Libro N° 6021. Becas Flacas. Sharpe, Tom.
© Libro N° 6021.
Becas Flacas. Sharpe, Tom.
Emancipación. Mayo 18 de 2019.
Título
original: © Grantchester Grind. A Porterhouse Chronicle
Versión Original: © Becas Flacas. Tom Sharpe
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
BECAS FLACAS
Tom Sharpe
A
mis hijas Melanie, Grace y Jemima,
sin
las cuales nunca hubiera podido escribir este libro
1
—A
Godber lo asesinaron —dijo Lady Mary—. Me doy perfecta cuenta de que se resiste
a creerme, pero sé la verdad.
El
señor Lapline suspiró. En su calidad de abogado de Lady Mary, se veía forzado
dos veces al año a escuchar pacientemente el rocambolesco relato de cómo su
marido, el difunto Sir Godber Evans, Rector de Porterhouse, uno de los colegios
más antiguos de la Universidad de Cambridge, había sido liquidado con
nocturnidad y alevosía (por propia mano o mediante sicarios) por el Decano, el
Tutor Mayor o alguno de los otros Claustrales. El señor Lapline, educado en
Cambridge, hombre respetuoso con las antiguas instituciones, y en particular
con quienes por su edad y posición se convierten en vida en figuras señeras de
ámbito nacional, encontraba aquellas infamantes acusaciones de pésimo gusto. A
un cliente de menos posibles, y peor relacionado, le habría hecho saber su
opinión al instante. Pero se trataba de Lady Mary, y, como de costumbre, se
salió por la tangente.
—No
es que me resista a creerla —dijo—. Es sólo que, a pesar de todos nuestros
esfuerzos y de que, como bien sabe, no se ha reparado en gastos a la hora de
contratar a los investigadores privados de mayor prestigio, hasta la fecha
hemos sido incapaces de hallar siquiera un atisbo de prueba, un indicio tan
sólo. Y, francamente...
Lady
Mary lo interrumpió.
—No
me interesa lo más mínimo lo que hayan sido ustedes incapaces de averiguar,
Lapline. Lo que le estoy diciendo, y me mantengo en ello, es que a mi marido lo
asesinaron. A una esposa no se la dan con queso. Lo único que exijo de usted
ahora son pruebas. Ya no soy joven, y como parece incapaz de
proporcionármelas...
El
abogado se quedó sin habla. Saltaba a la vista que Lady Mary ya no era joven y,
en opinión del señor Lapline, resultaba altamente improbable que lo hubiera
sido nunca. Era aquella muda amenaza lo que le alarmaba. Desde su último
arrechucho, parecía haberse vuelto vieja de repente. Y a perra vieja... (El
señor Lapline era propenso a parafrasear refranes.) En el estado en que se
encontraba entonces, su cliente era capaz de cualquier cosa. El señor Lapline
estaba nervioso.
—Considerando
el informe del juez de instrucción... —empezó, pero ella le interrumpió otra
vez.
—No
hace falta que me recuerde lo que decía aquel botarate en su informe. Yo
también estaba presente, por si lo ha olvidado. Y, francamente, no me
sorprendería lo más mínimo que estuviera relacionado de alguna manera con
Porterhouse. O eso, o que le hubieran untado.
—¿Untado?
—Comprado.
Sobornado. Llámelo como prefiera.
El
señor Lapline se agitó incómodo en la butaca. Su estómago le volvía a jugar
malas pasadas.
—Yo
no me atrevería, en absoluto, a utilizar semejantes términos —dijo— Y le
recomiendo encarecidamente que se abstenga a su vez de hacerlo. En público, al
menos. Las compensaciones económicas por daños y perjuicios en un juicio por
difamación pueden elevarse a cifras realmente astronómicas, se lo aseguro. Yo,
como abogado y consejero personal suyo, estoy dispuesto, claro está, a escuchar
cuanto tenga que decirme, pero...
—Pero,
por lo que parece, no está igualmente dispuesto a actuar —dijo Lady Mary—. Me
doy perfecta cuenta. —Se puso en pie—. Quizá serviría mejor mis intereses un
bufete dotado de mayor iniciativa.
Entonces
el señor Lapline se levantó de su butaca como impulsado por un resorte.
—Mi
querida Lady Mary, permítame reiterarle que mi único anhelo es servir fielmente
sus intereses —dijo, consciente de que aquellos intereses comprendían los
devengados anualmente por la considerable fortuna heredada de su difunto padre,
Lord Lacey, miembro liberal de la Cámara de los Lores—. Lo único que pretendo
es convencerla de que, en las actuales circunstancias, es menester obrar con la
mayor discreción en lo concerniente a este asunto. Nada más. Si, por el
contrario, dispusiésemos de alguna evidencia incontestable, por pequeña que
ésta fuera, de una prueba que ratificara su intuición de que Sir Godber fue...
en fin, asesinado, sería el primero en someter el caso a la consideración de la
fiscalía del Estado, y en persona, si fuera preciso.
Lady
Mary se volvió a sentar.
—Yo
diría que las pruebas son evidentes —dijo—. Por ejemplo, no es posible que
Godber estuviera borracho. Era un hombre de lo más morigerado en la bebida. El
Decano y el Tutor Mayor mintieron cuando declararon que se lo encontraron
tirado en el suelo en estado de embriaguez.
—Sí,
claro... —dijo el señor Lapline—. Pero el hecho es que... —Se interrumpió
súbitamente. La mirada que le clavaba Lady Mary era de lo más inquietante—. Lo
que intento decir es que no parece caber duda alguna de que, durante la noche
de su... asesinato, Sir Godber había ingerido... cierta cantidad de whisky. La
autopsia me parece incontrovertible en lo que atañe a este particular. Existe
abundante evidencia médica sobre este punto.
—Y,
sin embargo, parece igualmente incontrovertible el hecho de que bebió el whisky
en el período de tiempo que transcurrió desde que fue atacado hasta su muerte,
no antes del supuesto «accidente». La teoría de que tropezó, cayó y se fracturó
el cráneo porque estaba borracho carece de base, pues.
—Cierto,
muy cierto —dijo el señor Lapline, aliviado de encontrar por fin algo en lo que
pudieran estar de acuerdo.
—Lo
cual nos lleva de vuelta a la botella —continuó Lady Mary.
—¿A
la botella? ¿Qué botella?
—La
botella de whisky, por supuesto. Desaparecida.
—¿Desaparecida?
—Sí,
desaparecida, desaparecida, desaparecida. ¿Cuántas veces tengo que repetírselo
para que lo entienda?
—Ninguna
más, mi querida señora, ninguna más —se apresuró a decir el señor Lapline—.
Pero ¿está completamente segura?
Quiero
decir que usted se encontraba en aquellos momentos ofuscada por una extrema
turbación, algo de lo más comprensible, y...
—No
he estado ofuscada en mi vida —repuso Lady Mary agriamente.
—Bien.
Bueno, digamos entonces que estaba usted un tanto confusa por la emoción del
momento, y en tan crítica coyuntura no se le ocurre a uno ponerse a buscar
botellas por toda la habitación... Y, además, podría ser que alguno de los
criados la hubiera tirado a la basura.
—Sí
y no.
—Sí
y no —dijo el señor Lapline con aire ausente, y en seguida se dio cuenta de
que, de nuevo, repetía las palabras de su interlocutora—. Lo que quiero decir
es...
—Primero,
sí que se me ocurrió buscar la botella; y segundo, no la habían tirado a la
basura. Precisamente, aquella noche me apeteció tomar una copita de whisky,
pero la botella había desaparecido. Le pregunté a la au-pair, que era francesa,
pero estaba claro que la criatura no tenía la menor idea de qué había sido de
ella. Y tampoco estaba en el cubo de la basura.
—¡No
me diga! —exclamó Lapline, incautamente.
—Sí
le digo —dijo Lady Mary—. Y si le digo que miré en el cubo de la basura y allí
no estaba, es que allí no estaba.
—Sí,
por supuesto, no hace falta que me diga más...
—Pues
le diré más: el que asesinó a Godber, quienquiera que fuese, le obligó
deliberadamente a consumir el contenido de aquella botella durante su agonía,
para hacer que pareciera que estaba borracho y había sufrido un accidente. ¿Me
explico con suficiente claridad?
—Con
claridad meridiana —dijo el señor Lapline sin vacilar—. Está más claro que el
agua.
—Pero
entonces el asesino cometió el error de llevarse la botella, con la intención,
seguramente, de impedir que la policía encontrara sus huellas dactilares en
ella. Espero que esto también esté más claro que el agua.
—Sí,
sí. Muy convincente —dijo el señor Lapline—. Lástima que no presentara estos
indicios durante la investigación oficial. De haberlo hecho así, estoy seguro
de que el juez de instrucción habría, ciertamente, pospuesto su veredicto hasta
que la policía hubiera hecho más averiguaciones.
Lady
Mary le clavó una fría mirada.
—Considerando
la premura con que se instruyó la causa, y considerando también mi propio
estado de ánimo en aquel entonces, encuentro sus palabras un poquitín
superfluas ahora, a posteriori, ¿no le parece? De hecho, por si no lo recuerda,
ya declaré en su momento que estaba convencida de que a mi marido lo habían
asesinado, y exigí que se hiciese justicia.
—Sin
duda, mi querida señora, ya lo creo que sí —dijo el señor Lapline rememorando
el desagradable episodio. Escenitas como aquélla, en la que una cliente
histérica, al comparecer ante el juez de instrucción, acusaba de homicidio al
Decano y los Claustrales de un conocido colegio de Cambridge, no eran,
decididamente, su fuerte.
—Por
otra parte...
—Y,
además, no hay que olvidar lo del teléfono —prosiguió Lady Mary, implacable—.
¿Por qué lo tiraron al suelo? Obviamente, para que el pobre Godber no pudiera
pedir ayuda. Y, por último, el hecho de que los vasos de whisky no hubieran
sido utilizados prueba que le forzaron a beber. ¿Qué más pruebas necesita?
—Bueno.
Bien. Supongo que pudo...
El
señor Lapline se contuvo. No parecía aconsejable sugerir que Sir Godber pudiera
haber bebido a morro de la botella. Lady Mary, tan proclive a apoyar en todo
momento la causa de los menesterosos y las clases más bajas de la sociedad, ni
por asomo habría aceptado la más mínima sombra de duda acerca de los modales de
su marido. Un caballero no bebe whisky a palo seco amorrado a la botella. Pero
el señor Lapline nunca tuvo al difunto Sir Godber Evans por un verdadero
caballero; si acaso, por un politicastro fracasado, un simple Ministro de
Desarrollo Tecnológico, relegado luego al rectorado de Porterhouse. Y pensar
que para llegar a semejante destino se había tenido que casar con aquel loro
por su dinero y sus influencias... Mientras miraba aquellos labios finos,
aquella nariz ganchuda, el señor Lapline se preguntó, una vez más, cómo habría
sido la vida sexual de aquel matrimonio.
Trató
de liberar su mente de tan mórbidos pensamientos y procuró concentrarse en la
materia, menos morbosa, de la muerte del condenado Sir Godber.
—Mucho
me temo que las pruebas, aun siendo de peso indudable, y más que suficientes
para convencerme, sean todavía meramente circunstanciales, demasiado
circunstanciales, para convencer a los estamentos oficiales de que reabran el
sumario del caso a estas alturas. Por desgracia, en este país la burocracia, no
hace falta que se lo diga, es de una lentitud...
—Nadie
conoce mejor que yo los obstáculos burocráticos, señor Lapline, no hace falta
que me diga más, no. —Lady Mary hizo una pausa y se echó hacia delante—. Por lo
cual, precisamente, he decidido probar una estrategia del todo diferente.
Tras
hacer otra pausa teatral, para que el señor Lapline pudiera preguntarse qué
papel le había reservado en ella, Lady Mary adelantó un poco su silla.
—Pretendo
crear la Beca de Investigación en Memoria de Sir Godber Evans en Porterhouse. Y
con este objeto es mi intención donar seis millones de libras con destino a los
fondos del Colegio. No me interrumpa.
»Bien,
es de suponer que aceptarán la donación, y usted hará las gestiones precisas
para que todo sea legal. Y se asegurará de que no trascienda que soy yo la
benefactora del nuevo becario, al cual, personalmente, elegiré. Su tarea, señor
Lapline, consistirá en seleccionar a los candidatos más idóneos para el puesto
y presentarme una lista...
Durante
los siguientes veinte minutos el estómago del señor Lapline, a medida que
escuchaba los proyectos de su clienta, se fue contrayendo más y más
dolorosamente. Era obvio que Lady Mary estaba decidida a seleccionar a un
candidato con unas cualidades muy determinadas, las cuales, sin duda, harían
que no fuera bien recibido en el Colegio. Incluso si el pobre diablo fracasaba
en su misión de probar el asesinato de Sir Godber, y el señor Lapline preveía
que tal sería la conclusión de tan peregrina embajada, sus pesquisas no podrían
menos que sembrar la alarma entre los Claustrales Mayores de Porterhouse y
tener imprevisibles efectos.
—Se
hará lo que se pueda, Lady Mary —dijo, sombrío, cuando ella concluyó con su
exposición—. Se hará lo que se pueda.
Lady
Mary le enseñó los colmillos con una sonrisa siniestra.
—Se
hará lo que yo quiera, señor Lapline, lo que yo quiera —dijo—. Y ahora debe
obrar con la mayor diligencia. Seleccióneme el número de candidatos que estime
oportuno, y yo los entrevistaré. No toleraré más errores. Ya sabe lo que quiero
decir.
El
señor Lapline sabía exactamente lo que su clienta había querido decir. Salió de
la mansión de Lady Mary en Kensington presa de una paralizante desesperación.
Ya de vuelta en las oficinas de Lapline & Goodenough, Abogados, en el
Strand, se tomó otra píldora y, tras reflexionar, llegó al extremo,
extraordinario y casi inaudito, de consultar con su socio.
Era
un mal trago, pero no veía otra salida. La especialidad de Goodenough era
asesorar legalmente a los clientes menos respetables del bufete, en especial a
aquellos en dificultades con el fisco o, peor aún, con la policía. Gracias a
los esfuerzos profesionales de Goodenough, ciertos aristócratas arruinados
continuaban viviendo con un tren de vida que no parecía indicar ninguna merma
de su patrimonio, y un puñado de caballeros que el señor Lapline hubiera visto
con gusto entre rejas, seguían en libertad. No aprobaba el proceder de
Goodenough. En un bufete tan respetable, parecía demasiado venal.
—Mi
querido amigo, no debe usted tomarse esas amenazas literalmente —dijo
Goodenough cuando el señor Lapline le contó su conversación con Lady Mary—. De
hecho, debería alegrarle que esté lo bastante fuera de sus cabales para
empecinarse en una absurda vendetta contra el Decano y el Tutor Mayor.
—Goodenough
—dijo el señor Lapline severamente—, la gravedad de la situación requiere algo
más constructivo que semejante exhibición de frivolidad por su parte. Es
evidente que Lady Mary está decidida a utilizar los servicios de otro bufete a
menos que sigamos sus instrucciones al pie de la letra. ¿Qué podemos hacer?
Goodenough
percibió el tono implorante en la última frase y quedó satisfecho. Ya era hora
de que Lapline empezara a respetar su contribución a la buena marcha de la
empresa.
—Bueno,
en primer lugar, debemos seguirle la corriente —dijo.
—¿Seguirle
la corriente? —dijo el señor Lapline—. ¿Seguirle la corriente? No es de esas
mujeres a las que se les puede seguir la corriente. Lo que exige de nosotros es
que pongamos manos a la obra. Sin dilación.
—Pues
lo haremos. Encontraremos a algún profesor de tres al cuarto que le parezca
aceptable a Lady Mary y lo soltaremos en Porterhouse, a ver qué pasa.
El
señor Lapline se estremeció de la cabeza a los pies.
—¿Y
tendría usted la bondad de decirme qué beneficio nos reportaría semejante
decisión? Aparte, claro está, de provocar una interminable cadena de escándalos
que, sin duda, conducirían a una no menos interminable serie de querellas por
difamación.
—Exacto
—dijo Goodenough—. Perfecto. ¿Qué más podríamos pedir? Si el Decano y el Tutor
Mayor y los demás Claustrales decidieran adoptar medidas legales contra esa
arpía, la tendríamos en un santiamén comiendo de nuestra mano como un pajarito.
No tiene usted ni idea de hasta qué punto la perspectiva de una demanda por
difamación, con sus correspondientes exigencias de indemnizaciones millonarias,
puede llegar a hacer encariñarse a un cliente, a una clienta en este caso, con
sus abogados. Dependería de nosotros, que seríamos los únicos que la podríamos
sacar del atolladero.
El
señor Lapline hizo hincapié en lo incongruente de aquella expresión:
—¿Encariñarse?
¿Encariñarse ella con nosotros? Su uso del léxico es tan dudoso como su código
ético, Goodenough. Encuentro su actitud de lo más alarmante.
—No
me extraña —dijo Goodenough—. Por eso hacemos una inmejorable pareja como
socios. Mientras yo me enfrento de modo ejemplar a las repugnantes realidades
prácticas de nuestro oficio, usted mantiene nuestra reputación de intachable
rectitud profesional. Lo único que le digo es que, si queremos seguir
representando a Lady Mary la Vengativa, debemos darle lo que quiere.
—Pero
no es concebible que quiera que una horda de catedráticos ultrajados la
sepulten bajo una tonelada de querellas por injurias.
—No
veo por qué no —dijo Goodenough—. De lo que me ha contado, deduzco que no
existe ni la más remota posibilidad de que Lady Mary, con las pruebas de que
dispone en la actualidad, consiga reabrir el caso sobre la muerte de su marido
después de todos estos años, mientras que, por el contrario, una querella por
difamación le ofrecería la oportunidad de probar sus aseveraciones. Como se
dice vulgarmente, le permitiría levantar la caza. Y piense en nuestros
honorarios, Lapline, piense en nuestros honorarios.
—Estoy
pensando, más que nada, en nuestra reputación —dijo el señor Lapline—, en
nuestra probidad. Lo que usted sugiere es totalmente contrario a toda...
—¡Vamos,
hombre, déjese de monsergas! No me venga ahora con esos cuentos sobre la
probidad. Después de pasarme el día lidiando con unos defraudadores de
impuestos tan ineptos que no sabrían distinguir la probidad de la parte trasera
de un autobús, no estoy de humor para aguantar sermones sobre ética
profesional. O quiere mantener la cuenta Lacey, o no. Así que decídase.
Pero
el señor Lapline ya se había decidido. Lady Mary y la cuenta Lacey eran, con
mucho, el pilar de su actividad como abogado. No es que la fortuna de los Lacey
pudiera compararse con las de los grandes multimillonarios, pero era un capital
sustancioso. El señor Lapline era consciente de este hecho. Y, además, era
dinero antiguo, tradicional, lo cual coincidía por completo con sus opiniones
personales sobre lo que era decente y correcto. Para él, se trataba de dinero
real, en contraposición a aquella otra clase de dinero, irreal desde su punto
de vista, con el que Goodenough parecía estar en su elemento. El dinero irreal
iba dando tumbos por el mundo, de un país a otro, de una divisa a otra, de un
paraíso fiscal a otro, de un modo que resultaba inconcebible para el señor
Lapline, que censuraba estas prácticas en la misma medida en que censuraba las
artimañas legales de Goodenough. En su opinión, tanto aquél como éstas carecían
de peso específico. La fortuna de los Lacey, en cambio, poseía ese peso, ese sustrato
sustancial. Era un dinero invertido en serias instituciones británicas, en
tierras, en sólidas industrias. No era un patrimonio con el que se pudiera
jugar. Y, por encima de todo, el señor Lapline quería representarlo. La cuenta
Lacey era la piedra angular de su reputación profesional.
—De
acuerdo, de acuerdo —dijo—. Lo dejo en sus manos. Mi estómago... Y, en
cualquier caso, no sabría dónde buscar a nuestro supuesto becario de
investigación, por llamarlo de alguna manera.
—Estoy
seguro de que encontraremos a alguien —dijo Goodenough—. Déjelo de mi cuenta. Y
yo, si estuviera en su lugar, me haría extirpar esa vesícula.
El
señor Lapline suspiró y denegó amargamente con la cabeza.
—No
hay nada que hacer —dijo—. Mi mujer no me deja. Su madre falleció precisamente
durante una operación de vesícula. Es una verdadera lata.
Se
levantó de la silla, dando por concluida aquella conversación.
—Y,
por favor, le suplico que tenga bien presente que todo lo concerniente a este
asunto, incluso el detalle más nimio, ha de ser de una irreprochable
transparencia. Nuestro deber es proteger los intereses de Lady Mary, incluso a
su pesar.
Era
ésta una frase pensada a propósito para chinchar a Goodenough.
—Por
supuesto —dijo éste—. El hecho de que la pobre está como un cencerro no tiene
vuelta de hoja. Pero la mitad de mis clientes están medio idos y, hasta el
momento, nos las vamos arreglando para mantenerlos fuera de la cárcel y con la
cuenta corriente a flote. Pregúntele, si no, a Vera.
Pero
su socio pensó que era mejor no hacerlo. La secretaria de Goodenough poseía
unos atributos físicos un poquitín demasiado exuberantes para el gusto del
señor Lapline, que sospechaba que tales encantos servían para distraer a los
inspectores de Hacienda, impidiéndoles concentrarse en los turbios balances de
los clientes de su socio. También prefería no especular sobre el posible uso
particular que Goodenough pudiera hacer de aquellas redondeces. Volvió a toda
prisa a su oficina y se puso a considerar melancólicamente la posibilidad de
una intervención quirúrgica.
Aquella
misma noche, Goodenough le explicó el problema a Vera.
—Es
una vieja cotorra tiquismiquis que ha tenido que pasar el mal trago de que
todas sus ilusiones se hayan venido abajo, y se ha vuelto más amargada aún, si
cabe. En cualquier caso, tiene más dinero que pesa, y no sabe qué hacer con él,
así que se le ha ocurrido hundir a Porterhouse. Para empezar, le ha puesto la
cabeza como un bombo al pobre Lapline, y la dichosa vesícula se le ha enconado
de tal manera que se le sale la bilis por las orejas. Le pasa siempre cuando se
agobia. Le he prometido que le buscaré los candidatos.
—O
sea, que tendré que buscárselos yo —dijo Vera al tiempo que se servía otro gin
tonic.
—Pues
mira, la verdad, he pensado que quizá... —dijo Goodenough poniendo una carita
de pena más falsa que Judas.
Vera
se repantigó en el sofá.
—Pues
voy a necesitar que me des tiempo libre —dijo—. Y gastos pagados.
—Ningún
problema. Sangraremos la cuenta de Lady Mary la Vengativa. Eres un ángel.
2
Vera
no se consideraba precisamente un ángel, pero esta vez se portó bien y sólo
estuvo ausente de la oficina un par de semanas, lo cual, sin embargo, no
contribuyó en absoluto a elevar la moral del señor Lapline.
—¿Está
seguro que sabe usted lo que hace? —le preguntó a Goodenough varias veces, a lo
cual éste, indefectiblemente, le respondía que todo estaba controlado. Aunque
prefirió, el muy ladino, no especificar por quién estaba controlado. Y el señor
Lapline optó, a su vez, por no emplearse a fondo en aquellos interrogatorios.
A su
debido tiempo, Vera volvió con una lista de veinte profesores que estarían
dispuestos a aceptar de buen grado una beca de investigación en Porterhouse.
Goodenough estudió la lista con expresión dubitativa.
—No
tenía ni idea de que hubiera tantas universidades en este país —dijo—. ¿Y quién
es este pollo de Grimsby, especialista en «psicofantasías sádico-anales»? No
creo que lo acepten en Porterhouse ni por seis millones.
—No
creo que Lady Mary quiera hablar con él tampoco —dijo Vera—, a menos, por
supuesto, que esté a favor de empezar a darle a la botella de buena mañana. Por
otra parte, ese hombre tiene unas teorías de lo más extremadas.
—¿Y
este doctor Lamprey Yeaster, de la Universidad de Bristol? Parece que tiene un
curriculum aceptable. Su campo de investigación es la historia de las
relaciones industriales en Bradford.
—Yo
diría que, a pesar de todo, no es un candidato... demasiado idóneo —dijo Vera—.
Es miembro del Frente Nacional. Sus opiniones sobre los inmigrantes dejan mucho
que desear.
—No,
en ese caso Lady Mary no se acercará a él ni con máscara de gas. En esta lista
no hay ningún candidato que le pueda gustar.
—Sí
que lo hay, querido mío —dijo Vera—. O mucho me equivoco, o juraría que le
gustará el doctor Purefoy Osbert.
Goodenough
la miró un poco escamado.
—¿No
me estarás diciendo que ya tienes un favorito? ¿Por qué? ¿Qué tiene ese sujeto
de especial, aparte del nombre?
—Nada,
en realidad, pero hará lo que yo le diga. Échale una ojeada a su lista de
publicaciones.
Goodenough
echó una ojeada.
—Parece
estar obsesionado con las ejecuciones —dijo—, en particular con los
ahorcamientos. Tiene un libro titulado El tirón de cuello final.
—Es
su obra cumbre. No lo he leído, pero me han dicho que es impactante. Se trata
de un estudio sobre las ejecuciones en la horca en Inglaterra desde 1891.
—¿Y
tú crees que a Lady Mary la Vengativa le va a caer bien semejante individuo,
con lo contraria a la pena de muerte que es?
—Y
Purefoy también. No tienes ni idea de la cantidad de gente inocente que asegura
que ha acabado en el patíbulo. Ése es el principal argumento de su tesis.
—¿Y
qué es esto sobre Crippen? ¿La inocencia del doctor Crippen? Crippen no era
inocente, el muy cabrón. Era culpable y bien culpable.
—Pues,
según Purefoy —dijo Vera—, lo que pasó en realidad fue que su mujer se suicidó
y el doctor, presa del pánico, la enterró en la bodega.
—Sí,
pero después de descuartizarla, o hacerla picadillo, o algo así. Ese Purefoy no
está en sus cabales. Aunque diría que, precisamente por eso, se entendería a
las mil maravillas con Lady Mary. Pero oye, ¿por qué te refieres siempre a él
usando su nombre de pila?
Vera
sonrió.
—Es
que somos primos —dijo.
Goodenough
omitió ese detalle en su siguiente conversación con su socio. De hecho, alteró
un poco la lista de publicaciones del doctor Osbert. El señor Lapline ya estaba
bastante fastidiado con sus achaques para tener que tragarse la inocencia de
Crippen y las incidencias de la ejecución de la señora Thompson. Ya tenía
suficiente con sus propias tripas.
—La
verdad es que no puedo decirle que encuentre en esta lista de candidatos
ninguno que me parezca apropiado —dijo—. Y, en particular, este de Grimsby...
—¿No
le parece digno de Porterhouse?
El
señor Lapline expresó sin ambages su convencimiento de que el interfecto sólo
era digno de una celda acolchada. Goodenough se preparó para el siguiente
gambito en aquella partida de damas. Tras leer atentamente los comentarios de
Lady Mary sobre los Claustrales Mayores de Porterhouse (unos comentarios en los
que no había ni una palabra amable), decidió que sería mejor no discutir la
posibilidad de la nueva beca con el Tesorero. El Decano (las notas sobre él
eran particularmente vitriólicas) y el Tutor Mayor, «una persona de lo más
negado, cuya monomanía por el remo sugiere una mente inmadura», claramente
desconfiaban del Tesorero, por «estar de acuerdo con Godber en las cuestiones
económicas». Había pruebas que corroboraban esta enemistad, las cuales procedían
de fuentes independientes; para ser más precisos, se trataba de los informes de
dos detectives privados que Lady Mary contrató para que investigaran la verdad
sobre la muerte de su marido. Un informe, redactado por un desgraciado que
había tenido que pasar dos meses imposibles trabajando de lavavajillas humano
en las cocinas del Colegio (y que de resultas había padecido una enfermedad en
la piel debido al poder abrasivo de los productos de limpieza que había tenido
que usar durante sus fregoteos), describía al Decano como el verdadero amo de
Porterhouse, y al Tutor Mayor como su mano derecha.
—He
decidido hacer la oferta a través del Tutor Mayor —le dijo Goodenough a Vera—.
Si le fuéramos con el cuento al Tesorero, el Decano lo rechazaría sin más. Se
olería la tostada. Olfato le sobra a ese viejo trapisondista para ventear el
peligro. Además, según me han dicho, el Tesorero está buscando dinero
desesperadamente, hasta debajo de las piedras, así que es más que probable que
cuando se entere se ponga de nuestra parte. Se tragarán mejor la píldora si se
la da el Tutor Mayor.
De
hecho, no hubieran sido necesarios tantos subterfugios. El Decano ya estaba
haciendo planes para ausentarse durante un tiempo de Porterhouse. Su intención
era encontrar sucesor para Skullion, un sucesor rico, preferiblemente antiguo
alumno del Colegio. Al Decano siempre le había caído simpático Skullion, pero,
en vista del estado de cuentas de Porterhouse, resultaba imprescindible nombrar
a un nuevo Rector, alguien con buenos contactos y una saneada fortuna personal.
Al menos, esto era lo que pensaba. Así habían salido del atolladero financiero
en que los sumió Lord Fitzherbert. Como era hombre de considerable fortuna,
decidieron nombrarlo Rector. Ésta había sido siempre la política de
Porterhouse, y el Decano estaba dispuesto a ponerla de nuevo en práctica. La
mayor dificultad residía en hallar un medio para librarse de Skullion. Nadie
hubiera supuesto que viviría tanto después del paralís, y ahora al Decano sólo
le cabía esperar que falleciese tranquila y pacíficamente tras una opípara
cena. Tenía ya en mente un menú especial de pato. Skullion adoraba los canards
pressés á la Porterhouse. Sea como fuere, el Decano había tomado la precaución
de visitar al médico del Colegio con la esperanza de que le pudiera
proporcionar un diagnóstico desfavorable acerca del estado del actual Rector.
Pero al doctor MacKendly le preocupaba más la salud del Decano.
—¿Qué
es esta vez? —le preguntó—. ¿La próstata sigue haciéndole jugarretas, como
siempre?
—Una
posibilidad altamente improbable —dijo el Decano—, si tenemos en cuenta que la
glándula que menciona jamás me ha ocasionado el menor problema.
—Bueno,
pues ya va siendo hora, a su edad —dijo el médico, que se enfundó un guante de
goma y señaló la camilla—. No se preocupe, que esto no le va a doler nada; si
acaso, sentirá una ligera molestia.
—¡Ya
lo creo, que no me va a doler! —dijo el Decano, que se aferró a su silla con el
trasero decididamente pegado contra el asiento—. No he venido a consultarle
sobre mi salud. Quien me preocupa es Skull..., digo, el Rector.
El
doctor MacKendly se volvió a sentar detrás de su escritorio, muy desilusionado,
pero no se quitó el guante de goma.
—¿Skullion?
No puedo decir que me sorprenda. Tanto rato sentado en esa silla de ruedas,
meando en una bolsa de plástico... son cosas que, a la larga, acaban por
repercutir en la salud. Claro que podríamos operar, pero eso tiene a menudo
efectos secundarios. Ya sabe, a veces el paciente luego eyacula a la inversa,
en la vejiga urinaria.
—Dudo
mucho que Skullion... que el Rector sea aún capaz de eyacular, ni hacia delante
ni hacia atrás —dijo el Decano secamente—. Y, además, no necesita ninguna
operación, ni de próstata ni de nada. Lo que quiero es su opinión sobre su
estado, en general.
El
médico asintió con la cabeza. Todavía no se había quitado el guante de goma.
—Su
estado, en general, ¿eh? Bueno, ésa es otra historia. Porque a nuestra edad...
Uno ya no es un chaval, ¿eh...?
—¡Estamos
hablando del Rector Skullion, por el amor de Dios! —le interrumpió el Decano—.
De su estado de salud.
—No
me diga más —dijo el doctor—. Por desgracia, no es demasiado buena. Tuvo el
paralís de Porterhouse, como supongo que ya sabe, una cosa seria. Es un milagro
que sobreviviese. Es fuerte como un mulo.
El
Decano le lanzó una mirada gélida.
—¿Calificarla
sus facultades intelectivas, su capacidad, digamos, para ejercer las
obligaciones inherentes a su cargo como Rector del Colegio, con el mismo símil
zoológico? —preguntó.
—¡Ah!
Ahí me ha pillado, Decano. La verdad sea dicha, yo nunca he sabido qué deberes
tiene el Rector, como no sea atiborrarse en el Refectorio y lucir la toga en
las funciones oficiales. Aparte de eso, maldita la cosa que conlleva el cargo,
que yo sepa. Skullion es prueba fehaciente de ello, ¿no?
El
Decano hizo un último esfuerzo por conseguir de su interlocutor una respuesta
coherente.
—¿Y
cuánto diría que le queda? De vida, quiero decir.
—Pues
ahí me ha vuelto a pillar —dijo el médico—. Imposible saberlo. Sólo cuestión de
tiempo, supongo, digo yo.
El
Decano estaba harto.
—¿Y
puede decirme cuándo no?
—¿Cuándo
no? ¿Cuándo no qué?
—Cuándo
no se trata de una cuestión de tiempo. Desde el día que nacemos, por ejemplo.
Y
dejó al doctor MacKendly reflexionando sobre la cuestión; su especialidad eran
rodillas de jugadores de rugby, no la metafísica. El Decano bajó la escalera
hasta King's Parade y recorrió el camino de vuelta hasta el edificio principal
de Porterhouse en un estado de ánimo tormentoso. A su alrededor, los turistas
miraban los escaparates de las tiendas, o se arracimaban en grupitos, apoyados
contra el murete de la capilla de King's, o fotografiaban el edificio del
Senado universitario. El Decano los despreciaba profundamente. Pertenecían a un
mundo que siempre había aborrecido.
Dos
días más tarde, con la excusa de que tenía que visitar a un pariente lejano que
estaba enfermo en Gales, el Decano salió en busca de un nuevo Rector para
Porterhouse. Algo en su interior le apremiaba. Había que darse prisa. Era sólo
una intuición, un pellizco en el estómago, pero esa sensación rara vez le había
engañado.
Los
pellizcos que sentía el señor Lapline en el estómago eran ahora tan intensos
que hubieron de pasar dos semanas antes de que Goodenough tuviera un momento
libre, ahora que también debía ocuparse de los casos de su socio, para
acercarse a Cambridge a comer con el Tutor Mayor en el Garden House Hotel, en
una mesa con vistas al río Cam.
—Le
hubiera invitado a mi club, en Londres, pero se pone imposible de gente
últimamente. Aquí podremos hablar más en privado. Además, es siempre un placer
venir a Cambridge, y estoy seguro de que usted es un hombre muy ocupado. Espero
que no le importe comer aquí, en vez de hacerlo en Porterhouse.
Al
Tutor Mayor no le importaba en absoluto. Muy al contrario. Había oído grandes
elogios acerca de la cocina del Garden House, y el almuerzo de los miércoles en
el Refectorio tendía a ser algo frugal para su gusto. Aceptó una más que
generosa ginebra y estudió el menú en tanto que Goodenough peroraba sobre su
sobrino, que pertenecía al Leander Club, sobre sus remotos días en Oxford, en
el Magdalen, y, en general, sobre una porción de cosas del todo ajenas a la
materia que había ido a tratar. Hasta que persuadió al Tutor Mayor para que se
tomara otra ginebra más que generosa, embotó sus sentidos con una considerable
ración de paté, un excelente fílete de ternera y una botella y media de
chambertin, y se dispusieron a tomar el café y el chartreuse, Goodenough no
atacó el asunto de la beca. Y lo hizo fingiendo cierto azoramiento, como si no
supiera por dónde empezar.
—El
caso es que un cliente nuestro, que desea permanecer en el anonimato, nos ha
pedido que tanteemos la opinión del Claustro del Colegio sobre la posibilidad
de crear una nueva beca de investigación en Porterhouse para posgraduados. Y,
francamente, conociendo como conozco su reputación de hombre discreto, he
pensado que una charla tranquila con usted sobre la materia sería la mejor
manera de abordar el asunto.
Hizo
una pausa para que el Tutor Mayor escogiera un habano a fin de acompañar su
chartreuse.
—Los
fondos con que cubrir el salario del nuevo becario los proporcionaría,
naturalmente, nuestro cliente. La donación al Colegio sería del orden de siete
cifras.
Hizo
otra pausa, esta vez para que el Tutor Mayor tuviera tiempo de calcular que
siete cifras hacen un millón.
—De
hecho, nuestra... digo, nuestro cliente ha mencionado exactamente la cifra de
seis millones de libras esterlinas, con la posibilidad de un legado adicional
en su testamento.
—¿Seis
millones? ¿Ha dicho seis millones? —preguntó el Tutor Mayor casi sin aliento.
De no haber sido por el banquete, el chambertin y el Partagás, habría
sospechado que se trataba de una broma de mal gusto. Nadie había ofrecido jamás
al Colegio una suma tan considerable.
—Pues
sí, seis millones, por lo menos, sí —dijo Goodenough, a quien no le pasó por
alto el aturdimiento del Tutor Mayor. Y, aprovechándose de ello, añadió—: Pero
a condición de que esta donación no se haga pública. Debo reconocer que nuestro
cliente es una persona excéntrica, obsesionada por mantener el anonimato y
preservar su intimidad. He de hacer hincapié en este punto, que resulta del
todo esencial.
Por
un segundo, le pasó por la mente dejar caer que aquel misterioso cliente
pudiera ser un Getty. Pero se lo pensó mejor.
—¿Ha
oído hablar de la familia Getty?
—Sí
—dijo el Tutor Mayor con un murmullo apenas audible.
—Pues,
por desgracia, mi cliente no posee una fortuna tan elevada, pero es, de todas
formas, una... —¡maldito chartreuse!— persona de considerables medios.
—Por
fuerza ha de serlo —murmuró el Tutor Mayor, que aspiró el humo del habano
demasiado deprisa, con resultados calamitosos.
Cuando
se le apaciguó el ataque de tos, Goodenough continuó con su relato.
—Le
cuento todo esto, naturalmente, en la más estricta confidencialidad, me fío de
su discreción. Es de lo más esencial que nada de lo que le he dicho trascienda.
Su influencia en Porterhouse es bien sabida, y estoy seguro de que con su
apoyo...
Aquellas
untuosas palabras, siempre de efecto infalible, penetraron en los recovecos de
la embotada mente del Tutor Mayor. Al cliente le preocupaba en particular el
Tesorero, cuya reputación no era tan... bueno, a decir verdad, tenía fama de
lengüilargo, por lo que había que evitar consultar con él sobre aquello, pero
si el Tutor Mayor pudiera confirmarle que la donación sería aceptada (el Tutor
Mayor podía, y lo hizo), y que el nuevo becario sería bien acogido en el
Colegio (el Tutor Mayor no tenía la menor duda sobre ello), el acuerdo podría
considerarse concluido, y el cliente procedería a hacer efectiva la donación.
Una carta conteniendo los términos del trato sería enviada al Tutor Mayor a la
mayor prontitud, y él se ocuparía de hacer los necesarios trámites,
posiblemente a través del Consejo del Colegio, y de confirmar luego su decisión
por escrito. Cuando Goodenough terminó de hablar, el Tutor Mayor era presa de
una evidente euforia. Goodenough le llevó en taxi de vuelta a Porterhouse, y
después tomó el tren a Londres.
—¿Qué
dice que hizo? —preguntó el señor Lapline al día siguiente.
—Se
tragó el anzuelo —dijo Goodenough.
—¿Que
se tragó el anzuelo? ¿Está seguro?
El
señor Lapline no podía imaginar que ninguno de los Claustrales Mayores de
Porterhouse pudiera tragarse otra cosa que un buen consomé. Por lo que pudo ver
del Decano y del Tutor Mayor cuando los conoció durante la investigación tras
la muerte de Sir Godber Evans, eran de los que muerden, pero no de los que
tragan.
—Como
se lo digo —le aseguró Goodenough—. Se ha tragado el anzuelo, el hilo y la
caña, y una botella de un borgoña excelente, él sólito, y un filetón de ternera
poco hecho, para ser más exactos...
—Por
lo que más quiera, Goodenough, no me hable de comida. Si supiera lo que me está
haciendo padecer mi estómago...
—Ya,
ya. Perdone. Lo que trato de decirle es que no tiene de qué preocuparse. No
vamos a perder la cuenta de Lady Mary. Le aseguro que encontrará en nuestra
lista al candidato ideal que busca, y Porterhouse lo acogerá con los brazos
abiertos. Ahora bien, que cuando lo conozcan un poco les guste el elegido o no,
es otro cantar. Pero no es problema nuestro, ¿no le parece?
Sin
embargo, el señor Lapline seguía siendo pesimista.
—¡Ojalá
tuviera tanta seguridad en mí mismo! ¡Quiera Dios que esa pobre loca no acabe
escogiendo a ese guarro sádico-anal de la Universidad de Grimsby! ¡Con un
curriculum como el suyo, debería estar entre rejas!
Durante
las semanas siguientes, la firma Lapline & Goodenough se reintegró a su
respetable rutina habitual. La vesícula biliar del señor Lapline se portó un
poco mejor, y Lady Mary recibió una lista de candidatos que incluía sus
publicaciones científicas y méritos personales. Ahora era cosa suya el
entrevistarse con ellos. Goodenough se negó en redondo a intervenir en este
aspecto del proyecto.
—Por
nada del mundo me atrevería a involucrar al bufete en una cosa así —dijo—. ¡Ni
que fuéramos una agencia de colocaciones! En cualquier caso, todavía hemos de
recibir la confirmación del contrato por parte de Porterhouse, y por escrito,
aunque el Tutor Mayor me mandó una tarjeta agradeciéndome la comida y
asegurándome que la beca se aprobaría como decidimos.
Sea
como fuere, a Goodenough le había picado la curiosidad tras leer El tirón de
cuello final. Incluso para un hombre con una sensibilidad tan endurecida como
la suya, el libro de Purefoy Osbert resultaba intensamente turbador. Dos noches
enteras se había quedado leyendo hasta tarde en la cama, subyugado a su pesar
por las consecuencias anatómicas y los detalles técnicos de aquellos
ahorcamientos con los que el doctor Osbert parecía tan familiarizado.
—¿Estás
segura de que a tu primo no le falta ningún tornillo? —le preguntó a Vera—. Ese
libro suyo de los demonios parece escrito por un sadomasoquista de tomo y lomo.
—¡Mira
que eres antiguo! Purefoy no es, ni mucho menos, como te imaginas. Lo que pasa
es que el pobre está muy entregado a la causa de la justicia social.
—Pues
yo juraría que no —murmuró Goodenough.
No
le había gustado nada aquel «pobre» referido a un individuo que describía con
tal lujo de detalles los efectos de un tirón de cuello demasiado corto o
demasiado largo en víctimas demasiado bajas y gordas o demasiado altas y
flacas. Pero daba también pruebas —y no podía dudarse de la exactitud de los
datos aportados por el doctor Osbert— de que desde la abolición de la pena
capital un número importante de personas condenadas a cadena perpetua por
asesinato habían sido más tarde declaradas inocentes. De esas inexorables
estadísticas se deducía que, por fuerza, una proporción considerable de los
ajusticiados antes de la abolición de la pena de muerte debían haber sido
también inocentes. El abogado que dormía en la conciencia de Goodenough
encontraba esta conclusión de lo más perturbadora. Y se preguntó cómo les
sentaría aquello al Decano y al Tutor Mayor.
—Supongo
que no importa mucho lo que ocurra después que tome posesión de su beca —le
dijo a Vera—, De todos modos, ya los veo enzarzados en virulentas
disquisiciones bizantinas.
—En
las que Purefoy tiene todas las de ganar —dijo Vera—, porque le obsesionan los
hechos, las pruebas y los datos.
—No
es lo único que le obsesiona, me parece. Por cierto: no es un hecho probado que
Crippen no asesinara a su mujer. Es una presunción. Una falsa presunción de
inocencia.
Pero
Vera no tenía ganas de discutir.
—Purefoy
es un sabio, un verdadero erudito. Ya lo verás cuando lo conozcas.
—No
tengo la menor intención de hacerlo —dijo Goodenough.
Y
Lady Mary, al parecer, tampoco. La tensión de las entrevistas con los
seleccionados de la lista para la beca de investigación Sir Godber Evans acabó
afectando a su delicada salud. Siempre había sido bastante pudibunda, y su
encuentro con el pirado de las fantasías psico-erótico-anales de la Universidad
de Grimsby la había alterado notablemente. Debido a un molesto ataque de
ciática, tuvo que mantener aquella entrevista echada en una tumbona, y, para
colmo de males, el doctor MacKerbie apestaba a cerveza y a whisky. Para ser más
exactos, estaba ya borracho como una cuba a las diez de la mañana y,
evidentemente, interpretó que Lady Mary, despatarrada en la tumbona, le
esperaba deseosa de compartir sus fantasías psicosexuales, e incluso dispuesta
a experimentar el erotismo anal. El ama de llaves la rescató en el último
momento, alertada por sus gritos, por más que el estado del doctor MacKerbie no
le hubiera permitido consumar sus propósitos, pues dada su ebriedad el mero
acto de bajarse la cremallera de los pantalones conllevaba dificultades
insalvables.
Después
de aquella entrevista de pesadilla, Lady Mary recibió a los siguientes
candidatos sentada detrás de un imponente escritorio con una grabadora en
marcha bien a la vista y el marido del ama de llaves en una esquina de la
habitación, para mayor seguridad.
La
entrevista con el doctor Lamprey Yeaster empezó bien. Al menos, el historiador
estaba sobrio, y sus conocimientos sobre la historia de las relaciones
industriales en Bradford antes de la guerra eran impresionantes. Y también eran
impresionantes, aunque en un sentido completamente opuesto, sus opiniones sobre
la política de inmigración en la posguerra y las consecuencias de permitir la
entrada en el país a cientos de miles de negros y de paquistaníes. Lady Mary
Evans lo despidió con cajas destempladas a los veinte minutos, y tuvo que
echarse de nuevo en la tumbona, pero esta vez con síntomas de agotamiento
nervioso.
Los
seis candidatos siguientes tampoco la satisficieron, pues el único que no
parecía estar mal del todo a primera vista le dijo que había cambiado de
opinión y no se le ocurriría acercarse a Porterhouse, porque allí eran todos
unos esnobs de mierda; además, él estaba de maravilla en la Universidad de
Strathclyde investigando sobre la patología de la patata, y Cambridge no tenía
nada nuevo que ofrecerle. La entrevista siguiente, con un viviseccionista de
Southampton, por poco le hizo tirar la toalla definitivamente, después de tener
que escuchar el relato, de un detallismo repugnante, de sus experimentos con
crías de gato. Pero prevaleció el sentido del deber de la anciana dama.
Telefoneó al señor Lapline, pero la pusieron con Goodenough.
—Ya
comprendo su problema —le respondió cuando se ella quejó amargamente de la
calidad de los candidatos al puesto y quiso saber por qué le habían enviado a
un individuo cuya vocación era torturar felinos, a ella, que quería tanto a sus
gatitos...—. Comprendo, Lady Mary, comprendo, de verdad, pero el quid de la
cuestión es que Porterhouse goza de la reputación de ser un lugar ominoso,
como, sin duda, usted ya sabe, y...
Lady
Mary le respondió secamente que, teniendo en cuenta que su marido había sido
Rector de Porterhouse y pereció asesinado allí, era más que evidente que sabía
por propia experiencia que el Colegio gozaba de la reputación de ser un lugar
ominoso. Y luego le preguntó qué demonios tenía que ver eso con el hecho de que
le hubieran endosado una caterva de dementes.
—El
caso es —dijo Goodenough— que resulta extremadamente dificultoso encontrar
eruditos serios que quieran siquiera acercarse al Colegio.
—Hasta
ahora, de erudito, ni uno. Ese hombre horrible de la Universidad de Bristol que
quería mandar a todas las personas de color de vuelta a países de los que ni
siquiera habían venido...
—¿Se
refiere al doctor Lamprey Yeaster? No tenía ni idea de que sus tendencias
políticas fueran tan execrables. Mi deber era...
—Su
deber, como usted dice, a partir de ahora va a ser seleccionar a los candidatos
personalmente. Estoy delicada de salud, y me niego terminantemente a tener que
recibir en mi casa a personas medio locas o repulsivas. ¿Está claro? Y, por
cierto, ¿por qué se inmiscuye usted en este asunto? Siempre he tratado de esto
directamente con el señor Lapline.
Goodenough
suspiró audiblemente.
—Por
desgracia, el señor Lapline se encuentra en estos momentos sometido a
tratamiento médico. Cosa de vesícula. Un mal transitorio, pero muy doloroso,
según tengo entendido. Entre tanto, permítame asegurarle que haré todo cuanto
sea necesario...
Colgó
y le dijo a Vera por el interfono:
—Bueno,
esto simplifica las cosas. Ya le puedes decir a Purefoy que la beca es suya.
Lady Mary no quiere ver a nadie más. Supongo que no tendré más remedio que
conocer a tu primo.
3
En
la Universidad de Kloone, la noticia de que le había sido concedida la beca de
investigación Sir Godber Evans en Porterhouse dejó a Purefoy Osbert un tanto
confuso. Por una parte, estaba de maravilla en Kloone, donde había estudiado y
escrito posteriormente su tesis doctoral, El crimen del castigo, sobre las
injusticias del sistema judicial británico. Por otra parte, sin embargo, no le
cabía la menor duda de que también estaría de maravilla en Cambridge. Y el
traslado tendría sus ventajas. La Biblioteca de la Universidad albergaba muchos
más volúmenes que la de Kloone, y, en opinión de Purefoy, era en las
bibliotecas donde realmente se podían obtener datos y hechos. Los hechos eran
esenciales para él. Y el mundo de la palabra escrita le proporcionaba una
tangible corporeidad cotejable y clasificable de la cual carecía la vida real.
Como un perro raposero en una batida de caza intelectual, Purefoy olisqueaba
entre los legajos, con la nariz pegada a los documentos, acumulando
información, confiado en la naturaleza inalterable de los hechos probados y de
sus propias conclusiones basadas en ellos. Teorías y hechos le protegían del
galimatías ininteligible del mundo real. Y le ayudaban, también, a sobreponerse
a la influencia que había ejercido sobre él la caótica incongruencia de las
opiniones de su difunto padre.
El
reverendo Osbert había sido hombre de ideas eclécticas. Educado en la fe
presbiteriana, se convirtió en la adolescencia al metodismo, luego al
unitarismo, y más tarde a la ciencia cristiana, para finalmente, tras una
férvida lectura de la Apología de Newman, encontrar asilo espiritual en la
Iglesia de Roma. Esta vuelta al redil vaticano no duró mucho, aunque
proporcionó a Purefoy su nombre de pila. De ahí a un pacifismo universal de
raíz tolstoiana, y a los ocasionales escarceos budistas, había sólo un paso. Y
el reverendo Osbert era un padre de piernas muy largas. En otras palabras,
Purefoy pasó su infancia en un tiovivo de metafísicas cambiantes y opiniones
inciertas. Por la mañana se iba a la escuela pensando que su padre creía en un
solo Dios, y para cuando volvía a casa, a media tarde, su progenitor ya se
había entregado al más obcecado ateísmo.
La
señora Osbert, en cambio, era una mujer con los pies en el suelo. Mientras su
marido pagara las facturas (lo cual se hacía con las rentas mensuales que
devengaban unas casitas heredadas por el reverendo y alquiladas a personas de
toda confianza) y la familia pudiera vivir con holgura, no le importaba en lo
más mínimo en qué creyera su esposo o con qué frecuencia cambiara de confesión.
—Atente
a los hechos —solía decirle al reverendo cuando se embarcaba en alguna de sus
frecuentes digresiones.
—El
problema con tu padre —le decía a menudo a Purefoy cuando era niño— es que
nunca está seguro de nada. Nunca sabe en qué creer. Si pudiera encontrar una fe
sólida en algo, seríamos todos mucho más felices. Tenlo bien presente, hijo, no
vayas a seguir su ejemplo.
Y,
como no quería seguir el ejemplo de su padre (quien había fallecido de un modo
atroz a la vuelta de un viaje de peregrinación a un santuario budista en
Ceilán, tras cometer el error de tratar de ganarse las simpatías de un perro
rabioso), Purefoy nunca olvidó aquellas palabras.
—Ya
decía yo que llegaría lejos —le dijo pesarosa su madre después del entierro—. Y
tan lejos... Ceilán, nada menos. Iba en busca de la vía de la santidad. Y, en
cambio, ya ves... En fin, qué le vamos a hacer. Tú atente sólo a los hechos, y
así no tendrás disgustos.
Purefoy
había hecho todo lo posible por seguir este consejo. Por desgracia, había
heredado de su padre la tendencia a buscar la verdad en el fondo de conceptos
abstractos. En la Universidad de Kloone le afectó profundamente la tutoría del
profesor Walden Yapp, que años atrás había sido encarcelado injustamente por
homicidio. El relato de las experiencias carcelarias de su tutor y del trauma
psicológico derivado del convencimiento de su propia inocencia fue la causa de
que Purefoy escogiera aquel tema para su tesis. La inocencia del profesor Yapp
no podía ponerse en duda. Si la pena capital hubiera estado todavía vigente
cuando fue sentenciado, era evidente que aquel hombre intachable habría acabado
colgando de una soga.
—Por
propia experiencia, puedo asegurar con absoluta certeza que otros hombres, tan
inocentes como yo, terminaron sus días en el patíbulo.
Tal
afirmación del profesor Yapp inspiró a Purefoy durante los cinco largos años
que dedicó a la investigación tras completar su tesis, los cuales culminaron en
su siguiente libro, El tirón de cuello final, dedicado, en prueba de gratitud,
a su tutor, y fue también la fuerza inspiradora de los estudios que realizó a
continuación sobre las víctimas inocentes del sistema judicial y los efectos
embrutecedores de la cárcel tanto en los internos como en sus guardianes,
destinados a escribir una magna obra que pensaba titular Justos por pecadores.
Era un libro que, esperaba Purefoy, pondría fin de una vez por todas al
pernicioso, medieval y generalizado convencimiento de que el delito debe ser
castigado. E incluso iba más allá: no comulgaba con la teoría del profesor Yapp
de que el robo, el asesinato, otras actividades delictivas son consecuencia de
la pobreza y la marginación social. Purefoy culpaba a la propia ley de la
existencia del delito. Como no se cansaba de repetir a sus alumnos: «El delito
es consecuencia del sistema legal represivo establecido para extirpar el mal
que este mismo sistema provoca en el seno de la sociedad. Al definir lo que es
ilegal, nos aseguramos de que la ley será infringida.» Estas ideas, como es
natural, eran aceptadas favorablemente por sus alumnos y tenían, además, el
mérito de provocar virulentas discusiones entre los más despiertos e incluso, a
veces, de hacerles reflexionar un poco. Esto era un logro notable en Kloone, y
acrecentó la ya considerable reputación de que el doctor Osbert gozaba allí.
Pero él, en realidad, prefería pasar la mayor parte de su tiempo en las
bibliotecas o los archivos, hurgando en caja tras caja de documentos, en busca
de la información que le era tan preciosa.
Pero
si sus padres habían tenido profunda influencia en su vida, no fue menor la que
ejerció sobre él su prima Vera. Desde los lejanos tiempos del parvulario, había
hecho siempre lo que ella quería. Vera le llevaba cinco años, y, como era una
muchacha bondadosa, y un tanto calentorra, no tuvo inconveniente en enseñarle
de dónde vienen los niños. Desde aquel momento de revelación adolescente,
Purefoy se había sentido ligado, aunque de forma un poco ambigua, a Vera. Se
había pasado las horas muertas pensando en su prima, e incluso había llegado a
convencerse de que estaba enamorado. Pero ella había seguido su camino, y
Purefoy se había entregado a la búsqueda de hechos menos inciertos. Hasta
muchos años después, cuando conoció a Madame Ma'Ndangas, no supo lo que es el
amor de verdad.
Una
tarde, creyendo que iba a escuchar a una autoridad en la reforma del sistema
carcelario de Sierra Leona, se encontró sentado en primera fila en una clase
nocturna en la que Madame Ma'Ndangas peroraba sobre infertilidad masculina y
técnicas masturbatorias. La clase estaba hasta los topes. Y si bien Purefoy
había aprendido algunas de las verdades de la vida gracias a su prima, Madame
Ma'Ndangas le enseñó muchísimo más. En particular, estuvo fascinante cuando se
extendió acerca del coitus interruptus y los medios para evitar la ejaculatio
praecox. Y, sobre todo, era una mujer que quitaba el hipo. No era sólo su
belleza física lo que le atraía, sin embargo, sino también su belleza interior,
la belleza de aquel cerebro privilegiado. En un curioso inglés macarrónico,
completamente innecesario, a su entender, aquel dechado de virtudes se
explayaba hablando acerca de la estimulación clitoridiana y la felación con una
seguridad en sus poderes oratorios y un lujo de detalles que le dejaron casi
mudo de admiración. Y de deseo. Al cabo de aquella primera hora de educación
sexual, supo que la quería. Y cuando a la semana siguiente volvió a sentarse en
el mismo sitio y contempló lleno de adoración aquellos espléndidos ojos y
aquellos labios tan llenos, mientras ella mostraba unas diapositivas
francamente repulsivas sobre los efectos de la ablación del clítoris en unas
maduras mujeres africanas, supo que la amaba sin remisión. Así que acabó la
clase, la abordó y empezó a cortejarla.
Por
desgracia para Purefoy, Madame Ma'Ndangas, aunque sentía simpatía por él, no le
correspondió como esperaba. Su primer matrimonio en Kampala no había sido del
todo feliz. El descubrimiento de que el señor Ma'Ndangas tenía ya tres esposas,
y que había sido precisamente la primera la que le sugirió que se volviera a
casar, arruinó un pelín su luna de miel. A pesar de todo, ella le había amado a
su manera, y sintió sinceramente su desaparición (se rumoreaba que había ido a
parar al frigorífico del general Idi Amin). El hecho de que no encontraran allí
sus restos cuando el dictador fue derrocado y hubo de huir a la Arabia Saudí no
atemperó las sospechas de la ya oficialmente viuda. Para entonces ya había
dejado Uganda para afincarse en Inglaterra, decidida a iniciar una nueva
carrera en la educación universitaria. A los pocos meses de llegar a Kloone, ya
era famosa por declarar abiertamente en las fiestas a las que acudía que su
Johnny, su vara, su consolador, había formado parte con toda seguridad de «la merienda
de ese negro de mierda de Idi Amin». Usar tal lenguaje para referirse a una
persona de otra raza era algo nunca visto en Kloone. Pero, a decir verdad,
nadie podía censurar a Madame Ma'Ndangas. Si había una persona en el mundo que
tuviera derecho a expresarse de aquella manera y a decir las mil pestes del
hombre que había cercenado (y digerido) a su vara, su consolador, era ella.
Había estado allí, en Uganda, donde sufrió enormemente. El hecho de que fuera
una mujer tan atractiva, y que supiera tanto sobre las prácticas sexuales en el
continente africano —y, al parecer, en el resto del mundo conocido—, contribuyó
no poco a hacerla popular en la Universidad. Y, además, era una mujer muy
pragmática.
—Tú
decir que amas a mí, esto es muy bien —le dijo en cierta ocasión con aquel
inglés tan peculiar que Purefoy encontraba irresistiblemente erótico—. Tú no
ganar dinero bastante para dos y luego hijos también. Tú no ambicioso, Purefoy.
No dinero, no ambicioso, no Madame Ma'Ndangas.
—Pero
Ingrid, tú sabes que... —empezó Purefoy.
—Y
no llamar ese nombre. No gusta. Yo Madame Ma'Ndangas. Diferente.
—¡Y
que lo digas! ¡Eres única! —dijo Purefoy—. Pero un día u otro me darán una
cátedra, y entonces...
—Un
día u otro demasiado tarde —dijo Madame Ma'Ndangas, tajante—. Yo no tener hijos
entonces. Pausa.
—¿Pausa?
—preguntó Purefoy, confuso.
—Manopausa.
No saber por qué llamar manopausa. Ahora tener pausa una vez cada mes. Pero
después de manopausa, ya no haber más pausa. No hijos. Yo querer hombre de
verdad. Ambición. Dinero. No culo en silla día entero leyendo libros. Cosas
importantes. Tener ambición.
Purefoy
salía de estas discusiones estériles completamente descorazonado, pero seguía
asistiendo a las clases nocturnas y presenciando, en un éxtasis agónico, sus
demostraciones del uso del condón extrafuerte como medio para retrasar el
orgasmo masculino. Al verla un día deslizar aquella goma sobre el falo de
escayola con sus largos y vibrantes dedos, y luego acariciar el escroto, se
quedó hecho una sopa y muy desmarrido, y se dio a los demonios por no haber
tomado la precaución de ir a clase con un condón puesto. A la siguiente semana
acudió debidamente preparado, pero se encontró con que la clase era teórica y
versaba únicamente sobre la historia de las objeciones médicas y religiosas al
llamado vicio solitario. No hubo ninguna de aquellas demostraciones prácticas
que habrían hecho útil al condón, y éste, en vez de evitarle a Purefoy Osbert
una vergüenza, fue la causa de un oprobio aún mayor. Sus esfuerzos por evitar
que se le escurriera pierna abajo atrajeron la atención de las mujeres sentadas
a su lado, tan aburridas como él por el monótono recitado de las objeciones
históricas a la masturbación. Los espasmódicos meneos de Purefoy eran bastante
más entretenidos. Purefoy sonrió con timidez a la mujer que estaba sentada a su
derecha, quien interpretó ese gesto equivocadamente.
—¿Es
que no se puede aguantar hasta que acabe la clase? —le preguntó en un murmullo
que se oyó hasta el fondo del aula.
El
pobre Purefoy se pasó el resto de la clase mirando fijamente a Madame
Ma'Ndangas, tieso como un palo, sin apenas atreverse a pestañear. Pero, al
final de la lección, se tuvo que levantar.
—Usted
primero —dijo la mujer sentada a su izquierda. La que estuvo sentada a su
derecha ya había salido pitando.
—No,
por favor, usted primero —dijo Purefoy al tiempo que se apretaba contra su
asiento para dejarla pasar.
La
mujer denegó con la cabeza. No tenía la menor intención de pasar rozando a un
individuo que había manifestado hacía unos momentos un interés tan intenso y
espasmódico por su entrepierna. Y aquella sonrisita tampoco le había gustado ni
pizca.
—Mire
—le dijo, un tanto bruscamente—, pase usted primero, y tengamos la fiesta en
paz, hágame el favor.
Purefoy
no quería hacerle ningún favor a aquella mujer, pero ocurrió. Y, claro, después
pasó lo que tenía que pasar. Por un instante, el condón se le quedó pegado al
muslo, pero sólo por un instante. Justo cuando estaba dando el primer paso en
dirección a la salida, se le deslizó por la pernera del pantalón y quedó
plantado en la punta de su zapato derecho. Purefoy trató de librarse de él con
una discreta patadita, pero de nuevo sus movimientos resultaron demasiado
peculiares para pasar inadvertidos. Consciente de ser objeto de la rechifla
general, se lanzó a la carrera por el pasillo y acabó escondido en el relativo
anonimato del aparcamiento, donde por fin pudo deshacerse del cuerpo del delito
en privado. Después de aquello, Purefoy abandonó el método del preservativo:
ponía manos a la obra antes de ir a las clases de Madame Ma'Ndangas.
Fue
a poco de esto, y tras varios intentos infructuosos más de que Madame
Ma'Ndangas accediera, si no a ser su esposa, al menos a acostarse con él,
cuando Purefoy recibió una llamada telefónica de su prima Vera a propósito de
la beca de investigación en Porterhouse. Al principio la oferta no le interesó.
—Aquí
estoy muy contento, y no veo la necesidad de irme a Cambridge. Además, ¿por qué
me iba a dar nadie una beca en Porterhouse, así, por las buenas? Para eso hay
que rellenar mil papeles y mandar tu curriculum, especificar tu especialidad
y...
—Purefoy,
cielo, sé muy bien que hay que rellenar mil papeles. Ya nos hemos ocupado de
eso, y tu candidatura está prácticamente aceptada.
—No
puede ser. Yo no me he presentado.
—Pero
yo sí —dijo Vera en tono melifluo—. Que te he presentado yo, quiero decir.
—Pero
mujer, ¡a quién se le ocurre! No puedes ir por ahí rellenando instancias en
nombre de otras personas. Primero hay que pedirles permiso, y, además, ¿qué
sabes tú de mis publicaciones y mi curriculum? No tienes ni idea de lo que
estoy investigando en la actualidad.
—¡Pues
claro que sí! Me lo ha pasado todo la secretaria de tu departamento, que es un
encanto.
—¿Qué?
—gritó Purefoy, alarmado e indignado a partes iguales—. No tiene ningún derecho
a proporcionar información confidencial así como así. Voy a armar un escándalo
que...
—Tú
lo has dicho, un escándalo. Ya lo creo que sí —le interrumpió Vera—. Vas a
armar una escandalera en Porterhouse, ya lo verás. Te lo digo yo.
—Ni
lo sueñes —dijo Purefoy—. Lo que quiero que me digas es por qué la señorita
Pitch te pasó copia de mi curriculum. No se puede ir por ahí revelando
información confidencial al primero que pasa, como si nada...
—¡Venga,
hombre, no te pongas pesado! Soy prima tuya, por si no lo recuerdas, y me sé tu
vida de memoria. Y, además, está todo en el ordenador central de la
Universidad, y como tengo tu código de entrada, me colé y saqué una copia.
—¿Mi
código de entrada? ¡No puede ser! Eso no lo sabe ni siquiera la señorita Pitch.
—Ella
no, pero yo sí.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó Purefoy.
Vera
dejó escapar una risita maliciosa.
—Purefoy,
cielo, eres como un libro abierto. Tu código personal es CERTEZA. Sabia que
tenía que ser algo por el estilo. Estás obsesionado con eso.
Purefoy
Osbert gruñó por lo bajinis. Vera siempre le había pasado la mano por la cara.
—Pues
lo voy a cambiar —dijo—. Y, ciertamente, no pienso ni acercarme a Porterhouse.
Tiene una reputación pésima, de esnobismo y cosas peores.
—Que
es, precisamente, por lo que se te ofrece ahora un puesto en Porterhouse. Para
cambiar las cosas y mejorarlas —dijo Vera—. Lo que necesitan allí es un hombre
serio y estudioso que investigue y produzca trabajos de entidad y de prestigio,
y ese hombre vas a ser tú. Tendrás un sueldo tres veces mayor que el que te
pagan en Kloone, y estarás libre de la obligación de dar clases, así que
tendrás todo el tiempo del mundo para dedicarte a investigar.
Hubo
un silencio significativo. Aquel mismo día Purefoy había tenido que soportar
una reunión extremadamente soporífera del Comité de Finanzas, durante la cual
se discutió la posibilidad de un recorte de gastos que tal vez implicara la
congelación de los salarios del personal docente. Y, más tarde, un seminario
sobre Bentham con varios estudiantes que estaban convencidos de que prisiones
construidas como la de Dartmoor, según el principio panóptico, eran las más
apropiadas para convictos de asesinato o violación, en vez del modelo más
moderno de prisión abierta por el que abogaba Purefoy. Algunos de ellos habían
llegado incluso a insinuar que había que castrar a los pedófilos y ejecutar a
los asesinos en la plaza pública. A Purefoy aquel seminario le había puesto los
pelos de punta, en especial la forma en que los estudiantes más llenos de
prejuicios habían rehusado dejarse convencer por los hechos que les había
presentado. Y ahora, de repente, le ofrecían una beca de investigación que le
liberaría de dar clases y con un salario que seguramente satisfaría a Madame
Ma'Ndangas.
—¿Estás
segura de lo que me dices? —preguntó, desconfiado—. Esto no será una broma,
¿no?
—¿Te
he engañado alguna vez, Purefoy?
Purefoy
dudaba.
—Pues
no sé... supongo que no... Sea como fuere, me has hablado de un sueldo...
—De
casi sesenta mil libras al año, que es bastante más de lo que gana cualquier
catedrático. Dame tu número de fax, y te enviaré una copia de la carta del
bufete Lapline & Goodenough que te hemos mandado, y que supongo que
recibirás mañana o pasado.
—Pero
ése es el bufete en el que tú trabajas —dijo Purefoy.
—Y
por eso sé que te han ofrecido la beca —dijo Vera. Y después de que,
finalmente, le diera su número de fax, colgó.
Diez
minutos más tarde, Purefoy Osbert leyó, casi sin dar crédito a sus ojos, la
carta más extraordinaria que había recibido en su vida. Estaba escrita en papel
con membrete de la firma Lapline & Goodenough, Abogados, y firmada por el
mismísimo Goodenough, y aunque se trataba sólo de una copia enviada por fax, no
cabía duda de su autenticidad. Purefoy ponderó detenidamente las condiciones
del contrato: «En calidad de titular de la beca de investigación Sir Godber
Evans, su obligación consistirá en establecer los hechos y eventos de la vida
personal y profesional del difunto Sir Godber con vistas a la posible
publicación de una biografía. Fue Rector de Porterhouse durante un período muy
breve, que terminó con su fallecimiento...»
Purefoy
Osbert siguió leyendo, intentando descubrir el truco o el engaño detrás de todo
aquel asunto. Pero no parecía haber trampa ni cartón. Podría dedicar todo el
tiempo que quisiera a sus propios proyectos de investigación, e incluso podría,
si así lo deseaba, dar clases en cualquier otro colegio de la Universidad de
Cambridge, sin tener que restringirse a Porterhouse. Sus emolumentos (55.000
libras anuales) estaban garantizados por un fondo establecido por el
patrocinador de la beca, que prefería permanecer en el anonimato. En pocas
palabras, le estaban ofreciendo un verdadero enchufe en Cambridge, pues, a lo
que parecía, no tenía contrapartidas, ni compromisos, ni letra pequeña. Al
doctor Osbert le intrigó en especial el énfasis que se ponía en la carta acerca
del respeto que aquel anónimo patrocinador tenía por sus métodos de
investigación. Purefoy pasó la tarde en un estado de euforia desbordada, e
incluso estuvo tentado de ir a visitar a Madame Ma'Ndangas para ponerla al
corriente de tan asombrosas novedades. Pero no lo hizo. Todavía sospechaba que
pudiera tratarse de una especie de refinada tomadura de pelo. Pero si al final
resultaba ser verdad, ella ya no tendría por qué seguir hablando de su falta de
dinero o de ambición. ¡Ya le enseñaría si era o no un hombre de verdad!
4
En
Porterhouse, entretanto, se estaban retrasando algo las cosas. La insistencia
de Goodenough en que no había por qué darle publicidad al asunto, y los elogios
desmesurados a su reputación de discreto, habían colocado al Tutor Mayor en un
verdadero dilema. Por una parte, no podía discutir la propuesta de la beca con
el Tesorero porque éste no era, en opinión de Goodenough (que el Tutor Mayor
compartía plenamente), digno de confianza, y, por otra parte, el Decano estaba
fuera de Cambridge, supuestamente visitando a un pariente enfermo en Gales. Y
sin la presencia del Decano en el Consejo del Colegio, no se podían aprobar
decisiones de ningún género. El Rector no ratificaría nunca la nueva beca sin
la aquiescencia del Decano, porque si bien Skullion había recuperado el habla y
algo de movilidad, nunca había perdido el sentido del respeto y de la
deferencia debidos, en particular hacia el Decano, que le había inculcado su
empleo de Portero Mayor del Colegio durante cuarenta y cinco años. Y además, el
Tutor Mayor tendía a seguir las opiniones del Decano. Nunca habían congeniado,
e incluso en ocasiones habían llegado a enemistarse gravemente, hasta el punto
de retirarse el saludo, pero juntos habían conseguido evitar que Porterhouse
siguiera el ejemplo de los demás colegios de la Universidad de Cambridge. O,
para ser más exactos, juntos habían entorpecido los avances del progreso de
manera que las antiguas tradiciones prevalecieran siempre después de lavarles
la cara a las instituciones del Colegio con un mero barniz de modernidad. Por
ejemplo, tras largas discusiones, el Consejo del Colegio accedió finalmente a
admitir estudiantes de sexo femenino, aunque una cláusula presentada por el
Tutor Menor aseguraba que esto en ninguna manera menoscabaría el espacio destinado
al alojamiento de los alumnos varones. Esta cláusula pasó inadvertida. La
súbita conversión del Decano (acérrimo defensor durante años de la exclusiva
masculinidad de Porterhouse) a la causa feminista había pasmado de tal manera a
los Claustrales más jóvenes y progresistas, que no previeron las consecuencias
de la cláusula presentada por el Tutor Mayor y apoyada por el
Praelector,1 quien, acogiéndose al
derecho que le
1.
En los colegios que integran la Universidad de Cambridge, el encargado de
comprobar la aptitud de quienes solicitan matricularse en ellos. (N. del T.)
confería
la costumbre, había manifestado dicho apoyo en latín. Hasta mucho más tarde,
cuando se empezó a considerar el número de mujeres que debían aceptarse como
estudiantes, no se dieron cuenta los Claustrales progresistas, encabezados por
el doctor Buscott, de hasta qué punto se habían burlado de ellos. Porterhouse
poseía medios económicos muy limitados. En tiempos había sido una institución
próspera, pero desde que el entonces Tesorero, y después Rector, Lord
Fitzherbert, se pulió los fondos del Colegio durante una desafortunada visita
al Casino de Montecarlo, no habían salido de los números rojos.
Incluso
el Tesorero, que había votado a favor de los cambios y de la inclusión de
mujeres, se horrorizó ante la sugerencia de que sería necesario construir un
bloque de apartamentos exclusivamente para ellas detrás de la Capilla.
—Por
supuesto, apoyo la propuesta, en principio —dijo—, pero he de hacer constar que
resulta del todo inviable. Semejante proyecto de construcción costaría
millones. ¿De dónde se supone que vamos a extraer esos fondos?
—Presumiblemente,
del mismo sitio que los sacan los demás colegios —dijo el profesor Pawley, la
más célebre eminencia académica de Porterhouse, un astrónomo que había dedicado
su vida al estudio de una remotísima nebulosa conocida por el nombre de Pawley
Uno—. Otros tesoreros acuden a los bancos, piden créditos. Es de suponer que
está también al alcance de nuestros recursos intelectuales hacer algo parecido,
¿no?
El
Tesorero se tragó el insulto, pero inmediatamente se vengó:
—No
son nuestros recursos intelectuales los que escasean, sino los económicos.
Carecemos de garantías para solicitar un préstamo de esas características. El
coste de reconstrucción de la Torre del Toro ha resultado bastante más elevado
de lo que habían previsto los miembros del comité de restauración —el profesor
Pawley había sido su presidente—, los cuales, por cierto, parece que no fueron
capaces de distinguir la diferencia entre lo que cuestan los materiales de
construcción modernos, como el ladrillo, y el precio estratosférico, en
comparación con ellos, de la restauración de materiales extremadamente
antiguos. En las actuales circunstancias, le estaría muy agradecido a
cualquiera de los presentes que me indicara la manera de conseguir dinero.
Como
consecuencia de este insoluble problema, el nuevo edificio nunca se
materializó, y si bien acudieron mujeres a estudiar a Porterhouse, su número
fue ínfimo. Y como el Tutor Mayor era el que decía la última palabra en lo
referente a las admisiones, además de encargarse del equipo de remo, las pocas
alumnas que finalmente eran aceptadas poseían ciertas características físicas
muy particulares que las distinguían inmediatamente de las estudiantes de los
demás colegios. Incluso el Capellán, hombre por lo demás siempre tolerante,
acabó por quejarse:
—Comprendo
que el mundo ha cambiado mucho, y pueden creerme si digo que intento ponerme al
día en lo posible —dijo una noche mientras devoraban unos riñones de cerdo
durante la cena—, pero esos jóvenes con los labios pintados que se contonean en
público pasan de la raya. Hay un hombre en uno de los apartamentos de mi
edificio cuyo aspecto no puedo por menos que calificar de amanerado. Esta
mañana, sin ir más lejos, me he encontrado un tubo de pintalabios en los
lavabos. Y la loción de afeitar que usa es de lo más provocativo.
—Supongo
que no merece la pena que le expliquemos nada —dijo el Praelector en voz baja.
El Capellán estaba sordo como una tapia, pero siempre convenía tomar
precauciones con él, por si acaso.
—No,
más vale que no —dijo el Decano—. ¡Quién sabe lo que pasaría si descubriera que
tenemos chicas viviendo en el Colegio, con lo libidinoso que es, el pobre!
—Supongo
que, al fin y al cabo, es mejor que no le gusten los chicos. La mayoría de los
profesores de los demás colegios pierden el culo por ellos, según tengo
entendido.
—La
verdad es que parece un milagro que, a su edad, aún piense en esas cosas —dijo
el Tutor Mayor con un punto de envidiosa tristeza—. Creo que ha sido un
tremendo error alojar a las estudiantes en su mismo edificio, pared con pared,
como quien dice.
Los
tres lanzaron al unísono una mirada de reproche al Tesorero, que estaba a cargo
de la distribución de habitaciones.
—Sólo
he puesto a dos allí —protestó—. Y me aseguré de que pasaran la prueba.
—¿La
prueba? ¿Qué prueba? ¿Aparte de la prueba de remo, quiere decir? —preguntó el
Praelector.
El
Tesorero dudó. El doctor Buscott y otros Claustrales jóvenes estaban al otro
extremo de la mesa, y no le apetecía en lo más mínimo que le clasificaran como
de la «vieja guardia».
—Es
un procedimiento tradicional para asegurarse de que... —empezó, pero el Decano
aprovechó la oportunidad de meter baza.
—El
Tesorero quiere decir que su deber es examinar a esas criaturas del mismo modo
en que examina a las que aspiran a emplearse como fámulas, a fin de asegurarse
de que sean lo suficientemente deformes y malcaradas para repeler incluso al
estudiante con el apetito sexual más desenfrenado —explicó con voz tronante—.
Por eso se la llama la prueba de las fámulas: se les paga para que hagan las
camas, no para que las deshagan.
En
el silencio que siguió a esta declaración, se oyó al doctor Buscott preguntarse
en voz alta que en qué siglo creían vivir ciertas personas. Los Claustrales
Mayores optaron por ignorarle. El doctor Buscott enseñaba en otro de los
colegios de la Universidad, lo cual le convertía automáticamente, como decía el
Decano, en un hombre «ajeno» a Porterhouse.
—Tampoco
es que este sistema funcione siempre, si la memoria no me falla —dijo el
Praelector finalmente—. El joven que dinamitó la Torre del Toro con
preservativos inflados con gas, como se supo después, estaba fornicando con su
fámula en el momento de la explosión. Zipser, me parece que se llamaba. No
recuerdo ahora el nombre de la interfecta.
—¡Biggs!
¡La señora Biggs! —gritó el Capellán de repente—. ¡Bertha Biggs! «Con Bertha,
detrás de la puerta», decían los estudiantes, me acuerdo perfectamente. Llevaba
botas altas y ajustadas y un impermeable de plástico rojo brillante. Una mujer
espléndida. ¡Menudo nalgatorio tenía! No se me olvidará nunca su sonrisa.
—Dudo
que nadie pueda olvidarla, desde luego —dijo el Decano sombríamente—, aunque
nunca sabremos, gracias a Dios, si sonreía o no cuando la Torre del Toro saltó
por los aires. Por más que, personalmente, no me interesa lo más mínimo
saberlo. Pervertidos sexuales de semejante calaña, y un joven que encontraba
deseable a la señora Biggs tenía que ser por fuerza un pervertido, merecen la
muerte. Son las consecuencias de su acto lo que encuentro deplorable. No sólo
por los elevados costes de la restauración, sino por el hecho de que la
catástrofe le dio la oportunidad a aquel maldito Rector, el difunto Sir Godber
Evans, que el Señor confunda, de ejercer su autoridad sobre el Consejo del
Colegio. Por suerte para todos, no tardó en fallecer a causa de una borrachera.
—Tenía
entendido que sufrió un accidente, una caída —intervino el doctor Buscott desde
el otro extremo de la mesa.
—No
se habría caído de no haber estado borracho.
Pero
el doctor Buscott no había acabado.
—Y
nos cargó a todos con la rémora de un Portero Mayor convertido en Rector. Nunca
he llegado a comprender por qué nombró a Skullion. Si es que realmente le
nombró su sucesor, por supuesto.
El
Tutor Mayor casi se levantó de su silla. El Decano se había puesto muy
colorado.
—Si
nos está acusando de falsedad... —empezó el Tutor Mayor, pero el Capellán ya se
había lanzado a una de sus habituales digresiones.
—¡Pobre
Skullion! —gritó—. Le vi el otro día en el jardín, sentadito en su silla de
ruedas, con su sombrero hongo. Parecía encontrarse mucho mejor. Se le ve más
contento últimamente.
—¿Vuelve
a darle a la botella? —preguntó el Praelector, con sorna.
—¿Si
tenía una botella? No me fijé. Antes tenía una especie de bolsa de plástico, ya
sabe. Como una botella de agua, enchufada a un tubito que se le salía cada dos
por tres. Una vez la pisé sin querer, y el pobre hombre...
—¡Por
el amor de Dios, cállese de una vez! —gruñó el Tutor Mayor, y apartó su plato—.
Sinceramente, no veo por qué es preciso que comentemos los problemas de
Skullion con su vejiga ahora, a media comida.
—Estoy
completamente de acuerdo con usted —dijo el Decano—. Es un tema de lo más
desagradable, y para postre, sus consecuencias...
—¿Ya
traen el postre, dice? —gritó el Capellán—. ¡Pero si no me he terminado aún el
primer plato!
—¿Podría
alguien tener la bondad de desconectarle el audífono...? —preguntó el
Praelector.
La
primera parada del Decano en su viaje en busca de un nuevo Rector fue el
castillo de Coft, cuyos acreditados establos pertenecían al presidente de la
Asociación de Antiguos Alumnos de Porterhouse, el general Sir Cathcart D'Eath,
con quien quería discutir aquel asunto en primer lugar.
—Ya
me lo veía venir —dijo el general—. Mal asunto, eso de tener de Rector a un
portero. Y peor aún, tullido y en silla de ruedas. No causa buena impresión en
un Colegio con fama deportiva, ya me entiende.
—Exacto
—dijo el Decano, que no compartía en absoluto la visión del general sobre
Porterhouse. En su opinión, el Colegio era un bastión de los valores
tradicionales—. El caso es que nuestras cuentas están en un estado de extrema
depauperación. Necesitamos con urgencia un nuevo Rector de considerables medios
de fortuna que nos saque de los números rojos. ¿Alguna sugerencia?
—Pues
supongo que podría intentarlo con Gutterby. Ahora vive en Hampshire. Buena
familia, con el dinero a espuertas —dijo el general—. Claro que las cosas no
marchan bien para nadie últimamente. Es una cuestión peliaguda, muy peliaguda.
Permanecieron
charlando en la biblioteca de Sir Cathcart hasta bien entrada la noche. Del
interior de un falso volumen de Rob Roy, de Walter Scott, el general había
sacado un botellón de whisky escocés muy añejo. El Decano, por su parte, bebía
un armañac que había salido de un tomo de Los tres mosqueteros. Gracias al
estímulo de los vapores etílicos, a Sir Cathcart se le ocurrió otra idea.
—Supongo
que no habrá pensado en Philippe Fitzherbert —dijo—. El chico del viejo
Fitzherbert. Dicen que está forrado. Tiene una casa en Gascuña, y vive allí. Un
tipo raro. De madre francesa.
El
Decano le miró, intrigado.
—¿Forrado?
Teniendo en cuenta que su padre dejó al Colegio prácticamente en la ruina, y de
paso contribuyó a hundir al Anglian Lowland Bank, que lo avalaba, me sorprende
mucho saber que tiene dinero. No puede haberlo heredado. Exprimimos a
conciencia al viejo Fitzherbert después de nombrarlo Rector.
Sir
Cathcart sorbió un trago de whisky y su mostacho pelirrojo se crispó un poco.
Había una lucecita de inteligencia en aquellos ojuelos enrojecidos y saltones.
—Algo
he oído —dijo, volviendo al estilo lacónico y cortante que mejor expresaba sus
pensamientos más profundos—. Rumores. Muchos rumores. Después de la guerra.
El
Decano se incorporó en su sillón de orejas, con las suyas bien tiesas. Veía que
también el general estaba siguiendo su intuición. No había que interrumpirle.
—Le
diré quién puede saber más: Anthony. Anthony Lapschott. Compra y vende. No sé
qué. Conoce los mercados financieros. Metido en el negocio editorial, también.
Una pequeña fortuna. Escribe libros en su tiempo libre. Intenté leer uno una
vez. Sin pies ni cabeza. Algo sobre la pérdida de poder. No sé qué pensar de
él, pero parece que conoce a todo el mundo. Está afincado ahora en Dorset.
Portland Bill. Si alguien sabe algo, es él.
El
Decano pensó en Anthony Lapschott. Lo recordaba como un joven peculiar, cuyos
amigos estaban en su mayoría en otros colegios. Más interesado en los estudios
que en el deporte. Pero, por otra parte, y quizá por eso, tenía la reputación
de ser uno de los pocos intelectuales serios que había producido Porterhouse.
Sí, iría a ver a Lapschott. El Decano sentía de nuevo aquel familiar pellizco
en las tripas.
5
El
Tesorero también sentía pellizcos, pero de naturaleza completamente diferente.
Mientras que las relaciones entre el Tutor Mayor y el Decano habían tenido sus
altibajos, las del Tesorero con aquellos dos compañeros suyos de Claustro no
podían ser peores. El Decano y el Tutor Mayor le aborrecían y le despreciaban,
y él, a su vez, sentía otro tanto por ellos. Desde que había apoyado al difunto
Rector y a Lady Mary en su intento por cambiar las costumbres de Porterhouse,
le habían considerado un traidor, el hombre que despidió a Skullion. Lo que
pensaba éste del Tesorero no habría podido expresarlo con palabras ni siquiera
una persona sin los impedimentos motrices y verbales del Rector. Dado este
estado de cosas, Goodenough había obrado sabiamente tanteando al Tutor Mayor en
vez de tantear al Tesorero. Por otra parte, el Tesorero, responsable de las
«finanzas» del Colegio, sabía perfectamente que la situación hacía agua por
todas partes. El edificio mismo del Colegio, los tejados y las cañerías, las
piedras seculares de los muros y los vetustos suelos de madera, todo, en fin,
necesitaba atención urgentemente y, mientras que otros colegios de la
Universidad de Cambridge habían podido permitirse una reparación general y un
lavado de cara, Porterhouse seguía tan roñoso y desangelado como siempre. Un
canalón del desagüe se desprendió y cayó a la calle junto a la puerta
principal, aunque por fortuna nadie resultó herido, y había goteras en el techo
de la Capilla y en los arcos del Patio Viejo.
En
resumen, que a menos que se encontrasen fondos rápidamente, Porterhouse se
desmoronaría pronto en pedazos, y otra vez caerían todas las culpas sobre el
Tesorero. En un intento desesperado por evitarlo, y como último recurso en el
aprendizaje de la captación de fondos, había asistido recientemente a un
seminario sobre «Mecenazgo privado en los establecimientos de enseñanza
superior», en Birmingham. Durante tres días escuchó una serie de conferencias
sobre la materia que le impresionaron mucho. Por razones obvias, el Tesorero no
había abierto la boca, pero una tarde, cuando salía de una conferencia titulada
«La influencia privada en la educación a través de las donaciones», que había
pronunciado un profesor de Peterhouse, el colegio más antiguo de Cambridge, se
le acerca un hombre ataviado con una curiosa mezcla de prendas de vestir:
blazer negro, jersey marrón de cuello vuelto, mocasines de piel negra y
calcetines blancos. Sus ojos quedaban prácticamente ocultos detrás de unas
gafas de sol azul marino.
—Permítame
que me presente, profesor —le dijo mientras sacaba una tarjeta de visita del
bolsillo interior de la chaqueta—. Me llamo Karl Kannabis, y soy asistente
personal de Edgar Hartang, de Transworld Televisión Productions and Associated
Enterprises.
Hablaba
con marcado acento estadounidense, y en la tarjeta, en efecto, constaba que se
llamaba Karl Kannabis y era asistente personal y vicepresidente de TTPAE. Había
una serie de números de teléfono y de fax, y una dirección en Londres y otra en
Nueva York.
—Como
vicepresidente de la compañía y asistente personal del señor Hartang, tengo que
decirle que ha sido para mí una verdadera fuente de inspiración esta
conferencia sobre la necesidad de aceptar que los donantes privados puedan
influir en la política educativa. Y quiero que sepa que Edgar Hartang comparte
plenamente sus opiniones y me ha pedido que le transmita su deseo de discutir
privadamente este tema cuando y como quiera, digamos el próximo miércoles, día
doce, a las doce y cuarenta y cinco, durante un almuerzo de trabajo. ¿Hace?
Y
antes de que el Tesorero pudiera explicarle que no había pronunciado ni una
sola palabra acerca de donaciones ni de influencias, ni públicas ni privadas, y
que, además, no era un simple profesor, sino un Claustral Mayor de Porterhouse,
aquel extraordinario estadounidense le había propinado un vigoroso apretón de
manos, reiterándole el honor que suponía para él el haberle conocido, y se
había alejado a toda prisa hacia la salida. El Tesorero le vio meterse en una
gigantesca limusina, con las ventanillas de cristal ahumado y lo que parecía
una antena parabólica fijada en el techo. Mientras se precipitaba a gran
velocidad calle abajo, aún pudo leer un cartel en el lateral de la limusina que
decía TRANSWORLD TELEVISIÓN.
Aquella
imagen galvanizó al Tesorero. No sabía quién era exactamente Edgar Hartang,
pero, fuera quien fuese, tenía dinero para gastar en cochazos imponentes. El
Tesorero volvió a la sala de conferencias, donde el experto de Peterhouse
estaba enzarzado en una agria escaramuza dialéctica con los directores de
varios politécnicos de provincias, que encontraban altamente ofensiva la idea
de que la empresa privada pudiera interferir en la política educativa.
—Me
preguntaba... —dijo el Tesorero con su acento más untuoso—, me preguntaba si
podría prestarme el texto de su conferencia un momentín. En mi modesta opinión,
sus ideas dan directamente en la diana.
—No
todo el mundo piensa lo mismo, según parece —dijo el conferenciante mirando
aviesamente al grupo de directores, que se batían en retirada—. Quédese con el
texto. Lo tengo en disco duro y puedo sacar todas las copias que quiera.
El
Tesorero volvió directamente a su hotel y leyó la conferencia con gran
atención. Mucha de la jerigonza financiera se le escapaba, pero comprendió muy
bien que lo que aquel hombre sugería era que quienes ejercieran el mecenazgo
deberían tener todo el derecho a decidir la política educativa de las
instituciones que contribuían a financiar. Se podría haber titulado,
perfectamente, «Quien paga, manda». Al Tesorero esta doctrina se le antojaba de
lo más razonable. Él lo único que quería era encontrar un mecenas.
Durante
el viaje de vuelta a Cambridge en tren, leyó varias veces más la conferencia y
memorizó sus puntos más destacados. Al día siguiente, ya en su oficina, alteró
levemente el título que aparecía en la portada, cambió el nombre del autor por
el suyo e imprimió varias copias.
Al
miércoles siguiente, a las 12.30 en punto, entró en la sede de Transworld
Televisión Productions, sita cerca del muelle de Saint Katherine, en Londres, y
se sorprendió al encontrarse en recepción con Kannabis. Estaba de pie, detrás
del mostrador, y parecía haberse dejado crecer una cola de caballo. También
parecía habérsele desarrollado un busto más que generoso. Aparte de esto,
llevaba las mismas gafas de sol azul marino, el mismo jersey de cuello vuelto
marrón y el mismo blazer negro con botones dorados. Más desconcertante aún le
resultó que otros dos Kannabis, éstos sin colas de caballo ni pechos, pasaron a
través de un arco muy parecido a los detectores de metales de los aeropuertos y
se dirigieron hacia él.
—Vengo
a ver al señor Hartang —le dijo el Tesorero a la persona situada tras el
mostrador, que ahora le pareció que pertenecía sin ninguna duda al sexo
femenino.
Ella
comprobó los datos en su ordenador y le entregó una acreditación de plástico.
—Haga
el favor de seguir a esos hombres —le dijo.
El
Tesorero se volvió y pudo ver que aquellos dos fornidos gemelos de Kannabis
estaban detrás de él. Empezó a vaciarse los bolsillos de objetos metálicos
mientras su maletín desaparecía, engullido por la boca de la máquina de rayos
X. Ninguno de los dos individuos le dirigió la palabra, y hasta que hubo pasado
por el detector y se estaba volviendo a llenar los bolsillos no apareció el
verdadero Karl Kannabis. También él llevaba gafas oscuras, jersey marrón de
cuello vuelto, mocasines de piel negra y calcetines blancos.
—Le
pido disculpas, señor profesor —dijo, al tiempo que empujaba al Tesorero dentro
de un minúsculo fotomatón, donde le tomaron una foto—, pero es que hemos tenido
muchas amenazas de grupos terroristas por unos documentales que hemos hecho
sobre la selva amazónica y los bichos salvajes y las ballenas y los pulpitos y
tal, ¿sabe?
El
Tesorero no lo sabía, pero estaba claro que Kannabis se lo iba a contar,
quisiera o no.
—O
sea, a los pulpitos se los comen fritos en sitios como España, sobre todo. Sí,
en sitios así. No los dejan crecer, ni nada, ¿sabe? Nosotros hicimos una serie
sobre los pulpitos una vez... —Se detuvo un instante para comprobar la
acreditación de plástico con el microchip y la foto del Tesorero. Cuando éste
estaba a punto de decirle que los pulpitos fritos eran deliciosos, Kannabis
retomó su discurso—. Mucho follón. Amenazas y todo. Así que debemos asegurarnos
de quién entra en el edificio. Ahora que ya tiene su tarjetita, todos sabrán
que no es un intruso. ¿Vale?
Avanzaron
por un corredor hasta el ascensor y Kannabis apretó el botón de la primera
planta. Pero el ascensor subió como una flecha edificio arriba diez pisos de
golpe, según mostraba el indicador electrónico, de forma tan inesperada y
alarmante que el Tesorero tuvo la terrible idea de que el aparato se había
descuajaringado e iba a morir aplastado. Pero el ascensor se paró y Kannabis
habló dirigiéndose al micrófono de una cámara colocada en una esquina del techo
del camarín.
—K.
K. y profesor Tesorero, invitado a suite ejecutiva cero —dijo.
En
ese mismo instante el ascensor comenzó a descender (se precipitó violentamente
a un negro abismo, habría dicho el Tesorero, si el pánico no le hubiera
impedido pensar) hasta llegar a una planta inferior que no se reflejó en el
indicador electrónico. Kannabis habló de nuevo a la cámara. Las portezuelas se
abrieron a una gran oficina, con un enorme escritorio de tablero de cristal y
unas diminutas ventanas con los vidrios de colores. La habitación carecía de
mobiliario casi enteramente, a excepción de unos cuantos sillones de cuero
verde y un mastodóntico sofá de varios cuerpos. El suelo era de mármol, y no
había alfombras. Tras el escritorio se sentaba un hombrecillo que tenía
exactamente el mismo aspecto que todo el mundo en aquel lugar, pues llevaba un
jersey de cuello vuelto marrón, gafas oscuras azul marino, mocasines negros y
calcetines blancos, así como lo que parecía una peluca, algo incongruente y que
le daba un aspecto extraño. El hombrecillo se levantó de su asiento y avanzó
hacia ellos.
—Me
causa mucho placer que haya venido —dijo, con voz atiplada—. Karl me ha hablado
de sus interesantes ideas, y estoy deseando discutir con usted el
financiamiento de las instituciones de enseñanza superior. Venga y siéntese.
Se
dirigió al gran sofá de piel verde y dio una palmadita sobre el asiento en uno
de los extremos, indicando que era allí donde quería que se sentase el
Tesorero.
—Ha
sido usted muy amable al invitarme —dijo éste, y, sin mayores preámbulos, se
lanzó a citar fragmentos de la conferencia que se había aprendido de memoria—:
Lo cierto es que estimo que se pone demasiado énfasis en evitar que quienes
hacen las donaciones puedan influir en la toma de decisiones por parte de las
instituciones que las reciben. Como somos nosotros quienes solicitamos los
fondos, no estamos en posición de discutir, ni moral ni... pragmáticamente, las
orientaciones de nuestros benefactores por lo que se refiere a la política
educativa. La actividad investigadora debería, pues, orientarse hacia las
necesidades socioeconómicas del sector industrial y...
Al
otro extremo del sofá, Edgar Hartang asentía con la cabeza; sus ojos resultaban
invisibles tras las gafas de sol azules.
—Pienso
que lo que acaba de decir es una gran verdad, sí señor —dijo—. Mi propia vida,
lamento tener que admitirlo, careció de educación formal, y, quizá por esta
razón, siento necesidad ahora de aportar mi granito de arena a las grandes
instituciones del saber, como su famoso... ejem... colegio.
El
Tesorero comprendió que no se acordaba del nombre.
—Porterhouse
—dijo.
—Naturalmente.
Porterhouse es famoso por su...
Hartang
se interrumpió de nuevo, y, por un instante, el Tesorero estuvo a punto de
decir «cocina». No se le ocurría por qué otra cosa podía ser famoso
Porterhouse, aparte del remo. Pero Hartang ya estaba lanzado a una perorata,
llena de tópicos y de coba, acerca de sus esperanzas e intenciones y sobre la
necesidad de establecer relaciones, relaciones intensas, para beneficio mutuo
de todos los implicados, y claro está, de instituciones punteras y responsables
como... como Porterhouse.
El
Tesorero escuchaba patidifuso aquel discurso. No tenía ni idea acerca de qué
estaba hablando aquel hombre, aunque parecía posible que acabara haciendo una
donación. O, al menos, el Tesorero rezaba para que así fuera. No podía estar
seguro, pero un hombre que se preocupaba tanto del destino de los bosques y los
pulpitos, hasta el extremo de tener que protegerse tan rigurosamente de los
ataques homicidas de, presumiblemente, los leñadores del Amazonas y los
pescadores andaluces, debía ser también de naturaleza generosamente
filantrópica. O estar como una chota. Algunas de sus frases sugerían esta
última posibilidad, en particular una que nunca olvidaría ni acabaría de
comprender del todo. Era algo sobre la «necesidad de lograr que lo efímero
llegara a hacerse permanente». De hecho, esta expresión, o concepto, o lo que
fuera, se le quedó grabada en la memoria al Tesorero de un modo indeleble,
hasta el punto de que, muchos años después, todavía se despertaba bruscamente a
media noche, con el consiguiente susto de su mujer, a la que preguntaba lleno
de excitación cómo era posible que lo efímero pudiera llegar a hacerse
permanente, cuando por definición ambos términos eran antitéticos. Tampoco es
que su mujer, que había estudiado en Girton, el primer colegio femenino de
Cambridge, y cocinaba muy mal, pudiera ayudarle mucho en aquellas
disquisiciones. Solía responderle que se trataba de una paradoja, lo cual no
contribuía precisamente a apaciguar su espíritu.
—¿Una
paradoja? ¿Una paradoja? ¡Pues claro que es una paradoja, joder! ¡Sé muy bien
que se trata de una jodida paradoja! —bramaba—. ¡Ni que fuera imbécil! Pero me
gustaría saber qué quería decir aquel hombre tan raro con esta frase, qué
significado le atribuía.
—A
lo mejor, no quería decir nada en particular —le respondía su mujer, que era
muy sensata.
Pero
al Tesorero no le convencía aquel argumento.
—Tú
no hablaste con él —le decía—. Seguro que quería decir algo.
Pero
durante la entrevista el Tesorero se mantuvo inmóvil en su asiento, mirando
atentamente aquellas gafas azul oscuro y cabeceando en señal de aquiescencia,
mientras mentalmente se preguntaba por qué un hombre tan rico y poderoso como
era sin duda Edgar Hartang llevaba una peluca tan ridícula y chabacana. Aún se
sorprendió más cuando entró el carrito del almuerzo y tuvo que engullir cinco
platazos de lo que el magnate seguramente consideraba ancienne cuisine,
mientras que su anfitrión jugueteaba con las más delicadas exquisiteces de la
nouvelle. Incluso el vino, un fuerte borgoña, le resultó un tanto pesado al
Tesorero, que de vez en cuando miraba con ojitos envidiosos la botella de agua
de Vichy de Hartang. Pero, al menos, la conversación de éste ganó en claridad
mientras almorzaban.
—Supongo
que debe de preguntarse por qué visto como todo el mundo aquí, en Transworld
Televisión Productions. —Hizo una pausa para beber un sorbo de agua mineral.
—Pues
sí, la verdad es que me lo he preguntado —asintió el Tesorero, aunque lo que de veras le
intrigaba era aquella condenada peluca. ¡Era algo tan chabacano!
Edgar
Hartang puso los ojos en blanco y sonrió con condescendencia.
—Vale,
le explicaré el porqué —dijo ladeando la cabeza, de modo que la peluca se le
deslizó un poco hacia estribor—. No es que yo vista como ellos. Es que les
permito vestir como yo. Siempre me han gustado los jerséis de cuello vuelto.
Muy cómodos. Por supuesto, de seda. Y el color combina bien con la chaqueta. Yo
mismo diseñé los botones. Con el logotipo de Transworld Televisión. ¿Ve el
arbolito?
El
Tesorero observó atentamente uno de los botones del blazer del potentado y
alcanzó a ver una manchita semejante a un arbusto.
—Todo
confeccionado con el mejor gusto —prosiguió Hartang—. Y, por supuesto, el
jersey es de seda.
El
Tesorero era perfectamente consciente de este hecho.
—Y
la chaqueta es de cachemir, por supuesto. Calcetines blancos, muy limpios y
frescos. Y, para los pies, el mocasín americano, étnicamente correcto, que es
también muy cómodo. Es una indumentaria que me gusta, y lo que es bueno para
mí, también lo es para mis empleados.
Hizo
otra pausa, esperando la aprobación del Tesorero.
—¡Qué
detalle más enternecedor! —dijo el Tesorero, e inmediatamente se arrepintió.
Era evidente que Hartang, a pesar de su vocabulario rebuscado y la pose de
hombre de mundo que había adoptado, consideraba erróneamente que «enternecedor»
era sinónimo de «afeminado», porque se quitó las gafas y le dirigió al Tesorero
una mirada glacial. Aquellos ojos no tenían nada de débiles.
—¿Enternecedor?
—preguntó Hartang—. ¿Lo encuentra enternecedor?
—Quise
decir, naturalmente, que me parece una idea excelente. Estoy seguro de que muy
pocos hombres en su posición habrían mostrado una consideración tan elevada
hacia sus subordinados.
—Ninguno
lo habría hecho —recalcó Hartang—. Ninguno.
—Ninguno,
desde luego —dijo el Tesorero, que intuyó que en aquel momento le convenía
asentir.
Comió
en silencio durante un rato, mientras el gran hombre, que lamía lo que parecía
una tableta antiácida, llamaba por teléfono a Hong Kong, Buenos Aires y Nueva
York. Hartang esperó a que el Tesorero terminara de pelearse con una pegajosa
tarta de melaza que parecía dispuesta a arrebatarle la dentadura postiza, y
cuando les sirvieron el café, le anunció sus intenciones:
—Nos
veremos la semana que viene para discutir las condiciones de la donación. Karl
lo coordinará todo con usted y nuestros contables. Yo no me ocupo de los
detalles. Sólo del producto final. Ha sido un placer conversar con usted.
Hablaremos de las condiciones de la donación la semana que viene.
Y
antes de que el Tesorero pudiera decir una palabra de gratitud, su interlocutor
había desaparecido por una puertecilla oculta en la pared, detrás de un espejo.
Karl Kannabis le esperaba junto al ascensor.
—En
el mismo sitio y a la misma hora, y no se olvide de traer la acreditación —le
dijo—. Y los listados de la contabilidad del Colegio.
—¿Los
listados?
—¡Claro!
Debemos saber dónde nos metemos, ¿no?
—Pues,
en fin, realmente, nosotros... —balbució el Tesorero, pero ya lo estaban
metiendo a empellones en un taxi, que le llevó directamente a la estación de
Liverpool Street.
Aquel
asunto era de lo más raro, e incluso un tanto desazonante. A pesar de todo, el
Tesorero podía congratularse por el éxito de su empresa. Si bien no sabía qué
había detrás de todo aquello, al menos era evidente que a un excéntrico
personaje cuyos orígenes nacionales, étnicos o lingüísticos no estaban
demasiado claros, pero que poseía una inmensa fortuna, se interesaba por
Porterhouse y había hablado de las «condiciones de la donación». Buena señal.
Durante
la semana siguiente, el Tesorero realizó indagaciones sobre Transworld
Televisión Productions en general y Edgar Hartang en particular. Y aunque
algunas de sus averiguaciones resultaron tranquilizadoras, otras no lo fueron
tanto. TTP había empezado siendo una pequeña editorial y productora
independiente de televisión, campo este último en que se dedicaba a hacer
películas de dibujos animados de contenido religioso y educativo, dirigidas
principalmente al mercado estadounidense. Pero de repente, coincidiendo con la
introducción de la televisión vía satélite y gracias, sin duda, a una enorme
inyección de capital de procedencia desconocida, había diversificado sus
actividades. La compañía era de capital privado, y propiedad de una especie de
consorcio que operaba desde Licchtenstein y, probablemente, también desde las
Islas Caimán y Liberia. En resumen, nadie (ciertamente nadie de los consultados
por el Tesorero) sabía nada sobre Edgar Hartang, ni su procedencia ni dónde
vivía. Se suponía que debía de tener un apartamento en el edificio de la
Transworld en Londres, pero como viajaba invariablemente de incógnito y en
avión privado, sus actividades fuera de la Gran Bretaña constituían un completo
misterio. Las actividades de Transworld Televisión Productions también eran un
poco oscuras. Todavía producía películas religiosas, aunque para un número de
confesiones tan grande que nadie tenía la menor idea de cuál podía ser la
ideología de la empresa. Para confundir aún más las cosas, distribuían sus
productos a través de tantas empresas subsidiarias, y en tantos países
distintos, que resultaba del todo imposible seguirles la pista.
—¿Y
qué me dices de las ballenas y los pulpitos? —le preguntó el Tesorero a un
amigo suyo que trabajaba en los programas dedicados a la naturaleza de la BBC.
—¿Ballenas
y qué?
—Pulpitos
—dijo el Tesorero, que aún no había acabado de digerir del todo las
explicaciones de Kannabis sobre las extraordinarias medidas de seguridad de la
sede de Transworld—. Se ve que una serie que hicieron tuvo consecuencias
dramáticas para la industria pesquera española. Dicen que han recibido
amenazas, incluso de muerte.
—¡Diantre!
En mi vida había oído hablar de eso. Pero si tú lo dices... Prueba con los del
National Geographic. Tal vez sepan algo. Yo no.
Pero
el Tesorero no se molestó en averiguar más. Lo único que le importaba era que
Transworld Televisión Productions tenía, sin lugar a dudas, dinero a espuertas.
Una empresa como aquélla, que lo mismo hacía películas para el Vaticano que
para sectas protestantes de extrema derecha de la América profunda, los
hindúes, los budistas o cualquier otro grupo religioso, y que lo mismo producía
un documental sobre la lluvia ácida que sobre las ballenas o los pulpitos,
tenía que ser por fuerza increíblemente próspera. El Tesorero ya empezaba a
creer que había encontrado la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, y a
pesar de todo, seguía confuso, y su confusión aumentó durante la segunda
entrevista, que mantuvo en Londres el miércoles siguiente.
Esta
vez no vio a Hartang.
—Está
liado con Río, y luego tiene que cerrar trato con Bangkok, o sea que no puede
atenderle —le dijo Kannabis en cuanto atravesó el arco del detector de metales
y después que los mamotretos de la contabilidad de Porterhouse hubieron pasado
por los rayos X—. Hoy tendrá que entenderse con Skundler y conmigo. Skundler
hace la baremación.
—¿La
baremación? —preguntó el Tesorero.
—Sí.
Mira cuánta pasta hay. ¿Vale?
Subieron
en el ascensor hasta la novena planta y luego bajaron a la sexta.
—Hay
que andarse con ojo. Ordenes de arriba —dijo Kannabis a modo de explicación.
—¿Siguen
teniendo problemas con lo de los pulpitos? —preguntó el Tesorero.
Kannabis
pareció confundido durante un instante.
—¿Pulpitos?
¡Ah, sí, claro, los pulpitos! Pues sí. Los pescadores italianos. ¡Espaguetis de
mierda! No puede imaginarse los problemas que nos causan. Hasta amenazas de
muerte y todo.
—¿Italianos?
¿También los pescadores italianos? —preguntó el Tesorero.
—¿Cómo
que también? ¿Hay alguien más? —preguntó Kannabis.
Pero
el Tesorero no tuvo tiempo de responder. Ya habían llegado a la sexta planta, y
Kannabis, con los mamotretos de la contabilidad del Colegio bajo el brazo, le
hizo entrar en la oficina de Skundler y le presentó a éste como el señor
Tesorero, profesor de Porterhouse.
—Ross
Skundler —dijo el otro, que era clavado a Hartang, pero sin la peluca. La mesa
del despacho tenía asimismo el tablero de cristal, pero era más pequeña que la
de Hartang, y si bien las sillas eran del mismo color verde, estaban tapizadas
de cuero artificial. No había sofá. Pero mientras el Tesorero se fijaba en los
detalles de la decoración de la oficina de Ross Skundler, con sus ordenadores y
sus teléfonos, el jefe del Departamento de Baremación estudiaba muy pasmado la
contabilidad de Porterhouse. Ésta consistía en una serie de gruesos libracos,
grandes como misales antiguos, encuadernados en cuero rojo muy roñoso ya por
los años.
—¡Joder!
—murmuró, y miró a Kannabis con aire interrogativo—. Tú me dirás qué hago con
esto. ¿Dónde los has encontrado? ¿En el Monte Ararat?
—¿Arafat?
—dijo Kannabis—. ¿Qué tiene que ver la OLP con esto? Ahí dice Porterhouse. ¿Es
que sólo sabes leer números, o qué?
—El
Arca —dijo Skundler, a quien, evidentemente, los modales de su compañero le
desagradaban tanto como aquellos vetustos manuscritos—. El Arca que embarrancó
en el jodido Monte Ararat. Con los animalitos de dos en dos, ¿vale? Por si no
sabes contar, te diré que dos y dos son cuatro.
El
Tesorero estuvo en un tris de intervenir en la trifulca con algún comentario
gracioso sobre los pulpitos y Noé, pero se acordó a tiempo de que los pulpitos,
como todos los crustáceos —¿o eran moluscos?— sabían nadar. Se empezaba a
sentir incómodo de veras en compañía de aquellos dos hombres que se detestaban
tan abiertamente.
—¡Claro
que sé contar! —exclamó Kannabis—. Pero el profesor Tesorero no tiene ni zorra
idea de informática. ¿Verdad, profe?
El
Tesorero asintió con la cabeza.
—Sí,
me temo que en Porterhouse no estamos muy al loro en cuestión de ordenadores
—dijo, en un fallido intento por emular su jerga.
—Ya
lo puede decir —dijo Skundler, que seguía mirando fijamente, con expresión
incrédula, los gruesos libros de contabilidad—. Esto es arqueología fiscal. ¿Es
que no conocen ni el papel carbón? —Y, al ver la expresión perpleja en el
rostro del Tesorero, añadió—: ¡Sí, hombre, sí: carbón!
El
Tesorero empezaba a perder la paciencia.
—La
verdad, no veo a santo de qué... —dijo fríamente.
Skundler
le miró suspicaz.
—¿Qué
mosca le ha picado? —preguntó.
Esta
vez fue Kannabis el que creyó conveniente intervenir para calmar los ánimos.
—Bueno,
que el profesor no sepa una palabra de ordenadores no es motivo para
insultarlo. El pobre hombre no tiene la culpa.
—¿Que
yo le he insultado? ¡Y un cuerno!
—Por
ahí va la cosa.
—¿Qué
cosa? A ver si nos aclaramos... —Por fin se le encendió la bombillita en la
cabeza—. ¡Pero si no le he llamado cabrón! ¿Por qué iba a llamarle así? Papel
carbón. Lo que quería decir es que estos libros parecen del tiempo de las
cruzadas, cuando la gente usaba plumas de ganso para escribir. Cada vez que
había que hacer un asiento en un libro, tenían que ir al corral y arrancarle
una pluma a un ganso. ¡Vaya manera de llevar un negocio! ¿Ustedes también
usan...? —empezó a decir dirigiéndose al Tesorero, pero éste lo miró de un modo
que le hizo pararse a mitad de frase—. Bueno, dejémoslo. Pongamos manos a la
obra —dijo, y abrió el primer libro de la contabilidad—. Espero que conozcan la
partida doble, esa que usa una columna para el debe y otra para el haber.
El
Tesorero contraatacó:
—Pues,
para su información, le diré que conocemos la partida doble. Y otra cosa: no
escribimos con plumas de ganso.
Skundler
se puso las gafas de sol azul marino sobre la frente y recorrió con ojo experto
las páginas del libro durante unos minutos, mientras el Tesorero, sentado en su
silla, le contemplaba echando lumbre por los ojos y Kannabis se asomaba por
encima de su hombro intentando descifrar las hileras de garabatos. Estaba claro
que no daban crédito a lo que veían. Finalmente, Skundler levantó la vista.
—Tengo
que decirle una cosa, profesor Tesorero —dijo en un tono de voz casi maternal—.
Si no se la digo, reviento. Con cuentas como éstas pierden el tiempo. No
necesitan dos columnas para nada, con la del debe van que chutan. Estos números
están al rojo vivo, o sea, cómo le diría yo... —Meneó la cabeza incrédulo—. No
había visto cosa igual desde que Maxwell se dio un chapuzón no sé dónde.
En
su silla, el Tesorero le miraba como un perro apaleado. Todas sus esperanzas se
habían ido al garete.
—Lo
siento muchísimo —dijo—, pero así es. Somos un colegio muy pobre. Me temo que
les esté haciendo perder su valioso tiempo...
Skundler
levantó la mano.
—¿Perder
el tiempo? No, mi querido profesor, no nos está usted haciendo perder ni un
microsegundo. Usted nos necesita. Para eso estamos. ¿Perder el tiempo? ¡Qué va!
No había visto nada mejor desde la caída del Muro de Berlín. Esto es dejar el
camino libre a hombres como Soros.
—¿De
verdad? —dijo el Tesorero—. ¡Qué interesante! ¿Ese Soros es el genio de las
finanzas que compró libras...? Bueno, dejémoslo correr. ¿De verdad creen que el
señor Hartang está dispuesto a hacerle una donación a Porterhouse?
Lo
dijo con escepticismo, y Kannabis le puso una pesada mano en el hombro para
animarlo.
—¿Que
si creemos, profesor Tesorero? Nosotros no creemos nada. Nosotros sabemos. El
asunto está cerrado.
—Cerrado
y requetecerrado —dijo Skundler—, con cuatro llaves y un candado, diría yo.
—Bueno,
hay una cosa... —dijo el Tesorero, que se sentía lleno de felicidad y
confianza—. Me refiero a que... Bueno, me intriga saber por qué se muestra el
señor Hartang tan generoso con nosotros, precisamente.
—¿Generoso?
—dijo Skundler—. Pues claro que es generoso. Así es como se ha hecho rico. Es
un filántropo, eso es lo que es. Su corazón destila amor.
—Sí,
muy cierto —asintió Kannabis—. Aunque, desde que tuvo la cosa esa de las
coronarias, tiene que tomárselo con más calma con las chicas. Se cansa mucho.
Por eso le dije: «Señor Hartang, tómeselo con calma. Haga como Clinton: dígales
que se pongan de rodillas y se lo trabajen con la boca.»
—Bueno,
debo decir... —murmuró el Tesorero, pero Skundler le interrumpió.
—No
lo haga. Es mejor no decir nada delante de K. K. Lo interpreta todo al revés.
Es un mamón.
—No
se dice mamón, sino mormón —le contestó Kannabis.
—¿Lo
ve? —le dijo Skundler al Tesorero—. La ignorancia es su religión.
—No
soy ignorante. Hicimos una serie sobre los mormones en Salt Lake City. Una
gente encantadora.
Para
cuando el Tesorero regresó a Cambridge, los libros de contabilidad habían sido
fotocopiados (no sin cierta dificultad) y se sentía eufórico y exultante. Por
lo que pudo descifrar de lo que le habían dicho Kannabis y Ross Skundler,
Transworld Televisión Productions y Edgar Hartang iban a sepultar a Porterhouse
bajo una montaña de dinero, como quien dice. Y no sólo porque Hartang fuera un
filántropo, sino, como había dicho Kannabis, porque «Cambridge se lo merece: lo
tiene todo».
—Vaya,
muy amable de su parte, pero yo...
—Escuche:
usted vive allí, en Cambridge. Esa ciudad le da cien patadas a Disneylandia en
todo, lo mire uno por donde lo mire. Historia, ADN, profesores, miles de
iglesias y tal. O sea, genios por todas partes, como Hawking. ¿Ha leído La
historia del tiempo? Un gran libro. Enseña mucho. Yo he estado allí, fui un día
a echar un vistazo, y me impresionó: todos esos botes en el río, y esa hierba
que parece que le hagan un tratamiento de belleza cada día. Cambridge. Sí,
señor, Cambridge supera incluso a la realidad virtual.
El
Tesorero pensaba más o menos lo mismo de Transworld Televisión. No podía
comprender que un hombre como Hartang pudiera hacerse rico regalando su dinero
a manos llenas. Aquello no tenía el menor sentido.
6
El
viaje de Purefoy Osbert a Londres fue también bastante insólito. No estaba
demasiado seguro de por qué, o más bien cómo, había sido escogido para la beca
de investigación Sir Godber Evans en Porterhouse, y Goodenough no tenía ninguna
gana de conocerlo, por lo que Vera tuvo que convencerlo asegurándole que su
primo le sorprendería agradablemente. Y Lady Mary exigió como condición para
entrevistarse con él que Lapline o Goodenough —o mejor todavía, los dos— le
echaran un vistazo primero para asegurarse de que fuera un hombre limpio, no
fuera alcohólico ni un racista redomado que abogara por la deportación en masa
de la gente de color y, sobre todo, que no tuviera nada que ver con Grimsby.
—¿Grimsby?
¿Qué tiene en contra de Grimsby? —preguntó el señor Lapline cuando leyó la
carta—. Una ciudad de lo más respetable, diría yo. Un poco fría en invierno,
eso sí.
—No
sé si recuerda al candidato de la Universidad de Grimsby. Tenía unas ideas...
—dijo Goodenough.
El
señor Lapline lo recordaba perfectamente.
—¡Oh,
Dios mío! —exclamó—. ¿Lady Mary se entrevistó con ese individuo?
—Según
tengo entendido, trató de hacerle una demostración práctica... —continuó
Goodenough—. Por lo que me contó, estaba echada en una tumbona porque le dolía
una pierna, y...
—Se
lo advierto, Goodenough, si perdemos la cuenta de Lady Mary por su culpa, yo...
yo...
Una
punzada en la vesícula le hizo callar.
—Precisamente
por eso es menester que veamos nosotros primero al doctor Purefoy Osbert —dijo
Goodenough—. Había pensado que si le llevásemos a cenar al Savoy Grill... ¿Qué
le ocurre?
El
señor Lapline le explicó que lo que le ocurría era que ni por todo el oro del
mundo pensaba acercarse al Savoy Grill, o a cualquier otro restaurante, y que
si Goodenough creía seriamente que...
—Bueno,
me parece el mejor procedimiento para comprobar sus modales: si sabe usar los
cubiertos correctamente, y esas cosas. Ciertamente, no podemos enviar a un
patán a Porterhouse. Ni permitir un nuevo intento de violación. ¡Pobre Lady
Mary!
El
señor Lapline levantó la vista y le miró con curiosidad.
—Goodenough
—dijo finalmente—, hay ocasiones que estoy tentado de creer que no está usted
en su sano juicio. Me permito recordarle que, cuando me leyó por vez primera su
famosa lista de candidatos, le advertí de que todos me parecían inadecuados
para el puesto, y en especial aquel tiparraco de Grimsby, que debería estar
entre rejas. Y ahora tiene la desfachatez de venirme con que no podemos
permitirnos enviar a cualquier patán a Porterhouse. ¡Pero si todos eran un
hatajo de patanes!
—¿Qué
otra cosa podíamos hacer? Nadie quería aceptar el puesto. Había que encontrar
candidatos en alguna parte —dijo Goodenough—. Bueno, de todas formas, iré a
cenar con el tal Purefoy Osbert, y ya le contaré qué tal se porta. Me parece
que tomaré una tortilla.
Y,
tras esta puntualización, salió de la oficina.
Pero
lo cierto es que Purefoy Osbert le sorprendió agradablemente; acudió a la cita
relativamente bien vestido, para ser un profesor universitario (incluso se
había puesto corbata) y no se quedó boquiabierto como un patán al entrar en el
Savoy Grill. Después de pasar esta primera prueba con todos los honores —pidió
una copa de jerez seco en vez del martini doble que le ofreció Goodenough, y
luego se limitó a acompañar la comida con dos vasos de vino—, Goodenough
insistió en llevarle a un espectáculo de striptease en un local de ínfima
categoría. Purefoy le dijo que nunca había visto nada semejante ni pensaba
volverlo a hacer. Y añadió que aquellas mujeres no eran algo de lo que valiera
la pena hablar en una carta dirigida a casa, aunque luego comentó que, en vista
de su deplorable aspecto, tratar de describirlas en una carta quizá
contribuyera a borrar sus imágenes de su memoria, como en una especie de
exorcismo. Como consecuencia de este comentario (a Goodenough algunas de las
artistas que actuaban en aquel local no le habían desagradado, ni mucho menos),
después que Purefoy se hubiera visto obligado a ingerir, casi a la fuerza, un
par de whiskys dobles, la siguiente parada la hicieron en un bar de ambiente
gay lleno de travestidos y de hombres vestidos con prendas de cuero, donde le
metió mano a Purefoy alguien que parecía una lesbiana, pero que probablemente
no lo era. Para entonces, Goodenough ya estaba casi convencido de que el primo
de Vera no era un maníaco sexual; en cambio, Purefoy no las tenía todas acerca
de los propósitos de su anfitrión.
Y
cuando éste le preguntó, apoyándose displicentemente contra la barra del bar:
«¿No estará interesado, por casualidad, en las fantasías sádico-anales?», a
Purefoy ya no le cupo la menor duda acerca de las intenciones de su compañero
de farra: se echó atrás de un salto y fue a chocar contra un individuo que
llevaba un látigo de cuero, el cual pareció disfrutar el encontronazo.
—Perdón
—murmuró Purefoy, que por el rabillo del ojo no perdía de vista a Goodenough.
—Estás
perdonada, bonita —dijo el del látigo—. Para mí ha sido un placer.
Lo
cual, evidentemente, parecía cierto. Pero Purefoy Osbert lo estaba pasando
fatal en aquel sitio. De hecho, toda la velada había sido un tormento. Primero
un abogado que llevaba un traje demasiado llamativo para su gusto y zapatos de
ante grises le había llevado a un carísimo restaurante donde había intentado
emborracharlo con un gigantesco martini seco que, por fortuna, había tenido el
buen sentido de rechazar. Luego le había mirado de manera harto sospechosa
durante toda la cena, y en especial había mostrado un interés casi obsesivo por
sus manos y su boca. Después de esto, presumiblemente con objeto de hacerle
aborrecer a las mujeres, aquel sujeto le arrastró hasta un tugurio inmundo
donde se había visto obligado a presenciar la actuación de unas artistas de
tres al cuarto que se desnudaban haciendo posturitas, algo verdaderamente
lamentable. Luego, después de mucho insistir y de dos whiskys dobles, le llevó
a un bar lleno de invertidos y le preguntó como si fuera la cosa más natural
del mundo si le interesaban las fantasías sádico-anales. ¡Ahora entendía por
qué aquel pervertido le había estado mirando con aquellos ojos toda la noche!
Purefoy no se iba a quedar de brazos cruzados esperando a ver qué pasaba
después. Tampoco es que hubiera que ser un lince para adivinar lo que se
avecinaba. Ya se barruntaba por qué le habían ofrecido de forma tan inesperada
aquella beca en Porterhouse sin haberla solicitado.
Purefoy
Osbert se dirigió hacia la puerta y tuvo varios desagradables encuentros por el
camino. Goodenough le seguía, pero Purefoy había ya tenido suficiente por
aquella noche.
—Déjeme
en paz de una vez —le dijo amenazadoramente al tiempo que salía a la calle—.
Olvídese de mi, ¿entendido?
—Pero
hombre —dijo Goodenough tratando de explicarse—, si yo sólo quería...
—Ya
sé lo que quiere. Pues olvídese. Ni hablar. No sé de dónde puede haber sacado
la idea de que yo... ¡Ah! ¡Ya caigo! Mi prima, con su retorcido sentido del
humor. Me las pagará. ¡Hacerme venir a Londres para esto!
—No
lo hemos hecho venir por lo que se imagina, se lo aseguro —dijo Goodenough—.
Creo que se está tomando las cosas a la tremenda.
—Usted
sí que es una tremenda, so pulpo —aquellos dos whiskys dobles empezaban a
hacerle efecto—. La leche que le voy a dar sí que va a ser tremenda, como no se
largue...
Se
volvió, dispuesto a escapar de los abrazos del cefalópodo, y por poco no le
atropello un coche. Goodenough le agarró de un brazo, pero Purefoy se desasió
violentamente.
—Mire,
a ver si se entera de una vez —dijo amenazándole con el puño—; como me ponga un
dedo encima, so maricón, le voy a arrear una...
No
pasó a los hechos. Una persona de sexo indefinido ataviada con un chabacano
traje a cuadros se le plantó delante.
—¿A
quién llamas maricón? —le preguntó, y, sin esperar respuesta, le propinó un
directo a la mandíbula. Goodenough le cogió en brazos y paró un taxi.
—Earls
Court —le dijo al conductor, y le dio la dirección del apartamento de Vera.
Para cuando llegaron, la nariz de Purefoy había dejado de sangrar y el pobre
hombre se hallaba en un estado de absoluta confusión mental. Subieron en el
ascensor.
—No
creo que me convenga estar por aquí cuando se despierte por la mañana —le dijo
Goodenough a Vera después de meter a Purefoy en la cama—. Ha sido una noche
horrorosa.
—Ya
me he dado cuenta, ya —dijo Vera—. ¿Qué ha pasado?
—El
pobre se imaginó que intentaba follármelo. Todo por culpa de aquel cabrón de la
Universidad de Grimsby.
—¿Y
por qué le has pegado un puñetazo?
—No
he sido yo —dijo Goodenough—. Una bollera con pinta de culturista se lo atizó
por llamarme maricón. Y te voy a decir una cosa: tu primo está convencido de
que le has hecho venir a Londres con engaños sólo para que yo pudiera
follármelo. Dice que te va a matar. No te imaginas cómo se puso. ¡Como si yo no
tuviera nada mejor que hacer que acostarme con él!
—Pues
mira, yo también te voy a decir una cosa —dijo Vera—: vas a pasar la noche
aquí, y, como no tienes nada mejor que hacer, te vas a acostar conmigo. Si no,
no te dejaré salir.
Se
metieron en el dormitorio y empezaron a desnudarse.
—Las
cosas como son —dijo Goodenough—: has elegido al candidato perfecto. A Lady
Mary le encantará tu Purefoy, y seguro que montará un escándalo mayúsculo en
Porterhouse.
Dos
días más tarde, y tras muchas súplicas y discusiones, Purefoy Osbert accedió a
entrevistarse con Lady Mary. Todavía no las tenía todas acerca de las
tendencias sexuales de Goodenough.
—¡Si
hubieras visto aquel bar! —le dijo a Vera—. Allá cada cual con sus gustos
sexuales, pero aquello era como una visión del infierno del Bosco. Además, ¿por
qué me miraba de aquella manera?
—Hombre,
tenía que asegurarse de que no eras un maníaco sexual —dijo Vera.
—Bueno,
pues espero que se haya convencido del todo. Pero no se te ocurra dejarme a
solas con él, porque podríamos tener un disgusto. Ya me puedes jurar y perjurar
que es de lo más normal, pero si hubieras visto cómo me miraba la boca...
—No
seas bobo. Si sabré yo que es de lo más normal... Bueno, dejémoslo. Ahora de
quien tenemos que hablar es de Lady Mary Evans...
Purefoy
Osbert pasó una hora con Lady Mary, quien todavía se sentía más protegida
teniendo al marido del ama de llaves a mano y estando firmemente parapetada
detrás de la mesa de despacho.
—Doctor
Osbert —dijo—, por su curriculum veo que ha pasado usted los últimos once años
en la Universidad de Kloone. ¿No es mucho tiempo sin cambiar de institución?
¿No ha sentido nunca la ambición de promocionarse en su carrera?
—Mi
carrera consiste en investigar los hechos —dijo Purefoy mirándola fríamente a
los ojos, de un extraño color amatista—. No estoy en absoluto interesado en
ningún otro método. Y para mis investigaciones lo mismo me da estar en Kloone
que en cualquier otro lugar. Los hechos se encuentran en los materiales de
primera mano y, hasta cierto punto, en las opiniones secundarias, aunque éstas
sólo son de fiar si pueden ser confirmadas mediante una fuente distinta y que
no esté relacionada estrechamente con ellas.
Lady
Mary asintió con la cabeza, como si estuviera de acuerdo.
—Y,
según veo, su especialidad es la investigación de los métodos de castigo penal,
o, por decirlo más llanamente, las prisiones.
—Con
especial hincapié en la pena capital —dijo Purefoy.
—¿Aprueba
usted la pena capital?
Purefoy
Osbert estuvo a punto de ponerse en pie de un salto.
—No,
la desapruebo totalmente —dijo—. De hecho, «desapruebo» no es la palabra más
adecuada para expresar mi convicciones. La pena capital, en cualquiera de sus
manifestaciones, es un acto bárbaro y criminal que...
Como
vio que iba a embalarse, Lady Mary cortó por lo sano.
—Me
alegra enormemente que piense así —dijo—. Doctor Osbert, lo que me acaba de
decir confirma la opinión de mi abogado, el señor Lapline, quien se ha ocupado
de seleccionar a los candidatos para esta beca que hemos creado en Porterhouse.
Purefoy
Osbert se revolvió un poco en su silla. Por una parte, le atraían el salario de
la beca y todo lo que conllevaba aquel empleo, pero, por otra, sentía que era
su obligación decirle sin disimulos a aquella excéntrica lo que realmente
pensaba.
—Creo
mi deber confesarle —dijo— que siento ciertas reservas sobre Porterhouse.
Lamento mucho tener que decirlo, pero la reputación del Colegio es bastante
mala, y, personalmente, no tengo demasiadas ganas de ir.
Lady
Mary le sonrió. O algo parecido. Sus dientes amarillos relucían.
—Mi
querido doctor Osbert, si me permite llamarle así, su opinión acerca de
Porterhouse coincide enteramente con la mía, hasta el punto de que puedo
anunciarle que la beca de investigación Sir Godber Evans es suya, si me hace el
honor de aceptarla. Estoy segura de que mi difunto marido, que en paz descanse,
habría estado igualmente satisfecho.
Se
echó para atrás en su butacón, para que Purefoy pudiera saborear su aprobación.
Purefoy Osbert reflexionó un poco sobre todo aquello.
—Mucho
me temo que necesito saber más acerca de la beca antes de aceptar —dijo con
firmeza—. No me interprete mal, le estoy inmensamente agradecido por la oferta
que me hace, pero, más allá de las meras hipótesis, me es preciso saber ahora
por qué, exactamente, se me ofrece este puesto y cuáles son sus verdaderas
intenciones. Se me ha dicho que el objeto de la beca es preparar y clasificar
material documental para una biografía sobre su difunto marido, pero,
considerando el salario...
No
cabía duda: Lady Mary sonreía radiante. De hecho, de haberse tratado de otra
mujer, y de haber sido Purefoy Osbert, por su parte, más receptivo y sensible a
los sentimientos femeninos (aparte de los de Madame Ma'Ndangas), habría pensado
que Lady Mary acababa de enamorarse de él. Pero esta idea ni siquiera le pasó
por la cabeza, de modo que la escuchó atentamente mientras le explicaba el
objetivo de la beca.
—He
creado esta beca que ahora le ofrezco porque la labor de mi marido en
Porterhouse no fue objeto del reconocimiento que merecía. Lo que intentamos...
lo que intentó, fue convertir el Colegio en un centro de elevado nivel
académico, y lo que encontró fue la hostilidad de los Claustrales. Es mi deseo
que reciba después de muerto el reconocimiento y la estima que mereció recibir
en vida. Y es mi deseo, asimismo, que sus ideas se pongan por fin en práctica.
—Pues
no veo cómo puedo contribuir eficazmente a tales fines —repuso Purefoy.
—Estoy
convencida de que su sola presencia allí será un primer paso —dijo Lady Mary
con vehemencia al tiempo que erguía el busto por encima del escritorio. Hizo
una pausa y se le quedó mirando fijamente con sus pálidos ojos azules—. Y, por
supuesto, para escribir una biografía será preciso que averigüe usted los más
recónditos detalles de su vida e incluso de su muerte. Quizá le parezca una
sospecha infundada, pero no me convence en absoluto la explicación oficial
sobre su fallecimiento, por lo que quiero saber qué ocurrió exactamente. La
verdad, doctor Osbert; eso es todo. Lo que quiero son los hechos, ni más ni
menos. Se supone que no soy más que una pobre y débil mujer; pero éste es un
mundo dominado por los hombres y ésa es su opinión, no la mía. Por una vez, sin
embargo, estoy dispuesta a aceptar esas reglas del juego. Lo que le pido es que
saque a la luz los hechos. Si las pruebas que aporta establecen más allá de
toda duda que la muerte prematura de mi pobre Godber fue debida a causas
naturales, acataré su veredicto sin chistar. Toda mi vida he tenido que aceptar
verdades difíciles de digerir, pero siempre han sido verdades basadas en hechos
reales, a menudo bastante terribles.
Purefoy
Osbert ya lo sabía. La evidencia de su pasado idealismo estaba bien presente
todavía en las paredes de aquel despacho, de las que colgaban las fotos
dedicadas de algunos de los líderes más sanguinarios del siglo XX. Incluso
Purefoy Osbert, que nunca había tenido excesivo interés por la política o los
políticos, era consciente de su presencia. Los ideales de Lady Mary eran,
evidentemente, muy similares a los que corrían por Kloone.
—Estoy
segura de que es la persona idónea para este puesto —prosiguió Lady Mary—. Mis
abogados le proporcionarán toda la información adicional que precise. Hay una
porción de documentos que encontrará, sin duda, de gran utilidad.
Y
con esta nota práctica concluyó la entrevista. Pensaba que no era el momento
todavía de revelarle sus verdaderas intenciones. Sería mucho mejor que se
pusiera a trabajar lo antes posible en el caso. Y eso fue, exactamente, lo que
le dijo a Goodenough por teléfono en cuanto Purefoy salió de Kensington Square.
Al fin había accedido a ir a Porterhouse en los términos estipulados en la
carta y con la garantía de que sus pesquisas acerca de la vida (y muerte) de
Sir Godber estarían libres de restricciones o componendas. Lady Mary le había
asegurado que ella no obstaculizaría su investigación por ningún motivo, pero
dejó entrever que otras personas tal vez lo hicieran.
—El
doctor Osbert me ha causado muy buena impresión —le dijo a Goodenough.
El
señor Lapline había rehusado terminantemente contestar aquella llamada («Dígale
que he salido, o que me he muerto, o que estoy en el hospital, o lo que
quiera», le dijo a su secretaria), temeroso de que el veredicto de Lady Mary
sobre un hombre que sostenía que Crippen había sido la víctima inocente de una
conspiración policial pudiera ser tan violentamente desfavorable como el suyo
propio.
—No
sabe cuánto me alegra que piense así —dijo Goodenough—. Debo confesarle que, en
mi opinión, era el candidato más decente.
Lady
Mary trató de expresar su opinión acerca del resto de los candidatos, pero
sufrió una especie de ataque que la dejó muda.
—Sea
como fuere, parece que la mujer está contenta con este primito tuyo —le dijo
Goodenough a Vera—. Sí, tienes razón. No le llamaré así cuando esté presente.
Todavía me trata como a una especie de animal salvaje al que habría que tener
encerrado en una jaula en cuarentena. Y, por seguir con la misma metáfora, Lady
Mary me ha pedido, literalmente, que lo enviemos a Porterhouse «ya». No
«inmediatamente», ni «cuanto antes», sino «ya». Y, con seis millones en
efectivo, no creo que vayamos a tener muchos problemas con el Consejo del
Colegio.
Tenía
toda la razón. Tras una llamada telefónica al Tutor Mayor, seguida de una carta
y otra llamada y un fax, Goodenough se sintió satisfecho del resultado de sus
gestiones.
—Todo
indica que el Tutor Mayor nos ha allanado el camino —le dijo al señor Lapline—.
El Decano está de viaje y, por lo tanto, ilocalizable, y según el Tutor Mayor,
sería el único oponente serio y la idea de nombrar un becario en memoria del
difunto Rector. Así que van a llevar la cosa adelante sin contar con él.
—Yo
imaginaba que la principal dificultad sería el Rector actual —dijo el señor
Lapline, en tono sombrío—. Pensaba que le resultaría difícil al Consejo
conseguir que ratificara sus decisiones
un Rector medio impedido que no puede escribir y apenas si es capaz de
hablar. ¿Cree que le harán firmar poniendo el pulgar? Si es así, ¿qué pensarán
los historiadores del futuro de la Universidad de Cambridge a finales del siglo
XX?
—Pues
no lo sé. Pero debería ser más optimista respecto al futuro —dijo Goodenough—.
Lo más seguro es que para entonces ya nadie sepa leer ni escribir. En todo
caso, según tengo entendido, el Rector ya ha recuperado el habla.
El
Consejo del Colegio aprobó por mayoría la concesión de la beca al doctor
Purefoy Osbert, y Skullion firmó el documento, aunque se consideró lo más
prudente no decirle nada acerca de la conexión del puesto con el nombre de Sir
Godber Evans.
—Digámosle
sólo que se trata de una nueva beca de investigación —le aconsejó el Praelector
al Tutor Mayor, que ejercía las funciones de Decano en ausencia de éste—.
Skullion nunca sintió lo que se dice simpatía por el difunto Sir Godber, si no
recuerdo mal.
—Odio
africano, eso es lo que sentía —dijo el Tutor Mayor—. Y no se lo reprocho. Yo
también detestaba al difunto Rector. Nunca he podido entender por qué el
Tesorero hacía tan buenas migas con él. Sólo podía ser por el dinero.
—Pues
claro que era por el dinero, aunque fuera el dinero de Lady Mary. Él no tenía
un céntimo. Un braguetazo, ni más ni menos. Y quede claro que no le envidio la
ganga. Lo que nos lleva al siguiente punto. No me cabe en la cabeza cómo o por
qué querrían esos misteriosos potentados de la City financiar al doctor Osbert
con esta inesperada beca. Yo habría jurado que el mundo financiero preferiría
olvidar a Sir Godber a celebrar su memoria. El perjuicio que causó a los
intereses comerciales del país mientras fue Ministro de Desarrollo Tecnológico
me parece irreparable. Canceló un proyecto sobre lo que llaman ahora
superconductores porque decía que no tenía futuro. Era una tecnología que
entonces estaba todavía en pañales, como si dijéramos.
El
Capellán no entendió bien esta última frase.
—Antes
de obtener la capellanía de Porterhouse celebré muchos bautismos, sí. Y aunque
los renacuajos no estaban literalmente en pañales, siempre ocurrían accidentes
desagradables. Una de las cosas que más aprecio del cargo de Capellán del
Colegio es que ya no tengo que cristianar a ningún mocoso. Cuando miraba lo que
se supone que eran sus rostros infantiles, casi me convencía de cuan acertado
estaba el pobre Darwin. Recuerdo todavía a una criatura particularmente
repelente que casi hizo que lamentara no tener a mano la navaja de Occam.
—¿La
navaja de Occam? La usan para circuncidar, ¿no? —dijo el Tutor Mayor.
Al
doctor Buscott, que sabía qué es la navaja de Occam, se le puso la carne de
gallina, pero no dijo nada. Ya era tarde para tratar de educar a los
Claustrales Mayores. Además, el Capellán, que empezaba a quedarse traspuesto,
murmuraba algo:
—Siempre
me ha dado mucha pena el pobre Abelardo, ¿saben? Usaron con él una especie de
navaja de Occam. Debió de resultarle muy desagradable.
7
En
una mansión de piedra gris en Portland Bill, el Decano y Anthony Lapschott
habían acabado de cenar y estaban tomando café en una amplia estancia con
vistas a la bahía de Lyme. Había caído ya la noche. Lapschott tenía horarios
muy particulares y vivía bien. Muy bien, en opinión del Decano. Aunque a él no
se le habría ocurrido nunca retirarse a Portland Bill. Era una población
demasiado adusta y oscura para su gusto, con las calles demasiado desiertas y
empinadas, y el viento que venía del mar soplaba con mucha fuerza mientras el
Decano conducía colina arriba, por delante del edificio de la vieja prisión,
aquella mañana. Por la tarde la intensidad del viento aumentó, y aullaba
alrededor de la casa tras azotar los escasos arbustos del jardín. Pero en aquella
amplia sala, cubierta de paneles de madera, la galerna parecía un fenómeno
extrañamente distante. Todo allí —era un poco estudio, un poco biblioteca, un
poco salón de estar— denotaba lujo, quizá un lujo demasiado ostentoso; había
gruesas alfombras persas y mullidos butacones, un gigantesco escritorio con el
tablero de cuero y un sofá donde Lapschott podía pasarse las horas muertas
leyendo mientras al otro lado de la ventana galernas y tempestades rizaban el
mar y barrían la costa sin afectar en lo más mínimo a su comodidad.
Era
el contraste entre el grisáceo y melancólico mundo del exterior y el pequeño
mundo que Lapschott se había creado para sí dentro de aquellos muros lo que
molestaba al Decano. Además, a él nunca le había gustado la pintura moderna, y
en particular le repateaban Bacon y Lucían Freud. Los gustos de Lapschott eran
demasiado sofisticados para él, y esa antipatía se había transparentado varias
veces durante su estancia allí. Mientras dos criadas filipinas y un mayordomo
servían la cena, Lapschott le explicó sus razones para vivir de aquel modo, y
el Decano encontró esas explicaciones tan desazonadoras como la atmósfera que
rodeaba la casa.
—Me
divierte observar desde aquí el fin del mundo —dijo Lapschott—. Aunque quizá
debería decir el fin de nuestro mundo.
El
Decano habría preferido que no hubiera dicho ninguna de las dos cosas. Pero el
cordero estaba tan tierno que se deshacía en la boca y el clarete era
excelente.
—Y,
en muchos sentidos, Portland Bill me proporciona la melancólica perspectiva que
busco. Geográficamente hablando, constituye el límite de Inglaterra. Land's
End, su extremo oficial, está en Cornualles, pero los habitantes de Cornualles
son celtas. Y, además, esa parte del país se ha comercializado mucho de un
tiempo a esta parte. Aquí, sin embargo, no hay más que rocas y el faro, y más
allá el Canal y el mar abierto. Y, al oeste, la bahía del Hombre Muerto. Así es
como la llamaba Thomas Hardy. Un velero que navegase demasiado pegado a la
costa quedaría irremediablemente atrapado por el viento racheado que viene del
Canal y acabaría embarrancando en los acantilados. Cientos de hombres han
muerto allí, Decano, hay cientos de cadáveres sepultados allá fuera. Y detrás
de nosotros hay más muertos. Dos prisiones con sus campos de trabajo, y las
canteras de donde se sacó la piedra para construir el pabellón Gibbs de King's1
y la catedral de San Pablo. En el siglo XIX los condenados construyeron el
espigón del puerto de Portland con la piedra de esas canteras, para proteger a
la flota más poderosa del mundo. Para ellos Portland era también el fin del
mundo. A veces miro el puerto, y me causa una perversa satisfacción verlo
vacío. Lo que nos queda de aquella famosa flota cabría en una esquinita de la
rada. Ese mundo se ha acabado, aunque acabo de leer la interesantísima
biografía de Fisher, escrita por Jan Morris. Un hombre algo chiflado, el tal
Fisher; construyó el primer acorazado, con lo que se inició la rivalidad por el
dominio de los mares entre nosotros y la Alemania del Kaiser, un duelo
romántico y absurdo que acabó en tablas en Jutlandia. Los británicos fueron los
que perdieron más hombres y navíos, pero la armada alemana no volvió a hacerse
a la mar hasta que, después del armisticio, le ordenaron dirigirse a Scapa Flow
para entregarse, y allí fue hundida por sus tripulaciones. Una guerra sin
sentido, orquestada por individuos que presumían de civilizados.
—Los
alemanes empezaron —dijo el Decano—. Invadieron Bélgica, y nosotros éramos
aliados de los belgas.
—Sí,
pero, como bien dicen los holandeses, «Bélgica no existe». Fue creada como
nación en 1831, ayer, por así decirlo —concedió Lapschott con displicencia—. Y,
en cualquier caso, el enemigo siempre empieza las guerras. No se puede
sacrificar las vidas de millones de hombres sin darles al menos una buena
razón. En alguna parte tengo un disco con el discurso del Kaiser a la nación
alemana en 1914, en el que viene a decir que empezamos nosotros. Cita a
Shakespeare, el monólogo de Hamlet. Se lo buscaré luego, si le interesa oírlo.
«Um sein oder nicht sein»: «Ser o no ser.» Repite este verso dos veces.
Alemania no tenía otra alternativa, según él, y millones de hombres fueron a
luchar convencidos de que era realmente así, para acabar en el nicht sein. Un
romanticismo patético. Nadie pensaba con la cabeza. La razón se echó a dormir,
y el sueño de la razón produjo al monstruo, Adolf Hitler. Y a Lenin, por
supuesto, otro monstruo. ¿Y qué hemos sacado en claro nosotros? ¿Qué hemos
conseguido los ingleses? ¿Qué?
1.
Uno de los colegios de la Universidad de Cambridge. (N. del T.)
El
Decano no supo qué responder. No compartía el melancólico interés de su
anfitrión por la historia. Era demasiado abstracto para él. Gran Bretaña seguía
siendo el mejor país del mundo.
—Supongo
que salvamos al mundo de la barbarie —dijo.
Lapschott
le miró, y una sonrisita sardónica bailó en sus labios.
—De
una forma de barbarie, sin duda. O de dos. Pero todavía existen multitud de
formas de barbarie diferentes en el mundo. Yo me refería más bien a lo que Gran
Bretaña ha perdido, más que a lo que ha ganado. Lo que ha perdido. O regalado.
Y no me refiero al Imperio. No. Fuimos nosotros los que les abrimos el camino a
los japoneses para que se convirtieran en lo que un día fuimos como nación.
—¿Para
que se convirtieran en lo que un día fuimos como nación? —El Decano no le
seguía.
—La
alianza entre Inglaterra y el Japón de 1902. Se suponía que ellos iban a
salvaguardar nuestros intereses en el Extremo Oriente, para que así la flota
del Pacífico pudiera proteger las Islas Británicas. Les tratamos como a
nuestros iguales y ellos se aprovecharon declarando la guerra a Alemania en
1914 y apropiándose de las posesiones alemanas en el Pacífico. Muy astutos.
Otra raza de isleños, de marinos, que, siguiendo nuestro ejemplo, hundieron la
flota rusa en Port Arthur sin haber declarado la guerra.
—¡Demonios
amarillos! —exclamó el Decano, muy indignado—. Taimados y traicioneros. Lo
mismo hicieron en Pearl Harbor.
—Y
Nelson hundió la flota danesa, que era neutral, en Copenhague. Y Churchill
ordenó que hicieran otro tanto contra los franceses en Dakar, en 1940. Los
casos son casi idénticos. ¿Por qué cree que nos llaman los franceses, desde el
siglo XVII, la Pérfida Albión? Porque nosotros también somos taimados y
traicioneros.
—Eso
lo dijo Napoleón —objetó el Decano, pero Lapschott denegó con su calva
cabezota.
—No.
Fue Bossuet, en un curioso sermón sobre la Circuncisión.
El
Decano terminó su cordero en silencio. Encontraba aquella conversación de muy
mal gusto. Había ido hasta allí a pedir
consejo sobre la elección de un nuevo Rector, y le trataban como a un
estudiante poco dotado. Peor aún, aquel condenado sabelotodo le estaba poniendo
delante de las narices una visión de la historia tan cínica, que, comparada con
ella, el autocomplaciente realismo que el Decano creía profesar parecía poco
más que sentimentalismo romántico. Permaneció callado mientras Lapschott
pedanteaba a su antojo sobre poetas y políticos, nombres y acontecimientos tan
incomprensibles para él, tan alejados de su propia experiencia de la vida, que
se felicitó vengativamente para sus adentros de encontrar tan vulgar la
decoración de aquel saloncito. Con renovada confianza en sí mismo, atacó la
cuestión del nuevo Rector.
—Cathcart
me sugirió que usted quizá podría darme algunos datos más precisos acerca de
Fitzherbert, el hijo de aquel desastroso Tesorero que tuvimos hace años —dijo.
—¿Philippe?
No hay mucho que decir. El hijo idiota de un padre avaricioso. Vive en Francia
del dinero que su padre le robó al Colegio.
—¿Cómo
que lo robó? —dijo el Decano—. Se supone que lo perdió en el Casino de
Montecarlo.
—Ésa
fue su versión. Yo tengo otra. Pero a usted ya no le sirve de nada saberlo. El
hijo ha dilapidado la herencia. No merece la pena que lo intente con Philippe,
si lo que quiere es un Rector rico —le dijo Lapschott.
—¿Y
qué me dice de Gutterby? Launcelot Gutterby —preguntó el Decano, que empezaba a
desinflarse un poco.
—¿Conoce
a su mujer?
—Pues
no, no he tenido el gusto. He mantenido el contacto con Launcelot, pero nunca
me han invitado a su casa.
Lapschott
arqueó una de sus hirsutas cejas.
—Si
algún día le invitan, le recomiendo que no vaya. Lady Gutterby no es persona de
carácter dulce que digamos, y en su casa lleva los pantalones. Además, es mujer
de puño en rostro. Lo cual, considerando lo manirroto que es ese infeliz de
Gutterby, no deja de tener sentido. Pero todo tiene sus límites. El mío es vino
peleón con cordero que sabe a lana. Y, según parece, a pesar de lo que sirven
en su mesa a los invitados, tienen excelentes caldos guardados bajo siete
llaves en la bodega.
El
Decano se estremeció. Había que evitar la hospitalidad de Lady Gutterby por
todos los medios.
—He
decidido visitar a Broadbeam. Estudió en Porterhouse después que usted. Buen
muchacho. Estupendo jugador de rugby. Vive cerca de Bath.
Lapschott
asintió con la cabeza. Había oído hablar bien del tal Broadbeam. Toda la hora
siguiente la pasó el Decano describiendo su itinerario y los problemas a los
que se enfrentaba Porterhouse. Cuando finalmente se retiró a su cuarto, dejando
a Lapschott con los pies en alto frente a la chimenea leyendo a Spengler en su
sofá, sintió de repente una aguda depresión. Lapschott había ido eliminando una
por una todas sus posibilidades de encontrar a un Rector de fortuna que salvase
al Colegio de la ruina, pero sin hacer ninguna sugerencia valiosa al respecto.
Aquel hombre parecía considerar la crítica situación en que se encontraba
Porterhouse meramente como un ejemplo más de la decadencia de la nación, una
decadencia originada por la auto-complacencia, la pereza y la estupidez de sus
habitantes. En cambio, el Decano veía a Lapschott con rasgos más simples: aquel
tipo era un decadente pomposo y seguramente mariquita. Y su apellido sonaba
sospechosamente extranjero. Y, para colmo de males, el cuarto que le habían
dado miraba al oeste y no estaba bien protegido del azote de los elementos. Y
lo peor de todo era aquella chimenea por la que se colaba el viento. El Decano
se metió en su cama y se quedó un rato escuchando el ulular de la tempestad.
A la
mañana siguiente se levantó bien temprano, le escribió una nota a Lapschott
agradeciéndole su hospitalidad, y se marchó después del desayuno. Con una
sensación de alivio por poder escapar de algo que ni comprendía ni compartía,
condujo colina abajo, dejando atrás la vieja penitenciaría y las imponentes
canteras, y ganó el suave y ondulado perfil del paisaje de Dorset. Se lo tomó
con calma, circulando por las carreteras comarcales en vez de tomar las
modernas autopistas. La siguiente parada en su periplo sería otro antiguo
alumno de Porterhouse, uno de los que recordaba con más agrado, Broadbeam. Y
luego aún quedaban otros aristócratas acomodados que visitar más allá, en el
valle del Severn. Finalmente, se acercaría hasta Yorkshire a ver a Jeremy Pimpole,
que había sido siempre su favorito, y también el de Skullion. Launcelot
Gutterby y Jeremy Pimpole habían sido los dos astros más rutilantes en el
firmamento particular del Portero Mayor. Aún se podía oír al Rector murmurar
para su caletre «Gutterby y Pimpole», una y otra vez, recordando seguramente el
inefable aire de superioridad que tenían aquellos dos en sus tiempos de
estudiantes. Y, a su manera, Jeremy Pimpole había encarnado para el Decano el
ideal del perfecto caballero. Era un joven tan encantador, tan discreto... Era
de suponer que ahora, como buen aristócrata rural, dedicaría todos sus
esfuerzos a la administración y mejora de su extenso patrimonio familiar. El
Decano se sonrió al pensar en el abismo que separaba a los Pimpole de este
mundo de los Lapschott, y paró el coche junto a un bosquecillo para echar una
meada.
8
En
la sede de Transworld Televisión Productions, Kannabis tenía noticias frescas
para el Tesorero.
—El
señor Hartang quiere ver el Colegio, profesor —dijo—. Tiene que ver por sí
mismo dónde pone su dinero, ¿no?
—Sin
duda ninguna —dijo el Tesorero—. Será bienvenido si decide hacernos una visita.
Estamos a su disposición.
—Vale.
Lo que pasa es que siempre viaja en avión, y en el Colegio no hay aeropuerto.
—Bueno,
tenemos el aeropuerto de Marshall. Podría aterrizar allí, está sólo a unos
kilómetros. Iríamos a buscarle en coche.
—Ya.
Pero resulta que está en Bangkok, por negocios, y tiene una agenda más apretada
que el culo de una tortuga. Las tortugas aprietan mucho el culo, porque, si no,
se ahogarían. Hicimos una peli una vez sobre tortugas, en una jodida isla que
se llama... Gal... no sé qué.
—Galápagos
—dijo el Tesorero.
—Justo!
¡Hay que ver, profesor, lo que sabe de geología! Gala... ¿Cómo ha dicho?
—Galápagos.
Es donde Darwin...
Pero
Kannabis le interrumpió.
—No
señor, en eso se equivoca. Eso está en Australia, más bien al norte, creo. Pero
bueno, a lo que íbamos. Si Hartang no puede ir a Porterhouse, Porterhouse
tendrá que ir a Hartang.
—No
veo cómo va a ser posible —dijo el Tesorero, ya totalmente perdido—. Me refiero
a que los edificios no pueden moverse de donde están. Sobre eso no cabe
discusión alguna. Absolutamente ninguna. Nosotros estaríamos encantados de
recibirle allí...
—¡Déjeme
acabar! A ver, ¿a qué nos dedicamos? Transworld, quiero decir.
—Hacen
películas de pulpitos, ¿no?
—Sí.
Y las transmitimos vía satélite.
—¡Ah,
ya! —dijo el Tesorero, en cuya mente había penetrado un rayo de luz—. Ya veo lo
que quiere decir.
—¡Claro,
hombre, claro! Nosotros hacemos nuestra peli en el Colegio, y E. H. la ve en
Bangkok, o en Lima, o donde sea, y todos contentos. ¿Estamos?
—Por
supuesto, por supuesto. Si eso es lo que el señor Hartang quiere, estaremos
encantados de recibirles con sus cámaras de vídeo para que hagan un reportaje
del Colegio, no faltaría más. No creo que haya ningún problema.
—Genial
—dijo Kannabis—. Ahora lo que hay que decidir es el día.
—Pues,
realmente, cuando quieran, aunque en estos momentos los estudiantes se están
preparando para los tripos y quizá sería mejor...
—¿Los
estudiantes se preparan para hacer de trípodes? No tenía ni idea...
—No,
no. Los tripos son unos exámenes divididos en tres partes: preliminar, primera
parte y segunda parte. Es un sistema muy diferente del de Oxford, donde sólo se
examinan una vez, al final del último curso, el tercero.
—¿Sólo
un examen? —dijo Kannabis, tan confuso ahora como lo había estado el Tesorero
antes—. ¿Y ésos para qué estudian, para hacer de monópodes? Joder, qué cosa más
rara! ¡Tres años de estudios para ser monópodes! Desde luego, su sistema es
diferente del nuestro.
—No,
verá: lo que trato de explicarle —dijo el Tesorero— es que sería mucho mejor
que esperaran hasta después de los exámenes y vinieran en junio, para el Baile
de Mayo.
—¿Por
qué se celebra el Baile de Mayo en junio? —preguntó Kannabis.
—Porque
antes tenemos la temporada de Enculadas.
—¿Les
dan por el culo? —dijo Kannabis, cada vez más desconcertado.
—No.
Así es como llamamos a unas regatas que se disputan de acuerdo con un
reglamento que data de...
—Hábleme
del Baile de Mayo —le interrumpió Kannabis, que empezaba a sentirse mareado—.
Parece más divertido.
El
Tesorero asintió. Explicar las peculiares costumbres de Cambridge siempre le
había parecido una tarea casi imposible.
—El
Baile de Mayo no se celebra todos los años, porque es muy caro de organizar
—dijo—, y las entradas cuestan ciento cincuenta libras por cabeza. Hay
marquesinas... una especie de tiendas de campaña... —Sólo faltaba que Kannabis
imaginara que las marquesinas eran unas aristócratas francesas—. Y tenemos dos
orquestas y...
—¡Estupendo!
Esto es lo que necesitábamos. El reportaje perfecto. Joder, a E. H. le
encantará! Quiero decir que se pirra por los bailes y las fiestas. Lo
filmaremos, y tendrá todo el jodido dinero que necesite para poner a su colegio
en órbita.
El
Tesorero no se dejó arrastrar por este repentino acceso de entusiasmo. Fondos,
eso era lo único que le interesaba.
—Así
pues, vendrán al Colegio con cámaras para filmar el Baile de Mayo, ¿no es eso?
Estoy seguro de que podremos arreglarlo.
—¿Arreglarlo?
Si le digo que ya está hecho, puede creerme. —Qué día es hoy?
—Miércoles
—dijo el Tesorero.
—Vale.
Estaremos allí el domingo para echar un vistazo. Ya sabe, hay que planificar el
guión. Sobre las 8 de la mañana. Yo también iré.
—No
sé si...
—No
se preocupe, profesor Tesorero. Déjelo todo en manos de K. K. Usted no ha de
hacer nada. ¿Vale?
Y,
una vez más, metieron al Tesorero en un taxi que lo llevó a la estación de
Liverpool Street. Como de costumbre después de sus reuniones con Kannabis, no
se encontraba nada bien y la cabeza le daba vueltas.
Pero
si el miércoles fue malo, el domingo resultó catastrófico. El Tesorero no
acudía casi nunca al servicio religioso de la mañana, porque prefería el de la
tarde, pero sabiendo que iba tener que enseñarle el Colegio a Kannabis, y, por
lo tanto, que tendría que enseñar a Kannabis al Colegio, y sabiendo como sabía
que en Porterhouse se prefería que los americanos fueran pacíficos, estudiosos
y con una pátina de sofisticación, aquella mañana decidió rezarle una plegaria
extra al Altísimo para rogarle que velara por él. En vista del resultado de
estas oraciones, se deduce que aquel día el Altísimo no estaba para hacer
favores. El Tesorero salió de la Capilla justo antes de las 8 de la mañana y se
encontró a Walter y otros tres porteros intentando impedir que unas personas,
hombres y quizá también mujeres, todos vestidos con el mismo jersey de cuello
vuelto marrón y el mismo blazer negro y los mismos mocasines negros y los
mismos calcetines bancos y las mismas gafas de sol azul marino, abrieran del
todo la Puerta Principal y entraran en el Patio Viejo con una enorme furgoneta.
—¡No
pueden entrar aquí con esa cosa! —decía Walter—. ¡No tienen permiso!
—Tenemos
permiso del profesor Tesorero —oyó que decía aquel vozarrón tan familiar—. ¿Es
que el profesor Tesorero no tiene autoridad aquí?
Walter
miró desesperado aquella proliferación de rostros idénticos, evidentemente
tratando de averiguar a cuál debía responder.
—Yo...
yo... Yo lo que digo es que esa cosa aquí no entra, eso es lo que digo. Vamos,
ni pensarlo, ni soñarlo —gritaba, manoteando desesperado.
Kannabis
le hundió un grueso dedo en el chaleco.
—Mire,
jovencito —le dijo, con cara de pocos amigos—. Mire, jovencito —Walter tenía
cincuenta y ocho años—, le estoy haciendo una pregunta. Lo que quiero saber es:
¿el profesor Tesorero manda aquí, sí o no?
—¿Cómo?
No, no —dijo Walter—. Claro que no. Aquí no hay ningún profesor Ternero. Se ha
equivocado de colegio. Por qué no se marchan a... bueno, adonde tengan que ir,
y...
—Porterhouse
—dijo Kannabis—. Hemos venido a Porterhouse. Y aquí nos quedamos.
—¿Seguro
que no es Peterhouse? —preguntó Walter—. Peterhouse está más abajo, pasados
Queen's y Pembroke, a mano derecha.
—¿Me
está diciendo que no sé dónde estoy? Son las 8 de la mañana. Le dije al
profesor Tesorero que estaríamos aquí a las 8 de la mañana, y aquí estamos. Y
ahora me sale con que no hay ningún profesor Tesorero.
—Sí.
Digo, no... y hágame el favor de estarse quietecito con las puertas. No se han
abierto desde que Su Majestad... ¡Válgame Dios! —Walter miraba a su alrededor
frenéticamente, tratando de encontrar la ayuda de algún miembro del Claustro. Y
en ese momento divisó al Tesorero entre un grupo de estudiantes que observaban
la escena con interés junto a la puerta de la Capilla—. Tenemos un Tesorero,
pero no es profesor...
Kannabis
se volvió y siguió su mirada.
—¿Ve
como tenía razón? —gritó—. ¡Ahí está, el profesor Tesorero, claro que tienen un
profesor Tesorero! ¡Hola, profesor, tiene un aspecto imponente! —El Tesorero
llevaba toga, como era costumbre en Porterhouse cuando se iba a misa. Kannabis
se volvió hacia el grupo de técnicos de Transworld—. ¡Fijaos en ese traje,
muchachos! ¡Parece increíble! ¡Como si fuera un fraile! ¡Mirad ese otro! ¡Mirad
ese otro! —El Capellán acababa de salir de la Capilla y contemplaba la escena
muy complacido—. Quiero decir que no vamos a necesitar actores. Sólo tenemos
que filmar lo que vemos.
El
Tesorero fue corriendo a reunirse con los americanos. Había que ponerle freno a
aquel hombre antes de que el Tutor Mayor apareciera en batín, o algo parecido.
—¡Por
el amor de Dios, baje la voz! —suplicó, agarrando a Kannabis por una manga—. Y
esa cosa, sea lo que sea, no la pueden entrar aquí dentro. Imposible.
—¿Ah,
no? —dijo Kannabis, ahora en un susurro casi inaudible—¿Por qué?
El
Tesorero miró en derredor, buscando cualquier excusa práctica.
—El
césped —dijo—. El césped. No se puede pisar.
Kannabis
y su gente se volvieron a mirar con la boca abierta la hierba del Patio Viejo.
—¿El
césped? —dijo, obviamente impresionado—. ¿Qué tiene de especial?
—Tiene
cientos de años —dijo el Tesorero con súbita inspiración—. Es... una especie
protegida. Nadie puede pisarlo.
Kannabis
cabeceó, incrédulo.
—Si
no lo ha pisado nadie desde hace cientos de años, ¿cómo es que está tan bien
cortadito y tan verde? ¿Es que se corta solo?
—No,
por supuesto que no. Los jardineros del Colegio lo cortan regularmente, pero
sólo los Claustrales están autorizados a pisarlo.
—Joder!
—dijo Kannabis—. Su césped tiene cientos de años. No me extraña. Aquí todo
parece tener cientos o miles de años. Al señor Hartang le va a encantar.
—Sí,
me atrevería a asegurar que sí —dijo el Tesorero, que por fin empezaba a
sentirse de nuevo dueño de la situación—. Pero no le va a gustar tanto si se
empeña en entrar aquí con esa especie de camión y lo estropea todo.
—Sí,
creo que tiene razón en eso —admitió Kannabis—. Venga, muchachos, aparcad la
furgoneta en la calle.
—No
sé si será una idea acertada —continuó el Tesorero—. La policía quizás...
—Pues
la ponemos en otro sitio. ¿Dónde está el aparcamiento del campus?
El
Tesorero trató de concentrarse. No se le había ocurrido nunca que Porterhouse
pudiera tener un campus. Walter acudió en su ayuda.
—Pueden
probar en el Patio de los Leones —murmuró—. Aunque no sé si la van a poder
meter allí.
Kannabis
dejó de mirar el césped de repente.
—¿Qué
ha dicho? ¿El Patio de los Leones? —preguntó. Ya no estaba pasmado. Horrorizado
sería una descripción más ajustada.
—Es
el aparcamiento —explicó el Tesorero—. No tiene relación alguna con el Colegio.
Y puedo asegurarle que no hay ningún león allí.
—Sí
que lo hay —dijo Walter—. Uno muy grande y colorado.
El
Tesorero le miró y meneó la cabeza. Nunca le había gustado Skullion cuando era
Portero Mayor, pero en ocasiones casi deseaba que siguiera en su puesto.
Skullion no hubiera permitido nunca que las cosas se le fueran de las manos de
aquel modo.
—Sí,
Walter, pero es de piedra. Una estatua —explicó, procurando no perder la
paciencia—. Se llama Patio de los Leones en memoria de la taberna que hubo
allí.
—¡Ah,
sí! La recuerdo muy bien —dijo súbitamente el Capellán, que se había sumado a
la aglomeración de gente junto a la Portería—. ¡Qué lástima que la derribaran!
Tenía una entrada preciosa, muy grande, casi una galería comercial, con sofás
de cuero a cada lado, detrás de los cuales había unas oficinas muy pequeñas
ocupadas por agentes de seguros y empresas de transporte. Yo iba todas las
mañanas a tomarme mi café. Y también había un bar, por descontado. Me parece
recordar que un joven muy espabilado de otro colegio, de Magdalene, creo,
organizaba allí una especie de casino, con ruleta y todo. ¡Nos lo pasábamos de
bien...!
Kannabis
y los otros gemelos del jersey de cuello vuelto se quedaron mirándole mudos de
admiración detrás de sus gafas de sol azul marino. Era evidente que en su vida
habían oído nada semejante.
—En
fin. Pelillos a la mar. Ahora, sintiéndolo mucho, debo dejarlos, mis queridos
amigos —dijo el Capellán—. El desayuno me reclama. El sustento espiritual es
una cosa, pero, parafraseando a Nuestro Señor y haciendo hincapié en el lado
práctico, «No sólo de vino y obleas vive el hombre.» Los humanos somos de carne
corpórea, al fin y al cabo. Encantado de haberlos conocido.
Y se
marchó trotando en dirección al Refectorio, siguiendo el aroma de las gachas,
los huevos escalfados, el beicon y el buen café.
Durante
los veinte minutos siguientes, aprovechándose de la atmósfera de ensoñación
casi pastoril que había evocado el Capellán con su nostálgica rememoración, el
Tesorero mantuvo a Kannabis y a los suyos ocupados aparcando la furgoneta lejos
del Colegio.
—Dejaremos
un espacio libre junto al cobertizo donde se guardan las bicicletas, para
cuando vuelvan —explicó—. La verdad es que nunca había visto una furgoneta como
ésta. No sé por qué la llaman así, porque es tan grande como un camión de
mudanzas.
A
Kannabis no le gustó esta comparación.
—¡No
diga eso, profesor! —exclamó, ofendido.
—Bueno,
es un decir —dijo el Tesorero, conciliador.
Kannabis
le agarró del brazo.
—Lo
que importa no es el tamaño, sino lo que lleva dentro: un equipo que vale más
de setenta millones. Bueno, volvamos al baile. Así que todo el mundo baila al
aire libre... —Hizo una pausa, perplejo—. ¿Dónde bailan?
El
Tesorero sonrió. No volvería a hacerlo en mucho tiempo.
—Bueno,
principalmente en el Refectorio, por supuesto —dijo—. Quitan las mesas, ¿sabe?
—¿El
Refectorio? Vamos a verlo —dijo Kannabis.
El
Tesorero abrió la marcha en dirección al Refectorio. Los del equipo de la
Transworld Televisión le seguían en grupo, mirándolo todo boquiabiertos.
—Ahí
está el Refectorio —explicó—. Y a la derecha están las Cocinas... Bueno, en
realidad, están más abajo. Esas escaleras conducen primero a la Mantequería.
Ahora la Mantequería...
—Un
momento, un momento —le interrumpió Kannabis, casi suplicante—. ¿Quiere decir
que se hacen su propia mantequilla? ¿Con mantequeras y unas campesinas que le
dan a la manivela y todo eso? ¡Parece increíble! Doy gracias al Señor por
haberme concedido el privilegio de ver todo esto. ¡Y usted dijo que ya no
usaban plumas de ganso!
—Pues
es cierto, ya no escribimos con plumas de ganso —dijo el Tesorero secamente.
Todavía le escocían los comentarios irónicos de Skundler sobre los palmípedos
que había que desplumar cada vez que se quería hacer un asiento—. Y la
Mantequería no es para hacer manteca. Es donde se guardaban antiguamente
el pan y la cerveza y, naturalmente, la
mantequilla. Hoy día es una especie de cantina: los Claustrales compramos en
ella el vino y el jerez, y los estudiantes pueden encargar allí el vino o la
cerveza para acompañar sus comidas.
Kannabis
no daba crédito a lo que oía.
—¿Quiere
decir que permiten que los chavales consuman bebidas alcohólicas? ¿Y si se
vuelven alcohólicos? Me deja pasmado. ¡Todo esto no puede ocurrir en la
realidad! ¡Tiene que ser un sueño!
—No
se vuelven alcohólicos. Beben con moderación. Forma parte de su educación —dijo
el Tesorero, que habría dado cualquier cosa porque las dos últimas frases del
americano hubieran sido ciertas.
Pero
la versátil atención de Kannabis ya había sido capturada por el Refectorio, en
el que un camarero acababa de entrar con más café.
—Vamos
a ver esto, muchachos —dijo, y entró en el Refectorio, donde unos pocos
estudiantes que estaban desayunando levantaron la cabeza, molestos por aquella
intrusión. El Tesorero se agazapó detrás del grupo, en un intento desesperado
por pasar inadvertido. Kannabis no se percató. Estaba mirando lleno de arrobo
los retratos de los antiguos rectores que colgaban de los paneles de madera de
las paredes. Parecían llamar la atención de un modo particular el del doctor
Anderson (1669-89) y el de Jonathan Riderscombe (1740-48), dos caballeros
decididamente gruesos.
—¡Joder!
—exclamó Kannabis, claramente desbordado por todo lo que veía—. ¡Qué aspecto
tienen esos tíos! ¡Y dicen que ahora la gente tiene problemas de obesidad! Se
diría que querían hacer foie-gras humano con ellos. Quiero decir que nadie
puede engordar tanto de manera natural. Tenían que alimentarlos con embudo. Y
su nivel de colesterol tenía que ser altísimo. A lo mejor, sudaban colesterol
en vez de agua. Y con semejantes panzas no podían verse el carajo, como no
fuera en el espejo. ¡Fijaos en el techo...!
Cuando
el Tesorero logró al fin sacarlos, casi a rastras, del Refectorio, estaba a
punto de sufrir un ataque de nervios.
—No
se puede ir por el Colegio así, en rebaño —dijo débilmente—. ¿No podría su
equipo...?
—Mensaje
recibido, profesor Tesorero. Hay que organizarse, muchachos —dijo, y reunió a
su grupo en un círculo, cabeza con cabeza, como si se prepararan para un
partido de rugby.
El
Tesorero se pasó una mano temblorosa por la frente y musitó una plegaria en voz
baja. Pero no sirvió de nada. Horrorizado, vio cómo los gemelos de los
calcetines blancos se dispersaban por el Colegio a todo correr en varias
direcciones. Kannabis se volvió hacia él con los ojos relucientes de temible
entusiasmo.
—Así
que la gente baila en el Refectorio —dijo—. ¿Y dónde más? Quedamos en que había
dos orquestas...
—Levantamos
una especie de tarima en el Patio Nuevo, para proteger el césped, y en el
Jardín de los Claustrales se instalan unas marquesinas... digo, tiendas, para
el buffet y el champán...
Kannabis
escuchaba ávidamente su explicación.
—Vaya,
vaya —suspiró—. Así que todos van vestidos como Clark Gable y Vivien Leigh
cuando estaban en Atlanta, en aquellos tiempos en que los negros de mierda
sabían cuál era su lugar.
—Perdone,
pero... —dijo el Tesorero, y, como siempre, metió la pata.
Kannabis
pareció encogerse y le dijo, con repugnante servilismo:
—No,
soy yo el que tiene que pedir perdón, profe. Me he expresado mal. Lo que quería
decir es que en aquellos tiempos las personas afroamericanas realizaban una
gran contribución a la cultura del Sur. Por ejemplo, en Bibliópolis, Alabama,
una ciudad de la que me siento muy orgulloso. Allí es donde me crié, sí señor,
en Bibliópolis, Alabama, bautizada así en alabanza al Autor del Libro de los
Libros.
El
Tesorero le miró con escepticismo. Nunca se le había ocurrido que la Biblia
pudiera ser obra de una sola mano, claro que todo era posible. Con Kannabis
rondando por allí todo era posible. Había cambiado de tema y estaba hablando de
planos panorámicos y helicópteros.
—O
sea, que hacemos un barrido sobre esa iglesia de ahí...
—La
Capilla —le corrigió el Tesorero.
—Eso,
la Capilla. Y luego con un gran angular, más grande que cualquier otro que haya
visto usted en su vida, rodeará la torre filmando una panorámica de los que
bailan y de las orquestas... Pero no, no puede ser: el viento de las hélices
del helicóptero haría que todos echaran a correr... Ya se me ocurrirá otra
cosa.
—No
estoy yo muy seguro de que todo esto... Pero ¿qué están haciendo esas personas
subidas al tejado de la Capilla?
Kannabis
se volvió en la dirección que le señalaba el Tesorero. Varias personas con
jerséis de cuello vuelto y gafas de sol azul marino habían trepado hasta el
tejado de la Capilla y parecían estar midiéndolo con unos aparatos.
—Supongo
que están calculando el ángulo. Son técnicos nuestros, pero no sé quiénes, no
los distingo desde tan lejos.
El
Tesorero se le quedó mirando, admirado. Aquellos clónicos del señor Hartang le
parecían iguales a la distancia que fuera. Ello contribuía a hacerlos aún más
horribles.
—Mucho
me temo que no deberían estar ahí arriba —dijo—. En estos momentos celebran la
Eucaristía Cantada en la Capilla.
Había
vuelto a meter la pata.
—¿Una
Eucaristía Cantada? ¿Ahora mismo? Eso tengo que verlo.
—No,
por favor, ahora no. Por favor —imploró el Tesorero. Pero Kannabis ya se
alejaba a paso vivo camino de la Capilla a través del Claustro, con la
esperanza, supuso el Tesorero, de ver a más gente disfrazada de monje. Le
siguió lleno de aprensión, esperando toda suerte de catástrofes y desastres,
mientras en su mente aparecían vagas imágenes de díscolos geniecillos salidos
de botellas. ¿O era de la caja de Pandora? Algo así. Kannabis, en el
Apocalipsis privado del Tesorero, no era un solo jinete, sino los cuatro
juntos.
En
el interior de la Capilla se empezaban ya a sufrir los efectos de las
actividades del equipo técnico de Transworld Televisión. Sólo el Capellán,
sordo y ciego al mundo y a sus pompas, seguía ignorante de que algo extraño
estaba sucediendo fuera. El Praelector, ciertamente, sí se había dado cuenta. Y
el coro de voces blancas, que estaba cantando «Señor, Tú eres nuestro salvador
y nuestro amparo» seráficamente, mirando al techo, también. Aquella había sido
siempre la parte menos firme del edificio, pues por falta de fondos, las vigas
de madera nunca habían sido cambiadas ni restauradas del modo adecuado. Bajo el
peso de los técnicos de Kannabis —varios más habían trepado para echar una
ojeada desde arriba—, las lámparas parecían temblar un poco. Y si bien los
mocasines no hacían un ruido excesivo, en el silencio que siguió al himno sus
pisadas sonaron como si una bandada de grandes pájaros (el Praelector pensó que
quizá fueran avestruces, pero entonces recordó que no vuelan) se hubiera posado
sobre el tejado y lo recorriera buscando algo que picotear.
—Roguemos
al Señor —dijo el Capellán— por los que sufren, por los enfermos y por los...
Enmudeció.
Un pedazo de estuco se desprendió y cayó al suelo estrepitosamente en mitad del
pasillo. El Praelector ya no esperó más.
—¡Me
parece —gritó— que deberíamos abandonar inmediatamente el edificio!
Otro
gran pedazo de estuco finamente esculpido, esta vez un querubín de muy buen
año, se desprendió y se deslizó a lo largo del muro, del que arrancó la lápida
de mármol en memoria del doctor Cox (1702-40), la cual por poco deja como una
oblea a un estudiante sentado debajo. A esas alturas incluso el Capellán era
consciente de que algo muy semejante a un terremoto estaba ocurriendo. Justo en
el momento en que el coro y la congregación se dirigían a la puerta («No se
apelotonen. Despacio», gritó alguien), Kannabis apareció de repente en la
puerta y se quedó allí, parado. Las gafas oscuras y el jersey de cuello vuelto
le daban un aspecto amenazador, y la estampida se detuvo. Levantó una mano.
—¡Todo
el mundo quieto! —gritó—. ¡Quietos ahí!
El
Praelector había pasado muchas veladas felices en el Rex y Kinema de Mili Road,
y sabía distinguir a un gángster en cuanto lo veía. Y Kannabis tenía todas las
características de un mañoso. Pero la huida general sólo se detuvo un instante.
Otra porción del techo, ahora de sólida manipostería, fue arrancada por el
movimiento de una viga y se estampó con gran estrépito contra el pulpito. Los
fieles salieron de estampida, sin hacer caso de los gritos de Kannabis, que
quería una repetición de la escena, y el americano fue derribado, pisoteado y
magullado por un grupo de fornidos jugadores del equipo de rugby del Colegio y
una chica que llevaba la cinta conmemorativa de haber formado parte del equipo
de hockey que ganó el último encuentro contra Oxford. Cuando todos se hubieron
alejado de la zona de peligro, sólo el Capellán conservó la calma.
—Que
el Señor nos perdone a todos en Su infinita misericordia —le dijo al oído a
Kannabis, que sangraba profusamente por la nariz, tumbado en el suelo y se
preguntaba qué le había pateado de aquella forma, aunque debía de haber sido
algo semejante a las manadas de vacas que vio en Texas cuando hicieron un
documental sobre la ganadería bovina. En todo caso, se había golpeado la cabeza
contra las losas del suelo y no tenía una idea clara de dónde estaba.
El
Capellán le ayudó a incorporarse.
—Venga
conmigo, hijo mío —le dijo.
Y,
con la ayuda de dos estudiantes, Kannabis subió la escalera de piedra hasta las
habitaciones del Capellán y fue metido medio inconsciente en su cama.
9
El
Tutor Mayor, por su parte, estaba muy, pero que muy consciente. De hecho, en
una larga vida dedicada a permanecer más o menos inconsciente de todo lo que no
concerniera al remo y a la comida, ignorando el mundo real en lo posible, nunca
había estado más desagradablemente consciente. Y, al igual que el Tesorero,
hubiera preferido no estarlo. Había cenado en el Colegio de Corpus Christi la
noche anterior, de un modo opíparo, pero imprudente: se bebió una botella
entera de un oporto cosecha del 47 que era verdaderamente maravilloso, y la
alegre inopia que le produjo su ingesta le indujo a cometer el error de beberse
después dos benedictines dobles. Como consecuencia, a la mañana siguiente se
había levantado tarde y sintiéndose fatal. Lo peor no era aquel tremebundo
dolor de cabeza, sino su estómago. No quería ni imaginarse qué estaría pasando
dentro de sus tripas, pero fuera lo que fuera, deseaba con todas sus fuerzas
que parara. O que saliera. Pero el deseo de vomitar era a la vez imperioso e
imposible de satisfacer. La única explicación era que estaba sufriendo un caso
galopante de perforación del hígado. Con clavos. Y taladradora eléctrica. Pero
lo más preocupante era la vista.
Cuando
finalmente consiguió levantarse... Bueno, «levantarse» es un eufemismo. Cuando
logró poner los pies en el suelo, tuvo que permanecer diez minutos sentado en
el borde de la cama, apretándose alternativamente la frente y el estómago. Al
fin logró llegar al cuarto de baño, apoyándose en las paredes y tropezando con
los muebles, y cuando se decidió a abrir los ojos, el rostro que apenas alcanzó
a distinguir en el espejo del lavabo no despertó sus deseos de volverlo a ver.
Parecía estar cubierto de lunares flotantes, que se desplazaban caprichosamente
por su piel rojiza o permanecían colgando inmóviles como jirones de una especie
de espesa tela de araña. Mirara donde mirara, veía aquellos puntitos oscuros, y
cuando pudo enfocarlos mejor, sus propios ojos le parecieron dos fresones
moteados de aquella extraña materia. Por un instante temió haber contraído una
variedad galopante de conjuntivitis. Tenía los ojos tan encendidos, que la
esclerótica y el iris apenas se distinguían. Pero no fue aquella imagen grotesca
en el espejo del lavabo lo que más le aterrorizó. Mientras volvía renqueando a
su cama para echarse a morir en paz, pasó ante la ventana que daba al Patio
Viejo y... En aquel momento el Tutor Mayor comprendió que era presa de un agudo
ataque de delírium trémens, y juró por primera vez en su vida en voz alta que,
si sobrevivía (y no es que lo deseara demasiado), no volvería a tocar una
botella ni con guantes.
Había
un hombre que llevaba un jersey de cuello vuelto y una chaqueta negra y
calcetines blancos y gafas de sol azul marino que estaba mirando hacia la Torre
del Toro. No había nada que objetar a esto, aunque el Tutor Mayor detestaba el
turismo en general y a los turistas en particular. Lo que realmente le dejó
patitieso fue el ver a otro hombrecillo idéntico, vestido de la misma guisa,
junto a la puerta del Refectorio, y a otro más —¿o eran dos?— que contemplaba
la fuente. De hecho, había hombrecillos de esos por todas partes. El Tutor
Mayor se aferró al alféizar de la ventana, para no caerse redondo allí mismo, e
intentó contar cuántas de aquellas criaturas pululaban por el Colegio. Llegó a
contabilizar unas ocho, aunque no estaba del todo seguro de que no fueran
dieciséis; sin embargo, lo peor fue que cuando elevó la vista al cielo, en
busca de consuelo, descubrió a otro grupo muy numeroso de seres idénticos
hormigueando por el techo de la Capilla.
Con
un gañido gutural, el Tutor Mayor se apoyó contra su escritorio, y se maldijo
mentalmente a sí mismo, y maldijo de paso a Dios, y al jodido oporto del 47,
por no mencionar a los dos benedictines dobles, que hasta aquel momento había
olvidado por completo. No cabía ninguna duda al respecto. Aquellos eran los
síntomas de un caso terminal de delírium trémens. Tenía que ser eso. Ver volar
elefantes rosa era otra cosa. Había oído decir que las personas que padecían
intoxicaciones etílicas veían volar elefantes rosa. Y arañas gordas y peludas.
Y, francamente, al Tutor Mayor le habría gustado más ver volar a elefantes rosa
y a arañas gordas y peludas, rosa, o verdes, o de cualquier otra tonalidad, en
vez de aquella proliferación injustificada de lo que parecían cientos de
hombrecillos con gafas oscuras y calcetines blancos y jerséis de cuello vuelto.
Aquellos síntomas indicaban claramente un grado elevadísimo de enajenación
mental. Por un par de segundos, el Tutor Mayor incluso llegó a considerar la
posibilidad de meterse en el cuarto de baño y acabar con todo de una vez para
siempre.
Le
salvó una nueva y extraordinariamente vivida aparición. O espejismo. Uno de
aquellos hombrecillos estaba ante la puerta de la Capilla. Y, de repente, para
asombro y horror del Tutor Mayor, una riada humana salió de estampida del
sagrado recinto, derribó a aquel demoníaco ser y lo pisoteó. El Tutor Mayor
cerró los ojos y se arrastró hasta su cama. Al menos, debajo de su edredón no
vería más carnicerías. Se cubrió la cabeza con el embozo y rogó al Señor que su
muerte fuera rápida y sin sufrimientos.
En
ese estado de extrema postración se encontraba el pobre hombre cuando llegó a
su puerta el Praelector, que también tenía los nervios bastante desquiciados.
—Tutor
Mayor, Tutor Mayor, ¿está usted ahí? —gritó desde el pasillo.
El
Tutor Mayor emitió un gemido ahogado y fingió no estar, pero el Praelector no
picó. Lo que estaba sucediendo en el Colegio era tan lamentable, que debía
pedir consejo a alguien, y ninguno de los Claustrales más jóvenes estaba en
aquel momento, el Decano seguía ausente y el profesor Pawley, que debía de
haber estado haciendo algo astronómico durante la noche anterior, tenía su
puerta cerrada a cal y canto y se negaba en redondo a ser despertado. Sólo el
Tutor Mayor podía ayudarle a solucionar aquella crisis.
—¡Por
el amor de Dios, Tutor Mayor, levántese! ¡Ocurren cosas horribles!
El
Tutor Mayor ya lo sabía, pero no tenía la menor intención de ponerse a hablar
de ello.
—Váyase,
por favor, váyase —dijo débilmente desde su cama—. No me encuentro nada bien.
—¿No
se encuentra bien, dice? Vaya, no sabe cuánto lo siento. ¿Quiere que avise al
doctor MacKendly, o a la Enfermera? Me puedo acercar en un momento y...
Pero
la idea de una visita doble, del doctor MacKendly primero y de la Enfermera
después, mientras yacía indefenso y exánime en su lecho de muerte, bastó para
espabilar del todo al Tutor Mayor.
—¡No,
por lo que más quiera, no! —rogó, y sacó la cabeza de debajo del grueso
edredón—. Y ni se le ocurra siquiera encender la luz.
En
el umbral, el Praelector dudó. Había oído rumores acerca de la vida sexual del
Tutor Mayor, y temió estar interrumpiendo quién sabe qué prácticas.
—¿Qué
es lo que le pasa? —preguntó.
—
Yo... Yo... —El Tutor Mayor procuró encontrar un medio de expresar su estado
actual sin mencionar para nada el delírium trémens y los hombrecillos de los
calcetines blancos y las gafas oscuras—. Yo... no soy el de siempre.
Por
un momento, el Praelector, que era hombre que tomaba las cosas según venían y
no se dejaba afectar demasiado por los acontecimientos, se distrajo de la
catástrofe de la Capilla.
—Pocos
de nosotros somos siempre la misma persona. Yo mismo a veces no estoy seguro de
quién soy. Es un problema filosófico muy interesante, que...
—No,
no lo es protestó el Tutor Mayor—. No tiene nada que ver con la filosofía.
Estoy fuera de mí.
—¡Ah!
—exclamó el Praelector, que recordó de nuevo los rumores acerca de la
orientación sexual del Tutor Mayor y se preguntó si estaría fuera de sí porque
alguien estaba dentro de él—. ¿Fuera de sí metafórica o literalmente?
El
Tutor Mayor no estaba de humor para responder preguntas de esta laya.
—Pero,
hombre, ¿qué demonios importa eso ahora? ¡Oh, Dios mío, qué agonía...! ¿Es que
no ve que estoy perdiendo el juicio? —dijo, casi gritando.
—Bueno,
la verdad sea dicha, no me sorprende demasiado —dijo el Praelector—. Muy pocos
profesores en Cambridge están en plena posesión de sus facultades mentales, al
menos de modo permanente. De hecho, me atrevería a asegurar que la mayoría de
ellos ni siquiera tienen juicio que perder. Y hay quienes están dentro y fuera
de sí al mismo tiempo, es lo que se llama «disociación de la personalidad».
—¿Y
a mí qué coño me importa? —bramó el Tutor Mayor, al que aquella especiosa
discusión metafísica estaba a punto de hundir en un estado de demencia
absoluta—. Yo no tengo más que un juicio, que es el que estoy perdiendo. Ya no
lo tengo, lo he perdido. ¿Entiende? Perdido completamente. Estoy loco.
Majareta. ¿Es que no hablo en cristiano?
—Pues
ya que lo reconoce usted mismo, le repito que no me sorprende en absoluto —dijo
el Praelector, cuya paciencia había llegado a su límite—. Para serle del todo
sincero, le diré que nunca creí que fuera usted del todo normal. Tanto remo y
tanta carrerita por la orilla del río gritándoles obscenidades a los del equipo
contrario...
El
Tutor Mayor se puso a gritar más obscenidades en aquel preciso momento, lo cual
movió al Praelector a encender la luz del cuarto. Ya casi había olvidado por
completo por qué había ido allí. Lo que vio cuando le dio al interruptor
corroboró sus peores sospechas. El Tutor Mayor, obviamente, se había dedicado a
prácticas sexuales muy violentas y sofisticadas. Aquel rostro colorado que le
miraba echando fuego por los ojos desde la cama era, sin duda, el de un hombre
en las últimas. El Praelector le miró, sinceramente preocupado.
—Pero,
mi querido muchacho, ¿qué ha estado usted haciendo? A su edad la masturbación
puede resultar extremadamente peligrosa. ¿Ha usado algún...?
—¿Masturbación?
—rugió el Tutor Mayor—. ¡A tomar por el culo, hombre...!
De
nuevo utilizó una expresión poco feliz.
—Ah,
así que se trata de eso... —dijo el Praelector, buscando con la mirada por el
dormitorio a ver si había algún estudiante escondido en el armario, pero sólo
alcanzó a descubrir la ropa del Tutor Mayor, desperdigada por el suelo, y lo
que parecía una botella de chardonnay californiano llena hasta arriba que
estaba junto a la cama. El aroma que saturaba la habitación sugería que quizá
el contenido de la botella no fuera alcohólico—. Sea como fuere...
Pero
el Tutor Mayor había perdido todo sentido del decoro después de aquella
insinuación sobre sus prácticas onanistas. No se puede decir que saltara de la
cama, porque en la situación en que se encontraba no estaba para muchos meneos,
pero sí que salió de debajo del edredón.
El
Praelector contempló su cuerpo desnudo con repugnancia. Y temor. El Tutor Mayor
no había exagerado. Aquel hombre era un demente peligroso.
—De
acuerdo, de acuerdo, ya me marcho —dijo el Praelector, reculando en dirección a
la puerta.
Pero
entonces recordó la razón que le había llevado hasta allí.
—Pero,
antes de marcharme, creo que debe saber que el Colegio está lleno de
hombrecillos asquerosos con jerséis de cuello vuelto y calcetines blancos y
gafas oscuras y...
Para
su sorpresa, la actitud del Tutor Mayor cambió radicalmente nada más pronunciar
estas palabras. De maníaco homicida pasó a ser otra cosa completamente
diferente. Hubiera sido exagerado decir que de repente pareció radiante de
felicidad. El oporto del 47 y los dos benedictines todavía se dejaban notar, y
el hombre tenía los ojos como tomates, pero el alivio que sentía le había
devuelto un semblante más humano.
—¿Qué
es lo que ha dicho? —susurró, casi sin voz—. ¿Qué es lo que acaba de decirme?
—He
dicho que el Colegio está lleno de hombrecillos con jerséis de cuello vuelto y
calcetines blancos y...
Frente
a él, el Tutor Mayor cayó de hinojos y levantó sus ojos inyectados en sangre al
cielo raso del cuarto.
—¡Aleluya,
alabado sea el Señor! —gimió.
Y
completó aquella expresión de sus más hondos sentimientos vomitando
copiosamente.
El
Praelector se marchó corriendo y bajó al Patio Viejo, donde Walter, con ayuda
de otros tres porteros, de Arthur, el Cocinero, del personal de cocina al
completo, de los jardineros y de unos cuantos estudiantes, tenía rodeado al
equipo de Transworld Televisión, al que estaban echando a la calle a
empellones.
—¡Como
vuelvan a aparecer por aquí, no se van a ir tan de rositas! —amenazó Walter a
uno de los técnicos, al que habían roto las gafas durante la refriega y que
corría cojeando con un solo mocasín—. ¡La próxima vez se van a enterar de lo
que vale un peine, so bestias!
En
las habitaciones del Capellán, Kannabis aún no se había enterado de nada. La
Enfermera, una mujerona con dos manos como palas, le había echado un vistazo y
en seguida había llamado al doctor MacKendly.
—Nunca
se sabe, ¿verdad?, con estos golpes en la cabeza... —le dijo al Capellán, con
quien tenía mucha amistad—. Creo que no será nada, pero más vale pisar sobre
seguro.
—Yo
diría que a este pollo ya le han pisado bastante por hoy —dijo el Praelector,
que se había sumado al pequeño grupo junto a la cama del accidentado—. Aunque,
para ser sincero, después del destrozo que han hecho en la Capilla, no estoy
seguro de que este fulano merezca vivir. —Se quedó pensando un momento y luego
añadió—: Por cierto, Enfermera, estimo que sería recomendable que fuera a ver
al Tutor Mayor cuanto antes. Su comportamiento es de lo más raro, y no le
vendría mal la ayuda de un profesional.
La
Enfermera salió a cumplir las vengativas instrucciones del Praelector
murmurando para sus adentros que el comportamiento del Tutor Mayor siempre
había sido raro. La Enfermera sabría cómo tratarle, pensó el Praelector, aún
ofendido por el lenguaje obsceno y las acciones aberrantes de su colega. Y, en
cualquier caso, quería poder interrogar sin demasiados testigos a aquel mañoso
con las narices hinchadas para enterarse de lo que hacían él y su banda de
gemelos facinerosos en el Colegio.
—A
robar no han venido. Si hubiera alguna cosa de valor, ya la habríamos vendido
hace años —le dijo al Capellán, que estaba intentando reanimar a Kannabis con
una copa de coñac. Pero el americano se negaba en redondo a ingerir ni una
gota. Permanecía inmóvil y miraba al Capellán con ojos vidriosos.
—Venga,
abra la boca, hijo mío —le decía el Capellán—, que lo que no mata engorda, como
decía aquel.
—No
parece que le guste mucho el Rémy Martin —dijo el Praelector, que estaba
deseando tomarse una copa.
—¿El
Martini? ¿Qué Martini? —murmuró Kannabis—. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—No
pasa nada. Ha tenido usted un pequeño accidente, y de resultas de la caída...
Kannabis
trató de concentrarse y recordar.
—¿Un
pequeño accidente? ¿Que me pisoteara un hatajo de frailes enloquecidos es un
pequeño accidente?
—Es
sólo un término de... un leve eufemismo, si lo prefiere, una figura retórica.
No hay por qué ponerse así.
Kannabis
se puso color púrpura.
—¿Que
no me ponga así? ¿Está de broma? No fue un eufemismo. ¿Le ha pisoteado alguna
vez una manada...?
—Mire,
hijo —dijo el Capellán con un tono de voz inusualmente autoritario—, fui
delantero centro del equipo de rugby de mi colegio, y sé perfectamente a lo que
se refiere, así que no arme tanta escandalera por tan poca cosa. ¡Cómo se nota
que es americano!
—Soy
un ciudadano nacido libre de los Estados Unidos de América, la nación más
poderosa del mundo —dijo Kannabis—. Eso es lo que soy. Nacido y crecido en la
nación más poderosa del mundo, y a mucha honra, para que lo sepa. No hay quien
nos tosa. Con mover un dedo, podríamos borrarles a todos ustedes de la faz de
la tierra. Así de fácil.
—Sí,
me parece recordar que consiguieron un gran triunfo en el Vietnam —dijo el
Praelector, que había desembarcado en Normandía y aún se acordaba de cómo las
fortalezas volantes habían bombardeado por error su pelotón cerca de Falaise—.
Una actuación impresionante. Una estrategia brillante, y unos soldados
valientes y disciplinados, comandados por excelentes generales. Pero, claro,
sólo luchaban contra hombres pequeñajos que, por no tener no tenían ni aviones
de combate. Mucho me temo que, de haberlos bombardeado ellos como ustedes los
bombardearon...
Dejó
la comparación en suspenso, para que Kannabis sacara sus propias conclusiones.
—Pero
¿de qué cojones habla? ¿El Vietnam? No teníamos la menor oportunidad. Esos
cabrones son tan pequeños que ni los ves, y se reproducen como las moscas.
El
Capellán terció en la conversación con un nuevo coñac, esta vez Hine.
—Espero,
hijo mío, que encontrará éste más de su gusto —dijo.
A lo
que Kannabis le respondió que se llevara de allí aquella mierda, porque era un
americano abstemio y antialcohólico de Bibliópolis, Alabama, y que se las
verían con él si se atrevían a ponerlo en duda.
—No
se sulfure, que no tenemos la menor duda de que es cierto —dijo el Praelector—.
Y ahora, si tuviera la bondad de decirnos su nombre...
—¿Para
qué? —preguntó Kannabis en tono beligerante.
Por
un instante, el Praelector estuvo tentado a responderle que necesitaban saberlo
a fin de avisar a su familia para que pasara a recoger su cadáver, pero optó
por obrar con diplomacia.
—Porque
nos gustaría que fuéramos amigos y...
—¡Y
una mierda! —exclamó Kannabis—. Primero me pisotean como si fuera un condenado
iraquí de los cojones, y ahora me dicen que quieren que seamos amigos. ¡Por mí
se pueden ir a tomar por el culo!
—Ya
veo que nos lo va a poner difícil —dijo el Praelector, que había tenido un día
muy malo y estaba más que harto de que le insultaran.
—Pues
yo no veo —dijo el Capellán, que se había tomado la copa de Hiñes— qué tienen
que ver los iraquíes con el accidente que sufrió este hombre en nuestra
Capilla.
—Supongo
que este pollo se refiere a la guerra del Golfo, cuando los soldados americanos
utilizaban sus tanques para enterrar vivos a los pobres iraquíes en sus
trincheras —dijo el Praelector, y se sirvió una copita de Rémy Martin.
—¡Ya
lo creo que lo hicimos! ¡Los muy hijos de puta no sabían con quién trataban!
Por
las miradas que se cruzaron el Capellán y el Praelector, se veía que Kannabis
tampoco sabía con quién trataba, lo cual, considerando la clase de hombre que
era, no resultaba sorprendente.
—Mire
usted: no sé si tendrá un buen abogado —dijo el Praelector hablando despacio y
con mucho énfasis, a fin de evitar malentendidos—, pero creo mi obligación
comunicarle que la policía está al llegar, y que le van a acusar de
allanamiento de propiedad privada, daños y perjuicios, agresión y, para que no
falte de nada, destrucción deliberada de un monumento histórico del Patrimonio
Nacional...
—¿Monumento
histórico? ¿De qué coño me habla? —gritó Kannabis, e intentó incorporarse en la
cama.
—Mire,
por ponerle un ejemplo de su propio país, esto sería similar a la destrucción
deliberada de la iglesia unitaria de Cambridge, Massachusetts, donde predicó
Emerson. Pero quizá no sepa quién fue Emerson.
—¡Pues
claro que sé quién fue Emerson! ¡El que inventó la jodida luz eléctrica!
—Kannabis casi escupió estas palabras.
El
Praelector le dedicó una sonrisa siniestra.
—Lo
que pretendo hacerle comprender es que, imitando la gloriosa tradición legal
establecida en su maravilloso país, le vamos a llevar ante los tribunales por
atentar contra una de las más antiguas y valiosas Capillas universitarias de
Cambridge. Sinceramente, no puedo anticipar la cuantía de los daños y
perjuicios que reclamarán nuestros abogados, pero los jueces ingleses están
siguiendo cada vez más la costumbre americana de...
No
había necesidad de seguir. El daño físico que había sufrido Kannabis no era
nada en comparación con los pagos por daños y perjuicios con que le amenazaban
ahora. Y entendía perfectamente de qué le hablaban.
—He
de hablar con Hartang —dijo con un hilo de voz—. Pónganme con Hartang.
—Mucho
me temo que no tenemos —dijo el Capellán—. Té chino, sí, y té indio, también,
pero Hartang, no. La verdad es que no creo haber oído nombrar esa marca en mi
vida.
El
Praelector se mostró menos comprensivo.
—Intenta
usar el truco legal más viejo del mundo, fingirse estúpido o demente. Pero no
le va a servir de nada. Fue usted quien trajo a aquellos horribles
hombrecillos, quienesquiera que sean, y quien les incitó a provocar los
monstruosos desperfectos de la Capilla y a cometer allanamiento de propiedad
privada. Y ahora, ¿me va a decir cuál es su nombre?
—Karl
Kannabis —dijo Kannabis.
—¡No
me diga! ¡Qué interesante! —dijo el Praelector—. Y supongo que su madre se
llamaba Cicuta, o algún nombre igualmente botánico, y que sus antepasados eran
suecos, ¿no?
—¿De
qué coño me habla? El nombre de mi madre no era botánico. Se llamaba Flor de
Mayo. ¿Y qué son todas esas chorradas de Suecia? Mi familia no tiene nada de
sueca. Somos ciudadanos nacidos libres de la mayor super...
—Sí,
no se esfuerce. Ya hemos oído su panegírico sobre las virtudes de América ad
nausean antes, y no hace falta que nos lo repita, muchas gracias. Lo que
queremos es su verdadero apellido. Y no me venga ahora con que es Adormidera o
Coca, o algo que tenga que ver con Linneo.
Kannabis
trató de levantarse de la cama por el otro lado. Era evidente que estaba
aterrorizado. Pero el Praelector se marchó del cuarto.
—¿Qué
le pasa a ese hombre, monje? —le preguntó Kannabis al Capellán—. ¿Está siempre
así?
El
Capellán pareció meditar su respuesta con gran seriedad.
—Pues
mire, ahora que lo menciona —dijo—, supongo que... bueno, no importa. Diría que
es lo normal, en estos días del mes.
—¿Qué
mes? ¿Qué tienen que ver los días del mes con esto? ¿Es que ese tío se cree que
tiene la regla, o lo que sea?
—Diría
que es más bien lo que sea —respondió el Capellán—. De verdad, siento que no
tengamos el té que pidió. Pero, si quiere, tengo un poco de China.
Kannabis
no quería té, y no se le había perdido nada en China. Lo que le preocupaba eran
las mutaciones mensuales del Praelector.
—¿Qué
le pasa en estos días del mes? —dijo mientras se escurría pasito a pasito en
dirección a la puerta, como quien no
quiere la cosa—. ¿Es que se vuelve lobo, como Frankenstein? Una vez
hicimos una peli sobre los lobos. Tienen una jerarquía social muy estricta,
¿sabe?
—¡Fascinante!
—dijo el Capellán, y le hizo la zancadilla a Kannabis con un bastón.
El
americano seguía en el suelo cuando volvió el Praelector acompañado por el
Portero Mayor y dos de sus ayudantes. Kannabis vio los botines negros y los
pantalones gris perla de los recién llegados y emitió un quejido lastimero.
—Creo
que ya va siendo hora de que este sujeto se tome una bebida tonificante —dijo
el Praelector—, y no creo que sea adecuado desperdiciar coñac del bueno con él.
Algo barato y repugnante. Voy a ver qué encuentro en las Cocinas.
Salió
de la habitación, y al rato volvió con un botellón de aspecto sospechoso.
—Denle
la vuelta —ordenó. Entre todos pusieron a Kannabis boca arriba en el suelo. El
americano se quedó mirando aterrado aquellas cinco caras amenazadoras y aquel
botellón.
—¿Qué...?
—gimió—. ¿Qué hay en esta botella?
—En
esta botella hay un coñac de guisar de lo más basto, y lo va a catar en
abundancia como no nos diga inmediatamente su verdadero apellido.
—¡Me
apellido Kannabis, joder! ¿O qué se cree, que me llamo Clinton, o Schwarzkopf?
—Pues
no se me había ocurrido, no —dijo el Praelector—. Aunque ahora que lo dice...
—Se arrodilló junto a Kannabis y le miró a los ojos fríamente— Abra la boca.
Kannabis
apretó las mandíbulas con decisión.
—Como
le he dicho —dijo, hablando con gran dificultad por las narices—, soy un
ciudadano nacido libre de los Estados Unidos de América, la nación más...
El
Praelector le vertió un poco de coñac entre los dientes, y Kannabis cerró los
labios con fuerza.
—Ya
veo que esto va a resultar algo laborioso —dijo el Praelector—, vamos a tener
que abrirle la boca con algo.
Se
puso en pie y miró a su alrededor en busca de algún objeto punzante a
propósito. El paraguas del Capellán pareció convencerle.
—Vamos
a ver. Walter, y usted Henry, si tuvieran la bondad de sujetarle bien...
Pero
Kannabis, que había logrado ponerse en pie, estaba con la espalda pegada a la
pared y les miraba con los ojos fuera de las órbitas y esgrimiendo una regla
redonda de ébano.
—¡Como
alguien me ponga la mano encima, lo mato! —chilló a todo pulmón—. ¡Lo mato! ¡Lo
mato, comprenden? Nadie me va a obligar a beber alcohol, para que se enteren.
Quiero irme de aquí. Soy un ciudadano nacido libre de...
—Qué
obsesión tiene este hombre con eso de haber nacido libre —dijo el Praelector,
pero el Capellán había desaparecido en la habitación contigua.
Volvió
enseguida con una pera de goma color rosa de considerables proporciones, que
tenía una especie de pitorro de plástico en el cuello.
—Me
pregunto si esto podría ser de alguna utilidad —dijo—. Una muchacha muy
agradable que trabaja en el Hospital viene a veces a ponerme lavativas con
esto...
—¡Mierda!
—exclamó Kannabis.
—Exacto.
A mí me hace un efecto estupendo. Se pone el líquido en la pera, y este
pitorrito de plástico se mete por el...
—¡Y
una mierda! —berreó Kannabis—. Si creen que me van a meter esa cosa por el
ojete y me van a dar una lavativa de coñac, es que están locos. Cuando vaya a
la embajada y presente una denuncia contra ustedes, sabrán lo que significa ser
ciudadano de... un ciudadano americano...
Se
calló de repente y los miró con los ojos muy abiertos. El Capellán le había
pasado la pera de goma a Walter, que la estaba llenando de coñac. Mientras la
llenaba, el Capellán explicó su funcionamiento.
—Esta
especie de grifo regula el paso del líquido —dijo señalando una llavecita de
plástico en el cuello de la pera—. Y una vez que le metamos este pitorro en la
boca...
Los
aullidos de Kannabis interrumpieron su explicación.
—¿En
la boca? ¿En la boca? ¡No pienso dejar que metan eso en mi jodida boca! ¡Ni
pensarlo! Sería antihigiénico. ¿Saben dónde han metido eso?
—Pues,
de hecho, sí que lo sé —dijo el Capellán—. Y bastantes veces, la verdad. Supongo que esa muchacha
viene por aquí lo menos desde 1986. Es un encanto. Se llama Daisy. Tiene manos
de ángel. Yo iba un poco estreñido entonces y...
Kannabis
le volvió a interrumpir. Golpeó a Henry con la regla y trató de escurrirse por
la puerta. Pero al instante fue reducido. Lo sostuvieron entre todos,
inmovilizado con la espalda contra la pared.
—Creo
que sería más fácil administrarle la bebida si pudiéramos ponerle en posición
supina —dijo el Praelector—. No, en la cama no, no vaya a ser que manchemos las
sábanas. Tendrá que ser en el suelo otra vez.
Se
produjo un breve y violento forcejeo, y Kannabis fue depositado boca arriba
sobre la moqueta sin mayores miramientos.
—Henry,
sostén la botella —dijo Walter—, que yo le meteré este pitorro de plástico en
la... Tiene una forma un poco rara, y es demasiado largo para metérselo entero
por la boca. ¿Le importa que se vierta un poco de coñac, señor? Es que tiene
muchos agujeros a los lados, y, como le decía, es un poco largo. Me temo que
podría entrarle líquido en los pulmones, lo cual no le haría ningún bien.
Consideraron
el problema durante un instante. El Capellán dio enseguida con la solución.
—Pegamento
—dijo—. Estoy seguro de que tengo un tubo en alguna parte. Lo uso para las
teclas de la máquina de escribir y para coger alfileres del suelo, ya saben. Si
cerramos los agujeritos de la base del pitorro, no será menester que se lo
metamos todo en la boca.
Kannabis
redobló sus esfuerzos por liberarse, retorciéndose como un gusano y
amenazándoles con lo que les haría la embajada americana...
—Sí,
como hicieron en Granada y en Haití, ¿no? Inglaterra es también una isla, y
bastante insignificante... —dijo el Praelector, y se preguntó en voz alta por
qué los Estados Unidos parecían preferir siempre declararles la guerra a
naciones isleñas—. Pero bueno, esto no tiene la menor relevancia ahora. Lo que
importa, señor mañoso, es que nos diga ahora mismo su verdadero nombre y
dirección, y quién es exactamente, y qué estaba haciendo aquí esta mañana con
sus...
—¿Gorilas,
señor? —apuntó Walter.
—Exacto.
Gracias, Walter. Sus gorilas. O sicarios. Que provocaron daños importantes en
la estructura de un edificio propiedad del Colegio, en la Capilla, para ser más
específicos, la cual, para su información, fue construida varios siglos antes
de que su encantador país fuera tan desafortunadamente descubierto. Es una pena
que Colón no tomara la dirección opuesta. Pero bueno, resumiendo, si nos dice
lo que queremos saber, no nos veremos obligados a aplicarle este peculiar enema
alcohólico por vía oral, lo cual, tengo que darle la razón en esto, no es del
todo higiénico. Así que ésta es su última oportunidad.
—Ya
tengo el pegamento —dijo el Capellán muy animado—. Ahora sólo falta ponerlo en
estos agujeritos en la base del pitorro...
—No
me parece que vaya a hacer falta en todos, señor —le dijo Walter—. La mayoría
están obstruidos con... bueno, si me perdona la expresión, señor, yo diría que
están obstruidos con...
Kannabis
se dio por vencido.
—Juro
por Dios que me llamo Kannabis, Karl Kannabis, nacido en Bibliópolis, Alabama,
señor! —dijo mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
El
Praelector no se ablandó. Había trabajado muchos años como agente de
reclutamiento para el Servicio Secreto, y conocía sus métodos de interrogación.
—Ya,
ya. Primero un apellido que parece obra de Linneo y se refiere a una de las
plantas más odiosas del mundo, y ahora me sale con que su ciudad natal se llama
nada menos que Bibliópolis, un topónimo claramente ficticio. ¿Qué cuento viene
a continuación?
—Juro
por Dios que es la pura verdad! Soy el vicepresidente de Transworld Televisión
Productions, y...
—Vaya,
hombre —le interrumpió el Praelector—, ya volvemos a lo mismo. ¿Han conocido a
algún americano que no fuera vicepresidente de algo? Yo no. ¡Qué ganas de darse
humos! —Simuló un bostezo—. ¿Y no se le ocurre otra cosita mejor que Transworld
Televisión Productions? Qué nombre más facilón para una empresa. ¡Transworld,
ya, ya...!
—Juro
por Dios...!
—Mire,
hijo —intervino el Capellán—, no jure tanto, que es domingo. Le agradecería
mucho que reformara un poquitín su lengua. Menudo lenguaje...
Kannabis
le miró como un cordero degollado. El Capellán sostenía amenazadoramente por un
extremo la pera de goma, cuyo pitorro ahora tenía agujeritos azules aparte de
los parduscos.
—Pero
¿qué lenguaje? ¿Cómo quiere que se lo diga? Si me preguntan, tengo que
responder, digo yo. No voy a expresarme como los sordomudos, con las manos.
Siguió
allí, tirado en el suelo, llorando y moqueando, mientras el Praelector
continuaba el interrogatorio. Había decidido probar una táctica más suave, por
el momento.
—Mire,
me repugna verdaderamente tener que utilizar estos métodos, pero...
—¿Que
le repugna, dice? —le interrumpió Kannabis—. ¿Que le repugna? Pues imagínese lo
que me repugna a mí que me metan esa cosa asquerosa por la boca después de
haber estado donde ha estado. Si cree que me hace maldita la gracia está muy
equivocado, señor.
—Pues
mire, usted decide —dijo el Praelector—. O bien es esa cosa asquerosa, como
dice, y la verdad es que tampoco sé muy bien cómo definirla, o se toma un coñac
por las buenas en una copa como cualquier ser humano. No sé si el coñac de
guisar le resulta familiar, pero le aseguro que su sabor no es lo que se dice
una delicia, al contrario. Yo, por mi parte, siempre he preferido limitarme a
una buena copita de coñac de marca. —Hizo una pausa—. Así que usted me dirá qué
prefiere.
Kannabis
trató de considerar las alternativas fríamente, pero le resultaba difícil
pensar con claridad en aquellas circunstancias.
—¿O
sea, que debo elegir entre coñac de guisar o coñac de marca? Pues no quiero
ninguna de las dos cosas. Ya le he dicho mil veces que soy abstemio. Y
antialcohólico, además. No pruebo ni la cerveza, o sea que... Ni drogas
tampoco, ni porros, ni nada. Ya no. Quiero decir que me mantengo sano de cuerpo
y de espíritu. Ni siquiera utilizo líquido para enjuagarme la boca, un colega
me dijo que tenía alcohol. Y también hay que ir con cuidado con las armas.
Algunas tienen aleaciones de aluminio. Provoca el mal de Alzheimer. —Una idea
terrible le cruzó por la cabeza—. ¿Ustedes no tendrán el mal de Alzheimer, por
casualidad? ¡Mierda...!
El
Praelector agarró una silla y se sentó junto al bulto inerte del americano
tendido en el suelo. Se le había agotado la poca paciencia que le quedaba.
—Si
está listo, Walter... —le dijo al Portero Mayor.
Pero
el Capellán recordó algo de repente.
—Oiga,
¿sabe una cosa? A lo mejor este joven está diciendo la verdad, al fin y al cabo
—dijo.
Todo
el grupo se le quedó mirando.
—¿La
verdad sobre qué? —preguntó el Praelector, a quien no le cabía en la cabeza que
aquel inmundo gángster americano pudiera decir la verdad sobre nada.
—Lo
de la televisión. ¿No estaban intentando meter esta mañana un camión de la tele
lleno de cables en el Patio Viejo por la Puerta Principal, Walter?
—¿Esta
mañana, señor? Pues, ahora que lo dice, sí que es verdad. Tenía un letrero, a
lo largo, que decía Transworld Televisión. Pero no les dejé entrar, por
descontado. Les dije que la última vez que se descorrieron los cerrojos fue
cuando Su Majestad...
—¿Es
eso cierto, Walter? —le interrumpió el Praelector—. ¿Vio ese... letrero en el
camión?
—Sí,
ya lo creo, señor. Y Henry también lo vio, ¿verdad, Henry?
Su
ayudante asintió.
—Sí,
este tío no hacía más que preguntar por el profesor Tesorero, o Tesoro, y
nosotros venga a decirle que aquí no hay ningún profesor que se llame así, y él
erre que erre, hasta que vimos al Tesorero, que salía del primer servicio, lo
cual no es lo que se dice habitual en él, y...
En
la moqueta, Kannabis luchaba por encontrar palabras con que expresar sus
sentimientos. Del pitorro de la pera caían gotitas de coñac que le corrían por
la cara.
—¡El
profesor Tesorero! —gritó—. El profesor Tesorero me dio permiso para sacar...
para filmar el Colegio en vídeo a fin de que lo viera el señor Hartang.
Pregúntele, que él lo confirmará. Me dio su autorización. Menos en el césped,
que no se puede.
—¿En
el césped? ¿No se puede qué?
—Pues
pisarlo. Tiene cientos de años de antigüedad, ¿sabe? Cientos y cientos de años.
—No
me diga —respondió el Praelector, al que le constaba que el césped había sido
replantado hacía diez años—. Pues mire, no había caído en eso.
Empezaba
a sospechar que fuera lo que fuere lo que había ocurrido aquella mañana, el
Tesorero iba a tener que explicar una porción de cosas. Y mientras tanto, aquel
hombre, de apellido tan increíble como basto era su lenguaje, debía ser tratado
con más tacto del que habían mostrado hasta aquel momento. No sería nada
beneficioso para la reputación de Porterhouse que se filtrara (la palabra era
desafortunadamente apropiada) que se le había amenazado con forzarle a beber
licores repulsivos por medio de una pera de goma rosa que se había utilizado
durante diez años para irrigarle el colon al Capellán. Una historia así no
resultaría nada edificante en la portada del Cambridge Evening News. El
Praelector se decidió por una política de paños calientes.
—Mi
querido muchacho —dijo al tiempo que ayudaba a Kannabis a ponerse de pie—. Me
estaba usted comentando algo sobre nuestro centenario césped...
—Sí.
El profesor Tesorero me lo dijo. Es una especie protegida, como las ballenas y
tal —dijo Kannabis, mirándole por el rabillo del ojo, todavía receloso—. Pero
no me dijo ni pío sobre los techos y las Capillas. ¿También son especies
protegidas?
—Más
o menos —dijo el Praelector, que había cambiado de idea: el tal Kannabis, si es
que realmente se llamaba así, poseía un nivel cultural de lo más rudimentario,
lo cual podía ser una ventaja—. De hecho, es mucho más que eso. La Capilla es
un edificio protegido por una ley del Parlamento ratificada por Su Majestad la
Reina. Es monumento nacional, y, como tal, no puede ser alterado, dañado,
restaurado o modificado en manera alguna sin el debido consentimiento por
escrito y con la aquiescencia de la Comisión del Reino que vela por la
integridad del patrimonio nacional. Dicho permiso solamente puede concederse en
caso de que el edificio en cuestión se encuentre en peligro de ruina inminente.
Y le aseguro que la Capilla de Porterhouse, con los muchos tesoros que
contiene, se encuentra en ese peligro de resultas de las acciones reprensibles
de los hombres con los que irrumpió usted en el Colegio esta mañana, y de
las cuales es usted el único responsable
legal. No quiero ni imaginar las consecuencias de este deleznable acto de
vandalismo, aunque debo advertirle que intuyo que para usted van a ser de lo
más dramáticas. Es posible, incluso, que el caso haya de ser sometido a la
consideración del Consejo Privado del Reino. Creo haberme expresado con
claridad.
El
Praelector creía precisamente lo contrario.
—¿El
Consejo Privado del Reino? —dijo Kannabis, que le miraba con la boca abierta.
—El
Consejo Privado de Su Majestad la Reina Isabel II se ocupa de los casos que...
Kannabis
levantó una manaza temblorosa.
—No
quiero saber nada más —dijo—. Y yo que tenía sueños románticos acerca de la
Princesa de Gales y la Familia Real... Y ahora me dice que Su Majestad...
¡Mierda! ¡Los ingleses! No los entenderé nunca.
—Muy
poca gente lo consigue —dijo el Praelector—. Supongo que somos un país bastante
raro. ¿No es así, Capellán?
Kannabis
se volvió a mirar al Capellán, que estaba intentando volver a meter el coñac de
guisar en el botellón con ayuda de Walter y Henry.
—¿Raro,
dice? —dijo—. No veo por qué. Es sólo coñac de guisar, y dudo mucho que nadie
note el pegamento. De hecho, creo que tal vez le dé cierto bouquet del que
carecía antes.
—Yo
me largo de aquí pero ya —dijo Kannabis, y se alejó trastabillando hacia la
puerta. Pero el Praelector le volvió a hacer la zancadilla, esta vez con el
paraguas. Justo en el momento en que caía hacia delante y se golpeaba la cabeza
contra un mueble, Kannabis tuvo un breve instante de lucidez. Tenía que salir
de aquel horrible lugar antes de que...
Walter
y Henry se lo llevaron en brazos por el Jardín de los Claustrales hasta la
Residencia del Rector. Kannabis, por suerte para él, estaba inconsciente.
—Mucho
me temo que ese pedazo de animal tendrá que disfrutar de nuestra hospitalidad
unos pocos días más, hasta que se recupere —dijo el Praelector—. Y no creo que
pueda haber lugar más idóneo para alojar a un invitado distinguido que la
Residencia del Rector. Es inmensamente segura y está bien protegida, y, además,
le hará compañía a Skullion, que estoy convencido de que velará porque nuestro
invitado esté bien atendido. Enviaré al doctor MacKendly a que le reconozca, y
quizá sería conveniente que la Enfermera se instalara en la habitación contigua
a la suya, y que otro de los porteros y tal vez también alguno de los pinches
de cocina más corpulentos estuvieran a mano, para asegurarse de que no salga
del Colegio. Mientras tanto, creo que es hora de mantener una amigable charla
con nuestro dilecto Tesorero.
10
Mientras
le quitaban a Kannabis su jersey marrón de cuello vuelto, los pantalones y la
ropa interior, los calcetines blancos y los mocasines, y le dejaban tirado en
la cama como vino al mundo (toda su ropa fue enviada, innecesariamente, a la
lavandería del Colegio), el exhausto Praelector dio orden de que sólo se
permitiera la salida o entrada al Colegio a los estudiantes y los Claustrales.
Seguidamente, fue a ver si el Tutor Mayor estaba en condiciones de acompañarle
durante su entrevista con el Tesorero. Encontró al Tutor Mayor sorbiendo un
tazón de caldo de pollo, y de un humor de perros. Pero al menos estaba sobrio.
—Debo
haberle parecido un orate completo, no sé lo que me ha pasado —murmuró, mirando
fijamente la vacía chimenea.
El
Praelector le dio una palmadita amistosa en el hombro.
—Sí,
debo admitir que su comportamiento fue de lo más peculiar, amigo mío, pero no
me hubiera atrevido a incluirlo en la categoría de los dementes. Simplemente,
estaba usted fuera de sí.
El
Tutor Mayor levantó la vista y le miró con verdadera inquina.
—No
empecemos otra vez, ¿en? —gruñó—. Ya he tenido bastante con lo de esta mañana.
Fuera de mí, o dentro de mí, o dentro y fuera de mí al mismo tiempo. Y luego me
acusó de practicar la masturbación. Me sorprende mucho que no mencionara
también que me estaba quedando ciego y calvo de resultas. Y, para acabarlo de
arreglar, se atreve a enviarme a ese adefesio de Enfermera, cuando sabía
perfectamente que estaba en pelotas en el suelo sin poderme apenas mover. No sé
si ha sido usted alguna vez... no diré atendido, porque los métodos clínicos de
esa arpía son anteriores a Florence Nightingale. ¿Sabe qué me hizo?
—No
—dijo el Praelector vivamente—. Ni lo sé ni quiero saberlo. De todas formas,
¿qué le pasó, para acabar en aquel estado?
—Lo
que me pasó fue —dijo el Tutor Mayor con aspereza— que pensé que dos
benedictines dobles después de una botella entera de oporto del 47 eran lo más
indicado para hacer la digestión de una comilona en el Corpus Christi, que por
cierto, no es un nombre que le pegue demasiado a ese condenado colegio. ¿Se ha
bebido usted alguna vez una botella entera de oporto y dos benedictines dobles?
La
expresión del Praelector era una contestación de lo más elocuente.
—Bueno,
pues no lo intente, acuérdese de lo que le digo. No se lo desearía ni a mi peor
enemigo. Ya me gustaría saber quién fue el cretino que me dijo que el 47 había
sido un año excelente. Fue un año espantoso, y no sólo para el oporto: para la
carne de ballena y para el cultivo de la patata y para todo, y, además, hizo un
frío de morirse aquel invierno... Como alguien me vuelva a mencionar el año
1947...
El
Tutor Mayor bebió otro sorbo de su caldo de pollo, lo que dio al Praelector la
oportunidad de atacar la conversación que le interesaba.
—Hablando
de pequeños incidentes...
El
Tutor Mayor se atragantó.
—¿Pequeños?
¿Pequeños incidentes, dice? Y tiene usted el cinismo de hablarme de pequeños
incidentes precisamente esta mañana. Yo sí que he tenido un pequeño incidente
hoy, que estoy que ni conozco...
Cuando
se calmó un poco, el Praelector prosiguió con su relato.
—Me
estoy refiriendo a Kannabis y a los daños causados en el techo de la Capilla.
Se
calló. El Tutor Mayor le estaba lanzando otra mirada homicida.
—El
jefe de ese grupo de cafres dice llamarse Kannabis —explicó el Praelector.
Era
obvio que el Tutor Mayor no le creía.
—¿Por
qué? —preguntó.
—Pues
no lo sé. Me limito a repetirle lo que él dice. Y he de admitir que tampoco le
di mucho crédito al principio.
—No
me creo nada. Punto final —dijo el Tutor Mayor.
—Me
temo que no —dijo el Praelector con cautela. El carácter del Tutor Mayor no era
inestable, sino constante y consistentemente insufrible y peligroso.
Había
vuelto la cara hacia el Praelector, siseando como una víbora.
—Siga.
Siga. ¿Qué quiere decir con que no? ¿Es que hay más?
—Me
temo que así es. Cuando el techo de la Capilla empezó a ceder...
—¡Mentira!
¡Miente usted más que habla, demonio! —voceó el Tutor Mayor—. Viene a
atormentarme con historias luctuosas, para hacerme sufrir...
Se
levantó de su silla inopinadamente y se salpicó de caldo los pantalones.
—¡Sabe
Dios cuántas veces habré mirado hoy por la ventana para cerciorarme de que
aquellos hombrecillos infernales habían desaparecido, y sepa y entienda usted
que no estoy ciego, diga usted lo que diga sobre mis supuestas prácticas
masturbatorias, y el techo de la Capilla está aún en su sitio! No ha cedido en
absoluto.
—No
le acusé de masturbarse, ¿sabe? Sólo pensé que...
—¿Qué
pensó? ¿Y qué es pensar, sino acusar?
—Bueno,
todos pensamos cosas continuamente, pero eso no quiere decir que las hagamos.
¡Sólo Dios sabe qué pasaría si lo hiciéramos! —dijo el Praelector.
—No
me hace ninguna falta que Dios sepa lo que hago o dejo de hacer. Sé
perfectamente lo que me hago. —El Tutor Mayor se volvió a sentar en su silla de
golpe, y se derramó más caldo de pollo por encima.
—Bueno,
volviendo al asunto del techo de la Capilla, tiene toda la razón, no ha cedido
del todo, pero gracias a esa gentuza y a sus manipulaciones y estampidas de
esta mañana, durante la Eucaristía Cantada, varias secciones de estuco de
considerables proporciones se han desprendido y es un milagro que nadie
resultase herido. El busto del doctor Cox ha quedado destruido, y el pulpito ha
adoptado una forma y configuración totalmente nuevas.
—¡Pero
el pulpito es de bronce macizo! Es extraordinariamente resistente —dijo el
Tutor Mayor—. ¿Me está diciendo que se ha doblado?
Su
incredulidad era bien patente.
—Más
que doblado, retorcido. El pajarraco del atril, que supongo que será un águila,
ya no vuela hacia delante, sino hacia atrás.
—¿Que
vuela hacia atrás? ¿Qué sandeces está diciendo? Ese jodido pajarraco no podría
volar aunque quisiera. Pesa una tonelada y...
—¡Por
el amor de Dios! —le interrumpió el Praelector. Ahora era su turno de
indignarse—. Deje de tomarse las figuras retóricas al pie de la letra y escuche
lo que le digo. Un enorme bloque de sólida manipostería que soportaba una de
las vigas de madera del techo ha caído y ha dañado el pulpito. En otras
palabras, nos encontramos ahora en posición de poder querellarnos por daños y
perjuicios contra esa gente. Les podríamos sacar millones y millones.
—Podríamos,
en condicional, pero no podremos. Supongo que nunca cogeremos al cerdo que lo
hizo, e incluso si le cogiéramos se nos escurriría con alguna triquiñuela
legal.
—De
hecho, el señor Kannabis se encuentra en estos momentos descansando en una cama
en la Residencia del Rector, totalmente inconsciente. Ya he mandado avisar al
doctor MacKendly, y la Enfermera cuida de él. —Un escalofrío recorrió la espina
dorsal del Tutor Mayor ante la mención de aquella mujer—. Lo que trato de
explicarle es que el señor Kannabis es el vicepresidente de una compañía
llamada Transworld Televisión Productions, que vino esta mañana a petición del
Tesorero para filmar una especie de documental sobre el Colegio. En otras
palabras...
—¿El
Tesorero? ¿Quiere decir que el Tesorero es responsable de...? ¡Lo mato! Le voy
a arrancar las tripas a ese gusano. Va a desear no haber nacido y...
—Siéntese,
haga el favor —dijo el Praelector, y, aprovechando su transitoria superioridad
física sobre su colega, le obligó a volverse a sentar a la mesa delante de su
tazón de caldo de pollo—. No hará usted nada parecido. En vez de soliviantarse
tanto, escúcheme. El Colegio se encuentra ahora en una situación estratégica
que nos permite forzar a esta compañía, Transworld Televisión, a reparar el
daño ocasionado mediante un sustancioso pago en metálico en concepto de
compensación. Voy a ir ahora mismo a ver si puedo encontrar al Tesorero y
quiero que usted me acompañe... O, mejor, no, quizá sea más prudente que en su
actual estado se quede usted donde está. Ya encontraré a alguien más racional.
Bajando
las escaleras se topó con el doctor Buscott, que estaba mirando pensativamente
un mocasín huérfano que flotaba en la Fuente.
—No
se adonde vamos a llegar —dijo—. Supongo que debe de haber habido una especie
de revolución popular aquí, esta mañana.
El
Praelector les pidió al doctor Buscott y a un joven físico llamado Gilkes que
le acompañaran a la oficina del Tesorero.
—Quiero
que tomen nota de todo cuanto se diga en esta reunión —les dijo—. Vamos a
querellarnos por daños, y necesito testigos.
Finalmente,
encontraron al Tesorero agazapado en el lavabo que había detrás de la oficina
de la Secretaria del Colegio, la cual estaba allí también, aunque era domingo.
—Ah,
señora Morestead, ¿por casualidad no habrá visto al Tesorero? —preguntó el
Praelector.
La
señora Morestead indicó el lavabo con un ademán despectivo, y el Tesorero fue
descubierto y sacado de su escondrijo. Estaba pálido como un muerto, y en un
estado de aguda tensión nerviosa.
—Ahora
venga con nosotros, siéntese aquí, vamos a tomarnos una tacita de té y nos
contará usted tranquilamente lo sucedido —dijo el Praelector con su tono de voz
más meloso—. La señora Morestead nos va a hacer un buen té bien cargadito, nos
comeremos unas pastas y usted nos explicará por qué encargó a Transworld
Televisión Productions que viniera a hacer una película a Porterhouse. Mire, no
se preocupe. Nadie le va a hacer nada... nadie le va a echar la culpa de nada,
está entre amigos. Cuéntenoslo con sus propias palabras... No, no farfulle,
clarito, clarito, no se me atropelle, que no le entendemos. No, no, pierda
cuidado, que el Tutor Mayor no sabe que está usted aquí. Pues sí, sí que está
hablando de despellejar a alguien, aunque dudo que hoy esté en condiciones de
hacer movimientos bruscos. Aquí viene la señora Morestead con el té. Sí,
gracias, con mucho azúcar. Gracias, doctor Buscott. ¿Tiene la bondad de pasarme
las pastas, señor Gilkes? Muy bien. Perfecto. Así me gusta.
El
Tesorero denegó amargamente con la cabeza.
—Me
van a matar cuando se enteren. Ya lo verán —gimoteó.
—No
exageremos. Por supuesto que el Decano no va a estar lo que se dice encantado
cuando conozca la noticia, y el Tutor Mayor...
—Ellos
no. Me refiero a esos desalmados de la Transworld Televisión. Por ejemplo,
Skundler.
—¿Skundler?
—preguntó el Praelector, y le pidió que deletreara el nombre para que la señora
Morestead pudiera transcribirlo.
—Y
Edgar Hartang. Es el jefe, un hombre malísimo que pone los pelos de punta sólo
con mirarle, y tiene más dinero que pesa, y viaja en su Rey Lear privado...
El
Tesorero se paró en seco. Sospechaba que había algo que no cuadraba en esto
último.
—Ya
veo —dijo el Praelector en un tono de voz que no hubiera estado fuera de lugar
junto al lecho de un moribundo—. Continúe. ¿En su Rey Lear, dice usted? ¿No
tendrá tres hijas este hombre, quizá?
—Me
parece que se refiere a un Lear Jet, un avión para ejecutivos que puede volar a
cualquier punto del globo —apuntó Gilkes.
—Muy
útil, estoy seguro, y al menos ahora sabemos que el tal Hartang es una persona,
y no una marca de té. Pero todavía no nos ha dicho por qué les pidió que
vinieran a filmar al Colegio.
—No
fui yo —dijo el Tesorero—. Hartang quería donar al Colegio una importante
cantidad de dinero. Verán, fui a un cursillo sobre el mecenazgo, y Kannabis se
me acercó y me dijo...
Mientras
iba relatando su historia, los otros le escuchaban pendientes de sus labios.
Como dijo el Praelector ante el Consejo del Colegio en una reunión celebrada
poco después, fue en aquel momento precisamente cuando se percató de que a
Porterhouse aquellos americanos le venían como caídos del cielo.
11
El
doctor Purefoy Osbert no llegó en muy buen momento a Porterhouse para tomar
posesión de su plaza como beneficiario de la beca de investigación Sir Godber
Evans. Había llegado a un acuerdo con los de Kloone, por el que accedía a ir
allí una vez al mes para supervisar las actividades de los estudiantes de su
Departamento, sin coste adicional para la Universidad, por lo que su partida,
aunque inesperada, había sido amigable. Madame Ma'Ndangas, por su parte, le
había demostrado su admiración (y su aprobación), permitiendo incluso que la
besara y toqueteara un poco sus soberbios pechos.
—Vas
camino de convertirte en un hombre de provecho, Purefoy —le dijo, olvidándose
momentáneamente de su inglés macarrónico—. Creo que vas a labrarte un gran
porvenir.
—Un
porvenir que podrías compartir si te casaras conmigo. La señora Osbert,
figúrate.
Madame
Ma'Ndangas reflexionó acerca de esta proposición durante unos instantes y luego
denegó vigorosamente con la cabeza.
—No.
Hasta que no seas rico y famoso, ni hablar.
—Pero,
comparativamente, estoy bastante bien situado ahora, y, aunque no sea famoso,
la beca de investigación Sir Godber Evans de Porterhouse, Universidad de
Cambridge, no es para hacerle ascos tampoco.
Madame
Ma'Ndangas se rió ruidosamente y echó para atrás su melena, que le tapaba los
ojos.
—Yo
no asco, Purefoy tesoro. Yo no vomitar ahora tampoco estómago bien gracias. Yo
esperar qué pasa a ti. Yo oír Porterhouse sitio no bueno. Cosas malas en el
pasado.
—Ésa
es mi obligación, descubrir qué le ocurrió realmente a Sir Godber. Por eso he
conseguido el puesto y por eso el salario es tan generoso.
—Yo
saber salario. Tú decir, pero tú no rico aún. Tú ahora tener un poco más de
dinero y poder ir con chicas bonitas a hacer el ki-ki en vez de darle al
biltong como hasta ahora.
—¿Al
biltong? —dijo Purefoy, que no estaba familiarizado con los términos africanos.
—Cipote,
Purefoy. Hacerse paja. Significar...
—¡Ya
sé lo que significa! He ido a todas tus clases sobre la infertilidad masculina,
me las sé de memoria. Es algo que podría repetir indefinidamente...
—No
posible repetir indefinidamente. Hay que parar. Monsieur Ma'Ndangas tampoco
poder repetir tanto. Correr tres veces, cuatro, cinco, pero no más.
Indefinidamente ser mucho. Y él ser hombre de verdad. Pelotas grandes. Pregunto
qué pasar con ellas.
Purefoy
no tenía el menor interés por indagar el paradero de los testículos del difunto
marido de Madame Ma'Ndangas.
—Lo
que trataba de decirte es que nunca, jamás, he pensado en otra mujer que no
seas tú cuando yo... bueno... esto... alivio mi frustración.
Madame
Ma'Ndangas abrió unos ojos como platos.
—¡Bendito
sea el Señor, aleluya, amén! —exclamó—. Yo oír llamar eso muchas cosas, pero
nunca palabra técnica como alivio de frustración, no señor. ¿Tú estar
frustrado, tesoro? ¿Sí?
—¿A
ti qué te parece? —dijo Purefoy, al que empezaban a dolerle las pelotas—. ¡Pues
claro que estoy frustrado! Por tu culpa.
—¡Ah!,
tú dar otro beso grande con lengua y yo dejar tocar glándulas mamarias una vez
más.
—Realmente,
te agradecería mucho que no utilizases semejantes términos. Teniendo como
tienes unos pechos tan divinos, es un sacrilegio que los llames glándulas
mamarias.
—Palabra
técnica. Igual que tú decir alivio de frustración en vez de cascártela. Yo
conocer más aún mejores.
Purefoy
Osbert interpretó mal esta última frase.
—¡Por
el amor de Dios, no digas eso! No hay ninguna mujer mejor que tú. Eres única.
La más hermosa del mundo. Y hablas un
inglés perfecto cuando quieres. No entiendo por qué te empeñas en fingir que
eres lo que no eres. Eres preciosa...
—Yo
no ser una osa. Yo ser mujer de verdad. Cuando tú ser hombre de verdad...
—¿Te
casarás conmigo? Por favor, dime que sí.
—Posibilidad
—dijo Madame Ma'Ndangas—. Pero antes tú demostrar en Porterhouse que tener lo
que hay que tener.
Pero,
una vez allí, a Purefoy le resultó extremadamente arduo, para empezar,
demostrar su relación con el Colegio. Cuando llegó a la Puerta Principal se la
encontró atrancada y con el cerrojo echado. Tiró de la campanilla y esperó. Se
oyeron dentro unas sonoras pisadas, y una voz gangosa le preguntó qué quería.
—Pues
a decir verdad, lo que quiero es entrar. Me están esperando.
Detrás
de la puerta, el Portero Mayor se sonrió para sus adentros.
—Sí,
hombre, sí. Le esperan —dijo Walter—. Ya sabía que volvería. Pues ya le he
dicho que esta vez se va a llevar algo más que un puñetazo en la nariz como
intente volver a colarse aquí. Ande y piérdase.
Purefoy
se quedó de una pieza. Empezaba a comprender por qué Porterhouse tenía tan mala
reputación. Lo que acababa de oír le inducía a pensar que aquel lugar pudiera
ser peor aún de lo que había imaginado. Quizá no anduviese desencaminada Lady
Mary al afirmar tan convencida que a su marido lo habían asesinado allí. Por un
segundo casi estuvo a punto de volverse a Kloone, pero pensó en Madame
Ma'Ndangas, en especial en sus glándulas mamarias, y aquella imagen le dio
fuerzas. Para ganar su mano, y todo lo demás, tenía que convertirse en un
hombre de provecho, un hombre de verdad. Por ella haría lo que fuera.
—¡Oiga!
—gritó—. ¡Soy el doctor Osbert! ¡Me están esperando!
El
Portero Mayor tuvo un momento de duda.
—¿El
doctor Osbert? ¿Ha dicho que es el doctor Osbert?
—Pues
sí —dijo Purefoy—. Eso es justamente lo que le acabo de decir.
—El
doctor MacKendly ya está viendo al tipo ese en la Residencia del Rector —gritó
Walter—. ¿Es usted el ayudante del doctor MacKendly, quizá? No sabía que
tuviera un ayudante.
—No,
claro que no soy el ayudante del doctor MacHenry. Soy el doctor Purefoy Osbert.
—¿Le
han mandado del Hospital de Addenbrooke? —preguntó Walter. Su tono de voz era
más respetuoso ahora.
—No,
verá, no soy doctor en medicina. Soy...
Pero
el Portero Mayor ya había oído bastante.
—Ya
me parecía que no me sonaba a médico —dijo—. Escuche lo que le digo: como trate
de colarse en el Colegio, será usted el que acabe en el hospital. ¡Venga,
lárguese!
Por
segunda vez, Purefoy estuvo a punto de abandonar, pero se rehizo. Detrás del
portón se oía una discusión en susurros. Le pareció oír las palabras: «Los muy
cabrones se saben todos los trucos, Henry. Ahora dice que es médico.»
Purefoy
tiró firmemente de la campanilla. Empezaba a enfadarse.
—¡Oiga!
—gritó—. No sé quién es usted, pero...
—Pues
ya somos dos, so listo —dijo Walter—. Yo tampoco sé quién es usted, y, además,
no me importa, mira por dónde.
—¡Oiga!
—dijo Purefoy—. Soy el nuevo becario...
—Ahora
dice que es el nuevo becario —dijo Walter.
—¡Oiga!
Soy el titular de la beca de investigación Sir Godber Evans, y mi nombre es
doctor Purefoy Osbert. ¿Comprende?
Al
otro lado del portón hubo un largo silencio. Walter estaba empezando a
sospechar que quizá había cometido una terrible equivocación. De todas formas,
no quería arriesgarse.
—¿Lleva
gafas? —le preguntó.
—Pues
no, no llevo gafas. Veo estupendamente.
El
Portero Mayor, en cambio, no podía ver nada. El portón no tenía mirilla. Probó
a escudriñar a través de una grieta de la madera, pero sólo alcanzó a
distinguir una manga de la cazadora de cuero de Purefoy.
—¿Y
calcetines blancos? —preguntó.
—Pues
no, no llevo calcetines blancos. ¿Por qué demonios habría de llevarlos? ¿Qué
importancia tiene el color de mis calcetines?
—¿Es
usted de verdad el becario de... de lo que sea?
—¿Por
qué iba a pretender serlo, si no lo fuera? —preguntó Purefoy. Si aquél era un
ejemplo del nivel intelectual de Porterhouse, mejor sería volverse a Kloone
cuanto antes. Al menos allí era infinitamente más fácil hacerse entender.
Tras
la puerta, Henry le estaba diciendo a Walter que el tipo que estaba fuera no
sonaba a yanqui. Walter no pudo menos que estar de acuerdo, y, al cabo de un
instante de duda, la Puerta Principal se abrió lentamente y una cara
desconocida y recelosa escudriñó a Purefoy de arriba abajo. En la Portería,
Henry estaba intentando, sin éxito, localizar al Tutor Mayor.
—Supongo
que será mejor que entre, señor —dijo Walter, pasando de las bravuconadas al
más abyecto servilismo—. Yo le llevaré las maletas, señor.
Purefoy
cruzó el umbral cargando con su equipaje. Si aquel subnormal —y no pensaba
perder el tiempo con eufemismos— le ponía las zarpas encima al maletín en que
llevaba sus manuscritos y notas, probablemente no volvería a verlo.
—No
sabe cuánto lo siento, señor, pero esta mañana hemos tenido un poco de
alboroto, y mis órdenes eran no dejar pasar a nadie que no perteneciera al
Colegio. Ni entrar ni salir, ¿comprende? El Praelector fue de lo más estricto
acerca de eso. Le pido mil perdones. Si hace el favor de seguirme por aquí,
señor...
Purefoy
le siguió hasta la Portería. Porterhouse no se parecía a ninguno de los
colegios de la Universidad de Cambridge que había visitado. No había señales
del siglo XX, ni tampoco del XIX (ni siquiera del XVIII). Los casilleros para
la correspondencia parecían antediluvianos, pero todo estaba limpio, pulido y
reluciente. Los pernos de metal de los que pendían los manojos de llaves de la
Portería brillaban, y el sombrero hongo de Walter estaba reluciente, lo que
indicaba que su dueño lo trataba con reverencia. Purefoy dejó las maletas en el
suelo. Ya se sentía un poco más a gusto. El olor de la cera abrillantadora le
aplacaba los nervios.
Pero
aquella bienvenida había sido tan fuera de lo común, tan enervante, que
consideró prudente mantener alta la guardia, por lo que pudiera pasar. Henry,
el Portero Adjunto, intentaba, sin conseguirlo, ponerse en contacto con el
Tutor Mayor a través del vetusto teléfono de la pequeña oficina interior de la
Portería.
—No
hay nada que hacer —dijo—. No está en sus habitaciones.
—Sí
que está. Pero no quiere contestar al teléfono —replicó Walter—. Y no me
extraña, por la manera como volvió anoche de Corpus Christi. ¡Parecía un zombi!
Tenía una pinta tan horrorosa, que no quiero ni imaginarme su aspecto esta
mañana.
Purefoy
escuchó atentamente este diálogo, que se le antojó de lo más inquietante. Si el
Portero Mayor, que no era precisamente un hombre agradable —mientras hablaba,
miraba a su interlocutor de una forma retorcida y antinatural, espeluznante,
por el rabillo del ojo izquierdo, que además era de un extraño color aguanoso—,
se permitía decir que alguien tenía una pinta horrorosa, aquel individuo debía
ser un aborto de la naturaleza. Lo que dijo Henry a continuación tampoco
contribuyó a apaciguar sus temores:
—La
Enfermera dice que había vomitado por todo el cuarto. Y se lo encontró en
pelotas, para más inri. Al principio, la pobre creía que estaba muerto. Que le
había dado el paralís de Porterhouse.
—Pues
como siga por ese camino, a su edad, le va a dar uno —dijo Walter, que volvía
de la oficina interior con una mueca siniestra en los labios que Purefoy
interpretó generosamente como una sonrisa obsequiosa—. Siento muchísimo todo
esto, señor —añadió dirigiéndose a él—. No me habían dicho que vendría usted
hoy, y tenía órdenes estrictas de no dejar entrar a nadie. Pero ya he visto que
figura usted en el registro, así que está todo en orden. El Tesorero le ha
asignado una habitación con vistas al Jardín de los Claustrales; aquí tiene la
llave. Henry le llevará las maletas, señor, y le enseñará el camino.
Purefoy
se agachó para coger sus maletas, pero Walter le detuvo.
—Perdone,
señor —dijo, con otra mueca, en la que un extremo servilismo parecía mezclarse
extrañamente con cierta indefinida amenaza—, pero los señores Claustrales no
llevan sus maletas en Porterhouse. Daría mal ejemplo. Eso es lo que me enseñó
el señor Skullion, que es ahora el Rector. Se trata de una antiquísima
tradición.
Por
un instante, Purefoy se sintió tentado de decirle a aquel gnomo que las
tradiciones de Porterhouse le importaban un bledo, y que siempre llevaba sus
propias maletas, pero había sido un viaje muy largo y estaba agotado.
—¿Qué
hago con mi coche? —preguntó—. Lo he dejado en una zona azul en esta misma
calle, un poco más abajo.
—Déme
las llaves, señor, y haré que lo metan en la Antigua Cochera, que es donde
guardamos los vehículos de los Claustrales. ¿Sabe de qué marca es, señor?
A
Purefoy Osbert aquello le sonó a pitorreo. Pero inmediatamente Walter le sacó
de su error.
—Lo
pregunto, señor, porque muchos de los Claustrales no lo saben. El Decano lleva
conduciendo un viejo Rover desde el año de la nana; es un Lanchester, un modelo
que ya no se fabrica, o, al menos, eso creo. Y el Capellán tiene un Armstrong
Siddeley, aunque ya no conduce, y creo que ni recuerda que está allí.
Purefoy
le entregó las llaves, y le dijo que era un Renault verde nuevo.
—El
número de matrícula es 5555 OGF —añadió.
—Muy
bien, señor. Le dejaré las llaves en su casillero. Así sabrá dónde
encontrarlas.
—Pero
no sé cuál es mi casillero —dijo Purefoy.
—Ah,
pero yo sí, señor. Lo único que tiene que hacer es preguntarme cuando las
necesite.
Y
con otra horrible mueca desapareció en la pequeña oficina, desde donde le llegó
a Purefoy su voz sofocada cotilleándole a alguien que el nuevo Claustral, el
doctor Oswald, tenía un coche extranjero, gabacho para colmo, y que ya vería
cómo se iba a poner el Tutor Mayor cuando se enterara porque... Imaginándose lo
que se le venía encima en aquel Colegio, Purefoy siguió a Henry, que llevaba
sus dos maletas; cruzaron el Patio Viejo, pasaron por la parte trasera de un
edificio de piedra ennegrecida por los siglos y tomaron un sendero hacia un
edificio no menos ennegrecido, pero esta vez de ladrillo. En el trayecto se
cruzaron con varios estudiantes, todos ellos demasiado bien vestidos para el
gusto de Purefoy. Estaba acostumbrado a que la gente llevara botas y vaqueros
rotos y el pelo o bien muy largo y sucio o bien rapado al cero. Siempre había
desconfiado de los jóvenes con el pelo bien cortado. Además, la mayoría de los
hombres jóvenes que vio eran altos y musculosos y se reían demasiado
estentóreamente. Y la única chica joven con la que se cruzaron le sonrió
amablemente, lo que le pareció muy raro. En Kloone las mujeres no sonreían
nunca. Por regla general, le despreciaban y le trataban a patadas.
Al
pie de una escalera marcada con la letra O, Henry se detuvo y señaló un espacio
en blanco en el extremo superior de un tarjetero negro.
—Ahí
va usted, señor. Unas habitaciones estupendas, señor. Enfrente de las del Tutor
Mayor. El Tutor Mayor siempre procura hacer buenas migas con los jóvenes
caballeros, señor.
Empezó
a subir los escalones, y Purefoy le siguió con el corazón en un puño. El
comentario del Portero Adjunto le había recordado aquella noche funesta con
Goodenough, y antes que tener que volver a soportar las rijosas atenciones de
otro maricón (por segunda vez en su vida prescindía de lo políticamente
correcto), insistiría en que le cambiaran de alojamiento lo antes posible.
Pero, como en el caso de Goodenough, Purefoy se equivocaba de medio a medio. No
había nada de afeminado en el hombre que se asomó por la puerta que había
enfrente de la suya y preguntó con voz de trueno si era necesario armar aquel
maldito alboroto.
—Sólo
he dejado en el suelo las maletas de este caballero, señor.
—¿Las
maletas? —gruñó el Tutor Mayor—. Pues me ha sonado más bien como una manada de
elefantes tocando el tambor.
Volvió
a meterse en sus habitaciones y cerró la puerta con mucho tiento. Henry se rió
por lo bajini y buscó el ojo de la cerradura en la oscuridad.
—¡Cómo
le gusta bromear al Tutor Mayor! Eso, y el oporto. Buen bebedor, vaya si lo es.
A los bebedores de oporto se les nota en la cara qué variedad prefieren. Al
Decano le gusta el tostado, y por eso tiene la tez tan cetrina. En cambio, el
Tutor Mayor prefiere el rubí, y eso hace que esté siempre tan colorado.
Por
suerte, las habitaciones que le habían asignado a Purefoy eran muy cómodas,
constaban de un gran estudio que era a la vez sala de estar y de un dormitorio,
más pequeño, con una ventana que daba a un inmenso edificio de estilo jacobita
rodeado de césped, enfrente del cual se levantaba lo que parecía un gran bloque
cuadrangular de tejo.
—Ésa
es la Residencia del Rector, donde vive el Rector, tal como su nombre indica, y
esa masa de tejo en medio del césped es el Laberinto del Rector. Hay personas
que se metieron dentro y nunca más se supo de ellas. Eso dicen. Pero seguro que
es una broma, señor, aunque yo no me metería ahí ni por todo el oro del mundo.
Mejor no arriesgarse, ¿no cree? Y, además, tampoco me dejarían. Los sirvientes
no podemos pisar el césped. Sólo los Claustrales pueden hacerlo.
Purefoy
volvió al estudio y miró por la ventana. También vio jardines, pero éstos,
además de césped, tenían rosales, una zona de rocalla y un pequeño estanque,
junto al cual se levantaba lo que parecía un enorme ruibarbo.
—Ése
es el jardín del Decano. Él mismo lo cuida cuando se lo permite el reuma o la
artritis o lo que sea que coge con la humedad del río y el aire que sopla del
este. Viene por el Mar del Norte desde Rusia, sí señor, de unas montañas que
tienen un nombre muy gracioso, como los retretes de la estación de autobuses,
los Uri...
—Los
Urales —dijo Purefoy, y se preguntó si todos los porteros de Porterhouse serían
tan parlanchines.
Finalmente,
tras mostrarle cómo se encendía la estufa de gas y el funcionamiento de los
fogones que había en la habitación del fámulo, así como dónde estaba el cuarto
de baño, Henry se marchó y Purefoy se sentó y se preguntó si habría hecho bien
al ir a Porterhouse. Todo aquello era increíblemente anacrónico, no tenía nada
que ver con el mundo en el que él había vivido más de treinta años. Porterhouse
no era, simplemente, un Colegio más de la Universidad de Cambridge: parecía una
especie de museo.
12
Lo
mismo habría podido pensar Kannabis cuando se despertó a la mañana siguiente,
de haber sido capaz de hacerlo. En su caso, debido a las contusiones y a la
medicación del doctor Mac-Kendly, lo poco que le quedaba de cerebro funcionaba
con grandes dificultades.
—Creo
que lo mejor será que le administremos algún somnífero suave de efectos
hipnóticos —dijo el médico cuando examinó al accidentado americano—. No es
menester mirarlo por los rayos X ni nada parecido. Ganas de perder dinero. Este
pollo, obviamente, tiene una cabezota más dura que el cemento, y, si no...
—Dejó la posible recuperación de Kannabis en el aire.
Pero
los efectos de la dosis doble del denominado somnífero suave de efectos
hipnóticos que le inyectaron sobrepasaron las optimistas previsiones del
galeno. Aquello no tenía nada de suave. Cuando Kannabis volvió en sí, estaba
prácticamente hundido en un estado catatónico profundo. Podía ver, oír y
sentir, pero eso era todo. No podía moverse. Y deseaba terriblemente hacerlo,
porque lo que veía le daba un miedo cerval. Junto a su cama, una cama en la que
nunca había estado antes, en una habitación que tampoco podía reconocer, se
hallaba sentada la criatura más horrenda que había visto nunca, al menos desde
el Quasimodo de la película El jorobado de Notre-Dame, que vio hacía muchos
años, cuando niño, en su ciudad natal. En las condiciones de aturdimiento mental
en que se encontraba Kannabis, aquella criatura era infinitamente peor y daba
muchísimo más miedo, pues estaba junto a él y le miraba aviesamente. Kannabis
no tenía idea de qué podía ser aquel engendro. Y lo peor era que no conseguía
cerrar los ojos, por más que lo intentaba, para evitar la mirada cruel de aquel
ser deforme. Y no sólo no podía cerrar los ojos. Estaba paralizado. Y desnudo.
En una cama gigantesca, en una habitación que nunca había visto antes. En un
intento desesperado por descubrir si era capaz de hablar, o si, para acabarlo
de arreglar, también se había quedado mudo, Kannabis trató de articular unas
palabras. Y lo mismo, al parecer, hizo el ser que estaba junto a él. Ahora que
podía mirarlo con más detenimiento (por fuerza, que no por gusto), Kannabis
comprobó que sí que era Quasimodo, en versión moderna, un minusválido
encasquetado en una silla de ruedas cromada. En realidad, la expresión
«minusválido» no le cuadraba del todo a aquel guiñapo contrahecho. El ser que
estaba sentado a unos pocos metros de él no era solamente minusválido. Era
minustodo. Inválido, repugnante, inicuo e inhumano. O, para decirlo con las
palabras que Kannabis hubiera preferido usar, de no estar tan aterrorizado,
aquella cosa era un monstruo, el Diablo con sombrero hongo. Y ahí lo tenía, a
un metro de él, profiriendo sonidos cavernosos. De haber estado en posesión de
sus facultades intelectivas habituales, a Kannabis le habría tranquilizado
saber que podía oír correctamente, que la sordera no era otra de las calamidades
físicas que le afligían desde no sabía cuándo. Pero lo único que ansiaba en
aquellos momentos era librarse de los sonidos guturales que emitía con evidente
esfuerzo aquel ser sentado en la silla de ruedas.
—No
debería haberlo hecho —dijo Skullion.
Tuvo
que repetir la frase varias veces para asegurarse de que Kannabis captaba el
mensaje. Pero el americano estaba en otra dimensión. Ya sabía que no debía
haberlo hecho, fuera lo que fuese lo que hizo. Aquello estaba más claro que el
agua. Se sentía como si hubiese alguna droga especialmente fuerte, por ejemplo,
crack mezclado con LSD y coca y gas letal. Por fuerza tenía que ser una
catástrofe de este tenor. Pero ¿por qué estaba en aquel jodido cuarto, aquel
cuarto tan raro, con niños gordos (gordísimos) revoloteando por el techo y el
sobrino de Quasimodo sentado junto a él como si estuviera esperando a que
acabara de asarse la pierna de cordero que se iba a zampar?
—Ha
causado daños en la Capilla —dijo Skullion, tras otro ímprobo esfuerzo
articulatorio—. Ha dañado la Capilla.
Una
pequeña parte del sistema nervioso de Kannabis reaccionó brevemente, y luego
volvió a quedar inerte. Le sonaba la palabra «Capilla», y estaba seguro de que
también le sonaba lo de los «daños», aunque él solía utilizar aquella expresión
siempre en combinación con «a terceros», y en aquella ocasión no veía qué
terceros podía haber allí a quienes cargar el muerto. Kannabis se concentró en
lo de la «Capilla», y aún le estaba dando vueltas en la cabeza cuando entró la
Enfermera en la habitación.
—Venga,
señor —dijo—, ya hemos tenido bastante conversación por hoy, ¿eh? No debemos
cansar a este joven. Dejémosle que descanse en paz.
Lo
cual, en cualquier otro contexto, hubiera sido un comentario de lo más
tranquilizador. Pero, dadas las circunstancias, el que una mujerona bigotuda y cariancha,
ataviada con unas hopalandas blancas, llamase a aquella Cosa de la silla de
ruedas «Señor» daba pábulo a las más extraordinarias connotaciones. Kannabis ya
no dudaba de que aquel ser, en vista del tratamiento que le daban y la
influencia y el poder de que parecía disfrutar, debía ser Satanás en persona. Y
aquello de «descanse en paz» le había dado muy mala espina. Si lo relacionaba
con «Capilla», el resultado más lógico era «Capilla ardiente», lo cual
explicaba su estado actual de postración física, aquella cama enorme y aquella
habitación oscura y lóbrega con los jodidos angelitos revoloteando por el
techo.
También
se explicaba ahora por qué estaba desnudo: se encontraba en una funeraria, a la
espera de ser enterrado o incinerado, o quizá embalsamado. Eso explicaría por
qué la Cosa de la silla de ruedas le había mirado de forma tan inquisitiva. Le
medía para meterle en el ataúd, o quizá calculaba cómo sacarle las tripas para
embalsamarlo. Ahora entendía por qué la Cosa llevaba un sombrero hongo negro y
un chaleco con leontina. Si algo aterrorizaba a Kannabis era la idea de ser
enterrado vivo. O incinerado. O embalsamado. Kannabis no sabía mucho acerca del
proceso de embalsamamiento de un cadáver, pero estaba seguro de que incluía
abrir el cuerpo en canal y sacarle todos los órganos internos y rellenar el
hueco con papeles o trapos. Y todo este procedimiento iba a ocurrir estando él
plenamente consciente, al menos durante un rato, al principio de la operación,
que sería seguramente la parte más dolorosa. ¡No podía ser! ¡No podía ocurrirle
a él semejante cosa! Tenía que demostrarles que estaba todavía vivo. Pero ¿cómo?
Kannabis
emitió unos extraños gargarismos y dijo «Joder!» varias veces en voz bastante
estridente, y luego intentó paliar el efecto de estas expresiones altisonantes
con varios «¡Dios mío!» y muchos «¡Socorro!». Luego se volvió a dormir, y al
despertarse vio al lado de la cama a un anciano alto y cadavérico y un
hombrecillo grueso y pelirrojo. La mujerona de uniforme estaba al otro lado de
la cama. Pero, al menos, la Cosa había desaparecido de la habitación.
—¿Qué
tal se porta nuestro joven amigo, Enfermera? —preguntó el pelirrojo—. ¿Algún
problema?
—Ninguno,
doctor —dijo la mujer—. Ha dormido como un bendito.
—¡Socorro,
socorro! —alcanzó a farfullar Kannabis.
—Parece
que intenta decir algo —comentó el anciano.
Pero
el médico ya se había sentado en el borde de la cama y estaba inspeccionando
con una linternita los ojos vidriosos del paciente. Y lo que estaba viendo no
le gustaba ni poco ni mucho.
—Este
nuevo fármaco que probé con él anoche le ha hecho bastante más efecto del que
esperaba —dijo—. Es una combinación sinergética de varios antipsicóticos muy
potentes, tranquilizantes, vamos, pero con un componente que relaja el músculo
en caso de que el enfermo tuviera tendencias agresivas. Acaban de sacarlo al
mercado y, ciertamente, responde a las expectativas. No hay más que mirarle...
—¡Socorro,
Dios mío, socorro! —trató de gritar Kannabis, pero fracasó lamentablemente en
el intento.
—Estoy
seguro de que quiere decirnos algo —dijo el anciano de aspecto cadavérico.
—Sí,
eso parece a primera vista —dijo el médico—. Pero es un mero impulso reflejo.
No puede reconocernos. En fin, supongo que será mejor que no le pongamos otra
inyección de esto. ¿Ha orinado, o algo?
La
Enfermera levantó la sábana y denegó con la cabeza.
—Bueno,
de todas formas, para andar sobre seguro... —dijo el médico al tiempo que
sacaba un tubito de plástico de su maletín—. Siempre llevo uno de sobra para el
Rector.
El
Praelector se volvió a mirar por la ventana, para evitar tener que contemplar
el espectáculo de la inserción de una sonda en el pene del americano. Y éste
tampoco disfrutó con aquella maniobra.
El
siguiente comentario del Praelector tampoco le animó en lo más mínimo.
—Ah,
aquí tenemos al Capellán —dijo—, que viene a charlar con el Rector, como cada
día. Una relación interesante, diría.
Pero
el doctor MacKendly y la Enfermera estaban absortos discutiendo la posibilidad
de un «escape» trasero.
—Ocurre
muy a menudo —decía el médico—. Deberíamos ponerle un plástico debajo. Una de
esas bolsas de la basura negras y grandes sería perfecta, y muy apropiada para
este caso, además.
Se
volvieron los tres a mirar a Kannabis por última vez y salieron en fila de la
habitación mientras el americano seguía farfullando «¡Socorro, Dios mío,
socorro!».
Lo
cual, como es natural, no le sirvió de nada.
Sus
colegas de la Transworld tampoco tenían intención de ayudarle.
—Así
que Kannabis se ha metido en un lío, como de costumbre —fue el comentario de
Skundler cuando le contaron lo sucedido en Porterhouse—. Pues que se las apañe
como pueda. No es mi problema. Cuando uno trabaja en este negocio, tiene que
asumir sus riesgos. Unos sobreviven, otros no. Así es la vida. Lo tomas o lo
dejas.
Nadie
discutió los argumentos del jefe del Departamento de Baremación. Incluso una de
sus colegas dijo, mostrando gran presencia de ánimo:
—¿K.
K. se ha ido al carajo? Bueno, pues se ha ido al carajo. ¿Algún otro tema?
En
Bangkok, Edgar Hartang estaba sentado con un crío de seis años sobre sus
rodillas. Era una experiencia insólita para el chiquillo, pero no para E. H.,
que le hizo cosquillas en una tetilla, se echó a reír y se quitó las gafas de
sol y la peluca. El bueno de E. H. se lo estaba pasando de miedo.
Y el
crío también. Sólo que su miedo era diferente.
13
El
Tesorero también estaba asustado, pero el suyo era un temor muy diferente. No
le había gustado nada haber tenido que explicar su papel en la invasión de los
de la Transworld, pero al menos no había tenido que hacerlo en presencia del
Decano y el Tutor Mayor. A éste no le había visto aún, y aquél, gracias a Dios,
estaba fuera, pero no le ocultaban los ataques de rabia que la conducta de
Kannabis y su equipo de gemelos habría provocado en ambos, y cuál habría sido
su actitud hacia él. Le habrían despedido inmediatamente, le habrían echado a
patadas de Porterhouse, y habría podido darse por contento de no haber sido
azotado. El Tutor Mayor siempre presumía de que iba a azotar a este o aquel
infractor, si bien nunca lo hacía, pero el Tesorero no tenía la menor duda de
que en su caso, y con el Decano jaleándole, el Tutor Mayor habría pasado a la
acción. Por el contrario, el Praelector le había ofrecido té y (lo que era aún
más raro) comprensión, y había parecido interesarse más y más a medida que le
iba contando la historia de cómo conoció a Kannabis y almorzó con Edgar
Hartang.
De
todas maneras, el Tesorero se había dado perfecta cuenta de que la Secretaria
del Colegio lo iba transcribiendo todo en taquigrafía, y de que Gilkes, el
doctorando, tomaba también abundantes notas. Cuando concluyó el interrogatorio,
se sintió muy aliviado.
—Han
sido ustedes pero que muy considerados conmigo —le dijo al Praelector, la mar
de emocionado—. No sé cómo agradecérselo.
—No
me llore, Tesorero, que ya nos conocemos. Además, amigo mío, somos nosotros los
que deberíamos estarle agradecidos. No tiene ni idea del impagable servicio que
le ha hecho al Colegio. Y no se preocupe más por el señor Kannabis. Está en
buenas manos.
—¿Le
va a entregar a la policía? —preguntó el Tesorero.
—Por
supuesto que no. Está en mucho mejores manos. Ahora váyase a casa y duerma
tranquilo, que buena falta le hace. Vamos a necesitar de todas sus capacidades
intelectuales en los próximos días.
El
aquel momento, el Tesorero no había comprendido las connotaciones de aquel
comentario. Se fue pitando a su casa, escurriéndose por la puerta de servicio
como un criminal, por no toparse con el Tutor Mayor en el Patio Viejo, y se
bebió tres vasos de whisky a palo seco antes de tragarse una ración doble de
las pastillas para dormir de su mujer, por lo que cayó redondo en la cama. El
lunes lo pasó reponiéndose, y el martes, cuando se reincorporó a su puesto en la oficina de
Porterhouse, comprendió qué había querido decir el Praelector con lo de que
Kannabis estaba en buenas manos.
—¿Y
dice que lo custodian en la Residencia del Rector? —le preguntó a Walter en
Portería—. ¡No puede ser! ¿Con Skullion? ¿Está seguro?
—Yo
no diría que lo custodian. Está tendido en una cama, inmóvil; no sé si me
entiende.
El
Tesorero no lo entendió, desde luego. La Residencia del Rector de Porterhouse
empezaba a parecerse a un depósito de cadáveres. Primero el difunto Sir Godber,
y ahora Kannabis...
—Pero
¿de qué murió? ¡Por el amor de Dios...! ¿Es que el Tutor Mayor le pegó?
—No,
señor, qué va. Nada de eso. El Tutor Mayor no estaba en condiciones de pegarle
a nadie. A lo que le había estado pegando era a la botella, así que el hombre
no estaba muy lúcido. No, ese ca... caballero americano tuvo una especie de
accidente en las habitaciones del Capellán y creyeron lo más conveniente que el
doctor MacKendly y la Enfermera se ocuparan de él aquí mismo... Ella lo
atiende, y también el señor Skullion... digo el Rector, le hace compañía, para
evitar que vuelva a las andadas. Al fin y al cabo, lo que menos necesita ahora
el Colegio es mala publicidad, ¿verdad, señor?
—No,
supongo que tiene usted razón —dijo el Tesorero, aún sin tenerlas todas consigo
y preguntándose para sus adentros cuánta publicidad iba a darle Transworld
Televisión a aquel caso flagrante de agresión y secuestro (no se tragaba lo de
que Kannabis hubiera sufrido un accidente) de uno de sus vicepresidentes. Ya se
imaginaba la imagen en el telediario: Kannabis, con la cabeza vendada, saliendo
del Colegio en una ambulancia. Aquello lo verían hasta en la isla de Pascua.
Seguro que allí también tenían televisión por cable. Acababan de instalarlo
incluso en Santa Elena... El Tesorero se fue a su oficina y se encontró con que
la Secretaria del Colegio le estaba esperando.
—Ah,
ya está usted aquí. ¿Qué, se siente mejor? ¿No? Bueno, supongo que estas cosas
requieren su tiempo, ¿verdad? En fin, el Praelector me ha pedido que le avisara
de su llegada. Quiere venir a verle y charlar un poco sobre el asunto.
—La
verdad es que no sé si estoy para charlas con... —empezó el Tesorero, pero la
señora Morestead ya se había ido a su oficina a telefonear al Praelector.
—Estarán
aquí en cinco minutos —dijo, muy contenta, cuando volvió, y se sentó
inmediatamente frente a él, bloc de notas en ristre.
—¿Quiénes
dice que vienen?
—Pues
la verdad es que no estoy segura, pero creo que acabo de ver al señor Retter y
al señor Wyve cruzando el Patio.
—¿El
señor Retter y el señor Wyve? —dijo el Tesorero, que sintió una nueva punzada
de pánico. Muy mal tenían que andar las cosas para que ambos abogados vinieran
al Colegio. Nunca había ocurrido nada semejante. El siguiente comentario de la
señora Morestead no hizo más que agudizar sus temores.
—Y
ayer mismo tuvimos a los de la Comisión del Patrimonio Nacional, que venían de
Londres, y Furness, el arquitecto, vino con ellos. Estuvieron todo el día dando
vueltas, y los albañiles han apuntalado el techo de la Capilla con unas vigas.
Dicen que a lo mejor hay que derribarlo.
El
Tesorero se cubrió la cara con las manos y esperó a que le fulminara un rayo.
El rayo que le cayó encima fue el Tutor Mayor, el Praelector, el doctor Buscott
y el Capellán, en bloque. El Tutor Mayor tenía un aspecto particularmente
feroz. Todavía no se le había pasado del todo la resaca del otro día, y el
«traguito» de ron que se acababa de tomar para combatirla (un vaso bastante
colmado, en realidad) no había hecho más que agriarle el humor. De todas
formas, el que mandaba era todavía el Praelector. Era mucho más viejo que el
Tutor Mayor, y llevaba mucho más tiempo en Porterhouse que él. Y estando además
el señor Retter y el señor Wyve presentes, parecía dudoso que el Tutor Mayor
pudiera usar su látigo.
—Diría
que esta oficina no es lo bastante espaciosa para que podamos estar todos
cómodos —dijo el Praelector—. Quizá lo mejor sería que nos fuéramos al Comedor
Privado de los Claustrales, donde estaremos más anchos.
Atravesaron
el Patio en grupo, seguidos por la señora Morestead detrás con su bloc y su
bolígrafo, y cuando se sentaron a la larga mesa de caoba en el Comedor Privado
de los Claustrales, el Praelector
explicó el motivo de aquella reunión. Lo hizo en un tono de voz ominosamente
sepulcral.
—Nos
hemos reunido —dijo— con objeto de decidir qué medidas tomar respecto de lo que
puede describirse como una catástrofe para el Colegio y para el acervo cultural
y arquitectónico de la nación. La Capilla de Porterhouse es uno de los más
destacados y valiosos ejemplos del estilo neorrománico tardomedieval en un
edificio religioso del Reino Unido. Su estilo es único en cuanto que carece
prácticamente de influencias góticas. Erigida en una época en que el gótico era
el estilo predominante, la Capilla nos demuestra la tradición conservadora del
Colegio incluso en aquellos remotos días, cuando nuestros predecesores
quisieron celebrar la fe en la forma más tradicional. Porterhouse siempre se ha
enorgullecido de no «estar a la moda», de estar, en el sentido más estricto de
la expresión, «anclado en el tiempo», o, para ser más precisos, de ser
intemporal. Y en estos tiempos nuestros en que los vientos, o ventoleras, del
cambio parecen arrasarlo todo y el futuro no parece presagiar más que el
embrutecimiento progresivo e inexorable del espíritu humano mediante la
proliferación de repulsivos programas televisivos que sólo satisfacen los más
bajos instintos del populacho, resulta crucial que luchemos ahora bravamente
contra la empresa que ha destruido tan deliberada y criminalmente nuestra
Capilla. Tenemos el sagrado deber moral de conseguir la máxima compensación
monetaria posible de estos individuos de la Transworld Televisión, no sólo por
el daño material infligido a la estructura del Colegio, sino también por el sufrimiento
y la crueldad mental que han padecido los miembros del Claustro y los
estudiantes. Yo mismo no creo que pueda recuperarme jamás de la impresión...
Mientras
el Praelector seguía parloteando, el Tesorero inventarió mentalmente otros
edificios del Colegio que estaban en malas condiciones y que Transworld
Televisión Productions podría ser obligada legalmente a reparar. Una porción de
la cañería del desagüe del muro trasero del Pabellón Cox había caído
recientemente a la calle, aunque por fortuna no pasaba nadie por debajo en
aquel momento. Ahora que, bien mirado, aquellos americanos del demonio nunca
habrían podido llegar hasta allí, porque el techo era demasiado empinado para
trepar por él sin andamiaje o cuerdas, pero en fin, qué más daba. También había
una planta entera de la Biblioteca que había que rejuntar, y todas las
chimeneas necesitaban ser consolidadas, y... El Tesorero se entretuvo haciendo
una lista imaginaria de restauraciones y embellecimientos generales.
Frente
a él, el señor Retter y el señor Wyve estaban sentados uno junto al otro sin
decir esta boca es mía. Ambos habían heredado su actual posición como
consejeros legales de Porterhouse cuando se incorporaron al bufete Waxthorne,
Libbott & Chaine. Y desde entonces se arrepentían por ello. Waxthorne,
Libbott & Chaine llevaban muchos años criando malvas, pero el señor Retter
y el señor Wyve, que eran abogados chapados a la antigua, habían insistido en
mantener el nombre original. Y, siendo también sumamente ineptos en el
ejercicio de su profesión, se cubrían las espaldas diciendo que el señor
Waxthorne era de la opinión tal o cual... Y como el señor Waxthorne no se había
movido de su tumba en el cementerio de Newmarket Road en los últimos sesenta y
cinco años, resultaba, pues, no sólo perfectamente razonable sino asimismo
ajustado que el señor Retter y el señor Wyve explicaran a sus clientes que el
titular de la firma no podía recibirles personalmente, pues sólo actuaba como
consejero. Y tres cuartos de lo mismo podía decirse respecto a los señores
Libbott y Chaine, aunque el primero había preferido ser incinerado antes que
compartir el descanso eterno en el mismo suelo que su colega de bufete, a quien
había detestado intensamente en vida, y el segundo había donado su cuerpo a la
Facultad de Medicina para que los estudiantes de primer curso pudieran
practicar la disección, aunque, más que por un deseo de contribuir al avance de
la ciencia, para estar completamente seguro de que le mandaban al crematorio de
Huntingdon Road absoluta e irrevocablemente fiambre. Y, en buena medida, su
última voluntad se había cumplido, aunque su cráneo todavía se usaba como copa
para beber el vino en un club de bebedores del Colegio de King's cuyos
miembros, un tanto amanerados, se llamaban Los Hombres de Chaine. Y hasta
cierto punto, el señor Retter y el señor Wyve habían medrado. Se habían
especializado en representar a colegios y jamás habían aceptado caso alguno que
implicase tener que aparecer delante de un juez, aunque el señor Retter había tenido que enfrentarse a un
jurado una vez que le pescaron conduciendo en estado de embriaguez, y de
resultas le retiraron el carné durante un año. Cuando tenían que lidiar con un
caso que obligara a comparecer ante un tribunal, invariablemente delegaban
discretamente en otros bufetes de la capital, los cuales, a su vez, les pedían
consejo legal cuando lo necesitaban.
En
pocas palabras, los honorarios de Waxthorne, Libbott & Chaine eran
exorbitantes. Lo cual no resultaba nada sorprendente. Como abogados de
Porterhouse, se veían obligados a trabajar gratis. Había días en que maldecían
al Praelector. Éste había conocido al señor Waxthorne de joven, había asistido
a su entierro y durante años había seguido en contacto con su viuda, y sabía
muy bien que Libbott había sido incinerado y que Chaine había ido a parar a ese
departamento de la Facultad de Medicina del que los cadáveres salen convertidos
en picadillo. Ahora, sin embargo, intuían que podían estar a punto de
encargarse de un caso tan beneficioso para Porterhouse que incluso era posible
que cobraran.
—De
todas formas, no tenemos nada que perder —había dicho el señor Wyve—. Si ganan
contra la Transworld, lo cual, estoy de acuerdo con usted, es altamente
improbable, podrán pagarnos todas las horas de trabajo de balde que les hemos
dedicado en los últimos años.
—Pero
si pierden, lo cual es casi seguro, considerando el poder y magnitud de su
oponente, los costes legales serán enormes.
—Los
suyos, pero no los nuestros —dijo el señor Wyve; y la cosa quedó, como quien
dice, vista para sentencia.
De
cualquier manera, de esto no dijeron ni palabra durante la reunión, y dejaron
que el Praelector y el Tutor Mayor le explicaran al Tesorero lo que esperaban
de él. Por otra parte, consideraron lo más prudente marcharse antes de que esto
ocurriera.
—No
podemos permitir que nos involucren en actividades dudosas. Podría invalidar
nuestro papel en el caso y arruinar nuestra reputación. No me gusta nada ese
brillo en la mirada del Tutor Mayor —le dijo el señor Retter al señor Wyve—. Y,
sin embargo, una vez leída la declaración del Tesorero, empiezo a creer que
existe una remota posibilidad de que ganemos. Los de Transworld Televisión
Productions realmente dieron el primer
paso, y hablaron con él y le llevaron a almorzar con el tal Hartang,
quienquiera que sea. La verdad es que todo este embrollo no me huele pero que
nada bien.
En
el Comedor Privado, el Tesorero se había quedado de una pieza al conocer los
planes de sus colegas.
—¿Que
vaya a hacerle compañía a Kannabis? —dijo, boquiabierto—. ¿Que le haga compañía
yo? ¡Vamos, hombre, en eso estaba pensando! ¡Ni soñarlo! No me acerco a ese
tipejo, vamos, ni a mil metros de distancia. ¡No y no! ¡Ni pensarlo!
El
Tutor Mayor se levantó de su silla muy lentamente. Aquel ron le empezaba a
hacer efecto.
—Señora
Morestead, haga el favor de dejarnos a solas un momentín, si no le importa
—dijo con un tono que auguraba tormenta—. Para lo que vamos a hablar ahora no
nos hacen falta ni luz ni taquígrafos.
La
Secretaria del Colegio dudó un instante. A ella el Tesorero no le caía del todo
mal, sobre todo porque no le gritaba, como hacía el Tutor Mayor a todas horas.
Pero al final obedeció y salió de la estancia. El doctor Buscott no sentía
simpatía ni por el Tesorero ni por el Tutor Mayor, pero se quedó por pura
curiosidad, para ver qué pasaba. Se repantigó en su silla y aguardó los
acontecimientos.
El
Tesorero, en cambio, en cuanto vio que se le acercaba el Tutor Mayor, salió
zumbando hacia la puerta, pero el Praelector, que estaba sentado junto a ella,
la había ya cerrado con llave y se la había guardado en el bolsillo.
—Como
le ponga las manos encima a ese cretino... —empezó el Tutor Mayor, pero el
Praelector le contuvo.
—Si
tuviera la bondad de reportarse un poco —dijo—. Necesitamos al Tesorero de una
pieza para que se siente junto a ese Kannabis y le sonsaque la información
indispensable para salir venturosos en nuestra batalla legal contra su empresa.
Lo único que conseguiremos si se empecina usted en maltratar al Tesorero es
tener tres tullidos metidos en la Residencia del Rector. Y, además, su
testimonio es vital para nosotros.
—Bueno,
bueno —gruñó el Tutor Mayor, y volvió a tomar asiento.
Pero
el Tesorero permaneció en pie, preparado para salir por piernas en cuanto el Tutor Mayor hiciera el
menor amago de agresión. El Capellán volvió a templar los ánimos.
—Debo
decir que nuestro invitado, el señor Kannabis, no me pareció en condiciones de
responder a preguntas de ninguna clase cuando le visité el otro día. Muy por el
contrario, el pobre se limitó a emitir toda clase de sonidos extravagantes,
especialmente cuando le pregunté si quería confesarse antes de recibir la
Sagrada Comunión.
—Ese
hombre es abstemio hasta la exageración —dijo el Praelector, y para su
sorpresa, el Tutor Mayor comentó que ojalá él también lo fuera—. Supongo que la
Sagrada Comunión no está hecha para él.
—Pues
lo que sí parece hecho para él es el aparato ese tan horrible con la bolsita
que lleva Skullion, porque también se lo han endosado. ¿Es que han de llevarlo
por fuerza quienes viven en la Residencia del Rector?
—¿Por
qué no volvemos a lo que nos ha traído aquí? —dijo el doctor Buscott—. En pocas
palabras, lo que se pretende es que el Tesorero use de su influencia con el tal
Kannabis para sonsacarle información...
—¡No,
señor! —replicó el Tesorero—. ¡He dicho que no y es que no! Y, además, no tengo
ninguna influencia sobre ese individuo. Ustedes no saben cómo es.
—Pues
ya nos vamos haciendo una idea, ¿sabe? —replicó sardónico el Tutor Mayor—. Un
tipo que lleva gafas de sol azul marino y jersey de cuello vuelto...
—Ya.
Sí —le interrumpió el Praelector—. Pero no creo que el Tesorero se esté
refiriendo a su vestimenta, sino más bien a su carácter psicológico, a su
mentalidad, si es que tiene mente ese descerebrado, por más que las últimas
investigaciones demuestren que los antropoides más evolucionados son capaces de
cierto raciocinio abstracto... y no es que incluya a Kannabis entre ellos. No
llega a eso siquiera. Quizás esté, digamos, al nivel de un macaco subnormal.
Pero ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Las comprensibles reservas de nuestro querido
Tesorero a sentarse junto al lecho del dolor de esa pobre bestia dimanan,
supongo, del temor a que Kannabis le acuse de ser el responsable de su actual
estado de postración. Pero puedo garantizarle que le recibirá como a un verdadero
amigo.
—No
veo por qué habría de hacerlo. Y, además, ¿en qué estado se encuentra
exactamente? —preguntó el Tesorero, a quien había asustado que la enfermedad de
Kannabis, fuera la que fuere, le obligara a ir sondado y llevar una bolsa para
los orines.
—Le
responderé primero a la segunda pregunta, que está más relacionada con lo que
estamos hablando. Por desgracia, lo ocurrido en las habitaciones del Capellán
descarta la posibilidad de que Kannabis pueda sentir ningún afecto ni por él ni
por mí. En un intento de inducirle a que nos confesara su identidad y sus
intenciones, mucho me temo que quizá nos excedimos un tanto en nuestro celo...
—Y,
claro, eso explica por qué cuando le pregunté acerca de la bolsa de los orines
—dijo el Capellán—, el hombre reaccionó de manera harto peculiar. ¡Tate, tate,
ahora caigo! Ya se me había olvidado lo del coñac de guisar, y la verdad es que
mis comentarios sobre los beneficios de las lavativas quizá pudieron...
—¿De
qué demonios habla? —preguntó el Tutor Mayor, al que la mención del coñac le
había dado repeluznos.
—Nada,
nada, no tiene importancia. Lo que intento explicar es que si bien, gracias a
los esfuerzos del doctor MacKendly, Kannabis está que no conoce, cuando vuelva
en sí es posible que reconozca a quienes le hicieron caer en semejante estado.
Y eso nos excluye tanto al Capellán como a mí.
—¿Me
está diciendo seriamente que los dos atacaron a ese individuo con una botella
de licor y luego lo tiraron por una ventana? —preguntó el doctor Buscott, que
se lo estaba pasando en grande con todo aquello.
—No,
no he dicho tal cosa —dijo el Praelector fríamente—. He utilizado la expresión
«hacer caer» en su sentido más metafórico. ¿Me he expresado con claridad,
doctor Buscott?
Éste
asintió con la cabeza. Le había dejado perplejo la transformación que estaba
experimentando el Praelector ahora que se había producido una crisis y el
Decano no podía ejercer su autoridad. El Praelector era un hombre de edad, más
que avanzada, provecta, y hasta entonces siempre se había mantenido en un
discreto segundo plano. El doctor Buscott encontraba aquella súbita mutación
sumamente extraña. Nunca entendería a los Claustrales Mayores. El Tesorero, por
su parte, todavía trataba de comprender por qué había de sentir Kannabis el
menor aprecio por él.
—Cuando
habla usted de «los esfuerzos del doctor Mac-Kendly», ¿a qué se refiere?
—preguntó.
—Me
refiero estrictamente a que nuestro apreciado galeno le ha administrado una
medicación suave a fin de reducir su furia asesina y su comportamiento criminal
al estado de docilidad y domesticación en que se encuentra en la actualidad, lo
cual es muy meritorio, y por ello deberíamos estarle todos inmensamente
agradecidos. Skullion... digo el Rector, se pasa mucho rato haciéndole
compañía, y los dos parecen haber hecho muy buenas migas. Como sabe, el Rector
no es un hombre precisamente amigable, y, sin embargo, ya ve...
—Bueno,
Kannabis tampoco es ningún angelito —dijo el Tesorero, a quien empezaba a
irritar la escurridiza sintaxis del Praelector—. Un canalla redomado, eso es lo
que es.
—Era
todo lo redomado que usted quiera, pero ahora lo hemos domado —dijo el
Praelector—. Así que le acompañaremos hasta la puerta del dormitorio y usted...
El
Tesorero opuso aún un poco de resistencia, pero el Praelector le convenció con
la promesa de que habría en todo momento alguien a mano tras la puerta listo
para intervenir en caso de necesidad. Y le decidió completamente la descripción
del Tutor Mayor de lo que le haría como no fuera al instante a cumplir con su
obligación.
—Cuando
dice «a mano» —quiso saber el doctor Buscott—, ¿lo hace también en sentido
figurado?
—No
—replicó el Praelector—, literal. Usted se colocará detrás de la puerta con una
grabadora, y los porteros estarán al acecho, por si las moscas. Así que, si
estamos todos dispuestos, caballeros...
El
Tesorero todavía intentó escurrir el bulto.
—Pero
¿qué quieren que le pregunte? —dijo, mientras se servía un generoso vaso de
whisky de la licorera del aparador.
—Ha
leído la lista que le proporcionó el señor Retter, ¿no? —dijo el Praelector. El
Tesorero asintió—. Pues no perdamos más tiempo.
—¿Me
puedo tomar otro, cortito?
—No
—dijo el Tutor Mayor—. No puede.
14
La
pequeña comitiva se dirigió a la Residencia del Rector, cruzando por el Jardín
de los Claustrales y pasando por delante del Laberinto, y una vez dentro, el
Tesorero fue introducido de un empellón en la habitación, donde Kannabis
reposaba medio incorporado en la cama, apoyado contra una montaña de
almohadones. El Tesorero se fue aproximando a su lecho de dolor pasito a
pasito, receloso y sin bajar la guardia. Pero Kannabis no parecía nada
peligroso. Y, además, no tenía muy buen aspecto. Había algo raro en su mirada.
—Hola,
Karl —dijo el Tesorero en voz baja al tiempo que exhalaba una vaharada de
alcohol—. No te importa que te llame Karl, ¿verdad, K. K.?
—No,
qué va, profe. Llámame lo que quieras, profesor Tesorero. Me alegro mucho de
verte. He tenido un viaje terrible. No imaginaba que pudiera haber viajes tan
horrorosos. No había tenido ninguno como éste, y eso que en mis buenos
tiempos...
—Bueno,
no sé, supongo que con tanto ir de acá para allá, venga islas Galápagos y todo
eso, a estas alturas ya deberías estar hecho un experto viajero.
—¿Viajero?
¿Galáp....? ¿Qué has dicho? Galáp...
—Donde
las tortugas.
—¿Tortugas?
¿Qué tortugas? —La mirada de pánico estaba volviendo a los ojos de Kannabis.
El
Tesorero decidió llevar la conversación por derroteros menos comprometidos.
—¿Y
qué tal te sientes? ¿Te encuentras mejor? ¿Aún te notas fuera de ti?
Al
otro lado de la puerta, al Tutor Mayor se le puso carne de gallina al oír
aquella expresión. Después de su conversación con el Praelector en su
habitación, no pensaba volver a pensar si estaba dentro o fuera de sí en lo que
le quedara de vida. El Praelector y el doctor Buscott seguían la conversación
sin perder palabra, con la oreja pegada a la puerta. El innato egoísmo de
Kannabis estaba floreciendo, literalmente, como una planta mustia a la que
acabaran de regar.
—¿Que
cómo me siento? ¿Que si me encuentro mejor? ¿Que si me noto fuera de mí?
—murmuró—. No sé cómo me siento. Ni siquiera sé dónde estoy. Y encima viene ese
jodido ogro y se me queda mirando como si estuviera metido en un pulmón
artificial y no puedo mover ni un dedo ni cerrar los ojos siquiera. No me
preguntes si me noto fuera de mí. No puedo contestarte. No encuentro las
palabras.
—Pero
ahora estás mejor, ¿no? —dijo el Tesorero—. Estás incorporado en la cama,
hablas y abres y cierras los ojos con bastante soltura, diría yo.
—Ahora
sí. Ahora sí que me puedo mover un poco, y abro y cierro los ojos mayormente
para ver si todavía puedo, porque, profe, las cosas que he visto aquí no las
quiero volver a ver en mi vida. No señor. Ya lo creo que no. Y después de este
viaje, lo juro, no voy a tocar ni un canuto. Se acabó. No sé qué me metí esta
vez, pero me ha jodido bien jodido. Me parece que tendrían que venir los de la
guerra química a tomarme una muestra de sangre. Si tuvieran esto en los
arsenales, podrían licenciar a los marines y desguazar todos los tanques, y
seguro que ganarían las guerras. Joder, era algo fuera de serie, te lo puedo
asegurar! Pero sólo estoy bien a medias. Sigo teniendo la sensación de que
estoy muerto, o algo así.
—¡Qué
cosa más curiosa! —dijo el Tesorero—. Debe de ser de lo más desagradable.
Kannabis
le miró con el rostro desencajado.
—¿Desagradable?
—chilló—. ¿Desagradable? Es un infierno. Es... es... Yo qué sé lo que es.
Primero viene un viejales que creo que he visto antes no sé dónde, y va y se
pone a rezar como si me hubiese muerto, y yo no puedo ni moverme, ni hablar, ni
nada, y lo intento, ¿eh?, pero no me hace caso, y luego viene otro con una
enfermera y el sobrino de Quasimodo en una silla de ruedas que me mira como si
me estuviera tomando medidas para no sé qué, y cuando se largan y me dejan
dormir un rato, tengo terribles pesadillas sobre el coñac de guisar. ¿Sabes qué
es el coñac de guisar, profe?
El
Tesorero le respondió que tenía una ligera idea.
—¡No,
qué va! —le dijo Kannabis—. Este coñac de guisar no lo conoces. Lo tengo metido
aquí, en mi cabeza. Como no vengan los loqueros a ajustarme los tornillos, no
sé qué voy a hacer, porque con estas pesadillas voy a perder la chaveta y me
voy a volver esquizofrénico. Necesito ayuda pero ya.
—No
sabes cuánto lo siento —dijo el Tesorero, intentando animarle—. ¿Así que es una
pesadilla muy mala?
—¿Cuándo?
—dijo Kannabis, cuya mente volvía a divagar.
—Cuando
la tienes —dijo el Tesorero.
—¡Pero
si la tengo siempre, profe! ¡Eso es lo peor, lo peor! Y veo a un monje, y a un
viejo horrible, y cuando digo viejo y horrible lo digo en serio, y me tumban en
el suelo y quieren meterme en la boca el pitorro de una pera de lavativas que
tiene los agujeritos... los agujeritos...
—Bueno,
bueno, dejémonos de historias y vayamos al grano —dijo el Praelector con voz
cavernosa desde el rellano.
—¿Has
oído eso? —dijo Kannabis en cuanto recuperó el habla.
—¿Oír
qué? —dijo el Tesorero, que reaccionó a tiempo.
Kannabis
se encogió debajo del edredón. Debía de estar volviéndose majareta.
El
Tesorero cambió de tema rápidamente.
—Hay
algo que quería preguntarte desde hace tiempo, pero hasta ahora no he tenido la
ocasión —dijo—. El señor Hartang me contó que permite a sus empleados llevar la
misma ropa que él porque quiere que estén cómodos. Es una idea sumamente
moderna y civilizada, ¿no crees?
Kannabis
revivió al oír aquello. La mera mención del nombre de Hartang parecía haberle
galvanizado. Ciertamente, le había hecho olvidar de momento su salud mental, o
la falta de ella.
—¿Eso
te dijo Hartang? ¿El mismo E. H. que viste y calza te dijo eso?
—Pues
sí, eso es lo que me dijo —asintió el Tesorero—. Una cosa me intriga: ¿por qué
lleva una peluca de tan mala calidad?
—Mira,
profe, te voy a decir la verdad —dijo Kannabis, a quien, evidentemente, animaba
mucho hablar de algo personal—. ¿Cómodos nosotros? ¡Y una mierda! A ese viejo
cabrón le importan un pito sus empleados. Casi todo el tiempo, o sea, las
veinticuatro horas del día, ni se da cuenta de que existen. Les paga porque le
organizan el negocio y le solucionan las papeletas, pero si se cayeran muertos
delante de él, ni se enteraría, a menos que le ensuciaran la moqueta, que es lo
único que le importa. Ya le pasó una vez, yo lo vi, cuando estaba echándole una
bronca a un tipo que había perdido un encargo no sé dónde, en una isla creo...
—Intentó concentrarse, pero esta vez el Tesorero tuvo la prudencia de no
mentarle ni las islas Galápagos ni las tortugas—. Las Caimán, o las Bahamas, o
algo así, cerca del Triángulo de las Bermudas. Veinte millones, nada menos, se
habían ido al garete. Así que E. H. pensaba hacer que lo tiraran también al
Triángulo de las Bermudas, después de darle una lección. Y mientras le estaba
contando a aquel tipo la jodida suerte que le esperaba, por gilipollas, como el
pobre se ve que estaba mal del corazón, o lo que fuera, primero se meó y luego
se quedó tieso allí mismo, antes de que llegaran los independientes, los
ejecutores, para llevárselo a hacer su último viaje. Allí estaba, tirado en la
moqueta, fiambre total. ¿Y sabes lo que le preocupaba al jodido E. H.?
—No
—dijo el Tesorero, horrorizado por lo que estaba escuchando—. ¿Qué le
preocupaba?
Kannabis
se sonrió, recordando enternecido aquellos tiempos gloriosos.
—Pues
que aquel tipo se había meado en la moqueta antes de espichar, y E. H. dijo que
la cambiaran, que no le hacía ninguna gracia que encima le oliera la oficina a
meados; eso era lo único que le importaba, que le habían ensuciado la moqueta
de la oficina. Salió a comer, y a la vuelta ya le habían puesto la moqueta
nueva. Pero, mira por dónde, que al muy cabrón no le gustó el color, de modo
que se la tuvieron que cambiar de nuevo. Y la cosa no acabó aquí. Después se le
ocurrió que era mejor el suelo de mármol. Así, si se le vuelve a mear algún
gilipollas en la oficina, se friega, y ya está. Y tres cuartos de lo mismo con
la sangre. Se lava, y no queda ni rastro. Ya ves cómo es E. H. Un encanto, ¿eh?
No
era ésta, exactamente, la palabra que habría escogido el Tesorero. Miró muy
nervioso hacia la puerta, pero recordó que el Tutor Mayor estaba esperándole en
el rellano y, por otra parte, aquel día Kannabis parecía estar de buen humor y,
lo que es más, se diría que le mostraba
estima. No es que al Tesorero le complaciera ser objeto de su estimación, pero
no tenía más remedio que aceptarla.
—Bueno,
¿y qué pasó con aquel hombre?
—Nada.
Demasiado tarde. Hubo que cancelar el trabajito de los independientes, que
venían especialmente de Chicago: en vez de eso, lo incineraron con todas las de
la ley. Muerte natural, todo perfecto, ningún problema.
—No,
supongo que no —admitió el Tesorero—. Pero, si no le preocupa nada la suerte de
la gente que está a su servicio, ¿por qué visten todos como él? ¿O es que
quieren parecerse a él? ¿Es eso?
De
nuevo una extraña sonrisita iluminó la cara de Kannabis.
—Profesor
Tesorero, siempre lo entiendes todo al revés —dijo, con un tono de voz ya
claramente afectuoso—. ¿Quién querría parecerse al viejo E. H.? Es más feo que
un jodido cerdo. Sólo se diferencia de los cerdos en que no gruñe. Y su
problema son los cerdos, ésa es la verdad.
Hizo
una pausa teatral para que el Tesorero pudiera digerir esta información, pero
éste fue incapaz de seguir el hilo de su pensamiento.
—¿Cerdos?
—dijo—. ¿Qué tienen que ver los cerdos con todo esto?
Ahora
Kannabis se echó a reír sin tapujos. Empezaba a sentirse francamente mejor.
—Has
vuelto a entenderlo al revés, profe. Los cerdos no tienen nada que ver. Es la
carne de cerdo lo que no le gusta ni pizca. O sea, que les tiene manía a los
cerdos. Hay tíos a los que les pasa eso con los puentes o con las autopistas.
Una vez conocí a un tipo que les tenía una fobia tremenda a los cocodrilos,
porque se comen todo lo que se les pone por delante y no dejan ni los huesos.
Un buen día, le dije: «¿Por qué te preocupas tanto? Vives en Atlanta, Georgia,
y no en el jodido Nilo, África.» Pues nada, el tío erre que erre. Al pobre
acabaron llevándoselo a pescar tiburones, o sea, de carnaza. Atrajo a algunos
ejemplares realmente notables. Tardaron horas en comérselo. —Hizo una pausa,
saboreando el recuerdo de esa extraordinaria hazaña—. Pues al viejo E. H. le
pasa lo mismo, pero con los cerdos. Dice que no quiere acabar comido por los
cerdos, como le ocurrió a la mujer de no sé quién, según había leído. Una vez
que íbamos de viaje, me dijo que no comería comida china aunque se muriese de
hambre, y le dije: «Eso está muy bien, señor Hartang. ¿Es porque comen perros
de caza y cachorros y todo eso?» ¿Y sabes qué me contestó? Pues: «Karl K.», que
es como me llama siempre cuando está de buenas, «Karl K., eres tonto y no lo
sabes. Piensa en algo agridulce.» Así que me rasco el cacumen y lo veo claro:
«¡Ah, el cerdo, la carne de cerdo!» Se puso de un color rarísimo, y suerte que
no se pueden abrir las puertas de los aviones supersónicos, que, si no, me tira
al mar. Para cuando aterrizamos en Miami ya había conseguido calmarlo. Aprendí
la lección y no volví a pronunciar la palabra «cerdo» en su presencia. Y beicon
también es tabú. Todo lo que se refiera al cerdo lo es. Una vez íbamos a cerrar
un trato con un español, creo, que se llamaba Lacón, y E. H. se negó a hacerlo
porque alguien le dijo que lacón quiere decir cerdo. Sí, profe, E. H. no traga
a los cerdos.
A
estas alturas el Tesorero se sentía bastante intranquilo, después de semejantes
anécdotas, pero el temor y la curiosidad le mantenían pegado a la silla.
—Sí,
ya veo —dijo, dubitativo—. Pero todavía no comprendo lo de los calcetines
blancos y los jerséis de cuello vuelto y las gafas de sol azul marino que
lleváis todos.
—¡Pero
si está más claro que el agua! Es como los detectores de metales y las tarjetas
de identificación: por seguridad. Si alguien se nos colara en el edificio con
una metralleta... Bueno, con una metralleta probablemente nos liquidaría a
todos, pero es imposible que un independiente entre allí con una metralleta,
con todas las precauciones que tomamos. Tendría que ser un arma pequeña y de
plástico, seguramente de un solo tiro, y se la tendría que ocultar en el ojete,
y no hay ningún independiente que yo conozca dispuesto a hacer una cosa así.
¿Correr el peligro de volarse los intestinos con una pistolita del 38 que lleva
el gatillo al aire y no es nada de fiar? ¡Ni hablar! Y aunque supongamos que
entrara en el edificio, ¿cuál es el objetivo? Todo el mundo parece igual. No va
a ir por ahí preguntando quién es Edgar Hartang, sin tarjeta de identificación
ni nada. Mira, profe, te voy a decir una cosa. No me gustaría estar en su
pellejo. Lo dejarían como un colador, antes de que se diera cuenta. Por eso el viejo
zorro de E. H. hace que los de Transworld vistamos como él. Uno no llega adonde
ha llegado Edgar Hartang en el negocio de las finanzas multimedia sin cubrirse
las espaldas, y E. H. está cubierto de los pies a la cabeza, puedes estar
seguro.
—Pero
¿por qué lleva una peluca tan barata? —preguntó el Tesorero, sin poderse
contener. En su vida había oído tal cantidad de atrocidades juntas.
—¿Que
por qué lleva la peluca? Desde que le conozco, le he visto siempre con ella. Y
con las gafas azules. Nadie sabe cómo es en realidad, nadie le ha visto la cara
nunca. El día que se quite la peluca y las gafas, nadie le reconocerá. ¡Sí
señor, profesor Tesorero, no es listo ni nada el viejo zorro! No hay quien
pueda tenderle una trampa, porque no se sabe dónde duerme y siempre cambia de
despacho dentro del bunker.
—¿El
bunker...?
—Transworld
Televisión Productions Centre. Amigo, ese edificio está hecho a prueba de
bomba. Haría falta un millón de toneladas de trinitotolueno para volarlo,
puedes estar seguro.
El
Tesorero estaba seguro de una cosa: nunca debió haber entablado tratos con
Kannabis. Acudir a aquel seminario sobre el mecenazgo en las universidades
había sido el error más grande de su vida. Hasta aquel momento ni siquiera
había sospechado que gentuza semejante pudiera existir, o que se permitiera su
existencia en el mundo civilizado. Todos los americanos que había conocido
hasta entonces eran personas educadas, amables, cultas y cosmopolitas. Pero el
mundo de Kannabis era horrible, demente, sádico y monstruoso. Y ahora estaba
metido hasta el cuello en él. Tenía que escapar de allí antes de perder
completamente el norte. Muy lentamente, y con la mayor de las precauciones, se
deslizó de su silla hacia la puerta.
—¡Oye,
profesor Tesorero, ya te vas? ¡No te marches, por favor! ¡Te necesito! ¡Te
necesito mucho!
Pero
el Tesorero no pensaba quedarse allí por mucho que Kannabis necesitase su
presencia.
—Creo
que deberíamos permitirle al Rector que le haga otro rato de compañía —dijo la
Enfermera en cuanto el tembloroso Tesorero salió por la puerta—. Parece ejercer
un efecto sedante en el paciente. Voy a
llamar al doctor MacKendly a ver si le podemos poner otra inyección de algo que
le calme los nervios.
—Siempre
me ha asombrado la capacidad que tiene el Rector para ejercer su autoridad
incluso sobre la gentuza más indeseable —dijo el Praelector al poco rato,
mientras bajaba por las escaleras con el Tutor Mayor detrás del Tesorero, a
quien el Capellán trataba de animar.
—Ese
tipejo es peor que la gentuza, es un maldito gángster —dijo el Tutor Mayor.
—Se
lo noté en la cara nada más verlo —dijo el Praelector—. Pero es un gángster
útil, al menos para nuestros fines.
En
el piso de arriba, el doctor Buscott estaba cambiando con mucho cuidado la
cinta que contenía el valioso testimonio de Kannabis que acababan de grabar por
otra nueva para el siguiente interrogatorio. Pero antes tuvo la precaución
adicional de añadir al final de la grabación su propia declaración jurada, y la
del Capellán, de que cuanto acababan de oír era veraz y ajustada reproducción
de lo que se había dicho en aquel lugar y aquel día.
15
Para
Purefoy Osbert todo aquel movimiento de personas en la Residencia del Rector
tenía un interés meramente visual. No podía sospechar siquiera lo que estaba
tramándose allí, pero desde la ventana de su habitación veía al Tutor Mayor y
al Praelector y al Capellán en sus idas y venidas a través del césped y por
delante del Laberinto, de acá para allá como hormiguitas afanosas. El Tutor
Mayor caminaba a grandes zancadas, ahora que empezaba a sentirse mejor, el
Praelector paseaba con las manos a la espalda, lento y pensativo, con la cabeza
gacha, como un zanquilargo pajarraco lacustre, como un pelícano artrítico a la
espera de cazar un pez; el Capellán trotaba, y al Tesorero había que ayudarle a caminar. Pero la figura más
extraña que salía de la Residencia era la del propio Rector, que solía sentarse
junto a la Puerta Trasera, por lo general al anochecer, aunque si no se
requería su presencia al lado del enfermo también por la mañana o a primera
hora de la tarde, y permanecía ojo avizor, cuando era todavía Portero Mayor,
aguardando a que los jóvenes caballeros, como seguía llamando a los
estudiantes, treparan clandestinamente por el muro después de la hora del
cierre. En realidad, la «hora del cierre» ya no existía. Las puertas del
Colegio, cuando no estaban cerradas para impedir el paso a intrusos americanos
con calcetines blancos, permanecían abiertas de par en par todo el tiempo. Pero
las tradiciones subsistían en Porterhouse hasta el punto de que el Portero de
Noche tenía que hacer una lista con los nombres de todos los estudiantes que
atravesaran el umbral del Colegio después de la medianoche, y esta lista pasaba
al despacho del Decano, quien a la mañana siguiente llamaba al orden a los
trasnochadores recalcitrantes y les amenazaba con multas pecuniarias o incluso
con la expulsión si persistían en sus hábitos noctámbulos. Tampoco es que el
Decano se opusiese personalmente a aquellas salidas. Como solía decir a los
culpables, «hay siempre dos formas de hacer las cosas: bien y mal. Y, para
hacer esto bien, por donde hay que trepar es por el muro de la Puerta Trasera,
detrás de la Residencia del Rector». El hecho de que el muro trasero estuviera
coronado con una doble fila de pinchos de hierro retorcido para evitar que los
estudiantes treparan por él, constituía la clase de desafío físico e
intelectual que el Decano aprobaba sin reservas.
—Además,
así el Rector está entretenido, y tiene algo en lo que ocupar su mente —había
dicho en una reunión del Consejo del Colegio cuando uno de los profesores más
jóvenes propuso que se retirasen los pinchos, que en su opinión constituían una
peligrosa y anacrónica reliquia del pasado.
Aquella
propuesta no prosperó y los pinchos de hierro siguieron donde estaban, en lo
alto del muro y por encima de las altas puertas de madera. Y allá abajo, junto
a ellas, Skullion seguía también en su puesto, sentadito en su silla de ruedas,
o agenciándoselas a veces para ir poquito a poquito hasta quedarse apoyado
contra el tronco de un viejo alcornoque, como había hecho durante tantos años,
con la frase «Mañana por la mañana, a primera hora, en el despacho del Decano,
señor» preparada en la punta de la lengua.
Bajo
la luz de la luna llena, Purefoy Osbert podía distinguir aquella sombra deforme
incluso a la una de la mañana, cuando apagaba la luz de su cuarto. Era una
silueta siniestra. No podía concebir qué pasaba por la mente del antiguo
Portero Mayor, el porqué de aquella perseverancia. Pero la verdad es que todo
en Porterhouse le dejaba absolutamente perplejo. No era sólo que no se
pareciera en nada a ninguno de los demás colegios de la Universidad de
Cambridge. Era que, además, Porterhouse parecía rechazar todo cambio ocurrido
en el mundo desde... bueno, desde la Primera Guerra Mundial. Ni siquiera
parecían haberse enterado de los asombrosos progresos y descubrimientos en las
ciencias y en la medicina que se realizaban año tras año en Pembroke o en
Christ's, en Queen's o en Sidney Sussex, de hecho, en todos los demás colegios
de Cambridge. Excepto en Porterhouse. En Porterhouse sólo se estudiaban las
artes (y, del impresionante listado de nombres en el monumento a los caídos de
las dos guerras que había en el campus, se desprendía que las artes predilectas
allí habían sido siempre las marciales). Cientos y cientos de alumnos y ex
alumnos de Porterhouse habían marchado obedientemente a morir en los campos de
batalla del Somme y en Loos, y de nuevo durante la Segunda Guerra Mundial. Y,
dondequiera que se aventuraba durante sus primeras exploraciones del Colegio,
Purefoy encontraba gigantescos estudiantes con cuello de toro que le saludaban
educadamente o, en el caso de los que desconocieran su posición en el Claustro,
como si fuera un criado más.
—¡Oye,
tú, cara de palo! —le gritó un día un joven con aire de perdonavidas—, ven a
echarme una mano, que no puedo levantar la mesa de mi habitación yo solo.
Y
Purefoy había obedecido, aunque luego se permitió advertirle, con la mayor de
las cortesías, de que, en adelante, le agradecería que le llamase doctor Osbert
y no «Cara de Palo», si no le importaba. Pero su mayor interés residía en
cumplir con su cometido y completar su investigación sobre la vida y milagros
de Sir Godber Evans. Como era de esperar en él, su primera visita fue a la
Biblioteca del Colegio, un extraño edificio de piedra de planta octogonal que
se erigía solitario, alejado de las demás dependencias colegiales, en medio de
un jardincillo vallado, detrás de la Capilla. Dentro, una escalera de caracol
de hierro se elevaba hasta los pisos superiores, con los anaqueles distribuidos
en forma radial a su alrededor. Arriba, una linterna con claraboya dejaba pasar
un haz de luz natural.
Purefoy
Osbert reconoció de inmediato la distribución espacial. El Panóptico de
Bentham, según le explicó al Bibliotecario, que hubiera debido estar sentado
detrás del mostrador circular a los pies de la escalera, pero que se había
hecho un rinconcito más acogedor en una pequeña oficina a un lado.
—Tiene
toda la razón, pero, la verdad, como nadie se preocupa de leer nada aquí, ni de
tomar libros en préstamo, resulta una precaución innecesaria —le dijo el
Bibliotecario—. No creo que a nadie le pase siquiera por la cabeza la idea de
robar un libro. Lo único que tengo que hacer aquí es pasar el trapo del polvo
de vez en cuando por los anaqueles, y encender y apagar las luces en invierno.
—¿Y
en qué ocupa su tiempo? Porque veo que está escribiendo algo... —dijo Purefoy.
Había una vetusta máquina de escribir barnizada de negro sobre el escritorio, y
una pila de papeles mecanografiados se amontonaban en una bandeja de alambre.
—¡Ah,
eso! Tonterías. Trato de revisar un poco la Crónica de Porterhouse, de Romley,
que ha quedado desfasada, pues la publicaron en 1911, y, además está plagada de
errores. Por ejemplo, sostiene que Porterhouse es anterior a Peterhouse, que es
el Colegio más antiguo de Cambridge, como todo el mundo sabe. Pero el señor
Romley dice que de eso nada. Afirma que el primero en ser fundado fue
Porterhouse, y que una escuela de monjes franciscanos se estableció aquí en
1095.
—Pero
la Orden de San Francisco no se fundó hasta el siglo XIII —dijo Purefoy—. Eso
no puede ser. Debió de querer decir otra orden, como la de los benedictinos,
que fue fundada mucho antes.
—En
el año 529, para ser más exactos —dijo el Bibliotecario, con lo que se ganó el
aprecio inmediato de Purefoy. Evidentemente, el Bibliotecario era hombre que
daba la debida importancia a los hechos.
—Pero
el tal Romley tenía que haberlo sabido, ¿no?
—Dios
sabe lo que sabía ese sujeto. Por lo que he visto y oído tratando a los
Claustrales Mayores, a lo mejor creía que los benedictinos eran unas personas
aficionadas a los licores fuertes.
—Pues
como el resto de los datos que aporta sean como ése, ya puede irse olvidando de
revisar nada. Mejor sería que escribiese su propia historia de Porterhouse, con
pelos y señales y sin dejarse detalle en el tintero.
—Sí,
ya lo tengo más o menos pensado, la verdad. Aunque no creo que mencione ni
pelos ni señales, que fue precisamente lo que me trajo aquí. Los pelos, las
pecas, las verrugas y todo eso. Estudié medicina en Glasgow, soy dermatólogo.
Un gran error. No tengo agallas para estar toqueteando pústulas y, además, en
lo mío tampoco era ninguna eminencia. Así que vi el anuncio de este trabajo y
pensé que sería una vida agradable; siempre me ha gustado leer, y me encuentro
a mis anchas en el mundo de la palabra escrita, que es más de fiar. Lo cual es
otra razón para no seguir ejerciendo la medicina. El diagnóstico consiste,
sobre todo, en un ejercicio de intuición, y si bien el efecto de la enfermedad
es obvio, la causa raramente lo es. Nadie sabe realmente qué provoca el eczema,
y no creo que sepamos mucho ni de pelos ni de señales tampoco. Algunos le echan
labia y cuento y mano izquierda al asunto, y a veces incluso la gente se cura,
y ellos ganan la fama. En fin, supongo que yo no tenía agallas para convertirme
en un curandero moderno.
Siguieron
charlando y Purefoy le contó lo de la investigación que se suponía que debía
realizar para escribir la biografía del difunto Rector, Sir Godber Evans.
—Por
cierto, he venido precisamente a preguntarle si sabe, por casualidad, dónde
están guardados sus papeles personales.
—Pues
supongo que lo que haya debe de estar en los archivos —dijo el Bibliotecario
con una risita sardónica—. Aunque conociendo al Decano y al Tutor Mayor, y en
vista de la opinión que tenían de él, no me sorprendería nada que los hubiesen
quemado.
Purefoy
se quedó patidifuso.
—¿Qué?
—exclamó—. ¡Pero eso no se puede hacer! ¡Es un sacrilegio destruir documentos!
¿En qué se basa la historia, si no?
En
los hechos... No se puede destruir el conocimiento así como así.
—En
Porterhouse sí. Trate de leerse la Crónica de Romley, y ya verá lo que el tal
Romley pensaba de los datos históricos. No creo que hubiese podido reconocer un
dato ni aunque se lo hubiesen servido en bandeja de plata y con patatas fritas
alrededor. Y con un vaso de clarete de un buen año para acompañar. En fin,
podemos bajar a la Cripta y echar un vistazo, si quiere.
—¿La
Cripta? ¿Bajo la Capilla?
—No,
no. Aquí abajo, en el sótano. En realidad, se trata de una bodega gigantesca,
pero la llaman la Cripta de la Biblioteca. No me pregunte por qué. Aquí, en
Porterhouse, todo se llama de una manera peculiar. ¿Ha visto ya el Dormitorio?
Purefoy
dijo que ni lo había visto ni sabía siquiera que existiera.
—Antiguamente
formaba parte de la residencia de los estudiantes, era una especie de
dormitorio común. Ahora cada uno tiene su habitación, pero el edificio se llama
todavía el Dormitorio.
Abrió
una puerta en el muro y bajaron por una empinada escalera de piedra. El
Bibliotecario intentó encender la luz, pero el interruptor no funcionó.
—Es
por la humedad —explicó—. El agua prácticamente cae a chorro por las goteras
del techo, y no se han cambiado los cables desde Dios sabe cuándo. Por eso
llevo siempre zapatos con suela de goma y tengo estos guantes de electricista a
mano aquí abajo. Es más prudente. Y si tiene intención de volver por aquí, le
recomiendo que los use también, a menos que quiera acabar electrocutado.
Probó
el interruptor unas cuantas veces más, y, por fin, se encendió la luz. Una luz
muy débil.
—El
Tesorero insiste en que usemos sólo bombillas de quince vatios, para ahorrar,
pero si necesita más luz, tengo arriba, en mi oficina, algunas de cincuenta,
aunque, francamente, no sé qué puede pasar con la instalación eléctrica si las
ponemos. Probablemente, saltará todo por los aires y se incendiará la
Biblioteca.
Pero
Purefoy estaba mirando consternado la enorme pila de viejos archivadores de
cartón que abarrotaban la bodega.
—¿Esto
son los archivos? ¿Esto son realmente los archivos del Colegio? ¡Qué locura!
¡Qué crimen! ¡Mire, todo está cubierto de moho! —Señaló una caja cubierta de
excrecencias blancuzcas.
—Ya
lo sé. He intentado hacer algo al respecto, pero cada vez que llueve aquí se
acumula un palmo de agua, probablemente porque las cañerías de desagüe están
obstruidas, pero no quieren gastarse dinero en desatascarlas. He intentado
solventar el problema poniendo ladrillos debajo de las cajas, pero no sirve de
mucho.
Fueron
mirando entre los archivadores, y Purefoy metió la mano en varios de ellos;
invariablemente, los papeles estaban húmedos. Sacudió la cabeza con
incredulidad. Si el Bibliotecario estaba en lo cierto y el Decano y el Tutor
Mayor habían quemado los papeles de Sir Godber Evans, se habían tomado una
molestia innecesaria. Sólo tenían que dejarlos allí. La humedad habría acabado
con ellos. Purefoy acababa de encontrar una tarea en que ocuparse. Sacaría el
contenido de los archivadores, lo subiría a la Biblioteca y secaría y
clasificaría los documentos uno por uno. No iba a dejar que aquella preciosa
fuente de datos se convirtiera en una papilla fungiforme. Y les iba a decir un
par de cosas al Tesorero y al Decano en cuanto tuviera oportunidad. Además,
procuraría que parte de la donación de Lady Mary se invirtiese en crear un
archivo decente, o al menos seco, para los papeles de Porterhouse.
16
De
hecho, el Decano estaba ya de regreso a Cambridge. Sus visitas a Broadbeam y
los otros antiguos alumnos habían resultado estériles. Ninguno pudo sugerirle
el nombre de una persona realmente rica susceptible de asumir el honor de ser
Rector de Porterhouse.
—Es
por la maldita recesión económica, ¿sabe? —le dijo Broadbeam—. Los precios del
suelo han bajado en picado, y encima hemos tenido el fiasco de la Lloyds y el
Miércoles Negro.
Sinceramente,
no se me ocurre nadie con la fortuna suficiente. Y supongo que no desea tener a
otro ex ministro como Rector. No, ya veo que no. —El Decano se había puesto de
un color de lo más subido—. Quizá podría encontrar a algún profesor americano
al que le encantara tener el título de Rector de Porterhouse, pero habría de
escogerlo con mucho cuidado. Algunos de nuestros amigos del otro lado del
charco se toman este asunto de la educación universitaria muy en serio, y no
querrá que le quite su carácter al Colegio un Rector que se pase de listillo.
Le
ocurrió lo mismo en todos los lugares que visitó. Particularmente traumático
fue para él encontrarse a Jeremy Pimpole, que había heredado millones de su
madre sudafricana, viviendo en la casita del guardabosques de lo que había sido
la hacienda de su familia desde el siglo XVIII. La mansión y las tierras se
habían malvendido, y lo único que parecía interesarle a Pimpole ahora era su
perro, un animal de mirada estrábica y aviesa, cruce de bull terrier y pastor
alemán, y la taberna local, dos intereses que repugnaban profundamente al
Decano. Y la adicción de Pimpole por todo lo canino no se restringía a aquel
viejo perro. En la taberna, insistió en pedir dos jarras de «nariz de perro»,
que, para espanto del Decano, consistían en dos partes de ginebra y tres de
cerveza de barril. Cuando intentó protestar, afirmando categóricamente que no
pensaba probar aquella porquería, no ya una jarra, sino ni siquiera un sorbo,
Pimpole se puso muy desagradable e hizo hincapié con acritud en que le había
costado años enteros enseñarle al tabernero a combinar los ingredientes en las
proporciones correctas.
—Ha
sido condenadamente difícil hacerle entender a ese zote que una jarra equivale
a una pinta, la cual tiene veinte onzas, y eso significa que para hacer una
«nariz de perro» como Dios manda hay que mezclar siete onzas de ginebra con
trece de la mejor cerveza. Más bruto que un arado, ya sabes cómo son estos
paletos.
El
Decano no tenía ni idea. Le habían dejado confuso los cálculos de Pimpole.
—Pero
si son dos partes de ginebra, y, sinceramente, espero que estés bromeando,
¿cómo se entiende que las tres partes de cerveza sean trece onzas? Y siete
onzas de ginebra... ¡Dios santo!
—¿Me
estás llamando mentiroso a la cara? —preguntó Pimpole agriamente.
—No,
por supuesto que no —se apresuró a responder el Decano. Ahora comprendía por
qué la nariz de Pimpole tenía aquel aspecto, y por qué había acabado viviendo
en la casita del guardabosques.
—¿Ves
esas tres jarras esmaltadas que está usando para mezclar, las grandes y las dos
pequeñas? —prosiguió Pimpole señalando con un dedo roñoso hacia la barra, donde
el tabernero estaba, aparentemente, llenando las jarras más grandes con la
mayor parte del contenido de una botella de ginebra—. Bueno, pues la mitad de
la jarra grande son siete y las dos pequeñas juntas hacen trece. ¿Me sigues?
El
Decano estaba rogando mentalmente no tener que seguir a aquel hombre a ninguna
parte, pero no estaba en condiciones de discutir. Aquel perrazo asqueroso le
miraba desde un rincón con sus ojos estrábicos y aviesos.
—Sí,
supongo que tienes razón —dijo, y contempló pasmado cómo el tabernero llenaba
de cerveza las jarras pequeñas y luego, después de verter casi media botella de
ginebra en las dos jarras, añadía las dos jarrillas de cerveza. El Decano
decidió que por nada del mundo se iba a meter entre pecho y espalda una jarra
de aquel mejunje, ni por Pimpole, ni por nadie. Más que «nariz de perro»,
parecía cosa del Diablo.
—Venga,
de un trago, Decano, que no se diga. Me alegro de que hayas venido a verme.
—Sí
—dijo el Decano con una sonrisita tensa. Él no se alegraba nada de haber ido
hasta allí a ver a aquel borracho repugnante. Había sido un craso error. Bebió
con aprensión un sorbo de aquella pócima, y se le revolvieron las tripas.
Fueran cuales fueren las proporciones de cerveza y de ginebra, ciertamente no
eran ni siquiera aproximadamente de tres contra dos. Eran más bien dos partes
de cerveza y cinco de ginebra. Y a él nunca le había gustado la ginebra. Bebida
de mujeres, solía decir, y por algo la habían llamado siempre la «ruina de las
madres». El Decano tomó otro sorbito y revisó su opinión. Aquello no sólo
arruinaba a las madres, sino a cualquier jarra de cerveza, por buena que ésta
fuera. Claro que no podía decirse que se tratara de una jarra de cerveza. Por
el sabor, era más bien un tercio de jarra de cerveza y el resto ginebra.
Aquello era lo que había arruinado a Pimpole. Había sido un chico encantador,
un poquitín distraído, es verdad, pero con un aire de inocencia tal, que
incluso compensaba su actitud de aristocrática altanería hacia quienes le
rodeaban. No quedaba nada de aquel encanto en el Pimpole de hoy. Ni siquiera el
embrutecido tabernero parecía contento de su compañía, aunque, si se bebía cada
día su ginebra en aquellas cantidades tan desaforadas, y, por el aspecto de su
bulbosa nariz, tenía que haberlo estado haciendo regularmente durante décadas,
debía de haber financiado con su hábito varias estancias del tabernero en
Benidorm, o dondequiera que las personas como él fueran de vacaciones. Sólo
conservaba la actitud de superioridad, convertida ahora en una arrogancia
intemperante. Bebió otro sorbo, y se dio cuenta de que Pimpole le miraba con
cara de pocos amigos.
—Venga,
Decano, levanta el codo, como un hombre —dijo—. ¿Dónde está el viejo espíritu
de Porterhouse? Las rondas con el oporto añejo y todo eso. No hay que hacer
esperar a los amigos. Eso no se hace.
—¿Qué
amigos? —preguntó el Decano, que se acababa de tragar otro sorbo de aquel
horripilante mejunje y, encima, con el estómago vacío.
—Pues
yo —dijo Pimpole—. El viejo Jeremy Pimpole.
—Ah,
sí, claro, por supuesto —dijo el Decano, y comprobó con horror que la jarra de
Pimpole estaba vacía. Por nada del mundo iba a trasegar aquel brebaje como si
fuese agua.
Optó
por cambiar de táctica, usando un subterfugio.
—Mira,
Jeremy, mi querido muchacho... —empezó.
—No
me llames «querido muchacho» —replicó Pimpole rencorosamente—, que acabo de
cumplir los cincuenta y dos, ¿sabes?, y ya no tengo aquel pelito rubio y
aquella carita de ángel que tanto te gustaba mirar.
—Cierto,
muy cierto —dijo el Decano, refiriéndose a lo del pelito, y no a la última
parte de la frase, tan acusatoria—. Digo, no —añadió tratando de explicarse.
—Primero
le haces ascos a una «nariz de perro» bien buena y bebes tres sorbitos, como un
mariquita que tomara el té, y ahora me vienes con...
—No,
por supuesto que yo no... —dijo el Decano, furioso, pues en toda su vida nadie
le había llamado mariquita a la cara—. Me refería meramente al hecho más que
obvio de que en la actualidad estás más calvo que una bola de billar. Y, por
cierto, si yo fuera tú, me haría mirar enseguida esa lesión en la piel, no sea
caso que se convierta en un mal feo. Ah, y también me refería al hecho de que
lo que has definido como tu carita de ángel parece hoy más bien el mapamundi de
cuando aún teníamos Imperio, todo rojo, pero con repugnantes manchitas verdes y
amarillas donde los franceses y los alemanes tenían sus colonias. Así que
entérate bien y grábatelo en la cabezota.
Por
un instante, el Decano pensó que Pimpole iba a pegarle un puñetazo. Pero, por
el contrario, echó atrás su cabezota y se rió a carcajadas.
—¡Sí
señor, uno a cero, Decano, viejo cabrón! —bramó—. ¡Así me gusta! —Se volvió
hacia un rincón del local y les gritó a un grupo de palurdos apiñados en la
barra—: ¿Habéis oído, muchachos? El cabrón del Decano dice que tengo la cara
como el jodido mapamundi de cuando todavía teníamos Imperio y... —Se volvió
hacia el Decano—. ¿Qué has dicho que eran las manchitas verdes y amarillas?
—No
importa, déjalo —dijo el Decano, que no tenía la menor intención de seguir
discutiendo sobre la apergaminada epidermis de Pimpole en un bar infecto lleno
de patanes y pelanduscas. Y tampoco tenía ganas de terminarse aquella letal
«nariz de perro».
—Sí
que importa —dijo Pimpole, cuyo voluble humor mudaba en cuestión de segundos.
Acercó su carota colorada hasta casi tocar con su nariz la del Decano—. Vaya si
importa. ¿Y qué me dices de mi hocico, eh? ¿Qué es lo que parece mi hocico?
—Pues
un hocico, como muy bien dices —dijo el Decano—. Sí, muy bien definido. Un
hocico, sí señor, un hocico, ni más, ni menos.
Pimpole
echó de nuevo la cabeza hacia atrás y se rió estruendosamente.
—Así
me gusta, Decano. Así se habla a la tropa. El estilo de Porterhouse. Directo
entre los ojos, sin más contemplaciones. Y ahora, acábate de una vez esa «nariz
de perro» y pidamos otra ronda, que estoy sediento.
El
Decano volvió a mirar su jarra y comprobó, horrorizado, que, sin darse cuenta,
había consumido más de la mitad de su contenido. No iba a probar ni una gota
más, ni aunque Pimpole intentase metérselo por el gaznate con un embudo. Antes
morir luchando que con el píloro perforado por culpa de una «nariz de perro».
Decidió contraatacar.
—Quizás
estés sediento, Pimpole —dijo—, pero yo tengo una úlcera de estómago. —No era
cierto, pero fue lo único que se le ocurrió en aquel momento—. No pienso beber
ni un trago más de ese brebaje inmundo con el estómago vacío, y sanseacabó.
Pero
no se había acabado, ni mucho menos. Pimpole tenía solución para todo. Una
solución peor aún que el problema de las narices.
—¡Tabernero!
—gritó. Y como el hombre siguió charlando y sirviendo bebida a otros clientes,
sin hacerle caso, Pimpole cambió de táctica—: ¡Oye, Fred, mariconazo, que el
Decano tiene una úlcera! Vete para dentro y dile a tu mujer, ya sabes, esa que
es bizca y tetuda, que haga algo útil por una vez en su vida y nos prepare unos
bocadillos de ese queso verde tan rico que tiene. Y que se dé prisa.
Por
un momento, un terrible momento, el Decano temió verse envuelto en una
pendencia, o como se llamen las peleas de taberna de pueblo. El rebrillo
belicoso en la mirada del dueño del local sugería que había entendido
perfectamente a qué mujer se refería Pimpole, y que no le parecía correcta la
descripción que había hecho el aristócrata de los encantos personales de su
consorte. Pero el brillo asesino se extinguió hasta convertirse en mero odio, y
el tabernero se metió en la trastienda murmurando algo sobre lo desgraciado que
era aquel tío y que algún día se iba a enterar de lo que era bueno.
Un
par de minutos más tarde volvió a salir.
—Dice
que no queda queso de ese verde que le gusta tanto. ¿Le vale un poco de carne
de cordero fría?
—Sí,
sí, claro, no faltaba más, muchas gracias —dijo el Decano, muy educado, pero
Pimpole no había acabado.
—¿De
dónde lo ha sacado? —preguntó.
—¡Y
yo qué sé! —dijo el tabernero—. Y, además, ¿qué importa eso? Digo yo.
—Ya.
Eso dices tú. Pues a mí me importa —dijo Pimpole—. Si se lo ha comprado al
viejo Sam, no creo que el Decano quiera comérselo. Yo seguro que no.
—¿No
está bastante fresco para su gusto, señor Pimpole? —dijo el tabernero
irónicamente.
Pimpole
echó el pecho hacia adelante, blandiendo su jarra vacía.
—Demasiado
follado para mi gusto, Fred, demasiado follado. Desde que murió su mujer, hace
dos años, Sam se cepilla a los corderitos cuando no puede pasarse por la piedra
a la mujer de algún vecino, ¿no lo sabías? Le gustan los cadáveres.
—Joder!
—exclamó el Decano, y hasta el tabernero retrocedió un paso.
Pero
Pimpole no había acabado.
—Hombre,
si uno es de buen comer y no le hace ascos a nada, supongo que no importa
demasiado. Además, el género de Sam es más barato. Y no se puede decir que no
lo hayan tratado con cariño. Pregúntale a tu Betty la Bizca, a ver si está de
acuerdo.
El
tabernero se retiró rezongando mientras el Decano intentaba encontrar palabras
para expresar que tampoco es que le apeteciera mucho comerse un bocadillo de
cordero. Había perdido no sólo el apetito, sino el habla. Y, además, seguro que
aquella mujer, como venganza, escupiría en los bocadillos, o algo peor. Desde
la cocina se oían voces y palabras fuertes, especialmente del marido.
—Ahí
le duele, Decano —dijo Pimpole con un guiño rijoso—. Y no te preocupes por tu
cordero. El viejo Sam se ha cepillado más veces a Betty que a los corderos de
su rebaño, y, además, le gustan vivos y calentitos, con sus abriguitos de lana
y todo. Sólo lo he dicho para fastidiar a Fred.
—Y,
por lo que parece, lo has conseguido plenamente —dijo el Decano—. De todas
maneras, con mi úlcera...
—Ya,
ya, la condenada úlcera. Vamos a tener que hacer algo al respecto, ¿no?
Veamos... Mamá siempre decía que la menta...
Pimpole
alargó el brazo para coger una botella de menta de la barra y un gran vaso.
—¡Por
el amor de Dios, estáte quieto! —gritó el Decano cuando vio que Pimpole
empezaba a llenarle el vaso—. ¡No pensarás en serio que, después de media jarra
de ginebra...!
Pimpole
le ignoró por completo. Había colmado el vaso y unas gotas de menta salpicaron
la barra.
—¡Mira
lo que me has hecho hacer! —dijo, acusador.
—¡Yo
no te he hecho hacer nada! —protestó el Decano—. Y que me ahorquen si pruebo
una sola gota de esa porquería. Y no me...
—Venga,
venga, Decano, ricura, tómate la medicina de mamaíta como un hombrecito y ya no
te dolerá la tripita.
—¡Vamos
hombre, ni pensarlo! ¡Quítame eso de delante! ¡Qué asco! ¡Y te diré más: qué
asco de sitio, también! Aquí te quedas, si quieres, porque, lo que es yo, me
vuelvo ahora mismo a casa.
—Hogar,
jodido hogar —dijo Pimpole, y se bebió de un trago el vaso de menta. El Decano
se precipitó fuera de la taberna, sin importarle ya lo que aquel perrazo
pudiera hacerle, y al pasar le pisó la cola sin querer. Ya en la acera, cuando
iba a meterse en su coche, vio un coche de la policía con dos agentes dentro
que le observaban. El Decano se alejó del coche como quien no quiere la cosa
calle abajo, con la esperanza de poder encontrar un hotel o, al menos, una
posada donde pasar la noche. No había ninguna.
—Aquí
sólo tenemos una taberna —le dijo un hombre al que paró para preguntar—. La
Pierna de Cordero. Pero no se la recomiendo. Antes se llamaba Las Armas de
Pimpole, pero le cambiaron el nombre a causa de los gustos de Su Señoría. Los
corderos, ¿sabe? En esas familias antiguas acaban todos un poco mal de la
chaveta.
—Ya
me había fijado, ya —dijo el Decano, y, añadiendo mentalmente el cordero a la
lista de las adicciones de Pimpole, se encaminó desconsolado en dirección a la
casita del guardabosques. No fue un trayecto agradable. La casita distaba casi
cuatro kilómetros del pueblo, y el camino estaba embarrado y oscuro. Sólo la
luna alumbraba sus pasos, y a ratos, porque la mayor parte del tiempo estaba
oculta por las nubes. En los sembrados, a ambos lados del camino, las criaturas
noctivagas se afanaban reptando y escarbando y revoloteando. En alguna parte
ululó un cárabo. En otras circunstancias, al Decano todo aquello no le hubiera
importado demasiado, pero la mezcla de ginebra y cerveza, y el ambiente
enrarecido de la taberna, con tanta violencia latente, por no mencionar los súbitos cambios de humor de
Pimpole, le habían alterado los nervios, de manera que hasta el más mínimo
sonido extraño le hacía pegar un salto, y las sombras de la noche le llenaban
de un pavor irracional. Maldiciéndose por no haber intentado encontrar un taxi,
aunque seguro de que en aquel villorrio dejado de la mano de Dios no habría
ninguno, y maldiciéndose aún más por haber ido hasta allí a ver a Pimpole, el
Decano siguió caminando a trompicones, deteniéndose alarmado a cada paso
aguzando el oído. Habría jurado que oía frases inconexas del himno del equipo
de remo de Porterhouse, que el aire de la noche traía del pueblo. A la tercera
vez que se paró a escuchar, ya no le cupo la menor duda. La letra de la canción
le llegaba claramente.
Zas,
zas, zas, zas,
rema,
rema muchachote.
Zas,
zas, zas, zas,
todos
a una en el bote.
Bebe
como un cachalote
y
tócale a ésa el escote.
También
en otras circunstancias, el Decano habría disfrutado con el sonido familiar de
aquella canción que había oído tantas veces, e incluso entonado alegremente, en
su juventud. Pero ahora, en la oscuridad —había empezado a llover—, y como
sabía que el individuo que la cantaba había añadido un vaso lleno a rebosar de
menta a su «nariz de perro», y que se habría tomado probablemente otro «para el
camino», y que a aquel tipejo irascible le acompañaba un perrazo con una boca
como un túnel del metro (y al que, por cierto, el Decano había pisado la cola
apenas hacía media hora), aquella melodía había perdido su encanto para él. Por
completo. Lo único que le causaba al Decano era inquietud por su propio futuro
inmediato. Por un instante, un largo instante de reflexión, incluso llegó a
considerar la idea de dormir al raso, debajo de un seto o en un montón de heno.
Pero los montones de heno ya no eran como los de antes, y no había manera de
pegar ojo en ellos. Y, de todas formas, llovía, y el Decano no tenía la menor
intención de perecer de una neumonía debajo de un seto. Quizá, si pudiera
esconderse hasta que pasaran delante aquel borracho y su perro, aquella mala
bestia se dormía, y él podría entonces subir a su habitación...
El
Decano encontró una valla, y ya iba a saltarla —la maldita portezuela estaba
cerrada—, cuando descubrió que además estaba coronada por una alambrada de
espino. Murmurando un juramento sordo, se volvió y siguió andando a toda prisa
hasta que, al llegar a un oscuro bosquecillo a mano derecha, y después de
echarse al buen tuntún por una cuneta, aterrizó dolorosamente dentro de un
seto; como último recurso, intentó ocultarse rápidamente tras el tronco de un
nudoso alcornoque. El sonido de la voz aguardentosa de Pimpole ya se oía
bastante cerca. Estaba cantando una repulsiva balada rústica, una adaptación de
«El Viejo MacDonald tenía una granja» tan obscena que el Decano empezó a
preguntarse qué tipo de relación tenía Pimpole con aquel perro, y llegó a la conclusión
de que ningún animal, de la especie que fuera, podía estar seguro en su
presencia. Por desgracia, el perro estrábico sentía más o menos la misma
antipatía por el Decano y, mientras Pimpole, que trastabillaba inseguro por el
camino, podía haber fácilmente confundido al Decano en su traje negro con parte
del tronco del alcornoque, el olfato de aquel chucho era más perspicaz. El
chucho se paró en seco, husmeando en la oscuridad y gruñendo amenazadoramente.
Pimpole también se detuvo, y trató de atisbar entre las sombras qué era lo que
le indicaba su mascota.
—¿Quién
coño anda ahí? —balbució—. Mejor será que echemos un vistazo.
Avanzó
a tientas, pero el Decano decidió que lo único que podía hacerse en semejante
situación era salir del seto lo más dignamente posible.
—Soy
yo, Jeremy, muchachote —gritó, y salió de entre las sombras del alcornoque para
caer inmediatamente de cabeza, en la cuneta. Era, según comprobó al punto, una
zanja donde crecían matas de ortigas silvestres en exuberante abundancia. En su
agonía, el Decano se puso a cuatro patas y miró desde allí a la oscilante
figura de Pimpole, que se recortaba contra las nubes.
—¿Pero
qué coño haces metido ahí? —preguntó Pimpole—. Y, además, ¿quién te ha dado
permiso para llamarme «muchachote»? Lord Pimpole, y que no se te olvide. ¿Y
quién demonios eres tú?
—Yo...
yo soy el Decano, ya sabes, el Decano de Porterhouse, mi querido muchacho...
—Lord
Pimpole, he dicho —bramó Pimpole. Y añadió, llamando al perro— Venga, Costras,
ve por él.
Pero
el Decano ya estaba más que harto. Harto de las punzantes ortigas, de la zanja,
de Pimpole, de toda aquella maldita situación, y no tenía la menor intención de
que aquel animal avieso y traicionero fuera por él. Se puso trabajosamente de
pie y al hacer un esfuerzo para salir de la zanja se habría caído de bruces de
no haberlo sostenido Pimpole entre sus brazos.
—¡Quieto!
—gritó—. ¿Adonde vas, como gato escaldado? ¡Anda la osa, si es el Decano! Pero,
hombre, ¿qué hacías metido en la zanja? ¿Echando una meada, tal vez?
Y
lanzando vaharadas de licor de menta, ginebra y cerveza a la cara del Decano,
le pasó un brazo por los hombros y se alejaron los dos de esta guisa, dando
traspiés, hacia la casita del guardabosques. Tras ellos, muy mohíno por haber
perdido la oportunidad de vengarse del pisotón, el perro los seguía cabizbajo.
Pero al menos Pimpole había recuperado parte de su buen humor inicial,
probablemente debido a una segunda o incluso tercera jarra de «nariz de perro».
Tenía una melopea descomunal, que le hacía ponerse sentimental.
—No
sé adonde vamos a ir a parar. El campo ya no es lo que era. ¡Ay, Decano, amigo
mío, qué va a ser de nosotros! —dijo, prácticamente al borde de las lágrimas—.
¡Qué vida de perros! Bueno, a mí los perros no me molestan. Al contrario. Son
mejores que muchas personas, y más cariñosos. Y las perras también, claro. Una
vez conocí a un tipo en España que los criaba. Ése sí que sabía de perros. En
cambio, yo no le caía bien. No sé por qué. Soy un buen perro, ¿verdad, Decano?
—Ya
lo creo que sí. Leal y cumplidor, ya lo creo —dijo el Decano.
—Lo
que pasa es que ya no tengo un céntimo. Vete a saber por qué. Un día el dinero
dejó de llegar, sin más. Bueno, era el dinero de mamá, claro. El cobre y eso,
de las minas de Rhodesia o algo así. Y un buen día, pum, se acabó. No le podía
pagar ni al mayordomo. El muy cabrón empezó a empinar el codo más de la cuenta.
Y yo pensé, bueno, pues no es tan mala idea, así que empezamos a hacer «narices
de perro», y nos lo pasábamos la mar de bien, ya lo creo. Pero se acabó. Hasta
los caballos de polo de llevaron. ¡Con lo que me gustaba el polo! Vinieron unos
tipos, del juzgado, creo; no los había visto en mi vida. Les ofrecí una «nariz
de perro», y ya no recuerdo nada de lo que ocurrió después. Así que ahora vivo
aquí con el bueno de Costras. Un amigo, un verdadero amigo. ¿No es así,
Costras? La mujer del viejo Barney Furbelow viene tres veces por semana a
repasar la casa, y yo le doy un repaso, si se deja. Barney era nuestro segundo
jardinero. Y su padre antes que él. ¡Ésos sí que eran buenos tiempos, Decano, qué
tiempos aquellos!
A
trancas y barrancas, se las arreglaron para encontrar la casita del
guardabosques, y Pimpole intentó mostrarle al Decano el camino de su
habitación, pero fracasó miserablemente. El Decano le ayudó a levantarse del
suelo.
—Bueno,
yo dormiré aquí, en el sofá del salón —balbució Pimpole—. El retrete está
fuera, detrás; cuando lo necesites, ya sabes.
El
Decano encontró por sus propios medios la habitación, se desnudó y se metió en
la cama. Era un camastrón de hierro oxidado de un estilo que el Decano creía
que ya sólo se encontraba en los museos de antropología, y el colchón era muy
fino y estaba lleno de bultos. Todavía le picaban las manos y la cara a causa
de las ortigas, y las sábanas despedían un tufillo peculiar, a macho cabrío
rancio, creyó reconocer. A pesar de todo, respiró aliviado de poder estar por
fin a solas y bajo techado. Había sido un día espantoso.
Pero
la noche fue aún peor. Al cabo de una hora de dar vueltas en aquel camaranchón,
incapaz de conciliar el sueño porque los muelles del somier se le clavaban en
la espalda, le entraron ganas de orinar. El retrete estaba fuera, en medio del
jardín trasero, y cuando pasó por delante del salón, el perrazo estrábico, que
dormía con Pimpole en el sofá, asomó su mugrienta cabezota por la rendija de la
puerta gruñendo sordamente. El Decano se quedó clavado donde estaba. El chucho
sacó la cabeza otro poquito por la puerta y gruñó más fuerte. El Decano,
acobardado, se volvió a su habitación apretando las piernas, con la esperanza
de que una estancia tan vetusta estuviera también equipada con un orinal. No lo
había, y, desesperado, meó por la ventana sobre lo que, a decir del ruidito,
era la tapa metálica del cubo de la basura. Luego se volvió a meter en la cama
y durmió una hora. Se despertó angustiado, en medio de una pesadilla en la que
veía su muerte y la irremediable extinción de aquella Inglaterra a la que tanto
amaba y que tan bajo había caído, y deseó estar de vuelta en Porterhouse, donde
se sentiría a salvo y no tendría que volver a padecer el tormento de beber a la
fuerza una «nariz de perro» en una taberna apestosa con el repugnante Pimpole.
Nunca
supo cuántas horas durmió, pero a las seis de la mañana no pudo soportar más
aquella cama. Se levantó y fue en busca de un lavabo, o lo que fuera, donde
poder lavarse y afeitarse. No había. Y si lo había, debía de estar abajo, donde
estaba también el condenado chucho... Se vistió, dando gracias a Dios porque
sólo había llevado a aquella casa una bolsa pequeña —el resto de su equipaje lo
había dejado en el Rover—, y, con un coraje temerario, bajó muy decidido
escaleras abajo, haciendo oídos sordos a los gruñidos de Costras, y salió de la
casita del guardabosques.
De
regreso a Cambridge, el Decano tuvo tiempo de experimentar más horrores de la
Inglaterra contemporánea. Esta vez decidió evitar las bucólicas carreteras
comarcales, de las que tanto había disfrutado durante la ida, y acabó atascado
tres horas en una autopista, a causa de un escape en una factoría de productos
químicos en las afueras de Lancaster. Como consecuencia, el motor del Rover se
recalentó, y el mecánico del Automóvil Club que acudió a echarle una mano se
quedó asombrado de que aquel trasto pudiera circular, y quiso saber cómo se las
había agenciado para pasar la inspección técnica de vehículos. Después, el área
de servicio donde se detuvo un momento a tomar algo sólido estaba abarrotada
por ocho autobuses de gamberros, hinchas del Liverpool, con varias furgonetas
de la policía alrededor, por si las moscas. Las salchichas con patatas fritas
que comió no se le asentaron nada bien en el estómago vacío (probablemente
habían caducado hacia muchísimo tiempo, se dijo después). Y, para completar su
humillación, un jovenzuelo patilludo con el que tropezó en unos aseos públicos
cerca de Birmingham le llamó «maricón de mierda». Para redondear el día, se
equivocó de salida en la M1 y había tenido que estar dando vueltas una hora
hasta que finalmente encontró el camino de Cambridge.
Así
que cuando llegó a Porterhouse, el Decano ya no estaba de mal humor. Se
encontraba tan agotado y desilusionado, que no le quedaba humor, ni bueno ni
malo. Llevaba veinticuatro horas sin bañarse y sin afeitarse, y lo único que
sentía era alivio por estar de vuelta en un mundo que comprendía y sobre el que
podía ejercer cierto control. Y por poder dormir sobre una superficie que no
recordara una cama de faquir, como el camastrón de Pimpole.
Le
dio las llaves del viejo Rover a Walter para que se lo aparcara, se escurrió a
sus habitaciones y se echó en la cama. Sentía otra vez aquel pellizco en el
estómago, pero ahora su significado era más claro que el agua. Pidió que le
subieran la cena a su cuarto, en vez de bajar al Refectorio con los otros
Claustrales. Aquel día no estaba para nadie.
17
Algo
parecido podía decirse del Tesorero y de Kannabis, aunque en el caso de este
último, no era la compañía del Tesorero la que quería evitar, sino la de
Skullion. El Tesorero, por otra parte, había salido de su pequeña charla, como
insistía el Praelector en denominar aquel tercer grado, en tal estado de shock
y pánico que, al igual que al americano, el doctor Mac-Kendly tuvo que
administrarle algo que lo pusiera a tono antes de que pudieran inducirle a
meterse en aquella habitación por segunda vez.
—Esto
le animará un poquitín —dijo el médico antes de ponerle la inyección—. Lo
probaron en varios objetores de conciencia en América antes de la guerra con
Irak y se volvieron verdaderos gallos de pelea.
El
Tesorero objetó que no tenía maldita la gana de convertirse en gallo de pelea o
en cualquier otra criatura, mientras el Praelector se preguntaba en voz alta
cómo era posible que existieran objetores de conciencia en el ejército de los
Estados Unidos si todos los soldados son voluntarios y profesionales.
—Y
me gustaría saber los nombres de los pilotos que destruyeron dos vehículos
blindados con la bandera británica bien visible —dijo—. Nuestros queridos
aliados del otro lado del Atlántico no aceptaron que declararan durante la
investigación e incluso se negaron a revelar su identidad. ¡Vaya aliados!
Pero
el Tesorero seguía objetando. No quería tener nada que ver con americanos,
especialmente con los que eran como Kannabis, que venía de Bibliopolis,
Alabama, y le había contado con tan evidente delectación repulsivas historias
acerca de amigos suyos que habían acabado sus días pasto de los tiburones. Y,
en particular, no quería oír ni una palabra más acerca de Edgar Hartang. Como
había dicho, usando un lenguaje parecido al de Kannabis en su última entrevista
(aquel fármaco tenía curiosos efectos secundarios):
—Joder,
el tal Hartang es el beso de la muerte. Como se entere de que he estado
haciendo preguntas sobre él, los independientes me van a dejar que no me
reconocería ni mi madre. Eso, si me encuentran en el jodido Triángulo de las
Bermudas.
—Pues
mire, sería un punto en favor del tal Hartang, la verdad —dijo el Tutor Mayor,
pero el Praelector no estaba para bromas.
—¿Está
seguro de haberle administrado la dosis correcta? —le preguntó al doctor
MacKendly—. Quiero decir que lo que menos nos conviene ahora es que vaya a
aterrorizar a ese pobre hombre hablándole así. La identificación sería
increíblemente difícil si los dos hablaran igual, cuando haya que transcribir
las cintas.
—Probablemente,
se trata de un efecto secundario transitorio —le aseguró el médico—. Supongo
que cada cual reacciona de diferente manera, por supuesto, pero yo diría que
ahora ya se está moderando un poco, y enseguida estará dócil como un corderito.
Esto me lo pasó un colega del hospital de la base aérea americana en
Mildenhall, cuando lo del ataque en Libia. Se lo dieron a los pilotos caguetas
que temían que las mujeres árabes les arrancaran la piel a tiras. No puedo
decir que les culpe por ello. Las mujeres árabes son proclives a dar esa
bienvenida a los soldados enemigos heridos, ya sabe. Y esos pilotos salieron de
la base tan contentos, más felices que unas Pascuas.
—Quizá
ese espíritu navideño explique por qué sólo consiguieron asesinar a los críos
de Gaddafi, y él escapó ileso, —comentó el Praelector, sardónico.
—¿Para
qué necesitaba ese medicamento, doctor? —preguntó el Tutor Mayor.
El
médico se sonrió.
—El
año pasado, un par de alumnos que escalaron la Torre del Senado perdieron el
valor, y pensamos que así podríamos devolvérselo. Pero no hubo necesidad de
usarlo. Uno de ellos se mató escalando el Ben Nevis, y el otro renunció a la
escalada para siempre, lo cual demuestra mucha cobardía, a mi modo de ver.
Claro que de todo hay en la viña del Señor.
—Pues,
desde luego, ha cambiado al Tesorero —dijo el Praelector—. Nunca había visto
una transformación tan radical en una persona.
—Es
sólo temporal —dijo el doctor MacKendly—. Sólo estará fuera de sí por un
tiempo.
—¡Por
el amor de Dios, no empecemos otra vez con eso! —exclamó el Tutor Mayor—. No
puedo soportarlo.
El
médico le miró con curiosidad.
—Estamos
un poco alterados, ¿no? —le preguntó.
Pero,
antes de que el Tutor Mayor tuviera tiempo de explicarle exactamente sus
sentimientos, el Tesorero se puso a pegar botes por el cuarto, preparado para
su misión.
—Vamos
a cazar a ese conejito —dijo, de repente, usando una metáfora que no iba
precisamente con su carácter habitual, y se precipitó en el dormitorio del
americano.
Pero
la metáfora resultaba apropiada. Si no era muy evidente en qué clase de animal
se había convertido el Tesorero, Kannabis mostraba todas las características
físicas de una liebre disecada. El pasar prácticamente el día entero y parte de
la noche con el Rector sentado junto a su cama había aniquilado su confianza en
sí mismo más que cualquier antipsicótico equivocado que le hubiera podido
recetar el doctor MacKendly. ¡Qué contento estaba de ver de nuevo a su amigo el
profesor Tesorero!
—¡Hombre,
profe, qué alegría! —dijo—. No te lo puedes imaginar. Estoy del jodido
Quasimodo hasta las narices.
—Ya
puedes empezar a hablar del Señor Rector con más respeto... —dijo el Tesorero,
en tono cortante.
—¿Señor
Rector? ¿También tú le llamas Señor, profe? ¡Dios mío! ¡Que alguien me ayude!
—Y
ya puedes empezar a dejar de llamarme profesor Tesorero. Soy el Tesorero. A ver
si te enteras de una vez.
Kannabis
se encogió bajo las sábanas.
—¿El
Tesorero? ¿Y Quasimodo es el Señor? ¡Dios mío! ¿Dónde me he metido?
El
Tesorero ignoró la pregunta.
—El
Tesorero. Fíjate en el artículo determinado. ¿Estamos? Y deja de llamar
Quasimodo al Rector. Se llama Skullion. Pero no para ti; para ti es el Rector.
Fíjate de nuevo en el artículo.
—Sí,
señor, ya lo creo. Lo que usted diga, profesor el Tesorero.
—Profesor
no. No soy profesor. ¿Cuántas veces tendré que repetirte que soy el Tesorero
para que lo entiendas? Ésta no es una de esas zarrapastrosas universidades que
tenéis en Bibliopolis, Alabama, o donde sea. Y éstos no son los Estados Unidos,
donde cualquier analfabeto puede sacarse de la manga una tesis doctoral
absurda, igual que una gallina pone huevos, y cualquiera es profesor. Esto ni
siquiera es Cambridge, Massachusetts. Esto es Cambridge, Inglaterra, y, para
ser más exactos, Porterhouse, Cambridge, Inglaterra, y como la próxima vez que
veas un retrato de un antiguo rector se te ocurra llamarlo paté humano,
entonces sabrás lo que es engordar con embudo.
—Sí,
señor prof... o sea, digo, señor el Tesorero, señor —gimió Kannabis, hecho un
ovillo debajo del edredón.
—Así
me gusta, Kannabis —dijo el Tesorero—. Y ahora te voy a hacer unas preguntitas
muy sencillas, y tú me las vas a responder. Y quiero la verdad, o si no, sabrás
lo...
Pero
la mera mención del engorde con embudo había tocado una fibra sensible en
Kannabis a causa de su agudo estado de alienación. Ahora entendía por qué el
Capellán había sacado aquella asquerosa pera de goma para lavativas con el
pitorro obstruido por... con tanta diligencia. No se trataba de una pesadilla
de su alterado subconsciente. No era un síntoma de nada. Era una costumbre
secular de Porterhouse.
—¡Le
juro que le diré lo que quiera, lo juro por Dios! —dijo, con voz lastimera.
—Muy
bien —dijo el Tesorero, que por primera vez en su vida podía mandar y lo sabía,
y le gustaba—. Para empezar, dime a qué se dedica en realidad el tal Hartang, y
no me vengas otra vez con esas chorradas de los pulpitos y las tortugas y las
islas Galápagos.
—También
hacemos documentales sobre especies protegidas... —empezó Kannabis, pero el
Tesorero le cortó en seco.
—Sí,
hombre, sí, os traéis a las tortugas desde las islas Galápagos, digamos veinte
millones de tortugas, y luego, ¡zas!, al Triángulo de las Bermudas con ellas, y
se acabó lo que se daba, ¿no es eso? La verdad, Kannabis, la verdad. ¿Quieres
que te lo explique de otro modo?
—¡No,
Dios mío! No más explicaciones, profe Teso... digo el Tesorero, señor. Veinte
millones en el mejor material de Bogotá. Ya sabe. Veinte millones en la calle,
valor del mercado, ya sabe.
—No.
No sé —dijo el Tesorero—. Explícamelo. ¿Cuál es el mejor material de Bogotá?
—La
cocaína, hombre, la cocaína. Coca, nieve... Ése era el encargo. La tapadera era
Transworld Televisión Productions. Filmando por ahí, haciendo pelis sobre Dios
para los críos. Así es como empezamos. El viejo E. H. dice: «¿Qué es lo que
necesita la gente? Pues un... Dios en el que creer, y un buen subidón de vez en
cuando.» Las necesidades básicas de la vida, como dice él. Eso lo sacó también
de las Sagradas Escrituras. Una vez que estaba en la trena, no sé dónde, se
puso a leer el Libro Santo, y allí dice que no sólo de pan vive el hombre, que
hay que tener espíritu también, lo cual le hizo pensar. Como el pan no le gusta
demasiado, pues le tiran más el caviar y los filetes, y en cuanto al espíritu
no le van ni el de vino ni las mierdas alcohólicas que beben en su tierra,
slivovitz o schnapps, o lo que sea, dedujo que el pan y el espíritu de los que
hablaba el Libro tenían que ser diferentes. Así que el hombre se puso a pensar;
la mayor parte del tiempo pensaba en el pan, y no sólo el pan, sino otros alimentos
también, la pasta, sobre todo, y ahí encontró la respuesta a todos sus
problemas. El viejo E. H. descubre la religión y empieza a hacer pelis
religiosas; no importa la religión que sea, con tal de que la gente las
compre... Vaya, profe... digo, perdón, el Tesorero, señor, ni se imagina el
pastón que se saca diciéndole a la gente que van a vivir eternamente. ¡Cómo se
tragan todo eso del cielo y el infierno! Billones, con be, billones de dólares,
sí señor. Y marcos y libras y rupias y yenes, lo que sea. De verdad. Pero, mira
por dónde, el viejo E. H. tenía unos compadres allá en Lima, Perú, o en Río, o
donde fuera, que le estaban echando una manita colocando las pelis religiosas
para niños, y le pidieron a cambio de que les hiciera circular los envíos de
material de Bogotá. Ya me dirá cómo le dice uno que no a un tipo como Dos
Passos, allí, en medio de la jungla, o donde fuera, que te apunta con una
pistola y tiene el gancho de colgar carne a punto y las pirañas en el lago
deseando tomarse un aperitivo. Ni pensarlo, vamos. Así que les hizo de
intermediario un par de veces, haciendo circular el material, y todo fue como
una seda gracias a la tapadera del «Jesús te ama» o «Mahatma Gandhi te guarda
un sitio en su corazón». Una vez hicimos una peli sobre el Dios Gandhi ese, y
las tortugas y la lluvia ácida y las ballenas y los pulpitos... Vale, no eran
pulpitos, para qué le voy a engañar, profe, digo el Tesorero, señor, no eran
pulpitos. No. Ni tenían patas, ni ventosas, ni nada. Aletas. Aletas pequeñas.
Eso es, señor, crías de foca.
—¿Y
por qué me dijiste que eran pulpitos? —preguntó el Tesorero.
Kannabis
trató de recordar.
—Por
algo que tenía que ver con las patas. ¡Ah, ya! Es que estaban los colegas
machacándoles la cabeza con palos a los bebés foca, para la peli, y había
sangre por todas partes, y yo pensé que, si tuvieran patas, no se quedarían ahí
paradas como tontas. Como aquella vez que vimos a los pulpos gigantes en
Alaska, Canadá, o donde sea, que son unos bichos grandísimos y que tienen una
fuerza tremenda, tanta, que no necesitan las ocho patas, con cinco o seis
tendrían bastante. Se te agarran al cuello y te ahogan, los muy cabrones, con
las patas esas con ventosas. Y me dije que si las focas tuvieran dos o tres
patas de esas, pues no se quedarían ahí paradas como gilipollas mientras les
abren la cocorota con una barra de hierro. Digo yo. O sea, es que me había liado
antes. Perdón.
—Pues
no te líes —dijo el Tesorero—. Y, volviendo al tema: ¿cómo es que Hartang, con
esos negocios tan buenos en Bogotá, quiere ahora donar dinero a Porterhouse?
—Que
no, profe... digo el Tesorero, señor, si él ya no está metido en esa historia.
No tiene ni cojones, ni con quién hacer el negocio. Le ha perdido a Dos Passos
veinte millones, y eso es como una sentencia de muerte. No, señor, los cárteles
y las familias de Sicilia y los rusos, gente con la que no hay que jugar, son
los que están en el mercado. En lo que no se meten es en lo de blanquear los
verdes, y son un montón de millones, de verdad. Y ahí es donde entra E. H., que
de lo que sabe es de pasta. No piensa con palabras, piensa con dólares, con
marcos, con libras, con francos, con pesetas y con yenes. Usted ya le ha oído
hablar. No me diga que se enteró de algo. Yo sólo le entiendo cuando dice que
hay que liquidar a alguien. Pero cifras y números, eso ya es harina de otro
costal. ¡Qué cerebro tiene, parece un ordenador! De muchos megas. Así que les
blanquea la pasta a los cárteles y a los sicilianos y a todo el que se tercie.
Con canales de televisión por cable y satélites que le cubren todo el mundo, y
el negocio de la Vida Eterna que va cada vez mejor, gracias a Dios, venga
donativos y venga donativos, un montón de dinero, y a ver quién es el guapo que
distingue los narcodólares de los dólares normales, o de los marcos, o de las
rupias. Todo va a parar al cielo, y el viejo E. H. lo único que hace es pasar
el dinero de los satélites, de una cuenta en Bombay, India, a otra en Santiago,
Chile, y de vuelta a los USA, pasando por Londres, Inglaterra, o sea, ya
blanqueado, lavado, planchado y almidonado, y oliendo a rosas; ésa es la Ley,
como la que trajo Moisés, montaña abajo, pero menos pesada. ¡Si hasta está
metiendo mano en Moscú, Rusia, primero lo mete y luego lo saca, como un yoyó!
Es dueño de media URSS.
—Ya
comprendo —dijo el Tesorero, un poco menos efusivamente. El efecto de la droga
empezaba a pasarse—. Pero ¿por qué dar dinero a Porterhouse?
Kannabis
le miró con incredulidad. Toda aquella conversación le había subido mucho la
moral.
—De
dar, nada. Lo va a comprar. Esa vieja tortuga necesita otro caparazón. Como ya
le he dicho, se está cubriendo las espaldas. Hay demasiados tipos como Dos
Passos que le quieren ver muerto. Así que compra protección. Primero pone un
poco de pasta en el anzuelo como carnaza, y antes de que te des cuenta, ya te
ha enredado, como una araña, y tiene otro bunker donde esconderse, o sea...
—Pues
aquí no se va a esconder —dijo el Tesorero—. Apuéstate lo que quieras,
Kannabis, lo que quieras, a que no.
—Tranquilo,
profe... digo el Tesorero, señor, que ya se lo diré cuando le vea: «Señor
Hartang, ni se le ocurra acercarse por Porterhouse, Cambridge, a menos que esté
mal del tarro. Usted quiere guardar la línea, y ése es mal sitio para hacerlo.
Los muy cabrones no comen: devoran, como luchadores de sumo después de una
huelga de hambre, o la cuaresma, o lo que sea. ¿Y carne? Con la de carne que
comen esos tíos, dentro de poco la vaca va a ser especie en extinción. ¿Sabe lo
que me han dado esta mañana para desayunar? Sangre. Sangre metida en un condón
con trozos de tocino dentro. Si se cree que voy a coger el sida por comerme una
mierda de salchicha de sangre que parece un zurullo metido a presión en un
globo, va apañado. Ni loco, profe Tesorero, ni loco.
Se
calló. El Tesorero estaba a punto de abalanzarse sobre él, lívido de rabia.
—¡Cómo
me llames otra vez «profe Tesorero», Kannabis, te juro que te lavo la boca con
Harpic! ¿Sabes qué es el Harpic? Pues líquido para limpiar retretes. Así que,
si quieres conservar la lengua y el paladar en su estado actual, y no como si
te los hubieran asado en una barbacoa, no me vuelvas a llamar «profe Tesorero»
en tu vida. ¿Estamos?
—Sí,
señor, sí, el Tesorero, señor. Se me ha ido la cabeza, no me haga caso, que soy
un gilipollas. No hace falta que me lave nada. Con la lavativa ya tuve más que
suficiente. No quiero volver a pasar por eso nunca más. No, señor, no. Yo soy
un buen americano, no sé nada, señor, lo juro por Dios.
Pero
el Tesorero aún se cernía amenazador sobre el inerme Kannabis.
—Americano
sí que lo eres, pero de bueno, no tienes ni un pelo. Tú lo que eres es una escoria de la
peor estofa, un camorrista barriobajero que no merece ni vivir, así que
métetelo en la cabeza ya de una vez.
—Sí,
señor, soy un camorrista barriobajero que no merece ni vivir, lo que usted
quiera, no se ponga así, el Tesorero, señor.
El
Tesorero se volvió a sentar.
—Y
ahora me vas a contar muy clarito cómo hace sus negocios el tal Hartang, y cuál
es su número de teléfono, y ya puedes empezar a recordar nombres y sitios y
fechas y números de cuenta corriente y...
Fuera,
en el pasillo, el Tutor Mayor y el Praelector se miraban el uno al otro
asombrados. Incluso el doctor MacKendly se había quedado sin habla. El doctor
Buscott introdujo una cinta nueva en la grabadora.
—¡Quién
lo hubiera dicho! —dijo el Tutor Mayor—. Lo veo y no lo creo.
—Yo
tampoco me lo creo, aunque no lo veo —dijo el Praelector.
—Y
yo que siempre le había tenido por un chiquilicuatro que no se atrevería ni a
matar a una mosca... Y, por cierto, ¿qué es eso de la lavativa? No lo entiendo.
Pero
el Praelector no le respondió. Estaba preguntándose cómo iban a utilizar las
pruebas que les estaba proporcionando Kannabis. Incluso Skullion, sentado en su
silla de ruedas tras ellos, escuchaba sin perder detalle. Le había satisfecho
especialmente el modo en que el Tesorero le había insistido a Kannabis para que
le llamara «el Señor Rector», con énfasis en el artículo, en vez de Quasimodo,
fuera quien fuere ese sujeto.
18
El
Decano se sentía mucho mejor cuando bajó a desayunar a la mañana siguiente. Se
había bañado y afeitado, después de haber dormido doce horas como un bebé, y
estaba deseando atacar sus gachas de avena y sus huevos fritos con beicon y sus
tostadas de pan con mermelada y su café
con leche. Pero al cruzar el Patio en dirección al Refectorio, se dio cuenta de
que algo raro había pasado en la Capilla. Estaba rodeada de andamios metálicos
e incluso desde donde se encontraba, en el Patio Viejo, podía apreciar que el
tejado estaba ladeado de manera muy poco ortodoxa. Evidentemente, las viejas
vigas de madera seguían causando problemas. Tenían que haberlas restaurado
hacía años, pero el Tesorero dijo que no disponían de fondos suficientes en las
arcas del Colegio para nada que no fueran las más elementales reparaciones. Una
respuesta típica de aquel hombre. Todo lo dejaba para «mañana». Y bien, el
«mañana» había llegado ya. En fin, pensó el Decano, ya es hora de tener una
charla con él, y no de cortesía, precisamente. Pero eso tendría que esperar.
Necesitaba un buen desayuno para reponer fuerzas. Se sentó a la mesa y, para su
sorpresa, antes incluso de que pudiera empezar con sus gachas de avena, el
Tutor Mayor le dirigió la palabra.
—Es
de vital importancia que celebremos una reunión extraordinaria esta misma
mañana —dijo—. Usted, yo y el Praelector. En mis habitaciones a las diez en
punto.
El
Decano se quedó pasmado. Era una ley no escrita en Porterhouse que durante el
desayuno no se hablaba. Un gruñido a modo de «Buenos días» era lo más que se
permitía. El resto de la colación transcurría en silencio absoluto. Algo muy
serio tenía que haber ocurrido para que el Tutor Mayor, acérrimo defensor de
las tradiciones del Colegio, hubiera hablado. El Decano asintió con la cabeza,
irritado, pero no replicó. Las gachas de avena se le estaban enfriando. Pero
cuando llegó el Praelector y le susurró el mismo mensaje al oído, cruzando una
mirada de inteligencia con el Tutor Mayor, al Decano ya no le cupo duda de que
el Colegio debía estar metido en un aprieto muy grave. Algo realmente terrible
tenía que haber ocurrido. Durante un rato, siguió la tradición. Pero la
curiosidad fue más fuerte que él.
—¿No
habrá... fallecido el Rector? —susurró.
El
Tutor Mayor denegó con la cabeza.
—Peor
que eso, mucho peor —dijo—. Pero ahora no. Luego.
—Pues
como sea peor que eso, que Dios nos ampare —dijo el Decano, y volvió a sus
gachas de avena. Pero aquello le había arruinado el placer de tomarse su primer
desayuno decente en tres semanas. Ni
siquiera pudo concentrarse en los huevos fritos con beicon. Prefería no pensar
en lo que le iban a comunicar. Ni siquiera la ruina de la Capilla justificaba
aquella temprana conversación. El Colegio siempre podía pedir una ayuda al
Patrimonio Nacional para pagar la restauración. La Capilla era un monumento de interés
histórico-artístico, y al Patrimonio no le importaría aportar lo que fuera
necesario. No, aquello tenía que ser una catástrofe de proporciones incluso
mayores. Con una intensa aprensión, el Decano se terminó el café y salió fuera.
Hacía un día estupendo, y un sol claro que lucía en un cielo sin nubes. Casi
detrás de él salieron, como nubarrones, el Praelector y el Tutor Mayor.
—Bueno,
vamos a ver, ¿qué pasa? —preguntó el Decano.
—Es
todo culpa del Tesorero... —empezó a decir el Tutor Mayor, pero el Praelector,
que (pensó el Decano) había cambiado de forma evidente durante su ausencia, le
interrumpió sin contemplaciones.
—El
asunto es demasiado serio como para perder el tiempo acusándonos mutuamente
—dijo—. Y, con franqueza, no estoy muy seguro de que sea lo más conveniente
discutirlo en un lugar tan público.
Así
que subieron los tres a las habitaciones del Tutor Mayor, donde el doctor
Buscott había ya dejado la grabadora tras enseñarle cómo cambiar las cintas.
Y,
durante el resto de la mañana, el Decano escuchó con estupor y temor crecientes
el relato del Praelector, que parecía mejor informado y bastante más racional
que su otro colega, sobre los extraordinarios sucesos que habían sumido al
Colegio en aquella crisis. Y escuchó aún más atónito la grabación de las dos
entrevistas del Tesorero con Kannabis.
Hasta
que el Praelector finalizó su relato, no se atrevió a pedir algo más fuerte que
un jerez, preferiblemente un whisky doble con soda, y a tomar la palabra de
nuevo.
—Lo
que acaban de decirme es que ese tipejo inmundo como-se-llame está encerrado
con Skullion en la Residencia del Rector, ¿no es eso? ¡Pero si ese tipo donde
tendría que estar es entre rejas!
—Comparto
plenamente su opinión, Decano —dijo el Tutor Mayor—. Pero por alguna oscura
razón que no se me alcanza, nuestro querido Praelector parece inclinado a
pensar que es más beneficioso para el Colegio que permanezca al cuidado del
Rector.
—¿Al
cuidado del Rector? —dijo el Decano, que no veía cómo demonios podía un anciano
paralítico en silla de ruedas estar en posición de cuidar de nadie, y menos de
un hombre como aquél, que había confesado ser un asesino a sueldo, o al menos
haber presenciado impávido asesinatos y latrocinios horripilantes.
—Skullion
parece ejercer una peculiar influencia sobre ese hombre —le explicó el
Praelector—. Es de lo más edificante contemplar las reacciones del pobre
animalito cuando el Rector entra en el cuarto en su silla de ruedas. Según he
leído en alguna parte, ciertos ofidios tienen el mismo efecto sobre sus presas.
En cualquier caso, me da la impresión de que el señor Kannabis prefiere con
mucho seguir en la Residencia a volver al amoroso seno del señor Hartang. Por
lo que he podido colegir de sus inarticulados balbuceos, y he de confesar que
su dominio de la sintaxis deja mucho que desear, la pobre bestia considera el
Colegio a estas alturas como el más inviolable de los santuarios.
—Me
importa un pimiento cómo lo considere —dijo el Decano—. Por mi parte, lo quiero
fuera de Porterhouse lo antes posible, y que se las vea él sólito con ese
repugnante mañoso de Hartang y sus secuaces. Personalmente, le deseo con todo
mi corazón que perezca de una muerte lenta y dolorosa.
Pero,
de nuevo, el Praelector hizo pesar su recién hallada autoridad.
—Me
permito sugerir que reflexionemos sobre este asunto con mucha calma, no vayamos
a precipitarnos y a tomar decisiones de las que luego hayamos de arrepentimos.
El
Decano no daba crédito a lo que oía.
—Pero
¿de qué demonios habla? ¿Arrepentimos? ¿De qué? Esa escoria que se cargó la
Capilla vino aquí creyendo que podía comprar el Colegio para que ese monstruo,
ese traficante de drogas llamado Hartang, pudiera usarnos, como decía ese
cerdo, de caparazón, y cubrirse así las espaldas, ¿no? Pues le voy a cubrir las
espaldas, pero de moretones, como se atreva a poner un pie cerca del Colegio.
¿Y qué fue eso que dijo acerca de nuestros hábitos alimentarios?
—Creo
que dijo que devoramos... como buitres japoneses después de la cuaresma, o algo
así —dijo el Tutor Mayor.
—Dijo,
exactamente, que devoramos como buitres luchadores de sumo después de una
huelga de hambre —dijo el Praelector—. He de confesar que me pareció un símil
chocante. ¡Qué manera más extraordinaria tienen los americanos de usar el
léxico! No creo que pueda volver a mirar a una morcilla con los mismos ojos.
Aunque no comprendo a qué viene ese miedo a coger el sida simplemente por comer
embutidos.
—Lo
que todavía no entiendo es por qué no para de mencionar lo de la lavativa y el
engorde con embudo —dijo el Tutor Mayor.
—¡Yo
sí que no entiendo nada! ¡Pero nada! ¡Ni una maldita palabra! —gritó el
Decano—. ¿Y qué coño le ha pasado a ese cabrón del...? ¡Vaya, hombre, ya estoy
empezando a contagiarme! Quería decir qué le ha pasado al Tesorero. Sonaba de
lo más amenazador. ¡Qué imperioso! No es que se lo reproche, por supuesto, pero
parecía que estuviera fuera de sí.
—Creo
que eso tendrá que preguntárselo al doctor Mac-Kendly —dijo el Praelector—. Le
administró una especie de estimulante, creo que se dice así. Por desgracia, sus
efectos secundarios son exactamente lo contrario, una forma extrema de
depresión.
—Le
está bien empleado, al muy idiota, por meternos en este embrollo —replicó el
Decano—. Voy a tener dos palabras con él.
El
Praelector le lanzó una mirada escéptica.
—No
le apriete demasiado las tuercas, créame —dijo—. Ese hombre no se encuentra
bien, y su estado mental deja mucho que desear.
—Eso
ya lo veremos —dijo el Decano.
Y lo
que vio durante el almuerzo fue precisamente lo que le había anunciado el
Praelector. El Tesorero, de repente, rehusó unas chuletas de cordero
particularmente tiernas argumentando que se condenaría si comía el Cordero de
Dios. El Decano le miró con prevención. El Tesorero estaba claramente
desquiciado, ya no era ni sombra del melifluo hipócrita que había sido.
El
Capellán, sin embargo, se creyó obligado a intervenir.
—Pues,
a decir verdad, ése es un punto doctrinal sumamente interesante —dijo—. Porque
durante la Comunión, precisamente, se nos invita a que comamos el Cuerpo de
Cristo y bebamos Su Sangre. Eso es lo que Nuestro Señor nos prescribió en la
Última Cena.
—Almuerzo
—dijo el Tesorero, que jugueteaba con el cuchillo de una forma algo rara.
—¿Almuerzo?
—El
Último Almuerzo —replicó ácidamente el Tesorero—. Si hay una Última Cena, ¿por
qué demonios no puede haber también un Último Almuerzo?
Durante
unos instantes reinó un silencio sepulcral, pero el Tesorero no había
terminado:
—Y,
además, hay mucha diferencia entre ponerse una especie de bizcocho en la lengua
y zamparse a mordiscos un plato de cordero. ¿Y a qué viene esta salsa de menta
que le han puesto?
—¿La
salsa de menta? Pues, amigo mío, yo...
—Yo
le voy a decir para qué es —dijo el Tesorero, blanco como el papel—. Para
ocultar el sabor del Cordero.
El
Capellán asintió con la cabeza.
—Sí,
algo parecido, sí —dijo—. Aunque, francamente, creo que es pasarse un poco
servir las chuletas con salsa de menta. Una chuleta siempre sabe mejor en su
jugo, o con unos guisantitos...
—¡No
es esa clase de cordero! ¡Es el Cordero de Dios, zoquete! —bramó el Tesorero—.
La salsa de menta oculta el sabor de...
—Una
idea interesante, sí —dijo el Capellán, pensativo, después que se llevaron al
Tesorero del Refectorio.
—¿Cuál
de ellas? Todas eran unos disparates, en mi opinión —dijo el Decano—. Y no me
ha gustado ni un pelo la manera como blandía ese cuchillo.
—Me
refería a lo del Último Almuerzo —dijo el Capellán —, o incluso, si quiere, la
Última Merienda. La cena siempre ha sido para mí la comida más insustancial del
día. Aunque, claro, si te van a crucificar después, lo mejor es no atiborrarse.
—Jesús!
—exclamó el doctor Buscott, al que se le habían puesto los pelos de punta.
—Exacto
—prosiguió el Capellán—. De Él precisamente estaba hablando. Un muchacho de lo
más peculiar, pienso yo. Siempre me he preguntado qué habría sido de Él si
hubiera estudiado en Porterhouse.
—Pues
nos habría sido muy útil, tal vez, para echarle una manita al Tesorero. Se
necesitará un milagro para que recupere el juicio —dijo el Tutor Mayor, y se
sirvió una de las chuletas que el Tesorero había rechazado.
Al
otro extremo de la mesa, Purefoy Osbert y el Bibliotecario comían en silencio.
—¿Se
comportan siempre así? —preguntó Purefoy.
—Hombre,
son rarillos, pero hoy están especialmente desbocados —dijo el Bibliotecario—.
En realidad, están todos un poco histéricos últimamente. Pero es curioso que,
hasta hoy, el Tesorero siempre me había parecido el más centrado.
—¿Quién
es ese bajo y rechoncho con la cara colorada?
—Es
el Decano —dijo el Bibliotecario—. Pequeñito, pero matón. Más vale no meterse
con él, sobre todo si está de malas pulgas, y, por su cara, diría que hoy está
de un humor pésimo.
—¿Y
quién es ese tan viejo, alto y flaco? —preguntó Purefoy.
—Es
el Praelector. No es mal tipo. Muy viejo, pero relativamente culto, para lo que
es el nivel de Porterhouse —dijo el Bibliotecario—. Se supone que el más bruto
de los tres es el Tutor Mayor, pero no estoy muy seguro de que sea ni la mitad
de ignorante de lo que pretende. Con los Claustrales Mayores nunca sabes a qué
carta quedarte. Siempre están urdiendo tretas y estratagemas y fingiendo que
son completamente idiotas y que no dan golpe, y de repente te das cuenta de que
el idiota eres tú, porque se han burlado de ti y te han pasado la mano por la
cara. Pero así es la Universidad de Cambridge. Yo la llamo «la ciudad de la
puñalada por la espalda». Todo el mundo es tan condenadamente competitivo... A
mí eso no me preocupa, por otra parte, porque el Bibliotecario es una especie
de Claustral honorario en Porterhouse, y. sólo en contadas ocasiones se espera
de mí que cene con el resto del Claustro
en el Refectorio. Pero usted, como becario de la Sir Godber Evans, mucho me
temo que tendrá que hacerlo casi a diario. Pronto darán una cena especial en su
honor; la llaman la Cena de Admisión.
Sin
embargo, en aquellos momentos el Decano estaba demasiado preocupado para
interesarse por el doctor Osbert. Y no era la salud mental del Tesorero lo que
le inquietaba. De hecho, no le importaba un comino. Era algo en la actitud del
Praelector, y el hecho de que estaba obviamente más al tanto de la situación
que el Tutor Mayor, cuyas emociones eran siempre más poderosas que su
raciocinio, lo que le hacía sospechar que veía en lo sucedido más provecho para
el Colegio de lo que era aparente. Tendría que hablar con él a solas.
19
En
el cuartel general de Transworld Televisión Productions, en Londres, Hartang
también pensaba decirle dos palabras a Kannabis en privado.
—Tráeme
a K. K. —le dijo a Ross Skundler en un tono que, de haberlo oído Kannabis,
habría procurado que no le encontrara.
La
primera carta que enviaron Waxthorne, Libbott & Chaine, Abogados, 615 Green
Street, Cambridge, una larga misiva redactada al alimón por el señor Retter y
el señor Wyve, y dirigida personalmente a Edgar Hartang, no era precisamente la
clase de correspondencia que le gustaba recibir al potentado. En ella los
letrados enumeraban detalladamente una serie de demandas contra Edgar Hartang y
Transworld Televisión Productions que ocupaban varias páginas, y solicitaban
una respuesta inmediata a su sugerencia de que, con objeto de ahorrarse muy
considerables costes judiciales y un alud de mala publicidad, abonara al
Colegio la cantidad de veinte millones de libras esterlinas en concepto de
compensación por los daños ocasionados a los edificios de Porterhouse, así como
por la desazón mental y física que padecieron durante el incidente el personal
docente y los alumnos del centro, que estaban a punto de examinarse.
—¿Veinte
millones de libras? ¿Es que están locos, o qué? Le dije a Kannabis que comprara
el maldito colegio, no que lo demoliera —le gritó a Skundler, que tenía que
responder por todo en ausencia de Kannabis, y, de paso, resistir a pie firme la
temible furia de Hartang—. Me voy a Bangkok unos cuantos días y, cuando vuelvo,
me encuentro con esto. ¿Cómo crees que me sienta una demanda por veinte
millones de libras, eh? Pues como una patada en el culo. ¿Y dónde diablos está
Kannabis?
—Pues
nadie lo sabe, señor —dijo Skundler, que se arrepentía ahora de todo corazón de
haberse burlado de la mala suerte de Kannabis, pues era imposible que no
sufriera sus consecuencias. Estaba metido en aquel lío hasta el cuello, ya que
había aprobado las cuentas de Porterhouse e, implícitamente, la validez de
aquel plan—. No ha vuelto por aquí desde que se fue para allá con su equipo,
señor.
—¿Su
equipo? ¿Qué clase de equipo? Un jodido equipo de demolición, supongo. ¿No se
llevaron una excavadora? Bueno, venga, ¿dónde está?
—Voy
a ver si me entero de algo más, E. H. —dijo Skundler, que trató de aprovechar
la oportunidad para escabullirse en dirección a la puerta.
—¡Ni
hablar! —gritó Hartang en tono inequívocamente amenazador—. Te quedas aquí,
conmigo. Y me vas a contar todo lo que ha pasado mientras estaba en Bangkok.
—Bajó la voz hasta convertirla en un aterrador susurro—. Y no me vengas con que
no sabes nada, Skundler.
Tras
los cristales azul marino de sus gafas de sol, aquellos ojos parecían
descuartizar a Skundler. Edgar Hartang sólo se expresaba con tal claridad
cuando alguien iba a morir.
—Lo
único que sé es que Kannabis consiguió que el profesor le permitiera filmar en
Porterhouse el domingo pasado, así que se fue a Cambridge y...
—Dime
algo que no sepa, Skundler. Como, por ejemplo, quién es ese profesor. ¿Crees
que no sé que Kannabis fue a Cambridge? Tengo veinte millones de razones para
saberlo.
—El
profesor Tesorero, señor, es el que usted... digo el que Kannabis eligió en el
seminario sobre el mecenazgo, porque era el que parecía más tonto y...
—¿Tonto,
eh? Pues veinte millones de libras no son ninguna tontería, Skundler. De tonto,
ni un pelo. Al menos, cuando se trata de dinero. No me gusta nada todo esto.
A
Skundler le gustaba aún menos. No sólo estaba hasta el cuello de mierda, sino
que además se la iba a tener que comer él sólito. De un bocado.
—El
profesor Tesorero. Usted le conoce. Comieron juntos el miércoles doce a las
doce y cuarenta y cinco. ¿No se acuerda?
—¿Te
atreves a hacerme preguntas, Skundler? ¿Te atreves a hacerme preguntas? Porque
si me contestas que sí, te voy a...
—No,
no, señor Hartang —se apresuró a decir Skundler, que no quería oír más
presagios ominosos sobre su futuro. Bien sabía lo negro que lo tenía—. No,
verá, sólo trataba de recordar los detalles y lo tonto que parecía. Quiero
decir verdaderamente estúpido.
Hartang
no había olvidado aquella entrevista.
—Comió
como un cerdo —dijo, sin pensarlo, y, de repente, cambió de color.
Cuando
por fin logró meterse unas pastillas en la boca y se las tragó a fuerza de agua
mineral, corrigió la opinión de su subordinado. La fobia a los cerdos había
sido sustituida por una idea mucho más desagradable. La de que unos profesores
muertos de hambre querían desplumarle veinte millones de libras.
—¡Es
ridículo! —murmuró, refiriéndose al Tesorero—. Ese tipo debe de comprarse la
ropa en las tiendas de segunda mano del Ejército de Salvación, o algún sitio
parecido, pero no tiene nada de estúpido.
—No,
señor Hartang. Supongo que no —dijo Skundler, que sudaba tinta al pensar que
tendría que relatarle la segunda visita del Tesorero con los libros de
contabilidad.
—No
supongas, Skundler. Dime lo que pasó.
—Sí,
bueno, yo... le dije a Kannabis que teníamos que ver los libros de contabilidad
del Colegio para saber cuál era exactamente su situación financiera. Y el
animal de bellota ese se nos presentó con unos... Dios mío, señor Hartang, ¿no
se encuentra bien? ¿Quiere que llame a un médico?
Hartang
trató de negar con la cabeza, pero no se notó, porque todo su cuerpo empezó a
temblar espasmódicamente mientras gruesas gotas de sudor rodaban por su rostro.
Cuando logró reponerse, la voz le temblaba. Pero sus palabras fueron muy
claras:
—Estoy
bien, Skundler, estoy bien. Pero como se te ocurra volver a decir una cosa así,
tú no te sentirás nada bien. La próxima vez, llamo a los independientes.
Skundler
trató de tragar saliva. Tenía la boca más seca que el desierto del Sahara. Esas
llamadas eran como ponerle un fax a la Muerte, invitándola a una fiesta.
—Pues
el profesor se nos presentó con unos libracos, señor, que parecían de antes de
inventarse la imprenta.
—Es
lo más normal —dijo Hartang—. ¿Has visto algún libro de contabilidad que esté
impreso? Yo no. Durante toda mi vida he usado libros de contabilidad, y siempre
están en blanco.
—No
quería decir eso, señor Hartang, sino que eran muy antiguos. De cuando usaban
plumas de ganso. Así que le pregunté al profesor...
—Skundler
—dijo Hartang fríamente, lanzándole una mirada aviesa—, no sé si te has vuelto
loco o intentas hacérmelo creer. Pero no me lo trago, ¿sabes? A otro perro con
ese hueso. Eres un mentiroso, Skundler. Y los mentirosos no me gustan. Me caías
bien, Skundler. Eras uno de los nuestros. Solía decir: «Skundler es uno de los
nuestros.» Pero ya no. No si me dices con toda la cara que en Porterhouse usan
plumas de ganso para llevar la contabilidad.
—No
he dicho eso, señor Hartang —dijo Skundler con voz entrecortada—. He dicho que
parecían de cuando usaban plumas de ganso. Así que le pregunté al profesor:
«¿Todavía usan plumas de ganso?» Y me respondió que...
—Que
sí, que usan plumas de ganso, ¿verdad? Tienen un millón de bichos de ésos
corriendo por el Colegio, para que no les falte materia prima. ¡Qué burro eres!
Y ahora me dirás que no conocen la partida doble.
Skundler
se agarró a aquel clavo ardiendo.
—Exacto,
señor, la conocen. Pero no les sirve de nada, porque sólo usan el debe. No sé
por qué se molestan. Como le dije al profesor...
—Yo
te diré por qué, Skundler, yo te lo diré. Porque ese jodido inglés, con un
traje de segunda mano y cara de estúpido, quería tenderte una trampa, y has
caído en ella como un bobo. ¿No te ofreció acciones de una fábrica de neveras
en la Antártida? Porque si te las llega a ofrecer, compras, seguro. Bien,
Kannabis y tú me habéis comprado un problema que vale veinte millones. —Apretó
un botón debajo del tablero de cristal del gigantesco escritorio—. Ponme con
Schnabel, Feuchtwangler y Bolsover. ¡Y date prisa! —gritó. Skundler corrió
hacia la puerta—. No, tú no, Skundler, tú no. Todavía quiero disfrutar de tu
compañía un rato más. No mucho más, sólo un ratito, ¿vale? —Sus ojos de ofidio
escrutaron el rostro empavorecido de Ross Skundler—. ¿Te apetece una copa,
Ross? —le preguntó—. Porque a mí sí. Y eso que no bebo.
—Sí,
señor Hartang. Me caería bien.
—Pues
te quedarás con las ganas. Tráeme el Chivas Regal. Adonde vais a ir Kannabis y
tú, no pasaréis sed. Tendréis mucha agua encima.
Skundler
fue al mueble bar y volvió con un vaso y la botella. Le temblaban tanto las
manos cuando las puso sobre el tablero de cristal, que tintinearon
ominosamente.
Edgar
Hartang volvió a leer la carta. Necesitaba conocer la opinión de sus abogados,
y cuanto antes. Aquello le daba muy mala espina. Tenía la sensación de que se
lo habían follado vivo.
20
Era
casi de noche cuando el Decano salió de las habitaciones del Tutor Mayor y se
encaminó hacia la Residencia del Rector para ver por sí mismo cómo era aquel
monstruoso gángster. Había pasado varias horas escuchando al Praelector, que le
había puesto al corriente de sus conversaciones con el señor Retter y el señor
Wyve acerca de las compensaciones económicas que podrían pedir para resarcirse
de los daños. Los razonamientos del Praelector, aunque bien fundamentados, no
le acabaron de convencer.
—Comparto
su opinión sobre los costes de las reparaciones y las compensaciones económicas
que debemos exigir —dijo—. Pero, francamente, no me cabe en la cabeza que ese
asesino, Hartang, vaya a pagar sin más ni más. Si la mitad de lo que se dice en
esa cinta es verdad, ese hombre está implicado en tráfico de drogas.
—Y
por eso, precisamente, pagará sin rechistar —dijo el Praelector—. No creo que
le quede otra alternativa.
—Pero
¿cómo vamos a aceptar dinero de un traficante de drogas? Quiero decir que ese
canalla debería estar entre rejas. ¿Cómo podríamos justificar el hecho de
aceptar dinero ganado de ese modo?
—Ése
es un punto sobre el que he estado reflexionando detenidamente —dijo el
Praelector—. Y he llegado a la conclusión de que debemos seguir los precedentes
del Colegio.
Por
un segundo, el Decano creyó haber oído mal.
—¿Los
precedentes? ¿Qué precedentes? ¡No estará sugiriendo que alguien relacionado
con el Colegio se ha dedicado al tráfico de drogas!
—No,
que yo sepa, aunque, estadísticamente, diría que cabe la posibilidad. No, me
refería a uno de nuestros rectores, fallecido hace bastante tiempo, aunque
quizá no tanto, según cómo se mire: 1749. Se trata de Jonathan Riderscombe, que
amasó una considerable fortuna con el tráfico de esclavos. Y no sé qué es peor,
traficar con esclavos o con drogas. En mi modesta opinión, la esclavitud es una
abominación inhumana. Y, sin embargo, el Colegio se benefició de ella. En fin,
soy demasiado viejo para dejarme llevar por sentimentalismos.
El
Decano se guardó su opinión. No le gustaba nada que le recordaran los orígenes
cuanto menos oscuros de algunas grandes fortunas. También estaba muy
sorprendido, y no poco molesto, de que se hubiera aceptado a un nuevo becario
en su ausencia.
—Bien.
Bueno. ¿Y qué me dice de la beca de investigación Sir Godber Evans? —dijo—. No
me gusta nada el nombrecito. Ese condenado Sir Godber no merece honores ni
recordatorios de ninguna clase. Quizá el peor de los rectores que hemos tenido.
Con excepción de Fitzherbert, naturalmente, pero eso es harina de otro costal.
Creo que se me debía haber consultado antes de que el Consejo tomase una
decisión.
—Por
desgracia, no se le pudo localizar —dijo el Praelector.
—Cathcart
sabía dónde estaba. Se lo podían haber preguntado.
—Lo
hubiéramos hecho de haber sabido que no se encontraba en Gales, visitando a un
pariente moribundo —dijo el Praelector, con una pizca de acritud—. Como
comprenderá, no podíamos telefonear a todos los hospitales y asilos de Gales.
Y, en cualquier caso, había poderosas razones que nos obligaban a tomar una
decisión inmediatamente.
—¿Y
qué razones eran, si puede saberse? —preguntó el Decano, al que no le gustaba
que le cogieran en mentira.
—Seis
millones de libras —dijo el Praelector. El Decano se quedó sin habla—. Diría
que una suma de este calibre es una buena razón. O, para ser más exactos, seis
millones de buenas razones. Y nos enfrentábamos a lo que se podría describir
como un ultimátum. Pero el Tutor Mayor está bastante más al corriente de este
asunto que yo. Fue quien ultimó los detalles con los abogados del donante. No
me pregunte por qué lo eligieron como interlocutor, pero así es.
—¿Y
el Tesorero?
—El
Tesorero no sabía ni media palabra.
—¿Y
quién es ese donante tan generoso? ¿Se sabe?
El
Praelector denegó con la cabeza.
—No,
no se sabe. Pero no dudo que podríamos deducir su identidad fácilmente. El
Tutor Mayor asegura que se trata de un grupo de financieros de la City que le
están agradecidos a Sir Godber porque su gestión resultó beneficiosa para
ellos. Yo no me lo creo.
El
Decano tampoco.
—¿Financieros
de la City? ¡Ni pensarlo! —dijo—. Sir Godber causó un daño terrible a los
intereses financieros del país. Era un keynesiano recalcitrante.
—Exacto
—concedió el Praelector—. Y, por otra parte, no debemos olvidar a una cierta
mujer, y no la llamaré señora, porque en mi opinión no lo es, por mucho título
nobiliario que tenga... ¿me sigue?
—¡Ya
lo creo! Y, siguiendo con las deducciones, permítame aventurar el nombre de los
abogados que han llevado este asunto... ¿No serán Lapline & Goodenough, por
casualidad?
—Hasta
ahí sí que no llego. El Tutor Mayor no enseña sus cartas, y no hay manera de
hacerle ser más explícito. Pero, en fin, sea como fuere, seis millones de
libras no son moco de pavo. Por lo menos, tendremos fondos para llevar adelante
nuestra batalla legal contra ese monstruo de Hartang.
Sonrió
levísimamente, y el Decano aceptó la verdad incontestable de su argumento con
una inclinación de cabeza.
—Por
desgracia —dijo el Decano—, también introduce en el Colegio a una persona cuyos
antecedentes deberíamos examinar con todo detenimiento. ¿De dónde viene?
Supongo que el Tutor Mayor eso sí que lo dijo, ¿no?
—Viene
de la Universidad de Kloone. Al parecer, su especialidad es la investigación
histórica de crímenes y ejecuciones. Tiene un libro sobre ejecuciones en la
horca titulado El tirón de cuello final. No lo he leído, pero, según personas
versadas en la materia, es una obra seria y autorizada.
—E
imagino que estará en contra de la pena de muerte —dijo el Decano.
—Supongo.
La viuda no le habría contratado de haber estado a favor —dijo el Praelector—.
Pero ya le conocerá esta noche, en la Cena de Admisión. Yo tampoco he hablado
con él aún, así que veremos qué regalito nos ha enviado Su Señoría. Así pues,
mientras usted estuvo fuera, hemos ingresado al Tesorero en un hospital
psiquiátrico, que es donde debe estar, y nos hemos metido seis millones de
libras en la faltriquera. Y, a menos que Retter y Wyve se equivoquen de medio a
medio, diría que tenemos...
—A
ese gángster de Hartang cogido por los huevos —dijo el Decano.
El
Praelector admitió que le había leído el pensamiento, aunque él lo habría
expresado de una manera menos gráfica.
—Y,
lo que es más —continuó—, tenemos a ese sicario suyo, Kannabis, en nuestras
manos. Como vulgarmente se dice, nos ha tocado la lotería.
El
Decano no pudo evitar sonreírse.
—Debo
felicitarle, Praelector. He de admitir que ha manejado la situación
espléndidamente, para su edad.
—No
creo que la edad tenga nada que ver con esto, Decano, excepto en un punto: tuve
la fortuna de nacer en un tiempo en
que Gran Bretaña aún era la nación más poderosa del mundo y el tráfico
de esclavos parecía cosa del pasado. Me atrevería a decir que fue un breve
período de la historia, pero, por aquel entonces, el refrán «Palabra de inglés,
palabra de rey» aún tenía cierto sentido. Hoy día, ya no. Hombres como Maxwell,
aunque, por supuesto, su nombre real era Hoch, y la chusma a la que Wilson
ennobleció y la señora Thatcher contribuyó a multiplicar han hecho que lo haya
perdido por completo.
—Recientes
experiencias me han convencido de que algo no marcha bien —dijo el Decano
tristemente—. Ha habido un espantoso deterioro de las normas morales.
—Muy
cierto —continuó el Praelector—. Cuando yo era joven y teníamos que fingir que
éramos hombres de honor, al menos nos veíamos forzados a comportarnos
honorablemente para mantener esa convención. Ésa fue la gran virtud que nos
confirió la hipocresía de la época. Y la hipocresía siempre ha sido una
cualidad muy inglesa.
El
Decano se marchó y el Praelector siguió sentado, reflexionando con aguda
melancolía sobre aquel pasado glorioso en el que la corrupción y la mentira no
eran normas de conducta aceptadas. Esos males han existido siempre, y seguirán
existiendo mientras que el hombre sea hombre, pensaba, pero entonces, al menos,
aún no se habían vuelto endémicos y socialmente aceptables. La guerra, las dos
guerras mundiales en las que millones de personas murieron luchando por
promesas que luego no se cumplieron, habían puesto a Inglaterra de hinojos,
hundida moralmente. Y los hombres como Hartang habían medrado. El Praelector
estaba dispuesto a dar su vida con tal de impedir que Hartang y los de su laya
destruyeran Porterhouse y las románticas virtudes que siempre había encarnado.
Se sonrió. Una cosa era ser viejo, y otra muy distinta estar chocho. El
Praelector todavía se sentía lúcido, muy lúcido. Pero dejaba que los demás
pensasen lo que quisieran.
El
Decano se aproximó a la Residencia del Rector con el pulso acelerado. No es que
le fallaran los nervios, es que había estado sometido a tantas humillaciones y
emociones contrapuestas durante los
últimos días, que su confianza en sí mismo había quedado algo cuarteada.
Además, le habían repugnado profundamente las violentas y sucias metáforas del
lenguaje de Kannabis en las cintas. Ni siquiera en sus tiempos de servicio en
la Marina había oído expresiones tan obscenas y degradantes, que en boca del
americano sonaban como la cosa más natural del mundo. Y lo peor no era la
manera de hablar de aquel indeseable, sino su evidente aceptación de un mundo
carente de sentido o de significado; eso era lo que más le había asombrado,
asombrado y alarmado. Por una vez, sintió cierta simpatía por el Tesorero, y
comprendió que hubiera acabado en un manicomio, aunque en el fondo no pudo
evitar alegrarse. Se lo tenía bien merecido, pensaba; había que estar loco para
tratar con gentuza como Kannabis o el aún más repugnante Hartang, con su fobia
a los cerdos y su obsesión por el anonimato. Mientras escuchaba las cintas, el
Decano se había sentido como si las fuerzas del averno hubieran invadido la
tierra, y no deseaba relacionarse con ninguno de sus representantes. Sin embargo,
había que hacerlo, así que tensó la espalda, se irguió cuan largo era (nada del
otro mundo, por cierto) y marchó a paso firme por el césped hasta la Residencia
del Rector. Le sorprendió encontrarse con que las puertas vidrieras que daban
al jardín estaban cerradas. Tuvo que rodear la casa y llamar a la puerta
lateral.
Abrió
Arthur. Tenían puesta la cadena. Detrás de él estaba Henry, el Portero Adjunto.
—Ah,
es usted, señor —dijo Arthur—. Espérese un momento mientras quito la cadena.
—¿A
qué viene todo esto? —preguntó el Decano—. Nadie va a entrar a robar, digo yo.
No hay nada de valor que llevarse.
—Es
por el caballero americano que está arriba. Eso de caballero es un decir, usted
ya me entiende.
—Ya,
ya —dijo el Decano—. No me diga más, Arthur. Tiene toda la razón. ¿Y dónde está
el Rector?
—El
señor Skullion está con él en su habitación. Se pasa horas allí, aunque no sé
qué gracia les encuentra a las ordinarieces que suelta ese individuo. Pero lo
tiene en un puño. Hace todo lo que le manda.
El
Decano subió las escaleras y se topó con la Enfermera en el rellano.
—Mal
asunto este, Enfermera —le dijo—. No sabe cuánto siento que tenga que pasar por
este calvario. De verdad que lo siento.
—De
calvario, nada —dijo la Enfermera—. Representa un cambio agradable, porque
estaba un poco cansada de tratar con toses y catarros y cosas así. Esto tiene
mucho más interés. He oído contar muchas historias insólitas, e incluso se ha
ampliado mi vocabulario.
—Ya
—dijo el Decano, poco convencido. No le hacía mucha gracia tener en Porterhouse
a una enfermera especialista en léxico soez y tabernario—. Supongo que sí. Y el
Rector, ¿qué tal está?
—Hace
mucho tiempo que no tenía tan buen aspecto, señor. Más contento y más como
antes del accidente, no sé si me entiende.
—Estupendo
—dijo el Decano—. Bueno, no quiero entretenerla más, Enfermera.
Abrió
la puerta del dormitorio y retrocedió, estupefacto ante el espectáculo que vio.
Un hombre desnudo estaba arrodillado en el suelo frente a la silla de ruedas de
Skullion, con las manos levantadas en ademán de súplica.
—¡Señor,
ayúdame! ¡Apiádate de mí, Señor! Si me echas de aquí, soy hombre muerto. Me he
condenado a muerte. Después de lo que he hecho, joder, como me atrape, me va a
asar a fuego lento en un espetón o una barbacoa. Tú ya sabes de qué hablo,
Señor, seas quien seas. ¡Por favor, te lo suplico, di que vas a ayudar al pobre
Kannabis, Señor! ¡Haré todo lo que me pidas! ¡Lo que sea!
Kannabis
se postró a los pies de la silla del inválido, que emitía extraños sonidos. El
Decano, habituado a los farfúlleos casi incomprensibles de Skullion después de
su paralís, encontraba aquellos ruidos sumamente desazonadores y alarmantes. El
optimismo de la Enfermera al asegurar que el estado de salud de Skullion había
experimentado una mejoría espectacular le parecía algo exagerado. Cierto que le
veía de espaldas, con el sombrero hongo bien encasquetado hasta las orejas,
pero, a juzgar por los sonidos incoherentes que salían de su boca, el Rector no
había estado peor en su vida. Después del paralís, Skullion se había podido
expresar con más o menos dificultades, pero ahora lo que decía carecía de
sentido. Es más, sonaba a camelo.. Por otra parte, el hombre que estaba
arrodillado frente a él tampoco se expresaba con absoluta coherencia, aunque en
lo que decía parecía haber algo de verdad. Como la mitad de las cosas que había
oído acerca de Hartang en los casetes fueran ciertas, era indudable que Kannabis
lamentaría haber nacido si el dueño de la Transworld le ponía la mano encima.
En
cualquier caso, aquel arrastrarse por el suelo tan abyectamente delante de
Skullion demostraba tal falta de fibra moral, que al Decano se le revolvieron
las tripas.
—¡Por
el amor de Dios, levántese inmediatamente, hombre! —dijo al tiempo que irrumpía
en la habitación.
Kannabis
dio un bote y se volvió a meter en su cama a toda prisa. Desde allí, hecho un
ovillo, miraba con los ojos desencajados aquella nueva aparición. El Decano le
ignoró. Estaba estudiando a Skullion, a quien ahora podía verle la cara. Para
su sorpresa, el Rector le guiñó un ojo, y una amplia sonrisa se dibujó en sus
labios. Al mismo tiempo, los sonidos guturales, aquellos espantosos sonidos
inarticulados, cesaron por completo.
—Si
no le importa, Rector, creo que es hora de que tengamos una charla en privado
—le dijo. Y salió de la habitación empujando la silla de ruedas.
Detrás
de ellos, en la cama, Kannabis meneó la cabeza descorazonado. Aquel sitio,
aquel jodido monasterio, o lo que fuera, con el monstruo del sombrero hongo en
la silla de ruedas que le decía cosas incomprensibles, tenía que estar en otro
mundo. Era su única esperanza.
—Dígame,
Skullion, si es que puede, claro —dijo el Decano—, a menos que le haya dado a
usted otro paralís. ¿Por qué hace esos ruidos tan desagradables?
—Me
llamó Quasimodo. Quasimodo y, encima, jorobado. No sé qué quiere decir
Quasimodo, debe de ser italiano, o español. Pero seguro que es un insulto. Así
que pensé: Ahora verás, ya te daré yo Quasimodo. Le he jorobado y bien
jorobado, vaya que sí. Para que aprenda, el muy cabrón, y perdone la expresión.
Estaba harto de tanto Quasimodo y tanto jorobado —explicó Skullion—. Así
aprenderá. Me paso horas enteras haciendo ruidos y mirándole como un halcón, y
no lo puede soportar. Le he destrozado moralmente. Tampoco es que hubiera mucho
que destrozar. Es uno de esos yanquis que se creen los dueños del mundo. Le
dijo al Praelector que era un ciudadano americano nacido libre y podía
borrarnos a todos de la faz de la tierra. Al Praelector aquello no le gustó, y
a mí tampoco. Así que me dije: «Amiguito, mal sitio has buscado para decir esas
cosas, así que te voy a poner las peras a cuarto, por más que vaya en silla de
ruedas y casi no me pueda mover.» Y lo he hecho, sí, señor, lo he hecho. Está
ya medio ido, y con unos cuantos días más de tratamiento estará a punto de que
lo declaren loco de remate y lo envíen a un manicomio, que es donde, en mi
opinión, merece pasarse el resto de sus días.
—Bueno,
Skullion... digo, Rector, he de admitir que ha hecho un trabajo excelente —dijo
el Decano—. Me preocupó cuando le vi al entrar. Pero... bueno, creo que ya es
bastante. Vamos a necesitar del testimonio de ese tarado, y me temo que no nos
beneficiaría tener que llevarlo al juzgado en camisa de fuerza. Déjelo estar de
momento, Rector. Ya ha hecho más que suficiente.
—Bueno,
pero que no me vuelva a llamar Quasimodo ni jorobado, o empiezo otra vez con el
tratamiento —dijo Skullion—. Ya puede decírselo bien clarito. Y que no me rece
más. No soy un ídolo. ¡Y encima dice que es cristiano! Estos americanos...
—Déjelo
de mi cuenta, Rector —dijo el Decano, y volvió a meterse en el dormitorio.
—He
venido a advertirle —le dijo a Kannabis—. He venido a advertirle de que he
logrado persuadir al Señor Rector para que no tome contra usted las drásticas
medidas que había decidido aplicarle. Pero con las siguientes condiciones: por
ningún concepto volverá a llamarle en lo sucesivo Quasimodo ni jorobado. Y no
volverá a dirigirle la palabra. Y, lo que es más importante, se portará educada
y civilizadamente. De no observar al pie de la letra estas reglas, me lavo las
manos de toda responsabilidad sobre su integridad personal. ¿Comprendido?
—Sí,
señor. Comprendido, señor. Ya lo creo que sí, señor. Lo que usted diga, señor.
Joder, qué putada...!
—¡Ah!
Otra cosa —dijo el Decano—: en lo sucesivo, moderará su lenguaje. No es
costumbre en Porterhouse decir palabrotas. ¿Me ha entendido?
—Sí,
supongo que sí, señor —dijo Kannabis, abatido.
—Nada
de suponer. No tiene que suponer nada. Obedezca y punto —dijo el Decano, y
salió de la habitación dando un portazo.
21
Aquella
noche, Purefoy Osbert cenó en el Refectorio por vez primera, y, como era su
Cena de Admisión, se sentó con los Claustrales Mayores. Pero primero fue
recibido en la Sala de Claustrales, donde le invitaron a probar el jerez
amontillado especial de Porterhouse, que, según se decía, había sido
embotellado en tiempos de la guerra de la Independencia y, ciertamente, era muy
añejo y de elevada graduación. Sólo se servía en ocasiones señaladas, raramente
más de una vez al año. En principio, el Decano se mantuvo en segundo plano,
para poder observar más a sus anchas al nuevo becario de investigación, al
tiempo que se aseguraba de que el Maestresala mantuviese la copa de Purefoy
siempre llena.
Incluso
el Tutor Mayor, que aún mantenía las distancias en lo concerniente a vinos
generosos para proteger su hígado, tan delicado últimamente, había prometido
asistir y mostrarse sociable.
—Tenemos
que averiguar por todos los medios a qué ha venido este joven —le había dicho
el Decano, que tuvo que resistirse a la tentación de echarle en cara que no
hubiera revelado al Consejo del Colegio que el donante anónimo compartía
abogados con Lady Mary. Ya llegaría el momento de ajustar cuentas.
De
hecho, la recepción oficial de Purefoy en el Colegio fue bastante más agradable
de lo que había anticipado. El Praelector y el Capellán, que, por otra parte,
siempre estaba de buen talante, fueron especialmente amables con él. El
profesor Pawley le habló de la medida del tiempo desde el momento del Big Bang,
e incluso llegó a intentar explicarle la relevancia astronómica de su
descubrimiento de la nebulosa Pawley Uno. Y el doctor Buscott, que quería
captar al doctor Osbert para su bando de profesores progresistas, le elogió
mucho El tirón de cuello final, del que había tenido la precaución de leer
algunas páginas en la Biblioteca. Para cuando se dirigieron en corporación al
Refectorio, Purefoy se había bebido sin darse cuenta cuatro copas del
amontillado especial, y estaba empezando a creer que su primera impresión de
Porterhouse había sido quizá algo injusta. Entonces le habló el Decano.
—Mi
querido muchacho, permítame que me presente —dijo, derrochando bonhomía y
afabilidad por todos sus poros—: soy el Decano. Siéntese junto a mí. Deseo que
me hable de sus trabajos. Su reputación le precede, amigo mío, y debo
confesarle que nosotros no somos más que unos viejos Claustrales que no estamos
demasiado al corriente de las especializadas investigaciones que llevan.
Conforme
iba dando cuenta de un excelente consomé, del salmón a la plancha, del
delicioso rosbif, del pastel, del queso Stilton y de la fruta, y, lo más
importante, mientras trasegaba el Montrachet, el Fonbadet —un viñedo de poca
producción pero extraordinario, según puntualizó el Decano con conocimiento de
causa—, el Margaux y el Cháteau d'Yquem, Purefoy Osbert fue confiándose más y
más. De modo que habló de todo lo que le pasó por la cabeza, incluyendo su
teoría de que Crippen era inocente de los crímenes que se le atribuían.
Entonces se produjo un silencio embarazoso, pero el Decano, con un hábil
puntapié por debajo de la mesa, neutralizó al Tutor Mayor, que se había puesto
muy colorado y estaba a punto de empezar a despotricar diciendo que no había
oído mayor sarta de chorradas en su vida. El Capellán salvó la situación al
manifestar que nunca había comprendido por qué se consideraba el uxoricidio un
crimen tan horrendo, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de las mujeres,
como la señora Crippen, eran unas marimandonas que les hacían la vida imposible
a sus pobres maridos y se tenían bien merecido que las descuartizaran. De nuevo
intervino el Decano.
—Debe
perdonar a nuestro Capellán —dijo—. Siempre ha tenido debilidad por las faldas.
Aquel
enigmático comentario dejó a Purefoy tan asombrado, que no supo qué responder.
Pero la conversación ya se había deslizado por otros derroteros, y se hablaba
ahora sobre los méritos del Cháteau Lafite, el cual, para el Decano, poseía una
textura deliciosamente femenina, y del Cháteau Latour, preferido por el Tutor
Mayor por tener un cuerpo más varonil. En otras circunstancias, Purefoy hubiera
hallado estas preferencias del Tutor Mayor altamente sospechosas. Pero entonces
se sentía feliz, y saboreaba otro pedazo de aquel exquisito queso Stilton.
Todos sus prejuicios sobre Porterhouse se habían diluido gracias a la
combinación de jerez y otros deliciosos vinos y a la agradable conversación de
aquellas personas educadas y gentiles que tanto parecían apreciarlo.
—Me
lo estoy pasando de maravilla —le confesó al Decano, que le respondió que se
alegraba mucho.
—Siempre
es agradable tener caras nuevas a la mesa —dijo.
Luego,
el Capellán dio gracias a Dios por los alimentos recibidos, aunque, como lo
dijo entre dientes y arrastrando las sílabas, nadie se enteró, y todos se
volvieron a la Sala de Claustrales, pero ahora con paso menos firme, a tomar
café y oporto o coñac, según el gusto de cada cual. El Tutor Mayor optó por el
café, pero Purefoy, que en su vida nunca había bebido tal cantidad de alcohol
de una sentada y para entonces estaba ya bastante calamocano, cometió el error
de mezclar oporto y coñac, para consternación del Tutor Mayor y satisfacción
del Decano, que veía cómo su plan se cumplía a la perfección. Su única
preocupación era que pudiera caerse redondo antes de revelar qué había detrás
de aquella beca en memoria del difunto Sir Godber Evans. Cuando le vio aceptar
una segunda copa de coñac, se creyó obligado a intervenir:
—Mi
querido doctor Osbert —dijo—, permítame que me tome la libertad de darle un
consejo: el oporto es una delicia bebido con moderación, pero añadirle coñac es
una temeridad que puede resultar nefasta a la mañana siguiente a la alegre
noche, no sé si me entiende, ¿verdad, Tutor Mayor?
—Ya
lo creo —respondió el aludido—. La otra noche, sin ir más lejos, en Corpus...
pero será mejor no hablar de ello.
Pero
a Purefoy se le quedó clavada en la mente aquella palabra.
—Hablando
de cuerpos del delito —dijo—, ¿saben qué he venido a investigar a Porterhouse?
—Pues
no —dijo el Decano, con una campechanía que no sentía en absoluto—. Pero me he
preguntado por qué le interesa este Colegio. Diga, diga.
—A
que no lo adivina.
El
Decano sonrió y prefirió no correr el riesgo de desviar la conversación.
—Dígamelo
usted.
Purefoy
sorbió beodamente el resto de su copa y la alargó para que se la volvieran a
llenar.
—He
venido para investigar, en nombre de Su Señoría Lady Mary, quién de los aquí
presentes asesinó a su marido. Era Rector de Porterhouse, ¿sabe?
En
el silencio que siguió a esta desagradable revelación, el Decano tuvo la
presencia de ánimo de responder que, ahora que lo decía, había oído a la gente
referirse a Sir Godber Evans como el Rector del Colegio, pero que, en su
opinión, quien llevaba los pantalones era Lady Mary.
—Supongo
que se podría decir que tuvimos una Rectora en vez de un Rector. Y le aseguro
que, de haber querido asesinar a alguien, personalmente la habría escogido a
ella, no a él. Sir Godber era un hombre insignificante. Ni siquiera valía la
pena molestarse en matarlo.
Se
oyeron unas risitas por lo bajini en el grupo de Claustrales. Purefoy se
concentró en aquel argumento. Parecía de una lógica aplastante y, sin embargo,
había en él algo que fallaba. Tardó un poco en encontrarlo.
—Tiene
razón, pero se le olvida un detalle —dijo, trabajosamente—: si hubiera
asesinado a Sir Godber, su esposa habría perdido todo su poder, ¿no cree?
—Muy
agudo —dijo el Decano—. Un razonamiento perfecto. ¿Y de quién de nosotros
sospecha más fundadamente?
—No
sospecho de nadie —logró responder Purefoy, que cada vez hablaba con más
dificultad—. Todos son unas excelentes personas, por lo que veo.
—Que
no debe de ser mucho, a juzgar por su estado —dijo el Praelector, y se levantó
de su butaca, dispuesto a retirarse—. Debo decir que es la primera vez, en una
larga vida, que se me acusa de asesinato. Una nueva sensación.
Pero
el Tutor Mayor no se tomó aquella acusación tan a la ligera.
—¡En
mi vida he oído nada más monstruoso! ¡Por el amor de Dios! ¡Nombrar a un
becario para que demuestre que uno de nosotros asesinó a su condenado marido!
Lo primero que pienso hacer mañana, en cuanto me levante, será llamar a mi
abogado. Esa mujer va a pagar por esto —dijo, y salió como una exhalación tras
el Praelector.
Purefoy
Osbert siguió sentado entre el Decano y el Capellán, que se había quedado
roque, y soñaba con las dependientas de los grandes almacenes Boots.
—Beba,
beba, mi querido muchacho —dijo el Decano, y le pasó la botella del oporto—.
Ah, Simpson, creo que el doctor Osbert tomará otra taza de café. —El
Maestresala le sirvió el café—. Gracias, ya puede retirarse. Buenas noches.
Esperó
a que Simpson saliera de la estancia antes de continuar su interrogatorio. Para
entonces Purefoy Osbert estaba borracho perdido.
—¿Y
qué le hace sospechar a Su Señoría que su marido fue asesinado? —preguntó el
Decano—. Tenía entendido que, tras una ingestión excesiva de su escocés
favorito, sufrió una caída accidental y se fracturó el cráneo contra la
chimenea. O al menos eso es, ciertamente, lo que dijo el juez de instrucción.
—Ya
lo sé —dijo Purefoy—. Lady Mary me dio a leer las notas que tomó durante la
vista. Estoy al corriente de todos los detalles.
El
Decano tomó nota de este hecho mentalmente. Aquella condenada mujer se había
tomado muchas molestias, según parecía. Y ahora estaba dispuesta a gastarse
seis millones de libras. Muy interesante. Lo que dijo Purefoy a continuación
fue incluso más revelador.
—También
he leído el informe del forense —dijo.
—¡No
me diga! ¿Y ese informe corrobora las tesis de Su Señoría?
—Ella
afirma que su marido no estaba borracho aquella noche.
—¿Y?
—dijo el Decano, dándole pie—. ¿Y?
—La
autopsia demuestra que no lo estaba.
—Pero
el informe del forense, si no recuerdo mal, decía que había bebido gran
cantidad de whisky —dijo el Decano.
—Pero
eso no significa que estuviera ebrio cuando se golpeó la cabeza contra la
chimenea.
—¡No
me diga! ¿Y eso quién puede saberlo?
—Usted
no, pero yo sí —dijo Purefoy—, por la sencilla razón de que no estaba en la
sangre que derramó.
—¿La
sangre que derramó? No comprendo.
—La
sangre que salió de la herida. Tenía el estómago lleno de whisky, pero no había
alcohol en la sangre que derramó. Así que no podía estar borracho, ¿comprende?
El whisky llegó a su estómago cuando ya estaba muerto.
El
Decano se quedó callado. Por primera vez sintió cierta inquietud respecto del
doctor Osbert. Aquel hombre podía estar como una cuba, pero la claridad de su
razonamiento era meridiana. Lady Mary había escogido a su enviado con gran
perspicacia.
—¿Así
que usted sostiene que Sir Godber fue asesinado? —preguntó.
—Aún
no lo sé. Sólo me fío de los hechos y me faltan datos para formarme una
opinión...
Purefoy
miraba fijamente la pared de enfrente, como si el Decano no existiera. Pero su
mente seguía hilando muy finamente aquel hilo de indicios y sospechas.
—¿Y
bien? —le animó el Decano.
—El
móvil —dijo Purefoy—. Supongamos que fue asesinado. Hay que encontrar un
móvil... Veamos. El Decano y el Tutor Mayor tenían un motivo poderoso. Ambos
iban a ser destituidos y despedidos. Me lo dijo Lady Mary. Sí, ambos tenían el
móvil. Pero también la coartada. Estaban los dos en la fiesta de no sé qué
general, y podían demostrarlo. Una coincidencia de lo más conveniente.
El
Decano permanecía inmóvil en su sillón, escuchando. Era como escuchar a un
hombre que hablara en sueños. Y todo lo que decía era de una lógica aplastante.
—Pero
también otros tenían motivos para matarle. El Portero Mayor, Skullion. Le
habían despedido. Y había jurado vengarse. Quería recuperar su empleo, y si Sir
Godber moría, podría conseguirlo. El Decano y el Tutor Mayor procurarían que le
volvieran a aceptar en el Colegio. Se lo deberían. Así pues, ¿dónde estaba el
Portero Mayor aquella noche? He aquí una pregunta a la que hay que encontrar
respuesta.
Reinaba
un silencio casi absoluto en la habitación, apenas roto por el suave roncar del
Capellán y el tictac ominoso del reloj. La inquietud del Decano se había
tornado en miedo cerval. Aquel razonamiento era impecable. Ni él ni el Tutor
Mayor habían sido invitados a la fiesta de Sir Cathcart. Fueron allí con la
esperanza de poder convencer al general de que utilizara su influencia para
librar al Colegio del maldito Sir Godber. Y durante su ausencia el Rector
resultó mortalmente herido. Un accidente, por supuesto. No cabía la menor duda
de que no fue asesinado. Pero escuchar a aquel joven que en su embriaguez
pensaba en voz alta resultaba a la vez misterioso y un poco inquietante. Era
como si el doctor Osbert fuera el fiscal en un juicio y lentamente, pero de un
modo inexorable, aportara las pruebas que hacían cada vez más sólida su
acusación. En la Torre del Toro las campanas dieron las doce. Medianoche. Y el
becario seguía desgranando sus pensamientos.
—¿Y
por qué no volvió Skullion a su antiguo puesto de Portero Mayor? —preguntó.
El
Decano no respondió. Quería oír la respuesta del doctor Osbert a esa pregunta.
—Pues
porque el Decano y el Tutor Mayor declararon que el Rector, mientras agonizaba,
había nombrado a Skullion su sucesor. Pero ¿por qué habría de hacer Sir Godber
tal cosa, cuando detestaba a aquel hombre? No tiene el menor sentido.
El
Decano había pensado lo mismo en su momento, pero Purefoy tenía una explicación
para ello.
—Veamos.
El Decano y el Tutor Mayor declararon que el moribundo nombró a Skullion. Nadie
más estaba presente para corroborar esta aserción. Sí, ahora encaja todo.
Nombraron Rector al Portero Mayor como recompensa por hacer el trabajo sucio, o
para cerrarle la boca. O por ambas cosas. Esto ya va encajando. Vaya que sí.
Purefoy
hizo una pausa, y el Decano decidió intervenir. Aquella acusación era demasiado
aberrante para hacerle oídos sordos.
—Pero
Skullion había tenido el paralís de Porterhouse —dijo—. Estaba incapacitado.
Con
la mirada todavía perdida en la pared de enfrente, Purefoy reflexionó sobre
este punto.
—¿Cuándo
se ha visto que un hombre capa... incapacitado vaya a la cárcel en silla de
ruedas? —preguntó, y él mismo se contestó—: Nunca. ¿Un anciano paralítico, que
no puede ni hablar, en prisión? Eso es imposible. Y, sin embargo, van y nombran
a Skullion, el Portero Mayor, Rector de Porterhouse, el Colegio más esnob de
todo Cambridge. Tiene que haber una razón...
Pero
no pudo encontrarla. De pronto, Purefoy Osbert se inclinó lentamente hacia
delante en su silla y cayó de bruces en la alfombra. Por un instante, el Decano
se quedó mirando aquella figura desmadejada. Ya no había desprecio en su
rostro, sólo una mirada que reflejaba a la vez miedo y admiración. Su odio lo
reservaba para Lady Mary.
El
Decano se levantó, salió de la Sala de Claustrales y cruzó el patio en
dirección a la Portería.
—Walter
—le dijo al Portero Mayor—, el nuevo becario necesita que le echen una mano
para subir a sus habitaciones... Y, de paso, despierta al Capellán.
—¿Pierde
pronto la cabeza, señor?
—Más
o menos, Walter, más o menos —le respondió el Decano.
Pero
no lo dijo muy convencido. Si el titular de la beca de investigación Sir Godber
Evans podía realizar borracho como una cuba aquella serie de amenazadoras
deducciones, sobrio podría resultar peligrosísimo. Peligrosísimo, por más
equivocado que estuviera. El Decano subió las escaleras hasta sus habitaciones
de muy mal humor. Siempre había pensado que la razón pura puede llegar a ser
muy peligrosa. En Cambridge la razón pura significaba poder, y, como el poder,
tendía a corromper. Habría que hacer algo, y pronto, acerca del doctor Osbert.
22
Edgar
Hartang no estaba interesado en la razón, pura o no, pero sabía que había que
hacer algo, y pronto, acerca de Kannabis. Había estado conferenciando durante
horas con sus abogados, y lo que le dijeron Schnabel, Feuchtwangler y Bolsover
no le resultó precisamente agradable.
—Si
creen que porque ese hijo de puta de Kannabis perdió los papeles en Porterhouse
y se cargó el jodido Colegio, voy a aflojar los veinte millones de libras, es
que están tan locos como él —fue su primera reacción.
—Nosotros
nos limitamos a explicarle las consecuencias legales de los hechos que nos
ocupan —le respondió Schnabel—. Y si los hechos que aducen los consejeros
legales del Colegio en su carta son ciertos, la responsabilidad, sin duda,
recae sobre Transworld. Así son las cosas, y nosotros no podemos llegar a otra
conclusión.
Dos
días más tarde, las cosas habían empeorado aún más, y Skundler, que había
perdido diez kilos en una semana de convivencia forzada con un hombre que le
repetía constantemente que iba a hacer que le asesinaran de la manera más
dolorosa posible, recibió órdenes de llamar a los independientes para que
buscaran a Kannabis.
—¡No,
no llames a los de Chicago, todavía no! —le gritó Hartang—. Personal local. Y
por teléfono, Skundler. Tú de esta oficina no sales hasta que yo te lo diga.
El
equipo local informó, tras hacer sus pesquisas de que, casi con toda seguridad,
Kannabis seguía en Porterhouse, lo cual, unido a una nueva carta de Waxthorne,
Libbott & Chaine en la que le anunciaban, evasivamente, que poseían
«ciertas pruebas» que podían resultar gravemente comprometedores para él,
provocó que Hartang tuviera un nuevo acceso de ira.
—¡El
muy hijo de puta ha cantado! —les gritó a sus abogados—. Voy... voy a
crucificar a ese... a ese...
No
encontró la palabra adecuada.
—Al
parecer, se ha cubierto las espaldas —le dijo Bolsover—. Ha firmado una especie
de declaración jurada o de confesión.
—¡Ya
sé lo que es cubrirse las espaldas! —bramó Hartang—. ¿Y qué coño quieren decir
con esto de nuestras actividades subsidiarias? A ver, explíquenmelo.
—Pues,
en fin, se supone que... —terció Feuchtwangler en ayuda de su colega, pero dejó
la frase en el aire.
—¿Qué
se supone? ¿Qué? No hay que suponer nada. Ya sé lo que ese... —Se volvió hacia
Skundler—. ¿Qué tiene Kannabis en la cabeza? Me refiero a datos y cifras,
capullo, no a neuronas. ¿Qué puede haberles contado a esos mamones?
Skundler
intentó escurrir el bulto a la desesperada.
—Bueno,
señor, como vicepresidente, tiene acceso a muchos datos. Y es un individuo muy
retorcido...
—Sí,
ya me estoy dando cuenta. Dime algo que no sepa.
—Bueno,
K. K. tiene memoria fotográfica, señor Hartang. Es una especie de archivador
lleno de números de cuenta, fechas de envío, movimiento de fondos y...
—Joder!
—dijo Edgar Hartang, y se pasó una mano por la frente. Sudaba copiosamente.
Hubo un prolongado y terrible silencio. Finalmente, volvió a hablar—. Llama a
los independientes... a Chicago... —empezó, pero Schnabel le cortó haciendo un
alarde de valor.
—Yo...
Nosotros nos permitimos desaconsejarle cualquier acción que pudiera empeorar la
situación —dijo.
—¿Empeorar?
¿Aún más? ¿Quieren que me quede cruzado de brazos?
—No
he dicho eso. Sólo quiero que tenga presente que no vemos en la carta de los
abogados de Porterhouse el menor indicio de que vayan a pasar de la acción
civil a la criminal. Al menos, ésa es nuestra opinión.
Sus
dos colegas, sentados junto a él, asintieron con la cabeza.
Hartang
se mordió los puños, intentando contener la rabia.
—¡Los
muy hijos de puta me hacen chantaje! ¿Es eso lo que me quieren decir?
—Nosotros
no lo llamaríamos así —dijo Bolsover—. Digamos que están negociando.
—Llámelo
como quiera. Yo lo llamo chantaje.
—Y
además, nos atreveríamos a decir que tienen escondido a Kannabis a buen recaudo
en algún lugar donde no podamos dar con él. Y cualquier acción que pudiera...
—¿Empeorar
las cosas? Mensaje recibido —dijo Hartang—. O sea, que no me queda otro remedio
que pagar los veinte millones, o más. ¿No es eso?
—Hay
que negociar un acuerdo —dijo Feuchtwangler—. No vemos otra solución.
—Me
la han metido, y sin vaselina. Estoy jodido y bien jodido. Me la ha metido, y
sin vaselina, un mamón que va por ahí con un traje del Ejército de Salvación.
¡Y todo porque les quería echar una mano! Veinte millones no es una broma. ¿Y
qué consigo con ello? Nada. Cero.
«Por
lo menos, consigue que no le metan en la cárcel», pensaron al unísono los
abogados, pero se guardaron muy mucho de decir esta boca es mía.
—De
acuerdo, negociaremos. Pero cuando salga de ésta...
—Sólo
una cosa más, señor Hartang. Necesitamos que Ross Skundler venga con nosotros.
—¿Qué?
¡Ni hablar! Ése no pinta nada en las negociaciones. Skundler se queda aquí
conmigo. Tenemos un asunto pendiente —dijo Hartang, lívido de rabia.
—No
es para las negociaciones —dijo Schnabel—. Le necesitamos para que nos diga
todo lo que sabe Kannabis. Así iremos más preparados a la reunión con los
abogados de Porterhouse. Y, además, en calidad de jefe del Departamento de
Baremación, nos puede simplificar enormemente las cosas.
Hartang
se lo pensó un momento antes de responder. De hecho, ya estaba más que harto de
aquel cobardica de Skundler, que se pasaba el día temblando en un rincón.
—Vale
—dijo—. Pero que no salga del edificio. Sólo me faltaría que se me pasara otro
más al enemigo.
Mientras
bajaban en el ascensor, Ross Skundler agradeció efusivamente aquel gesto a los
abogados.
—Les
debo una —dijo—. Me han salvado la vida, de verdad.
—No
queremos más derramamiento de sangre, eso es todo —dijo Schnabel—. No es
nuestro estilo. Y ese viejo cabrón se va a tener que cubrir las espaldas un
poquito más ahora que Kannabis se ha pasado al otro bando, o, si no, va a
acabar hecho salchichas. Según parece, Dos Passos está en la ciudad.
—Joder!
—dijo Skundler—. Realmente, les debo una.
—Le
voy a decir una cosa —dijo Bolsover—. Aquí el único que debe es Hartang: veinte
millones, más las costas judiciales. No hay nada que negociar. Waxthorne,
Libbott & Chaine lo tienen cogido por las pelotas.
—¿Cree
que intentará liquidarlos? —le preguntó Feucht-wangler.
Bolsover
sonrió.
—No
dudo que lo intente, pero no podrá. He hecho mis averiguaciones. Esos señores
llevan muertos más de treinta años.
El
ascensor bajó de la décima planta al vestíbulo. Skundler siguió a los abogados
fuera del edificio. Aquellos tres hombres eran su única esperanza.
En
Cambridge, el Range Rover del general Sir Cathcart D'Eath estaba aparcado en el
caminito frente a la entrada de la Residencia del Rector. Amarrada a la parte
trasera había una caravana de las que se usan para transportar caballos, cuya
trampilla estaba abierta.
—Todo
listo, señor —dijo Arthur—. No hay moros en la costa. Ya puede salir.
—¡Deprisa,
yanqui! ¡Venga, adentro! —dijo el general, y Kannabis se metió de un salto
dentro de la caravana.
El
criado japonés del general levantó la trampilla y echó la llave. Luego, el
Range Rover salió como una exhalación camino del castillo de Coft. Desde una de
las ventanas de la planta baja, Skullion lo vio marchar con pena. Había
disfrutado de lo lindo dándole caña a aquel americano.
En
el bufete de Waxthorne, Libbott & Chaine, Abogados, el Praelector leía
estupefacto la declaración jurada que había firmado Kannabis.
—He
de admitir que no comprendo la mitad de los términos que utiliza —dijo—, pero
mi impresión general es que, como se dice vulgarmente, ha dejado al tal Hartang
con el culo al aire. Por lo que veo, ese hombre es el... digamos banquero de
una serie de cárteles de traficantes de drogas. ¿No es así?
El
señor Retter asintió con la cabeza.
—Por
supuesto, no disponemos de pruebas para acusarle de nada —se apresuró a añadir
el abogado—. Y, precisamente por eso, hemos tomado la precaución de redactar
dos declaraciones distintas. En la primera se atribuye exclusivamente a
Transworld Televisión Productions la responsabilidad por los daños ocasionados
a la Capilla, y en general, a los edificios del Colegio, así como por los
perjuicios físicos y mentales causados a más de cuatrocientos estudiantes en un
momento especialmente crucial en sus vidas, es decir, justo antes de los
tripos, con efectos seguramente fatales para sus carreras.
El
Praelector reflexionó acerca de la palabra «crucial» y le consideró inapropiada
en aquel contexto.
—Lo
dudo mucho —dijo—. La mitad de esos zoquetes iban a suspender de todas formas.
En mis tiempos se decía, para disimular, «quedar por debajo del aprobado».
—¿No
cree que es demasiado pesimista? —preguntó el señor Wyve, pero el Praelector no
se ablandó.
—El
Colegio nunca ha sido famoso por su elevado nivel académico. Personalmente,
siempre he preferido pensar que ejercemos sobre nuestro alumnado una influencia
civilizadora.
—De
eso no cabe la menor duda. Sin embargo, y como no es humanamente posible saber
cuáles habrían sido los resultados de los exámenes de no haber tenido lugar ese
suceso tan traumático para los estudiantes, creo que nos es lícito suponer que
las notas habrían sido, generalmente, excelentes. Y, además, hay que considerar
el sufrimiento físico y mental infligido a los becarios y al personal docente,
que habrá, sin duda, repercutido en su rendimiento profesional. Podríamos
asegurar, sin temor a equivocarnos, que descubrimientos científicos de la mayor
relevancia se han visto arruinados o, al menos, retrasados por esa causa.
—Usted
puede asegurar lo que considere oportuno —dijo el Praelector—, pero no me cabe
en la cabeza que nadie en su sano juicio pueda dar crédito alguno a semejante
idea.
—Y,
sin embargo, ¿quién sabe? Nadie puede negar taxativamente esa posibilidad. Y el
daño ocasionado a uno de los monumentos arquitectónicos más antiguos de
Cambridge es un hecho incontrovertible.
El
Praelector estaba de acuerdo en este punto. Porterhouse podía carecer de
sustancia intelectual, pero no cabían dudas acerca de la singular magnificencia
de sus edificios.
—¿Qué
posibilidades cree que tenemos de que Hartang acceda a firmar un acuerdo antes
que ir a juicio? —preguntó—. Porque eso nos ahorraría una enorme cantidad de
tiempo y de dinero.
El
señor Retter cruzó una mirada de inteligencia con su socio. El señor Wyve
respondió.
—Eso
es aún más difícil de saber. Estas cosas tienden a retrasarse meses, e incluso
años, ya sabe. A nosotros sólo nos cabe confiar en que la Transworld comprenda
la licitud de nuestra petición y decida no prolongar inútilmente el curso legal
del caso.
—Yo
diría que la segunda declaración jurada podría acelerar las cosas notablemente
—dijo el Praelector.
—Es
posible —dijo el señor Retter, y tomó el documento que le tendía su cliente—.
Digamos que lo mejor será guardarlo como reserva, por si acaso. No creo que sea
necesario añadir nada más, no sé si me entiende.
El
Praelector lo entendía perfectamente. Había reconsiderado su opinión sobre el
señor Retter y el señor Wyve. La Justicia podía ser ciega, pero aquellos dos
abogados tenían una vista de lince.
23
El
Decano se levantó antes de lo habitual. Por lo general, después de una Cena de
Admisión, se quedaba enroscado en la cama hasta tarde, pero aquella mañana
tenía una poderosa razón para no quedarse remoloneando. Tenia que prevenir al
Tutor Mayor para que no cometiera la locura de hablar con su abogado, como
había amenazado con hacer la noche anterior, acerca de la acusación de
asesinato que había insinuado el nuevo becario. El Tutor Mayor era hombre
impetuoso, y, teniendo en cuenta el peligroso razonamiento de Purefoy durante
la noche anterior, consideraba
indispensable que ni su colega ni él dieran ningún paso en falso que pudiera
interpretarse como una tentativa de defensa ante lo que no podía menos que
calificarse como un completo absurdo.
—Tutor
Mayor, si pudiera concederme un minuto, tenemos que tratar un asunto —le dijo,
cuando se cruzó con él a la entrada del Refectorio.
—Si
es sobre las acusaciones que ese impertinente jovenzuelo se permitió hacer
anoche, no creo que haya nada que discutir. Tengo una cita con mi abogado a las
once. Le llamé a su casa por teléfono esta misma mañana a primera hora. No me
voy a quedar sin hacer nada mientras se me abofetea públicamente de esta
manera.
—Tiene
usted mucha razón —asintió el Decano—.
Quizá si diésemos un paseíto por el Jardín, podríamos discutir con más
tranquilidad qué medidas tomar a propósito de ello.
Más
tarde, mientras caminaban arriba y abajo por el sendero flanqueado de árboles,
y una vez que el Tutor Mayor hubo amenazado, como siempre, con echar a patadas
a ese cretino, el Decano fue directo al meollo de la cuestión.
—El
doctor Osbert estaba anoche borracho perdido —dijo—. La mezcla de oporto y
coñac es particularmente dañina para el organismo.
El
Tutor Mayor respondió que era consciente de ello por propia experiencia, y que
se lo tenía bien merecido aquel cretino, por embustero y por canalla, y que
ojalá la resaca no le dejara moverse de la cama en un mes.
—No
puedo estar más de acuerdo —dijo el Decano—. Pero lo que intento que comprenda
es que, en cierto sentido, deberíamos estarle agradecidos a ese miserable por
habernos confesado sus intenciones y, lo que es más importante, la razón por la
que ha sido nombrado becario. Ahora ya sabemos qué quiere Lady Mary a cambio de
los seis millones. Y quien está sobre aviso no duerme confiado.
—Yo
sí que le voy a dar un buen aviso a ese cabrón. Nadie me llama asesino en mi
cara. Ese cretino lamentará haberme acusado.
—Estoy
seguro de que ya lo hace en estos momentos —dijo el Decano, y decidió que ya era hora de bajarle
los humos al Tutor Mayor—. Francamente, creo que no fue nada perspicaz por su
parte el aprobar esta beca así como así, sin investigar previamente sus
credenciales.
—¿Qué
demonios quiere decir con eso? —preguntó el Tutor Mayor muy soliviantado—.
Estaban en juego seis millones de libras y, en cualquier caso, ese hombre venía
con las mejores referencias.
—De
Lapline & Goodenough, sin duda —dijo el Decano, descubriendo su juego.
El
Tutor Mayor le miró de hito en hito.
—¿Cómo
demonios...? ¿Cómo sabe eso?
—Porque
—dijo el Decano—, si no recuerdo mal, fueron ellos los que representaron
legalmente a Lady Mary cuando la investigación sobre la muerte de su marido.
Supongo que usted también lo advirtió.
El
Decano se sonrió para sus adentros. Ayudaría a su colega a salvar las
apariencias, y así lo tendría de su parte.
—Pues,
ahora que lo dice... —murmuró el Tutor Mayor dócilmente—. Ya en su momento me
intrigó la... el anonimato del donante...
—Tampoco
habría cambiado nada haberlo sabido con antelación. No podríamos, aunque
quisiésemos, permitirnos el lujo de hacerle ascos a semejante cantidad de
dinero. —El Decano había pescado el pez, y no había necesidad de usar el
salabre—. El quid de la cuestión es que, después que usted se retiró anoche a
sus habitaciones, me quedé a escuchar lo que tenía que alegar nuestro agudo
becario, y he de confesarle que, si bien su argumentación es del todo errónea,
se encuentra en posesión de suficiente evidencia circunstancial para poder
inducirnos a emprender una querella por difamación que nos...
—¿Inducirnos?
¿Por qué dice «inducirnos» a una querella por difamación? Tenemos todas las de
ganar. Y estoy hablando de cuantiosas compensaciones económicas.
—Es
posible. Pero ¿quién las iba a pagar? ¿El doctor Osbert? Permítame que lo dude.
Seguro que es más pobre que una rata. Lo único que ganaríamos sería mala
publicidad.
—Lady
Mary lo ha enviado aquí en su nombre. Usted mismo dice que es ella quien ha
financiado la beca. Y esa mujer es enormemente rica.
—Pero,
incluso si pudiéramos probar que es ella la misteriosa mecenas, el difamador
sería el doctor Osbert. Aparte de aquel ataque de histeria que tuvo durante la
investigación judicial, Lady Mary no ha dicho hasta el momento ni una sola
palabra en público a propósito de este asunto —dijo el Decano—. Nos enfrentamos
a un formidable contrincante.
El
Tutor Mayor miraba fijamente el suelo de gravilla mientras caminaban. Había que
reconocer la solidez de las razones del Decano. Y, al mismo tiempo, aquella
situación era del todo intolerable.
—Pero
¿qué podemos hacer? —preguntó finalmente—. No podemos quedarnos impasibles, sin
más, y dejar que ese individuo vaya por ahí acusándonos de asesinato
impunemente.
—No
puedo estar más de acuerdo con usted —dijo el Decano—. Lo que propongo que
hagamos es intentar encontrar un medio de pararle los pies, pero aún no he
tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre la materia tranquilamente. Lo
único que podemos hacer, de momento, es esperar a que dé el siguiente paso. Y,
mientras tanto, en lo que a mí respecta, voy a iniciar una campaña de
insistente afabilidad, que, sin duda, le fastidiará enormemente. Y le aconsejo
que haga otro tanto.
Antes
de separarse, el Tutor Mayor le prometió que cancelaría la cita con su abogado
y procuraría disfrazar su hostilidad hacia Purefoy bajo una espesa capa de
empalagosa amabilidad.
—Haré
lo que pueda —dijo—. Pero me va a resultar extremadamente difícil. Ese
condenado...
Y,
de hecho, Purefoy se sentía aquella mañana como un condenado... a muerte. Su
estado físico y mental no era tan deplorable como el del Tutor Mayor después de
su famosa cena en el Corpus (Purefoy era joven y de constitución fuerte), pero
era bastante malo. Y, para empeorar las cosas, además no se acordaba de nada de
lo que le había dicho al Decano aquella noche, ni siquiera de si le habría
dicho algo o sólo lo habría pensado para sus adentros. Pero estaba casi seguro
de que se le escapó que Lady Mary había desembolsado el dinero de la beca; y,
lo que era aún peor, creía haber explicado también con gran lujo de detalles
las razones ocultas detrás de aquel acto caritativo para con el Colegio. Podía
recordar también vividamente los comentarios despectivos del Decano sobre Sir
Godber. Y luego se habían tomado aquella acusación con bastante sangre fría,
aunque al final el Tutor Mayor perdió los papeles y se marchó dando un portazo.
Purefoy, finalmente, se arrastró fuera de la cama, se duchó, se afeitó y, cuando
bajaba las escaleras de puntillas para ir corriendo a esconderse en la
Biblioteca hasta que pasara la tormenta, se topó con el Tutor Mayor en el
rellano.
—Buenos
días, doctor Osbert —dijo el Tutor Mayor, y le sonrió de una manera de lo más
inquietante—. Espero que haya dormido bien. Si hay algo que pueda hacer para
que disfrute de su estancia entre nosotros, no dude en comunicármelo. Estoy
casi siempre en mis habitaciones, y será un placer para mí poder charlar con
usted. ¿Por casualidad no practica el remo, o cualquier otro deporte?
Purefoy
consiguió a duras penas sonreír mansamente y reconoció que, por desgracia, no
remaba ni practicaba ningún otro deporte. Acto seguido, se escabulló escaleras
abajo, convencido de que el Tutor Mayor le quería seducir.
Y quedó más convencido aún de que aquel Colegio
era un nido de invertidos cuando se encontró con el Decano junto a la Portería.
El anciano le saludó casi efusivamente.
—¡Qué
velada más agradable la de anoche!, ¿verdad? Aunque me temo que hoy hemos
tenido que pagar sus consecuencias con la resaca. Pero valió la pena. Es una
delicia cenar entre amigos, y compensa pagar ese pequeño precio. Una delicia.
Y el Decano prosiguió su camino, en apariencia
tan contento, dejando a Purefoy aún más confuso que antes acerca de
Porterhouse. Por más cosas que pudieran decirse de los Claustrales Mayores, no
se podía negar que tenían aplomo.
Purefoy
salió por la Puerta Principal a la calle y cruzó lentamente el puente en
dirección a la Biblioteca de la Universidad. Por el Cam navegaban algunas
bateas, pero todas iban ocupadas por turistas.
El
Decano, entretanto, estaba haciendo algo que muy raramente había hecho antes.
Se encontraba en las habitaciones de Purefoy, hurgando entre sus papeles
mientras el Tutor Mayor vigilaba por la ventana.
—Aquí
tenemos algo interesante —dijo el Decano por fin—. Échele una ojeada a esto y
dígame qué le parece. Yo miraré por la ventana.
Y le
pasó una carta y una fotocopia a su colega, que éste leyó con interés
creciente.
—¡Que
me aspen! —exclamó el Tutor Mayor cuando acabó de leer aquello—. ¿Quién habría
dicho que esa rata de biblioteca es un pervertido? Ahora me explico por qué no
rema ni practica ningún deporte decente.
—Bueno,
al menos ahora sabemos cuál es su punto débil —dijo el Decano, y se apresuró a
fotocopiar ambos documentos en la oficina de la Secretaria del Colegio antes de
volver a dejarlos exactamente donde los había encontrado.
—Así
que a nuestro amiguito le gustan las negras, ¿eh? —dijo el general Sir Cathcart
D'Eath cuando se lo contaron, aquella misma noche—. Siempre resulta de utilidad
saber cuáles son los puntos flacos del enemigo. Aunque no se lo reprocho. En
mis buenos tiempos me comí algunos pastelitos negros muy sabrosos. Recuerdo muy
bien a una chavalita de Sierra Leona. Se llamaba Ruby. Ruby Condones. ¡Joder,
sabía poner a un hombre a cien!
Pero
el Decano no estaba interesado en los recuerdos del general. Las
recomendaciones de Madame Ma'Ndangas sobre masturbación y técnicas
masturbatorias le habían parecido tan repugnantes como reveladoras desde el
punto de vista psicológico.
—¿Cree
que esto puede servirle de algo? —le preguntó el Decano al general.
—Pues
la verdad es que el sexo manual no me tira —dijo el general—, aunque diría que
el método del aguacate puede ser útil en un caso desesperado. Pero tendría que
ser un aguacate en el punto exacto de maduración. Supongo que se podría
conseguir la temperatura adecuada metiéndolo un rato en el microondas.
—¡Por
el amor de Dios, Sir Cathcart, eso no me interesa! Le preguntaba si puede
servirle para neutralizar a Osbert —dijo.
En
ocasiones encontraba francamente insoportable aquella familiaridad del general
con los aspectos más sórdidos de la vida. Por supuesto, no podía compararse con
el repugnante Jeremy Pimpole, que era el acabóse, pero aun así... Y el doctor
Osbert y su amante, Madame Ma'Ndangas, eran, obviamente, pervertidos de la peor
estofa. Una mujer que escribía tan entusiásticamente acerca de cosas que nunca
se le habían pasado por la cabeza al Decano en toda su vida, ni siquiera en sus
momentos de mayor necesidad sexual (rápidos y espaciados, por otra parte),
tenía que pertenecer a la hez de la sociedad. Y el doctor Osbert estaba
locamente enamorado de aquella mesalina. Se deducía claramente de la carta de
Madame Ma'Ndangas, escrita en contestación a otra que le había enviado él. Como
le dijo luego el Decano al Tutor Mayor, sus padres no escogieron precisamente
un nombre apropiado para su retoño.
—¡Puro
de fe, sí, sí...! ¡Me río yo de la pureza de ese individuo!
Pero
ahora lo importante era hacer que Sir Cathcart dejase de pensar en las
posibilidades consoladoras de los aguacates.
—Lo
que quiero que me diga es si podemos o no hacer uso de esta información para
obligarle a interrumpir sus investigaciones sobre las circunstancias de la
muerte de Sir Godber Evans. He tenido que sudar tinta esta misma mañana para
convencer al Tutor Mayor de que no le pusiera una querella por difamación.
El
general se quedó de piedra.
—No
me irá a decir que los ha acusado de asesinato por escrito...
—No,
no ha escrito nada. Pero lo ha dicho. Anoche, en la Sala de Claustrales.
—En
tal caso, es calumnia, no difamación. Hay que ponerlo por escrito para que sea
difamación. Me sorprende que no sepa la diferencia.
—Quizá
no la sé porque no me muevo en esos círculos en que la gente escribe
atrocidades sobre los demás a la primera de cambio —repuso el Decano—. Y
volviendo al doctor Osbert...
—Me
está pidiendo que me ocupe del asunto, ¿no es eso?
El
Decano dudó. Ciertamente, había que hacer algo para detener al inquisitivo
becario, pero no estaba seguro, ni mucho menos, de la conveniencia de que Sir
Cathcart «se ocupara» de él. El general tenía demasiados amigos en los cuerpos
especiales. A saber lo que podría pasar.
—Lo
ideal sería ponerle en una situación que comprometiera su reputación, de manera
que pudiésemos persuadirle de que no llevase sus indagaciones adelante. O, al
menos, de que no molestase al pobre Skullion. Y, naturalmente, no quiero que el
doctor Osbert sufra ningún perjuicio físico.
—Creo
que, si sigue los consejos de esa negra, el pobre hombre se perjudicará él
sólito —dijo el general—. Una vez conocí a un tipo que se quedó atascado en una
botella de leche. Y no se atrevía a romperla, por miedo a desgraciarse para
siempre. Hubo que llamar a los de sanidad, pero ni ellos sabían qué hacer. Así
que nos lo llevamos corriendo al hospital; ya no me acuerdo de cómo le quitaron
aquella cosa. Me lo dijo, por si me pasaba algún día, pero se me ha olvidado.
Desde entonces no he tocado una botella de leche.
El
Decano dio un respingo.
—No
creo que haga falta una solución tan drástica, Sir Cathcart —dijo—. Pensaba más
bien en cómo satisfacer, en beneficio nuestro, su evidente necesidad de
perversiones sexuales. —Y dejó que el general sacase sus propias conclusiones.
—¡Ah!
—dijo Sir Cathcart—. Sí. Ya entiendo. Ya veo lo que quiere decir. Creo que se
puede arreglar. Conozco a una joven en Rose Crescent que estará encantada de
prestarnos su cámara de tortura.
—Pero
por el amor de Dios, Cathcart, ¿es que no me ha oído? Le he dicho que no quiero
violencia.
—Nada
de violencia, muchacho. Sólo lo atará, le hará cosquillas y le pegará unos
azotitos en el culete. Nada del otro mundo. Y resulta bastante divertido, para
variar, se lo digo yo.
—¿Y
es negra esa mujer? —preguntó el Decano, que no le veía la diversión a ser
amordazado y azotado.
—¡Pues
claro que no es negra! Blanca como la nieve —dijo el general—. Pero le voy a
contar un secreto que le interesará...
—No,
no —dijo el Decano—. No me cuente nada.
Pero
a Sir Cathcart ya no había quien le parase.
—Tenemos
toda clase de mujeres en un campo de entrenamiento cerca de Hereford, ¿sabe?, y
cuando se adiestra a los muchachos para ver si aguantan la presión de un
interrogatorio, los ponen en pelotas en un cuarto con los ojos vendados y les
hacen entrar a esas...
—No,
mire, si no le importa, no quiero saberlo —suplicó el Decano.
—¡Pero
si no tiene nada de malo! No les hacen daño, sólo los humillan un poco. Y es
muy conveniente saber esas cosas. Uno no puede vivir toda la vida en un mundo
de ensueños románticos.
—Pues
yo lo prefiero, y con mucho, se lo aseguro. De verdad. El ser humano no puede
soportar demasiada realidad. O, por lo menos, yo no.
—Usted
verá. Yo lo único que le digo es que allí tienen de todo. Chinas, indias...
irlandesas, por supuesto. De todas clases. Según me han dicho, hay incluso una
esquimal. Y rusas a montones, y también alemanas. Pero la que tengo en mente
para nuestro amiguito es una zulú que tiene un cuerpazo que tira de espaldas.
Si le gustan grandes y negras, no busque más.
—¡A
mí qué me va a gustar una tía así! —dijo el Decano, que estaba harto—. No
quiero escuchar más. —Y se levantó, dando por terminada la conversación.
—Por
cierto —le preguntó al general cuando le acompañaba a su coche—, ¿qué tal se
encuentra nuestro amigo...? ¿Qué nombre dice que le han puesto? Ya sabe a quién
me refiero...
—¡Ah,
sí! Fried Macdonald. En el fondo, no es mal muchacho, y hay que admitir que
tiene muy buena mano con los caballos. Le he puesto a trabajar en mi fábrica de
comida para gatos. Así le tenemos fuera de la circulación, y él es el hombre
más feliz del mundo con un cuchillo en la mano y sangre por todas partes.
Insiste en que deberíamos poner una granja de cerdos. Me parece una idea
extraordinaria. De vez en cuando, dice cosas muy raras acerca de Skullion.
Parece que el Rector le ha causado una profunda impresión. Y, ya que hablamos
de él, ¿qué tal está el viejo?
—Pues
es curioso, ahora que lo pienso —dijo el Decano—. Lleva varios días un poco
raro. Creo que añora la compañía de Fried Macdonald.
24
Y
era verdad. Skullion había disfrutado de lo lindo sentándose junto al lecho de
Kannabis y ejerciendo su autoridad sobre él. Hacía mucho tiempo que no había
tenido la oportunidad de demostrarle el poder de su personalidad a un
adversario de tal calibre, y que un maldito yanqui le llamase la Cosa,
Quasimodo y jorobado, a la cara, le había proporcionado el estímulo que
necesitaba para salir de su letargo. Amedrentando a Kannabis hasta reducirlo a
un guiñapo balbuciente había logrado escapar del tedio que le había tenido
anquilosado desde que sufrió el paralís. Pero ahora el tedio había vuelto a
atraparle. Y era aún peor, después de haberse divertido tanto. Para consolarse,
le pedía a Arthur que le subiera botellas de la cerveza especial que muy poca
gente sabía que maduraba en la Mantequería desde hacía más de veinte años.
Aquella cerveza tenía cuerpo, cosa que ya casi no podía decirse de Skullion.
Sin embargo, como Rector, tenía el privilegio de beber cuantas botellas se le
antojase de su bebida favorita. Pero aquella repugnante bolsa de goma no
aguantaba todo lo que le echaban. Por eso, a veces, si estaba en el jardín, se
la quitaba y la escondía debajo de la manta que tenía echada sobre las piernas,
junto a las botellas de cerveza. Como le dijo en cierta ocasión Arthur, que
compartía su gusto por la cerveza:
—Por
más que gotee, en el césped no se nota. Si fuera usted una perra, sería muy
diferente, señor Skullion, pero usted no es una perra. Usted es un perro viejo,
sí, señor. —Skullion había sonreído, halagado por el cumplido—. Los orines de
perra dejan marcas en la hierba, pero los de perro no. Lo sé porque mi padre
era el encargado de la perrera en Hardingley, y la señora Scarbell le reprendía
como viera que una de las perras se había meado en el jardín. «Pero ¿cuántas
veces tengo que decírtelo, Arthur?», le decía a mi padre, que se llamaba como
yo. «¿Es que no sabes que donde mea una perrita ya no vuelve a crecer la
hierba?» Y mi padre le contestaba...
Con
conversaciones como ésta se entretenía Skullion. Eso y su ración diaria de la
cerveza especial de la Mantequería eran sus únicos alicientes en la vida.
Aquella cerveza le ayudaba a recordar los buenos tiempos. Cada día el Cocinero
iba a charlar un rato con él, y si en el Refectorio había algo fuera de lo
corriente aquella noche para cenar, le llevaba un poquito en un plato para que
lo catara.
—Ya
suponía que le gustaría, señor Skullion, y se lo he cortado finito para que lo
pueda masticar bien —le decía. Y Skullion respondía:
—Muy
bueno, Cocinero, está muy sabroso. No hay otro como tú en ningún Colegio. Eres
el mejor cocinero que yo recuerde, y eso que el fulano de Trinity no era nada
malo.
Casi
todos los días el Cocinero le llevaba huevos de codorniz, figuraran o no en el
menú de los Claustrales, porque sabía que a Skullion le gustaban mucho, eran
fáciles de digerir y apenas si había que masticarlos.
La
mayoría de estas conversaciones amistosas tenían lugar en una esquina del
Laberinto, a fin de evitar las miradas indiscretas, por lo que desde su estudio
Purefoy Osbert apenas podía distinguir la parte inferior de la silla de ruedas,
y le reconcomía la curiosidad por descifrar la causa de que el Cocinero, con su
mandil blanco y su gorro, cruzara el césped casi a diario llevando en las manos
fuentes de plata y servilletas de hilo inmaculadamente planchadas y cubiertos
bruñidos que relucían iluminados por los débiles rayos del sol poniente. Y le
intrigaba también ver al Rector, apoyado contra el tronco de un árbol,
esperando con infinita paciencia a las tantas de la madrugada junto a la
formidable Puerta Trasera coronada de pinchos de hierro retorcido, por la que
ya nadie intentaba trepar. Era como ser testigo de un arcaico ritual de
Porterhouse cuyo secreto hubiera pasado de generación en generación durante
siglos. Y, además, Purefoy se preguntaba de qué hablarían aquellas personas
tras los setos de tejo del Laberinto, y qué sería lo que podría descubrir si
pudiera escuchar sus conversaciones. Al final, su curiosidad se sobrepuso a su
prudencia, y una tarde, después de la comida, cuando Skullion estaba todavía en
la Residencia, Purefoy Osbert se deslizó como quien no quiere la cosa a través
de los macizos de rosales, y dando una vuelta, se coló en el Laberinto. No era
muy grande, pero aun así resultaba difícil orientarse en él. El tejo era espeso
y nudoso. Purefoy tardó veinte minutos en llegar a la esquina donde
Skullion se sentaba por las noches a
recibir las ofrendas del Cocinero. Se sentó en el suelo y esperó.
Tuvo
que aguardar una hora larga hasta que el Rector se dirigió a su esquina
habitual, y se detuvo a apenas unos metros del escondite de Purefoy con sus
botellas de cerveza y sus recuerdos del pasado glorioso de Porterhouse. Pero
aquella tarde estaba de mal humor. Había tenido un rifirrafe con la Enfermera,
que se había empeñado en darle un baño.
—No
le va a servir de nada rezongar, Rector —le había dicho—. Echa usted un tufo
que tumba. Y así no puede seguir. De modo que se va a dar un baño y se va a
cambiar de ropa. Ese viejo traje que lleva tiene que ir a la tintorería, aunque
si de mí dependiera, lo tiraría. Venga, no se ponga farruco, primero una manga,
así, y ahora la otra...
Aquellos
baños con la Enfermera eran el peor momento de la semana, la mayor humillación.
Sin su traje y su sombrero hongo, que era el símbolo de su posición como
Portero Mayor, y del que no había querido desprenderse ni siquiera cuando pasó
a ser el Rector, no sólo estaba desnudo, sino que se sentía desnudo. Desnudo y
vulnerable y en presencia de una mujer que carecía de sensibilidad y del
respeto por la intimidad ajena que él creía merecer. No es que le importara que
le frotasen la espalda con una esponja (por el contrario, le agradaba). Pero es
que había otras zonas de su anatomía, sus «partes», como decía él, a las que la
Enfermera prestaba una atención que consideraba del todo indecente, e insistía
en lavárselas meticulosamente porque, como decía de un modo muy gráfico, si no
fuera por ella, olería aún más a perdiguero viejo. A Skullion no le importaba
que Arthur le dijera que era un perro viejo, pero consideraba que una zorra
como la Enfermera le llamase perdiguero sarnoso en sus narices era pasarse de la
raya. Y se lo había hecho saber sin disimulos.
—Lo
que le pasa a usted, Enfermera, es que, como no está casada, y no me extraña
que se haya quedado para vestir santos con esa cara que tiene, le pica donde yo
me sé, y se aprovecha de mí para tocar lo que no debe. Pues mire lo que le
digo: si quiere saber lo que se pierde, vaya a rascarle con ese guante a otro,
porque no me gusta. Y usted aún me gusta menos. Me puedo cuidar sólito.
Lo
cual no había mejorado ni un ápice el humor de la Enfermera o sus técnicas de
hidroterapia.
—¡Mira
que es usted guarro! ¿Presume de ser el Rector de Porterhouse y no es capaz ni
de hablar como un caballero? —le había replicado ella, de muy mal talante—.
¿Pues sabe una cosa? Le he oído decir al Dec... Bueno, no importa a quien. Pero
me ha dicho un pajarito que ya es hora de que le mandemos a la Quinta. Ya lo
creo que lo dijo, porque yo lo oí. ¿Dónde se cree que estuvo durante las
semanas que pasó fuera de aquí? Eso de que estaba visitando a un pariente
enfermo en Gales es una engañifa. Lo que ha estado haciendo es ver a los
antiguos alumnos más importantes, a ver si encontraba un Rector nuevo. Eso es
lo que ha estado haciendo, para que se entere. Y si no se lo cree, pregúntele a
Walter. A estas alturas lo sabe ya todo el mundo en el Colegio menos usted. Le
van a mandar derechito a la Quinta de Porterhouse, y no se crea que le voy a
echar de menos. Así no tendré que bañarle más.
Le
había escupido todo aquello tan convencida, y con tanto resquemor, que Skullion
comprendió que estaba diciendo la verdad. Además, algo barruntaba por la forma
en que el Cocinero, Arthur y Walter le habían tratado últimamente, extremando
sus cuidados y deferencias para con él de manera harto sospechosa. No
necesitaba la compasión de nadie, y hasta entonces nadie se la había ofrecido.
Por el contrario, lo que le habían mostrado era el respeto que se le debía al
Portero Mayor del Colegio, el mismo que le habían tenido siempre, cuando aún
era el más importante de los servidores de Porterhouse. No pensaba preguntarles
si lo que le había dicho la Enfermera era o no verdad. No quería obligarles a
que le mintieran. Eso no se hacía. Y él había hecho siempre las cosas
correctamente.
Así
que, mientras caía la tarde, permaneció en su rincón favorito y bebió más
botellas que de costumbre de aquella cerveza especial que le traía Arthur de la
Mantequería al tiempo que incubaba sordamente un creciente rencor por el mundo
en general. Incluso reprendió con acritud al Cocinero por quitarle la corteza
al pan de sus emparedados de pepino cuando le trajo el té. Era la primera vez
que lo hacía desde que se conocían. Y cuando fue Arthur a decirle que la cena
estaba servida, le respondió entre dientes que no tenía apetito.
—Venga,
señor Skullion, que tiene usted que comer para estar fuerte —le había dicho
Arthur, intentando animarle.
—¿Fuerte?
¿Para qué? ¿Para qué demonios tengo que estar fuerte?
Arthur
no se inmutó.
—Pues
no sé, señor Skullion. Pero usted siempre ha tenido buen apetito.
—Pues
ya no. Venga, tráeme otra media de la Mantequería, y no me des más la tabarra,
que tengo muchas cosas en que pensar.
Arthur
dudó un instante. Sabía que su deber era decirle al Rector que ya había bebido
bastante, y que otras seis botellas (que era lo que quería decir Skullion con
lo de la «media») era pasarse de la raya. Pero se lo pensó mejor. No era sólo
que Skullion —el señor Skullion— fuese el Rector. Si eso hubiera sido todo, le
habría cantado las cuarenta, como había hecho tantas veces con los anteriores
rectores, y le habría dicho a la cara que ya estaba bien de empinar el codo, y
que no era decente que el Rector de Porterhouse se emborrachase a media tarde.
Le habría dicho eso y no habría pasado nada. A lo sumo, le habrían mandado a
freír espárragos, por insolente, y a lo mejor incluso habría conseguido que el
Rector cenase, o quizá no, pero de todas formas, a la mañana siguiente se
habría olvidado el incidente y todos tan amigos. Sin embargo, con el señor
Skullion era diferente. El señor Skullion no era un Rector más de Porterhouse.
El señor Skullion era ex Portero Mayor, lo cual significaba más que cualquier título
académico para Arthur, el Cocinero y el resto de la servidumbre del Colegio,
que aún recordaban sus buenos tiempos. Y no sólo eso. Skullion era Skullion,
que siempre había hecho las cosas correctamente y nunca había dicho una mentira
como no fuera para sacar de apuros a un compañero o para salvaguardar la
reputación del Colegio. El viejo Skullion habría dado su vida por Porterhouse,
vaya que sí. Y cuando era Portero Mayor bien que había metido en vereda a los
jóvenes caballeros que se descarriaban. «Más vale que se corte usted ese pelo,
señor Walker», le había oído Arthur decirle una vez a un estudiante. «No querrá
que la gente vaya diciendo por ahí que Porterhouse está lleno de mariposones,
como King's, ¿verdad, señor? Y si no tiene suelto, aquí tiene media corona y ya
me la devolverá cuando pueda.» Y había hecho lo mismo con todos los sirvientes
del Colegio cuando habían necesitado que les pusieran los puntos sobre las íes,
y les había dicho que hicieran las cosas correctamente, fuese lo que fuese. Ese
era el lema del señor Skullion, y si había una frase que usase sin cesar, era
«hacer las cosas del modo correcto». El señor Skullion era un hombre correcto.
No había otra forma de decirlo, y si lo que quería era emborracharse
correctamente y caerse redondo de su silla de ruedas, Arthur no iba a
impedírselo. Al señor Skullion no se le podía decir lo que tenía que hacer. El
señor Skullion era un hombre de una pieza, de los que ya no quedaban en
Cambridge. Ni fuera de Cambridge, conforme iba el mundo. Así que, tras dudarlo
un segundo, Arthur se fue a la Residencia del Rector y al cabo de un rato
regresó con las botellas y se las puso ya destapadas sobre la bandeja encima de
las piernas, a fin de que pudiera alcanzarlas fácilmente. Y todo lo que le dijo
fue:
—¿Está
usted bien, señor Skullion?
Y Skullion le respondió con una mirada extraña
en los ojos: —¿Que si estoy bien, Arthur? ¿Que si estoy bien? ¡Ya lo creo que
estoy bien! Son los demás los que están mal. Mal de la chaveta.
Y mientras Arthur se alejaba de vuelta a la
Residencia, oyó que Skullion le gritaba:
—¡Ah,
Arthur, gracias, muchas gracias!
Que
era lo correcto.
A
pocos metros, separado de él por el seto, Purefoy Osbert estaba sentado sobre
la hierba húmeda, deseando poder moverse. Empezaba a sentirse hambriento, y
aquel aire helado se le metía en los huesos. Y todo lo que había descubierto es
que el Rector se bebía las cervezas por medias docenas y no quería cenar. Y que
no le gustaba que le quitaran la corteza del pan de los emparedados de pepino.
Sobre su cabeza el cielo se había oscurecido, y en el Laberinto reinaban ya las
sombras. Pero Skullion permanecía vigilante en su silla de ruedas y Purefoy le
imitaba, aunque ninguno de los dos habría podido comprender los motivos del
otro para hacerlo, ya que pertenecían a mundos distintos. Y todavía estaban
allí cuando el Decano salió de la Sala de Claustrales y se dirigió hacia la
Residencia del Rector. Había cenado opíparamente, y luego había tenido otra
charla acerca del doctor Osbert con el Tutor Mayor, al que le había asegurado,
sin entrar en detalles, que ya no había de qué preocuparse, porque el asunto
estaba en buenas manos. Y ahora quería cruzar un par de palabras con Skullion
para advertirle de que no hablara con el nuevo becario. Skullion pareció no
darse cuenta de las sigilosas pisadas del Decano, el cual, hasta que rebasó el
Laberinto, no se percató del bulto contrahecho entre las sombras y del
tintinear de las botellas.
—¡Válgame
Dios, Rector! —exclamó—. ¿Qué está haciendo ahí a estas horas?
Era
una pregunta tonta. Skullion casi siempre velaba allí por las noches, aunque,
por regla general, prefería el árbol junto a la Puerta Trasera.
—Pues
aquí estoy, sentado —dijo Skullion, tartajeando un poco. Una vaharada de
cerveza especial le dio al Decano en la nariz—. Pensando en mis cosas.
—Así
que está sentado pensando en sus cosas. Pensando y bebiendo, según parece —dijo
el Decano, burlón.
—Exacto,
señor, aquí estoy, sentado, pensando en mis cosas y bebiendo cerveza, ¿pasa
algo? —dijo Skullion, y en sus palabras no había ni el respeto ni la deferencia
que el Decano esperaba de un ex portero al dirigirse a él.
—Y,
por lo que parece, bebe usted más que piensa —dijo.
—Pienso
más que bebo. Y lo que beba o deje de beber es asunto mío, no suyo. Tengo
derecho.
—Por
supuesto, Rector, por supuesto —se apresuró a decir el Decano. Se daba cuenta
de que había ido demasiado lejos—. Tiene todo el derecho del mundo a beber lo
que se le antoje.
—Y a
pensar lo que se me antoje, también.
—Sí,
efectivamente, eso también —dijo el Decano—. ¿Y sobre qué ha estado pensando?
—Sobre
usted —dijo Skullion—. Sobre usted y sobre la Quinta. La Quinta de Porterhouse,
adonde mandan a los Claustrales ancianos de los que quieren desembarazarse, los
chiflados, como el viejo doctor Vertel.
—El
doctor Vertel? No diga disparates, Skullion. Sabe perfectamente que...
—¡Ah,
ahora me llama Skullion! —El Rector no podía ocultar su ira—. Y, desde luego,
lo sé perfectamente. El viejo Vertel se volvió majareta, ¿verdad? Empezó a ir
detrás de las fámulas y de las chávalas que iban a la piscina de Newnham, y
hubo que librarse de él.
—Está
borracho, y no sabe lo que dice —dijo el Decano, muy enfadado.
—Puedo
estar todo lo borracho que usted quiera, pero sé perfectamente lo que me digo,
porque estaba en la Portería cuando vino la policía, y tuve que entretenerlos
hasta que usted pudo meter al viejo doctor Vertel en el coche del Tutor Mayor
para llevárselo a la Quinta, donde nadie lo buscaría, porque ya se le había
echado tierra encima al asunto. Los trapos sucios se lavan en casa, dijo usted.
Y el Praelector hizo un chiste acerca de eso, dijo: «Estos trapos, por poco
acabamos lavándolos en la piscina», y se rieron los dos mientras tomaban café
tranquilamente en la Sala de Claustrales. Así que no me venga ahora con que no
sé lo que me digo. Y no se crea que va a poder tratarme a mí también como a un
trapo sucio, porque está muy equivocado. Ya puede ir haciéndose a la idea.
De
pie en la oscuridad, convertido en una silueta que se recortaba contra las
ventanas iluminadas de la Residencia del Rector, el Decano sintió la misma
sensación de inquietud que le invadió la noche en que escuchó a Purefoy Osbert.
Pero esta vez la amenaza parecía incluso mayor. Skullion tenía una presencia de
ánimo y un rencor acumulado durante años y de los que carecía el joven becario.
El Decano intentó la política de los paños calientes.
—Le
doy mi palabra de honor, Rector, de que ni siquiera se habla de enviarle a la
Quinta. Esa idea no se le ha pasado a nadie por la imaginación. Es absurdo.
De
la silla de ruedas brotó un sonido que hubiera podido interpretarse como una
carcajada.
—¡Y
una mierda! —dijo Skullion—. ¡Y una mierda! ¿Dónde ha estado usted estas
últimas semanas? Y no me diga que visitando a un pariente enfermo en Gales,
porque no me lo trago. Lo que ha estado
haciendo es ir por ahí preguntando a los ex alumnos, a los más importantes,
quién creen que podría ser el nuevo Rector de Porterhouse. Y no me diga que no,
porque lo sé.
—¿Cómo
lo...? —El Decano se mordió la lengua, pero ya era demasiado tarde. Tenía los
pelillos de la nuca erizados. Aquel Skullion sabía una porción de cosas. El
Decano sospechó que lo que se avecinaba era peor aún.
—Cómo
me he enterado es cosa mía —continuó Skullion. No parecía borracho, ni mucho
menos. Estaba aterradoramente sereno—. Y lo que yo sepa o deje de saber es
también asunto mío. Y aún sé otra cosa: que usted no me va a mandar a la Quinta
ni ahora ni nunca. ¿Y sabe por qué?
Skullion
hizo una pausa. El Decano no lo sabía, ni quería saberlo. Pero Skullion no
pensaba callarse. Era el Rector de Porterhouse, y, por primera vez, el Decano
fue consciente de ello. Los papeles se habían cambiado.
—Pues
yo se lo diré. Porque le tengo cogido por donde más le duele —dijo Skullion—.
¿Y sabe lo que eso significa?
El
Decano tenía una ligera idea, pero no respondió.
—Por
las pelotas —dijo Skullion—. Le tengo cogido por las pelotas. ¿Y sabe cómo y
por qué?
—Skullion,
me parece que esto pasa ya de... —advirtió el Decano, pero la voz del antiguo
Portero Mayor se elevó aún más.
—Nada
de Skullion —dijo—. A partir de ahora, para usted soy el Rector.
El
Decano se quedó de piedra. A Skullion le había pasado algo, pero no sabía qué.
—Hágase
esta pregunta —dijo Skullion—. Hágase esta pregunta y responda: ¿Quién puso los
seis millones de machacantes para mandar a ese nuevo becario aquí, ese Oswald,
o como se llame? El titular de la beca Sir Godber Evans. ¿Quién, eh?
El
Decano aprovechó la oportunidad para intentar meter baza.
—De
eso precisamente venía a hablarle, Rector.
—Bueno,
pues ha llegado tarde —prosiguió Skullion—. Esa maldita Lady Mary fue la que lo
envió aquí. ¿Por qué? Pues yo se lo diré. Porque todavía quiere averiguar quién
mató a su marido, y el becario está aquí para husmear la verdad.
Se
calló. El Decano estaba atónito. Skullion parecía saberlo todo. Bueno, no era
que lo pareciera. Lo sabía. Hubo una pausa tensa.
—Y
yo se la puedo contar —dijo Skullion—. Y, como trate de mandarme a la Quinta,
vaya si lo haré. A mí no van a tratarme como a un trapo. ¿Y sabe por qué?
—¡No,
Skullion, no, por lo que más quiera! —suplicó el Decano.
Pero
Skullion tenía preparado el golpe de gracia.
—Pues
porque yo lo hice. Yo maté a aquel hijo de puta.
Y
antes de que el Decano tuviera tiempo de decir ni media palabra, el Rector se
alejó, implacable, en su silla de ruedas camino de la Residencia, dejando tras
de sí un montón de botellas vacías de cerveza que refulgían a la luz de la luna
sobre el césped del jardín.
Dentro
del Laberinto, Purefoy Osbert se había olvidado por completo del frío. Lo que
acababa de escuchar le había dejado tan atónito como al Decano, que parecía
clavado en el suelo, inmóvil. A través de las tupidas ramitas de tejo Purefoy
podía ver su perfil, recortado contra las luces de la Residencia. En toda una
larga vida de intrigas en el Colegio y puñaladas por la espalda, el Decano
jamás había sido vencido en su propio terreno de aquella forma tan
incontestable. Vencido no era la palabra correcta. Skullion le había aplastado,
pisoteado, destrozado. Más vale maña que fuerza, como dice el refrán, pensó el
Decano. Skullion, con un mero golpe, con una sola frase, le había obligado a
tragar quina como no lo había conseguido nadie antes. Y esto era obra de un
hombre que iba en silla de ruedas, de un hombre paralítico y que, encima, había
consumido gran número de botellas de cerveza y, para colmo, no era más que un
simple criado del Colegio. O, al menos, el Decano siempre le había considerado
así. Pero ahora veía más claro. Skullion tenía razón. Era, ciertamente, el
Rector de Porterhouse. El Decano, tras tomarse cinco minutos para reponerse de
la impresión, se alejó arrastrando los pies penosamente por la hierba. Al irse,
pisó sin querer un charquito que había justo donde había estado la silla del
Rector, pero no se dio cuenta. Tenía la cabeza en otra parte.
Para
Purefoy, el que el Decano se marchara por fin de allí fue un alivio, porque
estaba helado y se le habían dormido las piernas de no moverse en aquella
postura tanto rato. Cuando trató de ponerse en pie, tuvo que agarrarse al tejo
para no caerse. Y aquel no era el lugar más adecuado para sufrir un accidente
en plena noche. Estaba oscuro como boca de lobo y, aparte del cielo y de las
luces de Cambridge, que se reflejaban en las nubes, no se podía distinguir nada
más. Ya le había sido bastante difícil a Purefoy meterse en el Laberinto, pero
salir de allí le resultó imposible. Una y otra vez le pareció que había dado
con la salida, porque podía ver las luces de las ventanas a través de las
ramitas de tejo, pero luego se encontraba con que estaba en la misma esquina de
la que había partido una hora antes. Muy cerca, pero invisible, el reloj de la
Torre del Toro dio las doce. Purefoy intentó por enésima vez recordar la ruta
que había seguido para llegar hasta allí. Primero se había adentrado hasta el
centro mismo del Laberinto y luego había tirado para la izquierda, y luego para
la derecha y después de unos diez metros, a la izquierda otra vez. ¿O era a la
derecha? De hecho, daba igual. No sabía por dónde empezar ni hacia dónde tirar.
La cabeza ya no le respondía. Con los brazos extendidos hacia delante, como un
sonámbulo, caminó tropezando con los macizos de tejo y dándose de bruces contra
los callejones sin salida del Laberinto. El reloj dio la una, y después las
dos, y Purefoy tuvo que sentarse temblando un momento hasta que el aire gélido
de la noche y el miedo a coger una pulmonía le obligaron a levantarse y a
seguir intentándolo. Una hora más estuvo tanteando en la oscuridad hasta que,
pasadas las tres, finalmente se encontró de improviso en el centro del Laberinto.
O al menos eso era lo que creía. No había manera de saberlo a ciencia cierta.
Quizá era otro callejón sin salida de tejo. Había intentado ya muchas veces
atravesar el muro de tejo mismo, pero aquellos arbolitos eran muy viejos y
nudosos, y habían sido plantados en fila de a tres, así que tampoco era posible
escurrirse entre las ramas.
Incluso
probó a trepar, pero nunca había sido lo que se dice un atleta, y el frío le
había anquilosado los miembros. No le quedaba fuerza en los brazos ni para
agarrarse a las ramas. Y tampoco había ramas propiamente dichas a las que
agarrarse. No sólo estaba en un laberinto de tejo. Estaba en un laberinto de
pasiones encontradas. Había estado agazapado a tan sólo unos pocos metros de un
asesino, y había escuchado su confesión de sus propios labios, si es que las
palabras de Skullion constituían una confesión. A Purefoy no le había parecido
una confesión. Había sido algo más amenazador que eso. Aquel hombre no había
mostrado el menor remordimiento. «Yo lo hice», había dicho casi con orgullo y
ciertamente con una terrible amenaza. «Yo maté a aquel hijo de puta.» Para
Purefoy Osbert, que había dedicado su carrera en encontrar en el crimen (y en
especial en el asesinato) razones que permitieran traspasar la culpa del
criminal a la policía, a los jueces, a las prisiones y al propio sistema
judicial, aquellas palabras del anciano en la silla de ruedas constituían una
refutación apabullante de toda su filosofía moral. La intrínseca brutalidad y
la sangre fría de aquella declaración le habían dejado más helado que el aire
de la noche. Aún más, habían penetrado hasta el centro de su ser como un
cuchillo de hielo. Y, al contrario que el frío físico de la noche
cantabrigense, aquel frío moral nunca le abandonaría. Estaba atrapado en un
laberinto de evidencias y verdades del que no podía salir. Porque, si bien su
teoría acerca de la muerte de Sir Godber había sido casi enteramente correcta
desde el punto de vista del razonamiento abstracto, se había equivocado de
medio a medio acerca de la supuesta complicidad del Decano. Y eso no era todo.
Purefoy lo sabía ahora, igual que sabía que no podría salir del Laberinto hasta
que el alba trajese un poco de luz, igual que sabía que nunca podría demostrar
nada. El asesino de la silla de ruedas era el criminal más encallecido a que se
había enfrentado nunca. Era como un diamante puro. Nadie podría quebrar su
voluntad. Purefoy había percibido aquella dureza en la voz de Skullion, y no
había que ser un genio para comprender la entereza de espíritu del anciano del
sombrero hongo. Lo había comprendido sin necesidad de hacer uso de su raciocinio.
Era algo más telúrico y primitivo que eso. Era como si la muerte hubiera
hablado por su boca.
Hambriento,
tiritando, perdido, aterrorizado, Purefoy se quedó quieto en el Laberinto. Todo
lo que le habían contado sobre Porterhouse no era nada en comparación con la
verdad de aquel lugar espantoso. Cuando
empezó a asomar el sol y los macizos de tejos dejaron poco a poco de parecer
insalvables muros negros para irse coloreando sus hojitas verde oscuro con los
primeros rayos de la mañana, Purefoy luchó por dominar su pánico e hizo un
último intento por hallar la salida.
Oyó
el tañido de las campanas en el reloj de la Torre del Toro, y trató de
orientarse. La entrada estaba en aquella parte del Laberinto, así que procuró
seguir el sonido de las campanadas. Eran ya las cinco cuando por fin ganó el
césped del jardín y trastabillando, totalmente agotado, se dirigió a sus
habitaciones y cayó rendido en su cama. Ya no era capaz de pensar. El instinto
le decía que tenía que escapar de Porterhouse antes de que aquel lugar acabara
con él. Quizá del mismo modo como había acabado con Sir Godber Evans.
25
De
haber podido, Edgar Hartang habría ordenado que asesinaran a Kannabis sin más
contemplaciones. E incluso habría hecho liquidar a Schnabel, Feuchtwangler y
Bolsover, por dejar salir a Ross Skundler del edificio. Además, no le hacían
ninguna gracia sus consejos en aquel asunto. Pero dependía de ellos. Sabían
demasiado, y Schnabel lo dejaba entrever de vez en cuando.
—Parece
que tienen una declaración jurada firmada por Kannabis, la cual no nos deja
mucha capacidad de maniobra —le dijo Schnabel.
—¿Qué
es lo que ha cantado? Bueno, da igual, nadie le creerá.
—Ha
cantado de plano. Y yo diría que le va a creer todo el mundo.
—Es
su palabra contra la mía. Circunstancial —dijo Hartang.
Schnabel
se encogió de hombros.
—Tiene
la confirmación de Skundler. Por lo que nos han dejado entender los abogados de
Porterhouse, Kannabis sabía las fechas de varios envíos, y Skundler ha
confirmado que se realizaron los pagos.
Tras
sus gafas azules, los ojillos de Hartang se achicaron.
—¿Quién
le ha tomado declaración a Skundler? ¿Ustedes?
—No,
no hizo falta. Veía venir esto y se ha cubierto las espaldas. Movimiento de
cuentas, recibos y otros documentos, metidos en una caja de seguridad en un
banco, por lo que pueda pasar. Nosotros hemos visto sólo las fotocopias.
Hartang
se secó el sudor de la frente con un pañuelo.
—Esto
me pasa por intentar ayudar a la gente —dijo—. Cabrones, más que cabrones. Así
pues, ¿qué podemos hacer?
—Depende
—dijo Schnabel—. De momento, no han presentado cargos criminales, y podrían.
Ésa es una buena señal. Quiero decir que supongo que no querrá que le abran un
proceso en un tribunal inglés por tráfico de drogas, o que la DEA empiece a
investigar sus actividades en los Estados Unidos. Digo yo.
Decía
bien.
—Así
que tratarán de sacar lo que puedan —continuó Schnabel—. No les interesan para
nada sus negocios. Sólo quieren que se les pague las compensaciones por daños
que le piden.
—¿Cuánto?
—Cuarenta
millones.
—¿Cuarenta
millones? —bramó Hartang—. ¿Eso es «sólo» para usted? Y, por cierto, ¿de dónde
ha salido esa cantidad? Porque la última vez eran veinte.
—Eso
debe de ser culpa de Kannabis —dijo Schnabel—. Con el material que les ha
pasado, están en mejor posición. O quizá es que quiere su parte del pastel. No
lo sé. Me limito a repetirle lo que dicen los abogados del Colegio.
—¡Esto
es un chantaje como una casa! —gritó Hartang. Sabía que estaba atrapado. Y
encima, para acabar de arreglarlo, Dos Passos estaba en Londres y todavía no se
le había pasado el cabreo por lo de aquel envío de material que se perdió. Y,
para colmo, Schnabel le decía tan tranquilo que lo mejor sería llegar a un
acuerdo con Porterhouse y apoquinar antes que acabar en el banquillo de los
acusados de un tribunal inglés, o incluso deportado a los Estados Unidos para
ser juzgado de acuerdo con la RICO.
—Que
no tiene nada que ver con Puerto Rico, por cierto —dijo Schnabel—. He oído
rumores de que los del FBI están interesados. Y la fuente es de lo más fiable.
—¿Cómo
de fiable?
—Lord
Tankerell —dijo Schnabel—. Seguro que ha oído hablar de él. Fue fiscal general
del Estado hace unos cuantos años.
—¿Ése?
¿Y a eso le llama usted una fuente fiable, a un ex fiscal? Esos mamones no son
capaces ni de deletrear sus nombres, de puro tontos.
—Ya.
Pues los nombres de Karl K. y Ross Skundler no los van a tener que deletrear,
porque están escritos bien clarito en la firma de sus declaraciones juradas
—dijo Schnabel—. Si los leen aquí, le caen de doce a veinte años, y si lo hacen
en los Estados Unidos, la perpetua. Tienen una prisión para los juzgados por la
RICO en un sitio que se llama Marian. Alta seguridad. De allí sólo se sale con
los pies por delante.
Hubo
una larga pausa mientras Hartang digería esta información. Se estaba poniendo
malo sólo de pensarlo.
—¿Qué
es la RICO? —preguntó.
—La
nueva luz para la lucha contra la corrupción y la delincuencia organizada.
Cosas de los americanos, que son unos tiquismiquis. Ahora que si te la aplican,
ya no te sueltan.
Hartang
no respondió. Estaba pensando cómo lograr que no se la aplicaran.
—Y
una cosa le voy a recomendar: no se le ocurra siquiera poner pies en polvorosa.
—Sí,
para polvos estoy yo...
—No.
Quería decir abandonar el país. Lo saben todo sobre los otros polvos suyos. Los
polvos de talco que pasó desde Venezuela el 15 de junio de 1987. O el
cargamento de polvos picapica de aquel barco que hizo el trayecto del Ecuador a
Miami el 11 de noviembre de 1989. Por no hablar de otros polvos aún más
picantes. Lo tienen todo. Ross Skundler se veía venir esto y se ha cubierto
bien. Un seguro de vida en forma de vídeo, filmado en el cuarto de baño de
cierto propietario de una cadena de televisión por cable. Un tipo calvo, sin
gafas, incircunciso, con un lunar en el hombro derecho, cicatriz de
apendicitis, se hace una pera mirando fotos de críos en pelotas. ¿Conoce usted
a alguien parecido, señor Hartang? Porque si lo conoce, dígale que pague los cuarenta millones antes de que se pongan
peor las cosas. Y ya puede dar las gracias si sale de ésta por tan poco.
—¿Cuarenta
millones le parecen poco? ¡Dios mío...! —Se quedó callado un segundo, mirando
rencorosamente al abogado—. Schnabel, ¿para quién trabaja usted, para mí o para
ellos?
Schnabel
suspiró. Siempre pasaba lo mismo con los mañosos. Había que explicarles las
consecuencias de sus actos como a niños pequeños cuando estaban metidos hasta
el cuello de mierda.
—Señor
Hartang —dijo pacientemente—, trabajo para mí, y me preocupo sobre todo de mis
intereses. Usted me ha contratado para que le informe de las alternativas
objetivamente. Pero la decisión es suya y sólo suya. Si lo que usted quiere es
que le pase un parte meteorológico que diga que siempre va a hacer sol durante
el día y que sólo lloverá por la noche, pues muy bien, allá usted. Perderé a un
cliente valioso, y ya no podré pasarle la factura la próxima vez que se meta en
líos, porque no habrá próxima vez. Estará usted acabado. Así son las cosas. Yo
le proporciono la información de que dispongo. Y usted decide. Así de sencillo.
Yo no puedo decidir por usted.
—Pues
eso parece, precisamente, lo que acaba de hacer. ¡Cuarenta millones! —dijo
Hartang con mal disimulado resentimiento—. ¿Le parece que dejarse robar
cuarenta millones así, por las buenas, es una decisión racional?
—Pues,
de hecho, no. Yo lo llamaría más bien una necesidad. Una cuestión de vida o
muerte, si prefiere.
—¡Mierda!
—dijo Hartang, con su habitual economía de lenguaje.
—Y
una cosa más, señor Hartang —dijo Schnabel—. ¿Ha estado alguna vez en Damasco,
Siria? ¿O en Jartum, Sudán?
Hartang
asintió con un gruñido.
—¿Ha
tenido tratos, por casualidad, con un tipo que se llama Carlos?
—Pues
claro que he tenido tratos con cientos de tipos que se llaman Carlos. He hecho
negocios en Latinoamérica. Uno conoce a montones de Carlos allí.
—Sólo
preguntaba, señor Hartang. ¿Y Abu Nidal significa algo para usted? ¿No fue su
banco el que financió una o dos de sus operaciones para ganarse amigos en el
mundo árabe? Quizá tenga amigos hasta en lugares de lo más insólito, pero no
creo que le vayan a echar una mano ahora.
—¿Qué
es lo que insinúa, Schnabel? Hable claro.
—Pues
las cosas están así —dijo Schnabel—: paga los cuarenta millones, más costes, y
con eso compra, de paso, inmunidad en Londres. Dinero contante y sonante para
el país. Nadie hace preguntas. El Banco de Inglaterra está contento de que
usted invierta tanto dinero en Gran Bretaña. El Ministerio de Economía está
contento porque usted paga sus impuestos y todo el mundo está contento porque
es usted una persona respetable que ha donado dinero a un Colegio de Cambridge.
Incluso Bolsover está contento, y eso sí que es difícil, con la de cosas que ha
llamado usted a su madre. Así que nos paga nuestra minuta, y todos tan
contentos. ¿Estamos? —Hizo una pausa—. Pero si pone los pies en polvorosa,
nadie va a estar contento. El gobierno británico, el fiscal general de los
Estados Unidos, la DEA, nadie va a estar nada contento. Y eso usted lo sabe,
¿verdad? Ha hecho muchos enemigos, y con amigos como Carlos y Abu Nidal, podría
acabar en lugares mucho peores que Marian, Illinois. Circula un rumor según el
cual los israelíes sospechan que después que usted trató de ganarse la amistad
de algunos tipos muy malos estalló una bomba en Tel Aviv. Con el vídeo que
tiene Ross Skundler, ya puede hacerse toda la cirugía plástica que quiera,
incluido un cambio de sexo, que los del Mossad le encontrarán aunque se meta
debajo de las piedras, señor Hartang.
Para
cuando el abogado acabó con su exposición, Hartang sudaba a chorros. Se tomó
otra pastilla y Schnabel remachó el clavo.
—Es
sólo un rumor, claro, y quizá se trate todo de una falsa alarma, pero eso es lo
que hay. Yo diría que está usted hasta el cuello de mierda, más de lo que se
imagina. Y si no me cree, eche un vistazo por la ventana a esos dos coches de
ahí. Y créame que no son fans de la Transworld.
Schnabel
salió del edificio muy satisfecho.
—Va
a pagar —les dijo a Feuchtwangler y a Bolsover cuando volvió al bufete—. ¡Y
cómo! El poner a esos dos gorilas en el coche ha dado resultado, Bolsover,
tengo que reconocerlo. Cárgueselo a la cuenta de gastos de ese hijo de puta.
—¿Y
lo del vídeo de Skundler? —preguntó Feuchtwangler—. Es la primera noticia que
tengo.
Pero
Schnabel se limitó a sonreír enigmáticamente. Se había quedado pensativo.
—Vamos
a tomarnos un café a cualquier sitio —dijo—. Me parece que deberíamos
reconsiderar nuestra posición en este asunto.
Feuchtwangler
y Bolsover asintieron con la cabeza. Habían pensado exactamente lo mismo.
Salieron a la calle y tomaron un taxi.
—Lo
que debemos tener bien presente es que trabajamos para un hombre que ha perdido
completamente el sentido de la realidad —dijo Schnabel.
—Los
genios tienden a eso —dijo Feuchtwangler—. Y, financieramente, ese hombre es un
genio. Tiene más dinero que sentido común, y ha perdido el poco olfato que le
quedaba. Ya no tiene nada que hacer. Es historia.
—Eso
es precisamente lo que iba a decirles. Y la investigación sobre sus negocios no
se va a detener en él. Nos va a salpicar a nosotros. Sí, de acuerdo, nosotros
somos meramente sus representantes legales, pero la mierda en la que está
metido nos va a pringar a nosotros también. Me parece que vamos a tener que
empezar a negociar por nuestra cuenta con ciertas autoridades.
—Nos
matará si se entera —dijo Bolsover.
Schnabel
negó con la cabeza.
—No
se enterará. Está demasiado asustado para poder pensar con claridad.
—O
sea, en pocas palabras, que vamos a cambiar información por inmunidad. Eso es
lo que usted propone, si no le he interpretado mal —dijo Feuchtwangler.
—Nos
vamos a cubrir las espaldas también nosotros. Y por lo que he hablado con Lord
Tankerell, y hemos hablado largo y tendido, la situación todavía se puede
controlar. Que es exactamente lo que le acabo de decir a Hartang.
—¡Viejo
zorro, usted ya ha empezado a hacer negociaciones!
Pero
Schnabel se limitó de nuevo a sonreír enigmáticamente.
El
que no se sonrió precisamente fue el Praelector cuando el señor Retter y el
señor Wyve le llevaron las últimas noticias.
—¿Cuarenta
millones de libras? ¿Están ustedes seguros? ¡Qué cosa más extraordinaria! En
Transworld Televisión deben de estar forrados.
—Pues
no podría haber escogido palabra mejor —dijo el señor Wyve—. Edgar Hartang es,
sin duda, un hombre asquerosamente rico.
—¡Y
pensar que todo ese capital sale de programas de televisión sobre ballenas y
delfines! —dijo el Praelector—. El otro día vi un programa de lo más fascinante
sobre los osos polares de Alaska. Cazan los salmones en los ríos, con las
zarpas, ¿sabe? ¡Quién habría dicho que un oso podría tener la mano y la vista
tan ágiles! O mejor dicho, la zarpa. Realmente notable. Pero, bien pensado,
muchísimas maravillas de la naturaleza dependen de habilidades igualmente
insólitas en los lugares más inesperados. Recuerdo que cuando leí a Darwin,
hace muchos años, aunque lo encontré un poco duro de roer, creí entender lo que
decía acerca de la supervivencia de las especies.
—Ese
anciano caballero —dijo el señor Retter mientras los dos abogados salían del
Colegio más contentos que unas Pascuas cruzando el Jardín de los Claustrales—
sí que tiene mérito. Y uso la voz anciano con todo respeto. No sé si se dio
usted cuenta de cómo pretendió haber olvidado todo lo que aquel demente de
Kannabis dijo en las cintas. Y eso que se ha leído las dos declaraciones
juradas de cabo a rabo varias veces. Sin embargo, ha procurado omitir los
detalles escabrosos. Para mí ha sido un privilegio trabajar con él.
El
señor Wyve coincidía de todo corazón. Le había impresionado mucho aquella
historia sobre los osos que cazan salmones en los rápidos. Aquella comparación
implícita había sido de lo más acertada.
—Pero
no creo que el Praelector y sus colegas puedan englobarse en la categoría de
las especies que necesitan protección. Se protegen la mar de bien ellos solitos
—dijo—. Y, como ha dicho usted, es todo un placer ver de cerca cómo funciona
una mente despierta educada a la antigua.
—Hasta
hace unos días tan sólo, habría cuestionado el uso del término «mente despierta» aplicado a
Porterhouse. Pero ahora he de darle toda la razón —asintió el señor Retter.
El
Praelector estaba preocupado. Era un alivio saber que, al menos, el Colegio
había sido salvado de la bancarrota, pero todavía quedaban otros problemas por
resolver. El Tesorero seguía en el manicomio de Fulbourn, y al Praelector le
daba un poco de lástima su situación. Después de todo, había sido el
responsable, aunque involuntario, de aquella lluvia de millones, y, si bien al
Praelector no le caía nada simpático, no podía menos que admitir que se había
esforzado todo lo posible por sacar a Porterhouse de los números rojos.
Aquella
misma tarde, el Praelector pidió un taxi y se fue a ver al Tesorero al
manicomio.
—Se
ha recuperado un poco de los efectos de las drogas, o lo que fuera, que se
tomó, pero, de todas formas, aún tengo mis dudas. No sé si darle de alta ya —le
dijo el psiquiatra que se encargaba de la cura de desintoxicación—. Todavía
sufre agudos ataques de ansiedad y de depresión. Parece estar obsesionado con
toda clase de animales raros.
—Déjeme
adivinar —dijo el Praelector—: cerdos, tortugas, pulpitos, tiburones y,
posiblemente, pirañas. ¿Me equivoco?
El
médico se le quedó mirando, estupefacto.
—¿Cómo
demonios lo sabe? —preguntó.
Pero
el Praelector prefirió, por discreción, no decírselo.
—Supongo
que, en su calidad de Tesorero, el pobre se ha visto sometido a las más
terribles presiones. Las finanzas de Porterhouse, como usted quizá sepa, no son
muy boyantes, y el pobre muchacho se debe de haber sentido responsable de la
situación. Pero todo esto forma parte del pasado ahora, y gracias a sus
ímprobos esfuerzos, nos encontramos solventes de nuevo.
—Pero
¿por qué esa obsesión por los cerdos, las tortugas y los...?
—Muy
sencillo —dijo el Praelector—. Nuestro banquete anual en honor del fundador del
Colegio suele ser sumamente opíparo, y a veces incluso algo exótico desde el
punto de vista culinario. No sé si es usted consciente del coste de la tortuga
para sopa en nuestros días. Y la aleta
de tiburón tampoco es barata, créame. Y, claro, siempre cae algún jabalí asado.
El pobre Tesorero queda destrozado después de esas cenas.
—No
me extraña —dijo el médico—. ¡Con ese menú! ¿Y es cierto que también comen
pirañas?
—Al
final de las comidas. Servidas sobre una rebanada de pan tostado y con una raja
de limón son extraordinariamente digestivas. Si quiere hacernos el honor de
acompañarnos un día de éstos...
Pero
el médico se excusó y se alejó a toda prisa. El Praelector entró en la
habitación del Tesorero y se lo encontró rellenando unos formularios de
emigración a Nueva Zelanda.
—No
estará pensando seriamente en dejarnos, ¿verdad? —le preguntó—. Justo ahora que
ha conseguido su mayor triunfo. Y, además, según me han dicho, es un país
extremadamente aburrido.
—Por
eso quiero irme allí —dijo el Tesorero—. Y me iría a un sitio aún más aburrido
si pudiera.
—Pero,
mi querido Tesorero, nuestro Colegio es infinitamente más aburrido que Nueva
Zelanda. Y, además, es precisamente ahora que tenemos los cuarenta millones de
la Transworld casi en el bolsillo cuando más necesitamos de su presencia en la
oficina.
—No
me necesitan para nada —dijo el Tesorero amargamente. Los antidepresivos que le
habían dado no le dejaban pensar con claridad—. Yo... ¿Ha dicho cuarenta
millones de libras?
El
Praelector asintió.
—Eso
he dicho. El señor Hartang ha doblado generosamente la cifra que le pedimos
como compensación, a condición de que no se le dé publicidad al asunto. Debe de
tener sus razones para ello, pero su gesto demuestra una extraordinaria bondad
de corazón.
—No
me lo creo —dijo el Tesorero—. Ese gusano no tiene corazón. Lo que tiene es una
caja fuerte en el pecho. De acero forjado. Y aunque eso fuera verdad, ¿qué me
dice del bestia de Kannabis? Mientras siga en la Residencia del Rector, no
pienso aparecer por Porterhouse.
El
Praelector le sonrió benévolamente y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tiene
usted mi palabra de honor de que el señor Kannabis ya no está entre nosotros
—dijo—. En estos momentos se encuentra...
—Haciendo
de cebo para los tiburones en el Triángulo de las Bermudas. No me lo diga
—graznó el Tesorero.
—Lo
que iba a decirle es que en estos momentos se dedica a una profesión
completamente distinta, en la que puede sacarle el máximo partido a su talento
y realizarse personalmente como ser humano.
—O
sea, que sigue pegando tiros por ahí y sacándole las tripas a la gente —dijo el
Tesorero.
Pero
el Praelector no se dio por vencido.
—Está
trabajando en un negocio completamente ajeno a su experiencia anterior —dijo—.
No volverá a verlo ni a saber de él, descuide. Y no, no está muerto. Está
vivito y coleando y, según tengo entendido, feliz y contento. Y ahora, si no le
importa, tengo un taxi esperando a la puerta...
Aquello
acabó de convencer del todo al Tesorero. Algo inaudito debía de haber ocurrido
con las finanzas del Colegio para que el Praelector se permitiera el lujo de
dejar el taxi esperando a la puerta todo aquel rato con el taxímetro en marcha.
—¡Qué
bueno es usted! —dijo, lloriqueando, mientras salían del edificio—. No sé qué
habría hecho de no ser por usted.
—Estoy
seguro de que se las habría arreglado de maravilla de todas formas —dijo el
Praelector—. Pero la verdad es que no creo que hubiera encontrado la vida en
Nueva Zelanda de su agrado, con tanto cordero suelto.
El
Tesorero asintió en silencio. Con lo que él aborrecía ahora el cordero...
26
Para
el Decano, los días siguientes fueron un infierno. Se encerró en sus
habitaciones, intentando digerir la confesión de Skullion y su velada amenaza.
Aquella confesión había puesto en peligro su equilibrio interior. Todo su
sistema de valores se estaba tambaleando. Se había tenido que enfrentar a un
mundo repugnante y brutal en el que las virtudes tradicionales que tanto
respetaba habían sido pisoteadas. Deber, respeto, honor y justicia. Tachadas. O
en conflicto unas con otras. «Mi deber es llamar a la policía», se dijo. Pero
una vocecita dentro de su cabeza le respondió que no fuera bobo: «Al fin y al
cabo, el hecho de que Skullion te haya dicho que fue él quien mató a Sir Godber
no demuestra que realmente lo hiciera. Y podría negarlo, y entonces ¿qué?» El
Decano no podía encontrar respuesta satisfactoria a esta pregunta. Y, además,
había que tener en cuenta el honor del Colegio. Incluso una acusación sin
fundamento como aquella podría llegar a levantar un escándalo, y Porterhouse ya
había tenido bastantes durante los últimos años para tener que soportar otro
más. Una nueva crisis sólo serviría para darles al doctor Buscott y a los demás
jóvenes Claustrales la excusa que buscaban para acabar con el Decano, el Tutor
Mayor y la vieja guardia, y, de paso, con el carácter tradicional del Colegio.
El Primer Ministro nombraría un nuevo Rector, y Porterhouse acabaría siendo un
colegio tan insustancial como Selwyn o Fitzwilliam. El Decano dejó a un lado su
sentido del deber, y con él su fe en la justicia.
Pero
había también otras consecuencias. Durante toda su vida el Decano había tenido
a Skullion por un simple criado, un inferior en la escala social cuya
deferencia era prueba fehaciente de que el viejo orden no había cambiado, al
menos, en lo esencial. Skullion había destruido aquella reconfortante ilusión.
«Nada de Skullion», le había dicho: «A partir de ahora, para usted soy el
Rector.» Con aquella orden, y no se le podía llamar de otra forma, el mundo del
Decano se había vuelto del revés. Después de su reciente encuentro con el
borracho de Jeremy Pimpole y su mugrienta casita de guardabosques, la repentina
manifestación de autoridad por parte de Skullion era la gota que desbordaba el
vaso de los sueños de estabilidad social del Decano. Aún había, sin duda,
pequeños islotes del viejo orden donde subsistían el respeto y la decencia,
pero la marea del vulgar igualitarismo estaba subiendo peligrosamente,
amenazando con ahogarlos a todos. El Decano había visto su bárbara acción en la cafetería de aquella gasolinera, y se
había quedado horrorizado. Que se extendiera a Porterhouse era más de lo que
podía soportar. Y lo que más le desilusionaba era que se había equivocado
acerca de la muerte de Sir Godber, y que Lady Mary tenía razón. Su marido había
sido asesinado. Y, para acabarlo de arreglar, el Decano interpretó mal las
últimas palabras del moribundo y creyó que nombraba sucesor para el cargo de
Rector cuando en realidad estaba diciendo el nombre de su asesino. Había una
horrible ironía en aquel error, pero el Decano no estaba de humor para
apreciarla. Por el contrario, se encerró en sus habitaciones, donde se
entregaba a lúgubres meditaciones. Comía en silencio en el Refectorio y luego
se iba al parque a dar largos paseos, durante los cuales se preguntaba tristemente
qué cabía hacer.
Durante
uno de esos paseos, se encontró con el Praelector. También él parecía
preocupado.
—¡Ah,
Decano! Qué, ¿dando una vueltecita? —dijo el anciano.
El
Decano procuró sonreír.
—Me
conviene dar buenas caminatas —dijo—. El ejercicio me alivia un poco el reuma.
—Sí
que es verdad —asintió el Praelector—.
Aunque, en mi caso, he venido a aclararme las ideas sobre el estado del
Colegio, que no es nada bueno.
—¿A
qué se refiere? —preguntó cautelosamente el Decano.
—Pues
no lo sé con exactitud. Durante la ausencia del Tesorero he tenido oportunidad
de examinar las cuentas, y he de reconocer que son tan desastrosas como el
pobre hombre ha dicho siempre. Incluso para un profano en la materia como yo,
la situación parece desesperada. Mucho me temo que estamos abocados a la
bancarrota.
—¿La
bancarrota? Pero el Colegio no puede ir a la bancarrota. Esas cosas no pueden
ocurrimos a nosotros. No regentamos ningún negocio o sociedad anónima.
Porterhouse es una institución, una de las más antiguas de Cambridge. No
permitirán que vayamos a la bancarrota.
—¿Y
puedo preguntarle a quién se refiere, quiénes no nos dejarán ir a la
bancarrota?
Habían
llegado a una verja, y el Praelector le cedió el paso al Decano, que pasó por
delante y se detuvo. Nunca había tenido que enfrentarse a una pregunta tan
directa sobre la verdadera naturaleza de la sociedad. En su mente, una mente
tan repleta de prejuicios de respeto y jerarquía como la de Skullion, aquellos
misteriosos poderes eran anónimos y todopoderosos, el verdadero corazón de
Inglaterra, una difusa amalgama de (por usar un tópico manido) la élite de los
grandes nombres de la City y del Gobierno, que se reunía en clubes como el
Athenaeum y el Carlton, y en la Cámara de los Lores, ligados en alianza
inquebrantable con la Corona. El que le preguntaran a quiénes se refería
cuestionaba la existencia misma de la autoridad y convertía verdades intocables
y leyes no escritas en etéreas entelequias.
—No
puedo responderle a eso —dijo, y se quedó mirando los sauces pelados que se
encorvaban a lo lejos, junto a la ribera del río.
El
Praelector se hizo a un lado para dejar pasar a un estudiante que hacía
jogging.
—Los
poderes fácticos ya no están de nuestro lado —dijo—. Han sido suplantados por
hombres de mentalidad mercenaria sin ningún interés por el bien social. Mi
generación ha sido testigo de este proceso de decadencia. Una época triste y
desalmada que nos deja a merced del mercado. Hemos ganado dos guerras, pero
nuestra victoria nos ha costado millones de vidas y la pérdida de nuestra
independencia. Esparta y Atenas cayeron de la misma manera, y con ellas la
grandeza de Grecia. Ahora a nosotros, como a ellos, no nos queda más remedio
que vendernos al mejor postor.
—No
le sigo —dijo el Decano—. ¿Cómo podemos vendernos? Yo no tengo nada que ofrecer
a un posible comprador. Soy ya viejo, y lo único que tengo en este mundo es
este Colegio.
—Hablaba
en términos más generales. Personalmente, diría que estamos todos bien
cubiertos, gracias a las pensiones y a nuestros medios privados. Estoy pensando
en el Colegio. Es «nosotros» colectivamente.
—Pero
eso está fuera de toda discusión —dijo el Decano—. El Colegio no se puede poner
en venta, como si fuera un bloque de pisos.
El
Praelector pinchó con la punta de su bastón el montículo de una topera.
—No
estoy muy seguro de eso. En el actual clima de opinión, no creo que nadie se
atreva ya a definir lo que es vendible y lo que no. ¿Quién hubiera pensado hace
unos cuantos años que el derecho de explotación del agua del país podría
venderse a compañías privadas, algunas de ellas extranjeras, para más inri, y
que las familias inglesas tendrían que pagar por una necesidad básica como ésa,
y llenar las arcas de los inversores privados? Y el agua es un monopolio,
además: no podemos decidir entre varios grifos de aguas distintas. Sólo hay un
agua, el agua inglesa, la que nos venden. Y si lo hacen con el agua, ¿por qué
no con el aire que respiramos, por ejemplo?
—Pero
eso es absurdo —dijo el Decano—. El aire está ahí para todos. Y no hace falta
llevarlo por cañerías o almacenarlo en bidones o filtrarlo, como pasa con el
agua.
—¿Está
seguro? Yo no —dijo el Praelector—. Todos los días leemos en los periódicos
acerca de la contaminación ambiental: los humos de los tubos de escape de los
coches y las chimeneas de las fábricas, e incluso los calentadores de las
casas. Podría fácilmente argüirse el caso de la necesidad de filtrar el aire
para hacerlo apto para consumo humano. Esos individuos que piensan sólo en
cifras podrían llevar esta idea adelante. «Aire puro», dirían. Y lo que se
vende cuesta dinero, y hay que pagar por ello. Y cuando hay que pagar, hay
también provecho que sacar. Uno ha de tener un incentivo material para poner en
marcha las fuerzas del mercado. Ése es el principio que nuestros «poderes
fácticos» aplican. Y no reconocen ningún otro.
—Es
un principio perverso —dijo el Decano acaloradamente—. No concibo cómo podría
aplicarse de modo universal. Algunas cosas no se pueden cuantificar en términos
de dinero.
—Nómbreme
una —dijo el Praelector.
El
Decano se quedó parado un momento, intentando pensar en algo que no tuviera
precio.
—La
vida humana —dijo—. Le reto a que me calcule la vida de un hombre en cifras. No
se puede.
—Sí
que se puede, y, de hecho, se hace continuamente —replicó el Praelector,
apuntando con su bastón hacia una distante torre de cemento—. Ahí tiene el
Hospital de Addenbrooke, acabado de construir. Vaya y pregunte a los médicos de
la planta de geriatría, o a los de
cuidados intensivos, qué es lo que decide cuándo hay que desenchufar a un
paciente que ha entrado en coma irreversible, o qué es lo que define cuándo se
puede o no operar a un enfermo que necesita una intervención cara y complicada.
O, mejor aún, pregúnteles por qué se da preferencia a pacientes extranjeros que
pueden pagar enormes sumas de dinero por un trasplante de hígado, y se les pone
en la lista delante de los enfermos ingleses que han pagado sus impuestos toda
la vida para mantener la Seguridad Social. Vaya y pregunte, y ya verá lo que le
dicen. Le dirán que el Gobierno desvía esa parte de nuestros impuestos para
otros fines, como construir autopistas o pagar los sueldos de los funcionarios
del Estado. Todo se lo traga la maquinaria del Estado, y sólo una pequeña
porción se destina a financiar el tratamiento médico. Y por eso los cirujanos
estrujan a los pacientes extranjeros poder obtener fondos con que podernos
operar a nosotros.
Caminaron
en silencio un rato, y los pensamientos del Decano se nublaron aún más. La
arenga del anciano Praelector le había acabado de convencer de que había que
hacer algo acerca de Skullion. Si el Praelector podía enfrentarse a la desolada
realidad de la vida sin hacerse ilusiones, el Decano sintió que también él
debía aceptar el desafío y confesar lo que le atormentaba. Y si las cuentas del
Colegio se encontraban en tan serio estado, y ahora ya no lo dudaba, la
cuestión del nuevo Rector se hacía aún más acuciante.
—¿Le
importaría acompañarme hasta el río? —dijo, cuando llegaron a la linde del
parque—. Allí podremos hablar más en privado, y lo que tengo que decirle es de
naturaleza absolutamente confidencial.
Salieron
del caminito y se dirigieron colina abajo hacia la ribera del Cam. Y allí,
junto a la desleída corriente de agua, el Decano le contó la confesión de
Skullion y su amenaza de hacerla pública. El Praelector se quedó mirando largo
rato las ramitas que flotaban en el agua antes de responder.
—Todo
encaja —dijo por fin—. Todo encaja con los hechos. No puedo decir que me
sorprenda del todo. Hay siempre cierta cantidad de violencia latente en todos
nosotros, y Godber Evans había despedido a Skullion, que tenía más violencia
reprimida que la mayoría. Y todavía la
tiene, por lo que me cuenta. Me dice que le ha amenazado, ¿no?
El
Decano asintió.
—Skullion
estaba borracho. Me dijo que nos tenía cogidos por las pelotas, eso fue lo que
dijo, exactamente, y cuando le pregunté qué quería decir, me respondió que
sabía que Lady Mary había enviado al doctor Osbert para que descubriera quién
había asesinado a su marido. ¡Dios sabe cómo se enteró, el condenado!
—Pues
porque conserva su autoridad —dijo el Praelector—. Se sigue considerando el
Portero Mayor. Y los demás sirvientes lo saben. Y le cuentan todo lo que oyen.
El Cocinero, los camareros, las fámulas que limpian nuestras habitaciones, los
mozos... No se les escapa mucho, créame. Y lo que no le cuentan a Skullion, lo
deduce él por su cuenta. ¿Qué dijo exactamente sobre el doctor Osbert? ¿Lo
recuerda?
El
Decano rememoró aquella noche fatídica.
—Me
preguntó quién había aportado los seis millones para mandarnos al nuevo becario
de la Sir Godber Evans, o algo parecido. Eso es lo que dijo. Y cuando le
respondí que no lo sabía, me dijo que la maldita Lady Mary lo había hecho
porque quería saber quién había asesinado a su marido, y ese becario estaba
aquí para husmear la verdad. Sí, eso es lo que dijo. Ésas fueron sus palabras:
«para husmear la verdad».
—¿Y
entonces?
—Entonces
me dijo que se lo contaría —prosiguió el Decano—. Me dijo: «A mí no van a
tratarme como a un trapo. Y, como trate de mandarme a la Quinta, lo contaré
todo, porque yo lo hice. Yo maté a aquel hijo de puta.»
El
Praelector dejó escapar un profundo suspiro.
—Los
trapos sucios —dijo—. Skullion tiene buena memoria. Una vez hice un chiste
sobre eso.
—Y
se acordaba perfectamente —dijo el Decano.
—Eso
fue cuando Vertel tuvo que marcharse antes de que llegara la policía —dijo el
Praelector, y le pegó un seco bastonazo a un montón de tierra—. Así que el
Rector cree tenernos cogidos por las pelotas, ¿eh? Pues diría que se equivoca.
Dio
media vuelta y se dirigió hacia el caminito asfaltado. El Decano le siguió. Le
había aliviado mucho compartir aquel peso con el Praelector. En aquel anciano
había una presencia de ánimo que él ya había perdido, una mente clara y una
voluntad firme. Y esta vez fue el Praelector el que pasó primero por la puerta.
No
hablaron durante el camino de vuelta, pero cuando llegaron a la altura del
viejo molino el Praelector se detuvo y dijo:
—No
se lo ha contado usted a nadie, ¿verdad? Ni siquiera al Tutor Mayor, ¿no?
—A
nadie, Praelector, a nadie.
—Bueno.
Vamos a volver al Colegio cada uno por su lado. Es menester que no nos vean
juntos. Ya hablaremos después. Esto no puede quedar así.
Y
con lo que al Decano le pareció una sorprendente agilidad, el Praelector se
alejó a grandes pasos colina abajo en dirección a Silver Street.
El
Decano se quedó junto al molino un rato más, contemplando el agua que giraba en
los cangilones y pasaba como una cinta por debajo del puente, y recordando con
nostalgia a aquel estudiante sudafricano que se había tirado al río desde aquel
mismo puente en pleno invierno por una apuesta de cinco libras. Ocurrió en
1950, y aquel joven se llamaba Pendray. Estudiaba en Santa Catalina, le parecía
recordar al Decano. Se preguntó qué habría sido de él. Cuando levantó la vista
alcanzó a divisar al Praelector que desaparecía por la puerta de los urinarios
públicos, allá a lo lejos, lo cual explicaba aquellas prisas tan repentinas.
Con una nueva punzada de abatimiento, el Decano se alejó en dirección
contraria, hacia Little St Mary's Passage. Se tomaría una buena taza de té en
La Jarra de Cobre antes de volver a Porterhouse. Sentado en la taberna frente a
su taza de té, comprendió con tristeza por qué en otros tiempos se llamaba al
Praelector el «Padre del Colegio». Aquel paseo por el parque no se le olvidaría
nunca.
En
la Universidad de Kloone, Purefoy Osbert terminó de leer el último de los
trabajos de sus antiguos alumnos que le tocaba corregir aquel mes. Había ido en
coche desde Cambridge con la agradable sensación de que ahora tenía algo que
decirle a Madame Ma'Ndangas que la convencería definitivamente de que era un
hombre de verdad. Había tardado unos días en reponerse del resfriado y del
susto tras aquella noche en el Laberinto, pero durante ese tiempo su concepto
de sí mismo había cambiado. Le habían enviado a Porterhouse para que
descubriera quién había asesinado a Sir Godber Evans, y en el curso de apenas
unas pocas semanas había triunfado allí donde abogados y detectives
profesionales fracasaron tras años de ímprobos esfuerzos. Había tomado nota del
día y la hora, de la presencia del Decano, de las circunstancias más nimias de
aquella noche, e incluso había llegado al extremo de alquilar una caja de
seguridad en Benet Street donde depositar los documentos. Pero, por otra parte,
había resistido el impulso inicial de irse a Londres a contárselo todo a
Goodenough y su prima Vera, no fuera que pensasen que sus descubrimientos eran
todavía circunstanciales, o, algo peor, que se precipitasen en tomar medidas
inmediatas al respecto. Era necesario pensar mucho las cosas antes de hacer
nada, y, además, sus propias hipótesis sobre las causas del crimen y la
responsabilidad de la policía y los jueces habían quedado en entredicho. Peor
aún: por primera vez en su vida, Purefoy se había encontrado con un asesino
cara a cara (o casi), y había oído la violencia en su voz. No había habido un
argumento razonado, ni una excusa plausible para su comportamiento. Ni siquiera
una explicación. Sólo la amenaza de contarle al doctor Osbert, precisamente a
él, que había asesinado a Sir Godber si el Decano y los Claustrales intentaban
mandarle a la Quinta. Purefoy no conocía la existencia de la Quinta de
Porterhouse. Ahora sabía que era el lugar adonde iban a parar los Claustrales
que se convertían en un engorro o tenían problemas con la policía. Hasta allí
había llegado. Pero el misterio del móvil de Skullion para cometer aquel crimen
seguía sin resolverse. Había aún mucho que investigar antes de poder someter un
informe concluyente y convincente a la consideración de Lady Mary y de Goodenough
y Lapline.
Cuanto
más pensaba en aquel problema, más obstáculos encontraba. Por bocazas, ahora el
Decano y los Claustrales sabían qué había detrás de la beca Sir Godber Evans, y
estarían con la guardia alta. Purefoy se maldijo por haber bebido tanto.
Aquello significaba que cualquier pregunta que hiciera sería respondida con el
silencio, o con una pista falsa. En pocas palabras, sabía lo que había ido a
descubrir, pero ese conocimiento no le servía de nada. Y había un motivo más
para su indecisión, un motivo que pesaba sobre él todo el tiempo. Skullion era
viejo y estaba paralítico: sentado en su silla de ruedas y con su sombrero
hongo era una figura trágica. Descubrirle no beneficiaría a nadie a aquellas
alturas. Sólo el deseo de venganza de Lady Mary se vería satisfecho. Y Purefoy
no sentía ninguna simpatía por ella. El asesino no volvería a matar; e incluso
si se pudiera probar su culpabilidad, ¿qué bien le haría la cárcel? Ninguno.
Tampoco es que, en opinión de Purefoy, las cárceles hicieran bien a nadie. Eran
el síntoma más claro del fracaso de nuestro sistema social, e infectaban aún
más las heridas que se suponía que debían curar. Skullion ya había sido
castigado bastante con su enfermedad, prisionero en su silla de ruedas. Con
tantos pensamientos contradictorios chocando en su mente, Purefoy trató de
evadirse concentrándose en su amor por Madame Ma'Ndangas. Se lo explicaría todo
y, siendo una mujer que había vivido tan intensamente, ella sabría cómo había
que actuar en aquel caso.
Una
vez terminada la lectura y calificación de los trabajos, y después de concertar
cita con sus catorce alumnos en la cantina al día siguiente para discutir
cualquier dificultad que tuvieran con la bibliografía durante un almuerzo
distendido, salió de la Facultad más animado a ver a Madame Ma'Ndangas. Por el
camino le compró un ramo de rosas rojas. El apartamento de Madame Ma'Ndangas
estaba situado en la primera planta de un gran edificio eduardiano. Purefoy
subió por las escaleras, e iba a llamar a la puerta cuando ésta se abrió de
repente y apareció frente a él una mujer que no era Madame Ma'Ndangas, pero se
le parecía mucho, y no se mostró sorprendida de verle plantado en el umbral.
Era morena, llevaba gafas e iba vestida con un jersey de cuello cisne y una
falda que le daban un aspecto serio y formal.
—¡Ay,
Señor, así que es usted! —dijo la mujer—. Ya me lo había imaginado. No se da
por vencido, ¿eh?
Purefoy
balbució una excusa, con la sensación de que algo no encajaba, aunque no tenía
ni la más remota idea de lo que era; tal vez se había equivocado de piso y
aquella mujer le había tomado por un cobrador de alquileres o por alguien que
se parecía a él y había estado molestándola, o incluso persiguiéndola con
intenciones pecaminosas.
—No
sabe cuánto lo siento —dijo, tartamudeando—. Busco a Madame Ma'Ndangas.
—Madame
Ma'Ndangas ya no vive aquí —dijo la mujer.
—Ya
veo —dijo Purefoy—. ¿Y no sabría decirme su nueva dirección?
—¿Así
que quiere saber la nueva dirección de Madame Ma'Ndangas? ¿Es eso lo que me
pregunta? —dijo la mujer con lo que Purefoy no pudo dejar de considerar una
reiteración innecesaria y un énfasis casi siniestro. Tenía también la sensación
de que había cambiado de acento de repente.
—Pues
sí, eso es lo que he preguntado —dijo, mirando aquellos ojos azules que le
escrutaban detrás de los gruesos lentes—. Soy un viejo amigo suyo, de la
Universidad.
—Ya
—dijo la mujer, mirándole de arriba abajo con bastante descaro—. ¿Cuántos años?
—¿Cuántos
años? —repitió Purefoy, sintiéndose más y más confuso. El acento de aquella
mujer había vuelto a cambiar con aquel «Ya». Ahora sonaba centroeuropeo—. ¡Ah!
¿Se refiere a cuántos años hace que la conozco? Pues verá, la conozco desde...
—No
esto yo prrregunto —dijo la mujer—. Yo quierrro saberrr su edad.
Purefoy
se la quedó mirando. Allí había algo que encajaba cada vez menos. Su acento
había cambiado del inglés relativamente normal de clase alta a una especie de
parodia de espía de la KGB en una película de los años cincuenta. Se asomó un
poco por encima de su hombro. Los vestidos de Madame Ma'Ndangas estaban
desparramados al buen tuntún sobre el sofá, y había una maleta abierta y vacía
en el suelo.
—Oiga,
mire... —empezó, pero la mujer le interrumpió.
—Madame
Ma'Ndangas ha desaparecido —dijo—. ¿Sabe su paradero, quizá?
—Por
supuesto que no —dijo Purefoy—. No estaría aquí si lo supiera, ¿no cree?
Otra
vez tuvo la sensación de que todo aquello no tenía el menor sentido. La mujer
había vuelto a cambiar de acento. Ahora era de nuevo claramente inglés.
—¿Cree
que podría identificar su cuerpo?
—¿Su
cuerpo? —dijo Purefoy, ya con los pelos de punta. En pocos minutos había tenido
casi la convicción de que se había equivocado de casa, se había encontrado a
una completa desconocida que parecía estar esperándole y cuyo acento cambiaba
del inglés más normal a lo que parecía ruso y que había vuelto a ser inglés
para sugerirle que Madame Ma'Ndangas podía estar muerta, o en un estado de
mutilación tal que se hacía preciso que un conocido la identificara—. ¿Su
cuerpo? No querrá decir que...
—¿Hasta
qué punto errra íntima su rrrelación con esa mujerrr? ¿Errran amantes?
—Jesús!
—dijo Purefoy, y se agarró al marco de la puerta para no caerse.
Entre
aquel monstruo que cambiaba de acento y las trágicas implicaciones de sus
preguntas, Purefoy estaba al borde del colapso nervioso. Y, de repente, la
mujer le agarró de un brazo y tiró de él, intentando meterlo a la fuerza en
aquella habitación. Purefoy se aferró desesperado al marco de la puerta.
—¡Oiga,
oiga! —graznó—. No sé de qué me habla. No tengo ninguna pista de qué...
—¡Ah,
eso es lo que esperaba oír! —exclamó la mujer—. Pistas. En casos como éste, son
los pequeños errores lo que buscamos, doctor Osbert. ¡Ha dicho «pista»!
Purefoy
soltó el marco de la puerta, en parte porque aquella mujer le estaba pegando
unos tirones tremendos, pero, sobre todo, porque le había llamado doctor Osbert
y había acabado de asustarlo hablando de «casos» como aquél y «pistas». Entró
en la habitación dando traspiés y se apoyó contra una de las paredes. La mujer
cerró la puerta, se metió la llave en el bolsillo a toda prisa y luego, con un
movimiento de lo más siniestro, y sin quitarle los ojos de encima, se deslizó
por el cuarto y cerró la puerta del dormitorio contiguo.
—Siéntese
—dijo.
Purefoy
se quedó de pie y trató de ordenar rápidamente sus pensamientos. Lo cual no era
fácil. De hecho, le resultó imposible. «¡No quiero!», intentó decir, pero de su
boca salió apenas un hilillo de voz, así que volvió a intentarlo.
—¿Cómo
sabe mi nombre? ¿Y qué significa esto? ¿Por qué están los vestidos de Madame
Ma'Ndangas tirados por todas partes?
—He
dicho que se siente —dijo la mujer.
Cogió
la silla del escritorio de Madame Ma'Ndangas, la volvió y se sentó en ella a
horcajadas, mostrando de paso una buena porción de muslo. Purefoy se alejó de
la pared arrastrando los pies y se sentó con mucho cuidado en uno de los brazos
del sofá.
—Así
me gusta. Y ahora, doctor Osbert, quiero que me lo cuente todo desde el
principio y me diga sin omitir detalle cómo conoció a Madame Ma'Ndangas.
Desde
el brazo del sofá, Purefoy la miraba receloso, intentando pensar con claridad.
Estaba casi seguro de encontrarse en presencia de una especie de policía de
paisano, o quizá, como parecía estar sola y dominaba multitud de acentos, la
mayoría de ellos extranjeros, de un miembro de algún servicio secreto. En
cualquier caso, la cosa no era para tomársela a broma.
—¿Cómo
sabe mi nombre? —le preguntó, en un intento de orientarse un poco.
—Responda
a lo que le pregunto —dijo—. No estoy aquí para contestar a sus preguntas. Si
no se muestra dispuesto a cooperar, me veré obligada a llamar a mis asistentes.
Lanzó
una significativa mirada a la puerta del dormitorio. Purefoy denegó con la
cabeza. Aquella mujer ya era bastante mala sin necesidad de asistencia de
ninguna clase. Purefoy contempló angustiado los familiares ornamentos
africanos, y las chucherías con que Madame Ma'Ndangas había decorado aquella
habitación, pero se le hizo un nudo en la garganta el ver aquellas ropas
tiradas por todas partes y la maleta vacía en el suelo.
—La
conocí en la Universidad —dijo—. En la Sala de Profesores, o en la Cantina, ya
no me acuerdo.
La
mujer alargó un brazo y tomó un bloc de notas del escritorio.
—Veamos
—dijo—. Tenemos razones para sospechar que no nos está diciendo la verdad.
Asistió a una de sus clases nocturnas sobre infertilidad masculina y técnicas
de masturbación en el aula 5 del Edificio Scargill. La excusa que dio más tarde
es que pensaba que era una conferencia sobre la reforma penal en Sierra Leona.
Purefoy
tragó saliva con dificultad. Tenía la garganta seca. Aquello era una pesadilla.
La mujer cerró el bloc de notas de golpe y lo volvió a dejar sobre el
escritorio.
—Eso
es lo que ocurrió —admitió Purefoy—. Fue una equivocación, de verdad.
—A
la semana siguiente, volvió. ¿Tendría la bondad de explicarme el porqué?
Purefoy
miró a su alrededor, intentando dar con una respuesta plausible.
—Yo...
yo... —murmuró.
—¿Usted,
qué? ¿O es que quería aprender a masturbarse?
—¡Por
supuesto que no! —dijo Purefoy, muy enfadado—. Esto es insufrible.
—¿Insufrrrible?
¿Qué quierrre decirrr insufrrrible? —preguntó la mujer, cambiando otra vez al
acento de la guerra fría—. ¿O es que quierrre decirrr que usted no sufrrre del
síndrome de Von Klubhausen de las manos peludas?
—Jesús
—dijo Purefoy, que sudaba copiosamente y se preguntaba si no estaría
volviéndose loco.
La
siguiente pregunta le convenció del todo.
—Y
dígame, doctor Osbert, ¿qué interés tiene en la circuncisión femenina? ¿O es
que acaso ha tenido experiencias personales en la ablación del clítoris a las
nativas?
—¿Qué?
—gritó Purefoy, y por un instante pareció que la mujer dudaba—. ¿Qué es lo que
ha dicho?
—Ya
me ha oído —dijo la mujer agriamente—. Responda a la pregunta.
—¿Qué
es eso de personales? —chilló Purefoy con voz de tiple—. ¿Cómo coño quiere que
tenga experiencia personal de la circuncisión femenina? ¿Acaso cree que tengo
clítoris? ¡Por el amor de Dios!
—Eso
es cierrrto, sí —dijo la mujer, volviendo a cambiar a Lubianka 1948—. Después
clarrro que no. Perrro antes...
—Ni
antes ni después —bramó Purefoy—. ¡A ver si se entera de que no tengo clítoris!
¿O cree que soy una mujer disfrazada?
—¿No
lo es? —dijo la mujer, escéptica—. Resulta que va a clases nocturnas sobre
estimulación clitoridiana y circuncisión femenina y no es mujer, ¿eh? Eso ya lo
veremos más adelante.
Purefoy
estuvo a punto de decirle que podía verlo en aquel mismo momento, que se lo
enseñaba cuando quisiera, pero se contuvo.
—Así
pues —dijo la mujer—, ¿cuándo vio por última vez a Madame Ma'Ndangas con vida?
Purefoy
Osbert sintió que la cabeza le daba vueltas. No se le había escapado el
significado de «con vida».
—¿Quiere
decir que está muerta? —tartamudeó.
La
mujer se levantó.
—Usted
sabe mejor que nadie, doctor Osbert, en qué estado se hallaba cuando la vio por
última vez. ¿Estaba viva, doctor Osbert? ¿O estaba ya...? Bueno, bueno. Se lo
preguntaré de otra forma. —Se calló de repente y no dijo ni una palabra más
durante medio minuto, que a Purefoy le pareció media hora—. ¿Y bien? —le espetó
de improviso—. ¿Qué me responde?
Purefoy
pestañeó, atónito.
—¿Qué?
—preguntó, temblando—. Dijo que me lo iba a preguntar de otra forma.
—¿Preguntar
de otra forma qué, doctor Osbert? ¿Y por qué habría de hacer semejante cosa,
eh?
Purefoy
se agarró al respaldo del sofá. Era su único contacto con la realidad en aquel
momento. El embrollo en el que se había metido no tenía ningún parecido, ni
siquiera remoto, con ella. Para empeorar las cosas, creyó oír que alguien
lloraba en el dormitorio.
—Mire,
no sé por qué me dijo que me iba a hacer la pregunta de otra forma. ¿Cómo
podría saberlo, si ni siquiera sabía qué pregunta me estaba haciendo?
—Muy
hábil —dijo la mujer—. Sus técnicas evasivas son sumamente interesantes desde
un punto de vista psicológico. Se ve que ha sido entrenado para este tipo de
interrogatorio. Y las flores tienen también su significado. Las ha traído para
que creyésemos que no estaba al corriente de lo ocurrido, ¿no es eso?
—Yo
no sabía nada. Las compré para Madame...
—Mentira
—gruñó la mujer. Sus pálidos ojos azules echaban chispas tras los cristales de
las gafas—. ¡Mentira! Ya es hora de que se enfrente a los hechos.
Se
levantó de la silla y se dirigió a la puerta del dormitorio, y por un momento
Purefoy aún creyó que había alguna esperanza.
Frente
a la puerta, la mujer se paró y se volvió hacia él.
—No
serrrá agrrradable —dijo, de nuevo con el acento centroeuropeo—. Trrres semanas
con la calefacción encendida y la puerrrta del rrrefrigueradorrr abierrrta no
es agrrradable. Perrro así sabrrrá sobrrre la licuefacción que ocurrre
cuando...
Purefoy
se había puesto pálido y tenía la frente perlada de sudor.
—¡Por
el amor de Dios, acabemos de una vez con esto! —graznó.
Los
gemidos en la habitación contigua eran ahora perfectamente audibles. La mujer
abrió la puerta de golpe y metió a Purefoy dentro de un empellón. Madame
Ma'Ndangas estaba tirada en la cama, hecha un ovillo, con las rodillas pegadas
al pecho y un pañuelo en la boca. Tenía la cara muy roja, y le caían grandes
lágrimas por las mejillas. Por un segundo, Purefoy se quedó mirando aquella
forma convulsa con un sentimiento de preocupado alivio. Pero fue sólo un
segundo. A Madame Ma'Ndangas no le había pasado nada. Sólo se estaba mondando
de risa.
Con
una sacudida de hilaridad, saltó de la cama y se quitó el pañuelo de la boca.
—¡Ay,
Purefoy! —dijo—. ¡Has estado graciosísimo!
Pero
Purefoy Osbert apenas la oyó. La otra mujer también estaba partiéndose de risa.
Con furia ciega, la apartó de un empellón y salió del apartamento. Se quedó
parado en medio de la calle, ciego de rabia. Estaba hasta las narices de la
Universidad de Kloone, de Madame Ma'Ndangas y de todo. Por él, se podían ir a
tomar viento fresco. Sin preocuparse siquiera de recoger sus papeles de la
oficina en la Universidad, se fue derecho al aparcamiento, cogió su coche y
emprendió el largo viaje de vuelta a Cambridge. Y mientras conducía fue
redactando mentalmente la carta que le escribiría a la maldita Madame
Ma'Ndangas.
En
el apartamento, la mujer a la que Purefoy conocía como Madame Ma'Ndangas, y que
aseguraba llamarse así, levantó la vista de las rosas rojas que yacían
desperdigadas por el suelo y le dijo a su hermana:
—Creo
que esta vez nos hemos pasado un poco. ¡Pobre Purefoy! Me temo que no me lo
perdonará nunca. Y debes reconocer que se comportó estupendamente bien.
—Si
está de verdad enamorado de ti, se le pasará —le dijo su hermana—. Y un hombre
debe tener cierto sentido del humor; si no, no merece la pena casarse con él.
—No
va a ser fácil explicárselo —dijo Ingrid—. ¡Ay, Señor, cómo pesa el pasado!
27
Al
general Sir Cathcart D'Eath le estaba resultando más difícil de lo que había
pensado encontrar a una negra que estuviese dispuesta a hacer lo que quería
hacerle a Purefoy. Sus contactos con servicios especiales no le habían ayudado
en lo más mínimo. «Reducciones del presupuesto», le habían dicho.
—La
mitad de nuestros muchachos han sido trasladados a otras unidades o están
echándoles una mano a los americanos. En la práctica, nos hemos convertido en
un servicio autofinanciado. Una situación terrible. Siento no poder ayudarle,
pero así están las cosas. El reclutamiento está prácticamente a cero.
Y,
de resultas, la mujer zulú fue despedida y había vuelto a Sudáfrica, a
levantarle la moral a la tropa de la nueva fuerza de defensa. Ninguno de los
viejos camaradas del general en Londres pudo sugerir una alternativa. Al final,
tuvo que conformarse con una mujer blanca natural de Thetford, entrada en años
y en carnes, y a la cual uno de sus mozos de cuadra había recomendado por ser,
según él, muy cachonda y no hacerle ascos a nada.
El
general, mientras la inspeccionaba desde la otra punta de la barra del bar en
el que trabajaba, comprendió lo que su mozo de cuadra quería decir. Era una
rubia teñida ya talluda, con más patas de gallo que una granja avícola y
bastante pasada de fecha de caducidad. Su edad de oro habían sido los años
sesenta y setenta, cuando las bases americanas estaban a tope y ella se lo
había pasado bomba con los muchachos en Mildenhall y Alconbury y eso, ¿ya lo
entendía, verdad?
El
general creía que sí, y quedó en encontrarse con ella en un picadero frente al
Jardín Botánico que tenía reservado para sus propias expansiones. La casa,
rodeada de bloques de oficinas y cuya primera planta albergaba el estudio de
una firma de arquitectos, era virtualmente idéntica a los demás edificios de la
calle, con la ventaja adicional de que se podía entrar en ella por un garaje
trasero que daba a un callejón poco transitado. Allí, en un dormitorio
acolchado tapizado de seda rosa, el general discutió el vestuario y la utilería
que tenía en mente para aquella escena.
—Se
trata de un hombre bastante joven —dijo, ya que no sabía muy bien qué edad
tenía el doctor Osbert.
Petunia
Ransby declaró que le gustaban los jóvenes. Pero los maduros, más.
—Tienen
más experiencia, ¿sabe?
El
general prefirió no saber más. Una flor tan pocha como aquella Petunia no
figuraba entre sus preferencias, bastante omnívoras por cierto. Optó por
concentrarse en las supuestas preferencias del doctor Osbert. En el cuarto
contiguo, detrás del espejo, la atractiva secretaria del general ya había
dispuesto la cámara de vídeo y comprobado el sonido.
—El
caso es —prosiguió el general— que nuestro hombre ha pasado gran parte de su
vida en África, de hecho es sudafricano, y las negras le atraen y le repelen al
mismo tiempo. El objetivo de esta especie de terapia es demostrarle que el
color de la piel es totalmente irrelevante...
—¡No,
qué va! —dijo Petunia, pero la mirada del general la silenció.
—En
otras palabras, que todos somos exactamente iguales bajo la piel, y por eso va
a llevar este... ejem, traje —Sir Cathcart le señaló una suerte de mono de
látex negro que estaba doblado sobre una silla—. Así no se tendrá que pintar de
negro, y de paso la ayudará a contener sus abundantes encantos.
—¡Oh,
general, es usted terrible, terrible! —dijo Petunia.
Sir
Cathcart decidió no pasar de los cumplidos ambiguos. Terrible no era la palabra
que habría utilizado para definir a Petunia. El tiempo y los estragos de largas
y tempestuosas noches de alcohol habían dejado su marca en ella. Era
infinitamente peor, era horrenda. Su peinado, en particular, hacía daño a la
vista.
—Pues
no sé, la verdad, cómo voy a parecer natural con la cabeza dentro de esta
caperuza de goma, ¿sabe? No se me verá le media melena ni el flequillo.
—Pues
sí, tiene razón —dijo el general, que ya empezaba a temer que se le iban a
quitar las ganas de látex negro para el resto de su vida. Ciertamente, aquel
traje de goma nunca le sentaría bien al tipo de mujer más esbelta que él
prefería, y no le cabía la menor duda de que los gustos sexuales del doctor
Osbert, después de aquello, se verían notablemente alterados. Como viera a
Petunia sin el mono de goma y con todos los michelines colgando, el pobre se
volvía maricón, seguro.
Detrás
del biombo que el general había insistido en que usara mientras se cambiaba,
Petunia luchaba por meterse dentro del traje de buzo.
—¡Esto
no me entra ni a la de tres! —gritó—. ¿Está seguro de que es de mi talla?
Parece que lo hayan hecho para una tabla de planchar. Porque una tiene sus
cosas, ¿sabe?
—Ya
lo creo que tiene sus cosas, querida —dijo Sir Cathcart—, y muy bien puestas.
Diez
minutos después, Petunia salió de detrás del biombo y confirmó los peores
pronósticos del general. A través de las ranuras donde se suponía que debían
estar los pezones no se veía más que pellejo enrojecido y arrugado. Los
susodichos pezones debían de estar aplastados contra sus hombros.
—Es
que, como me lo he tenido que meter por los pies —explicó, sofocada por las
apreturas de la vestimenta de buzo—, me han subido un poquito para arriba. Meta
los dedos por las ranuras y tire hacia abajo, para que se pongan en su sitio.
El
general se mordió los labios e hizo lo que se le pedía. No fue nada agradable,
y Petunia no se lo puso fácil tampoco, pues se restregaba contra él mientras
murmuraba que era un hombre la mar de atractivo. Pero al final sus enormes
pezones pasaron por las ranuras y aquellas majestuosas mantecas adoptaron una
forma, si bien aplanada, algo más ortodoxa. El único problema era que sus
pezones no eran negros.
—Pues
se los vamos a tener que teñir —dijo el general—. No veo otra solución.
—Pero
los ojos no me los puedo teñir. ¿Qué piensa hacer con ellos?
El
general consideró el problema un minuto.
—Lo
mejor que puede hacer es no mirarle a la cara. El capuchón la tapará un poco, y
pondremos unas luces suaves. Y, además, me atrevería a asegurar que toda su
atención estará concentrada en otras partes más bajas.
Petunia
gorgoteó.
—¡Oh,
sí, con lo que me gusta a mí eso! —dijo—. Usted lo que quiere es que le dé la
vieja medicina contra la tos, ¿verdad?
—¿La
medicina contra la tos? Pues no sé de qué me habla.
—¡Venga
ya! El cunnilingus, ya sabe. Como la felación, pero al revés. ¿Lo entiende
ahora?
—Sí,
claro, sí —dijo Sir Cathcart, que había tenido un escalofrío—, aunque le puedo
asegurar que no es lo mío, no.
—¡Anda
que no, pillín! ¡Qué terrible es usted, mi general! ¿Cree que a su amigo le
gustará...?
—Estoy
seguro de que le encantará, pero ahora dejemos eso y concentrémonos en el plan
de ataque...
—Tengo
que hacer pipí —dijo Petunia—. Este traje me aprieta mucho y me...
—Sí,
bueno —dijo el general, preguntándose lo que tardaría en completar aquella
operación. Si tenía que quitarse el traje y volvérselo a poner, podía tardar
horas.
Pero
de hecho, volvió a los pocos minutos.
—Está
muy bien pensado ese agujero en la entrepierna —dijo—. Aunque, como no me lo
abra un poco más, a ese amigo suyo no le va a pasar la lengua.
—Estoy
seguro de que encontrarán la manera —dijo Sir Cathcart, que empezaba a sentir
aprensión—. Y ahora, como iba diciendo, este amigo mío sufre de una actitud
ambivalente respecto a las mujeres y, en particular, a...
—¡Vaya,
así que es uno de ésos! —le interrumpió Petunia—. Cada día hay más, ¿no cree?
No sé adonde va a ir a parar el mundo. El otro día le dije a mi marido...
—Ya
me imagino lo que le dijo, pero, volviendo a nuestro asunto —dijo el general,
ya algo irritado—, lo que trato de que entienda es que mi amigo estará atado a
la cama, y quizá se resista un poco cuando la vea entrar, pero no se preocupe,
que no habrá problemas. Uno de mis hombres estará cerca y...
—Así
que va a ser una cama redonda. No sabía que se tratara de un trío. Bueno, pues
mejor. En la variedad está el gusto, como digo yo.
—Sí,
estoy convencido de que sí. Pero, de hecho, se trata sólo de los dos. Usted y
ese joven. Ahora, volviendo a lo nuestro, cuando lo tenga en cueros, es posible
que se encuentre con que no reacciona... como es debido. De hecho, en cuanto la
vea, lo más seguro es que se le quiten las ganas de...
—¡Vaya
cosas que me dice general! —dijo Petunia—. No soy una niña, pero todavía...
—No,
no es eso —se apresuró a decir el general—. Es porque se creerá que es negra.
Ya le he dicho que es sudafricano y tiene un problema con las mujeres de color.
Que es la razón por la cual estamos haciendo todo este esfuerzo por el pobre
muchacho. Y por eso, Petunia, tesoro, es por lo que usted es justo lo que él
necesita, una mujer madura, hermosa y con experiencia, que le dé la vuelta por
completo a sus ideas sobre el sexo.
Petunia
Ransby se puso más hueca que un tambor.
—Eso
es otra cosa. Siempre he querido ser artista —dijo—. Como Úrsula Andress, tan
sofisticada.
Sir
Cathcart contempló de nuevo sus generosas proporciones y pensó que la
comparación no era nada feliz. La gorda de Amarcord habría sido un referente
más adecuado.
—Bueno,
pues ha llegado su oportunidad. Al principio le seducirá con sus encantos
africanos, y, por supuesto, entonces se resistirá un poco debido a su fobia.
Pero luego, poco a poco, le mostrará toda su radiante feminidad, toda su
exquisita belleza nórdica.
—O
sea, que tengo que hacerle un striptease. ¡Me encanta hacer striptease! Te
quitas la ropa despacito y bailas un poco, para caldear el ambiente. —Se calló
y miró al general algo confusa—. ¿Tendrá una mordaza en la boca? Si le gusta
que lo aten, seguramente la tendrá...
—Sí,
claro —dijo el general—. Debí habérselo dicho antes. ¿Por qué me lo pregunta?
¿Qué problema representa eso?
—Pues
que no veo cómo me va a hacer los trabajos con la lengua si tiene la boca
tapada.
—Ya,
es un problema, ciertamente, pero estoy convencido de que se las arreglará de
una manera u otra. Improvise. Y, además, el chico tiene nariz. Eso será al
principio, cuando usted parezca negra. Después que le revele que es blanca,
podrá quitarle la mordaza y seguro que le meterá la lengua hasta las
entretelas. Ah, y otra cosa. Va a llevar este pequeño receptor en la oreja, por
debajo de la capucha. Es un microtransistor. Así le podré ir diciendo lo que
quiero que le haga y esas cosas. Se usan mucho en los estudios de televisión y
de cine. Bueno, pues creo que esto es todo. Ya se puede quitar el traje de goma
y volverse a poner esos pantalones de lame dorado que le sientan tan bien.
Petunia
Ransby desapareció detrás del biombo y permaneció allí un buen rato forcejeando
con el traje de buzo. Pero, por lo menos, Sir Cathcart no tuvo que meterle el
dedo otra vez por las ranuras. Mientras se cambiaba, el general reflexionó
sobre la necesidad de llevar aquella operación con la mayor discreción. Como no
conocía al doctor Osbert, no podía prever de qué modo reaccionaría al verse
atado y amordazado en una cama extraña y sometido a los abusos sexuales que
Petunia iba a perpetrar contra él tan exhaustivamente. Más tarde, cuando viera
el vídeo, las cosas cambiarían, pero de momento había que tomar precauciones.
—Por
cierto, me parece que lo mejor sería que asumiera un nombre artístico —dijo—.
Me refiero a que, si mi amigo supiera que se llama Petunia Ransby y, como es
muy probable, se enamorara de usted, podría convertirse en un moscón muy
molesto.
Detrás
del biombo se oyó una risita.
—¡No
sea inocente, mi general! ¿Cree que me llamo de verdad Petunia Ransby? ¡Pues
claro que no! Como decían los yanquis, el alias sólo lo uso en misiones
especiales. ¡Cómo se pondría mi marido si fuera por ahí pregonando mi verdadero
nombre! Tiene un empleo muy bueno en la Telefónica, ¿sabe?
—Ah,
estupendo —dijo el general—. ¿Y cuántos hijos me ha dicho que tiene?
—No
se lo he dicho —dijo Petunia, todavía peleando con la capucha—. Tengo nueve, y
además he tenido un montón de abortos.
—¡Ah!
—dijo Sir Cathcart, que ya sospechaba que era madre de familia numerosa.
Con
todo, aún había algo que le preocupaba. Si Petunia Ransby era lo bastante
espabilada para usar nombre falso en sus «misiones especiales», y además tenía
que mantener a nueve criaturas y un marido que trabajaba en la Telefónica,
también lo sería para descubrir quién era el que la contrataba. De repente, se
dio cuenta de que le llamaba «mi general» a troche y moche. Pensando que la muy
ladina tal vez quisiera hacerle chantaje, Sir Cathcart decidió curarse en
salud.
—Si
no le importa, querida —le dijo cuando reapareció por fin ataviada con sus
pantalones de lame dorado, su blusa de seda transparente color carmesí y su
abrigo de piel de leopardo sintética—, quisiera pasar un momento a saludar a un
viejo amigo. Tenemos un pequeño negocio en común, y, sin duda, le interesará
conocerlo. Se trata de un hombre en verdad notable, con un talento singular
que, sin duda, apreciará mucho. Y él se alegrará de recibir la visita de una
dama tan elegante.
Salieron
por el garaje de la parte trasera, y el general condujo de vuelta al castillo
de Coft.
—¡Viva
el lujo y quien lo trujo! —dijo Petunia apreciativamente.
Sir
Cathcart llevó el coche a la fábrica de comida para gatos y lo detuvo allí.
—Aquí
es, querida —dijo el general, e introdujo a Petunia en el matadero, donde
Kannabis estaba despellejando a un viejo semental al que acababa de despachar.
—Fried
Macdonald, quiero presentarle a la señorita Petunia... —empezó el general, pero
ésta había captado ya el mensaje de la horripilante escena y lo que significaba
el cuchillo ensangrentado con el que Kannabis se mostraba tan diestro.
—Descuide,
Ilustrísima, que no diré nada —murmuró cuando por fin se la llevó del
matadero—. No diré nada, lo juro por Dios.
Sir
Cathcart le sonrió de oreja a oreja.
—Pues
claro que no dirá nada, querida —dijo—. Y, por supuesto, preferirá que le pague
por adelantado.
Petunia
se animó un poco al oír aquello. Así le gustaban a ella los caballeros.
—¿La
mitad ahora y la otra mitad cuando acabe la faena, le parece bien?
—Desde
luego. Es usted muy generoso —dijo. Pero se puso muy mohína cuando el general
sacó del bolsillo interior de la chaqueta un grueso fajo de billetes y los
partió por la mitad.
—No
se apure, que los bancos aceptan billetes pegados con celo sin ningún problema
—le explicó, y le entregó una de las mitades.
—Sí,
lo que usted diga, Ilustrísima. Descuide, que no diré nada, ya lo verá.
—Bueno,
pues ya me pondré en contacto con usted cuando nuestro amigo esté listo —dijo
el general.
Petunia
Ransby se metió en el coche, y el general se la llevó de allí.
El
siguiente paso de Sir Cathcart fue consultar con su secretaria, una rubia de
Las Vegas a la que volvían loca los generales y los caballos, y que quería
estar lo más lejos posible de ciertos tipos de Nevada.
—Y
dime, pichón mío —le dijo el general—, ¿qué has podido averiguar sobre nuestro
doctor Osbert? ¿Llamaste a la Portería del Colegio, como te pedí?
—Desde
luego, mi general. Me han dicho que es un tipo solitario y muy raro. ¿A que no
sabes lo que le va? No te lo vas a creer.
—Dime,
dime, pichoncito —dijo Sir Cathcart, que se sirvió un whisky doble para
quitarse de la cabeza la imagen de Petunia Ransby cubierta de látex negro. Y el
lame dorado y el abrigo de leopardo tampoco resultaban demasiado agradables a
la vista—. ¿Qué es lo que le va?
—Los
penes.
—¿Los
penes, pichoncito? ¿Estás segura?
—Eso
es lo que me han dicho. Parece un tipo muy raro, ¿no?
—Ya
lo puedes decir, hija, ya lo puedes decir —dijo el general, y se bebió un buen
sorbo de whisky.
Un
hombre que recibía aquellas cartas de la tal Madame Ma'Ndangas, en las que se
recomendaban técnicas de masturbación que implicaban el uso de aguacates, y
que, al parecer, también tenía inclinación por los penes, combinaba tantas
tendencias sexuales diversas que incluso era posible que encontrase atractivo
el apolillado erotismo de Petunia Ransby. Raro no era la palabra.
—¡Qué
te contaron, exactamente? —le preguntó—. Por cierto, no les dirías quién eras,
¿no?
—¡Oh,
no, mi general! Les dije lo que me dijiste. Que llamaba de la Embajada a causa
de un visado que había pedido el doctor Osbert y que necesitábamos la
información sobre su especialidad.
—¿Y
te dijeron que era especialista en penes? Deben de haberte tomado el pelo,
guapa. Ese tío es experto en crímenes y castigos. Ha escrito un libro sobre
ejecuciones en la horca. Así que no sé qué pueden tener que ver los penes con
eso. A no ser que... —Se calló y reflexionó unos instantes—. ¡Ahora caigo!
Dicen que a los ahorcados se les empina cuando los cuelgan, y se corren y todo.
No me parece un consuelo muy grande, dadas las circunstancias, pero...
La
rubia consultó sus notas.
—Lo
tengo todo apuntado —dijo—. Les pregunté cuál era su especialidad, y me dijeron
que el becario de la Sir Godber Evans es penólogo.
—¡Ah,
así que es eso! —dijo Sir Cathcart, muy aliviado—. De hecho, no tiene nada que
ver con los penes, sino con las cárceles. Penólogo viene de P-E-N-A. Un error
muy comprensible en una chica como tú. Pero bueno, veamos qué es lo que tenemos
aquí.
Ojeó
el fajo de fotocopias de la correspondencia de Purefoy que le había dado el
Decano.
—¡Ah,
esto servirá! Asociación Americana para la Abolición de la Pena Capital y otros
Castigos Crueles. De lo más apropiado. El presidente de esta entidad
humanitaria viene a Inglaterra en agosto y desearía entrevistarse con el doctor
Osbert, cuyo libro, bla, bla, bla, firma ilegible de su secretaria. Perfecto.
El membrete es fácil de copiar, y no creo que tampoco tengamos problema alguno
con el sobre y el sello. Bueno, pichón mío, y ahora que ya tienes claro en esa
preciosa cabecita tuya que los penólogos no tienen nada que ver con las piulas,
te vamos a nombrar secretaria de la Asociación Americana para la Abolición de
la Pena Capital y otros Castigos Crueles, a fin de que conciertes una
entrevista entre el presidente de dicha entidad y el doctor P. Osbert, célebre
autor de El tirón de cuello final. Te compraré un ejemplar para que le eches un
vistazo. ¿Crees que podrás hacerlo tú sólita?
—¡Oh,
sí, mi general! Es un privilegio para mí poderte ayudar en lo que sea —dijo la
rubia—. Todo lo que mandes.
—Buena
chica —dijo el general, y se fue escaleras arriba, preguntándose por enésima
vez cómo era posible que los americanos, tan expertos a menudo en las
disciplinas más complicadas, fueran tan ignorantes en materias básicas como la
geografía. Debía de ser por la especialización. Eso, y que no eran europeos.
Aunque, bien pensado, Petunia Ransby tampoco era ninguna lumbrera. ¡A saber lo
que habría pensado que quería decir penólogo!
28
En
Porterhouse eran frecuentes las ocasiones en que se comía y bebía de un modo al
que no habrían hecho ascos los rectores de antaño. Esto era particularmente
cierto los jueves por la noche. La cena de los jueves siempre resultaba
exquisita. El viernes era día de pescado, pescado para comer y más pescado para
cenar, en un principio por motivos religiosos, pero hoy ya sólo por tradición
que el Cocinero seguía a rajatabla. Pero como el pescado es un plato
insustancial cuando se presenta en filete, o arduo de comer, por las espinas,
cuando se sirve entero, los jueves por la noche los Claustrales se atiborraban
de carnes rojas y otras viandas nutritivas y sustanciosas. Y el segundo jueves
después de Pascua, los canards pressés á la Porterhouse figuraban indefectiblemente
en el menú. Y era precisamente los jueves cuando el general Sir Cathcart D'Eath
se acercaba a cenar al Colegio.
—Así
que me dije, voy a pasarme por el viejo Porterhouse, que para eso uno es
miembro de la Asociación de ex Alumnos, esa confraternidad de porterhousianos
cuyo espíritu se extiende a lo largo y lo ancho de los cinco continentes
—voceaba el anciano militar en la Sala de Claustrales, donde se habían juntado
los Claustrales a trasegar jerez. Hubo uno de esos repentinos silencios que se
ciernen a menudo sobre esta clase de reuniones.
El
Capellán lo rompió.
—¿Qué
ha dicho Cathcart? —gritó. Se había olvidado de conectar su audífono.
El
doctor Buscott aprovechó la oportunidad que había estado esperando desde el día
en que el general lo confundió con uno de los porteros y le conminó a que se
cortara el pelo, si no quería que lo echasen a patadas del Colegio.
—El
general Sir Cathcart D'Eath —anunció con una voz tonante que no hubiera
desmerecido en un mayordomo de palacio anunciando la llegada de los invitados
por encima de la música—, el general Sir Cathcart D'Eath, caballero de la Muy
Distinguida Orden de San Miguel y San Jorge, etcétera, etcétera, acaba de
declarar que el espíritu de Porterhouse se extiende a lo largo y lo ancho de
los cinco continentes.
—¿Y
eso qué demonios significa?
—No
tengo ni la más remota idea —dijo el doctor Buscott, y se alejó en busca de sus
colegas científicos, en cuya compañía se sentía más cómodo.
El
Tutor Mayor intervino a tiempo, ofreciéndole al general otra copita de
amontillado.
—Es
el añejo especial, ya sabe. Sólo lo sacamos en ocasiones muy señaladas —dijo.
—¿Dónde
está el Decano? —preguntó el general, que estaba a punto de decir que él no
había ido allí a que le insultaran unos melenudos maleducados que se permitían
la insolencia de despachar sus numerosas condecoraciones con un etcétera,
etcétera. Pero tenía una razón importante para quedarse aquella noche. Había
acudido con la esperanza de conocer al doctor Osbert, a ver qué temple tenía y
si era hombre que pudiese disfrutar de la compañía de Petunia Ransby.
—No
serviría de nada que le echásemos encima ese viejo saco de patatas si luego
resulta que el muy guarro es una especie de todoterreno sexual al que no le
importa que le filmen debajo de media tonelada de tocino medio rancio en traje
de submarinista. Tengo que calibrar su psicología, por así decirlo. Hay tipos a
los que les gustan esas cosas —le había dicho a su secretaria, la cual, por
otra parte, lo sabía muy bien.
Y
ahora, copa de jerez en mano, el general oteó por entre el mar de cabezas que
abarrotaba aquella noche la Sala de Claustrales en busca del Decano.
—Pues
no le veo —comentó el Tutor Mayor—. La verdad es que el hombre está un poco
apagado últimamente. En realidad, estamos todos algo tristones. El lío con los
americanos de la televisión y el destrozo en la Capilla, ya sabe.
—Sí,
claro, por supuesto —voceó el general—, pero, según los rumores que me han
llegado, las compensaciones van a ser muy cuantiosas. Tienen que serlo por
fuerza. Fried Macdonald asegura que tienen billones.
—¿Fried
Macdonald? —dijo el Tutor Mayor—. La verdad, no sé qué gracia le encuentra la
gente a esa porquería. Una vez cometí el error de probarlo en Londres, no sé
dónde, y me duró la acidez de estómago dos semanas.
—¡No
me diga! —dijo el general, mirando al Tutor Mayor por el rabillo del ojo. Tenía
la sensación de que aquella noche todo el mundo se había empeñado en tomarle el
pelo.
Lo
cual contribuyó a confirmar el Capellán, que ya se había vuelto a conectar el
audífono.
—¡Ah,
sí! Comí una en cierta ocasión —gritó—. Había que chuparse los dedos después,
no sé por qué. Pero las camareras eran monísimas. Unas piernas preciosas, y
unos traseros impresionantes.
—¿Y
qué me dice del nuevo becario de la Sir Godber Evans? —preguntó el general,
para cambiar de conversación.
—Pues
se murió, ¿no lo sabía? —voceó el Capellán—. Me sorprende que nadie se lo
dijera. Dicen que lo asesinaron.
—¿Qué?
—exclamó el general—. ¿Asesinado? ¿Tan pronto?
Buscó
con la mirada al Tutor Mayor, pero había desaparecido entre los corros de
Claustrales que departían animadamente.
—Me
sorprende sobremanera que nadie le informara —prosiguió el Capellán—. De eso
hace ya tiempo. Me llevé un buen disgusto. Por supuesto que ninguno de nosotros
le tenía el menor aprecio, pero aun así...
La
llegada del Praelector impidió que se aclarase aquel asunto.
—Me
acaban de contar lo del doctor Osbert —le dijo el general.
El
Praelector le miró con curiosidad y denegó pesaroso con la cabeza.
—Un
asunto muy feo, sí —dijo—. Yo, personalmente, culpo de todo al Tutor Mayor.
—¿Al
Tutor Mayor? —dijo el general—. No me estará diciendo seriamente que el Tutor
Mayor...
Un
camarero se acercó con la licorera y llenó de nuevo las copas de amontillado.
—Nunca
debió aceptar a ese becario —continuó el Praelector—. No fuimos informados como
es debido. Lo único que se nos dijo es que unos amigos suyos de la City habían
puesto el dinero. Pero ahora ya es tarde, claro. El mal está hecho y ya no
tiene remedio.
—Nunca
es tarde para arrepentirse —vociferó el Capellán, que, tras apartarse un poco
para dejar pasar al camarero, se había reincorporado al grupo—. Claro que, por
otra parte, si a uno lo asesinan no le dan demasiadas oportunidades para
confesarse.
Esta
vez fue el Praelector el que se quedó de una pieza.
—No
mencione siquiera esa palabra —le dijo al Capellán severamente— ¡Ni que fuera
un hecho del dominio público! No podemos permitir que se propague el rumor.
—Ya
lo creo que no —dijo Sir Cathcart—. Yo mismo no tenía ni idea.
—Ninguno
de nosotros lo sabía —dijo el Praelector—. Me he enterado esta misma tarde.
El
Capellán se le quedó mirando estupefacto.
—¡Pero
si usted estaba cuando lo dijo! Estábamos todos presentes. Fue después de la
Cena de Admisión. El pobre estaba un poquito curda...
Pero
antes de que se pudiera aclarar la cuestión, el Maestresala anunció que la cena
estaba servida. Entraron todos corriendo en el Refectorio, y el Capellán
bendijo la mesa a gritos, profiriendo unos latinajos ininteligibles.
—Praelector
—susurró Sir Cathcart en tono conspiratorio cuando finalmente se sentaron a la
mesa—. Ya veo que no podemos hablar de lo del doctor Osbert ahora, pero quizá
deberíamos mantener una conversación en privado después, si le parece.
—Como
prefiera —dijo el Praelector con un desparpajo que dejó al general sin respiración—. Aunque,
francamente, yo diría que el otro... asunto es más urgente ahora.
Sir
Cathcart miró a su alrededor con cautela antes de responder.
—¿El
otro asunto? —preguntó entre dientes—. ¿Qué otro asunto?
—¡No
puedo hablar de ello ahora, por el amor de Dios! —dijo el Praelector con gesto
imperioso—. Lo único que espero es que el Capellán sepa tener la boca cerrada.
Esta misma tarde le pedí al Decano que no se lo contara a nadie. ¡Y como la
cosa llegue a oídos del Tutor Mayor, que el Señor nos proteja! ¡Bastante
soliviantado está el hombre para que ahora le vengamos con esto!
—Sí
—asintió Sir Cathcart.
Y se
quedó pensando que un hombre que acababa de asesinar al becario debía estar,
ciertamente, de un humor inestable. Soliviantado no era la palabra. Como una
regadera sería más apropiado. Miró hacia el otro extremo de la mesa y le alivió
ver al Tutor Mayor charlando como si nada con otro Claustral, y sin mostrar de
momento, síntomas de manía homicida. El general estaba tan absorto en aquellas
noticias tan luctuosas, y en particular en cómo iba a conseguir que Petunia
Ransby le devolviera la mitad de las dos mil libras que le había adelantado,
que no se dio ni cuenta de lo que estaba comiendo hasta que trajeron los
canards pressés á la Porterhouse.
Incluso
para el altísimo nivel de las Cocinas de Porterhouse, aquel plato era
excepcional. Convencido de que tras la catástrofe de la Capilla, y considerando
los informes adversos que se filtraban de la oficina del Tesorero sobre el
estado de las finanzas del Colegio, era casi seguro que aquél sería el último
menú de pato en mucho tiempo, el Cocinero había tirado la casa por la ventana.
O, para ser más exactos, la granja. El hombre había visitado tres de las
granjas más grandes del condado y había vuelto al Colegio con ciento treinta
palmípedos ya desplumados y con la determinación de confeccionar con ellos una
Ultima Cena de Pato que pasase a los anales gastronómicos de Porterhouse.
Durante días las vetustas prensas habían chirriado incansablemente, en un
intento heroico de concentrar la mayor cantidad de carne de pato en el menor
volumen posible, o, por decirlo de otra manera, de hacer que tres patos bien
gordos se vieran reducidos a una oblea del tamaño de una caja de cerillas. Y si
bien no había alcanzado plenamente su objetivo, el resultado de los esfuerzos
del Cocinero, cuando se lo sirvieron en el plato al general Sir Cathcart
D'Eath, guardaba una similitud tan remota con cualquier plumífero o criatura
capaz de volar o flotar, que el anciano militar tuvo que masticar con
dificultad un pedacito antes de percatarse de lo que en realidad acababa de
deglutir. Con el rostro congestionado por el esfuerzo, volvió a mirar el menú y
luego bajó la vista a su plato.
—¡Válgame
Dios, y yo que creía que era una especie de paté! —murmuró, tratando de
quitarse una plumita que se le había quedado atascada entre dos muelas
(postizas)—. ¡Esto no es pato prensado, esto es una bomba de colesterol! ¡Dios
sabe qué efecto hará en las arterias!
—Ése
es un punto interesante —dijo el Praelector, rebañando su plato mientras
llamaba al camarero con la intención de repetir—. Su contenido en calorías es
exageradamente alto. Durante mi juventud hice algunos cálculos sobre la
materia. Ya se me han olvidado las cifras exactas, pero creo recordar que la
conclusión del estudio era que un hombre de constitución normal, que navegase a
la deriva sobre un iceberg, podría sobrevivir perfectamente con dos porciones
de éstas a la semana.
—Estoy
seguro de que sí. Pero como da la casualidad de que uno no navega a la deriva
sobre la punta de un maldito iceberg...
El
general estaba ya apartando su plato cuando se le acercó el camarero.
—¿Algún
problema, Sir Cathcart? Es el plato especial del Cocinero, señor.
El
general volvió a empuñar su cuchillo y su tenedor.
—Nada,
nada. Un poco de hipo —dijo—. Felicite al Cocinero de mi parte y dígale que el
pato estaba delicioso.
—Los
patos —dijo el camarero enigmáticamente, y se retiró.
—Como
le estaba diciendo —continuó el Praelector muy animado—, el pato siempre me ha
parecido un plato muy fino. El ganso tiende a ser más grasiento, y con más
sabor, mientras que el pato, a menos que se trate de un ánade salvaje, claro,
siempre se me ha antojado un poquitín
insípido. Pero por otra parte, con salvia y cebolla...
Sir
Cathcart jugueteó con su comida en el plato, intentando hacer oídos sordos a
las palabras de su compañero de mesa. Como no había sido nunca un gran tragón
(su interés por las carnes se limitaba a las del sexo opuesto, y esto le
obligaba a mantener la línea), se empezaba a sentir un poco lleno. El profesor
Pawley no ayudó mucho, pues comentó que había conocido a Claustrales que
fallecieron inmediatamente después de una Cena de Pato.
—El
doctor Lathaniel fue uno de ellos, que yo recuerde, y luego, claro está, Gordon
Tripes. Cuestión de metabolismo personal.
—¿Gordon
Tripes? —dijo el Praelector—. Otro Rector lamentable. Debo decir que hemos
tenido ya más que suficientes rectores impresentables. Pero ése no murió de una
Cena de Pato. Tenía una úlcera, y no se cuidaba.
—Intentó
hacer obligatoria la asistencia a completas —gritó el Capellán—. Así que
tuvimos que tomar medidas, no sé si me entiende. ¿Cómo era el menú aquella
noche? ¡Ah, sí! Comimos gambas a la parrilla con salsa de tabasco de primero,
pero...
—Fue
la liebre estofada y el zabaglione...
—Ah,
sí, el zabaglione —suspiró el Capellán extáticamente—. Me acuerdo de ese plato.
Era una receta especial. Una docena de yemas de huevo de ganso y una libra de
azúcar, y en vez de jerez, Cointreau. ¡Estaba riquísimo!
—Y
luego tomamos un queso especial con granos de pimienta dentro —dijo el
Praelector.
Al
otro extremo de la mesa, el Tutor Mayor seguía la conversación aguzando la
oreja.
—Están
hablando de Gordon Tripes, seguro —gritó—. Pero fueron los habanos los que
acabaron con él. El tío se fumaba unos cigarros enormes. Teníamos un
presupuesto especial y todo, sólo para cigarros. ¡Ah, qué tiempos aquellos!
Entonces sí que éramos un Colegio como Dios manda. Nos llamaban el Matadero.
Para
cuando concluyó aquel festín, el difunto Gordon Tripes tenía todas las
simpatías del general. Ahora comprendía por qué se había ausentado el Decano.
Tener que atiborrarse de aquellos bloques de colesterol sentado a la misma mesa
que el Tutor Mayor, sabiendo que era un
asesino, y encima viendo que se lo pasaba fenómeno al pensar que al Colegio lo
habían llamado el Matadero, bastaba para quitarle el apetito a cualquiera. El
general estaba lívido (aunque por debajo de los colores que se le habían subido
gracias a las viandas que acababa de consumir). Siguió al Praelector a la Sala
de Claustrales.
—Mejor
será que no tomemos café ni oporto, si no le importa —dijo—. Quizá un poco de
aire fresco nos ayude a hacer la digestión.
Salieron
al Jardín de los Claustrales y el Praelector encendió un cigarrillo.
—Bueno,
volviendo a lo del asesinato —dijo el general—. ¿Qué piensa hacer?
—Pues
quitárnoslo de encima lo antes posible, por supuesto —dijo el Praelector—. No
podemos tenerlo en el Colegio ni un día más.
—¡No
me diga que aún está aquí!
—Pues
claro. No vamos a tirarlo a la calle en mitad de la noche —dijo el Praelector,
y añadió, agudizando con ello la turbación física y metal del general—: De
hecho, voy a intentar hablar con él luego. No resultará nada fácil, pero hay
que intentarlo. Todo depende del tiempo.
—Vaya,
no me diga —dijo Sir Cathcart—. ¡Qué curioso! Por supuesto, había oído hablar
de... bueno, de esa clase de cosas antes, pero, la verdad, no sabía que el
tiempo pudiera afectar a la comunicación.
—Eso
es lo que dice el Decano, al menos —dijo el Praelector—, y se supone que es el
experto. Pero, de todas formas, hablar con ese hombre no va a ser nada fácil.
La otra noche no me enteré ni de la mitad de lo que dijo. Claro, que, en las
condiciones en que estaba... no me tome por melindroso, pero tenía un aspecto
horrible, el pobre. Hasta cierto punto, me da lástima. Un modo horripilante de
acabar...
Sir
Cathcart enmudeció. Para él lo horripilante era escuchar todo aquello. Siempre
había tenido al Decano y al Praelector por personas perfectamente racionales,
poco o nada inclinadas a creer en supercherías. Descubrir ahora que ambos eran
espiritistas convencidos era casi tan inquietante como saber que el Tutor Mayor
había asesinado al pobre doctor Osbert. Y encima el Praelector le decía que
tenía intención de hablar con su espíritu, si hacía buen tiempo. Y el hecho de
que el cadáver, o los restos, o como quiera que se llame el cuerpo de un hombre
asesinado, estuviera escondido todavía en alguna parte del Colegio, y encima
destrozado de un modo lamentable, no contribuyó a animarle en lo más mínimo.
Desde luego, había que cambiar algunas cosas en Porterhouse. Y había que
hacerlo antes de que los periodistas metieran las narices en el asunto y
viniera la policía a detener a todos los Claustrales Mayores. Aquello no le
haría ningún bien a la reputación del Colegio. Por primera vez en su vida, Sir
Cathcart lamentó haberse relacionado con semejante institución. Acabarían todos
en primera página de los periódicos. Logró reponerse un poco de la impresión, y
le puso cariñosamente una mano en el hombro al Praelector.
—Mire,
mi querido muchacho, ¿por qué no volvemos dentro y nos sentamos tranquilamente
un rato, y veo si puedo localizar a los abogados del Colegio? La verdad, creo
que ya es hora de que tomen cartas en el asunto. La situación es francamente
desastrosa. ¿Cómo dice que se llaman?
—Waxthorne,
Libbott & Chaine —dijo el Praelector de muy mal talante, desasiéndose del
general. No le gustaba nada que le llamaran «querido muchacho», ni que le
trataran como a un viejo chocho con tal descaro—. Aunque no creo que les
encuentre a estas horas. —Dejó escapar una risita cascada—. En realidad, no
creo que les pueda localizar a ninguna hora. Waxthorne lleva lo menos sesenta
años muerto y enterrado en el cementerio de Newmarket Road. Y a Libbott lo
incineraron un par de años más tarde. No sé exactamente qué pasó con Chaine,
pero creo recordar haber oído una historia de lo más peculiar acerca de su
calavera. Al parecer la utiliza para sus libaciones un club de bebedores del
King's. Me lo dijo la viuda de Waxthorne. Solíamos vernos, ya sabe, de vez en
cuando. Una mujer muy agradable.
Por
un instante, su mente volvió a aquellas tardes felices en la casita de Sedley
Taylor Road. Junto a él, Sir Cathcart estaba intentando asimilar esta nueva
serie de muertes. ¡Qué noche más mala estaba pasando! Volvió a intentarlo.
—Tenía
entendido que los abogados del Colegio eran... el señor Retter y... el señor
Wyve —dijo—. Quizá, si les telefonease personalmente...
—Ah,
ellos —dijo el Praelector—. En su lugar, no lo haría. Ya bastante ocupados les
tenemos con lo otro. Y, además, cuanta menos gente sepa de esto, mejor. No, no.
Tenemos que resolver el asunto entre nosotros. Aprovechando que hace tan buena
noche, vamos a ver si le encontramos.
Sir
Cathcart miró el cielo con el ceño fruncido y se mordisqueó la punta de su
mostacho pelirrojo.
—Ha
dicho «vamos»... —dijo—. Yo, la verdad, no estoy muy seguro de que me convenga
involucrarme aún más en... en... bueno, ya sabe en qué.
—Como
guste. Yo sé cuál es mi deber. Aunque, por otra parte, no veo cómo puede
escaquearse ahora. Estamos todos implicados. Es la reputación del Colegio lo
que está en juego. Y, francamente... Bueno, no importa. Más vale que vayamos a
hablar con el Decano.
Y
con esta curiosa nota ambivalente, el Praelector abrió la marcha por las
escaleras.
Encontraron
al Decano bebiéndose una taza de café. Un plato con unos bocadillos
mordisqueados estaban sobre la mesita junto a él.
—¡Ah,
hombre, Cathcart! ¡Hola, Praelector! Siento no haber bajado a cenar. No estaba
de humor. No podía enfrentarme a ello. Cobarde que es uno, supongo.
—Nada
de eso, querido muchacho —dijo el general—. Sé muy bien cómo se siente. Y toda
esa grasa, y este fulano Osbert todavía aquí. Mal asunto. Francamente
desagradable, como dice el Praelector. Y el Tutor Mayor sentado, como si nada,
charlando tan contento. El Capellán me lo ha contado todo.
El
Praelector se dirigió al Decano con severidad.
—Le
dije con toda claridad que no debía mencionar este asunto a nadie. Y bajo a
cenar y me encuentro al Capellán prácticamente anunciándolo a los cuatro
vientos a todo pulmón. Por suerte, nadie hace nunca demasiado caso de lo que
dice.
Ahora
fue el Decano el que pareció ponerse nervioso.
—Le
aseguro que no le he dicho ni media palabra al Capellán. ¿En qué cabeza cabe?
No se me ocurriría decirle al Capellán ni el día que hace. No creerá que yo...
—Ya
no sé qué pensar —dijo el Praelector—. Lo único que sé es que alguien se ha ido
de la lengua.
El
general trató de dominar la situación.
—Bueno,
bueno, muchachos, con estas discusiones no vamos a ninguna parte. Lo que
tenemos que hacer es pensar en cómo salvar la reputación del Colegio. Si se
supiese que estamos encubriendo a un asesino, los de la prensa amarilla se
ensañarían como buitres con nosotros. Y la prensa normal también. Cartas al
Times, debates en la televisión... Tenemos que ser prácticos y encontrar un
medio para dejar a la policía fuera de esto. Lo mejor es sacar el cuerpo del
Colegio. ¿Dónde lo tienen?
—Bueno
—dijo el Praelector, convencido de que Sir Cathcart estaba bastante más
borracho de lo que parecía—, pues supongo que sigue en la Cripta. La verdad es
que no he pasado por allí recientemente, como comprenderá, pero es donde suelen
dejarse los cadáveres.
—La
Cripta, ¿eh? Ya. Supongo que es un sitio tan bueno como cualquier otro. No debe
bajar mucha gente por allí. Y, además, en cualquier caso, está siempre cerrada,
¿no?
—Siempre
—dijo el Decano—. Pero no veo qué importa eso ahora. Lo esencial es sacar a
Skullion de la Residencia del Rector. Ahora que nos ha amenazado con confesar
que fue él quien mató a Sir Godber si intentamos llevarlo a la Quinta...
—Perdón
—dijo Sir Cathcart, y se dejó caer pesadamente en una butaca— pero creo que no
me siento bien. Debe de haberme sentado mal ese maldito pato, aunque no sabía
que la grasa animal pudiera afectar al cerebro tan rápidamente. ¿Creen que me
está dando un paralís?
—¿Un
paralís? ¡Oh, no, no! —dijo el Praelector—. El primer síntoma sería la pérdida
del habla. No se le entendería nada, si fuera un paralís.
—¿Y
afecta también al oído? Porque desde que he llegado aquí no entiendo nada. Me
parece haberle oído decir al Decano que Skullion le ha amenazado con confesar
que fue él quien mató a Sir Godber Evans.
—Pues
sí, eso es lo que he dicho, sí —dijo el Decano—. ¿Qué es lo que pasa?
A
Sir Cathcart le faltaron las palabras. Hundido en la vieja butaca de cuero, los
miró muy congestionado y denegó con la cabeza.
—¡No
lo entiendo! —murmuró—. ¡Que me aspen si lo entiendo!
—Nosotros
tampoco lo entendemos —dijo el Praelector—. Ése es uno de los problemas, que no
entendemos el porqué. Pero ahora no es el momento de discutir ese punto. Lo que
hay que hacer es actuar. No importan sus amenazas: Skullion debe marcharse, por
la fuerza, si fuese necesario. Simplemente, no podemos tener a un asesino como
Rector.
—Por
supuesto que no. Pero ¿qué pasa si habla con la prensa? —preguntó el Decano con
ansiedad.
Sir
Cathcart D'Eath se había repuesto ya de su momentáneo patatús. Las palabras
«actuar» y «fuerza» hablan reavivado su viejo espíritu militar, y la simple
declaración de que el Rector de Porterhouse era un asesino le había borrado de
la cabeza cualquier otra consideración. El que el Tutor Mayor hubiera asesinado
al doctor Osbert era una menudencia en comparación con aquel crimen. Se puso en
pie de un salto y se quedó parado con las piernas plantadas en arco frente a la
chimenea vacía.
—Vamos
para allá. Lo primero es que uno de nosotros le exponga la situación —dijo—.
Conozco a Skullion de toda la vida, y creo que puedo decir sin temor a
equivocarme que me tiene confianza. Así que le hablaré de hombre a hombre, como
dos viejos soldados que somos...
—¡Por
el amor de Dios! —murmuró el Praelector, pero el general ignoró esta
interrupción.
—...
y le haré ver que su deber es marcharse. Siempre ha sido un servidor leal del
Colegio, y me atrevería a decir que la drástica medida que tomó contra Sir
Godber Evans, aunque reprensible, fue por el bien de Porterhouse. Francamente,
siento simpatía por el pobre muchacho y, como soldado que soy, no tengo ninguna
duda de que, en similares circunstancias, yo habría hecho lo mismo. Las cosas
como son. Una vez, en Birmania, tuvimos que fusilar a unos cuantos fusileros
watusis, y he de decir, honradamente, que no vacilé al tomar la decisión. Y
ahora, muchachos, espérenme aquí mientras voy a ver a Skullion. Diría que le
encontraré de imaginaria junto a la Puerta Trasera.
Y
antes de que el Decano y el Praelector pudieran hacer nada por detenerlo, el
viejo militar salió de la habitación en dos zancadas y lo oyeron alejarse por
las escaleras.
—¿Se
atiborró de pato? —preguntó el Decano.
El
Praelector denegó con la cabeza.
—Apenas
lo probó, por desgracia.
El
endurecimiento de las arterias es un riesgo profesional que parece afectar de
modo especial a los de caballería. Veremos en qué queda esta carga de la
brigada pesada.
29
Entre
las sombras, bajo la vieja haya junto a la Puerta Trasera, Skullion siguió el
avance del general por el césped y alrededor de los rosales gracias al hilo
ocasional de la punta de su cigarrillo. Sir Cathcart encendió un pitillo nada
más salir, en parte para hacer una pausa a fin de pensar qué iba a decirle al
antiguo Portero Mayor, y en parte, también, para que Skullion le viese venir
desde lejos. «No hay por qué darle un susto al viejo», se dijo.
Pero
Skullion no estaba asustado, ni mucho menos. Sabía que aquello sucedería, tarde
o temprano. Le había puesto al Decano los puntos sobre las íes, y éste no se lo
perdonaría nunca. ¡Buen susto le dio cuando le dijo lo del asesinato del
maldito Sir Godber! Se le había escapado porque estaba borracho y harto de
todo. Pero a lo hecho, pecho, y Skullion no se arrepentía de haber hablado. Ya
había aguantado bastante que le dijeran Rector con la boca pequeña. Cuando oyó
al Tesorero ordenarle a aquel yanqui del demonio que le llamase Rector y no
Quasimodo, a Skullion se le aclararon de repente las ideas acerca de su
posición real en el Colegio. No era ningún motivo de orgullo ser Rector de
Porterhouse estando impedido y yendo en silla de ruedas. Y el hecho de que
echara de menos el sentarse junto a la cama del yanqui para asustarlo
diciéndole palabras ininteligibles lo corroboraba.
¡Qué
distinto había sido todo cuando era Portero Mayor! Entonces tenía una autoridad
real, aunque tuviera que ocultarlo y llamar «Señor» a aquellos estudiantes
mocosos. Esta lección la aprendió en la infantería de Marina, al ver que los
sargentos saludaban a los oficiales recién salidos de la academia muy tiesos y
les llamaban «señor», pero a sus espaldas procuraban que no los metieran en
ningún lío. En Francia Skullion vio cómo un cabo le pegaba un tiro a un alférez
que quería convertirse en un héroe lanzando a sus hombres a una muerte casi
cierta para capturar a una compañía de infantería motorizada alemana que les
esperaba bien parapetada a lo largo de un sendero hundido entre los campos.
Skullion le oyó murmurar al cabo entre dientes: «O él, o nosotros. Y no vamos a
ser nosotros», antes de pegarle un tiro al oficial. Y en Lympstone —¿o había
sido en Deal?— el sargento Smith le preguntó una tarde lluviosa, mientras
hacían la instrucción:
—A
ver, recluta, ¿cuál es tu obligación más importante en esta maldita guerra, eh?
Te lo voy a decir: matar al enemigo. Y para eso tienes que estar vivo,
¿comprendes? Así que mantén los ojos bien abiertos y acuérdate de que, aunque a
mí no me importes un pito, tu madre quiere volver a verte, y no podrá hacerlo
si eres un infante de Marina muerto porque un alemán te ha hecho lo que te
pagan por hacerle a él. ¿Y ahora por qué sonríes, muchacho? Venga, cuéntanoslo,
para que nos alegremos todos.
Y el
infante de Marina de tercera clase Skullion PO/X 127052 dijo, tímidamente:
—Se
me ha ocurrido, mi sargento, que un infante de Marina muerto es como una
botella de cerveza vacía: ya no sirve para nada.
E
incluso el sargento Smith se había sonreído levísimamente un momento.
—Bueno,
pues adonde vas a ir verás montones de las dos cosas, y espero por tu bien que
bebas muchas botellas y vivas para contarlo.
Esto
ocurrió hacía mucho tiempo, pero Skullion no había olvidado lo que vio en
Francia. ¡Y pensar que la gente como el general Sir Cathcart D'Eath hablaba de
los buenos tiempos de la guerra! Como si estar muerto de frío y hambriento y
cagado de miedo fuera divertido. Y oír
los aullidos de dolor de un soldado herido tampoco era divertido, aunque fuera
alemán.
Así
que Skullion esperó entre las sombras, bajo el gran árbol, a que se le acercara
Sir Cathcart. «Se acabó lo que se daba», pensó. No lo lamentaba.
—¡Hombre,
Skullion! —dijo el general escrutando la oscura silueta que se recortaba junto
al tronco del árbol—. ¿Qué, todavía esperando a que saltemos el muro?
—Usted,
Sir Cathcart, era uno de los que más lo saltaban, ya lo creo. Muchas veces le
pillé y unas cuantas le dejé escaparse, aunque no creo que se diera cuenta,
señor.
La
punta del cigarrillo del general brilló unos instantes, como si le diera las
gracias.
—¡El
viejo zorro de Skullion! Pero los tiempos han cambiado.
Skullion
gruñó, o quizá se rió. Era difícil decirlo.
—Mal
asunto, Skullion, mal asunto —continuó el general—. El Decano está que se sube
por las paredes. Y el Praelector también. Esto no puede quedar así. Y usted lo
sabe.
—No,
señor —dijo Skullion.
—Tampoco
es que se lo reproche, si quiere que le sea franco. Aquel tipo no tenía ni
madera ni carácter de Rector. Usted, a su manera, intentaba hacerle un servicio
al Colegio.
Se
calló. De alguna parte, a sus espaldas, llegaron sonoras carcajadas.
—El
Club de Remo —explicó Skullion—. Se preparan para las Enculadas. El Tutor Mayor
los ha estado entrenando.
—Sí
—dijo el general, y recordó de repente que Skullion no era el único asesino en
aquel Colegio—. Y hay otra cosa. La reputación de Porterhouse está en juego.
Este asunto podría trascender, y una vez que la policía meta las narices, ya no
habrá manera de evitar males mayores. No podemos consentir que eso suceda. No
puede ser que vaya usted por ahí amenazando al Decano. El Decano no es ningún
estudiantillo al que le puede usted tirar de las orejas, ¿sabe? Ninguno de
nosotros lo es. Así que las cosas van a cambiar por aquí. Y no me importa lo
que me diga... Bueno, en pocas palabras, Skullion, de hombre a hombre, su
carrera como Rector ha terminado. Dimitido o despedido, como prefiera. Ahora
bien, según me ha dicho el Decano, usted no quiere ir a la Quinta.
—No,
Sir Cathcart, no quiero. No quiero acabar entre locos, como el viejo doctor
Vertel. Preferiría morirme ahora mismo, y acabar con todo de una vez. Se lo
digo en serio, señor. Preferiría morirme aquí mismo.
El
general consideró esta posibilidad durante un minuto, pero la desechó por poco
práctica.
—Mire,
le diré una cosa —dijo por fin—. No va a ir a la Quinta de Porterhouse, le doy
mi palabra de caballero. No se volverá a hablar de ello, puede estar tranquilo.
¿Qué me dice?
—Es
usted muy bueno, señor, muy bueno.
—Pero,
por otra parte, el Colegio necesita un nuevo Rector, debe usted comprenderlo.
—Sí,
Sir Cathcart, lo comprendo perfectamente. Sé que no he sido el Rector que el
Colegio necesitaba. Siempre lo he sabido.
—¡Así
se habla! Ahora bien, si accediera a retirarse, por propia voluntad, claro
está...
Sir
Cathcart dejó la pregunta en el aire de la noche. Skullion se tomó su tiempo
para responder.
—Si
accediera a retirarme, Sir Cathcart, tendría derecho a nombrar a mi sucesor,
¿verdad? Es una prerrogativa del Rector, —¿no?
Sir
Cathcart asintió con la cabeza.
—Tendría
usted, efectivamente, todo el derecho a nombrar para sucederle en el cargo de
Rector a quien considerase más idóneo. Y después de retirarse, se vendría a
vivir al castillo de Coft conmigo, y de vez en cuando podría traerle en coche
al Colegio de visita, si quiere. Para eso he venido a hablar con usted,
Skullion, para que entre en razón.
—No
me diga más. Si es así, que así sea —dijo Skullion solemnemente— Iré donde
usted me diga, señor. Y voy a darle el nombre de mi sucesor ahora mismo.
—¿Quién?
—dijo Sir Cathcart.
—Lord
Pimpole, señor, Lord Pimpole.
—Muy
bien, Rector, muy bien. ¿Puedo ir a comunicarle al Decano su decisión?
—Sí,
Sir Cathcart, ya se lo puede decir. Y dígale también que no se preocupe por si
el doctor Osbert llega a enterarse de que maté al maldito Sir Godber, porque ya
lo sabe.
Sir
Cathcart dudó. «Sabía» era un tiempo verbal más apropiado en el caso del doctor
Osbert.
—Lo
sabe porque me oyó decírselo al Decano —prosiguió Skullion—. Estaba agazapado
en el Laberinto mientras hablaba con él. Se había pasado allí toda la tarde
escondido, espiando, y escuchó cuanto dije.
—¡Válgame
Dios! —dijo Sir Cathcart. Ahora comprendía por qué el Tutor Mayor había actuado
con tanta precipitación y violencia.
—Y,
lo que es más, el muy idiota se tiró toda la noche allí, dándose de narices
contra los setos, sin poder encontrar la salida.
El
recuerdo de aquella noche le hizo soltar una risita.
—¿Y
usted sabía que le estaba espiando?
—¡Pues
claro, no faltaría más! Como fui Portero Mayor tantos años, no se me escapa
nada de lo que pasa en el Colegio. Así que le oí y me dije: «Te voy a decir lo
que quieres saber, pero no te va a servir de nada, porque no vas a poder hacer
uso de ello.» Y ya ve que no le ha servido de nada.
El
general gruñó, por todo comentario. Empezaba a arrepentirse de haberse dejado
enredar en aquella maraña de crímenes universitarios. Y, ciertamente, no iba a
involucrarse más aún haciéndole preguntas comprometedoras a aquel anciano tan
peligroso.
—Bueno,
voy a volver a las habitaciones del Decano —dijo, dispuesto a marcharse antes
de que pudieran producirse nuevas y sangrientas confesiones—. Seguro que se
alegrará de conocer su decisión. Ya haremos a su debido tiempo los oportunos
arreglos para cuando tenga que mudarse de la Residencia del Rector.
Y,
tras un rápido «Buenas noches», se alejó por el jardín a paso ligero. Encontró
al Decano y al Praelector sentados donde los había dejado, silenciosos y
meditabundos.
—¿Y
bien? —preguntó el Decano sin levantarse de su butacón, pero Sir Cathcart
necesitaba antes un traguito de algo tonificante.
—¿Le
importa que me sirva yo mismo? —preguntó, y, sin esperar respuesta, se puso un
coñac doble. Hasta después que se lo hubo bebido de dos tragos no ocupó de
nuevo su puesto frente a la chimenea.
—¡Por
el amor de Dios, Cathcart, no nos tenga sobre ascuas! ¿Qué es lo que ha dicho?
—Skullion
es un buen hombre —dijo finalmente. Había decidido que incluso entre amigos
ciertas cosas era mejor no decirlas—. Está de acuerdo en marcharse. Le he dicho
que decidiremos la fecha más adelante.
—¿Y
no opuso ninguna resistencia? —preguntó el Praelector.
—Ninguna,
en absoluto. Siente mucho lo sucedido y pide perdón a todos por los problemas
que haya podido causar.
—¡Increíble!
—dijo el Decano—. ¿Y no amenazó con contarlo todo si le mandamos a la Quinta?
—Nada
de eso. Por supuesto, no le hace ninguna gracia, pero le expliqué que, por el
bien del Colegio, era lo mejor que podía hacer. Así que sugiero que cuanto
antes acabemos con el asunto, mejor. Mañana mismo, por ejemplo. Déjenlo en mis
manos. Una ambulancia privada, con enfermeros bien fuertes para que lo levanten
con silla y todo, y adentro con él. Y carretera y manta. Pueden decir que le ha
dado otro paralís.
—Bueno,
he de admitir, Cathcart, que esta noche se ha superado usted a sí mismo —dijo
el Decano, que fue por el coñac—. Creo que esto merece celebrarse.
—La
verdad sea dicha, es un alivio —coincidió el Praelector—, aunque deja sin
resolver la cuestión del nuevo Rector.
Sir
Cathcart levantó una mano.
—No
hace falta que se preocupen de eso tampoco. Skullion ha ejercido su derecho
tradicional y ha nombrado a su sucesor.
Hizo
una pausa dramática, regodeándose con el efecto de sus palabras. Los dos
ancianos Claustrales le miraban boquiabiertos.
—Bueno,
era su derecho, ya saben. No se lo podía negar —continuó Sir Cathcart.
—Tiene
toda la razón del mundo: es su derecho —asintió el Decano—. De hecho, se trata
de una de nuestras tradiciones más antiguas. Data, si no me equivoco, de 1492.
—Sí,
está bien enterado. Bueno, creo que es hora de que me marche. Ha sido una noche
difícil, pero al menos no tendrán que preocuparse más de Skullion.
—¡Pero
hombre, si no nos ha dicho todavía a quién ha nombrado Skullion, digo el
Rector!
—Y
es un detalle bastante importante —dijo el Praelector.
—¡Ah,
eso! Claro, claro. Por supuesto. No sé dónde tengo la cabeza. Pues ha nombrado
a Jeremy Pimpole. Eso dijo, Lord Pimpole... —Se interrumpió—. Decano, ¿se
encuentra usted bien?
Era
una pregunta tonta. Resultaba más que evidente que el Decano no se encontraba
nada bien. Se le había caído la copa de coñac al suelo, de la impresión.
—¡No,
no! —exclamó, con voz ronca—. ¡Por el amor de Dios, ese hombre no! ¡No el
hombre de las «narices de perros»!
Se
tambaleó un momento, y casi cayó de bruces contra la chimenea.
—¿Qué
le pasa en las narices? —le preguntó Sir Cathcart mientras entre él y el
Praelector le ayudaban a sentarse en su butacón.
—¡El
hombre de las «narices de perro»! —gemía.
Sir
Cathcart agachó la cabeza hasta ponerse a su altura y le preguntó, solícito:
—¿El
hombre de las narices de perro?
—Pimpole.
¡Pero no es posible! ¡El no! ¡No puede ser!
—No
parece encontrarse nada bien —dijo el Praelector—. Quizá todo este asunto ha
sido demasiado para él. Yo que usted no le daría más coñac.
Pero
Sir Cathcart no tenía la menor intención de soltar la licorera.
—No
le pensaba dar más —replicó—. Éste es para mí, que anda, vaya nochecita...
Vengo a cenar al Colegio tan tranquilo, y primero me ponen delante un veneno en
forma de pato, y luego me encuentro con que Porterhouse se ha convertido en un
matadero humano. Y después, cuando por fin consigo convencer a uno de los
asesinos para que se largue... ¡Maldita sea! ¿Qué tiene de malo Lord Pimpole?
Conocí a su padre. Una familia encantadora. Montones de dinero, además. Justo
el hombre que necesitamos.
—¡Ni
hablar! ¡Nada de eso! —gimió el Decano—. Ya no es ni sombra de lo que fue.
Ahora es un borrachuzo asqueroso. La mansión y las tierras de la familia han
sido vendidas para pagar las deudas. Ese tío se ha bebido su herencia, por así
decirlo. Ya ni se lava, el muy guarro. Vive en una casucha infecta con un perro
lleno de pulgas. Y bebe «narices de perro». —Se interrumpió, y los miró con los
ojos fuera de las órbitas—. ¿Han bebido alguna vez una «nariz de perro»?
Los
dos hombres negaron con la cabeza.
—He
oído hablar de ello —dijo Sir Cathcart—, pero...
—¡Pues
no lo hagan! —continuó el Decano—. ¡Nunca jamás, si valoran en algo su propia
salud mental y física! Pimpole bebe eso sin parar: siete onzas de ginebra y
trece de cerveza.
—¡Diablos!
—dijo Sir Cathcart—. Ese pobre desgraciado debe de estar como una chota.
—Créame,
Cathcart: lo está. Y, lo que es más... No, no me atrevo a decirlo. No se
imaginan lo depravado que es el tal Pimpole.
—Venga,
hombre, díganoslo —dijo Sir Cathcart—. Venga, haga un esfuerzo.
—No
creo que haga falta que nos diga más —dijo el Praelector—. Siete onzas de
ginebra...
Se
calló, asqueado. Pero Sir Cathcart quería enterarse de las depravaciones de
Pimpole, y el Decano acabó explicándolo todo.
—¿Ovejas?
¿Ovejas y perros? —dijo Sir Cathart lentamente—. Bueno, eso es harina de otro
costal.
Se
sirvió otra copa del coñac del Decano, y se sentó. El Praelector habló ahora.
—Y
explica el sorprendente sometimiento a retirarse de Skullion. Como se dice
vulgarmente, nos la ha jugado buena.
Hubo
un silencio reflexivo. De nuevo llegaron desde alguna parte del Colegio las
carcajadas soeces de los estudiantes. Aquello le recordó a Sir Cathcart lo del
Tutor Mayor.
—Ya
sé por qué el Tutor Mayor... —Dudó un momento, y decidió escoger sus palabras
con cuidado—. Ya sé por qué el Tutor Mayor obró de forma tan desesperada.
Skullion le dijo al doctor Osbert que fue él quien asesinó a Sir Godber.
Obviamente el Tutor Mayor pensó que había que tomar medidas de modo drástico e
inmediato. De todos modos, este segundo crimen nos pone las cosas aún más
difíciles. Con todo, si el cuerpo está en la Cripta, quizá podamos ganar algo
de tiempo.
Esta
vez no había duda, por la expresión de sus rostros, acerca de lo que pensaban
al unísono el Decano y el Praelector. Cruzaron una mirada de inteligencia y se
volvieron hacia Sir Cathcart.
—Cathcart,
muchacho —dijo el Praelector—. ¿Ha sufrido usted antes alguna reacción alérgica
al pato? Quiero decir que si en el pasado una ingestión excesiva de grasa
animal le causó dificultades en la percepción de la realidad.
Los
ojos de Sir Cathcart parecieron ir a saltar de su rostro congestionado.
—¿Que
si yo qué? —bramó—. ¿Una reacción alérgica al pato? ¿Es que están todos locos,
o qué? Tenemos el Colegio empedrado de cadáveres, por así decirlo, y no se le
ocurre otra cosa que preguntarme si la ingestión de cañarás pressés afecta a mi
percepción de la realidad. Pues mire lo que le digo...
—No
se sulfure, amigo mío, no se sulfure, y baje la voz —intervino el Decano.
Sir
Cathcart obedeció y añadió, con un hilillo de ronca voz:
—Pues
mire lo que le digo: sí, mi percepción de la realidad se ha visto alterada esta
noche, y mucho. Lo que percibo es que todo el Colegio ha perdido el norte. No
sólo tenemos a un Portero Mayor de Rector, sino que ahora resulta que es el
asesino de su predecesor en el cargo, y, por si esto fuera poco, tenemos
también a un Tutor Mayor que se ha cargado a otro de los miembros del Claustro
y ha escondido su cuerpo en la Cripta. Y, para completar el cuadro...
—¿De
qué diablos habla? ¿Qué es lo que le hace pensar que el Tutor Mayor haya matado
a nadie? ¿Cuerpos en la Cripta? ¡Pues claro que hay cuerpos en la Cripta: los
de los Rectores enterrados allí! Pero ninguno más.
Sir
Cathcart los miró alternativamente con una expresión escéptica y recelosa.
—Entonces,
¿por qué me dijo antes de esa maldita y venenosa cena que el Tutor Mayor había
liquidado al tal doctor Osbert? —le preguntó al Praelector.
—¿Yo?
No he dicho nunca que el Tutor Mayor hubiera asesinado al doctor Osbert —dijo
el Praelector, indignado—. En toda mi vida había oído mayor sarta de
disparates.
—¡Claro
que me lo dijo! Dijo que el Tutor era culpable...
Sir
Cathcart dudó. En su mente confundida empezaba a brillar una luz. El Praelector
aprovechó esta pausa para meter baza.
—Lo
que dije es que el Tutor Mayor era culpable de que se hubiera aceptado al doctor Osbert en el
Colegio sin investigar previamente quién estaba detrás de su beca. No dije que
hubiera asesinado a nadie.
—Y,
que yo sepa, el doctor Osbert sigue vivo —dijo el Decano.
Sir
Cathcart se revolvió incómodo en su butaca.
—Aquí
ha habido, evidentemente, un tremendo error —dijo—. Pero algún jodido idiota me
dijo...
Se
le apagó la voz al tiempo que se hacía la luz en su mente.
—¿El
Capellán, quizá? —apuntó el Decano.
Sir
Cathcart asintió con la cabeza.
—¡Ah!
—dijo el Praelector, y alargó el brazo para coger el coñac—. Eso lo aclara
todo. Bien, tenemos un problema: el de encontrar un Rector que suceda a
Skullion. Porque supongo, por lo que hemos hablado antes, que todos estamos de
acuerdo en que no ha nombrado a Lord Pimpole.
Por
un instante pareció que Sir Cathcart iba a objetar, aduciendo su promesa bajo
palabra de honor, etcétera, pero lo pensó mejor. Incluso para un hombre tan
ecléctico sexualmente como él, ovejas y perros era pasarse de la raya.
—Bien
—continuó el Praelector—. En tal caso, voy a convocar una reunión
extraordinaria del Consejo del Colegio para que podamos declarar al Rector non
compos mentís. Esto invalidará cualquier nuevo nombramiento que pueda hacer. Es
el único recurso que nos queda, y tiene la ventaja adicional de que de paso
invalida cualquier ridícula confesión que pudiera hacer acusándose de la
muerte, evidentemente accidental, de Sir Godber Evans. Y ahora, si me perdonan,
hace rato que pasó mi hora de meterme en la cama.
—Y
la mía —dijo Sir Cathcart.
Justo
cuando el viejo general pasaba por delante de la Portería al salir del Colegio,
una figura se cruzó con él a paso vivo. Era, precisamente, el hombre al que
pensaba conocer aquella noche.
30
El
Purefoy Osbert que volvió a Porterhouse aquella noche no era el mismo hombre
que salió de allí. Había cambiado. Ya no creía firmemente que el delito era
consecuencia de la existencia de la ley o que el mal comportamiento humano era
un mero efecto secundario de la brutalidad policial y la represión social.
Había ido más allá de esas generalizaciones y se encontraba ahora en un mundo
más personal en el que su propia rabia se imponía a todo. Había sido humillado
deliberadamente, y había quedado como un idiota. Durante el camino de vuelta
estuvo rumiando el hecho más que patente de que Madame Ma'Ndangas no sólo no le
amaba sino que, además, no sentía el menor afecto por él y se tomaba a befa sus
sentimientos hacia ella. Siempre le había tenido por un imbécil, estaba claro.
Y Purefoy le daba ahora toda la razón. Había demostrado ser un completo
gilipollas al creerse aquellas historias sobre un marido negro en Uganda que
había acabado en los bocadillos de Idi Amin. Una mujer capaz de hacer tragar
semejante cuento a las autoridades universitarias simplemente hablando aquel
inglés macarrónico tan disparatado, tenía que ser una consumada farsante. No le
sorprendería en absoluto que ni siquiera hubiera estado nunca en África y que
hubiera obtenido sus enciclopédicos conocimientos sobre prácticas sexuales
simplemente de libros y tratados de sexología, o de oídas. Sea como fuere, era
una embustera y una farsante, además de una zorra redomada, y Purefoy no quería
volver a saber nada de ella. Pertenecía a un pasado que deseaba olvidar. Había
cambiado de idea, y no pensaba escribirle. ¿Para qué? No valía la pena. A lo
mejor hasta disfrutaba al ver lo colado que estaba por ella, así que se iba a
quedar con las ganas. Además, tenía cosas más importantes que hacer.
Para
empezar, haría sentir su presencia en Porterhouse. Aquel Colegio era peor que
un anacronismo, y mucho más que una antigualla: era una institución decadente
en la que reinaba una enfermiza arrogancia destinada a ocultar su tremenda
insustancialidad y su absoluta carencia de distinción intelectual, así como el
hecho de que aquella institución estaba en la ruina no sólo económica, sino
también moral. Purefoy ignoraba si los demás Colegios de Cambridge también
ocultaban algo, pero, por lo menos, seguían produciendo licenciados competentes
y sabios eminentes. Se decía incluso, aunque Purefoy encontraba esta
estadística bastante increíble, que uno solo de sus Colegios, Trinity, había
tenido más premios Nobel que Francia. En pocas palabras, otros Colegios de
Cambridge podían permitirse el lujo de mostrar un cierto aire de superioridad
sin parecer del todo ridículos. Pero Porterhouse no. Porterhouse era ridículo.
Peor aún, tenía como Rector a un zote que confesaba haber asesinado a sangre
fría a su predecesor sin el menor vestigio de remordimiento o arrepentimiento.
Bueno, pues eso iba a cambiar. Enloquecido por las risas de Madame Ma'Ndangas,
que le habían hecho darse cuenta de lo burro que había sido, Purefoy Osbert le
había perdido el miedo a aquel lugar y a los bufones reumáticos que lo
regentaban. Tenía la intención de cumplir con su cometido como becario de la
Sir Godber Evans y hacer que notaran su presencia. Ofuscado por este
pensamiento imperioso, pasó junto a Sir Cathcart sin verlo y subió directamente
a sus habitaciones. Ya era muy tarde para poner manos a la obra, pero a la
mañana siguiente le daría un buen repaso al Decano. Le iba a contar lo que
sabía y lo que pensaba hacer. Le diría que iba a ponerlo en conocimiento de la
policía, a ver cómo reaccionaba. Era su reacción lo que le interesaba. Purefoy
había descubierto el valor de la provocación. Forzaría al Decano a admitir la
veracidad de la confesión de Skullion. O a negarla. Ninguna de las dos cosas
importaba demasiado. Su propia posición en el Colegio tampoco le importaba ya
demasiado. Toda su vida había tratado de aceptar únicamente los hechos
probados. Pero durante aquella media hora en el apartamento de Madame
Ma'Ndangas había aprendido que no hay nada más turbador que algunos datos
reales conocidos de antemano mezclados con una porción de acusaciones absurdas.
Le aplicaría aquella misma receta al Decano a la mañana siguiente. Exhausto por
las emociones del día, Purefoy Osbert durmió aquella noche como un bendito.
El
Praelector también durmió, pero sólo a ratos. Siempre caía dormido en cuanto se
metía en la cama, pero se despertaba al
cabo de una o dos horas y se ponía a reflexionar sobre los
acontecimientos del día anterior o, simplemente, reposaba en la oscuridad con
la mente en blanco. Casi disfrutaba de su insomnio. Le daba la oportunidad de
pensar en sus cosas sin interrupciones y sin que le reconcomiera el sentimiento
de que debería estar haciendo algo útil. Pero aquella noche sus pensamientos se
concentraban exclusivamente en la elección de un nuevo Rector. Al contrario que
el Decano y el Tutor Mayor, él no se hacía ilusiones respecto a Porterhouse.
Como le había dicho al Decano durante aquel paseo, el estado de las cuentas del
Colegio le había afectado profundamente; y lo mismo le ocurrió al enterarse del
crimen de Skullion y de su inminente confinamiento en la Quinta de Porterhouse,
y la necesidad de decidir sobre la sucesión. Por último, y, en cierto sentido,
esto había sido lo más triste de todo, los múltiples malentendidos durante la
cena y en las habitaciones del Decano habían acabado de demostrarle la
incompetencia de las personas en cuyas manos se suponía que estaban las riendas
del Colegio. El Tutor Mayor se había comportado como un crío, el Decano se
desmoralizó, y los cambios de humor e identidad de Sir Cathcart D'Eath sugerían
las primeras manifestaciones de demencia senil. El momento de forzar un cambio
radical había llegado. Cuando las primeras luces del alba clareaban el cielo,
el Praelector se encontró en el meollo del asunto y, con una súbita comprensión
de los elementos esenciales de aquel problema, le encontró una sorprendente
solución.
De
hecho, era tan sorprendente, que se incorporó en la cama de golpe y se quedó
medio sentado contra las almohadas para reflexionar más detenidamente sobre
ella. Y cuanto más la consideraba desde todos los ángulos, más perfecta la
veía. Por otra parte, era una idea tan extraordinariamente atrevida y absurda,
que incluso él la contemplaba con incredulidad. Y, además, los riesgos eran
tremendos. Más de una hora permaneció sentado en la cama con la espalda apoyada
contra las almohadas, buscando una alternativa menos radical, pero no pudo
encontrarla. Y entonces, con el convencimiento de que había hallado el medio de
salvar a Porterhouse y una idea clara y precisa en la cabeza de lo que debía
hacerse para conseguirlo, se volvió a arrebujar debajo del embozo, y se durmió
profundamente.
A
las siete y media se despertó de nuevo. Se levantó, se dio un baño, se afeitó y
luego, como hacía a diario, se puso delante del espejo del armario y contempló
su largo y huesudo cuerpo desnudo con la desapasionada aceptación con que
siempre había tratado de enfrentarse a la realidad. Lo que vio era aquello en
que se había convertido: un hombre viejo, de piernas larguiruchas y lampiñas,
algo cargado de espaldas, pero con unos claros ojos azules sobre la larga nariz
y una boca firme, aunque hundida. Una vez hecho esto, se vistió con más esmero
de lo habitual, y escogió un traje tan viejo que parecía no pertenecer a
ninguna moda ni estilo. Era su traje favorito, y se lo ponía tan pocas veces
que estaba como recién estrenado. Una vez vestido y acicalado, con una corbata
tan imperceptiblemente elegante como el resto de su atuendo, bajó a desayunar.
Pero primero pasó por la Portería.
—Tenga
la bondad de anunciar a los miembros del Claustro que se ha convocado una
Reunión Extraordinaria del Consejo del Colegio a las 11.30 —le dijo a Walter—.
Es de suma importancia que la mayor cantidad posible de Claustrales asista a
esa reunión.
Y
dejando al Portero Mayor con la curiosidad insatisfecha de saber los motivos de
aquella inesperada reunión, cruzó el Patio Viejo en dirección al Refectorio.
—Algo
pasa. Y es cosa sería —le dijo Walter al Portero Adjunto—. Cuando dicen
«extraordinario», no es porque sí. Y cuando el Praelector toca el tambor, los
otros bailan a su son.
El
Praelector se pasó el resto de la mañana haciendo diversas gestiones. Primero
visitó el bufete de Waxthorne, Libbott & Chaine, Abogados, y, tras media
hora de conversación con el señor Retter, dejó a este caballero consternado,
alarmado y convencido de que aquel día Porterhouse se jugaba su futuro a una
sola carta. Después, el Praelector fue en taxi a casa del Tesorero, y, tras una
breve y agria escaramuza, durante la cual le expuso con fría claridad todo lo
que le esperaba como no hiciera lo que le mandaba, el Tesorero se tomó tres
pastillas y le acompañó a Porterhouse.
—Tengo
que hacer algunas llamadas, pero puede subir a mis habitaciones conmigo y
esperar hasta que termine —le dijo el Praelector—. Y, si hace todo lo que le
diga, no le pasará nada.
El
Tesorero aceptó, aunque no estaba demasiado convencido, Al pasar por debajo de
las ventanas del Decano, el ruido de fuertes voces que discutían acaloradamente
les indicó que allí también había alguien que no estaba demasiado convencido,
por no decir en absoluto. El Praelector se detuvo a escuchar. Desaprobaba tanto
pegar la oreja como leer la correspondencia ajena, pero la pasada noche había
decidido prescindir de las convenciones sociales y éticas por una temporada.
—¡Usted...
usted...! ¡Cómo se atreve a venir aquí a... a amenazarme...! ¿Cómo tiene la
desfachatez de... de sugerir que yo instigué el ase... el asesinato del difunto
Rector? —tartamudeaba el Decano.
—Dígame
lo que hizo —le replicó una voz fría y tranquila—, Dígamelo, y le diré qué
nombre se le da.
Los
dos callaron. Incluso el Praelector se estremeció ante la amenaza implícita en
aquella gélida y calculada frase. El Tesorero temblaba de pies a cabeza. El
Praelector dudó un instante antes de ordenarle que subiera a sus habitaciones y
le esperara allí. Luego se lanzó escaleras arriba. Cuando llegó al rellano, oye
al Decano que decía, con voz ahogada:
—¡Maldita...
maldita... víbora! ¡Voy a llamar a la policía, caerá sobre usted todo el peso
de la ley! Yo...
—No
faltaría más, hágalo —le interrumpió Purefoy Osbert con un tono de voz que
denotaba absoluta seguridad en sí mismo—. Llame, llame a la policía. Tiene el
teléfono ahí, detrás de usted, ¿Quiere que le diga el número?
El
Praelector ya había oído bastante. Abrió la puerta y entró en la habitación.
—Ah,
doctor Osbert —dijo, con fingida afabilidad—. Precisamente le estaba buscando.
Espero no haber interrumpido nada importante.
Purefoy
Osbert estaba de pie en medio del cuarto dando la espalda a la ventana. No
respondió. A contraluz, el Praelector no podía ver la expresión de su cara.
Pero veía perfectamente la del Decano: estaba rojo como un tomate.
—¡Este
individuo me acusa de... de... de haber planeado el asesinato de Sir Godber!
—pudo articular el Decano por fin—. ¡Dice que...!
—Oh,
por supuesto que no —le interrumpió el Praelector, que mantenía su aire
despreocupado—. Estoy seguro de que el doctor Osbert tiene el suficiente
sentido común para guardarse muy mucho de ir por ahí haciendo acusaciones
infundadas. Se limita a cumplir con las condiciones de su contrato de becario,
y todos conocemos la versión de Lady Mary. Es comprensible que una viuda
reaccione de esa manera. Y el hecho de que tengamos un Rector que no sabe lo
que se dice porque sufre de demencia senil a causa del alcoholismo ha hecho que
semejantes acusaciones parezcan, por desgracia, muy plausibles. —Se volvió
hacia Purefoy—. Ha hablado con el pobre Skullion, ¿verdad? —Se calló un
momento, y sonrió—. El pobre hombre parece haber desarrollado un agudo
sentimiento de culpa, una obsesión causada sin duda por la embolia y exacerbada
por la pesada carga de ejercer las funciones de Rector, cargo que,
evidentemente, no era para él. En su tiempo fue un excelente Portero Mayor. Es
comprensible que se haya dado a la bebida.
Purefoy
miró a su interlocutor directamente a los ojos, aquellos burlones ojos azules,
y supo que había encontrado un contrincante de su talla.
—No
acuso a nadie —dijo—. Me limito a preguntar. Sólo se trata de conocer la
opinión del Decano. Y creo que ya la sé.
Y,
sin más, salió de la habitación. Sus pisadas se perdieron escaleras abajo. El
Praelector ayudó al Decano a levantarse de su sillón.
—¡Vamos,
deprisa! —dijo—. ¡No hay tiempo que perder! ¡El Consejo se reúne dentro de
cinco minutos, y todavía tengo que hacer una llamada!
—¡Ese
maldito...! —empezó el Decano de nuevo, pero el Praelector le impuso silencio
llevándose un dedo a los labios y escuchó. La sirena de una ambulancia se oía
cada vez más cerca.
—Han
venido a llevarse al Rector —anunció.
La
Reunión Extraordinaria del Consejo del Colegio fue una ocasión solemne. Incluso
el Tutor Mayor y el doctor Buscott, que intuyeron que algo sin precedentes iba
a ocurrir, se mantuvieron quietos y callados, mientras que el Decano, todavía
desconcertado por la acusación de Purefoy acerca de su supuesta conspiración
con Skullion para matar a Sir Godber, dijo que sí a todo lo que propuso el
Praelector por más que, al igual que el Tesorero, era incapaz de seguir el hilo
de su argumentación y de comprender las consecuencias de lo que proponía.
—En
primer lugar, nos hemos reunido con motivo de la marcha del Rector —anunció el
Praelector—. Durante la noche pasada su estado de salud ha empeorado de tal
manera que ya no es capaz de cumplir con los pocos deberes simbólicos que hasta
ahora desempeñaba. Esto, añadido a su estado mental, le indujo a renunciar al
puesto de Rector alegando non compos mentís. Nos hallamos, pues, en un periodo
de interregno hasta que se nombre a un nuevo Rector. ¿Sí, doctor Buscott?
—Me
preguntaba si Sku... es decir, el Rector, ha ejercido su derecho a nombrar
sucesor —dijo el doctor Buscott—. Y si encontrándose, como dice usted, en
estado de non compos mentís, tendría validez dicho nombramiento.
—Me
alegro de que me haga esa pregunta. Precisamente he consultado esa cuestión con
los abogados del Colegio esta misma mañana, y me han informado de que su
opinión al respecto es que, estando el Rector incapacitado para tomar una
decisión racional, la responsabilidad de la elección de un nuevo Rector recae
sobre el Consejo del Colegio y, en la eventualidad de que éste no alcanzara la
unanimidad en su decisión, pasaría automáticamente a manos de la Corona. O,
para ser más precisos, la elección del nuevo Rector sería entonces competencia
del Gobierno. —Hizo una pausa y recorrió la sala con la mirada—. Yo,
personalmente, me opongo de plano a ello. En el pasado ya hemos tenido la
experiencia de los catastróficos nombramientos del Primer Ministro.
Hubo
un murmullo de aprobación en la sala. Los Claustrales se acordaban
perfectamente del difunto Sir Godber Evans.
—Es,
por lo tanto, esencial que lleguemos a un acuerdo unánime, en interés del
Colegio, y, al mismo tiempo, que aceptemos
el hecho de que Porterhouse se enfrenta a una crisis económica sin
precedentes. No voy a detenerme ahora en rememorar el pasado. Más que mirar
atrás, lo que les pediría ahora es que piensen en el futuro. Nos encontramos en
situación de asegurar que Porterhouse, en vez de ser uno de los colegios más
pobres de la Universidad de Cambridge, y hallarse al borde de la bancarrota, se
convertirá en uno de los más ricos.
Un
susurro de asombro recorrió los bancos de los Claustrales. El Praelector esperó
a que se hiciera de nuevo el silencio para continuar.
—Pero
mucho me temo que tendrán que fiarse de mi criterio en lo concerniente a este
punto. He sido miembro del Claustro de Porterhouse desde hace no sé ya cuántos
años, y creo que comprenderán todos que pongo el interés del Colegio por encima
del mío propio.
Durante
veinte minutos el Praelector expuso datos y cifras que le había proporcionado
la oficina del Tesorero para mostrar la cuantía de las deudas del Colegio y la
naturaleza temporal del alivio que supondría la compensación ofrecida por
Transworld Televisión Productions, si es que se llegaba finalmente a un
acuerdo, lo cual no estaba aún muy claro. Los Claustrales le escuchaban como
hipnotizados por aquella nueva y extraña autoridad que emanaba de él. Durante
años el Praelector se había ocupado de sus modestos quehaceres sin meterse con
nadie, y, en consecuencia, había sido ignorado por el resto del Colegio. Pero
ahora, como si su inteligencia hubiera reverdecido en una especie de veranillo
de San Martín, los dominaba a todos. Incluso el doctor Buscott comprendió que
estaba en presencia de alguien, o quizá de algo, cuyo poder no podía ponerse en
duda. Al final, cuando el Praelector les pidió su permiso unánime para conducir
las negociaciones con el candidato de su propia elección sin cortapisas ni
preguntas, el Consejo aprobó la moción sin un solo voto en contra. Los
Claustrales de Porterhouse salieron al Patio Viejo aquella radiante mañana de
primavera con renovadas esperanzas. Habían delegado aquella carga en un hombre
en el que podían confiar, y se sentían libres.
Quien
no se sentía libre, precisamente, era Skullion. Sentado en su silla de ruedas
dentro de la ambulancia, sabía que le habían traicionado de nuevo. No iban al
castillo de Coft, como le había prometido el general. Llevaban demasiado rato
en la carretera e iban demasiado deprisa. Estaban en la autopista, camino de la
Quinta de Porterhouse, y no había absolutamente nada que pudiera hacer para
evitarlo. Le habían tomado el pelo. Y le habían sacado de Porterhouse de modo
muy profesional, además: mandaron a Arthur a la farmacia con la excusa de
comprar sus pastillas contra la hipertensión, y en cuanto la Residencia del
Rector quedó sin vigilancia, entraron, se lo llevaron en andas con silla y todo
y lo metieron en la ambulancia. Y ahora iban camino de la Quinta. Buen trabajo.
En
fin, era culpa suya. ¿Quién le mandaba emborracharse y amenazar al Decano? Y no
debía haber confiado en el hijo de puta del general. A aquellas alturas ya
hubiera debido saber que aquellos cabrones cerrarían filas para salvar la piel.
Lo cual no quería decir que, si era necesario, no se destrozaran entre sí. Y
ahora dirían que le había dado otro paralís, y el Cocinero y los demás no
sabrían nunca qué le había pasado. Nadie sabría que se lo habían llevado a la
Quinta de Porterhouse, y, aunque lo supieran, no serviría de nada. Nadie iba
nunca a la Quinta. Era, simplemente, el lugar en el que encerraban a los
majaretas como el doctor Vertel y el señor Manners, que se había convertido en
un estorbo a causa de su incontinencia de orina y su manía de emprenderla a
paraguazos con los estudiantes porque creía que se burlaban de él a sus
espaldas. Y ahora había llegado su turno. Seguro que allí también habría alguna
mala bestia de enfermera bigotuda y mandona que le haría tomarse sus pastillas
y le bañaría. Y seguro que en los días soleados le sacarían en su silla de
ruedas a mirar el panorama y a escuchar a los otros chiflados canturrear y
chillar. Y tendría que comer con ellos, y le llamarían Skullion y le tratarían
a patadas, igual que cuando era Portero Mayor. El viejo Vertel siempre le había
odiado, y todavía debía de estar vivo, porque no había salido su necrológica en
la revista del Colegio. Skullion, sentado en su silla de ruedas, con la vista
fija en la cortinita de la puerta de la ambulancia, se maldijo mentalmente, por
tonto.
31
Purefoy
Osbert observó con interés a los Claustrales que salían de la Biblioteca Vieja.
Por un momento pensó que habían estado discutiendo la amenaza que suponía para
el Rector su presencia en el Colegio, sabiendo lo que sabía, pero la reunión se
había convocado antes de su confrontación con el Decano aquella mañana. Allí se
estaba tramando otra cosa. Unos alumnos con los que se cruzó en el Patio
hablaban de que al Rector le había dado otro paralís, y de que habían visto una
ambulancia aparcada frente a la puerta de su Residencia. Fuera cual fuere la
causa de aquel movimiento inusual en el Colegio, Purefoy estaba decidido a
sacarle el máximo partido. La visita al Decano y la reacción balbuciente e
impotente de éste le habían levantado mucho la moral. Ya no se sentía aplastado
por la atmósfera de Porterhouse, y en su mente lo veía con la misma
indiferencia con que habría visto cualquier cafetucho de carretera. Sus
ceremonias y rituales, como la Cena de Admisión, su terminología arcaica (los
Dormitorios, la Sala de Claustrales, la Mantequería, el Decano, el Rector),
eran meros trucos teatrales para intimidar a las mentes inmaduras e
impresionables y que enmascaraban, como una especie de ceremonial masónico, la
pequeñez de los oficiantes que ostentaban tales títulos. En todos los demás
Colegios que Purefoy había visitado, siempre observó que se tomaban las
tradiciones con cierta dosis de ironía. Pero no en Porterhouse. Allí prevalecía
la asfixiante seriedad de las gentes de miras estrechas. Purefoy veía ahora a
través de aquellos disfraces y escogió su siguiente presa: el Tutor Mayor. Lo
cazó cuando subía por las escaleras.
—¡Ah,
es usted! —dijo Purefoy, haciéndose el encontradizo—. ¿Podríamos charlar un
minuto?
El
Tutor Mayor le clavó una fría mirada. No le gustaba que le abordaran sin el
debido ceremonial e ignorando su título. Era una falta de respeto. Y,
ciertamente, no quería hablar con aquel condenado doctor Osbert ni un minuto,
ni medio.
—Perdone,
pero estoy muy ocupado —dijo, y le volvió la espalda.
Pero
Purefoy Osbert se coló dentro del cuarto antes de que le pudiera dar con la
puerta en las narices.
—Es
sobre las acusaciones que ha hecho el Decano —dijo.
—¿Acusaciones?
¿De qué demonios habla?
—Esperaba
que me explicara cuál fue, exactamente, su papel en los hechos —dijo Purefoy.
—¿Mi
papel? ¿Qué papel? —preguntó el Tutor Mayor.
—A
la luz de la confesión de Skullion, es importante contemplar los hechos desde
la perspectiva correcta —continuó Purefoy—. El Decano dice que... Bueno, quizá
sería más justo que me contase primero su versión. Así se ahorraría tener que
desmentir lo que ha dicho el Decano.
El
Tutor Mayor reculó instintivamente en dirección a su estudio.
—¿La
confesión de Skullion? —murmuró—. ¿Qué es lo que ha confesado?
—Pues
que asesinó a Sir Godber Evans. Pero su responsabilidad se reduce a cometer
materialmente el crimen. Nada más. La responsabilidad de... Pero, bueno, mejor
será que confiese su participación en...
Purefoy
dudó, y esperó a ver cómo reaccionaba su interlocutor ante la sugerencia de que
compartía la responsabilidad por aquel crimen. Hubo un largo silencio. El Tutor
Mayor le miraba más blanco que la pared.
—¿Sir
Godber Evans fue asesinado? —dijo a duras penas—. No tenía ni idea.
—Eso
no es lo que el Decano ha declarado. Veamos, en el momento del crimen usted no
se encontraba en el Colegio, según declaró durante la investigación. Si desea
ahora cambiar esa declaración...
—¿Cambiar
mi declaración? ¡Pero si estaba en el castillo de Coft, visitando a Sir
Cathcart D'Eath! Hay mucha gente que nos vio.
—¿Que
los vio? —dijo Purefoy con una expresión escéptica—. ¿Con quién dice que estaba
aquella noche?
—Pues
con el Decano, claro.
—¡No
me diga! Eso no es lo que ha dicho él —replicó Purefoy—. Pero si ésa es su
historia...
—¡Por
supuesto que es mi historia! —gritó el Tutor Mayor—. ¡Es la pura verdad,
maldita sea!
—No
hay por qué ponerse a chillar de esa manera —le dijo Purefoy—. Y ahora, ¿por
qué no se sienta ahí y me lo cuenta todo acerca de esa supuesta coartada suya?
Se sentirá mucho mejor si se quita ese peso de encima, créame.
Mecánicamente,
el Tutor Mayor se sentó. Su cabeza era un tiovivo de emociones contrapuestas.
No podía concentrarse.
—No
tengo ningún peso que quitarme de encima. No sé nada sobre el asesinato de Sir
Godber Evans. Ni siquiera sabía que había sido asesinado. Nadie me lo dijo.
Purefoy
Osbert sonrió, y su sonrisa parecía implicar que al Tutor Mayor no hacía falta
que se lo dijeran.
—Veamos.
Cuando habló con él aquella noche fatal, ¿qué le dijo?
—¿Qué
le dije? ¿A quién? ¡Por el amor de Dios...!
—A
Skullion, por supuesto.
—¡Pero
si no hablé con Skullion aquella noche! ¿Por qué demonios habría tenido que
hablar con él?
—Eso
es usted quien me lo tiene que decir —dijo Purefoy—. Veamos, según dice el
Decano, usted fue el que...
—¡Al
diablo el Decano! —gritó el Tutor Mayor—. ¡No me importa lo que diga ese
imbécil, lo que yo digo, y me mantengo en ello, es que aquella noche ni
siquiera vi a Skullion!
—Bien
—le interrumpió Purefoy—. Así que el Decano es un mentiroso y un...
—¡Mire
—berreó el Tutor Mayor—, no sé si ese capullo es un mentiroso o no! Lo que le
digo es que...
—Así
pues, por lo que me dice, el relato de lo que hizo usted aquella noche que nos
ha hecho el Decano es correcto, ¿no?
El
Tutor Mayor miró a su alrededor con el rostro desencajado. Purefoy Osbert
reconoció el síntoma. Se sentía exactamente igual que él en el apartamento de
Madame Ma'Ndangas. Decidió darle el golpe de gracia a la moral del Tutor Mayor.
—Y,
como sabe, al Rector Skullion se lo han llevado esta misma mañana...
No
hacía falta que dijera más. El Tutor Mayor lo sabía. Pero hasta entonces no
había comprendido del todo las implicaciones
de aquella Reunión Extraordinaria del Consejo. Ahora entendía
perfectamente por qué el Praelector había dicho que Skullion era non compos
mentís. Francamente, el Tutor Mayor encontraba aquel latinajo inadecuado para
describir el estado de su mente. Skullion estaba como una chota. Y el Decano
también. En la imaginación del Tutor Mayor la policía ya estaba interrogando a
Skullion, y pronto empezarían sus pesquisas en el propio Colegio. Y el Decano,
sin duda, había tenido algo que ver con aquel asesinato, pues de lo contrario
no le habría implicado ante el cerdo de Osbert. Así que se decidió, por fin.
—Bueno,
mire, le voy a revelar algo —dijo—. El que sugirió que fuéramos aquella noche
al castillo de Coft fue el Decano. Me lo dijo durante la cena, y me acuerdo de
que me sorprendió mucho. De hecho, le dije que no me parecía bien, y que no
serviría de nada, pero insistió, a pesar de mis objeciones.
—Ya
veo —dijo Purefoy tras una significativa pausa—. Eso no se corresponde con la
versión del Decano. Él dice que fue usted el que insistió en que se alejaran
del Colegio aquella noche. Dice que...
—¡Pues
es un puerco mentiroso! —bramó el Tutor Mayor—. Le repetiré exactamente lo que
dijo.
Diez
minutos más tarde, Purefoy salió de la habitación. El Tutor Mayor le había
proporcionado una información de lo más sorprendente. De hecho, había destapado
una caja de truenos que, ciertamente, provocaría en el general Sir Cathcart
D'Eath un ataque de furia de proporciones volcánicas y una nueva serie de
indiscreciones. Purefoy no quería ni pensar en lo que podría sacarle ahora al
Decano con aquello. Ya en sus habitaciones, sacó la grabadora del bolsillo y
cambió la cinta. Luego bajó al Jardín de los Claustrales sintiéndose satisfecho
consigo mismo. Bien mirado, Madame Ma'Ndangas y su amiga le habían hecho un
gran favor.
El
Praelector fue a Londres en tren y luego tomó un taxi hasta el Hotel Goring. No
era allí donde solía hospedarse durante sus raras visitas a la capital
(prefería un establecimiento más modesto cerca de Russell Square), pero del
Goring emanaba un aire de sólida respetabilidad que era justo lo que
necesitaba, dadas las circunstancias. Y allí tuvo con Schnabel y Feuchtwangler
la «reunión informal» que había solicitado. El señor Retter, muy alarmado,
desaconsejó aquel encuentro.
—Usted
no sabe cómo son esos... individuos —estuvo a punto de decir «picapleitos»—.
Por lo que cobran de la Transworld serían capaces de despellejar viva a su
abuela. Hágame el favor de tener mucho cuidado con lo que dice.
—Siempre
tengo mucho cuidado con lo que digo —le contestó el Praelector, pero no añadió
«sobre todo, cuando hablo con abogados».
Así
que, aquella tarde, un anciano de aspecto inofensivo saludó a Schnabel y a
Feuchtwangler en el vestíbulo del hotel.
—Estoy
seguro de que este lamentable asunto puede solucionarse amigablemente —les
dijo, una vez sentados.
Schnabel
dijo que lo dudaba mucho. Feuchtwangler asintió con la cabeza.
—Nuestro
cliente no es un hombre amigable —dijo Schnabel.
El
Praelector sonrió.
—Casi
nadie lo es —dijo—. Y, sin embargo, debemos tratar de adaptarnos a las
circunstancias, ¿no creen?
Schnabel
dijo que no creía que su cliente entendiese el significado de la palabra.
—¿«Adaptarse»
o «circunstancias»? —preguntó el Praelector.
—Ambas
—dijo Schnabel.
—En
cualquier caso, ha de tener un instinto de supervivencia altamente
desarrollado, o, de lo contrario, no seguiría vivo a estas alturas —prosiguió
el Praelector—. ¿Sigue el señor Dos Passos en la ciudad?
Schnabel
pestañeó y empezó a ver al anciano de un modo distinto. A Feuchtwangler se le
secó la garganta de repente.
—Bueno,
no sé nada de eso —dijo Schnabel.
—Por
supuesto que no —asintió el Praelector—.
Queda fuera de sus responsabilidades. Sin embargo, imagino que debe de ser
motivo de cierta zozobra para su cliente, y me atrevería a asegurar que la idea
de ser deportado a Tailandia o a Singapur tampoco le hace ninguna gracia. Tengo
entendido que allí la condena por ciertas actividades comerciales es
indefectiblemente la pena capital. Por supuesto, no soy experto en la materia,
pero...
—¡Mierda!
—dijo Schnabel. Aquel viejo profesor no era el ancianito inofensivo que se
habían imaginado. Era el Ángel Exterminador.
El
Praelector llamó con un gesto al camarero.
—¿Les
apetece tomar algo? —dijo.
Ninguno
de los dos quiso nada más fuerte que agua mineral. El Praelector pidió una
copita de jerez.
—Bueno.
Como les he dicho al principio, estoy convencido de que este asunto se puede
solucionar de manera amigable y mutuamente beneficiosa. Creo que su cliente
apreciará mi propuesta. Que, por supuesto, debo discutir en persona con él, sin
intermediarios. Supongo que su cliente preferirá que sea yo quien le visite en
su oficina. Tengo un par de citas importantes mañana por la mañana, pero espero
que a las cuatro de la tarde le vaya bien.
—No
creo que le convenga ninguna hora... —empezó a decir Schnabel, pero
Feuchtwangler le interrumpió:
—Veamos
—dijo—. Ha dicho «mutuamente beneficioso», y sería muy conveniente para
nosotros, si hemos de concertar esa entrevista, saber de qué modo nos
afectarían las consecuencias de dicho acuerdo.
—Por
supuesto, por supuesto —dijo el Praelector—. Comprendo su preocupación.
Permítame asegurarles que las consecuencias económicas de ese acuerdo que se me
ha autorizado a negociar con su cliente no afectarán en lo más mínimo a los
intereses de su bufete. Todo lo contrario. Como saben, nuestros consejeros
legales son Waxthorne, Libbott & Chaine, un bufete de Cambridge, y,
naturalmente, en lo concerniente a asuntos menores seguiremos empleando sus
servicios. Sin embargo, en la eventualidad de que, como espero y deseo, su
cliente acepte nuestra propuesta, el Colegio necesitaría la asistencia de un
bufete con mayor experiencia en el campo del derecho financiero y comercial. Y
ahora, si me perdonan, debo dejarlos; estoy citado con mi ahijado para cenar.
Los
dos abogados le acompañaron hasta la puerta, donde el Praelector tomó un taxi.
—A
Downing Street —le dijo al conductor pronunciando las sílabas cuidadosamente—.
Número once.
Schnabel
y Feuchtwangler se quedaron clavados donde estaban contemplando cómo se alejaba
el taxi. Ya no les cabía ninguna duda acerca de la necesidad de que su cliente
mantuviera aquella entrevista con el viejo profesor al día siguiente.
En
el taxi, el Praelector se sonrió para su caletre y, cuando embocaron Whitehall,
le dijo al conductor:
—He
cambiado de opinión. Hay un restaurante estupendo en Jermyn Street. Creo que
cenaré allí.
32
Cuando
llegó la hora del almuerzo, al Decano ya se le había pasado por completo aquel
sentimiento de libertad que experimentaba al salir de la Sala del Consejo, y,
en cambio, estaba lleno de incertidumbres y convencido de que las cosas que
sucedían de forma tan misteriosa y con tanto secreteo iban a alterar el
carácter del Colegio por completo. La situación se le había escapado de las
manos. Tantos disgustos seguidos le habían dejado exhausto, demasiado exhausto,
incluso, para darse cuenta de que el Tutor Mayor le miraba con tal odio que la
creencia de Sir Cathcart la noche anterior de que aquel hombre era un maníaco
homicida parecía más que plausible. Ciertamente, el Tutor Mayor estaba sediento
de sangre, pero la acendrada tradición de no discutir en la mesa (una tradición
que se remontaba al siglo XVII, cuando dos Claustrales se habían batido en
rápido duelo entre el pastel de carne y el rosbif por un malentendido sobre la
palabra «bestiario», lance que tuvo como consecuencia el trágico fallecimiento
de un teólogo sumamente brillante que tenía un labio leporino) le impidió
desfogarse diciéndole al Decano lo que pensaba de él. Y, además, el pescado de
los viernes ejerció su habitual influencia moderadora. Las espinas del
salmonete que tenía delante acaparaban su atención.
Sólo
el Capellán estaba de humor comunicativo.
—Me
preocupa mucho el Rector —dijo—. He llamado al Hospital de Addenbrooke para
preguntar cómo seguía, y me han jurado y perjurado que allí no está.
—No
me sorprende. No le habrán reconocido —dijo el doctor Buscott—. O, por lo
menos, no como Rector de Porterhouse. Seguro que le han tomado por un vagabundo
o algo parecido.
—¿Qué
demonios quiere decir con eso? —preguntó el Tutor Mayor, siempre quisquilloso,
que aprovechó la oportunidad para dar rienda suelta a su mal humor.
—Pues,
simplemente, que los rectores de otros Colegios tienen un porte algo más
distinguido. Y no llevan sombrero hongo.
—Hombre,
supongo que no le ingresaron con el sombrero puesto —comentó el profesor
Pawley—. Incluso si lo llevaba cuando sufrió este último paralís, lo cual se me
antoja improbable, supongo que se lo quitarían cuando lo pusieron en la
camilla.
—Pues
no sé yo qué tienen de malo los sombreros hongos —dijo el Tutor Mayor—.
Estuvieron muy de moda. Los oficiales de la guardia real debían llevarlos
cuando iban de paisano. Y creo que la norma sigue en vigor.
—Me
gustan mucho los hongos —dijo el Capellán—. Pero hay que saber distinguir los
comestibles de los venenosos. Un primo mío se intoxicó una vez al comer unas
setas y por poco se lo lleva al otro barrio un cólico miserere. Estuvo
malísimo, el pobre.
—No
hablábamos de esos hongos. Nos referíamos al sombrero de Skullion.
—Pues
sí, pregunté por él, y nada. Y eso que les dije su nombre. No habrían sabido
quién era, si no. Y ni por ésas, dicen que allí no está.
—Quizá
esté en el Evelyn —dijo el profesor Pawley—. Dicen que es un sitio estupendo.
El
Decano los ignoró. Para él, Skullion había dejado de existir, y, en cualquier
caso, no les iba a decir adonde se lo habían llevado. Cuanta menos gente lo
supiera, mejor. Otros asuntos le tenían más preocupado. Se preguntaba adonde
habría ido el Praelector y si había sido buena idea delegar toda la autoridad
en aquel anciano para que pudiese negociar y nombrar al nuevo candidato a su
antojo. Pero ya era tarde para impedirlo. Y, sin embargo, no podía evitar estar
inquieto. Al final, se excusó entre plato y plato y se fue a dar un paseo a ver
si se tranquilizaba.
El
Tutor Mayor estuvo tentado de seguirlo, pero decidió no hacerlo. Ya tendría
ocasión de cantarle las cuarenta. Y, además, seguro que la policía vigilaba el
Colegio. Ni por un segundo se tragó el cuento de que a Skullion se lo habían
llevado al hospital. Mostrando un tacto sorprendente, o quizá porque la silla
de ruedas no cabía en el furgón celular, la policía utilizó una ambulancia para
llevarse a Skullion a la comisaría, donde, sin duda, estarían interrogándole en
aquel preciso instante. El Tutor Mayor se preguntó si no sería su deber el
buscarle un abogado al pobre hombre, pero recordó que el Praelector había
mencionado que había consultado aquella misma mañana con el señor Retter,
ostensiblemente para discutir la posibilidad de elegir un sustituto en caso de
incapacitación definitiva del Rector. Y se maravilló del tacto y la mano
izquierda del Praelector a la hora de evitar cualquier clase de publicidad.
Sólo por eso ya resultaba evidente que el Consejo había hecho bien en confiar
en su criterio.
De
todos modos, el Tutor Mayor estaba aún de un humor de perros cuando se montó en
su bicicleta y se fue parque abajo en dirección a la caseta de los botes. Sus
pensamientos se concentraban en el doctor Purefoy Osbert. ¡Cómo le gustaría
hallar el medio de que aquel jovenzuelo insolente se arrepintiera de haber
puesto los pies en Porterhouse! Aún estaba considerando la posibilidad de
acusar al doctor Osbert de algo cuando, tras desfogar su rabia remando un rato
en seco, se volvió en su bici al Colegio. Al pasar por delante de la Portería,
Walter salió con un sobre.
—Perdone
que le moleste, señor —le dijo—. Hay un mensaje urgente para el doctor Osbert,
y como vive en su misma escalera, me preguntaba si...
El
Tutor Mayor agarró el sobre y se alejó a toda prisa. Estaba deseando saber qué
era aquel mensaje tan urgente. Quizá pudiera serle de alguna utilidad.
Ya
en sus habitaciones, abrió el sobre con ayuda del vapor de la tetera, y leyó la
carta que había dentro. No tenía mucho interés. Manifestaba, simplemente, el
deseo de la presidenta de la Asociación Americana en Favor de la Abolición de
la Pena Capital y otros Castigos Crueles de entrevistarse con el autor de El
tirón de cuello final, obra que había leído con gran interés, etcétera,
etcétera. Por desgracia, el calendario de su visita a Inglaterra era muy
apretado, y la única tarde libre de que disponía era la del viernes. Aquella
noche se hospedaría en casa de unos amigos, precisamente en Cambridge, y sería
un honor para ella encontrarse con el doctor Osbert a la puerta del Hotel Royal
a las 8 de la tarde. El Tutor Mayor dobló la carta y la volvió a meter en su
sobre, pero luego cambió de opinión y la rompió vengativamente en muchos
trocitos. El doctor Osbert no acudiría a aquella cita.
En
Londres, Schnabel estaba hablando por teléfono con Transworld Televisión.
—Lo
que le digo es que le ofrecen, claramente, una salida —le dijo a Hartang—. Ese
tipo sabe lo que se hace, y tiene contactos de mucho nivel.
—¿De
qué nivel? —guiso saber Hartang.
—Downing
Street —le dijo Schnabel.
Hubo
una larga pausa mientras Hartang ponderaba esta extraordinaria declaración.
—Si
tiene esa clase de influencias, ¿qué quiere de mí? —preguntó finalmente.
—No
lo sé. Tiene una especie de propuesta que quiere hacerle personalmente. Y nos
dijo muy clarito que creía que el asunto se podía resolver amigablemente y en
beneficio mutuo. Feuchtwangler estaba conmigo. Se lo puede confirmar.
Feuchtwangler
lo hizo, y le devolvió el teléfono a su socio.
Pero
aún hizo falta su buena media hora para convencer a Hartang de que accediera a
ver al Praelector, aunque seguía receloso. Fue la mención de la extradición a
Singapur lo que le persuadió.
—Como
metan la pata con esto, Schnabel, no sólo necesitaré nuevos abogados, sino
también la ayuda de todos los independientes de Chicago. No sé si me entiende.
Schnabel
le dijo que sí y colgó.
—Downing
Street está en el ajo, y el muy gilipollas aún se permite el lujo de
amenazar... —dijo.
El
Praelector se levantó tarde y desayunó sin prisas. Luego, por si le estaban
vigilando, fue a visitar a un sobrino suyo que trabajaba en el Ministerio del
Interior. Luego almorzó con un obispo retirado. En resumen, se pasó todo el día
comportándose de modo que sus potenciales espías tuvieran la sensación de que
trataban con un hombre de considerable influencia. Cuando volvió al Goring, le
estaba esperando una invitación para entrevistarse con el señor Edgar Hartang
en el Transworld Televisión Centre. El Praelector echó una siestecita y luego
tomó un taxi. Tras pasar por el detector de metales y después de que le
registraran de arriba abajo, se metió en el ascensor que le llevó hasta la
espartana oficina de Hartang. El potentado le recibió con la misma untuosa
cordialidad que había relatado el Tesorero. Hartang había vuelto a adoptar un
acento y unos modales encantadores y lejanamente centroeuropeos. Lo cual no
engañó al Praelector ni por un instante. Por otra parte, le satisfizo ver que
Hartang había prescindido en aquella ocasión del blazer y el jersey de cuello
vuelto, e incluso de los calcetines blancos, e iba vestido más formalmente, con
traje y una corbata discreta.
—El
Consejo del Colegio me ha autorizado —dijo el Praelector cuando agotaron las
cortesías de rigor— a ofrecerle el puesto de Rector de Porterhouse.
Hizo
una pausa y miró a Hartang con toda la solemne benevolencia que pudo fingir.
Hartang le observaba tras las gafas de cristales tintados (las gafas de sol
azul marino habían desaparecido, junto con los mocasines y los calcetines
blancos) con una mezcla de incredulidad y extremada suspicacia. El Praelector
saboreó el asombro de su oponente por un instante y luego continuó:
—El
provecho que se obtendría de esta propuesta es doble: beneficiaría al Colegio y
también, según creo, mejoraría su reputación como hombre de negocios y como
ciudadano. Permítame explicarle que la facultad de nombrar al Rector de
Porterhouse es prerrogativa de la Corona, y sólo cuando concurren
circunstancias excepcionales ésta, o, para ser más precisos, el Gobierno, es
decir, su Primer Ministro, delega dicha competencia en el Consejo del Colegio.
Así ha sucedido en el presente caso, por motivos en que no es menester entrar
en este momento, y los cuales, por otra parte, no estoy autorizado a divulgar.
Baste decir que estas razones atañen al interés de la nación. Ciertas
obligaciones bilaterales con otros países podrían ser obviadas si usted
aceptara, al tiempo que su reconocido talento para las finanzas no se vería
afectado en modo alguno.
El
Praelector volvió a hacer una pausa, y esta vez asumió la más imponente de las
expresiones para subrayar la seriedad de su propósito. No en vano había sido de
niño un experto pescador de río. A la trucha hay que darle hilo, y saber luego
cuándo tirar. Edgar Hartang, en el otro extremo del kilométrico sofá verde, no
se atrevía ni a respirar.
—Naturalmente,
supongo que querrá considerar esta oferta con sus abogados antes de dar su
consentimiento. Sin embargo, le aseguro que el cargo de Rector no se ofrece ni
a la ligera ni caprichosamente. Y tampoco implica más obligaciones que la de
representar simbólicamente al Colegio en ceremonias oficiales y otras ocasiones
públicas. Usted residiría en la Residencia del Rector, con el consiguiente
número de sirvientes del Colegio a su disposición, y tendría libertad para
organizarse en ella como quisiera para su mayor comodidad y seguridad. Al mismo
tiempo su posición social quedaría asegurada. No puedo decirlo más claramente.
Porterhouse es uno de los Colegios más antiguos de Cambridge y, si se me
permite la franqueza, su contribución en el campo de las comunicaciones y la
tecnología nos sería muy útil, por no hablar de sus conocimientos financieros.
Debo dejarle ahora. Permaneceré alojado en el Hotel Goring otros tres días.
Allí espero su decisión.
El
Praelector se levantó y salió de la oficina con una ligera inclinación de
cabeza al estilo diplomático. Cuando las puertas del ascensor se cerraron tras
él, Hartang se desabrochó el cuello de la camisa y se volvió a sentar tratando
de asimilar la extraordinaria mezcla de amenazas y de promesas que acababa de
escuchar. En toda una vida llena de crudas amenazas y brutales oportunidades
nunca había experimentado nada ni siquiera lejanamente parecido a aquello.
Durante
una hora estuvo intentando encontrarle un punto flaco a la oferta del
Praelector, pero no pudo. Descolgó el teléfono y marcó el número de sus
abogados.
Un
alterado Edgar Hartang conferenció aquella misma noche con Schnabel,
Feuchtwangler y Bolsover. Había comprendido que algo crucial había ocurrido en
su vida, y esto suavizaba su manera de tratar a sus abogados.
—¿Creen
que va en serio, que el viejo tiene autoridad para negociar y tal, como si
fuese un embajador? —les preguntó.
—Sí
—dijo Schnabel.
—Y
se trata de un grandísimo honor, señor —dijo Bolsover.
—Una
protección del carajo —comentó Feuchtwangler—. Nunca he oído que se pudiera
extraditar al Rector de un Colegio de Cambridge.
Hartang
se mordió los nudillos. No le había gustado un pelo todo aquello de las
obligaciones bilaterales. Un ahijado en el número once de Downing Street. ¿Y
qué coño había estado haciendo aquel viejo en el Ministerio del Interior y con
el obispo y demás?
—Así
hacen las cosas los ingleses —le explicó Feuchtwangler—. Primero te atan bien
corto, y luego te dicen: «Bienvenido al club, muchacho.» Y no hace falta que te
den las opciones, porque ya están claras. ¿Cómo cree que Dick Whittington llegó
a ser alcalde de Londres?
Hartang
dijo que no conocía a ningún Dick Whittington.
—Pero
¿por qué yo? ¿Qué quieren de mí? —preguntó.
—Se
lo ha dicho claramente. Su experiencia. Primero dinero, claro. La tecnología
punta es carísima. Tiene que agradecérselo a Kannabis. Le ha hecho un favor.
Era
una frase arriesgada. Hartang no estaba preparado para aceptar que Kannabis
pudiera haberle hecho ningún favor.
—Y
una cosa es segura —dijo Bolsover—: Dos Passos estará metido en un avión de
vuelta al otro lado del charco en el momento en que usted acepte el puesto
oficialmente. Lo vigilan estrechamente.
Era
una razón convincente. Hartang accedió a ser el nuevo Rector de Porterhouse.
—¡Lo
que es la vida! —dijo Schnabel mientras volvían al bufete en coche—. No me
atrevería a decir todavía que está civilizado, pero todo se andará.
—En
Porterhouse sabrán educarlo —dijo Bolsover.
33
El
Praelector estaba sentado en un banco del parque, tomando el sol de aquella
mañana primaveral y contemplando cómo unos niños se revolcaban en la hierba.
Hacía muchos años que no disfrutaba de aquel placer sencillo, rodar por el
césped intentando que el otro chico quedase debajo, pero aún recordaba
vividamente lo divertido que había sido jugar a aquello, incluso cuando perdía.
Y ahora, después de tantos años, volvía a divertirse con un juego parecido,
aunque esta vez con la alegría adicional que da la victoria. Por supuesto,
habría que luchar en más batallas. Para empezar, habría que domesticar a
Hartang: incluso en estos tiempos tan decadentes no se podía consentir que todo
un señor Rector usase palabras como «mierda» o «joder» en la mesa cada dos por
tres. Pero el Praelector tenía la intención de dejar ese aspecto de la
formación de Hartang a los otros Claustrales, y a la atmósfera del Colegio, con
sus múltiples minucias y formalidades. Sus problemas más inmediatos eran de
naturaleza diferente. Tenía que persuadir al Consejo del Colegio para que
ratificara el nombramiento de Hartang como Rector, y en su vida se había
enfrentado a una tarea más difícil. Incluso el más brillante de los científicos
de Cambridge no tenía ni la más remota idea de las implicaciones políticas de
las finanzas y la industria. Habían crecido en el Estado del Bienestar, no
habían conocido los años veinte y treinta, cuando los pobres lo eran de verdad
y las mujeres y los niños tenían caritas famélicas y pálidas y había cola
permanente ante las calderas de sopa del Ejército de Salvación. Habían leído
sobre ello, al menos algunos, pero no lo habían vivido. Por el contrario, se
permitían la broma macabra de las huelgas de hambre y las manifestaciones de
protesta de cuatro a seis, con sus carotas coloradas de buena salud y sus pies
bien calzados en zapatos de marca, y se iban luego a sus casas con una
santurrona satisfacción del deber cumplido, sabiéndose en posesión de la verdad, y se felicitaban a
sí mismos por su coraje y valentía y humanitarismo mientras se zampaban su
salmón ahumado y su coq-au-vin en sus confortables pisitos dotados de
calefacción central y con los cuartos de baño alicatados hasta el techo. Y por
todas partes la televisión y las revistas de lujoso papel cuché los aislaban, y
en cierto sentido los inmunizaban, contra la pobreza y el dolor reales. El
Praelector había vivido lo suficiente para no olvidar cómo era el mundo antes
de que Lord Beveridge pusiera las bases de la Seguridad Social moderna.
Porterhouse tendría que aceptar la decisión que él había tomado, o perecer.
Ésta iba a ser su última batalla. Se levantó y volvió caminando hasta el hotel,
imaginándose la cara que pondría el Decano cuando se enterase de la noticia.
Purefoy
Osbert y Madame Ma'Ndangas estaban sentados en un banco junto al viejo muro de
Peterhouse, con la Puerta del Río a sus espaldas. La Puerta estaba cerrada
ahora, y el lecho del río distaba casi cien metros, pero por allí habían
entrado y salido durante siglos Rectores y Claustrales, que se desplazaban en
barcas por el río a fin de evitar pasar por las calles sucias y llenas de
barro.
—Tenía
que venir a darte una explicación —le estaba diciendo ella—. Al fin y al cabo,
fue sólo una broma, y... bueno, no es que fuera de muy buen gusto, pero así son
las bromas.
Purefoy
miró con el ceño fruncido a unos caballos que ramoneaban en la hierba frente a
ellos. Todavía no sabía qué pensar de Madame Ma'Ndangas y de su hermana. Y no
estaba seguro de que debiera creerse ni una palabra de lo que le contara. Por
otra parte, en el fondo se alegraba de que no hubiese sido la tercera mujer del
difunto Monsieur Ma'Ndangas.
—Era
la única manera de entrar en el país —le explicó. Purefoy dijo que no entendía
nada.
—¿Cómo
crees que puede pasar el control de inmigración una persona sin certificado de
nacimiento ni pasaporte? Es imposible.
—Pero
debías tener algo que te identificara. Tú sabes quién eres, ¿no?
—Ahora
sí, pero entonces no. Nadie lo sabía. Tú no has vivido en la Argentina de la
Junta Militar. En la época de la dictadura, la gente, literalmente,
desaparecía. Eso es lo que les ocurrió a mis padres. A Brigitte y a mí nos
encontraron un buen día en una mesa de picnic en la ribera del Río de la Plata,
en una ciudad que se llama Fray Bentos. Nos habían atado unas etiquetas al
cuello con la palabra «Desconocido» escrita en inglés. Así que nos llevaron a
un orfanato católico donde las monjas nos bautizaron con el apellido
«Incógnito». Aunque parezca una broma, acabó siendo mi nombre. Me convertí en
Ingrid Natasha Cognito. Brigitte tuvo algo más de suerte. De todas formas,
odiábamos el orfanato y a las monjas, así que terminamos por escaparnos al
Paraguay. Y eso fue aún peor, porque tuvimos que vivir con unos alemanes muy
pobres, y en un sitio muy extraño. Y nosotras éramos las dos rubias, de ojos
azules, y hablábamos inglés.
Purefoy
escuchaba con una curiosidad hipnotizada. El Río de la Plata, Fray Bentos y la
fábrica de conservas cárnicas que luego había cerrado, y el club de golf con la
placa conmemorativa de la coronación de Jorge VI en el muro, y las distancias
entre los hoyos todavía medidas en yardas, y luego el Paraguay y las tropas de
Stroessner, con sus cascos prusianos y su paso de la oca en una plaza
polvorienta y desierta, las granjas descuidadas de los descendientes de los
colonos alemanes del siglo XIX, las excéntricas sectas sudafricanas en bloques
de apartamentos de cemento gris, y luego de vuelta a Montevideo cruzando todo
el Uruguay, y la capital, una ciudad detenida en los años cincuenta en la que
los ingleses emigrados aún se reunían en el English Club, donde el ventanal del
comedor estaba roto y pegado precariamente con cinta adhesiva, el estuco del
techo que se caía a trozos y las ediciones atrasadas del Montevideo Times
estaban encuadernadas en tomos de falso cuero rojo en la biblioteca, junto a la
vetusta galería de esgrima, ya en desuso. Y de allí, a África, esta vez con la
ayuda de los de la secta sudafricana.
Mientras
los caballos blancos pastaban apaciblemente en la hierba del ribazo, la
imaginación de Purefoy volaba siguiendo la historia de los vagabundeos de la
señorita I. N. Cognito. Tenía la creciente convicción de que esta vez decía la
verdad. Aunque aún estaba receloso. En
el mundo actual, cualquiera, en una sociedad más o menos civilizada, tiene
algún medio de identificarse, incluso aunque sean sólo las monjas de un
orfanato, o alguien que las hubiera conocido de pequeñas.
—Pero
eso no le ayuda a uno a entrar en el Reino Unido —dijo Ingrid—. Intenta pasar
por la aduana en Heathrow sin pasaporte ni partida de nacimiento, ni nadie que
pueda confirmar quién eres. Es una experiencia inenarrable. Los funcionarios
del control ni siquiera intentan fingir que creen lo que les dices. Lo
intentamos una vez en un vuelo de carga desde Lusaka. Grave error. Metimos a la
tripulación en un lío tremendo, y lo único que sacamos en claro fue que nos
registraran de arriba abajo con una falta absoluta de delicadeza y nos
administraran laxantes, por si nos habíamos tragado condones llenos de droga o
diamantes. Nada agradable, créeme.
—¿Y
qué demonios hacíais en Lusaka?
—Ya
te he dicho que nos habíamos convertido en miembros de la secta Benoni. Una
mujer tuvo visiones, o algo parecido, en 1927, y la gente pensó que era un buen
momento para salir de Sudáfrica con algún dinero para ir a fundar misiones en
Sudamérica.
—Os
podrían haber dado algún papel que os identificara...
—Pero
no lo hicieron porque les dijimos que aquella secta era un timo, y es increíble
lo intolerante que se pone la gente cuando rehúsas comulgar con sus ideas. Así
que nos pusieron de patitas en la calle, como quien dice, en este caso en
Brakpan, y nos las tuvimos que arreglar sólitas.
—¿Y
cómo entrasteis en Inglaterra?
—Pues
nos hicimos amigas de un griego muy simpático que tenía una tienda y un par de
hermanas a las que no les importaba perder sus pasaportes temporalmente. Se los
tuvimos que devolver en Atenas. Pero después de eso, ya no fue tan difícil. Nos
las arreglamos para llegar hasta España por mar, en yate principalmente; un
viejecito encantador, en Palamós, necesitaba tripulación. A su mujer no le
atraía para nada la idea de cruzar el golfo de Vizcaya en pleno invierno, y
había vuelto a casa en avión. Así que un buen día navegamos hasta llegar a
Falmouth y, cuando no hubo moros en la costa, bajamos a tierra.
—¿Y
todavía no tienes papeles? ¿No tienes pasaporte, ni partida de nacimiento, ni
nada?
—¡Pues
claro que sí, bobo! Una vez aquí fue muy fácil hacerse con una partida de
nacimiento.
—¿Cómo?
—le preguntó Purefoy, deseoso, como siempre, de conocer los hechos desnudos.
Ella
se lo dijo.
Purefoy
se la quedó mirando con la boca abierta.
—¡No
me digas que hiciste eso! —dijo—. ¡No puede ser! Espero que no sea verdad.
—Bueno,
algo teníamos que hacer. Era un pobre hombre. Daba hasta un poco de pena,
metido todo el día en Somerset House, más solo que la una. Nadie le había dicho
una palabra amable antes en toda su puñetera vida.
—Así
que obtuviste un pasaporte a nombre de Madame Ma'Ndangas —dijo Purefoy, algo
escamado.
—No,
no. Lo de Madame Ma'Ndangas vino mucho después, como una especie de recurso
temporal. Me llamo Isobel Rathwick y nací en Bournemouth. Todos los papeles en
regla. Aunque la verdad es que sigo prefiriendo Madame Ma'Ndangas. Llámame
siempre así. ¡Es tan divertido tomarle el pelo a toda esa gente tan seria que
se preocupa tanto por el Tercer Mundo!
—Ya
veo —dijo Purefoy—. ¿Y qué me dices de tu hermana? ¿A qué se dedica ahora?
—Pues
a ser una mujer de lo más respetable que vive en Woking con su marido y sus dos
hijas. Pero de vez en cuando se lía la manta a la cabeza y vuelve a ser ella
misma.
—Todo
esto me suena muy extraño. No veo cómo puede uno vivir toda su vida en la
mentira.
—Pues
porque tuvimos que inventarnos a nosotras mismas, Purefoy, cielo, igual que
todo el mundo.
—Yo
no —dijo Purefoy—. Yo sé quién soy.
«Eso
te crees tú», pensó Madame Ma'Ndangas, pero no lo dijo.
Volvieron
dando un paseo por King's Parade, mirando los tenderetes del mercadillo, y
luego tomaron el té en un cafetín que hay detrás del Guildhall, y Purefoy le
contó sus combates de boxeo dialéctico con el Decano y el Tutor Mayor y cómo se
habían llevado a Skullion del Colegio.
—¡Qué
idea tan estupenda, Purefoy! Y todo por nuestra culpa. O gracias a nosotras.
Creo que me voy a convertir en algo que se va a llamar... ¿Cómo podría
llamarse? Una Provocadora Profesional. Eso es. Una Provocadora Titulada. Les
daré clases a jóvenes tímidos y apocados que se creen todo lo que leen en los
libros. Estoy harta de infertilidad masculina y técnicas de masturbación y de
todas esas feministas militantes protestando con el puño en alto contra la
ablación del clítoris.
—Pero
tú eres experta en ello. No lo puedes dejar así como así.
—Pues
empecé con ello así como así —dijo la señorita I. N. Cognito—. Conseguí las
diapositivas en Londres, y me leí unos cuantos manuales. Eso es todo. Y si me
preguntas por qué, te diré que porque estaba hasta el moño de ser azafata de
vuelo y de tener que sonreír a gentuza que estaba deseando perder de vista. ¡La
de mentiras que tiene una que decir! Y siempre son las mismas mentiras. Por lo
menos, en la piel de Madame Ma'Ndangas podía ser más imaginativa, pero eso se
hizo aburrido enseguida también. La gente, casi siempre la gente más fea de la
clase, se me acercaba al final a preguntarme cosas. No te imaginas la cantidad
de bolleras horrorosas que han intentado meterme mano. Pero ahora todo va a ser
distinto. Quiero que me enseñes ese Porterhouse tuyo. Voy a pedir la plaza de
Provocadora. Provocadora Adjunta. ¿Crees que me aceptarán?
—Bastantes
problemas tienen ya —dijo Purefoy.
En
el dormitorio rosa del picadero del general Sir Cathcart D'Eath, cerca del
Jardín Botánico, Petunia Ransby estaba empezando a sentir una sensación
surrealista, combinada con la peor resaca de la que guardaba memoria histórica.
Había llegado a la hora convenida la noche anterior, como le había ordenado el
general, después de tomarse unas cuantas copas de coñac para calmarse los
nervios, que todavía los tenía algo alterados después de la visita al americano
aquel del cuchillo ensangrentado en el matadero de la fábrica de comida para
gatos. Había entrado por la puerta trasera con la llave que le habían dado, y
después de tomarse dos o tres copitas más (no había nadie en la casa), con
grandes dificultades consiguió meterse en el traje de buzo, y se había encasquetado
la caperuza sobre la media melena y el flequillo. Luego se sentó en una silla,
y se quedó allí mucho rato, esperando. Y de vez en cuando se atizaba un
lingotazo de coñac. Su cliente no aparecía. Petunia hurgó en su bolso y sacó el
papel con las instrucciones que le había entregado el general. Decía claramente
el viernes a las 8 de la tarde. Y ya eran casi las nueve. Bueno, pasara lo que
pasara, cobraría igual. Aquellos billetes de banco partidos por la mitad se
convertirían en billetes enteros aunque tuviera que pasarse toda la noche allí.
Dos horas más tarde, decidió quitarse la caperuza para poder respirar más a
gusto. Pero para eso tenía que quitarse primero los guantes de goma, y no pudo.
Mientras forcejeaba con aquellas cosas sintió necesidad de ir a hacer pipí. Y
estaba enzarzada en otra batalla, ahora con la parte inferior del traje, cuando
sonó el teléfono. Petunia le gritó al aparato que se fuera a tomar por el culo
desde el otro extremo del pasillo, y se quedó donde estaba. Y luego, cuando ya
había dejado de sonar, se lanzó a la carrera a intentar cogerlo, pero tropezó
en la alfombra y se cayó de bruces. Petunia volvió a coger la botella de coñac
y se atizó un lingotazo doble. Era casi medianoche cuando volvió a intentar ir
al baño, y, sin querer, apagó la luz y ya no pudo encontrar el interruptor para
encenderla de nuevo. Para entonces sus esfuerzos por librarse de los guantes,
la caperuza y el resto del disfraz de negra submarinista habían demostrado ser
inútiles del todo. Se arrastró por el suelo en la oscuridad, encontró la
botella de coñac y se bebió lo que quedaba. Acto seguido, se desplomó sobre la
alfombra y pasó el resto de la noche tendida allí, felizmente inconsciente del
tiempo, del lugar y del estado en que se encontraba.
A la
mañana siguiente (una mañana sombría en aquella habitación cerrada) las cosas
fueron diferentes. Tardó algún tiempo en comprender por qué no podía respirar
ni podía ver con el ojo derecho —la caperuza y la media melena se habían
desplazado durante el sueño— y por qué estaba metida en algo parecido a una
cosa fría y pegajosa. Poco a poco, con grandes esfuerzos, se puso de pie y,
palpando las paredes, llegó, tras muchos tropiezos y trompicones al cuarto de
baño, donde encendió la luz. La imagen que vio en el espejo no contribuyó a
incrementar su autoestima. Aunque estaba acostumbrada a levantarse por la
mañana hecha un asco en compañía de muchachos de la base de gustos poco
ortodoxos, nunca se había visto en un estado ni ligeramente semejante. Petunia
Ransby se sentó en la taza del retrete y se echó a llorar desconsoladamente.
Luego recordó de repente que le había prometido a su marido que estaría de
vuelta a la una como muy tarde. Y encima le habían prometido la otra mitad de
las dos mil libras. Por un instante la rabia la dejó paralizada. La habían
engañado. Estaba en una casa extraña metida en un traje de buzo que le venía
pequeño. Se sentía fatal. Y lo peor de todo era que tenía que volver a casa.
Pero ¿cómo? En ese momento los efectos del coñac de la noche anterior se
manifestaron de un modo espectacular.
Diez
minutos más tarde, sintiéndose sólo ligeramente reanimada, Petunia trató de
encontrar algo con que rajar el traje de submarinista, pero, aparte de un viejo
cepillo de dientes, que no le fue de gran ayuda, lo único que había allí era
una maquinilla de afeitar de plástico con la que, por más que lo intentó
frenéticamente, no consiguió cortar nada. De nuevo se puso a forcejear con los
guantes y luego, cuando se convenció de que no podía liberarse de ellos, pasó
veinte estériles minutos tirando de las varias aberturas y costuras del traje
de buzo, que le rebotaba en la carne con un chasquido seco cuando soltaba el
tejido elástico. No había nada que hacer. No iba a arriesgarse tampoco a
romperse la nariz, o a ahogarse con la dentadura postiza. Llamaría para pedir
ayuda. Se sentó en el borde de la cama, mirando de reojo el teléfono,
preguntándose lo que diría Len, su marido, o, aún más importante, lo que le
haría si iba a recogerla y la encontraba en aquel estado. Sabiendo como era,
igual le arreaba un palizón allí mismo, aprovechando que no estaba en
condiciones de defenderse; o quizá, lo que aún seria peor, se echaría a reír y
se lo contaría todo a sus amigotes del bar, y ella sería el hazmerreír de
Thetford.
Se
le empezó a llenar la cabeza de sombríos pensamientos. La habían dejado
plantada, que ya era bastante malo, le habían tomado el pelo, y, lo peor de
todo, aquel general más cursi que un repollo con tirantes no se había
presentado a pagarle. Pero no pensaba dejarse robar. Petunia tenía ya bastante
experiencia de la vida, y había pasado por muchos tiras y aflojas y sórdidas
disputas sobre servicios impagados, para que aquel vejestorio le birlara dos
mil libras. Ya podía amenazarla con echarle encima al yanqui del cuchillo. No
le importaba. Le iba a dar al viejo su merecido. Después de pensarlo mucho,
Petunia llamó a su hermana, la que vivía en Red Lodge, y le dijo que fuera a
buscarla y no dijese ni una palabra a nadie, pero a nadie. Maggie quería saber
qué le pasaba en la garganta, que sonaba como ronca, o algo, y le dijo que de
todas formas no podía ir a buscarla hasta que Perce volviera de Newmarket con
el coche, y ya sabía Petunia cómo se ponía Perce cuando volvía del Hipódromo de
Newmarket. Y peor aún si había ganado, claro. Bueno, iría en cuanto pudiera. En
vez de enzarzarse en una interminable discusión con su hermana, Petunia colgó y
hurgó en su bolso a ver si el sobre con las mitades de las dos mil libras
estaba todavía allí. Se lo había traído para comparar los bordes de los medios
billetes cuando le pagaran, no fuera que trataran de engañarla. Miró su reloj
de pulsera y vio que eran ya pasadas las tres de la tarde. Se tumbó en la cama
y siguió pensando en la perra vida hasta las siete, cuando llegó Maggie con el
coche y tocó el claxon desde la calle. Petunia se puso su abrigo de leopardo
—los pantalones de lame dorado eran demasiado estrechos para ponérselos encima
del traje de buzo— y bajó corriendo las escaleras para meterse en el coche.
—¡Anda,
qué pinta tienes, Petu! —le dijo Maggie—. ¡Pareces el anuncio de Michelin! ¿Has
estado en un baile de la Marina, o qué?
Petunia
la miró con el ojo que no le tapaba la caperuza con una expresión que indicaba
claramente que no estaba para bromas. Salieron de Cambridge por la carretera de
Barton.
Sir
Cathcart D'Eath había tenido dos días agotadores. Primero, la Cena de Pato y
los terribles acontecimientos de la sobremesa le habían hecho pasar una noche
fatal, y luego había tenido que levantarse muy temprano a la mañana siguiente
para arreglar lo de la apresurada mudanza de Skullion, que había conllevado
gran número de llamadas de teléfono y de incómodas preguntas acerca de la
índole de aquella operación clandestina, por no hablar de las dificultades para
conseguir que le mandaran de Londres una ambulancia con el personal adecuado.
Pero al final, y tras cuantiosos desembolsos en metálico, lo consiguió. Después
de un almuerzo ligero y una breve siesta, se disponía a dar una cena íntima en
casa a algunos viejos y distinguidos camaradas que venían a pasar el fin de
semana en el castillo con sus esposas. Y lo más importante, Sir Edmund y Lady
Mary Sarah Lazarus-Crouch figuraban entre los invitados. El general estaba
particularmente ansioso por causarles buena impresión a los Lazarus—Crouch
porque su sobrina, Katherine D'Eath estaba prometida con Harry, su hijo mayor,
y Sir Cathcart deseaba recibir los consejos financieros de Sir Edmund, que,
desde que había recomendado a Su Majestad que cancelase todos sus tratos con al
menos tres empresas que luego se habían declarado en bancarrota, eran
conceptuados como infalibles y de seguro efecto en Bolsa. En pocas palabras, la
pequeña reunión en el castillo de Coft esa noche consistía en un grupo selecto
de gente discretamente poderosa y discretamente bien situada. Sir Cathcart, en
previsión de posibles meteduras de pata, había llegado al extremo de darle el
fin de semana libre a su secretaria americana, mientras que Fried Macdonald
había sido enviado a una granja porcina en Lancashire para que disfrutase de
unas cortas vacaciones entre sus congéneres. Y, no obstante esas precauciones,
Sir Cathcart seguía teniendo la sensación de que, a causa de los horrores de la
Cena de Pato y las distracciones del día, se le había olvidado hacer algo muy
importante. Pronto descubrió qué era. El general y sus invitados estaban
recorriendo, con sus bebidas, el viejo invernadero, departiendo animadamente,
cuando llegaron Petunia Ransby y Maggie en el destartalado Cortina. La
conversación cesó de repente cuando Petunia salió del coche como una gorgona y
los miró con la media cara que le dejaba libre la caperuza. Nunca había sido
agradable a la vista, pero, en opinión de Sir Cathcart, entonces resultaba
cataclísmicamente espeluznante. Con su abrigo de leopardo sintético echado
sobre los hombros y el flequillo aplastado por la caperuza, avanzó hacia el
pequeño grupo haciendo eses, agitando en la mano las mitades de los billetes y
contoneando sus caderas hinchadas por la celulitis.
Sir
Cathcart la reconoció al instante.
—¡Oh,
Dios mío! ¿Qué es eso? —exclamó horrorizada Lady Sarah cuando vio acercarse a
Petunia.
—Debe
de tratarse de algún error —murmuró Sir Cathcart. Y luego, seguramente por un
reflejo condicionado añadió—: Quizá sea una colecta para la Asociación pro
Subnormales.
Pero
antes de que pudiese llevarse a sus invitados de vuelta al salón, Petunia se
había colado dentro del invernadero.
—¡Págueme
lo que me debe, cabrón! —gritó blandiendo el fajo de billetes cortados—. ¡Dos
mil libras! ¡Como no me pague...!
La
amenaza era superflua. Nada podía ser más desastroso para Sir Cathcart que su
aparición allí. Colorado y mudo de rabia, el general trató de indicarle por
gestos que se marchara, pero Petunia no estaba dispuesta a obedecer. Había ido
a por su dinero y a vengarse, y estaba decidida a obtener ambas cosas. Se
volvió hacia los invitados echando fuego por los ojos.
—Primero
me dice que le gustan las negras, y me mete en el traje de buzo —les dijo—.
Tiene un picadero en Cambridge, y quería comerme el mejillón, y luego quería
que me tiñera las tetas. ¿Y saben lo que hizo luego? —Avanzó, con evidente
instinto de la jerarquía social, hacia el matrimonio Lazarus—Crouch—. Pues me
ató con unas cuerdas y me dejó allí todo el día y toda la noche para...
—¡Yo
no he hecho nada semejante! —tartamudeó Sir Cathcart, sin pensar en las
consecuencias de lo que decía—. Todo lo que hice fue...
Pero
era ya tarde para una salida digna. Petunia había acorralado a la aterrorizada
Lady Sarah contra un macizo de camelias y le echaba una vaharada de coñac a la
cara.
—Le
gusta la lluvia dorada, ¿sabe? —dijo a través de la caperuza—. ¡El muy guarro!
¡Es un pervertido! ¿Sabe lo que quiero decir?
Era
obvio que Lady Sarah tenía una idea, aunque hubiera preferido no tenerla.
—Bueno,
¿de veras? —dijo, débilmente.
—Pues
sí —dijo Petunia agitando las mitades de los billetes bajo las narices de la
aristócrata—. ¿Cree que alguien paga dos de los grandes por un misionero? Los
viejos verdes no pagan este dineral por un misionero, ¿verdad?
—No,
estoy segura de que no —murmuró Lady Sarah con un hilo de voz.
—Oiga,
oiga —trató de terciar uno de los viejos camaradas del general, pero Petunia se
volvió a él con el dinero.
—Dos
mil, eso es lo que me debe —gruñó a través de la caperuza—. Y no me muevo de
aquí hasta que me las dé.
—Sí,
tiene usted toda la razón —dijo Sir Edmund diplomáticamente, y agarró a su
mujer de un brazo y la condujo hacia la puerta. El resto de los distinguidos
invitados siguió su ejemplo. Sólo uno se quedó.
—Y
ahora, buena mujer, si nos excusa un momento... —le dijo a Petunia, y se llevó
a Sir Cathcart aparte—. ¡Por el amor de Dios, déle el dinero! —dijo—. Es la
única salida decente.
Veinte
minutos más tarde, Sir Cathcart estaba hundido en una butaca de la biblioteca,
mirando por la ventana el último coche que se alejaba de la casa. Ni siquiera
le apetecía tomarse una copa. Lo habían desenmascarado.
34
El
Consejo del Colegio se reunió en sesión plenaria dos semanas más tarde para
escuchar el informe del Praelector y tomar una decisión. Había habido varias
reuniones previas más informales, y bastantes discusiones acaloradas. Pero el
Praelector allanó el camino con una minuciosidad tal que el Decano y el Tutor
Mayor, por más furiosos que estuvieran, no tenían argumentos razonables que
oponerle. El Praelector ya no confiaba en su indiscutida autoridad. Confiaba
sólo en el poder, y para ello había empleado el instrumento más extraño e
inconcebible: Purefoy Osbert.
—¡Esto
es puro chantaje! —exclamó el Decano, lívido, cuando el Praelector le dijo que
las sospechas del doctor Osbert eran un arma que estaba dispuesto a usar en
caso de extrema necesidad.
—Llámelo
como guste —replicó el Praelector—. Pero es la verdad, y la voy a utilizar si
no me queda otro remedio.
—Acabaría
con el Colegio, si lo hiciera. Acabaría destruyendo lo que dice que quiere
salvar.
—Ya
se lo he dicho: usted decide. Si se interpone en la elección de Hartang como
Rector, Porterhouse será destruido de todas formas.
—¡Pero
ese hombre es un criminal, un monstruo!
—No
se lo niego. Pero, aparte de eso, es también inmensamente rico y vulnerable.
Proporcionándole la protección de una fachada de respetabilidad, ganaremos
mucho más que su gratitud. Le tendremos a nuestra merced.
El
Decano dejó escapar una risita escéptica.
—Créame.
A nuestra merced —continuó el Praelector—. Usted no ha visto la inefable
oficina en que habita y que el pobre hombre considera el colmo del buen gusto:
gran mesa de despacho con el tablero de cristal, enorme y sumamente incómodo
sofá de cuero verde, sillas con respaldo de hierro, cuero negro por todas
partes, ventanas de cristal blindado. Se le encogería el corazón si viera qué
minimalismo más vulgar. ¡Y gracias a Dios que no colecciona cuadros!
—No
veo qué tiene que ver todo eso con lo que estamos discutiendo —dijo el Decano—.
Quiere meternos a ese gángster asesino en el Colegio, y a eso lo llama tenerlo
a nuestra merced. ¡No está en su sano juicio, amigo mío!
El
Praelector se limitó a sonreír.
—Carlos
V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de España, el hombre más
poderoso de Europa en aquellos tiempos y, por lo tanto, con toda probabilidad,
un sujeto bastante más desagradable que Edgar Hartang, se retiró a un
monasterio los últimos años de su vida. No le he sugerido esta comparación al
futuro Rector, y dudo de que la entendiese, pero me complace pensar que podemos
desempeñar un papel similar en la vida del señor Hartang. Un período de
tranquila contemplación combinado con la satisfacción de saber que uno compensa
un pasado violento contribuyendo al avance de la cultura del presente. Estoy
convencido de que nuestro futuro Rector llegará a ver su vida entre nosotros a
través de este mismo prisma. Después de todo, no tiene familia.
—¿Cómo
lo sabe? Probablemente, ha sembrado el mundo de monstruitos como él.
—Es
pederasta —dijo el Praelector sin inmutarse—. Lo sé porque el señor Schnabel ha
mostrado un gran espíritu de cooperación. El bufete Schnabel, Feuchtwangler
& Bolsover, los nuevos asesores legales del Colegio, ha sido de gran ayuda.
Comparten mi preocupación por el futuro del señor Hartang. Creo que se ha hecho
demasiados enemigos. Pero ya les conocerá usted cuando vengan a preparar los
documentos. Todo ha de hacerse correctamente.
—Pero
¿qué van a decir Retter y Wyve? No se les puede echar a patadas así como así.
—Nadie
los echa —dijo el Praelector—. Seguirán ocupándose de los asuntos locales del
Colegio. Y, además, a partir de ahora cobrarán, lo cual será una experiencia
insólita para ellos, en lo concerniente a Porterhouse, al menos. Supongo que no
tiene idea de lo que les debemos, pero...
El
Praelector engatusó al doctor Buscott con otras artes. En cuanto al profesor
Pawley, le explicó:
—Este
nombramiento asegura que Porterhouse estará en situación de hacer una muy
generosa contribución a la financiación de proyectos de investigación
científica en la Universidad para los cuales, por supuesto, su consejo será
imprescindible...
Pero
fue el Tutor Mayor quien le planteó mayores dificultades.
—¡Drogas!
¡Heroína, cocaína, de todo! ¿Pretende, nada más y nada menos, que un traficante
en drogas sea el nuevo Rector de Porterhouse? ¡Claro que me opondré a su
moción! —dijo—. Después de todo, siempre nos hemos enorgullecido por destacar
en los deportes, especialmente en el remo. Sentaría un precedente muy
peligroso. ¡No, me niego a formar parte de una conspiración tan vil! ¡Tendrá
que pasar por encima de mi cadáver!
Por
un segundo, el Praelector estuvo tentado de decirle que eso podía arreglarse
fácilmente, pero se mordió la lengua.
—No
habrá drogas en Porterhouse —dijo—. Por raro que le parezca, el señor Hartang
comparte sus sentimientos plenamente. Es cierto que en el pasado se vio
involucrado en ciertos negocios relacionados con el tráfico de sustancias
psicotrópicas, pero hace muchos años que se enmendó.
—Pues,
según esas cintas, no. ¿Cómo cree, si no, que ha hecho tanto dinero? Uña y
carne con la Mafia y los cárteles de Sudamérica. Manda matar a la gente, tiene
asesinos a sueldo, comete continuamente los más monstruosos crímenes...
—Cierto,
Tutor Mayor, muy cierto. Cualquiera que se le opone acaba muy mal. —Hizo una
pausa para dejar que el Tutor Mayor captara la indirecta—. Sin embargo, ha
aprendido de la historia que la respetabilidad tiene sus ventajas. Tomemos, por
ejemplo, al padre del presidente Kennedy. Empezó como traficante de alcohol
durante la ley seca; era un gángster de tres al cuarto que vendía matarratas,
y, ciertamente, hizo asesinar a más de uno de sus competidores. Y fíjese, acabó
de embajador en Londres durante la guerra.
—¡El
cabrón decía que Hitler iba a ganar! —repuso el Tutor Mayor—. Y, en cualquier
caso, tuvieron que revocar la ley seca porque no podían impedir que la gente
bebiera y les estaban llenando los bolsillos a gángsteres como Al Capone o
Joseph Kennedy.
—Exactamente
lo que iba a decirle —dijo el Praelector—. ¿Cree en serio que las actuales
autoridades americanas, si es que hay alguna autoridad allí, con su increíble
déficit presupuestario, van a conseguir pararles los pies a los traficantes en
drogas? ¿De veras lo cree?
El
Tutor Mayor dijo que, sinceramente, esperaba que fuese así.
—Ya.
Pero piense en las ventajas económicas que obtendrán los gobiernos cuando se
legalicen las drogas —le dijo el Praelector—. Y los beneficios para la sociedad
serán también enormes.
—¿Qué
beneficios para la sociedad? No creo que el consumo masivo de cocaína pueda ser
beneficioso para la sociedad, ni mucho menos.
—Hay
uno que me parece evidente: la eliminación de las mafias que controlan el
tráfico. Y, además, nunca he creído en la reglamentación de la sociedad por
parte de una minoría que se atribuye a sí misma ser depositarla de la moral
pública. Si la gente decide adoptar hábitos que pueden resultarle
perjudiciales, está en su derecho. Todos los intentos de imponer la perfección
moral conducen al fracaso. O a la guerra.
—Es
usted un cínico —dijo el Tutor Mayor.
—Luché
en una guerra, y aunque no puedo presumir de saber por qué, creo que sí sabía
contra qué —dijo el Praelector—. Hasta hoy siempre me he encontrado, por
nacimiento y circunstancias históricas imponderables, en el bando de los
buenos. Un accidente como otro cualquiera, diría yo, pero que no me inclina
particularmente al cinismo.
—Pues
ahora no —dijo el Tutor Mayor—. Ahora está en el bando de los malos, y me
opondré a sus pretensiones.
—Es
usted muy dueño —dijo el Praelector—. Aunque le advierto que tal vez se
arrepienta.
El
Tutor Mayor tardó muy poco en arrepentirse. Dos días después recibió una carta
en la que se le exigía el pago inmediato de bastante más de lo que había
imaginado en concepto de las reparaciones y renovación del techo del cobertizo
de los botes del Equipo de Remo de Porterhouse.
—Eso
no tiene nada que ver conmigo —le dijo al Tesorero, al que por fin habían
persuadido para que se reincorporase a sus funciones—. El Colegio mantiene el
Equipo de Remo, no yo.
—Diría
que, en el pasado... —empezó el Tesorero, pero el Praelector salió de la
oficina de la Secretaria para echarle un cable.
—No
ha ojeado últimamente las Ordenanzas del Colegio de 1851, ¿verdad?
—¿Las
Ordenanzas de 1851? ¡Pues claro que no! Ni sabía que existieran —balbució el
Tutor Mayor.
—Pues
da la casualidad de que tengo aquí un ejemplar —dijo el Praelector, y le señaló
una página con los párrafos numerados—. La cláusula 9 es la que se refiere a la
responsabilidad de los Claustrales en lo concerniente a los gastos en que
incurren sin la autorización del Comité Financiero del Consejo del Colegio. Un
desgraciado desliz por su parte, sin duda, pero así son las cosas.
El
Tutor Mayor leyó el párrafo en cuestión, y se quedó de una pieza.
—«En
la contingencia de que un Claustral del Colegio, cualquiera que sea su rango,
incurriese en gastos sin la autorización del Comité Financiero...» Pero ¿es que
se ha vuelto loco? No puedo pagar cuarenta mil libras, y aunque pudiera, no lo
haría. ¡En mi vida había oído hablar de este Comité de los coj... —la señora
Morestead se unió entonces al grupo—... Financiero!
—Es
un caso claro, ¿no le parece, Tesorero?
Éste
asintió débilmente con la cabeza.. Estaba demasiado asustado para hablar.
Todavía se acordaba de las amenazas del Tutor Mayor de emprenderla a latigazos
con él.
—Por
supuesto, en tiempos pasados estas cuestiones han sido mera formalidad
—continuó el Praelector—. Pero, dada la crisis económica a la que se enfrenta
el Colegio, mucho me temo que será imprescindible obligar al cumplimiento de la
cláusula 9. Nuestros acreedores insisten en que paguemos inmediatamente, y ya
que usted es el responsable legal...
El
Tutor Mayor se retiró a sus habitaciones a consultar por teléfono con su
abogado, quien le dijo que, por desgracia, poco se podía hacer en aquel caso.
Cuando
el Consejo del Colegio se reunió en sesión plenaria, el Tutor Mayor había
capitulado. Que Porterhouse estuviera en bancarrota era una cosa, pero que él
tuviera que arruinarse por el Colegio era otra, y muy distinta. Hartang sería
nombrado Rector.
35
Era
media mañana, pero Purefoy e Ingrid seguían en la cama.
—Pierdes
el tiempo aquí, Purefoy, cielo —dijo Ingrid—. No te vas a enterar de nada más,
y, aunque te enterases, ¿de qué te serviría? Son todos tan viejos...
—Lo
único que quiero es saber la verdad.
—La
verdad. Así que quieres saber la verdad. Pues pierdes el tiempo. No te la van a
decir nunca.
—Quizá
no, pero también quiero saber el paradero de Skullion. No está en ninguno de
los hospitales o asilos de por aquí, y aquella noche habló de una Quinta.
Amenazó al Decano con que si le llevaban a la Quinta de Porterhouse, me
contaría que fue él quien asesinó a Sir Godber. Y apenas tres días más tarde
desaparece misteriosamente y nadie le ha visto desde entonces. Y luego eligen a
un nuevo Rector que es más rico que Creso. Esto no puede ser mera coincidencia.
Al menos, yo no lo creo.
Se
levantaron y fueron a tomar un café a La Tetera de Cobre.
En
la Sala del Consejo el Praelector volvió a dejar su estilográfica sobre la
mesa. Tenía la intención de dimitir de su cargo. Había logrado su objetivo,
pues el Consejo había aceptado el nombramiento de Hartang como nuevo Rector.
Los demás Claustrales habían salido; sólo el Decano y el Tutor Mayor
permanecían en la Sala, ambos de muy mal humor.
—Sobre
su cabeza caerá la responsabilidad —dijo el Decano—. ¡Dios sabe qué clase de
monstruo nos ha echado encima, pero tendremos que soportarlo lo mejor que
podamos!
—Los
hemos tenido peores. Y era esto o la ruina. En cualquier caso, no estaré aquí
para verlo —dijo el Praelector—. Pienso dimitir.
—¡Ya
era hora! —dijo el Tutor Mayor, con rencor.
—Tiene
razón. He estado aquí demasiados años siendo una rémora. Ya es hora de que
tomen el relevo Claustrales más jóvenes y de mayor talento.
—¿Y
tiene la intención de quedarse en Cambridge, y quizá de venir a cenar de vez en
cuando con nosotros en el Refectorio? —preguntó el Decano, con retintín.
—No.
Siempre había pensado en retirarme a Chichester. Tengo una sobrina allí, y hay
una casa de huéspedes muy agradable cerca. Pero creo que en la Quinta de
Porterhouse también me sentiré a gusto. Me quedaré aquí hasta el final del
trimestre, eso es todo.
Salieron
fuera, a la radiante mañana de primavera, conscientes de que una era había
llegado a su fin. El Decano y el Tutor Mayor estaban pensando en sus
respectivos futuros. No tenían el menor deseo de quedarse para presenciar
impotentes el cambio radical que se avecinaba. En la oficina del Tesorero, Ross
Skundler ya estaba instalando las pantallas y el material electrónico que,
según él, era esencial. Su nombramiento había sido una de las condiciones
impuestas por Schnabel.
—Le
ha sido de gran valor en el pasado —le dijo a Hartang durante su última
entrevista en el Transworld Televisión Centre—. Y no ha tenido nada que ver en
todo esto. Olvide el pasado. Usted es ahora un hombre libre, y el Rector de
Porterhouse, además.
—¿Libre?
¡Y una mierda, joder!
—Yo
que usted no usaría esa clase de expresiones. Como respetable miembro de la
élite de la sociedad, debe moderar su lenguaje.
—Todavía
no estoy allí —dijo Hartang, pero mentalmente ya se había trasladado al
Colegio. Había ido a Porterhouse con Schnabel y Bolsover, para conocer el
lugar, y si bien su aspecto no le gustó nada, sabía que no había una
alternativa más segura. De hecho, había ido dos veces, en ambas ocasiones sin
peluca ni gafas y vestido con un traje muy discreto.
Pero
antes había recibido la visita de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres,
que entregaron en recepción sus tarjetas de visita en sobres cerrados dirigidos
a él. Se habían hecho acompañar por Schnabel, Feuchtwangler y Bolsover. Los
abogados permanecieron mudos como tumbas durante toda la entrevista. Se olían
que eran del servicio secreto.
—Sus
consejeros legales están presentes, señor Hartang, para que no se sienta en
absoluto presionado a responder a preguntas a las que no quiera contestar o que
piense que podrían incriminarle —le explicó con mucha cortesía la mujer más
mayor, que llevaba el pelo teñido de alheña—. Queremos que lo sepa.
Hartang
no se hacía ilusiones. Era como si le dijeran que la inyección de gas letal no
le iba a doler nada.
Una
cosa estaba clara: no le dejarían salir de aquel atolladero hasta que les
contase lo que querían oír. Schnabel y Feuchtwangler trataron de intervenir por
puro formulismo, pero Hartang los mandó al cuerno. No tenían ni idea. No es que
se lo dijera con esas palabras. Les dijo, simplemente, que no era necesario su
presencia allí y que tenía que tratar de asuntos muy privados con aquellas
personas, lo cual no constituía ningún problema. Cooperación a cambio de
protección. Y cuando los abogados hubieran salido de la habitación, Hartang
sólo pidió una cosa. Que cuando «ellos» tuviesen la información que habían ido
a buscar, dijeran que la habían obtenido gracias a la ayuda de las personas que
él les diría. Todas ellas, aunque no lo dijo así, habían mostrado en el pasado
intenciones tan violentamente hostiles hacia él que se había tenido que rodear
de extraordinarias medidas de seguridad contra intrusos, etcétera. Si accedían
a aquella insignificante petición, les daría hasta la última partícula de
información que tuviese, aunque no de palabra. No pensaba declarar nada, pero
podrían encontrar lo que habían ido a buscar en ficheros de ordenador
protegidos de forma tan sofisticada con códigos de seguridad que ni siquiera
los piratas más hábiles podrían violarlos. No les explicó todo, del mismo modo
que tampoco pretendía darles hasta la última partícula de información que
tenía. Eso vendría después, si «ellos» mantenían su parte del trato y le daban
tiempo y oportunidad de cubrirse las espaldas. Tampoco dijo esto, pero no hacía
falta que lo dijera. «Ellos» lo sabían, y si les daba los ficheros y lo que
encontraban allí les proporcionaba arrestos y veredictos favorables, «ellos» no
le causarían ningún problema. Le dijeron que comprendían sus condiciones y,
después que Hartang les entregara los disquetes, que fue a buscar, a otro lugar
del edificio, se marcharon.
Una
semana más tarde, Schnabel le dijo que el Rectorado de Porterhouse era suyo si
lo quería.
Durante
su primera visita, los Claustrales le trataron con solemne cortesía y le
enseñaron el Colegio. Le tranquilizaron bastante los pinchos de hierro
retorcido en lo alto de los muros y los barrotes de las ventanas, que servían,
según le explicaron, para impedir el paso a los intrusos. Pero no le gustó
tanto la Cripta que había bajo la Capilla.
—Aquí
es donde están enterrados los Rectores —le había dicho el Decano mientras
bajaban las escaleras. Hartang recorrió las hileras de sarcófagos con una
mirada llena de aprensión. Esperaba encontrar mausoleos de verdad, de mármol y
con angelotes, y no aquel montón de cajones de madera apolillados, puestos un
poco al buen tuntún unos encima de otros. Si bien la Cripta carecía de orden y
concierto, y la Capilla no se podía visitar por los andamios y las cubiertas de
plástico de la restauración, había algo en la atmósfera de Porterhouse que
coincidía con la seguridad que le había dado Schnabel de que como Rector de
aquel Colegio podría cortar todos las ligaduras con su pasado.
Ni
siquiera Hartang podía ver a Mosie Diabentos o a Dos Passos enviándoles a los
independientes para que le volaran la cabeza en uno de aquellos vetustos
claustros medievales. Era como pegarle un tiro al arzobispo de Canterbury en
mitad de la Abadía de Westminster. Sólo hubo un pequeño momento de confusión
cuando el Maestresala le enseñó la Sala de Claustrales.
—Aquí
es donde los dons toman el café después de la cena —le dijo.
—¡Dons!
—murmuró Hartang con la garganta seca del susto al oído de Schnabel—. No me
habían dicho que habría dons aquí. ¿Quiénes son esos dons de los cojones?
—dijo, viéndose ya rodeado de mañosos.
—No,
no se trata de esa clase de don. En Cambridge se llama así a los Claustrales de
los Colegios, como el Decano y los demás.
—¿Y
yo soy el don principal?
—Usted
es el Rector. Ni siquiera le llamarán señor Hartang. Siempre se dirigirán a
usted utilizando el título de Rector. Es un gran honor.
—Un
honor que me cuesta quinientos millones, Schnabel.
—Hágase
a la idea de que los ha invertido en un fondo de pensiones. Y le sale barato,
Rector, lo mire por donde lo mire.
Hartang
lo miró desde todos los ángulos posibles, pero ya habían decidido por él.
Todavía tenía la Transworld, y nunca sería pobre. A pesar de ello, mientras
esperaba en su poco acogedora oficina a que fueran a buscarle, recordó los días
en que podía telefonear a alguien en la otra punta del mundo a las tantas de la
madrugada sabiendo que aquella persona escucharía muy atentamente lo que
quisiera decirle, y que su miedo era garantía para Hartang de que aún tenía
poder. Eso había pasado a la historia. «Ellos», aquel ubicuo «ellos», cogerían
el teléfono e, incluso con el scrambler conectado, oirían cada palabra que
dijese y estudiarían con lupa hasta la más trivial de sus frases. Lo sabía, al
igual que sabía que sus varios alias estaban siendo denunciados en salas de
interrogatorios de Roma y Palermo, de Nueva York y Los Ángeles, y a lo largo y
lo ancho de Sudamérica, por hombres que querían hundirle del mismo modo que él
los había hundido. No podrían, claro, porque los disquetes habían sido
encontrados en un jardín en Colombia, y la muerte de Dos Passos salió en
primera plana en todos los periódicos y en televisión. Dijeron que murió en un
accidente de circulación tras pasar una semana siendo interrogado en las
dependencias policiales. ¿Así que camino de vuelta a casa, tras un corto
interrogatorio en Bogotá, Dos Passos murió en un accidente? ¿Y los disquetes,
con toda la información, estaban en su jardín? No se puede confiar en nadie hoy
día. En nadie.
Había
otra cosa que le obsesionaba. Quienquiera que hubiera puesto aquel asunto en
marcha sabía muy bien lo que se hacía. No había nada accidental en ello. Vieron
venir a Kannabis y lo utilizaron porque era un cretino y porque sabían que por
medio de aquel colaborador suyo podrían llegar hasta él. No le cabía la menor
duda. Y le habían escogido porque les solucionaba varias papeletas a la vez:
sabía las fuentes, las cantidades y adonde iba el dinero después, lo cual nadie
más, absolutamente nadie más, sabía. ¿Y por qué? Porque la información, toda la
información, estaba en su cabeza, desglosada en millones de pequeñas piezas
inconexas que ningún ordenador, ni siquiera el más avanzado y sofisticado,
podría ensamblar. Porque no reconocería ningún sistema. O incluso si encontraba
un sistema —era posible, teóricamente—, ese sistema no tendría el menor sentido
ni se podría reconocer como diferente de los otros sistemas que lo acompañaban.
Porque era sólo en la memoria múltiple de su propia mente privilegiada donde se
encontraba la respuesta. Y cuando él muriese, o cogiera el Alzheimer, o lo que
fuera, aquella información se perdería para siempre con él. Era una idea que le
dio un día, en un cementerio de automóviles de las afueras de Scranton, un tipo
chiflado que quería saber el significado de la vida. Le dijo: «El significado
de la vida tiene que estar aquí», y agarró al azar un tapacubos abollado, y se
echó a reír. «Podría ser esto. ¿No?» Y Hartang le dijo que sí, que el
significado de la vida podía ser el tapacubos abollado de un viejo Hudson
Terraplane que ya ni se fabricaba. Sí, aquel viejo loco le había enseñado a
esconder lo que era necesario ocultar en la confusión de una locura calculada.
Así
que «ellos» habían escogido al hombre adecuado, y se lo habían «llevado», y él,
a cambio, les había dado bastante sin darles demasiado Pero, ¿quiénes eran
«ellos»? ¿Quién le había tendido aquella trampa? Debía de haber sido un
organismo del Gobierno. No podía ser de otro modo. No le habrían tratado con
tanta cortesía, si no. Pero sabía que eran peligrosamente amenazadores, a pesar
de su amabilidad. Tampoco había por qué reconcomerse de rabia. Ya no tenía
remedio.
Edgar
Hartang puso en marcha el cassete y reanudó su lección de elocución. Tenía que
acordarse de hablar como Dios manda. No podía decir «joder» y «mierda».
36
Skullion
estaba sentado en la terraza, mirando amargamente a través de los arbolitos
raquíticos del jardín el mar a lo lejos, más allá de las marismas cenagosas,
cuando la señora Morphy dejó pasar a Purefoy y a Madame Ma'Ndangas.
—La
verdad sea dicha, el señor S es de los más difíciles —les dijo—. Los otros, el
doctor V y el señor L, bueno, tienen sus cositas, pero, en fin, a su edad ya se
sabe, pero vamos, yo no diría que sean cascarrabias. Un poco sucios y eso, ya
me entienden, pero como le digo yo a Alf... Alf es mi marido, cuando llega uno
a esa edad... que él no va a llegar, con lo que bebe y lo que fuma, que yo le
digo, ya verás, vas a acabar igual que los abuelos, y sólo le pido a Dios que
alguien esté a mi lado para ayudarme a limpiarte el culo. Ni se imaginan el
dineral que se va nada más que en lavandería. Claro que tenemos una máquina
industrial, pero aun así...
—Cuando
dice usted que es un cascarrabias... —dijo Purefoy, para cambiar de
conversación.
—Ya
lo verán ustedes mismos —dijo la señora Morphy—. Es un grosero, pero también es
verdad que acaba de llegar, como quien dice, y todavía no se ha acostumbrado.
Pero ya se acostumbrará. Todos se acaban acostumbrando. Aquí no nos andamos con
cumplidos, nunca lo hemos hecho y no vamos a empezar ahora, pero una cosa es
una cosa y otra cosa es otra cosa. Y es que en cuanto el señor S abre la boca,
suelta sapos y culebras. ¡Qué cruz son los abuelos de los demonios, y qué
paciencia hay que tener con ellos...!
Se
paró frente a las puertas encristaladas que daban a la terraza y dijo:
—Si
no les importa, no les acompañaré, porque, como les digo, me acaba de decir
hace un momento que me vaya a... Bueno, ya me entienden...
La
mujer se fue arrastrando los pies de vuelta a la cocina y les dejó en lo que
era, evidentemente, una sala de estar. En el cuarto contiguo estaba encendida
la televisión. Purefoy y Madame Ma'Ndangas miraron la oscura figura con
sombrero hongo encorvada en su silla de ruedas que estaba en la terraza.
Aquello no era la Quinta que se habían imaginado, sino una solitaria casa de
ladrillo rojo sobre un pequeño promontorio, con una carcomida verja de madera
que la separaba de los hierbajos y las dunas de arena que había al otro lado.
No tenía nada de acogedor. Purefoy había tenido que conducir arriba y abajo por
la carretera principal varias veces hasta que se pararon en una gasolinera a
preguntar.
—Hay
una casa que se llama La Quinta —les dijo la dependienta—. De Porterhouse no sé
nada. Es un asilo de ancianos, en Fish Lane, ya saben, un geriátrico de esos.
No iría allí ni muerta.
Y
ahora, en aquella salita atestada de muebles renegridos y oscurecida aún más
por el techo de la terraza, comprendieron su reticencia a acabar allí. Purefoy
abrió la puerta, y Skullion expresó libremente sus sentimientos acerca del ama
de llaves.
—¿Qué
es lo que quiere ahora, vieja perra? —preguntó, sin volver la cabeza—. ¿Ha
venido a ver si ya me he muerto? Pues no me he muerto, así que ya se puede ir a
tomar por el saco.
Purefoy
tosió diplomáticamente.
—Perdone,
pero no soy la vieja perra —dijo, y se acercó para que Skullion pudiera verle—.
Mi nombre es Osbert, y vengo de Porterhouse...
Bajo
el ala de su sombrero hongo, Skullion le estudió con unos ojos que refulgían de
odio y desprecio. Por un instante, Purefoy casi se echó atrás instintivamente
ante tan abierta hostilidad, pero aguantó a pie firme. Luego, para su sorpresa,
Skullion le sonrió.
—¿El
doctor Osbert? Así que usted es el famoso doctor Osbert. Vaya, vaya. Y ha
venido de Porterhouse. Sorpresas te da la vida. —Se calló y gruñó para su
caletre, posiblemente de contento—. Tenía muchas ganas de conocerle. Ya lo creo
que sí. Coja una silla y siéntese, que si no me voy a partir el cuello de mirar
tanto para arriba.
Purefoy
cogió una silla de madera y se sentó junto al anciano. Tras ellos, Madame
Ma'Ndangas estaba inmóvil, escuchando.
—Y
dígale a su amiga que se siente también —dijo; ya no cabía duda de que le
divertía la situación—. ¿Quiere saber cómo sé que está ahí detrás? —continuó,
sin esperar respuesta—: Pues porque esa vieja cerda, el ama de llaves, apesta,
y cuando digo que apesta es que apesta, y la que está ahí detrás se lava. Es
una diferencia agradable. ¿Es su secretaria?
—Pues...
no exactamente; pero bueno, hemos venido a hablar con usted.
—Yo
diría que sí —dijo Skullion—. Ya lo creo que sí.
Miró
por entre los calvos macizos de flores y los amputados rosales aquellas
monótonas marismas embarradas, atravesadas apenas por algún sutil hilito de
agua plateada. Había marea baja, y sólo unas pocas gaviotas picoteaban entre el
lodazal. Era un paisaje deprimente.
—Y a
esto lo llaman la Quinta. Un nombre gracioso para un pudridero, ¿no le parece?
Pero los Claustrales siempre han tenido un sentido del humor muy suyo. O eso, o
es que intentan engañarle a uno para que venga aquí por propia voluntad y sin
armar gresca. Usted es profesor, ¿no?
—Lo
era, pero ahora ya no sé lo que soy.
—Lo
mismo me ocurre a mí —dijo Skullion—. No, usted ya no es profesor. Es el
sabueso a sueldo de Lady Mary enviado a descubrir quién mató a Sir Godber. Pues
ahora ya lo sabe.
Purefoy
no dijo nada. Estaba esperando a que Skullion le dijera lo que quería oír.
—¿Quiere
que le diga por qué lo sabe? De todas formas se lo voy a decir. Pues porque
usted estaba escondido en el Laberinto la noche que cogí una melopea de cerveza
y amenacé al Decano con lo que haría si me mandaban aquí, y lo oyó todo. —Soltó
una risita cascada—. Prácticamente podía oír cómo escuchaba. ¿Lo sabía? —Se
calló de nuevo—. Y le podía oír porque casi no se le oía respirar. Y si no me
entiende, espabile.
Purefoy
lo intentó. Le había asustado aquel anciano que iba en silla de ruedas y había
admitido el asesinato de Sir Godber sin el menor remordimiento, y ahora volvía
a sentir aquel temor, pero por otros motivos. Debajo de aquel ridículo sombrero
hongo había una mente despierta y en funcionamiento. Una vieja mente, despierta
gracias a muchos años de escuchar y esperar a ver por dónde iban los tiros, y
que, de repente, hacía lo que menos se hubiera podido esperar de ella. Como
decirle a Purefoy que había sabido desde un principio que estaba escondido en
el Laberinto aquella noche.
—Así
que ahora quiere que se lo cuente todo —continuó Skullion—. Pues se lo voy a
contar. Le voy a contar todo lo que sé. Todo... Pero no a cambio de nada. Y no
estoy hablando de dinero. Tengo lo que se llama un pequeño capitalito en mi
cuenta corriente. Me refiero a otra cosa.
—¿Sí?
—dijo Purefoy—. ¿Qué quiere?
Skullion
le miró de soslayo.
—Quiero
que me saquen de aquí. Eso es lo que quiero. Largarme de aquí. Y no lo puedo
hacer yo solo. Lo único que podría hacer sería bajar poquito a poco con mi
silla hasta donde cubre la marea, donde las arenas movedizas, pero no pienso
hacerlo a no ser que no me quede otro remedio. No. Vuelvan con una furgoneta en
la que quepa con la silla, y algo de cuerda y una linterna. Estaré preparado
esta noche, a la una en punto. Me recogerán en la puerta y nos iremos adonde ya
les diré, y entonces les contaré todo lo que sé. Ésas son mis condiciones.
—Sí,
creo que se podría hacer —dijo Purefoy, dudando un poco—. Pero el portón está
cerrado. Hay una cadena con candado. Aquella mujer lo abrió para dejarnos
pasar.
—Y
yo tendré la llave —dijo Skullion—. Y aunque no la tuviera, la verja está tan
podrida que se puede echar abajo fácilmente de una patada. Ésas son mis
condiciones: las toma o las deja. Una furgoneta bastante grande para que entre
la silla, y que no se le olvide la cuerda. Eso es todo. A la una en punto.
Regresaron
al camino, se metieron en el coche y volvieron por Fish Lane a la carretera
general.
—Me
pregunto qué estará tramando —dijo Purefoy—. ¿Has conocido a alguien como él
antes?
—Sea
lo que fuere lo que tenga en la cabeza, te lo va a decir en cuanto le saques de
ese agujero. ¡Qué sitio más inhóspito! ¡Y qué mujer más horrenda!
—¿Crees
de verdad que deberíamos hacer lo que nos pide? ¿Y si alguien resulta herido...
o algo peor?
—Purefoy,
tu problema es que piensas demasiado. Haz algo, para variar.
Alquilaron
una furgoneta en Hunstanton y compraron algunos metros de cuerda de nilón.
Luego pasaron el resto de la mañana paseando por la playa y sentados en un
café, pensando en lo que Skullion les diría. Y en el caso de Purefoy,
preocupado. Nunca había hecho una cosa así en su vida.
A
las once dejaron el Renault en una calleja y volvieron en la furgoneta por la
carretera de la costa hacia Burnt Overy y las marismas, aparcaron en un camino
y esperaron. A la una menos diez estaban con la furgoneta delante del portón
con los faros apagados. Por encima de la verja de maderaje veía la silueta de
la casa. Una luz en una ventana en una esquina del edificio estaba todavía
encendida, pero luego se apagó.
Purefoy
salió de la furgoneta e intentó abrir el portón. Estaba cerrado.
—Espero,
por nuestro bien, que tenga la llave —dijo—. No me apetece nada tener que
echarlo abajo a patadas. Haría un ruido espantoso.
Del
mar les llegaba el eco del chapoteo de las olas que rompían contra la marisma.
La marea había subido y el viento soplaba con fuerza; a lo lejos se distinguían
las luces de un barco que venía del Continente.
Purefoy
se estremeció y volvió a la furgoneta para asegurarse de que las puertas
traseras estuvieran abiertas, de manera que pudieran meter a Skullion con su
silla lo más rápidamente posible. No quería quedarse allí mucho tiempo. Tenía
la sensación de que estaban haciendo algo ilegal, como secuestrar a alguien, y
si la policía se enteraba, iba a ser muy difícil de explicar. Madame Ma'Ndangas
no tenía estas reservas. Se lo estaba pasando como nunca. Skullion la había
impresionado. Incluso paralizado en aquella silla de ruedas se veía que era un
hombre como Dios manda, aunque, evidentemente, de muy mal carácter.
A la
una en punto oyeron el chirrido de la silla de ruedas y vieron una silueta
oscura que iba lentamente hacia ellos por el camino asfaltado.
—¿Cómo
se abre el portón, hacia fuera o hacia dentro? —preguntó Skullion.
—Hacia
dentro, creo. Sí, hacia dentro —respondió Purefoy.
—Bueno,
pues aquí está la llave. Es esta pequeña. Abra mientras yo me echo un poco para
atrás. —Le entregó el manojo de llaves y Purefoy buscó el candado a la luz de
la linterna. Cuando abrieron la cadena y el portón, Skullion pasó—. Y ahora
vuelva a cerrarlo y pase la cadena. Déme la llave. Así aprenderán lo que es
estar encerrado cuando uno quiere salir.
—Pensaba
que lo que quería era dificultar que salieran en su busca —dijo Madame
Ma'Ndangas, y Skullion se rió por lo bajini.
—No
van a salir a buscarme, guapa. No moverían ni un dedo por mí a no ser que fuera
el único desgraciado que quedase vivo en esa cárcel y sus empleos dependieran
de ello. Se alegrarán de perderme de vista. Y lo mismo digo. Hasta tienen un
candado en el teléfono, para que no podamos usarlo. Tengo la llave, y la de la
bodega, y la de la alacena de la cocina. De puño en rostro son.
Pero
bueno, vamos a lo nuestro. Ahora viene lo más difícil, subirme a la furgoneta
con silla y todo. Mejor será que suban la silla primero. Yo me apoyaré donde
pueda.
Se
levantó de la silla y se quedó apoyado contra un costado de la furgoneta. Para
cuando Purefoy y Madame Ma'Ndangas hubieron subido la silla y la tuvieron
asegurada con las cuerdas al asiento del pasajero, Skullion se las había
arreglado para ir hasta la parte trasera, y los miraba maniobrar en silencio.
—Y
ahora denme el cabo de la cuerda, para que me agarre. Tiren con fuerza y
subiré. Todavía tengo los brazos fuertes. Por lo menos uno. Tenga, ponga el
sombrero donde no estorbe.
Fue
una tarea difícil subirle, pero por fin lo consiguieron. Y luego, con Skullion
ya sentado en la silla de ruedas, resollando pesadamente por el esfuerzo,
arrancaron la furgoneta y enfilaron Fish Lane.
—¿Adonde
quiere ir, señor Skullion? —preguntó Madame Ma'Ndangas.
—A
casa —dijo Skullion.
—¿A
Porterhouse, quiere decir?
—¡No,
no, qué va! Todavía no, por lo menos. Sigan adelante, hasta Cambridge, y ya se
lo indicaré. Cojan la carretera de Swaffham. No habrá mucho tráfico a estas
horas de la noche.
37
Purefoy
y Madame Ma'Ndangas se levantaron tarde a la mañana siguiente. Llegaron a
Cambridge pasadas las tres y dejaron a Skullion en una callejuela cerca de
Newmarket Road, en casa de una pareja ya mayor que se había tomado aquella
sorprendente visita en mitad de la noche con bastante calma, como si fuera lo
más natural del mundo.
—Viejos
amigos —fue todo lo que les dijo Skullion acerca de ellos—. Vengan aquí cuando
gusten, y les contaré todo lo que quieran saber. No me encontrarán aquí si
ustedes no dicen nada. Y no creo que lo hagan.
Allí
lo habían dejado, y Purefoy aparcó la furgoneta al otro lado del río antes de
volver caminando con paso cansino hasta Porterhouse.
Y
ahora, a la mañana siguiente, todo el episodio tenía un aire de irrealidad, al
menos para Purefoy. Para Madame Ma'Ndangas ayudar a un anciano en silla de
ruedas a escapar de un asilo en mitad de la noche era la cosa más normal del
mundo.
—Ese
sitio me ponía los pelos de punta, y estoy segura de que la señora Morphy
defiende la eutanasia involuntaria. Me gusta el señor Skullion. Es diferente.
Purefoy
no podía estar más de acuerdo. Skullion era diferente, pero aún no estaba
seguro de que le gustara. Había algo duro en él que le alarmaba, y nunca
olvidaría el rencor implacable en su voz cuando había amenazado al Decano.
—Eso
es porque has tenido una vida muy protegida, Purefoy —le dijo Madame
Ma'Ndangas—. ¿Cuándo vamos a devolver la furgoneta? Hoy no, por favor. Estoy
hecha polvo y, además, supongo que querrás saber antes lo que tiene que
decirte.
Salieron
a comer fuera y a las cuatro, finalmente se encaminaron hacia la casa de Onion
Alley, cerca de Newmarket Road. Una mujercita regordeta les dejó pasar.
—Está
en la habitación de la planta baja, para que no tenga que subir escaleras, y,
además, nosotros no la usamos nunca —dijo—. Sólo en ocasiones especiales. Así
que lo hemos instalado allí. No se ha levantado todavía. Voy un momento a ver
si está visible. Ah, soy la señora Rawston, por cierto. Charlie, mi marido, fue
a la escuela con el señor Skullion.
Encontraron
a Skullion incorporado en la cama. Había puesto el sombrero hongo sobre la
mesilla de noche.
—Me
preguntaba cuándo vendrían. Temía que les hubiera entrado canguelo.
—No
hay por qué faltar —dijo la señora Rawston.
—No
es faltar —dijo Skullion—. El Decano ya sabrá a estas alturas que me he
escapado de la Quinta, y usted le dio su nombre a aquella zorra, ¿verdad? Así
que se habrán hecho una idea.
—Nadie
me ha dicho nada —dijo Purefoy—. Pero es verdad, esa horrible mujer sabe mi
nombre.
—Mientras
usted no les diga que estoy aquí... Si le preguntan, siempre puede decirles que
le mandé a freír espárragos. Estarán un buen rato dando vueltas por el barro.
Así aprenderán. Y así aprenderán en el Colegio a preocuparse por su Rector.
Bueno, señora Rawston, no hace falta que se quede, a menos que quiera oír un
montón de batallitas del año de la nana.
—Les
prepararé té —dijo la señora Rawston, y salió del cuarto.
—Enseguida
llegaremos a por qué me cargué a Sir Godber Evans —continuó Skullion—. Pero
primero les voy a contar cómo son esos tipos, y por qué estoy aquí en vez de en
el lugar adonde ese general, Sir Cathcart D'Eath, me prometió que iría si
mantenía la boca cerrada, el castillo de Coft, que no es un castillo, sino una
finca donde cría caballos de carreras.
Mientras
escuchaban aquella historia, la señora Rawston les entró el té y unas pastas, y
volvió a dejarlos a solas.
—¿Sabe
taquigrafía? —le preguntó Skullion a Madame Ma'Ndangas, que le respondió que
no, pero que escribía muy deprisa—. Bueno, pues será mejor que usemos una
grabadora, y yo hablaré despacito para que se me entienda todo, porque tengo un
montón de cosas que contarle, si es que le interesa escucharlas. Es la historia
del Colegio desde un punto de vista completamente distinto del habitual. Es
decir, como es, o como era, mejor dicho, y sin adornos para que haga bonito.
Cuarenta y cinco años estuve en la Portería, y lo que los porteros y demás
criados del Colegio no sepan, no merece la pena saberse. Más que el Decano, más
que el Praelector, más que nadie. Y se lo voy a decir, si lo quiere oír.
—¡Claro
que quiero! —dijo Purefoy—. No creo que nadie haya escrito una crónica de
Porterhouse desde ese ángulo.
—Pues
claro que no. Ni quieren. Ni el Decano ni los otros habrían dejado que se
escribiera, si alguien lo hubiera intentado. Y tampoco le dejarán a usted, o,
por lo menos, no le dejarán publicarla. Pero escríbala de todas formas, para
que quede constancia. Pero tenga cuidado y no deje el tocho en sus
habitaciones. El Decano y el Tutor Mayor registraron sus cosas un día que
estaba fuera.
—¿Qué?
—dijo Purefoy, mudo de rabia—. ¿Que registraron mis cosas, mis apuntes,
todo...? ¿Está seguro?
—Más
que seguro —dijo Skullion—. Lo vi desde mi ventana en el dormitorio de la Residencia del Rector.
Les vi salir corriendo hacia la oficina de la Secretaria. ¿Y sabe para qué?
—¡Diga,
diga!
—Pues
porque hay una máquina fotocopiadora allí. Y luego el Decano volvió a subir a
sus habitaciones muy contento. —Skullion se echó a reír—. A lo mejor se me
escapa alguna cosa, pero no creo que muchas, y lo que no veo u oigo yo, los
otros me lo cuentan. Pero esto no tiene por qué oírlo nadie más, ¿estamos?
—Estamos
—dijo Purefoy, todavía echando humo de rabia—. Pero, de todas formas, no tenían
derecho a...
—¡Venga,
hombre! ¿El derecho? Esto no tiene nada que ver con el derecho. Aparece usted
un buen día en el Colegio como titular de la beca de investigación Sir Godber
Evans, nombrado deprisa y corriendo, porque el Tutor Mayor me hizo firmar el
nombramiento y sin que nadie supiera quién era usted ni la persona que había
puesto el dinero, así que no las tenían todas consigo. En estas circunstancias,
¿creía que no tratarían de enterarse? ¿Había algo en sus papeles que dijera que
Lady Mary estaba detrás del asunto?
—No,
no creo.
—Pues
debieron de encontrar algo, porque el Decano salió pitando con su coche hacia
el castillo de Coft a ver a Sir Cathcart aquella misma tarde, y no precisamente
para echar una parrafada. Ahora eso ya no tiene importancia. Pero no deje lo
que yo le diga por ahí. Póngalo en lugar seguro fuera del Colegio.
Se
terminó su té y le pasó la taza a Madame Ma'Ndangas.
—Y
mejor que no la vean a usted danzando por ahí —le dijo—. Mejor sería que se
buscase un pisito. La señora de Charlie le recomendará uno. Al Decano y al
Tutor Mayor no les gusta ver mujeres en el Colegio.
—¡Me
importa un pito lo que les guste o no! Estoy en mi derecho de...
—¿Ya
estamos otra vez con el derecho? Usted siga así, y verá como se sacan de la
manga alguna Ordenanza de Colegio del año de maricastaña, y lo meten en un buen
lío. Créame. Cuando acabemos con esto, será otra cosa. Pero, de momento, no se
meta en líos. Que piensen lo que quieran, que no podrán hacer nada. Y no quiero
que me encuentren y traten de callarme la boca.
—Si
usted lo dice, señor Skullion, si usted lo dice...
—Es
sólo una precaución —dijo Skullion, satisfecho por aquel «señor»—. Supongo que
querrán ustedes devolver la furgoneta y recoger su coche, así que no podemos
estarnos aquí toda la noche. Pregúntele a la señora de Charlie lo del
apartamento, y ya nos veremos mañana. A cualquier hora, pero tempranito.
Era
ya medianoche cuando volvieron a Cambridge. Se deslizaron de puntillas dentro
de las habitaciones de Purefoy.
—La
última vez —dijo Madame Ma'Ndangas—. Ya me mudaré mañana.
Aquella
noche la cena en el Refectorio se había desarrollado en medio de un ambiente
sombrío. Cualquier alusión a la Quinta de Porterhouse era siempre evitada
cuidadosamente, por considerarse un tema de conversación morboso y poco
apropiado para levantar el ánimo. Pero, dadas las circunstancias, resultó
imposible soslayarlo.
—Así
que el doctor Osbert fue a verle con una mujer, ¿eh? ¿Cómo demonios
descubrieron que estaba allí? —quiso saber el Tutor Mayor.
—Parece
que nuestro joven colega es más ingenioso de lo que su aspecto y maneras nos
habían hecho suponer —dijo el Decano—. Una persona que dijo ser del hospital
llamó para decir que tenían que llevar sangre a la Quinta para una transfusión.
A Skullion se le había reventado una úlcera, o tenía algún problema parecido, y
estaba muy grave, así que necesitaban la dirección. Y Walter se la dio. Y ahora
Skullion ha desaparecido y la policía me dice que el portón estaba cerrado con
candado y no encontraron las llaves por ninguna parte.
—Mal
asunto, muy malo. ¿Y no podría, por casualidad, haberse suicidado?
—Es
improbable que un hombre en su condición, y en silla de ruedas, pudiera llegar
muy lejos sin que lo notasen. No, sigo creyendo que el doctor Osbert le ayudó a
salir de allí.
—Pero
¿para qué, por el amor de Dios? Nunca hubiera pensado que tuvieran nada en
común. Es justo la clase de joven que él detesta.
El
Decano se guardó sus pensamientos y lanzó una mirada de inteligencia al
Praelector, pero éste tenía otras preocupaciones más acuciantes. Se acercaban
las Enculadas, y después el Baile de Mayo, y, por primera vez en muchos años,
Porterhouse iba a tener su propio Baile. Para entonces Hartang ya estaría
instalado en la Residencia del Rector (excepcionalmente, se había pospuesto la
Ceremonia de Investidura del nuevo Rector hasta el siguiente trimestre, en caso
de que hubiese que hacer «arreglos» de última hora), y el Praelector había
pasado parte de la tarde con tres personas llegadas de Londres y que se habían
identificado como pertenecientes a Aduanas, pero cuyas preguntas sobre el
Colegio y, en particular, su minuciosa inspección de la Residencia parecían más
relacionados con cuestiones de seguridad. La mujer era la que más le había
impresionado. Una cuarentona con todo el aspecto de un ama de casa corriente de
vuelta del supermercado (de hecho, llevaba una bolsa de la compra) o de la
biblioteca municipal, de sacar en préstamo otra novela rosa. Llevaba el pelo
escarolado y teñido de alheña, era bajita y entrada en carnes, y, a primera
vista, parecía felizmente despistada. Pero cuando se marcharon, aquella primera
impresión había sido sustituida por otra muy distinta. Aquella imagen de
despiste estaba ahora repintada con pinceladas de sagaz interrogatorio y
coloreada con la autoridad que evidentemente poseía. El Praelector no quería ni
pensar qué podría haber en aquella bolsa de la compra. Parecía particularmente
interesada en el Baile de Mayo.
—Cualquiera
que pague su entrada tiene derecho a participar —dijo el Praelector, a lo que
contestaron enseguida que aquel año habría ciertas medidas, que no
especificaron, para mantener a los indeseables fuera del recinto del Colegio.
—No
queremos que se agüe la fiesta —dijo la mujer—. Creo que puede dejar los
detalles sobre la contratación de personal en nuestras manos tranquilamente.
Tenemos ciertos proveedores de toda confianza, y así les ahorraremos trabajo a
los responsables del Colegio. Y ahora veamos la Residencia del Rector.
El
Praelector los acompañó hasta la puerta y se marchó.
—Estaré
en mis habitaciones, si me necesitan para algo —les dijo.
Habían
pasado varias horas metidos allí, y habían salido, al parecer, bastante
satisfechos.
—¡Qué
casa tan agradable! ¡Si hasta tiene ascensor! Muy conveniente. Por supuesto,
necesita que se le cambie la instalación eléctrica, y añadir unos cuantos
detallitos. En un par de días les mandaremos unos electricistas. No hace falta
que el Colegio se preocupe por esas minucias. Los técnicos entrarán por la
puerta principal del edificio, y mi colega, Bill, estará con ellos todo el
tiempo. Él sabe de estas cosas.
Bill
era el más alto de los dos hombres, y tenía toda la pinta de saber mucho de
todo.
—Y
ahora, si pudiéramos hablar un momento con los porteros...
El
Praelector los acompañó a la Portería y volvió a sus habitaciones, consciente,
a su pesar, de que había conocido a tres personas con las que no había que
bromear. Iba a ser un Baile de Mayo muy particular. Y cuando aquella noche pasó
por los casilleros, a ver si había cartas para él, Walter estaba de un humor
inusualmente serio.
—¡Malditos
polis! —exclamó con una franqueza poco habitual en él cuando el Praelector le
preguntó si los visitantes se habían quedado mucho rato—. ¡Decirme a mí cómo
tengo que hacer mi trabajo! Dicen que van a poner a un tipo aquí con Henry y
conmigo para el Baile de Mayo. ¿Para qué, digo yo?
—Supongo
que intentan prevenir la entrada de carteristas y maleantes en el Colegio —dijo
el Praelector diplomáticamente—. Estoy seguro de que procurarán no causarle
molestias.
—Por
su bien, espero que sea así. Bastantes cosas tengo ya en que pensar para que me
llenen el Colegio de polis. Se les nota a la legua, vaya que sí, escrito lo
llevan en la cara. Más pesados que el plomo.
Sir
Cathcart hubiera encontrado el comentario muy a propósito. Sus sentimientos
hacia la policía eran aún más negativos. Aquella misma mañana se habían
presentado en su casa dos policías de uniforme y uno de paisano en un coche
patrulla, sin previo aviso, y no le habían gustado sus modales en absoluto. Le
habían dicho que se había recibido una queja de una tal señora Ransby, y que
tenían razones para creer que él podría ayudarles.
Sir
Cathcart había tratado de tomarse la cosa a broma.
—No
deben creer todo lo que leen en los periódicos. Una completa tergiversación de
los hechos. En realidad, esa señora intentaba hacerme chantaje.
—¡Vaya!
¡No me diga! ¿Chantajearle a usted? ¿Y cómo iba a hacerlo? —le preguntó el
sargento con un tono de voz que el general nunca había oído antes en un agente.
El policía de paisano no decía nada. Se limitaba a mirar los muebles del
vestíbulo como si no le interesase nada de todo aquello. Había algo en él que
fastidiaba, sin motivo aparente, al general, que ya se había tomado sus dos
buenas copas de coñac con el desayuno.
—Así
que la señora Ransby trató de hacerle chantaje y usted no se sintió inclinado a
pagarle. Muy natural, señor. ¿Y puede saberse cuál fue su reacción ante su
petición de, presumiblemente, una elevada suma de dinero?
—La
mandé a tomar por el culo —dijo el general—. Y, francamente, les agradecería
que se marchasen a algún sitio donde puedan ser de mayor utilidad. Si tienen
necesidad de volver a hablar conmigo, pueden pedir cita a mi secretaria. En
estos momentos estoy sumamente ocupado y...
El
de paisano se presentó.
—Mi
nombre es Dickerson, detective inspector Dickerson, y tengo una orden judicial
para registrar una casa en Botanic Lane...
Las
cosas fueron de mal en peor a partir de entonces. Sir Cathcart reaccionó con
intemperancia, el policía le preguntó si quería hablar con su abogado para que
estuviera presente cuando registrasen la casa, Sir Cathcart dijo que ni hablar
de eso, y luego cambió de opinión y probó otra táctica. Pero tampoco le
funcionó.
—El
comisario jefe está hoy en Londres, señor. Pero, si quiere, puede hablar con su
ayudante...
Sir
Cathcart no quería, y tuvo que sufrir la ignominia de que se lo llevaran en el
coche de la policía hasta Botanic Lane porque, como dijo el sargento, sería el
colmo que además le detuvieran por exceso de velocidad.
Todo
tenía muy mala pinta. Los arquitectos de la planta baja observaron con interés
la llegada del aristócrata y su comitiva policial, y, para mayor oprobio,
cuando subieron a lo que el general había bautizado alegremente en el pasado
como su «nidito de amor», encontraron el piso en un estado lamentable. Por
todas partes se veía la evidencia de la lucha beoda de Petunia con su traje de
buzo, y la botella de coñac estaba todavía volcada en el suelo del dormitorio.
En el cuarto de baño las cosas estaban aún peor: las consecuencias del coñac se
hallaban esparcidas en el lavabo, el cepillo de dientes y la maquinilla de
afeitar estaban tirados por el suelo, y el pestazo tiraba de espaldas. Y aún
faltaba lo peor.
—¡Vaya,
vaya! Un espejo falso. Y una cámara de vídeo. ¡Bueno, bueno! Parece que aquí
hay alguien aficionado al porno duro. Creo que vamos a necesitar al fotógrafo y
al de las huellas —dijo el inspector, y sugirió al general que le esperara
abajo, en el coche. El general bajó de puntillas por las escaleras, por no
tener que volver sufrir el ultraje de los arquitectos, y se sentó a esperar en
el coche patrulla. Había cambiado de idea respecto a lo del abogado.
—Puede
usar el teléfono del coche, señor —le dijeron.
Una
hora más tarde, el abogado (un abogado muy serio y respetable que, por la cara
que ponía, si había conocido a Sir Cathcart en circunstancias más felices, no
dejaba traslucirlo) subió las escaleras e inspeccionó la habitación de nuevo.
Las correas de cuero y la máscara de goma fueron introducidas en bolsas de
plástico transparente.
—No
es menester que haga ninguna declaración, y le recomiendo firmemente que no lo
haga —informó el abogado a Sir Cathcart, y pidió que se permitiera a su cliente
volver a casa.
El
general tuvo que esperar a un taxi, y el inspector le dijo que concertarían una
cita para verle cuando necesitasen interrogarle. O quizá prefería ir a la
comisaría cuando le avisasen. El abogado dijo que su cliente prefería ser
interrogado en su casa. Sir Cathcart volvió al castillo de Coft, y un fotógrafo
que estaba esperándole a la puerta le hizo una foto.
A
solas en su estudio, Sir Cathcart D'Eath se sentó en una butaca con un revólver
y una botella de Chivas Regal a mano, y acarició la idea de pegarle un tiro a
aquel putón de Petunia Ransby. Y de paso se llevaría por delante a unos cuantos
policías.
38
El
fin del trimestre se aproximaba, las embarcaciones del Equipo de Remo de
Porterhouse subían y bajaban por el río, incansables, preparándose para la gran
carrera, y las marquesinas para el Baile de Mayo ya habían llegado. Hartang
también llegó, pero su presencia pasó casi inadvertida. El coche (no una
limusina de doce metros con los cristales oscuros, sino un Ford de tres años, a
juego con el Hartang más modesto de ahora) se deslizó dentro de la Vieja
Cochera y el futuro Rector salió de él y contempló la mezcolanza de vetustos
vehículos a su alrededor: el Rover abollado del Decano, el venerable Amstrong
Siddeley del Capellán, el incluso más asendereado Morris del profesor Pawley.
En menos de media hora había pasado de la seguridad de alta tecnología y de la
estéril modernidad del Transworld Centre a un mausoleo de maquinaria
desvencijada. Los gigantescos candados de hierro de las puertas de la Vieja
Cochera le alarmaron por su precariedad. En un extremo del muro encalado una
silla de mano hablaba de medios de transporte incluso más rudimentarios. Y el
suelo estaba adoquinado y cubierto de manchas de aceite seco. Hartang lo miraba
todo con suspicacia y una sensación de haber venido a menos.
—Si
tiene la bondad de seguirme por aquí, señor —dijo el más alto de los dos
hombres que le habían acompañado en el viaje desde Londres—. Podemos cruzar
hasta la Residencia del Rector sin que nadie nos vea.
Abrió
una portezuela en la pared y salió fuera. Hartang le siguió algo nervioso,
parpadeando. Sin sus gafas oscuras aquel resol hacía daño a sus débiles ojos.
Caminó con la cabeza gacha para protegerse de la intensa luz hasta que
estuvieron en el vestíbulo de la Residencia del Rector. Allí las huellas del
pasado eran más que evidentes. El mobiliario que había visto en sus visitas
previas era moderno, en comparación con aquello. Aquí todo era sólido roble
negro y caoba oscura, e incluso había en un rincón un anacrónico sombrerero de
madera curva. En la pared, el retrato de Humphrey Lombert, Rector 1852-83, le
miraba severamente a través de unos quevedos. El suelo era de madera encerada y
brillante, cubierta con una alfombra afgana color burdeos. Tras él, el hombre
más bajito cerró la puerta suavemente y luego entraron en la sala de estar,
donde una mujer con el pelo escarolado, que llevaba un traje sastre de
mezclilla marrón, leía sentada en un sofá tapizado de zaraza una novelucha
barata.
—Ah,
ya están ustedes aquí —dijo—. Espero que hayan tenido un viaje sin
contratiempos.
Hartang
intentó sonreír y dijo que no había estado mal del todo.
—Bien,
aquí está a salvo —dijo, sin molestarse en presentarse—. Está en su casa.
Póngase cómodo. Su equipaje ya está arriba, y todo ha sido colocado en su
sitio. Encontrará su ropa en los armarios y cajones. Ahora mismo le enseñaré el
dormitorio. Pero antes, aquí tiene sus nuevos pasaportes y partida de
nacimiento. Y su curriculum vitae. No hay nada en él que pueda causarle ningún
problema. Hemos intentado, en lo posible, atenernos a sus características
reales. Usted será a partir de ahora un hombre misantrópico, muy reservado, con
pocos intereses en el mundo exterior. Le hemos hecho una lista de posibles
hobbies. Por ejemplo, coleccionar tratados americanos de jurisprudencia del
siglo XVIII. Y ahí...
Hartang
se sentó en un sofá, sabiendo que estaba atrapado. Hasta aquel momento, hasta
que aquella mujer de piernas gordezuelas y pelo teñido le explicó las normas,
no había estado seguro del todo. Sabía que estaba metido en la mierda hasta el
cuello, pero siempre se puede salir de una situación así si se piensan las
cosas con cuidado y se tiene a los colaboradores adecuados. Pero ahora era
distinto. Ahora no. Ahora estaba solo y en un ambiente que ni siquiera empezaba
a comprender, y aquella mujer le estaba diciendo cómo iba a vivir su vida y qué
era lo que tenía que pensar, y lo único que podía hacer era escoger entre una
lista de hobbies. Y lo peor de todo es que se lo estaba diciendo con la
absoluta certeza de que haría lo que le mandasen. Incluso en la cárcel, hacía
ya tantos años, se había sentido más libre que ahora. E incluso cuando se
metieron en el ascensor y le dijeron que tanto las puertas como el techo
estaban blindados, y que si se sentía en peligro lo único que tenía que hacer
era encerrarse allí dentro y oprimir el botón amarillo, incluso entonces, se
sintió desamparado y asustado. Aquellos muros de metal eran como una celda.
Eran una celda. El dormitorio también estaba atiborrado de muebles antiguos, y
hasta que entraron en una pequeña habitación contigua, sin ventanas, Hartang no
empezó a sentirse un poco en su elemento: allí había ordenadores, impresoras,
mobiliario de madera blanca y funcionales sillas de oficina.
—Éste
será su centro de comunicaciones. Desde aquí puede obtener toda la información
que necesite, o hablar con cualquier lugar del mundo —le dijo la mujer. Hartang
lo dudaba mucho. Todo lo que dijera sería grabado, sin duda. La única
información que necesitaba era que le explicara de qué iba todo aquello.
Al
final, antes de que la mujer se marchara, preguntó qué pasaría con Transworld
Televisión Productions.
—¿Cómo
van a llevarla adelante sin tenerme allí para tomar las decisiones? Me
necesitan. No hay nadie allí que pueda hacer mi trabajo.
—Estoy
segura de que encontrarán la manera de arreglárselas sin usted. Ya saben que
tiene un serio problema de salud, y en el pasado, cuando se iba usted a
Tailandia o a Bali, no se hundió la empresa.
—¿Me
está diciendo que no me puedo comunicar con ellos? —dijo Hartang.
—¡Claro
que sí! Aquí tiene todo el equipo que necesita, y en el piso de arriba, está el
señor Skundler, que recibirá encantado las instrucciones que quiera usted darle
cada mañana. En cuanto se haya instalado, verá como todo funciona a las mil
maravillas. ¿Hay algo más?
—Sí
—dijo Hartang—. Quiero hablar con Schnabel.
—No
hay problema. Ahí tiene el teléfono —dijo la mujer, y salió de la habitación.
Hartang
se metió en su estudio y llamó a la oficina de Schnabel. Le respondió un
contestador automático. «El señor Schnabel no puede recibir su llamada en este
momento, pero si desea dejar un mensaje, puede hacerlo cuando escuche la
señal», dijo una voz de hombre. Y se oyó un pitidito. Lo mismo ocurrió con
Feuchtwangler y Bolsover. Hartang sabía que, aparte del supuesto problema de
salud, tenía problemas más serios. Como estar confinado en aquella celda de
alta seguridad. Miró la colección de libros de derecho dieciochesco en los
anaqueles. Eran todos de leyes americanas.
Por
un momento, se sentó frente al escritorio en la planta baja y miró por la
ventana el Laberinto del Rector. De algún lugar cercano le llegaba el pic-poc
de gente que jugaba al croquet. Alguien le había dicho una vez que el croquet,
con toda su aparente civilidad, era un juego muy violento y malicioso. Aquel
sonido seco y rítmico, como el de un reloj, no le reconfortó. En la cocina, el
más bajito de los dos hombres estaba sentado a la mesa ayudando a Arthur a
pelar patatas. En la bodega, el alto, Bill, miraba el muro de pantallas del
circuito cerrado de televisión que mostraban la carretera, el camino, los
jardines y las puertas.
En
la salita de la casa de Onion Alley, Skullion les estaba explicando por qué
tuvieron que enviar a toda prisa al doctor Vertel a la Quinta de Porterhouse.
Ya les había contado la vida y milagros de Lord Wurford, y cómo Fitzherbert
perdió el dinero del Colegio cuando era Tesorero. Durante tres días había
estado hablando y hablando sobre Porterhouse y cómo había sido en los viejos
tiempos, mientras Madame Ma'Ndangas tomaba notas y la grabadora siseaba
levemente en la mesita junto a él. En el pasado Skullion había idealizado
aquellos días en que Porterhouse era un Colegio de caballeros. Ahora veía las
cosas de manera diferente. Los años que había pasado en la Residencia del
Rector confinado en aquella silla de ruedas le habían dado tiempo para pensar y
reflexionar sobre la forma en que le habían tratado. Siempre aceptó sin
rechistar la actitud despectivamente paternalista del Decano y los demás
Claustrales, e incluso el desdén de los estudiantes, como un mal menor, y lo
había soportado todo como si formara parte de su trabajo como Portero Mayor, y
porque le daba un curioso sentido de superioridad moral sobre ellos. No era un
hombre educado, no sabía nada de ciencia, ni de historia, ni de ninguna otra de
las materias que les interesaban a ellos. Pero, en cambio, había estudiado a
los hombres que habían pasado por el Colegio, o que se habían quedado y habían
llegado a Claustrales. Como Portero Mayor se había sentido orgulloso de
Porterhouse y había aceptado su papel porque estaba sirviendo a caballeros. Era
una ilusión necesaria, aunque sólo parcial. Nunca había sucumbido a ella por
entero y, como explicaba en sus múltiples digresiones y atajos mientras acudían
a su memoria recuerdos largo tiempo olvidados, había visto aquella ilusión de
orden moral disolverse poco a poco hasta que sólo había quedado en pie el
andamiaje del Colegio, los muros vetustos y castigados, perdida ya toda
caballerosidad.
—Dejaron
de vestirse correctamente, y ni se cortaban el pelo. Aunque la verdad es que
algunos de ellos, especialmente los más eruditos, no han sabido nunca ni lo que
llevaban puesto. Me acuerdo de aquel químico, Strekker, una reputación
brillante, la gente decía que era un genio. Y su fámulo, que se llamaba Landon,
tenía que sacarle los calzoncillos del cajón y decirle que se lavara detrás de
las orejas o que se diera un baño: o si no, no lo hacía. Una mosquita muerta,
ese Strekker, pensaba yo. Pero luego resultó que durante la guerra estuvo en el
servicio secreto, y después se marchó a América. Terminó en algún Colegio de
Oxford. Me pareció curioso que no estuviera en el Who's Who, porque lo miré y
no estaba, pero me dijo el Tutor Mayor que los mejores nunca querían estar,
sólo los nuevos ricos se empeñaban en que los pusieran en el libro. Strekker
era así. A él no le importaba nada ser famoso ni tener relumbrón. Un caballero
de los de antes. Nunca una palabra más alta que otra. No, las cosas empezaron a
ir de mal en peor después de la guerra. Un montón de soldados licenciados. Y la
mitad de ellos lo único que habían hecho era la instrucción, no hablan luchado
en el campo de batalla ni nada, pero como tenían más de veinte años cuando nos
los mandaron, pues ya no se podía hacer de ellos unos caballeros como Dios
manda. Pésimo material, ya venían maleados. Y encima con becas. No tienen
ustedes, los jóvenes, ni idea de lo que era aquello entonces. ¡Qué triste!
Carne de ballena para cenar, y boniatos asados, y aquellos todo lo que parecían
haber aprendido en el ejército era a gandulear. Para mí que fue entonces cuando
las cosas empezaron a torcerse, con todos aquellos zanguangos que venían
pisando fuerte, como si tuvieran derecho a todo. Y hasta los que se podían
permitir ir a un médico privado iban a la Seguridad Social porque era gratis.
Tampoco es que la Seguridad Social fuera una mala idea, a ver si me explico. Lo
malo es que todo el mundo, incluso los ricos, lo tenía todo gratis, y acabaron
pensando que la vida era así, que todo el monte es orégano.
Purefoy
estuvo a punto de rebatirle aquello, pero se calló y dejó que Skullion siguiera
hablando y bebiendo taza tras taza del té que la señora de Charlie le traía
para que no se le secase la garganta con tanta cháchara. Y así Madame
Ma'Ndangas descansaba la mano. Al tercer día ya no podía escribir a aquel
ritmo, y hubo que llevar una segunda grabadora por si se estropeaba la primera.
—Va
a costar una fortuna mecanografiar todo esto —dijo. Y Skullion les aconsejó que
no lo hicieran en Cambridge. Alguien en Londres que no supiera de qué iba todo
aquello.
También
le pareció que Purefoy había hecho bien al mudarse al apartamento fuera del
Colegio.
—Le
preguntarían, si no. O incluso harían que le siguieran, y no queremos que eso
pase. Volveré cuando sea el momento, cuando tengan ustedes todo el material que
necesitan.
Así
llegaron hasta el punto en que Sir Godber quería vender las casas de los
criados en Rhyder Street, y a lo traicionado que se sintió Skullion cuando lo
despidieron, y a cómo le habían hecho Rector después que mató a Sir Godber, y a
cómo le había dado el paralís delante del Decano y del Tutor Mayor, que no se
dieron cuenta y por poco la diña, y a cómo gracias a que el Cocinero fue a
verle aquella noche y llamó a la ambulancia, pudo contarlo. Y luego los años en
la silla de ruedas, y cómo había conservado el juicio por el procedimiento de
recordar quién había vivido en qué habitación y cuándo.
—Estaba
sentado, sin poder moverme, pensando en todo eso, y ahora lo tiene usted todo
apuntado, y ya no se echará a perder, ni podrán tampoco arreglarlo con mentiras
para que parezca bonito, porque no fue nada bonito, no, señor.
El
interés de Purefoy oscilaba según los asuntos. Encontró las opiniones de
Skullion sobre los otros Claustrales Mayores de lo más fascinantes.
—El
Decano ya no es el que era. Ha perdido el temple, y sólo le queda su zorrería
de siempre. Le compensa la falta de inteligencia. En su vida ha publicado nada.
Ni una página. Lo único que ha hecho es dirigir el Colegio, y ni eso puede
hacer ya, porque le falta espíritu. El Tutor Mayor es harina de otro costal. Se
graduó con sobresaliente, y tiene cabeza, sí. Publicó una tesis doctoral sobre
las mareas o los ríos o algo así, hace un montón de años, pero luego lo fue
dejando y se hizo deportista. En Porterhouse no se estilaba la sabiduría. Y él
lo que quería era ser uno de ellos. Ahora no creo que pueda siquiera pensar con
claridad. Ha perdido hasta el hábito de correr en bici arriba y abajo de la
ribera del río siguiendo la embarcación de sus muchachos del Equipo de Remo.
Pero está donde quería estar, y lo aceptaron, aunque el Decano y él solían
estar siempre a la greña por cualquier tontería. Se odiaban el uno al otro como
el perro y el gato. Que es lo que hacen todos allí, la verdad sea dicha. Horas
y horas se pasan pensando cosas desagradables que decirse unos a otros,
insultos que no se sabe muy bien si son insultos o cumplidos, de lo retorcidos
que son. Pero es natural, viviendo allí todos juntos, pared con pared siempre.
El Capellán es sordo, o se lo hace. Es el más humano. Le gustan las chicas
jóvenes al Capellán, ¡qué pillín que es!, las enfermeras jovencitas y las
dependientas de la farmacia. Más de una vez le he visto allí, nada más que para
estar cerca de ellas. Y antes solía también hacerles fotos. No del cuerpo, sólo
de la cara, cuando le dejaban. Al Capellán le gustan las caras bonitas. Y no se
lo reprocho. No le haría daño ni a una mosca.
—¿Y
qué me dice del Praelector? —preguntó Purefoy—. ¿Es también buena persona?
—¿Bueno?
¿El Praelector? No, no diría que ésa sea la palabra. Un viejo intrigante, eso
es lo que es. Una mosquita muerta toda la vida y, de repente, mira por dónde
sale. Inglés por los cuatro costados, no sé si me entiende. Se le murió la
mujer cuando tenía apenas cuarenta y cinco años, y durante muchos años estuvo
con el corazón destrozado. Se vino a vivir al Colegio, y ya nunca volvió a
mirar a otra mujer. Estuvo enredado en algo relacionado con antitanques durante
la guerra, aunque uno no lo hubiera dicho nunca por la pinta que tiene.
Escribió libros de historia militar, y sobre la Primera Guerra Mundial,
metiéndose con todos los generales y tratándoles de tontos del bote. ¡A mí me
lo va a contar! Perdí a mi padre el segundo día de la batalla del Somme, y a
dos tíos en algún barrizal parecido donde tenían que usar tablones de madera
para pasar, que si te caías te hundías para siempre...
Aquella
noche, en el apartamento de City Road, Madame Ma'Ndangas se preguntó cómo iban
a poder organizar toda aquella confusa masa de material que Skullion les había
proporcionado de forma tan errática.
—Hay
muchísimo, y la mitad es morralla.
—En
cuanto tengamos la transcripción, lo cortaremos —dijo Purefoy—. Tampoco quiero
quitar mucho, pero a veces se repite un poco. Éste debe de ser un relato único
de la vida en un Colegio desde un punto de vista completamente insólito.
—¿Y
qué pasa con Lady Mary?
—No
estoy pensando en ella en estos momentos, y, además, ya le pasaremos en su
momento un informe completo. No me importa que le guste o no. Voy a hacer lo
que me pidió que hiciera.
39
—Acabo
de recibir una carta muy peculiar del Tutor Mayor —le dijo Goodenough al señor
Lapline mientras tomaban café en la oficina una mañana.
El
señor Lapline dijo que no le sorprendía en lo más mínimo.
—¡Qué
asunto más sórdido! Cabría suponer que un hombre de la posición de Sir Cathcart
tendría más sentido común. Si lo que le
gusta es atar a abuelas disfrazadas con trajes de buzo de látex negro, al menos
podría haber mantenido cierto anonimato. Esto causa la peor de las impresiones
en la opinión pública.
—Pues
lo cierto es que no estaba hablando de eso —dijo Goodenough, sorprendido de que
el señor Lapline leyera el Sun—, sino acerca de aquel pobre infeliz del doctor
Osbert.
El
señor Lapline se estremeció violentamente.
—Siempre
dije que era un terrible error. ¿Qué es lo que ha hecho ahora ese desgraciado?
—Creo
que, si lee la carta, se hará una idea más precisa de cómo están las cosas
—dijo Goodenough, y puso la carta con mucho cuidado sobre el escritorio de su
socio. El abogado se la leyó de arriba abajo dos veces.
—¿Que
ha secuestrado al Rector? ¿Que ha secuestrado al Rector de la Quinta de
Porterhouse? ¿Es que ese hombre se ha vuelto completamente loco? ¿Y dónde
demonios está la Quinta de Porterhouse? No la había oído nombrar en mi vida
—dijo el señor Lapline por fin.
—Pues
no sé. Aquí lo único que dice es que Skullion, es decir, el Rector, estaba
convaleciendo allí y el doctor Osbert apareció de repente con una mujer y...
—Ya
sé lo que dice el Tutor Mayor en su carta. Me la acabo de leer ahora mismo, si
no le importa. Tampoco es que sea una carta coherente, viniendo de un hombre
supuestamente civilizado. ¡Pero esto de secuestrar al Rector, con silla de
ruedas y todo...! Y encima cerrar con candado para que no pudiesen los otros
avisar a la policía. Llevan una semana desaparecidos, nadie los ha visto desde
entonces. ¿Qué es esto? Dígamelo usted, porque yo ya no sé qué pensar. ¡Qué
monstruosidad tan abyecta y consumada! Goodenough, le considero responsable por
dejar a ese sujeto suelto en Porterhouse. Responsable del todo, para que se
entere.
—¡Alto
ahí! —dijo Goodenough sombríamente—. Por si no se acuerda, fue usted el que
insistió en que debíamos mantener la cuenta de Lady Mary a toda costa, y luego
usted se puso malo a causa de esa maldita vesícula que no se quiere usted
operar, y encima me pasó el muerto.
—Usted
se ofreció —dijo el señor Lapline, que todavía no se había atrevido a extirparse la vesícula, y ya
le estaba volviendo a dar avisos—. Usted dijo específicamente, si no me
equivoco, que lo dejase todo en sus manos, que se haría cargo y tendría
contenta a Lady Mary. Y luego le envió una colección de pervertidos sexuales y
neonazis violentos sabiendo perfectamente bien que los rechazaría de inmediato,
y por último le ofreció a este tarado que se refocila tan en los detalles más
repugnantes de los ajusticiamientos, y está convencido de que Crippen era
inocente.
—¡No,
oiga, espere un momento, yo...! —empezó Goodenough, pero el señor Lapline no
había acabado con su filípica.
—Cualquiera
en su sano juicio habría previsto la catástrofe que se avecinaba y, de hecho,
usted lo hizo. Usted dijo que era como poner los perros en danza, y ahora, mire
por dónde, tenemos a ese hombre raptando al Rector de su lecho de muerte, como
quien dice, y, seguramente, a estas alturas ya le habrá ahorcado al pobre
hombre con sus propias manos en cualquier sórdido escondrijo.
—En
realidad, Purefoy se opone terminantemente a las ejecuciones de cualquier
género. Es una de sus fobias particulares.
—Pues
le voy a decir cuál es mi fobia particular —dijo el señor Lapline
venenosamente, pero se contuvo a tiempo. Después de todo, Goodenough era su
socio, y muy bueno para tratar con los clientes a los que él no quería
representar—. Bueno, dejémoslo. El mal ya está hecho. Ahora le tendrá que decir
a Lady Mary...
—¡Todavía
no, por el amor de Dios! —dijo Goodenough—. Quizá se trate sólo de un error.
—¿Quizá?
—dijo el señor Lapline.
Pero
al final decidieron que lo mejor era esperar los acontecimientos y no perder
las esperanzas.
En
el castillo de Coft, el general Sir Cathcart D'Eath había perdido las
esperanzas por completo. Todas las mujeres de su personal se habían despedido,
incluyendo su secretaria americana, y sólo el mayordomo japonés y el bestia de
Kannabis se habían quedado, aunque este último no tenía en qué ocuparse, ahora
que se había cerrado la fábrica de comida para gatos. A raíz de lo otro, había
trascendido que el contenido de las latas que vendía el general estaba
constituido básicamente por carne de valetudinarios caballos de carreras, lo
cual había enfurecido notablemente a los consumidores más concienciados. Viejos
conocidos le habían retirado el saludo en Newmarket, y había habido un alboroto
fuera de su casa cuando unos activistas de la Protectora de Animales intentaron
entrar a sangre y fuego, y tuvo que acudir la policía a dispersarlos. Y lo peor
era que se rumoreaba que el general criaba caballos exclusivamente para
satisfacer el desordenado apetito de los felinos de la nación, porque crecían
más rápidamente que las vacas. Incluso sus vecinos se habían soliviantado tanto
que, en una ocasión, le acribillaron el Range Rover con huevos podridos cuando
subía hacia el castillo. Sir Cathcart se encerraba en su estudio a beber con
Kannabis, que no sabía de qué iba todo aquello. Los caballos eran sólo
caballos, aunque francamente, él prefería a los cerdos. Más humanos. Uno podía
criar tortugas, o pulpitos, pero el cerdo le parecía más gracioso. Sir Cathcart
decía que sí, que suponía que sí, aunque incluso en el estupor de la ebriedad
no veía qué gracia podía tener un cerdo, aunque hablando de cerdos, la tal
Petunia Ransby... Kannabis dijo que a él tampoco se le habría empinado con
ella. Demasiado vieja, y encima con aquella goma negra, que estaba que daba
asco; parecía una morcilla, aunque, por lo menos, no se le veía la cara. Aunque
a algunos tíos que conocía les gustaba tener donde agarrarse. Sir Cathcart dijo
que él sí que quería agarrar a aquella fulana astrosa, pero por el cuello,
después de lo que le había hecho. Kannabis dijo que Hartang le habría mandado a
un independiente y que después no la habría reconocido ni la madre que la
parió. Fue una conversación muy poco edificante.
La
conversación en la Residencia del Rector entre Hartang y Ross Skundler había
sido sólo un poco más civilizada. El Tesorero, el Decano y el Praelector habían
estado presentes, en parte para asegurar a Skundler que era otra vez persona
grata a los ojos del nuevo Rector, y en parte también, como dijo el Decano,
para ponerse a su disposición y, por supuesto, para darle la bienvenida.
—¡Muérete!
—dijo Hartang; se dirigía a Skundler, pero, obviamente incluía al Tesorero, al
Praelector y al Decano en el lote.
Había
pasado dos noches malísimas en la Residencia, en compañía de lo que parecía,
por el tumulto, una enorme colonia de ratas en el desván. Ciertamente, algo
había estado removiéndose allá arriba y emitiendo extraños sonidos. Hartang se
había puesto insoportable de grosero durante el desayuno, despotricando muy
soezmente sobre los efectos nefastos de dos huevos fritos y una loncha de
beicon del tamaño habitual en Porterhouse, por no mencionar el pan frito, que
había sido siempre el plato favorito de Skullion. Y ahora aquello de las ratas
del desván. Arthur intentó convencerlo de que no eran más que pichones.
—¿En
el techo? ¿Pichones en el techo? —había dicho Hartang con incredulidad—. No me
lo creo. ¿Así que de ahí vienen estos huevos, del techo?
—No,
señor. Son huevos de gallina. Aquí no tenemos costumbre de criar pollos en el
desván.
—¿Y
qué son los pichones? ¡Pues pollos! ¿No?
—Crías
de paloma, señor. En los viejos tiempos, la paloma era un plato exquisito en el
menú de Porterhouse, y algunos de sus descendientes todavía viven en el hogar
de sus antepasados. Todavía se ven las entradas en los picos de los tejados.
Aunque creo que allá arriba debe de haber también una colonia de quirópteros.
—¿Murciélagos?
¿Murciélagos? —dijo Hartang, que por lo menos sabía qué era un quiróptero—. ¿Y
también es el murciélago un plato exquisito en el menú de Porterhouse?
Joder!...
—No
señor. Los murciélagos son especie protegida. Va contra la ley matarlos —dijo
Arthur, y volvió a la cocina a ver si podía encontrar algunos cereales y algo
de yogur desnatado, que era todo lo que quería tomar el Rector como desayuno.
Hartang no estaba de buen humor cuando llegaron Skundler y los otros con el
Decano a la cabeza. Había tenido que tomar galletas, e incluso eso tenía
azúcar. Y el café estaba horroroso.
Arthur
tampoco se sentía muy feliz, que digamos.
—No
es un caballero nada fino, este nuevo Rector —les dijo a los guardaespaldas,
que habían oído toda la conversación por el
circuito cerrado. Y lo que estaban oyendo ahora no eran finezas tampoco.
El que el Decano usase la palabra «comodidades» fue el golpe de gracia.
—¿Qué
comodidades? ¿Comodidades? ¡Y una mierda! ¡La puta bañera es lo bastante grande
como para que se ahogue uno en ella, y tarda una hora en llenarse, y el agua
está más fría que el hielo para cuando se llena del todo!
—Bien,
de hecho, en el pasado hemos tenido Rectores de proporciones bastante amplias
—explicó el Decano—. Y necesitaban bañeras de su tamaño. Lamento mucho lo del
agua, pero los hombres de Porterhouse están acostumbrados a una temperatura
tibia.
—Pues
yo no —le aseguró Hartang—. A mí me gusta darme baños de agua bien caliente. Y
como el desayuno que ese imbécil de camarero ha tratado de darme esta mañana
sea lo normal aquí, con esta dieta se le bloquean las arterias a un elefante en
tres días. Los Rectores que han tenido ustedes aquí deben de haber sido gente
enferma. No sabían lo que estaban haciendo con sus cuerpos.
—Muy
posiblemente —dijo el Praelector con algo de retranca—. Como sin duda ya debe
de haber comprendido, somos un Colegio muy antiguo, y algunas de nuestras
costumbres pueden parecer algo anticuadas. Estoy seguro de que podremos
acomodarle aquí en condiciones más de su agrado.
Hartang
no respondió. Cuando se encontró con el Praelector en el Transworld Centre ya
le había parecido aquel hombre algo inquietante, y aquel «acomodar» ahora no le
daba muy buena espina.
—Les
estaría muy agradecido si me pudieran arreglar el calentador del gas. Muy
agradecido.
El
resto lo pasó conferenciando sin parar con Skundler, que tomaba apuntes a mil
por hora, y sólo hablaba para responder a preguntas que ninguno de los
Claustrales entendió. Cuando llegó la hora de que se marchara, el futuro Rector
ya había recordado sus lecciones de elocución y etiqueta, y, con educada
reserva, les dio las gracias por haberle visitado.
—Esto
no va a resultar —dijo el Decano en cuanto salieron del edificio y estuvieron
seguros de que no les podían oír—. Ese fulano tendría que estar entre rejas.
Todavía me resulta difícil de creer que estas personas puedan existir. ¿Qué
demonios vamos a hacer?
—Por
el momento, nada —dijo el Praelector—. Lo que sugiero es que nos mantengamos al
margen y nos aseguremos de que el agua de su bañera esté caliente. Y creo que
deberíamos persuadir a sus abogados para que vengan a hablar con él. Hasta
ahora nos han sido de gran ayuda.
Era
una opinión que Hartang no habría compartido.
En
la sala de escucha, la cinta con aquella conversación fue archivada en su lugar
correspondiente. El hombre más alto estaba al teléfono. Su opinión coincidía
plenamente con la del Decano. El futuro Rector no estaba respondiendo como se
esperaba.
—Ella
dice que estas cosas requieren su tiempo, y que no sirve de nada tratar de
forzarlas. Todavía le necesitamos. Hay que mantenerlo a buen recaudo.
En
la cocina, Arthur le explicaba al Cocinero que ese de ahí arriba, como se
llame, quería una cosa que decía que se llamaba nuvel cusín.
—No
lo he oído nombrar en mi vida —dijo el Cocinero—. Lo mejor será acercarse a ver
si lo tienen en el súper. Esta noche ponemos buey con pastelitos de fruta en el
Refectorio, con una sopita de Stilton para empezar y una tortilla para
desengrasar.
Arthur
dijo que no parecía que a ese de ahí arriba, como se llame, le gustasen mucho
los huevos, y el Cocinero le respondió que se le daba una higa de lo que le
gustase o no; además, aún no era Rector, y no lo sería hasta que el señor
Skullion diera su visto bueno, porque el señor Skullion era todavía el Rector,
dijeran lo que dijeran —Me pregunto
adonde se habrá ido con ese doctor Osbert.
—Eso
sería irse de la lengua, Arthur, eso sería irse de la lengua —dijo el Cocinero
misteriosamente—. Y no le repitas a nadie lo que te acabo de decir.
40
—Comprendo
cómo se siente, Rector —dijo Schnabel cuando finalmente accedió a ir a
Porterhouse.
Hartang
le dijo que no podía comprenderlo. Nadie que no hubiera vivido en aquel
mausoleo con aquel montón de zotes que no sabían distinguir un dólar de un peso
y que tenían que usar los dedos para contar hasta diez podía comprenderlo.
—No
creo que debiera usted dejar que las apariencias le engañaran —dijo Schnabel—.
Los universitarios son gente escurridiza, y los ingleses además, siempre han
sido famosos por no manifestar lo que piensan. Es parte del carácter nacional.
No les gusta mostrar sus emociones. No les debe tomar por la fachada.
Hartang
miró por la ventana las marquesinas en el Jardín de los Claustrales, y deseó
poderle mostrar a aquel zopenco sus verdaderas emociones. Nunca en su vida
había juzgado a la gente por las apariencias, quizá en las películas, pero no
en la realidad. Algunos de los mejores y más curtidos matones a sueldo de Miami
y Chicago tenían unas caras la mar de simpáticas.
—¿No
conocerá, por casualidad, a una mujer gorda con el pelo teñido que lleva una
cesta de la compra y nunca dice su nombre? —le preguntó—. Collarcito de perlas
artificiales y una voz como un rallador de queso. Dos hombres que podrían ser
del servicio secreto van siempre con ella. Ahora están viviendo aquí conmigo.
La mujer no. Los dos hombres.
—Para
mayor protección suya, estoy seguro —dijo Schnabel—. Estarán con usted durante
este primer periodo de adaptación, y luego se marcharán. Ése era el trato. Lo
mejor es confiar siempre en los profesionales.
—Ya.
Espero por su bien que así sea. ¿Y ha pasado alguien por Transworld? Ya sabe,
«alguien».
—Según
mis informaciones, no. Usted sigue haciendo correr el dinero por las mismas
cuentas, así que no hay ninguna razón que les pudiera hacer pensar que está
usted implicado. Si se hubiera largado con la pasta, sería otra historia. En su
oficina hay un hombre de su misma estatura, peso y complexión que viste como
usted y lleva exactamente la misma vida que llevaba usted.
Si
le preguntan al personal, usted sigue allí. Y un día, digamos dentro de seis
meses, le dará un infarto, o algo, y tendremos un funeral muy bonito en el
cementerio de Golders Green, y esparciremos sus cenizas en algún sitio, y
saldrá una esquela en el Times diciendo que usted levantó la Transworld
partiendo de la nada.
—Alguien
querrá ver el cuerpo.
—Naturalmente
—dijo Schnabel—. Y nadie se lo impedirá. La misma complexión, la misma cara,
las mismas gafas y la misma peluca. Le podrán sacar fotos, pero sin tocar. La
gente que le está protegiendo ahora tiene embalsamadores que podrían hacer que
Boris Karloff se pareciera a Marilyn Monroe. ¿Cómo cree que les consiguen a los
delatores del IRA una nueva identidad?
—¡No
me diga que los embalsaman! Joder! Será mejor que no me diga nada.
—Al
que embalsaman es a un muerto cualquiera. Cirugía plástica. Una cosa increíble.
Y el vivo es diferente, así que ¿quién va a saberlo? Nadie. Nueva identidad y a
la calle, a seguir viviendo como siempre. Así son. Profesionales.
—Bueno.
Mientras no cambien de opinión sobre mí... No quiero acabar en ese Golden
Green.
—No
se preocupe —dijo Schnabel—. Es usted demasiado valioso. Hartang ha muerto,
larga vida al nuevo Rector de Porterhouse.
Hartang
reflexionó sobre aquello un momento.
—No
voy a hacer testamento —dijo por fin—. Si quieren mi dinero, que me mantengan
vivo.
—Una
decisión muy prudente. Lo que quieren es su talento para las finanzas. Eso es
lo que compran al mantenerlo vivo y fuera de la circulación. ¿Qué tal se porta
Ross Skundler?
—¡Ese
capullo! —exclamó Hartang, y de repente se sintió aliviado.
Skundler
sí que se sentía aliviado. De vez en cuando miraba los viejos libracos de la
contabilidad del Colegio y le pedía al Tesorero una pluma de ganso, pero la
situación económica era de nuevo boyante. El Tesorero también estaba más
contento. Ya no se tenía que preocupar por las deudas del Colegio, ni de dónde
iba a venir el dinero, y, en cambio, podía ir a supervisar los trabajos de
restauración en la Capilla, y ver cómo el Colegio tenía cada vez mejor aspecto.
Ya ni siquiera le quitaba el sueño la desaparición de Skullion. Nunca le había
gustado aquel hombre, y, a su vez, el antiguo Portero Mayor nunca había
ocultado su desprecio por el Tesorero. De hecho, desde todos los puntos de
vista, las cosas estaban saliendo a pedir de boca.
En
Onion Alley, Purefoy estaba exhausto. Y Madame Ma'Ndangas también. Durante toda
la semana habían pasado allí horas y horas escuchando a Skullion y ya se
sentían como si hubieran vivido en Porterhouse toda la vida. La repetición
tenía este efecto, las reiteraciones y digresiones, los vagabundeos en los que
tenían que acompañar a Skullion alrededor del mismo punto siempre: la traición
que había sufrido, no una vez, ni dos, sino desde el día en que puso los pies
en Porterhouse y se había quitado la gorra delante de los caballeros. Era ese
sentimiento de humillación, más intenso ahora de lo que había sido incluso
cuando Sir Godber le había despedido, lo que le daba la fuerza interior para
seguir hablando, dragando su memoria, buscando detalles de aquellos desaires y
pequeños insultos que sabía ahora que habían sido el aviso de la traición mayor
que vendría después.
—Ese
cabrón de Sir Cathcart me lo prometió, me dio su palabra de caballero de que no
me mandarían a la Quinta. Me prometió que podría quedarme a vivir en el
castillo de Coft si accedía a retirarme. ¡Maldito cabrón! Y yo dije que tenía
el derecho de nombrar sucesor como Rector, y lo tengo, y él estuvo de acuerdo.
Tenía que hacerlo. Tradición del Colegio desde tiempo inmemorial. El Rector
tiene derecho a nombrar a su sucesor antes de morir. Y eso es lo que hice.
«Lord Pimpole», le dije, «el Honorable Jeremy Pimpole de Pimpole Hall, en el
condado de Yorkshire.» Lo nombré porque un caballero más agradable no lo he
conocido nunca. Entró en 1959. Él y Sir Launcelot Gutterby eran los mejores.
—Skullion hizo una pausa, recordando aquel inefable aire de superioridad y
arrogancia. Luego escupió en la chimenea—. ¿Y qué pasa luego? El cabrón de Sir
Cathcart hace que me metan en una ambulancia y me encierran en la Quinta y
meten a un yanqui de los cojones, o lo que sea, en la Residencia del Rector.
La
enormidad de esta felonía le dejó sin habla, contemplando el absurdo abismo de
odio al que este último acto de traición le había arrojado.
Y lo
peor era que la culpa era sólo suya. Podía haber mantenido su independencia, la
capacidad de pensar por sí mismo que siempre creyó que poseía. Pero ya no la
tenía, se la había entregado a Porterhouse, a su confortable posición como
Portero Mayor, y a su indulgente ilusión de estar cumpliendo con su deber. ¡Su
deber! Como un jodido caniche saltando por el aro en el circo y andando sobre
las patas traseras y haciendo jeribeques para entretener a un público de
idiotas. Ése había sido su deber. Y ahora lo sabía, porque lo habían
traicionado.
Y
aún peor, lo sabía porque ellos habían traicionado a Porterhouse también con su
estupidez. Cualquier imbécil hubiera podido ver lo que le estaba pasando al
Colegio hacía años, y haber tomado medidas para proteger el lugar y mantenerlo
en pie. Incluso él mismo lo había visto, pero había hecho oídos sordos porque
confiaba en ellos. Y porque no había nada que pudiese hacer al respecto. Había
preferido no pensar en ello, se había dicho a sí mismo que al final todo
saldría bien. Y, en cambio, había salido todo mal. Y había un pensamiento mucho
peor en un rinconcito de su cabeza: que siempre había estado todo igual de mal,
y que había desperdiciado su vida sirviendo a aquella gentuza. Eso era lo que
pensaba ahora, pero no se lo dijo a Purefoy y a Madame Ma'Ndangas en el
cassete. Eran jóvenes y no tenía sentido quitarles la ilusión tan pronto. Ya
les enseñaría la vida. Y, además, los necesitaba para lo que tenía que hacer.
—¿Todavía
no hay noticias de Skullion? —preguntó el Praelector, que contemplaba por la
ventana de la Sala de Claustrales las marquesinas y las mesas y las tarimas de
madera para el Baile, que ya habían sido instaladas en el césped. Un grupo de
técnicos de sonido estaban comprobando los altavoces mientras los electricistas
colgaban las luces.
—Ninguna
—dijo el Decano—. Y a Osbert no se le ha visto por el Colegio desde aquella
noche. Ninguno de los criados tiene ni idea de adonde pueden haber ido.
—Y,
aunque lo supieran, no nos lo dirían —dijo el Tutor Mayor—. Siempre han
respetado ciegamente a Skullion, incluso antes de que le nombráramos Rector.
—Es
verdad. Pero también están preocupados. Si lo supieran y no nos lo quisieran
decir, estarían de mejor humor. Estoy seguro de que no tienen la más remota
idea.
—Y
la policía tampoco sabe nada. Todo lo que han descubierto es que el doctor
Osbert alquiló una furgoneta en Hunstanton y la devolvió dos días más tarde.
Han preguntado en los hospitales, pero no está ingresado en ninguno. Todo este
asunto es muy extraño.
—Como
no podemos hacer nada al respecto, no creo que debamos perder el tiempo
preocupándonos más —dijo el Praelector—. He de confesar que el nuevo Rector me
está dando algunos quebraderos de cabeza. Es un individuo bastante más
desagradable de lo que había supuesto.
—Usted
lo eligió, así que es el responsable
—dijo el Tutor Mayor.
—Acepto
mi responsabilidad y, ciertamente, mi culpa. Pero, por otra parte, como aún no
ha sido investido oficialmente, si alguno de ustedes puede proponer una
alternativa razonable, alguien que pueda proporcionar al Colegio los recursos
económicos que tan desesperadamente necesita, diría que aún podríamos persuadir
a las autoridades para que nos librasen de esta carga.
—Cuando
dice «autoridades», se refiere, sin duda, a las personas que están viviendo con
él en la Residencia del Rector —dijo el Tutor Mayor—. He de decir que ellos
tampoco son lo que se dice agradables. Tengo entendido que registraron al
profesor Pawley cuando cometió el error de acercarse por allí a presentar sus
respetos. Aún no se ha repuesto del disgusto de un registro tan minucioso de
sus partes más íntimas.
—Bueno,
por lo menos están domando un poco a ese desgraciado —dijo el Decano—. Al
menos, están de nuestra parte.
El
Praelector los dejó y salió a dar un paseo, caminando pensativamente por el
Patio hasta las Cocinas. Quería decirle una cosa al Cocinero.
41
Durante
los cuatro días siguientes el Praelector estuvo muy ocupado. Consultó con el
señor Retter y el señor Wyve, telefoneó a Londres, se encontró en el parque con
una señora gordita que llevaba una cesta de la compra, y mantuvo una larga
charla con ella mientras paseaban por los prados, e incluso fue al castillo de
Coft y pasó una hora muy desagradable con Sir Cathcart, que derramó copiosas
lágrimas de cocodrilo por Skullion, y finalmente accedió a ir a un balneario.
También habló con Fried Macdonald, que dijo que una mierda, que él no hacía
eso. El general le había comprado unos lechones, de modo que estaba metido en
el negocio de los cerdos y quería llegar lejos en él. Un conocido le había
dicho que vendían por cuatro cuartos los terrenos de las antiguas bases
americanas, para montar centros de meditación trascendental y cosas así, pero
él creía, que los cerdos eran mejor negocio, cincuenta mil cerditos podrían
proporcionarle un buen medio de vida, y eso es lo que quería: vivir. Seguir
vivo. El Praelector reconoció que era una buena idea, pero, mientras tanto,
todo lo que le pedía era que se lo pensara. Fried Macdonald dijo que no quería
pensar en nada, excepto en...
—¿Y
si le deportan? A Singapur —dijo el Praelector, y al punto se le fueron los
cerditos de la cabeza al americano.
Kannabis
dijo que no le podían deportar porque en Singapur no había hecho nada malo. El
Praelector le sonrió y le dio dos días para pensárselo. Kannabis dijo que no
necesitaba los dos días, ni mucho menos. Si eso era lo que quería, como una
especie de representación teatral, o algo así, y no había que hacer nada más,
pues él encantado, señor, lo que usted diga. El Praelector tomó un taxi de
vuelta a Porterhouse y habló con el Cocinero, que dijo que era una cosa
bastante inusual, pero por qué no, se haría lo que se pudiese. Y, finalmente,
el Praelector visitó Onion Alley, tras pedir una cita, y habló con Skullion
largo y . tendido.
Pero
su labor más difícil fue la que dejó para el final, cuando el Baile de Mayo
estaba en pleno apogeo y la centralita de la Portería se colapso con llamadas
de vecinos iracundos que no podían soportar aquel alboroto infernal, el cual,
por otra parte, hacía imposible que Walter los entendiera.
—¿Tiene
un minuto? —le gritó al Decano, que estaba mirando patidifuso a una banda del
Caribe que no necesitaba de los altavoces para hacerle la vida insoportable a
todo bicho viviente en dos kilómetros a la redonda. Frente a ellos, en la pista
de baile, los estudiantes se contorsionaban bajo las epilépticas luces
multicolores en un éxtasis salvaje que repelía al Decano tan profundamente que,
incluso aunque hubiera podido oír al Praelector, lo que era imposible, no
habría sido capaz de responder de modo racional. El Praelector gritó más alto,
pero el Decano, contagiado del ritmo de la música, sólo pudo responder con
espasmódicos movimientos de la cabeza.
—Lo
que usted quiera —le gritó al Praelector a la tercera vez que éste trató de
comunicarse con él.
—Gracias
—vociferó el Praelector—, me alegra que esté de acuerdo conmigo.
Y se
marchó a la Residencia del Rector, donde el más bajito y de peor catadura de
los dos guardaespaldas le dejó pasar inmediatamente.
—Está
arriba, en su centro de comunicaciones —dijo el hombre cuando cerró la puerta—.
Creo que no duerme. Se pasa la vida navegando por Internet, mirando cosas que
yo no sabía ni que existían, y eso que estuve en la brigada de represión de la
pornografía antes de venir aquí. Le avisaré de que tiene visita.
El
Praelector esperó en el saloncito de la planta baja, mirando por la ventana
aquellas luces enloquecedoras y pensando en los Bailes de Mayo que conoció en
su juventud. Habían sido celebraciones pacíficas, y él había disfrutado
enormemente deslizándose por la sala bailando el foxtrot, o incluso el atrevido
tango, con una elegancia y un placer coreográfico que no se parecían en nada a
aquella mecánica bacanal de la que los jóvenes actuales parecían gozar tanto.
No era culpa suya, tampoco. Estaban intentando escapar de un mundo que parecía
carecer de sentido o estructura, un monstruoso bazar en el que los únicos
criterios reconocibles eran el dinero, el sexo, las drogas y la búsqueda de
todos los instantes posibles de momentánea evasión. Quizá era un mundo mejor
que el que había conocido cuando Europa fue a la guerra y la disciplina lo era
todo. Pero no lo sabía a ciencia cierta, y no viviría lo bastante para
averiguarlo.
Interrumpió
sus pensamientos la llegada de Hartang. Parecía haber encogido desde la última
vez que lo vio; el Praelector lo recordaba más alto y más corpulento, y sin
aquel aspecto pálido y ojeroso que tenía ahora.
—¿Quería
verme? —preguntó casi humildemente, mientras sus débiles ojos parpadeaban a
causa de la luz brillante de la salita.
El
Praelector inclinó la cabeza con deferencia.
—Buenas
noches, Rector —dijo—. Espero no haberle molestado con esta visita
intempestiva. Nuestro Baile de Mayo resulta este año inusualmente estrepitoso.
Los estudiantes celebran el nuevo rumbo del Colegio y su nombramiento.
Hartang
esbozó una sonrisa. Nunca se podía estar seguro con el Praelector.
—Me
alegro de que los chavales se lo pasen bien —dijo.
Le
indicó una silla, y el Praelector se sentó.
—He
venido a verle, Rector, para anunciarle que su Banquete Inaugural ha sido
fijado para el jueves próximo, siempre que no tenga inconveniente.
—¿Banquete
Inaugural? —dijo Hartang, que no las tenía todas.
—Sí,
es una de las ceremonias tradicionales con que se celebra en Porterhouse el
nombramiento de un nuevo Rector. Primero se toma un jerez en la Sala de
Claustrales, y luego se va en corporación hasta el Refectorio, donde usted
tomará asiento en la silla del Rector y presidirá la mesa.
—¿Y
tengo que ir? —preguntó Hartang.
—Ningún
Rector ha estado ausente hasta ahora —dijo el Praelector—. Se considera un gran
honor. El Colegio se cierra esa noche, y no se invita a nadie. Es una ceremonia
estrictamente privada. Sólo los estudiantes y el Claustro.
Hartang
reflexionó sobre aquello un momento.
—Supongo
que sí —dijo al fin—. Sí, supongo que sí. ¿El jueves?
—Nos
reuniremos a las 7.30 y los Claustrales de más antigüedad le acompañarán en
solemne procesión hasta la Sala de Claustrales. No es necesario que pronuncie
un discurso.
—Me
parece bien. ¿A las 7.30?
—Gracias,
Rector. Será un honor contar con su presencia.
El
Praelector salió de la Residencia muy satisfecho, y Hartang volvió a su centro
de comunicaciones. Quería saber qué tal se portaba el yen. Había subido, y la
Bolsa de Tokio había bajado casi 100 puntos. Una vez más, había dado en la
diana.
Purefoy
y Madame Ma'Ndangas estaban sentados a la orilla del río mirando pasar los
botes. Eran las seis de la mañana y los últimos juerguistas marchaban
alegremente hacia el Orchard Tea Garden para almorzar antes de volver medio
sonámbulos a sus habitaciones. Era la costumbre, y los vestidos de noche y los
esmóquines se destacaban, dando una nota alegre e incongruente, entre los
sauces pelados y los campos de labranza de la otra orilla del río.
—No
es nuestro ambiente —dijo Purefoy—, pero merece la pena verlo. Es como retrasar
el reloj cincuenta años, o incluso más. Realmente insólito.
Pero
Madame Ma'Ndangas les envidiaba un poco. Hubiera querido bailar toda la noche y
luego tumbarse en uno de aquellos botes, y que Purefoy la llevara remando río
arriba con el pulso firme y afectadamente leve de aquellos jóvenes. Pero sabía
lo que Purefoy quería decir. Incluso cuando bailaban, los ingleses carecían de
la vivacidad y despreocupación de la gente que había conocido en Sudamérica y
África. Su risa era una risa diferente, sin aquella alegría de vivir. Al oírla
no le sonaba a espontánea, sino a la mera y tiesa respuesta que se esperaba de
ellos. Pero se trataba de jóvenes que se habían pasado un año encerrados en pos
de la excelencia académica y enzarzados en sesudos debates, y el mundo les
pesaba como una losa sobre sus hombros. Eran reclutas del ejército del
intelecto, disciplinados y entrenados en el pensamiento. Y, tras una semana
escuchando a Skullion, Madame Ma'Ndangas estaba confusa. Detrás de aquella
fachada de convencionalidad había innumerables turbias inhibiciones que se
manifestaban de las maneras más insólitas. Nada era lo que parecía. Purefoy y
ella habían sido trasladados, por así decirlo, a las bambalinas de un pequeño
mundo lleno de extrañas inconsistencias y veladas animosidades que era a la vez
triste y alarmante y rebosaba de infelicidad reprimida. No era su mundo, seguro
que no.
Se
tumbó de bruces en la hierba y se puso a contemplar a unas hormigas que iban
incansables arriba y abajo por un caminito que sólo ellas reconocían, sin
desviarse nunca más de una fracción de segundo de algún desconocido e
interminable proyecto. Madame Ma'Ndangas se preguntó si ella también tendría
aquel aspecto vista desde un satélite espacial. Así actuaba Purefoy, como una
de aquellas hormiguitas, siguiendo los datos y los hechos con fe ciega en la
palabra escrita. Skullion había desintegrado aquella sólida fe con su relato de
más de cincuenta años en Porterhouse. Quizá ahora Purefoy cambiara. Pero nunca
cambiaría lo suficiente. Volvía a trabajar con furia, revisando el manuscrito
que tanto le había costado conseguir, cortando una digresión aquí y anotándola
para usarla más adelante, tachando innecesarias repeticiones e incluso, en una
ocasión (lo que ella encontró imperdonable), corrigiendo un error sintáctico
«en interés de la claridad». Madame Ma'Ndangas suspiró y se puso de espaldas
sobre la hierba. Unas nubes pasaban por el transparente cielo estival.
—Purefoy,
amor mío —le dijo—. Ya no eres el titular de la beca de investigación Sir
Godber Evans. Ahora eres el titular de la James Skullion. El libro que vas a
escribir lo vas a escribir con el material que él te ha dado, y editarlo será
el trabajo de toda tu vida. Tu opus dei.
Pero
Purefoy Osbert no captó la broma. Su educación había sido estrictamente
protestante.
—Nuestra
vida —dijo, y se echó en la hierba junto a ella.
Madame
Ma'Ndangas sonrió, pero no dijo nada. No se iba a quedar en Cambridge, y
tampoco se iba a quedar con Purefoy, pero no tenía intención de decírselo
ahora. El pobre era tan feliz... Pronto estaría metido hasta las cejas en aquel
libro, que le daría una sensación de triunfo y le consolaría de su pérdida. Y,
además, lo suyo nunca habría funcionado. Purefoy se tragaba todas sus mentiras
y era demasiado bueno para que resultara divertido herirlo. Ya encontraría un
hombre malo que la comprendiera.
En
Porterhouse se habían desmontado las marquesinas y sólo quedaban las marcas que
habían dejado en el césped, donde habían estado las tarimas de madera y los
clavos. Los patios estaban silenciosos otra vez, y las mesas y las bancadas de
madera habían sido entradas de nuevo en el Refectorio, cuando Kannabis se
presentó frente a la Portería, muy nervioso, y le dejaron entrar.
—Joder!,
¿qué le ha pasado a la hierba? —le preguntó a Walter mientras se encaminaban
hacia la Mantequería—. Esa hierba lleva aquí cientos de años. Es una especie
protegida. ¿Quién la ha jodido de ese modo?
—Es
que la semana pasada tuvimos el Baile de Mayo.
En
la cabeza de Kannabis, aquellas palabras despertaron un eco siniestro.
—¿La
semana pasada? ¡La semana pasada estábamos en junio!
—Sí,
señor —dijo Walter—. La semana pasada estábamos en junio.
No
pensaba molestarse en explicarle nada a aquel yanqui. Estaba de ellos hasta las
narices. Sólo el señor Skullion sabía cómo tratarlos.
Skullion
estaba en ese preciso momento en la Sala de Claustrales, sentado en su silla de
ruedas y con el sombrero hongo puesto en señal de desafío, mirando a los
Claustrales con una imperturbable y acerada autoridad. Hasta el Decano le
trataba con una solemne deferencia. Sabía cuándo le habían vencido.
Sólo
la bonhomía del Capellán permanecía intacta.
—¡Hombre,
Skullion, mi querido muchacho, qué alegría volver a verle! Hace un siglo que no
charlamos. ¿Qué ha estado haciendo, hombre de Dios, que no le hemos visto el
pelo?
—Pues
esto y lo otro —dijo Skullion—. Mayormente esto, pero también un poco de lo
otro.
—Un
poco de lo otro, ¿eh? ¡Perillán! A su edad... Cómo le envidio. Recuerdo que
hace muchos años yo... —Pero se calló de repente, y le miró extrañado—. Así que
esto y lo otro, ¿eh? Quién lo hubiera dicho...
Y
luego, cuando estuvieron todos reunidos, el Praelector y el Decano y el Tutor
Mayor, vestidos con sus togas de ceremonial y sus mucetas de seda, cruzaron el
jardín en fila para recoger al Rector. Hartang los siguió. En segundo término,
los dos guardaespaldas vigilaron discretamente la marcha de la procesión y
luego la siguieron.
—Es
para nosotros un honor... —empezó a decir el Decano.
Pero
para aquellos dos hombres sus palabras significaban otra cosa. Estaban hartos
de perder el tiempo con Hartang, y se alegraron de poder volver a hacer algo
útil. Se situaron en sus puestos en el Refectorio, el más bajito en la Tribuna
de los Músicos y el más viejo en las sombras tras la mesa, donde Arthur estaba
encendiendo las velas y los candelabros de plata refulgían. No tuvieron que
esperar mucho. El nuevo Rector dijo que no bebía amontillado, y nadie le
ofreció whisky. Luego la puerta de la Sala de Claustrales se abrió y los
Claustrales desfilaron en procesión. Esta vez el Decano y el Praelector
precedían a Skullion en su silla de ruedas, y Hartang los seguía. Se sentía
fatal. Aquélla iba a ser su vida en el futuro, y le parecía un infierno.
El
Capellán bendijo los alimentos y Hartang se sentó en la silla del Rector. A
ambos lados tomaron asiento los Claustrales. Al otro extremo de la mesa,
Skullion miraba todo con aprobación en su silla de ruedas. Al menos se habían
hecho las cosas correctamente. La plata había sido limpiada, y la vieja mesa de
roble relucía, recién encerada. Aquello le daba cierta sensación de triunfo,
pero tenía un motivo mucho más importante para sentirse vencedor. Aunque
todavía no las tenía todas consigo. Los Claustrales de Porterhouse, al menos en
el pasado, no habían sido hombres que se rindieran fácilmente ante las
amenazas, y todavía existía el peligro de que pudieran engañarle de nuevo.
Aquel Refectorio le traía malos recuerdos, recuerdos de banquetes y grandes
ocasiones, cuando él era todavía un sirviente del Colegio, orgulloso de su
posición. Skullion hizo oídos sordos a los cantos de sirena del pasado, con sus
cortesías y sus hipocresías sociales, y se encerró en una muralla de desprecio
hacia el presente. Las miraditas ansiosas que le lanzaba el Decano de vez en
cuando le ayudaron a ello. Eran todos tan viejos y débiles como él, pero su
debilidad era mucho peor: él era débil de cuerpo, mientras que ellos lo eran de
espíritu. Y pensaba demostrarles que el suyo no flaqueaba.
—Espero
que no comamos nada demasiado indigesto —le dijo Hartang al Praelector.
—Puedo
asegurarse, Rector, que el menú ha sido escogido cuidadosamente teniendo en
cuenta su constitución y gustos.
Confío
en que le agrade el vino alemán. Empezaremos con una vichyssoise acompañada de
un rin suave. Luego viene el salmón frío, una de las especialidades del
Cocinero, y también plato favorito de la Reina Madre.
Se
interrumpió para que el Decano pudiera contar la anécdota de su encuentro con
la Reina Madre, entonces todavía Reina, y el Rey en el acorazado Duke of York,
en aquella época buque insignia de la flota, durante la revista en el Clyde en
1947, durante la cual el Primer Ministro, Attlee, al ser izado a bordo, no
sabía si tenía que quitarse el sombrero o no, y lo sostuvo con la mano unos
centímetros por encima de su cabeza. Y, para empeorar aún más las cosas, el Rey
Jorge VI y la Reina y por supuesto las jóvenes princesas, así como el Príncipe
Felipe, revistaron la flota en una motora que hacía un ruido tan horroroso que,
cuando subieron a bordo, los infantes de Marina que formaban la guardia de
honor por poco no oyen la orden de presentar armas. Los viejos Claustrales se
sabían aquella tediosa historia de memoria de oírsela repetir al Decano, y a
Hartang no le interesaban los reyes ni las reinas, a no ser que los tuviera en
la mano, pero la anécdota ayudó a pasar la sopa y el salmón. En lo único que
pensaba Hartang era en que allí estaba a salvo. A salvo, pero aburrido. Sus
pensamientos volaron hasta Tailandia, hasta su casa de la playa, y pensó con
nostalgia en lo que estaría haciendo allí de no estar sentado entre aquellos
pelmas.
Un
minuto más tarde, supo con absoluta certeza que no estaba a salvo. Las puertas
del Refectorio se abrieron de par en par y cuatro camareros irrumpieron
llevando sobre los hombros, como un monstruoso paso procesional, un gigantesco
cerdo, un jabalí asado con manzana en la boca incluida. Y detrás entraron otros
dos jabalíes. Cerraba la procesión Kannabis, vestido de negro de los pies a la
cabeza, y empuñando un enorme cuchillo de carnicero y un trinchante. Durante un
par de segundos, Hartang miró petrificado aquellas enormes bestias calcinadas,
mudo de terror. En las largas mesas, los estudiantes vitoreaban y aplaudían
entusiásticamente. El Refectorio era un pandemónium. Y entonces, con un grito
que sólo él pudo oír (abrió la boca, pero no emitió sonido alguno), el
potentado se puso trabajosamente en pie, incapaz de quitar los ojos de aquella
monstruosidad que se aproximaba a la
mesa presidencial. Era la Muerte, y Kannabis su heraldo. La gran silla del
Rector cayó hacia atrás con estruendo y Hartang retrocedió un paso,
horrorizado. Nadie reparó en él. Los Claustrales miraban aquel jabalí pasmados
mientras la boca se les hacía agua. La simple bendición del Capellán, «Demos
gracias al Señor por los bienes que vamos a recibir», había sido respondida, y
con creces. Ésa había sido la intención del Praelector. Hartang se tambaleó y
cayó al suelo.
—Kannabis,
sirva al Rector —ordenó el Praelector, y el aludido se acercó a la mesa, pero
ya no había necesidad de rematar la faena.
Hartang
estaba muerto.
—Un
paralís. Típico de Porterhouse, ¿no creen? —dijo el Tutor Mayor, después que se
hubieron llevado el cadáver y el Cocinero pudo por fin trinchar el jabalí
asado.
—Más
que un paralís, ha sido una triquinosis mental —dijo el Decano, que recordó de
repente la fobia porcina de Hartang, acerca de la cual había hablado Kannabis
en los casetes.
—Parece
que vamos a tener que empezar otra vez a buscar una fuente de ingresos para el
Colegio —dijo el Tesorero tristemente—. ¡Qué mala suerte!, ¿verdad?
—Creo
que no deberíamos preocuparnos más acerca de las finanzas del Colegio —dijo el
Praelector, mientras se servía más puré de manzana—. Por casualidad, sé con
certeza que murió sin hacer testamento.
—¿No
dirá usted que...? —balbució el Tutor Mayor.
—Intestado.
Sin herederos o familiares. Y, en tales casos, la Corona, como saben, es la
única beneficiaria. Y creo que no nos olvidarán. Después de todo, nuestra
colaboración ha sido fundamental para resolver una situación muy desagradable.
Los
Claustrales se le quedaron mirando boquiabiertos, y casi se olvidaron de la
comida.
—Pero
eso quiere decir que el Primer Ministro nombrará al nuevo Rector —dijo el Tutor
Mayor—. Podríamos acabar teniendo a la Baronesa Thatcher.
—Parecen
olvidar que el Rector está aún entre nosotros —dijo el Praelector mirando hacia
el extremo de la mesa donde estaba Skullion—. Es a él a quien cabe el
tradicional derecho de nombrar a su sucesor, y no creo que haya mejor momento
que éste.
Al
otro extremo de la mesa, Skullion levantó la cabeza e hizo su nombramiento en
voz bien alta. Durante un terrible momento pareció que el Decano iba a seguir
el camino de Hartang, pero sólo se había atragantado con un trocito de corteza
de jabalí. Trató de decir algo, pero no pudo. Aunque paró de toser y le
sirvieron una copa de Fonbadet, siguió sin recuperar el habla.
—¿Qué
ha dicho el Decano? —gritó el Capellán.
—Dios
sabe... —respondió diplomáticamente el Praelector.
42
A
mediados de agosto Purefoy Osbert completó el primer borrador de lo que ya
consideraba como las memorias de Skullion. No era todavía la redacción
definitiva, por descontado; si acaso, una mera transcripción anotada del largo
monólogo, pero creyó que sería bastante para demostrarle a Lady Mary que no
había perdido el tiempo. Madame Ma'Ndangas la pasó a máquina. Purefoy estaba
tan ocupado cotejando los datos con la documentación de los archivos del
Colegio, que ni siquiera pudo leer la versión final. Y luego, para evitarle la
molestia, ella misma lo llevó a Londres y lo entregó en el bufete de Lapline
& Goodenough. El señor Lapline leyó el texto varias veces, y su
incredulidad inicial se fue convirtiendo en una desolación cada vez más
profunda.
—No
podemos dejar que Su Señoría lea esto —le dijo a Goodenough—. ¡Ni pensarlo!
—No
veo por qué. Después de todo, quería la verdad, ¿no? Pues ahí la tiene.
—Sí,
pero no podía saber que iba a encontrarse con un informe tan deprimente sobre
las hazañas de su marido cuando era estudiante. No tenía ni idea de que fuera
capaz de semejantes barbaridades. Lo del chantaje al Praelector es suficiente
para que le dé un patatús. Ese hombre era un completo degenerado.
—Ya
lo sabíamos —dijo Goodenough—. Se casó por el dinero y todo lo demás.
—Por
el dinero sí, pero por todo lo demás no.
—Ya.
Comía en todos los pesebres y no le importaba el plato que le ponían.
El
señor Lapline casi dio un salto en la silla.
—¡Le
agradecería enormemente que evitase esa clase de expresiones! Bastantes
dificultades me cuesta digerir esto para que encima me lo aderece con
referencias culinarias. Me va a decir en cualquier momento que Porterhouse es
una olla podrida.
Se
sonrió débilmente de su propio chiste.
—En
comparación, las debilidades de Sir Cathcart D'Eath parecen pecadillos sin
importancia —dijo Goodenough—. Lo que no entiendo es su obsesión por las gordas
cuarentonas en traje de buzo.
—Eso
viene de las fámulas y los hules que les ponían a los que padecían de enuresis
nocturna —se limitó a decir el señor Lapline.
—¿Enuresis?
¿Quiere decir que se meaba en la cama? ¿Dónde está eso? No lo he visto.
—Olvídelo.
Lo que importa ahora es que no podemos dejar que Lady Mary lea este...
documento. Echaría por tierra las pocas ilusiones que le quedan. ¡Bien sabe
Dios que no le deben de quedar muchas desde el final de la Guerra Fría! Se
llevará los felices recuerdos de su matrimonio con Sir Godber a la tumba.
—A
tenor de lo leído, no usaría el adjetivo «felices». Sin embargo, está usted en
lo cierto. Es vieja, y nos conviene untarle la tostada. Perdón, quería decir
que no hace falta echar más sal en la herida.
En
la oficina de la secretaria, Madame Ma'Ndangas le estaba explicando a Vera por
qué iba a abandonar a Purefoy sin decírselo.
—No
quiero herirlo —dijo.
Vera
dijo que lo entendía, y que no creía que a Purefoy le durase el disgusto mucho
tiempo.
—Se
enamora y se desenamora sin parar. Una vez hasta se enamoró apasionadamente de
mí, o por lo menos eso decía. Me parece que mi primo es incapaz de enamorarse o
de apasionarse por nada que no sean los libros. Para él las mujeres son
versiones físicas de alguna palabra. Es el peor de los errores. No creo que se
case, como no sea con una biblioteca. Por lo menos, le has quitado de la cabeza
la obsesión por las ejecuciones. Su madre te estará agradecida eternamente.
Bastante tuvo con su marido, que cambiaba de religión a cada momento. Ahora,
que lo que es Purefoy, no cambiará nunca. Se aferra a falsedades muy
consistentes.
En
la Quinta de Porterhouse, Skullion y el Praelector estaban en la terraza
sentados el uno al lado del otro, silenciosos, contemplando el mar, que se
extendía más allá de las marismas. Era pleno verano, y unos pocos veraneantes
paseaban por la orilla intentando escapar del aburrimiento de no tener nada que
hacer. Los dos ancianos no se hacían ilusiones. Para ellos ya no había manera
de escapar de eso. Tuvieron la suerte de tener algo que hacer, y, cada uno a su
modo, habían alcanzado el éxito. Esa ilusión les sostenía. No había botes de
pesca en el mar, ni casi presas que capturar. Sólo había pequeñas embarcaciones
de placer que se dejaban llevar sin rumbo fijo a merced del viento.
En
la Residencia, el nuevo Rector le estaba enseñando a Arthur las proporciones
exactas para mezclar una buena «nariz de perro». No era fácil. A Arthur no le
cabía en la cabeza que una mezcla hecha con siete onzas de ginebra y trece de
cerveza equivaliera a tres cuartos de pinta. Como le dijo al Cocinero:
—Se
diría que no recibió una educación como Dios manda. ¡Habla de un modo
incoherente!
—Todos
los Claustrales lo hacen —dijo el Cocinero—. Forma parte de su naturaleza.
El
Decano estaba en su jardín. Había decidido cortar el pangue que crecía junto al
estanque. Era vulgar y demasiado carnoso, y lo encontraba fuera de lugar. Como
muchas de las cosas que aborrecía, procedía de América. En su lugar pondría
algo simple, elegante y resistente. También pensaba en el próximo Rector. El
hombre de las «narices de perro» no podía durar mucho. Bebía como un cosaco.
Era el único consuelo del Decano.
Sus
pensamientos, inspirados por el inminente final del pangue y el más lejano,
pero previsible, del repugnante Pimpole, se dirigieron hacia los japoneses. Lo
que el pedante de Lapschott le había dicho era verdad. Los japoneses eran una
nación isleña, y eran, de hecho, lo que los ingleses fueron en el pasado:
trabajadores y eficientes, despiadada y violentamente eficientes. Tenían
inventiva, y su tecnología era insuperable. Aprendían de sus errores y
perseveraban. Eran inmensamente ricos, creían en la disciplina y la obediencia
a la autoridad, y comprendían la vital importancia del ritual y la ceremonia
para llevar una vida digna. Y, por encima de todo, poseían las virtudes de la
cortesía y el valor. Cumplían con su deber aunque les costase la vida. Por primera
vez, el Decano se enfrentó a lo inconcebible y no tembló. Procuraría que
nombraran a un japonés Rector de Porterhouse. Y colaboraría con él.
Sería
un honor.

