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Libro N° 6020. La Víspera del Juicio Final. Moore Williams, Robert.

Guillermo Molina Miranda junio 28, 2025

 


© Libro N° 6020. La Víspera del Juicio Final. Moore Williams, Robert. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © La Víspera del Juicio Final. Robert Moore Williams

 

Versión Original: © La Víspera del Juicio Final. Robert Moore Williams

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA VÍSPERA DEL JUICIO FINAL

Robert Moore Williams

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Antología de Novelas de Ciencia Ficción

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Las leyendas acerca de la nueva gente empezaron antes de la guerra, cuando el hombre que encabezaba el grupo, el anciano Jal Jonnor, estaba vivo, pero tuvieron una mayor difusión durante el conflicto.

Si la guerra es larga y la lucha encarnizada, sin que nin¬guno de los bandos sea capaz de alcanzar la victoria o, cuan¬do menos, una ventaja sustancial, los soldados empiezan a contar extrañas historias de cosas vistas cuando la muerte está cerca, de milagrosos salvamentos de la destrucción e incluso de aliados no humanos luchando a su lado. Los psi¬cólogos, inclinados a creer únicamente lo que pueden ver, tocar, oír o medir, suelen atribuir esas historias a alucina-ciones provocadas por la prolongada tensión, o, en el caso de los aliados no humanos, a un deseo subconsciente surgido de una profunda sensación de inseguridad. ¿Qué psicólogo está dispuesto a creer que un ángel tomó repentinamente los mandos de un avión que capotaba, haciendo aterrizar nor¬malmente el aparato y curando luego la herida que el piloto había recibido?

Red Dog Jimmie Thurman juraba que eso le había sucedi¬do a él. Había entablado combate con un grupo de aviones asiáticos que escoltaban un bombardero sobre el polo norte. Eran los primeros días de la guerra, cuando los bombarderos se deslizaban ocasionalmente a través de las defensas. Red¬-Dog Jimmie Thurman había alcanzado a uno de los aviones enemigos con sus ametralladoras y se disponía a embestir al bombardero por debajo, cuando un proyectil, procedente de un aparato asiático que no había visto, se llevó la mitad de su ala derecha. Un fragmento del proyectil le hirió en el hombro derecho, destrozando la carne y el hueso.

Girando como una hoja en el centro de un remolino de aire, el aparato inició la larga caída hacia el casquete de hie¬lo polar que se extendía debajo. Jimmie no podía manejar el mecanismo de lanzamiento a causa de su brazo roto.

Poco antes de que el avión se estrellara, Jimmie se dio cuenta de que en el aparato había otra persona, que en aquel momento luchaba para hacerse con los mandos. Dado que Jimmie continuaba en el asiento del piloto, la cosa no resul¬taba fácil, pero aquella persona había conseguido, no sólo hacerse con los mandos, sino efectuar un aterrizaje perfecto. Luego, descubriendo el hombro destrozado de Jimmie, le ha¬bía curado.

Al menos, ésa era la historia que Red Dog Jimmie Thur¬man había contado después de que un helicóptero le recogió y le trasladó a su base. Se mostró sumamente obstinado en su relato, insistiendo retadoramente en que alguien había hecho aterrizar el avión. La única conclusión a que Jimmie había llegado acerca de la persona que estuvo en el avión con él- no sabía si era varón o hembra  era que pertenecía a la nueva gente.

Cuando los "psicos" le preguntaron cómo era posible que otro ser humano hubiese entrado en un avión que capotaba a millares de pies de altitud, Jimmie no supo qué contestar. Se limitó a decir que, puesto que la nueva gente parecía capaz de realizar hazañas que estaban más allá del poder de un mortal ordinario, probablemente no eran humanos.

Aquel comentario había determinado su baja permanente para el servicio. Jimmie cayó en un estado de abatimiento, ya que realmente le gustaba volar. Luego empezó a pregun¬tarse por qué la nueva gente- suponiendo que existiera , habría salvado su vida a costa de su cordura. Un año más tarde murió.

El caso de Spike Larson fue distinto. Larson era el co¬mandante de un submarino atómico que operaba en el gol¬fo Pérsico. Estaba posado en el fondo, esperando el paso de un convoy enemigo, cuando tres destructores detectaron su presencia. Al estallar las primeras cargas de profundidad, Larson se dirigió rápidamente hacia el canal de salida del puerto. El aparato de radar detectó unas rocas delante del submarino. Revisando apresuradamente sus cartas de na~ vegación, Larson descubrió que no existían tales rocas.

Profiriendo una maldición, lanzó las cartas a través del camarote. 0 estaban equivocadas, o el fondo había sido cam¬biado. Una explosión delante del sub marino le indicó que la cosa no tenía importancia: uno de los destructores, apostado en el canal, le había cortado la retirada.

 Ascenderemos y lucharemos en la superficie- le dijo al teniente que estaba a su lado.

El oficial palideció al oír la orden. Pero era un hombre de mar.

 SI, señor- dijo.

 Yo recomendaría otra cosa, comandante- dijo otra voz.

Larson y el teniente se quedaron helados. En el camarote no había nadie más. Cuando Larson consiguió finalmente volver la cabeza, descubrió que estaba equivocado al creer que se encontraban solos.

Contando la historia más tarde ante un comité de encues¬ta, dijo:

 Estaba de pie a mi lado, vestida de blanco, la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Quedé demasiado sorprendido para actuar, demasiado maravillado para pen¬sar. ¡Una mujer en mi submarino! ¡Y qué mujer! Mientras yo permanecía rígido como una estatua, ella avanzó hacia los mandos. "Con su permiso, comandante, cerca de aquí hay un nuevo canal que no figura en las cartas. Estos fondos han cambiado mucho últimamente. Los destructores no se atreverán a seguirnos por el nuevo canal, aun en el caso de que conozcan su existencia, debido al peligro que repre¬sentan las rocas en uno de sus lados, y los bancos de arena en el otro. Si me da usted permiso para conducir el sub¬marino... »

"Lo único que pude hacer fue asentir- continuó Larson.

-Tal como han ido las cosas, aquélla fue la última orden que he dado para lo que me queda de vida. La mujer enderezó la proa del submarino setenta grados, cerró el se¬ñalizador de profundidad y el sonar, y nos envió hacia arri¬ba, hasta casi alcanzar la superficie. Mientras hacía todo eso, sorteó dos cargas de profundidad que nos hubieran al¬canzado. Luego avanzó tan pegada a unas rocas que se lleva¬ron la mitad de la pintura del casco, y poco después nos ha¬bía sacado de aquel agujero. Entonces le devolvió los man¬dos al teniente Thompson, y dijo: "Gracias, comandante. Es¬toy segura de que a partir de ahora podrá usted manejar competentemente la situación".

Los miembros del comité de encuesta se habían inclina¬do hacia adelante para no perderse una sola palabra del informe de Larson. Cuando éste hubo terminado, el miembro más veterano, un almirante, preguntó ávidamente.

 ¿Y qué ocurrió después con la mujer, comandante?

 Se desvaneció- dijo Larson.

El almirante se hundió en su asiento como un globo des¬hinchado.

 El teniente Thompson corroborará todas mis palabras-  continuó Larson. Sacudió la cabeza para indicar que to¬davía no podía comprenderlo, a pesar de no haber pensado en otra cosa desde el día que ocurrió.

_¿Quién cree usted que era esa mujer, comandante?- preguntó un miembro del comité.

_En mi opinión, pertenecía a la nueva gente- respon¬dió Larson.

Su voz era firme, pero continuaba sacudiendo la cabeza cuando salió de la habitación donde se había reunido el co¬mité.

Le asignaron un puesto en tierra. Los "psicos" hicieron todo lo que pudieron por él, pero algo parecía haberse des¬compuesto en el interior de su cerebro. Ocho meses más tarde desertó.

 

Luego hubo la historia del coronel Edward Grant, USAF. Grant era el único hombre a bordo de la nueva estación sa¬télite terrestre. Era el único hombre a bordo, porque en aquella época no había sido descubierto el modo de construir y lanzar un satélite que pudiera llevar más de un pasajero. En realidad, sólo se había descubierto el modo de lanzar una de aquellas estaciones y ponerla en órbita. No podía regresar, debido a que no podía transportar el com¬bustible suficiente para el viaje de retorno. Se estaba cons¬truyendo una nave espacial que transportaría provisiones y combustible al satélite, pero aquella nave no estaba termi¬nada aún cuando el satélite fue puesto en órbita.

Grant, que había volado en toda clase de aparatos, se ofre¬ció voluntario para tripular la estación, a sabiendas de que cuando el combustible se agotara podía quedar abandonado en el espacio para siempre.

Sin embargo, nadie había previsto que pudiera quedar abandonado. Esta eventualidad sólo surgió cuando las exi¬gencias de producción de la nueva guerra obligaron a un alto en la construcción de su nave de rescate.

El coronel Grant se convirtió en el hombre más solita¬rio en la historia de la Tierra. Las estrellas eran sus compa¬neras. Permanecería como un solitario Holandés Volador en el cielo, hasta que el final de la guerra permitiera terminar la nave que llegaría hasta él. 0 tal vez para siempre . . .

Resultaba inevitable que los asiáticos creyeran que Grant les estaba espiando cuando pasaba en su órbita regular muy por encima de sus cabezas. En realidad, era una necedad creerlo: la estación se encontraba a una altura que no le per¬mitía captar ningún detalle de importancia militar. Al mismo tiempo se aprovechaban de la información científica fa¬cilitada por la estación, sintonizando las longitudes de onda en que era emitida.

En un esfuerzo para eliminar aquella imaginaria amena¬za del cielo encima de ellos, los asiáticos dispararon un co¬hete torpedo contra el satélite.

El coronel Grant, informando más tarde de lo que había sucedido, dijo:

"Aquel torpedo debía estar en camino cuando el hombrecillo apareció en mi satélite. Me habló del cohete que se acer¬caba. Yo le dije que era muy interesante, pero que no veíaqué diablos podía hacer. La estación no disponía de energía y no podía moverse de su órbita. Ni siquiera tenía un para¬caídas, y en caso de tenerlo no hubiera podido utilizarlo. Un salto desde aquella altura hubiese significado la muerte mu¬cho antes de alcanzar el aire suficiente para conservar la vida. ¿Que describa al hombrecillo? Desde luego, general. Pa¬recía un Moisés en miniatura, barba blanca, ojos penetran¬tes y todo eso.. . No, general, no he visto nunca a Moisés. ¿Cómo iba vestido? Llevaba un taparrabo, general. No, se¬ñor, no trato de burlarme de la dignidad de este tribunal, me limito a contar lo que vi con mis propios ojos."

La voz del coronel se había hecho un poco dura. El gene¬ral se calló. Un hombre que había hecho lo que Grant aca¬baba de realizar, podía permitirse el lujo de alzar el gallo a un general sin que le ocurriera nada.

“¿Qué sucedió a continuación? El Moisés en miniatura me dijo que iba a hacer aterrizar el satélite. Dijo que aunque errasen el blanco con aquel torpedo lo intentarían de nuevo, por el simple motivo de elevar la moral de su propia gente."

-Hacer aterrizar el satélite, coronel?- preguntó de nue¬vo el general. -Si no estoy mal informado, la estación ca¬recía de energía..."

"Está usted correctamente informado, general. Pero eso fue lo que el hombrecillo dijo, y eso fue lo que hizo. Un aterrizaje perfecto. Y, si no cree mis palabras, puede usted comprobarlo por sí mismo."

El satélite espacial posado en medio de un trigal de Kan¬mas era una evidencia que no podía ser ignorada. Una evi¬dencia sólida, metálica, real. El coronel Grant podía haberse desquiciado mentalmente tras una estancia demasiado pro¬longada en el espacio, pero la estación estaba intacta. Ha¬bían tenido que utilizar energía para moverla. Pero, ¿qué clase de energía?

El coronel Grant no pudo contestar a la pregunta acerca de lo que había sido del Moisés en miniatura después de que el satélite tomó tierra.

-Moisés se marchó por el mismo camino que siguió al llegar, sin que yo le viera- dijo Grant, haciendo un expre¬sivo gesto con las manos."

 

Basándose en el informe de Grant, se abrió una encuesta. Se reunió una enorme cantidad de datos, algunos de los cuales se remontaban a la época de Jal Jonnor, pero al no obtenerse resultados prácticos inmediatos el proyecto fue archivado, al menos temporalmente. Los hombres eran deses¬peradamente necesarios para otras tareas. Cuando se lucha por subsistir, no queda tiempo para pensar en el futuro.

Aquella polvorienta y olvidada masa de documentos fue exhumada por un hombre alto y delgado llamado Kurt Zen, coronel de los servicios de información, que tenía fama de osado incluso entre aquella élite de hombres que miraban diariamente a la muerte cara a cara.

Zen fue destinado a aquella investigación, no sólo a cau¬sa de su reputación sino porque las historias acerca de la nueva gente habían aumentado en número hasta el punto de que debía concedérseles algún crédito. Al mismo tiempo, su contenido se hacía más fantástico. El piloto de un bom¬bardero, por ejemplo, insistía en que una mujer había viajado sobre el ala de su aparato todo el trayecto hasta Asia, dejándose caer del avión en las mesetas de la China occi-dental. Zen consideró la historia como una evidente alucina¬ción. Muchos de los datos acerca de la nueva gente pertenecían a la misma categoría. Zen se preguntó, malhumorado, si era posible saber dónde terminaba la realidad y empeza¬ba la alucinación, El coronel no tardó en descubrir que su tarea no iba a ser tan fácil como había imaginado.

Aparte de las historias contadas por los soldados- y los combatientes asiáticos también tenían sus historias que con¬tar , sólo había una cosa cierta: si la nueva gente existía, era muy esquiva. Unicamente la tumba del hombre que ha¬bía fundado el grupo, el anciano Jal Jonnor, podía ser en¬contrada aún en las altas Sierras de California. Zen no fue a examinar la tumba, pero vio fotografías de ella. También estudió las biografías que habían sido compiladas sobre aque¬lla colosal pero enigmática figura. ¿Eran acaso la tumba y los atestados archivos las únicas pruebas existentes de que al menos un humano se había atrevido a soñar en una nueva época? Zen no lo creía así. Y lo que más deseaba en el mundo era capturar a un miembro de la nueva gente para inte¬rrogarle.

Luego, en un golpe de audacia destinado a establecer una cabeza de puente en el mismo corazón de América, Cuso, el más famoso de los generales asiáticos, descendió con millares .de paracaidistas sobre las montañas que se alzan entre la Columbia Británica y los Estados Unidos.

Cuso y sus hombres, ocultos en las montañas, resistieron todos los esfuerzos realizados para desalojarles de allí. Se convirtieron en una espina clavada en el costado de Améri¬ca, una amenaza que no era lo bastante grande como para ser tomada en serio, ni lo bastante leve como para ser deses¬timada. Las profundas cavernas de las montañas ofrecían un excelente refugio, contra el cual hubieran sido inútiles los bombardeos, y el terreno era tan abrupto que los para-caidistas podían rechazar el asalto de todo un ejército.

Cuando los hombres de Cuso empezaron a efectuar in¬cursiones en busca de provisiones y de mujeres, los habitan¬tes de la región huyeron, aterrorizados.

Esta era la situación cuando Kurt Zen acompañó a un cuerpo de tropas que se proponía localízar el escondite de Cuso. Ni las tropas ni Cuso le interesaban realmente. Lo que a Zen le interesaba era una enfermera del destacamento mé¬dico. Sospechaba que aquella enfermera pertenecía a la nue¬va gente.

A través de meses de paciente trabajo, ella era el único hilo capaz de conducirle hasta aquel grupo que Zen había descubierto.

Ascendía por una ladera montañosa, con tropas delante y detrás, cuando algo que sonaba como un león herido em¬pezó a toser en el cielo por encima de su cabeza.

 

II

 

Kurt Zen oyó toser al león en el cielo, por encima de su cabeza. Sabía que chocaría contra el suelo pasados cuatro minutos y que abriría un túnel hasta el mismo infierno, que las montañas se estremecerían y temblarían, que el aire vi¬braría como si una docena de rayos hubiesen estallado al mismo tiempo, y que un buen número de las tropas que ro¬deaban laboriosamente la ladera morirían.

Sabía que muchos de ellos sufrirían una muerte lenta y espantosa a consecuencia de la radiactividad engendrada por la explosión.

 Discúlpeme, Nedra- le dijo a la enfermera, que estaba inmediatamente delante de él.

La muchacha se había detenido para mirar hacia arriba.

 ¡Cuerpo a- tierra!- aulló Zen a  los soldados.

Algunos habían oído ya la tos del león en el cielo y ha¬bían empezado a buscar refugio, como expertos combatien¬tes que nunca necesitaban una orden para sumergirse de cabeza en el agujero más próximo. Mientras gritaba, Zen vio que el número de los que habían empezado a besar el suelo era lastimosamente bajo, y conocía el motivo. La mayorla de aquellos hombres eran reclutas que aún no habían en¬trado en fuego, reclutas que morirían mirando al cielo con la boca abierta.

 ¿Qué pasa?- preguntó la muchacha.

 ¿No ha oído usted ese zumbido en el cielo, por encima de nuestras cabezas?

 No. Es decir, he oído algo que hacía un ruido raro. Pero... -En su rostro se reflejaban emociones contradicto¬rias, aunque entre ellas no figurabael miedo. Parecía sentir curiosidad. -¿Qué significa ese zumbido?

Para una enfermera, o para cualquier americano vivien¬te, era una pregunta increíble. Zen la miró, asombrado.

 ¿He hecho alguna pregunta absurda?

 Desde luego- respondió Zen. Vamos.

 ¿Adónde?

 ¡Alli!

Zen señaló con la cabeza una especie de túnel, uno de los muchos que habían sido excavados en aquellas montañas por los mineros. En cuanto oyó el zumbido que indicaba que el cohete había cambiado de dirección en el cielo, Zen buscó instintivamente un lugar a propósito para ocultarse. Aquel túnel parecía responder a sus deseos.

 ¿Va a pasar algo?- preguntó la enfermera.

 Dentro de dos minutos lo sabrá usted-  dijo Zen.

Sus largas piernas habían empezado ya a llevarle hacia el túnel. Tras una breve vacilación, la enfermera le siguió apresuradamente.

El túnel se adentraba menos de diez pies en la ladera de la montaña y no estaba enmaderado. Afortunadamente. Aquello significaba que ningún pesado tronco se desprende¬ría sobre sus cabezas cuando las colinas empezaran a estre¬mecerse. Un rápido examen reveló que la piedra del techo parecía sólida. Zen se detuvo a unos tres pies de la entrada.

 ¿Por qué no nos metemos más adentro?- preguntó la enfermera,

 Para no quedar irremediablemente enterrados si el te¬cho no resiste como espero- respondió Zen.

En alguna parte del exterior un hom'bre gritó, aterrori¬zado.

El objeto volvió a toser en el cielo, ahora más cerca.

BRRROOOMMM... BrrroooMMMM... BrOOOm.

El proyectil estalló.

El sonido fue el de numerosos cañones disparando simul¬táneamente. Las paredes del túnel parecieron encogerse. Unas piedras sueltas cayeron del techo y las paredes des¬prendieron un fino polvillo. Un peñasco del tamaño de una casa pasó por delante de la entrada, partiendo pinos como si fueran mondadientes. Le siguió una avalancha de rocas. A lo lejos se oyó el ruido de otra avalancha.

Los dedos de la enfermera se tensaron sobre el brazo de Zen, y luego se relajaron. Todos los nervios del cuerpo del coronel estaban tirantes como alambres de acero mientras esperaba la reacción de la muchacha. No hubo ninguna, aparte de la tensión y relajamiento de susdedos. Sus manos permanecieron sobre el brazo de Zen y se quedó en el túnel con él. Para Kurt Zen, aquello resultaba decepcionante.

 ¿Qué elase de nervios posee usted? La mayoría de las mujeres se habrían echado en mis brazos y habrían enterra¬do sus narices en mi pecho.

 Lo siento, coronel. Temo que mi educación en lo que respecta a mostrarme asustada no es muy completa.

Tosió, a causa del polvillo.

 ¿De veras no tiene usted miedo, Nedra?- preguntó Zen.

 No.

 Entonces, no es usted un ser humano normal...

Inmediatamente, lamentó haber pronunciado aquellas pa¬labras. Podían hacer entrar en sospechas a la muchacha.

 En tal caso, ¿qué es lo que soy?

La voz de Nedra era tranquila.

Zen eludió su pregunta.

 ¿Ni siquiera tiene usted miedo a morir?

_Cuando tantos han muerto ya, ¿por qué tendría que va¬cilar en unirme a ellos?- respondió la enfermera.

Soltó el brazo de Zen y sacudió el polvo de las hombreras de su propio uniforme. Mientras lo hacía levantó los ojos hacia su compañero y pareció que una especie de radiación fluía de sus pupilas. En el exterior, otro peñasco más pe¬queño rodó por delante de la entrada del túnel. Hurgando en sus bolsillos en busca de cigarrillos, Zen encontró un paquete arrugado, Ofreció uno a la enfermera, pero ella le dio las gracias y lo rechazó. Zen no insistió. Los cigarrillos eran demasiado valiosos para desperdiciarlos con personas que no los deseaban. En el exterior, otro hombre empezó a gritar. La enfermera se movió automáticamente en aquel la dirección. Zen la cogió del brazo y la retuvo.

 Espere hasta que las rocas dejen de rodar, Nedra. Ella no protestó. Alzando la mirada hacia él dijo:

 Usted cree que soy un miembro de la nueva gente, ¿verdad?

Zen tosió y maldijo el cigarrillo, insistiendo en que el tabaco estaba húmedo. Era una mentira y ambos lo sabían. Pero... ¿qué podía decir? La pregunta de Nedra le había co¬gido por sorpresa.

 ¿Qué es lo que le hace creer eso?- preguntó finalmen¬te Zen.

 Lo creo, sencillamente. Es cierto, ¿no?

En su calidad de oficial del servicio de información, Zen estaba acostumbrado a formular las preguntas, pero aquella enfermera había invertido los papeles. Dio una larga chu¬pada a su cigarrillo.

 No lo sé. ¿Lo es usted?

Procuró que su voz sonara lo más casual posible.

Los ojos de Nedra le estudiaron. Una leve sonrisa frun¬ció las comisuras de sus labios.

 ¿Le importaría que le hiciera una pregunta?

 Adelante- asintió Zen.

El hombre había dejado de gritar en el exterior, pero otro peñasco rodaba por delante de la entrada. A lo lejos, la avalancha resonaba como si millones de toneladas de roca se estuvieran desplazando hacia un lugar más seguro.

 ¿Es usted un miembro de la nueva gente?- preguntó la enfermera.

Esta vez, la tos no fue fingida. Zen no pudo reprimir su sorpresa.

 ¿Qué diablos la ha inducido a formular una pregunta como ésa?

 Tenía ganas de formularla, sencillamente- replicó la enfermera. -¿Estoy equivocada?

 ¿Quiénes son la nueva gente?

 Bueno, todo el mundo ha oído hablar de ellos. Son la nueva raza que proporcionará el núcleo para la nueva vida cuando todos los hombres y mujeres corrientes hayan sido destruidos en esta guerra. -Los ojos color violeta de Nedra reflejaban un sincero asombro. -¿Quiere usted decir que nunca ha oído hablar de ellos?

 He oído los rumores que circulan- admitió Zen, enco¬giéndose de hombros  . -Pero he sacado la impresión de que todas esas historias eran un montón de mentiras. En reali¬dad, creo que la mayoría de ellas han sido inventadas por el enemigo, para conseguir que relajemos nuestro esfuerzo bélico.

 ¿Cree usted eso?- La voz de Nedra tenía un acento intrigado. -¿Lo cree sincera y honradamente?

 Creo lo que la evidencia me induce a creer, nada más. Y en este caso, no he visto ninguna de las llamadas evi¬dencias.

Encogiéndose de hombros, Zen avanzó hacia la boca del túnel, para retroceder al tiempo que una masa de rocas se estrellaba contra el suelo, en el exterior.

 Están lloviendo peñascos- dijo. -¿Qué sabe usted acer¬ca de la llamada nueva gente?

 No mucho- respondió la enfermera.

 Es usted una encantadora mentirosa, pero el hecho de que sea encantadora no la hace menos mentirosa- dijo Zen.

Nedra era muy guapa, con sus ojos color violeta y sus ca¬bellos cobrizos, pero un oficial de servicio de información no podía dejarse impresionar por esas cosas.

 Gracias, coronel  dijo la muchacha. -Pero no espe¬raba que me trataran de mentirosa. -Su rostro reflejaba la debida indignación, pero al mismo tiempo sus ojos son¬reían. -Sin embargo, no creo que pueda hacer nada para remediarlo, ¿verdad?

En aquel momento, parecía una chiquilla injustamente acusada de algo que no ha cometido.

A lo lejos, el ruido de la avalancha había cesado. No ba¬jaban ya más peñascos rebotando por la ladera de la colina. Un vasto silencio llenaba las montañas. En medio de aquel silencio, Zen imaginó que podía oír los pensamientos de los hombres asustados que habían permanecido vivos hasta en¬tonces, y ahora se estaban preguntando cómo prolongar su precaria existencia. También se preguntaban si el continuar vivos merecía el esfuerzo requerido. Por qué no terminar de una vez con todas las tragedias, con todas las lágrimas, con todas las tentativas de encontrar el camino hacia el futuro?

Fuera, un hombre empezó a gritar.

Como una paloma mensajera que finalmente ha encontra¬do la dirección correcta, la enfermera avanzó hacia el sonido. Zen volvió a cogerla del brazo. Con aspecto intrigado, Ne¬dra se destuvo.

 Por favor, coronel. Me necesitan allí.

Hizo un gesto con la cabeza en dirección al lugar donde había sonado el grito.

 Hay otros muchos que la necesitan a usted, probable¬mente- comentó Zen.

Ella no pareció comprenderle.

 Soy una enfermera. Mi obligación es la de auxiliar a los heridos.

 Lo sé  Zen quedó un poco desconcertado al descubrir que simpatizaba con aquel impulso. - Pero, todavía no.

 ¿Por qué no?

 Porque la ladera no ofrece todavía condiciones de se¬guridad.

Zen alzó la muñeca izquierda. En vez de reloj, llevaba un diminuto contador Geiger. La aguja oscilaba fuertemen¬te hacia la línea roja.

 La radiación tiene una intensidad de casi cuarenta en la boca de este túnel- observó.

 Muy interesante-  dijo la enfermera. Pero el tono de su voz desmentía sus palabras.

_A media ladera, alcanzará a cien. Y arriba, donde tuvo lugar la explosión, puede llegar a mil.

En opinión de Zen, había dicho lo suficiente.

En opinión de Nedra, no había dicho absolutamente nada.

 Eso no tiene importancia. Allí hay unos hombres heri¬dos. Yo soy una enfermera. Mi obligación es la de auxiliarles.

 Si trata usted de prestarles auxilio en estas circunstan¬cias, se convertirá a su vez en una persona necesitada de auxilio.

 Pero, esos hombres...

 Esos hombres tendrán que salir de la zona de radiación por sus propios medios, o esperar hasta que el área quede limpia y pueda llegar la ayuda hasta ellos.

 ¡Es usted despiadado!

 No lo crea- dijo Zen. -Si pudiera hacerse algo para ayudarles, tenga la seguridad de que no estaría aquí en este momento. ¿Acaso no comprende lo que ha sucedido? Ha es¬tallado una bomba N asiática. En una bomba N, los efectos inmediatos son secundarios. El verdadero objetivo del arma es el de rociar la zona con radiaciones de alta intensidad, para convertirla en inhabitable durante meses. Cualquier ser viviente afectado por la expansión directa de la radia-ción está condenado, y ni usted, ni yo, ni los médicos, pode¬mos hacer nada para ayudarles...

Se interrumpió en el instante en que otro hombre empezaba a gritar.

La enfermera estaba indecisa.

 Pero ese hombre necesita ayuda- Insistió.

 Desde luego que necesita ayuda-   convino Zen.

 Bueno...

Zen la observó cuidadosamente. Nedra parecía compren¬der sus palabras, pero algo la empujaba con más fuerza: los gritos del herido. Cada vez que el soldado gritaba, Nedra se volvía en aquella dirección.

 Bueno, gracias, coronel.

Dando media vuelta, Nedra echó a andar con paso segu¬ro ladera arriba.

Zen maldijo en voz baja y salió andando detrás de ella. Pero se detuvo súbitamente, preguntándose qué motivos ten¬dría la muchacha para dar tan poca importancia a su propia vida. Conocía el significado de las radiaciones en cantidades letales. Indudablemente sabía también lo que le sucedía a un ser humano que se aventuraba por una zona caliente.

Pero, ¿era Nedra un ser humano normal? ¿Estaba pre¬senciando Zen uno de los milagros realizados por la nueva gente? Si Nedra descendía la ladera de la montaña viva, el hecho sería una prueba. Zen maldijo de nuevo. Nedra se di¬rigía a un lugar al cual él no podía seguirla... Si regresaba ilesa, Zen tendría una prueba suficiente para ordenar que la siguieran hasta el fin del mundo, si era preciso.

 

III

 

La emisora portátil que llevaba Zen era pequeña pero muy potente. No parecía en absoluto una emisora de radio; no tenía antena ni ninguna fuente visible de energía. Sólo el diminuto auricular y el no menos diminuto micrófono re¬velaban su verdadera naturaleza.

Deslizó el auricular en su oído, adaptó el micrófono a su garganta y luego levantó la pieza de tubo de plástico rojo por un extremo y verde por el otro. Unos alambres iban desde cada extremo del tubo a la cajita que contenía la emi¬sora.

"El rojo corresponde a la mano derecha- murmuró. -El verde a la izquierda. ¿0 es al revés?"

Decidiendo que el rojo correspondía a la derecha, cerró los dedos alrededor de los extremos del tubo de plástico y contempló la diminuta aguja del disco situado en la parte superior de la cajita que contenía la emisora.

La aguja osciló.

 Llamando a nueve coma nueve- dijo. -Seis uno lla¬mando a nueve coma nueve.

Repitió la llamada tres veces y luego se sentó sobre sus talones para aguardar la respuesta.

 Seis uno al habla- dijo el auricular. -¿De qué color es rojo?

 Esta semana es verde- respondió Zen rápidamente.

 ¿De qué color era la semana pasada?

 ¿La semana pasada? Hum... ¡Oh, sí! De ningún color.

 ¿Y eso significa ... ?

 Blanco. Habla Kurt Zen, coronel, servicio de informa¬ción. Póngame inmediatamente con el general Stocker.

Satisfecho con la identidad del que llamaba, el operador dijo:

 Un momento, coronel. Veré si el general puede hablar con usted.

 Dígale que es importante- apremió Zen.

 Siempre dicen eso- suspiró el operador. -Le pondré con él en cuanto pueda.

 ¡Kurt, muchacho! ¿Dónde estás?- retumbó la voz del general Stocker en un lejano micrófono.

La voz del general siempre retumbaba. Era un hombre eternamente optimista: siempre estaba convencido de que lo que ahora parecía negro acabaría por resultar de color de rosa. Pero cuando la retumbante voz llegó al auricular de Zen, se había transformado en una especie de cloqueo. Kurt creyó captar una nota de intranquilidad en aquella voz, y se pre¬guntó si el general había acabado por darse cuenta de que el final no era tan sonrosado como había supuesto.

 En el infierno, general- respondió Zen, Rápidamente dijo dónde estaba y lo que había sucedido  . -El cohete de Cuso ha destruido el último paso por el cual podíamos en¬viar una fuerza eficaz contra él. Toda esta zona está cargada de radiación.

 ¿Cómo vamos a arreglárnoslas ahora para sacar a ese bastardo de su agujero?

 Eso debe decidirlo el Estado Mayor. Yo tengo noticias más importantes.

 ¿De veras? Habla, Kurt, y aprisa. No querrás decir que...

 Sí. Quiero decir que en lo que respecta a la enfermera la respuesta puede ser afirmativa. Aún no lo sé.

Zen explicó lo que había sucedido.

 De modo que si regresa viva sabrás que es inmune a las radiaciones y, por lo tanto, pertenece a la nueva gente, ¿verdad? Pero si regresa muerta, o tan cargada de radiacio¬nes como para morir al cabo de unos días, sabrás que era como el resto de nosotros, ¿no es eso?

Incluso a través del auricular de Zen, la voz del general había empezado a retumbar.

 Así es como yo veo la cosa- respondió Zen.

 Que me aspen si... ¿Estás herido, Kurt?- La voz del general se había hecho súbitamente solícita. -¿Estás bien?

 Estoy perfectamente- respondió Zen. -Cuando se pro¬dujo la explosión me encontraba en un túnel. ¿No cree us¬ted que tengo el sentido común suficiente como para prote¬germe a mí mismo?- La repentina solicitud del general le había irritado. -Lo siento, señor- se disculpó un instante después.

 No tienes por qué darme explicaciones, muchacho. Sé lo que pasa con los nervios cuando se entra en combate. Pero esa enfermera...

 Así es como yo veo las cosas, señor- dijo Zen obstina¬damente. -Y solicito permiso para seguirla.

 ¿Si regresa viva, quieres decir?

 Le agradecería que dejara usted de recordarme esa po¬sibilidad.

 ¡Oh! De modo que estás interesado sentimentalmente por ella.

 Bueno, y si lo estuviera, ¿qué? Es una muchacha en¬cantadora.

 Todas lo son, muchacho. Todas lo son... hasta que se llega a conocerlas. En cuanto al permiso para seguirla, tie¬nes nosolamente el permiso, sino la orden de hacerlo. Hemos de poner en claro lo de la nueva gente. Uno de sus miembros se presentó esta mañana en el despacho particular del Pre¬sidente y le dijo que anulara un proyectado desembarco en Asia.

 ¿De veras?- dijo Zen. -¡En el despacho del Presi¬dente!

 Eso es lo que he dicho.

 ¿Sucedió realmente? Quiero decir si había alguien pre¬sente.

 Nadie, a excepción de la secretaria del Presidente. Aho¬ra se encuentra bajo los efectos del sedante que tuvieron que administrarle, debido a la fuerte impresión que recibió. Creyó que un ángel se había presentado en el despacho. El viejo no está mucho mejor que ella. -La voz de Stocker reveló sintomas de preocupación. -He recibido órdenes de Wilker¬son en persona y te las traslado a ti. ¡Hay que encontrar a esa nueva gente! Sigue a esa enfermera hasta el infierno, si es preciso.

 De acuerdo, señor.

 Infórmame cuando tengas algo que decirme... es decir, algo aparte de que has logrado conquistarla. Corto.

Zen hizo una mueca mientras desprendía el diminuto au¬ricular de su oído. Luego deslizó la emísora en uno de sus bolsillos. El nivel de radiación estaba descendiendo, pero to¬davía era demasiado elevado. Miró pensativamente hacia el camino que discurría por la ladera. Bajaban por él algunos heridos, pero Nedra no estaba a la vista.

Los heridos no eran ya una unidad combatiente, sino que se habían convertido en individuos, cada uno de ellos atento únicamente a su propia supervivencia. El patriotismo se ha¬bía borrado de sus mentes: no moverían un solo dedo para salvar a su patria, ya que sólo estaban interesados en salvar sus propias vidas.

En lo alto del camino, Zen pudo ver a una alta figura. ¡La enfermera! Descolgó los prismáticos de campaña que pendían de su hombro. A través de ellos, la esbelta figura de Nedra aparecía muy clara. La vio moverse hacia un lado del camino y arrodillarse al lado de un hombre herido que carecía de valor para descender la colina. Nedra le obligó a ponerse en pie y echó a andar con él a lo largo del camino. El herido se tambaleó y cayó. La enfermera volvió a arro¬dillarse a su lado, pero esta vez no hizo ningún esfuerzo para levantarle. Fue ella la que se puso en pie.

Zen supuso que el hombre había muerto mientras caía.

Al pie de la colina, rugieron unos motores. Volviéndose, Zen comprobó que acababa de llegar la primera unidad sa¬nitaria. Los médicos trabajaban rápidamente; encaminaban ya a los heridos a la parte trasera de un camión, donde ha¬bía sido instalado un puesto de reconocimiento. Pero, por aprisa que trabajaran, habían llegado demasiado tarde para ayudar a la inmensa mayoría de les heridos. La inutilidad del esfuerzo deprimió a Zen, de modo que volvió a concentrar su atención en la enfermera.

Nedra se encontraba de nuevo en medio del camino. La avalancha, directamente delante de ella, había detenido su avance. La acompañaba un hombre.

A través de los prismáticos, el hombre parecía tan alto y escarpado como el pico de una montaña. No era soldado, ya que no llevaba casco ni gorro de ninguna clase. Sus ca¬bellos, blancos como la nieve en la cima de un monte, ondea¬ban al viento. Su rostro semejaba una estatua tallada en granito. Zen supuso que era un habitante de aquella región, un hombre que había creído encontrarse a salvo en aque¬llas remotas montañas, y que había sido expulsado de su refugio por el cohete radiactivo de Cuso. La enfermera es¬taba hablando con él.

Involuntariamente, como si tuvieran una voluntad pro¬pia, las piernas de Zen echaron a andar ladera arriba. Había dado una docena de pasos cuando recordó el contador que llevaba en la muñeca.

"¡Al diablo con el contador!- pensó. -Voy a obligar a Nedra a bajar. No puedo permitir que arriesgue su vida, mientras yo permanezco escondido como un cobarde. Me importa un comino que pertenezca o no a la nueva gente. ¡Es un ser humano!"

Trepó rápidamente por la ladera. Luego vi o que Nedra corría hacia él haciéndole señas para que retrocediera.

 ¡Coronel! No puede usted subir aquí.

 ¡Estoy subiendo!- replicó Zen.

 ¡No!

Al ver que no se detenía, Nedra corrió más rápidamente hacia él. El hombre alto se mantenía a su lado. Al llegar junto a Zen, Nedra le cogió de la manga, le hizo dar media vuelta y le empujó de un modo apremiante.

 No puede usted estar aquí- insistió, con voz jadeante.

 ¿Acaso trata de darme órdenes?- gruñó Zen. Pero en su fuero interno se sentía complacido al ver que Nedra es¬taba preocupada por él.

 Si me lo permite, coronel, creo que la intención de Ne¬dra es la de salvarle la vida- intervino el hombre alto.

Tenía una voz semejante a una campana tañiendo a lo lejos, suave y musical, pero con notas de gran fuerza.

 ¿Y qué me dice de la vida de ella?- inquirió Zen.

 Ahora mismo iba a bajar, coronel- se apresuró a de¬cir la enfermera. -Ha llegado el primer grupo sanitario. Y me necesitarán allí.

 La que va a necesitar sus cuidados es usted- dijo Zen.

 ¡Coronel, el contador!- replicó Nedra.

La aguja estaba por encima de cien, y continuaba su¬biendo.

 Vamos, coronel.

Cogiéndole del brazo, Nedra hizo ademán de reemprender la bajada por el pedregoso camino. Zen no se movió. Nedra tiró de él con más fuerza.

 Su vida está en peligro aquí, señor- dijo el hombre alto, cortésmente.

 Eso es de mi incumbencia- replicó Zen. -¿Qué me dice usted de su propia vida?

 Coronel, quiero presentarle a un amigo mío  dijo la enfermera rápidamente. -Coronel Zen, Sam West. Habla¬remos mientras bajamos hacia el grupo sanitario.

 Encantado de conocerle, señor- dijo West, extendien¬do su mano.

 Mucho gusto, Mr. West. ¿Vive usted por estos alrede¬dores?

 Por allí-  dijo el hombre alto, señalando vagamente por encima de su hombro.

La enfermera volvió a tirar del brazo de Zen. Éste plan¬tó sólidamente sus pies en el suelo.

 Hablaremos aquí mismo- dijo.

 Está usted abusando de Nedra- protestó el hombre alto. -Esta zona se encuentra sometida a una intensa radia¬ción, y no creo que el momento ni el lugar sean los más ade¬cuados para discutir.

 Entonces, ¿por qué están ustedes aquí?

 Estaba huyendo de la zona lo más rápidamente posible cuando encontré a Nedra- dijo West. -Y continuaría hu¬yendo, más aprisa aún, si usted no me hubiese detenido.

 Yo no le he detenido- protestó Zen. -Ahí está el ca¬mino. Y lo mismo le digo a usted- añadió, dirigiéndose a Nedra.

 No sea tonto, Kurt-  dijo la enfermera. Su actitud se había hecho suplicante.

 De acuerdo. Pero con una condición. ¿Por qué subió usted allí? Sabía perfectamente que la zona estaba contami¬nada.

 Yo... bueno, perdí la cabeza- respondió rápidamente la enfermera. -Unos hombres heridos necesitaban mis cui¬dados. Y fui a prestárselos. Bajará usted con nosotros, ¿verdad?

Los ojos color violeta le suplicaban a Zen que creyera en ella.

 ¿Qué fue lo que le hizo perder la cabeza?

 La... la impresión, supongo. Es la primera vez que presencio un bombardeo. Y los gritos de los heridos. No olvi¬de que soy una enfermera, señor.

En sus labios, la palabra "enfermera" adquiría un impor¬tante significado. Los ojos color violeta se estaban cansando de suplicar, y parecían a punto de enfurecerse.

 No creo una sola palabra de lo que ha dicho- insistió Zen. -Cuando estábamos en el túnel no perdió usted la ca¬beza.

 Por favor, Kurt- Nedra volvió a tirarle del brazo. -Allá abajo hablaré con usted todo lo que quiera. Pero no tra¬te de obligarme a permanecer aquí.

De mala gana, Zen cedió a la presión de su mano. Una expresión de alivio se reflejó en los ojos color violeta, y el rostro del hombre alto pareció súbitamente liberado de una tensión interna. Vagamente, Zen pensó que había visto aquel rostro en alguna parte, pero la idea se desvaneció inmediata¬mente de su cerebro. Cuando llegaron al pie de la colina, condujo a la enfermera hacia un camión donde los médicos habían instalado un puesto de reconocimiento. De pronto, descubrió que Nedra tiraba de él en la misma dirección.

 Yo no necesito que me reconozcan- protestó. -Estoy perfectamente. La radiación no puede haberme afectado en tan poco tiempo.

 Desde luego que está perfectamente- asintió Nedra, en el tono que emplea una madre indulgente para tranquilizar a un chiquillo que se ha lastimado.

 Usted es la única que necesita ayuda- dijo Zen. Estaba convencido de que la enfermera había pasado demasiado, tiempo expuesta a la radiación.

 Si la necesito, no me faltará- murmuró Nedra.

Zen oyó el crujido de unas botas detrás de ellos. West guardaba silencio. No parecía tener ninguna prisa.

Zen empezó a hablarle a Nedra. La idea de lo que quería decir no llegaba a concretarse en su mente, ni encontraba palabras para expresarlo, pero sabía que estaba relacionado con el deseo de que el mundo fuera distinto y de que la raza humana no estuviera tratando de destruirse a sí misma. ¿Por qué experimentaba aquel deseo? El motivo de sus pen¬samientos se hizo un poco más claro. Deseaba que el munda fuera distinto a fin de poder amar a aquella enfermera en unas condiciones que permitieran que su amor diera unos frutos que no fueran la frustración, la desesperación y la muerte.

Se encontró a sí mismo deseando que en alguna parte existiera una casita cubierta de enredaderas, un lugar donde un hombre y una mujer pudieran vivir en paz y en razona¬ble seguridad, criando unos hijos que jugaran en la ladera de una montaña que no estuviera contaminada por radiacio¬nes atómicas.

 Aquí está el primer grupo sanitario- dijo la enferme¬ra. -Y...

 ¿Y qué?- inquirió Zen, al ver que Nedra no terminaba la frase.

Nedra le apretó cariñosamente el brazo.

 Y gracias por el sueño- susurró.

Mientras Kurt volvía unos ojos asombrados hacia ella, Preguntándose cómo podía haber sabido lo que él había estado sofiando, el rostro de Nedra pareció disolverse en una neblina gris.

Zen se desplomó, inconsciente, a los pies de la enfermera.

 

IV

 

El choque contra el suelo pareció devolver inmediata¬mente la conciencia al coronel. Cuando Nedra empezaba a arrodillarse a su lado, él se estaba ya poniendo en pie. Nedra trató de ayudarle a levantarse, pero Zen rechazó su mano.

 ¿Qué ha sucedido?- preguntó Nedra.

 Nada- dijo Zen. Pero sabía que no era cierto. -Yo... Ya... -Trató de recordar lo que había ocurrido. -Me he des¬mayado, sencillamente.

A Zen le pareció una razonable explicación de todo lo que necesitaba ser explicado.

Pero Nedra parecía opinar de otro modo.

 Los hombres como usted no se desmayan- protestó.

 Yo lo he hecho.

 No se desmayan... a no ser que les suceda algo-  con¬tinuó Nedra. -¿Está seguro de que no sufre los efectos re¬tardados del shock provocado por la explosión de la bom¬ba? 0...

Se interrumpió, como si no se atreviera a expresar la idea que acababa de ociurrírsele. Detrás de ella, West no dijo nada.

Me he desmayado, eso es todo- dijo Zeri, con creciente indignación. -¿Quién dice que un hombre no puede desma¬yarse?

En todo aquel asunto había algo confuso. Zen estaba con¬vencido de que la confundida era Nedra.

 Le he visto desmayarse- dijo la enfermera . Lo único que trato de decir es que tal vez exista un motivo para su desmayo.

 Tonterías- replicó Zen. -No voy a ir al grupo sani¬tario. No lo necesito. Estoy perfectamente.

 Lo sé   dijoNedra. Su rostro tenía una expresión preo¬cupada. -Pero, para más seguridad, no sería mala idea que los médicos le echaran un vistazo.

Zen apenas la oyó. Tenía la impresión de que la confu¬sión de Nedra quedaría aclarada dentro de unos instantes. Recordó la confusión que él mismo había experimentado des¬pués de inhalar una bocanada de gas enervante, en cierrta ocasión. ¿Cuándo había sucedido aquello? Ahora no estaba seguro. Tal vez ocurrió en un remoto pasado, tal vez en al¬gún otro planeta... Sacudió la cabeza.

 Yo creo, coronel...

 No estaba sacudiendo la cabeza a la intención de usted- rectificó Zen.

 Bien. Entonces, iremos a ver a los médicos.

 Tampoco quise decir eso. Estaba sacudiendo la cabeza para aclararla. Tengo una especie de niebla en ella.

 ¿Una niebla?

La voz de Nedra tenía un acento de preocupación.

 Sí. ¿Qué hay de anormal en ello? Muchos hombres tienen una niebla en la cabeza... -Le parecía una afirmación razonable. -Muchos hombres tienen que ir al médico de vez en cuando para que les sople la niebla de la cabeza.

Creyendo haber hecho un chiste, se echó a reír.

Nedra no parecía opinar que lo que habla dicho Zen re¬sultara divertido. Le cogió del brazo resueltamente.

 Venga conmigo, coronel.

Mientxas Nedra le conducía hacia el camión donde se en¬contraba el puesto de reconocimiento, sucedió algo.

Zen vio claramente.

Lo vio todo.

La capacidad de ver llegó repentinamente, surgida de ninguna parte. Un segundo antes no estaba allí. Un segundo después se había hecho presente. Era como ver con los OJOS, excepto que resultaba mucho mejor que la percepción ocu¬lar. Con aquella capacidad, no sólo podía ver las superficies, sino también el interiar de las cosas. Y la percepción iba acompañada de una plena comprensión de todo lo que veía.

Vio que el Universo era tan alto como un hombre, y no más alto. Vio que era tan espacioso como un hombre, y no   más espacioso. Vio que era tan ancho como un hombre, y no más ancho.

Vio la raza humana en su totalidad, un hombre y todos los hombres, todos los hombres en un hombre. Simultá¬neamente, vio la historia entera de la raza, vio el largo viaje que había efectuado desde la llamada materia inanimada hasta el punto en que ahora se encontraba: un ser que mi¬raba a las estrellas. Vio que el destino de la raza residía en aquellas estrellas, y en todo aquel vasto espacio existente entre ellas, si no se destruía a sí misma en el proceso de si-tuarse a la altura de las estrellas. Vio que la raza podía re¬trotraerse a sí misma a los átomos que la componían, en cuyo caso la prolongada y agotadora lucha para alcanzar el nivel atómico tendría que empezar de nuevo.

Zen sabía también lo que estaba haciendo con aquella cla¬ra visión.

Estaba tocando la mente de la raza.

Estaba en contacto con el reino de la raza.

El conocimiento fue repentina agonía en él, un dolor pe¬netrante como un pinchazo en la región cordial. El dolor resultaba extraño, porque a pesar de que podía sentirlo y sabía que su cuerpo lo experimentaba, no tenía ningún sig¬nifleado para él. Lastimaba su cuerpo, pero no le lastinia-ba, a él.

Su cuerpo estaba alarmado por el dolor, su respiración se hizo más agitada y un leve rastro de sudor apareció en su piel. Pero él no estaba alarmado, Aunque su cuerpo cayera muerto, a él no le afectaría el hecho.

 ¿Qué pasa, Kurt?- oyó que decía Nedra. Había capta¬do su agitada respiración y estaba alarmada. ¿Va usted a desmayarse otra vez?

 No  respondieron los labios de Zen.

Su cuerpo se rió de la pregunta. Oyó el sonido de su risa, como si fuera suya y no fuera suya. Su cuerpo sabía que iba a desmayarse. Su risa sonaba hueca y fuera de lugar, pero tampoco aquello le importaba.

Unos soldados estaban alineados en la parte trasera del camión, esperando turno para el reconocimiento.

 Su graduación le faculta para pasar delante-   dijo Ne¬dra en tono inseguro.

 En el lugar donde estoy ahora, mi graduación no existe- respondió Zen. -Me pondré en la cola y aguardaré mi turno.

Se mostró sumamente obstinado en aquella actitud.

La enfermera pareció complacida. Zen se preguntó si ha¬bía dicho algo importante. En su opinión, lo que acababa de decir era obvio. Detrás de él, West era una sombra silenciosa envuelta en un enigma. Incluso con su nueva percepción, su contacto con una forma más elevada de conciencia, Zen no podía percibir claramente a West. En aquel hombre ha¬bía algo que desafiaba a la penetración y al análisis.

Los hombres situados en la cola delante de él aguardaban su turno, arrastrándose cansinamente hacia adelante cada vez que los médicos terminaban un reconocimiento. Nadie hablaba. Ninguno de los hombres gruñía, ninguno se que¬jaba. Conociendo a los hombres, Zen comprendió que aquello era ominoso.

Aquellos hombres estaban contaminados. Y sabían que lo estaban. Ante aquel conocimiento, lo demás no tenía impor¬tancia. Externamente, su estado parecía normal. Pero en su interior había ocurrido algo. A Zen le pareció que podía ver unas llamas surgiendo de sus cuerpos. Uno de ellos se tam¬baleaba. A Zen le pareció divisar una chispa luminosa dea¬prendiéndose súbitamente de su cuerpo y ascendiendo hacia el cielo. El hombre cayó. No movió un solo músculo después de chocar contra el suelo.

Nedra echó a andar hacia él. Zen sacudió la cabeza. -Es inútil-  dijo.

 ¿Por qué?

Zen señaló hacia el cielo. -Se ha marchado allí...

Nedra palideció al captar el significado de aquellas pa¬labras.

 Voy a asegurarme.

Se acercó al caído, se arrodilló a su lado y le tomó el pul¬so. Luego se incorporó.

Un oficial gritó desde el camión y casi inmediatamente aparecieron dos camilleros. Examinaron el cadáver del hom¬bre caído, lo colocaron en la camilla y lo apartaron a un lado del camino. Uno de los camilleros pasó un contador por enci¬ma del cadáver. Luego le gruñó algo a su compañero, el cual ató una cinta roja a la muñeca del muerto.

 Subid allí, muchachos, podéis encontrar alguno más- les gritó Zen, señalando hacia la ladera.

 No somos enterradores- fue la respuesta.

Los soldados de la cola se arrastraron cansinamente ha¬cia adelante.

 ¡Eh! ¡Ha desaparecido!-  dijo Zen repentinamente.

 ¿Qué es lo que ha desaparecido?

 Y yo he regresado- dijo Zen.

 No ha ido usted a ninguna parte- objetó la enfermera.

 Ha desaparecido y he regresado significan lo mismo- trató de explicar Zen. -Lo que ha desaparecido es mi contacto con la mente de la raza. He regresado significa que, de repente, vuelvo a ser normal. Estoy aquí. Miro con mis ojos. Oigo con mis oídos. Y ya no sé todas las cosas.

Estaba aturdido. Pero peor que el aturdimiento era el hecho de que incluso el recuerdo de la experiencia se estaba desvaneciendo. Y esto le producía una sensación de agonía. Le parecía que aquella experiencia era la cosa más impor¬tante que le había sucedido en toda su vida.

Y ahora se estaba desvaneciendo. Zen experimentó la sen¬sación de que corría salvajemente tratando de volver a cap¬turarla. Pero sus esfuerzos resultaban inútiles: la experiencia no estaba fuera de allí; no podría encontrarla aunque remo¬viera todo el mundo.

La experiencia estaba dentro de él.

Nedra miró a West y empezó a hablar, pero el hombre alto hizo un gesto conminándola al silencio.

 Saulo en el camino de Damasco- murmuró Zen. -Algo parecido a esto le ocurrió a Saulo en el camino de Damasco.

 Kurt... -dijo Nedra.

De nuevo, el hombre alto la conminó a callar. West, con su aspecto de rudo campesino, parecía percibir el torbellino que giraba en el interior de un ser humano, y, más todavía, su actitud revelaba comprensión y simpatía.

 He establecido contacto con la mente de la raza- dijo Zen. -Pero ahora ha desaparecido- añadió, tristemente.

 Colócate delante del objetivo, soldado- gruñó una voz detrás de él. Volviéndose, Zen vio que le había llegado el turno. El teniente que acababa de llamarle la atención vio el águila en el casco de Zen y se apresuró a disculparse: -Perdone, señor.

 No tiene importancia- dijo Zen.

Por un instante, como ideas en conflicto que pugnaban por expresarse en él, se preguntó quién era y por qué esta¬ba allí. Luego recordó lo que había sucedido. Sus reacciones volvieron a normalizarse y se colocó en posición delante del objetivo. En el interior del camión zumbó un transformador. Aunque no podía sentirlo, sabía que una poderosa corriente de radiación estaba pasando a través de su cuerpo y que un contador registraba la radiactividad que había absorbido. El teniente estudió las cifras y luego miró a Zen.

 Está usted perfectamente, señor.

Parecía intrigado.

 No hay radiactividad, ¿eh?

 No, señor. Francamente, no lo comprendo. Sí, tiene us¬ted una leve exposición, pero nada grave.

 Cuando estalló el cohete me encontraba en el túnel de una antigua mina- explicó Zen.

 Será eso. Ha tenido usted mucha suerte, señor. El si¬guiente.

Cogiendo el brazo de Nedra, Zen la situó delante del ob¬jetivo. La experiencia con niveles más altos de conciencia habíase borrado de su mente, y volvía a ser un oficial del servicio de información.

 Teniente, reconozca a esta mujer. ¡Es una orden!- dijo Zen, ignorando las protestas de Nedra.

 Sí, señor- dijo el asombrado oficial.

Detrás de ellos, West les contemplaba con una leve sonrisa de aprobación en los labios.

El teniente alzó la mirada de sus aparatos.

 Está perfectamente- dijo.

 ¿Seguro?

 Desde luego. ¡Este contador no miente!- afirmó calurosamente el oficial.

Nedra estaba indignada. Sus ojos color violeta miraban al coronel con una expresión enfurecida. Zen no pareció darse cuenta. En su interior, se sentía enormemente alivia¬do. ¡Nedra había regresado viva! ¡Estaba ilesa! A hora, Zen sabía a qué atenerse. Ningún mortal corriente podía haber permanecido tanto tiempo en la zona contaminada y salir de ella ileso. No le importaba su enojo. A continuación se vol¬vió hacia West.

 ¡Ahora, usted!

No sabía la clase de respuesta que esperaba del hombre alto. Pero, ante su sorpresa, West sonrió.

 Con mucho gusto, coronel.

Sin vacilar, West se colocó delante del objetivo.

 Aunque estoy convencido de que la contaminación no me ha alcanzado, prefiero seguir su ejemplo y asegurarme de ello.

El teniente volvió a estudiar sus aparatos y volvió a al¬zar la mirada. En su rostro había una expresión de perpleji¬dad.

 Tres incontaminados, uno detrás de otro. Hasta ahora no había encontrado ninguno.

Su mirada se volvió hacia la ladera donde había estalla¬do la bomba.

 ¿Significa eso que estoy bien?- preguntó West.

 Desde luego- respondió el teniente. -Que me aspen si lo entiendo.

 Yo estaba también en un agujero- dijo West. Parecía divertido por algo sólo conocido por él.

El teniente se animó.

 En tal caso, lo comprendo.

"Ojalá pudiera comprenderlo yo", se dijo Zen. Estaba convencido ya de que Nedra pertenecía a la nueva gente. En cuanto a West, era un enigma. No sabiendo el tiempo que West había estado expuesto a la radiación, Zen no podía llegar a una conclusión definitiva acerca de él. Pero no esta¬ba del todo tranquilo.

 Coronel, ha sido un verdadero placer conocerle- dijo West, avanzando hacia Zen con la mano extendida. Zen tuvo la impresión de que la mano del hombre podía convertirse en una verdadera trampa para osos, si West se lo proponía. -Tal vez volvamos a vernos, señor.

~ Las palabras eran una afirmación, no un interrogante. Una enigmática sonrisa distendía los labios del hombre.

 ¿Quién sabe si nos encontraremos de nuevo?-  dijo Zen, encogiéndose de hombros. -Generalmente, cuando la gente se despide en estos tiempos, se despide para siempre.

 Lo sé. -En el arrugado rostro de West se reflejó una intensa tristeza. -Es una lástima que las cosas tengan que ser así. Bueno la experiencia es una escuela difícil, pero el homo sapiens parece incapaz de aprender en cualquier otra.

 Es la guerra- dijo Zen.

 No estoy de acuerdo con usted- dijo West. -La gue¬rra es sólo un síntoma de la enfermedad, no es más que una expresión humana. La guerra en sí misma no es culpable, sino el hombre. Aunque, en realidad, ningún hombre puede ser considerado como culpable, ya que la humanidad se en¬cuentra en una fase de crecimiento.

Momentáneamente, el recuerdo del contacto con la mente de la raza volvió a la conciencia de Zen.

 Lo sé- dijo. Luego vaciló. -Por lo menos, lo he sa¬bido alguna vez.

 ¿De veras? ¿Cuándo?

 Allí, en la ladera, lo sabia. Pero ahora he olvidadó lo que sabía.

Zen hablaba lentamente. Estaba tratando de recordar... o de olvidar, no sabía exactamente cuál de las dos cosas.

 Adiós, señor- dijo West. -Nedra, me gustaría hablar un momento con usted antes de marcharme. Con su permiso, desde luego, coronel Zen.

 No faltaría más... -dijo Zen.

Contempló a la enfermera y al hombre alto mientras avanzaban unos pasos por el camino. Hablaban en voz dema¬siado baja para que Zen pudiera enterarse de su conversa¬ción. Luego se separaron. Nedra volvió al lado de Zen.

 ¿Vive West por estos alrededores?- preguntó el agen¬te del servicio de información.

 En realidad no lo sé- respondió la enfermera. -Creo que sí, pero no estoy segura.

 Un lugar muy duro para vivir en él.

 Por lo que sé de West, creo que es capaz de vivir en cualquier parte.

 ¿Le conoce usted bien?

Los ojos color violeta le miraron, pensativamente.

 Está usted haciendo muchas preguntas, señor.

 Y voy a hacerle muchas más.

 Mi número de teléfono, sin duda. Lo siento, pero no tengo teléfono. Desde luego, si tuviera un número de telé¬fono, se lo daría con mucho gusto.

Zen notó que una cálida oleada invadía su cuerpo ante aquellas palabras. El sueño que en un momento dado había compartido con millones de otros hombres, de una esposa y unos hijos, llenó de nuevo su mente. Si pudiera elegir li¬bremente, iría con aquel sueño.

Pero sabía que no podía elegir libremente. En realidad, dudaba de que pudiera elegir, sencillamente. Lo mismo que todos los hombres. La historia había barrido la época en que aquel sueño podría ser realizado.

 

V

 

"Nedra es inmune a la radiación” pensó Zen, cuando la enfermera se hubo marchado para incorporarse a su unidad. Esto, en sí mismo, era de suficiente importancia para atraer y retener el interés de las alturas militares y científicas. Tal vez los soldados podrían ser también inmunizados. Tal vez, por algún imposible capricho de la suerte, podría encontrar¬se un medio para que los obreros regresaran a unas fábricas abandonadas, a unos almacenes que llevaban demasiado tiem¬po cerrados. Ello podría significar materiales y suministros para unas tropas que andaban desesperadamente escasos de ellos, y para una población civil que empezaba a sentir los efectos del hambre.

Un ser humano que había alcanzado la inmunidad a la radiación, era lo bastante importante como para merecer toda su atención. Al mismo tiempo, existían muchas posibi¬lidades de que Nedra perteneciera a la misteriosa nueva gente. Y había en ella algo que le interesaba a Zen todavía más. Ignoraba lo que era, exactamente, pero sospechaba que tenía que ver con el futuro, con un mundo distinto al único que él conocía. 0 con otro universo. El recuerdo de su con¬tacto con la mente de la raza pasó de nuevo por su con¬ciencia.

Ahora sabia lo que iba a hacer en lo que respecta a Ne¬dra. Presentía cuál iba a ser el próximo movimiento de la muchacha. Y esperaría a que lo efectuara.

Encontrar un fusil no fue difícil. En el camino había mu¬chas armas abandonadas. Las cartucheras de un soldado muerto estaban llenas de munición. Zen cogió las cartuche¬ras. Empuñando el fusil, se dirigió hacia el arroyo que mur¬muraba en el fondo de una quebrada. El agua era clara y fría, Pero las truchas muertas que flotaban en la superficie indi¬caban que estaba contaminada.

Buscando un lugar desde el cual pudiera vigilar la que¬brada, Zen avanzó por una de las laderas. A través de los pinos veíase un borroso sendero.

"Un antiguo tendido de carriles para las vagonetas", pen¬só Zen. Los ralles hablan sido arrancados hacía mucho tiem¬po, las traviesas se habían podrido yla hierba había cubierto el camino. Apenas se había instalado en un lugar favorable para observar la quebrada, cuando una Piedra rodó por el antiguo camino.

Poco después, Nedra pasó por delante de su escondite.

Zen permaneció agazapado hasta que la muchacha se en¬contró a cierta distancia. Entonces se dedicó a seguirla.

El sendero trepaba lentamente por la ladera dando vuel¬tas y revueltas. Cuando llegó al lindero del bosque, Zen divi¬só un terraplén de roca amarilla, el vertedero de una antigua mina, y comprendió por qué había sido trazado aquel tendi¬do para las vagonetas. Más allá había probablemente un pue¬blo fantasma.

Nedra continuaba avanzando por el antiguo camino.

Zen sentía aumentar su excitación. Estaba convencido de que la enfermera le conducía directamente al escondrijo de la nueva gente.

En aquellas montañas, un pequeño grupo podía ocultarse indefinidamente. El alimento podía llegar a convertirse en un problema, pero abundaba la caza: gamos, venados y osos, y algunos de los valles altos habían sido tierras de cultivo antes de la guerra. Unos cuantos pioneros osados sobrevivie¬ron siempre en aquella selvatiquez. Si ellos pudieron hacer¬lo, también la nueva gente podía sobrevivir allí.

Desde luego, tenían que haber eludido a las patrullas de Cuso, que merodeaban en busca de provisiones y de muje¬res. Pero no debió resultarles demasiado difícil.

El pueblo fantasma estaba a la vista.

Rodeando una antigua mina, un triturador y un concen¬trador, el pueblo fantasma estaba también en ruinas. Pero, al contrario de tantas pequeñas ciudades, las ruinas no eran consecuencia de un ataque, sino obra de la naturaleza. Las nieves del invierno habían amontonado su carga sobre unos débiles tejados, las lluvias habían podrido los maderos, con el resultado de que muchas de las casas se habían derrum¬bado, sencillamente. La maleza crecía en los umbrales, y los arbustos habían arraigado en las calles.

Nedra andaba por el centro de la que en otro tiempo ha¬bía sido calle principal. Su paso era seguro, y parecia saber exactamente'adónde iba.

El hombre andrajoso apareció en la puerta del garaje a la izquiera de Nedra. Se dirigió a ella, llamándola. Nedra dio un respingo al sonido de la voz, miró al hombre y continuó andando.

 ¡Eh! ¡Espera un momento, preciosa!- gritó el indivi¬duo, lo bastante alto como para que Zen pudiera oírle. Lue¬go salió del umbral y se dirigió hacia Nedra. La muchacha se volvió para enfrentarse con él.

Kurt Zen alzó el fusil, pero inmediatamente volvió a ba¬jarlo. No sólo tenía una gran confianza en la capacidad de Nedra para protegerse a sí misma, sino que deseaba ver lo que iba a ocurrir.

El lazo, arrojado con la habilidad de un vaquero, llegó del lado opuesto de la calle. Cayó sobre los hombros de Nedra e inmovilizó sus brazos contra sus costados. Un fuerte tirón, y la muchacha cayó al suelo.

El hombre que había salido del umbral del garaje saltó hacia ella. Unió las manos de la muchacha a su espalda y empezó a registrarla, buscando un arma.

El hombre que había arrojado el lazo salió de su escondi¬te para ayudar a su compañero. Era muy bajo y tenía las piernas arqueadas.

Zen apoyó la culata del fusil contra su hombro. Aunque no había disparado nunca aquella clase de arma, a la distan¬cia en que se encontraba del grupo no podía fallar.

El grito de Nedra llegó a sus oídos.

 ¡Coronel! ¡Cuidado!

Desconcertado y sorprendido, Zen bajó el fusil. ¡Nedra sabía que la estaba siguiendo y- que se encontraba muy cerca de ella! ¿Cómo había sabido que la seguía? ¿Por qué le ha¬bía permitido hacerlo? Más importante aún, ¿adónde le estaba conduciendo? Y, ¿por qué trataba de salvarle, cuando su propia vida estaba en peligro?

Aunque supiera que Zen la estaba siguiendo, era evidente que ignoraba la presencia de aquellos hombres allí. No había ido a reunirse con ellos. Entonces, ¿cuál era su propósito al trepar a aquel pueblo fantasma situado en unas montañas selváticas ya recorridas por los hombres de Cuso?

. El primero de los rufianes se estaba poniendo en pie. Zen apuntó la mira del fusil al centro de su andrajosa chaqueta.

 ¡Deje caer el arma!-  dijo una voz detrás de él.

Más sorprendente incluso que la orden era el hecho de que Zen conocía la voz que acababa de hablar. 0 creía cono¬cerla. Soltó el fusil.

 Ahora, levante las manos.

Zen obedeció.

 Hola, Jake-  dijo.

Detrás de él resonó una exclamación de sorpresa.

 ¿Cómo diablos me has reconocido?

 Por la voz- respondió Zen. -¿Puedo volverme ahora?

 Desde luego. Desde luego. Pero, ¿qué diablos estás ha¬cien:do aquí?

Al volverse, Zen vio el rífie automático que le apuntaba. El arma oscilaba ligeramente y el hombre que la empuñaba parecía algo confuso. Su rostro estaba cubierto por una ne¬gra pelambrera y unos largos cabellos asomaban por debajo de un baqueteado casco.

 Me alegro mucho de volver a verte, Jake- dijo Zen, avanzando hacia el hombre con la mano extendida e igno¬rando el rifle automático.

 ¡Kurt Zen! No te había visto desde... desde...

 Desde la noche de Denver- dijo Zen.

Se estremeció de horror al recordar lo sucedido aquella noche. Un bomba había reducido la ciudad a escombros.

 Sí, eso es. Sí. Creí que te habían pescado aquella noche, Kurt.

 Lo mismo pensé yo de ti. ¿Qué estás haciendo aquí? Y, ¿qué... qué le sucedió a Marcia?

Inmediatamente de haber formulado la pregunta, Zen se mordió los labios, lamentando su curiosidad. Al oír el nom¬bre, los ojos de Jake empezaron a cambiar, pasando alterna¬tivamente de la comprensión a la confusión y viceversa. En un momento determinado, los ojos miraron a Zen y el hombre recordó y apreció al coronel. Un instante después, ni los ojos ni la mente que había detrás de ellos le reconocie¬ron. Zen era entonces un desconocido, al cual habla que tra¬tar con recelo, temor y, posiblemente, destruir. Cuando Zen le había conocido en Denver, Jake era un joven aviador. Marcia y él acababan de casarse y estaban muy enamorados.

 Ella... ella... -La voz era dolorida. -La radiación aca¬bó con ella. -Por un instante, el recuerdo era verdadero. Pero había demasiado dolor en el recuerdo para que aquel hombre se enfrentara con él. El recuerdo se desvanecía. Sólo quedaba el dolor. -¿Marcia? ¡Oh! Está muy bien. En mi próximo permiso, tendremos una segunda luna de miel. -Los ojos del hombre parecieron iluminarse. -Puedo verla ahora, esperándome. En mi próximo permiso tienes que venir con-migo, Kurt...

Zen hubiese podido dominarle. Hubiese podido arrancarle el rifle de sus manos sin que Jake protestara. Pero, no hizo nada. El dolor del hombre era demasiado real para lastimar¬le más.

 ¿Qué pasa aquí?- inquirió una voz ruda.

Era el hombre de la chaqueta andrajosa. Nedra y el in¬dividuo que arrojó el lazo habían desaparecido. No existía ningún indicio del lugar al cual se habían dirigido. El hom¬bre de la chaqueta andrajosa estaba muy delgado. Sus dien¬tes recordaban los colmillos de un lobo, pero sus ojos tenían un extraño brillo, con una eterna expresión de hostilidad y suspicacia. Empuñaba, una metralleta, con la cual apuntaba a Kurt.

 ¡Oh! Hola, Cal. Yo... -Jake vaciló. -Este es un viejo compañero mío. Le conocí allá abajo... Le conocí cuando... Es de toda confianza.

Los ojos de Cal decían que no creía una sola palabra de lo que acababa de oír. Miró a Zen de arriba abajo. El cañón de la metralleta continuó apuntando al estómago del agente del servicio de información.

 ¿Qué está usted haciendo aquí?

 Tal vez me he cansado de ver cómo van las cosas allá abajo- respondió Zen.

No mentía. Estaba cansado de ver cómo iban las cosas. Lo mismo que otros millones de hombres.

Los ojos de Cal revelaron que no le creía. Zen se dio cuenta de que el hombre barajaba distintas posibilidades en su mente. Se sentía inclinado a utilizar la metralleta. Arro¬jar otro cadáver al barranco sería una fácil solución al pro¬blema planteado por un intruso.

 ¿Cómo van las cosas allá abajo?- preguntó.

 Mal- dijo Zen, sin faltar tampoco a la verdad.

 ¿Qué ha sido el estruendo que se ha oído esta mañana?

 Cuso ha disparado un cohete atómico.

Los ojos de Cal reflejaron un evidente interés.

 ¿Qué había por allí que justificara el lanzamiento de un cohete?

 Una columna de tropas destinada a localizar el escon¬drijo de Cuso- respondió Zen. -Por lo visto, a Cuso no le gustó la idea.

 Es natural- dijo Cal. -¿Iba usted con esas tropas?

 Sí.

 ¿Dónde están ahora?

 Han vuelto a bajar la colina para morir- respondió Zen.

 ¿Por qué no se marchó usted con ellos?

 Estaba cansado- dijo Zen.

Agitó sus manos en un gesto que intentaba explicar que un hombre llega a cansarse y busca un lugar donde pueda reposar una temporada. Cal gruñó. Lo comprendía perfecta¬mente.

 ¿Está usted contaminado?- inquirió.

 No. Los médicos me reconocieron poco antes de deser¬tar.

 ¿Y hay otros allá abajo dispuestos a refugiarse en las colinas?

 La mayoría de ellos están demasiado cerca de la muer¬te para efectuar ese esfuerzo. ¿Por qué desertar, cuando se está contaminado?

 El cohete acabó con un montón de ellos, ¿eh?

 Los que no murieron a causa de la explosión, fueron víctimas de la radiactividad.

 ¿Cree usted que la contaminación del paso impedirá la llegada de más tropas?

 Desde luego.

 Bueno, si los coroneles desertan, es que las cosas van realmente mal. Esto es interesante. -Cal hizo oscilar la me¬tralleta, pero el cañón no apuntaba ya al estómago de Zen. -¿Qué busca usted por aquí?

 Un lugar donde ocultarme.

 ¿Por cuánto tiempo?

 ¿Cómo puedo saber lo que durará esto?- respondió Zen. -E incluso cuando termine, no quiero regresar allí y andar sobre esqueletos.

 ¿Andar sobre esqueletos?

 Es lo único que quedará.

 Entonces, ¿cree usted que los asiáticos ganarán?

 Tengo el presentimiento de que también en Asia abun¬darán más los esqueletos que cualquier otra cosa. No, no creo que ganen. Esta vez no creo que gane nadie, a excepción de los que tengan el suficiente sentido común para ocul¬tarse.

Jake despertó de su ensueño y apoyó una mano en el hom¬bro de Cal.

 Kurt es de toda confianza- dijo.

Era evidente que Cal no tenía una opinión muy elevada de aquella recomendación.

 Es compañero mío- continuó Jake. -Vamos a dejar que se una a nosotros. Es un buen elemento. Además, él y yo éramos compañeros. Y había una chica...

Se interrumpió súbitamente y empezó a murmurar en voz baja, atormentado de nuevo por el recuerdo de su esposa.

 ¿Iba usted con esa mujer?- preguntó Cal.

-¡Kurt no ha ido con esa mujer en su vida!- gritó Jake. -¡Era mía! ¡Mía!

 Cállate, imbécil.

 Díselo, Kurt. Dile que Marcia era mía.

 Desde luego, Jake- le tranquilizó Zen. -Todo el mun¬do sabe que Marcia y tú os pertenecíais mutuamente. Cal y yo estábamos hablando de otra mujer.

 ¡Oh! Eso es distinto. Pero no quiero oír decir a nin¬guno de vosotros que Marcia no me pertenece.

Cal parecía dispuesto a disparar contra Jake.

 ¡Cállate de una vez, y no te metas en esto!- aulló.

 Lo único que trataba de decirte es que Kurt es amigo mío.

 De acuerdo, ya me lo has dicho. Ahora, cierra el pico. -Cal se volvió de nuevo hacia Zen. -¿Qué hay de esa .mujer, coronel? ¿Iban ustedes juntos?

 No- respondió Zen.

 Pero ella gritó advirtiéndole a usted cuando Ed y yo la agarramos.

 Lo sé. La oí gritar.

 ¿De veras?

El dedo índice de Cal se encorvó alrededor del gatillo de la metralleta.

-Sí. Estaba siguiéndola, pero ignoraba que ella sabía que la seguía hasta que gritó.

 ¡Oh!- Cal mantuvo el dedo sobre el gatillo. -¿Por qué la seguía usted?

 ¡No sea estúpido!- estalló Zen. -¿Por qué sigue un hombre a una mujer como ésa?

En el rastro lobuno de Cal se reflejó la sombra de una sonrisa. Se relamió los labios, dando a entender que había comprendido.

 No se lo reprocho. Pero, ¿por qué ha subido ella aquí?

 No lo sé- dijo Zen. -Ni creo que importe demasiado. ,En cuanto se haga de noche...

 ¿Cree usted que puede ser una espía de Cuso que se dirige a su campamento para informar?

Zen se quedó con la boca abierta. Aquélla era una idea que no había pasado por su mente. Y sabía que los asiáticos te¬nían espías en todos los lugares donde podían introducirlos. La supervivencia de Cuso dependía en gran parte del cono¬cimiento de la cantidad de soldados lanzados contra él, de su armamento y de los pasos montañosos que utilizaban.

-Veo por su cara que ni siquiera se le había ocurrido la idea- dijo Cal. -Entonces, ¿qué vendría a hacer aquí esa mujer?

 Lo ignoro. Me di cuenta de que subía el sendero a cosa de una milla de distancia. En cuanto a lo que está haciendo, tal vez se ha cansado también de cómo van las cosas, y ha decidido ocultarse en las montañas.

 ¿Una mujer viviendo en estos parajes?

 Algunas mujeres se hacen la ilusión de que pueden convertirse en un Robinson Crusoe femenino.

 También es posible que ella tenga otra idea  dijo Cal.

Zen se encogió de hombros.

 El saberlo puede ser importante para nosotros -añadió Cal.

 Entonces, lo mejor que podemos hacer es preguntárse¬lo -dijo Zen. Todavía estaba impresionado por la idea de que Nedra pudiera ser una espía.

 ¿Quiere usted preguntárselo?- inquirió Cal.

 Desde luego.

 De acuerdo, hará usted las preguntas y yo escucharé. Y no se le ocurra planear ninguna jugarreta. -Su dedo Indi¬ce se curvó alrededor del gatilló de la metralleta. -Recuer¬de que si se presentara una patrulla buscando a un deser¬tor, no vacilarían en disparar sobre él. Yo les haría un favor S' me anticipara a ellos...

_He borrado todos los rastros- dijo Zen. -Nadie me buscará.

 ¿Cómo puede estar tan seguro?

 He cambiado mi chapa de identificación con un muerto, que había sido un GI. Estaba completamente destrozado y nadie podrá reconocerle. Cuando los camilleros le encuen¬tren, recogerán mi chapa de identificación y otro coronel pasará a engrosar la lista de los muertos en campaña. En. cuanto al GI, figurará como desaparecido.

-Una buena treta- dijo Cal, en tono de aprobación. Por primera vez, Zen captó un acento de admiración en la voz del hombre andrajoso.

Nedra estaba apoyada contra lo que en otro tiempo había sido,el banco de un taller de reparación de automóviles. Iba sin casco, tenía los cabellos alborotados y su túnica aparecía rota. Sus ojos se iluminaron cuando Zen apareció en el um¬bral. Profiriendo un grito de alegría, echó a correr hacia él.

. El hombre patizambo no pareció compartir la alegría de Nedra al ver al coronel.

 ¡Quieta!- aulló. Y volviéndose hacia Zen, inquirió:

-¿Quién diablos es usted?

Cal, que había entrado en aquel momento, dijo:

 Ed, éste es Kurt. Va a unirse a nosotros. . .

La expresión de los ojos de Ed era veneno puro.

 Puede unirse a nosotros, pero no durará mucho. Esta mujer es mía. Yo la vi primero.

Zen lamentó profundamente no tener ya el fusil. Algunos gusanos no merecen vivir. Pero el arma estaba en manos de Jake. Y aunque probablemente podría apoderarse del fusil, Cal seguía empuñando la metralleta con mano firme.

 Esa mujer no es mía, ¿se entera?- le dijo a Ed. -En lo que a mí respecta, puede usted quedarse con ella.

 Bueno, eso es distinto- dijo Ed, tranquilizado.

Si las palabras de Zen tranquilizaron a Ed, ejercieron un efecto completamente opuesto sobre Nedra. Abrió la boca con la intención de decir algo, pero volvió a cerrarla inme¬diatamente, con un visible esfuerzo para tragarse unas pa¬labras que ninguna dama debía pronunciar.

Cal se echó a reír.

 Ed se muestra muy susceptible en lo que concierne a sus mujeres. Pero eso no debe importarle a usted. Pregúnte¬le qué ha venido a hacer aquí.

 Nada que les importe a ninguno de ustedes- replicó Nedra.

Zen se encogió de hombros y extendió sus manos como diciendo que no había nada que hacer con aquella fierecilla.

Cal asintió.

 Resolveremos este asunto más tarde. -Su tono indica¬ba que estaba absolutamente convencido de descubrir lo que deseaba saber. -Ahora vamos a cenar. Jake, manos a la obra.

Jake cruzó la calle y entró en otra casa, seguido por el grupo. Cal cerraba la marcha. En medio, Ed llevaba a Nedra cogida del brazo.

Al verlo, Kurt Zen volvió a lamentar el encontrarse de¬sarmado.

 

vi

 

La cena consistía en unos trozos de carne, que Jake guisó en una gran cacerola. Comieron en la mesa de la cocina,

 Por aquí abunda el ganado salvaje- explicó Cal , Esta era una buena región ganadera. Y quedan los restos de algunos rebaños. Las reses han aprendido a defenderse de los pumas.

Zen estaba ocupado vigilando a Ed. El patizambo seguía ávidamente todos y cada uno de los movimientos de Nedra, y procuraba estar lo más cerca posible de ella. Insistió en sentarse a su lado en la mesa.

Zen se mantenía silencioso. En su interior, se sentía pro¬fundamente preocupado. La noche empezaba ya a arrojar sombras sobre las montañas. ¿Qué sucedería cuando cayera la oscuridad? Tratando de alejar aquellas ideas de su mente, se encontró a sí mismo preguntándose si sería capaz de rom¬perle el cuello al patizambo con las manos desnudas. De-cidió que podía hacerlo, y que le gustaría, pero que también le gustaría continuar con vida después de hacerlo.

 Las muchachas que andan por las montañas tienen que aceptar lo que les suceda- dijo.

Niedra le ignoró. Ed le miró con una expresión de ira. Cal dejó oír una risita, pero continuó comiendo, sin decir nada. Jake comía como si no supiera lo que estaba haciendo ni dónde se encontraba. De cuando en cuando, miraba hacia el noroeste y blandía el puño en aquella dirección. Zen sabía que, en lo profundo de su mente enferma, Jake estaba soñando en lo que les haría a los asiáticos. Recordando a Mar¬cia, Zen no se lo reprochó.

Ed trató de arrastrar a la enfermera hacia el destartalado sofá que había en la habitación, pero ella se zafó del pati¬zambo y se sentó en una lata de pólvora vacía, ante la mirada de disgusto de su pretendiente. Dos personas no pueden sen¬tarse en la misma lata. Jake lavaba los platos en la cocina y luchaba contra unos imaginarios asiáticos. Cal encontró un asiento en un rincón, una posición que le permitía observar a todos los que se encontraban en la habitación. En el ex-terior, una lechuza siseó.

Ed dio un respingo al oír aquel sonido, cogió la mano de Nedra y trató de arrastrar a la muchacha hacia una escalera que conducía a algún desván. Cal se puso en pie y avanzó hacia la puerta.

 ¡Déjeme en paz!-  dijo Nedra.

 Pero, querida, tengo que sacarte de aquí... -apremió Ed. El patizambo estaba al borde del pánico.

 ¿Por qué?

 Porque el siseo de la lechuza es una señal. Los tipos que van a venir te separarán de mí- explicó Ed.

 Estupendo- dijo Nedra, aliviada. -Después de todo, en el mundo existe la justicia.

El tono de su voz revelaba que había empezado a dudar de aquello.

 Pero usted no sabe quiénes son esos tipos- protes¬tó Ed.

 No me importa quiénes puedanser. En estos momen¬tos, acogería con gusto al propio Satanás.

Las palabras iban dirigidas a Ed, pero Nedra miró a Kurt Zen mientras hablaba. Zen no trató de defenderse de la im¬plícita acusación.

 ¡Maldita sea! ¡No voy a permitir que la separen de mí!- gritó Ed.

Cogió de nuevo la mano de la enfermera, para arrastrarla hacia la escalerilla. Nedra le golpeó en la boca.

Enfurecido, con los puños cerrados, el patizambo se lan¬zó contra ella. Nedra se escondió detrás de Zen.

 Déjala en paz, Ed- ordenó Cal.

 ¡Es mía, me pertenece!- gritó Ed. -Sabes perfecta¬mente que fui el primero en verla. ¡Tú mismo lo dijiste!

El patizambo estaba fuera de sus casillas.

 Si el teniente decide que la quiere para él, probable¬mente serás el primero en morir- comentó el hombre an¬drajoso. Luego se encogió de hombros. -Sin embargo, se trata de tu entierro, no del mío. Aunque lo más probable es que ni siquiera te entierren.

La lechuza volvió a sisear, esta vez junto a la casa. Cal abrió la puerta. Entraron un teniente y cuatro soldados. Zen vio los sucios uniformes y los ojos almendrados en unos ros¬tros amarillos y supo que se trataba de unos hombres de Cuso. Al entrar en la habítación, el teniente asumió el mando.

 ¿Quién es ése?- inquirió, señalando a Zen. No había visto aún a Nedra, que continuaba detrás de Kurt.

 Un coronel que ha abierto los ojos a tiempo y se ha puesto de nuestro lado- respondió rápidamente el hombre andrajoso.

 Bien. Cuso se alegrará de hablar con él.

La mueca del teniente no dejaba lugar a dudas acerca del significado que se ocultaba detrás de sus palabras. Los mé¬todos de Cuso para extraer información de cualquier persona lo bastante descuidada como para caer en sus manos eran muy conocidos.

 Será un privilegio hablar con el gran caudillo de las fuerzas asiáticas- dijo Zen.

Notó que el sudor empezaba a empapar su cuerpo. En cuanto había aparecido el teniente, supo que Cal era un es¬pía que suministraba información a Cuso.

 Estoy convencido de que Cuso opinará lo mismo en lo que a usted respecta- dijo el teniente. Su rostro se contrajo al ver a Nedra detrás del coronel. Alzó el rifle que empu¬fiaba. -¿Quién es esa mujer?- preguntó.

 Una enfermera que también se ha unido a nosotros- se apresuró a explicar Cal.

 ¿Qué está haciendo detrás de ese hombre?

 Ed quería que subiera al piso con él, y ella se ocultó detrás del coronal- explicó Cal.

Un tic había hecho su aparición en la mejilla derecha del hombre andrajoso.

 ¡Oh!- exclamó el teniente. -Acérquese, por favor.

Cuando Nedra se colocó al lado de Zen, los labios del teniente se distendieron en una sonrisa.

 Ssssí. ¡Oh, sssí! Cuso querrá hablar con ella, estoy ab¬solutamente convencido.

Ed, pálido como un muerto, empezó a protestar. Pero echó otra mirada al rifle que empuñaba el asiático y cambió de idea. El castañeteo de sus dientes se hizo audible en toda la habitación.

 ¿Por qué haces ese ruido?- inquirió él teniente, mi¬rándole.

 Hace... hace mucho frío aquí- tartamudeó Ed.

Mientras el patizambo hablaba, Zen se dio cuenta de que la temperatura de la habitación había descendido más de lo que parecía razonable. El haber abierto la puerta, con la con¬siguiente entrada del aire fresco de la noche, no justificaba el repentino descenso de temperatura de la habitación.

Aquel frío era distinto a cualquiera de los que Zen había experimentado hasta entonces. Parecía iniciarse en la medu¬la de los huesos y abrirse camino hacia afuera, alcanzando la superficie de la piel en último lugar.

 Quiero comer- dijo el teniente.

 Desde luego- asintió inmediatamente Cal. -¡Jake! ¡Comida para el caballero!

Jake, con ojos enturbiados, estaba de pie ante la puerta que conducía a la cocina. La expresión de su rostro indicaba que estaba a punto de echarse encima de los asiáticos.

-¡Métete en la cocina!- gritó Cal.

-Bueno, bueno, de acuerdo- dijo Jake, desapareciendo de la vista.

 Ese tipo no está bien de la cabeza- comentó el te~ niente.

 Sólo está un poco atontado- dijo Cal, a la defensiva.

El teniente frunció los labios.

 Me olvidé de mencionar que he dejado a algunos de mis hombres fuera.

 Hágales entrar- se apresuró a decir Cal. -Probable¬mente estarán hambrientos. Y tendrán frío.

 Creo que voy a dejarlos donde están- dijo el tenien¬te. -Han instalado una ametralladora en el extremo de la calle.

 Comprendo- dijo Cal.

 La ametralladora cubre esta casa- continuó el oficial.

 ¡Oh!- murmuró Cal.

Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Comprendía per¬fectamente lo que el teniente habla querido sugerir.

A Kurt Zen le pareció que la temperatura de la habita¬ción había descendido otros diez grados. También él estaba temblando bajo los efectos de aquel extrafío frío que nacía en la medula de los huesos y se extendía hacia afuera.

De todos los presentes en la habitación, Nedra era la única que no parecía sentir los efectos del frío. Sus ojos brillaban y en su rostro había un cálido fulgor. Zen la observó por el rabillo del ojo. ¿Acaso ignoraba que había escapado de Ed sólo para caer en manos de los hombres de Cuso?

 ¿Qué le ha sucedido?- susurró al oído de Nedra.

Vueltos hacia él, los ojos de la muchacha tenían un brillo que parecía proceder de alguna luz que habla empezado a arder súbitamente dentro de ellos. El brillo se trocó de púr¬pura en violeta, y luego en ultravioleta. Después de aquello, Zen no pudo ver ya el brillo, pero sospechó que había alcan¬zado unas cotas aún más elevadas. Lo más sorprendente era el hecho de que Nedra no estaba ya asustada. Como si la confianza hubiese descendido repentinamente sobre ella.

 ¿Qué cree usted que me ha sucedido?

Su voz también había cambiado. Toda la tensión había desaparecido de ella. Semejaba ser la dueña de la situación, y saberlo.

Jake salió de la cocina.

 He captado unas vibraciones- anunció, con un estre¬mecimiento en la voz.

 Vuelve a la cocina- ordenó Cal, mientras el tenienté alzaba su arma.

 Sólo estoy tratando de decirte algo...

 Quien va a decirte algo soy yo, si no te metes pronto en la cocina- amenazó Cal.

La mirada de Jake recorrió la habitación, aunque era evidente que prestaba más atención a alguna visión o sonido internos que a las personas presentes.

 ¡Ahueca!- gritó Cal.

Jake volvió a meterse en la cocina.

El teniente inclinó el cañón del rifle. Ladró una orden a los hombres que le acompañaban, los cuales se alinearon de espaldas a la pared. El oficial avanzó hacia el hogar y se instaló en una silla.

 ¡Tú!- dijo. -¡Quítame las botas!

Se dirigía a Zen. Kurt midió la distancia hasta la man¬dibula del teniente. Por el rabillo del ojo, observó la posición de los soldados asiáticos.

"Demasiado arriesgado- pensó. -Tengo que vivir. Tal vez se me presente una oportunidad."

Cuando empezaba a arrodillarse, tropezó con Nedra, que estaba ya en el suelo deshebillando las botas del oficial.

 Si prefieres hacerlo tú, por mí, encantado- dijo el te¬niente, sonriendo.

 Es un privilegio, señor- respondió la muchacha.

Tiró de la pesada bota y luego del recio calcetín.

La probabilidad de que le hubiera salvado la vida a Zen era muy grande. Kurt se sintió invadido por una oleada de rabia ante su propia indefensión.

La sensación de frío en la medula de sus huesos estaba apareciendo de nuevo. Más fuerte ahora. Se dio cuenta de que las manos de Cal estaban temblando. Los dientes de uno de los soldados apoyados contra la pared castañeteaban audiblemente. Un segundo soldado parecía a punto de dormirse.

Zen descubrió, mientras bostezaba, que también a él le estaba entrando sueño. El teniente, sentado directamente en¬frente de él, estaba asintiendo.

¡Todo el mundo tenía sueño! ¿Por qué? ¿Acaso había sido introducido en la habitación algún gas sutil e inodoro? ¿Qué clase de gas? ¿Quién lo habla introducido?

¡Crash!

El rifle que uno de los soldados sostenía entre sus manos habíacaído al suelo, disparándose. El proyectil abrió un agu¬jero en la pared, a un palmo de distancia de la cabeza del teniente.

El oficial asiático se puso en pie de un salto, en tanto que el soldado que había dejado caer el rifle se deslizaba hasta el suelo y se quedaba tendido allí, roncando.

Al ver lo que había sucedido, el rostro del teniente se contrajo. Apretó el gatillo del arma automática que empuña¬ba. El soldado dormido se estremeció a medida que las balas se incrustaban en su cuerpo. Un hilillo de sangre brotó de su nariz y formó un pequeño charco en el suelo.

 ¡Yen thotem ke vos!- aulló el teniente.

Dos de los soldados se adelantaron a levantar el cadáver de su camarada muerto. El tercero permaneció inmóvil con¬tra la pared mientras sacaban al muerto de la casa.

Zen observó al tercer soldado. Era evidente que luchaba contra el deseo de dormir. Pero, en vista de lo que acababa de presenciar, procuraba no dejar caer el arma. Lentamen¬te, dejó que la culata de su rifle resbalara hasta el suelo. Luego apoyó el arma contra la pared y se sentó al lado de ella.

Estaba realizando inauditos esfuerzos para resistir al sue¬ño, pero el final de aquella lucha sólo podía ser uno: lenta¬mente, pulgada a pulgada, su cabeza se deslizó hacia adelan¬te. Finalmente, cayó sobre sus brazos plegados a través de las rodillas. Empezó a roncar.

El rostro del teniente era el de un tigre asustado de las profundidades de las selvas de Assam. El cañón de su arma cubrió al soldado dormido. Transcurrió una fracción de se gundo durante la cual el asiático estuvo a punto de ir a reunirse con sus antepasados.

Dándose cuenta finalmente de que aquel hombre no podía ser hecho responsable de su incapacidad para permane¬cer despierto, el teniente se contuvo. Dirigió una mirada circular a la habitación. Su rostro era el de un tigre que sospecha que ha sido cogido en una trampa, pero que no está seguro de la naturaleza de aquella trampa. Sus ojos se posaron en Cal.

 Yo... yo juro...- La voz del hombre andrajoso era una especie de murmullo incoherente.

¡También Cal se estaba quedando dormido!

 ¿Qué es lo que has hecho aquí?

 Na... nada. No he hecho nada... y no sé nada... Estoy tan sorprendido como usted.

 ¡Eres un embustero!

 No. Digo la verdad...- La cabeza de Cal se inclinaba de un modo irresistible hacia su pecho, y su voz se hacía cada vez más espesa y soñolienta. Con un esfuerzo de vo¬luntad, irguió la cabeza. -No... no sé nada. Algo... ¡Sí! Nunca habla visto nada parecido ... ¡Diablo! También yo estoy...

Cal volvió a dar cabezadas.

 ... soñoliento... tan cansado ... Voy a echar un sueñe¬cito.

Sus rodillas se doblaron y Cal se deslizó hasta el suelo, con la cabeza apoyada sobre un brazo doblado.

El teniente empezó a decir algo, pero sus palabras ape¬nas eran audibles. También él se estaba quedando dormido.

Kurt y Nedra eran las dos únicas personas que parecían capaces de continuar despiertas. La enfermera estaba reali¬zando desesperados esfuerzos para resistir a aquella extrafía somnolencia, Se volvió hacia Zen, el cual la acogió en sus brazos.

 ¿Qué ha sucedido?- preguntó Nedra.

 No lo sé- respondió Zen.

 ¿Por qué todo el mundo se está quedando dormido? ¿Es acaso la hora de acostarse?

 Posiblemente.

 ¿También usted tiene sueño?

Su voz era un fatigado susurro.

 Nunca tuve tanto sueño como ahora- respondió Kurt.

 Entonces, ¿por qué no... descabezamos un sueño?- mur¬muró Nedra.

Era la sugerencia más razonable que podía hacer. Suave¬mente, Zen la depositó en el suelo. El pecho de la muchacha empezó a subir y bajar a un ritmo regular.

Si había algo que Kurt deseaba hacer por encima de todo era tenderse en el suelo y dormir. Cada órgano de su cuerpo, cada célula, cada molécula, parecían gritar que necesitaban dormir. Notó que sus rodillas empezaban a doblarse. Tenla la impresión de que toda la fuerza escapaba de su cuerpo, de que sus músculos no podían sostenerle ya en pie.

 ¡No te duermas!- le gritó alguien.

Zen quedó sorprendido al darse cuenta de que las palabras hablan sido pronunciadas por su propia voz. Y quedó más sorprendido aún por lo furioso del tono.

Sus rodillas continuaban doblándose. A pesar de todos sus esfuerzos, su cuerpo seguía descendiendo hacia el suelo. Los músculos de sus largas piernas parecían haberse convertido en goma. Cayó de rodillas, pero se mantuvo incorporado apoyando las manos en el suelo.

El impulso para continuar el resto del camino hasta el suelo era como el flujo de una marea. Todos los pensamientos de su cerebro le hablaban de la deseabilidad del sueño. Sería maravilloso dormir, descansar, soñar, no despertar más.

Con una fuerza nacida de la desesperación, luchó contra aquel impulso. Una batalla empezó en el interior de su cuer¬po, un conflicto que parecía envolver a cada célula cerebral y a cada terminación nerviosa, y finalmente a cada grupo muscular. El dolor se hizo más intenso a medida que un músculo luchaba contra otro músculo, una célula nerviosa contra otra célula nerviosa, una parte del cerebro contra otra parte. Tra¬tó de obligar a su cuerpo a ponerse nuevamente en pie.

 ¡Arriba!- se ordenó a sí mismo.

Su cuerpo se estremeció, pero no hizo el menor movimiento. Se repitió la orden. El efecto fue el de aumentar el conflicto. Y el dolor. Nunca había conocido una agonía seme¬jante. Le envolvía de los pies a la cabeza.

¡Click!

Lo que sucedió tuvo lugar tan repentinamente, que pa¬reció producirse al margen del tiempo.

 

VII

 

Inmediatamente, mientras sonaba el click, Zen se encontró en el exterior de su cuerpo, contemplándolo. El dolor ha¬bía desaparecido. El conflicto muscular había quedado resuel¬to. 0, por lo menos, Zen no tenía ya conciencia de él. Com¬prendió que esta última era la verdadera explicación,

 ¡En pie!- le ordenó a su cuerpo.

Su cuerpo obedeció la orden. Incorporándose sobre ma¬nos y rodillas, se puso en pie.

El hecho no sorprendió a Kurt Zen. Sabía que iba a su¬ceder.

 Deja de temblar ordenó silenciosamente a su cuerpo.

-Inmediatamente, los temblores desaparecieron. El cuerpo conocía a su dueño,

Kurt Zen sabía también que ahora tenla una elección. Podía regresar a aquel cuerpo. 0 podía ir a... alguna otra parte. Pero sabía dónde era más necesario.

¡Click!

Fue como el chasquido de un interruptor. Un instante después Zen se encontraba de nuevo en el interior de su cuerpo, mirando a través de sus ojos, oyendo a través de sus oídos.

Se movió rápidamente, arrancando el rifle automático de las manos del teniente. Luego desarmó a los soldados. Tiró todos los rifles a un rincón y cogió la metralleta que Cal ha¬bía dejado caer al suelo, junto a él.

En aquel momento vio que Nedra estaba sentada, contemplándole. La expresión de su rostro era la de una chiqui¬lla soñolienta. al despertar por la mañana. Mejor dicho, quería serlo, sin demasiado éxito. Sus ojos estaban demasiado abier¬tos y su expresión era demasiado vivaz.

 Hola- dijo Zen. -De modo que decidió usted hacer un poco de comedia, ¿eh?

La idea penetró en su mente y las palabras surgieron de sus labios sin que apenas se diera cuenta.

 ¿Se ha dado cuenta?- inquirió Nedra.

 Desde luego- respondió Zen. -Cuando se quedó usted dormida, supe que era un truco destinado a sugerirme que también yo tenía sueño.

 Entonces, ¿por qué me permitió hacerlo?

 Quería comprobar hasta dónde se proponía llegar. Va¬mos. Tenemos que salir de aquí.

 ¿Y esos hombres? ¿Estári fingiendo también? -dijo Ne¬dra, señalando los cuerpos tendidos en el suelo.

 Están allí, vigilando  dijo Zen, señalando hacia el techo.

Se echó a reír.

Nedra le miró con una rara expresión.

 Creo que no está usted bien de la cabeza, coranel.

 Tanto mejor- replicó Zen. -Vamos. Tenemos que darnos prisa.

  Olvida usted una cosa, coronel.

 ¿Qué?

Nedra señaló al dormido teniente.

 Ese hombre dijo que habla dejado algunos soldados de guardia con una ametralladora.

 ¡Maldición! Lo había olvidado. Sin embargo, ése es un problema que puede ser resuelto.

 ¿Cómo?

 Así...

Avanzó hacia la ametralladora montada en la ventana de modo que su cañón cubriera la calle. Habla apoyado ya el dedo en el gatillo cuando se dio cuenta de que Nedra le ti¬raba del brazo.

 ¿Qué pasa?- inquirió Zen.

 No- dijo Nedra.

Su voz tenía un tono firme.

 ¿Está usted loca?- preguntó Kurt.

 No tenemos que disparar contra ellos- replicó la mu¬qhacha.

 ¿Por qué no?

 Porque están ya fuera de combate.

 ¿Eh? ¿Cómo lo sabe?

 Lo sé.

 Entonces, ¿sabe también cómo han sido dormidos esos hombres?

Su voz tenía un tono acerado.

Nedra se encaró con él sin temor.

 Sí.

 ¿Lo hizo usted?

 No.

 Entonces, ¿quién lo hizo?

 Venga y se lo mostraré.

 ¡Hum!- gruñó Zen. Echó a andar hacia la puerta, pero Nedra se le antícipó. -¡Cuidado! -advirtió. -Lo más probable es que la puerta esté cubierta...

Nedra abrió la puerta sin hacer caso de las protestas de Zen. Después de cruzarla, el coronel pensó que la noche era más fria de lo que normalmente cabía esperar. Nedra avan¬zó sin vacilar. A cincuenta metros de la casa había una ametralladora montada sobre un trípode en medio de la calle. Al lado de ella, Zen vio a dos hombres tendidos en el suelo. En el silencio nocturno, oyó que roncaban.

 De acuerdo- dijo. -He de admitir que estaba usted en lo cierto. Pero, si no ha hecho usted eso, ¿quién lo ha hecho?

 Dentro de unos instantes tendrá usted una respuesta a su pregunta- dijo Nedra.

Una manzana más allá del lugar donde se encontraba la ametralladora, una alta figura se recortaba en el umbral de un edificio en ruinas.

 ¡Eh, muchachos!- dijo.

Al oír el sonido de aquella profunda voz de bajo, Zen supo que era West, el cual no pareció sorprenderse lo más mínimo al ver al coronel.

 ¿Qué diablos está usted haciendo aquí?- preguntó Zen.

 Tengo asuntos que resolver- respondió West, en un tono que hizo que Zen se sintiera como un escolar repren¬dido por un maestro amable, pero firme.

 ¿Hizo usted que esa gente se durmiera?- continuó Zen.

 ¿Se ha dormido alguien?- inquirió West. -Hum...

 Sí- dijo Zen.

  ¿Se ha visto en alguna dificultad?- le preguntó West a Nedra, ignorando a Zen.

 Yo diría que sí- respondió la muchacha. -La verdad es que he estado a punto de ser raptada. Temí no poder reunirme con usted.

 Estaba ocupado y no pude recogerla en seguida- dijo West. Su voz era un murmullo en la oscuridad. No pareció sorprendido cuando la muchacha mencionó lo que había estado a punto de ocurrir. El coronel la siguió, ¿eh?

 Sí. Ya le dije que lo haría.

 ¿Cómo podía saber que iba a seguirla?- inquirió Zem

Con el rifle automático del teniente en las manos, se sen¬tía muy seguro.

 Cualquier mujer le hubiese sabido- respondió Nedra. Su risa tintineó en la oscuridad. Encontrando el brazo de Zen, lo oprinuió suavemente.  Es un miembro de la nueva gente- añadió, dirigiéndose a West.

Zen deseó que se lo tragara la tierra. West no mostró la menor sorpresa.

 Hum...- murmuró. -Eso es muy agradable.

Pero en su voz había aparecido una nota de reserva.

 Vamos a entrar- dijo Nedra. -Ha sido un día muy agitado y estoy tan cansada que tengo la impresión de que ando sobre los huesos de mis piernas, en vez de bacerlo so¬bre mis pies.

 Lo siento- dijo West, sin moverse.

 ¿Qué pasa?- Preguntó Nedra, en tono alarmado. -¿No cree usted que el coronel es uno de los nuestros? Le he di¬cho que lo era.

 No he dicho que no la creyera a usted. Pero, ¿y si se equivoca?

 No puedo equivocarme. Me ha seguido, ¿no? Eso de¬muestra que estoy en lo cierto.

 Los hombres han estado siguiendo a las mujeres desde que Bhumi empezó a girar- replicó West. -¿Y si se equi¬voca usted?

 ¡Oh!- murmuró Nedra, desalentada.

 En ese caso, ¿quién acabarla con él?

 ¡Oh!- volvió a murmurar Nedra, cada vez más desa¬lentada.

 Ya conoce usted las normas. No podemos tener entre nosotros más que a verdaderos mudables.

 Sí.

 En el caso de que alguien nos traiga una persona que no es un verdadero mudable, tiene la obligación de elimi¬narle.

 Lo sé-  dijo Nedra.

 Por lo tanto, tendría que ser usted quien eliminara al coronel,  continuó West. -¿Podría hacerlo?

 Bueno, no quisiera...- vaciló Nedra. -Pero lo haría.

 Espero que no me veré obligado a recordarle su pro¬mesa- dijo West. -Bien, pueden entrar los dos. Es decir, si el coronel lo desea,

 Desde luego- asintió Zen. -Ninguno de ustedes es capaz de eliminar a nadie.

Hablaba con aparente seguridad, pero en su fuero inter¬no experimentaba serias dudas, Ninguno de los miembros de la nueva gente había traicionado nunca a su grupo. Eso quería degir algo.

Nedra encontró el brazo de Zen.

 ¿Lloraría usted después de haberme eliminado?- pre¬guntó Kurt,

 Sí.

 Pero, el saber que iba a llorar, no le impediria liqui¬darme, ¿verdad?

 No.

 Bueno, sería una idea agradable, después de todo, aun¬que no me favoreciera en nada.

 Lo dice usted como si no le importara demasiado- dijo la muchacha.

 Hay veces en que estoy convencido de que la muerte sería una bendición- afirmó Zen en tono grave. -La vida allí- extendió la mano sefialando las lejanas llanuras  llega a hacerse fastidiosa. No soy aficionado a hacer frases, pero lo que le digo es la pura verdad.

La enfermera permaneció silenciosa.

 Sí, lo comprendo- dijo finalmente  . -Hubo una época en que también yo opinaba así.

 ¿Tendremos que andar mucho antes de llegar a...

-¡Diablo! ¿Adónde vamos ahora, si es que vamos a alguna parte?- preguntó Zen.

 Vamos a nuestro centro- respondió Nedra.

 Hum...- murmuró Zen.

Deseaba decir algo más, pero decidió que le convenía andarse con cuidado.

West les precedió por un antiguo túnel excavado en la la¬dera de la montaila.

 

VIII

 

 ¿Aquí está el centro?- preguntó Zen.

 Desde luego- respondió Nedra.

 Pero, ¿cómo es posible que Cal y sus compinches no lo hayan descubierto?

 Ni siquiera están enterados de nuestra existencia- ex¬plicó Nedra. -Y, si la conocieran, no creo que se atrevieran a meterse en los túneles.

 En efecto, el túnel está protegido por una red de cables  dijo West,

 ¿Quiere usted decir que recibirían una descarga eléctrica de alta tensión si se aventurasen a entrar?

 No se trata de eso, precisamente- respondió West. -En dos lugares, hay instalados en las paredes unos genera¬dores de alta frecuencia, de modo que una persona que entre en el túnel quede saturada de sus radiaciones, las cuales in¬troducen adrenalina en su cuerpo. El resultado es que repentinamente experimenta un intenso temor.

 ¿Eh?- exclamó Zen, asombrado. -¿Un generador de miedo?

 Exactamente.

 Pero... ésa sería un arma muy poderosa.

 Sí, lo sería- asintió secamente West.

 Si pudieran generar ustedes semejantes radiaciones con la suficiente intensidad y cubrir con ellas una zona lo bas¬tante amplia, podrían aterrorizar a una división, quizás in¬cluso a un ejército.

Zen estaba visiblemente excitado. Sabía que los científi¬cos estaban investigando desesperadamente, tratando de en¬contrar una nueva arma capaz de terminar con la guerra. Tal vez aquí había un arma semejante.

 Es muy posible- ~admitió West.

 ¿Está enterado el Gobierno de eso?

 Creo que no.

 ¿Quién ha inventado esa arma?

 Su invención se atribuye a Jal Jonner- dijo West.

 ¡Oh! -exclamó Zen.

El nombre de Jonner se había convertido en una leyenda de los tiempos en que había gigantes en la tierra, hombres poderosos cuyo pensamiento había ido más allá del concep¬to de naciones para prever una raza que se integrase en un solo ideal, superadora de los dogmas económicos, para afir¬mar que mientras existiera un hombre hambriento sobre la faz de la tierra, ningún ser humano con una comida comi¬pleta ante él era libre para alimentarse en paz y seguridad. El pensamiento de Jonner había ido también más allá de un planeta para ver un sistema solar... y más allá de él un universo.

 Aquí está el primer generador-    dijo West. Proyectó el rayo de su linterna contra la pared  . -Desde luego, no hay nada que ver. Pero podrá usted sentir algo.

Cuando el coronel avanzaba, se sintió súbitamente asal¬tado por una sensación de miedo. Le pareció que le rodeaba un gran peligro, posiblemente mortal. Recordó la primera vez que entró en combate, el zumbido de los proyectiles de la artillería, el fragor de las explosiones, el estremecimiento del suelo.

Al propio tiempo, su cuerpo empezó a temblar.

"¡Corre!- gritó una voz en su interior  . -¡Huye de aquí! ¡Salva tu vida!"

Reprimió el impulso de echar a correr.

 Es un efecto muy interesante- comentó. -¿Tiene la misma eficacia sobre todas las personas?

West continuó andando sin contestar a la pregunta. Ne¬dra oprimió su brazo en silencio.

West no dijo dónde se encontraba el segundo generador, pero Zen notó que sus radiaciones le alcanzaban, mucho más intensas que antes. Esta vez estaba mentalmente preparado, pero a su cuerpo no le ocurría lo mismo. Notó que sus músculos se agarrotaban. Los gritos incitándole a echar a correr eran ahora como el desesperado ulular de un lobo enloquecido,

Zen continuó andando. Salió de la zona de radiación tan bruscamente como había entrado en ella. Delante de él, West caminaba en silencio. Al parecer, ni West ni Nedra habían sido afectados por las radiaciones. ¿Qué clases de personas eran, para poder caminar a través del infierno sin verse afec¬tados por su influencia? se preguntó Zen, mientras secaba el sudor que empapaba su frente,

Poco después, West gruñó algo y paseó la luz de su lin¬terna sobre una de lar paredes. Volvió a gruñir. La pared empezó a retroceder y apareció una puerta. Desde el túnel, la pared parecía una piedra maciza, pero a medida que se abría la puerta Zen pudo comprobar que la parte trasera era de metal. Un túnel iluminado conducía a una amplia galería.

 Entre  dijo West.

 ¿Quién ha hecho todo esto?- ínquirló Zen.

 Esta antigua mina pertenecía a Jal Jonner. Él y sus hombres cegaron los túneles más profundos, los ensancha¬ron, instalaron un sistema de ventilación, construyeron labo¬ratorios y viviendas y convirtieron esto en un mundo oculto y confortable.

Zen se dio cuenta de la inutilidad de sus preguntas. La respuesta era siempre la misma: Jal Jonner lo había hecho todo, a excepción quizás de poner los cimientos del mundo.

 Comprendo- dijo. -Hizo todo esto antes de morir.

Ninguno de los informes que había leido mencionaba esta actividad, ni siquiera aludía a ella, pero a Zen no le pareció oportuno decirlo.

 No- denegó West.

 Pero, acaba usted de decir...

 Lo hizo después de morir- explicó West.

 ¿Cómo?- se extrafló Zen. -Perdone, pero creo que hay una pequeña confusión. Me ha parecido oírle decir a usted que Jonner hizo todo esto después de morir.

 Eso es lo que he dicho. Eso es lo que he dicho- repi¬tió tranquilamente West.

 Yo...- Zen cambió apresuradamente de idea acerca de las palabras que estaba a punto de pronunciar. En su in¬terior, se preguntó si West estaba incurablemente loco. ¿Cómo podía construir nada un hombre muerto?  Me doy cuenta de que no estoy demasiado familiarizado con lo que realmente ocurrió. Lo siento mucho, pero no he tenido tiem¬po de aprender.

 Comprendo-  dijo West. -No necesita disculparse. Aquí aprenderá.

 Bien- dijo Zen.

Dudaba si se sentía mejor debido a que su explicación había sido aceptada. Las últimas palabras de West habían tenido un ominoso retintín.

 Su falta de familiaridad con la historia de Jonner es evidente- continuó West.

 Pero, si estaba muerto...

 Jonner no murió- explicó pacientemente West. –Fue enterrado. Sobre su tumba se erigió un bello monumento. Pero él no estaba en la tumba.

 ¡Cada vez lo entiendo menos!- exclamó Zen. -¿Por qué todo ese lío?

 Para despistar a los agentes del servicio de informa¬ción demasiado curiosos- respondió West, en tono muy serio.

Zen ignoró la encubierta amenaza. Estaba dentro, y esto era lo que importaba. También le intrigaba la idea de uno de los más precoces hombres de ciencia del mundo -Jal Jonner , escondiéndose en un lugar en el cual podía traba¬jar sin ser molestado en compañía de otros hombres que compartían su sueño. ¿Sería posible que aquella caverna sub¬terránea fuera en realidad una moderna Arca de Noé, exca¬vada en el corazón de una montaña a fin de que al menos unos cuantos humanos pudieran escapar al diluvio de fuego?

La idea impresionó a Zen. Habla leido la predicción de que la Tierra sería destruida por el fuego. Y aquí existía la prueba de que al menos un ser humano había tomado la predicción lo suficientemente en serio como para construir un refugio a prueba de bombas y de radiaciones.

 Parece usted pensar seriamente- observó West.

 Quizás por primera vez en mi vida, estoy haciendo exactamente eso. Mi cerebro trabaja a toda presión.

 ¿Le sorprende lo que ha encontrado aquí?

 No. Es decir, no demasiado. Más bien puede decirse que me siento complacido.

 Bien- West parecía estar satisfecho. -Ahí está John que viene a recibirnos.

Su rostro se iluminó mientras un joven alto salía de un túnel contiguo y se adelantaba a su encuentro. Saludó respetuosamente a West, miró brevemente a Zen, pero la enfer¬mera atrajo y retuvo su interés.

 ¡Nedra! ¡Has regresado!

 Desde luego que he regresado, John.

Como si fuera la cosa más natural del mundo, Nedra per¬mitió que John la cogiera en sus brazos. West sonrió con benevolencia. En cuanto a Zen, apartó cuidadosamente la mirada.

 Este es el coronel Kurt Zen- dijo West.

El joven alto alargó una mano y dijo que estaba encan¬tado de conocer a Kurt. Tenía un rostro moreno, las meji¬llas flacas y ligeramente hundidas, pero sus ojos eran cla¬ros y su apretón de manos tenía una firmeza que no llegaba a resultar ofensiva.

 Imagino que Kurt estará cansado- dijo West. -Si quisieras buscarle un lugar donde alojarse, John...

 Con mucho gusto- dijo el joven alto  . -Venga conmi¬go, Kurt.

Zen dio las buenas noches a Nedra y a West y siguió a John. Estaba terriblemente cansado. La fatiga agarrotaba sus músculos y sus nervios. Sabía que se sostenía en pie gracias a un sobrehumano esfuerzo de su voluntad.

 Le cederé mi habitación-  dijo John.

 No quisiera privarle a usted de su alojamiento, amigo mía- protestó Zen.

 No se preocupe- dijo John. -Pasaré la noche con Nedra.

 Hum...- gruñó Zen.

Los celos que experimentó casi le hicieron olvidar lo can¬sado que estaba.

La habitación era tan sencilla como la celda de un mon¬je. La cama, de madera de pino sin desbastar y con unas cuerdas en vez de somier, no tenía colchón. En una pe¬quefia repisa, a la cabecera, había unos cuantos libros.

 Espero que esté usted cómodo aquí- dijo John. -¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

 Nada. Gracias.

John escogió un libro de la estantería colocada a la cabe¬cera de la cama y preguntó ansiosamente si había algo más que pudiera hacer a fin de que el coronel pasara una noche cómoda. Zen respondió negativamente y el joven se marchó con su libro. Bueno, pensó Zen, si el joven iba a pasar la noche con Nedra, al menos habría un libro entre ellos.

Colocó el rifle automático del teniente en un lugar que le permitiera alcanzarlo fácilmente. Su contador le dijo que no había la menor radiactividad en el ambiente.

Al tenderse en la cama, su mirada recorrió la hilera de libros del estante. Uno de ellos -mejor dicho, el nombre de su autor  retuvo su atención: Jal Jonnor.

Se sabía que Jonnor había escrito varios libros, pero muy pocos habían sobrevivido. Ni siquiera la Biblioteca del Con¬greso los posela.

Mientras leía la introducción, Zen se olvidó de su cansan¬cio y del lugar donde se encontraba. Inmediatamente supo que había entrado en contacto con las susurrantes aguas de la propia vida.

 

 

INTRODUCCION

 

Para empezar, voy a hacer una afirmación inexacta. Voy a decir que la lectura de este libro puede abrir una nueva vida para ti. Ahora, permíteme explicar por qué esa afirma¬ción es inexacta.

En Primer lugar, es inexacta porque éste no es el princi¬pio de tu vida. Ese princípio tuvo lugar hace millones de años: más millones de años de los que yo pueda mencionar aquí.

De modo que tu vida no empezará con la lectura de estas palabras. En cuanto a la utilización de la palabra "nueva", también es una inexactitud. Para ti, las ideas expresadas en este libro pueden resultar nuevas. Pero no son nuevas en el sentido de que no acaban de ser creadas, de que ni siquie¬ra las he creado yo. Estaban implícitas en la formación de la Primera molécula de protoplasma que existió sobre este Planeta. Por lo tanto, son tan antiguas coma la vida,

La norma que tú puedes, o no puedes, seguir, se encon¬traba en la primera molécula de protoplasma que apareció sobre este planeta, como la Ley del Crecimiento.

Sin embargo, no existe ninguna ley que exija que una especie de este planeta, ni siquiera todas las especies combi¬nadas, deban sobrevivir al crecimiento hasta alcanzar su completa estatura. La posibilidad de crecimiento se encuen¬tra implícita en toda farma de vida; es latente, y capaz de desarrollo en todas las especies. Sin embargo, la especie que no aprovecha la oportunidad que se le ofrece, que no consigue desarrollar su potencial, debe dejar paso inevitablemen¬te a la especie que se está desarrollando. En su época, los dinosaurios gobernaron el planeta. Tuvieron su oportuni¬dad, pero no consiguieron desarrollarse.

¿Dónde están ahora los dinosaurios?

La Ley es Crecer o Morir. Y ESTA LEY TAMBIÉN TIE¬NE VIGENCIA PARA EL HOMBRE.

Este libro puede ser considerado coma un punto de parti¬da de tu aventura en el próximo desarrollo, del hombre. Es el primer libro de texto que recibirás. Es el comienzo del camino.

Los progresos que realices en ese camino, el dominio que adquieras de la Ley del Crecimiento, dependen, en gran par¬te, de ti. Recibirás ayuda, a veces sin que lo sepas, pero no será la clase de ayuda que retrase o debilite tu crecimien¬to. La nueva gente no será ayudada... demasiado. Necesita¬rán fortaleza, y la fortaleza s6lo se adquiere a base de supe¬rar obstáculos.

El próximo paso que dará la raza -si sobrevive a sus propios impulsos autodestructores  será de tal naturaleza que exigirá la máxima fortaleza y el máximo valor de aque¬llos que participen en él.

Aquel paso, justoes decirlo, será en dirección a un de¬sarrollo más elevado de la conciencia.

Buena suerte... y que Dios sea contigo.Jal Jonnor. El Gran Sur. Julio de 1971.

 

Escrito en 1971, el libro tenía ahora una antigüedad de 49 años, decidió Zen después de un rápido cálculo. La guerra habla empezado en 2009. Y ahora corria el aflo 2020.

Avidamente, se adentró en la lectura del capítulo primero. Le pareció que su vida estaba empezando, que todo lo que le había sucedido y lo que había hecho hasta entonces era una preparación para aquel momento, cuando la vida empezara realmente.

Después de leer dos páginas, llegó a la conclusión de que, si aquél era un primer texto, el siguiente seria verdadera¬mente difícil. El libro empezaba con unas matemáticas dos veces más complicadas que el cálculo integral. Mientras tra¬taba de concentrarse, notó que las cifras se hacían borrosas a sus ojos. Luego, a medida que le vencía la fatiga, toda la página se hizo borrosa y desapareció. Zen estaba dormido.

Pero no estaba realmente dormido. El cuerpo dormía. Pero él no era el cuerpo. Él era la conciencia que animaba al cuerpo. Y la conciencia no dormía nunca.

Despertó al contacto de una mano en su hombro.

 

IX

 

Al volver a la conciencia, Kurt Zen se dio cuenta de que, al tiempo que despertaba, algo que había estado experimen¬tando y que había sido muy importante se borraba de su memoria, como un fantasma gris alejándose lentamente en¬tre nieblas.

Nedra estaba sacudiéndole por el hombro y le sonreía.

 Despierte, dormilón. Lleva usted dieciocho horas en la cama.

El rostro de Nedra tenla una expresión radiante.

 Está usted muy guapa- murmuró Zen, recordando lo que John había insinuado. -¿Ha dormido bien?

 Un par de horas.

 ¿Nada más?

 No necesitaba dormir más.

Zen estuvo a punto de preguntar: "¿Sola?", pero se con¬tuvo a tiempo. Contempló pensativamente a la muchacha,

 Parece usted muy contenta -dijo , sin añadir que en su experiencia las mujeres que parecían tan contentas sólo tenían un motivo para ello.

 ¿Por qué no tendría que estarlo? Después de pasar tanto tiempo en el desierto, vuelvo a encontrarme en la antesala del cielo.

 ¿Qué es el desierto?

 El mundo de allá abajo...

Extendió la mano en un gesto que incluía las invisibles llanuras que se alargaban más allá de las montafías.

 ¡Ah, sí!- asintió Zen. -Antes de quedarme dormido estuve leyendo un libro fascinante. Voy a ensefiárselo...

El libro no estaba sobre la cama. No estaba en la estan¬tería. Ni en el suelo.

 Ha desaparecido- dijo Zen. Miró a su alrededor. Des¬cubrió que faltaban otras cosas. -¡El rifle del teniente! ¡Y mi mochila!

 Tal vez ha soñado que ha estado leyendo un libro.

 Pero no he soñado el rifle y la mochila. Estoy seguro de haberlos traído.

 Puedo explicarle eso. Se los han llevado.

 ¿Eh? ¿Por qué?

 Aquí no están permitidas las armas. Por ese motivo se llevaron su rifle y su mochila.

 Hum...

Zen trató de apartar aquellas cosas de su mente, con la intención de hablar de ellas más tarde. Algo más importante había sucedido. ¿Qué era? Un recuerdo de su sueño cruzó por su mente, pero desapareció antes de que pudiera rete¬nerlo. Enarcando las cejas, dijo:

 Sé...

Mientras trataba de hablar, lo que se proponía decir se borró de su mente.

 ¿Qué es lo que sabe?- inquirió Nedra.

 Todo.

En el rostro de Nedra se reflejó una expresión de sorpresa.

 Es mucho saber para un hombre. ¿Estás seguro?

-Si.

 ¿Completamente seguro?

 ¡Sí!

Una emoción que era como una cortina abriéndose y ce¬rrándose cruzó por el rostro de la muchacha.

 Bueno, en ese caso, dígame cosas.

 Lo haría, si no fuera porque no puedo recordarlas.

La duda asomó a los ojos color violeta.

 Lo que necesita es un buen desayuno. Sus niveles de azúcar en la sangre están demasiado bajos. El desayuno se ocupará de eso.

Su voz era firme y segura.

 Necesito un buen desayuno- convino Zen, cpn voz igualmente firme. -Pero hay algo que no necesito: un re¬conocimiento por un explorador de cerebros.

 ¿Un qué?

 Un psiquiatra -explicó Zen. -Les llamo exploradores de cerebros porque eso es lo que hacen. ¡Oh!, tal vez nece¬site ese reconocimiento, pero no estoy dispuesto a someter¬me a él.

El desayuno consistió en unas gachas de maíz, con man¬tequilla y miel. No había café, pero Zen había aprendido a pasarse sin él. Comió vorazmente.

 Nunca había tenido tanta hambre- confesó Zen. -¿De dónde proceden estas provisiones?

 Nos hacemos con ellas- respondió Nedra evasiva¬mente.

 ¿Se dedican acaso a saquear la región, como los hom¬bres de Cuso?

 No, coronel- replicó la muchacha, muy seria. -No¬sotros no somos ladrones.

 Bueno, ¿dónde obtienen la comida? Ignoro cuántos de ustedes hay aquí, pero si son un centenar, por ejemplo, los suministros tienen que representar un verdadero problema.

Estaba tirando el anzuelo para ver si pescaba la información acerca del número de personas ocultas en aquella antigua mina.

 En realidad, se necesita muy poca comida.

 ¿Acaso no comen?

 ¿Está usted leyendo mi mente?- preguntó la mucha¬cha. -Si es así, sepa que el hacerlo no está considerado como correcto entre nosotros- Nedra estaba furiosa. -Y, además, si insiste, cerraré mis pensamientos para usted.

Zen, con una cucharada de gachas a medio camino de su boca, quedó tan sorprendido que trató de hablar y de engullir las gachas al mismo tiempo, con el resultado de que se atragantó. Las últimas palabras de Nedra abrían amplios horizontes a la especulación mental. ¿Sería en realidad una cosa corriente en aquel refugio la lectura del pensamiento?

 Lamento de veras que se haya atragantado- dijo Ne¬dra, palmeando la espalda del coronel.

 No siga dándome golpecitos...- protestó Zen,

Si Nedra había creído que él leía sus pensamientos, ¿Sig¬nificaba eso que ella era realmente capaz de leer los suyos? ¿Podían todas aquellas personas leer sus pensamientos?

 Coronel, creo que se está ruborizando-  dijo Nedra, con un centelleo en los ojos.

 No- mintió Zen. -En realidad, me estaba pregun¬tando...

 ¿Si soy o no capaz de leer su pensamiento? Ya le he dicho que entre nosotros no es correcto.

 Correcto o no, parece usted saber lo que yo estaba pen¬sando.

 No es necesario leer en su mente para saber lo que está pensando si hay una mujer guapa de por medio- dijo Ne¬dra melindrosamente. -Lleva escritos los pensamientos en la cara.

 ¡Uh!- La confusión de Zen iba en aumento. Nedra era demasiado perspicaz. ¿Estaba acaso jugando con él, di¬virtiéndose? Si era así, podían ser dos a jugar. -Bueno, puesto que sabe ya lo que pienso, ¿qué opina de ello?- in¬quiríó, mirándola osadamente.

Nedra comprendió lo que Zen acababa de insinuar. Por un instante, los ojos color violeta se entristecieron. Parecían indicar que Nedra estaba decepcionada con Zen, que había esperado algo mucho mejor de él.

 Ya le dije en cierta ocasión...

 Sí, lo sé. Va usted a lavar mi cerebro con jabón. Pero, vamos a dejarlo para más tarde. Ahora tengo hambre.

 Es usted uno de los hombres más desconcertantes que he conocido- dijo Nedra, mientras se disponía a llenar de nuevo el plato de Zen. -Y uno de los más rápidos...

 Creí que íbamos a dejar de lado ese tema- protes¬tó Zen.

 Iba a decir de los más rápidos en el terreno mental- replicó Nedra. -Y si no deja usted de interrumpirme para hacer juegos de palabras, voy a darle un coscorrón. Cuando termine con el desayuno, Sam quiere verle.

 ¿Sam?- inquirió Zen, sin el menor entusiasmo.

Por algún motivo, aquella mañana no le apetecía ver a West. Pero habla el asunto de la mochila y del rifle desapa¬recidos, y Zen suponía que West podría aclarárselo.

West estaba solo en la habitación a la cual Nedra con¬dujo a Zen cuando éste terminó de desayunar. Al entrar los dos jóvenes, West, que se encontraba de espaldas mirando a través de una ventana, se volvió y les hizo una seña para que se acercaran. Kurt Zen se asomó a la ventana y con¬templó un paisaje impresionante. Directamente debajo de ellos, el acantilado descendía centenares de pies, una inter¬minable pared de roca. A la izquierda, trepando hacia el cie¬lo, se erguía el pico de la montaña, de macizo granito. Se encontraban en el mismo lindero del bosque. Más abajo empezaban los árboles: abetos rojos y álamos temblones, extendiéndose sobre una serie de colinas que ocultaban más de lo que revelaban. A lo lejos se divisaban unas agrupacio¬nes de cúmulos, fraguando una tormenta más allá de las montañas.

 

La majestad púrpura de las montañas encima de la ubérrima llanura...

 

Kurt recordó la antigua canción. Debajo de él estaba... América. 0 lo que quedaba de ella. Se le hizo un nudo en la garganta y notó una rara opresión en la boca del estó¬mago. Kurt había amado a aquel país.

América se había alzado en armas por la libertad. Sus hijos habían luchado por ella, en los campos de batalla de todas las partes del mundo, desde el África Ecuatorial reco¬cida por el sol hasta las heladas estepas del Asia Central. Mientras sus hijos habían encontrado tumbas, luchando por la libertad, algo le había ocurrido a la libertad por la cual luchaban.

Nadie sabía exactamente lo que había sucedido, pero la libertad habla desaparecido. Posiblemente se había perdido a medida que una emergencia seguía a otra emergencia en el escenario internacional; posiblemente había sido estran¬gulada con cinta roja a medida que una norma seguía a otra norma en el escenario nacional. También en América, como en los países extranjeros, había llegado el momento en que todos los actos que no eran obligatorios estaban prohibidos.

Así había muerto la libertad.

 ¿Tanto lo siente usted, coronel?- inquirió West en voz baja.

Su rostro estaba muy serio, y cada una de sus arrugas parecía labrada en otra clase de granito, mucho más duro.

 ¡Parece tan vergonzoso!- exclamó Zen. -Yo amaba este país. Era mi patria.

 Somos muchos los que lo amábamos.

 ¿Muchos?- dijo Zen. -Viniendo de usted, esas pala¬bras suenan un poco raras.

 Todos nosotros hemos amado este país, coronel, y los principios por los cuales se puso en pie. Por eso estamos aquí.

La voz de West se había hecho más suave, al tiempo que aumentaba la seriedad de su rostro.

 Unas palabras muy hermosas- dijo Zen. -Sin embar¬go, si algo he aprendido, es que las palabras no cuestan dine¬ro. Son ustedes unos fuera de la ley, ocultos aquí, y no obstante hablan de amor a la patria a la cual no han querido servir.

Notó lo ronco de su voz mientras hablaba.

 Una frase muy valiente, coronel- aplaudió West. En sus ojos habla un centelleo que lo mismo podía ser de admi¬ración que de contenido furor  . -De un modo especial te¬niendo en cuenta que se encuentra usted en poder de esos... fuera de la ley.

 Muy valiente- convino Nedra. -Y muy estúpido.

 No me ha traído usted aquí para decirme que me en¬cuentro en su poder- replicó Zen. -Ni para comentar mi valentía. Ni mi estupidez.

 Creo que puede leer los pensamientos- dijo Nedra.

 Yo estoy convencido de ello- respondió West. -Si no poseyera esa capacidad, en algún grado, por lo menos, no estaría aquí.

 Yo, a mi vez, creo que ustedes dos están chiflados- dijo Zen. -No estoy representando ningún número de lectura del pensamiento.

 De un modo consciente, no, desde luego-, convino West. -Usted cree que sus pensamientos son propiamente suyos. A menudo lo son. Pero también hay veces que tienen su origen en los de otra persona. Sin embargo, antes de que me diga que no le he traído aquí para discutir su capacidad, o su falta de capacidad, para leer los pensamientos ajenos, voy a enseñarle un motivo de que le haya llamado. Coja los prismáticos y enfóquelos sobre aquel grupo de pinos, en línea recta con la montaña. Dígame qué es lo que ve allí.

 Caballos- dijo Zen. -No, mulas. Con jinetes. Los hombres de Cuso que salen en busca de provisiones, munición y mujeres, si pueden encontrarlas.

 Exacto, coronel. Excepto que probablemente tienen la tarea adicional de comprobar los daños que su cohete causó al estallar.

 Espero que comprueben esos daños desde muy cerca dijo Zen fervientemente. -Aquella zona está contamina¬da. Sólo con que pasen una hora allí...

Se interrumpió al recordar que Nedra y West habían pasado mucho más tiempo en la misma zona contaminada.

 No serán tan estúpidos- dijo West.

 Conozco a algunas personas que lo han sido- repli¬có Zen.

 Tal vez la zona, al menos en sus bordes, no estaba tan contaminada como usted creía- sugirió West.

 Mi contador señalaba que lo estaba-  dijo Zen.

 Posiblemente, su contador se equivocaba. Ahora, si quiere acompañarme, coronel...

West cruzó un arco labrado en la pared de piedra y entró en otra habitación, sosteniendo a un lado unos pesados cor¬tinajes a fin de que Zen y Nedra pudieran entrar. En la pared frontal había una pantalla opaca. En el centro de la habitación veíanse varias sillas y una butaca con pulsadores en los brazos. West cerró la cortina sobre el arco a través del cual habían entrado e invitó a Zen a sentarse, mientras él se instalaba en la butaca. Nedra se sentó al lado de Zen. Relajada en su silla, Nedra parecía haber olvidado que exis¬tieran seres tales como coroneles del servicio de información. West oprimió un pulsador. Una imagen empezó a formarse en la pantalla. Fue concretándose lentamente, hasta conver¬tirse en una ciudad.

0 en lo que había sido una ciudad.

El lugar estaba ahora ennegrecido, los edificios en ruinas. Las huellas del fuego eran visibles. Aquí y allá, unos altos edificios se habían derrumbado sobre unas calles que se cru¬zaban y entrecruzaban en ángulos absurdos.

 ¡Washington!- exclamó Zen. -Ese fue su primer blan¬co. Pudimos interceptar sus bombarderos, pero más tarde la alcanzaron con un proyectil dirigido. La ciudad está aún contaminada. Puede apreciarse perfectamente en la pantalla. ¡Ni una señal de vida!

Zen se habla excitado al revivir aquellos momentos de locura, cuando la Federación Asiática había asestado a Amé¬rica tan doloroso golpe. A partir de entonces, la poca liber¬tad que quedaba en América había sido suprimida ante la necesidad, al parecer mucho más importante, de conservar ia vida.

 Sí- asintió West. -¿Qué es lo que ve ahora?

La devastada Washington se borró de la pantalla. Mien¬tras se borraba, la destrozada cúpula del Capitolio, cuya parte superior había quedado arrancada a consecuencia de la explosión, se revelaba como un misterioso cráter lunar abierto en el mar del espacio.

Otra ciudad apareció en la pantalla, una masa de edificios derruidos en la confluencia de dos ríos.

 Creo que es Pittsburgh- dijo Zen. -Estaban muy in¬teresados en destruirla, para asestar un duro golpe a nues¬tro potencial industrial. Por el mismo motivo atacaron Gary, Indiana y Chicago. A pesar de nuestros esfuerzos por impe¬dirlo, alcanzaron nuestros centros de producción más impor¬tantes. Si no hubiésemos previsto la posibilidad de que eso ocurriera, y no hubiéramos atomizado nuestra industria, re¬partiéndola por todo el país, nos hubieran asfixiado casi an¬tes de que empezara la guerra. Sin embargo, incluso con la atomización de nuestros centros de producción, cuando al¬canzaron las fuentes de nuestras materias primas, nos hi¬rieron... gravemente. Las reservas se agotaron en un par de años. Desde entonces nuestra necesidad de metales se ha he¬cho angustiosa.

 Sí. Lo sé- dijo West.

 Desde luego, mientras ellos nos golpeaban, no perma¬necíamos con los brazos cruzados, precisamente- continuó Zen. -También nosotros les enviamos unos cuantos proyec¬tiles dirigidos. No puede decirse que estuviéramos inde¬fensos.

En su voz había una nota de orgullo.

 Estoy de acuerdo con usted- dijo West. -¿Le gusta¬ría ver alguno de nuestros resultados?

 Desde luego- se apresuró a decir Zen, sorprendido. -Nuestros aviones de reconocimiento no han podido tomar nunca buenas fotografías. Tenían que volar a demasiada al¬tura. Sí, se han publicado muchas fotografías de las ciuda¬des enemigas bombardeadas, pero estaban muy retocadas, á fin de elevar la moral de la nación. Pero... ¿cómo funciona ese radar? ¿Es posible que penetre hasta el corazón de los países enemigos?

Era evidente que estaba intrigado. Pero, al mismo tiem¬po, en su voz había una nota de ávido interés. Un invento que permitía ver lo que sucedía en los paises enemigos era muy importante, aunque West no pareciera darse cuenta de ello.

En la guerra, la información es siempre tan importante como las armas, y a veces más. El conocimiento de la dis¬posición de las tropas enemigas, de su potencia y de su de¬bilidad, significaba a menudo tener ganada media batalla.

West no respondió. Otra ciudad apareció en la pantalla. Zen divisó un único minarete irguiéndose entre los monto¬nes de ruinas, y aventuró un nombre.

 ¿Moscú?

 Sí.

 Bien. Uno de nuestros aviones ultrarrápidos la alcanzó en pleno día, dejando caer su carga. Cuando pas6 el avión de reconocimiento, horas más tarde, la ciudad continuaba ardiendo. ¡Fue un buen trabajo, desde luego!

 Parece usted complacido, coronel. ¿Sabe cuántos millo¬nes de personas murieron directa o indirectamente a conse¬cuencia de la explosión de aquella bomba?

 ¿Cuántos millones de personas murieron en Washing¬ton, Pittsburgh y Chicago?- estalló Zen.

 De acuerdo- respondió West   Pero, después de que ha sido asesinado el primer hombre, ¿resuelve la situación asesinar a un segundo hombre?

 Estamos en guerra.

 Sí, estamos en guerra- asintió tristemente West_.

Sin embargo, las normas de vida no cambian por el hecho de que los hombres declaren la guerra.

 No hay que ser académico hasta el punto de olvidarse de ser realista. Ellos nos hirieron en pleno corazón-  dijo Zen, en tono de profunda amargura. -Nosotros no busca¬mos esta guerra. Hicimos todo lo que pudimos para evitar¬la. Tratamos de parlamentar, de buscar fórmulas de compronliso... Todo fue inútil. Nos atacaron a traición, sin previa advrertencia.

Mientras hablaba, su amargura iba convirtiéndose en furor.

 También en eso estamos de acuerdo- dijo West, mien¬tras la derruida giudad desfilaba por la pantalla. -Pero eso no cambia las cosas.

Zen le miró fijamente, preguntándose qué clase de hom¬bre era. En la penumbra de la habitación, las facciones de West resultaban apenas visibles.

 Sí que las cambia- replicó apasionadamente Zen. -Nosotros creemos en la justicia. Ellos la ignoran. Nosotros creemos en un mundo mejor. Ellos quieren sumirnos en una noche de barbarie. Nosotros creemos en la libertad. Ellos quieren esclavos. Ellos han establecido un estado esclavo y envían ejéreitos de esclavos contra los hombres libres. No nos quedaba más alternativa que la de luchar.

 No encuentro nada discutible en todo lo que acaba de decir- respondió West. -Ni quiero justificar los actos de las democracias occidentales, que no necesitan ser justifica¬dos. Y lo mismo digo de los actos de la Federación Asiática. Desde su punto de vista, tienen razón.

En su voz, monótona, no había la menor huella de emo¬gión.

 Entonces, ¿qué se propone usted?- inquirió Zen.

 En primer lugar, poner de relieve que la raza humana es un organismo. Vista en su conjunto, no es más que eso, un organismo. Los miles de millones de individuos que la componen son simples células de ese organismo.

 Conozco esa teoría-  dijo Zen. -Unos cuantos chifla¬dos han insistido siempre en que todos nosotros somos una entidad biológica. Pero no han conseguido demostrarlo.

 ¿De veras no lo han conseguido?- inquirió West, en tono levemente irónico.

 Hasta ahora, no, al menos que yo sepa.

 ¿No es posible, coronel, que no sepa usted todas las cosas?- preguntó West.

 No es sólo posible, sino evidente- respondió Zen, molesto por la incisiva pregunta. -Si lo supiera todo, no esta¬ría aquí hablando con usted. Estaría allá abajo ganando una guerra.

 Lo que me interesa puntualizar, coronel, es que la raza humana se encuentra dividida contra sí misma. Histórica¬mente, ha venido ocurriendo así desde los más remotos si¬glos. A una guerra ha seguido otra guerra.

 No creo que América sea responsable de los errores de la historia- dijo Zen. -Nosotros hemos tratado de evitar¬los. Dios sabe que hemos tratado de evitarlos.

 Yo no he dicho que fueran errores, coronel- replicó West. -He dicho simplemente que eran historia.

 Pero, ¿acaso no se propone usted demostrar que las guerras son errores?- preguntó Zen, sorprendido.

 Lo único que me propongo señalar es que la guerra parece ser el medio a través del cual la entidad, la raza hu¬mana como conjunto, evoluciona. El sistema de evolución revelado por la historia es el enfrentamiento de una parte de la entidad contra otra parte, y una lucha feroz entre ellas para comprobar cuál es la más eficaz.

 Esa es una filosofía muy salvaje- comentó Zen.

 Permítame opinar lo contrario, coronel: yo no creo que esta filosofía sea necesariamente salvaje. Desde luego, muchos hombres mueren de un modo espantoso. Muchas mujeres y niños sufren. Sí, este sistema provoca el hambre

en el mundo, y un temor tan profundo y tan intenso que el corazón se desgarra sólo al contemplarlo.

 ¿Y dice usted que no es necesariamente salvaje?- pro¬testó Zen. -No importa quién lo haga: es una barbarie sin nombre.

 Ese es un punto de vista de alcance limitado y que no tiene en cuenta todos los factores de la ecuación. ¿Cuál es el objetivo final de esa barbarie, si no el de obligar a los hombres a crecer y a aprender? ¿Y si esa llamada barbarie es también resultado de la ignorancia, de una entidad que trata desesperadamente de aprender a resolver un problema, sin conseguirlo nunca del todo?

-Tiene que existir algún medio que no lleve implícitos tantos sufrimientos- protestó Zen.

Se sentía cada vez más incómodo. Tenía la impresión de que se estaba desviando del verdadero meollo de la discu¬sión, sin darse realmente cuenta de ello. 0 tal vez era West, el que se desviaba. Y aquella desviación provocaba en Zen una gran confusión mental.

 Yo había alimentado la misma esperanza- dijo West. -Sin embargo, no conozco ningún medio para alcanzar ese resultado. Un ser humano es un organismo en desarrollo que posee un cerebro muy perspicaz y una insaciable curiosidad. Un organismo semejante, por su propia naturaleza, tendrá que probar todos los caminos posibles.

West apretó un pulsador.

La pantalla volvió a cobrar vida. Unas figuras humanas empezaron a moverse en ella. Kurt Zen se inclinó hacia delante para verlas con más claridad.

 

X

 

Al principio, las figuras eran borrosas y Zen no pudo dis¬tinguirlas claramente. Se lo indicó a West.

 Dentro de un instante serán más visibles- respondió West.

Su voz se había convertido en un susurro que parecía llegar desde muy lejos. Zen le miró para convencerse de que continuaba allí. El coronel tuvo la vaga impresión de que la butaca estaba vacía, pero antes de que aquella impresión se confirmara West ocupaba de nuevo su asiento.

 Mire la pantalla ahora, Kurt- dijo.

Las figuras se habían aclarado. Parecían encontrarse en una cueva subterránea, trabajando en un objeto que seme¬jaba... Zen entrecerró los ojos, para asegurarse.

 ¡Una nave espacial!- exclamó.

Al igual que tantos jóvenes nacidos en el siglo de la ciencia, Zen había soñado en el día en que los hombres conquistarían el espacio exterior. La ciencia había prometi¬do que aquel sueño se haría realidad, pero la guerra lo ha¬bla impedido. Ninguno de los dos bandos disponía de ma-teriales ni de técnicos capacitados para construir una nave espacial.

 No- dijo West. -Lamento tener que contradecirle, coronel, pero eso no es una nave espacial, aunque está di¬señado para volar fuera de la atmósfera durante cierto tiem¬po. Mírelo bien.

 ¡Diablo! ¡Es una superbomba!- exclamó Zen, tras con¬templar atentamente la pantalla.

 Exactamente, coronel.

 Una bomba lo bastante grande como para asolar un continente...

Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Zen.

 Exactamente, coronel- repitió West. Su voz era tan seca como el viento de Nevada.

 No sabía que estábamos construyendo una bomba se¬mejante-   dijo Zen.

 Observe a esos hombres, coronel. Mírelos bien.

 ¡Son asiáticos!- exclamó Zen, dando un respingo. -No había visto los rostros amarillos y los ojos almendra¬dos... West, eso es un enorme proyectil dirigido. ¡Y está siendo construido para dejarlo caer sobre nosotros desde el cielo, a una velocidad terrorífica!

 Sí- dijo West, sin mover un solo músculo de su cuerpo.

Al otro lado de Kurt Zen, Nedra permanecía sentada, igualmente inmóvil y silenciosa.

 Tengo que salir de aquí- dijo Zen. -¡Esta informa¬ción debe llegar inmediatamente al estado mayor central!

 La nueva gente no lucha- objetó West. -Crel que era usted uno de nosotros.

 No importa quién pueda ser yo- se apresuró a decir Zen. -La construcción de esa bomba representa una ame¬naza demasiado grave. Debemos alertar a todos nuestros cazas a reacción para que se mantengan constantemente en el aire, con la esperanza de que puedan localizar y destruir esa bomba antes de que aterrice. No podemos perder de vista esos trabajos, a fin de saber el momento exacto en que la bomba será disparada. Y eso significa que tendremos que traer aquí a los mejores especialistas del servicio de infor¬mación, para que puedan seguir paso a paso la construcción de esa bomba. También podemos llevar este superradar al cuartel general y utilizarlo allí. Esta sería la solución más práctica.

Zen se había puesto en pie y paseaba nerviosamente de un lado a otro de la habitación, planeando las medidas que debían adoptarse.

 ¡West! ¿Se da usted cuenta de que ese superradar suyo ganará la guerra?- inquirió Zen, en tono excitado. -El enemigo no podrá hacer un solo movimiento que no co¬nozcamos de antemano.

Su excitación iba en aumento a medida que su intimo anhelo de que terminara la guerra trataba de salir a la su¬perficie.

 Tiene usted lágrimas en los ojos, coronel- dijo West.

 Está usted soñando- replicó Zen. Pero sabía que West decía la verdad. -Tenemos a los asiáticos cogidos por el cuello. Sabremos de antemano todo lo que se propongan hacer.

 Siempre he sabido de antemano lo que se proponían hacer- dijo tranquilamente West.

 ¿Cómo? ¿Qué ha dicho usted?- inquirió el coronel, como si no pudiera dar crédito a sus oídos.

West repitió sus palabras.

 Entonces, ¿por qué no nos advirtió usted?- estalló Zen. -¿Por qué no nos advirtió? ¿Por qué permitió que tan¬tos de nosotros murieran innecesariamente?

West no respondió.

El silencio en la habitación se hizo más profundo. En la pantalla, las silenciosas figuras continuaban atareadas en la Construcción de su bomba.

 ¿No se da cuenta de que al negarse a informar acerca de lo que sabía incurrió usted en alta traición?- insistió Zen. El silencio pareció aumentar en intensidad. West per¬manecía sentado, tan macizo y tan inmóvil como una mon¬tafía. Nedra, encogida en su asiento, recordaba más que nun¬ca a una chiquilla que había conseguido introducirse en un mundo de adultos y estaba tremendamente confusa y dolida por lo que sucedía allí.

 ¿No me ha oído?- continuó Zen.

 Sí, le he oído- respondió finalmente West. -Su leal¬tad a su patria le honra a usted, coronel. Es lo que cabe esperar- de una persona en su fase de desarrollo. Sin em¬bargo, parece haber olvidado que yo no soy un ciudadano de su país. ¿0 quizás ignoraba este detalle?

 ¿Cómo?- inquirió Zen, asombrado. -Esta montafía es América... No sé si se encuentra en territorio canadiense o en los Estados Unidos, aunque para el caso es lo mismo. En virtud de su tratado de doble ciudadanía, los dos países se han convertido en una sola nación. Un ciudadano del Ca¬nadá es automáticamente ciudadano de los Estados Unidos.

 Es cierto, coronel- asintió West.

 Entonces, ¿a qué país pertenece usted? Habla como un americano...

 Nací en los Estados Unidos.

 Entonces, es usted ciudadano de los Estados Unidos.

 No. Renuncié a mi ciudadanía. En cuanto a mi verda¬dera patria, es un país muy lejano. Estoy convencido de que no tiene usted noticia de él. Debo mi lealtad, coronel, no a una nación determinada, sino al... crecimiento, a la nueva gente que surgirá a la vida algún día.

Mientras West hablaba, el frío estremecimiento que he¬laba la espina dorsal de Zen se desvaneció súbitamente y fue reemplazado por una repentina sensación de calor. Las pala¬bres de West parecían pulsar un resorte oculto en su in¬terior.

 Debo mi lealtad al futuro, a lo que la raza humana será, no a lo que es actualmente. Sólo el futuro tiene significado, coronel, y yo he dedicado mi vida a la construcción de ese futuro.

A pesar de la impresión que le producían aquellas pa¬labras, Zen sabía que estaba obligado a refutarlas.

 Eso es un sofisma- replicó. -Creo que cualquier tri¬bunal del mundo lo consideraría como una evasión de sus verdaderas obligaciones. No puede usted continuar viviendo en un país y disfrutar de sus ben...

Se interrumpió bruscamente.

 ¿Iba usted a decir bendiciones, coronel?- inquirió West, casi maliciosamente.

 Sí.

-¿Podría citar esas bendiciones?

 Hubo una época en que las teníamos- dijo Zen. -Y volveremos a tenerlas.

 ¿De veras lo cree?

West señaló la pantalla donde los técnicos enemigos con¬tinuaban atareados con su superbomba.

 Ahora que sabemos que existe, esa bomba no llegará a aterrizar- dijo Zen. -Yo me ocuparé de ello.

 ¿Cómo piensa hacer frente a esa responsabilidad?- in¬quirió West.

 Ya encontraré algún medio- respondió Zen.

 Admiro su temple, coronel, aunque no necesariamente su propia estimación de la situación en que se encuentra. Mire, hay otra cosa que deseo enseñarle.

La pantalla se oscureció. Luego, lentamente, empezó a formarse en ella otra escena, muy parecida a la anterior.

 ¡Esa es otra!- exclamó Zen. -¡Están construyendo dos superbombas! No creí que dispusieran de los materiales y de los técnicos necesarios para construir ni siquiera una... Eso hace el problema mucho más difícil...

 Mire otra vez, coronel- sugirió West.

Una segunda mirada le permitió a Zen ver algo que an¬tes le había pasado inadvertido.

 ¡Son americanos! ¡También nosotros estamos cons¬truyendo esa bomba!

Sus palabras resonaron como pequeflas explosiones en la silenciosa habitación.

 Exacto  dijo West.

 Entonces, ¿se trata de una carrera para ver quién construye primero la bomba?- preguntó Zen.

No sabía si le gustaba o no lo que sus ojos estaban vien¬do y la interpretación que su mente estaba dándole.

 Temo que sí- asintió West, a regañadientes. -Pero, ¿no cambia eso el cuadro, coronel?

 ¿Por qué? Tenemos que ganar una guerra. Y vamos a ganarla.

Las palabras fueron pronunciadas en tono firme, pera en ellas parecía flotar una leve duda, como si quedara algún punto por examinar.

 El otro bando también cree que va a ganar- observó West.

 ¡Al diablo con lo que ellos crean! Nosotros no empeza¬mos la guerra. Fueron ellos. No irá usted a decirme que va a quedarse sentado aquí, contemplando cómo dos naciones tratan frenéticamente de destruirse una a otra- y tal vez a la Tierra con ellas , teniendo en sus manos el medio de evitarlo...

Las palabras de Zen estaban impregnadas de horror.

 Eso es precisamente lo que voy a hacer- afirmó West.

Su voz era tan firme y tan sólida como el núcleo de gra¬pito de una montaña.

 ¡No puede usted hacer eso!- exclamó Zen.

 ¿Por qué no?- inquirió West. -No soy ciudadano de ningún país, y no le debo nada a ninguna nación.

 Aunque no sea ciudadano de ningún país, continúa siendo usted un ser humano. Tiene usted que ser fiel a su propia raza- dijo Zen.

West mostró leves señales de malestar. Pero, cuando ha¬bló, su voz seguía siendo imperturbable.

 De acuerdo con su afirmación, ¿qué es lo que propone usted que haga?

 Detenga a los asiáticos- se apresuró a responder Zen. -Facilítenos una información completa acerca del lugar don¬de se encuentra su superbomba. Nosotros procuraremos ter¬minar la nuestra antes, y la utilizaremos para volar su ins¬talación.

 Eso crearía el peligro que está usted tratando de evi¬tar, ¿no es cierto?- observó West. -Las dos superbombas estallarían simultáneamente. ¿Cree usted que la Tierra per¬manecería en su órbita si ocurriera eso?

 No lo sé- respondió Zen. -Eso tendrían que decidir¬lo los físicos y los astrónomos. En cualquier caso, si el peli¬gro fuera demasiado grande, utilizaríamos otras armas para neutralizar su superbomba.

 Los asiáticos trabajan en una cueva subterránea, que se encuentra por lo menos a trescientos pies de profundidad, dijo West. -¿Poseen ustedes un arma que pueda penetrar a esa profundidad?

 ¡Construiremos una!

 Habla usted con mucha volubilidad, coronel.

 ¡Porque puedo hacerlo!- dijo Zen orgullosamente. -Si los asiáticos construyen su bomba en una cueva subterrá¬nea, es indudable que proyectan darle salida por alguna par¬te... Localizaremos esa salida y dejaremos caer una bomba ¬H sobre ella.

 ¿Destruyendo así su bomba y sus mejores científicos e ingenieros?

_Estamos en guerra. Y en la guerra no caben los sen¬timentalismos. ¿Qué quiere usted? ¿Quedarse sentado aquí sin hacer nada?

 Lo que yo deseo es que los dos bandos se destruyan mutuamente en la medida que deseen y puedan hacerlo. Luego, cuando hayan demostrado la inutilidad de sus es¬fuerzos, cuando los escasos supervivientes hayan compren¬dido que la guerra no sirve para nada, la nueva gente hará acto de presencia para mostrar el camino verdadero a los que hayan sobrevivido.

La voz de West era tranquila. Parecía estar examinando una situación analizada a menudo y llegar a una conclusión previamente establecida.

 Pero eso implica una matanza insensata- protestó Zen. -Este fue el motivo de que se lanzara la primera bom¬ba atómica: dar término a una matanza insensata.

 Toda matanza es insensata, coronel, aunque desde el punto de vista del individuo o de la nación que la lleva a cabo, la matanza suele ser considerada como justa en el mo¬mento en que se produce.

Zen empezó a comentar lo que West acababa de decir, pero inmediatamente cambió de idea. ¿Estaba tratando con un loco? Tal vez. Las palabras de West, desde luego, no encajaban con ninguna norma conocida de Zen. El acto de permanecer sentado mientras dos naciones se suicidaban iba más allá de los límites del pensamiento racional.

 Le ruego que me permita informar de esto al alto man¬do- dijo Zen, en una última súplica.

 Permítame, a mi vez, formularle una pregunta-  dijo West. -¿Qué les sucedería a las personas que se encuentran aquí, y a mí mismo, si revelara la existencia de este instru¬mento?

 Se convertiría usted en un héroe- respondió Zen, a sabiendas de que estaba mintiendo. -Y esas personas serían protegidas.

 Me disgusta tener que llarnarle embustero, pero no ten¬go más remedio que hacerlo- dijo West. -Nuestra actitud sería considerada como traición. El gobierno confiscarla mi equipo, y sólo con mucha suerte me libraría de enfrentarme con un pelotón de ejecución. Sinceramente, coronel, ¿no se¬ría eso lo que sucedería?

Por primera vez, en las palabras de West había una nota de contenido furor.

 Sam...- dijo Nedra. -Algo...

La voz de la muchacha era unsusurro, procedente de muy lejos.

 ¿Qué pasa, Nedra?- preguntó West, olvidándose por completo de Kurt Zen.

La enfermera estaba sentada, rígida e inmóvil. Todo el color había huido de su rostro.

 Algo...

 Nedra, ¿qué pasa?- volvió a preguntar West, franca¬mente alarmado.

En vez de contestar, la enfermera se deslizó desde la silla al suelo, desmayada.

Apagado y distante en el silencio que siguió, llegó un sonido repiqueteante.

Rat tat tat tat tat tat...

Zen había oído demasiado a menudo aquel repiqueteo mortal para equivocarse acerca de su identidad.

 ¡Una metralleta!

Los cortinajes que cubrían el arco que conducía a la ha¬bitación donde se encontraban se apartaron a un lado. Un hombre cayó a través de ellos. Zen se dio cuenta inmedia¬tamente de que era otro de los jóvenes que vivían ocultos en la cueva de la montafia. De un orificio abierto en su es¬palda brotaba la sangre, y hacía desesperados esfuerzos por respirar.

 Vienen... con armas- jadeó.

West se dejó caer de rodillas y apoyó la cabeza del joven en su regazo. Su rostro se ensombreció al ver la herida de la espalda. Meciendo la cabeza del joven en su regazo como se mece a un chiquillo asustado, inquirió:

 ¿Qué ha sucedido, Carl?

 No lo sé. Surgieron de improviso. Y entraron dispa¬rando.

Mientras hablaba, un hilillo de sangre empezó a desli¬zarse por la comisura de su boca.

 ¿Cuántos eran?- preguntó Zen.

 Docenas- murmuró Carl.

La sangre que brotaba de su boca se deslizaba ahora a través de las piernas de West y formaba un charco en el suelo.

Tendiendo el oído, Zen pudo distinguir ahora el tableteo de tres metralletas. Unos hombres aullaban. Se oían los gritos de una muchacha. Los labios del coronel se fruncie¬ron en una línea tan afilada como el borde de un cuchillo.

 ¿Cómo han conseguido eludir sus generadores de mie¬do?- le preguntó a West.

 Lo ignoro- respondió West. -Tal vez han encontra¬do un túnel sin vigilancia.

Zen comprendió que el medio de que se habían valido los intrusos para entrar carecía de importancia. El hecho era que estaban allí.

 ¿Dónde están sus armas?- inquirió.

Estaba convencido de que la nueva gente disponía de armas adecuadas para defender su ciudadela.

 ¿Armas?- West no parecía haber comprendido la pre¬gunta. -No tenemos ninguna.

 ¿Qué?- dijo Zen. Seguramente, West no le había en¬tendido. Todo granjero, todo ranchero, todo propietario de una casa disponía de algún arma. -¿No tienen ningún rifle?

 No.

 ¿Ni siquiera gases lacrimógenos?

 No, coronel.

 Entonces, cómo diablos pensaban conservar la vida?- estalló Zen. -No podía usted ignorar que algún día le lo¬calizarían.

 Conservar la vida no es tan importante como usted cree. Sí, hijo mío...

West se había inclinado de nuevo para escuchar las pa¬labras del joven Carl.

 Bien... bien...

El susurro era muy débil.

West comprendió.

 Adiós- dijo. -Volveremos a encontrarnos. Pero, de momento, adiós.

El joven suspiró. El dolor y el miedo desaparecieron de su rostro. La paz descendió sobre él.

Pero cuando West se puso en pie, su rostro estaba muy pálido.

 Era nuevo aquí- dijo, como si explicara algo que en su opinión necesitaba ser explicado.

En alguna parte, una mujer estaba gritando. West ten¬dió el oído tratando de localizar el lugar de donde procedía el sonido y luego echó a andar hacia él. Zen le cogió del brazo.

 Los invasores tienen armas.- Su tono llevaba implí¬cita una acusación contra West por el hecho de que no hubiera ningún arma en el interior de la mina. -¿0 es que quiere usted ir a reunirse con él?

Señaló con un gesto el cadáver tendido en el suelo. La sangre había dejado ahora de brotar de aquel cuerpo. La esencia de la vida le había abandonado.

 Sí- respondió West bruscamente. -Quiero ir con él.

Su rostro había palidecido todavía más. Pero en sus ojos brillaba una cálida luz.

Zen reprimió el impulso de gritarle a West loque opina¬ba de su modo de reaccionar.

 De acuerdo- dijo. -Adiós.

West le miró con una expresión de desconcierto en los ojos.

 Eche a correr- afiadió Zen.

 ¿Eh?

 Yo me quedaré aquí para hacer frente a la lucha de la que usted deserta- dijo Zen.

Como si tratara de despejar una niebla de un oculto rin¬cón de su cerebro, West sacudió la cabeza.

 Lo siento- se disculpó. -Sin embargo, la llamada es muy fuerte. Unicamente el sentido de una tarea sin termi¬nar me ha impedido marcharme por... un largo tiempo.- Volvió a sacudir la cabeza. -No, no voy a seguirle, aun¬que estoy convencido de que él es mucho más afortunado que nosotros.

 De acuerdo- convino Zen.

Inclinándose, West recogió a Nedra del suelo. La mucha¬cha permaneció en sus brazos como una niña cansada y so¬ñolienta. ¿Habría seguido al joven? Kurt Zen notó una rara opresión en el pecho mientras la idea cruzaba por su mente, pero se tranquilizó al comprobar que la muchacha respira¬ba de un modo regular.

 Sígame- dijo West.

La cálida luz continuaba brillante en sus ojos mientras cruzaba la habitación. La sólida pared se deslizó a un lado dejando al descubierto otra puerta.

 Nadie conoce la existencia de esta puerta- explicó West. -La cerradura sólo funciona en presencia de mi cuerpo.

Al cruzar la puerta, Kurt Zen pudo oír a la muchacha que continuaba gritando en alguna parte.

El pasadizo era muy angosto. A un lado, otro pasadizo conducía a una habita6ón en la cual había una serie de aparatos eléctricos en funcionamiento. Zen supuso que se trataba de la maquinaria del superradar.

Delante de él, West gruñó un sonido que surgió de las profundidades de su garganta. Se había detenido y estaba contemplando fijamente una abertura disimulada en la pared.

Zen vio que aquella abertura, por medio de alguna invi¬sible disposición de espejos, revelaba el interior de la am¬plia galería donde había pasado la noche.

Y en aquella galería se había desencadenado ahora el ínfierno.

 

XI

 

Jake, Ed y Cal formaban parte de aquel infierno. Cada uno de ellos llevaba un arma humeante en las manos. Un cadáver yacía en el suelo. En una de las pequeñas habitaciones, una mujer estaba gritando. En el centro de la gale¬ría se erguía el hombre que estaba evidentemente al mando de la situación. Al ver a aquel hombre, Kurt Zen no pudo evitar un estremecimiento.

¡El teniente de Cuso!

Le acompañaban los asiáticos que estaban con él la noche anterior.

 Debí degollarles mientras estaban dormidos y en mi poder anoche- murmuró Zen, rabiosamente.

El único sonido que se oía en el pasadizo era el de la pesada respiración de West, como un hombre que ha co¬rrido una "marathon" y ha perdido. Zen le sacudió por el hombro.

 ¡West! No deben apoderarse de ese superradar. Si lo perdemos, habremos perdido la guerra.

West no hizo el menor movimiento.

La voz de Zen se hizo más angustiada.

 Si perdemos ésta, será la primera guerra que habremos perdido. Y la última. Detrás de nosotros no quedará nada, excepto la muerte y la desolación.

 Lo sé- dijo West. -El alma de la raza tendrá que empezar de nuevo, en las marismas y en las llanuras fango¬sas, tratando de reconstruir la raza con herramientas gas¬tadas desde hace mucho tiempo y completamente inadecua¬das para la época.

De nuevo había sonido de campanas en su voz, pero aho¬ra las campanas doblaban por la muerte de un pueblo, do¬liéndose porque el mundo que algunos hombres valerosos habían tratado de edificar iba a convertirse en cenizas.

 ¿Cree usted también en el alma de la raza?- murmu¬ró Zen.

 Creer es una palabra demasiado débil. Sé que existe.

Nedra suspiró en los brazos de West y abrió los ojos.

 ¿Qué ha pasado?- susurró  . -Yo... creo que me he quedado dormida.

West la dejó de pie en el suelo y señaló la abertura. Al ver lo que estaba sucediendo en la galeria, Nedra se agarró a la pared.

 West, ¿cuántos muchachos tiene usted aquí?- pregun¬tó Zen.

 Unos cincuenta- respondió West. -No sé cuántos que¬darán ahora, ni puedo conjeturar cuántos preferirán conser¬var la vida si son vencidos antes de que su adiestramiento haya terminado.

 ¿Y ninguna arma?

 Ninguna.

 ¿Dónde está el rifle que se llevaron de mi habitación mientras dormía?

 ¿Qué beneficio nos reportaría ahora un rifle?

 Ninguno, supongo- dijo Zen, desalentado. -Pero, de todos modos, me gustaría tenerlo. Al menos me llevaría a unos cuantos asiáticos por delante antes de que acabasen conmigo.

 Nosotros sobreviviremos- murmuró West.

Zen señaló a través de la abertura los cadáveres tendidos en el suelo debajo de ellos.

 Esos no han sobrevivido- dijo.

West se encogió de hombros.

 Si dispusiera de tiempo, trataría de explicarle que la supervivencia no reside en el cuerpo y no puede ser alcan¬zada nunca aquí.

 No tengo tiempo para la metafísica- replicó Zen. -Con vistas a la defensa, voy a asumir el mando.

Mientras hablaba, se daba cuenta de lo insensato de sus palabras. ¡Asumir el mando! ¿Qué recursos tenía a su dis¬posición, qué tropas, qué armas? Si por lo menos dispusiera de los restos de la columna desperdigada por las montafías después de su desastroso encuentro con el cohete de Cuso... Se le ocurrió una idea. Tal vez podría disponer de aquellas tropas.

 ¿Dónde está mi mochila?- preguntó.

Su emisora de radio estaba en la mochila.

 Fue a parar, juntamente con su rifle, a un pozo natu¬ral que tiene una profundidad de centenares de pies- res¬pondió Weist.

 ¡Maldición!- excelamó Kurt Zen. La depresión era en él tan profunda como aquel pozo natural. -¿No hay ningún lugar donde podamos ocultarnos?

 Muchos lugares- dijo West .'Toda la montaña es una colmena de túneles y pozos. Nosotros hemos explorado hasta quince niveles independientes, y sabemos que existen otros.

West no había protestado cuando Zen dijo que iba a asu¬mir el mando; por el contrario, parecía dispuesto a some¬terse a la autoridad del coronel, y también interesado en ver cómo se desenvolvía Zen.

 Entonces, busque un lugar donde podamos ocultarnos y decidir lo que podemos hacer para eliminar a los hombres de Cuso. Lo más urgente será disponer de un equipo de radio. En cuanto disponga de una emisora de onda corta, haré venir a un regimiento de paracaidistas.

 Habla usted como si tuviera autoridad-   comentó Nedra.

 La tengo.

 Sin embargo, me dio usted la impresión de que era un desertor.

 En el cuartel general no han descubierto todavía eso. De modo que, en lo que a ellos respecta, me encuentro en misión secreta. Y yo no he desertado de la raza humana.

Subrayó las últimas palabras, como dando a entender que Nedra y West eran realmente desertores.

 - Bueno, coronel, veremos lo que puede hacerse.

West había recobrado casi todo su aplomo. De nuevo pa¬recia estar observando desde una gran distancia los capri¬chos de aquella extrafía especie llamada humana. Pero su rostro continuaba estando pálido, y sus ojos despedían la misma cálida luz. Se apartó de la abertura.

Y se detuvo mientras resonaba un ruido metálico delan¬te de ellos.

Se abrió una puerta. A través de ella apareció un sol¬dado asiático que empuñaba un rifle. Luego entró otro sol¬dado. Los dos rifles cubrieron a West.

Zen levantó los brazos hacia el techo. Ni West ni Nedra movieron un solo músculo.

Lentamente, West y Nedra levantaron sus manos. Bajo la amenaza de sus rifles, los soldados les condujeron a la galería principal. Al verles, el teniente se apresuró a llamar a Cal.

 ¿Es ése?- preguntó, señalando a West.

 Sí- respondió Cal. -Es el jefe, el hombre que usted busca.

Una expresión jubilosa cruzó por el amarillo rostro del teniente asiático. Ordenó a dos de sus hombres que aparta¬ran a West a un lado, tratándole con un respeto que bordea¬ba la deferencia, pero al mismo tiempo con gran firmeza.

 Ustedes dos colóquense contra la pared con los otros-  ordenó el teniente, dirigiéndose a Nedra y a Kurt Zen. En su voz no había la menor deferencia. -iSi se mueven, disparad contra ellos!- advirtió a los guardianes.

Mientras Nedra y Kurt obedecían, el teniente empezó a conversar con West. Sus hombres estaban todavía ocupados registrando los túneles de la antigua mina. De cuando en cuando, traían más cautivos a la galería principal.

Cal, Jake y Ed permanecían en el centro de la amplia estancia. Cal trataba de hacerse el importante, pero la ex¬presión de su rostro indicaba que no las tenía todas consigo. En cuanto vio a Nedra, los ojos de Ed se clavaron en ella, aunque no la miró a la cara. Jake, por su parte, miraba a su alrededor con aire ausente. No parecía darse cuenta de lo que estaba viendo, como si se encontrara en algún otro mundo todavía más confuso y más nublado.

La muchacha morena salió cojeando a la galería proce¬dente de una de las pequefias habitaciones. Tenla una ex¬presión desconcertada en el rostro y miraba a su alrededor como si no comprendiera lo que estaba sucediendo. Al verla, el teniente interrumpió su charla con West, con los ojos brillantes. Pero su conversación con West era más impor¬tante que la muchacha. Le hizo un gesto para que se colo¬cara contra la pared. Ella le miró como si no le comprendie¬ra. El teniente repitió el gesto, acompañándolo con una amenazadora oscilación del arma que empufiaba.

La muchacha avanzó tambaleándose hacia la pared, pero antes de llegar a ella cayó al suelo, boca abajo.

Nedra, con un pequeño grito de piedad en los labios, se acercó rápidamente a la muchacha morena. Zen empezó a moverse, y luego se detuvo, aunque no a causa del rifle que uno de los guardianes blandía para amenazarle. Nedra se arrodilló junto a la muchacha, pero volvió a ponerse en pie casi inmediatamente.

 ¿Está muerta?- inquirió Zen.

 Sí. ¿Cómo lo sabia?

 Un simple presentimiento. ¿Ha muerto de la impresión?

 Supongo que sí.

Unas lágrimas fluyeron de los ojos color violeta de Nedra y se deslizaron por sus mejillas. Pero no sollozó, aunque los músculos de su garganta se agitaron convulsivamente.

West miró a la muchacha morena. Parecía saber, sin que nadie se lo hubiera dicho, lo que había sucedido. Su rostro palideció intensamente. El teniente contempló también el cadáver de la muchacha con una expresión decepcionada en los ojos. Cuando un soldado penetró en la estancia, el tenien¬te le ordenó que sacara el cadáver de allí.

Zen tuvo la impresión de que el teniente, a pesar de su ávida conversación con West, estaba esperando. Cuarenta miembros de la nueva gente se encontraban ahora en la ga¬lería, alineados contra la pared. Ninguno de ellos había cum¬plido los treinta años, y algunos no llegaban siquiera a los veinte. Tenían un aire aturdido, pero se mantenían silen¬ciosos.

Zen oyó que el teniente le preguntaba a West:

 ¿Están todos aquí?

West debía conocer ya la respuesta a aquella pregunta, pero se entretuvo contando a los presentes.

 Sí, todos- dijo, en tono convencido.

El teniente pareció creerle, pero Zen hubiese apostado cualquier cosa a que el hombre estaba mintiendo.

El teniente continuó esperando.

Un soldado, entrando apresuradamente, saludó. Cuando Zen vio a la persona que entraba detrás del soldado, supo a quién había estado esperando el teniente.

Cuso entró en la galería.

El caudillo asiático era un gigante de casi siete pies de estatura, robusto y musculoso. Parecía capaz de matar a un hombre sin más armas que sus manos, y probablemente lo era. Al mirarle, Zen comprendió por qué había sido escogido Para el desembarco aéreo en América. Irradiando poder y fortaleza, era el tipo indicado para aquella clase de misión.

Además de poder, irradiaba algo más. Zen lo captó como una molesta sensación en la boca del estómago, un endure¬cimiento de músculos en el diafragma, Cuando Cuso apareció, el teniente adoptó la posición de firmes y casi se rompió el brazo saludando. El y Cuso hablaron en un dialecto cantarín absolutamente desconocido para Zen. Mientras hablaban, el teniente no dejó de señalar a West. Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Cuso. Hizo una sefia a West para que se acercara a él.

West se acercó, pero no saludó. A los prisioneros no les estaba permitido saludar. Tampoco se inclinó sobre sus ma¬nos y rodillas, lo cual no sólo estaba permitido sino que era obligatorio entre los asiáticos. West permaneció erguido como una flecha.

A pesar de sus desacuerdos con él, en aquel momento Zen se sintió orgulloso de Sam West. Cuso sonreía benévo¬lamente, pero a pesar de la sonrisa West no podía ignorar que estaba mirando a la muerte, que el más leve síntoma de resistencia por su parte tendría un solo resultado, aunque Cuso querría extraerle primero toda la información posible. Zen no tenía la menor duda de que el asiático deseaba información por encima de todo. Y recordó la tradición de torturar a los prisioneros indefensos.

 He oído hablar mucho de usted- dijo Cuso. Tratándo¬se de un asiático, hablaba un inglés excelente.

 Me siento muy honrado- respondió West. -Sin em¬bargo, me gustaría saber cómo ha llegado a oír hablar de mí.

En el rostro de Cuso se dibujó una astuta sonrisa.

 Tenemos nuestras fuentes de información- dijo.

 ¿Espías?- inquirió West.

 Tenemos espías, desde luego, pero ellos no han podido descubrir muchas cosas acerca de usted. Existen otros me¬dios... ¿cómo los llaman ustedes?

 ¿Videntes?- sugirió West.

 Sí, eso es.

Cuso pareció complacido por el hecho de que le hubie¬ran indicado la palabra exacta. Pero, al mismo tiempo, mos¬traba cierto desconcierto ante la prontitud con que West ha¬bía acertado con el medio utilizado por los asiáticos. Zen, que estaba escuchando, quedó también sorprendido. Sabía que a menudo se había sugerido la utilización de videntes para enterarse de lo que estaba haciendo el enemigo. En su calidad de agente del servicio de información, había realizado investigaciones acerca de varios videntes que se habían ofrecido voluntarios para aquel propósito. Ignoraba los resultados de aquellas tentativas. Pero el enterarse de que el enemigo no sólo había tenido la misma idea, sino que había utilizado a los videntes con éxito, al menos parcial, no dejó de asombrarle.

 Sospechaba de los videntes- dijo West.

 ¿De veras?- inquirió Cuso. -¿Sospechaba también que el único objetivo de nuestro desembarco aéreo era el de capturarle a usted?

A pesar del perfecto dominio que West ejercía sobre sus facciones, no pudo ocultar cierta crispación al oír aque¬llas palabras.

 No soy un personaje tan importante

Cuso hizo un gesto con las manos, como para indicar que no compartía aquel punto de vista.

 Me han encargado que le ofrezca el hastón de maris¬cal de los ejércitos del Asia Unida- dijo, sonriendo.

West parpadeó, y luego devolvió la sonrisa a Cuso.

 Muy ínteresante. Pero ¿qué le hace creer que puedo estar interesado en ocupar ese cargo  o cualquier cargo  ¬en sus ejércitos?

 Para protegerse a sí mismo, en primer lugar- se apre¬suró a responder Cuso. -Nuestros informes señalan que no es usted ciudadano de ningún país. Teniendo en cuenta que este hecho le deja a usted sin ningún amigo que le proteja, la situación no resulta demasiado deseable. Por otra parte, puesto que no pertenece usted a ningún país, todos los pai¬ses le consideran un enemigo. Y su vida está constantemen¬te en peligro. Aceptando nuestro ofrecimiento, se convertirá automáticamente en un ciudadano del Asia Unida y estará bajo nuestra proteepión.

Cuso hablaba como si el ser ciudadano del Asia Unida fuese una cosa muy importante, y como si ostentar un cargo en sus ejércitos lo fuese todavía más.

 ¿Cree usted que no tengo amigos?- preguntó West.

 Bueno, no es usted ciudadano de...

 ¿Por qué cree que necesito protección?-  contlnuó West.

La sonrisa se borró del rostro de Cuso. Por un instante, quedó sustituida por una expresión bestial, reveladora de la verdadera naturaleza del gigante asiático.

 Tal vez no necesite usted una protección personal. Pero, en las condiciones que acabo de sugerirle, nuestro manto se extendería automáticamente a las personas que trabajaran con usted

Sus ojos recorrieron la galería, posándose en los jóvenes alineados contra la pared, y deteniéndose significativamente en los cadáveres tendidos en el suelo.

West palideció. Comprendía perfectamente lo que se ocul¬taba detrás de las palabras de Cuso.

 ¿Qué quiere usted de mí?- murmuró.

 Su voz tenía una nota de infinito desaliento, como si se viera obligado a rendirse ante unas circunstancias desespe¬radas.

Cuso volvió a sonreír, esta vez de oreja a oreja. Aquello significaba la victoria, la sumisión del enemigo. Aquello era lo que sus jefes deseaban. Aquello podía significar un bastón de mariscal también para él.

 Muy poca,cosa, en realidad- dijo. -Simplemente, que nos muestre todo lo que tiene usted aquí. Y, desde luego, que explique su funcionamiento a nuestros científicos y técnicos.

La galería quedó muy silenciosa cuando Cuso terminó de hablar. West parecía reflexionar.

 ¿Qué cree usted que tenemos aquí?- preguntó final¬mente.

 Si conociera la respuesta a esa pregunta, no sería tan estúpido como para formularla- dijo Cuso.

 Es cierto- convino West. Se encogió de hombros. -Bueno, ¿cuándo y por dónde quiere usted que empiece?

La expresión de su rostro revelaba una mezcla de miedo y de resignación.

 Ahora habla usted con cordura- dijo Cuso enfática¬mente. -Empezará ahora mismo, y me enseñará, personalmente, todo lo que haya de importancia en esta montaña.

-Muy bien. Sígame.

West dio media vuelta y avanzó hacia la abertura que conducía a la habitación donde estaba oculto el superradar.

 Espere aquí- ordenó Cuso, dirigiéndose al teniente. -Y dispare sobre cualquiera que haga un movimiento sos¬pechoso.

 Sí, jefe- respondió el teniente, saludando.

Aquélla era la clase de orden que le gustaba obedecer.

Cuso y West- desaparecieron de la vista.

Jake, Cal y Ed continuaban en el centro de la galería. Ed se acercó al teniente,  señaló a Nedra y murmuró unas palabras. El teniente sacudió vigorosamente la cabeza, con un gesto que parecía indicar que Ed se estaba mostrando muy estúpido. El patizambo gruñó algo en voz baja y se apartó, sin dejar de vigilar a Nedra con el rabillo del ojo.

Nedra le ignoró. Ignoraba también a Kurt Zen. Silencio¬sos como estatuas, los miembros de la nueva gente perma¬necían alineados contra la pared. Su aspecto era de aturdi¬miento. Les había sucedido lo imposible, y les resultaba difícil asimilarlo. John no estaba en la galería. 0 había con¬seguido ocultarse, o le habían asesinado.

El joven gordo estaba al otro lado de la galería, directa¬mente enfrente de Zen. A su lado había una encantadora rubia. Cuando no miraba a Nedra, Ed dedicaba su atención a aquella muchacha. Sus movimientos parecieron enfurecer al teniente. Alzando su rifle, disparó contra el patizambo.

Ed se desplomó, con la cabeza atravesada por una bala. Dos soldados asiáticos se llevaron el cadáver.

 A ese teniente no le gustan los Donjuanes- susurró Zen.

Nedra no le contestó. Estaba muy pálida y tenía la frente empapada en sudor. Al mirarla, Zen tuvo la impresión de que la enfermera estaba escuchando.

¿Qué esperaba oír?, se preguntó. Lo único que quedaba para cualquiera de ellos era el rencor de las trompetas del juicio final. Zen no se hacía ilusiones en lo que respecta a las promesas de Cuso. Cuando hubiera extraído de West toda la información que deseaba, el pozo sin fondo recibiría un montón de cadáveres.

En cuanto a la promesa de Cuso en el sentido de convertir a West en mariscal de la Federación Asiática, el coronel sabía que en las listas de los desaparecidos asiáticos figura¬ba más de un mariscal. Un mariscal que caía en desgracia se desvanecía.

Al otro lado de la galería, el joven gordo se había desva¬necido también.

Un segundo antes estaba allí, y un segundo después ha¬bía desaparecido.

 

XII

 

Ni el teniente ni ninguno de los asiáticos se dio cuenta de que un hombre había desaparecido. Cal y Jake, con el recuerdo de la muerte de Ed fresco aún en sus mentes, pro¬curaban pasar inadvertidos. Y a juicio de Zen, ninguno de aquellos jóvenes altos y sanos alineados contra la pared sa¬bía que acababa de suceder algo anormal.

Al lado del coronel, Nedra parecía mucho más tranquila. Sus ojos tenían una expresión ausente, como si no vieran nada. En su frente veíase aún una delgada película de sudor. Zen se disponía a preguntarle si había observado algún cam¬bio, pero se contuvo. No era el momento de correr riesgos innecesarios.

En la galería había un sonido, una nota elevada de una frecuencia casi superior al alcance del oído, semejante al zumbido de una abeja. ¿Había estado presente aquel soni¬do todo el tiempo? ¿0 se había hecho audible en el preciso instante en que el joven gordo desapareció? Zen no hubiese podido decirlo.

Un rostro apareció en el centro de la galería. A unos diez pies encima del suelo, miró brevemente a su alrededor y se desvaneció.

Cal pareció verlo también. En su rostro se dibujó una expresión de desconcierto. Abrió los ojos de par en par. Cuando el rostro desapareció, Cal parpadeó apresuradamen¬te varias veces, y luego miró furtivamente a su alrededor.

Jake saludó al rostro, en voz alta:

 ¡Hola, amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde has estado?

 ¡Cierra el pico, estúpido!- gruñó Cal.

 Acabo de ver a un viejo amigo- trató de explicar Jake.

 No has visto nada.

 ¿De qué estáis hablando?- inquirió el teniente.

 De nada- se apresuró a responder Cal. Se llevó el dedo índice a la sien, haciéndolo girar allí y señalando a Jake. -Ya sabe que está chiflado, teniente.

 ¡Oh, sí!- asintió el teniente, como si acabara de re¬cordar algo.

Alzó de nuevo el rifle.

Jake cayó muerto.

El teniente deslizó otro cartucho en la recámara.

 Mientras nos necesitaba...- empezó a decir Cal.

 Pero ya no os necesito para que me ayudéis a encon¬trar a los emboscados- replicó el teniente. -Eso cambia las cosas, ¿no es cierto?

 Desde luego- admitió Cal. -Pero, ¿por qué disparó usted contra él?

 Hace muchos meses que me había hecho el propósito de eliminarle, en cuanto no le necesitara- respondió el tenien¬te. -Estaba demasiado loco para confiar en él.

 Pero localizó este lugar para usted y le libró de aque¬llos generadores del diablo- objetó Cal.

 Es cierto. Pero ahora ya conocemos el lugar y hemos dejado atrás los generadores.

Estaba dando a entender que la situación era ahora dis¬tinta y que Cal haría mejor comprendiéndolo así y adaptán¬dose a aquella idea.

Cal empezó a decir algo, pero lo pensó mejor y cerró la boca.

 ¿De qué estabais hablando?- preguntó el asiático.

 Jake dijo que había visto un rostro en el aire- res¬pondió Cal. -Y yo le repliqué que estaba chiflado y que se callara.

 ¿Había un rostro en el aire?

 Yo no vi nada- respondió Cal.

Mientras el teniente y Cal estaban hablando, Zen obser¬vaba a un joven que se encontraba al otro lado de la galería. Muy erguido contra la pared, parecía haber sido clavado allí, pero sin hacer el menor ruido, el joven se estaba des¬vaneciendo lentamente.

Mientras el joven desapareció, resonó en el aire la ex¬traña nota aflautada. Cuando el joven se hubo desvanecido, la nota se apagó.

El teniente pareció olfatear algo anormal. Paseó una mi¬rada suspicaz por las personas alineadas contra la pared.

 Crel que habla más...- murmuró. Las contó lentamen¬te. -Treinta y ocho- dijo.

Repitió la cifra, como si quisiem grabarla en su memoria.

En aquel momento, uno de los soldados asiáticos se di¬rigió a él hablando atropelladamente.

Zen no pudo entender lo que estaba diciendo, pero a juzgar por los gestos que hacía el soldado, señalando el lugar que había ocupado el joven gordo, llegó a la conclu¬sión de que el soldado informaba a su jefe de lo que había presenciado.

Mientras estaban hablando, el rostro apareció de nuevo en el aire, en el centro de la galería. Era el rostro de un hombre. Llevaba bigote y miraba alrededor de la galería con unos perspicaces ojos castaños. Asintiendo para sí mis¬mo con aparente satisfacción, se desvaneció.

A poca distancia de Zen, una joven desapareció.

Se desvaneció rápidamente, en un abrir y cerrar de ojos.

A qontinuación desapareció el joven que estaba al lado de la muchacha.

Volviéndose, el teniente se dio cuenta de que había su¬cedido algo. Contó apresuradamente a las personas alineadas contra la pared.

 ¡Treinta y seis! ¿Quién se ha deslizado fuera de aquí mientras yo estaba vuelto de- espaldas?

Al tiempo que formulaba la pregunta, tres miembros de la nueva gente se desvanecieron detrás de él. Nadie le res¬pondió. Se volvió de nuevo, y comprobó que había nuevos huecos en las filas de los prisioneros.

Detrás,de él, desapareció otro miembro de la nueva gente.

Zen gozaba del espectáculo que hacía enloquecer al te¬niente asiático. Mientras el teniente miraba a una persona determinada, no le ocurría nada a la persona en cuestión. Pero, detrás de él, otra persona desaparecía.

Por unos instantes, Zen casi compadeció al teniente. El coronel sabía la suerte que le aguardaba a aquel oficial cuan¬do regresara Cuso y descubriera que los prisioneros habían escapado. Los asiáticos no se distinguían precisamente por su clemencia con los hombres de su propio bando que des¬cuidaban sus obligaciones.

El teniente sabía tan bien como Zen lo que le sucedería. Pero estaba indefenso. Mirara donde mirara, siempre le daba la espalda a alguien. Y la persona a la cual no miraba, desa¬parecía.

Invisible para el teniente, el rostro que parecía estar di¬rigiendo la operaqión aparecía y desaparecía en el centro de la galería. Se situaba directamente encima de la cabeza del teniente, moviéndose cuando él se movía, desapareciendo cuando el teniente alzaba la mirada.

La nota aflautada sonaba y dejaba de sonar, continuamen¬te, al compás de las desapariciones.

El sudor que goteaba de la barbilla de Zen formó un pe¬queño charco a sus pies. No sabía lo que estaba sucediendo. Experimentaba una sensación muy parecida al pánico, pero no movió un solo músculo. Temía que el rostro pudiera mi¬rarle y también él se desvaneciera.

¿Dónde se encontraría a sí mismo si se desvanecía? ¿Vol¬vería a encontrarse a sí mismo? ¿Acaso todas aquellas per¬sonas se disolvían para siempre en algún espacio interdi¬mensional donde no había Tierra, ni luna, ni estrellas?

A lo largo de las paredes únicamente quedaban Nedra y él.

Los otros se habían desvanecido.

El teniente había enloquecido del todo. Chapurreando una mezcla de chino y de inglés, apretaba su rifle contra el estómago de Nedra y aullaba:

 ¡Tze! ¡Márchese! Si lo intenta la mataré. Noten. ¿Dón¬de ha ido esa gente? Exijo una respuesta. ¡Hable!

 No lo sé- respondió la muchacha..

 ¡Hable! ¡Se lo ordeno! ¡Cuso me hará degollar si per¬mito que todos ustedes escapen!

 Ya le he dicho...

El teniente apoyó el cañón de su rifle contra el estómago de la muchacha.

 ¡Si intenta marcharse, la mataré!

Estaba dispuesto a hacerlo.

Sonriendo suavemente, Nedra desapareció.

El teniente apretó el gatillo del arma. Los proyectiles aullaron salvajemente a través de la galería. Zen se dejó caer apresuradamente al suelo. La muerte estaba demasiado cerca de él para que pudiera asombrarle el espectáculo de un oficial asiático disparando... contra nada.

El teniente dejó de disparar cuando el cargador quedó vacío. Mientras colocaba otro, pareció recobrar algo de cor¬dura. No disparó contra el coronel.

De todos modos, apuntó a Zen con el rifle todavía humeante.

 Si trata de marcharse...

Zen se puso en pie.

 Si supiera c6mo hacerlo, ya me hubiera ido- dijo.

 ¿Adónde se han marchado? ¿Cómo lo han hecho?- in¬quirió el teniente, rabioso.

El sonido del plomo caliente resonaba aún en los oídos de Zen. En cualquier momento, el teniente podía empezar de nuevo a disparar, por cualquier motivo. 0 sin motivo alguno.

 No lo sé- dijo Zen.

 Tiene que saberlo. Es usted uno de ellos.

-¿Cree que si fuera uno de ellos estaría aquí, expuesto a que usted me mate?- replicó Zen,

Lo lógico de aquella pregunta debió penetrar en la ofuscada mente del oficial.

 No. Es decir, supongo que no. Pero también podría tratarse de un truco para embaucarme.- La idea de ser embaucado pareció enfurecerle. -Ya me engañaron una vez, usted y la muchacha.

 ¿Cómo?- inquirió Zen.

 ¿Acaso no nos dejaron dormidos, usted y esa chica? No me diga que no fue usted. Yo estaba allí.

 También yo estaba allí, pero no tuve nada que ver con el asunto. Ni la muchacha.

 Entonces, ¿quién lo hizo?

 West. Estaba fuera, con un generador de sueño que funcionaba electrónicamente.

En el rostro del teniente se reflejó la duda. ¿Cómo podía saber si aquel yanqui alto y delgado decía la verdad? Le ha¬bían enseñado que todos los americanos eran unos embuste¬ros. ¿Por qué tenía que confiar en éste?

 Si me está mintiendo...

 Lo sé. Disparará usted contra mí. Y yo regresaré del otro mundo y le estrangularé cualquier noche, mientras esté, durmiendo.

El tiro dio en el blanco. Como la mayoría de asiáticos, aquel oficial era supersticioso. Observando su reacción, Zen se preguntó si aquel hombre se atrevería siquiera a volver a entregarse al sueño por la noche. Los terribles dahas, los espíritus malos de los muertos, podían estrangularle en el instante en que cerrara los ojos.

Por otra parte, estaba Cuso. El teniente sabía lo que el caudillo asiático haría con él. Zen le vio vacilar entre la amenaza de los espíritus del mal y el peligro que represen¬taba Cuso. Por lo visto, el teniente acabó decidiendo que Cuso era un riesgo más real y más inmediato.

 ¡Miente usted!- exclamó, alzando el rifle.

En aquel momento entraron Cuso y West. El teniente in¬clinó el rifle, se acercó apresuradamente a su jefe y saludó.

 Luego, postrándose en el suelo, cogió el pie de Cuso y trató de colocarlo sobre su cuello, en prenda de sumisión.

-Cuso le dio un puntapié en la cara. Los ojos del caudillo asiático recorrieron la galería. Inmediatamente vio que los prisioneros habían desaparecido. Golpeando de nuevo el rostro del teniente, quiso saber lo que había ocurrido.

El desdichado oficial empezó a hablar atropelladamente, agitando las manos como para indicar que los prisioneros estaban allí, pero hablan desaparecido misteriosamente.

 Se los han llevado los dugphas- gritó en inglés.

Cuso le propinó otro puntapié, esta vez en el cuello. Cusó no creía en los malos espíritus, ni les temía.

West, entretanto, permanecía como al margen de aquella escena. Miró a su alrededor, pero en su rostro no se reflejo la menor sorpresa. ¿Sabía lo que había sucedido durante su ausencia? Cuso, mientras escuchaba al teniente, miró de soslayo a West, con evidente suspicacia. De haber sido po¬sible, le hubiera arrancado la piel a tiras sin esperar a más. . Pero no podía hacerlo. Un hombre despellejado no reve¬la sus secretos. Sólo puede morir.

Cuso se volvió hacia West.

 Parece ser que su gente se ha... marchado- dijo.

 Al menos, no parecen estar aquí- convino West.

Su voz volvía a tener resonancias de campana.

 Un hecho muy interesante- dijo Cuso.

 Desde luego- asintió West.

 ¿Cómo lo consiguieron?

West extendiósus manos en un gesto de impotencia.

 Tal vez sería mejor preguntárselo a ellos.

 Usted lo sabe.

No era una pregunta, sino una afirmación.

 Es posible- admitió West.

 Entonces, ¿cómo lo hicieron?- Las palabras de Cuso resonaron como el resorte de una trampa para osos al ce¬rrarse. -Quiero saberlo. Nada de coartadas. Nada de evasi¬vas. Nada de excusas. Sólo la verdad.

West sonrió.

 ¿Acaso me he mostrado evasivo? ¿No ha visto usted todo lo que tenemos aquí?

-He visto muchas cosas. Pero no sé si lo he visto todo.

 Ha visto usted lo que el coronel- West sefialó a Zen con un gesto  llama mi superradar.

 ¿Se lo ha enseñado usted?- preguntó Zen.

 Desde luego. No tengo ningún secreto para el gran asiático. Además, ¿no me ha prometido acaso el cargo de mariscal de las fuerzas armadas de su país?

West hablaba en tono voluble, pero Zen se dio cuenta de que en realidad trataba de ganar tiempo. ¿Qué esperaba? ¬¿La aparición de aquel rostro en el aire, en el centro de la galería? ¿Que se presentaran los desaparecidos, podero¬samente armados, e hicieran prisioneros a los asiáticos?

_¿Ha perdido usted la cabeza?- gritó Zen. -Sabe per¬fectamente que ese hombre no cumplirá ninguna promesa.

 ¡Cállense!- rugió Cuso. El estampido de su voz chocó contra las paredes de la galería y retumbó en los túneles que conducían al exterior. -Está usted tratando de ganar tiempo. Pretende engañarme.

West permaneció silencioso.

 Mi perro dice que los prisioneros se desvanecieron-. Cuso golpeó con el pie a su teniente para indicar a quién, se refería. -¡Ladra, perro!                                          

El teniente obedeció. Se encontraba en tal estado de ánimo que sí Cuso le hubiera ordenado que se muriera proba¬blemente hubiese obedecido, como resultado del terror y de la sugestión.

 ¿Quiere usted ladrar también como un perro?- preguntó Cuso, dirigiéndose a West.

 Realmente, la posibilidad no me preocupa- respondió tranquilamente éste. -¿La ha previsto usted para mí?

 West, no es momento para sacar las cosas de quicio- gruñó Zen.

 No era ésa mi intención, coronel.

 Usted admitió en cierta ocasión que lo que más deseaba era ir a reunirse con el joven que acababa de morir. Le estoy', preguntando...

 ¡Silencío!- gritó Cuso. -Al primero que vuelva a abrir la boca sin mi permiso lo dejo seco.

 ¡Ah!-  dijo West.

El caudillo asiático empezó a gritar una orden a sus sol¬dados para que disparasen contra West, pero luego cambió de idea al darse cuenta de que con ello posiblemente mata¬ría a la gallina que podía poner un huevo de oro. Por mu¬cho que deseara ver muerto a West por haberle desafiado, sabía que tendría que dejar aquel placer para más tarde.

Cuso se tragó su rabia. Y dado que su rabia era tan gran¬de, tuvo que tragar varias veces antes de que le pasara cuello abajo.

 Bueno, vamos a ser razonables- gruñó.

 Por mi parte, estoy dispuesto- dijo Zen.

 ¡Usted no me importa en absoluto!- rugió Cuso.

 Pero me importa a mí- intervino West.

Cuso parecía a punto de estallar de rabia.

 ¿Hay algo más razonable que un cadáver?-   continuó West.

La pregunta desconcertó a Cuso. Pero sólo por un ins¬tante.

 Pensándolo bien, tiene usted razón. No he visto nunca nada más agradable que un cadáver... ¿Sigue usted dispues¬to a aquirir voluntariamente esa posición, o mejor dicho, esa condición?

 En cualquier momento- respondió West. -Tal como le dije a Kurt hace algún tiempo, estoy cansado de este pla¬no de existencia y me gustaría ver lo que hay más allá. Y no porque no lo sepa- añadió.

 ¿Sabe usted lo que hay más allá de la muerte- pre¬guntó Cuso, interesado a pesar de si mismo.

 Desde luego- aseguró West.

Mientras le escuchaba, Zen tuvo de nuevo la impresión de que West trataba de ganar tiempo. Por otra parte, era posible que estuviera diciendo la verdad literal, era posible que supiera lo que había al final de la vida. Si era así... Zen apartó apresuradamente aquella posibilidad de su pensamiento. Ahora tenía más cosas en que pensar que células cerebrales para llevar acabo aquella tarea.

 Entonces, ¿qué es lo que hay más allá?- preguntó el caudillo asiático¬

  _¿Ha oído usted hablar del cielo?

   Si.

   Allí es donde voy ahora.

  Mientras hablaba, West desapareció.                                                                     

  Un pesado silencio planeó sobre la amplia galería. Cuso, con la boca abierta por el asombro, permaneció inmóvil, li¬geramente inclinado hacia adelante.

En el suelo, el teniente se arriesgó a sentarse. Se arriesgó incluso a hablar.

 ¿Se da cuenta? Así fue como desaparecieron los otros. No pude hacer nada por evitarlo.

Cuso gritó una orden a sus hombres.

Zen se encontró a sí mismo atado de pies y manos. Un furioso maníaco paseaba agitadamente de un lado para otro, delante de él. De cuando en cuando, Cuso le propinaba un puntapié. Gritando con todas sus fuerzas, el caudillo asiáti¬co invitaba a Zen a desaparecer como los demás.

Fue inútil que Zen se desgañitara protestando que él no era un miembro de la nueva gente y que desconocía por completo el método que habían utilizado para desaparecer.

En la mente de Cuso, él era uno de ellos.

Y tenía que ser tratado como a tal.

 

XIII

 

Al principio,, los fósforos encendidos bajo las uñas de los dedos de sus pies dolían como el mismo diablo. Zen no había experimentado nunca un dolor tan intenso. Luego ol¬vidó los fósforos que ardían en sus pies. Empezaron a en¬cenderlos bajo las uñas de los dedos de sus manos.

 ¿Adónde han ido?- volvió a gritar Cuso. -¿Cómo se han marchado?

Hacía mucho rato que Zen había cesado de intentar decir que no lo sabía. En vez de hablar, sacudió la cabeza. Era lo único que podía hacer. Cuso interpretó aquel movimien¬to como una obstinada negativa a contestar. Propinó un puntapié al coronel en pleno rostro.

Con el puntapié, pareció encenderse la mente de la raza. Aquél fue el efecto que Zen experimentó: como si una ter¬cera persona hubiese entrado en juego súbitamente. El do¬lor del puntapié no le pareció ya tan importante. También el ardor de los fósforos bajo sus uñas pareció disminuir.

Y no porque el contacto con la mente de la raza anulara el dolor o lo hiciera menos real. El fuego continuaba siendo fuego. Pero dejaba de ser importante.

Otras cosas lo eran.

Zen trató de concentrar su atención en las otras cosas. La habitación, el aullante Cuso, los dos asiáticos que le su¬jetaban, el tembloroso Cal, el teniente que se desvivía en obedecer las órdenes de su jefe, todo aquello parecía brumo¬so y vago. Eran cosas reales, indiscutiblemente. Pero la men¬te de Zen estaba en contacto con otra realidad que hacía distintas aquellas cosas. El tiempo empezó a perder su signi¬ficado.

Zen se preguntó si se estaba desmayando. Otra pregunta llegó a través de sus pensamientos, como un barco navegan¬do a toda vela a favor del viento. ¿Se estaba muriendo?

La idea no le produjo la menor impresión. Si tenía que morir, estaba más que dispuesto.

 No te estás desmayando, ni te estás muriendo- le susurró la mente de la raza. -Acércate más a mí.

 ¿Cómo puedo acercarme más a ti?

 Déjate ir.- La voz de la mente de la raza era como un susurro procedente del otro lado del infinito. -Déjate ir y acércate a mí.

Zen se preguntó vagamente cómo podía dejarse ir. La respuesta llegó con la pregunta. Las palabras querían decir exactamente lo que decían, el significado era literal: dejar¬se ir.

Mientras realizaba el acto que correspondía a las pala¬bras, la amplia galería, Cuso, el teniente y los verdugos se desvanecieron para convertirse en parte de un mundo nebu¬loso que no parecía tener una existencia real. Incluso el dolor se desvaneció.

"Acércate a mí"- susurró la mente de la raza, y una y otra vez, una voz insinuante que le atraía irresistiblemente.

Bruscamente, se encontró de nuevo en la galería. Igno¬raba cuánto tiempo había estado ausente, pero se dio cuen¬ta de que debió ser el suficiente como para permitir a los asiáticos instalar una emisora portátil de radio. La emisora parecía muy potente. Un soldado de tez amarilla se afanaba en los mandos.

"En contacto con el cuartel general asiático" pensó Zen. Sabía que no se equivocaba.

En alguna parte, fuera, se oyó un sonido significativo: una nave cohete que aterrizaba o que se disponía a despe¬gar. Probablemente esto último. Una larga hilera de asiáti¬cos, cargados como acémilas, estaba cruzando la galería.

Zen comprendió inmediatamente cuál iba a ser el carga¬mento de aquella nave: el equipo del centro de la nueva gente. Vio algunas piezas del superradar en las espaldas de sudorosos soldados asiáticos, y supo dónde las llevaban.

Zen experimentó una sensación de indecible angustia. Con el superradar de West en su poder, los asiáticos se en¬terarían de todos los secretos americanos, a menos que se descubriera algún medio para bloquear las frecuencias uti¬lizadas.

Aquel bloqueo podía dar resultado en lo que respecta a los laboratorios, pero no existía ningún medio para blo¬quear los movimientos de tropas, los despegues y los aterri¬zajes, los cuales serían tan públicos como un anuncio.

El rostro de Zen estaba empapado en sudor. No se dio cuenta de ello hasta que otro cubo de agua se estrelló contra su cuerpo. Un asiático inclinado sobre él vio que sus ojos estaban abiertos y grufló, satisfecho.

El soldado que atendía a la emisora llamó a Cuso, dán¬dole un mensaje. Zen no pudo entender sus palabras, pero vio que el caudillo asiático estaba sorprendido y contento al mismo tiempo. Gritó a los hombres que transportaban los bultos que se dieran más prisa.

 No nos queda mucho tiempo. Va a llegar la gran bomba.

“¿Qué bomba?"- pensó Zen.

Con la pregunta llegó la respuesta. Advertidos por Cuso de que sus preparativos eran probablemente conocidos, los asiáticos habían decidido disparar su superbomba inmedia-tamenie. El cerebro de Zen se convirtió en un torbellino ante aquella idea.

Las puntas de sus dedos le dolieron terriblemente cuan¬do los verdugos reanudaron su tarea.

“¿Quieres morir?"- le susurró la mente de la raza.

Aunque él no podía establecer contacto con ella, la mente de la raza podía alcanzarle.

"Ya has sufrido todo lo preciso. Has saldado tu cuenta con la ley. Ahora puedes unirte a mí, si lo deseas."

 Yo...

Zen se interrumpió bruscamente. Aquello era una fanta¬sía, el producto de la tortura y de la proximidad de la muer¬te. Su propia imaginación le estaba engafíando, pensó.

"No se trata de tu imaginación- le llegó la respuesta  . -Esto es lo que tú llamas la mente de la raza."

 Pero...

“¿Cómo puedes saberlo? No puedes. Tienes que aceptar¬me.- Las ideas que afluían suavemente a su cerebro se in¬terrumpieron unos instantes, y luego volvieron a hacer acto de presencia, con más intensidad que antes  . -¿Quieres mo¬rir? Has aprendido la verdad."

 No- respondió Zen. Gritó otra vez las palabras : ¡No! ¡No!

"El camino que se extiende delante de ti será difícil."

 No me importa lo difícil que sea. ¡Hay una tarea a realizar!

Había gritado de nuevo las palabras.

"Muy bien. Ha sido elección tuya. Puedes permanecer en¬tre los vivientes todo el tiempo que duren tus fuerzas."

La voz que susurraba en su mente se sumió en el si¬lencio.

Kurt continuó gritando. El dolor volvió a penetrar en su conciencia. Mientras despertaba, se dio cuenta de que le gritaba al verdugo para que cesara de torturarle.

Se dio cuenta, también, de que el verdugo se habla que¬dado quieto. En la galería había un sonido. Llenando el aire, parecía surgir de las mismas paredes de la montaña.

¡Una nota aflautada!

Cada átomo de las macizas paredes de piedra parecía recogerla y volverla a despedir. Las moléculas del aire pa¬recían danzar acompasadamente con ella.

Simultáneamente, a unos diez pies encima del suelo, vol¬vió a aparecer el rostro.

El rifle del teniente disparó contra él. Disparó una y otra vez, en una cacofonía de muerte.

El rostro se limitó a sonreír. Los labios se movieron.

 "Deja ya de disparar, amigo"- parecían decir los labios.

El oficial vació su rifle. En un desesperado estallido de miedo, lo arrojó contra la burlona faz.

El arma pasó a través del rostro sin dañarlo.

  ¡Imbécil! ¡No es una persona real, sino una proyec¬ción!- gritó Cuso. Agarró al oficial por el hombro y le de¬rribó.

-¿Quién eres tú?- le preguntó al rostro.

El rostro se limitó a sonreír.

Zen reprimió el impulso de gritar. Sabía lo que iba a su¬ceder a continuación.

 He dicho Quién eres tú- volvió a gritar Cuso.

El ruido de un cuerpo que se desplomaba en la galería desvió su atención. Volviendo la cabeza, vio que uno de los soldados que transportaban el equipo de West hacia la nave con destino a Asia, había caído al suelo.

En circunstancias normales, Cuso hubiera dado la orden de ejecutar a aquel hombre. Pero, con aquel rostro sonrién¬dole desde la nada, las circunstancias no eran normales.

Zen, sabiendo lo que iba a suceder, olvidó el dolor de sus dedos abrasados. Cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, el verdugo estaba roncando a su lado. Todos los asiáticos que se encontraban en la galería estaban profundamente dormidos.

Una multitud le rodeaba. La nueva gente. Mirando a su alrededor, descubrió a todas las personas a las cuales había conocido allí, a excepción de Nedra, y no la vio de momento porque la muchacha estaba ocupada vendando sus manos. West le sonreía con una expresión paternal. Pero detrás de la sonrisa de West había cierta inquietud.

Zen trató de ponerse en pie y descubrió que aún no ha¬bían desatado las cuerdas que sujetaban sus piernas. Nedra le reprochó aquel gesto y le dijo que estaba herido. Zen dijo que aquello no tenía importancia. Le rodeaban unos rostros desconocidos. Tampoco aquello tenla importancia.

Zen levantó la mirada hacia West.

 ¿Por qué no me llevó con usted cuando se marchó... al lugar donde se marchó?

 No podía hacerlo- respondió West. -No estaba usted adiestrado para acompañarme.

 ¿Por qué ha regresado?

 Para rescatarle. Kurt...

Había algo que West deseaba decir.

 Nedra, ¿quiere dejarme en paz de una vez? Estoy per¬fectamente.

 Pero, sus pobres manos y pies...

 Ni siquiera los siento. Pienso en algo mucho más im¬portante. ¿No se da cuenta? En alguna parte de Asia se disponen a disparar una superbomba. Si es que no la han disparado ya.

 No lo sabía- dijo la muchacha  . -¿Se refiere a la grande?

 Sí.

Una expresión de pesar se reflejó en el rostro de la mu¬chacha..Sacudió la cabeza.

Siempre me he preguntado cómo se viviría en una lla¬nura fangosa.

 ¿De qué diablos está hablando?- inquirió Zen.

 Después de que la bomba estalle-   dijo la muchacha.

 ¿Qué pasará?

 La mente de la raza tendrá que empezar de nuevo- explicó Nedra. -Tal vez seremos tortugas. Eso resultaría muy divertido. ¡Una tortuga capaz de recordar cuándo era un hombre! A no ser...

 Conozco esa teoría.

 A no ser que la tortuga no conservara ningún recuerdo- continuó Nedra, como si no le hubiera oído. -Tendrá ale¬tas y un pico, pero lo que necesitará serán manos. No las tendrá hasta que crezcan por sí mismas. Una tortuga con el recuerdo de que en otra época fue un hombre, sabiendo que si tuviera manos podría reconstruir la cultura humana.- En su rostro se dibujó una expresión pensativa. -Me pregunto cómo solucionará el problema la mente de la raza.- Meditó unos instantes  . -Peor sería que fuéramos cangrejos. ¿No cree?

 ¡Cállese!- gritó Zen. -Todavía no somos tortugas. Ni cangrejos. Y no vivimos en llanuras fangosas.

 Pero estamos a punto de hacerlo- insistió Nedra  . -Un empujoncito más, y estaremos en ellas.

Zen se volvió hacia West.

 ¿Qué diablos le ha ocurrido a Nedra?

 Nada- respondió West. -Posee cierto grado de cla¬rividencia, aunque por desgracia no ha tenido tiempo de desarrollarla del todo.

 Tal vez la tortuga no desee reconstruir la cultura hu¬mana- continuó la muchacha  . -Tal vez decida desarro¬llarse en otra dirección. En ese caso, es posible que no ne¬cesite manos.

Zen cerró deliberadamente los oídos a sus palabras. Se volvió hacia West.

 Van a disparar la superbomba- dijo.

 De eso quería hablar con usted- respondió West. -Ese es otro de los motivos de que hayamos venido a buscarle, para poder hablar con usted acerca de esa bomba.

¿Conmigo?- inquirió Zen, sorprendido.

 Sí, con usted.

 ¿Por qué?

 Porque es usted un coronel del servicio de información y tiene experiencia en tales asuntos. Y también porque es usted lo que ninguno de nosotros somos: un combatiente.

 No le entiendo- dijo Zen.

 Puedo llevarle a usted allí. Pero una vez allí, yo no sabría qué hacer. La lucha no va conmigo.

West extendió las manos en un gesto de indefensión.

 ¿Llevarme dónde?- preguntó West.

 A Asia. A la cueva subterránea donde se encuentra la superbomba- explicó West.

El tono de su voz daba a entender que aquello resultaría fácil. Lo difícil sería saber lo que había que hacer, y ser capaz de hacerlo, una vez estuvieran allí.

 ¿A Asia?- inquirió Zen, desconcertado. Tenía la im¬presión de que toda aquella escena era irreal, de que los asiá¬ticos que roncaban en el suelo, Cal recostado contra la pa¬red y la nueva gente que llenaba la galería se desvanecerían de un momento a otro entre nubes de humo verdoso. -¿Cómo diablos va arreglárselas para llevarme a Asia?

 ¿Cómo escapamos de esta galería?- respondió West. -¿Cómo nos desvanecimos? ¿Cómo se salvaron los hombres que tripulaban aviones a punto de estrellarse, contra el sue¬lo? ¿Quién hizo aterrizar felizmente el satélite espacial del coronel Grant? ¿Quién proporcionó la energía necesaria para ponerlo en movimiento? ¿Quién?...

 ¿Sabía usted que yo estaba enterado de lo de Grant?

 En su calidad de coronel del servicio de información, tenía usted que saberlo.

 ¿Y puede usted llevarme a Asia?

 A usted, y a todos los hombres que escoja para que le acompañen.

Acercándose al dormido teniente, Zen recogió su rifle y luego se volvió hacia el grupo.

 ¿Quién quiere venir conmigo a Asia?- preguntó.

El grupo dio un paso al frente como un solo hombre.

En la garganta de Zen se formó una especie de nudo.

Sabía lo que aquella decisión significaba para la nueva gen¬te. Habían sido adiestrados en los caminos de la paz, trata¬ban de avanzar hacia un futuro distinto. Luchar significaba para ellos retroceder en el sendero que conducía al crecimiento, renunciar en cierto modo a lo que creían y espe¬raban. Sin embargo, estaban dispuestos a hacerlo, si era necesario.

Un hombre saludó perfectamente.

 Red Dog Jimmie Thurman- se presentó a sí mismo.

Zen le cogió del brazo,

 ¿Red Dog Jimmie Thurman? Pero, si yo le conozco a usted...

 Es posible, señor.

Thurman hablaba con la cadencia característica del Sur.

 Un miembro de la nueva gente apareció en su avión y le salvó la vida- dijo Zen.

 Sí, señor. Exactamente.

 ¡Pero usted desertó!

 Bueno, digamos que fui a unirme al bando que estaba en lo cierto.

 ¿Cómo encontró este lugar?

 Me limité a pensar y a continuar pensando. En el mo¬mento oportuno, nos encontramos el uno al otro. Los psi¬quiatras trataban de hacerme creer que estaba chiflado. Pero yo sabía algo más que ellos. Sabía lo que había sucedido. Sabía que tenía que existir un motivo para ello. Y sabiendo todo eso, lo único que tenía que hacer era manterme a la expectativa.- Los ojos de Thurman sonreían. -A sus ór¬denes, señor.

 ¿Sabe usted que ir conmigo puede significar la muerte?

 ¿Qué es la muerte, señor?- inquirió Red Dog Jinimie Thurnian, sonriendo. -Mi muerte se produjo sobre el Polo Norte.

 Spike Larson- se presentó otro hombre.

 Usted iba en un submarino- dijo Zen.

Su optimismo crecía por momentos: iba a tener a su lado a verdaderos combatientes.

 Si- respondió Larson. -Y consideraré un privilegio acompañarle.

Como soldados, desfilaron delante de él, el joven gordo, los jóvenes altos, delgados, morenos. Zen creyó que tenía que haber otro. Miró a su alrededor, buscándole. Grant es¬taba hablando con West.

Grant era el hombre cuyo rostro había aparecido en el aire, en el centro de la galería.

Al ver que Zen le miraba, interrumpió su conversación con West y se acercó al coronel.

 ¿Qué tal lo pasó en aquel satélite?- preguntó Zen.

 Me encontraba muy solo, coronel- respondió Grant.

 ¿Quiere usted venir conmigo a Asia?

 No hay ningún lugar en la Tierra al que prefiera ir. Y, tal como están las cosas, no creo que pueda elegir. Si los asiáticos disparan esa bomba . . .

Dejó la frase sin terminar.

Nedra se acercó al coronel y le miró a los ojos. Al verla, Zen experimentó la sensación de que el mundo quedaba re¬pentinamente inmóvil. Sacudió la cabeza.

 ¿Por qué?- inquirió Nedra.

 Porque te amo- respondió Zen.

 Entonces, ése es el motivo más poderoso para que me lleves contigo- dijo la muchacha.

 No entiendo...

 Si fracasas, no habrá mañana- dijo Nedra. -Además, no olvides que soy enfermera- añadió. -Si alguien resulta herido, puedo atenderle.

 Pero...

 El hecho de que me ames no tiene nada que ver con esta situación. Es una cosa aparte. Una cosa maravillosa- añadió apresuradamente, con la luz de las estrellas brillan¬do en sus ojos. -Y me gustaría que ese amor fructificara para los dos. Pero, de momento, sólo tenemos una alterna¬tiva. Y por eso voy a ir a Asia contigo.

Contemplándoles, West sonrió. Zen extendió las manos en un gesto de derrota. Se volvió hacia West.

 No sé cómo lo ha hecho ni me importa demasiado, pero es evidente que dispone usted de un generador portátil que ha utilizado para sumir en el sueño a todos estos asiáticos.

 Si- asintió West.

 Me gustaría que me lo prestara-   dijo Zen.

 Con mucho gusto, coronel. Lamento no disponer de otras armas.

 Nos arreglaremos con lo que tenemos- respondió Zen.

 

XIV

 

"Cero menos una hora” ronroneó el altavoz, en un dia¬lecto chino.

En una profunda caverna, situada en una remota región asiática, unos hombres trabajaban hasta el agotamiento, con¬vencidos de que el momento de la victoria, por la cual ha¬bían vivido todos los verdaderos asiáticos, estaba al alcance de la mano. El lanzamiento de aquella bomba convertiría a la Unión Asiática en dueña del mundo. Y había llegado la orden de lanzar aquella bomba inmediatamente.

"Cero menos cuarenta y cinco minutos” dijo el altavoz.

Quedaba mucho por hacer. La cabeza atómica había sido colocada ya en su lugar, en espera del día del lanzamiento. De no ser así, la tarea hubiese resultado imposible. Los pro¬pulsores estaban terminados, pero tenían que ser cargados de combustible. El mecanismo de gobierno estaba casi listo, pero había que instalar aún el giroscopio. Cinco técnicos se movían constantemente de un lado para otro, dirigiendo la instalación del delicado instrumento.

“¡Cero menos treinta minutos!"

El giroscopio quedó instalado. Las pruebas realizadas con él demostraron que funcionaba perfectamente.

En la sala de mandos se efectuaban los cálculos finales. Había que tener en cuenta la dirección y la velocidad del viento en más de la mitad del planeta. Era un dato impor¬tante para el lanzamiento y el aterrizaje de la bomba, aunque careciera de valor cuando la propia bomba estuviera fue¬ra de la atmósfera.

El blanco habla sido minuciosamente estudiado. En rea¬lidad, el blanco era cualquier parte del continente nortea¬mericano. Si la bomba aterrizaba en cualquier parte del valle del Mississippi, las aguas del río se encargarían de extender las radiaciones letales con la amplitud requerida.

"¡Cero menos quince minutos!"

En el exterior de la montaña, en un observatorio especial construido para aquel fin específico, los aparatos de radar destinados a seguir la pista del cohete estaban preparados. En el laboratorio había los instrumentos necesarios para modificar el curso de la superbomba, si se desviaba demasiado en su trayectoria. Los técnicos estaban con el alma en un hilo. No tenían guardianes para estimularles, pero no los necesita¬ban. Sabían perfectamente lo que sucedería si la bomba no llegaba a su objetivo y se les atribuía a ellos la causa del fracaso.

¿Qué sucedería cuando la bomba aterrizara?

¡Se desatarla el infierno!

Probablemente, la corteza de la tierra se abriría en un agujero de muchas millas de profundidad. El Cráter del Meteoro, en Arizona, sería un juego de nifíos comparado con el resul¬tado de la explosión de la superbomba. Lo ocurrido en Hi¬roshima y Nagasaki sería una bagatela en comparación.

Existía la posibilidad de que los magmas fundidos del núcleo del planeta borbotearan al exterior. Nadie sabía con seguridad si ocurriría o no. En caso de que ocurriera, el resultado podría ser la repentina aparición de un lago de hir¬viente lava.

Las ondas expansivas de la explosión probablemente se¬rían lo bastante intensas como para derribar todos los ras¬cacielos que aún continuaban en pie en América.

El efecto en la sabana de agua donde la bomba aterriza¬ra sería catastrófico. Si chocaba contra cualquiera de los afluentes del Mississippi, el suministro de agua de todas las ciudades situadas corriente abajo hasta Nueva Orleáns que¬daría contaminado.

Nadie sabía cuál podría ser el efecto de la desintegración de la bomba. Poderosas corrientes de aire podrían trans¬portar partículas radiactivas a millares de kilómetros de distancia del punto de la explosión, para dejarlas caer como una lluvia mortal sobre la Tierra.

"¡Cero menos diez minutos!"

Una nota aflautada resonó en la amplia caverna subte¬rránea. Entre el deslizarse de los pies, los gritos de los ca¬pataces que dirigían a los grupos de trabajadores y los oca¬sionales estallidos de los rifles de los guardianes, el sonido no fue captado por los oídos. Pero unos centros más profun¬dos lo captaron.

El primer hombre que lo oyó fue un mecánico. Suspiran¬do, se tambaleó y cayó al suelo. Al ver que no se levanta¬ba, uno de los guardianes se acercó a él. Y al comprobar que estaba roncando, el guardián levantó su rifle.

El mecánico murió sin despertar.

Resonó otro disparo y otro hombre que se había quedado dormido fue a reunirse con sus antepasados.

El técnico que llenaba los depósitos de combustible del cohete fue el tercero en caer. Consiguió cerrar las válvulas de los depósitos antes de que el sueño le rindiera.

Para entonces, los guardianes sabían ya que estaba su¬cediendo algo anormal.

Un profundo silencio planeó sobre la caverna. En medio de aquella quietud, la nota aflautada se hizo claramente au¬dible. Los hombres se miraron unos a otros con creciente aprensión. Mientras se estaban mirando, algunos de ellos se desplomaron al suelo, dormidos.

 ¡Un gas adormecedor!- aulló un oficial. -¡Disparad contra cualquier extranjero que se haga visible!

El oficial sospechaba que algún espía había conseguido íntroducirse en la caverna y había soltado un gas. Su orden iba destinada a que sus hombres encontraran y eliminaran a aquel extranjero. Desde el punto de vista militar, era una orden correcta. Pero tuvo un inconveniente: cuando los sol¬dados no encontraron ningún extranjero, empezaron a ¡maginarlos. Los guardianes comenzaron a disparar sobre sus propios técnicos y mecánicos.

A medida que el pánico se extendía por la caverna, los guardianes empezaban a disparar contra otros guardianes. Y al mismo tiempo que se destrozaban mutuamente, tam¬bién ellos iban quedándose dormidos.

El pánico alcanzó proporciones descomunales.

Cuando Kurt Zen penetró en el interior de la caverna, el lugar estaba tan silencioso como una tumba. El humo de los disparos flotaba en el aire, la caverna olía a muerte y a terror. Pero la bomba continuaba en su rampa de lanza¬miento.

Zen contempló aquella bomba. Oyó su propio suspiro de alivio, al tiempo que el último resto de dolor se desvanecía de los dedos de sus manos Y de sus pies. No porque el daño causado por los fósforos hubiera dejado de existir. Continua¬ba existiendo. Pero el repentino júbilo que le invadió borró en él por completo la sensación de dolor.

-Hemos llegado a tiempo- dijo un hombre, apareciendo a su lado. Era Spike Larson. Con una expresión de espanto en los ojos, Larson miró a su alrededor. -Empezaban a matarse unos a otros. Debieron enloquecer.

 No me extraña- dijo Zen. -Yo mismo he estado a punto de volverme loco, mientras veníamos hacia aquí.

 Ese viaje a través de la nada ha sido una pesadilla, des¬de luego- respondió Larson, sonriendo y sacudiendo la ca¬beza.

Zen asintió. Después de sintonizar su cuerpo a un instru¬mento de la cueva, enmascarado de un modo tan perfecto que los hombres de Cuso no habían podido encontrarlo, West había pulsado un botón. La máquina se había desva¬necido. West se había desvanecido. Durante unos terribles Instantes, Zen había experimentado la sensación de que sus pies se apoyaban en algo que no era más sustancial que el aire. Y, en realidad, lo que había sentido debajo de sus pies era mucho menos sustancial que el aire, el cual es materia. Era incluso menos sólido que el espacio. Era la nada.

El coronel Grant se hizo visible al otro lado de Zen. Grant tenía un aspecto de aturdimiento, pero empuñaba el rifle, que había cogido a uno de los hombres de Cuso con decísión.

 Entre nosotros, prefiero volar en un satélite espacial hasta Marte que enfrentarme con este salto.

 Le comprendo perfectamente- dijo Zen.

Mientras hablaba, otra figura se hizo visible a su izquierda. ¡Nedra! Apareció con una sonrisa en los labios. Zen perdió unos instantes preguntándose qué clase de nervios de. acero poseía aquella muchacha.

-Bueno, yo diría que los tenemos a todos inmovilizados- dijo Spike Larson. -Parece demasiado bueno para ser verdad.

 Es demasiado bueno para ser verdad- dijo Zen.

Había un torbellino... en alguna parte. No sabía dónde,, pero experimentó la sensación de que estaba a punto de su¬ceder algo inesperado y desagradable, algo que estaba rela¬cionado con el futuro.

 ¡Alto!- gritó súbitamente Grant.

Zen volvió la cabeza a tiempo para ver a un asiático que se ponía en pie cerca de un tablero de mandos situado junto al cohete.

 Está andando en sueños- exclamó Larson.

"Cero menos un minuto” anunció el altavoz,

 ¿Dónde diablos está el hombre del altavoz?- preguntó Grant. -¡La frecuencia del sueño no le ha alcanzado!

 No tenemos tiempo para ocuparnos de él- dijo Zen..

El torbellino existente en alguna parte había aumentado en intensidad. Era algo relacionado con el asiático solitario que andaba como un borracho tratando de despejar su mente,

 ¿Disparo contra él, coronel?- inquirió Grant.

Zen vaciló. Sabía que el deseo más profundo de West era el de evitar la violencia en la medida de lo posible..

Aquella vacilación resultó fatal. Grant disparó su rifle... demasiado tarde.,

El asiático habla alcanzado el tablero de mandos y conec¬tó su único conmutador.

 ¡Atrás!- gritó Zen.

Cogió a Nedra y la empujó hacia atrás. A su lado, sabía que Grant y Larson también estaban retrocediendo. En el interior del cohete resonaba un fuerte zumbido. De baja fre¬cuencia pero de elevado volumen, parecía sacudir los propios cimientos de la Tierra.

De pronto, soltando un chorro de llamas y de humo por la cola, el cohete despegó. La montaña se estremeció. Y si el cohete no podía ser detenido, el planeta entero se estremece¬ría. La Tierra vería crisparse su piel como la de un elefante picado por una gigantesca avispa.

 ¡West!- gritó Zen.

 SI, Kurt.

La respuesta de West llegó con tanta rapidez como si se hubiese encontrado en la misma caverna. En realidad, esta¬ba en el centro de América.

 Hemos perdido- dijo Zen.

 Lo sé- respondió West.

 En su voz había una tristeza tan profunda como el océano del espacio.

 Atráiganos de nuevo a América.

 Desde luego.

 A mi, el último.

El rugido del cohete continuaba siendo audible a través del hueco de la rampa de lanzamiento.

 ¿Por qué quiere ser el último?

 Es mi deber- dijo Zen. -Ponga en funcionamiento esa milagrosa máquina, pronto.

 Ahora mismo.

 ¡Eh, muchachos! Vais a volver a casa- anunció Zen a sus compañeros.

 ¿Qué vamos a ganar regresando a casa?- preguntó Spike Larson.

 América habrá dejado de existir dentro de una hora- añadió Grant. -0 lo que tarde en aterrizar ese cohete. ,¿Por qué tenemos que regresar a lo que no existirá?

 Para iniciar la tarea de reconstruir- dijo Zen.

 ¿Reconstruir qué, y con qué?- inquirió Larson.

 Algo quedará- afirmó Zen. -Vosotros estáis ya en un refugio subterráneo. Tendréis que continuar allí, tal vez por espacio de muchos años, sin perder la esperanza y educando a vuestros hijos para que sigan vuestras huellas cuando vo¬sotros hayáis muerto.

Zen hablaba en tono de profundo convencimiento, como si estuviera muy seguro de lo que decía.

 Tiene usted la cabeza llena de pájaros- dijo Red Dog Jimmie Thurman.

 Además, está planeando algo- intervino Nedra. -Quie¬re librarse de nosotros lo antes posible...

 ¡West!- gritó Ken.

 Sí, Kurt.

 ¡Lléveselos!- aulló Zen. -¡Se están insubordinando! ¡Llévese a Nedra en primer lugar, antes de que lea mi pen¬samiento!

 Estoy trabajando con toda la rapidez posible- respon¬dió West. -Este instrumento tiene que ser adaptado a la frecuencia individual del cuerpo. ¡Ah!

 Sabía que había algo...- empezó a decir Nedra. Y de¬sapareció.

Zen suspiró, aliviado. Tenía la impresión de que Nedra le estaba obsequiando con unos epítetos que ninguna dama debería pronunciar. Bueno, el tiempo curaría aquello... si es que quedaba tiempo. En la caverna, un asiático empezó a moverse.

 ¿Qué es lo que se propone hacer, Zen?- preguntó Grant.

 Llévese a Grant a continuación, West- gritó Kurt.

Cuando desapareció, Grant tenía un aspecto disgustado y resignado al mismo tiempo.

Finalmente, Zen quedó solo en la amplia caverna. Un asiático se había puesto en pie, y uno de los guardianes se estaba incorporando.

 Los tengo a todos aquí  dijo West, desde una enorme lejanía.

 Bien.,

 ¿Está usted preparado?

 Sí- respondió Zen. -Pero voy a seguir ese camino- añadió, señalando la abertura de la rampa de lanzamiento.

 ¡Kurt!

La voz de West tenía una nota de evidente desconcier¬to: había captado el significado de las palabras de Zen.

 Ese camino o ninguno- insistió el coronel.

 Pero, ése no es un cohete de pasajeros...

 El casco retendrá el aire suficiente para mantenerme con vida todo el tiempo que tenga que permanecer allí.

 Pero el cohete aumenta progresivamente su aceleración. Es un blanco en movimiento.

 El avión de Red Dog Jimmie Thurman estaba cayen¬do, y el satélite del coronel Grant estaba en movimiento, y el submarino de Spike Larson estaba en el fondo del océa¬no Indico. No busque pretextos, Sam. Alguien llegó a aquel avión, a aquel satélite y a aquel submarino. Yo puedo lle¬gar también a ese cohete. Y usted es el hombre que puede ponerme allí.

 ¡Pero yo no estoy en ese blanco!- objetó West.

 Entonces, sitúese en él.

Zen hablaba como un sargento excesivamente gruñón di¬rigiéndose a un recluta, o como un coronel que se ha tra¬zado una inflexible línea de conducta.

 De acuerdo. Haré todo lo que pueda. Pero algo quedará aquí, Kurt, incluso después de la explosión. Y en nuestro refugio estamos relativamente a salvo.

 Ese es el argumento que he utilizado para obligar a regresar a mis compañeros. Pero usted y yo, Sam, sabemos que si esa bomba estalla el continente americano desapare¬cerá.

 De acuerdo- repitió West. -Voy a tratar de situarme en el cohete como blanco.

 Bien.

Zen reprimió hasta el menor de los temblores muscula¬res de su cuerpo.

El guardián asiático se había puesto en pie. Había recogi¬do su rifle y miraba a su alrededor, buscando una explicación para lo que había sucedido... o un blanco. Sus ojos se posa¬ron en el delgado coronel que llevaba los dedos vendados. Aquel uniforme no correspondía a ninguna unidad asiática.

El guardián alzó el rifle.

 ¡Buena suerte, Kurt- susurró la voz de West a tra¬vés del espacio entre dos continentes.

Mientras el rifle estallaba en su rostro, Kurt Zen notó que su cuerpo vibraba en lo que parecía ser la nada. De nuevo el terror invadió su alma. De nuevo experimentó la terrible agonía mental de aquel increíble tipo de vuelo espacial.

Pero esta vez no le importaban aquellos terrores menta¬les. En alguna parte de su cerebro había un intenso júbilo. Preguntándose si aquello sería la premonición de la muerte, continuó concentrándose en esa idea.

Vagamente, como si procediera de otro espacio, o de otro tiempo, adquirió conciencia de un rugido. El cohete se hizo visible a unos diez pies de distancia.

West había cometido un ligero error en sus cálculos.

Zen se encontraba ahora en el espacio sin aire. Todas las células de su cuerpo se estremecieron agónicamente. El do¬lor hizo presa en su garganta corno unas manos que trata¬ban de estrangularle.

 ¡Oops! He cometido un error- oyó que susurraba West.

Zen avanzaba paralelamente al cohete. West había acer¬tado con el trayecto y la velocidad, pero no había calculado con exactitud el punto de coincidencia. ¿Error de la máqui¬na? ¿Error humano? ¿Quién podía saberlo?

¿Y a quién podía importarle?

¡Click!

Como un vasto océano de cálida energía la mente de la raza llegó hasta Kurt Zen. ¡Existía allí en el espacio, tam¬bién! A Zen no se le hubiera ocurrido nunca imaginarlo. Lo había considerado como un elemento limitado a la su¬perficie del planeta.

Y allí, en pleno espacio, conservaba la vida en él.

Ignoraba cómo era posible aquel hecho: se trataba de uno de los misterios que el futuro se encargaría de resolver... si había un futuro que no fuese el de las llanuras fangosas.

Zen experimentó la sensación de que una poderosa co¬rriente circulaba por el interior de su cuerpo.

¡Click!

¡Estaba en el cohete!

El olor a aceite recalentado hirió su olfato. Cuando tra¬tó de moverse, se dio un golpe en la cabeza. Se encontraba en un angosto pasillo. Delante de él vio un cuadro de man¬dos con diversos interruptores. Empezó a arrastrarse en aquella dirección.

En sus oídos resonaba un rugido ensordecedor. Todo su cuerpo vibraba como si fuese a estallar en pedazos. El pasillo era demasiado angosto. No había sido diseñado para permitir el paso de un hombre.

Todos los esfuerzos de Zen resultaron inútiles. El cuadro de mandos estaba allí, tan cerca, y al mismo tiempo tan le¬jos de su alcance como si se encontrara al otro lado de la luna.

El aire empezaba a enrarecerse. Zen se retorció, luchan¬do desesperadamente, pero su cuerpo estaba incrustado en el angosto pasillo de un modo que le impedía moverse.

Alguien tiró de sus brazos. Nedra estaba delante de él, tratando de hacerle avanzar por el pasillo.

 ¿Tú?- susurró Zen.

 ¿Quién con mejores derechos que yo?- replicó Nedra.

Tenía el rostro empapado en sudor. Los cabellos alboro¬tados. Tiraba de Zen con todas sus fuerzas.

El cohete derrapó, iniciando su giro en el espacio. Zen hizo un esfuerzo sobrehumano. Y quedó libre.

Tras aquel esfuerzo, en su cuerpo no quedaba más que pura energía nerviosa. Y Zen lo sabía.

A través de una abertura circular, vio la Tierra deslizán¬dose debajo del cohete, muy lejos. Con sus mares azules y sus verdes campiñas, el planeta era también muy bello.

Zen se situó ante los mandos, tratando de comprenderlos. En alguna parte funcionaban suavemente unos giroscopios estabilizadores. Los mandos eran muy sencillos. Zen pulsó un interruptor.

No ocurrió nada.

En aquel limitado espacio, la risa de Zen sonó de un modo demencial.

Nedra le miró.

 ¿Qué ha pasado?

 Nada. No ha pasado nada. Eso es lo malo.

 ¿Por qué?

 Esos mandos sólo sirven para establecer el rumbo. Una vez establecido el rumbo y disparado el cohete, los mandos quedan automáticamente cerrados.

 Entonces, ¿no podemos cambiar el rumbo?

 No.

El rostro de Nedra se contrajo. Parecía una nifia a punto de echarse a llorar.

Otro cuadro situado a su izquierda llamó la atención de Zen. En él había únicamente un botón rojo. Zen examinó cuidadosamente el cable que se extendía por detrás del cua¬dro.

 ¡Diablos!-  exclamó súbitamente.

 ¿Qué Pasa, Kurt?

 ¡Ese botón rojo! ¡Es un mando independiente de la cabeza del proyectil! ¡Tiene que serlo! ¿Por qué supones que lo han puesto?

 Probablemente para probar el mecanismo de lanzamien¬to antes de instalar la cabeza del proyectil. ¿Qué importancia puede tener eso?

 Tal vez podamos ir al cielo.

 ¿Qué quieres decir?

Zen explicó cuidadosamente lo que quería decir.

 ¿Hacer estallar el cohete aquí, en el espacio?

 Exactamente.

La voz de West volvió a resonar en su mente. Zen la ignoró. Su mano avanzó hacia el botón rojo.

 Hay algo que quiero que sepas- dijo Zen, interrum¬piendo el gesto de su mano.

 ¿De qué se trata?

 ¡Te quiero!- dijo Zen.

Nedra se echó en sus brazos como una chiquilla asustada.- Lo supe el primer día que te vi- murmuró. -Estoy dispuesta, amor mío.

Zen besó a Nedra y pulsó el botón rojo.

Se produjo un horrísono estruendo.

La oscuridad lo envolvió todo.

Kurt Zen surgió de aquella oscuridad para encontrarse a si mismo contemplando el rostro de Sam West, inclinado sobre él. En aquel rostro había algo que le resultaba familiar, algo que debió haber sospechado hacía mucho tiempo. Tra¬tó de pensar en lo que era.

 ¿Qué ha sucedido?- preguntó.

 Esa cabeza del proyectil tenía un mecanismo retardato¬rio de la explosión. Unos treinta segundos, aproximadamen¬te. Y eso nos permitió sacarles a ustedes del cohete antes de que estallara la cabeza atómica.

Lo que West decía sonaba muy importante. En otras cir¬cunstancias, Zen sabía que lo hubiera considerado impor¬tante. Pero ahora había otras cosas más significativas.

 ¿Estalló la cabeza atómica?- preguntó.

 Hace diez minutos- respondió West jubilosamente .. ¿Sabe lo que significa eso, Kurt? ¿Sabe lo que significa?

 Sí- respondió Zen. -Que no tendré que ser una an¬guila.- Aún había otra cosa que era importante. -Dígame...

 ¿Una anguila?- Por un instante, el rostro de West mos¬tró una expresión desconcertada. Luego captó el significa¬do. -Tiene usted razón, Kurt. Nada de anguilas... para nin¬guno de nosotros.

 Estupendo- dijo Zen. -Nedra...

 Está aquí, a su lado, completamente agotada. Pero no tardará en reponerse.

 Estupendo- repitió Kurt. El otro hecho continuaba en su memoria. Mientras trataba de recordarlo, le llegó la res¬puesta. Alzó la mirada hacia West. -Usted no es Sam West- dijo.

 ¿No?- inquirió West, con el fantasma de una sonrisa en los labios  . -Entonces, ¿quién soy?

 Usted es Jal Jonner. Nadie, a no ser Jal Jonner, po¬dría haber hecho todas las cosas que usted ha hecho.

 Tienes razón, Kurt. Soy Jal Jonner. Y tú eres Kurt Zen. Y ésta es Nedra...

Zen vio la sonrisa que iluminaba el rostro de West. Era la mej,or sonrisa que había vistb nunca. Luego, la sonrisa se borró mientras Zen se hundía en el profundo sueflo del ago¬tamiento. Ni siquiera notó cómo Jonner colocaba la mano de Nedra en la suya.

 

 

 

 

 

 

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