muscu¬lar excesivo; es sucio; el hecho de que está
libre de la fiscalización civilizada lo deja tan desamparado ante la tiranía de
la naturaleza que a sus hijos les resulta evi¬dente que la gente muy
reglamentada de la más cercana granja colectivista, donde miles de acres son
cultivados por docenas de tractores y donde nadie puede pisar uno de los acres
o posar la mano sobre uno de los trac¬tores y decir "Esto es mío y puedo
hacer con esto lo que se me antoje", está mejor alimentada y alojada, es
más feliz y tiene mucho más tiempo libre y por lo tanto más libertad que él.
EL
EXTERMINIO PREVENTIVO: SUS DIFICULTADES
En
suma, uno extermina al campesino criando a sus' hijos para que sean
agricultores científicamente meca¬nizados y vivan una vida en común en una
sociedad culta. Esto parece simple: pero el proceso exige una mejor
planificación que la que siempre se presenta (con ham¬brunas locales y
rebeliones como penalidad); porque mientras crece la hierba, el caballo pasa
hambre; y cuan¬do la educación significa no sólo escuelas y maestros, sino
también gigantescas granjas colectivas equipadas con la más adelantada maquinaria
agrícola, lo cual im¬plica también gigantescas obras de ingeniería para la
producción de la maquinaria, se puede descubrir fácil¬mente que uno ha gastado
demasiado en esas formas de capitalización y se ha quedado con pocos bienes de
con-sumo inmediato ofreciendo el espectáculo de una nación con el más alto
nivel de cultura general y donde escasean zapatos y la gente tiene que
apretarse el cinturón por alta de alimento suficiente.
No
debo insinuar que esto ha sucedido en toda la extensión de Rusia; ya que no he
visto allí a gente subalimentada y los niños eran asombrosamente regor¬detes. Y
no puedo confiar en las informaciones; porque apenas leí en el
"Times" una carta del señor Kerensky asegurándome que en Ucrania la
gente, que pasaba ham¬bre, se devoraba mutuamente; el eminente estadista
fran¬cés M. Herriot fue a Rusia e insistió en visitar Ucrania para obtener una
prueba ocular del canibalismo alegado, pero no pudo hallar rastros de él. Con
todo, entre la saciedad y el hambre atenuado por el canibalismo hay muchos
grados de carestía; y no es un secreto que la lucha del gobierno ruso para
proporcionar más granjas colectivas y más fábricas gigantescas a fin de darles
ma-quinaria agrícola debe efectuarse contra un constante clamor de los obreros
para que les den nuevos zapatos y ropa y mayor cantidad y variedad de alimento:
en suma, menos sacrificio del presente al futuro. Como lo dijo en forma amena
Stalin}: "Luego, pedirán relojes de pla¬ta." La constante
rectificación de los inevitables desvíos hacia tal o cual extremo, análoga a la
rectificación de la tasa bancaria por el Banco de Inglaterra (pero mucho más
laboriosa), pone en tensión todo el ingenio y habi¬lidad de los gobernantes
rusos; y los resbalones ocasio¬nales deben ser inevitables durante esos años en
que los comunistas más capaces y antiguos son aún aprendices.
LAS
DIFICULTADES TEMPERAMENTALES
Hasta
cuando la extinción de la burguesía y los kulaks y la antigua aristocracia sea
completa y la población rusa consista en ciudadanos educados como comunistas,
res¬tarán por solucionar problemas que son en el fondo preguntas sobre el tipo
deseable de civilización; y esto involucra una decisión sobre la clase de gente
que es deseable e indeseable. Algunos de nosotros, creyendo que una vida más
primitiva que la nuestra sería más feliz y mejor, abogamos por "un regreso
a la naturaleza". Otros sueñan con una vida mucho más mecanizada,
especializa¬da y complicada. Hay quienes aprecian la maquinaria porque nos
permite una jornada de trabajo más breve; otros, porque nos enriquece
acrecentando la producción por hora. Algunos, quisiéramos tomar las cosas con
calma y jubilarnos a los 6o años; otros, prefieren trabajar todo lo que pueden
y jubilarse a los 4o. Algunos diremos: Contentémonos con 200 libras anuales;
otros: No, viva¬mos en una escala de 20.000 libras anuales y ejercitemos todas
nuestras facultades para ganarlas. Algunos quere¬mos un mínimo de trabajo
necesario y un máximo de libertad de pensar y descubrir y experimentar en el
cam¬po de la ciencia y el arte, de la filosofía y la religión, del deporte y la
exploración: otros, que no se interesan por ninguna de esas cosas y sólo desean
ahorrarse la molestia de pensar y que les digan qué deben hacer a cada momento,
preferirían la tutela y la rutina más irre¬flexivas y cómodas y no sabrían qué
hacer de su vida cuando están en libertad. Una vida llena de curiosidad
científica sería un infierno para la gente que no cruza¬ría la calle siquiera
para comprobar si la tierra es plana o redonda; y una persona sin oído musical
se opondría enérgicamente a trabajar para mantener orquestas mu¬nicipales,
mientras que la gente aficionada a la música haría propaganda para el
exterminio de los individuos no melómanos.
IMPORTANCIA
DE LA PEREZA PARA LA BARBECHERA
Algunas
de esas diferencias podrían solucionarse sobre lineamientos de toma y daca. La
división de la sociedad en clases de distintos gustos y capacidades -diferentes
naturalezas, como lo llamaría la gente- no conmovería la estabilidad social,
siempre que todos tuvieran una par¬ticipación igual en el dividendo nacional.
No es cierto que haga falta toda clase de gente para hacer un mun¬do; porque
hay gente que destruiría muy pronto cual¬quier mundo si se le dejara vivir y
salirse con la suya; pero es cierto que, en las generaciones humanas un
cons¬tante cultivo intenso no conviene: debe haber barbechos, o por lo menos
siembras livianas entre los cultivos in¬tensos; porque no podemos esperar que
el enérgico y vital Napoleón sea el hijo de un padre igualmente enér¬gico o el
padre de un hijo igualmente vital. Nadie ha calculado aún cuántos antepasados
holgazanes hacen fal¬ta para producir un prodigio infatigable: pero es
indu¬dable que no se presentan dinastías de genios y que esta es la objeción
decisiva a los gobernantes hereditarios (aunque no, permítaseme agregarlo, a
los figurones he¬reditarios). Aquí, hay un amplio campo de tolerancia: la gente
inteligente debe soportar a los tontos de buena gana y los despreocupados
descubrir la manera de man¬tener atareados a los enérgicos. Puede haber razones
bio¬lógicas tan sólidas para la existencia de los que huyen del trabajo como
para la existencia de los apasionados por el trabajo. Hasta una misma persona
puede tener rachas de intensa actividad y de relajamiento variables desde
semanas hasta años.
LA
RELIGIÓN STANDARD ES INDISPENSABLE
Con
todo, habrá conflictos tremendos en la creación de humanidad artificial. Nada
puede ser cambiado más a fondo que la naturaleza humana cuando la tarea se
inicia temprano. Productos artificiales tales como nues¬tros obreros agrícolas
y mecánicos urbanos, nuestros ca¬balleros rurales y plutócratas de la ciudad,
aunque pro¬vengan de la misma rama humana, son tan distintos que no pueden
convivir sin gran incomodidad y, virtual-mente, no son intermatrimoniales. Es
posible eliminar su incompatibilidad social dándoles la misma educación e
ingresos y clasificándolos a todos en la misma clase. Lord Londsdale, por
ejemplo, no es incompatible social¬mente en modo alguno con el deán Inge,
aunque un naturalista realmente crítico preferiría clasificar a los pe¬tisos Shetland
junto a las cebras antes que colocar a esos dos caballeros bajo el mismo rubro.
Pero resta por formularse esta pregunta... ¿Cuál ha de ser su educación? La
preparación del estudiante y del deportista pueden separarse y diferenciarse
cuando entran en la adolescen¬cia: pero ambos deben empezar por tener una
prepara¬ción común y una moral común en la infancia. Y cuando el Estado debe
prescribir un plan de estudios moral uniforme, la variedad de nuestros
temperamentos hace imposible complacer a todos. El cuáquero y el ritualista, el
fundamentalista y el librepensador, el vegetariano y el carnívoro, el misionero
y el caníbal, el terrorista militar y el cristiano, no estarán de acuerdo sobre
la fe y los hábitos que deben serles inculcados a los niños de la comunidad a
fin de que sean buenos ciudadanos. Cada temperamento reclamará el exterminio
del otro mediante las escuelas y los jardines de infantes y el estableci¬miento
de su propia religión temperamental y sus pro-pios hábitos como usuales en esas
fábricas de futuros ciudadanos. Todos concordarán en exterminar el
anal¬fabetismo obligando a aprender a leer, escribir y a ha¬cer las cuatro
operaciones; en realidad, así lo han hecho ya. Pero no todos concordarán en una
religión standard. Con todo, se requiere una religión standard, por más que se
despoje de las viejas ideologías. Toda tentativa de desterrar a la religión de
las escuelas prueba que, en ese sentido, la naturaleza aborrece el vacío y que
la comunidad debe decidir -o hacer que lo decidan sus pensadores oficiales- qué
es lo que debe enseñárseles a creer a sus hijos y qué conducta se les debe
inculcar. La transacción es excluida por la naturaleza del caso. ¿Qué
transacción podría haber, por ejemplo, entre mi persona, ya que yo creo en la
religión de la Evolución Creadora, la economía del socialismo y una dieta de la
cual se excluyen rigurosamente los cadáveres de los seres humanos, los peces,
las aves y todos los demás anima¬les, y mis vecinos fundamentalistas, quienes
creen que todos los evolucionistas irán a parar al infierno, que los niños
languidecen y mueren si no comen bistecs y que sin la propiedad privada la
civilización tendrá que pere¬cer? En la actualidad no podemos exterminarnos
mu¬tuamente; pero no ha de estar lejano el día en que las autoridades
educacionales tendrán que meditar qué con¬junto de creencias califica mejor
para obtener la ciuda¬danía en Utopía.
LAS
RELIGIONES ECLÉCTICAS
Probablemente,
encarpetarían ambas cosas y procede¬rían eclécticamente a compilar varios
dogmas adecuados a las distintas capacidades y edades de los niños. Por¬que, a
todas luces, no tiene sentido ofrecerle la religión de un filósofo maduro y
erudito a un niño de cinco años, ni tratar de poner las cosmogonías de Dante y
Santo Tomás de Aquino, de Hegel y de Marx, al alcance de un idiota de aldea.
Las niñeras manejan a sus pequeños pupilos amenazándolos con espantajos en cuya
existen¬cia no cree ninguna niñera, así como Mahoma manejaba a sus árabes
prometiéndoles un paraíso y amenazándolos con un infierno cuyos detalles debió
de saber eran de su propia invención, aunque creyera generalmente en una vida
del más allá con recompensas y castigos por nues¬tra conducta en este mundo.
Por eso, no sugiero que las autoridades educacionales de Utopía deban buscar la
verdad absoluta a fin de inculcarla aunque se derrum¬ben los cielos. Tampoco
aconsejo volver al plan de 39 artículos de la reina Isabel para complacer a todos,
afir-mando y negando alternativamente los dogmas discu¬tidos. El resultado más
probable es un refinado dogma de útiles ilusiones, que habrá de ser descartado
poco a poco al progresar el niño de clase en clase, aunque algu¬nos de ellos
cuando sean adultos se consuelen con la docilidad que aquéllos producen.
En
esto, nada habría de nuevo: es lo que hacen nues¬tras autoridades en la
actualidad, sólo que obran siste¬mática e inconscientemente, dejándose engañar
más o menos por las ilusiones. Por desgracia, permiten que las ilusiones se
queden a la zaga de los tiempos y se vuel¬van inverosímiles, punto en que se
hacen muy peligro¬sas: porque cuando a la gente la educan con dogmas en que no
puede creer, se queda sin dogma alguno y es capaz de comprar revólveres y de
dedicarse al bandidaje cuando le falte trabajo y se encuentre si» dinero. Es la
importancia de mantener al día las ilusiones que nos han inculcado lo que
alarma mucho a nuestras clases de profesionales superiores cuando la libertad
individual de pensamiento, de palabra y de conciencia que creen poseer (esta es
una de las ilusiones inculcadas) es ame¬nazada por las dictaduras que surgen en
todo el mundo mientras que nuestras instituciones parlamentarias
anti¬democráticas se reducen a sí mismas cada vez más desas¬trosamente al
absurdo.
LA
IMPORTANCIA DEL LIBRE PENSAMIENTO
Permítaseme
poner en orden esto para ellos. Toda¬vía se creía por lo general, en tiempos de
la reina Vic¬toria, que la educación religiosa consistía en impartirles a los
niños ciertas verdades eternas, definitivas y abso¬lutas. A mí, por ejemplo,
como hijo de un caballero protestante irlandés, me convencieron, en el alba de
mi conciencia de niño, de que todos los católicos van al infierno cuando
mueren, una convicción que no sólo implicaba creer en la existencia de un
infierno sino tam¬bién en toda una serie de inferencias sobre la naturaleza y
carácter de Dios. Ahora que soy mayor, sólo puedo considerar esto una hipótesis
provisional que, si bien se piensa, debo desechar en definitiva. Como lo dirían
los más piadosos de mis tíos, he perdido mi fe religiosa y corro peligro de
condenarme como apóstata. Pero sólo presento mi dogma de la Evolución Creadora
como una hipótesis provisoria más. Difiere del viejo dogma azu¬frado de Dublín
solamente en su mayor verosimilitud: es decir, en su más exacta concordancia con
los hechos alegados por nuestros investigadores científicos, quienes se han
ganado de un modo u otro la confianza de que disfrutaran ante nuestros
sacerdotes. Ninguna autoridad educacional futura, a menos que esté tan mal
educada como las nuestras actuales, supondrá que tiene verdades definitivas y
eternas que inculcar: sólo puede elegir las hipótesis más útiles y eficaces e
inculcarlas en forma muy semejante a como lo hace con una conducta standard en
iodo ese vasto campo de comportamiento civilizado don¬de no importa en lo más
mínimo cómo obra la gente en situaciones especiales, siempre que obre de la
misma manera, como en las normas de tránsito. Todas las hipótesis provisionales
podrán ser ilusiones; pero si llevan i una conducta beneficiosa deben ser
inculcadas y aplicadas por los gobiernos hasta que lleguen otras mejores.
TOLERANCIA
MÁS QUE NADA ILUSORIA
Pero,
claman los profesores... ¿no se habrán de po¬ner en tela de juicio jamás las
hipótesis? ¿Ha de ser castigada como un delito la desilusión? Eso dependerá en
gran parte de las circunstancias. Uno de los mejores cerebros religiosos de
Inglaterra ha dicho que la guerra de 1914-18 fue estúpida e innecesaria; y
nadie piensa ahora en acusarlo ante la justicia; pero no se le habría permitido
pasearse ante las trincheras, de pelotón en pe¬lotón, diciéndolo en vísperas de
la hora cero, con o sin el agregado de "Señores, ustedes son hermanos.
¿Por qué se hacen mal mutuamente?" No me hago ilusiones de es¬tar en
libertad de decir y de escribir lo que se me antoje.
Di
la vuelta al mundo últimamente predicando que, si a Rusia la arrancaban al
comunismo para devolverla a ma¬nos del capitalismo competitivo y China se
convertía en un rapaz estado capitalista, sea independientemente o como parte
integrante de una hegemonía japonesa en el Asia, todos los estados occidentales
tendrían que quin¬tuplicar sus ejércitos y velar de noche en un constante temor
a los aviones enemigos, siendo la moraleja obvia que sea que elijamos el
comunismo para nosotros o no, nuestro evidente interés, hasta desde el punto de
vista de nuestra más elemental y antigua diplomacia militar, es hacer todo lo
que esté a nuestro alcance para man¬tener el comunismo en Rusia y extenderlo en
China, donde, en la actualidad, lo han adoptado provincias que contienen por lo
menos, sobre muchos cálculos en con¬flicto, dieciocho millones de personas.
Ahora bien: yo no me veía impedido físicamente de decir esto, ni de escribirlo
y publicarlo. Pero en un mundo occidental que sufría gravemente de Marx fobia y
que empeoraba fre-néticamente como una musaraña malhumorada, no pude conseguir
que un solo periódico recogiera mi punto de vista o lo diera a conocer. Cuando
digo algo estúpido, o aseguran que he dicho algo reaccionario, eso se propaga
con la velocidad del rayo por la prensa del mundo en¬tero. Cuando digo algo que
podría destruir la f e popular, tan cuidadosamente inculcada, en el
capitalismo, el si¬lencio es tan profundo que casi se oye. Pero no me quejo,
porque no comparto la ilusión profesoral de que hay más libertad para los
desencantados en el imperio británico y en Estados Unidos que en Italia,
Alemania y Rusia. He visto demasiados periódicos clausurados y directores
detenidos, no sólo en Irlanda y la India sino también en Londres, en mi tiempo,
para aceptar la idea de Tennyson de que vivimos en un país donde un hombre
puede decir lo que quiere. No existe semejante país. Pero esto no es una excusa
para las extravagancias de censura en que han incurrido los insípidos gobiernos
de los revolu¬cionarios y las Iglesias que creen conocer la verdad eterna con
respecto a todo, eso para no hablar de los autócratas hereditarios que creen
serlo por derecho divino. Nuestros periódicos guardan silencio sobre la
supresión de la li¬bertad en el Japón imperialista, aunque en el Japón es un
delito tener "pensamientos peligrosos". En mi nativa Irlanda, que es
ahora, nominalmente, un Estado Libre, uno de mis libros figura en el índex; y
no dudo de que todos los demás seguirán su suerte apenas descubra su existencia
la censura del clero. En Austria, mi pieza "Santa Juana" tuvo que ser
modificada para complacer a las autoridades católicas, que saben mucho menos
so¬bre el catolicismo que yo. En América, están prohibidos libros que se pueden
comprar en todas partes en Europa. La concentrada atención inglesa y
norteamericana ante las intolerancias del fascismo y el comunismo crea la
ilu¬sión de que no existen en otra parte; pero existen donde¬quiera y hay que
afrontarlas, no con ridículos y exalta¬dos ataques contra Alemania, Italia y
Rusia, sino vol¬viendo a plantear el caso de la tolerancia en general.
CASOS
CAPITALES: SÓCRATES Y JESÚS
Es
un infortunio histórico la circunstancia de que las víctimas de persecuciones
más célebres del mundo no opusieran una defensa válida. Sócrates y Jesús son
las más comentadas de los países cristianos. Sócrates, al ser juzgado, estaba
en plena posesión de sus facultades y se le permitió decir todo lo que tenía
que alegar en su de¬ fensa; pero, en vez de defender su derecho a criticar,
irritó a sus acusadores arrojándoles a la cara un desagra¬dable contraste entre
la infame corrupción y falsía de éstos y su propia rectitud, desinterés e
impecable foja de servicios como ciudadano y soldado. Jesús no se de¬fendió. No
se consideraba un prisionero a quien se juzga por una ofensa vulgar y que usa
todo su ingenio para escapar a la condena. Creía que realizaba un rito
sacrificial en que debían matarlo, después de lo cual resu¬citaría y volvería
en la gloria para establecer su reinado en la tierra para siempre. No interesa,
para nuestra pre¬sente finalidad, saber si esto era el espejismo de un demente
o un hecho desnudo e ilevantable: en ambos casos, la cuestión de la tolerancia
no estaba en juego para él: por eso no la planteó.
EL
CASO DE GALILEO
En
la época que inició Jesús, o por lo menos aque¬lla en que su nombre fue
invocado habitualmente en vano, Juana de Arco y Juan de Leyden, Giordano Bruno
y Galileo, Servet y Juan Huss y los héroes del Libro de los Mártires de Foxe se
destacan en nuestra imagina¬ción entre miles de olvidados martirologios.
Galileo es un tema favorito de nuestros hombres de ciencia; pero éstos no
aciertan porque creen que la cuestión en, juego en su proceso era si la tierra
giraba alrededor del sol o era el centro inmóvil alrededor del cual el sol
des¬cribía círculos. Y el problema no era ése. Tomado en sí mismo, se trataba
de un simple hecho físico sin nin¬guna significación moral y por lo tanto sin
preocupación alguna de la Iglesia. Así como Galileo no fue quemado ni ciertamente
aborrecido, es muy verosímil que tanto sus jueces inmediatos como el Papa
creyeran, por lo me¬nos con la mitad de sus cerebros, que Galileo tenía razón
en cuanto concernía a la tierra y al sol. Pero lo que debían tener en cuenta
era si la religión cristiana, de la cual dependía no sólo la civilización del
mundo sino también su salvación y que había aceptado las Escrituras hebreas y
el testamento griego como inspiradas revela¬ciones, podía soportar el shock del
descubrimiento de que muchos de sus relatos, desde las tácticas de Josué en la
batalla de Gedeón hasta la Ascensión, debieron de ser escritos por alguien que
no sabía cómo era en realidad el universo físico. Estoy perfectamente
familia-rizado con el universo pregalileano de la Biblia y de San Agustín.
Cuando era niño, yo concebía a la tierra como un inmenso piso bajo con un cielo
raso con in¬crustaciones de estrellas que era el piso del cielo y un sótano que
era el infierno. Me parecía tan natural el que Jesús fuese llevado a las nubes
como camino más breve al cielo como el hecho de que, en la ópera, Mefis¬tófeles
subiese del infierno por una trampa del piso. Pero si en vez de decirme que
Jesús fue llevado a las nubes y que sus discípulos no lo vieron más, lo cual me
hace sentirme aún muy santo, ustedes me dijeran que subió como un globo a la
estratosfera, no me siento santo: río ruidosamente. La visión exaltante se ha
convertido de pronto en broma impúdica. Eso es lo que temía la Iglesia: y fue
lo que sucedió en realidad. ¿Tiene algo de extraño el que el Papa le dijera a
Galileo que, en reali¬dad, debía guardarse sus descubrimientos, y que Galileo
consintiera en negarlos? Quizás fue el Papa quien, para consolarlo, murmuró:
"E pur se muove."
LA
FICCIÓN DEL ACTO CON RESPECTO A UNO MISMO
Santa
Juana no pretendía tolerancia: distaba tanto de creer en ella que quería
realizar una cruzada de exter¬minio contra los hussitas, aunque la quemaron por
com¬partir su herejía. Así es como todos los mártires han errado el blanco en
su defensa. Todos han afirmado poseer la verdad absoluta mientras que sus
perseguido¬res estaban en el error y habrían considerado su deber perseguir por
su cuenta si hubiesen tenido poder para hacerlo. Tolerancia auténtica: la
tolerancia del error y la falsedad nunca se les ocurrió como un principio
po¬sible de todo gobierno cuerdo. Y, por lo tanto, no nos han dejado ninguna
defensa modelo. Y no hay tratado moderno que yo conozca que satisfaga
totalmente esa necesidad. El "Ensayo sobre la Libertad" de Stuart
Mili satisfizo al siglo XIX y fue mi propio libro de texto inicial sobre la
materia; pero su conclusión de que los actos concernientes a uno mismo no deben
sufrir inje¬rencia alguna de las autoridades pesa muy poco para los
socialistas, quienes perciben que, en una compleja civi¬lización moderna, no
hay actos puramente relativos a uno mismo en la esfera controvertida. El color
de los tiran¬tes de un hombre o el de las ligas de una mujer podrá interesarles
solamente a sus portadores; pero a la gente nunca la han quemado por el hecho
de usar ropa interior negra en vez de blanca; y la idea de que predicar un
sermón o publicar un folleto puede clasificarse como un acto concerniente a uno
mismo es manifiestamente ab-surda. Todo gran Arte y Literatura son propaganda.
Sin duda, las herejías de Galileo no eran actos que se refirieran a uno mismo:
su hazaña de hacer rodar la tierra fue tan sorprendente como la de Josué al
mantenerla inmóvil. El error de la Iglesia no consistió en entorpecer la
libertad de Galileo, sino en suponer que se podía guardar el secreto del
movimiento terrestre y en temer que la religión no pudiese soportar la
conmoción causada por esa revelación o por mil revelaciones. Era estúpido
tratar de adaptar la naturaleza a la Iglesia en vez de adap¬tar sin cesar a la
Iglesia a la naturaleza, cambiando sus enseñanzas sobre cuestiones de física
con cada progreso hecho en nuestro conocimiento de la naturaleza. Al tratar la
leyenda de la victoria de Josué como una verdad re¬ligiosa en vez de insistir
en que a la religión tanto le daba si Josué era más real que Jack el Matador de
Gi¬gantes y que Galileo pudiera jugar a los bolos con todo el sistema solar sin
mover una sola pulgada el Trono Eterno y la Silla Papal que eran su símbolo
tangible y visible sobre la tierra, perdió una gran oportunidad, como muchas
otras desde entonces, exponiéndose al reproche de estupidez por no haber
comprendido el argumento de Galileo, de orgullo por no ser suficientemente
humilde para admitir que se había equivocado en su astronomía y de debilidad de
fe y confusión de lo temporal con lo espiritual como se ha expresado,
exponiéndose a un des¬dén protestante y científico muy despreciativo, ambos
pasibles más que nada precisamente de los mismos re¬proches.
CARÁCTER
INCOMPLETO DE LOS GRANDES
PROCESOS
Sin
duda, a Galileo se le escapó el verdadero punto en discusión tan completamente
como a Sócrates o a Je¬sús. No debemos culparlo por ello: era un físico y no un
político; y para él, las únicas cuestiones en juego eran si la tierra se movía
o no y si una bala de cañón de cinco kilogramos de peso caía con doble
velocidad que una de dos kilogramos y medio o no. Pero Sócrates era, por
vocación y por costumbre, un solucionador de pro¬blemas de conducta, tanto
personales como políticos; y Jesús, quien se había pasado la vida proponiendo
las mismas impresionantes paradojas sobre el mismo tema, no siempre como
expresiones abstractas sino como instrucciones personales dadas a sus adeptos,
debió, si tenía algún sentido de la responsabilidad moral, ser increpado repetidas
veces por su conciencia acerca de si tenía algún derecho a poner a los hombres
sobre una trayectoria que llevaría probablemente a los mejores a la cruz y a
los peores a la destrucción moral descrita por San Agus¬tín. Ningún hombre
podía reconocer expresamente que su palabra no traería paz sino una espada sin
haberse convencido a sí mismo de que tenía razón al hacerlo. Debieron de
decirle con tanta frecuencia como a mí que él le causaba dolor a mucha gente
meritoria; y aun ad¬mitiendo plenamente la veta de travesura de que provee la
Fuerza Vital a los que estamos predestinados a épater le bourgeois, no puede
haber creído que la mera satis¬facción de aquel Schadenfreude tipo Punch
pudiera jus¬tificar que hiriese los sentimientos de cualquiera. ¿Cuál habría
sido pues su defensa si, en su proceso, Sócrates hubiese sido su viejo yo,
defendiéndose como un acu¬sado a quien se amenaza con una pena horrible y no
como un dios que pasa por una prueba inevitable como preludio al
establecimiento de su reino sobre la tierra?
UN
DRAMA DE LA PASIÓN MODERNO ES IMPOSIBLE
Este
problema reviste tanta importancia en la crisis actual, cuando los reinos se
están desintegrando y los advenedizos gobernantes cometen sus pecados de
juven¬tud con persecuciones tan grotescas que el gran sucesor de Galileo,
Einstein, es un despojado fugitivo del ex¬terminio amenazado oficialmente, que
debo esforzarme en teatralizar el proceso de Jesús tal como se habría
des¬arrollado si hubiese ocurrido antes de que Pedro profi¬riera su memorable
exclamación "Tú Eres Cristo". Al¬gunos, sobre todo los admiradores de
mi teatralización del proceso de Santa Juana, me han pedido repetidas veces que
teatralice la historia del Evangelio. Pero el proceso de un prisionero mudo,
del cual no obtiene res¬puesta el juez que le formula la pregunta crítica, no
puede ser teatralizado, salvo que el propio juez sea el héroe del drama. Ahora
bien: Pilatos, aunque quizás su¬pere un poco la talla media de los gobernadores
colonia¬les, no es una figura heroica. Juana afrontó a sus jueces con valor e
ingenio: su proceso fue un drama confec-cionado que sólo se requería traer a
los límites teatrales del tiempo y del espacio para obtener una pieza
impre¬sionante. Pero Jesús no quiso defenderse. Y no porque no pudiera decir
algo en su favor ni porque se le negara la oportunidad de decirlo. No sólo se
le permitía, sino que se lo desafiaba a defenderse. Era un orador experto,
capaz de subyugar a las multitudes con su elocuencia, feliz y rápido en el
debate y la réplica, conocedor de los ilustrativos casos hipotéticos tan amados
por los abo¬gados (que los Evangelios llaman parábolas) y que nun¬ca se
desconcertaba cuando lo acosaban con preguntas.
Si
alguna vez hubo un debate cabal por el campeonato de la oratoria que esperaron
con excitada confianza los discípulos del experto desafiado, lo fue este
proceso de Cristo. Pero su campeón no ofreció resistencia: fue al matadero como
un cordero, mudo. Semejante espectáculo resulta decepcionante en el teatro, y,
precisamente, un drama no debe desencantar; y cuando al desencanto le siguen la
flagelación y la crucifixión, resulta insoporta¬ble; ni siquiera el genio de
nuestro Poeta Laureado, con toda la magia de la catedral de Canterbury por
decorado, puede redimirlo, salvo cuando se trata de gente que goza con el
horror y la catástrofe y no tiene esperanzas inte¬lectuales que puedan
causarles decepciones.
LA
DIFERENCIA ENTRE EL LECTOR Y EL ESPECTADOR
Cabe
preguntarse por qué el episodio del proceso y la ejecución debe fracasar en el
escenario, si se tiene en cuenta que la narración de los Evangelios es tan
conmo¬vedora y por lo tanto muchos de nosotros la hemos leído sin decepción
alguna. La respuesta es muy simple: la leímos en la infancia; y los niños pasan
de horror en horror sin aliento, sin conocer ninguno de los problemas
constitucionales en pugna. Algunos de ellos siguen en este estado de inocencia
intelectual hasta el fin de su vida, mientras que los más inteligentes rara vez
recon¬sideran las impresiones recibidas cuando eran muy pe¬queños. Sospecho que
la mayoría de los cristianos teme pensar tan críticamente en esto, ya que se
les ha ense¬ñado a considerar blasfema la crítica cuando se aplica a los
relatos bíblicos. Además, hay mil cosas que son llevaderas bien contadas y que
resultan insoportables cuando las trasladan al teatro. Los evangelistas pueden
desviar nuestra atención de Jesús a Pedro cuando oye el canto del gallo (el
toque del clarín) o a Pilatos ha¬blando con enojo con la multitud sobre
Barrabás; pero en el escenario uno no se puede desembarazar de la figura muda:
es de ella de quien esperamos un discurso que nos lleve al cielo y no del
llanto de Pedro y la gritería de la muchedumbre, que se convierten en
in¬terrupciones inaguantables en vez de ser hábiles pasa¬tiempos.
Por
mi parte, cuando releí ese relato como adulto y por añadidura como crítico
profesional, sentí tan inten¬samente la decepción que estuve desde entonces en
el estado de ánimo de aquel músico que, después de haberse ido a acostar, le
oyó tocar a alguien una disonancia no resuelta y no se pudo dormir antes de
haberse levantado para tocar la resolución de la misma en su piano. Lo que va a
continuación es mi tentativa de solucionar la disonancia de Pilatos. Comienzo
por la narración de San Juan, la única de las cuatro que presenta a Jesús
di¬ciendo algo más de lo que podría manifestar cualquier demente en
circunstancias parecidas.
PILATOS.
- ¿Eres el rey de los judíos?
JESÚS.
- ¿Quieres realmente saberlo? ¿O es que toda esa gente que está ahí fuera te ha
sugerido que me lo preguntes?
PILATOS.
- ¿Soy judío acaso para preocuparme de ti? Tu propio pueblo y tus sacerdotes te
han traído hasta mí para que te juzgue. ¿Qué has hecho?
JESÚS.
- Mi reino no es de este mundo: si lo fuera, mis adeptos habrían luchado con la
policía y me hubie¬sen rescatado. Pero esas cosas no suceden en mi reino.
PILATOS.
- ¿Conque eres un rey?
JESÚS.
- Tú lo dices. Vine a este mundo y nací hom¬bre común sin más finalidad que la
de revelar la verdad. Y goda la gente capaz de recibir la verdad la reconoce en
mi voz.
PILATOS.
- ¿Cuál es la verdad?
JESÚS.
- Eres la primera persona lo bastante inteli¬gente para hacerme esta pregunta.
PILATOS.
-;tamos, nada de lisonjas! Soy romano y sin duda le parezco excepcionalmente
inteligente a un judío. Ustedes los judíos hablan siempre de verdad y rectitud
y justicia: se alimentan de palabras cuando están cansados de acumular dinero o
son demasiado pobres para tener otra cosa de qué alimentarse. Quieren que yo te
crucifique; pero congo no veo aún qué daño has he¬cho, prefiero crucificarte
sobre una discusión. Las her¬mosas palabras no comprometen en Roma. Dijiste que
tu vocación es revelar la verdad. Acepto tu palabra en ese sentido; pero te
pregunto... ¿Cuál es la verdad?
JESÚS.
-Es lo que un hombre debe decir aunque lo lapiden o lo crucifiquen por haberla
dicho. No te ofrezco la verdad a un precio que me beneficie: te la ofrezco
gra¬tuitamente, con riesgo de mi propia vida. ¿Lo haría si Dios no me impulsara
a hacerlo contra todas las protestas de mi carne estremecida?
PILATOS.
- Ustedes los judíos son gente sencilla. Han hallado a un solo dios. Nosotros,
los romanos, encon¬tramos muchos; y uno de ellos es un Dios de las Men¬tiras.
Hasta ustedes los judíos deben reconocer que existe un Padre de las Mentiras a
quien llaman el diablo y que los engaña con palabras como es lo usual. Pero es
un dios muy poderoso... ¿no es así? Y como no sólo lo deleitan las mentiras,
sino también todos los demás desaguisados tales como las lapidaciones y
crucifixiones de inocentes... ¿cómo he de juzgar si es él quien te arrastra a
sacrificarte por una mentira o si es Minerva quien te arrastra a sacrificarte
por la verdad? Vuelvo a preguntarte... ¿Cuál es la verdad?
JESÚS.
- Es lo que sabes por experiencia que es cierto o que tu alma siente que lo es.
PILATOS.
- Quieres decir que la verdad es una corres¬pondencia entre la palabra y el
hecho. Es verdad que estoy sentado en esta silla: pero yo no soy la verdad y la
silla no es la verdad: sólo somos los hechos. Mi percepción de que estoy
sentado aquí puede ser solamen¬te un sueño: por lo tanto, mi percepción no es
la verdad.
JESÚS.
- Dices bien. La verdad es la verdad y nada más. Tal es tu respuesta.
PILATOS.
- Sí, pero ... ¿hasta dónde se la puede des¬cubrir? Estamos de acuerdo en que
es cierto que estoy sentado en esta silla porque nuestros sentidos así nos lo
dicen; y no es probable que dos hombres sueñen el mismo sueño en el mismo
momento. Pero cuando me levanto de mi silla, esta verdad ya no es cierta. La
verdad pertenece al presente, no al futuro. Tus esperanzas para el futuro no
son la verdad. Hasta en el presente tus opi¬niones no son la verdad. Es cierto
que es mejor para tu pueblo que yo esté sentado en esta silla y lo engañe con
la paz de Roma que dejar que esos hombres se maten mutuamente en su barbarie
nativa, como claman ahora que yo te mate a ti.
JESÚS.
- Está la paz de Dios, que excede nuestra com¬prensión; y esa paz prevalecerá
sobre la paz de Roma cuando suene la hora de Dios.
PILATOS.
- Muy bonito, amigo mío; pero la hora de los dioses suena ahora y siempre; y
todo el mundo sabe qué significa la paz de tu Dios judío. ¿No lo has leído en
las campañas de Josué? Los romanos compramos con nuestra sangre la paz romana:
y la preferimos como algo fácil de comprender, que aparta el cuchillo de cada
hom¬bre de la garganta de otro, a tu paz que está más allá de la comprensión
porque mata al hombre, a la mujer y al niño en nombre de tu Dios. Pero eso es
simple¬mente nuestra opinión. No la tuya. Por lo tanto, no es por fuerza la
verdad. Debo obrar sobre la base de ella, porque un gobernador debe basarse en
algo: no puede vagabundear por los caminos y decir palabras bonitas, como tú.
Si fueras un gobernador responsable en vez de ser un vagabundo de alma poética,
pronto descubrirías que debo elegir, no entre la verdad y la falsedad, nin¬guna
de las cuales puedo comprobar, sino entre la opi¬nión razonable y bien
informada y el impulso sentimen¬tal y mal informado.
JESÚS.
-Sin embargo, la opinión es algo muerto y el impulso algo vivo. Tú no puedes
imponerme tu opi¬nión razonable y bien informada. Si quieres crucificarme,
puedo encontrarte una docena de razones para hacerlo; y tu policía puede darte
un centenar de hechos para apuntalar las razones. Si quieres dejarme vivo,
puedo encontrarte el mismo número de motivos para hacerlo; y mis discípulos te
facilitarán más hechos que los que tendrías la paciencia de escuchar. Por eso,
tus abogados pueden defender tan bien a una parte como a la otra y alegar sin
deshonrarse por el bando que les pague, como el carretero alquilón que te lleva
tanto al norte como al sur por la misma paga.
PILATOS.
- Eres más astuto de lo que yo suponía; y tienes razón. Está mi voluntad; y
está la voluntad del César, a la cual la mía debe ceder; y, por sobre la
volun¬tad del César, está la de los dioses. Pero esas volunta¬des se hallan en
constante conflicto entre sí: por eso, no son la verdad. Porque la verdad es
una sola y no puede estar en conflicto consigo misma. Hay opiniones en
con¬flicto y voluntades en conflicto: pero no hay más verdad que la verdad
momentánea de que estoy sentado sobre esta silla. ¡Sin embargo, tú me dices que
estás aquí para ser testigo de la verdad! ¡Tú, un vagabundo, un char¬latán, que
nunca has tenido que dictar una sentencia o establecer un impuesto o emitir un
edicto! ¿Qué puedes decir para que yo no haga expulsar de ti tu vanidad a
latigazos por mis verdugos?
JESÚS.
-Los azotes no curan la vanidad ni son un acto de justicia, aunque quizás los
llames así en tu in¬forme al César: son un acto de crueldad; y esa crueldad tan
malvada y horrible, porque es el arma con que los hijos de Satanás matan a los
hijos de Dios, forma parte de la eterna verdad que buscas.
PILATOS.
- Deja a un lado la crueldad: todo gobier¬no es cruel; porque nada es más cruel
que la impunidad. Una saludable severidad...
JESÚS.-¡Oh,
por favor! Debes disculparme, noble gobernador; pero Dios me ha hecho tal que
las frases oficiales me causan unas náuseas violentas. La severidad saludable
es para mí ipecacuana. Te he hablado de hom¬bre a hombre, con palabras
vivientes. No seas ingrato y no me contestes con palabras muertas.
PILATOS.
- En boca de un romano, las palabras sig¬nifican algo: en boca de un judío, son
un sustituto ba¬rato de la bebida fuerte. Si te dejáramos, llenarías el mundo
entero con tus escrituras y salmos y talmuds; y la historia de la humanidad se
convertiría en un relato de bellas palabras y hechos villanos.
JESÚS.
- Sin embargo, el Verbo vino primero, antes de hacerse carne. El Verbo fue el
principio. El Verbo estuvo con Dios antes de que él nos hiciera. Más aun: el
Verbo fue Dios.
PILATOS.
- ¿Y qué significa todo eso? ¿Me haces el favor de decírmelo?
JESÚS.
- La diferencia entre un hombre y un romano apenas es una palabra: pero nada
menos. La diferencia entre un romano y un judío es sólo una palabra.
PILATOS.
- Es un hecho.
JESÚS.
- Un hecho que fue una palabra; porque un hecho es la sustancia de una palabra.
Yo no soy por mera casualidad una pila de carne y huesos: si sólo fuera eso, me
desmoronaría, reducido a podredumbre y polvo, ante tus propios ojos. Soy la
encarnación de un pensa¬miento de Dios: soy el Verbo hecho carne: eso es lo que
me mantiene de pie ante ti en la imagen de Dios.
PILATOS.
- Bien argumentado: pero lo que es salsa para el ganso es salsa para la oca; y
me parece que si tú eres el Verbo hecho carne, también lo soy yo.
JESÚS.
- ¿Acaso no lo he dicho repetidas veces? ¿Aca¬so no me han lapidado en las
calles porque lo decía? ¿Acaso no he enviado a mis apóstoles a proclamarles
esta gran noticia a los gentiles y a los confines mismos del mundo? El Verbo es
Dios. Y Dios está en ti. Cuando lo dije, los judíos -mi propio pueblo-
empezaron a recoger piedras. Pero... ¿por qué habrías de reprochár¬melo tú, el
gentil?
PILATOS.
- Yo no te lo he reprochado. Te lo he indicado.
JESÚS.-Perdóname.
Estoy tan habituado a que me contradigan...
PILATOS.
- Precisamente. Hay muchas clases de pa¬labras; y todas se convierten en carne,
tarde o temprano. Vé entre los soldados v oirás muchas Palabras sucias y serás
testigo de muchos actos crueles y abominables que comenzaron siendo
pensamientos. No permito que esas palabras se digan en mi presencia. Castigo
esos actos como delitos. Tu verdad, como la llamas, puede no ser más que los
pensamientos para los cuales hallaste pala¬bras que se materializarían en actos
si yo te dejara suelto para que difundieras esas palabras entre la gente. Tu
propio pueblo, que te trajo aquí, me dice que tus pen¬samientos son abominables
y tus palabras blasfemas. ¿Cómo he de refutarlos? ¿Cómo he de distinguir entre
las blasfemias de mis soldados sobre las cuales me in, forman mis centuriones y
tus blasfemias sobre las cuales me informa tu Sumo Sacerdote?
JESÚS.
- ¡Ay de ti y del mundo si no distingues!
PILATOS.
-Eso crees tú. No me asustas. ¿Por qué supones eso?
JESÚS.-No
lo supongo: lo sé. Lo sé por Dios.
PILATOS.
- Tengo la misma clase de conocimiento de boca de varios dioses.
JESÚS.
-Si sabes la verdad, la sabes por mi Dios, que es tu padre celestial y el mío.
Tiene muchos nom¬bres y su naturaleza es múltiple. Llámalo como quieras:
seguirá siendo Nuestro Padre. ¿Le dice un padre a sus hijos mentiras?
PILATOS.
- Sí: muchas mentiras. Tienes un padre te¬rreno y una madre terrena. ¿Te
dijeron ellos lo que pre¬dicas?
JESÚS.
- No, por desgracia.
PILATOS.
- Entonces, desafías a tu padre y a tu ma¬dre. Desafías a tu Iglesia. Violas
los mandamientos de tu Dios y afirmas tener derecho a hacerlo. Abogas por el
pobre y declaras que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja
que un rico entre al pa¬raíso de tu Dios. Sin embargo, has compartido en
festi¬nes las mesas de los ricos y alentado a las rameras a gastar en perfumes
para tus pies dinero que podían haberles dado a los pobres, asqueando así a tu
tesorero que te traicionó vendiéndote al Sumo Sacerdote por un puñado de
monedas de plata. Bueno, diviértete todo lo que quieras: no te culpo por
negarte a hacer el fakir y por convertirte en una exhibición ambulante de
estú¬pidas austeridades: pero debo impedir que provoques tumultos en el templo
y arrojes el oro de los cambistas para que se lo disputen tus parciales. Tengo
una ley que debo aplicar. La ley prohíbe la obscenidad, la sedición y las
blasfemia. T e acusan de sedición y de blasfemia. Tú no las niegas: sólo hablas
de la verdad, que resulta ser únicamente lo que quieres creer. Tu blasfemia
nada significa para mí: toda la religión judía es blasfemia des¬de el principio
hasta el fin desde mi punto de vista ro¬mano; pero significa mucho para el Sumo
Sacerdote: y yo sólo puedo mantener el orden entre la judería tratando a los
judíos tontos de acuerdo con la insensatez judía. Pero la sedición sí me
concierne y le concierne muy de cerca a mi cargo: y cuando emprendes la tarea
de sustituir al imperio romano por un reino en que habrás de ocupar el trono tú
y no el César, te haces culpable de la má¬xima traición. Me fastidia hacerte
crucificar; porque aunque sólo eres un judío, y un joven bastante novato por lo
demás, advierto que, dentro de tus características judías, eres un hombre de
calidad; y los gavilanes no deben arrancarles los ojos a los gavilanes. En
realidad, condesciendo a hablar contigo tan largamente con' la mi¬sericordiosa
esperanza de encontrar una excusa para to¬lerar tu blasfemia y sedición. Como
defensa, sólo me ofreces una frase vacua sobre la verdad. Deseo sinceramente
salvarte la vida; porque si no te dejo en libertad, tendré que liberar a ese
bribón de Barrabás, quien ha llegado más lejos que tú y matado a alguien,
mientras que tengo entendido que tú sólo has resucitado a un judío de entre los
muertos. Por última vez, pues, te digo: haz trabajar a tu mente y encuéntrame
una razón sólida para que yo pueda dejar en libertad a un blas¬femo sedicioso.
JESÚS.
-No te pido que me dejes en libertad: ni aceptaría mi vida al precio de la
muerte de Barrabás aunque creyera que puedes dar contraorden y evitarme la dura
prueba a que estoy predestinado. Pero para sa¬tisfacer tu apetencia de verdad,
te diré que la respuesta a tu pregunta es tu propio argumento de que ni tú ni
el prisionero a quien juzgas pueden probar que él tiene razón: por lo tanto, no
debes juzgarme porque tú mismo podrías ser juzgado. Sin sedición y blasfemia,
el mundo seguiría inmóvil y el Reino de Dios no se acercaría un solo palmo. El
imperio romano empezó con una loba que alimentaba a dos niños. Si esos niños no
hubiesen sido más sabios que su madre adoptiva, tu imperio sería una manada de
lobos. Gracias a los hijos que son más sabios que sus padres, a los súbditos
que son más sabios que sus emperadores y a los mendigos y vagabundos que son
más sabios que sus sacerdotes, los hombres se elevan del nivel de las fieras al
de seres que creen en mí y son salvados.
PILATOS.
- ¿Qué quieres decir con eso de creer en ti?
JESÚS.
- Me refiero a ver el mundo como yo lo veo. ¿Qué otra cosa podrían significar
mis palabras?
PILATOS.
- Y tú eres el Cristo, el Mesías. .. ¿eh?
JESÚS.
- Aunque fuera Satanás, mi argumentación seguiría siendo válida.
PILATOS.
- ¿Debo perdonar y estimular a todos los herejes, a todos los rebeldes, a todos
los infractores de la ley, a todos los bribones, por temor a que resulten más
sabios que todas las generaciones que crearon el de¬recho romano y construyeron
el imperio sobre él?
JESÚS.
-Por sus frutos los conoceréis. Cuídate de no matar un pensamiento nuevo para
ti. Porque ese pen¬samiento podría servirle de base al reino de Dios sobre la
tierra.
PILATOS.
- También podría ser la ruina de todos los reinos, todo el derecho y toda la
sociedad humana. Po¬dría ser el pensamiento de la fiera que se esfuerza en
volver.
JESÚS.
- La fiera no se esfuerza en volver: el reino de Dios se esfuerza en llegar. El
imperio que vuelve la vista con terror será sustituido por el reino que mi¬rará
el futuro con esperanza. El terror enloquece a los hombres: la esperanza y la
fe les dan una sabiduría divina. Los hombres a quienes llenas de temor no se
detendrán ante ningún mal y perecerán en sus pecados: los hombres a quienes yo
lleno de f e heredarán la tie¬rra. Yo te digo: Desecha todo temor. No me digas
más cosas vanas sobre la grandeza de Roma. La grandeza de Roma, como tú la
llamas, sólo es miedo: miedo al pa¬sado y miedo al futuro, miedo al pobre y
miedo al rico, miedo a los Sumos Sacerdotes, miedo a los judíos y a los griegos
que son ilustrados, miedo a los galos y godos y hunos que son bárbaros, miedo
al Cartago que des¬truiste para salvarte del temor que te inspiraba y que ahora
temes más que nunca, miedo al César imperial, el ídolo que tú mismo has creado,
y miedo de mí, el vagabundo sin un centavo, golpeado y escarnecido, teme¬roso
de todo salvo la norma de Dios: la f e en todo salvo la sangre y el hierro y el
oro. Tú, que representas a Roma, eres el cobarde universal: yo, que represento
al reino de Dios, lo he desafiado todo, lo he perdido todo y ganado una corona
eterna.
PILATOS.
-Has ganado una corona de espinas: y la ostentarás sobre la cruz. Eres un
hombre más peligroso de lo que yo suponía. Tu blasfemia contra el dios de los
sumos sacerdotes no me preocupa; puedes pisotear su religión a tus anchas por
lo que a mí respecta; pero has blasfemado contra César y contra el imperio; y
lo has hecho deliberadamente y tienes el poder de volver los corazones de los
hombres contra él como has vuelto a medias el mío. Por eso, debo terminar
contigo mien¬tras quede un poco de ley en el mundo.
JESÚS.-La
ley es ciega sin el consejo. El consejo con el cual están de acuerdo los
hombres es inútil: ape¬nas es el eco de sus propias voces. Un millón de ecos no
te ayudarán a gobernar con rectitud. Pero el que no te teme y te ofrece la otra
mejilla es una perla del más alto precio. Mátame y serás ciego ante tu condena.
El más grande de los nombres de Dios es el de Consejero: y cuando tu imperio
sea polvo y tu nombre un objeto de oprobio en las naciones, los templos del
Dios vivo resonarán aún con su alabanza como ¡Maravilloso! ¡Con¬sejero! Padre
Eterno, Príncipe de la Paz.
LA
SANTIDAD DE LA CRÍTICA
Por
lo tanto, la última palabra queda en manos de Jesús y de Handel; y ésta debe
seguir siendo la mejor defensa de la tolerancia hasta que un hombre mejor que
yo logre otra superior.
Expresado
en forma breve y exenta de dramatismo, este caso implica que una civilización
no puede progre¬sar sin crítica y, por lo tanto, para salvarse del
estan¬camiento y la putrefacción, debe concederle la impuni¬dad a la crítica.
Esto implica la impunidad no sólo para ,Proposiciones que, por nuevas que sean,
parecen inte¬resantes, propias de estadistas y respetables, sino también otras
que impresionan al espíritu no crítico como im¬púdicas, sediciosas, blasfemas,
heréticas y revoluciona¬rias. Esa sólida institución católica que se llama el
abo¬gado del diablo, debe ser encarada con privilegio porque podría ser el
heraldo del mundo futuro. La dificultad consiste en distinguir entre el crítico
y el delincuente o loco, entre la libertad de precepto y la libertad del
ejem¬plo. Puede ser vitalmente necesario permitirle a una per¬sona que abogue
por el nudismo; pero podría ser in¬conveniente permitirle que se pasee desnuda
por Piccadilly. Karl Marx, al escribir la condena a muerte de la propiedad
privada en el salón de lectura del Museo británico, era sagrado; pero si Karl
Marx le hubiese enviado el dinero del alquiler de su villa de Maitland Park al
ministro de Hacienda y matado a tiros a los agentes del dueño de la finca
cuando vinieran a em¬bargarle los muebles o a desalojarlo, difícilmente habría
podido escapar de la horca por haber puesto en práctica su derecho a la
crítica. Sólo cuando la crítica modifique al derecho podrá permitir el
magistrado que el crítico lo ponga en ejecución. Estamos tan peligrosamente mal
educados en materia de ciudadanía que la mayoría de nosotros cree tener un
derecho ilimitado a cambiar de conducta apenas cambiamos de idea. La gente que
tiene una vaga idea de que el socialismo es un estado de la sociedad en que
cada uno les da todo lo que posee a los demás me reprocha que, siendo
socialista, yo no me convierta en el acto en mendigo en esa forma. Personas que
suponían, más concretamente, que era ilógico que un socialista tuviese un
automóvil, lograron casi plan¬tear un problema de orden público a causa de la
pose¬sión de un vehículo semejante por un primer ministro que, en esa época,
profesaba el socialismo. Pero aunque esos idiotas hubiesen comprendido
realmente de qué ha¬blaban, se habrían equivocado al suponer que un crítico
hostil del orden social existente podía o debía compor¬tarse como si viviera en
su propia Utopía privada. Podrá ser, a lo sumo, un poco excéntrico, a costa de
que lo toleren como ligeramente chiflado.
En
cambio el gobierno, también, no sólo tiene el derecho sino el deber de
criticar. Si ha de abandonar de una vez por todas su salvaje superstición de
que quienquiera viole la ley es presa legítima para los tor¬turadores, y de que
el mal causado por el malhechor puede ser expiado y borrado por un mal peor que
le hagan los jueces y sacerdotes, si quiere imponer la doc¬trina de Jesús de
que el castigo sólo es una insensata tentativa de hacer un blanco con dos
negros y de abolir la monstruosa lista de crímenes y penalidades a que han sido
reducidas esas supersticiones para que la apliquen funcionarios rutinarios,
debe ampliarse enormemente la crítica gubernamental; porque cada delito
planteará la cuestión crítica esencial de si el delincuente es apto para la vida
o no, y, en caso afirmativo, de si es apto para vi¬vir con una tutela o
disciplina semejantes a las de un soldado, o en una libertad normal con el
deber de re¬parar el daño que ha causado.
Para
semejantes funciones, necesitaremos a críticos educados de otro modo que
nuestros jueces de hoy; pero otro tanto puede decirse de todos aquellos cuyas
fun¬ciones públicas trascienden la aplicación de una rutina.
Es
probable que la extirpación del dolo, la vengatividad y la libido sádica en
esas condiciones de los contactos personales de los ciudadanos con sus
gobernantes, lejos de surtir un efecto tranquilizador, sea menos terro¬rífica
al principio, ya que todas las personas de concien¬cia algo tierna sentirán las
más profundas dudas acerca de si merecen realmente vivir en una sociedad muy
civi¬lizada; pero eso desaparecerá como cánones de valor es¬tablecidos y
conocidos en la práctica. En el ínterin, el terror obrará como una especie de
conciencia social que falta peligrosamente en la actualidad y que ninguno de
nuestros establecimientos educacionales sueña jamás con inculcar.
AYOT
ST. LAWRENCE,
22
de octubre de 1933.
EN
LA RUINA
ACTO
I
El
gabinete del número 10 de Downing Street, Westminster, residencia oficial del
primer ministro británico. El ilustre detentor de ese cargo, Sir Arthur
Chavender, está leyendo el "Times" junto al hogar, bajo el retrato de
Walpole. La pared del hogar está cubierta de estan¬tes con libros: pero a la
derecha de Walpole hay una puerta disimulada, sobre la cual se ven falsos
libros y estantes pintados y que lleva al departamento privado del ministro; y
en el extremo de dicha pared, a la izquierda de Walpole, hay una puerta que
lleva a la oficina de la secretaria privada de Sir Arthur, la señorita Hilda
Hanways. La puerta principal está en la pared lateral, a la derecha de Walpole.
En la pared de enfrente, a la izquierda del retrato, están las grandes
ventanas. Todo guarda una escala imponente, inclusive una mesa oblon¬ga que
cruza la parte media de la habitación, con catorce sillas tapizadas de cuero,
seis a cada lado y una en cada extremo. La del presidente es la central,
próxima al frío hogar (la acción transcurre a mediados de julio); y hay un
teléfono y un conmutador sobre la mesa a su alcance. Sir Arthur ha dado vuelta
a esa silla y se ha instalado cómodamente en ella, mientras lee. En el extremo
de la mesa más próxima a la ventana, una bandeja de plata, con café y leche
para una persona, indica el asiento ex-traoficial de Sir Arthur. En el rincón
que está más lejos del retrato de Walpole, a su derecha, hay un secreter y una
silla para la secretaria. En el rincón para la corres-pondencia, a la izquierda
de Sir Arthur, un sillón. Sobre un estante a medias vacío de la biblioteca, al
alcance del primer ministro, hay un Libro Azul, abandonado y polvoriento.
Sir
Arthur debe de estar frisando en los cincuenta; pero su natural exuberancia le
da un aire mucho más joven. Tiene la voz de un orador de agradable tono; y sus
modales son muy cordiales. Viste a la antigua y tiene el aire aristocrático
propio de quien es negligente pero viste bien, hazaña que le resulta fácil, ya
que está tan bien formado que cualquier ropa parecería elegantemen¬te cortada
sobre él. En general, su personalidad es muy atrayente.
Lee
el "Times" hasta que su secretaria llega precipi¬tadamente de su
oficina, con su libro de apuntes y un manojo de cartas en la mano. Su edad es
una incógnita; pero también está formada de tal modo que pasa por ser
razonablemente joven y atrayente. Parece una secre¬taria eficiente; aunque no
soporta la carga de los asuntos del Estado con tanta facilidad como el primer
ministro. Ambos están preocupados: pero con una diferencia. A ella no sólo la
preocupa un exceso de tareas sino tam¬bién un sentido de la responsabilidad: en
Sir Arthur el goce que le proporciona su posición no le permite dudar de que ha
nacido para esa tarea.
HILDA.
- Tengo entendido que usted ha estado pre¬guntando por mí, Sir Arthur. Lamento
haber llegado tarde; aunque realmente, las calles se están volviendo
infranqueables con esas multitudes de desocupados. Tomé un taxímetro, pero fue
inútil: nos cerró el paso una procesión y tuve que apearme y abrirme camino a
codazos. (Va hacia su escritorio.)
SIR
ARTHUR (levantándose). - ¿Qué esperan conse¬guir agolpándose sin objeto en
torno de Westminster y de las oficinas públicas?
HILDA.
- A Dios gracias, la policía no los dejará entrar a Downing Street. (Se
sienta.) Todos se agolpa¬rían sobre la escalinata.
SIR
ARTHUR. - Todo eso es tan estúpido ... revela tanta ignorancia... ¡Pobre gente!
(Arroja el "Times" sobre la mesa y va hacia la última silla, junto al
sitio donde está su café.) Creen que, por el hecho de ser pri¬mer ministro, soy
la Divina Providencia y puedo en¬contrarles trabajo antes de que resucite el
comercio. (Se sienta y hurga los papeles.)
HILDA.
- Trafalgar Square está atestado. El paseo de los Guardias de Caballería está
atestado. El Mall está atestado hasta Marlborough House y el palacio
Buckingham.
SIR
ARTHUR. -No tienen derecho a estar ahí. Trafalgar Square no es una plaza
pública: le pertenece al Comisionado de Bosques y Selvas. El paseo de los
Guar¬dias de Caballería les está reservado a los militares. El Mall es una
bocacalle: quienquiera se detenga en ella es culpable de obstrucción. ¿En qué
piensa la policía?
¿Por
qué no los echa?
HILDA.
- Le pregunté al agente de policía que me
hizo
franquear las puertas por qué no lo hacían. Dijo: "Nos alegramos demasiado
de que estén donde no pueden romper ventanas y donde los de la policía montada
puedan vapulearlos en el Hooligan Fringe cuando se vuelven harto
fastidiosos."
SIR
ARTHUR. - ¡El Hooligan Fringe! Ha sacado eso de los periódicos. Eso sólo los
estimula a describirlos así.
HILDA.
- Sir Broadfoot Basham ha venido de Scot¬land Yard. Está hablando con Lady
Chavender.
SIR
ARTHUR (levantándose, va hacia el teléfono). - Sí: lo llamé por teléfono.
Realmente, debe hacer algo para impedir esos mitines. Fue un error nombrar jefe
de policía a un hombre que se llama así. La gente lo cree un terrorista brutal,
que golpea y pisotea, por más consideración que ponga en su trato la policía.
Lo que necesitamos, es una figura muy popular. (Descuelga el receptor.) Pídale
a Sir Broadfoot Basham que venga.
HILDA.
-No creo que ningún jefe de policía pueda ser popular en la actualidad. Cada
día hay delegaciones de desocupados que esgrimen porras. (Se sienta y se ocu¬pa
de las cartas.)
SIR
ARTHUR. - ¡Pobres diablos! Detesto ese aspecto del asunto. Pero... ¿qué puede
hacer la policía? No podemos dejar que las delegaciones amenacen las sedes de
las autoridades locales. Las delegaciones son muy mo¬lestas hasta en los
tiempos de mayor tranquilidad; en estos, constituyen un peligro público.
(El
jefe de policía entra por la puerta de calle. Es un hombre de aspecto
competente desde el punto de vista militar y un caballero, y sus modales son
muy agra¬dables; pero distan de ser conciliatorios. Hilda se levanta y le
arrima una silla en el extremo de la mesa más próximo a ella y más lejano de
Sir Ar¬thur; luego, vuelve a su trabajo. Sir Arthur se acerca al recién
llegado.)
SIR
ARTHUR. - Buenos días, Basham. Siéntese. Estoy ocupadísimo, pero usted es
siempre bienvenido en sus diez minutos.
BASHAM
(con frialdad, sentándose). - Gracias. Us¬ted ha mandado por mí. (Con
ansiedad.) ¿Algo nuevo?
SIR
ARTHUR. - Esos mitines en las esquinas están excediendo todos los límites.
BASHAM
(aliviado). - ¿Qué daño causan? Las mu¬chedumbres son peligrosas cuando no
tienen nada que escuchar o mirar. Esos mitines los divierten. Nos ahorran
trabajo.
SIR
ARTHUR. - Todo eso está muy bien para usted, Basham, pero... ¡piense en los
problemas que me crea! Recuérdelo: esto es un gobierno nacional, no una
fies¬ta. Tengo que soportar constantemente a mis colegas los conservadores: no
pueden digerir la sedición que fermenta cada día en esos mitines. Sir Dexter
Rightside -usted sabe qué duro veterano es ese- le oyó decir a un orador que si
la policía usaba gases lacrimóge¬nos los desocupados le darían al viejo Dexy
algo con que llorar sin necesidad de gases. Todo eso ha hecho culminar la
efervescencia en el gabinete. Daremos un decreto de gabinete que le permita a
usted acabar con todos los mitines y discursos callejeros.
BASHAM
(sin mostrarse impresionado, lentamente). - Si no tiene inconveniente, señor
primer ministro, preferiría que no hiciera eso.
SIR
ARTHUR. - ¿Por qué?
BASHAM.
- La psicología de las multitudes.
SIR
ARTHUR. - ¡Tonterías! En realidad, Basham, si se propone endilgarme esa
podredumbre metafísica em-
pezaré
a preguntarme si su nombramiento no ha sido un error.
BASHAM.
- Claro está que lo fue. Habérselas con los desocupados no es tarea propia de
un soldado y yo lo fui. Si quiere que yo solucione el problema de esas
mu¬chedumbres en forma militar, dígalo y déme media docena de ametralladoras.
Las calles estarán despejadas antes de las doce.
SIR
ARTHUR. - ¡Hombre! ¿Ha pensado en el efecto que causaría eso sobre las
elecciones complementarias?
BASHAM.
- Un soldado nada tiene que ver con las elecciones. Muéstreme a una multitud y
dígame que la disperse. Lo único que oirá será un ruido semejante a la matraca
de un sereno. Es muy Sencillo.
SIR
ARTHUR. - Demasiado sencillo. Ustedes los sol¬dados nunca comprenden las
dificultades con las cuales tiene que habérselas un estadista.
BASHAM.
- Entonces ... ¿qué alternativa hay?
SIR
ARTHUR. -Ya se lo he dicho. Arreste a los que incitan a la sedición. Eso, le
cerrará la boca al viejo Dexy.
BASHAM.
- ¿Para que Satanás pueda encontrar más fechorías para sus ociosas manos? No,
señor primer mi¬nistro: la alternativa correcta es la mía: que la multitud se
siga divirtiendo. Creo que usted debiera saber eso mejor que muchos.
SIR
ARTHUR. - ¡YO! ¿Qué quiere decir con eso?
BASHAM.
- La idea es impedir que la multitud haga algo... ¿verdad?
SIR
ARTHUR. -Algo nocivo: supongo que sí.
BASHAM.
- Una multitud inglesa nunca hará nada, nocivo ni lo contrario mientras escuche
discursos. Y se puede confiar en que los hombres que pronuncian los discursos
nunca harán otra cosa. En primer lugar, no saben cómo. En segundo lugar, tienen
miedo. Les estoy dando instrucciones a mis agentes de incitar a todas las
sociedades de habladores, las de moral, las socialistas, las comunistas, las
fascistas, las anarquistas, las sindica¬listas, el partido laborista oficial,
el partido laborista in¬dependiente, el Ejército de Salvación, el ejército de
la Iglesia y los ateos, a que envíen a sus mejores vocife¬radores a las calles
a aprovechar la oportunidad.
SIR
ARTHUR. - ¿Qué oportunidad?
BASHAM.
- Ellos no lo saben. Yo, tampoco. Sólo se trata de una frase que no significa
nada: algo que les dará sin duda un motivo. Tengo que mantener en mo¬vimiento a
Trafalgar Square noche y día. Nos serían útiles algunos legisladores
laboristas. Usted tiene a un extraño hato de charlatanes en sus manos en la
Cámara de los Comunes. Si pudiera mandar a media docena de ellos al Yard, yo
los pondría donde fuesen realmente útiles.
SIR
ARTHUR (irritado). - Basham: debo decirle que estamos resueltos a poner término
a esa manera moder¬na de hablar irrespetuosamente de la Cámara de los Co¬munes.
Si esto llega demasiado lejos, no vacilaremos en hacer comparecer a los
ofensores destacados ante la Cá¬mara, sea cual fuere su cargo.
BASHAM.
- Arthur: como jefe responsable de la po¬licía, tengo que vérmelas con los
hechos durante todo el día y todos los días; y uno de los hechos es que hoy a
nadie, salvo la camarilla del partido, le importa un rábano la Cámara de los
Comunes. (Levantándose.) Usted hará lo que le digo y dejará que sigan
hablan¬do... ¿verdad?
SIR
ARTHUR. - Bueno... Yo... Este...
BASHAM.
-Salvo que esté dispuesto a intentar las ametralladoras.
SIR
ARTHUR. - Oh, no hable más de eso, Basham. (Vuelve a su silla y se sienta, con
aire vacilante.)
BASHAM.
- ¡Entendido! Les dejaremos hablar. Mu¬chísimas gracias. Lamento haberle robado
tanto tiempo. Sé que tiene para usted un valor inestimable. (Va de prisa hacia
la puerta; luego, vacila y añade.) A propó¬sito... Sé que es mucho pedir, pero
si usted mismo pudiera hacernos una visita en Trafalgar Square... al¬gún
domingo por la tarde sería lo mejor... eso.. .
SIR
ARTHUR (levantándose de un salto, completamen¬te despabilado). - ¡¡Yo!!
BASHAM
(con precipitación). - No, claro que no po¬dría. Pero eso les haría tanto bien
... Mantendría tran¬quila a la multitud, hablando del asunto, durante quince
días. Pero, desde luego, es imposible: no diga más. Has¬ta luego. (Sale.)
SIR
ARTHUR (desplomándose sobre su silla). - ¡Vaya! Basham está perdiendo la
cabeza. ¿Qué habrá querido decir con eso de que yo debía saberlo mejor que
muchos? ¿Qué debo saber mejor que muchos?
HILDA.
- Creo que quiso decir que usted es un ora¬dor tan maravilloso que debería
conocer el efecto mágico que surte un buen discurso sobre una multitud.
SIR
ARTHUR (cavilando). - ¿Sabe que me parece que la idea de Basham de que yo
pronuncie un discurso en Trafalgar Square no es tan descabellada? No he hecho
nada semejante durante años; pero fui un gran orador en mis tiempos y creo que
si enfrentara a los desocu¬pados cara a cara y les explicase que me propongo
con¬vocar a una conferencia en marzo próximo sobre las pers¬pectivas de un
renacimiento del comercio, causaría un efecto magníficamente tranquilizador.
HILDA.
- Pero eso es imposible. Usted tiene una con¬ferencia por mes hasta noviembre.
¡Y piense en el tiem¬po insumido por la travesía! ¡Una en París! ¡Dos en
Ginebra! ¡Una en Japón! No podría hacerlo. Eso lo ago¬taría.
SIR
ARTHUR. -¿Y estaré mejor en mi país mane¬jando a la Cámara, quedándome sentado
toda la noche en una atmósfera fétida y escuchando a esos estúpidos que me
insultan? Le digo que me habría muerto hace mucho tiempo si no me hubiesen
aliviado esas confe-rencias, los viajes y el cambio. Y espero con placer la
perspectiva del Japón. Allí podré comprar unas bonitas chucherías.
HILDA.
- ¡Bueno! Usted sabrá lo que hace.
SIR
ARTHUR (con energía). - Y ahora, a trabajar. ¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡A
trabajar! (Se levanta y se pasea delante de la mesa.) Quiero que tome algunas
notas para mi discurso de esta tarde en la Casa de la Iglesia. El arzobispo me
dice que a los católicos ingle¬ses los enloquece lo que llaman comunismo
cristiano y que debo desviarlos de eso.
HILDA.
-Están esas viejas notas sobre las dificul¬tades económicas del socialismo que
usted usó el año pasado en la Asociación Británica.
SIR
ARTHUR. -No: esos clérigos saben demasiado sobre eso. Además, esta oportunidad
no es la más ade¬cuada para hablar de dificultades económicas: estamos con el
agua al cuello. El arzobispo dice: "Evite las cifras y aférrese al hecho
de que el socialismo desintegraría a la familia." Creo que tiene razón: un
poco de senti¬miento familiar da siempre buen resultado. Anóteme simplemente
esto. (Dictando.) La familia. El cimiento de la civilización. El cimiento del
imperio.
HILDA.
- ¿Estarán presentes hindúes o mahometa¬nos?
SIR
ARTHUR. -No. Nada de polígamos en la Casa de la Iglesia. Además, todos saben
que La Familia sig¬nifica la familia británica. A propósito: puedo aprove¬char
eso. Escriba, en una línea aparte, con mayúsculas rojas, "Un hombre, una
esposa". Permítame verlo, ahora... ¿Puedo desarrollarlo? "Un hijo, un
padre." ¿Cómo quedaría eso?
HILDA.
- Creo que sería más seguro decir: "Un hijo, una madre."
SIR
ARTHUR. -No: eso podría causar risa... una risa que no nos conviene. Más vale
que yo no corra ese riesgo. Táchelo. Una risa inoportuna en la Casa de la
Iglesia sería el propio demonio. ¿Dónde consiguió ese collar? Es bonito. No lo
he visto antes.
HILDA.
- Lo uso todos los días desde hace dos me¬ses. (Tacha la nota "un
hijo".) ¿Cómo decía, señor?
SIR
ARTHUR. - Entonces... Este... ¿De qué ha¬blábamos? (Con impertinencia.) Le
ruego que no me interrumpa: yo tenía todo el discurso bonitamente pla¬neado en
la cabeza y ahora ha desaparecido.
HILDA.
- Perdón... La familia.
SIR
ARTHUR. - ¿La familia? ¿La familia de quién? ¿Qué familia? ¿La Sagrada Familia?
¿La Familia Real? ¿La Familia de los Robinsones suizos? Sea un poco más
explícita, señorita Hanways.
HILDA
(con amable insistencia). -Ninguna familia en particular. La familia. El
socialismo que desintegra a la familia. Para el discurso de esta tarde en la
Casa de la Iglesia.
SIR
ARTHUR. - Sí, sí, sí, naturalmente. Ayer, estuve en la Cámara de los Comunes
hasta las tres de la ma–ana y tengo el cerebro destrozado.
HILDA.
- ¿Por qué se acostó tan tarde? Esos asuntos no tenían importancia.
SIR
ARTHUR (escandalizado). - ¡Que no tenían im¬portancia! Realmente, usted no debe
decir esas cosas, señorita Hanways. ¡Un debate sobre si Jameson o Thompson
tenían razón acerca de lo que dijo Johnson en el gabinete!
HILDA.
- Hace diez años.
SIR
ARTHUR. - ¿Qué importa eso? La interrogante fundamental, la de si mintió
Jameson o mintió Thompson, es una cuestión vital de primera magnitud.
HILDA.
- Pero ambos mienten.
SIR
ARTHUR. -Claro que sí: pero la división po¬dría influir sobre su inclusión en
el próximo gabinete. Toda la Cámara se sublevó contra eso. ¡Mire los
perió¬dicos de la mañana! No hablan más que de ese tema.
HILDA.
- Y tres líneas sobre los desocupados, aun¬que llegué con veinte minutos de
atraso porque tuve que abrirme paso entre ellos. En realidad, Sir Arthur, usted
debió volver a casa y acostarse. Se matará si trata de hacer su trabajo y de
concurrir al propio tiempo a tantos debates: ya lo creo.
SIR
ARTHUR. - Señorita Hanways: me gustaría in¬ducirla a recordar a veces que soy
el jefe de la Cámara de los Comunes.
HILDA.
- ¡Oh! ¿De qué sirve acaudillar a la Cámara de los Comunes si con eso nunca se
va a ninguna parte? Sólo me desgarra el corazón ver el estado en que usted
vuelve a casa. A la mañana siguiente, está hecho un inútil.
SIR
ARTHUR (gritándole). -¡No me lo recuerde! ¿Cree que no lo sé? Mi cerebro está
agotado: mi capa¬cidad mental, forzada y en tensión a tal punto que pa¬rece
próxima a romperse. (Dominándose.) Con todo, es inútil quejarse de eso: tendré
una noche de asueto cuando vaya a Ginebra y un fin de semana en Chequers. Pero
es difícil gobernar a un país y hacer cada día cincuenta mil cosas más que
podrían haber sido ejecu¬tadas igualmente por el macero de Burlington Arcade.
Bueno, bueno, no perdamos tiempo. ¡A trabajar! ¡A tra¬bajar! ¡A trabajar!
(Vuelve a su silla y se sienta con aire resuelto.) Siga con eso. ¿De qué
hablábamos?
HILDA.
- De la familia.
SIR
ARTHUR (aferrándose las sienes, con aflicción).- ¡Dios mío! ¿Ha estado
alborotando de nuevo la cu–ada de Lady Chavender?
HILDA.
- No, no. La familia. Ninguna familia real. La familia. El socialismo que
desintegra a la familia. Su discurso de esta tarde en la Casa de la Iglesia.
SIR
ARTHUR. - Ah, desde luego. Estoy senil. Trein¬ta años en el parlamento y diez
en el Banco del Frente bastan para hacer
chochear a cualquier hombre. Sólo tengo un juego de sesos y necesito diez.
Yo...
HILDA
(con tono apremiante). - Tenemos que seguir con las notas para su discurso, Sir
Arthur. Ha pasado ya media mañana y no hemos hecho nada.
SIR
ARTHUR (enfurecido de nuevo). - ¿Cómo pue¬de encontrar tiempo para hacer algo
el hombre más ocu¬pado de Inglaterra? Es usted quien me ha hecho perder la
mañana interrumpiéndome con sus tontas observacio¬nes sobre su collar. ¿Qué me
importa su collar?
HILDA.
- Usted me lo regaló, Sir Arthur.
SIR
ARTHUR. - ¿De veras? ¡Ja, ja, ja! Sí: creo que fui yo. Lo compré en Venecia.
Pero sigamos. ¿Cómo decía ese discurso?
HILDA.
- Sí. La familia. Se trataba de la familia.
SIR
ARTHUR. - Bueno, eso lo sé: todavía no me he vuelto totalmente idiota. Usted no
hace más que decir la familia, la familia, la familia.
HILDA.
- El socialismo y la familia. Cómo desinte¬gra el socialismo a la familia.
SIR
ARTHUR. - ¿Quién dijo que el socialismo des¬integrará a la familia? No sea
tonta.
HILDA.
- El arzobispo quiere que usted lo diga. En la Casa de la Iglesia.
SIR
ARTHUR. -Sin duda, me estoy volviendo loco.
HILDA.
- No: sólo está cansado. Se desempeña muy bien. Un hombre, una esposa: fue ahí
donde se detuvo.
SIR
ARTHUR. - Un hombre, una esposa, significa una esposa de más, si la misma tiene
una caterva de herma¬nos que no pueden entenderse con las mujeres con quie¬nes
se casen. ¿Se le ha ocurrido, señorita Hanways, que la perspectiva de que el
socialismo destruya a la fami¬lia puede no ser totalmente atrayente?
HILDA
(con desesperación). - ¡Oh, Sir Arthur!.. . Tenemos que seguir adelante con las
notas, es realmente indispensable. Todavía me falta hacer todas las cartas.
Trate de retomar el hilo. La familia, el cimiento del im¬perio. El cimiento del
cristianismo. De la civilización. De la sociedad humana.
SIR
ARTHUR. - Basta de hablar del cimiento del cris¬tianismo: no puedo soportar eso
por más tiempo. Nece¬sito otra palabra que me inspire. Veamos. Ya la tengo. La
nacionalización de las mujeres.
HILDA
(reconviniéndolo). - ¡Oh, Sir Arthur!
SIR
ARTHUR. - ¿Qué pasa, ahora?
HILDA.
- ¡Qué palabrería vana!
SIR
ARTHUR. - Señorita Hanways, cuando un esta¬dista no dice palabras vanas se está
creando dificultades y sabe Dios que las tengo sobradas para buscarme más.
Anote eso. (Se levanta y adopta una actitud oratoria en el extremo de la mesa.)
"No, Su Señoría, lores y ca¬balleros. Nacionalicen la tierra si lo desean,
nacionalicen sus industrias si deben hacerlo, nacionalicen la educa¬ción, la
vivienda, la ciencia, el arte, el teatro, la ópera, hasta el cinematógrafo:
pero dejen a nuestras mujeres."
HILDA
(después de haberlo anotado). - ¿Es el final?
SIR
ARTHUR (abandonando su actitud y paseándo¬se). -No: escriba en mayúsculas rojas
debajo de eso "Fe Cristiana".
HILDA.
- Creo que poner Fe Cristiana causará bas¬tante impresión, salvo que se lo
vincule a algo muy sin¬cero. ¿Me permite sugerirle "El único Cimiento de
la Iglesia"?
SIR
ARTHUR. - Sí. Es mucho mejor. Gracias. La fa¬milia es el único cimiento de la
Iglesia. Magnífico.
(La
señorita Flavia Chavender, de diecinueve años, irrumpe con violencia en la
habitación a través de la puerta disimulada y se lanza hacia su padre.)
FLAVIA.
- Papá, no soportaré por más tiempo a mamá. Me obstaculiza en todas las formas
posibles por mera aversión. Me niego a vivir en esta casa con ella un solo
momento más.
(Lady
Chavender entra siguiéndola, hablando al en¬trar y se interpone entre el primer
ministro y su ata¬cante.)
LADY
CHAVENDER. - Me imaginé que vendrías aquí
a
hacer un escándalo y a molestar a tu padre, aunque ha dormido apenas seis horas
en esta semana y se ha pasado la noche de vigilia. ¡Cuanto lo siento, Arthur!
... Esta muchacha es ingobernable.
(David
Chavender, de dieciocho años, esbelto, refi¬nado, algo pequeño para su edad,
entra impetuosamente y va hacia la mesa.)
DAVID
(con falsete infantil). - Oye, mamá. ¿No po¬drías dejar en paz a Flavia? No
puedo quedarme im¬pasible viendo cómo la sermoneas y la tratas como a una niña
de seis años. La regañas y la vuelves a regañar, haga lo que haga.
LADY
CHAVENDER. - ¡Regañarla! Me domino hasta el límite de la paciencia humana con
todos ustedes. Pero Flavia me fastidia de una manera científica.
FLAVIA.
-No es cierto. Te he tratado con respeto y he renunciado a todas las cosas que
quería por ti hasta que ya no me quedó personalidad. Si tomo un libro, quieres
que yo lea otra cosa. Si deseo ver a alguien, quie¬res que vea a otra persona.
Si elijo el color de mi vestido, quieres algo distinto y zafio. No puedo estar
sentada como es debido ni estar parada como es debido ni ves¬tirme como es
debido: mi vida aquí es un infierno.
LADY
CHAVENDER. - ¡¡Flavia!!
FLAVIA
(apasionadamente). -Sí, un infierno.
DAVID.
- Es muy cierto. (Fortísimo.) El infierno.
LADY
CHAVENDER (tranquilamente). -Señorita Hanways... ¿Tendría inconveniente en...?
HILDA.
- Sí, Lady Chavender. (Se levanta para irse.)
FLAVIA.
- No tiene por qué irse, Hilda. Usted sabe lo que me veo obligada a soportar.
DAVID.
- ¡Al diablo con toda esta paralizante deli¬cadeza! ¡Al diablo!
LADY
CHAVENDER. - Arthur...
SIR
ARTHUR (acariciándola). - No te preocupes, querida. Hay que dejarlos hablar.
(Vuelve tranquila¬mente a su silla.) Es como en la Cámara de los Comu¬nes, sólo
que los discursos son más breves.
FLAVIA.
- ¡Oh, es inútil tratar de que papá escuche algo! (Se deja caer con
desesperación sobre la silla de Basham y se retuerce.)
DAVID
(acercándose a Sir Arthur, con dignidad). - Realmente me parece, papá, que
podrías, por una vez, interesarte un poco por la familia.
SIR
ARTHUR. - Querido hijo mío, en este momento estoy reuniendo notas para un
discurso sobre la familia. Pregúntale a la señorita Hanways.
HILDA.
- Sí, señor Chavender: Sir Arthur tiene que hablar esta tarde sobre el
desintegrante efecto del socia¬lismo sobre la vida familiar.
FLAVIA
(la irresistible comicidad de esto lucha en ella con un acceso histérico y lo
vence). - ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!
DAVID
(retrocediendo). - ¡Ja, ja, ja! Eso es lo me¬jor... ¡Ja, ja, ja!
SIR
ARTHUR. -No le veo la gracia. ¿A qué viene esa hilaridad?
DAVID.
-Bríndale a la Cámara una breve descrip¬ción de esta familia y te reirás como
nunca.
FLAVIA.
- ¡Maldita sea la familia!
LADY
CHAVENDER. - ¡Flavia!
FLAVIA
(saltando). - Sí. Eso es. No debo hablar del
infierno.
No debo decir nada de lo que siento y pienso,
sino
sólo de lo que piensas y sientes tú. Eso es la vida de familia. ¡Regaños y
regaños y regaños!
DAVID.
- ¡Riñas, riñas y riñas!
FLAVIA.
- ¡Mira en qué forma insoportable me tra¬tas! ¡Mira en qué forma insoportable
tratas a papá!
SIR
ARTHUR (levantándose en un acceso de flamígera ira). - ¿Cómo te atreves?
Silencio. Sal de aquí.
(Después
de un instante de acobardado silencio, Flavia, algo aturdida por la avalancha
que ha provocado sobre sí, mira a su padre con aire extraviado; luego
pro¬rrumpe en sollozos y sale corriendo por la puerta disi¬mulada.)
SIR
ARTHUR (tranquilamente). - Más vale que tam¬bién tú te vayas, hijo mío.
(David,
también un poco aturdido, se encoge de hom¬bros y sale. Sir Arthur mira a
Hilda. asta sale precipi¬tadamente, casi en puntas de pie.)
SIR
ARTHUR (tomando afectuosamente en sus brazos a su mujer). - ¡Tratarme mal! ¡Tú!
Sentí ganas de ma¬tarla, pobre diablillo.
(Se
sienta; y su mujer pasa detrás de él y toma la silla más próxima que hay a su
derecha. Es una mujer buena y guapa; pero está aburrida; y a juzgar por su aire
usual parece excusarse no sólo por ser incapaz de interesarse por la gente,
sino hasta por fin¬gir que se interesa.)
LADY
CHAVENDER. - Bien merecido lo tenemos, que¬rido, por haber dejado que se
criaran a la manera de posguerra en vez de enseñarles a ser damas y caballeros.
Además, Flavia tenía razón. Te trato de un modo abo¬minable. ¡Y eres tan bueno!
SIR
ARTHUR. - ¡Tonterías! ¡Flavia ha dicho algo ho¬rrible! ¿No sabes, querida, que
eres la mejor de las es¬posas, tanto la mejor como la más adorable?
LADY
CHAVENDER. - Tú, ciertamente, eres el mejor de los maridos, Arthur. Eres lo
mejor que hay. No me
asombra
que el país te adore. Pero Flavia tenía mucha razón. Es la primera vez que le
encuentro razón en algo. Soy una mala esposa y una mala madre. Mi hija me
inspira aversión y la trato mal. Tú me gustas muchí¬simo y te trato de una
manera detestable.
SIR
ARTHUR. - No, no.
LADY
CHAVENDER. - Sí, sí. Supongo que en mi or¬ganismo hay algo que funciona mal. No
he nacido para ser esposa ni madre. Y, con todo, te quiero muchísimo, como
sabes. Pero tu carrera me inspira rencor.
SIR
ARTHUR. - ¡Mi carrera! (Con tono complacido.) Bueno... Eso no tiene mucho de
malo ... ¿verdad? Desde luego, sé que me mantiene demasiado alejado de mi casa,
lo cual te causa cierto resentimiento. Todas las esposas de los hombres que han
triunfado son un poco así. Pero es preferible ver poco a un marido que verlo
demasiado... ¿eh?
LADY
CHAVENDER. - Me alegro tanto de que te sien¬tas realmente un hombre de éxito
...
SIR
ARTHUR. - Eso podrá parecer engreimiento; pero, después de todo, un hombre no
puede ser primer ministro y andar por ahí modestamente fingiendo ser un
cualquiera. Los hechos son los hechos; y los hechos, en mi caso, son que he
trepado a la copa del árbol; mi trabajo me hace feliz; y...
LADY
CHAVENDER. - ¿Tu qué?
SIR
ARTHUR. -Te estás volviendo espantosamente sorda, querida. Dije "mi
trabajo".
LADY
CHAVENDER. - ¿Llamas a eso "trabajo"?
SIR
ARTHUR. - Trabajo cerebral, querida, trabajo cerebral. ¿Crees realmente que
gobernar a un país no es trabajo, sino una especie de diversión caballeresca?
LADY
CHAVENDER. - Pero tú no gobiernas al país, Arthur. Al país no lo gobiernan:
sólo avanza a la buena de Dios, como puede.
SIR
ARTHUR. -Tengo que gobernar dentro de los límites democráticos. No puedo
avanzar con mayor ra¬pidez que la que me permitan nuestros electores.
LADY
CHAVENDER. - ¡Oh, tus electores! ¿Qué saben sobre el arte de gobernar? Lo que
les gusta es el fútbol, el boxeo, la guerra. Y les gusta la guerra porque no es
algo real para ellos: sólo es una película que les exhiben. La guerra es algo
real para mí; y la aborrezco, como la aborrece toda mujer para la cual es real.
Pero para ti apenas es una parte de tu juego: una de las jugadas usuales del
Foreign Office y del ministerio de Guerra.
SIR
ARTHUR. -Querida, detesto a la guerra tanto como tú. Le facilita su trabajo al
primer ministro por¬que le permite fiscalizarlo todo; pero provoca coalicio¬nes
y yo creo en el gobierno de partido.
LADY
CHAVENDER (levantándose). - Oh, es inútil hablarte, Arthur. (Se le acerca por
detrás y le pone las manos sobre los hombros.) Eres un encanto y un tesoro;
pero
vives en un país de cuento de hadas y yo en el mundo duro y malvado. Por eso,
no puedo ser una bue¬na esposa e interesarme por tu carrera.
SIR
ARTHUR. - ¡Bah! La política no es cosa de mu¬jeres: eso es todo lo que hay.
Gracias a Dios, mi mujer no se ocupa de política. ¡Mira a Higginbotham! Estaba
maduro para el gabinete cuando su mujer entró al par¬lamento y ganó dinero con
el periodismo. Ese fue su fin.
LADY
CHAVENDER. - Y yo, me casé con un hombre de espíritu irremediablemente
parlamentario; y ese fue mi fin.
SIR
ARTHUR. -Sí, sí, querida. Sé que te has sacri¬ficado gobernando mi casa y
cosiéndome los botones; y no soy un ingrato. Suelo sentir remordimientos, pero
me gusta. Y ahora, debes irte; estoy muy muy muy muy ocupado esta mañana.
LADY
CHAVENDER. - Sí, sí, muy muy muy ocupado no haciendo nada. ¡Y eso te agota
muchísimo más que si tu mente tuviera algo razonable en que trabajar!
Pro¬méteme que verás a la dama de quien te hablé... sino quieres ver a un
médico usual.
SIR
ARTHUR. -¡Pero tú me dijiste que esa mujer es un médico! (Se levanta y se
aparta de ella.) De una vez por todas, te digo que no quiero ver a ningún
galeno. Soy lo bastante adulto para curarme yo mismo; y no le pagaré tres
guineas a ningún médico, varón o mujer, para que me diga lo que ya sé
perfectamente: que mi cerebro está exhausto y que debo tomarme quince días de
descanso en los links de golf o hacer un viaje por mar.
LADY
CHAVENDER. - Esa mujer cobra veinte gui¬neas, Arthur.
SIR
ARTHUR (impresionado). - ¡Ah! ¿De veras? ¿Por qué las cobra?
LADY
CHAVENDER. - Veinte guineas por el diagnós¬tico y doce guineas semanales en su
sanatorio de las montañas de Gales, donde quiere tenerte en observación durante
seis semanas. Eso, te serviría realmente de des¬canso; y creo que te parecería
una mujer interesante y atrayente.
SIR
ARTHUR. - ¿Tiene una buena cocinera?
LADY
CHAVENDER. -No creo que eso tenga impor¬tancia.
SIR
ARTHUR. - ¡Que no tiene importancia!
LADY
CHAVENDER. -No. Esa mujer hace ayunar a sus pacientes.
SIR
ARTHUR. - Díle que no soy un Mahatma. Si pago doce guineas semanales, espero
recibir a cambio tres comidas diarias.
LADY
CHAVENDER. - ¿Conque la irás a ver?
SIR
ARTHUR. - No, por cierto, si debo pagar veinte guineas por eso.
LADY
CHAVENDER. -No, no. Sólo se trata de una visita social, no profesional. Nada
más que para diver¬tirte y para complacer la curiosidad de ella. Quiere
co¬nocerte.
SIR
ARTHUR. - Muy bien, querida. Muy bien. Ya veo que esa mujer te ha subyugado.
Bueno, a mí no me subyugará; pero para complacerte le echaré una mi¬rada. Y
ahora, debes irte, de veras. Esta mañana tengo un trabajo enorme.
LADY
CHAVENDER. -Gracias, querido. (Lo besa.) ¿Puedo decirle a Flavia que está
perdonada?
SIR
ARTHUR. - Sí. Pero, en realidad, no la he per. donado. No la perdonaré nunca.
LADY
CHAVENDER (sonriendo). - Queridísimo. (Le besa los dedos y, después de
dedicarle una sonrisa de despedida, sale por la puerta disimulada.)
(Sir
Arthur, al quedarse a solas, parece inspirado y triunfante. Le habla a una
asamblea imaginaria.)
SIR
ARTHUR. - "Señoras y señores, ustedes no son teóricos. No son divagadores.
Ya no son jóvenes ... " No, qué diablos, el viejo Middlesex no aceptaría
esto. "Todos hemos sido jóvenes. Hemos visto visiones y soñado cosas.
Hemos acariciado esperanzas y tratado de alcanzar ideales. Hemos aspirado a
cosas que no se han realizado. Pero ahora somos hombres establecidos y
expertos, hombres de familia. Somos maridos y padres. Y me aventuro a reclamar
el consentimiento unánime de ustedes cuando afirmo que hemos hallado en esas
realidades algo que faltaba en los ideales. Les agra¬dezco ese estallido de
aplausos: sé muy bien que no son un simple homenaje a mi pobre elocuencia, sino
el re-conocimiento espontáneo e irresistible de la gran verdad natural que
nuestros amigos los socialistas han dejado fuera de sus cuadros imaginativos de
una sociedad de masas en que la reglamentación habrá de sustituir a los
sentimientos y la economía de la honrada pasión humana." ¡Uf! Para esto,
hizo falta mucho aliento. "No lo reconocerán, caballeros. Les digo que no.
Les digo que NO. (Descarga un puñetazo sobre la mesa y hace una pausa, mirando
a su alrededor a sus oyentes ima¬ginarios.) Veo que todos pensamos lo mismo,
señoras y caballeros. No necesito desarrollar ese punto." En¬tonces,
piénsalo tú durante los diez minutos próximos. Con eso basta. Con eso basta.
(Se sienta; suena el telé¬fono y aferra la jarra de la leche, que vacía de un
solo trago. Aparece Hilda en la puerta principal.)
HILDA.
- ¿Dijo usted que recibiría esta mañana a una delegación de la Isla de los
Gatos? No tengo anotado nada sobre eso.
SIR
ARTHUR. - ¡Ah, maldito sea! Creo que sí. Me había olvidado por completo.
HILDA.
- Han venido.
SIR
ARTHUR. - Encárguese usted de eso.
HILDA.
- Naturalmente. Pero... ¿cómo puedo des¬embarazarme de ellos? ¿Qué debo decir?
SIR
ARTHUR (con resignación). - Oh, supongo que tendré que recibirlos. ¿Por qué
cometeré esas tonterías? Dígale a Burton que los haga entrar.
HILDA.
- Burton está en mangas de camisa haciendo algo con la heladera. Será mejor que
los haga entrar yo.
SIR
ARTHUR. - Oh, tráigalos de cualquier modo. Y dígales que estoy ocupadísimo.
(Hilda
sale, cerrando silenciosamente la puerta en pos de ella. Sir Arthur aparta la
bandeja del desayuno y la cubre con el "Times", que abre al máximo
con ese fin. Luego, amontona sus documentos en el espacio libre y toma uno
azul, en cuyo estudio se concentra pro¬fundamente.)
HILDA
(abriendo la puerta). -El digno alcalde de la Isla de los Gatos.
(El
alcalde, rechoncho y de edad, entra con cierta timidez, seguido por (a) una
joven con muy poco de dama, pero vistosa y muy aplomada, luciendo un vestido de
acuerdo con la última moda parisiense, (b), un jo¬ven de voz tonante y poderoso
físico que acaba de egre-sar de la universidad de Oxford, quien desafía a los
convencionalismos con su traje de pana, su pullover y su barba negra, (c) un
joven bajito de la clase media inferior con traje de regidor, flaco y
evidentemente con una alta opinión sobre si mismo, y (d) un hombre de edad,
resplandeciente y con galas dominicales, quien po¬dría ser cualquier cosa,
desde obrero con un trabajo muy sedentario (digamos un sereno) hasta un
misionero de ciudad de humilde extracción. Es agresivamente modes¬to o pretende
serlo, y se presenta, con una sonrisa que lo deja a uno sin defensa, con el
aire de un servidor pobre de la delegación más bien que formando parte
presuntamente de ella. Los demás se agrupan en la puer¬ta detrás del alcalde,
quien ostenta la cadena propia de su cargo.)
SIR
ARTHUR (abandonando con un sobresalto su preocupación por sus importantes
documentos de Estado y avanzando junto al hogar para saludar al alcalde con
seductora amabilidad). - ¡Hola! ¡Mi viejo amigo Tom Humphries! ¿Cómo lo ha
pasado durante todos estos años? Siéntese. (Se estrechan la mamo, mientras que
Hilda arrima con amabilidad una silla desde el extremo de la mesa más próxima a
la puerta.)
(El
alcalde se sienta, un poco abrumado por la cor¬dialidad de la recepción.)
SIR
ARTHUR (continuando). - ¡Vaya, vaya! Imagí¬nese... Ahora, usted es alcalde
de... de...
HILDA
(sugiriendo). - La Isla de los Gatos.
LA
JOVEN (con vivacidad, ayudándole). - Río aba¬jo, Sir Arthur. A veinticinco
minutos de su puerta, jun¬to a Underground.
EL
JOVEN DE OXFORD (áspero). - Oh, él lo sabe tan bien como usted, Aloysia.
(Avanza con aire agra¬viante hacia Sir Arthur, quien rehúsa su proximidad
retirándose un par de pasos con aire algo altanero.) Ahórrese toda esa farsa de
fo bonóm, Chavender.
SIR
ARTHUR. - ¿Que me ahorre qué?
EL
JOVEN DE OXFORD. - Oh, vamos. Usted conoce el francés tan bien como yo.
SIR
ARTHUR. - Ah, faux bonhomme, es claro, sí. (Mirándolo de pies a cabeza.) Veo
por su ropa que usted representa a las clases altas de la Isla de los Gatos.
EL
JOVEN DE OXFORD. - En la Isla de los Gatos no hay clases altas.
SIR
ARTHUR. -En ese caso, ya que está convenido que no habrá ninguna farsa de fo
bonóm entre nos¬otros ... ¿puedo preguntarle qué diablos hace aquí?
EL
JOVEN DE OXFORD. - No he venido para cam¬biar de personalidad. Sea cual fuere
el efecto que hayan causado sobre mí el accidente de mi nacimiento y la patraña
de la jerarquía, estoy aquí como delegado del consejo del burgo y como
representante electo del pro¬letariado ribereño.
SIR
ARTHUR (acercando de improviso una silla que está en la parte media de la mesa,
con tono perento¬rio). - Siéntese. No rompa la silla. (El Joven lo mira
frunciendo el ceño y se deja caer sobre la silla como un árbol que cae.)
Bienvenidos todos. Tom, quizás usted pueda presentar a sus jóvenes amigos.
EL
ALCALDE (presentando). -La regidora Aloysia Brollikins.
SIR
ARTHUR (estrechándole efusivamente la mano a Aloysia). - ¿Cómo está usted,
señorita Brollikins? (Le ubica una silla a la derecha del Joven de Ox f ord.)
ALOYSIA.
- Muy bien, gracias. Encantada de cono¬cerlo, Sir Arthur. (Se sienta.)
EL
ALCALDE. - El regidor Blee.
SIR
ARTHUR (con lisonjera gravedad, oprimiéndole la mano al regidor). - Oh, todos
hemos oído hablar de usted, señor Blee. ¿Quiere tener la bondad de sen¬tarse
aquí? (Indica la silla presidencial que está a la izquierda del Joven de
Oxford.)
BLEE.
- Gracias. Haré todo lo que pueda. (Se sien¬ta.)
EL
ALCALDE. -El vizconde Barking.
SIR
ARTHUR (triunfalmente). - ¡Ah! Me lo imagi¬naba. Un comunista, un rojo... ¿eh?
EL
JOVEN DE OXFORD. - Rojo como la sangre. Del mismo rojo del pueblo.
SIR
ARTHUR. - ¿Cómo le sacó usted el azul? Los Barking llegaron aquí con el
Conquistador.
EL
JOVEN DE OXFORD (levantándose). - Mire. Los desocupados están pasando hambre.
¿Es este tiempo para bromas?
SIR
ARTHUR. - Mero camuflaje, joven, mero camu¬flaje. ¿Cree que puedo tomarlo en serio con esa
ropa?
EL
JOVEN DE OXFORD (enardecido). - Me pondré la ropa que me dé la gana. Yo...
ALOYSIA.
- Cállate, Toffy. Has prometido portarte bien. Siéntate y hablemos de negocios.
BARKING
(cede y se sienta con un gruñido de eno¬jo). - !
SIR
ARTHUR (mirando con aire de duda al viejo, quien está aún de pie). - ¿Integra
este caballero su de¬legación?
EL
ALCALDE. - El señor Hipney. Viejo y probado amigo de la clase obrera.
EL
JOVEN DE OXFORD. - El Viejo Hipney. ¿Por qué no lo llama usted como lo llama
todo el East End? El Viejo Hipney. El Buen Viejo Hipney.
EL
VIEJO HIPNEY (dejándose caer silenciosamente sobre la silla de la secretaria
que está junto al secre¬ter). -No se preocupe por mí, Sir Arthur. Yo no tengo
importancia.
SIR
ARTHUR. - En momentos tan críticos como el actual, señor Hipney, todos los
hombres de espíritu pú¬blico tienen importancia. Me alegro mucho de cono¬cerlo.
(Vuelve a su silla y observa a todos ahora que están sentados, mientras que
Hilda se escabulle discre¬tamente a su oficina.) Y, ahora... ¿En qué puedo
ser¬virla, señorita Brollikins? ¿En qué puedo servirlos, ca¬balleros?
EL
ALCALDE (lentamente). -Bueno, Sir Arthur. Al parecer, la dificultad consiste en
que usted no puede hacer nada. Pero hay que hacer algo.
SIR
ARTHUR (de pronto rígido). - ¿Puedo pregun¬tarle por qué, si ya se ha hecho
todo lo posible?
EL
ALCALDE. - Bueno. Es que los desocupados son ... Bueno ... Desocupados ...
¿comprende?
SIR
ARTHUR. - Hemos pensado en los desocupados. Eso nos ha costado grandes
sacrificios; pero los hemos hecho sin quejarnos.
EL
JOVEN DE OXFORD (con desdén). -¿Sacrificios? ¿Cuáles? ¿Pasan ustedes hambre?
¿Han empeñado sus sobretodos? ¿Duermen diez en una habitación?
SIR
ARTHUR. -El noble caballero pregunta...
EL
JOVEN DE OXFORD (furiosamente). - No me llame noble caballero: sólo lo hace
para aturdirme. Pues no lo conseguirá. Pero me enferma verlo revolcarse en el
lujo y pensar en esos pobres hombres y sus muje¬res que sufren.
SIR
ARTHUR. - No me revuelco, Toffy... Creo que es así como lo llamó la señorita
Brollikins. (A Aloysia.) Toffy es un diminutivo de Toff... ¿verdad, señorita
Brollikins?
EL
JOVEN DE OXFORD. - ¡Ajá! Ahora que usted tie¬
ne
alguna tontería de que hablar, se siente feliz. Pero sé de algo que podría
obligarlo a desvelarse y a hacer algo.
SIR
ARTHUR. - ¿De veras? Eso es interesante. ¿Pue¬do preguntarle qué es?
EL
JOVEN DE OXFORD. -Si le rompieran las ven¬tanas.
EL
ALCALDE. - ¡Orden, orden!
ALOYSIA.
-:Vamos_ Toffy! Has prometido no usar
aquí
tu lenguaje del West End. Ya sabes que no nos gusta.
SIR
ARTHUR. - Eso es cierto, señorita Brollikins: re¬préndalo. Está deshonrando a
su clase. Como humilde representante de esa clase, me disculpo por él ante la
Isla de los Gatos. Me disculpo por su vestimenta, por sus modales, por su
lenguaje. Debe de escandalizarlos a ustedes cada vez que abre la boca.
BLEE.
-Nosotros los trabajadores conocemos dema¬siado el lenguaje desagradable y los
malos modales para encontrar en ellos algo de divertido o pensar que puedan
servir para algo.
EL
ALCALDE. -Así es.
ALOYSIA.
- Estamos tan cansados de los malos mo¬dales como Toffy de los buenos. Hemos
traído aquí a Toffy, Sir Arthur, porque sabíamos que le hablaría a usted como
lo haría un obrero portuario si sus buenos modales se lo permitieran. Y tiene
razón... ¿compren¬de? Es grosero, pero tiene razón.
EL
JOVEN DE OXFORD. - Devotamente tuyo, Brolly. ¿Y qué tiene que decir a esto El
Muy Honorable Caba¬llero?
SIR
ARTHUR (concentrándose sobre su adversario en el estilo propio de la Cámara de
los Comunes). - Le diré al noble señor lo que tengo que decirle. Puede
or¬ganizar a sus amigos los desocupados y romper todos los vidrios del West
End, empezando por los paneles de esta casa. ¿Qué ganará con eso? Al día
siguiente, una veintena de sus parciales estarán en la cárcel con las cabezas
magulladas. Unos cuantos ignorantes y co¬bardes a quienes les sobra aún algún
dinero lo enviarán al fondo para la ayuda a los pobres, suponiendo que con ello
ponen a salvo sus riquezas. Ustedes, señoras y caballeros, tendrán que meterse
las manos en los bol¬sillos para mantener a las esposas y a los hijos de los
hombres que están en la cárcel y pagarles a unos aboga¬dos baratos para que les
planteen unas defensas perfecta¬mente inútiles en los tribunales de faltas. Y
luego, supon-go, el noble señor se jactará de haber conseguido que yo hiciera
algo, por fin. ¿Qué puedo hacer? ¿Supone que me importan menos que a usted los
sufrimientos de los pobres? ¿Cree que yo no resucitaría el comercio y no le
pondría fin a todo eso mañana mismo si pudiera? Pero yo soy como usted: estoy
en manos de fuerzas eco¬nómicas que exceden la fiscalización humana. Este
go¬bierno ha hecho todo lo que podían hacer unos mortales. Hemos salvado al
pueblo del hambre extendiendo el fondo para la desocupación hasta el extremo
límite de nuestras riquezas nacionales. Nosotros ...
EL
JOVEN DE OXFORD. - Ustedes lo han reducido a quince chelines semanales y se lo
han negado a todos los hombres posibles con su estúpida prueba de recursos.
SIR
ARTHUR (furioso). - ¿Y qué propone usted? ¿Quiere ocupar mi lugar y aumentar el
subsidio para los desocupados a cinco libras semanales sin ninguna prueba de
recursos?
EL
ALCALDE. - ¡Orden! ¡Orden! ¿Para qué hemos venido aquí? Hemos venido porque
todos estamos en¬fermos de tanto discutir y argumentar y queremos que se haga
algo. Y aquí nos tienen argumentando y dis¬cutiendo como si se tratara de una
sesión de toda la noche en el consejo del burgo para votar una partida
destinada a alimentos. Si usted, Sir Arthur, nos dice que no puede encontrar
trabajo para nuestra gente, al quedarnos sentados aquí sólo perdemos el tiempo
y le estamos haciendo perder el suyo.
(Se
levanta. Los demás, salvo Hipney, siguen su ejem¬plo. Sir Arthur se siente muy
complacido de poder ha¬cer lo mismo.)
SIR
ARTHUR. - Por lo menos, confío en haberlo con¬vencido con respecto a las
ventanas, señor alcalde.
EL
ALCALDE. -No necesitamos que nos convenzan. Habrá que romper más loza que
vidrios si ustedes, caba¬lleros, no hacen nada para sacarnos de nuestros
apuros. Para algunos, unos pocos miles de libras más para el fondo de los
desocupados es mejor que nada. Y algu¬nos de los desocupados son vidrieros.
SIR
ARTHUR. - Cerremos nuestra pequeña conversa¬ción con una nota más promisoria.
Les aseguro que este coloquio ha sido muy interesante para mí; y puedo
de¬cirles que no faltan por completo signos de que el co¬mercio está
reviviendo. Algunas de las personas más autorizadas y mejor informadas de la
ciudad opinan que este año acabará la crisis. Hasta los hay que sos¬tienen que
el comercio ya reacciona. De acuerdo con los últimos ingresos, la exportación
de cebollas españolas ha vuelto a alcanzar el nivel de 1913.
EL
JOVEN DE OXFORD. - ¡Santo Dios! ¡Cebollas es¬pañolas! Vámonos, Brolly. (Sale.)
EL
ALCALDE. -Eso no nos ha beneficiado en nada. En la isla no nos gustan los
españoles. (Con resigna¬ción.) Buenos días. (Sale.)
SIR
ARTHUR (con tono zalamero). - ¿Y usted tam¬bién siente que no ha conseguido
nada, señorita Brollikins?
ALOYSIA.
- Siento lo que sienten ellos. Y creo que usted no siente nada. (Sale, seguida
por Blee.)
BLEE
(volviéndose, en el umbral). - El alcalde está equivocado. Hemos conseguido
algo.
SIR
ARTHUR (cuyo rostro se ilumina). - ¿De veras? ¿Qué?
BLEE
(con intenso desprecio). - Valuarlo a usted en su justa dimensión. (Sale.)
(El
primer ministro, picado por esta burla, vuelve a sentarse enojado y aparta el
Libro Azul. Entonces, ad¬vierte que el viejo Hipney no se ha movido de su
sitio.)
SIR
ARTHUR. - La delegación se ha retirado, señor Hipney.
HIPNEY
(levantándose y acercándose a una silla que está junto al codo de Sir Arthur,
sobre la cual se instala cómodamente con el aire agradable y dominador de quien
comienza un asunto en vez de terminar con él). - Sí: ahora, podemos hablar un
poco. Ya van cincuenta años que estoy en este juego.
SIR
ARTHUR (interesado contra su voluntad). - ¿Qué juego? ¿El de las delegaciones?
HIPNEY.
- Las delegaciones de desocupados. Esta es la duodécima que integro.
SIR
ARTHUR. - ¡Tantas! Pero estas crisis sólo se pre¬sentan cada diez años...
¿verdad?
HIPNEY.
-No lo que usted podría llamar una cri¬sis, quizás. Pero la desocupación es
algo crónico.
SIR
ARTHUR. - Siempre pasan ... ¿no es así? El co¬mercio revive.
HIPNEY.
- Eso sucedía antaño. Entonces, éramos el taller del mundo. Pero ustedes,
caballeros, abandonaron el negocio del taller para hacer una guerra. Y mientras
sucedía esto, nuestros clientes tuvieron que descubrir la manera de hacer las
cosas ellos mismos. Ahora, tendre¬mos que ser sus clientes cuando tengamos
dinero con que comprarlas.
SIR
ARTHUR. - Sin duda, esto ha ocurrido hasta cierto punto: pero queda todavía una
inmensa zona mar¬ginal de la especie humana que está comprendiendo cada vez más
que necesita las mercaderías inglesas.
HIPNEY.
- Todas las mercaderías se parecen a ésas siempre que sean las más baratas. Me
dicen que los ita¬lianos están perforando sus volcanes para obtener fuerza
motriz de poco costo. Nosotros, al parecer, no somos capaces de perforar nada.
El oriente rebosa volcanes; allí, no les dan más importancia a un terremoto que
nosotros a una delegación. Un culí chino puede vivir con un penique diario.
¿Qué podemos hacer contra el tra¬bajo de a penique y la fuerza motriz gratuita
obtenida de las entrañas ardientes de la tierra?
SIR
ARTHUR. - Es muy cierto, señor Hipney. Nues¬tros obreros deben hacer
sacrificios.
HIPNEY.
- Lo harán si usted obliga a ello, Sir Ar¬thur. Pero será a usted a quien
sacrificarán.
SIR
ARTHUR. - ¡Oh, vamos, señor Hipney! Usted es un hombre sensato y experto. ¿Qué
ganarían con sa¬crificarme?
HIPNEY.
- Nada, señor. Pero eso no los detendrá. Mírese a sí mismo. ¡Mire sus
conferencias! ¡Mire a los que intervienen en los debates! No servirán de nada.
Pero usted los sigue conservando. Para usted es una especie de satisfacción
sentirse impotente. Bueno, Sir Arthur. Si se trata de impotencia, no hay en el
mundo un ser más impotente que el obrero inglés tal como lo han dejado nuestras
fábricas y máquinas cuando na¬die le da trabajo y le paga por hacerlo. Y cuando
lo consigue... ¿qué entiende de eso? Absolutamente nada. ¿De dónde saca el
material que usa para hacer su parte del trabajo? No lo sabe. ¿Qué sucederá con
el material cuando salga de la fábrica después que él y sus com¬pañeros hayan
cumplido su tarea? No lo sabe. ¿Dónde podría comprarlo si dejara de llegar a
sus manos? No lo sabe. ¿Dónde podría venderlo si dejaran eso a su cargo? No lo
sabe. No sabe nada del negocio del cual depende su vida. Deje usted suelto a un
gato y se con¬seguirá el sustento. Deje suelto a un obrero inglés y pasará hambre.
Usted tendrá que sobornarlo con un poco de ayuda del fondo para desocupados si
quiere impedir que diga: "Bueno. Si debo morir, más vale que tenga la
satisfacción de verlo morir antes a usted."
SIR
ARTHUR. - Pero... Realmente, debo llevar ade¬lante esa argumentación. ¿De qué
le servirá eso?
HIPNEY.
-¿De qué le sirve jugar a las carreras? ¿De qué le sirve beber? ¿De qué le
sirve asistir a mitines políticos? ¿De qué le sirve ir a la iglesia? De nada,
absolutamente de nada. Pero lo sigue haciendo, de todos modos.
SIR
ARTHUR. - Pero sin duda usted reconocerá, se¬ñor Hipney, que todo esto es
completamente erróneo... erróneo en cuanto a sentimientos, contrario a los
ins¬tintos británicos ... fuera de carácter, por así decirlo.
HIPNEY.
-Bueno, Sir Arthur. Sea lo que fuere lo erróneo, usted y los hombres como usted
se han en¬cargado de enderezarlo. Yo, no: sólo soy un hombre pobre: un don
nadie, por así decirlo.
SIR
ARTHUR. -Yo no he tomado nada a mi cargo, señor Hipney. He elegido una carrera
parlamentaria y me ha parecido, permítame que se lo diga, muy ardua y penosa:
casi podría decir desalentadora. Hace un mo¬mento, tuve que prometerle a mi
mujer que vería a un médico para que remedie mi fatiga mental. Pero eso no
significa que me haya comprometido a traerle al país un período de
bienaventuranza.
HIPNEY
(con tono tranquilizador). - Eso es, Sir Ar¬thur: eso es. Eso le pesa y lo
apena y le desgarra el corazón y no lo hace bien; pero usted lo sigue haciendo.
Ellos han querido a menudo que yo fuese al parlamen¬to. Y pude ganar la banca.
Si el viejo Hipney hubiera presentado su candidatura al parlamento por la Isla
de los Gatos, el mejor de los rivales no habría tenido pro¬babilidades contra
él. Pero no quiero: sé demasiado. Eso terminaría conmigo, como ha terminado con
todos los laboristas que lo han hecho. El gabinete está lleno de laboristas que
empezaron como socialistas al rojo vivo; ¿y en qué cambió eso las cosas, salvo
que entran y salen del palacio Buckingham como los pares del reino?
SIR
ARTHUR. - Usted debería estar en el parlamen¬to, señor Hipney. Tiene la madera
de un polemista de primera.
HIPNEY.
- ¡Bah! Un viejo orador callejero como yo puede argumentar hasta dejar sin
aliento a todos los parlamentarios. Ustedes se meten los pulgares en los
bolsillos del chaleco y esperan media hora entre frase y frase para pensar en
lo que dirán luego; y a eso, lo llaman discutir. Si yo hiciera eso en la Isla,
ni un solo hombre se detendría a escucharme. Fíjese bien que yo sé que, cuando
usted dice que yo sería un buen pole¬mista parlamentario, quiere hacerme un
cumplido. Lo agradezco. Pero hoy la gente no busca conversación en el
parlamento: ese juego ha terminado. No sucede como en tiempos del viejo
Gladstone... ¿eh?
SIR
ARTHUR. -El parlamento, señor Hipney, es lo que ha hecho de él nuestro pueblo.
Para bien o para mal, nos hemos comprometido con la democracia. Estoy aquí
porque el pueblo me mandó.
HIPNEY.
-Eso es. Ese es todo el uso que pudieron hacer del voto cuando lo consiguieron.
Depositaban sus esperanzas en usted; y usted depositó sus esperanzas en las
cebollas españolas. ¡Qué mundo este! ¿Verdad, Sir Arthur?
SIR
ARTHUR. - Debemos educar a nuestros electo¬res, señor Hipney. La educación les
enseñará a com¬prender.
HIPNEY.
- No se engañe, Sir Arthur; usted no pue¬de enseñarle al pueblo algo que el
pueblo no quiera aprender. El viejo doctor Marx -Karl Marx lo llaman ellos
ahora, mi padre lo conoció bien- creía que, cuan¬do les explicara el sistema
capitalista a las clases obre¬ras de Europa, éstas se unirían y lo destruirían.
A los cincuenta años de haber fundado Marx la Internacional Roja, las clases
obreras europeas se rebelaron y se ma¬taron entre sí y se despedazaron y
lanzaron a la calle a millones y millones de sus hijos para que perecieran de
hambre en la nieve o robaran o mendigasen al sol, como si el doctor Marx no
hubiera nacido nunca. Y volverían a hacerlo mañana si se lo propusieran. ¿Por
qué los obligaron ustedes a eso? Lo único que querían era que les dieran
trabajo y los alimentaran y les die¬ran comodidades de acuerdo con su idea de
la como¬didad. Si ustedes hubiesen hecho eso por ellos, no ten¬drían todos esos
problemas. Pero no se mostraron a la altura de la situación; y ahora, lo hecho
hecho está.
SIR
ARTHUR. -Pero el gobierno no tiene la culpa de eso. No puede obligar a los
comerciantes a comprar mercaderías que les es imposible vender. No puede
obli¬gar a los fabricantes a producir mercaderías que los co¬merciantes no
comprarán. Sin demanda, no puede haber oferta.
HIPNEY.
-En estos momentos hay una fuerte de¬manda, si es eso lo que busca.
SIR
ARTHUR. - ¿Puede indicarme dónde, señor Hipney?
HIPNEY.
- En los estómagos de nuestros hijos, Sir Arthur. Y en los nuestros.
SIR
ARTHUR. - Esa demanda no es efectiva, señor Hipney. Ojalá yo tuviera tiempo de
explicarle las inexo¬rables leyes de la economía política. Yo...
HIPNEY
(interrumpiéndolo, con aire confidencial). -¬Es inútil, Sir Arthur. Ese juego
se ha acabado. Esas co¬sas que ha aprendido en el colegio y que le han
infun¬dido tanta confianza en sí mismo no le darán resultado Con hombres como
yo.
SIR
ARTHUR (sonriendo). - ¿Qué se gana diciendo que las ciencias económicas y las
leyes naturales no dan resultado, señor Hipney? Tanto daría que usted dijese
que el frío del invierno no causa efecto.
HIPNEY.-Usted
no ha leído a Karl Marx... ¿ver¬dad?
SIR
ARTHUR. - Señor Hipney... Cuando el astró¬nomo del rey me dice que son las doce
de acuerdo con la hora de Greenwich no le pregunto si ha leído las tonterías
del último hombre que afirmó que la tierra era plana. Puedo aprovechar mejor mi
tiempo que le¬yendo los desvaríos de un comunista alemán de muy relativa
cultura. Lamento que usted haya perdido el tiem¬po con esas lecturas.
HIPNEY.
- ¡YO, leer a Marx! ¡Dios mío, Sir Arthur! Yo soy como usted: hablo del viejo
doctor sin haber leído jamás una sola palabra de él. Pero sé el efecto que les
causó ese hombre a quienes lo leyeron.
SIR
ARTHUR. - Les trastornó la cabeza ... ;eh?
HIPNEY.
-Eso es, Sir Arthur. Les trastornó la ca¬beza. Los colocó al revés que ustedes.
No sé si lo que dijo Marx era acertado o erróneo, porque igno¬ro qué dijo. Pero
sé que les infunde a todos los hom¬bres y mujeres que lo leen tal engreimiento
que saben todo lo que se refiere a la economía política y pueden mirar con
desdén todo lo que les enseñaron a ustedes en el colegio superior,
considerándolo una basura anti¬cuada y propia de ignorantes. ¡Mire a esa
Aloysia Brollikins! Su padre era un canastero de Spitalfields. Aloysia está
saturada de Marx. Y en cuanto a exáme¬nes y becas y certificados y medallas de
oro y cosas así, ha ganado las suficientes para proveer a toda la familia de
ustedes durante dos generaciones. Es capaz de ga¬narlas mientras duerme.
¡Mírelo a Blee! Su padre era tonelero. Pero logró cursar el Ruskin College.
Hágale hablar de Marx y le probará con la teoría materialista de la historia
que el capitalismo está condenado a con-vertirse en comunismo y que el que no
lo sepa es un don nadie ignorante o un estúpido colegial casi inculto; y usted advertirá
que su engreimiento de universitario se topa con un engreimiento marxista que
supera todo lo que usted haya poseído jamás en materia de aplomo y de desprecio
por la gente que no lo tiene. Mire toda Europa, si no me cree. Fue ese
engreimiento, señor, el que les infundió valor a los rusos para triunfar con su
comunismo en 1917.
SIR
ARTHUR. -Tengo que leer a Marx, señor Hipney. Yo sabía que debía vérmelas con
una rebelión sen¬timental contra la desocupación. No imaginaba que tu¬viese
pretensiones académicas.
HIPNEY.
- ¡Bendito sea Dios, Sir Arthur! El mo¬vimiento laborista está plagado de
erudición libresca; y la gente que lo rodea a usted, al parecer, nunca ha leído
nada. ¿Cuándo se vio que un subsecretario se pasara desvelado la mitad de la
noche, después de una dura jornada de trabajo, para leer a Karl Marx o a algún
otro? No hay temor de que suceda eso. Los corazones de ustedes no están
empeñados en su educación: pero nuestros jóvenes se elevan del arroyo con eso.
Por eso ustedes saben tirar al blanco y montar a caballo y jugar al golf; y
algunos saben distinguir la pata trasera de un asno; pero cuando se trata de
conocimiento libresco, Aloysia y Blee los aventajan ampliamente.
SIR
ARTHUR. - Me cuesta creer que el alcalde haya mantenido encendida la luz de
noche para leer a Marx.
HIPNEY.
- Tampoco él lo ha leído. Pero tiene que fingir que sí, así como ustedes tienen
que fingir que entienden el patrón oro.
SIR
ARTHUR (riendo a sus anchas). - Ahí sí que ha dado en el clavo, señor Hipney.
Yo no logro entender ni jota de eso; y no finjo entenderlo.
HIPNEY.
- ¿Conoció usted bien al alcalde, Sir Ar¬thur? Usted lo ha llamado su viejo
amigo Tom.
SIR
ARTHUR. - En cierta ocasión, presidió por mí un mitin electoral. Tiene un
diente artificial que pa¬rece de cinc. Lo recordé por eso. (Cordialmente,
levan¬tándose.) ¡Qué impostores nos vemos obligados a ser los primeros
ministros, señor Hipney! Usted lo sabe... ¿verdad? (Le tiende la mano, para
indicar que la con¬versación ha terminado.)
HIPNEY
(levantándose y tomándola, con aire lasti¬mero). - Bendita sea su inocencia,
Sir Arthur. Usted no sabe todavía qué es una impostura. Espere a que sea
dirigente laborista. (Le hace un guiño al dueño de casa y se dirige hacia la
puerta.)
SIR
ARTHUR. - ¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja! Adiós, señor Hipney: adiós. Muchas gracias por
haberme dedicado tanto de su tiempo.
HIPNEY.
- Usted se lo merecía, Sir Arthur. Adiós. (Sale.)
(Sir
Arthur oprime un timbre para llamar a Hilda. Luego, consulta su reloj y deja
escapar un silbido, sor¬prendido al notar la hora. Hilda entra con rapidez por
la puerta disimulada.)
SIR
ARTHUR. - ¿Sabe que es muy tarde? ¡A tra¬bajar! ¡A trabajar! ¡A trabajar!
Venga.
HILDA.
-Temo que usted no podrá trabajar antes de ir al almuerzo de la Casa de la
Iglesia. Ha perdido toda la mañana con esa gente de la Isla de los Gatos.
SIR
ARTHUR. - Pero me esperan montañas de tra¬bajo. Con esto o con lo otro, no he
podido hacer nada durante las tres últimas semanas; y el trabajo se acu¬mula
cada vez más. Me aplastará si no lo despejo antes de que se vuelva imposible.
HILDA.
- Pero le digo, Sir Arthur, que si quiere ha¬blar con todos durante media hora
en vez de dejarme que lo desembarace de ellos en dos minutos ... ¿qué puede
esperar? Usted dice que no se ha ocupado de nada durante tres semanas; pero, en
realidad, no se ha ocupado de nada desde que empezaron las sesiones. Me
fastidia decirle algo; ¡pero en realidad, cuando esa gente de la Isla de los
Gatos lo libró de su presencia casi providencialmente, eso de dejar que ese
viejo ridículo hablara con usted durante cerca de una hora... ! (Se sienta,
enojada.)
SIR
ARTHUR. - ¡Tonterías! No se quedó siquiera dos minutos; y he ganado mucho
escuchándolo. ¿Qué hay de la correspondencia de esta mañana?
HILDA.
-Me he ocupado de eso, no se preocupe. Hay dos o tres cartas importantes a las
cuales usted de¬biera contestar: se las he apartado para cuando tenga tiempo.
(Flavia
y David entran impetuosamente por la puerta disimulada de una manera más
excitada y turbulenta aun que antes, Flavia a la derecha de su padre, David a
su izquierda.)
FLAVIA.
-Papá: hemos estado en un mitin de los desocupados con Aloysia y Toffy.
DAVID.
L- ¡Qué divertido fue!
FLAVIA.
- Vimos una carga de la policía. Arresta¬ron a David.
SIR
ARTHUR. - ¿Conque fueron con esa gente que estuvo aquí?
FLAVIA.
- Sí; han vuelto a almorzar con nosotros.
SIR
ARTHUR. - ¡¡A almorzar!!
DAVID.
- Sí. Te digo que Aloysia es una muchacha maravillosa.
SIR
ARTHUR (con decisión). - La muchacha no me importa; pero si ese joven cachorro
viene a almorzar aquí, debe cambiarse de ropa y se la cambiará.
DAVID.
- Ha ido a su casa a cambiarse y a afeitarse; está chocho por Flavia.
SIR
ARTHUR. - ¿Por qué me habrá agobiado el cie¬lo con semejantes hijos? Díme
inmediatamente qué es¬tuvieron haciendo ustedes. ¿Qué sucedió?
DAVID.
- La policía trajo al ministro de Hacienda para que les echara un discurso a
los desocupados, a fin de calmarlos. Lo primero que le oímos decir, fue:
"Ten¬gan paciencia. Les prometo que pronto verán lo único que puede hacer
revivir nuestras industrias y salvar a nuestro amado país: un aumento en los
precios." La mul¬titud se limitó a lanzar un aullido y se precipitó ha¬cia
él. Entonces, los policías levantaron sus porras y cargaron.
FLAVIA.
- Si; han vuelto a almorzar con nosotros. pear a la gente. Les gritó que se
detuvieran. El inspec¬tor lo asió del cuello.
SIR
ARTHUR. -Claro que lo hizo. Y estuvo muy bien. ¡Qué locura! (A David.) ¿Cómo
has venido aquí si te arrestaron? ¿Quién dio fianza por ti?
DAVID.
- Le pregunté al inspector con quién diablos creía estar hablando. Entonces,
Flavia intervino y le re¬veló quienes éramos y que el viejo Basham era como un
padre para nosotros. Lo único que dijo el inspector fue: "Váyase a casa,
señor; y llévese a su hermana. Este no es lugar para ustedes." De modo
que, como yo es¬taba bastante asustado a esa altura, nos reunimos con Aloysia y
Toffy y nos fuimos a casa.
SIR
ARTHUR. - Siento grandes tentaciones de hacer¬le echar una severa reprimenda a
ese inspector por ha¬berte soltado. Tres meses de cárcel te habrían hecho mucho
bien. Vuelvan los dos a la sala y agasajen a sus nuevos amigos. Ya saben que no
les permito que ven¬gan aquí cuando estoy trabajando. Váyanse. (Vuelve a
sentarse.)
FLAVIA.
Bueno. .. ¿Qué quieres que hagamos? Mamá nos manda a propósito para
interrumpirte cuan¬do le parece que ya has trabajado bastante.
DAVID.
- Dice que sólo servimos para eso.
SIR
ARTHUR. - Un primer ministro no debiera te¬ner hijos. ¿Quieren hacer el favor
de salir los dos o tendré que llamar a Burton para que los eche?
FLAVIA.
- Mamá dice que usted venga a almorzar, Hilda. Quiere a otra mujer para
completar el grupo.
HILDA.
- ¡Caramba! (Levantándose.) Discúlpeme, Sir Arthur: tengo que telefonearle a
unas personas que iban a almorzar conmigo en El Carro de Manzanas para decirles
que no me esperen. Y debo cambiar de ves¬tido.
FLAVIA
(agresiva). - No hace falta que se cambie por Brollikins ... ¿no le parece?
DAVID.
-Deja en paz a Aloysia. No querrás que Hilda se vista para Barking, supongo.
SIR
ARTHUR (a quien se le ha acabado la pacien¬cia). - Váyanse... ¿me oyen? Váyanse
los dos.
HILDA.
- Venga, señorita Chavender. Su padre está muy ocupado.
SIR
ARTHUR (furioso). -VÁYANSE.
(Los
demás se van precipitadamente por la puerta disimulada. Sir Arthur, al quedarse
solo, deja descansar su fatigada cabeza sobre la mesa, entre los brazos.)
SIR
ARTHUR. - Por fin, un momento de paz.
(Esa
palabra resucita en él al orador. Alza la cabeza y la repite con tono de
interrogación: luego, ensaya su efecto con tono suave y solemne repetidas
veces.)
SIR
ARTHUR. -¿Paz ... ? Paz. Paz. Paz. Paz. Paz. (Ahora, ha logrado el tono
deseado.) "Sí, Su Señoría, mis lores y caballeros, mis amigos de la
Iglesia. Nece¬sitamos paz. Los ingleses seguimos siendo lo que éra¬mos cuando
el honorable Lancaster nos calificaba de “Esa feliz estirpe de hombres”.
Constituimos, más que nada, una nación doméstica. A veces, somos tan terri¬bles
en la guerra como fuimos siempre prudentes y mo¬derados en el consejo. Pero
aquí, en esta Casa de la Iglesia, bajo el estandarte del Príncipe de la Paz,
sabe¬mos que el corazón de Inglaterra es el hogar británico. No es el campo de
batalla sino el rincón junto a la lum¬bre... sí, Su Señoría, sí, mis lores y
caballeros, sí, mis amigos de la Iglesia, el fuego. .. "
(Se
sobresalta violentamente cuando sus ojos, al pa¬searse por la imaginaria
asamblea, se posan sobre una mujer de vestimenta gris que lo contempla con aire
grave y apiadado. La desconocida ha penetrado silen¬ciosamente por la puerta
disimulada.)
SIR
ARTHUR. - ¡¡Fffff!! ¿Quién es ésa? ¿Quién es usted? ¡Oh, perdóneme! Usted me
causó un... ¡Uf! (Se desploma sobre su silla.) No sabía que hubiese al¬guien en
la habitación.
(La
dama no se mueve ni habla. Lo mira con una piedad cada vez más profunda. El la
mira, muy asustado. Se frota los ojos y se estremece y vuelve a mirarla.)
SIR
ARTHUR. -Discúlpeme, pero... ¿usted es un ser real?
LA
DAMA. Sí.
SIR
ARTHUR. - Me gustaría que hiciera algo real.
¿Por
qué no se sienta?
LA
DAMA. - Gracias. (Se sienta, con aire muy miste¬rioso aparentemente, en la
silla de Basham.)
SIR
ARTHUR. - ¿Quiere tener la bondad de presen¬tarse? ¿Quién es usted?
LA
DAMA. -Un emisario.
SIR
ARTHUR. -Por favor, no sea enigmática. Mis nervios están hechos trizas. No la
vi entrar. Apareció ahí repentinamente: parecía un enviado de la muerte.
Y
ahora, me dice que es un emisario.
LA
DAMA. - Sí: un emisario de la muerte.
SIR
ARTHUR. - Me lo imaginaba. (Con repentina desconfianza.) Supongo que se refiere
a mi muerte. No a la de mi esposa o a la de alguno de mis hijos...
¿no
es así?
LA
DAMA (sonriendo bondadosamente). - No. A su muerte.
SIR
ARTHUR (con alivio). - Bueno. Así, está bien.
LA
DAMA. - Usted se va a morir.
SIR
ARTHUR. - Todos moriremos. Lo único que cabe preguntarse es... ¿cuándo?
LA
DAMA. - Demasiado pronto. Usted ya está muer¬to a medias. Se ha estado muriendo
durante largo tiempo.
SIR
ARTHUR. - Bueno, yo sabía que estaba traba¬jando con exceso: quemando la vela
por ambos extre¬mos: matándome. Eso no importa. He hecho testamento. He
proveído a todo; mi esposa podrá vivir cómodamen¬te; y mis hijos recibirán lo
que les conviene.
LA
DAMA. - ¿Está resignado?
SIR
ARTHUR. - No: pero no puedo evitarlo.
LA
DAMA. - Acaso yo pueda ayudarle. No sólo soy un emisario. Soy un curador.
SIR
ARTHUR. - ¿Un qué?
LA
DAMA. -Un curador. Una persona que cura a los enfermos. Una persona que
mantiene a raya a la muerte hasta que sea bienvenida en el momento ade¬cuado.
SIR
ARTHUR. -Usted no puede ayudarme. Estoy atrapado entre los engranajes de una
despiadada máqui¬na política. La máquina política no se detendrá por usted. Ha
triturado a muchos hombres prematuramente; y me triturará a mí.
LA
DAMA. - Mi negocio es la vida y la muerte, no la maquinaria política.
SIR
ARTHUR. - En ese caso, temo que no puede ser¬me útil para nada. Por lo tanto...
¿me considerará muy descortés si sigo con mi trabajo?
SIR
ARTHUR. -No, salvo que tenga otra cosa que hacer. Como usted es un fantasma y
por lo tanto no vive en el tiempo sino en la eternidad, otros diez minu¬tos,
poco más o menos, no le costarán nada. De un modo u otro, su presencia me
ayuda. Una presencia es algo maravilloso. ¿Tendría inconveniente en sentarse
ahí y leer el "Times" mientras trabajo?
LA
DAMA. - Nunca leo los periódicos. Leo a los hom¬bres y a las mujeres. Me
quedaré sentada aquí y lo leeré a usted. ¿O eso lo volverá muy engreído?
SIR
ARTHUR. Mi querido fantasma, un hombre público está tan habituado a que la
gente lo mire que pronto ya no tiene un yo de qué envanecerse. Usted no me
molestará en lo más mínimo. Hasta puede aplaudir, de vez en cuando; a fin de
que yo tenga cierto estímulo.
LA
DAMA. -Adelante. Esperaré todo lo que usted quiera.
SIR
ARTHUR. - Gracias. Ahora, veamos donde esta¬ba yo cuando usted apareció. (Toma
un trozo de papel sobre el cual ha anotado algo.) ¡Ah, sí! Ya lo tengo. Paz.
Eso es: paz. (Tratando de distinguir una palabra.) Log... log... ¿qué? ¡Ah, sí!
Lograr. Desde luego: una buena palabra. "Amigos míos, legos y clérigos.
De¬bemos conseguir la paz. La paz. El desarme." Un esta¬llido de aplausos
pacifistas aquí, quizás. "¿Quién dice que necesitamos un centenar de
acorazados, caballeros? La fraternidad cristiana es una defensa más segura que
mil acorazados. Ustedes tienen mi garantía de que el gobierno se conformará
plenamente con ... con ... Bue¬no, mi secretaria llenará esto con el número de
barcos en que insistan los japoneses. A propósito... ¿Creen ustedes que los acorazados
sirven realmente de algo, ¡hora? Kenworthy dice que no: y ha estado en la
ar¬pada. Nos anotaríamos un tanto tremendo en Ginebra ;i ofreciéramos liquidar
todos nuestros acorazados como cierro viejo. Podríamos compensarlos con aviones
y sub¬marinos. Me gustaría conocer la opinión de un fantasma imparcial y
desinteresado."
LA
DAMA. - Cuando lo escucho, me parece oír a un fantasma que prepara un discurso
para sus colegas, Los fantasmas de un pasado muerto hace mucho tiempo. Para mí
eso no significa nada, porque soy un fantasma del futuro.
SIR
ARTHUR. - Sí: mujeres y hombres adelantados a su tiempo. Sólo ellos pueden
guiar al presente hacia el futuro. Son fantasmas del futuro. Los del pasado son
los que se han quedado a la zaga de los tiempos y sólo pueden hacer retroceder
al presente.
SIR
ARTHUR. - ¡Qué excelente definición de un con¬servador! ¡Gracias a Dios, soy
liberal!
LA
DAMA. - Usted quiere decir que pronuncia dis¬cursos sobre el Progreso y la
Libertad en vez de hablar del Rey y del País.
SIR
ARTHUR. - Claro que pronuncio discursos: esa es la tarea de un político. ¿No le
gustan los discursos?
LA
DAMA. -El Gran Día del juicio Final, los ora¬dores comparecerán al lado de los
seductores y viola¬dores, de los traficantes de estupefacientes, de los que
emborrachan a los hombres y les roban, de los que atraen a los niños y los
estupran.
SIR
ARTHUR. - ¡Qué tontería! Nuestros sermones y discursos son las glorias de
nuestra literatura y las ins¬piradas voces de nuestra religión, nuestro
patriotismo y ... , desde luego, nuestra política.
LA
DAMA. - Los sermones y los discursos no son la religión ni el patriotismo ni la
política: apenas son el balbuceo de los fantasmas del pasado. Usted es un
fan¬tasma de un pasado muy muerto. ¿Por qué no muere de muerte corporal? ¿Es
correcto que un fantasma ande de aquí para allá con un cuerpo vivo?
SIR
ARTHUR. - Eso es demasiado personal. Temo que no podré seguir preparando mi
discurso mientras usted se queda ahí encargando mis funerales. Hágame el favor,
desaparezca. Váyase. Desaparezca. ¡Váyase!
LA
DAMA. - No puedo desaparecer. (Cambiando alegremente de actitud.) ¿Qué le
parece si dejamos de jugar a los fantasmas y nos aceptamos mutuamente por
razones de conveniencia, como la gente auténtica?
SIR
ARTHUR (se sacude, liberándose de su somnolen¬cia). - Que así sea. (Se levanta
y va hacia ella.) He¬mos estado diciendo tonterías. (Arrima una silla. Se
sientan muy cerca el uno del otro.) Usted me ha hipno¬tizado a medias. Pero
antes estrechémonos la mano. Quie¬ro sentir que usted es un ser real.
(Le
ofrece la mano derecha. Ella le aferra ambas y las sujeta vigorosamente,
mirándolo en los ojos.)
SIR
ARTHUR (su rostro se ilumina). - Bueno. No sé si esto es real o no; pero es
eléctrico y muy tranquilizador y alegre. ¡Ah-a-a-a-ah! (Un profundo suspiro.) Y
ahora, mi estimada señora... ¿Tendría la bondad de decirme quién diablos es
usted?
LA
DAMA. -Sólo la médica de su esposa. ¿No le dijo ella que me esperase?
SIR
ARTHUR. - Naturalmente, naturalmente. ¡Qué es¬túpido soy! Sí, sí, sí, sí, sí,
claro. Y ahora, le seré fran¬co. No creo en los médicos. Tampoco cree en ellos
mi mujer; pero su fe en los charlatanes es ilimitada. Y como estoy al borde de
un colapso nervioso, me está
imponiendo
a todas las clases posibles de charlatanes ... perdóneme la expresión ...
LA
DAMA. - Les perdono todo a mis pacientes. Continúe.
SIR
ARTHUR. - Bueno. El caso es que yo los recibo r todos como la recibo a usted,
sólo para complacer a mi mujer o mejor dicho para impedirle que me amar¬gue la
vida. Todos dicen la misma cosa evidente; y nin¬guno me sirve de nada. Usted
volverá a repetir todo eso. ¿Me perdona si le digo que no le pagaré veinte
guineas por decirlo, aunque usted lo repita veinte veces?
LA
DAMA.-¿Ni aun si le enseño a curarse? Las veinte guineas forman una parte
importante del trata¬miento. Harán que usted lo tome en serio.
SIR
ARTHUR. - Sé perfectamente cómo debo curar¬me. El tratamiento es tan simple
como un abc. Soy el primer ministro de Gran Bretaña. Es decir que estoy agotado
por el trabajo, las preocupaciones y las ten¬siones, que sufro tanto porque me
acuesto muy tarde, porque me alimento en forma irregular con bocados sueltos,
sin tiempo para digerir ni sueño suficiente y tengo que mantener siempre mi
cerebro en plena ten¬sión luchando con problemas que ya no son nacionales sino
mundiales. En suma, que sufro un intenso cansan¬cio mental.
LA
DAMA. - ¿Y el tratamiento?
SIR
ARTHUR. -Quince días de golf: ese es el tra¬tamiento. Me lo sé todo de memoria.
Por lo tanto... ¿qué le parece si dejamos eso? Le diré: estoy ocupadísimo.
LA
DAMA. - Ese no es mi diagnóstico. (Se levanta.) Adiós.
SIR
ARTHUR (alarmado). - ¡Su diagnóstico! ¿Me ha
estado
sometiendo a un diagnóstico? ¿Quiere decir con eso que me sucede otra cosa?
LA
DAMA. No otra cosa, sino algo distinto.
SIR
ARTHUR. - Siéntese, por favor: puedo conce¬derle otros dos minutos. ¿Qué pasa?
LA
DAMA (volviendo a sentarse). - Usted se muere por una falta aguda de ejercicio
mental.
SIR
ARTHUR (no pudiendo darles crédito a sus oídos). - ¿De... de... de qué, dijo
usted?
LA
DAMA. - Usted sufre de una dolencia inglesa muy común, de un cerebro poco
ejercitado. Para decirlo en pocas palabras: el suyo es un caso grave de
frivolidad, quizás incurable.
SIR
ARTHUR. - ¡Frivolidad! ¿La entendí bien? ¿Dijo usted que la frivolidad es una
debilidad inglesa usual?
LA
DAMA. - Sí. Terriblemente usual. Casi una carac¬terística nacional.
SIR
ARTHUR. -¿Se da cuenta de que está comple¬tamente loca?
LA
DAMA. - ¿Soy yo o es usted quien ha llevado a Inglaterra a la ruina?
SIR
ARTHUR. - ¡Vamos, vamos! No hablemos de po¬lítica. ¿Qué me receta?
LA
DAMA. - Llevo a mis pacientes a mi retiro de las montañas de Gales, que antes
fue un monasterio y ahora es mucho más riguroso y está en perfectas condiciones
sanitarias. Allí no hay periódicos ni cartas ni damas ocio¬sas. Nada de libros
salvo por la tarde, como un des¬canso de la tarea de pensar.
SIR
ARTHUR. - ¿Cómo puede usted pensar sin li¬bros?
LA
DAMA. - ¿Cómo puede usted tener pensamientos propios cuando está leyendo los
ajenos?
SIR
ARTHUR (con un gruñido). - Vamos, hable con sensatez. ¿Qué me dice del golf?
LA
DAMA. ¡Los juegos son para la gente que no sabe leer ni escribir. Los hombres
son pocos serios con sus negocios y con su política; pero son siempre muy
serios con sus juegos. El golf les proporciona por lo menos un fin de semana de
grave concentración. Les hace comprender la verdad. No pueden afirmar que han
ganado cuando han perdido ni que han hecho una cam¬paña magnífica cuando han
chapuceado. El inglés está a sus anchas en los links de golf y se siente muy
in¬cómodo en el gabinete. Pero lo que necesita su país no es su cuerpo sino su
cerebro. Y yo, le advierto so¬lemnemente que, a menos que usted ejercite su
cerebro, lo perderá. Un cerebro poco ejercitado es mucho más dañino para la
salud que un cuerpo poco ejercitado. Usted sabe hasta qué punto se vuelven
perezosos los hombres por falta de ejercicio corporal. Pues bien: tam¬bién se
vuelven cerebralmente perezosos por falta de ejercicio mental; y si la
naturaleza ha querido que sean pensadores, los resultados son desastrosos. Los
cerebros usados a medias producen toda suerte de enfermedades corporales;
porque es la mente la que hace el cuerpo; tal es mi secreto y el de todos los
curadores auténticos. Lamento que usted no me deje llevarlo conmigo por el
camino de regreso a la salud. Buenos días. (Se levanta.)
SIR
ARTHUR. - ¿Tiene que irse?
LA
DAMA. - Ya que está tan ocupado...
SIR
ARTHUR (levantándose). - Ah, sí. Lo olvidaba.
Estoy
ocupadísimo. Con todo, si usted pudiera dedicar¬me un minuto más ...
LA
DAMA. - Si lo desea... (Se sienta.)
SIR
ARTHUR (sentándose). - Mire... Lo que hace tan inestimablemente curioso para mí
su diagnóstico es que, en realidad, mi vida ha sido totalmente inte¬lectual y
mi adiestramiento el mejor adiestramiento in¬telectual del mundo. Escuela
preparatoria de primer orden. Harrow. Oxford. El parlamento. Una
subsecre¬taría. El gabinete. Finalmente, la jefatura de la Cámara de los
Comunes como primer ministro. Inteligencia, in¬teligencia sin cesar.
LA
DAMA. - En Harrow, usted escribía versos en la¬tín... ¿no es así?
SIR
ARTHUR. - Sí, naturalmente.
LA
DAMA. - ¿Los escribe ahora?
SIR
ARTHUR. -No. Claro que no. Usted no com¬prende. Aprendíamos a escribir versos
en latín no por¬que los versos sirvieran de algo, después de todo, sólo son un
recurso para enhebrar viejos lemas, sino por¬que son un espléndido
adiestramiento mental.
LA
DAMA. - ¿Tienen cerebros espléndidamente adies¬trados todos los jovencitos que
hacían versos en latín en Harrow?
SIR
ARTHUR. - Sí. Sin vacilar, digo que sí. No quie¬ro decir con ello,
naturalmente, que todos sean genios; pero si uno se trata con la mejor sociedad
verá que sus cerebros son muy superiores a los de las personas sin
adiestramiento clásico.
LA
DAMA. - Querrá usted decir que se puede con¬fiar en que todos ellos dirán lo
mismo en la misma forma cuando discutan asuntos públicos.
SIR
ARTHUR. - Precisamente. Son una clase culta.. . ¿comprende?
LA
DAMA (con frialdad, levantándose). - Sí: com¬prendo. Realmente, no tengo más
que decir, Sir Arthur. (Saca de su bolso una tarjeta y la deja sobre la
mesa.)Esta es la dirección de mi establecimiento de Gales.
SIR
ARTHUR (levantándose, algo decepcionado por río haber causado ningún
efecto).-Pero usted no me negará que un hombre sale ganando al pasar por la
fá¬brica de nuestro gran sistema educacional.
LA
DAMA. -Si un hombre nace con un juego de dientes irremediablemente deplorable
creo que es me¬jor para él, e implica ser más bondadosos con él, arran¬cárselos
todos y sustituirlos con un buen juego de dientes postizos. Si algunos de sus
colegas políticos no hubiesen sido provistos de mentes políticas artificiales
en la forma que usted describe, se habrían quedado sin mentes políticas. Pero
en ese caso no se habrían metido en política; y esto, me parece, habría
significado una ventaja pública. ¿Puedo reservarle un dormitorio y un gabinete
privado?
SIR
ARTHUR. - ¡Bah! No voy a su retiro.
LA
DAMA (con firmeza). - Creo que irá.
SIR
ARTHUR. -Me rindo. Usted está a prueba de hechos. Soy perezoso, estoy ocioso y
desfallezco a causa del exceso de trabajo. ¡Qué lógico es todo eso!
LA
DAMA. - Los más perezosos de mis pacientes tra¬bajan como esclavos de la mañana
a la medianoche bromeando con las cosas grandes. Retírese, Sir Arthur: vaya a
un instituto de reposo. Yo no me equivoco jamás en mi diagnóstico. Telefonearé
para preguntar si mi departamento número uno, con baño privado y sala de
meditación, está desocupado.
SIR
ARTHUR. -No: no quiero que me apuren. ¿Me oye? No quiero que me apuren. (Ella
se mantiene in¬conmovible; y él prosigue, con decisión mucho menor.) Desde
luego, tendré que ir a descansar a alguna parte; y si usted me recomienda ese
lugar como tonificante.. .
LA
DAMA. -¿Tonificante? ¿Para qué?
SIR
ARTHUR. -Bueno, tonificante. Usted me entien¬de. Tonificante.
LA
DAMA. - ¡Es curioso cómo clama siempre la gen¬te ociosa para que la tonifiquen!
SIR
ARTHUR. - ¡La gente ociosa! ¡Cómo se aferra usted a lo que quiere demostrar! ¡Y
qué impostora es! No crea que me engañará con su aire meditativo de salón y su
prosopopeya: yo mismo suelo hacer esas co¬sas y usted sabe que es inútil darle
folletos a un misio¬nero. Pero adivino, no sé por qué, que es buena conmi¬go.
Usted es una deliciosa chiflada de corazón grande y educada a medias; pero una
mujer puede ser todo eso y tener sin embargo el instinto adecuado sobre la
ma¬nera de flirtear intelectualmente con un pensador can¬sado. ¿Me promete
hablar conmigo si voy allí?
LA
DAMA. - Hasta le dejaré hablarme a mí. Le ga¬rantizo que, dentro de quince
días, usted empezará a pensar antes de hablar. Su cerebro muerto resucitará.
Haré un hombre de usted. Adiós. (Sale con rapidez por la puerta principal.)
SIR
ARTHUR (le grita, alegremente). - ¡Ja, ja! In¬corregible, incorregible. (Toma
la tarjeta que está sobre la mesa y la contempla.) ¡Ah! Olvidé preguntarle
cuán¬to quiere que le pague semanalmente por esa sala de meditación. (Su aire
se vuelve trágico.)
HILDA
(saliendo de su oficina). - ¿Sucede algo, Sir Arthur?
SIR
ARTHUR. -Me voy a un establecimiento de re¬poso. Porque mi cerebro ha trabajado
menos de lo con¬veniente. ¿Comprende eso? ¿Ha oído hablar alguna vez de un
establecimiento de reposo para los que han tra¬bajado mentalmente menos de lo
conveniente?
HILDA.
-Hay uno muy bonito en Sevenoaks; allí, la enviaron a mi tía. Pero eso es para
alcoholistas.
SIR
ARTHUR. - La casa adonde voy es para los que han trabajado poco mentalmente,
para los que no pien¬san, para los inveteradamente perezosos y frívolos. Sí:
los frívolos: sus oídos no la han engañado.
HILDA
(acercándose a su escritorio). - ¡Oh, está bien! Ellos lo divertirán. Usted se
entiende bien siem¬pre con gente de esa clase. ¿Debo empacar sus libros de
vacaciones usuales? ¿Algunas novelas policiales y Wordsworth?
SIR
ARTHUR. - No. Consiga todos los libros que pueda encontrar de un judío alemán
revolucionario lla¬mado Harry Marks.. .
HILDA.
- ¿No se estará refiriendo usted a Karl Marx?
SIR
ARTHUR. - Eso es. Karl Marx. Consígame todos los libros de Karl Marx que pueda
encontrar tradu¬cidos al inglés y empáquemelos para el viaje.
HILDA.
- Hay muchos libros más nuevos de los mar¬xistas: de Lenin y Trotsky y Stalin y
gente así.
SIR
ARTHUR. - Consígalos todos. Empáqueme el to¬tal. ¡Caramba! Yo le enseñaré a
Aloysia Brollikins a dar¬se ínfulas. Les enseñaré a ella y a su cáfila de
mendigos intelectuales a medio cocer que cualquier hombre de Oxford puede
vencerlos en su propio juego. Les daré vuelta del revés a Karl Marx. (Se oye el
gongo de la casa.) ¡El almuerzo! Vamos. Esa mujer me ha dado ape¬tito. (Sale
impetuosamente por la puerta disimulada.)
HILDA
(lanzándose detrás de él). - No, no, Sir Ar¬thur: ¡la Casa de la Iglesia, la
Casa de la Iglesia! ¡Us¬ted ha olvidado que tiene que almorzar allí!
ACTO
II
El
mismo escenario, el ro de noviembre, a las 9.30 de la mañana. En el hogar arde
un generoso fuego y los visitantes lucen ropa de invierno. Basham está so¬bre
la alfombra del hogar, calentándose la espalda y le¬yendo el "Daily
Herald".
BASHAM
(asombrado por lo que lee). - ¡Dios mío! (Sigue leyendo.) ¡Caaaaramba! (Sigue
leyendo.) ¡Bueno! ¡Que me condenen!
(Hilda
entra por la puerta principal y anuncia a un explosivo caballero de edad,
evidentemente una persona importante, quien la sigue.)
HILDA.
- Sir Dexter Rightside.
SIR
DEXTER (uniéndose a Basham junto al ho¬gar). - ¡Ah! ¿Es usted, Basham? ¿Ha
venido a arres¬tarlo?
BASHAM.
-No sé qué decirle. No se ha levantado todavía. Señorita Hanways... ¿Hay algún
indicio de que se esté levantando?
HILDA
(muy inquieta). - Lady Chavender no quie¬re permitir que lo molesten. Dice que
su discurso de ano¬che en el banquete de Guildhall lo ha dejado exhausto. La
gente ha estado telefoneando durante toda la mañana; pero ella se limita a
apoyar su espalda contra la puerta y a decir que quienquiera haga un ruido
sufi¬ciente para despertarlo será despedido en el acto.
SIR
DEXTER. - ¡Tonterías! Es necesario que yo vea a Sir Arthur. ¿Cree Lady
Chavender que un primer mi¬nistro puede tener al país cabeza abajo sin una
palabra de advertencia a sus colegas e irse luego a la cama como si lo hubiese
agotado una jornada de pesca?
HILDA
(desesperada). - Bueno. ¿Qué puedo hacer yo, Sir Dexter? (Va hacia su
escritorio.)
SIR
DEXTER. - Basham: violente la puerta de su alcoba.
BASHAM.
- No puedo. Soy un policía: no debo ha¬cerlo sin una orden de allanamiento.
Hágalo usted mismo.
SIR
DEXTER. - Tengo unas ganas endemoniadas de hacerlo. ¿Se le ocurre algo más
monstruoso, Basham? (Se sienta en la silla que está junto a la del extremo.)
Pero ya dije que sucedería eso. Lo dije. Cuando for¬mamos esa maldita coalición
que llaman gabinete nacio¬nal, yo tenía títulos para ser primer ministro. Era
el jefe del partido conservador. Contaba con una enorme mayoría en el país: la
elección probó que podíamos haber prescindido perfectamente de Chavender. Pero
tuve que ceder. Nos engañó. Afirmó que sin su vieja guar¬dia de liberales y su
morralla de laboristas y socialis¬tas y abogados y periodistas en cierne y
consumidos secretarios de sindicatos, no podíamos asegurarnos la mayoría. Su
voz de oro debía conseguirlo. Era el hom¬bre popular, el hombre seguro: yo era
el impopular ve¬terano de quien no se podía esperar que conservara la
serenidad. Por lo tanto, me aguanté. Me sacrifiqué. Acepté el ministerio del
Exterior. Bueno. ¿De qué sirve ahora su hombre seguro? ¿Qué le parece su
premier bolchevique? ¿Quién tenía razón, los chapuceros y los dispuestos a
transar o el viejo veterano?
BASHAM.
- Es sorprendente. Yo habría jurado que si había en Inglaterra un hombre de
quien se podía estar seguro de que hablaría sin decir nada, que des¬cargaría
puñetazos sobre la mesa pero no haría nada, ese hombre era Arthur Chavender.
¿Qué le ha sucedido? ¿Qué significa eso? ¿Cree usted que se volvió loco en el
sanatorio? ¿O lo estaba antes de que esa mujer lo llevara allí?
SIR
DEXTER. - ¡Loco! De ningún modo. Pero más vale que examine los antecedentes de
esa mujer: qui¬zás haya dinero de Moscú detrás de todo eso.
BASHAM.
- ¡Arthur aceptar dinero! Eso, ya es ir de¬masiado lejos.
SIR
DEXTER. - Esa mujer lo aceptó. Habría sido derrocharlo sobornar a Chavender: se
podía confiar siempre en que diría cualquier cosa que creyera suscep¬tible de
complacer al público sin que le pagaran por eso, maldito saltimbanqui.
BASHAM.
- Pero no trató de complacer a su públi¬co en el Guildhall. Ellos querían un
poco de su mejor sedante sobre la ley y el orden después del ataque con¬tra la
Exposición del alcalde de Londres que llevaron por la tarde los desocupados;
pero según el "Daily Herald", les dio una dosis de hirviente
socialismo.
SIR
DEXTER (nerviosamente). - A propósito, Basham ... Supongo que usted tendrá hoy
en un puño a los desocupados.
BASHAM.
- Mansos como corderos. Están leyendo los periódicos. Nuevas ediciones cada
media hora. Como en 1914.
(Se
oye canturrear a la voz de Sir Arthur. Hilda mira)
HILDA.
- Me parece haber oído cantar a Sir Arthur. Debe de haberse levantado.
SIR
DEXTER. - ¡Cantar! ¿Es esta una hora adecuada para trovadores?
HILDA.
- Sir Arthur entona siempre escalas después del baño. (Sale.)
(Después
de un estallido final de solfeo, se abre vi¬gorosamente la puerta disimulada y
entra Chavender, radiante.)
SIR
ARTHUR. - ¡Ah! ¿Es usted, Dexy? (Le tiende la mano.)
SIR
DEXTER (como un toro cebado). - No trate de estrecharme la mano. No se atreva a
llamarme Dexy.
SIR
ARTHUR. - ¿Qué diablos sucede? Se ha levan¬tado con mal pie esta mañana ... ¿no
es eso? Lamento muchísimo haberlo hecho esperar, Basham. ¿Qué le su¬cede esta
vez a nuestro ministro de Asuntos Exteriores?
SIR
DEXTER. - ¡Esta vez! ¿Qué quiere decir con eso?
SIR
ARTHUR. - Hombre, eso de que usted aparezca furioso antes del desayuno no tiene
nada de novedoso... ¿verdad? ¿Qué pasa, Basham?
BASHAM.
- ¡Oh! ¡Vamos, señor primer ministro! Si usted estaba demasiado borracho anoche
en el Guildhall para saber qué decía, más vale que lea los periódicos.
SIR
ARTHUR (conservando las manos a la espalda para calentarlas). - Recuerdo
perfectamente lo que dije anoche. Y lo único que bebí fue agua de cebada.
BASHAM
(insistiendo). - Pero mire esto, hombre. (Citando los titulares.) "Nuevo
programa para las se¬siones de invierno. Nacionalización de las rentas de la
tierra. Nacionalización de los bancos. Nacionalización de las minas.
Nacionalización del transporte."
SIR
DEXTER (gimiendo). -Nacionalización de las mujeres. ¿Por qué omite eso? ¿Por
qué?
BASHAM.
- No: no hay nada sobre las mujeres. Mu¬nicipalización de las tierras urbanas y
del ramo de la edificación y la consiguiente abolición de las tasas.
SIR
DEXTER. - ¡Apóstata!
BASHAM.
- No: no hay nada sobre la Iglesia. Abo¬lición de los derechos de aduana y
prohibición total del comercio exterior privado en las industrias protegidas.
El único importador será el Estado, para vender a pre¬cios regulados por él.
SIR
DEXTER. - ¡Pamplinas! ¡Pamplinas incompren¬sibles y nunca oídas!
BASHAM.
- Servicios públicos obligatorios para to¬dos, sean cuales fueren los ingresos,
como en tiempo de guerra.
SIR
DEXTER. - Esclavitud. Llámelo por el nombre que le cuadra. Esclavitud.
BASHAM.
- Restauración de la agricultura. Granjas colectivas, nacionalización de las
industrias de fertili¬zantes. Nitrógeno tomado del aire. Fuerza motriz to¬mada
de las mareas. Inglaterra con autonomía y a prue¬ba de bloqueo.
SIR
DEXTER. - La locura. La ruina para nuestro co¬mercio exterior.
BASHAM.
-Una despiadada extinción del parasitis¬mo.
SIR
DEXTER. -Usted ni siquiera conoce la ley ac¬tual. Ya tiene una. ¿Qué más
quiere?
BASHAM.
- Duplicación de la sobretasa sobre los in¬gresos eventuales.
SIR
DEXTER. -Sí. ¡Nos quitarán nuestro último pe¬nique! Y cuando haya desaparecido
lo poco que nos ha dejado el ruinoso sistema impositivo actual, cuando hayamos
liquidado nuestras cuentas con el último arte¬sanó y despedido a nuestro último
criado... ¿dónde encontrarán empleó? ¿Quién les pagará salarios? ¿Qué será de
la religión si nadie puede permitirse alquilar por año un banco de iglesia ó
tiene un penique que poner en el plató? Hasta el deporte no estará a salvó:
nuestra raza caballar se verá condenada: a nuestros sa-buesos los venderán ó
los sacrificarán: y nuestros monteros serán caddies que viajarán en bicicletas
a motor. ¡Esa será la Inglaterra del futuro!
SIR
ARTHUR. -Pero... ¿es eso todo lo que han informado los periódicos?
SIR
DEXTER. -¡¡¡Todo!!!
BASHAM.
- ¡Oh, vamos! ¡Todo! ¿No basta con eso?
SIR
ARTHUR. - Pero ... ¿no han dicho nada sobre nuestra promesa de anular las
rebajas hechas en la paga del ejército, la armada y la policía?
SIR
DEXTER. - ¡Nuestra promesa! ¿Qué promesa?
BASHAM
(interesado). -¿Qué dice usted? ¿Aumen¬tará los sueldos de mis hombres hasta la
cifra de antes?
SIR
ARTHUR. -Le daremos a usted otros cinco mil hombres; pagaremos los sueldos de
antes con un aumen¬tó del diez por ciento y duplicaremos el salarió de usted.
BASHAM.
- ¡Caramba! Eso cambia un poco las cosas.
SIR
DEXTER (levantándose). - Basham... ¡No se dejará corromper así! ¿Es usted tan
estúpido como para creer que los ingleses libres tolerarán un despilfarró tan
monstruoso del dinero público?
BASHAM.
- Si tengo otros cinco mil hombres y un aumentó hasta el nivel de los sueldos
de antes, res¬pondo por los ingleses libres. Si no les gusta, tendrán que
aguantárselo.
SIR
DEXTER. - ¿Cree realmente que él podrá cum¬plir todas las monstruosas promesas
que ha hecho?
BASHAM.
-No: claro que no. Pero puede cumplir ésta. Puede aumentar la paga de mis
hombres y dupli¬car mi sueldo; y eso es lo único que me interesa. Soy un
policía, no un político.
SIR
DEXTER. - Usted es un pistolero mercenario y un estúpido: eso es lo que es. (Se
deja caer sobre la silla terminal.)
BASHAM
(tranquilamente). -Usted parece agitado, Sir Dexter.
(Antes
de que Sir Dexter pueda replicar, Hilda vuel¬ve y anuncia a un nuevo
visitante.)
HILDA.
- El almirante Sir Bemrose Hotspot. (Sale.)
(Sir
Bemrose es un almirante medio imbécil; pero el otro medio, el que no le ha
sacrificado a su profesión, es sano y vigoroso.)
SIR
BEMROSE (de muy buen humor). - Buenos días, Dexy. Buenos días, Basham. (Dándole
una palmada en la espalda a Sir Arthur.) ¡Magnífico, Arthur! Nunca lo he oído
hablar mejor. Eso es lo que hay que darles. (Se estrechan cordialmente la
mano.)
SIR
DEXTER (un poco serenado por su propio asom¬bro). - Rosy... ¿Se ha vuelto usted
loco, también? ¿Ha olvidado que es conservador y que como tal lo nombraron
primer lord del almirantazgo, por insinuación e insistencia mías, en este
presunto gobierno nacio¬nal, que ahora, a Dios gracias, no durará un solo día
cuando vuelva a reunirse el parlamentó?
SIR
BEMROSE. -¿Que no? Está a salvó durante los cinco años próximos. Lo que
necesita el país son órdenes directas, disciplina, carácter, coraje, una gran
armada, jus¬ticia para el marinero británico, desarmes auténticos y un dominio
absoluto del mar. Si eso no es espíritu con¬servador... ¡no sé qué es ser
conservador! Pero fíjese, Arthur, que necesito doce portaaviones nuevos. Pienso
en el Japón. Y está Estados Unidos. Y, naturalmente, Rusia.
SIR
ARTHUR. - ¡Los tendrá, Rosy! Veinticuatro, si los pide.
SIR
BEMROSE. - ¡Bien! Entonces, respondo por la Cámara de los Comunes.
SIR
DEXTER. -No sea tonto. ¿Qué puede usted ha¬cer con la Cámara de los Comunes,
como no sea va¬ciarla cada vez que se levanta para hablar?
SIR
BEMROSE. - Le dejo la oratoria a Arthur: es ta¬rea suya, no mía. Pero si hay
alguna otra tentativa de hacerle pasar hambre a la marina, ésta podrá causarle
a usted una pequeña sorpresa en Westminster. ¿Cómo se sentirá cuando vea que un
submarino sale a la super¬ficie frente a su terraza y el comandante le anuncia
que sólo le concede cinco minutos antes de torpedear a ese maldito Banco del
Frente?
SIR
DEXTER. -Usted dice tonterías. ¿Cree, por un solo momento, que se le permitirá
a la armada entro¬meterse en política?
SIR
BEMROSE. - ¿Quién lo impedirá? ¿Donde esta¬rían Lenin y Stalin y Trotsky y
todos esos bolcheviques si no hubiese sido por la flota del Báltico y los
mari¬neros de Kronstadt? ¿Cree usted que la marina inglesa, con su disciplina y
sus respetables comandantes conser-vadores, no podría hacer lo que hicieron
esos bribones comunistas?
SIR
DEXTER. - ¿Cuánto tiempo sobreviviría la mari¬na inglesa a la abolición de la
propiedad en este país? Contésteme a eso.
SIR
BEMROSE. -No le hable a la marina de la pro¬piedad. Nosotros no vivimos con la
propiedad: vivimos con el servicio. (Toma la silla contigua a la presidencial y
sigue exponiendo con irritación su queja personal.) Ustedes y sus malditos
propietarios nos conceden ape¬nas el sueldo de un escribiente por el comando de
un acorazado y luego nos cercenan la cuarta parte con el impuesto a los
réditos. No podemos bajar a tierra sin que nos esquilmen con tasas de tal modo
que apenas nos queda lo suficiente para educar a nuestros hijos. Gra¬cias a
Arthur, usted tendrá que darnos ahora nuestra paga honestamente libre del
impuesto a los réditos y deberá lograr que esos terratenientes holgazanes suden
para pagarlo. A eso, lo llamo la esencia del conservadorismo. Esa es la manera
de burlar a todos esos la¬boristas y rojos y el resto de la morralla a la cual
usted ha estado halagando desde que les dio el voto. Déle lo que les conviene y
ponga sus votos a resguardo; eso es lo que necesita este país.
SIR
ARTHUR. Ya lo ve, Dexy: nosotros tenemos a la marina y a la policía de nuestra
parte.
SIR
DEXTER. - ¿Puedo preguntarle quienes somos nosotros"?
SIR
ARTHUR. - El gobierno nacional, naturalmente. Usted y yo, Dexy: usted y yo.
SIR
DEXTER. - Me enferma oír mi nombre vincula¬do al suyo. Me enfermó siempre.
HILDA
(anunciando). - El presidente de la junta de comercio, señor Glenmorison.
(Glenmorison
es un caballero escocés de modales des¬envueltos, y, evidentemente, el más
joven del grupo.)
SIR
ARTHUR. - Hola, Sandy. Siéntese. Sentémonos todos y hablemos a fondo del
asunto.
(Todos
se instalan junto a la mesa de espaldas al hogar: Sir Arthur en el medio,
Glenmorison a su iz¬quierda, Sir Bemrose a su derecha y Sir Dexter y Basham a
la derecha e izquierda respectivamente.)
GLENMORISON.
-Bueno, Sir Arthur. Cuando usted se desahogó tan temerariamente, bien pudo
haber dicho dos palabras sobre la autonomía para Escocia. Cuando se llega ya a
esos extremos, a nosotros tanto nos da.
SIR
DEXTER. - ¡Nosotros! ¡Nosotros! ¡Nosotros! ¿Quiénes somos nosotros? Si se
refiere al gabinete, le diré que el gabinete no responde por los métodos
fre¬néticos del primer ministro. Obró sin consultarnos. ¿Cree usted que si yo
hubiese oído una sola palabra sobre ese estallido de bolcheviquismo lo habría
tolerado?
SIR
ARTHUR. -Por eso no lo consulté.
SIR
DEXTER. - ¡Ajá!
SIR
ARTHUR. - La responsabilidad es mía y sólo mía.
SIR
BEMROSE. - Nada de eso. Reclamo mi parte, Ar¬thur. Usted obtuvo la parte
relativa a la marina de mí.
GLENMORISON.
- Lo mismo digo yo, Sir Dexter. Re¬clamo, por lo menos, dos partes.
SIR
DEXTER. - ¡De mucho le valdrán! La banca de Arthur está a salvo: cualquiera que
se llame Chavender puede ganar sin oposición en su distrito electoral por¬que
su viejo y astuto suegro sobornó en forma a todos los que votaban allí. Pero su
mayoría en la última elec¬ción, Glenmorison, fue de diecisiete: hubo tres
recuentos. Ha perdido la banca.
GLENMORISON.
- Por el contrario, Sir Dexter: está segura por primera vez en la historia de
Escocia.
SIR
DEXTER. - ¡Segura! ¿Cómo? Lo rechazarán como a un bolchevique loco a menos que
venga conmigo y repudie a Chavender total y decisivamente.
GLENMORISON.
- ¡Oh, temo que no podré hacerlo, Sir Dexter! Le diré: en mi distrito
electoral, el equili¬brio es sostenido por los comerciantes y los tenderos. Su
queja principal son los altos impuestos. Y aunque todos ellos lo pasan
relativamente bien, creen que po-drían pasarlo mejor si lograran reunir capital
suficiente para ampliar un poco sus negocios. Pero los financieros y promotores
desdeñan los negocios de menor cuantía. Piensan en millones, mientras que mi
gente piensa en miles de libras, y además sólo en guarismos de cuatro cifras.
Es bastante fácil reunir unas doscientas mil li¬bras si uno está dispuesto a
llamar a eso un cuarto de millón y a pagar intereses sobre esa suma. Pero...
¿de qué le sirve eso a un hombre de High Street, mi distrito electoral, que
sólo necesita de cinco a veinte mil libras para ampliar su pequeño negocio?
SIR
DEXTER. - ¡Tonterías! El banco le dejará girar en descubierto si tiene buen
crédito.
GLENMORISON.
- Sí: y reclamará su dinero cuando sobrevenga la próxima baja y pánico en la
Bolsa. Puedo indicarle a media docena de hombres que quebraron el año pasado,
aunque eran tan solventes como usted o como yo. Pero la proposición de Sir
Arthur de crear bancos nacionales y municipales a prueba de pánico, tan
dispuestos a encontrar cinco mil libras para el hombre de cinco mil libras como
los financieros a encontrar un millón a condición de que se les adhiera una
suma su¬ficiente a sus propios dedos, es precisamente lo que necesita mi
pueblo. No me atrevo a decir una sola pala¬bra en contra de eso. Es una
inspiración en lo que a mis electores se refiere. Mi pueblo es gente extraña:
votaría por el propio diablo si les prometiera abolir los impuestos y fundar un
banco municipal. Mi mayoría disminuyó la última vez a diecisiete porque me
acerqué a ellos con las manos vacías y un montón de consejos sobre economizar y
hacer sacrificios. Esa nacionalización de los bancos es un buen negocio para
ellos: se aba¬lanzarán sobre él ávidamente.
SIR
DEXTER. -En suma, usted hará promesas utó¬picas que sabe bien que no serán
cumplidas jamás.
GLENMORISON.
-Usted hizo un cúmulo de prome¬sas utópicas, Sir Dexter, cuando formó este
gobierno nacional. En vez de cumplirlas, les dijo a los electores que se
apretaran el cinturón y salvaran al Banco de Inglaterra. Se apretaron el
cinturón: y ahora, el Banco de Inglaterra está pagando doce chelines con seis
pe¬niques por libra. Con todo, reconozco que usted dismi¬nuyó mi mayoría
liberal sobre mi adversario conserva¬dor de cuatro mil a diecisiete. Tengo que
recuperar eso. No digo nada sobre el resto del programa; pero re¬presento al
hombre modesto; y en este asunto de los bancos, estoy en todo momento con Sir
Arthur.
HILDA
(anunciando). -Sir Jafna Pandranath. (Se retira.)
(Este
anuncio provoca marcada sensación. Los cua¬tro caballeros se levantan como para
recibir a un per¬sonaje regio. Sir Jafna es un plutócrata cingalés de edad, tan
bajito y flaco que parece al borde del agotamiento, vestido con elegancia,
pero, por lo demás, demasiado atareado y preocupado evidentemente por la idea
de acu¬mular dinero para que le divierta gastarlo. Se adivina que debe de ganar
mucho; porque la reverencia con que lo reciben los cinco ingleses, comparada
con su manera poco ceremoniosa de tratarse entre sí, es casi adulatoria.)
SIR
JAFNA. - ¡Buenos días! ¿Interrumpo una reunión de gabinete?
SIR
ARTHUR. -No. En absoluto. Sólo son unos ami¬gos que me visitan. Siéntese, por
favor.
SIR
DEXTER (ofreciéndole la silla del extremo al vi¬sitante). - Bienvenido, Sir
Jafna: bienvenido. Usted re¬presenta al dinero: y el dinero les hace recobrar
el buen sentido a los estúpidos.
SIR
JAFNA. - ¿El dinero? Nada de eso. Soy un hom¬bre pobre. Nunca sé si, en
determinado momento, valgo trece millones o solamente tres. (Se sienta. Todos
se sientan.)
SIR
BEMROSE. - Me he enterado casualmente, Sir Jafna, que sus empresas valen hoy
veinte millones, por lo menos.
GLENMORISON.
- Cincuenta.
SIR
JAFNA. - ¿Cómo lo saben? ¿Cómo lo saben? ¡Cómo me saquean a cada paso! (A Sir
Dexter.) Su gen¬te me deja sin camisa.
SIR
DEXTER. - ¡Mi gente! ¿Qué demonios quiere de¬cir con eso?
SIR
JAFNA. - Sus acaparadores de tierra. Sus extor¬sionistas. Sus barones
salteadores. ¡Miren mi proyecto de reconstrucción de Blayport Docks! ¿Soy un
benefac¬tor público o no lo soy? ¿No tengo acaso lo suficiente para vivir y
morir sin preocuparme de Blayport? ¿Seré más feliz cuando Blayport tenga quince
kilómetros cua¬drados de muelles en vez de un puerto pesquero de pacotilla?
¿Qué puedo ganar salvo la satisfacción de ver que se realiza una gran obra
públicamente útil y la com¬prensión de que, sin mí, eso no se podría hacer? ¿No
quedaré acaso casi arruinado si eso fracasa?
SIR
BEMROSE. `Y bien... ¿qué hay de malo en eso, amigo mío?
SIR
JAFNA. - Rosy, usted me pone nervioso. Lo que tiene de malo eso, es que los
propietarios de todos los kilómetros de tierra indispensables para mi plan y
sin los cuales esas tierras no valdrían quince libras el acre, abren tanto la
boca que pueden engullir una ganancia del sesenta por ciento sin levantar un
dedo, salvo para embolsarse la riqueza que crearé. Vivo, trabajo, planeo,
destruyo mi salud y arriesgo todo lo que poseo para en-riquecer a esos
parásitos, esos vampiros, esas sabandijas del Commonwealth. (Gritando.) ¡Sí,
sabandijas! (Cal¬mándose.) Usted tenía mucha razón anoche en el Guildhall,
Arthur: debe nacionalizar la tierra y ponerle tér¬mino a esta vergonzosa
explotación de los financieros y empresarios por una clase afincada ociosa y
voraz.
SIR
ARTHUR (con una risita). - ¡Magnífico! Tengo el apoyo de la City.
SIR
JAFNA. - Hasta el último voto, hasta el último penique. Esos piratas no le
asignan importancia al he¬cho de arrancar un millón por acre por la tierra de
la ciudad. Un hombre no puede tener una dirección para sus cartas en Londres a
menos que acepte pagar por ella de quinientas a mil libras anuales. Ni siquiera
puede morir sin pagarlas por su tumba. Hágales devolver lo robado, Arthur.
Despelléjelos vivos. Impóngales un im¬puesto de veinte chelines por libra. Que
se ganen la vida, malditos sean. (Se seca la frente y agrega, con tono casi
histérico.) Perdónenme, amigos. ¡Pero si vie¬ran los cálculos de Blayport... !
(No puede decir más.)
SIR
DEXTER. - ¿Puedo pedirle que aborde este asun¬to no como un emotivo oriental
(Sir Jafna se atraganta convulsivamente) sino como un sensato hombre de
ne¬gocios? Si destruye las rentas de nuestra burguesía afin¬cada... ¿dónde
encontrará el capital que sólo existe gracias a sus prudentes ahorros ... a su
sobriedad?
SIR
JAFNA. - ¡Bah! ¡Bah, bah! Lo encontraré donde lo encuentran ellos, en el
producto de la labor de los obreros a quienes tengo contratados. En la
actualidad, debo pagar salarios exorbitantes y superfluos. ¿Por qué? Porque el
obrero tiene que darle la mitad o la cuarta parte de esos salarios al casero.
El obrero es ignorante: cree que el casero le roba; pero la víctima a quien
roban soy yo... ¡Yo! Liquiden al casero y tendré todo el capital que él roba
ahora. Además, conseguiré mano de obra barata. Esto no es emoción oriental: es
sentido común británico. Estoy con usted, Arthur, hasta la úl¬tima gota de mi
sangre oriental. La tierra nacionalizada; el trabajo obligatorio; la abolición
de los impuestos; las huelgas convertidas en un delito; endoso de buena gana
todo esto en nombre del capital y de la empresa priva¬da. No digo nada sobre el
resto de su programa, Arthur; pero en esos puntos, ningún liberal auténtico
puede po¬ner en duda su soberbia capacidad de estadista.
SIR
ARTHUR (con deleite). - Ya lo ha oído, Dexy. Ahora, mastíqueselo.
HILDA
(anunciando). -Su Alteza el duque de Domesday.
(Entra
un aristócrata de edad y de complexión física delicada. Bien conservado,
próximo a los setenta.)
EL
DUQUE (sorprendido al ver a tanta gente). - ¿Molesto, Arthur? Creí encontrarlo
libre.
SIR
ARTHUR. -Nada de eso. Sólo una charla sobre lo ocurrido anoche. Póngase cómodo.
SIR
DEXTER. - Usted llega en el momento oportuno. Sir Jafna acaba de calificarlo a
usted de sanguijuela, pirata, parásito, barón salteador y sabandija.
¡Sabandija! ¿Qué le parece eso?
EL
DUQUE (sentándose tranquilamente en la silla final más próxima a la ventana, a
la izquierda de Basham). - Me pregunto por qué se les aplica solamente a los
barones el epíteto de salteador. Uno nunca oye hablar de duques salteadores;
sin embargo, los míos han robado mucho en sus tiempos. (Con un suspiro de
nos¬talgia.) ¡Ah! Todo eso ha pasado. Los salteadores se han convertido en
asaltados. Ojalá ustedes formen algu¬na clase intermedia de gente honrada. Me
disgusta que usted me llame sabandija, Arthur.
SIR
ARTHUR. - No fui yo. Fue Jafna.
EL
DUQUE. - ¡Ingrato Jafna! Me compra mi finca de Blayport por una bicoca.
SIR
JAFNA. - ¡Una bicoca! ¡Santo Brahma!
EL
DUQUE (continuando). -Y esa finca le dará mi¬llones. Después de haber pagado
las hipotecas, obtendré un tres y medio por ciento de lo que me quede del
mísero precio que me ofrece; y sobre ese tres y medio, me cobrarán el impuesto
a la renta y la sobretasa. Los nietos de Jafna irán a Eton. Los míos, a un
Politécnico.
SIR
BEMROSE. - Mándelos a Dartmouth, amigo mío. Ahora que Arthur está en el timón,
los espera una carre¬ra en la marina.
SIR
DEXTER. - ¡La paga y pensión de un teniente para el futuro duque de Domesday!
Esa es la idea... ¿verdad?
EL
DUQUE. -Tendrá suerte si le pagan algo. Pero yo lo apoyaré en cualquier caso,
Arthur. Usted ha admi¬tido por fin, públicamente, que los impuestos sucesorios
son injustos en principio y ha prometido abolirlos. Eso, nos salvará de la
extinción total al cabo de tres gene¬raciones; y las clases afincadas están con
usted en ese aspecto hasta el último hombre. Acepte la humilde gratitud de un
duque empobrecido.
SIR
DEXTER. -Y, en cuanto al resto del progra¬ma... ¿Se traga usted también eso?
EL
DUQUE. -Dudo de que el resto del programa se realice. Además, no pretendo
comprenderlo. A pro¬pósito, Sir Jafna. Me gustaría que me liberara de Domesday
Towers por algún tiempo. No puedo ya vivir ahí. Ni siquiera puedo permitirme el
lujo de hacer que le quiten el polvo. Se lo doy por cien libras anuales.
SIR
JAFNA. - Está demasiado lejos de la ciudad.
EL
DUQUE. - En avión, no. Piénselo.
(Sir
Jafna se encoge de hombros y da a entender que el asunto no tiene remedio. El
duque se resigna a lo esperado.)
SIR
ARTHUR. r- Dexy: usted está en minoría de uno. Los propietarios de casas están
conmigo. Los capitalis¬tas, grandes y pequeños, están conmigo. Las fuerzas
ar¬madas están conmigo. La policía está conmigo. Si usted nos abandona, se
queda completamente solo. ¿Qué tiene que decir a esto?
SIR
DEXTER. - Les puedo decir que ustedes son un hato de estúpidos ciegos. Tratan
de hundir el barco corriendo el albur de que cada uno cobre una parte del
seguro. Pero el País podrá habérselas con ustedes. El País no quiere un cambio.
El País nunca ha querido un cambio. Y nunca lo querrá. Y como yo me opondré al
cambio mientras me quede aliento en el cuerpo, no estaré solo en Inglaterra.
Todos ustedes me han aban¬donado y han traicionado a su partido; pero les
advier¬to que, aunque estoy totalmente solo en esta habitación ...
HILDA
(reapareciendo). - La delegación, Sir Arthur. Ha vuelto. (Sale.)
(Entra
la delegación. Hipney no figura entre ellos. Barking, afeitado, vestido con
elegancia y totalmente transformado, desborda alegría. Aloysia irradia
indig¬nación. Blee y el alcalde, quienes siguen ostentando obstinadamente sus
sombreros y abrigos, se muestran ceñudos, enojados y resueltos. Se agrupan
junto al um¬bral, mirando con enojo al primer ministro y a sus co¬legas.)
SIR
ARTHUR (radiante). - Caballeros: una delega¬ción obrera de la Isla de los
Gatos. El único elemento que faltaba en nuestros consejos. Ustedes han oído ya
la voz de los pares, la de la ciudad, la de las fuerzas del rey. Ahora, oirán
la voz del proletariado. Siéntense, señoras y señores.
EL
ALCALDE (con tono grosero). - ¿A quiénes llama usted proletariado? ¿Nos toma
por comunistas? (Per¬manece de pie.)
ALOYSIA.
-Lo que va a oír, Sir Arthur, es la voz del Trabajo. (Permanece de pie.)
BLEE.
- El veredicto de la democracia. (Permanece de pie.)
EL
CONDE DE BARKING. - El balido de un hato de imbéciles. Estoy con usted,
Chavender. (Se separa del grupo y se deja caer sobre la silla de Hilda, con
intenso asco.)
SIR
ARTHUR (sorprendido). - ¿Debo entender que sus colegas están contra mí?
EL
ALCALDE. - Claro que lo estamos. ¿Confía en que volveré a mi pueblo y le diré
que debe votar por el trabajo obligatorio y por la eliminación de las huelgas?
BLEE.
- ¿No están suficientemente esclavizados ya los obreros para que usted los
prive de ese último tro¬cito de su libertad, de la única arma que tienen contra
los capitalistas?
SIR
ARTHUR. - Mi querido alcalde... ¿Qué es el derecho de huelga? El derecho de
morirse de hambre en la escalinata de la casa de nuestro enemigo y de
indisponer a toda la opinión pública contra uno. ¿Quién de ustedes es el
primero en pasar hambre cuando se presenta la situación?
EL
ALCALDE. -No lo voy a discutir. Usted puede vencerme en eso. Pero si cree que
el obrero inglés acep¬tará el trabajo obligatorio y la eliminación de las
huel¬gas, no sabe en qué mundo vive; y eso es todo lo que hay que decir.
SIR
ARTHUR. -Pero no necesitamos obligar a los obreros a trabajar: ya están
trabajando. Obligaremos a los ociosos. No sólo a los ociosos que hay entre
ustedes, sino a los que hay entre los nuestros: a todos los jóve¬nes caballeros
ociosos que no hacen más que derrochar su tiempo y nuestro trabajo.
BLEE.
- Lo sabemos. Le reservarán los trabajos li¬vianos a la gente como ustedes y
nos reservarán los pesados. ¿Nos toman por estúpidos?
BARKING.
-Sí, los toman por tales. Y ustedes lo son.
SIR
ARTHUR. -Me alegro de contar con el apoyo de Su Señoría.
ALOYSIA.
-¡No me haga reír! Lo que quiere él es casarse con su hija.
BARKING
(levantándose de un salto). - ¡Oh! Eso es
un
golpe bajo, Aloysia. Pero, efectivamente, Chavender, quiero casarme con su
hija.
SIR
ARTHUR. - Este momento no es el más adecua¬do para tratar el asunto... ¿no le
parece?
BARKING.
-Fue Aloysia y no yo quien le puso el cascabel al gato. Como ella misma es
gata, experimenta cierto sentimiento de afinidad por ese animal. (Vuelve a
sentarse.)
BLEE.
- Usted es un aristócrata, joven. Siempre dije que cuando las cosas se
agravaran, se volvería contra nosotros y haría causa común con los suyos.
BARKING.
- ¡Tonterías! Usted se jacta siempre de descender de los Blee de Blayport, sean
quienes fueren. Yo no tendría ni dos peniques en el bolsillo si mi abuelo no
hubiese hecho fortuna con pasteles de cerdo y com¬prado el título normando de
mi padre para su hija, con ese dinero. La sangre azul fluye por las escuálidas
venas de usted: por las mías, fluye la sangre roja de los pro¬letarios.
ALOYSIA.
- Tienes demasiado dinero, Toffy.
BARKING.
- La pobreza no me arrancó todo el cora¬je, como a ustedes. ¿Y de qué me
serviría tener un mon¬tón de dinero si tuviera que trabajar como cualquiera?
SIR
DEXTER. - ¿Por qué ha de trabajar un hombre si tiene dinero?
BARKING.
- Mi hermano tiene muchísimo; pero tuvo que ir a las trincheras y combatir como
cualquier otro. Así fue como obtuve la propiedad.
BLEE.
- Por lo tanto, todos debemos ser esclavos para hacer trabajar a unos pocos
holgazanes. Los obre¬ros morirán antes que soportarlo. Quiero mi libertad ...
BARKING.
-La libertad de trabajar catorce horas dia¬rias y de criar a tres hijos con
treinta y cuatro chelines semanales, como tu hermano el tendero. ¡Al diablo con
tu sucia libertad!
BLEE
(enardecido). -Yo...
EL
ALCALDE. - ¡Orden, orden! No discuta con él, Blee. No se gana nada discutiendo
con universitarios. Yo no discuto con Sir Arthur: le digo cosas. El quid del
asunto es que si él no retira ese nuevo y estúpido programa suyo perderá hasta
el último de sus votos en la Isla de los Gatos. Y lo que piensa hoy la Isla de
los Gatos, lo piensa mañana toda Inglaterra.
SIR
JAFNA. - ¿Puedo hablar con este caballero? ¿Quiere presentarme, Arthur?
SIR
ARTHUR (presentando). - Sir Jafna Pandranath. El alcalde de la Isla de los
Gatos.
SIR
JAFNA. - Usted ya ha oído hablar de mí, señor alcalde. Estará enterado de que
soy un hombre que sabe lo que dice. Bueno. Le diré que el problema fundamen¬tal
no es el problema obrero sino el de la tierra.
EL
ALCALDE. - Sí: todos lo sabemos.
SIR
JAFNA. - Entonces, usted votará por Sir Arthur porque nacionalizará la tierra
para ustedes.
BLEE
(con desdén). - ¡Sí, con compensación! ¡To¬mará la tierra con una mano y les
pagará su valor en efectivo a los terratenientes con la otra! Vuelvo a
pre¬guntárselo... ¿Nos toma usted por tontos?
SIR
ARTHUR (presentando). - El señor regidor Blee.
EL
DUQUE. - Encantado. Da la casualidad de que soy un terrateniente (un duque, en
realidad) y puedo asegurarle, señor regidor, que como la compensación sal¬drá
de mi propio bolsillo y del de mis infortunados colegas los terratenientes bajo
la forma de impuesto a los réditos, sobretasa e impuestos inmobiliarios, los
que usted llama sucesorios, usted recuperará todo su dinero y también la
tierra.
EL
ALCALDE. - Blee: no discuta, le digo. Mantén¬gase en lo suyo. Nada de
compensación.
BLEE.
- Ni un penique, por Dios.
EL
DUQUE. - Usted cree en Dios, señor regidor. Me deleita oírlo.
(Aquí,
el duque advierte con asombro que Aloysia está de pie a su lado con aire
imponente y apunta un dedo acusador contra él. En el momento en que el du¬que
se presenta a sí mismo, los ojos de la muchacha se iluminan; y ha avanzado con
aire amenazador hacia él y ahora está parada junto a la silla desocupada que se
encuentra entre el duque y Basham.)
ALOYSIA.
- ¿Ha oído hablar de los desalojos de Domesday?
EL
DUQUE. - ¿Los desalojos? ¿A cuáles se refiere? Los últimos me desalojaron a mí
mismo de Domesday Towers. Ya no puedo permitirme vivir allí.
ALOYSIA.
- No mienta. Usted sabe perfectamente qué quiero decir. Es algo escrito con
sangre y lágrimas en las páginas de la historia de la clase obrera.
SIR
ARTHUR (presentándolos). - La regidora Aloy¬sia Brollikins. El duque de
Domesday.
EL
DUQUE (levantándose, cortésmente). - ¿Quiere sentarse?
ALOYSIA
(con tono severo). - Usted no me desorien¬tará con estas tretas y ceremonias.
Señor duque: pre¬feriría tocar la mano de los más degradados criminales de
Londres a tocar la suya.
EL
DUQUE (desplomándose en su silla). - ¡Dios mío! ¿Por qué?
ALOYSIA.
- ¿Olvida cómo empujó al mar su familia a toda una campiña poblada de honrados
y laboriosos agricultores escoceses y cómo convirtió sus pequeñas granjas en
selvas porque podría obtener más rentas ca¬zando ciervos allí? ¿Olvida que sus
alguaciles arrastra¬ron a mujeres grávidas a morir junto a la carretera por¬que
se aferraban a sus viejas heredades y hacían caso omiso de sus infames
notificaciones? ¿Le sorprendería saber que yo apenas soy una de los tantos
miles de muchachas que han leído la repulsiva historia de aquella monstruosa
orgía de destrucción de hogares y asesinatos y que nos juramos que nunca, si
podíamos remediarlo, un hombre rico y malvado volvería para decirle a toda una
población "Abandone la tierra"?
SIR
JAFNA. -¡Admirable! ¿Qué les decía yo? ¡Es¬cuchen, escuchen!
ALOYSIA.
- Le agradezco, Sir Jafna, que le muestre a este hombre que hasta los más
encallecidos millona¬rios capitalistas se estremecen cuando se narra ese
epi¬sodio. Usted no lo encontrará en sus textos de historia de las escuelas;
pero está escrito en las nuevas histo-rias, en las del proletariado, y no la
han redactado esos narradores de bagatelas mercenarios y académicos a quie¬nes
ustedes llaman historiadores, sino los profetas del nuevo orden: los hombres
cuya palabra es como un quemante fuego encerrado en sus huesos, de modo que
están cansados de contenerse y deben hablar.
EL
ALCALDE. - Sí: eso está en la Biblia.
ALOYSIA.
- Los desalojos de Domesday llenaron sus bolsillos de oro, señor duque, para
consolarlo por el horror y el remordimiento que asediaba sus sueños; pero la
venganza que le reclamaron inútilmente a Dios ya es inminente ahora que los
obreros están obteniendo sus derechos; y ya le ha llegado a usted la hora de
abandonar la tierra.
BLEE.
- ¡Y frente a todo esto, ustedes vienen a llo¬riquear pidiendo una
compensación! ¡Compensación! ¡Compensación de nosotros a ustedes! ¡Del oprimido
al opresor! ¡Qué burla!
ALOYSIA.
- Es a ustedes a quienes exigiremos com¬pensación: sí, hasta el último centavo.
Ustedes conspiran aquí con esos capitalistas vampiros para volver a despojarnos
del valor de lo que ya han robado... para que les demos títulos de la mejor
calidad a cambio de la tierra que ya no le da rentas con sus cacerías; y creen
que no vemos claro en su plan. Pero en vano está tendida la red a la vista del
pájaro. Nosotros lo vamos a desenmascarar. Contaremos la historia de los
Desalo¬jos de Domesday hasta que resuenen a través de todo el país si usted se
atreve a erguir de nuevo su deshon¬rada cabeza en la política británica. Su
exigencia de compensación es rechazada, desechada; se la volvemos a escupir a
la cara. Los agricultores a quienes expulsó de sus campos para que perecieran
en tierra extraña se moverán en sus tumbas cuando oigan tintinear un solo
penique del dinero público en su hambriento bolsillo. (Aloysia saca
violentamente una silla de debajo de la mesa y se desploma sobre ella, jadeando
de emoción oratoria.)
BLEE ¡Bravo, Brolly!
SIR
JAFNA (con entusiasmo).-¡Escúchenla!
SIR
BEMROSE (Todos ellos tamborilean sobre la GLENMORISON mesa con los nudillos.)
EL
DUQUE (comprensivo). - ¡Qué espléndido dis¬curso, señorita Brollikins!
Realmente, debo insistir en que me estreche la mano antes de que nos separemos.
ALOYSIA.
-Jamás. ¿Cómo se atreve a pedírmelo?
(Se
aleja rápidamente de él y se sienta en la silla opues¬ta, del otro lado de la
mesa.)
EL
DUQUE (sentándose en el sillón). - ¿No puedo tener el privilegio de contarles a
mis nietos cómo conocí al orador más grande de mis tiempos y cómo le estre¬ché
la mano? Le aseguro que todas estas cosas escandalizadoras sucedieron antes de
que yo naciese.
BLEE
(gritándole). -Sí. ¡Pero usted se sigue em¬bolsando los derechos de caza!
EL
DUQUE (con tono brusco). -Claro que sí; y lo mismo haría usted en mi lugar.
(Tiernamente, a Aloy¬sia.) Le aseguro, señorita Brollikins, que la gente gana
mucho más dinero con mis arrendatarios cazadores que el que ganaría con la
agricultura. No volverían a las tareas agrícolas por nada del mundo. ¿Olvidemos
el pasado... salvo cuando usted ejercita el maravilloso don de su elocuencia en
la tribuna? ¡Piense en lo que hacían sus antepasados en esos tiempos
despiadados!
BARKING.
- Se apoderaron de todo lo que podían, como los suyos o los míos. ¿Qué ganas
con gritarle a esa gente, Brolly? Lo han estado haciendo durante toda su vida.
¿No adviertes que la compensación les hace compartir la pérdida entre sí?
SIR
BEMROSE. - Es inútil. Esos malditos liberales no comprenden nada, salvo una
virtuosa indignación.
EL
ALCALDE. - ¿A quién llama usted liberal? Yo represento al partido laborista.
SIR
BEMROSE. -Usted es partidario de la No Com¬pensación ... ¿no le parece?
EL
ALCALDE. - Claro que sí.
SIR
BEMROSE. -Entonces, es liberal.
EL
ALCALDE. -Llámeme como quiera. No discuto. Le digo que el partido laborista de
la Isla de los Gatos ha adoptado una actitud firme y dice Nada de
Com¬pensación. ¿Está claro?
SIR
DEXTER. -Me alegro de que hayamos llegado a la misma conclusión desde nuestros
opuestos puntos de vista, señor alcalde. El partido conservador, al cual
represento, se retirará de la coalición si hay la menor vacilación sobre este
punto. Defenderemos nuestra propiedad. . . y la suya: la suya, señor alcalde,
hasta la última gota de sangre.
BASHAM
(volviendo a intervenir con tono mordaz en la conversación; los demás lo habían
olvidado y ahora se vuelven hacia él, con cierta sorpresa). - Usted se refiere
a nuestra sangre... ¿no es eso?
SIR
DEXTER (perplejo). - ¿La sangre de quién?
BASHAM.
- La sangre de la policía. Ustedes, los ca¬balleros afincados, nunca hacen nada
personalmente: nos llaman a nosotros. Tengo veinte mil agentes, todos llenos de
sangre y dispuestos a derramarla en defensa de todo lo que considere el
gobierno propiedad de us-tedes. Si Sir Arthur se sale con la suya, la
derramarán por la nacionalización de la tierra. Si vencen ustedes, apoyarán a
sus recaudadores de arriendos como de cos¬tumbre.
BLEE.
- La policía proviene de las filas obreras: no lo olvide.
BASHAM.
- Ellos no encaran así el asunto, Blee. Con¬sideran que se han escapado de esas
filas; y eso los enorgullece. Opinan que su condición social es compa¬rable con
la del duque que está presente.
EL
DUQUE. - Supongo que será por eso que se mues¬tran siempre tan corteses
conmigo.
BASHAM.
- En suma, señor Blee, la policía es lo que ustedes los socialistas llaman
hombres con conciencia de clase. Ustedes ya lo descubrirán si cometen la
estu¬pidez de reñir con ellos.
BLEE.
- ¿Quién les disminuyó el sueldo? Dígame.
SIR
ARTHUR. - Yo les devolveré lo que le han qui¬tado, señor regidor; y con creces.
EL
ALCALDE. - ¡Ahí tiene! Ya ve lo que sucede por discutir, Blee. Eso sólo le da a
él su oportunidad.
ALOYSIA.
- Usted no necesita prevenirnos sobre eso, Sir Basharn. En la Guerra de Clases,
a sus esbirros les pagarán bien.
EL
DUQUE. - ¡Esbirros!
ALOYSIA.
- Sabemos demasiado bien qué podemos esperar de sus jenízaros.
BLEE.
-De sus bashi-bazouks con porras
ALOYSIA.
-La Guerra de Clases es un hecho. La afrontamos. Tendremos que tomar lo que nos
hace fal¬ta; y lo sabemos. El bien de la comunidad nada signi¬fica para
ustedes: sólo los preocupa el superávit. Ustedes nunca renunciarán a sus
privilegios voluntariamente. La historia nos lo enseña: esa historia que
ustedes nunca leen.
EL
DUQUE. - Le aseguro, mi querida Eloísa. .
ALOYSIA.
- ¡Eloísa! ¿A quién llama usted Eloísa?
EL
DUQUE. -Perdón. No pude resistir a la tenta- ción de usar la forma francesa de
su nombre encan¬tador.
ALOYSIA
(con vehemente exclamación). - ¡Qué des¬caro!
EL
DUQUE (continuando). -Yo iba simplemente a señalar, de estudioso a estudioso de
la historia, que en la revolución francesa fue la nobleza la que abolió
vo¬luntariamente sus propios privilegios en una sola sesión, basándose en los
principios sentimentales que adqui¬riera leyendo la obra del precursor
revolucionario de Karl Marx, Rousseau. Hoy, se repite ese trozo de his¬toria.
Ahí lo tiene a Sir Arthur ofreciéndonos un pro¬grama que me parece de un
comunismo platónico de primer orden. Yo, un duque conservador, lo apruebo. Sir
Jafna, un capitalista liberal cuyos miles de millones avergüenzan mi pobreza,
lo aprueba. La marina lo aprueba con los robustos brazos de Sir Bemrose
Hotspot. La policía se muestra entusiasta. El ejército apoyará a Sir Arthur
hasta el último hombre. Sir Arthur tiene de su parte a toda la clase
propietaria. Pero el proleta¬riado se rebela contra él y le escupe su
socialismo por intermedio de sus elocuentes labios, Aloysia. Recuerdo una
advertencia de mi querido padre cuando yo tenía cinco años de edad. Los perros
encadenados son los guardianes más feroces de la propiedad: y los que tra¬tan
de soltarlos son los primeros en ser mordidos.
ALOYSIA.
- Su Alteza nos llama perros. No lo olvi¬daremos.
EL
DUQUE. - No he hallado mejores amigos que los perros fieles, señorita
Brollikins. Pero, desde luego, yo hablaba en lenguaje figurado. No se me
ocurriría si¬quiera llamarla así.
ALOYSIA.
- No. Como soy una perra, supongo que usted me llamará de alguna manera más
breve cuando yo le vuelva la espalda.
EL
DUQUE. - ¡Oh! Piense en los epítetos que me ha puesto a mí.
EL
ALCALDE. - Bueno. Si quiere discutir, regidora Brollikins, es inútil que me
quede aquí. Ojalá yo pu¬diese taparle la boca con la misma facilidad con que
puedo taparme los oídos. Sir Arthur: usted ha expuesto su programa y nosotros
nuestras respuestas. O bien us¬ted abandona el trabajo obligatorio y la
compensación o más vale que no aparezca jamás en la Isla de los Gatos. (Sale,
con aire resuelto.)
BLEE.
- Créame. No soy comunista: soy un obrero respetable, tan respetuoso de la ley
como cualquiera de los presentes. Soy lo que ninguno de ustedes ha men¬cionado
aún: un demócrata. Me opongo tanto a la dic¬tadura del gabinete como a una
dictadura individual. Quiero que se haga la voluntad del pueblo. Soy
parti¬dario del referéndum. Soy partidario de la iniciativa. Cuando la mayoría
del pueblo está en favor de una medida, también yo lo estoy.
SIR
BEMROSE. - ¡Pamplinas! La mayoría nunca está en favor de ninguna medida. No
sabe qué es una me¬dida. Lo que quieren es recibir órdenes y toda la como¬didad
a la cual están habituados. La cubierta inferior no quiere dar órdenes: las
espera del puente. Si yo les pidiera a mis hombres que hicieran mi trabajo, me
arrojarían por la borda. ¡Y me lo tendría bien mere¬cido! Ustedes no saben nada
de eso porque nunca han tenido que dar órdenes; y no tienen suficiente sentido
común para obedecer y darles las gracias a los que les han ahorrado el trabajo
de pensar y los han salvado de la ruina.
BLEE.
-Ustedes no nos han salvado de la ruina. Estamos en la ruina. Todos lo estamos.
Hasta luego, Rosy. (Sale.)
BARKING.
- ¡Estúpido cerdo! Cuando les ofrecen lo que les hace falta, no lo quieren
aceptar solamente por¬que también ustedes lo quieren. Cree que en eso debe de
haber alguna trampa.
EL
DUQUE. - Por lo general, la hay. Sus sentimien¬tos son esos, señorita
Brollikins... ¿verdad?
ALOYSIA.
-No sé cuáles son: y usted nunca lo sa¬brá. Nos salvaremos nosotros mismos: no
nos salvarán ustedes ni su clase. Y prefiero la franca oposición de Sir Dexter
Rightside al estúpido cinismo y a los nausea¬bundos cumplidos de ustedes.
EL
DUQUE. - Los nobles sólo son siempre cínicos e insinceros en los libros de la
clase media, señorita Brollikins. Usted me parece una mujer encantadora y plena
de talento. ¿No me permite que se lo diga? ¡Y QUÉ oradora! ¿Querría usted pasar
un tranquilo fin de se¬mana conmigo en algún lugar apartado del país y dejar¬me
que trate de convencerla de que un duque es un ser humano como usted?
ALOYSIA
(en arranque de rebeldía). - ¿Trata usted de seducirme?
EL
DUQUE. - Eso sería exquisito, señorita Brollikins; pero soy viejo y muy pobre.
Usted es joven, hermosa y probablemente rica. ¿Encuentra algo de seductor en
mí?
ALOYSIA.
- Sí. Usted es duque. Y tiene la fascina¬ción de una ruina majestuosa... ¿Me
comprende?
BARKING
(levantándose). - Basta, Brolly; sólo pa¬sas por tonta al escuchar las
zalamerías de ese viejo pajarraco. No sabes cuándo te toca irte.
ALOYSIA
(acercándose a la alfombrilla de la chimenea, detrás de Sir Arthur). - Puedes
irte tú, si quieres. Ten¬go que hablar con Sir Arthur de algo que no te
im¬porta. Véte.
SIR
ARTHUR. - ¿Hablar de algo conmigo? ¿De un asunto público?
ALOYSIA.
-No precisamente público.
SIR
ARTHUR. - ¡Ah! ¿Privado?
ALOYSIA.
-No me importa quien pueda saberlo.
Pero
quizás a usted le importe.
BARKING.
- Aloysia quiere casarse con su hijo Da¬vid. Un golpe bajo para ti, Brolly.
¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! (Sale, bramando de risa.)
SIR
ARTHUR (después de permanecer un momento escandalizado). - Felicito a David,
señorita Brollikins. ¿Ha arreglado usted la fecha?
ALOYSIA.
-No se la he mencionado todavía a él. Confío en que todos ustedes, caballeros,
recordarán que no fui yo quien reveló esto: fue ese noble vizconde. De todos
modos, eso ya se sabe y no lo oculto: David es un buen muchacho; y no tiene la
culpa de pertenecer a su clase. Adiós a todos. (Va hacia la puerta.)
EL
DUQUE (levantándose). - ¿Y ese fin de sema¬na, señorita Brollikins? ¿O es que
David me ha elimi¬nado?
ALOYSIA.
- ¡Tiene razón, Alteza! Lo visitaré en Domesday House el viernes, a las cuatro
y media. Como traeré a algunos amigos, alquilaremos un autobús del Transporte
de Londres; por lo tanto, no se preocupe de mandarnos un automóvil. Supongo que
no tendrá inconveniente en que yo publique un relato de lo que suceda como
entrevista especial: como usted sabe, los intelectuales obreros tenemos que
vivir de nuestro cere¬bro. Hasta luego. (Sale.)
EL
DUQUE. - Esta gente tiene algo de terriblemente imprevisto. ¿Dónde diablos
conseguiré que me presten el dinero necesario para pagar por el autobús y
agasa¬jarlos a todos? (Vuelve a su silla y se sienta.)
BASHAM.
-SU parte sólo será de unos pocos che¬lines, duque; y ella ya ha calculado que
pagará por us¬ted. ¿Qué muchacha de su clase no pagaría la cuenta si tuviera un
duque con quien pasear?
EL
DUQUE. -Usted me tranquiliza, Sir Broadfoot. Gracias.
SIR
DEXTER (triunfalmente). -Y bien, Chavender... ¿Qué tiene que decir ahora?
Cuando entró esa gente, yo le decía que, aunque estuviese solo en esta
habitación, el pueblo inglés me apoyaba y siempre me apoyaría cuando se
planteara el caso. ¿Tenía razón o no?
SIR
BEMROSE. -Nunca nos propusimos abandonar¬lo, Dexy. No debe creer eso.
SIR
ARTHUR. - Ya que usted tiene tan pocas inten¬ciones de consultar al pueblo
inglés como yo, la situa¬ción no ha cambiado.
SIR
DEXTER. - ¡Tan pocas intenciones como usted! ¿Qué quiere decir con eso? ¿Usted
cree que puede go¬bernar en este país sin el consentimiento del pueblo inglés?
SIR
ARTHUR. -Ningún país ha sido gobernado ja¬más con el consentimiento del pueblo,
porque el pueblo opone objeciones al solo hecho de ser gobernado. Hasta usted,
que debiera saber mejor lo que dice, se queja siempre del impuesto a la renta.
EL
DUQUE. - Pero... ¡cinco chelines por libra, Ar¬thur! ¡¡Cinco chelines por
libra!!
SIR
DEXTER. -Olvídese de mi impuesto a la ren¬ta. Si Id que usted acaba de decir
tiene una signifi¬cación, implica que va a jugar a un tira y afloja con la
democracia; es decir, cree que hará algo que tanto el pueblo como la clase
gobernante de este país están resueltos a no dejarle hacer. El partido
conservador, que es diez veces más auténticamente democrático de lo que lo han
sido nunca ustedes los liberales, obten¬drá el apoyo del pueblo contra usted.
¿Cómo se propone superar eso? ¿En qué confía? Ponga sus cartas sobre la mesa,
si es que realmente las tiene.
SIR
ARTHUR. -Bueno, ahí va mi carta de triunfo. El pueblo de este país y los de
todos los países euro¬peos y americanos, están hartos a estas horas de que les
digan que, gracias a la democracia, ellos son el verdadero gobierno de su país.
Saben muy bien que no gobiernan ni pueden hacerlo y nada saben sobre el
gobierno, salvo que apoya siempre a los logreros y no respeta en realidad nada
más, cualquiera que sea el partido cuya bandera enarbole. Están hartos de
dispa¬rates sobre la libertad cuando no hay libertad. Están hartos de
haraganear y vivir del subsidio para desocu¬pados, cuando no viven penosamente
de salarios dema¬siado míseros para pagar alquileres de viviendas que no sean
atestados departamentos de una sola habitación. Están hartos de mí y de usted y
de todos nosotros. Quie¬ren que se haga algo para proporcionarles un empleo
decente. Quieren comer el trigo y beber el café que los especuladores queman
porque no pueden venderlos con ganancia. Quieren ahorcar a los que queman buena
comida cuando la gente pasa hambre. No pueden arre¬glar las cosas ellos mismos;
de modo que quieren go¬bernantes que les impongan disciplina y los obliguen a
hacer eso en vez de lo contrario. Están prontos a enlo¬quecer de entusiasmo por
cualquier hombre suficiente¬mente fuerte para obligarlos a hacer cualquier
cosa, aun¬que eso sólo sea un cebo, siempre que se trate de algo tiránico,
coercitivo, algo que todos afirmamos que no aceptará ningún inglés, aunque
sabemos, desde que les dimos el voto, que los ingleses aceptarán cualquier
cosa.
SIR
DEXTER (impaciente). - Sí, sí: ya conocemos la jerga de todos los dictadores de
pacotilla que se creen Mussolini. Vamos al grano. ¿Cómo hará usted para que
aprueben eso en el parlamento?
SIR
ARTHUR. - No lo haré aprobar por el parlamen¬to. Voy a suspender las sesiones
parlamentarias y lo haré en el receso. Cuando esté hecho, convocaré al
par¬lamento a fin de aprobar una Ley de Indemnidad para todos mis decretos.
SIR
DEXTER. -Usted no puede suspender las sesio¬nes parlamentarias. El único que
tiene esa facultad es el rey.
SIR
ARTHUR. - Precisamente. Los reyes siempre sus¬pendieron las sesiones del
parlamento y gobernaron sin él hasta que se quedaron sin dinero.
GLENMORISON.'-
Pero, Dios mío... Usted no debe pensar solamente en Su Majestad. Los tribunales
no aplicarán sus decisiones si son ilegales. Los empleados públicos lo
sabotearán, aunque no lo desobedezcan lisa y llanamente.
SIR
ARTHUR. -Nos libraremos con toda facilidad de ellos creando nuevos tribunales y
comisiones espe¬ciales de funcionarios en los cuales podamos confiar.
SIR
DEXTER. - Así fue como decapitó Cromwell al rey Carlos. Luego, sus comisionados
descubrieron que tenían cuerdas sujetas a sus propios cuellos de bribones.
SIR
ARTHUR. -Una cuerda alrededor del cuello de un estadista es la única protección
constitucional que realmente protege. Pero no tema jamás a la cuerda. Mientras
le demos honradamente buena vida a la gente, podremos hacer lo que nos parezca
preferible. El valor de las cosas se comprueba probándolas. Eso será, por fin,
un gobierno realmente responsable.
SIR
DEXTER. - Conque es ese el juego... ¿eh? ¿Se le ha ocurrido que lo pueden jugar
dos? ¿Qué podría hacer usted que no pueda hacer yo si me empuja a ello?
Dígamelo.
SIR
ARTHUR. - Nada, si está dispuesto a hacerlo. ¿Lo está?
SIR
DEXTER. - ¿La tarea de arruinar al país y des¬truir el imperio? Mi tarea
consiste en impedirle a usted hacerlo. Y se lo impediré.
SIR
ARTHUR. - Su tarea es impedirme o impedirle a cualquier otro que haga algo. Su
tarea es impedirle al mundo que avance. Pues bien: avanza; y si usted no se
aparta del camino, algo se romperá; y ese algo no será el mundo.
SIR
DEXTER. - Hasta ahora no se ha roto nada, sal¬vo las cabezas de los desocupados
cuando la sediciosa palabrería de usted los incita a rebelarse contra las leyes
de la naturaleza. Inglaterra no se rompe. Está firme donde ha estado y estará
siempre: es el país más fuerte y más grande y la cuna de la más noble raza
imperial que Dios haya creado.
SIR
ARTHUR. -Ruidosos y prolongados aplausos. ¡Vamos! Basta de desvariar y vamos al
grano. El ver¬dadero dueño de la situación es Basham, con sus quince mil
policías.
BASHAM.
- Veinte mil.
SIR
ARTHUR. -Bueno, veinte mil. No dejan de obrar cuando el parlamento está en
receso... ¿verdad?
BASHAM.
- No. En Scotland Yard, seguimos más que nada las órdenes del ministro del
Interior.
SIR
ARTHUR. - Puedo nombrarme a mí mismo mi¬nistro del Interior. De modo que no hay
problema.
SIR
DEXTER. r- ¿De veras? Si usted y Basham se atreven a ensayar a sus veinte mil
policías conmigo... ¿sabe qué haré?
SIR
ARTHUR. - ¿Qué?
SIR
DEXTER. - Les pondré a cincuenta mil patrióti¬cos jóvenes londinenses camisas
del ejército. Usted dice que quieren disciplina y acción. Las tendrán. Tendrán
ametralladoras y pistolas automáticas y bombas de gases lacrimógenos. Mi
partido tiene el dinero necesario, los periódicos, la bandera, las tradiciones,
la gloria que es Inglaterra, el coraje, la raza, el espíritu combativo. Uno de
nosotros vale por diez de sus pilletes hambrientos y sus dirigentes que nunca
podrían gastar más de un chelín en una cena hasta que se votaran a sí mismos
cuatrocientas libras anuales de nuestros bolsillos.
SIR
BEMROSE (entusiasmado). -Eso es, Dexy. ¡Así se habla, qué diablos!
BASHAM
(tomando a su cargo el gobierno de la dis¬cusión). - Ustedes están
disparatando. La policía no puede hacer nada sin el apoyo del pueblo. No puede
estar en todas partes: no tiene suficiente personal. Mien¬tras el pueblo siga
llamando a la policía cuando sucede algo y detenga al delincuente fugitivo y
testimonie con¬tra él, veinte mil agentes de policía podrán mantener en orden a
ocho millones de ciudadanos. Pero si los ciudadanos consideran su enemigo al
agente de policía, si el hombre que hiere por la espalda a un agente no es
entregado a la autoridad por los mirones, si le ayu¬dan a huir, si la policía
no puede conseguir que un solo ciudadano suba al estrado y declare contra él..
. ¿qué haremos? Uno tiene que duplicar su fuerza para que la policía patrulle
en parejas: de lo contrario, los agentes tendrán miedo de patrullar. Sus veinte
mil agen¬tes tendrán que ser reforzados hasta alcanzar a cuarenta mil para su
propia protección; pero eso no lo protege a uno. Habría que apostar a dos
agentes de policía jun¬to a cada hombre y a cada mujer de la ciudad para cuidar
de que se portaran como uno quiere. Se necesi¬tarían no miles de agentes sino
millones.
SIR
DEXTER. -Mis hombres del ejército manten¬drían el orden.
BASHAM.
- ¿Y quién los mantendría en orden a ellos? Eso es lo que yo quisiera saber.
Son unos estú¬pidos aficionados. Y permítame recordarle algo. Parece fácil
comprar un montón de camisas negras o pardas o rojas y darle una a cada
facineroso que ha salido a co¬meter fechorías y a cada desocupado de los
suburbios que se cree patriota. Pero no olvide que la camisa de color es un
uniforme.
GLENMORISON.
- ¿Qué tiene de malo eso? Le per¬mite a un hombre reconocer a sus amigos.
BASHAM.
- Sí: pero lo singulariza como un enemigo de uniforme; y matar a un enemigo de
uniforme a la vista no es un crimen: es una guerra legítima.
SIR
DEXTER. - ¡Monstruoso! Yo no le daría cuartel a tan ultrajante obra de
sofistería.
BASHAM.
- En la guerra, uno tiene que dar cuartel, por que necesita pedirlo tan a
menudo como darlo. Es fácil quedarse sentado aquí y pensar en exterminar a los
adversarios. Pero una guerra de exterminio es una masacre. ¿Cuánto cree usted
que duraría una masacre en Inglaterra? El tiempo que demora un borracho en
vo¬mitar y despejarse.
GLENMORISON.
-No se apure, Sir Broadfoot. No se apure. ¿Quién habla de exterminio? No creo
que usted pueda inducir jamás a unos respetables britanos a lucir camisas
rojiblancas y azules; pero, sin duda, pue¬de tener voluntarios, agentes de
policía especiales, fuer¬zas auxiliares ...
BASHAM
(con un sobresalto). - ¡Fuerzas auxiliares! Yo tenía el comando de esas fuerzas
en Irlanda cuando usted ensayó su juego con los irlandeses, quienes eran apenas
un puñado de campesinos en su sembrado de coles. He visto esas cosas. Las he
hecho. Sé todo lo que hay que saber sobre eso: y usted, no sabe nada. Eso
significa exterminio; y cuando se presenta el caso, uno no puede llevarlo a
cabo. Yo no pude. Renuncié. Usted no pudo: tuvo que dar marcha atrás. Y yo le
digo, Dexy, que si usted ensaya conmigo a facinerosos con camisa de cualquier
color, apoyaré al primer minis¬tro y le mostraré a usted qué puede hacer
Scotland Yard cuando lo obligan.
SIR
DEXTER. - ¡Traidor!
BASHAM.
- ¡Embustero! Ahora que nos hemos apli¬cado epítetos mutuamente... ¿qué hemos
salido ga¬nando?
GLENMORISON.
- Despacio, despacio: no riñamos. Tengo que apoyar al primer ministro, Sir
Dexter, para asegurar mi banca en el parlamento. Pero soy liberal y, como tal,
me atan los principios liberales. Todo lo que hagamos debe hacerse mediante el
parlamento si he de formar parte de él. Estoy resueltamente por el nuevo
programa; pero debemos redactar un plan parla¬mentario para ello. Realizar el
programa, involucraría proponer por lo menos doce proyectos de ley. Son
pro¬yectos muy controvertidos: cada uno de ellos provocará resistencias y
obstruccionismo en todas sus cláusulas. Las etapas de estudio en las comisiones
durarán semanas y más semanas, por mucho que se haga funcionar la gui¬llotina:
habrá miles de enmiendas. Entonces, cuando usted haya hecho aprobar lo que
quede de su proyecto de ley, la Cámara de los Lores lo rechazará: y usted
tendrá que esperar dos años y volver a hacer lo mismo antes de que su proyecto
figure en el digesto como ley del parlamento. Este programa no es una cuestión
de hoy o de mañana. Calculo que, por lo menos, se nece¬sitarán cincuenta años
para hacerlo aprobar.
SIR
ARTHUR. -¿Y usted cree que el mundo espe¬rará tanto, Sandy?
GLENMORISON
(ingenuamente). - ¿Qué otra cosa podría hacer?
SIR
ARTHUR.- No esperará. A menos que podamos encontrar un camino más breve,
luchará por el progra¬ma en las calles.
SIR
DEXTER. - ¿Y usted cree que en las calles ven¬cerá? ¿Cree que el populacho
estará a su lado? "Uste¬des son muchos, ellos son pocos. .. " ¿eh?
¡La Guerra de Clases! Bueno, ya descubrirá que se equivoca.
SIR
ARTHUR.- No creo en la Guerra de Clases más que usted, Dexy. Sé que la mitad de
la clase obrera trabaja hasta el agotamiento para acumular riquezas, sólo para
ser perseguida por nuestra clase como se ahuyenta con humo a un enjambre de
abejas y para ser despo¬jada de todo, dejándole apenas lo indispensable para
vivir. Pero... ¿qué hace la otra mitad? Vivir de un saqueo de segunda mano.
Saquear a los saqueadores. Apenas logramos llenarnos los bolsillos de
alquileres e intereses y ganancias se los llevan los comerciantes y ho¬teleros
del West End, los médicos de moda y los abo¬gados y clérigos y violinistas y
retratistas y toda esa gente, eso para no hablar de los monteros y caballerizos
y jardineros, de los valets y los guardabosques y los jockeys, de los
mayordomos y las amas de llaves y las criadas y las fregonas y sabe el diablo
qué más.
EL
DUQUE. - ¡Qué cierto es todo eso, Arthur! ¡Qué cierto es! ¡En ello, estoy con
usted hasta la última gota de sangre!
SIR
ARTHUR. - Pues bien: esos parásitos lucharán por sus derechos de propiedad como
lo harían por su propio pellejo. ¿Puede usted hacer ingresar al parla¬mento a
un legislador laborista en los lugares donde esa gente forma mayoría? No: no
existe una guerra de clases: la clase obrera está irremediablemente divi¬dida
entre sí. Pero yo le diré qué es lo que hay. Hay el abismo entre la concepción
del mundo de Dexy y la mía. Hay la guerra eterna entre los que están en el
mundo para arrancarle lo que puedan y los que están, en el mundo para hacer de
él un sitio mejor para todos.
SIR
DEXTER (levantándose). - No estoy dispuesto a quedarme sentado aquí escuchando
esas repulsivas in¬sensateces, impropias de un caballero. Chavender: la
coalición está disuelta. Renuncio. Me llevaré a las tres cuartas partes del
gabinete. Desenmascararé a los vergon¬zosos y corrompidos móviles de quienes lo
han apoyado a usted aquí hoy. Basham: usted será despedido al día siguiente de
haber mandado por mí el rey. Domesday: usted está chocheando: váyase a casa a
dormir y babosee donde su chochear no pueda causar daño. Rosy: usted es un
imbécil; y ya debiera saberlo a estas horas. Pandranath: usted sólo es un
estúpido negro que finge ser un caballero británico y lo han descubierto.
Buenas tar-des, caballeros. (Sale, dejando en pos de si una atmós¬fera de temor;
el indio está sin aliento, a causa de la indignación y ni siquiera puede
hablar.)
SIR
BEMROSE. - Esto es horrible. No podemos pres¬cindir de él.
SIR
JAFNA (recobrando el habla). - Me han despre¬ciado. Me ha llamado negro este
bárbaro de rostro sucio cuyos antepasados eran unos salvajes desnudos que
ado¬raban bellotas y muérdagos en los bosques, mientras mi pueblo difundía la
cultura más elevada jamás alcan¬zada por la especie humana desde los templos de
Brahma, el múltiple, que es todos los dioses en uno. Este pri¬mitivo salvaje se
atreve a acusarme de imitarlo: a mí, en cuyas venas fluye sangre de
conquistadores que han dominado continentes más vastos que un millón de
perre¬ras como esta isla de ustedes. Fundaron una civilización comparada con la
cual este pequeño reino no es más que un campo de concentración. Lo que tienen
ustedes en punto a religión, llegó del oriente; sin embargo, ningún indio,
ningún parsi, ningún jaín, descendería a sus crudezas. ¿Hay aquí un espejo?
Mírense las caras y miren las de mi pueblo de Ceilán, la cuna de la especie
humana. Allí, ven al Hombre tal como salió de las manos de Dios, que ha dejado
en cada una de sus facciones el sello inconfundible del gran espíritu creador
original. Allí, ven a la Mujer con ojos que reflejan el universo, en vez de
pequeños atisbaderos lle¬nos de guijarros descoloridos. Comparen esas
facciones, esos ojos, esos colores ardientes, con esos míseros trozos de
amasijo semicocido, esas copias comerciales baratas de una remota galería de
obras maestras que ustedes llaman humanidad occidental y díganme, si se
atreven, que ustedes son el original y yo la imitación. ¿No temen el rayo, el
terremoto, la venganza de Visnú? Ustedes me llaman negro, burlándose de mi
color porque no tienen ninguno. El grajo ha perdido la cola y quiere convencer
al mundo de que su defecto es una virtud. Ustedes se me han acercado
servilmente, no por mi mayor proximidad a Dios, sino por mi dinero y mi
capacidad de ganar dinero y más dinero. Pero hoy el odio y la envidia y la
insolencia de ustedes se han traicionado. Soy un negro. Soy una mala imitación
de ese devorador de alimentos impuros, nunca lavado suficientemente en su persona
o en su ropa, que es el isleño británico. No lo soportaré por más tiempo. Las
propias bocas de ustedes han rasgado el velo de su hipocresía: yo deshon¬raría
a mi patria y a mi raza quedándome donde ambos han sido insultados. Hasta
ahora, he soportado la conexión existente entre la India e Inglaterra porque
sabía que, en el curso de la naturaleza y por la justicia de Brahma, esto debía
terminar gobernando la India a Inglaterra, así como yo, dadas mis riquezas y mi
capa¬cidad mental, gobernaría a todos los imbéciles meneste¬rosos que están en
esta habitación. Pero ahora los re¬pudio. Vuelvo a la India para desligarla por
completo de Inglaterra y los dejo perecer a ustedes en su igno¬rancia, en su
vano engreimiento y en sus abominables modales. Buenos días, caballeros. Pueden
irse al infier¬no. (Sale y cierra detrás de sí con un portazo.)
SIR
ARTHUR. - Esa palabra negro nos costará la In¬dia. ¡Cómo pudo cometer Dexy la
estupidez de decirla!
SIR
BEMROSE (muy serio, levantándose solemnemen¬te). - Arthur: siento que no puedo
hacer caso omiso de semejante discurso. Después de todo, somos blancos.
SIR
ARTHUR. Usted no lo es, Rosy. Se lo aseguro. Su piel es de color nogal, con un
toque de clarete en la nariz. Glenmorison es del color de su harina de avena
natal: no tiene ni pizca de blanco. El más claro de los presentes es el duque.
Y es tan amarillo como un cazador de cabezas malayo. Los chinos nos llaman
Rosados. Nos lisonjean.
SIR
BEMROSE. - Debo decirle, Arthur, que la frivo¬lidad sobre un punto fundamental
como este es de muy mal gusto. Y usted sabe perfectamente que el país no puede
prescindir de Dexy. Dexy estuvo en la escuela conmigo antes de que yo fuera a
Dartmouth. Aban¬donarlo, sería para mí no sólo un acto de mala fe polí¬tica
sino de malos sentimientos personales. Debo ir a verlo de inmediato. (Va con
aire muy triste hacia la puerta.)
SIR
ARTHUR. -Preséntele mis excusas a Sir Jafna si le da alcance. ¿Cómo podemos
mantener unido al imperio si insultamos a un hombre que representa a casi el
setenta por ciento de su población?
SIR
BEMROSE. - No estoy de acuerdo con usted, Ar¬thur. Es Pandy quien debe
presentar sus excusas. Dexy comparte en realidad el cargo de primer ministro
con usted; y si un primer ministro conservador británico no puede poner en su
lugar a un nativo pagano cuando pierde la cabeza, se acabó la supremacía
inglesa.
SIR
ARTHUR. - ¡Por amor de Dios, no lo llame na¬tivo! Usted es un nativo.
SIR
BEMROSE (muy solemnemente). - De Kent, Ar¬thur: de Kent. No de Ceilán. (Sale.)
GLENMORISON.
- Creo que más vale aclarar tam¬bién eso. Debo tener en cuenta algunas cosas
cuando se trata de Sir Dexter: es un inglés y no le han ense¬ñado a usar su
cerebro como a nosotros los escoceses. Pero eso es, precisamente, lo que le da
tanta influencia sobre el país. Debemos afrontar el hecho: es indispen¬sable.
Iré a asegurarle que no tenemos la intención de romper con él. Buenos días,
duque. (Sale.)
SIR
ARTHUR (levantándose y yendo a grandes pasos hacia el otro lado de la mesa,
como un jugador a quien han dejado en la calle). - Temo que soy hombre al agua.
(Se
deja caer en la silla del medio. Basham se le¬vanta cavilosamente y va hacia la
ventana para contem¬plar la calle. El duque se acerca con aire comprensivo a
Sir Arthur y se sienta a su lado.)
EL
DUQUE. - Oh, Arthur... Mi querido Arthur... ¿Por qué no habrá jugado usted al
golf durante sus vacaciones en vez de pensar? ¿No sabía que la política
inglesa
no tolera que se piense en ella? ¿Ignora que, como nación, hemos perdido la
habilidad de pensar? ¿No ha notado que, aunque en nuestra gran constitu¬ción
británica hay una sección para casi todo lo demás que existe en el mundo, para
la agricultura y la salud y las pesquerías, para los asuntos internos y los del
exterior y la educación, para la Hacienda y el Tesoro y aun para los Chiltern
Hundreds y el ducado de Lancaster, no tenemos una sección para el pensamiento?
Los rusos tienen un gabinete especial para eso: y el pensa¬miento ha hecho
añicos todo ese gabinete. ¿Dónde es¬taríamos usted y yo en Rusia, hoy? (Se
vuelve a sentar, con aire abatido.)
SIR
ARTHUR. - En el sitio que nos corresponde, el cesto de los desperdicios. Sin
embargo, ellos han asi¬milado sus ideas de nosotros. Karl Marx lo pensó todo en
Bloomsbury. Lenin aprendió su lección en Holford Square, Islington. ¿Por qué no
podremos pensar nunca en nada ni aprender ninguna clase de lecciones?
Com¬prendo qué se debe hacer ahora: pero adivino que no soy el hombre indicado
para hacerlo.
EL
DUQUE. - Claro que no. No es una tarea propia de un caballero.
SIR
ARTHUR. - Pero podría ser propia de un duque. ¿Por qué no la intenta?
EL
DUQUE. - Por tres razones, Arthur. En primer lugar, no estoy hecho así. En
segundo lugar, estoy tan habituado como duque a ser tratado con la máxima
de¬ferencia que, simplemente, no sé mostrarme aplomado e intimidar a la gente.
En tercer lugar, estoy en unos aprietos tan espantosos en lo que concierne a
dinero de bolsillo y sin saber cómo prescindir de él que he per¬dido todo el
respeto a mí mismo. Esta tarea requiere a un hombre que no tenga nada que
perder, con mu¬cho valor y una incapacidad total de ver cualquier as¬pecto del
asunto que no sea el suyo. Un simple duque hereditario de nada serviría. Cuando
Domesday Towers le sea vendido a un norteamericano, no me quedará nin¬guna casa
solariega y tendré que refugiarme en mi banca política, en estos momentos
tambaleante. Desde allí, alentaré al dictador cuando llegue en todo lo que
pueda sin comprometerme peligrosamente. Lamento no poder servirle de nada, mi
querido Arthur.
SIR
ARTHUR. - ¿Y usted, Basham? Usted es un hom¬bre de acción.
BASHAM.
- Tengo muchas ganas de ir a ver al rey y de obligarlo a tomar una decisión y a
arrestar a todos ustedes.
SIR
ARTHUR. - Hágalo, Basham, hágalo. Usted no podría enredar las cosas más de lo
que lo hemos hecho.
EL
DUQUE. -No hay nada que se lo impida. ¡Mire al Bajá Kemal! ¡Mire a Mussolini!
¡Mire a Hitler! ¡Mire a De Valera! ¡Mire a Franklin Roosevelt!
BASHAM.
- Si yo fuera ambicioso, lo pensaría muy seriamente. Pero como no lo soy,
volveré con toda tran¬quilidad a Scotland Yard. (Va hacia la puerta y al salir,
se encuentra en el umbral con Hipney.) ¡Hola! ¿Qué diablos hace usted aquí?
SIR
ARTHUR. - Temo que ha llegado tarde, señor Hipney. La delegación ya ha estado y
todos se han ido.
HIPNEY
(sentándose junto a Sir Arthur, con su calma usual). - Vine con ellos, Sir
Arthur. Escuché calladito, como diría usted. Sólo vine a decirle que no se fije
en esos parlamentarios. Todos son iguales, sean del West End o del East End,
del Parkside o del Riverside. Nunca hacen nada. No quieren hacer nada.
BASHAM
(volviéndose a sentar en la silla de Hilda). - Hipney: más vale que yo le diga
que lo estoy observando desde hace algún tiempo. Tenga cuidado. No me opongo a
que usted se llame a sí mismo socia¬lista revolucionario: todos lo hacen. Pero
sospecho que usted es de los que realmente lo son.
HIPNEY.
-Sí, lo soy, Sir Broadfoot. Y si Sir Ar¬thur habla en serio, déjelo que se vaya
del parlamento y se quede fuera. Eso le quitará la vida y lo convertirá en la
cáscara ambulante de un hombre, sin nada dentro. El único que comprendió alguna
vez debidamente al parlamento fue el viejo Guy Fawkes.
SIR
ARTHUR. - Pero aunque Fawkes hubiese volado el parlamento, ellos habrían
elegido simplemente a otro.
HIPNEY.
-Sí: pero fue una especie de gesto, po¬dría decirse. Simbólico, a mi parecer.
Fíjese en lo que afirmo: algún día, habrá una estatua al viejo Guy en
Westminster, en el solar que ocupa la actual Cámara de los Comunes.
EL
DUQUE. - La democracia, Arthur, la democracia. Ahí termina eso.
SIR
ARTHUR (presentando). - Su Alteza el duque de Domesday, señor Hipney.
HIPNEY.
- Conozco a Su Alteza. De los círculos dis¬tinguidos, por así decirlo, aunque
nunca nos presen¬taron.
EL
DUQUE. - Es para mí un honor conocerlo, señor Hipney.
HIPNEY.
- No un gran honor, Alteza. Pero el viejo Hipney puede decirle algo sobre la
democracia en forma directa. La democracia era una gran cosa cuando yo era
joven y no teníamos votos. Hablábamos de la opinión pública y de lo que
soportaría el pueblo inglés y de lo que no soportaría. Y la opinión tenía peso,
señor: tenía a raya al gobierno: asustaba al más intrépido de los tiranos y a
los patrones y a la policía: hacía surgir una auténtica veneración en las voces
de grandes ora¬dores como Bright y Gladstone. Pero entonces la opinión pública
era un sueño y una visión, una esperanza y una fe y una promesa. Duró hasta que
ellos la hicieron bajar a la tierra, digámoslo así y la convirtieron en
reali¬dad dándoles votos a todos. Apenas les dieron votos a los obreros,
descubrieron que éstos eran capaces de apoyar cualquier cosa. Les dieron el
voto a las mujeres y comprobaron que eran peores que los hombres; por¬que los
hombres votaban por los hombres, más de una vez poco recomendables, pero
hombres al fin, pero las mujeres no votaban siquiera por las mujeres. Desde
entonces, la política ha sido un hazmerreír. Los diri¬gentes parlamentarios
dicen una cosa el lunes y luego lo contrario el miércoles; y nadie nota ninguna
diferen¬cia. Reprimían al pueblo en Egipto, en Irlanda y en la India con el
fuego y la espada, con azotes y horcas, quemando sus casas y bombardeando sus
tenduchos; y en la elección siguiente, los distritos obreros los vol¬vían a
mandar al parlamento como si fueran unos santos de yeso, mientras que los
hombres y las mujeres como yo, que se habían pasado la vida al servicio del
pueblo, eran repudiados en las urnas como delincuentes convic¬tos y confesos. Y
no porque esas pobres y estúpidas ove¬jas lo hicieran deliberadamente. No lo
notaban; no lo recordaban; no podían comprenderlo; los subyugaba cualquier
estupidez que oían en las reuniones o leían en el periódico de la mañana. Uno
podía hacerlos huir en tropel gritando que venían los rusos o reunirlos
pro-metiéndoles ahorcar al kaiser o sabe Dios qué estupidez que no habría
servido para embaucar a un niño de cuatro años. Entonces, se acabó la
democracia para mí; aunque no había ningún ser viviente que hubiese confiado
tanto en eso ni hablado con mayor sinceridad de todas las cosas buenas que
sucederían cuando el pueblo obtuviera sus derechos y pudiera votar como la
burguesía. El su¬fragio para los adultos: eso era lo que debía salvarnos a
todos. ¡Dios mío! Nos entregaba en poder de quie¬nes nos despojaban y oprimían,
atados de pies y manos por nuestra propia locura e ignorancia. Eso desanimaba
al viejo Hipney; y ahora, aplaudo a cualquier Napoleón o Mussolini o Lenin o
Chavender que tenga suficientes agallas para asir del cuello tanto al pueblo
como a los saqueadores y opresores y empujarlos al camino que de¬ben seguir,
propinándoles todos los puntapiés que pue¬dan hacer falta para un trabajo
concienzudo.
BASHAM.
- Conque un dictador... ¿eh? Eso es lo que usted quiere.
HIPNEY.
- Es mejor un dictador responsable ante el mundo por el bien y el mal que hace
que un sucio dictadorzuelo en cada calle que no es responsable ante nadie, y
que lo echa a uno de su casa si uno no le paga por el hecho de existir sobre la
tierra o de des¬pedirlo de su empleo si uno quiere hacerle frente de hombre a
hombre y en pie de igualdad. Usted no pue¬de asustarme con palabras tales como
dictador. Yo y la gente como yo hemos sido coaccionados durante toda la vida
por cerdos que sólo tienen hocico para el dinero y creen que el mundo se
acabará si le dan el poder de hacer algo a alguien que no sea ellos.
SIR
ARTHUR. - ¡Despacio, señor Hipney! ¡Despacio!
No
tire al nene junto con el agua del baño. Si el pue¬blo no tuviera voz en el
gobierno ni pudiera elegir a quienes han de gobernarlo, lo pasaría mal.
HIPNEY.
- Que tenga voz. Que tenga el derecho de elegir. Ahora, no tiene lo uno ni lo
otro. Pero que sea una voz con la cual pueda chillar cuando le duele y no
fingir que sabe más que Dios Todopoderoso. Dé¬jelo elegir entre los hombres
calificados: siempre hay más de un guijarro en la playa; pero que sean hombres
calificados y no palabrería vana y astros del cinemató¬grafo y soldados y ricos
amigos de la ostentación y abo¬gados en cierne. ¿Cómo podrán notar la
diferencia entre cualquier vulgar Jack o Salomón o Moisés? Los judíos no
eligieron a Moisés: éste sólo les dijo qué debían hacer y lo hicieron. ¡Y vea
cómo se descarriaron apenas él les volvió la espalda! Si quiere ser un caudillo
del pueblo, Sir Arthur, debe hacerse elegir dándonos una guía. El viejo Hipney
seguirá a cualquiera que le dé una buena guía; ¡y al diablo con sus elecciones
y su constitución y su democracia y todo lo demás!
EL
DUQUE. - La policía no lo dejará, señor Hipney.
BASHAM
(levantándose y ubicándose entre Hipney y Sir Arthur). - ¡Ja, ja, ja! No esté
demasiado seguro de eso. Yo podría pasarme a su bando, Arthur, si lo cre¬yera a
usted el probable ganador. En tanto, Hipney, lo tengo catalogado a usted como
personaje peligroso.
SIR
ARTHUR. - ¿Y a mí?
BASHAM.
- Usted no tiene importancia: él, sí. Si el proletariado llega a la cumbre,
Hipney estará más a sus anchas; pero usted no se sentirá más cómodo. Hipney
tiene puesto el corazón en la revolución: usted sólo le ha consagrado su
cabeza. A la esposa de usted eso no le gustaría: a la de él sí, si es que la
tiene.
HIPNEY.
-Yo, no. Ninguna mujer me tiene en un puño. Mi esposa ha muerto y nuestros
hijos son ya adul¬tos y hacen lo que quieren. Por fin, soy libre de poner mi
cuello en un dogal, si se me antoja.
BASHAM.
-Me pregunto si yo encontraría bombas en su casa si la registrara.
HIPNEY.
- Las encontraría si las pusiera allí, Sir Broadfoot. ¿De qué serviría un jefe
de policía si no pudiera encontrar cualquier cosa que quisiera encontrar?
BASHAM.
-Esa sí que es una idea, Hipney. Claro que lo es. ¿No habrá sido usted
demasiado imprudente al metérmela en la cabeza?
HIPNEY.
- Hay muchas cosas que le harían pensar en eso si yo no se lo sugiriera. Usted
podría hacerlo si lo quisiese; y lo sabe, Sir Broadfoot. Pero quizás su
conciencia no se lo permitiría.
BASHAM.
- Quizás.
HIPNEY
(levantándose, con una risita). - ¡Ajá! (Con tono solemne.) Créanme,
caballeros: lo único que separa a este país o a cualquier otro del infierno son
las con¬ciencias de los que son capaces de gobernarlos.
EL
DUQUE (levantándose). -Estoy totalmente de acuerdo con usted. ¿Almorzará
conmigo en el Carlton?
HIPNEY.
-No: en los grandes clubes hay dema¬siada promiscuidad para los hombres como
usted y como yo. Venga a almorzar conmigo: conozco un lindo res¬taurante donde
la cocina es buena y la concurrencia real¬mente selecta. No lo lamentará:
venga. Buenos días, Sir Arthur. Buenos días, jefe. (Sale, muy satisfecho.)
SIR
ARTHUR Y BASHAM. - Buenos días. Buenos días.
EL
DUQUE. -Usted nunca se habría desembarazado de él, Arthur, si yo no hubiese
dado ese paso. Adiós. Adiós, Sir Broadfoot. (Va hacia la puerta.)
BASHAM.
- Adiós. Que le sea grato su huésped.
EL
DUQUE. -Usted no lo conoce bien. Es absoluta¬mente único.
BASHAM.
- ¿En qué sentido, si me hace el favor?
EL
DUQUE. -Es el único político que he conocido que aprendió algo de la
experiencia. (Sale.)
BASHAM
(va hacia la puerta). - Bueno, tengo que ir a Scotland Yard. Los desocupados
realizarán una elec¬ción general para entretenerse. Supongo que usted
re¬presentará a su distrito electoral.
SIR
ARTHUR (levantándose). - No. No me presen¬taré.
BASHAM
(volviéndose hacia él, asombrado). - ¡Que no se presentará! ¿Qué quiere decir
con eso? Usted no puede bosquejar un programa como ese y luego huir.
SIR
ARTHUR. - He terminado con el parlamento. Bastante tiempo he perdido ya con él.
BASHAM.
-No me diga que llevará su política a la calle. Sólo conseguirá que le rompan
la cabeza.
SIR
ARTHUR. - No tema: ustedes no me romperán la cabeza; un ex primer ministro les
inspira demasiado respeto. Pero yo no iré a las calles. No soy un hombre de
acción, sólo soy un hablador. Hasta que los hom¬bres de acción eliminen a los
habladores, los que tene-mos conciencia social estamos a merced de quienes no
la tienen; y eso, como dice el viejo Hipney, es el propio infierno. ¿No podría
usted encontrarle un nombre me¬jor?
BASHAM.
- Yo lo llamaría bribonocracia.
SIR
ARTHUR. -¿Cree en eso? Yo, no.
BASHAM.
- Todo eso da buen resultado hasta cierto punto. No embista contra eso hasta
que los hombres de acción lo empujen más allá. Adiós.
SIR
ARTHUR. -Adiós. No lo haré.
(Basham
sale por la puerta principal. Sir Arthur vuel¬ve a dejarse caer sobre la silla;
tiene un aire bastante enfermo, con los codos sobre las rodillas y las sienes
sobre los puños. Barking y la señorita Brollikins irrum¬pen simultáneamente por
la puerta privada, pugnando por entrar antes. Sir Arthur se yergue, con aire
fatigado.)
BARKING.
- Yo llegué antes. Sal y espera tu turno.
ALOYSIA.
-Las damas primero, si me haces el fa¬vor. Sir Arthur...
BARKING
(impidiéndole pasar con- un brazo de hierro)..- ¡Bah! Tú no eres una dama. (Se
acerca a la de¬recha de Sir Arthur.) Sir Arthur: le he pedido su mano a su hija
Flavia y la única respuesta que pude conse¬guir es que no es una buscadora de
oro y que no querría que la vieran en una boda con un sucio vizconde. Quie¬re
casarse con un hombre pobre. Dije que hablaría di¬rectamente con usted. Usted
no puede permitir que su hija pierda tan buen partido. Use de su autoridad.
Oblí¬guela a casarse conmigo.
SIR
ARTHUR. -Por cierto que sí. Se lo ordenaré, si usted cree que eso le permitirá
tener éxito. Vaya y dígaselo, hágame el favor. Estoy ocupado.
BARKING.
- ¡Perfectamente! (Se lanza a través de la puerta disimulada.)
SIR
ARTHUR. - Siéntese, señorita Brollikins. (Ella va hacia la silla de Hipney y
Sir Arthur ocupa la del duque.) ¿Ha consultado a David?
ALOYSIA
(sentándose, con cierto aire de impoten¬cia). - Claro que sí. Pero es
obstinado. No quiere en¬carar las cosas como es debido.
SIR
ARTHUR. - ¿Hizo alguna objeción? Debió de aferrar la oportunidad al vuelo.
ALOYSIA.
- Es usted muy amable si es que lo piensa realmente, Sir Arthur. Pero David no
tiene sentido co¬mún. No le gusta mi apellido. Le parece ridículo.
SIR
ARTHUR. - Su casamiento lo cambiará.
ALOYSIA.
-Sí: pero él dice que figurará así en el "Times" en la sección
nacimientos, bodas y defuncio¬nes: Chavender y Brollikins. Mi apellido no es
sufi¬cientemente bueno para él. ¡Si usted hubiese oído las cosas que dijo!
SIR
ARTHUR. - Confío en que no usó el adjetivo que le aplicó su hermana al título
del pobre joven Barking.
ALOYSIA.
-Sí que lo usó. ¡El lenguaje que usan ustedes los del West End! No sé dónde lo
pescan.
SIR
ARTHUR. -Eso no significa nada, señorita Brollikins. No debe darle importancia.
ALOYSIA.
- ¿Tendría inconveniente en llamarme Aloysia, Sir Arthur? Puede decir Brolly,
si quiere; pero prefiero que me llame Aloysia.
SIR
ARTHUR. - Ciertamente, Aloysia.
ALOYSIA.
- Gracias. Ojalá yo pudiera desembarazar¬me del Brollikins. Nunca me
avergonzaría de mi ape¬llido: pero no puedo negar que tiene algo de raro. Yo no
tengo la culpa de eso ... ¿verdad?
SIR
ARTHUR. - Pues puede librarse de él muy fá¬cilmente. Puede adoptar un nuevo
apellido: cualquiera que desee, con un fácil trámite que cuesta solamente diez
libras: y David tendría que pagarlo si usted lo cam¬biara por él. ¿Qué le
parece el de Bolingbrooke? Bolingbrooke sería un nombre bastante bonito para el
"Ti¬mes", y usted no necesitaría cambiar de iniciales. No tendría por
qué preocuparse por su ropa en el lavadero, por ejemplo.
ALOYSIA.
- Gracias, Sir Arthur; eso es una sugestión práctica. Sea como fuere, deja
fuera de combate a Da¬vid si vuelve a hablar de mi apellido.
SIR
ARTHUR. - Bueno. Siendo así, usted puede huir ahora y casarse con él.
ALOYSIA.
- Pero eso no es todo, Sir Arthur. Es un joven tan extraño... Dice que nunca ha
amado a nadie fuera de su hermana y que odia a su madre.
SIR
ARTHUR. - No tenía derecho a decirle a usted que odia a su madre, porque, en
realidad, no hay tal cosa. La gente joven, en estos tiempos, lee libros sobre
psicoanálisis y se llena la cabeza de tonterías.
ALOYSIA.
- Desde luego, yo sé todo lo que hay que saber sobre el psicoanálisis. Le
expliqué a David que estaba enamorado de su madre y celoso de usted. El
com¬plejo de Edipo... ¿sabe?
SIR
ARTHUR. - ¿Y qué le contestó?
ALOYSIA.
- Me dijo que me fuera a Jericó. Pero ya le enseñaré buenos modales.
SIR
ARTHUR. - Hágalo, por favor, Aloysia. ¿Hizo alguna otra objeción?
ALOYSIA.
- Dice que su familia no podría soportar a mis parientes.
SIR
ARTHUR. - ¡El joven engreído! Con todo, el en¬greimiento es algo muy real: en
eso, David se anotó un tanto... ¿Qué le contestó usted?
ALOYSIA.
'Que mi familia no podía soportar a sus parientes; y así era. Le dije que no le
pedía que se casara con mis parientes; y que yo no me proponía ca¬sarme con los
de él.
SIR
ARTHUR. - ¿Y qué le respondió David?
ALOYSIA.
-Que me podía ir al infierno. El es así, como usted sabe.
SIR
ARTHUR. - Sí, un jovencito atolondrado.
ALOYSIA.
- Precisamente. Pero yo lo curaré de eso.
SIR
ARTHUR (con aire grave). - Cuidado, Aloysia.
Todas
las jóvenes empiezan por creer que pueden re¬formar y modificar al hombre con
quien se casen. No lo consiguen. Si usted se casa con David, él seguirá siendo
David y nadie más hasta que la muerte los separe. Si él la manda al infierno
hoy en vez de discutir con usted, hará lo mismo el día de sus bodas de plata.
ALOYSIA
(con aire ceñudo). - Lo veremos.
SIR
ARTHUR. - ¿Puedo preguntarle si ese casamien¬to es idea suya o de David? Hasta
aquí, no creo que haya expresado ningún sentimiento fuerte de... de... ¿digamos
devoción?, por usted.
ALOYSIA.
- Hemos discutido todo eso.
SIR
ARTHUR. - ¿Satisfactoriamente?
ALOYSIA.
- Así lo creo. Le explicaré, Sir Arthur. Yo no soy como David. Soy una mujer
moderna que lee y piensa y sé mirar esas cosas en forma objetiva y cien¬tífica.
Usted sabe que una se encuentra con miles de personas y ellas no significan
nada para una sexualmente: una no las tocaría ni con una vara de sirga. Luego,
de pronto, elige a una de ellas y se siente sexual de pies a cabeza. Si no se
trata de un ser hermoso, una se siente avergonzada de sí misma y huye. Pero si
lo es, se dice. "Ese es mi hombre." Usted mismo habrá pa¬sado por esa
experiencia... ¿verdad?
SIR
ARTHUR. -Ya lo creo. Apenas vi a Lady Chavender, me dije: "Esa es mi
mujer."
ALOYSIA.
-Pues yo, cuando vi a David, tuve esa sensación. No cabe duda de que es un
muchacho guapo a pesar de su horrible lenguaje. Conque me dije...
SIR
ARTHUR. - "¿David es el hombre ideal para mí?
ALOYSIA.
-No. Me dije: "La evolución me sugiere que debo casarme con este
joven." Este sentimiento es la única guía que tengo para el apetito
evolucionista.
SIR
ARTHUR. - ¿¿Cómo??
ALOYSIA.
-El apetito evolucionista. Eso que quiere desarrollar la raza. Si me caso con
David, desarrolla¬remos la raza. Y eso es lo bueno que tiene el matrimo¬nio ...
¿verdad?
SIR
ARTHUR. - Mi querida Aloysia, el apetito evo¬lucionista podrá ser una guía para
desarrollar la raza: pero le importa un bledo la felicidad doméstica. He visto
nacer a niños notables de los matrimonios más horriblemente discordantes y
desdichados.
ALOYSIA.
- En eso tenemos que correr nuestro al¬bur, Sir Arthur. El matrimonio es una
lotería. Creo que yo podría hacer tan feliz a David como cualquiera en este...
SIR
ARTHUR. - En este perverso mundo. ¡Oh, sí! Bueno, no insistiré en eso.
ALOYSIA.
- Yo iba a decir "en la fase capitalista del desarrollo social". No
hablo como su abuela, perdóneme que se lo diga.
SIR
ARTHUR. - Supongo que no. ¿Le ha explicado ese enfoque evolucionista de la
situación a David?
ALOYSIA.
-Claro que sí. No lo trato como a un niño.
SIR
ARTHUR. - ¿Y qué le contestó él?
ALOYSIA.
-Me dijo que me fuera y... ¡Oh! En realidad, no puedo repetir lo que me dijo.
Pero ya ve cómo nos hemos familiarizado el uno con el otro. Me resulta
insoportable que esté tan alejado de mí. Habla como si ya estuviéramos casados.
SIR
ARTHUR. -Así es. Pero... ¿tiene David los
mismos
sentimientos por usted? ¿La ha elegido entre los miles de muchachas que le
inspiran indiferencia? Para usar la expresión empleada por usted... ¿siente lo
mismo de pies a cabeza en su presencia?
ALOYSIA.
- Lo siente cuando lo atrapo. Necesita que lo eduquen en esas cosas. Tengo que
despertarlo. Pero está progresando muy bien.
SIR
ARTHUR. -Bueno, si eso debe ser así, que así sea. No les negaré mi bendición.
Eso es todo lo que puedo decir. (Se levanta: ella hace lo mismo y se dis¬pone a
marcharse.) Le diré, Aloysia. La caduca socie¬dad en que me muevo se basa en la
inteligencia de que todos hablaremos y nos portaremos tal como se es¬pera de
nosotros. Somos impotentes cuando se viola esta inteligencia. No sabemos qué
decir o qué hacer. Bueno, usted ha violado eso temerariamente. Lo que ha dicho,
ha sido inesperado en el más alto grado posible...
ALOYSIA.
-Ha sido cierto.
SIR
ARTHUR. - Tal es el clima de lo inesperado exis¬tente en la buena sociedad. Por
eso, estoy perplejo. Al parecer, mi hijo no lo estaba. Sabe tratarla a usted:
yo, no. En realidad, debo sugerirle que se dirija a él para nuevos estudios e
informaciones.
(Se
disponen a estrecharse la mano cuando entra Lady Chavender por la puerta
disimulada.)
LADY
CHAVENDER. - ¿Todavía está aquí, señorita Brollikins? Creí que se había ido.
(Se acerca a la dere¬cha de Sir Arthur.)
SIR
ARTHUR. - Quiere casarse con David, querida.
LADY
CHAVENDER (tranquilamente). - Es muy na¬tural. Creo que si yo estuviera en la
situación de la seño¬rita Brollikins querría también casarme con David.
ALOYSIA.
- Conozco su punto de vista clasista, Lady
Chavender.
Usted considera que eso sería una gran pes¬ca para mí y un descenso para él.
LADY
CHAVENDER. - Ambos conocemos ese punto de vista, señorita Brollikins; pero es
usted quien lo ha mencionado, no yo. ¿Quiere sentarse? (Se sienta por su parte
en la silla más próxima.)
ALOYSIA
(murmura). - Me disponía a irme. (Vuel¬ve a sentarse. Sir Arthur hace otro
tanto.)
LADY
CHAVENDER. - Me atrevería a afirmar que un casamiento con usted podría ser muy
beneficioso para David. Usted parece tener todas las cualidades que le faltan a
él. Y mi hijo asegura, desde hace varios meses, que si se casa algún día se
casará con una obrera.
ALOYSIA.
- Pues yo he sido obrera. Empecé como maestra de escuela; pero cuando me
rebajaron el sueldo ingresé a una fábrica. Allí, organicé a las muchachas y me
convertí en secretaria de sindicato. Adondequiera iba me rebelaba porque no
podía estar tranquila. Pero soy proletaria hasta la última gota de sangre, si
es eso lo que quiere David.
LADY
CHAVENDER. - Nadie lo es en Inglaterra, se–orita Brollikins. Nosotros nunca
fuimos una casta no¬ble: nuestros hijos menores siempre fueron plebeyos.
SIR
ARTHUR. -- Sí, Aloysia: toda la sangre británica es azul.
ALOYSIA.
- Bueno, llámelo como quieran. Lo único que puedo decirles es que pertenezco a
la clase trabaja¬dora común y me enorgullezco de ello. Y es eso lo que quiere
David... ¿no es así?
LADY
CHAVENDER. -Lo que dije, fue que él quiere casarse con una obrera de fábrica.
Pero no sé cuál será su actitud cuando una obrera de fábrica quiera casarse con
él. ;Se le ha declarado usted?
SIR
ARTHUR. -Sí. David le dijo que se fuera al infierno.
LADY
CHAVENDER. - David tiene la costumbre de mandar a la gente al infierno cuando
siente demasiada pereza para que se le ocurra algo mejor que decir. La señorita
Brollikins es una muchacha resuelta y triunfa¬dora. David es un joven indeciso
y que no ha triunfado. Si ella ha resuelto casarse con él, es probable que lo
consiga. Tendrá que mantenerlo; pero me atrevo a creer que podrá hacerlo con la
misma facilidad con que se mantiene a sí misma.
ALOYSIA.
-Espero que trabajará para ganarse la vida.
LADY
CHAVENDER. -El matrimonio rara vez satis¬face nuestras esperanzas. Usted no
conoce aún a David.
ALOYSIA.
-Le encontraré un empleo y cuidaré de que lo desempeñe. Lo interesaré por él.
SIR
ARTHUR. - ¡Espléndido!
ALOYSIA
(desconcertada). -Pero no consigo com¬prenderlos a ustedes. No se han irritado
como yo lo esperaba. Pero... ¿están en mi favor o en contra de mí?
LADY
CHAVENDER. - Señorita Brollikins, lo siento; pero hay dos cosas por las cuales
no logro interesarme en lo más mínimo: los asuntos parlamentarios y los
amo¬rosos. Tanto los unos como los otros me aburren espan¬tosamente.
ALOYSIA
(a Sir Arthur). -Y usted... ¿no se inte¬resa por David?
SIR
ARTHUR. -David está en una edad en que los jóvenes deben liberarse de sus
padres. A esa edad, son muy sensibles y rechazan las intromisiones. Si yo me
in¬teresara por él, David lo consideraría tiranía paterna.
Por
eso, tengo especial cuidado de no interesarme en lo más mínimo por mi hijo.
ALOYSIA
(levantándose). - Bueno, a ustedes les cho¬ca que mi conversación sea
inesperada, pero forman la pareja más inesperada con la cual he tenido que
vérmelas. ¿Qué debo entender? ¿Harán juego limpio y dejarán que David siga su
propio camino?
SIR
ARTHUR (levantándose). -Hasta le permitire¬mos seguir el camino de usted si él
lo desea, Aloysia.
LADY
CHAVENDER (levantándose). - Puede dejarme
a mí
al margen del asunto, señorita Brollikins. Eso no es cosa mía, sino de mis
hijos. No soy su enemiga ni la de usted.
ALOYSIA
(perpleja). - Pero... ¿cree usted que debo casarme con él?
LADY
CHAVENDER.. Nadie debe casarse con nadie,
Aloysia.
Pero la gente se casa.
ALOYSIA.
- Bueno, gracias por haberme llamado Aloysia, de todos modos. Es, poco más o
menos, toda la satisfacción que he obtenido aquí.
(Se
dispone a irse cuando David irrumpe ruidosa¬mente por la puerta disimulada y se
acerca a la izquierda de Aloysia.)
DAVID.
- Díme, Aloysia. ¿Qué estás tramando aquí? Si crees que me conseguirás
convenciendo a mis padres, te equivocas de medio a medio. A ellos les importa
un rábano lo que hago con tal de que los deje tranquilos. Y yo, no quiero que
se entrometan en mi vida. ¿Me oyes? No quiero que se entrometan en mi vida.
ALOYSIA.
-Tus padres son demasiado buenos para ti, patán incivilizado. Me has perdido al
hablarme así en presencia de tu madre. Si yo fuera tu madre, te da¬ría unas
bofetadas para enseñarte buena educación.
DAVID
(aterrado y suplicante). - ¡Aloysia! (Trata de tomarla en sus brazos.)
ALOYSIA.
- Aparta tus sucias manos de mí. (Lo re¬chaza.) Esto se acabó, te digo, se
acabó. Adiós a to¬dos. (Sale impetuosamente por la puerta principal.)
DAVID
(lamentándose, a su madre, con vehemen¬cia). - Has destruido mi vida. (Sale en
pos de la mu¬chacha, gritando.) Aloysia, Aloysia, espera un momen¬to. (Con
angustiada vehemencia.) ¡Aloysia! (Sus gritos se esfuman a lo lejos.)
SIR
ARTHUR
(simultáneamente) David podía tener
LADY
CHAVENDER peor suerte.
LADY
CHAVENDER. - Perdón. ¿Qué dijiste?
SIR
ARTHUR. - Dije que podía tener peor suerte.
LADY
CHAVENDER. -Eso fue lo que dije. David
está
supereducado: ha sido criado tan bien que no sirve para nada; y no es lo
bastante fuerte físicamente. Nues¬tro linaje necesita una cruza con el arroyo o
la tierra una vez cada tres o cuatro generaciones. El tío Teodoro se casó con
su cocinera por principio: y su esposa fue mi tía favorita. La señorita
Brollikins suele ponerme la piel de gallina; pero no me aburre como me
aburriría una nuera que fuese una dama. Siempre me pregun¬taría qué dirá o hará
la señorita Brollikins. Si ella fuese una dama, yo lo sabría siempre por
anticipado. Estoy tan cansada de la gente bien educada y de la política de
partido y de las temporadas londinenses y de todas esas cosas...
SIR
ARTHUR. - A veces, creo que tú eres el único
revolucionario
auténtico con quien me he encontrado en mi vida.
LADY
CHAVENDER. - ¡Oh, muchos de nosotros somos así! Hemos nacido en la buena
sociedad y hemos termi¬nado con ella; no nos inspira ninguna ilusión, aunque no
hayamos nacido para nada mejor. La señorita Brollikins no me molesta en lo más
mínimo.
SIR
ARTHUR. - ¿Qué hay con Barking?
LADY
CHAVENDER. -Yo...
(Barking
entra por la puerta disimulada, alborozado. Pasa entre ambos cuando se levantan
y los palmea si¬multáneamente en los hombros. Ellos se sobresaltan con
violencia y lo miran con ultrajado asombro.)
BARKING.
- ¡Buenas noticias, amigos míos! Ya está arreglado el asunto con Flavia.
Podemos exhibir las amo¬nestaciones. ¡Hurra! (Se frota las manos con alegría.)
SIR
ARTHUR. - ¿Me permite preguntarle cómo la ha enloquecido suficientemente para
casarse con un po¬bretón?
BARKING.
- ¡Oh, eso ha sido una ilusión de adoles¬cente! Flavia vislumbró hoy, en el
mitin de los desocu¬pados, qué son en realidad los pobres. Fueron muy ama¬bles
con ella. Eso dio resultado. Lo que le gustaba antes a Flavia eran sus modales
toscos, su violencia, su bru¬talidad, su sucio lenguaje, su manera salvaje de
tratar a sus mujeres. Ese era su ideal de un marido encan¬tador. Hoy, descubrió
que el obrero no lo realiza. Yo soy el verdadero varón para ella. Le dije los
epítetos más sucios hasta que cedió. Es una monada. Seremos muy felices. Mi
deliciosa suegra. (Besa a Lady Chavender, quien está demasiado sorprendida para
resistirse o hablar.) Alégrese, Chavender. (Le da una palmada en el hombro.) Me
voy a comprarle a Flavia un montón de regalos. (Se lanza a través de la puerta
principal.)
SIR
ARTHUR.- Conque así son las cosas.
LADY
CHAVENDER. - ¡Qué bestia! ¿Cómo se ha atre¬vido a besarme? (Se frota el sitio
en que ha sido besada con su pañuelo.)
SIR
ARTHUR. -Je das cuenta de que, por fin, los dos estamos en libertad? En
libertad, queridísima. ¡Ima¬gínate! Ya estamos libres de nuestros hijos. No
tene¬mos por qué seguir viviendo en una casa grande y po¬demos pasar el resto
de nuestra vida como se nos antoje. Un chalet cerca de un buen link de golf
parece lo más indicado. ¿Qué te gustaría más?
LADY
CHAVENDER. - Pero... ¿y tu carrera política? ¿Vas a abandonarla, realmente?
SIR
ARTHUR. - Mi carrera me ha abandonado a mí, querida. ¿No estás contenta?
LADY
CHAVENDER. - Arthur: esto me resulta inso¬portable.
SIR
ARTHUR. - ¿Esto? ¿Qué?
LADY
CHAVENDER. - El verte desalentado. Hasta ahora, nunca has estado desalentado:
siempre te vi tan exuberante... Si esto sólo te quitará tu valor y tus bríos y
tu confianza en ti mismo, te ruego que vuelvas a tu antiguo tipo de vida.
Prefiero soportar cualquier cosa a verte desdichado. Esa clase de desdicha
mata; y si te mueres, también yo me moriré. (Se desploma sobre una silla y
oculta su rostro sobre la mesa.)
SIR
ARTHUR. - No te agites, querida: yo no soy des¬dichado. Disfruto de la inmensa
libertad de haberme descubierto a mí mismo. Eso, parece desesperación: pero es,
en realidad, el comienzo de la esperanza y el fin de la hipocresía. ¿Crees que
yo no sabía, en los días de mis grandes discursos y mi ruidosa popularidad, que
sólo blanqueaba los barrios bajos? Lo hice muy bien (no me importa que alguien
me lo oiga decir), y causa siempre cierta satisfacción artística realizar muy
bien una cosa, sea hacer triunfar un proyecto de ley importante en la Cámara de
los Comunes o entusiasmar a los concurrentes a un gran mitin o ganar un
campeo¬nato de golf. Todo era muy alegre; y todavía me enor-gullezco un poco de
ello. Pero aunque no estuvieras aquí para recordármelo con tu presencia, yo
sabía sin poderlo remediar, tan bien como cualquiera de esos malditos
socialistas, que aunque el West End de Londres estaba atestado de dinero y de
gente amable que se llamaba entre sí por su nombre de pila, la vida de los
millo¬nes de personas cuyo trabajo mantenía en marcha todo ese espectáculo no
valía la pena de ser vivida. Yo lo sabía perfectamente; pero pude olvidarlo
porque me parecía algo irremediable y yo hacía lo mejor que se podía hacer.
Ahora, sé más lo que hago: sé que eso tiene remedio y cómo se le puede poner
remedio. Y antes que volver a la vieja labor de blanqueo, prefiero agarrarte
con fuerza de la cintura y tirarme al río con¬tigo.
LADY
CHAVENDER (levantándose). -Entonces... ¿por qué, querido, no...?
SIR
ARTHUR. - ¿Por qué no encabezo la rebelión contra todo eso? Porque no soy el
hombre indicado para esa tarea, querida; y nadie lo sabe mejor que tú. Y odiaré
al hombre que la ejecute por su crueldad y por la desolación que nos causará a
nosotros y a nuestros iguales.
(Gritos
que parecen ser los de una multitud excitada que entra impetuosamente a esa
calle y ruido de vidrios rotos y silbatos policiales.)
LADY
CHAVENDER. - ¿Qué es eso?
(Hilda
acude de su oficina y corre hacia la ventana.)
LADY
CHAVENDER (acercándosele). - ¿Qué sucede?
HILDA.
- Los desocupados han entrado en Downing Street y están rompiendo las ventanas
de la Oficina Co¬lonial. Creen que aquí sólo hay residencias privadas.
SIR
ARTHUR (va a ver). - Sí. ¡Esos pobres diablos siempre rompen ventanas que no
son las que se pro¬ponían!
HILDA.
- La gente huye. Y no puede salir: está en un callejón ciego. ¡Oh! ¿Por qué no
se resistirán esos cobardes?
LADY
CHAVENDER. - En realidad, creo que no hui¬rán. ¿En que está pensando, Hilda?
SIR
ARTHUR. -Los hombres son así, Hilda. Siem¬pre huyen cuando no tienen disciplina
ni caudillo.
HILDA.
- Bueno, pero... ¿no puede dejarles huir la policía sin romperles la cabeza?
Oh, miren: ese po¬licía acaba de asestarle un cachiporrazo a un viejo.
SIR
ARTHUR. - Apártese: ese espectáculo no es agra¬dable. (La aparta y se ubica
entre ella y la ventana.)
HILDA.
- Todo eso está bien cuando uno lo lee en los periódicos; pero cuando lo ve le
dan ganas de tirarle piedras a la policía.
(Cantos
desafiantes por encima del tumulto.)
LADY
CHAVENDER (mirando afuera). - Alguien ha abierto la puerta lateral y los está
dejando entrar al Paseo de los Guardias de Caballería. Tratan de cantar.
SIR
ARTHUR. - ¿Qué cantan? ¿La Bandera Roja?
LADY
CHAVENDER. - No. No conozco la melodía. Percibí las dos primeras palabras:
"¡Despiértate, Ingla¬terra!"
HILDA
(de pronto histérica). - ¡Oh, Dios mío! ¡Saldré a unirme con ellos! (Sale
corriendo por la puerta principal.)
LADY
CHAVENDER. - ¡Hilda! ¡Hilda!
SIR
ARTHUR. -No te preocupes, querida: toda la policía la conoce: no le harán daño.
Volverá a la hora del té. Pero lo que ella siente ahora pueden sentirlo mañana
otros jóvenes. ¡E imagínate, simplemente... !
LADY
CHAVENDER. - ¿Qué?
SIR
ARTHUR. - ¡Imagínate que Inglaterra se desper¬tara, realmente!
(Pero
la Inglaterra desocupada sólo puede seguir can¬tando, lo mejor posible, con un
acompañamiento de per¬cusión de golpes de batuta, los versos de Edward
Carpenter.)
¡Despiértate,
Inglaterra!
La
larguísima noche ha terminado,
contempla
la aurora que aparece en el oriente.
Despierta
de tu infortunado sueño de afán y dolor,
despierta,
oh Inglaterra, ya ha llegado el día,
oye
cómo llega de tus campos y colinas la respuesta,
cada
vez más sonora,
¡Despiértate,
Inglaterra, porque el día ha llegado!
TELÓN

