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Libro N° 6024. En La Ruina. Comedia Política. Shaw, Bernard.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6024. En La Ruina. Comedia Política. Shaw, Bernard. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © En La Ruina. Comedia Política. Bernard Shaw 1933

 

Versión Original: © En La Ruina. Comedia Política. Bernard Shaw

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EN LA RUINA

Comedia Política

Bernard Shaw

1933

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

EL EXTERMINIO

 

En esta comedia, un jefe de policía alude a la nece¬sidad política de matar gente: una necesidad tan afligente para los estadistas y tan terrorífica para los simples ciudadanos que nadie salvo yo (que yo sepa) se ha arries¬gado a examinar esto directamente en sí mismo, aunque todo gobierno se siente obligado a ponerlo en práctica en una escala que varía desde la ejecución de un ase¬sino aislado hasta la masacre de millones de personas totalmente inocentes. Aunque aceptamos estos procedi¬mientos y aun los aplaudimos y celebramos, nosotros mismos no nos atrevemos a decir qué hacemos o por qué lo hacemos; y por eso llamamos a esto justicia o pena capital o nuestro deber para con el rey y la patria o le damos cualquier otro blanqueo verbal adecuado para algo de que huimos instintivamente como de un tra¬bajo sucio. Esas evasiones infantiles son repulsivas. De-bemos quitar el blanqueo y descubrir qué hay en realidad debajo de él. El exterminio debe ser planteado sobre una base científica si se lo quiere realizar en forma hu¬manitaria y justificada, así como concienzuda.

 

 

 

 

 

 

EL ASESINATO COMO FUNCIÓN POLÍTICA

 

Toda persona reflexiva comprenderá que el asesinato es una necesidad indiscutible. A menos que mate a los conejos y los ciervos y las ratas y los zorros, o que "los tenga a raya", como solemos decir, la humanidad habrá de perecer; y el sector de la humanidad que vive en el campo y está trabado en lucha directa y personal con la naturaleza para ganarse la vida no tiene dudas sen¬timentales y comprende que hay que matarlos. En cuan-to a los tigres y a las víboras venenosas, su incompati¬bilidad con la civilización no se discute. Esto no excusa el uso de crueles trampas de acero, venenos torturantes o manadas de sabuesos como métodos de exterminio. El asesinato puede realizarse cruelmente o bondadosamente; y la elección deliberada de métodos crueles y su orga-nización como placeres populares, es un pecado; pero el pecado radica en la crueldad y en el goce que propor¬ciona ésta, no en el asesinato.

 

EL CARÁCTER SAGRADO DE LA VIDA HUMANA

 

En el derecho, trazamos una línea divisoria entre el asesinato de los animales humanos y el de los no hu¬manos, separando a éstos con el nombre de bestias. Ello se basa en una creencia general de que los seres huma¬nos tienen almas inmortales y las bestias no. En la ac¬tualidad, hay cada vez más gente que se niega a hacer este distingo. Puede creer en La Vida Eterna y en La Vida Futura; pero no distingue entre el Hombre y la Bes¬tia, porque algunos creen que las bestias tienen alma, mientras que otros se niegan a creer que las materia¬ lizaciones físicas y encarnaciones de La Vida Eterna son eternas en sí mismas. En ambos casos, la distinción mís¬tica entre el Hombre y la Bestia desaparece; y el alegato del asesino de que, aunque a un conejo hay que matarlo por ser dañino, a él hay que perdonarle la vida porque tiene un alma inmortal y un conejo no la tiene, es tan irremediablemente anticuado como un duelista que alega su carácter clerical. Cuando aparece la necesidad de ma¬tar a un peligroso ser humano, como sucede aún actual¬mente, el único distingo que hacemos entre un hombre y un conejo caído en una trampa es que le proporcio¬namos delicadamente al hombre un sacerdote para que le explique que no lo matamos, sino que sólo apresu¬ramos su traslado a una eternidad de bienaventuranza.

La necesidad política de matarlo es análoga a la de matar la cobra o el tigre: es tan feroz o inescrupuloso que si sus vecinos no lo matan él matará o destruirá a sus vecinos: por lo tanto, sólo resta incapacitarlo de una vez por todas liquidándolo o consumir las vidas de gente útil e inofensiva cuidando de que no cometa fechorías y enjaulándolo cruelmente como a un león de circo.

Aquí, alguien exclamará sin duda que existe la alter¬nativa de enseñarle buenos modales: pero no me refiero a esos casos: la verdadera necesidad sólo surge cuando se trata con gente indomable, constitucionalmente in¬capaz de reprimir sus impulsos de violencia o adquisi¬tivos y que no tiene reparo en sacrificar a los demás para su propia conveniencia inmediata. Castigar a perso¬nas semejantes resulta ridículo: sería igualmente razo¬nable castigar a una teja por haberse caído del techo durante una tormenta y haber golpeado en la cabeza a un sacerdote. Pero matarlos es muy razonable y ne¬cesario.

 

EL EXTERMINIO ACTUAL

 

Todo esto no pasa de ser simple criminología ele¬mental, de la cual he tratado ya en forma muy com¬pleta en mi Ensayó sobre las Cárceles, que les reco¬miendo a los lectores que se sientan impelidos a divagar en este momento sobre la Disuasión, tan amada por nuestros directores de cárceles y jueces. Esa creencia aca¬ba con el dogma del carácter incondicionalmente sagrado de la vida humana ó cualquier otra encarnación de la vida, pero sólo abarca un rincón del campó abierto por las fuerzas de exterminio modernas. En Alemania, se insinúa que la raza nórdica debería exterminar a la lati¬na. Como ambos troncos lingüísticos están entretejidos sin remedió a esta altura, no resulta practicable una eru¬dición barata etnológica; pero su análisis hace familiar esa idea y despeja el caminó para las insinuaciones prac¬ticables. No sólo se ha abogado por el exterminio de razas y clases íntegras, sino que también se lo ha intenta¬do. La extirpación de los judíos como tales figuró duran¬te unos breve r momentos de demencia en el programa del partido nazi en-Alemania. El exterminio del campesino se desarrolla activamente en Rusia, dónde la aniquila¬ción de las clases de damas y caballeros de recursos seu¬do independientes se ha logrado ya; y una tentativa de exterminar a la vieja clase conservadora de los profesio-nales y de la de los kulaks ó agricultores acomodados sólo ha sido contenida por el descubrimiento de que no se puede prescindir aún de ellos. Fuera de Rusia, se aboga ampliamente por el exterminio de los comunistas; y en el imperio británico y en Estados Unidos, existe un movimiento para exterminar a los fascistas. En la India, el impulsó de los musulmanes y los indios de exterminarse mutuamente se ve complicado por el im¬pulsó del imperio británico de exterminar a ambos cuan¬do resultan nacionalistas militantes.

 

LAS TENTATIVAS ANTERIORES NO DAN EN EL BLANCO

 

La novedad y el significado de esos ejemplos con¬siste en la condición equivalente de las partes. El ex¬terminio de lo que los exterminadores llaman razas inferiores es tan viejo como el mundo. "El muerto a pedradas no tiene prójimo", dijo Cromwell cuando tra¬tó de exterminar a los irlandeses. El único negro bueno es el negro muerto" dicen los norteamericanos del tipo Ku-Klux. "¿Odia un hombre algo que no mataría?", dijo con ingenuidad Shylock. Pero los blancos, como nos llamamos absurdamente a nosotros mismos a pesar del testimonio de nuestros espejos, consideramos espe¬cies inferiores a toda la gente de un color distinto. Las damas y los caballeros identifican a los obreros rebeldes con las sabandijas. Los dominicos, cancerberos de Dios, consideraban a los albigenses los enemigos de Dios, así como Torquemada consideraba a los judíos los asesinos de Dios. Todo esto es historia antigua: lo que enfren¬tamos ahora es una creciente comprensión de que si deseamos cierto tipo de civilización y de cultura, debe¬mos exterminar a la gente que no encaja en ella. Existe una diferencia entre el fusilamiento a la vista de los aborígenes en los suburbios australianos y las masacres de los aristócratas en el terror que siguió a los ataques extranjeros contra la revolución francesa. El pistolero australiano mata a los aborígenes para satisfacer su antipatía personal al negro de cabello largo. Pero en la República Francesa nadie sintió lo mismo por Lavoisier, ni ningún nazi alemán pudo sentir lo mismo con respecto a Einstein. Sin embargo, Lavoisier fue guillotinado; y Einstein tuvo que huir de Alemania para no perder la vida. Era estúpido decir que a la República no le ha¬cían falta los químicos; y ningún nazi embruteció a su partido hasta el extremo de decir que el nuevo estado fascista nacionalsocialista alemán no necesitaba a físicos¬matemáticos. La idea es que los aristócratas (la clase de Lavoisier) y los judíos (la raza de Einstein) no son dignos de disfrutar del privilegio de vivir en una so¬ciedad moderna fundada sobre definidos principios de bienestar social, netamente diferenciada de los antiguos conglomerados promiscuos toscamente acaudillados por jefes que no tenían la menor idea sobre la crítica social, ni tiempo para inventarla.

 

LA CABEZA DEL REY CARLOS

 

Por lo demás, fue la revolución inglesa la que in¬trodujo la idea del Enemigo del Pueblo u Hombre de Sangre y mató al rey, como una afirmación de que ni siquiera los reyes deben sobrevivir si son Enemigos del Pueblo. Esto fue algo mucho más avanzado que la eje-cución en el siglo siguiente de Luis XV [sic] como traidor vulgar o la del zar en nuestros tiempos para im¬pedir que lo capturase el contingente checoslovaco y lo usara como bandera para agrupar a la reacción realista. Carlos afirmaba tener un derecho divino de gobernar contra el Parlamento y no estaba dispuesto a discutir el asunto. El Parlamento le negó ese derecho y le opuso el derecho divino de gobernar de los vencedores electo¬ rales. Se libró la lucha; y los ganadores de la elección, victoriosos, exterminaron lógicamente al rey. Al descu¬brir aquéllos que su autoridad requería aún un disfraz regio, hicieron un duro pacto con el hijo del rey por la corona y después de haber echado al rey siguiente que lo violó, concertaron otro, más duro aun, con su nieto ho¬landés, antes que permitir que el título de rey, que había perdido las nueve décimas partes de su significación, fue¬se usado de nuevo por razones de comodidad en Ingla¬terra. Nadie tenía nada que decir contra el carácter de Carlos como particular. Sólo fue eliminado por incompa¬tibilidad política, o "liquidado", como decimos ahora. En esa transacción hubo algo de realmente novedoso. La Iglesia, durante siglos, había obligado al Estado secular a liquidar a los herejes; y la masacre de rebeldes que trataron de sustituir a una dinastía por otra o de obte¬ner el trono para sí era una rutina usual. Pero Carlos no era un hereje ni un rebelde. Afirmaba un derecho divino a gobernar sin ganar elecciones; y como ese de¬recho no podía coexistir con la supremacía de una pluto¬cracia mucho más rica y poderosa, perdió la cabeza.

Carlos sólo fue la primera víctima. Después de Culloden, a los jefes montañeses derrotados y a sus parientes los mataron como a ovejas en el campo. Si hubiesen sido simples prisioneros de guerra, esto habría significado un crimen. Pero como eran también incompatibles con la civilización británica, esto apenas fue una liquidación.

 

EL DERECHO A EXTERMINAR QUE CONCEDE LA PROPIEDAD PRIVADA

 

Después de haber eliminado el derecho divino de los reyes, los liquidadores políticos se ocuparon poco a poco de su derivado, el derecho divino de los terratenientes,que se disfrazara gradualmente de propiedad privada de la tierra. Porque cuando una parcela se convierte en bien privado de un individuo cuya subsistencia depende de ella, la relación entre él y los habitantes de esa par¬cela se trueca en económica; y si se vuelven económi-camente superfluos o manirrotos, debe exterminárselos. Esto sucede a cada momento dondequiera existe la pro¬piedad privada de la tierra. Si poseo tierra y me resulta lucrativo cultivar trigo en ella, necesito muchos obreros agrícolas que me permitan hacerlo; y por lo tanto, tole¬ro su existencia. Si luego descubro que resulta más lu¬crativo cubrir mi tierra de ovejas y vender su lana, tengo que tolerar la existencia de las ovejas; pero ya no nece-sito soportar a los obreros; por lo tanto, los expulso de mis tierras, que es mi método legal de exterminio, con¬servando solamente a unos pocos como pastores. Más tarde, descubro que me beneficia más poblar mi parcela de ciervos salvajes y percibir dinero de los caballeros y damas que se divierten disparando contra ellos. En¬tonces, extermino a mis pastores y sólo conservo a algunos guardabosques. Pero puedo ganar mucho más de-jándoles mi tierra a unos industriales para que construyan fábricas. Estos exterminan a las ovejas y a los ciervos; pero necesitan un número mucho mayor de hombres que el que necesitaba yo cuando cultivaba trigo. Los despedidos abarrotan las fábricas y se multiplican como conejos; y, por el momento, la población crece en vez de disminuir. Pero pronto aparecen las máquinas y ha¬cen económicamente superfluos a millones de proletarios. Por lo tanto, el dueño de la fábrica los despide, lo cual es su método legal de exterminio. Durante esos sucesos los exterminados, o, como los llamamos, los desahucia-dos y expulsados, tratan de no morirse de hambre en parte emigrando, pero más que nada ofreciéndose para toda clase de empleos como soldados, criados, prostitu¬tas, oficiales de policía, basureros y engranajes de la enorme maquinaria de diversiones y protección de las ociosas clases ricas creada por el sistema de la propie¬dad privada. Organizándose en sindicatos y en partidos laboristas municipales y parlamentarios y cosas pareci¬das y manteniendo una suerte de incesante guerra civil consistente en huelgas y disturbios, les arrancan a los propietarios lo suficiente para disminuir el porcentaje del exterminio (indicado por el cálculo presunto de vida de los actuarios para los que no poseen propiedades) por períodos calificados de graduales, hasta que los pro¬pietarios, librando guerras suicidas, se ven forzados a intensificar sus economías y el ritmo del exterminio vuel¬ve a aumentar.

 

DISFRACES BAJO LOS CUALES FUNCIONA EL

EXTERMINIO PRIVADO

 

Nótese que, mientras sucede todo esto, los informes del Archivero general no nos indican las defunciones de los exterminados como tales, porque éstos no se mue¬ren de hambre como los viajeros en el desierto. Su muerte por hambre es más o menos prolongada; y cuan¬do sobreviene la catástrofe final, está disfrazada bajo un imponente despliegue de nombre que le dan los médi¬cos para llamar a la agonía. Las víctimas mueren más que nada en el primer año y luego a todas las edades, menos aquella en que muere la gente debidamente ali¬mentada. A veces llegan, famélicos, a una edad en que la gente de bolsillos bien provistos come tanto que muere ahíta. En cualquiera de estas formas y en todas ellas, el exterminio es una característica real y permanente de la civilización de la propiedad privada, aunque nunca se la menciona como tal, y a las damas y caballeros se les educa cuidadosamente para que no tengan concien¬cia de su existencia y digan tonterías sobre sus hechos cuando son harto evidentes o se vuelven demasiado es-candalosos para que se los pase por alto, cuando abogan a menudo por la emigración o el control de la natali¬dad o la guerra como remedios. Y contra los hechos existe una rebelión humanitaria crónica que se expresa subterráneamente o en la superficie de la tierra con mo¬vimientos revolucionarios, haciendo muy inestables nues¬tras constituciones políticas e imponiéndoles una mala fe habitual a los estadistas conservadores.

 

LOS PODERES PRIVADOS DE VIDA Y MUERTE

 

El más importante de todos esos hechos es que los propietarios privados tienen poderes irresponsables de vida y muerte en el Estado. Esos poderes pueden ser tolerados mientras el gobierno es, en realidad, un comi¬té de propietarios privados; pero si lo amplía o susti-tuye otro que obra en interés de todo el pueblo, ese gobierno no permitirá que ninguna clase privada tenga a su merced las vidas de los ciudadanos y se convierta así en sus auténticos señores. Un gobierno popular, antes de comprender plenamente la situación, empieza por lo general tratando de redistribuir la propiedad en tal for¬ma que convierte a cada uno en un pequeño propietario, como en la revolución francesa. Pero cuando la imposi¬bilidad de hacer esto (salvo en el caso especial de la parcela agrícola) resulta evidente y el asunto es sondeado a fondo por filósofos políticos sin propiedades como Proudhon y Marx, la propiedad privada se ve tarde o temprano excomulgada y abolida; y lo que se llamaba "propiedad real' es reemplazado por la propiedad per¬sonal ordinaria y la propiedad común administrada por el Estado.

Todos los movimientos progresistas y revolucionarios modernos son, en el fondo, ataques contra la propiedad privada. Un ministro de Hacienda que se disculpa por un aumento de la sobretasa, un dictador fascista que organiza un estado corporativo, un comisario soviético que expulsa a un kulak y agrega sus acres a una gran¬ja colectiva, disputan una misma carrera, aunque todos ellos, salvo el comisario, se muestren muy reacios a ga-narla. Porque a la larga, el poder de exterminar es harto grave para que se lo deje en manos que no sean las de un gobierno comunista acabadamente responsable ante toda la comunidad. El terrateniente, con su orden judi¬cial de desahucio, y el patrón, con su despido, deben seguir finalmente el mismo camino del noble con su espada y su inmunidad clerical y el de Hannibal Chollop con su cuchillo de monte y su pistola.

Supongamos, pues, que la propiedad privada, muti¬lada ya por la legislación de fábricas, la sobretasa y una abundante persecución de menor cuantía en Inglaterra, y tolerada sólo en Rusia provisionalmente como una deshonrosa necesidad hasta su total extirpación, es des¬echada finalmente por las comunidades civilizadas, y el deber de mantenerla a toda costa es sustituido por el de dar vigencia al dogma de que toda persona de cuerpo y mente y alma capaces tiene absoluto derecho a una parte igual en el dividendo nacional. ¿Desaparecerá en¬tonces la costumbre del exterminio? Sugiero que, por el contrario, podría perdurar en forma mucho más abierta, inteligente y científica que hasta ahora, porque la rebe¬lión humanitaria contra ella se trocaría probablemente en un apoyo humanitario a la misma; y se pondría tér¬mino a la hipocresía, el alegato venal especial y la ocul¬tación o desconocimiento de los hechos que nos imponen actualmente porque se permite y practica el exterminio en beneficio de un puñado de particulares contra los intereses de la raza. La vieja doctrina del carácter sa¬grado de la vida humana, que en nuestros manicomios de Darenth y otras partes nos obliga aún por el terror a derrochar las vidas de gente capaz en la protección de las vidas de los monstruos, fue un tosco recurso para iniciar la civilización. Hoy, la descartamos al tratar con los asesinos, los herejes, los traidores y (en Escocia) con los que arrojan vitriolo, a quienes se puede matar legalmente. Un evadido del presidio puede ser muerto a tiros también por un guardián para ahorrar la moles¬tia de perseguirlo y recapturarlo; y aunque el evadido no está condenado a muerte y se trata por lo tanto de un asesinato deliberado, los médicos forenses insisten en considerarlo un episodio inofensivo y necesario de la ru¬tina carcelaria.

Por desgracia, todo ese asunto es complicado por nues¬tro anticristiano vicio del castigo, la expiación, el sacri¬ficio y todas las supersticiones tribales afines que nos inculcan en nuestra niñez bárbaros exegetas de las Escri¬turas, padres irascibles o sádicos y un repulsivo código penal. Hasta cuando los horrores de la anarquía nos .obligan a establecer leyes que nos prohiben pelearnos y torturarnos mutuamente por mero deporte, nos aferramos a cualquier excusa para declarar a los individuos fuera de la protección legal y torturarlos a nuestro paladar.

 

LAS EXCUSAS DE LA CRUELDAD

 

Ha habido cumbres de la civilización en que herejes como Sócrates, a quien mataron por ser más sabio que sus prójimos, no fueron torturados, sino que se ordenó matarlos en la forma más indolora que conocían sus jue¬ces. Pero de esa cumbre se volvió a caer rápidamente en nuestra barbarie actual. En el caso de Wallace, a quien los escoceses adoraban como a un patriota y a quien los ingleses ejecutaron como a un traidor, el método más cruel e impúdico de matar que podría concebir la imaginación humana, en su grado más vil, fue inven¬tado especialmente para castigarlo por ser traidor (o "enseñarle a ser un escuerzo"); y esa sentencia, aunque no su ejecución, la recuerdan personas vivas aún. Juan de Leyden, por ser comunista, fue torturado tan espan¬tosamente antes de ser colgado en una jaula sobre el campanario de la iglesia para que muriera de hambre a la vista de todos los ciudadanos y de sus hijitos que el obispo que se vio obligado a presenciarlo oficialmente murió de horror. Juana de Arco, por haber usado ropas varoniles y por ser protestante y bruja, fue quemada viva, después de haberse salvado a duras penas de la propo¬sición de que la torturasen. La gente que vio cómo la quemaban estaba muy habituada a esos espectáculos y los consideraba pasatiempos festivos. El sexo de una mujer servía de pretexto para quemarla en vez de ahor¬carla más misericordiosamente. Los delincuentes del sexo masculino eran destrozados sobre la rueda, es decir gol¬peados hasta matarlos con barras de hierro, muy entrado ya el siglo XIX. Esto constituía un espectáculo público; y la prolongación del sufrimiento de la víctima era estudiado y preparado con tanto refinamiento que Cartouche, uno de los reyes de la truhanería, fue sobornado para que traicionara a sus cómplices con la promesa de que lo matarían con el sexto golpe de barra. La rueda y la hoguera han desaparecido en estos últimos tiempos; pero la sádica manía de azotar parece indesarraigable; porque después de una tentativa coronada parcialmente por el éxito de suprimirla en la era victoriana, ha resu¬citado con redoblada ferocidad; hace muy poco tiempo, aún, a un criminal se lo condenaba a azotes y a diez años de presidio; y aunque la víctima eludía el castigo y pregonaba de una manera sensacional su barbarie sui¬cidándose, nadie protestaba, aunque treinta años antes se habría levantado contra ello una enérgica gritería, provocada por la vieja Liga Humanitaria y expresada en el parlamento por los nacionalistas irlandeses. Por desgracia, lo primero que hicieron los irlandeses al dis¬frutar por fin de la autonomía fue liberarse de esos nacionalistas sentimentales e incluir los azotes en su có¬digo en una serie de Leyes de Coerción que habrían horrorizado al Castillo de Dublín. En un estado realmen¬te civilizado, los azotes cesarían porque sería imposible inducir a un ciudadano decente a azotar a otro. Entre nosotros, un funcionario enteramente respetable lo haría por media corona y probablemente esa tarea le propor-cionaría placer.

 

EL CASO MEMORABLE DE JESUCRISTO

 

Me desagrada la crueldad, hasta cuando se ejercita sobre los demás y por eso me gusta ver exterminada a toda la gente cruel. Pero me sobresalta de horror una proposición de castigarla. Permítaseme mi actitud con un ejemplo célebre, en realidad demasiado célebre, de la concepción popular del derecho penal, como medio de entregar víctimas a la avidez popular normal de cruel¬dad que ha atemperado el freno impuesto por la civi-lización. Tomemos el caso del exterminio de Jesucristo. No cabe duda de que hubo serios motivos para ello. Desde el punto de vista del Sumo Sacerdote, Jesús era un hereje y un impostor; desde el punto de vista de los mercaderes, un perturbador y un comunista; desde el punto de vista imperialista de los romanos, un traidor; desde el punto de vista del sentido común, un loco peli¬groso; desde el punto de vista de los aristócratas, siempre muy influyente, un vagabundo sin un centavo; desde el punto de vista de la policía, un obstructor de bocacalles, un mendigo, un amigo de las prostitutas, un panegirista de los pecadores y un despreciador de los jueces; y sus camaradas cotidianos eran unos vagabundos a quienes él indujera al vagabundaje, haciéndoles abandonar sus oficios usuales. Desde el punto de vista de los piadosos, Jesús era un violador del sábado, un negador de la efi¬cacia de la circuncisión y el abogado de un extraño rito bautismal, un glotón y un bebedor. Los médicos lo de¬testaban por ser un curandero sin título que curaba a la gente con charlatanismo y no les cobraba nada por el tratamiento. Jesús no era un Anticristo: nadie había oído hablar entonces de semejante poder de las tinie¬blas; pero era un asombroso anti-Moisés. Se oponía a los sacerdotes, a los jueces, a los militares, a la ciudad (declaraba que un rico no podría entrar en el reino de los cielos), a todos los intereses, clases, principados y po¬deres, invitando a todos a abandonarlos y a seguirlo. De acuerdo con todos los argumentos, legales, políticos y religiosos, impuestos por la costumbre y la cortesía, era el enemigo más completo de la sociedad de su tiem¬po que jamás se hubiese llevado al banquillo de los acusados. Era culpable en todos los aspectos de la acu¬sación y en muchos otros sentidos que sus acusadores no tenían suficiente ingenio para configurar. Si él era inocente, el mundo entero era culpable. Absolverlo, im-plicaba repudiar a la civilización y todas sus instituciones. La historia ha apoyado esta posición contra él: porque ningún estado se formó jamás sobre sus principios o permitió vivir de acuerdo con sus preceptos: los estados que adoptaron su nombre lo usaron como un mote que les permitiera perseguir en forma más plausible a los adeptos de Jesús.

No resulta sorprendente el que, en esas circunstancias y en ausencia de toda defensa, la comunidad de Jeru¬salén y el gobierno romano decidieran exterminar a Je¬sús. Tenían tanto derecho a hacerlo como a exterminar a los dos ladrones que perecieron con él. Pero no había derecho ni razón para torturarlos. Jesús tenía derecho a la muerte sin dolor de Sócrates. Podemos suponer cari¬tativamente que si la muerte de Jesús hubiese podido ser concertada en forma privada entre Pilatos y Caifás, Jesús habría sido eliminado de una manera tan rápida y repentina como San Juan Bautista. Pero la multitud necesitaba la horrible alegría de ver crucificado a al¬guien: un método de ejecución de abominable crueldad. Pilatos sólo empeoró las cosas tratando de apaciguarlos con una azotaina a Jesús. Los soldados tuvieron también su poco de diversión al coronarlo de espinas y cuando lo golpearon, lo desafiaron irónicamente a adivinar cuál de ellos había asestado el golpe.

 

LA CRISTIANDAD

 

Todo esto era la crueldad por la crueldad, por el pla¬cer de ser cruel. Y la diversión no se detenía ahí. La atracción de esas atrocidades era y es tanta que el espec¬táculo que brindaban se reprodujo en cuadros y figuras de cera y se exhibió en las iglesias desde entonces como una ayuda a la piedad. El principal de los instrumentos de tortura es el tema de una Adoración especial. Pe¬queños modelos del mismo en oro y marfil se usan como ornamentos personales; y grandes reproducciones en ma¬dera y mármol son colocadas en lugares sagrados y sobre las tumbas. Contrastando con el caso de Sócrates, uno se ve forzado a llegar a la conclusión de que si Jesús hu¬biese sido exterminado en forma humanitaria, su recuer¬do habría perdido el noventa y cinco por ciento de su atracción para la posteridad. Los que eran especialmente susceptibles a su morbosa atracción no se daban por sa¬tisfechos con cruces simbólicas que no le causaban daño a nadie. Pronto se ocuparon de "autos de fe", que con¬sistían en grandes espectáculos públicos en que quema¬ban vivos a judíos o protestantes o católicos y a cuales¬quiera otros que podían ser atrapados en un punto doctrinario. La crueldad es tan contagiosa que la propia compasión que suscita se ve incitada a vengarse con crueldades más infames aun.

La tragedia de esto -o, si se quiere, su comedia¬es que la claridad de visión de Jesús sobre este punto fue lo que lo elevó tanto por encima de sus persegui¬dores. Enseñó que dos negros no hacen un blanco; que no se debe replicar a un mal con otro mal peor, sino con un bien; que la venganza y el castigo sólo duplican el mal; que debemos concebir a Dios, no como un ti¬rano irascible y vengativo, sino como un padre afectuoso. Sin duda, esta enseñanza inspiró muchas amabilidades privadas; pero políticamente no obtuvo más atención que la que le dispensó Pilatos. Para todos los gobiernos ello ha seguido siendo paradojal e impracticable. Un reco¬nocimiento típico de esto fue colgar la cruz sobre el asiento del juez que condenaba a los malhechores a ser destrozados sobre la rueda.

 

EL CRISTIANISMO Y EL SÉPTIMO MANDAMIENTO

 

Ahora bien: no basta con satirizar esto. Debemos exa¬minar por qué ha ocurrido. No basta con asegurar que a los malhechores se les debe pagar en su propia mo¬neda, tratándolos con la misma crueldad con que han tratado a los demás. Nos resta aún impedir las fecho-rías que cometen. ¿Qué se puede hacer con ellos? Poco cuesta sugerir que deben ser reformados mediante la dulzura y humillados con la no resistencia. Sin duda, si responden a ese tratamiento. Pero si la dulzura no logra reformarlos y la no resistencia los alienta a una nueva agresión... ¿qué sucederá? Un mes pasado en una comunidad tolstoiana convencerá a cualquiera de lo sana que es la creencia del inspector de policía más pró-ximo de que todo grupo humano contiene no sólo un porcentaje de santos sino también un porcentaje de bri¬bones irredimibles e inútiles que estropearán cualquier comunidad si no se los detiene a cualquier precio o se los extermina a bajo precio. Nuestro sistema mosaico de castigo vengativo, cortésmente llamado "retributivo" por los comisionados carcelarios, los elimina en forma temporaria; pero derrocha las vidas de los ciudadanos honrados para protegerlos; cuesta mucho dinero que po¬dría gastarse mejor; y, después de todo, tarde o tem¬prano deja nuevamente al bribón en libertad de reanudar sus depredaciones. Sería mucho más sensible y menos cruel tratarlos como tratamos a los perros rabiosos o a las víboras, sin malignidad ni crueldad, y sin aludir a ca¬tálogos de crímenes especiales. La idea de que las per¬sonas deben estar a salvo del exterminio mientras no cometan un asesinato deliberado, o se rebelen contra la corona, o cometan secuestro o tiren vitriolo, no sólo significa limitar innecesariamente la responsabilidad so¬cial y hacer privilegiada la larga serie de intolerables inconductas que existen fuera de ellos, sino desviar la atención de la justificación esencial para el exterminio, que es siempre una incorregible responsabilidad social y nada más.

 

EL EXPERIMENTO RUSO

 

El único país que ha sido despertado a esta amplia¬ción de la responsabilidad social es Rusia. Cuando el gobierno soviético emprendió la transformación del capi¬talismo en comunismo, se encontró sin más instrumentos para mantener el orden que una lista de delitos y cas¬tigos administrados mediante un ritual de derecho penal. Y en la lista de delitos, no había lugar para los peores agravios contra la sociedad comunista: por el contrario, se los honraba y recompensaba en alto grado. Como dice la copla inglesa los tribunales podían castigar a un hombre por haber robado el ganso a los pastos comuna-les, pero no al hombre que le robó los pastos comu¬nales al ganso. El ocioso, el enemigo común de la hu¬manidad que les roba sin cesar a todos los demás, aunque es protegido tan cuidadosamente del robo, por su parte, no incurría en penalidad alguna y había aprobado en realidad las leyes más rigurosas contra toda intromisión que entorpeciera su holgazanería. La tarea de los Soviets consistía en convertir todos los asuntos en asuntos pú¬blicos y a todas las personas en servidores públicos; pero el ciudadano ruso común opinaba que un cargo en un servicio público era un rasgo excepcional de buena suerte para el que lo ocupaba, porque se trataba de una sine¬cura que comportaba el privilegio de tratar con insolen¬cia al público y de obtener sobornos. Cuando los ferro¬carriles rusos fueron comunizados, por ejemplo, algunos jefes de estación interpretaron el cambio en el sentido de que ahora podían dedicarse al ocio y a la pereza a sus anchas, cuando, en realidad, era fundamental que redoblaran su actividad y pusieran en tensión todos sus nervios para hacer eficiente el servicio. El infortunado comisario que era ministro de Transportes se veía obli¬gado a llevar un revólver en el bolsillo y matar con su propia mano a los jefes de estación que arrojaran sus telegramas al cesto de los desperdicios en vez de ocuparse de ellos, para poder preguntarle en forma más impre¬sionante al resto del personal si comprendía que las ór¬denes estaban para ser ejecutadas.

 

LA INSUFICIENCIA DE LOS CÓDIGOS PENALES

 

Ahora bien: el ser ministro de Transportes o de cualquier otro servicio público es un trabajo full-time, no e lo puede combinar permanentemente con el de ver¬dugo aficionado, que comporta la reputación, en todos os periódicos capitalistas de Occidente, de ser un asesino feroz y a sangre fría. Y ninguna ampliación con¬ cebible del código penal ni de las disciplinas del servicio, con su lista de agravios específicos y penalidades espe¬cíficas, habría podido proporcionar exterminios ejem pia¬res instantáneos de esa índole, como tampoco satisfacer el creciente apremio de cómo eliminar a la gente que no quiere o no puede amoldarse al nuevo orden de cosas adaptándose a su nueva moral. Habría sido fácil especificar ciertos agravios y ciertas penas a la antigua: como, por ejemplo, si usted atesora dinero será fusilado; si especula sobre la diferencia del poder adquisitivo del rublo en Moscú y en Berlín, será fusilado; si compra en la cooperativa para venderle al comerciante particu¬lar, será fusilado; si acepta sobornos, será fusilado; si falsifica balances de granjas o fábricas, será fusilado; si explota a los obreros, será fusilado; y sería inútil ale¬gar que a uno lo han educado con la idea de que se trata de actividades comerciales normales y que toda la sociedad respetable, fuera de Rusia, está de acuerdo con uno. Pero hasta el código más refinado de esta índole dejaría sin especificar cien procedimientos con los cuales los destructores del comunismo podrían arrinconarlo sin tener que afrontar jamás el problema principal: ¿cumple uno con su función en el barco social?; ¿da más trabajo del que merece dar?; ¿se ha ganado el privilegio de vivir en una comunidad civilizada? Por eso, los rusos se vieron obligados a establecer una Inquisición o Cá¬mara Estrellada, llamada al principio la Cheka y ahora la Guepeú, para ahondar en esas interrogantes y "liqui¬dar" a las personas que no podían contestar a ellas satisfactoriamente. La garantía contra el abuso de este poder de vida y muerte era que a la Cheka no le interesaba liquidar a alguien que podía llegar a ser útil desde el punto de vista público, estando todos sus intereses en la dirección opuesta.

 

LA RESPONSABILIDAD LIMITADA EN PUNTO A MORAL

 

Esta novedad es terrorífica para nosotros, que traba¬jamos aún sobre un sistema de responsabilidad limitada en la moral. Nuestros "libres" ciudadanos ingleses pue¬den determinar con exactitud qué es lo que pueden hacer y qué es lo que no pueden hacer si quieren salvarse de las manos de la policía. Nuestros financieros saben que no deben fraguar certificados de acciones ni exagerar sus activos en los balances que les envían a los accionistas. Pero siempre que se atengan a ciertas condiciones de esta índole están en libertad de abordar una serie de opera¬ciones absolutamente legítimas, pero no por eso menos nefandas. Por ejemplo, acaparando trigo o cobre o cual¬quier otro artículo acaparable y haciendo subir los pre¬cios de un modo que les permita acumular enormes for¬tunas o causando rencillas entre las naciones por inter¬medio de la prensa para estimular el comercio privado de armamentos. Esta responsabilidad limitada ya no exis¬te en Rusia y es improbable que exista en el futuro en ningún estado muy civilizado. Puede resultar imposible condenar a un acaparador con un código penal por haber dado un solo paso ilegal, pero es muy fácil convencer a cualquier cuerpo de jueces razonable de qué es lo que el pueblo llama "un bribón". En Rusia, esa convicción llevaría a su desaparición y su familia recibiría una carta en la cual le dirían que no debía esperarlo, ya que no volvería a su casa.  En nuestro país, ese hombre disfru¬taría de sus ganancias con honor y seguridad personal y le daría las gracias a su buena estrella por vivir en un país libre y no en la Rusia Comunista.

Pero como el nuevo tribunal le ha sido impuesto a Rusia por la presión de las circunstancias y no planeado y meditado con tiempo, ambas instituciones, la Guepeú y la policía común que aplica el código penal, trabajan conjuntamente; con el extraño resultado de que la ma¬nera más segura de escapar a la Guepeú es cometer un delito común y refugiarse en brazos de la policía y del juez, quienes no pueden exterminarnos porque la pena capital ha sido abolida en Rusia (la liquidación por la Guepeú no es castigo: es sólo "arrancar las cizañas"); y la condena a prisión, por más que pueda ser severa para nosotros dada la crueldad en el trato de los delin¬cuentes, será llevada a la práctica con relativa lenidad y probablemente, si el procesado se porta bien, se le indultará al cabo de algún tiempo. Como una condena a cuatro años de prisión se considera suficiente para cualquier tipo razonable de asesinato, un acaparador que se ve en el inminente peligro de ser localizado y liqui¬dado por la Guepeú haría bien en perder los estribos y matar a su suegra, consiguiendo así la oportunidad de seguir viviendo por lo menos cuatro años más.

Tarde o temprano, esta situación tendrá que ser es¬tudiada concienzudamente hasta su lógica conclusión en todos los países civilizados. La lista de los delitos y las penas se volverá tan anticuada como las de enfermeda¬des y medicamentos de los médicos; y se podrá ser juez sin dejar de ser cristiano. Y el exterminio, mi tema en estos momentos, se trocará en una ciencia humanitaria en vez de ser la infame mescolanza de piratería, cruel-dad, venganza, engreimiento racial y superstición que es ahora.

 

EL LIMITE NATURAL DEL EXTERMINIO

 

Por suerte, cuanto mayor es la franqueza y el realismo con que se lo afronta más se lo desliga de la masacre lisa y llana que ahora lo hace terrible. Cuando Carlomagno fundó el Sacro imperio romano germánico (si es que puede decirse que alguien lo fundó) decretó que todos sus súbditos debían ser católicos e hizo una ten¬tativa propia de un aficionado de asegurar esa estabilidad social matando a todos los que caían en sus manos y se negaban a ser bautizados. Pero no puede haber lle¬gado muy lejos con eso, porque hay un ave que no se debe matar con ningún pretexto: la gallina de los huevos de oro. En Rusia, el gobierno soviético empezó con una tentativa carlomagnesca de exterminar a la burguesía clasificándola como inteligencia, restringiendo sus ra¬ciones y ubicando a sus hijos al pie de la abarrotada lista educacional. También proscribieron al kulak, el granjero terco y tacaño más rico que sus vecinos y deseoso de verlos más pobres que él. Aferraron al kulak con rudeza de los hombros y lo arrojaron sin un centavo al camino. Había razones plausibles para este principio de selección en la población, ya que la perspectiva moral y la de la burguesía y los kulaks era peligrosamente anti¬social. Pero los resultados fueron desastrosos. La bur¬guesía contenía la clase profesional y la clase comercial organizadora. Sin profesionales y organizadores de em¬presas nada podía hacerse en las industrias; y la esperan¬za de que miembros selectos del proletariado pudieran tomar a su cargo trabajo profesional y de organización sobre la base de su talento nativo en número suficiente se vio frustrada de una manera abrumadora. Cuando el kulak fue expulsado de su granja y su capacidad agrí¬cola quedó paralizada, escaseó el alimento. Muy pronto, hubo que reintegrarlo a la granja y decirle que siguiera trabajando hasta que le llegara la hora y se estableció una agradable convención implícita por la cual todas las personas cultas, por más que fuesen a todas luces damas o caballeros y estuvieran dispuestas a asegurarles a las autoridades que sus padres habían "trabajado la tierra con sus propias manos" fueron aceptadas como autén¬ticos proletarios y transferidas de la infame clase de la inteligencia a la clase honorable del "proletariado inte¬lectual". Hasta Lenin y sus colegas, todos ellos ultra¬burgueses (de lo contrario, nunca habrían sobrestimado tan absurdamente los recursos intelectuales del proleta¬riado ni hubieran desdeñado tanto la pretensión de su propia clase de ser indispensable), permitieron que a sus padres los calificaran de agricultores de manos ca¬llosas. Ahora, la ficción se ha convertido en un chiste permanente: pero uno se topa aún con él si acusa a una rusa de ser una danza o a un ruso de ser un caballero.

 

INCOMPATIBILIDAD DEL CAMPESINADO CON LA CIVILIZACIÓN MODERNA

 

Estos, con todo, son simples recursos de transición. El proletariado ruso se está formando ahora su propia clase profesional y de organizadores; y el ex burgués se está extinguiendo, después de haber visto a sus hijos recibir una sólida educación comunista y de haber escu¬chado sus sermones sobre sus anticuados prejuicios. Y los planificadores del Estado soviético no tienen tiempo para preocuparse de problemas moribundos; porque se ven enfrentados con la nueva y abrumadora necesidad de exterminar a los campesinos, quienes existen aún en número imponente. La idea de que se puede formar un estado civilizado con cualquier material humano el uno de los viejos espejismos extremistas. En cuanto a edificar el comunismo con basura como la producida por el sistema capitalista, ni pensarlo. Para una Utopía comunista necesitamos una población de utopistas; y los utopistas no crecen en estado salvaje en los bosques ni son recogidos en los barrios pobres: hay que culti¬varlos con mucho cuidado y muy costosamente. Los cam¬pesinos no sirven: pero sin los campesinos, los comu¬nistas nunca habrían podido copar la revolución rusa. Nominalmente, fueron los Soviets de los campesinos y soldados quienes apoyaron a Lenin y salvaron al co¬munismo cuando toda la Europa Occidental lo acosó como una manada de sabuesos a un zorro. Pero como todos los soldados eran campesinos y todos los campe¬sinos se sentían ávidos de propiedades, el elemento mi¬litar sólo agregó al clamor de los campesinos de "Dennos tierra" el clamor de los soldados de "Dennos paz". En realidad, Lenin dijo: "Tomen la tierra; y si gente de mentalidad medieval se lo impide, extermínenla; pero no quemen sus casas, porque las necesitarán ustedes mis¬mos para vivir." Y fueron las legiones resultantes de pequeños propietarios las que hicieron inexpugnables la posición de Lenin y les proporcionaron a Trotzky y a Stalin los soldados rojos que derrotaron a los contrarre¬volucionarios de 1918. Porque la contrarrevolución, en la cual intervinimos nosotros, para eterna vergüenza nuestra (Inglaterra da el ejemplo de la revolución y lue¬go ataca a todos los países que se supone lo siguen), se proponía hacer volver a los antiguos terratenientes; y el campesino luchó contra eso cuando los mercenarios y re¬clutas de los ejércitos capitalistas no querían luchar en su favor.

 

UNA VICTORIA DEL CAMPESINO ES UNA VICTORIA PARA LA PROPIEDAD PRIVADA

 

Esto, en cuanto a Lenin; pero la guerra contra los contrarrevolucionarios, cuando concluyó con una victo¬ria para el propietario campesino, fue en realidad una victoria para la propiedad privada y le siguió por eso una enconada lucha entre el gobierno fanáticamente comu¬nista y el propietario campesino ferozmente individua¬lista que quería quedarse con los frutos de su parcela y no tenía intenciones de compartirlos con nadie y me¬nos aun con los proletarios de la ciudad, que le parecían gente de otra clase social. Librados a sí mismos, los mujiks habrían reproducido la civilización capitalista en su peor expresión norteamericana, al cabo de diez años. Por eso, la tarea más urgente que debía abordar el victo¬rioso gobierno comunista era exterminar al mujik; y, con todo, el mujik, a pesar de ser aún la gallina de los huevos de oro, no podía ser exterminado en forma su-maria sin exterminar de paso a toda la nación rusa.

La salida de este punto muerto era bastante evidente, aunque muy costosa y aburrida. Se puede exterminar a cualquier clase de seres humanos no sólo con una vio¬lencia sumaria, sino también educando a sus hijos para que sean distintos. En el caso del campesinado ruso, el padre vive en una sucia perrera, sin recibir órdenes de nadie y se gana la vida con métodos primitivos en una parcela de tierra donde un tractor a duras penas podría moverse aunque él pudiera permitirse semejante lujo, pero esa parcela le pertenece. Su libro es el libro de la naturaleza, del cual pueden obtener toda clase de sabi¬duría los que han aprendido a leerlo con la práctica re¬querida en los libros impresos; pero él no ha tenido tanta práctica y a los fines culturales debe ser clasificado como un ignorante, aunque sabe cosas que ignoran los profesores universitarios. Lo bestializa el trabajo muscu¬lar excesivo; es sucio; el hecho de que está libre de la fiscalización civilizada lo deja tan desamparado ante la tiranía de la naturaleza que a sus hijos les resulta evi¬dente que la gente muy reglamentada de la más cercana granja colectivista, donde miles de acres son cultivados por docenas de tractores y donde nadie puede pisar uno de los acres o posar la mano sobre uno de los trac¬tores y decir "Esto es mío y puedo hacer con esto lo que se me antoje", está mejor alimentada y alojada, es más feliz y tiene mucho más tiempo libre y por lo tanto más libertad que él.

 

EL EXTERMINIO PREVENTIVO: SUS DIFICULTADES

 

En suma, uno extermina al campesino criando a sus' hijos para que sean agricultores científicamente meca¬nizados y vivan una vida en común en una sociedad culta. Esto parece simple: pero el proceso exige una mejor planificación que la que siempre se presenta (con ham¬brunas locales y rebeliones como penalidad); porque mientras crece la hierba, el caballo pasa hambre; y cuan¬do la educación significa no sólo escuelas y maestros, sino también gigantescas granjas colectivas equipadas con la más adelantada maquinaria agrícola, lo cual im¬plica también gigantescas obras de ingeniería para la producción de la maquinaria, se puede descubrir fácil¬mente que uno ha gastado demasiado en esas formas de capitalización y se ha quedado con pocos bienes de con-sumo inmediato ofreciendo el espectáculo de una nación con el más alto nivel de cultura general y donde escasean zapatos y la gente tiene que apretarse el cinturón por alta de alimento suficiente.

No debo insinuar que esto ha sucedido en toda la extensión de Rusia; ya que no he visto allí a gente subalimentada y los niños eran asombrosamente regor¬detes. Y no puedo confiar en las informaciones; porque apenas leí en el "Times" una carta del señor Kerensky asegurándome que en Ucrania la gente, que pasaba ham¬bre, se devoraba mutuamente; el eminente estadista fran¬cés M. Herriot fue a Rusia e insistió en visitar Ucrania para obtener una prueba ocular del canibalismo alegado, pero no pudo hallar rastros de él. Con todo, entre la saciedad y el hambre atenuado por el canibalismo hay muchos grados de carestía; y no es un secreto que la lucha del gobierno ruso para proporcionar más granjas colectivas y más fábricas gigantescas a fin de darles ma-quinaria agrícola debe efectuarse contra un constante clamor de los obreros para que les den nuevos zapatos y ropa y mayor cantidad y variedad de alimento: en suma, menos sacrificio del presente al futuro. Como lo dijo en forma amena Stalin}: "Luego, pedirán relojes de pla¬ta." La constante rectificación de los inevitables desvíos hacia tal o cual extremo, análoga a la rectificación de la tasa bancaria por el Banco de Inglaterra (pero mucho más laboriosa), pone en tensión todo el ingenio y habi¬lidad de los gobernantes rusos; y los resbalones ocasio¬nales deben ser inevitables durante esos años en que los comunistas más capaces y antiguos son aún aprendices.

 

LAS DIFICULTADES TEMPERAMENTALES

 

Hasta cuando la extinción de la burguesía y los kulaks y la antigua aristocracia sea completa y la población rusa consista en ciudadanos educados como comunistas, res¬tarán por solucionar problemas que son en el fondo preguntas sobre el tipo deseable de civilización; y esto involucra una decisión sobre la clase de gente que es deseable e indeseable. Algunos de nosotros, creyendo que una vida más primitiva que la nuestra sería más feliz y mejor, abogamos por "un regreso a la naturaleza". Otros sueñan con una vida mucho más mecanizada, especializa¬da y complicada. Hay quienes aprecian la maquinaria porque nos permite una jornada de trabajo más breve; otros, porque nos enriquece acrecentando la producción por hora. Algunos, quisiéramos tomar las cosas con calma y jubilarnos a los 6o años; otros, prefieren trabajar todo lo que pueden y jubilarse a los 4o. Algunos diremos: Contentémonos con 200 libras anuales; otros: No, viva¬mos en una escala de 20.000 libras anuales y ejercitemos todas nuestras facultades para ganarlas. Algunos quere¬mos un mínimo de trabajo necesario y un máximo de libertad de pensar y descubrir y experimentar en el cam¬po de la ciencia y el arte, de la filosofía y la religión, del deporte y la exploración: otros, que no se interesan por ninguna de esas cosas y sólo desean ahorrarse la molestia de pensar y que les digan qué deben hacer a cada momento, preferirían la tutela y la rutina más irre¬flexivas y cómodas y no sabrían qué hacer de su vida cuando están en libertad. Una vida llena de curiosidad científica sería un infierno para la gente que no cruza¬ría la calle siquiera para comprobar si la tierra es plana o redonda; y una persona sin oído musical se opondría enérgicamente a trabajar para mantener orquestas mu¬nicipales, mientras que la gente aficionada a la música haría propaganda para el exterminio de los individuos no melómanos.

 

 

 

IMPORTANCIA DE LA PEREZA PARA LA BARBECHERA

 

Algunas de esas diferencias podrían solucionarse sobre lineamientos de toma y daca. La división de la sociedad en clases de distintos gustos y capacidades -diferentes naturalezas, como lo llamaría la gente- no conmovería la estabilidad social, siempre que todos tuvieran una par¬ticipación igual en el dividendo nacional. No es cierto que haga falta toda clase de gente para hacer un mun¬do; porque hay gente que destruiría muy pronto cual¬quier mundo si se le dejara vivir y salirse con la suya; pero es cierto que, en las generaciones humanas un cons¬tante cultivo intenso no conviene: debe haber barbechos, o por lo menos siembras livianas entre los cultivos in¬tensos; porque no podemos esperar que el enérgico y vital Napoleón sea el hijo de un padre igualmente enér¬gico o el padre de un hijo igualmente vital. Nadie ha calculado aún cuántos antepasados holgazanes hacen fal¬ta para producir un prodigio infatigable: pero es indu¬dable que no se presentan dinastías de genios y que esta es la objeción decisiva a los gobernantes hereditarios (aunque no, permítaseme agregarlo, a los figurones he¬reditarios). Aquí, hay un amplio campo de tolerancia: la gente inteligente debe soportar a los tontos de buena gana y los despreocupados descubrir la manera de man¬tener atareados a los enérgicos. Puede haber razones bio¬lógicas tan sólidas para la existencia de los que huyen del trabajo como para la existencia de los apasionados por el trabajo. Hasta una misma persona puede tener rachas de intensa actividad y de relajamiento variables desde semanas hasta años.

 

 

LA RELIGIÓN STANDARD ES INDISPENSABLE

 

Con todo, habrá conflictos tremendos en la creación de humanidad artificial. Nada puede ser cambiado más a fondo que la naturaleza humana cuando la tarea se inicia temprano. Productos artificiales tales como nues¬tros obreros agrícolas y mecánicos urbanos, nuestros ca¬balleros rurales y plutócratas de la ciudad, aunque pro¬vengan de la misma rama humana, son tan distintos que no pueden convivir sin gran incomodidad y, virtual-mente, no son intermatrimoniales. Es posible eliminar su incompatibilidad social dándoles la misma educación e ingresos y clasificándolos a todos en la misma clase. Lord Londsdale, por ejemplo, no es incompatible social¬mente en modo alguno con el deán Inge, aunque un naturalista realmente crítico preferiría clasificar a los pe¬tisos Shetland junto a las cebras antes que colocar a esos dos caballeros bajo el mismo rubro. Pero resta por formularse esta pregunta... ¿Cuál ha de ser su educación? La preparación del estudiante y del deportista pueden separarse y diferenciarse cuando entran en la adolescen¬cia: pero ambos deben empezar por tener una prepara¬ción común y una moral común en la infancia. Y cuando el Estado debe prescribir un plan de estudios moral uniforme, la variedad de nuestros temperamentos hace imposible complacer a todos. El cuáquero y el ritualista, el fundamentalista y el librepensador, el vegetariano y el carnívoro, el misionero y el caníbal, el terrorista militar y el cristiano, no estarán de acuerdo sobre la fe y los hábitos que deben serles inculcados a los niños de la comunidad a fin de que sean buenos ciudadanos. Cada temperamento reclamará el exterminio del otro mediante las escuelas y los jardines de infantes y el estableci¬miento de su propia religión temperamental y sus pro-pios hábitos como usuales en esas fábricas de futuros ciudadanos. Todos concordarán en exterminar el anal¬fabetismo obligando a aprender a leer, escribir y a ha¬cer las cuatro operaciones; en realidad, así lo han hecho ya. Pero no todos concordarán en una religión standard. Con todo, se requiere una religión standard, por más que se despoje de las viejas ideologías. Toda tentativa de desterrar a la religión de las escuelas prueba que, en ese sentido, la naturaleza aborrece el vacío y que la comunidad debe decidir -o hacer que lo decidan sus pensadores oficiales- qué es lo que debe enseñárseles a creer a sus hijos y qué conducta se les debe inculcar. La transacción es excluida por la naturaleza del caso. ¿Qué transacción podría haber, por ejemplo, entre mi persona, ya que yo creo en la religión de la Evolución Creadora, la economía del socialismo y una dieta de la cual se excluyen rigurosamente los cadáveres de los seres humanos, los peces, las aves y todos los demás anima¬les, y mis vecinos fundamentalistas, quienes creen que todos los evolucionistas irán a parar al infierno, que los niños languidecen y mueren si no comen bistecs y que sin la propiedad privada la civilización tendrá que pere¬cer? En la actualidad no podemos exterminarnos mu¬tuamente; pero no ha de estar lejano el día en que las autoridades educacionales tendrán que meditar qué con¬junto de creencias califica mejor para obtener la ciuda¬danía en Utopía.

 

LAS RELIGIONES ECLÉCTICAS

 

Probablemente, encarpetarían ambas cosas y procede¬rían eclécticamente a compilar varios dogmas adecuados a las distintas capacidades y edades de los niños. Por¬que, a todas luces, no tiene sentido ofrecerle la religión de un filósofo maduro y erudito a un niño de cinco años, ni tratar de poner las cosmogonías de Dante y Santo Tomás de Aquino, de Hegel y de Marx, al alcance de un idiota de aldea. Las niñeras manejan a sus pequeños pupilos amenazándolos con espantajos en cuya existen¬cia no cree ninguna niñera, así como Mahoma manejaba a sus árabes prometiéndoles un paraíso y amenazándolos con un infierno cuyos detalles debió de saber eran de su propia invención, aunque creyera generalmente en una vida del más allá con recompensas y castigos por nues¬tra conducta en este mundo. Por eso, no sugiero que las autoridades educacionales de Utopía deban buscar la verdad absoluta a fin de inculcarla aunque se derrum¬ben los cielos. Tampoco aconsejo volver al plan de 39 artículos de la reina Isabel para complacer a todos, afir-mando y negando alternativamente los dogmas discu¬tidos. El resultado más probable es un refinado dogma de útiles ilusiones, que habrá de ser descartado poco a poco al progresar el niño de clase en clase, aunque algu¬nos de ellos cuando sean adultos se consuelen con la docilidad que aquéllos producen.

En esto, nada habría de nuevo: es lo que hacen nues¬tras autoridades en la actualidad, sólo que obran siste¬mática e inconscientemente, dejándose engañar más o menos por las ilusiones. Por desgracia, permiten que las ilusiones se queden a la zaga de los tiempos y se vuel¬van inverosímiles, punto en que se hacen muy peligro¬sas: porque cuando a la gente la educan con dogmas en que no puede creer, se queda sin dogma alguno y es capaz de comprar revólveres y de dedicarse al bandidaje cuando le falte trabajo y se encuentre si» dinero. Es la importancia de mantener al día las ilusiones que nos han inculcado lo que alarma mucho a nuestras clases de profesionales superiores cuando la libertad individual de pensamiento, de palabra y de conciencia que creen poseer (esta es una de las ilusiones inculcadas) es ame¬nazada por las dictaduras que surgen en todo el mundo mientras que nuestras instituciones parlamentarias anti¬democráticas se reducen a sí mismas cada vez más desas¬trosamente al absurdo.

 

LA IMPORTANCIA DEL LIBRE PENSAMIENTO

 

Permítaseme poner en orden esto para ellos. Toda¬vía se creía por lo general, en tiempos de la reina Vic¬toria, que la educación religiosa consistía en impartirles a los niños ciertas verdades eternas, definitivas y abso¬lutas. A mí, por ejemplo, como hijo de un caballero protestante irlandés, me convencieron, en el alba de mi conciencia de niño, de que todos los católicos van al infierno cuando mueren, una convicción que no sólo implicaba creer en la existencia de un infierno sino tam¬bién en toda una serie de inferencias sobre la naturaleza y carácter de Dios. Ahora que soy mayor, sólo puedo considerar esto una hipótesis provisional que, si bien se piensa, debo desechar en definitiva. Como lo dirían los más piadosos de mis tíos, he perdido mi fe religiosa y corro peligro de condenarme como apóstata. Pero sólo presento mi dogma de la Evolución Creadora como una hipótesis provisoria más. Difiere del viejo dogma azu¬frado de Dublín solamente en su mayor verosimilitud: es decir, en su más exacta concordancia con los hechos alegados por nuestros investigadores científicos, quienes se han ganado de un modo u otro la confianza de que disfrutaran ante nuestros sacerdotes. Ninguna autoridad educacional futura, a menos que esté tan mal educada como las nuestras actuales, supondrá que tiene verdades definitivas y eternas que inculcar: sólo puede elegir las hipótesis más útiles y eficaces e inculcarlas en forma muy semejante a como lo hace con una conducta standard en iodo ese vasto campo de comportamiento civilizado don¬de no importa en lo más mínimo cómo obra la gente en situaciones especiales, siempre que obre de la misma manera, como en las normas de tránsito. Todas las hipótesis provisionales podrán ser ilusiones; pero si llevan i una conducta beneficiosa deben ser inculcadas y aplicadas por los gobiernos hasta que lleguen otras mejores.

 

TOLERANCIA MÁS QUE NADA ILUSORIA

 

Pero, claman los profesores... ¿no se habrán de po¬ner en tela de juicio jamás las hipótesis? ¿Ha de ser castigada como un delito la desilusión? Eso dependerá en gran parte de las circunstancias. Uno de los mejores cerebros religiosos de Inglaterra ha dicho que la guerra de 1914-18 fue estúpida e innecesaria; y nadie piensa ahora en acusarlo ante la justicia; pero no se le habría permitido pasearse ante las trincheras, de pelotón en pe¬lotón, diciéndolo en vísperas de la hora cero, con o sin el agregado de "Señores, ustedes son hermanos. ¿Por qué se hacen mal mutuamente?" No me hago ilusiones de es¬tar en libertad de decir y de escribir lo que se me antoje.

Di la vuelta al mundo últimamente predicando que, si a Rusia la arrancaban al comunismo para devolverla a ma¬nos del capitalismo competitivo y China se convertía en un rapaz estado capitalista, sea independientemente o como parte integrante de una hegemonía japonesa en el Asia, todos los estados occidentales tendrían que quin¬tuplicar sus ejércitos y velar de noche en un constante temor a los aviones enemigos, siendo la moraleja obvia que sea que elijamos el comunismo para nosotros o no, nuestro evidente interés, hasta desde el punto de vista de nuestra más elemental y antigua diplomacia militar, es hacer todo lo que esté a nuestro alcance para man¬tener el comunismo en Rusia y extenderlo en China, donde, en la actualidad, lo han adoptado provincias que contienen por lo menos, sobre muchos cálculos en con¬flicto, dieciocho millones de personas. Ahora bien: yo no me veía impedido físicamente de decir esto, ni de escribirlo y publicarlo. Pero en un mundo occidental que sufría gravemente de Marx fobia y que empeoraba fre-néticamente como una musaraña malhumorada, no pude conseguir que un solo periódico recogiera mi punto de vista o lo diera a conocer. Cuando digo algo estúpido, o aseguran que he dicho algo reaccionario, eso se propaga con la velocidad del rayo por la prensa del mundo en¬tero. Cuando digo algo que podría destruir la f e popular, tan cuidadosamente inculcada, en el capitalismo, el si¬lencio es tan profundo que casi se oye. Pero no me quejo, porque no comparto la ilusión profesoral de que hay más libertad para los desencantados en el imperio británico y en Estados Unidos que en Italia, Alemania y Rusia. He visto demasiados periódicos clausurados y directores detenidos, no sólo en Irlanda y la India sino también en Londres, en mi tiempo, para aceptar la idea de Tennyson de que vivimos en un país donde un hombre puede decir lo que quiere. No existe semejante país. Pero esto no es una excusa para las extravagancias de censura en que han incurrido los insípidos gobiernos de los revolu¬cionarios y las Iglesias que creen conocer la verdad eterna con respecto a todo, eso para no hablar de los autócratas hereditarios que creen serlo por derecho divino. Nuestros periódicos guardan silencio sobre la supresión de la li¬bertad en el Japón imperialista, aunque en el Japón es un delito tener "pensamientos peligrosos". En mi nativa Irlanda, que es ahora, nominalmente, un Estado Libre, uno de mis libros figura en el índex; y no dudo de que todos los demás seguirán su suerte apenas descubra su existencia la censura del clero. En Austria, mi pieza "Santa Juana" tuvo que ser modificada para complacer a las autoridades católicas, que saben mucho menos so¬bre el catolicismo que yo. En América, están prohibidos libros que se pueden comprar en todas partes en Europa. La concentrada atención inglesa y norteamericana ante las intolerancias del fascismo y el comunismo crea la ilu¬sión de que no existen en otra parte; pero existen donde¬quiera y hay que afrontarlas, no con ridículos y exalta¬dos ataques contra Alemania, Italia y Rusia, sino vol¬viendo a plantear el caso de la tolerancia en general.

 

CASOS CAPITALES: SÓCRATES Y JESÚS

 

Es un infortunio histórico la circunstancia de que las víctimas de persecuciones más célebres del mundo no opusieran una defensa válida. Sócrates y Jesús son las más comentadas de los países cristianos. Sócrates, al ser juzgado, estaba en plena posesión de sus facultades y se le permitió decir todo lo que tenía que alegar en su de¬ fensa; pero, en vez de defender su derecho a criticar, irritó a sus acusadores arrojándoles a la cara un desagra¬dable contraste entre la infame corrupción y falsía de éstos y su propia rectitud, desinterés e impecable foja de servicios como ciudadano y soldado. Jesús no se de¬fendió. No se consideraba un prisionero a quien se juzga por una ofensa vulgar y que usa todo su ingenio para escapar a la condena. Creía que realizaba un rito sacrificial en que debían matarlo, después de lo cual resu¬citaría y volvería en la gloria para establecer su reinado en la tierra para siempre. No interesa, para nuestra pre¬sente finalidad, saber si esto era el espejismo de un demente o un hecho desnudo e ilevantable: en ambos casos, la cuestión de la tolerancia no estaba en juego para él: por eso no la planteó.

 

EL CASO DE GALILEO

 

En la época que inició Jesús, o por lo menos aque¬lla en que su nombre fue invocado habitualmente en vano, Juana de Arco y Juan de Leyden, Giordano Bruno y Galileo, Servet y Juan Huss y los héroes del Libro de los Mártires de Foxe se destacan en nuestra imagina¬ción entre miles de olvidados martirologios. Galileo es un tema favorito de nuestros hombres de ciencia; pero éstos no aciertan porque creen que la cuestión en, juego en su proceso era si la tierra giraba alrededor del sol o era el centro inmóvil alrededor del cual el sol des¬cribía círculos. Y el problema no era ése. Tomado en sí mismo, se trataba de un simple hecho físico sin nin¬guna significación moral y por lo tanto sin preocupación alguna de la Iglesia. Así como Galileo no fue quemado ni ciertamente aborrecido, es muy verosímil que tanto sus jueces inmediatos como el Papa creyeran, por lo me¬nos con la mitad de sus cerebros, que Galileo tenía razón en cuanto concernía a la tierra y al sol. Pero lo que debían tener en cuenta era si la religión cristiana, de la cual dependía no sólo la civilización del mundo sino también su salvación y que había aceptado las Escrituras hebreas y el testamento griego como inspiradas revela¬ciones, podía soportar el shock del descubrimiento de que muchos de sus relatos, desde las tácticas de Josué en la batalla de Gedeón hasta la Ascensión, debieron de ser escritos por alguien que no sabía cómo era en realidad el universo físico. Estoy perfectamente familia-rizado con el universo pregalileano de la Biblia y de San Agustín. Cuando era niño, yo concebía a la tierra como un inmenso piso bajo con un cielo raso con in¬crustaciones de estrellas que era el piso del cielo y un sótano que era el infierno. Me parecía tan natural el que Jesús fuese llevado a las nubes como camino más breve al cielo como el hecho de que, en la ópera, Mefis¬tófeles subiese del infierno por una trampa del piso. Pero si en vez de decirme que Jesús fue llevado a las nubes y que sus discípulos no lo vieron más, lo cual me hace sentirme aún muy santo, ustedes me dijeran que subió como un globo a la estratosfera, no me siento santo: río ruidosamente. La visión exaltante se ha convertido de pronto en broma impúdica. Eso es lo que temía la Iglesia: y fue lo que sucedió en realidad. ¿Tiene algo de extraño el que el Papa le dijera a Galileo que, en reali¬dad, debía guardarse sus descubrimientos, y que Galileo consintiera en negarlos? Quizás fue el Papa quien, para consolarlo, murmuró: "E pur se muove."

 

LA FICCIÓN DEL ACTO CON RESPECTO A UNO MISMO

 

Santa Juana no pretendía tolerancia: distaba tanto de creer en ella que quería realizar una cruzada de exter¬minio contra los hussitas, aunque la quemaron por com¬partir su herejía. Así es como todos los mártires han errado el blanco en su defensa. Todos han afirmado poseer la verdad absoluta mientras que sus perseguido¬res estaban en el error y habrían considerado su deber perseguir por su cuenta si hubiesen tenido poder para hacerlo. Tolerancia auténtica: la tolerancia del error y la falsedad nunca se les ocurrió como un principio po¬sible de todo gobierno cuerdo. Y, por lo tanto, no nos han dejado ninguna defensa modelo. Y no hay tratado moderno que yo conozca que satisfaga totalmente esa necesidad. El "Ensayo sobre la Libertad" de Stuart Mili satisfizo al siglo XIX y fue mi propio libro de texto inicial sobre la materia; pero su conclusión de que los actos concernientes a uno mismo no deben sufrir inje¬rencia alguna de las autoridades pesa muy poco para los socialistas, quienes perciben que, en una compleja civi¬lización moderna, no hay actos puramente relativos a uno mismo en la esfera controvertida. El color de los tiran¬tes de un hombre o el de las ligas de una mujer podrá interesarles solamente a sus portadores; pero a la gente nunca la han quemado por el hecho de usar ropa interior negra en vez de blanca; y la idea de que predicar un sermón o publicar un folleto puede clasificarse como un acto concerniente a uno mismo es manifiestamente ab-surda. Todo gran Arte y Literatura son propaganda. Sin duda, las herejías de Galileo no eran actos que se refirieran a uno mismo: su hazaña de hacer rodar la tierra fue tan sorprendente como la de Josué al mantenerla inmóvil. El error de la Iglesia no consistió en entorpecer la libertad de Galileo, sino en suponer que se podía guardar el secreto del movimiento terrestre y en temer que la religión no pudiese soportar la conmoción causada por esa revelación o por mil revelaciones. Era estúpido tratar de adaptar la naturaleza a la Iglesia en vez de adap¬tar sin cesar a la Iglesia a la naturaleza, cambiando sus enseñanzas sobre cuestiones de física con cada progreso hecho en nuestro conocimiento de la naturaleza. Al tratar la leyenda de la victoria de Josué como una verdad re¬ligiosa en vez de insistir en que a la religión tanto le daba si Josué era más real que Jack el Matador de Gi¬gantes y que Galileo pudiera jugar a los bolos con todo el sistema solar sin mover una sola pulgada el Trono Eterno y la Silla Papal que eran su símbolo tangible y visible sobre la tierra, perdió una gran oportunidad, como muchas otras desde entonces, exponiéndose al reproche de estupidez por no haber comprendido el argumento de Galileo, de orgullo por no ser suficientemente humilde para admitir que se había equivocado en su astronomía y de debilidad de fe y confusión de lo temporal con lo espiritual como se ha expresado, exponiéndose a un des¬dén protestante y científico muy despreciativo, ambos pasibles más que nada precisamente de los mismos re¬proches.

 

CARÁCTER INCOMPLETO DE LOS GRANDES

PROCESOS

 

Sin duda, a Galileo se le escapó el verdadero punto en discusión tan completamente como a Sócrates o a Je¬sús. No debemos culparlo por ello: era un físico y no un político; y para él, las únicas cuestiones en juego eran si la tierra se movía o no y si una bala de cañón de cinco kilogramos de peso caía con doble velocidad que una de dos kilogramos y medio o no. Pero Sócrates era, por vocación y por costumbre, un solucionador de pro¬blemas de conducta, tanto personales como políticos; y Jesús, quien se había pasado la vida proponiendo las mismas impresionantes paradojas sobre el mismo tema, no siempre como expresiones abstractas sino como instrucciones personales dadas a sus adeptos, debió, si tenía algún sentido de la responsabilidad moral, ser increpado repetidas veces por su conciencia acerca de si tenía algún derecho a poner a los hombres sobre una trayectoria que llevaría probablemente a los mejores a la cruz y a los peores a la destrucción moral descrita por San Agus¬tín. Ningún hombre podía reconocer expresamente que su palabra no traería paz sino una espada sin haberse convencido a sí mismo de que tenía razón al hacerlo. Debieron de decirle con tanta frecuencia como a mí que él le causaba dolor a mucha gente meritoria; y aun ad¬mitiendo plenamente la veta de travesura de que provee la Fuerza Vital a los que estamos predestinados a épater le bourgeois, no puede haber creído que la mera satis¬facción de aquel Schadenfreude tipo Punch pudiera jus¬tificar que hiriese los sentimientos de cualquiera. ¿Cuál habría sido pues su defensa si, en su proceso, Sócrates hubiese sido su viejo yo, defendiéndose como un acu¬sado a quien se amenaza con una pena horrible y no como un dios que pasa por una prueba inevitable como preludio al establecimiento de su reino sobre la tierra?

 

UN DRAMA DE LA PASIÓN MODERNO ES IMPOSIBLE

 

Este problema reviste tanta importancia en la crisis actual, cuando los reinos se están desintegrando y los advenedizos gobernantes cometen sus pecados de juven¬tud con persecuciones tan grotescas que el gran sucesor de Galileo, Einstein, es un despojado fugitivo del ex¬terminio amenazado oficialmente, que debo esforzarme en teatralizar el proceso de Jesús tal como se habría des¬arrollado si hubiese ocurrido antes de que Pedro profi¬riera su memorable exclamación "Tú Eres Cristo". Al¬gunos, sobre todo los admiradores de mi teatralización del proceso de Santa Juana, me han pedido repetidas veces que teatralice la historia del Evangelio. Pero el proceso de un prisionero mudo, del cual no obtiene res¬puesta el juez que le formula la pregunta crítica, no puede ser teatralizado, salvo que el propio juez sea el héroe del drama. Ahora bien: Pilatos, aunque quizás su¬pere un poco la talla media de los gobernadores colonia¬les, no es una figura heroica. Juana afrontó a sus jueces con valor e ingenio: su proceso fue un drama confec-cionado que sólo se requería traer a los límites teatrales del tiempo y del espacio para obtener una pieza impre¬sionante. Pero Jesús no quiso defenderse. Y no porque no pudiera decir algo en su favor ni porque se le negara la oportunidad de decirlo. No sólo se le permitía, sino que se lo desafiaba a defenderse. Era un orador experto, capaz de subyugar a las multitudes con su elocuencia, feliz y rápido en el debate y la réplica, conocedor de los ilustrativos casos hipotéticos tan amados por los abo¬gados (que los Evangelios llaman parábolas) y que nun¬ca se desconcertaba cuando lo acosaban con preguntas.

Si alguna vez hubo un debate cabal por el campeonato de la oratoria que esperaron con excitada confianza los discípulos del experto desafiado, lo fue este proceso de Cristo. Pero su campeón no ofreció resistencia: fue al matadero como un cordero, mudo. Semejante espectáculo resulta decepcionante en el teatro, y, precisamente, un drama no debe desencantar; y cuando al desencanto le siguen la flagelación y la crucifixión, resulta insoporta¬ble; ni siquiera el genio de nuestro Poeta Laureado, con toda la magia de la catedral de Canterbury por decorado, puede redimirlo, salvo cuando se trata de gente que goza con el horror y la catástrofe y no tiene esperanzas inte¬lectuales que puedan causarles decepciones.

 

LA DIFERENCIA ENTRE EL LECTOR Y EL ESPECTADOR

 

Cabe preguntarse por qué el episodio del proceso y la ejecución debe fracasar en el escenario, si se tiene en cuenta que la narración de los Evangelios es tan conmo¬vedora y por lo tanto muchos de nosotros la hemos leído sin decepción alguna. La respuesta es muy simple: la leímos en la infancia; y los niños pasan de horror en horror sin aliento, sin conocer ninguno de los problemas constitucionales en pugna. Algunos de ellos siguen en este estado de inocencia intelectual hasta el fin de su vida, mientras que los más inteligentes rara vez recon¬sideran las impresiones recibidas cuando eran muy pe¬queños. Sospecho que la mayoría de los cristianos teme pensar tan críticamente en esto, ya que se les ha ense¬ñado a considerar blasfema la crítica cuando se aplica a los relatos bíblicos. Además, hay mil cosas que son llevaderas bien contadas y que resultan insoportables cuando las trasladan al teatro. Los evangelistas pueden desviar nuestra atención de Jesús a Pedro cuando oye el canto del gallo (el toque del clarín) o a Pilatos ha¬blando con enojo con la multitud sobre Barrabás; pero en el escenario uno no se puede desembarazar de la figura muda: es de ella de quien esperamos un discurso que nos lleve al cielo y no del llanto de Pedro y la gritería de la muchedumbre, que se convierten en in¬terrupciones inaguantables en vez de ser hábiles pasa¬tiempos.

Por mi parte, cuando releí ese relato como adulto y por añadidura como crítico profesional, sentí tan inten¬samente la decepción que estuve desde entonces en el estado de ánimo de aquel músico que, después de haberse ido a acostar, le oyó tocar a alguien una disonancia no resuelta y no se pudo dormir antes de haberse levantado para tocar la resolución de la misma en su piano. Lo que va a continuación es mi tentativa de solucionar la disonancia de Pilatos. Comienzo por la narración de San Juan, la única de las cuatro que presenta a Jesús di¬ciendo algo más de lo que podría manifestar cualquier demente en circunstancias parecidas.

PILATOS. - ¿Eres el rey de los judíos?

JESÚS. - ¿Quieres realmente saberlo? ¿O es que toda esa gente que está ahí fuera te ha sugerido que me lo preguntes?

PILATOS. - ¿Soy judío acaso para preocuparme de ti? Tu propio pueblo y tus sacerdotes te han traído hasta mí para que te juzgue. ¿Qué has hecho?

JESÚS. - Mi reino no es de este mundo: si lo fuera, mis adeptos habrían luchado con la policía y me hubie¬sen rescatado. Pero esas cosas no suceden en mi reino.

PILATOS. - ¿Conque eres un rey?

JESÚS. - Tú lo dices. Vine a este mundo y nací hom¬bre común sin más finalidad que la de revelar la verdad. Y goda la gente capaz de recibir la verdad la reconoce en mi voz.

PILATOS. - ¿Cuál es la verdad?

JESÚS. - Eres la primera persona lo bastante inteli¬gente para hacerme esta pregunta.

PILATOS. -;tamos, nada de lisonjas! Soy romano y sin duda le parezco excepcionalmente inteligente a un judío. Ustedes los judíos hablan siempre de verdad y rectitud y justicia: se alimentan de palabras cuando están cansados de acumular dinero o son demasiado pobres para tener otra cosa de qué alimentarse. Quieren que yo te crucifique; pero congo no veo aún qué daño has he¬cho, prefiero crucificarte sobre una discusión. Las her¬mosas palabras no comprometen en Roma. Dijiste que tu vocación es revelar la verdad. Acepto tu palabra en ese sentido; pero te pregunto... ¿Cuál es la verdad?

JESÚS. -Es lo que un hombre debe decir aunque lo lapiden o lo crucifiquen por haberla dicho. No te ofrezco la verdad a un precio que me beneficie: te la ofrezco gra¬tuitamente, con riesgo de mi propia vida. ¿Lo haría si Dios no me impulsara a hacerlo contra todas las protestas de mi carne estremecida?

PILATOS. - Ustedes los judíos son gente sencilla. Han hallado a un solo dios. Nosotros, los romanos, encon¬tramos muchos; y uno de ellos es un Dios de las Men¬tiras. Hasta ustedes los judíos deben reconocer que existe un Padre de las Mentiras a quien llaman el diablo y que los engaña con palabras como es lo usual. Pero es un dios muy poderoso... ¿no es así? Y como no sólo lo deleitan las mentiras, sino también todos los demás desaguisados tales como las lapidaciones y crucifixiones de inocentes... ¿cómo he de juzgar si es él quien te arrastra a sacrificarte por una mentira o si es Minerva quien te arrastra a sacrificarte por la verdad? Vuelvo a preguntarte... ¿Cuál es la verdad?

JESÚS. - Es lo que sabes por experiencia que es cierto o que tu alma siente que lo es.

PILATOS. - Quieres decir que la verdad es una corres¬pondencia entre la palabra y el hecho. Es verdad que estoy sentado en esta silla: pero yo no soy la verdad y la silla no es la verdad: sólo somos los hechos. Mi percepción de que estoy sentado aquí puede ser solamen¬te un sueño: por lo tanto, mi percepción no es la verdad.

JESÚS. - Dices bien. La verdad es la verdad y nada más. Tal es tu respuesta.

PILATOS. - Sí, pero ... ¿hasta dónde se la puede des¬cubrir? Estamos de acuerdo en que es cierto que estoy sentado en esta silla porque nuestros sentidos así nos lo dicen; y no es probable que dos hombres sueñen el mismo sueño en el mismo momento. Pero cuando me levanto de mi silla, esta verdad ya no es cierta. La verdad pertenece al presente, no al futuro. Tus esperanzas para el futuro no son la verdad. Hasta en el presente tus opi¬niones no son la verdad. Es cierto que es mejor para tu pueblo que yo esté sentado en esta silla y lo engañe con la paz de Roma que dejar que esos hombres se maten mutuamente en su barbarie nativa, como claman ahora que yo te mate a ti.

JESÚS. - Está la paz de Dios, que excede nuestra com¬prensión; y esa paz prevalecerá sobre la paz de Roma cuando suene la hora de Dios.                           

PILATOS. - Muy bonito, amigo mío; pero la hora de los dioses suena ahora y siempre; y todo el mundo sabe qué significa la paz de tu Dios judío. ¿No lo has leído en las campañas de Josué? Los romanos compramos con nuestra sangre la paz romana: y la preferimos como algo fácil de comprender, que aparta el cuchillo de cada hom¬bre de la garganta de otro, a tu paz que está más allá de la comprensión porque mata al hombre, a la mujer y al niño en nombre de tu Dios. Pero eso es simple¬mente nuestra opinión. No la tuya. Por lo tanto, no es por fuerza la verdad. Debo obrar sobre la base de ella, porque un gobernador debe basarse en algo: no puede vagabundear por los caminos y decir palabras bonitas, como tú. Si fueras un gobernador responsable en vez de ser un vagabundo de alma poética, pronto descubrirías que debo elegir, no entre la verdad y la falsedad, nin¬guna de las cuales puedo comprobar, sino entre la opi¬nión razonable y bien informada y el impulso sentimen¬tal y mal informado.

JESÚS. -Sin embargo, la opinión es algo muerto y el impulso algo vivo. Tú no puedes imponerme tu opi¬nión razonable y bien informada. Si quieres crucificarme, puedo encontrarte una docena de razones para hacerlo; y tu policía puede darte un centenar de hechos para apuntalar las razones. Si quieres dejarme vivo, puedo encontrarte el mismo número de motivos para hacerlo; y mis discípulos te facilitarán más hechos que los que tendrías la paciencia de escuchar. Por eso, tus abogados pueden defender tan bien a una parte como a la otra y alegar sin deshonrarse por el bando que les pague, como el carretero alquilón que te lleva tanto al norte como al sur por la misma paga.

PILATOS. - Eres más astuto de lo que yo suponía; y tienes razón. Está mi voluntad; y está la voluntad del César, a la cual la mía debe ceder; y, por sobre la volun¬tad del César, está la de los dioses. Pero esas volunta¬des se hallan en constante conflicto entre sí: por eso, no son la verdad. Porque la verdad es una sola y no puede estar en conflicto consigo misma. Hay opiniones en con¬flicto y voluntades en conflicto: pero no hay más verdad que la verdad momentánea de que estoy sentado sobre esta silla. ¡Sin embargo, tú me dices que estás aquí para ser testigo de la verdad! ¡Tú, un vagabundo, un char¬latán, que nunca has tenido que dictar una sentencia o establecer un impuesto o emitir un edicto! ¿Qué puedes decir para que yo no haga expulsar de ti tu vanidad a latigazos por mis verdugos?

JESÚS. -Los azotes no curan la vanidad ni son un acto de justicia, aunque quizás los llames así en tu in¬forme al César: son un acto de crueldad; y esa crueldad tan malvada y horrible, porque es el arma con que los hijos de Satanás matan a los hijos de Dios, forma parte de la eterna verdad que buscas.

PILATOS. - Deja a un lado la crueldad: todo gobier¬no es cruel; porque nada es más cruel que la impunidad. Una saludable severidad...

JESÚS.-¡Oh, por favor! Debes disculparme, noble gobernador; pero Dios me ha hecho tal que las frases oficiales me causan unas náuseas violentas. La severidad saludable es para mí ipecacuana. Te he hablado de hom¬bre a hombre, con palabras vivientes. No seas ingrato y no me contestes con palabras muertas.

PILATOS. - En boca de un romano, las palabras sig¬nifican algo: en boca de un judío, son un sustituto ba¬rato de la bebida fuerte. Si te dejáramos, llenarías el mundo entero con tus escrituras y salmos y talmuds; y la historia de la humanidad se convertiría en un relato de bellas palabras y hechos villanos.

JESÚS. - Sin embargo, el Verbo vino primero, antes de hacerse carne. El Verbo fue el principio. El Verbo estuvo con Dios antes de que él nos hiciera. Más aun: el Verbo fue Dios.

PILATOS. - ¿Y qué significa todo eso? ¿Me haces el favor de decírmelo?

JESÚS. - La diferencia entre un hombre y un romano apenas es una palabra: pero nada menos. La diferencia entre un romano y un judío es sólo una palabra.

PILATOS. - Es un hecho.

JESÚS. - Un hecho que fue una palabra; porque un hecho es la sustancia de una palabra. Yo no soy por mera casualidad una pila de carne y huesos: si sólo fuera eso, me desmoronaría, reducido a podredumbre y polvo, ante tus propios ojos. Soy la encarnación de un pensa¬miento de Dios: soy el Verbo hecho carne: eso es lo que me mantiene de pie ante ti en la imagen de Dios.

PILATOS. - Bien argumentado: pero lo que es salsa para el ganso es salsa para la oca; y me parece que si tú eres el Verbo hecho carne, también lo soy yo.

JESÚS. - ¿Acaso no lo he dicho repetidas veces? ¿Aca¬so no me han lapidado en las calles porque lo decía? ¿Acaso no he enviado a mis apóstoles a proclamarles esta gran noticia a los gentiles y a los confines mismos del mundo? El Verbo es Dios. Y Dios está en ti. Cuando lo dije, los judíos -mi propio pueblo- empezaron a recoger piedras. Pero... ¿por qué habrías de reprochár¬melo tú, el gentil?

PILATOS. - Yo no te lo he reprochado. Te lo he indicado.

JESÚS.-Perdóname. Estoy tan habituado a que me contradigan...

PILATOS. - Precisamente. Hay muchas clases de pa¬labras; y todas se convierten en carne, tarde o temprano. Vé entre los soldados v oirás muchas Palabras sucias y serás testigo de muchos actos crueles y abominables que comenzaron siendo pensamientos. No permito que esas palabras se digan en mi presencia. Castigo esos actos como delitos. Tu verdad, como la llamas, puede no ser más que los pensamientos para los cuales hallaste pala¬bras que se materializarían en actos si yo te dejara suelto para que difundieras esas palabras entre la gente. Tu propio pueblo, que te trajo aquí, me dice que tus pen¬samientos son abominables y tus palabras blasfemas. ¿Cómo he de refutarlos? ¿Cómo he de distinguir entre las blasfemias de mis soldados sobre las cuales me in, forman mis centuriones y tus blasfemias sobre las cuales me informa tu Sumo Sacerdote?

JESÚS. - ¡Ay de ti y del mundo si no distingues!

PILATOS. -Eso crees tú. No me asustas. ¿Por qué supones eso?

JESÚS.-No lo supongo: lo sé. Lo sé por Dios.

PILATOS. - Tengo la misma clase de conocimiento de boca de varios dioses.

JESÚS. -Si sabes la verdad, la sabes por mi Dios, que es tu padre celestial y el mío. Tiene muchos nom¬bres y su naturaleza es múltiple. Llámalo como quieras: seguirá siendo Nuestro Padre. ¿Le dice un padre a sus hijos mentiras?

PILATOS. - Sí: muchas mentiras. Tienes un padre te¬rreno y una madre terrena. ¿Te dijeron ellos lo que pre¬dicas?

JESÚS. - No, por desgracia.

PILATOS. - Entonces, desafías a tu padre y a tu ma¬dre. Desafías a tu Iglesia. Violas los mandamientos de tu Dios y afirmas tener derecho a hacerlo. Abogas por el pobre y declaras que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al pa¬raíso de tu Dios. Sin embargo, has compartido en festi¬nes las mesas de los ricos y alentado a las rameras a gastar en perfumes para tus pies dinero que podían haberles dado a los pobres, asqueando así a tu tesorero que te traicionó vendiéndote al Sumo Sacerdote por un puñado de monedas de plata. Bueno, diviértete todo lo que quieras: no te culpo por negarte a hacer el fakir y por convertirte en una exhibición ambulante de estú¬pidas austeridades: pero debo impedir que provoques tumultos en el templo y arrojes el oro de los cambistas para que se lo disputen tus parciales. Tengo una ley que debo aplicar. La ley prohíbe la obscenidad, la sedición y las blasfemia. T e acusan de sedición y de blasfemia. Tú no las niegas: sólo hablas de la verdad, que resulta ser únicamente lo que quieres creer. Tu blasfemia nada significa para mí: toda la religión judía es blasfemia des¬de el principio hasta el fin desde mi punto de vista ro¬mano; pero significa mucho para el Sumo Sacerdote: y yo sólo puedo mantener el orden entre la judería tratando a los judíos tontos de acuerdo con la insensatez judía. Pero la sedición sí me concierne y le concierne muy de cerca a mi cargo: y cuando emprendes la tarea de sustituir al imperio romano por un reino en que habrás de ocupar el trono tú y no el César, te haces culpable de la má¬xima traición. Me fastidia hacerte crucificar; porque aunque sólo eres un judío, y un joven bastante novato por lo demás, advierto que, dentro de tus características judías, eres un hombre de calidad; y los gavilanes no deben arrancarles los ojos a los gavilanes. En realidad, condesciendo a hablar contigo tan largamente con' la mi¬sericordiosa esperanza de encontrar una excusa para to¬lerar tu blasfemia y sedición. Como defensa, sólo me ofreces una frase vacua sobre la verdad. Deseo sinceramente salvarte la vida; porque si no te dejo en libertad, tendré que liberar a ese bribón de Barrabás, quien ha llegado más lejos que tú y matado a alguien, mientras que tengo entendido que tú sólo has resucitado a un judío de entre los muertos. Por última vez, pues, te digo: haz trabajar a tu mente y encuéntrame una razón sólida para que yo pueda dejar en libertad a un blas¬femo sedicioso.

JESÚS. -No te pido que me dejes en libertad: ni aceptaría mi vida al precio de la muerte de Barrabás aunque creyera que puedes dar contraorden y evitarme la dura prueba a que estoy predestinado. Pero para sa¬tisfacer tu apetencia de verdad, te diré que la respuesta a tu pregunta es tu propio argumento de que ni tú ni el prisionero a quien juzgas pueden probar que él tiene razón: por lo tanto, no debes juzgarme porque tú mismo podrías ser juzgado. Sin sedición y blasfemia, el mundo seguiría inmóvil y el Reino de Dios no se acercaría un solo palmo. El imperio romano empezó con una loba que alimentaba a dos niños. Si esos niños no hubiesen sido más sabios que su madre adoptiva, tu imperio sería una manada de lobos. Gracias a los hijos que son más sabios que sus padres, a los súbditos que son más sabios que sus emperadores y a los mendigos y vagabundos que son más sabios que sus sacerdotes, los hombres se elevan del nivel de las fieras al de seres que creen en mí y son salvados.

PILATOS. - ¿Qué quieres decir con eso de creer en ti?

JESÚS. - Me refiero a ver el mundo como yo lo veo. ¿Qué otra cosa podrían significar mis palabras?

PILATOS. - Y tú eres el Cristo, el Mesías. .. ¿eh?

JESÚS. - Aunque fuera Satanás, mi argumentación seguiría siendo válida.

PILATOS. - ¿Debo perdonar y estimular a todos los herejes, a todos los rebeldes, a todos los infractores de la ley, a todos los bribones, por temor a que resulten más sabios que todas las generaciones que crearon el de¬recho romano y construyeron el imperio sobre él?

JESÚS. -Por sus frutos los conoceréis. Cuídate de no matar un pensamiento nuevo para ti. Porque ese pen¬samiento podría servirle de base al reino de Dios sobre la tierra.

PILATOS. - También podría ser la ruina de todos los reinos, todo el derecho y toda la sociedad humana. Po¬dría ser el pensamiento de la fiera que se esfuerza en volver.

JESÚS. - La fiera no se esfuerza en volver: el reino de Dios se esfuerza en llegar. El imperio que vuelve la vista con terror será sustituido por el reino que mi¬rará el futuro con esperanza. El terror enloquece a los hombres: la esperanza y la fe les dan una sabiduría divina. Los hombres a quienes llenas de temor no se detendrán ante ningún mal y perecerán en sus pecados: los hombres a quienes yo lleno de f e heredarán la tie¬rra. Yo te digo: Desecha todo temor. No me digas más cosas vanas sobre la grandeza de Roma. La grandeza de Roma, como tú la llamas, sólo es miedo: miedo al pa¬sado y miedo al futuro, miedo al pobre y miedo al rico, miedo a los Sumos Sacerdotes, miedo a los judíos y a los griegos que son ilustrados, miedo a los galos y godos y hunos que son bárbaros, miedo al Cartago que des¬truiste para salvarte del temor que te inspiraba y que ahora temes más que nunca, miedo al César imperial, el ídolo que tú mismo has creado, y miedo de mí, el vagabundo sin un centavo, golpeado y escarnecido, teme¬roso de todo salvo la norma de Dios: la f e en todo salvo la sangre y el hierro y el oro. Tú, que representas a Roma, eres el cobarde universal: yo, que represento al reino de Dios, lo he desafiado todo, lo he perdido todo y ganado una corona eterna.

PILATOS. -Has ganado una corona de espinas: y la ostentarás sobre la cruz. Eres un hombre más peligroso de lo que yo suponía. Tu blasfemia contra el dios de los sumos sacerdotes no me preocupa; puedes pisotear su religión a tus anchas por lo que a mí respecta; pero has blasfemado contra César y contra el imperio; y lo has hecho deliberadamente y tienes el poder de volver los corazones de los hombres contra él como has vuelto a medias el mío. Por eso, debo terminar contigo mien¬tras quede un poco de ley en el mundo.

JESÚS.-La ley es ciega sin el consejo. El consejo con el cual están de acuerdo los hombres es inútil: ape¬nas es el eco de sus propias voces. Un millón de ecos no te ayudarán a gobernar con rectitud. Pero el que no te teme y te ofrece la otra mejilla es una perla del más alto precio. Mátame y serás ciego ante tu condena. El más grande de los nombres de Dios es el de Consejero: y cuando tu imperio sea polvo y tu nombre un objeto de oprobio en las naciones, los templos del Dios vivo resonarán aún con su alabanza como ¡Maravilloso! ¡Con¬sejero! Padre Eterno, Príncipe de la Paz.

 

LA SANTIDAD DE LA CRÍTICA

 

Por lo tanto, la última palabra queda en manos de Jesús y de Handel; y ésta debe seguir siendo la mejor defensa de la tolerancia hasta que un hombre mejor que yo logre otra superior.

Expresado en forma breve y exenta de dramatismo, este caso implica que una civilización no puede progre¬sar sin crítica y, por lo tanto, para salvarse del estan¬camiento y la putrefacción, debe concederle la impuni¬dad a la crítica. Esto implica la impunidad no sólo para ,Proposiciones que, por nuevas que sean, parecen inte¬resantes, propias de estadistas y respetables, sino también otras que impresionan al espíritu no crítico como im¬púdicas, sediciosas, blasfemas, heréticas y revoluciona¬rias. Esa sólida institución católica que se llama el abo¬gado del diablo, debe ser encarada con privilegio porque podría ser el heraldo del mundo futuro. La dificultad consiste en distinguir entre el crítico y el delincuente o loco, entre la libertad de precepto y la libertad del ejem¬plo. Puede ser vitalmente necesario permitirle a una per¬sona que abogue por el nudismo; pero podría ser in¬conveniente permitirle que se pasee desnuda por Piccadilly. Karl Marx, al escribir la condena a muerte de la propiedad privada en el salón de lectura del Museo británico, era sagrado; pero si Karl Marx le hubiese enviado el dinero del alquiler de su villa de Maitland Park al ministro de Hacienda y matado a tiros a los agentes del dueño de la finca cuando vinieran a em¬bargarle los muebles o a desalojarlo, difícilmente habría podido escapar de la horca por haber puesto en práctica su derecho a la crítica. Sólo cuando la crítica modifique al derecho podrá permitir el magistrado que el crítico lo ponga en ejecución. Estamos tan peligrosamente mal educados en materia de ciudadanía que la mayoría de nosotros cree tener un derecho ilimitado a cambiar de conducta apenas cambiamos de idea. La gente que tiene una vaga idea de que el socialismo es un estado de la sociedad en que cada uno les da todo lo que posee a los demás me reprocha que, siendo socialista, yo no me convierta en el acto en mendigo en esa forma. Personas que suponían, más concretamente, que era ilógico que un socialista tuviese un automóvil, lograron casi plan¬tear un problema de orden público a causa de la pose¬sión de un vehículo semejante por un primer ministro que, en esa época, profesaba el socialismo. Pero aunque esos idiotas hubiesen comprendido realmente de qué ha¬blaban, se habrían equivocado al suponer que un crítico hostil del orden social existente podía o debía compor¬tarse como si viviera en su propia Utopía privada. Podrá ser, a lo sumo, un poco excéntrico, a costa de que lo toleren como ligeramente chiflado.

En cambio el gobierno, también, no sólo tiene el derecho sino el deber de criticar. Si ha de abandonar de una vez por todas su salvaje superstición de que quienquiera viole la ley es presa legítima para los tor¬turadores, y de que el mal causado por el malhechor puede ser expiado y borrado por un mal peor que le hagan los jueces y sacerdotes, si quiere imponer la doc¬trina de Jesús de que el castigo sólo es una insensata tentativa de hacer un blanco con dos negros y de abolir la monstruosa lista de crímenes y penalidades a que han sido reducidas esas supersticiones para que la apliquen funcionarios rutinarios, debe ampliarse enormemente la crítica gubernamental; porque cada delito planteará la cuestión crítica esencial de si el delincuente es apto para la vida o no, y, en caso afirmativo, de si es apto para vi¬vir con una tutela o disciplina semejantes a las de un soldado, o en una libertad normal con el deber de re¬parar el daño que ha causado.

Para semejantes funciones, necesitaremos a críticos educados de otro modo que nuestros jueces de hoy; pero otro tanto puede decirse de todos aquellos cuyas fun¬ciones públicas trascienden la aplicación de una rutina.

Es probable que la extirpación del dolo, la vengatividad y la libido sádica en esas condiciones de los contactos personales de los ciudadanos con sus gobernantes, lejos de surtir un efecto tranquilizador, sea menos terro¬rífica al principio, ya que todas las personas de concien¬cia algo tierna sentirán las más profundas dudas acerca de si merecen realmente vivir en una sociedad muy civi¬lizada; pero eso desaparecerá como cánones de valor es¬tablecidos y conocidos en la práctica. En el ínterin, el terror obrará como una especie de conciencia social que falta peligrosamente en la actualidad y que ninguno de nuestros establecimientos educacionales sueña jamás con inculcar.

 

AYOT ST. LAWRENCE,

22 de octubre de 1933.

 

 

EN LA RUINA

 

 

ACTO I

 

El gabinete del número 10 de Downing Street, Westminster, residencia oficial del primer ministro británico. El ilustre detentor de ese cargo, Sir Arthur Chavender, está leyendo el "Times" junto al hogar, bajo el retrato de Walpole. La pared del hogar está cubierta de estan¬tes con libros: pero a la derecha de Walpole hay una puerta disimulada, sobre la cual se ven falsos libros y estantes pintados y que lleva al departamento privado del ministro; y en el extremo de dicha pared, a la izquierda de Walpole, hay una puerta que lleva a la oficina de la secretaria privada de Sir Arthur, la señorita Hilda Hanways. La puerta principal está en la pared lateral, a la derecha de Walpole. En la pared de enfrente, a la izquierda del retrato, están las grandes ventanas. Todo guarda una escala imponente, inclusive una mesa oblon¬ga que cruza la parte media de la habitación, con catorce sillas tapizadas de cuero, seis a cada lado y una en cada extremo. La del presidente es la central, próxima al frío hogar (la acción transcurre a mediados de julio); y hay un teléfono y un conmutador sobre la mesa a su alcance. Sir Arthur ha dado vuelta a esa silla y se ha instalado cómodamente en ella, mientras lee. En el extremo de la mesa más próxima a la ventana, una bandeja de plata, con café y leche para una persona, indica el asiento ex-traoficial de Sir Arthur. En el rincón que está más lejos del retrato de Walpole, a su derecha, hay un secreter y una silla para la secretaria. En el rincón para la corres-pondencia, a la izquierda de Sir Arthur, un sillón. Sobre un estante a medias vacío de la biblioteca, al alcance del primer ministro, hay un Libro Azul, abandonado y polvoriento.

Sir Arthur debe de estar frisando en los cincuenta; pero su natural exuberancia le da un aire mucho más joven. Tiene la voz de un orador de agradable tono; y sus modales son muy cordiales. Viste a la antigua y tiene el aire aristocrático propio de quien es negligente pero viste bien, hazaña que le resulta fácil, ya que está tan bien formado que cualquier ropa parecería elegantemen¬te cortada sobre él. En general, su personalidad es muy atrayente.

Lee el "Times" hasta que su secretaria llega precipi¬tadamente de su oficina, con su libro de apuntes y un manojo de cartas en la mano. Su edad es una incógnita; pero también está formada de tal modo que pasa por ser razonablemente joven y atrayente. Parece una secre¬taria eficiente; aunque no soporta la carga de los asuntos del Estado con tanta facilidad como el primer ministro. Ambos están preocupados: pero con una diferencia. A ella no sólo la preocupa un exceso de tareas sino tam¬bién un sentido de la responsabilidad: en Sir Arthur el goce que le proporciona su posición no le permite dudar de que ha nacido para esa tarea.

 

 

HILDA. - Tengo entendido que usted ha estado pre¬guntando por mí, Sir Arthur. Lamento haber llegado tarde; aunque realmente, las calles se están volviendo infranqueables con esas multitudes de desocupados. Tomé un taxímetro, pero fue inútil: nos cerró el paso una procesión y tuve que apearme y abrirme camino a codazos. (Va hacia su escritorio.)

SIR ARTHUR (levantándose). - ¿Qué esperan conse¬guir agolpándose sin objeto en torno de Westminster y de las oficinas públicas?

HILDA. - A Dios gracias, la policía no los dejará entrar a Downing Street. (Se sienta.) Todos se agolpa¬rían sobre la escalinata.

SIR ARTHUR. - Todo eso es tan estúpido ... revela tanta ignorancia... ¡Pobre gente! (Arroja el "Times" sobre la mesa y va hacia la última silla, junto al sitio donde está su café.) Creen que, por el hecho de ser pri¬mer ministro, soy la Divina Providencia y puedo en¬contrarles trabajo antes de que resucite el comercio. (Se sienta y hurga los papeles.)

HILDA. - Trafalgar Square está atestado. El paseo de los Guardias de Caballería está atestado. El Mall está atestado hasta Marlborough House y el palacio Buckingham.

SIR ARTHUR. -No tienen derecho a estar ahí. Trafalgar Square no es una plaza pública: le pertenece al Comisionado de Bosques y Selvas. El paseo de los Guar¬dias de Caballería les está reservado a los militares. El Mall es una bocacalle: quienquiera se detenga en ella es culpable de obstrucción. ¿En qué piensa la policía?

¿Por qué no los echa?

HILDA. - Le pregunté al agente de policía que me

hizo franquear las puertas por qué no lo hacían. Dijo: "Nos alegramos demasiado de que estén donde no pueden romper ventanas y donde los de la policía montada puedan vapulearlos en el Hooligan Fringe cuando se vuelven harto fastidiosos."

SIR ARTHUR. - ¡El Hooligan Fringe! Ha sacado eso de los periódicos. Eso sólo los estimula a describirlos así.

HILDA. - Sir Broadfoot Basham ha venido de Scot¬land Yard. Está hablando con Lady Chavender.

SIR ARTHUR (levantándose, va hacia el teléfono). - Sí: lo llamé por teléfono. Realmente, debe hacer algo para impedir esos mitines. Fue un error nombrar jefe de policía a un hombre que se llama así. La gente lo cree un terrorista brutal, que golpea y pisotea, por más consideración que ponga en su trato la policía. Lo que necesitamos, es una figura muy popular. (Descuelga el receptor.) Pídale a Sir Broadfoot Basham que venga.

HILDA. -No creo que ningún jefe de policía pueda ser popular en la actualidad. Cada día hay delegaciones de desocupados que esgrimen porras. (Se sienta y se ocu¬pa de las cartas.)

SIR ARTHUR. - ¡Pobres diablos! Detesto ese aspecto del asunto. Pero... ¿qué puede hacer la policía? No podemos dejar que las delegaciones amenacen las sedes de las autoridades locales. Las delegaciones son muy mo¬lestas hasta en los tiempos de mayor tranquilidad; en estos, constituyen un peligro público.

(El jefe de policía entra por la puerta de calle. Es un hombre de aspecto competente desde el punto de vista militar y un caballero, y sus modales son muy agra¬dables; pero distan de ser conciliatorios. Hilda se levanta y le arrima una silla en el extremo de la mesa más próximo a ella y más lejano de Sir Ar¬thur; luego, vuelve a su trabajo. Sir Arthur se acerca al recién llegado.)

SIR ARTHUR. - Buenos días, Basham. Siéntese. Estoy ocupadísimo, pero usted es siempre bienvenido en sus diez minutos.

BASHAM (con frialdad, sentándose). - Gracias. Us¬ted ha mandado por mí. (Con ansiedad.) ¿Algo nuevo?

SIR ARTHUR. - Esos mitines en las esquinas están excediendo todos los límites.

BASHAM (aliviado). - ¿Qué daño causan? Las mu¬chedumbres son peligrosas cuando no tienen nada que escuchar o mirar. Esos mitines los divierten. Nos ahorran trabajo.

SIR ARTHUR. - Todo eso está muy bien para usted, Basham, pero... ¡piense en los problemas que me crea! Recuérdelo: esto es un gobierno nacional, no una fies¬ta. Tengo que soportar constantemente a mis colegas los conservadores: no pueden digerir la sedición que fermenta cada día en esos mitines. Sir Dexter Rightside -usted sabe qué duro veterano es ese- le oyó decir a un orador que si la policía usaba gases lacrimóge¬nos los desocupados le darían al viejo Dexy algo con que llorar sin necesidad de gases. Todo eso ha hecho culminar la efervescencia en el gabinete. Daremos un decreto de gabinete que le permita a usted acabar con todos los mitines y discursos callejeros.

BASHAM (sin mostrarse impresionado, lentamente). - Si no tiene inconveniente, señor primer ministro, preferiría que no hiciera eso.

SIR ARTHUR. - ¿Por qué?

BASHAM. - La psicología de las multitudes.

SIR ARTHUR. - ¡Tonterías! En realidad, Basham, si se propone endilgarme esa podredumbre metafísica em-

pezaré a preguntarme si su nombramiento no ha sido un error.

BASHAM. - Claro está que lo fue. Habérselas con los desocupados no es tarea propia de un soldado y yo lo fui. Si quiere que yo solucione el problema de esas mu¬chedumbres en forma militar, dígalo y déme media docena de ametralladoras. Las calles estarán despejadas antes de las doce.

SIR ARTHUR. - ¡Hombre! ¿Ha pensado en el efecto que causaría eso sobre las elecciones complementarias?

BASHAM. - Un soldado nada tiene que ver con las elecciones. Muéstreme a una multitud y dígame que la disperse. Lo único que oirá será un ruido semejante a la matraca de un sereno. Es muy Sencillo.

SIR ARTHUR. - Demasiado sencillo. Ustedes los sol¬dados nunca comprenden las dificultades con las cuales tiene que habérselas un estadista.

BASHAM. - Entonces ... ¿qué alternativa hay?

SIR ARTHUR. -Ya se lo he dicho. Arreste a los que incitan a la sedición. Eso, le cerrará la boca al viejo Dexy.

BASHAM. - ¿Para que Satanás pueda encontrar más fechorías para sus ociosas manos? No, señor primer mi¬nistro: la alternativa correcta es la mía: que la multitud se siga divirtiendo. Creo que usted debiera saber eso mejor que muchos.

SIR ARTHUR. - ¡YO! ¿Qué quiere decir con eso?

BASHAM. - La idea es impedir que la multitud haga algo... ¿verdad?

SIR ARTHUR. -Algo nocivo: supongo que sí.

BASHAM. - Una multitud inglesa nunca hará nada, nocivo ni lo contrario mientras escuche discursos. Y se puede confiar en que los hombres que pronuncian los discursos nunca harán otra cosa. En primer lugar, no saben cómo. En segundo lugar, tienen miedo. Les estoy dando instrucciones a mis agentes de incitar a todas las sociedades de habladores, las de moral, las socialistas, las comunistas, las fascistas, las anarquistas, las sindica¬listas, el partido laborista oficial, el partido laborista in¬dependiente, el Ejército de Salvación, el ejército de la Iglesia y los ateos, a que envíen a sus mejores vocife¬radores a las calles a aprovechar la oportunidad.

SIR ARTHUR. - ¿Qué oportunidad?

BASHAM. - Ellos no lo saben. Yo, tampoco. Sólo se trata de una frase que no significa nada: algo que les dará sin duda un motivo. Tengo que mantener en mo¬vimiento a Trafalgar Square noche y día. Nos serían útiles algunos legisladores laboristas. Usted tiene a un extraño hato de charlatanes en sus manos en la Cámara de los Comunes. Si pudiera mandar a media docena de ellos al Yard, yo los pondría donde fuesen realmente útiles.

SIR ARTHUR (irritado). - Basham: debo decirle que estamos resueltos a poner término a esa manera moder¬na de hablar irrespetuosamente de la Cámara de los Co¬munes. Si esto llega demasiado lejos, no vacilaremos en hacer comparecer a los ofensores destacados ante la Cá¬mara, sea cual fuere su cargo.

BASHAM. - Arthur: como jefe responsable de la po¬licía, tengo que vérmelas con los hechos durante todo el día y todos los días; y uno de los hechos es que hoy a nadie, salvo la camarilla del partido, le importa un rábano la Cámara de los Comunes. (Levantándose.) Usted hará lo que le digo y dejará que sigan hablan¬do... ¿verdad?

SIR ARTHUR. - Bueno... Yo... Este...

BASHAM. -Salvo que esté dispuesto a intentar las ametralladoras.

SIR ARTHUR. - Oh, no hable más de eso, Basham. (Vuelve a su silla y se sienta, con aire vacilante.)

BASHAM. - ¡Entendido! Les dejaremos hablar. Mu¬chísimas gracias. Lamento haberle robado tanto tiempo. Sé que tiene para usted un valor inestimable. (Va de prisa hacia la puerta; luego, vacila y añade.) A propó¬sito... Sé que es mucho pedir, pero si usted mismo pudiera hacernos una visita en Trafalgar Square... al¬gún domingo por la tarde sería lo mejor... eso.. .

SIR ARTHUR (levantándose de un salto, completamen¬te despabilado). - ¡¡Yo!!

BASHAM (con precipitación). - No, claro que no po¬dría. Pero eso les haría tanto bien ... Mantendría tran¬quila a la multitud, hablando del asunto, durante quince días. Pero, desde luego, es imposible: no diga más. Has¬ta luego. (Sale.)

SIR ARTHUR (desplomándose sobre su silla). - ¡Vaya! Basham está perdiendo la cabeza. ¿Qué habrá querido decir con eso de que yo debía saberlo mejor que muchos? ¿Qué debo saber mejor que muchos?

HILDA. - Creo que quiso decir que usted es un ora¬dor tan maravilloso que debería conocer el efecto mágico que surte un buen discurso sobre una multitud.

SIR ARTHUR (cavilando). - ¿Sabe que me parece que la idea de Basham de que yo pronuncie un discurso en Trafalgar Square no es tan descabellada? No he hecho nada semejante durante años; pero fui un gran orador en mis tiempos y creo que si enfrentara a los desocu¬pados cara a cara y les explicase que me propongo con¬vocar a una conferencia en marzo próximo sobre las pers¬pectivas de un renacimiento del comercio, causaría un efecto magníficamente tranquilizador.

HILDA. - Pero eso es imposible. Usted tiene una con¬ferencia por mes hasta noviembre. ¡Y piense en el tiem¬po insumido por la travesía! ¡Una en París! ¡Dos en Ginebra! ¡Una en Japón! No podría hacerlo. Eso lo ago¬taría.

SIR ARTHUR. -¿Y estaré mejor en mi país mane¬jando a la Cámara, quedándome sentado toda la noche en una atmósfera fétida y escuchando a esos estúpidos que me insultan? Le digo que me habría muerto hace mucho tiempo si no me hubiesen aliviado esas confe-rencias, los viajes y el cambio. Y espero con placer la perspectiva del Japón. Allí podré comprar unas bonitas chucherías.

HILDA. - ¡Bueno! Usted sabrá lo que hace.

SIR ARTHUR (con energía). - Y ahora, a trabajar. ¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡A trabajar! (Se levanta y se pasea delante de la mesa.) Quiero que tome algunas notas para mi discurso de esta tarde en la Casa de la Iglesia. El arzobispo me dice que a los católicos ingle¬ses los enloquece lo que llaman comunismo cristiano y que debo desviarlos de eso.

HILDA. -Están esas viejas notas sobre las dificul¬tades económicas del socialismo que usted usó el año pasado en la Asociación Británica.

SIR ARTHUR. -No: esos clérigos saben demasiado sobre eso. Además, esta oportunidad no es la más ade¬cuada para hablar de dificultades económicas: estamos con el agua al cuello. El arzobispo dice: "Evite las cifras y aférrese al hecho de que el socialismo desintegraría a la familia." Creo que tiene razón: un poco de senti¬miento familiar da siempre buen resultado. Anóteme simplemente esto. (Dictando.) La familia. El cimiento de la civilización. El cimiento del imperio.

HILDA. - ¿Estarán presentes hindúes o mahometa¬nos?

SIR ARTHUR. -No. Nada de polígamos en la Casa de la Iglesia. Además, todos saben que La Familia sig¬nifica la familia británica. A propósito: puedo aprove¬char eso. Escriba, en una línea aparte, con mayúsculas rojas, "Un hombre, una esposa". Permítame verlo, ahora... ¿Puedo desarrollarlo? "Un hijo, un padre." ¿Cómo quedaría eso?

HILDA. - Creo que sería más seguro decir: "Un hijo, una madre."

SIR ARTHUR. -No: eso podría causar risa... una risa que no nos conviene. Más vale que yo no corra ese riesgo. Táchelo. Una risa inoportuna en la Casa de la Iglesia sería el propio demonio. ¿Dónde consiguió ese collar? Es bonito. No lo he visto antes.

HILDA. - Lo uso todos los días desde hace dos me¬ses. (Tacha la nota "un hijo".) ¿Cómo decía, señor?

SIR ARTHUR. - Entonces... Este... ¿De qué ha¬blábamos? (Con impertinencia.) Le ruego que no me interrumpa: yo tenía todo el discurso bonitamente pla¬neado en la cabeza y ahora ha desaparecido.

HILDA. - Perdón... La familia.

SIR ARTHUR. - ¿La familia? ¿La familia de quién? ¿Qué familia? ¿La Sagrada Familia? ¿La Familia Real? ¿La Familia de los Robinsones suizos? Sea un poco más explícita, señorita Hanways.

HILDA (con amable insistencia). -Ninguna familia en particular. La familia. El socialismo que desintegra a la familia. Para el discurso de esta tarde en la Casa de la Iglesia.

SIR ARTHUR. - Sí, sí, sí, naturalmente. Ayer, estuve en la Cámara de los Comunes hasta las tres de la ma¬ñana y tengo el cerebro destrozado.

HILDA. - ¿Por qué se acostó tan tarde? Esos asuntos no tenían importancia.

SIR ARTHUR (escandalizado). - ¡Que no tenían im¬portancia! Realmente, usted no debe decir esas cosas, señorita Hanways. ¡Un debate sobre si Jameson o Thompson tenían razón acerca de lo que dijo Johnson en el gabinete!

HILDA. - Hace diez años.

SIR ARTHUR. - ¿Qué importa eso? La interrogante fundamental, la de si mintió Jameson o mintió Thompson, es una cuestión vital de primera magnitud.

HILDA. - Pero ambos mienten.

SIR ARTHUR. -Claro que sí: pero la división po¬dría influir sobre su inclusión en el próximo gabinete. Toda la Cámara se sublevó contra eso. ¡Mire los perió¬dicos de la mañana! No hablan más que de ese tema.

HILDA. - Y tres líneas sobre los desocupados, aun¬que llegué con veinte minutos de atraso porque tuve que abrirme paso entre ellos. En realidad, Sir Arthur, usted debió volver a casa y acostarse. Se matará si trata de hacer su trabajo y de concurrir al propio tiempo a tantos debates: ya lo creo.

SIR ARTHUR. - Señorita Hanways: me gustaría in¬ducirla a recordar a veces que soy el jefe de la Cámara de los Comunes.

HILDA. - ¡Oh! ¿De qué sirve acaudillar a la Cámara de los Comunes si con eso nunca se va a ninguna parte? Sólo me desgarra el corazón ver el estado en que usted vuelve a casa. A la mañana siguiente, está hecho un inútil.

SIR ARTHUR (gritándole). -¡No me lo recuerde! ¿Cree que no lo sé? Mi cerebro está agotado: mi capa¬cidad mental, forzada y en tensión a tal punto que pa¬rece próxima a romperse. (Dominándose.) Con todo, es inútil quejarse de eso: tendré una noche de asueto cuando vaya a Ginebra y un fin de semana en Chequers. Pero es difícil gobernar a un país y hacer cada día cincuenta mil cosas más que podrían haber sido ejecu¬tadas igualmente por el macero de Burlington Arcade. Bueno, bueno, no perdamos tiempo. ¡A trabajar! ¡A tra¬bajar! ¡A trabajar! (Vuelve a su silla y se sienta con aire resuelto.) Siga con eso. ¿De qué hablábamos?

HILDA. - De la familia.

SIR ARTHUR (aferrándose las sienes, con aflicción).- ¡Dios mío! ¿Ha estado alborotando de nuevo la cu¬ñada de Lady Chavender?

HILDA. - No, no. La familia. Ninguna familia real. La familia. El socialismo que desintegra a la familia. Su discurso de esta tarde en la Casa de la Iglesia.

SIR ARTHUR. - Ah, desde luego. Estoy senil. Trein¬ta años en el parlamento y diez en el Banco del Frente  bastan para hacer chochear a cualquier hombre. Sólo tengo un juego de sesos y necesito diez. Yo...

HILDA (con tono apremiante). - Tenemos que seguir con las notas para su discurso, Sir Arthur. Ha pasado ya media mañana y no hemos hecho nada.

SIR ARTHUR (enfurecido de nuevo). - ¿Cómo pue¬de encontrar tiempo para hacer algo el hombre más ocu¬pado de Inglaterra? Es usted quien me ha hecho perder la mañana interrumpiéndome con sus tontas observacio¬nes sobre su collar. ¿Qué me importa su collar?

HILDA. - Usted me lo regaló, Sir Arthur.

SIR ARTHUR. - ¿De veras? ¡Ja, ja, ja! Sí: creo que fui yo. Lo compré en Venecia. Pero sigamos. ¿Cómo decía ese discurso?

HILDA. - Sí. La familia. Se trataba de la familia.

SIR ARTHUR. - Bueno, eso lo sé: todavía no me he vuelto totalmente idiota. Usted no hace más que decir la familia, la familia, la familia.

HILDA. - El socialismo y la familia. Cómo desinte¬gra el socialismo a la familia.

SIR ARTHUR. - ¿Quién dijo que el socialismo des¬integrará a la familia? No sea tonta.

HILDA. - El arzobispo quiere que usted lo diga. En la Casa de la Iglesia.

SIR ARTHUR. -Sin duda, me estoy volviendo loco.

HILDA. - No: sólo está cansado. Se desempeña muy bien. Un hombre, una esposa: fue ahí donde se detuvo.

SIR ARTHUR. - Un hombre, una esposa, significa una esposa de más, si la misma tiene una caterva de herma¬nos que no pueden entenderse con las mujeres con quie¬nes se casen. ¿Se le ha ocurrido, señorita Hanways, que la perspectiva de que el socialismo destruya a la fami¬lia puede no ser totalmente atrayente?

HILDA (con desesperación). - ¡Oh, Sir Arthur!.. . Tenemos que seguir adelante con las notas, es realmente indispensable. Todavía me falta hacer todas las cartas. Trate de retomar el hilo. La familia, el cimiento del im¬perio. El cimiento del cristianismo. De la civilización. De la sociedad humana.

SIR ARTHUR. - Basta de hablar del cimiento del cris¬tianismo: no puedo soportar eso por más tiempo. Nece¬sito otra palabra que me inspire. Veamos. Ya la tengo. La nacionalización de las mujeres.

HILDA (reconviniéndolo). - ¡Oh, Sir Arthur!

SIR ARTHUR. - ¿Qué pasa, ahora?

HILDA. - ¡Qué palabrería vana!

SIR ARTHUR. - Señorita Hanways, cuando un esta¬dista no dice palabras vanas se está creando dificultades y sabe Dios que las tengo sobradas para buscarme más. Anote eso. (Se levanta y adopta una actitud oratoria en el extremo de la mesa.) "No, Su Señoría, lores y ca¬balleros. Nacionalicen la tierra si lo desean, nacionalicen sus industrias si deben hacerlo, nacionalicen la educa¬ción, la vivienda, la ciencia, el arte, el teatro, la ópera, hasta el cinematógrafo: pero dejen a nuestras mujeres."

HILDA (después de haberlo anotado). - ¿Es el final?

SIR ARTHUR (abandonando su actitud y paseándo¬se). -No: escriba en mayúsculas rojas debajo de eso "Fe Cristiana".

HILDA. - Creo que poner Fe Cristiana causará bas¬tante impresión, salvo que se lo vincule a algo muy sin¬cero. ¿Me permite sugerirle "El único Cimiento de la Iglesia"?

SIR ARTHUR. - Sí. Es mucho mejor. Gracias. La fa¬milia es el único cimiento de la Iglesia. Magnífico.

(La señorita Flavia Chavender, de diecinueve años, irrumpe con violencia en la habitación a través de la puerta disimulada y se lanza hacia su padre.)

FLAVIA. - Papá, no soportaré por más tiempo a mamá. Me obstaculiza en todas las formas posibles por mera aversión. Me niego a vivir en esta casa con ella un solo momento más.

(Lady Chavender entra siguiéndola, hablando al en¬trar y se interpone entre el primer ministro y su ata¬cante.)

LADY CHAVENDER. - Me imaginé que vendrías aquí

a hacer un escándalo y a molestar a tu padre, aunque ha dormido apenas seis horas en esta semana y se ha pasado la noche de vigilia. ¡Cuanto lo siento, Arthur! ... Esta muchacha es ingobernable.

(David Chavender, de dieciocho años, esbelto, refi¬nado, algo pequeño para su edad, entra impetuosamente y va hacia la mesa.)

DAVID (con falsete infantil). - Oye, mamá. ¿No po¬drías dejar en paz a Flavia? No puedo quedarme im¬pasible viendo cómo la sermoneas y la tratas como a una niña de seis años. La regañas y la vuelves a regañar, haga lo que haga.

LADY CHAVENDER. - ¡Regañarla! Me domino hasta el límite de la paciencia humana con todos ustedes. Pero Flavia me fastidia de una manera científica.

FLAVIA. -No es cierto. Te he tratado con respeto y he renunciado a todas las cosas que quería por ti hasta que ya no me quedó personalidad. Si tomo un libro, quieres que yo lea otra cosa. Si deseo ver a alguien, quie¬res que vea a otra persona. Si elijo el color de mi vestido, quieres algo distinto y zafio. No puedo estar sentada como es debido ni estar parada como es debido ni ves¬tirme como es debido: mi vida aquí es un infierno.

LADY CHAVENDER. - ¡¡Flavia!!

FLAVIA (apasionadamente). -Sí, un infierno.

DAVID. - Es muy cierto. (Fortísimo.) El infierno.

LADY CHAVENDER (tranquilamente). -Señorita Hanways... ¿Tendría inconveniente en...?

HILDA. - Sí, Lady Chavender. (Se levanta para irse.)

FLAVIA. - No tiene por qué irse, Hilda. Usted sabe lo que me veo obligada a soportar.

DAVID. - ¡Al diablo con toda esta paralizante deli¬cadeza! ¡Al diablo!

LADY CHAVENDER. - Arthur...

SIR ARTHUR (acariciándola). - No te preocupes, querida. Hay que dejarlos hablar. (Vuelve tranquila¬mente a su silla.) Es como en la Cámara de los Comu¬nes, sólo que los discursos son más breves.

FLAVIA. - ¡Oh, es inútil tratar de que papá escuche algo! (Se deja caer con desesperación sobre la silla de Basham y se retuerce.)

DAVID (acercándose a Sir Arthur, con dignidad). - Realmente me parece, papá, que podrías, por una vez, interesarte un poco por la familia.

SIR ARTHUR. - Querido hijo mío, en este momento estoy reuniendo notas para un discurso sobre la familia. Pregúntale a la señorita Hanways.

HILDA. - Sí, señor Chavender: Sir Arthur tiene que hablar esta tarde sobre el desintegrante efecto del socia¬lismo sobre la vida familiar.

FLAVIA (la irresistible comicidad de esto lucha en ella con un acceso histérico y lo vence). - ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

DAVID (retrocediendo). - ¡Ja, ja, ja! Eso es lo me¬jor... ¡Ja, ja, ja!

SIR ARTHUR. -No le veo la gracia. ¿A qué viene esa hilaridad?

DAVID. -Bríndale a la Cámara una breve descrip¬ción de esta familia y te reirás como nunca.

FLAVIA. - ¡Maldita sea la familia!

LADY CHAVENDER. - ¡Flavia!

FLAVIA (saltando). - Sí. Eso es. No debo hablar del

infierno. No debo decir nada de lo que siento y pienso,

sino sólo de lo que piensas y sientes tú. Eso es la vida de familia. ¡Regaños y regaños y regaños!

DAVID. - ¡Riñas, riñas y riñas!

FLAVIA. - ¡Mira en qué forma insoportable me tra¬tas! ¡Mira en qué forma insoportable tratas a papá!

SIR ARTHUR (levantándose en un acceso de flamígera ira). - ¿Cómo te atreves? Silencio. Sal de aquí.

(Después de un instante de acobardado silencio, Flavia, algo aturdida por la avalancha que ha provocado sobre sí, mira a su padre con aire extraviado; luego pro¬rrumpe en sollozos y sale corriendo por la puerta disi¬mulada.)

SIR ARTHUR (tranquilamente). - Más vale que tam¬bién tú te vayas, hijo mío.

(David, también un poco aturdido, se encoge de hom¬bros y sale. Sir Arthur mira a Hilda. asta sale precipi¬tadamente, casi en puntas de pie.)

SIR ARTHUR (tomando afectuosamente en sus brazos a su mujer). - ¡Tratarme mal! ¡Tú! Sentí ganas de ma¬tarla, pobre diablillo.

(Se sienta; y su mujer pasa detrás de él y toma la silla más próxima que hay a su derecha. Es una mujer buena y guapa; pero está aburrida; y a juzgar por su aire usual parece excusarse no sólo por ser incapaz de interesarse por la gente, sino hasta por fin¬gir que se interesa.)

LADY CHAVENDER. - Bien merecido lo tenemos, que¬rido, por haber dejado que se criaran a la manera de posguerra en vez de enseñarles a ser damas y caballeros. Además, Flavia tenía razón. Te trato de un modo abo¬minable. ¡Y eres tan bueno!

SIR ARTHUR. - ¡Tonterías! ¡Flavia ha dicho algo ho¬rrible! ¿No sabes, querida, que eres la mejor de las es¬posas, tanto la mejor como la más adorable?

LADY CHAVENDER. - Tú, ciertamente, eres el mejor de los maridos, Arthur. Eres lo mejor que hay. No me

asombra que el país te adore. Pero Flavia tenía mucha razón. Es la primera vez que le encuentro razón en algo. Soy una mala esposa y una mala madre. Mi hija me inspira aversión y la trato mal. Tú me gustas muchí¬simo y te trato de una manera detestable.

SIR ARTHUR. - No, no.

LADY CHAVENDER. - Sí, sí. Supongo que en mi or¬ganismo hay algo que funciona mal. No he nacido para ser esposa ni madre. Y, con todo, te quiero muchísimo, como sabes. Pero tu carrera me inspira rencor.

SIR ARTHUR. - ¡Mi carrera! (Con tono complacido.) Bueno... Eso no tiene mucho de malo ... ¿verdad? Desde luego, sé que me mantiene demasiado alejado de mi casa, lo cual te causa cierto resentimiento. Todas las esposas de los hombres que han triunfado son un poco así. Pero es preferible ver poco a un marido que verlo demasiado... ¿eh?

LADY CHAVENDER. - Me alegro tanto de que te sien¬tas realmente un hombre de éxito ...

SIR ARTHUR. - Eso podrá parecer engreimiento; pero, después de todo, un hombre no puede ser primer ministro y andar por ahí modestamente fingiendo ser un cualquiera. Los hechos son los hechos; y los hechos, en mi caso, son que he trepado a la copa del árbol; mi trabajo me hace feliz; y...

LADY CHAVENDER. - ¿Tu qué?

SIR ARTHUR. -Te estás volviendo espantosamente sorda, querida. Dije "mi trabajo".

LADY CHAVENDER. - ¿Llamas a eso "trabajo"?

SIR ARTHUR. - Trabajo cerebral, querida, trabajo cerebral. ¿Crees realmente que gobernar a un país no es trabajo, sino una especie de diversión caballeresca?

LADY CHAVENDER. - Pero tú no gobiernas al país, Arthur. Al país no lo gobiernan: sólo avanza a la buena de Dios, como puede.

SIR ARTHUR. -Tengo que gobernar dentro de los límites democráticos. No puedo avanzar con mayor ra¬pidez que la que me permitan nuestros electores.

LADY CHAVENDER. - ¡Oh, tus electores! ¿Qué saben sobre el arte de gobernar? Lo que les gusta es el fútbol, el boxeo, la guerra. Y les gusta la guerra porque no es algo real para ellos: sólo es una película que les exhiben. La guerra es algo real para mí; y la aborrezco, como la aborrece toda mujer para la cual es real. Pero para ti apenas es una parte de tu juego: una de las jugadas usuales del Foreign Office y del ministerio de Guerra.

SIR ARTHUR. -Querida, detesto a la guerra tanto como tú. Le facilita su trabajo al primer ministro por¬que le permite fiscalizarlo todo; pero provoca coalicio¬nes y yo creo en el gobierno de partido.

LADY CHAVENDER (levantándose). - Oh, es inútil hablarte, Arthur. (Se le acerca por detrás y le pone las manos sobre los hombros.) Eres un encanto y un tesoro;

pero vives en un país de cuento de hadas y yo en el mundo duro y malvado. Por eso, no puedo ser una bue¬na esposa e interesarme por tu carrera.

SIR ARTHUR. - ¡Bah! La política no es cosa de mu¬jeres: eso es todo lo que hay. Gracias a Dios, mi mujer no se ocupa de política. ¡Mira a Higginbotham! Estaba maduro para el gabinete cuando su mujer entró al par¬lamento y ganó dinero con el periodismo. Ese fue su fin.

LADY CHAVENDER. - Y yo, me casé con un hombre de espíritu irremediablemente parlamentario; y ese fue mi fin.

SIR ARTHUR. -Sí, sí, querida. Sé que te has sacri¬ficado gobernando mi casa y cosiéndome los botones; y no soy un ingrato. Suelo sentir remordimientos, pero me gusta. Y ahora, debes irte; estoy muy muy muy muy ocupado esta mañana.

LADY CHAVENDER. - Sí, sí, muy muy muy ocupado no haciendo nada. ¡Y eso te agota muchísimo más que si tu mente tuviera algo razonable en que trabajar! Pro¬méteme que verás a la dama de quien te hablé... sino quieres ver a un médico usual.

SIR ARTHUR. -¡Pero tú me dijiste que esa mujer es un médico! (Se levanta y se aparta de ella.) De una vez por todas, te digo que no quiero ver a ningún galeno. Soy lo bastante adulto para curarme yo mismo; y no le pagaré tres guineas a ningún médico, varón o mujer, para que me diga lo que ya sé perfectamente: que mi cerebro está exhausto y que debo tomarme quince días de descanso en los links de golf o hacer un viaje por mar.

LADY CHAVENDER. - Esa mujer cobra veinte gui¬neas, Arthur.

SIR ARTHUR (impresionado). - ¡Ah! ¿De veras? ¿Por qué las cobra?

LADY CHAVENDER. - Veinte guineas por el diagnós¬tico y doce guineas semanales en su sanatorio de las montañas de Gales, donde quiere tenerte en observación durante seis semanas. Eso, te serviría realmente de des¬canso; y creo que te parecería una mujer interesante y atrayente.

SIR ARTHUR. - ¿Tiene una buena cocinera?

LADY CHAVENDER. -No creo que eso tenga impor¬tancia.

SIR ARTHUR. - ¡Que no tiene importancia!

LADY CHAVENDER. -No. Esa mujer hace ayunar a sus pacientes.

SIR ARTHUR. - Díle que no soy un Mahatma. Si pago doce guineas semanales, espero recibir a cambio tres comidas diarias.

LADY CHAVENDER. - ¿Conque la irás a ver?

SIR ARTHUR. - No, por cierto, si debo pagar veinte guineas por eso.

LADY CHAVENDER. -No, no. Sólo se trata de una visita social, no profesional. Nada más que para diver¬tirte y para complacer la curiosidad de ella. Quiere co¬nocerte.

SIR ARTHUR. - Muy bien, querida. Muy bien. Ya veo que esa mujer te ha subyugado. Bueno, a mí no me subyugará; pero para complacerte le echaré una mi¬rada. Y ahora, debes irte, de veras. Esta mañana tengo un trabajo enorme.

LADY CHAVENDER. -Gracias, querido. (Lo besa.) ¿Puedo decirle a Flavia que está perdonada?

SIR ARTHUR. - Sí. Pero, en realidad, no la he per. donado. No la perdonaré nunca.

LADY CHAVENDER (sonriendo). - Queridísimo. (Le besa los dedos y, después de dedicarle una sonrisa de despedida, sale por la puerta disimulada.)

(Sir Arthur, al quedarse a solas, parece inspirado y triunfante. Le habla a una asamblea imaginaria.)

SIR ARTHUR. - "Señoras y señores, ustedes no son teóricos. No son divagadores. Ya no son jóvenes ... " No, qué diablos, el viejo Middlesex no aceptaría esto. "Todos hemos sido jóvenes. Hemos visto visiones y soñado cosas. Hemos acariciado esperanzas y tratado de alcanzar ideales. Hemos aspirado a cosas que no se han realizado. Pero ahora somos hombres establecidos y expertos, hombres de familia. Somos maridos y padres. Y me aventuro a reclamar el consentimiento unánime de ustedes cuando afirmo que hemos hallado en esas realidades algo que faltaba en los ideales. Les agra¬dezco ese estallido de aplausos: sé muy bien que no son un simple homenaje a mi pobre elocuencia, sino el re-conocimiento espontáneo e irresistible de la gran verdad natural que nuestros amigos los socialistas han dejado fuera de sus cuadros imaginativos de una sociedad de masas en que la reglamentación habrá de sustituir a los sentimientos y la economía de la honrada pasión humana." ¡Uf! Para esto, hizo falta mucho aliento. "No lo reconocerán, caballeros. Les digo que no. Les digo que NO. (Descarga un puñetazo sobre la mesa y hace una pausa, mirando a su alrededor a sus oyentes ima¬ginarios.) Veo que todos pensamos lo mismo, señoras y caballeros. No necesito desarrollar ese punto." En¬tonces, piénsalo tú durante los diez minutos próximos. Con eso basta. Con eso basta. (Se sienta; suena el telé¬fono y aferra la jarra de la leche, que vacía de un solo trago. Aparece Hilda en la puerta principal.)

HILDA. - ¿Dijo usted que recibiría esta mañana a una delegación de la Isla de los Gatos? No tengo anotado nada sobre eso.

SIR ARTHUR. - ¡Ah, maldito sea! Creo que sí. Me había olvidado por completo.

HILDA. - Han venido.

SIR ARTHUR. - Encárguese usted de eso.

HILDA. - Naturalmente. Pero... ¿cómo puedo des¬embarazarme de ellos? ¿Qué debo decir?

SIR ARTHUR (con resignación). - Oh, supongo que tendré que recibirlos. ¿Por qué cometeré esas tonterías? Dígale a Burton que los haga entrar.

HILDA. - Burton está en mangas de camisa haciendo algo con la heladera. Será mejor que los haga entrar yo.

SIR ARTHUR. - Oh, tráigalos de cualquier modo. Y dígales que estoy ocupadísimo.

(Hilda sale, cerrando silenciosamente la puerta en pos de ella. Sir Arthur aparta la bandeja del desayuno y la cubre con el "Times", que abre al máximo con ese fin. Luego, amontona sus documentos en el espacio libre y toma uno azul, en cuyo estudio se concentra pro¬fundamente.)

HILDA (abriendo la puerta). -El digno alcalde de la Isla de los Gatos.

(El alcalde, rechoncho y de edad, entra con cierta timidez, seguido por (a) una joven con muy poco de dama, pero vistosa y muy aplomada, luciendo un vestido de acuerdo con la última moda parisiense, (b), un jo¬ven de voz tonante y poderoso físico que acaba de egre-sar de la universidad de Oxford, quien desafía a los convencionalismos con su traje de pana, su pullover y su barba negra, (c) un joven bajito de la clase media inferior con traje de regidor, flaco y evidentemente con una alta opinión sobre si mismo, y (d) un hombre de edad, resplandeciente y con galas dominicales, quien po¬dría ser cualquier cosa, desde obrero con un trabajo muy sedentario (digamos un sereno) hasta un misionero de ciudad de humilde extracción. Es agresivamente modes¬to o pretende serlo, y se presenta, con una sonrisa que lo deja a uno sin defensa, con el aire de un servidor pobre de la delegación más bien que formando parte presuntamente de ella. Los demás se agrupan en la puer¬ta detrás del alcalde, quien ostenta la cadena propia de su cargo.)

SIR ARTHUR (abandonando con un sobresalto su preocupación por sus importantes documentos de Estado y avanzando junto al hogar para saludar al alcalde con seductora amabilidad). - ¡Hola! ¡Mi viejo amigo Tom Humphries! ¿Cómo lo ha pasado durante todos estos años? Siéntese. (Se estrechan la mamo, mientras que Hilda arrima con amabilidad una silla desde el extremo de la mesa más próxima a la puerta.)

(El alcalde se sienta, un poco abrumado por la cor¬dialidad de la recepción.)

SIR ARTHUR (continuando). - ¡Vaya, vaya! Imagí¬nese... Ahora, usted es alcalde de... de...

HILDA (sugiriendo). - La Isla de los Gatos.

LA JOVEN (con vivacidad, ayudándole). - Río aba¬jo, Sir Arthur. A veinticinco minutos de su puerta, jun¬to a Underground.

EL JOVEN DE OXFORD (áspero). - Oh, él lo sabe tan bien como usted, Aloysia. (Avanza con aire agra¬viante hacia Sir Arthur, quien rehúsa su proximidad retirándose un par de pasos con aire algo altanero.) Ahórrese toda esa farsa de fo bonóm, Chavender.

SIR ARTHUR. - ¿Que me ahorre qué?

EL JOVEN DE OXFORD. - Oh, vamos. Usted conoce el francés tan bien como yo.

SIR ARTHUR. - Ah, faux bonhomme, es claro, sí. (Mirándolo de pies a cabeza.) Veo por su ropa que usted representa a las clases altas de la Isla de los Gatos.

EL JOVEN DE OXFORD. - En la Isla de los Gatos no hay clases altas.

SIR ARTHUR. -En ese caso, ya que está convenido que no habrá ninguna farsa de fo bonóm entre nos¬otros ... ¿puedo preguntarle qué diablos hace aquí?

EL JOVEN DE OXFORD. - No he venido para cam¬biar de personalidad. Sea cual fuere el efecto que hayan causado sobre mí el accidente de mi nacimiento y la patraña de la jerarquía, estoy aquí como delegado del consejo del burgo y como representante electo del pro¬letariado ribereño.

SIR ARTHUR (acercando de improviso una silla que está en la parte media de la mesa, con tono perento¬rio). - Siéntese. No rompa la silla. (El Joven lo mira frunciendo el ceño y se deja caer sobre la silla como un árbol que cae.) Bienvenidos todos. Tom, quizás usted pueda presentar a sus jóvenes amigos.

EL ALCALDE (presentando). -La regidora Aloysia Brollikins.

SIR ARTHUR (estrechándole efusivamente la mano a Aloysia). - ¿Cómo está usted, señorita Brollikins? (Le ubica una silla a la derecha del Joven de Ox f ord.)

ALOYSIA. - Muy bien, gracias. Encantada de cono¬cerlo, Sir Arthur. (Se sienta.)

EL ALCALDE. - El regidor Blee.

SIR ARTHUR (con lisonjera gravedad, oprimiéndole la mano al regidor). - Oh, todos hemos oído hablar de usted, señor Blee. ¿Quiere tener la bondad de sen¬tarse aquí? (Indica la silla presidencial que está a la izquierda del Joven de Oxford.)

BLEE. - Gracias. Haré todo lo que pueda. (Se sien¬ta.)

EL ALCALDE. -El vizconde Barking.

SIR ARTHUR (triunfalmente). - ¡Ah! Me lo imagi¬naba. Un comunista, un rojo... ¿eh?

EL JOVEN DE OXFORD. - Rojo como la sangre. Del mismo rojo del pueblo.

SIR ARTHUR. - ¿Cómo le sacó usted el azul? Los Barking llegaron aquí con el Conquistador.

EL JOVEN DE OXFORD (levantándose). - Mire. Los desocupados están pasando hambre. ¿Es este tiempo para bromas?

SIR ARTHUR. - Mero camuflaje, joven, mero camu¬flaje.  ¿Cree que puedo tomarlo en serio con esa ropa?

EL JOVEN DE OXFORD (enardecido). - Me pondré la ropa que me dé la gana. Yo...

ALOYSIA. - Cállate, Toffy. Has prometido portarte bien. Siéntate y hablemos de negocios.

BARKING (cede y se sienta con un gruñido de eno¬jo). - !

SIR ARTHUR (mirando con aire de duda al viejo, quien está aún de pie). - ¿Integra este caballero su de¬legación?

EL ALCALDE. - El señor Hipney. Viejo y probado amigo de la clase obrera.

EL JOVEN DE OXFORD. - El Viejo Hipney. ¿Por qué no lo llama usted como lo llama todo el East End? El Viejo Hipney. El Buen Viejo Hipney.

EL VIEJO HIPNEY (dejándose caer silenciosamente sobre la silla de la secretaria que está junto al secre¬ter). -No se preocupe por mí, Sir Arthur. Yo no tengo importancia.

SIR ARTHUR. - En momentos tan críticos como el actual, señor Hipney, todos los hombres de espíritu pú¬blico tienen importancia. Me alegro mucho de cono¬cerlo. (Vuelve a su silla y observa a todos ahora que están sentados, mientras que Hilda se escabulle discre¬tamente a su oficina.) Y, ahora... ¿En qué puedo ser¬virla, señorita Brollikins? ¿En qué puedo servirlos, ca¬balleros?

EL ALCALDE (lentamente). -Bueno, Sir Arthur. Al parecer, la dificultad consiste en que usted no puede hacer nada. Pero hay que hacer algo.

SIR ARTHUR (de pronto rígido). - ¿Puedo pregun¬tarle por qué, si ya se ha hecho todo lo posible?

EL ALCALDE. - Bueno. Es que los desocupados son ... Bueno ... Desocupados ... ¿comprende?

SIR ARTHUR. - Hemos pensado en los desocupados. Eso nos ha costado grandes sacrificios; pero los hemos hecho sin quejarnos.

EL JOVEN DE OXFORD (con desdén). -¿Sacrificios? ¿Cuáles? ¿Pasan ustedes hambre? ¿Han empeñado sus sobretodos? ¿Duermen diez en una habitación?

SIR ARTHUR. -El noble caballero pregunta...

EL JOVEN DE OXFORD (furiosamente). - No me llame noble caballero: sólo lo hace para aturdirme. Pues no lo conseguirá. Pero me enferma verlo revolcarse en el lujo y pensar en esos pobres hombres y sus muje¬res que sufren.

SIR ARTHUR. - No me revuelco, Toffy... Creo que es así como lo llamó la señorita Brollikins. (A Aloysia.) Toffy es un diminutivo de Toff... ¿verdad, señorita Brollikins?

EL JOVEN DE OXFORD. - ¡Ajá! Ahora que usted tie¬

ne alguna tontería de que hablar, se siente feliz. Pero sé de algo que podría obligarlo a desvelarse y a hacer algo.

SIR ARTHUR. - ¿De veras? Eso es interesante. ¿Pue¬do preguntarle qué es?

EL JOVEN DE OXFORD. -Si le rompieran las ven¬tanas.

EL ALCALDE. - ¡Orden, orden!

ALOYSIA. -:Vamos_ Toffy! Has prometido no usar

aquí tu lenguaje del West End. Ya sabes que no nos gusta.

SIR ARTHUR. - Eso es cierto, señorita Brollikins: re¬préndalo. Está deshonrando a su clase. Como humilde representante de esa clase, me disculpo por él ante la Isla de los Gatos. Me disculpo por su vestimenta, por sus modales, por su lenguaje. Debe de escandalizarlos a ustedes cada vez que abre la boca.

BLEE. -Nosotros los trabajadores conocemos dema¬siado el lenguaje desagradable y los malos modales para encontrar en ellos algo de divertido o pensar que puedan servir para algo.

EL ALCALDE. -Así es.

ALOYSIA. - Estamos tan cansados de los malos mo¬dales como Toffy de los buenos. Hemos traído aquí a Toffy, Sir Arthur, porque sabíamos que le hablaría a usted como lo haría un obrero portuario si sus buenos modales se lo permitieran. Y tiene razón... ¿compren¬de? Es grosero, pero tiene razón.

EL JOVEN DE OXFORD. - Devotamente tuyo, Brolly. ¿Y qué tiene que decir a esto El Muy Honorable Caba¬llero?

SIR ARTHUR (concentrándose sobre su adversario en el estilo propio de la Cámara de los Comunes). - Le diré al noble señor lo que tengo que decirle. Puede or¬ganizar a sus amigos los desocupados y romper todos los vidrios del West End, empezando por los paneles de esta casa. ¿Qué ganará con eso? Al día siguiente, una veintena de sus parciales estarán en la cárcel con las cabezas magulladas. Unos cuantos ignorantes y co¬bardes a quienes les sobra aún algún dinero lo enviarán al fondo para la ayuda a los pobres, suponiendo que con ello ponen a salvo sus riquezas. Ustedes, señoras y caballeros, tendrán que meterse las manos en los bol¬sillos para mantener a las esposas y a los hijos de los hombres que están en la cárcel y pagarles a unos aboga¬dos baratos para que les planteen unas defensas perfecta¬mente inútiles en los tribunales de faltas. Y luego, supon-go, el noble señor se jactará de haber conseguido que yo hiciera algo, por fin. ¿Qué puedo hacer? ¿Supone que me importan menos que a usted los sufrimientos de los pobres? ¿Cree que yo no resucitaría el comercio y no le pondría fin a todo eso mañana mismo si pudiera? Pero yo soy como usted: estoy en manos de fuerzas eco¬nómicas que exceden la fiscalización humana. Este go¬bierno ha hecho todo lo que podían hacer unos mortales. Hemos salvado al pueblo del hambre extendiendo el fondo para la desocupación hasta el extremo límite de nuestras riquezas nacionales. Nosotros ...

EL JOVEN DE OXFORD. - Ustedes lo han reducido a quince chelines semanales y se lo han negado a todos los hombres posibles con su estúpida prueba de recursos.

SIR ARTHUR (furioso). - ¿Y qué propone usted? ¿Quiere ocupar mi lugar y aumentar el subsidio para los desocupados a cinco libras semanales sin ninguna prueba de recursos?

EL ALCALDE. - ¡Orden! ¡Orden! ¿Para qué hemos venido aquí? Hemos venido porque todos estamos en¬fermos de tanto discutir y argumentar y queremos que se haga algo. Y aquí nos tienen argumentando y dis¬cutiendo como si se tratara de una sesión de toda la noche en el consejo del burgo para votar una partida destinada a alimentos. Si usted, Sir Arthur, nos dice que no puede encontrar trabajo para nuestra gente, al quedarnos sentados aquí sólo perdemos el tiempo y le estamos haciendo perder el suyo.

(Se levanta. Los demás, salvo Hipney, siguen su ejem¬plo. Sir Arthur se siente muy complacido de poder ha¬cer lo mismo.)

SIR ARTHUR. - Por lo menos, confío en haberlo con¬vencido con respecto a las ventanas, señor alcalde.

EL ALCALDE. -No necesitamos que nos convenzan. Habrá que romper más loza que vidrios si ustedes, caba¬lleros, no hacen nada para sacarnos de nuestros apuros. Para algunos, unos pocos miles de libras más para el fondo de los desocupados es mejor que nada. Y algu¬nos de los desocupados son vidrieros.

SIR ARTHUR. - Cerremos nuestra pequeña conversa¬ción con una nota más promisoria. Les aseguro que este coloquio ha sido muy interesante para mí; y puedo de¬cirles que no faltan por completo signos de que el co¬mercio está reviviendo. Algunas de las personas más autorizadas y mejor informadas de la ciudad opinan que este año acabará la crisis. Hasta los hay que sos¬tienen que el comercio ya reacciona. De acuerdo con los últimos ingresos, la exportación de cebollas españolas ha vuelto a alcanzar el nivel de 1913.

EL JOVEN DE OXFORD. - ¡Santo Dios! ¡Cebollas es¬pañolas! Vámonos, Brolly. (Sale.)

EL ALCALDE. -Eso no nos ha beneficiado en nada. En la isla no nos gustan los españoles. (Con resigna¬ción.) Buenos días. (Sale.)

SIR ARTHUR (con tono zalamero). - ¿Y usted tam¬bién siente que no ha conseguido nada, señorita Brollikins?

ALOYSIA. - Siento lo que sienten ellos. Y creo que usted no siente nada. (Sale, seguida por Blee.)

BLEE (volviéndose, en el umbral). - El alcalde está equivocado. Hemos conseguido algo.

SIR ARTHUR (cuyo rostro se ilumina). - ¿De veras? ¿Qué?

BLEE (con intenso desprecio). - Valuarlo a usted en su justa dimensión. (Sale.)

(El primer ministro, picado por esta burla, vuelve a sentarse enojado y aparta el Libro Azul. Entonces, ad¬vierte que el viejo Hipney no se ha movido de su sitio.)

SIR ARTHUR. - La delegación se ha retirado, señor Hipney.

HIPNEY (levantándose y acercándose a una silla que está junto al codo de Sir Arthur, sobre la cual se instala cómodamente con el aire agradable y dominador de quien comienza un asunto en vez de terminar con él). - Sí: ahora, podemos hablar un poco. Ya van cincuenta años que estoy en este juego.

SIR ARTHUR (interesado contra su voluntad). - ¿Qué juego? ¿El de las delegaciones?

HIPNEY. - Las delegaciones de desocupados. Esta es la duodécima que integro.

SIR ARTHUR. - ¡Tantas! Pero estas crisis sólo se pre¬sentan cada diez años... ¿verdad?

HIPNEY. -No lo que usted podría llamar una cri¬sis, quizás. Pero la desocupación es algo crónico.

SIR ARTHUR. - Siempre pasan ... ¿no es así? El co¬mercio revive.

HIPNEY. - Eso sucedía antaño. Entonces, éramos el taller del mundo. Pero ustedes, caballeros, abandonaron el negocio del taller para hacer una guerra. Y mientras sucedía esto, nuestros clientes tuvieron que descubrir la manera de hacer las cosas ellos mismos. Ahora, tendre¬mos que ser sus clientes cuando tengamos dinero con que comprarlas.

SIR ARTHUR. - Sin duda, esto ha ocurrido hasta cierto punto: pero queda todavía una inmensa zona mar¬ginal de la especie humana que está comprendiendo cada vez más que necesita las mercaderías inglesas.

HIPNEY. - Todas las mercaderías se parecen a ésas siempre que sean las más baratas. Me dicen que los ita¬lianos están perforando sus volcanes para obtener fuerza motriz de poco costo. Nosotros, al parecer, no somos capaces de perforar nada. El oriente rebosa volcanes; allí, no les dan más importancia a un terremoto que nosotros a una delegación. Un culí chino puede vivir con un penique diario. ¿Qué podemos hacer contra el tra¬bajo de a penique y la fuerza motriz gratuita obtenida de las entrañas ardientes de la tierra?

SIR ARTHUR. - Es muy cierto, señor Hipney. Nues¬tros obreros deben hacer sacrificios.

HIPNEY. - Lo harán si usted obliga a ello, Sir Ar¬thur. Pero será a usted a quien sacrificarán.

SIR ARTHUR. - ¡Oh, vamos, señor Hipney! Usted es un hombre sensato y experto. ¿Qué ganarían con sa¬crificarme?

HIPNEY. - Nada, señor. Pero eso no los detendrá. Mírese a sí mismo. ¡Mire sus conferencias! ¡Mire a los que intervienen en los debates! No servirán de nada. Pero usted los sigue conservando. Para usted es una especie de satisfacción sentirse impotente. Bueno, Sir Arthur. Si se trata de impotencia, no hay en el mundo un ser más impotente que el obrero inglés tal como lo han dejado nuestras fábricas y máquinas cuando na¬die le da trabajo y le paga por hacerlo. Y cuando lo consigue... ¿qué entiende de eso? Absolutamente nada. ¿De dónde saca el material que usa para hacer su parte del trabajo? No lo sabe. ¿Qué sucederá con el material cuando salga de la fábrica después que él y sus com¬pañeros hayan cumplido su tarea? No lo sabe. ¿Dónde podría comprarlo si dejara de llegar a sus manos? No lo sabe. ¿Dónde podría venderlo si dejaran eso a su cargo? No lo sabe. No sabe nada del negocio del cual depende su vida. Deje usted suelto a un gato y se con¬seguirá el sustento. Deje suelto a un obrero inglés y pasará hambre. Usted tendrá que sobornarlo con un poco de ayuda del fondo para desocupados si quiere impedir que diga: "Bueno. Si debo morir, más vale que tenga la satisfacción de verlo morir antes a usted."

SIR ARTHUR. - Pero... Realmente, debo llevar ade¬lante esa argumentación. ¿De qué le servirá eso?

HIPNEY. -¿De qué le sirve jugar a las carreras? ¿De qué le sirve beber? ¿De qué le sirve asistir a mitines políticos? ¿De qué le sirve ir a la iglesia? De nada, absolutamente de nada. Pero lo sigue haciendo, de todos modos.

SIR ARTHUR. - Pero sin duda usted reconocerá, se¬ñor Hipney, que todo esto es completamente erróneo... erróneo en cuanto a sentimientos, contrario a los ins¬tintos británicos ... fuera de carácter, por así decirlo.

HIPNEY. -Bueno, Sir Arthur. Sea lo que fuere lo erróneo, usted y los hombres como usted se han en¬cargado de enderezarlo. Yo, no: sólo soy un hombre pobre: un don nadie, por así decirlo.

SIR ARTHUR. -Yo no he tomado nada a mi cargo, señor Hipney. He elegido una carrera parlamentaria y me ha parecido, permítame que se lo diga, muy ardua y penosa: casi podría decir desalentadora. Hace un mo¬mento, tuve que prometerle a mi mujer que vería a un médico para que remedie mi fatiga mental. Pero eso no significa que me haya comprometido a traerle al país un período de bienaventuranza.

HIPNEY (con tono tranquilizador). - Eso es, Sir Ar¬thur: eso es. Eso le pesa y lo apena y le desgarra el corazón y no lo hace bien; pero usted lo sigue haciendo. Ellos han querido a menudo que yo fuese al parlamen¬to. Y pude ganar la banca. Si el viejo Hipney hubiera presentado su candidatura al parlamento por la Isla de los Gatos, el mejor de los rivales no habría tenido pro¬babilidades contra él. Pero no quiero: sé demasiado. Eso terminaría conmigo, como ha terminado con todos los laboristas que lo han hecho. El gabinete está lleno de laboristas que empezaron como socialistas al rojo vivo; ¿y en qué cambió eso las cosas, salvo que entran y salen del palacio Buckingham como los pares del reino?

SIR ARTHUR. - Usted debería estar en el parlamen¬to, señor Hipney. Tiene la madera de un polemista de primera.

HIPNEY. - ¡Bah! Un viejo orador callejero como yo puede argumentar hasta dejar sin aliento a todos los parlamentarios. Ustedes se meten los pulgares en los bolsillos del chaleco y esperan media hora entre frase y frase para pensar en lo que dirán luego; y a eso, lo llaman discutir. Si yo hiciera eso en la Isla, ni un solo hombre se detendría a escucharme. Fíjese bien que yo sé que, cuando usted dice que yo sería un buen pole¬mista parlamentario, quiere hacerme un cumplido. Lo agradezco. Pero hoy la gente no busca conversación en el parlamento: ese juego ha terminado. No sucede como en tiempos del viejo Gladstone... ¿eh?

SIR ARTHUR. -El parlamento, señor Hipney, es lo que ha hecho de él nuestro pueblo. Para bien o para mal, nos hemos comprometido con la democracia. Estoy aquí porque el pueblo me mandó.

HIPNEY. -Eso es. Ese es todo el uso que pudieron hacer del voto cuando lo consiguieron. Depositaban sus esperanzas en usted; y usted depositó sus esperanzas en las cebollas españolas. ¡Qué mundo este! ¿Verdad, Sir Arthur?

SIR ARTHUR. - Debemos educar a nuestros electo¬res, señor Hipney. La educación les enseñará a com¬prender.

HIPNEY. - No se engañe, Sir Arthur; usted no pue¬de enseñarle al pueblo algo que el pueblo no quiera aprender. El viejo doctor Marx -Karl Marx lo llaman ellos ahora, mi padre lo conoció bien- creía que, cuan¬do les explicara el sistema capitalista a las clases obre¬ras de Europa, éstas se unirían y lo destruirían. A los cincuenta años de haber fundado Marx la Internacional Roja, las clases obreras europeas se rebelaron y se ma¬taron entre sí y se despedazaron y lanzaron a la calle a millones y millones de sus hijos para que perecieran de hambre en la nieve o robaran o mendigasen al sol, como si el doctor Marx no hubiera nacido nunca. Y volverían a hacerlo mañana si se lo propusieran. ¿Por qué los obligaron ustedes a eso? Lo único que querían era que les dieran trabajo y los alimentaran y les die¬ran comodidades de acuerdo con su idea de la como¬didad. Si ustedes hubiesen hecho eso por ellos, no ten¬drían todos esos problemas. Pero no se mostraron a la altura de la situación; y ahora, lo hecho hecho está.

SIR ARTHUR. -Pero el gobierno no tiene la culpa de eso. No puede obligar a los comerciantes a comprar mercaderías que les es imposible vender. No puede obli¬gar a los fabricantes a producir mercaderías que los co¬merciantes no comprarán. Sin demanda, no puede haber oferta.

HIPNEY. -En estos momentos hay una fuerte de¬manda, si es eso lo que busca.

SIR ARTHUR. - ¿Puede indicarme dónde, señor Hipney?

HIPNEY. - En los estómagos de nuestros hijos, Sir Arthur. Y en los nuestros.

SIR ARTHUR. - Esa demanda no es efectiva, señor Hipney. Ojalá yo tuviera tiempo de explicarle las inexo¬rables leyes de la economía política. Yo...

HIPNEY (interrumpiéndolo, con aire confidencial). -¬Es inútil, Sir Arthur. Ese juego se ha acabado. Esas co¬sas que ha aprendido en el colegio y que le han infun¬dido tanta confianza en sí mismo no le darán resultado Con hombres como yo.

SIR ARTHUR (sonriendo). - ¿Qué se gana diciendo que las ciencias económicas y las leyes naturales no dan resultado, señor Hipney? Tanto daría que usted dijese que el frío del invierno no causa efecto.

HIPNEY.-Usted no ha leído a Karl Marx... ¿ver¬dad?

SIR ARTHUR. - Señor Hipney... Cuando el astró¬nomo del rey me dice que son las doce de acuerdo con la hora de Greenwich no le pregunto si ha leído las tonterías del último hombre que afirmó que la tierra era plana. Puedo aprovechar mejor mi tiempo que le¬yendo los desvaríos de un comunista alemán de muy relativa cultura. Lamento que usted haya perdido el tiem¬po con esas lecturas.

HIPNEY. - ¡YO, leer a Marx! ¡Dios mío, Sir Arthur! Yo soy como usted: hablo del viejo doctor sin haber leído jamás una sola palabra de él. Pero sé el efecto que les causó ese hombre a quienes lo leyeron.

SIR ARTHUR. - Les trastornó la cabeza ... ;eh?

HIPNEY. -Eso es, Sir Arthur. Les trastornó la ca¬beza. Los colocó al revés que ustedes. No sé si lo que dijo Marx era acertado o erróneo, porque igno¬ro qué dijo. Pero sé que les infunde a todos los hom¬bres y mujeres que lo leen tal engreimiento que saben todo lo que se refiere a la economía política y pueden mirar con desdén todo lo que les enseñaron a ustedes en el colegio superior, considerándolo una basura anti¬cuada y propia de ignorantes. ¡Mire a esa Aloysia Brollikins! Su padre era un canastero de Spitalfields. Aloysia está saturada de Marx. Y en cuanto a exáme¬nes y becas y certificados y medallas de oro y cosas así, ha ganado las suficientes para proveer a toda la familia de ustedes durante dos generaciones. Es capaz de ga¬narlas mientras duerme. ¡Mírelo a Blee! Su padre era tonelero. Pero logró cursar el Ruskin College. Hágale hablar de Marx y le probará con la teoría materialista de la historia que el capitalismo está condenado a con-vertirse en comunismo y que el que no lo sepa es un don nadie ignorante o un estúpido colegial casi inculto; y usted advertirá que su engreimiento de universitario se topa con un engreimiento marxista que supera todo lo que usted haya poseído jamás en materia de aplomo y de desprecio por la gente que no lo tiene. Mire toda Europa, si no me cree. Fue ese engreimiento, señor, el que les infundió valor a los rusos para triunfar con su comunismo en 1917.

SIR ARTHUR. -Tengo que leer a Marx, señor Hipney. Yo sabía que debía vérmelas con una rebelión sen¬timental contra la desocupación. No imaginaba que tu¬viese pretensiones académicas.

HIPNEY. - ¡Bendito sea Dios, Sir Arthur! El mo¬vimiento laborista está plagado de erudición libresca; y la gente que lo rodea a usted, al parecer, nunca ha leído nada. ¿Cuándo se vio que un subsecretario se pasara desvelado la mitad de la noche, después de una dura jornada de trabajo, para leer a Karl Marx o a algún otro? No hay temor de que suceda eso. Los corazones de ustedes no están empeñados en su educación: pero nuestros jóvenes se elevan del arroyo con eso. Por eso ustedes saben tirar al blanco y montar a caballo y jugar al golf; y algunos saben distinguir la pata trasera de un asno; pero cuando se trata de conocimiento libresco, Aloysia y Blee los aventajan ampliamente.

SIR ARTHUR. - Me cuesta creer que el alcalde haya mantenido encendida la luz de noche para leer a Marx.

HIPNEY. - Tampoco él lo ha leído. Pero tiene que fingir que sí, así como ustedes tienen que fingir que entienden el patrón oro.

SIR ARTHUR (riendo a sus anchas). - Ahí sí que ha dado en el clavo, señor Hipney. Yo no logro entender ni jota de eso; y no finjo entenderlo.

HIPNEY. - ¿Conoció usted bien al alcalde, Sir Ar¬thur? Usted lo ha llamado su viejo amigo Tom.

SIR ARTHUR. - En cierta ocasión, presidió por mí un mitin electoral. Tiene un diente artificial que pa¬rece de cinc. Lo recordé por eso. (Cordialmente, levan¬tándose.) ¡Qué impostores nos vemos obligados a ser los primeros ministros, señor Hipney! Usted lo sabe... ¿verdad? (Le tiende la mano, para indicar que la con¬versación ha terminado.)

HIPNEY (levantándose y tomándola, con aire lasti¬mero). - Bendita sea su inocencia, Sir Arthur. Usted no sabe todavía qué es una impostura. Espere a que sea dirigente laborista. (Le hace un guiño al dueño de casa y se dirige hacia la puerta.)

SIR ARTHUR. - ¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja! Adiós, señor Hipney: adiós. Muchas gracias por haberme dedicado tanto de su tiempo.

HIPNEY. - Usted se lo merecía, Sir Arthur. Adiós. (Sale.)

(Sir Arthur oprime un timbre para llamar a Hilda. Luego, consulta su reloj y deja escapar un silbido, sor¬prendido al notar la hora. Hilda entra con rapidez por la puerta disimulada.)

SIR ARTHUR. - ¿Sabe que es muy tarde? ¡A tra¬bajar! ¡A trabajar! ¡A trabajar! Venga.

HILDA. -Temo que usted no podrá trabajar antes de ir al almuerzo de la Casa de la Iglesia. Ha perdido toda la mañana con esa gente de la Isla de los Gatos.

SIR ARTHUR. - Pero me esperan montañas de tra¬bajo. Con esto o con lo otro, no he podido hacer nada durante las tres últimas semanas; y el trabajo se acu¬mula cada vez más. Me aplastará si no lo despejo antes de que se vuelva imposible.

HILDA. - Pero le digo, Sir Arthur, que si quiere ha¬blar con todos durante media hora en vez de dejarme que lo desembarace de ellos en dos minutos ... ¿qué puede esperar? Usted dice que no se ha ocupado de nada durante tres semanas; pero, en realidad, no se ha ocupado de nada desde que empezaron las sesiones. Me fastidia decirle algo; ¡pero en realidad, cuando esa gente de la Isla de los Gatos lo libró de su presencia casi providencialmente, eso de dejar que ese viejo ridículo hablara con usted durante cerca de una hora... ! (Se sienta, enojada.)

SIR ARTHUR. - ¡Tonterías! No se quedó siquiera dos minutos; y he ganado mucho escuchándolo. ¿Qué hay de la correspondencia de esta mañana?

HILDA. -Me he ocupado de eso, no se preocupe. Hay dos o tres cartas importantes a las cuales usted de¬biera contestar: se las he apartado para cuando tenga tiempo.

(Flavia y David entran impetuosamente por la puerta disimulada de una manera más excitada y turbulenta aun que antes, Flavia a la derecha de su padre, David a su izquierda.)

FLAVIA. -Papá: hemos estado en un mitin de los desocupados con Aloysia y Toffy.

DAVID. L- ¡Qué divertido fue!

FLAVIA. - Vimos una carga de la policía. Arresta¬ron a David.

SIR ARTHUR. - ¿Conque fueron con esa gente que estuvo aquí?

FLAVIA. - Sí; han vuelto a almorzar con nosotros.

SIR ARTHUR. - ¡¡A almorzar!!

DAVID. - Sí. Te digo que Aloysia es una muchacha maravillosa.

SIR ARTHUR (con decisión). - La muchacha no me importa; pero si ese joven cachorro viene a almorzar aquí, debe cambiarse de ropa y se la cambiará.

DAVID. - Ha ido a su casa a cambiarse y a afeitarse; está chocho por Flavia.

SIR ARTHUR. - ¿Por qué me habrá agobiado el cie¬lo con semejantes hijos? Díme inmediatamente qué es¬tuvieron haciendo ustedes. ¿Qué sucedió?

DAVID. - La policía trajo al ministro de Hacienda para que les echara un discurso a los desocupados, a fin de calmarlos. Lo primero que le oímos decir, fue: "Ten¬gan paciencia. Les prometo que pronto verán lo único que puede hacer revivir nuestras industrias y salvar a nuestro amado país: un aumento en los precios." La mul¬titud se limitó a lanzar un aullido y se precipitó ha¬cia él. Entonces, los policías levantaron sus porras y cargaron.

FLAVIA. - Si; han vuelto a almorzar con nosotros. pear a la gente. Les gritó que se detuvieran. El inspec¬tor lo asió del cuello.

SIR ARTHUR. -Claro que lo hizo. Y estuvo muy bien. ¡Qué locura! (A David.) ¿Cómo has venido aquí si te arrestaron? ¿Quién dio fianza por ti?

DAVID. - Le pregunté al inspector con quién diablos creía estar hablando. Entonces, Flavia intervino y le re¬veló quienes éramos y que el viejo Basham era como un padre para nosotros. Lo único que dijo el inspector fue: "Váyase a casa, señor; y llévese a su hermana. Este no es lugar para ustedes." De modo que, como yo es¬taba bastante asustado a esa altura, nos reunimos con Aloysia y Toffy y nos fuimos a casa.

SIR ARTHUR. - Siento grandes tentaciones de hacer¬le echar una severa reprimenda a ese inspector por ha¬berte soltado. Tres meses de cárcel te habrían hecho mucho bien. Vuelvan los dos a la sala y agasajen a sus nuevos amigos. Ya saben que no les permito que ven¬gan aquí cuando estoy trabajando. Váyanse. (Vuelve a sentarse.)

FLAVIA. Bueno. .. ¿Qué quieres que hagamos? Mamá nos manda a propósito para interrumpirte cuan¬do le parece que ya has trabajado bastante.

DAVID. - Dice que sólo servimos para eso.

SIR ARTHUR. - Un primer ministro no debiera te¬ner hijos. ¿Quieren hacer el favor de salir los dos o tendré que llamar a Burton para que los eche?

FLAVIA. - Mamá dice que usted venga a almorzar, Hilda. Quiere a otra mujer para completar el grupo.

HILDA. - ¡Caramba! (Levantándose.) Discúlpeme, Sir Arthur: tengo que telefonearle a unas personas que iban a almorzar conmigo en El Carro de Manzanas para decirles que no me esperen. Y debo cambiar de ves¬tido.

FLAVIA (agresiva). - No hace falta que se cambie por Brollikins ... ¿no le parece?

DAVID. -Deja en paz a Aloysia. No querrás que Hilda se vista para Barking, supongo.

SIR ARTHUR (a quien se le ha acabado la pacien¬cia). - Váyanse... ¿me oyen? Váyanse los dos.

HILDA. - Venga, señorita Chavender. Su padre está muy ocupado.

SIR ARTHUR (furioso). -VÁYANSE.

(Los demás se van precipitadamente por la puerta disimulada. Sir Arthur, al quedarse solo, deja descansar su fatigada cabeza sobre la mesa, entre los brazos.)

SIR ARTHUR. - Por fin, un momento de paz.

(Esa palabra resucita en él al orador. Alza la cabeza y la repite con tono de interrogación: luego, ensaya su efecto con tono suave y solemne repetidas veces.)

SIR ARTHUR. -¿Paz ... ? Paz. Paz. Paz. Paz. Paz. (Ahora, ha logrado el tono deseado.) "Sí, Su Señoría, mis lores y caballeros, mis amigos de la Iglesia. Nece¬sitamos paz. Los ingleses seguimos siendo lo que éra¬mos cuando el honorable Lancaster nos calificaba de “Esa feliz estirpe de hombres”. Constituimos, más que nada, una nación doméstica. A veces, somos tan terri¬bles en la guerra como fuimos siempre prudentes y mo¬derados en el consejo. Pero aquí, en esta Casa de la Iglesia, bajo el estandarte del Príncipe de la Paz, sabe¬mos que el corazón de Inglaterra es el hogar británico. No es el campo de batalla sino el rincón junto a la lum¬bre... sí, Su Señoría, sí, mis lores y caballeros, sí, mis amigos de la Iglesia, el fuego. .. "

(Se sobresalta violentamente cuando sus ojos, al pa¬searse por la imaginaria asamblea, se posan sobre una mujer de vestimenta gris que lo contempla con aire grave y apiadado. La desconocida ha penetrado silen¬ciosamente por la puerta disimulada.)

SIR ARTHUR. - ¡¡Fffff!! ¿Quién es ésa? ¿Quién es usted? ¡Oh, perdóneme! Usted me causó un... ¡Uf! (Se desploma sobre su silla.) No sabía que hubiese al¬guien en la habitación.

(La dama no se mueve ni habla. Lo mira con una piedad cada vez más profunda. El la mira, muy asustado. Se frota los ojos y se estremece y vuelve a mirarla.)

SIR ARTHUR. -Discúlpeme, pero... ¿usted es un ser real?

LA DAMA.  Sí.

SIR ARTHUR. - Me gustaría que hiciera algo real.

¿Por qué no se sienta?

LA DAMA. - Gracias. (Se sienta, con aire muy miste¬rioso aparentemente, en la silla de Basham.)

SIR ARTHUR. - ¿Quiere tener la bondad de presen¬tarse? ¿Quién es usted?

LA DAMA. -Un emisario.

SIR ARTHUR. -Por favor, no sea enigmática. Mis nervios están hechos trizas. No la vi entrar. Apareció ahí repentinamente: parecía un enviado de la muerte.

Y ahora, me dice que es un emisario.

LA DAMA. - Sí: un emisario de la muerte.

SIR ARTHUR. - Me lo imaginaba. (Con repentina desconfianza.) Supongo que se refiere a mi muerte. No a la de mi esposa o a la de alguno de mis hijos...

¿no es así?

LA DAMA (sonriendo bondadosamente). - No. A su muerte.

SIR ARTHUR (con alivio). - Bueno. Así, está bien.

LA DAMA. - Usted se va a morir.

SIR ARTHUR. - Todos moriremos. Lo único que cabe preguntarse es... ¿cuándo?

LA DAMA. - Demasiado pronto. Usted ya está muer¬to a medias. Se ha estado muriendo durante largo tiempo.

SIR ARTHUR. - Bueno, yo sabía que estaba traba¬jando con exceso: quemando la vela por ambos extre¬mos: matándome. Eso no importa. He hecho testamento. He proveído a todo; mi esposa podrá vivir cómodamen¬te; y mis hijos recibirán lo que les conviene.

LA DAMA. - ¿Está resignado?

SIR ARTHUR. - No: pero no puedo evitarlo.

LA DAMA. - Acaso yo pueda ayudarle. No sólo soy un emisario. Soy un curador.

SIR ARTHUR. - ¿Un qué?

LA DAMA. -Un curador. Una persona que cura a los enfermos. Una persona que mantiene a raya a la muerte hasta que sea bienvenida en el momento ade¬cuado.

SIR ARTHUR. -Usted no puede ayudarme. Estoy atrapado entre los engranajes de una despiadada máqui¬na política. La máquina política no se detendrá por usted. Ha triturado a muchos hombres prematuramente; y me triturará a mí.

LA DAMA. - Mi negocio es la vida y la muerte, no la maquinaria política.

SIR ARTHUR. - En ese caso, temo que no puede ser¬me útil para nada. Por lo tanto... ¿me considerará muy descortés si sigo con mi trabajo?

SIR ARTHUR. -No, salvo que tenga otra cosa que hacer. Como usted es un fantasma y por lo tanto no vive en el tiempo sino en la eternidad, otros diez minu¬tos, poco más o menos, no le costarán nada. De un modo u otro, su presencia me ayuda. Una presencia es algo maravilloso. ¿Tendría inconveniente en sentarse ahí y leer el "Times" mientras trabajo?

LA DAMA. - Nunca leo los periódicos. Leo a los hom¬bres y a las mujeres. Me quedaré sentada aquí y lo leeré a usted. ¿O eso lo volverá muy engreído?

SIR ARTHUR. Mi querido fantasma, un hombre público está tan habituado a que la gente lo mire que pronto ya no tiene un yo de qué envanecerse. Usted no me molestará en lo más mínimo. Hasta puede aplaudir, de vez en cuando; a fin de que yo tenga cierto estímulo.

LA DAMA. -Adelante. Esperaré todo lo que usted quiera.

SIR ARTHUR. - Gracias. Ahora, veamos donde esta¬ba yo cuando usted apareció. (Toma un trozo de papel sobre el cual ha anotado algo.) ¡Ah, sí! Ya lo tengo. Paz. Eso es: paz. (Tratando de distinguir una palabra.) Log... log... ¿qué? ¡Ah, sí! Lograr. Desde luego: una buena palabra. "Amigos míos, legos y clérigos. De¬bemos conseguir la paz. La paz. El desarme." Un esta¬llido de aplausos pacifistas aquí, quizás. "¿Quién dice que necesitamos un centenar de acorazados, caballeros? La fraternidad cristiana es una defensa más segura que mil acorazados. Ustedes tienen mi garantía de que el gobierno se conformará plenamente con ... con ... Bue¬no, mi secretaria llenará esto con el número de barcos en que insistan los japoneses. A propósito... ¿Creen ustedes que los acorazados sirven realmente de algo, ¡hora? Kenworthy dice que no: y ha estado en la ar¬pada. Nos anotaríamos un tanto tremendo en Ginebra ;i ofreciéramos liquidar todos nuestros acorazados como cierro viejo. Podríamos compensarlos con aviones y sub¬marinos. Me gustaría conocer la opinión de un fantasma imparcial y desinteresado."

LA DAMA. - Cuando lo escucho, me parece oír a un fantasma que prepara un discurso para sus colegas, Los fantasmas de un pasado muerto hace mucho tiempo. Para mí eso no significa nada, porque soy un fantasma del futuro.

SIR ARTHUR. - Sí: mujeres y hombres adelantados a su tiempo. Sólo ellos pueden guiar al presente hacia el futuro. Son fantasmas del futuro. Los del pasado son los que se han quedado a la zaga de los tiempos y sólo pueden hacer retroceder al presente.

SIR ARTHUR. - ¡Qué excelente definición de un con¬servador! ¡Gracias a Dios, soy liberal!

LA DAMA. - Usted quiere decir que pronuncia dis¬cursos sobre el Progreso y la Libertad en vez de hablar del Rey y del País.

SIR ARTHUR. - Claro que pronuncio discursos: esa es la tarea de un político. ¿No le gustan los discursos?

LA DAMA. -El Gran Día del juicio Final, los ora¬dores comparecerán al lado de los seductores y viola¬dores, de los traficantes de estupefacientes, de los que emborrachan a los hombres y les roban, de los que atraen a los niños y los estupran.

SIR ARTHUR. - ¡Qué tontería! Nuestros sermones y discursos son las glorias de nuestra literatura y las ins¬piradas voces de nuestra religión, nuestro patriotismo y ... , desde luego, nuestra política.

LA DAMA. - Los sermones y los discursos no son la religión ni el patriotismo ni la política: apenas son el balbuceo de los fantasmas del pasado. Usted es un fan¬tasma de un pasado muy muerto. ¿Por qué no muere de muerte corporal? ¿Es correcto que un fantasma ande de aquí para allá con un cuerpo vivo?

SIR ARTHUR. - Eso es demasiado personal. Temo que no podré seguir preparando mi discurso mientras usted se queda ahí encargando mis funerales. Hágame el favor, desaparezca. Váyase. Desaparezca. ¡Váyase!

LA DAMA. - No puedo desaparecer. (Cambiando alegremente de actitud.) ¿Qué le parece si dejamos de jugar a los fantasmas y nos aceptamos mutuamente por razones de conveniencia, como la gente auténtica?

SIR ARTHUR (se sacude, liberándose de su somnolen¬cia). - Que así sea. (Se levanta y va hacia ella.) He¬mos estado diciendo tonterías. (Arrima una silla. Se sientan muy cerca el uno del otro.) Usted me ha hipno¬tizado a medias. Pero antes estrechémonos la mano. Quie¬ro sentir que usted es un ser real.

(Le ofrece la mano derecha. Ella le aferra ambas y las sujeta vigorosamente, mirándolo en los ojos.)

SIR ARTHUR (su rostro se ilumina). - Bueno. No sé si esto es real o no; pero es eléctrico y muy tranquilizador y alegre. ¡Ah-a-a-a-ah! (Un profundo suspiro.) Y ahora, mi estimada señora... ¿Tendría la bondad de decirme quién diablos es usted?

LA DAMA. -Sólo la médica de su esposa. ¿No le dijo ella que me esperase?

SIR ARTHUR. - Naturalmente, naturalmente. ¡Qué es¬túpido soy! Sí, sí, sí, sí, sí, claro. Y ahora, le seré fran¬co. No creo en los médicos. Tampoco cree en ellos mi mujer; pero su fe en los charlatanes es ilimitada. Y como estoy al borde de un colapso nervioso, me está

imponiendo a todas las clases posibles de charlatanes ... perdóneme la expresión ...

LA DAMA. - Les perdono todo a mis pacientes. Continúe.

SIR ARTHUR. - Bueno. El caso es que yo los recibo r todos como la recibo a usted, sólo para complacer a mi mujer o mejor dicho para impedirle que me amar¬gue la vida. Todos dicen la misma cosa evidente; y nin¬guno me sirve de nada. Usted volverá a repetir todo eso. ¿Me perdona si le digo que no le pagaré veinte guineas por decirlo, aunque usted lo repita veinte veces?

LA DAMA.-¿Ni aun si le enseño a curarse? Las veinte guineas forman una parte importante del trata¬miento. Harán que usted lo tome en serio.

SIR ARTHUR. - Sé perfectamente cómo debo curar¬me. El tratamiento es tan simple como un abc. Soy el primer ministro de Gran Bretaña. Es decir que estoy agotado por el trabajo, las preocupaciones y las ten¬siones, que sufro tanto porque me acuesto muy tarde, porque me alimento en forma irregular con bocados sueltos, sin tiempo para digerir ni sueño suficiente y tengo que mantener siempre mi cerebro en plena ten¬sión luchando con problemas que ya no son nacionales sino mundiales. En suma, que sufro un intenso cansan¬cio mental.

LA DAMA. - ¿Y el tratamiento?

SIR ARTHUR. -Quince días de golf: ese es el tra¬tamiento. Me lo sé todo de memoria. Por lo tanto... ¿qué le parece si dejamos eso? Le diré: estoy ocupadísimo.

LA DAMA. - Ese no es mi diagnóstico. (Se levanta.) Adiós.

SIR ARTHUR (alarmado). - ¡Su diagnóstico! ¿Me ha

estado sometiendo a un diagnóstico? ¿Quiere decir con eso que me sucede otra cosa?

LA DAMA.  No otra cosa, sino algo distinto.

SIR ARTHUR. - Siéntese, por favor: puedo conce¬derle otros dos minutos. ¿Qué pasa?

LA DAMA (volviendo a sentarse). - Usted se muere por una falta aguda de ejercicio mental.

SIR ARTHUR (no pudiendo darles crédito a sus oídos). - ¿De... de... de qué, dijo usted?

LA DAMA. - Usted sufre de una dolencia inglesa muy común, de un cerebro poco ejercitado. Para decirlo en pocas palabras: el suyo es un caso grave de frivolidad, quizás incurable.

SIR ARTHUR. - ¡Frivolidad! ¿La entendí bien? ¿Dijo usted que la frivolidad es una debilidad inglesa usual?

LA DAMA. - Sí. Terriblemente usual. Casi una carac¬terística nacional.

SIR ARTHUR. -¿Se da cuenta de que está comple¬tamente loca?

LA DAMA. - ¿Soy yo o es usted quien ha llevado a Inglaterra a la ruina?

SIR ARTHUR. - ¡Vamos, vamos! No hablemos de po¬lítica. ¿Qué me receta?

LA DAMA. - Llevo a mis pacientes a mi retiro de las montañas de Gales, que antes fue un monasterio y ahora es mucho más riguroso y está en perfectas condiciones sanitarias. Allí no hay periódicos ni cartas ni damas ocio¬sas. Nada de libros salvo por la tarde, como un des¬canso de la tarea de pensar.

SIR ARTHUR. - ¿Cómo puede usted pensar sin li¬bros?

LA DAMA. - ¿Cómo puede usted tener pensamientos propios cuando está leyendo los ajenos?

SIR ARTHUR (con un gruñido). - Vamos, hable con sensatez. ¿Qué me dice del golf?

LA DAMA. ¡Los juegos son para la gente que no sabe leer ni escribir. Los hombres son pocos serios con sus negocios y con su política; pero son siempre muy serios con sus juegos. El golf les proporciona por lo menos un fin de semana de grave concentración. Les hace comprender la verdad. No pueden afirmar que han ganado cuando han perdido ni que han hecho una cam¬paña magnífica cuando han chapuceado. El inglés está a sus anchas en los links de golf y se siente muy in¬cómodo en el gabinete. Pero lo que necesita su país no es su cuerpo sino su cerebro. Y yo, le advierto so¬lemnemente que, a menos que usted ejercite su cerebro, lo perderá. Un cerebro poco ejercitado es mucho más dañino para la salud que un cuerpo poco ejercitado. Usted sabe hasta qué punto se vuelven perezosos los hombres por falta de ejercicio corporal. Pues bien: tam¬bién se vuelven cerebralmente perezosos por falta de ejercicio mental; y si la naturaleza ha querido que sean pensadores, los resultados son desastrosos. Los cerebros usados a medias producen toda suerte de enfermedades corporales; porque es la mente la que hace el cuerpo; tal es mi secreto y el de todos los curadores auténticos. Lamento que usted no me deje llevarlo conmigo por el camino de regreso a la salud. Buenos días. (Se levanta.)

SIR ARTHUR. - ¿Tiene que irse?

LA DAMA. - Ya que está tan ocupado...

SIR ARTHUR (levantándose). - Ah, sí. Lo olvidaba.

Estoy ocupadísimo. Con todo, si usted pudiera dedicar¬me un minuto más ...

LA DAMA. - Si lo desea... (Se sienta.)

SIR ARTHUR (sentándose). - Mire... Lo que hace tan inestimablemente curioso para mí su diagnóstico es que, en realidad, mi vida ha sido totalmente inte¬lectual y mi adiestramiento el mejor adiestramiento in¬telectual del mundo. Escuela preparatoria de primer orden. Harrow. Oxford. El parlamento. Una subsecre¬taría. El gabinete. Finalmente, la jefatura de la Cámara de los Comunes como primer ministro. Inteligencia, in¬teligencia sin cesar.

LA DAMA. - En Harrow, usted escribía versos en la¬tín... ¿no es así?

SIR ARTHUR. - Sí, naturalmente.

LA DAMA. - ¿Los escribe ahora?

SIR ARTHUR. -No. Claro que no. Usted no com¬prende. Aprendíamos a escribir versos en latín no por¬que los versos sirvieran de algo, después de todo, sólo son un recurso para enhebrar viejos lemas, sino por¬que son un espléndido adiestramiento mental.

LA DAMA. - ¿Tienen cerebros espléndidamente adies¬trados todos los jovencitos que hacían versos en latín en Harrow?

SIR ARTHUR. - Sí. Sin vacilar, digo que sí. No quie¬ro decir con ello, naturalmente, que todos sean genios; pero si uno se trata con la mejor sociedad verá que sus cerebros son muy superiores a los de las personas sin adiestramiento clásico.

LA DAMA. - Querrá usted decir que se puede con¬fiar en que todos ellos dirán lo mismo en la misma forma cuando discutan asuntos públicos.

SIR ARTHUR. - Precisamente. Son una clase culta.. . ¿comprende?

LA DAMA (con frialdad, levantándose). - Sí: com¬prendo. Realmente, no tengo más que decir, Sir Arthur. (Saca de su bolso una tarjeta y la deja sobre la mesa.)Esta es la dirección de mi establecimiento de Gales.

SIR ARTHUR (levantándose, algo decepcionado por río haber causado ningún efecto).-Pero usted no me negará que un hombre sale ganando al pasar por la fá¬brica de nuestro gran sistema educacional.

LA DAMA. -Si un hombre nace con un juego de dientes irremediablemente deplorable creo que es me¬jor para él, e implica ser más bondadosos con él, arran¬cárselos todos y sustituirlos con un buen juego de dientes postizos. Si algunos de sus colegas políticos no hubiesen sido provistos de mentes políticas artificiales en la forma que usted describe, se habrían quedado sin mentes políticas. Pero en ese caso no se habrían metido en política; y esto, me parece, habría significado una ventaja pública. ¿Puedo reservarle un dormitorio y un gabinete privado?

SIR ARTHUR. - ¡Bah! No voy a su retiro.

LA DAMA (con firmeza). - Creo que irá.

SIR ARTHUR. -Me rindo. Usted está a prueba de hechos. Soy perezoso, estoy ocioso y desfallezco a causa del exceso de trabajo. ¡Qué lógico es todo eso!

LA DAMA. - Los más perezosos de mis pacientes tra¬bajan como esclavos de la mañana a la medianoche bromeando con las cosas grandes. Retírese, Sir Arthur: vaya a un instituto de reposo. Yo no me equivoco jamás en mi diagnóstico. Telefonearé para preguntar si mi departamento número uno, con baño privado y sala de meditación, está desocupado.

SIR ARTHUR. -No: no quiero que me apuren. ¿Me oye? No quiero que me apuren. (Ella se mantiene in¬conmovible; y él prosigue, con decisión mucho menor.) Desde luego, tendré que ir a descansar a alguna parte; y si usted me recomienda ese lugar como tonificante.. .

LA DAMA. -¿Tonificante? ¿Para qué?

SIR ARTHUR. -Bueno, tonificante. Usted me entien¬de. Tonificante.

LA DAMA. - ¡Es curioso cómo clama siempre la gen¬te ociosa para que la tonifiquen!

SIR ARTHUR. - ¡La gente ociosa! ¡Cómo se aferra usted a lo que quiere demostrar! ¡Y qué impostora es! No crea que me engañará con su aire meditativo de salón y su prosopopeya: yo mismo suelo hacer esas co¬sas y usted sabe que es inútil darle folletos a un misio¬nero. Pero adivino, no sé por qué, que es buena conmi¬go. Usted es una deliciosa chiflada de corazón grande y educada a medias; pero una mujer puede ser todo eso y tener sin embargo el instinto adecuado sobre la ma¬nera de flirtear intelectualmente con un pensador can¬sado. ¿Me promete hablar conmigo si voy allí?

LA DAMA. - Hasta le dejaré hablarme a mí. Le ga¬rantizo que, dentro de quince días, usted empezará a pensar antes de hablar. Su cerebro muerto resucitará. Haré un hombre de usted. Adiós. (Sale con rapidez por la puerta principal.)

SIR ARTHUR (le grita, alegremente). - ¡Ja, ja! In¬corregible, incorregible. (Toma la tarjeta que está sobre la mesa y la contempla.) ¡Ah! Olvidé preguntarle cuán¬to quiere que le pague semanalmente por esa sala de meditación. (Su aire se vuelve trágico.)

HILDA (saliendo de su oficina). - ¿Sucede algo, Sir Arthur?

SIR ARTHUR. -Me voy a un establecimiento de re¬poso. Porque mi cerebro ha trabajado menos de lo con¬veniente. ¿Comprende eso? ¿Ha oído hablar alguna vez de un establecimiento de reposo para los que han tra¬bajado mentalmente menos de lo conveniente?

HILDA. -Hay uno muy bonito en Sevenoaks; allí, la enviaron a mi tía. Pero eso es para alcoholistas.

SIR ARTHUR. - La casa adonde voy es para los que han trabajado poco mentalmente, para los que no pien¬san, para los inveteradamente perezosos y frívolos. Sí: los frívolos: sus oídos no la han engañado.

HILDA (acercándose a su escritorio). - ¡Oh, está bien! Ellos lo divertirán. Usted se entiende bien siem¬pre con gente de esa clase. ¿Debo empacar sus libros de vacaciones usuales? ¿Algunas novelas policiales y Wordsworth?

SIR ARTHUR. - No. Consiga todos los libros que pueda encontrar de un judío alemán revolucionario lla¬mado Harry Marks.. .

HILDA. - ¿No se estará refiriendo usted a Karl Marx?

SIR ARTHUR. - Eso es. Karl Marx. Consígame todos los libros de Karl Marx que pueda encontrar tradu¬cidos al inglés y empáquemelos para el viaje.

HILDA. - Hay muchos libros más nuevos de los mar¬xistas: de Lenin y Trotsky y Stalin y gente así.

SIR ARTHUR. - Consígalos todos. Empáqueme el to¬tal. ¡Caramba! Yo le enseñaré a Aloysia Brollikins a dar¬se ínfulas. Les enseñaré a ella y a su cáfila de mendigos intelectuales a medio cocer que cualquier hombre de Oxford puede vencerlos en su propio juego. Les daré vuelta del revés a Karl Marx. (Se oye el gongo de la casa.) ¡El almuerzo! Vamos. Esa mujer me ha dado ape¬tito. (Sale impetuosamente por la puerta disimulada.)

HILDA (lanzándose detrás de él). - No, no, Sir Ar¬thur: ¡la Casa de la Iglesia, la Casa de la Iglesia! ¡Us¬ted ha olvidado que tiene que almorzar allí!

 

ACTO II

 

El mismo escenario, el ro de noviembre, a las 9.30 de la mañana. En el hogar arde un generoso fuego y los visitantes lucen ropa de invierno. Basham está so¬bre la alfombra del hogar, calentándose la espalda y le¬yendo el "Daily Herald".

 

BASHAM (asombrado por lo que lee). - ¡Dios mío! (Sigue leyendo.) ¡Caaaaramba! (Sigue leyendo.) ¡Bueno! ¡Que me condenen!

(Hilda entra por la puerta principal y anuncia a un explosivo caballero de edad, evidentemente una persona importante, quien la sigue.)

HILDA. - Sir Dexter Rightside.

SIR DEXTER (uniéndose a Basham junto al ho¬gar). - ¡Ah! ¿Es usted, Basham? ¿Ha venido a arres¬tarlo?

BASHAM. -No sé qué decirle. No se ha levantado todavía. Señorita Hanways... ¿Hay algún indicio de que se esté levantando?

HILDA (muy inquieta). - Lady Chavender no quie¬re permitir que lo molesten. Dice que su discurso de ano¬che en el banquete de Guildhall lo ha dejado exhausto. La gente ha estado telefoneando durante toda la mañana; pero ella se limita a apoyar su espalda contra la puerta y a decir que quienquiera haga un ruido sufi¬ciente para despertarlo será despedido en el acto.

SIR DEXTER. - ¡Tonterías! Es necesario que yo vea a Sir Arthur. ¿Cree Lady Chavender que un primer mi¬nistro puede tener al país cabeza abajo sin una palabra de advertencia a sus colegas e irse luego a la cama como si lo hubiese agotado una jornada de pesca?

HILDA (desesperada). - Bueno. ¿Qué puedo hacer yo, Sir Dexter? (Va hacia su escritorio.)

SIR DEXTER. - Basham: violente la puerta de su alcoba.

BASHAM. - No puedo. Soy un policía: no debo ha¬cerlo sin una orden de allanamiento. Hágalo usted mismo.

SIR DEXTER. - Tengo unas ganas endemoniadas de hacerlo. ¿Se le ocurre algo más monstruoso, Basham? (Se sienta en la silla que está junto a la del extremo.) Pero ya dije que sucedería eso. Lo dije. Cuando for¬mamos esa maldita coalición que llaman gabinete nacio¬nal, yo tenía títulos para ser primer ministro. Era el jefe del partido conservador. Contaba con una enorme mayoría en el país: la elección probó que podíamos haber prescindido perfectamente de Chavender. Pero tuve que ceder. Nos engañó. Afirmó que sin su vieja guar¬dia de liberales y su morralla de laboristas y socialis¬tas y abogados y periodistas en cierne y consumidos secretarios de sindicatos, no podíamos asegurarnos la mayoría. Su voz de oro debía conseguirlo. Era el hom¬bre popular, el hombre seguro: yo era el impopular ve¬terano de quien no se podía esperar que conservara la serenidad. Por lo tanto, me aguanté. Me sacrifiqué. Acepté el ministerio del Exterior. Bueno. ¿De qué sirve ahora su hombre seguro? ¿Qué le parece su premier bolchevique? ¿Quién tenía razón, los chapuceros y los dispuestos a transar o el viejo veterano?

BASHAM. - Es sorprendente. Yo habría jurado que si había en Inglaterra un hombre de quien se podía estar seguro de que hablaría sin decir nada, que des¬cargaría puñetazos sobre la mesa pero no haría nada, ese hombre era Arthur Chavender. ¿Qué le ha sucedido? ¿Qué significa eso? ¿Cree usted que se volvió loco en el sanatorio? ¿O lo estaba antes de que esa mujer lo llevara allí?

SIR DEXTER. - ¡Loco! De ningún modo. Pero más vale que examine los antecedentes de esa mujer: qui¬zás haya dinero de Moscú detrás de todo eso.

BASHAM. - ¡Arthur aceptar dinero! Eso, ya es ir de¬masiado lejos.

SIR DEXTER. - Esa mujer lo aceptó. Habría sido derrocharlo sobornar a Chavender: se podía confiar siempre en que diría cualquier cosa que creyera suscep¬tible de complacer al público sin que le pagaran por eso, maldito saltimbanqui.

BASHAM. - Pero no trató de complacer a su públi¬co en el Guildhall. Ellos querían un poco de su mejor sedante sobre la ley y el orden después del ataque con¬tra la Exposición del alcalde de Londres que llevaron por la tarde los desocupados; pero según el "Daily Herald", les dio una dosis de hirviente socialismo.

SIR DEXTER (nerviosamente). - A propósito, Basham ... Supongo que usted tendrá hoy en un puño a los desocupados.

BASHAM. - Mansos como corderos. Están leyendo los periódicos. Nuevas ediciones cada media hora. Como en 1914.

(Se oye canturrear a la voz de Sir Arthur. Hilda mira)

HILDA. - Me parece haber oído cantar a Sir Arthur. Debe de haberse levantado.

SIR DEXTER. - ¡Cantar! ¿Es esta una hora adecuada para trovadores?

HILDA. - Sir Arthur entona siempre escalas después del baño. (Sale.)

(Después de un estallido final de solfeo, se abre vi¬gorosamente la puerta disimulada y entra Chavender, radiante.)

SIR ARTHUR. - ¡Ah! ¿Es usted, Dexy? (Le tiende la mano.)

SIR DEXTER (como un toro cebado). - No trate de estrecharme la mano. No se atreva a llamarme Dexy.

SIR ARTHUR. - ¿Qué diablos sucede? Se ha levan¬tado con mal pie esta mañana ... ¿no es eso? Lamento muchísimo haberlo hecho esperar, Basham. ¿Qué le su¬cede esta vez a nuestro ministro de Asuntos Exteriores?

SIR DEXTER. - ¡Esta vez! ¿Qué quiere decir con eso?

SIR ARTHUR. - Hombre, eso de que usted aparezca furioso antes del desayuno no tiene nada de novedoso... ¿verdad? ¿Qué pasa, Basham?

BASHAM. - ¡Oh! ¡Vamos, señor primer ministro! Si usted estaba demasiado borracho anoche en el Guildhall para saber qué decía, más vale que lea los periódicos.

SIR ARTHUR (conservando las manos a la espalda para calentarlas). - Recuerdo perfectamente lo que dije anoche. Y lo único que bebí fue agua de cebada.

BASHAM (insistiendo). - Pero mire esto, hombre. (Citando los titulares.) "Nuevo programa para las se¬siones de invierno. Nacionalización de las rentas de la tierra. Nacionalización de los bancos. Nacionalización de las minas. Nacionalización del transporte."

SIR DEXTER (gimiendo). -Nacionalización de las mujeres. ¿Por qué omite eso? ¿Por qué?

BASHAM. - No: no hay nada sobre las mujeres. Mu¬nicipalización de las tierras urbanas y del ramo de la edificación y la consiguiente abolición de las tasas.

SIR DEXTER. - ¡Apóstata!

BASHAM. - No: no hay nada sobre la Iglesia. Abo¬lición de los derechos de aduana y prohibición total del comercio exterior privado en las industrias protegidas. El único importador será el Estado, para vender a pre¬cios regulados por él.

SIR DEXTER. - ¡Pamplinas! ¡Pamplinas incompren¬sibles y nunca oídas!

BASHAM. - Servicios públicos obligatorios para to¬dos, sean cuales fueren los ingresos, como en tiempo de guerra.

SIR DEXTER. - Esclavitud. Llámelo por el nombre que le cuadra. Esclavitud.

BASHAM. - Restauración de la agricultura. Granjas colectivas, nacionalización de las industrias de fertili¬zantes. Nitrógeno tomado del aire. Fuerza motriz to¬mada de las mareas. Inglaterra con autonomía y a prue¬ba de bloqueo.

SIR DEXTER. - La locura. La ruina para nuestro co¬mercio exterior.

BASHAM. -Una despiadada extinción del parasitis¬mo.

SIR DEXTER. -Usted ni siquiera conoce la ley ac¬tual. Ya tiene una. ¿Qué más quiere?

BASHAM. - Duplicación de la sobretasa sobre los in¬gresos eventuales.

SIR DEXTER. -Sí. ¡Nos quitarán nuestro último pe¬nique! Y cuando haya desaparecido lo poco que nos ha dejado el ruinoso sistema impositivo actual, cuando hayamos liquidado nuestras cuentas con el último arte¬sanó y despedido a nuestro último criado... ¿dónde encontrarán empleó? ¿Quién les pagará salarios? ¿Qué será de la religión si nadie puede permitirse alquilar por año un banco de iglesia ó tiene un penique que poner en el plató? Hasta el deporte no estará a salvó: nuestra raza caballar se verá condenada: a nuestros sa-buesos los venderán ó los sacrificarán: y nuestros monteros serán caddies que viajarán en bicicletas a motor. ¡Esa será la Inglaterra del futuro!

SIR ARTHUR. -Pero... ¿es eso todo lo que han informado los periódicos?

SIR DEXTER. -¡¡¡Todo!!!

BASHAM. - ¡Oh, vamos! ¡Todo! ¿No basta con eso?

SIR ARTHUR. - Pero ... ¿no han dicho nada sobre nuestra promesa de anular las rebajas hechas en la paga del ejército, la armada y la policía?

SIR DEXTER. - ¡Nuestra promesa! ¿Qué promesa?

BASHAM (interesado). -¿Qué dice usted? ¿Aumen¬tará los sueldos de mis hombres hasta la cifra de antes?

SIR ARTHUR. -Le daremos a usted otros cinco mil hombres; pagaremos los sueldos de antes con un aumen¬tó del diez por ciento y duplicaremos el salarió de usted.

BASHAM. - ¡Caramba! Eso cambia un poco las cosas.

SIR DEXTER (levantándose). - Basham... ¡No se dejará corromper así! ¿Es usted tan estúpido como para creer que los ingleses libres tolerarán un despilfarró tan monstruoso del dinero público?

BASHAM. - Si tengo otros cinco mil hombres y un aumentó hasta el nivel de los sueldos de antes, res¬pondo por los ingleses libres. Si no les gusta, tendrán que aguantárselo.

SIR DEXTER. - ¿Cree realmente que él podrá cum¬plir todas las monstruosas promesas que ha hecho?

BASHAM. -No: claro que no. Pero puede cumplir ésta. Puede aumentar la paga de mis hombres y dupli¬car mi sueldo; y eso es lo único que me interesa. Soy un policía, no un político.

SIR DEXTER. - Usted es un pistolero mercenario y un estúpido: eso es lo que es. (Se deja caer sobre la silla terminal.)

BASHAM (tranquilamente). -Usted parece agitado, Sir Dexter.

(Antes de que Sir Dexter pueda replicar, Hilda vuel¬ve y anuncia a un nuevo visitante.)

HILDA. - El almirante Sir Bemrose Hotspot. (Sale.)

(Sir Bemrose es un almirante medio imbécil; pero el otro medio, el que no le ha sacrificado a su profesión, es sano y vigoroso.)

SIR BEMROSE (de muy buen humor). - Buenos días, Dexy. Buenos días, Basham. (Dándole una palmada en la espalda a Sir Arthur.) ¡Magnífico, Arthur! Nunca lo he oído hablar mejor. Eso es lo que hay que darles. (Se estrechan cordialmente la mano.)

SIR DEXTER (un poco serenado por su propio asom¬bro). - Rosy... ¿Se ha vuelto usted loco, también? ¿Ha olvidado que es conservador y que como tal lo nombraron primer lord del almirantazgo, por insinuación e insistencia mías, en este presunto gobierno nacio¬nal, que ahora, a Dios gracias, no durará un solo día cuando vuelva a reunirse el parlamentó?

SIR BEMROSE. -¿Que no? Está a salvó durante los cinco años próximos. Lo que necesita el país son órdenes directas, disciplina, carácter, coraje, una gran armada, jus¬ticia para el marinero británico, desarmes auténticos y un dominio absoluto del mar. Si eso no es espíritu con¬servador... ¡no sé qué es ser conservador! Pero fíjese, Arthur, que necesito doce portaaviones nuevos. Pienso en el Japón. Y está Estados Unidos. Y, naturalmente, Rusia.

SIR ARTHUR. - ¡Los tendrá, Rosy! Veinticuatro, si los pide.

SIR BEMROSE. - ¡Bien! Entonces, respondo por la Cámara de los Comunes.

SIR DEXTER. -No sea tonto. ¿Qué puede usted ha¬cer con la Cámara de los Comunes, como no sea va¬ciarla cada vez que se levanta para hablar?

SIR BEMROSE. - Le dejo la oratoria a Arthur: es ta¬rea suya, no mía. Pero si hay alguna otra tentativa de hacerle pasar hambre a la marina, ésta podrá causarle a usted una pequeña sorpresa en Westminster. ¿Cómo se sentirá cuando vea que un submarino sale a la super¬ficie frente a su terraza y el comandante le anuncia que sólo le concede cinco minutos antes de torpedear a ese maldito Banco del Frente?

SIR DEXTER. -Usted dice tonterías. ¿Cree, por un solo momento, que se le permitirá a la armada entro¬meterse en política?

SIR BEMROSE. - ¿Quién lo impedirá? ¿Donde esta¬rían Lenin y Stalin y Trotsky y todos esos bolcheviques si no hubiese sido por la flota del Báltico y los mari¬neros de Kronstadt? ¿Cree usted que la marina inglesa, con su disciplina y sus respetables comandantes conser-vadores, no podría hacer lo que hicieron esos bribones comunistas?

SIR DEXTER. - ¿Cuánto tiempo sobreviviría la mari¬na inglesa a la abolición de la propiedad en este país? Contésteme a eso.

SIR BEMROSE. -No le hable a la marina de la pro¬piedad. Nosotros no vivimos con la propiedad: vivimos con el servicio. (Toma la silla contigua a la presidencial y sigue exponiendo con irritación su queja personal.) Ustedes y sus malditos propietarios nos conceden ape¬nas el sueldo de un escribiente por el comando de un acorazado y luego nos cercenan la cuarta parte con el impuesto a los réditos. No podemos bajar a tierra sin que nos esquilmen con tasas de tal modo que apenas nos queda lo suficiente para educar a nuestros hijos. Gra¬cias a Arthur, usted tendrá que darnos ahora nuestra paga honestamente libre del impuesto a los réditos y deberá lograr que esos terratenientes holgazanes suden para pagarlo. A eso, lo llamo la esencia del conservadorismo. Esa es la manera de burlar a todos esos la¬boristas y rojos y el resto de la morralla a la cual usted ha estado halagando desde que les dio el voto. Déle lo que les conviene y ponga sus votos a resguardo; eso es lo que necesita este país.

SIR ARTHUR. Ya lo ve, Dexy: nosotros tenemos a la marina y a la policía de nuestra parte.

SIR DEXTER. - ¿Puedo preguntarle quienes somos nosotros"?

SIR ARTHUR. - El gobierno nacional, naturalmente. Usted y yo, Dexy: usted y yo.

SIR DEXTER. - Me enferma oír mi nombre vincula¬do al suyo. Me enfermó siempre.

HILDA (anunciando). - El presidente de la junta de comercio, señor Glenmorison.

(Glenmorison es un caballero escocés de modales des¬envueltos, y, evidentemente, el más joven del grupo.)

SIR ARTHUR. - Hola, Sandy. Siéntese. Sentémonos todos y hablemos a fondo del asunto.

(Todos se instalan junto a la mesa de espaldas al hogar: Sir Arthur en el medio, Glenmorison a su iz¬quierda, Sir Bemrose a su derecha y Sir Dexter y Basham a la derecha e izquierda respectivamente.)

GLENMORISON. -Bueno, Sir Arthur. Cuando usted se desahogó tan temerariamente, bien pudo haber dicho dos palabras sobre la autonomía para Escocia. Cuando se llega ya a esos extremos, a nosotros tanto nos da.

SIR DEXTER. - ¡Nosotros! ¡Nosotros! ¡Nosotros! ¿Quiénes somos nosotros? Si se refiere al gabinete, le diré que el gabinete no responde por los métodos fre¬néticos del primer ministro. Obró sin consultarnos. ¿Cree usted que si yo hubiese oído una sola palabra sobre ese estallido de bolcheviquismo lo habría tolerado?

SIR ARTHUR. -Por eso no lo consulté.

SIR DEXTER. - ¡Ajá!

SIR ARTHUR. - La responsabilidad es mía y sólo mía.

SIR BEMROSE. - Nada de eso. Reclamo mi parte, Ar¬thur. Usted obtuvo la parte relativa a la marina de mí.

GLENMORISON. - Lo mismo digo yo, Sir Dexter. Re¬clamo, por lo menos, dos partes.

SIR DEXTER. - ¡De mucho le valdrán! La banca de Arthur está a salvo: cualquiera que se llame Chavender puede ganar sin oposición en su distrito electoral por¬que su viejo y astuto suegro sobornó en forma a todos los que votaban allí. Pero su mayoría en la última elec¬ción, Glenmorison, fue de diecisiete: hubo tres recuentos. Ha perdido la banca.

GLENMORISON. - Por el contrario, Sir Dexter: está segura por primera vez en la historia de Escocia.

SIR DEXTER. - ¡Segura! ¿Cómo? Lo rechazarán como a un bolchevique loco a menos que venga conmigo y repudie a Chavender total y decisivamente.

GLENMORISON. - ¡Oh, temo que no podré hacerlo, Sir Dexter! Le diré: en mi distrito electoral, el equili¬brio es sostenido por los comerciantes y los tenderos. Su queja principal son los altos impuestos. Y aunque todos ellos lo pasan relativamente bien, creen que po-drían pasarlo mejor si lograran reunir capital suficiente para ampliar un poco sus negocios. Pero los financieros y promotores desdeñan los negocios de menor cuantía. Piensan en millones, mientras que mi gente piensa en miles de libras, y además sólo en guarismos de cuatro cifras. Es bastante fácil reunir unas doscientas mil li¬bras si uno está dispuesto a llamar a eso un cuarto de millón y a pagar intereses sobre esa suma. Pero... ¿de qué le sirve eso a un hombre de High Street, mi distrito electoral, que sólo necesita de cinco a veinte mil libras para ampliar su pequeño negocio?

SIR DEXTER. - ¡Tonterías! El banco le dejará girar en descubierto si tiene buen crédito.

GLENMORISON. - Sí: y reclamará su dinero cuando sobrevenga la próxima baja y pánico en la Bolsa. Puedo indicarle a media docena de hombres que quebraron el año pasado, aunque eran tan solventes como usted o como yo. Pero la proposición de Sir Arthur de crear bancos nacionales y municipales a prueba de pánico, tan dispuestos a encontrar cinco mil libras para el hombre de cinco mil libras como los financieros a encontrar un millón a condición de que se les adhiera una suma su¬ficiente a sus propios dedos, es precisamente lo que necesita mi pueblo. No me atrevo a decir una sola pala¬bra en contra de eso. Es una inspiración en lo que a mis electores se refiere. Mi pueblo es gente extraña: votaría por el propio diablo si les prometiera abolir los impuestos y fundar un banco municipal. Mi mayoría disminuyó la última vez a diecisiete porque me acerqué a ellos con las manos vacías y un montón de consejos sobre economizar y hacer sacrificios. Esa nacionalización de los bancos es un buen negocio para ellos: se aba¬lanzarán sobre él ávidamente.

SIR DEXTER. -En suma, usted hará promesas utó¬picas que sabe bien que no serán cumplidas jamás.

GLENMORISON. -Usted hizo un cúmulo de prome¬sas utópicas, Sir Dexter, cuando formó este gobierno nacional. En vez de cumplirlas, les dijo a los electores que se apretaran el cinturón y salvaran al Banco de Inglaterra. Se apretaron el cinturón: y ahora, el Banco de Inglaterra está pagando doce chelines con seis pe¬niques por libra. Con todo, reconozco que usted dismi¬nuyó mi mayoría liberal sobre mi adversario conserva¬dor de cuatro mil a diecisiete. Tengo que recuperar eso. No digo nada sobre el resto del programa; pero re¬presento al hombre modesto; y en este asunto de los bancos, estoy en todo momento con Sir Arthur.

HILDA (anunciando). -Sir Jafna Pandranath. (Se retira.)

(Este anuncio provoca marcada sensación. Los cua¬tro caballeros se levantan como para recibir a un per¬sonaje regio. Sir Jafna es un plutócrata cingalés de edad, tan bajito y flaco que parece al borde del agotamiento, vestido con elegancia, pero, por lo demás, demasiado atareado y preocupado evidentemente por la idea de acu¬mular dinero para que le divierta gastarlo. Se adivina que debe de ganar mucho; porque la reverencia con que lo reciben los cinco ingleses, comparada con su manera poco ceremoniosa de tratarse entre sí, es casi adulatoria.)

SIR JAFNA. - ¡Buenos días! ¿Interrumpo una reunión de gabinete?

SIR ARTHUR. -No. En absoluto. Sólo son unos ami¬gos que me visitan. Siéntese, por favor.

SIR DEXTER (ofreciéndole la silla del extremo al vi¬sitante). - Bienvenido, Sir Jafna: bienvenido. Usted re¬presenta al dinero: y el dinero les hace recobrar el buen sentido a los estúpidos.

SIR JAFNA. - ¿El dinero? Nada de eso. Soy un hom¬bre pobre. Nunca sé si, en determinado momento, valgo trece millones o solamente tres. (Se sienta. Todos se sientan.)

SIR BEMROSE. - Me he enterado casualmente, Sir Jafna, que sus empresas valen hoy veinte millones, por lo menos.

GLENMORISON. - Cincuenta.

SIR JAFNA. - ¿Cómo lo saben? ¿Cómo lo saben? ¡Cómo me saquean a cada paso! (A Sir Dexter.) Su gen¬te me deja sin camisa.

SIR DEXTER. - ¡Mi gente! ¿Qué demonios quiere de¬cir con eso?

SIR JAFNA. - Sus acaparadores de tierra. Sus extor¬sionistas. Sus barones salteadores. ¡Miren mi proyecto de reconstrucción de Blayport Docks! ¿Soy un benefac¬tor público o no lo soy? ¿No tengo acaso lo suficiente para vivir y morir sin preocuparme de Blayport? ¿Seré más feliz cuando Blayport tenga quince kilómetros cua¬drados de muelles en vez de un puerto pesquero de pacotilla? ¿Qué puedo ganar salvo la satisfacción de ver que se realiza una gran obra públicamente útil y la com¬prensión de que, sin mí, eso no se podría hacer? ¿No quedaré acaso casi arruinado si eso fracasa?

SIR BEMROSE. `Y bien... ¿qué hay de malo en eso, amigo mío?

SIR JAFNA. - Rosy, usted me pone nervioso. Lo que tiene de malo eso, es que los propietarios de todos los kilómetros de tierra indispensables para mi plan y sin los cuales esas tierras no valdrían quince libras el acre, abren tanto la boca que pueden engullir una ganancia del sesenta por ciento sin levantar un dedo, salvo para embolsarse la riqueza que crearé. Vivo, trabajo, planeo, destruyo mi salud y arriesgo todo lo que poseo para en-riquecer a esos parásitos, esos vampiros, esas sabandijas del Commonwealth. (Gritando.) ¡Sí, sabandijas! (Cal¬mándose.) Usted tenía mucha razón anoche en el Guildhall, Arthur: debe nacionalizar la tierra y ponerle tér¬mino a esta vergonzosa explotación de los financieros y empresarios por una clase afincada ociosa y voraz.

SIR ARTHUR (con una risita). - ¡Magnífico! Tengo el apoyo de la City.

SIR JAFNA. - Hasta el último voto, hasta el último penique. Esos piratas no le asignan importancia al he¬cho de arrancar un millón por acre por la tierra de la ciudad. Un hombre no puede tener una dirección para sus cartas en Londres a menos que acepte pagar por ella de quinientas a mil libras anuales. Ni siquiera puede morir sin pagarlas por su tumba. Hágales devolver lo robado, Arthur. Despelléjelos vivos. Impóngales un im¬puesto de veinte chelines por libra. Que se ganen la vida, malditos sean. (Se seca la frente y agrega, con tono casi histérico.) Perdónenme, amigos. ¡Pero si vie¬ran los cálculos de Blayport... ! (No puede decir más.)

SIR DEXTER. - ¿Puedo pedirle que aborde este asun¬to no como un emotivo oriental (Sir Jafna se atraganta convulsivamente) sino como un sensato hombre de ne¬gocios? Si destruye las rentas de nuestra burguesía afin¬cada... ¿dónde encontrará el capital que sólo existe gracias a sus prudentes ahorros ... a su sobriedad?

SIR JAFNA. - ¡Bah! ¡Bah, bah! Lo encontraré donde lo encuentran ellos, en el producto de la labor de los obreros a quienes tengo contratados. En la actualidad, debo pagar salarios exorbitantes y superfluos. ¿Por qué? Porque el obrero tiene que darle la mitad o la cuarta parte de esos salarios al casero. El obrero es ignorante: cree que el casero le roba; pero la víctima a quien roban soy yo... ¡Yo! Liquiden al casero y tendré todo el capital que él roba ahora. Además, conseguiré mano de obra barata. Esto no es emoción oriental: es sentido común británico. Estoy con usted, Arthur, hasta la úl¬tima gota de mi sangre oriental. La tierra nacionalizada; el trabajo obligatorio; la abolición de los impuestos; las huelgas convertidas en un delito; endoso de buena gana todo esto en nombre del capital y de la empresa priva¬da. No digo nada sobre el resto de su programa, Arthur; pero en esos puntos, ningún liberal auténtico puede po¬ner en duda su soberbia capacidad de estadista.

SIR ARTHUR (con deleite). - Ya lo ha oído, Dexy. Ahora, mastíqueselo.

HILDA (anunciando). -Su Alteza el duque de Domesday.

(Entra un aristócrata de edad y de complexión física delicada. Bien conservado, próximo a los setenta.)

EL DUQUE (sorprendido al ver a tanta gente). - ¿Molesto, Arthur? Creí encontrarlo libre.

SIR ARTHUR. -Nada de eso. Sólo una charla sobre lo ocurrido anoche. Póngase cómodo.

SIR DEXTER. - Usted llega en el momento oportuno. Sir Jafna acaba de calificarlo a usted de sanguijuela, pirata, parásito, barón salteador y sabandija. ¡Sabandija! ¿Qué le parece eso?

EL DUQUE (sentándose tranquilamente en la silla final más próxima a la ventana, a la izquierda de Basham). - Me pregunto por qué se les aplica solamente a los barones el epíteto de salteador. Uno nunca oye hablar de duques salteadores; sin embargo, los míos han robado mucho en sus tiempos. (Con un suspiro de nos¬talgia.) ¡Ah! Todo eso ha pasado. Los salteadores se han convertido en asaltados. Ojalá ustedes formen algu¬na clase intermedia de gente honrada. Me disgusta que usted me llame sabandija, Arthur.

SIR ARTHUR. - No fui yo. Fue Jafna.

EL DUQUE. - ¡Ingrato Jafna! Me compra mi finca de Blayport por una bicoca.

SIR JAFNA. - ¡Una bicoca! ¡Santo Brahma!

EL DUQUE (continuando). -Y esa finca le dará mi¬llones. Después de haber pagado las hipotecas, obtendré un tres y medio por ciento de lo que me quede del mísero precio que me ofrece; y sobre ese tres y medio, me cobrarán el impuesto a la renta y la sobretasa. Los nietos de Jafna irán a Eton. Los míos, a un Politécnico.

SIR BEMROSE. - Mándelos a Dartmouth, amigo mío. Ahora que Arthur está en el timón, los espera una carre¬ra en la marina.

SIR DEXTER. - ¡La paga y pensión de un teniente para el futuro duque de Domesday! Esa es la idea... ¿verdad?

EL DUQUE. -Tendrá suerte si le pagan algo. Pero yo lo apoyaré en cualquier caso, Arthur. Usted ha admi¬tido por fin, públicamente, que los impuestos sucesorios son injustos en principio y ha prometido abolirlos. Eso, nos salvará de la extinción total al cabo de tres gene¬raciones; y las clases afincadas están con usted en ese aspecto hasta el último hombre. Acepte la humilde gratitud de un duque empobrecido.

SIR DEXTER. -Y, en cuanto al resto del progra¬ma... ¿Se traga usted también eso?

EL DUQUE. -Dudo de que el resto del programa se realice. Además, no pretendo comprenderlo. A pro¬pósito, Sir Jafna. Me gustaría que me liberara de Domesday Towers por algún tiempo. No puedo ya vivir ahí. Ni siquiera puedo permitirme el lujo de hacer que le quiten el polvo. Se lo doy por cien libras anuales.

SIR JAFNA. - Está demasiado lejos de la ciudad.

EL DUQUE. - En avión, no. Piénselo.

(Sir Jafna se encoge de hombros y da a entender que el asunto no tiene remedio. El duque se resigna a lo esperado.)

SIR ARTHUR. r- Dexy: usted está en minoría de uno. Los propietarios de casas están conmigo. Los capitalis¬tas, grandes y pequeños, están conmigo. Las fuerzas ar¬madas están conmigo. La policía está conmigo. Si usted nos abandona, se queda completamente solo. ¿Qué tiene que decir a esto?

SIR DEXTER. - Les puedo decir que ustedes son un hato de estúpidos ciegos. Tratan de hundir el barco corriendo el albur de que cada uno cobre una parte del seguro. Pero el País podrá habérselas con ustedes. El País no quiere un cambio. El País nunca ha querido un cambio. Y nunca lo querrá. Y como yo me opondré al cambio mientras me quede aliento en el cuerpo, no estaré solo en Inglaterra. Todos ustedes me han aban¬donado y han traicionado a su partido; pero les advier¬to que, aunque estoy totalmente solo en esta habitación ...

HILDA (reapareciendo). - La delegación, Sir Arthur. Ha vuelto. (Sale.)

(Entra la delegación. Hipney no figura entre ellos. Barking, afeitado, vestido con elegancia y totalmente transformado, desborda alegría. Aloysia irradia indig¬nación. Blee y el alcalde, quienes siguen ostentando obstinadamente sus sombreros y abrigos, se muestran ceñudos, enojados y resueltos. Se agrupan junto al um¬bral, mirando con enojo al primer ministro y a sus co¬legas.)

SIR ARTHUR (radiante). - Caballeros: una delega¬ción obrera de la Isla de los Gatos. El único elemento que faltaba en nuestros consejos. Ustedes han oído ya la voz de los pares, la de la ciudad, la de las fuerzas del rey. Ahora, oirán la voz del proletariado. Siéntense, señoras y señores.

EL ALCALDE (con tono grosero). - ¿A quiénes llama usted proletariado? ¿Nos toma por comunistas? (Per¬manece de pie.)

ALOYSIA. -Lo que va a oír, Sir Arthur, es la voz del Trabajo. (Permanece de pie.)

BLEE. - El veredicto de la democracia. (Permanece de pie.)

EL CONDE DE BARKING. - El balido de un hato de imbéciles. Estoy con usted, Chavender. (Se separa del grupo y se deja caer sobre la silla de Hilda, con intenso asco.)

SIR ARTHUR (sorprendido). - ¿Debo entender que sus colegas están contra mí?

EL ALCALDE. - Claro que lo estamos. ¿Confía en que volveré a mi pueblo y le diré que debe votar por el trabajo obligatorio y por la eliminación de las huelgas?

BLEE. - ¿No están suficientemente esclavizados ya los obreros para que usted los prive de ese último tro¬cito de su libertad, de la única arma que tienen contra los capitalistas?

SIR ARTHUR. - Mi querido alcalde... ¿Qué es el derecho de huelga? El derecho de morirse de hambre en la escalinata de la casa de nuestro enemigo y de indisponer a toda la opinión pública contra uno. ¿Quién de ustedes es el primero en pasar hambre cuando se presenta la situación?

EL ALCALDE. -No lo voy a discutir. Usted puede vencerme en eso. Pero si cree que el obrero inglés acep¬tará el trabajo obligatorio y la eliminación de las huel¬gas, no sabe en qué mundo vive; y eso es todo lo que hay que decir.

SIR ARTHUR. -Pero no necesitamos obligar a los obreros a trabajar: ya están trabajando. Obligaremos a los ociosos. No sólo a los ociosos que hay entre ustedes, sino a los que hay entre los nuestros: a todos los jóve¬nes caballeros ociosos que no hacen más que derrochar su tiempo y nuestro trabajo.

BLEE. - Lo sabemos. Le reservarán los trabajos li¬vianos a la gente como ustedes y nos reservarán los pesados. ¿Nos toman por estúpidos?

BARKING. -Sí, los toman por tales. Y ustedes lo son.

SIR ARTHUR. -Me alegro de contar con el apoyo de Su Señoría.

ALOYSIA. -¡No me haga reír! Lo que quiere él es casarse con su hija.

BARKING (levantándose de un salto). - ¡Oh! Eso es

un golpe bajo, Aloysia. Pero, efectivamente, Chavender, quiero casarme con su hija.

SIR ARTHUR. - Este momento no es el más adecua¬do para tratar el asunto... ¿no le parece?

BARKING. -Fue Aloysia y no yo quien le puso el cascabel al gato. Como ella misma es gata, experimenta cierto sentimiento de afinidad por ese animal. (Vuelve a sentarse.)

BLEE. - Usted es un aristócrata, joven. Siempre dije que cuando las cosas se agravaran, se volvería contra nosotros y haría causa común con los suyos.

BARKING. - ¡Tonterías! Usted se jacta siempre de descender de los Blee de Blayport, sean quienes fueren. Yo no tendría ni dos peniques en el bolsillo si mi abuelo no hubiese hecho fortuna con pasteles de cerdo y com¬prado el título normando de mi padre para su hija, con ese dinero. La sangre azul fluye por las escuálidas venas de usted: por las mías, fluye la sangre roja de los pro¬letarios.

ALOYSIA. - Tienes demasiado dinero, Toffy.

BARKING. - La pobreza no me arrancó todo el cora¬je, como a ustedes. ¿Y de qué me serviría tener un mon¬tón de dinero si tuviera que trabajar como cualquiera?

SIR DEXTER. - ¿Por qué ha de trabajar un hombre si tiene dinero?

BARKING. - Mi hermano tiene muchísimo; pero tuvo que ir a las trincheras y combatir como cualquier otro. Así fue como obtuve la propiedad.

BLEE. - Por lo tanto, todos debemos ser esclavos para hacer trabajar a unos pocos holgazanes. Los obre¬ros morirán antes que soportarlo. Quiero mi libertad ...

BARKING. -La libertad de trabajar catorce horas dia¬rias y de criar a tres hijos con treinta y cuatro chelines semanales, como tu hermano el tendero. ¡Al diablo con tu sucia libertad!

BLEE (enardecido). -Yo...

EL ALCALDE. - ¡Orden, orden! No discuta con él, Blee. No se gana nada discutiendo con universitarios. Yo no discuto con Sir Arthur: le digo cosas. El quid del asunto es que si él no retira ese nuevo y estúpido programa suyo perderá hasta el último de sus votos en la Isla de los Gatos. Y lo que piensa hoy la Isla de los Gatos, lo piensa mañana toda Inglaterra.

SIR JAFNA. - ¿Puedo hablar con este caballero? ¿Quiere presentarme, Arthur?

SIR ARTHUR (presentando). - Sir Jafna Pandranath. El alcalde de la Isla de los Gatos.

SIR JAFNA. - Usted ya ha oído hablar de mí, señor alcalde. Estará enterado de que soy un hombre que sabe lo que dice. Bueno. Le diré que el problema fundamen¬tal no es el problema obrero sino el de la tierra.

EL ALCALDE. - Sí: todos lo sabemos.

SIR JAFNA. - Entonces, usted votará por Sir Arthur porque nacionalizará la tierra para ustedes.

BLEE (con desdén). - ¡Sí, con compensación! ¡To¬mará la tierra con una mano y les pagará su valor en efectivo a los terratenientes con la otra! Vuelvo a pre¬guntárselo... ¿Nos toma usted por tontos?

SIR ARTHUR (presentando). - El señor regidor Blee.

EL DUQUE. - Encantado. Da la casualidad de que soy un terrateniente (un duque, en realidad) y puedo asegurarle, señor regidor, que como la compensación sal¬drá de mi propio bolsillo y del de mis infortunados colegas los terratenientes bajo la forma de impuesto a los réditos, sobretasa e impuestos inmobiliarios, los que usted llama sucesorios, usted recuperará todo su dinero y también la tierra.

EL ALCALDE. - Blee: no discuta, le digo. Mantén¬gase en lo suyo. Nada de compensación.

BLEE. - Ni un penique, por Dios.

EL DUQUE. - Usted cree en Dios, señor regidor. Me deleita oírlo.

(Aquí, el duque advierte con asombro que Aloysia está de pie a su lado con aire imponente y apunta un dedo acusador contra él. En el momento en que el du¬que se presenta a sí mismo, los ojos de la muchacha se iluminan; y ha avanzado con aire amenazador hacia él y ahora está parada junto a la silla desocupada que se encuentra entre el duque y Basham.)

ALOYSIA. - ¿Ha oído hablar de los desalojos de Domesday?

EL DUQUE. - ¿Los desalojos? ¿A cuáles se refiere? Los últimos me desalojaron a mí mismo de Domesday Towers. Ya no puedo permitirme vivir allí.

ALOYSIA. - No mienta. Usted sabe perfectamente qué quiero decir. Es algo escrito con sangre y lágrimas en las páginas de la historia de la clase obrera.

SIR ARTHUR (presentándolos). - La regidora Aloy¬sia Brollikins. El duque de Domesday.

EL DUQUE (levantándose, cortésmente). - ¿Quiere sentarse?

ALOYSIA (con tono severo). - Usted no me desorien¬tará con estas tretas y ceremonias. Señor duque: pre¬feriría tocar la mano de los más degradados criminales de Londres a tocar la suya.

EL DUQUE (desplomándose en su silla). - ¡Dios mío! ¿Por qué?

ALOYSIA. - ¿Olvida cómo empujó al mar su familia a toda una campiña poblada de honrados y laboriosos agricultores escoceses y cómo convirtió sus pequeñas granjas en selvas porque podría obtener más rentas ca¬zando ciervos allí? ¿Olvida que sus alguaciles arrastra¬ron a mujeres grávidas a morir junto a la carretera por¬que se aferraban a sus viejas heredades y hacían caso omiso de sus infames notificaciones? ¿Le sorprendería saber que yo apenas soy una de los tantos miles de muchachas que han leído la repulsiva historia de aquella monstruosa orgía de destrucción de hogares y asesinatos y que nos juramos que nunca, si podíamos remediarlo, un hombre rico y malvado volvería para decirle a toda una población "Abandone la tierra"?

SIR JAFNA. -¡Admirable! ¿Qué les decía yo? ¡Es¬cuchen, escuchen!

ALOYSIA. - Le agradezco, Sir Jafna, que le muestre a este hombre que hasta los más encallecidos millona¬rios capitalistas se estremecen cuando se narra ese epi¬sodio. Usted no lo encontrará en sus textos de historia de las escuelas; pero está escrito en las nuevas histo-rias, en las del proletariado, y no la han redactado esos narradores de bagatelas mercenarios y académicos a quie¬nes ustedes llaman historiadores, sino los profetas del nuevo orden: los hombres cuya palabra es como un quemante fuego encerrado en sus huesos, de modo que están cansados de contenerse y deben hablar.

EL ALCALDE. - Sí: eso está en la Biblia.

ALOYSIA. - Los desalojos de Domesday llenaron sus bolsillos de oro, señor duque, para consolarlo por el horror y el remordimiento que asediaba sus sueños; pero la venganza que le reclamaron inútilmente a Dios ya es inminente ahora que los obreros están obteniendo sus derechos; y ya le ha llegado a usted la hora de abandonar la tierra.

BLEE. - ¡Y frente a todo esto, ustedes vienen a llo¬riquear pidiendo una compensación! ¡Compensación! ¡Compensación de nosotros a ustedes! ¡Del oprimido al opresor! ¡Qué burla!

ALOYSIA. - Es a ustedes a quienes exigiremos com¬pensación: sí, hasta el último centavo. Ustedes conspiran aquí con esos capitalistas vampiros para volver a despojarnos del valor de lo que ya han robado... para que les demos títulos de la mejor calidad a cambio de la tierra que ya no le da rentas con sus cacerías; y creen que no vemos claro en su plan. Pero en vano está tendida la red a la vista del pájaro. Nosotros lo vamos a desenmascarar. Contaremos la historia de los Desalo¬jos de Domesday hasta que resuenen a través de todo el país si usted se atreve a erguir de nuevo su deshon¬rada cabeza en la política británica. Su exigencia de compensación es rechazada, desechada; se la volvemos a escupir a la cara. Los agricultores a quienes expulsó de sus campos para que perecieran en tierra extraña se moverán en sus tumbas cuando oigan tintinear un solo penique del dinero público en su hambriento bolsillo. (Aloysia saca violentamente una silla de debajo de la mesa y se desploma sobre ella, jadeando de emoción oratoria.)

BLEE  ¡Bravo, Brolly!

SIR JAFNA  (con entusiasmo).-¡Escúchenla!

SIR BEMROSE (Todos ellos tamborilean sobre la GLENMORISON mesa con los nudillos.)

EL DUQUE (comprensivo). - ¡Qué espléndido dis¬curso, señorita Brollikins! Realmente, debo insistir en que me estreche la mano antes de que nos separemos.

ALOYSIA. -Jamás. ¿Cómo se atreve a pedírmelo?

(Se aleja rápidamente de él y se sienta en la silla opues¬ta, del otro lado de la mesa.)

EL DUQUE (sentándose en el sillón). - ¿No puedo tener el privilegio de contarles a mis nietos cómo conocí al orador más grande de mis tiempos y cómo le estre¬ché la mano? Le aseguro que todas estas cosas escandalizadoras sucedieron antes de que yo naciese.

BLEE (gritándole). -Sí. ¡Pero usted se sigue em¬bolsando los derechos de caza!

EL DUQUE (con tono brusco). -Claro que sí; y lo mismo haría usted en mi lugar. (Tiernamente, a Aloy¬sia.) Le aseguro, señorita Brollikins, que la gente gana mucho más dinero con mis arrendatarios cazadores que el que ganaría con la agricultura. No volverían a las tareas agrícolas por nada del mundo. ¿Olvidemos el pasado... salvo cuando usted ejercita el maravilloso don de su elocuencia en la tribuna? ¡Piense en lo que hacían sus antepasados en esos tiempos despiadados!

BARKING. - Se apoderaron de todo lo que podían, como los suyos o los míos. ¿Qué ganas con gritarle a esa gente, Brolly? Lo han estado haciendo durante toda su vida. ¿No adviertes que la compensación les hace compartir la pérdida entre sí?

SIR BEMROSE. - Es inútil. Esos malditos liberales no comprenden nada, salvo una virtuosa indignación.

EL ALCALDE. - ¿A quién llama usted liberal? Yo represento al partido laborista.

SIR BEMROSE. -Usted es partidario de la No Com¬pensación ... ¿no le parece?

EL ALCALDE. - Claro que sí.

SIR BEMROSE. -Entonces, es liberal.

EL ALCALDE. -Llámeme como quiera. No discuto. Le digo que el partido laborista de la Isla de los Gatos ha adoptado una actitud firme y dice Nada de Com¬pensación. ¿Está claro?

SIR DEXTER. -Me alegro de que hayamos llegado a la misma conclusión desde nuestros opuestos puntos de vista, señor alcalde. El partido conservador, al cual represento, se retirará de la coalición si hay la menor vacilación sobre este punto. Defenderemos nuestra propiedad. . . y la suya: la suya, señor alcalde, hasta la última gota de sangre.

BASHAM (volviendo a intervenir con tono mordaz en la conversación; los demás lo habían olvidado y ahora se vuelven hacia él, con cierta sorpresa). - Usted se refiere a nuestra sangre... ¿no es eso?

SIR DEXTER (perplejo). - ¿La sangre de quién?

BASHAM. - La sangre de la policía. Ustedes, los ca¬balleros afincados, nunca hacen nada personalmente: nos llaman a nosotros. Tengo veinte mil agentes, todos llenos de sangre y dispuestos a derramarla en defensa de todo lo que considere el gobierno propiedad de us-tedes. Si Sir Arthur se sale con la suya, la derramarán por la nacionalización de la tierra. Si vencen ustedes, apoyarán a sus recaudadores de arriendos como de cos¬tumbre.

BLEE. - La policía proviene de las filas obreras: no lo olvide.

BASHAM. - Ellos no encaran así el asunto, Blee. Con¬sideran que se han escapado de esas filas; y eso los enorgullece. Opinan que su condición social es compa¬rable con la del duque que está presente.

EL DUQUE. - Supongo que será por eso que se mues¬tran siempre tan corteses conmigo.

BASHAM. - En suma, señor Blee, la policía es lo que ustedes los socialistas llaman hombres con conciencia de clase. Ustedes ya lo descubrirán si cometen la estu¬pidez de reñir con ellos.

BLEE. - ¿Quién les disminuyó el sueldo? Dígame.

SIR ARTHUR. - Yo les devolveré lo que le han qui¬tado, señor regidor; y con creces.

EL ALCALDE. - ¡Ahí tiene! Ya ve lo que sucede por discutir, Blee. Eso sólo le da a él su oportunidad.

ALOYSIA. - Usted no necesita prevenirnos sobre eso, Sir Basharn. En la Guerra de Clases, a sus esbirros les pagarán bien.

EL DUQUE. - ¡Esbirros!

ALOYSIA. - Sabemos demasiado bien qué podemos esperar de sus jenízaros.

BLEE. -De sus bashi-bazouks con porras

ALOYSIA. -La Guerra de Clases es un hecho. La afrontamos. Tendremos que tomar lo que nos hace fal¬ta; y lo sabemos. El bien de la comunidad nada signi¬fica para ustedes: sólo los preocupa el superávit. Ustedes nunca renunciarán a sus privilegios voluntariamente. La historia nos lo enseña: esa historia que ustedes nunca leen.

EL DUQUE. - Le aseguro, mi querida Eloísa. .

ALOYSIA. - ¡Eloísa! ¿A quién llama usted Eloísa?

EL DUQUE. -Perdón. No pude resistir a la tenta- ción de usar la forma francesa de su nombre encan¬tador.

ALOYSIA (con vehemente exclamación). - ¡Qué des¬caro!

EL DUQUE (continuando). -Yo iba simplemente a señalar, de estudioso a estudioso de la historia, que en la revolución francesa fue la nobleza la que abolió vo¬luntariamente sus propios privilegios en una sola sesión, basándose en los principios sentimentales que adqui¬riera leyendo la obra del precursor revolucionario de Karl Marx, Rousseau. Hoy, se repite ese trozo de his¬toria. Ahí lo tiene a Sir Arthur ofreciéndonos un pro¬grama que me parece de un comunismo platónico de primer orden. Yo, un duque conservador, lo apruebo. Sir Jafna, un capitalista liberal cuyos miles de millones avergüenzan mi pobreza, lo aprueba. La marina lo aprueba con los robustos brazos de Sir Bemrose Hotspot. La policía se muestra entusiasta. El ejército apoyará a Sir Arthur hasta el último hombre. Sir Arthur tiene de su parte a toda la clase propietaria. Pero el proleta¬riado se rebela contra él y le escupe su socialismo por intermedio de sus elocuentes labios, Aloysia. Recuerdo una advertencia de mi querido padre cuando yo tenía cinco años de edad. Los perros encadenados son los guardianes más feroces de la propiedad: y los que tra¬tan de soltarlos son los primeros en ser mordidos.

ALOYSIA. - Su Alteza nos llama perros. No lo olvi¬daremos.

EL DUQUE. - No he hallado mejores amigos que los perros fieles, señorita Brollikins. Pero, desde luego, yo hablaba en lenguaje figurado. No se me ocurriría si¬quiera llamarla así.

ALOYSIA. - No. Como soy una perra, supongo que usted me llamará de alguna manera más breve cuando yo le vuelva la espalda.

EL DUQUE. - ¡Oh! Piense en los epítetos que me ha puesto a mí.

EL ALCALDE. - Bueno. Si quiere discutir, regidora Brollikins, es inútil que me quede aquí. Ojalá yo pu¬diese taparle la boca con la misma facilidad con que puedo taparme los oídos. Sir Arthur: usted ha expuesto su programa y nosotros nuestras respuestas. O bien us¬ted abandona el trabajo obligatorio y la compensación o más vale que no aparezca jamás en la Isla de los Gatos. (Sale, con aire resuelto.)

BLEE. - Créame. No soy comunista: soy un obrero respetable, tan respetuoso de la ley como cualquiera de los presentes. Soy lo que ninguno de ustedes ha men¬cionado aún: un demócrata. Me opongo tanto a la dic¬tadura del gabinete como a una dictadura individual. Quiero que se haga la voluntad del pueblo. Soy parti¬dario del referéndum. Soy partidario de la iniciativa. Cuando la mayoría del pueblo está en favor de una medida, también yo lo estoy.

SIR BEMROSE. - ¡Pamplinas! La mayoría nunca está en favor de ninguna medida. No sabe qué es una me¬dida. Lo que quieren es recibir órdenes y toda la como¬didad a la cual están habituados. La cubierta inferior no quiere dar órdenes: las espera del puente. Si yo les pidiera a mis hombres que hicieran mi trabajo, me arrojarían por la borda. ¡Y me lo tendría bien mere¬cido! Ustedes no saben nada de eso porque nunca han tenido que dar órdenes; y no tienen suficiente sentido común para obedecer y darles las gracias a los que les han ahorrado el trabajo de pensar y los han salvado de la ruina.

BLEE. -Ustedes no nos han salvado de la ruina. Estamos en la ruina. Todos lo estamos. Hasta luego, Rosy. (Sale.)

BARKING. - ¡Estúpido cerdo! Cuando les ofrecen lo que les hace falta, no lo quieren aceptar solamente por¬que también ustedes lo quieren. Cree que en eso debe de haber alguna trampa.

EL DUQUE. - Por lo general, la hay. Sus sentimien¬tos son esos, señorita Brollikins... ¿verdad?

ALOYSIA. -No sé cuáles son: y usted nunca lo sa¬brá. Nos salvaremos nosotros mismos: no nos salvarán ustedes ni su clase. Y prefiero la franca oposición de Sir Dexter Rightside al estúpido cinismo y a los nausea¬bundos cumplidos de ustedes.

EL DUQUE. - Los nobles sólo son siempre cínicos e insinceros en los libros de la clase media, señorita Brollikins. Usted me parece una mujer encantadora y plena de talento. ¿No me permite que se lo diga? ¡Y QUÉ oradora! ¿Querría usted pasar un tranquilo fin de se¬mana conmigo en algún lugar apartado del país y dejar¬me que trate de convencerla de que un duque es un ser humano como usted?

ALOYSIA (en arranque de rebeldía). - ¿Trata usted de seducirme?

EL DUQUE. - Eso sería exquisito, señorita Brollikins; pero soy viejo y muy pobre. Usted es joven, hermosa y probablemente rica. ¿Encuentra algo de seductor en mí?

ALOYSIA. - Sí. Usted es duque. Y tiene la fascina¬ción de una ruina majestuosa... ¿Me comprende?

BARKING (levantándose). - Basta, Brolly; sólo pa¬sas por tonta al escuchar las zalamerías de ese viejo pajarraco. No sabes cuándo te toca irte.

ALOYSIA (acercándose a la alfombrilla de la chimenea, detrás de Sir Arthur). - Puedes irte tú, si quieres. Ten¬go que hablar con Sir Arthur de algo que no te im¬porta. Véte.

SIR ARTHUR. - ¿Hablar de algo conmigo? ¿De un asunto público?

ALOYSIA. -No precisamente público.

SIR ARTHUR. - ¡Ah! ¿Privado?

ALOYSIA. -No me importa quien pueda saberlo.

Pero quizás a usted le importe.

BARKING. - Aloysia quiere casarse con su hijo Da¬vid. Un golpe bajo para ti, Brolly. ¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja! (Sale, bramando de risa.)

SIR ARTHUR (después de permanecer un momento escandalizado). - Felicito a David, señorita Brollikins. ¿Ha arreglado usted la fecha?

ALOYSIA. -No se la he mencionado todavía a él. Confío en que todos ustedes, caballeros, recordarán que no fui yo quien reveló esto: fue ese noble vizconde. De todos modos, eso ya se sabe y no lo oculto: David es un buen muchacho; y no tiene la culpa de pertenecer a su clase. Adiós a todos. (Va hacia la puerta.)

EL DUQUE (levantándose). - ¿Y ese fin de sema¬na, señorita Brollikins? ¿O es que David me ha elimi¬nado?

ALOYSIA. - ¡Tiene razón, Alteza! Lo visitaré en Domesday House el viernes, a las cuatro y media. Como traeré a algunos amigos, alquilaremos un autobús del Transporte de Londres; por lo tanto, no se preocupe de mandarnos un automóvil. Supongo que no tendrá inconveniente en que yo publique un relato de lo que suceda como entrevista especial: como usted sabe, los intelectuales obreros tenemos que vivir de nuestro cere¬bro. Hasta luego. (Sale.)

EL DUQUE. - Esta gente tiene algo de terriblemente imprevisto. ¿Dónde diablos conseguiré que me presten el dinero necesario para pagar por el autobús y agasa¬jarlos a todos? (Vuelve a su silla y se sienta.)

BASHAM. -SU parte sólo será de unos pocos che¬lines, duque; y ella ya ha calculado que pagará por us¬ted. ¿Qué muchacha de su clase no pagaría la cuenta si tuviera un duque con quien pasear?

EL DUQUE. -Usted me tranquiliza, Sir Broadfoot. Gracias.

SIR DEXTER (triunfalmente). -Y bien, Chavender... ¿Qué tiene que decir ahora? Cuando entró esa gente, yo le decía que, aunque estuviese solo en esta habitación, el pueblo inglés me apoyaba y siempre me apoyaría cuando se planteara el caso. ¿Tenía razón o no?

SIR BEMROSE. -Nunca nos propusimos abandonar¬lo, Dexy. No debe creer eso.

SIR ARTHUR. - Ya que usted tiene tan pocas inten¬ciones de consultar al pueblo inglés como yo, la situa¬ción no ha cambiado.

SIR DEXTER. - ¡Tan pocas intenciones como usted! ¿Qué quiere decir con eso? ¿Usted cree que puede go¬bernar en este país sin el consentimiento del pueblo inglés?

SIR ARTHUR. -Ningún país ha sido gobernado ja¬más con el consentimiento del pueblo, porque el pueblo opone objeciones al solo hecho de ser gobernado. Hasta usted, que debiera saber mejor lo que dice, se queja siempre del impuesto a la renta.

EL DUQUE. - Pero... ¡cinco chelines por libra, Ar¬thur! ¡¡Cinco chelines por libra!!

SIR DEXTER. -Olvídese de mi impuesto a la ren¬ta. Si Id que usted acaba de decir tiene una signifi¬cación, implica que va a jugar a un tira y afloja con la democracia; es decir, cree que hará algo que tanto el pueblo como la clase gobernante de este país están resueltos a no dejarle hacer. El partido conservador, que es diez veces más auténticamente democrático de lo que lo han sido nunca ustedes los liberales, obten¬drá el apoyo del pueblo contra usted. ¿Cómo se propone superar eso? ¿En qué confía? Ponga sus cartas sobre la mesa, si es que realmente las tiene.

SIR ARTHUR. -Bueno, ahí va mi carta de triunfo. El pueblo de este país y los de todos los países euro¬peos y americanos, están hartos a estas horas de que les digan que, gracias a la democracia, ellos son el verdadero gobierno de su país. Saben muy bien que no gobiernan ni pueden hacerlo y nada saben sobre el gobierno, salvo que apoya siempre a los logreros y no respeta en realidad nada más, cualquiera que sea el partido cuya bandera enarbole. Están hartos de dispa¬rates sobre la libertad cuando no hay libertad. Están hartos de haraganear y vivir del subsidio para desocu¬pados, cuando no viven penosamente de salarios dema¬siado míseros para pagar alquileres de viviendas que no sean atestados departamentos de una sola habitación. Están hartos de mí y de usted y de todos nosotros. Quie¬ren que se haga algo para proporcionarles un empleo decente. Quieren comer el trigo y beber el café que los especuladores queman porque no pueden venderlos con ganancia. Quieren ahorcar a los que queman buena comida cuando la gente pasa hambre. No pueden arre¬glar las cosas ellos mismos; de modo que quieren go¬bernantes que les impongan disciplina y los obliguen a hacer eso en vez de lo contrario. Están prontos a enlo¬quecer de entusiasmo por cualquier hombre suficiente¬mente fuerte para obligarlos a hacer cualquier cosa, aun¬que eso sólo sea un cebo, siempre que se trate de algo tiránico, coercitivo, algo que todos afirmamos que no aceptará ningún inglés, aunque sabemos, desde que les dimos el voto, que los ingleses aceptarán cualquier cosa.

SIR DEXTER (impaciente). - Sí, sí: ya conocemos la jerga de todos los dictadores de pacotilla que se creen Mussolini. Vamos al grano. ¿Cómo hará usted para que aprueben eso en el parlamento?

SIR ARTHUR. - No lo haré aprobar por el parlamen¬to. Voy a suspender las sesiones parlamentarias y lo haré en el receso. Cuando esté hecho, convocaré al par¬lamento a fin de aprobar una Ley de Indemnidad para todos mis decretos.

SIR DEXTER. -Usted no puede suspender las sesio¬nes parlamentarias. El único que tiene esa facultad es el rey.

SIR ARTHUR. - Precisamente. Los reyes siempre sus¬pendieron las sesiones del parlamento y gobernaron sin él hasta que se quedaron sin dinero.

GLENMORISON.'- Pero, Dios mío... Usted no debe pensar solamente en Su Majestad. Los tribunales no aplicarán sus decisiones si son ilegales. Los empleados públicos lo sabotearán, aunque no lo desobedezcan lisa y llanamente.

SIR ARTHUR. -Nos libraremos con toda facilidad de ellos creando nuevos tribunales y comisiones espe¬ciales de funcionarios en los cuales podamos confiar.

SIR DEXTER. - Así fue como decapitó Cromwell al rey Carlos. Luego, sus comisionados descubrieron que tenían cuerdas sujetas a sus propios cuellos de bribones.

SIR ARTHUR. -Una cuerda alrededor del cuello de un estadista es la única protección constitucional que realmente protege. Pero no tema jamás a la cuerda. Mientras le demos honradamente buena vida a la gente, podremos hacer lo que nos parezca preferible. El valor de las cosas se comprueba probándolas. Eso será, por fin, un gobierno realmente responsable.

SIR DEXTER. - Conque es ese el juego... ¿eh? ¿Se le ha ocurrido que lo pueden jugar dos? ¿Qué podría hacer usted que no pueda hacer yo si me empuja a ello? Dígamelo.

SIR ARTHUR. - Nada, si está dispuesto a hacerlo. ¿Lo está?

SIR DEXTER. - ¿La tarea de arruinar al país y des¬truir el imperio? Mi tarea consiste en impedirle a usted hacerlo. Y se lo impediré.

SIR ARTHUR. - Su tarea es impedirme o impedirle a cualquier otro que haga algo. Su tarea es impedirle al mundo que avance. Pues bien: avanza; y si usted no se aparta del camino, algo se romperá; y ese algo no será el mundo.

SIR DEXTER. - Hasta ahora no se ha roto nada, sal¬vo las cabezas de los desocupados cuando la sediciosa palabrería de usted los incita a rebelarse contra las leyes de la naturaleza. Inglaterra no se rompe. Está firme donde ha estado y estará siempre: es el país más fuerte y más grande y la cuna de la más noble raza imperial que Dios haya creado.

SIR ARTHUR. -Ruidosos y prolongados aplausos. ¡Vamos! Basta de desvariar y vamos al grano. El ver¬dadero dueño de la situación es Basham, con sus quince mil policías.

BASHAM. - Veinte mil.

SIR ARTHUR. -Bueno, veinte mil. No dejan de obrar cuando el parlamento está en receso... ¿verdad?

BASHAM. - No. En Scotland Yard, seguimos más que nada las órdenes del ministro del Interior.

SIR ARTHUR. - Puedo nombrarme a mí mismo mi¬nistro del Interior. De modo que no hay problema.

SIR DEXTER. r- ¿De veras? Si usted y Basham se atreven a ensayar a sus veinte mil policías conmigo... ¿sabe qué haré?

SIR ARTHUR. - ¿Qué?

SIR DEXTER. - Les pondré a cincuenta mil patrióti¬cos jóvenes londinenses camisas del ejército. Usted dice que quieren disciplina y acción. Las tendrán. Tendrán ametralladoras y pistolas automáticas y bombas de gases lacrimógenos. Mi partido tiene el dinero necesario, los periódicos, la bandera, las tradiciones, la gloria que es Inglaterra, el coraje, la raza, el espíritu combativo. Uno de nosotros vale por diez de sus pilletes hambrientos y sus dirigentes que nunca podrían gastar más de un chelín en una cena hasta que se votaran a sí mismos cuatrocientas libras anuales de nuestros bolsillos.

SIR BEMROSE (entusiasmado). -Eso es, Dexy. ¡Así se habla, qué diablos!

BASHAM (tomando a su cargo el gobierno de la dis¬cusión). - Ustedes están disparatando. La policía no puede hacer nada sin el apoyo del pueblo. No puede estar en todas partes: no tiene suficiente personal. Mien¬tras el pueblo siga llamando a la policía cuando sucede algo y detenga al delincuente fugitivo y testimonie con¬tra él, veinte mil agentes de policía podrán mantener en orden a ocho millones de ciudadanos. Pero si los ciudadanos consideran su enemigo al agente de policía, si el hombre que hiere por la espalda a un agente no es entregado a la autoridad por los mirones, si le ayu¬dan a huir, si la policía no puede conseguir que un solo ciudadano suba al estrado y declare contra él.. . ¿qué haremos? Uno tiene que duplicar su fuerza para que la policía patrulle en parejas: de lo contrario, los agentes tendrán miedo de patrullar. Sus veinte mil agen¬tes tendrán que ser reforzados hasta alcanzar a cuarenta mil para su propia protección; pero eso no lo protege a uno. Habría que apostar a dos agentes de policía jun¬to a cada hombre y a cada mujer de la ciudad para cuidar de que se portaran como uno quiere. Se necesi¬tarían no miles de agentes sino millones.

SIR DEXTER. -Mis hombres del ejército manten¬drían el orden.

BASHAM. - ¿Y quién los mantendría en orden a ellos? Eso es lo que yo quisiera saber. Son unos estú¬pidos aficionados. Y permítame recordarle algo. Parece fácil comprar un montón de camisas negras o pardas o rojas y darle una a cada facineroso que ha salido a co¬meter fechorías y a cada desocupado de los suburbios que se cree patriota. Pero no olvide que la camisa de color es un uniforme.

GLENMORISON. - ¿Qué tiene de malo eso? Le per¬mite a un hombre reconocer a sus amigos.

BASHAM. - Sí: pero lo singulariza como un enemigo de uniforme; y matar a un enemigo de uniforme a la vista no es un crimen: es una guerra legítima.

SIR DEXTER. - ¡Monstruoso! Yo no le daría cuartel a tan ultrajante obra de sofistería.

BASHAM. - En la guerra, uno tiene que dar cuartel, por que necesita pedirlo tan a menudo como darlo. Es fácil quedarse sentado aquí y pensar en exterminar a los adversarios. Pero una guerra de exterminio es una masacre. ¿Cuánto cree usted que duraría una masacre en Inglaterra? El tiempo que demora un borracho en vo¬mitar y despejarse.

GLENMORISON. -No se apure, Sir Broadfoot. No se apure. ¿Quién habla de exterminio? No creo que usted pueda inducir jamás a unos respetables britanos a lucir camisas rojiblancas y azules; pero, sin duda, pue¬de tener voluntarios, agentes de policía especiales, fuer¬zas auxiliares ...

BASHAM (con un sobresalto). - ¡Fuerzas auxiliares! Yo tenía el comando de esas fuerzas en Irlanda cuando usted ensayó su juego con los irlandeses, quienes eran apenas un puñado de campesinos en su sembrado de coles. He visto esas cosas. Las he hecho. Sé todo lo que hay que saber sobre eso: y usted, no sabe nada. Eso significa exterminio; y cuando se presenta el caso, uno no puede llevarlo a cabo. Yo no pude. Renuncié. Usted no pudo: tuvo que dar marcha atrás. Y yo le digo, Dexy, que si usted ensaya conmigo a facinerosos con camisa de cualquier color, apoyaré al primer minis¬tro y le mostraré a usted qué puede hacer Scotland Yard cuando lo obligan.

SIR DEXTER. - ¡Traidor!

BASHAM. - ¡Embustero! Ahora que nos hemos apli¬cado epítetos mutuamente... ¿qué hemos salido ga¬nando?

GLENMORISON. - Despacio, despacio: no riñamos. Tengo que apoyar al primer ministro, Sir Dexter, para asegurar mi banca en el parlamento. Pero soy liberal y, como tal, me atan los principios liberales. Todo lo que hagamos debe hacerse mediante el parlamento si he de formar parte de él. Estoy resueltamente por el nuevo programa; pero debemos redactar un plan parla¬mentario para ello. Realizar el programa, involucraría proponer por lo menos doce proyectos de ley. Son pro¬yectos muy controvertidos: cada uno de ellos provocará resistencias y obstruccionismo en todas sus cláusulas. Las etapas de estudio en las comisiones durarán semanas y más semanas, por mucho que se haga funcionar la gui¬llotina: habrá miles de enmiendas. Entonces, cuando usted haya hecho aprobar lo que quede de su proyecto de ley, la Cámara de los Lores lo rechazará: y usted tendrá que esperar dos años y volver a hacer lo mismo antes de que su proyecto figure en el digesto como ley del parlamento. Este programa no es una cuestión de hoy o de mañana. Calculo que, por lo menos, se nece¬sitarán cincuenta años para hacerlo aprobar.

SIR ARTHUR. -¿Y usted cree que el mundo espe¬rará tanto, Sandy?

GLENMORISON (ingenuamente). - ¿Qué otra cosa podría hacer?

SIR ARTHUR.- No esperará. A menos que podamos encontrar un camino más breve, luchará por el progra¬ma en las calles.

SIR DEXTER. - ¿Y usted cree que en las calles ven¬cerá? ¿Cree que el populacho estará a su lado? "Uste¬des son muchos, ellos son pocos. .. " ¿eh? ¡La Guerra de Clases! Bueno, ya descubrirá que se equivoca.

SIR ARTHUR.- No creo en la Guerra de Clases más que usted, Dexy. Sé que la mitad de la clase obrera trabaja hasta el agotamiento para acumular riquezas, sólo para ser perseguida por nuestra clase como se ahuyenta con humo a un enjambre de abejas y para ser despo¬jada de todo, dejándole apenas lo indispensable para vivir. Pero... ¿qué hace la otra mitad? Vivir de un saqueo de segunda mano. Saquear a los saqueadores. Apenas logramos llenarnos los bolsillos de alquileres e intereses y ganancias se los llevan los comerciantes y ho¬teleros del West End, los médicos de moda y los abo¬gados y clérigos y violinistas y retratistas y toda esa gente, eso para no hablar de los monteros y caballerizos y jardineros, de los valets y los guardabosques y los jockeys, de los mayordomos y las amas de llaves y las criadas y las fregonas y sabe el diablo qué más.

EL DUQUE. - ¡Qué cierto es todo eso, Arthur! ¡Qué cierto es! ¡En ello, estoy con usted hasta la última gota de sangre!

SIR ARTHUR. - Pues bien: esos parásitos lucharán por sus derechos de propiedad como lo harían por su propio pellejo. ¿Puede usted hacer ingresar al parla¬mento a un legislador laborista en los lugares donde esa gente forma mayoría? No: no existe una guerra de clases: la clase obrera está irremediablemente divi¬dida entre sí. Pero yo le diré qué es lo que hay. Hay el abismo entre la concepción del mundo de Dexy y la mía. Hay la guerra eterna entre los que están en el mundo para arrancarle lo que puedan y los que están, en el mundo para hacer de él un sitio mejor para todos.

SIR DEXTER (levantándose). - No estoy dispuesto a quedarme sentado aquí escuchando esas repulsivas in¬sensateces, impropias de un caballero. Chavender: la coalición está disuelta. Renuncio. Me llevaré a las tres cuartas partes del gabinete. Desenmascararé a los vergon¬zosos y corrompidos móviles de quienes lo han apoyado a usted aquí hoy. Basham: usted será despedido al día siguiente de haber mandado por mí el rey. Domesday: usted está chocheando: váyase a casa a dormir y babosee donde su chochear no pueda causar daño. Rosy: usted es un imbécil; y ya debiera saberlo a estas horas. Pandranath: usted sólo es un estúpido negro que finge ser un caballero británico y lo han descubierto. Buenas tar-des, caballeros. (Sale, dejando en pos de si una atmós¬fera de temor; el indio está sin aliento, a causa de la indignación y ni siquiera puede hablar.)

SIR BEMROSE. - Esto es horrible. No podemos pres¬cindir de él.

SIR JAFNA (recobrando el habla). - Me han despre¬ciado. Me ha llamado negro este bárbaro de rostro sucio cuyos antepasados eran unos salvajes desnudos que ado¬raban bellotas y muérdagos en los bosques, mientras mi pueblo difundía la cultura más elevada jamás alcan¬zada por la especie humana desde los templos de Brahma, el múltiple, que es todos los dioses en uno. Este pri¬mitivo salvaje se atreve a acusarme de imitarlo: a mí, en cuyas venas fluye sangre de conquistadores que han dominado continentes más vastos que un millón de perre¬ras como esta isla de ustedes. Fundaron una civilización comparada con la cual este pequeño reino no es más que un campo de concentración. Lo que tienen ustedes en punto a religión, llegó del oriente; sin embargo, ningún indio, ningún parsi, ningún jaín, descendería a sus crudezas. ¿Hay aquí un espejo? Mírense las caras y miren las de mi pueblo de Ceilán, la cuna de la especie humana. Allí, ven al Hombre tal como salió de las manos de Dios, que ha dejado en cada una de sus facciones el sello inconfundible del gran espíritu creador original. Allí, ven a la Mujer con ojos que reflejan el universo, en vez de pequeños atisbaderos lle¬nos de guijarros descoloridos. Comparen esas facciones, esos ojos, esos colores ardientes, con esos míseros trozos de amasijo semicocido, esas copias comerciales baratas de una remota galería de obras maestras que ustedes llaman humanidad occidental y díganme, si se atreven, que ustedes son el original y yo la imitación. ¿No temen el rayo, el terremoto, la venganza de Visnú? Ustedes me llaman negro, burlándose de mi color porque no tienen ninguno. El grajo ha perdido la cola y quiere convencer al mundo de que su defecto es una virtud. Ustedes se me han acercado servilmente, no por mi mayor proximidad a Dios, sino por mi dinero y mi capacidad de ganar dinero y más dinero. Pero hoy el odio y la envidia y la insolencia de ustedes se han traicionado. Soy un negro. Soy una mala imitación de ese devorador de alimentos impuros, nunca lavado suficientemente en su persona o en su ropa, que es el isleño británico. No lo soportaré por más tiempo. Las propias bocas de ustedes han rasgado el velo de su hipocresía: yo deshon¬raría a mi patria y a mi raza quedándome donde ambos han sido insultados. Hasta ahora, he soportado la conexión existente entre la India e Inglaterra porque sabía que, en el curso de la naturaleza y por la justicia de Brahma, esto debía terminar gobernando la India a Inglaterra, así como yo, dadas mis riquezas y mi capa¬cidad mental, gobernaría a todos los imbéciles meneste¬rosos que están en esta habitación. Pero ahora los re¬pudio. Vuelvo a la India para desligarla por completo de Inglaterra y los dejo perecer a ustedes en su igno¬rancia, en su vano engreimiento y en sus abominables modales. Buenos días, caballeros. Pueden irse al infier¬no. (Sale y cierra detrás de sí con un portazo.)

SIR ARTHUR. - Esa palabra negro nos costará la In¬dia. ¡Cómo pudo cometer Dexy la estupidez de decirla!

SIR BEMROSE (muy serio, levantándose solemnemen¬te). - Arthur: siento que no puedo hacer caso omiso de semejante discurso. Después de todo, somos blancos.

SIR ARTHUR. Usted no lo es, Rosy. Se lo aseguro. Su piel es de color nogal, con un toque de clarete en la nariz. Glenmorison es del color de su harina de avena natal: no tiene ni pizca de blanco. El más claro de los presentes es el duque. Y es tan amarillo como un cazador de cabezas malayo. Los chinos nos llaman Rosados. Nos lisonjean.

SIR BEMROSE. - Debo decirle, Arthur, que la frivo¬lidad sobre un punto fundamental como este es de muy mal gusto. Y usted sabe perfectamente que el país no puede prescindir de Dexy. Dexy estuvo en la escuela conmigo antes de que yo fuera a Dartmouth. Aban¬donarlo, sería para mí no sólo un acto de mala fe polí¬tica sino de malos sentimientos personales. Debo ir a verlo de inmediato. (Va con aire muy triste hacia la puerta.)

SIR ARTHUR. -Preséntele mis excusas a Sir Jafna si le da alcance. ¿Cómo podemos mantener unido al imperio si insultamos a un hombre que representa a casi el setenta por ciento de su población?

SIR BEMROSE. - No estoy de acuerdo con usted, Ar¬thur. Es Pandy quien debe presentar sus excusas. Dexy comparte en realidad el cargo de primer ministro con usted; y si un primer ministro conservador británico no puede poner en su lugar a un nativo pagano cuando pierde la cabeza, se acabó la supremacía inglesa.

SIR ARTHUR. - ¡Por amor de Dios, no lo llame na¬tivo! Usted es un nativo.

SIR BEMROSE (muy solemnemente). - De Kent, Ar¬thur: de Kent. No de Ceilán. (Sale.)

GLENMORISON. - Creo que más vale aclarar tam¬bién eso. Debo tener en cuenta algunas cosas cuando se trata de Sir Dexter: es un inglés y no le han ense¬ñado a usar su cerebro como a nosotros los escoceses. Pero eso es, precisamente, lo que le da tanta influencia sobre el país. Debemos afrontar el hecho: es indispen¬sable. Iré a asegurarle que no tenemos la intención de romper con él. Buenos días, duque. (Sale.)

SIR ARTHUR (levantándose y yendo a grandes pasos hacia el otro lado de la mesa, como un jugador a quien han dejado en la calle). - Temo que soy hombre al agua.

(Se deja caer en la silla del medio. Basham se le¬vanta cavilosamente y va hacia la ventana para contem¬plar la calle. El duque se acerca con aire comprensivo a Sir Arthur y se sienta a su lado.)

EL DUQUE. - Oh, Arthur... Mi querido Arthur... ¿Por qué no habrá jugado usted al golf durante sus vacaciones en vez de pensar? ¿No sabía que la política

inglesa no tolera que se piense en ella? ¿Ignora que, como nación, hemos perdido la habilidad de pensar? ¿No ha notado que, aunque en nuestra gran constitu¬ción británica hay una sección para casi todo lo demás que existe en el mundo, para la agricultura y la salud y las pesquerías, para los asuntos internos y los del exterior y la educación, para la Hacienda y el Tesoro y aun para los Chiltern Hundreds y el ducado de Lancaster, no tenemos una sección para el pensamiento? Los rusos tienen un gabinete especial para eso: y el pensa¬miento ha hecho añicos todo ese gabinete. ¿Dónde es¬taríamos usted y yo en Rusia, hoy? (Se vuelve a sentar, con aire abatido.)

SIR ARTHUR. - En el sitio que nos corresponde, el cesto de los desperdicios. Sin embargo, ellos han asi¬milado sus ideas de nosotros. Karl Marx lo pensó todo en Bloomsbury. Lenin aprendió su lección en Holford Square, Islington. ¿Por qué no podremos pensar nunca en nada ni aprender ninguna clase de lecciones? Com¬prendo qué se debe hacer ahora: pero adivino que no soy el hombre indicado para hacerlo.

EL DUQUE. - Claro que no. No es una tarea propia de un caballero.

SIR ARTHUR. - Pero podría ser propia de un duque. ¿Por qué no la intenta?

EL DUQUE. - Por tres razones, Arthur. En primer lugar, no estoy hecho así. En segundo lugar, estoy tan habituado como duque a ser tratado con la máxima de¬ferencia que, simplemente, no sé mostrarme aplomado e intimidar a la gente. En tercer lugar, estoy en unos aprietos tan espantosos en lo que concierne a dinero de bolsillo y sin saber cómo prescindir de él que he per¬dido todo el respeto a mí mismo. Esta tarea requiere a un hombre que no tenga nada que perder, con mu¬cho valor y una incapacidad total de ver cualquier as¬pecto del asunto que no sea el suyo. Un simple duque hereditario de nada serviría. Cuando Domesday Towers le sea vendido a un norteamericano, no me quedará nin¬guna casa solariega y tendré que refugiarme en mi banca política, en estos momentos tambaleante. Desde allí, alentaré al dictador cuando llegue en todo lo que pueda sin comprometerme peligrosamente. Lamento no poder servirle de nada, mi querido Arthur.

SIR ARTHUR. - ¿Y usted, Basham? Usted es un hom¬bre de acción.

BASHAM. - Tengo muchas ganas de ir a ver al rey y de obligarlo a tomar una decisión y a arrestar a todos ustedes.

SIR ARTHUR. - Hágalo, Basham, hágalo. Usted no podría enredar las cosas más de lo que lo hemos hecho.

EL DUQUE. -No hay nada que se lo impida. ¡Mire al Bajá Kemal! ¡Mire a Mussolini! ¡Mire a Hitler! ¡Mire a De Valera! ¡Mire a Franklin Roosevelt!

BASHAM. - Si yo fuera ambicioso, lo pensaría muy seriamente. Pero como no lo soy, volveré con toda tran¬quilidad a Scotland Yard. (Va hacia la puerta y al salir, se encuentra en el umbral con Hipney.) ¡Hola! ¿Qué diablos hace usted aquí?

SIR ARTHUR. - Temo que ha llegado tarde, señor Hipney. La delegación ya ha estado y todos se han ido.

HIPNEY (sentándose junto a Sir Arthur, con su calma usual). - Vine con ellos, Sir Arthur. Escuché calladito, como diría usted. Sólo vine a decirle que no se fije en esos parlamentarios. Todos son iguales, sean del West End o del East End, del Parkside o del Riverside. Nunca hacen nada. No quieren hacer nada.

BASHAM (volviéndose a sentar en la silla de Hilda). - Hipney: más vale que yo le diga que lo estoy observando desde hace algún tiempo. Tenga cuidado. No me opongo a que usted se llame a sí mismo socia¬lista revolucionario: todos lo hacen. Pero sospecho que usted es de los que realmente lo son.

HIPNEY. -Sí, lo soy, Sir Broadfoot. Y si Sir Ar¬thur habla en serio, déjelo que se vaya del parlamento y se quede fuera. Eso le quitará la vida y lo convertirá en la cáscara ambulante de un hombre, sin nada dentro. El único que comprendió alguna vez debidamente al parlamento fue el viejo Guy Fawkes.

SIR ARTHUR. - Pero aunque Fawkes hubiese volado el parlamento, ellos habrían elegido simplemente a otro.

HIPNEY. -Sí: pero fue una especie de gesto, po¬dría decirse. Simbólico, a mi parecer. Fíjese en lo que afirmo: algún día, habrá una estatua al viejo Guy en Westminster, en el solar que ocupa la actual Cámara de los Comunes.

EL DUQUE. - La democracia, Arthur, la democracia. Ahí termina eso.

SIR ARTHUR (presentando). - Su Alteza el duque de Domesday, señor Hipney.

HIPNEY. - Conozco a Su Alteza. De los círculos dis¬tinguidos, por así decirlo, aunque nunca nos presen¬taron.

EL DUQUE. - Es para mí un honor conocerlo, señor Hipney.

HIPNEY. - No un gran honor, Alteza. Pero el viejo Hipney puede decirle algo sobre la democracia en forma directa. La democracia era una gran cosa cuando yo era joven y no teníamos votos. Hablábamos de la opinión pública y de lo que soportaría el pueblo inglés y de lo que no soportaría. Y la opinión tenía peso, señor: tenía a raya al gobierno: asustaba al más intrépido de los tiranos y a los patrones y a la policía: hacía surgir una auténtica veneración en las voces de grandes ora¬dores como Bright y Gladstone. Pero entonces la opinión pública era un sueño y una visión, una esperanza y una fe y una promesa. Duró hasta que ellos la hicieron bajar a la tierra, digámoslo así y la convirtieron en reali¬dad dándoles votos a todos. Apenas les dieron votos a los obreros, descubrieron que éstos eran capaces de apoyar cualquier cosa. Les dieron el voto a las mujeres y comprobaron que eran peores que los hombres; por¬que los hombres votaban por los hombres, más de una vez poco recomendables, pero hombres al fin, pero las mujeres no votaban siquiera por las mujeres. Desde entonces, la política ha sido un hazmerreír. Los diri¬gentes parlamentarios dicen una cosa el lunes y luego lo contrario el miércoles; y nadie nota ninguna diferen¬cia. Reprimían al pueblo en Egipto, en Irlanda y en la India con el fuego y la espada, con azotes y horcas, quemando sus casas y bombardeando sus tenduchos; y en la elección siguiente, los distritos obreros los vol¬vían a mandar al parlamento como si fueran unos santos de yeso, mientras que los hombres y las mujeres como yo, que se habían pasado la vida al servicio del pueblo, eran repudiados en las urnas como delincuentes convic¬tos y confesos. Y no porque esas pobres y estúpidas ove¬jas lo hicieran deliberadamente. No lo notaban; no lo recordaban; no podían comprenderlo; los subyugaba cualquier estupidez que oían en las reuniones o leían en el periódico de la mañana. Uno podía hacerlos huir en tropel gritando que venían los rusos o reunirlos pro-metiéndoles ahorcar al kaiser o sabe Dios qué estupidez que no habría servido para embaucar a un niño de cuatro años. Entonces, se acabó la democracia para mí; aunque no había ningún ser viviente que hubiese confiado tanto en eso ni hablado con mayor sinceridad de todas las cosas buenas que sucederían cuando el pueblo obtuviera sus derechos y pudiera votar como la burguesía. El su¬fragio para los adultos: eso era lo que debía salvarnos a todos. ¡Dios mío! Nos entregaba en poder de quie¬nes nos despojaban y oprimían, atados de pies y manos por nuestra propia locura e ignorancia. Eso desanimaba al viejo Hipney; y ahora, aplaudo a cualquier Napoleón o Mussolini o Lenin o Chavender que tenga suficientes agallas para asir del cuello tanto al pueblo como a los saqueadores y opresores y empujarlos al camino que de¬ben seguir, propinándoles todos los puntapiés que pue¬dan hacer falta para un trabajo concienzudo.

BASHAM. - Conque un dictador... ¿eh? Eso es lo que usted quiere.

HIPNEY. - Es mejor un dictador responsable ante el mundo por el bien y el mal que hace que un sucio dictadorzuelo en cada calle que no es responsable ante nadie, y que lo echa a uno de su casa si uno no le paga por el hecho de existir sobre la tierra o de des¬pedirlo de su empleo si uno quiere hacerle frente de hombre a hombre y en pie de igualdad. Usted no pue¬de asustarme con palabras tales como dictador. Yo y la gente como yo hemos sido coaccionados durante toda la vida por cerdos que sólo tienen hocico para el dinero y creen que el mundo se acabará si le dan el poder de hacer algo a alguien que no sea ellos.

SIR ARTHUR. - ¡Despacio, señor Hipney! ¡Despacio!

No tire al nene junto con el agua del baño. Si el pue¬blo no tuviera voz en el gobierno ni pudiera elegir a quienes han de gobernarlo, lo pasaría mal.

HIPNEY. - Que tenga voz. Que tenga el derecho de elegir. Ahora, no tiene lo uno ni lo otro. Pero que sea una voz con la cual pueda chillar cuando le duele y no fingir que sabe más que Dios Todopoderoso. Dé¬jelo elegir entre los hombres calificados: siempre hay más de un guijarro en la playa; pero que sean hombres calificados y no palabrería vana y astros del cinemató¬grafo y soldados y ricos amigos de la ostentación y abo¬gados en cierne. ¿Cómo podrán notar la diferencia entre cualquier vulgar Jack o Salomón o Moisés? Los judíos no eligieron a Moisés: éste sólo les dijo qué debían hacer y lo hicieron. ¡Y vea cómo se descarriaron apenas él les volvió la espalda! Si quiere ser un caudillo del pueblo, Sir Arthur, debe hacerse elegir dándonos una guía. El viejo Hipney seguirá a cualquiera que le dé una buena guía; ¡y al diablo con sus elecciones y su constitución y su democracia y todo lo demás!

EL DUQUE. - La policía no lo dejará, señor Hipney.

BASHAM (levantándose y ubicándose entre Hipney y Sir Arthur). - ¡Ja, ja, ja! No esté demasiado seguro de eso. Yo podría pasarme a su bando, Arthur, si lo cre¬yera a usted el probable ganador. En tanto, Hipney, lo tengo catalogado a usted como personaje peligroso.

SIR ARTHUR. - ¿Y a mí?

BASHAM. - Usted no tiene importancia: él, sí. Si el proletariado llega a la cumbre, Hipney estará más a sus anchas; pero usted no se sentirá más cómodo. Hipney tiene puesto el corazón en la revolución: usted sólo le ha consagrado su cabeza. A la esposa de usted eso no le gustaría: a la de él sí, si es que la tiene.

HIPNEY. -Yo, no. Ninguna mujer me tiene en un puño. Mi esposa ha muerto y nuestros hijos son ya adul¬tos y hacen lo que quieren. Por fin, soy libre de poner mi cuello en un dogal, si se me antoja.

BASHAM. -Me pregunto si yo encontraría bombas en su casa si la registrara.

HIPNEY. - Las encontraría si las pusiera allí, Sir Broadfoot. ¿De qué serviría un jefe de policía si no pudiera encontrar cualquier cosa que quisiera encontrar?

BASHAM. -Esa sí que es una idea, Hipney. Claro que lo es. ¿No habrá sido usted demasiado imprudente al metérmela en la cabeza?

HIPNEY. - Hay muchas cosas que le harían pensar en eso si yo no se lo sugiriera. Usted podría hacerlo si lo quisiese; y lo sabe, Sir Broadfoot. Pero quizás su conciencia no se lo permitiría.

BASHAM. - Quizás.

HIPNEY (levantándose, con una risita). - ¡Ajá! (Con tono solemne.) Créanme, caballeros: lo único que separa a este país o a cualquier otro del infierno son las con¬ciencias de los que son capaces de gobernarlos.

EL DUQUE (levantándose). -Estoy totalmente de acuerdo con usted. ¿Almorzará conmigo en el Carlton?

HIPNEY. -No: en los grandes clubes hay dema¬siada promiscuidad para los hombres como usted y como yo. Venga a almorzar conmigo: conozco un lindo res¬taurante donde la cocina es buena y la concurrencia real¬mente selecta. No lo lamentará: venga. Buenos días, Sir Arthur. Buenos días, jefe. (Sale, muy satisfecho.)

SIR ARTHUR Y BASHAM. - Buenos días. Buenos días.

EL DUQUE. -Usted nunca se habría desembarazado de él, Arthur, si yo no hubiese dado ese paso. Adiós. Adiós, Sir Broadfoot. (Va hacia la puerta.)

BASHAM. - Adiós. Que le sea grato su huésped.

EL DUQUE. -Usted no lo conoce bien. Es absoluta¬mente único.

BASHAM. - ¿En qué sentido, si me hace el favor?

EL DUQUE. -Es el único político que he conocido que aprendió algo de la experiencia. (Sale.)

BASHAM (va hacia la puerta). - Bueno, tengo que ir a Scotland Yard. Los desocupados realizarán una elec¬ción general para entretenerse. Supongo que usted re¬presentará a su distrito electoral.

SIR ARTHUR (levantándose). - No. No me presen¬taré.

BASHAM (volviéndose hacia él, asombrado). - ¡Que no se presentará! ¿Qué quiere decir con eso? Usted no puede bosquejar un programa como ese y luego huir.

SIR ARTHUR. - He terminado con el parlamento. Bastante tiempo he perdido ya con él.

BASHAM. -No me diga que llevará su política a la calle. Sólo conseguirá que le rompan la cabeza.

SIR ARTHUR. - No tema: ustedes no me romperán la cabeza; un ex primer ministro les inspira demasiado respeto. Pero yo no iré a las calles. No soy un hombre de acción, sólo soy un hablador. Hasta que los hom¬bres de acción eliminen a los habladores, los que tene-mos conciencia social estamos a merced de quienes no la tienen; y eso, como dice el viejo Hipney, es el propio infierno. ¿No podría usted encontrarle un nombre me¬jor?

BASHAM. - Yo lo llamaría bribonocracia.

SIR ARTHUR. -¿Cree en eso? Yo, no.

BASHAM. - Todo eso da buen resultado hasta cierto punto. No embista contra eso hasta que los hombres de acción lo empujen más allá. Adiós.

SIR ARTHUR. -Adiós. No lo haré.

(Basham sale por la puerta principal. Sir Arthur vuel¬ve a dejarse caer sobre la silla; tiene un aire bastante enfermo, con los codos sobre las rodillas y las sienes sobre los puños. Barking y la señorita Brollikins irrum¬pen simultáneamente por la puerta privada, pugnando por entrar antes. Sir Arthur se yergue, con aire fatigado.)

BARKING. - Yo llegué antes. Sal y espera tu turno.

ALOYSIA. -Las damas primero, si me haces el fa¬vor. Sir Arthur...

BARKING (impidiéndole pasar con- un brazo de hierro)..- ¡Bah! Tú no eres una dama. (Se acerca a la de¬recha de Sir Arthur.) Sir Arthur: le he pedido su mano a su hija Flavia y la única respuesta que pude conse¬guir es que no es una buscadora de oro y que no querría que la vieran en una boda con un sucio vizconde. Quie¬re casarse con un hombre pobre. Dije que hablaría di¬rectamente con usted. Usted no puede permitir que su hija pierda tan buen partido. Use de su autoridad. Oblí¬guela a casarse conmigo.

SIR ARTHUR. -Por cierto que sí. Se lo ordenaré, si usted cree que eso le permitirá tener éxito. Vaya y dígaselo, hágame el favor. Estoy ocupado.

BARKING. - ¡Perfectamente! (Se lanza a través de la puerta disimulada.)

SIR ARTHUR. - Siéntese, señorita Brollikins. (Ella va hacia la silla de Hipney y Sir Arthur ocupa la del duque.) ¿Ha consultado a David?

ALOYSIA (sentándose, con cierto aire de impoten¬cia). - Claro que sí. Pero es obstinado. No quiere en¬carar las cosas como es debido.

SIR ARTHUR. - ¿Hizo alguna objeción? Debió de aferrar la oportunidad al vuelo.

ALOYSIA. - Es usted muy amable si es que lo piensa realmente, Sir Arthur. Pero David no tiene sentido co¬mún. No le gusta mi apellido. Le parece ridículo.

SIR ARTHUR. - Su casamiento lo cambiará.

ALOYSIA. -Sí: pero él dice que figurará así en el "Times" en la sección nacimientos, bodas y defuncio¬nes: Chavender y Brollikins. Mi apellido no es sufi¬cientemente bueno para él. ¡Si usted hubiese oído las cosas que dijo!

SIR ARTHUR. - Confío en que no usó el adjetivo que le aplicó su hermana al título del pobre joven Barking.

ALOYSIA. -Sí que lo usó. ¡El lenguaje que usan ustedes los del West End! No sé dónde lo pescan.

SIR ARTHUR. -Eso no significa nada, señorita Brollikins. No debe darle importancia.

ALOYSIA. - ¿Tendría inconveniente en llamarme Aloysia, Sir Arthur? Puede decir Brolly, si quiere; pero prefiero que me llame Aloysia.

SIR ARTHUR. - Ciertamente, Aloysia.

ALOYSIA. - Gracias. Ojalá yo pudiera desembarazar¬me del Brollikins. Nunca me avergonzaría de mi ape¬llido: pero no puedo negar que tiene algo de raro. Yo no tengo la culpa de eso ... ¿verdad?

SIR ARTHUR. - Pues puede librarse de él muy fá¬cilmente. Puede adoptar un nuevo apellido: cualquiera que desee, con un fácil trámite que cuesta solamente diez libras: y David tendría que pagarlo si usted lo cam¬biara por él. ¿Qué le parece el de Bolingbrooke? Bolingbrooke sería un nombre bastante bonito para el "Ti¬mes", y usted no necesitaría cambiar de iniciales. No tendría por qué preocuparse por su ropa en el lavadero, por ejemplo.

ALOYSIA. - Gracias, Sir Arthur; eso es una sugestión práctica. Sea como fuere, deja fuera de combate a Da¬vid si vuelve a hablar de mi apellido.

SIR ARTHUR. - Bueno. Siendo así, usted puede huir ahora y casarse con él.

ALOYSIA. - Pero eso no es todo, Sir Arthur. Es un joven tan extraño... Dice que nunca ha amado a nadie fuera de su hermana y que odia a su madre.

SIR ARTHUR. - No tenía derecho a decirle a usted que odia a su madre, porque, en realidad, no hay tal cosa. La gente joven, en estos tiempos, lee libros sobre psicoanálisis y se llena la cabeza de tonterías.

ALOYSIA. - Desde luego, yo sé todo lo que hay que saber sobre el psicoanálisis. Le expliqué a David que estaba enamorado de su madre y celoso de usted. El com¬plejo de Edipo... ¿sabe?

SIR ARTHUR. - ¿Y qué le contestó?

ALOYSIA. - Me dijo que me fuera a Jericó. Pero ya le enseñaré buenos modales.

SIR ARTHUR. - Hágalo, por favor, Aloysia. ¿Hizo alguna otra objeción?

ALOYSIA. - Dice que su familia no podría soportar a mis parientes.

SIR ARTHUR. - ¡El joven engreído! Con todo, el en¬greimiento es algo muy real: en eso, David se anotó un tanto... ¿Qué le contestó usted?

ALOYSIA. 'Que mi familia no podía soportar a sus parientes; y así era. Le dije que no le pedía que se casara con mis parientes; y que yo no me proponía ca¬sarme con los de él.

SIR ARTHUR. - ¿Y qué le respondió David?

ALOYSIA. -Que me podía ir al infierno. El es así, como usted sabe.

SIR ARTHUR. - Sí, un jovencito atolondrado.

ALOYSIA. - Precisamente. Pero yo lo curaré de eso.

SIR ARTHUR (con aire grave). - Cuidado, Aloysia.

Todas las jóvenes empiezan por creer que pueden re¬formar y modificar al hombre con quien se casen. No lo consiguen. Si usted se casa con David, él seguirá siendo David y nadie más hasta que la muerte los separe. Si él la manda al infierno hoy en vez de discutir con usted, hará lo mismo el día de sus bodas de plata.

ALOYSIA (con aire ceñudo). - Lo veremos.

SIR ARTHUR. - ¿Puedo preguntarle si ese casamien¬to es idea suya o de David? Hasta aquí, no creo que haya expresado ningún sentimiento fuerte de... de... ¿digamos devoción?, por usted.

ALOYSIA. - Hemos discutido todo eso.

SIR ARTHUR. - ¿Satisfactoriamente?

ALOYSIA. - Así lo creo. Le explicaré, Sir Arthur. Yo no soy como David. Soy una mujer moderna que lee y piensa y sé mirar esas cosas en forma objetiva y cien¬tífica. Usted sabe que una se encuentra con miles de personas y ellas no significan nada para una sexualmente: una no las tocaría ni con una vara de sirga. Luego, de pronto, elige a una de ellas y se siente sexual de pies a cabeza. Si no se trata de un ser hermoso, una se siente avergonzada de sí misma y huye. Pero si lo es, se dice. "Ese es mi hombre." Usted mismo habrá pa¬sado por esa experiencia... ¿verdad?

SIR ARTHUR. -Ya lo creo. Apenas vi a Lady Chavender, me dije: "Esa es mi mujer."

ALOYSIA. -Pues yo, cuando vi a David, tuve esa sensación. No cabe duda de que es un muchacho guapo a pesar de su horrible lenguaje. Conque me dije...

SIR ARTHUR. - "¿David es el hombre ideal para mí?

ALOYSIA. -No. Me dije: "La evolución me sugiere que debo casarme con este joven." Este sentimiento es la única guía que tengo para el apetito evolucionista.

SIR ARTHUR. - ¿¿Cómo??

ALOYSIA. -El apetito evolucionista. Eso que quiere desarrollar la raza. Si me caso con David, desarrolla¬remos la raza. Y eso es lo bueno que tiene el matrimo¬nio ... ¿verdad?

SIR ARTHUR. - Mi querida Aloysia, el apetito evo¬lucionista podrá ser una guía para desarrollar la raza: pero le importa un bledo la felicidad doméstica. He visto nacer a niños notables de los matrimonios más horriblemente discordantes y desdichados.

ALOYSIA. - En eso tenemos que correr nuestro al¬bur, Sir Arthur. El matrimonio es una lotería. Creo que yo podría hacer tan feliz a David como cualquiera en este...

SIR ARTHUR. - En este perverso mundo. ¡Oh, sí! Bueno, no insistiré en eso.

ALOYSIA. - Yo iba a decir "en la fase capitalista del desarrollo social". No hablo como su abuela, perdóneme que se lo diga.

SIR ARTHUR. - Supongo que no. ¿Le ha explicado ese enfoque evolucionista de la situación a David?

ALOYSIA. -Claro que sí. No lo trato como a un niño.

SIR ARTHUR. - ¿Y qué le contestó él?

ALOYSIA. -Me dijo que me fuera y... ¡Oh! En realidad, no puedo repetir lo que me dijo. Pero ya ve cómo nos hemos familiarizado el uno con el otro. Me resulta insoportable que esté tan alejado de mí. Habla como si ya estuviéramos casados.

SIR ARTHUR. -Así es. Pero... ¿tiene David los

mismos sentimientos por usted? ¿La ha elegido entre los miles de muchachas que le inspiran indiferencia? Para usar la expresión empleada por usted... ¿siente lo mismo de pies a cabeza en su presencia?

ALOYSIA. - Lo siente cuando lo atrapo. Necesita que lo eduquen en esas cosas. Tengo que despertarlo. Pero está progresando muy bien.

SIR ARTHUR. -Bueno, si eso debe ser así, que así sea. No les negaré mi bendición. Eso es todo lo que puedo decir. (Se levanta: ella hace lo mismo y se dis¬pone a marcharse.) Le diré, Aloysia. La caduca socie¬dad en que me muevo se basa en la inteligencia de que todos hablaremos y nos portaremos tal como se es¬pera de nosotros. Somos impotentes cuando se viola esta inteligencia. No sabemos qué decir o qué hacer. Bueno, usted ha violado eso temerariamente. Lo que ha dicho, ha sido inesperado en el más alto grado posible...

ALOYSIA. -Ha sido cierto.

SIR ARTHUR. - Tal es el clima de lo inesperado exis¬tente en la buena sociedad. Por eso, estoy perplejo. Al parecer, mi hijo no lo estaba. Sabe tratarla a usted: yo, no. En realidad, debo sugerirle que se dirija a él para nuevos estudios e informaciones.

(Se disponen a estrecharse la mano cuando entra Lady Chavender por la puerta disimulada.)

LADY CHAVENDER. - ¿Todavía está aquí, señorita Brollikins? Creí que se había ido. (Se acerca a la dere¬cha de Sir Arthur.)

SIR ARTHUR. - Quiere casarse con David, querida.

LADY CHAVENDER (tranquilamente). - Es muy na¬tural. Creo que si yo estuviera en la situación de la seño¬rita Brollikins querría también casarme con David.

ALOYSIA. - Conozco su punto de vista clasista, Lady

Chavender. Usted considera que eso sería una gran pes¬ca para mí y un descenso para él.

LADY CHAVENDER. - Ambos conocemos ese punto de vista, señorita Brollikins; pero es usted quien lo ha mencionado, no yo. ¿Quiere sentarse? (Se sienta por su parte en la silla más próxima.)

ALOYSIA (murmura). - Me disponía a irme. (Vuel¬ve a sentarse. Sir Arthur hace otro tanto.)

LADY CHAVENDER. - Me atrevería a afirmar que un casamiento con usted podría ser muy beneficioso para David. Usted parece tener todas las cualidades que le faltan a él. Y mi hijo asegura, desde hace varios meses, que si se casa algún día se casará con una obrera.

ALOYSIA. - Pues yo he sido obrera. Empecé como maestra de escuela; pero cuando me rebajaron el sueldo ingresé a una fábrica. Allí, organicé a las muchachas y me convertí en secretaria de sindicato. Adondequiera iba me rebelaba porque no podía estar tranquila. Pero soy proletaria hasta la última gota de sangre, si es eso lo que quiere David.

LADY CHAVENDER. - Nadie lo es en Inglaterra, se¬ñorita Brollikins. Nosotros nunca fuimos una casta no¬ble: nuestros hijos menores siempre fueron plebeyos.

SIR ARTHUR. -- Sí, Aloysia: toda la sangre británica es azul.

ALOYSIA. - Bueno, llámelo como quieran. Lo único que puedo decirles es que pertenezco a la clase trabaja¬dora común y me enorgullezco de ello. Y es eso lo que quiere David... ¿no es así?

LADY CHAVENDER. -Lo que dije, fue que él quiere casarse con una obrera de fábrica. Pero no sé cuál será su actitud cuando una obrera de fábrica quiera casarse con él. ;Se le ha declarado usted?

SIR ARTHUR. -Sí. David le dijo que se fuera al infierno.

LADY CHAVENDER. - David tiene la costumbre de mandar a la gente al infierno cuando siente demasiada pereza para que se le ocurra algo mejor que decir. La señorita Brollikins es una muchacha resuelta y triunfa¬dora. David es un joven indeciso y que no ha triunfado. Si ella ha resuelto casarse con él, es probable que lo consiga. Tendrá que mantenerlo; pero me atrevo a creer que podrá hacerlo con la misma facilidad con que se mantiene a sí misma.

ALOYSIA. -Espero que trabajará para ganarse la vida.

LADY CHAVENDER. -El matrimonio rara vez satis¬face nuestras esperanzas. Usted no conoce aún a David.

ALOYSIA. -Le encontraré un empleo y cuidaré de que lo desempeñe. Lo interesaré por él.

SIR ARTHUR. - ¡Espléndido!

ALOYSIA (desconcertada). -Pero no consigo com¬prenderlos a ustedes. No se han irritado como yo lo esperaba. Pero... ¿están en mi favor o en contra de mí?

LADY CHAVENDER. - Señorita Brollikins, lo siento; pero hay dos cosas por las cuales no logro interesarme en lo más mínimo: los asuntos parlamentarios y los amo¬rosos. Tanto los unos como los otros me aburren espan¬tosamente.

ALOYSIA (a Sir Arthur). -Y usted... ¿no se inte¬resa por David?

SIR ARTHUR. -David está en una edad en que los jóvenes deben liberarse de sus padres. A esa edad, son muy sensibles y rechazan las intromisiones. Si yo me in¬teresara por él, David lo consideraría tiranía paterna.

Por eso, tengo especial cuidado de no interesarme en lo más mínimo por mi hijo.

ALOYSIA (levantándose). - Bueno, a ustedes les cho¬ca que mi conversación sea inesperada, pero forman la pareja más inesperada con la cual he tenido que vérmelas. ¿Qué debo entender? ¿Harán juego limpio y dejarán que David siga su propio camino?

SIR ARTHUR (levantándose). -Hasta le permitire¬mos seguir el camino de usted si él lo desea, Aloysia.

LADY CHAVENDER (levantándose). - Puede dejarme

a mí al margen del asunto, señorita Brollikins. Eso no es cosa mía, sino de mis hijos. No soy su enemiga ni la de usted.

ALOYSIA (perpleja). - Pero... ¿cree usted que debo casarme con él?

LADY CHAVENDER.. Nadie debe casarse con nadie,

Aloysia. Pero la gente se casa.

ALOYSIA. - Bueno, gracias por haberme llamado Aloysia, de todos modos. Es, poco más o menos, toda la satisfacción que he obtenido aquí.

(Se dispone a irse cuando David irrumpe ruidosa¬mente por la puerta disimulada y se acerca a la izquierda de Aloysia.)

DAVID. - Díme, Aloysia. ¿Qué estás tramando aquí? Si crees que me conseguirás convenciendo a mis padres, te equivocas de medio a medio. A ellos les importa un rábano lo que hago con tal de que los deje tranquilos. Y yo, no quiero que se entrometan en mi vida. ¿Me oyes? No quiero que se entrometan en mi vida.

ALOYSIA. -Tus padres son demasiado buenos para ti, patán incivilizado. Me has perdido al hablarme así en presencia de tu madre. Si yo fuera tu madre, te da¬ría unas bofetadas para enseñarte buena educación.

DAVID (aterrado y suplicante). - ¡Aloysia! (Trata de tomarla en sus brazos.)

ALOYSIA. - Aparta tus sucias manos de mí. (Lo re¬chaza.) Esto se acabó, te digo, se acabó. Adiós a to¬dos. (Sale impetuosamente por la puerta principal.)

DAVID (lamentándose, a su madre, con vehemen¬cia). - Has destruido mi vida. (Sale en pos de la mu¬chacha, gritando.) Aloysia, Aloysia, espera un momen¬to. (Con angustiada vehemencia.) ¡Aloysia! (Sus gritos se esfuman a lo lejos.)

 

SIR ARTHUR                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

                            (simultáneamente)                                                                        David podía tener  

LADY CHAVENDER                                                                                                   peor suerte.                                                                                                                                                                                                                                     

LADY CHAVENDER. - Perdón. ¿Qué dijiste?

SIR ARTHUR. - Dije que podía tener peor suerte.

LADY CHAVENDER. -Eso fue lo que dije. David

está supereducado: ha sido criado tan bien que no sirve para nada; y no es lo bastante fuerte físicamente. Nues¬tro linaje necesita una cruza con el arroyo o la tierra una vez cada tres o cuatro generaciones. El tío Teodoro se casó con su cocinera por principio: y su esposa fue mi tía favorita. La señorita Brollikins suele ponerme la piel de gallina; pero no me aburre como me aburriría una nuera que fuese una dama. Siempre me pregun¬taría qué dirá o hará la señorita Brollikins. Si ella fuese una dama, yo lo sabría siempre por anticipado. Estoy tan cansada de la gente bien educada y de la política de partido y de las temporadas londinenses y de todas esas cosas...

SIR ARTHUR. - A veces, creo que tú eres el único

revolucionario auténtico con quien me he encontrado en mi vida.

LADY CHAVENDER. - ¡Oh, muchos de nosotros somos así! Hemos nacido en la buena sociedad y hemos termi¬nado con ella; no nos inspira ninguna ilusión, aunque no hayamos nacido para nada mejor. La señorita Brollikins no me molesta en lo más mínimo.

SIR ARTHUR. - ¿Qué hay con Barking?

LADY CHAVENDER. -Yo...

(Barking entra por la puerta disimulada, alborozado. Pasa entre ambos cuando se levantan y los palmea si¬multáneamente en los hombros. Ellos se sobresaltan con violencia y lo miran con ultrajado asombro.)

BARKING. - ¡Buenas noticias, amigos míos! Ya está arreglado el asunto con Flavia. Podemos exhibir las amo¬nestaciones. ¡Hurra! (Se frota las manos con alegría.)

SIR ARTHUR. - ¿Me permite preguntarle cómo la ha enloquecido suficientemente para casarse con un po¬bretón?

BARKING. - ¡Oh, eso ha sido una ilusión de adoles¬cente! Flavia vislumbró hoy, en el mitin de los desocu¬pados, qué son en realidad los pobres. Fueron muy ama¬bles con ella. Eso dio resultado. Lo que le gustaba antes a Flavia eran sus modales toscos, su violencia, su bru¬talidad, su sucio lenguaje, su manera salvaje de tratar a sus mujeres. Ese era su ideal de un marido encan¬tador. Hoy, descubrió que el obrero no lo realiza. Yo soy el verdadero varón para ella. Le dije los epítetos más sucios hasta que cedió. Es una monada. Seremos muy felices. Mi deliciosa suegra. (Besa a Lady Chavender, quien está demasiado sorprendida para resistirse o hablar.) Alégrese, Chavender. (Le da una palmada en el hombro.) Me voy a comprarle a Flavia un montón de regalos. (Se lanza a través de la puerta principal.)

SIR ARTHUR.- Conque así son las cosas.

LADY CHAVENDER. - ¡Qué bestia! ¿Cómo se ha atre¬vido a besarme? (Se frota el sitio en que ha sido besada con su pañuelo.)

SIR ARTHUR. -Je das cuenta de que, por fin, los dos estamos en libertad? En libertad, queridísima. ¡Ima¬gínate! Ya estamos libres de nuestros hijos. No tene¬mos por qué seguir viviendo en una casa grande y po¬demos pasar el resto de nuestra vida como se nos antoje. Un chalet cerca de un buen link de golf parece lo más indicado. ¿Qué te gustaría más?

LADY CHAVENDER. - Pero... ¿y tu carrera política? ¿Vas a abandonarla, realmente?

SIR ARTHUR. - Mi carrera me ha abandonado a mí, querida. ¿No estás contenta?

LADY CHAVENDER. - Arthur: esto me resulta inso¬portable.

SIR ARTHUR. - ¿Esto? ¿Qué?

LADY CHAVENDER. - El verte desalentado. Hasta ahora, nunca has estado desalentado: siempre te vi tan exuberante... Si esto sólo te quitará tu valor y tus bríos y tu confianza en ti mismo, te ruego que vuelvas a tu antiguo tipo de vida. Prefiero soportar cualquier cosa a verte desdichado. Esa clase de desdicha mata; y si te mueres, también yo me moriré. (Se desploma sobre una silla y oculta su rostro sobre la mesa.)

SIR ARTHUR. - No te agites, querida: yo no soy des¬dichado. Disfruto de la inmensa libertad de haberme descubierto a mí mismo. Eso, parece desesperación: pero es, en realidad, el comienzo de la esperanza y el fin de la hipocresía. ¿Crees que yo no sabía, en los días de mis grandes discursos y mi ruidosa popularidad, que sólo blanqueaba los barrios bajos? Lo hice muy bien (no me importa que alguien me lo oiga decir), y causa siempre cierta satisfacción artística realizar muy bien una cosa, sea hacer triunfar un proyecto de ley importante en la Cámara de los Comunes o entusiasmar a los concurrentes a un gran mitin o ganar un campeo¬nato de golf. Todo era muy alegre; y todavía me enor-gullezco un poco de ello. Pero aunque no estuvieras aquí para recordármelo con tu presencia, yo sabía sin poderlo remediar, tan bien como cualquiera de esos malditos socialistas, que aunque el West End de Londres estaba atestado de dinero y de gente amable que se llamaba entre sí por su nombre de pila, la vida de los millo¬nes de personas cuyo trabajo mantenía en marcha todo ese espectáculo no valía la pena de ser vivida. Yo lo sabía perfectamente; pero pude olvidarlo porque me parecía algo irremediable y yo hacía lo mejor que se podía hacer. Ahora, sé más lo que hago: sé que eso tiene remedio y cómo se le puede poner remedio. Y antes que volver a la vieja labor de blanqueo, prefiero agarrarte con fuerza de la cintura y tirarme al río con¬tigo.

LADY CHAVENDER (levantándose). -Entonces... ¿por qué, querido, no...?

SIR ARTHUR. - ¿Por qué no encabezo la rebelión contra todo eso? Porque no soy el hombre indicado para esa tarea, querida; y nadie lo sabe mejor que tú. Y odiaré al hombre que la ejecute por su crueldad y por la desolación que nos causará a nosotros y a nuestros iguales.

(Gritos que parecen ser los de una multitud excitada que entra impetuosamente a esa calle y ruido de vidrios rotos y silbatos policiales.)

LADY CHAVENDER. - ¿Qué es eso?

(Hilda acude de su oficina y corre hacia la ventana.)

LADY CHAVENDER (acercándosele). - ¿Qué sucede?

HILDA. - Los desocupados han entrado en Downing Street y están rompiendo las ventanas de la Oficina Co¬lonial. Creen que aquí sólo hay residencias privadas.

SIR ARTHUR (va a ver). - Sí. ¡Esos pobres diablos siempre rompen ventanas que no son las que se pro¬ponían!

HILDA. - La gente huye. Y no puede salir: está en un callejón ciego. ¡Oh! ¿Por qué no se resistirán esos cobardes?

LADY CHAVENDER. - En realidad, creo que no hui¬rán. ¿En que está pensando, Hilda?

SIR ARTHUR. -Los hombres son así, Hilda. Siem¬pre huyen cuando no tienen disciplina ni caudillo.

HILDA. - Bueno, pero... ¿no puede dejarles huir la policía sin romperles la cabeza? Oh, miren: ese po¬licía acaba de asestarle un cachiporrazo a un viejo.

SIR ARTHUR. - Apártese: ese espectáculo no es agra¬dable. (La aparta y se ubica entre ella y la ventana.)

HILDA. - Todo eso está bien cuando uno lo lee en los periódicos; pero cuando lo ve le dan ganas de tirarle piedras a la policía.

(Cantos desafiantes por encima del tumulto.)

LADY CHAVENDER (mirando afuera). - Alguien ha abierto la puerta lateral y los está dejando entrar al Paseo de los Guardias de Caballería. Tratan de cantar.

SIR ARTHUR. - ¿Qué cantan? ¿La Bandera Roja?

LADY CHAVENDER. - No. No conozco la melodía. Percibí las dos primeras palabras: "¡Despiértate, Ingla¬terra!"

HILDA (de pronto histérica). - ¡Oh, Dios mío! ¡Saldré a unirme con ellos! (Sale corriendo por la puerta principal.)

LADY CHAVENDER. - ¡Hilda! ¡Hilda!

SIR ARTHUR. -No te preocupes, querida: toda la policía la conoce: no le harán daño. Volverá a la hora del té. Pero lo que ella siente ahora pueden sentirlo mañana otros jóvenes. ¡E imagínate, simplemente... !

LADY CHAVENDER. - ¿Qué?

SIR ARTHUR. - ¡Imagínate que Inglaterra se desper¬tara, realmente!

(Pero la Inglaterra desocupada sólo puede seguir can¬tando, lo mejor posible, con un acompañamiento de per¬cusión de golpes de batuta, los versos de Edward Carpenter.)

 

¡Despiértate, Inglaterra!

La larguísima noche ha terminado,

contempla la aurora que aparece en el oriente.

Despierta de tu infortunado sueño de afán y dolor,

despierta, oh Inglaterra, ya ha llegado el día,

oye cómo llega de tus campos y colinas la respuesta,

cada vez más sonora,

¡Despiértate, Inglaterra, porque el día ha llegado!

 

TELÓN

 

 

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