Libro N° 6022. Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Shaw, Bernard.
© Libro N° 6022.
Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Shaw, Bernard. Emancipación. Mayo
18 de 2019.
Título
original: © Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada Política. Bernard
Shaw 1931
Versión Original: © Demasiado Bueno Para Ser Cierto. Humorada
Política. Bernard Shaw 1931
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
DEMASIADO BUENO PARA SER CIERTO
Humorada Política
Bernard Shaw
1931
PREFACIO
EL
DINERO Y LA FELICIDAD
No
sé por qué mi comedia Demasiado bueno para ser cierto, al ser representada,
provocó una animosidad y un entusiasmo que difícilmente habría podido
jus¬tificar el texto impreso. Algunos de los espectadores cre-yeron haber
tenido una revelación divina y se les pasó por alto el hecho de que el
elocuente caballero por in¬termedio de cuya activísima boca lo habían recibido
era un bribón sin remedio; es decir, un hombre cuya bribo¬nería consiste en la
falta de conciencia más bien que en vicios positivos y que disimulan su gallardía
y sus agradables modales. Los críticos periodísticos menos inte¬lectuales se
enfurruñaron como lo hacen siempre cuando su pobreza, pero no su voluntad,
consiente en presen¬ciar una comedia mía; pero, además del tono quejum¬broso
resultante, al cual estoy habituado desde hace tiem¬po, creí percibir una
intensidad insólita de resentimiento, como si los hubiese herido en algún lugar
nuevo e inso¬portablemente doloroso.
¿En
qué consistía, pues, el agravio que les causaba tanto resentimiento a esos
desdichados? Creo que debió de ser la médula y moraleja esenciales de la
comedia, que no es, como de costumbre, que nuestro sistema usual es injusto con
los pobres, sino que es cruel con los ricos. Nuestros escritores
revolucionarios se han expla¬yado sobre los horrores de la pobreza. Los
convenciona¬les y románticos han hecho caso omiso de esos horrores,
extendiéndose agradablemente sobre las elegancias de una vida libre de preocupaciones
pecuniarias. A los po¬bres los han compadecido por miserias que, por
des¬gracia, no los hacen insoportablemente desdichados. Pero ... ¿quién ha
compadecido a los ociosos ricos o ha creído realmente que lo pasan peor que
quienes tie¬nen que vivir con diez chelines diarios o menos, y ga¬narlos? Mi
comedia cuenta la historia de tres temerarios jóvenes que entran en posesión de
riquezas por el mo¬mento, ilimitadas, y se proponen divertirse mucho con la
ayuda de toda la moderna máquina del placer. El resultado es que sólo consiguen
a cambio de su dinero un cúmulo de inquietudes y una enloquecedora
insa¬tisfacción.
EL
VAMPIRO Y EL BECERRO
Dudo
de que ese estado de cosas se produzca siem¬pre intencionalmente. Vemos que un
hombre trabaja al parecer como un esclavo para colocar a sus hijos en la
posición de mis tres aventureros; pero al estudiar el asun¬to más de cerca,
descubrimos por lo general que le im¬portan un comino sus hijos y que lo
absorbe totalmente el fascinante juego de hacer dinero. Como otros juegos, sólo
puede disfrutarlo la gente que siente una afición irresistible y virtualmente
excluyente por él y que posee suficiente capacidad aritmética y olfato de los
valores comerciales para jugarlo bien; pero con esos requisitos, hasta los
hombres más pobres pueden amasar fortunas asombrosas. Sólo acumulan la facultad
de sacarle dinero cada seis meses a sus vecinos menos adquisitivos; y sus hijos
sólo acumulan el deber de gastarlo. Entre esos dos procesos de sangrar y ser
sangrado, lo más divertido es el propio proceso de la sangría. El vampiro se
divierte más que el becerro colgado de las patas y degollado. El que tiene
dinero, gasta menos en, su alimentación, ropa y diversiones que sus empleados y
es feliz. Su esposa y sus hijos, al gastar para sí sumas fabulosas, no son más
felices que sus criados, si es que lo son, porque la rutina de la moda es
virtualmente tan coactiva como la de una sirvienta, el vestir es tan compulsivo
como su uniforme, sus desaires son igualmente humillantes y su monotonía es más
tediosa por ser más carente de sentido e inútil, eso para no hablar de que debe
ser más agradable que a uno le den una propina que darla. Y barrunto que el día
de asueto o la noche libre de una criada son real¬mente libres: en esas horas
duramente ganadas deja de ser una criada y puede ser ella misma; pero la dama
elegante nunca tiene un momento de asueto: debe ser elegante hasta en el menor
de sus ocios y muere sin ha¬ber tenido jamás un yo. A veces, se ve a damas
ricas que se dedican a tareas e intereses que las mantienen tan ocupadas con un
trabajo profesional o público que lo mismo da que ganen quinientas libras
anuales que cincuenta mil, "para lo que les sirve", como dicen los
pobres en su asombro al ver que gente que puede permi¬tirse ser elegante y
extravagante trabaja de firme y viste con bastante sencillez. Pero eso exige
tener un conjunto de gustos y talentos completamente insólito.
Recuerdo
que uno de esos soldados inútiles de an¬taño fue a parar a una pequeña sociedad
socialista ante la cual disertó hace más de cincuenta años. Como el soldado se
había extraviado, a todas luces, yendo a dar adonde no se proponía, y estaba
casi ebrio, algunos de sus compañeros empezaron a hacerle burlas y finalmente
me presentaron a él como un ejemplo de las ventajas de ser abstemio. Con la más
absoluta convicción me acusó de ser un hipócrita y un embustero, afirmando que
una ley notoria e inexorable de la naturaleza estable¬cía que ningún hombre con
dinero en el bolsillo podía pasar por un bar sin entrar a beber una copa.
EL
VIEJO SOLDADO Y EL BAR
Nunca
he olvidado a ese soldado, ya que su espejis¬mo, en formas menos toscas, y su
concepción de la feli¬cidad, parecen afligir más o menos a todos en Inglaterra.
Al decir formas menos toscas, no aludo a formas más verdaderas; porque el
soldado, estando casi ebrio, era probablemente más feliz de lo que lo habría
sido sin beber, mientras que el plutócrata que ha gastado cien libras diarias
en una jornada en busca de placer no es más feliz que si hubiese gastado
solamente cinco cheli¬nes. Porque debe admitirse que un soldado raso, fuera del
sorprendente centro de cultura que es el ejército rojo ruso, tiene tan poco
motivo para ser feliz cuando no bebe que su caso difícilmente podría
considerarse justo. Pero eso sirve para ilustrar la moraleja de mi comedia, la
cual consiste en que nuestro sistema capitalista, con sus áureas excepciones de
riqueza ociosa y su regla de plomo de angustiada pobreza, es un fracaso tan
deses¬perante desde el punto de vista del rico como desde el punto de vista del
pobre. Todos nos sentimos tan asombrados e incrédulos como el soldado cuando
nos enteramos de que el multimillonario ha pasado junto al bar sin entrar a
embriagarse estúpidamente. El vul¬gar bar puede ser en realidad un Palace Hotel
y los litros de cerveza o los vasos de whisky una refinada cena con muchos
platos y vinos y que culmina con cigarros y licores; pero la ilusión y los
resultados son análogos.
Por
eso, abogo por una ciencia de la felicidad que nos cure a todos del mísero
espejismo de que podemos alcanzarla llegando a ser más ricos que nuestros
vecinos. Colosales fortunas modernas han probado su inutilidad. Cuando los
sacerdotes de campaña eran "muy ricos con cuarenta libras anuales",
había algún motivo para creer que ser rico era ser feliz, ya que la concepción
de la riqueza no llegaba más allá de costear las necesidades de una vida
civilizada. Hace un siglo, Samuel Warren escribió una novela famosa sobre un
hombre que llegó a ser riquísimo. El título de la novela era Diez mil libras
por año; y esto, para cualquier familia residen¬te irlandesa de mi niñez,
representaba una opulencia que sólo podían aspirar a superar los virreyes de
Irlanda. Desde entonces, la proporción ha cambiado. Acabo de ver en los
periódicos una fotografía de los funerales de un magnate naviero cuyos
ingresos, si es que está decla¬rado correctamente el valor de las propiedades
que dejó, deben de haber superado las cuatro mil libras diarias o sea el millón
y medio anual. Si se mide la felicidad por la riqueza, ese hombre debió de ser
catorce mil veces más feliz que el obrero que tiene la suerte de ganar dos
libras semanales. Quienes creen que la rique¬za es una recompensa de la virtud
deben deducir forzo¬samente que fue también catorce mil veces más abstemio,
honrado y laborioso, lo cual llevaría a la extraña con¬clusión de que si el
magnate bebía una botella de vino diaria, el obrero debió de beber catorce mil.
LOS
MILLONARIOS DESCARGADORES
Esto
es tan evidentemente monstruoso que se lo pue¬de desechar ahora como una
ilusión de los pobres que nada saben de las vidas de los ricos. La pobreza,
cuando involucra constante privación y angustia, es, como el do¬lor de muelas,
tan penosa que la víctima no puede desear nada más feliz que la cesación del
sufrimiento. Pero no se requiere una suma extraordinaria de dinero para que una
persona humilde pueda decir "No necesito más"; y cuando se llega a
este modesto nivel, la capa¬cidad del dinero de proporcionar felicidad
desaparece y la dificultad que causa el exceso de riqueza comienza a
reafirmarse y alcanza finalmente un plano en que a los multimillonarios se les
ve descargar con frenesí su for¬tuna sobre causas de caridad, educacionales,
científicas, religiosas y aun (aunque rara vez) artísticas y políticas, por lo
general sin detenerse a examinar si las causas producen algún efecto, y en ese
caso, qué efectos. Y le¬jos de sufrir una pérdida de felicidad cada vez que
regalan mil libras, se encuentran más bien en el envi¬diable estado de ánimo
del parrandero de La marcha del peregrino, con una charada: "Había un
hombre que, aunque algunos lo creían loco, cuanto más daba más tenía."
ESPEJISMOS
DE LA POBREZA
La
idea de que los ricos deben ser felices es comple¬tada por el espejismo de que
los pobres deben ser mí¬seros.
Nuestra
sociedad está constituida en forma tal que la mayoría de la gente vive siempre
en la misma con¬dición en que ha nacido y ha de confiar en su imagi¬nación para
tener una idea de lo que debe de ser vivir en la situación contraria. Los
encumbrados y los humil¬des, aunque los oímos llamar a menudo celebridades
populares o delincuentes, son excepcionales. Los ricos, se dice, no saben cómo
viven los pobres; pero nadie insiste en el hecho, más dañino, de que los pobres
no saben cómo viven los ricos. Los ricos son una minoría; y no los consume la
envidia a los pobres. Pero los pobres forman una enorme mayoría y los
desmoraliza tanto la idea de que serían felices si fueran ricos, que se
vuel¬ven más pobres aun, aunque más esperanzados, jugando a las carreras y
comprando billetes de sweepstake para correr el albur de realizar su sueño y de
enriquecerse con fortunas no ganadas. Nuestros periódicos de a pe¬nique
dependen ahora tanto para su tirada como para su existencia de la venta de lo
que son virtualmente billetes de lotería. La verdadera oposición al socialismo
proviene del temor (muy fundado) de que éste arreba¬taría las posibilidades de
enriquecerse más allá de los sueños de avaricia que alienta nuestro sistema
capitalista. La desventaja contra la posibilidad de que un pobre se convierta
en millonario es de una magnitud astronómi¬ca; pero basta para establecer y
mantener al Totalizador como institución nacional y para producir ilimitados
sue¬ños de legados de imaginarios tíos perdidos hace mu¬cho tiempo en Australia
o de un número con suerte en los sweepstakes de Calcuta e Irlanda.
PROBÁNDOLO
DURANTE UNA HORA
Además,
hasta la gente más pobre ahorra para unas vacaciones durante las cuales puede
ser ociosa y rica, si no para siempre por lo menos por una hora, una tarde o
una semana. Y esos momentos seducen tanto al repre¬sentar un cambio en la
monotonía del trajín y la escla¬vitud modernos, que hasta las penurias,
incomodidades y fatigas más insoportables en trenes de excursión y viviendas
atestadas, parecen deliciosas y le dejan al que se divierte una idea totalmente
falsa de lo que debe de ser esa vida de parrandas.
Sostengo
que nadie que tenga un sentido sensato de los valores creerá que el único
premio que es capaz de ofrecer nuestro infame sistema capitalista, el premio de
admisión a las filas de los ociosos ricos, puede pro-porcionarle dicha o salud
o libertad al que lo obtiene. Nadie podría afirmar que yo grito porque las uvas
es¬tán verdes; porque durante los treinta y cinco últimos años no me he visto
forzado a trabajar, ni he debido temer ninguna privación material u ostracismo
social por el hecho de no hacerlo. Pero como todos los ricos inte¬ligentes a
quienes conozco, he trabajado con el mismo tesón que cuando tenía que trabajar
o pasaba hambre y no he comido ni bebido más ni vestido mejor que entonces.
Cuando mis bolsillos estaban vacíos, no com¬praba ninguno de los objetos de
lujo existentes en los comercios londinenses porque no tenía dinero. Cuando,
más tarde, tuve lo suficiente para comprar todo aquello con que podía tentarme
Londres, el resultado fue el mis¬mo: volvía todos los días a casa sin haber hecho
una sola compra. Y no soy un asceta: ningún ser viviente está más a salvo que
yo de la fantástica idea de que el hecho de martirizarse a sí mismo hace más
propicia a una divinidad malévola o aumenta el saldo de uno en la caja de
ahorros de un banco en un mundo de ultra¬tumba. Yo viviría y podría vivir la
vida de los ricos si me gustara; y la única razón de que no la viva, es que no
me gusta. Tengo todas las oportunidades nece¬sarias para observar eso tanto en
la práctica diaria como en sus resultados lejanos; y sé que un año de esa vida
me haría más infortunado que cualquier otra existencia de un tipo aceptado que
pueda imaginar. Porque, así como el empleado invitado para la cena anual de su
patrón puede vivir como un señor durante una tarde y el obrero de una fábrica
de Lancashire puede pasar una semana magnífica cuando llega el aniversario de
la consagración de su iglesia, también yo he tenido mis tardes de rico ocioso y
sé demasiado bien cómo es eso. Es algo que me induce a sentirme suicida.
El
lector dirá que soy un hombre excepcional. Y lo soy por mi capacidad de
escribir comedias y libros; pero como todos los hombres son excepcionales en
cuanto concierne a hacer algo que la mayoría de los demás no puede hacer, eso
nada significa. Si soy realmente un poco excepcional, es porque he
experimentado tanto la pobreza como la riqueza, tanto la esclavitud como la
independencia y he resuelto temprano, por tal o cual razón (quizás cuando me
aseguraron en la niñez que al¬gún medicamento desagradable era delicioso), que
nun¬ca me dejaría convencer de que disfrutaba espléndida-mente de la vida
cuando, en realidad, me aburría y me sentía hostigado, saqueado, exhausto e
inquieto. No se me puede engañar sobre este punto: comprendo perfec¬tamente por
qué Florence Nightingale prefirió huir de la sociedad elegante de Londres y
soportar los horrores de los hospitales de Crimea a portarse como una dama y
por qué mi vecino el señor Apsley Cherry-Garrard, único sobreviviente de lo que
él llama con razón "el peor viaje del mundo" a través del invierno
antártico, no fue un marinero pobre empujado por la necesidad de ganarse el pan
cotidiano sino un caballero rural sufi¬cientemente opulento para elegir lo
mejor que podía ofrecerle la sociedad londinense si optaba por ello. Los
pabellones del más horrible de los hospitales de cam¬paña eran preferibles a
una sala de recibo en Mayfair; era mejor el polo sur en su más oscura noche
invernal de seis meses y en sus fríos más rigurosos que un do¬mingo junto a la
fuente de Hyde Park en el apogeo de la temporada.
CONSUELOS
DE LA BURGUESÍA AFINCADA
Hasta
cierto punto, esta miseria de los ricos es algo nuevo. Quienquiera haya
administrado nuestras casas de campo, con sus grandes parques y jardines, su
personal de criados internos y externos y la obra pública local siempre
disponible para la burguesía afincada residen¬te allí, querrá refutar
inmediatamente el injustificado aserto de que los ricos, en general, viven en
condicio¬nes míseras. Es evidente que no es así, como tampoco sucede esto con
los pobres en general. Pero, por lo de¬más, tampoco son holgazanes ni
despreocupados. Una dama que debe gobernar una casa grande y vigilar la crianza
de una familia, está razonablemente lo bastante ocupada sin contar su papel
usual en la rutina del de¬porte y los pasatiempos y los ocasionales viajes que
son, para la gente habituada a ellos, una parte necesaria e importante de una
vida bien ordenada. La burguesía afincada tiene suficiente ejercicio y
ocupación y sentido de la importancia social y de la utilidad para mante¬nerse
en muy buenos términos con ellos mismos y con sus vecinos. Si el lector les
preguntara de improviso si disfrutan realmente de su rutina o si no preferirían
ser comunistas en Rusia, se mostrarían más sinceramente es-candalizados que si
uno los abordara en la iglesia y les preguntara si creen en todas las frases de
la doctrina de los apóstoles. Cuando uno de sus patitos feos se vuel¬ve
revolucionario, ello no se debe a que la vida en las casas de campo sea ociosa,
sino a que sus actividades no armonizan y a que el patito tiene gustos o talentos
que frustra o un don para la crítica social que le per-mite descubrir que la
gran casa de campo no está cons¬truida sobre la roca eterna, sino sobre la
playa arenosa de un océano de pobreza que puede pasar en cualquier momento de
la calma a la tempestad. En general, no hay motivo para que una dama del campo
no sea tan feliz como su lechera, o para que su marido no sea tan feliz como su
guardabosque. La riqueza de las fa¬milias rurales está ligada a sus
propiedades; y la única gente de campo mísera es la que no trabaja en sus
tareas.
LAS
MISERIAS DE LOS RICOS VAGABUNDOS DESARRAIGADOS
Pero
lo nuevo son las riquezas separadas de los bie¬nes raíces: esto es, desligadas
del trabajo, la responsa¬bilidad, la tradición y cualquier clase de rutina
prescrita, hasta de la rutina de ir a la iglesia del pueblo todos los domingos,
de hacer y recibir visitas y de tener re¬servado cada mes para matar a
determinado animal de caza. Implica ser un vagabundo sin el deber cotidiano de
mendigar o robar la comida y el precio de una cama. En cambio, uno debe
preguntarse a diario "¿Qué haré? ¿Adónde iré?" y la respuesta diaria
será "Haz lo que quieras; vé adonde se te antoje; tanto da lo que puedas
hacer o adonde puedas ir". En suma, la libertad perfecta con que sueñan
los esclavos porque no han experimen¬tado sus horrores. Desde luego, la
respuesta de la na¬turaleza ultrajada es ahogada durante algún tiempo por ' los
vendedores de artículos suntuarios que gritan "Ven¬gan a comprar, sea que
lo necesiten o no. Vengan a nuestros hoteles-palacios. Paseen por el mundo en
nues¬tros transatlánticos. Chapoteen en nuestras piscinas de natación. Vean
nuestro automóvil último modelo: he¬mos transformado el diseño de su inventor,
salga lo que salga, con el solo fin de proporcionarle a usted un pretexto para
comprar un automóvil nuevo y vender el anterior a precio de hierro viejo. Venga
y compre nuestras últimas modas: usted no se puede presentar con ropa de la
temporada pasada'. Etcétera, etcétera. Pero las interrogantes más antiguas se
les plantean a los turistas ricos en los hoteles de lujo lo mismo que a los
vagabundos de las carreteras. Aparecen cuando uno tiene el automóvil último
modelo y la ropa de moda y todo lo demás. Las únicas necesidades que puede
satis¬facer el dinero sin saciar durante más que unas pocas horas son la de
alimento y bebida y sueño. Por lo tanto, de una comida en forma por día y otras
dos muy livia¬nas se pasa a tres comidas en forma y dos livianas. Lue¬go, uno
incluye otra menor entre el desayuno y el al¬muerzo "para
tonificarse"; y no tarda en descubrir que no puede afrontar ninguna comida
sin un cóctel, y tam¬poco puede dormir. Eso lo obliga a apelar al somnífero más
nuevo, cuya publicidad garantiza que no causa nin¬guno de los ruinosos efectos
de sus predecesores, igual¬mente garantizados. Luego aparece el médico, con sus
tónicos, que son simplemente cócteles adicionales, y su convicción de que, si
nos dice la verdad sobre nosotros mismos y se niega a recetarnos tónicos y
medicamentos, sus hijos pasarán hambre. Si nos permitimos el lujo de tomar a un
consejero espiritual del clero, su deber será decirnos que lo que nos pasa es
que somos unos ociosos e inútiles glotones y borrachos y que iremos a parar al
infierno; pero, por desgracia, el consejero espiritual, como el médico, no
puede permitirse eso, ya que ma¬ñana podría verse en la necesidad de iniciar
una sus¬cripción para costear los gastos de su iglesia. Y eso es
"Libertad, eres el más preciado de los tesoros".
Este
género de vida se ha vuelto posible, y en reali¬dad inevitable, gracias a lo
que William Cobbett, quien tiene un vigoroso sentido de los valores vitales,
llamó Sistema de Consolidación. Este sistema fue un producto de la guerra, que
obligó a todos los gobiernos belige¬rantes a obtener enormes sumas de todos y
de cada uno, dándoles a cambio el derecho de vivir gratuitamen¬te de las
futuras rentas del país hasta que les devol¬vieran su dinero: un sistema tan
popular ahora entre la gente a quien le sobra algún dinero que sólo se la
pue¬de inducir a separarse de él con la condición de que el gobierno prometa no
reembolsarlo antes de cierto día, más o menos lejano. Cuando se formaron las
socieda¬des anónimas para gobernar grandes empresas indus¬triales, reuniendo el
dinero con la condición más ten¬tadora aun de que no se devolvería nunca, el
sistema se hizo tan amplio que los nuevos ricos ociosos se con¬virtieron en una
clase nociva y mísera muy distinta en su carácter de los antiguos ricos de la
era feudal.
LA
REDENCIÓN DE LA PROPIEDAD
Cuando
propongo la abolición de nuestro sistema ca¬pitalista para redimir a la
humanidad de la doble maldi¬ción de la pobreza y la riqueza, se oyen sonoros
gemi¬dos. Los gritos más nítidos del alboroto pregonan que los infelices
esclavos de esa maldición perderán su li¬bertad si se les obliga a ganarse la
vida decorosamente. La réplica de que no tienen nada que perder salvo sus
cadenas, con el agregado de que las cadenas de oro son tan malas como las de
hierro, no puede reducirlos al silencio, porque creen ser libres y se les ha
enseñado a suponer que, a menos que el país siga siendo la pro-piedad privada
de algunos dueños irresponsables que mantienen a un parlamento para hacer
imposible todo cambio, inculcando mediante las iglesias, escuelas y uni¬versidades
el carácter sagrado de la propiedad privada y disfrazando al gobierno de un
partido de educación religiosa y democrática, la civilización perecerá. La
gente que se cree progresista me acusa de toda clase de extra¬vagancias
reaccionarias y la gente que le da las gracias a Dios por no ser más
inteligente que sus antepasados me imputa toda suerte de locuras destructoras.
Ahora
bien: no puedo discutir provechosamente so¬bre política, religión y economía
con asustados ignoran¬tes que no comprenden qué defienden ni lo que atacan.
Pero sucede que el señor Gilbert Chesterton, quien no es un ignorante y dista
de estar aterrorizado, y cuya in¬teresantísima conversión al catolicismo lo ha
obligado a afrontar fundamentalmente el problema de la orga¬nización social,
desechando las imposturas protestantes sobre historia inglesa que inspiraron al
vigoroso libera¬lismo de sus tiempos de juvenil inexperiencia, me ha censurado
hace poco por el agravio, totalmente imagi-nario, de haber propuesto un
gabinete a cargo de un comité de celebridades. Para aclarar el asunto, le he
contestado al señor Chesterton de una manera muy com¬pleta y en términos
católicos. Los que han leído mi ré¬plica en las revistas en que apareció no
necesitan leer más, salvo que quieran, como yo se lo aconsejaría, leerlo dos
veces. Para conocimiento de los demás, y a fin de que quede registrado en forma
permanente, hela aquí.
CONDICIONES
NATURALES BÁSICAS DE LA
SOCIEDAD
HUMANA
1.
El gobierno resulta necesario cuando se juntan dos o tres personas -o dos o
tres mil millones de per¬sonas- para siempre.
2.
El gobierno no es automático ni abstracto: deben desempeñarlo seres humanos lo
mejor que puedan.
3.
La misión de los gobernantes es reprimir la con¬ducta desastrosamente egoísta o
inesperada de los indi¬viduos en las cuestiones sociales.
4.
Esta misión sólo puede cumplirse urdiendo y po¬niendo en práctica normas de
conducta social que co¬difican la mayor medida común de acuerdo para el
sacri¬ficio necesario de la libertad individual en bien de la comunidad.
5.
La paradoja del gobierno consiste en que, como el bien de la comunidad implica
un máximo de libertad individual para todos sus miembros, los gobernantes
de¬ben esclavizar despiadadamente al propio tiempo a todos y asegurarles la
mayor libertad posible.
6.
En las comunidades primitivas, la gente se al¡-
menta
y aloja sin molestar al gobierno. En las grandes civilizaciones, esto es
imposible; por lo tanto, la prime¬ra tarea del gobierno es proveer a la
producción y dis¬tribución cotidianas de la riqueza y al reparto justo del
trabajo y el ocio que ello implica. Por eso, el ciuda¬dano debe ser obligado no
sólo a portarse adecuadamente sino también a trabajar en forma productiva.
7.
La esclavitud moral de la coacción para portarse debidamente es una coacción
constante que no admite libertad; pero la esclavitud personal de la coacción
para trabajar sólo dura las horas diarias suficientes para que se cumplan los
deberes económicos de los ciudadanos, siendo su ocio las horas restantes
(además de las nece¬sarias para comer, para dormir, para el transporte,
etcétera).
8.
El ocio es la esfera de la libertad individual: el trabajo, la esfera de la
esclavitud.
9.
Los que creen poder ser honradamente libres siem¬pre son unos estúpidos: los
que procuran ser libres siempre endosándoles a los demás su parte de trabajo
productivo, unos ladrones.
10.
El uso de la palabra esclavitud para indicar su¬misión al gobierno se ha
formado entre estúpidos y la¬drones; y aquí sólo se apela a ella porque resulta
cómoda para explicarles las cosas a los tontos de acuerdo con su tontería.
Esto,
en cuanto a las condiciones básicas naturales de la organización social. Son
tan indiscutibles congo la pre¬cesión de los equinoccios; pero le plantean
problemas distintos a gente distinta. Para el ladrón, por ejemplo, el problema
consiste en la forma de eludir su parte en la labor de producción, en aumentar
su parte en la distribución del producto y en corromper al gobierno a fin de
que proteja y glorifique sus bribonadas en vez de exterminarlo. Para el señor
Chesterton, el problema del Distribuidor (o Comunista de Extrema Izquierda) y
el Católico (o Igualitario Internacional) consiste en elegir a estadistas
capaces de gobernar con rectitud e imparcialidad de acuerdo con las condiciones
naturales básicas.
La
historia de la civilización es la historia del conflicto entre esos puntos de
vista antagónicos sobre la situación. El Rey Pirata, el Barón Pirata y el
Hombre de Manchester provocaron un gobierno que llamaron el Imperio, el Estado,
el Dominio, la República o cual¬quier otro nombre imponente que no delataba su
fina¬lidad central. Los chestertonianos produjeron un gobier¬no que llamaron La
Iglesia; y a su debido tiempo, el Último de los Chesterton ingresó a esa
Iglesia Católica, como una gran nave que entra a un puerto muy pe¬queño, al
gran peligro de sus muchos y destartalados muelles y embarcaderos, a riesgo de
hacer zozobrar a todos los barquitos vecinos. Por eso, veamos qué hizo la
Iglesia Católica con su problema gubernamental.
LA
SOLUCIÓN CATÓLICA
Por
lo pronto, la Iglesia, siendo católica, era necesa¬riamente democrática, ya que
tenía por objetivo salvar las almas de todas las personas, con prescindencia de
su edad, sexo, nacionalidad, clase o color. El noble en cuya opinión Dios no
podía condenar con ligereza a un hom¬bre de su jerarquía no era apoyado por la
Iglesia en esa convicción. En su redil, todas las almas eran iguales ante Dios.
Pero
la Iglesia no deducía la ridícula conclusión de que todos los hombres y mujeres
están igualmente ca¬pacitados o se sienten igualmente deseosos de legislar, de
gobernar, de administrar, de tomar decisiones y de manejar los asuntos públicos
y aun sus propios asuntos privados. Afrontaba el hecho de que sólo un cinco por
ciento de la población es capaz de ejercitar esas facul¬tades y será corrompido
sin remedio por ellas a menos que tenga una irresistible vocación religiosa por
la obra pública y una fe en su carácter beneficioso que la induz¬ca a jurar que
se abstendrá de toda ganancia que no sea compartida por los demás y de toda
indulgencia que pueda embotar sus conciencias o someterlos a las influen¬cias
de familia censuradas con tanta amargura por Jesús.
Esta
minoría "llamada" natural nunca fue elegida en la forma escandalosa
que llamamos democrática. Sus miembros, en el primer caso, se eligieron a si
mismos: es decir, vivieron voluntariamente con santidad y se con¬sagraron al
bienestar público obedeciendo al impulso del Espíritu Santo que había en ellos.
Este impulso era su vocación. Eran llamados desde arriba, no elegidos por los
no llamados. Para protegerse a sí mismos y obtener el poder necesario se
organizaron, y llamaron a su orga¬nización la Iglesia. Desde entonces, la
Iglesia fue el juez de lo genuino y suficiente en la vocación de los nuevos
reclutas. Si el juicio era favorable y los candidatos hacían ciertos votos, se
les admitía en el sacerdocio ofi¬cial y se les dejaba gobernar como sacerdotes en
la parro¬quia y como directores espirituales en la familia, siendo todos ellos
elegibles, si tenían la capacidad requerida, para ser promovidos a la tarea de
gobernar a la propia Iglesia como obispos o cardenales, o a la jerarquía
su¬prema de Papa o Vicario de Cristo sobre la tierra. Y todo esto sin la menor
alusión a las opiniones de los no llamados y no ordenados.
NECESIDAD
DE UNA FE COMÚN
Ahora
bien: se plantea este interrogante... ¿Por qué ha de pedírseles a personas de
auténtica vocación que hagan votos antes que se les conceda autoridad? ¿No es
la vocación garantía suficiente de su sabiduría?
No.
Antes que los sacerdotes puedan gobernar, ne¬cesitan tener una fe común con
respecto a las condi¬ciones fundamentales de una sociedad humana estable. De lo
contrario, el resultado podría ser un conjunto ca¬sual de hombres de genio
incapaces de ponerse de acuer¬do sobre una medida legislativa o punto de
política. Un concilio ecuménico formado por Einstein y el co¬ronel Lynch, Santo
Tomás de Aquino y Francisco Bacon, Dante y Galileo, Lenin y Lloyd George, rara
vez podría llegar a una decisión unánime -si es que podría arribar a una
decisión que no fuese negativa contra una mi¬noría de uno- sobre cualquier
punto que exceda la capacidad del jurado de un córoner médico o forense. El
Papa no debe ser un genio excéntrico que presida un cónclave de cardenales de
diversa propensión: ha de tener un espíritu completamente cerrado a lo que
Herbert Spencer llamaba Estática Social: y en esto, los car¬denales deben
parecérsele y concordar con él. Lo que es más, han de representar hasta cierto
punto la conciencia del pueblo; porque es evidente que si hicieran leyes y
dieran instrucciones personales que provocaran un ho¬rror general o se
interpretaran como pruebas de demen¬cia su autoridad se derrumbaría. De ahí la
necesidad de votos que comprometan a todos los que los hacen a artículos de fe
definidos sobre estática social y a sus lógicas consecuencias en el derecho y
la costumbre. Esos votos excluyen automáticamente a los genios revolucionarios,
quienes, por ser poco comunes, no son representativos, sobre todo los genios científicos,
para quienes es un pun¬tillo de honra tener cerebros incondicionalmente
abiertos aun sobre los temas más sagrados en apariencia.
RUSIA
REDESCUBRE EL SISTEMA DE LA IGLESIA
En
estos momentos, le concede una enorme impor¬tancia a una clara comprensión del
sistema católico el impresionante hecho de que el estado más grande del mundo
moderno, después de haber liquidado netamen¬te a su Iglesia acusando a su
religión de ser un estu¬pefaciente, privando a sus sacerdotes y obispos de toda
autoridad mayor que la que podría tener un charlatán de feria, alentando a sus
hijos más serios a formar una Liga de Impíos, fusilando a su piadoso zar,
convirtiendo sus catedrales en museos históricos que ilustran las in¬famias de
la historia eclesiástica y llamándolos expre¬samente antirreligiosos y, en
suma, procurando, en for¬ma solemne e implacable, el exterminio a fondo de todo
lo que vinculamos al sacerdocio, ha establecido bajo la presión de las
circunstancias, inconsciente y espontánea¬mente, como sistema de gobierno, una
reproducción lo más exacta posible de la jerarquía de la Iglesia Cató¬lica.
Naturalmente, se ha cambiado la nomenclatura: la Iglesia se llama Partido
Comunista; y el Santo Oficio y sus familiares, Komintern y Guepeú. Existe la
sal¬vaguardia popular de hacer verificar en primer lugar los síntomas de la
vocación sacerdotal por el grupo de cam¬pesinos u obreros industriales con
quienes ha transcu¬rrido la vida cotidiana del postulante, dándole así una
genuina base democrática al sistema; y la jerarquía ele¬gida sobre esa base no
sólo está al día, sino también sujeta a las lecciones diarias del ensayo y el
error en su funcionamiento práctico y no se halla garantizada en modo alguno
contra el cambio y la innovación como tales. Pero, esencialmente, el sistema es
el de la antigua Iglesia Católica, hasta en su voto fundamental de comu¬nismo y
en su pena de muerte a los Ananías y los Safira por violarlos.
Si
nuestros periódicos supieran qué sucede en reali¬dad en el mundo o fuesen
capaces de discriminar entre el valor informativo que implica un accidente
ciclístico en Clapham y el de un hundimiento de la civilización, sus columnas
rebosarían de estos hechos literalmente me¬morables. Y lo primero que le
preguntarían a Rusia, sería: "¿Por qué, si ven que el sistema cristiano ha
fra¬casado sin remedio a tal punto, vuelven ustedes a él y nos invitan a volver
a él?"
POR
QUÉ FRACASÓ EL SISTEMA CRISTIANO
La
respuesta es que el sistema cristiano ha fracasado no por ser erróneo en su
psicología, en su postulado fundamental de igualdad o en su anticipación del
prin¬cipio de Lenin de que los gobernantes deben ser tan pobres como los
gobernados para que sólo puedan ele¬varse a sí mismos elevando a su pueblo,
sino porque la ignorancia de la economía y la ciencia política de los viejos
sacerdotes los cegó ante la maldad latente en el egoísmo de la propiedad
privada. Antes de que la Igle¬sia pudiera advertir donde estaba todavía (no se
ha ubicado del todo) se vio tan prodigiosamente rica que
el
Papa era un príncipe italiano secular con ejércitos y fronteras que no sólo
disfrutaba de la renta de las tie¬rras de la Iglesia, sino que vendía la
salvación en escala tal que cuando Torquemada empezó a quemar judíos en vez de
permitir que rescataran sus cuerpos con pa¬gos a la tesorería romana y le
dejaran sus almas a Dios, el resultado fue un conflicto de primera magnitud
entre la Iglesia y la Inquisición española.
Pero
las riquezas de la Iglesia nada eran comparadas con las de su gran rival, el
Imperio. Y la pobreza del sacerdote era opulencia comparada con la pobreza del
proletario. Mientras la Iglesia se veía corrompida a tal punto por su misma
propiedad y por la influencia sobre ella de los propietarios legos que perdió
todo su pres¬tigio moral, los guerreros y salteadores del imperio ha¬bían
aprendido por experiencia que una nave pirata ne¬cesitaba una jerarquía de
oficiales y una férrea disciplina más aun que los barcos de vigilancia y que la
tarea de atracar a los pobres sin cesar exige un sistema de gobierno muy
refinado para asegurarse de que los po¬bres, como las abejas, sigan produciendo
no sólo para su propia subsistencia sino también el excedente que pue¬de serles
robado sin causarles la ruina, como a la ga¬llina de los huevos de oro. La
coacción desnuda es tan costosa que resultó necesario trabajar con la
imagina¬ción de los pobres hasta el punto de hacerles creer que el hecho de ser
robado constituye un piadoso deber y que la vida fugaz de que disfrutan en este
mundo ape¬nas es un preludio de una eternidad en que los pobres serán
bienaventurados y felices y los ricos torturados horriblemente.
Las
cosas llegaron por fin a un punto tal que ha. bía más ley y orden en el imperio
que en la Iglesia.
El
Emperador Felipe II de España era muchísimo más respetable y piadoso, aunque
menos amable, que el Papa Alejandro Borgia. El imperio alcanzó prestigio moral
cuando la Iglesia lo perdió y finalmente, con virtuosa indignación, se ocupó de
reformar la Iglesia, con tanta mayor buena voluntad cuanto que la restauración
de la pobreza sacerdotal era un pretexto de primer orden para saquearla.
La
Iglesia no podía, decorosamente, dejarse reformar por una plutocracia de reyes
piratas, barones salteado¬res, aventureros comerciales, prestamistas y
desertores de sus propias filas. Fue reformada desde dentro por sus propios
santos y las órdenes que fundaron y así "ar¬chivó" a la Reforma;
mientras que los reformistas crea¬ron Iglesias nacionales e Iglesias libres
propias bajo la denominación general de protestantes y con ello se vie-ron
comprometidos a una curiosa adulteración de su doctrina del Individualismo, o
derecho de juicio privado, usando la mayoría de las corrupciones eclesiásticas
con¬tra las cuales protestaran. Y como ni la Iglesia ni el im¬perio querían
compartir el gobierno de la humanidad entre sí ni permitir que el pueblo mismo
tuviera voz en el asunto, los católicos y los protestantes pusieron ma¬nos a la
obra para exterminarse mutuamente con el potro del tormento y la hoguera, con
el fuego, la espada y la pólvora, ayudados por el deletéreo gas de la calumnia
grosera, hasta el punto de que la sola palabra religión empezó a olerle mal a
toda la gente realmente carita-tiva y religiosa.
EL
GOBIERNO DE TODOS
La
moraleja que se deduce de todo esto es que, como a nadie se le podía confiar el
gobierno del pueblo, el pueblo debía gobernarse solo, lo cual era una
estupidez. Con todo, se suponía que, inscribiendo el nombre de cada cual en un
registro de electores, podríamos reali¬zar el ideal de todo hombre de ser su
propio Solón y su propio Platón, y siendo así, cabía solamente pre-guntar...
¿por qué no habría de ser su propio Shakespeare y su propio Einstein? Pero esta
hipótesis les cuadraba muy bien a los plutócratas, ya que les bastaba con
dominar el fácil arte de ganar las elecciones influ¬yendo sobre ellas con sus
periódicos para hacer todo lo que quisieran en nombre del pueblo. El sufragio
para todos (llamado, para abreviar, democracia) concluyó en un gobierno que no
era de los mejores ni de los peores, sino un gobierno oficial que sólo podía
hablar, y un gobierno real de terratenientes, patrones y financieros en guerra
con una oposición de sindicalistas, huelguistas, piquetes de huelga y -a veces-
revoltosos. El des¬orden, la indisciplina y el colapso de la distribución
re¬sultantes produjeron una reacción de mero desencanto y aflicción en que el
pueblo miraba con desesperación a su alrededor buscando a un Salvador y estaba
dispues¬to a brindarle un esperanzado ensayo a quienquiera fue¬se
suficientemente audaz para asumir una dictadura y echar a puntapiés al
impotente gobierno oficial hasta amordazarlo y subyugarlo por completo.
FRACASO
TOTAL
Esta
es la historia del catolicismo y el protestantismo, de la Iglesia y el imperio.
del liberalismo y la demo¬cracia, hasta la fecha. A todas luces, fue un
tremendo fracaso. en el sentido positivo como una tentativa de solucionar el
problema del gobierno y en el negativo como una tentativa de asegurar la
libertad de pensa¬miento y la facilidad del cambio para seguir el ritmo del
pensamiento.
Esto,
no implica en lo más mínimo que el plan cató¬lico primitivo fuese erróneo. Por
el contrario: todos los desastres a que llevó han demostrado la eterna
nece¬sidad de ese plan. La alternativa del gobierno vocacio¬nal es una mezcla
de medio penique de gobierno oficial muy incompetente con una cantidad
insoportable de ti¬ranía privada muy competente. La Providencia, o la
na¬turaleza, sí así lo prefiere el lector, no ha dispuesto que todos los
hombres tengan la vocación de ser "servidores de todos los demás",
como los santos o los gobernan¬tes. La Providencia es demasiado sabia para
proporcionar ejércitos formados exclusivamente por comandantes o fábricas
provistas exclusivamente de gerentes; y a ese inexorable hecho natural,
tendremos que volver siem¬pre, así como los revolucionarios rusos, a quienes
daban náuseas al principio las supersticiones liberales protestan¬tes, han
tenido que volver a ellas. Pero ahora hemos meditado con mucho más cuidado que
San Pedro sobre los artículos de fe básicos, sin los cuales la vocación del
sacerdote es desplazada inevitablemente por la de los salteadores y gangsters,
que se erigen en caballeros y danzas. Sabemos que la propiedad privada
distribuye la riqueza, el trabajo y el ocio de una manera tan desigual que una
mayoría lamentablemente pobre y miserable-mente extenuada se ve forzada a
mantener a una mino¬ría desmedidamente rica y apasionadamente convencida de que
el trabajo la deshonra tanto que no se atreven a dejarse ver llevando un
paquete en Bond Street. Sa¬bemos que las tensiones provocadas por semejante
divi¬sión de intereses destruyen también la paz, la justicia, la religión, la
buena educación, el honor, la libertad ra¬zonable y todo aquello que debe
asegurar el gobierno, y que esa iniquidad surge en forma automática cuando,
irreflexivamente, permitimos que una persona posea mil acres de tierra en el
centro de Londres de una manera mucho más completa que el par de zapatos con
que camina sobre ellos; porque no puede echarme de mi casa a puntapiés con sus
zapatos, pero puede hacerlo con su orden judicial de desahucio. Y por eso,
llega¬mos, forzosamente a la conclusión de que el sacerdocio moderno debe
renunciar por completo a la propiedad privada y abominarla, execrarla y
aniquilarla como la peor de las invenciones satánicas para la desmoraliza¬ción
y condenación de la humanidad. Los hombres civi¬lizados deben vivir de acuerdo
con su parte ordenada e igual de trabajo necesaria para mantener a la
comu¬nidad, y hallar su libertad en su parte ordenada e igual del ocio obtenido
por la economía científica al pro¬ducir ese apoyo. Se requiere con todo cierta
convicción para repudiar una institución de la cual se habla tan bien como la
propiedad privada; pero hay que afrontar los hechos; nuestros métodos
clandestinos para violarla mediante el impuesto o la renta y la sobretasa, que
sólo significan "Lo que robó un ladrón, róbaselo tú al la¬ como no
tardaron en comprobarlo los rusos, no debe aceptar dinero, ni siquiera de los
ladrones, hasta que esté pronto para usarlo en forma productiva. Derrochar¬lo
en dádivas como nuestros estúpidos gobernantes es quemar la vela en ambos
extremos y precipitar la catás¬trofe que tratan de impedir.
VOTOS
ANTICUADOS
En
cuanto a los votos, algunos de los viejos deben desaparecer. La Iglesia
Católica y nuestra junta de edu¬cación insisten en el celibato, la primera en
el de los sacerdotes y la segunda en el de los maestros. Esto es un remanente
de la cínica superstición del pecado ori¬ginal. La gente casada tiene derecho a
ser regida por gobernantes casados; las madres tienen derecho a que a sus hijos
les enseñen y manejen madres; y los sacer¬dotes y reverendos que se entrometen
en los asuntos de familia debieran saber de qué están hablando.
Otro
descubrimiento moderno importante es que el gobierno no es un empleo full-time
para todos sus agen¬tes. Un consejo de campesinos deriva su vieja sabiduría de
su jornada normal de trabajo en los campos, sin el cual sólo sería un consejo
de vagabundos e idiotas de aldea. No conviene que su uniforme sea demasiado
sacerdotal; porque esto es el método de la idolatría, que sustituye el
supersticioso temor que causa una origina¬lidad fabricada por una autoridad
racional. San Vicente de Paúl sabía demasiado lo que hacía al fundar su
fraternidad de hermanas de caridad sobre la regla de que una hermana no debía
distinguirse de una mujer respe¬table común. Por desgracia, la indumentaria
prescrita por esa regla llegó a ser tan excepcional con los siglos como la del
pupilo de ciertos establecimientos de caridad ingleses; y así, la idea de San
Vicente se perdió; pero la experiencia industrial moderna lo confirma; porque
el último redescubrimiento del principio vicentino ha sido hecho por el señor
Ford, quien ha atestiguado que si se quiere tener un cuerpo de personas útiles
que ha¬gan cualquier cosa que se requiera, no se les debe asig¬nar títulos ni
jerarquía ni uniforme, ya que el resultado inmediato será su incapacidad
parcial al excluir de sus actividades muchas de las tareas más necesarias por
con¬siderarlas lesivas a su dignidad.
Otra
regla establecida por San Vicente, quien ya se nos había adelantado mucho en el
siglo XVI, fue que nin¬guna hermana debía comprometerse por más de un año cada
vez, por más frecuente que fuera la renovación de sus votos. Por eso, las
hermanas vicentinas no pue¬den perder su libertad ni sentir frío en los pies.
Si San Vicente viviera hoy, propondría quizás liquidar lisa y llanamente todas
las dificultades en materia de casa¬miento y de divorcio prohibiéndole a la
gente que se casara por más de un año y haciéndole renovar sus votos cada doce
meses. En Rusia, los miembros del par¬tido comunista no deben consagrarse al
mismo para siem¬pre; pueden pasar al estado seglar cuando se les antoje y si se
muestran remisos en el cumplimiento de su mi¬nisterio, se les expulsa.
PRETENSIONES
SOBRENATURALES
Además,
los sacerdotes modernos no deben hacer afir¬maciones sobrenaturales. No han de
ser impostores. Una vocación por la política, aunque sea esencialmente una
vocación religiosa, ha de estar en el mismo plano que la suscitada por la
música o la matemática o la cocina o la crianza de niños o la interpretación
teatral o la arquitectura o el cultivo de la tierra o los billares o cualquier
otra aptitud innata. La autoridad propia de todos los funcionarios públicos y
consejos debe basarse en su capacidad y eficacia. En la marina real, todo
si¬niestro ocurrido en un barco implica un consejo de gue¬rra para el oficial
responsable: si éste comete un error renuncia a su comando, a menos que logre
convencer al consejo de guerra de que sigue siendo digno de él. Sólo así puede
adquirir algún sentido real nuestra tri¬llada frase "gobierno
responsable". Cuando un sacer¬dote católico se equivoca (o acierta) le
imponen silen¬cio: cuando un comisario ruso se equivoca, lo expulsan del
partido. Esa responsabilidad hace por fuerza muy imperativa a la autoridad
oficial y ahuyenta a los exage¬radamente nerviosos. Stalin y Mussolini son los
esta¬distas más responsables de Europa porque sólo se sos¬tienen en sus cargos
merced a su eficacia: y su autoridad es por lo tanto mayor que la de cualquiera
de los mo¬narcas, presidentes y primeros ministros que deben tra¬tar con ellos.
Stalin es uno de los altos funcionarios para quienes la tare de gobernar es por
fuerza un trabajo full-time. Pero no es más rico que sus vecinos y sólo puede "mejorarse"
mejorándolos a ellos, y no mejo¬rándolos como lo haría un demagogo inglés.
LA
DEMOCRACIA ECLÉCTICA
Creo
que mis opiniones sobre la aristocracia intelec¬tual y la democracia y todo lo
demás son ya bastante claras. En cuanto a las intenciones de la Iglesia y las
del imperio (ideales no realizados ambos). estoy con la Iglesia. En cuanto al
mal hecho por la Iglesia con las me¬jores intenciones del mundo y el bien hecho
por el imperio con las peores, soy un ecléctico: hay mucho que aprender de
ambos. Insisto en Rusia porque es la única manera realmente nueva de apartarse
tanto de Escila como de Caribdis: el fascismo oscila aún entre el im¬perio y la
Iglesia, entre la propiedad privada y el comu-nismo. Hace años, dije que lo que
necesitaba la demo¬cracia era una máquina antropométrica digna de toda
confianza para la selección de gobernantes calificados. Desde entonces he
trabajado en esto pidiendo que se formaran listas de personas probadas
elegibles para los distintos grados de la jerarquía gubernamental. La Lis¬ta A
correspondería a la diplomacia y la finanza inter¬nacional, la Lista B a los
asuntos nacionales, la Lista C a los asuntos municipales y de distrito, la
Lista D a los consejos de aldea, etcétera. De acuerdo con este sistema, los
electores perderían su libertad actual para hacer vol¬ver al parlamento a
candidatos tales como el difunto Horace Bottomley con enormes mayorías; pero
tendrían por lo menos la ventaja de estar enterados de que sus gobernantes
saben leer y escribir, ventaja de la cual no disfrutan en la actualidad.
Nadie
se arriesgó a discrepar conmigo cuando hablé de lo necesarias que eran esas
listas; pero cuando me desafiaron a presentar mi máquina antropométrica o mis
tests endocrinos o frenológicos, debí confesar que no habían sido inventados
aún y que las tentativas existentes de conseguirlos, tales como los exámenes de
competen¬cia, son tan inadecuadas e inducen tanto a error que re¬sultan peores
que inútiles como tests de vocación. Pero el sistema soviético, fabricado bajo
la más severa presión de las circunstancias, proporciona una solución
excelente.
que
resulta ser la misma de la antigua Iglesia Católica depurada de toda pretensión
sobrenatural, de la presun¬ción de perfección final y del veneno de la
propiedad privada con sus consecuencias fatales. El señor Stalin no se parece
en lo más mínimo a un emperador o un arzobispo o un primer ministro o un
canciller; pero se parecería de una manera sorprendente a un Papa que reclamara
por razones formales una sucesión apostólica de Marx si no mediara su franco
método del Ensayo y del Error, su fundamento enteramente humano y su
res¬ponsabilidad de eliminarse en el acto si se trastornara el equilibrio
mental de Su Eminencia. En el otro extre¬mo de la escala está la tropa del
partido comunista, que cumple una jornada de trabajo usual y sólo le da su ocio
al partido. Para ser elegidos representantes de la gente del pueblo, deben
contar con los votos de los vecinos y compañeros de trabajo con quienes tienen
inti¬midad y que son sus iguales. No tienen otro incentivo para buscar la
elección que el hombre vocacional: por¬que el éxito, desde el principio, no
implica liberarse del trabajo usual del día, sino sacrificar todo el ocio de
uno a la política, y si se quiere lograr la promoción al plano del full-time,
significa una disciplina relati¬vamente ascética y virtualmente ninguna
ganancia pe¬cuniaria.
Si
alguien puede sugerir un plan mejor probado en el aspecto práctico, este es el
momento de hacerlo: ya que han fracasado por completo los antiguos sistemas
parlamentarios anarcoliberales, porque hay treinta millo-nes de desocupados, y
las Idiotas Conferencias Mundia¬les en que cada nación les suplica a las demás
que ab¬sorban a sus desocupados haciendo revivir el comercio internacional. El
señor Chesterton dice con razón
un
gobierno, si quiere realmente gobernar, "no puede elegir a un gobernante
para que haga algo y a otro para que lo deshaga, a un intelectual para que
restaure a la nación y a otro para que la arruine". Pero es eso,
precisamente, lo que hace nuestro sistema de partidos parlamentario. El señor
Chesterton lo ha condensado todo en una cáscara de nuez; y confío en que
apreciará el sano catolicismo con que la he cascado.
AYOT,
ST. LAWRENCE, 1933.
DEMASIADO
BUENO PARA SER CIERTO
ACTO
1
De
noche. Uno de los mejores dormitorios que posee una de las mejores villas
suburbanas de una de las ciu¬dades más ricas de Inglaterra. En la cama, duerme
una joven de semblante enfermizo. Una mesita junto a la cabecera, al alcance de
su mano derecha y donde se hallan amontonados un frasco con un medicamento, un
vaso graduado, una caja de píldoras, un termómetro clínico sumergido en un vaso
con agua, un libro a medio leer con el lugar señalado por un pañuelo, un cisne
de tocador, un espejo de mano y el timbre de una campa¬nilla eléctrica, revelan
que se trata de una cama de en¬ferma y que la joven es una inválida.
El
mobiliario comprende un tocador muy hermoso con cepillos y artículos de toilet
de mangos de plata, un es¬tante con anillos, un alhajero de acero negro de tapa
abierta con una sarta de perlas a medias fuera, un secreter Luis XV y su silla,
con tintero, secador y un armario con papel de cartas y artículos de
escritorio, un magní¬fico ropero, un lujoso canapé y un alto biombo de he-chura
china que, como la costosa alfombra y todo lo demás de la habitación, proclaman
que el propietario tie¬ne suficiente dinero para comprar lo mejor en los
me¡ores comercios y del mejor gusto que se puede adquirir.
La
cama está, poco más o menos, en el centro de la habitación, para que las
enfermeras puedan pasar libre¬ mente entre la pared y la cabecera. Si
contemplamos la
habitación
desde el pie de la cama, con los dedos de los pies de la paciente apuntando
hacia nosotros, tene¬mos la puerta (cuidadosamente protegida con burletes
para
que no se filtre por debajo una corriente de aire fresco) a nuestro nivel en la
pared de la derecha, el canapé contra la misma pared más allá, la ventana (con
la luz excluida por una persiana de un verde oscuro) en el medio de la pared
izquierda, con el ropero a la derecha y el secreter a la izquierda, el biombo
en ángulo recto con el ropero y el tocador contra la pared de frente a
nosotros, a mitad de camino entre la cama y el canapé.
]unto
a 'la silla contigua al secreter hay una poltrona próxima a la mesita de los
medicamentos y una silla a cada lado del tocador.
La
habitación es iluminada por luces invisibles em¬butidas y por dos luces sobre
el secreter; pero éstas se hallan ahora apagadas; la única encendida es otra
por¬tátil que está sobre la mesita de los medicamentos, cuida¬dosamente
atenuada por una pantalla verde.
La
paciente está profundamente dormida. Cerca de ella, en 'la poltrona, se halla
sentado un Monstruo. Por su tamaño y su forma se parece a un ser humano; pero
su substancia parece ser una gelatina luminosa, con un esqueleto visible de
cortas varillas negras. Está caído ha¬cia adelante en la silla, con la cabeza
sobre las manos y parece infeliz en último grado.
MONSTRUO.
- ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Estoy tan enfermo ¡Sufro tanto! -,Oh. ojalá estuviese muerto!
¿Por qué no se morirá ella y me liberará de mis sufrimientos? ¿Qué derecho
tiene a enfermarse y a enfermarme así? Sarampión: eso es lo que tiene.
¡Sarampión! ¡Rubéola! Y me los ha endosado a mí, un pobre microbio ino¬cente
que nunca le hizo mal alguno. Y dice que yo se los he endosado a ella. ¡Oh! ¿Es
justo eso? ¡Oh, qué mal me siento! ... ¿Qué temperatura tendré? Hace me¬dia
hora me pusieron el termómetro debajo de la len¬gua. (Escudriña la mesita y
descubre el termómetro en el vaso.) Aquí está; se lo dejaron al médico para que
lo viese en vez de hacerlo bajar sacudiéndolo. Si supera los cuarenta grados,
estoy perdido: no me atrevo a mirar. ¡Oh! ¿Será posible que me esté muriendo?
Debo mirar. (Mira y vuelve a dejar caer el termómetro dentro del vaso, con una
exclamación ahogada.) ¡Cuarenta y uno! Todo ha terminado. (Se desploma.)
(Se
abre la puerta y entran una señora de edad y un médico joven. La dama avanza
furtivamente en puntas de pie, muy preocupada por la inválida. El médico se
muestra indiferente, pero conserva cuidadosamente su aire de galeno de
cabecera, aunque, a todas luces, el caso no le parece tan grave como a la dama.
Esta se acerca a la cabecera por la izquierda. El médico se aproxima del otro
lado de la cama y escudriña a su paciente.)
LA
SEÑORA DE EDAD (con un sibilante suspiro capaz de despertar a los muertos). -
Duerme.
EL
MONSTRUO. - Claro. Este estúpido, el médico, le ha dado una dosis del último
somnífero de moda, capaz de hacer dormir a un gallo hasta las once y media de
una mañana de mayo.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, doctor! ¿Cree usted que hay alguna posibilidad? ¿Podrá
sobrevivir a esta terri¬ble y última complicación?
EL
MONSTRUO. -¡Sarampión! Él lo ha confundido con gripe.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Eso ha sido tan inesperado!
¡Un
golpe tan abrumador! ¡Y he cuidado tanto de ella! Es la única hija que me
queda: mi joya. ¿Por qué se morirán todos ellos? Nunca he sido negligente ante
el más leve síntoma de enfermedad. La he hecho atender por los médicos en forma
incesante, casi desde que nació.
EL
MONSTRUO. - Esa muchacha tiene la constitución física de un caballo: de lo
contrario, habría muerto como las demás.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh! ¿No le parece, querido doctor. .. , desde luego, usted
sabrá qué debe hacer, no le parece que debiera recetarle otra cosa? Ese último
medicamento me inspiraba tantas esperanzas ... Pero, como usted sabe, su
sarampión apareció después de ha¬berlo tomado.
EL
MÉDICO. - Mi estimada señora Mopply, puede tener la seguridad de que ese
medicamento nada tiene que ver con el sarampión. Era sólo un tónico suave...
EL
MONSTRUO. - ¡Estricnina!
EL
MÉDICO para fortalecerla.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Pero después apareció su sa¬rampión.
EL
MÉDICO. - Eso fue una infección concreta: un ger¬men, un microbio.
EL
MONSTRUO. - ¡Yo! Endósamelo todo a mí.
LA
SEÑORA DE EDAD. -Pero... ¿cómo entró? Cie¬rro tan cuidadosamente las
ventanas... Y cuelgo siem¬pre sobre la puerta una sábana impregnada en ácido
fénico.
EL
MONSTRUO (deshecho en lágrimas). - ¡Ni un so¬plo de aire fresco para mí!
EL
MÉDICO. - ¡Quién sabe! Puede haber estado es¬condido aquí desde que se
construyó la casa. Pero no tiene por qué preocuparse. No es nada grave: una
ru¬béola liviana: apenas se le podría llamar sarampión. La sacaremos de apuros,
no se inquiete.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Me consuela tanto oírle de¬ cir eso, doctor! Estoy segura de
que nunca podré expre¬sarle mi gratitud por todo lo que ha hecho por nos¬otros.
EL
MÉDICO. - ¡Oh! Es mi profesión. Hacemos lo que podemos.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Sí; pero algunos médicos son terribles. Como ese hombre de
Folkestone: era impo¬sible. Descorría las cortinas y dejaba entrar el sol en la
habitación, aunque ella no podía soportarlo sin lentes ahumados. Abría las
ventanas y dejaba entrar todo el aire frío de la mañana. Yo le decía que era un
asesino y él se limitaba a contestarme: "Una guinea, por favor."
Estoy segura de que fue él quien dejó entrar a ese mi¬crobio.
EL
MÉDICO. - ¡Oh! ¡Hace tres meses! No, no fue eso.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Entonces ... ¿qué fue? ¡Oh! ¿Está completamente seguro de que
no sería mejor re¬cetar otra cosa?
EL
MÉDICO. -Vaya... Ya le he recetado otra cosa.
EL
MONSTRUO. - ¡Tres veces!
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, ya lo sé, doctor! Nadie
habría
podido ser más bondadoso. Pero, en realidad, eso no le hizo ningún bien.
Empeoró.
EL
MÉDICO. - Pero, mi estimada señora. Contrajo el sarampión. Mi receta no tuvo la
culpa.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, claro que no! Créame que no he dudado ni por un momento
de que todo lo que ha hecho usted ha sido para bien. Pero...
EL
MÉDICO. - Perfectamente, perfectamente: le re¬cetaré otra cosa.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias, gracias! Estaba segura de que usted lo haría.
He visto tan a menudo que un cambio de medicamento obra maravillas...
EL
MÉDICO. - Cuando la hayamos sacado de este trance, creo que un cambio de
aire...
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, no, no diga eso! Ella debe estar cerca de un médico que
conozca su orga¬nismo. El viejo doctor Newland la conocía muy bien desde que
nació.
EL
MÉDICO. - Por desgracia, Newland ha muerto.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Sí, pero usted ha comprado
su
clientela. Nunca viviré tranquila si usted no está a mi alcance para poder
llamarlo en cualquier momento. Usted me indujo a llevarla a Folkestone; ¡y ya
ve qué ha sucedido! No; nunca volveré a hacerlo.
EL
MÉDICO. - Oh... Está bien. (Se encoge de hombros con resignación y va hacia la
mesita de la cabece¬ra.) ¿Cómo va la temperatura?
LA
SEÑORA DE EDAD. - La tomó la enfermera diurna.
No
me he atrevido a mirarla.
EL
MÉDICO (mirando el termómetro). - Hum.. .
LA
SEÑORA DE EDAD (temblando). - ¿Ha subido la fiebre? ¡Oh, doctor!
EL
MÉDICO (agitando precipitadamente el termóme¬tro para que baje el mercurio).
-No. Nada. Es casi normal.
EL
MONSTRUO. - ¡Embustero!
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Qué alivio!
EL
MÉDICO. - Pero tenga cuidado. No crea que ya se ha curado: todavía sigue
enferma. Por ahora, no debe abandonar la cama. Le bastaría con enfriarse un
poco para que sucediera algo serio.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Doctor... ¿Está seguro de que no me oculta algo? ¿Por qué no
se repone nunca mi hija a pesar de la fortuna que he invertido en sus
enfermedades? Debe de haber alguna causa muy arrai¬gada. Dígame lo peor. Lo he
temido durante toda mi vida. Acaso debí decirle a usted toda la verdad; pero
tenía miedo. El padrastro de su tío murió a causa de una dilatación cardíaca.
¿Se trata de eso?
EL
MÉDICO. -¡No, por Dios! ¿Cómo se le ocurre semejante cosa?
LA
SEÑORA DE EDAD. - Pero aún antes de que bro¬taran esas ronchas tenía demasiados
granos.
EL
MONSTRUO. - ¡Forúnculos! Demasiados helados de chocolate.
EL
MÉDICO. - ¡Oh! Eso no es nada. Su sangre no es como debiera ser. Pero ya la
pondremos en con¬diciones.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¿Está seguro de que no son sus pulmones?
EL
MÉDICO. -Mi buena señora, sus pulmones son sanos como los de una gaviota.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Entonces, debe de ser su co¬razón. No me engañe. Tiene
palpitaciones. Me dijo que, días pasados, su corazón dejó de latir durante
cinco minutos cuando esa horrible enfermera fue grosera con ella.
EL
MÉDICO. -¡Tonterías! Ya no estaría viva si su corazón hubiese dejado de latir
durante cinco segundos. Orgánicamente no tiene ninguna deficiencia. Está un
poco por debajo de lo que debiera ser: eso es todo. La alimentaremos
científicamente. Mucha carne fresca. Me¬dia botella de champaña en el almuerzo
y un vaso de oporto después de la cena la convertirán en otra mujer. Una
costilla en el desayuno, no muy cocida, suele ser muy beneficiosa.
EL
MONSTRUO-Me Me moriré de sobrealimentación. Y ella, también: es un consuelo.
EL
MÉDICO.-No se preocupe por el sarampión. Realmente, se trata de un caso sin
importancia.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Oh, confíe en mí en ese sen¬tido. Nadie podrá decir que me
preocupo más de lo conveniente. ¿No olvidará usted la nueva receta?
EL
MÉDICO.-La extenderé ahora mismo. (Saca su estilográfica y su recetario y se
sienta ante el secreter.)
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias! Y yo, iré a ver qué está haciendo la nueva
enfermera nocturna. Demo¬ran tanto con sus tazas de té... (Va hacia la puerta y
se dispone a salir cuando vacila y vuelve.) Doctor: ya sé que usted no cree en
las vacunas, pero no puedo dejar de creer que ella necesita una. Hacen tanto
bien...
EL
MÉDICO (a quien poco le falta para perder la pa¬ciencia). - Mi querida señora
Mopply: nunca le dije que no creo en las vacunas. Pero es inútil inyectar una
vacuna cuando el paciente ya está plenamente infectado.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Pero yo misma he descubier¬to que es tan necesario... Me
vacunaron contra la gripe hace tres años; y, desde entonces, sólo he tenido la
gripe cuatro veces. Mi hermana la tiene en febrero de cada año. Por favor, para
complacerme, vacúnela. Me siento tan responsable si se deja de hacer algo para
curarla...
EL
MÉDICO. - Bueno, bueno. Veré qué se puede ha¬cer. Le daremos una vacuna y una
receta nueva. ¿Se sentirá usted tranquila, así?
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, gracias! Usted me ha quitado un peso muy grande de la
conciencia. Estoy segura de que ambas cosas le harán mucho bien. Y ahora,
discúlpeme un momento, mientras voy en busca de la enfermera. (Sale.)
EL
MÉDICO. - ¡Qué mujer enloquecedora!
EL
MONSTRUO (levantándose y acercándosele por de¬trás). -Sí. ¿Verdad?
EL
MÉDICO (sobresaltado). -¿Cómo? ¿Quién es?
EL
MONSTRUO. - Sólo yo y la paciente. Y usted le ha dado una dosis tan alta que no
volverá a hablar durante diez horas. Algún día, exagerará la nota.
EL
MÉDICO. - ¡Tonterías! Ella creyó que era un som¬nífero; pero sólo era una
aspirina disuelta en éter. Pero... ¿a quién le estoy hablando? Debo de estar
borracho.
EL
MONSTRUO. -Nada de eso.
EL
MÉDICO. - Entonces ... ¿quién es usted? ¿Qué es usted? ¿Dónde está usted? ¿Se
trata de un truco?
EL
MONSTRUO. - Sólo soy un infortunado bacilo en¬ fermo.
EL
MÉDICO. - ¡Un bacilo enfermo!
EL
MONSTRUO. - Sí. Supongo que nunca se le ocu¬rrió que un bacilo puede enfermarse
como cualquiera.
EL
MÉDICO. - ¿Qué tiene usted? EL MONSTRUO. - Sarampión.
EL
MEDICO. - ¡Pamplinas! El microbio del saram¬pión no ha sido descubierto. Si hay
un microbio, no puede ser sarampión: debe de ser parasarampión.
EL
MONSTRUO. -¡Santo cielo! ¿Qué es el parasa¬ rampión?
EL
MÉDICO. -Algo que se parece tanto al saram¬pión que nadie puede notar la
diferencia.
EL
MONSTRUO. - Si no hay sarampión ... ¿por qué le dijo usted a la vieja que su
hija ha contraído el sarampión debido a un microbio?
EL
MÉDICO. -Hoy, los pacientes insisten en tener microbios. Si yo le dijera que no
existe un microbio del sarampión, ella no me creería y yo perdería a mi
clienta. Cuando no hay un microbio, lo invento. ¿Debo entender que usted es el
microbio del sarampión que falta y que se lo ha causado a esta paciente?
EL
MONSTRUO. -No: es ella quien me lo causó a mí. Esos seres humanos rebosan
enfermedades horribles: nos contagian a nosotros, los pobres microbios; y
us¬tedes, los médicos, fingen que somos nosotros quienes se los contagiamos. A
todos ustedes debieran eliminar¬los del registro.
EL
MÉDICO. - Es lo que sucedería si habláramos así.
EL
MONSTRUO. - ¡Oh, qué desdichado me siento! Por favor, cúreme mi sarampión.
EL
MÉDICO. -No puedo. No puedo curar ninguna enfermedad. Pero me atribuyen ese
honor cuando los pacientes se curan solos. Cuando ella se cure sola, lo curará
también a usted.
EL
MONSTRUO. - Pero ella no puede curarse porque usted y su madre no le dan ni
sombra de oportunidad. Usted no le deja siquiera tomar una bocanada de aire
fresco. Le digo que, por naturaleza, es robusta como un rinoceronte. ¡Malditos
sean sus estúpidos frascos y vacu¬nas! ¿Por qué no los tira y se hace curador
por la fe?
EL
MÉDICO. - Lo soy. ¡No creerá usted que los fras¬cos curan a la gente! Lo que
los cura, es la fe del pa¬ciente en el frasco.
EL
MONSTRUO. -Usted es un farsante: eso es lo que es.
EL
MÉDICO. - La fe es una patraña. Pero da resul¬tado.
EL
MONSTRUO. - Entonces... ¿por qué llama usted a eso una ciencia?
EL
MÉDICO. - Porque la gente cree en la ciencia. Los adeptos a la ciencia
cristiana llaman ciencia a su impostura por la misma razón.
EL
MONSTRUO. - Los adeptos a la ciencia cristiana dejan que sus pacientes se curen
solos. ¿Por qué no hace usted lo mismo?
EL
MÉDICO. -Lo hago. Pero les ayudo. Le expli¬caré: es más fácil creer en frascos
y vacunas que en uno mismo y en esa misteriosa fuerza que nos da nuestra vida y
sobre la cual ninguno de nosotros sabe nada. Mu¬cha gente cree en esos frascos
y no nos entendería si aludiéramos al verdadero medicamento. Y los frascos
consiguen eso. Lo más frecuente es que mis pacientes se curen. Salvo,
naturalmente, que les toque el turno. Entonces, todos tenemos que morirnos.
EL
MONSTRUO. - A ninguna muchacha le toca el turno mientras no está consumida. Le
digo que ésa podría curarse a sí misma y curarme a mí si usted la dejara.
EL
MÉDICO. - Y yo, le digo que sería muy difícil trabajar por ella. ¿Por qué
habría de hacerlo si puede pagarles a otros para que lo hagan? No se lustra sus
zapatos ni se friega sus pisos. Le paga a otra para que lo haga. ¿Por qué
habría de curarse sola, cosa que da más trabajo que lustrar zapatos o fregar
pisos, si puede permitirse el lujo de pagarle al médico para que la cure?
Eso
le conviene a ella y me conviene a mí. Mera lógica, amigo mío. Y ahora,
discúlpeme, pero me marcharé antes de que vuelva la vieja y me incite a
retorcerle el pescuezo. (Levantándose.) Acuérdese de lo que le digo: algún día,
alguien le romperá la cabeza. Alguien que pueda permitírselo: no el médico. A
mí, ya me ha enloquecido: la prueba, es que oigo voces y les hablo. (Sale.)
EL
MONSTRUO. - Eres más cuerdo que la mayoría de ellos, estúpido. Ellos creen que
tengo en el bolsillo las llaves de la vida y de la muerte; pero sólo tengo una
horrible jaqueca. ¡Oh, Dios mío!
(El
Monstruo se va detrás del biombo. La paciente, al quedarse sola, comienza a
moverse en la cama. Se vuel¬ve y llama quejumbrosamente a alguien para que la
atienda.)
LA
PACIENTE. - ¡Enfermera! ¡Mamá! ¡Oh! ¿Hay al¬guien ahí? (Gritando.) ¡Bestias
egoístas! ¡Pensar que me abandonan así! (Aferra con irritación el cordón del
tim¬bre eléctrico que pende a su alcance y oprime repetidas veces la perilla.)
(La
señora de edad y la enfermera nocturna acuden corriendo. La enfermera es joven,
ágil, activa, resuelta y decididamente bonita. La señora Mopply va hacia la
mesita de noche, la enfermera hacia la izquierda de la paciente.)
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¿Qué sucede, querida? ¿Te has despertado? ¿No era bueno el
somnífero? ¿Estás peor? ¿Qué ha pasado? ¿Adónde se ha ido el médico?
LA
PACIENTE. - Sufro muchísimo. Hace siglos que estoy aquí tocando el timbre y
nadie viene a atenderme. A nadie le importa si estoy viva o muerta.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh! ¿Cómo puedes decir esas cosas, querida? Dejé aquí al
médico. Salí por un momento. Tenía que recibir a la nueva enfermera noc¬turna y
darle instrucciones. Aquí está. Y, por favor, cúbrete el brazo. Tomarás frío: y
entonces, todo habrá terminado. Enfermera, cuide de que no se destape ni por un
momento. ¿Cree que convendría ponerle otra botella de agua caliente contra el
brazo hasta que se le vuelva a calentar? ¿Sientes frío, querida?
LA
PACIENTE (con enojo). - Sí, un frío mortal.
LA
SEÑORA DE EDAD. - Oh, no digas eso. ¡Y hay
tantas
neumonías por ahí! ¡Qué lástima que se haya ido el médico! Te habría examinado
los pulmones...
LA
ENFERMERA NOCTURNA (tanteando el brazo de la paciente). -Está suficientemente
caliente.
LA
PACIENTE (prorrumpiendo en-sollozos). - Mamá, llévate a esta odiosa mujer.
Quiere matarme.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, no, querida! ¡Me la han recomendado tanto! No puedo
conseguir otra enfermera a estas horas. ¿No podrías tratar, por mí, de
soportarla hasta que venga por la mañana la enfermera diurna?
LA
ENFERMERA. - ¡Vamos! Permítame que le arregle sus almohadas y la ponga cómoda.
Toda esa ropa de cama la ahoga. ¡Cuatro gruesas frazadas y una colcha de
edredón! Con razón se siente irritable.
LA
PACIENTE (gritando). - ¡No me toque! Váyase. Usted quiere matarme. A nadie le
importa si estoy viva o muerta.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, querida! No sigas ha¬blando así. Bien sabes que no es
cierto; y eso me hiere tanto...
LA
ENFERMERA. - No debe darle importancia a lo que dice una enferma, señora. Más
vale que se vaya a acostar y que deje a la paciente en mis manos. Usted
está
agotada. (Se acerca a la señora Mopply y la toma del brazo zalameramente, pero
con firmeza.)
LA
SEÑORA DE EDAD. -Bien sé que lo estoy: un poco más y me caigo. ¡Qué comprensiva
ha sido usted al notarlo! Pero... ¿cómo puedo abandonarla en este momento?
LA
ENFERMERA. - Es necesario que ella no tenga a más de una persona en la
habitación al mismo tiempo. Ya ve cómo la excita e inquieta eso.
LA
SEÑORA DE EDAD. - ¡Oh, es cierto! El médico dijo que debía estar lo más
tranquila posible.
LA
ENFERMERA (llevándola hacia la puerta). - Usted necesita una buena noche de
sueño. Confíe en que haré todo lo que sea adecuado y necesario.
LA
SEÑORA DE EDAD (bajando la voz). - Confío en ello. ¡Qué buena es usted! Avíseme
si algo...
LA
ENFERMERA. - Sí, sí. Le prometo que iré a bus¬carla y la despertaré si sucede
algo. Buenas noches, se–ora.
LA
SEÑORA DE EDAD (en voz baja). -Buenas no¬ches. (Sale furtivamente.)
(La
enfermera, al quedarse sola con la enferma, no le presta atención y va hacia la
ventana. Descorre las cortinas y la persiana, dejando que entre la luna a
to¬rrentes. Luego, va hacia la puerta, donde está el conmu¬tador de la luz
eléctrica.)
LA
PACIENTE (acurrucándose entre los cobertores). - ¿Qué está haciendo? ¡Cierre
esa ventana y baje la per¬siana y corra esas cortinas inmediatamente! ¿Quiere
ma¬tarme?
(La
enfermera enciende todas las luces.)
LA
PACIENTE (cubriéndose los ojos). - ¡Oh! ¡Oh! No puedo soportar eso: apáguelo.
(La
enfermera apaga las luces.)
LA
PACIENTE.- ¡Qué desconsiderada es usted! (La enfermera vuelve a encender las
luces.)
LA
PACIENTE. - ¡Oh, por favor, por favor! No en¬ cienda todas esas luces.
(La
enfermera las apaga.)
LA
PACIENTE.- No, no. Déjeme un poco de luz para leer. El velador de la mesita de
noche no me basta, es¬túpida.
(La
enfermera vuelve a encender las luces y regresa tranquilamente a la cabecera.)
LA
PACIENTE.- ¡Me parece imposible que alguien pueda ser tan irreflexivo y torpe
cuando estoy enferma!
Sufro
espantosamente. ¡Cierre esa ventana y apague la mitad de esas luces ahora
mismo! ¿Me oye?
(La
enfermera retira sin contemplaciones la colcha de edredón y una de las
almohadas de la cama, dejando caer en forma brusca a la paciente y las instala
cómo¬ damente en la silla, junto a la cabecera.)
LA
PACIENTE. - ¿Cómo se atreve a tocar mi almoha¬da? ¡Qué descaro!
(La
enfermera se sienta; arranca una hoja de una re¬vista ilustrada y procede a
examinarla atentamente.)
LA
PACIENTE. -¡Muy bonito! ¿Cuánto tiempo piensa quedarse ahí, dejándome
abandonada? Cierre esa ven¬tana inmediatamente.
LA
ENFERMERA (con insolencia, en su lenguaje más plebeyo). - ¡Oh, váyase a... a
dormir! (Vuelve a es¬tudiar el documento.)
LA
PACIENTE.- No se atreva a hablarme así. No creo que usted sea una enfermera
diplomada.
LA
ENFERMERA (tranquilamente). - Por cierto que no. No aceptaría cinco mil libras
al año si fuera enfermera. Pero sé tratarla a usted y a la gente como usted,
porque fui en otros tiempos paciente en un hospital don¬de las pacientes eran
toscas y las enfermeras tenían que tratarlas en forma concordante. Allí, tuve
que abrir los ojos y aprendí un poco del juego. (Saca un paquete del bolsillo y
lo abre sobre la mesita de noche. Contiene un cuarto de kilogramo de sal de
cocina.) ¿Sabe qué es esto, para qué sirve?
LA
PACIENTE. - ¿Es un medicamento?
LA
ENFERMERA. - Sí. Para curar todos estos gritos y esa histeria y berrinches.
Cuando una mujer inicia una escena, lo primero que hace es abrir la boca. Una
en¬fermera que sabe su oficio le mete simplemente un pu-ñado de esto en la
boca. Sal de cocina común. No grite más. ¿Me entiende?
LA
PACIENTE (con aplomo). -No, no lo haré. (Tiende la mano hacia el timbre.)
LA
ENFERMERA (impidiéndole oprimirlo). - No, no lo hará. (Arroja el cordón con el
timbre al suelo detrás de la cama.) Ahora, no nos molestarán. Nada de tim¬bre.
Y si abre la boca, le pondré la sal. ¿Entendido?
LA
PACIENTE. - ¿Y usted cree que soy una pobre¬tona del hospital a quien puede
maltratar a su antojo? ¿Sabe qué le sucederá cuando venga mi madre por la
mañana?
LA
ENFERMERA. - Por la mañana, querida, yo estaré lejos, del otro lado de las
colinas.
LA
PACIENTE. - ¿Y espera que yo, estando enferma como estoy, me quede sola aquí
con usted?
LA
ENFERMERA. -No estaremos solas. Espero a un amigo.
LA
PACIENTE. - ¡Un amigo!
LA
ENFERMERA. - Un caballero amigo mío. Le dije que podía venir cuando viera que
apagaban dos veces las luces.
LA
PACIENTE. - Conque fue por eso por lo que...
LA
ENFERMERA. - Por eso fue.
LA
PACIENTE. - Y usted se propone tranquilamente hacer venir aquí, a mi cuarto, a
su joven, para diver¬tirse durante toda la noche ante mis propias narices.
LA
ENFERMERA. -Usted puede dormir.
LA
PACIENTE. - No haré semejante cosa. Usted ten¬drá que comportarse decentemente
en mi presencia.
LA
ENFERMERA. - ¡Oh, no se preocupe por eso! Ese hombre viene por negocios. En
realidad, es mi socio: no mi amiguito.
LA
PACIENTE. - ¿Y no puede encontrar un lugar más adecuado para sus negocios que
mi cuarto, de no¬che?
LA
ENFERMERA. -Es que usted ignora aún de qué negocios se trata. Hay que ocuparse
de ellos aquí y de noche. Creo que ahí viene él.
(Un
ladrón, bien vestido, con guantes de goma pues¬tos y un pequeño antifaz blanco
sobre la nariz, entra por la ventana. Tiene aún treinta y tantos años y es muy
guapo. Su voz es de un tono tan agradable que puede dejar sin defensa a
cualquiera.)
EL
LADRÓN. - ¿Todo va bien, Sweetie?
LA
ENFERMERA. - Todo va bien, Popsy.
(El
ladrón cierra silenciosamente la ventana: corre las cortinas y se acerca a la
cabecera.)
EL
LADRÓN. - ¡Maldición! Está despierta. ¿No le dis¬te un somnífero?
LA
PACIENTE. - ¿Espera que yo duerma estando us¬ted en esta habitación? ¿Quién es
usted? ¿Y por qué se ha puesto ese antifaz?
EL
LADRÓN. - Sólo para que usted no me reconozca si volvemos a encontrarnos.
LA
PACIENTE. - No tengo la menor intención de volver a encontrarme con usted. De
modo que tanto da que se lo quite.
LA
ENFERMERA. - No le he dicho para qué estamos aquí, Popsy.
LA
PACIENTE. -No lo sé ni me importa. Lo único que puedo decirles es que si no se
van inmediatamente y no me mandan a mi madre, les contagiaré el saram¬pión.
EL
LADRÓN. - Ambos lo hemos tenido, ya, querida inválida. Temo que nos veremos
obligados a molestarla un poco más. (A la enfermera.) ¿Has descubierto dónde
está eso?
LA
ENFERMERA. -No: no he tenido tiempo. Ahí está el tocador. Busca en él.
(El
ladrón va hacia el otro lado de la cama y se en¬camina hacia el mueble
indicado, cuando. .. )
LA
PACIENTE. - ¿Qué busca en mi tocador?
EL
LADRÓN. - Evidentemente, su célebre collar de perlas.
LA
PACIENTE (levantándose de su cama con un salto formidable y parándose de
espaldas al tocador, como un baluarte que protege al alhajero). -No. Si puedo
impedirlo, no lo tomará.
EL
LADRÓN (acercándosele). - Debe permitírmelo.
LA
PACIENTE. - Ahí tiene eso.
(Aferrándose
del borde del tocador que está a sus espaldas, alza vigorosamente el pie hasta
la altura de la cintura y se lo descarga con fuerza sobre el plexo solar. El se
encoge sobre la cama con un gemido de dolor y cae rodando sobre la alfombra,
del otro lado del lecho. La enfermera se precipita atrás de la cabe¬cera y
aferra a la paciente. Esta se inclina bruscamente, la agarra de las rodillas,
la levanta y la arroja por el aire. La enfermera, con ruido sordo, cae de
espaldas so¬bre el canapé. La paciente está jadeante; se balancea, mareada; va
tambaleándose hacia la cama y se desploma sobre ella, agotada. La enfermera,
aturdida por el muy inesperado atletismo de la paciente, pero no lastimada, se
levanta de un salto.)
LA
ENFERMERA. - Pronto, Popsy: átale los pies. Se ha desmayado.
EL
LADRÓN (profiere un gemido de dolor y rueda boca abajo). - !!!
LA
ENFERMERA. —Pronto, te digo!
EL
LADRÓN (tratando de levantarse). - ¡Ay! ¡Ay!
LA
ENFERMERA (corriendo y zamarreándolo). - ¡Dios mío! ¡Eres un estúpido, Popsy!
Ven y ayúdame an¬tes de que ella vuelva en sí. Es demasiado fuerte para mí.
EL
LADRÓN. - ¡Ay! Déjame morir.
LA
ENFERMERA. -Je quedarás tendido ahí eterna¬mente? ¿Te ha matado?
EL
LADRÓN (levantándose lentamente, se pone de ro¬dillas). - Poco menos. Oh,
Sweetie... ¿Por qué me dijiste que este campeón de peso pesado era una
impo¬tente inválida?
LA
ENFERMERA. - Cállate. Apodérate de las perlas.
EL
LADRÓN (levantándose dificultosamente). - Me acertó en la boca del estómago.
Lamento haber sido tan poco útil, pero... ¡Oh, Sweetie! La naturaleza no nos ha
hecho para ser ladrones. Nuestra primera ten¬tativa ha sido un fracaso
irremediable. Pidamos disculpas y vayámonos.
LA
ENFERMERA. - ¡Estúpido! No seas tan cobarde.
(Mirando
detenidamente a la paciente.) Oye, Popsy: creo que está dormida.
EL
LADRÓN.-Déjala dormir. No irrites al ciervo.
LA
ENFERMERA.- ¡Tu ¡Tu estupidez me enferma! ¿No ves que podemos atarle los pies y
amordazarla antes de que se despierte e irnos con las perlas? Es muy fácil si
lo hacemos pronto juntos. Vamos, ayúdame.
EL
LADRÓN. - No te engañes, querida: tendríamos tantas probabilidades de
conseguirlo como si quisiéramos llevar a un gorila hembra al Zoológico. No: no
robaré esas joyas. Las honradez es la mejor política. Se me ocurre otra idea y
es mucho mejor. Deja esto en mis manos. (Va hacia el tocador y ella lo sigue.)
LA
ENFERMERA. - ¿Qué idea se te ha metido ahora en esa estúpida cabeza?
EL
LADRÓN. - Ya lo verás. (Tomando el estuche.) Este estuche es uno de esos que se
abren mediante un dispositivo secreto de letras. Ya que esos dispositivos dan
tanto trabajo como un teléfono automático, nadie los cierra jamás. Aquí está el
collar. ¡Dios mío! Si estas perlas son auténticas, deben de valer unas veinte
mil libras. ¡Y aquí hay un anillo con un gran diamante azul! Vale cuatro mil,
por lo menos. Sweetie: tenemos lo necesario para vivir como unos príncipes
durante el resto de nuestra vida.
LA
ENFERMERA. - ¿De qué nos sirven los diamantes azules si no los robamos?
EL
LADRÓN. - Espera. Espera y verás. Vé a sentarte en esa silla y trata de
aparentar lo mejor posible que eres una amable enfermera.
LA
ENFERMERA. - Pero...
EL
LADRÓN. -Haz lo que te digo.. . Ten con¬fianza... Confía en tu Popsy.
LA
ENFERMERA (obedeciendo). -Bueno, me rindo. Estás loco.
EL
LADRÓN. - Nunca he estado más cuerdo. Espera. ¿Cómo llama esta mujer a la
gente? ¿No tiene un tim¬bre? ¿Dónde está?
LA
ENFERMERA (levantándolo). - Aquí. Puse fuera de su alcance la perilla cuando
ella la quería agarrar.
EL
LADRÓN. -Ponlo sobre la cama, cerca de su mano.
LA
ENFERMERA. - Popsy, has perdido el juicio. Ella...
EL
LADRÓN. - Querida: en nuestra empresa, yo soy el cerebro, tú la mano ejecutora.
Esta será nuestra ha¬zaña más gloriosa. Obedéceme en forma instantánea.
LA
ENFERMERA (con resignación). - ¡Oh, está bien! (Pone el timbre donde se lo han
pedido.) Me lavo las manos en este asunto. (Se queda sentada, con aire
por¬fiado.)
EL
LADRÓN (acercándose a la cabecera). - Por lo de¬más, esta mujer dista de ser un
éxito como Bella Dur¬miente. Sus colores son lamentables y su aliento no huele
precisamente a ambrosía. Pero si la llevamos al campo puede volverse bonita. Y
si su punch es tan poderoso como su puntapié, será un guardaespaldas
inestimable para dos débiles como nosotros ... si logro inducirla a que se nos
asocie.
LA
ENFERMERA. - ¡A que se nos asocie! ¿Qué quie¬res decir?
EL
LADRÓN. - ¡Ssst! No hagas tanto ruido: debemos despertarla con dulzura. (Se
inclina hacia el oído de la paciente y murmura.) ¡Señorita Mopply!
LA
PACIENTE (en un murmullo de protesta). - Mmmmmmm ...
LA
ENFERMERA.- ¿Qué dice?
EL
LADRÓN. - En realidad, lo siguiente: "Usted me ha despertado demasiado
pronto: tengo que dormitar de nuevo." (A la paciente, alzando un poco la
voz.) No soy su querida madre, señorita Mopply: soy el la¬drón. (La paciente se
levanta a medias, bruscamente, con aire amenazador. El cae de rodillas y junta
las manos con aire suplicante.) ¡Kamerad, señorita Mopply! ¡Kamerad! Estoy
totalmente a su merced. El timbre se halla sobre la cama, al alcance de su
mano: mírelo. Le bas¬tará con oprimir la perilla para que venga su madre y me
eche encima a la policía (ella aferra la perilla) y para que usted vuelva a ser
una desdichada inválida durante todo el resto de su vida. (La paciente deja
caer la perilla, cavilosamente.) La perspectiva no es atra¬yente... ¿verdad?
Ahora, escúcheme. Tengo algo que proponerle, algo de la mayor importancia: algo
que puede hacer de usted otra mujer y cambiar todo su des¬tino. Mientras me
escucha, usted gozará de la seguridad más perfecta: en cualquier momento puede
oprimir la perilla o arrojarnos por la ventana si lo prefiere. Sólo le pido
cinco minutos.
LA
PACIENTE (aún peligrosamente en guardia). - ¿Y bien?
EL
LADRÓN (levantándose). - Permítame que le dé una prueba más de mi confianza.
(Se quita el antifaz.) Mire. ¿Puede tener miedo de semejante rostro? ¿Tengo
cara de ladrón?
LA
PACIENTE (relajando su actitud belicosa y aun dando señales de buen humor). -
No: parece un cura.
EL
LADRÓN (un poco picado). - Oh, un cura, no. Confío en parecer, por lo menos, un
clérigo con inmu¬nidad. Pero ha sido usted muy sagaz al descubrirme.
El
caso es que soy, efectivamente, un clérigo. Pero debo pedirle que me guarde el
secreto: porque mi padre, que es ateo, me desheredaría si lo supiera. Me ordené
secretamente cuando estaba en Oxford.
LA
PACIENTE. - ¡Oh, esto es ridículo! Estoy soñan¬do. Debe de ser ese somnífero
nuevo que me dio el médico. Pero es delicioso, porque sueño que me siento
perfectamente. Nunca he sido tan feliz. Adelante con el sueño, Pops: lo que
tiene de más agradable es que estoy enamorada de usted. Mi hermoso Pops,
querido mío, usted es un perfecto galán cinematográfico, sólo que se parece más
a un caballero inglés. (Le envía un beso.)
LA
ENFERMERA. - ¡Vaya! Que me conde.. .
EL
LADRÓN (interrumpiéndola). - Sssst... No rom¬pas el hechizo.
LA
PACIENTE (con un profundo suspiro de satisfac¬ción). - Que nadie me despierte.
Estoy en el paraíso. (Se deja caer sobre las almohadas con aire dichoso. )
Adelante, Pops. Dígame otra cosa.
EL
LADRÓN. - Espléndido. (Toma una silla que está cerca del tocador y se sienta
cómodamente junto a la cabecera.) Vamos a pasar una noche ideal. Escúcheme.
Imagínese una celestial tarde de julio: un lago escocés rodeado de montañas que
se reflejan en sus aguas y un bote... ¿Me permite que lo llame una chalupa?
LA
PACIENTE (en éxtasis). - ¡Una chalupa! ¡Oh, Popsy!
EL
LADRÓN con Sweetie sentada en la popa
y yo
tendido, con la cabeza apoyada sobre sus rodillas.
LA
PACIENTE. -No meta a Sweetie en esto, Pops.
Los
sentimientos amorosos de Sweetie no me interesan.
EL
LADRÓN. - Usted me interpreta mal. Los pensamientos de Sweetie estaban muy
lejos de mí, pensaba en usted.
LA
PACIENTE. - ¡Qué descaro! ¿Qué sabía Sweetie de mí?
EL
LADRÓN. - Es muy sencillo. En su mano de lirio, tenía un ejemplar de "The
Lady's Pictorial". Esa re¬vista contenía una enumeración ilustrada de sus
joyas. ¿Adivina qué me dijo Sweetie mientras contemplaba la plácida majestad de
las montañas y bañaba su alma en la belleza del crepúsculo?
LA
PACIENTE. - Sí. Dijo: "Popsy, tenemos que ro¬bar ese collar."
EL
LADRÓN. - Exactamente. Palabra por palabra. Pero... ¿podría usted adivinar,
ahora, qué le contesté?
LA
PACIENTE. - Supongo que le dijo "Tienes razón, Sweetie" o alguna
vulgaridad parecida.
EL
LADRÓN. - Se equivoca. Dije: "Si esa muchacha tuviera un poco de sentido
común, robaría el collar ella misma."
LA
PACIENTE. - ¡Oh! Esto se está volviendo intere¬sante. ¿Cómo podría robar yo mi
propio collar?
EL
LADRÓN. - Véndalo y entréguese a una magní¬fica parranda con la vida. Vea la
vida. Viva. Usted no llamará vivir a esta existencia de inválida... ¿verdad?
LA
PACIENTE. - ¿Por qué no he de llamarlo vivir? No estoy muerta. Naturalmente,
cuando despierto me siento delicadísima...
EL
LADRÓN. - ¿Delicadísima? Hace cinco minutos, apenas, usted me dejó desmayado y
arrojó a Sweetie al otro lado de la habitación. Si es capaz de luchar así por
un collar de perlas que nunca tiene oportunidad de usar... ¿por qué no lucha
por la libertad de hacer lo que le da la gana, con el bolsillo lleno de dinero
y
con
todas las diversiones de este vasto mundo a su dis¬posición? ¡Qué diablos! ¿No
quiere ser joven y bonita y tener un aliento agradable y ser campeona de tenis
y disfrutar de todo lo disfrutable en vez de enmohecerse aquí y de que su
estúpida madre la asedie con sus ton¬terías y con todos los médicos que viven
de su estupi¬dez? ¿No tiene conciencia, para derrochar tan lamen¬tablemente los
dones de Dios? Usted cree estar enferma. No lo está: se halla en estado de
pecado. Venda el collar y cómprese la salvación con el producto de la venta.
LA
PACIENTE. - Usted es un clérigo, Pops. No cabe duda. Pero no sé cómo vender el
collar.
EL
LADRÓN. - Lo haré yo. Déjeme que se lo venda. Usted, desde luego, nos dará una
bonita comisión por el negocio.
LA
PACIENTE. -En esto, debe de haber alguna ce¬lada. Si le doy ahora el collar...
¿cómo sé que no se guardará todo el precio?
EL
LADRÓN. - Sweetie: la señorita Mopply está he¬cha de la madera de los buenos
hombres de negocios. (A la paciente.) Piénselo, un poco, Mops. (Llamémonos Mops
y Pops, para abreviar.) Si robo el collar, tendré que vendérselo como un ladrón
a un hombre que sabe perfectamente que lo he robado. Tendré suerte si con¬sigo
el dos por ciento de su valor. Pero si lo vendo abiertamente, como agente de su
legítimo dueño, podré conseguir su valor real en plaza. El dinero se lo
paga¬rán a usted; y confío en que me abonará mi comisión. Sweetie y yo nos
daremos por muy satisfechos con el cincuenta por ciento.
LA
PACIENTE. - ¡El cincuenta! ¡Oh!
EL
LADRÓN (con firmeza). -Reconozca que nos lo
merecemos
por nuestro espíritu de empresa, el riesgo que corremos y la inestimable dádiva
de su emancipa¬ción de esta infortunada casa. ¿Trato hecho, Mops?
LA
PACIENTE. - La comisión que pretende cobrarme es monstruosa, desmedida; pero en
el país de los sueños no cuesta nada ser generosa. Usted recibirá su cincuenta
por ciento. Tiene suerte de que yo esté dormida. Si me despertara, nunca me
separaría de los míos ni de mi posición social. Ustedes, como son delincuentes,
pueden hacer lo que quieran. Si fueran una dama y un caba¬llero, sabrían qué
penoso resulta no hacer lo que hacen todos los demás.
EL
LADRÓN. - Perdón, pero creo que usted se sentirá más a sus anchas con nosotros
si le comunico que so¬mos una dama y un caballero. Mi propia jerarquía -y no
porque yo quiera presumir con ella ni por un mo¬mento- es, si consulta a Burke
o Debrett, más alta que la suya. Su familia amasó su fortuna en el comercio:
los míos vivieron siempre de la renta de sus propie-dades o gobernando colonias
de la corona. Sweetie sería una mujer muy encumbrada si no mediara el
infor¬tunado hecho de que sus progenitores, aunque unidos ante Dios, no estaban
casados legalmente. Por lo menos, es eso lo que me dice.
LA
ENFERMERA (apasionadamente). -Te digo lo que es cierto. (A la paciente.) Popsy
y yo somos la me¬jor compañía que usted haya tenido.
LA
PACIENTE. - No, Sweetie: usted es una diablesa cualquiera y una mentirosa. Pero
me divierte. Si fuera una verdadera dama, no me divertiría. Usted tendría miedo
de ser tan distinta de una dama.
EL
LADRÓN. -Precisamente. Vamos ... ¡Confiese! Somos más divertidos que su ansiosa
madre y el cura
y
todos los parientes que simpatizan con usted ... ¿ver¬dad?
LA
PACIENTE. - Me parece muy escandaloso que us¬tedes dos, que debieran estar en
la cárcel, sean quienes se divierten, mientras que yo, que soy respetable y una
dama, esté prácticamente encarcelada.
EL
LADRÓN. - ¿No le gustaría venir con nosotros?
LA
PACIENTE (tranquilamente). -Tengo la mejor
intención
de acompañarlos. Voy a sacar todo el partido posible de este sueño. ¿Olvida que
lo amo, Pops? El mundo nos espera. Usted y Sweetie han pasado una semana en el
país de la montaña y el torrente por siete guineas, inclusive las propinas.
Ahora, usted tendrá una eternidad con su Mops en el más bello paraíso terrenal
que podamos encontrar, gratuitamente.
LA
ENFERMERA. - ¿Y qué papel desempeño yo en todo esto?
LA
PACIENTE. - Usted será nuestra dama de com¬pañía.
LA
ENFERMERA. - ¡Su dama de compañía! ¡Qué des¬caro!
LA
PACIENTE. - Escuche. Usted será una condesa. Iremos al extranjero, donde nadie
notará la diferencia. Usted tendrá un magnífico título de otro país. La
con¬desa Valbrioni. ¿No la tienta eso?
LA
ENFERMERA. - ¡No, qué diablos!
EL
LADRÓN. - Un momento. Sweetie, se me ocurre otra idea. Algo magnífico.
Inventemos un rapto.
LA
ENFERMERA. - ¿Qué quieres decir con eso?
EL
LADRÓN. - Es muy sencillo. Nosotros raptamos a Mops: es decir, la ocultamos en
las montañas de Cór¬cega o Istria o Dalmacia o Grecia o en el Atlas o donde
quieras, siempre que esté fuera del alcance de Scotland
Yard.
Fingiremos ser bandidos. Su devota madre vomi¬tará cinco mil libras de rescate.
Compartiremos el res¬cate: el cincuenta por ciento para Mops, veinticinco para
ti y veinticinco para mí. Mops: usted no sólo realizará el valor de las perlas,
sino su propio valor. ¡Qué golpe financiero!
LA
PACIENTE (excitada). - ¡Grecia! ¡Dalmacia! ¡Rap¬tada! ¡Bandidos! ¡Rescate!
(Desfalleciendo un poco.) Oh, no me martiricen con esa tentación, estúpidos:
uste¬des olvidan mi sarampión.
(De
pronto reaparece el Monstruo, surgiendo de detrás del biombo. Está
transfigurado. El abotagado y moribundo Calibán se ha convertido en un delicado
Ariel.)
EL
MONSTRUO (recogiendo la última observación de la paciente). -Y tú, también. No
más sarampión: esa batalla por las joyas nos ha curado a ti y a mí. ¡Ja, ja!
Estoy bien, estoy bien, estoy bien. (Salta en éxtasis y finalmente se encarama
sobre las almohadas y se mete en la cama junto a la paciente.)
LA
ENFERMERA. -Si usted ha podido saltar de la cama para dejarnos fuera de combate
a Popsy y a mí, bien puede saltar de ella para vestirse y marcharse de aquí.
Abríguese bien: tenemos un automóvil esperando.
EL
LADRÓN. - Eso no es peor que ser llevada a un sanatorio privado, Mops. Luche
por la libertad. ¡Arriba!
(La
sacan de la cama.)
LA
PACIENTE. - Pero no puedo vestirme sin una criada.
LA
ENFERMERA. - ¿Ha intentado hacerlo alguna vez?
EL
LADRÓN. - Le concederemos cinco minutos. Si no está pronta, nos iremos sin
usted. (Consulta su reloj.)
(La
paciente se lanza hacia el ropero y saca de un tirón un abrigo de piel, un
sombrero, un vestido, una combinación, un par de medias, una bombacha de seda
negra y zapatos y lo tira todo al suelo. La enfermera recoge la mayoría de esas
cosas; la paciente aferra lo demás; ambas se retiran atrás del biombo. Mientras
tan¬to, el ladrón se adelanta hacia el pie de la cama y co-menta con tono de
perorata, intermedio entre el del subastador y el clérigo.)
EL
LADRÓN. - Abrigo de piel. Foca. Anticuado, pero vale cuarenta y cinco guineas.
Sombrero. Plácido y pro¬pio de una dama. Traje sastre. Combinación: seda y
lana. Auténticas medias de seda sin costura. Bombacha. ¡Qué audazmente moderna!
Zapatos: tacos de dos pulgadas solamente, pero no sirven para las montañas.
¡Qué tema para un sermón! La virgen bien educada se subleva con¬tra su vida
respetable. El alma con aspiraciones huye del hogar, del dulce hogar, que, como
lo dice un re-nombrado escritor, es la cárcel de la muchacha y el hospicio de
la mujer. El entrometido interés de sus an¬siosos progenitores, la solícita
preocupación del sacerdote de la familia por su salvación y la del médico de la
familia por su salud, el afecto impuesto de hermanos y hermanas indiferentes,
el agravio de que la llamen por su nombre de pila unos primos lejanos que no
saben mantenerse a distancia, la invasión a cada paso de su intimidad e
independencia con preguntas acerca de donde ha estado y de lo que ha hecho, el
murmullo a espaldas suyas sobre sus probabilidades de casarse, la constante
violación de la sagrada aureola que rodea a todo ser viviente como el halo las
cabezas de los santos en los cuadros religiosos: contra todos esos medios de
inquietarla terriblemente, la vida más íntima que hay en ella sube como la
leche que hierve en una cazuela y clama "¡Baja! ¡Vete!" Desde ahora,
mis puertas están abiertas a la vida real, suceda lo que suceda. Porque... ¿qué
sentido tiene este mundo de riesgos, desastres, jú¬bilos y victorias, salvo el
de ser un campo de aventuras para la vida eterna? En vano desfiguramos nuestras
ca¬lles con garabateos que dicen La Seguridad Primero: en vano claman las
naciones Seguridad, Seguridad, Segu¬ridad. Los que gritan La Seguridad Primero
nunca cru¬zan la calle: los imperios que le sacrifican la vida a la seguridad
la encuentran en la tumba. Para mí, La Seguridad Al Fin; y Adelante, Adelante,
siempre Ad ...
LA
ENFERMERA (surgiendo de detrás del biombo). - Cállate, Popsy. Está pronta.
(La
paciente, con su abrigo, su sombrero y sus zapa¬tos, la sigue sin aliento y se
le acerca al ladrón por la izquierda.)
LA
PACIENTE. - Aquí estoy, Pops. Un beso; y, lue¬go... Encabece la marcha.
EL
LADRÓN. - Bueno. Su semblante deja aún algo que desear; pero (besándola) su
aliento es fragante: respira el aire de la libertad.
EL
MONSTRUO. - No pienses en su semblante. ¡Mira el mío!
EL
LADRÓN (soltando a la paciente y volviéndose ha¬cia la enfermera). - ¿Dijiste
algo? LA ENFERMERA. - No. Date prisa... ¿quieres?
EL
LADRÓN. - Debe de ser su madre que está ron¬cando, Mops. Tardará mucho en
volver a oír esa música. Derrame una lágrima.
LA
PACIENTE. -Ni una. El porvenir de una mujer no está con su madre.
LA
ENFERMERA. - Si se propone predicar como Popsy, el lechero habrá llegado aquí
antes de que nos vayamos. Acuérdese de que tengo que quitarme este uniforme y
ponerme mi ropa de calle en el piso bajo. Popsy, quizás haya un agente de
policía en la parada. Vete a averiguar. La Seguridad Primero. (Sale preci¬pitadamente.)
EL
LADRÓN. - Bueno, por esta vez, sólo por esta vez, La Seguridad Primero. (Va
hacia la ventana.)
LA
PACIENTE (deteniéndolo). - ¡Estúpido! La poli¬cía no podrá detenerlo si yo lo
apoyo. Soy yo quien corro el riesgo de verme atrapada por mi madre.
EL
LADRÓN. - Es cierto. Tiene usted un cerebro ines¬peradamente poderoso. Quiera
Dios que, al raptarla, yo no muerda más de lo que puedo masticar. Ven. (Se
precipita afuera.)
LA
PACIENTE. - ¡Ha olvidado las perlas! Por suerte, es un tonto, un hermoso tonto:
podré hacer con él lo que quiera. (Se lanza hacia el tocador, pone las joyas en
su estuche y sale con ellas.)
EL
MONSTRUO (sentándose). - Ahora, la comedia ha terminado, virtualmente: pero los
personajes la discu¬tirán durante otros dos actos. Todas las puertas están en
perfectas condiciones. Buenas noches. (Se arrebuja bajo los corbertores y se
duerme.)
ACTO
II
Una
playa de mar en un país montañoso. Los mé¬danos suben hasta una cumbre que
oculta el paisaje de la llanura que está más allá y sólo se ven las cimas de la
lejana cordillera. De este lado, una cabaña del ejército, con una bocina
eléctrica de klaxon que surge de un ta¬blero de la pared, revela que estamos en
un acantonamiento militar. Enfrente de la cabaña hay un pabellón de baños de
lienzo multicolor, con un taburete plega¬dizo junto a la entrada. Vistos desde
los médanos, la cabaña está a la derecha y el pabellón a la izquierda. Desde la
vecindad de la cabaña, una palmera proyecta una larga sombra; porque son las
primeras horas de la mañana.
En
esa sombra se halla sentado un coronel británico en una silla tijera, leyendo
tranquilamente el suplemen¬to semanal del "Times", pero con un
revólver en su equipo. A su alcance, junto a la cabaña, hay una silla de caña
liviana, para uso de los visitantes. Aunque tiene más de cincuenta años de
edad, el coronel sigue siendo esbelto, guapo, bien formado y oficial de comando
hasta las puntas de los dedos. Su título completo es coronel Tallboys V.C.,
D.S.O. Se ganó la cruz como oficial de
compañía y desde entonces nunca ha evocado el pasado.
Lo
sobresalta una violenta serie de explosiones quE anuncian que se acerca un
motor de bicicleta poderosa y silenciado de una manera muy imperfecta.
TALLBOYS.
- ¡Maldito ruido!
(El
jinete invisible desmonta y hace correr su bici¬cleta con un traqueteo
abominable.)
TALLBOYS
(con enojo). - ¡Detenga esa bicicleta a motor! ¿Quiere?
(El
ruido cesa: y el ciclista, después de haber izado su máquina a su soporte se
quita las antiparras y los guantes y sacando una carta de su bolsa, se acerca
al coronel carta en mano.
Es
un soldado raso de aspecto insignificante, cuya indumentaria está cubierta de
polio y arena: lo mismo sucede con su curtido rostro. Salvo eso, todo lo demás
es impecable en él: su chaqueta y sus polainas son ele¬gantes y correctas y su
habla fácil y rápida. Pero el coronel, irritado ya por el alboroto del
automóvil y la interrupción en la lectura de su periódico, lo contempla con
severa hostilidad: porque hay en él algo de exas¬perante e inexplicablemente
indebido. Luce un casco con un velo pendiente detrás, y de perfil, ese velo
recuerda una camisa que se ha olvidado de recoger detrás, mien¬tras que, por
delante, al caer sobre los hombros, le da un aire femenino, corno si tuviera
rizos y un velo de mujer completamente impropio de un soldado. Su rostro es el
de un niño de diecisiete años: pero parece haber tomado en préstamo una cabeza
alargada y una nariz tipo Wellington y un mentón ajenos con la finalidad
expresa de fastidiar al coronel. Por suerte para el, hay agravios que no pueden
ser enumerados en una hoja de cargos y solucionados por intermedio del capitán
pre¬boste; el coronel lo sabe y eso lo irrita. El jinete en¬cargado de los
despachos parece notar sus incongruen¬cias; porque, aunque muy perentorio,
lacónico y marcial en sus réplicas, insinúa que en alguna parte hay una burla
imprescriptible con una invisible sonrisa que, por desgracia, suele causar una
sensación de ironía.
Hace
el saludo militar, le entrega la carta al coronel y sigue cuadrándose.)
TALLBOYS
(tomando la carta). - ¿Qué es esto?
EL
JINETE. -Me mandaron con una carta dirigida al cacique de una aldea nativa de
la montaña, señor. Esta es la respuesta.
TALLBOYS.
-No sé nada de eso. ¿Quién lo mandó?
EL
JINETE. - El coronel Saxby, señor.
TALLBOYS.
-El coronel Saxby acaba de volver a la base, muy enfermo. He tomado el comando.
Soy el co¬ronel Tallboys.
EL
JINETE. - Eso tengo entendido, señor.
TALLBOYS.-Y
bien... ¿Es esto una carta personal que le debe ser entregada a él o un
despacho?
EL
JINETE. - Un despacho, señor. Un documento de servicio. Puede abrirlo.
TALLBOYS
(volviéndose en su silla y mirándolo con feroz sarcasmo). - Gracias. (Lo
escudriña desde el em¬peine hasta la nariz.) ¿Cómo se llama usted?
EL
JINETE. - Meek, señor.
TALLBOYS
(con repulsión). - ¿Cómo?
EL
JINETE. - Meek, señor. M, doble e, k.
(El
coronel lo mira con repugnancia y rasga la carta. Mientras intenta inútilmente
descifrarla, reina un penoso)
TALLBOYS.
-Está en dialecto. Mándeme al intér¬prete.
MEEK.
-No tiene importancia, señor. Sólo fue en¬viada para impresionar al cacique.
TALLBOYS.
- ¿De veras? ¿Quién lo escogió para esa misión?
MEEK.
- El sargento, señor.
TALLBOYS.
-Debió elegir a una persona capaz y responsable, con un título suficiente para
impresionar al cacique nativo a quien se dirigía la carta del coronel Saxby.
¿Cómo se explica que lo haya elegido a usted?
MEEK.
- Me ofrecí como voluntario, señor.
TALLBOYS.
- ¿De veras? Conque se considera una persona capaz de causar impresión... ¿eh?
Cree llevar consigo la atmósfera del imperio británico... ¿no es eso?
MEEK.
- No, señor. Conozco el país. Hablo un poco los dialectos.
TALLBOYS.
- ¡Maravilloso! ¿Y por qué, poseyendo todos esos talentos, no es por lo menos
cabo?
MEEK.
-No lleno los requisitos desde el punto de vista educacional, señor.
TALLBOYS.
- ¡Analfabeto! ¿No lo avergüenza eso?
MEEK.
-No, señor.
TALLBOYS.
- Lo enorgullece... ¿eh?
MEEK.
- No lo puedo remediar, señor.
TALLBOYS.
- ¿Dónde obtuvo sus conocimientos del país?
MEEK.
- Era algo así como un vagabundo antes de enrolarme, señor.
TALLBOYS.
- Bueno. Si yo pudiera atrapar al sargen¬to que lo enroló, le arrancaría los
galones. Usted des¬honra al ejército.
MEEK.
- Sí, Señor.
TALLBOYS.
- Vaya a traerme al intérprete. Y no vuel¬va sin él. Aléjese de mi vista.
MEEK
(vacila).-Este...
TALLBOYS
(Con tono perentorio). -¡Vamos, pues! ¿No me ha oído darle una orden? Mándeme
al intérprete.
MEEK.
-Sí, señor. Lo siento, señor. Yo soy el in¬térprete.
(Tallboys
se levanta de un salto, mira desde lo alto de su imponente estatura a Meek,
quien parece más pe¬queño que nunca y cruza los brazos para subrayar una
terrible réplica. Cuando se dispone a darla, descruza repentinamente los brazos
y se sienta, con aire resig¬nado.)
TALLBOYS
(cansado y con amabilidad). - Perfecta¬mente. Si usted es el intérprete, más
vale que me inter¬prete esto. (Le tiende la carta.)
MEEK
(sin recibirla). - No hace falta, gracias, se¬ñor. El cacique no sabía
coordinar una carta, señor. Tuve que hacerlo yo por él.
TALLBOYS.
- ¿Cómo sabía usted el contenido de la carta del coronel Saxby?
MEEK.
-YO se la leí, señor.
TALLBOYS.
- ¿Le pidió él que lo hiciera?
MEEK.
-Sí, señor.
TALLBOYS.
- No tenía derecho a comunicarle el con¬tenido de esa carta a un soldado raso.
Sin duda, no sabía lo que hacía. Usted debe de haberle dicho que era un oficial
responsable. ¿Fue así?
MEEK.
- Para él, habría sido lo mismo, señor. Me llamó Señor de las Islas
Occidentales. TALLBOYS.-¡A usted! ¡A usted. un gusano! Si mi carta fue enviada
por intermedio de un emisario irres¬ponsable, debió de contener una declaración
en ese sen¬tido. ¿Quién la redactó?
MEEK.
- El escribiente del cuartelmaestre, señor.
TALLBOYS.
- Envíemelo. Dígale que traiga su nota con las instrucciones del coronel Saxby.
¿Me oye? Basta de muecas y en marcha. Mándeme al escribiente del
cuartelmaestre.
MEEK.
-El caso es que...
TALLBOYS
(con voz tonante). - ¡¡Otra vez!!
MEEK.
- Lo siento, señor. El escribiente del cuartel¬ maestre soy yo.
TALLBOYS.
- ¡Cómo! ¿Usted escribió tanto la carta como la respuesta del cacique?
MEEK.
- Sí, señor.
TALLBOYS.
- Entonces, o me miente o me mintió cuando me dijo que era analfabeto. ¿Cuál es
la verdad?
MEEK.
- Al parecer, no logro aprobar el examen cuando quieren ascenderme. Serán mis
nervios.
TALLBOYS.
- ¡Sus nervios! ¿Qué tiene que ver un soldado con los nervios? Usted querrá
decir que no sirve para combatir y que hay que encargarle cualquier cosa
que
se pueda hacer sin eso.
MEEK.
- Sí, señor.
TALLBOYS.
- Confío en que la vez próxima que lo manden con una carta lo capturen los
bandidos y lo retengan.
MEEK.
-No hay bandidos, señor.
TALLBOYS.
- ¡Que no hay bandidos! ¿Dice usted que no hay bandidos?
MEEK.
- Sí, señor.
TALLBOYS.
- Usted conoce el Código Militar ...
;verdad?
MEEK.
- Lo he oído leer, señor.
TALLBOYS.
- ¿Lo entiende?
MEEK.
- Supongo que sí, señor.
TALLBOYS.
- ¡Supone que sí! Bueno, piénselo un poco más. Usted está sirviendo en una
fuerza expedi¬cionaria enviada para reprimir el bandidaje en este dis¬trito y
liberar a una dama británica a quien se conserva prisionera para pedir el
rescate. Usted lo sabe. Usted no lo supone... Lo sabe... ¿eh?
MEEK.
- Así dicen, señor.
TALLBOYS.
- Sabe también que, de acuerdo con el Código Militar, todo soldado que, estando
en servicio activo, ejecuta conscientemente cualquier acto calculado para hacer
peligrar el éxito de las fuerzas de Su Ma¬jestad o de cualquier parte de las
mismas, será conde¬nado a muerte. ¿Comprende? ¡A muerte!
MEEK.
- Sí, señor. Ley del Ejército, Parte Primera, Sección Cuarta, Número Seis. Creo
que usted se refiere a la Sección Quinta, Número Cinco, señor.
TALLBOYS.
- ¿De veras? Quizás usted tenga la bon¬dad de citar la Sección Quinta, Número
Cinco.
MEEK.
- Sí, señor. "Difundir verbalmente informa¬ciones destinadas a provocar
innecesaria alarma o des¬aliento."
TALLBOYS.
- Tiene usted suerte, soldado Meek, de que la Ley no hable para nada de los
soldados rasos que provocan desaliento con su aspecto personal. Si así fuese,
su vida no valdría un centavo.
MEEK.
- No, señor. ¿Debo archivar la carta y la res¬puesta con una traducción, señor?
TALLBOYS
(rasgando la carta y tirando los pe¬dazos). - Su desatino ha convertido ambas
cosas en una burla. ¿Qué dijo el cacique?
MEEK.
- Sólo manifestó que el país tiene ahora muy buenos caminos, señor. Los
automóviles viajan durante todos los días del año. El último bandido en
actividad se retiró de su profesión hace quince años y tiene no-venta de edad.
TALLBOYS.
-La sarta de mentiras usual. Ese caci¬que está coligado con los bandidos. Yo
diría que, de vez en cuando, también da un paseíto por su cuenta.
MEEK.
- No lo creo, señor. El caso es que...
TALLBOYS.
- ¿Le he oído decir "El caso es que"?
MEEK.
- Perdón, señor. Ese viejo bandido era el propio cacique. Le manda a usted de
regalo una oveja y seis pavos.
TALLBOYS.
- Devuélvaselos inmediatamente. Lléve¬los sobre su maldita bicicleta.
Comuníquele que los ofi¬ciales británicos no son orientales y no aceptan
sobornos de los funcionarios en los distritos donde tienen que restaurar el
orden.
MEEK.
- No comprenderá, señor. No creerá que us¬ted tiene alguna autoridad si no
acepta regalos. Además, no han llegado aún.
TALLBOYS.
- Entonces, cuando lleguen sus emisarios mándelos de regreso con sus ovejas y
sus pavos y una carta diciéndole al cacique que se puede ganar mi favor con
honradez e inteligencia, pero no comprarlo.
MEEK.
- Los emisarios no se atreverán a volver con los regalos y la carta, señor.
Robarán las ovejas y los pavos y le trasmitirán al cacique amables mensajes de
usted. Más vale conservar la carne y las aves, señor: serán bienvenidos después
de una larga etapa de comida reglamentaria.
TALLBOYS.
- Soldado Meek.
MEEK.
- Señor-
TALLBOYS.
-Si, en alguna oportunidad, le confían el comando de esta expedición, usted
podrá sin duda po¬ner en práctica sus puntos de vista y cánones morales. Por
ahora, haga el favor de obedecer mis órdenes sin comentarios ... ¿quiere?
MEEK.
- Sí, señor. Perdón, señor.
(Cuando
Meek hace el saludo militar y se dispone a irse, lo enfrenta la enfermera,
quien, después de haberse puesto un vistoso traje de baño debajo de una bata de
seda multicolor sale del pabellón, seguida por la pacien¬te, quien representa
el papel de una criada nativa. To¬dos los rastros de su enfermedad han
desaparecido: está bronceada hasta un color terracota y sus músculos son duros
y brillan de ungüento. Se halla disfrazada de belle sauvage con una redecilla
en la cabeza, peluca, adornos, y una faja en la cintura impropia de ningún
lugar del mundo, salvo, quizás, el ballet ruso. Trae una sombrilla y una
alfombra.)
TALLBOYS
(levantándose, galantemente). - ¡Ah, que¬rida condesa! Encantado de verla.
¡Cuánto le agradezco que haya venido!
LA
CONDESA (tendiéndole las puntas de los de¬dos). - ¿Cómo está, coronel? Hace
calor... ¿verdad? (Su dialecto es ahora una briosa amalgama de los acen¬tos
extranjeros de todos los camareros a quienes ha co¬nocido.)
TALLBOYS.
- Siéntese en mi silla. (Va por atrás de ésta y se la acerca.)
LA
CONDESA. - Gracias. (Se despoja de la bata, que la paciente recoge y se deja
caer con negligente ele¬gancia en la silla, llamando.) ¡Señor Meek, señor Meek!
(Meek
vuelve ágilmente y se lleva la mano al quepis.)
LA
CONDESA. - Por fin, han llegado las nuevas pren¬das que he comprado en París.
Si usted tuviera la bondad de hacérmelas traer a mi bungalow... Naturalmente,
pagaré lo que sea necesario. Y si usted me pudiera ha¬cer cobrar una carta de
crédito... Más vale que yo tenga trescientas libras para cubrir mis gastos.
MEEK
(muy a sus anchas, abandona inconscientemen¬te el papel del soldado y adopta el
del caballero). ¿Cuántas cajas, condesa?
LA
CONDESA. - Seis, me temo. ¿Dará mucho trabajo?
MEEK.
-Necesitaremos un camello.
LA
CONDESA. - ¡Oh, que sea una procesión de came¬llos si hace falta! Los gastos no
me importan. ¿Y la carta de crédito?
MEEK.
-Lo siento, condesa: sólo tengo doscientas libras aquí. Recibirá las otras cien
mañana. (Le tiende un rollo de billetes y ella le da la carta de crédito.)
LA
CONDESA. -Usted nunca se pierde. Gracias. Es muy amable.
TALLBOYS.
- ¡Ssst! Puede retirarse.
(Meek,
repentinamente en guardia, hace el saludo mi¬litar, da media vuelta y sale.)
TALLBOYS
(quien ha escuchado todo con renovado asombro). - Condesa, se ha portado muy
mal.
LA
CONDESA. - ¿Qué he hecho?
TALLBOYS.
- En el campamento, uno no debe olvi¬dar jamás la disciplina. La conservamos en
segundo pla¬no: pero siempre está ahí y siempre es necesaria. Ese hombre es un
soldado raso. Cualquier clase de relación social, todo indicio de familiaridad
con él, le está ve¬dado a usted.
LA
CONDESA. - Pero, sin duda, puedo tratarlo como a un ser humano.
TALLBOYS.
- Por cierto que no. Su intención es na¬tural y bondadosa; pero si trata a un
soldado raso como a un ser humano, el resultado es desastroso para él. Se
vuelve presumido. Se toma libertades. Y la consecuencia es que se ve en apuros
y lo pasa muy mal hasta que se le enseña cuál es el lugar que le corresponde
con me¬didas disciplinarias adecuadas. Debo pedirle que tenga especial cuidado
con ese Meek. Sólo es torpe a medias: lleva todo su dinero consigo. Si tiene
oportunidad de hablar con él, hágale sentir con su tono que la relación
existente entre ustedes es la de un superior que le ha¬bla a un inferior muy
lejano. No permita jamás que él le hable por propia iniciativa, o que la llame
de otro modo que "señora condesa". Si podemos hacer algo por usted,
lo haremos con muchísimo gusto: pero usted debe pedírmelo siempre a mí.
(La
paciente, muy contenta al ver que el coronel ha reprendido a Sweetie, deposita
su alfombra y su som¬brilla sobre la arena y le arrima una silla a la derecha
de la condesa con sonriente cortesía. Luego, se sienta a su vez sobre la
alfombra y los escucha a ambos, rodean¬do con los brazos sus rodillas y su
sombrilla y tratando de parecer lo más nativa posible.)
TALLBOYS.
- Gracias. (Se sienta.)
LA
CONDESA. - ¡Cuánto lo siento! Pero si le pregun¬to a algún otro, me mira con
aire impotente y dice:
"Más
vale que lo vea a Meek para eso."
TALLBOYS.
- Sin duda, se lo endosan todo al pobre porque está un poco chiflado. ¿Queda
entendido que en el futuro usted se dirigirá a mí y no a Meek?
LA
CONDESA. - Claro que sí, coronel. ¡Cuánto lo siento! Y comprendo perfectamente.
Me doy por rega¬ñada y perdonada…¿no es así?
TALLBOYS
(sonriendo con aire amable). - Amones¬tada: así es como lo llamamos. Pero,
desde luego, la culpa no es suya: no tengo derecho a regañarla. Soy yo quien
debe pedirle perdón.
LA
CONDESA. - Concedido.
LA
PACIENTE (a la expectativa detrás de ellos, tose significativamente). - !!
LA
CONDESA (con precipitación). - Una expresión vulgar, coronel... ¿no es así?
Pero tan simple y direc¬ta... Me gusta.
TALLBOYS.
-YO no sabía que era vulgar. Es lacó¬nica.
LA
CONDESA. - Desde luego, en realidad no es vul¬gar. Pero sí propia de una clase
media inferior, no sé si me explico.
LA
PACIENTE (hurga en la silla con su sombri¬lla). -!
LA
CONDESA (como antes). - ¿Alguna noticia de los bandidos, coronel?
TALLBOYS.
- No; pero la madre de la señorita Mopply, muy angustiada -¡algo natural, desde
luego, pobre mujer!- me ha enviado el dinero del rescate. Me su¬plica que lo
pague y libere a su hija. Teme que si hago la más leve demostración hostil los
bandidos le corten los dedos a la muchacha y se los manden uno por uno hasta
que les paguen el rescate. Cree que hasta podrían empezar por las orejas y
desfigurarla para toda la vida. Desde luego, se trata de una posibilidad; esas
cosas han sucedido; y la pobre señora observa, muy atinadamente, que yo no
podré devolverle las orejas a su hija exter¬minando más tarde a los bandidos,
como lo haría con toda seguridad si se atreven a ponerle la mano encima a una
dama inglesa. Pero yo no podría aprobar una concesión tal a la criminalidad
deliberada como el pago de un rescate. (Los dos conspiradores cambian una
mi¬rada de consternación.) Le he mandado un mensaje ra¬diotelegráfico a esa
anciana señora para comunicarle que no se puede pensar en el pago del rescate,
pero que el gobierno británico está ofreciendo una recompensa subs¬tancial por
cualquier información.
LA
CONDESA (levantándose de un salto, excitada). - ¡Cómo! ¿Una recompensa además
del rescate?
LA
PACIENTE (la empuja de un modo salvaje con la sombrilla). - !!!
TALLBOYS
(sorprendido). - No. En vez del rescate.
LA
CONDESA (dominándose). -Naturalmente. ¡Qué tonta he sido al no darme cuenta!
(Se sienta y agrega, cavilosamente.) Si esta muchacha nativa lograra descu¬brir
algo... ¿obtendría la recompensa?
TALLBOYS.
-Claro que sí. Esa ha sido una buena idea... ¿eh?
LA
CONDESA. - Sí, coronel... ¿no le parece?
TALLBOYS.
- A propósito, condesa. Ayer, me encon¬tré con tres personas que la conocen muy
bien...
LA
PACIENTE (olvidando su papel y arrastrándose ha¬cia adelante de rodillas). -
Pero usted...
LA
CONDESA (interrumpiéndola con una bofetada en la boca aplicada con el dorso de
la mano). - Silencio,
muchacha.
¿Cómo se atreve a interrumpir al coronel? Vuelva a su sitio y cállese.
(La
paciente obedece humildemente hasta que el co¬ronel vuelve con delicadeza la
cabeza; entonces, ella le agita el puño con aire amenazador.)
TALLBOYS.
- Una de esas personas era una dama. Mencioné por casualidad el nombre del
hermano de us¬ted; y el rostro de ella se iluminó en el acto y dijo:
¡Querido
Aubrey Bagot! Conozco íntimamente a su hermana. Los tres fuimos compañeros de
la infancia."
LA
CONDESA. - Debió de ser mi querida amiga Florence Dorchester. Confío en que no
vendrá aquí. Quie¬ro un descanso total. No deseo ver a nadie... salvo a usted,
coronel.
TALLBOYS.
- Es usted muy amable al decir eso.
(El
ladrón sale del pabellón, muy elegante en su traje de baño blanco y negro y su
bata de seda negra con ojales de seda blanca: un detalle propio de un
clé¬rigo.)
TALLBOYS
(continuando). - ¡Ah, Bagot! Está pron¬to para su zambullida... ¿eh?
Precisamente, yo le decía a la condesa que ayer conocí a unos amigos suyos.
¡Ima¬gínese que se les ha ocurrido la idea de venir aquí, nada menos que aquí!
Eso prueba qué pequeño es el mundo, después de todo. (Levantándose.) Y ahora,
me voy a inspeccionar los depósitos. Hay una escasez de castañas que no
comprendo.
LA
CONDESA. - ¡Qué lástima! Me gustan las casta¬ñas. ¡Las hay tan exquisitas en la
confitería próxima a la Place Vendôme!
TALLBOYS.
- ¡Ah! Usted piensa en los marrons glacés. No: las castañas a que me refiero
son cohetes: unas cosas que estallan con un estampido. Para hacer señales.
LA
CONDESA. - ¡Ah! ¿Esas cosas que usaban en la guerra para anunciarnos que se
iniciaba un bombardeo aéreo?
TALLBOYS.
- Precisamente. Bueno, au revoir.
LA
CONDESA. - Au revoir, au revoir.
(El
coronel se toca galantemente el quepis y se va con paso activo en gira de
inspección.)
LA
PACIENTE (levantándose, con aire vengativo). - Si se atreve a volver a
abofetearme, muchacha, la tien¬do en el suelo de un golpe aunque se descubra
toda la comedia.
LA
CONDESA. - Pues guárdese su sombrilla la vez pró¬xima. ¿De qué me cree hecha?
¿De cuero?
AUBREY
(interponiéndose entre ellas). - ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Niñas, niñas! ¿Qué
pasa... ?
LA
PACIENTE. - Esta estúpida mujerzuela ...
AUBREY.
- Oh, no, no, no, no, Mops. Caramba, sea una dama. ¿Qué sucede, Sweetie?
LA
CONDESA. - Usted no debiera hablar así, querida. Una muchacha de baja condición
podría decir algo así; pero se supone que usted debe de saber lo que hace.
AUBREY.
- Mops: usted ha escandalizado a Sweetie.
LA
PACIENTE. - ¿Y usted cree que ella no me suele escandalizar a mí? Es un
terremoto viviente. ¿Y qué ha¬remos si aparece toda esa gente a la cual ha
mencionado el coronel? Debe de existir una auténtica condesa Valbrioni.
LA
CONDESA. -No creo que la haya. ¿Supone us¬ted que somos los tres únicos
embusteros del mundo? Basta con que uno se asigne un título distinguido para
que todos los snobs de cincuenta kilómetros a la redon¬da juren que es su mejor
amigo.
AUBREY.
- La primera lección que debe aprender un ladrón, querida, es que nada logra
tanto éxito como la mentira. Afirme usted algo tan verdadero que lo he¬mos
tenido siempre ante nuestras propias narices y todo el mundo se levantará
apasionadamente para contrade¬cirla. Si no se retira y pide disculpas, peor
para usted.
Pero
diga simplemente una estúpida mentira que clama al cielo y que todos saben que
lo es y de todos los confines del mundo llegarán murmullos de complacido
asentimiento. Si Sweetie se hubiese presentado como lo que es, evidentemente,
es decir una ex camarera de hotel que llegó a ser delincuente por principio a
causa de la prédica de un ex capellán del ejército -¡yo!- de quien se enamoró
en forma profunda pero transitoria, nadie le habría creído. Pero apenas hizo la
inverosímil afir¬mación de que es una condesa y de que el ex capellán es su
hermanastro el honorable Aubrey Bagot, surgió una nube de testigos para
asegurarle al coronel Tallboys que eso es tan cierto como el propio Evangelio.
Conque no tenga miedo de verse desenmascarada, querida; y tú, Sweetie, hazme el
favor de seguir mintiendo y mintiendo y mintiendo hasta que te estalle la
imaginación.
LA
PACIENTE (dejándose caer cavilosamente sobre la silla tijera). - Me pregunto si
a todos los ladrones les gusta tanto predicar como a usted.
AUBREY
(inclinándose afectuosamente sobre ella). - A todos no, querida. Yo no predico
porque sea un la¬drón, sino porque tengo un don... un don divino, en ese
sentido.
LA
PACIENTE. -¿De dónde lo sacó? ¿Es obispo su padre?
AUBREY
(irguiéndose, para hablar con tono declama¬torio). -¿No le dije ya que mi padre
es un ateo, y, como todos los ateos, un moralizador inflexible? Dijo que yo
podría llegar a ser un predicador si creía en lo que predicaba. Eso, desde
luego, era una estupidez: puedo predicar cualquier cosa, sea verdadera o falsa.
Soy como un violín, en el cual uno puede tocar música de toda clase, desde jazz
hasta Mozart. (Encogiéndose de hombros.) Pero nunca se lo pude hacer comprender
a mi padre. Afirmaba que la profesión adecuada para mí era el foro. (Levanta la
alfombra, la vuelve a dejar en el suelo a la izquierda de la paciente y se echa
perezo¬samente sobre ella.)
LA
CONDESA. - ¿No vamos al agua?
AUBREY.
- ¡Oh, no, qué diablos! Tomemos sol.
LA
CONDESA. - ¡Haragán! (Saca del pabellón de ba¬ños el taburete plegadizo y se
sienta, descontenta.)
LA
PACIENTE. -SU padre tenía razón. Si usted no sabe lo que predica, la profesión
más adecuada para usted es el foro. Pero como no sabe lo que hace, es probable
que termine en el banquillo de los acusados.
AUBREY.
- Es lo más probable. Pero soy un predi¬cador nato, no un autor de alegatos
forenses. La teoría del procedimiento legal es que, si uno enfrenta a dos
embusteros para que se desenmascaren mutuamente, apa-recerá la verdad. Eso no
me convendría. Me desagrada mucho que me contradigan y el único sitio donde un
hombre está a salvo de la contradicción es el púlpito. Aborrezco la discusión:
es una descortesía y oscurece el mensaje del predicador. Además, la ley se
preocupa en exceso de los hechos lisos y llanos y demasiado poco de las cosas
del espíritu: y son las cosas del espíritu las que me interesan: sólo ellas
ponen en juego totalmente mi don.
LA
PACIENTE. - Usted llama cosas del espíritu aque¬llas en que predica y en que no
cree... ¿verdad?
AUBREY.
- Olvide eso, Mops. Mi don es divino: no lo limitan mis deleznables condiciones
personales. Con¬tiene tanta lucidez como elocuencia. La lucidez es uno de los
dones más preciosos: el del maestro, el de la explicación. Puedo explicarle
cualquier cosa a cualquiera
y me
gusta hacerlo. Siento que sólo debo hacer eso si la doctrina es hermosa y sutil
y está exquisitamente con¬juntada. Suelo adivinar, en forma instintiva, que es
una estupidez de pésimo gusto. Con todo, si consigo con ella un efecto teatral
emocionante y predico un sermón realmente espléndido al respecto, mi don se
apodera de mí y me obliga a penetrar en él y a hacerlo. Sweetie, tráeme un
almohadón para la cabeza: hay uno muy cómodo.
LA
PACIENTE. -No haga eso, Sweetie: que se lo traiga solo.
LA
CONDESA (levantándose). - Sólo lo revolvería
todo
buscándolo. Me gusta que mis habitaciones estén en orden. (Entra en el
pabellón.)
LA
PACIENTE. - ¿Verdad que tiene gracia, Pops? Sabe lo que hace como camarera,
pero no como mujer.
AUBREY.
- Muy poca gente tiene más que un punti¬llo de honra, Mops. Y muchísima no
tiene ni uno solo.
LA
CONDESA (volviendo con un almohadón de seda, que arroja sobre la cabeza de
Aubrey). - ¡Ahí tienes!
Y
ahora, les notifico que estoy aburrida de este lugar.
AUBREY
(poniéndose cómodo con su almohadón). -Oh, tú te aburres siempre...
LA
PACIENTE. - Supongo que eso significa que está cansada de Tallboys.
LA
CONDESA (paseándose, nerviosa). - Estoy tan har¬ta de él que a veces creo que
estaría dispuesta a casarme con tal de poder incluirlo en la lista de las cosas
inevi¬tables que debo soportar quieras que no, como el hecho de levantarme de
mañana y de lavarme y de vestirme y de comer y beber: cosas de las cuales una
no se atre¬ve a cansarse porque si lo hiciera la enloquecerían. Vá¬monos y
vivamos un poco de verdad en otra parte.
EL
PACIENTE. - ¡Vivir de verdad! ¡Me pregunto dónde se podría hacer eso! Hemos
gastado cerca de seis mil libras en dos meses averiguándolo. El dinero que
obtuvimos por el collar no durará eternamente.
AUBREY.
- Sweetie: tendrás que quedarte aquí hasta que cobremos ese rescate y no hay
más que hablar.
LA
CONDESA. -Haré lo que quiera, no lo que me dices. Y vuelvo a decirte, a
decírselo a los dos, que me iré dentro de una semana. Estoy harta de esto.
Nece¬sito un cambio.
AUBREY.
-¿Qué haremos con ella, Mops? ¡Siempre cambiar! ¡Cambiar! ¡Cambiar!
LA
CONDESA. -Bueno, es que me gusta ver caras nuevas.
AUBREY.
-Yo podría ser tan feliz como Buda en un templo, mirándome eternamente el
ombligo y con el mismo viejo sacerdote lustrándome a diario. Pero Sweetie
quiere ver una cara nueva cada quince días. La he visto enamorarse de un rostro
desconocido dos veces en la misma semana. (Volviéndose hacia ella.) Mujer.
¿Tienes algún sentido de la grandeza de la constancia?
LA
CONDESA. - Yo podría ser constante si fuera una condesa auténtica. Pero sólo
soy una camarera de hotel; y una camarera de hotel se acostumbra tanto a las
caras nuevas que éstas acaban por convertirse en una nece¬sidad para ella. (Se
sienta sobre el taburete.)
AUBREY.
- Y cuanto más cambian las caras, más pro¬pinas ... ¿eh?
LA
CONDESA. -No, no es eso, aunque desde luego es algo que cuenta. El quid del
asunto es que, aunque los hombres son muy amables los primeros días, eso no
dura. Una les saca el mejor partido renovándolos siempre. Lo que digo es que
una aventura amorosa
debería
ser una eterna luna de miel. Y la única manera de asegurarse eso es seguir
cambiando al hombre: por¬que el mismo nunca puede mantener el amor. En toda mi
vida, sólo conocí a un hombre que siguió amando hasta la muerte.
LA
PACIENTE (interesada). - ¡Ah! ¿Conque eso esposible?
LA
CONDESA. - Sí: ese hombre se casó con mi her¬mana. Fue así como me enteré de
eso.
AUBREY.
- ¿Y su apasionamiento nunca mermó? Día tras día, hasta que la muerte los
separase... ¿ese hom¬bre siguió siendo el mismo que el día de sus bodas? ¿Es
eso realmente cierto, Sweetie?
LA
CONDESA. - Sí que lo es. Pero le dio una paliza a su mujer el día mismo de sus
bodas: y, desde en¬tonces, la golpeó con igual violencia todos los días. Le
ayudé a mi hermana a conseguir un decreto de sepa¬ración: pero volvió al lado
de él porque ningún otro le prestaba atención.
AUBREY.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? Yo te habría zurrado de lo lindo antes que
perderte. (Sentán¬dose.) ¿Lo creerá usted, Mops? Yo estaba enamorado de esta
mujer; locamente enamorado. No era mi igual intelectualmente y tuve que
enseñarle buenos modales en la mesa. Pero entre nuestros centros inferiores
había una afinidad extraordinaria; y cuando, después de diez días, me abandonó
por otro, sólo me salvó del asesinato y el suicidio un resuelto ejercicio de mi
capacidad de razonamiento, mi decisión de ser un hombre civilizado y mi temor a
la policía.
LA
CONDESA. -Bueno. Te hice pasar un buen rato a cambio de esos días... ¿verdad?
Mucha gente no tiene tantos momentos agradables que recordar. Además,
ya
sabes que fue por tu propio bien, Popsy. En reali¬dad, no congeniábamos ...
¿verdad?
AUBREY.
- Sentías una afición insaciable por los via¬jantes de comercio. Eras capaz de
probarlos con un ritmo de tres por semana. Tuve que admirar forzosamente una
movilidad de afectos tan sorprendente. Había oído a tenores de ópera que se
desgañitaban con La Donna e Mobile, pero siempre me pareció que lo temible en
las mujeres era su implacable constancia. ¡Pero tú! ¡Mobile! Debí imaginármelo.
LA
CONDESA. -Te diré. Los viajantes eran igual¬mente malos.
AUBREY.
- ¿Igualmente malos? Dí, más bien, igual¬mente buenos. La volubilidad implica
simplemente ins¬tabilidad y la instabilidad es señal de civilización. Debie¬ras
enorgullecerte de eso. Si no lo haces, dejarás de respetarte a ti misma; y yo
no puedo soportar a una mujer que no se respete.
LA
CONDESA. - ¡Oh! ¿De qué nos sirve hablar de respetarse a uno mismo? Tú eres un
ladrón y yo tam¬bién. Yo, por mi parte, llego un poco más allá; y lo mismo te
sucedería si fueras una mujer. No seas hipó¬crita, Popsy; por lo menos,
conmigo.
AUBREY.
- ¡Por lo menos, contigo! Sweetie: ese to¬que de preocupación por mi bienestar
espiritual casi me convence de que me amas aún.
LA
CONDESA. -Yo, no. No mucho. Estoy cansada de ti, amigo mío. Y no me gusta mucho
el coronel: es demasiado viejo y demasiado caballero.
AUBREY.
- Mejor el coronel que nadie. ¿Quién más hay?
LA
CONDESA. - Está el sargento. Reconozco que mis gustos rayan bajo; pero es de mi
clase y el coronel no.
LA
PACIENTE. - ¿Se ha enamorado usted del sargen¬to Fielding, Sweetie?
LA
CONDESA. - Bueno, a decir verdad sí, si quiere llamarlo así.
AUBREY.
- ¿Puedo preguntarte si lo has sondeado al respecto?
LA
CONDESA. - ¿Cómo habría podido hacerlo? Soy una condesa; y él, apenas un
sargento. Si yo diera la más leve señal de que estoy enterada de su existencia,
él le revelaría lo que sucede al coronel. Sólo puedo mirarlo. Y ni siquiera eso
cuando algún otro nos ve. Y mientras tanto, tengo tantas ganas de abrazarlo...
(Pro¬rrumpe en sollozos.)
AUBREY.
- ¡Oh, por amor de Dios! ... No llores.
LA
PACIENTE. - No olvide, Sweetie, que el sargento puede ser un hombre casado y
feliz.
LA
CONDESA. - ¿Acaso eso cambia en algo mis sen¬timientos? Me siento tan sola...
¡Esto es tan aburrido! No hay películas, ni bailes. Lo único que puedo hacer es
mostrar que soy una dama. ¡Y el único hombre realmen¬te digno de ser amado, se
pierde! Ojalá me muriera.. .
LA
PACIENTE. - Las cosas se presentan igualmente mal para mí.
LA
CONDESA. - No, no es cierto. Usted es una ver¬dadera dama: le han enseñado a
aburrirse. Además, lo tiene a Popsy. Y se supone que usted es nuestra criada.
Eso le permite corretear por todo el campamento cuando se cansa de él. Puede
atrapar a un soldado cuando se le antoje. ¿Qué se lo impide?
LA
PACIENTE. - Mi moral de dama, supongo.
LA
CONDESA. -¿La moral de su abuela? Creí que usted había abandonado todas esas
tonterías cuando se marchó con nosotros.
LA
PACIENTE. - Me lo propuse. Lo intenté. Pero us¬ted me escandaliza contra mi
voluntad cada vez que abre la boca.
LA
CONDESA. - No se proponga ser una mujer más moral que yo, porque no lo es.
LA
PACIENTE. -No pretendo serlo. Pero puedo de¬cirle que mi amor por Popsy, que,
ahora lo comprendo, fue lo que me alentó realmente a esa sorprendente fuga, ha
sido, hasta ahora, totalmente inocente. ¿Puede creerlo, mi rústica amiga?
LA
CONDESA. - Oh, sí que puedo: Popsy se da por satisfecho cuando uno lo deja
hablar. Lo que quie¬ro decir, y se lo digo sin ambages, es que, a pesar de
todos mis defectos, me conformo con un hombre por vez.
LA
PACIENTE. - ¿Insinúa que yo me estoy entendien¬do con dos?
LA
CONDESA. -No insinúo nada. Digo sin tapujos lo que pienso: y si no le gusta,
aguánteselo. Usted po¬drá estar enamorada de Popsy; pero le gusta el soldado
Meek, aunque no sé qué puede ver de particular en ese pequeño gusano reseco.
LA
PACIENTE. - ¿Ha notado usted, mi Sweetie, que ese pequeño gusano reseco tiene
en un puño a su mag¬nífico y rollizo sargento?
LA
CONDESA. - No sucederá lo mismo cuando yo lo tenga en un puño a él. Pero tenga
cuidado. Siga mi con¬sejo: de a un solo hombre por vez. Se lo sugiero por su
propio bien, porque usted es apenas una principiante; y lo que cree amor e
interés y todo lo demás, no es, en realidad, amor auténtico: las tres cuartas
partes sólo son curiosidad insatisfecha. Conozco eso y lo sé. Cuando amo a un
hombre, ahora, todo eso es amor y no otra cosa. Es lo auténtico mientras dura.
Mi hermoso sar¬gento no me inspira la menor curiosidad: sé, exacta¬mente, qué
dirá y qué hará. Simplemente, quiero que lo haga.
LA
PACIENTE (levantándose, asqueada). - Sweetie: realmente, no puedo seguir
soportando esto. No cabe duda de que es muy cierto. Me parece muy bien que
usted lo diga con franqueza y claridad. Envidio y admi¬ro la terrible sangre
fría con que lo expresa. Quizás me acostumbre a eso con el tiempo. Pero ahora
me destroza. Simplemente, me veré obligada a irme si us¬ted insiste en hacerlo.
(Se sienta sobre la silla de cañas,
de
espaldas a ellos.)
AUBREY.
- Eso es lo peor que tiene Sweetie. Todos tenemos, para decirlo con la mayor
elegancia posible, nuestros centros inferiores y nuestros centros superio¬res.
Los inferiores obran: obran con una fuerza tre¬menda que a veces nos destruye:
pero no hablan. El habla corresponde a los superiores. En toda la gran poesía y
literatura del mundo, hablan ellos. En toda conversa¬ción respetable, también,
hasta cuando no dicen nada o dicen mentiras. Pero los inferiores están siempre
ahí: son algo así como un secreto culpable de cada uno de nosotros, aunque sean
mudos. Recuerdo haberle pregun¬tado en el colegio a mi preceptor si, en el caso
de que los centros inferiores de alguien empezaran a hablar, la conmoción no
sería más intensa que la sufrida por Balaam cuando su asno dijo algo. Sólo me
narró media docena de cuentos indecentes para probar lo liberal que era. Nunca
volví a mencionar el tema hasta que conocí a Sweetie. Sweetie es el asno de
Balaam.
LA
CONDESA. - Sé cortés, Popsy. yo...
AUBREY
(levantándose de un salto). - Mujer, te estoy haciendo un cumplido: el asno de
Balaam era más inteligente que Balaam. Deberías leer la Biblia. Esto es lo que
hace a Sweetie casi sobrehumana. Sus centros inferiores hablan. Desde la
guerra, han empezado a vo¬calizar. Y el efecto que causan es el de un
terremoto. Porque expresan verdades nunca dichas aún, verdades que han
procurado desconocer los autores de nuestras instituciones domésticas. Y ahora
que Sweetie las pro¬clama a gritos, las instituciones se tambalean y se hacen
añicos y se desgarran. No nos dejan un lugar donde vivir ni certezas ni una
moral útil ni cielo ni infierno ni mandamientos ni Dios.
LA
PACIENTE. - ¿Y en cuanto a la luz de nuestras propias almas, a la que usted se
refirió con tanta elo¬cuencia anteayer en el almuerzo cuando bebió un litro de
champaña?
AUBREY.
- La mayoría de nosotros, al parecer, no tenemos alma. O, si la tenemos, no
tienen a qué afe¬rrarse. Mientras tanto, Sweetie sigue gritando. (Se re¬fugia
en la silla tijera.)
LA
CONDESA (levantándose). - ¡Oh! ¿Qué tonterías
están
diciendo ustedes? Yo sería una buena mujer si eso no fuera tan aburrido. En
esos casos, abusan de una. ¿Cuáles son las mujeres buenas? Las que gustan de
abu¬rrirse y de que abusen de ellas. No tienen apetitos. La vida se derrocha
con ellas: no le sacan partido.
LA
PACIENTE. - ¡Vamos, Sweetie! ¿Qué obtiene us¬ted de la vida?
LA
CONDESA. - Emociones: eso es lo que obtengo de ella. ¡Mírenos a Popsy y a mí!
Siempre estamos planeando robos. Desde luego, sé que se trata más que nada de
imaginación: pero lo que divierte es planearlos y disfrutar de la expectativa.
Aunque cometiéramos los robos y nos atraparan, sentiríamos la emoción de vernos
juzgados y de figurar en todos los periódicos. ¡Mire al pobre Harry Smiler, el
que mató al agente de policía de Croydon! Cuando vino y nos dijo qué había
hecho, Popsy le ofreció traerle un poco de cianuro de potasio para que se
envenenara; porque era seguro que lo cap¬turarían y matarían. "¡Qué! -dijo
Harry-. ¿Y per¬derme la emoción de ser juzgado? Prefiero que me
ahor¬quen." Y lo ahorcaron. Y yo digo que casi debió de valer la pena. Después
de todo, él habría muerto de to¬dos modos; quizás de algo realmente doloroso.
En realidad, Harry no era mala persona; pero le resultaba insoportable el
aburrimiento. Tenía una maravillosa co¬lección de pistolas que empezara a
reunir cuando niño; acumuló muchas durante la guerra. Nada más que por el cariz
romántico del asunto ... ¿comprende? Sin áni¬mo de dañar a nadie. Pero nunca
habría disparado nin¬guna; y, por fin, la tentación fue demasiado grande y mató
al agente de policía. Nada más que para expe¬rimentar la sensación de disparar
el arma y despachar a alguien con ella. Cuando Popsy le preguntó por qué lo
había hecho, lo único que pudo decir fue que era una especie de realización.
Pero eso le da a usted una idea de lo que quiero decir... ¿verdad? (Se vuelve a
sentar, aliviada por su desahogo.)
AUBREY.
- Todo eso implica escasa vitalidad. He ahí a un hombre con todos los milagros
del universo para hacer tambalear su imaginación y todos los proble¬mas del
destino para usar su inteligencia y va y mata a un inocente policía porque no
se le ocurre algo más in¬teresante que hacer. Es muy justo que lo hayan
ahorcado. Y toda la gente que no encuentra nada más emocionante que atestar la
sala de audiencias para ver cómo lo condenan a muerte debería ser ahorcada
también. A ti te ahorcarán algún día, Sweetie, porque no tienes lo que la gente
llama una inteligencia bien provista. He tratado de educarte ...
LA
CONDESA. -Sí: me diste libros. Pero no pude leerlos: eran aburridísimos. Ensayé
palabras cruzadas para ocupar mi cerebro e impedirme que planeara ro¬bos;
pero... ¿qué palabras cruzadas brindan la mitad del pasatiempo y la emoción que
proporciona saquearle a alguien los bolsillos, ello sin contar que no se puede
vivir de eso? Querías que me aficionara a la bebida para tenerme tranquila.
Pero no me gusta emborrachar¬me... ¿y qué sería de mi belleza si lo hiciera?
Diez botellas de champaña no bastan para proporcionarle a una la sensación que
se experimenta cuando pasa junto a un policía a quien le bastaría con detenerse
y regis¬trarla a una para encerrarla por tres años.
LA
PACIENTE. - PopS... ¿Trató usted realmente de hacerla beber? ¡Qué consumado
bribón es usted!
AUBREY.
- Sweetie es más divertida cuando está un poco ebria. ¡Escúchela ahora, cuando
no ha bebido!
LA
PACIENTE. - Sweetie... ¿Se divierte usted real¬mente tanto, después de todo?
Empezó por amenazar con que abandonaría nuestra emocionante empresa porque era
muy aburrida.
AUBREY.
- Sweetie es libre. Está el sargento. Y está siempre la esperanza de que
aparezca algo y la sensa¬ción de estar preparado para ello sin tener que romper
todas las cadenas y derrumbar todos los muros que aprisionan a una mujer
respetable.
LA
PACIENTE. - Bueno... ¿Y yo?
AUBREY
(perplejo). - ¿Y yo, que? ¿Acaso usted no es libre?
LA
PACIENTE (levantándose muy pausadamente y yen¬do por detrás de Aubrey hacia la
mano izquierda de éste, que aferra y acaricia mientras le sermonea, sentada
sobre el brazo de su silla). - Mi ángel de amor, usted me ha salvado tan
totalmente de la respetabilidad que desde hace un mes vivo como una cabra de
las montañas. Me he librado de mi ansiosa e inquieta madre tan to¬talmente como
un cabrito destetado y ya no la aborrezco. Mi esclavitud ante las cocineras que
me atiborraban de largas comidas de pescado, carne y ave es algo que pertenece
a un miserable pasado: me alimento de dátiles y pan y agua y cebollas crudas
cuando puedo conseguir-los; y cuando no puedo, ayuno, con la consecuencia de
que he olvidado qué es una enfermedad; y si huyera de ustedes, ninguno de los
dos podría atraparme; y si lo hicieran, yo podría pelear con ambos con una mano
atada a la espalda. Gozo con todos esos milagros del universo: las deliciosas
albas, los bellos crepúsculos, los vientos cambiantes, los cuadros que forman
las nubes, las flores, los animales y sus costumbres, los pájaros y los
insectos y los reptiles. Cada día es un día de aven¬tura con su frío y su
calor, su luz y su tiniebla, sus ciclos de exaltado vigor y de agotamiento, de
hambre y de saciedad, sus ansias de acción que se convierten en un anhelo de
dormir, sus pensamientos en cosas celestiales que se truecan repentinamente en
necesidad de alimento.
AUBREY.
- ¿Qué más podría desear cualquier mor¬tal?
LA
PACIENTE (aferrándolo de las orejas). - ¡Embus¬tero!
AUBREY.
- Gracias. Usted querrá decir, supongo, que esas cosas no la satisfacen: quiere
también tenerme a mí.
LA
PACIENTE.-¡¡A usted!! ¡¡A usted!! ¡Haragán egoísta y zalamero! (Soltándolo.)
No: a usted lo he incluido entre los animales y sus costumbres, así como he
ubicado allí a Sweetie y al sargento.
LA
CONDESA. -Deje en paz a Sweetie y a su sar¬gento... ¿me oye? Ya estoy harta de
ese chiste.
LA
PACIENTE (levantándose y aferrándola del men¬tón y haciéndole alzar la cara). -
Eso no es un chiste,
querida
Sweetie: es algo muy serio. Llamé embustero a Pops, Sweetie, porque todo esto
no basta. Las glorias de la naturaleza no le duran a ninguna persona
decoro¬samente activa una semana, a menos que se trate de naturalistas
profesionales o matemáticos o pintores o algo así. Quiero algo razonable que
hacer. Un castor se di¬vierte porque necesita construir su vivienda y criar a
su familia. Yo quiero tener mi pequeña tarea, como el castor. Si me limito a
contemplar el universo, éste con¬tiene tantas cosas crueles y terribles y
desenfrenadamente malvadas y también tantas astronómicas e interminables e
inconcebibles e imposibles hasta un grado oprimente, que me volveré loca en
grado delirante y me devolverán al lado de mi madre con paja en el cabello. Lo
cierto es que soy libre, sana y absolutamente desdichada. (Vol¬viéndose hacia
Aubrey.) ¿Me oye? Absolutamente desdi¬chada.
AUBREY
(irritado). -¿Y cree que yo no lo soy? Aquí me tiene, sin más tarea que la de
arrastrar de aquí para allá a dos mujeres estúpidas y hablar con ellas.
LA
CONDESA. - Peor para ellas. Tienen que escu¬charlo.
LA
PACIENTE. - Lo desprecio. Lo odio. Usted... ¡usted es un ladrón caballero! ¿Qué
derecho tiene un ladrón de ser caballero? Bastante mala es ya Sweetie, sabe
Dios, con su vulgaridad y su baja astucia, tratando siempre de sacarle ventaja
a alguien o de atrapar a un hombre; pero por lo menos es una mujer y un ser
real. Los hombres no son seres reales; son mera charla, charla, charla...
LA
CONDESA (levantándose a medias). - Hable con cortesía. . . ¿me oye?
LA
PACIENTE. - ¡Otra sílaba insolente, Sweetie, y le doy una paliza que la hará
gemir durante media hora! (Sweetie se calma.) Tengo ganas de pegarle a alguien:
de matar a alguien. Terminaré por matarlos a los dos. ¿Qué somos nosotros,
magníficos aventureros? Sólo tres fertilizantes ineficaces.
AUBREY.
- ¿Qué demonios quiere usted decir con eso?
LA
PACIENTE. - Sí: fertilizantes ineficaces. Lo único que hacemos es convertir
buen alimento en mal estiércol. Somos fábricas ambulantes de mal estiércol: eso
es lo que somos.
LA
CONDESA (levantándose). - Bueno, no estoy dis¬puesta a quedarme sentada aquí y
a escuchar esas con¬versaciones. Usted debiera avergonzarse de sí misma.
AUBREY
(levantándose también, escandalizado). -Señorita Mopply: hay ciertas verdades
repulsivas que ninguna dama debe arrojarles a la cara a sus prójimos...
LA
PACIENTE. -Yo no soy una dama: ahora estoy en libertad de decir lo que se me
antoje. ¿Qué les parece?
LA
CONDESA (ablandándose). - Vamos, querida. No tiene por qué excitarse así.
Usted... (La paciente se vuelve hacia ella con aire feroz, y la condesa lanza
un grito.) ¡Ahhhh! Popsy, está loca. Sálvame. (Se va corriendo.)
AUBREY.
- ¿Qué le pasa? ¿Ha perdido el juicio? (Trata de agarrar a la paciente, pero
ésta le propina un empujón, haciéndolo caer despatarrado.)
LA
PACIENTE. -No. Estoy usando mi libertad. La libertad que usted ha predicado. La
libertad que hizo posible para mí. A usted no le gusta oír gritar a los centros
inferiores de Sweetie. Pues bien: ahora, oye gri¬tar a mis centros superiores.
Al parecer, eso no le gusta más que lo otro.
AUBREY.
- Mops: usted está histérica. Hace una hora, se sentía magníficamente; y
volverá a sentirse así dentro de otra hora. Siempre se sentirá magníficamente
si se conserva en condiciones.
LA
PACIENTE. - ¿En condiciones para qué? Un perro extraviado se siente en
condiciones, eso es lo que lo hace vagabundear; pero es el ser viviente más
infor¬tunado del mundo. Yo soy un perro extraviado: una gitana, una vagabunda.
No tengo nada que hacer. Ni adonde ir. Sweetie sufre y usted también y yo
también: y lo que haré, será simplemente propinarle a usted un puntapié y
reducirlo a una jalea.
(Se
abalanza sobre Aubrey. El la esquiva y se va corriendo. En ese momento,
Tallboys vuelve con Meek del otro lado, junto a la cabaña, y la paciente, no
pudien¬do detenerse, cae en sus brazos.)
TALLBOYS
(severamente). - ¿Qué es esto? ¿Qué hace usted aquí? ¿A qué se debe este
alboroto? No cierre los puños en mi presencia. (Ella se inclina,
obse¬quiosamente.) ¿Qué sucede?
LA
PACIENTE (con una reverencia y canturreando). -Bmal elttil a dah yram, Tuan.
TALLBOYS.
- ¿Sabe hablar el inglés?
LA
PACIENTE. -No inglés.
TALLBOYS.
- ¿O francés?
LA
PACIENTE. - No francés, Tuan. Wons sa etihw saw eceelf sti.
TALLBOYS.
- Muy bien: no lo vuelva a hacer. Ahora, váyase.
(La
paciente se va al pabellón caminando hacia atrás y haciendo reverencias.
Tallboys se sienta en la silla tijera.)
TALLBOYS
(a Meek). - Oiga. Usted dice que es el intérprete. ¿Comprendió lo que me dijo
esa muchacha?
MEEK.
-Sí, señor.
TALLBOYS.
- ¿Qué dialecto era? No me pareció el que hablan aquí los nativos.
MEEK.
- No, señor. Yo lo hablaba en la escuela. Es inglés invertido, señor.
TALLBOYS.
- ¿Inglés invertido? ¿Qué quiere usted decir?
MEEK.
- Inglés hablado al revés. Esa muchacha ha invertido el orden de las palabras
también, señor. Eso, prueba que se aprendió de memoria esos dos discursitos.
TALLBOYS. - Pero... ¿cómo puede hacer eso una muchacha nativa? Yo mismo no
podría hacerlo.
MEEK.
-Ello prueba que no es una muchacha na¬tiva, señor.
TALLBOYS.
- Pero eso hay que investigarlo. ¿Recuer¬da lo que dijo?
MEEK.
-Sólo bmal elttil, señor. Eso era muy fácil.
Y me
permitió comprender lo demás.
TALLBOYS.
- Pero... ¿qué significa bmal elttil?
MEEK.
- Little lamb, señor.
TALLBOYS.
- ¡Me llamó corderito!
MEEK.
-No, señor. Sólo dijo "Mary had a little lamb". Y cuando usted le preguntó si hablaba el
fran¬cés, ella dijo, desde luego: "Its fleece was white as snow."
TALLBOYS.
- Pero eso fue una insolencia.
MEEK.
- La sacó de apuros, señor.
TALLBOYS.
-Eso es muy grave. Esa mujer le está haciendo creer a la condesa que es una
nativa.
MEEK.
- ¿Le parece, señor?
TALLBOYS.
-No me parece: lo sé. No sea tonto. Domínese y no me conteste estupideces.
MEEK.
- Sí, señor. No, señor.
TALLBOYS
(enojado, gritándole). - "¿Tienes lana, oveja negra? Sí, señor. No, señor.
Tres bolsas llenas." No me diga más
sí señor no señor.
MEEK.
- No, señor.
TALLBOYS.
- Tráigame a esa muchacha. Pero no le diga una sola palabra, no le deje
adivinar que la he descubierto, fíjese bien. Cuando yo haya terminado con ella,
usted me explicará lo que se refiere a esos cohetes.
MEEK.
- Sí, señor. (Entra en el pabellón.)
TALLBOYS.
- Dése prisa. (Se instala cómodamente y saca su cigarrera.)
(La
condesa asoma junto a la esquina del pabellón para ver si puede volver sin
peligro. Aubrey hace un reconocimiento análogo junto a la esquina de la
cabaña.)
LA
CONDESA. - Aquí estoy de nuevo, como ve. (Le sonríe al coronel de una manera
fascinadora y se sienta sobre su taburete.)
AUBREY.
- Moi aussi. ¿Puedo ... ? (Se estira sobre la alfombra.)
TALLBOYS
(sentándose bien y guardando la cigarre¬ra). -En el momento oportuno. Me
disponía a man¬dar a buscarla. He hecho un descubrimiento muy grave.
Su
criada nativa no es tal nativa. Su jerga es una su¬ perchería ridícula. Es una
inglesa.
AUBREY.
- ¡No me diga!
LA
CONDESA. - ¡Oh, eso es imposible!
TALLBOYS.
-No cabe ninguna duda. Esa mujer es
una
impostora: tenga cuidado con sus joyas. O bien (y eso es lo que sospecho) se
trata de una espía.
AUBREY.
- ¡Una espía! Pero no estamos en guerra.
TALLBOYS.
-La Liga de las Naciones tiene espías en todas partes. (A la condesa.) Debe
permitirme, con¬ desa, que registre de inmediato su equipaje, antes de que ella
se entere de que la he descubierto.
LA
CONDESA. - ¡Pero si yo no he echado de menos nada! Estoy segura de que no ha
robado nada. ¿Qué quiere buscar en su equipaje?
TALLBOYS.
- Cohetes.
LA
CONDESA. -¡Cohetes!
AUBREY
.- (a un tiempo) ¡Cohetes!
TALLBOYS.
- Sí, cohetes. He inspeccionado esta ma¬ñana los depósitos y faltan los
cohetes. Más que nada, yo quería que me recordaran la hora del almuerzo cuan¬do
pinto. Soy bastante experto en materia de acuarelas. Y no queda un solo cohete.
Debería haber quince.
AUBREY.
- ¡Oh, yo puedo aclararle eso! Es uno de nuestros hombres, Meek. Viaja en una
bicicleta a motor con una bolsa llena de cohetes y un manojo de alambre. Dijo
que estaba reconociendo el terreno. Evidentemente, se mostraba muy ansioso de
librarse de mí: por lo tanto, no insistí en mis investigaciones. Pero eso
explica los cohetes.
TALLBOYS.
-De ningún modo. Esto es muy serio. Meek es un imbécil a quien nunca debieron
enrolar en el ejército. Parece un niño: esa mujer podría hacer lo que quisiera
con él.
LA
CONDESA. - Pero... ¿para qué iba a necesitar esa muchacha los cohetes?
TALLBOYS.
-No lo sé. Esta expedición ha sido en¬viada sin la sanción de la Liga de las
Naciones. Siem¬pre olvidamos consultarla cuando tenemos algo serio entre manos.
Esa mujer podría ser un emisario de la Liga. Quizás esté trabajando contra
nosotros.
LA
CONDESA. - Pero, aun en ese caso... ¿qué daño puede causarnos?
TALLBOYS
(dándole un golpecito a su revólver). - Mi estimada señora... ¿Cree que llevo
esto para di¬vertirme? ¿No comprende que las colinas están atestadas de tribus
hostiles que pueden hacer una correría en cualquier momento? Mire esa bocina
eléctrica: si em¬pieza a sonar, cuidado: porque eso significará que ha sido
localizada una tribu que avanza sobre nosotros.
LA
CONDESA (alarmada). - Si yo lo hubiese sabido, no habría dejado que me trajeran
aquí. ¿Verdad, Popsy?
AUBREY.
- Bueno, sí; pero no importa; los tribeños nos tienen miedo.
TALLBOYS.
- Sí, porque no saben que apenas somos un puñado de hombres. Pero si esa mujer
está en comu¬nicación con ellos y ha logrado dominar a ese idiota de Meek,
pueden abalanzarse sobre nosotros como un enjambre de avispas. Esto no me
gusta. Tengo que acla¬rarlo a fondo de inmediato. ¡Ah! Ahí viene.
(Meek
aparece en la entrada al pabellón. Se aparta cortésmente para que pase la
paciente y permanece ahí.)
MEEK.
-El coronel quiere hablar con usted, seño¬rita.
AUBREY.
- Trátela con cuidado, coronel. Corre con la rapidez de un ciervo. Y tiene
músculos de hierro. Más vale que llame al guardia antes de habérselas con ella.
TALLBOYS.
- ¡Bah! ¡Venga aquí!
(La
paciente se le acerca con un aire inocente y apa¬ciguador, se postra de
rodillas, vuelve hacia arriba las palmas de las manos y golpea el suelo con la
frente.)
TALLBOYS.
- Me dicen que usted es muy rápida para correr. Pues bien: una bala corre con
más rapidez. (Gol¬pea su revólver.) ¿Me comprende?
LA
PACIENTE (con una reverencia). - Bmal elttil a dah yram wons sa etihw saw
eceelf tsi.. .
TALLBOYS
(con voz tonante). - "Y adonde quiera iba Mary. ... "
LA
PACIENTE (interrumpiéndolo, hábilmente).¬
..
iba el corderito". Me ha pescado, coronel. ¡Qué inteligente es usted!
Bueno... ¿Y qué?
TALLBOYS.
- Eso es lo que me propongo descubrir. Usted no es una nativa.
LA
PACIENTE. - Sí. De Somerset.
TALLBOYS.
- Precisamente. Y bien ... ¿Por qué está disfrazada? ¿Por qué ha tratado de
hacerme creer que no comprende el inglés?
LA
PACIENTE. - Para divertirme, coronel.
TALLBOYS.
-Eso no basta. ¿Por qué le ha hecho creer a esta señora que usted es una criada
nativa? Ser una criada no es divertirse. Contésteme. No trate de in¬ventar una
mentira. ¿Por qué ha simulado eso?
LA
PACIENTE.-Hoy se fiscaliza mucho mejor una casa siendo una criada que siendo
una señora, coronel.
TALLBOYS.
-Eso es muy ingenioso. Un poco más y me dirá que se fiscaliza con mayor
eficacia a un regi¬miento siendo soldado raso que siendo coronel... ¿eh?
(La
bocina suena de un modo estridente. El coronel saca el revólver y se lanza
hacia lo alto de la colina, pero lo aventaja Meek, quien llega antes allí y da
las órdenes con irresistible autoridad, dejándolo estupefacto. Aubrey, quien se
ha puesto de pie, avanza hacia los médanos para ver qué sucede. Sweetie, presa
de terror, aferra del brazo a la paciente y la arrastra hacia el pabe¬llón.
Mops, desafiante, la repele con violencia y se pre¬cipita hacia el ruido de los
cañones cuando empiezan a oírse.)
MEEK.
- Firmes. Carguen. Párense junto a los cohe¬tes. ¿Cuántos son los nativos,
sargento? ¿A qué distancia están?
SARGENTO
FIELDING (invisible). - Cuarenta caba¬llos. A unos novecientos metros.
MEEK.
-Los fusiles listos. Las miras reguladas a mil ochocientos metros, por sobre
sus cabezas: no hagan impacto. Fuego. (Descarga de fusiles.) ¿Cómo va eso?
SARGENTO
FIELDING. - Siguen avanzando, señor.
MEEK.
- Cohetes número dos: listos. Contacto. (For¬midables explosiones a la
derecha.) ¿Cómo fue eso?
VOZ
DEL SARGENTO. - Han huido, señor. Todos, hasta el último.
(Meek
vuelve de la colina convertido en un insigni¬ficante soldado raso, seguido por
Aubrey; aquél a la izquierda del coronel y éste a la derecha.)
MEEK.
- Todo está ya en orden, señor. Disculpe la interrupción.
TALLBOYS.
- ¡Oh! ¿Llama a esto una interrupción?
MEEK.
- Sí, señor: no valía la pena de que usted se molestara. ¿Redacto el informe,
señor? "Encuentro im¬portante: enemigo puesto en fuga; ninguna baja
britá¬nica." Una Orden del Servicio Distinguido para usted quizás, señor.
TALLBOYS.
- Soldado Meek. ¿Puedo preguntarle, y perdóneme si soy presuntuoso, quien está
al mando de esta expedición? ¿Usted o yo?
MEEK.
-Usted, señor.
TALLBOYS
(volviendo a guardar el revólver). - Sus palabras son muy halagüeñas para mí.
Gracias. ¿Me per¬mite que le pregunte, además, por qué diablos autorizó el
lanzamiento de todas las existencias de cohetes del regimiento al otro lado de
las colinas y los hizo estallar ante las narices del enemigo?
MEEK.
- Era mi deber como oficial del servicio de inteligencia, señor. Yo soy el
oficial del servicio de inte¬ligencia. Tenía que hacerle creer al enemigo que
las colinas rebosan cañones ingleses. Ahora, así lo creen, señor. Ya no nos
darán más trabajo.
TALLBOYS.
- ¿De veras? Escribiente del cuartelmaestre, intérprete, oficial del servicio
de inteligencia. ¿Tie¬ne usted algún otro grado de que no me haya infor¬mado?
MEEK.
-No, señor.
TALLBOYS.
- ¿Está seguro de que no es mariscal de campo?
MEEK.
- Completamente seguro, señor. Nunca lle¬gué más que a coronel, señor.
TALLBOYS.
- ¿Coronel, usted? ¿Qué quiere decir con eso?
MEEK.
-No un coronel auténtico, señor. Más que
nada
un grado honorario para cubrir las apariencias cuando tenía que tomar el
comando.
TALLBOYS.
- ¿Y cómo se explica que sea soldado raso, ahora?
MEEK.
- Prefiero esa situación, señor. Tengo más libertad. Y la conversación en el
comedor de los ofi¬ciales no me gusta. Siempre renuncio al grado de oficial y
me enrolo de nuevo.
TALLBOYS.
- ¡Siempre! ¿Cuántas veces ha sido ofi¬cial?
MEEK.
- No lo recuerdo muy bien, señor. Tres, me parece.
TALLBOYS.
- ¡Que me condenen!
LA
PACIENTE. - ¡Oh, coronel! ¡¡Y usted confundió
a
este genio militar con un imbécil nato!!
TALLBOYS
(con aplomo). - Naturalmente. Los sín¬tomas son los mismos. (A Meek.) Puede
retirarse. (Meek hace el saludo militar y se va con ágil trote.)
AUBREY.
- ¡Voto a Júpiter!
LA
CONDESA. - Que me... (Rectificándose.) Tiens, tiens, tiens, tiens!
LA
PACIENTE. - ¿Qué hará con él, coronel?
TALLBOYS.
- Señora: el secreto del comando, en el ejército y en todas partes, es no
perder un solo instante haciendo algo que se puede delegar en un subalterno. Me
apasiona pintar acuarelas. Por lo tanto, la tarea de comandar mi regimiento ha
interferido muy seriamente con la satisfacción que eso me proporciona. Desde
ahora, me dedicaré casi exclusivamente a la pintura y le dejaré el comando de
la expedición al soldado Meek. Y como todos ustedes parecen estar en términos
más íntimos con él que yo. . ., ¿quieren tener la amabilidad de comu¬nicarle,
así, de paso, comprenden, que poseo ya el
D.S.O.
y que lo que ambiciono ahora es un K.C.B.?
O, más bien, para ser exacto, es lo que quiere mi mujer. En cuanto a mí
se refiere, lo único que me preocupa por el momento es si debo pintar ese cielo
con azul de Prusia o con cobalto.
LA
CONDESA. - ¡Y usted, pierde el tiempo pintando cuadros!
TALLBOYS.
- Condesa: pinto cuadros para sentirme cuerdo. El trato con los hombres. y las
mujeres me enlo¬quece. La humanidad me engaña siempre: la naturaleza, nunca.
ACTO
III
Una
angosta brecha que lleva a la playa entre masas de piedra arenisca de un suave
color pardo, salpicado de grutas naturales. Arena y grandes piedras en primer
pla¬no. Dos de las grutas son accesibles desde la playa su-biendo por las
rocas, que forman toscas plataformas delante de ellas. Los soldados se han
entretenido desbas¬tándolas toscamente y dándoles nombres de fantasía. La gruta
de la derecha, cuando se baja por el escabroso sendero que lleva a través de la
brecha, es más alta que ancha y tiene un pilar natural y una piedra que parece
un altar, de apariencia gótica que se ha acentuado ha¬ciéndole describir en la
parte superior de la abertura algo semejante a un arco puntiagudo y coronándolo
con la inscripción SN PAULS. La gruta de la izquierda es mu¬cho más ancha.
Contiene un banco lo bastante largo para dos personas: sus huecos son
iluminados por lám¬paras de pantallas rosadas; y un soldado erudito ha ta¬llado
sobre la gruta, en caracteres griegos, la palabra , debajo de la cual están escritas con tiza
roja las palabras LA MORADA DEL AMOR; más abajo, algún impúdico ha añadido con
tiza blanca "NO HAY NECESIDAD DE GASTAR LUZ ELÉCTRICA".
Por
el momento, quien ha tomado posesión de LA MORADA DEL AMOR es el sargento, un
hombre guapo y bien formado que f risa en los cuarenta años. Está sen¬tado
sobre el banco y lo absorben totalmente dos libros, que compara con extática
atención.
St
Pauls también está ocupado. Un hombre de edad, muy alto y flaco. quien, a
juzgar por su indumentaria y porte es un inglés acomodado, se halla sentado
sobre la piedra del altar y apoya sobre ella ambos codos, con el mentón sobre
las manos. Viste luto riguroso y su ac¬titud revela un irremediable
abatimiento.
Sweetie,
ahora total y brillantemente vestida, se acer¬ca con lentitud por el sendero
franqueando la brecha, cavilosa y aburrida. En la playa no encuentra nada que
le interese, hasta que el sargento le llama la atención inconscientemente al
descubrir alguna notable confirma¬ción o contradicción entre sus dos libros y
golpeando uno de ellos con aire estimativo con el puño. Inmediatamen¬te, el
rostro de Sweetie se ilumina; sube con ansiedad hasta la boca de la gruta y se
instala junto a él, a su derecha. Pero el sargento está tan concentrado en sus
libros que ella espera en vano que él la advierta.
SWEETIE
(contemplándolo apasionadamente).¬¡Ejem!
(El
sargento alza los ojos. Al ver de quien se trata, se levanta de un salto y se
cuadra.)
SWEETIE
(sin darse ínfulas). - No necesita cuadrarse por mí ... ¿sabe?
EL
SARGENTO (ceremoniosamente). - Perdone, Su Señoría. Yo no había notado la
presencia de Su Señoría.
SWEETIE.
- Olvide todas esas tonterías, sargento. (Se sienta sobre el banco, a su
derecha.) No perdamos tiem¬po. Este sitio es tan aburrido para mí como para
usted.
¿No
cree que ambos podríamos divertirnos un poco si fuéramos amigos?
EL
SARGENTO (con severo desdén). - No, señora. No lo creo. He visto muchas de esas
cosas en la guerra: lindas señoras que alegraban los hospitales y perdían la
cabeza y trastornaban a los soldados; y eso no me gusta. Manténgase usted en su
clase: yo, me conservaré en la mía.
SWEETIE.
- ¡Mi clase! ¡Vamos! No soy condesa; y estoy harta de fingir que lo soy. ¿No lo
adivinó?
EL
SARGENTO (volviendo a sentarse y tratándola como a una mujer de su propia
clase). - ¿Por qué había de devanarme los sesos pensando en usted? Cualquier
mu¬chacha puede ser hoy una condesa si es lo bastante guapa para pescar a un
conde.
SWEETIE.
- ¡Oh! ¿Le parezco guapa?
EL
SARGENTO. - ¡Vamos! Si usted no es condesa... ¿qué es? ¿Qué juego es este?
SWEETIE.
- El juego, querido, es que usted me gusta. Lo amo.
EL
SARGENTO. - Y a mí ... ¿qué? Un hombre con mi figura puede elegir.
SWEETIE.
- Aquí no, querido. Sólo hay otra mujer blanca en ochenta kilómetros a la
redonda; y es una señora de verdad. Ella no lo miraría.
EL
SARGENTO. - Eso sí que es cierto. Eso, sí.
SWEETIE
(acurrucándose contra él). - Sí ... ¿ver¬ dad?
EL
SARGENTO (soportando su ofensiva, pero sin res¬ponder a ella). - Este clima le
causa un efecto endiablo a un hombre, por serio que sea.
SWEETIE
(pasando su brazo por el hueco del de él). - Bueno... ¿Y acaso eso no es
natural? ¿A qué fingir?
EL
SARGENTO. -Pero yo no soy un hombre capaz de tratar a una mujer como una simple
necesidad. Mu¬chos soldados lo hacen: para ellos, una mujer no es más que un
pote de mermelada, que debe ser consumido y desechado. No opino lo mismo.
Admito que existe ese punto de vista y que, para la gente incapaz de algo
mejor, simples animales, digamos, eso es el principio y el fin del asunto. Pero
para mí apenas es su parte más pequeña. Me gusta conocer las opiniones de una
mujer. Me gusta explorar su espíritu tanto como su cuerpo. ¿Ve estos dos
libritos en que yo estaba enfras¬cado cuando usted me abordó? Los llevo
adondequiera voy. Les planteo los problemas que me formulan a to¬das las
mujeres con quienes me encuentro.
SWEETIE
(con creciente desconfianza). - ¿Qué libros son esos?
EL
SARGENTO (señalándolos, sucesivamente). - La Biblia, y La Marcha del Peregrino,
de este mundo al futuro.
SWEETIE
(consternada, tratando de levantarse). -¡Oh, Dios mío!
EL
SARGENTO (sujetándola despiadadamente en el hueco de su brazo). - No, no se
mueva. Quédese quie¬ta; y no invoque el nombre del Señor en vano. Si cree en
él, es una blasfemia; si no cree, una estupidez. Debe aprender a ejercitar su
inteligencia. ¿Qué es una mujer sin un cerebro activo para un hombre más que
una sim¬ple comodidad?
SWEETIE.
- Bastante ejercito mi cerebro atendiendo a mis propios asuntos. Lo que busco
para usted, amigo mío, es un poco de diversión.
EL
SARGENTO. - De acuerdo. Pero cuando los hom¬bres y las mujeres se eligen
mutuamente para divertirse
un
poco, descubren que han conseguido más de lo que esperaban; porque tienen tanto
un piso alto como uno bajo y no se puede tener el uno sin el otro. Siempre
tratan de hacerlo, pero eso no da resultado. Usted ha elegido tanto mi alma
como mi cuerpo; y tiene que explorarla. Creyó poder conseguir una cara y una
figura como las mías con las limitaciones de un gorila. Y des¬cubre que está
equivocada: eso es todo.
SWEETIE.
- Oh, déjeme ir: ya estoy harta de esto. Si me hubiese imaginado que usted era
religioso, habría dado un amplio rodeo para esquivarlo, se lo aseguro.
Suélteme... ¿quiere?
EL
SARGENTO. -Espere un poco. La naturaleza qui¬zás me use como una especie de
cebo para interesar la por las cosas del espíritu. Acaso aproveche el
agrada¬ble calor animal de usted para estimular mi mente. Ne¬cesito su consejo.
No digo que lo acepte; pero puede sugerirme algo. Le explicaré: estoy en
apuros. Tengo un caos en el espíritu. Fui religioso: pero no veo eso con tanta
claridad como antes.
SWEETIE.
- Menos mal, de todos modos.
EL
SARGENTO. - Mire esos dos libros. Yo creía an¬taño en todo lo que decían
porque, aparentemente, no parecían tener nada que ver con la vida real. Pero la
guerra les dio mucha realidad a esos viejos relatos; y entonces, uno empieza a
formular preguntas. Mire este pasaje (señala una página de La Marcha del
Peregri¬no. Está en la primera página: "Sé con certeza que nuestra ciudad
será quemada por el fuego de los cielos, en cuya catástrofe tanto yo como tú,
mi esposa, y vos¬otros, mis encantadores hijos, moriremos miserablemen¬te,
salvo que se pueda hallar algún camino de escape para salvarnos." Londres
y París y Berlín y Roma y las demás ciudades serán quemadas por el fuego de los
cie¬los en la próxima guerra: eso es seguro. Son, todas ellas, Ciudades de la
Destrucción. Y los hombres de nuestro gobierno corren de aquí para allá con una
gran carga de cadáveres y deudas sobre la espalda, gritando "¿Qué debemos
hacer para salvarnos?" Ahí lo tiene: no es un relato de libro como antes,
sino la verdad de Dios en el auténtico mundo de hoy. Y todo el consuelo que se
obtiene es "Huid de la ira que llegará". Pero ... ;adónde han de
huir? Ahí los tiene usted, reuniéndose en Ginebra o codeándose en Chequers en el fin de semana, preguntándose mutuamente
como el hombre del libro "¿Adónde debemos huir?" Y nadie puede
decír¬selo. El hombre del libro dice: "¿Ves esta luz fulgu¬rante?"
Hoy, la ciudad deslumbra con centelleantes lu¬ces: luces en el parlamento, en
los periódicos y en los libros que llaman Esquemas (Esquemas de la Historia y
de la Ciencia y no sé cuántas cosas más) y a pesar de todas sus alharacas,
henos aquí esperando en la Ciu¬dad de la Destrucción, como ovejas, que se
descargue la ira. Este ignorante hojalatero me dice que se nos presenta un
camino recto y tan angosto que no podemos equivocarnos. Pero comienza por
llamar a ese sitio la soledad de este mundo. Bueno, en la soledad no hay un
camino: hay que abrirlo: todos los caminos rectos han sido abiertos por
soldados: y los soldados no llegan al paraíso por ellos. Muchos fueron a parar
al lugar opuesto. No, John: tú podrás contar bien un relato y dicen que fuiste
soldado; pero los soldados que tratan de sustituir al servicio militar por
narraciones acaban en la cárcel y es ahí adonde fuiste a parar. Lo condenaron a
doce años de reclusión en la cárcel de Bedford y...
SWEETIE.
- Bueno... ¿Qué otra cosa se podía leer ahí? Es lo único que le dan a uno en
ciertas cárceles.
EL
SARGENTO. - ¿Cómo lo sabe?
SWEETIE.
-No se preocupe de cómo lo sé. Es cosa mía.
EL
SARGENTO. - ¡Eso, nada tiene que ver conmigo! Usted no me conoce, muchacha.
Algunos, simplemente, le dirían que se marchara; pero para mí lo más
inte¬resante que hay en el mundo es la experiencia de una mujer que ha estado
encerrada en una celda durante años sin tener nada más que una Biblia para
leer.
SWEETIE.
- ¡Años! ¿Qué está diciendo? A lo sumo, estuve encerrada una vez nueve meses; y
si alguien dice que estuve un solo día más, miente.
EL
SARGENTO (poniendo la mano sobre la Biblia). - Usted podría leer ese libro de
tapa a tapa en nueve meses.
SWEETIE.
- Algunas de sus partes lo enloquecerían de tristeza. A mí, sólo me pusieron en
dificultades. El capellán me preguntó qué me proponía. Saqueaba a los egipcios,
le dije; y ahí estaban el capítulo y el versículo que lo indicaban. El muy
cochino fue a denunciarme; y perdí siete días de asueto por eso.
EL
SARGENTO. - ¡Bien merecido lo tiene! No me gusta saquear a los egipcios. En la
preguerra, hacerlo era algo sagrado. Ahora, veo con claridad que sólo im¬plica
robar.
SWEETIE
(escandalizada). - ¡Oh! Usted no debiera decir eso. Pero, si Moisés pudo
hacerlo ... ¿por qué no he de poder yo?
EL
SARGENTO. -Si fue ese el efecto que le causó a su amante, es un mal efecto. En
parte, lo que dice ahí es cierto. Sé justo, ama la misericordia y sé humilde
ante tu Dios. Eso, seduce a un hombre cuando puede ser planteado en los
reglamentos corrientes del ejército. Pero todo ese robo y asesinato de nuestros
enemigos sin dar cuartel y la ofrenda de sacrificios humanos y la idea de que
les podemos hacer lo que queremos a los demás pueblos porque somos el pueblo
elegido de Dios y tenemos la razón y todos los otros están equivoca¬dos... ¿Qué
aspecto cobra eso cuando uno ha tenido durante cuatro años lo auténtico en vez
de leerlo, sim¬plemente? No. ¡Qué diablos! Somos gente civilizada; y aunque eso
pueda haber dado resultado con esos judíos de la antigüedad, no es religión. Y,
de lo contrario... ¿dónde estamos? Eso es lo que yo quisiera saber.
SWEETIE.
- ¿Y es eso lo único que le importa? ¿Que¬darse sentado ahí y pensar en esas
cosas?
EL
SARGENTO. - Bueno. Alguien tiene que hacerlo o... ¿qué será de todos nosotros?
Los oficiales no quie¬ren pensar en eso. El coronel se va a pintar; los
tenien¬tes cazan o juegan al polo. No huirán de la ira que vendrá, por cierto.
Si ellos no cumplen con su deber militar, yo tengo que hacerlo. Lo mismo sucede
con nuestros deberes religiosos. Es una tarea que le corres-ponde al capellán,
no a mí; pero cuando uno se topa con un capellán auténtico, descubre que no
cree en nin¬guna de las antiguas enseñanzas; y si se topa con un caballero,
éste sólo se preocupa de probarnos que es un hombre cabal y un párroco meloso.
Por lo tanto, yo tengo que aclarar el asunto por mi cuenta.
SWEETIE.
-Bueno, que Dios le ayude a la mujer que se case con usted; eso es todo lo que
debo decirle. No lo considero un hombre. (Se levanta con rapidez para huir de
él.)
EL
SARGENTO (se levanta también y la abraza con energía). -Conque no soy un
hombre... ¿eh? (La besa.) ¿Qué tal es esto, Judy?
SWEETIE
(forcejeando, pero sin mucha decisión). - Suélteme... ¿quiere? Ahora, usted ya
no me interesa.
EL
SARGENTO. -Le interesaré si la beso media do¬cena de veces, le interesaré como
nunca le interesó nada. Eso es un hecho liso y llano de la naturaleza humana,
uno de los hechos a los cuales debe dejarles sitio la religión.
SWEETIE.
- Bueno. Béseme y terminemos. No pue¬de besarme y hablar de religión al mismo
tiempo.
EL
VIEJO (saltando de su celda a la plataforma que está adelante). -Basta de
tonterías. Usted, señor, no es un ignorante: sabe que el universo está en
ruinas.
SWEETIE
(oprimiéndose contra el sargento).-Está loco.
EL
SARGENTO (apartándola). -Es curioso... ¿ver¬dad? Pero aunque lo que más me
gusta es besar a una mujer, prefiero que me maten a que alguien me vea hacerlo.
EL
VIEJO— ¡Señor, ¡Señor, las mujeres no son, como lo creen ellas, más
interesantes que el universo! Cuando el universo se derrumba, que las mujeres
guarden si¬lencio; y que los hombres se eleven a algo más noble que a besarlas.
(El
sargento, interesado e impresionado, se sienta en silencio e induce a Sweetie a
volver a sentarse a su lado. El viejo sigue declamando, con fanático
apasiona¬miento.)
EL
VIEJO. - Sí, señor: el universo de Isaac Newton, que fue una ciudadela
inexpugnable de la civilización mo¬derna durante trescientos años, se ha
desmoronado como las murallas de Jericó ante la crítica de Einstein. El
uni-verso de Newton era la ciudadela del determinismo ra¬cional: las estrellas,
en sus órbitas, obedecían a leyes inmutables; y cuando abandonamos el examen de
su in¬mensidad para estudiar la infinita pequeñez de los áto¬mos, descubrimos
también que los electrones, en sus órbitas, obedecían a las mismas leyes
universales. Cada instante del tiempo dictaba y determinaba el siguiente y era
dictado y determinado por el anterior. Todo era calculable; todo sucedía porque
debía suceder; los man¬damientos fueron borrados de las tablas de la ley; y los
sustituyó el álgebra cósmica: las ecuaciones de los matemáticos. Ahí estaba mi
religión; ahí, encontré mi dogma de la infalibilidad; yo, que desdeñaba por
igual a los católicos con su vano sueño de un libre albedrío responsable y a
los protestantes con su pretensión de un juicio privado. Y ahora... Ahora...
¿qué queda de eso? La órbita del electrón no obedece a ninguna ley: elige una
trayectoria y desecha otra: es tan capri¬chosa como el planeta Mercurio, que se
desvía de su camino para calentarse las manos junto al sol. Todo es capricho:
el mundo calculable se ha vuelto incalcu¬lable: la Finalidad y el Plan, las
excusas de todas las supersticiones más infames, han resucitado para derribar a
los poderosos de sus tronos y para encasquetarles co¬ronas de papel a unos
estúpidos presuntuosos. Antes, cuando mis discrepancias con mi mujer o mis
preocu-paciones de negocios me afligían demasiado, yo buscaba consuelo y
tranquilidad en nuestros museos de historia natural, donde podía olvidar todas
las preocupaciones usuales asombrándome de la diversidad de formas y colores de
los pájaros y peces y animales en general, todo ello producido sin intervención
de ningún proyectista, mediante el funcionamiento de la Selección Na¬tural.
Hoy, no me atrevo a entrar a un acuario, porque sólo veo en esos grotescos
monstruos de las profundi¬dades del mar las caricaturas de algún extravagante
artista demoníaco, de algún Zeus-Mefistófeles con una caja de pinturas y
plastilina que trata de superarse a sí mismo en la producción de seres
fantásticos y ridícu¬los para poblarle el Arca de Noé a su hijito. Tengo que
escapar del edificio por temor a volverme loco, gritando, como el hombre de su
libro "¿Qué debo hacer para salvarme?". Nada puede salvarnos de caer
cabeza abajo en un abismo insondable, pero con un sólido funda¬mento dogmático;
y apenas admitimos esto, descubrimos que el único dogma digno de confianza no
es tal dogma. Mientras estoy parado aquí, caigo en ese abismo, más abajo, más
abajo, más abajo. Todos caemos en él; y nuestro cerebro invadido por el vértigo
sólo puede pro¬ferir locuras. Mi mujer murió maldiciéndome. No sé vivir sin
ella; fuimos desdichados juntos durante cua¬renta años. Mi hijo, a quien eduqué
para que fuese un incorruptible ateo temeroso de Dios, se ha conver-tido en un
ladrón y un pillastre: y sólo puedo decirle "Vé, muchacho: perece en tu
villanía; porque ni tu padre ni nadie puede darte ahora un buen motivo para ser
un hombre de honor".
(El
viejo les vuelve la espalda y se dispone a ale¬jarse rápidamente, afligido,
cuando llega a grandes pa¬sos Aubrey, en traje tropical blanco, por la playa,
desde el lado de Saint Pauls y lo saluda con aire negligente.)
AUBREY.
- Hola, padre... ¿Es usted, realmente? Creí haber oído al viejo trombón: es
inconfundible. ¿Cómo diablos apareció usted aquí?
EL
VIEJO (al sargento). - Este es mi hijo pródigo.
AUBREY.
-Yo no soy un hijo pródigo. El hijo pró¬digo era un manirroto y un inútil que
se vio reducido a devorar los desperdicios que comían los cerdos. No es¬toy
arruinado: me sobra dinero. Nunca le he debido un centavo a nadie. Soy un hijo
modelo; pero lamento decir que usted dista mucho de ser un padre modelo.
EL
VIEJO. - ¿Qué derecho tienes a decirme eso? ¿En qué sentido disto de serlo?
AUBREY.
- Usted trató de frustrar mi inequívoco destino. La naturaleza me destinaba a
la Iglesia. Tuve que ordenarme en secreto.
EL
VIEJO. - ¡Ordenarte! ¡Te atreviste a ordenarte sin mi conocimiento!
AUBREY.
-Desde luego. Usted se oponía. ¿Cómo habría podido yo hacerlo con su
conocimiento? Usted me hubiera suspendido la mensualidad.
EL
VIEJO (sentándose sobre la piedra más cercana, abrumado). -¡Mi hijo, sacerdote!
Eso me causará la muerte.
AUBREY
(instalándose tranquilamente en otra piedra cercana, a la derecha). - Ni por
asomo: a los padres no se les mata tan fácilmente. Fue en la universidad donde
me convertí en lo que llamaban entonces un piloto del cielo. Cuando llegó la
guerra, era natural que persistiera en esa vocación como miembro de la fuerza
aérea. Como as de la aviación, obtuve una medalla de plata muy pobremente
diseñada por haber cometido atrocidades in¬conciliables con la profesión de
sacerdote cristiano. Cuan¬do me hirieron y perdí el valor necesario para volar,
me hice capellán del ejército. Entonces, tuve que decirles a los moribundos que
morían en estado de gracia y que irían en derechura al cielo; cuando, en
realidad, mo¬rían en estado de pecado mortal e iban a parar a otra parte. Para
expiar esa blasfemia, estuve bajo el fuego todo el tiempo posible; pero me
volví a acobardar. Debí tomarme una licencia de tres meses y recluirme en un
sanatorio. Allí, me encontré con mi destino.
EL
VIEJO. - ¿Qué entiendes por destino? Estás vivo y en buen estado de salud, para
pena y vergüenza mías.
AUBREY.
-Para ser más preciso, me encontré con Sweetie. Esta es Sweetie.
SWEETIE.
- Por cierto que me alegra mucho conocer al padre de Popsy.
EL
VIEJO. - A mi hijo lo llamaron Popsy en su in¬fancia y yo prohibí que lo
hicieran, por razones de prin¬cipio, cuando cumplió los cinco años. Resulta
extraño oír ese nombre de sus labios después de tan largo in¬tervalo.
SWEETIE.
-Yo siempre le pregunto a un hombre cómo lo llamó su madre y lo llamo así.
Esto, lo vuelve menos ceremonioso.
AUBREY
(reanudando su narración). - Sweetie era la peor de las enfermeras que hayan
elevado jamás la mortalidad de un sanatorio en un diez por ciento. Pero...
SWEETIE.
- ¡Oh, qué mentira! Eran las otras enfer¬meras quienes mataban a los hombres.
¡Los despertaban a las seis de la mañana y los lavaban! La mitad de ellos
murieron resfriados.
AUBREY.
-Pero no me negarás que eras la mujer más linda del sanatorio.
SWEETIE.
- Por lo menos, tú lo creías así.
EL
VIEJO. - Oh, basta... Basta de frivolidades. No puedo soportar este
interminable llamado del sexo.
AUBREY.
- Durante la guerra, descubrieron que el llamado del sexo era tan necesario
para los soldados heridos o que padecían shocks como las enfermeras há¬biles;
por eso, a las muchachas lindas les permitían hacer el papel de enfermeras para
que pudieran sentarse so¬bre las camas y les impidiesen enloquecer a los
soldados. Sweetie no me lo impidió: por el contrario, me enlo¬queció. No sólo
vi en ella todos los hechizos, sino tam¬bién todas las virtudes. Y correspondió
a mi amor. Cuan¬do salí de ese sanatorio, Sweetie lo abandonó también. Me
dieron de alta el día tres de ese mes; a ella, la ha¬bían echado el primero. El
personal diplomado del sana¬torio podía soportar muchas cosas: pere no a
Sweetie.
SWEETIE.
- Estaban celosas; y tú lo sabes.
AUBREY.
-Me atrevería a jurarlo. El caso es que Sweetie y yo nos alojamos juntos; y me
fue fiel durante diez días. Fue un record para ella.
SWEETIE.
- Popsy. ¿Vas a revelarlo todo o sólo una parte? La condesa Valbrioni quiere
saberlo.
AUBREY.
- Más vale que seamos francos mientras ello no nos haga perder dinero. Pero
quizás yo esté abu¬rriendo a los presentes.
EL
VIEJO. - Completa tu confesión. Acabas de decir que tú y esta dama se alojaron
juntos. ¿Debo interpre¬tar que ustedes son marido y mujer?
SWEETIE.
-Pudimos serlo de haber podido confiar en usted durante bastante tiempo.
Pero... ¿cómo po¬día yo casarme con un capellán del ejército que sólo tenía su
paga y al ateo de su padre?
AUBREY.
-Ese era el cálculo, Sweetie... ¿verdad? Nunca imaginé que se nos hubiese
ocurrido casarnos. Por cierto que a mí nunca se me ocurrió. Me fui a vivir
contigo simplemente porque comprendí que no podía vivir sin ti. La
inverosimilitud de esa afirmación revela lo enamorado que estaba.
SWEETIE.
-No seas tan rencoroso. ¿Te divertiste o no?
AUBREY.
- Estupendamente. También eso parece im¬probable; pero es una verdad tan grande
como el Evan¬gelio.
EL
VIEJO. - Malvado, no te atrevas a engañarme. Acabas de decir que no le debías
nada a nadie y que nadabas en dinero. ¿Dónde lo conseguiste?
AUBREY.
-Robé un collar de perlas muy valioso y se lo devolví a su dueña. Me recompensó
generosa¬mente. De ahí mi opulencia actual. La honradez es la mejor política...
a veces.
EL
VIEJO. -¡Hasta eres peor que un clérigo! ¡Un ladrón!
AUBREY.
- ¿Por qué haces tantas alharacas por nada?
EL
VIEJO. - ¿Llamas nada al robo de un collar de perlas?
AUBREY.
- Menos que nada, comparado con las co¬sas que hice con tu aprobación. Yo era
poco más que un niño cuando arrojé por primera vez una bomba sobre una
población dormida. Después de haberlo hecho, lloré durante toda la noche. Más
tarde, pasé en vuelo rasante sobre una calle y ametrallé a una muchedumbre de
civi¬les: mujeres y niños y todos los que estaban allí. A esta altura, ya me
hallaba más allá de las lágrimas. ¡Y ahora, me sermoneas por haber robado un
collar de perlas! ¿No te parece un poco ridículo?
EL
SARGENTO. - Era la guerra, señor.
AUBREY.
- Era yo, sargento: Yo. Usted no puede di¬vidir mi conciencia en una sección de
guerra y otra de paz. ¿Cree que un hombre que estaría dispuesto a come¬ter un
asesinato con fines políticos vacilaría en cometer un robo con fines
personales? ;Cree que puede conver¬tir a un hombre en el enemigo mortal de
sesenta mi¬llones de semejantes suyos sin hacerlo un poco menos escrupuloso con
respecto a su vecino de la puerta con¬tigua?
EL
VIEJO.-No lo aprobaba. Si yo hubiese tenido la edad militar, habría figurado
entre los opositores al servicio en el ejército por razones de conciencia.
AUBREY.
- ¡Oh! Tú te oponías por razones de con¬ciencia a todo, hasta a Dios. Pero mi
madre sentía entu¬siasmo por todo: por eso, nunca pudiste entenderte con ella.
Me habría empujado hacia la guerra si yo hubiese necesitado ese estímulo.
Empujó a mi hermano hacia ella, aunque no creía en una sola palabra de todas
las mentiras de que estábamos atestados y no se quiso ir. Lo mataron; y cuando
resultó más tarde que mi her¬mano tenía razón y que todos éramos un hato de
estú¬pidos que nos matábamos por nada, ella perdió su valor para afrontar la
vida y murió por esa causa.
EL
SARGENTO. - Señor, yo nunca le habría permitido a un hijo mío que me hablara
así. Déjele tener un poco de su determinismo.
EL
PADRE (levantándose impulsivamente). - El de¬terminismo ha desaparecido, ha
sido destruido y sepul¬tado con mil religiones muertas, se ha evaporado con las
nubes de un millón de inviernos olvidados. La cien¬cia en que deposité mi fe
está en bancarrota: sus re¬latos eran más estúpidos que todos los milagros de
los sacerdotes, sus crueldades más horribles que todas las atrocidades de la
Inquisición. Su propagación de la ilus¬tración ha sido una propagación del
cáncer: sus consejos, que debían establecer el milenio, han llevado en
derechura al suicidio europeo. Y yo ... ¡yo, que creía en eso como nunca creyó
un fanático religioso en su superstición! Por ella, ayudé a destruir la fe de
millones de adoradores en los templos de mil dogmas. Y ahora, mírenme y contemplen
la suprema tragedia del ateo que ha perdido su fe... su fe en el ateísmo, por
el cual han perecido más mártires que por todos los dogmas juntos. Heme aquí,
mudo ante el bribón de mi hijo: porque es eso lo que eres, muchacho, un bribón
vulgar y nada más.
AUBREY.
- Bueno... ¿Por qué no? Si me convierto en un hombre honrado, seré pobre; y
entonces, nadie me respetará; nadie me admirará; nadie me dará las gracias. Si,
por el contrario, soy audaz, inescrupuloso, adquisitivo, triunfador y rico,
todos me respetarán, me admirarán, me cortejarán, se arrastrarán ante mí. No
cabe duda de que podré permitirme el lujo de la hon¬radez. Eso lo aprendí de mi
educación religiosa.
EL
VIEJO. - ¿Cómo te atreves a decir que recibiste una educación religiosa? Yo te
defendí de eso, por lo menos.
AUBREY.
- Supongo que sí; pero no contabas con mi madre.
EL
VIEJO. - ¿Qué dices?
AUBREY.
- Me prohibiste leer versos de la Biblia; pero mi madre me hacía aprender tres
versículos de ese libro cada día y me zurraba si yo no lograba repetirlos sin
equivocarme. Me amenazaba con vapulearme más aun si yo te lo decía.
EL
VIEJO (como fulminado). -¡Tu madre!
AUBREY.
- Así, aprendí mi lección. Seis días traba¬jarás y el séptimo descansarás. Me
pasaré otros seis años trabajando y luego me retiraré y seré un santo.
EL
VIEJO. -¡Un santo! Di, más bien, el hijo es¬tropeado de una madre
incorregiblemente supersticiosa. Retírate ahora... de la vida que has
deshonrado. Ahí está el mar. Vé. Ahógate. En ese cementerio no hay epitafios
mentirosos. (Sube a su capilla y vuelve a aban¬donarse a un profundo
abatimiento.)
AUBREY
(despreocupado). - Viviré mejor como san¬to. Unos miles de libras donadas a los
hospitales y para los fondos del partido político me ganarán un halo gran¬de
como el sombrero para sol de Sweetie. Tal es mi programa. ¿Qué tienen que decir
contra eso cualquiera de ustedes?
EL
SARGENTO. -No es el programa de un caba¬llero, tal como entiendo yo esa
palabra, señor.
AUBREY.
-En estos tiempos no se puede ser un caballero con menos de cincuenta mil
libras anuales, sargento.
EL
SARGENTO. - Caramba, se puede estar en el ejér¬cito.
AUBREY.
- Sí, porque se tira bombas sobre pobla¬ciones dormidas. Y aun así, hay que ser
un oficial. ¿Es usted un caballero?
EL
SARGENTO. -No, señor: eso sería un mal ne¬gocio para mí. No podría
permitírmelo.
(Alboroto.
Se oye una voz que se queja y se lamenta. Es la de la señora de edad, la señora
Mopply. Persigue al coronel Tallboys por el sendero que franquea la bre¬cha,
ella afligida e insistente, el coronel casi igualmente afligido; ella lo aferra
y detiene; él se zafa y trata de huir. La dama viste de negro como si estuviera
en Cheltenham, salvo que usa un casco para el sol. Él está pro¬visto de una
caja con materiales de pintura echada sobre el hombro, un caballete que se ha
colocado bajo el bra¬zo izquierdo, y una sombrilla bastante grande de color
cervato listado de rojo y arrollada, en la mano derecha.)
SRA.
MOPPLY. -No seré paciente. No me callaré. Están asesinando a mi hija.
TALLBOYS.
-Le digo que no la están asesinando. ¿Tendría la bondad de excusarme mientras
me ocupo de mis tareas?
SRA.
MOPPLY. -SU tarea es salvar a mi hija. Está pasando hambre.
TALLBOYS.
- Tonterías. Nadie pasa hambre en este país. Sobran dátiles. ¿Quiere hacerme el
favor de... ?
SRA.
MOPPLY. - ¿Cree que mi hija puede vivir de dátiles? Necesita comer un lenguado
en el desayuno, una taza de nutritivo caldo a las once, una buena costilla y un
trozo de ternera en el almuerzo, un litro de caldo con la merienda y un pollo y
un poco de cordero o ternera…
TALLBOYS.
- ¿Quiere hacerme el favor de... ?
SRA.
MOPPLY. - ¡Mi pobre y delicada hija comien¬do solamente dátiles! Y es la única
que me queda: todas ellas eran delicadas...
TALLBOYS.
- Francamente, tengo que... (Se zafa de la Sra. Mopply y se va precipitadamente
por la playa hasta más allá de La Morada del Amor.)
SRA.
MOPPLY (persiguiéndolo). - Coronel, coronel; usted podría tener la decencia de
escuchar por un mo¬mento a una madre afligida. Coronel, mi hija se muere. Hasta
quizás esté muerta en estos momentos. Y nadie hace nada: a nadie le importa.
¡Oh, Dios mío! ... ¿No me escuchará usted...? (Su voz se pierde a lo lejos.)
(Mientras
los demás miran absortos y en silencio a la pareja que se retira, la paciente,
aún con su indu¬mentaria de esclava, pero con algunas variaciones bri¬llantes,
baja por el sendero.)
LA
PACIENTE. -Mi sueño se ha trocado en pesa¬dilla. Mi madre me ha perseguido
hasta estas playas. No puedo librarme de ella. Ninguna mujer puede li¬brarse de
su madre. No debiera haber madres: sólo debie¬ra haber mujeres, mujeres fuertes
capaces de valerse por sí mismas, no aferradas a otras. Yo mataría a todas las
que se aferran. Las madres se aferran; las hijas se afe¬rran: todas somos como
mujeres ebrias que se aferran a los faroles; ninguna de nosotras se mantiene de
pie.
EL
VIEJO. - Aferrarse proporciona mucho consuelo y estar sola causa una gran
sensación de soledad.
LA
PACIENTE. - ¡Hola! (Trepa a la plataforma de Saint Pauls y atisba en el
interior de la celda.) ¡Un ana¬coreta sentencioso! (A Aubrey.) ¿Quién es?
AUBREY.
- Lo peor que hay después de una madre: un padre.
EL
VIEJO. - Un padre muy infortunado.
AUBREY.
-En realidad, es mi padre.
LA
PACIENTE. - Si yo hubiera tenido por lo menos a un padre que se interpusiera
entre los cuidados de mi madre y yo... ¡Oh, si hubiese sido huérfana!
EL
SARGENTO. - Lo será, señorita, si esa vieja se¬ñora acosa demasiado al coronel.
Lo ha estado hostigan¬do toda la mañana, desde que llegó; y conozco al
co¬ronel. Tiene carácter; y cuando lo desahoga, resulta explosivo. La matará si
ella lo empuja demasiado lejos.
LA
PACIENTE. -Que la mate. Soy joven y fuerte. Quiero un mundo sin progenitores:
en mi sueño, no hay lugar para ellos. Encontraré una hermandad de mujeres.
AUBREY.
- Bueno, Mops. Vaya a un convento.
LA
PACIENTE. - Esa hermandad no tendrá por qué ser un convento si los hombres
entran ahí sin estropearlo todo. Pero todas las mujeres han de ser ricas. No
debe sentirse allí el frío de la pobreza. Abundan las mujeres ricas como yo a
quienes les fastidia que las devoren los parásitos.
AUBREY.
- Un momento. Usted se forma las imá¬genes más repulsivas. Realmente, me
resulta insopor¬table la vulgaridad intelectual. Puedo perdonar y hasta
disfrutar la vulgaridad de Sweetie. Pero usted dice cosas absolutamente sucias
que perduran en mi mente y des¬integran mi espíritu. No puedo soportarlo por
más tiem¬po. (Se levanta, enojado y trata de huir por la playa hasta más allá
de La Morada del Amor.)
SWEETIE.
- ¡Qué remilgado eres! Si las camareras lo fuesen tanto como tú, tendrías que
tirar tu propia agua sucia.
AUBREY
(apartándose de ella, con una exclamación de asco). - No tienes por qué
arrojarme eso a la cara, estúpida. (Se sienta en su lugar, enfurruñado.)
EL
VIEJO. - Silencio, muchacho. Esas son verdades de entrecasa. Sirven para ti. (A
la paciente.)- ¿Puedo preguntarle, señorita, qué relaciones existen entre usted
y mi hijo, a quien parece conocer?
LA
PACIENTE. - Popsy me robó mi collar y consiguió que yo huyera con él valiéndose
de un maravilloso dis¬curso que pronunció sobre la libertad y el sol y los
bellos paisajes. Sweetie me hizo escribir todo eso y me indujo a enviárselo a
una agencia de turismo como publicidad. Y entonces, me devoraron los parásitos:
las agencias de turismo, las compañías navieras, los ferrocarriles, los
automovilistas, los hoteleros, las modistas, los criados, todos los que
trataban de apoderarse de mi dinero ven¬diéndome cosas que yo, en realidad, no
conocía; empu¬jándome por todo el mundo para mirar lo que llaman nuevos cielos,
aunque saben tan bien como yo que el cielo es el mismo en todas partes; e
incapacitándome al hacer por mí todas las cosas que debo hacer personal¬mente
para mantenerme en buen estado de salud. Me devoraban para poder vivir ellos:
afirmaban que me hacían feliz cuando la vida sólo se me hacía soportable
bebiendo y tomando drogas, cócteles y cocaína.
AUBREY.
- Lamento tener que decírselo, Mops: pero usted no tiene los instintos propios
de una dama. (Se sienta, cavilosamente, sobre una piedra, un poco cuesta
arriba.)
LA
PACIENTE. - ¡Estúpido! Las damas no existen. Yo tengo los instintos de una
buena dueña de casa: quiero limpiar este sucio mundo y mantenerlo limpio. Debe
de haber otras mujeres que también quieren ha¬cerlo. Florence Nightingale tuvo
el mismo instinto cuan¬do fue a limpiar la guerra de Crimea. Quería una
her¬mandad de mujeres: pero allí no la había.
EL
VIEJO. - Había varias. Pero impregnadas en su¬perstición, por desgracia.
LA
PACIENTE. - Sí, desconcertadas por cosas en que no creo. Las mujeres tienen que
separarse para ingre¬sar a ellas. Yo no quiero separarme. Quiero tener a todas
las mujeres en mi hermandad y hacer estrangular a las demás.
EL
VIEJO. - ¡Abajo, abajo, más abajo! Hasta las jó¬venes, las fuertes, las ricas,
las bellas, sienten que se hunden en un foso insondable.
EL
SARGENTO. - Su grupo, señorita, y perdóneme que se lo diga, apenas es un
trocito del mundo. Si no le gusta la comida de los oficiales, las filas de la
tropa están abiertas para usted. ¡Mire a Meek! Ese hombre podría ser un
emperador si se lo propusiera: pero pre¬fiere ser un soldado raso. Es más feliz
así.
LA
PACIENTE. -No figuro ni quiero figurar entre
los
pobres. Siempre supe que había miles de personas pobres; y me enseñaron a creer
que lo eran porque Dios así lo disponía para castigarlos por ser sucios y
borra¬chos y deshonestos y por no saber leer ni escribir. Pero ignoraba que los
ricos eran desdichados. Ignoraba que yo misma lo era. Ignoraba que nuestra
respetabilidad sólo era presuntuoso desdén y nuestra religión voraz egoísmo y
que mi alma sentía avidez de ambas. Ahora, lo sé. Me he encontrado acabadamente
a mí misma... en sueños.
EL
VIEJO. -Usted es joven. Un hombre bueno po¬dría curarla de esto en unos pocos
años de felicidad. Cuando uno se enamora, le parece que la vida vale la pena de
ser vivida.
LA
PACIENTE. - Me enamoré. De ése. Y aunque nun¬ca fui camarera de hotel, me cansé
de él antes que Sweetie. El amor pone a la gente en dificultades, en vez de
librarla de ellas. No quiero más amantes, quiero una hermandad. Desde que vine
aquí, deseo ingresar al ejér¬cito, como Juana de Arco. Eso es, en cierto modo,
una hermandad.
EL
SARGENTO. -Sí, señorita. Así es; y en el ejér¬cito solía existir una paz
espiritual que no se podía encontrar en otra parte. Pero la guerra terminó con
eso. Mire, señorita. El gran principio del arte de ser soldado, a mi entender,
es que al mundo lo mantiene en mar¬cha gente que quiere lo justo y que mata a
la gente que quiere lo injusto. Cuando el soldado lo hace, realiza la obra de
Dios, para la cual me educó mi madre. Pero eso es muy distinto de matar a un
hombre porque es alemán y de que él lo mate a uno porque uno es inglés. En
1915, no matábamos a la gente que debíamos ma¬tar. Ni siquiera matábamos a la
que no debíamos matar.
Se
trataba de gente inocente que se mataba entre sí.
LA
PACIENTE. - Sólo para divertirse.
EL
SARGENTO. -No, señorita: eso no era divertido. Sólo lo hacíamos por el dolor
que causaba.
LA
PACIENTE. - Por el mal que implicaba, entonces.
EL
SARGENTO. -Por la maldad de los impíos diri¬gentes de este mundo. Los que
mataban ni siquiera po¬dían consolarse con la maldad. ¿Qué consuelo brindaba
ajustar una mecha o tirar de una cuerda cuando el mal que eso causa está de
cinco a cuarenta kilómetros de distancia y uno no sabe si ha hecho solamente un
agu¬jero inofensivo en el suelo o matado con una bomba en su cuna a un niño que
podría haber sido el nuestro? Esto no era maldad: era condenación. No,
señorita: el arte de la guerra se ha desfondado. He comprendido lo que nos dijo
aquí el caballero acerca de que todos hemos caído en un foso sin fondo. También
yo me sien¬to así.
EL
VIEJO. - Todos somos unas almas extraviadas.
LA
PACIENTE. - No: sólo unos perros extraviados. Ánimo, viejo: los perros
extraviados siempre encuentran el camino de regreso. (Se oye volver a la señora
de edad.) ¡Ah! ¡Ahí vuelve!
(La
señora Mopply persigue aún al coronel, quien camina con obstinación y se aleja
de ella, con los la¬bios apretados y un aire peligroso en sus facciones
con¬traídas.)
SRA.
MOPPLY. -Usted ni siquiera quiere hablarme. Esto es deshonroso. Le mandaré un
cablegrama al go¬bierno sobre el particular. Usted fue enviado aquí para salvar
a mi hija de esos horribles bandidos. ¿Por qué no se hace nada? ¿Qué relaciones
hay entre usted y esa vergonzosa condesa a la cual habría que arrancarle su
corona condal? Todos ustedes conspiran para asesinar a mi pobre hija
extraviada. Están coligados con los ban¬didos. Están ...
(El
coronel se vuelve, acorralado y descarga su som¬brilla sobre el casco de la
pobre señora Mopply.)
SRA.
MOPPLY. - ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! (Con una su¬cesión de gritos breves, secos,
aislados, retrocede tam¬baleándose por la playa, hasta desaparecer como un
pá¬jaro herido.)
(Estupefacción
general. Todos miran al coronel con espanto. El sargento se levanta, asombrado
y se queda de pie, por razones de reglamento militar.)
LA
PACIENTE. - ¡Oh! ¡Si alguien le hubiera hecho esto a ella hace veinte años, qué
distinta habría sido mi infancia! Pero tengo que ocuparme de la pobre vieja.
(Corre en pos de su madre.)
AUBREY.
- Coronel: usted cuenta con toda nuestra simpatía, sin reservas. Le damos las
gracias desde el fon¬do del alma. Pero eso no modifica el hecho de que el
hombre capaz de levantarle la mano a una mujer, salvo para tener un gesto
bondadoso, no es digno de llamarse britano.
TALLBOYS.
- Lo sé perfectamente, señor. No nece¬sito que me lo recuerden. Esa dama tiene
derecho a recibir excusas. Las recibirá.
EL
VIEJO. - Pero... ¿ha pensado usted en la posi¬bilidad de una lesión grave... ?
TALLBOYS
(interrumpiéndolo). - Mi sombrilla está intacta, gracias. El tema se da por
terminado. (Se sienta sobre la piedra al pie de Saint Pauls que acaba de
des¬ocupar Aubrey. Su aire es tan decisivo que nadie se atreve a llevar el
asunto más allá. Mientras están sen¬tados incómodos y escudriñándose mutuamente
los ojos, aturdidos por la violencia de la catástrofe, llega a sus oídos, desde
lejos, un ruido que parece el de una ame-tralladora en acción. Aumenta de un
modo abrumador al acercarse. Todos aplican sus dedos sobre los oídos. El ruido
disminuye un poco y luego, de pronto, crece hasta culminar en velocidad y
fuerza y cesa.)
TALLBOYS.
- Meek.
AUBREY.
- Meek.
SWEETIE.
- Meek.
EL
VIEJO. - ¿Qué sucede? ¿Por qué dicen todos us¬tedes "Meek"?
(Meek,
cubierto de polvo y arena, pero muy despier¬to, baja por el sendero trayendo
una bolsita con papeles.)
MEEK.
- Tengo buenas noticias para usted, coronel; y las buenas noticias deben viajar
con rapidez.
TALLBOYS.
- ¿Para mí?
MEEK.
- Su condecoración de Caballero de la Or¬den del Baño. (Presentando un papel.)
Fue enviada por telégrafo.
TALLBOYS
(levantándose con júbilo para tomar el do¬cumento). - ¡Ah! Felicítenme, amigos
míos. Mi que¬rida Sarah es Lady Tallboys, por fin. (Vuelve a sentarse y cavila
sobre el papel.)
AUBREY
¡Espléndido!
EL
SARGENTO (juntos) Usted se lo merece, señor,
permítame que se lo diga.
SWEETIE
Encantada, por cierto.
EL
VIEJO. - ¿Podría decirme de qué clase fue el servicio destacado que mereció
este reconocimiento ofi¬cial, señor?
TALLBOYS.
- Gané la batalla de los cohetes. Eliminé aquí el bandidaje. Rescaté a una dama
británica de las garras de los salteadores. El gobierno se está preparan¬do
para una elección general y ha tenido que aprovechar al máximo esas modestas
realizaciones.
EL
VIEJO. - ¡Bandidos! ¿Los hay aquí!
TALLBOYS.
-Ninguno.
EL
VIEJO. -Pero... ¿Y la dama británica? ¿En sus garras?
TALLBOYS.
- Ha estado en las mías y completamente a salvo durante todo el tiempo.
EL
VIEJO (cada vez más perplejo). - ¡Ah! Entonces, la batalla de los...
TALLBOYS.
- Fue ganada por el soldado raso Meek. Yo nada tuve que ver con ella.
AUBREY.
-Yo inventé a los bandidos y a la dama británica. (A Tallboys.) A propósito,
coronel... El im¬presionante viejo del santuario es mi padre.
TALLBOYS.
- ¡No me diga! Me alegro de conocerlo, señor, aunque no puedo felicitarlo por
su hijo, salvo por haber traído al mundo al más desenfrenado men¬tiroso que yo
haya visto.
EL
VIEJO. -Y permítame que le pregunte, señor... ¿Se propone usted no sólo
perdonar las imposturas de mi hijo, sino también aprovecharlas para aceptar una
distinción que no se ha ganado de ningún modo?
TALLBOYS.
- Me la he ganado diez veces, señor. ¿Cree usted que, ya que el bandidaje que
me honro en haber suprimido no existe, nunca he eliminado a ban¬didos
auténticos? ¿Olvida que, aunque esta batalla en que me coronaron vencedor fue
ganada por un subal¬terno, también yo he triunfado en verdaderas batallas y he
visto condecorar a un brigadier que ni siquiera sabía qué pasaba? En el
ejército, esas cosas son usuales; a la larga, el mérito se ve recompensado. La
justicia no deja de serlo por el hecho de demorar siempre y de ser im¬partida
finalmente en forma errónea. Hoy, me toca a mí: mañana, al soldado Meek.
EL
VIEJO. - ¿Y, mientras tanto, el señor Meek... (ese humilde y meritorio soldado)
debe permanecer en la oscuridad y en la pobreza mientras usted se pavonea con
la Orden del Baño?
TALLBOYS.
- ¡Cómo le envidio! ¡Míreme a mí y mí¬relo a él! ¡Yo, cargado de
responsabilidades mientras mis manos están atadas, mi cuerpo incapacitado y mi
mente inválida, porque un coronel sólo debe dar órde¬nes y parecer
significativo y profundo cuando su mente está completamente en blanco! ¡Y él,
libre de ocuparse de lo que quiera y de parecer un imbécil cuando se le antoja!
Tuve que dedicarme a pintar a la acuarela por¬que no puedo usar las manos en
las tareas útiles de la vida cotidiana. Un comandante no debe hacer esto ni
aquello ni esto otro, no puede hacer nada sino de¬cirles a los demás que lo
hagan. Ni siquiera debe con¬versar con ellos. Veo que el soldado Meek hace todo
lo que es natural en un hombre completo: carpintería, pintura, cavado de tierra,
arrastre, traer cosas, ayudarse a sí mismo y a todos los demás, mientras que
yo, con un cuerpo más grande que ejercitar y con tanta energía como él, debo
holgazanear y quedarme tendido, sin más trabajo que leer los periódicos y beber
brandy y agua para no enloquecerme. Me habría vuelto un borra¬cho de no ser por
las acuarelas.
EL
SARGENTO. - ¡Ah, sí! El temor a deshonrarla me ha alejado de la bebida muchas
veces.
TALLBOYS.
-Hombre, no me refiero a la bandera del regimiento sino a la acuarela. ¡Yo
cambiaría gusto¬samente mi paga, mi jerarquía, mi Orden del Baño, por la
pobreza de Meek, por su oscuridad!
MEEK.
- Pero, mi querido coronel... Perdón, se¬ñor: lo que quiero decir, es que usted
podría conver¬tirse en soldado raso si lo quisiera. Nada más fácil: yo lo he
hecho repetidas veces. Renuncie a su grado: adopte un nombre nuevo y muy
vulgar; tíñase el cabello y dígale al sargento reclutador que tiene veintidós
años y asunto terminado. Puede elegir su propio regimiento.
TALLBOYS.
- Meek: usted no debiera martirizar a su comandante. No cabe duda de que es un
soldado ex¬traordinario. Pero... ¿ha aprobado alguna vez la prueba extrema y
final del coraje viril?
MEEK.
- ¿Cuál es, señor?
TALLBOYS.
- ¿Se ha casado alguna vez?
MEEK.
-No, señor.
TALLBOYS.
- Entonces, no me pregunte por qué no renuncio a mi grado y me convierto en un
soldado raso libre y feliz. Mi mujer no me dejaría hacerlo.
LA
CONDESA. -¿Por qué no le da un golpe en la cabeza con su sombrilla?
TALLBOYS.
- No me atrevo. Hay momentos en que desearía que otro hombre lo hiciera. Pero
no en mi pre¬sencia. Yo lo mataría.
EL
VIEJO. -Todos somos esclavos. Pero, por lo me¬nos, su hijo es un hombre
honrado.
TALLBOYS.
- ¿De veras? Me alegro de saberlo. No le he hablado desde que eludió el
servicio militar al comenzar la guerra y se dedicó al comercio como
con¬tratista. Ahora, es tan enormemente rico que no puedo permitirme el lujo de
conservar su amistad. Tampoco
necesita
usted conservar la de su hijo. De paso, le diré que pasa aquí por ser el
hermanastro de esa dama, la condesa Valbrioni.
SWEETIE.
- ¡Qué condesa ni que niño muerto! Me llamo Susan Simpkins. Ser condesa no vale
un rábano. Eso no ofrece variedad ni emoción. Lo que quiero es un mes de
licencia para el sargento. ¿No se la dará usted, coronel?
TALLBOYS.
- ¿Para qué?
SWEETIE.
-Eso no le importa, coronel. Podría bas¬tar con una quincena; pero todavía no
lo sé con certeza. Hay en él algo de tranquilizador: y supongo que me veré
obligada a sentar cabeza algún día.
TALLBOYS.
- ¡Tonterías! El sargento es un hombre piadoso, no como usted. ¿Verdad,
sargento?
EL
SARGENTO. - Le diré, señor. Un hombre necesita tener a una mujer que le impida
pensar demasiado en las mujeres en general. Uno no puede leer su Biblia
tranquilo si entre ella y usted se interponen sin cesar visiones y pensamientos
vagabundos. Y un hombre pia¬doso no debe casarse con una mujer piadosa: dos del
mismo tipo nunca concuerdan. Además, eso les daría a los hijos un panorama
unilateral de la vida. La vida es muy heterogénea, señor: no es toda piedad ni
toda alegría. Esta joven no tiene conciencia: pero yo tengo conciencia por dos.
Yo no tengo dinero; pero ella parece tener el suficiente para dos. Fíjese que
no me compro¬meto; pero llegaría hasta decir que no me opongo re¬sueltamente a
ello. En el plano de este mundo y de sus vanidades (y tenemos que vivir en él,
señor, como usted sabe) ella me atrae.
AUBREY.
- Cuidado, sargento. La constancia no es el fuerte de Sweetie.
EL
SARGENTO. -Tampoco lo es el mío. Como sol¬tero y soldado vagabundo, me gustan
todas las mujeres. Pero si siento cabeza con esta muchacha, ella mantendrá a
raya a las otras. Estoy un poco cansado de aventuras.
SWEETIE.
- Para ser franca, lo mismo me sucede a mí. Estamos hechos el uno para el otro,
sargento. ¿Qué le parece?
EL
SARGENTO. - Bueno. No tengo inconveniente en vivir con usted algún tiempo,
Susan, nada más que para ver cómo nos entendemos.
(Se
vuelve a oír la voz de la señora Mopply. Su tono es vehemente y aun amenazador
y se acerca con rapidez.)
Voz
DE LA SRA. MOPPLY. -Déjeme en paz... ¿quiere? Nadie le ha pedido que se meta.
Apártese.
(Temor
y consternación generales. La señora Mopply aparece recorriendo la playa con
resueltos pasos. Va en derechura hacia el coronel y se dispone a hablarle
cuan¬do él se pone a la altura de las circunstancias y le saca la palabra de la
boca.)
TALLBOYS.
- Señora Mopply: tengo con usted un deber que debo cumplir inmediatamente. La
última vez que nos encontramos le di un golpe.
SRA.
MOPPLY. -¿Que me dio un golpe? Me apo¬rreó. ¿Es eso lo que quiere decir?
TALLBOYS.
- Si considera inadecuada mi expresión, estoy dispuesto a rectificarla. Digamos
que la aporreé. Bueno. Me disculpo sin reservas, plenamente. Si quiere, lo haré
por escrito.
SRA.
MOPPLY. - Muy bien. Ya que lo lamenta, su¬pongo que no hay más que decir.
TALLBOYS
(cuyo rostro se ensombrece de un modo siniestro). - Perdón. Me disculpé. No
dije que lo la¬mentara.
AUBREY.
- ¡Oh, por favor, coronel! No la haga em¬pezar de nuevo. No califique su excusa
de ningún modo.
SRA.
MOPPLY. - Usted, sea quien fuere, cállese.
TALLBOYS.
-No califico mi excusa en lo más mí¬nimo. Mis excusas son totales. Esta dama
tiene derecho a ello. Mi acto era inexcusable. Pero ninguna dama -ningún ser
humano- tiene derecho a imponerme una falsedad. No lamento haber obrado así.
Nunca he hecho nada que me proporcionara una satisfacción más cabal y sincera.
Cuando era oficial de compañía, derribé una vez de un tajo a un enemigo en el
campo de batalla. De lo contrario, él me habría derribado a mí. Eso, no me
causó satisfacción: me sentí un poco avergonzado; nunca he hablado antes del
asunto. Pero esta vez golpeé con inconfundible placer. En realidad, le estoy
agrade¬cido a la señora Mopply. Le debo uno de los pocos momentos
deliciosamente satisfactorios de mi vida.
SRA.
MOPPLY. - Bueno. Esa es una linda manera de disculparse... ¿verdad?
TALLBOYS
(con firmeza). - Nada tengo que agre¬gar, señora.
SRA.
MOPPLY. - Bueno, le perdono, estúpido mal¬humorado.
(Sensación.
Todos contienen el aliento y se miran, consternados. Llega la paciente.)
LA
PACIENTE. - Lamento decirlo, coronel, pero usted ha desquiciado la razón de mi
madre. No quiere creer que soy su hija. No se parece en absoluto a sí misma.
SRA.
MOPPLY. -¿Verdad que no? ¿Qué sabe us¬ted de mí, de mi verdadero yo? Ellos me
dijeron men¬tiras; y tuve que fingir que era alguien muy distinto.
TALLBOYS.
- ¿Quién le dijo mentiras, señora? No fue con autorización mía.
SRA.
MOPPLY. - No pensaba en usted. Mi madre me dijo mentiras. Mi niñera me dijo
mentiras. Mi insti¬tutriz me dijo mentiras. Todos me dijeron mentiras. El mundo
no se parece en nada a lo que dijeron. Pensé que debía fingir. Y no necesitaba
fingir para nada.
EL
VIEJO. - ¡Otra víctima! También ella cae en el abismo sin fondo.
SRA.
MOPPLY. - No sé quien es usted o qué insinúa, pero ha dado en la tecla: no
distingo mi cabeza de mis talones. ¿Por qué me habrán dicho ellos que los niños
no podían vivir sin medicamentos y sin tres ra¬ciones de carne diarias? ¿Sabe
que maté a dos de mis hijos porque me dijeron eso? ¡A mis propios hijos! ¡Los
maté y eso es todo!
EL
VIEJO. - ¡Medea! ¡Medea!
SRA.
MOPPLY. - No se trata de una simple idea: es
la
verdad. Nunca volveré a creer en nada mientras viva. Habría matado a la única
hija que me quedaba si no hubiese huido de mí. Me dijeron que me sacrificara,
que viviese para los demás; y lo hice, ya lo creo que lo hice. Me dijeron que
todos me amarían por eso y creí que así sería; pero mi hija huyó cuando me
sacrifiqué por ella hasta tal punto que terminé por desear que mu¬riera como
los demás y me dejara un poco entregada a mí misma. Y ahora, descubro que no
era mi hija la que me odiaba sino que todos mis amigos, siempre que me fingían
simpatía, sólo querían golpearme en la ca- a beza con sus paraguas. Ese pobre
hombre hizo simple¬mente lo que habrían hecho todos los demás de haber¬se
atrevido. Cuando dije que lo perdonaba, hablaba en serio: le estoy muy
agradecida. (Lo besa.) Pero. . . ¿qué debo hacer ahora? ¿Cómo debo portarme en
un mundo que es todo lo contrario de lo que me han dicho?
LA
PACIENTE. - ¡Calma, mamá! ¡Calma! ¡Calma! Siéntate. (Toma una pesada piedra y
la coloca cerca de La Morada del Amor, para que la señora Mopply se siente
sobre ella.)
SRA.
MOPPLY (sentándose). -No me llames mamá. ¿Crees que mi hija podría llevar así
rocas de aquí para allá? ¡Ella, que necesitaba llamar a la niñera para que le
levantara a su perrito pekinés cuando quería acari¬ciarlo! Crees poder zafarte
de mí fingiendo ser mi hija; pero eso sólo prueba lo tonta que eres; porque yo
abo¬rrezco a mi hija y mi hija me aborrece a mí, porque me he sacrificado por
ella. Era una muchacha horri¬blemente egoísta, siempre enferma y quejosa e
insatis¬fecha, por más que una hiciera por su bien. Lo único razonable que hizo
alguna vez fue robarse a sí misma su collar de perlas y venderlo y huir para
gastar el dinero en sí misma. Supongo que estará en cama en al¬guna parte y
habrá una docena de enfermeras y seis médicos bailoteando a su alrededor para
servirla. Tú no te pareces a ella en nada, a Dios gracias: por eso me he
aficionado a ti. Ven conmigo, querida. Tengo muchísimo dinero y sesenta años de
una vida malgas¬tada que compensar: por lo tanto, te divertirás con¬migo. Ven
conmigo como acompañante y olvidemos que en el mundo hay cosas tan lamentables
como las madres y las hijas.
LA
PACIENTE. - ¿De qué nos serviremos mutuamen¬te?
SRA.
MOPPLY. - De nada, a Dios gracias. Podemos prescindir la una de la otra si no
hacemos buenas migas.
LA
PACIENTE. - ¡Eso es! Te tomaré a prueba hasta que tenga tiempo de ocuparme de
mí y de ver qué haré. Pero sólo a prueba, no lo olvides.
SRA.
MOPPLY. -Eso es, querida. Ambas estaremos a prueba. Conque asunto arreglado.
LA
PACIENTE. - Y ahora, señor Meek... ¿qué me dice del pequeño recado que prometió
hacerme? ¿Me ha traído mi pasaporte?
LA
CONDESA. - ¡Su pasaporte! ¿Para qué?
AUBREY.
- ¿Qué ha estado tramando, Mops? ¿Va a abandonarme?
(Meek
avanza y deja caer una pila de pasaportes de su maletín sobre la arena,
hincándose de rodillas para identificar el de la paciente.)
TALLBOYS.
- ¿Qué significa esto? ¿Qué pasaportes son esos? ¿Qué hace usted con ellos?
¿Dónde los con¬siguió?
MEEK.
- Todos, en ochenta kilómetros a la redonda,
me
piden que les haga visar su pasaporte.
TALLBOYS.
- ¡Visarlo! ¿Para qué país?
MEEK.
- Para Beocia, señor.
TALLBOYS.
- ¿Beocia?
MEEK.
- Sí, señor. La Unión de las Sociedades Ra¬zonables Federadas. La USRF. Todos
quieren ir allí, señor.
LA
CONDESA. - ¡Pues yo, nunca!
EL
VIEJO. - ¿Y qué será de nuestro desdichado país si sus habitantes lo abandonan
para ir a un territorio exótico en que no se respeta siquiera la propiedad?
MEEK.
- No tema, señor: no nos tendrán. No acep¬tarán a ningún otro inglés: dicen que
sus manicomios ya están abarrotados. Yo no podría conseguir una sola visación,
salvo para usted, señor. (Por el coronel.)
TALLBOYS.
- ¡Para mí! ¡Vaya un descaro el de esa gente! Nunca lo he pedido.
MEEK.
-No señor; pero a esas personas les sobra
tanto
tiempo que se devanan los sesos para arbitrar al¬guna ocupación que los
mantenga al margen de las fe¬chorías. Quieren llevar allí a la única de
nuestras insti¬tuciones que admiran.
EL
VIEJO.-Y... ¿Podría decirme, por favor, cuál es?
MEEK.
- La escuela inglesa de pintura a la acuarela, señor. Han visto algunos cuadros
del coronel y lo harán director de sus centros de reposo y cultura si se
radi¬ca allí.
TALLBOYS.
- Eso no puede ser cierto, Meek. Indica un grado de inteligencia del cual no es
capaz ningún gobierno.
MEEK.
- Es verdad, señor, se lo aseguro.
TALLBOYS.
- Pero mi mujer...
MEEK.
- Sí, señor: ya les dije eso. (Vuelve a empa¬car su maletín.)
TALLBOYS.
- Bueno, bueno: lo único que podemos hacer es volver a nuestro país.
EL
VIEJO. - ¿Puede nuestro país recobrar el buen sentido, señor? Esa es la
cuestión.
TALLBOYS.
- Pregúnteselo a Meek.
MEEK.
- Es inútil, señor; todos los soldados ingle¬ses quieren ser coroneles; no hay
salvación para los snobs. (A Tallboys.) ¿Me ocupo de que la expedición vuelva a
Inglaterra, señor?
TALLBOYS.
- Sí. Y consígame dos tubos de rosa granza y uno grande de blanco de zinc...
¿quiere?
MEEK
(disponiéndose a salir). - Sí, señor.
EL
VIEJO. - Un momento. En Inglaterra hay policía. ¿Qué será allí de mi hijo?
SWEETIE
(levantándose). - Haga de Popsy un pre¬dicador. Pero sólo cuando nos hayamos
ido.
EL
VIEJO. - Predica, hijo mío, predica a tus anchas. Haz cualquier cosa salvo
robar y usa tus delitos milita¬res como excusa por los civiles. Deja que los
soldados te llamen reverendo. Deja que te llamen cualquier cosa menos ladrón.
AUBREY
(levantándose). - Si se me permite aprove¬char la ocasión, por un momento...
(Consternación
general. Todos los que están sentados se levantan con alarma, salvo la
paciente, quien se le¬vanta de un salto y aplaude, alentando maliciosamente al
orador.)
SRA.
MOPPLY Cállese,
joven.
SWEETIE ¡Oh, Dios mío! ¡Ya apareció eso!
EL
VIEJO (a un tiempo) La vergüenza y el silencio le cuadran
bien.
LA
PACIENTE
Adelante Pops. Es lo único que hace
bien.
AUBREY
(continuando).- …me resulta evidente que, aunque al parecer nos dispersamos
tranquilamente para hacer cosas muy usuales: Sweetie y el sargento para casarse
(el sargento sale de prisa y furtivamente de su gruta y le hace seña a Sweetie
de que lo siga. Ambos se escabullen por la playa) el coronel para volver al
lado de su esposa, sus acuarelas y su título de Caba-llero de la Orden del Baño
(el coronel escapa silen¬ciosamente en dirección opuesta); Napoleon Alexander
Trotsky Meek a su tarea de repatriar a la expedición (Meek empieza a subir
trabajosamente por el sendero); Mops, como Santa Teresa, a fundar una hermandad
muy impropia de una dama, con su madre como cocinera y ama de llaves (la señora
Mopply sigue presurosamente al sargento, arrastrando a la paciente, quien
escucha a Aubrey en éxtasis); todos, como mi padre, caen, caen, caen
interminablemente a través de un vacío en que no pueden hacer pie. (El viejo
desaparece en las sinuosi¬dades de Saint Pauls, dejando que su hijo predique en
la soledad.) Hay en ellos algo de fantástico, de irreal y perverso, de
profundamente insatisfactorio. Son harto absurdos para poder creer en ellos;
pero no son fic¬ciones: los periódicos se ocupan en abundancia de su
persona...; ¿y qué narrador, por temerariamente em¬bustero que fuese, se
atrevería a inventar figuras tan inverosímiles como hombres y mujeres de
espíritus des¬nudos? Los cuerpos desnudos ya no nos impresionan: nuestras
bañistas, que nos sonríen desde todos los nú¬meros veraniegos de las revistas
ilustradas, están más desnudas que ovejas esquiladas. Pero el horror del
espí¬ritu desnudo es algo insoportable. Quítense ustedes el último trozo de su
traje de baño y no daré un paso atrás ni esperaré que se sonrojen. Hasta pueden
arrojar los ornamentos externos de sus almas: los modales, la moral, la
decencia. Blasfemen; usen palabras sucias, be¬ban cócteles, besen y acaricien y
abracen hasta tal punto que las muchachas que son rosas a los dieciocho años
parecen ajadas aventureras a los veintidós; en todas esas formas, esos
despiertos jóvenes victoriosos han escanda¬lizado a sus aburridos mayores de la
preguerra y sólo han empeorado su propio yo. Pero... ¿cómo podría¬mos soportar
esa nueva y espantosa desnudez que es la desnudez de las almas, las cuales,
hasta ahora, se han disfrazado para ocultarse las unas de las otras con
her¬mosos e imposibles idealismos que les permitan sopor¬tar mutuamente su
compañía? El rayo de hierro de la guerra ha incendiado y desgarrado sus velos
angélicos, así como ha abierto grandes agujeros en los techos de nuestras
catedrales y dejado boquetes en las laderas de nuestras colinas. Ahora,
nuestras almas están en an¬drajos; y los jóvenes espían por las brechas y
vislumbran la realidad oculta. Y no se horrorizan; se exaltan al des¬cubrirnos:
descubren sus propias almas; y cuando nos¬otros, sus mayores, tratamos
desesperadamente de remen¬dar nuestra ropa rota con sobras del material
anterior, los jóvenes nos aferran con violencia v nos arrancan hasta los trapos
que nos han quedado. Pero cuando se han desnudado y nos han desnudado por
completo... ¿podrán soportar el espectáculo? Ustedes me han visto desnudar mi
alma ante mi padre; pero cuando esas dos jóvenes se desnudaron con más audacia
que yo, cuando la vieja se arrancó la máscara del alma y eso le causó gozo en
vez de pena, me aparté de la revelación como de un viento que trajera de las
regiones ignotas del futuro un soplo que podía ser vida, pero una vida harto
intensa para que yo pudiese soportarla y por lo tanto, para mí, un hálito de
muerte. Estoy parado a mitad de camino entre la juventud y la vejez, como un
hom¬bre que ha perdido el tren: es demasiado tarde para el último y demasiado
temprano para el siguiente. ¿Qué debo hacer? ¿Qué soy yo? Un soldado que ha
perdido su valor, un ladrón que, en su primer robo, ha descu¬bierto que la
honradez es la mejor norma y le ha de¬vuelto el botín saqueado a su
propietario. La naturaleza no me hizo para ser soldado ni ladrón: soy, por
natu¬raleza y por destino, un predicador. Soy el nuevo Ecle-siastés. Pero no
tengo Biblia ni dogma: la guerra me ha arrancado ambas cosas de las manos. La
guerra ha sido un invernáculo en llamas donde hemos crecido pre¬cipitadamente
como las flores en una primavera tardía que sigue a un invierno riguroso. ¿Y
con qué resultado? Este: que hemos superado a nuestra religión, superado a
nuestro sistema político, superado a nuestra fortaleza mental y de carácter. La
fatal palabra No ha sido inser¬tada milagrosamente en todos nuestros dogmas: en
los profanados templos donde nos hincábamos murmurando "Yo creo",
estamos parados con las rodillas envaradas y los cuellos más envarados aun,
gritando "¡Arriba, to-dos! La postura erecta es la característica del
hombre; que se hinquen y arrastren los seres menores; nosotros no nos
hincaremos ni creeremos". Pero... ¿y después? ¿Basta con el NO? A un
joven, sí; a un hombre, nunca. ¿Estamos menos obsesionados por una creencia
cuando la negamos que cuando la afirmamos? No: necesito afir¬maciones para
predicar. Sin ellas, los jóvenes no me escucharán: porque hasta ellos se cansan
de las nega¬ciones. El especialista en negaciones cae ante los solda¬dos, los
hombres de acción, los luchadores, fuertes en las viejas afirmaciones
intransigentes que les dan una posición social, deberes, certeza de las
consecuencias; de modo que el espíritu belicoso que hay en ellos puede asestar
golpes mortíferos con mentes bien cerradas. Su camino es directo y seguro; pero
es el camino de la muerte; y el predicador debe predicar el de la vida. ¡Ah, si
yo pudiera encontrarlo! (Un mar blanco de nie¬bla se eleva en espirales desde
la playa hasta sus pies, haciéndose denso a su alrededor.) Soy ignorante; he
per¬dido el valor y me siento intimidado; lo único que sé es que debo encontrar
el camino de la vida, para mí y para todos nosotros, o que, de lo contrario,
perece¬remos con seguridad. Y, mientras tanto, mi don se ha posesionado de mí;
tengo que predicar y predicar, por tardía que sea la hora y por breve que sea
el día, sea que yo tenga algo que decir o no... (La niebla ha envuelto a
Aubrey; la brecha, con sus grutas, desaparece; las pesadas piedras son manojos
de blancas nubes mó¬viles; y sólo queda la niebla; la impenetrable niebla; pero
el incorregible predicador no deja de perorar, y, si pudiéramos oírlo con
claridad, sus palabras serían pro¬bablemente éstas...) ... o si, en alguna
llama revela¬dora de Pentecostés, el Espíritu desciende sobre mí y me brinda la
inspiración de un mensaje cuyo sonido llegará a todas las tierras y realizará
para nosotros final¬mente el Reino y el Poder y la Gloria para siempre y
eternamente. Amén.
(El
público se disgrega -o el lector abandona el li¬bro- impresionado a la inglesa
por la llama de Pente¬costés y el eco del padrenuestro. Pero nada se hace con
hermosas palabras. Unos pocos espíritus selectos sabrán que la llama de
Pentecostés está siempre encendida al servicio de los que son lo bastante
fuertes para soportar su tremenda intensidad. No olvidarán que la acompaña un
viento poderoso y veloz y que cualquier bribón lleno de palabrería vana puede
obtener de él un prodigioso volumen de charla sin encogerse siquiera. El autor,
a pe¬sar de ser un charlista profesional, no cree que el mundo pueda ser
salvado con charla solamente. Le ha dejado al bribón la última palabra; pero su
favorito es la mujer de acción, quien comienza por dejar sin aliento al bri¬bón
y concluye con la risueña convicción de que los pe¬rros extraviados encuentran
siempre el camino de su casa. Y lo7 encontrarán, quizás, si las mujeres salen a
bus¬carlos.)
Telón

