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Libro N° 6022. Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Shaw, Bernard.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6022. Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Shaw, Bernard. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Bernard Shaw 1931

 

Versión Original: © Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Bernard Shaw 1931

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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DEMASIADO BUENO PARA SER CIERTO

Humorada Política

Bernard Shaw

1931

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

EL DINERO Y LA FELICIDAD

 

No sé por qué mi comedia Demasiado bueno para ser cierto, al ser representada, provocó una animosidad y un entusiasmo que difícilmente habría podido jus¬tificar el texto impreso. Algunos de los espectadores cre-yeron haber tenido una revelación divina y se les pasó por alto el hecho de que el elocuente caballero por in¬termedio de cuya activísima boca lo habían recibido era un bribón sin remedio; es decir, un hombre cuya bribo¬nería consiste en la falta de conciencia más bien que en vicios positivos y que disimulan su gallardía y sus agradables modales. Los críticos periodísticos menos inte¬lectuales se enfurruñaron como lo hacen siempre cuando su pobreza, pero no su voluntad, consiente en presen¬ciar una comedia mía; pero, además del tono quejum¬broso resultante, al cual estoy habituado desde hace tiem¬po, creí percibir una intensidad insólita de resentimiento, como si los hubiese herido en algún lugar nuevo e inso¬portablemente doloroso.

¿En qué consistía, pues, el agravio que les causaba tanto resentimiento a esos desdichados? Creo que debió de ser la médula y moraleja esenciales de la comedia, que no es, como de costumbre, que nuestro sistema usual es injusto con los pobres, sino que es cruel con los ricos. Nuestros escritores revolucionarios se han expla¬yado sobre los horrores de la pobreza. Los convenciona¬les y románticos han hecho caso omiso de esos horrores, extendiéndose agradablemente sobre las elegancias de una vida libre de preocupaciones pecuniarias. A los po¬bres los han compadecido por miserias que, por des¬gracia, no los hacen insoportablemente desdichados. Pero ... ¿quién ha compadecido a los ociosos ricos o ha creído realmente que lo pasan peor que quienes tie¬nen que vivir con diez chelines diarios o menos, y ga¬narlos? Mi comedia cuenta la historia de tres temerarios jóvenes que entran en posesión de riquezas por el mo¬mento, ilimitadas, y se proponen divertirse mucho con la ayuda de toda la moderna máquina del placer. El resultado es que sólo consiguen a cambio de su dinero un cúmulo de inquietudes y una enloquecedora insa¬tisfacción.

 

EL VAMPIRO Y EL BECERRO

 

Dudo de que ese estado de cosas se produzca siem¬pre intencionalmente. Vemos que un hombre trabaja al parecer como un esclavo para colocar a sus hijos en la posición de mis tres aventureros; pero al estudiar el asun¬to más de cerca, descubrimos por lo general que le im¬portan un comino sus hijos y que lo absorbe totalmente el fascinante juego de hacer dinero. Como otros juegos, sólo puede disfrutarlo la gente que siente una afición irresistible y virtualmente excluyente por él y que posee suficiente capacidad aritmética y olfato de los valores comerciales para jugarlo bien; pero con esos requisitos, hasta los hombres más pobres pueden amasar fortunas asombrosas. Sólo acumulan la facultad de sacarle dinero cada seis meses a sus vecinos menos adquisitivos; y sus hijos sólo acumulan el deber de gastarlo. Entre esos dos procesos de sangrar y ser sangrado, lo más divertido es el propio proceso de la sangría. El vampiro se divierte más que el becerro colgado de las patas y degollado. El que tiene dinero, gasta menos en, su alimentación, ropa y diversiones que sus empleados y es feliz. Su esposa y sus hijos, al gastar para sí sumas fabulosas, no son más felices que sus criados, si es que lo son, porque la rutina de la moda es virtualmente tan coactiva como la de una sirvienta, el vestir es tan compulsivo como su uniforme, sus desaires son igualmente humillantes y su monotonía es más tediosa por ser más carente de sentido e inútil, eso para no hablar de que debe ser más agradable que a uno le den una propina que darla. Y barrunto que el día de asueto o la noche libre de una criada son real¬mente libres: en esas horas duramente ganadas deja de ser una criada y puede ser ella misma; pero la dama elegante nunca tiene un momento de asueto: debe ser elegante hasta en el menor de sus ocios y muere sin ha¬ber tenido jamás un yo. A veces, se ve a damas ricas que se dedican a tareas e intereses que las mantienen tan ocupadas con un trabajo profesional o público que lo mismo da que ganen quinientas libras anuales que cincuenta mil, "para lo que les sirve", como dicen los pobres en su asombro al ver que gente que puede permi¬tirse ser elegante y extravagante trabaja de firme y viste con bastante sencillez. Pero eso exige tener un conjunto de gustos y talentos completamente insólito.

Recuerdo que uno de esos soldados inútiles de an¬taño fue a parar a una pequeña sociedad socialista ante la cual disertó hace más de cincuenta años. Como el soldado se había extraviado, a todas luces, yendo a dar adonde no se proponía, y estaba casi ebrio, algunos de sus compañeros empezaron a hacerle burlas y finalmente me presentaron a él como un ejemplo de las ventajas de ser abstemio. Con la más absoluta convicción me acusó de ser un hipócrita y un embustero, afirmando que una ley notoria e inexorable de la naturaleza estable¬cía que ningún hombre con dinero en el bolsillo podía pasar por un bar sin entrar a beber una copa.

 

EL VIEJO SOLDADO Y EL BAR

 

Nunca he olvidado a ese soldado, ya que su espejis¬mo, en formas menos toscas, y su concepción de la feli¬cidad, parecen afligir más o menos a todos en Inglaterra. Al decir formas menos toscas, no aludo a formas más verdaderas; porque el soldado, estando casi ebrio, era probablemente más feliz de lo que lo habría sido sin beber, mientras que el plutócrata que ha gastado cien libras diarias en una jornada en busca de placer no es más feliz que si hubiese gastado solamente cinco cheli¬nes. Porque debe admitirse que un soldado raso, fuera del sorprendente centro de cultura que es el ejército rojo ruso, tiene tan poco motivo para ser feliz cuando no bebe que su caso difícilmente podría considerarse justo. Pero eso sirve para ilustrar la moraleja de mi comedia, la cual consiste en que nuestro sistema capitalista, con sus áureas excepciones de riqueza ociosa y su regla de plomo de angustiada pobreza, es un fracaso tan deses¬perante desde el punto de vista del rico como desde el punto de vista del pobre. Todos nos sentimos tan asombrados e incrédulos como el soldado cuando nos enteramos de que el multimillonario ha pasado junto al bar sin entrar a embriagarse estúpidamente. El vul¬gar bar puede ser en realidad un Palace Hotel y los litros de cerveza o los vasos de whisky una refinada cena con muchos platos y vinos y que culmina con cigarros y licores; pero la ilusión y los resultados son análogos.

Por eso, abogo por una ciencia de la felicidad que nos cure a todos del mísero espejismo de que podemos alcanzarla llegando a ser más ricos que nuestros vecinos. Colosales fortunas modernas han probado su inutilidad. Cuando los sacerdotes de campaña eran "muy ricos con cuarenta libras anuales", había algún motivo para creer que ser rico era ser feliz, ya que la concepción de la riqueza no llegaba más allá de costear las necesidades de una vida civilizada. Hace un siglo, Samuel Warren escribió una novela famosa sobre un hombre que llegó a ser riquísimo. El título de la novela era Diez mil libras por año; y esto, para cualquier familia residen¬te irlandesa de mi niñez, representaba una opulencia que sólo podían aspirar a superar los virreyes de Irlanda. Desde entonces, la proporción ha cambiado. Acabo de ver en los periódicos una fotografía de los funerales de un magnate naviero cuyos ingresos, si es que está decla¬rado correctamente el valor de las propiedades que dejó, deben de haber superado las cuatro mil libras diarias o sea el millón y medio anual. Si se mide la felicidad por la riqueza, ese hombre debió de ser catorce mil veces más feliz que el obrero que tiene la suerte de ganar dos libras semanales. Quienes creen que la rique¬za es una recompensa de la virtud deben deducir forzo¬samente que fue también catorce mil veces más abstemio, honrado y laborioso, lo cual llevaría a la extraña con¬clusión de que si el magnate bebía una botella de vino diaria, el obrero debió de beber catorce mil.

 

LOS MILLONARIOS DESCARGADORES

 

Esto es tan evidentemente monstruoso que se lo pue¬de desechar ahora como una ilusión de los pobres que nada saben de las vidas de los ricos. La pobreza, cuando involucra constante privación y angustia, es, como el do¬lor de muelas, tan penosa que la víctima no puede desear nada más feliz que la cesación del sufrimiento. Pero no se requiere una suma extraordinaria de dinero para que una persona humilde pueda decir "No necesito más"; y cuando se llega a este modesto nivel, la capa¬cidad del dinero de proporcionar felicidad desaparece y la dificultad que causa el exceso de riqueza comienza a reafirmarse y alcanza finalmente un plano en que a los multimillonarios se les ve descargar con frenesí su for¬tuna sobre causas de caridad, educacionales, científicas, religiosas y aun (aunque rara vez) artísticas y políticas, por lo general sin detenerse a examinar si las causas producen algún efecto, y en ese caso, qué efectos. Y le¬jos de sufrir una pérdida de felicidad cada vez que regalan mil libras, se encuentran más bien en el envi¬diable estado de ánimo del parrandero de La marcha del peregrino, con una charada: "Había un hombre que, aunque algunos lo creían loco, cuanto más daba más tenía."

 

ESPEJISMOS DE LA POBREZA

 

La idea de que los ricos deben ser felices es comple¬tada por el espejismo de que los pobres deben ser mí¬seros.

Nuestra sociedad está constituida en forma tal que la mayoría de la gente vive siempre en la misma con¬dición en que ha nacido y ha de confiar en su imagi¬nación para tener una idea de lo que debe de ser vivir en la situación contraria. Los encumbrados y los humil¬des, aunque los oímos llamar a menudo celebridades populares o delincuentes, son excepcionales. Los ricos, se dice, no saben cómo viven los pobres; pero nadie insiste en el hecho, más dañino, de que los pobres no saben cómo viven los ricos. Los ricos son una minoría; y no los consume la envidia a los pobres. Pero los pobres forman una enorme mayoría y los desmoraliza tanto la idea de que serían felices si fueran ricos, que se vuel¬ven más pobres aun, aunque más esperanzados, jugando a las carreras y comprando billetes de sweepstake para correr el albur de realizar su sueño y de enriquecerse con fortunas no ganadas. Nuestros periódicos de a pe¬nique dependen ahora tanto para su tirada como para su existencia de la venta de lo que son virtualmente billetes de lotería. La verdadera oposición al socialismo proviene del temor (muy fundado) de que éste arreba¬taría las posibilidades de enriquecerse más allá de los sueños de avaricia que alienta nuestro sistema capitalista. La desventaja contra la posibilidad de que un pobre se convierta en millonario es de una magnitud astronómi¬ca; pero basta para establecer y mantener al Totalizador como institución nacional y para producir ilimitados sue¬ños de legados de imaginarios tíos perdidos hace mu¬cho tiempo en Australia o de un número con suerte en los sweepstakes de Calcuta e Irlanda.

 

PROBÁNDOLO DURANTE UNA HORA

 

Además, hasta la gente más pobre ahorra para unas vacaciones durante las cuales puede ser ociosa y rica, si no para siempre por lo menos por una hora, una tarde o una semana. Y esos momentos seducen tanto al repre¬sentar un cambio en la monotonía del trajín y la escla¬vitud modernos, que hasta las penurias, incomodidades y fatigas más insoportables en trenes de excursión y viviendas atestadas, parecen deliciosas y le dejan al que se divierte una idea totalmente falsa de lo que debe de ser esa vida de parrandas.

Sostengo que nadie que tenga un sentido sensato de los valores creerá que el único premio que es capaz de ofrecer nuestro infame sistema capitalista, el premio de admisión a las filas de los ociosos ricos, puede pro-porcionarle dicha o salud o libertad al que lo obtiene. Nadie podría afirmar que yo grito porque las uvas es¬tán verdes; porque durante los treinta y cinco últimos años no me he visto forzado a trabajar, ni he debido temer ninguna privación material u ostracismo social por el hecho de no hacerlo. Pero como todos los ricos inte¬ligentes a quienes conozco, he trabajado con el mismo tesón que cuando tenía que trabajar o pasaba hambre y no he comido ni bebido más ni vestido mejor que entonces. Cuando mis bolsillos estaban vacíos, no com¬praba ninguno de los objetos de lujo existentes en los comercios londinenses porque no tenía dinero. Cuando, más tarde, tuve lo suficiente para comprar todo aquello con que podía tentarme Londres, el resultado fue el mis¬mo: volvía todos los días a casa sin haber hecho una sola compra. Y no soy un asceta: ningún ser viviente está más a salvo que yo de la fantástica idea de que el hecho de martirizarse a sí mismo hace más propicia a una divinidad malévola o aumenta el saldo de uno en la caja de ahorros de un banco en un mundo de ultra¬tumba. Yo viviría y podría vivir la vida de los ricos si me gustara; y la única razón de que no la viva, es que no me gusta. Tengo todas las oportunidades nece¬sarias para observar eso tanto en la práctica diaria como en sus resultados lejanos; y sé que un año de esa vida me haría más infortunado que cualquier otra existencia de un tipo aceptado que pueda imaginar. Porque, así como el empleado invitado para la cena anual de su patrón puede vivir como un señor durante una tarde y el obrero de una fábrica de Lancashire puede pasar una semana magnífica cuando llega el aniversario de la consagración de su iglesia, también yo he tenido mis tardes de rico ocioso y sé demasiado bien cómo es eso. Es algo que me induce a sentirme suicida.

El lector dirá que soy un hombre excepcional. Y lo soy por mi capacidad de escribir comedias y libros; pero como todos los hombres son excepcionales en cuanto concierne a hacer algo que la mayoría de los demás no puede hacer, eso nada significa. Si soy realmente un poco excepcional, es porque he experimentado tanto la pobreza como la riqueza, tanto la esclavitud como la independencia y he resuelto temprano, por tal o cual razón (quizás cuando me aseguraron en la niñez que al¬gún medicamento desagradable era delicioso), que nun¬ca me dejaría convencer de que disfrutaba espléndida-mente de la vida cuando, en realidad, me aburría y me sentía hostigado, saqueado, exhausto e inquieto. No se me puede engañar sobre este punto: comprendo perfec¬tamente por qué Florence Nightingale prefirió huir de la sociedad elegante de Londres y soportar los horrores de los hospitales de Crimea a portarse como una dama y por qué mi vecino el señor Apsley Cherry-Garrard, único sobreviviente de lo que él llama con razón "el peor viaje del mundo" a través del invierno antártico, no fue un marinero pobre empujado por la necesidad de ganarse el pan cotidiano sino un caballero rural sufi¬cientemente opulento para elegir lo mejor que podía ofrecerle la sociedad londinense si optaba por ello. Los pabellones del más horrible de los hospitales de cam¬paña eran preferibles a una sala de recibo en Mayfair; era mejor el polo sur en su más oscura noche invernal de seis meses y en sus fríos más rigurosos que un do¬mingo junto a la fuente de Hyde Park en el apogeo de la temporada.

 

CONSUELOS DE LA BURGUESÍA AFINCADA

 

Hasta cierto punto, esta miseria de los ricos es algo nuevo. Quienquiera haya administrado nuestras casas de campo, con sus grandes parques y jardines, su personal de criados internos y externos y la obra pública local siempre disponible para la burguesía afincada residen¬te allí, querrá refutar inmediatamente el injustificado aserto de que los ricos, en general, viven en condicio¬nes míseras. Es evidente que no es así, como tampoco sucede esto con los pobres en general. Pero, por lo de¬más, tampoco son holgazanes ni despreocupados. Una dama que debe gobernar una casa grande y vigilar la crianza de una familia, está razonablemente lo bastante ocupada sin contar su papel usual en la rutina del de¬porte y los pasatiempos y los ocasionales viajes que son, para la gente habituada a ellos, una parte necesaria e importante de una vida bien ordenada. La burguesía afincada tiene suficiente ejercicio y ocupación y sentido de la importancia social y de la utilidad para mante¬nerse en muy buenos términos con ellos mismos y con sus vecinos. Si el lector les preguntara de improviso si disfrutan realmente de su rutina o si no preferirían ser comunistas en Rusia, se mostrarían más sinceramente es-candalizados que si uno los abordara en la iglesia y les preguntara si creen en todas las frases de la doctrina de los apóstoles. Cuando uno de sus patitos feos se vuel¬ve revolucionario, ello no se debe a que la vida en las casas de campo sea ociosa, sino a que sus actividades no armonizan y a que el patito tiene gustos o talentos que frustra o un don para la crítica social que le per-mite descubrir que la gran casa de campo no está cons¬truida sobre la roca eterna, sino sobre la playa arenosa de un océano de pobreza que puede pasar en cualquier momento de la calma a la tempestad. En general, no hay motivo para que una dama del campo no sea tan feliz como su lechera, o para que su marido no sea tan feliz como su guardabosque. La riqueza de las fa¬milias rurales está ligada a sus propiedades; y la única gente de campo mísera es la que no trabaja en sus tareas.

 

LAS MISERIAS DE LOS RICOS VAGABUNDOS DESARRAIGADOS

 

Pero lo nuevo son las riquezas separadas de los bie¬nes raíces: esto es, desligadas del trabajo, la responsa¬bilidad, la tradición y cualquier clase de rutina prescrita, hasta de la rutina de ir a la iglesia del pueblo todos los domingos, de hacer y recibir visitas y de tener re¬servado cada mes para matar a determinado animal de caza. Implica ser un vagabundo sin el deber cotidiano de mendigar o robar la comida y el precio de una cama. En cambio, uno debe preguntarse a diario "¿Qué haré? ¿Adónde iré?" y la respuesta diaria será "Haz lo que quieras; vé adonde se te antoje; tanto da lo que puedas hacer o adonde puedas ir". En suma, la libertad perfecta con que sueñan los esclavos porque no han experimen¬tado sus horrores. Desde luego, la respuesta de la na¬turaleza ultrajada es ahogada durante algún tiempo por ' los vendedores de artículos suntuarios que gritan "Ven¬gan a comprar, sea que lo necesiten o no. Vengan a nuestros hoteles-palacios. Paseen por el mundo en nues¬tros transatlánticos. Chapoteen en nuestras piscinas de natación. Vean nuestro automóvil último modelo: he¬mos transformado el diseño de su inventor, salga lo que salga, con el solo fin de proporcionarle a usted un pretexto para comprar un automóvil nuevo y vender el anterior a precio de hierro viejo. Venga y compre nuestras últimas modas: usted no se puede presentar con ropa de la temporada pasada'. Etcétera, etcétera. Pero las interrogantes más antiguas se les plantean a los turistas ricos en los hoteles de lujo lo mismo que a los vagabundos de las carreteras. Aparecen cuando uno tiene el automóvil último modelo y la ropa de moda y todo lo demás. Las únicas necesidades que puede satis¬facer el dinero sin saciar durante más que unas pocas horas son la de alimento y bebida y sueño. Por lo tanto, de una comida en forma por día y otras dos muy livia¬nas se pasa a tres comidas en forma y dos livianas. Lue¬go, uno incluye otra menor entre el desayuno y el al¬muerzo "para tonificarse"; y no tarda en descubrir que no puede afrontar ninguna comida sin un cóctel, y tam¬poco puede dormir. Eso lo obliga a apelar al somnífero más nuevo, cuya publicidad garantiza que no causa nin¬guno de los ruinosos efectos de sus predecesores, igual¬mente garantizados. Luego aparece el médico, con sus tónicos, que son simplemente cócteles adicionales, y su convicción de que, si nos dice la verdad sobre nosotros mismos y se niega a recetarnos tónicos y medicamentos, sus hijos pasarán hambre. Si nos permitimos el lujo de tomar a un consejero espiritual del clero, su deber será decirnos que lo que nos pasa es que somos unos ociosos e inútiles glotones y borrachos y que iremos a parar al infierno; pero, por desgracia, el consejero espiritual, como el médico, no puede permitirse eso, ya que ma¬ñana podría verse en la necesidad de iniciar una sus¬cripción para costear los gastos de su iglesia. Y eso es "Libertad, eres el más preciado de los tesoros".

Este género de vida se ha vuelto posible, y en reali¬dad inevitable, gracias a lo que William Cobbett, quien tiene un vigoroso sentido de los valores vitales, llamó Sistema de Consolidación. Este sistema fue un producto de la guerra, que obligó a todos los gobiernos belige¬rantes a obtener enormes sumas de todos y de cada uno, dándoles a cambio el derecho de vivir gratuitamen¬te de las futuras rentas del país hasta que les devol¬vieran su dinero: un sistema tan popular ahora entre la gente a quien le sobra algún dinero que sólo se la pue¬de inducir a separarse de él con la condición de que el gobierno prometa no reembolsarlo antes de cierto día, más o menos lejano. Cuando se formaron las socieda¬des anónimas para gobernar grandes empresas indus¬triales, reuniendo el dinero con la condición más ten¬tadora aun de que no se devolvería nunca, el sistema se hizo tan amplio que los nuevos ricos ociosos se con¬virtieron en una clase nociva y mísera muy distinta en su carácter de los antiguos ricos de la era feudal.

 

LA REDENCIÓN DE LA PROPIEDAD

 

Cuando propongo la abolición de nuestro sistema ca¬pitalista para redimir a la humanidad de la doble maldi¬ción de la pobreza y la riqueza, se oyen sonoros gemi¬dos. Los gritos más nítidos del alboroto pregonan que los infelices esclavos de esa maldición perderán su li¬bertad si se les obliga a ganarse la vida decorosamente. La réplica de que no tienen nada que perder salvo sus cadenas, con el agregado de que las cadenas de oro son tan malas como las de hierro, no puede reducirlos al silencio, porque creen ser libres y se les ha enseñado a suponer que, a menos que el país siga siendo la pro-piedad privada de algunos dueños irresponsables que mantienen a un parlamento para hacer imposible todo cambio, inculcando mediante las iglesias, escuelas y uni¬versidades el carácter sagrado de la propiedad privada y disfrazando al gobierno de un partido de educación religiosa y democrática, la civilización perecerá. La gente que se cree progresista me acusa de toda clase de extra¬vagancias reaccionarias y la gente que le da las gracias a Dios por no ser más inteligente que sus antepasados me imputa toda suerte de locuras destructoras.

Ahora bien: no puedo discutir provechosamente so¬bre política, religión y economía con asustados ignoran¬tes que no comprenden qué defienden ni lo que atacan. Pero sucede que el señor Gilbert Chesterton, quien no es un ignorante y dista de estar aterrorizado, y cuya in¬teresantísima conversión al catolicismo lo ha obligado a afrontar fundamentalmente el problema de la orga¬nización social, desechando las imposturas protestantes sobre historia inglesa que inspiraron al vigoroso libera¬lismo de sus tiempos de juvenil inexperiencia, me ha censurado hace poco por el agravio, totalmente imagi-nario, de haber propuesto un gabinete a cargo de un comité de celebridades. Para aclarar el asunto, le he contestado al señor Chesterton de una manera muy com¬pleta y en términos católicos. Los que han leído mi ré¬plica en las revistas en que apareció no necesitan leer más, salvo que quieran, como yo se lo aconsejaría, leerlo dos veces. Para conocimiento de los demás, y a fin de que quede registrado en forma permanente, hela aquí.

 

CONDICIONES NATURALES BÁSICAS DE LA

SOCIEDAD HUMANA

 

1. El gobierno resulta necesario cuando se juntan dos o tres personas -o dos o tres mil millones de per¬sonas- para siempre.

2. El gobierno no es automático ni abstracto: deben desempeñarlo seres humanos lo mejor que puedan.

3. La misión de los gobernantes es reprimir la con¬ducta desastrosamente egoísta o inesperada de los indi¬viduos en las cuestiones sociales.

4. Esta misión sólo puede cumplirse urdiendo y po¬niendo en práctica normas de conducta social que co¬difican la mayor medida común de acuerdo para el sacri¬ficio necesario de la libertad individual en bien de la comunidad.

5. La paradoja del gobierno consiste en que, como el bien de la comunidad implica un máximo de libertad individual para todos sus miembros, los gobernantes de¬ben esclavizar despiadadamente al propio tiempo a todos y asegurarles la mayor libertad posible.

6. En las comunidades primitivas, la gente se al¡-

menta y aloja sin molestar al gobierno. En las grandes civilizaciones, esto es imposible; por lo tanto, la prime¬ra tarea del gobierno es proveer a la producción y dis¬tribución cotidianas de la riqueza y al reparto justo del trabajo y el ocio que ello implica. Por eso, el ciuda¬dano debe ser obligado no sólo a portarse adecuadamente sino también a trabajar en forma productiva.

7. La esclavitud moral de la coacción para portarse debidamente es una coacción constante que no admite libertad; pero la esclavitud personal de la coacción para trabajar sólo dura las horas diarias suficientes para que se cumplan los deberes económicos de los ciudadanos, siendo su ocio las horas restantes (además de las nece¬sarias para comer, para dormir, para el transporte, etcétera).

8. El ocio es la esfera de la libertad individual: el trabajo, la esfera de la esclavitud.

9. Los que creen poder ser honradamente libres siem¬pre son unos estúpidos: los que procuran ser libres siempre endosándoles a los demás su parte de trabajo productivo, unos ladrones.

10. El uso de la palabra esclavitud para indicar su¬misión al gobierno se ha formado entre estúpidos y la¬drones; y aquí sólo se apela a ella porque resulta cómoda para explicarles las cosas a los tontos de acuerdo con su tontería.

Esto, en cuanto a las condiciones básicas naturales de la organización social. Son tan indiscutibles congo la pre¬cesión de los equinoccios; pero le plantean problemas distintos a gente distinta. Para el ladrón, por ejemplo, el problema consiste en la forma de eludir su parte en la labor de producción, en aumentar su parte en la distribución del producto y en corromper al gobierno a fin de que proteja y glorifique sus bribonadas en vez de exterminarlo. Para el señor Chesterton, el problema del Distribuidor (o Comunista de Extrema Izquierda) y el Católico (o Igualitario Internacional) consiste en elegir a estadistas capaces de gobernar con rectitud e imparcialidad de acuerdo con las condiciones naturales básicas.

La historia de la civilización es la historia del conflicto entre esos puntos de vista antagónicos sobre la situación. El Rey Pirata, el Barón Pirata y el Hombre de Manchester provocaron un gobierno que llamaron el Imperio, el Estado, el Dominio, la República o cual¬quier otro nombre imponente que no delataba su fina¬lidad central. Los chestertonianos produjeron un gobier¬no que llamaron La Iglesia; y a su debido tiempo, el Último de los Chesterton ingresó a esa Iglesia Católica, como una gran nave que entra a un puerto muy pe¬queño, al gran peligro de sus muchos y destartalados muelles y embarcaderos, a riesgo de hacer zozobrar a todos los barquitos vecinos. Por eso, veamos qué hizo la Iglesia Católica con su problema gubernamental.

 

LA SOLUCIÓN CATÓLICA

 

Por lo pronto, la Iglesia, siendo católica, era necesa¬riamente democrática, ya que tenía por objetivo salvar las almas de todas las personas, con prescindencia de su edad, sexo, nacionalidad, clase o color. El noble en cuya opinión Dios no podía condenar con ligereza a un hom¬bre de su jerarquía no era apoyado por la Iglesia en esa convicción. En su redil, todas las almas eran iguales ante Dios.

Pero la Iglesia no deducía la ridícula conclusión de que todos los hombres y mujeres están igualmente ca¬pacitados o se sienten igualmente deseosos de legislar, de gobernar, de administrar, de tomar decisiones y de manejar los asuntos públicos y aun sus propios asuntos privados. Afrontaba el hecho de que sólo un cinco por ciento de la población es capaz de ejercitar esas facul¬tades y será corrompido sin remedio por ellas a menos que tenga una irresistible vocación religiosa por la obra pública y una fe en su carácter beneficioso que la induz¬ca a jurar que se abstendrá de toda ganancia que no sea compartida por los demás y de toda indulgencia que pueda embotar sus conciencias o someterlos a las influen¬cias de familia censuradas con tanta amargura por Jesús.

Esta minoría "llamada" natural nunca fue elegida en la forma escandalosa que llamamos democrática. Sus miembros, en el primer caso, se eligieron a si mismos: es decir, vivieron voluntariamente con santidad y se con¬sagraron al bienestar público obedeciendo al impulso del Espíritu Santo que había en ellos. Este impulso era su vocación. Eran llamados desde arriba, no elegidos por los no llamados. Para protegerse a sí mismos y obtener el poder necesario se organizaron, y llamaron a su orga¬nización la Iglesia. Desde entonces, la Iglesia fue el juez de lo genuino y suficiente en la vocación de los nuevos reclutas. Si el juicio era favorable y los candidatos hacían ciertos votos, se les admitía en el sacerdocio ofi¬cial y se les dejaba gobernar como sacerdotes en la parro¬quia y como directores espirituales en la familia, siendo todos ellos elegibles, si tenían la capacidad requerida, para ser promovidos a la tarea de gobernar a la propia Iglesia como obispos o cardenales, o a la jerarquía su¬prema de Papa o Vicario de Cristo sobre la tierra. Y todo esto sin la menor alusión a las opiniones de los no llamados y no ordenados.

 

NECESIDAD DE UNA FE COMÚN

 

Ahora bien: se plantea este interrogante... ¿Por qué ha de pedírseles a personas de auténtica vocación que hagan votos antes que se les conceda autoridad? ¿No es la vocación garantía suficiente de su sabiduría?

No. Antes que los sacerdotes puedan gobernar, ne¬cesitan tener una fe común con respecto a las condi¬ciones fundamentales de una sociedad humana estable. De lo contrario, el resultado podría ser un conjunto ca¬sual de hombres de genio incapaces de ponerse de acuer¬do sobre una medida legislativa o punto de política. Un concilio ecuménico formado por Einstein y el co¬ronel Lynch, Santo Tomás de Aquino y Francisco Bacon, Dante y Galileo, Lenin y Lloyd George, rara vez podría llegar a una decisión unánime -si es que podría arribar a una decisión que no fuese negativa contra una mi¬noría de uno- sobre cualquier punto que exceda la capacidad del jurado de un córoner médico o forense. El Papa no debe ser un genio excéntrico que presida un cónclave de cardenales de diversa propensión: ha de tener un espíritu completamente cerrado a lo que Herbert Spencer llamaba Estática Social: y en esto, los car¬denales deben parecérsele y concordar con él. Lo que es más, han de representar hasta cierto punto la conciencia del pueblo; porque es evidente que si hicieran leyes y dieran instrucciones personales que provocaran un ho¬rror general o se interpretaran como pruebas de demen¬cia su autoridad se derrumbaría. De ahí la necesidad de votos que comprometan a todos los que los hacen a artículos de fe definidos sobre estática social y a sus lógicas consecuencias en el derecho y la costumbre. Esos votos excluyen automáticamente a los genios revolucionarios, quienes, por ser poco comunes, no son representativos, sobre todo los genios científicos, para quienes es un pun¬tillo de honra tener cerebros incondicionalmente abiertos aun sobre los temas más sagrados en apariencia.

 

RUSIA REDESCUBRE EL SISTEMA DE LA IGLESIA

 

En estos momentos, le concede una enorme impor¬tancia a una clara comprensión del sistema católico el impresionante hecho de que el estado más grande del mundo moderno, después de haber liquidado netamen¬te a su Iglesia acusando a su religión de ser un estu¬pefaciente, privando a sus sacerdotes y obispos de toda autoridad mayor que la que podría tener un charlatán de feria, alentando a sus hijos más serios a formar una Liga de Impíos, fusilando a su piadoso zar, convirtiendo sus catedrales en museos históricos que ilustran las in¬famias de la historia eclesiástica y llamándolos expre¬samente antirreligiosos y, en suma, procurando, en for¬ma solemne e implacable, el exterminio a fondo de todo lo que vinculamos al sacerdocio, ha establecido bajo la presión de las circunstancias, inconsciente y espontánea¬mente, como sistema de gobierno, una reproducción lo más exacta posible de la jerarquía de la Iglesia Cató¬lica. Naturalmente, se ha cambiado la nomenclatura: la Iglesia se llama Partido Comunista; y el Santo Oficio y sus familiares, Komintern y Guepeú. Existe la sal¬vaguardia popular de hacer verificar en primer lugar los síntomas de la vocación sacerdotal por el grupo de cam¬pesinos u obreros industriales con quienes ha transcu¬rrido la vida cotidiana del postulante, dándole así una genuina base democrática al sistema; y la jerarquía ele¬gida sobre esa base no sólo está al día, sino también sujeta a las lecciones diarias del ensayo y el error en su funcionamiento práctico y no se halla garantizada en modo alguno contra el cambio y la innovación como tales. Pero, esencialmente, el sistema es el de la antigua Iglesia Católica, hasta en su voto fundamental de comu¬nismo y en su pena de muerte a los Ananías y los Safira por violarlos.

Si nuestros periódicos supieran qué sucede en reali¬dad en el mundo o fuesen capaces de discriminar entre el valor informativo que implica un accidente ciclístico en Clapham y el de un hundimiento de la civilización, sus columnas rebosarían de estos hechos literalmente me¬morables. Y lo primero que le preguntarían a Rusia, sería: "¿Por qué, si ven que el sistema cristiano ha fra¬casado sin remedio a tal punto, vuelven ustedes a él y nos invitan a volver a él?"

 

POR QUÉ FRACASÓ EL SISTEMA CRISTIANO

 

La respuesta es que el sistema cristiano ha fracasado no por ser erróneo en su psicología, en su postulado fundamental de igualdad o en su anticipación del prin¬cipio de Lenin de que los gobernantes deben ser tan pobres como los gobernados para que sólo puedan ele¬varse a sí mismos elevando a su pueblo, sino porque la ignorancia de la economía y la ciencia política de los viejos sacerdotes los cegó ante la maldad latente en el egoísmo de la propiedad privada. Antes de que la Igle¬sia pudiera advertir donde estaba todavía (no se ha ubicado del todo) se vio tan prodigiosamente rica que

el Papa era un príncipe italiano secular con ejércitos y fronteras que no sólo disfrutaba de la renta de las tie¬rras de la Iglesia, sino que vendía la salvación en escala tal que cuando Torquemada empezó a quemar judíos en vez de permitir que rescataran sus cuerpos con pa¬gos a la tesorería romana y le dejaran sus almas a Dios, el resultado fue un conflicto de primera magnitud entre la Iglesia y la Inquisición española.

Pero las riquezas de la Iglesia nada eran comparadas con las de su gran rival, el Imperio. Y la pobreza del sacerdote era opulencia comparada con la pobreza del proletario. Mientras la Iglesia se veía corrompida a tal punto por su misma propiedad y por la influencia sobre ella de los propietarios legos que perdió todo su pres¬tigio moral, los guerreros y salteadores del imperio ha¬bían aprendido por experiencia que una nave pirata ne¬cesitaba una jerarquía de oficiales y una férrea disciplina más aun que los barcos de vigilancia y que la tarea de atracar a los pobres sin cesar exige un sistema de gobierno muy refinado para asegurarse de que los po¬bres, como las abejas, sigan produciendo no sólo para su propia subsistencia sino también el excedente que pue¬de serles robado sin causarles la ruina, como a la ga¬llina de los huevos de oro. La coacción desnuda es tan costosa que resultó necesario trabajar con la imagina¬ción de los pobres hasta el punto de hacerles creer que el hecho de ser robado constituye un piadoso deber y que la vida fugaz de que disfrutan en este mundo ape¬nas es un preludio de una eternidad en que los pobres serán bienaventurados y felices y los ricos torturados horriblemente.

Las cosas llegaron por fin a un punto tal que ha. bía más ley y orden en el imperio que en la Iglesia.

El Emperador Felipe II de España era muchísimo más respetable y piadoso, aunque menos amable, que el Papa Alejandro Borgia. El imperio alcanzó prestigio moral cuando la Iglesia lo perdió y finalmente, con virtuosa indignación, se ocupó de reformar la Iglesia, con tanta mayor buena voluntad cuanto que la restauración de la pobreza sacerdotal era un pretexto de primer orden para saquearla.

La Iglesia no podía, decorosamente, dejarse reformar por una plutocracia de reyes piratas, barones salteado¬res, aventureros comerciales, prestamistas y desertores de sus propias filas. Fue reformada desde dentro por sus propios santos y las órdenes que fundaron y así "ar¬chivó" a la Reforma; mientras que los reformistas crea¬ron Iglesias nacionales e Iglesias libres propias bajo la denominación general de protestantes y con ello se vie-ron comprometidos a una curiosa adulteración de su doctrina del Individualismo, o derecho de juicio privado, usando la mayoría de las corrupciones eclesiásticas con¬tra las cuales protestaran. Y como ni la Iglesia ni el im¬perio querían compartir el gobierno de la humanidad entre sí ni permitir que el pueblo mismo tuviera voz en el asunto, los católicos y los protestantes pusieron ma¬nos a la obra para exterminarse mutuamente con el potro del tormento y la hoguera, con el fuego, la espada y la pólvora, ayudados por el deletéreo gas de la calumnia grosera, hasta el punto de que la sola palabra religión empezó a olerle mal a toda la gente realmente carita-tiva y religiosa.

 

 

EL GOBIERNO DE TODOS

 

La moraleja que se deduce de todo esto es que, como a nadie se le podía confiar el gobierno del pueblo, el pueblo debía gobernarse solo, lo cual era una estupidez. Con todo, se suponía que, inscribiendo el nombre de cada cual en un registro de electores, podríamos reali¬zar el ideal de todo hombre de ser su propio Solón y su propio Platón, y siendo así, cabía solamente pre-guntar... ¿por qué no habría de ser su propio Shakespeare y su propio Einstein? Pero esta hipótesis les cuadraba muy bien a los plutócratas, ya que les bastaba con dominar el fácil arte de ganar las elecciones influ¬yendo sobre ellas con sus periódicos para hacer todo lo que quisieran en nombre del pueblo. El sufragio para todos (llamado, para abreviar, democracia) concluyó en un gobierno que no era de los mejores ni de los peores, sino un gobierno oficial que sólo podía hablar, y un gobierno real de terratenientes, patrones y financieros en guerra con una oposición de sindicalistas, huelguistas, piquetes de huelga y -a veces- revoltosos. El des¬orden, la indisciplina y el colapso de la distribución re¬sultantes produjeron una reacción de mero desencanto y aflicción en que el pueblo miraba con desesperación a su alrededor buscando a un Salvador y estaba dispues¬to a brindarle un esperanzado ensayo a quienquiera fue¬se suficientemente audaz para asumir una dictadura y echar a puntapiés al impotente gobierno oficial hasta amordazarlo y subyugarlo por completo.

 

FRACASO TOTAL

 

Esta es la historia del catolicismo y el protestantismo, de la Iglesia y el imperio. del liberalismo y la demo¬cracia, hasta la fecha. A todas luces, fue un tremendo fracaso. en el sentido positivo como una tentativa de solucionar el problema del gobierno y en el negativo como una tentativa de asegurar la libertad de pensa¬miento y la facilidad del cambio para seguir el ritmo del pensamiento.

Esto, no implica en lo más mínimo que el plan cató¬lico primitivo fuese erróneo. Por el contrario: todos los desastres a que llevó han demostrado la eterna nece¬sidad de ese plan. La alternativa del gobierno vocacio¬nal es una mezcla de medio penique de gobierno oficial muy incompetente con una cantidad insoportable de ti¬ranía privada muy competente. La Providencia, o la na¬turaleza, sí así lo prefiere el lector, no ha dispuesto que todos los hombres tengan la vocación de ser "servidores de todos los demás", como los santos o los gobernan¬tes. La Providencia es demasiado sabia para proporcionar ejércitos formados exclusivamente por comandantes o fábricas provistas exclusivamente de gerentes; y a ese inexorable hecho natural, tendremos que volver siem¬pre, así como los revolucionarios rusos, a quienes daban náuseas al principio las supersticiones liberales protestan¬tes, han tenido que volver a ellas. Pero ahora hemos meditado con mucho más cuidado que San Pedro sobre los artículos de fe básicos, sin los cuales la vocación del sacerdote es desplazada inevitablemente por la de los salteadores y gangsters, que se erigen en caballeros y danzas. Sabemos que la propiedad privada distribuye la riqueza, el trabajo y el ocio de una manera tan desigual que una mayoría lamentablemente pobre y miserable-mente extenuada se ve forzada a mantener a una mino¬ría desmedidamente rica y apasionadamente convencida de que el trabajo la deshonra tanto que no se atreven a dejarse ver llevando un paquete en Bond Street. Sa¬bemos que las tensiones provocadas por semejante divi¬sión de intereses destruyen también la paz, la justicia, la religión, la buena educación, el honor, la libertad ra¬zonable y todo aquello que debe asegurar el gobierno, y que esa iniquidad surge en forma automática cuando, irreflexivamente, permitimos que una persona posea mil acres de tierra en el centro de Londres de una manera mucho más completa que el par de zapatos con que camina sobre ellos; porque no puede echarme de mi casa a puntapiés con sus zapatos, pero puede hacerlo con su orden judicial de desahucio. Y por eso, llega¬mos, forzosamente a la conclusión de que el sacerdocio moderno debe renunciar por completo a la propiedad privada y abominarla, execrarla y aniquilarla como la peor de las invenciones satánicas para la desmoraliza¬ción y condenación de la humanidad. Los hombres civi¬lizados deben vivir de acuerdo con su parte ordenada e igual de trabajo necesaria para mantener a la comu¬nidad, y hallar su libertad en su parte ordenada e igual del ocio obtenido por la economía científica al pro¬ducir ese apoyo. Se requiere con todo cierta convicción para repudiar una institución de la cual se habla tan bien como la propiedad privada; pero hay que afrontar los hechos; nuestros métodos clandestinos para violarla mediante el impuesto o la renta y la sobretasa, que sólo significan "Lo que robó un ladrón, róbaselo tú al la¬ como no tardaron en comprobarlo los rusos, no debe aceptar dinero, ni siquiera de los ladrones, hasta que esté pronto para usarlo en forma productiva. Derrochar¬lo en dádivas como nuestros estúpidos gobernantes es quemar la vela en ambos extremos y precipitar la catás¬trofe que tratan de impedir.

 

VOTOS ANTICUADOS

 

En cuanto a los votos, algunos de los viejos deben desaparecer. La Iglesia Católica y nuestra junta de edu¬cación insisten en el celibato, la primera en el de los sacerdotes y la segunda en el de los maestros. Esto es un remanente de la cínica superstición del pecado ori¬ginal. La gente casada tiene derecho a ser regida por gobernantes casados; las madres tienen derecho a que a sus hijos les enseñen y manejen madres; y los sacer¬dotes y reverendos que se entrometen en los asuntos de familia debieran saber de qué están hablando.

Otro descubrimiento moderno importante es que el gobierno no es un empleo full-time para todos sus agen¬tes. Un consejo de campesinos deriva su vieja sabiduría de su jornada normal de trabajo en los campos, sin el cual sólo sería un consejo de vagabundos e idiotas de aldea. No conviene que su uniforme sea demasiado sacerdotal; porque esto es el método de la idolatría, que sustituye el supersticioso temor que causa una origina¬lidad fabricada por una autoridad racional. San Vicente de Paúl sabía demasiado lo que hacía al fundar su fraternidad de hermanas de caridad sobre la regla de que una hermana no debía distinguirse de una mujer respe¬table común. Por desgracia, la indumentaria prescrita por esa regla llegó a ser tan excepcional con los siglos como la del pupilo de ciertos establecimientos de caridad ingleses; y así, la idea de San Vicente se perdió; pero la experiencia industrial moderna lo confirma; porque el último redescubrimiento del principio vicentino ha sido hecho por el señor Ford, quien ha atestiguado que si se quiere tener un cuerpo de personas útiles que ha¬gan cualquier cosa que se requiera, no se les debe asig¬nar títulos ni jerarquía ni uniforme, ya que el resultado inmediato será su incapacidad parcial al excluir de sus actividades muchas de las tareas más necesarias por con¬siderarlas lesivas a su dignidad.

Otra regla establecida por San Vicente, quien ya se nos había adelantado mucho en el siglo XVI, fue que nin¬guna hermana debía comprometerse por más de un año cada vez, por más frecuente que fuera la renovación de sus votos. Por eso, las hermanas vicentinas no pue¬den perder su libertad ni sentir frío en los pies. Si San Vicente viviera hoy, propondría quizás liquidar lisa y llanamente todas las dificultades en materia de casa¬miento y de divorcio prohibiéndole a la gente que se casara por más de un año y haciéndole renovar sus votos cada doce meses. En Rusia, los miembros del par¬tido comunista no deben consagrarse al mismo para siem¬pre; pueden pasar al estado seglar cuando se les antoje y si se muestran remisos en el cumplimiento de su mi¬nisterio, se les expulsa.

 

PRETENSIONES SOBRENATURALES

 

Además, los sacerdotes modernos no deben hacer afir¬maciones sobrenaturales. No han de ser impostores. Una vocación por la política, aunque sea esencialmente una vocación religiosa, ha de estar en el mismo plano que la suscitada por la música o la matemática o la cocina o la crianza de niños o la interpretación teatral o la arquitectura o el cultivo de la tierra o los billares o cualquier otra aptitud innata. La autoridad propia de todos los funcionarios públicos y consejos debe basarse en su capacidad y eficacia. En la marina real, todo si¬niestro ocurrido en un barco implica un consejo de gue¬rra para el oficial responsable: si éste comete un error renuncia a su comando, a menos que logre convencer al consejo de guerra de que sigue siendo digno de él. Sólo así puede adquirir algún sentido real nuestra tri¬llada frase "gobierno responsable". Cuando un sacer¬dote católico se equivoca (o acierta) le imponen silen¬cio: cuando un comisario ruso se equivoca, lo expulsan del partido. Esa responsabilidad hace por fuerza muy imperativa a la autoridad oficial y ahuyenta a los exage¬radamente nerviosos. Stalin y Mussolini son los esta¬distas más responsables de Europa porque sólo se sos¬tienen en sus cargos merced a su eficacia: y su autoridad es por lo tanto mayor que la de cualquiera de los mo¬narcas, presidentes y primeros ministros que deben tra¬tar con ellos. Stalin es uno de los altos funcionarios para quienes la tare de gobernar es por fuerza un trabajo full-time. Pero no es más rico que sus vecinos y sólo puede "mejorarse" mejorándolos a ellos, y no mejo¬rándolos como lo haría un demagogo inglés.

 

LA DEMOCRACIA ECLÉCTICA

 

Creo que mis opiniones sobre la aristocracia intelec¬tual y la democracia y todo lo demás son ya bastante claras. En cuanto a las intenciones de la Iglesia y las del imperio (ideales no realizados ambos). estoy con la Iglesia. En cuanto al mal hecho por la Iglesia con las me¬jores intenciones del mundo y el bien hecho por el imperio con las peores, soy un ecléctico: hay mucho que aprender de ambos. Insisto en Rusia porque es la única manera realmente nueva de apartarse tanto de Escila como de Caribdis: el fascismo oscila aún entre el im¬perio y la Iglesia, entre la propiedad privada y el comu-nismo. Hace años, dije que lo que necesitaba la demo¬cracia era una máquina antropométrica digna de toda confianza para la selección de gobernantes calificados. Desde entonces he trabajado en esto pidiendo que se formaran listas de personas probadas elegibles para los distintos grados de la jerarquía gubernamental. La Lis¬ta A correspondería a la diplomacia y la finanza inter¬nacional, la Lista B a los asuntos nacionales, la Lista C a los asuntos municipales y de distrito, la Lista D a los consejos de aldea, etcétera. De acuerdo con este sistema, los electores perderían su libertad actual para hacer vol¬ver al parlamento a candidatos tales como el difunto Horace Bottomley con enormes mayorías; pero tendrían por lo menos la ventaja de estar enterados de que sus gobernantes saben leer y escribir, ventaja de la cual no disfrutan en la actualidad.

Nadie se arriesgó a discrepar conmigo cuando hablé de lo necesarias que eran esas listas; pero cuando me desafiaron a presentar mi máquina antropométrica o mis tests endocrinos o frenológicos, debí confesar que no habían sido inventados aún y que las tentativas existentes de conseguirlos, tales como los exámenes de competen¬cia, son tan inadecuadas e inducen tanto a error que re¬sultan peores que inútiles como tests de vocación. Pero el sistema soviético, fabricado bajo la más severa presión de las circunstancias, proporciona una solución excelente.

que resulta ser la misma de la antigua Iglesia Católica depurada de toda pretensión sobrenatural, de la presun¬ción de perfección final y del veneno de la propiedad privada con sus consecuencias fatales. El señor Stalin no se parece en lo más mínimo a un emperador o un arzobispo o un primer ministro o un canciller; pero se parecería de una manera sorprendente a un Papa que reclamara por razones formales una sucesión apostólica de Marx si no mediara su franco método del Ensayo y del Error, su fundamento enteramente humano y su res¬ponsabilidad de eliminarse en el acto si se trastornara el equilibrio mental de Su Eminencia. En el otro extre¬mo de la escala está la tropa del partido comunista, que cumple una jornada de trabajo usual y sólo le da su ocio al partido. Para ser elegidos representantes de la gente del pueblo, deben contar con los votos de los vecinos y compañeros de trabajo con quienes tienen inti¬midad y que son sus iguales. No tienen otro incentivo para buscar la elección que el hombre vocacional: por¬que el éxito, desde el principio, no implica liberarse del trabajo usual del día, sino sacrificar todo el ocio de uno a la política, y si se quiere lograr la promoción al plano del full-time, significa una disciplina relati¬vamente ascética y virtualmente ninguna ganancia pe¬cuniaria.

Si alguien puede sugerir un plan mejor probado en el aspecto práctico, este es el momento de hacerlo: ya que han fracasado por completo los antiguos sistemas parlamentarios anarcoliberales, porque hay treinta millo-nes de desocupados, y las Idiotas Conferencias Mundia¬les en que cada nación les suplica a las demás que ab¬sorban a sus desocupados haciendo revivir el comercio internacional. El señor Chesterton dice con razón

un gobierno, si quiere realmente gobernar, "no puede elegir a un gobernante para que haga algo y a otro para que lo deshaga, a un intelectual para que restaure a la nación y a otro para que la arruine". Pero es eso, precisamente, lo que hace nuestro sistema de partidos parlamentario. El señor Chesterton lo ha condensado todo en una cáscara de nuez; y confío en que apreciará el sano catolicismo con que la he cascado.

 

AYOT, ST. LAWRENCE, 1933.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEMASIADO BUENO PARA SER CIERTO

 

 

ACTO 1

 

De noche. Uno de los mejores dormitorios que posee una de las mejores villas suburbanas de una de las ciu¬dades más ricas de Inglaterra. En la cama, duerme una joven de semblante enfermizo. Una mesita junto a la cabecera, al alcance de su mano derecha y donde se hallan amontonados un frasco con un medicamento, un vaso graduado, una caja de píldoras, un termómetro clínico sumergido en un vaso con agua, un libro a medio leer con el lugar señalado por un pañuelo, un cisne de tocador, un espejo de mano y el timbre de una campa¬nilla eléctrica, revelan que se trata de una cama de en¬ferma y que la joven es una inválida.

El mobiliario comprende un tocador muy hermoso con cepillos y artículos de toilet de mangos de plata, un es¬tante con anillos, un alhajero de acero negro de tapa abierta con una sarta de perlas a medias fuera, un secreter Luis XV y su silla, con tintero, secador y un armario con papel de cartas y artículos de escritorio, un magní¬fico ropero, un lujoso canapé y un alto biombo de he-chura china que, como la costosa alfombra y todo lo demás de la habitación, proclaman que el propietario tie¬ne suficiente dinero para comprar lo mejor en los me¡ores comercios y del mejor gusto que se puede adquirir.

La cama está, poco más o menos, en el centro de la habitación, para que las enfermeras puedan pasar libre¬ mente entre la pared y la cabecera. Si contemplamos la

habitación desde el pie de la cama, con los dedos de los pies de la paciente apuntando hacia nosotros, tene¬mos la puerta (cuidadosamente protegida con burletes

para que no se filtre por debajo una corriente de aire fresco) a nuestro nivel en la pared de la derecha, el canapé contra la misma pared más allá, la ventana (con la luz excluida por una persiana de un verde oscuro) en el medio de la pared izquierda, con el ropero a la derecha y el secreter a la izquierda, el biombo en ángulo recto con el ropero y el tocador contra la pared de frente a nosotros, a mitad de camino entre la cama y el canapé.

]unto a 'la silla contigua al secreter hay una poltrona próxima a la mesita de los medicamentos y una silla a cada lado del tocador.

La habitación es iluminada por luces invisibles em¬butidas y por dos luces sobre el secreter; pero éstas se hallan ahora apagadas; la única encendida es otra por¬tátil que está sobre la mesita de los medicamentos, cuida¬dosamente atenuada por una pantalla verde.

La paciente está profundamente dormida. Cerca de ella, en 'la poltrona, se halla sentado un Monstruo. Por su tamaño y su forma se parece a un ser humano; pero su substancia parece ser una gelatina luminosa, con un esqueleto visible de cortas varillas negras. Está caído ha¬cia adelante en la silla, con la cabeza sobre las manos y parece infeliz en último grado.

 

MONSTRUO. - ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Estoy tan enfermo ¡Sufro tanto! -,Oh. ojalá estuviese muerto! ¿Por qué no se morirá ella y me liberará de mis sufrimientos? ¿Qué derecho tiene a enfermarse y a enfermarme así? Sarampión: eso es lo que tiene. ¡Sarampión! ¡Rubéola! Y me los ha endosado a mí, un pobre microbio ino¬cente que nunca le hizo mal alguno. Y dice que yo se los he endosado a ella. ¡Oh! ¿Es justo eso? ¡Oh, qué mal me siento! ... ¿Qué temperatura tendré? Hace me¬dia hora me pusieron el termómetro debajo de la len¬gua. (Escudriña la mesita y descubre el termómetro en el vaso.) Aquí está; se lo dejaron al médico para que lo viese en vez de hacerlo bajar sacudiéndolo. Si supera los cuarenta grados, estoy perdido: no me atrevo a mirar. ¡Oh! ¿Será posible que me esté muriendo? Debo mirar. (Mira y vuelve a dejar caer el termómetro dentro del vaso, con una exclamación ahogada.) ¡Cuarenta y uno! Todo ha terminado. (Se desploma.)

(Se abre la puerta y entran una señora de edad y un médico joven. La dama avanza furtivamente en puntas de pie, muy preocupada por la inválida. El médico se muestra indiferente, pero conserva cuidadosamente su aire de galeno de cabecera, aunque, a todas luces, el caso no le parece tan grave como a la dama. Esta se acerca a la cabecera por la izquierda. El médico se aproxima del otro lado de la cama y escudriña a su paciente.)

LA SEÑORA DE EDAD (con un sibilante suspiro capaz de despertar a los muertos). - Duerme.

EL MONSTRUO. - Claro. Este estúpido, el médico, le ha dado una dosis del último somnífero de moda, capaz de hacer dormir a un gallo hasta las once y media de una mañana de mayo.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, doctor! ¿Cree usted que hay alguna posibilidad? ¿Podrá sobrevivir a esta terri¬ble y última complicación?

EL MONSTRUO. -¡Sarampión! Él lo ha confundido con gripe.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Eso ha sido tan inesperado!

¡Un golpe tan abrumador! ¡Y he cuidado tanto de ella! Es la única hija que me queda: mi joya. ¿Por qué se morirán todos ellos? Nunca he sido negligente ante el más leve síntoma de enfermedad. La he hecho atender por los médicos en forma incesante, casi desde que nació.

EL MONSTRUO. - Esa muchacha tiene la constitución física de un caballo: de lo contrario, habría muerto como las demás.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh! ¿No le parece, querido doctor. .. , desde luego, usted sabrá qué debe hacer, no le parece que debiera recetarle otra cosa? Ese último medicamento me inspiraba tantas esperanzas ... Pero, como usted sabe, su sarampión apareció después de ha¬berlo tomado.

EL MÉDICO. - Mi estimada señora Mopply, puede tener la seguridad de que ese medicamento nada tiene que ver con el sarampión. Era sólo un tónico suave...

EL MONSTRUO. - ¡Estricnina!

EL MÉDICO  para fortalecerla.

LA SEÑORA DE EDAD. - Pero después apareció su sa¬rampión.

EL MÉDICO. - Eso fue una infección concreta: un ger¬men, un microbio.

EL MONSTRUO. - ¡Yo! Endósamelo todo a mí.

LA SEÑORA DE EDAD. -Pero... ¿cómo entró? Cie¬rro tan cuidadosamente las ventanas... Y cuelgo siem¬pre sobre la puerta una sábana impregnada en ácido fénico.

EL MONSTRUO (deshecho en lágrimas). - ¡Ni un so¬plo de aire fresco para mí!

EL MÉDICO. - ¡Quién sabe! Puede haber estado es¬condido aquí desde que se construyó la casa. Pero no tiene por qué preocuparse. No es nada grave: una ru¬béola liviana: apenas se le podría llamar sarampión. La sacaremos de apuros, no se inquiete.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Me consuela tanto oírle de¬ cir eso, doctor! Estoy segura de que nunca podré expre¬sarle mi gratitud por todo lo que ha hecho por nos¬otros.

EL MÉDICO. - ¡Oh! Es mi profesión. Hacemos lo que podemos.

LA SEÑORA DE EDAD. - Sí; pero algunos médicos son terribles. Como ese hombre de Folkestone: era impo¬sible. Descorría las cortinas y dejaba entrar el sol en la habitación, aunque ella no podía soportarlo sin lentes ahumados. Abría las ventanas y dejaba entrar todo el aire frío de la mañana. Yo le decía que era un asesino y él se limitaba a contestarme: "Una guinea, por favor." Estoy segura de que fue él quien dejó entrar a ese mi¬crobio.

EL MÉDICO. - ¡Oh! ¡Hace tres meses! No, no fue eso.

LA SEÑORA DE EDAD. - Entonces ... ¿qué fue? ¡Oh! ¿Está completamente seguro de que no sería mejor re¬cetar otra cosa?

EL MÉDICO. -Vaya... Ya le he recetado otra cosa.

EL MONSTRUO. - ¡Tres veces!

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, ya lo sé, doctor! Nadie

habría podido ser más bondadoso. Pero, en realidad, eso no le hizo ningún bien. Empeoró.

EL MÉDICO. - Pero, mi estimada señora. Contrajo el sarampión. Mi receta no tuvo la culpa.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, claro que no! Créame que no he dudado ni por un momento de que todo lo que ha hecho usted ha sido para bien. Pero...

EL MÉDICO. - Perfectamente, perfectamente: le re¬cetaré otra cosa.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias, gracias! Estaba segura de que usted lo haría. He visto tan a menudo que un cambio de medicamento obra maravillas...              

EL MÉDICO. - Cuando la hayamos sacado de este trance, creo que un cambio de aire...

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, no, no diga eso! Ella debe estar cerca de un médico que conozca su orga¬nismo. El viejo doctor Newland la conocía muy bien desde que nació.

EL MÉDICO. - Por desgracia, Newland ha muerto.

LA SEÑORA DE EDAD. - Sí, pero usted ha comprado

su clientela. Nunca viviré tranquila si usted no está a mi alcance para poder llamarlo en cualquier momento. Usted me indujo a llevarla a Folkestone; ¡y ya ve qué ha sucedido! No; nunca volveré a hacerlo.

EL MÉDICO. - Oh... Está bien. (Se encoge de hombros con resignación y va hacia la mesita de la cabece¬ra.) ¿Cómo va la temperatura?

LA SEÑORA DE EDAD. - La tomó la enfermera diurna.

No me he atrevido a mirarla.

EL MÉDICO (mirando el termómetro). - Hum.. .

LA SEÑORA DE EDAD (temblando). - ¿Ha subido la fiebre? ¡Oh, doctor!

EL MÉDICO (agitando precipitadamente el termóme¬tro para que baje el mercurio). -No. Nada. Es casi normal.                                                                                   

EL MONSTRUO. - ¡Embustero!                                                                          

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Qué alivio!

EL MÉDICO. - Pero tenga cuidado. No crea que ya se ha curado: todavía sigue enferma. Por ahora, no debe abandonar la cama. Le bastaría con enfriarse un poco para que sucediera algo serio.

LA SEÑORA DE EDAD. - Doctor... ¿Está seguro de que no me oculta algo? ¿Por qué no se repone nunca mi hija a pesar de la fortuna que he invertido en sus enfermedades? Debe de haber alguna causa muy arrai¬gada. Dígame lo peor. Lo he temido durante toda mi vida. Acaso debí decirle a usted toda la verdad; pero tenía miedo. El padrastro de su tío murió a causa de una dilatación cardíaca. ¿Se trata de eso?

EL MÉDICO. -¡No, por Dios! ¿Cómo se le ocurre semejante cosa?

LA SEÑORA DE EDAD. - Pero aún antes de que bro¬taran esas ronchas tenía demasiados granos.

EL MONSTRUO. - ¡Forúnculos! Demasiados helados de chocolate.

EL MÉDICO. - ¡Oh! Eso no es nada. Su sangre no es como debiera ser. Pero ya la pondremos en con¬diciones.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¿Está seguro de que no son sus pulmones?

EL MÉDICO. -Mi buena señora, sus pulmones son sanos como los de una gaviota.

LA SEÑORA DE EDAD. - Entonces, debe de ser su co¬razón. No me engañe. Tiene palpitaciones. Me dijo que, días pasados, su corazón dejó de latir durante cinco minutos cuando esa horrible enfermera fue grosera con ella.

EL MÉDICO. -¡Tonterías! Ya no estaría viva si su corazón hubiese dejado de latir durante cinco segundos. Orgánicamente no tiene ninguna deficiencia. Está un poco por debajo de lo que debiera ser: eso es todo. La alimentaremos científicamente. Mucha carne fresca. Me¬dia botella de champaña en el almuerzo y un vaso de oporto después de la cena la convertirán en otra mujer. Una costilla en el desayuno, no muy cocida, suele ser muy beneficiosa.

EL MONSTRUO-Me Me moriré de sobrealimentación. Y ella, también: es un consuelo.

EL MÉDICO.-No se preocupe por el sarampión. Realmente, se trata de un caso sin importancia.

LA SEÑORA DE EDAD. - Oh, confíe en mí en ese sen¬tido. Nadie podrá decir que me preocupo más de lo conveniente. ¿No olvidará usted la nueva receta?

EL MÉDICO.-La extenderé ahora mismo. (Saca su estilográfica y su recetario y se sienta ante el secreter.)

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias! Y yo, iré a ver qué está haciendo la nueva enfermera nocturna. Demo¬ran tanto con sus tazas de té... (Va hacia la puerta y se dispone a salir cuando vacila y vuelve.) Doctor: ya sé que usted no cree en las vacunas, pero no puedo dejar de creer que ella necesita una. Hacen tanto bien...

EL MÉDICO (a quien poco le falta para perder la pa¬ciencia). - Mi querida señora Mopply: nunca le dije que no creo en las vacunas. Pero es inútil inyectar una vacuna cuando el paciente ya está plenamente infectado.

LA SEÑORA DE EDAD. - Pero yo misma he descubier¬to que es tan necesario... Me vacunaron contra la gripe hace tres años; y, desde entonces, sólo he tenido la gripe cuatro veces. Mi hermana la tiene en febrero de cada año. Por favor, para complacerme, vacúnela. Me siento tan responsable si se deja de hacer algo para curarla...

EL MÉDICO. - Bueno, bueno. Veré qué se puede ha¬cer. Le daremos una vacuna y una receta nueva. ¿Se sentirá usted tranquila, así?

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias! Usted me ha quitado un peso muy grande de la conciencia. Estoy segura de que ambas cosas le harán mucho bien. Y ahora, discúlpeme un momento, mientras voy en busca de la enfermera. (Sale.)

EL MÉDICO. - ¡Qué mujer enloquecedora!

EL MONSTRUO (levantándose y acercándosele por de¬trás). -Sí. ¿Verdad?

EL MÉDICO (sobresaltado). -¿Cómo? ¿Quién es?

EL MONSTRUO. - Sólo yo y la paciente. Y usted le ha dado una dosis tan alta que no volverá a hablar durante diez horas. Algún día, exagerará la nota.

EL MÉDICO. - ¡Tonterías! Ella creyó que era un som¬nífero; pero sólo era una aspirina disuelta en éter. Pero... ¿a quién le estoy hablando? Debo de estar borracho.

EL MONSTRUO. -Nada de eso.

EL MÉDICO. - Entonces ... ¿quién es usted? ¿Qué es usted? ¿Dónde está usted? ¿Se trata de un truco?

EL MONSTRUO. - Sólo soy un infortunado bacilo en¬ fermo.

EL MÉDICO. - ¡Un bacilo enfermo!

EL MONSTRUO. - Sí. Supongo que nunca se le ocu¬rrió que un bacilo puede enfermarse como cualquiera.

EL MÉDICO. - ¿Qué tiene usted? EL MONSTRUO. - Sarampión.

EL MEDICO. - ¡Pamplinas! El microbio del saram¬pión no ha sido descubierto. Si hay un microbio, no puede ser sarampión: debe de ser parasarampión.

EL MONSTRUO. -¡Santo cielo! ¿Qué es el parasa¬ rampión?

EL MÉDICO. -Algo que se parece tanto al saram¬pión que nadie puede notar la diferencia.

EL MONSTRUO. - Si no hay sarampión ... ¿por qué le dijo usted a la vieja que su hija ha contraído el sarampión debido a un microbio?

EL MÉDICO. -Hoy, los pacientes insisten en tener microbios. Si yo le dijera que no existe un microbio del sarampión, ella no me creería y yo perdería a mi clienta. Cuando no hay un microbio, lo invento. ¿Debo entender que usted es el microbio del sarampión que falta y que se lo ha causado a esta paciente?

EL MONSTRUO. -No: es ella quien me lo causó a mí. Esos seres humanos rebosan enfermedades horribles: nos contagian a nosotros, los pobres microbios; y us¬tedes, los médicos, fingen que somos nosotros quienes se los contagiamos. A todos ustedes debieran eliminar¬los del registro.

EL MÉDICO. - Es lo que sucedería si habláramos así.

EL MONSTRUO. - ¡Oh, qué desdichado me siento! Por favor, cúreme mi sarampión.

EL MÉDICO. -No puedo. No puedo curar ninguna enfermedad. Pero me atribuyen ese honor cuando los pacientes se curan solos. Cuando ella se cure sola, lo curará también a usted.

EL MONSTRUO. - Pero ella no puede curarse porque usted y su madre no le dan ni sombra de oportunidad. Usted no le deja siquiera tomar una bocanada de aire fresco. Le digo que, por naturaleza, es robusta como un rinoceronte. ¡Malditos sean sus estúpidos frascos y vacu¬nas! ¿Por qué no los tira y se hace curador por la fe?

EL MÉDICO. - Lo soy. ¡No creerá usted que los fras¬cos curan a la gente! Lo que los cura, es la fe del pa¬ciente en el frasco.

EL MONSTRUO. -Usted es un farsante: eso es lo que es.

EL MÉDICO. - La fe es una patraña. Pero da resul¬tado.

EL MONSTRUO. - Entonces... ¿por qué llama usted a eso una ciencia?

EL MÉDICO. - Porque la gente cree en la ciencia. Los adeptos a la ciencia cristiana llaman ciencia a su impostura por la misma razón.

EL MONSTRUO. - Los adeptos a la ciencia cristiana dejan que sus pacientes se curen solos. ¿Por qué no hace usted lo mismo?

EL MÉDICO. -Lo hago. Pero les ayudo. Le expli¬caré: es más fácil creer en frascos y vacunas que en uno mismo y en esa misteriosa fuerza que nos da nuestra vida y sobre la cual ninguno de nosotros sabe nada. Mu¬cha gente cree en esos frascos y no nos entendería si aludiéramos al verdadero medicamento. Y los frascos consiguen eso. Lo más frecuente es que mis pacientes se curen. Salvo, naturalmente, que les toque el turno. Entonces, todos tenemos que morirnos.

EL MONSTRUO. - A ninguna muchacha le toca el turno mientras no está consumida. Le digo que ésa podría curarse a sí misma y curarme a mí si usted la dejara.

EL MÉDICO. - Y yo, le digo que sería muy difícil trabajar por ella. ¿Por qué habría de hacerlo si puede pagarles a otros para que lo hagan? No se lustra sus zapatos ni se friega sus pisos. Le paga a otra para que lo haga. ¿Por qué habría de curarse sola, cosa que da más trabajo que lustrar zapatos o fregar pisos, si puede permitirse el lujo de pagarle al médico para que la cure?

Eso le conviene a ella y me conviene a mí. Mera lógica, amigo mío. Y ahora, discúlpeme, pero me marcharé antes de que vuelva la vieja y me incite a retorcerle el pescuezo. (Levantándose.) Acuérdese de lo que le digo: algún día, alguien le romperá la cabeza. Alguien que pueda permitírselo: no el médico. A mí, ya me ha enloquecido: la prueba, es que oigo voces y les hablo. (Sale.)

EL MONSTRUO. - Eres más cuerdo que la mayoría de ellos, estúpido. Ellos creen que tengo en el bolsillo las llaves de la vida y de la muerte; pero sólo tengo una horrible jaqueca. ¡Oh, Dios mío!

(El Monstruo se va detrás del biombo. La paciente, al quedarse sola, comienza a moverse en la cama. Se vuel¬ve y llama quejumbrosamente a alguien para que la atienda.)

LA PACIENTE. - ¡Enfermera! ¡Mamá! ¡Oh! ¿Hay al¬guien ahí? (Gritando.) ¡Bestias egoístas! ¡Pensar que me abandonan así! (Aferra con irritación el cordón del tim¬bre eléctrico que pende a su alcance y oprime repetidas veces la perilla.)

(La señora de edad y la enfermera nocturna acuden corriendo. La enfermera es joven, ágil, activa, resuelta y decididamente bonita. La señora Mopply va hacia la mesita de noche, la enfermera hacia la izquierda de la paciente.)

LA SEÑORA DE EDAD. - ¿Qué sucede, querida? ¿Te has despertado? ¿No era bueno el somnífero? ¿Estás peor? ¿Qué ha pasado? ¿Adónde se ha ido el médico?

LA PACIENTE. - Sufro muchísimo. Hace siglos que estoy aquí tocando el timbre y nadie viene a atenderme. A nadie le importa si estoy viva o muerta.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh! ¿Cómo puedes decir esas cosas, querida? Dejé aquí al médico. Salí por un momento. Tenía que recibir a la nueva enfermera noc¬turna y darle instrucciones. Aquí está. Y, por favor, cúbrete el brazo. Tomarás frío: y entonces, todo habrá terminado. Enfermera, cuide de que no se destape ni por un momento. ¿Cree que convendría ponerle otra botella de agua caliente contra el brazo hasta que se le vuelva a calentar? ¿Sientes frío, querida?

LA PACIENTE (con enojo). - Sí, un frío mortal.

LA SEÑORA DE EDAD. - Oh, no digas eso. ¡Y hay

tantas neumonías por ahí! ¡Qué lástima que se haya ido el médico! Te habría examinado los pulmones...

LA ENFERMERA NOCTURNA (tanteando el brazo de la paciente). -Está suficientemente caliente.

LA PACIENTE (prorrumpiendo en-sollozos). - Mamá, llévate a esta odiosa mujer. Quiere matarme.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, no, querida! ¡Me la han recomendado tanto! No puedo conseguir otra enfermera a estas horas. ¿No podrías tratar, por mí, de soportarla hasta que venga por la mañana la enfermera diurna?

LA ENFERMERA. - ¡Vamos! Permítame que le arregle sus almohadas y la ponga cómoda. Toda esa ropa de cama la ahoga. ¡Cuatro gruesas frazadas y una colcha de edredón! Con razón se siente irritable.

LA PACIENTE (gritando). - ¡No me toque! Váyase. Usted quiere matarme. A nadie le importa si estoy viva o muerta.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, querida! No sigas ha¬blando así. Bien sabes que no es cierto; y eso me hiere tanto...

LA ENFERMERA. - No debe darle importancia a lo que dice una enferma, señora. Más vale que se vaya a acostar y que deje a la paciente en mis manos. Usted

está agotada. (Se acerca a la señora Mopply y la toma del brazo zalameramente, pero con firmeza.)

LA SEÑORA DE EDAD. -Bien sé que lo estoy: un poco más y me caigo. ¡Qué comprensiva ha sido usted al notarlo! Pero... ¿cómo puedo abandonarla en este momento?

LA ENFERMERA. - Es necesario que ella no tenga a más de una persona en la habitación al mismo tiempo. Ya ve cómo la excita e inquieta eso.

LA SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, es cierto! El médico dijo que debía estar lo más tranquila posible.

LA ENFERMERA (llevándola hacia la puerta). - Usted necesita una buena noche de sueño. Confíe en que haré todo lo que sea adecuado y necesario.

LA SEÑORA DE EDAD (bajando la voz). - Confío en ello. ¡Qué buena es usted! Avíseme si algo...

LA ENFERMERA. - Sí, sí. Le prometo que iré a bus¬carla y la despertaré si sucede algo. Buenas noches, se¬ñora.

LA SEÑORA DE EDAD (en voz baja). -Buenas no¬ches. (Sale furtivamente.)

(La enfermera, al quedarse sola con la enferma, no le presta atención y va hacia la ventana. Descorre las cortinas y la persiana, dejando que entre la luna a to¬rrentes. Luego, va hacia la puerta, donde está el conmu¬tador de la luz eléctrica.)

LA PACIENTE (acurrucándose entre los cobertores). - ¿Qué está haciendo? ¡Cierre esa ventana y baje la per¬siana y corra esas cortinas inmediatamente! ¿Quiere ma¬tarme?

(La enfermera enciende todas las luces.)

LA PACIENTE (cubriéndose los ojos). - ¡Oh! ¡Oh! No puedo soportar eso: apáguelo.

(La enfermera apaga las luces.)

LA PACIENTE.- ¡Qué desconsiderada es usted! (La enfermera vuelve a encender las luces.)

LA PACIENTE. - ¡Oh, por favor, por favor! No en¬ cienda todas esas luces.

(La enfermera las apaga.)

LA PACIENTE.- No, no. Déjeme un poco de luz para leer. El velador de la mesita de noche no me basta, es¬túpida.

(La enfermera vuelve a encender las luces y regresa tranquilamente a la cabecera.)

LA PACIENTE.- ¡Me parece imposible que alguien pueda ser tan irreflexivo y torpe cuando estoy enferma!

Sufro espantosamente. ¡Cierre esa ventana y apague la mitad de esas luces ahora mismo! ¿Me oye?

(La enfermera retira sin contemplaciones la colcha de edredón y una de las almohadas de la cama, dejando caer en forma brusca a la paciente y las instala cómo¬ damente en la silla, junto a la cabecera.)

LA PACIENTE. - ¿Cómo se atreve a tocar mi almoha¬da? ¡Qué descaro!

(La enfermera se sienta; arranca una hoja de una re¬vista ilustrada y procede a examinarla atentamente.)

LA PACIENTE. -¡Muy bonito! ¿Cuánto tiempo piensa quedarse ahí, dejándome abandonada? Cierre esa ven¬tana inmediatamente.

LA ENFERMERA (con insolencia, en su lenguaje más plebeyo). - ¡Oh, váyase a... a dormir! (Vuelve a es¬tudiar el documento.)

LA PACIENTE.- No se atreva a hablarme así. No creo que usted sea una enfermera diplomada.

LA ENFERMERA (tranquilamente). - Por cierto que no. No aceptaría cinco mil libras al año si fuera enfermera. Pero sé tratarla a usted y a la gente como usted, porque fui en otros tiempos paciente en un hospital don¬de las pacientes eran toscas y las enfermeras tenían que tratarlas en forma concordante. Allí, tuve que abrir los ojos y aprendí un poco del juego. (Saca un paquete del bolsillo y lo abre sobre la mesita de noche. Contiene un cuarto de kilogramo de sal de cocina.) ¿Sabe qué es esto, para qué sirve?

LA PACIENTE. - ¿Es un medicamento?

LA ENFERMERA. - Sí. Para curar todos estos gritos y esa histeria y berrinches. Cuando una mujer inicia una escena, lo primero que hace es abrir la boca. Una en¬fermera que sabe su oficio le mete simplemente un pu-ñado de esto en la boca. Sal de cocina común. No grite más. ¿Me entiende?

LA PACIENTE (con aplomo). -No, no lo haré. (Tiende la mano hacia el timbre.)

LA ENFERMERA (impidiéndole oprimirlo). - No, no lo hará. (Arroja el cordón con el timbre al suelo detrás de la cama.) Ahora, no nos molestarán. Nada de tim¬bre. Y si abre la boca, le pondré la sal. ¿Entendido?

LA PACIENTE. - ¿Y usted cree que soy una pobre¬tona del hospital a quien puede maltratar a su antojo? ¿Sabe qué le sucederá cuando venga mi madre por la mañana?

LA ENFERMERA. - Por la mañana, querida, yo estaré lejos, del otro lado de las colinas.

LA PACIENTE. - ¿Y espera que yo, estando enferma como estoy, me quede sola aquí con usted?

LA ENFERMERA. -No estaremos solas. Espero a un amigo.

LA PACIENTE. - ¡Un amigo!

LA ENFERMERA. - Un caballero amigo mío. Le dije que podía venir cuando viera que apagaban dos veces las luces.

LA PACIENTE. - Conque fue por eso por lo que...

LA ENFERMERA. - Por eso fue.

LA PACIENTE. - Y usted se propone tranquilamente hacer venir aquí, a mi cuarto, a su joven, para diver¬tirse durante toda la noche ante mis propias narices.

LA ENFERMERA. -Usted puede dormir.

LA PACIENTE. - No haré semejante cosa. Usted ten¬drá que comportarse decentemente en mi presencia.

LA ENFERMERA. - ¡Oh, no se preocupe por eso! Ese hombre viene por negocios. En realidad, es mi socio: no mi amiguito.

LA PACIENTE. - ¿Y no puede encontrar un lugar más adecuado para sus negocios que mi cuarto, de no¬che?

LA ENFERMERA. -Es que usted ignora aún de qué negocios se trata. Hay que ocuparse de ellos aquí y de noche. Creo que ahí viene él.

(Un ladrón, bien vestido, con guantes de goma pues¬tos y un pequeño antifaz blanco sobre la nariz, entra por la ventana. Tiene aún treinta y tantos años y es muy guapo. Su voz es de un tono tan agradable que puede dejar sin defensa a cualquiera.)

EL LADRÓN. - ¿Todo va bien, Sweetie?

LA ENFERMERA. - Todo va bien, Popsy.

(El ladrón cierra silenciosamente la ventana: corre las cortinas y se acerca a la cabecera.)

EL LADRÓN. - ¡Maldición! Está despierta. ¿No le dis¬te un somnífero?

LA PACIENTE. - ¿Espera que yo duerma estando us¬ted en esta habitación? ¿Quién es usted? ¿Y por qué se ha puesto ese antifaz?

EL LADRÓN. - Sólo para que usted no me reconozca si volvemos a encontrarnos.

LA PACIENTE. - No tengo la menor intención de volver a encontrarme con usted. De modo que tanto da que se lo quite.

LA ENFERMERA. - No le he dicho para qué estamos aquí, Popsy.

LA PACIENTE. -No lo sé ni me importa. Lo único que puedo decirles es que si no se van inmediatamente y no me mandan a mi madre, les contagiaré el saram¬pión.

EL LADRÓN. - Ambos lo hemos tenido, ya, querida inválida. Temo que nos veremos obligados a molestarla un poco más. (A la enfermera.) ¿Has descubierto dónde está eso?

LA ENFERMERA. -No: no he tenido tiempo. Ahí está el tocador. Busca en él.

(El ladrón va hacia el otro lado de la cama y se en¬camina hacia el mueble indicado, cuando. .. )

LA PACIENTE. - ¿Qué busca en mi tocador?

EL LADRÓN. - Evidentemente, su célebre collar de perlas.

LA PACIENTE (levantándose de su cama con un salto formidable y parándose de espaldas al tocador, como un baluarte que protege al alhajero). -No. Si puedo impedirlo, no lo tomará.

EL LADRÓN (acercándosele). - Debe permitírmelo.

LA PACIENTE. - Ahí tiene eso.

(Aferrándose del borde del tocador que está a sus espaldas, alza vigorosamente el pie hasta la altura de la cintura y se lo descarga con fuerza sobre el plexo solar. El se encoge sobre la cama con un gemido de dolor y cae rodando sobre la alfombra, del otro lado del lecho. La enfermera se precipita atrás de la cabe¬cera y aferra a la paciente. Esta se inclina bruscamente, la agarra de las rodillas, la levanta y la arroja por el aire. La enfermera, con ruido sordo, cae de espaldas so¬bre el canapé. La paciente está jadeante; se balancea, mareada; va tambaleándose hacia la cama y se desploma sobre ella, agotada. La enfermera, aturdida por el muy inesperado atletismo de la paciente, pero no lastimada, se levanta de un salto.)

LA ENFERMERA. - Pronto, Popsy: átale los pies. Se ha desmayado.

EL LADRÓN (profiere un gemido de dolor y rueda boca abajo). - !!!

LA ENFERMERA. —Pronto, te digo!

EL LADRÓN (tratando de levantarse). - ¡Ay! ¡Ay!

LA ENFERMERA (corriendo y zamarreándolo). - ¡Dios mío! ¡Eres un estúpido, Popsy! Ven y ayúdame an¬tes de que ella vuelva en sí. Es demasiado fuerte para mí.

EL LADRÓN. - ¡Ay! Déjame morir.

LA ENFERMERA. -Je quedarás tendido ahí eterna¬mente? ¿Te ha matado?

EL LADRÓN (levantándose lentamente, se pone de ro¬dillas). - Poco menos. Oh, Sweetie... ¿Por qué me dijiste que este campeón de peso pesado era una impo¬tente inválida?

LA ENFERMERA. - Cállate. Apodérate de las perlas.

EL LADRÓN (levantándose dificultosamente). - Me acertó en la boca del estómago. Lamento haber sido tan poco útil, pero... ¡Oh, Sweetie! La naturaleza no nos ha hecho para ser ladrones. Nuestra primera ten¬tativa ha sido un fracaso irremediable. Pidamos disculpas y vayámonos.

LA ENFERMERA. - ¡Estúpido! No seas tan cobarde.

(Mirando detenidamente a la paciente.) Oye, Popsy: creo que está dormida.

EL LADRÓN.-Déjala dormir. No irrites al ciervo.

LA ENFERMERA.- ¡Tu ¡Tu estupidez me enferma! ¿No ves que podemos atarle los pies y amordazarla antes de que se despierte e irnos con las perlas? Es muy fácil si lo hacemos pronto juntos. Vamos, ayúdame.

EL LADRÓN. - No te engañes, querida: tendríamos tantas probabilidades de conseguirlo como si quisiéramos llevar a un gorila hembra al Zoológico. No: no robaré esas joyas. Las honradez es la mejor política. Se me ocurre otra idea y es mucho mejor. Deja esto en mis manos. (Va hacia el tocador y ella lo sigue.)

LA ENFERMERA. - ¿Qué idea se te ha metido ahora en esa estúpida cabeza?

EL LADRÓN. - Ya lo verás. (Tomando el estuche.) Este estuche es uno de esos que se abren mediante un dispositivo secreto de letras. Ya que esos dispositivos dan tanto trabajo como un teléfono automático, nadie los cierra jamás. Aquí está el collar. ¡Dios mío! Si estas perlas son auténticas, deben de valer unas veinte mil libras. ¡Y aquí hay un anillo con un gran diamante azul! Vale cuatro mil, por lo menos. Sweetie: tenemos lo necesario para vivir como unos príncipes durante el resto de nuestra vida.

LA ENFERMERA. - ¿De qué nos sirven los diamantes azules si no los robamos?

EL LADRÓN. - Espera. Espera y verás. Vé a sentarte en esa silla y trata de aparentar lo mejor posible que eres una amable enfermera.

LA ENFERMERA. - Pero...

EL LADRÓN. -Haz lo que te digo.. . Ten con¬fianza... Confía en tu Popsy.

LA ENFERMERA (obedeciendo). -Bueno, me rindo. Estás loco.

EL LADRÓN. - Nunca he estado más cuerdo. Espera. ¿Cómo llama esta mujer a la gente? ¿No tiene un tim¬bre? ¿Dónde está?

LA ENFERMERA (levantándolo). - Aquí. Puse fuera de su alcance la perilla cuando ella la quería agarrar.

EL LADRÓN. -Ponlo sobre la cama, cerca de su mano.

LA ENFERMERA. - Popsy, has perdido el juicio. Ella...

EL LADRÓN. - Querida: en nuestra empresa, yo soy el cerebro, tú la mano ejecutora. Esta será nuestra ha¬zaña más gloriosa. Obedéceme en forma instantánea.

LA ENFERMERA (con resignación). - ¡Oh, está bien! (Pone el timbre donde se lo han pedido.) Me lavo las manos en este asunto. (Se queda sentada, con aire por¬fiado.)

EL LADRÓN (acercándose a la cabecera). - Por lo de¬más, esta mujer dista de ser un éxito como Bella Dur¬miente. Sus colores son lamentables y su aliento no huele precisamente a ambrosía. Pero si la llevamos al campo puede volverse bonita. Y si su punch es tan poderoso como su puntapié, será un guardaespaldas inestimable para dos débiles como nosotros ... si logro inducirla a que se nos asocie.

LA ENFERMERA. - ¡A que se nos asocie! ¿Qué quie¬res decir?

EL LADRÓN. - ¡Ssst! No hagas tanto ruido: debemos despertarla con dulzura. (Se inclina hacia el oído de la paciente y murmura.) ¡Señorita Mopply!

LA PACIENTE (en un murmullo de protesta). - Mmmmmmm ...

LA ENFERMERA.- ¿Qué dice?

EL LADRÓN. - En realidad, lo siguiente: "Usted me ha despertado demasiado pronto: tengo que dormitar de nuevo." (A la paciente, alzando un poco la voz.) No soy su querida madre, señorita Mopply: soy el la¬drón. (La paciente se levanta a medias, bruscamente, con aire amenazador. El cae de rodillas y junta las manos con aire suplicante.) ¡Kamerad, señorita Mopply! ¡Kamerad! Estoy totalmente a su merced. El timbre se halla sobre la cama, al alcance de su mano: mírelo. Le bas¬tará con oprimir la perilla para que venga su madre y me eche encima a la policía (ella aferra la perilla) y para que usted vuelva a ser una desdichada inválida durante todo el resto de su vida. (La paciente deja caer la perilla, cavilosamente.) La perspectiva no es atra¬yente... ¿verdad? Ahora, escúcheme. Tengo algo que proponerle, algo de la mayor importancia: algo que puede hacer de usted otra mujer y cambiar todo su des¬tino. Mientras me escucha, usted gozará de la seguridad más perfecta: en cualquier momento puede oprimir la perilla o arrojarnos por la ventana si lo prefiere. Sólo le pido cinco minutos.

LA PACIENTE (aún peligrosamente en guardia). - ¿Y bien?

EL LADRÓN (levantándose). - Permítame que le dé una prueba más de mi confianza. (Se quita el antifaz.) Mire. ¿Puede tener miedo de semejante rostro? ¿Tengo cara de ladrón?

LA PACIENTE (relajando su actitud belicosa y aun dando señales de buen humor). - No: parece un cura.

EL LADRÓN (un poco picado). - Oh, un cura, no. Confío en parecer, por lo menos, un clérigo con inmu¬nidad. Pero ha sido usted muy sagaz al descubrirme.

El caso es que soy, efectivamente, un clérigo. Pero debo pedirle que me guarde el secreto: porque mi padre, que es ateo, me desheredaría si lo supiera. Me ordené secretamente cuando estaba en Oxford.

LA PACIENTE. - ¡Oh, esto es ridículo! Estoy soñan¬do. Debe de ser ese somnífero nuevo que me dio el médico. Pero es delicioso, porque sueño que me siento perfectamente. Nunca he sido tan feliz. Adelante con el sueño, Pops: lo que tiene de más agradable es que estoy enamorada de usted. Mi hermoso Pops, querido mío, usted es un perfecto galán cinematográfico, sólo que se parece más a un caballero inglés. (Le envía un beso.)

LA ENFERMERA. - ¡Vaya! Que me conde.. .

EL LADRÓN (interrumpiéndola). - Sssst... No rom¬pas el hechizo.

LA PACIENTE (con un profundo suspiro de satisfac¬ción). - Que nadie me despierte. Estoy en el paraíso. (Se deja caer sobre las almohadas con aire dichoso. ) Adelante, Pops. Dígame otra cosa.

EL LADRÓN. - Espléndido. (Toma una silla que está cerca del tocador y se sienta cómodamente junto a la cabecera.) Vamos a pasar una noche ideal. Escúcheme. Imagínese una celestial tarde de julio: un lago escocés rodeado de montañas que se reflejan en sus aguas y un bote... ¿Me permite que lo llame una chalupa?

LA PACIENTE (en éxtasis). - ¡Una chalupa! ¡Oh, Popsy!

EL LADRÓN  con Sweetie sentada en la popa

y yo tendido, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas.

LA PACIENTE. -No meta a Sweetie en esto, Pops.

Los sentimientos amorosos de Sweetie no me interesan.

EL LADRÓN. - Usted me interpreta mal. Los pensamientos de Sweetie estaban muy lejos de mí, pensaba en usted.

LA PACIENTE. - ¡Qué descaro! ¿Qué sabía Sweetie de mí?

EL LADRÓN. - Es muy sencillo. En su mano de lirio, tenía un ejemplar de "The Lady's Pictorial". Esa re¬vista contenía una enumeración ilustrada de sus joyas. ¿Adivina qué me dijo Sweetie mientras contemplaba la plácida majestad de las montañas y bañaba su alma en la belleza del crepúsculo?

LA PACIENTE. - Sí. Dijo: "Popsy, tenemos que ro¬bar ese collar."

EL LADRÓN. - Exactamente. Palabra por palabra. Pero... ¿podría usted adivinar, ahora, qué le contesté?

LA PACIENTE. - Supongo que le dijo "Tienes razón, Sweetie" o alguna vulgaridad parecida.

EL LADRÓN. - Se equivoca. Dije: "Si esa muchacha tuviera un poco de sentido común, robaría el collar ella misma."

LA PACIENTE. - ¡Oh! Esto se está volviendo intere¬sante. ¿Cómo podría robar yo mi propio collar?

EL LADRÓN. - Véndalo y entréguese a una magní¬fica parranda con la vida. Vea la vida. Viva. Usted no llamará vivir a esta existencia de inválida... ¿verdad?

LA PACIENTE. - ¿Por qué no he de llamarlo vivir? No estoy muerta. Naturalmente, cuando despierto me siento delicadísima...

EL LADRÓN. - ¿Delicadísima? Hace cinco minutos, apenas, usted me dejó desmayado y arrojó a Sweetie al otro lado de la habitación. Si es capaz de luchar así por un collar de perlas que nunca tiene oportunidad de usar... ¿por qué no lucha por la libertad de hacer lo que le da la gana, con el bolsillo lleno de dinero y

con todas las diversiones de este vasto mundo a su dis¬posición? ¡Qué diablos! ¿No quiere ser joven y bonita y tener un aliento agradable y ser campeona de tenis y disfrutar de todo lo disfrutable en vez de enmohecerse aquí y de que su estúpida madre la asedie con sus ton¬terías y con todos los médicos que viven de su estupi¬dez? ¿No tiene conciencia, para derrochar tan lamen¬tablemente los dones de Dios? Usted cree estar enferma. No lo está: se halla en estado de pecado. Venda el collar y cómprese la salvación con el producto de la venta.

LA PACIENTE. - Usted es un clérigo, Pops. No cabe duda. Pero no sé cómo vender el collar.

EL LADRÓN. - Lo haré yo. Déjeme que se lo venda. Usted, desde luego, nos dará una bonita comisión por el negocio.

LA PACIENTE. -En esto, debe de haber alguna ce¬lada. Si le doy ahora el collar... ¿cómo sé que no se guardará todo el precio?

EL LADRÓN. - Sweetie: la señorita Mopply está he¬cha de la madera de los buenos hombres de negocios. (A la paciente.) Piénselo, un poco, Mops. (Llamémonos Mops y Pops, para abreviar.) Si robo el collar, tendré que vendérselo como un ladrón a un hombre que sabe perfectamente que lo he robado. Tendré suerte si con¬sigo el dos por ciento de su valor. Pero si lo vendo abiertamente, como agente de su legítimo dueño, podré conseguir su valor real en plaza. El dinero se lo paga¬rán a usted; y confío en que me abonará mi comisión. Sweetie y yo nos daremos por muy satisfechos con el cincuenta por ciento.

LA PACIENTE. - ¡El cincuenta! ¡Oh!

EL LADRÓN (con firmeza). -Reconozca que nos lo

merecemos por nuestro espíritu de empresa, el riesgo que corremos y la inestimable dádiva de su emancipa¬ción de esta infortunada casa. ¿Trato hecho, Mops?

LA PACIENTE. - La comisión que pretende cobrarme es monstruosa, desmedida; pero en el país de los sueños no cuesta nada ser generosa. Usted recibirá su cincuenta por ciento. Tiene suerte de que yo esté dormida. Si me despertara, nunca me separaría de los míos ni de mi posición social. Ustedes, como son delincuentes, pueden hacer lo que quieran. Si fueran una dama y un caba¬llero, sabrían qué penoso resulta no hacer lo que hacen todos los demás.

EL LADRÓN. - Perdón, pero creo que usted se sentirá más a sus anchas con nosotros si le comunico que so¬mos una dama y un caballero. Mi propia jerarquía -y no porque yo quiera presumir con ella ni por un mo¬mento- es, si consulta a Burke o Debrett, más alta que la suya. Su familia amasó su fortuna en el comercio: los míos vivieron siempre de la renta de sus propie-dades o gobernando colonias de la corona. Sweetie sería una mujer muy encumbrada si no mediara el infor¬tunado hecho de que sus progenitores, aunque unidos ante Dios, no estaban casados legalmente. Por lo menos, es eso lo que me dice.

LA ENFERMERA (apasionadamente). -Te digo lo que es cierto. (A la paciente.) Popsy y yo somos la me¬jor compañía que usted haya tenido.

LA PACIENTE. - No, Sweetie: usted es una diablesa cualquiera y una mentirosa. Pero me divierte. Si fuera una verdadera dama, no me divertiría. Usted tendría miedo de ser tan distinta de una dama.

EL LADRÓN. -Precisamente. Vamos ... ¡Confiese! Somos más divertidos que su ansiosa madre y el cura

y todos los parientes que simpatizan con usted ... ¿ver¬dad?

LA PACIENTE. - Me parece muy escandaloso que us¬tedes dos, que debieran estar en la cárcel, sean quienes se divierten, mientras que yo, que soy respetable y una dama, esté prácticamente encarcelada.

EL LADRÓN. - ¿No le gustaría venir con nosotros?

LA PACIENTE (tranquilamente). -Tengo la mejor

intención de acompañarlos. Voy a sacar todo el partido posible de este sueño. ¿Olvida que lo amo, Pops? El mundo nos espera. Usted y Sweetie han pasado una semana en el país de la montaña y el torrente por siete guineas, inclusive las propinas. Ahora, usted tendrá una eternidad con su Mops en el más bello paraíso terrenal que podamos encontrar, gratuitamente.

LA ENFERMERA. - ¿Y qué papel desempeño yo en todo esto?

LA PACIENTE. - Usted será nuestra dama de com¬pañía.

LA ENFERMERA. - ¡Su dama de compañía! ¡Qué des¬caro!

LA PACIENTE. - Escuche. Usted será una condesa. Iremos al extranjero, donde nadie notará la diferencia. Usted tendrá un magnífico título de otro país. La con¬desa Valbrioni. ¿No la tienta eso?

LA ENFERMERA. - ¡No, qué diablos!

EL LADRÓN. - Un momento. Sweetie, se me ocurre otra idea. Algo magnífico. Inventemos un rapto.

LA ENFERMERA. - ¿Qué quieres decir con eso?

EL LADRÓN. - Es muy sencillo. Nosotros raptamos a Mops: es decir, la ocultamos en las montañas de Cór¬cega o Istria o Dalmacia o Grecia o en el Atlas o donde quieras, siempre que esté fuera del alcance de Scotland

Yard. Fingiremos ser bandidos. Su devota madre vomi¬tará cinco mil libras de rescate. Compartiremos el res¬cate: el cincuenta por ciento para Mops, veinticinco para ti y veinticinco para mí. Mops: usted no sólo realizará el valor de las perlas, sino su propio valor. ¡Qué golpe financiero!

LA PACIENTE (excitada). - ¡Grecia! ¡Dalmacia! ¡Rap¬tada! ¡Bandidos! ¡Rescate! (Desfalleciendo un poco.) Oh, no me martiricen con esa tentación, estúpidos: uste¬des olvidan mi sarampión.

(De pronto reaparece el Monstruo, surgiendo de detrás del biombo. Está transfigurado. El abotagado y moribundo Calibán se ha convertido en un delicado Ariel.)

EL MONSTRUO (recogiendo la última observación de la paciente). -Y tú, también. No más sarampión: esa batalla por las joyas nos ha curado a ti y a mí. ¡Ja, ja! Estoy bien, estoy bien, estoy bien. (Salta en éxtasis y finalmente se encarama sobre las almohadas y se mete en la cama junto a la paciente.)

LA ENFERMERA. -Si usted ha podido saltar de la cama para dejarnos fuera de combate a Popsy y a mí, bien puede saltar de ella para vestirse y marcharse de aquí. Abríguese bien: tenemos un automóvil esperando.

EL LADRÓN. - Eso no es peor que ser llevada a un sanatorio privado, Mops. Luche por la libertad. ¡Arriba!

(La sacan de la cama.)

LA PACIENTE. - Pero no puedo vestirme sin una criada.

LA ENFERMERA. - ¿Ha intentado hacerlo alguna vez?

EL LADRÓN. - Le concederemos cinco minutos. Si no está pronta, nos iremos sin usted. (Consulta su reloj.)

(La paciente se lanza hacia el ropero y saca de un tirón un abrigo de piel, un sombrero, un vestido, una combinación, un par de medias, una bombacha de seda negra y zapatos y lo tira todo al suelo. La enfermera recoge la mayoría de esas cosas; la paciente aferra lo demás; ambas se retiran atrás del biombo. Mientras tan¬to, el ladrón se adelanta hacia el pie de la cama y co-menta con tono de perorata, intermedio entre el del subastador y el clérigo.)

EL LADRÓN. - Abrigo de piel. Foca. Anticuado, pero vale cuarenta y cinco guineas. Sombrero. Plácido y pro¬pio de una dama. Traje sastre. Combinación: seda y lana. Auténticas medias de seda sin costura. Bombacha. ¡Qué audazmente moderna! Zapatos: tacos de dos pulgadas solamente, pero no sirven para las montañas. ¡Qué tema para un sermón! La virgen bien educada se subleva con¬tra su vida respetable. El alma con aspiraciones huye del hogar, del dulce hogar, que, como lo dice un re-nombrado escritor, es la cárcel de la muchacha y el hospicio de la mujer. El entrometido interés de sus an¬siosos progenitores, la solícita preocupación del sacerdote de la familia por su salvación y la del médico de la familia por su salud, el afecto impuesto de hermanos y hermanas indiferentes, el agravio de que la llamen por su nombre de pila unos primos lejanos que no saben mantenerse a distancia, la invasión a cada paso de su intimidad e independencia con preguntas acerca de donde ha estado y de lo que ha hecho, el murmullo a espaldas suyas sobre sus probabilidades de casarse, la constante violación de la sagrada aureola que rodea a todo ser viviente como el halo las cabezas de los santos en los cuadros religiosos: contra todos esos medios de inquietarla terriblemente, la vida más íntima que hay en ella sube como la leche que hierve en una cazuela y clama "¡Baja! ¡Vete!" Desde ahora, mis puertas están abiertas a la vida real, suceda lo que suceda. Porque... ¿qué sentido tiene este mundo de riesgos, desastres, jú¬bilos y victorias, salvo el de ser un campo de aventuras para la vida eterna? En vano desfiguramos nuestras ca¬lles con garabateos que dicen La Seguridad Primero: en vano claman las naciones Seguridad, Seguridad, Segu¬ridad. Los que gritan La Seguridad Primero nunca cru¬zan la calle: los imperios que le sacrifican la vida a la seguridad la encuentran en la tumba. Para mí, La Seguridad Al Fin; y Adelante, Adelante, siempre Ad ...

LA ENFERMERA (surgiendo de detrás del biombo). - Cállate, Popsy. Está pronta.

(La paciente, con su abrigo, su sombrero y sus zapa¬tos, la sigue sin aliento y se le acerca al ladrón por la izquierda.)

LA PACIENTE. - Aquí estoy, Pops. Un beso; y, lue¬go... Encabece la marcha.

EL LADRÓN. - Bueno. Su semblante deja aún algo que desear; pero (besándola) su aliento es fragante: respira el aire de la libertad.

EL MONSTRUO. - No pienses en su semblante. ¡Mira el mío!

EL LADRÓN (soltando a la paciente y volviéndose ha¬cia la enfermera). - ¿Dijiste algo? LA ENFERMERA. - No. Date prisa... ¿quieres?

EL LADRÓN. - Debe de ser su madre que está ron¬cando, Mops. Tardará mucho en volver a oír esa música. Derrame una lágrima.

LA PACIENTE. -Ni una. El porvenir de una mujer no está con su madre.

LA ENFERMERA. - Si se propone predicar como Popsy, el lechero habrá llegado aquí antes de que nos vayamos. Acuérdese de que tengo que quitarme este uniforme y ponerme mi ropa de calle en el piso bajo. Popsy, quizás haya un agente de policía en la parada. Vete a averiguar. La Seguridad Primero. (Sale preci¬pitadamente.)

EL LADRÓN. - Bueno, por esta vez, sólo por esta vez, La Seguridad Primero. (Va hacia la ventana.)

LA PACIENTE (deteniéndolo). - ¡Estúpido! La poli¬cía no podrá detenerlo si yo lo apoyo. Soy yo quien corro el riesgo de verme atrapada por mi madre.

EL LADRÓN. - Es cierto. Tiene usted un cerebro ines¬peradamente poderoso. Quiera Dios que, al raptarla, yo no muerda más de lo que puedo masticar. Ven. (Se precipita afuera.)

LA PACIENTE. - ¡Ha olvidado las perlas! Por suerte, es un tonto, un hermoso tonto: podré hacer con él lo que quiera. (Se lanza hacia el tocador, pone las joyas en su estuche y sale con ellas.)

EL MONSTRUO (sentándose). - Ahora, la comedia ha terminado, virtualmente: pero los personajes la discu¬tirán durante otros dos actos. Todas las puertas están en perfectas condiciones. Buenas noches. (Se arrebuja bajo los corbertores y se duerme.)

 

 

 

 

 

 

 

ACTO II

 

Una playa de mar en un país montañoso. Los mé¬danos suben hasta una cumbre que oculta el paisaje de la llanura que está más allá y sólo se ven las cimas de la lejana cordillera. De este lado, una cabaña del ejército, con una bocina eléctrica de klaxon que surge de un ta¬blero de la pared, revela que estamos en un acantonamiento militar. Enfrente de la cabaña hay un pabellón de baños de lienzo multicolor, con un taburete plega¬dizo junto a la entrada. Vistos desde los médanos, la cabaña está a la derecha y el pabellón a la izquierda. Desde la vecindad de la cabaña, una palmera proyecta una larga sombra; porque son las primeras horas de la mañana.

En esa sombra se halla sentado un coronel británico en una silla tijera, leyendo tranquilamente el suplemen¬to semanal del "Times", pero con un revólver en su equipo. A su alcance, junto a la cabaña, hay una silla de caña liviana, para uso de los visitantes. Aunque tiene más de cincuenta años de edad, el coronel sigue siendo esbelto, guapo, bien formado y oficial de comando hasta las puntas de los dedos. Su título completo es coronel Tallboys V.C., D.S.O.  Se ganó la cruz como oficial de compañía y desde entonces nunca ha evocado el pasado.

Lo sobresalta una violenta serie de explosiones quE anuncian que se acerca un motor de bicicleta poderosa y silenciado de una manera muy imperfecta.

 

TALLBOYS. - ¡Maldito ruido!

(El jinete invisible desmonta y hace correr su bici¬cleta con un traqueteo abominable.)

TALLBOYS (con enojo). - ¡Detenga esa bicicleta a motor! ¿Quiere?

(El ruido cesa: y el ciclista, después de haber izado su máquina a su soporte se quita las antiparras y los guantes y sacando una carta de su bolsa, se acerca al coronel carta en mano.

Es un soldado raso de aspecto insignificante, cuya indumentaria está cubierta de polio y arena: lo mismo sucede con su curtido rostro. Salvo eso, todo lo demás es impecable en él: su chaqueta y sus polainas son ele¬gantes y correctas y su habla fácil y rápida. Pero el coronel, irritado ya por el alboroto del automóvil y la interrupción en la lectura de su periódico, lo contempla con severa hostilidad: porque hay en él algo de exas¬perante e inexplicablemente indebido. Luce un casco con un velo pendiente detrás, y de perfil, ese velo recuerda una camisa que se ha olvidado de recoger detrás, mien¬tras que, por delante, al caer sobre los hombros, le da un aire femenino, corno si tuviera rizos y un velo de mujer completamente impropio de un soldado. Su rostro es el de un niño de diecisiete años: pero parece haber tomado en préstamo una cabeza alargada y una nariz tipo Wellington y un mentón ajenos con la finalidad expresa de fastidiar al coronel. Por suerte para el, hay agravios que no pueden ser enumerados en una hoja de cargos y solucionados por intermedio del capitán pre¬boste; el coronel lo sabe y eso lo irrita. El jinete en¬cargado de los despachos parece notar sus incongruen¬cias; porque, aunque muy perentorio, lacónico y marcial en sus réplicas, insinúa que en alguna parte hay una burla imprescriptible con una invisible sonrisa que, por desgracia, suele causar una sensación de ironía.

Hace el saludo militar, le entrega la carta al coronel y sigue cuadrándose.)

TALLBOYS (tomando la carta). - ¿Qué es esto?

EL JINETE. -Me mandaron con una carta dirigida al cacique de una aldea nativa de la montaña, señor. Esta es la respuesta.

TALLBOYS. -No sé nada de eso. ¿Quién lo mandó?

EL JINETE. - El coronel Saxby, señor.

TALLBOYS. -El coronel Saxby acaba de volver a la base, muy enfermo. He tomado el comando. Soy el co¬ronel Tallboys.

EL JINETE. - Eso tengo entendido, señor.

TALLBOYS.-Y bien... ¿Es esto una carta personal que le debe ser entregada a él o un despacho?

EL JINETE. - Un despacho, señor. Un documento de servicio. Puede abrirlo.

TALLBOYS (volviéndose en su silla y mirándolo con feroz sarcasmo). - Gracias. (Lo escudriña desde el em¬peine hasta la nariz.) ¿Cómo se llama usted?

EL JINETE. - Meek, señor.

TALLBOYS (con repulsión). - ¿Cómo?

EL JINETE. - Meek, señor. M, doble e, k.

(El coronel lo mira con repugnancia y rasga la carta. Mientras intenta inútilmente descifrarla, reina un penoso)

TALLBOYS. -Está en dialecto. Mándeme al intér¬prete.

MEEK. -No tiene importancia, señor. Sólo fue en¬viada para impresionar al cacique.

TALLBOYS. - ¿De veras? ¿Quién lo escogió para esa misión?

MEEK. - El sargento, señor.

TALLBOYS. -Debió elegir a una persona capaz y responsable, con un título suficiente para impresionar al cacique nativo a quien se dirigía la carta del coronel Saxby. ¿Cómo se explica que lo haya elegido a usted?

MEEK. - Me ofrecí como voluntario, señor.

TALLBOYS. - ¿De veras? Conque se considera una persona capaz de causar impresión... ¿eh? Cree llevar consigo la atmósfera del imperio británico... ¿no es eso?

MEEK. - No, señor. Conozco el país. Hablo un poco los dialectos.

TALLBOYS. - ¡Maravilloso! ¿Y por qué, poseyendo todos esos talentos, no es por lo menos cabo?

MEEK. -No lleno los requisitos desde el punto de vista educacional, señor.

TALLBOYS. - ¡Analfabeto! ¿No lo avergüenza eso?

MEEK. -No, señor.

TALLBOYS. - Lo enorgullece... ¿eh?

MEEK. - No lo puedo remediar, señor.

TALLBOYS. - ¿Dónde obtuvo sus conocimientos del país?

MEEK. - Era algo así como un vagabundo antes de enrolarme, señor.

TALLBOYS. - Bueno. Si yo pudiera atrapar al sargen¬to que lo enroló, le arrancaría los galones. Usted des¬honra al ejército.

MEEK. - Sí, Señor.

TALLBOYS. - Vaya a traerme al intérprete. Y no vuel¬va sin él. Aléjese de mi vista.

MEEK (vacila).-Este...

TALLBOYS (Con tono perentorio). -¡Vamos, pues! ¿No me ha oído darle una orden? Mándeme al intérprete.

MEEK. -Sí, señor. Lo siento, señor. Yo soy el in¬térprete.

(Tallboys se levanta de un salto, mira desde lo alto de su imponente estatura a Meek, quien parece más pe¬queño que nunca y cruza los brazos para subrayar una terrible réplica. Cuando se dispone a darla, descruza repentinamente los brazos y se sienta, con aire resig¬nado.)

TALLBOYS (cansado y con amabilidad). - Perfecta¬mente. Si usted es el intérprete, más vale que me inter¬prete esto. (Le tiende la carta.)

MEEK (sin recibirla). - No hace falta, gracias, se¬ñor. El cacique no sabía coordinar una carta, señor. Tuve que hacerlo yo por él.

TALLBOYS. - ¿Cómo sabía usted el contenido de la carta del coronel Saxby?

MEEK. -YO se la leí, señor.

TALLBOYS. - ¿Le pidió él que lo hiciera?

MEEK. -Sí, señor.

TALLBOYS. - No tenía derecho a comunicarle el con¬tenido de esa carta a un soldado raso. Sin duda, no sabía lo que hacía. Usted debe de haberle dicho que era un oficial responsable. ¿Fue así?

MEEK. - Para él, habría sido lo mismo, señor. Me llamó Señor de las Islas Occidentales. TALLBOYS.-¡A usted! ¡A usted. un gusano! Si mi carta fue enviada por intermedio de un emisario irres¬ponsable, debió de contener una declaración en ese sen¬tido. ¿Quién la redactó?

MEEK. - El escribiente del cuartelmaestre, señor.

TALLBOYS. - Envíemelo. Dígale que traiga su nota con las instrucciones del coronel Saxby. ¿Me oye? Basta de muecas y en marcha. Mándeme al escribiente del cuartelmaestre.

MEEK. -El caso es que...

TALLBOYS (con voz tonante). - ¡¡Otra vez!!

MEEK. - Lo siento, señor. El escribiente del cuartel¬ maestre soy yo.

TALLBOYS. - ¡Cómo! ¿Usted escribió tanto la carta como la respuesta del cacique?

MEEK. - Sí, señor.

TALLBOYS. - Entonces, o me miente o me mintió cuando me dijo que era analfabeto. ¿Cuál es la verdad?

MEEK. - Al parecer, no logro aprobar el examen cuando quieren ascenderme. Serán mis nervios.

TALLBOYS. - ¡Sus nervios! ¿Qué tiene que ver un soldado con los nervios? Usted querrá decir que no sirve para combatir y que hay que encargarle cualquier cosa

que se pueda hacer sin eso.

MEEK. - Sí, señor.

TALLBOYS. - Confío en que la vez próxima que lo manden con una carta lo capturen los bandidos y lo retengan.

MEEK. -No hay bandidos, señor.

TALLBOYS. - ¡Que no hay bandidos! ¿Dice usted que no hay bandidos?

MEEK. - Sí, señor.

TALLBOYS. - Usted conoce el Código Militar ...

;verdad?

MEEK. - Lo he oído leer, señor.

TALLBOYS. - ¿Lo entiende?

MEEK. - Supongo que sí, señor.

TALLBOYS. - ¡Supone que sí! Bueno, piénselo un poco más. Usted está sirviendo en una fuerza expedi¬cionaria enviada para reprimir el bandidaje en este dis¬trito y liberar a una dama británica a quien se conserva prisionera para pedir el rescate. Usted lo sabe. Usted no lo supone... Lo sabe... ¿eh?

MEEK. - Así dicen, señor.

TALLBOYS. - Sabe también que, de acuerdo con el Código Militar, todo soldado que, estando en servicio activo, ejecuta conscientemente cualquier acto calculado para hacer peligrar el éxito de las fuerzas de Su Ma¬jestad o de cualquier parte de las mismas, será conde¬nado a muerte. ¿Comprende? ¡A muerte!

MEEK. - Sí, señor. Ley del Ejército, Parte Primera, Sección Cuarta, Número Seis. Creo que usted se refiere a la Sección Quinta, Número Cinco, señor.

TALLBOYS. - ¿De veras? Quizás usted tenga la bon¬dad de citar la Sección Quinta, Número Cinco.

MEEK. - Sí, señor. "Difundir verbalmente informa¬ciones destinadas a provocar innecesaria alarma o des¬aliento."

TALLBOYS. - Tiene usted suerte, soldado Meek, de que la Ley no hable para nada de los soldados rasos que provocan desaliento con su aspecto personal. Si así fuese, su vida no valdría un centavo.

MEEK. - No, señor. ¿Debo archivar la carta y la res¬puesta con una traducción, señor?

TALLBOYS (rasgando la carta y tirando los pe¬dazos). - Su desatino ha convertido ambas cosas en una burla. ¿Qué dijo el cacique?

MEEK. - Sólo manifestó que el país tiene ahora muy buenos caminos, señor. Los automóviles viajan durante todos los días del año. El último bandido en actividad se retiró de su profesión hace quince años y tiene no-venta de edad.

TALLBOYS. -La sarta de mentiras usual. Ese caci¬que está coligado con los bandidos. Yo diría que, de vez en cuando, también da un paseíto por su cuenta.

MEEK. - No lo creo, señor. El caso es que...

TALLBOYS. - ¿Le he oído decir "El caso es que"?

MEEK. - Perdón, señor. Ese viejo bandido era el propio cacique. Le manda a usted de regalo una oveja y seis pavos.

TALLBOYS. - Devuélvaselos inmediatamente. Lléve¬los sobre su maldita bicicleta. Comuníquele que los ofi¬ciales británicos no son orientales y no aceptan sobornos de los funcionarios en los distritos donde tienen que restaurar el orden.

MEEK. - No comprenderá, señor. No creerá que us¬ted tiene alguna autoridad si no acepta regalos. Además, no han llegado aún.

TALLBOYS. - Entonces, cuando lleguen sus emisarios mándelos de regreso con sus ovejas y sus pavos y una carta diciéndole al cacique que se puede ganar mi favor con honradez e inteligencia, pero no comprarlo.

MEEK. - Los emisarios no se atreverán a volver con los regalos y la carta, señor. Robarán las ovejas y los pavos y le trasmitirán al cacique amables mensajes de usted. Más vale conservar la carne y las aves, señor: serán bienvenidos después de una larga etapa de comida reglamentaria.

TALLBOYS. - Soldado Meek.

MEEK. - Señor-

TALLBOYS. -Si, en alguna oportunidad, le confían el comando de esta expedición, usted podrá sin duda po¬ner en práctica sus puntos de vista y cánones morales. Por ahora, haga el favor de obedecer mis órdenes sin comentarios ... ¿quiere?

MEEK. - Sí, señor. Perdón, señor.

(Cuando Meek hace el saludo militar y se dispone a irse, lo enfrenta la enfermera, quien, después de haberse puesto un vistoso traje de baño debajo de una bata de seda multicolor sale del pabellón, seguida por la pacien¬te, quien representa el papel de una criada nativa. To¬dos los rastros de su enfermedad han desaparecido: está bronceada hasta un color terracota y sus músculos son duros y brillan de ungüento. Se halla disfrazada de belle sauvage con una redecilla en la cabeza, peluca, adornos, y una faja en la cintura impropia de ningún lugar del mundo, salvo, quizás, el ballet ruso. Trae una sombrilla y una alfombra.)

TALLBOYS (levantándose, galantemente). - ¡Ah, que¬rida condesa! Encantado de verla. ¡Cuánto le agradezco que haya venido!

LA CONDESA (tendiéndole las puntas de los de¬dos). - ¿Cómo está, coronel? Hace calor... ¿verdad? (Su dialecto es ahora una briosa amalgama de los acen¬tos extranjeros de todos los camareros a quienes ha co¬nocido.)

TALLBOYS. - Siéntese en mi silla. (Va por atrás de ésta y se la acerca.)

LA CONDESA. - Gracias. (Se despoja de la bata, que la paciente recoge y se deja caer con negligente ele¬gancia en la silla, llamando.) ¡Señor Meek, señor Meek!

(Meek vuelve ágilmente y se lleva la mano al quepis.)

LA CONDESA. - Por fin, han llegado las nuevas pren¬das que he comprado en París. Si usted tuviera la bondad de hacérmelas traer a mi bungalow... Naturalmente, pagaré lo que sea necesario. Y si usted me pudiera ha¬cer cobrar una carta de crédito... Más vale que yo tenga trescientas libras para cubrir mis gastos.

MEEK (muy a sus anchas, abandona inconscientemen¬te el papel del soldado y adopta el del caballero). ¿Cuántas cajas, condesa?

LA CONDESA. - Seis, me temo. ¿Dará mucho trabajo?

MEEK. -Necesitaremos un camello.

LA CONDESA. - ¡Oh, que sea una procesión de came¬llos si hace falta! Los gastos no me importan. ¿Y la carta de crédito?

MEEK. -Lo siento, condesa: sólo tengo doscientas libras aquí. Recibirá las otras cien mañana. (Le tiende un rollo de billetes y ella le da la carta de crédito.)

LA CONDESA. -Usted nunca se pierde. Gracias. Es muy amable.

TALLBOYS. - ¡Ssst! Puede retirarse.

(Meek, repentinamente en guardia, hace el saludo mi¬litar, da media vuelta y sale.)

TALLBOYS (quien ha escuchado todo con renovado asombro). - Condesa, se ha portado muy mal.

LA CONDESA. - ¿Qué he hecho?

TALLBOYS. - En el campamento, uno no debe olvi¬dar jamás la disciplina. La conservamos en segundo pla¬no: pero siempre está ahí y siempre es necesaria. Ese hombre es un soldado raso. Cualquier clase de relación social, todo indicio de familiaridad con él, le está ve¬dado a usted.

LA CONDESA. - Pero, sin duda, puedo tratarlo como a un ser humano.

TALLBOYS. - Por cierto que no. Su intención es na¬tural y bondadosa; pero si trata a un soldado raso como a un ser humano, el resultado es desastroso para él. Se vuelve presumido. Se toma libertades. Y la consecuencia es que se ve en apuros y lo pasa muy mal hasta que se le enseña cuál es el lugar que le corresponde con me¬didas disciplinarias adecuadas. Debo pedirle que tenga especial cuidado con ese Meek. Sólo es torpe a medias: lleva todo su dinero consigo. Si tiene oportunidad de hablar con él, hágale sentir con su tono que la relación existente entre ustedes es la de un superior que le ha¬bla a un inferior muy lejano. No permita jamás que él le hable por propia iniciativa, o que la llame de otro modo que "señora condesa". Si podemos hacer algo por usted, lo haremos con muchísimo gusto: pero usted debe pedírmelo siempre a mí.

(La paciente, muy contenta al ver que el coronel ha reprendido a Sweetie, deposita su alfombra y su som¬brilla sobre la arena y le arrima una silla a la derecha de la condesa con sonriente cortesía. Luego, se sienta a su vez sobre la alfombra y los escucha a ambos, rodean¬do con los brazos sus rodillas y su sombrilla y tratando de parecer lo más nativa posible.)

TALLBOYS. - Gracias. (Se sienta.)

LA CONDESA. - ¡Cuánto lo siento! Pero si le pregun¬to a algún otro, me mira con aire impotente y dice:

"Más vale que lo vea a Meek para eso."

TALLBOYS. - Sin duda, se lo endosan todo al pobre porque está un poco chiflado. ¿Queda entendido que en el futuro usted se dirigirá a mí y no a Meek?

LA CONDESA. - Claro que sí, coronel. ¡Cuánto lo siento! Y comprendo perfectamente. Me doy por rega¬ñada y perdonada…¿no es así?

TALLBOYS (sonriendo con aire amable). - Amones¬tada: así es como lo llamamos. Pero, desde luego, la culpa no es suya: no tengo derecho a regañarla. Soy yo quien debe pedirle perdón.

LA CONDESA. - Concedido.

LA PACIENTE (a la expectativa detrás de ellos, tose significativamente). - !!

LA CONDESA (con precipitación). - Una expresión vulgar, coronel... ¿no es así? Pero tan simple y direc¬ta... Me gusta.

TALLBOYS. -YO no sabía que era vulgar. Es lacó¬nica.

LA CONDESA. - Desde luego, en realidad no es vul¬gar. Pero sí propia de una clase media inferior, no sé si me explico.

LA PACIENTE (hurga en la silla con su sombri¬lla). -!

LA CONDESA (como antes). - ¿Alguna noticia de los bandidos, coronel?

TALLBOYS. - No; pero la madre de la señorita Mopply, muy angustiada -¡algo natural, desde luego, pobre mujer!- me ha enviado el dinero del rescate. Me su¬plica que lo pague y libere a su hija. Teme que si hago la más leve demostración hostil los bandidos le corten los dedos a la muchacha y se los manden uno por uno hasta que les paguen el rescate. Cree que hasta podrían empezar por las orejas y desfigurarla para toda la vida. Desde luego, se trata de una posibilidad; esas cosas han sucedido; y la pobre señora observa, muy atinadamente, que yo no podré devolverle las orejas a su hija exter¬minando más tarde a los bandidos, como lo haría con toda seguridad si se atreven a ponerle la mano encima a una dama inglesa. Pero yo no podría aprobar una concesión tal a la criminalidad deliberada como el pago de un rescate. (Los dos conspiradores cambian una mi¬rada de consternación.) Le he mandado un mensaje ra¬diotelegráfico a esa anciana señora para comunicarle que no se puede pensar en el pago del rescate, pero que el gobierno británico está ofreciendo una recompensa subs¬tancial por cualquier información.

LA CONDESA (levantándose de un salto, excitada). - ¡Cómo! ¿Una recompensa además del rescate?

LA PACIENTE (la empuja de un modo salvaje con la sombrilla). - !!!

TALLBOYS (sorprendido). - No. En vez del rescate.

LA CONDESA (dominándose). -Naturalmente. ¡Qué tonta he sido al no darme cuenta! (Se sienta y agrega, cavilosamente.) Si esta muchacha nativa lograra descu¬brir algo... ¿obtendría la recompensa?

TALLBOYS. -Claro que sí. Esa ha sido una buena idea... ¿eh?

LA CONDESA. - Sí, coronel... ¿no le parece?

TALLBOYS. - A propósito, condesa. Ayer, me encon¬tré con tres personas que la conocen muy bien...

LA PACIENTE (olvidando su papel y arrastrándose ha¬cia adelante de rodillas). - Pero usted...

LA CONDESA (interrumpiéndola con una bofetada en la boca aplicada con el dorso de la mano). - Silencio,

muchacha. ¿Cómo se atreve a interrumpir al coronel? Vuelva a su sitio y cállese.

(La paciente obedece humildemente hasta que el co¬ronel vuelve con delicadeza la cabeza; entonces, ella le agita el puño con aire amenazador.)

TALLBOYS. - Una de esas personas era una dama. Mencioné por casualidad el nombre del hermano de us¬ted; y el rostro de ella se iluminó en el acto y dijo:

¡Querido Aubrey Bagot! Conozco íntimamente a su hermana. Los tres fuimos compañeros de la infancia."

LA CONDESA. - Debió de ser mi querida amiga Florence Dorchester. Confío en que no vendrá aquí. Quie¬ro un descanso total. No deseo ver a nadie... salvo a usted, coronel.

TALLBOYS. - Es usted muy amable al decir eso.

(El ladrón sale del pabellón, muy elegante en su traje de baño blanco y negro y su bata de seda negra con ojales de seda blanca: un detalle propio de un clé¬rigo.)

TALLBOYS (continuando). - ¡Ah, Bagot! Está pron¬to para su zambullida... ¿eh? Precisamente, yo le decía a la condesa que ayer conocí a unos amigos suyos. ¡Ima¬gínese que se les ha ocurrido la idea de venir aquí, nada menos que aquí! Eso prueba qué pequeño es el mundo, después de todo. (Levantándose.) Y ahora, me voy a inspeccionar los depósitos. Hay una escasez de castañas que no comprendo.

LA CONDESA. - ¡Qué lástima! Me gustan las casta¬ñas. ¡Las hay tan exquisitas en la confitería próxima a la Place Vendôme!

TALLBOYS. - ¡Ah! Usted piensa en los marrons glacés. No: las castañas a que me refiero son cohetes: unas cosas que estallan con un estampido. Para hacer señales.

LA CONDESA. - ¡Ah! ¿Esas cosas que usaban en la guerra para anunciarnos que se iniciaba un bombardeo aéreo?

TALLBOYS. - Precisamente. Bueno, au revoir.

LA CONDESA. - Au revoir, au revoir.

(El coronel se toca galantemente el quepis y se va con paso activo en gira de inspección.)

LA PACIENTE (levantándose, con aire vengativo). - Si se atreve a volver a abofetearme, muchacha, la tien¬do en el suelo de un golpe aunque se descubra toda la comedia.

LA CONDESA. - Pues guárdese su sombrilla la vez pró¬xima. ¿De qué me cree hecha? ¿De cuero?

AUBREY (interponiéndose entre ellas). - ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Niñas, niñas! ¿Qué pasa... ?

LA PACIENTE. - Esta estúpida mujerzuela ...

AUBREY. - Oh, no, no, no, no, Mops. Caramba, sea una dama. ¿Qué sucede, Sweetie?

LA CONDESA. - Usted no debiera hablar así, querida. Una muchacha de baja condición podría decir algo así; pero se supone que usted debe de saber lo que hace.

AUBREY. - Mops: usted ha escandalizado a Sweetie.

LA PACIENTE. - ¿Y usted cree que ella no me suele escandalizar a mí? Es un terremoto viviente. ¿Y qué ha¬remos si aparece toda esa gente a la cual ha mencionado el coronel? Debe de existir una auténtica condesa Valbrioni.

LA CONDESA. -No creo que la haya. ¿Supone us¬ted que somos los tres únicos embusteros del mundo? Basta con que uno se asigne un título distinguido para que todos los snobs de cincuenta kilómetros a la redon¬da juren que es su mejor amigo.

AUBREY. - La primera lección que debe aprender un ladrón, querida, es que nada logra tanto éxito como la mentira. Afirme usted algo tan verdadero que lo he¬mos tenido siempre ante nuestras propias narices y todo el mundo se levantará apasionadamente para contrade¬cirla. Si no se retira y pide disculpas, peor para usted.

Pero diga simplemente una estúpida mentira que clama al cielo y que todos saben que lo es y de todos los confines del mundo llegarán murmullos de complacido asentimiento. Si Sweetie se hubiese presentado como lo que es, evidentemente, es decir una ex camarera de hotel que llegó a ser delincuente por principio a causa de la prédica de un ex capellán del ejército -¡yo!- de quien se enamoró en forma profunda pero transitoria, nadie le habría creído. Pero apenas hizo la inverosímil afir¬mación de que es una condesa y de que el ex capellán es su hermanastro el honorable Aubrey Bagot, surgió una nube de testigos para asegurarle al coronel Tallboys que eso es tan cierto como el propio Evangelio. Conque no tenga miedo de verse desenmascarada, querida; y tú, Sweetie, hazme el favor de seguir mintiendo y mintiendo y mintiendo hasta que te estalle la imaginación.

LA PACIENTE (dejándose caer cavilosamente sobre la silla tijera). - Me pregunto si a todos los ladrones les gusta tanto predicar como a usted.

AUBREY (inclinándose afectuosamente sobre ella). - A todos no, querida. Yo no predico porque sea un la¬drón, sino porque tengo un don... un don divino, en ese sentido.

LA PACIENTE. -¿De dónde lo sacó? ¿Es obispo su padre?

AUBREY (irguiéndose, para hablar con tono declama¬torio). -¿No le dije ya que mi padre es un ateo, y, como todos los ateos, un moralizador inflexible? Dijo que yo podría llegar a ser un predicador si creía en lo que predicaba. Eso, desde luego, era una estupidez: puedo predicar cualquier cosa, sea verdadera o falsa. Soy como un violín, en el cual uno puede tocar música de toda clase, desde jazz hasta Mozart. (Encogiéndose de hombros.) Pero nunca se lo pude hacer comprender a mi padre. Afirmaba que la profesión adecuada para mí era el foro. (Levanta la alfombra, la vuelve a dejar en el suelo a la izquierda de la paciente y se echa perezo¬samente sobre ella.)

LA CONDESA. - ¿No vamos al agua?

AUBREY. - ¡Oh, no, qué diablos! Tomemos sol.

LA CONDESA. - ¡Haragán! (Saca del pabellón de ba¬ños el taburete plegadizo y se sienta, descontenta.)

LA PACIENTE. -SU padre tenía razón. Si usted no sabe lo que predica, la profesión más adecuada para usted es el foro. Pero como no sabe lo que hace, es probable que termine en el banquillo de los acusados.

AUBREY. - Es lo más probable. Pero soy un predi¬cador nato, no un autor de alegatos forenses. La teoría del procedimiento legal es que, si uno enfrenta a dos embusteros para que se desenmascaren mutuamente, apa-recerá la verdad. Eso no me convendría. Me desagrada mucho que me contradigan y el único sitio donde un hombre está a salvo de la contradicción es el púlpito. Aborrezco la discusión: es una descortesía y oscurece el mensaje del predicador. Además, la ley se preocupa en exceso de los hechos lisos y llanos y demasiado poco de las cosas del espíritu: y son las cosas del espíritu las que me interesan: sólo ellas ponen en juego totalmente mi don.

LA PACIENTE. - Usted llama cosas del espíritu aque¬llas en que predica y en que no cree... ¿verdad?

AUBREY. - Olvide eso, Mops. Mi don es divino: no lo limitan mis deleznables condiciones personales. Con¬tiene tanta lucidez como elocuencia. La lucidez es uno de los dones más preciosos: el del maestro, el de la explicación. Puedo explicarle cualquier cosa a cualquiera

y me gusta hacerlo. Siento que sólo debo hacer eso si la doctrina es hermosa y sutil y está exquisitamente con¬juntada. Suelo adivinar, en forma instintiva, que es una estupidez de pésimo gusto. Con todo, si consigo con ella un efecto teatral emocionante y predico un sermón realmente espléndido al respecto, mi don se apodera de mí y me obliga a penetrar en él y a hacerlo. Sweetie, tráeme un almohadón para la cabeza: hay uno muy cómodo.

LA PACIENTE. -No haga eso, Sweetie: que se lo traiga solo.

LA CONDESA (levantándose). - Sólo lo revolvería

todo buscándolo. Me gusta que mis habitaciones estén en orden. (Entra en el pabellón.)

LA PACIENTE. - ¿Verdad que tiene gracia, Pops? Sabe lo que hace como camarera, pero no como mujer.

AUBREY. - Muy poca gente tiene más que un punti¬llo de honra, Mops. Y muchísima no tiene ni uno solo.

LA CONDESA (volviendo con un almohadón de seda, que arroja sobre la cabeza de Aubrey). - ¡Ahí tienes!

Y ahora, les notifico que estoy aburrida de este lugar.

AUBREY (poniéndose cómodo con su almohadón). -Oh, tú te aburres siempre...

LA PACIENTE. - Supongo que eso significa que está cansada de Tallboys.

LA CONDESA (paseándose, nerviosa). - Estoy tan har¬ta de él que a veces creo que estaría dispuesta a casarme con tal de poder incluirlo en la lista de las cosas inevi¬tables que debo soportar quieras que no, como el hecho de levantarme de mañana y de lavarme y de vestirme y de comer y beber: cosas de las cuales una no se atre¬ve a cansarse porque si lo hiciera la enloquecerían. Vá¬monos y vivamos un poco de verdad en otra parte.

EL PACIENTE. - ¡Vivir de verdad! ¡Me pregunto dónde se podría hacer eso! Hemos gastado cerca de seis mil libras en dos meses averiguándolo. El dinero que obtuvimos por el collar no durará eternamente.

AUBREY. - Sweetie: tendrás que quedarte aquí hasta que cobremos ese rescate y no hay más que hablar.

LA CONDESA. -Haré lo que quiera, no lo que me dices. Y vuelvo a decirte, a decírselo a los dos, que me iré dentro de una semana. Estoy harta de esto. Nece¬sito un cambio.

AUBREY. -¿Qué haremos con ella, Mops? ¡Siempre cambiar! ¡Cambiar! ¡Cambiar!

LA CONDESA. -Bueno, es que me gusta ver caras nuevas.

AUBREY. -Yo podría ser tan feliz como Buda en un templo, mirándome eternamente el ombligo y con el mismo viejo sacerdote lustrándome a diario. Pero Sweetie quiere ver una cara nueva cada quince días. La he visto enamorarse de un rostro desconocido dos veces en la misma semana. (Volviéndose hacia ella.) Mujer. ¿Tienes algún sentido de la grandeza de la constancia?

LA CONDESA. - Yo podría ser constante si fuera una condesa auténtica. Pero sólo soy una camarera de hotel; y una camarera de hotel se acostumbra tanto a las caras nuevas que éstas acaban por convertirse en una nece¬sidad para ella. (Se sienta sobre el taburete.)

AUBREY. - Y cuanto más cambian las caras, más pro¬pinas ... ¿eh?

LA CONDESA. -No, no es eso, aunque desde luego es algo que cuenta. El quid del asunto es que, aunque los hombres son muy amables los primeros días, eso no dura. Una les saca el mejor partido renovándolos siempre. Lo que digo es que una aventura amorosa

debería ser una eterna luna de miel. Y la única manera de asegurarse eso es seguir cambiando al hombre: por¬que el mismo nunca puede mantener el amor. En toda mi vida, sólo conocí a un hombre que siguió amando hasta la muerte.

LA PACIENTE (interesada). - ¡Ah! ¿Conque eso esposible?

LA CONDESA. - Sí: ese hombre se casó con mi her¬mana. Fue así como me enteré de eso.

AUBREY. - ¿Y su apasionamiento nunca mermó? Día tras día, hasta que la muerte los separase... ¿ese hom¬bre siguió siendo el mismo que el día de sus bodas? ¿Es eso realmente cierto, Sweetie?

LA CONDESA. - Sí que lo es. Pero le dio una paliza a su mujer el día mismo de sus bodas: y, desde en¬tonces, la golpeó con igual violencia todos los días. Le ayudé a mi hermana a conseguir un decreto de sepa¬ración: pero volvió al lado de él porque ningún otro le prestaba atención.

AUBREY. -¿Por qué no me lo dijiste antes? Yo te habría zurrado de lo lindo antes que perderte. (Sentán¬dose.) ¿Lo creerá usted, Mops? Yo estaba enamorado de esta mujer; locamente enamorado. No era mi igual intelectualmente y tuve que enseñarle buenos modales en la mesa. Pero entre nuestros centros inferiores había una afinidad extraordinaria; y cuando, después de diez días, me abandonó por otro, sólo me salvó del asesinato y el suicidio un resuelto ejercicio de mi capacidad de razonamiento, mi decisión de ser un hombre civilizado y mi temor a la policía.

LA CONDESA. -Bueno. Te hice pasar un buen rato a cambio de esos días... ¿verdad? Mucha gente no tiene tantos momentos agradables que recordar. Además,

ya sabes que fue por tu propio bien, Popsy. En reali¬dad, no congeniábamos ... ¿verdad?

AUBREY. - Sentías una afición insaciable por los via¬jantes de comercio. Eras capaz de probarlos con un ritmo de tres por semana. Tuve que admirar forzosamente una movilidad de afectos tan sorprendente. Había oído a tenores de ópera que se desgañitaban con La Donna e Mobile, pero siempre me pareció que lo temible en las mujeres era su implacable constancia. ¡Pero tú! ¡Mobile! Debí imaginármelo.

LA CONDESA. -Te diré. Los viajantes eran igual¬mente malos.

AUBREY. - ¿Igualmente malos? Dí, más bien, igual¬mente buenos. La volubilidad implica simplemente ins¬tabilidad y la instabilidad es señal de civilización. Debie¬ras enorgullecerte de eso. Si no lo haces, dejarás de respetarte a ti misma; y yo no puedo soportar a una mujer que no se respete.

LA CONDESA. - ¡Oh! ¿De qué nos sirve hablar de respetarse a uno mismo? Tú eres un ladrón y yo tam¬bién. Yo, por mi parte, llego un poco más allá; y lo mismo te sucedería si fueras una mujer. No seas hipó¬crita, Popsy; por lo menos, conmigo.

AUBREY. - ¡Por lo menos, contigo! Sweetie: ese to¬que de preocupación por mi bienestar espiritual casi me convence de que me amas aún.

LA CONDESA. -Yo, no. No mucho. Estoy cansada de ti, amigo mío. Y no me gusta mucho el coronel: es demasiado viejo y demasiado caballero.

AUBREY. - Mejor el coronel que nadie. ¿Quién más hay?

LA CONDESA. - Está el sargento. Reconozco que mis gustos rayan bajo; pero es de mi clase y el coronel no.

LA PACIENTE. - ¿Se ha enamorado usted del sargen¬to Fielding, Sweetie?

LA CONDESA. - Bueno, a decir verdad sí, si quiere llamarlo así.

AUBREY. - ¿Puedo preguntarte si lo has sondeado al respecto?

LA CONDESA. - ¿Cómo habría podido hacerlo? Soy una condesa; y él, apenas un sargento. Si yo diera la más leve señal de que estoy enterada de su existencia, él le revelaría lo que sucede al coronel. Sólo puedo mirarlo. Y ni siquiera eso cuando algún otro nos ve. Y mientras tanto, tengo tantas ganas de abrazarlo... (Pro¬rrumpe en sollozos.)

AUBREY. - ¡Oh, por amor de Dios! ... No llores.

LA PACIENTE. - No olvide, Sweetie, que el sargento puede ser un hombre casado y feliz.

LA CONDESA. - ¿Acaso eso cambia en algo mis sen¬timientos? Me siento tan sola... ¡Esto es tan aburrido! No hay películas, ni bailes. Lo único que puedo hacer es mostrar que soy una dama. ¡Y el único hombre realmen¬te digno de ser amado, se pierde! Ojalá me muriera.. .

LA PACIENTE. - Las cosas se presentan igualmente mal para mí.

LA CONDESA. - No, no es cierto. Usted es una ver¬dadera dama: le han enseñado a aburrirse. Además, lo tiene a Popsy. Y se supone que usted es nuestra criada. Eso le permite corretear por todo el campamento cuando se cansa de él. Puede atrapar a un soldado cuando se le antoje. ¿Qué se lo impide?

LA PACIENTE. - Mi moral de dama, supongo.

LA CONDESA. -¿La moral de su abuela? Creí que usted había abandonado todas esas tonterías cuando se marchó con nosotros.

LA PACIENTE. - Me lo propuse. Lo intenté. Pero us¬ted me escandaliza contra mi voluntad cada vez que abre la boca.

LA CONDESA. - No se proponga ser una mujer más moral que yo, porque no lo es.

LA PACIENTE. -No pretendo serlo. Pero puedo de¬cirle que mi amor por Popsy, que, ahora lo comprendo, fue lo que me alentó realmente a esa sorprendente fuga, ha sido, hasta ahora, totalmente inocente. ¿Puede creerlo, mi rústica amiga?

LA CONDESA. - Oh, sí que puedo: Popsy se da por satisfecho cuando uno lo deja hablar. Lo que quie¬ro decir, y se lo digo sin ambages, es que, a pesar de todos mis defectos, me conformo con un hombre por vez.

LA PACIENTE. - ¿Insinúa que yo me estoy entendien¬do con dos?

LA CONDESA. -No insinúo nada. Digo sin tapujos lo que pienso: y si no le gusta, aguánteselo. Usted po¬drá estar enamorada de Popsy; pero le gusta el soldado Meek, aunque no sé qué puede ver de particular en ese pequeño gusano reseco.

LA PACIENTE. - ¿Ha notado usted, mi Sweetie, que ese pequeño gusano reseco tiene en un puño a su mag¬nífico y rollizo sargento?

LA CONDESA. - No sucederá lo mismo cuando yo lo tenga en un puño a él. Pero tenga cuidado. Siga mi con¬sejo: de a un solo hombre por vez. Se lo sugiero por su propio bien, porque usted es apenas una principiante; y lo que cree amor e interés y todo lo demás, no es, en realidad, amor auténtico: las tres cuartas partes sólo son curiosidad insatisfecha. Conozco eso y lo sé. Cuando amo a un hombre, ahora, todo eso es amor y no otra cosa. Es lo auténtico mientras dura. Mi hermoso sar¬gento no me inspira la menor curiosidad: sé, exacta¬mente, qué dirá y qué hará. Simplemente, quiero que lo haga.

LA PACIENTE (levantándose, asqueada). - Sweetie: realmente, no puedo seguir soportando esto. No cabe duda de que es muy cierto. Me parece muy bien que usted lo diga con franqueza y claridad. Envidio y admi¬ro la terrible sangre fría con que lo expresa. Quizás me acostumbre a eso con el tiempo. Pero ahora me destroza. Simplemente, me veré obligada a irme si us¬ted insiste en hacerlo. (Se sienta sobre la silla de cañas,

de espaldas a ellos.)

AUBREY. - Eso es lo peor que tiene Sweetie. Todos tenemos, para decirlo con la mayor elegancia posible, nuestros centros inferiores y nuestros centros superio¬res. Los inferiores obran: obran con una fuerza tre¬menda que a veces nos destruye: pero no hablan. El habla corresponde a los superiores. En toda la gran poesía y literatura del mundo, hablan ellos. En toda conversa¬ción respetable, también, hasta cuando no dicen nada o dicen mentiras. Pero los inferiores están siempre ahí: son algo así como un secreto culpable de cada uno de nosotros, aunque sean mudos. Recuerdo haberle pregun¬tado en el colegio a mi preceptor si, en el caso de que los centros inferiores de alguien empezaran a hablar, la conmoción no sería más intensa que la sufrida por Balaam cuando su asno dijo algo. Sólo me narró media docena de cuentos indecentes para probar lo liberal que era. Nunca volví a mencionar el tema hasta que conocí a Sweetie. Sweetie es el asno de Balaam.

LA CONDESA. - Sé cortés, Popsy. yo...

AUBREY (levantándose de un salto). - Mujer, te estoy haciendo un cumplido: el asno de Balaam era más inteligente que Balaam. Deberías leer la Biblia. Esto es lo que hace a Sweetie casi sobrehumana. Sus centros inferiores hablan. Desde la guerra, han empezado a vo¬calizar. Y el efecto que causan es el de un terremoto. Porque expresan verdades nunca dichas aún, verdades que han procurado desconocer los autores de nuestras instituciones domésticas. Y ahora que Sweetie las pro¬clama a gritos, las instituciones se tambalean y se hacen añicos y se desgarran. No nos dejan un lugar donde vivir ni certezas ni una moral útil ni cielo ni infierno ni mandamientos ni Dios.

LA PACIENTE. - ¿Y en cuanto a la luz de nuestras propias almas, a la que usted se refirió con tanta elo¬cuencia anteayer en el almuerzo cuando bebió un litro de champaña?

AUBREY. - La mayoría de nosotros, al parecer, no tenemos alma. O, si la tenemos, no tienen a qué afe¬rrarse. Mientras tanto, Sweetie sigue gritando. (Se re¬fugia en la silla tijera.)

LA CONDESA (levantándose). - ¡Oh! ¿Qué tonterías

están diciendo ustedes? Yo sería una buena mujer si eso no fuera tan aburrido. En esos casos, abusan de una. ¿Cuáles son las mujeres buenas? Las que gustan de abu¬rrirse y de que abusen de ellas. No tienen apetitos. La vida se derrocha con ellas: no le sacan partido.

LA PACIENTE. - ¡Vamos, Sweetie! ¿Qué obtiene us¬ted de la vida?

LA CONDESA. - Emociones: eso es lo que obtengo de ella. ¡Mírenos a Popsy y a mí! Siempre estamos planeando robos. Desde luego, sé que se trata más que nada de imaginación: pero lo que divierte es planearlos y disfrutar de la expectativa. Aunque cometiéramos los robos y nos atraparan, sentiríamos la emoción de vernos juzgados y de figurar en todos los periódicos. ¡Mire al pobre Harry Smiler, el que mató al agente de policía de Croydon! Cuando vino y nos dijo qué había hecho, Popsy le ofreció traerle un poco de cianuro de potasio para que se envenenara; porque era seguro que lo cap¬turarían y matarían. "¡Qué! -dijo Harry-. ¿Y per¬derme la emoción de ser juzgado? Prefiero que me ahor¬quen." Y lo ahorcaron. Y yo digo que casi debió de valer la pena. Después de todo, él habría muerto de to¬dos modos; quizás de algo realmente doloroso. En realidad, Harry no era mala persona; pero le resultaba insoportable el aburrimiento. Tenía una maravillosa co¬lección de pistolas que empezara a reunir cuando niño; acumuló muchas durante la guerra. Nada más que por el cariz romántico del asunto ... ¿comprende? Sin áni¬mo de dañar a nadie. Pero nunca habría disparado nin¬guna; y, por fin, la tentación fue demasiado grande y mató al agente de policía. Nada más que para expe¬rimentar la sensación de disparar el arma y despachar a alguien con ella. Cuando Popsy le preguntó por qué lo había hecho, lo único que pudo decir fue que era una especie de realización. Pero eso le da a usted una idea de lo que quiero decir... ¿verdad? (Se vuelve a sentar, aliviada por su desahogo.)

AUBREY. - Todo eso implica escasa vitalidad. He ahí a un hombre con todos los milagros del universo para hacer tambalear su imaginación y todos los proble¬mas del destino para usar su inteligencia y va y mata a un inocente policía porque no se le ocurre algo más in¬teresante que hacer. Es muy justo que lo hayan ahorcado. Y toda la gente que no encuentra nada más emocionante que atestar la sala de audiencias para ver cómo lo condenan a muerte debería ser ahorcada también. A ti te ahorcarán algún día, Sweetie, porque no tienes lo que la gente llama una inteligencia bien provista. He tratado de educarte ...

LA CONDESA. -Sí: me diste libros. Pero no pude leerlos: eran aburridísimos. Ensayé palabras cruzadas para ocupar mi cerebro e impedirme que planeara ro¬bos; pero... ¿qué palabras cruzadas brindan la mitad del pasatiempo y la emoción que proporciona saquearle a alguien los bolsillos, ello sin contar que no se puede vivir de eso? Querías que me aficionara a la bebida para tenerme tranquila. Pero no me gusta emborrachar¬me... ¿y qué sería de mi belleza si lo hiciera? Diez botellas de champaña no bastan para proporcionarle a una la sensación que se experimenta cuando pasa junto a un policía a quien le bastaría con detenerse y regis¬trarla a una para encerrarla por tres años.

LA PACIENTE. - PopS... ¿Trató usted realmente de hacerla beber? ¡Qué consumado bribón es usted!

AUBREY. - Sweetie es más divertida cuando está un poco ebria. ¡Escúchela ahora, cuando no ha bebido!

LA PACIENTE. - Sweetie... ¿Se divierte usted real¬mente tanto, después de todo? Empezó por amenazar con que abandonaría nuestra emocionante empresa porque era muy aburrida.

AUBREY. - Sweetie es libre. Está el sargento. Y está siempre la esperanza de que aparezca algo y la sensa¬ción de estar preparado para ello sin tener que romper todas las cadenas y derrumbar todos los muros que aprisionan a una mujer respetable.

LA PACIENTE. - Bueno... ¿Y yo?

AUBREY (perplejo). - ¿Y yo, que? ¿Acaso usted no es libre?

LA PACIENTE (levantándose muy pausadamente y yen¬do por detrás de Aubrey hacia la mano izquierda de éste, que aferra y acaricia mientras le sermonea, sentada sobre el brazo de su silla). - Mi ángel de amor, usted me ha salvado tan totalmente de la respetabilidad que desde hace un mes vivo como una cabra de las montañas. Me he librado de mi ansiosa e inquieta madre tan to¬talmente como un cabrito destetado y ya no la aborrezco. Mi esclavitud ante las cocineras que me atiborraban de largas comidas de pescado, carne y ave es algo que pertenece a un miserable pasado: me alimento de dátiles y pan y agua y cebollas crudas cuando puedo conseguir-los; y cuando no puedo, ayuno, con la consecuencia de que he olvidado qué es una enfermedad; y si huyera de ustedes, ninguno de los dos podría atraparme; y si lo hicieran, yo podría pelear con ambos con una mano atada a la espalda. Gozo con todos esos milagros del universo: las deliciosas albas, los bellos crepúsculos, los vientos cambiantes, los cuadros que forman las nubes, las flores, los animales y sus costumbres, los pájaros y los insectos y los reptiles. Cada día es un día de aven¬tura con su frío y su calor, su luz y su tiniebla, sus ciclos de exaltado vigor y de agotamiento, de hambre y de saciedad, sus ansias de acción que se convierten en un anhelo de dormir, sus pensamientos en cosas celestiales que se truecan repentinamente en necesidad de alimento.

AUBREY. - ¿Qué más podría desear cualquier mor¬tal?

LA PACIENTE (aferrándolo de las orejas). - ¡Embus¬tero!

AUBREY. - Gracias. Usted querrá decir, supongo, que esas cosas no la satisfacen: quiere también tenerme a mí.

LA PACIENTE.-¡¡A usted!! ¡¡A usted!! ¡Haragán egoísta y zalamero! (Soltándolo.) No: a usted lo he incluido entre los animales y sus costumbres, así como he ubicado allí a Sweetie y al sargento.

LA CONDESA. -Deje en paz a Sweetie y a su sar¬gento... ¿me oye? Ya estoy harta de ese chiste.

LA PACIENTE (levantándose y aferrándola del men¬tón y haciéndole alzar la cara). - Eso no es un chiste,

querida Sweetie: es algo muy serio. Llamé embustero a Pops, Sweetie, porque todo esto no basta. Las glorias de la naturaleza no le duran a ninguna persona decoro¬samente activa una semana, a menos que se trate de naturalistas profesionales o matemáticos o pintores o algo así. Quiero algo razonable que hacer. Un castor se di¬vierte porque necesita construir su vivienda y criar a su familia. Yo quiero tener mi pequeña tarea, como el castor. Si me limito a contemplar el universo, éste con¬tiene tantas cosas crueles y terribles y desenfrenadamente malvadas y también tantas astronómicas e interminables e inconcebibles e imposibles hasta un grado oprimente, que me volveré loca en grado delirante y me devolverán al lado de mi madre con paja en el cabello. Lo cierto es que soy libre, sana y absolutamente desdichada. (Vol¬viéndose hacia Aubrey.) ¿Me oye? Absolutamente desdi¬chada.

AUBREY (irritado). -¿Y cree que yo no lo soy? Aquí me tiene, sin más tarea que la de arrastrar de aquí para allá a dos mujeres estúpidas y hablar con ellas.

LA CONDESA. - Peor para ellas. Tienen que escu¬charlo.

LA PACIENTE. - Lo desprecio. Lo odio. Usted... ¡usted es un ladrón caballero! ¿Qué derecho tiene un ladrón de ser caballero? Bastante mala es ya Sweetie, sabe Dios, con su vulgaridad y su baja astucia, tratando siempre de sacarle ventaja a alguien o de atrapar a un hombre; pero por lo menos es una mujer y un ser real. Los hombres no son seres reales; son mera charla, charla, charla...

LA CONDESA (levantándose a medias). - Hable con cortesía. . . ¿me oye?

LA PACIENTE. - ¡Otra sílaba insolente, Sweetie, y le doy una paliza que la hará gemir durante media hora! (Sweetie se calma.) Tengo ganas de pegarle a alguien: de matar a alguien. Terminaré por matarlos a los dos. ¿Qué somos nosotros, magníficos aventureros? Sólo tres fertilizantes ineficaces.

AUBREY. - ¿Qué demonios quiere usted decir con eso?

LA PACIENTE. - Sí: fertilizantes ineficaces. Lo único que hacemos es convertir buen alimento en mal estiércol. Somos fábricas ambulantes de mal estiércol: eso es lo que somos.

LA CONDESA (levantándose). - Bueno, no estoy dis¬puesta a quedarme sentada aquí y a escuchar esas con¬versaciones. Usted debiera avergonzarse de sí misma.

AUBREY (levantándose también, escandalizado). -Señorita Mopply: hay ciertas verdades repulsivas que ninguna dama debe arrojarles a la cara a sus prójimos...

LA PACIENTE. -Yo no soy una dama: ahora estoy en libertad de decir lo que se me antoje. ¿Qué les parece?

LA CONDESA (ablandándose). - Vamos, querida. No tiene por qué excitarse así. Usted... (La paciente se vuelve hacia ella con aire feroz, y la condesa lanza un grito.) ¡Ahhhh! Popsy, está loca. Sálvame. (Se va corriendo.)

AUBREY. - ¿Qué le pasa? ¿Ha perdido el juicio? (Trata de agarrar a la paciente, pero ésta le propina un empujón, haciéndolo caer despatarrado.)

LA PACIENTE. -No. Estoy usando mi libertad. La libertad que usted ha predicado. La libertad que hizo posible para mí. A usted no le gusta oír gritar a los centros inferiores de Sweetie. Pues bien: ahora, oye gri¬tar a mis centros superiores. Al parecer, eso no le gusta más que lo otro.

AUBREY. - Mops: usted está histérica. Hace una hora, se sentía magníficamente; y volverá a sentirse así dentro de otra hora. Siempre se sentirá magníficamente si se conserva en condiciones.

LA PACIENTE. - ¿En condiciones para qué? Un perro extraviado se siente en condiciones, eso es lo que lo hace vagabundear; pero es el ser viviente más infor¬tunado del mundo. Yo soy un perro extraviado: una gitana, una vagabunda. No tengo nada que hacer. Ni adonde ir. Sweetie sufre y usted también y yo también: y lo que haré, será simplemente propinarle a usted un puntapié y reducirlo a una jalea.

(Se abalanza sobre Aubrey. El la esquiva y se va corriendo. En ese momento, Tallboys vuelve con Meek del otro lado, junto a la cabaña, y la paciente, no pudien¬do detenerse, cae en sus brazos.)

TALLBOYS (severamente). - ¿Qué es esto? ¿Qué hace usted aquí? ¿A qué se debe este alboroto? No cierre los puños en mi presencia. (Ella se inclina, obse¬quiosamente.) ¿Qué sucede?

LA PACIENTE (con una reverencia y canturreando). -Bmal elttil a dah yram, Tuan.

TALLBOYS. - ¿Sabe hablar el inglés?

LA PACIENTE. -No inglés.

TALLBOYS. - ¿O francés?

LA PACIENTE. - No francés, Tuan. Wons sa etihw saw eceelf sti.

TALLBOYS. - Muy bien: no lo vuelva a hacer. Ahora, váyase.

(La paciente se va al pabellón caminando hacia atrás y haciendo reverencias. Tallboys se sienta en la silla tijera.)

TALLBOYS (a Meek). - Oiga. Usted dice que es el intérprete. ¿Comprendió lo que me dijo esa muchacha?

MEEK. -Sí, señor.

TALLBOYS. - ¿Qué dialecto era? No me pareció el que hablan aquí los nativos.

MEEK. - No, señor. Yo lo hablaba en la escuela. Es inglés invertido, señor.

TALLBOYS. - ¿Inglés invertido? ¿Qué quiere usted decir?

MEEK. - Inglés hablado al revés. Esa muchacha ha invertido el orden de las palabras también, señor. Eso, prueba que se aprendió de memoria esos dos discursitos. TALLBOYS. - Pero... ¿cómo puede hacer eso una muchacha nativa? Yo mismo no podría hacerlo.

MEEK. -Ello prueba que no es una muchacha na¬tiva, señor.

TALLBOYS. - Pero eso hay que investigarlo. ¿Recuer¬da lo que dijo?

MEEK. -Sólo bmal elttil, señor. Eso era muy fácil.

Y me permitió comprender lo demás.

TALLBOYS. - Pero... ¿qué significa bmal elttil?

MEEK. - Little lamb, señor. 

TALLBOYS. - ¡Me llamó corderito!

MEEK. -No, señor. Sólo dijo "Mary had a little lamb".  Y cuando usted le preguntó si hablaba el fran¬cés, ella dijo, desde luego: "Its fleece was white as snow."

TALLBOYS. - Pero eso fue una insolencia.

MEEK. - La sacó de apuros, señor.

TALLBOYS. -Eso es muy grave. Esa mujer le está haciendo creer a la condesa que es una nativa.

MEEK. - ¿Le parece, señor?

TALLBOYS. -No me parece: lo sé. No sea tonto. Domínese y no me conteste estupideces.

MEEK. - Sí, señor. No, señor.

TALLBOYS (enojado, gritándole). - "¿Tienes lana, oveja negra? Sí, señor. No, señor. Tres bolsas llenas."  No me diga más sí señor no señor.

MEEK. - No, señor.

TALLBOYS. - Tráigame a esa muchacha. Pero no le diga una sola palabra, no le deje adivinar que la he descubierto, fíjese bien. Cuando yo haya terminado con ella, usted me explicará lo que se refiere a esos cohetes.

MEEK. - Sí, señor. (Entra en el pabellón.)

TALLBOYS. - Dése prisa. (Se instala cómodamente y saca su cigarrera.)

(La condesa asoma junto a la esquina del pabellón para ver si puede volver sin peligro. Aubrey hace un reconocimiento análogo junto a la esquina de la cabaña.)

LA CONDESA. - Aquí estoy de nuevo, como ve. (Le sonríe al coronel de una manera fascinadora y se sienta sobre su taburete.)

AUBREY. - Moi aussi. ¿Puedo ... ? (Se estira sobre la alfombra.)

TALLBOYS (sentándose bien y guardando la cigarre¬ra). -En el momento oportuno. Me disponía a man¬dar a buscarla. He hecho un descubrimiento muy grave.

Su criada nativa no es tal nativa. Su jerga es una su¬ perchería ridícula. Es una inglesa.

AUBREY. - ¡No me diga!

LA CONDESA. - ¡Oh, eso es imposible!

TALLBOYS. -No cabe ninguna duda. Esa mujer es

una impostora: tenga cuidado con sus joyas. O bien (y eso es lo que sospecho) se trata de una espía.

AUBREY. - ¡Una espía! Pero no estamos en guerra.

TALLBOYS. -La Liga de las Naciones tiene espías en todas partes. (A la condesa.) Debe permitirme, con¬ desa, que registre de inmediato su equipaje, antes de que ella se entere de que la he descubierto.

LA CONDESA. - ¡Pero si yo no he echado de menos nada! Estoy segura de que no ha robado nada. ¿Qué quiere buscar en su equipaje?

TALLBOYS. - Cohetes.

LA CONDESA. -¡Cohetes!

AUBREY .- (a un tiempo) ¡Cohetes!

TALLBOYS. - Sí, cohetes. He inspeccionado esta ma¬ñana los depósitos y faltan los cohetes. Más que nada, yo quería que me recordaran la hora del almuerzo cuan¬do pinto. Soy bastante experto en materia de acuarelas. Y no queda un solo cohete. Debería haber quince.

AUBREY. - ¡Oh, yo puedo aclararle eso! Es uno de nuestros hombres, Meek. Viaja en una bicicleta a motor con una bolsa llena de cohetes y un manojo de alambre. Dijo que estaba reconociendo el terreno. Evidentemente, se mostraba muy ansioso de librarse de mí: por lo tanto, no insistí en mis investigaciones. Pero eso explica los cohetes.

TALLBOYS. -De ningún modo. Esto es muy serio. Meek es un imbécil a quien nunca debieron enrolar en el ejército. Parece un niño: esa mujer podría hacer lo que quisiera con él.

LA CONDESA. - Pero... ¿para qué iba a necesitar esa muchacha los cohetes?

TALLBOYS. -No lo sé. Esta expedición ha sido en¬viada sin la sanción de la Liga de las Naciones. Siem¬pre olvidamos consultarla cuando tenemos algo serio entre manos. Esa mujer podría ser un emisario de la Liga. Quizás esté trabajando contra nosotros.

LA CONDESA. - Pero, aun en ese caso... ¿qué daño puede causarnos?

TALLBOYS (dándole un golpecito a su revólver). - Mi estimada señora... ¿Cree que llevo esto para di¬vertirme? ¿No comprende que las colinas están atestadas de tribus hostiles que pueden hacer una correría en cualquier momento? Mire esa bocina eléctrica: si em¬pieza a sonar, cuidado: porque eso significará que ha sido localizada una tribu que avanza sobre nosotros.

LA CONDESA (alarmada). - Si yo lo hubiese sabido, no habría dejado que me trajeran aquí. ¿Verdad, Popsy?

AUBREY. - Bueno, sí; pero no importa; los tribeños nos tienen miedo.

TALLBOYS. - Sí, porque no saben que apenas somos un puñado de hombres. Pero si esa mujer está en comu¬nicación con ellos y ha logrado dominar a ese idiota de Meek, pueden abalanzarse sobre nosotros como un enjambre de avispas. Esto no me gusta. Tengo que acla¬rarlo a fondo de inmediato. ¡Ah! Ahí viene.

(Meek aparece en la entrada al pabellón. Se aparta cortésmente para que pase la paciente y permanece ahí.)

MEEK. -El coronel quiere hablar con usted, seño¬rita.

AUBREY. - Trátela con cuidado, coronel. Corre con la rapidez de un ciervo. Y tiene músculos de hierro. Más vale que llame al guardia antes de habérselas con ella.

TALLBOYS. - ¡Bah! ¡Venga aquí!

(La paciente se le acerca con un aire inocente y apa¬ciguador, se postra de rodillas, vuelve hacia arriba las palmas de las manos y golpea el suelo con la frente.)

TALLBOYS. - Me dicen que usted es muy rápida para correr. Pues bien: una bala corre con más rapidez. (Gol¬pea su revólver.) ¿Me comprende?

LA PACIENTE (con una reverencia). - Bmal elttil a dah yram wons sa etihw saw eceelf tsi.. .

TALLBOYS (con voz tonante). - "Y adonde quiera iba Mary. ... "

LA PACIENTE (interrumpiéndolo, hábilmente).¬

.. iba el corderito". Me ha pescado, coronel. ¡Qué inteligente es usted! Bueno... ¿Y qué?

TALLBOYS. - Eso es lo que me propongo descubrir. Usted no es una nativa.

LA PACIENTE. - Sí. De Somerset.

TALLBOYS. - Precisamente. Y bien ... ¿Por qué está disfrazada? ¿Por qué ha tratado de hacerme creer que no comprende el inglés?

LA PACIENTE. - Para divertirme, coronel.

TALLBOYS. -Eso no basta. ¿Por qué le ha hecho creer a esta señora que usted es una criada nativa? Ser una criada no es divertirse. Contésteme. No trate de in¬ventar una mentira. ¿Por qué ha simulado eso?

LA PACIENTE.-Hoy se fiscaliza mucho mejor una casa siendo una criada que siendo una señora, coronel.

TALLBOYS. -Eso es muy ingenioso. Un poco más y me dirá que se fiscaliza con mayor eficacia a un regi¬miento siendo soldado raso que siendo coronel... ¿eh?

(La bocina suena de un modo estridente. El coronel saca el revólver y se lanza hacia lo alto de la colina, pero lo aventaja Meek, quien llega antes allí y da las órdenes con irresistible autoridad, dejándolo estupefacto. Aubrey, quien se ha puesto de pie, avanza hacia los médanos para ver qué sucede. Sweetie, presa de terror, aferra del brazo a la paciente y la arrastra hacia el pabe¬llón. Mops, desafiante, la repele con violencia y se pre¬cipita hacia el ruido de los cañones cuando empiezan a oírse.)

MEEK. - Firmes. Carguen. Párense junto a los cohe¬tes. ¿Cuántos son los nativos, sargento? ¿A qué distancia están?

SARGENTO FIELDING (invisible). - Cuarenta caba¬llos. A unos novecientos metros.

MEEK. -Los fusiles listos. Las miras reguladas a mil ochocientos metros, por sobre sus cabezas: no hagan impacto. Fuego. (Descarga de fusiles.) ¿Cómo va eso?

SARGENTO FIELDING. - Siguen avanzando, señor.

MEEK. - Cohetes número dos: listos. Contacto. (For¬midables explosiones a la derecha.) ¿Cómo fue eso?

VOZ DEL SARGENTO. - Han huido, señor. Todos, hasta el último.

(Meek vuelve de la colina convertido en un insigni¬ficante soldado raso, seguido por Aubrey; aquél a la izquierda del coronel y éste a la derecha.)

MEEK. - Todo está ya en orden, señor. Disculpe la interrupción.

TALLBOYS. - ¡Oh! ¿Llama a esto una interrupción?

MEEK. - Sí, señor: no valía la pena de que usted se molestara. ¿Redacto el informe, señor? "Encuentro im¬portante: enemigo puesto en fuga; ninguna baja britá¬nica." Una Orden del Servicio Distinguido para usted quizás, señor.

TALLBOYS. - Soldado Meek. ¿Puedo preguntarle, y perdóneme si soy presuntuoso, quien está al mando de esta expedición? ¿Usted o yo?

MEEK. -Usted, señor.

TALLBOYS (volviendo a guardar el revólver). - Sus palabras son muy halagüeñas para mí. Gracias. ¿Me per¬mite que le pregunte, además, por qué diablos autorizó el lanzamiento de todas las existencias de cohetes del regimiento al otro lado de las colinas y los hizo estallar ante las narices del enemigo?

MEEK. - Era mi deber como oficial del servicio de inteligencia, señor. Yo soy el oficial del servicio de inte¬ligencia. Tenía que hacerle creer al enemigo que las colinas rebosan cañones ingleses. Ahora, así lo creen, señor. Ya no nos darán más trabajo.

TALLBOYS. - ¿De veras? Escribiente del cuartelmaestre, intérprete, oficial del servicio de inteligencia. ¿Tie¬ne usted algún otro grado de que no me haya infor¬mado?

MEEK. -No, señor.

TALLBOYS. - ¿Está seguro de que no es mariscal de campo?

MEEK. - Completamente seguro, señor. Nunca lle¬gué más que a coronel, señor.

TALLBOYS. - ¿Coronel, usted? ¿Qué quiere decir con eso?

MEEK. -No un coronel auténtico, señor. Más que

nada un grado honorario para cubrir las apariencias cuando tenía que tomar el comando.

TALLBOYS. - ¿Y cómo se explica que sea soldado raso, ahora?

MEEK. - Prefiero esa situación, señor. Tengo más libertad. Y la conversación en el comedor de los ofi¬ciales no me gusta. Siempre renuncio al grado de oficial y me enrolo de nuevo.

TALLBOYS. - ¡Siempre! ¿Cuántas veces ha sido ofi¬cial?

MEEK. - No lo recuerdo muy bien, señor. Tres, me parece.

TALLBOYS. - ¡Que me condenen!

LA PACIENTE. - ¡Oh, coronel! ¡¡Y usted confundió

a este genio militar con un imbécil nato!!

TALLBOYS (con aplomo). - Naturalmente. Los sín¬tomas son los mismos. (A Meek.) Puede retirarse. (Meek hace el saludo militar y se va con ágil trote.)

AUBREY. - ¡Voto a Júpiter!

LA CONDESA. - Que me... (Rectificándose.) Tiens, tiens, tiens, tiens!

LA PACIENTE. - ¿Qué hará con él, coronel?

TALLBOYS. - Señora: el secreto del comando, en el ejército y en todas partes, es no perder un solo instante haciendo algo que se puede delegar en un subalterno. Me apasiona pintar acuarelas. Por lo tanto, la tarea de comandar mi regimiento ha interferido muy seriamente con la satisfacción que eso me proporciona. Desde ahora, me dedicaré casi exclusivamente a la pintura y le dejaré el comando de la expedición al soldado Meek. Y como todos ustedes parecen estar en términos más íntimos con él que yo. . ., ¿quieren tener la amabilidad de comu¬nicarle, así, de paso, comprenden, que poseo ya el

D.S.O. y que lo que ambiciono ahora es un K.C.B.?  O, más bien, para ser exacto, es lo que quiere mi mujer. En cuanto a mí se refiere, lo único que me preocupa por el momento es si debo pintar ese cielo con azul de Prusia o con cobalto.

LA CONDESA. - ¡Y usted, pierde el tiempo pintando cuadros!

TALLBOYS. - Condesa: pinto cuadros para sentirme cuerdo. El trato con los hombres. y las mujeres me enlo¬quece. La humanidad me engaña siempre: la naturaleza, nunca.

 

 

ACTO III

 

Una angosta brecha que lleva a la playa entre masas de piedra arenisca de un suave color pardo, salpicado de grutas naturales. Arena y grandes piedras en primer pla¬no. Dos de las grutas son accesibles desde la playa su-biendo por las rocas, que forman toscas plataformas delante de ellas. Los soldados se han entretenido desbas¬tándolas toscamente y dándoles nombres de fantasía. La gruta de la derecha, cuando se baja por el escabroso sendero que lleva a través de la brecha, es más alta que ancha y tiene un pilar natural y una piedra que parece un altar, de apariencia gótica que se ha acentuado ha¬ciéndole describir en la parte superior de la abertura algo semejante a un arco puntiagudo y coronándolo con la inscripción SN PAULS. La gruta de la izquierda es mu¬cho más ancha. Contiene un banco lo bastante largo para dos personas: sus huecos son iluminados por lám¬paras de pantallas rosadas; y un soldado erudito ha ta¬llado sobre la gruta, en caracteres griegos, la palabra  , debajo de la cual están escritas con tiza roja las palabras LA MORADA DEL AMOR; más abajo, algún impúdico ha añadido con tiza blanca "NO HAY NECESIDAD DE GASTAR LUZ ELÉCTRICA".

Por el momento, quien ha tomado posesión de LA MORADA DEL AMOR es el sargento, un hombre guapo y bien formado que f risa en los cuarenta años. Está sen¬tado sobre el banco y lo absorben totalmente dos libros, que compara con extática atención.

St Pauls también está ocupado. Un hombre de edad, muy alto y flaco. quien, a juzgar por su indumentaria y porte es un inglés acomodado, se halla sentado sobre la piedra del altar y apoya sobre ella ambos codos, con el mentón sobre las manos. Viste luto riguroso y su ac¬titud revela un irremediable abatimiento.

Sweetie, ahora total y brillantemente vestida, se acer¬ca con lentitud por el sendero franqueando la brecha, cavilosa y aburrida. En la playa no encuentra nada que le interese, hasta que el sargento le llama la atención inconscientemente al descubrir alguna notable confirma¬ción o contradicción entre sus dos libros y golpeando uno de ellos con aire estimativo con el puño. Inmediatamen¬te, el rostro de Sweetie se ilumina; sube con ansiedad hasta la boca de la gruta y se instala junto a él, a su derecha. Pero el sargento está tan concentrado en sus libros que ella espera en vano que él la advierta.

 

 

SWEETIE (contemplándolo apasionadamente).¬¡Ejem!

(El sargento alza los ojos. Al ver de quien se trata, se levanta de un salto y se cuadra.)

SWEETIE (sin darse ínfulas). - No necesita cuadrarse por mí ... ¿sabe?

EL SARGENTO (ceremoniosamente). - Perdone, Su Señoría. Yo no había notado la presencia de Su Señoría.

SWEETIE. - Olvide todas esas tonterías, sargento. (Se sienta sobre el banco, a su derecha.) No perdamos tiem¬po. Este sitio es tan aburrido para mí como para usted.

¿No cree que ambos podríamos divertirnos un poco si fuéramos amigos?

EL SARGENTO (con severo desdén). - No, señora. No lo creo. He visto muchas de esas cosas en la guerra: lindas señoras que alegraban los hospitales y perdían la cabeza y trastornaban a los soldados; y eso no me gusta. Manténgase usted en su clase: yo, me conservaré en la mía.

SWEETIE. - ¡Mi clase! ¡Vamos! No soy condesa; y estoy harta de fingir que lo soy. ¿No lo adivinó?

EL SARGENTO (volviendo a sentarse y tratándola como a una mujer de su propia clase). - ¿Por qué había de devanarme los sesos pensando en usted? Cualquier mu¬chacha puede ser hoy una condesa si es lo bastante guapa para pescar a un conde.

SWEETIE. - ¡Oh! ¿Le parezco guapa?

EL SARGENTO. - ¡Vamos! Si usted no es condesa... ¿qué es? ¿Qué juego es este?

SWEETIE. - El juego, querido, es que usted me gusta. Lo amo.

EL SARGENTO. - Y a mí ... ¿qué? Un hombre con mi figura puede elegir.

SWEETIE. - Aquí no, querido. Sólo hay otra mujer blanca en ochenta kilómetros a la redonda; y es una señora de verdad. Ella no lo miraría.

EL SARGENTO. - Eso sí que es cierto. Eso, sí.

SWEETIE (acurrucándose contra él). - Sí ... ¿ver¬ dad?

EL SARGENTO (soportando su ofensiva, pero sin res¬ponder a ella). - Este clima le causa un efecto endiablo a un hombre, por serio que sea.

SWEETIE (pasando su brazo por el hueco del de él). - Bueno... ¿Y acaso eso no es natural? ¿A qué fingir?

EL SARGENTO. -Pero yo no soy un hombre capaz de tratar a una mujer como una simple necesidad. Mu¬chos soldados lo hacen: para ellos, una mujer no es más que un pote de mermelada, que debe ser consumido y desechado. No opino lo mismo. Admito que existe ese punto de vista y que, para la gente incapaz de algo mejor, simples animales, digamos, eso es el principio y el fin del asunto. Pero para mí apenas es su parte más pequeña. Me gusta conocer las opiniones de una mujer. Me gusta explorar su espíritu tanto como su cuerpo. ¿Ve estos dos libritos en que yo estaba enfras¬cado cuando usted me abordó? Los llevo adondequiera voy. Les planteo los problemas que me formulan a to¬das las mujeres con quienes me encuentro.

SWEETIE (con creciente desconfianza). - ¿Qué libros son esos?

EL SARGENTO (señalándolos, sucesivamente). - La Biblia, y La Marcha del Peregrino, de este mundo al futuro.

SWEETIE (consternada, tratando de levantarse). -¡Oh, Dios mío!

EL SARGENTO (sujetándola despiadadamente en el hueco de su brazo). - No, no se mueva. Quédese quie¬ta; y no invoque el nombre del Señor en vano. Si cree en él, es una blasfemia; si no cree, una estupidez. Debe aprender a ejercitar su inteligencia. ¿Qué es una mujer sin un cerebro activo para un hombre más que una sim¬ple comodidad?

SWEETIE. - Bastante ejercito mi cerebro atendiendo a mis propios asuntos. Lo que busco para usted, amigo mío, es un poco de diversión.

EL SARGENTO. - De acuerdo. Pero cuando los hom¬bres y las mujeres se eligen mutuamente para divertirse

un poco, descubren que han conseguido más de lo que esperaban; porque tienen tanto un piso alto como uno bajo y no se puede tener el uno sin el otro. Siempre tratan de hacerlo, pero eso no da resultado. Usted ha elegido tanto mi alma como mi cuerpo; y tiene que explorarla. Creyó poder conseguir una cara y una figura como las mías con las limitaciones de un gorila. Y des¬cubre que está equivocada: eso es todo.

SWEETIE. - Oh, déjeme ir: ya estoy harta de esto. Si me hubiese imaginado que usted era religioso, habría dado un amplio rodeo para esquivarlo, se lo aseguro. Suélteme... ¿quiere?

EL SARGENTO. -Espere un poco. La naturaleza qui¬zás me use como una especie de cebo para interesar la por las cosas del espíritu. Acaso aproveche el agrada¬ble calor animal de usted para estimular mi mente. Ne¬cesito su consejo. No digo que lo acepte; pero puede sugerirme algo. Le explicaré: estoy en apuros. Tengo un caos en el espíritu. Fui religioso: pero no veo eso con tanta claridad como antes.

SWEETIE. - Menos mal, de todos modos.

EL SARGENTO. - Mire esos dos libros. Yo creía an¬taño en todo lo que decían porque, aparentemente, no parecían tener nada que ver con la vida real. Pero la guerra les dio mucha realidad a esos viejos relatos; y entonces, uno empieza a formular preguntas. Mire este pasaje (señala una página de La Marcha del Peregri¬no. Está en la primera página: "Sé con certeza que nuestra ciudad será quemada por el fuego de los cielos, en cuya catástrofe tanto yo como tú, mi esposa, y vos¬otros, mis encantadores hijos, moriremos miserablemen¬te, salvo que se pueda hallar algún camino de escape para salvarnos." Londres y París y Berlín y Roma y las demás ciudades serán quemadas por el fuego de los cie¬los en la próxima guerra: eso es seguro. Son, todas ellas, Ciudades de la Destrucción. Y los hombres de nuestro gobierno corren de aquí para allá con una gran carga de cadáveres y deudas sobre la espalda, gritando "¿Qué debemos hacer para salvarnos?" Ahí lo tiene: no es un relato de libro como antes, sino la verdad de Dios en el auténtico mundo de hoy. Y todo el consuelo que se obtiene es "Huid de la ira que llegará". Pero ... ;adónde han de huir? Ahí los tiene usted, reuniéndose en Ginebra o codeándose en Chequers  en el fin de semana, preguntándose mutuamente como el hombre del libro "¿Adónde debemos huir?" Y nadie puede decír¬selo. El hombre del libro dice: "¿Ves esta luz fulgu¬rante?" Hoy, la ciudad deslumbra con centelleantes lu¬ces: luces en el parlamento, en los periódicos y en los libros que llaman Esquemas (Esquemas de la Historia y de la Ciencia y no sé cuántas cosas más) y a pesar de todas sus alharacas, henos aquí esperando en la Ciu¬dad de la Destrucción, como ovejas, que se descargue la ira. Este ignorante hojalatero me dice que se nos presenta un camino recto y tan angosto que no podemos equivocarnos. Pero comienza por llamar a ese sitio la soledad de este mundo. Bueno, en la soledad no hay un camino: hay que abrirlo: todos los caminos rectos han sido abiertos por soldados: y los soldados no llegan al paraíso por ellos. Muchos fueron a parar al lugar opuesto. No, John: tú podrás contar bien un relato y dicen que fuiste soldado; pero los soldados que tratan de sustituir al servicio militar por narraciones acaban en la cárcel y es ahí adonde fuiste a parar. Lo condenaron a doce años de reclusión en la cárcel de Bedford y...

SWEETIE. - Bueno... ¿Qué otra cosa se podía leer ahí? Es lo único que le dan a uno en ciertas cárceles.

EL SARGENTO. - ¿Cómo lo sabe?

SWEETIE. -No se preocupe de cómo lo sé. Es cosa mía.

EL SARGENTO. - ¡Eso, nada tiene que ver conmigo! Usted no me conoce, muchacha. Algunos, simplemente, le dirían que se marchara; pero para mí lo más inte¬resante que hay en el mundo es la experiencia de una mujer que ha estado encerrada en una celda durante años sin tener nada más que una Biblia para leer.

SWEETIE. - ¡Años! ¿Qué está diciendo? A lo sumo, estuve encerrada una vez nueve meses; y si alguien dice que estuve un solo día más, miente.

EL SARGENTO (poniendo la mano sobre la Biblia). - Usted podría leer ese libro de tapa a tapa en nueve meses.

SWEETIE. - Algunas de sus partes lo enloquecerían de tristeza. A mí, sólo me pusieron en dificultades. El capellán me preguntó qué me proponía. Saqueaba a los egipcios, le dije; y ahí estaban el capítulo y el versículo que lo indicaban. El muy cochino fue a denunciarme; y perdí siete días de asueto por eso.

EL SARGENTO. - ¡Bien merecido lo tiene! No me gusta saquear a los egipcios. En la preguerra, hacerlo era algo sagrado. Ahora, veo con claridad que sólo im¬plica robar.

SWEETIE (escandalizada). - ¡Oh! Usted no debiera decir eso. Pero, si Moisés pudo hacerlo ... ¿por qué no he de poder yo?

EL SARGENTO. -Si fue ese el efecto que le causó a su amante, es un mal efecto. En parte, lo que dice ahí es cierto. Sé justo, ama la misericordia y sé humilde ante tu Dios. Eso, seduce a un hombre cuando puede ser planteado en los reglamentos corrientes del ejército. Pero todo ese robo y asesinato de nuestros enemigos sin dar cuartel y la ofrenda de sacrificios humanos y la idea de que les podemos hacer lo que queremos a los demás pueblos porque somos el pueblo elegido de Dios y tenemos la razón y todos los otros están equivoca¬dos... ¿Qué aspecto cobra eso cuando uno ha tenido durante cuatro años lo auténtico en vez de leerlo, sim¬plemente? No. ¡Qué diablos! Somos gente civilizada; y aunque eso pueda haber dado resultado con esos judíos de la antigüedad, no es religión. Y, de lo contrario... ¿dónde estamos? Eso es lo que yo quisiera saber.

SWEETIE. - ¿Y es eso lo único que le importa? ¿Que¬darse sentado ahí y pensar en esas cosas?

EL SARGENTO. - Bueno. Alguien tiene que hacerlo o... ¿qué será de todos nosotros? Los oficiales no quie¬ren pensar en eso. El coronel se va a pintar; los tenien¬tes cazan o juegan al polo. No huirán de la ira que vendrá, por cierto. Si ellos no cumplen con su deber militar, yo tengo que hacerlo. Lo mismo sucede con nuestros deberes religiosos. Es una tarea que le corres-ponde al capellán, no a mí; pero cuando uno se topa con un capellán auténtico, descubre que no cree en nin¬guna de las antiguas enseñanzas; y si se topa con un caballero, éste sólo se preocupa de probarnos que es un hombre cabal y un párroco meloso. Por lo tanto, yo tengo que aclarar el asunto por mi cuenta.

SWEETIE. -Bueno, que Dios le ayude a la mujer que se case con usted; eso es todo lo que debo decirle. No lo considero un hombre. (Se levanta con rapidez para huir de él.)

EL SARGENTO (se levanta también y la abraza con energía). -Conque no soy un hombre... ¿eh? (La besa.) ¿Qué tal es esto, Judy?

SWEETIE (forcejeando, pero sin mucha decisión). - Suélteme... ¿quiere? Ahora, usted ya no me interesa.

EL SARGENTO. -Le interesaré si la beso media do¬cena de veces, le interesaré como nunca le interesó nada. Eso es un hecho liso y llano de la naturaleza humana, uno de los hechos a los cuales debe dejarles sitio la religión.

SWEETIE. - Bueno. Béseme y terminemos. No pue¬de besarme y hablar de religión al mismo tiempo.

EL VIEJO (saltando de su celda a la plataforma que está adelante). -Basta de tonterías. Usted, señor, no es un ignorante: sabe que el universo está en ruinas.

SWEETIE (oprimiéndose contra el sargento).-Está loco.

EL SARGENTO (apartándola). -Es curioso... ¿ver¬dad? Pero aunque lo que más me gusta es besar a una mujer, prefiero que me maten a que alguien me vea hacerlo.

EL VIEJO— ¡Señor, ¡Señor, las mujeres no son, como lo creen ellas, más interesantes que el universo! Cuando el universo se derrumba, que las mujeres guarden si¬lencio; y que los hombres se eleven a algo más noble que a besarlas.

(El sargento, interesado e impresionado, se sienta en silencio e induce a Sweetie a volver a sentarse a su lado. El viejo sigue declamando, con fanático apasiona¬miento.)

EL VIEJO. - Sí, señor: el universo de Isaac Newton, que fue una ciudadela inexpugnable de la civilización mo¬derna durante trescientos años, se ha desmoronado como las murallas de Jericó ante la crítica de Einstein. El uni-verso de Newton era la ciudadela del determinismo ra¬cional: las estrellas, en sus órbitas, obedecían a leyes inmutables; y cuando abandonamos el examen de su in¬mensidad para estudiar la infinita pequeñez de los áto¬mos, descubrimos también que los electrones, en sus órbitas, obedecían a las mismas leyes universales. Cada instante del tiempo dictaba y determinaba el siguiente y era dictado y determinado por el anterior. Todo era calculable; todo sucedía porque debía suceder; los man¬damientos fueron borrados de las tablas de la ley; y los sustituyó el álgebra cósmica: las ecuaciones de los matemáticos. Ahí estaba mi religión; ahí, encontré mi dogma de la infalibilidad; yo, que desdeñaba por igual a los católicos con su vano sueño de un libre albedrío responsable y a los protestantes con su pretensión de un juicio privado. Y ahora... Ahora... ¿qué queda de eso? La órbita del electrón no obedece a ninguna ley: elige una trayectoria y desecha otra: es tan capri¬chosa como el planeta Mercurio, que se desvía de su camino para calentarse las manos junto al sol. Todo es capricho: el mundo calculable se ha vuelto incalcu¬lable: la Finalidad y el Plan, las excusas de todas las supersticiones más infames, han resucitado para derribar a los poderosos de sus tronos y para encasquetarles co¬ronas de papel a unos estúpidos presuntuosos. Antes, cuando mis discrepancias con mi mujer o mis preocu-paciones de negocios me afligían demasiado, yo buscaba consuelo y tranquilidad en nuestros museos de historia natural, donde podía olvidar todas las preocupaciones usuales asombrándome de la diversidad de formas y colores de los pájaros y peces y animales en general, todo ello producido sin intervención de ningún proyectista, mediante el funcionamiento de la Selección Na¬tural. Hoy, no me atrevo a entrar a un acuario, porque sólo veo en esos grotescos monstruos de las profundi¬dades del mar las caricaturas de algún extravagante artista demoníaco, de algún Zeus-Mefistófeles con una caja de pinturas y plastilina que trata de superarse a sí mismo en la producción de seres fantásticos y ridícu¬los para poblarle el Arca de Noé a su hijito. Tengo que escapar del edificio por temor a volverme loco, gritando, como el hombre de su libro "¿Qué debo hacer para salvarme?". Nada puede salvarnos de caer cabeza abajo en un abismo insondable, pero con un sólido funda¬mento dogmático; y apenas admitimos esto, descubrimos que el único dogma digno de confianza no es tal dogma. Mientras estoy parado aquí, caigo en ese abismo, más abajo, más abajo, más abajo. Todos caemos en él; y nuestro cerebro invadido por el vértigo sólo puede pro¬ferir locuras. Mi mujer murió maldiciéndome. No sé vivir sin ella; fuimos desdichados juntos durante cua¬renta años. Mi hijo, a quien eduqué para que fuese un incorruptible ateo temeroso de Dios, se ha conver-tido en un ladrón y un pillastre: y sólo puedo decirle "Vé, muchacho: perece en tu villanía; porque ni tu padre ni nadie puede darte ahora un buen motivo para ser un hombre de honor".

(El viejo les vuelve la espalda y se dispone a ale¬jarse rápidamente, afligido, cuando llega a grandes pa¬sos Aubrey, en traje tropical blanco, por la playa, desde el lado de Saint Pauls y lo saluda con aire negligente.)

AUBREY. - Hola, padre... ¿Es usted, realmente? Creí haber oído al viejo trombón: es inconfundible. ¿Cómo diablos apareció usted aquí?

EL VIEJO (al sargento). - Este es mi hijo pródigo.

AUBREY. -Yo no soy un hijo pródigo. El hijo pró¬digo era un manirroto y un inútil que se vio reducido a devorar los desperdicios que comían los cerdos. No es¬toy arruinado: me sobra dinero. Nunca le he debido un centavo a nadie. Soy un hijo modelo; pero lamento decir que usted dista mucho de ser un padre modelo.

EL VIEJO. - ¿Qué derecho tienes a decirme eso? ¿En qué sentido disto de serlo?

AUBREY. - Usted trató de frustrar mi inequívoco destino. La naturaleza me destinaba a la Iglesia. Tuve que ordenarme en secreto.

EL VIEJO. - ¡Ordenarte! ¡Te atreviste a ordenarte sin mi conocimiento!

AUBREY. -Desde luego. Usted se oponía. ¿Cómo habría podido yo hacerlo con su conocimiento? Usted me hubiera suspendido la mensualidad.

EL VIEJO (sentándose sobre la piedra más cercana, abrumado). -¡Mi hijo, sacerdote! Eso me causará la muerte.

AUBREY (instalándose tranquilamente en otra piedra cercana, a la derecha). - Ni por asomo: a los padres no se les mata tan fácilmente. Fue en la universidad donde me convertí en lo que llamaban entonces un piloto del cielo. Cuando llegó la guerra, era natural que persistiera en esa vocación como miembro de la fuerza aérea. Como as de la aviación, obtuve una medalla de plata muy pobremente diseñada por haber cometido atrocidades in¬conciliables con la profesión de sacerdote cristiano. Cuan¬do me hirieron y perdí el valor necesario para volar, me hice capellán del ejército. Entonces, tuve que decirles a los moribundos que morían en estado de gracia y que irían en derechura al cielo; cuando, en realidad, mo¬rían en estado de pecado mortal e iban a parar a otra parte. Para expiar esa blasfemia, estuve bajo el fuego todo el tiempo posible; pero me volví a acobardar. Debí tomarme una licencia de tres meses y recluirme en un sanatorio. Allí, me encontré con mi destino.

EL VIEJO. - ¿Qué entiendes por destino? Estás vivo y en buen estado de salud, para pena y vergüenza mías.

AUBREY. -Para ser más preciso, me encontré con Sweetie. Esta es Sweetie.

SWEETIE. - Por cierto que me alegra mucho conocer al padre de Popsy.

EL VIEJO. - A mi hijo lo llamaron Popsy en su in¬fancia y yo prohibí que lo hicieran, por razones de prin¬cipio, cuando cumplió los cinco años. Resulta extraño oír ese nombre de sus labios después de tan largo in¬tervalo.

SWEETIE. -Yo siempre le pregunto a un hombre cómo lo llamó su madre y lo llamo así. Esto, lo vuelve menos ceremonioso.

AUBREY (reanudando su narración). - Sweetie era la peor de las enfermeras que hayan elevado jamás la mortalidad de un sanatorio en un diez por ciento. Pero...

SWEETIE. - ¡Oh, qué mentira! Eran las otras enfer¬meras quienes mataban a los hombres. ¡Los despertaban a las seis de la mañana y los lavaban! La mitad de ellos murieron resfriados.

AUBREY. -Pero no me negarás que eras la mujer más linda del sanatorio.

SWEETIE. - Por lo menos, tú lo creías así.

EL VIEJO. - Oh, basta... Basta de frivolidades. No puedo soportar este interminable llamado del sexo.

AUBREY. - Durante la guerra, descubrieron que el llamado del sexo era tan necesario para los soldados heridos o que padecían shocks como las enfermeras há¬biles; por eso, a las muchachas lindas les permitían hacer el papel de enfermeras para que pudieran sentarse so¬bre las camas y les impidiesen enloquecer a los soldados. Sweetie no me lo impidió: por el contrario, me enlo¬queció. No sólo vi en ella todos los hechizos, sino tam¬bién todas las virtudes. Y correspondió a mi amor. Cuan¬do salí de ese sanatorio, Sweetie lo abandonó también. Me dieron de alta el día tres de ese mes; a ella, la ha¬bían echado el primero. El personal diplomado del sana¬torio podía soportar muchas cosas: pere no a Sweetie.

SWEETIE. - Estaban celosas; y tú lo sabes.

AUBREY. -Me atrevería a jurarlo. El caso es que Sweetie y yo nos alojamos juntos; y me fue fiel durante diez días. Fue un record para ella.

SWEETIE. - Popsy. ¿Vas a revelarlo todo o sólo una parte? La condesa Valbrioni quiere saberlo.

AUBREY. - Más vale que seamos francos mientras ello no nos haga perder dinero. Pero quizás yo esté abu¬rriendo a los presentes.

EL VIEJO. - Completa tu confesión. Acabas de decir que tú y esta dama se alojaron juntos. ¿Debo interpre¬tar que ustedes son marido y mujer?

SWEETIE. -Pudimos serlo de haber podido confiar en usted durante bastante tiempo. Pero... ¿cómo po¬día yo casarme con un capellán del ejército que sólo tenía su paga y al ateo de su padre?

AUBREY. -Ese era el cálculo, Sweetie... ¿verdad? Nunca imaginé que se nos hubiese ocurrido casarnos. Por cierto que a mí nunca se me ocurrió. Me fui a vivir contigo simplemente porque comprendí que no podía vivir sin ti. La inverosimilitud de esa afirmación revela lo enamorado que estaba.

SWEETIE. -No seas tan rencoroso. ¿Te divertiste o no?

AUBREY. - Estupendamente. También eso parece im¬probable; pero es una verdad tan grande como el Evan¬gelio.

EL VIEJO. - Malvado, no te atrevas a engañarme. Acabas de decir que no le debías nada a nadie y que nadabas en dinero. ¿Dónde lo conseguiste?

AUBREY. -Robé un collar de perlas muy valioso y se lo devolví a su dueña. Me recompensó generosa¬mente. De ahí mi opulencia actual. La honradez es la mejor política... a veces.

EL VIEJO. -¡Hasta eres peor que un clérigo! ¡Un ladrón!

AUBREY. - ¿Por qué haces tantas alharacas por nada?

EL VIEJO. - ¿Llamas nada al robo de un collar de perlas?

AUBREY. - Menos que nada, comparado con las co¬sas que hice con tu aprobación. Yo era poco más que un niño cuando arrojé por primera vez una bomba sobre una población dormida. Después de haberlo hecho, lloré durante toda la noche. Más tarde, pasé en vuelo rasante sobre una calle y ametrallé a una muchedumbre de civi¬les: mujeres y niños y todos los que estaban allí. A esta altura, ya me hallaba más allá de las lágrimas. ¡Y ahora, me sermoneas por haber robado un collar de perlas! ¿No te parece un poco ridículo?

EL SARGENTO. - Era la guerra, señor.

AUBREY. - Era yo, sargento: Yo. Usted no puede di¬vidir mi conciencia en una sección de guerra y otra de paz. ¿Cree que un hombre que estaría dispuesto a come¬ter un asesinato con fines políticos vacilaría en cometer un robo con fines personales? ;Cree que puede conver¬tir a un hombre en el enemigo mortal de sesenta mi¬llones de semejantes suyos sin hacerlo un poco menos escrupuloso con respecto a su vecino de la puerta con¬tigua?

EL VIEJO.-No lo aprobaba. Si yo hubiese tenido la edad militar, habría figurado entre los opositores al servicio en el ejército por razones de conciencia.

AUBREY. - ¡Oh! Tú te oponías por razones de con¬ciencia a todo, hasta a Dios. Pero mi madre sentía entu¬siasmo por todo: por eso, nunca pudiste entenderte con ella. Me habría empujado hacia la guerra si yo hubiese necesitado ese estímulo. Empujó a mi hermano hacia ella, aunque no creía en una sola palabra de todas las mentiras de que estábamos atestados y no se quiso ir. Lo mataron; y cuando resultó más tarde que mi her¬mano tenía razón y que todos éramos un hato de estú¬pidos que nos matábamos por nada, ella perdió su valor para afrontar la vida y murió por esa causa.

EL SARGENTO. - Señor, yo nunca le habría permitido a un hijo mío que me hablara así. Déjele tener un poco de su determinismo.

EL PADRE (levantándose impulsivamente). - El de¬terminismo ha desaparecido, ha sido destruido y sepul¬tado con mil religiones muertas, se ha evaporado con las nubes de un millón de inviernos olvidados. La cien¬cia en que deposité mi fe está en bancarrota: sus re¬latos eran más estúpidos que todos los milagros de los sacerdotes, sus crueldades más horribles que todas las atrocidades de la Inquisición. Su propagación de la ilus¬tración ha sido una propagación del cáncer: sus consejos, que debían establecer el milenio, han llevado en derechura al suicidio europeo. Y yo ... ¡yo, que creía en eso como nunca creyó un fanático religioso en su superstición! Por ella, ayudé a destruir la fe de millones de adoradores en los templos de mil dogmas. Y ahora, mírenme y contemplen la suprema tragedia del ateo que ha perdido su fe... su fe en el ateísmo, por el cual han perecido más mártires que por todos los dogmas juntos. Heme aquí, mudo ante el bribón de mi hijo: porque es eso lo que eres, muchacho, un bribón vulgar y nada más.

AUBREY. - Bueno... ¿Por qué no? Si me convierto en un hombre honrado, seré pobre; y entonces, nadie me respetará; nadie me admirará; nadie me dará las gracias. Si, por el contrario, soy audaz, inescrupuloso, adquisitivo, triunfador y rico, todos me respetarán, me admirarán, me cortejarán, se arrastrarán ante mí. No cabe duda de que podré permitirme el lujo de la hon¬radez. Eso lo aprendí de mi educación religiosa.

EL VIEJO. - ¿Cómo te atreves a decir que recibiste una educación religiosa? Yo te defendí de eso, por lo menos.

AUBREY. - Supongo que sí; pero no contabas con mi madre.

EL VIEJO. - ¿Qué dices?

AUBREY. - Me prohibiste leer versos de la Biblia; pero mi madre me hacía aprender tres versículos de ese libro cada día y me zurraba si yo no lograba repetirlos sin equivocarme. Me amenazaba con vapulearme más aun si yo te lo decía.

EL VIEJO (como fulminado). -¡Tu madre!

AUBREY. - Así, aprendí mi lección. Seis días traba¬jarás y el séptimo descansarás. Me pasaré otros seis años trabajando y luego me retiraré y seré un santo.

EL VIEJO. -¡Un santo! Di, más bien, el hijo es¬tropeado de una madre incorregiblemente supersticiosa. Retírate ahora... de la vida que has deshonrado. Ahí está el mar. Vé. Ahógate. En ese cementerio no hay epitafios mentirosos. (Sube a su capilla y vuelve a aban¬donarse a un profundo abatimiento.)

AUBREY (despreocupado). - Viviré mejor como san¬to. Unos miles de libras donadas a los hospitales y para los fondos del partido político me ganarán un halo gran¬de como el sombrero para sol de Sweetie. Tal es mi programa. ¿Qué tienen que decir contra eso cualquiera de ustedes?

EL SARGENTO. -No es el programa de un caba¬llero, tal como entiendo yo esa palabra, señor.

AUBREY. -En estos tiempos no se puede ser un caballero con menos de cincuenta mil libras anuales, sargento.

EL SARGENTO. - Caramba, se puede estar en el ejér¬cito.

AUBREY. - Sí, porque se tira bombas sobre pobla¬ciones dormidas. Y aun así, hay que ser un oficial. ¿Es usted un caballero?

EL SARGENTO. -No, señor: eso sería un mal ne¬gocio para mí. No podría permitírmelo.

(Alboroto. Se oye una voz que se queja y se lamenta. Es la de la señora de edad, la señora Mopply. Persigue al coronel Tallboys por el sendero que franquea la bre¬cha, ella afligida e insistente, el coronel casi igualmente afligido; ella lo aferra y detiene; él se zafa y trata de huir. La dama viste de negro como si estuviera en Cheltenham, salvo que usa un casco para el sol. Él está pro¬visto de una caja con materiales de pintura echada sobre el hombro, un caballete que se ha colocado bajo el bra¬zo izquierdo, y una sombrilla bastante grande de color cervato listado de rojo y arrollada, en la mano derecha.)

SRA. MOPPLY. -No seré paciente. No me callaré. Están asesinando a mi hija.

TALLBOYS. -Le digo que no la están asesinando. ¿Tendría la bondad de excusarme mientras me ocupo de mis tareas?

SRA. MOPPLY. -SU tarea es salvar a mi hija. Está pasando hambre.

TALLBOYS. - Tonterías. Nadie pasa hambre en este país. Sobran dátiles. ¿Quiere hacerme el favor de... ?

SRA. MOPPLY. - ¿Cree que mi hija puede vivir de dátiles? Necesita comer un lenguado en el desayuno, una taza de nutritivo caldo a las once, una buena costilla y un trozo de ternera en el almuerzo, un litro de caldo con la merienda y un pollo y un poco de cordero o ternera…

TALLBOYS. - ¿Quiere hacerme el favor de... ?

SRA. MOPPLY. - ¡Mi pobre y delicada hija comien¬do solamente dátiles! Y es la única que me queda: todas ellas eran delicadas...

TALLBOYS. - Francamente, tengo que... (Se zafa de la Sra. Mopply y se va precipitadamente por la playa hasta más allá de La Morada del Amor.)

SRA. MOPPLY (persiguiéndolo). - Coronel, coronel; usted podría tener la decencia de escuchar por un mo¬mento a una madre afligida. Coronel, mi hija se muere. Hasta quizás esté muerta en estos momentos. Y nadie hace nada: a nadie le importa. ¡Oh, Dios mío! ... ¿No me escuchará usted...? (Su voz se pierde a lo lejos.)

(Mientras los demás miran absortos y en silencio a la pareja que se retira, la paciente, aún con su indu¬mentaria de esclava, pero con algunas variaciones bri¬llantes, baja por el sendero.)

LA PACIENTE. -Mi sueño se ha trocado en pesa¬dilla. Mi madre me ha perseguido hasta estas playas. No puedo librarme de ella. Ninguna mujer puede li¬brarse de su madre. No debiera haber madres: sólo debie¬ra haber mujeres, mujeres fuertes capaces de valerse por sí mismas, no aferradas a otras. Yo mataría a todas las que se aferran. Las madres se aferran; las hijas se afe¬rran: todas somos como mujeres ebrias que se aferran a los faroles; ninguna de nosotras se mantiene de pie.

EL VIEJO. - Aferrarse proporciona mucho consuelo y estar sola causa una gran sensación de soledad.

LA PACIENTE. - ¡Hola! (Trepa a la plataforma de Saint Pauls y atisba en el interior de la celda.) ¡Un ana¬coreta sentencioso! (A Aubrey.) ¿Quién es?

AUBREY. - Lo peor que hay después de una madre: un padre.

EL VIEJO. - Un padre muy infortunado.

AUBREY. -En realidad, es mi padre.

LA PACIENTE. - Si yo hubiera tenido por lo menos a un padre que se interpusiera entre los cuidados de mi madre y yo... ¡Oh, si hubiese sido huérfana!

EL SARGENTO. - Lo será, señorita, si esa vieja se¬ñora acosa demasiado al coronel. Lo ha estado hostigan¬do toda la mañana, desde que llegó; y conozco al co¬ronel. Tiene carácter; y cuando lo desahoga, resulta explosivo. La matará si ella lo empuja demasiado lejos.

LA PACIENTE. -Que la mate. Soy joven y fuerte. Quiero un mundo sin progenitores: en mi sueño, no hay lugar para ellos. Encontraré una hermandad de mujeres.

AUBREY. - Bueno, Mops. Vaya a un convento.

LA PACIENTE. - Esa hermandad no tendrá por qué ser un convento si los hombres entran ahí sin estropearlo todo. Pero todas las mujeres han de ser ricas. No debe sentirse allí el frío de la pobreza. Abundan las mujeres ricas como yo a quienes les fastidia que las devoren los parásitos.

AUBREY. - Un momento. Usted se forma las imá¬genes más repulsivas. Realmente, me resulta insopor¬table la vulgaridad intelectual. Puedo perdonar y hasta disfrutar la vulgaridad de Sweetie. Pero usted dice cosas absolutamente sucias que perduran en mi mente y des¬integran mi espíritu. No puedo soportarlo por más tiem¬po. (Se levanta, enojado y trata de huir por la playa hasta más allá de La Morada del Amor.)

SWEETIE. - ¡Qué remilgado eres! Si las camareras lo fuesen tanto como tú, tendrías que tirar tu propia agua sucia.

AUBREY (apartándose de ella, con una exclamación de asco). - No tienes por qué arrojarme eso a la cara, estúpida. (Se sienta en su lugar, enfurruñado.)

EL VIEJO. - Silencio, muchacho. Esas son verdades de entrecasa. Sirven para ti. (A la paciente.)- ¿Puedo preguntarle, señorita, qué relaciones existen entre usted y mi hijo, a quien parece conocer?

LA PACIENTE. - Popsy me robó mi collar y consiguió que yo huyera con él valiéndose de un maravilloso dis¬curso que pronunció sobre la libertad y el sol y los bellos paisajes. Sweetie me hizo escribir todo eso y me indujo a enviárselo a una agencia de turismo como publicidad. Y entonces, me devoraron los parásitos: las agencias de turismo, las compañías navieras, los ferrocarriles, los automovilistas, los hoteleros, las modistas, los criados, todos los que trataban de apoderarse de mi dinero ven¬diéndome cosas que yo, en realidad, no conocía; empu¬jándome por todo el mundo para mirar lo que llaman nuevos cielos, aunque saben tan bien como yo que el cielo es el mismo en todas partes; e incapacitándome al hacer por mí todas las cosas que debo hacer personal¬mente para mantenerme en buen estado de salud. Me devoraban para poder vivir ellos: afirmaban que me hacían feliz cuando la vida sólo se me hacía soportable bebiendo y tomando drogas, cócteles y cocaína.

AUBREY. - Lamento tener que decírselo, Mops: pero usted no tiene los instintos propios de una dama. (Se sienta, cavilosamente, sobre una piedra, un poco cuesta arriba.)

LA PACIENTE. - ¡Estúpido! Las damas no existen. Yo tengo los instintos de una buena dueña de casa: quiero limpiar este sucio mundo y mantenerlo limpio. Debe de haber otras mujeres que también quieren ha¬cerlo. Florence Nightingale tuvo el mismo instinto cuan¬do fue a limpiar la guerra de Crimea. Quería una her¬mandad de mujeres: pero allí no la había.

EL VIEJO. - Había varias. Pero impregnadas en su¬perstición, por desgracia.

LA PACIENTE. - Sí, desconcertadas por cosas en que no creo. Las mujeres tienen que separarse para ingre¬sar a ellas. Yo no quiero separarme. Quiero tener a todas las mujeres en mi hermandad y hacer estrangular a las demás.

EL VIEJO. - ¡Abajo, abajo, más abajo! Hasta las jó¬venes, las fuertes, las ricas, las bellas, sienten que se hunden en un foso insondable.

EL SARGENTO. - Su grupo, señorita, y perdóneme que se lo diga, apenas es un trocito del mundo. Si no le gusta la comida de los oficiales, las filas de la tropa están abiertas para usted. ¡Mire a Meek! Ese hombre podría ser un emperador si se lo propusiera: pero pre¬fiere ser un soldado raso. Es más feliz así.

LA PACIENTE. -No figuro ni quiero figurar entre

los pobres. Siempre supe que había miles de personas pobres; y me enseñaron a creer que lo eran porque Dios así lo disponía para castigarlos por ser sucios y borra¬chos y deshonestos y por no saber leer ni escribir. Pero ignoraba que los ricos eran desdichados. Ignoraba que yo misma lo era. Ignoraba que nuestra respetabilidad sólo era presuntuoso desdén y nuestra religión voraz egoísmo y que mi alma sentía avidez de ambas. Ahora, lo sé. Me he encontrado acabadamente a mí misma... en sueños.

EL VIEJO. -Usted es joven. Un hombre bueno po¬dría curarla de esto en unos pocos años de felicidad. Cuando uno se enamora, le parece que la vida vale la pena de ser vivida.

LA PACIENTE. - Me enamoré. De ése. Y aunque nun¬ca fui camarera de hotel, me cansé de él antes que Sweetie. El amor pone a la gente en dificultades, en vez de librarla de ellas. No quiero más amantes, quiero una hermandad. Desde que vine aquí, deseo ingresar al ejér¬cito, como Juana de Arco. Eso es, en cierto modo, una hermandad.

EL SARGENTO. -Sí, señorita. Así es; y en el ejér¬cito solía existir una paz espiritual que no se podía encontrar en otra parte. Pero la guerra terminó con eso. Mire, señorita. El gran principio del arte de ser soldado, a mi entender, es que al mundo lo mantiene en mar¬cha gente que quiere lo justo y que mata a la gente que quiere lo injusto. Cuando el soldado lo hace, realiza la obra de Dios, para la cual me educó mi madre. Pero eso es muy distinto de matar a un hombre porque es alemán y de que él lo mate a uno porque uno es inglés. En 1915, no matábamos a la gente que debíamos ma¬tar. Ni siquiera matábamos a la que no debíamos matar.

Se trataba de gente inocente que se mataba entre sí.

LA PACIENTE. - Sólo para divertirse.

EL SARGENTO. -No, señorita: eso no era divertido. Sólo lo hacíamos por el dolor que causaba.

LA PACIENTE. - Por el mal que implicaba, entonces.

EL SARGENTO. -Por la maldad de los impíos diri¬gentes de este mundo. Los que mataban ni siquiera po¬dían consolarse con la maldad. ¿Qué consuelo brindaba ajustar una mecha o tirar de una cuerda cuando el mal que eso causa está de cinco a cuarenta kilómetros de distancia y uno no sabe si ha hecho solamente un agu¬jero inofensivo en el suelo o matado con una bomba en su cuna a un niño que podría haber sido el nuestro? Esto no era maldad: era condenación. No, señorita: el arte de la guerra se ha desfondado. He comprendido lo que nos dijo aquí el caballero acerca de que todos hemos caído en un foso sin fondo. También yo me sien¬to así.

EL VIEJO. - Todos somos unas almas extraviadas.

LA PACIENTE. - No: sólo unos perros extraviados. Ánimo, viejo: los perros extraviados siempre encuentran el camino de regreso. (Se oye volver a la señora de edad.) ¡Ah! ¡Ahí vuelve!

(La señora Mopply persigue aún al coronel, quien camina con obstinación y se aleja de ella, con los la¬bios apretados y un aire peligroso en sus facciones con¬traídas.)

SRA. MOPPLY. -Usted ni siquiera quiere hablarme. Esto es deshonroso. Le mandaré un cablegrama al go¬bierno sobre el particular. Usted fue enviado aquí para salvar a mi hija de esos horribles bandidos. ¿Por qué no se hace nada? ¿Qué relaciones hay entre usted y esa vergonzosa condesa a la cual habría que arrancarle su corona condal? Todos ustedes conspiran para asesinar a mi pobre hija extraviada. Están coligados con los ban¬didos. Están ...

(El coronel se vuelve, acorralado y descarga su som¬brilla sobre el casco de la pobre señora Mopply.)

SRA. MOPPLY. - ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! (Con una su¬cesión de gritos breves, secos, aislados, retrocede tam¬baleándose por la playa, hasta desaparecer como un pá¬jaro herido.)

(Estupefacción general. Todos miran al coronel con espanto. El sargento se levanta, asombrado y se queda de pie, por razones de reglamento militar.)

LA PACIENTE. - ¡Oh! ¡Si alguien le hubiera hecho esto a ella hace veinte años, qué distinta habría sido mi infancia! Pero tengo que ocuparme de la pobre vieja. (Corre en pos de su madre.)

AUBREY. - Coronel: usted cuenta con toda nuestra simpatía, sin reservas. Le damos las gracias desde el fon¬do del alma. Pero eso no modifica el hecho de que el hombre capaz de levantarle la mano a una mujer, salvo para tener un gesto bondadoso, no es digno de llamarse britano.

TALLBOYS. - Lo sé perfectamente, señor. No nece¬sito que me lo recuerden. Esa dama tiene derecho a recibir excusas. Las recibirá.

EL VIEJO. - Pero... ¿ha pensado usted en la posi¬bilidad de una lesión grave... ?

TALLBOYS (interrumpiéndolo). - Mi sombrilla está intacta, gracias. El tema se da por terminado. (Se sienta sobre la piedra al pie de Saint Pauls que acaba de des¬ocupar Aubrey. Su aire es tan decisivo que nadie se atreve a llevar el asunto más allá. Mientras están sen¬tados incómodos y escudriñándose mutuamente los ojos, aturdidos por la violencia de la catástrofe, llega a sus oídos, desde lejos, un ruido que parece el de una ame-tralladora en acción. Aumenta de un modo abrumador al acercarse. Todos aplican sus dedos sobre los oídos. El ruido disminuye un poco y luego, de pronto, crece hasta culminar en velocidad y fuerza y cesa.)

TALLBOYS. - Meek.

AUBREY. - Meek.

SWEETIE. - Meek.

EL VIEJO. - ¿Qué sucede? ¿Por qué dicen todos us¬tedes "Meek"?

(Meek, cubierto de polvo y arena, pero muy despier¬to, baja por el sendero trayendo una bolsita con papeles.)

MEEK. - Tengo buenas noticias para usted, coronel; y las buenas noticias deben viajar con rapidez.

TALLBOYS. - ¿Para mí?

MEEK. - Su condecoración de Caballero de la Or¬den del Baño. (Presentando un papel.) Fue enviada por telégrafo.

TALLBOYS (levantándose con júbilo para tomar el do¬cumento). - ¡Ah! Felicítenme, amigos míos. Mi que¬rida Sarah es Lady Tallboys, por fin. (Vuelve a sentarse y cavila sobre el papel.)

AUBREY                                                                                                                                                                                                                                            ¡Espléndido!

EL SARGENTO  (juntos)                                                                                                                 Usted se lo merece, señor, 

                                                                                                                                                                                                                                                            permítame que se lo diga.                                                                                          

SWEETIE                                                                                                                                                                                                                                            Encantada, por cierto.

 

EL VIEJO. - ¿Podría decirme de qué clase fue el servicio destacado que mereció este reconocimiento ofi¬cial, señor?

TALLBOYS. - Gané la batalla de los cohetes. Eliminé aquí el bandidaje. Rescaté a una dama británica de las garras de los salteadores. El gobierno se está preparan¬do para una elección general y ha tenido que aprovechar al máximo esas modestas realizaciones.

EL VIEJO. - ¡Bandidos! ¿Los hay aquí!

TALLBOYS. -Ninguno.

EL VIEJO. -Pero... ¿Y la dama británica? ¿En sus garras?

TALLBOYS. - Ha estado en las mías y completamente a salvo durante todo el tiempo.

EL VIEJO (cada vez más perplejo). - ¡Ah! Entonces, la batalla de los...

TALLBOYS. - Fue ganada por el soldado raso Meek. Yo nada tuve que ver con ella.

AUBREY. -Yo inventé a los bandidos y a la dama británica. (A Tallboys.) A propósito, coronel... El im¬presionante viejo del santuario es mi padre.

TALLBOYS. - ¡No me diga! Me alegro de conocerlo, señor, aunque no puedo felicitarlo por su hijo, salvo por haber traído al mundo al más desenfrenado men¬tiroso que yo haya visto.

EL VIEJO. -Y permítame que le pregunte, señor... ¿Se propone usted no sólo perdonar las imposturas de mi hijo, sino también aprovecharlas para aceptar una distinción que no se ha ganado de ningún modo?

TALLBOYS. - Me la he ganado diez veces, señor. ¿Cree usted que, ya que el bandidaje que me honro en haber suprimido no existe, nunca he eliminado a ban¬didos auténticos? ¿Olvida que, aunque esta batalla en que me coronaron vencedor fue ganada por un subal¬terno, también yo he triunfado en verdaderas batallas y he visto condecorar a un brigadier que ni siquiera sabía qué pasaba? En el ejército, esas cosas son usuales; a la larga, el mérito se ve recompensado. La justicia no deja de serlo por el hecho de demorar siempre y de ser im¬partida finalmente en forma errónea. Hoy, me toca a mí: mañana, al soldado Meek.

EL VIEJO. - ¿Y, mientras tanto, el señor Meek... (ese humilde y meritorio soldado) debe permanecer en la oscuridad y en la pobreza mientras usted se pavonea con la Orden del Baño?

TALLBOYS. - ¡Cómo le envidio! ¡Míreme a mí y mí¬relo a él! ¡Yo, cargado de responsabilidades mientras mis manos están atadas, mi cuerpo incapacitado y mi mente inválida, porque un coronel sólo debe dar órde¬nes y parecer significativo y profundo cuando su mente está completamente en blanco! ¡Y él, libre de ocuparse de lo que quiera y de parecer un imbécil cuando se le antoja! Tuve que dedicarme a pintar a la acuarela por¬que no puedo usar las manos en las tareas útiles de la vida cotidiana. Un comandante no debe hacer esto ni aquello ni esto otro, no puede hacer nada sino de¬cirles a los demás que lo hagan. Ni siquiera debe con¬versar con ellos. Veo que el soldado Meek hace todo lo que es natural en un hombre completo: carpintería, pintura, cavado de tierra, arrastre, traer cosas, ayudarse a sí mismo y a todos los demás, mientras que yo, con un cuerpo más grande que ejercitar y con tanta energía como él, debo holgazanear y quedarme tendido, sin más trabajo que leer los periódicos y beber brandy y agua para no enloquecerme. Me habría vuelto un borra¬cho de no ser por las acuarelas.

EL SARGENTO. - ¡Ah, sí! El temor a deshonrarla me ha alejado de la bebida muchas veces.

TALLBOYS. -Hombre, no me refiero a la bandera del regimiento sino a la acuarela. ¡Yo cambiaría gusto¬samente mi paga, mi jerarquía, mi Orden del Baño, por la pobreza de Meek, por su oscuridad!

MEEK. - Pero, mi querido coronel... Perdón, se¬ñor: lo que quiero decir, es que usted podría conver¬tirse en soldado raso si lo quisiera. Nada más fácil: yo lo he hecho repetidas veces. Renuncie a su grado: adopte un nombre nuevo y muy vulgar; tíñase el cabello y dígale al sargento reclutador que tiene veintidós años y asunto terminado. Puede elegir su propio regimiento.

TALLBOYS. - Meek: usted no debiera martirizar a su comandante. No cabe duda de que es un soldado ex¬traordinario. Pero... ¿ha aprobado alguna vez la prueba extrema y final del coraje viril?

MEEK. - ¿Cuál es, señor?

TALLBOYS. - ¿Se ha casado alguna vez?

MEEK. -No, señor.

TALLBOYS. - Entonces, no me pregunte por qué no renuncio a mi grado y me convierto en un soldado raso libre y feliz. Mi mujer no me dejaría hacerlo.

LA CONDESA. -¿Por qué no le da un golpe en la cabeza con su sombrilla?

TALLBOYS. - No me atrevo. Hay momentos en que desearía que otro hombre lo hiciera. Pero no en mi pre¬sencia. Yo lo mataría.

EL VIEJO. -Todos somos esclavos. Pero, por lo me¬nos, su hijo es un hombre honrado.

TALLBOYS. - ¿De veras? Me alegro de saberlo. No le he hablado desde que eludió el servicio militar al comenzar la guerra y se dedicó al comercio como con¬tratista. Ahora, es tan enormemente rico que no puedo permitirme el lujo de conservar su amistad. Tampoco

necesita usted conservar la de su hijo. De paso, le diré que pasa aquí por ser el hermanastro de esa dama, la condesa Valbrioni.

SWEETIE. - ¡Qué condesa ni que niño muerto! Me llamo Susan Simpkins. Ser condesa no vale un rábano. Eso no ofrece variedad ni emoción. Lo que quiero es un mes de licencia para el sargento. ¿No se la dará usted, coronel?

TALLBOYS. - ¿Para qué?

SWEETIE. -Eso no le importa, coronel. Podría bas¬tar con una quincena; pero todavía no lo sé con certeza. Hay en él algo de tranquilizador: y supongo que me veré obligada a sentar cabeza algún día.

TALLBOYS. - ¡Tonterías! El sargento es un hombre piadoso, no como usted. ¿Verdad, sargento?

EL SARGENTO. - Le diré, señor. Un hombre necesita tener a una mujer que le impida pensar demasiado en las mujeres en general. Uno no puede leer su Biblia tranquilo si entre ella y usted se interponen sin cesar visiones y pensamientos vagabundos. Y un hombre pia¬doso no debe casarse con una mujer piadosa: dos del mismo tipo nunca concuerdan. Además, eso les daría a los hijos un panorama unilateral de la vida. La vida es muy heterogénea, señor: no es toda piedad ni toda alegría. Esta joven no tiene conciencia: pero yo tengo conciencia por dos. Yo no tengo dinero; pero ella parece tener el suficiente para dos. Fíjese que no me compro¬meto; pero llegaría hasta decir que no me opongo re¬sueltamente a ello. En el plano de este mundo y de sus vanidades (y tenemos que vivir en él, señor, como usted sabe) ella me atrae.

AUBREY. - Cuidado, sargento. La constancia no es el fuerte de Sweetie.

EL SARGENTO. -Tampoco lo es el mío. Como sol¬tero y soldado vagabundo, me gustan todas las mujeres. Pero si siento cabeza con esta muchacha, ella mantendrá a raya a las otras. Estoy un poco cansado de aventuras.

SWEETIE. - Para ser franca, lo mismo me sucede a mí. Estamos hechos el uno para el otro, sargento. ¿Qué le parece?

EL SARGENTO. - Bueno. No tengo inconveniente en vivir con usted algún tiempo, Susan, nada más que para ver cómo nos entendemos.

(Se vuelve a oír la voz de la señora Mopply. Su tono es vehemente y aun amenazador y se acerca con rapidez.)

Voz DE LA SRA. MOPPLY. -Déjeme en paz... ¿quiere? Nadie le ha pedido que se meta. Apártese.

(Temor y consternación generales. La señora Mopply aparece recorriendo la playa con resueltos pasos. Va en derechura hacia el coronel y se dispone a hablarle cuan¬do él se pone a la altura de las circunstancias y le saca la palabra de la boca.)

TALLBOYS. - Señora Mopply: tengo con usted un deber que debo cumplir inmediatamente. La última vez que nos encontramos le di un golpe.

SRA. MOPPLY. -¿Que me dio un golpe? Me apo¬rreó. ¿Es eso lo que quiere decir?

TALLBOYS. - Si considera inadecuada mi expresión, estoy dispuesto a rectificarla. Digamos que la aporreé. Bueno. Me disculpo sin reservas, plenamente. Si quiere, lo haré por escrito.

SRA. MOPPLY. - Muy bien. Ya que lo lamenta, su¬pongo que no hay más que decir.

TALLBOYS (cuyo rostro se ensombrece de un modo siniestro). - Perdón. Me disculpé. No dije que lo la¬mentara.

AUBREY. - ¡Oh, por favor, coronel! No la haga em¬pezar de nuevo. No califique su excusa de ningún modo.

SRA. MOPPLY. - Usted, sea quien fuere, cállese.

TALLBOYS. -No califico mi excusa en lo más mí¬nimo. Mis excusas son totales. Esta dama tiene derecho a ello. Mi acto era inexcusable. Pero ninguna dama -ningún ser humano- tiene derecho a imponerme una falsedad. No lamento haber obrado así. Nunca he hecho nada que me proporcionara una satisfacción más cabal y sincera. Cuando era oficial de compañía, derribé una vez de un tajo a un enemigo en el campo de batalla. De lo contrario, él me habría derribado a mí. Eso, no me causó satisfacción: me sentí un poco avergonzado; nunca he hablado antes del asunto. Pero esta vez golpeé con inconfundible placer. En realidad, le estoy agrade¬cido a la señora Mopply. Le debo uno de los pocos momentos deliciosamente satisfactorios de mi vida.

SRA. MOPPLY. - Bueno. Esa es una linda manera de disculparse... ¿verdad?

TALLBOYS (con firmeza). - Nada tengo que agre¬gar, señora.

SRA. MOPPLY. - Bueno, le perdono, estúpido mal¬humorado.

(Sensación. Todos contienen el aliento y se miran, consternados. Llega la paciente.)

LA PACIENTE. - Lamento decirlo, coronel, pero usted ha desquiciado la razón de mi madre. No quiere creer que soy su hija. No se parece en absoluto a sí misma.

SRA. MOPPLY. -¿Verdad que no? ¿Qué sabe us¬ted de mí, de mi verdadero yo? Ellos me dijeron men¬tiras; y tuve que fingir que era alguien muy distinto.

TALLBOYS. - ¿Quién le dijo mentiras, señora? No fue con autorización mía.

SRA. MOPPLY. - No pensaba en usted. Mi madre me dijo mentiras. Mi niñera me dijo mentiras. Mi insti¬tutriz me dijo mentiras. Todos me dijeron mentiras. El mundo no se parece en nada a lo que dijeron. Pensé que debía fingir. Y no necesitaba fingir para nada.

EL VIEJO. - ¡Otra víctima! También ella cae en el abismo sin fondo.

SRA. MOPPLY. - No sé quien es usted o qué insinúa, pero ha dado en la tecla: no distingo mi cabeza de mis talones. ¿Por qué me habrán dicho ellos que los niños no podían vivir sin medicamentos y sin tres ra¬ciones de carne diarias? ¿Sabe que maté a dos de mis hijos porque me dijeron eso? ¡A mis propios hijos! ¡Los maté y eso es todo!

EL VIEJO. - ¡Medea! ¡Medea!

SRA. MOPPLY. - No se trata de una simple idea: es

la verdad. Nunca volveré a creer en nada mientras viva. Habría matado a la única hija que me quedaba si no hubiese huido de mí. Me dijeron que me sacrificara, que viviese para los demás; y lo hice, ya lo creo que lo hice. Me dijeron que todos me amarían por eso y creí que así sería; pero mi hija huyó cuando me sacrifiqué por ella hasta tal punto que terminé por desear que mu¬riera como los demás y me dejara un poco entregada a mí misma. Y ahora, descubro que no era mi hija la que me odiaba sino que todos mis amigos, siempre que me fingían simpatía, sólo querían golpearme en la ca- a beza con sus paraguas. Ese pobre hombre hizo simple¬mente lo que habrían hecho todos los demás de haber¬se atrevido. Cuando dije que lo perdonaba, hablaba en serio: le estoy muy agradecida. (Lo besa.) Pero. . . ¿qué debo hacer ahora? ¿Cómo debo portarme en un mundo que es todo lo contrario de lo que me han dicho?

LA PACIENTE. - ¡Calma, mamá! ¡Calma! ¡Calma! Siéntate. (Toma una pesada piedra y la coloca cerca de La Morada del Amor, para que la señora Mopply se siente sobre ella.)

SRA. MOPPLY (sentándose). -No me llames mamá. ¿Crees que mi hija podría llevar así rocas de aquí para allá? ¡Ella, que necesitaba llamar a la niñera para que le levantara a su perrito pekinés cuando quería acari¬ciarlo! Crees poder zafarte de mí fingiendo ser mi hija; pero eso sólo prueba lo tonta que eres; porque yo abo¬rrezco a mi hija y mi hija me aborrece a mí, porque me he sacrificado por ella. Era una muchacha horri¬blemente egoísta, siempre enferma y quejosa e insatis¬fecha, por más que una hiciera por su bien. Lo único razonable que hizo alguna vez fue robarse a sí misma su collar de perlas y venderlo y huir para gastar el dinero en sí misma. Supongo que estará en cama en al¬guna parte y habrá una docena de enfermeras y seis médicos bailoteando a su alrededor para servirla. Tú no te pareces a ella en nada, a Dios gracias: por eso me he aficionado a ti. Ven conmigo, querida. Tengo muchísimo dinero y sesenta años de una vida malgas¬tada que compensar: por lo tanto, te divertirás con¬migo. Ven conmigo como acompañante y olvidemos que en el mundo hay cosas tan lamentables como las madres y las hijas.

LA PACIENTE. - ¿De qué nos serviremos mutuamen¬te?

SRA. MOPPLY. - De nada, a Dios gracias. Podemos prescindir la una de la otra si no hacemos buenas migas.

LA PACIENTE. - ¡Eso es! Te tomaré a prueba hasta que tenga tiempo de ocuparme de mí y de ver qué haré. Pero sólo a prueba, no lo olvides.

SRA. MOPPLY. -Eso es, querida. Ambas estaremos a prueba. Conque asunto arreglado.

LA PACIENTE. - Y ahora, señor Meek... ¿qué me dice del pequeño recado que prometió hacerme? ¿Me ha traído mi pasaporte?

LA CONDESA. - ¡Su pasaporte! ¿Para qué?

AUBREY. - ¿Qué ha estado tramando, Mops? ¿Va a abandonarme?

(Meek avanza y deja caer una pila de pasaportes de su maletín sobre la arena, hincándose de rodillas para identificar el de la paciente.)

TALLBOYS. - ¿Qué significa esto? ¿Qué pasaportes son esos? ¿Qué hace usted con ellos? ¿Dónde los con¬siguió?

MEEK. - Todos, en ochenta kilómetros a la redonda,

me piden que les haga visar su pasaporte.

TALLBOYS. - ¡Visarlo! ¿Para qué país?

MEEK. - Para Beocia, señor.

TALLBOYS. - ¿Beocia?

MEEK. - Sí, señor. La Unión de las Sociedades Ra¬zonables Federadas. La USRF. Todos quieren ir allí, señor.

LA CONDESA. - ¡Pues yo, nunca!

EL VIEJO. - ¿Y qué será de nuestro desdichado país si sus habitantes lo abandonan para ir a un territorio exótico en que no se respeta siquiera la propiedad?

MEEK. - No tema, señor: no nos tendrán. No acep¬tarán a ningún otro inglés: dicen que sus manicomios ya están abarrotados. Yo no podría conseguir una sola visación, salvo para usted, señor. (Por el coronel.)

TALLBOYS. - ¡Para mí! ¡Vaya un descaro el de esa gente! Nunca lo he pedido.

MEEK. -No señor; pero a esas personas les sobra

tanto tiempo que se devanan los sesos para arbitrar al¬guna ocupación que los mantenga al margen de las fe¬chorías. Quieren llevar allí a la única de nuestras insti¬tuciones que admiran.

EL VIEJO.-Y... ¿Podría decirme, por favor, cuál es?

MEEK. - La escuela inglesa de pintura a la acuarela, señor. Han visto algunos cuadros del coronel y lo harán director de sus centros de reposo y cultura si se radi¬ca allí.

TALLBOYS. - Eso no puede ser cierto, Meek. Indica un grado de inteligencia del cual no es capaz ningún gobierno.

MEEK. - Es verdad, señor, se lo aseguro.

TALLBOYS. - Pero mi mujer...

MEEK. - Sí, señor: ya les dije eso. (Vuelve a empa¬car su maletín.)

TALLBOYS. - Bueno, bueno: lo único que podemos hacer es volver a nuestro país.

EL VIEJO. - ¿Puede nuestro país recobrar el buen sentido, señor? Esa es la cuestión.

TALLBOYS. - Pregúnteselo a Meek.

MEEK. - Es inútil, señor; todos los soldados ingle¬ses quieren ser coroneles; no hay salvación para los snobs. (A Tallboys.) ¿Me ocupo de que la expedición vuelva a Inglaterra, señor?

TALLBOYS. - Sí. Y consígame dos tubos de rosa granza y uno grande de blanco de zinc... ¿quiere?

MEEK (disponiéndose a salir). - Sí, señor.

EL VIEJO. - Un momento. En Inglaterra hay policía. ¿Qué será allí de mi hijo?

SWEETIE (levantándose). - Haga de Popsy un pre¬dicador. Pero sólo cuando nos hayamos ido.

EL VIEJO. - Predica, hijo mío, predica a tus anchas. Haz cualquier cosa salvo robar y usa tus delitos milita¬res como excusa por los civiles. Deja que los soldados te llamen reverendo. Deja que te llamen cualquier cosa menos ladrón.

AUBREY (levantándose). - Si se me permite aprove¬char la ocasión, por un momento...

(Consternación general. Todos los que están sentados se levantan con alarma, salvo la paciente, quien se le¬vanta de un salto y aplaude, alentando maliciosamente al orador.)

 

SRA. MOPPLY                                                                                                        Cállese, joven.

SWEETIE                                                                                                                ¡Oh, Dios mío! ¡Ya apareció eso!

EL VIEJO                                                                                                                  (a un tiempo)                                                                                                          La vergüenza y el silencio le cuadran

                                                                                                                                   bien.                                                                                                                  

LA PACIENTE                                                                                                                                                                                                                                 Adelante Pops. Es lo único que hace                                                                     

                                                                                                                                                                                                                                                            bien.                                                                                                                                                                                                                                                   

 

AUBREY (continuando).- …me resulta evidente que, aunque al parecer nos dispersamos tranquilamente para hacer cosas muy usuales: Sweetie y el sargento para casarse (el sargento sale de prisa y furtivamente de su gruta y le hace seña a Sweetie de que lo siga. Ambos se escabullen por la playa) el coronel para volver al lado de su esposa, sus acuarelas y su título de Caba-llero de la Orden del Baño (el coronel escapa silen¬ciosamente en dirección opuesta); Napoleon Alexander Trotsky Meek a su tarea de repatriar a la expedición (Meek empieza a subir trabajosamente por el sendero); Mops, como Santa Teresa, a fundar una hermandad muy impropia de una dama, con su madre como cocinera y ama de llaves (la señora Mopply sigue presurosamente al sargento, arrastrando a la paciente, quien escucha a Aubrey en éxtasis); todos, como mi padre, caen, caen, caen interminablemente a través de un vacío en que no pueden hacer pie. (El viejo desaparece en las sinuosi¬dades de Saint Pauls, dejando que su hijo predique en la soledad.) Hay en ellos algo de fantástico, de irreal y perverso, de profundamente insatisfactorio. Son harto absurdos para poder creer en ellos; pero no son fic¬ciones: los periódicos se ocupan en abundancia de su persona...; ¿y qué narrador, por temerariamente em¬bustero que fuese, se atrevería a inventar figuras tan inverosímiles como hombres y mujeres de espíritus des¬nudos? Los cuerpos desnudos ya no nos impresionan: nuestras bañistas, que nos sonríen desde todos los nú¬meros veraniegos de las revistas ilustradas, están más desnudas que ovejas esquiladas. Pero el horror del espí¬ritu desnudo es algo insoportable. Quítense ustedes el último trozo de su traje de baño y no daré un paso atrás ni esperaré que se sonrojen. Hasta pueden arrojar los ornamentos externos de sus almas: los modales, la moral, la decencia. Blasfemen; usen palabras sucias, be¬ban cócteles, besen y acaricien y abracen hasta tal punto que las muchachas que son rosas a los dieciocho años parecen ajadas aventureras a los veintidós; en todas esas formas, esos despiertos jóvenes victoriosos han escanda¬lizado a sus aburridos mayores de la preguerra y sólo han empeorado su propio yo. Pero... ¿cómo podría¬mos soportar esa nueva y espantosa desnudez que es la desnudez de las almas, las cuales, hasta ahora, se han disfrazado para ocultarse las unas de las otras con her¬mosos e imposibles idealismos que les permitan sopor¬tar mutuamente su compañía? El rayo de hierro de la guerra ha incendiado y desgarrado sus velos angélicos, así como ha abierto grandes agujeros en los techos de nuestras catedrales y dejado boquetes en las laderas de nuestras colinas. Ahora, nuestras almas están en an¬drajos; y los jóvenes espían por las brechas y vislumbran la realidad oculta. Y no se horrorizan; se exaltan al des¬cubrirnos: descubren sus propias almas; y cuando nos¬otros, sus mayores, tratamos desesperadamente de remen¬dar nuestra ropa rota con sobras del material anterior, los jóvenes nos aferran con violencia v nos arrancan hasta los trapos que nos han quedado. Pero cuando se han desnudado y nos han desnudado por completo... ¿podrán soportar el espectáculo? Ustedes me han visto desnudar mi alma ante mi padre; pero cuando esas dos jóvenes se desnudaron con más audacia que yo, cuando la vieja se arrancó la máscara del alma y eso le causó gozo en vez de pena, me aparté de la revelación como de un viento que trajera de las regiones ignotas del futuro un soplo que podía ser vida, pero una vida harto intensa para que yo pudiese soportarla y por lo tanto, para mí, un hálito de muerte. Estoy parado a mitad de camino entre la juventud y la vejez, como un hom¬bre que ha perdido el tren: es demasiado tarde para el último y demasiado temprano para el siguiente. ¿Qué debo hacer? ¿Qué soy yo? Un soldado que ha perdido su valor, un ladrón que, en su primer robo, ha descu¬bierto que la honradez es la mejor norma y le ha de¬vuelto el botín saqueado a su propietario. La naturaleza no me hizo para ser soldado ni ladrón: soy, por natu¬raleza y por destino, un predicador. Soy el nuevo Ecle-siastés. Pero no tengo Biblia ni dogma: la guerra me ha arrancado ambas cosas de las manos. La guerra ha sido un invernáculo en llamas donde hemos crecido pre¬cipitadamente como las flores en una primavera tardía que sigue a un invierno riguroso. ¿Y con qué resultado? Este: que hemos superado a nuestra religión, superado a nuestro sistema político, superado a nuestra fortaleza mental y de carácter. La fatal palabra No ha sido inser¬tada milagrosamente en todos nuestros dogmas: en los profanados templos donde nos hincábamos murmurando "Yo creo", estamos parados con las rodillas envaradas y los cuellos más envarados aun, gritando "¡Arriba, to-dos! La postura erecta es la característica del hombre; que se hinquen y arrastren los seres menores; nosotros no nos hincaremos ni creeremos". Pero... ¿y después? ¿Basta con el NO? A un joven, sí; a un hombre, nunca. ¿Estamos menos obsesionados por una creencia cuando la negamos que cuando la afirmamos? No: necesito afir¬maciones para predicar. Sin ellas, los jóvenes no me escucharán: porque hasta ellos se cansan de las nega¬ciones. El especialista en negaciones cae ante los solda¬dos, los hombres de acción, los luchadores, fuertes en las viejas afirmaciones intransigentes que les dan una posición social, deberes, certeza de las consecuencias; de modo que el espíritu belicoso que hay en ellos puede asestar golpes mortíferos con mentes bien cerradas. Su camino es directo y seguro; pero es el camino de la muerte; y el predicador debe predicar el de la vida. ¡Ah, si yo pudiera encontrarlo! (Un mar blanco de nie¬bla se eleva en espirales desde la playa hasta sus pies, haciéndose denso a su alrededor.) Soy ignorante; he per¬dido el valor y me siento intimidado; lo único que sé es que debo encontrar el camino de la vida, para mí y para todos nosotros, o que, de lo contrario, perece¬remos con seguridad. Y, mientras tanto, mi don se ha posesionado de mí; tengo que predicar y predicar, por tardía que sea la hora y por breve que sea el día, sea que yo tenga algo que decir o no... (La niebla ha envuelto a Aubrey; la brecha, con sus grutas, desaparece; las pesadas piedras son manojos de blancas nubes mó¬viles; y sólo queda la niebla; la impenetrable niebla; pero el incorregible predicador no deja de perorar, y, si pudiéramos oírlo con claridad, sus palabras serían pro¬bablemente éstas...) ... o si, en alguna llama revela¬dora de Pentecostés, el Espíritu desciende sobre mí y me brinda la inspiración de un mensaje cuyo sonido llegará a todas las tierras y realizará para nosotros final¬mente el Reino y el Poder y la Gloria para siempre y eternamente. Amén.

(El público se disgrega -o el lector abandona el li¬bro- impresionado a la inglesa por la llama de Pente¬costés y el eco del padrenuestro. Pero nada se hace con hermosas palabras. Unos pocos espíritus selectos sabrán que la llama de Pentecostés está siempre encendida al servicio de los que son lo bastante fuertes para soportar su tremenda intensidad. No olvidarán que la acompaña un viento poderoso y veloz y que cualquier bribón lleno de palabrería vana puede obtener de él un prodigioso volumen de charla sin encogerse siquiera. El autor, a pe¬sar de ser un charlista profesional, no cree que el mundo pueda ser salvado con charla solamente. Le ha dejado al bribón la última palabra; pero su favorito es la mujer de acción, quien comienza por dejar sin aliento al bri¬bón y concluye con la risueña convicción de que los pe¬rros extraviados encuentran siempre el camino de su casa. Y lo7 encontrarán, quizás, si las mujeres salen a bus¬carlos.)

 

Telón

 

 

 

 

 

 

 

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