Libro N° 6023. Dieciséis Esbozos De Mi Mismo. Shaw, Bernard.
© Libro N° 6023.
Dieciséis Esbozos De Mi Mismo. Shaw, Bernard. Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Dieciséis Esbozos De Mi Mismo. Bernard Shaw
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
DIECISÉIS ESBOZOS DE MI MISMO
Bernard Shaw
En retratos de Shakespear, Morris la
norma fijó;
Ben Jonson con ella se engañó..
¿Pues quién que tenga algún juicio puede
aceptar lo que no se parece a un hombre
como parecido al sobrehumano bardo
que en nuestra profesión' me pisa los
talones?
He aquí mi retrato para vuestro anaquel,
más parecido a ml que yo mismo.
No de la vida Pikov me dibujo (a decir
verdad, jamás me vio).
Pero os muestra lo que quiero que veáis
de mi breve inmortalidad.
G.
B. S.
I
MI
PRIMER BIÓGRAFO
Fue
mi padre, George Carr Shaw, quien escribió la biografía en su oficina de la
calle
Jervis,
número 67, de la ciudad de Dublin, donde la firma de Clibborn y Shaw funcionaba
como traficante en cereales, no muy eficazmente, ya que Clibborn había sido
adiestrado en el comercio de telas y mi padre en ninguno en especial, puesto
que anteriormente fue un empleado público cuya oficina en los Cuatro Tribunales
había sido abolida y pensionado su personal. Mi padre vendió su pensión y, con
el capital así obtenido, se unió a Clibborn en el comercio que ninguno de los
dos conocía, pero que, con oficinas y un almacén en la calle Jervis y un molino
de agua en la avenida Rutland, suburbio aldeano, de aspecto romántico, de
Granero del Delfín, a su vez un suburbio, parecía entonces una inversión
promisoria. Con esa base mi padre se casó en su edad madura y la unión produjo
tres niños: la mayor, Lucinda Frances (Lucy), Elinor Agnes (Aggie o Yuppy) y,
finalmente, un hijo, George Bernard (Sonny), o sea, yo.
En
julio de 1857, cuando yo tenía un año de edad, mi madre partió de nuestra casa
de la calle Synge, para visitar a su padre, Walter Bagenal Gurly, caballero de
provincias proveniente de una familia de Carlow, pero residente en Oughterard,
en Galway, aunque por el momento su dirección era Kinlough en Leitrim. Mi
madre, bautizada Lucinda Elizabeth Gurly (Bessie), se llevó consigo a Lucy a
Kinlough, dejándonos, a Yuppy y a mí, al cuidado de nuestro padre.
La
correspondencia de mis padres inicia mi biografía. No puedo verificarla, ya que
no tengo el más mínimo recuerdo de cuándo comencé a aprender a caminar, ni de
que me llamaran Bob. Sea como fuere, ahí va.
17
de julio de 1857.
El
pobre estuvo muy enfermo del estómago a eso de la una de la noche, pero esta
mañana está perfectamente y tan vivaz como siempre. La nodriza lo atribuye a
algunas pasas que comió.
20
de julio.
El
chiquillo se está poniendo insoportable. Esta mañana lo deje rugiendo y
jadeando como un toro. Espero que cuando regreses estará en condiciones de
correr por la calle a tu encuentro.
22
de julio.
La
nodriza se halla sumamente atareada tratando de hacer que el niño este en
condiciones de caminar cuando tú regreses, aparte de que estoy seguro de que
piensa que será un gran alivio para ella. Esta mañana él hizo una magnífica
tentativa. Hoy debían haber ido todos a lo de tu tía (Tía Ellen Whitcroft).
24
de julio.
Bob
hizo ayer jirones su gorro y la nodriza dice que debo darle uno nuevo. Le dije
que lo hiciera ella misma y que yo lo pagaría, de modo que supongo que quedaré
clavado...
La
nodriza dice que Bob caminó en gran forma ante tu tía.
27
de julio.
La
nodriza y Sarah (la criada) y los dos niños vinieron después de la iglesia y
tuvieron una fiesta regia en el jardín... La nodriza le compró a Bob un gorro
nuevo, nada menos que un pajizo color toscano, de modo que tuve que entregarle
10 chelines. Pero era el cumpleaños del rapaz, por lo cual no diré nada... Ayer
por la mañana Yuppy y Bob se cayeron de la cama de cabeza. Ninguno de los dos
parece haberse lastimado, pero podría haber sucedido lo contrario.
28
de julio.
Bobza
me honra con su compañía y juntos hacemos torneos de caminatas.
Sus
hazañas en ese terreno no se han extendido todavía más allá del par de metros
que recorre en una zambullida desde junto a su nodriza hacia mí y vuelta a la
nodriza, o a Caroline Brabazon [la madrina de G. B. S.], quienquiera le tenga
en su poder en ese momento. Su gorro es espléndido, pero creo que cuando
vuelvas a casa la nodriza te asaltará para pedirte plumas para él.
(Sin
fecha.) Domingo por la mañana. Once y media, como de costumbre.
Esta
mañana Bob pasó conmigo un rato en la cama, desayunó, etc.... Recibió un par de
palmadas, pero, después de algunos berridos, se está riendo en estos momentos.
30
de julio.
Ayer
por la mañana saqué a los dos jovencitos y les di un paseo en el cochecito, que
a ellos -y en verdad a mí también- les agradó muchísimo. Bob se está haciendo
sumamente indócil. Se acerca la temporada de las zurras y será mejor que se
cuide o le daré unas buenas.
3 de
agosto.
Por
las mañanas, cuando Bob no entra tambaleándose en el cuarto con una carta tuya,
me siento desilusionado... Y cómo tengo que forcejear para arrancársela. Esta
mañana el canallita rompió el periódico. La nodriza y los dos niños salieron
ayer de casa con la intención de pasar el día en Kingstown, pero ella miró por
casualidad en el comercio de la calle King y descubrió que Miss Malone estaba
en el pueblo, cosa que, para su gran desaliento, puso fin a la expedición. El
próximo lunes ha sido fijado para la excursión.
6 de
agosto.
Yo
estaba en casa a mediodía y tuve una buena media hora de diversión con Yup y
Bob... Cecilia [su hermana, la tía Ciss de G. B. S.] ha venido de visita para
ver a los niños.
7 de
agosto.
¡La
nodriza me dijo esta mañana que Bob la tiene casi agotada! Y en verdad debe de
ser un chiquillo cansador como para ser atendido sin ninguna ayuda.
8 de
agosto.
Repartí
tus besos a Yup y Bob, pero, contra tus instrucciones, robé algunos para mí...
¡Ya
sabes cuán dulce es un beso robado!
11
de agosto.
El
pobre Bob tuvo una salvada milagrosa la mañana del martes. Estaba sentado en la
mesa de la cocina, vigilado por la nodriza, quien, según dice, no hizo más que
inclinarse a recoger algo del suelo cuando él se cayó repentinamente de
espaldas, rompió con la cabeza un vidrio y chocó contra la barra de hierro de
afuera. ¡Cosa milagrosa, no recibió ni siquiera un rasguño! Si hubiera caído de
cara contra el vidrio habría quedado arruinado. Yo estaba en mi cuarto en ese
momento y cuando oí el estrépido bajé corriendo y encontré a la nodriza
paralizada de terror, a tal punto que ni siquiera podía levantar al desdichado.
No sé cómo se salvó el pobrecito, pero parece que ni siquiera sufrió un dolor
de cabeza.
15
de agosto.
Al
pobre Bob le molestan los dientes y, por lo tanto, se muestra muy inquieto
durante todo el día.
2
MI
DISCULPA POR ESTE LIBRO
La
gente me pregunta continuamente por qué no escribo mi propia biografía. Yo
respondo que no soy nada interesante en punto a biografía. Jamás he matado a
nadie.
Nunca
me ha sucedido nada extraordinario. La primera vez que un quiromántico me
examinó las manos me proporcionó una gran sorpresa contándome la historia de mi
vida, o, al menos, tanto de ella como se lo permitió el tiempo. Aparentemente
conocía algunas cosas que yo nunca revelé a nadie. Días más tarde mencioné, en
conversación con un amigo (William Archer), que había estado haciendo
experimentos de quiromancia.
Inmediatamente
mi amigo me extendió la mano y me desafió a que le dijera de su vida algo que
no supiese gracias a mi amistad con él. Le dije de su vida exactamente lo que
el quiromántico me había dicho de la mía.
También
él se asombró, como me asombrara yo anteriormente. Ambos habíamos creído que
nuestras experiencias eran únicas, en tanto que eran iguales en un noventa y
nueve punto nueve por ciento. Y el quiromántico no se había referido al punto
uno por ciento restante. Es lo mismo que si una pareja de monos creyeran que
sus esqueletos son únicos. Y tendrían razón, pero sólo en lo concerniente a uno
o dos huesos, porque los anatomistas nos dicen que no hay dos esqueletos
exactamente iguales. En consecuencia, un mono tiene todo el derecho del mundo a
exhibir su hueso o dos, como curiosidades.
Pero
debe rechazar el resto de su esqueleto como totalmente carente de interés. Debe
guardárselo para sí, si no quiere aburrir intolerablemente a la gente con él.
Y he
aquí mi dificultad como autobiógrafo. ¿Cómo debo escoger y describir ese punto
cinco por ciento de mí mismo que me distingue de otros hombres más o menos
afortunados que yo? ¿Qué interés humano puede haber en un relato detallado de
cómo el ilustre Smith nació en el número seis de la calle Mayor, y creció hasta
llegar a los veinte años, cuando los oscuros Brown y Robinson, nacidos en los
números siete, ocho y nueve pasaron exactamente por la misma rutina de crecer,
alimentarse, excretar, vestirse y desnudarse, alojarse y mudarse? Para
justificar mi biografía es preciso que Smith haya tenido aventuras. Es
necesario que le hayan ocurrido cosas excepcionales.
Pues
bien, yo no he tenido aventuras heroicas. No me han ocurrido cosas. Por el
contrario, soy yo quien ha ocurrido a las cosas. Y todos mis acontecimientos
han tomado la forma de libros y obras de teatro. Leedlos, presenciadlas y
conoceréis toda mi historia.
El
resto no es más que desayuno, almuerzo, comida, dormir, despertar y lavarse, ya
que mi rutina diaria es igual a la de todos. Voltaire os dice en dos páginas
todo lo que
necesitáis
saber acerca de la vida privada de Molière. Cien mil palabras habrían hecho
intolerable el relato. Además existe la dificultad de que, cuando realmente
ocurre una aventura, alguna otra persona está generalmente complicada en ella.
Pero el derecho que uno tiene a narrar su propia historia no incluye el de
narrar la de otros. Si se viola este derecho, y la otra persona todavía vive,
téngase la seguridad de ser violentamente contradicho. Porque dos personas
nunca recuerdan el mismo incidente del mismo modo y muy pocas personas saben
con exactitud qué les ha ocurrido o no pueden describirlo artísticamente. Y las
biografías deben ser artísticas si pretenden ser legibles.
Las
mejores autobiografías son confesiones. Pero si un hombre es un escritor
profundo, entonces todas sus obras son confesiones. Uno de los más grandes
hombres que jamás hayan intentado escribir su autobiografía fue Goethe. Después
de su niñez, que es la parte más interesante de cualquier autobiografía, aun de
la peor, sus tentativas de eludir el tema resultan lamentables. Busca asilo en
retratos de todos los Juanes, Pedros y Diegos que conoció en su juventud,
personas totalmente anónimas, y el libro se le cae a uno de las manos y no es
recogido. Yo soy una de las muy pocas personas que han leído las Confesiones de
Rousseau de cabo a rabo y puedo asegurar que, desde el momento que deja de ser
un joven aventurero un tanto bribonesco para convertirse en el gran Rousseau,
daría lo mismo que fuese cualquier otra persona, tan poco se puede aprehender o
recordar de su vida cotidiana.
Tengo
un vívido recuerdo de sus relaciones con Madame de Warens a los dieciséis años.
Pero no me queda la más leve impresión de la Madame D'Houdetot de sus cuarenta
y cinco, y sólo recuerdo el nombre. En resumen, las Confesiones me dicen muy
pocas cosas importantes acerca del Rousseau adulto. Pero sus obras nos dicen
todo lo que necesitamos saber. Si surgiera a la luz la vida diaria de
Shakespear, desde su nacimiento hasta su muerte, y simultáneamente se perdieran
Hamlet y Mercutio, el resultado sería la sustitución de un hombre sumamente
interesante por uno perfectamente vulgar. En el caso de Dickens se sabe tanto
de su vida que lo mismo podría haber sucedido a Wickens, Pickens o Stickens,
que sus biógrafos han conseguido borrarle para los que no leen sus libros y,
para los que sí los leen, arruinar su retrato penosamente.
Por
lo tanto los fragmentos autobiográficos que abultan este volumen no me
presentan desde mi propio punto de vista, del cual tengo necesariamente tan
poca conciencia como del gusto de la saliva, porque siempre la tengo en la
boca. Esos fragmentos señalan principalmente lo que ha sido omitido o mal
entendido. He indicado, por ejemplo, que un joven que conoce las obras maestras
de la música moderna está en rigor mucho mejor educado que uno que sólo conoce
las obras maestras de la antigua literatura griega y latina. He descrito el
desdichado sino, en nuestra sociedad, de los Venidos-a-Menos, como llamo a los
caballeritos que descienden de la plutocracia por la rama de los hijos menores
y para quienes una educación universitaria está más allá de las rentas de sus
padres, cosa que les deja convertidos, por tradición familiar, en caballeros
carentes de los medios y de la educación de tales, en vanidosos tronados. Me ha
parecido bien advertir a los jóvenes que es tan peligroso saber demasiado como
saber demasiado poco, ser muy bueno como ser muy malo, y que la Seguridad Ante
Todo consiste en saber, creer y hacer lo que todos saben, creen y hacen.
Menciono estas cosas, no porque haya sido intolerablemente perseguido o, hasta
ahora, asesinado, sino porque conciernen a toda mi clase de Venidos a Menos y
porque, cuando se las enuncia inteligiblemente y se las entiende así, pueden
ayudarles a adquirir conciencia de su clase y a hacer que se comporten mejor. Y
así, como soy incorregiblemente didáctico, violo las leyes
biográficas
con que comencé esta disculpa y cuento de mí mismo muy poca cosa que no pudiera
haber sucedido a un millar de Shaws y a un millón de Smiths. Quizá nuestros
psicoanalistas puedan encontrar en un material tan insulso alguna clave que se
me ha escapado.
Para
mitigar la insulsez hay trozos relativos a mis parientes, que deben ser leídos
como partes de una novela corriente, ya que la Familia Irlandesa Shaw ha sido
en ocasiones más divertida que la Familia Suiza Robinson y quizá no menos
instructiva para los que son capaces de asimilar tal instrucción. En cuanto a
mí mismo, mis mercancías están expuestas en los escaparates de las librerías y
en el escenario del teatro. Lo que es comunicable ha sido ya comunicado en una
larga vida que, aunque no puedo decir de ella que ningún día ha pasado sin
escribir una línea, la he puesto quizá tan cerca de ese ideal romano como es
saludable y humanamente posible.
Ayot
Saint Lawrence, 15 de enero de 1939. Revisado en 1947.
3
MI
MADRE Y SUS PARIENTES
Mi
madre era hija de un caballero de provincias. Fue educada con implacable
rigurosidad, para llegar a ser un dechado de todas las virtudes y todas las
prendas de feminidad señorial, por su tía política, a quien recuerdo desde mi
más tierna infancia como a una anciana gibosa, de hermoso rostro, cuya
deformidad me parecía graciosamente adecuada a su condición de hada benéfica.
Si ella hubiera sabido la impresión mágicamente favorable que me producía,
quizá me habría dejado sus bienes. Y ahora creo que le fui llevado en la
esperanza de que la atrajera en ese sentido. Pero fracasé. Educó a mi madre en
forma tal que hiciera un matrimonio tan distinguido que borrase una mancha
indecible de su linaje. Porque si bien por el lado paterno su origen era todo
lo bueno que pudiera desearse, su abuelo era un misterioso espíritu superior
cuyo nacimiento parecía tan oscuro que había dudas en punto a si alguna vez
había tenido padres legales. So capa del apellido de un empleado llamado
Cullen, había amasado una fortuna con una casa de empeños en uno de los barrios
más pobres de Dublin. Entretanto, asumiendo el rango de caballero rural en un
"asiento" del Condado de Dublin, entró, por matrimonio, en una
legítima familia del condado.
Pero
seguía manteniendo la casa de empeños y la casa de empeños le mantenía a él.
En
consecuencia el hada, mi tía abuela Ellen, resolvió que la hija de su cuñada
muerta debía ser criada en forma incuestionablemente señorial. Y así mi madre
tuvo una niñez espartana y llevó hasta la muerte el sello de la rigidez de
porte. Desgracias que habrían aplastado a diez mujeres no adiestradas para ello
se deshacían ante ella como olas ante una roca.
La
naturaleza, expulsada con una horquilla, volvió a la carga y malogró los planes
de su tía- ada. Cuando mi madre creció sabía el contrapunto, tal como se lo
enseñó su profesor de música, Johann Bernhard Logier (famoso en Dublin como
inventor del quiroplasto, ejercitador mecánico para la digitación que embrolló
a todos sus discípulos de piano) ; podía repetir dos fábulas de La Fontaine en
francés, con perfecta pronunciación; sabía comportarse con perfecta dignidad y
podría haber trabajado de trapera sin perder su entera convicción de que era
una dama, de una especie apartada de los criados y la gente del montón. Pero no
sabía administrar su casa con la base de una renta menguada, no tenía noción
alguna del valor del dinero, detestaba a su tía y consideraba todo lo que se le
había enseñado en materia de religión y disciplina como
tiranía
y esclavitud. Por lo tanto, como por naturaleza era intensamente humana,
abandonó a sus propios hijos a la anarquía más completa. Mis dos padres fueron,
en la práctica, nada coercitivos.
A su
debido tiempo fue introducida en la sociedad de Dublin, para contraer
matrimonio. Entre otras personas con quienes trabó relación se encontraba
George Carr Shaw, un caballero aparentemente inofensivo, de cuarenta años de
edad, con un cierto bizqueo y una vena humorística que divertía en anticlímax y
que habría hecho de el un oyente apreciativo de Charles Lamb. Era miembro de
una numerosa familia que se denominaba a sí misma "Los Shaw", y fue
invitado, gracias a su parentesco de primo segundo, a Bushy Park, la residencia
del solterón Sir Robert Shaw, barón, con referencia al cual puede leerse
"Hidalgos Terratenientes", de Burke. George Carr Shaw parecía un
compañero sumamente seguro para mi tan cuidadosamente vigilada madre, porque
nadie podía concebir que tuviese la audacia, el espíritu de empresa o los
medios para casarse con nadie, aun suponiendo que su edad o su estrabismo
pudieran atraer a una mujer bien educada, como Miss Lucinda Elizabeth Gurly.
Por lo tanto los parientes de ella le hablaron bien de George, recomendándole
como bastante buen candidato, a quien se podía frecuentar en sociedad.
Olvidaron ellos que, como nunca se le había enseñado que era el matrimonio y
como nunca hizo experiencia alguna de inopia, podía llegar a casarse con
cualquier aventurero sin saber lo que hacía.
Su
tragedia se desencadenó por una presión externa de un tipo que nadie podría
haber previsto.
Su
padre, enviudado, volvió a casarse inesperadamente. Esta vez lo hizo con la
hija indigente de un antiguo amigo cuyas cuentas pagara con ruinosas
consecuencias. La alianza no agradó a la familia de su primera esposa y menos a
su cuñado, un hacendado .
de
Kilkenny a quien debía dinero y a quien había ocultado su intención de volver a
casarse.
Desdichadamente,
mi madre, inocente, reveló el secreto a su tío. Como resultado, mi abuelo, que
la mañana de su día de bodas había salido a comprarse un par de guantes para la
ceremonia, fue arrestado por deudas, por denuncia de su cuñado. Es imposible censurarle
por haberse enfurecido. Pero su cólera le hizo perder la sensatez. Creyó que mi
madre le había traicionado deliberadamente para interrumpir el matrimonio por
medio de su arresto. Mi madre, que en esos momentos se encontraba de visita en
casa de unos parientes de Dublin, tuvo que escoger entre dos hogares a los que
podía regresar. Uno era la casa de una madrastra y un padre enfurecido. El otro
era la casa de su tía, que representaba la antigua esclavitud y tiranía
domésticas.
Fue
en ese momento cuando algún diablo, quizá comisionado por la Fuerza Vital para
traerme al mundo, acució a mi padre a pedir la mano de Miss Bessie Gurly. Ella
se aferró del clavo ardiendo. Se había enterado de que el tenía una pensión de
sesenta libras esterlinas anuales. Y para ella, a quien nunca se le había
permitido tener dinero y jamás se le dejó administrar la casa, sesenta libras
era una suma enorme e inagotable.
Anunció
serenamente su compromiso, dejando caer la bomba con tanta despreocupación como
si se tratara de una bolita de cristal coloreado, de su tablero de solitarios.
La gente jugaba al solitario en esa época.
En
la imposibilidad de hacerle comprender la gravedad de la situación pecuniaria,
o de inducirla a cancelar su compromiso por esa causa, sus padres jugaron otra
carta. Le dijeron que George Carr Shaw era un borrachín. Ella se negó con
indignación a creerles, recordándoles que anteriormente jamás se opusieron a
sus relaciones con George. Cuando ellos insistieron, mi madre fue directamente
hacia el y le preguntó si era cierto. Él le aseguró solemnemente que era un
abstemio convencido y de toda la vida. Y ella se lo creyó y se casaron. Pero
era cierto. Él bebía.
Sin
querer defender a mi padre por haber dicho esta colosal mentira, debo explicar
que, en principio, era un abstemio convencido. Por desgracia, lo que le daba
esa convicción, que lamentablemente se sentía incapaz de llevar a la práctica,
era el horror de sus propias experiencias de dipsomaníaco ocasional.
No,
puedo más que imaginarme el infierno al que descendió mi madre cuando descubrió
cómo es la pobreza miserable-elegante con un esposo bebedor.
En
una ocasión me contó que cuando pasaban la luna de miel en Liverpool (de entre
todos los lugares) abrió el ropero de su esposo y lo encontró lleno de botellas
vacías. Con la primera impresión del descubrimiento corrió hacia los muelles,
para emplearse como camarera en un barco que la alejara del país. Pero en el
camino fue molestada por algunos rudos estibadores y tuvo que volverse
corriendo.
En
alguna otra parte he señalado cómo mi padre, mientras me llevaba de paseo,
fingiendo arrojarme al canal, casi lo hace de veras. Cuando regresamos a casa
le dije a mi madre, como si se tratara de un descubrimiento espantoso y apenas
creíble:
-Mamá,
creo que papá está borracho.
Eso
fue demasiado para ella.
-¿Cuándo
le has visto de otro modo? -replicó.
Decir
que desde entonces he dejado de creer en todos o en todo sería una exageración
retórica. Pero el choque que recibió mi fe en la perfección y omnisciencia de
mi padre y el descubrimiento de que era un hipócrita y un dipsomaníaco fueron
tan repentinos y violentos que deben haber dejado sus señales en mí.
La
tía de mi madre la desheredó inexorablemente, a pesar de mis encantos
infantiles.
Lo
único que mi madre recibió de ella fue el presente de un atado de pagarés
firmados por mi abuelo y que tuvo la suficiente inocencia de mostrar a éste
preguntándole qué debía hacer con ellos. Él los arrojó inmediatamente al fuego.
Eso no tenía importancia, ya que de todos modos no los habría pagado. Pero
también intentó usar un poder de mandato, contenido en el testamento del abuelo
de ella (el de la casa de empeños), para despojarla de toda participación en
los legados de éste a sus nietos. Y aunque el procurador de la familia Gurly
salvó para ella unas cuarenta libras esterlinas anuales, al negarse
absolutamente a permitir que él se saliera con la suya, el caso dejó a mi madre
convencida de que su padre era un hombre vengativo, poco escrupuloso en cuestiones
de dinero.
Luego
estaba su hermano Walter, mi tío por la rama materna. Pero era un hombre
disoluto y en una ocasión la ofendió mostrándose salvajemente violento con ella
en un arranque de ira. Siguió el camino de su padre en cuanto a los bienes.
Todos la habían desilusionado, traicionado o tiranizado.
Pero
no se sintió amargada por todo eso. Nunca hacía escenas, nunca se quejaba,
nunca regañaba, nunca castigaba ni se vengaba, no perdía el dominio de sí misma
o su superioridad, por despecho, por un berrinche o un enojo. No era débil ni
sumisa. Pero, así como nunca se vengaba, tampoco perdonaba. No había disputas
y, por lo tanto, tampoco había reconciliaciones. Uno le hacía un daño y era
clasificado por ella como una persona que hacía tales daños y tolerado
indulgentemente hasta cierto punto. Pero si finalmente uno la llevaba al
extremo de romper las relaciones, entonces la ruptura era definitiva.
Jamás
volvía a recuperarse su amistad. Entre mis "máximas para
revolucionaríos" se encuentra la siguiente: "Cuidado con el hombre
que no devuelve vuestro golpe." De mi madre había aprendido que la ira,
que se disipa gradualmente, es insignificante en
comparación
con la clara visión y la crítica, que no son creadas por la cólera y no
terminan
con ella.
En
todo sentido habla muy alto en favor de la humanidad de mi madre el que no
odiara a sus hijos. No odiaba a nadie; no amaba a nadie. La pasión maternal
específica despertó a medias en ella hacia mi hermana menor, que murió a los
veinte años. Pero no la conmovió hasta la pérdida de su hija, y aun entonces no
muy visiblemente. No se preocupaba mucho por nosotros, porque nunca se le
enseñó que la maternidad es una ciencia y que lo que los niños comen y beben
tiene suma importancia. Dejaba todo eso en manos de criados cuyo salario era de
ocho libras por año y que no sabían leer ni escribir.
Carecía
de la sensación del valor de su propia educación y no le reconocía mérito
alguno en cuanto a los resultados que proporcionaba, que posiblemente habrá
considerado como dones de la naturaleza. Pero, en cambio, tenía un profundo
sentido de las crueldades de esa educación. A medida que crecíamos y nos
veíamos obligados a cuidarnos nosotros mismos, sin ninguna guía, afrontamos las
dificultades de la vida rompiéndonos las espinillas contra ellas, conquistando
las experiencias que era inevitable conquistar, por el expediente de hacer los
tontos. En conjunto era más fácil para mi madre que el plan de su tía, y
ciertamente tenía la intención de ser más bondadoso. Lo era, es verdad, pero no
tanto como ella creía. Dejar que un ternero entre en todas las cacharrerías no
es la única alternativa que queda, aparte de aguijarlo, para hacerlo avanzar
por la calle. En resumen, mi madre, desde el punto de vista técnico de un
sociólogo moderno, no era. una madre ni una esposa, y sólo podría ser
clasificada como una anarquista bohemia de costumbres distinguidas.
Mi
padre era pobre y no había triunfado. No podía hacer nada que interesara a su
esposa y no se libró de su desdichada y vergonzosa afición a la bebida
(eventualmente consiguió hacerlo) hasta que fue demasiado tarde para que ello
produjera algún afecto en sus relaciones. Si no hubiera sido por la
imaginación, la idealización, el encanto de la música, el encanto de hermosos
mares y puestas de sol y nuestra natural bondad y mansedumbre, es imposible
decir que bárbaros cínicos no podríamos haber llegado a ser.
La
salvación de mi madre se operó por la vía de la música. Tenía una voz de
mediosoprano de extraordinaria pureza de tono y para cultivarla tomaba
lecciones de George John Vandaleur Lee, ya renombrado en Dublin como director
de orquesta y organizador de conciertos. Era un profesor de canto tan
heterodoxo y original, que para sus funciones confiaba en aficionados enseñados
por él. Sus rivales profesionales, a quienes despreciaba como destructores de
voces y que en verdad, en su mayoría, lo eran, le detestaban. Extendía esta
crítica a los médicos y nos asombraba a todos comiendo pan moreno, en lugar de
comer el blanco, y durmiendo con la ventana abierta, costumbres que yo he
adquirido y practicado desde entonces. Su influencia en nuestro hogar, del cual
finalmente se convirtió en miembro, me acostumbro a ser escéptico en punto a
autoridades académicas, escepticismo que todavía persiste en mí.
No
solo enseño a cantar a mi madre con un método que le conservo perfectamente la
voz hasta la muerte, producida después de los ochenta años de edad, sino que
además le dio una Causa y un Credo por los cuales vivir.
Aquellos
que conocen mi obra "Matrimonio desigual", en la cual el amante tiene
tres padres, advertirán que también yo tuve un padre natural y dos
suplementarios, en conjunto tres variedades que yo podía estudiar. Esto amplio
considerablemente mis perspectivas. Los padres naturales deberían tener en
cuenta que cuantos más padres suplementarios encuentren sus hijos, en la
escuela o en cualquier otra parte, tanto mejor sabrán que es necesaria toda
clase de gente para formar un mundo. Y también que, aunque siempre existe el
riesgo de ser corrompido por padres malos, los naturales pueden ser -y
probablemente el diez por ciento de ellos son- los peores de todos.
Luego
estaba mi tío Walter, por la parte materna. Durante mi infancia trabajo de
cirujano de barco en la línea Inman (ahora American) y nos visitaba entre
viajes. Había sido educado en el Colegio Kilkenny, que en su época era el Eton
de Irlanda. Como era el más pequeño de los alumnos y el único que podía
escurrirse por debajo de los portones cerrados del colegio, los chicos más
grandes le enviaban por la noche al. pueblo, para concertar citas para ellos
con las señoras de la calle.
En
recompensa le daban suficiente whisky como para emborracharlo hasta la
insensibilidad. (De paso, se sintió asombrado y horrorizado por las
homosexualidades de las escuelas públicas de Inglaterra y afirmaba que las
escuelas deberían estar, como el Colegio Kilkenny, cerca de donde hubiera
mujeres.) Tuvo que retirarse del Colegio Trinidad de Dublin, su universidad,
para recobrar la salud minada por una excesiva disipación.
Después,
como su padre -siempre corto de dinero por su costumbre de endosar las deudas
de sus amigos y de abrumarse desatinadamente de hipotecas- no podía mantenerle,
se matriculo de cirujano y acepto el puesto de la Inman. Podía aprender
materias de examen y pasarlas con relativa facilidad, y aparentemente era un
médico eficiente cuando actuaba bajo disciplina.
Era
una persona sumamente regocijante porque, como mi madre, aunque sin la dignidad
de ésta, tenía una juventud que ninguna disipación podía agotar y era robusto y
enérgico. Las blasfemias y obscenidades que utilizaba en la conversación eran
de exuberancia rabelesiana. Y en cuanto a la maxima reverentia, debida a mi
tierna edad, la tuvo conmigo menos, si ello es posible, que la que Falstaff
tenía con el príncipe Enrique.
A la
media docena de versos infantiles que me enseñó mi madre agregó un surtido de
coplillas jocosas, impublicables, que casi constituían una educación en
geografía. Estaba siempre de buen talante y lleno de un humorismo que, aunque
bárbaro en su indecencia blasfema, pertenecía a las Escrituras y a Shakespear
en la elaboración y la fantasía de su expresión literaria. Atiborrado de
lecturas de la Biblia, citaba las palabras de Jesús como modelos de agudezas
graciosas. Consideraba a las novelas de Anthony Trollope las únicas dignas de
ser leídas. (¡En esos días se las veía como audaces acusaciones a la Iglesia!)
Y su ópera favorita era Fra Diabolo de Auber. Posiblemente, si hubiera sido
cultivado artísticamente en su infancia, habría llegado a ser un hombre de
placeres refinados y hecho algo en el campo de la literatura. En cambio era un
hombre burlón, un calavera, porque nunca se le habían revelado ni negado
mejores placeres. A despecho de sus excesos, que no eran continuos, sino
juergas intermitentes de marinero 'en tierra, fue un hombre sano, vigoroso,
hasta que se casó en Norteamérica con una viuda inglesa y se estableció como
médico general en Leyton, Essex, que entonces era un distrito rural que
confinaba con el bosque de Epping. Su esposa trató de hacer que se comportara
de acuerdo con las normas inglesas, que concurriera a la iglesia, que tuviera
en cuenta los sentimientosy los prejuicios de sus pacientes, que evitara la
diversión de escandalizar la respetabilidad de los mismos o que, al menos, se
restringiera en el aspecto de sus estruendosas maldiciones. Pero era inútil.
Sus protestas no hacían más que agregar ardor a sus blasfemias. Ello no
obstante, conservó su lugar en la sociedad rural de Leyton porque era sumamente
alegre y se veía a las claras que era un caballero que guiaba su
propio
caballo y que había comprado una clientela selecta.
Pero
muy pronto el este de Londres se extendió y se tragó a Leyton. Las casas de
campo de sus pacientes fueron demolidas y reemplazadas por hileras de cajitas
de ladrillos, habitadas por empleados que usaban sombreros de copa alta y
mantenían a sus respectivas familias con quince chelines semanales. Este cambio
arruinó a mi tío. Su esposa murió de disgusto y desesperación, dejando todo lo
que poseía a los parientes de su anterior esposo. El caballo de él fue vendido;
empeñó su reloj. Sus ropas se tomaron vergonzosamente descuidadas. Y cuando él
murió y yo heredé su propiedad descubrí que los salarios del único criado que
se mantuvo fiel a él a través de todo no habían sido pagados durante diecisiete
años. Hacía tiempo ya que el padre de mi tío había hipotecado la finca hasta el
último ladrillo. Y si la herencia me hubiera llegado un par de años antes, me
habría visto obligado a repudiarla. En cambio pude pagar las hipotecas,
reconstruir las casas derruídas, ayudar a los parientes pobres y restablecer la
solvencia de la propiedad.
Finalmente
la municipalicé, debiendo conseguir previamente la sanción de una ley del Dail
(el parlamento del Eire) que me permitiera hacerlo, a mí o a cualquier otro que
quisiese seguir mi ejemplo.
Los
hijos de los anarquistas bohemios reaccionan generalmente con tanto vigor
contra su crianza que más tarde son los padres más tiránicamente
convencionales. El problema de cuánto y cuándo los niños pueden ser abandonados
a sus propios arbitrios y de cuánto es preciso guiarles y ordenarles, es la
parte más difícil de la política paterna. El príncipe Pedro Kropotkin, un
pensador comprensivo que estaba muy por encima del término medio en cuanto a
sabiduría y bondad, dijo de los niños: "No hay más remedio que
contemplar." Mi madre, si alguna vez hubiese pensado en ello, habría
dicho: "Lo único que puede hacerse es seguir el propio camino y dejar que
los hijos sigan el suyo." Pero no puede existir un método tan empírico. La
frontera entre el tutelaje y el librepensamiento varía de individuo a
individuo. Incluso dentro de la misma familia un niño no puede hacer casi nada
que no se le ordene hacer, y eso hasta que llega a la adolescencia y hace lo
que todos los demás. Pero su hermano o su hermana pueden ser tan indóciles que
no haya más remedio que entregarles a la policía como criminales o permitirles
que hagan su voluntad de genios librepensadores.
Las
gradaciones entre ambos extremos son micrométricas. Ningún chico puede ser
gobernado tan completamente que deje de tener voluntad propia; la tarea sería
demasiado pesada para cualquier padre. Pero un niño al que se le deja hacer lo
que quiere, en toda oportunidad y a toda edad, puede llegar a tragarse cerillas
o a prender fuego a la casa con ellas y a negarse a aprender el alfabeto y la
tabla de multiplicación. En general es más seguro delegar la educación del niño
en una escuela convencional, como la de Voltaire fue delegada en los jesuitas,
dejándole que reaccione por sus propias fuerzas, en lugar de correr el riesgo
de que deba aprender con dificultad, a los dieciséis años, lo que podría
habérsele enseñado fácilmente a los seis.
Pero
en cualquier caso es preciso arriesgarse. Un niño no puede ser educado en
Europa para ocupar un puesto más elevado que el de la Silla Papal. Pero podría
preguntársele a su educador: "¿Que clase de Papa? ¿Gregorio el Grande o
Alejandro Borgia? ¿Pío Nono o León XIII?" El propósito podría ser, más
bien, producir un gran ciudadano y civilizador.
Y
aun así, sólo la suerte decidiría si el resultado debe ser un Sidney Webb o un
Bakunin.
Ni
mis padres ni mis maestros se formularon jamás tales preguntas. Y si no hubiera
tenido yo la rara fortuna de ganar dinero como comediógrafo nato, podría haber
terminado en vagabundo. Mucho de lo que debería habérseme enseñado en mi
minoridad tuve que aprenderlo yo solo más tarde. Y mucho de lo que se me enseñó
tuve que olvidarlo. De modo que sólo puedo repetir que la linea demarcatoria
entre el tutelaje y el
librepensamiento
es difícil de establecer y no es, como debe serlo una ley, la misma para
todos.
Y
sin embargo la ley debe imperar en las familias numerosas y en todas las
escuelas.
Esto
complica el problema y lo aleja de cualquier solución práctica que yo pueda
sugerir.
En
la actualidad las escuelas hacen de la cuestión un lío peor que los hogares.
Mientras escribo tengo ante mí una carta de una muchacha inteligente que está
en la escuela de un convento irlandés. Me proporciona orgullosamente una lista
de las nueve materias simultáneas que estudia en clase, en distintos idiomas y
de distintas ramas del conocimiento, el dominio de cada una de las cuales
habría ocupado, durante muchos meses, todo el tiempo de un Newton en cierne.
Tal programa de estudios me deja sin habla. Pero no se infiera por ello que
estoy del lado de quienes agitan el ambiente en contra de lo que han dado en
llamar prematura presión educacional. James Mill, el padre de John Stuart Mill,
le enseñó a éste, cuando niño, las lenguas muertas clásicas. He oído a William
Morris acusar de monstruo a James por eso. Pero no estoy tan seguro de que
tenga razón. Ni siquiera el propio John estaba seguro de ello. No defiendo la
suposición corriente en las escuelas públicas plutocráticas de que un hombre es
educado cuando sabe leer latín y resolver ecuaciones de cuarto grado. Es
evidente que puede ser capaz de hacer ambas cosas y seguir siendo
peligrosamente ignorante como ciudadano. Y lo que es más, cuando, partiendo de
esa suposición, ha empollado y se le ha dirigido hasta hacerle conquistar un
título universitario, puede pasar el resto de su vida sin volver a mirar una
página de latín y llevar su contabilidad personal con la aritmética más
sencilla. No obstante lo cual me encuentro frente al hecho escueto de que la
mayoría de nosotros (incluso yo mismo) recordamos sólo los paradigmas que se
nos inculcaron en la niñez, por profundamente que filosofemos más tarde. Mis
recuerdos de la multiplicación y de las tablas de reducción a peniques, que
aprendí antes de los seis años, y las declinaciones y conjugaciones latinas,
que aprendí antes de los diez, siguen vivos en mi memoria a los noventa y dos
años de edad, en tanto que mis esfuerzos de adulto para memorizar paradigmas
similares en idiomas modernos tuvieron tan poco éxito que aconsejo a los que
los estudien que no pierdan tiempo en tratar de aprender verbos irregulares
(los del castellano, por ejemplo), sino que los hablen como si fueran
regulares. Los españoles podrán reírse, pero entenderán, que es todo lo que se
necesita. Cuando un niño inglés dice I thinked y I goed se le entiende tan
perfectamente como si hubiera dicho I thought y I went. El inglés de los culíes
chinos es tan útil como el inglés de Milton, y mucho más conciso. Nuestra manía
por las normas de corrección, llevada al punto de que cualquier transgresión de
las mismas constituya un delito moral castigable, malgasta años de nuestra
vida. Por muchos caminos que tengamos abiertos ante nosotros, nos negamos a
movernos hasta que dos de ellos son rotulados respectivamente "bueno"
y "malo", siendo el bueno tan difícil como podamos hacerlo, y el malo
el más corto y fácil.
4
VERGÜENZA
Y VANIDAD HERIDA
Un
secreto guardado durante ochenta años
Quiero
confesar ahora un secreto de mi juventud, anteriormente tan repugnante para mí
que durante ochenta años no se lo mencioné a criatura mortal alguna, ni
siquiera a mi esposa. Era para mí lo que el depósito de betún fue para Dickens.
La intensa vergüenza que él sintió por ese breve episodio puede desecharse
fácilmente como vanidad de clase.
Y
del mismo modo deseché, durante un tiempo, mi aborrecido secreto. Pero, en
rigor, éste era sumamente instructivo y explica mi total rechazo del plan
aceptado para proporcionar educación secundaria enviando a proletarios -que
hubieran ganado alguna beca- a las escuelas públicas (así llamadas) de la clase
propietaria y tomándoles luego al servicio del capitalismo, después de haberles
imbuído de la visión capitalista de la sociedad. Los proletarios así ascendidos
son frecuentemente los más reaccionarios de los que usan las Corbatas de la
Vieja Escuela. Mi veredicto es que los niños proletarios deben ser enviados a
escuelas secundarias, públicas, realmente proletarias, y que su contacto con
los jóvenes de Eton, Harrow, Wykeham y Rugby debería limitarse a las riñas
callejeras con ellos. La corbata de una escuela proletaria debe ser tan
orgullosamente ostentada y celosamente estimada como cualquier moño
capitalista, y conferir un grado de cultura tan alto, o más. Baso esta
conclusión en la experiencia que hoy, por primera vez, confieso.
Mis
primeras lecciones de latín, en el intervalo que medió desde que una
institutriz me enseñó (y me enseñó muy bien) a leer y a escribir hasta que
comencé a ir a la escuela, las recibí en privado, en la casa de mi sacerdotal
tío político, William George Carroll, donde me sentaba todos los días con sus
dos hijos y aprendía las declinaciones, conjugaciones y verbos irregulares con
bastante facilidad; tanto, que, cuando concurrí a lo que ahora es el Colegio
Wesley y entonces era la Escuela Wesleyana Conexiva, me puse a la cabeza del
Primero Intermedio de Latín.
En
la escuela no aprendí nada del programa y finalmente me olvidé gran parte de lo
que me había enseñado mi tío, si bien la escuela, fachendosamente preparatoria
para la universidad, no tomaba en serio ninguna materia, aparte del latín y
griego, una ficción de matemáticas (euclidianas), historia inglesa (en su mayor
parte falsa y calumniosa) y un poco de geografía nominal, de la que no guardo
recuerdo alguno. Las clases eran demasiado numerosas y los profesores poco
duchos en pedagogía, y casi todos tomaban la enseñanza como una forma de
ganarse la vida, de paso, hasta que lograran hacerse sacerdotes wesleya nos. No
se nos dijo una sola palabra en cuanto al significado o la utilidad de las
matemáticas. Se nos pedía simplemente que explicáramos cómo puede construirse
un triángulo equilátero por medio de la intersección de dos círculos; se nos
solicitaba que hiciéramos sumas con a, b y x en lugar de hacerlo con peniques y
chelines, cosa que me dejaba tan ignorante que terminaba por suponer que a y b
debían de ser huevos y queso y x, nada, con el resultado de que dejé de lado el
álgebra por considerarla una tontería. Y no cambié de opinión hasta que, ya
casi en los treinta años de edad, Graham Wallas y Carl Pearson me convencieron
de que en vez de enseñarme matemáticas me habían hecho hacer el tonto.
Euclides
no me ofrecía dificultad alguna; el Pons asinorum no me preocupaba. Y así,
aunque era un haragán inveterado, se esperaba que saliera bien de los exámenes.
Desgraciadamente
las preguntas del examen indicaban, no los problemas, sino los números con que
estaban señalados en el libro y de los que no estaba enterado, ya que había
aprendido las soluciones en clase. De modo que fracasé vergonzosamente.
Sólo
en literatura pudo fundar la escuela sus pretensiones de haber previsto mi
futura celebridad. Se nos hacía escribir ensayos y yo obtuve un primer puesto
con una descripción florida del estanque Liffey más abajo de los puentes. Pero
no se entregaba ningún premio ni se asignaba gran importancia a esta o
cualquier otra materia que no fuera latín.
Había
un solo método de enseñanza. En lugar de que el alumno preguntara, y el
profesor respondiera y explicara, era el profesor quien formulaba las
preguntas. Si el alumno no podía proporcionar la respuesta del libro recibía
una mala nota y al final de la semana la expiaba recibiendo no más de seis
"palmadas" (golpes en la palma de la mano con un bastón) que no
dolían lo suficiente y no lograban otra cosa que convencerme de que el castigo
corporal, para ser efectivo, debe ser cruel.
Después
de unos años de este encarcelamiento que, aunque educativamente nulo, libraba
al menos de mí a mis padres durante medio día, mi sacerdotal tío me tomó examen
y descubrió que no aprendía nada y que estaba olvidando lo que él me había
enseñado. Me sacaron del Wesleyana y me enviaron a una escuela sumamente
privada de Gasthule, entre Kingstown y Dalkey, dirigida por una familia llamada
Halpin. Esto terminó cuando nos mudamos repentinamente de nuestra villeggiatura
de Dalkey (pronúnciese Doky) a Dublin.
Y
entonces se produjo mi tragedia de farolero. He descrito en otra parte cómo
nuestra casa era compartida con George John Vandaleur Lee, director magnético y
profesor de canto audazmente original, quien fue el tutor musical y el colega
de mi madre. Parece que mis padres casi no pensaron en si yo era educado o no,
con tal de que fuera a la escuela según era la costumbre. Pero Lee, casi
completamente preocupado con la música, pensó que debía hacerse algo en ese
sentido, porque era evidente que yo no estaba aprendiendo nada, aparte de lo
que sería mejor que no aprendiera. Sucedió que precisamente entonces conoció a
cierto Mr. Peach, profesor de dibujo de la Escuela Central Modelo para Niños,
de la calle Marlborough, la que en teoría no pertenecía a ninguna secta
religiosa ni hacía diferencias de clase -pero en la práctica era católica
romana- y a la cual los chicos cuyos padres podían hacerlo llevaban
periódicamente cinco chelines y eran castigados, si no estudiaban, como en la
Escuela Wesleyana. Era una casona enorme, con altísimas verjas imposibles de
escalar y portones en los cuales, por lo que a mí atañe, podría haberse puesto
la inscripción: "Abandonad toda esperanza, los que entráis"; porque
el hecho de que el hijo de un mercader-caballero protestante y señor feudal
venido a menos pudiese pasar al otro lado de esos barrotes o relacionarse de
cualquier modo con sus enjambres de niños católicos de la pequeña burguesía,
hijos de tenderos al menudeo y de artesanos, era inconcebible desde el punto de
vista de un Shaw.
Pero
Peach había convencido a Lee de que la enseñanza era comparativamente hábil y
legítima y que las escuelas privadas más baratas y elegantes eran peor que
inútiles. De modo que se me envió a la calle Marlborough y al punto me
desprestigié fuera de la escuela y me convertí en un chico con quien ningún
joven caballero protestante se atrevería a hablar o jugar.
Pero
la situación no era la misma del lado de adentro de la verja: Allí yo era un
ser superior y durante la hora de los juegos no jugaba, sino que me paseaba con
los maestros por su paseo reservado.
Esto
no duró mucho. Estaba en mi décimotercer año de edad (1869) y aguanté de
febrero a setiembre. Por primera vez me encaré con el destino y me negue
rotundamente a volver, bajo ninguna condición, a la Escuela Modelo. Mi padre,
tan avergonzado de todo. eso como yo, y menos resuelto, me permitió salirme con
la mía. Y fui debidamente devuelto al correcto protestantismo, ingresando en
una escuela diurna de la Sociedad Incorporada para la Promoción de la Escuela
Protestante en Irlanda. Estaba situada en la calle Aungier (pronúnciese Einyer)
y tenía por nombre el de Escuela Diurna Científica y Comercial Inglesa de
Dublin. Fue cerrada en 1878. Ella fue mi última cárcel escolar. Salí de ella en
1871 para convertirme, a los quince años, en empleado subalterno de una
oficina
altamente exclusiva y distinguida, de bienes raíces, atestada de aprendices que
pagaban
por la experiencia que adquirían y que, como en su mayoría eran graduados
universitarios, respondían plenamente a las normas de los Shaw en materia de
distinción.
Pero
a ellos se les llamaba señor, en tanto que yo era simplemente Shaw.
La
cuenta de la calle Aungier era de cuatro libras esterlinas por trimestre, más
cuatro chelines por dibujo, rubro extraordinario, el único que a mis padres se
les ocurrió pagarme. El profesor de dibujo no se molestaba siquiera en fingir
que enseñaba o conservaba el orden. Una vez por semana un sacerdote daba una
clase de biblia, en la que le hacíamos objeto de toda clase de bromas y nunca
soñamos en tomar la religión en serio.
No
estoy seguro de que si la escuela de la calle Marlborough me hubiera sido
descrita como una escuela experimental modelo, no para alumnos de la
"gente vulgar", obrera, sino para los hijos de personas de recursos
modestos que se ocupaban del comercio al menudeo en lugar de hacerlo al por
mayor, no hubiera existido la posibilidad, católico o protestante, de ahorrarme
la vergüenza que sufrí. Porque ya habla comenzado a rebelarme contra la
farolería de los Shaw y era conocedor del hecho de que el sastre de mi padre
tenía una casa de campo en Dalkey, un yate en el estrecho de Dalkey y podía
permitirse enviar a sus hijos, mejor vestidos y pertrechados que yo, a costosas
escuelas preparatorias y al colegio. Clasificarle como socialmente inferior a
mi necesitado padre, cuyas cuentas jamás eran puntualmente pagadas, era tan
claramente absurdo para mí cuando contaba doce años y medio de edad como ahora,
que tengo más de noventa. Lejos de ser un fanático protestante, era un chico
ateo y me enorgullecía de ello, ya que deliberadamente había dejado de rezar
por considerarlo una práctica irracional. Y las actividades musicales de mi
madre me habían curado de mi prejuicio social contra los católicos romanos, así
como de mi creencia, inculcada, de que todos ellos iban al infierno cuando
morían. Mis inclinaciones políticas eran categóricamente fenianas. Yo no era
irrazonable; muy por el contrario: estaba demasiado abierto a la razón.
Sea
como fuere, los hechos eran demasiado empecinados. Las clases no querían
mezclarse. Sólo una suficiente igualdad de entradas que haga que las clases
puedan unirse unas con otras logrará terminar con la segregación de las mismas.
Y en mi juventud ello todavía no había sucedido. Y ha ocurrido desde entonces
solamente cuando los salarios son altos. Muchos años después de haberme quitado
de los zapatos el polvo de la Escuela Modelo almorzaba yo, un día, invitado de
honor, en la casa del vizconde de Powerscourt, aristócrata entre los
aristócratas irlandeses.
Cuando
su hija debió partir temprano para ir a Dublin, se me explicó, con tono de
disculpa, que se veía obligada a hacerlo porque esa noche concurriría a un
baile en la casa de Sir John Arnot, un acaudalado tendero de Dublin.
Me
asombré. En mi tiempo ella no podría haber hablado con un tendero -como no
fuese del otro lado del mostrador- sin ser tan completamente condenada al
ostracismo como lo fui yo cuando me plantificaron en la Escuela Modelo sin
saber qué era una escuela modelo, dejando que la confundiera con una vulgar
"Escuela Nacional" para los más pobres y bajos. Pero nunca se me
explicó tal cosa. Nunca se me explicó nada. Desde entonces he estado
descubriéndolo todo por mi cuenta.
¿Por
que la Escuela Modelo me produjo una vergüenza que era casi una psicosis? En
otra parte he dicho que mi odio estético a la pobreza y la suciedad, y a las
especies de animales humanos que ellas producen, no fue adquirido en la Escuela
Modelo, en la que mis condiscípulos no estaban peor vestidos y alimentados que
yo, sino en los barrios bajos a los que mi niñera me llevaba en sus visitas a
sus parientes, hechas mientras se
suponía
que me paseaba por los parques. Odié intensamente las experiencias así
recogidas.
Mi
naturaleza de artista, para la cual la belleza y el refinamiento eran
necesidades, se negaba a aceptar a la gente pobre como a congéneres y a los
conventillos como adecuados para ser habitados por seres humanos. Para mí eran
lugares en que sería imposible vivir. Los procesos mentales iniciados de ese
modo culminaron unos cincuenta años más tarde en la creación de mi obra
"Comandante Bárbara", en la que el santo millonario, Andrew
Undershaft, proclama estentóreamente su doctrina de que la pobreza no es el
castigo natural y apropiado del vicio, sino un crimen social comparado con el
cual nuestros esporádicos asesinatos y robos son insignificantes. Más tarde
aun, cuando mi amigo el famoso bacteriólogo Sir Almrosh Wright afirmó
despectivamente que creía que el efecto de la sanidad en la abolición de las
enfermedades es puramente estético, yo estuve sinceramente de acuerdo con él y
declaré que había hecho un descubrimiento que eclipsaría todas sus famosas
contribuciones a la historia natural de los microbios.
Finalmente,
un punto que deberá ser conquistado por nuestros psicoanalistas. Si bien
durante ochenta años no pude obligarme a mencionar el episodio de la calle
Marlborough, ahora que he quebrado el hábito del silencio avergonzado y que me
he aclarado no solo el pecho de su carga, sino también el cerebro, estoy
completamente curado. No queda ni un solo vestigio de mi vergüenza juvenil. No
persiste ya como un complejo sino como una costumbre desarraigada sin la menor
dificultad.
Esto
es ilustrativo de los fracasos y los éxitos de la psicoterapia. Los hábitos
inculcados, siendo traumáticos, son curables; los complejos innatos no lo son.
Si alguien a quien un niño considera infalible (generalmente un padre) le
cuenta a éste cualquier cosa, por absurda o imposible que sea, la aceptará como
una verdad palmaria y le será fiel sin analizarla, hasta que sea obligado a
razonar al respecto, cosa que puede no suceder jamás. Cuando en mi niñez se me
dijo que un tal Mr. Haughton que nos visitaba era un unitario, le pregunté a mi
padre que era un unitario. t1 me respondió humorísticamente que los unitarios
creían que Jesús no había sido crucificado, sino que se le vio correr ladera
abajo, al otro lado de la Colina del Calvario. Durante treinta años creí en
eso.
Mis
propios errores infantiles se me pegaban como las bromas de mi padre. Uno de
esos errores fue el de confundir los a, b, n y x del álgebra escolar con
mercancías, sin saber que eran cantidades. La mente de las personas está llena
de estas reliquias de su infancia.
Cuando
se libran de ellas (si alguna vez lo hacen) tienen tendencia a creer que los
hechos en que fundan su cambio de opinión son nuevos para ellos. En su mayor
parte han tenido durante toda su vida esos hechos ante las narices. Cuando en
mi infancia abandoné mi creencia inculcada de que la Biblia era literalmente la
palabra inspirada y dictada de un dios omnisciente, infalible y antropomórfico,
transigí secularizando el Antiguo Testamento pero no el Nuevo. Era yo quien
cambiaba, no la demostración. En la actualidad el hecho evidente de que Jehová
es un ídolo de tribu, bárbaramente distinto del "Padre nuestro que estás
en los cielos" de Jesús, no ha curado a los cristianos de la costumbre de
llamar Dios Todopoderoso, sin discriminación alguna, a Jehová y a Jesús.
Ahora
que tantos Ministros de Gabinete y Secretarios de Estado han salido de escuelas
proletarias poco distinguidas, puede que no resulte tan fácil para los lectores
ingleses, escoceses y norteamericanos entender por qué tuve que hacer un
secreto culpable de la Escuela Modelo. Pero las cosas no han cambiado donde
sigue habiendo pobreza. Los obreros manuales y los caballeros continúan siendo
especies distintas. Y la situación era mucho peor en Irlanda, cuando nací. Los
coches de ferrocarril eran de primera, segunda y tercera clase y las damas y
los caballeros no Podían viajar en tercera. En ésta no había cojines. Los
pasajeros masculinos fumaban tabaco fuerte y expectoraban en todas direcciones.
Llevaban pantalones de pana atados en la rodilla, camisas sin cuello que habían
estado tanto tiempo sin lavar que ofendían el olfato de los pasajeros de
segunda clase. Ninguno de ellos sabía leer o escribir. Para ellos la Escuela
Modelo era una universidad aristocrática de la clase media y estaba más allá de
sus más caras aspiraciones sociales. En la ciudad vivían en casas de vecindad;
en el campo compartían con su ganado cabañas de piso de tierra o alquilaban
destartalados establos. Sus escuelas, cuando las tenían, eran denominadas
Escuelas de Andrajosos. Y sus esposas usaban zapatos y medias solamente en las
grandes ocasiones, cuando concurrían a una feria o a un servicio religioso. Y
sin embargo eran humanos, a veces hasta un extremo de divinidad, y estaban tan
divididos en categorías de caballeros y sinvergüenzas natos como la Cámara de
los Lores. Estaban llenos de sus propias vanidades de clase, como lo saben
aquellos de nosotros que trataron de establecer Institutos Femeninos en las
aldeas inglesas y descubrieron que ninguna de las mujeres quería alternar con
las demás en términos de igualdad social.
Pero,
lo repito, esos rasgos de humanidad común no hacían que las clases fuesen
asociables. En una casa suficientemente amplia como para contener una cocina y
una sala, el perro favorito estaba tan a sus anchas con los criados como con
sus amos. Pero los animales humanos estaban inconmoviblemente segregados. Yo
nacía en una casa en que había cocina y sala y por lo menos un "criado
para todo servicio", que cobraba ocho libras esterlinas anuales en dinero
y se alojaba en el sótano.
Y
así los extremos de la separación de clases, aunque modificados por el progreso
del socialismo, siguen vigorosamente en vigencia. En los países en que la vasta
mayoría de los proletarios son negros, morenos o amarillos, no existe una
ficción de igualdad ni, siquiera, de similitud humana. Y yo sostengo que el
remedio no consiste en obligar a todos los sectores a concordar con las viejas
instituciones, sino en encarar el hecho de su segregación y tolerar las
escuelas proletarias, las escuelas de la pequeña burguesía, las escuela
Etonianas de casta, los coches Jim Crow1 y demás, con la diferencia de que, en
1 Se refiere a la ley Jim Crow que impera en algunos estados de Norteamérica y
por la cual se impone la tanto que la promoción social es considerada ahora
como una cuestión de facultar a los ganadores de becas del Concejo de Distrito
y del Politécnico para irrumpir en el coto cerrado de Eton, éstos deben
"mantenerse apartados" y afirmar, no su igualdad, sino su
superioridad de razas elegidas, en todos los terrenos posibles o aparentes. Los
negros, lejos de oponerse al coche Jim Crow, deben insistir en su existencia y
en que los "pobres blancos" sean excluídos de él. Los judíos deben
arrostrar a los antisemitas, no como a iguales, sino como Josué enfrentó a los
canaanitas, como ser superior elegido por la divinidad para gobernarles. Sólo
de este modo podrán cultivarse hasta llegar al punto en que sus pretensiones se
tornen tan claramente ridículas y su cultura tan general e idéntica que la
igualdad entremezclable se establezca por sí misma, como ya lo hizo cuando yo
descubrí a vizcondes irlandeses en relaciones de visita con Selfridges
irlandeses.
La
escuela de la Sociedad Incorporada, aunque era barata, protestante y elegante
como la Wesleyana, no pretendía ser preparatoria para la graduación
universitaria y excluía francamente a los clásicos de su programa de estudios.
Era para alumnos cuyos padres, como los míos, no podían darse el lujo de
enviarles al Colegio Trinidad y no tenían mayores pretensiones que las de
prepararles para el comercio, no para optar a becas. Dos o tres de los
muchachos mayores, que tenían aptitudes especiales para las matemáticas
superiores, se sentaban aparte, no en la clase, y aprendían por su cuenta. El
director permanecía en su gabinete y no tenía relaciones con los chicos más que
cuando le eran enviados para que los castigase. Se preparaba apresuradamente
para ordenarse en la que entonces era la Iglesia Establecida Episcopal
Protestante de Irlanda y estar en condiciones de ser "conmutado"
cuando Gladstone separara la Iglesia del Estado. El método de enseñanza era,
una vez más, el wesleyano.
Pero
yo no era la misma persona que fuera en la Escuela Wesleyana. El crecimiento
natural, que he descrito en mi comedia "Hombre y superhombre" como el
nacimiento de la pasión moral, se había operado en mí. En la Wesleyana jamás se
me ocurrió estudiar mis lecciones, ni decir la verdad a ese común enemigo y
verdugo, el maestro. Mis escrúpulos comenzaron en la Escuela Modelo y ya en la
calle Aungier la mentira estaba por debajo de mi nueva dignidad moral de
primero de la clase, puesto que compartía con un condiscípulo llamado Dunne,
que estuvo conmigo en la Wesleyana y había desarrollado una precocidad tan
extraordinaria que a los dieciséis años, aproximadamente, tenía el porte y la
autoridad moral de un obispo. De modo que me fue preciso mantener mi reputación
haciendo concienzudamente mis deberes de clase (sumamente insignificantes).
Sólo tuve un conflicto con la disciplina escolar. Se cometió algún desaguisado
y el maestro, para saber a quién castigar, preguntó sucesivamente a cada chico
si era el culpable. Yo me negué a responder basado en que ninguno de nosotros
estaba legalmente obligado a declarar contra sí mismo y que el interrogatorio
era una tentación que se ofrecía a los alumnos para que cayeran en el embuste.
Pasaron uno o dos días, durante los cuales me imaginé estar condenado a algún
espantoso castigo. Pero no volví a oír hablar del caso. La situación era nueva
para el cuerpo docente. Cuando las autoridades no saben que hacer, no les queda
más remedio que hacer lo que se hizo la última vez. Y, como yo había provocado
una situación sin precedentes, no hicieron nada.
Pero
no hubo más interrogatorios de este tipo. Esa fue mi primera reforma.
segregación
de la población negra en los lugares públicos, vehículos, etc.
En
la Escuela Modelo ya me había hecho valer en otro sentido. Las lecciones orales
de historia pasaban por alto a Irlanda y glorificaban a Inglaterra. En tales
ditirambos yo siempre sustituía a Inglaterra por Irlanda. Los chicos se
preguntaban qué me sucedería.
Pero
el maestro sonreía y no decía nada. En rigor yo era un joven feniano en cuanto
a mis simpatías políticas, como éstas eran entonces.
Un
incidente más en la calle Aungier. Debido a la repentina enfermedad de la
esposa del Director, mi salón de clase fue dejado durante más de una hora bajo
la vigilancia de un maestro, quien nos ordenó que no hiciéramos un solo ruido.
Nos mantuvimos silenciosos un minuto, aproximadamente. Después enloquecimos,
lanzamos rugidos y destrozamos todo lo que de destrozable había en el salón. Yo
hice lo que los demás. No desaproveché la experiencia. Muchos años más tarde
vería ocurrir dos veces la misma cosa, entre adultos: una entre un grupo de
pasajeros de primera clase de un barco y la otra en una fiesta de la Sociedad
Fabiana. No me sorprendió ver la misma escena en una película educativa rusa.
Ello me enseñó cuán delgada es la capa de barniz de la civilización burguesa y
por qué yo, como Shakespear o Dickens, no puedo ser convencido de que, sin
dirigentes y gobernantes naturales, la civilización democrática sólo puede ser
alcanzada so pretexto de la Libertad por el Sufragio Ilimitado para algún Don
Nadie incompetente, elegido por unos cualesquiera políticamente incultos,
aunque los primeros Don Nadie electos sean Napoleones. Lo más probable es que
resulten sólo ser Hitlers.
5
MI
ÉPOCA DE EMPLEADO DE OFICINA
En
una ópera de Gilbert y Sullivan un ayudante de oficina ascendido, inglés, nos
dice cómo limpiaba los vidrios de las ventanas, barría el piso y lustraba el
picaporte de la gran puerta de entrada. Yo no hice nada tan poco elegante. La
oficina era de una firma altamente distinguida de agentes irlandeses de bienes
raíces (en ese entonces la oficina de bienes raíces era considerada en Irlanda
como una profesión). Con la recomendación de mi tío Frederick, jefe de la
Oficina de Valuación de Tierras, sin la buena voluntad de la cual los agentes
de bienes raíces se habrían visto gravemente obstaculizados, yo no podía
dedicarme a ningún tipo de trabajo manual y me denominé a mí mismo empleado
ayudante. Por dieciocho libras esterlinas anuales archivaba las cartas recibidas
y las encontraba cuando eran necesarias. En una prensa de copiar sacaba copias
de la correspondencia que debía enviarse, antes de llevar las cartas al correo.
La única cuenta que llevaba era la del franqueo. Era Mandadero; llevaba
escrituras de arrendamiento de la Aduana, para sellarlas, y así sufrí las
descortesías de la Oficina de Circunlocución, acerca de la cual había leído en
"La Pequeña Dorrit". Mi almuerzo consistía en un panecillo de a
penique. Y, como debía salir 'a comprarlo, también los compraba para el resto
del personal. En ese entonces el almuerzo no era una comida importante; cuando
mucho llegaba a ser un tentempié. Más tarde, en la vida, me encontré con viejos
actores que no sabían nada de almuerzos ni entendían por qué los ensayos debían
ser interrumpidos o los actores abandonar su trabajo para almorzar.
Como
en la escuela, nada me era explicado. Cuando tropezaba con dificultades en
alguna tarea suelta, se me decía que "me fijara cómo se había hecho la
última vez". Y a eso debo mi conocimiento de cuán necesarias son las
constituciones políticas en los largos intervalos que se presentan entre
monarcas, dirigentes o dictadores capaces, cuando a las autoridades no se les
ocurre otra cosa que continuar una rutina establecida.
Yo
tenía la rara facultad de aprender y generalizar con la base de la experiencia,
aunque no sabía que fuese rara y no le asignaba ninguna importancia. No me
interesé en lo más mínimo en la agencia de tierras, pero hice un abundante
acopio de observaciones que me resultaron de utilidad cuando Henry George me
explicó su significado político. En esa época me desagradaban, simplemente, los
negocios, y no pensaba políticamente al respecto.
Al
cabo de un año, aproximadamente, se presentó una vacante repentina en el puesto
más activo de la oficina: el de cajero principal. Como esto estaba relacionado
con operaciones de banco con los clientes y la recepción y pago diario de
cheques y de toda clase de rentas, intereses, seguros y descuentos privados,
era un puesto de ajetreo y, al mismo tiempo, un cargo de confianza. La vacante
se produjo tan súbitamente que yo tuve que llenar el claro en tanto se buscaba
a un nuevo cajero, de edad madura y buena reputación. Pero como yo no
encontraba dificultades en el trabajo; y como, además, conseguí cambiar mi
caligrafía inclinada, desparramada, juvenil, por una imitación basLibrodot
Dieciséis esbozos de mi mismo Bernard Shaw Librodot 28 28 tante correcta de la
de mi predecesor; y como, por otra parte, la duplicación de mi salario (que
entonces era de veinticuatro libras) a cuarenta y ocho libras era un
considerable paso adelante, la búsqueda del cajero maduro fue, primeramente,
postergada y luego abandonada.
Yo
demostré ser un cajero y contador correcto. Aunque nunca supe cuánto tenía en
el bolsillo que había reservado para mi dinero personal, nunca tuve una
diferencia de un cuarto de penique en las cuentas de la oficina. De modo que no
era ya un ayudante de
empleado
de oficina. Era cajero principal, cajero en jefe, único cajero, parigual de
cualquiera de los miembros del personal y el más activo y responsable de todos.
Pero
no ponía el corazón en el trabajo. Jamás hice un pago sin la esperanza de no
tener que volver a hacerlo. Mas era tan poco emprendedor, y tan tímido e
indefenso en cuestiones mundanas (aunque me parece que tenía el aspecto de ser
todo lo contrario), que cada seis meses me sorprendía haciendo nuevamente el
mismo pago.
Por
otro lado la oficina me proporcionaba la compañía de un grupo de caballeros
aprendices, que pagaban gruesas sumas para aprender una profesión elegante.
Aprendían muy poco por el dinero que pagaban, aparte de trozos de ópera que yo
les enseñaba.
Recuerdo
una ocasión en que un aprendiz, encaramado en el lavabo, con el rostro asomado
por sobre la cortina que ocultaba decentemente el artefacto y que hacia las
veces de calabozo de la torre de Manrico, cantó Ah, che la morte tan
apasionadamente que no advirtió la entrada del socio principal, Charles Uniacke
Townshend, quien contempló estupefacto, con los ojos enormemente abiertos, las
facciones baladreras que aparecían por sobre la cortina y finalmente huyó
escaleras arriba, totalmente derrotado por aquella situación.
Así
era como me divertía en la oficina y gozaba de la compañía de universitarios.
Pero odiaba mi puesto y mi trabajo. Y en 1876 abandoné el empleo y me lancé
temerariamente a Londres, uniéndome allí a mi madre inmediatamente después de
la muerte de mi hermana Agnes, ocurrida en la isla de Wight.
Podría
mencionar aquí una o dos cosas más. Poco después de ingresar en la oficina se
hizo el espantoso descubrimiento de que, en lugar de ser un protestante que
concurría regularmente a la iglesia, como cuadraba a un joven recomendado por
un alto funcionario de la Oficina de Valuaciones, yo era, en cambio, lo que en
esos días solía llamarse un Infiel. Se suscitaron discusiones en las que,
siendo joven y poco adiestrado en dialéctica, fui severamente batido.
-¿De
que sirve discutir -decía Humphrey Lloyd (un aprendiz)-, si no sabes qué es un
silogismo?
Consulté
el diccionario y descubrí de qué se trataba, aprendiendo, como el burgués de
Molière, que, sin saberlo, había estado haciendo silogismos toda mi vida.
Cuando el asunto llegó a oídos de mi' empleador principal, Charles Uniacke
Townshend, columna de la Iglesia, de la Real Sociedad de Dublin y de todas las
demás instituciones de Dublin que fueran sostenibles por columnas, respetó mi
libertad de conciencia al punto de no hacer tentativa alguna de discutir
conmigo o entrometerse con mi religión o irreligión.
Pero
me exigió la promesa de que no volvería a hablar del tema en su oficina. Le di
mi palabra, contra mi conciencia, y la cumplí, no porque mi subsistencia
estuviese en peligro (jamás he vacilado en quemar mis puentes), sino porque no
tenia la intención de vivir permanentemente bajo tales limitaciones. El
incidente eliminó la posibilidad de que la vida de oficina y la agencia de
bienes raíces constituyesen para mi una carrera seria. Me avergoncé de mi
promesa. Y cuando, después que me fui, mis empleadores me dieron un hermoso
certificado, a pedido de mi padre, me mostré irrazonablemente furioso porque se
había hecho esa solicitud. Ahora (1947) me siento más bien orgulloso de dicho
documento.
No
tenia en modo alguno una conciencia clara de mi propio valor y de mi destino.
Pero
un día el aprendiz que cantaba tan apasionadamente Ah, che la ~ e observó por
casualidad que todos los jóvenes piensan que serán grandes hombres. La
impresión que esto me causó me hizo ver repentinamente, con claridad, que ese
era precisamente mi problema, aunque no podía hacer nada que me diese el más
mínimo pretexto para considerarme con derechos de nacimiento a integrar la
jerarquía de Shakespear, Shelley, Mozart, Praxíteles y Miguel Ángel. Tal
pretensión en un ayudante de oficina ascendido parecía monstruosa. Mi modestia
y cobardía juveniles me decían que yo no era más que ' un holgazán ignorante.
Pero mi mesa de escribir y mi caja me inculcaron el hábito del trabajo diario y
me enseñaron que debía aprender a hacer algo en lugar de sumirme en quimeras, y
que nada sino la habilidad técnica, la práctica, la eficiencia, en una palabra,
nada sino el dominio podría serme de alguna utilidad. Me estaba vedado el tipo
de aplomb que mis primos parecían extraer del conocimiento de que sus
tatarabuelos habían sido también tatarabuelos de Sir Robert Shaw de Bushy Park.
No puede uno sentirse impresionado por los barones como tales, si pertenece a
la república del arte. Me sentía crónicamente avergonzado y desdichado porque
no podía hacer nada de lo que quería hacer. Podía cuidar el dinero de Uniacke
Towhshen y ni soñar siquiera con robarlo (años posteriores me trajeron la
convicción de que muchas de mis proezas artísticas pueden ser menos altamente
estimadas en los libros del Ángel Registrador), pero en aquellos momentos eso
tenía menos importancia que nada. Era un índice de capacidad para un oficio que
odiaba.
Había
comenzado mi actividad literaria en esa época, aunque no la consideraba como
tal. Un antiguo condiscípulo, Matthew Edward McNulty, más tarde autor de tres
novelas descriptivas de la vida irlandesa, era funcionario del Banco de Irlanda
y había sido enviado a la filial de Newry de esa institución. Trabamos amistad,
ya que ambos éramos genios imaginarios, aunque las circunstancias nos separaron
tan eficazmente que no volvimos a vernos después de salir de la escuela. Pero
durante esos años juveniles mantuvimos una correspondencia a vuelta de correo,
nos escribimos inmensas cartas ilustradas con toscos dibujos y animadas por
dramas satíricos. Quedaba sobreentendido que las cartas debían ser destruídas
en cuanto fueran contestadas, ya que no nos hubiera agradado la posibilidad de
que la historia franca y desnuda de nuestras almas cayera en manos extrañas.
También
había hecho un valioso conocimiento, gracias al accidente de alojarme en la
misma casa en que se alojaba la persona en cuestión. Se trataba de Chichester
Bell, primo de Graham Bell, el inventor del teléfono, y, en consecuencia,
sobrino de Melville Bell, el inventor de la escritura fonética conocida con el
nombre de Idioma Visible. Su padre era Alexander Bell, autor del Declamador
Normal y, con mucho, el hombre más majestuoso e imponente que jamás vivió en
este u otro planeta. Había sido profesor de declamación en mi antigua escuela
Wesleyana Conexiva, ahora Colegio Wesley. Chichester Bell era un medico
competente que había ido a Alemania y dedicándose allí a la química y a la
física en la escuela de Helmholtz. Mi trato con él me fue de suma utilidad.
Estudiamos juntos el italiano. Y, aunque yo no aprendí italiano, aprendí muchas
otras cosas, principalmente de física y patología. Leí las Disertaciones
Clínicas de Tyndall y Trousseau. Y fue Bell quien me hizo tomar a Wagner en
serio. Yo no había oído nada de Wagner, aparte de la marcha de Tannhäuser
tocada por una banda militar de segunda categoría. Y en esa ocasión mi único
comentario fue que el segundo tema era una mala imitación del famoso aire,
compuesto de una cadena de grupettos, de la obertura del "Freischütz"
de Weber. Cuando descubrí que Bell consideraba a Wagner como un gran
compositor, me compré la partitura vocal de "Lohengrin", la única que
podía conseguirse en las tiendas de artículos musicales de Dublin. Los primeros
compases me convirtieron completamente.
Esto
me recuerda que cuando nuestra familia se separó y mi madre se fue a Londres,
yo me encontré repentinamente privado de la música, que había sido mi alimento
diario durante toda mi vida. Pero quedó el piano, aunque yo nunca lo toqué más
que para sacar de oídas una pieza, con un solo dedo. Desesperado, compré un
manual técnico de música,
que
con tenía un diagrama del teclado. Luego busqué la partitura vocal de "Don
Giovanni", propiedad de mi madre, y traté de tocar la obertura. Me fueron
necesarios varios minutos para disponer los dedos sobre las teclas del primer
acorde. Lo que yo sufrí, lo que sufrieron todos los de la casa mientras yo me
afanaba y luchaba para interpretar arreglos de las sinfonías de Beethoven y las
partituras vocales de todas las óperas y oratorios que conocía, jamás será
revelado. Al cabo aprendí lo suficiente como para tocar cualquier cosa a fuerza
de dedos. Nunca logré dominar el teclado, pero en la primera época de mi estada
en Londres hice bastantes acompañamientos estrepitosos. Y en una ocasión, en un
momento de apuro, ocupé el lugar de la mitad ausente de la orquesta, en una
función de "Il Trovatore" que el teatro Victoria (el Old Vic) de
Waterloo Road ofrecía en una noche de Entretenimiento para el Pueblo. Terminé
sin desastres y, en rigor, impuse en general mis propios tempi al afable y poco
autoritario director italiano.
Pero
esto ya estaba fuera de mi vida de oficina. Mi Héjira terminó en 1876.
6
FIN
DE UN EMPLEADO EN DUBLÍN
¿Que
convierte a un hombre en un empleado, en Dublin o en cualquier otra parte? Es
imposible hacer un empleado de un beduino. Pero es sumamente fácil conseguirlo
con un inglés. Lo único que es preciso hacer es dejarle caer en una familia
burguesa, darle un padre que no pueda mantenerle, ni darle un capital para
iniciarse, ni llevar su educación más allá de la enseñanza de la lectura,
escritura y aritmética, pero que se sienta deshonrado si su hijo elige la
profesión de mecánico. En tales circunstancias, ¿qué puede hacer el pobre
diablo sino convertirse en empleado?
Yo
también me convertí en uno. Un tío, que, como alto funcionario de un
departamento del gobierno, contaba con excelentes posibilidades para hacer
favores a la gente -esto sin hablar de que podía molestarla si le desagradaba-,
me consiguió fácilmente un puesto en una oficina sumamente distinguida. Y
todavía estaría allí si no fuera porque me zafé del empleo, desafiando toda
prudencia, y me hice un hombre de genio profesional. No soy uno de esos hombres
exitosos que pueden decir: "¿Por qué no hace usted como yo?" A veces
sueño que estoy nuevamente en esa oficina, abrumado por la sensación de que ha
transcurrido un largo período durante el cual he descuidado mis más importantes
obligaciones. No he retirado dinero del banco por la mañana, ni lo he depositado
por la tarde. No he pagado primas de seguros, ni capitaciones, ni intereses de
hipotecas.
Propiedades
enteras habrán sido vendidas, viudas y huérfanos estarán en la inopia, las
hipotecas fueron seguramente ejecutadas y la clase terrateniente de Irlanda
habrá quedado abandonada a la ruina, confusión y anarquía generales, todo por
mi inexplicable omisión de mis deberes cotidianos durante años y años, en los
cuales -cosa igualmente inexplicable- ni yo ni ninguna otra persona, de la
oficina ha envejecido un solo día. Por lo general despierto en el momento en
que pregunto a mis jefes, con la autoridad adquirida en mis años posteriores,
si se dan cuenta de lo que ha ocurrido y si piensan dejar a una persona tan
desdichadamente indigna de confianza como yo en un puesto de tanta
responsabilidad.
En
ciertos sentidos me divertí mucho más que otros empleados. Mis compañeros de
oficina eran aprendices de buena posición social, la mayoría de ellos
universitarios. Nada me impedía darme ciertos aires de tener la misma posición.
Y cuando, por asuntos de la casa, viajaba en primera clase, mis gastos no eran
discutidos. Pero, como se daba por sentado que yo era un joven que adquiría
experiencia para llegar a ser un hombre de
negocios,
nunca obtuve un sueldo suficiente para vivir, aunque durante la mayor parte de
esos cuatro años y medio ocupé un puesto de considerable responsabilidad. Había
quedado vacante en una emergencia, cuando yo sólo era ayudante de empleado. Y
como era de tal naturaleza que no podía quedar desocupado ni siquiera por medio
día, se me colocó en él como recurso transitorio; y, como muchos recursos
transitorios, me quedé donde me habían puesto. Naturalmente, ya que tenía que
estar todo el día en una oficina prefería el puesto más elevado, el trabajo más
variado, la responsabilidad mayor. No se trataba del salario. Estaba
completamente dispuesto a aceptar un salario tan grande como cualquiera
quisiera darme. Pero aun cuando hubiese seguido con la cifra inicial de
dieciocho libras anuales y se me hubiera preguntado si por esa cantidad
prefería actuar como ayudante de empleado o como socio principal, habría
elegido, sin vacilar, el puesto de socio principal. Cuando más tarde, ya
trabajando en el movimiento socialista, me tropezaba con la suposición
corriente de que la desigualdad de trabajo exige desigualdad de retribución, yo
podía replicar, por experiencia, que con el mismo argumento podía afirmarse
que, cuanto más importante el trabajo, tanto menos dinero pediría la gente por
hacerlo. Si mis empleadores me hubieran pedido que hiciera -el trabajo de una
fregona, tendrían que haber vencido mi repugnancia al mismo con un salario por
lo menos veinte veces más alto que el que me pagaban después de mi ascenso.
Como
mi padre tenía que cubrir la diferencia entre lo que me pagaba mi empleador y
lo que me costaba mi subsistencia, en resumen mi empleador estaba explotando a
mi padre. Aquél administraba las fincas de los terratenientes irlandeses, tarea
en que, ocasionalmente, los agentes eran muertos a tiros. Y así la industria
que alimentaba al país era alimentada por la industria que lo desangraba hasta
matarlo. Lo digo sin malicia; porque, en el transcurso del tiempo, yo también
heredé una propiedad y me convertí en un terrateniente irlandés ausentista, con
agente y todo. Por eso afirmo ahora que la tenencia de tierras no es siempre
necesariamente mala. Hubo, incluso en Irlanda, propietarios que hicieron por
sus tierras más de lo que éstas hacían por ellos. La propiedad irlandesa de mi
esposa le costó seiscientas libras esterlinas por año hasta que yo la convencí
de que la vendiera.
Salí
de Irlanda y me escapé del trabajo de oficina en 1876, cuando tenia veinte
años.
Más
de treinta transcurrieron antes de que volviera a pisar mi ciudad natal. Me
acometió el capricho de pasar ante la antigua oficina sin verme obligado a
entrar en ella. Por casualidad guardaba en el bolsillo un documento que tenia
que autenticar ante un Comisionado de Atestaciones. Y cuando pasé frente a la
vieja puerta vi que en el primer piso estaba la oficina de uno de ellos. De
modo que entré y trepé al primer piso. Allí fui recibido con distinguida
amabilidad por el empleado del comisionado, un caballero de la mayor
respetabilidad y dignidad, enfundado en una levita. Lamentó que su jefe
estuviera ausente por el momento. Mantuvimos entonces una amigable
conversación, en el curso de la cual le dije:
-Hace
treinta años yo era empleado en la Oficina de Bienes Raíces de abajo.
Inmediatamente
sus modales cambiaron. Con desembozado desprecio e incredulidad, respondió:
-No
le recuerdo a usted.
Yo
me quedé boquiabierto. Este hombre había estado concurriendo a la oficina todos
los días, durante los treinta años en que yo viajé por el globo y me convertí,
de empleado de oficina, en una celebridad con una docena de reputaciones. Y
parecía ser el más feliz de los dos. ¡Por cierto que me daba punto y raya en
materia de amor propio!
7
NUEVE
AÑOS DE FRACASO COMO NOVELISTA QUE TERMINAN EN TRIUNFO COMO CRITICO Héme ahí
pues, en Londres, en una situación imposible. Era un extranjero, un irlandés,
el más extranjero de todos los extranjeros cuando no ha pasado por el molino de
la universidad británica. Como lo demostraré en seguida, no carecía yo de
educación. Pero sabía lo que no saben los graduados universitarios ingleses. Y
lo que sabían ellos no lo sabía yo, o no lo creía. Era provinciano, era terco;
debía cambiar la opinión de Londres para conquistar alguna suerte de aceptación
o tolerancia.
Londres
se negó a tolerarme bajo condición alguna. Me aceptaron un artículo. Me reportó
quince chelines. Un impresor me mostró unas planchas viejas que había comprado.
Quería unos versos que concordaran con ellas, para incluirlas en unos libros de
premio escolares. Escribí una parodia de lo que me pedía y se la envié como una
broma amistosa. Para mi estupefacción, me agradeció y me pagó cinco chelines.
Yo me conmoví y le escribí un verso serio para otro grabado. Lo tomó como una
broma de dudoso gusto y allí terminó mi carrera de versificador. En una ocasión
conseguí un trabajo de cinco libras. Pero como no era de un editor ni de un
impresor, sino de un abogado amigo que quería un ensayo médico, evidentemente
para ser utilizado en una campaña relacionada con específicos medicinales, no
logré continuar mi éxito anterior.
Total:
seis libras esterlinas en nueve años. Y sin embargo se me ha llamado
advenedizo.
En
1885 William Archer me encontró en la sala de lectura del Museo Británico
estudiando la versión francesa de Deville de "El Capital", de Karl
Marx, con la partitura orquestal del "Tristán e Isolda" de Wagner al
lado. Tomó mis asuntos por su cuenta con tan buen éxito que The Pall Mall
Gazette, que aún existía, me envió libros para criticar. Y al mismo tiempo me
fue transferido el nombramiento de crítico de arte de The World, que Archer
alternaba por el momento con su tarea habitual de crítico dramático. De pronto
comencé a ganar dinero: ciento diecisiete libras en el primer año.
Archer,
un escocés con parentescos familiares que le daban un conocimiento del idioma
noruego, había caído presa del hechizo de Ibsen y me comunicó verbalmente la
magia de su favorito. Esto y nuestros puntos de vista anticlericales forjaron
un fuerte lazo de unión entre nosotros. Empero, cuando me propuso que
colaboráramos en la confección de una obra de teatro, de la que él
proporcionaría el argumento y yo el diálogo, el argumento de él fue
"construído" estrictamente según las normas que entonces eran convencionales.
Archer
propuso también que colaboráramos en un drama que había planeado en forma
sumamente primorosa, sobre los lineamientos técnicos de las obras "bien
hechas" de Scribe y la escuela francesa. Me ocupé de ello y produje dos
actos que estaban en tan abierto desafío con esos lineamientos y eran tan
distintos de lo que Archer esperaba, que rompió el convenio y mis dos actos
languidecieron durante seis o siete años, en los cuales se los leí a Henry
Arthur Jones, que entonces se encontraba en la cima de su boga de dramaturgo.
Su comentario fue: -¿Dónde está el asesinato?
Finalmente
Grein, un anglo-holandés entusiasta de Ibsen, formó un teatro de círculo, The
Independent Theatre, y después de un éxito de escándalo con Ibsen se
comprometió con la declaración de que hay en Inglaterra cientos de obras
maestras dramáticas que no son puestas en escena por los teatros comerciales.
Fabriqué
una prueba para esta suposición no respaldada. Busqué mis dos actos, les
agregué
un tercero y los hice representar por Grein. Dos representaciones fueron todo
lo que pudo permitirse. La primera provocó una sensacional mezcla de aplauso y
abucheo, que yo contrarresté exitosamente con un discurso ante el telón bajado.
Una recepción unánimemente favorable de la segunda fue seguida de una discusión
periodística de la obra que duró dos semanas. Se me acusó de folletista carente
de talento dramático. Pero todos los efectos escénicos que había planeado
salieron a la perfección y eso fue lo que me convenció de que era un maestro
nato del teatro.
En
1888 fue fundado The Star y, por consejo de H. J. Massingham, fui invitado a
integrar su personal político. Pero ni uno de mis artículos fue considerado
publicable.
Entonces
propuse, como compromiso, que se me cediera todas las semanas una columna del
periódico para llenarla con algún material no político; música, por ejemplo.
Esa columna, que firmaba Corno di Bassetto (nombre italiano del clarinete de
tenor), era una mezcla de payasadas y críticas genuinas. Fue un éxito.
En
1890 el extinto Louis Engel, el más odiado crítico musical de toda Europa y
colega de Archer en The World, se metió en un berengenal y tuvo que salir del
país. Archer aseguró inmediatamente a Edmund Yates, el director del periódico,
que Corno di Bassetto era el único sucesor posible de Engel. Y entonces dejé a
The Star y, firmando G.
B.
S., escribí en The World, todas las semanas, una página de música, hasta la
muerte de Yates, en 1894, en que me pareció que debía buscar otro director que
poseyese las cualidades del difunto, uno que no tuviese miedo de todo lo que
fuese desusado y que supiese hasta qué punto podía arriesgarse con las
novedades y las heterodoxias que hacen legible una crítica. Por lo tanto
renuncié y en 1895 acepté el puesto de crítico de teatro que me ofrecía Frank
Harris, quien acababa de ser nombrado director de The Saturday Review.
Harris
había emigrado a Norteamérica, donde corrió aventuras como vaquero, como obrero
empleado en la construcción del puente de Brooklyn, como gerente de hotel y
como abogado. Regresó a Inglaterra con la moral, los modales y la conversación
de un bucanero, combinados con una voz y una elocución que le conferían una
imponente distinción personal y aseguraban su aceptación a primera vista por
parte de la sociedad profesional y política inglesa. Pero su amor se volcaba en
la literatura. Sabía distinguir un artículo malo de uno bueno. Y prefería los
buenos a los malos. No tenía miedo de la heterodoxia y en verdad ni siquiera
sabía que fuese peligrosa. Porque creía ser un santo con ribetes de Cristo y no
abrigaba sospecha alguna de que en Londres habría pasado más fácilmente por
otro capitán Kidd.
En
una palabra: el hombre que necesitaba. Y yo, el hombre que él necesitaba.
Sabiendo
que trataría de intimidarme si yo no le intimidaba primero a mi modo irlandés,
convine con el las mismas condiciones que con Yates. Cerramos trato con seis
libras semanales. Yates me pagaba cinco. No era una mala retribución para esos
días.
Como
el drama era un culto menos segregado que la música, mi fama creció súbitamente
de un envión. Y en adelante, por muchos años, mi apellido apareció muy pocas
veces en letras de molde que no fuera precedido del adjetivo
"brillante", que tanto me desagradaba, ya que sugería una
resplandeciente superficialidad que yo aborrecía.
Pero
no pude quitármelo de encima.
8
EN
LOS DÍAS DE MI JUVENTUD
De
la revista del extinto T. P. O'Connor, intitulada P. A. G. (Principalmente
Acerca de la gente.) La fecha de mi colaboración es el 17 de setiembre de 1898.
Mi
querido T. P.:
Todas
las autobiografías son mentiras. No quiero decir que sean mentiras
inconscientes, inintencionadas: quiero decir mentiras deliberadas. Ningún
hombre es lo suficientemente malo como para decir la verdad acerca de sí mismo
durante su vida, involucrando en ella la verdad acerca de su familia, sus
amigos y sus colegas. Y ningún hombre es lo suficientemente bueno como para
decir la verdad a la posteridad en un documento que oculta hasta que no queda
vivo nadie que pueda contradecirle.
Hablo
con tanta más confianza del tema cuanto que yo mismo he intentado el
experimento - entro de ciertos tímidos límites- de mostrarme sinceramente
autobiográfico. Pero no logré producir una impresión permanente, porque nadie
me creyó. En una ocasión le revelé a un crítico colega (A. B. Walkley) algunos
hechos acerca de mi familia.
Mi
abuela paterna tuvo quince hijos en los primeros veintidós años de matrimonio y
quizás habría tenido quince más si su esposo hubiera sobrevivido a la
experiencia.
Consiguió
criar a once de los quince, proveyéndome de este modo de casi una docena de
tíos y tías y de innumerables primos solamente del lado de mi padre. Mi abuelo
materno se casó dos veces y tuvo ocho hijos, de los cuales sólo uno murió
soltero y sin hijos.
Tales
familias son raras hoy en día. Pero en Irlanda, a mediados del siglo
diecinueve, no les dábamos ninguna importancia, a pesar de lo difícil que nos
era mantenerlas. Como la mayoría de los clanes fértiles, el mío no se componía
exclusivamente de abstemios. Y no todos sus miembros permanecían hasta su
muerte dentro de las normas sumamente moderadas de la cordura legal. Uno de
ellos descubrió un método perfectamente original de suicidio. Era sencillo
hasta rayar en lo trillado, pero a ningún ser humano se le había ocurrido
antes. Pero en el acto de ponerlo en práctica se le atascó a mi pariente el
mecanismo de su corazón y murió un segundo antes de conseguir matarse. El
jurado del juez de instrucción descubrió que había muerto "por causas
naturales" y se mantuvo el secreto del suicidio, no revelándolo ni al
público ni a la mayor parte de la familia.
Yo
revelé ese secreto a Walkley en una conversación privada. Este estalló en
estruendosas carcajadas y publicó toda la historia en su causerie siguiente. Ni
por un momento se le ocurrió que fuera cierta. Entretanto puede imaginarse
hasta qué punto quedé comprometido ante la viuda, los hermanos y las hermanas
del difunto.
En
dos ocasiones de mi vida di instrucciones prosaicamente veraces a mis
procuradores y tuve la sorpresa de descubrir que no habían sido cumplidas.
Creían ellos que yo inventaba novelas o que bromeaba.
Si
tratara de escribir aquí una autobiografía genuina, me encontraría con la misma
dificultad. Ofendería mortalmente a los pocos parientes que sabrían que lo que
escribo es verdad. Y ninguna otra persona me creería.
Además
me encuentro en nuevas dificultades porque todavía no he averiguado la verdad
acerca de mí mismo. Por ejemplo: ¿hasta qué punto estoy loco y hasta qué punto
cuerdo? No lo sé. Mi talento específico me ha permitido hacer viso en mi
profesión, en Londres. Pero un hombre, como Don Quijote, puede ser lo
suficientemente inteligente como para hacer viso y, al mismo tiempo, estar loco
de remate.
Un
crítico me describió recientemente diciendo que "siento un bondadoso
desagrado hacia mis congéneres". Temor hubiera sido más exacto que
desagrado, porque el hombre es el único animal que me inspira un miedo completo
y cobarde. Nunca me ha inspirado gran respeto el valor del domador de leones.
Al menos él, dentro de la jaula, está a salvo
de
otros hombres. Un león bien alimentado es menos peligroso. No tiene ideales, no
pertenece
a ninguna secta, partido, religión ni clase. En una palabra, no tiene motivo
alguno para destruir algo que no quiere comer. En la guerra de México los
norteamericanos incendiaron la flota -española y finalmente tuvieron que sacar
a los heridos, arrastrándolos, de los barcos que se habían convertido en
hornos. El efecto que ello produjo en uno de los jefes norteamericanos fue el
de inducirle a reunir a sus hombres y decirles que quería declarar ante ellos
que creía en Dios Todopoderoso.
Ningún
león habría hecho tal cosa. Cuando leí el relato del incidente y observé que
los periódicos, representantes de la opinión pública normal, parecían
considerar el caso sumamente honroso, natural e impresionantemente piadoso,
llegué a la conclusión de que yo debía de estar loco. De cualquier modo, si yo
estoy cuerdo, el resto del mundo no debería estar suelto. Ni yo ni el mundo
podemos ver las cosas tales como ellas son.
Mi
padre era un caballero irlandés protestante, de la rama venida a menos de los
segundones. No tenía herencia, ni profesión, ni habilidad manual alguna, ni
aptitudes de ninguna especie para una función social definida. Debe de haber
tenido una educación elemental, porque sabía leer, escribir y hacer cuentas con
más o menos inexactitud y hablaba y se vestía como un caballero irlandés
educado y no como un mozo de cuerda de ferrocarril. Pero lo cierto es que no
tenía un título universitario y jamás le oí hablar de escuela o colegio alguno
del que pudiera pretender haber sido alumno. Empero había sido educado en la
creencia de que todos los Shaw tenían una innata virtud de nobleza, como
partidarios de Guillermo el Conquistador (Guillermo el holandés, de gloriosa,
piadosa e inmortal memoria, no el aventurero normando) y dueños de heredades en
Irlanda. Los hijos menores que tenían alguna habilidad sobresaliente se
dirigieron a Dublin, donde uno de ellos fundó el Banco Real, que, en mi niñez,
los ancianos todavía llamaban el Banco de Shaw. Fue hecho barón y fundó la rama
de los Shaw de Dublin en una mansión familiar llamada Bushy Park, más allá de
Rathfarnham. Mi padre fue primo segundo del barón y gozó del privilegio de
alquilar un carruaje y concurrir a los funerales de Bushy Park, aparte de tener
el derecho de ser invitado a ciertas fiestas familiares.
Todos
los Shaw eran necesariamente protestantes y "snobs".
Con
la base de su "snobismo", mi padre, después de condescender a aceptar
uno o dos empleos de oficina, consiguió defender las pretensiones de su familia
en el Estado con suficiente buen éxito como para obtener un puesto en los
Cuatro Tribunales (el Palais de Justice irlandés). El puesto fue abolido y se
pensionó a mi padre. Él vendió la pensión y se lanzó al comercio de cereales,
del cual no tenía el más mínimo conocimiento. Y, por lo que puedo juzgar, no lo
adquirió hasta el día de su muerte. Había un molino, campo adentro, que quizá
se pagaba a sí mismo, puesto que la maquinaria funcionaba continuamente. Pero
creo que su utilidad principal consistía en divertirnos, a mí y a mis dos
alegres compañeros, los hijos del socio de mi padre.
Pienso
que Irlanda, por lo que se refiere a la pequeña burguesía protestante, es el
país más irreligioso del mundo. Yo fui bautizado por mi tío. Y como mi padrino
estaba borracho y no apareció, el sacristán recibió la orden de prometer y
hacer el voto en mi lugar, tal como mi tío podría haberle ordenado que echara
más carbón al fuego de la sacristía. Yo no tenía concepto alguno de la seriedad
con que las familias inglesas toman la ceremonia, porque el protestantismo no
era entonces una religión, sino un partido en una facción política, un
prejuicio de clase, una convicción de que los católicos romanos son personas
socialmente inferiores que irán al infierno cuando mueran y dejarán el Cielo en
la exclusiva posesión de las damas y los caballeros protestantes. En mi niñez
me
enviaban
todos los domingos a la escuela dominical, donde los chiquillos distinguidos
repetían
versículos bíblicos y recibían de premio tarjetas con más versículos inscritos
en ellas. Al cabo de una hora de eso se nos llevaba a la iglesia contigua (la
Molyneux de la calle Leeson Superior), donde nos sentábamos en torno a las
barandas del altar y nos removíamos hasta que nuestros vecinos, seguramente,
deseaban, tan sinceramente como nosotros, que terminara el servicio. Lo
soporté, no por mi salvación, sino porque la respetabilidad de mi padre lo
exigía. Cuando nos fuimos a vivir a Dalkey dejamos de lado la observancia y
jamás volvimos a retomarla.
El
hecho de que ningún obrero concurriera nunca a ella contribuía a hacer que la
"iglesia" fuese un vivero de todos los vicios sociales. En Inglaterra
los sacerdotes se mezclan con los pobres y a veces tratan desesperadamente de
hacerles concurrir a la iglesia. En Irlanda los pobres son católicos romanos
(mi abuelo orangista les llamaba papistas). La Iglesia Protestante no tiene
nada que ver con ellos. No puedo afirmar que en Irlanda, en mi época, todos los
protestantes estuvieran en peor situación por culpa de lo que llamaban su
religión. Sólo puedo responder por los que yo conocí.
¡Imagínese
que le enseñaran a uno a despreciar a los obreros y a respetar a los
caballeros, en un país en que todos los jirones de excusa con que cuenta la
nobleza son arrancados por la pobreza! ¡Imagínese que le enseñen a uno que no
existe más que un Dios, un protestante y un verdadero caballero, que hace del
Cielo un lugar selecto para la pequeña burguesía, contra ese impostor idólatra
que es el Papa! ¡Imagínese las pretensiones de los pares ingleses, basadas en
las rentas de la clase media inglesa!
Recuerdo
que Stopford Brooke me dijo un día que descubría en mis libros un intenso y
despectivo odio hacia la sociedad. ¡No es de extrañar! Si no hubiera sufrido en
mi infancia por esas cosas, quizás habría podido conservar la serenidad al
respecto. Para el que lo ve desde afuera, no hay más que comedia en el
espectáculo de un desolado grupo de mercaderes protestantes en un país
católico, dirigidos por una pequeña plutocracia de corredores de seguros,
médicos y agentes de tierras y camuflados por ese sector de la burguesía
terrateniente que, demasiado abrumada por las hipotecas como para huir a
Londres, juega a constituir una Corte y una aristocracia, regidas por un
exilado virreinal a quien se le convence de que acepte el puesto de gobernador
de Irlanda y el sueldo de veinte mil libras anuales, que le deja con pérdidas
pero convierte a su esposa en reina delegada. A estas ficciones, que
representaban continuos embustes en cuanto a rentas y posición social, eran
sacrificadas todas las realidades de la vida.
Pues
bien, ¿qué fuerza encontré en Irlanda lo suficientemente religiosa como para
redimirme de esa abominación de la desolación? Muy sencillo: la del Arte. Por
casualidad mi madre poseía un considerable talento musical. A fin de ponerlo en
práctica seriamente se veía obligada a relacionarse con otras personas que
tenían talento musical.
Mi
primera duda en cuanto a si Dios podía ser realmente un buen protestante me fue
sugerida por el hecho de que las mejores voces disponibles para combinar con la
de mi madre en las obras de los grandes compositores habían sido
inexplicablemente concedidas a los católicos romanos. Incluso la nobleza divina
fue muy pronto puesta en duda, porque algunos de los vocalistas eran,
innegablemente, tenderos. Si bien el mejor tenor, sin duda alguna un cristiano,
era por lo menos tenedor de libros, el bufo era un papelero.
No
había otra salida. Si mi madre quería hacer algo más que cantar tontas baladas
en los salones, debía relacionarse, sobre un pie de igualdad enteramente
carente de sectarismo, con gente de parejas dotes artísticas, sin hacer el
menor hincapié en diferencias de credo o clase. Debía permitir que la abordaran
sacerdotes católicos y, por
invitación
de éstos, entrar en esa casa de Belial, la capilla católica romana, y cantar en
ella las Misas de Mozart. Si la religión es lo que une a los hombres entre sí,
y la irreligión lo que les separa, entonces debo declarar que descubrí la
religión de mi país en su genio musical, y su irreligión en sus iglesias y
salones.
Permítaseme
agregar una palabra de gratitud para ese apreciado asilo de mi niñez, la
Galería Nacional de Irlanda. Creo que soy el único irlandés que la ha visitado,
aparte de sus funcionarios. Pero sé que ella hizo más por mí que las dos
catedrales medievales confiscadas, tan magníficamente "restauradas"
con las ganancias de la industria de las bebidas alcohólicas.
También
de la naturaleza aprende uno en todas partes. Ella torna melancólicos a muchos
irlandeses y les hace moquear por "los días que se han ido". Hace muy
poco tiempo se me propuso que ayudara a elevar a mi oprimido país reuniéndome
con otros irlandeses para cantar las glorias del 1798. El 1798 no me interesa
en lo más mínimo.
Hasta
que los irlandeses se dediquen seriamente a estudiar la posición que deberá
ocupar Irlanda en 1998, recibirán muy poco patriotismo de su sincero G. BERNARD
SHAW Londres, 1898.
9
QUIEN
SOY Y QUE PIENSO
Este
catecismo apareció en una revista de corta vida, llamada "El Amigo
Sincero", en dos números, el 11 y el 18 de mayo de 1901.
Me
pide usted que le diga algo acerca de mis padres y de la influencia que éstos
han tenido en mi vida.
Es
imposible proporcionarle una visión a lo RougonMacquart de mí mismo, en menos
de veinte volúmenes. Permítame que le cuente algo acerca de mi padre. Cuando yo
era niño me dio mi primer chapuzón en la bahía de Killiney. Precedió el acto de
una exhortación sumamente seria en cuanto a la importancia de aprender a nadar,
que culminó con estas palabras: "Cuando yo tenía apenas catorce años mi
conocimiento de la natación me permitió salvar la vida de tu tío Robert."
Luego, viendo que yo estaba profundamente impresionado, se inclinó y me dijo al
oído con tono confidencial: "Y, para decirte la verdad, nunca en mi vida
lamenté nada tanto como eso." Y a renglón seguido se, zambulló en el
océano, gozó de una sesión sumamente refrescante de natación y rió durante todo
el camino de regreso.
Nunca
he tratado conscientemente de conseguir un anticlímax; ellos se dan
naturalmente en mis escritos. Pero no cabe duda de que existe alguna relación
entre la risa de mi padre y el placer producido en el teatro por mis métodos de
autor de comedias.
¿Cuándo
sintió por primera vez inclinaciones a escribir?
Nunca
sentí inclinaciones a escribir, como nunca me sentí inclinado a respirar. Jamás
se me ocurrió que mi sentido literario fuese excepcional. Alababa, en cambio, a
todos los que lo poseían, porque, para el hombre que la posee, no existe nada
de milagroso en una facultad natural. En arte, el aficionado, el coleccionista,
el entusiasta son los que carecen de la facultad de producirlo. El veneciano
quiere ser soldado de caballería, el gaucho querría ser marinero, el pez quiere
volar y el pájaro nadar. Yo nunca quise escribir. Ahora conozco, naturalmente,
lo raro de la facultad literaria, pero ni aun así la deseo. No se puede desear
una cosa y tenerla al mismo tiempo.
¿Qué
forma asumió al principio su obra literaria?
Recuerdo
que cuando era un muchacho elaboré un cuento corto y lo envié a cierto
periódico
juvenil. Trataba de un hombre con una escopeta, que atacaba a otro hombre en el
Valle de las Tierras Bajas. La escopeta era mi centro de interés. Mi
correspondencia con Edward McNulty anuló mi incipiente energía literaria.
Llevé
otra larga correspondencia, esta vez con una dama inglesa (Elinor Huddart),
cuyas novelas férvidamente imaginativas la habrían hecho conocida si yo hubiera
podido convencerla de que hiciera público su nombre, o al menos de que
retuviera su seudónimo literario en lugar de cambiarlo en cada libro. Mis
primeras obras fueron, virtualmente, las cinco novelas que escribí de 1879 a
1883 y que nadie quiso publicar. Comencé una obra profana sobre la Pasión, en
la que la madre del protagonista era una arpía, pero no logré terminarla.
Afortunadamente para mí siempre fui un fracasado para las cosas superficiales.
Mis tentativas de hacer Arte por el Arte mismo no tuvieron ningún éxito.
Era
como querer clavar clavos a martillazos en hojas de papel de escribir.
Pregunta
usted cuándo comencé a interesarme por las cuestiones políticas y en qué forma
afectaron éstas mi trabajo.
Bien,
ya sabe que a principios de la década del 1880 escuché una conferencia de Henry
George y que ella me abrió los ojos en cuanto a la importancia de la economía.
Leí a Marx. Pues el verdadero secreto de la fascinación de Marx es el atractivo
que ofrece a una pasión innominada y no reconocida: el odio que las 'personas
más generosas del sector respetable y educado sienten hacía las instituciones
de la clase media que las hambrearon, frustraron, mal encaminaron y
corrompieron desde la cuna. "El Capital" de Marx no es un tratado
sobre el socialismo; es una jeremiada contra la burguesía, respaldada por una
masa de pruebas oficiales y un implacable talento judío para la acusación. Fue
dirigido a las masas obreras. Pero los obreros respetan a la burguesía y quieren
ser burgueses. Fueron los hijos rebeldes de la propia burguesía, Lassalle,
Marx, Liebknecht, Morris, Hyndman (agréguese a Lenin, Trotsky y Stalin), todos
ellos burgueses, como yo, quienes dieron su color rojo a la bandera. Bakunin y
Kropotkin, pertenecientes a la nobleza y a la casta militar, fueron nuestra
extrema izquierda anarquista. Las clases de los segundones profesionales y
empobrecidos constituyen el elemento revolucionario de la sociedad, como bien
lo sabía Disraeli, el tory demócrata.
Marx
me hizo socialista y me salvó de convertirme en un literato.
¿Cuál
fue su primer éxito verdadero? Dígame qué sintió en esa oportunidad. ¿Alguna
vez desesperó de poder triunfar?
Nunca
tuve éxito alguno. En ese sentido, el éxito es una cosa que le asalta a uno y
le quita la respiración, como asaltó a Byron, a Dickens y a Kipling. Lo que me
asaltó a mí fue un repetido fracaso. Cuando las derrotas fueron disminuyendo yo
estaba demasiado enterado como para asignar gran importancia al éxito o a los
fracasos.
La
pobreza, ¿es un obstáculo en el camino del éxito u obra como incentivo para
lograrlo?
La
pobreza y la falta de comodidad -comodidad que sólo el socialismo puede
daresterilizan desastrosamente a ese pequeño porcentaje de la población que ha
sido dotado por la naturaleza de la capacidad de pensar y dirigir, sin el cual
el socialismo es imposible.
Pero
si usted se refiere a la pobreza vergonzante, entonces lo único que puedo
decirle es que nuestro sistema social está tan irreflexivamente organizado que
resulta imposible saber cuál es el mayor obstáculo para un 'escritor: si el
dinero o la falta de él. No podría comprometerme a volver a escribir The
Pilgrim's Progress y Fors Clavígera como si Ruskin hubiera sido un hojalatero y
Bunyan un caballero de recursos independientes.
Pero
si bien no estoy seguro de que la falta de dinero estropee a un hombre pobre
más de lo que su posesión estropea a un rico, estoy completamente cierto -de
que la clase que tiene las pretensiones, los prejuicios y las costumbres de los
ricos sin su dinero, y la pobreza de los pobres sin la franqueza necesaria para
confesarla -la clase que no concurre al teatro porque no puede pagarse una
butaca y se avergüenza de ser vista en cazuela-, es la que está en peor
situación de todas. Estar en la cuesta abajo, desde el cenit de la haute
bourgeoisie y la clase media terrateniente hasta el nadir en que el biznieto de
los segundones abandona la lucha por guardar las apariencias, en la
imposibilidad de hacer que trescientas libras esterlinas anuales parezcan ochocientas
en Irlanda y Escocia, o que quinientas parezcan cinco mil en Londres; no ser
educado en la escuela proletaria ni en la politécnica, sino en alguna barata
academia privada, elegida al azar, para los hijos de los caballeros; excluir a
los pobres de la lista de personas visitables y descubrir después que el resto
del mundo lo excluye a uno, todo eso es la pobreza en su aspecto más
detestable.
Y,
sin embargo, buena parte de nuestra literatura y periodismo ha surgido de ella.
Piénsese
en la humillación de Dickens niño en el almacén de betún y en su constante
resentimiento por el hecho de que su madre quiso mantenerle allí. Piénsese en
Trollope estudiando en una escuela para las clases superiores, con agujeros en
los pantalones porque su padre no se resignaba a desprenderse de un criado.
¡Puf! Importa poco que uno sea un vagabundo o un millonario; lo que sí importa
es ser pariente pobre de un rico, y eso es lo peor.
El
comunismo fue mi salvación. Aunque carecía casi de dinero, tenía una magnífica
biblioteca en Bloomsbury, una inapreciable galería de cuadros en la plaza
Trafalgar y otra en Hampton Court, sin sirvientes a los que cuidar ni
alquileres que pagar. Y la naturaleza me había concedido el cerebro necesario
para usarlas. En cuanto a la música profesional, más tarde se me llegó a pagar
para que me saturara de la mejor que podía encontrarse desde Londres hasta
Bayreuth. ¿Amigos? Mi lista de visitas ha sido siempre de un valor
incalculable.
Después
de todo, ¿qué podía haber comprado con dinero más que suficiente para
alimentos, vestidos y alojamiento? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo.
¿Treinta juegos de trajes elegantes? La gente a la que deseo evitar me habría
invitado a cenar si hubiese permitido que me convenciesen de que usara esas
cosas. Ahora ya puedo permitirme todo eso, pero no compro nada que no comprara
antes. Además, tengo imaginación. Desde que poseo memoria no he tenido más que
cerrar los ojos para hacer lo que quería. ¿Qué son esos lujos- de relumbrón de
la calle Bond para mí, George Bernard Sardanápalo? Agoté los ensueños diurnos
románticos antes de llegar a los diez años de edad. Los novelistas populares
escriben ahora los cuentos que yo me contaba a mí mismo (y a veces a otros)
antes de cambiar mi primera dentadura.
Algún
día trataré de descubrir una genuina psicología de la novela escribiendo la
historia de mi vida imaginada: duelos, batallas, lances amorosos con reinas y
todo. La dificultad reside en que gran parte de ello es demasiado crudamente
erótico como para poder ser escrito por un escritor que tenga alguna
delicadeza. (Cuando escribía esto, en 1901, no creía que un autor tan
completamente carente de delicadeza como Sigmund Freud pudiera, no sólo
aparecer en figura humana, sino, además, hacerse tan famoso, e incluso
instructivo, gracias a su defecto, como podría lograrlo un ciego que escribiera
sobre pintura. Y no supuse tampoco que llegara a levantar la excomunión a los
graves tratados sobre el sexo, de Havelock Ellis. )
¿Qué
opina del periodismo como profesión?
El
periodismo diario, como que está más allá de las fuerzas y la resistencia
mortal, adiestra a los literatos para que hagan una frangolla de su trabajo.
Por lo menos un artículo semanal es posible. Yo hice uno durante diez años,
preocupándome todo lo que me era posible por llegar al fondo de cada una de las
frases que escribía. Hay una indescriptible ligereza -no trivialidad, nótese
bien, sino ligereza o levedad-, algo del reino de los duendes, en las
conclusiones del escritor que quiere encarar la tarea de bucear para ellas. Las
verdades a medias son congruas, pesadas, serias, sugerentes de un filósofo de
edad madura o avanzada. Las conclusiones plenamente razonadas son a menudo lo
primero que aparece en el cerebro de un tonto o un niño. Y resulta no sólo
sorprendente, sino divertido, cuando el razonador se abre paso por la fuerza
para llegar a ellas, a través de las varias capas de sus propias falsedades.
Diez
años de esa tarea representaron un aprendizaje que me convirtió en maestro en
mi profesión. Pero no era periodismo cotidiano. Yo no habría podido alcanzar la
calidad que alcancé si hubiera querido hacer algo más que un articulo semanal.
Y ni siquiera habría podido hacer eso si durante el resto de la semana no me
hubiese hundido hasta el cuello en otras actividades, adquirido otras
eficiencias y atiborrádome al mismo tiempo de vida y de experiencia. Mis
entradas de periodista comenzaron en 1885 con ciento diecisiete libras, cero
chelines, tres peniques. Y terminó con unas quinientas libras, habiendo yo
llegado ya en esa época a la edad en que descubrimos que el periodismo es una
gran ayuda para un joven y no la subsistencia de un anciano. Por lo tanto -saco
en conclusión-, incluso el periodismo semanal es sobrehumano, excepto para los
jóvenes. Los de más edad deben hacer un periodismo frangollón y los jóvenes
deben vivir sencilla y frugalmente si quieren llevar su autoridad al plano en
que se les permite decir lo que piensan. Es claro, no hacen nada de eso. Si lo
hicieran, el periodismo les adiestraría en literatura como ninguna otra cosa
puede lograrlo. Les adiestraría, pero no lo hace. En cambio, les arruina. Si
uno quiere plantear un problema, un periodista práctico puede hacerlo, con un
aire que se parece lo más posible al ofrecimiento de una solución. Pero jamás
la ofrece. No tiene tiempo para ello. Y no le pagarían mejor por las
soluciones, aunque lo tuviera. De modo que esboza el planteo y esquiva la
solución.
¿Fué
siempre usted vegetariano? ¿Cómo se convirtió al vegetarianismo?
No.
Fuí caníbal durante veinticinco años. El resto de mi vida he sido vegetariano.
Fué Shelley quien por primera vez me abrió los ojos al hecho de lo salvaje de
mi dieta. Pero sólo en 1880, aproximadamente, el cambio de régimen alimenticio
me fue facilitado por el establecimiento de restaurantes vegetarianos en
Londres.
Mi
vegetarianismo produce un extraño efecto en mis críticos. Uno lee un artículo
que pretende ser un análisis de mi último libro y descubre que lo que el
crítico realmente hace es defender su vida privada contra la mía, y que lo que
se lee es la apologia pro sua vita de un hombre profundamente ofendido. El
crítico trata de llevar a cabo su habitual e imponente trabajo de pluma, pero
le ahoga la sangre del Establo Abastecedor Deptford y los espantosos bosques de
esqueletos del mercado Farringdon se yerguen ante él. Toda esta mauvaise honte
es el remordimiento del carnívoro en presencia de un hombre que es la prueba
viviente de que ninguna carne es indispensable para triunfar en la vida y la
literatura. Todas mis otras manías les son familiares y a menudo las comparten.
Pero esta es una cuestión de culpabilidad por derramamiento de sangre y das
Blut ist ein ganz besondrer Saft2.
La
vida matrimonial, ¿ha producido alguna diferencia en sus puntos de vista?
¿A
qué llama usted vida matrimonial? La verdadera vida de matrimonio es la del
joven
y la
doncella que arrancan una flor y hacen caer un alud sobre sus hombros. Treinta
años de trabajos de Atlas y luego descanso de pater y materfamilias. ¿Qué puede
decirle del matrimonio la gente sin hijos, con rentas independientes, casada a
los cuarenta años como yo? No sé nada de él, como no sea desde el ángulo de
enfoque del espectador.
¿Cuál
es su honrada opinión acerca de G. B. S.?
Oh,
es uno de los más exitosos de mis inventos literarios, pero creo que ya se está
haciendo un poco aburridor. G. B. S. sólo deja de aburrirme cuando dice algo
que es preciso decir y que únicamente puede ser dicho en el estilo de G. B. S.
G. B. S. es una patraña.
¿Cómo
define usted el humorismo?
Como
cualquier cosa que haga reír. Pero el mejor humorismo es el que arranca una
lágrima junto con la carcajada.
Dígame
una palabra en punto al significado de la comedia, según usted.
Esta
irreflexiva exigencia de un significado es lo que produce la comedia. Me pide
que se lo dé en una palabra, aunque todavía nos falta más de un millón de años
para ver al mundo tal como es. Intelectualmente seguimos siendo niños de teta.
Quizá será por eso que la expresión facial de un bebé sugiere tan intensamente
la del filósofo profesional.
Toda
su energía mental es absorbida por su lucha por adquirir conciencia física. Se
encuentra en la etapa de aprender a interpretar las sensaciones de sus ojos,
oídos, narices, lengua y yemas de los dedos. Se muestra ridículamente encantado
con un juguete tonto y absurdamente aterrorizado por un espantajo inofensivo.
Bien, nosotros somos todavía tan niños en el mundo del pensamiento como lo
éramos a los dos años de edad en el mundo de los sentidos. Los hombres no son
para nosotros verdaderos hombres; son héroes y villanos, personas respetables y
criminales. Sus cualidades son virtudes y vicios; las leyes 2 “...La sangre es
un zumo completamente especial.” naturales que les gobiernan, dioses y
demonios; sus destinos, recompensas y expiaciones; sus razonamientos, una
fórmula de causa y efecto en la que generalmente los términos están
trastrocados. Vienen a mí con el cerebro lleno de estas ficciones que ellos
llaman, nada menos, "el mundo", y me preguntan cuál es el significado
de ellas, como si yo o cualquier otra persona fuéramos Dios Omnisciente y
pudiéramos decírselo. Sumamente gracioso, ¿eh? Pero cuando condenan al
ostracismo, castigan, asesinan y hacen la guerra para imponer por la fuerza sus
grotescas religiones y repugnantes códigos penales, entonces la comedia se
convierte en tragedia. El Ejército, la Armada, el Foro, los teatros, las
galerías pictóricas, las bibliotecas y los sindicatos obreros son obligados a
apuntalar sus alucinaciones favoritas. Ya basta de esto. Usted espera que
parlotee de lo Absoluto, de la Realidad de la Causa Primera, que conteste el
Por Qué universal. Cuando veo todas esas palabras en letras de molde, el libro
va al cesto de los papeles. Buenos días.
Londres.
1901.
10
COMO
ME CONVERTÍ EN ORADOR PÚBLICO
En
el invierno de 1879 James Lecky, empleado del fisco de Irlanda y personalmente
interesado en fonética, afinación de pianos y gaélico, temas todos que también
me impuso a mí, me arrastró a una reunión de una sociedad polémica llamada The
Zetetical, copia menor de la otrora bien conocida Sociedad Dialéctica fundada
para discutir el "Ensayo sobre la Libertad", de John Stuart Mill,
cuando eso era nuevo. Ambas sociedades eran intensamente partidarias de Mill.
En ambas había completa libertad de discusión sobre temas políticos, religiosos
y sexuales. Las mujeres tenían una importante participación en los debates, una
característica especial de los cuales era que cada orador, al final de su
disertación, podía ser interrogado respecto del tema tratado. El tono era
fuertemente individualista, ateísta, maltusiano, ingersolliano, darwinista y
Herbert-spenceriano.
Huxley,
Tyndall y George Eliot figuraban en los anaqueles de todos los miembros. La
defensa de la Ley de la Propiedad de las Mujeres Casadas había sido apenas
acallada por la propia Ley. La indignación y las persecuciones por panfletos
blasfemos eran de rigueur y ninguna palabra resultaba demasiado fuerte para
usarla en invectivas contra casos tan importantes como el de Annie Besant y
Shelley, a quienes el Ministro de justicia les quito los hijos porque, como
ateos confesos, se les suponía incapaces de la paternidad. El socialismo era
considerado una falacia de Robert Owen puesta al descubierto, y nadie se
imaginaba siquiera que cinco años más tarde el socialismo de Marx arrebataría a
la generación joven y barrería a las sociedades Dialéctica y Zetetical hacia la
caverna ciega de la noche eterna. En la industria era fundamental el
individualismo cobdenista.
Cuando
fui con Lecky a la reunión de la Zetetical, no había hablado nunca en público.
No
sabia nada de reuniones públicas ni de su régimen. Tenia un aspecto de descaro,
pero era en realidad un cobarde de tomo y lomo, nervioso y tímido hasta un
punto desolador.
Pero
no pude refrenar la lengua. Me puse de pie y dije algo en el debate, y luego,
sintiendo que había hecho el tonto, como en realidad sucedió, experimenté tanta
vergüenza que juré afiliarme a la Sociedad, concurrir a ella todas las semanas,
hablar en todos los debates y convertirme en un orador o perecer en la demanda.
Puse en práctica esa resolución. Sufrí tormentos que nadie sospecho. Durante el
discurso del disertante que decidía escuchar, el corazón me palpitaba tan
penosamente como el de un recluta que va al fuego por primera vez. No podía
usar anotaciones; cuando miraba el papel que tenia en la mano no lograba
serenarme lo suficiente como para descifrar una sola palabra. E invariablemente
olvidaba los mejores de los cuatro o cinco argumentos que constituían mi
pretexto para esa espantosa práctica.
Seguramente
la Sociedad me odiaba. Le parecía tan vanidoso y aplomado que en la tercera
reunión se me pidió que ocupara la presidencia. Consentí tan despreocupadamente
como si fuese el Presidente de la Cámara de los Comunes; y el secretario tuvo
probablemente su primer atisbo de mi terror oculto cuando vio que la mano me
temblaba de tal modo que casi no podía firmar las minutas de la reunión
anterior. Mis disertaciones deben haber sido poco menos temidas por la Sociedad
que por mi mismo; pero advertí que muy pocas veces eran ignoradas, porque el
orador de la noche, en su polémica, generalmente se refería casi con
exclusividad a mis observaciones, y pocas veces con tono apreciativo.
Además,
aunque era un ignorante en economía, había leído en mi juventud los tratados de
Mill sobre La Libertad, sobre el Gobierno Representativo y sobre La Cuestión
Agraria Irlandesa, y estaba tan saturado de Darwin, Tyndall y George Eliot como
la mayoría de los que me escuchaban. Pero cada tema me hería el cerebro desde
un ángulo que provocaba reflexiones nuevas en mi auditorio. Mi primer éxito
ocurrió cuando la Sociedad hizo al Arte -en punto al cual era totalmente
ignorante- el tributo de reservar para él una noche, para leer un trabajo de
una dama ataviada con el traje estético momentáneamente de moda en los grupos
de partidarios de Morris. Hice lo que se me vino en gana con esa reunión y
varios miembros me confesaron más tarde que fue entonces cuando reconsideraron
su primera impresión de que yo era un idiota engreído y discordante.
Perseveré
con empecinamiento. Concurrí a todas las reuniones de Londres donde se
polemizaba
luego de las conferencias. Hablé en las calles, en los parques, en las
demostraciones, dondequiera y cuando quiera resultaba posible. En una palabra,
me constituí en una plaga para las reuniones públicas, tal como un oficial
atacado de cobardía, que busca todas las oportunidades para entrar en fuego,
terminar con su defecto y aprender su oficio.
Pasé
tranquilas veladas literarias en el Colegio de la Universidad, en las reuniones
de la Nueva Sociedad Shakespear, bajo la dirección de F. J. Furnivall, y
veladas algo más animadas en la Sociedad Browning de éste último, que
supuestamente era una asamblea de estetas de cabellos largos, pero en realidad
un conciliábulo donde maduras damas evangelistas discutían su religión con
Furnivall, quien, como era lo que se llama un Cristiano Musculoso (forma
popular para indicar a un sacerdote deportista), no podía perdonar a Jesús por
no haberse defendido en Getsemaní. Cuando fundó una Sociedad Shelley, me afilié
a ella y en su primera reunión me proclamé, como Shelley, socialista, ateo y
vegetariano. Dos damas adictas a Browning renunciaron en el acto.
Me
uní a otra interesantísima sociedad de debates, llamada la Bedford, fundada por
Stopford Brooke, quien no había desechado todavía su curato de la Capilla
Bedford para dedicarse a la literatura.
En
todas estas reuniones tomé parte en los debates. Pronto desapareció mi excesiva
nerviosidad. Una de las reuniones públicas a las que me acerqué se celebraba,
en 1884, en el Salón Conmemorativo No Conformista de la calle Farringdon. El
orador de la noche era Henry George, apóstol norteamericano de la
Nacionalización de Tierras y del Impuesto único. Me anonadó y me sacó de la
estéril controversia agnóstica para llevarme a la economía. Leí su
"Progreso y Pobreza" y concurrí a un mitin de la Federación Democrática
Marxista de Hyndman, donde me puse de pie y protesté contra el hecho de que se
tratara de cegar el camino abierto por George. Se me dejó despectivamente de
lado, considerándoseme como un novicio que no había leído el gran primer
volumen de "El capital" de Marx. Tardé bien poco tiempo en leerlo y
regresé para anunciar mi completa conversión operada por él. Inmediatamente el
desprecio se convirtió en respeto, porque los discípulos de Hyndman no habían
leído el libro, que entonces sólo era accesible en la versión francesa de
Deville, que podía encontrarse en la sala de lectura del Museo Británico, a la
que yo asistía diariamente.
En
seguida presenté solicitud de ingreso a la Federación Democrática, pero la
retiré cuando descubrí la Sociedad Fabiana, recientemente fundada, en la que
reconocí un milieu más apropiado, como grupo que era de intelectuales
pertenecientes a la clase media educada, es decir, mi propia clase. La
congregación de obreros manuales seudomarxistas no podía ser para mí más que un
impedimento.
Después
de mi conversión me hice muy pronto suficientemente conocido como orador
socialista y no tuve más necesidad de buscar debates públicos; yo mismo era
buscado.
Esto
comenzó cuando acepte una invitación de un Círculo Radical de Woolwich, para
ofrecer una conferencia. Al principio pensé en leer una disertación escrita,
porque parecía apenas posible hablar durante una hora sin texto escrito, cuando
hasta entonces sólo había hablado diez minutos en los debates. Pero si quería
disertar formalmente, durante una hora, sobre el socialismo, sería imposible
escribir, por falta de tiempo. Era preciso improvisar. La conferencia se tituló
"Ladrones" y fue una demostración de que el propietario de una renta
no ganada infería a la comunidad exactamente el mismo daño que produce un
ladrón. Hable con desenvoltura durante una hora y desde entonces siempre
improvise.
Esto
continuó durante unos doce años, en los cuales, termino medio, sermonee acerca
del socialismo por lo menos tres veces por quincena. Predicaba dondequiera y
cuando
quiera
se me lo solicitaba. Cuando recibía un pedido para una conferencia, daba al
solicitante
la primera fecha que tenía disponible, ya fuese para una esquina callejera, el
salón de una taberna, una plaza de mercado, la sección económica de la
Asociación Británica, el Temple de la ciudad, un sótano o la sala de una casa.
Mi público variaba de número entre las decenas y los millares. Esperaba
oposición, pero muy pocas veces la recibía. Dos veces, en dificultades
provocadas por intentos, por parte de la policía, de interrumpir reuniones
socialistas callejeras (a la larga siempre fracasaban porque las sectas
religiosas, que igualmente llevaban a cabo sus actividades al aire libre,
ayudaban a los socialistas a resistirla), estuve a punto de dar con los huesos
en la cárcel. La primera fue en la calle Dodd, en la zona portuaria, donde la
policía capituló por la mañana, cuando yo me ofrecí a desafiarla. La segunda,
muchos años más tarde, en Fin del Mundo, Chelsea, un miembro de una sociedad
socialista rival disputó conmigo la palma del martirio y, en una escisión, me
derrotó por dos votos, para mi secreto alivio. Mi más larga disertación duró
cuatro horas al aire libre, una mañana dominical, y fue ofrecida a una multitud
reunida en Trafford Bridge, en Manchester. Una de mis mejores conferencias la
di en Hyde Park, bajo torrentes de lluvia, a seis policías enviados para
vigilarme, con el solo agregado del secretario de la sociedad que me había
pedido que hablara y quien sostenía un paraguas para protegerme de la lluvia.
Decidí interesar a los policías, que, aun que por deber estaban obligados a escucharme,
tenían por práctica habitual la de no prestarme mayor atención después de
convencerse de que era inofensivo.
Les
entretuve durante más de una hora. Cuando cierro los ojos todavía puedo ver sus
capas impermeables brillando en la lluvia.
Nunca
acepté pago alguno por hablar. A menudo ocurría que las Sociedades Dominicales
provinciales me ofrecían los honorarios usuales de diez guineas para dar las
conferencias corrientes, en las que era preciso evitar temas polemizables de
política y religión. Yo siempre les respondí que no disertaba sobre otra cosa
que temas sumamente polemizables de política y religión, y que mis honorarios
eran el precio de mi billete de ferrocarril, de tercera clase, si el lugar
estaba más lejos de lo que mis propios medios económicos me permitían gastar.
Ocasionalmente, para evitar molestias a otros oradores que vivían de ello, la
cuenta quedaba saldada con asiento de crédito y uno de débito. Es decir, se me
acreditaba la suma de rigor por honorarios y gastos y yo la entregaba
nuevamente a la Sociedad en concepto de donación. De este modo me aseguraba una
perfecta libertad de palabra y tenía un arma cuando se me acusara de ser un
agitador profesional. Por ejemplo, durante las elecciones de 1892 me encontraba
disertando en el Concejo de Dover cuando un hombre se levantó y gritó al
público que no se dejara convencer por un agitador profesional, alquilado, de
Londres. Inmediatamente le ofrecí venderle mis emolumentos por cinco libras. El
hombre vaciló y yo rebajé la oferta a cuatro libras. Seguí bajando a cinco
chelines... media corona... un chelín... seis peniques.
Cuando
no quiso aceptar ni siquiera por un penique, afirmé que debía saber
perfectamente que me encontraba allí a mi propia costa. Si no hubiera estado en
condiciones de hacerlo así, el mitin, difícil y hostil (ya que Dover era
entonces un distrito electoral notoriamente corrompido), probablemente se
habría disuelto.
De
un orador profesional, que era alquilado por tres libras semanales, por la Liga
de Defensa de la Libertad y la Propiedad, del duque de Argyll, para seguirme a
todas mis conferencias y refutarme, aprendí cuán necesaria era esa posición
enteramente voluntaria.
Como
viajábamos juntos, pronto trabamos agradables relaciones. El siempre hacía el
mismo discurso y yo siempre daba la misma aplastante respuesta. Cuando su Liga
se disolvió el hombre ofreció sus servicios a la Sociedad Fabiana y se asombró
al enterarse de que los oradores fabianos no cobraban y de que yo había estado
disertando "por nada".
Una
vez, en el St. James Hall, en Londres, en un mitin en favor del sufragio
femenino, me arriesgué, con éxito, al empleo de una curiosa estratagema. Antes
de que comenzara a hablar, un contingente hostil entró en la sala. Yo vi que
estábamos superados en número y que en la votación se nos impondría una moción
contraria. Los intrusos eran todos socialistas de una secta antifabiana,
dirigidos por un hombre a quien conocía bien y que en ese momento estaba
excitado casi hasta el frenesí, agotado por la agitación pública y los
problemas privados. Se me ocurrió entonces que si, en lugar de dejarles
presentar una contramoción, podía impulsarles a disolver la reunión y
deshonrarse de ese modo, los honores serían para nosotros.
Hice
un discurso que habría hecho maldecir a un obispo o combatir a una oveja. El
dirigente, enardecido hasta sobrepasar todo límite de tolerancia, se lanzó
furiosamente a la plataforma para contestarme. Sus partidarios, creyendo que
dirigía un asalto, atacaron instantáneamente el estrado, disolvieron el mitin y
lo reconstituyeron con su dirigente como presidente. Entonces exigí que se me
escuchara, cosa que se me concedió por principio de juego honesto. Y libré dos
o tres refriegas verbales, para mi gran satisfacción. No se hizo daño alguno,
no se propinaron golpes. Pero los periódicos de la mañana siguiente
describieron una escena de violencia y destrucción que no habría dejado nada
que desear al colegial más sanguinario.
Nunca
desafié a nadie a polemizar públicamente conmigo. Me parecía que, para un
avezado orador público, era una práctica injusta desafiar a un duelo verbal a
una persona comparativamente novata. Pero ahora lamento que, cuando yo mismo
era un novicio, no logró llevarse a cabo un debate que la Liga Socialista (el
grupo Morris) trató de convenir entre Charles Bradlaugh y yo. Bradlaugh era un
heroico y combativo luchador de plataforma y yo habría sido apenas un peso
liviano tratando de denotar a un pesado que había ganado todos sus combates.
Pero al menos podría haber dicho lo que quería decir.
La
Liga Socialista le desafió a la polémica y me escogió a mí como su campeón,
aunque no era miembro de ella. Yo estaba asustado, pero no podía retroceder.
Pero Bradlaugh impuso como condición la de que hiciera mías todas las
afirmaciones contenidas en los folletos de la Federación Socialdemocrática,
grupo intensamente antifabiano.
Naturalmente,
debería haberle dejado imponer todas las condiciones que quisiese y luego
pasarlas enteramente por alto. Pero era demasiado inexperto como para
entenderlo así.
Planteé,
en cambio, la siguiente proposición básica: "El socialismo, ¿beneficiará
al pueblo inglés?" Bradlaugh pretendía aceptarla solamente con la
condición de que "socialismo" representaría lo que representaba para
la Federación de Hyndman. Me negué a comprometerme de ese modo y el debate,
para mi alivio, no se realizó, como creo que él quería que sucediese. Y digo
para mi alivio porque tenía mis dudas en cuanto a la posibilidad de salir bien
parado en el debate. Jamás me he perdonado por esta oportunidad desaprovechada.
Pero fue menos por cobardía que por timidez, que en esa época todavía me
aquejaba bastante. En realidad yo era mejor orador y contrincante más
formidable de lo que creía. Ya había enfrentado a Bradlaugh en su propio
terreno, en el Salón de Ciencias de la City Road. Mi asiento estaba situado muy
atrás y, cuando me puse de pie, apenas había alcanzado a decir dos frases
cuando Bradlaugh me interrumpió y dijo:
-El
caballero es un orador. Suba a la plataforma.
Cosa
que hice, seguido de muchas miradas de curiosidad. Bradlaugh dedicó la mayor
parte
de su respuesta a mi disertación. Evidentemente tenía mejor opinión de mí que
yo mismo. Y me complace imaginar que se negó a convenir conmigo un debate, así
como Edmund Kean se negó a hacerlo con Macready.
Más
tarde discutió la jornada de Ocho Horas con Hyndman, a quien confiaba en
reducir a polvo. Ninguno de los dos se atuvo al tema y el resultado fue tan
poco concluyente que ambas partes se mostraron insatisfechas. Se dispuso
entonces que la cuestión volviera a ser debatida por mí con el extinto G. V.
Foote, sucesor de Bradlaugh en la presidencia de la Sociedad Secular Nacional y
un orador de primera agua. En el Salón de Ciencias nos lanzamos furiosamente al
ataque durante dos noches consecutivas.
En
punto a oratoria los honores fueron parejos. Pero yo estaba más a mis anchas en
materia de economía y, de haberse hecho una votación, debería -creo- haber
ganado el veredicto. El informe del debate se publicó en un librito editado por
George Standring.
Mi
oratoria pública me formó una idoneidad sumamente necesaria para la labor
política: el hábito de las comisiones. Inmediatamente era ubicado en la
comisión ejecutiva de cualquier sociedad a la que me afiliara. Al principio
hice lo que generalmente hacen los autores con su anarquismo e individualismo
bohemio. Cuando son derrotados en una discusión, renuncian. Yo hice lo propio
cuando la Liga de Rehabilitación de la Tierra se opuso a aceptar mi sugerencia
de agregar el socialismo a su programa. Jamás volví a hacerlo. Pronto aprendí
la regla de Nunca Renuncies. También aprendí que los comités de agitadores son
siempre unánimes en su convicción de que Es Preciso Hacer Algo, pero sumamente
vagos en cuanto a qué es ese algo. Hablan y hablan y no llegan a conclusión
alguna. El miembro que tiene algo que decir y que se lo guarda hasta que todos
los demás están completamente fastidiados, es entonces el amo de la situación,
aunque nadie esté completamente de acuerdo con él. Deben aceptar eso o nada.
Y
como Es Preciso Hacer Algo... Así es como se hace dirigente un hombre de una
minoría de uno. Yo estuve muy a menudo en una minoría de uno.
El
caso de H. G. Wells, con quien tuve una famosa polémica cuando él trató de
capturar la Sociedad Fabiana de un solo golpe, es ilustrativo de cómo la falta
de adiestramiento de trabajo en comisiones y de técnica de plataforma
inhabilita incluso a los más talentosos pensadores. Como orador y miembro de
comisión le llevaba yo una ventaja de diez años, en tanto que él era un novicio
completo. Decir que le aniquilé es decir poco; él me ahorró el trabajo
aniquilándose a sí mismo. No pudo hacer otra cosa que portarse mal.
Afortunadamente para él lo hizo tan afrentosamente que la Sociedad, con suma
sensatez, entendió perfectamente la situación y, aunque le desechó como
tácticamente imposible, no le tuvo en peor opinión como pionero socialista y no
opinó mejor de mí por mi superioridad de artista de la tribuna.
No
debo permitir que los oradores incipientes supongan que mi técnica de orador
fue adquirida solamente con la práctica. La práctica no hizo más que curarme de
la nerviosidad y me acostumbró a hablar por igual a multitudes y a personas
separadas. En otra parte he descrito cómo conocí a Richard Deck, cantor de
ópera alsaciano, jubilado, basso profundo, quien creía haber descubierto un
nuevo método de bel canto e imaginaba que no sólo podía renovar su carrera de
cantante cuando lo hubiera dominado completamente, sino que también regeneraría
al mundo con él. Murió menesteroso en el Hospital del Colegio Universidad. Pero
entretanto, como era discípulo de Delsarte, me enseñó que, para ser inteligible
en público, el orador debe reaprender el alfabeto, articulando cada consonante
separada y explosivamente y distinguiendo las vocales
extranjeras
de los diptongos ingleses. Por lo tanto practiqué el alfabeto, como un cantor
practica con escalas, hasta que no hubo ya peligro de que dijera
"Loheeryelentheethisharpointed sword" en lugar de "Lo here I
lend thee thiss sharp pointed sword"3, ni de que imaginara que, cuando se
imitan los dialectos más marcados, no es preciso estudiar la articulación como
cuando se estudia la declamación clásica. Los oradores públicos siempre
deberían tomar lecciones de elocución, cuando hay disponible 3 "He aquí
que te presto esta aguzada espada." algún maestro fonéticamente
competente. Pero el arte debe ocultar su artificialidad; y el viejo actor que
pretende enseñar la actuación escénica y no sabe nada de la enseñanza del
idioma fonético debe ser evitado como una peste.
Finalmente
no pude atender todas las invitaciones que recibía. Y la repetición de las
mismas cifras y argumentos se tornó cansadora. Comencé a correr el peligro de
convertirme en un charlatán con un solo discurso. Estaba bien enterado del
destino de los organizadores sindicales que, siendo abstemios al principio, se
vieron obligados, por la necesidad de "atiborrar" a sus públicos
renovados con el mismo discurso trillado, a atiborrarse ellos mismos de bebida.
En 1895 ya no estaba en mi apogeo. Y un descalabro de mi salud, seguido por mi
matrimonio en 1898, terminó mi carrera de estrella de la tribuna dominical. En
adelante sólo diserté en ocasiones especiales, o en reuniones públicas fabianas
y en el Consejo del Municipio de St. Pancras, del que me eligieron miembro
cuando todavía era una junta. Pero no me olvidé de mi técnica de artista de la
plataforma. Y ella me duró hasta mi retiro definitivo de la oratoria pública,
en 1941, cumplido mi octogésimoquinto año de edad.
11
AMISTADES
FRUCTÍFERAS
Pocas
semanas después de unirme a la Sociedad Zetetical fui profundamente
impresionado por un orador que apareció una vez y tomó parte en un debate.
Tenía él unos veintiún años de edad, una estatura menos que mediana, manos y
pies pequeños y un perfil que sugería un perfeccionamiento del de Napoleón
Tercero, ya que tenía la nariz y el bigote de esa forma. Poseía una hermosa
frente, una cabeza grande, ojos ubicados sobre dos altamente desarrollados
órganos del habla (según los frenólogos) y un cabello negro notablemente grueso
y fuerte. Conocía a fondo el tema del debate, sabía más que el disertante,
sabía más que todas las personas presentes. Había leído todo lo que fue escrito
alguna vez y recordaba todos los hechos que tenían atingencia con el tema. Utilizaba
anotaciones, las leía, las tildaba una por una, las dejaba de lado y terminaba
con una claridad y una frialdad que me parecían milagrosas.
El,
Sidney Webb, era el hombre más capaz de Inglaterra. La cosa más sabia que jamás
hice fue obligarle a trabar amistad conmigo y a mantenerla. Porque desde
entonces no fui ya un simple e inútil Shaw, sino una comisión de Webb y Shaw.
Webb,
más tarde barón Passfield, de Passfield Correr, ahora enterrado en la Abadía de
Westminster por mi perentorio pedido, demostró ser uno de los más
extraordinarios y capaces administradores e historiadores que mejoran el mundo.
En cierto modo adiviné esto cuando ambos éramos todavía dos desconocidos. Como
discípulo de John Stuart Mill él había comprendido la certeza económica de que
la propiedad privada de las fuentes de producción, más la libertad de
contratar, debía producir una plutocracia frente por frente del proletariado y
sustituir la legítima democracia por la lucha de clases. Adam Smith, Malthus y
Ricardo, Austin y Macaulay lo sabían, pero no conocían otra alternativa.
Webb,
como moderno empleado público de categoría superior, sabía que existe una
alternativa de corrección, completamente factible, en la nacionalización de las
fuentes de producción y la administración directa, por el Estado, de las
industrias vitales, de la existencia y el éxito, de la cual tenía siempre al
alcance de la mano una abrumadora lista de ejemplos. Sobre esta base era un
socialista convencido.
La
diferencia entre la mentalidad, los conocimientos y la experiencia oficial de
Shaw y Webb y de Shaw por sí solo era enorme. Pero como yo era, y soy, un
incorregible saltimbanqui histriónico, y Webb el más sencillo de los talentos,
a menudo me encontraba en el centro del estrado, mientras él, invisible,
actuaba desde la concha del apuntador.
Mi
conversión a la economía, efectuada por Henry George, me puso en contacto con
un grupo georgista llamado Unión de la Reforma Agraria, que sobrevivió unos
años con el nombre de Liga Inglesa de Rehabilitación de la Tierra. Allí conocí
a James Leigh Joynes, profesor de Eton; a Sydney Olivier y a Henry Hyde
Champion, aparte de algunos sacerdotes cristianos socialistas, entre ellos
Stewart Headlam, Symes de Nottingham, Sarson y Shuttleworth, que estaban
reunidos en la Corporación de San Mateo. Recuerdo que Symes argumentaba que la
Nacionalización de la Tierra lo arreglaría todo, a lo que yo repliqué que, si
el capital seguía siendo de propiedad privada, Symes retendría su posición de
"capellán de un barco pirata". Sarson, basado en el Artículo Primero
de la Iglesia Anglicana, sostenía que el anglicanismo era ateísta. Se hizo
conocido como colega de Cecil Sharp en su colección de canciones populares de
Somerset.
Pues
bien; Joynes era vegetariano, humanitario, shelleyano. Se le privó de su puesto
de Eton porque hizo una jira por Irlanda con Henry George, y fue arrestado con
él por la policía, que suponía que ambos eran emisarios del Clan na Gael. La
hermana de Joynes estaba casada con un director de Eton, Henry Salt. Salt
también era vegetariano, humanitario, shelleyano, adicto de De Quincey. Odiaba
la administración de Eton. Tan pronto como ahorró lo suficiente como para vivir
en una casa de obrero en el campo (no tenía hijos), abandonó su casa, se
sacudió de los pies el polvo de Eton y fundó una Liga Humanitaria. Él, su
esposa Kate Salt, con quien yo solía tocar dúos en el piano de cola más ruidoso
que jamás descendió de Eton a una casa de campo de Surrey, y yo nos hicimos
amigos bastante íntimos. Mi artículo de The Pall Mall Gazette, titulado
"Un domingo en las colinas de Surrey", describe la primera visita que
les hice. Y varias escenas de mis Comedias Agradables y Desagradables fueron
escritas en el brezal, durante las visitas que les hacía. He aquí el lazo de
unión entre los Humanitarios y yo.
Edward
Carpenter era amigo íntimo de los Salt. Le llamábamos el Noble Salvaje.
También
tocaba dúos con Kate y me indujo a usar sandalias, que yo deseché cuando mi
primera caminata larga terminó haciéndome sangrar los pies.
En
ese círculo no se hablaba de Henry George y Karl Marx, sino, y mucho, de Walt
Whitman y Thoreau. Lo peor que ocurrió fue la muerte de Joynes, quien, como
tenía el corazón enfermo, fue asesinado por la inmovilización médica y la
estimulación alcohólica, tratamiento tan grosera y evidentemente letal que
nunca he perdonado a la profesión médica por él. Y todavía sigue en boga.
Joynes dejó un volumen de excelentes traducciones de las canciones de los
revolucionarios alemanes de 1848. Salt publicó varias monografías sobre
Shelley, James Thompson, Jefferies y De Quincey. Terminó con recuerdos de Eton
y una traducción de Virgilio. Intituló su biografía "Setenta años entre
salvajes".
Y
ahora volvamos por un momento a la Unión de Reforma Agraria. Allí conocí a
Sydney Olivier. Era empleado de categoría superior en la Oficina de Colonias.
También
lo
era Sidney Webb. Él y Webb eran ambos empleados residentes y amigos sumamente
íntimos. Cuando, en 1884, se fundó la Sociedad Fabiana, yo me sentí atraído por
su nombre y por su folleto, intitulado "¿-Por qué hay tantos pobres?"
Convencí a Webb de que se afiliara, ya que Marx me había persuadido de que lo
que necesitaba el movimiento no era la teorización hegeliana sino la revelación
de los hechos oficiales de la civilización capitalista, que Webb conocía a la
perfección. Su primera contribución, un folleto titulado "Hechos para los
socialistas", constituyó el comienzo efectivo del fabianismo.
Olivier,
que murió en 1943 con el título de par, combinaba una habilidad administrativa
de primera magnitud con una constante buena voluntad y una ausencia
completamente autocrática de cualquier clase de conciencia. Le he descrito en
mi contribución a su biografía. En Oxford trabó amistad con Graham Wallas,
quien algún tiempo más tarde se unió a nosotros. Los dirigentes del buró
político, o Gabinete de Pensadores, de la política fabiana fueron, durante
varios años, Webb, Olivier, Wallas, Shaw y el tory demócrata Hubert Bland.
Como
mis colegas eran hombres de prendas y carácter excepcionales, pronto estuve en
condiciones de escribir con alcance y conocimientos fabianos, que hicieron que
mis artículos y demás producciones literarias fueran completamente distintos a
lo que podían escribir los literatos corrientes, cangrejos ermitaños. Y así el
Shaw que, según la opinión general, era brillante y extraordinario, lo era, en
realidad, porque el buró político fabiano tenía una incomparable trilladora
crítica para sus ideas. Cuando parecía yo más original y fantástico era
simplemente, a menudo, un amanuense y portavoz de talento literario y dramático
un si es no es excepcional y cultivado por medio de una práctica empecinada.
Mis
colegas me despojaron de mucha tontería, ignorancia y provincialismo vulgar,
porque nos tratábamos mutuamente con una crítica implacable.
Empero,
en el Gabinete Fabiano había una considerable lucha de temperamentos. Y en
otras sociedades socialistas eran frecuentes los cismas y las divisiones; los
ingleses son sumamente pendencieros. Creo que parte de mi utilidad consistía en
apaciguar estas fricciones, valido de una especie de tacto irlandés que en
Inglaterra es la más ofensiva falta de tacto. Cada vez que se producía una
disputa, yo traicionaba la confianza de todos analizando la pendencia y
expresándola lúcidamente en los términos más exagerados.
Resultado:
ambas partes convenían en que todo era culpa mía.
Fuí
acusado por todo el mundo de embrollón irreflexivo, pero se me perdonó por
considerárseme un lunático irlandés privilegiado.
Me
enorgullezco de que la singular supervivencia de la Sociedad Fabiana entre los
escombros de sus rivales, todos muy despectivos de ello, se debió no solamente
a su política, sino, en su primera época, al solo elemento irlandés que
figuraba en su dirección.
Esto
en cuanto a las amistades fabianas que contribuyeron a la formación de G. B. S.
el
brillante.
12
¿SOY
UNA PERSONA EDUCADA?
No
me cansaré de repetir .que, aunque no tengo calificaciones académicas, soy, en
rigor, mucho más altamente educado que la mayoría de los eruditos
universitarios. Mi hogar fue un hogar musical; y la música era del tipo
"culto" que comenzó para mí con Händel y del tipo dramático que
empezó con Gluck y Mozart, constituyentes ambos de un cuerpo de arte cultural
moderno con el cual la literatura de las lenguas muertas no puede compararse,
como no sea en las grandes traducciones de Gilbert Murray, que son tan inglesas
y modernas como cualquier obra original escrita en nuestro idioma, y nos
recuerdan que Shakespear también fue un traductor y transfigurador de cuentos,
y no su primer inventor. Mi familia, aunque bondadosa, podía ser considerada
desamorada. Pero, ¿qué le importaba eso a un niño que podía cantar A te O cara
y Suone la tromba intrepida antes de perfeccionarse en el catecismo de la
iglesia. En esas canciones había sentimientos y caballerosidad bastantes para
cualquier chico.
Esta
educación no se interrumpió jamás. Ha pasado de Rossini, Meyerbeer y Verdi a
Wagner; de Beethoven a Sibelius; de diluciones inglesas de Händel y Mendelssohn
a la legítima música inglesa de Elgar y Vaughan Williams y del modo de tono
completo de Debussy y el modo cromático de Schonberg a los experimentos de
Cyril Scott, ejecutados en el caos técnico que se produjo cuando las
consecutivas prohibidas, las discordancias no preparadas ni resueltas y las
"falsas relaciones" de los manuales antiguos se convirtieron en la
última moda. Gran parte de esto ha demostrado la solidez del precepto de Oscar
Wilde: "Haga caso omiso de la última moda o se encontrará irremisiblemente
fuera de moda dentro de seis meses." Cuando Wagner nos trompeteó sus
novenas mayores, no preparadas, en Tannhäuser, nos tapamos los oídos. Continuó
haciendo lo mismo con las décimoterceras. En la actualidad no sobresaltan a
nadie, pero ciertamente me sobresaltaron a mí, que recordaba haberme sentido
impresionado como por algo tremendo cuando escuché la juvenil obertura de
"Prometeo", de Beethoven, que comienza con una séptima disminuída, no
preparada, con la séptima en bajo.
¿Qué
tal está esto en cuanto a jerga de manuales? ¿Puede algún graduado
universitario a quien en Eton, Harrow, Winchester o Rugby le hayan metido
inexorablemente a Virgilio y Homero, Horacio y Juvenal en la piel, hacer algo
mejor? La involución de los versos regulares de John Gilpin y El Viejo
Marinero, hacia los culebreos sin medida que ahora se imprimen de modo que
parezcan poesía, ¿es más educativa que la evolución de la música decorativa, de
danza, hacia la música de Beethoven, expresiva de estados de ánimo, unidas
ambas por el milagroso don de Mozart de combinarlas?
Se
me recordará que hay músicos universitarios, Doctores en Música como Stanford y
Parry. Pero el efecto de tales grados de la universidad es conseguir que sus
poseedores crean que componen, cuando en realidad cubren el papel pautado con
imitaciones de compositores pasados de moda, despreciando de paso a maestros
como Elgar y Bach, que jamás recibieron lección alguna de bajo continuo. Mi
institutriz me enseñó el alfabeto, pero nadie me enseñó a escribir mis obras,
que fueron atacadas como ninguna otra, pero solamente hasta que ganaron tanto
dinero que la moda cambió y yo fui saludado como el sucesor de Shakespear.
La
experiencia personal de la evolución contemporánea en el arte es mucho más
instructiva que cualquier estudio de documentos antiguos. Ningún examinando
memorista puede sentir la transición de Esquilo a Eurípides y su dégringolade a
Menandro, como yo sentí la transición de Donizetti a Wagner, de Bougereau a
Gauguin, de Leader a Wilson Steer y Monet, de Canova a Rodin, de Scribe y
Sardou a Ibsen, de Barry Sullivan a Irving, de Colenso a Inge, de Tennyson a
Browning, de Macaulay a Marx, de Max Weismann a Herbert Dingle, de Tyndall a
Clerk-Maxwell, Planck y Einstein y de Kingdom Clifford a Hardy; en resumen,
ninguno puede sentir el paso de la adoración de nuevas audiciones de obras
maestras de los muertos a las presiones ejercidas sobre mi ser viviente por sor,
prendentes innovaciones.
Las
pruebas educacionales académicas son mejores que nada. Quien haya estudiado
los
pasos que llevan de Aristóteles a Lucrecio, de Platón y Sócrates a Plotino, de
Tucídides a Gibbon, de Tolomeo a Copérnico, de San Pedro a Robert Owen, de
Aquino a Hus y Lutero, de Erasmo a Voltaire, podrá finalmente descubrir que se
hizo la última vez y entregar certificados a los que pueden volver a hacerlo.
Pero sin experiencias vividas ninguna persona es educada. Sin otra cosa que
grados académicos, incluso aunque estén sobrecargados de un conocimiento
superficial de lenguas muertas y dos peniques de álgebra, los graduados más
eruditos pueden ser mentecatos e ignorantes. La divergencia vital entre la
lectura y la experiencia no puede ser medida por notas de examen. Fundado en
esta diferencia, puedo afirmar arrogantemente que soy uno de los hombres mejor
educados del mundo, y en algunas ocasiones he rechazado, por necias, al noventa
y cinco por ciento de las celebridades académicas - con todo el respeto debido
al talento específico de que gozan algunas de ellas.
Fue
este equipo el que me salvó de que el hambre me desalojara de la literatura.
Cuando
William Archer me delegó una tarea de crítico de pintura que se le había
encomendado por la fuerza y para la cual no tenía idoneidad, yo me eleve como
un cohete. Al cabo de sesenta años mis artículos semanales acerca de todas las
bellas artes en sucesión son todavía legibles. Todo lo que las exhibiciones y
representaciones de Londres podían ofrecer estuvo gratuitamente a mi
disposición durante la década que siguió al unánime rechazo que recibí como
novelista. Cuanto mejores mis novelas, tanto más repugnaban a los lectores
profesionales de los editores. Pero como crítico ascendí irresistiblemente a la
cima, en tanto que los principiantes literarios contemporáneos, bien educados,
criados en hogares ingleses ayunos de arte, no podían lograr esa distinción.
Esos
años de crítica hicieron progresar mi educación mental, obligándome a emitir
juicios cuidadosamente meditados y a discriminar entre los talentos brillantes
y las consecuciones técnicas de las celebridades de moda, cuya boga terminaba
con su muerte, o antes, y el genio que no es para la época sino para todos los
tiempos. Escuche a principiantes que, apenas salidos de las enseñanzas de sus
maestros, ofrecían las exhibiciones más promisorias. Pero, como no conocían el
valor de lo que se les había enseñado, caían en el lugar común cuando escapaban
del tutelaje. Sólo por medio de tales experiencias puede un crítico tornarse
hábil para el análisis y aprender que el crítico que no sabe analizar es
fácilmente engañado.
Yo,
a los noventa y dos años de edad, todavía estoy aprendiendo.
En
cuanto a idiomas y matemáticas, mis conocimientos son insignificantes. Puedo
leer en francés con tanta familiaridad como en ingles. Y en Italia y España me
es posible enterarme de las noticias por los periódicos locales. Sé lo
suficiente de alemán como para adivinar el contenido de las cartas que recibo
en ese idioma. Como lingüista, para la conversación, soy un caso perdido. En
cuanto a las matemáticas, conozco la aritmética (ahora sumamente falible) de un
ex cajero. Pero las matemáticas superiores sólo puedo comprenderlas e
imaginarlas con muy poca exactitud de experto. Técnicamente soy un inútil; pero
en mi época, medido por sus raseros, parecía un Admirable Crichton.
Grande
como es la deuda que he contraído para mi educación con los libros famosos, los
buenos cuadros y la noble música, sería ahora más ignorante de lo que soy si no
se me hubiera sacado, a los diez años, de la calle en que nací -la mitad de la
cual tenía enfrente un campo muy poco pintoresco, que pronto fue oscurecido por
un tablero cubierto de anuncios -para llevarme a Torca Cottage, en las alturas
de la colina Dalkey, que dominaba paisajes de la bahía de Dublin, desde la isla
Dalkey hasta el morro Howth, y de la bahía de Killiney, desde la isla hasta el
morro Bray, con una vasta y eternamente cambiante extensión de mar y cielo muy
abajo y muy arriba.
La
felicidad nunca es mi meta. Como Einstein, no soy feliz y no quiero serlo. No
tengo tiempo ni gusto para tales estados comatosos, sólo alcanzables al precio
de una pipa de opio o un vaso de whisky, aunque dos o tres veces, en sueños, he
experimentado una calidad superlativa de dichos estados. Pero en mi niñez tuve
un momento de felicidad extática, cuando mi madre me dijo que iríamos a vivir a
Dalkey. Allí no tenía más que abrir los ojos para ver tales cuadros como ningún
pintor podía hacer para mí. No lograba creer que esos cielos pudieran existir
en otra parte, hasta que leí "este techo majestuoso calado de áureo
fuego", de Shakespear, y me pregunté dónde podía haberlo visto, sino en
Torca Cottage.
Esa
alegría ha sido mía durante toda mi vida.
Ayot
St. Lawrence, 3 de agosto de 1947.
13
¿CUÁL
ES MI CREDO RELIGIOSO?
Por
bautismo soy miembro de la Iglesia Episcopal Protestante de Irlanda, pero no
puedo creer en más de dos dogmas de su credo -y éstos (la Comunión de los
Santos y la Vida Eterna) solamente en un sentido nada convencional- y en
ninguno de sus Treinta y Nueve Artículos, que, compilados con vistas a la paz y
tranquilidad políticas, para presentar dos caras entre el catolicismo romano y
el puritanismo, son demasiado contradictorios en sí mismos como para ser
aceptados por nadie que sea capaz de pensar en forma coherente. Su otro credo,
el Atanasio, al que se oponían vigorosamente los religiosos liberales de mi
época porque creían que su cláusula condenatoria suponía la creencia en un
infierno de azufre contra el cual se rebelaban de lleno, lo acepto yo porque lo
interpreto como significativo de que la comprensión, y no la fe, es lo que el
mundo más necesita, y que la gente que no tiene la suficiente sutileza para
aceptar sus paradojas aparentes como afirmaciones válidas de hechos biológicos
puede ser descrita como intelectualmente condenada.
Tales
escepticismos me harían acusable de apostasía, con arreglo a lo que se llama
Ley de Blasfemia, si yo hubiera sido confirmado. Pero, como no lo fui, alegaré,
si se me enjuicia, que la acusación se dirige contra mis padrinos y madrinas
(todos ellos muertos)
y no
contra mí.
Esto
me deja en situación de ser interrogado de este modo: "Si no es usted
protestante, ¿que es entonces?" Al principio solía replicar que era ateo.
Pero esto no era una respuesta, porque lo que la gente necesita saber es que
creen los demás, y no que no creen. En esa época, empero, los pretendidos
ateos, si no eran al mismo tiempo plutócratas, se veían brutalmente
perseguidos.
Bradlaugh
fue expulsado con tanta violencia de la Cámara de los Comunes, que John Bright,
que llegó a tiempo para verle arrastrado escaleras abajo por seis policías, se
horrorizó. Su sucesor en el puesto de dirigente de la Sociedad Secular
Nacional, G. W.
Foote,
fue encarcelado por un año por publicar un grabado en que Samuel, en ropas
modernas, ungía a Saúl. Era timbre de honor para sus compañeros de apostasía el
darle un apoyo enfático e incondicional, declarándose ateos o agnósticos. Yo
preferí llamarme ateo, porque en aquel entonces la creencia en Dios significaba
la creencia en el antiguo ídolo de tribu llamado Jehová, y no quería, por el
hecho de titularme agnóstico, pretender que no sabía si existía o no. Todavía,
cuando tengo que tratar con fundamentalistas anticuados, les digo que, como no
creo en ese ídolo de ellos, es mejor que me consideren -para sus propósitos- un
ateo.
¿Que
era yo, pues? Cuando G. W. Foote cayó en la insolvencia y su pedido de
bancarrota provocó la cuestión de quien debía sucederle si se veía obligado a
renunciar de la Sociedad Secular Nacional, algunos de los miembros,
acaudillados por George Standring, me colocaron en una lista de candidatos
posibles y me invitaron a disertar ante la Sociedad y ser juzgado en punto a mi
elegibilidad. Mi carrera posterior ha demostrado que yo no habría sido la peor
elección. Pero, después que hable ante ellos sobre el tema "Progreso en el
Librepensamiento", los fundamentalistas (porque los hay en alto porcentaje
en la Sociedad Secular Nacional, como en el Ejercito de Salvación) palidecieron
de ira e hicieron que Standring se diera cuenta de que yo tenía menos posibilidades
de ser elegido que el Arzobispo de Canterbury. Mi demostración de que la
Trinidad no es una imposibilidad aritmética, sino la vulgar unión de padre,
hijo y espíritu en una sola persona, de que la doctrina de la Inmaculada
Concepción es un capítulo de la sagrada verdad de que todas las concepciones
son inmaculadas, de que la adoración católica romana de la Madonna es en rigor
una necesaria adición de La Madre a El Padre en la Divinidad y de que cualquier
jesuita inteligente podía convertir al catolicismo a un secularista normal, les
heló la medula en los huesos. La conversión de Mrs. Besant a la teosofía no les
escandalizó ni les conmovió.
Charles
Watts, uno de los más capaces dirigentes secularistas, no se consideraba ateo
ni agnóstico, sino racionalista. Esta era una posición más fuerte -ya que era
positiva- que la del ateísmo de Bradlaugh, aunque la heroica personalidad de
éste le mantuvo en el centro del escenario hasta que su victoria sobre la
Cámara de los Comunes le extinguió y finalmente le mató. Pero una profesión de
racionalismo implica la creencia de que la razón no es solamente método, sino
también motivo. Y yo era un razonador demasiado crítico como para cometer ese
error. Sabía que Robespierre, cuando implantó una Diosa de la Razón, descubrió
muy pronto que la razón es solamente una maquinaria del pensamiento y tuvo que
convenir con Voltaire en que, si no hubiera Dios, sería preciso inventar uno.
Para gobernar a los hombres, los gobernantes prácticos deben contar con el
honor, la conciencia, el espíritu público, la compunción social, el
patriotismo, la abnegación en la práctica de la ciencia y el dominio de las
circunstancias; en resumen, las virtudes apriorísticas y sus vicios opuestos,
todos inevitables pero irracionales. Como yo solía decirlo prosaicamente, la
razón puede descubrir para uno la mejor forma -ómnibus o tranvía, subterráneo o
taxímetro- de ir de Piccadilly Circus a Putney, pero no puede explicar por qué
quiere uno ir a Putney en lugar de quedarse en Piccadilly. El racionalismo era
también asociado con el materialismo; y yo era y sigo siendo un vitalista para
quien el vitalismo, aunque el más sólido de los hechos sólidos, es un completo
misterio. Constantemente tengo que lidiar con la razón y la materia, Pero no
soy racionalista ni materialista.
Al
menos -puede decirse- podría haberme titulado evolucionista. Pero en ese
entonces se suponía generalmente que Darwin había inventado la Evolución. Pero
había hecho exactamente lo contrario. Demostró que muchos de los desarrollos
evolutivos atribuídos a un divino creador podrían haber sido producidos
accidentalmente, sin propósito e incluso sin conciencia. Llamó Selección
Natural a este proceso. La reacción anticlerical, antibíblica, era entonces tan
fuerte entre la intelectualidad escéptica que se tragaron la Selección Natural
de pe a pa. Weismann, entonces el más preeminente de los neodarwinianos,
insistió en que todos nuestros gestos y acciones son meros reflejos.
Esto
estaba bien, hasta cierto punto. Pero Samuel Butler, hombre de visión de largo
alcance, después de ser arrastrado, durante seis semanas, por la reacción,
advirtió de pronto que, proscribiendo el designio de la historia natural,
Darwin -como lo decía
Butlerhabía
proscrito la mente del universo. Pronto comenzó a parecer que también había
ahuyentado la moralidad. Porque la Ciencia, con C mayúscula, el nuevo sustituto
de la religión, pretendía la exención de todos los miramientos decentes y
humanos. Idolatraba a monomaníacos imbéciles como Lister y Pávlov, establecía
la vivisección como la única vía de acceso a la ciencia biológica, blandía
infantiles estadísticas de aficionado con tanta irreflexividad como los
fundamentalistas blandían lo que llamaban las demostraciones cristianas;
declaraba que, como no existe diferencia química entre un cuerpo vivo y uno
muerto, no hay diferencia científica alguna entre ambos; rechazaba el
inofensivo rito poético del bautismo por considerarlo una superstición bárbara
y lo sustituía con cincuenta inoculaciones venenosas, todas garantizadas para
inmunizarnos de las enfermedades; profetizó la extinción de la vida terrestre,
que sería producida por el enfriamiento del sol, y, en términos generales, se
hundió en una orgía de credulidad y fanatismo tales que finalmente provocó un
alboroto, un pedido de retorno al cristianismo o a cualquier otro credo que
tenga en sí un lugar para el postulado de Miqueas, de justicia, piedad y
humildad ente la enormidad de nuestra ignorancia y la tosquedad de nuestros
procesos mentales. Los darwinianos, que habrían aceptado el martirologio antes
de renegar de su fe en Darwin o de afirmar una creencia en Dios, eran a veces,
por lo que atañía a las mujeres o al dinero, pillastres sin conciencia.
Y
entonces yo, artista-biólogo, ¿qué debo considerarme cuando se me pide que
defina mi religión? Soy católico porque soy un comunista (las dos palabras
significan lo mismo)
suficientemente
inteligente como para darme cuenta de que mi civilización, tal como es, no
podría subsistir siquiera una semana sin su vasta base comunista de carreteras
y puentes vigilados por la policía, provisiones de agua, faroles callejeros,
tribunales de justicia, escuelas, iglesias, legislaturas, administraciones,
leyes, ejércitos, armadas, fuerzas aéreas, ;etcétera, todo ello saltando al
rostro de la mayoría ignorante del pueblo, para la cual la palabra comunista es
solamente un término usado vulgarmente como insulto y el comunismo un epítome
de todo lo malo e infame. Pero, si me titulo católico, se me considerará
miembro de una u otra de las Iglesias Cristianas oficiales, que se denominan a
sí mismas, todas ellas, católicas, ya sean romanas, anglicanas, griegas o lo
que fuere, todas ellas saturadas de fantasías narcóticas tales como la
Expiación, caras a los deshonestos que, temerosos del espantajo de un infierno
de azufre, no se atreven a pecar durante seis días sin purificarse el séptimo
con la sangre del Cordero, y todas aferrándose a una ficción de inmortalidad
personal que adormece en el hombre corriente el temor a la muerte. "El
hombre común es un cobarde", dijo Mark Twain.
En
cuanto al precepto cardinal cristiano "Amaos los unos a los otros",
yo, que contemplo a la humanidad en las personas de unas pocas damas y
caballeros adinerados confrontados por una multitud de obreros pobres,
gloriándose con la guerra y chapoteando en supersticiones, no sólo no les amo,
sino que me desagradan de tal modo que, si la civilización quiere ser salvada,
deberán ser reemplazados por animales más sensatos. De veras, no puedo amar a
los Hitler, a los Pávlov y a sus idólatras, así como no podría haber amado al
Santo Torquemada o al esteta Nerón.
Si
me llamo vitalista seré clasificado como un materialista por los hombres de
ciencia que admiten la existencia de una fuerza vital pero la conciben como
algo puramente mecánico, como el vapor o la electricidad.
Si
me titulo simplemente evolucionista, seré ubicado entre los darwinistas. Pero
si repudio a Darwin se supondrá que no asigno importancia alguna a la parte
representada
en
el destino humano por la Selección Natural y la Razón. Porque la imaginación
humana sólo opera con extremos: hollín o lechada de cal, derecha o izquierda,
blanco o negro. Yo no soy blanco ni negro, sino un gris clásico, ya que soy
sumamente ignorante. En la oscuridad todos los gatos son pardos.
No
acepto siquiera la secuencia casi incontestada de Causa y Efecto. Conmigo es al
revés. Dejando de lado los puros accidentes, son el designio, el propósito, el
efecto querido los que producen la así llamada causa. Si yo le hago un disparo
a un vecino, la culpa no será de mi revólver y su disparador, ni es la soga la
causa de mi ejecución.
Ambas
son lo efectos de mi intención de asesinar y del sentido de justicia del
jurado.
Y
así como Bergson es el filósofo oficial de mi secta, me califico a mí mismo de
Evolucionista Creador. Y debería dejar las cosas en esto, como que soy un perro
demasiado viejo para aprender nuevas triquiñuelas, si no fuera que todavía se
me pregunta cuál es el lugar que ocupa Dios en mi religión. Cuando esquivo esas
preguntas con otras tales como "¿Qué lugar ocupa Él en la de usted?",
las dos réplicas vienen a parar en lo mismo. Las Iglesias deben aceptar el
postulado de un Dios Todopoderoso, que, evidentemente, o no es todopoderoso o
no es benévolo; porque el mundo está tan atestado de mal como de bien, y hasta
tal punto que muchos de sus pensadores más capaces, desde el Eclesiastés hasta
Shakespear, han sido pesimistas. Y los optimistas debieron postular a un diablo
al mismo tiempo que a un dios. Ambos tuvieron que tener en cuenta el
funcionamiento de un agente natural que las Iglesias llaman Providencia y los
científicos flogisto, adaptación funcional, selección natural, Vis Naturae
Medicatrix, el Mito Necesario y el Designio en el Universo. Yo lo he llamado
Fuerza Vital y el Apetito Evolucionario. Bergson lo llamó Elan Vitale; Kant, el
Imperativo Categórico; Shakespear, "la divinidad que da forma a nuestros
fines, por toscamente que los desbastemos". Todo ello termina en lo mismo;
un misterioso impulso hacia la consecución de mayor dominio sobre nuestra
situación y de mayor conocimiento de la naturaleza, en la persecución de lo
cual los hombres y las mujeres corren peligro de muerte, haciendo de exploradores
y mártires, y sacrifican su comodidad y seguridad personales contra toda
prudencia, toda probabilidad, todo buen sentido.
Como
este agente inexplicable aparece ante todas las regiones por igual, y aparece
como un hecho concreto, a pesar de sus distintos nombres, tanto daría que se le
llamase Providencia, que es la palabra vernácula más expresiva para designarlo.
Esta parte de la diferencia existente entre el evangelismo y la evolución
creadora más toscos es imaginaria, según se descubre en la práctica
administrativa. Por cierto que los dioses de la Biblia, de los que hay por lo
menos cinco, son considerados, en el papel, como todopoderosos, infalibles,
omnipotentes y omniscientes, en tanto que la Fuerza Vital, por benévola que
sea, trabaja por el método de tanteo y crea el problema del mal por sus poco
exitosos experimentos y sus errores. Ninguna autoridad administrativa práctica
ha sido jamás capaz de operar en base a la suposición de que la omnipotencia,
la infalibilidad y la omnisciencia existen, han existido alguna vez o existirán
jamás en el mundo. Cuando un ateo se convierte en un Hermano de Plymouth, o
viceversa, el comentario final es plus Va change, plus c'est la méme chose. La
infalibilidad de Dios es una ficción que puede ser tan necesaria,
políticamente, como la infalibilidad del Papa o la de la Comisión judicial de
la Cámara de los Lores. Pero, sea como fuere, es una ficción.
Importa
muy poco cuál sea la secta religiosa a la que pertenecemos. Y yo afirmo no
tener propósito alguno de imponer mi religión a los demás. No olvido la
advertencia de Jesús, de que si tratamos de librar a las religiones oficiales
de sus malezas, les arrancaremos, al mismo tiempo, el trigo y dejaremos a los
agricultores sin religión. Detesto la
doctrina
de la Expiación y sostengo que las damas y los caballeros no pueden, como
tales, permitir que ninguna otra persona expíe las culpas de ellos sufriendo
una muerte cruel.
Pero
reconozco como un hecho concreto el que el metodismo, saturado de su repugnante
superstición, convirtió a nuestros mineros en seres relativamente civilizados y
que cualquier tentativa de convertirles a la evolución creadora les habría
tornado en salvajes más peligrosos que nunca, carentes de escrúpulos, de dios
personal (la única clase de dios en que podrían creer) y de temor alguno al
infierno para contenerles.
Convertir
a un campesinado crédulo en uno escéptico inculcándole un ateísmo negativo, más
una ciencia que está fuera del alcance de su cerebro, puede provocar el fin de
la civilización, y no por primera vez. Puede producir incluso el fin del género
humano, como ya ha producido el de los diplodocos y dinosaurios, el de los
mamuts y los mastodontes. La evolución creadora puede cambiarnos. Pero
entretanto debemos trabajar para nuestra supervivencia y desarrollo, como si
fuésemos la última palabra de la Creación. El derrotismo es la más desdichada
de las políticas.
14
CORRIGIENDO
DESACIERTOS DE LOS BIÓGRAFOS
Al
muy honorable Winston Churchill, Miembro del Parlamento, Consejero Privado.
"Fui
arrastrado a la Iglesia Moderada y a la Capilla." Jamás. En los círculos
protestantes irlandeses la Iglesia significa Iglesia Moderada (o quizá
Ritualista, si hay velas en el altar) y las iglesias católicas romanas son
llamadas capillas. La distinción existente entre católicos romanos y
protestantes contrarresta todas las distinciones que hay entre los disidentes y
los conformistas, distinciones a las que la gente se aferra en Inglaterra y
Gales. En Irlanda uno es protestante o no lo es. Si lo es, no importará que
concurra a la iglesia parroquial -que anteriormente era la episcopal oficial-,
la casa metodista o la iglesia presbiteriana; puede que encuentre al
Subteniente Delegado o al señor hacendado, si éstos prefieren los servicios de
esas iglesias. Pero si pusiera el pie en la capilla católica romana, habría un
gran escándalo.
La
idea de que fui criado como un pequeño disidente galés es crasamente errónea.
Nuestro
ambiente familiar era de despectivo librepensamiento. Para cuando tuve diez
años de edad había dejado de lado incluso la respetable ficción de la
concurrencia a la iglesia. Y yo mismo, después de meditar el paso con suma
deliberación, dejé de decir mis oraciones, fundado en que era ateo. Como mis
rezos eran recargadas composiciones personales, sentí que hacía un virtuoso
sacrificio de principios al dejarlos de lado. A mis padrinos nunca se les
ocurrió preocuparse por el hecho de que Sonny Shaw era un infiel.
Habla
en hoteles y en las esquinas.
¿Por
qué en hoteles? He hablado en todas partes, desde la Asociación Británica hasta
los portones de los muelles, las plazas de los mercados y todos los pozos de
minas del país, pero contadas veces en hoteles. Henry James me trató con
respeto maravillado porque alguien le dijo que yo me había detenido un día en
la Avenida Costanera y arengado a los transeúntes hasta que conseguí reunir un
gentío apreciable. Me preguntó si eso era realmente cierto. Y, cuando le dije
que sí, exclamó: "Yo no podría hacerlo. No podría obligarme a
hacerlo." Siempre he sostenido que el aire libre es la mejor escuela para
un orador público.
Mi
apogeo de orador público llegó en las elecciones generales que siguieron a la
guerra
de 1914-18, cuando, para mi asombro, las calles cercanas estaban atestadas de
muchedumbres
que no podían entrar.
Mi
despedida de la tribuna pública y sus vanidades se produjo en la Metropolitan
Opera House de Nueva York, en noventa exitosos minutos de hechizamiento de mi
público. Pero después sentí el cansancio durante tres días y me di cuenta de
que ya era demasiado viejo para ese juego.
Además,
los noticiosos radiotelefónicos habían arrinconado a la plataforma pública.
Todavía
soy capaz de hacer unos minutos eficaces de transmisión radial. ¿Quién puede
preferir hablar a cientos de personas, cuando puede llegar a millones de ellas
con la mitad del esfuerzo?
En
1889 demuestra por primera vez un poco de influencia marxista.
La
fecha está un poco retrasada. Mi última novela, "Un socialista
insocial", es marxismo puro y fue escrita en 1883. Cuando comenzó la
Sociedad Fabiana, en 1884, y yo la escogí como mi tribuna, había devorado todas
las palabras de Marx que pude encontrar en francés. Entonces no había
prácticamente nada de él en inglés.
Más
tarde abandonó a Marx por Sidney Webb.
Nunca
abandoné a Marx. En lo esencial, soy tan marxista como siempre. Pero cuando
Philip Wicksteed, convertido por Jevons, atacó la famosa teoría del valor, de
Marx, y yo tuve que defenderla porque no había nadie mejor a mano, no sabía
nada de economía abstracta.
Durante
muchos años machaqué el tema, escuchando a Wicksteed en una sociedad privada,
en la que disertaba acerca de la teoría de Jevons. Cuando dominé completamente
lo que quedaba válido de la economía capitalista, descubrí que ni Marx ni
ninguna otra persona del movimiento socialista la entendía, y que, en cuanto a
valor abstracto de la teoría, Marx estaba equivocado y Wicksteed en lo cierto.
Marx era sencillamente un ignorante por lo que se refiere a la ley de la renta,
como lo demuestra su nota marginal acerca de Ricardo. Su falta de experiencia
administrativa y de contactos personales con la sociedad inglesa, tanto
proletaria como capitalista, le incapacitaba, peligrosamente, como político
práctico, a despecho de su desenmascaramiento -una conmoción en la escala
mundialde las villanías del capitalismo y de su comprensión del destino del
mismo, demostrada en el Manifiesto Comunista. Sidney Webb, cuyo profeta era
John Stuart Mill, no tenía nada que ver con eso. Había seguido a Mill hasta la
fase socialista final de éste y, por lo tanto, no necesitaba ser convertido por
Marx. Ambos poseíamos el necesario Weltverbesserungswahn. Webb era de una
pieza, un hombre de extraordinaria habilidad e igualmente extraordinaria
simplicidad. Asquith le describió como a un santo. Sin él yo habría sido un
simple charlatán literario, como Carlyle y Ruskin.
Siempre
predicó en favor de la posesión por el Estado de todas las formas de riqueza.
Pero
cuando el Presupuesto Lloyd George impuso por primera vez los magros comienzos
del super-impuesto, nadie hizo mayor alboroto que este fabiano ya acaudalado.
Un
ex Ministro de Finanzas debería estar mejor informado. He aquí los hechos.
Cuando
las sufragistas lanzaban lo más furioso de su campaña, Mrs. Jacob Wright pidió
a todas las mujeres con propiedades que se negaran a revelar sus rentas a sus
esposos, de modo que éstos no pudieran declararlas a Impuestos Internos como
parte de sus entradas.
Mientras
llenaba mi siguiente planilla de impuestos, anoté en el espacio destinado a las
rentas de mi esposa que no sabía cuáles eran y que no tenía derechos legales
para obligarla a revelármelas. Esto anonadó a los Comisionados Especiales para
el Impuesto a la Renta. Al principio pensaron que trataba de evadir el impuesto
y de mostrarme desagradable. Les señalé que podían hacer una tasación
imaginaria y les indiqué la cifra que ponía como límite, agregando que, como
siempre insistí en que mi esposa tuviese un procurador y un banquero distinto
de los míos (ya que se había casado con un aventurero literario), en realidad
no sabía nada. También les di una explicación en cuanto a Mrs.
Jacob
Wright y les dije qué debían esperar si no encontraban una solución. El
resultado fue la aprobación de una Ley de Compensación de Bernard Shaw, que
permitía que esposo y esposa hicieran por separado el pago de sus impuestos.
Cuando se supo públicamente, en forma vaga, que yo me había quejado de algo, se
supuso que se trataba de mi antigua oposición a que, en general, se me
aplicaran impuestos.
También
me he opuesto constantemente a todas formas de imposición sobre el capital,
incluso los impuestos a las fincas (impuestos a la muerte), e insistido en que
solamente las rentas son pasibles de impuesto. Es verdad que, como cuando uno
tiene una entrada de cinco libras anuales su corredor puede encontrar a alguien
que le pague de setenta a cien libras esterlinas de moneda contante por ellas,
de su dinero sobrante, se supone descabelladamente que un Ministro de Hacienda
puede siempre conseguir todo el dinero que necesite, multiplicando por veinte
los ingresos nacionales que se conocen por las estadísticas e imaginando que el
total puede ser reunido en cualquier momento por el cobrador de impuestos. Esta
es una falacia ruinosa. El capital y el crédito son, para todos los fines
públicos, categorías ficticias. Ojalá pudiera hacer un alboroto mayor al
respecto; porque algún tonto de ministro laborista puede ser conducido, con
engaños, a la imposición del capital en sí y a no producir otra cosa que una
Bolsa de Acciones en la que todos sean vendedores y ninguno comprador, con los
valores de los capitales en cero y ningún movimiento.
La
Bandera Roja es calificada por este, el más brillante de los intelectuales
socialistas, de "marcha fúnebre de un mono".
No
del todo exacto. La llamé "la marcha fúnebre de una anguila frita".
Lo
siguiente se refiere a mi visita a Rusia, en 1931.
Multitudes
de bien adiestrados manifestantes fueron servidas con sus bufandas y banderas
rojas. Las bandas atronaban en masa. Estentóreos vitores de los vigorosos
proletarios rasgaban el firmamento.
Pura
imaginación. Ni una banda, ni una bandera, ni una bufanda roja, ni un solo
vítor callejero desde uno a otro extremo del viaje, aunque por cierto se me
trató como si fuera el propio Karl Marx y se me ofreció una grandiosa recepción
(extraña mezcla de reunión pública, banquete de refrigerio de bar y concierto)
en el Salón de los Nobles, que puede contener a cuatro mil personas y estaba de
bote en bote. Los discursos fueron cortos. Uno de los ejecutantes del concierto
llevaba traje de frac, cosa que parecía un absurdo anacronismo. Uno de los
oradores se presentó en pantalones y camisa, lo que parecía bastante natural.
Lunatcharski habló. ÉL y Litvinoff me acompañaron bastante a menudo, porque,
como pronto lo descubrí, querían ver las maravillas del régimen soviético, que
hasta entonces nunca habían tenido tiempo de admirar.
Todas
las cortesías y facilidades fueron acumuladas sobre mí sin ceremonia alguna. Y
la ausencia de ceremonia y de paparruchas de tribuna hizo que el viaje fuese
extraordinariamente agradable.
El
apogeo de la jira fue una entrevista con Stalin. El centinela del Kremlin que
nos preguntó quiénes éramos fue el único soldado que vi en Rusia. Stalin hizo
su parte a la perfección: nos recibió como a viejos amigos y nos permitió
hablar hasta quedar secos de conversación, antes de tomar él modestamente la
palabra. Nuestro grupo estaba compuesto de Lord y Lady Astor, Phil Kerr
(extinto marqués de Lothian) y yo. Se hallaban presentes Litvinoff y unos pocos
rusos más. Cuando entramos pasamos a través de tres o cuatro oficinas. En cada
una de ellas había un funcionario, sentado ante una mesa de escribir.
Adivinamos un revólver a mano en cada cajón.
La
sesión comenzó con un violento ataque de Lady Astor, quien dijo a Stalin que
los bolcheviques no sabían tratar a los niños. Stalin, desconcertado por un
momento, dijo despectivamente, con un gesto:
-En
Inglaterra ustedes CASTIGAN a los chicos.
Lady
Astor le replicó de inmediato (virtualmente) que no fuese un condenado tonto y
enviase a Inglaterra a alguna mujer sensata, para que fuese instruída, en el
campamento de Margaret Macmillan, en Deptford, acerca de cómo deben ser
tratados, vestidos y enseñados los chicos de cinco años. Stalin tomó
inmediatamente nota de su dirección.
Nosotros
creímos que eso era mera cortesía. Pero apenas habíamos regresado a casa cuando
la mujer sensata llegó acompañada de otra media docena, todas ellas hambrientas
de instrucción. Fueron llevadas a Deptford, donde se había derrochado mucho
dinero de los Astor.
Luego
llegamos a la política y Phil Kerr tomó la palabra, como hombre que había leído
a Karl Marx y conocía todo lo referente al marxismo científico. Explicó que el
Partido Liberal inglés se había dividido, pasando gran parte de él a la derecha
y dejando al resto como ovejas sin pastor, imposibilitado de unirse al Partido
Laborista porque éste era políticamente infantil. Lo que se necesitaba era una
derivación del Partido Laborista hacia la izquierda, impulsada por un partido
de comunismo científico bajo la dirección de Lloyd George. Phil sugirió que
Stalin invitara oficialmente a LI. G. a Moscú y le mostrara todas las
maravillas de la Rusia soviética.
Nada
podría superar el buen humor con que Stalin recibió esta proposición.
Evidentemente
se sintió tan divertido con ella como yo. Su respuesta, larga y agradablemente
cortés, pero aparentemente llena de gracia, nos fue traducida de modo que decía
que era imposible hacer una invitación oficial al cómplice de Wrangel en la
invasión del Ejército Blanco, pero que si LI. G. quería ir como una persona
cualquiera, recibiría todas las atenciones y facilidades.
Lord
Astor trató de demostrar a Stalin que en Inglaterra existía mucha buena
voluntad hacia el Soviet y nada que pudiese impedir, en el futuro, el más
amistoso entendimiento.
En
rigor, fue tan lejos que yo debí prevenir a Stalin que Lloyd George,
implacablemente hostil al bolchevismo, no era poco representativo en ese
sentido. Pregunte a Stalin si había oído hablar de Oliver Cromwell y su
precepto, conservado en el refrán de una canción bien conocida en Irlanda,
"Poned la confianza en Dios, muchachos, y mantened seca la pólvora."
Cuando hubo comprendido esto, insinuó que ciertamente mantendría seca su
pólvora.
Dejó
a Dios fuera de la cuestión. Entonces le pregunte que le parecería invitar a
Mr.
Churchill
a Rusia. Creo que en ese momento su afabilidad se hizo levemente sardónica,
cuando dijo que le encantaría ver a Mr. Churchill en Moscú.
Su
sentido del humor fue evidente durante todo el tiempo. Sabe reír.
Cuando
nos retiramos (después de medianoche) nos pareció que habíamos estado en su
presencia un poco más de media hora. Nuestros relojes indicaban que habían
transcurrido dos horas y treinta y cinco minutos.
Sidmouth.
setiembre
de 1937.
Al
extinto profesor O'Bolger.
El
profesor O'Bolger era hijo de un inspector de la policía irlandesa. Fue un
admirador de mi obra, hasta el punto de dedicar todo el tiempo que podía robar
a su tarea de profesor a la confección de una biografía mía. Y yo le escribí
muchas cartas en respuesta a sus pedidos de información. Pero cuando la
biografía fue escrita y ofrecida a un editor norteamericano, contenía
afirmaciones tan difamatorias que el editor, aunque la aceptó por sus méritos
literarios, exigió un certificado de mi confirmación y aprobación. Lo que sigue
aclarará cuán imposible me era entregar tal certificado. Por lo tanto, el libro
no fue publicado. Pero como el manuscrito se encuentra en manos de los albaceas
del autor y después de mi muerte pueden ver la luz bajo el título de "La
verdad acerca de Bernard Shaw", o cosa parecida, será mejor que publique
mi respuesta.
Aunque
el profesor O'Bolger adoptó la literatura como profesión, heredó la actitud y
la técnica policiales de su padre, analizando siempre las declaraciones y
pruebas de las personas sospechadas con vistas a su enjuiciamiento por
transgresiones de la ley y reuniendo pruebas en cuanto a su carácter. Aquí no
se trataba de crítica estética; lo único importante era si los hechos
tolerarían una interpretación de ilegalidad o infamia. En suma, el profesor
puso manos a la obra, no como crítico o biógrafo, sino como pesquisante, sin la
responsabilidad de un oficial inspector o un Fiscal General.
He
aquí la parte de mi comentario que es necesario registrar en este lugar.
Parknasilla,
Kenmare, Condado de Kerry, 7 de agosto de 1919.
Estimado
O'Bolger:
Estoy
seguro de que usted será el causante de mi muerte. Como usted la describe, mi
historia es una en la que el bondadoso héroe, mi padre, fue empujado a la
bebida por la infidelidad de su esposa y finalmente abandonado, para morir en
un asilo.
¿Debo
volver a relatarle los hechos? Y si lo hago, ¿serán más efectivos, en cuanto a
arrancar de su perturbado cerebro esa pieza ficticia de noticia policial, de lo
que lo fue mi propio relato auténtico?
Sáquese
de la cabeza, por el momento, al maestro de canto y colega de mi madre, G. J.
Lee.
Todavía no ha aparecido en escena. Mi padre es un solterón de edad mediana,
"enemigo de nadie más que de sí mismo". Nadie le odia porque nadie le
teme.
Es
un poco humorista y, de tanto en tanto, escribe versos para divertir a la
gente. El Barón Sir Robert Shaw, de Bushey Park (Terenure ), es su primo
segundo, y él mismo se considera como hombre de familia feudal, pero no tiene
propiedad alguna, ya que es un segundón venido a menos. Buena proporción de sus
numerosos hermanos y hermanas se encuentra en próspera situación e irrecusable
posición social. Bebe. No es una debilidad amable, es una desdichada neurosis
psicológica, cuyas víctimas son abstemios sinceros que protestan y predican
contra su maldición. Esta ha aparecido anteriormente en la familia y está
destinada a reaparecer entre mis primos y sus hijos. Nadie lo menciona a
jóvenes rigurosamente educadas, a quienes se mantiene inmunizadas contra los temas
desagradables hasta que se casan.
Mi
madre es una joven rigurosamente educada. Tan rigurosamente educada, de hecho,
por la tía cuya heredera aparente es, que no sabe nada acerca del matrimonio,
del cuidado de una casa ni de ninguna otra cosa indigna de señoras. Por algún
tiempo es bien aceptada por los prósperos Shaw. Sir Robert le cobra simpatía y
los demás la consideran como un crédito social. Pero mi padre se emborracha en
sus comidas y fiestas y es imposible volver a invitarle, o invitar a su esposa
sin él. Inopia, ostracismo, tres hijos, una casa alquilada por treinta libras
esterlinas anuales, aproximadamente, un esposo ebrio, evidentemente incapaz de
mucho éxito como comerciante. Este era el sino de mi madre cuando Lee, vagando
en busca de cantantes, ejecutantes y material de toda clase para sus
actividades musicales, descubrió su voz y la adiestró. Le he dicho esto
demasiado detalladamente y su conclusión es la de que mi madre cometió
adulterio con un impostor musical y empujó a la bebida a su bondadoso, sobrio y
heroico esposo.
Mi
padre no murió en un asilo. En sus últimos años fue abandonado en Dublin por su
esposa e hijos, por la solidísima razón de que no podía sostenerles y de que la
vida con él carecía absolutamente de perspectivas para ellos. Al hacer así,
sacaron de los hombros de él una carga que no podía soportar y de la que se
alegró de librarse, si bien había dejado de beber y era el más inofensivo de lo
mortales. Hizo por ellos lo que pudo, a saber:
enviarles
una libra esterlina semanal hasta que murió. Entretanto vivió con suma
comodidad en un alojamiento de la Vía Apia (un barrio suburbano, residencial,
altamente respetable), muy estimado por su casera, y oportunamente se reunió
con sus padres en el cementerio de Monte Jerome, en la más completa distinción
shawiana. Creo que esta fue la época más dichosa de su vida. No más Lee, no más
esposa, no más hijos crecidos.
Hacia
el final de su vida uno o dos recortes periodísticos le convencieron de que su
hijo alcanzaría el destino, en cierto modo errado por su padre, de ser "un
gran hombre".
Sometido
a estos hechos heroicos, puede escribir usted de mi padre tan bondadosamente
como le plazca. Era en realidad, hasta donde los hombres pueden serlo, humano y
agradable. En una ocasión me contó cómo en su juventud encontró un gato
extraviado, se lo llevó a su casa y lo alimentó. Pero, a la mañana siguiente,
permitió que su perro lo cazara y lo matara. Estaba lleno de autorreproches y
humillaciones, cuando no de chistes secretos, y, o se la pasaba mordiéndose el
bigote y susurrando prolongadas maldiciones, o convulsionado por silenciosos
paroxismos de risa. Su socio comercial era comparativamente tosco de modales y
mi padre creía que los pequeños gestos de diplomacia, las afabilidades y
benignidades con que él aplacaba las susceptibilidades heridas por su socio
eran las que mantenían en marcha el comercio. Y por cierto que tenía razón.
Pero
lo que usted dice de los caracteres heredados no tiene nada de verdad, porque,
por casualidad, mi madre también era sumamente bondadosa, incapaz de golpear a
un niño o a un animal, enemiga de permitir que se arrojara una flor o se la
destrozara al arrancarla. Muchas mujeres, con los pretextos que ella tenía,
habrían odiado a mi padre.
Ella
no sentía el más mínimo encono hacia él. No le respetaba, en el sentido vulgar
de la palabra, ya que él no podía hacer nada dramáticamente interesante o
efectivo. Pero le aceptaba como lo que era, al benévolo modo irlandés, sin
inventar contra él acusaciones de tipo moralista y sin culparle. Todos nosotros
éramos así, más o menos; su posición en la casa era exactamente la que estaba
en condiciones de ocupar. Siempre fue "papá" en el más amplio
sentido. Y el dinámico Lee no recibió nada del afecto que inspiraba papá.
El
fracaso de Lee en Londres, encubierto por unos años de triunfos elegantes, se
debió íntegramente a las condiciones sociales que le obligaron a ser un
farsante para no morir de hambre. Mi madre, que le siguió a Londres para
abrazar la carrera musical y lanzar a mi hermana Lucy como prima donna, estaba
tan disponible como en Dublin. Pero, en cuanto descubrió que Lee había
abandonado "El Método" y pretendía poner a sus alumnos, en doce
lecciones, en condiciones de cantar como la Patti, le abandonó y hacía ya
muchos años que no le veía cuando él murió, acontecimiento que no le dolió en
lo más mínimo. Tampoco, ya que estamos en eso, le dolió la muerte de mi padre.
El deceso de mi hermana Agnes fue el único que le causó pena. Mi padre, de
paso, encontraba en los funerales algo que le despertaba el sentido del humor,
y yo he heredado esta característica. Jamás me acongojo; pero no olvido.
¡Esto
en cuanto a su estimación de las virtudes de esposa de mi madre! Sus
observaciones acerca de mis convicciones económicas no constituyen una crítica.
Se la pasa usted contradiciendo concienzudamente cosas que jamás he dicho y
quejándose de proposiciones que, si alguna vez las hubiera defendido, me
habrían enviado a un hospital para enfermos mentales. Mis obras son tan
tratados económicos como las de Shakespear.
Es
cierto que ni "Casas de Viudos" ni "Comandante Bárbara"
podrían haber sido escritas por un ignorante en economía y que "La
profesión de la señora Warren" es, al mismo tiempo, una revelación del
tráfico de esclavas blancas y un melodrama. Existe una unión de tipo económico
entre Gashel Byron, Sartorio, la señora Warren y Undershaft; todos ellos
prosperangracias a actividades cuestionables. Pero alguien que no sea un
estúpido majadero de profesor universitario, semienloquecido de tanto corregir
trabajos de exámenes escritos, ¿podría inferir que todas mis obras fueron
escritas como ensayos económicos y no como obras de vida, carácter y destino
humano, como las de Shakespear y Eurípides?
Mis
puntos de vista sobre la educación no son novedosos ni excéntricos en sentido
alguno. Pero he indicado que las escuelas y los maestros, como son en la
actualidad, no tienen popularidad como lugares de educación y profesores, sino
más bien como cárceles y carceleros, como casas en que son encerrados los niños
para impedir que molesten y acompañen a sus padres. He dicho también que la
instrucción cívica y la religión deberían ser consideradas como educación
técnica necesaria para la vida civilizada y no como educación liberal optativa
para adquirir cultura. Yo haría que ambas materias fuesen obligatorias y
discutibles. La educación liberal debería ser voluntaria y conducida en
organizaciones voluntarias. Estas son afirmaciones que sería preciso discutir.
La que se refiere a la escuela y el maestro tiene que ver con la educación, ni
más ni menos, como el robo con la institución bancaria. Si mezcla usted ambas
cosas, embrollará la cuestión lamentablemente y se volverá loco de tanto
preocuparse.
Está
completamente equivocado con su cháchara universitaria acerca del joven
inteligente y ambicioso.
Yo
nunca fui ambicioso; como a Hamlet, me falta ambición. No soy, y nunca he sido,
fenomenalmente inteligente. Me he "elevado" por pura gravitación y
por el accidente de poseer un talento lucrativo. Mi tímida falta de empuje me
convirtió en una carga sin dinero para mis padres atormentados, hasta que tuve
casi treinta años. Su novela de un joven inteligente y ambicioso, lleno de
Carlyle y Emerson (jamás he leído una palabra de ninguno de los dos),
escribiendo bajo la ignominia de ser un empleado de oficina, está muy lejos de
ser cierta. Los empleados de oficina son los seres más orgullosos de la
creación. Desprecian a los profesores por considerarles escolares inofensivos y
poco prácticos, que nunca han pasado a la responsabilidad adulta y al
conocimiento del comercio. Es cierto que me encontraba incómodo en la oficina,
porque estaba fuera de lugar. Pero nunca se me ocurrió avergonzarme por ello.
Si
no le conviene a usted, para su libro, aceptar el que Lee fuese, a su modo, un
genio, será mejor que altere el libro. Pero yo le digo que él fue un genio. Y
estoy mejor enterado que usted, ya que soy un experto critico musical que ha
escuchado a todos los grandes directores de su época y a los pupilos de todos
los grandes maestros de canto. Dice usted que no tiene pruebas. ¿Las ha
buscado? Un alemán habría llenado probablemente varias páginas con la lista de
conciertos y festivales dirigidos por Lee en Dublin y de las obras ejecutadas
en ellos. Los buscaría en los archivos de los periódicos. Usted también puede
hacerlo, si quiere malgastar su tiempo y resultar ilegible. ¿Qué otras huellas
puede dejar un director de orquesta?
Cuando
afirma que la pobreza no consiste en la necesidad sino en la distribución mal
administrada, quiere decir que la pobreza existe, no porque no haya suficiente
riqueza para todos, sino porque es distribuida injustamente. Se equivoca. No
hay suficiente riqueza para todos. Pero podría haberla con el socialismo.
Y
ahora acepte mi sincera maldición por haberme obligado a la intolerable tarea
de volver a decirle lo que ya le he dicho completa y cuidadosamente.
Tómese
unas vacaciones y convalezca. Tiene el cerebro empobrecido por su trabajo, poco
natural para usted. Le prevengo que es fácil arruinar a un hombre dándole más
material literario del que puede digerir, así como dándole más capital del que
puede administrar. En este momento su digestión está muy trastornada.
A mi
difunto primo australiano, Charles Shaw.
Estimado
primo Charles:
En
Australia la sociedad es mucho más promiscua de lo que lo era en Irlanda en el
siglo diecinueve. Los Shaw eran "snobs" por necesidad, como todos los
protestantes irlandeses. Pero es preciso que tenga en cuenta las distintas
clases de "snobismo". Cuando mi padre me dijo que no debía jugar con
un condiscípulo cuyo padre era dueño de una ferretería, estaba diciéndome, en
rigor, lo que todos los padres de su posición debían decir a sus hijos para
impedirles trabar lo que ellos consideraban relaciones indeseables.
Cuando
se me dijo que todos los católicos romanos iban al infierno, me resultó
imposible no inferir que constituían una especie inferior con la que un Shaw
protestante no podía relacionarse correctamente. Existían dos fronteras
sociales estrictamente delimitadas: la primera, entre comerciante mayorista y
minorista; la segunda, entre la Iglesia de Roma y la Iglesia Episcopal de
Irlanda, que era entonces la oficial. Ningún Shaw podía tener trato con un
tendero o un católico romano. Y, naturalmente, los Shaw padres inculcaron el
hecho en sus hijos y por lo tanto les convirtieron en faroleros sin remedio.
Pero
hay otra forma de farolería que es menos obligatoria, y su libro está
divertidamente lleno de ella. Se trata de las ínfulas de clan, la convicción de
que "los Shaw" son una familia superior, de narices dominantes,
descendientes de la hidalguía terrateniente o pertenecientes a ella. Para un
Shaw irlandés esto parecería un hecho comprobado de la historia natural.
Todavía
nos burlamos cuando se nos describe como pertenecientes a la clase media, como
se burló el Shaw que llegó a jefe de policía de Hobart. Esa es la clase de
ínfulas que mi tío mayor, el emigrante, se llevó consigo a Australia. Lo único
que puede usted hacer con ella es burlarse bonachonamente. En una era
postmarxista eso no cuajara.
Su
tentativa de demostrar que mi padre no destrozó su matrimonio coa la bebida es
la empresa más desesperada del libro; y le ha llevado a calumniarle atrozmente,
comparándole con el padre de Erewhon Butler. Butler temía y odiaba intensamente
a su padre, y con motivo, y ya que la idea que su padre tenía de educarle en
forma piadosa consistía en arrancarle a golpes la humanidad que tenía y
meterle, también a golpes, la gramática latina. Pues bien; nadie podría haber
odiado a mi padre. Cuando recuerdo ciertas ocasiones en que me mostré
inconsiderado con él, entiendo por qué el Dr. Johnson permaneció bajo la lluvia
en Lichfield para expiar el mismo remordimiento. Mi padre era infeliz, sin
profesión y sin éxito, pero dominó su desdichada neurosis de ebriedad (porque,
en efecto, le hacía desdichado) cuando, un domingo, cayó sobre el umbral de
nuestra puerta con un ataque que le aterrorizó intensamente y le hizo darse
cuenta de que se estaba destruyendo. Desde entonces no volvió a beber.
Cuando,
ello no obstante, le abandonamos, debe haberse sentido mucho más feliz. Y le
agradezco a usted el que me haya dado pruebas de ello; a saber: que logró
renovar sus relaciones con sus hermanos y hermanas. Dos cosas le habían
separado de ellos. Primero, la neurosis de la bebida. En una de las fiestas
familiares celebradas en Bushey Park, se emborrachó de tal modo que fue
desechado como socialmente imposible. Sus hermanos y hermanas ya no nos
visitaban ni invitaban. Y yo no volví a ver a mis primos.
Esto
era bastante duro para él. Pero más penoso le resultaba el hecho de que no
podía encontrar sociedad en su propia casa. Cuando formamos un hogar conjunto
con George John Vandaleur Lee, el colega musical de mi madre, la energía y
espíritu de empresa avasalladores de éste redujeron a mi padre a la nulidad en
la casa.
Cuando
sus hijos se hicieron demasiado grandes como para que jugara con ellos -y la
ansiedad de éstos en punto a si volvería ebrio a casa no cesaba jamás-, no
recibió de ellos prácticamente ninguna compañía cómoda. Sus parientes no
querían verle y mi madre no quería ver a los parientes. Se interesaba solamente
en la gente que podía cantar, y ésta se componía en su mayoría de católicos,
mejores ciudadanos y amigos mucho más agradables, pero no compañía adecuada
para un Shaw protestante.
Le
dejo que se imagine el efecto que me produce usted cuando se planta sólidamente
en la afirmación de que ningún Shaw podría ser nada tan vulgar como un beodo y
que, por lo tanto, yo debo ser un embustero chistoso. Si usted hubiera pasado
por esa época conmigo, no vería en ella nada que se prestara a bromas. Pero no
se precipite al otro extremo para suponer que todos los Shaw eran ebrios. Sólo
bebían tres, de once. Y dos de ellos, mi padre y William (Barney), dejaron
repentinamente de beber, mucho después de que sus casos fueron tachados de
desesperados.
Pero
considere ahora la secuela en que yo, a los veinte años de edad, el último
miembro de la familia que vivió con mi padre, le abandoné como los demás y huí
a Londres. En realidad eso fue la consumación de un bendito alivio para él. Su
esposa ya se había ido. Cuando su hijo, que, en el reavivamiento religioso
producido por la visita de los famosos evangelistas Moody y Sankey a Dublin,
había escrito una carta a la opinión Pública prácticamente declarándose ateo,
se fue también, ¿qué podía impedirle su retorno a su clan? Usted me dice que
ellos volvieron a acogerle y le hicieron tan dichoso como antes le habían hecho
desdichado. Me alegro de saberlo.
Esos
almuerzos de los domingos, con su hermano Henry, que usted describe, eran
imposibles mientras nosotros estábamos con él. Era recibido por su hermana
Emily Carroll, que le consideraba un ingenio de primer orden. Cuando, hace
poco, descubrí en Eastbourne a la única sobreviviente de la progenie de la tía
Emily, me contó las cosas graciosas que él solía decir. No puedo creer que haya
querido volver a vernos, pero no hubo jamás la más leve mala voluntad entre
nosotros. Y mi hermana Lucy, que estaba en Dublin cuando él murió -cosa que
hizo instantáneamente y en forma feliz-, se encontraba en relaciones afectuosas
con él.
Nuestra
indiferencia a la muerte de los demás nos señalaba como a una familia
notablemente poco sentimental. Y su decisión de encontrarnos llenos de
sentimiento victoriano, incluso de belleza romántica en todas las mujeres y de
valor denodado en todos los hombres, ha culminado en su fantástico esbozo de la
vida y carácter de mi hermana Lucy, que no solo es falso, sino, además, el
verdadero opuesto de la verdad.
Lucy,
lejos del hogar, era la preferida de todos. Quebró muchos corazones, pero nunca
el propio. Se caso a una edad mediana; ¿por qué?, no sabría decírselo. Lo más
que puedo hacer es suponer que le agradaba la familia de su esposo, cuyos
miembros eran todos sostenes de la iglesia irvinguista, gente altamente
respetable y de solida posición. Su suegra había descubierto que el lugar más
agradable para vivir era la cama, en la que permaneció durante unos quince
años, hasta su muerte. Lucy siempre había esquivado las oportunidades, que su
buena apariencia y su canto le ofrecían, de penetrar en la sociedad feudal.
Sabía que no tenía el dinero ni -como cantante profesional- la situación social
necesaria para sentirse cómoda en ella, de modo que, prudentemente, frecuentaba
la amisLibrodot Dieciséis esbozos de mi mismo Bernard Shaw Librodot 78 78 tad
de gente que la consideraba superior y la mimaba, en lugar de tratar a los que
la miraban desde lo alto de sus narices. Hacía caso omiso de las pretensiones
de los Shaw y de la hidalguía campesina de su rama materna. Pero odiaba la
bohemia y se avergonzaba de ella. Su suegra, postrada en cama y todo, se dio
cuenta de lo que ocurría y se dedico a dar a Lucy la educación social que tanto
necesitaba; porque mi madre, a su vez tiránicamente sobre- ducada, nos dejo que
aprendiéramos por nuestra cuenta. Y Lucy, que siempre se mostró resentida por
eso, se sintió grandemente aliviada cuando su nueva madre se granjeo su
gratitud eterna enseñándole a comportarse.
Su
esposo era un hombrecito, un ex empleado de una oficina de seguros, cuyo
hermoso rostro parecía haber sido esculpido en una vejiga llena de grasa. Su
única ambición consistía en llegar a ser un primer tenor de la opera ligera. Su
empleo en las colonias le permitió ahorrar cincuenta libras esterlinas, con
cuya suma soborno al administrador de una compañía de opera ligera en jira,
para que le permitiera cantar, por una noche, la parte principal del tenor.
Supongo que después de eso no podían echarle a la calle. Cantaba con
dificultad, pero, aun así, sabía cantar un poco y sus gustos le ponían a sus
anchas en el teatro. Era un adicto al juego y las mujeres. En el teatro conoció
a Lucy y se caso con ella. Mi hermana se canso muy pronto de él y le ahuyento, volviendo
a vivir como soltera libre. Esta situación se mantuvo algunos años, hasta que
ella se entero de que, en la época de su matrimonio, él estaba unido a otra
mujer. En un acceso de ira, vino a mí y me dijo que quería divorciarse. Como ya
estaba prácticamente divorciada, le sugerí que la operación era superflua. Pero
estaba decidida a librarse legalmente de él y el hombre, a su vez, se mostró
completamente dispuesto a no defenderse en el juicio, siempre que se renunciara
a toda exigencia de alimentos o compensaciones por daños. En consecuencia, el
divorcio se llevo a cabo y Lucy recobro su apellido de soltera.
Y
entonces apareció el toque shawiano. Más tarde él se presentó nuevamente,
solitario y sin un lugar donde pasar las noches. Lucy inmediatamente le toleró
como a una persona sin hogar, aunque como esposo le había encontrado
intolerable. De modo que la visitó con frecuencia hasta su muerte,
circunstancia en que su lugar fue ocupado por su hermano, hombre sumamente
capaz, administrador de uno de los gigantescos comercios múltiples de Londres.
Lucy les sobrevivió sin derramar una lágrima. Hacía tiempo que nuestros padres
habían muerto. Yo era el único pariente que quedaba y la visitaba solamente con
largos intervalos, cuando tenía algún asunto que discutir con ella. Una tarde,
cuando su salud provocaba una inquietud especial, la visité en su casa y la
encontré en cama. Cuando estuve sentado un rato con ella, me dijo:
-Me
muero.
Le
tomé la mano para alentarla y le dije, un tanto convencionalmente:
-!Oh,
no! Pronto estarás bien.
Luego
guardamos silencio y no se oyó sonido alguno, aparte del producido por alguien
que tocaba el piano en la casa vecina (era una hermosa tarde y todas las
ventanas estaban abiertas), hasta que ella emitió un leve ruido con la
garganta. Todavía me tenía de la mano. De pronto se le enderezó el pulgar.
Estaba muerta.
El
médico llegó en seguida y, como yo tenía que registrar el deceso, le pregunté
qué pondría en el certificado como causa de la muerte, añadiendo que mi
suposición era que se trataba de tuberculosis, de la que había sufrido durante
muchos años, después de un ataque de pulmonía que puso punto final a su carrera
teatral. £1 dijo que no; su tuberculosis estaba completamente curada.
-Y
entonces, ¿qué? -pregunté yo.
-Inanición
-respondió él.
Yo
protesté, asegurándole que le había proporcionado medíos suficientes como para
que ello no sucediera. Entonces me explicó que desde la guerra de 1914-18 no
había podido hacerle comer lo bastante. Durante los ataques aéreos, un cañón
antiaéreo, montado justamente frente a su jardín, le había quebrado los vidrios
de todas las ventanas y toda la vajilla de la casa y provocado una seria
neurosis de guerra. Se la llevaron a Devon, fuera del alcance de los
bombarderos alemanes, pero jamás recobró el apetito.
Como
no conocía a sus amistades, no invité a nadie a su cremación, efectuada en
Golders Green. Pero cuando llegué allí encontré la capilla atestada de sus
adoradores. En su testamento había prohibido expresamente cualquier servicio
religioso. Pero, con toda esa gente allí, sentí que no podía arrojarla al fuego
como si fuera un cubo de carbón. De modo que pronuncié una oración fúnebre y
terminé recitando la endecha de Cimbelina, porque "No temas ya al
relámpago
ni a
la horrenda piedra del trueno»
concordaban
tan bien con lo que me había dicho el médico...
Lucy
tenía suficientes facultades literarias como para hacer que el viejo
"Heraldo Familiar" le aceptara uno o dos cuentos escritos en el
estilo de Rhoda Broughton. En su edad madura perpetró un libro del cual uno de
sus admiradores, que era publicista, sacó una edición. Pretendía ser una serie
de cartas dirigidas por una mujer de edad a una más joven, aconsejándola en
cuanto a su conducta en la vida. Era tan cínico, que repugnó a mi madre y casi
llegó a escandalizarme a mí.
El
resto deberá usted descubrirlo en mis notas a sus pruebas de imprenta. Ellas le
proporcionarán algunos datos sorprendentes en cuanto a la familia que usted
pudo idolatrar a su gusto en Australia.
A
Henry Charles Duffin He leído las pruebas de su "Quintaesencia de Bernard
Shaw" (¿por qué no de shawianismo?) con menos angustia de la que
generalmente me producen los libros que se escriben sobre mí. A renglón seguido
mencionaré los puntos que me parecen pasibles de crítica. Y tendré que tomarlos
en el orden en que se presentan en el libro, sin intento alguno de continuidad.
Página
9. Sugiere usted en ella que yo he declarado que mis obras son mejores que las
de Shakespear. Eso no es así. En el prefacio de "Comedias para
puritanos" hay un capítulo intitulado "¿Mejor que Shakespear?"
(nótese los ¿?), en el cual analizo el problema creado por el hecho de que dos
de mis principales protagonistas hayan sido dramatizados por Shakespear. Mi
réplica no contiene vestigio alguno de su versión de ella, que es, creo, una
reminiscencia de mi prefacio a "El nudo irracional". Lo que dije, para
resumirlo en pocas palabras, fue que nadie puede escribir una obra teatral
mejor que "Lear", ni una ópera mejor que "Don Giovanni". En
una palabra, que las cimas de las consecuciones posibles, por lo que se refiere
a ejecución artística, han sido ya alcanzadas en todas las artes. Pero esto no
significa que el César de Shakespear no pueda ser superado, como historia, por
cualquier comediógrafo corriente que haya leído a Mommsen y Ferrero así como a
Plutarco, ni que Ibsen, en su terreno, no deje lejos a Shakespear en cuanto a
sutileza, intensidad y penetración. Es el abrumador contraste con Ibsen el que
explica la campaña que llevé a cabo en la Revista del Sábado contra la parte
espuria de la reputación de Shakespear. Pero la idea de que yo he sostenido groseramente
que mis obras, o las de cualquiera, estaban mejor escritas que las de
Shakespear, es absurda.
Pagina
15. Todo eso de la cuestión de fumar es tonto y significa simplemente que usted
es un fumador. ¿Ha hecho alguna vez un paseo campestre hasta una estación de
ferrocarril, y luego penetrado en un vagón de fumar? Si puede hacerlo sin
experimentar al menos un disgusto momentáneo, es que carece de todo sentido del
olfato. Cuando volví de la pelea CarpentierBeckett tuve que cambiarme hasta la
última prenda de vestir antes de poder acercarme a alguien sin una disculpa.
¿De qué sirve pasar por alto estas experiencias y escribir acerca del
"inofensivo amante de la pacífica pipa"? Naturalmente, en la práctica
soy tolerante con los fumadores, porque de otro modo me separaría de la
sociedad humana. Pero no cierro los ojos (o la nariz) al hecho de que se trata
de una costumbre nociva y repugnante. Su afirmación de que yo "modifico
mis objeciones al cigarrillo cuando, como en el caso de una mujer, es un
símbolo de rebelión", es pura fantasía. Me molesta ver fumar a una mujer.
Pero no por eso presento a mis heroínas como no fumadoras. Vivie Warren fuma
cigarrillos porque su original viviente así lo hacía. Louka fuma cigarrillos
porque así lo hacen las muchachas búlgaras. Lo hacen como Broadbent en "La
otra isla de John Bull". Pero ni siquiera haría eso, si no fuera imposible
que un actor o una actriz finja fumar sin hacerlo, como se dice que hace
Winston Churchill. Usted afirma que la "cuestión del tabaco es de carácter
individual". Y entonces, ¿por qué hay que poner lugares aparte para fumar?
¿Por qué esa práctica debe ser prohibida fuera de ellos, si nadie se siente
afectado, sino el fumador? Hágame caso, abandone el vicio. Pruebe a tejer, en
cambio. Mi jardinero, que no fuma, teje.
Página
16 (y en muchas otras partes). Dice usted que "culpo" a Shakespear y
Dickens por hacer de la ebriedad y el mal genio una cuestión de risa. Yo no les
culpo. Digo, como Keegan, que "toda broma es, en la matriz del tiempo, una
afirmación seria". Muchas de mis más serias teorías se me ocurrieron al
principio como bromas. Esta evolución puede advertirse en el propio Dickens.
Mrs. MacStinger, de "Dombey e hijo", es una broma.
Pero
en la forma de Mrs. Gargery, en "Grandes Esperanzas", no lo es. En
cuanto a lo que Shakespear piensa de la ebriedad, compárese a Sir Toby Belch
con Cassio y el rey de Hamlet. Erewhon y "La Autora de La Odisea",
deben habérsele ocurrido a Butler como caprichos. Muchas cosas de las que me he
burlado en mis obras serán convertidas en tragedia por futuros dramaturgos.
Página
34. "Butler es uno de los hombres más encantadores que jamás hayan
manejado una pluma." Usted escribió esto antes de la aparición de
"Memorias de Festing Jones". Si por casualidad ha leído mi crítica de
las Memorias, publicada en The Manchester Guardian, comprenderá por qué le digo
ahora que la palabra "encantador" es un tanto arriesgada, a menos que
quiera sostener que todos los hombres de genio son encantadores. Butler se
parecía más a su padre de lo que él sospechaba. El reverendo Theobald Butler,
con un cerebro potente en lugar de uno débil, se habría parecido mucho a su
grande hijo.
Pagina
43. ¿Piensa usted en serio que William Blake debería haber escrito "El
casamiento de cielo e infierno" en términos de la moralidad de la
"Revista de la Parroquia"? Intente, pues, el experimento de volver a
escribir "El discípulo del diablo" en esos términos, a ver qué saca
de eso. Jamás he conocido a nadie que se sintiera confundido en lo más mínimo
por Dick Dudgeon. ¿Usted sí? Uno de sus mejores rasgos personales es el de que,
cuando es usted inteligente, lo es de veras, y cuando es estúpido lo es de toda
evidencia.
Página
53. La tolerancia dogmática es un disparate. Yo no toleraría la enseñanza del
calvinismo a los niños, si tuviera poderes para impedirla, del mismo modo que
el soberano británico no toleró la costumbre india de inmolar a la viuda con el
esposo muerto. Toda autoridad civilizada debe trazar un límite entre lo
tolerable y lo intolerable.
Página
72. ¿Le he sugerido realmente que, en lo que respecta a relaciones de sexos, no
hay hembra como la hembra de la araña? Ana Whitefield, en "Hombre y
Superhombre", no llena mi campo de visión tan completamente como ha
llenado el de usted. La tragedia de Mrs. Knox, en "La primera obra de
Fanny", al confundir la transfiguración de Knox por el amor carnal con lo
que Mrs. George adoraba en el obispo de quien se mantenía tan cuidadosamente
apartada, no es una tragedia de arañas. Y, en pasajes subsiguientes, usted ha
notado que la comandante Bárbara, Lesbia Grantham y Lina Szczepanowska están
tan lejos de la abeja y la araña como los menos prolíficos de mis hombres. Me
parece que lo que usted tiene en la mente es la vasta masa del pueblo que
resulta casi tan neutra en materia de sexo como es posible que lo sean los
seres humanos. Naturalmente, Ann no es representativa de esa masa. Luego existe
la gente, también numerosa, que razona tan poco sobre fisiología y psicología
sexuales como sobre cualesquiera otras fisiologías y psicologías. Probablemente
una araña cree que teje su tela y atrapa a su presa por deporte, o quizá como
un rito ordenado por algún dios de las arañas, y no sabe que morirá si no come.
Pero mis obras serían imposibles si no dotara a mis personajes de poderes de
conciencia de sí mismos y de autoexpresión que no poseen en la vida real. No
tendríamos las fábulas de Esopo si los animales no hablaran.
Empero,
es posible que en este caso exista una legítima diferencia entre nosotros. No
estoy seguro de no ocuparme algún día, en una de mis obras, de la mujer
antimaternal. No soy un desconocedor de la especie. Nunca conocí lo que usted
denomina (pág. 82) "el tipo de mujer-clueca, que se considera a sí misma,
en primero y en último lugar, una incubadora de niños". Pero, por otra
parte, jamás me encontré con la mujer que, habiendo tenido un hijo, lamentara
la experiencia, y eso que consulté a muchas mujeres intensamente
antimaternales. En la página 84 dice usted, en este sentido: "Es claro,
Shaw llamaría a esto hipocresía astuta." Ni soñaría siquiera con decir
nada tan tonto e ignorante.
Página
89. Al hablar de los celos ha cometido usted una curiosa omisión, que me hace
dudar de que tenga mucha experiencia personal en materia de celos. Julia, en
"El Mariposón", es tan estudio del tema de los celos como Leontes en
"Cuento de Invierno"; pero usted parece no haber advertido que ella
es celosa. Son los celos los que la tornan imposible. Y en este sentido puedo
agregar que no parece usted hacer concesión alguna a la considerable parte de
las dramatis persone de un comediógrafo que se funda en estudios efectuados
sobre modelos vivos. Algunos de mis personajes son retratos bastante exactos;
para otros he usado un modelo, tal como lo hace un pintor. Pero usted escribe
siempre como si mis protagonistas fueran personificaciones alegóricas y no personas.
Página
93. Aquí supone usted de pronto que yo, como Macaulay, pre-marxista, veo en la
historia un progreso en la ilustración general. No es cierto. Lea las notas a
"César y Cleopatra", o "El manual del revolucionario", y
verá que considero sumamente peligroso el error de Macaulay.
Página
96. "Crampton es un anciano completamente encantador." Quien se
encante con Crampton puede encantarse con cualquiera.
Página
102. Olvida usted que Gregory Lunn está ya en brazos de Mrs. Juno cuando su
esposa llega con Juno. Cuando él dice que los hombres tienen que hacer el amor
a la mayoría de las mujeres porque es imposible hablar con ellas, está diciendo
la verdad.
Pero
esto no le salva cuando la mujer proporciona buena compañía al mismo tiempo que
seducción. El tema de la obra es la victoria de la Fuerza Vital sobre la moral
burguesa y la conciencia fundada en ella. Ha sido descrita en el "Don
Juan" de Byron, en un pasaje que usted cita. En mi obra se muestra por
primera vez en acción en el escenario. Y sin embargo usted no ve en ello,
aparentemente, más que una observación trivial de Gregory.
Páginas
104-6. No quiero abolir la familia. El grupo de padre, madre e hijos, aunque en
sí mismo limitativo e insocial, es la unidad social natural.
Página
106. "El secreto del corazón del poeta" es el que usted describe como
el más probable; esto es: que la vida doméstica no es el destino de un poeta.
"La vida es mucho más noble que eso." El lugar del poeta, la noche
estrellada y no el cuarto cómodo, con la lámpara de querosene. Su solución
alternativa, de que "en fin de cuentas ella vendrá a mí, más tarde o más
temprano", es tonta de toda tontería.
Página
143. Cuando Mrs. Warren dice que "la única forma de que una mujer se gane
decentemente el sustento es mostrarse bondadosa con un hombre que puede darse
el lujo de mostrarse bondadoso con ella", incluye al matrimonio en la
frase, como usted afirma.
Pero
ella también indica que las mujeres que poseen talentos lucrativos están
independizadas tanto del matrimonio como de la prostitución, en cuanto a medios
de obtener algo mejor que un jornal de hambre. Pero esto es así solamente
porque los talentos excepcionales tienen un valor de escasez. Usted hace el
sorprendente comentario de que "si una mujer prefiere usar talentos
superiores y obtener capacidades adicionales, como lo hace la mayoría de los
hombres, podrá tener una tolerable seguridad de prosperar". La inferencia
de que una muchacha nacida en una tienda de venta de pescado frito, del East
End, puede, si lo prefiere, practicar todas las profesiones liberales,
demuestra que no tiene usted conocimiento de la verdadera condición de los
pobres. "Si no tienen pan, ¿por qué no comen torta?", resultaría
práctico en comparación. Empero usted señala que los hombres, que no tienen la
alternativa de la prostitución, están condenados a la misma penuria.
Página
146. Aquí demuestra usted, no por primera vez en el libro, que piensa en mí
solamente como comediógrafo. Pero, por cada obra que he escrito, pronuncié
cientos de disertaciones y publiqué extensos libros sobre el socialismo
fabiano. Detrás de mis obras existe una sociología elaborada por el
pensamiento, que las hace fundamentalmente distintas a las de los autores cuyo
conocimiento de la sociedad se reduce a saber que los guisantes no deben ser
comidos con un cuchillo y que la esposa de un caballero no debe ser llamada
Lady Polly Jones, sino Lady Jones.
La
última parte de las páginas 146-7 está completamente equivocada. Jamás "me
di cuenta de la inutilidad de predicar a bancos de iglesia vacíos". Los
bancos nunca estuvieron vacíos; lo que yo advertí fue la inutilidad de predicar
a bancos llenos. Las reuniones numerosas no son ventajosas. Evidentemente no ha
seguido usted mi obra de socialista. Y será mejor que se mantenga lejos de
ella, a menos de que esté dispuesto a estudiarla, cosa que le llevaría mucho
tiempo.
En
cuanto al problema del mal, no me muestro, como usted dice, "prudentemente
satisfecho de dejarlo en su ironía". Por el contrario, Blanco Posnet
formula la pregunta "¿Qué hay del crup?", y la contesta. Hay una
estudiada teoría de la Evolución Creadora detrás de toda mi obra; y su primera
enunciación completa es el tercer acto de "Hombre y Superhombre". Es
la fe de Butler y Bergson. Su "inescrutable ironía de Dios" no es más
que byronismo rancio y agnosticismo del siglo diecinueve.
Página
158. El sentido del honor no puede ser "inculcado en el niño desde afuera,
por sus instructores". Es una chispa divina que ya existe en el niño. Los
instructores pueden corromperla aplicándola falsamente (con el código de honor
de las escuelas públicas, por ejemplo), pero el sentido natural está siempre
más o menos en rebelión contra sus perversiones. Y los genios siempre
desenmascaran las imposturas.
Página
161. Habla usted de mi exigencia "de que los credos sean hechos
creíbles".
Pero
en seguida supone que yo pido que sean hechos verdaderos y racionales, cosa que
ya es harina de otro costal y que le lleva a imaginar que, para mí, todos los
hombres y mujeres son racionales, si bien acepta mis comedias como
demostraciones de que no lo son. La verdad es a menudo menos creíble que la
leyenda.
En
realidad usted piensa en mi insistencia acerca del efecto desmoralizador de las
creencias que personas inteligentes no pueden aceptar, de resultas de lo cual
vuelven sus espaldas a la religión y a la vida pública o se tornan hipócritas.
La validez del credo nada tiene que ver con este aspecto del asunto. El caso es
que un credo oficial produce, cuando es increíble, un daño que no hace cuando
es creíble, aun cuando el credo increíble pueda ser cierto, y falso el creíble.
Página
186. Hay una buena parte de verdad en su descripción de la democracia como
"la estupidez armada de un cañón". Pero olvida que, en mi sentido,
"el abogado, el sacerdote, el literato y el político" son, en
conjunto, más peligrosos que la gente común que no ha sido embobecida por el
proceso que denominamos educación secundaria.
He
garrapateado algunas notas marginales en las páginas que siguen a la 200, donde
me parece que en ocasiones se muestra usted simplemente enojadizo, como en sus
referencias anteriores al cigarrillo. Probablemente no ha leído mi prefacio al
Anuario Educa- cional de 1919, en el cual ventilo mi disputa con el maestro de
escuela y señalo ciertas distinciones entre la educación técnica y la liberal,
distinciones que considera importantes, especialmente aquella en que clasifico
a la educación religiosa como técnica.
En
cuanto a la cuestión del castigo de los niños, soy, por lo que sé, el único
escritor humanitario que ha afirmado lisa y llanamente que a los niños no debe
impedírseles que aprendan por experiencia que, si se convierten en molestias
insoportables, recibirán un porrazo en la cabeza por parte de alguna víctima
enfurecida. Pero he insistido en que si la enseñanza no tiene otro sentido que
castigar a un niño, cuando éste no proporciona respuestas preestablecidas a
preguntas preestablecidas, entonces Squeers y Creakle son maestros altamente
capacitados y la profesión de la enseñanza es, no sólo nada especializada,
sino, además, infame. Usted dice que yo fuí un chico reacio a la enseñanza, que
estudió en una mala escuela. Pero, ¿qué es un chico reacio a la enseñanza? Yo
estaba hambriento de conocimientos e interesado en todo. Pero no podía leer los
libros escolares, aunque podía leer cualquier otra cosa. La escuela, ahora
conocida con el nombre de Colegio Wesley, era, indudablemente, mala. Pero se
contaba, y sigue contándose, entre las mejores del país. Shelley, en Eton, fue
un chico reacio a la enseñanza, en una mala escuela; pero no en el sentido que
usted sugiere. Yo fuí probablemente el chico más enseñable de toda Irlanda. Y
si la escuela no me enseñó nada, aparte de que una escuela es una prisión y no
un lugar de enseñanza, la conclusión es que la pedagogía no constituye aún una
ciencia.
Páginas
208-9. El carácter de Dubedat ilustra una de mis tesis preferidas, a saber: que
ningún hombre es escrupuloso cien por ciento. Tiene ciertos pundonores, según
sus facultades e intereses, en tanto que, en cuestiones que no le interesan, se
muestra descuidado e inescrupuloso. Uno de los numerosos modelos que
"posaron" inconscientemente para Dubedat era morbosamente escrupuloso
en punto a sus convicciones religiosas y políticas, y habría ido al patíbulo
antes de desdecirse de una sílaba de ellas. Pero carecía en absoluto de
conciencia en lo referente al dinero y las mujeres; era un desvergonzado
seductor y sablista, para no decir ladrón. En contraste con hombres que se
mostraban escrupulosamente correctos en su vida familiar y comercial, parecía
un granuja, y lo era.
Pero
había ocasiones en que aquéllos hacían muy mal viso a su lado, ocasiones en que
la lealtad a sus convicciones exigía algunos riesgos y sacrificios. Cuando
Dubedat, en su lecho de muerte, dice que ha librado un buen combate, habla en
serio. Quiere decir que no ha pintado cuadros de chiquillas jugando con fox
terriers, para ser exhibidos y vendidos en la Real Academia, en lugar de hacer
lo mejor que podía en su arte. A pesar de que he escrito mucho contra la
bohemia anárquica, por considerarla la maldición de los artistas, y declarado
que no falta gente inteligente, sino gente fundamentalmente honesta e
industriosa, gente que siempre se niegue a ofrecer un alto tipo de talento como
excusa de un tipo inferior de conducta, a pesar de ello, digo, sé que la
moralidad burguesa es, principalmente, un sistema de convertir las virtudes
baratas en una máscara para los vicios lujosos. Por lo tanto no puedo confirmar
su actitud de desechar a Dubedat como si fuese un simple patán. 21 tuvo su
convicción y la defendió.
Páginas
211-12. No tengo simpatías especiales hacia "el criminal en su
celda". Me repugna la crueldad de poner a cualquiera en su celda. Mi
alternativa, que es la de matar al criminal si no puede dejársele en .libertad,
no le parecería a éste muy simpática. Y no "odio la violencia física de
cualquier clase". El extinto Cecil Chesterton me arrancó una completísima
explicación de mi punto de vista. La violencia física es el arma con que la
estupidez y la vileza pueden destruir a la inteligencia y la virtud. El que
esto deba ser repetido ahora es solamente prueba del irreflexivo
sentimentalismo que nos gobierna.
Uno
de los primeros puntillos de honor de la sociedad civilizada debería ser el de
que las luchas mentales no deben ser combatidas con los puños, ni el crimen con
la tortura. El instinto de Paul Jones era correcto cuando se mostró dispuesto a
matar a un amotinado, si era necesario, pero negándose a flagelarle.
Pero
no debo importunarle con más quisquillas. Estoy completamente de acuerdo con su
conclusión de que el "brillante" Shaw es solamente un predicador con
cuatro o cinco textos, que sería bastante monótono si no fuese un poco artista.
Ha entendido usted el espíritu de las obras y la sustancia de las mismas en una
forma que habría sido imposible si no fuera porque gozó con ellas. Y ha gozado
con ellas hasta un punto que resultaría imposible si la Fuerza Vital que hay en
usted no se hubiera acompasado bien con la que hay en mí. No espero que rehaga
usted todo mi trabajo discutiendo cada uno de los puntos hasta sus cimientos.
Pero ha dado a la gente una recomendación, sumamente competente y efectiva, de
que acuda a mí y escuche lo que tenga que decirle. Y por eso le quedo
agradecido y, por primera vez, he leído concienzudamente, de cabo a rabo, un
libro que habla de mí.
La
biografia de Macmanus en "Los 90 de G.B.S.", de Winsten.
Página
33. Como retrato de mi estado mental cuando crucé el canal de Irlanda, nada
podría ser más falso que esta página. Hasta donde podía tener resoluciones o
intenciones, partí de Irlanda porque no tenía allí ningún futuro aparente.
Porque, en el intervalo que mediaba entre la emigración de Lee y el
reavivamiento literario y dramático dirigido por W. B. Yeats y Lady Gregory,
Dublin fue un Sahara del arte. En cuanto a conquistar Londres, pensaba tanto en
esa posibilidad como podría soñar el más pobre campesinoemigrante en conquistar
los Estados Unidos.
Página
33. Mi cabello pardo rojizo jamás fue realmente el rojo de las Tierras Altas,
como el de mi hermana Agnes. Pero siempre fuí una "bestia rubia" de
inconfundible tipo danés.
Página
36. Siempre llamamos Roundtown a la pintoresca casa de campo de mi abuela.
Se
me informa que ahora está transformada: mitad tiendas, mitad casa-habitación.
A
los Shaw no se nos enseñó, por cierto, a "reverenciar" a los
parientes ingleses. Nos considerábamos una parte sumamente distinguida de
ellos.
Nunca
vi a mi padre con un libro en la mano. Pero debe de haber leído mucho en su
juventud, pues conocía las novelas de Scott y me impulsó a leer. Le leí The
Pilgrim's Progress, y recuerdo que me dijo que no pronunciara la palabra
grievous como si fuera grevious.
Sir
William Wilde exageró la operación del ojo de mi padre. Curó el estrabismo
natural, pero produjo uno peor en dirección opuesta.
El
sentido del humor de mi padre no era "fuertemente exagerado". Pero
tenía un cariño de comediante por el anticlímax, que yo he heredado. Cuando la
firma de Clibborn y Shaw quedó casi en la ruina por la bancarrota de uno de sus
deudores, Clibborn no pudo contener las lágrimas. Pero mi padre se retiró al
depósito y tuvo una sesión de carcajadas consigo mismo. Los irlandeses que
poseen el sentido del humor experimentan placer con los daños graves.
Mi
abuelo no era "un pequeño terrateniente del distrito de Dublin". Su
propiedad ancestral se encontraba en el pueblo de Carlow (yo la heredé a la
muerte de su hijo y, habiéndole devuelto la solvencia, la regalé al Concejo de
Distrito). Vivía en Oughterar, en Galway, como caballero de provincias,
pescaba, cazaba y hacía sus propios trabajos de carpintería y construcción de
botes como un aficionado extremadamente hábil.
Página
37. La tía Ellen, si bien jibosa, no era una enana.
St.
Bride no estaba cerca de la calle Synge. Se encontraba en los barrios pobres y
fue demolida hace tiempo, ya que solamente los católicos pobres vivían allí.
Sus registros contienen la anotación de mi bautismo, pero las opiniones varían
en punto a si fueron quemados en los Cuatro Tribunales, durante la guerra
civil, o si se conservan en la biblioteca del Colegio Trinidad.
Página
39. Ningún empleado de la ciudad podía permitirse vivir en la calle Synge. La
mayoría de los inquilinos eran, como mi padre, comerciantes, no opulentos pero
de pretensiones sociales superiores a las de los tenderos.
Bushey
Park era y es una finca rural, completamente fuera de Dublin, en Rathfarnham,
aunque su dirección postal es Terenure.
Página
41. Mi padre nunca reía cuando estaba ebrio. En esa oportunidad en que
confundió la pared de la casa de Dalkey con la puerta de entrada y convirtió su
sombrero de copa en una concertina al embestir contra ella, la risa surgió de
su hijo y de su cuñado.
Página
42. Miss Caroline Hill debe haberme enseñado muchas cosas que no recuerdo haber
aprendido y que, durante muchos de mis años de adulto, creí saber naturalmente.
De
pronto, un día, me di cuenta de que eso era una tontería. Y, como hacía tiempo
que Miss Hill había muerto, me hice suscriptor del Instituto de Beneficencia
para Institutrices.
No
recuerdo haber aprendido a leer. Pero me acuerdo de una tarde húmeda, en los
muelles, en que me refugié con mi padre en un soportal cubierto de anuncios, y,
como era lo suficientemente pequeño como para ser llevado en brazos, electricé
al gentío leyendo en voz alta los carteles.
Página
43. No había tal "profusión de instrumentos musicales desparramados".
Cuando
rompí el trombón de mi padre para descubrir qué tenía adentro, sólo quedó el
piano.
Página
44. Una sarta de errores. Lee era un director hipnótico y había reunido una
orquesta de aficionados, aumentada en ocasiones por un solista de una banda
militar. Pero es absurda la idea de que los ensayos orquestales pudieran
llevarse a cabo en nuestra casa. Se hacían en los Antiguos Salones de Concierto
de la calle Brunswick; los ensayos en el cuarto de los Estandartes y las
ejecuciones en el salón de conciertos. En los ensayos de nuestra casa los
acompañamientos se hacían al piano. Los vecinos nunca se quejaron; la música
era buena y no había "estrépito".
Cuando
su hermano murió, Lee vivía en la calle Harrington, con una anciana ama de
llaves que era considerada un terror. De algún modo se libró de ella y entonces
se produjo el arreglo por el cual nuestros hogares se combinaban en el N° 1 de
la calle Hatch. Aparte de que mi tío William tocaba el figle en la orquesta de
Lee, no existía contacto musical con los parientes Shaw, que podían tocar de
oído varias melodías populares, en distintos instrumentos, pero que, en cuanto
a música clásica, eran completamente incultos.
La
prima Emily, que tocaba el chelo, era la tía Emily, esposa del rector de St.
Bride y hermana de mi padre. Sentía desagrado hacia mi madre y nunca vino a la
calle Synge. Un día mi madre la visitó y la escuchó exclamar: "¡Esa
perra!", cuando la anunciaban. El incidente terminó las relaciones de
ambas.
Página
45. Hay una omisión en esta página. Casi todos los mejores cantantes de Lee
eran católicos romanos. Y nuestras relaciones con ellos arrancaron de mi mente
la idea de que los católicos son gente inferior, con la cual no hay que tratar
y predestinada a la condenación eterna. Sigo apreciándoles y respetándoles más
que a la fachendocracia protestante.
La
casa de Dalkey, sobre la colina Torca, dominaba las bahías de Dublin y Killiney
y estaba fuera del pueblecito de Dalkey y muy por encima de él. La playa de
Killiney no era guijarrosa; era arenosa de extremo a extremo. Torca Cottage
tiene ahora una hermosa placa que conmemora mi residencia allí. Fue descubierta
en enero de 1948 y me satisfizo enormemente.
Página
46. En ese época la tuberculosis era llamada declinación o consunción y no se
la consideraba infecciosa. Mi hermana Agnes la contrajo de una criada y,
después de una rápida declinación, murió en la isla de Wight y no en un
sanatorio.
Nuestra
casa de la carretera Fulham estaba en un cul de sac, frente por frente con la
oficina de correos de Brompton Oeste.
Entonces
se llamaba Bosquecillo Victoria, y ahora ha sido rebautizada Bosquecillo
Netherton.
El
número 13 fue demolido y reemplazado por grandes edificios, como las casas de
campo semialejadas del costado este. Pero la última casa del lado opuesto es
una copia de la que tenía el número 13.
Página
47. Nunca discutí con mi padre ni le pregunté "¿por qué?, ¿por qué?, ¿por
qué?" Cuando niño le preguntaba "¿qué?, ¿qué?, ¿qué?", como
preguntan todos los hijos a sus padres. Sometido a esta presión, me dijo muchas
cosas que él no sabía, improvisando sus respuestas en el momento y, como más
tarde lo descubrí, con suma corrección. Tal es la magia de la paternidad.
Página
49. Jamás leí los Treinta y Nueve Artículos y no conocía su existencia. En
cuanto a Mary Wollstonecraft, no había oído hablar de ella. Paine me fue
descrito como un fabricante de corsés sin una sola característica redentora.
Voltaire y Rousseau -se me enseñó- eran blasfemos cuyos lechos de muerte
resultaban espantosos por la seguridad que tenían de ir al infierno. Entonces
formaba parte de la educación de un caballero la de convencerle de que los tres
hombres más religiosos de Europa habían sido canallas impíos y se asaban en
azufre llameante por los siglos de los siglos. Shelley me curó de todo eso. Le
leí, prosa y verso, de cabo a rabo. Esto ocurrió al final de mi cuarto lustro
de edad.
Página
51. No tenía "conciencia de mi propio talento". Durante muchos años
tropecé con el obstáculo de imaginar que todos sabían tanto como yo y que
podían hacer las cosas un poco mejor. Mi perdición ha sido siempre mi timidez.
Tuve la suficiente prudencia como para sentirme abrumado por mi ignorancia, y
la necesaria inocencia como para creer que era el único ignorante del mundo.
Fuí un cobarde hasta que Marx me hizo comunista y me dio una fe. Cuando se vio
más tarde que era un genio shakespiriano nato, me felicité de que la
naturaleza, alias la Providencia, alias la Fuerza Vital, me hubiera impulsado,
en mi juventud, a un excesivo cuidado de mi instinto de autoconservacion, para
no derrochar mi genio en alguna aventura combativa. Sea como fuere, cuando joven
era un cobarde y me avergonzaba intensamente de ello.
Ayot
Saint Lawrence, 1947-48.
15
ORIGEN
DE "CORNO DI BASSETTO"
Protesté
por la alharaca que hizo el Star en su quincuagésimo aniversario, porque me
recordaba que yo tenía más de ochenta años. Su nacimiento me parece de
anteayer. Está ahora respetablemente establecido en la barriada de la calle
Fleet, pero su cuna estuvo en las desolaciones de Farringdon Market, en una
calle llamada Stonecutter y en un edificio construido para el caso. Éste
parecía ser, entonces, excepcionalmente alto, ya que tenía un patio cuadrado
que representaba un terrorífico precipicio, en caso de incendio, para los
ocupantes del último piso.
Se
había convenido que Te Pe (la forma en que Edmund Yates llamaba al irlandés T.
P.
O'Connor, miembro del Parlamento, fundador y publicista del Star) viviría en
él. Pero Mrs. T. P., cuando vio el precipicio, se negó. De modo que en la
ventana de su dormitorio se puso un tubo de lona, a modo de salida para casos
de incendio. Ella insistió en probarla antes de que se fueran los empleados del
vendedor. Pero como nadie en Londres, entonces o ahora, tiene la más mínima
idea de cómo se usan los artículos que venden, no se le dijo que debía emplear
los codos a modo de frenos.
Mrs.
T. P. se introdujo en el tubo y se soltó.
Cayó
como un rayo y salió por el otro extremo, que los hombres sostenían en alto, en
una curva parabólica que terminó contra el muro opuesto. Cualquiera que no
fuese Mrs. T. P. habría muerto. Pero ella, sin que se le moviese un cabello,
sólo dijo a los angustiados hombres lo que pensaba de su salida para casos de
incendio.
Mrs.
T. P. encontró su forma de expresión en una sección del Star de la que T. P. se
sentía orgullosísimo. Edmund Yates había hecho sumamente popular en el West End
su semanario de seis peniques, The World, con una columna de chismorreos de
sociedad intitulada "Lo que dice el mundo". Una cosa así, en un
periódico de medio penique, dedicado a "poner dos terrones de azúcar, en
lugar de uno, en la taza de té de las lavanderas" (adaptación de T. P. de
los famosos dos granos de trigo, de Swift, en lugar de uno), resultaba
insólita. Pero T. P. sostuvo, correctamente, que las lavanderas tienen tanta
ansia de chismorreos sociales como las duquesas. Dejó en libertad a Mrs. T. P.,
en una columna denominada "Principalmente acerca de la gente". Ella
la inauguró con esta información:
"Lady
Colin Campbell es la única mujer de Londres que se hace manicular los
pies." Mrs. T. P. era una dama norteamericana muy atractiva. Pero T. P. no
logró ponerse a la altura de su buena suerte. Su matrimonio no fue un éxito. El
piso superior, con su salida para casos de incendio, quedó abandonado y la
pareja se separó, dejando la columna menos inintencionadamente divertida.
La
dirección del periódico por T. P. se pareció bastante a su matrimonio. Lo lanzó
con gran vigor y con todo el éclat posible. Pero cuando se presentó la
necesidad de continuar la tarea, se vio obstaculizado por el hecho de que su
visión política había quedado estancada en Irlanda, por el mil ochocientos
sesenta y tantos, y era, por lo tanto, un reloj detenido. Aunque no tengo
motivos para creer que sintiera desagrado hacia algún inglés en especial -
parte de odiar a Joseph Chamberlain, a quien llamaba judas-, él, como buen
graduado del Colegio Galway, detestaba a los ingleses en conjunto.
Cuando
la Sociedad Fabiana conquistó el primer Concejo de Distrito de Londres y lo
lanzó al socialismo municipal, disfrazado de Progresivismo, T. P. no supo qué
hacer.
Cuando
su primer ayudante, H. W. Massingham, conocido entonces como "El
Chico", y el secretario de ambos, Ernest Parke, trataron de educarle en
los principios del Progresivismo, John Morley protestó con toda su autoridad de
ocupante de la banda de los ministros en la Cámara y aterrorizó a T. P.,
haciéndole volver a la extraña combinación de diplomacia inglesa palmerstoniana
y liberalismo librecambista con fenianismo irlandés disfrazado de autonomismo.
Me
había unido al personal de The Star como editorialista, por recomendación de
Massingham, en el segundo día de su existencia; porque en el primero se habían
dado órdenes tan estrictas al portero, en el sentido de que impidiera el paso
de todos los individuos sospechosos, que el hombre se negó a admitir a miembro
alguno de la profesión literaria. T. P. no se atrevió a imprimir ninguno de mis
editoriales, ya que el periódico se lanzaba como órgano liberal y yo era un
socialista constitucional pero acérrimo; mi único objeto al unirme a The Star
era el de encajarle el socialismo fabiano municipal.
Pero
Londres adoptó tan rápidamente el programa fabiano, que la primera elección de
Concejo de Distrito fue disputada y ganada con él, pero no antes de que los
liberales gladstonianos, anonadados por lo que para ellos era una peligrosísima
herejía, me obligaran a retirarme del personal editorial y a pedir el humilde
trabajo de contribuir con una columna semanal sobre música. Como a T. P. le
pareció que en ella no podía hacer más daño, asintió con un jadeo de alivio. De
ahí la columna semanal firmada Corno di Bassetto. T. P. no le asignó
importancia alguna, porque la ignorancia de los directores de periódicos en
punto a las bellas artes sería ahora casi increíble; es cierto que sus tareas
nocturnas les impedía concurrir a teatros y conciertos. Podía endosárseles
cualquier jerga con el nombre de crítica de arte. La radiotelefonía ha puesto
fin a esto.
Pronto
se vio que yo había usado la palabra música en el sentido de Platón; porque
escribí de lo que me venía en gana: primero, cuidando de que Corno di Bassetto
fuese siempre divertido; segundo, utilizando un conocimiento de la música y de
la economía política -que nadie suponía que poseyera- para proporcionar un
sólido sustrato de críticas legítimas a las liviandades y desatinos de
Bassetto. Finalmente, lejos de ser reemplazado, reemplacé a T. P., cuyos
artículos palmerstonianos estaban desesperadamente fuera de moda, así como la
columna de Bassetto se adelantaba a la moda.
16
A
FRANK HARRIS, SOBRE EL SEXO EN LA BIOGRAFÍA
En
primer lugar, ¡oh, biógrafo con la obsesión del sexo!, convénzase de que no
puede aprender nada de las historias sexuales de sus biografiados. La relación
sexual no es una relación personal. Puede ser irresistiblemente deseada y
embelesadamente consumada entre personas que no podrían soportarse mutuamente
en ninguna otra relación. Si le contara yo todas las aventuras de ese tipo que
he tenido, no estaría usted más enterado de la clase de hombre que soy. Sólo
sabría lo que ya sabe: que soy un ser humano. Si tiene alguna duda en cuanto a
mi virilidad normal, deséchela. No fuí impotente; no fuí estéril; no fui
homosexual; y fuí intensamente susceptible, aunque no en forma promiscua.
También
estuve completamente libre de la neurosis (que así la considero) del Pecado
Original. Nunca relacioné las actividades sexuales con la delincuencia, ni tuve
escrúpulos, remordimientos o recelos de conciencia al respecto. Es claro que
tenía escrúpulos, y eficazmente inhibitorios, en punto a "causar
inconvenientes" a las mujeres o encornudar a mis amigos; y sostenía que la
castidad es una pasión, así como sostengo que lo es el intelecto. Pero el ceso
de San Pablo siempre me resultó patológico. Le experiencia sexual parecía un
apetito natural; y su satisfacción, le consumación de une experiencia humana
necesaria para le complete capacitación de un autor. Prefería e les mujeres
maduras, que sabían lo que hacían.
Usted
se mostró sorprendido e incrédulo cuando le dije que mi primera aventura no se
produjo hasta que tuve veintinueve años. Pero sería un prodigioso error tomar
ese feche como le del comienzo de mi vida sexual. No me entiende mal; había
guardado une perfecta continencia, aparte de les involuntarias incontinencias
del ensueño, que fueron poco frecuentes. Pero, entre Oscar Wilde, que mercó los
dieciséis años como le edad en que comienza el sexo, y Rousseau, que declaró
que ye le hervía le sangre desde el nacimiento, mi experiencia confirme e
Rousseeu y refute e Wilde. Así como no puedo recordar época alguna en que no
supiere leer y escribir, tampoco recuerdo momento alguno en que no diese rienda
suelte e mi imaginación, en ensueños diurnos relacionados con mujeres.
Todos
los jóvenes deberían ser adoradores de le Venus Urania, para que les mantuviera
cestos; por eso el arte es vitalmente importante. Desde mi niñez yo estuve
saturado de ópera romántica. Conocía todos los cuadros y les antiguas estatuas
griegas de le Galería Nacional de Irlanda. Leí e Byron y todas les noveles
románticas que pude conseguir. Dumes père hizo que le historie francesa fuese
para mí como une ópera de Meyerbeer. Desde mi cese de Delkey dominaba un
encantador paisaje de mar, cielo y montaña. Estaba sobrealimentado de mielede.
Le Venus Urania ere dadivosa.
Le
dificultad que ofrece le Venus Urania consiste en que, aunque puede salvarnos
de prematuros libertinajes y permitirnos prolongar nuestra virginidad física
más allá de le adolescencia en inicio, puede también esterilizarnos,
concediéndonos amores imaginarios en les llanuras del cielo, ten mágicos que
nos inhabilitan para el contacto con verdaderos hombres y mujeres. Podemos
tornarnos célibes por saciedad de belleza y exceso de voluptuosidad. Podemos
terminar como ascetas, santos, solterones y solterones, porque, como Heine, no
nos es posible violar e le Venus de Milo o ser violadas por el Hermes de
Prexíteles. Nuestros poemas amorosos, como el "Epipsiquidion" de
Shelley, sólo irriten e los hombres y mujeres sensuales terne á terre, que se
den cuente en seguida de que estemos enamorados de nuestra propia visión y no
hacemos más que pretender que son algo que no son, que no quieren ni esperen
ser.
Pero
usted sabe cómo he vivido -virgen continente, pero incorregible enamoradohasta
los veintinueve años; sabe que huía cuando une dama dejaba caer el pañuelo ente
mí. Porque quería amar, pero no pertenecer e alguien y perder mi ilimitada
libertad Urania. Durante los catorce años anteriores e mi matrimonio, efectuado
cuando tuve cuarenta y tres, siempre hubo alguna dama cerca. E intenté todos
los experimentos y aprendí todo lo que podía aprenderse de ellos. Las damas no
recibían paga alguna, porque yo carecía de dinero sobrante. Sólo ganaba lo
suficiente para vivir en un segundo piso y tomar el resto, no en dinero, sino
en tiempo para predicar el socialismo. Las prostitutas, que a menudo me
abordaban, no me atrajeron jamás. En cuanto pude permitirme comenzar a vestir
decentemente, me acostumbré a que las mujeres se enamoraran de mí.
No
perseguía a las mujeres; era perseguido por ellas.
Una
vez más, no saque conclusiones apresuradas. Mis perseguidoras no deseaban tener
relaciones sexuales conmigo. Algunas estaban dichosamente casadas y asignaban
gran valor a nuestro mutuo entendimiento de que el sexo quedaba excluído de
nuestras relaciones. Querían esposos dominicales, y en cantidad. Algunas
estaban dispuestas a comprar amistad con la moneda del placer, ya que habían
aprendido, por una variada experiencia, que los hombres están hechos de ese
modo. Otras eran seductoras profesionales, completamente intolerables como
compañeras de hogar. No había dos casos parecidos. La sentencia de William
Morris, "todas tienen el mismo sabor", no "se refería al
alma", como lo dice Longfellow.
Nunca
me dejé engañar por el sexo como base para relaciones permanentes, ni pensé en
el matrimonio en ese sentido. Anteponía todo lo demás al sexo y jamás rechacé o
rompí un compromiso para disertar acerca del socialismo con el pretexto de
pasar una noche galante. Valoraba la experiencia sexual por su poder de
producir un flujo celeste de emoción y exaltación que, aunque momentáneo, me
proporcionaba un ejemplo del éxtasis que algún día puede ser la condición
normal de la actividad intelectual consciente.
Sólo
después de los cuarenta gané suficiente dinero como para casarme sin parecer
que lo hacía por interés pecuniario, y mi esposa pudo hacerlo a la misma edad
sin despertar sospechas de haber sido empujada al matrimonio por el apetito
sexual insatisfecho. Como marido y mujer, descubrimos una nueva relación, de la
que no participaba el sexo. El casamiento terminó para nosotros con los
antiguos galanteos, coqueteos y mariposeos. E incluso de éstos, los que dejaban
los recuerdos más prolongados y gratos eran los que nunca fueron consumados.
No
olvide que todos los matrimonios son distintos, y que las uniones entre
jóvenes, seguidas de procreación, no deben ser incluídas entre las asociaciones
-carentes de hijosde gente de edad mediana, que ha pasado la época en que la
esposa puede dar a luz el primer hijo sin peligros.
De
modo que, nada de romance. Y, sobre todo, nada de pornografía.
1930.
17
CÓMO
DEBERÍA HABERLO HECHO FRANK
El
extinto Frank Harris era una distinguida figura literaria en el Londres de la
última década del siglo diecinueve. Como director de "La Revista
Quincenal" y más tarde, especialmente, de "La Revista del
Sábado", se rodeó de una pléyade de brillantes escritores, escogidos con
tino y valentia poco comunes, yo entre ellos. En sus obras se contaban cuentos
cortos, de la especie puesta entonces en boga por De Maupassant, una biografia
de Oscar Wilde, un libro sobre Shakespear (más tarde), una autobiografia escandalosamente
franca y una serie de Retratos Contemporáneos notablemente mordaces.
En
uno de estos últimos, que pretendia ser un retrato mío, no se mostró mordaz ni
punzante, porque, al escribirlo, se vio obstaculizado y coartado por un sentido
de obligación hacia mí, porque yo me había mantenido leal a nuestras antiguas
relaciones en un periodo en que el no era popular ni próspero y en que,
finalmente, debió refugiarse en el exilio. El resultado fue un elogio
piadosamente agradecido, que me causó risa.
Entonces
tome mi pluma y le envié el siguiente ejemplo de cómo debería haberme
retratado.
Harris
lo publicó en su último volumen de "Retratos Contemporáneos"; pero no
puedo creer que lo haya leído. Sabía muy poco de mi carrera posterior al
episodio de "La Revista del Sábado". Cuando estaba próximo a morir,
un editor norteamericano le encargó que escribiera una biografía sobre mí. Y
sus necesidades le obligaron a hacer un desesperado intento de cumplir con la
faena. Pero sus invenciones y conjeturas estuvieron tan lejos de la verdad que,
para permitir que fueran publicadas después de su muerte, tuve que volver a
escribir su libro basándome en hechos concretos, haciendo así seriamente lo que
en las líneas siguientes he hecho como un jeu d'esprit.
He
aprovechado esta oportunidad para agregar algunas frases que sólo podrían haber
sido escritas por el fantasma de Harris, ya que mencionan hechos que ocurrieron
después de su muerte.
Al
dramatizarme a mí mismo desde un punto de vista objetivo (método natural en
mí), he podido decir cosas que no podría haber dicho graciosamente desde mi
ángulo subjetivo. Pero me siento obligado a añadir: Salvo Errores y
Autoengaños.
Antes
de intentar agregar a Bernard Shaw a mi colección de Retratos Contemporáneos,
siento la necesidad de ponerme a cubierto por anticipado, con la más completa
admisión de sus extraordinarias virtudes. Sin sutilización alguna acerca de
pequeñeces, declaro que Shaw es el hombre justo perfeccionado. Admito que en
todas sus controversias, conmigo o con cualquier otro, Shaw tiene razón,
siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Advierto que la costumbre de
insultarle es ignorante y tonta, y que la pretensión de no tomarle en serio es
la ridícula capa que cubre una retirada ignominiosa de un choque con él. Si hay
alguna otra admisión que pueda hacer, algún otro testimonio que pueda ofrecer,
estoy dispuesto a darlos y a ofrecer mis disculpas por haberlos omitido. Si
diciendo que Shaw es el más grande hombre que jamás ha vivido puedo mejorar en
algo las cosas, no vacilaré un instante en decirlo. Todas las acusaciones que
se le dirigen se desmoronan cuando se las analiza a fondo. Todas sus profecías
se cumplen.
Todas
sus fantásticas creaciones cobran vida en el término de una generación. Tengo
la inquietante sensación de que ni siquiera así le hago justicia, de que soy
desagradecido, desleal, despectivo. No puedo hacer más que repetir que, si he
omitido algo, no hay más que llamarme la atención hacia el descuido y será
remediado. Si no puedo decir que Shaw no toca ninguna cosa sin adornarla, al
menos puedo afirmar que no toca ninguna cosa sin desempolvarla, pulirla y
ponerla otra vez en su lugar, más cuidadosamente que el último hombre que la
manipuló.
Narraré
algunas anécdotas de Shaw. Oscar Wilde dijo de él: "No tiene un solo
enemigo en el mundo y ninguno de sus amigos le quiere." En una ocasión, en
una comida pública ofrecida por la Sociedad Teatral, Shaw tuvo que brindar a la
salud de los críticos dramáticos y Max Beerbohm debía ofrecer la réplica.
Antes
de comenzar el discurso, Max se acercó a Shaw y le dijo:
-¿No
es cierto que dirá que usted mismo es un crítico?
-No
sé qué diré -respondió Shaw-, pero supongo que podría mencionarlo.
-Prométame
que lo hará -pidió Max- y yo me referiré a eso.
-Cualquier
cosa por complacerle -dijo Shaw. Y lo hizo. Max comenzó su discurso de este
modo:
-Una
vez estuve en una escuela en la que el director solía decir siempre:
"Recuerden, muchachos, que soy uno de ustedes." Un coro de
estruendosas carcajadas le ahorró a Max la necesidad de explicar la moraleja.
Robert
Lynd dijo de "Sensateces acerca de la guerra", de Shaw, que, aunque
nadie podía atacarlo razonablemente, empero, desde el momento en que apareció
el libro, se habló y escribió de la guerra como de una guerra sostenida, en un
lado, por los Aliados, y en el otro, por Alemania, Austria, Turquía y Bernard
Shaw.
Cuando
Shaw disputó una banca en la elección del Concejo de Distrito de Londres,
presentándose como progresista después de seis años de duro tráfago progresista
en un Concejo Municipal, no sólo fue derrotado por la deserción de todos menos
el mínimo irreductible de liberales y reformistas en la cuestión de la
temperancia (Shaw es abstemio), sino que, además, los principales periódicos
progresistas se mostraron abiertamente complacidos de su derrota,
considerándola una liberación bienvenida. Las únicas personas, además de
aquéllas, que votaron por él fueron las que nunca habían votado anteriormente.
Esto quedó demostrado por un aumento en el número de votantes de la elección
siguiente, en que el adorado actor George Alexander fue el candidato
victorioso.
Estas
son las cosas que le suceden en sus momentos más populares, en que no lucha
contra la corriente de la opinión pública. Cuando -como ocurre con frecuencia-
debe correr el riesgo de ser linchado por decir alguna verdad desagradable,
muchas personas, que nunca se han permitido anteriormente traicionar hostilidad
alguna hacia él, creen que por fin "le tienen" y le hacen objeto de
un rencor y una violencia que deben haber estado ardiendo en ellos durante
muchos años.
El
resultado es que muy pocas de las personas que no han conocido a Shaw piensan
de él de otro modo que como un hombre de desagradable aspecto, modales toscos e
inaguantable personalidad. Él lo sabe y dice: "Siempre asombro a los
extraños por mi amabilidad, porque, como ningún ser humano podría ser tan
desagradable como ellos esperan que sea, no tengo más que ser corrientemente
cortés para que me encuentren completamente encantador." Ningún retrato
contemporáneo que se precie de veraz puede pasar por alto esta extraordinaria
facultad de provocar una furiosa hostilidad, ni la completa ausencia de motivos
para ello. Se ha dicho que Shaw irrita a la gente por el hecho de pararse
siempre de cabeza y de llamar negro a lo blanco y blanco a lo negro. Pero
solamente los tontos ofrecen o aceptan esta afirmación. Los hombres no pueden
conquistar una reputación como la de Shaw por simple malicia o bufonería. Lo
realmente intrigante es que Shaw nos irrita intensamente manteniéndose parado
sobre sus pies y diciéndonos que lo negro es negro y lo blanco blanco, en tanto
que nosotros nos complacemos en creer en lo que todo el mundo sabe que es
falso.
Existe
algo de enloquecedor en el hecho de ser obligados a estar de acuerdo con un
hombre contra quien se vuelve todo nuestro ser. No se trata de que él exprese
nuestro punto de vista más exactamente de lo que podríamos hacerlo nosotros
mismos. Pero es imposible tolerar que las convicciones más íntimas de uno sean
compartidas por un hombre cuya naturaleza uno considera monstruosa y
subversiva. Es como si alguien se ofreciera a acompañarle, porque sabe que va
en dirección de la casa de él, y uno tuviera conocimiento de que esa casa es un
pozo insondable.
En
rigor no existe en el programa político y social de Shaw nada, ni siquiera su
insistencia en la igualdad básica de ingresos y la disociación de éstos de toda
clase de industriosidad o virtudes personales, que pueda inquietar a un
pensador modernamente equipado. Es un hombre perfectamente seguro para
cualquier tipo de comisión, un hombre de tacto y circunspección, que mantuvo a
la Sociedad Fabiana -de la que fue dirigente durante veintisiete años- libre de
las disputas que disgregaban a todas las demás organizaciones socialistas.
Y
sin embargo la monstruosidad existe. Porque Shaw trabaja en política con el
espíritu de quien ayudara a un perro cojo a trasponer un portillo que cree
infranqueable. "¡Todo hombre de más de cuarenta años es un
pillastre!", proclamó cuando tenía más de cuarenta. No mantiene en secreto
su convicción de que los problemas creados por la moderna civilización
multifacética están fuera de nuestra capacidad política y es posible que jamás
logremos resolverlos. Asigna poco valor a la mera experiencia y sostiene que es
la esperanza de vida, y no el recuerdo de ella, lo que determina la conducta.
Nos recuerda repetidamente que, como la Evolución es todavía creadora, quizás
el Hombre deberá ser arrumbado porque es un Yahoo y reemplazado por una más
alta y nueva creación, así como el hombre fue creado para suplir las
deficiencias de los animales inferiores.
Es
imposible ofenderse por esto, porque Shaw es tan implacable consigo mismo como
con nosotros. No nos lanza por sobre la borda de un puntapié, para quedarse
orgullosamente en el alcázar. Con el más completo buen humor, nos toma
afectuosamente de la cintura y salta al agua con nosotros, y eso ni siquiera a
un majestuoso Atlántico donde podríamos perecer trágicamente, sino a un mar de
ridículo, entre aullidos de risa burlona. Y de esta intolerable broma se nos
hace objeto en los momentos más inesperados e inoportunos. "Ningún hombre
-dijo Sir Henry Normansabe engrasar un plano inclinado de la moral mejor que
Shaw." La defensa de Shaw se hace, de este modo, más temible que los
ataques rencorosos de los demás. Durante el primer apogeo de Ibsen en Londres
se propuso ayudar, entrevistándola, a una actriz norteamericana de una compañía
dedicada a representar obras de ese autor. Para su asombro, la dama le dijo,
con apasionada sinceridad, que si escribía una sola palabra acerca de ella le
mataría.
-Puede
que aquí, en Inglaterra, no crean que esas cosas son posibles -continuó-. Pero
en Norteamérica pensamos de otro modo. Y lo haré. Tengo preparada la pistola.
-La
pistola del general Gabler -fue la imperturbable respuesta de Shaw. Pero vio
cuán violentamente temía la dama ser analizada por él en letras de molde, y la
entrevista no fue escrita. Algunos de sus mejores amigos confiesan que, hasta
que no se acostumbraron a él, muchas de sus cartas más amistosas les impulsaban
a veces a furiosos estallidos de maldiciones a sus expensas. Nos cuenta Shaw la
historia de un frenólogo con quien trabó conversación en un restaurante
vegetariano, en su primera época. El hombre acusó de pronto a Shaw de ser un
"séptico", lo que quería decir "escéptico".
-Por
qué? -preguntó Shaw-. ¿Acaso no tengo el chichón de la veneración?
-¡Chichón!
-exclamó el frenólogo-. ¡Es un agujero!
Si
los modales de Shaw resultaran ofensivos, uno podía al menos darle un porrazo
en la cabeza. Pero su piedad por la imperfección de uno y por la de sí mismo es
tan benévola, tan cubierta por una irreprochable observancia del perfecto
respeto republicano a que uno tiene derecho, que se encuentra uno completamente
indefenso. No hay nada de qué quejarse, nada de qué aferrarse, ninguna excusa
para tomar el cuchillo de trinchar y hundírselo en las entrañas.
Yo,
Frank Harris, era director de "La Revista Quincenal" cuando conocí
por primera vez a Shaw en relación con un artículo. Tenía el aire atrayente de
estar más interesado en mí que en el artículo. Para no mostrarme falsamente
modesto, supongo que yo era más interesante que el artículo. Y, naturalmente,
no estaba dispuesto a disputar con Shaw porque pensara así y lo demostrara.
Tiene el arte de intimar con uno fácil y rápidamente.
Y al
cabo de cinco minutos me sorprendí explicándole cómo había arruinado mi salud
permitiendo, puerilmente, que me impulsaran a una carrera de velocidad en el
río, en un bote de regatas, en la que me esforcé excesivamente. Prestó atención
a mi desgracia con tanta simpatía como mi médico, y me formuló algunas
preguntas en cuanto a la forma en que me cuidaba. Una de sus preguntas fue:
"¿Bebe usted?" Yo me puse a la altura de las circunstancias y ni se
me movió un cabello cuando le aseguré que no podría hacérseme un diagnóstico de
delirium tremens. Pero no pude dejar de tener conciencia, de pronto, de que
esperaba de los hombres la suposición de que no soy un borrachín y de que me
encontraba cara a cara con un hombre que no hacía esa suposición. Su pregunta,
además, era una de esas formuladas en el "Erewhon" de Butler para ser
enteramente agradables a la fragilidad humana. En la obra de Shaw "La
conversión del capitán Brassbound", el capitán presenta a su ayudante con
las siguientes palabras (aproximadamente) : "Este es el mayor granuja,
mentiroso, ladrón y vagabundo de la costa occidental." A lo cual el
ayudante responde: "Vea, capitán; si quiere ser modesto, séalo por su
cuenta y no por la mía." -El hecho de que Shaw sea modesto por su cuenta y
se traicione más libremente de lo que sus buenos modales le permiten traicionar
a sus amigos, no hace que la transacción resulte más agradable para sus
víctimas. Lo único que hace es despojar a éstas de su venganza y obligarlas a
rendir tributo a su amabilidad, siendo que en verdad se sienten furiosamente
disgustadas con él.
Es
difícil clasificar a un hombre que se desenmascara hasta el punto de hacerse
ridículo de tan vanidoso. Pero todos los amigos de Shaw convienen en que éste
es risiblemente vanidoso. Y sin embargo, una vez más, Shaw embrolla nuestras
opiniones poniéndose a la altura de ellas con la más hiperbólica baladronada
acerca de su intelecto.
Declara
que lo hace así porque la gente le agrada. Dice, con mucha razón, que la gente
ama a Cyrano y odia "la modesta tos del poeta menor". Aquellos que le
alaban sus libros bajo sus propias narices quedan sin habla ante el entusiasmo
con que él se pliega a los elogios, y necesitan de toda su presencia de ánimo
para no sentirse provocados a retirar un setenta y cinco por ciento,
aproximadamente, de los encomios. Esa especie de actuación teatral torna
difícil saber cuánto de verdadera vanidad hay por debajo. Él mismo niega que
sea engreído. "Ningún hombre puede serlo -dice- si, como yo, se ha pasado
la vida tratando de tocar el piano con exactitud, sin conseguirlo jamás, ni
siquiera en un solo compás." Le pedí que me hiciera una lista de sus virtudes,
sus excelencias, sus consecuciones, a fin de no hacerle la injusticia de omitir
ninguna. Me replicó: "Es innecesario.
Todas
ellas están en exhibición." Shaw representa el papel del hombre modesto
únicamente en sus relaciones con las artes, que son las grandes rivales de la
literatura. Nunca ha pretendido ser "mejor que Shakespear", aunque sí
se considera su sucesor. El tan citado título dé uno de sus prefacios lleva
signos de interrogación; y él mismo deja de lado la cuestión con la afirmación
de que, como Shakespear, en el drama, llegó a la cumbre de su arte, al igual
que Mozart en la ópera y Miguel Ángel en el fresco, nadie puede ser mejor que
Shakespear, aunque cualquiera puede tener ahora cosas para decir que Shakespear
no dijo, y visiones de la vida y del carácter que estaban cerradas para él.
Ello
no obstante, estoy convencido de que Shaw se encuentra tan dispuesto a permitir
que sus obras sean comparadas con las de Shakespear como Turner lo estaba de
que sus cuadros fueran colgados junto a los de Claude. Pero, cuando fue
invitado a una comida en París, en honor de Rodin, escribió que tenía el honor
de ser uno de los modelos de Rodin, y que estaba seguro de contar con un lugar,
de ahora en mil años, en uno de los diccionarios biográficos, con la siguiente
nota: "Shaw, Bernard. Tema de un busto de Rodin; por otra parte,
desconocido." Dio la misma nota cuando, al descubrir que Rodin, un
infalible connoisseur en materia de escultura, no tenía en su colección más
libros que los más vulgares volúmenes de obsequio comercial, le regalo un
Chaucer de Kelmscot y escribió en él:
He
visto a dos maestros trabajando: Morris, que hizo este libro, y el otro, Rodin
el Grande, que moldeó mi cabeza en arcilla.
Doy
el libro a Rodin garabateando mi nombre en un rincón del altar que sus obras
consagrarán cuando las mías sean polvo junto al camino.
En
la misma vena está hecha la inscripción que propuso para un pedestal de una
estatua que le hizo Lady Kennet y que ahora está en la Galería Municipal de
Bornemouth:
NO
LLORÉIS POR EL VIEJO GEORGE BERNARD; ESTÁ MUERTO Y TODOS SUS AMIGOS EXCLAMAN:
"QUÉ SUERTE!", AUNQUE UBICANDO LA CÉLEBRE CABEZA DE GEORGE MUY ALTO,
ENTRE LAS CHOLLAS MÁS INSÓLITAS.
MUCHO
TRABAJÓ ANTE SU IMAGEN LA MANO DE KATHLEEN CUANDO EL SEÑOR DIJO: "NO SE
HACE ASÍ UNA GRANDE OBRA. NO COPIES MÁS. TU ESPÍRITU SEA TU GUÍA. TÁLLALE SUB
SPECIE AETERNITATIS.
PARA
QUE CUANDO SUS OBRAS OLVIDADAS SEAN COMPARTA SIN EMBARGO TU INMORTALIDAD."
Más tarde The Evening News le pidió que escribiera su propio epitafio. En
respuesta esbozo una lápida cubierta de malezas y, sobre ella, las siguientes
líneas:
HIC
JACET
BERNARD
SHAW
¿Quién
diablos era?
Pues
bien, confieso que no estoy convencido por esta prueba de modestia. No estoy
seguro de que no se trate, más bien, del artístico toque final de la
fanfarronería de Shaw.
Rodin
no conocía a Shaw y al principio se negó a aceptar el encargo. Entonces Mrs.
Shaw
escribió a Rodin, alegando que quería tener un recuerdo de su esposo, y que
éste afirmaba que cualquier hombre que, siendo contemporáneo de Rodin, se hacía
hacer un busto por cualquier otro escultor, se pondría en la picota por toda la
posteridad como un ignorante. Rodin, descubriendo que se las veía con un hombre
que conocía su valor, se debilitó en su negativa. Mrs. Shaw averiguó entonces
de Rilke, el poeta austríaco, que hacía de secretario de Rodin, cuáles eran los
honorarios habituales de éste por un busto.
El
dinero (1.000 £) fue inmediatamente depositado en el crédito de Rodin, en el
entendimiento de que el escultor no quedaba obligado en ningún sentido por ello
y podía hacer el busto o no hacerlo, comenzarlo o dejarlo, a su arbitrio; en
una palabra, considerar el pago como una contribución a la dote de su obra en
general y permanecer completamente dueño de la situación. El resultado, por
supuesto, fue que Rodin pidió a Shaw que fuese a París en seguida; les instaló,
a él y a su esposa, como huéspedes diarios de su villa de Meudon, trabajó
constantemente en el busto, todos los días, durante un mes, hasta que quedó
terminado, y se excedió en su parte del convenio, dando al modelo varios
vaciados del busto.
He
aquí al diplomático Shaw, maestro de la lisonja y penetrante crítico de arte. Y
no sugiero, ni siquiera por un momento, que hubiera la más mínima insinceridad
en sus procedimientos. Si la hubiera habido, Rodin no habría sido engañado.
Pero, ¿no había vanidad en ello? ¿Acaso un hombre tan atareado como Shaw habría
abandonado su trabajo e ido a París para "posar" como un modelo
profesional, durante todo un mes, si no hubiera pensado que su busto era tan
importante como los bustos de Platón, que ahora son tesoros de los museos que
los poseen?
Shaw
es un actor continuo e incorregible y usa su habilidad en su vida social, tan
deliberadamente como en su trabajo profesional, en la producción de sus propias
obras.
Él
lo niega. "G. B. S. -dice- no es una persona real; es una leyenda creada
por mí mismo, una postura, una reputación. El verdadero Shaw no se parece en
nada a él." Y bien; esto es exactamente lo que sus amistades dicen del
busto de Rodin, que no se parece en nada a él. Pero Shaw sostiene que es el
único retrato que dice la verdad de él. Cuando Rodin comenzaba el trabajo en su
estudio, Mrs. Shaw se quejó de que todos los artistas y caricaturistas, e
incluso los fotógrafos, intentaban producir el tipo de Mefistófeles suburbano
que imaginaban que era Shaw, sin siquiera tomarse el trabajo de mirarle.
Rodin
replicó: "No sé nada de la reputación de Mr. Shaw, pero, lo que haya ahí,
se lo daré." Shaw declara que cumplió con su palabra. Cuando Pablo
Trubetskoi vio el busto, afirmó que no había vida en los ojos. Y en tres horas
de trabajo frenético produjo su primer busto de Shaw, que ahora está en
Norteamérica. Como tour de force es magnífico; pero es un Mefistófeles, no
suburbano, sino aristocrático. A Shaw le agradó el busto y le agradó
Trubetskoi; pero su esposa no quiso saber nada de ello, ni del curioso retrato
de Neville Lytton, sugerido por la insinuación de Granville-Barker, de que el
retrato del Papa Inocencio, por Velázquez, era un excelente retrato de Shaw.
Pero aunque el cuadro muestra lo que Shaw sería en la silla papal, el Papa
Bernard no será jamás identificado por anticuario alguno con el modelo del
busto de Rodin.
Los
tres retratos de Shaw por Augustus John son aun menos reconciliables con el
Rodin. John ha proyectado toda la fuerza y seguridad públicas de Shaw, en su
máxima intensidad, y, en verdad, a más del tamaño natural. "Ahí está el
gran Shaw", dice el modelo cuando muestra el cuadro a sus amigos. Pero,
cuando señala el Rodin, dice: "Tal como soy, sin disculpa alguna." El
retrato de De Smet es el de un tranquilo y delicado caballero anciano; a Shaw
le agrada el parecido que tiene con su padre. La estatuita hecha por Lady Scott
es amistosa y literal. La estatua de medio cuerpo esculpida por Lady Kennet del
Dene (la misma dama) es una compañera de la de Shakespeare que se guarda en la
iglesia de Stratford. El busto de Sigmund Strobl se agrupa con los de Rodin y Trubetskoi.
Este último modeló finalmente a Shaw de cuerpo entero, en tamaño natural, en su
postura de orador de tribuna. Este magnífico bronce ha encontrado su descanso
en la Galería Nacional de Irlanda, que también posee su retrato hecho por John
Collier, prosaico pero suficientemente natural como para haber sido confundido
por Mrs. Shaw, en el estudio de Collier, con el propio Shaw. Mrs. Shaw era
puntillosa en cuanto a los retratos de su esposo. Dijo a G. B. S., refiriéndose
al de Laura Knight: "Laura te ha dado su sinceridad indivisa; pero tú
siempre actúas." Al ver una fotografía del famoso busto de Epstein (el
último), dijo: "Si esta cosa entra en mi casa, yo saldré de ella." Y
la cosa no entró. Shaw admiraba su factura, pero reconocía que sólo representaba
a algún antepasado suyo, aborigen. El busto de Davidson es un esbozo vivaz pero
apresurado.
No
es de extrañar que H. G. Wells se quejara de que no. podía dar un paso sin
toparse con una efigie de Shaw. Puede que Shaw sea modesto, pero ha hecho de
modelo para obras conmemorativas de sí mismo, ejecutadas por los más grandes
maestros de su tiempo. ¿Podrá justificarse tal modestia cuando hayan pasado
quinientos años de su muerte?
Shaw
es el mayor pedante viviente. El hombre de Dickens, que comía bollitos por
principio, no podría besarle los pies en ese sentido. Reporteros descriptivos
han dicho que Shaw usa camisa de franela. Jamás usó camisa de franela en su
vida. No usa camisa alguna, porque es un error envolver la cintura con un doble
grosor de tela. Por lo tanto usa cierta prenda interior de largo total,
desconocida para los fabricantes de camisas. El mito de la franela se produjo
porque, en una ocasión en que era socialmente imposible que un profesional
apareciera en público sin un cuello blanco, almidonado, él sostuvo que ningún
ojo educado podría soportar el contraste de tono del almidón planchado, contra
un fondo de carne de matiz europeo, y que solamente un negro retinto y
brillante podía usar un cuello de ésos. En consecuencia obtuvo y usó cuellos
grises. Ahora que la moda ha cambiado, usa cuellos de distintos colores. Pero
el tono es escogido siempre según la teoría de que el mejor efecto cromático es
el de dos tonos del mismo color. Su americana es siempre del más elegante corte
del West End. Pero, por principio, carece de forro.
Antiguamente
ponía las direcciones de sus cartas arriba, en el ángulo izquierdo del sobre.
Simple
afectación de singularidad, se dirá. Nada de eso. Él le hablará a uno durante
una hora de la belleza de los sistemas de márgenes en las páginas, establecidos
por los escribas medievales y adoptados por William Morris, y del hecho de que
ellos dejan espacio para el pulgar del cartero. Cuando el cartero se quejó de
que el matasellos obliteraba la dirección, Shaw retornó al procedimiento
normal.
Justifica
su negativa a usar apóstrofos y comillas en la impresión de sus libros,
basándose en la afirmación de que arruinan el aspecto de la página y declarando
que la Biblia no habría conquistado su suprema posición en la literatura si
hubiera sido desfigurada con signos tan desagradables. Está interesado en
cuestiones de fonética y en sistemas de taquigrafía. Y a su pedante
articulación debe su popularidad de orador público en los salones más amplios,
ya que cada palabra que pronuncia es escuchada con exasperante claridad. Aboga
por una combinación del sistema métrico con el duodecimal, insertando dos.
nuevos dígitos en la numeración inglesa, a saber: eight, vine, dec, elf, ten y
eighteen, nineteen, decteen, elfteen, twenty y así sucesivamente. Le agradan
las máquinas como a un niño, le gustan los juguetes, y en, una ocasión estuvo a
punto de comprar una caja registradora que no tenía la más mínima utilidad para
él. Cuando se encontraba al filo de los sesenta cedió a la fascinación de una
motocicleta, en la que montó al salir de la fábrica y viajó ciento veintitrés
kilómetros, al cabo de los cuales, frente a su propia puerta, tomó una esquina
a demasiada velocidad y cayó esparrancado.
Se
le ha acusado de ser uno de los componentes de la banda de devotos fanáticos
que se bañan en el Serpentine durante todo el año, con lluvia o sol, pero esto
es un invento basado en su costumbre de nadar en la piscina del Real Automóvil
Club todas las mañanas, antes del desayuno, en invierno o en verano, alegando
como motivo para ello que, como irlandés, le desagrada lavarse, pero que no
puede pasárselas sin el estímulo de su chapuzón en agua fría. Como todo el
mundo lo sabe, es vegetariano y tiene en mucho la salud, pero declara que los
hombres que valen algo utilizan sus reservas de salud hasta el límite máximo,
viviendo de ese modo al borde del colapso. Todos los hombres realmente
atareados - ostiene- deberían guardar cama durante dieciocho meses, cada
cuarenta años, para recobrarse. Me sería muy fácil llenar otra página con sus
manías, pero me abstengo.
Los
galanteos de Shaw son, en su mayor parte, inexistentes. Dice -y tiene algo de
razón- que ningún hombre que tenga un verdadero trabajo en el mundo dispondrá
de tiempo o dinero suficientes como para emplearlos en una carrera tan larga y
costosa como la persecución de las mujeres. Puede que haya sido él quien inició
la protesta contra lo dispendioso y las exacciones de las mujeres hermosas, que
es el tema principal de Waste and the Madras House, de Harley Granville-Barker.
Nadie conoce su historia en este sentido, ya que es una persona demasiado
correcta como para besar y contarlo en seguida.
Por
lo que parece, es un marido modelo. Y en los varios movimientos políticos en
que transcurrió su juventud no se vio rodeado de escándalo alguno. Pero una
anécdota popular afirma que un conocidísimo actor-empresario dijo un día a una
actriz de marcada belleza, durante un ensayo:
-Demos
un biftec a Shaw, para ver si le ponemos un poco de sangre roja en el cuerpo.
-¡No,
por favor! -exclamó la actriz-. Ya es bastante malo tal como está. Pero ninguna
mujer de Londres estará a salvo si le hace usted comer carne.
De
todos modos, las enseñanzas de Shaw son mucho más interesantes que sus
aventuras personales, si es que las tuvo. Esas enseñanzas se encuentran,
incuestionablemente, en franca y recia reacción contra lo que ha denominado
"el Amorismo del Siglo Diecinueve". No es uno de esos fanáticos
suburbanos de "el amor es suficiente".
Afirma
que la castidad es un instinto tan potente que su frustración e insatisfacción,
en la escala en que ha sido frustrado e insatisfecho el instinto opuesto,
destruiría cualquier civilización. Insiste en que el intelecto es una pasión y
en que la teoría moderna de que pasión significa solamente sexo es tan torpe y
bárbara como la idea del campesino de que el arte no es más que obscenidad.
Señala que el arte puede florecer espléndidamente cuando el sexo es
absolutamente excluido, como lo fue, por ejemplo, en la literatura victoriana
que produjo a Dickens. Compara a Giulio Romano, desvergonzado pornógrafo,
alumno de Rafael y brillante dibujante, con el propio Rafael, que era tan
sensible que, si bien nunca pintó una figura cubierta sin dibujarla primeramente
desnuda, siempre rindió a la Santa Virgen el raro tributo de dibujarla con un
caleçon, cuando hacía algún estudio de ella, y consiguió decorar la casa de un
sibarita con la historia de Cupido y Psiqué sin rehuir la franqueza más
absoluta ni perder su dignidad e inocencia. Shaw sostiene que, cuando el arte
pasó de Rafael a Giulio, cayó en un abismo y se tomó no sólo desagradable,
sino, además, monótono.
El
eterno triángulo del escenario parisién es rechazado por él como demostrativo
de que el adulterio es el más seco de los temas. Escribió las "Comedias
para Puritanos" para demostrar cuán independiente era de él. Pregunta
despectivamente si la verdadera virilidad puede ser satisfecha con cuentos y
grabados, y declara que la escuela carnal en arte es el consuelo del impotente.
Y
sin embargo existen en sus obras pasajes que alegan que el amor imaginario
representa un papel importante en la vida civilizada. Un hermoso protagonista
dice a un hombre que siente celos de él: "No malgaste sus celos en mí; el
rival imaginario es el peligroso." En "Casándose" la dama que se
niega a contraer matrimonio, porque no puede soportar el desaliño masculino y
el olor del tabaco, insinúa que su imaginación le proporciona una serie de
aventuras que empobrecen a la realidad. Shaw dice que las mil y tres conquistas
de Don Juan se componen de dos o tres anémicas intrigas y de un millar de
ficciones imaginativas. Dice que toda tentativa de realizar esas ficciones es
un fracaso.
Y
podría agregarse que nadie, sino un hombre que lo intentó, podría haber escrito
el tercer acto de "Hombre y Superhombre". En el acto final de esa
obra, la escena en la que el protagonista se rebela contra el matrimonio y
lucha contra él sin esperanzas de escapatoria es una manifestación mordazmente
sincera que, seguramente, surge de la experiencia personal. Al tratar el mismo
tema a través del personaje de Benedick, Shakespear podría estar, posiblemente,
burlándose de alguna otra persona. Pero Tanner, a pesar de todas sus
extravagancias, es un producto de primera mano. Quizá Shaw no lo negaría, y no
sería creído si lo hiciera.
La
campaña anti-Shakespear, llevada a cabo por Shaw en "La Revista del
Sábado" de mi dirección, fue tanto más inesperada cuanto que yo era uno de
los pocos directores de publicaciones londinenses para quienes Shakespear era
algo más que un nombre. Yo estaba saturado de Shakespear. Y la única cosa que
habría declarado confiadamente que jamás podría ocurrir era que yo publicara un
ataque de insólita ferocidad contra el Bardo.
Lo
que hizo que la aventura resultase más extraña fue: primero, que Shaw, que
lanzó el ataque, estaba tan imbuído de Shakespear como yo. Y segundo, que
aunque ambos nos sentíamos escandalizados por el sacrilegio que cometíamos, no
podíamos, honestamente, alterar palabra alguna de uno solo de los artículos.
Éstos eran ofensivos, pero no había nada que retirar, nada que dulcificar, nada
que pudiera ser modificado sin derrumbar todo el edificio crítico.
La
explicación es bastante sencilla. El primer disparo de Shaw contra Shakespear
fue efectuado en 1894. La primera andanada de Ibsen en Inglaterra tomó al
teatro londinense, en 1889, entre viento y agua. En el ínterin Shaw había
escrito su "Quintaesencia del ibsenismo" y juzgaba todo lo que había
dentro y fuera del escenario según los cánones establecidos por el terrible
noruego. Muchos hombres más pequeños no lograban acomodarse a ellos, pero
Shakespear era la víctima más conspicua. "Es inútil ya hablar de la
profundidad de Shakespear -dijo Shaw-. No queda ahora más que su música.
Incluso la famosa delineación de personajes por Moliére-ShakespearScott-Dumas
père no es más que una triquiñuela de remedo. Nuestro Bardo es expulsado del
tiempo; ya no le queda una sola facción en el rostro. Hamlet es una efigie
invertebrada junto a Peer Gynt, Imogen una muñeca al lado de Nora Helmer, Otelo
una convención de la ópera italiana junto a Julián." Y era completamente
cierto. Sólo en los Sonetos podemos encontrar a Shakespear alcanzando la
hondura en que trabajaba Ibsen.
No
sólo estaba Shaw saturado de Ibsen, sino también de Beethoven, de Goethe, y,
cosa curiosa, de John Bunyan. La forma inglesa de alcalizar la grandeza a
chispazos -la de Shakespear, la de Ruskin, la de Chesterton-, sin seguir la
inspiración en la que William Monis puso el dedo cuando dijo que Ruskin podía
decir las cosas más espléndidas y olvidarlas cinco minutos después, no podía
ocultarle a un irlandés su incoherencia. "Los irlandeses -dice él-, a
pesar de todas sus detestables características, son, al menos, maduros. Piensan
sistemáticamente. No se detienen en mitad de una partida de golf para admirar
una grandeza de pensamiento como si se tratara de una puesta de sol, y volver
luego al juego como sí fuese el trabajo verdaderamente serio de su vida."
Su orgullo nativo por su condición de irlandés persiste a despecho de toda su
carrera adulta en Inglaterra y su preferencia por las amistades inglesas y
escocesas.
Se
advertirá que mi retrato de Shaw es al mismo tiempo más o menos íntimo que
cualquier otro que haya yo dibujado. Más, porque Shaw dice al mundo todo lo que
hay para decir de sí mismo. Menos, porque nunca he estado en una comisión con
él, y esa es la única forma de verle a menudo. Shaw no es un hombre sociable.
Nunca va a ninguna parte donde no tenga nada que hacer. No hace visitas. En una
oportunidad fue inducido por Maurice Baring a concurrir a una fiesta de
solteros, del usual tipo británico, en las que hombres hechos y derechos se
arrojan zoquetes de pan, se cuentan cuentos obscenos y tratan concienzudamente
de conducirse como estudiantillos alborotadores: "Caballeros -dijo Shaw
con letal desprecio por sus esfuerzos-, nos divertiremos mucho más si no
tratamos de mostrarnos tan convivales." Como los otros insistieran, él se
levantó y se fue.
Se
queja del hecho de que solamente en presencia de mujeres se comportan
decentemente los hombres.
Después
de almorzar en el Savile Club, a su llegada a Londres, decidió que nunca sería
un literato ni tendría relaciones con ellos. "Podría haberme pasado la
vida sentado, viendo cómo esos individuos se sacaban mutuamente los trapos al
sol y conocían del mundo nada más que el golpe de una tecla de máquina de
escribir, si hubiera sido lo suficientemente tonto", dice. Traté de
curarle de esta actitud invitándole a mis almuerzos de "La Revista del
Sábado", en el Café Royal. Pero fue inútil. Concurrió unas pocas veces,
sinceramente interesado en el café, en los camareros, en los precios, en la
comida; en suma, en la economía del lugar. Pero terminó por sacar en conclusión
que Harold Frederic y yo comíamos demasiados biftecs y que era un derroche de
dinero pagar los precios del Café Royal por su plato de macarrones, cuando
podía obtenerlo en cualquier parte por diez peniques. El hecho de que lo pagara
yo no hacía ninguna diferencia para él.
Se
oponía a malgastar mi dinero tanto como a hacerlo con el suyo propio.
A
veces he deseado que otras personas fuesen igualmente consideradas. Pero la
consideración de Shaw se reduce a una interferencia en los asuntos personales
de los demás, interferencia que resulta tanto más irritante cuanto que su
benevolencia y sagacidad impiden oponerse a ella. Todos los intentos de
atraerlo a relaciones sociales desinteresadas son inútiles. Para ver a Shaw con
tanta frecuencia como podía ver, fácilmente, a cualquier otro hombre de letras
de Londres, tendría que haberme unido a sus interminables comisiones. Nuestras
relaciones de colaborador y director eran inútiles para los fines sociales.
Venía a la oficina únicamente cuando nos encontrábamos en alguna dificultad
legal, especialmente para demostrarme con admirable lucidez que no teníamos
ninguna probabilidad de salvamos. Es accesible a cualquiera. Pero el resultado
neto es que nadie lo conoce realmente.
Hay
en Shaw un filo cortante que todos temen. Tiene, en grado extremo, la mente
mercurial que reconoce instantáneamente lo inevitable, lo enfrenta y se adapta
a ello en consecuencia. Pues bien; casi no hay cosa en el mundo que resulte tan
insoportable como un hombre que no se lamenta siquiera un poco por algún
desastre, ni nos permite unos momentos de queja previos a la admisión de que la
catástrofe ha sucedido y es irremediable. Pocos de nosotros advertimos de qué
modo suavizamos nuestras pérdidas, cubriéndolas con una atmósfera de simpatías,
lamentaciones, condolencias, y acariciando pequeñas ficciones que no son menos
dulces porque sean únicamente anestésicas. Shaw no da ni pide cuartel. La
esposa favorita de un príncipe hindú, en un banquete con su esposo, se incendió
y quedó reducida a cenizas antes de que se la pudiese extinguir. El príncipe
reconoció inmediatamente la situación y se adaptó a ella. "Barred a
vuestra ama -dijo al personal de limpiezay traed el faisán asado." Ese
príncipe era un Shaw oriental.
Una
vez, en la estación del subterráneo del puente de Westminster, Shaw se resbaló
en la parte superior de la escalera y cayó de espaldas, escalones abajo, para
preocupación de los espectadores. Pero cuando se puso de pie sin la menor
sorpresa y siguió caminando como si aquella fuese su forma habitual de
descender un tramo de escalera, la gente estalló en irresistibles carcajadas.
Ya se trate de un tren que pierde o de una muerte entre sus más íntimos y
queridos, siempre demuestra ese inhumano dominio de sí mismo.
Nadie
le ha acusado de ser un mal hijo; sus relaciones con su madre eran,
aparentemente, tan perfectas como puede serlo algo de ese tipo. Pero, cuando
ella fue cremada, Granville- arker, a quien había escogido como el otro
plañidero, no pudo decirle otra cosa que: "Shaw, en verdad que es usted un
individuo alegre." Shaw se imaginaba que su madre miraba por sobre su
hombro y compartía la diversión de contemplar a dos hombres ataviados como
cocineros y sacando trozos de metal de entre sus cenizas. Le agrada decir que
lo que la gente acongojada necesita es un poco de alivio cómico y que por eso
los funerales resultan tan ridículos.
Este
don mercurial resulta muy útil a Shaw en muchos sentidos. Se da cuenta, más
pronto y mejor que muchas personas, de cuándo está en peligro y cuándo ha
salido de él.
Y
esto le hace parecer valiente cuando en realidad no corre riesgo alguno. Tiene
la misma ventaja en su sentido del valor del dinero, que le permite saber
cuándo vale la pena gastarlo y cuándo es preciso guardarlo. Y, una vez más, con
esto parece generoso cuando hace un buen negocio. Cuando nos asombramos de su
audacia y munificencia, resulta dudoso saber hasta qué punto es capaz de
afrontar un verdadero peligro o hacer un verdadero sacrificio. Está realmente
libre de envidia. Pero, ¿cómo puede tener envidia de nadie, cuando puede sentir
lástima por todos los demás, porque no son George Bernard Shaw? El difunto
Cecil Chesterton ha dejado registrado que cuando él, un joven don nadie,
conoció al ya famoso Shaw, fue recibido por éste en términos de la más juvenil
igualdad. Esto demuestra solamente que Shaw no se equivoca con los hombres y
los modales. Lo único que puede predecirse en él es lo inesperado.
Y
así, a pesar de sus atractivos modales y su habilidad social, Shaw parece ser a
menudo una persona a quien no le importa lo que dice, ni lo que sienten los
demás. Ello explica por qué "no tiene un enemigo en el mundo y ninguno de
sus amigos le quiere".
"El
que nunca ha esperado, no puede desesperar", frase de su César, resulta
imponente.
Pero,
¿quién puede estar seguro de que su inspiración no sea más infernal que divina?
Compáresele
con la piadosamente trillada: "Esta es la verdadera alegría de la vida: el
ser empleado para un propósito que usted considera importante; el estar
completamente gastado antes de ser uno arrojado al montón de los desperdicios;
el ser una fuerza de la naturaleza en vez de un afiebrado y egoísta terroncito
de enfermedades y resentimientos, que se lamenta de que el mundo no se dedique
a hacerlo dichoso." No hay olor a azufre en esto. Pero pregúntese a
cualquiera de los admiradores de Shaw cuál de las dos citas es más shawiana.
No
trataré de llevar más lejos el retrato. Shaw es un tema casi deplorable, porque
no se puede decir de él nada interesante _ que no haya sido dicho ya por él. Lo
único que me ha dejado para tratar es algo que han omitido, no sólo sus
biógrafos, sino él mismo. Ni él ni ellos han intentado nunca explicar el
epigrama de Wilde. Es violentamente odiado y repudiado, así como es admirado y
querido. Pinero firmó una carta amistosa e íntima que le enviara, con las
palabras "con admiración y odio".
He
tratado de dibujar el carácter coherente (y el de Shaw es casi mecánicamente
coherente) que puede producir esos efectos contrarios. Nadie probó a hacerlo.
Sus defensores han pasado por alto el desagrado. Sus atacantes han negado sus
cualidades e inventado faltas inexistentes. Yo no he tratado de hacer el juez
ni el amigo caballeresco.
He
trazado las líneas del hombre tales como aparecen. Y si bien la figura
resultante está libre de deformidades, puede provocarnos un estremecimiento con
sólo decir: "¡Imaginad un mundo poblado exclusivamente por Bernard
Shaw!" Esto no es más que una trampa; porque sería igualmente insoportable
un mundo lleno de cualquier otra persona. Pero, a pesar de todo, algo hay en
eso. Y dejo que ustedes descubran qué es ese algo, ya que ni yo mismo lo
entiendo.
24
de mayo de 1919.
ENVÍO
Debo
poner fin a estas reminiscencias y memorias, como que debe haber fin para todas
las cosas. He intentado -como lo prometí- no fastidiar a mis lectores con
detalles comunes a mí y al noventa y nueve y medio por ciento de la raza
humana. Pero incluí asuntos que, aunque no peculiarmente míos, pueden ser
instructivos para los que se inician en mis distintas profesiones o para los
historiadores de mi período. No agregué nada acerca de mi vida matrimonial en
el siglo veinte, porque ha sido tan público que cualquier biógrafo puede
averiguar de él más de lo que yo lograría recordar. Tengo mis dudas en cuanto a
que el resultado sea legible o no; porque, a mi edad (más de noventa años), no
puedo estar seguro de que todas mis afirmaciones y mis escritos no sean los
balbuceos seniles de un hombre demasiado viejo y gárrulo.
Pero
gran parte fue escrita hace unos años, cosa que me alienta a dejarle correr el
riesgo tal cual está. Ni siquiera diré ¡adiós! Porque todavía me quedan
suficientes energías como para hacer posibles nuevos estallidos.

