Libro N° 6036. El libro del Sol nuevo III. La espada del Lictor. Wolfe, Gene.
© Libro N° 6036.
El libro del Sol nuevo III. La espada del Lictor. Wolfe, Gene. Emancipación. Mayo 25 de 2019.
Título
original: © The Sword of the Lictor
Versión Original: © El libro del Sol nuevo III. La espada del Lictor.
Gene Wolfe
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Miranda
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CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LIBRO DEL SOL NUEVO III
La espada del Lictor
Gene Wolfe
Montículos, las cabezas humanas desaparecen en la
distancia.
Voy menguando; ya quedo inadvertido.
Pero en libros afectuosos, en juegos infantiles, me
alzaré de los muertos para decir: ¡el sol!
OSIP MANDELSTAM
I
Señor de la Casa de las Cadenas
—Lo
tenía pegado al pelo, Severian—dijo Dorcas—. Así que me quedé bajo la cascada
de la sala de piedras calientes... No sé si el ala de los hombres está
dispuesta de la misma manera. Y cada vez que me apartaba del agua las oía
hablar de ti. Te llamaban carnicero negro, y otras cosas que no quiero
contarte.
—Es
muy natural —dije—. Probablemente hayas sido la única desconocida que entró
allí en todo el mes; bien puede entenderse que chismorrearan sobre ti, y que
las pocas que sabían quién eras estuvieran orgullosas y tal vez contaran algún
cuento. En cuanto a mí, estoy acostumbrado, y en el camino habrás oído muchas
veces esas expresiones; sé que yo las oí.
—Sí
—admitió, y se sentó en el alféizar de la tronera. Abajo, en la ciudad, las
lámparas de los comercios hormigueantes empezaban a colmar el valle del Acis de
un resplandor amarillo como los pétalos de un narciso, pero ella no parecía
verlas.
—Ahora
comprenderás por qué las reglas del gremio me prohíben tomar esposa... Aunque,
como te he dicho muchas veces, por ti las quebrantaré cuando lo desees.
—Quieres
decir que me convendría vivir en otra parte, y venir a verte sólo una o dos
veces por semana, o esperar a que vayas tú.
—Es
lo que se suele hacer. Yen algún momento las mujeres que hoy hablaban de
nosotros comprenderán que quizás un día a sus hijos, a sus maridos o a ellas
mismas les toque estar bajo mi mano.
—Pero ¿no ves que no se trata de eso? Se trata de...
—Aquí Dorcas calló y, luego de que los dos estuviéramos un rato en silencio, se
levantó y empezó a pasearse por el cuarto, agarrándose los brazos. Nunca antes
la había visto hacer aquello, y me resultó inquietante.
—¿De qué se trata, pues? —pregunté.
—De que entonces no era cierto. De que ahora lo es.
—Practiqué el Arte cada vez que hubo un trabajo que
hacer. Me alquilé a tribunales de las ciudades y el campo. Varias veces tú me
miraste desde una ventana, aunque nunca quisiste estar entre la multitud...
Cosa que apenas puedo reprocharte.
—No te miraba—dijo ella. —Yo recuerdo haberte visto.
—No. No mientras sucedía realmente. Tú estabas absorto en
tu tarea, y no me veías retroceder y taparme los ojos. Solía mirarte, y te
saludaba con la mano en el primer momento, cuando te encumbrabas en el
patíbulo. Estabas tan orgulloso..., y derecho como tu espada, tan bello... Eras
sincero. Recuerdo que una vez te miré; estaban contigo un oficial de alguna
clase, y el condenado y un hieromonje. Y el rostro más sincero era el tuyo.
—Es imposible que lo vieras. Sin duda llevaba puesta la
máscara.
—Severian, no me hacía falta verlo. Sé cómo es tu rostro.
—¿Y ahora no es el mismo?
—Sí —dijo ella, reacia—. Pero he estado allá abajo. He
visto la gente encadenada en los túneles. Esta noche, cuando tú y yo durmamos
en nuestra cama blanda, estaremos durmiendo encima de ellos. ¿Cuántos dijiste
que había cuando me llevaste?
—Unos mil seiscientos. ¿De veras crees que los dejarían
libres a todos si no estuviera yo para vigilarlos? Cuando llegamos, recuérdalo,
ya estaban aquí.
Dorcas se negaba a mirarme.
—Es como una tumba común —dijo. Vi cómo le temblaban los
hombros.
—Tendría que serlo —dije yo—. El arconte podría
liberarlos, pero ¿quién resucitará a los que ellos han matado? Tú nunca has
perdido a nadie, ¿no? Dorcas no respondió.
—Pregúntales a las mujeres y las madres y las hermanas de
los hombres que nuestros prisioneros han dejado pudrirse a la intemperie si
Abdiesus debería soltarlos.
—Sólo a mí misma —dijo Dorcas, y apagó la vela de un
soplo.
Thrax es una daga torcida que entra en el corazón de las
montañas por un angosto desfiladero del valle del Acis, y se extiende hasta el
castillo de Acies. El coliseo, el panteón y otros edificios públicos ocupan
todo el terreno llano entre el castillo y la muralla (llamada Capulus) que
cierra el extremo inferior de la zona más estrecha del valle. Los edificios
privados de la ciudad trepan a los acantilados de ambas laderas, y muchos están
cavados en la propia roca, práctica de la cual Thrax obtiene uno de sus apodos:
la Ciudad de las Habitaciones sin Ventanas.
Debe su prosperidad a la posición que ocupa en la
cabecera del tramo navegable del río. En Thrax hay que descargar todas las
mercancías enviadas al norte por el Acis (muchas de las cuales han navegado
nueve décimas partes del Gyoll antes de entrar en la boca del río menor, que
bien puede ser la verdadera fuente del otro), y transportarlas a lomo de animal
si han de viajar más lejos. Inversamente, los atamanes de las tribus montañesas
y los terratenientes de la región que desean despachar lana y maíz a las ciudades
del sur los traen para embarcarlos en Thrax, más abajo de la catarata que cae
rugiendo del arqueado vertedero del castillo de Acies.
Como
siempre ha de ocurrir cuando una plaza fuerte impone el rigor de la ley sobre
una región turbulenta, la administración de justicia era la principal
preocupación del arconte de la ciudad. Para imponer su voluntad a las gentes de
extramuros que en caso contrario la hubiesen rechazado, podía convocar siete
escuadrones de dimarchi, cada cual a las órdenes de su propio comandante. El
tribunal se reunía todos los meses, desde el primer día de luna nueva hasta el
primero de la llena, comenzando con la segunda guardia matutina y continuando
todo el tiempo necesario para despachar el orden del día. En tanto ejecutor
principal de las sentencias del arconte, a mí se me exigía que asistiese a las
sesiones, para garantizar que los castigos por él decretados no se tornaran más
blandos o más severos por obra de los encargados de transmitírmelos; y para
supervisar con todo detalle el manejo de la Vincula, en la cual se detenía a
los prisioneros. En menor escala, era una responsabilidad equivalente a la del
maestro Gurloes en nuestra Ciudadela, y durante las primeras semanas que pasé
en Thrax me sentí agobiado.
Una
máxima del maestro Gurloes decía que no existe prisión bien situada. Como la
mayoría de las sabias sentencias proferidas para edificación de los jóvenes,
era tan incontestable como inservible. Cualquier fuga entra en una de tres
categorías: bien se consuma por astucia, bien por violencia, bien por traición
de los destacados para vigilar. En los lugares remotos se hace muy difícil la
huida furtiva, y por esta razón han sido preferidos por la mayoría de quienes
han meditado largamente la cuestión.
Por
desgracia, desiertos, cumbres e islas solitarias son un campo fértil para fugas
violentas. Si el lugar es sitiado por amigos de los prisioneros, es difícil
advertirlo antes de que sea demasiado tarde, y poco menos que imposible
reforzar la guarnición; y de modo similar, si los prisioneros se rebelan, es
altamente
improbable que las tropas lleguen
antes de que la suerte esté decidida.
El emplazamiento en un distrito bien poblado y bien defendido evita estas dificultades, pero ocasiona otras aún más graves. En sitios tales el prisionero no
necesita mil secuaces sino uno o dos; y no es preciso que éstos sean
combatientes: bastará con una fregona y un buhonero, si son inteligentes y
resueltos. Por lo demás, una vez que el prisionero ha traspuesto los muros se
mezcla de inmediato con la muchedumbre sin rostro, de modo que su captura ya no
será asunto de rastreadores y perros sino de agentes e informadores.
En
nuestro caso no habría podido pensarse en una prisión aislada en un lugar
remoto. Aun de haber estado provista con las suficientes tropas, además de sus
clavígeros, para rechazar los ataques de los autóctonos, los zoántropos y los
cultellarii que recorrían los campos, por no mencionar los séquitos armados de
los pequeños exultantes (en quienes nunca se podía confiar), habría seguido
siendo imposible prescindir de los servicios de un ejército para escoltar los
trenes de abastecimiento. Por fuerza, pues, la Vincula de Thrax está situada
dentro de la ciudad; específicamente, a media altura de los riscos de la ribera
izquierda, y a una media legua del Capulus.
Es
de diseño antiguo, y siempre me pareció que desde el comienzo se la había
concebido como prisión, aunque corre la leyenda de que en un principio era una
tumba y que sólo hace unos cientos de años fue ampliada y adaptada a un nuevo
propósito. A los ojos de un observador situado en la más holgada ribera este,
parece una atalaya rectangular que surge de la roca, una atalaya de cuatro
plantas de altura por el lado visible, cuyo techo plano y merlonado culmina
contra el risco. Esta porción de la estructura —que para muchos visitantes de
la ciudad puede parecer todo el edificio— es
en realidad la parte menor y menos importante. En la época en que yo fui lictor
no albergaba más que nuestras oficinas administrativas, una barraca para los
clavígeros y mis propias habitaciones.
A los prisioneros se los alojaba en un túnel inclinado
que se hundía en la roca. La disposición adoptada no era de celdas
individuales, como la que teníamos para los clientes en la mazmorra de mi
cofradía, ni la de sala común que había visto durante mi reclusión en la Casa
Absoluta. En cambio se encadenaba a los prisioneros a los muros del túnel, cada
uno con un pesado collar de hierro de modo tal que quedara en el centro
suficiente espacio para que dos clavígeros pudieran pasearse a sus anchas sin
peligro de que les birlaran las llaves.
El túnel medía unos quinientos pasos de largo, y tenía
más de mil posiciones para prisioneros. El agua provenía de una cisterna
hundida en la roca en la cima del acantilado, y los desechos sanitarios se
eliminaban inundando el túnel cada vez que la cisterna amenazaba desbordarse.
Una cloaca practicada en el extremo inferior del túnel dirigía el agua sucia
hacia un conducto en la base del acantilado; allí atravesaba el muro del
Capulus para vaciarse en el Acis, debajo de la ciudad.
En sus orígenes, la Vincula no era más sin duda que la
atalaya rectangular que cuelga del risco y el propio túnel. Más tarde la había
complicado una maraña de galerías ramificadas y túneles paralelos (resultantes
de pasados intentos de liberar prisioneros abriendo pasajes, desde una u otra
de las residencias privadas en la superficie del acantilado) y de contraminas
excavadas para frustrar esos intentos; a todos los cuales se recurría ahora
forzadamente en busca de alojamiento adicional.
La existencia de estos anexos poco o nada planificados
hacía mi tarea mucho más difícil de lo que habría sido en otras circunstancias,
y una de mis primeras acciones fue iniciar un programa de clausura de pasajes
indeseados e innecesarios, llenándolos con una mezcla de piedras del río,
arena, agua, cal quemada y grava, y de ensanchamiento y conexión de los que
quedaban, de modo tal que acabaran teniendo una estructura racional. Por
necesario que fuera, este trabajo sólo podía llevarse a cabo con gran lentitud,
pues era imposible liberar más que a unos cientos de prisioneros por vez, y la
mayoría estaba en pobres condiciones.
Durante las primeras semanas siguientes a nuestra llegada
a la ciudad, mis deberes no me dejaron tiempo para ninguna otra cosa. Dorcas la
exploró por los dos, y le encargué estrictamente que averiguase dónde estaban
las Peregrinas. La conciencia de que llevaba la Garra del Conciliador había
sido una pesada carga en el largo trayecto desde Nessus. Ahora que ya no
viajaba y no podía rastrear a las Peregrinas por el camino, y ni siquiera
cerciorarme de que avanzaba en una dirección que a la larga me permitiría quizá
dar con ellas, el peso se había vuelto casi insoportable. Durante el viaje
había dormido bajo las estrellas con la gema en la caña de la bota, y escondida
bajo los dedos del pie en las pocas ocasiones en que habíamos podido parar bajo
techo. Ahora descubría que me era imposible dormir si no la tenía conmigo, si
no podía asegurarme, cada vez que me despertaba de noche, de que aún seguía en
mi poder. Dorcas me cosió una bolsita de antílope que yo llevaba día y noche
colgada del cuello. Una docena de veces durante esas primeras semanas soñé que
veía la gema en llamas, suspendida en el aire por encima de mí como una
catedral ardiente, y me desperté y vi que brillaba con tal intensidad que el
fino cuero translucía un tenue fulgor. Yuna o dos veces por noche me despertaba
y descubría que yacía de espaldas, y que sobre mi pecho la bolsa había cobrado
tan ostensible peso (aunque pudiera
levantarla sin esfuerzo con la mano) que me estaba aplastando la vida.
Dorcas
hacía todo lo posible por alentarme y asistirme; y no obstante yo veía que era
consciente del abrupto cambio en nuestra relación y que estaba aún más
perturbada que yo. Estos cambios, en mi experiencia, son siempre desagradables,
pues entrañan la probabilidad de otros cambios. Mientras habíamos marchado
juntos (y con mayor o menor prontitud habíamos viajado desde aquel momento en
el jardín del Sueño Infinito, cuando Dorcas me había ayudado a trepar, medio
ahogado, al flotante sendero de juncos) habíamos sido pares y compañeros, cada
cual cubriendo todas las leguas a pie o montando nuestras cabalgaduras. Si yo
había suministrado a Dorcas un grado de protección física, ella me había
suministrado igualmente un cierto abrigo moral, pues pocos podían fingir por
mucho tiempo que despreciaban su inocente belleza, o que les horrorizaba mi
oficio cuando al mirarme les era inevitable verla también a ella. Había sido mi
consejera en la perplejidad y mi camarada en un centenar de parajes desiertos.
Cuando
al fin entramos en Thrax y presenté la carta del maestro Palaemon para el
arconte, inevitablemente todo aquello había acabado. Vestido con mi traje
fulígeno, ya no tenía que temer a la multitud; al contrario, eran ellos,
quienes me temían como oficial más alto del brazo más terrible del estado.
Ahora Dorcas vivía, no como una igual, sino como la amante que una vez había
visto en ella la Cumana, en las habitaciones de la Vincula reservadas a mí. Su
consejo se había vuelto inútil, o casi, porque las dificultades que me
atribulaban eran las legales y administrativas, en cuyo manejo me habían
instruido durante años y sobre las que ella no sabía nada; y además porque rara
vez yo tenía tiempo o energías para explicárselas y poder discutirlas.
Así,
mientras guardia tras guardia yo permanecía en el tribunal del arconte, Dorcas
tomó la costumbre de vagar por la ciudad; y después de haber estado
incesantemente juntos durante la última parte de la primavera, en el verano
pasamos a no vernos casi, compartiendo una comida por la noche para trepar
exhaustos a la cama, donde pocas veces hacíamos algo más que dormirnos
abrazados.
Por
fin brilló la luna llena. ¡Con qué alegría la recibí desde la terraza de la
torre, verde como una esmeralda en su manto de bosque y redonda como el borde
de una taza! Yo aún no estaba libre del todo, ya que debía ultimar detalles de
los suplicios y administraciones acumulados durante mi asistencia al tribunal;
pero al menos lo estaba para dedicar toda mi atención a ellos, lo cual parecía
casi tan bueno como la libertad misma. Había invitado a Dorcas a bajar conmigo
al día siguiente, cuando haría una inspección de las zonas subterráneas de la
Víncula.
Fue
un error. En el aire malsano, rodeada por la miseria de los prisioneros, se
indispuso. Esa noche, como ya he referido, me contó que había ido a los baños
públicos (cosa rara en ella, pues tenía tanto miedo del agua que se lavaba
parte por parte con una esponja humedecida en una jofaina no más honda que una
sopera) para limpiarse el pelo del olor del túnel, y que había oído a las
asistentas hablar de ella con otras parroquianas.
II
Sobre la catarata
A
la mañana siguiente, antes de irse de la torre, Dorcas se cortó el pelo casi
como un muchacho y prendió una peonía blanca al casquete que lo confinaba. Yo
trabajé con documentos hasta la tarde, luego le pedí la chilaba de paisano a un
sargento de mis clavígeros y salí con la esperanza de encontrarla.
El
libro marrón que llevo conmigo dice que no hay nada más extraño que explorar
una ciudad totalmente diferente de las que uno conoce, porque hacerlo es
explorar una identidad segunda e insospechada. Yo he descubierto algo más
extraño: explorar esa ciudad después de haberla habitado un tiempo sin aprender
nada de ella.
No
sabía dónde estaban los baños de que había hablado Dorcas, aunque de
conversaciones oídas en el tribunal había inferido que existían. No sabía dónde
quedaba el bazar donde ella compraba la ropa y los cosméticos, y ni aun si
había más de uno. No conocía nada, en resumen, más que lo que se veía desde la
tronera, y la breve ruta desde la Vincula hasta el palacio del arconte. Quizá
tuviera demasiada confianza en mi capacidad de orientación en una ciudad tanto
más pequeña que Nessus; de todos modos, tomé la precaución de cerciorarme de
vez en cuando, mientras andaba por las retorcidas calles que bajaban
penosamente el risco entre casas—gruta excavadas en la roca y casas—garganta
que brotaban de ella, de que seguía viendo la forma familiar de la atalaya, con
su portal fortificado y su gonfalón negro.
En
Nessus los ricos viven en el norte, donde el agua del Gyoll es más pura, y los
pobres al sur, donde es sucia. Aquí en Thrax no había esa costumbre, tanto
porque el Acis fluía con tal rapidez que el excremento de los que vivían río
arriba (y eran, claro está, mil veces menos numerosos que los que vivían en las
márgenes superiores del Gyoll) apenas afectaba la corriente, porque era agua
tomada del embalse previo a la catarata la que llegaba por acueductos a fuentes
públicas y hogares pudientes, de modo que no hacía falta recurrir al río salvo
cuando —para la fabricación o el lavado en gran escala— se requerían grandes
cantidades.
Así,
en Thrax la división se establecía por niveles de altura. Los más ricos vivían
en las faldas más bajas y cercanas al río, con comercios y oficinas públicas a
su alcance, a pocos pasos de muelles desde donde podían recorrer la ciudad de
punta a punta en caiques impulsados por galeotes. Los no tan adinerados tenían
sus casas más arriba; la clase media en general vivía más arriba aún, y así
hasta los más pobres, que moraban justo debajo de las fortificaciones del
acantilado, a menudo en chozas de adobe y cañas, sólo accesibles mediante
largas escalerillas.
Luego
me tocaría ver algo de esas barracas miserables, pero por el momento me mantuve
en el barrio comercial vecino al río. Las callejuelas estaban tan atestadas de
gente que al principio creí que se festejaba algo, o acaso que la guerra —tan
remota mientras yo permanecía en Nessus, pero progresivamente más inmediata a
medida que con Dorcas habíamos marchado hacia el norte— estaba lo bastante
cerca como para que los que huían de ella colmaran la ciudad.
Nessus
es tan extensa que tiene, he oído decir, cinco edificios por cada habitante
vivo. Esta proporción se invierte en Thrax, sin duda, y aquel día hubo momentos
en que me pareció que había cincuenta individuos
por cada techo. Además, Nessus es una ciudad cosmopolita, así que aunque se
vean muchos extranjeros, y ocasionalmente incluso lleguen naves con cacógenos
de otros mundos, uno siempre tenía conciencia de que eran extranjeros, gente que estaba lejos de su tierra. Aquí las
calles bullían de humanidad diversa, pero no reflejaban sino la diversidad
natural del territorio montañoso, de modo que si yo veía, por ejemplo, un
hombre con una gorra de pellejo de pájaro, y con las alas por orejeras, o uno
con una tosca chaqueta de cuero de kaberú, o uno con la cara tatuada, a la
vuelta de la esquina podía encontrarme otros cien de la misma tribu.
Esos hombres eran eclécticos, descendientes de los
colonos del sur que se habían unido a los rechonchos, oscuros autóctonos que
habían adoptado algunas de sus costumbres y las habían mezclado a su vez con
otras adquiridas de los anfitriones de más al norte, y en algunos casos de
pueblos aún más ignotos, mercaderes y razas aldeanas.
Muchos de estos autóctonos prefieren unos cuchillos
curvos —o, como se los llama a veces, doblados— que constan de dos secciones
relativamente rectas y un codo hacia la punta. Se afirma que esta forma permite
atravesar más fácilmente el corazón si la puñalada se da bajo el esternón. La
hoja es rígida, con nervadura central, y de dos filos que se mantienen muy
templados; no hay guarda, y por lo común el mango es de hueso. (He descrito
detalladamente estos cuchillos porque son tan característicos de la región como
lo que más, y porque es de ellos que Thrax toma otro de sus nombres: la Ciudad
de los Cuchillos Curvos. Hay además una similitud entre el plano de la ciudad y
la hoja de ese instrumento: la curva del desfiladero corresponde a la de la
hoja; el río Acis, a la nervadura central; el castillo de Acies, a la punta, y
el Capulus, a la línea en que el acero desaparece en el mango.)
Uno de los guardianes de la Torre del Oso me dijo una vez
que no existe animal más peligroso o más salvaje e incontrolable que el híbrido
que resulta del apareamiento entre un perro de combate y una loba. Estamos
acostumbrados a considerar feroces las bestias del bosque y la montaña, y
salvajes a los hombres que en apariencia brotan de esos suelos. Pero la verdad
es que (como bien sabríamos si no estuviéramos tan hechos a su compañía) hay
una violencia más cruel en ciertos animales domésticos, por bien que comprendan
el lenguaje humano y a veces hablen incluso unas palabras; y hay un salvajismo
más profundo en los hombres y mujeres cuyos ancestros han vivido en ciudades y
poblados desde el alba de la humanidad. Vodalus, por cuyas venas corría la
sangre incorrupta de un millar de exultantes —exarcas, etnarcas y estarostes—,
era capaz de una violencia inimaginable para los autóctonos que transitaban las
calles de Thrax, desnudos bajo sus capas de guanaco.
Como los perros—lobo (que nunca vi, pues eran demasiado
perversos para ser útiles), aquellos eclécticos tomaban de su ascendencia mixta
todo lo que en ella había de más cruel e ingobernable; como amigos o seguidores
eran hoscos, desleales y pendencieros; como enemigos, feroces, desdeñosos y
vengativos. Esto al menos había oído yo a mis subordinados de la Víncula, pues
eclécticos eran más de la mitad de los prisioneros.
Cada vez que conocí hombres de lenguaje, vestimenta o
costumbres extraños, nunca dejé de preguntarme cómo serían sus mujeres. Siempre
hay un vínculo, puesto que ambos son producto de la misma cultura, como las
hojas de un árbol, que uno ve, y el fruto, que uno no ve porque las hojas lo
ocultan, son productos de un mismo organismo. Pero el observador que se
arriesgue a predecir la apariencia y el sabor del fruto por el contorno de unas
pocas ramas frondosas vistas (por así decir) desde lejos, deberá saber mucho
sobre hojas y frutos si no quiere hacer el ridículo.
Hombres aguerridos pueden nacer de mujeres lánguidas, y
tener hermanas casi tan fuertes como ellos y más decididas. Y así yo, mientras
paseaba entre multitudes compuestas en su mayor parte por esos eclécticos y por
gentes de la ciudad (que no me parecían muy distintos de los ciudadanos de
Nessus, salvo porque las ropas y maneras eran aquí algo más rudas), me encontré
especulando sobre mujeres de ojos oscuros y piel oscura, mujeres con lustroso
pelo negro, grueso como las colas de las pintadas cabalgaduras de sus hermanos,
mujeres de rostro que yo imaginaba fuerte pero delicado, mujeres dadas a la
resistencia feroz y la rápida entrega, mujeres que podían ser ganadas pero no
compradas..., si es que tales mujeres existen en este mundo.
De sus brazos mi imaginación viajó a los lugares donde
tal vez se las encontrase, solitarias cabañas acurrucadas junto a manantiales
de montaña, ocultas yurtas aisladas entre pastizales altos. Pronto la idea de
las montañas llegó a intoxicarme tanto como una vez, antes de que el maestro
Palaemon me revelara la localización correcta de Thrax, me había intoxicado la
idea del mar. Qué gloriosos son ellos, los impertérritos ídolos de Urth,
tallados con herramientas inexplicables en una edad inconcebiblemente antigua,
lúgubres cabezas que aún se alzan sobre el contorno del mundo coronadas con
mitras, tiaras, diademas rociadas de nieve, cabezas de ojos enormes como
ciudades, figuras de hombros envueltos en bosques.
Así, disfrazado con la insípida chilaba de un burgués, me
abrí camino a codazos por calles atiborradas de humanidad y rezumantes de olor
a estiércol y a cocina, con la imaginación llena de visiones de piedra
colgante, de arroyos de cristal como collares.
Pienso que Thecla habrá sido llevada al menos a las
estribaciones de esas cumbres, sin duda para escapar al calor de algún verano
particularmente tórrido; pues muchas de las escenas que me brotaban en la mente
(por voluntad propia, al parecer) eran de cariz notablemente infantil. Vi
plantas enamoradas de la roca cuyas flores virginales se me presentaban con una
inmediatez que ningún adulto alcanza sin ponerse de rodillas; abismos que
parecían no sólo pavorosos sino chocantes, como si su existencia desafiara las
leyes de la naturaleza; picos tan altos que parecían literalmente no tener
cima, como si el mundo entero hubiera estado cayendo eternamente de un cielo
inimaginable, que aún no había soltado esas montañas.
Al fin llegué al castillo de Acies, tras haber recorrido
casi toda la ciudad de un extremo a otro. Allí revelé mi identidad a los
guardianes de la puerta trasera y se me permitió entrar y subir a lo alto de la
torre principal, tal como una vez había subido a nuestra Torre Matachina antes
de separarme del maestro Palaemon.
Aquella vez, al subir allí a despedirme del único lugar
que había conocido, había estado en uno de los puntos más encumbrados de la
Ciudadela, que a su vez descansa en la cumbre de una de las elevaciones más
altas de toda el área de Nessus. La ciudad se había extendido ante mí hasta los
límites de la visión, atravesada por el trazo del Gyoll, como el rastro verde
de una babosa en un mapa; yo había divisado incluso la Muralla en algunos
puntos del horizonte, y en ninguna parte yo había estado a la sombra de alguna
cumbre muy superior a la mía.
Aquí la impresión era muy diferente. Estaba montado sobre
el Acis, que corría hacia mí saltando en una serie de escalones rocosos, todos
dos o tres veces más altos que un árbol grande. Pulverizado en una blancura
espumosa que centelleaba bajo el sol, desaparecía por debajo de mí para reaparecer como una cinta de
plata que corría a través de una ciudad tan limpiamente contenida en su
hendedura como una de esas aldeas de juguete que yo (pero era Thecla) recordaba
haber recibido dentro de una caja en un cumpleaños.
Y
sin embargo, por así decir, estaba en el fondo de un tazón. Por todos lados se
alzaban muros de piedra, de modo que mirar uno cualquiera era creer, por un
momento al menos, que mediante la multiplicación de números imaginarios algún
hechicero había tergiversado la gravedad doblegándola en ángulo recto, y la
altura que yo veía era en realidad la superficie rasa del mundo.
Durante
una guardia o más, creo, estuve contemplando esas paredes, y recorrí las
delgadas líneas de las cascadas que en limpio y atronador romance se
precipitaban a reunirse con el Acis, y miré las nubes atrapadas que parecían
apretarse blandamente contra esas laderas inflexibles como ovejas aturdidas y
consternadas entre rediles de piedra.
Luego
acabaron por fatigarme la magnificencia de la montaña y mis sueños de cumbres;
o, más que fatigarme, me marearon hasta que la cabeza me dio vueltas, y tuve la
impresión de ver las cimas aun con los ojos cerrados, y sentí que aquella
noche, y muchas noches más, caería en sueños por sus precipicios, o me
aferraría con dedos ensangrentados a las desesperantes paredes.
Luego
me volví con ahínco hacia la ciudad y me tranquilicé con la visión de la
atalaya de la Víncula, ahora un cubo muy modesto, cementado a un risco que era
poco más que una arruga entre las incalculables olas de piedra que lo rodeaban.
Observé los cursos de las calles principales, buscando (como en un juego, para
despejarme tras la larga contemplación de las montañas) identificar aquéllas
por las que había pasado para llegar al castillo, y observar desde la nueva
perspectiva los edificios y mercados que había visto en el camino. Saqueé con
la mirada los bazares, y descubrí que había dos, uno a cada lado del río; y
marqué de nuevo los mojones familiares que había aprendido a reconocer desde la
Vincula: el coliseo, el panteón y el palacio del arconte. Luego, cuando todo lo
que había visto desde el suelo quedó confirmado desde el punto panorámico, y
sentí que comprendía la relación espacial del lugar en donde estaba con lo que
ya conocía del plano de la ciudad, empecé a explorar las calles secundarias,
atisbando los tortuosos senderos que subían a los peñascos superiores y
sondeando estrechos callejones que a menudo no parecían sino meras bandas de
oscuridad entre edificios.
Siguiéndolos,
mi vista volvió a dar con las márgenes del río, y empecé a estudiar los sitios
de desembarco y, los depósitos, y hasta las pirámides de toneles y cajas y
fardos que esperaban ser embarcados en alguna nave. Ahora el agua ya no tenía
espuma, salvo cuando los muelles la obstruían. Era casi de color añil, y como
las sombras de color añil que se ven al anochecer en un día de nevada, parecía
resbalar silenciosamente, sinuosa y glacial; pero el movimiento de los
presurosos caiques y las cargadas falucas mostraba cuánta turbulencia escondía
la superficie lisa, pues las embarcaciones más grandes movían los baupreses
como esgrimidores inquietos, y a veces todas giraban poniéndose de lado
mientras los remos luchaban contra los rápidos remolinos.
Cuando
agoté todo lo que había río arriba, me incliné sobre el parapeto para observar
el trecho de corriente más cercano y un embarcadero que no estaba a más de cien
pasos de la puerta posterior del castillo. Mirando a los estibadores que se
afanaban por descargar una de las angostas barcas, vi cerca de ellos, inmóvil,
una diminuta figura de pelo brillante.
Al
principio creí que era una niña, tan pequeña parecía comparada con los
corpulentos peones casi desnudos; pero era Dorcas, sentada justo al borde del
agua con la cara entre las manos.
III
A la puerta de la choza
Guando
llegué hasta Dorcas no la pude hacer hablar. No era simplemente que estuviera
enfadada conmigo, aunque entonces lo pensé. El silencio la había atacado como
una enfermedad, no dañándole la lengua y los labios sino incapacitándole la
voluntad de usarlos y acaso hasta el deseo, del mismo modo que ciertas
infecciones destruyen nuestro deseo de placer o aun la comprensión de la
alegría ajena. Si no le alzaba la cara hacia mí, no miraba nada; clavaba los
ojos en la tierra bajo sus pies, creo que sin siquiera verla, o se cubría la
cara con las manos, como estaba haciendo cuando la vi.
Yo
quería hablarle, convencido —entonces— de que podría decir algo, aunque no
sabía qué exactamente, que la devolviera a sí misma. Pero eso era imposible en
el muelle, con los estibadores mirándonos, y por un rato no logré encontrar
ningún sitio a donde llevarla. En una calleja cercana que había empezado a
subir por la falda oriental del río, vi el cartel de una posada. En la estrecha
sala común había parroquianos comiendo, pero por unos pocos aes pude alquilar
un cuarto en el piso de arriba, un lugar sin más muebles que una cama ni
espacio para otra cosa, con el techo tan bajo que en un lado yo no podía estar
de pie. La dueña pensó que lo alquilábamos para una cita, cosa harto natural
dadas las circunstancias; pero también pensó, por la desesperada expresión de
Dorcas, que yo tenía algún poder sobre ella o se la había comprado a una
alcahueta, y le ofreció una candente mirada de comprensión, que no creo que
ella notara, y a mí una de reproche.
Cerré
la puerta, eché el cerrojo e hice que Dorcas se tendiera en la cama; luego me
senté a su lado y, con lisonjas, intenté hacerla conversar, preguntándole qué
le pasaba, y qué podía hacer yo para remediarlo, y cosas así. Cuando descubrí
que no servía de nada, empecé a hablar de mí mismo, suponiendo que lo que la
había impulsado a cortar el diálogo conmigo era sólo el horror de las
condiciones en la Víncula.
—Todo
el mundo nos desprecia —dije—. Por eso no hay razón para que tú no me
desprecies. Lo sorprendente no es que hayas llegado a odiarme ahora, sino que
me hayas acompañado tanto tiempo antes de empezar a sentir como los demás.
Pero, porque te amo, seguiré defendiendo el nombre de mi gremio, y de este modo
también mi nombre, con la esperanza de que acaso un día no te duela tanto haber
amado a un torturador, por más que ahora ya no me ames.
»Nosotros
no somos gente cruel. No encontramos placer en lo que hacemos, salvo en el
hecho de hacerlo bien, lo cual significa hacerlo rápido y en la exacta medida
en que la ley nos instruye. Obedecemos a los magistrados, que se mantienen en
sus cargos porque el pueblo lo consiente. Ciertos individuos nos dicen que no
deberíamos hacer nuestro trabajo, y que no debería hacerlo nadie. Dicen que el
castigo infligido a sangre fría es un crimen más grande que cualquiera que
hayan podido cometer nuestros clientes.
»Quizas
lo que dicen es justo, pero una justicia así destruiría a la Mancomunidad toda.
Nadie podría sentirse seguro ni lo estaría, y el pueblo se alzaría al fin;
primero contra los ladrones y los asesinos, luego contra cualquiera que
ofendiese las ideas populares de propiedad, y por último contra los simples
parias y los extranjeros. Luego volvería el viejo horror de las lapidaciones y
las quemas, en las cuales cada cual busca superar al vecino por miedo a que
mañana sospechen en él alguna simpatía hacia el infeliz que está muriendo hoy.
»Otros
nos dicen que ciertos clientes merecen el castigo más severo pero otros no, y
que deberíamos negarnos a ejercer nuestra labor sobre los últimos. Es cierto
que algunos han de ser más culpables que los demás, y hasta es posible que
algunos de los que nos confían no hayan hecho nada malo, ni en el asunto de que
se los acusa ni en cualquier otro.
»Pero
los que esgrimen estos argumentos se erigen en jueces por encima de los
elegidos por el Autarca, jueces con menos adiestramiento en la ley y sin
autoridad para convocar testigos. Piden que desobedezcamos a los verdaderos
jueces y los escuchemos a ellos, pero no nos pueden demostrar que merecen más
nuestra obediencia.
»Aún
hay otros que sostienen que en vez de torturarlos o ejecutarlos habría que
condenar a nuestros clientes a trabajar para la Mancomunidad, cavando zanjas,
construyendo torres y cosas así. Pero con el costo de los guardias y las
cadenas se pueden contratar trabajadores honrados, que de otro modo no tendrían
con qué alimentarse. ¿En razón de qué tendrían estos hombres que morir de
hambre para que no mueran los asesinos o no sufran dolor los ladrones? Por lo
demás, estos ladrones y asesinos, que desconocen la lealtad a la ley y la
esperanza de recompensa, sólo trabajarían bajo el rigor del látigo. ¿Y qué es
ese látigo sino una tortura más con diferente nombre?
»Otros
más, por fin, afirman que a los declarados culpables habría que confinarlos, en
comodidad y sin dolor, durante muchos años; a menudo por el resto de sus vidas.
Pero los que están cómodos y sin dolor viven mucho
tiempo, y cada oricreta gastada en mantenerlos podría destinarse a mejores
propósitos. Sé poco de la guerra, pero sé lo bastante como para comprender
cuánto dinero hace falta para comprar armas y pagar a los soldados. Ahora los
combates se libran en las montañas del norte, de modo que combatimos como
detrás de un centenar de muros. Pero ¿qué pasaría si llegaran a las pampas?
¿Sería posible rechazar a los ascios cuando hubiera tanto espacio para
maniobrar? Y ¿cómo se alimentaría Nessus si los rebaños cayeran en manos de
ellos?
»Si
no debe confinarse cómodamente a los reos ni torturarlos, ¿qué queda? Si a
todos se los matara, y de la misma forma, se consideraría igual a una pobre
ladrona que a la que hubiese asesinado a su propio hijo, como hizo Morwenna de
Saltos. ¿Te gustaría eso? En tiempos de paz, muchos podrían ser desterrados.
Pero desterrarlos ahora sólo significaría entregar un cuerpo de espías a los
ascios, para que los entrenaran, los proveyeran de fondos y los volvieran a
poner entre nosotros. Pronto no podría confiarse en nadie, por mucho que
hablaran nuestra lengua. ¿Te gustaría eso?
Dorcas
yacía en tal silencio que por un momento creí que se había dormido. Pero tenía
abiertos los ojos, esos enormes ojos de un azul perfecto; y cuando me incliné a
mirarla, se movieron, y por un tiempo parecieron mirarme como podrían haber
mirado las ondas en un estanque.
—De
acuerdo, somos demonios —dije—. Si prefieres decirlo así. Pero somos
necesarios. Hasta los poderes celestiales tienen que emplear demonios.
Unas
lágrimas le asomaron a los ojos, aunque era imposible saber si lloraba porque
me había lastimado o porque se había dado cuenta de que yo aún estaba allí. Con
la esperanza de que recuperase el afecto que antes me mostraba, me puse a
hablar de los tiempos en que aún estábamos en camino hacia Thrax, recordándole
el claro donde nos habíamos encontrado tras huir del parque de la Casa
Absoluta, y la conversación que habíamos tenido en esos grandes jardines, antes
de la obra del doctor Tales, paseando entre las flores hasta sentarnos en un
viejo banco junto a una fuente rota, y todo lo que ella me había dicho, y lo
que yo le había dicho a ella.
Y
me pareció que la tristeza se le aliviaba un poco hasta que mencioné la fuente,
cuyas aguas manaban de la pila agrietada en una pequeña corriente que algún
jardinero había enviado a vagar entre los árboles, para refrescarlos, y que
terminaba allí embebiendo la tierra; pero entonces una oscuridad que no estaba
en el cuarto sino en el rostro de Dorcas vino a depositarse entre nosotros como
una de esas cosas raras que nos habían perseguido ajenas y a mí entre los
cedros. Dorcas no quiso mirarme, y al cabo de un rato se durmió de veras.
Me
levanté con el mayor silencio posible, descorrí el cerrojo de la puerta y bajé
la retorcida escalera. Abajo, en el comedor, la dueña seguía trabajando pero
los parroquianos se habían ido. Le expliqué a la mujer que la muchacha que
había traído estaba enferma, pagué varios días de alquiler, y prometiendo
regresar y hacerme cargo de cualquier otro gasto, le pedí que de cuando en
cuando fuera a verla, y que la alimentara si quería comer.
—Ah,
para nosotros será una bendición tener a alguien durmiendo en el cuarto—dijo la
dueña—. Pero si su tesoro está enferma, ¿será el Nido del Pato el mejor lugar
para dejarla? ¿No puede llevarla a su casa?
—Me
temo que es vivir en mi casa lo que le ha hecho mal. Al menos no quiero correr
el riesgo de que volviendo allí empeore.
—¡Pobre
tesoro! —La dueña meneó la cabeza.—Tan bonita, además, y parece apenas una
niña. ¿Cuántos años tiene?
Le
dije que no sabía.
—Bien,
le haré una visita y cuando se sienta con ganas le daré un poco de sopa. —Me
miró dando a entender que el momento llegaría pronto, no bien yo me marchara.—
Pero quiero que sepa que no la tendré prisionera para usted. Si ella quiere,
será libre de irse.
Al
salir de la posada quise volver a la Víncula por la ruta más directa; pero
cometí el error de suponer que si la callejuela donde estaba el Nido del Pato
corría casi hacia el sur, sería más rápido seguir por ella y cruzar el Acis más
abajo que rehacer el camino por el que había venido con Dorcas hasta el muro
posterior del castillo de Acies.
La
callejuela me traicionó, como habría esperado si hubiese conocido mejor Thrax.
Pues aunque muchas de las tortuosas calles que serpentean por las laderas
puedan cruzarse, en general corren de arriba abajo; de modo que para ir de una
a otra casa apretada al risco (a menos que estén muy cerca o una encima de
otra) hay que bajar hasta la franja central cercana al río y luego volver a
subir. Así, al poco rato me encontré tan alto en el acantilado oriental como la
Víncula estaba en el opuesto, con menos perspectivas de llegar a ella que las
que había tenido al abandonar la posada.
A
decir verdad, el hallazgo no me desagradó del todo. Me esperaba trabajo, y
llena como tenía aún la mente de pensamientos sobre Dorcas, no sentía ningún
deseo especial de hacerlo. Me atraía más agotar mis frustraciones usando las
piernas, y resolví seguir la cabriolante calle hasta el final, si era preciso,
y ver la Víncula y el castillo de Acies desde aquella altura, y luego mostrar
mi insignia de oficial a los guardias de las fortificaciones y caminar por
ellas hasta el Capulus, para cruzar el río por el camino más bajo.
Pero
después de media guardia de esfuerzo tenaz descubrí que no podía seguir
adelante. La calle terminaba contra un precipicio de tres o cuatro cadenas de
altura, y en verdad quizás había terminado antes, pues la última veintena de
pasos yo la había dado por lo que probablemente no era más que el sendero
privado de la miserable choza de adobe y cañas que tenía delante de mí.
Tras
cerciorarme de que no había manera de rodearla, y ningún camino hacia la cumbre
en una buena distancia a mi alrededor, iba a alejarme disgustado cuando una
criatura salió de la choza, y deslizándose hacia mí entre temerosa y audaz,
observándome sólo con el ojo derecho, extendió una mano pequeña y muy sucia en el ademán
universal de los mendigos. Es posible que si yo hubiera estado de mejor humor,
me habría reído de la pobre criatura, tan tímida e inoportuna; el caso es que
dejé caer unos aes en la manchada palma.
Envalentonada,
la criatura se arriesgó a decir: —Mi hermana está enferma. Muy enferma, sieur.
—Por el timbre de la voz decidí que era un niño; al hablar había vuelto la cara
casi hacia mí, y vi que tenía el ojo izquierdo cerrado, hinchado por alguna infección. Unas lágrimas
de pus se le habían secado en la mejilla.— Muy, muy enferma.
—Ya
veo —le dije.
—Oh,
no, sieur. No puede desde aquí. Pero si lo desea puede mirar por la puerta...
No la molestará. En ese momento un hombre cubierto con un rasguñado delantal de
albañil llamó en voz alta. —¿Qué pasa, Jader? ¿Qué quiere? —Trajinaba sendero
arriba hacia nosotros.
Como
cualquiera habría previsto, el único efecto de la pregunta fue asustar al niño
y hacerlo callar. Yo dije: —Estaba preguntando cuál es el mejor camino hacia la
zona de abajo.
Sin
responder, el albañil se detuvo a unos cuatro pasos de mí y cruzó unos brazos
de aspecto mas duro que las piedras que rompían. Parecía irascible y
desconfiado, aunque me era imposible saber por qué. Quizá mi acento había
delatado que yo era del sur; quizá sólo fuera por mi vestimenta, que, si bien
nada rica o fantástica, indicaba que pertenecía a una clase social superior a
la de él.
—¿He
entrado en terreno privado? —pregunté—. ¿Es suyo este lugar?
No
hubo respuesta. Pensara lo que pensase de mí, estaba claro que no habría
comunicación entre nosotros. Yo sólo podía hablarle como un hombre le habla a
un animal, y ni siquiera como a un animal inteligente, por cierto, sino apenas
como un arriero le grita a una res. Y él, por su parte, sólo podía hablar como
hablan los animales a un hombre, con un sonido formado en la garganta.
He
notado que en los libros, al parecer, nunca se dan estos puntos muertos; los
autores tienen tal ansiedad por llevar adelante las historias (por muy
inexpresivas que sean, y aunque avancen como carros de mercado con infatigables
ruedas chirriantes, y sólo vayan a pueblos polvorientos donde el encanto del
campo se ha perdido y nunca se encontrarán los placeres de la ciudad) que no
hay tales malentendidos, ninguna negativa que exija una negociación. El asesino
que ha puesto la daga en el cuello de la víctima está impaciente por discutir
el asunto, y con todo el detenimiento que la víctima o el autor deseen. La
apasionada pareja unida en amoroso abrazo se muestra al menos igualmente
dispuesta a retrasar la estocada, si no más.
En
la vida no es así. Yo miraba fijamente al albañil, y él me miraba a mí. Se me
ocurrió que podría matarlo allí mismo, aunque no estaba seguro, pues parecía
insólitamente fuerte, y nada garantizaba que no tuviera un arma escondida, o
amigos en las miserables viviendas próximas. Sentí que estaba a punto de
escupir en el trecho de sendero que nos separaba, y si lo hubiera hecho yo le
habría arrojado la chilaba a la cabeza y lo habría apuñalado. Pero no lo hizo,
y cuando ya hacía un buen rato que nos estábamos mirando, el niño, que tal vez
no tuviera idea de lo que estaba pasando, volvió a decir:
—Puede
mirar desde la puerta, sieur. A mi hermana no le molestará. —En el empeño de
mostrar que no había mentido se atrevió incluso a tirarme un poco de la manga,
sin darse cuenta, por lo visto, de que su sola apariencia justificaba cualquier
mendacidad.
—Te
creo—dije. Pero entonces comprendí que decir que le creía era insultarlo,
mostrando que yo no confiaba en lo que me decía, no tanto al menos como para
ponerlo a prueba. Me incliné y espié por la rendija, aunque al principio, como
miraba desde el día brillante hacia el tenebroso interior de la choza, lo que
pude ver fue poco.
La
luz me daba casi de lleno en la espalda. Sentía su presión en la nuca, y era
consciente de que el albañil podía atacarme con impunidad ahora que yo no lo
veía.
Pequeña
como era, la habitación no estaba atiborrada. Contra la pared opuesta a la
puerta habían amontonado unas pajas, y allí yacía la chica. Estaba en esa fase
de la dolencia en la que ya no sentimos compasión por el enfermo, que se ha
convertido en objeto de horror. La cara parecía una calavera sobre la que se
estiraba una piel fina y translúcida como el parche de un tambor. Los labios ya
no le cubrían los dientes, ni siquiera durante el sueño, y la guadaña de la
fiebre le había arrebatado el pelo hasta dejarle apenas unos mechones.
Apoyé
las manos en el muro de barro y mimbres que enmarcaba la puerta y me enderecé.
—Ya
ve que está muy enferma, sieur—dijo el niño—. Mi hermana. —Y volvió a estirar
la mano.
Yo
lo veía—lo veo ahora como si lo tuviera delante— pero no dejaba ninguna huella
en mi mente. Sólo podía pensar en la Garra; y me parecía que me estaba
oprimiendo el esternón, no tanto como un peso sino como los nudillos de un puño
invisible. Me acordé del ulano, muerto en apariencia hasta que yo le toqué los
labios con la Garra, y que ahora parecía pertenecer al pasado remoto; y me
acordé del hombre—mono y su muñón, y de cómo se habían desvanecido las
quemaduras de Jonas al pasarles la Garra por encima. No la había usado ni
pensado en usarla desde que no había conseguido salvar a Jolenta.
Ahora
había guardado el secreto tanto tiempo que temía volver a probarla. Habría
tocado con ella a la niña moribunda, tal vez, si su hermano no hubiese estado
mirando; habría tocado el ojo enfermo del niño de no haber sido por el hosco
albañil. Lo cierto es que sólo traté de respirar contra la fuerza que me
agobiaba las costillas, y sin hacer nada, me alejé camino abajo ignorando hacia
dónde iba. Oí que la saliva del albañil le volaba de la boca y daba a mis
espaldas contra el sendero de piedra; pero no supe qué era ese ruido hasta que
casi estuve de nuevo en la Vincula y me sentí más o menos recuperado.
IV
En la torre de la Víncula
—Tiene
usted compañía, Lictor —me dijo el centinela, y viendo que me limitaba a
recibir la información con un movimiento de cabeza, añadió——: Quizá sea mejor
que antes se cambie, Lictor.
No
me hizo falta preguntar quién era el visitante; sólo la presencia del arconte
habría podido extraerle ese tono.
No
era difícil llegar a mis habitaciones privadas sin pasar por el estudio donde
administraba los asuntos de la Vincula y llevaba las cuentas. El tiempo que me
tomó quitarme la chilaba prestada y ponerme la capa fulígena lo usé en
preguntarme por qué el arconte, que nunca antes había ido a verme, y a quien
por cierto pocas veces había visto fuera del tribunal, podría considerar
necesario visitarme en la Víncula, al parecer sin cortejo.
Las
conjeturas fueron bienvenidas porque mantuvieron alejados otros pensamientos.
En nuestra alcoba había un gran espejo de azogue, un espejo mucho más eficaz
que las pequeñas planchas de metal pulido a que yo estaba habituado; y en él,
descubrí al detenerme delante a examinar mi aspecto, Dorcas había garabateado
con jabón cuatro versos que me había cantado una vez:
Celestiales cuernos de Urth, notas que vuelan, verdes y
buenos, verdes y buenos.
Cantad a mi paso; yo tengo un más dulce claro. ¡Llevadme,
llevadme al bosque caído!
En
el estudio había varias butacas amplias, y en una de ellas yo había esperado
encontrar al arconte (aunque también se me había ocurrido que pudiera estar
aprovechando la oportunidad para hojear mis papeles, a lo cual tenía derecho,
si se le antojaba). En cambio estaba de pie junto a la tronera, mirando la
ciudad de una manera muy parecida a como la había mirado yo esa misma tarde,
desde las almenas del castillo. Tenía las manos tomadas a la espalda, y al
mirarlas vi que se movían como si cada una tuviera vida propia, engendrada por
los pensamientos del mismo arconte. Pasó cierto tiempo antes de que se volviese
y reparase en mí.
—Está
usted aquí, Maestro Torturador. No lo había oído entrar.
—Soy
apenas un oficial, Arconte.
El
arconte sonrió y se sentó en el alféizar, la espalda vuelta al abismo. Tenía
una cara tosca, de nariz ganchuda y grandes ojos ribeteados de carne oscura,
pero no masculina; casi podría haber sido la cara de una mujer fea.
—¿Aun
comprometido por mí con la responsabilidad de este sitio sigue siendo un
oficial?
—Sólo
los maestros del gremio pueden ascenderme, Arconte.
—Pero
a juzgar por la carta que traía, por la decisión de enviarlo aquí y por el
trabajo que ha hecho desde que llegó, es usted el mejor de los oficiales. De
todos modos, si decidiese darse ínfulas, aquí nadie lo notaría. ¿Cuántos
maestros hay?
—Lo
notaría yo, Arconte. Solamente dos, a menos que hayan ascendido a alguien desde
que partí. —Les escribiré pidiéndoles que lo asciendan in absentia
—Gracias,
Arconte.
—No
es nada—dijo, y volvió a mirar por la tronera como si la situación lo
incomodase—. Supongo que tendrá noticias dentro de un mes.
—No
me ascenderán, Arconte. Pero al maestro Palaemon le alegrará saber que me tiene
usted tanto aprecio.
Una
vez más se volvió a mirarme.
—No
hay por qué ser tan formales. Mi nombre es Abdiesus, y no hay razón para que no
me llames así cuando estamos solos. Entiendo que el tuyo es Severian.
Asentí.
Volvió
a mirar hacia afuera.
—Esta
abertura es muy baja. La estaba examinando antes de que entraras, y el parapeto
apenas me llega a las rodillas. Me temo que sería fácil caerse. —Sólo para
alguien de su altura, Abdiesus.
—En
otros tiempos, de vez en cuando, ¿no se ejecutaba a las víctimas arrojándolas
desde una ventana alta o el filo de un precipicio?
—Sí,
ambos métodos han sido empleados.
—Pero
no por ti, supongo. —Una vez más el arconte me encaró.
—Por
lo que sé, Abdiesus, no desde que alguien vivo recuerde. He practicado
decapitaciones, tanto en el tajo como en la silla, pero eso es todo.
—No
obstante, ¿tendrías reparos en utilizar otros métodos, si se te ordenara?
—Estoy
aquí para ejecutar las sentencias del arconte.
—Hay
ocasiones, Severian, en que las ejecuciones públicas sirven al bien público.
Hay otras en que sólo hacen daño, porque provocan malestar popular.
—Así
se entiende, Abdiesus—dije. De la misma manera en que a veces he visto en los
ojos de un niño la aflicción del hombre que será, vislumbré la culpa futura que
ya habitaba (acaso sin que él lo supiera) el rostro del arconte.
—Esta
noche habrá en el palacio algunos invitados. Espero verte entre ellos,
Severian.
Hice
una reverencia.
—Abdiesus,
es una antigua costumbre de las reparticiones de la administración excluir a
una de ellas, la mía, de la compañía de las otras.
—Y
lo consideras injusto, lo que es completamente natural. Esta noche, si quieres
pensarlo así, te ofreceremos cierta reparación.
—Nuestro
gremio nunca lo ha tomado como una injusticia. Al contrario, nuestro singular
aislamiento es motivo de orgullo. Esta noche, con todo, serán quizá los otros
quienes protesten.
Una
sonrisa le torció la boca al arconte.
—Eso
no me importa. Ten, esto te permitirá entrar. —Extendió la mano, que sostenía
delicadamente, como si temiera que se le fuera a escapar volando de los dedos,
uno de esos discos de papel inflexible, no mayores que un chrisos y escritos en
tinta de oro con ornados caracteres, de los cuales Thecla me había hablado a
menudo (al tocarlo, ella se agitó en mi memoria) y que yo no había visto nunca.
—Gracias,
Arconte. ¿Esta noche, ha dicho? Intentaré encontrar ropa adecuada.
—Ven
como estás ahora. Será una mascarada: el uniforme te servirá de disfraz. —Se
levantó y se estiró, pensé, con el aire de alguien que se aproxima al
cumplimiento de una tarea larga y desagradable.— Hace un rato hablamos de las
formas menos elaboradas en que puedes llevar a cabo tu labor. Tal vez conviene
que traigas el equipo esta noche.
Comprendí.
No necesitaría otra cosa que mis manos, y se lo dije; luego, pensando que como
anfitrión había descuidado mis deberes, lo invité a tomar el refrigerio que
deseara.
—No
—dijo—. Si supieras cuánto me veo obligado a comer y beber por cortesía,
entenderías lo mucho que disfruto la compañía de alguien cuyos ofrecimientos
puedo rehusar. Supongo que tu fraternidad nunca habrá pensado en usar la comida
como tormento, en vez del hambre...
—Eso
se llama planteración, Arconte.
—Un
día tienes que contarme cómo es. Ya veo que tu gremio está muy por delante de
mi imaginación; doce siglos, sin duda. Tu
ciencia ha de ser la más antigua de todas, después de la caza. Pero he de
marcharme. ¿Te veremos esta noche?
—Ya
es casi de noche, Arconte.
—Al
final de la próxima guardia, entonces.
Salió;
sólo cuando la puerta se cerró detrás de él, alcancé a detectar el tenue olor a
almizcle que le perfumaba la ropa.
Miré
el papel circular que tenía en la mano y lo di vuelta. Dibujadas al dorso había
unas imitaciones de máscaras; entre ellas reconocí uno de los horrores —un
rostro que era apenas una boca bordeada de colmillos— que vi en los jardines
del Autarca cuando los cacógenos se habían arrancado los disfraces, y la cara
de un hombre mono de la mina abandonada cerca de Saltus.
La
larga caminata y el trabajo que la había precedido (casi una jornada, pues me
había levantado temprano) me habían cansado; de modo que antes de volver a
salir me desvestí y me lavé, comí algo de fruta y de carne fría y bebí un vaso
del especiado té del norte. Cuando un problema me perturba mucho, se me queda
en la mente aun cuando no piense en él. Así sucedía entonces; aunque no fuera
consciente, la imagen de Dorcas echada en el estrecho cuarto de la posada, bajo
el techo en declive, y el recuerdo de la muchacha agonizando en el montón de
paja me vendaban los ojos y me tapaban los oídos. Pienso que fue por eso que no
oí a mi sargento y no me percaté, hasta que entró, de que yo había estado
sacando leña de la caja que había junto al hogar y rompiendo varillas con la
mano. El sargento me preguntó si saldría otra vez, y como él era responsable
del funcionamiento de la Víncula en mi ausencia, le contesté que sí y que no
sabía cuándo volvería.
Luego
le agradecí que me hubiera prestado la chilaba, y le aclaré que ya no la
necesitaría otra vez. —Puede usarla cuando quiera, Lictor. Pero no es eso lo
que me trae. Quería sugerirle que cuando baje a la ciudad lleve un par de
clavígeros.
—Gracias
—dije—. Pero no falta policía, y no correré riesgos.
El
sargento carraspeó.
—Se
trata del prestigio de la Víncula, Lictor. Como comandante, debería llevar
escolta.
Advertí
que estaba mintiendo, pero también que mentía por lo que consideraba mi bien,
así que dije: —Lo pensaré, siempre y cuando disponga usted de dos hombres
presentables.
Al
instante se animó.
—De
todos modos —continué—, no quiero que lleven armas. Voy al palacio, y llegar
con una guardia armada sería una ofensa para nuestro señor el arconte.
Entonces
el sargento se puso a balbucear, y me volví hacia él como si estuviera furioso,
arrojando al suelo la madera astillada.
—¡Dígalo
de una vez! Piensa que estoy amenazado. ¿Es eso?
—Nada,
Lictor. Nada que le concierna particularmente. Sólo que...
—¿Qué?
—Sabiendo que ahora iba a hablar, fui hasta el bufete y serví dos copas de
rosoli.
—En
la ciudad ha habido varios asesinatos, Lictor. Tres anoche, dos anteanoche.
Gracias, Lictor. A su salud.
—A
la suya. Pero los asesinatos no son algo insólito, ¿verdad? Los eclécticos se
pasan la vida apuñalándose unos a otros.
—A
estos hombres los quemaron, Lictor. Yo realmente no sé mucho del asunto...
Parece que nadie supiera. Posiblemente usted sepa más. —La cara del sargento no
era más inexpresiva que un grabado de piedra tosca y marrón; pero vi que al
hablar echaba una rápida mirada al hogar frío, y supe que atribuía mi gesto de
romper varillas (las varillas que, aunque tan ásperas y secas en mis manos, yo
no había sentido hasta mucho después de que él entrase, tal como Abdiesus no
había comprendido, quizá, que estaba contemplando su propia muerte sino cuando
ya hacía tiempo que yo lo observaba) a algo, algún secreto oscuro que el
arconte me había impartido, cuando en realidad no era más que el recuerdo de
Dorcas y su desesperación y de la niña mendiga, que yo confundía con ella. El
dijo:— Fuera tengo preparados dos buenos hombres. Lo acompañarán a donde usted
quiera y lo esperarán hasta que decida volver.
Le
dije que eso estaba muy bien y dio media vuelta en seguida, como para que yo no
imaginara, o creyera, que sabía más de lo que me había informado; pero esos
hombros rígidos y ese cuello endurecido, y los pasos rápidos con que avanzó
hacia la puerta, transmitían más información que la que sus ojos de piedra
habrían podido transmitir nunca.
Mis
escoltas eran hombres fornidos, elegidos por su fuerza. Blandiendo las grandes
clavas de hierro me acompañaron por las calles ondulantes, mientras yo llevaba
TerminusEst al hombro, caminando a mi lado cuando el ancho del camino lo
permitía, delante o detrás de mí cuando no. A orillas del Acis los despedí,
fortaleciendo sus deseos de dejarme con el anuncio de que tenían permiso para
pasar el resto de la velada como se les ocurriese, y alquilé un caique pequeño
y angosto (con un dosel alegremente pintado, que transcurrida ya la última
guardia diurna, yo no necesitaba) para que me llevara río arriba hasta el
palacio.
Era
la primera vez que realmente navegaba por el Acis. Sentado a popa, entre el
patrón—timonel y sus cuatro remeros, con el río helado y transparente corriendo
tan cerca que yo habría podido hundir las manos en el agua, parecía imposible
que ese frágil caparazón de madera, que desde la tronera de nuestra torre
habría parecido apenas un insecto bailoteante, tuviera esperanzas de avanzar un
palmo contra la corriente. Entonces el timonel dijo algo y zarpamos; ciñéndonos
a la orilla, cierto, pero casi por encima del río como una piedra arrojada, tan
rápidos y perfectamente coordinados eran los golpes de los ocho remos y tan
ligeros y estrechos y suaves éramos nosotros, viajando más por el aire que por
el agua. Un farol pentagonal con paneles de vidrio de amatista colgaba del
toldo de popa; justo cuando, en mi ignorancia, creí que la corriente estaba a
punto de envolvernos, hacernos volcar y enviarnos zozobrando hacia el Capulus,
el timonel soltó la caña y encendió la mecha del farol.
Él
había calculado bien, por supuesto, y yo mal. Mientras la puertecita de la
linterna se cerraba sobre la llama amarillo—manteca que lanzaba rayos
violáceos, un remolino nos atrapó y nos hizo virar, nos lanzó cien o más pasos
corriente arriba mientras los galeotes desarmaban los remos, y nos depositó en
una bahía en miniatura serena como una alberca y medio llena de festivas barcas
de recreo. Una escalera acuática, muy parecida a la que había pisado de niño
para zambullirme en el Gyoll pero mucho más limpia, surgía de lo hondo del río
para subir a las brillantes antorchas y elaborados pórticos de los jardines del
palacio.
Yo
había visto muchas veces el edificio desde la Víncula, y por eso sabía que no
era la estructura subterránea modelada a imagen de la Casa Absoluta que de otro
modo hubiese esperado. Tampoco era una fortaleza lóbrega como nuestra
Ciudadela; al parecer el arconte y sus predecesores habían considerado que los
baluartes del castillo de Acies y el Capulus, ligados doblemente por los muros
y defensas que recorrían las crestas de los acantilados, eran bastante seguros
como para mantener la ciudad a salvo. Aquí las murallas eran meros setos de boj
destinados a excluir las miradas curiosas y quizá frenar a eventuales ladrones.
Esparcidos por un parque de aspecto íntimo y colorido había construcciones con
cúpulas doradas; desde la tronera se parecían mucho a peridotos caídos de un
collar sobre las figuras de una alfombra.
En
los portales filigranados había centinelas, desmontados jinetes con corselete y
casco de acero, con lanzas refulgentes y espadas de caballería de larga hoja;
pero tenían un aire de actores aficionados y subalternos, de hombres afables y
recios que gozaban de un respiro entre persecuciones y patrullas hostigadas por
el viento. La pareja a la cual mostré mi disco de papel pintado apenas le echó
un vistazo antes de darme paso con una seña.
V
Cyriaca
Fui uno de los primeros invitados en llegar. Había más
sirvientes ajetreados que máscaras, sirvientes que daban la impresión de haber
empezado a trabajar sólo un momento antes, decididos a acabar en seguida.
Encendían candelabros con lentes de cristal y coronas lucis colgadas de las
ramas superiores de los árboles, sacaban bandejas de comida y bebida, las
posaban, las cambiaban de lugar, luego las llevaban de vuelta a uno de los
edificios abovedados; y aunque había un sirviente encargado de cada una de estas
tareas, de vez en cuando (sin duda porque algo distinto atareaba a los otros)
uno solo llevaba a cabo las tres.
Durante un rato vagué por los jardines, admirando las
flores en esa luz crepuscular que rápidamente se apagaba. Luego, al observar
que había gente disfrazada entre los pilares de un pabellón, entré a juntarme
con ella.
Ya he descrito lo que podía ser una reunión así en la
Casa Absoluta. Aquí, donde la sociedad era enteramente provinciana, la
atmósfera parecía casi infantil: niños que jugaban con la ropa vieja de sus
padres; vi hombres y mujeres vestidos de autóctonos, con manchas bermejas y
pinceladas de blanco en la cara, y hasta un hombre que vestía de autóctono pese
a que lo era, con un traje ni más ni menos auténtico que los otros, de modo que
me sentí inclinado a reírme de él hasta que comprendí que aunque sólo él y yo
lo sabíamos, este disfraz era en verdad el más original de todos, como si
alguien se hubiera disfrazado de ciudadano de Thrax. En torno a todos esos
autóctonos, reales y autoimaginados, había una cantidad de figuras no menos
absurdas: oficiales vestidos de mujeres y mujeres vestidas de soldados,
eclécticos fraudulentos como los autóctonos, gimnosofistas, nuncios y sus
acólitos, eremitas, eidólones, zoántropos medio animales y medio humanos, y
deodantes y remontados en harapos pintorescos, con los ojos salvajemente pintados.
Me descubrí pensando qué extraño sería que el Sol Nuevo,
el propio Astro del Día, apareciese entonces tan de repente como había
aparecido tiempo atrás, cuando se lo llamaba Conciliador, y apareciese allí
porque era un lugar impropio y él siempre había preferido los lugares menos
apropiados, viendo a esa gente con ojos de una frescura para nosotros imposible; y
que, habiendo así aparecido, decretara por teurgia que todos ellos (a ninguno
de los cuales yo conocía, como ninguno me conocía a mí) hubiesen de vivir para
siempre los papeles que habían adoptado esa noche, los autóctonos doblados ante
hogueras en montañesas chozas de piedra, los verdaderos autóctonos eternos
burgueses en una mascarada, las mujeres lanzándose espada en mano tras los
enemigos de la Mancomunidad, los oficiales bordando junto a ventanas del norte
y alzando la vista y suspirando hacia caminos vacíos, los deodantes plañendo
sus impronunciables abominaciones en el yermo, los remontados incendiando sus
propios hogares y volviendo la mirada hacia las montañas; y únicamente yo
inalterado, como se dice que inalterada se mantiene la luz a través de las
transformaciones matemáticas.
Luego, mientras sonreía para mí bajo la máscara, me
pareció que la Garra se me apretaba contra el esternón en su blanda bolsa de
cuero, recordándome que el Conciliador no había sido un bufón, y que yo llevaba
conmigo un fragmento de su poder. En ese momento, echando una mirada a la sala
por sobre las plumas y los yelmos y las cabelleras hirsutas, vi una Peregrina.
Me abrí paso hacia ella lo más deprisa que pude,
apartando a empujones a los que no se hacían a un lado. (Eran pocos, pues
aunque ninguno creía que yo fuese lo que aparentaba, mi altura los llevaba a
tomarme por un exultante, cuando no había ningún exultante cerca.)
La Peregrina no era ni joven ni vieja; bajo la estrecha
máscara su rostro parecía un óvalo suave, refinado y remoto como el rostro de
la madre sacerdotisa que me había permitido entrar en la tienda de la catedral
después de que con Agia destruyéramos el altar. Como si jugara, sostenía una
copita de vino, y cuando me arrodillé ante ella la dejó en una mesa para darme
a besar los dedos.
—Absuélvame, Dominicellae —le
supliqué—. He
hecho el mayor de los daños a usted y sus hermanas. —La muerte nos daña a todos
—respondió.
—No soy ella. —Entonces alcé los ojos para mirarla, y se
me cruzó la primera duda.
Sobre el parloteo de la muchedumbre oí el siseo del aire
que inspiraba: —¿No lo eres?
—No, Dominicellae. —Y, aunque ya dudara de ella, temí que
se me escapara y estirándome aferré el ceñidor que le colgaba de la cintura.—
Perdóneme, Dominicellae, pero ¿de veras es usted miembro de la orden?
Sin decir nada ella sacudió la cabeza, y luego se
desplomó.
No es inhabitual que nuestros clientes finjan desmayarse
en la mazmorra, pero la impostura se detecta con facilidad. El falso
desvanecido cierra deliberadamente los ojos y así los mantiene. En un desmayo
auténtico la víctima, que puede ser tanto hombre como mujer, pierde primero el
dominio de los ojos, de modo que por un instante dejan de mirar exactamente en
la misma dirección; a veces tienden a desaparecer bajo los párpados. Éstos, por
su parte, rara vez se cierran del todo, porque cerrarlos no es un acto
deliberado sino un mero reflejo de la relajación muscular. Por lo general se
puede ver una fina media luna de esclerótica entre el párpado superior y el
inferior, como vi yo cuando aquella mujer caía.
Varios hombres me ayudaron a llevarla a una alcoba, donde
se dijo una buena cantidad de tonterías sobre el calor y la excitación, aunque
no había habido ni una cosa ni otra. Durante un rato fue imposible echar a los
mirones; luego se acabó la novedad, y casi tan imposible me habría sido
retenerlos si lo hubiese deseado. A esas alturas la mujer de escarlata empezaba
a moverse, y por una mujer de más o menos la misma edad, vestida como una niña,
me había enterado de que era la esposa de un armígero cuya villa no estaba
lejos de Thrax pero que había ido a Nessus por algún negocio. Volví entonces a
la mesa a buscar la copita y le mojé los labios con el líquido rojo que
contenía.
—No —dijo ella con voz débil—. No quiero... Es sangría y
la detesto... Yo... sólo la elegí porque el color hace juego con mi disfraz.
—¿Por qué se desmayó? ¿Porque la tomé por una verdadera
monja?
—No, porque adiviné quién es usted —dijo ella, y por un
momento estuvimos callados, ella medio recostada aún en el diván al cual yo
había ayudado a llevarla, y yo sentado a sus pies.
Reviví en mi mente el instante en que me había
arrodillado ante ella; tengo, como he dicho, el poder de reconstruir así todos
los momentos de mi vida. Ya] fin tuve que decir:
—¿Cómo lo supo?
—Si a cualquiera que llevase esas ropas le preguntaran si
es la Muerte, respondería que sí..., porque estaría disfrazado. Hace una semana
estuve en el tribunal del arconte,
cuando mi marido acusó de robo a uno de nuestros peones. Ese día lo vi a usted
de pie a un costado, con los brazos cruzados sobre la guarda de la misma espada
que lleva ahora, y cuando le oí decir lo que dijo, cuando me besó la mano, lo
reconocí y pensé... ¡Ah, no sé qué pensé! Que se había arrodillado porque iba a
matarme, supongo. Por la manera en que estaba de pie, cuando lo vi en la corte,
se habría dicho que era siempre galante con la pobre gente cuyas cabezas iba a
seccionar, y sobre todo con las mujeres.
—Me
arrodillé simplemente porque estoy ansioso por localizar a las Peregrinas, y su
disfraz, como el mío, no parecía un disfraz.
—No
lo es. Es decir, no estoy autorizada a usarlo, pero no lo han hecho mis
criadas. Es un hábito auténtico. —Hizo una pausa.— ¿Sabe que ni siquiera sé su
nombre?
—Severian.
El suyo es Cyriaca; lo dijo una mujer mientras cuidábamos de usted. ¿Puedo
preguntarle cómo llegó a tener esas ropas, y si sabe dónde están las
Peregrinas?
—No
será parte de su trabajo, ¿no? —Me miró un momento a los ojos, y luego meneó la
cabeza.— Es una cuestión privada. Me educaron ellas. Yo era novicia, ¿sabe?
Viajábamos por el continente, y yo solía recibir maravillosas lecciones de
botánica mirando los árboles y las flores al pasar. A veces, cuando vuelvo a
pensarlo, tengo la impresión de que pasábamos de palmeras a pinos en una
semana, aunque sé que no puede ser cierto.
»Iba
a hacer los últimos votos, y el año anterior cosen el hábito para que una pueda
probárselo y le caiga justo, y también para que lo vea entre la ropa corriente
cada vez que deshace el equipaje. Es como cuando una niña mira el traje de boda
de la madre, que también fue de la abuela, sabiendo que se casará con él, si
alguna vez se casa. Sólo que yo nunca llegué a llevar mi hábito, y cuando volví
a casa, después de mucho esperar a que pasáramos cerca, porque no había nadie
para escoltarme, lo traje conmigo.
»Hacía
mucho que no me acordaba de él. Pero cuando recibí la invitación del arconte lo
volví a sacar y decidí ponérmelo esta noche. Estoy orgullosa de mi silueta, y
sólo tuvimos que hacerle algunos retoques. Creo que me sienta bien, y tengo
cara de Peregrina, aunque me faltan los ojos
de ellas. La verdad es que nunca tuve esos ojos, aunque pensara que me cambiarían
cuando hiciera los votos, o después. La directora de novicias tenía esa mirada.
Podía estar sentada cosiendo, y mirándole los ojos una se convencía de que
veían los confines de Urth, donde viven los periscios, atravesando los viejos,
raídos faldones y las paredes de la tienda, atravesándolo todo. No, no sé dónde
están ahora las Peregrinas; dudo de que ellas mismas lo sepan, salvo quizá la
Madre. ,
—Usted
tendría amigas entre ellas, sin duda —le dije—. ¿No se quedó allí alguna de las
novicias? Cyriaca se encogió de hombros: —Ninguna me escribió nunca. Realmente
no lo sé.
—¿Se
siente bastante repuesta como para volver al baile? —Una música empezaba a
filtrarse en nuestra alcoba.
La
cabeza no se le movió, pero vi que sus ojos, que mientras hablaba de las
Peregrinas habían remontado los corredores de los días, giraban para mirarme de
soslayo.
—¿Es
eso lo que usted quiere hacer?
—Supongo
que no. Nunca me siento del todo cómodo donde hay mucha gente, a menos que sean
mis amigos.
—O
sea que tiene algunos. —Parecía sinceramente asombrada.
—Aquí
no... Bueno, aquí tengo una amiga. En Nessus tenía a los hermanos de nuestro
gremio.
—Comprendo.
—Titubeó.— No hay ninguna razón para que vayamos. Este asunto durará toda la
noche, y cuando amanezca, si el arconte se sigue divirtiendo, bajarán las
cortinas para que no entre la luz y tal vez hasta corran el palio sobre el
jardín. Podemos quedarnos aquí cuanto se nos antoje, y cada vez que vengan los
sirvientes tendremos la comida y la bebida que queramos. Cuando pase alguien
con quien nos interese hablar, lo detendremos para que nos entretenga.
—Me
temo que empezaré a aburrirla antes del amanecer—dije.
—En
absoluto, porque no pienso permitirle hablar demasiado. Voy a hablar yo, y
hacer que usted me escuche. Para empezar..., ¿sabe que es muy bien parecido?
—Sé
que no lo soy. Pero como nunca me ha visto sin esta máscara, es imposible que
sepa cómo soy. —Al contrario.
Se
inclinó hacia adelante como para examinarme la cara por los orificios de los
ojos. Su propia máscara, del mismo color que el vestido, era tan pequeña que
parecía una mera convención: dos almendrados lazos de tela alrededor de los
ojos; sin embargo, le daban un aire exótico que de otro modo no hubiera tenido,
y también le daban, pienso, un aire de misterio, de ocultamiento que la
aliviaba del peso de la responsabilidad.
—Estoy
segura de que es usted un hombre muy inteligente, pero no ha estado en tantos
bailes como yo, porque habría aprendido el arte de juzgar una cara sin verla.
Es más difícil, claro, cuando la persona que una está mirando lleva una máscara
de madera que no se adapta a la cara; pero aun así se pueden saber muchas
cosas. Tiene el mentón puntiagudo, ¿no? Con un pequeño hoyuelo.
—Sí
al mentón puntiagudo —repliqué—. No al hoyuelo.
—Miente
para despistarme, o a lo mejor nunca se había fijado. Puedo juzgar los mentones
observando las cinturas, sobre todo en los hombres. Cintura estrecha significa
mentón afilado, y la máscara de cuero que lleva descubre lo suficiente y lo
confirma. Aunque tenga los ojos muy hundidos, son grandes y movedizos, y en un
hombre, sobre todo si el rostro es delgado, eso implica un hoyuelo en el
mentón. Tiene pómulos altos—los contornos se delatan un poco bajo la máscara— y
las mejillas chatas los hacen parecer más altos. Pelo negro, porque se lo veo
en los dorsos de las manos, y labios delgados que se ven por la boca de la
máscara. Si no puedo verlos enteros es porque se curvan y pliegan, lo cual es
sumamente deseable en los labios de un hombre.
Yo
no sabía qué decir, y para ser sincero habría dado bastante por irme en ese
momento; al fin pregunté:
—¿Quiere
que me quite la máscara y comprobemos la precisión de sus afirmaciones?
—Oh,
no, no debe. No hasta que festejen la alborada. Además, ha de tener en cuenta
mis sentimientos. Si se la quitara y yo descubriera que no es bien parecido, me
privaría de una noche interesante. —Había estado incorporada en el diván.
Ahora, sonriendo, volvió a reclinarse con el pelo desplegado como una gran
aureola.— No, Severian, no debe desenmascararse la cara sino el espíritu. Más
tarde lo hará, enseñándome lo que me enseñaría si usted fuera libre y pudiera
hacer lo que se le antojara, y ahora contándome todo lo que quiero saber de
usted. Viene de Nessus: eso ya me lo ha dicho. ¿Por qué tanto afán en encontrar
a las Peregrinas?
VI
La biblioteca de la Ciudadela
Iba a responderle cuando una pareja pasó ante la alcoba,
el hombre cubierto con un sambenito, la mujer vestida de midinette. Nos miraron
apenas, sin detenerse, pero algo—tal vez la inclinación de las dos cabezas
juntas, o cierta expresión de los ojos— me dijo que sabían, o sospechaban al
menos, que yo no estaba disfrazado. Fingí que no había notado nada, sin
embargo, y dije:
—Algo que pertenece a las Peregrinas cayó en mis manos
por casualidad. Quiero devolvérselo. —Entonces, ¿no les hará daño? —preguntó
Cyriaca—. ¿Puede decirme qué es?
No me atrevía a decirle la verdad, y sabía que,
cualquiera que fuese el objeto que nombrara, me pediría que lo mostrase; de
modo que dije:
—Un libro... Un viejo libro bellamente ilustrado. No me
jacto de saber nada de libros, pero estoy seguro de que tiene importancia
religiosa y es muy valioso. —Y saqué de mi esquero el libro marrón de la
biblioteca del maestro Ultan que me había llevado al dejar la celda de Thecla.
—Viejo, sí—dijo Cyriaca—. Y no poco enmohecido, por lo
que veo. ¿Puedo echarle una mirada?
Se lo di y pasó las páginas al vuelo, y luego se detuvo
en un dibujo de los sikinnis, alzándolo para que le diera la lumbre de la
lámpara que ardía en un nicho, sobre el diván. En la luz titilante pareció que
los hombres astados saltaban de la página, y que los silfos se contorsionaban.
—Yo tampoco sé nada de libros —dijo devolviéndomelo—.
Pero tengo un tío que sí sabe, y creo que por éste daría cualquier cosa. Me
gustaría que estuviera aquí y pudiera verlo... Aunque quizá sea mejor así,
porque probablemente yo trataría de sacárselo de un modo u otro. Cada péntada
mi tío viaja tan lejos como viajaba yo con las Peregrinas, nada más que para
buscar libros viejos. Ha estado incluso en los archivos perdidos. ¿Ha oído
hablar de esos archivos? Meneé la cabeza.
—Lo único que sé es lo que él me contó una vez, cuando
bebió de nuestra reserva familiar un poco más que de costumbre, y tal vez no me
dijera todo, porque mientras hablábamos me pareció que temía que yo también
intentara ir. Y nunca he ido, aunque a veces lo he lamentado. Como sea, en
Nessus, muy al sur de la ciudad que visita la mayoría, tan al sur por el gran
río que casi todos piensan que la ciudad tendría que haber terminado mucho
antes, hay una fortaleza. Hace mucho que todo el mundo la olvidó salvo acaso el
autarca —que su espíritu perviva en mil sucesores—, y se supone que está
embrujada. Se alza sobre una colina que domina el Gyoll, me contó mi tío,
frente a un campo de sepulcros ruinosos, sin nada que defender.
Hizo una pausa y movió las manos, modelando en el aire la
colina y la fortaleza. Tuve la impresión de que había contado la historia
muchas veces, quizás a sus hijos. Comprendí entonces que realmente tenía edad
de ser madre, y de hijos bastante grandes como para haber oído muchas veces
aquel cuento y otros. Los años no le habían marcado el rostro terso y sensual;
pero el candil de la juventud, que en Dorcas ardía aún con tanto fulgor, que
hasta en Jolenta había irradiado una luz clara y ultraterrena, que con tanta
firmeza y vivacidad había brillado tras la fuerza de Thecla y alumbrado los
brumosos, amortajados senderos de la necrópolis cuando su hermana Thea recogió la pistola de Vodalus al borde de la tumba, se había
extinguido en ella hacía tanto que no quedaba ni siquiera el perfume de la
llama. Me apiadé.
—Usted
ha de conocer la historia de cómo la raza de los días antiguos llegó a las
estrellas, y de cómo para hacerlo sus integrantes malvendieron la mitad más
salvaje de sí mismos, de modo que dejó de importarles el sabor del viento
pálido, el amor y el placer, hacer canciones nuevas y cantar las viejas, y
todas las otras cosas animales que creían haber traído con ellos de las selvas
húmedas en el fondo de los años... Aunque en realidad, me dijo mi tío, esas
cosas los habían traído a ellos. Y usted sabe, o debería saber, que aquellos a
quienes vendieron esas cosas, que eran creaciones de sus propias manos, los
odiaron de corazón. Yen verdad tenían corazón, aunque los hombres que los
habían hecho nunca quisieran reconocerlo. El caso es que decidieron arruinar a
sus creadores, y lo hicieron devolviendo, cuando la humanidad se hubo expandido
a un millar de soles, todo lo que les habían dejado tanto tiempo atrás.
»Hasta
aquí, al menos, usted tiene que conocer la historia. A mí, como acabo de
contársela, me la contó una vez mi tío, que la había encontrado en un libro
junto con muchas otras. Era un libro que, según creía, nadie había abierto en
una quilíada.
»Pero
menos conocido es cómo hicieron lo que hicieron. Me acuerdo que cuando era
chica me imaginaba a las máquinas malas cavando..., cavando de noche hasta
arrancar las raíces retorcidas de los árboles y desenterrar un arcón de hierro
que habían enterrado cuando el mundo era muy joven; y cuando rompían el candado
del arcón todas las cosas de que hemos hablado salían volando como un enjambre
de abejas doradas. Es una locura, pero ni siquiera hoy consigo imaginar cómo
pueden haber sido esas máquinas pensantes.
Recordé
a Jonas, con los lomos cubiertos de metal ligero y brillante, en lugar de piel,
pero no pude imaginármelo desencadenando una plaga que aquejaría a la
humanidad, y meneé la cabeza.
—Pero,
según mi tío, el libro decía claramente que eso fue lo que hicieron, y que las
cosas que dejaron escapar no fueron enjambres de insectos sino un torrente de
artefactos de toda clase, destinados a revivir todos aquellos pensamientos que
la gente había abandonado porque les resultaba imposible escribirlos en cifras.
Desde las ciudades hasta las jarras de crema, la construcción de todo estaba en
manos de las máquinas, y tras un millar de vidas enteras de construir ciudades
como grandes mecanismos, volvieron a construir ciudades como bancos de nubes
antes de una tormenta, y otras como esqueletos de dragones.
—¿Yeso
cuándo fue?
—Hace
muchísimo tiempo... Mucho antes de que se levantaran las primeras piedras de
Nessus.
Le
había puesto un brazo sobre los hombros, y ahora ella dejó que su mano se
deslizara en mi regazo; sentí el calor y la lenta búsqueda.
—Y
en todo lo que hacían siguieron el mismo principio. En la forma de los muebles,
por ejemplo, y en el corte de la ropa. Y, como los dirigentes que en otro
tiempo habían decidido que la humanidad abandonara los pensamientos
simbolizados por las ropas y los muebles y las ciudades, habían muerto hacía
mucho, y la gente había olvidado sus rostros y sus máximas, las cosas nuevas
les encantaron. Y así, erigido como había estado únicamente sobre el orden, el
imperio entero sucumbió.
»Pero
aunque el imperio se disolviera, los mundos tardaron mucho tiempo en morir. Al
principio, para que los humanos no rechazaran otra vez lo que les estaban
devolviendo, las máquinas concibieron espectáculos y fantasmagorías, cuyas
representaciones inspiraban a quienes las veían pensamientos sobre la fortuna o
la venganza o el mundo invisible. Más tarde dieron a cada hombre o mujer un
consejero amigo, invisible para todos los otros ojos. Los niños habían tenido
compañeros así desde hacía mucho tiempo.
»Cuando
los poderes de las máquinas se debilitaron todavía más —como ellas mismas
deseaban—, ya no pudieron mantener aquellos fantasmas en las mentes de sus
dueños, ni tampoco construir más ciudades, porque las ciudades que quedaban en
pie ya estaban casi vacías.
»Habían
alcanzado, me contó mi tío, el punto en el que esperaban que la humanidad se
volviera contra ellas y las destruyera; y sin embargo esto no ocurrió, porque a
esas alturas, así como en otro tiempo habían sido despreciadas como esclavas o
adoradas como demonios, las máquinas eran enormemente amadas.
»Y
entonces reunieron a su alrededor a los que más las amaban, y durante largos
años les enseñaron todas las cosas que la raza de los hombres había dejado a un
lado, y a su tiempo murieron.
»Luego
los que habían sido amados por ellas, y que a su vez las habían amado,
debatieron cómo se podían preservar las enseñanzas, pues sabían que la especie
no volvería a aparecer en Urth. Pero brotaron encarnizadas disputas. No habían
aprendido juntos; cada cual, hombre o mujer, había escuchado a una de las
máquinas como si no hubiera en el mundo nadie más que ellos dos. Y porque había
tantos conocimientos y tan pocos para aprenderlos, las máquinas habían ido
enseñándole a cada cual algo diferente.
»Así
fue que se dividieron en partidos, y cada partido en dos, y cada uno de éstos
en dos de nuevo, hasta que al fin cada individuo quedó solo, incomprendido,
denigrado, y denigrando a los demás. Uno a uno se alejaron, fuera de las
ciudades que habían albergado a las máquinas o bajo la superficie, salvo unos
pocos que por costumbre permanecieron en los palacios montando guardia junto a
los cuerpos de las máquinas.
Un
sommelier nos trajo copas de vino casi tan claro como el agua, y tan quieto
como el agua hasta que algún movimiento de la copa lo despertaba de pronto.
Perfumaba el aire como esas flores que nadie ve, las flores que sólo pueden
encontrar los ciegos; y beberlo era como beber la fuerza de un corazón de toro.
Cyriaca bebió ávidamente, y después de vaciar la copa la arrojó tintineando a
un rincón.
—Cuénteme
más —le dije— de la historia de los archivos perdidos.
—Cuando
la última máquina estuvo fría e inmóvil y cada uno de los que habían aprendido
de ellas la ciencia prohibida se separó de los demás, el miedo invadió todos
los corazones. Pues todos sabían que eran simples mortales y sobre todo que
habían dejado atrás la juventud. Y cada cual veía con pesar que con él moriría
el conocimiento que más amaba. Entonces cada uno —suponiendo que era el único
que lo hacía— se puso a escribir lo que había aprendido en los largos años de
atención a las máquinas que derramaban el oculto saber de las cosas extrañas.
Mucho pereció, pero mucho sobrevivió, cayendo a veces en manos de copistas que
los vivificaban con añadidos propios o los debilitaban con omisiones... Bésame,
Severian.
Aunque
mi máscara nos estorbaba, nuestros labios se encontraron. Mientras ella se
apartaba, dentro de mí fluyó el pálido recuerdo de los burlones amoríos de
Thecla en los seudotirums y tocadores catactonianos de la Casa Absoluta, y
dije: —¿No sabes que estas cosas requieren toda la atención de un hombre?
Cyriaca
sonrió: —Por eso lo hice... Quería saber si estabas escuchando.
»Bien,
durante mucho tiempo—nadie sabe cuánto exactamente, supongo, y además el mundo
no estaba entonces tan cerca de la extinción del sol, y tenía más años por
delante— aquellos escritos circularon o se corroyeron en cenotafios donde sus
autores los habían escondido. Eran fragmentarios, contradictorios y exegéticos.
Luego, esperando recobrar el dominio ejercido por el primer imperio, cierto
autarca (aunque entonces no se llamaban autarcas) ordenó que los juntasen, y
los sirvientes, hombres de túnica blanca, saquearon desvanes y derribaron las
androsfinges erigidas en memoria de las máquinas y entraron en los cubículos de
mujeres moiraicas muertas largo tiempo atrás. Con el botín se levantó una gran
pila en la ciudad de Nessus, que por entonces acababa de construirse, para
quemarlo.
»Pero
la noche anterior al comienzo de la quema, el autarca de la época, que nunca
había tenido los salvajes sueños del dormido sino los meros sueños de dominio
del despierto, soñó por fin. Yen su sueño vio los indómitos sueños de la vida y
la muerte, de la piedra y el río, de la bestia y el árbol escurriéndosele de
las manos para siempre.
»Al
llegar la mañana ordenó que no se encendieran las hogueras, y en cambio anunció
que se construiría una gran bóveda para albergar todos los volúmenes y rollos
reunidos por los hombres de túnica blanca. Pues pensó que si el nuevo imperio
que estaba proyectando acababa por fracasar, se retiraría a la bóveda y
entraría en los mundos que, a imitación de los antiguos, había resuelto dejar a
un lado.
»Como
debía ocurrir, el imperio fracasó. El pasado no puede encontrarse en el futuro
donde no está: no hasta que el mundo metafísico, que es tanto más extenso y
tanto más lento que el físico, complete su revolución y llegue el Sol Nuevo.
Pero el autarca no se retiró como tenía planeado a la bóveda y la muralla que
había hecho alzar alrededor, pues si una vez el hombre las abandona del todo y
para siempre, las cosas salvajes aprenden a reconocer las trampas y es
imposible recapturarlas.
»De
todos modos, se dice que antes de sellar la bóveda, puso un guardián a
cuidarla. Y que cuando aquel guardián vio que acababan sus días en Urth,
encontró otro, y éste otro más, de modo que continúan siempre fieles a las
órdenes del autarca, pues los colman los salvajes pensamientos que manan de la
ciencia conservada por las máquinas, y uno de tales pensamientos es esa fe.
Yo
había estado desnudándola mientras hablaba, y besándole los pechos; pero dije:
—Los sentimientos de que hablas, ¿desaparecieron del mundo cuando el autarca
los encerró? ¿No habré tenido alguna vez noticias de ellos?
—No,
porque por mucho tiempo han pasado de mano en mano, impregnando la sangre de
todos los pueblos. Además, se dice que a veces el guardián los envía afuera, y
aunque al final siempre vuelven, alguien o muchos los leen antes de que se
hundan de nuevo en la oscuridad.
—Es
una historia maravillosa —dije—. Creo que tal vez yo sepa de ella más que tú,
pero nunca la había oído. —Descubrí que tenía piernas largas, y suavemente
ahusadas desde los muslos como cojines hasta los finos tobillos; todo su
cuerpo, en realidad, estaba modelado para el placer.
Sus
dedos tocaron el cierre que me sujetaba la capa a los hombros.
—¿Necesitas
quitarte esto? —preguntó—. ¿No nos puede cubrir?
—Puede
—dije yo.
VII
Atracciones
Casi
me ahogué en el placer que ella me dio, pues aunque no la amaba como una vez
había amado a Thecla, ni como aun entonces amaba a Dorcas, y no era bella como
en un tiempo lo había sido jolenta, sentía por ella una ternura nacida sólo en
parte del vino inquieto, y se parecía a la mujer que yo había soñado en la
Torre Matachina cuando era un niño andrajoso, antes de haber visto nunca el
rostro acorazonado de Thea al borde de la tumba abierta; y sabía de las artes
del amor mucho más que cualquiera de las tres.
Cuando
nos levantamos fuimos a lavarnos a una pila de plata con agua corriente. Allí
había dos mujeres que habían sido amantes como nosotros, y nos miraron y se
rieron; pero al comprender que no porque fuesen mujeres iba yo a perdonarlas,
huyeron chillando.
Luego
nos limpiamos mutuamente. Sé que Cyriaca creía que iba a dejarla en ese
momento, como yo creía que ella iba a dejarme a mí; pero en vez de separarnos
(lo que tal vez habría sido lo mejor) salimos al pequeño jardín silencioso, que
estaba lleno de noche, y nos quedamos allí junto a una fuente solitaria.
Ella
me tomó la mano y yo tomé la suya, como hacen los niños.
—¿Has
estado alguna vez en la Casa Absoluta?—preguntó. Miraba nuestros reflejos en el
agua embebida de luna, y hablaba en voz tan baja que yo apenas podía oírla.
Le
dije que sí, y ella me apretó más la mano. —¿Visitaste la Fuente de las
Orquídeas? Sacudí la cabeza.
—Yo
también he estado en la Casa Absoluta, pero nunca he visto la Fuente. Se dice
que cuando el autarca tiene una consorte —lo que no ocurre con el nuestro—,
ella se establece allí, en el lugar más hermoso del mundo. Aún ahora, sólo a
los más bellos se permite entrar en ese rincón. Cuando yo estuve nos
hospedamos, mi señor y yo, en cierta pequeña habitación apropiada a nuestro
rango armigéreo. Una noche que mi señor se había ido y yo no sabía adónde, salí
al corredor, y estaba allí mirando a un lado y otro cuando pasó un alto
funcionario de la corte. Yo no sabía quién era ni qué cargo tenía, pero le
pregunté si podía ir a la Fuente de las Orquídeas.
Calló
un momento. Por el lapso de tres o cuatro respiraciones no hubo otro sonido que
la música de los pabellones y el tintineo de la fuente.
—Y
él se detuvo y me miró, creo que un poco sorprendido. No puedes imaginarte lo
que es ser una pequeña armigesa del norte, en un traje cosido por sus criadas,
y que te mire alguien que se ha pasado la vida entre los exultantes de la Casa
Absoluta. Entonces él sonrió.
Ahora
me aferraba la mano con mucha fuerza. —Y me lo dijo. Siga por tal y tal
corredor y doble en tal estatua, suba cierta escalera y tome el sendero de
marfil. ¡Ah, Severian, mi amante!
Tenía
la cara radiante como la misma luna. Comprendí que lo que me había descrito era
el momento culminante de su vida, y que en parte, y acaso en gran medida, ahora
atesoraba el amor que yo le había dado porque le había recordado ese momento,
aquel en que su belleza, ponderada por alguien que ella creía apto para
regirla, no había sido juzgada deficiente. La razón me decía que debía
ofenderme, pero no pude encontrar en mi interior resentimiento alguno.
—Se
alejó, y yo empecé a andar por donde me había dicho: una docena de zancadas,
quizá dos. Luego me encontré con mi señor, y me ordenó que volviese a nuestra
habitación.
—Comprendo
—dije, y cambié la espada de lugar. —Creo que sí. ¿Está mal entonces que lo
traicione así? ¿Tú qué piensas?
—Yo
no soy magistrado.
—Todo
el mundo me juzga..., todas mis amigas..., mis amantes, de los cuales no eres
el primero ni el último; hasta esas mujeres de hace un rato, en el caldarium.
—A
nosotros nos instruyen desde niños no para juzgar, sino para ejecutar las
sentencias dictadas por los tribunales de la Mancomunidad. No os juzgaré, ni a
ti ni a él.
—Yo
juzgo —dijo ella, y volvió la cara hacia la brillante, dura luz de las
estrellas. Por primera vez desde que la había divisado a través de la atestada
sala de baile, entendí cómo había podido tomarla por una monja de la orden cuyo
hábito llevaba—. O al menos me digo que juzgo. Y me encuentro culpable, pero no
puedo parar. Creo que atraigo a hombres como tú. ¿A ti te atraje? Sé que había
allí mujeres más bonitas de lo que soy yo ahora.
—No
estoy seguro —dije—. Mientras veníamos a Thrax...
—Tú
también tienes una historia, ¿no? Cuéntame, Severian. Yo ya te he contado casi
lo único interesante que me sucedió nunca.
—En
el camino hacia aquí nos cruzamos (otra vez te explicaré con quién estaba
viajando) con una bruja y su fámula y su cliente, que habían ido a cierto lugar
a reanimar el cuerpo de un hombre muerto mucho tiempo atrás.
—¿De
veras? —Los ojos de Cyriaca chispearon.
¡Qué
fantástico! He oído hablar de esas cosas pero nunca las he visto. Cuéntamelo
todo, aunque asegúrate de decir la verdad.
—En
realidad no hay mucho que contar. Nuestro camino pasaba por una ciudad
abandonada, y al ver una fogata nos acercamos porque con nosotros iba una
enferma. Cuando la bruja trajo de vuelta al hombre que había ido a revivir, al
principio pensé que estaba restaurando la ciudad entera. Sólo unos días más
tarde comprendí...
Me
di cuenta de que no podía decir qué era lo que había comprendido; que de hecho
estaba en un nivel de sentido superior al del lenguaje, un nivel que preferimos
creer que apenas existe, aunque sin esa constante disciplina que hemos
aprendido a ejercer sobre nuestros pensamientos, éstos siempre estarían
trepando a él de manera inconsciente. —Continúa.
—Realmente
no comprendí, claro. Todavía lo pienso, y sigo sin comprender. Pero sé que de
algún modo lo estaba resucitando, y que él estaba resucitando la ciudad de
piedra, como un marco para sí mismo. A veces se me ocurre que quizá la ciudad
nunca haya tenido realidad independiente de él, de modo que cuando cabalgábamos
por sus calzadas y los escombros de sus paredes, en realidad avanzábamos entre
los huesos de él.
—¿Y
volvió en sí? —preguntó ella—. ¡Cuéntame! —Sí, regresó. Y luego el cliente se
murió, y también la mujer enferma que había llegado con nosotros. Yapu-Punchau,
así se llamaba el muerto, volvió a expirar. Las brujas escaparon corriendo,
creo, aunque quizá volaran. Pero lo que quería decir es que al día siguiente
nosotros seguimos a pie, y pasamos la noche en la choza de unos pobres. Y esa
noche, mientras la mujer que viajaba conmigo dormía, yo hablé con el hombre de
la familia, que al parecer sabía mucho sobre la ciudad de piedra, aunque
ignoraba el nombre original. Y también hablé con la madre de él, que creo que
sabía algo más, aunque no quiso contarme tanto. —Vacilé, pues me resultaba
difícil hablar de semejantes cosas con una mujer. Al principio supuse que los
ancestros de ellos podrían haber nacido en la ciudad, pero me dijeron que la
habían destruido mucho antes de que llegara la raza. A pesar de todo, sabían
muchas historias, porque el hombre había buscado tesoros en ella desde niño,
aunque nunca había encontrado nada, dijo, salvo piedras rotas y vasijas rotas,
y las huellas de buscadores que habían estado allí mucho antes que él.
»"En
tiempos antiguos", me dijo la madre, "se creía que era posible atraer
el oro enterrado poniendo unas monedas tuyas en el suelo y usando algún
embrujo. Muchos lo hicieron, y olvidaron el lugar, o no pudieron recoger nunca
más sus monedas. Eso es lo que encuentra mi hijo. Ése es el pan que
comemos."
Recordé
a la mujer tal como había sido aquella noche, vieja y encorvada mientras se
calentaba las manos en un pequeño fuego de turba. Tal vez se pareciera a una de
las niñeras de Thecla, pues algo en ella puso a Thecla más cerca de la
superficie de mi mente de lo que había estado desde que me encarcelaron con
Jonas en la Casa Absoluta, de modo que una o dos veces, reparando en mis manos,
me había asombrado del grosor de los dedos, de su color marrón, y de verlas
desnudas de anillos.
—Sigue,
Severian —volvió a decir Cyriaca.
—Luego
la anciana me dijo que en la ciudad de piedra había algo que verdaderamente
atraía a quienes eran como ella. «Habrá oído usted historias de nigromantes»,
dijo, «que pescan los espíritus de los muertos. ¿Sabe dónde se encuentran los
vitomantes de los muertos, los que llaman a quienes pueden revivirlos? En la
ciudad de piedra hay uno, y una o dos veces cada saros alguno de los que él ha
llamado viene a cenar con nosotros.» Y luego le dijo a su hijo: «Tú tienes que
acordarte de ese hombre silencioso que dormía al lado de esta maza. Eras una
criatura, pero creo que tienes que acordarte. Hasta el momento fue el último».
Entonces supe que yo también había sido atraído por el vitomante Apu-Punchau,
aunque no había sentido nada.
Cyriaca
me miró de reojo.
—Entonces,
¿estoy muerta? ¿Es eso lo que quieres decir? Me dijiste que había una bruja que
era nigromante, y que tropezaste con su fuego. Yo creo que la bruja de que
hablas era un brujo, tú, y no cabe duda de que la enferma que mencionaste era
tu cliente, y la mujer, tu sirvienta.
—Eso
es porque he omitido contarte las partes de la historia que tienen alguna
importancia—dije.
Me
habría reído si hubieran pensado que yo era brujo; pero la Garra volvió a
oprimirme el esternón, diciéndome que gracias a su poder robado yo era por
cierto un brujo en todo salvo en saber; y comprendí entonces—en el mismo
sentido en que había «comprendido» antes— que aunque Apu—Punchau la había
tenido en su mano, no había podido (¿o no había querido?) arrebatármela.
—Lo
más importante —continué— es que cuando el aparecido se desvaneció, detrás de
él quedó en el barro una capa escarlata de Peregrina como la que tú llevas
ahora. La tengo en mi alforja. ¿Se interesan las Peregrinas por la nigromancia?
Nunca
llegué a oír la respuesta, porque en el mismo momento en que hablaba la alta
figura del arconte se acercó por el sendero angosto que llevaba hasta la
fuente. Iba enmascarado, y disfrazado de canedro, de modo que viéndolo a plena
luz no lo habría reconocido; pero la penumbra del jardín lo despojaba de su
disfraz con tanta eficacia como un par de manos humanas, y por eso me bastó
divisar la altura de su mole, y su paso, para reconocerlo en seguida.
—Vaya
dijo—. La ha encontrado. Tendría que haberlo previsto.
—Lo
mismo pensé yo —le dije—, pero no estaba seguro.
VIII
En lo alto del acantilado
Dejé
los jardines del palacio por uno de los portales que daban a tierra. Había seis
soldados de caballería vigilando, sin el menor aire de relajamiento que pocas
guardias antes había caracterizado a los dos de la escalinata del río. Uno,
cerrando el paso educada pero inconfundiblemente, me preguntó si tenía que irme
tan temprano. Me identifiqué y dije que temía que sí, que aún me quedaba
trabajo por hacer esa noche (lo que era muy cierto) y que a la mañana siguiente
me esperaba además una dura jornada (lo que no lo era menos).
—Pues
es usted un héroe. —La voz del soldado sonó un poco más amistosa.— ¿No tiene
escolta, Lictor? —Tenía dos clavígeros, pero los despedí. No hay motivo para
que no encuentre yo solo el camino a la Víncula.
Otro
soldado, que hasta entonces no había hablado, dijo:
—Puede
quedarse dentro hasta mañana. Le darán un lugar tranquilo para acostarse.
—Sí,
pero no haría mi trabajo. Me temo que debo partir ahora.
El
que había estado bloqueándome el paso se apartó.
—Me
gustaría mandar un par de hombres a que lo acompañen. Lo haré si espera usted
un momento. Tengo que pedirle permiso al oficial de guardia.
—No
es necesario —contesté, y partí antes de que pudieran decir algo más. Era
evidente que algo, presumiblemente el
ejecutor de los asesinatos que había mencionado mi sargento, actuaba en la
ciudad; parecía casi seguro que mientras yo estaba en el palacio del arconte
había ocurrido otra muerte. La idea me llenó de una agradable excitación; no
porque fuera tan tonto como para imaginarme superior a un ataque, sino porque
la idea de que me atacaran, de enfrentarme con la muerte esa noche en las
oscuras calles de Thrax, aliviaba en parte la depresión que yo habría sentido
en circunstancias opuestas. Este terror indeterminado, esa amenaza nocturna sin
rostro, era la más temprana de mis pesadillas infantiles; y como tal, ahora que
la niñez había quedado atrás, tenía la cualidad íntima que tienen todas las
cosas infantiles cuando somos enteramente adultos.
Estaba en la misma margen del río que la choza que había
visitado esa tarde, y no necesitaba volver a tomar un barco; pero las calles me
eran extrañas y en la oscuridad parecían casi un laberinto construido para
confundirme. Varias veces inicié la marcha en falso antes de encontrar el
camino angosto que yo buscaba y que trepaba por el risco.
En las viviendas de ambos lados, silenciosas mientras
habían esperado a que el poderoso muro de piedra que tenían enfrente se alzara
y cubriera el sol, había ahora murmullos de voces, y unas pocas ventanas
destellaban a la luz de unas lámparas de grasa. Mientras Abdiesus festejaba
abajo, en su palacio, la gente humilde de lo alto del risco también celebraba,
con un regocijo que difería del otro sobre todo en que era menos tumultuoso. Oí
al pasar los ruidos del amor, lo mismo que los había oído en el jardín del
arconte después de dejar a Cyriaca por última vez, y aquí y allá voces de
hombres y mujeres conversando tranquilamente, y también bromeando. El jardín
del palacio había estado perfumado por la fragancia de las flores, y el aire,
refrescado por las fuentes del mismo jardín y por la fuente mayor del frío
Acis, que corría justo al lado. Aquí ya no había esos olores; pero una brisa se
movía entre las chozas y las cuevas de bocas taponadas, acercando ora un hedor
de estiércol, ora el aroma del té o de algún estofado humilde, y sólo a veces
el aire limpio de las montañas.
Cuando hube llegado a cierta altura de la cara del
acantilado, donde no vivía nadie tan rico como para permitirse más luz que la
de un fogón de cocina, me volví a mirar la ciudad, como la había mirado esa
tarde —aunque con un ánimo totalmente distinto desde las almenas del castillo
de Acies. Se dice que hay en las montañas grietas tan profundas que desde el
fondo se ven las estrellas; grietas, pues, que atraviesan enteramente el mundo.
Ahora yo sentía que había encontrado una. Era como mirar una constelación, como
si toda Urth se hubiera derrumbado y yo estuviera mirando un abismo de
estrellas.
Parecía probable que a esas alturas me hubiesen empezado
a buscar. Pensé en los dimarchi del arconte apresurándose por las calles
silenciosas, quizá llevando antorchas arrebatadas del jardín. Mucho peor era la
idea de los clavígeros que hasta ahora había comandado desplegándolos en
abanico desde las puertas de la Vincula. Sin embargo, no veía que se movieran
luces, y no oía ningún grito ronco y lejano, y si la Vincula estaba alborotada,
el alboroto no afectaba la telaraña de calles que cubrían el risco de la otra
orilla. Tendría que haberse visto, también, el resplandor parpadeante del gran
portón abriéndose para dejar salir a los hombres recién levantados, cerrándose,
y luego volviendo a abrirse. Por fin di media vuelta y seguí subiendo. Aún no
habían dado la alarma. Con todo, no tardaría en sonar.
No había luz en la choza ni ruido de voces. Antes de
entrar saqué la Garra de la bolsa, por miedo a que una vez dentro no me
atreviera a hacerlo. A veces, como
en la posada de Saltus, ardía como un fuego artificial. Otras veces no tenía
más luz que un trozo de vidrio. Esa noche en la choza, más que brillar,
fulguraba con un azul tan hondo que la propia luz parecía una suerte de
oscuridad más clara. De todos los nombres del Conciliador, el que menos se usa,
creo, y siempre me ha parecido más desconcertante, es el de Sol Negro. Desde
esa noche he sentido que casi lo comprendo. No podía tomar la gema con los
dedos como había hecho a menudo y aún habría de hacer después; la sostenía en
la palma de la mano derecha para que mi tacto no cometiera más sacrilegio que
el estrictamente necesario. Llevándola así por delante, me agaché y entré en la
choza.
La
muchacha yacía en el mismo sitio que esa tarde. Si aún respiraba, yo no podía
oírla, y no se movía. El niño del ojo
infectado dormía a los pies de ella en la tierra desnuda. Debía de
haber comprado comida con el dinero que yo le había dado; por el suelo había
hollejos de maíz y peladuras de fruta. Por un momento me atreví a tener la
esperanza de que ninguno de los dos se despertara.
La
honda luz de la Garra reveló que la cara de la muchacha era mas débil y más
horrible que lo que yo había visto antes, acentuando los huecos bajo los ojos
y las mejillas hundidas. Sentí que debía decir algo, invocar por alguna
fórmula al Increado y sus mensajeros, pero tenía la boca seca y más vacía de
palabras que la de cualquier animal. Lentamente bajé la mano hasta que su
sombra cortó la luz que bañaba a la muchacha. Cuando volví a levantarla no
había habido ningún cambio, y recordando que la Garra no había ayudado a
Jolenta, me pregunté si sería posible que no tuviera buenos efectos sobre las
mujeres, o si haría falta que la sostuviese una mujer. Luego toqué con ella la
frente de la muchacha, de modo que por un momento pareció que tenía un tercer ojo
en el rostro cadavérico.
De
todos los usos que he hecho de la Garra, éste fue el más asombroso, y acaso el
único en el que es imposible que alguna ilusión de mi parte o alguna
coincidencia, por complicada que fuera, explique lo que ocurrió. Podía haber
sido que la propia fe del hombre—mono le restañara la sangre, que el ulano del
camino que bordeaba la Casa Absoluta sólo estuviera aturdido y hubiese
reaccionado de todos modos, que la aparente cura de las heridas de Jonas no
fuera más que un truco de la luz.
Pero
ahora era como si un poder inimaginable hubiera actuado en el intervalo entre
un chronon y el siguiente para torcer el rumbo del universo. Los ojos verdaderos de la muchacha
se abrieron, oscuros como charcos. El rostro ya no era la máscara macabra que
había sido, sino apenas el rostro exhausto de una joven.
—¿Quién
eres tú, con esas ropas brillantes? —preguntó. Y luego—: Oh, estoy soñando.
Le
dije que era un amigo, y que no había razón para que tuviese miedo.
—No
tengo miedo dijo—. Lo tendría si estuviera despierta, pero no lo estoy. Parece
que hubieras caído del cielo, pero sé que sólo eres el ala de un pobre pájaro.
¿Te ha cazado Jader? Cántame...
Volvió
a cerrar los ojos; esta vez oí el lento suspiro de su aliento. La cara no
cambió: delgada y consumida, como cuando había abierto los ojos; pero el
sello de la muerte se le había borrado.
Le
retiré la gema de la frente y la apoyé en el ojo del niño como la había
aplicado en la cara de su hermana, pero no estoy seguro de que fuera necesario.
Antes aun de haber sentido el beso de la Garra ya parecía normal, y es posible
que la infección ya hubiera sido derrotada. El niño se agitó, dormido, y gritó
como si en un sueño corriera por delante de niños más lentos, urgiéndolos a que
lo siguieran. Volví a guardar la Garra en su pequeña bolsa y entre hollejos y
peladuras me senté en el suelo de tierra a escucharlo. Al cabo de un rato
volvió a calmarse. La tenue luz de las estrellas brillaba cerca de la puerta;
por lo demás, la choza estaba totalmente oscura. Yo oía la respiración regular
de la hermana, y la del niño.
Ella
había dicho que yo, que desde mi ascenso a oficial había vestido de fulígeno, y
antes con harapos grises, llevaba ropas brillantes. Comprendí que la había
deslumbrado la luz que tenía en la frente; cualquier cosa, cualquier ropa le
habría parecido brillante. Y no obstante sentía que en cierto modo ella estaba
en lo cierto. No es que después de aquel momento yo empezara (como he tenido la
tentación de escribir) a odiar mi capa, mis pantalones y mis botas; pero de
alguna manera llegué a sentir que eran sin duda el disfraz con que los había
confundido en el palacio del arconte, o el traje del hombre que había
aparentado ser cuando actué en la obra del doctor Talos. Hasta un torturador es
un hombre, y para ningún hombre es natural vestirse siempre y exclusivamente en
ese tono más oscuro que el negro. Cuando en la tienda de Agilus yo me había
puesto el manto marrón, había despreciado mi propia hipocresía; quizá la capa
fulígena que en aquel momento llevaba debajo fuera una hipocresía igual o
mayor.
Entonces
la verdad empezó a abrirse camino en mi mente. Si alguna vez yo había sido un
verdadero torturador, un torturador en el sentido en que lo eran el maestro
Gurloes y hasta el maestro Palaemon, ya había dejado de serlo. Allí en Thrax me
habían concedido una segunda oportunidad. También en esa oportunidad había
fracasado, y no habría una tercera. Mis habilidades y mi vestimenta podían
permitirme conseguir empleo, pero eso era todo; y sin duda me convendría
destruir mis ropas no bien pudiera, e intentar obtener un puesto entre los
soldados que luchaban en la guerra del norte, no bien consiguiera —si lo
conseguía alguna vez— devolver la Garra.
El
niño se agitó y dijo un nombre que quizás era el de su hermana. Ella murmuró
algo, todavía en sueños. Me incorporé y estuve mirándolos un momento más, y
luego me deslicé afuera, temiendo que se asustaran al ver mi cara cruel y mi
larga espada.
IX
La salamandra
Fuera
las estrellas parecían más brillantes, y por primera vez en muchas semanas la
Garra había dejado de apretarme el pecho.
Al
bajar el sendero angosto, ya no me hizo falta parar y volverme a mirar la
ciudad. Se extendía ante mí en diez mil luces titilantes, desde el faro del
castillo de Acies hasta el reflejo de las ventanas de la sala de guardia en las
aguas que corrían a través del Capulus.
A
esas alturas ya me habrían cerrado las puertas. Si aún no habían lanzado a los
dimarchi, lo harían antes de que yo alcanzara la planicie junto al río; pero
había decidido ver una vez más a Dorcas antes de abandonar la ciudad, y por
alguna razón no dudaba de mi habilidad para lograrlo. Empezaba a urdir planes
para sortear después los muros cuando lejos y abajo se encendió una nueva luz.
A
lo lejos era pequeña, sólo una picadura de alfiler como las demás; y sin
embargo no se les parecía en absoluto, y puede que mi mente sólo la registrara
como luz porque no sabía con qué otra cosa compararla. La noche en que Vodalus
había resucitado a la muerta en la necrópolis, yo había visto un poderoso
disparo de pistola: un coherente haz de energía que había partido la niebla
como un relámpago. Este fuego no era así, pero se le parecía más que cualquier
cosa que yo pudiera recordar. Relumbró brevemente y se apagó, y un latido
después sentí la ola de calor en la cara.
De
algún modo me perdí en la oscuridad y no encontré la pequeña posada llamada el
Nido del Pato. Nunca he sabido si equivoqué el camino o simplemente pasé
delante de los postigos cerrados sin reparar en el cartel que colgaba arriba.
De cualquier manera, pronto me encontré demasiado lejos del río, avanzando por
una calle que por un trecho corría paralela al acantilado, con un olor de carne
chamuscada en la nariz, como si estuvieran marcando animales con un hierro
candente. Iba a volver sobre mis pasos cuando choqué en las sombras con una
mujer. Tan violenta e imprevistamente golpeamos uno contra otro que por poco no
me caí, y mientras retrocedía, oí el estrépito del cuerpo de ella contra la
piedra.
—No
la vi —dije, agachándome a ayudarla. —¡Corra, corra! —balbuceó ella. Y luego—:
¡Oh, ayúdeme a levantarme! —La voz me resultaba ligeramente conocida.
—¿Por
qué habría de correr? —La ayudé a levantarse. En la penumbra vi un rostro
borroso, en el que incluso creí adivinar algo de terror.
—Mató
a Jurmino. Lo quemó vivo. Cuando lo encontramos todavía estaba ardiendo el
bastón. Él... Lo que hubiese empezado a decir se perdió entre sollozos.
—¿Qué
es lo que mató a Jurmino? —Como no contestaba la sacudí, pero sólo conseguí que
llorara más.— ¿No la conozco? ¡Hable, mujer! Usted es la dueña del Nido del
Pato. ¡Lléveme allí!
—No
—dijo ella—. Tengo miedo. Deme su brazo, sieur, por favor. Entremos en algún
sitio.
—De
acuerdo. Iremos al Nido del Pato. No puede estar lejos... Bien, ¿dónde está?
—¡Demasiado
lejos! —La mujer lloraba.— ¡Demasiado lejos!
En
la calle había algo más que nosotros. Ignoro si yo no había sabido detectarlo,
o si hasta entonces había sido indetectable;
pero de pronto estaba presente. He oído decir a personas que tienen horror a
las ratas que en cuanto entran en una casa sienten la presencia de estos
animales, aunque no se los vea. Así ocurría ahora. Había una sensación de calor
sin calidez; y aunque el aire no transportaba ningún olor, sentí que lo habían
vaciado del poder de sostener la vida.
Me pareció que la mujer no lo había advertido. —Anoche
quemó a tres cerca del coliseo —continuó—, y esta noche a uno, dicen, cerca de
la Víncula. Y ahora a Jurmino. Está buscando a alguien... Eso dicen. Recordé
las nótulas y la cosa que había resollado en las paredes de la antecámara de la
Casa Absoluta, y dije: —Creo que lo ha encontrado.
La solté y me volví, y luego otra vez, intentando
descubrir dónde estaba. El calor iba creciendo, pero no se veía ninguna luz.
Tuve la tentación de sacar la Garra para alumbrarme con su resplandor; luego
recordé cómo había despertado a lo que dormía bajo la mina de los hombres—mono,
y temí que la luz sirviera únicamente para que aquella cosa —fuera lo que
fuese— me localizara. No estaba seguro de que mi espada fuese más eficaz contra
ella de lo que había sido contra las nótulas cuando Jonas y yo habíamos huido
de ellas por el bosque de cedros. De todos modos, la desenvainé.
Casi en seguida se oyeron un repique de cascos y un
grito, y dos dimarchi aparecieron atronadoramente por una esquina, a no más de
cien zancadas. De haber tenido más tiempo, habría sonreído al ver cuánto se
parecían a las figuras que yo había imaginado. El caso es que el fulgor de
fuego artificial de sus lanzas esbozó algo oscuro y torcido y agazapado que
había entre nosotros.
Se volvió hacia la luz, fuera lo que fuese, y pareció
abrirse como una flor, cobrando altura casi demasiado rápido para que el ojo
pudiera seguirlo, afinándose hasta convertirse en una criatura de bruma
radiante, caliente pero con algo de reptil, como esas serpientes multicolores
que traen de las junglas del norte, que sin dejar de ser reptiles parecen
piezas de esmalte coloreado. Las monturas de los soldados se encabritaron y
relincharon, pero uno de ellos, con más presencia de ánimo que la que habría mostrado
yo, disparó la lanza al corazón de la cosa que lo enfrentaba. Hubo un
relámpago.
La dueña del Nido del Pato se derrumbó contra mí, y yo,
que no quería perderla, la sostuve con el brazo libre.
—Creo que busca calor vivo —le dije—. Debería lanzarse
sobre los caballos.
Estaba diciendo esto cuando la cosa se volvió hacia
nosotros.
Ya he dicho que desde atrás, al abrirse hacia los
dimarchi, había parecido una flor serpeante. Ahora que la veíamos en todo su
horror y su gloria, esa impresión persistía, pero sumada a otras dos. La
primera era de calor intenso y sobrenatural; aún parecía un reptil, pero un
reptil que quemaba de una forma jamás conocida en Urth, como si en una esfera
de nieve hubiera caído un áspid del desierto. La segunda era de jirones
flameando en un viento que no era de aire. Parecía florecer, todavía, pero como
un capullo cuyos pétalos de fuego y blanco y amarillo pálido hubieran sido
desgarrados por una monstruosa tempestad nacida en su propio corazón.
En todas estas impresiones, envolviéndolas e
infiltrándolas, había un horror que no puedo describir. Me sorbía toda decisión
y toda fuerza, de modo que por un momento no pude huir ni atacar. La criatura y
yo parecíamos fijos en una matriz de tiempo por completo aparte de todo lo que
hubiera podido ocurrir antes o después, y puesto que aquella matriz nos
mantenía inmóviles y éramos sus únicos ocupantes, nada podía alterarlo.
Un grito rompió el hechizo. Al galope, una segunda
partida de dimarchi había entrado en la calle por detrás de nosotros, y al ver
a la criatura lanzó los caballos a la carga. En menos de un respiro bullían a
nuestro alrededor, y si no nos atropellaron fue porque Sacra Katharine
intervino. Si alguna vez yo había dudado del coraje de las tropas del autarca,
esa noche perdí toda duda, pues ambas partidas se lanzaron contra el monstruo
como perros sobre un ciervo.
Fue inútil. Hubo un destello cegador, y una sensación de
calor espantoso. Sosteniendo todavía a la mujer medio inconsciente, eché a
correr calle abajo.
Pensaba salir por donde habían entrado los dimarchi, pero
a causa del pánico (y era pánico, no sólo mío, sino de Thecla, que gritaba en
mi mente), doblé una esquina antes o después. En lugar de la brusca pendiente
que yo esperaba, me encontré en un callejón sin salida construido sobre una
prominencia del acantilado. Cuando llegué a darme cuenta de lo que ocurría, la
criatura, ahora nuevamente un ser retorcido y enano, pero que irradiaba una
energía terrible e invisible, estaba en la boca del callejón.
A la luz de las estrellas podría haber sido apenas un
viejo giboso con un abrigo negro, pero nunca he sentido más terror que
entonces. Al fondo del calle jón había una choza; una estructura más grande que
la barraca en donde habían sufrido la muchacha enferma y su hermano, pero
también hecha de cañas y barro. Di una patada a la puerta y me precipité en una
conejera de odiosas habitaciones, atravesando como un rayo la primera, y luego
otra hasta llegar a una tercera donde dormían media docena de hombres y una
mujer, y de ésta a una cuarta, sólo para encontrarme con una ventana que, como
mi tronera de la Víncula, daba sobre la ciudad. Era el final, la última
habitación de la casa, y colgaba como un nido de golondrina sobre un abismo que
en aquel momento me pareció infinito.
De la habitación que acabábamos de dejar me llegaron las
voces enfadadas de los que habíamos despertado. De golpe se abrió la puerta,
pero quienquiera que fuese el que entró a expulsar al intruso, tuvo que haber
visto el fulgor de Terminus
Est; se
detuvo en seco, maldijo y se fue. Un momento después alguien gritó y supe que
la criatura de fuego estaba en la choza.
Traté de enderezar a la mujer, pero se derrumbó a mis
pies. Al otro lado de la ventana no había nada: la pared de cañas terminaba
unos codos más abajo y los soportes del suelo no se extendían más allá. Arriba,
un alero de paja no ofrecía a mi mano más ventaja que una telaraña. Mientras
intentaba aferrarlo, entró un torrente de luz que destruyó todo color y
proyectó sombras tan oscuras como el fulígeno, sombras como fisuras en el
cosmos. Entonces comprendí que debía luchar y morir como los dimarchi o saltar,
y giré para enfrentar a la criatura que había venido a matarme.
Todavía estaba en la otra habitación, pero podía verla
por el vano de la puerta, abierta ahora otra vez. Ante ella, en el suelo, yacía
el cuerpo semiconsumido de alguna vieja infeliz, y mientras yo miraba, la cosa
pareció inclinarse sobre el cuerpo en algo que, lo habría jurado, era una
actitud inquisitiva. La carne del cadáver burbujeó y crujió como la grasa de un
asado, y luego se deshizo. Un momento después hasta los huesos fueron pálidas
cenizas que la criatura dispersó mientras avanzaba.
Creo que TerminusEst ha sido la mejor hoja jamás forjada, pero yo
sabía que nada podría lograr contra el poder que había derrotado a tantos
jinetes; la arrojé a un lado en la vaga esperanza de que pudiera ser encontrada
y eventualmente devuelta al maestro Palaemon, y saqué la Garra de la bolsa que
me colgaba del cuello.
Era mi última y remota oportunidad, y en seguida vi que
había fallado. De cualquier forma que percibiese el mundo que la rodeaba (y por
sus movimientos yo había imaginado que en nuestra Urth era casi ciega), la
criatura advertía claramente la gema, y no la temía. El avance lento se
convirtió en un rápido y resuelto fluir hacia adelante. Llegó a la puerta; hubo
una explosión de humo, un estrépito, y desapareció. Desde abajo, una luz
relampagueó por el agujero abierto a fuego en el endeble suelo que empezaba donde
concluía la saliente rocosa; primero fue la luz incolora de la criatura, luego
una rápida sucesión de colores tornasolados: azul pavo real, lila y rosa.
Después sólo una luz tenue, rojiza, de llamas saltarinas.
X
Plomo
Por un momento pensé que iba a caerme en el agujero
abierto en el centro del cuarto antes de poder recuperar TerminusEst y poner a salvo a la dueña del Nido del Pato,
y por otro tuve la certeza de que se iba a caer todo: la temblorosa estructura
del cuarto y nosotros con ella.
No obstante, al final escapamos. Fuera, la calle estaba
tan vacía de dimarchi como de vecinos; los soldados habían sido atraídos por el
fuego de abajo, sin duda, y la gente, asustada, se había metido en las casas.
Sostuve a la mujer con el brazo, y aunque seguía demasiado aterrorizada como
para responderme algo inteligible, dejé que ella eligiera el camino; como había
supuesto, nos llevó infaliblemente a su posada.
Dorcas estaba durmiendo. Sin despertarla, me senté a
oscuras en un banco, junto a la cama, donde ahora también había una mesita
suficiente para sostener el vaso y la botella que había subido del comedor.
Fuera lo que fuese, el vino me supo fuerte al paladar, y sin embargo no más que
el agua una vez que lo hube tragado; para cuando Dorcas despertó, había bebido
media botella y no sentía más efecto que si hubiera sido un sorbete.
Dorcas alzó la cabeza, luego la dejó caer de nuevo en la
almohada.
—Severian. Debería haber sabido que eras tú. —Siento
haberte asustado —dije yo—. Vine a ver cómo estabas.
—Eres
muy amable. Con todo, parece que cada vez que me despierto estás inclinado
sobre mí. —Volvió a cerrar los ojos un momento.— Con esas botas de suela gruesa
no haces ningún ruido al caminar, ¿lo sabías? Es una de las razones por las que
infundes temor a la gente.
—Una
vez dijiste que te recordaba a un vampiro, porque había comido una granada y
tenía los labios manchados de rojo. Los dos nos reímos. ¿Te acuerdas? —Había
sido en un campo dentro de la muralla de Nessus, donde habíamos dormido junto
al teatro del doctor Talos y despertado para agasajarnos con la fruta que la
noche anterior había dejado caer nuestro huyente público.
—Sí
dijo Dorcas—. Quieres que vuelva a reír, ¿no? Pero me temo que nunca volveré a
hacerlo. —¿Quieres un poco de vino? Era gratis, y no tan malo como yo esperaba.
—¿Para
alegrarme? No. Creo que una debería beber cuando ya está alegre. De lo
contrario sólo se vierte tristeza en la copa.
—Al
menos toma un trago. La dueña dice que has estado enferma y en todo el día no
has comido.
Vi
que Dorcas movía la cabeza en la almohada y me miraba; y ya que estaba
totalmente despierta, me atreví a encender la vela.
—Llevas
tus ropas —me dijo—. Tienes que haberle dado un susto mortal.
—No,
no la asusté. Se está llenando la copa con todo lo que haya en la botella.
—Ha
sido buena conmigo... Es muy amable. No le reproches que elija beber a estas
horas de la noche. —No se lo estaba reprochando. Pero ¿no vas a tomar nada? En
la cocina ha de haber comida; te traeré lo que quieras y si no te gusta lo
devolveremos. Dorcas rió débilmente.
—Me
he pasado el día devolviendo lo que había comido. Es lo que quería decir ella
cuando te contó que estuve enferma. ¿O no te lo dijo? Vomitando. Pensé que ibas
a olerlo, aunque la pobre mujer limpió lo mejor que pudo. —Hizo una pausa y
husmeó.¿Qué es eso que huelo? ¿Tela quemada? Debe de ser la vela, pero supongo
que no podrás recortar la mecha con tu gran espada.
—Es
mi capa, creo —dije yo—. He estado demasiado cerca del fuego.
—Te
pediría que abrieras la ventana, pero veo que ya la abrieron. Me temo que a ti
te moleste. La verdad es que hace temblar la vela. ¿Te marea el parpadeo de las
sombras?
—No
—dije—. No hay problema mientras no mire directamente la llama.
—Por
tu expresión, te sientes como siempre me siento yo cerca del agua.
—Esta
tarde te encontré sentada muy al borde del río.
—Lo
sé —dijo Dorcas, y calló. El silencio duró tanto que temí que no volviera a
hablar nunca más, que hubiera vuelto el silencio patológico (como ahora estaba
seguro que era) que la había poseído.
Por
fin dije: —Me sorprendió verte allí. Recuerdo que miré varias veces antes de
convencerme de que eras tú, aunque te había estado buscando.
—Vomité,
Severian. Ya te lo dije, ¿no? —Sí, me lo dijiste.
—¿Sabes
qué fue lo que arrojé?
Miraba
fijamente el techo bajo, y tuve la sensación de que había allí otro Severian,
el Severian bondadoso e incluso noble que sólo existía en la mente de Dorcas.
Supongo que todos, cuando creemos hablar muy íntimamente con otra persona, en
realidad nos dirigimos a la imagen que tenemos de ella. Pero esto parecía algo
más; sentí que Dorcas seguiría hablando aunque yo saliera de la habitación.
—No
—respondí—. ¿Agua, quizá? —Proyectiles.
Pensé
que estaba hablando metafóricamente, y sólo arriesgué:
—Tiene
que haber sido muy desagradable.
Volvió
a girar la cabeza en la almohada, y ahora le vi los ojos azules y las anchas
pupilas. Tal era su vacuidad que podrían haber sido dos pequeños fantasmas.
—Proyectiles,
mi querido Severian. Pesadas postas de metal, cada una casi del ancho de una
nuez y no tan larga como mi pulgar y estampada con la palabra golpea. Salían
tamborileando de mi garganta y se derramaban en el cubo, y yo estiré la mano y
la hundí en la inmundicia para verlas. La dueña de la posada vino y se llevó el
cubo, pero yo las había limpiado y guardado. Hay dos, y ahora están en el cajón
de esa mesa. La trajo ella para poner la cena. ¿Quieres verlas? Abre.
No
podía imaginarme de qué estaba hablando Dorcas, y le pregunté si pensaba que
alguien intentaba envenenarla.
—No,
no, de ninguna manera. ¿No vas a abrir
el cajón? Eres tan valiente... ¿No quieres matar? —Confío en ti. Si dices que
en la mesa hay proyectiles, estoy seguro de que así es.
—Pero
no crees que los vomité yo. No te culpo. ¿No hay una historia sobre la hija de
un cazador que fue bendecida por un pardal, y que al hablar derramaba cuentas
de azabache? Entonces la mujer del hermano le robó la bendición, y cuando
hablaba, de los labios le saltaban sapos. Recuerdo haberla oído, pero nunca le
creí.
—¿Cómo
es posible arrojar plomo?
Dorcas
rió, pero en su risa no había alegría: —Es fácil. Tan fácil... ¿Sabes lo que vi
hoy? ¿Sabes por qué no pude hablarte cuando me encontraste? Yno pude, Severian,
te lo juro. Sé que pensaste que estaba enfadada y me había puesto testaruda.
Pero no... Me había vuelto como de piedra, muda, porque nada parecía importar,
y todavía no estoy segura de que algo importe. Sin embargo, siento lo que dije
sobre que no eras valiente. Eres valiente, lo sé. Lo único es que no parece una
valentía hacerles cosas a los pobres prisioneros. Fuiste muy valiente al luchar
con Agilus, y después, cuando casi te peleaste con Calveros porque creíste que
iba a matar a Jolenta...
Volvió
a quedar en silencio, y luego suspiró: —Ah, Severian, estoy tan cansada...
—De
eso quería hablarte —dije yo—. De los prisioneros. Quiero que entiendas, por
más que no puedas perdonarme. Era mi profesión, el oficio para el que me
adiestraron desde la infancia. —Me incliné hacia adelante y le tomé la mano;
parecía frágil como un pájaro cantor.
—Ya
has dicho algo así otra vez. De veras, te entiendo.
—Y
lo podía hacer bien. Dorcas, es eso lo que no entiendes. El tormento y la
ejecución son artes, y yo tengo el talento, el don, la bendición. Esta
espada..., todas las herramientas que utilizamos viven cuando yo las empuño. De
haberme quedado en la Ciudadela, podría haber sido un maestro. Dorcas, ¿me
escuchas? ¿Ves algún sentido en estas cosas que te digo?
—Sí
—dijo ella—. Un poco, sí. Pero tengo sed. Si ya has bebido bastante, sírveme un
poco de vino, por favor.
Lo
hice, llenando sólo la cuarta parte del vaso porque temía que se lo derramara
en la cama.
Se
sentó a beber, algo que hasta entonces no había estado seguro de que fuese
capaz de hacer, y una vez que acabó de tragar la última gota escarlata tiró el
vaso por la ventana. Oí cómo se estrellaba abajo, en la calle.
—No
quiero que bebas después de mí —me dijo—. Y sabía que si no lo tiraba ibas a
hacerlo.
—Pero entonces, ¿piensas que lo que tienes es contagioso?
Volvió a reírse.
—Sí, pero ya lo tienes tú también. Te lo contagió tu
madre. La muerte, Severian. Todavía no me preguntaste qué fue lo que vi hoy.
XI
La mano del pasado
No bien Dorcas dijo «Todavía no me preguntaste qué fue lo
que vi hoy», me di cuenta de que yo había estado intentando desviar la
conversación. Tenía el presentimiento de que para mí sería algo sin el menor
sentido, y que así como los locos creen que las huellas de los gusanos bajo la
corteza del árbol caído son una escritura sobrenatural, ella le adjudicaría un
gran significado.
—Pensé que quizá fuera mejor distraerte, fuera lo que
fuese —dije.
—Sería mejor, si pudiéramos. Era una silla. —¿Una silla?
—Una silla vieja. Y una mesa, y varias cosas más. Parece
que en la calle de los Fusteros hay una tienda que les vende muebles viejos a
los eclécticos, y a los autóctonos que han absorbido nuestra cultura tanto como
para quererlos. Como aquí no hay fuentes para satisfacer la demanda, dos o tres
veces por año el dueño y sus hijos van a Nessus, a los barrios abandonados del
sur, y llenan la barca. Yo hablé con él, ¿comprendes?; lo sé todo. Allí hay
decenas de miles de casas vacías. Algunas se derrumbaron hace mucho, pero otras
siguen tal como las dejaron los dueños. A la mayoría las han saqueado, pero de
vez en cuando se sigue encontrando plata y alguna joya. Y aunque en general han
perdido la mayor parte de los muebles, casi siempre hay algo que los dueños tuvieron
que dejar.
Me pareció que iba a llorar, y me incliné a acariciarle la frente. Con una mirada me dio a entender que no
quería, y se tendió en la cama como antes. —Algunas de esas casas todavía
conservan todos los muebles. Son las mejores, me explicó él. Cree que cuando el
barrio murió hubo unas pocas familias, o quizá gente que vivía sola, que
decidieron quedarse. Eran demasiado viejos para moverse, o demasiado tercos. Yo
lo he pensado, y estoy segura de que algunos deben de haber tenido algo que no
soportaban abandonar. Una tumba, a lo mejor. Enmaderaron las ventanas contra
los asaltantes, y se protegieron con perros o cosas peores. Al fin se fueron, o
se les acabó la vida, y los animales devoraron sus cuerpos y se liberaron; pero
para entonces ya no había allí nadie, ni siquiera saqueadores o traperos, hasta
que llegaron este hombre y sus hijos.
—Tiene
que haber muchísimas sillas viejas—dije. —No como ésa. La conozco a la
perfección: los grabados en las patas e incluso el motivo en el tapizado de los
brazos. Y todo lo recordé entonces. Luego aquí, cuando vomité esos trozos de
plomo, esas cosas como semillas duras, pesadas, lo comprendí. ¿Recuerdas,
Severian, qué pasó cuando salimos del jardín Botánico? Tú, Agia y yo salimos
del gran vivero de cristal, y tú alquilaste un bote que nos llevara de la isla
a la costa, y el río estaba lleno de nenúfares con flores azules y hojas verdes
y brillantes. Las semillas de esos nenúfares son así, duras y pesadas y
oscuras, y he oído que se hunden en el fondo del Gyoll y allí se quedan durante
eras completas. Pero cuando el azar las acerca a la superficie retoñan por muy
viejas que sean, y se ven plantas de otra quilíada que vuelven a florecer.
—Yo
también lo he oído dije—. Pero ni para ti ni para mí significa nada.
Dorcas
estaba quieta, pero le temblaba la voz: —¿Qué poder hace que vuelvan? ¿Lo
puedes explicar?
—El
sol, supongo... Pero no, no lo puedo explicar. —¿Y no hay ninguna otra fuente
de luz que el sol? Supe entonces qué quería decir, aunque algo en mí no podía
aceptarlo.
—Cuando
aquel hombre, Hildegrin, el que después volvimos a encontrar sobre la tumba de
la ruinosa ciudad de piedra, nos transportó hasta la orilla en el Lago de los
Pájaros, nos habló de millones de muertos, gente cuyos cadáveres habían sido
arrojados al agua. ¿Cómo hicieron para que se hundieran, Severian? Los
cadáveres flotan. ¿Cómo los lastraron? No lo sé. ¿Y tú?
Yo
lo sabía: —Les metieron plomo por la garganta. —Eso pensé. —Su voz era ahora
tan débil que apenas podía oírla, aun en esa habitación silenciosa. No, lo
supe. Lo supe cuando las vi.
—Piensas
que la Garra te hizo revivir. Dorcas asintió.
—Ciertas
veces ha actuado. Lo admito. Pero sólo si yo la quitaba de la bolsa, y aun así
no siempre. Cuando me sacaste del agua en el Jardín del Sueño Infinito estaba
en mi talego, y ni siquiera sabía que la tenía.
—Severian,
una vez me dejaste sostenerla. ¿Podría verla de nuevo ahora?
La
saqué de la bolsa y la alcé en la mano. Los fuegos azules parecían adormilados,
pero en el centro de la gema vi el gancho de aspecto cruel que le daba su
nombre. Dorcas extendió la mano, pero me acordé del vaso de vino y sacudí la
cabeza.
—Piensas
que le haré algo, ¿verdad? No. Sería un sacrilegio.
—Si
crees lo que dices, y pienso que sí, debes de odiarla por haberte arrebatado...
—De
la muerte. —Otra vez miraba el techo, ahora sonriendo como si compartiera con
él un secreto profundo y absurdo.— Adelante, dilo. No te hará daño.
—Del
sueño —dije—. Porque si se puede conseguir que volvamos, no es la muerte; no la
muerte como la hemos entendido siempre, la muerte que tenemos en mente cuando
decimos muerte. Aunque tengo que confesar que me sigue siendo casi imposible
creer que el Conciliador, que murió hace tantos miles de años, actúe por medio
de esta piedra para despertar a otros.
Dorcas
no dijo nada. Ni siquiera podía estar seguro de que me escuchaba.
—Hablaste
de Hildegrin —dije— y de cuando nos llevó en su bote a recoger el averno en el
lago. ¿Recuerdas lo que dijo de la muerte? Dijo que era buena amiga de los
pájaros. Quizás hubiéramos debido darnos cuenta de que una muerte así no podía
ser la muerte que imaginamos.
—Si
digo que creo todo eso, ¿me dejarás sostener la Garra?
Volví
a sacudir la cabeza.
Dorcas
no me estaba mirando, pero tuvo que haber visto el movimiento de mi sombra; o
tal vez sólo haya sido que ese Severian mental que ella veía en el techo
sacudió también la cabeza.
—Tienes
razón. Iba a destruirla, si podía. ¿Quieres que te diga lo que realmente creo?
Creo que he estado muerta; no dormida sino muerta. Que mi vida transcurrió hace
mucho, mucho tiempo, cuando vivía con mi marido encima de una pequeña tienda, y
me ocupaba de nuestro hijo. Que ese Conciliador tuyo que vino hace tanto era un
aventurero de una de las razas antiguas que sobrevivió a la muerte
universal.—Sus manos aferraron la manta.— Y te pregunto, Severian, si cuando
vuelva no se lo llamará Sol Nuevo. ¿No da esa impresión? Y yo creo que cuando
vino trajo algo que tenía sobre el tiempo el mismo poder que se atribuye a los
espejos del padre Lo¡re: poder sobre el espacio. Es esa gema tuya.
Se
interrumpió, y volviendo la cabeza, me echó una mirada desafiante; como yo no
decía nada, continuó.
—Severian,
si resucitaste al ulano fue porque la Garra torció el tiempo para él hasta el
momento en que todavía estaba vivo. Si curaste a medias las heridas de tu amigo
fue porque estiró el tiempo hasta otro en que ya estarían casi curadas. Y
cuando en el jardín del Sueño Infinito caíste en la ciénaga, tiene que haberme
tocado o casi tocado, y para mí fue otra vez el tiempo en que había vivido, así
que volví a vivir. Pero he estado muerta. Por mucho, mucho tiempo estuve
muerta; un cadáver encogido conservado en agua marrón. Y todavía hay en mí algo
muerto.
—En
todos hay algo que siempre ha estado muerto —dije—. Aunque más no sea porque
sabemos que al final moriremos. Todos nosotros salvo los niños muy pequeños.
—Voy
a volver, Severian. Ahora lo sé, y es eso lo que he estado tratando de decirte.
Tengo que volver y descubrir quién era y dónde vivía y qué me pasó. Sé que tú
no puedes acompañarme...
Asentí.
—No
te lo estoy pidiendo. Tampoco quiero que lo hagas. Te amo, pero eres otro
muerto, un muerto que se ha quedado conmigo y me ha dado amistad como los del
lago, pero pese a todo un muerto. Cuando vaya a buscar mi vida no quiero que la
muerte me acompañe.
—Lo
comprendo—dije.
—Puede
que mi hijo siga viviendo... Tal vez sea viejo, pero esté vivo todavía. Tengo
que saberlo. —Sí —dije, pero no pude abstenerme de añadir—: Una vez me dijiste
que yo no era la muerte. Que no dejase que los demás me convencieran de que yo
lo era de veras. Fue detrás del huerto, en los jardines de la Casa Absoluta.
¿Te acuerdas?
—Para
mí has estado muerto —dijo ella—. Si lo prefieres, he sucumbido a la trampa
contra la cual te previne. Quizá no estés muerto, pero sigues siendo lo que
eres, un torturador y un carnicero, con las manos chorreantes de sangre. Ya que
recuerdas tan bien aquella vez en la Casa Absoluta, a lo mejor... No puedo
decirlo... Fue el Conciliador, o la Garra, o el Increado el que me hizo esto.
No tú.
—¿Qué
es? —pregunté.
—En
el claro, después de que actuáramos, el doctor Talos nos dio dinero. El dinero
que había obtenido de un oficial de la corte para representar la obra. Cuando
estábamos viajando te lo di todo. ¿Puedes devolvérmelo? Lo necesitaré. Si no
todo, al menos una parte.
Volqué
en la mesa el dinero que llevaba en el talego. Era tanto como lo que había
recibido de ella, o un poco más.
—Gracias
—dijo ella—. ¿Tú no lo necesitarás? —No tanto como tú. Además es tuyo.
—Voy
a partir mañana, si me siento con fuerzas. Pasado mañana, tenga fuerzas o no.
Supongo que no sabes cuándo zarpan las barcas río abajo.
—Cuando
tú quieras. Las empujas, saltas a bordo y el resto lo hace el río.
—Ésa
no es tu manera, Severian, al menos no del todo. Por lo que me contaste, parece
más bien lo que habría dicho tu amigo Jonas. Lo cual me recuerda que no eres el
primero que ha venido a verme hoy. Estuvo aquí nuestro amigo, tu amigo, al
menos: Hethor. No te hace gracia, ¿verdad? Lo siento, sólo quería cambiar de
tema.
—El
lo disfruta. Disfruta mirándome.
—A
miles de personas les pasa lo mismo cuando trabajas en público, y tú también
disfrutas.
—Van
a que los horroricen, para después poder felicitarse de estar vivos. Y porque
les gusta excitarse, y la tensión de no saber si el condenado se quebrará, o si
ocurrirá algún accidente macabro. De lo que yo disfruto es de ejercer mi
habilidad, la única habilidad verdadera que tengo... Disfruto haciendo las
cosas a la perfección. Hethor busca algo más. —¿El dolor?
—Sí,
el dolor, pero además otra cosa.
Dorcas
dijo: —Sabes que te adora. Yo hablé un rato con él, y creo que si se lo
pidieras caminaría sobre fuego. —Ante eso debo de haberme sobresaltado, porque
Dorcas siguió:—Todo esto de Hethor te pone mal, ¿verdad? Con un enfermo basta.
Hablemos de otra cosa.
—No,
no tan mal como estás tú. Pero únicamente puedo imaginarme a Hethor como lo vi
una vez desde el patíbulo, con la boca abierta y los ojos...
Dorcas se
movió, incómoda. —Sí, esos ojos... Anoche los vi. Ojos muertos, aunque supongo que no soy la indicada para
decirlo. Ojos de cadáver. Te da la sensación de que si los tocaras estarían
secos como piedras, y de que no seguirían el dedo.
—No
es así, de ninguna manera. En Saltus, cuando bajé la mirada desde el patíbulo y
lo vi, le bailaban los ojos. Sin embargo, dices que a ti esos ojos opacos te parecen de cadáver. ¿Nunca has mirado un espejo? Tú no
tienes ojos
de muerta.
—Puede
que no. —Dorcas hizo una pausa.— Antes tú decías que eran hermosos.
—¿No
te alegra estar viva? Aunque tu marido haya muerto, y haya muerto tu hijo, y la
casa donde viviste sea una ruina, aunque todo eso sea verdad, ¿no te llena de
alegría estar aquí de nuevo? No eres un fantasma, ni un resucitado como los que
vimos en la ciudad en ruinas. Hazme caso, mírate al espejo. Ysi no quieres,
mírame a la cara, a mí o a cualquier hombre, y verás lo que eres.
Dorcas
se sentó más lenta y penosamente aún que cuando se había incorporado a beber el
vino, pero esta vez descolgó las piernas por el borde de la cama, y vi que bajo
la ligera manta estaba desnuda. Antes de la enfermedad, la piel de jolenta
había sido perfecta, con la tersura y la suavidad de los pasteles. Dorcas la
tenía sembrada de pequeñas pecas doradas, y el cuerpo era tan delgado que yo
siempre tenía conciencia de los huesos; sin embargo, en su imperfección, era
más deseable de lo que había sido Jolenta en la exuberancia de su carne.
Sabedor de lo reprobable que habría sido imponerme a ella o persuadirla
siquiera de que se abriese a mí en ese momento, cuando estaba enferma y yo a
punto de dejarla, de todos modos sentí que el deseo se agitaba en mí. Por mucho
que ame a una mujer —o por poco—, me doy cuenta de que la deseo más cuando ya
no puedo tenerla. Pero lo que sentía por Dorcas era más fuerte, y más complejo.
Aunque por un tiempo muy breve, ella había sido el amigo más íntimo que yo
había tenido, y la posesión mutua, desde el deseo frenético en nuestra bodega
transformada de Nessus hasta los largos y ociosos juegos en la alcoba de la
Víncula, era un acto tan característico de nuestra amistad como de nuestro
amor.
—Estás
llorando —dije—. ¿Quieres que me vaya? Sacudió la cabeza, y luego, como si ya
no pudiera contener unas palabras que pugnaban por salir, murmuró:
—Oh,
¿no quieres venir tú también, Severian? No lo dije en serio. ¿No quieres venir?
¿No quieres venir conmigo?
—No
puedo.
Volvió
a caer en la cama angosta; parecía ahora más pequeña y más aniñada.
—Lo
sé. Tienes obligaciones para con tu gremio. No puedes traicionarlo otra vez y
enfrentarte contigo mismo, y yo no te lo pediré. Sólo que nunca perdí del todo
la esperanza de que lo hicieras.
Sacudí
la cabeza igual que antes: —Tengo que huir de la ciudad...
—¡Severian!
—Y
hacia el norte. Tú irás hacia el sur, y si fuera contigo nos perseguirían
lanchas cargadas de soldados.
—Severian,
¿qué pasó? —Dorcas tenía la cara muy serena, pero los ojos dilatados.
—Dejé
escapar a una mujer. Supuestamente tenía que estrangularla y tirar el cuerpo al
Acis, y lo podría haber hecho: no sentía nada por ella, en realidad no, y
habría sido fácil. Pero cuando nos dejaron a solas, pensé en Thecla. Estábamos
en una pequeña glorieta protegida por arbustos, al borde del agua. Le había
rodeado el cuello con las manos, y pensé en Thecla y en cómo había querido
liberarla. No pude encontrar la manera. ¿Alguna vez te lo he contado?
Casi
imperceptiblemente, Dorcas negó con la cabeza.
—Había
hermanos por todas partes, cinco que sortear en el camino más corto, y todos me
conocían y sabían de ella. —(Ahora Thecla gritaba en algún rincón de mi
mente.)—En realidad, me habría bastado con decirles que el maestro Gurloes me
había ordenado llevársela. Pero entonces tendría que haberme ido con ella, y yo
aún estaba intentando idear una forma de quedarme en el gremio. No la amaba lo
suficiente.
—Ahora
eso es pasado —dijo Dorcas—. Y la muerte no es la cosa horrible que tú crees,
Severian. —Como niños perdidos que se turnan para consolarse, habíamos cambiado
los papeles.
Me
encogí de hombros. El fantasma que yo había comido en el banquete de Vodalus
volvía a estar casi en calma; sentía sus dedos largos y frescos en el cerebro,
y aunque no pudiera meterme en mi propio cráneo para verla, sabía que sus
profundos ojos violáceos estaban detrás de los míos. Tenía que esforzarme para
no hablar con la voz de ella.
—El
caso es que allí estaba con la mujer, en la glorieta, a solas. Se llamaba
Cyriaca. Yo sabía o al menos sospechaba que ella sabía dónde están las
Peregrinas... Por un tiempo había sido una de ellas. Hay formas de ejecución
silenciosas que no requieren equipo y aunque si bien no muy espectaculares, son
efectivas. Uno estira las manos hacia el cuerpo, por así decir, y manipula
directamente los nervios del cliente. Yo iba a usar lo que llamamos Garrote de
Humbaba, pero antes de que la tocara ella me lo dijo. Las Peregrinas están
cerca del paso de Orithya, cuidando a los heridos. Hacía apenas una semana esa
mujer había recibido una carta, me dijo, de alguien que conoció en la orden...
XII
Siguiendo la corriente
La
glorieta se había ufanado de un techo sólido, pero las paredes eran un mero
enrejado, cerrado más por los altos helechos plantados al pie que por los finos
barrotes. Entre las rendijas se filtraban unos rayos de luna. El agua que
corría fuera reflejaba otros rayos que entraban por el umbral. Vi el miedo en
la cara de Cyriaca, y la certeza de que su única esperanza era que yo le
tuviese aún cierto amor; y sabía que por lo tanto estaba perdida, pues yo no
sentía nada.
—En
el campamento del Autarca —repitió—. Eso me escribió Einhildis. En Orithya,
cerca de las fuentes del Gyoll. Pero si vas allí a devolver el libro has de
tener cuidado: dicen que los cacógenos han desembarcado en algún lugar del
norte.
La
escruté, intentando determinar si mentía. —Eso es lo que me dijo Einhildis. Me
imagino que habrán querido evitar los espejos de la Casa Absoluta para escapar
a los ojos del Autarca. Se supone que es su servidor, pero a veces se comporta
como si ellas lo sirvieran a él.
La
zamarreé. —¿Te estás burlando? ¿Que el Autarca las sirve?
—¡Por
favor! Oh, por favor... La solté.
—Todo
el mundo... ¡Erebus! Perdóname. —Ella sollozó, y aunque estaba en las sombras
intuí que en ese momento se secaba los ojos y la nariz con el borde del hábito
escarlata.— Lo sabe todo el mundo salvo los
peones, y los padres de familia y las mujeres de su casa. Todos los armígeros e
incluso la mayoría de los optimates lo han sabido siempre, y por supuesto los
exultantes. Yo nunca he visto al Autarca, pero me han dicho que ese Virrey del
Sol Nuevo es apenas más alto que yo. ¿Crees que nuestros orgullosos exultantes
permitirían que alguien así los gobernara si no lo respaldasen mil cañones?
—Lo he visto —dije yo—. Y me pregunté lo mismo. Busqué
entre los recuerdos de Thecla una confirmación de lo que decía Cyriaca, pero
sólo encontré rumores.
—¿Me hablarías de él ahora? Por favor, Severian, antes
de...
—No, ahora no. Pero ¿qué peligro pueden ser los cacógenos
para mí?
—Seguramente el Autarca enviará exploradores a
localizarlos, y supongo que también estará el arconte. Cualquiera que
encuentren cerca de ellos será sospechoso de espionaje, o peor aún, de
buscarlos con la esperanza de sumarlos a algún plan contra el Trono del Fénix.
—Ya veo.
—Severian, no me mates. Te lo suplico. No soy una buena
mujer, nunca he sido una buena mujer, nunca desde que abandoné a las
Peregrinas, y no estoy preparada para morir.
Le pregunté: —Pero bueno, ¿qué has hecho? ¿Por qué quiere
Abdiesus hacerte matar? ¿Lo sabes? —Estrangular a un individuo cuyo cuello no
tiene unos músculos muy fuertes es la simplicidad misma, y las manos ya se me
curvaban dispuestas a la tarea; y sin embargo al mismo tiempo deseaba que me
hubieran permitido usar Terminus Est.
—Amar a demasiados hombres, nada más. Hombres que no son
mi marido.
Como movida por la memoria de esos abrazos, se levantó y
vino hacia mí. La luz de la luna volvió a darle en el rostro; tenía los ojos
brillantes de lágrimas no derramadas.
—Fue cruel conmigo después del casamiento, tan cruel... Y
entonces yo tomé un amante, para humillarlo, y luego otro...
La voz fue bajando hasta que apenas pude oír las
palabras.
—Y al fin tomar un nuevo amante se vuelve una costumbre,
una forma de retrasar los días y demostrarse a una misma que la vida no se le
ha escurrido ya entre los dedos, de demostrarse que todavía es bastante joven
como para que los hombres le traigan regalos, para que todavía quieran
acariciarle el pelo. Al fin y al cabo fue por eso que dejé a las Peregrinas.
—Hizo una pausa y pareció juntar fuerzas.— ¿Sabes qué edad tengo? ¿Te lo dije?
—No —respondí.
—Entonces no te lo diré. Pero casi podría ser tu madre.
Si hubiera concebido dentro de los dos años en que fue posible para mí.
Estábamos en el sur, muy lejos, donde el gran hielo azul y blanco navega por
mares negros. Había una pequeña colina adonde yo subía a mirar, y soñaba con
ponerme ropa caliente y remar hasta el hielo con comida y un pájaro amaestrado
que en realidad sólo tenía en mis deseos, y luego navegar en mi isla de hielo
propia hasta una isla de palmeras, donde descubriría las ruinas de un castillo
construido en el alba del mundo. Tú habrías nacido entonces, tal vez, mientras
viajaba sola sobre el hielo. ¿Por qué en un viaje imaginario no va a nacer un
niño imaginario? Habrías crecido pescando y nadando en un agua más tibia que la
leche.
—Nadie mata a una mujer porque sea infiel, salvo el
marido —dije yo.
Cyriaca dejó escapar un suspiro, y su sueño se desprendió
de ella.
—Entre los armígeros establecidos por aquí, él es uno de
los pocos que apoyan al arconte. Los otros esperan que desobedeciéndolo todo lo que se atrevan, y creando
agitación entre los eclécticos, pueden persuadir al Autarca de que lo
reemplace. Yo he convertido a mi marido en hazmerreír... Y por extensión a sus
amigos y al arconte.
Porque
dentro de mí estaba Thecla, vi la mansión de verano, medio finca, medio fuerte,
llena de habitaciones que apenas habían cambiado en doscientos años. Oí las
risitas de las damas y las pisadas de los cazadores, y más allá de las ventanas
el sonido del cuerno, y los ladridos profundos de la jauría. Era el mundo al
cual Thecla había esperado retirarse; y sentí piedad por esta mujer, forzada a
recluirse allí cuando no había conocido ninguna esfera mayor.
Así
como en la obra del doctor Talos la sala del Inquisidor, con su alto banco
judicial, se esconde en el nivel más bajo de la Casa Absoluta, así en el sótano
más polvoriento de la mente todos tenemos un mostrador en el que nos afanamos
por pagar las deudas pretéritas con el devaluado dinero del presente. En ese
mostrador ofrecí la vida de Cyriaca en pago por la de Thecla.
Cuando
la hice salir de la glorieta supuso, lo sé, que me proponía matarla al borde
del agua. En cambio, señalé el río.
—Esto
fluye velozmente hacia el sur hasta que encuentra las aguas del Gyoll, que
luego corren más lentamente hacia Nessus, y al cabo hacia el mar del sur.
Ningún fugitivo que no lo desee puede ser encontrado en el laberinto de Nessus,
porque en él hay incontables calles, patios y casas, y se ven cien veces todas
las caras de todas las tierras. Si pudieras ir allí vestida como estás ahora,
sin amigos ni dinero, ¿lo harías?
Ella
asintió, con una mano pálida en la garganta. —En el Capulus todavía no han
cerrado el paso a los barcos; Abdiesus sabe que hasta mediados del verano no
tiene por qué temer ningún ataque librado contracorriente. Pero tendrás que
pasar por debajo de las arcadas, y puedes ahogarte. Incluso si llegas a Nessus,
tendrás que ganarte el pan... Lavar para otros, quizás, o cocinar.
—Sé
arreglar el pelo y coser. Severian, he oído que a veces, como última y más
terrible tortura, le dices a la prisionera que la liberarás. Si lo que me estás
haciendo es eso, te suplico que pares. Ya has llegado bastante lejos.
—Eso
lo hacen los calogueros y otros funcionarios religiosos. A nosotros no habría
cliente que nos creyera. Pero quiero estar seguro de que no cometerás la
tontería de volver a tu casa o buscar el perdón del arconte.
—Soy
una tonta—dijo Cyriaca—. Pero no. Ni siquiera una tonta como yo haría algo así,
lo juro. Bordeamos el agua hasta la escalinata donde los centinelas recibían a
los huéspedes del arconte y se amarraban las pequeñas barcas de paseo
brillantemente pintadas. Le dije a uno de los soldados que íbamos a probar el
río, y le pregunté si nos sería difícil alquilar remeros que nos devolvieran
corriente arriba. Dijo que si queríamos podíamos dejar la barca en el Capulus y
volver en un futre. Cuando se volvió a reanudar la conversación con un
camarada, fingí inspeccionar las barcas y aflojé la amarra de una de las más
distantes del puesto de guardia. Dorcas dijo: —Y ahora te marchas al norte como
un fugitivo, y yo te he quitado el dinero.
—No
necesito mucho, y conseguiré más. —Me levanté.
—Llévate
la mitad, al menos. —Meneé la cabeza y ella dijo: Entonces llévate dos chrisos.
Yo puedo prostituirme, si las cosas empeoran mucho, o robar.
—Si
robas te cortarán la mano. Yantes de que des las manos por tu cena, es mejor
que yo corte otras para pagarme la mía.
Iba a marcharme, pero ella saltó de la cama y me aferró
la capa.
—Ten cuidado, Severian. En la ciudad anda algo suelto...
Salamandra, lo llamó Hethor. Sea lo que sea, quema a sus víctimas.
Le dije que tenía mucho más que temer de los soldados del
arconte que de la salamandra, y salí sin darle tiempo a que me replicase. Pero
mientras me fatigaba subiendo por una callejuela de la ribera oeste que según
habían asegurado mis barqueros me llevaría a la cima del acantilado, me
pregunté si no tendría que temer más el frío de las montañas y las bestias
salvajes que cualquiera de los otros dos peligros. También me pregunté por
Hethor, y por cómo me habría seguido hasta tan al norte, y por qué. Pero más
que en ninguna de esas cosas pensé en Dorcas, y en lo que había sido para mí, y
yo para ella. Iba a pasar mucho tiempo antes de que volviese siquiera a verla
un momento, y creo que en cierto modo lo presentí. Así como al dejar por
primera vez la Ciudadela me había subido la capucha para ocultar mis sonrisas a
los transeúntes, ahora me cubrí la cara para ocultar las lágrimas que me
mojaban las mejillas.
Dos veces había visto aquel día el depósito que
alimentaba la Vincula, pero ninguna de noche. Antes me había parecido pequeño,
un estanque rectangular no mayor que los cimientos de una casa y no más hondo
que una tumba. Parecía casi un lago bajo la luna menguante, y podría haber sido
tan hondo como la cisterna que había bajo el Campanario.
Estaba a no más de cien pasos de la muralla que defendía
el margen occidental de Thrax. En la muralla había torres —una muy cerca del
depósito— y a esas alturas, sin duda, las guarniciones habrían recibido la
orden de prenderme si intentaba escapar de la ciudad. A intervalos, mientras
avanzaba por el acantilado, había divisado a los centinelas que patrullaban el
muro; llevaban las lanzas apagadas, pero las estrellas les alumbraban las
crestas de los yelmos, que a veces reflejaban tenuemente la luz.
Me agazapé, mirando la ciudad y confiando en que la capa
y la capucha fulígenas los engañaran. Habían bajado los barrados portículos de
hierro de las arcadas del Capulus; podía detectar las turbulencias del Acis
donde el agua los golpeaba. Eso me despejó cualquier duda: habían detenido a
Cyriaca; o más probablemente la habían visto, nada más, y la habían denunciado.
Abdiesus podría o no hacer ingentes esfuerzos para capturarla; me parecía muy
probable que le permitiera desaparecer, evitando así que llamara la atención.
Pero no cabía duda de que a mí me iba a apresar, si podía, y a ejecutarme como
el traidor a su autoridad que yo era.
Desde el agua volví la mirada hacia el agua, desde el
presuroso Acis al depósito en calma. Conocía la palabra para abrir la
compuerta, y la usé. El antiguo mecanismo rechinó, como puesto en marcha por
esclavos fantasmas, y entonces las aguas quietas también corrieron, corrieron
más rápido que el furioso Acis en el Capulus. Muy abajo, los prisioneros oirían
el bramido, y los más cercanos a la entrada verían la espuma blanca del
torrente. En un momento los que estaban de pie tendrían el agua hasta los tobillos,
y los que habían estado durmiendo se esforzarían por incorporarse. Un momento
más y todos tendrían el agua a la cintura; pero estaban encadenados a sus
sitios, y los más débiles serían sostenidos por los más fuertes: ninguno,
esperaba yo, se ahogaría. Dejando sus puestos, los clavígeros de la entrada se
apresurarían a subir el empinado sendero que llevaba a la cumbre para ver quién
había tocado el depósito.
Mientras se escurría lo que quedaba de agua, oí rodar por
la pendiente las piedras que desplazaban con los pies. Volví a cerrar la
compuerta y me metí en el viscoso y casi vertical pasaje que el agua acababa de
atravesar. Habría avanzado con más facilidad de no haber sido por Terminus Est. Para apretar la espalda contra un lado de
ese tubo retorcido, como de chimenea, tuve que descolgármela del hombro, pero
no tenía ninguna mano libre para sostenerla. Me puse el tahalí alrededor del
cuello, dejé que hoja y vaina colgaran y traté de que el peso no me molestara
demasiado. Dos veces resbalé, pero cada vez me salvó una curva del menguante
pasaje; y al fin, cuando habiendo pasado un cierto tiempo me convencí de que
los clavígeros se habían ido, vi el resplandor rojo de una antorcha y saqué la
Garra.
Nunca volvería a verla arder con ese brillo. Era
enceguecedor, y al llevarla en alto por el largo túnel de la Víncula, no pude
sino maravillarme de que no me redujera la mano a cenizas. No hubo, creo, un
solo prisionero que me viera a mí. La Garra los fascinaba como una linterna
nocturna al ciervo del bosque; permanecieron inmóviles, las bocas abiertas,
alzadas las caras barbudas y macilentas, las sombras detrás de ellos afiladas
como siluetas cortadas en metal y oscuras como el fulígeno.
Al final del túnel, donde el agua se volcaba en la larga,
inclinada cloaca que la llevaba por debajo del Capulus, estaban los prisioneros
más débiles y enfermos; y fue allí donde vi con más claridad la fuerza que les
comunicaba la Garra. Hombres y mujeres que nunca en el recuerdo del más viejo
de los clavijeros se habían mantenido en pie, parecían ahora altos y fuertes.
Los saludé agitando la mano, aunque estoy seguro de que ninguno de ellos lo
advirtió. Luego puse la Garra del Conciliador en su pequeña bolsa, y nos
hundimos en una noche al lado de la cual la noche de la superficie de Urth
sería clara como el día.
El aluvión había limpiado la cloaca, y me fue más fácil
descender por ella que por el tubo del depósito, pues, aunque más estrecha, era
menos empinada, y pude arrastrarme rápidamente adelantando la cabeza. Al final
había una rejilla; pero, como había notado en uno de mis paseos de inspección,
estaba comida por la herrumbre.
XIII
En las montañas
La
primavera había acabado y empezaba el verano cuando en la luz gris me arrastré
fuera del Capulus, pero aun así el tiempo nunca era cálido en las tierras altas
salvo cuando el sol se acercaba al cenit. A pesar de eso no me atrevía a entrar
en los valles donde se apretaban las aldeas, y me pasaba el día subiendo hacia
las montañas, con la capa recogida sobre un hombro para que se pareciera todo
lo posible a la indumentaria de un ecléctico. También desmonté la hoja de
TerminusEst y volví a ensamblarla sin la guarda, de modo que vista desde lejos
la hoja envainada tuviera el aspecto de un palo.
Hacia
el mediodía el suelo era todo de piedra, y tan desparejo que tanto tenía que
caminar como trepar. Muy a lo lejos vi dos veces destellos de armaduras, y
mirando hacia abajo divisé unas pequeñas partidas de dimarchi siguiendo
senderos que poquísimos hombres se habrían atrevido a tomar, con las rojas
capas militares flameando a sus espaldas. No encontré plantas comestibles ni
avisté más animales que unas altas aves de presa. De haber visto alguno, no
habría tenido posibilidades de cazarlo con la espada, y no disponía de otra
arma.
Todo
esto parece harto desesperante, pero lo cierto es que yo estaba conmovido por
las vistas de la montaña, por el vasto panorama del imperio del aire. De niños
no sabemos apreciar los paisajes, pues no habiendo acumulado aún escenarios
similares en la imaginación, con sus emociones y circunstancias concomitantes,
los percibíamos sin profundidad psíquica. Ahora yo miraba las cimas coronadas
de nubes teniendo también ante los ojos mis visiones de Nessus desde el morro
de la Torre Matachina y de Thrax desde las almenas del castillo de Acies, y
aunque, me sentía muy desdichado, por poco no me desmayaba de placer.
Pasé
esa noche encogido al abrigo de una roca desnuda. No había comido nada desde
que me había cambiado de ropa en la Víncula, lo que parecía haber sido semanas
antes, si no meses. En realidad, sólo habían pasado meses desde que le había
deslizado a la pobre Thecla un cuchillo de cocina, y había visto que la sangre
se le escurría, vacilante gusano carmesí, por debajo de la puerta de la celda.
Al
menos había elegido bien la roca. Detenía el viento, así que mientras me
mantuviera detrás sería casi como si descansara en el aire calmo y frígido de
alguna cueva de hielo. Uno o dos pasos a cualquiera de los lados me exponían a
la plenitud de las ráfagas, tanto que en un solo momento glacial quedaba helado
hasta los huesos.
Dormí
alrededor de una guardia, creo, sin sueños que sobrevivieran al descanso, y
luego me desperté con la impresión —que no era un sueño, sino la suerte de
conocimiento o seudoconocimiento infundado que a veces nos sobreviene a fuerza
de cansancio y de miedo— de que tenía a Hethor inclinado sobre mí. Me pareció
sentir su aliento en la cara, hediondo y gélido; sus ojos, que ya no eran
opacos, ardían en los míos. Cuando me despabilé, comprendí que los puntos
luminosos que había confundido con sus pupilas eran en verdad dos estrellas,
grandes y muy brillantes en el aire ligero y transparente.
Intenté
dormirme de nuevo, cerrando los ojos y obligándome a rememorar los lugares más
cálidos y cómodos que había conocido: las habitaciones de oficial que me habían
dado en nuestra torre, que tan palaciegas me habían parecido entonces (recintos
privados con mantas abrigadas), y el dormitorio de los aprendices; la cama que
una vez había compartido con Calveros, calentada por su amplia espalda como por
una estufa; los apartamentos de Thecla en la Casa Absoluta; la abrigada
habitación de Saltus donde me había alojado con Jonas.
Nada
servía. No pude volver a dormirme, aunque tampoco me atrevía a seguir caminando
a oscuras por miedo a caerme en un precipicio. Pasé el resto de la noche
contemplando las estrellas; era la primera vez que experimentaba realmente la
majestuosidad de las constelaciones, sobre las cuales el maestro Malrubius nos
había dado clases cuando yo era el menor de los aprendices. Qué extraño es que
el cielo, de día terreno estacionario en donde parecen moverse las nubes, se
transforme de noche en telón de fondo del movimiento mismo de Urth, tanto que
lo sentimos rodar bajo nosotros como un marinero siente el correr de la marea.
Aquella noche la conciencia de esta lenta rotación era tan fuerte, tan
inequívoca, que su largo, continuo barrido estuvo a punto de marearme.
Fuerte
era también la sensación de que el cielo es un pozo sin fondo en donde el
universo podría precipitarse eternamente. Había oído a algunos decir que,
cuando miraban demasiado las estrellas, los aterrorizaba la impresión de ser
absorbidos. Antes que en los soles remotos, mi miedo—pues tenía miedo— se
centraba en la desmesura del vacío; y por momentos llegué a asustarme tanto que
me aferré a la roca con dedos ateridos, pues me parecía que iba a caerme de
Urth. Es claro que todo el mundo siente un atisbo de esto; por algo se dice que
no hay clima tan benigno como para que la gente acepte vivir en casas sin
techo.
Ya
he descrito cómo, aunque me desperté pensando que el rostro de Hethor me miraba
(supongo que porque había tenido a Hethor tan presente, desde que había hablado
con Dorcas), al abrir los ojos descubrí que no quedaba de él más detalle que
dos brillantes estrellas que le habían pertenecido. Lo mismo me ocurrió al
principio cuando intenté reconocer las constelaciones, cuyos nombres había
leído a menudo, pero de cuya posición en el cielo tenía apenas una idea muy
imprecisa. Primero todas las estrellas me parecieron un enjambre de luces,
aunque hermosas, como las chispas que despide una fogata. Pronto, por supuesto,
empecé a advertir que unas brillaban más que otras, y que los colores no eran
en modo alguno uniformes. Luego, de improviso, cuando ya hacía rato que las
estaba observando, la forma de un peritón pareció destacarse tan claramente
como si hubieran entalcado el cuerpo del pájaro con polvo de diamante. En un
momento desapareció de nuevo, pero al punto regresó, y con ella otras formas,
algunas correspondientes a constelaciones de las que yo tenía noticia, otras
que eran, me temo, pura imaginación mía. Particularmente clara era una
anfisbena, o serpiente con una cabeza en cada extremo.
Cuando
estos animales celestiales se hicieron visibles, su belleza me intimidó. Pero
cuando fueron tan nítidos y evidentes (como no tardó en ocurrir) que no me
bastaba un acto de voluntad para desdeñarlos, empecé a tenerles tanto miedo
como a caer en el abismo sobre el cual se contorsionaban; no obstante, éste no
era un simple miedo Hsico o instintivo como el otro, sino sobre todo una
especie de horror filosófico ante la idea de un cosmos en donde unas toscas
figuras de bestias y monstruos habían sido pintadas con soles ardientes.
Después
de cubrirme la cabeza con la capa, lo que me vi obligado a hacer si no quería
volverme loco, me puse a pensar en los mundos que circundaban a aquellos soles. Todos sabemos que existen, y que
algunos son meras e inacabables llanuras de roca, y otros, esferas de hielo o
de colinas cenicientas donde fluyen ríos de lava, como se afirma de Abaddón;
pero que muchos otros son mundos más o menos bellos, y habitados por criaturas,
bien descendientes de la especie humana, bien al menos no del todo diferentes de
nosotros. Al principio pensé en cielos verdes, hierba azul, y en toda la sarta
de exotismos infantiles que aquejan a la mente cuando concibe otros mundos que
Urth. Pero al cabo de un tiempo me cansé de esas ideas pueriles, y empecé a
pensar en sociedades y formas de pensamiento completamente distintas de las
nuestras, mundos en los cuales las personas, sabiéndose descendientes de una
sola pareja de colonos, se trataban entre sí como hermanos y hermanas, mundos
donde, al no haber dinero sino honor, todos trabajaban en orden para tener
derecho a asociarse con cierto hombre o mujer que había salvado a la comunidad,
mundos en los que ya no se libraba la larga guerra entre el hombre y los
animales. Estos pensamientos arrastraron otros cientos, o más: cómo podía
administrarse la justicia cuando todos amaban a todos, por ejemplo; cómo un
mendigo que no conservaba sino su humanidad podía mendigar honor, y las formas
de vestir y de alimentar a un pueblo que no mataba animales sensibles.
La primera vez que, de niño, me había dado cuenta de que
el círculo verde de la luna era una suerte de isla colgada del cielo, cuyo
color provenía de bosques ahora inmemorialmente viejos, plantados en los días
más tempranos de la raza humana, me había hecho el propósito de ir allí, y a él
había añadido todos los mundos del universo cuando, con el tiempo, caí en la
cuenta de que existían. Como parte (creía yo) del crecimiento, había abandonado
aquel deseo al enterarme de que sólo personas de posición social, para mí,
inaccesiblemente alta conseguían alguna vez irse de Urth.
Ahora volvía a encenderse en mí el viejo anhelo, y aunque
el paso de los años parecía haberlo vuelto aún más absurdo (pues sin duda aquel
pequeño aprendiz había tenido más posibilidades de relumbrar entre las
estrellas que el paria perseguido que yo había llegado a ser), era inmensamente
más firme y más fuerte porque entretanto yo había conocido la locura de limitar
el deseo a lo posible. Iría, estaba decidido. Por el resto de mi vida estaría
insomnemente alerta a cualquier oportunidad, por ligera que fuese. Ya una vez
me había encontrado solo con los espejos del padre Inire; luego Jonas, mucho
más sabio que yo, se había arrojado sin vacilar a la marea de fotones. ¿Quién
podía decir que nunca volvería a encontrarme frente a esos espejos?
Con este pensamiento me aparté la capa de la cabeza,
resuelto a mirar las estrellas una vez más, y descubrí que la luz del sol había
despuntado sobre las cumbres reduciéndolas hasta casi volverlas
insignificantes. Los rostros titánicos que se cernían sobre mí ahora eran sólo
los de los soberanos de Urth muertos largo tiempo atrás, consumidos por el
tiempo, las mejillas desprendidas en aludes.
Me puse de pie y me desperecé. Estaba claro que no podía
pasarme el día sin comida, como había hecho la víspera; y más claro todavía que
no podía pasar la noche siguiente como había pasado ésta, sin más abrigo que la
capa. Así, aunque aún no me atrevía a bajar a los valles poblados, tracé mi
ruta para que me condujera al alto bosque que veía allá abajo en las laderas.
Llegar al bosque me llevó la mayor parte de la mañana.
Cuando al fin alcancé a gatas los achaparrados abedules que lo flanqueaban,
comprobé que aunque estaba asentado más abruptamente de lo que yo había
supuesto, en el centro, donde el suelo era algo más nivelado y la escasa tierra
por lo tanto un poco más rica, contenía árboles de altura muy considerable, tan
cercanos unos a otros que los espacios entre los troncos apenas eran más anchos
que los troncos mismos. No eran, desde luego, los duros árboles de hojas
satinadas del bosque tropical que habíamos dejado atrás en la ribera sur del
Cephissus. La mayoría eran coníferas de corteza arrugada, árboles altos, rectos
y fuertes, pero que se inclinaban apartándose de la sombra de la montaña, y al
menos una cuarta parte de ellos exhibía heridas de las guerras con el viento y
los rayos.
Yo había subido esperando encontrar leñadores o cazadores
a quienes reclamar la hospitalidad que todos (como quieren creer las gentes de
las ciudades) ofrecen a los extraños en tierras salvajes. Durante largo rato,
no obstante, me vi decepcionado. Una y otra vez me detenía a escuchar, buscando
el tintineo de un hacha o ladridos de perros. Sólo había silencio, y por
cierto, no vi ninguna señal de que se hubiera cortado leña aunque los árboles
habrían provisto gran cantidad.
Finalmente topé con un arroyo de agua helada que erraba
entre los árboles, bordeado de tiernos helechos enanos y de hierba fina como
cabello. Bebí hasta saciarme y durante algo así como media guardia seguí la
corriente cuesta abajo por una sucesión de cascadas y lagos en miniatura,
maravillándome, como sin duda les ha pasado a otros desde hace incontables
quilíadas, al observar cómo estas aguas iban creciendo poco a poco, sin haber
reclutado a otras de su especie que yo hubiera visto.
Al fin aumentaba tanto que ni los árboles quedaban a
salvo, y más adelante vi un tronco de casi cuatro codos de grosor que había
caído al agua con las raíces socavadas. Me acerqué sin gran cuidado, pues no
había ningún sonido que me previniese, y apoyando los brazos en una cepa salté
hacia el tronco.
Por poco no me caí en un océano de aire. Las almenas del
castillo de Acies, desde donde había visto a Dorcas abatida, era una
balaustrada comparada con esta altura. Seguramente la única obra manual capaz
de rivalizar con ella es la Muralla de Nessus. El arroyo caía silenciosamente
en un abismo que lo disolvía en rocío, y lo desvanecía en un arco iris. Los
árboles de abajo podrían haber sido juguetes hechos para un niño por un padre
indulgente, y en el límite del bosque, con un breve campo detrás, vi una casa
no más grande que un guijarro con un penacho de humo blanco, fantasma de la
cinta de agua que había caído y muerto, ascendiendo en un rizo para desaparecer
como ella en la nada.
Al principio, bajar del farallón me pareció excesivamente
fácil, pues la inercia de mi salto casi me había hecho pasar por encima del
tronco, que por su parte colgaba a medias del filo. Una vez recobrado el
equilibrio, sin embargo, lo consideré casi imposible. Grandes zonas de la
superficie rocosa parecían lisas desde donde yo estaba; si hubiese tenido una
soga tal vez habría podido ir descolgándome, pero lo cierto era que no la
tenía, y de todos modos habría sido una necedad fiarse de una soga tan larga como
la que se necesitaba.
Estuve algún tiempo explorando la cima del farallón, no
obstante, y acabé por descubrir un sendero que, aunque muy escarpado y muy
angosto, mostraba inconfundibles signos de uso. No referiré los detalles del
descenso, que realmente tienen poco que ver con mi historia, aunque bien puede
imaginarse que en ese entonces me absorbieron por completo. Pronto aprendí a
estar atento nada más que al sendero y la pared del farallón, que me quedaba a
la derecha o la izquierda según las vueltas del sendero. En su mayor parte éste
era una abrupta rampa de un codo o menos de ancho. De vez en cuando se
convertía en una serie de escalones descendentes cortados en la roca viva, y en
cierto punto sólo había agujeros para pies y manos por los que bajé como por
una escalerilla. Objetivamente visto, era mucho más fácil que colgar de las
grietas a que me había aferrado de noche en la boca de la mina de los
hombres-mono, y al menos se me ahorraba la conmoción de las saetas explotándome
en los oídos; pero la altura era cien veces mayor, y vertiginosa.
Quizá por la obligación de esforzarme tanto en no ver el
precipicio del lado opuesto, fui muy consciente de la enorme, seccionada
porción de la corteza del mundo por donde me arrastraba. En tiempos antiguos
—eso leí en uno de los textos que me indicó el maestro Palaemon— el corazón
mismo de Urth estuvo vivo, y los variables movimientos de ese centro animado
hicieron surgir llanuras como fuentes, y a veces, en una noche, abrieron mares
entre islas que al ponerse el sol habían sido un continente único. Ahora se
dice que está muerta, y enfriándose y menguando bajo su manto de piedra como el
cadáver de una anciana en una de esas casas abandonadas que había descrito
Dorcas, momificándose en el aire calmo y seco hasta que se le caigan las ropas,
plegándose sobre sí mismas. Así, se dice, pasa con Urth; y allí donde yo estaba
media montaña se había desprendido de su otra mitad, cayendo al menos una
legua.
XIV
La casa de la viuda
En Saltus, donde estuve con Jonas unos días y llevé a
cabo la segunda y tercera decapitaciones de mi carrera, los mineros saquean la
tierra de metales, piedras de construcción e incluso artefactos dejados por
civilizaciones olvidadas quilíadas antes de que empezara a levantarse la
Muralla de Nessus. Lo hacen abriendo estrechos túneles en las laderas de las
colinas hasta que dan con algún rico estrato de ruinas, o incluso (si los
cavadores son especialmente afortunados) con una construcción que ha preservado
parte de su estructura y les sirve como galería ya hecha.
Lo que allí se hacía con tanto trabajo, en el farallón
que yo iba bajando podría haberse logrado casi sin ninguno. A mis espaldas
estaba el pasado, desnudo e indefenso igual que todas las cosas muertas, como
si lo que el derrumbe de la montaña había dejado abierto fuese el tiempo mismo.
Huesos fósiles sobresalían de la superficie en algunos lugares, huesos de
animales poderosos y de hombres. También el bosque había asentado allí su
propia muerte, tocones y ramas que el tiempo había convertido en piedra, y cuando
empecé a bajar me pregunté si no ocurriría acaso que Urth no es, como
aceptamos, más vieja que sus hijos los árboles, y me los imaginé creciendo en
el vacío frente al sol, un árbol agarrado a otro con las raíces enredadas y las
copas enlazadas hasta que esa acumulación se convirtió al fin en nuestra Urth,
y ellos sólo en el paño de una vestimenta.
Más profundamente que esos árboles yacen las
construcciones y los mecanismos de la humanidad. (Y acaso también los de otras
razas, pues varias de las historias del libro marrón que yo llevaba parecían
entrañar que en un tiempo existieron aquí colonias de esos seres que llamamos
cacógenos, aunque en realidad pertenezcan a miríadas de razas, cada una tan
particular como la nuestra.) Allí vi metales que eran verdes y azules en el
mismo sentido en que se dice que el cobre es rojo, o la plata, blanca, coloreados
metales de forja tan curiosa que no pude saber si esas formas habían sido
creadas como obras de arte o partes de extrañas máquinas, y ciertamente podría
ser que para algunos de esos pueblos inescrutables no hubiera ninguna
diferencia.
A cierta altura, apenas un poco antes de la mitad del
descenso, la línea de la falla había coincidido con el muro de azulejos de
algún edificio grande, de modo que el sinuoso sendero que yo seguía lo
atravesaba de un tajo. Qué indicaba el diseño de esos azulejos es algo que
nunca supe; durante la bajada lo tenía demasiado cerca como para verlo, y
cuando al fin llegué al pie del farallón estaba demasiado lejos, perdido en las
volubles brumas de la cascada. Con todo, mientras bajaba, la vi como puede decirse
que un insecto ve la cara de un retrato sobre cuya superficie se mueve. Los
azulejos eran de muchas formas, aunque se ajustaban perfectamente unos a otros,
y al principio me parecieron representaciones de pájaros, lagartos, peces y
criaturas por el estilo, todas trabadas en poses vitales. Ahora pienso que no
era así, que más bien eran formas de una geometría que no atiné a comprender,
diagramas tan complejos que de ellos parecían surgir formas vivas, así como
formas de animales reales surgen de la intrincada geometría de las moléculas
complejas.
Fuera como fuese, esas formas parecían tener poca
relación con el dibujo o el diseño. Estaban cruzadas por líneas de color, y
aunque debían de haber sido insufladas en la sustancia de los azulejos hacía
muchos eones, eran tan deliberadas y brillantes que parecían haber sido
trazadas sólo un momento antes por el pincel de un artista titánico. Los tonos
más usados eran el berilo y el blanco pero, aunque varias veces me detuve y me
esforcé por entender qué habría pintado allí (fuera escritura, un rostro, tal vez
un mero diseño decorativo de líneas y ángulos o un patrón de plantas
entrelazadas), no lo conseguí; y quizás hubiera todas esas cosas, o ninguna,
según el punto de donde se mirara y la predisposición del observador.
Una vez pasado el enigmático muro, el camino se hizo más
fácil. No me volvió a hacer falta descolgarme por un abrupto precipicio, y
aunque había varios tramos más de escalones, no eran tan empinados o estrechos
como antes. Llegué abajo antes de lo que esperaba, y miré el sendero tan
asombrado como si nunca hubiese puesto en él un pie; y, ciertamente, vi que en
varios puntos parecía que el desprendimiento de secciones del farallón lo
hubiese roto, de modo que daba la impresión de ser intransitable.
La casa que desde arriba había divisado tan claramente
ahora no se veía, oculta como estaba entre árboles; pero el humo de la chimenea
seguía distinguiéndose contra el cielo. Corté camino por un bosque menos
escarpado que aquel por donde había seguido el arroyo. Los oscuros árboles
parecían, en todo caso, más viejos. Aquí faltaban los grandes helechos del sur,
y lo cierto es que nunca los vi al norte de la Casa Absoluta, excepto los que
se cultivaban en los jardines de Abdiesus; pero había violetas silvestres de
hojas satinadas y flores del color exacto de los ojos de la pobre Thecla que
crecían entre raíces de árboles, y musgo como el más grueso terciopelo verde,
tanto que el suelo parecía alfombrado y los propios árboles vestidos con una
tela costosa.
Algo
antes de ver la casa o cualquier signo de presencia humana, oí el ladrido de un
perro. Junto con ese sonido decrecieron el silencio y la maravilla de los
árboles, presentes aún pero infinitamente más lejanos. Sentí que una vida
misteriosa, vieja y extraña, y sin embargo amable, había estado a punto de
revelárseme, y que se había retirado como un personaje inmensamente eminente,
un maestro de músicos, acaso, a quien durante años me había esforzado por
atraer a mi puerta, y que cuando él al fin iba a llamar, había oído la voz de
otro huésped que le disgustaba, y dejando caer la mano, se había alejado para
no volver nunca más.
Y,
sin embargo, qué reconfortante era. Yo había estado casi dos largos días
totalmente solo, primero en agrietados campos de piedra, luego entre la belleza
glacial de las estrellas, por fin en el sosegado aliento de los árboles
antiguos. Ahora aquel sonido áspero, familiar, me hacía pensar de nuevo en la
hospitalidad humana; no sólo pensar, sino imaginarla de un modo tan vívido que
ya creía sentirla. Supe que cuando lo viera, el perro sería parecido a
Triskele; y lo era, con cuatro patas en vez de tres, de cráneo algo más largo y
angosto, y más marrón que leonado, pero con los mismos ojos bailarines, la misma cola movediza y la misma lengua colgante.
Empezó con una declaración de guerra, que anuló en cuanto le hablé, y menos de
veinte zancadas después ya me presentaba las orejas para que se las rascara.
Llegué al pequeño claro donde estaba la casa con el perro saltando a mi
alrededor.
Las
paredes eran de piedra, apenas más altas que mi cabeza. El techo, muy empinado,
estaba salpicado de unas piedras planas que sostenían la paja cuando arreciaban
los vientos. Era, en suma, el hogar de uno de esos campesinos pioneros que son
la gloria y la desesperación de nuestra Mancomunidad, que un año producen
comida de sobra para sostener a la población de Nessus y al otro tienen que ser
alimentados para no morirse de hambre. Cuando delante de una puerta no hay
camino pavimentado, uno puede juzgar cuán a menudo entran y salen pies por el
grado en que la hierba se incrusta en la tierra hollada. Aquí, frente al
escalón de piedra, había solamente un círculo de polvo del tamaño de un
pañuelo. Cuando lo vi, supuse que si me presentaba en la puerta sin anunciarme
tal vez asustara a la persona que vivía en la cabaña (pues supuse que no podía
haber más de una), y como el perro había dejado de ladrar, me detuve al borde
del claro y voceé un saludo.
Los
árboles y el cielo se lo tragaron, dejando nada más que silencio.
Grité
otra vez y avancé hacia la puerta con el perro en los talones, y casi había
llegado cuando apareció una mujer. Tenía una cara delicada que fácilmente
podría haber resultado hermosa si no hubiera sido por los ojos de posesa, pero
llevaba un vestido harapiento que se diferenciaba del de una mendiga sólo
porque estaba limpio. Un momento después, por el borde de la falda asomó un
niño de cara redonda y ojos aún más grandes que los de la madre.
—Siento
haberla asustado —dije—, pero me he perdido en las montañas.
La
mujer hizo un gesto de asentimiento, titubeó, luego se apartó de la puerta y yo
entré. Dentro de las gruesas paredes la casa era todavía más pequeña de lo que
yo había pensado, y hedía a cierta verdura fuerte puesta a hervir en una vasija
que colgaba de un gancho sobre el fuego. Las ventanas eran pocas y pequeñas, y
a causa del grosor de las paredes más parecían cajas de sombras que aberturas
de luz. Sentado en una piel de pantera, de espaldas al fuego, había un anciano;
tenía los ojos tan desenfocados e inexpresivos que en el primer momento creí
que era ciego. En el centro de la estancia había una mesa, y alrededor cinco sillas, tres de las cuales parecían hechas para
adultos. Recordé lo que me había dicho Dorcas sobre los muebles que se traían
de las abandonadas casas de Nessus para eclécticos dados a costumbres más
cultas, pero todas las piezas mostraban signos de haber sido hechas en el
lugar.
La mujer advirtió la dirección de mi mirada y dijo: —Mi
marido llegará pronto. Antes de la cena.
Le contesté: —No se preocupe; no tengo malas intenciones.
Si me permiten compartir esta noche su comida y su sueño a resguardo del frío,
y por la mañana me dan instrucciones, me alegraré de ayudar en el trabajo que
haya.
La mujer asintió, e imprevistamente, el niño canturreó:
—¿Ha visto a Severa?
La madre se volvió hacia él con tal rapidez que me acordé
del maestro Gurloes haciendo una demostración de las llaves que controlaban a
los prisioneros. Oí el golpe, aunque apenas lo vi, y el niño aulló. La madre
fue a bloquear la puerta y él se escondió detrás de un baúl en la otra punta.
Entonces comprendí, o creí comprender, que Severa era una muchacha o mujer que
consideraba más vulnerable que ella, y a quien había ordenado que se escondiera
(probablemente en el desván, bajo el techo) antes de dejarme entrar. Pero
razoné que cualquier defensa de mis buenas intenciones sería un derroche con
esa mujer, que aunque ignorante no era ninguna tonta, y que la mejor forma de
ganarme su confianza era merecerla. Empecé por pedirle un poco de agua para
lavarme, y dije que de buen grado la acarrearía desde la fuente que hubiera si
me permitían calentarla al fuego. Ella me dio una vasija, y me dijo dónde
estaba el manantial.
Aunque en una u otra ocasión he estado en la mayoría de
los lugares que convencionalmente se consideran románticos —en las cúpulas de
altas torres, en las entrañas del mundo, en edificios palaciegos, en junglas, a
bordo de barcos— ninguno de ellos me ha afectado del mismo modo que esa pobre
cabaña de piedra. Se me antojaba el arquetipo de aquellas cuevas en las cuales
—como enseñan los estudiosos— la humanidad ha vuelto a refugiarse en el punto
más bajo de cada ciclo de la civilización. Todas las descripciones de idílicos
retiros rústicos que he leído o escuchado (y era una idea que le gustaba mucho
a Thecla) han descansado en la limpieza y el orden. Hay una planta de menta
bajo la ventana, leña apilada contra la pared más fría, un suelo de lajas
relucientes, etcétera. Allí no había nada de esto, ninguna cosa ideal; y sin
embargo su imperfección volvía la casa más perfecta, mostrando que los seres
humanos podían vivir y amarse en un lugar tan remoto sin la capacidad de
convertir su hábitat en un poema.
—¿Siempre se afeita con la espada? —preguntó la mujer.
Era la primera vez que me hablaba sin ninguna cautela.
—Es una costumbre, una tradición. Si la espada no
estuviera afilada como para poder afeitarme, me avergonzaría de empuñarla. Y si
está lo bastante afilada, ¿para qué necesito navaja?
—Pero tiene que ser incómodo sostener una hoja tan
pesada, y ha de tener mucho cuidado para no cortarse.
—El ejercicio me fortalece los brazos. Además, me
conviene manejar la espada siempre que puedo, para que se me haga tan familiar
como los brazos. —Así que es soldado. Me había parecido. —Soy carnicero de
hombres.
Pareció desconcertada, y dijo: —No quería ofenderlo.
—No me ha ofendido. Todo el mundo mata ciertas cosas;
usted mató esas raíces al ponerlas a hervir en la vasija. Guando yo mato a un
hombre, salvo a todas las cosas vivientes que él habría destruido si hubiese
seguido vivo, incluidos quizá muchos otros hombres, y mujeres y niños. ¿Qué
hace su marido?
Ante la pregunta la mujer sonrió un poco. Era la primera
vez que la veía sonreír, y la hacía mucho más joven.
—De todo. Aquí un hombre tiene que hacer de todo.
—O sea que ustedes no nacieron aquí.
—No —me dijo—. Solamente Severian... —La sonrisa
desapareció.
—¿Severian,
ha
dicho?
—Así se llama mi hijo. Es el que usted vio al entrar; y
ahora nos está espiando. A veces es un poco atolondrado.
—Yo me llamo igual. Soy el maestro Severian.
La mujer llamó al niño: —¿Has oído? ¡El señor se llama
igual que tú! —Y volviéndose de nuevo hacia mí:— ¿Le parece un buen nombre? ¿Le
gusta?
—Me temo que nunca lo he pensado mucho, pero sí, supongo
que me gusta. Creo que me sienta.
Yo había terminado de afeitarme, y me acomodé en una
silla a repasar la hoja.
—Yo nací en Thrax—dijo la mujer—. ¿Alguna vez ha estado
allí?
—De allí vengo, justamente —contesté. Si después de que
yo me fuera llegaban a interrogarla los dimarchi, de todos modos mi ropa me
delataría.
—¿No conoció a una mujer que se llama Herais? Es mi
madre.
Sacudí la cabeza.
—Bueno, supongo que es una ciudad grande. ¿Estuvo mucho
tiempo?
—No, no mucho. Desde que viven ustedes en estas montañas,
¿han oído algo de las Peregrinas? Es una orden de sacerdotisas que van vestidas
de rojo.
—Me temo que no. Aquí no tenemos muchas noticias.
—Estoy tratando de localizarlas; o, si no puedo, de
unirme al ejército del Autarca que combatirá a los ascios.
—Mi marido podrá orientarlo mejor que yo. De todos modos,
no habría debido subir tanto. Becan, mi marido, dice que las patrullas nunca se
meten con los soldados que van al norte, aun cuando usen los caminos viejos.
Mientras ella hablaba de soldados que iban al norte,
alguien, mucho más cerca, también empezó a moverse. Era un movimiento tan
furtivo que apenas se oía por encima del crujido del fuego y la pesada
respiración del anciano, pero no obstante era inconfundible. Unos pies
desnudos, incapaces de soportar más la inmovilidad total a que obliga el
silencio, se habían desplazado casi imperceptiblemente, y las maderas que los
sostenían habían chirriado a causa de la nueva distribución de la carga.
XV
¡Va por delante de ti!
El
marido que supuestamente tenía que venir a cenar no apareció, y los cuatro —la
mujer, el viejo, el niño y yo— cenamos sin él. Al principio yo había pensado
que el anuncio de la mujer era una mentira encaminada a disuadirme de cualquier
abuso que pudiera tentarme, pero a medida que la torva tarde transcurría en ese
silencio que presagia una tormenta, se fue volviendo obvio que yo no había
mentido, y que ella estaba sinceramente preocupada.
La
cena fue casi todo lo simple que puede ser esa comida; pero yo tenía tanta
hambre que me resultó de las más gratificantes que recuerdo. Comimos verdura
hervida sin sal ni mantequilla, pan tosco, algo de carne. Nada de vino ni
fruta, nada fresco y nada dulce; y sin embargo creo que comí más que los otros
tres juntos.
Cuando
terminamos, la mujer (que, me había dicho, se llamaba Casdoe) tomó de un rincón
una larga vara de hierro forjado y partió en busca de su marido, después de
asegurarme que no necesitaba escolta y de decirle al viejo, que pareció no
oírla, que no iría muy lejos y volvería pronto. Viendo al viejo tan abstraído
como siempre ante el fuego, induje al niño a que se me acercara, y tras haberme
ganado su confianza enseñándole TerminusEst y permitiéndole que la empuñara e
intentara levantar la hoja, le pregunté si, ahora que se había ido su madre,
Severa no bajaría a cuidarlo.
—Anoche
volvió —dijo él.
Creyendo
que se refería a la madre, le dije: —Seguramente esta noche también va a
volver, pero ¿no crees que Severa debería venir a cuidarte, mientras ella no
está?
Como
a veces hacen los niños que no confían en el lenguaje tanto como para discutir,
el chico se encogió de hombros e intentó alejarse.
Lo
torné por el brazo: —Severian chico, quiero que vayas arriba ahora mismo y le
digas que baje. Prometo que no le haré daño.
Severian
asintió y fue hasta la escalerilla, aunque lentamente y de mala gana.
—Mala
mujer dijo.
Entonces,
por primera vez desde que yo estaba en la casa, habló el viejo: —¡Becan, ven
aquí! Quiero hablarte de Fechin. —Tardé un momento en darme cuenta de que me
hablaba a mí confundiéndome con su yerno.— Ese Fechin era el peor de nosotros.
Un muchacho alto y feroz con pelo rojo en las manos, en los brazos. Parecían de
mono esos brazos, así que si se los veía aparecer por la esquina para agarrar
algo, se pensaba, salvo por el tamaño, que era un mono agarrando esa cosa. Una
vez robó nuestra sartén de cobre, la que madre usaba para hacer las salchichas,
y yo vi el brazo pero no dije quién había sido, porque era amigo mío. Nunca la
encontré, nunca volví a verla, y eso que estuve mil veces con él. Pensaba que
la había usado para hacer una barca y la había echado al río, porque eso era lo
que siempre había querido hacer yo con la sartén. Anduve río abajo tratando de
encontrarla, y se me hizo de noche antes de darme cuenta, antes de iniciar el
regreso. A lo mejor pulió el fondo para poder mirarse... A veces dibujaba su
propia imagen. A lo mejor la llenó de agua para verse reflejado.
Yo
había cruzado la habitación para escucharlo, en parte porque hablaba
confusamente y en parte por respeto, pues el rostro añoso me recordaba un poco al del maestro Palaemon, aunque éste tenía
los ojos sanos.
—Una vez conocí a un hombre de su edad que había posado
para Fechin —dije.
El viejo levantó la mirada; con la misma rapidez con que
la sombra de un pájaro podría atravesar un trapo gris que han arrojado a la
hierba desde una casa, vi pasar el descubrimiento de que yo no era Becan. Sin
embargo, no dejó de hablar, ni reconoció el hecho de ningún otro modo. Era como
si lo que estaba diciendo fuese tan perentorio que había que contárselo a
alguien, verterlo en cualquier oído antes de que se perdiera para siempre.
—Pero no tenía cara de mono. Fechin era guapo; el más
guapo de los alrededores. Podía sacarle comida o dinero a cualquier mujer.
Recuerdo que una vez bajábamos por el sendero que llevaba al lugar donde estaba
el viejo molino. Yo tenía un trozo de papel que me había dado el maestro. Papel
de veras, no del todo blanco sino con un toque marrón, y pequeñas escamas en
algunas partes; parecía una trucha cocida en leche. El maestro me lo había dado
para que escribiera una carta a mi madre... En la escuela siempre escribíamos
en pizarras, luego las limpiábamos con una esponja para poder volver a
escribir, y cuando no miraba nadie le dábamos a la esponja con la pizarra y la
disparábamos contra la pared, o a veces también contra la cabeza de alguno.
Pero a Fechin le encantaba dibujar, y mientras íbamos andando yo pensaba en
eso, y en la cara que pondría si tuviera papel para hacer un dibujo que pudiera
guardarse.
»Eran las únicas cosas que guardaba. Todo lo demás lo
perdía, o lo regalaba, o lo tiraba, y como yo sabía muy bien lo que madre
quería decir, decidí que si hacía letra pequeña podría ponerlo en la mitad del
papel. Fechin no sabía que lo tenía, pero yo lo saqué y se lo mostré, luego lo
doblé y lo corté en dos.
Por encima de nuestras cabezas yo oía la aflautada voz
del niño, pero no podía entender qué estaba diciendo.
—Era el día más luminoso que he visto. El sol tenía una
vida nueva, como pasa cuando un hombre estuvo enfermo ayer y va a estar enfermo
mañana, pero hoy pasea y se ríe, tanto que si apareciera un extraño diría que
no ocurre nada malo, que las medicinas y la cama eran para otro. En las
oraciones siempre dicen que el Sol Nuevo brillará demasiado como para poder
mirarlo, y hasta aquel día yo siempre había aceptado que era sólo una manera de
hablar, como se dice que un bebé es hermoso, o se elogia cualquier cosa que un
hombre bueno haya hecho para él mismo, que aunque hubiera dos soles en el cielo
uno los podría mirar a los dos. Pero aquel día aprendí que era verdad, y la luz
en la cara de Fechin fue demasiado. Me hizo agua los ojos. Gracias, dijo, y seguimos adelante y
llegamos a una casa donde vivía una joven. No me acuerdo cómo se llamaba, pero
era francamente hermosa, como lo son a veces las más calladas. Yo nunca había
sabido que Fechin la conocía, pero él me pidió que esperase, y me senté en el
primer escalón del portal.
Alguien más pesado que el niño estaba caminando arriba,
acercándose a la escalera.
—No estuvo mucho dentro, pero cuando salió, con la
muchacha que miraba por la ventana, supe lo que habían hecho. Lo miré y él
abrió esos brazos largos, flacos, de mono. ¿Cómo iba a compartir lo que había
tenido? Al final hizo que la muchacha me diera media barra de pan y algo de fruta. Dibujó mi retrato de un lado del papel y el
de la chica del otro, pero se los guardó.
La escalera crujió y yo me volví para mirar. Como había
esperado, estaba bajando una mujer. No era alta, pero tenía buena figura y
cintura delgada; llevaba un vestido casi tan andrajoso como el de la madre del niño, y mucho más sucio. Un pelo
negro y espeso se le derramaba por la espalda. Creo que la reconocí antes
incluso de ver los pómulos altos y los largos ojos castaños: era Agia.
—Así que supiste todo el tiempo que estaba aquí —me dijo.
—Yo podría hacerte el mismo comentario. Al parecer
llegaste antes que yo.
—Simplemente me imaginé que vendrías por este camino. El
caso es que llegué un poco antes, y le dije a la dueña de casa lo que me ibas a
hacer si no me escondía —dijo ella. Supongo que quería hacerme saber que tenía
una aliada, por débil que fuese.
—Desde que te vi en Saltus, entre la multitud, vienes
intentando matarme.
—¿Es una acusación? Sí. —Mientes.
Fue una de las pocas veces que vi a Agia tomada por
sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—Que intentas matarme desde mucho antes de Saltus, nada
más.
—Con el averno. Sí.
—Y después. Agia, sé quién es Hethor. Esperé la
respuesta, pero no dijo nada.
—El día en que nos conocimos me contaste que había un
viejo marinero que te había propuesto vivir con él. Lo llamaste viejo y feo y
pobre, y yo no podía entender cómo tú, una joven bonita, podías considerar
siquiera la oferta cuando no te estabas muriendo de hambre. Tu gemelo te
protegía, y la tienda daba algo de dinero.
Ahora me tocó a mí sorprenderme. Ella dijo: —Habría
tenido que aceptar y dominarlo. Lo he dominado ahora.
—Yo pensé que te habías prometido a él sólo si me mataba.
—Le he prometido eso y muchas otras cosas, y así lo
dominé. Va por delante de ti, Severian, esperando mis órdenes.
—¿Con más de esas bestias? Gracias por el aviso. De modo
que era eso, ¿no? Os había amenazado a ti y a Agilus con las mascotas que trajo
de otras esferas.
Ella asintió. —Fue a la tienda a vender ropa, y era de
esa que se usaba en las viejas naves que hace mucho tiempo viajaban más allá
del borde del mundo, y no eran disfraces ni imitaciones, ni siquiera prendas de
sepulturero que han estado a oscuras durante siglos, sino ropa casi nueva. Dijo
que sus naves, todas esas naves, se habían perdido en la oscuridad, entre los
soles, donde los años no dan vueltas. Se habían perdido tanto que ni el Tiempo
pudo encontrarlos.
—Lo sé —dije yo—. Me lo contó Jonas.
—Después de enterarme de que ibas a matar a Agilus, me
fui con él. En ciertos aspectos es de hierro; en muchos otros, débil. De haber
escatimado mi cuerpo, no habría conseguido nada de él, pero hice todas las
cosas raras que deseaba y lo convencí de que lo amo. Ahora hará lo que yo le
pida. Fue por mí que te siguió después de que mataras a Agilus; con la plata de
él alquilé los hombres que mataste en la mina vieja, y ya te matarán las
criaturas que él manda, si es que no te mato aquí yo misma.
—Pensabas esperar a que me durmiera, y luego bajar y
asesinarme.
—Primero te habría despertado, en cuanto te hubiera
puesto el cuchillo en la garganta. Pero el niño me dijo que sabías que yo
estaba aquí, y se me ocurrió que esto sería más agradable. De todos modos,
dime, ¿cómo te imaginaste lo de Hethor?
Una ráfaga de viento se coló por las ventanas angostas.
Hizo humear el fuego, y oí que el viejo, que había vuelto a callar, tosía y
escupía en las brasas. El niño, que había bajado del desván mientras Agia y yo
hablábamos, nos observaba con ojos muy abiertos, desconcertados.
—Pude haberme dado cuenta mucho antes —dije—. Mi amigo
Jonas también había sido un marinero de ésos. Lo recordarás, supongo... Lo
visteis en la boca de la mina, y ya debíais saber quién era.
—Lo sabíamos.
—Tal vez hayan sido de la misma nave. O tal vez se hayan
reconocido mutuamente por algún signo, o quizás era eso lo que Hethor temía.
Como fuera, aunque antes se había empeñado en buscar mi compañía, rara vez se
me acercó mientras yo viajaba con Jonas. En Saltus, cuando ejecuté a un hombre
y a una mujer, lo vi entre la multitud, pero no intentó llegar hasta mí. En el
camino a la Casa Absoluta, Jonas y yo vimos que venía detrás pero, aunque debía
de estar desesperado por recuperar la nótula, no apuró la marcha hasta quejonas
se alejó. Cuando lo arrojaron a la antecámara de la Casa Absoluta, no hizo el
menor intento de sentarse con nosotros, pese a quejonas se estaba muriendo;
pero cuando nos fuimos, había algo que examinaba el lugar dejando un rastro de
baba.
Agia no dijo nada, y en ese silencio podría haber sido la
muchacha que a la mañana siguiente de abandonar la
torre yo había visto abrir las rejas de los escaparates en una tienda
polvorienta.
—Tenéis que haberme perdido en el camino a
Thrax—continué—, si no os retrasó algún accidente. Incluso después de descubrir
que me encontraba en la ciudad, no sabíais que yo estaba a cargo de la Víncula,
pues Hethor mandó su criatura de fuego a buscarme por las calles. Luego, no sé
cómo, encontrasteis a Dorcas en el Nido del Pato...
—Estábamos parando allí —dijo Agia—. Hacía apenas unos
días que habíamos llegado, y cuando tú fuiste habíamos salido a buscarte. Más
tarde, cuando me di cuenta de que la mujer de la buhardilla era la loquita que
habías encontrado en el jardín Botánico, tampoco nos figuramos que eras tú
quien la había llevado, porque la bruja de la posada dijo que el hombre iba
vestido como todos. Pero supusimos que sabría dónde estabas, y que sería más
fácil que se lo dijera a Hethor. Por cierto, en realidad no se llama Hethor. El
dice que tiene un nombre mucho más viejo, un nombre que ahora no conoce casi
nadie.
—Le contó a Dorcas lo de la criatura de fuego dije yo—, y
ella me lo contó a mí. Yo ya había oído algo, pero Hethor le dio un nombre...
Salamandra, la llamó. Cuando Dorcas la mencionó no pensé nada, pero después me
acordé de quejonas sabía el nombre de aquello negro que nos persiguió al salir
de la Casa Absoluta. Nótula, la llamó, y dijo que la gente de las naves las
había bautizado así porque se delataban con una ráfaga de calor. Si Hethor
tenía un nombre para la criatura de fuego, parecía probable que fuese cosa de
marineros, y que estuviera relacionado con la criatura misma.
Agia sonrió levemente: —Bien, pues ahora lo sabes todo, y
me tienes a tu merced... Siempre y cuando puedas balancear tu gran espada aquí
dentro.
—Te tengo de todos modos. Si vamos al caso, te tuve bajo
la suela en la boca de la mina.
—Pero todavía me queda el cuchillo.
En aquel momento cruzó el umbral la madre del niño, y los
dos nos interrumpimos. La mujer paseó de Agia a mí una mirada atónita; luego,
como si ninguna sorpresa pudiera penetrar su dolor o alterar lo que tenía que
hacer, cerró la puerta y le echó la pesada barra.
Agia dijo: —Oyó que estaba arriba, Casdoe, y me hizo
bajar. Pretende matarme.
—¿Y yo cómo voy a impedirlo? —replicó la mujer, fatigada.
Se volvió hacia mí—. La escondí porque dijo que usted quería hacerle daño. ¿Me
matará a mí también?
—No. Tampoco a ella, como bien sabe.
La cara de Agia se distorsionó de ira, como la cara de otra mujer adorable, moldeada tal vez por Fechin en cera de
colores, podría haberse transformado bajo un hilo de fuego, y fundirse y arder
a la vez.
—¡Mataste
a Agilus, y te vanagloriaste! ¿No soy yo tan digna de morir como él? ¡Éramos de
la misma carne!
Yo
no le había creído del todo que llevase un cuchillo pero, sin haber visto que
lo sacara, ahora lo tenía en la mano: una de esas dagas curvas de Thrax.
Hacía
un rato que una tormenta inminente pesaba en el aire. Ahora estalló el trueno,
resonando arriba, entre los picos. Cuando los ecos y contraecos casi se habían
apagado, algo les respondió. No puedo describir aquella voz: no era del todo un
grito humano, pero tampoco el mero bramido de una bestia.
Todo
el cansancio abandonó a la mujer llamada Casdoe, reemplazado por la prisa más
desesperada. Bajo cada ventana había pesados postigos de madera apoyados en la
pared; la mujer agarró el que tenía más cerca, y levantándolo como si no pesara
más que un molde de horno, lo colocó estrepitosamente en su sitio. Fuera, el
perro echó a ladrar, frenético, y luego se calló, no dejando otro ruido que el
golpeteo de la primera lluvia.
—Tan
pronto—gritó Casdoe—. ¡Tan pronto! —Y a su hijo:— ¡Apártate de ahí, Severian!
A
través de una de las ventanas todavía abiertas, oí una voz de niño: —Papá, ¿no puedes ayudarme?
XVI
El alzabo
Traté
de ayudar a Casdoe, y en el trance di la espalda a la daga de Agia. El error
por poco me cuesta la vida, pues apenas había podido levantar un postigo cuando
ya la tenía encima. Dice el proverbio que mujeres y sastres llevan la hoja
hacia abajo, pero Agia, como un consumado asesino, apuñalaba hacia arriba para
abrir las tripas y alcanzar el corazón. Me volví justo a tiempo para bloquearle
la daga con el postigo, y la punta atravesó la madera con un destello de acero.
La
fuerza misma del golpe la traicionó. Aparté el postigo de un tirón, arrojándolo
al otro lado de la estancia junto con el cuchillo. Las dos, ella y Casdoe,
saltaron a buscarlo. Agarré a Agia del brazo, y Casdoe montó el postigo con el
cuchillo hacia afuera, hacia la tormenta creciente.
—Idiota
—dijo Agia—. ¿No ves que le estás dando un arma a lo que sea que temes? —Tenía
la voz serena del derrotado.
—No
necesita cuchillos —dijo Casdoe.
La
casa estaba a oscuras salvo por la rojiza luz del fuego. Busqué alrededor velas
o linternas, pero no vi ninguna; más tarde me enteré de que las pocas que la
familia tenía las había llevado al desván. Fuera fulguró un relámpago,
delineando los bordes de los postigos y estampando una quebrada línea de luz
árida al pie de la puerta; tardé un momento en darme cuenta de que había sido
una línea quebrada, cuando tenía que haber sido continua.
—Fuera hay alguien —dije—. En el escalón.
Casdoe asintió. —Cerré la ventana justo a tiempo. Nunca
ha venido tan temprano. Tal vez lo despertó la tormenta.
—¿No cree que será su marido?
Sin darle tiempo a responder, una voz más aguda que la
del niño exclamó:
—Déjame entrar, mamá.
Hasta yo, que no sabía qué era eso que hablaba, noté en
las simples palabras una horrorosa anomalía. Era tal vez la voz de un niño,
pero no de un niño humano.
—Mamá —volvió a llamar la voz—. Está empezando a llover.
—Será mejor que vayamos arriba—dijo Casdoe—. Si después
levantamos la escalera, no nos podrá alcanzar aunque entre.
Yo me había acercado a la puerta. Sin relámpagos, los
pies de lo que hubiese en el umbral eran invisibles; pero por sobre el golpeteo
de la lluvia oí una respiración áspera, lenta, y una vez algo que rozaba el
suelo, como si eso que aguardaba en la oscuridad hubiese movido los pies.
—¿Es eso obra vuestra? —le pregunté a Agia—. ¿Una de las
criaturas de Hethor?
Sacudió la cabeza; los estrechos ojos castaños
bailoteaban.
—Vagan por estas montañas; deberías saberlo mejor que yo.
—¿Mamá?
Hubo un sonido arrastrado de pies; con esa temerosa
pregunta, la cosa se había apartado de la puerta. Uno de los postigos estaba
agrietado, y traté de mirar por la rendija; en la negrura de fuera no vi nada,
pero oí unos pasos blandos y pesados, exactamente el sonido que a veces llegaba
allá en mi casa por los portones de rejas de la Torre del Oso.
—Hace tres días se llevó a Severa—dijo Casdoe. Estaba
tratando de que el viejo se levantara, pero él se movía despacio, reacio a
separarse del calor del fuego—. Nunca dejaba que Severian ni ella se metieran
entre los árboles, pero éste vino aquí, al claro, una guardia antes del
anochecer. Desde entonces ha vuelto todas las noches. El perro no lo quiere
rastrear, pero hoy Becan salió a cazarlo.
Aunque nunca había visto ninguna de la especie, a esas
alturas yo ya había adivinado la identidad de la bestia.
—Entonces ¿es un alzabo? ¿La criatura de cuyas glándulas
se hace la analepta?
—Es un alzabo, sí —me contestó Casdoe—. Y no sé nada de
ninguna analepta.
Agia se rió. —Pero Severian sí. Él ha probado la
sabiduría de la criatura, y lleva a su amada dentro de él. Tengo entendido que
de noche se los oye susurrar juntos, en el fuego y los sudores del amor.
Le lancé un golpe, pero lo esquivó con agilidad y puso la
mesa entre medio.
—¿No te encanta, Severian, que cuando los animales
llegaron a Urth para reemplazar a los que habían matado nuestros ancestros,
entre ellos estuviese el alzabo? Sin el alzabo habrías perdido para siempre a
tu queridísima Thecla. Dile a Casdoe lo feliz que te ha hecho el alzabo.
Le dije a Casdoe: —Lamento de verdad la muerte de su
hija. Si es preciso, defenderé esta casa del animal que hay allí fuera.
Había dejado la espada apoyada en la pared, y para
demostrar que mi voluntad valía tanto como mis palabras, la empuñé. Fue una
suerte, porque justo en ese instante se oyó a la puerta una voz de hombre que
decía: «¡Abre, querida!».
Agia y yo saltamos para frenar a Casdoe, pero ninguno con
suficiente rapidez. Antes de que la alcanzáramos ya había quitado la barra. La
puerta se abrió hacia adentro.
La bestia que aguardaba fuera andaba a cuatro patas. Aun
así, los poderosos hombros me llegaban a la cabeza. La suya la llevaba gacha,
con las puntas de las orejas bajo la cresta de piel que le cubría el lomo. A la
luz del fuego le relucían los dientes blancos y los ojos de pupilas rojas. He
visto los ojos de muchas de estas criaturas supuestamente venidas de más allá
del margen del mundo, atraídas, según alegan ciertos filonoístas, por la muerte
de aquellas que tuvieron su génesis aquí, tal como hacen las tribus de
vernáculos, que llegan con fogatas y cuchillos de piedra a un campo despoblado
por la guerra o la enfermedad; pero sus ojos son sólo ojos de bestias. Las
rojas órbitas del alzabo eran algo más: no mostraban ni la inteligencia de la
raza humana ni la inocencia de los brutos. Así miraría un demonio, pensé,
después de haber logrado salir de la entraña de una estrella oscura; entonces
recordé a los hombres—mono, a quienes por cierto se llamaba demonios aunque
tenían ojos de hombre.
Por un momento pareció que la puerta podía volver a
cerrarse. Vi que Casdoe, que retrocedía aterrorizada, estaba intentándolo.
Aunque dio la impresión de que el alzabo avanzaba lenta, incluso perezosamente,
fue demasiado rápido para ella, y el borde de la puerta le dio contra las
costillas como podría haber dado contra un muro.
—¡Déjela abierta! —grité yo—. Necesitaremos toda la luz
que haya.
Había desenvainado Terminus Est, y la hoja reflejaba la luz del fuego y parecía ella misma
un fuego más intenso. Una ballesta como las que yo había visto a los secuaces
de Agia, cuyas flechas se encienden por la fricción de la atmósfera y al
golpear estallan como piedras en un horno, habría sido mejor arma; pero, al
contrario que Terminus Est, una ballesta no habría parecido una
extensión de mi brazo, y a fin de cuentas quizá le hubiese permitido al alzabo
echárseme encima mientras volvía a cargarla, si erraba la primera flecha.
La larga hoja de mi espada no obviaba del todo ese
peligro. La punta cuadrada no podía atravesar a la bestia si ésta saltaba. Iba
a tener que matarla en el aire, y aunque no dudaba de poder cercenarle la
cabeza mientras volaba hacia mí, sabía que fallar significaría la muerte.
Además necesitaba espacio para dar el golpe, para lo cual la estrecha estancia
no era muy adecuada; y aunque el fuego aún estaba encendido, necesitaba luz.
El viejo, el niño Severian y Casdoe habían desaparecido.
No estaba seguro de si habían subido al desván mientras yo tenía la atención
clavada en los ojos del alzabo, o si alguno al menos se había escurrido por la
puerta. Sólo Agia se había quedado conmigo, apretada en un rincón y armada
(como un marinero desesperado que intenta rechazar una galeaza con un bichero)
con un bastón de Casdoe de casquete metálico. Yo sabía que hablarle sería
volcar la atención sobre ella; pero quizá si la bestia giraba la cabeza, yo
podría cortarle el espinazo.
—Necesito luz, Agia —dije—. A oscuras me matará. Una vez
les dijiste a tus hombres que te enfrentarías conmigo si ellos me mataban por
la espalda. Ahora yo me enfrentaré con esto si tú traes una vela.
Agia asintió, indicando que había entendido, y entretanto
la bestia se movió hacia mí. Pero en vez de saltar como yo esperaba, se
desplazó indolente pero hábilmente a la derecha, acercándose mientras se las
arreglaba para mantenerse fuera de mi alcance. Tras un momento de desconcierto
me di cuenta de que la situación en que estaba el alzabo, cerca de la pared, me
impedía atacar libremente, y de que si él conseguía cercarme (como casi había
hecho) y ganar una posición entre el fuego y yo, me habría arrebatado gran
parte de la ventaja que me daba la luz.
Iniciamos así un cauteloso juego, en el cual el alzabo
buscaba sacar todo el partido posible de las sillas, la mesa y las paredes, y
yo trataba de obtener el mayor espacio posible para mi espada.
Entonces ataqué. El alzabo eludió el mandoble, me
pareció, por no más del ancho de un dedo, acometió y volvió atrás justo a
tiempo para escapar a mi contraataque. Sus fauces, lo bastante grandes como
para morder la cabeza de un hombre como un hombre muerde una manzana, habían
chasqueado ante mi cara, empapándome con el hedor de su pútrido aliento.
El cielo retumbó de nuevo, tan cerca que poco después oí
la estruendosa caída del árbol cuya muerte el trueno había proclamado; el
fulgor del relámpago, de una paralizante claridad que iluminó todos los
detalles, me dejó aturdido y ciego. En el torrente de oscuridad que siguió,
blandí Terminus
Est, sentí
cómo mordía hueso, salté a un lado y mientras el trueno rugía volví a
descargarla, esta vez sólo para enviar un trozo de mueble volando hacia la
ruina.
Luego pude volver a ver. Mientras el alzabo y yo
cambiábamos posiciones y nos esquivábamos, Agia también se había movido, y al
relumbrar el relámpago había corrido sin duda a la escalera. Había subido hasta
la mitad, y vi que Casdoe alargaba la mano para ayudarla. Yo tenía al alzabo
enfrente, al parecer tan entero como antes; pero gotas de sangre oscura
formaban un charco ante las patas delanteras de la bestia. A la lumbre del
fuego la piel se veía roja y raída, y las uñas de las patas, más grandes y más
toscas que las de un oso, eran también de un rojo oscuro, y parecían
translúcidas. Volví a oír la voz, más espantosa que la de un cadáver parlante,
que en la puerta había dicho Abre, querida. Esta vez decía:
—Sí, estoy herido. Pero el dolor no es tanto, y puedo mantenerme en pie y moverme como antes. No puedes separarme de mi familia para siempre. —Lo que hablaba por la boca de la
bestia era la voz de un hombre denodado, impetuoso y sincero.
Saqué la Garra y la dejé sobre la mesa, pero no era más
que una chispa azul.
—¡Luz! —le grité a Agia. No llegó luz alguna, y oí el
traqueteo que hacía la escalera mientras las mujeres subían.
—No tienes escapatoria, ¿comprendes?—dijo la bestia, aún con la voz
del hombre.
—Ytú no puedes avanzar. ¿Puedes saltar tanto, con una
pata lastimada?
Bruscamente la voz se transformó en el lamento atiplado
de la niña.
—Puedo trepar. ¿O crees que a mí, que sé hablar, no se
me
ocurrirá poner
la mesa
debajo del agujero?
—Entonces sabes que eres una bestia.
Retornó la voz del hombre: —Sabemos que estamos en la bestia, igual que antes estábamos en las cajas de carne que la
bestia devoró.
—¿Permitirás que ella devore a tu mujer y tu hijo, Becan?
—Yo la dirigiré. Yo la dirijo. Quiero que Casdoe y Severian se reúnan aquí con nosotros, como yo me reuní hoy con
Severa.
Cuando muera
el fuego morirás tú, para reunirte con nosotros, y ellos también.
Me reí: —¿Has olvidado que te alcancé cuando no podía
verte? —Con TerminusEst
preparada,
crucé la habitación hasta los restos de la silla, manoteé lo que había sido el
respaldo y lo arrojé al fuego, levantando una nube de chispas. Era madera
estacionada, creo, y alguna mano cuidadosa la había lustrado con cera de
abejas. Tendría que arder brillantemente.
—Lo mismo da. Llegará la oscuridad. —La bestia (Becan) parecía tener una
paciencia infinita.—Llegará la oscuridad y te unirás a nosotros.
—No. Cuando se haya consumido toda la silla y la luz
empiece a flaquear, me echaré sobre ti y te mataré. Mientras tanto esperaré a
que sigas sangrando.
Hubo un silencio, tanto más pavoroso porque nada en la
expresión de la bestia indicaba que estuviese pensando. Yo sabía que así como
una secreción destilada por los órganos de Thecla había fijado en los núcleos
de algunas de mis células frontales los vestigios de la química neural de esa
misma criatura, el hombre y su hija acechaban en la oscura maleza del cerebro
de la bestia y creían estar vivos; pero qué podía ser ese espectro de vida, qué
sueños y deseos podían habitarlo, eran cosas que yo no lograba imaginarme.
Por fin la voz del hombre dijo: —Dentro de una o dos guardias, pues, te
mataré o tú me matarás a mí. O nos destruiremos
mutuamente. Si
ahora me fuese, si volviera a la noche y la lluvia, ¿me perseguirías cuando la
lux cayese de nuevo sobre Urth? ¿0 permanecerías aquí para alejarme de la mujer
y el niño que son míos?
—No —contesté.
—¿Por el honor que tengas? ¿Lo juras por esa espada,
aunque no puedas apuntarla al sol?
Retrocedí y di vuelta a Terminus Est, tomándola por la hoja de modo que el
extremo me señalara el corazón.
Juro por esta espada, blasón de mi Arte, que si esta
noche no vuelves mañana no te perseguiré. Ni permaneceré en esta casa.
La bestia se volvió, rápida como una serpiente
escurridiza. Por un instante, acaso, pude haberle partido el grueso lomo. Luego
desapareció, y no quedó ninguna huella de su presencia salvo la puerta abierta,
la silla destrozada y el charco de sangre (más oscura, creo, que la de los
animales de este mundo) que empapaba las limpias losas del suelo.
Fui a la puerta y puse la barra, devolví la Garra a la
bolsa que me colgaba del cuello y luego, como había sugerido la bestia, moví la
mesa, y subido a ella trepé fácilmente al desván. Casdoe y el viejo esperaban
en el otro extremo con el niño llamado Severian, en cuyos ojos vi los recuerdos
que esa noche le despertaría veinte años después. Los bañaba el vacilante
resplandor de una lámpara colgada de una viga.
—Como todos pueden ver —les dije—, he sobrevivido.
¿Oyeron lo que hablamos abajo?
Casdoe asintió.
—Si me hubieran llevado la luz que pedí, no habría hecho
lo que hice. Tal como fue todo, pensé que no estaba obligado por ninguna deuda.
En el lugar de ustedes, yo dejaría esta casa en cuanto amanezca y bajaría al
valle. Pero ustedes deciden.
—Teníamos miedo —balbuceó Casdoe. —Yo también. ¿Dónde
está Agia?
Para mi sorpresa el viejo señaló un lugar, y al mirar
hacia allí vi que en la espesa capa de paja había una abertura suficiente para
el delgado cuerpo de Agia.
Esa noche dormí delante del fuego, después de advertirle
a Casdoe que mataría al que bajara del desván. Por la mañana di una vuelta
alrededor de la casa; como había esperado, el cuchillo de Agia ya no estaba
clavado en el postigo.
XVII
La espada del Lictor
—Nos vamos —me dijo Casdoe—. Pero antes de partir haré el
desayuno. No tiene que comer con nosotros si no quiere.
Asentí y esperé fuera hasta que me llevó una cuchara y un
cuenco de madera con gachas; fui a comérmelas a la fuente. Ésta estaba
escondida entre juncos, y no me asomé; era, supongo, una violación del
juramento que le había hecho al alzabo, pero allí esperé, vigilando la casa.
Al cabo de un rato aparecieron Casdoe, su padre y el
pequeño Severian. Ella llevaba un atado y el bastón del marido, y el viejo y el
niño un pequeño saco cada uno. El perro, que al aparecer el alzabo debía de
haberse metido bajo perra (no puedo decir que lo culpo, pero Triskele no lo
habría hecho) , retozaba entre ellos. Vi que Casdoe me buscaba con la mirada.
Al no encontrarme, dejó un bulto en el umbral.
Los miré caminar bordeando el pequeño campo, que había
sido arado y sembrado hacía apenas un mes y que ahora los pájaros cosecharían.
Ni Casdoe ni su padre miraron atrás; pero el niño, Severian, se detuvo antes de
subir la primera loma para ver una vez más el único hogar que había conocido.
Las paredes de piedra se alzaban tan sólidas como siempre, y el humo del fuego
del desayuno aún brotaba de la chimenea en un rizo blanco. Parece que entonces
lo llamó la madre, porque corrió tras ella y se perdió de vista.
Dejé el abrigo de los juncos y fui hasta la puerta.
En el bulto del umbral había dos suaves mantas de guanaco
y carne disecada envuelta en un tapete. Guardé la carne en mi talego y volví a
doblar las mantas para llevarlas al hombro.
La lluvia había dejado el aire fresco y limpio, y estaba
bien saber que pronto dejaría atrás la cabaña de piedra y sus olores a humo y
comida. Eché un vistazo adentro, y vi la mancha negra de la sangre del alzabo y
la silla rota. Casdoe había vuelto a poner en su sido la mesa, sobre la cual la
Garra, que tan débilmente había brillado, no había dejado marca alguna. No
quedaba nada que pareciera valer la pena llevarse; salí y cerré la puerta.
Luego me puse en marcha tras Casdoe y su grupo. No le
perdonaba que no me hubiese alumbrado mientras luchaba contra el alzabo; habría
podido hacerlo fácilmente bajando un poco la lámpara del desván. Pero tampoco
podía culparla mucho por haberse puesto de parte de Agia: era una mujer sola
entre los rostros escrutadores y las glaciales coronas de las montañas; y el
niño y el viejo, a ninguno de los cuales podía atribuírsele gran culpa en la
cuestión, eran por lo menos tan vulnerables como ella.
El sendero era blando, tanto que podía rastrearlos en el
sentido más literal, siguiendo las pequeñas huellas de Casdoe, las más pequeñas
aún del niño, que daba dos pasos por cada uno de la madre, y las del viejo, con
los dedos apuntando hacia afuera. Caminaba despacio para no alcanzarlos, y
aunque supiera que para mí el peligro crecía con cada paso que daba, me atrevía
a esperar que las patrullas del arconte, al interrogarlas, me pusieran sobre
aviso. Casdoe no me traicionaría, pues cualquier información honesta que les
facilitara llevaría a los dimarchi por mal camino; y si el alzabo rondaba por
ahí, esperaba oírlo u olerlo antes de que atacase; a fin de cuentas no había
jurado dejar a sus presas indefensas, sino únicamente no perseguirlo ni
quedarme en la casa.
El
sendero no era sin duda más que una huella de caza ensanchada por Becan; pronto
desapareció. Aquí el paisaje parecía menos árido que sobre la línea de
vegetación. Las laderas que daban al sur estaban frecuentemente cubiertas de
pequeños helechos y musgos, y en los riscos crecían coníferas. Rara vez dejaba
de oírse el rumor de cascadas. Dentro de mí, Thecla recordó haber ido a pintar
a un lugar muy parecido a éste, acompañada de su maestro y de dos guardias
ceñudos. Empecé a pensar que pronto daría con el caballete, la paleta y la
desordenada caja de pinceles, abandonados junto a alguna cascada cuando el sol
ya no se demoraba en el rocío.
Por
supuesto que no sucedió, y durante varias guardias no hubo ningún signo de
presencia humana. Mezclados con las huellas del grupo de Casdoe vi rastros de
ciervos, y en dos ocasiones observé las pisadas de los gatos monteses que los
perseguían. Seguramente habían sido estampadas al amanecer, cuando la lluvia
había amainado.
Luego
vi una hilera de huellas dejadas por un pie desnudo más grande que el del
viejo. En realidad eran más grandes que las de mis botas, y los pasos de su
dueño, si acaso, más largos que los míos. Cruzaban en ángulo recto a las que yo
seguía, pero una marca había caído sobre una de las del niño, demostrando que
quien la hubiese impreso había pasado entre nosotros.
Apresuré
la marcha.
Supuse
que eran huellas de autóctono, aunque aun así me asombró la longitud de sus
pasos: normalmente esos salvajes de las montañas son de baja estatura. Si de
verdad era un autóctono, parecía improbable que hiciese daño a Casdoe y los
demás, aunque podía robarles lo que llevaban. Por lo poco que sabía de ellos,
los autóctonos eran cazadores astutos, pero no guerreros.
Las
marcas de pies desnudos aparecieron otra vez. Por lo menos dos o tres
individuos se habían unido al primero.
Otra
cosa sería si se trataba de desertores del ejército; alrededor de una cuarta
parte de los prisioneros de la Vincula habían sido esos hombres y sus mujeres,
y muchos habían cometido los crímenes más atroces. Los desertores estarían bien
armados, aunque yo hubiera esperado que también fueran bien calzados, no por
cierto descalzos.
Frente
a mí apareció una cuesta empinada. Vi los agujeros de la estaca de Casdoe, y
las ramas rotas que ella y el viejo habían usado para trepar; algunas, era
posible, rotas también por sus perseguidores. Reflexioné que a esas alturas el
viejo tendría que estar exhausto, y que era sorprendente que la hija todavía
pudiera urgirlo a caminar; tal vez el viejo ya supiera, tal vez lo supieran los
tres, que los estaban persiguiendo. Cuando me acercaba a la cresta oí ladrar al
perro, y luego (al mismo tiempo pareció casi un eco de la noche anterior) un
grito salvaje, inarticulado.
Sin
embargo, no era el horrible aullido semihumano del alzabo. Era un sonido que yo
había oído a menudo antes; algunas veces, débilmente, incluso mientras estaba
acostado en mi catre al lado del de Roche, y muchas cuando llevaba a nuestra
mazmorra las comidas de los oficiales de guardia y de los clientes. Era
precisamente el grito de uno de los clientes del tercer nivel, uno de los que
ya no podían hablar con coherencia y por eso nunca eran llevados de nuevo a la
sala de exámenes con fines prácticos. Eran zoántropos, como los que yo había
visto imitados en la mascarada de Abdiesus. Al llegar a la cumbre los vi, y
también a Casdoe con su padre y su hijo. En verdad, no se los puede llamar
hombres; pero de lejos lo parecían, nueve hombres desnudos que rodeaban a los
tres acuclillándose y brincando. Apreté el paso hasta que vi que uno descargaba
la maza y el viejo caía.
Entonces vacilé, y lo que me detuvo no fue el miedo de
Thecla sino el mío.
Yo había luchado contra los hombres—mono con valor,
quizá, pero había tenido que hacerlo. Me había medido con el alzabo hasta que
fue imposible seguir, pero no había habido otro sitio a donde escapar que la
oscuridad de fuera, donde seguramente me habría matado.
Ahora podía elegir, y me contuve.
Casdoe tenía que haber sabido algo de ellos, viviendo
donde había vivido, aunque era posible que nunca se los hubiera encontrado. Con
el niño aferrado a la falda, blandía la estaca como si fuera un sable. Su voz
me llegaba por encima de los aullidos de los zoántropos, aguda, ininteligible y
aparentemente remota. Sentí el horror que siempre se siente cuando atacan a una
mujer, pero junto a él, o quizá por debajo, estaba la idea de que ella no había
querido luchar a mi lado y ahora tenía que luchar sola.
No podía durar, desde luego. Esas criaturas, o se asustan
en seguida o no se asustan en absoluto. Vi que uno le arrebataba el palo, y
desenvainé TerminusEst
y corrí
hacia ellos cuesta abajo. La figura desnuda la había tirado al suelo y se
disponía (supuse) a violarla. Entonces algo enorme saltó desde los árboles que
había a mi izquierda. Era tan grande y se movía con tal rapidez que al
principio me pareció un caballo rojo, sin jinete ni silla. Sólo al ver el
destello de los dientes y oír el grito del zoántropo comprendí que era el
alzabo.
Los otros lo atacaron en seguida. Subiendo y bajando, por
un momento las porras de madera dura se parecieron grotescamente a cabezas de
gallinas que picoteaban unos granos de maíz recién desparramados. Luego un
zoántropo voló por el aire, y el mismo que antes había estado desnudo pareció
ahora envuelto en una capa escarlata.
Cuando al fin entré en combate el alzabo estaba en el
suelo, y por un momento no pude prestarle atención. TerminusEst silbaba en órbita en torno a mi cabeza.
Cayó una figura desnuda, luego otra. Una piedra del tamaño de un puño me pasó
zumbando junto al oído, tan cerca que la oí; si me hubiera dado, un momento
después habría estado muerto.
Pero éstos no eran los hombres—mono de la mina, tan
numerosos que a la larga era imposible vencerlos. A uno lo abrí del hombro a la
cintura, sintiendo cómo las costillas se quebraban una a una y traqueteaban
contra la hoja; enseguida decapité a otro, y partí un cráneo.
Luego sólo hubo silencio y los gemidos del niño. En la
hierba de la montaña quedaban siete zoántropos, cuatro muertos por Terminus Est, creo, y tres por el alzabo. En las fauces
de la bestia vi el cuerpo de Casdoe, cabeza y hombros ya devorados. El viejo
que había conocido a Fechin yacía arrugado como un muñeco; el famoso artista
habría transformado esa muerte en algo hermoso, mostrándola desde una
perspectiva que nadie más hubiera podido descubrir y corporizando en esa cabeza
deformada la dignidad y la futilidad de toda vida humana. Pero Fechin no estaba
allí. Junto al viejo yacía el perro, con las mandíbulas ensangrentadas.
Busqué al niño. Para mi horror, se había apretado contra
el lomo del alzabo. Sin duda la cosa lo había llamado con la voz de su padre, y
él había acudido. Ahora los cuartos traseros del alzabo temblaban
espasmódicamente y los ojos estaban cerrados. Cuando tomé al niño por el brazo,
la lengua de la bestia, más ancha y gruesa que la de un buey, brotó de la boca
como para lamerle la mano; luego los hombros le temblaron con tal violencia que
di un paso atrás. La lengua, que no había vuelto del todo a la boca, yacía
fláccida en la hierba.
Aparté al niño y le dije: —Ya se ha terminado, Severian
chico. ¿Estás bien?
Severian asintió y empezó a llorar, y durante largo rato
lo tuve en brazos y caminé de un lado a otro. Por un momento pensé en usar la
Garra, aunque en la casa de Casdoe me había fallado como tantas veces antes.
Pero de haber tenido éxito, ¿quién podía predecir el resultado? Yo no deseaba
revivir a los zoántropos ni al alzabo, y ¿qué vida podría otorgarse al cuerpo
decapitado de Casdoe? En cuanto al viejo, hacía tiempo que estaba a las puertas
de la muerte; ahora había muerto, y rápido. ¿Me habría agradecido que volviera
a convocarlo sólo para morir de nuevo uno o dos años mas tarde? La gema
refulgía al sol, pero su fulgor era mero brillo solar y no la luz del
Conciliador, el gegenschein del Sol Nuevo, y volví a guardarla. El niño
me miraba con ojos muy abiertos.
TerminusEst estaba ensangrentada
hasta la
guarda y más. Me senté en un árbol caído y mientras pensaba qué hacer la limpié
con madera podrida, y luego afilé y aceité la hoja. Ni los zoántropos ni el
alzabo me importaban nada, pero dejar que las bestias desmembraran los cuerpos
de Casdoe y el viejo me parecía una vileza.
La prudencia, también, aconsejaba no hacerlo. ¿Y si
aparecía otro alzabo, y después de deglutir la carne de Casdoe se lanzaba tras
el chico? Sopesé la posibilidad de llevarlos de nuevo a la cabaña. Sin embargo
era una distancia considerable; no podía transportarlos a los dos juntos, y lo
más seguro era que cualquiera de los dos que dejara atrás habría sido violado
antes de que yo regresara. Atraídos por la visión de tanta sangre, los
teratornis carroñeros ya revoloteaban sobre nosotros, cada uno sostenido por
alas tan anchas como la vela mayor de una carabela.
Durante un rato examiné la tierra, buscando algún lugar
suficientemente blando como para cavar con el bastón de Casdoe; al final llevé
los dos cadáveres a una franja de suelo rocoso cercana a un curso de agua, y
los cubrí con un túmulo. Debajo de él yacerían, esperaba, casi un año, hasta
que alrededor de la fiesta de la Sacra Katharine el deshielo barriera los
huesos de hija y padre.
Severian chico, que al principio sólo había observado, se
propuso cargar guijarros hasta que el túmulo quedó completo. Mientras nos
lavábamos la arena y el sudor en el arroyo, preguntó: —¿Tú eres mi tío?
—Soy tu padre —respondí—, al menos por ahora. Cuando a
alguien se le muere el padre, y es joven como tú, ha de tener uno nuevo. Ése
soy yo.
Asintió, abstraído; y súbitamente recordé que, hacía
apenas dos noches, había soñado con un mundo en el que todos estaban unidos por
lazos de sangre, pues descendían de la misma pareja de colonos. Yo, que
desconocía el nombre de mi madre, y el de mi padre, bien podía estar
emparentado con ese niño que se llamaba igual que yo, o para el caso con
cualquiera que conociese. El mundo con que había soñado era, para mí, la cama
en la que había yacido. Ojalá pudiera describir lo serios que estábamos allí,
junto a la risa del arroyo, lo solemne y limpio que se lo veía a él con la cara
mojada y las gotitas que le chispeaban en las pestañas de los grandes ojos.
XVIII
Severian y Severian
Bebí
toda el agua que pude, y le dije al niño que debía hacer lo mismo, que en las
montañas había muchos lugares secos, que quizá no volviera a beber hasta la
mañana siguiente. Él había preguntado si ahora no volveríamos a casa; y aunque
hasta entonces yo había planeado rehacer nuestra ruta desde la casa que fuera
de Casdoe y Becan, le dije que no, pues sabía que para él sería terrible ver de
nuevo aquel techo, y el campo y el pequeño jardín, y tener que dejarlos por
segunda vez. A su edad incluso podía figurarse que la madre y el padre, la
hermana y el abuelo todavía estaban allí dentro de algún modo.
Sin
embargo, no podíamos descender mucho más; ya estábamos muy por debajo del nivel
en que el viaje se volvía peligroso para mí. El brazo del arconte se alargaba
cien leguas y aun más allá, y ahora era muy posible que Agia decidiera que los
dimarchi me persiguieran.
Al
nordeste se alzaba el pico más alto que había visto hasta ese momento. Una
mortaja de nieve le cubría no sólo la cabeza sino también los hombros, y le
bajaba casi hasta la cintura. Yo no podía decir, y tal vez no pudiera decirlo
nadie, qué rostro orgulloso era el que miraba al oeste por encima de tantas cumbres menores; pero había gobernado seguramente en los más
tempranos de los grandes días de la humanidad, disponiendo de energías capaces
de modelar el granito como el cuchillo del tallador modela la madera. Mirando
su imagen, tuve la impresión de que incluso los avezados dimarchi, que tan bien
conocían las agrestes tierras altas, deberían tenerle miedo. Así que hacia él
nos encaminamos, o más bien hacia el alto paso que unía la drapeada tela de su
túnica con la montaña donde Becan se había establecido una vez. Por el momento
el ascenso no era difícil, y empleamos más fuerzas en caminar que en trepar.
A
menudo el niño Severian me tomaba de la mano cuando no necesitaba mi apoyo. No
soy ducho en apreciar los años de los niños, pero me pareció que él estaba en
la edad en que de haber sido uno de nuestros aprendices, habría acabado de
ingresar en la escuela del maestro Palaemon; es decir, era lo bastante mayor
para caminar bien, y para entender y hablar y hacerse entender.
Estuvo
una guardia o algo así sin decir nada más que lo que ya he referido. Luego,
mientras bajábamos por una cuesta abierta y herbosa bordeada de pinos, un lugar
muy parecido al de la muerte de su madre, me preguntó: —Severian, ¿quiénes eran
esos hombres?
Comprendí
de quiénes hablaba.
—No
eran hombres, aunque una vez lo fueron y todavía se les parecen. Eran
zoántropos, una palabra que designa a las bestias con forma humana. ¿Entiendes
lo que digo?
El
niño asintió, solemne, y luego preguntó: —¿Por qué no llevaban ropa?
—Porque,
como te dije, ya no son seres humanos. Los perros nacen perros y los pájaros
nacen pájaros, pero hacerse humano es un logro; uno lo tiene que pensar. Tú lo
has estado pensando los últimos tres o cuatro años, por lo menos, Severian
chico, aunque quizá nunca hayas pensado en que lo pensabas.
—Los
perros sólo buscan cosas para comer —dijo el niño.
—Exacto.
Pero eso plantea la cuestión de si hay que obligar a las gentes a que piensen,
y hace mucho tiempo algunos decidieron que no. Podemos obligar a un perro, a
veces, a actuar como un hombre: a caminar en dos patas, llevar collar y cosas
así. Pero no debemos ni podemos obligar a un hombre a actuar como un hombre.
¿Nunca has querido dormirte, por más que no tenías sueño ni estabas cansado? El
niño asintió con la cabeza.
—Era
porque querías descargarte del peso de ser un niño, al menos por un tiempo. Yo
a veces bebo demasiado vino, y es porque por un rato me gustaría dejar de ser
un hombre. Hay gente que se quita la vida por eso. ¿Lo sabías?
—O
hacen cosas que pueden lastimarlos —contestó. La forma en que lo dijo me
hablaba de discusiones oídas por azar; muy probablemente Becan había sido esa
clase de hombre, o no habría llevado la familia a un lugar tan remoto y
peligroso.
—Sí
—le dije—. Puede ser lo mismo. Y hay ciertos hombres, y hasta mujeres, que a
veces llegan a odiar la carga del pensamiento, pero no por eso aman la muerte.
Ven a los animales y desearían ser como ellos, que sólo reaccionan por instinto
y no piensan. ¿Sabes qué es lo que te hace pensar, Severian chico?
—La
cabeza—se apresuró a responder el niño, y se la agarró con las manos.
—Los
animales también tienen cabeza... Hasta los más estúpidos, como los cangrejos,
los bueyes o las garrapatas. Lo que te hace pensar es apenas una pequeña parte
de tu cabeza, que está dentro, justo encima de los ojos. —Le toqué la
frente.—Ahora bien, si por alguna razón quieres que te corten una mano, puedes
acudir a ciertos hombres expertos en eso. Supón, por ejemplo, que te haces en
la mano una herida de la que nunca curará. Ellos te la pueden cortar de tal
manera que casi no haya posibilidades de que le pase algo al resto de tu
cuerpo.
El
niño asintió.
—Muy
bien. Esos mismos hombres pueden quitarte esa pequeña parte de la cabeza que te
hace pensar. Lo que no pueden es volver a ponértela, ¿entiendes? Y aunque
pudieran, una vez sin esa parte tú no podrías decir nada. Pero a veces la gente
paga a esos hombres para que les quiten esa parte. Quieren dejar de pensar para
siempre, y a menudo dicen que les gustaría dar la espalda a todo lo que ha
hecho la humanidad. Entonces ya no es justo tratarlos como a seres humanos: se
han transformado en animales, si bien animales que aún tienen forma humana.
Preguntaste por qué no llevaban ropa. Ellos ya no comprenden qué es la ropa, y
por eso no se la pondrían aunque tuvieran frío, por más que puedan echarse en
ella y hasta envolverse.
—¿Tú
eres un poquito así? —preguntó el niño, y me señaló el pecho desnudo.
La
idea que estaba insinuándome no se me había ocurrido nunca, y por un momento me
sorprendió. —Es la norma de mi gremio —dije—. A mí no me han quitado ninguna
parte de la cabeza, si es eso lo que preguntas, y en un tiempo usaba camisa...
Pero sí, supongo que soy un poco así, porque nunca lo había pensado, ni
siquiera teniendo mucho frío.
Me
miró como diciendo que le había confirmado lo que él sospechaba.
—¿Por
eso estás escapando?
—No,
no estoy escapando por eso. En todo caso, supongo que podrías decir que es por
lo contrario. Tal vez esa parte de mi cabeza se haya agrandado demasiado. Pero
respecto a los zoántropos tienes razón, es por eso que viven en las montañas.
Cuando un hombre se vuelve animal, se vuelve un animal peligroso, y a los
animales así no se los puede tolerar en lugares más colonizados, donde hay
granjas y mucha gente. Por eso se los expulsa a estas montañas, o los traen sus
antiguos amigos, o alguien a quien le pagan antes de descartar la capacidad del
pensamiento humano. Como todos los animales, claro, siguen pudiendo pensar un
poco. Lo suficiente para encontrar comida en el páramo, aunque cada invierno
mueren muchos. Lo suficiente para tirar piedras como los monos tiran nueces, e
incluso para buscar compañera, pues ya te digo que algunas son mujeres. Los
hijos e hijas rara vez viven mucho, y supongo que por suerte, porque nacen
exactamente como naciste tú, y también yo: con la carga del pensamiento.
Cuando
terminamos de hablar, aquella carga me pesaba enormemente; tanto, en verdad,
que por primera vez comprendí realmente que para otros pudiera ser una
maldición tan grande como para mí la memoria.
Nunca
he sido muy sensible a la belleza, pero la del cielo y la de la ladera eran
tales que parecían colorear mis meditaciones, y tuve la sensación de que podía
comprender cosas casi incomprensibles. Cuando el maestro Malrubius se me había
aparecido tras la primera representación de la obra del doctor Talos —algo que
entonces no pude entender y aún no entiendo hoy, aunque cada vez estoy más
seguro, y no menos, de que ocurrió—, me había hablado de la circularidad del
gobierno, aunque el gobierno era algo que no me concernía. Ahora se me ocurrió
que la propia voluntad estaba gobernada, si no por la razón, al menos por cosas
situadas encima o debajo de ella. No obstante, era muy difícil decir de qué
lado de la razón estaban esas cosas. El instinto, sin duda, estaba debajo; pero
¿no podía estar arriba, también? Si el alzabo había atacado a los zoántropos,
era porque el instinto le había ordenado preservar su presa frente a otros;
Becan lo había hecho por instinto de preservar a su mujer y su hijo. Ambos
habían llevado a cabo la misma acción, y de hecho en el mismo cuerpo. ¿El
instinto superior y el inferior habían unido las manos a espaldas de la razón?
¿O detrás de toda razón no hay más que un instinto, y la razón ve una mano a
cada lado?
Pero
¿es realmente instinto ese «apego a la persona del monarca» que según sugirió
el maestro Malrubius era la forma de gobierno a la vez más alta y más baja?
Pues está claro que el instinto no puede haber surgido de la nada:
indudablemente, los halcones que planeaban sobre nuestras cabezas habían
construido sus nidos por instinto; pero tiene que haber habido un tiempo en que
no se construían nidos, y el primer halcón que hizo uno no pudo heredar el
instinto de sus padres, puesto que ellos no lo tenían. Tampoco es posible que
ese instinto se haya desarrollado lentamente, y que mil generaciones de
halcones buscaran un palito hasta que algún halcón buscó dos; pues ni un palito
ni dos sirven gran cosa al halcón que está haciendo un nido. Quizá lo que
estuvo antes que el instinto fue un principio de gobierno de la voluntad, a la
vez superior e inferior. Quizá no. Las aves que giraban allá arriba trazaban
sus jeroglíficos en el aire, pero a mí no me era dado leerlos.
A
medida que nos acercábamos a la garganta que unía la montaña con aquélla
todavía más encumbrada que he descrito, parecíamos movernos por el rostro de
Urth trazando una línea del polo al ecuador; y por cierto, la superficie sobre
la cual avanzábamos como hormigas podría haber sido el propio globo vuelto del
revés. A lo lejos, atrás y adelante, se cernían los anchos, resplandecientes
campos de nieve. Abajo de éstos se extendían faldas pedregosas como la costa
del mar del sur, cercado de hielo. Más abajo había altos prados de hierba dura,
moteada ahora de flores silvestres; yo recordaba bien aquellos sobre los cuales
había pasado la víspera, y en el pecho de la montaña de adelante, bajo la bruma
azul que la envolvía, había una banda como un pastizal verde; debajo de ella los pinos tenían un brillo tan oscuro
que parecían negros.
La garganta hacia la que bajábamos era muy diferente, una
extensión de bosque de montaña donde unos duros árboles de hojas lustrosas y
trescientos codos de altura alzaban unas enfermas cabezas hacia el sol
agonizante. Los hermanos muertos permanecían erguidos, sostenidos por los vivos
y envueltos en ondulantes sábanas de lianas. Cerca del arroyuelo donde nos
detuvimos a pernoctar, la vegetación ya había perdido casi toda su delicadeza
de montaña y empezaba a adquirir algo de la exuberancia de las tierras bajas; y
ahora que estábamos suficientemente cerca de la garganta para verla con
claridad, y que la necesidad de caminar y trepar no le monopolizaba la
atención, el niño la señaló y preguntó si íbamos a bajar por allí.
—Mañana —dije—. Pronto va a oscurecer, y prefiero que
atravesemos esa selva de día.
Ante la palabra selva se le dilataron los ojos: —¿Es
peligrosa?
—Realmente no lo sé. Por lo que oí en Thrax, los insectos
no son ni con mucho tan malos como en lugares más bajos, y no es probable que
nos encontremos con vampiros... Una vez, a un amigo mío lo mordió un vampiro, y
no es muy agradable. Pero los que sí viven allí son los grandes monos, y habrá
pumas y otras cosas.
—Y lobos.
—Y lobos, claro. Sólo que lobos hay también en partes más
altas. Tan altas como donde estaba tu casa, y más aún.
Apenas mencioné su antiguo hogar me arrepentí, porque con
la palabra desapareció algo de la alegría de vivir que había empezado a
volverle a la cara. Por un rato pareció perderse en algún pensamiento. Luego
dijo:
—Cuando esos hombres... —Los zoántropos.
Asintió: —Cuando los zoántropos atacaron a mamá, ¿viniste
lo más rápido que podías?
—Sí —dije—. Fui lo más rápido que pude. —Era verdad, al
menos en cierto sentido, pero de todos modos me dolió decirlo.
—Bien —dijo él. Yo le había desplegado una manta, y ahora
se echó sobre ella. Se la doblé por encima—. Las estrellas se han vuelto más
brillantes, ¿no es así? Cuando el sol se va brillan más.
Me eché al lado de él mirando hacia arriba.
—En realidad no se va. Eso es lo que nos parece, porque
Urth vuelve la cara. Si tú no me miras, yo no dejo de estar por más que no me
veas.
—Si el sol sigue estando, ¿por qué las estrellas brillan
más?
La voz del niño me decía que estaba contento por ser
capaz de argumentar, y yo también estaba contento; de repente comprendí por qué
el maestro Palaemon había disfrutado conversando conmigo cuando yo era niño.
—La llama de una vela—dije—es casi invisible a plena luz
del sol, y del mismo modo parece que se apagaran las estrellas, que en realidad
también son soles. Por cuadros pintados en la antigüedad, cuando nuestro sol
era más brillante, parece ser que las estrellas no se veían hasta el
crepúsculo. Las viejas leyendas (en la alforja tengo un libro que cuenta
muchas) están llenas de seres mágicos que se desvanecen muy despacio y de la
misma forma vuelven a aparecer. No hay duda de que esas historias se basan en cómo
se veían entonces las estrellas.
El niño alzó un dedo: —Allí está la hidra.
—Pienso que tienes razón —dije—. ¿Conoces alguna otra?
Me mostró la cruz y el gran toro, y yo señalé mi
anfisbena, y varias más.
—Y allí está el lobo, arriba del unicornio. También hay
un lobito, pero no puedo encontrarlo.
Lo
descubrimos juntos, cerca del horizonte. —Son como nosotros, ¿no? El lobo
grande y el lobo chico. Nosotros somos Severian grande y Severian chico.
Estuve
de acuerdo, y él contempló largo rato las estrellas, masticando el trozo de
carne seca que le había dado. Luego dijo: —¿Dónde está el libro con historias?
Se
lo mostré.
—Severa
y yo también teníamos un libro, y a veces mamá nos leía historias.
—Era
tu hermana, ¿no? Severian asintió.
—Éramos
gemelos. Severian grande, ¿alguna vez tuviste una hermana?
—No
lo sé. Toda mi familia está muerta. Murieron cuando yo no era más que un bebé.
¿Qué clase de historia te gustaría?
Me
pidió ver el libro y se lo di. Después de haber pasado unas páginas me lo
devolvió: —No es como el nuestro.
—Ya
me parecía.
—Mira
si puedes encontrar una historia con un niño que tiene un amigo grande, y una
gemela. Tendría que haber lobos.
Me
esforcé todo lo posible, y leí rápido para adelantarme a la luz menguante.
XIX
El cuento del niño llamado Rana
Parte I
Estío Temprano y su hijo
En
la cima de una montaña allende las costas de Urth vivía una vez una mujer
encantadora llamada Estío Temprano. Era la reina de aquel país, pero su rey era
un hombre fuerte e implacable, y porque ella tenía celos de él también él tenía
celos de ella, y mataba a cualquier hombre que le pareciese un posible rival.
Un
día Estío Temprano se paseaba por el jardín cuando vio un capullo hermosísimo
de una especie que desconocía totalmente. Era más rojo que todas las rosas y de
perfume más dulce, pero con un fuerte tallo sin espinas y liso como el marfil.
Lo arrancó y lo llevó a un lugar retirado, y al reclinarse a contemplarlo,
empezó a parecerle que no era ningún capullo sino el amante que anhelaba desde
hacía mucho tiempo, poderoso y sin embargo tierno como un beso. Parte de los
jugos de la planta la penetraron y ella concibió. No obstante, le dijo al rey
que el niño era de él y, puesto que estaba bien custodiada, él le creyó.
Fue
varón, y por deseo de la madre lo llamaron Viento Primaveral. Cuando nació,
todos aquellos que estudiaban los astros se reunieron a hacerle el horóscopo,
no sólo los que vivían en la cumbre de la montaña sino muchos de los más
grandes magos de Urth. Largamente se afanaron sobre sus cartas, y nueve veces se reunieron en cónclave solemne. Y al
fin anunciaron que Viento Primaveral sería irresistible en el combate, y que
ningún hijo suyo moriría sin haber alcanzado el crecimiento pleno. Estas
profecías complacieron mucho al rey.
A medida que Viento Primaveral crecía, su madre advirtió
con secreto placer que lo que más lo deleitaba eran los campos y las flores y
los frutos. Bajo su mano prosperaba todo lo verde, y era la podadera lo que
deseaba empuñar, no la espada. Pero, cuando se hubo hecho joven, llegó la
guerra, y recogió la lanza y el escudo.
Porque era de conducta tranquila y obediente al rey (a
quien creía su padre, y quien se creía padre de él), muchos supusieron que la
profecía resultaría falsa. No fue así. En el calor de la batalla luchó con
sangre fría, bien pensada la audacia y sobria la cautela; no había general más
pródigo que él en estratagemas y ardides, ni oficial más atento a todos los
deberes. Los soldados que él guiaba contra los enemigos del rey eran
adiestrados hasta que parecían hombres de bronce avivados con fuego, y la lealtad
que le profesaban era tal que lo habrían seguido hasta el Mundo de las Sombras,
el territorio más distante del sol. Entonces los hombres dijeron que era el
viento primaveral el que derribaba las torres, y el viento primaveral el que
enviaba los barcos a pique, aunque lo que Estío Temprano había pretendido no
era eso.
Sucedía que a menudo los azares de la guerra llevaban a
Viento Primaveral a Urth, y allí llegó a tener noticia de dos hermanos que eran
reyes. El mayor de ellos tenía varios hijos, pero el menor solamente una hija,
una muchacha llamada Pájaro del Bosque. Cuando esta muchacha se hizo mujer,
mataron a su padre; y el tío, para que nunca engendrara hijos que reclamasen el
reino de su abuelo, introdujo el nombre de Pájaro del Bosque en el protocolo de
las sacerdotisas vírgenes. Esto disgustó a Viento Primaveral, porque la
princesa era hermosa y su padre había sido amigo de él. Un día ocurrió que,
habiendo entrado solo en el mundo de Urth, vio a Pájaro del Bosque dormida
junto a un arroyo, y la despertó con sus besos.
De la unión nacieron gemelos pero, aunque las
sacerdotisas de la orden habían ayudado a Pájaro del Bosque a ocultar la
gestación a los ojos de su tío, el rey, no pudieron esconder los bebés. Antes
de que Pájaro del Bosque alcanzase siquiera a verlos, las sacerdotisas los
pusieron en una bamboleante cesta forrada de edredones de plumas y los llevaron
a la orilla del mismo arroyo donde Viento Primaveral había sorprendido a su
amada, y después de echar la cesta al agua se alejaron.
Parte II
De cómo Rana encontró una nueva madre
Lejos navegó aquella cesta, sobre aguas frescas y sal.
Otros niños habrían muerto, pero los hijos de Viento Primaveral no podían
morir, porque aún no habían crecido. Los acorazados monstruos del agua
chapoteaban en torno a la cesta y los monos arrojaban en ella palos y cocos,
pero la cesta siguió siempre a la deriva hasta que al fin llegó a una ribera
donde dos hermanas pobres estaban lavando ropa. Al verla, las buenas mujeres se
echaron a gritar, y como los gritos no servían de nada, se enrollaron las faldas
en los cinturones y vadearon el río y llevaron la cesta a la orilla.
Puesto que las hermanas habían encontrado los niños en el
agua, los llamaron Pez y Rana, y cuando se los mostraron a sus maridos, y se
vio que eran niños de fuerza y hermosura notables, cada hermana eligió uno. La
hermana que eligió a Pez era mujer de
un pastor, y el marido de la hermana que eligió a Rana era leñador.
Esta
hermana cuidó con abnegación a Rana y lo amamantó en su propio pecho, pues se
daba el caso de que acababa de perder un hijo suyo. Cuando el marido iba a
cortar leña a los bosques, ella cargaba el niño envuelto en un chal, y es así
que los urdidores de la tradición dicen que era la más fuerte de las mujeres,
pues llevaba un imperio sobre la espalda.
Transcurrió
un año, al cabo del cual Rana había aprendido a estar de pie y dar algunos
pasos. Una noche el leñador y su mujer estaban sentados ante su pequeña fogata
en un claro de los bosques; y, mientras la mujer del leñador preparaba la cena,
Rana se acercó desnudo al fuego y estuvo calentándose ante las llamas. Entonces
el leñador, que era un hombre rudo y benévolo, le preguntó al pequeño: «¿Te
gusta?»; y, aunque hasta entonces nunca había hablado, Rana asintió con la
cabeza y dijo: «Flor roja». En ese momento, se dice, Estío Temprano se agitó en
su cama de la montaña allende las costas de Urth.
El
leñador y su mujer se quedaron perplejos, pero no tuvieron tiempo de decirse
uno a otro qué había ocurrido, ni de intentar persuadir a Rana de que hablara
otra vez, y ni siquiera de ensayar lo que le dirían al pastor y su mujer cuando
al día siguiente se encontraran con ellos. Pues en eso llegó al claro un ruido
horrible; dicen los que lo han escuchado que es el ruido más pavoroso del mundo
de Urth. Tan pocos de quienes lo oyeron han sobrevivido, que no tiene nombre,
aunque se parece un poco al zumbido de las abejas, y un poco al sonido que
harían los gatos si los gatos fuesen más grandes que las vacas, y algo al
primer ruido que aprenden a hacer los lanzavoces, un ronroneo gutural que
parece provenir de todas partes a la vez. Era la canción que canta el
esmilidonte cuando se ha acercado con sigilo a su presa, la canción de la que
incluso los mastodontes se asustan tanto que huyen por donde no deben y son
apuñalados por detrás.
Sin
duda el Pancreador conoce todos los misterios. Él pronunció la larga palabra
que es nuestro universo, y suceden pocas cosas que no sean parte de esa
palabra. Por voluntad suya, entonces, no lejos del fuego se alzaba un otero,
donde en días muy antiguos había habido una gran tumba; y aunque el pobre
leñador y su mujer no lo sabían, allí habían hecho su guarida dos lobos: una
casa baja de techo y gruesa de paredes, con galerías iluminadas por lámparas
verdes que bajaban por entre túmulos en ruinas y urnas rotas; es decir, lo que
a los lobos les encanta. Allí estaba el lobo chupando el húmero de un
corifodonte, y la loba, su esposa, con los cachorros contra los pechos.
Oyeron
cerca la canción del esmilodonte y maldijeron en el Idioma Gris, como maldicen
los lobos, porque ninguna bestia legítima caza cerca de la guarida de otra de
especie cazadora, y los lobos se llevan bien con la luna.
Terminada
la maldición, la loba dijo: —¿Qué bestia será esa que el Carnicero, el estúpido
asesino de caballos de río, ha encontrado, cuando tú, oh esposo mío, que
olfateas las lagartijas que retozan en las rocas de las montañas que suben
allende Urth, te has conformado con morder un palo reseco?
—Yo
no devoro carroña—contestó tajante el lobo—. Ni arranco lombrices de la hierba
matutina, ni cazo ranas en los bajíos.
—Tampoco
el Carnicero canta para ellos —dijo la mujer.
Entonces
el lobo alzó la cabeza y olisqueó el aire. —Acecha al hijo de Mesquia y a la
hija de Mesquiana, y sabes que de esa carne nunca sale nada bueno. La loba tuvo
que asentir, porque sabía que, entre todas las criaturas vivientes, los hijos
de Mesquia son los únicos que matan a todos cuando es asesinado uno de los suyos. Es por eso que el Pancreador les
dio Urth, y ellos rechazaron la dádiva.
Acabada su canción, el Carnicero rugió como para hacer
temblar las hojas de los árboles; luego gimió, porque las maldiciones de los
lobos son maldiciones fuertes mientras brilla la luna.
—¿Cómo es que se queja? —preguntó la loba, que estaba
lamiéndole la cara a una de sus hijas.
El lobo volvió a olisquear.
—¡Carne quemada! Se ha metido en el fuego. —Se rieron los
dos como ríen los lobos, en silencio, mostrando los dientes; tenían las orejas
erguidas como tiendas en el desierto, porque escuchaban cómo el Carnicero
tropezaba entre las ascuas buscando a su presa.
Sucedió que la puerta de la guarida de los lobos estaba
abierta, pues cuando cualquiera de los mayores se encontraba en casa no les
importaba quién entrase, y pocos de los que pasaban volvían a salir. El umbral,
que había estado pleno de luz de luna (pues la luna siempre es bienvenida en
las casas de los lobos) se oscureció. En él había un chico, un poco asustado,
acaso, de la oscuridad, pero husmeando el olor fuerte de la leche. El lobo
gruñó, pero la loba dijo con su voz más maternal:
—Entra, hijito de Mesquia. Aquí podrás beber, y estar
limpio y caliente. Aquí tienes los compañeros de juegos de ojos brillantes y
pies rápidos, los mejores del mundo.
Al oír aquello el niño entró, y la loba apartó a sus
cachorros ahítos de leche y se lo puso contra el pecho.
—¿De qué sirve una criatura así? —dijo el lobo. La loba se
rió.
—¿Y lo preguntas tú, que puedes chupar un hueso de la
cacería de la luna pasada? ¿Te acuerdas de cuando estalló la guerra por aquí y
el ejército del príncipe Viento Primaveral arrasó la tierra? En ese tiempo no
nos acosó ninguno de los hijos de Mesquia, porque se acosaban entre ellos.
Después de las batallas salimos, tú y yo y todo el Senado de los Lobos, y hasta
el Carnicero, y El Que Ríe, y el Asesino Negro, y nos movimos entre los muertos
y los moribundos eligiendo lo que queríamos.
—Es verdad —dijo el lobo—. El príncipe Viento Primaveral
hizo grandes cosas por nosotros. Pero ese cachorro de Mesquia no es él.
La loba se limitó a sonreír y dijo: —Le huelo el humo de
la batalla en el pelaje de la cabeza y en la piel. —Era el humo de la Flor
Roja.—Tú y yo seremos polvo cuando de la puerta de la muralla parta la primera
columna, pero esa columna engendrará mil más que alimentarán a nuestros hijos y
sus hijos, y a los hijos de sus hijos.
El lobo asintió, porque sabía que la loba era más sabia
que él, y que así como él olía cosas que estaban más allá de las costas de
Urth, ella veía los días allende las lluvias del año siguiente.
—Lo llamaré Rana—dijo la loba—. Porque es cierto que el
Carnicero cazaba ranas, como tú dijiste, oh esposo mío. —Creía haber dicho
aquello para halagar al lobo, que tan prestamente había consentido; pero lo
cierto era que en Rana corría sangre de los de la cumbre de más allá de Urth, y
los nombres de los que llevan esa sangre no pueden esconderse mucho tiempo.
Fuera resonó una risa salvaje. Era la voz de El Que Ríe,
que exclamaba: —¡Está allí, Señor! ¡Allí, allí, allí! ¡Aquí, aquí, aquí está el
rastro! ¡Entró por allí, por esa puerta!
—Ya ves —comentó el lobo— lo que se consigue nombrando al
diablo. Nombrar es llamar. Así es la ley. —Y sacó la espada y acarició el filo.
El umbral volvió a oscurecerse. Era un umbral angosto,
pues sólo los necios y los templos tienen umbrales anchos, y los lobos no son
necios; Rana había
ocupado la mayor parte. Ahora el Carnicero lo ocupaba todo, volviendo los
hombros para poder meterlos y agachando la enorme cabeza. Como el muro era muy
grueso, el umbral parecía un pasadizo.
—¿Qué buscas?—preguntó el lobo, y lamió el plano de la
espada.
—Lo que es mío, y sólo eso —dijo el Carnicero. Los
esmilodontes luchan con un puñal curvo en cada mano, y éste era mucho más
grande que el lobo, pero no quería enzarzarse en una batalla en ese lugar
cerrado.
—Nunca fue tuyo —dijo la loba. Dejando a Rana en el
suelo, se acercó tanto al Carnicero que éste podría haberla golpeado si se
hubiera atrevido. Los ojos de la loba lanzaban destellos de fuego—. Cazabas
¡legalmente, ibas tras una presa ilegal. Ahora ha bebido de mí y es lobo para
siempre, consagrado a la luna.
—He visto lobos muertos—dijo el Carnicero.
—Sí, y has comido carne de lobo, aunque diría yo que
hasta para las moscas era mala. Tal vez comas la mía, si un árbol me cae
encima.
—Dices que es un lobo. Habrá que llevarlo ante el Senado.
—El Carnicero se relamió, pero con una lengua seca. A campo abierto se habría
enfrentado con el lobo, quizá; pero no tenía ganas de enfrentarse a la pareja,
y sabía que si cruzaba el umbral le arrebatarían a Rana y se retirarían a los
pasajes subterráneos entre los derruidos sillares de la tumba, donde muy pronto
tendría a la loba a sus espaldas.
—¿Y tú qué tienes que ver con el Senado de los
Lobos?—preguntó la loba.
—Tal vez tanto como él —dijo el Carnicero, y se fue a
buscar carne más fácil.
Parte III
El oro del Asesino Negro
El Senado de los Lobos se reúne bajo cada luna llena.
Todos los que pueden acuden, pues se supone que el que no lo hace es porque
planea una traición, ofreciéndose, acaso, a cuidar el rebaño de los hijos de
Mesquia a cambio de mendrugos. Si un lobo falta a dos Senados, al regresar ha
de afrontar un juicio, y si el Senado lo declara culpable muere a manos de las
lobas.
Los cachorros también han de presentarse al Senado, para
que cualquier lobo adulto que lo desee pueda inspeccionarlos y comprobar que su
padre era un lobo de verdad. (A veces, por despecho, alguna loba trampea con un
perro, pero aunque los hijos de los perros suelen parecerse mucho a los
cachorros de lobo, siempre tienen en alguna parte una mancha blanca, porque
blanco era el color de Mesquia, quien recordaba la luz pura del Pancreador; y
sus hijos la siguen dejando como marca en todo lo que tocan.) Así pues, en luna
llena la loba compareció ante el Senado de los Lobos, y los cachorros jugaban a
sus pies, y Rana —que parecía ciertamente una rana cuando la luna atravesaba
las ventanas y le teñía la piel de verde— estaba junto a ella agarrado al
pelaje de la falda. El presidente de la Manada ocupaba el asiento más alto, y
si lo sorprendía ver comparecer ante el Senado a un hijo de Mesquia, sus orejas
no lo demostraban. Cantó:
¡Helos aquí, cinco son!
¡Hijos e hijas que vivos nacieron!
¡Si san falsos, decid cómo, oh, oh!
¡Si vais a hablar, hablad ahora, ah, ah!
Cuando se presentan los lobeznos ante el Senado, si son
desafiados los padres no pueden defenderlos; pero en cualquier otra ocasión, todo intento de hacerles daño se
considera asesinato.
—¡Hablad
AHORA, AH AH.!—Los muros
devolvieron el eco, así que en las cabañas del valle los hijos de Mesquia
trancaron las puertas, y las hijas de Mesquiana abrazaron a sus propios hijos.
Entonces
el Carnicero, que había estado esperando detrás del último lobo, se adelantó.
—¿Por
qué os demoráis? —les dijo—. Yo no soy listo; tengo demasiada fuerza para
serlo, como bien comprenderéis. Pero ahora hay aquí cuatro lobeznos, y un
quinto que no es un lobezno sino mi presa.
A
esto el lobo preguntó: —¿Qué derecho tiene él de hablar aquí? Está claro que él
no es un lobo.
Una
docena de voces respondieron: —Cualquiera puede hablar, si su testimonio lo
pide un lobo. ¡Habla, Carnicero!
Entonces
la loba aflojó la espada en la vaina y se preparó para el último combate si era
eso lo que se presentaba. Parecía un demonio, con la cara enjuta y los ojos
refulgentes, pues a menudo un ángel no es sino un demonio que se interpone
entre nosotros y nuestro enemigo.
—Decís
que no soy lobo —continuó el Carnicero—. Y decís bien. Sabemos cómo huele un
lobo, y conocemos su aspecto y el ruido que hace. Esa loba ha tomado como
cachorro a este hijo de Mesquia, pero todos sabemos que ningún cachorro se
vuelve lobo porque tenga a una loba por madre.
El
lobo gritó: —¡Es lobo todo aquel cuyos padres sean lobos! ¡Yo tomo por hijo a
este cachorro!
Esto
provocó risas. Cuando se apagaron, una voz extraña siguió riendo. Era El Que
Ríe, que había ido a asesorar al Carnicero ante el Senado de los Lobos.
—¡Eso
lo han dicho muchos, jo, jo! ¡Pero sus cachorros han alimentado a la Manada!
—exclamó.
El
Carnicero dijo entonces: —Los mataron por el pelaje blanco. La piel está debajo
del pelaje. ¿Cómo es posible que éste viva? ¡Dádmelo a mí!
—Han
de hablar dos —anunció el presidente—. Es lo que exige la ley. ¿Quién habla en
favor de este cachorro? Es un hijo de Mesquia, pero ¿es lobo también? Han de
defenderlo dos que no sean sus padres.
Entonces
se levantó el Desnudo, a quien se considera miembro del Senado porque instruye
a los lobos jóvenes.
—Nunca
he instruido a ningún hijo de Mesquia —dijo—. Puede que me sirva para aprender
algo. Lo defenderé.
—Otro
dijo el presidente—. Tiene que hablar uno más.
Sólo
hubo silencio. Entonces, desde el fondo de la sala, avanzó a largos pasos el
Asesino Negro. Al Asesino Negro le teme todo el mundo porque, aunque lleva una
capa suave como la piel del lobezno más joven, los ojos le arden en la noche.
—Aquí
ya han hablado dos que no son lobos. ¿No puedo hablar yo también? Tengo oro.
—Mostró una bolsa.
—¡Habla!
¡Habla! Mamaron cien voces.
—La
ley también dice que se puede comprar la vida de un cachorro —dijo el Asesino
Negro, y se volcó el oro en la mano, y así rescató un imperio.
Parte IV
Pez en el surco
Si
se contaran todas las aventuras de Rana—cómo vivió entre los lobos, y aprendió
a cazar y luchar—, llenarían muchos libros. Pero los que llevan la sangre del
pueblo de la cumbre de más allá de Urth siempre acaban por sentir su llamada; y
llegó el día en que Rana llevó fuego al Senado de los Lobos y dijo: —He aquí la
Flor Roja. En su nombre yo gobierno. –Y como
nadie se le oponía condujo a los lobos y los llamó pueblo de su reino, y pronto
acudieron a él tanto hombres como lobos, y aunque apenas era un muchacho,
siempre parecía más alto que los hombres que lo rodeaban, porque llevaba la
sangre de Estío Temprano.
Una noche en que se abrían las rosas silvestres, ella
acudió a él en un sueño y le habló de la madre, Pájaro del Bosque, y del padre
y del tío, y del hermano. Él encontró al hermano, que se había hecho pastor, y
con los lobos y Asesino Negro y muchos hombres fueron a ver al rey y le
exigieron su herencia. El rey era viejo y sus hijos habían muerto sin hijos, y
les dio la herencia, y Pez tomó de ella la ciudad y las tierras de cultivo, y
Rana las colinas salvajes.
Pero el número de hombres que lo seguían fue creciendo.
Robaron mujeres de otros pueblos, y engendraron hijos, y cuando los lobos ya no
hicieron falta, volvieron a los páramos, Rana juzgó que su gente debía tener
una ciudad donde morar, con murallas que la protegieran cuando los hombres
estuviesen en guerra. Fue a los rebaños de Pez y tomó una vaca blanca y un toro
blanco y los unció aun arado, y con ellos aró un surco que marcaba dónde se
alzaría el muro. Pez fue a pedir que le devolvieran los animales en momentos en
que el pueblo se preparaba para la construcción. Cuando el pueblo de Rana le
enseñó el surco y le dijo que eso iba a ser su muro, se rió y lo cruzó de un
salto; y ellos, sabiendo que las cosas pequeñas que son ridiculizadas no crecen
nunca, lo mataron. Pero entonces ya era un hombre pleno, de modo que la
profecía hecha al nacimiento de Viento Primaveral se había cumplido.
Cuando Rana vio muerto a Pez, lo enterró en el surco para
garantizar la fertilidad de la tierra. Pues así lo había instruido el Desnudo,
a quien también llamaban el Salvaje, o Squanto.
XX
El círculo de los hechiceros
Con la primera luz del día entramos en la selva de la
montaña como se entra en una casa. Detrás de nosotros el sol jugaba con la
hierba y los arbustos y las piedras; atravesamos una intrincada cortina de
enredaderas tan espesa que tuve que cortarla con la espada y ante nosotros no
vi más que sombra y troncos altos como torres. Dentro no zumbaba un insecto ni
gorjeaba un pájaro. No soplaba ningún viento. Al principio el suelo desnudo que
pisábamos era casi tan rocoso como el de las laderas, pero no habíamos andado
una legua cuando se hizo más blando, y al fin llegamos a una breve escalera que
seguramente había sido tallada con una pala.
—Mira —dijo el niño, y señaló algo rojo, de forma
extraña, que había en el escalón más alto.
Me detuve a mirarlo. Era una cabeza de gallo con los ojos
perforados por agujas de un metal oscuro y con una tira de pellejo de serpiente
en el pico.
—¿Qué es? —Al niño se le habían agrandado los ojos.
—Supongo que un conjuro.
—¿Y lo dejó una bruja? ¿Qué quiere decir? Intenté
recordar lo poco que sabía del falso arte. De pequeña, Thecla había sido
cuidada por una niñera que hacía y deshacía nudos para apresurar los
nacimientos y afirmaba que a medianoche veía la cara del futuro esposo de
Thecla (me pregunto si era la mía) reflejada en una bandeja donde se había
servido pastel de bodas.
—El
gallo —le dije al niño— es el heraldo del día, y en un sentido mágico puede
decirse que cantando al amanecer trae el sol. Quizá lo hayan cegado para que no
sepa cuándo amanece. El cambio de piel de la serpiente significa purificación o
rejuvenecimiento. El gallo ciego se queda con la piel vieja.
—Pero
¿qué quiere decir? —volvió a preguntar el niño.
Le
dije que no sabía. En el fondo yo estaba seguro de que era un conjuro contra el
advenimiento del Sol Nuevo, y en cierta manera me dolió descubrir que alguien
pudiera oponerse a esa renovación, que en mi infancia yo había esperado tan
fervientemente, pero en la cual apenas creía. Al mismo tiempo era consciente de
que tenía conmigo la Garra. Si la Garra llegaba a caer en manos de los enemigos
del Sol Nuevo, seguramente la destruirían.
Menos
de cien pasos más adelante había bandas de tela roja colgadas de los árboles;
algunas eran lisas, pero otras llevaban escritos unos caracteres que no
entendí, o, que quizás eran esos símbolos e ideogramas utilizados por quienes
saben menos de lo que pretenden para imitar la escritura de los astrónomos.
—Será
mejor que retrocedamos —dije—. O que demos un rodeo.
Apenas
lo había dicho cuando oí un susurro a mis espaldas. Por un momento pensé
realmente que las figuras que habían salido al sendero eran demonios, de ojos
enormes y rayados de negro, blanco y rojo; luego me di cuenta de que sólo eran
hombres desnudos con el cuerpo pintado. Tenían en las manos garras de hierro,
que levantaron para mostrarme. Desenvainé TerminusEst.
—No
te obstruiremos el paso —dijo uno—. Ve. Márchate, si quieres. —Me pareció que
bajo la pintura tenía la piel pálida y el pelo rubio de los del sur.
—No
sería juicioso hacerlo. Antes de que pudierais tocarme os mataría a los dos con
esta larga hoja.
—Vete,
pues —me dijo el rubio—. Si no te opones a dejarnos al niño.
Miré
alrededor buscando a Severian. No sabía cómo, pero había desaparecido.
Sin
embargo, si deseas que te lo devuelvan, dame tu espada y vendrás con nosotros.
Sin atisbo alguno de miedo, el hombre pintado se me acercó y tendió las manos.
Entre los dedos se le veían las garras de acero, sujetas a una fina barra de
hierro que sostenía en la palma.— No volveré a pedírtelo —dijo.
Envainé
la espada, luego me quité la correa que sostenía la vaina y le entregué todo.
Cerró
los ojos. Tenía los párpados pintados de motas oscuras ribeteadas de blanco,
como las marcas de ciertas orugas que querrían que los pájaros las tomaran por
serpientes.
—Esto
ha bebido mucha sangre. Sí—dije.
Los
ojos se le abrieron de nuevo, y me miró sin parpadear. El rostro pintado —igual
que el del otro, que estaba inmediatamente detrás— era tan inexpresivo como una
máscara.
—Una
espada recién forjada tendría poco poder aquí, pero ésta podría hacer daño.
—Confío
en que me sea devuelta cuando mi hijo y yo partamos. ¿Qué habéis hecho con él?
No
hubo respuesta. Pasando uno a cada lado mío, tomaron por el sendero en la
dirección en que habíamos andado el niño y yo. Al cabo de un momento los seguí.
Podría
llamar aldea el lugar adonde me llevaron, pero no era una aldea en el sentido
corriente, no como Saltus, ni un lugar como los racimos de chozas de autóctonos
que a veces se llaman aldeas. Aquí los árboles eran más grandes y estaban más
separados de lo que yo había visto nunca en un bosque, y el dosel de hojas
formaba un techo impenetrable a varios cientos
de codos de altura. Tan grandes eran esos árboles, por cierto, que parecía que
hubiesen crecido durante eras completas; una escalera llevaba a la puerta que
había en un tronco, en el que se habían practicado ventanas. Construida sobre
las ramas de otro había una casa de varios pisos, y algo como un gran nido de
oropéndola colgaba de las ramas de un tercero. Trampas abiertas indicaban que
el suelo que pisábamos estaba socavado.
Me llevaron a una de esas trampas y me dijeron que bajara
por una precaria escalerilla que conducía a la oscuridad. Por un momento (no sé
por qué) temí que se internara demasiado en cavernas tan profundas como las que
había bajo la tenebrosa casa del tesoro en las tierras de los hombres—mono. No
fue así. Después de bajar lo que sin duda no era más de cuatro veces mi altura
y atravesar a gatas algo que parecía un ruinoso esterillado, me encontré en una
habitación subterránea.
Arriba habían cerrado el escotillón, dejando todo a
oscuras. Exploré a tientas el lugar y descubrí que medía unos tres pasos por
cuatro. El suelo y las paredes eran de tierra, y el techo de leños sin
descortezar; no había ninguna clase de mueble.
Nos habían apresado a eso de media mañana. Dentro de
siete guardias oscurecería. Podía ser que antes de entonces me viera conducido
a la presencia de alguien de autoridad. Si era así, haría lo posible por
convencerlo de que el niño y yo éramos inofensivos y debía dejarnos marchar en
paz. Si no, volvería a subir la escalera a ver si no podía romper el
escotillón. Me senté a esperar.
Estoy seguro de que no dormí; pero usé la facilidad que
tengo para convocar el tiempo pasado y así dejé ese lugar oscuro, al menos
espiritualmente. Estuve un rato mirando, como cuando era pequeño, los animales
de la necrópolis del otro lado del muro de la Ciudadela. Vi los gansos
parecidos a puntas de flecha contra el cielo, y las idas y venidas del conejo y
el zorro. Una vez más corrían para mí por la hierba, y con el tiempo dejaban
huellas en la nieve. Triskele aparecía muerto, o eso parecía, entre los desechos
detrás de la Torre del Oso; me acercaba a él, lo veía temblar y levantar la
cabeza para lamerme la mano. Me sentaba junto a Thecla en su exigua celda,
donde nos leíamos uno al otro en voz alta y nos deteníamos a discutir lo que
habíamos leído. «El mundo se está parando como un reloj», decía ella. «El
Increado ha muerto, ¿y quién lo recreará? ¿Quién podría?»
«Se supone que cuando muere el dueño de un reloj, éste se
para.»
«Supersticiones.» Thecla me sacaba el libro de las manos
para tenerlo en las suyas, que eran de dedos largos y muy frías. «Cuando el
dueño muere, nadie pone más agua en el reloj. Muere, y las enfermeras miran el
cuadrante y anotan el momento. Más tarde lo encuentran parado, y el momento es
el mismo.»
Yo le contestaba: «Dices que se para antes que el dueño;
entonces, el hecho de que el universo se esté parando no significa que el
Increado esté muerto; sólo significa que nunca existió».
«Es que está enfermo. Mira a tu alrededor. Fíjate en este
lugar, y en las torres que tienes encima. ¿Sabes que nunca lo has hecho,
Severian?»
«Siempre se le puede decir a otro que vuelva a llenar el
mecanismo», sugería yo, y luego, comprendiendo lo que había dicho, me
ruborizaba.
Thecla se reía: «No te había visto así desde la primera
vez que me quité el vestido para ti. Te llevé las manos a mis pechos y te
pusiste rojo como una fresa. ¿Recuerdas? ¿Decirle a alguien que lo llene? ¿Qué
se ha hecho del joven ateo?»
Yo le apoyaba la mano en el muslo: «Está confundido, como
aquella vez, por la presencia de la divinidad».
«Entonces ¿no crees en mí? Pienso que tienes razón. Parece que soy el sueño de todo joven torturador: una
prisionera hermosa, todavía intacta, que te llama para aplacar tu lujuria.»
Intentando
ser galante, yo decía: «Sueños como tú están más allá de mi poder».
«Es
evidente que no, pues estoy en tu poder en este mismo momento.»
Había
algo con nosotros en la celda. Examiné la puerta atrancada y la lámpara de
reflector plateado de Thecla, y luego todos los rincones. La celda se fue
oscureciendo, y Thecla e incluso yo nos desvanecimos con la luz, pero no la
cosa que se había entrometido en mi recuerdo.
—¿Quién
eres y qué quieres de nosotros? —pregunté.
—Sabes
muy bien quiénes somos, y nosotros sabemos quién eres tú. —La voz era serena y,
pienso, tal vez la más autoritaria que haya oído en mi vida. Ni el mismo
Autarca hablaba así.
—Y
bien, ¿quién soy?
—Severian
de Nessus, el lictor de Thrax.
—Soy
Severian de Nessus—dije—. Pero ya no soy lictor de Thrax.
—De
eso tendrías que convencernos.
Hubo
un nuevo silencio, y al cabo de un tiempo entendí que mi interrogador, antes
que hacerme preguntas, me obligaría, si yo deseaba recuperar la libertad, a
explicarme ante él. Yo tenía muchas ganas de echarle las manos encima —no podía
estar a más de unos codos de distancia—, pero sabía que muy probablemente
estaba armado con las garras de acero que me habían mostrado los guardianes de
la senda. También tenía ganas, y eso desde hacía un buen rato, de sacar la
Garra de su bolsa de cuero, aunque nada habría sido más tonto.
—El
arconte de Thrax —dije— quería que matara a cierta mujer. En vez de eso yo la
liberé, y tuve que huir de la ciudad.
—Sorteando
los puestos de guardia por arte de magia.
Yo
siempre había estado convencido de que los hombres que se proclamaban hacedores
de prodigios eran impostores; ahora, algo en la voz de mi interrogador sugería
que aun mientras intentaban engañar a otros, esos hombres podían engañarse a sí
mismos. Había una nota burlona, pero el objeto de la burla era yo, no la magia.
—Es
posible —dije—. ¿Qué sabéis de mis poderes? —Que no bastan para liberarte de
este lugar.
—No
he intentado liberarme, y sin embargo ya estuve en libertad.
Eso
lo perturbó.
—No
estuviste en libertad. ¡Trajiste simplemente el espíritu de esa mujer!
Solté
el aliento, procurando que el suspiro fuese inaudible. En la antecámara de la
Casa Absoluta, una vez que Thecla había desplazado mi personalidad por un rato,
una niña me había confundido con una mujer alta. Ahora, al parecer, la Thecla
recordada había estado hablando por mi boca.
—Pues
entonces está claro que soy un nigromante —exclamé—, capaz de invocar los
espíritus de los muertos. Porque esa mujer está muerta.
—Nos
dijiste que la habías dejado escapar.
—Era
otra mujer, que sólo remotamente se parecía a aquélla. ¿Qué le habéis hecho a
mi hijo?
—El
no te llama padre. Vive de fantasías—dije.
No
hubo respuesta. Al cabo de un rato me levanté y de nuevo pasé las manos por las
paredes de mi prisión subterránea; eran de tierra, como antes. No había visto
ninguna luz ni oído ningún ruido, pero me pareció que habría sido posible
cubrir la trampa con alguna estructura portátil que excluyera la luz; y si
estaba construido con habilidad, el escotillón podía levantarse
silenciosamente. Subí el primer peldaño de la escalera, que crujió bajo mi
peso.
Subí
un peldaño más, y otro, y cada vez hubo un nuevo crujido. Intenté subir el
cuarto peldaño, y sentí el cuero cabelludo y los hombros perforados como por
puntas de dagas. Un hilo de sangre de la oreja derecha me resbaló por el
cuello.
Retrocedí
al tercer peldaño y tanteé por encima de mi cabeza. Lo que al entrar en la
cámara subterránea me había parecido una estera raída era en verdad una docena
o más de astillas de bambú, incrustadas de algún modo en las paredes del pozo
con las puntas hacia abajo. Había bajado con facilidad porque mi peso las había
doblado; ahora me impedían el ascenso como las púas de un arpón impiden que el
pez se desprenda. Aferré una e intenté quebrarla pero, aunque lo habría
conseguido con las dos manos, con una sola resultaba imposible. Disponiendo de
luz y de tiempo habría podido abrirme paso; podía procurarme luz, quizá, pero
no me atreví a arriesgarme. Salté de nuevo al suelo.
Otra
vuelta por la habitación no me dijo más de lo que sabía; y sin embargo parecía
inconcebible que mi interrogador hubiera trepado la escalerilla sin hacer
ruido, aunque quizá poseía algún conocimiento especial que le permitía pasar
entre los bambúes. Anduve por el suelo a gatas, y no me enteré de nada nuevo.
Traté
de mover la escalera, pero estaba fija; de modo que empezando por el rincón más
cercano al pozo, salté para tocar la pared en el punto más alto posible, y
luego di medio paso al costado y volví a saltar. Cuando llegué a un punto más o
menos opuesto al lugar donde había estado sentado, lo encontré: un agujero
rectangular de alrededor de un codo de altura y dos de ancho, con el borde
inferior ligeramente por encima de mi cabeza. Mi interrogador podía haberse
descolgado de él en silencio, tal vez valiéndose de una soga, y vuelto a subir
del mismo modo; pero era más probable que simplemente hubiese metido la cabeza
y los hombros, para que la voz sonara como si realmente estuviera conmigo en el
lugar. Me aferré lo mejor que pude al borde del agujero, di un salto y me
encaramé.
XXI
El duelo de magia
La cámara contigua se parecía mucho a la que había sido
mi prisión, aunque tenía techo más alto. Estaba, por supuesto, totalmente
oscura; pero ahora que confiaba en que ya no me observaban, saqué la Garra de
la bolsa y a su luz, que aunque no brillante era suficiente, miré alrededor.
En vez de escalera, una puerta angosta daba acceso a lo
que presumí era una tercera estancia subterránea. Volviendo a ocultar la Garra,
entré en ella, pero me encontré en un túnel no más ancho que el vano de la
puerta, que dio vueltas y más vueltas antes de que yo hubiera recorrido seis
zancadas. Al principio supuse que era un pasaje deflector, que impedía que la
luz delatara la abertura en la pared de la cámara donde me habían confinado.
Pero no habrían hecho falta más de tres curvas. Las paredes parecían combarse y
dividirse; sin embargo, la oscuridad seguía siendo impenetrable. Saqué la Garra
una vez más.
Tal vez a causa del espacio reducido en que yo estaba, la
habitación pareció algo más luminosa; pero no había nada que ver que no me
hubieran dicho ya mis manos. Estaba solo, en un laberinto de paredes de barro y
techo de varas toscas (que mi cabeza casi tocaba); las ceñidas curvas
derrotaban rápidamente la luz.
Iba a esconder de nuevo la Garra cuando detecté un olor a
la vez picante y extraño. Mi nariz no es en absoluto tan sensible como la del
lobo del cuento; en todo caso creo tener un olfato más pobre que el de la
mayoría de la gente. Creí reconocer el olor, pero sólo unos instantes después
lo identifiqué como el que había sentido en la antecámara la mañana de nuestra
fuga, cuando regresé por Jorras después de hablar con la niña. Ella había dicho
que algo, un buscador no identificado, había estado husmeando entre los
prisioneros; y en el suelo y la pared donde yacía Jorras encontré una sustancia
viscosa.
Después de eso no volví a guardar la Garra en la bolsa;
pero aunque mientras vagaba por el laberinto me crucé varias veces con un
rastro fétido, no alcancé a ver la criatura que lo dejaba. Tras lo que habrá
sido una guardia o más de vagabundeo, llegué a una escalera que llevaba a una
corta abertura. El cuadrado de luz en que culminaba era a la vez cegador y
regocijante. Por un momento me solacé en él sin poner ni un pie en la escalera.
Parecía casi seguro que si trepaba volverían a capturarme en seguida; y, no
obstante, a esas alturas tenía tanta hambre y tanta sed que apenas podía
resistirme, y la idea de la cosa mala que me estaba siguiendo —una de las
mascotas de Hethor, sin duda—me impulsaba a subir como un rayo.
Al fin trepé cautelosamente y saqué la cabeza por encima
del suelo. No estaba (como había supuesto) en la aldea; las vueltas del
laberinto me habían llevado más allá hasta una salida secreta. Los grandes
árboles silenciosos se alzaban aquí más juntos, y la luz que me había parecido
tan brillante era la filtrada sombra verde de las hojas. Noté que acababa de
salir de un agujero entre dos raíces, un lugar tan oscuro que podría haber
estado a un paso de él y no verlo. De haber podido, lo habría bloqueado con algún
peso para impedir o al menos demorar la salida de la criatura que me perseguía;
pero no había a mano ni una piedra ni otro objeto que sirviera a ese propósito.
Mediante
el viejo truco de estar atento a las pendientes del terreno y en lo posible
caminar siempre cuesta abajo, no tardé en descubrir un pequeño arroyo. Arriba
había un poco de cielo abierto, y en la medida en que pude juzgar, habían
transcurrido ocho o nueve guardias del día. Imaginando que la aldea no estaría
lejos de la fuente de agua limpia que había encontrado, muy pronto di con ella.
Embozado en mi capa fulígena y manteniéndome en la sombra más profunda, la
observé durante un rato. En cierto momento cruzó el claro un hombre, no pintado
como los dos que nos habían detenido en el sendero. Tiempo después, otro salió
de la choza colgante, fue hasta la fuente, bebió y regresó a la choza.
Empezó
a oscurecer, y la extraña aldea despertó. Una docena de hombres salieron de la
choza colgante y se pusieron a apilar leña en el centro del claro. De la casa
del árbol salieron otros tres, con túnicas y bastones ahorquillados. Otros más,
que debían de haber estado vigilando los senderos de la selva, se desprendieron
de las sombras poco antes de encender el fuego y desplegaron una tela ante él.
Uno
de los hombres de túnica se colocó de espaldas al fuego mientras los otros dos
se agachaban a sus pies; había en todos algo extraordinario, pero pensé más en
el porte de los exultantes que en el de los hieródulos que había visto en los
jardines de la Casa Absoluta: era la carga que confiere la conciencia de la
conducción, aun cuando separa al conductor de la humanidad corriente. Frente a
esos tres, hombres pintados y no pintados se habían sentado en el suelo con las
piernas cruzadas. Oí el murmullo de las voces y la palabra sonora del hombre
erguido, pero estaba demasiado lejos como para entender lo que decía. Un rato
después los que estaban agachados se levantaron. Uno se abrió la túnica como si
fuera una tienda y el hijo de Becan, que yo había hecho mío, dio un paso
adelante. De la misma forma el otro sacó TerminusEst
y la desenvainó, mostrando
a la multitud la hoja brillante y el ópalo negro de la empuñadura. Luego se
incorporó uno de los pintados, dio unos pasos hacia mí (con lo que temí que
fuera a verme, aunque me había cubierto la cara con la máscara) y levantó una
puerta instalada en el suelo. Poco después salió por otra, más cerca del fuego,
y moviéndose con algo más de rapidez fue a informar a los de las túnicas.
Poca
duda cabía de lo que estaba diciendo. Me cuadré de hombros y avancé hacia la
luz del fuego. —No estoy allí —lije—. Estoy aquí.
Muchas
gargantas se quedaron sin aliento a la vez, y aunque yo supiese que bien podía
morir en seguida, me gustó oír ese sonido.
El
hombre de túnica que ocupaba el centro dijo: —Como ves, no puedes huir de
nosotros. Estabas libre, pero te hemos hecho volver. —Era la voz que me había
interrogado en la celda subterránea.
—Si
te has adentrado lo bastante en El Camino —dije—, sabrás que tienes sobre mí
menos autoridad de lo que creerían los ignorantes. —No es di6cil imitar la
forma de hablar de esa gente, porque es en sí una imitación del lenguaje de los
ascetas, y de sacerdotisas como las Peregrinas.— Me robaste mi hijo, que
también es hijo de La Bestia Que Habla, como ya sabrás a estas alturas si lo
has interrogado. Para obtener su devolución, rendí mi espada a tus esclavos, y
por un tiempo me sometí a ti yo mismo. Ahora la recuperaré.
Hay
en el hombro un punto que presionado firmemente con el pulgar paraliza el brazo
entero. Puse la mano en el hombro del hombre de túnica que sostenía Terminus Est,
y la dejó caer a mis pies. Con más presencia de ánimo que la que yo hubiera
concedido a un niño, Severian chico la levantó y me la entregó. Blandiendo el
bastón, la figura principal gritó: —¡A las armas! —y sus seguidores se
irguieron como un solo hombre. Muchos tenían las garras que he descrito, y
muchos de los otros sacaron cuchillos.
Me
sujeté TerminusEst al hombro en el sitio acostumbrado, y dije: —Sin duda no
supondrás que necesito usar esta vieja espada como arma. Si alguien debería
saber que tiene propiedades más excelsas, eres tú.
El
hombre que había hecho salir a Severian chico se apresuró a contestar: —Así nos
lo acaba de decir Abundantius.
El
otro seguía frotándose el brazo entumecido. Miré al hombre del centro, que era
obviamente el mencionado. Tenía ojos inteligentes, y duros como piedras.
—Abundantius
es sabio —dije. Intentaba concebir alguna forma de matarlo sin echarnos a los
otros encima—. También conoce, me figuro, la maldición que aflige a los que
hieren la persona de un mago. —Así pues eras mago —dijo Abundantius.
—¿Yo,
que saqué la presa de las manos al arconte y atravesé invisible la bruma de su
ejército? Sí, así me han llamado alguna vez.
—Demuestra
entonces que lo eres y te acogeremos como a un hermano. Pero si fracasas en la
prueba o la rehuyes..., somos muchos, y tú tienes una sola espada.
—No
fracasaré si la prueba es limpia —dije—. Aunque ni tú ni tus seguidores tengáis
autoridad para proponerla.
Era
demasiado listo como para dejarse arrastrar a ese debate.
—Todos
aquí conocen la prueba, excepto tú, y saben que es justa. Todos cuantos ves a
tu alrededor la han superado, o esperan hacerlo.
Me
llevaron a una sala que no había visto, una construcción hecha casi
exclusivamente de troncos y escondida entre los árboles. Tenía una sola
entrada, y ninguna ventana. Cuando metieron antorchas, vi que en la única
cámara no había más que una alfombra de hierba tejida, tan larga y angosta que
casi parecía un pasillo.
Abundantius
dijo: —Aquí librarás el combate con Decumano. —Señaló al hombre cuyo brazo yo
había paralizado, y a quien quizá sorprendiera un tanto verse escogido.—Junto
al fuego tú lo superaste. Ahora él ha de superarte a ti, si le es posible.
Puedes sentarte aquí, más cerca de la puerta, para cerciorarte de que no
entremos a ayudarlo. El se pondrá en el otro extremo. No debéis acercaros, ni
tocaros uno al otro como lo tocaste tú junto al fuego. Debéis urdir vuestros
hechizos, y por la mañana nosotros vendremos a ver quién se ha impuesto.
Tomando
a Severian chico de la mano, lo llevé hasta el fondo del oscuro lugar.
—Me
sentaré aquí —dije—. Confío plenamente en que no vendréis en ayuda de Decumano,
pero para vosotros no hay modo de saber si tengo aliados en la selva. Me habéis
ofrecido vuestra confianza, y yo os ofrezco la mía.
—Sería
mejor —dijo Abundantius— que dejaras el niño a nuestro cuidado.
Sacudí
la cabeza.—He de tenerlo conmigo. Es mío, y al robármelo en el sendero, me
despojasteis de la mitad de mi poder. No volveré a separarme de él.
Al
cabo de un momento Abundantius asintió. —Como quieras. Sólo deseábamos que no
le sucediera nada.
—Nada
le sucederá—dije.
En
las paredes había anillas de hierro, y cuatro de los hombres desnudos colocaron
antorchas antes de salir. Decumano se sentó cerca de la puerta con las piernas
cruzadas y el bastón sobre los muslos. Yo también me senté, y acerqué al niño.
—Tengo
miedo —dijo, y hundió la cara en mi capa.
—Y estás en tu derecho. Has pasado tres días muy malos.
Decumano había iniciado un cántico lento, rítmico.
—Severian chico, quiero que me cuentes qué te pasó en el
sendero. Me di vuelta y ya no estabas. Requirió algunos consuelos y mimos, pero
al fin los sollozos cesaron.
—Aparecieron... esos tres hombres de colores, con garras,
y yo me asusté y corrí.
—¿Eso es todo?
—Y luego vinieron otros tres hombres de colores y me
agarraron, y me hicieron entrar en un agujero que había en el suelo, y estaba
oscuro. Y luego me despertaron y me subieron, y estuve bajo la ropa de un
hombre, y luego viniste tú y me llevaste.
—¿Alguien te hizo preguntas? —Un hombre, desde la sombra.
—Está bien. Severian chico, nunca vuelvas a escapar como
hiciste en el sendero, ¿comprendes? Hazlo solamente si ves que yo escapo. Si no
hubieras escapado cuando encontramos a los tres hombres de colores, no
estaríamos aquí.
El niño asintió.
—Decumano —dije en voz alta—. Decumano, ¿podemos hablar?
Decumano no me prestó atención, aunque quizá salmodió en
voz más alta. Con la cara levantada, parecía mirar los troncos del techo, pero
tenía los ojos cerrados.
—¿Qué hace? —preguntó el niño. —Está urdiendo un encanto.
—¿Nos hará daño?
—No —dije—. Casi toda esta magia es un fraude... Como
subirte por un agujero para que pareciera que habías salido de la túnica del
otro hombre.
Pero mientras hablaba, yo era consciente de que había
algo más. Decumano estaba concentrando la mente en mí como pocas mentes pueden
concentrarse, y yo me sentía desnudo en algún lugar vivamente iluminado que mil
ojos observaban. Una de las antorchas parpadeó, chorreó y se apagó. Al
atenuarse la luz, la luminosidad que yo no podía ver pareció avivarse.
Me puse de pie. Hay formas de matar que no dejan marca, y
mientras avanzaba las repasé mentalmente.
De inmediato brotaron picas de las paredes, de una ana de
largo a cada lado. No eran lanzas como las que usan los soldados, armas de
energía cuyas cabezas descargan relámpagos de fuego, sino simples varas de
madera con puntas de hierro, como las picas que yo había visto usar a los
aldeanos de Saltus. De cerca podían matar, sin embargo, y volví a sentarme.
—Creo que están fuera—dijo el niño—, mirándonos por las
rendijas entre los maderos.
—Sí, yo también me he dado cuenta.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó. Y, como yo no
contestaba—: ¿Quiénes son, papá?
Era la primera vez que me llamaba así. Lo acerqué más a
mí, y pareció debilitar la red que Decumano me estaba tejiendo alrededor de la
mente.
—Es sólo una sospecha, pero diría que esto es una
academia de magos, de esos devotos que practican lo que consideran artes
secretas. Se supone que tienen seguidores en todas partes, aunque yo lo dudo, y
son muy crueles. ¿Has oído hablar del Sol Nuevo, Severian chico? Dicen los
profetas que es el hombre que vendrá a hacer retroceder el hielo y enderezar el
mundo.
—Matará a Abaia —contestó el niño, sorprendiéndome.
—Sí, se supone que también hará eso, y muchas otras
cosas. Se dice que ya ha venido una vez, hace mucho. ¿Lo sabías?
El niño negó con la cabeza.
—Entonces
su tarea fue forjar la paz entre la humanidad y el Increado, y lo llamaron el
Conciliador. Al irse dejó una reliquia famosa, una gema llamada la Garra.
—Mientras hablaba la toqué con la mano, y aunque no aflojé los cordones de la
bolsita de piel humana que la contenía, la palpé a través de la suavidad del
cuero. No bien la hube tocado, el invisible fulgor que Decumano me había creado
en la mente se redujo a casi nada. Ahora no puedo explicar por qué durante
tanto tiempo yo había supuesto que para que la Garra surtiese efecto era
necesario sacarla de su escondite. Aquella noche supe que no era así, y me eché
a reír.
Por
un momento Decumano detuvo su canto, y se le abrieron los ojos. Severian chico
me aferró con más fuerza.
—¿Se
te ha pasado el miedo?
—No
—dije—. ¿Te diste cuenta de que estaba asustado?
Asintió,
solemne.
—Lo
que iba a decirte es que la existencia de esa reliquia parece haber dado a
algunos la idea de que el Conciliador utilizaba garras como armas. A veces yo
he dudado de que haya existido; pero si alguna vez vivió una persona así, estoy
seguro de que en gran medida usó las armas contra sí mismo. ¿Comprendes lo que
digo?
Dudo
de que comprendiera, pero asintió.
—En
el sendero encontramos un conjuro contra la llegada del Sol Nuevo. Los tres
hombres pintados, que según creo son los que han superado esta prueba, usan
garras de acero. Pienso que quieren ocultar el advenimiento del Sol Nuevo para
ocupar el sitio que le corresponde y usurpar quizá sus poderes. Si... Fuera,
alguien gritó.
XXII
Las faldas de la montaña
Mi
risa había desconcentrado a Decumano, al menos por un momento. Con el grito de
afuera no pasó lo mismo. Su red, que tanto se había arruinado al tomar yo la
Garra, estaba volviendo a anudarse, más lenta pero más apretadamente.
Siempre
es una tentación decir que los sentimientos de esta clase son indescriptibles,
aunque pocas veces lo sean. Sentí que colgaba desnudo entre dos soles
sensibles, y de algún modo discerní que eran los hemisferios del cerebro de
Decumano. Yo estaba bañado en luz, pero esa luz era una incandescencia de
hornos, devoradora y al mismo tiempo paralizante. Bajo esa luz todo parecía
indigno de esfuerzo; y yo, infinitamente despreciable y pequeño.
Así
es que, en cierto sentido, también mi concentración permaneció intacta. No
obstante, tenía conciencia, aunque de un modo vago, de que el grito quizá me
señalaba una oportunidad. Mucho más tarde de lo conveniente, después de haber
respirado tal vez una docena de veces, me puse en pie tambaleándome.
Por
la puerta estaba entrando algo. Mi primer pensamiento, por absurdo que suene,
fue que era barro, que una convulsión había estremecido a Urth y que la sala
estaba a punto de inundarse de lo que había sido el fondo de un pantano fétido.
Se escurrió ciegay blandamente entre las jambas, y en eso se apagó otra
antorcha. Pronto iba a tocar a Decumano, y grité para prevenirlo.
No sé si fue el contacto de la criatura o mi voz, pero se
echó atrás. Una vez más tuve conciencia de que se había roto el hechizo, de la
destrucción de la trampa que me había sostenido entre soles gemelos. Los soles
se alejaron uno de otro apagándose mientras desaparecían, y yo sentí como si me
expandiera y me volviera en una dirección que no era arriba ni abajo, ni
derecha ni izquierda, hasta que ocupé toda la sala de las pruebas, con Severian
chico aferrado a mi capa.
Entonces en la mano de Decumano relampagueó una garra. Yo
ni siquiera había reparado en que la tenía. Fuera lo que fuese aquella criatura
negra y casi amorfa, el flanco se le rasgó como grasa golpeada por un látigo.
También su sangre era negra, o acaso verde oscura. La de Decumano era roja;
cuando la criatura se volcó sobre él, pareció que la piel se le fundía como si
fuese de cera.
Alcé al niño e hice que se me colgara del cuello y me
rodeara la cintura con las piernas, y luego salté. Pero aunque toqué una viga
con la punta de los dedos, no pude colgarme. La criatura iba volviéndose hacia
mí, ciega pero resueltamente. Tal vez rastreara con el olfato, aunque siempre
me ha parecido que lo hacía con el pensamiento; lo cual explicaría por qué
tardó tanto en encontrarme en la antecámara, donde yo había trasvasado mi sueño
a Thecla, y tan poco en la sala de las pruebas, cuando Decumano tenía su mente
enfocada en la mía.
Salté de nuevo, pero esta vez me faltó al menos un palmo
para llegar a la viga. Para hacerme con una de las antorchas restantes tenía
que correr hacia la criatura. Lo hice y llegué a la antorcha, pero al sacarla
de la anilla se apagó.
Me aferré con una mano a la anilla y di un tercer salto,
auxiliando las piernas con la fuerza del brazo; y esta vez alcancé con la mano
izquierda un madero pulido y angosto. El madero se arqueó con mi peso, pero
pude impulsarme hacia arriba, con el niño a la espalda, hasta apoyar un pie en
la anilla.
Abajo, en la oscuridad, la criatura amorfa se irguió,
cayó y volvió a alzarse. Sin soltar la viga, saqué TerminusEst. Un mandoble mordió profundamente la carne
rezumante, pero no bien hube retirado la hoja me pareció que la herida se
cerraba y que el tejido se reparaba. Volví la espada hacia el techo, un
procedimiento que confieso haberle robado a Agia. El techo era grueso, de hojas
de selva atadas con fibras resistentes; mis primeros golpes frenéticos
parecieron conmoverlo poco, pero al tercero cayó toda una ringlera de paja. Una
parte dio contra la antorcha que quedaba, sofocándola primero y convirtiéndola
después en un hilo de fuego. Salí por la abertura hacia la noche.
Es asombroso que saltando como salté a ciegas, con la
afilada hoja desnuda, no nos matara al niño y a mí. Al dar en tierra los solté
a los dos y caí de rodillas. A cada momento el resplandor rojo de la paja se
hacía más vivo. Oí gemir al niño y le grité que no corriera, luego lo ayudé con
una mano a que se incorporara, y empuñando TerminusEst con la otra, eché a correr.
Todo el resto de la noche huimos a ciegas por la selva.
Dentro de lo posible, trataba de encaminar nuestros pasos cuesta arriba; no
sólo porque el camino hacia el norte subía por la montaña, sino porque sabía
que así teníamos menos probabilidades de rodar por un precipicio. Cuando
amaneció aún no habíamos salido de la selva, y no teníamos más noción que antes
de dónde nos encontrábamos. Entonces alcé al niño, y se me durmió en los
brazos.
Una guardia más tarde ya no cabían dudas de que el
terreno subía abruptamente, y al fin llegamos a una cortina de enredaderas como
la que yo había abierto el día anterior. Me preparaba para dejar al niño en el
suelo sin despertarlo, y así poder sacar la espada, cuando vi que una brillante
luz de día se derramaba a mi izquierda por una abertura en la maleza. Me
acerqué andando lo más rápido posible, casi corriendo; y atravesando la
abertura, salí a una meseta rocosa de pasto duro y arbustos. Unos pasos más me
llevaron a un arroyo claro que cantaba entre rocas: incuestionablemente el
arroyo junto al que habíamos dormido dos noches antes. Sin saber ni importarme
si la criatura amorfa nos seguía aún, me eché en la orilla y dormí una vez más.
Estaba en un laberinto, parecido al laberinto subterráneo
de los magos y sin embargo diferente. Aquí los corredores eran más anchos, y a
veces parecían galerías tan inmensas como las de la Casa Absoluta. Algunos,
ciertamente, estaban bordeados de espejos de cuerpo entero, en los cuales me
veía con capa raída y cara macilenta, y muy junto a mí veía a Thecla,
semitransparente, arrastrando el ruedo de un vestido encantador. Los planetas
silbaban describiendo trayectorias largas, oblicuas, curvas, que sólo ellos
veían. El azul Urth llevaba la verde luna como un niño, pero no la tocaba. El
rojo Verthandi se transformaba en Decumano, con la piel comida, rotando en su
propia sangre.
Yo escapaba y caía, sacudiendo los miembros. En un
momento vi estrellas de verdad en el cielo embebido de sol, pero el sueño me
arrastró, irresistible como la gravedad. Andaba junto a un muro de cristal; y a
través de él veía al niño, corriendo y asustado, con la vieja camisa gris y
remendada que yo había llevado cuando era aprendiz, corriendo del cuarto nivel,
me parecía, al Atrio del Tiempo. Dorcas y Jolenta venían de la mano,
sonriéndose, y no me veían. Cobrizos y patizambos, emplumados y enjoyados, los autóctonos
bailaban detrás de su chamán, bailaban en la lluvia. La ondina nadaba en el
aire, inmensa como una nube, tapando el sol.
Me desperté. Una lluvia suave me golpeaba la cara. A mi
lado, Severian chico seguía durmiendo. Lo envolví en mi capa lo mejor que pude,
lo cargué y volví a la abertura en la cortina de enredaderas. Al otro lado,
bajo los árboles de grandes ramas, casi no penetraba la lluvia; y allí nos
echamos y dormimos de nuevo. Esta vez no hubo sueños, y cuando desperté
habíamos dormido un día y una noche, y la pálida luz del amanecer estaba en
todas partes.
El niño ya se había levantado, y vagaba entre los troncos
de los árboles. Me mostró dónde estaba el arroyo en ese lugar, y yo me lavé, y
me afeité lo mejor que pude sin agua caliente, cosa que no había hecho desde la
primera tarde en la casa al pie del acantilado. Luego encontramos el sendero
familiar y reanudamos la marcha hacia el norte.
—¿No nos tropezaremos con los hombres de colores?
—preguntó el niño, y yo le dije que no se preocupara y no corriera, que yo
manejaría a los hombres de colores. La verdad era que yo estaba mucho más
intranquilo con Hethor y la criatura que había puesto tras mis pasos. Si no la
había matado el fuego, tal vez estuviera acercándose; pues aunque parecía ser
un animal con miedo al sol, la penumbra de la selva era la materia misma del
crepúsculo.
Un solo hombre pintado salió al sendero, y no para cerrar
el camino sino para prosternarse. Estuve tentado de matarlo y acabar con
aquello; se nos enseña a matar y mutilar estrictamente por orden de un juez,
pero a medida que me alejaba más y más de Nessus hacia la guerra y las montañas
bárbaras, las enseñanzas se iban debilitando en mí. Ciertos místicos sostienen
que los vapores que brotan de las batallas afectan el cerebro, aun a gran
distancia a favor del viento; y tal vez sea así. De todos modos, lo levanté y
simplemente le dije que se apartara.
—Gran Mago —dijo él—, ¿qué has hecho con la oscuridad que
se arrastra?
—La
he enviado de nuevo al pozo, de donde la saqué —le respondí, pues estaba
bastante seguro de que si no nos habíamos topado con la criatura era porque
Hethor la había vuelto a llamar, siempre y cuando no hubiera muerto.
—Cinco
de los nuestros han transmigrado —dijo el hombre pintado.
—Pues
entonces vuestros poderes son mayores de lo que habría creído. Ha matado a
centenares en una noche.
Yo
no tenía la menor seguridad de que no fuera a atacarnos cuando le diésemos la
espalda, pero no lo hizo. El sendero que el día anterior había recorrido como
prisionero parecía ahora desierto. No salieron más guardias a enfrentarnos;
algunas de las tiras de tela roja habían sido arrancadas y pisoteadas, aunque
no me imaginaba por qué. Vi muchas huellas en el sendero que antes había sido
liso, quizás arreglado con un rastrillo.
—¿Qué
buscas? —preguntó el niño.
Contesté
en voz baja; todavía no estaba seguro de que no hubiera alguien escuchando
detrás de los árboles.
—El
rastro del animal del que escapamos anoche. —¿Tú lo viste?
El
niño calló un rato. Luego preguntó: —¿De dónde vino, Severian grande?
—¿No
recuerdas el cuento? De la cumbre de una montaña de allende las costas de Urth.
—¿Donde
vivía Viento Primaveral? —No creo que fuera la misma. —¿Y cómo llegó aquí?
—Lo
trajo un hombre malo —dije—. Y ahora cállate un rato, Severian chico.
Fui
cortante con el niño porque a mí me inquietaba la misma idea. Parecía bastante
claro que Hethor lo había traído de contrabando en la nave en que servía; y que
al seguirme fuera de Nessus, no le habría sido difícil transportar las nótulas
en un contenedor personal pequeño y sellado: como había descubierto Jonas, por
terribles que pareciesen no eran más gruesas que una gasa.
Pero
¿y la criatura que habíamos visto en la sala de las pruebas? También había
aparecido en la antecámara de la Casa Absoluta, después de la llegada de
Hethor, pero ¿cómo? ¿Y había seguido a Hethor y Agia como un perro cuando
viajaron al norte, a Thrax? La evoqué, tal como la había visto mientras mataba
a Decumano, e intenté calcular su peso: tenía que pesar tanto como varios
hombres, y acaso tanto como un destriero. Sin duda, para transportarla y
esconderla habría hecho falta un carro grande. ¿Se había aventurado Hethor en
esas montañas con un carro así? No podía creerlo. ¿Y el viscoso horror que
habíamos visto había compartido esa carreta con la salamandra cuya destrucción yo había presenciado en Thrax? Tampoco podía creerlo.
Cuando
llegamos, la aldea parecía desierta. Algunas partes de la sala de las pruebas
estaban todavía en pie y humeaban. Busqué en vano los restos del cuerpo de
Decumano, aunque encontré su bastón quemado en parte. Era hueco, y pulido por
dentro, y sospeché que con el mango quitado, había servido de cerbatana para
disparar dardos envenenados. No cabía duda de que Decumano la habría empleado
si yo me hubiera resistido demasiado al hechizo que él tejía.
El
niño tenía que haber estado siguiéndome los pensamientos por mi expresión y la
dirección de mi mirada.
—Ese
hombre era un mago de veras, ¿no? —dijo—. A ti casi te hechiza.
Asentí.
—Pero
habías dicho que no era verdadero.
—En
cierto modo, Severian chico, yo no soy más sabio que tú. No pensé que fuera
mago de veras. Había visto tantos engaños...
La puerta secreta de la cámara subterránea donde me metieron, y cómo te
hicieron aparecer de adentro de la túnica del otro. Sin embargo, por todas
partes hay cosas tenebrosas, y supongo que el que tenga constancia para
buscarlas no podrá librarse de encontrar algunas. Entonces se convertirá, como
dices tú, en un mago de veras.
—Si alguien supiera magia de veras, podría decirle a todo
el mundo qué hacer.
Por toda respuesta meneé la cabeza, pero desde entonces
lo he pensado mucho. Me parece que se pueden hacer dos objeciones a la idea del
niño; expresada con mayor madurez esa idea podría resultar más convincente.
La primera es que de una generación a otra de magos se
transmite muy poco conocimiento. Yo fui formado en las que pueden llamarse
ciencias aplicadas más fundamentales; y por esa formación sé que el progreso de
las ciencias depende mucho menos que lo que comúnmente se cree de las
consideraciones teóricas o la investigación sistemática, y bastante más de la
información fiable, obtenida por azar o perspicacia, que un grupo de hombres
transmite a sus sucesores. Los que persiguen el conocimiento oscuro son dados a
guardárselo incluso en la muerte, o a transmitirlo envuelto en disfraces y
nublado por mentiras. A veces se sabe de algunos que instruyen bien a sus
amantes, o a sus hijos; pero, por temperamento, tal gente rara vez tiene
amantes o hijos, y si los tiene es posible que el arte se les debilite.
La segunda es que la existencia misma de esos poderes
sugiere la existencia de una contrafuerza. A los poderes del primer tipo los
llamamos oscuros, aunque, como había hecho Decumano, puedan usar una especie de
luz mortal; y a los del segundo los llamamos luminosos, aunque creo que en
ocasiones pueden emplearla oscuridad, tal como un buen hombre corre las
cortinas de la cama para dormir. Sin embargo, es cierto que se puede hablar de
oscuridad y luz, porque eso muestra sencillamente que una implica a la otra. El
cuento que yo había leído a Severian chico decía que el universo no era sino
una larga palabra del Increado. Nosotros, entonces, somos las sílabas de esa
palabra. Pero decir cualquier palabra es inútil a menos que haya otras
palabras, palabras que no sean dichas. Si una bestia no tiene más que un grito,
ese grito no dice nada; y hasta el viento tiene multitud de voces, de modo que
los que están entre paredes pueden oírlo y saber si el tiempo es benigno o
tumultuoso. Los poderes que llamamos oscuros son, me parece, las palabras que
el Increado no dijo, si es que el Increado existe; y estas palabras deben
mantenerse en una cuasiexistencia si se ha de distinguir la otra palabra, la
palabra dicha. Lo que no se dice puede ser importante; pero más importante es
lo que se dice. Así mi conocimiento de la existencia de la Garra fue casi
suficiente para combatir el hechizo de Decumano.
Y si los buscadores de cosas oscuras las encuentran, ¿no
podrán los buscadores de cosas luminosas encontrarlas también? ¿Y no son
también más propensos a transmitir su sabiduría? Así habían conservado las
Peregrinas la Garra, de generación en generación; y, pensando en esto, me
decidí más que nunca a encontrarlas y devolver la gema; pues si no lo había
sabido antes, la noche con el alzabo me había hecho ver que yo era solamente
carne, y con el tiempo sin duda moriría, y acaso muriera pronto.
Debido a que la montaña a la que nos acercábamos estaba
al norte y arrojaba su sombra hacia la garganta selvática, de ese lado no
crecían cortinas de enredaderas. El verde pálido de las hojas se fue apagando y
decolorando todavía más, y el número de árboles muertos aumentó, aunque todos
eran más pequeños. Se interrumpió el dosel de hojas bajo el que habíamos andado
todo el día, y cien zancadas más adelante volvió a interrumpirse, y al fin
desapareció del todo.
Luego se elevó ante nosotros la montaña, demasiado cerca
para que la viéramos como la imagen de un hombre. Grandes declives plegados
rodaban surgiendo de un banco de nubes; no eran, lo supe, sino las esculpidas
colgaduras de sus ropas. Cuán a menudo se habría levantado del sueño para
ponérselas, acaso sin reflexionar que allí se conservarían durante siglos, tan
enormes que casi escapaban a la vista de la humanidad.
XXIII
La ciudad maldita
Hacia el mediodía de la jornada siguiente encontramos
agua otra vez, la única que los dos íbamos a probar en aquella montaña. Sólo
quedaban unas tiras de la carne seca que Casdoe me había dejado. Las repartí, y
bebimos del arroyo, que era apenas un hilo del grosor de un pulgar de hombre.
Esto resultaba extraño, habiendo visto yo tanta nieve en la cabeza y los
hombros de la montaña; más tarde descubriría que las pendientes situadas por
debajo de la nieve, donde ésta podría haberse derretido al llegar el verano,
habían sido limpiadas por el viento. Mas arriba, las dunas blancas podían acumularse
durante siglos.
Teníamos las mantas húmedas de rocío, y las pusimos a
secar desplegadas sobre piedras. Incluso sin el sol, las ráfagas secas del aire
de la montaña las secaron en cosa de una guardia. Sabía que íbamos a pasar la
noche siguiente en lo alto de las laderas, más o menos como yo había pasado la
primera noche después de huir de Thrax. Por alguna razón, esa certeza no
consiguió deprimirme el ánimo. No era tanto que estuviéramos alejándonos de los
peligros que habíamos encontrado en el paso selvático como que íbamos dejando
atrás cierta sordidez. Sentía que me habían ensuciado, y que la atmósfera fría
de la montaña me limpiaría. Por un tiempo me acompañó ese sentimiento que yo
casi no había analizado; luego, cuando empezamos a trepar en serio, comprendí
que lo que me perturbaba era el recuerdo de las mentiras que había dicho a los
magos, fingiendo, de hecho, que controlaba grandes poderes y estaba iniciado en
grandes secretos. Eran mentiras totalmente justificables; habían contribuido a
salvar mi vida y la de Severian chico. No obstante, en cierto modo, el hecho de
haber recurrido a ellas me hacía sentir menos hombre. El maestro Gurloes, a
quien antes de dejar el gremio había llegado a odiar, mentía con frecuencia; y
ahora yo no estaba seguro de si lo había odiado porque mentía, u odiaba mentir
porque él solía hacerlo.
Y sin embargo el maestro Gurloes había tenido una excusa
tan buena como la mía, y tal vez mejor. Había mentido para preservar el gremio
y promover su éxito, haciendo a varios oficiales y funcionarios informes
exagerados de nuestro trabajo, y cuando era necesario, escondiendo nuestros
errores. Cabeza de
facto del
gremio, con eso había mejorado su propia posición, sin duda; pero también había
mejorado la mía, y la de Drotte, Roche, Eata, y todos los demás aprendices y
oficiales que eventualmente iban a heredarlo. Si hubiese sido el hombre simple
y brutal por el que deseaba que todos lo tomaran, ahora yo habría estado seguro
de que había mentido para su exclusivo beneficio. Sabía que no lo era; y quizá
durante años se había visto a sí mismo como yo me veía ahora.
Con todo, no podía tener la certeza de haber actuado para
salvar a Severian chico. En el momento en que él había huido y yo entregado la
espada, tal vez habría sido mejor para él que yo luchase; el beneficiario
inmediato de mi dócil capitulación había sido yo mismo, puesto que de haber
luchado me habrían podido matar. Más tarde, después de escaparme, sin duda
había vuelto tanto por TerminusEst como por el niño; por la espada había
vuelto a la mina de los hombres—mono, cuando el chico todavía no estaba conmigo;
y sin ella me habría convertido en un simple vagabundo.
Una guardia después de abrigar estos pensamientos,
escalaba una pared de roca cargando espada y niño, y sin mucha más certidumbre
que antes sobre quién me importaba más. Por suerte el aire era bastante fresco,
la subida no parecía de las más difíciles, y en lo alto encontramos una antigua
carretera.
He caminado por muchos lugares extraños, pero por ninguno
que me diera una sensación tan grande de anomalía. A nuestra izquierda, a no
más de veinte pasos, veía el final de ese ancho camino, cuyo extremo inferior
había sido arrastrado por un desprendimiento de rocas. Delante de nosotros se
extendía perfecto como el día en que lo habían acabado, una cinta de inconsútil
piedra negra que subía ondulando hacia la inmensa figura cuyo rostro se perdía
tras las nubes.
Cuando lo puse en el suelo, el niño me agarró la mano.
—Mi madre dijo que nosotros no podíamos ir por los
caminos, pues hay soldados.
—Tu madre tenía razón —le dije—. Pero ella iba hacia
abajo, hacia donde están los soldados. Claro que alguna vez hubo soldados en
este camino, pero murieron mucho antes de que el árbol más grande de la selva
fuera una semilla. —Hacía frío, y le di una de las mantas y le enseñé a
envolverse en ella y mantenerla cerrada como una capa. Si alguien nos hubiese
visto, le habríamos parecido una pequeña figura gris seguida por una sombra
desproporcionada.
Entramos en una niebla, y pensé que era raro a tanta
altura. Sólo después de haberla atravesado y cuando la mirábamos allá abajo
iluminada por el sol, me di cuenta de que era una de las nubes que tan remotas
me habían parecido desde la garganta.
Y sin embargo la garganta selvática, ahora debajo de
nosotros, se hallaba sin duda a miles de codos por encima de Nessus y los
tramos inferiores del Gyoll.
Entonces pensé qué lejos debía de haber llegado para que
a semejante altura hubiera selvas; casi a la cintura del mundo, donde siempre
era verano y sólo la altura producía alguna diferencia en el clima. Si iba a
seguir viaje hacia el oeste, hasta salir de esas montañas, por lo que me había
enseñado el maestro Palaemon me encontraría en una selva tan pestilente que la
que acabábamos de dejar me parecería un paraíso, una selva costeña de calor
humeante y enjambres de insectos; y, no obstante, también allí vería las
huellas de la muerte, pues aunque esa selva recibiera tanta fuerza solar como
cualquier otro lugar de Urth, aún sería inferior a la que había recibido en el
pasado, y así como en el sur el hielo avanzaba y la vegetación de la zona
templada huía de él, los árboles y otras plantas de los trópicos morían para
dejar espacio a los advenedizos.
Mientras yo miraba la nube el niño había seguido
avanzando. De pronto se volvió, me miró con ojos brillantes y gritó: —¿Quién
hizo este camino?
—Sin duda los trabajadores que tallaron la montaña.
Tienen que haber contado con grandes energías, y máquinas más poderosas que
cualquiera que conozcamos. Y además, de alguna manera tienen que haber retirado
los escombros. En un tiempo debe de haber rodado por aquí un millar de carros y
carretas. —Sin embargo yo estaba asombrado, porque las ruedas de hierro de esos
vehículos marcaban incluso el duro adoquinado de Thrax o de Nessus, y este
camino era tan terso como una vía procesional. Seguro, pensé, que por aquí no
han pasado más que el sol y el viento.
—¡Mira, Severian grande! ¿Ves la mano?
El niño señalaba una estribación de la montaña, muy por
encima de nosotros. Estiré el cuello, y por un momento no vi nada que no
hubiera visto antes: un largo promontorio de roca gris e inhóspita. Luego,
cerca del final, el sol centelleó sobre algo. Parecía, de una manera
inconfundible, el resplandor del oro; cuando lo vi, advertí también que el oro
era un anillo, y debajo de él vi tendido en la roca un pulgar petrificado de
frío, un pulgar de unos cien pasos de largo, con los otros dedos por encima como
colinas.
No teníamos dinero, y yo sabía que el dinero podía ser
muy valioso para nosotros cuando llegara el día de regresar a las tierras
habitadas, como finalmente sucedería. Si aún me buscaban, quizás el oro haría
que los buscadores desviaran los ojos. El oro también podría comprarle a
Severian chico un puesto de aprendiz en algún gremio poderoso, pues estaba
claro que no podía seguir viajando conmigo. Parecía muy probable que el gran
anillo fuera de piedra laminada en oro; pero aun así, si el metal se podía desprender
y enrollar, el peso tenía que ser considerable. Y aunque me esforzara por no
hacerlo, me encontré preguntándome si un mero laminado de oro podría haber
resistido tantos siglos. ¿No habría tenido que despegarse y caer mucho tiempo
atrás? Si el anillo era de oro macizo, valdría una fortuna; pero todas las
fortunas de Urth no habrían podido comprar esa poderosa imagen, y el que había
ordenado que la construyeran tenía que haber sido incalculablemente rico. Aun
si el anillo no era macizo hasta el dedo, acaso hubiera un sustancial espesor
de metal.
Mientras meditaba todo esto iba trajinando cuesta arriba,
y mis largas piernas pronto aventajaron a las del niño, mucho más cortas. Por
momentos el camino se hacía tan abrupto que me costaba creer que alguna vez lo
hubiesen transitado vehículos cargados de piedras. Dos veces cruzamos fisuras,
una tan ancha que antes de saltarla tuve que arrojar al niño por encima. Yo
esperaba parar cuando encontráramos agua; no la encontramos, y cuando cayó la
noche no tuvimos mejor abrigo que una hendidura de piedra donde nos envolvimos
en las mantas y mi capa y dormimos como pudimos.
Por la mañana los dos teníamos sed. Aunque las lluvias no
llegarían hasta el otoño, le dije al niño que quizá lloviera ese día, y
reanudamos la marcha con buen ánimo. Luego él me enseñó que llevar una piedra
pequeña en la boca ayuda a mitigar la sed. Es un truco montañés que yo no
conocía. El viento era más frío que antes, y empecé a sentir la poca
consistencia del aire. De vez en cuando el camino giraba, de modo que por unos
momentos nos daba el sol.
Con esas curvas se alejaba cada vez más del anillo, hasta
que por fin nos encontramos en plena sombra, perdido de vista el anillo y cerca
de las rodillas de la figura sedente. Hubo una última cuesta escarpada, tan
abrupta que yo habría agradecido unos escalones. Y luego, como flotando frente
a nosotros en el aire claro, un grupo de delgadas torres. —¡Thrax! —gritó el
niño, tan contento que comprendí que la madre le tenía que haber contado
historias de la ciudad, y también haberle dicho, cuando ella y el viejo lo
sacaron de la casa donde había nacido, que lo llevaría allí.
—No dije—. No es Thrax. Parece más bien mi Ciudadela...
Nuestra Torre Matachina y la Torre de las Brujas, y la Torre del Oso y la Torre
de la Campana. Me miró con ojos muy abiertos.
—No, claro, tampoco es eso. Lo que pasa es que yo he
estado en Thrax, y Thrax es una ciudad de piedra. Estas torres son de metal,
como eran las nuestras. —Tienen ojos dijo Severian chico.
Y así era. Al principio pensé que me engañaba la
imaginación, sobre todo porque no todas las torres los tenían. Al fin me di
cuenta de que algunas miraban hacia nosotros, y de que las torres no sólo
tenían ojos sino también hombros y brazos; de que eran,
en realidad, figuras metálicas de catafractos, guerreros con armaduras de
cuerpo entero.
—No es una ciudad verdadera —le dije al niño—. Lo que nos
hemos encontrado son los guardianes del Autarca, que vigilan aquí para destruir
al que pretenda atacarlo.
—¿Y nos harán daño?
—La idea asusta, ¿verdad? Con esos pies nos podrían
aplastar como a ratones. De todos modos, estoy seguro de que no lo harán. Son
estatuas, nada más, guardianes espirituales que él dejó aquí como recordatorios
de su poder.
—También hay casas grandes—dijo el niño.
Tenía razón. Como los edificios apenas llegaban a la
cintura de las elevadas figuras de metal, al principio los habíamos pasado por
alto. Eso volvió a hacerme pensar en la Ciudadela, donde unas estructuras que
nunca fueron pensadas para desafiar a las estrellas se mezclan con las torres.
Quizá sólo fuera el aire tenue, pero de pronto tuve la visión de que los
hombres de metal se alzaban lentamente, luego cada vez más rápido, alargando
las manos al cielo para bucear en él como buceábamos nosotros en las sombrías
aguas de la cisterna a la luz de la antorcha.
Aunque mis botas tienen que haber chirriado contra la
roca alisada por el viento, no recuerdo el ruido. Tal vez se perdiera en la
inmensidad de la cumbre, y así nos acercamos a las figuras erguidas tan
silenciosamente como si anduviéramos sobre musgo. Nuestras sombras, que al
aparecer las figuras se habían alargado detrás y a la izquierda, ahora se
habían encogido en charcos alrededor de nuestros pies; y noté que podía ver los
ojos
de
todas las figuras. Me dije que al principio había pasado por alto algunos, por
más que destellaban al sol.
Al fin caminamos entre ellas por un sendero, y entre los
edificios que las rodeaban. Yo había esperado que los edificios estuvieran en
ruinas, como los de la ciudad olvidada de Apu—Punchau. Estaban cerrados, eran
misteriosos y silenciosos; pero podían haber sido construidos pocos años antes. No se veía ningún techo
hundido; ninguna enredadera había dislocado las cuadradas piedras grises de los
muros. No tenían ventanas, y su arquitectura no sugería que fuesen templos,
fortalezas, tumbas o cualquier otra clase de estructura familiar para mí.
Carecían por completo de ornamentos y de gracia; no obstante, la ejecución era
excelente, y la diferencia de formas parecía indicar diferencias de función.
Entre ellos, las figuras brillantes se alzaban no como monumentos, sino como si
un viento glacial y repentino las hubiera detenido a cada una en su sitio.
Elegí
un edificio y le dije al niño que entraríamos por la fuerza, y que quizá con
suerte dentro encontraríamos agua, y aun hasta comida en conserva. Pronto vi
que mi alarde había sido una tontería. Las puertas eran tan macizas como las
paredes; el techo, fuerte como los cimientos. Creo que ni con un hacha habría
podido abrirme paso a golpes, y no me atrevía a emplear TerminusEst. Perdimos
varias guardias tanteando y husmeando en busca de alguna fisura. El segundo y
el tercer edificio que probamos no resultaron más fáciles que el primero.
—Allí
hay una casa redonda —dijo al fin el niño—. Me acercaré a mirarla.
Confiado
en que en ese lugar desierto no había nada que pudiera hacerle daño, le dije
que fuese. Volvió en seguida.
—¡La
puerta está abierta!
XXIV
El cadáver
No
había descubierto para qué servían los otros edificios. Tampoco llegué a
comprender ése, que era circular y estaba cubierto por una cúpula. Los muros
eran de metal; no del metal oscuro y lustroso de las torres de nuestra
Ciudadela, sino de una aleación brillante como plata lustrada.
Este
resplandeciente edificio se levantaba sobre un pedestal escalonado, y me
sorprendió verlo allí cuando las grandes imágenes de los catafractos, en sus
armaduras antiguas, estaban directamente en las calles. En su circunferencia
había cinco puertas (pues dimos una vuelta completa alrededor antes de
aventurarnos a entrar), todas abiertas. Examinándolas, y examinando también los
umbrales, intenté saber si habían estado así muchos años; en el pedestal había
poco polvo, y al fin no llegué a estar seguro. Una vez acabada la inspección,
le dije al niño que me dejara ir primero, y entré.
No
sucedió nada. Cuando el niño me siguió, ni siquiera se cerraron las puertas; no
nos atacó ningún enemigo, ninguna energía coloreó el aire, y el suelo se
mantuvo firme bajo nuestros pies. Sin embargo, yo tenía la sensación de que de
algún modo nos habíamos metido en una trampa: de que fuera, en la montaña,
habíamos estado libres, por mucha sed y hambre que sufriéramos, y de que allí
ya no lo estábamos. Creo que si no hubiera contado en ese momento con la
compañía del niño, me habría vuelto y echado a correr. Dado el caso, no quería parecer supersticioso ni asustado, y sentía la
obligación de encontrar comida y agua.
Había en el edificio muchos artefactos a los cuales no
puedo dar nombre. No eran muebles, ni cajas, ni máquinas tal como yo entiendo
el término, y casi todos estaban dispuestos en ángulos raros; vi algunos que
parecían tener nichos para sentarse, aunque el ocupante habría tenido que
contraerse, y no habría quedado frente a sus compañeros sino frente a cierta
parte del artefacto. Otros contenían alcobas donde quizás alguna vez había
descansado alguien.
Estos artefactos bordeaban pasillos, amplios pasillos que
corrían hacia el centro de la estructura rectos como los rayos de una rueda.
Mirando al fondo de uno en donde habíamos entrado, divisé tenuemente un objeto
rojo, y encima de él, mucho más pequeño, algo marrón. Al principio no presté
gran atención a ninguno de los dos, pero cuando logré convencerme de que los
artefactos que he descrito no eran de valor ni peligrosos para nosotros, llevé
al niño hacia ellos.
El objeto rojo era una especie de sillón muy elaborado,
con correas como para retener a un prisionero; alrededor había mecanismos en
apariencia destinados a facilitar el alimento y la eliminación. Estaba sobre un
pequeño estrado, y sobre él se alzaba lo que en un tiempo había sido el cuerpo
de un hombre con dos cabezas. Hacía mucho tiempo que el diáfano y seco aire de
la montaña había disecado ese cuerpo; como los misteriosos edificios, podría
tener un año o un millar. El hombre había sido más alto que yo, quizás incluso
un exultante, y de músculos poderosos. Ahora yo podía, pensé, arrancarle un
brazo de un solo tirón. No llevaba taparrabo, ni ninguna otra prenda, y aunque
nosotros estamos habituados a ver cambios súbitos en el tamaño de los órganos
de procreación, era raro ver aquéllos tan consumidos. En las cabezas quedaba
algo de pelo, y me pareció que el de la derecha había sido negro; el de la
izquierda era amarillento. Ambas cabezas tenían los ojos cerrados y las bocas
abiertas, mostrando unos pocos dientes. Noté que las correas que habían
sujetado a la criatura al sillón no estaban abrochadas.
Por el momento, de todos modos, me preocupaba más el
mecanismo que en un tiempo lo había alimentado. Me dije que a menudo las
máquinas antiguas eran sorprendentemente durables, y aunque abandonada desde
hacía mucho, ésta había disfrutado de las condiciones más favorables para su
preservación; y giré todas las llaves que encontré, y moví todas las palancas,
intentando hacerle producir algún alimento. El niño me observaba, y después de
verme mover unas cuantas cosas me preguntó si nos íbamos a morir de hambre.
—No —le dije—. Podemos llegar mucho más lejos de lo que
crees sin comida. Mucho más urgente es conseguir algo de beber, pero si no
encontramos nada aquí, seguro que más arriba hay nieve en la montaña.
—¿Cómo se murió? —Por alguna razón yo no me había
permitido tocar el cuerpo; ahora el niño pasaba los dedos regordetes por un
brazo marchito.
—Los hombres mueren. Lo asombroso es que un monstruo así
haya vivido. Generalmente estas criaturas perecen no bien acaban de nacer.
—¿Crees que los otros lo dejaron aquí cuando se fueron?
—preguntó él.
—¿Quieres decir si lo dejaron vivo? Supongo que es
posible. Tal vez no haya habido lugar para él en las tierras de abajo. O tal
vez él no haya querido ir. Quizá lo ataban a este sillón cuando se portaba mal.
Posiblemente padecía locura, o ataques de rabia furiosa. Si cualquiera de estas
cosas es cierta, ha de haber pasado sus últimos días vagando por la montaña, de
donde volvía de vez en cuando aquí a comer y beber, y habrá muerto cuando se agotaron la comida y el agua de que
dependía.
—Entonces
aquí no queda agua —me dijo el niño, práctico.
—Es
verdad. De todos modos, no sabemos si fue así. Puede haber muerto por otra
causa antes de que se acabaran las reservas. Incluso, de lo que hemos estado
diciendo parece deducirse que era una especie de animal casero o mascota de la
gente que talló la montaña. Este lugar es muy sofisticado para una mascota. De
todos modos, creo que nunca llegaré a reactivar esta máquina.
—Me
parece que tendríamos que ir para abajo —anunció el niño cuando salíamos del
edificio circular.
Me
volví y miré atrás, pensando en lo tontos que habían sido mis miedos. Las
puertas seguían abiertas; nada había cambiado, nada se había movido. Si alguna
vez había sido una trampa, haber estado abierta durante siglos la había
herrumbrado.
—A
mí también —dije—. Pero se está acabando el día: mira qué largas son nuestras
sombras. No quiero que la noche nos sorprenda descendiendo por la otra ladera,
así que veré si puedo llegar al anillo que vimos esta mañana. A lo mejor,
además de oro encontramos agua. Esta noche dormiremos en el edificio redondo,
protegidos del viento, y mañana, no bien amanezca, empezaremos a bajar por la
ladera norte.
El
niño asintió para mostrar que comprendía, y me acompañó de muy buena gana a
buscar un sendero que llevase hasta el anillo. Como lo habíamos visto en el
brazo sur, en cierto sentido tuvimos que volver a la ladera que ya habíamos
escalado, aunque nos habíamos acercado por el sudeste al conjunto de
catafractos y edificios. Yo había temido que la subida al brazo fuese difícil;
pero justamente donde se alzaban ante nosotros las enormes alturas del pecho y
el brazo, descubrí lo que mucho antes había deseado encontrar: una escalera
angosta. Había varios cientos de escalones, así que la subida fue de todos
modos difícil, y durante un trecho cargué con el niño.
El
brazo en sí era de piedra lisa, aunque tan ancho que mientras nos mantuviéramos
en el centro, parecía haber poco peligro de que el niño cayera. Hice que se
tomara de mi mano y caminé ilusionado, con la capa chasqueando al viento.
A
la izquierda estaba la subida que habíamos iniciado el día anterior, más allá
la garganta entre los cerros, verde bajo su manto de selva. Más allá aún,
brumosa en la lejanía, se alzaba la montaña donde Becan y Casdoe habían
construido su casa. Mientras caminaba intenté distinguirla, o al menos la zona
en donde estaba, y al fin vi lo que me pareció la pared rocosa por la que yo
había bajado: una minúscula mancha de color en el flanco de esa montaña menos
elevada, con el destello de la cascada en el centro como una mota iridiscente.
Después
de verla me detuve, di media vuelta y miré hacia el pico por cuya ladera
caminábamos. Ahora alcanzaba a ver la cara y la mitra de hielo, y debajo el
hombro izquierdo, donde un chiliarca habría podido adiestrar a mil jinetes.
Delante
de mí el niño señalaba y gritaba algo que yo no entendía, señalaba hacia abajo,
hacia los edificios y las erguidas figuras de los guardias de metal. Tardé un
momento en comprender lo que quería decir: las caras estaban vueltas tres
cuartos hacia nosotros, como tres cuartos hacia nosotros habían estado vueltas
esa mañana. Las cabezas se habían movido. Por primera vez les seguí la
dirección de los ojos; y descubrí que miraban al sol.
Asentí
con la cabeza y grité: —¡Ya veo!
Estábamos
en la muñeca, con la pequeña planicie de la mano ante nosotros, aun más amplia
y segura que el brazo. Me apresuré, y el niño corrió delante de mí. El anillo
estaba en el anular, un dedo más grueso que el tronco del más grande de los
árboles. Severian chico corrió por él, manteniendo fácilmente el equilibrio en
la cresta, y vi que alargaba las manos para tocar el anillo.
Hubo
una descarga de luz: brillante, aunque no cegadora en el sol vespertino; porque
estaba teñida de violeta, pareció casi una oscuridad.
Lo
dejó ennegrecido y consumido. Por un momento, creo, el niño siguió con vida; la
cabeza le cayó hacia atrás y se le abrieron los brazos. Hubo un penacho de humo
que el viento se llevó en seguida. El cuerpo se desplomó, encogiendo los
miembros como las patas de un insecto muerto, y a los tumbos rodó hasta
perderse de vista en la rendija entre el dedo anular y el mayor.
Yo,
que había visto tantas estigmatizaciones y extirpaciones, que incluso había
usado el hierro (entre un billón de cosas recuerdo perfectamente la carne
ampollada de las mejillas de Morwenna), apenas pude obligarme a ir a mirarlo.
Había
huesos en ese angosto espacio entre los dedos, pero eran huesos viejos que se
quebraban bajo mis pies como los huesos diseminados por los senderos de nuestra
necrópolis, y no me molesté en examinarlos. Saqué la Garra. Al maldecirme por
no haberla usado cuando en el banquete de Vodalus servían el cuerpo de Thecla,
Jonas me había dicho que no fuera necio, que por muchos poderes que la Garra
poseyera jamás habría podido devolver la vida a aquella carne asada.
Y
no pude sino pensar que si ahora actuaba y me devolvía a Severian chico, por
feliz que yo estuviese lo llevaría a un lugar seguro y me cortaría la garganta
con Terminus Est. Porque si la Garra era capaz de hacer eso, también
podría haber traído de vuelta a Thecla; y Thecla era una parte mía, ahora
muerta para siempre.
Por
un momento pareció que había un centelleo, una sombra o aureola brillante, y el
cuerpo del niño se desmoronó convirtiéndose en una ceniza negra que enturbió el
aire intranquilo.
Me
levanté, y guardé la Garra, y emprendí el regreso, preguntándome vagamente
cuánto me costaría salir de ese lugar angosto y llegar de nuevo a la palma de
la mano. (Al final tuve que dejar TerminusEst
clavada de punta y apoyar un pie en el arriaz, y luego estirarme cabeza
abajo hasta que pude asir la empuñadura y recuperarla.) No hubo confusión del
recuerdo, aunque sí por el momento una confusión de la mente, en la cual el
niño se fundió con aquel otro, Jader, que vivía con su hermana moribunda en la
choza del acantilado de Thrax. Al que tanto había llegado a significar para mí,
no había podido salvarlo; al otro, que significaba tan poco, lo había curado.
En cierta forma, me parecía que eran el mismo niño. Claro que se trataba de una
simple reacción defensiva de mi mente, una manera de protegerse de la tempestad
de la locura; pero de algún modo me parecía que, mientras viviera Jader, el
niño que su madre había llamado Severian no podía perecer realmente.
Había
pensado detenerme en la mano y mirar atrás; no pude: la verdad es que tuve
miedo de ir al borde y tirarme. No me detuve hasta que casi hube llegado a la
escalera que con tantos cientos de escalones llevaba al ancho regazo de la
montaña. Luego me senté y volví a localizar la mancha de color que era el
acantilado al pie del cual estaba la casa de Casdoe. Recordé los ladridos del
perro marrón cuando yo había salido del bosque. Ese perro había sido cobarde
ante la aparición del alzabo, pero había muerto con los colmillos en la carne
sucia de un zoántropo, mientras yo, igualmente cobarde, no hacía nada. Recordé
la cara cansada y hermosa de Casdoe, al niño espiando por detrás de su falda,
al viejo sentado con las piernas cruzadas
frente al fuego, hablando de Fechin. Ahora estaban todos muertos, Severa y
Becan, a quienes yo no había conocido, el viejo, Casdoe, Severian chico, hasta
Fechin, todos muertos, todos perdidos en las brumas que oscurecen nuestros
días. El tiempo es en sí algo sólido, me parece, que se levanta como una cerca
de barrotes de hierro con su infinita hilera de años; y nosotros pasamos por
delante como el Gyoll, de camino a un mar del que sólo volveremos en forma de
lluvia.
Entonces supe, en el brazo de esa figura gigantesca, lo
que era la ambición de conquistar el tiempo, una ambición al lado de la cual el
deseo de soles distantes no es más que la codicia de un pequeño cacique
emplumado, decidido a someter a alguna otra tribu.
Allí estuve sentado hasta que el sol quedó casi escondido
por las montañas del oeste. Bajar la escalera tendría que haber sido más fácil
que subir, pero ahora yo tenía mucha sed y el golpe de cada paso me hacía doler
las rodillas. Ya casi no había luz, y el viento era como hielo. Una de las
mantas se había quemado con el niño; desdoblé la otra y me envolví el pecho y
los hombros por debajo de la capa.
Más o menos a medio camino me detuve a descansar. Lo
único que quedaba del día era una delgada media luna de castaño rojizo que
menguó y luego se desvaneció; y mientras eso ocurría, cada uno de los grandes
catafractos metálicos que había allá abajo saludó alzando la mano. Eran tan
serenos y tan firmes que casi los hubiera creído, tal como los veía, esculpidos
con los brazos en alto.
Por un momento el asombro me limpió de toda pena, y
únicamente pude maravillarme. Permanecí donde estaba, mirándolos; no me atrevía
a moverme. Entre las montañas corría la noche; a la última, tenue luz del
crepúsculo vi cómo bajaban los brazos. Aturdido aún, volví a entrar en el
silencioso conjunto de edificios que se levantaban en el regazo de la figura.
Si había visto fracasar un milagro, había presenciado otro; y hasta un milagro
en apariencia inconducente es una fuente inagotable de esperanza, pues nos demuestra
que no lo entendemos todo, y que nuestras derrotas —tanto más numerosas que
nuestros pocos y vacíos triunfos— pueden ser igualmente engañosas.
Por algún error idiota, cuando intentaba volver al
edificio circular donde le había dicho al niño que pasaríamos la noche, me las
arreglé para perderme, y estaba demasiado fatigado como para buscar el camino.
En cambio encontré un lugar resguardado, bien lejos del más cercano de los
guardias de metal, donde me froté las piernas doloridas y me cubrí lo mejor que
pude contra el frío. Aunque me dormí casi en seguida, pronto me despertó un
leve ruido de pasos.
XXV
Tifón y Piatón
Al
oír los pasos me levanté y saqué la espada, y aguardé en la sombra por lo que
me pareció una guardia, aunque sin duda fue mucho menos. Volví a oírlos dos
veces más; rápidos y leves, sugerían no obstante un hombre corpulento: un
hombre fuerte que se apresurara, que corriera casi, atlético y ligero de pies.
Allí
las estrellas lucían en toda su gloria; brillantes como tienen que verlas los
navegantes, para quienes son puertos, cuando suben a desplegar la gasa dorada
que envolverá todo un continente. Yo veía a los guardias inmóviles casi como si
fuera de día, y a mi alrededor, los edificios bañados por las luces
multicolores de diez mil soles. Pensamos con horror en las llanuras heladas de
Dis, el compañero más alejado de nuestro sol; pero ¿de cuántos soles somos
nosotros el compañero más alejado? Para la gente de Dis (si existe tal gente)
todo es una larga noche estrellada.
Varias
veces, de pie allí bajo las estrellas, estuve a punto de quedarme dormido; y en
las fronteras del sueño me preocupé por el niño, pensando que probablemente lo
había despertado al levantarme y preguntándome dónde encontrar comida para él
cuando se viera de nuevo el sol. Tras esos pensamientos, el recuerdo de su
muerte me llegaba a la mente como la noche había llegado a la montaña, una ola
de negrura y desesperación. Entonces supe cómo se había sentido Dorcas al morir
Jolenta. Entre el niño y yo no había habido juego sexual, como creo que en
algún momento hubo entre Dorcas y Jolenta; pero nunca había sido el amor carnal
de ellas lo que me había despertado celos. Mi sentimiento por el niño había
sido tan profundo como el de Dorcas por jolenta (y seguramente mucho más
profundo que el de Jolenta por Dorcas). De haberlo sabido, Dorcas se habría
puesto tan celosa como a veces me había puesto yo, pensé, si es que me había
amado tanto como yo a ella.
Al
fin, cuando dejé de oír pasos, me escondí lo mejor posible y me eché a dormir.
Casi esperaba no despertarme de ese sueño, o despertarme con un cuchillo en la
garganta, pero nada de eso ocurrió. Soñando con agua, dormí hasta bien pasado
el amanecer y me desperté solo y aterido.
En
ese momento me tenían sin cuidado los pasos, los guardianes, el anillo o
cualquier cosa de ese lugar maldito. Mi único deseo era irme, y lo más rápido
posible; y me encantó —aunque no habría podido explicar por qué— descubrir que
en el camino hacia la ladera noroeste de la montaña no tendría que volver a
pasar por el edificio circular.
Muchas
veces sentí que me había vuelto loco, pues he tenido muchas grandes aventuras,
y las más grandes son las que con más fuerza actúan sobre nuestra mente. Así
fue en ese momento. Un hombre, más corpulento que yo y mucho más ancho de
hombros, se adelantó entre los pies de un catafracto, y fue como si una de las
monstruosas constelaciones de la noche hubiese caído a Urth vestida con la
carne de la especie humana. Porque el hombre tenía dos cabezas, como el ogro de
un cuento olvidado de Las Maravillas de Urth
y el Cielo.
Instintivamente
me llevé la mano al hombro y empuñé la espada. Una de las cabezas rió; nadie
hasta entonces se había atrevido a reír cuando yo desnudaba la gran hoja.
—¿Por
qué te alarmas? —dijo—. Veo que estás tan bien equipado como yo. ¿Cómo se llama
tu amiga? Por sorprendido que estuviera, no pude dejar de admirar su audacia.
—Se
llama Terminus
Est—dije, y volví la espada
para dejarle ver la escritura en el acero.
—«Ésta
es la Línea que Divide.» Muy bien. Realmente muy bien, y sobre todo es bueno
que lo leamos aquí y ahora, porque ya se sabe que esta época separará lo nuevo
de lo viejo como nunca había ocurrido en el mundo. Mi amigo se llama Piatón, lo
que me temo no significa gran cosa. Como sirviente es inferior a la que tienes
tú, aunque quizá sea mejor montura.
Al
oír el nombre, la otra cabeza abrió del todo los ojos, que habían estado medio
cerrados, y los puso en blanco. La boca se le movió como si fuese a hablar,
pero no salió ningún sonido. Pensé que era una especie de idiota.
—Pero
ahora puedes guardar el arma. Como ves, yo estoy desarmado, aunque ya
bicapitado, y en todo caso no tengo malas intenciones.
Mientras
hablaba levantó las manos, y se volvió de un lado y de otro, para mostrarme que
iba totalmente desnudo, algo que ya había quedado suficientemente claro.
Pregunté:
—¿Eres quizás el hijo del hombre muerto que vi en el edificio redondo de allá
atrás?
Yo
había envainado Tenninus Est
mientras hablaba, y él dio un paso adelante y dijo: —De ningún modo. Soy ese
hombre.
En
mis pensamientos, Dorcas brotó como del agua marrón del Lago de los Pájaros, y
de nuevo sentí que me aferraba la mano con una mano muerta. Antes de saber que
estaba hablando, balbuceé: —¿Yo te volví a la vida?
—Digamos
más bien que tu llegada me despertó. Tú creíste que estaba muerto cuando sólo
estaba seco. Bebí y, como ves, estoy vivo de nuevo. Beber es vivir, bañarse en
agua es volver a nacer.
—Si
lo que dices es verdad, es prodigioso. Pero por mi parte tengo ahora demasiada
necesidad de agua como para pensar mucho en esto. Dices que has bebido, y el
modo de decirlo indica al menos que me miras amistosamente. Demuéstralo, por
favor. Hace mucho tiempo que no como ni bebo.
La
cabeza que hablaba sonrió.
—Tienes
la manera más maravillosa de encajar en cualquier cosa que yo planee; hay en
ti, incluso en tu ropa, un aire de propiedad que me resulta delicioso. Justamente iba a sugerirte que fuéramos adonde hay comida y bebida en
abundancia. Sígueme.
Creo
que en ese momento habría seguido adonde fuese a cualquiera que me prometiera
agua. Desde entonces he intentado convencerme de que fui por curiosidad, o
porque esperaba conocer el secreto de los grandes catafractos; pero cuando
recuerdo esos momentos e indago cómo estaba mi mente, no encuentro otra cosa
que desesperación y sed. La cascada de arriba de la casa de Casdoe urdía sus
columnas de plata ante mis ojos, y recordaba la Fuente Vática de la Casa
Absoluta, y el torrente de agua que caía del acantilado de Thrax cuando abrí la
compuerta para inundar la Víncula.
El
hombre de dos cabezas caminaba delante como si estuviese seguro de que yo lo
seguiría, e igualmente seguro de que no me atrevería a atacarlo. Cuando
doblamos por una esquina comprendí por primera vez que yo no había estado, al
contrario de lo que pensaba, en una de esas calles radiales que llevaban al
edificio circular. Ahora lo teníamos enfrente. Había una puerta—aunque no la
misma por la que había pasado con Severian chico— abierta como antes, y
entramos.
—Ven
—dijo la cabeza que hablaba—. Sube.
Lo
que señalaba era algo parecido a un bote, y estaba por dentro totalmente
forrado de hojas como el bote de nenúfares del jardín del Autarca; sin embargo
no flotaba en el agua sino en el aire. Cuando yo toqué la borda, el bote se
hamacó y cabeceó bajo mi mano, aunque el movimiento fue casi imperceptible.
—Esto
tiene que ser una voladora. Nunca había visto una de tan cerca.
—Si
las voladoras fueran golondrinas, esto sería..., no sé..., un gorrión, quizás.
O un topo, o el pájaro de juguete que los niños golpean con paletas y hacen
volar de uno a otro. La cortesía, me temo, exige que subas tú primero. Te
aseguro que no hay peligro.
De
todos modos, me resistía a moverme. La nave tenía algo tan misterioso que por
el momento yo no me atrevía a poner el pie en ella. Al fin dije:
—Vengo
de Nessus y de la margen oriental del Gyoll, y allí nos enseñan que el pasajero
de honor de cualquier embarcación es el último en subir y el primero en bajar.
—Precisamente
—replicó la cabeza que hablaba, y sin darme tiempo a comprender lo que ocurría,
el hombre de dos cabezas me agarró por la cintura y me tiró adentro como
hubiera tirado yo al niño. El bote se hundió y balanceó bajo el impacto de mi
cuerpo, y un momento después se sacudió violentamente cuando el de las dos
cabezas saltó a mi lado—. Supongo que no esperarías tener prioridad sobre mí.
Susurró
algo y el velero se puso en movimiento. Al principio planeó lentamente hacia
adelante, pero al rato ya ganaba velocidad.
—La
verdadera cortesía —continuó la cabeza— merece su nombre. Es cortesía lo que es
verídico. Cuando el plebeyo se arrodilla ante el monarca, le está ofreciendo el
cuello. Lo ofrece porque sabe que su señor puede tomarlo si quiere. La gente
así, vulgar, dice, o más bien decía, en tiempos antiguos y mejores, que yo no
amo la verdad. Pero la verdad es que lo que amo es justamente la verdad, un
reconocimiento abierto de los hechos.
Todo
este tiempo estuvimos tendidos, separados por apenas un palmo. La cabeza
idiota, que la otra había llamado Piatón, me miraba con ojos saltones y movía
los labios mientras la otra hablaba, soltando un confuso balbuceo.
Intenté
sentarme. El hombre de dos cabezas me agarró con brazo de hierro, y mientras me
tendía de nuevo, dijo: —Es peligroso. Estas naves están hechas para acostarse.
No querrás perder la cabeza, ¿no? Es casi tan malo, créeme, como tener una de
más.
El
bote inclinó el morro y se zambulló en la oscuridad. Por un momento pensé que
moriríamos, pero la sensación se transformó en otra, de regocijante velocidad,
el tipo de emoción que había sentido de niño cuando en invierno nos
deslizábamos entre los mausoleos montados en ramas de árboles. Una vez que me
hube acostumbrado, pregunté:
—¿Naciste
como eres ahora? ¿O de algún modo te impusieron a Piatón? —Ya empezaba a darme
cuenta, creo, de que mi vida dependía de averiguar todo lo posible sobre ese
extraño ser.
La
cabeza que hablaba rió. —Mi nombre es Tifón. Puedes llamarme así. ¿Has oído
hablar de mí? En un tiempo goberné este planeta, y muchos más.
Yo
estaba seguro de que mentía, así que dije:—Aún resuenan ecos de tu poder...,
Tifón.
Volvió
a reírse. —Ibas a llamarme Emperador o algo por el estilo, ¿verdad? Ya lo
harás. No, no nací como soy ahora, ni en realidad nací, en el sentido en que tú
lo dices. Tampoco me injertaron a Piatón. Yo fui injertado en él. ¿Qué opinas?
Ahora
el bote se movía tan rápido que el aire nos silbaba sobre las cabezas, pero el
descenso me pareció menos abrupto que antes. Mientras yo hablaba, llegó casi a
estabilizarse.
—¿Y
tú lo querías? —Yo lo ordené.
—Entonces
opino que es muy extraño. ¿Por qué tenías que querer algo así?
—Para
poder vivir, por supuesto. —Había oscurecido demasiado como para ver cualquiera
de las dos caras, aunque tenía la de Tifón a menos de un codo de la mía.—Toda
vida actúa para preservar su vida: es lo que denominamos Ley de la Existencia.
Nuestros cuerpos, como sabes, mueren mucho antes que nosotros. En realidad,
sería justo decir que morimos solamente porque mueren ellos. Los médicos, de
los cuales tengo naturalmente los mejores de muchos mundos, me dijeron que
acaso me fuera posible tomar un cuerpo nuevo, y su primera idea fue alojarme el
cerebro en el cráneo previamente ocupado por otro. ¿Adviertes el inconveniente?
Preguntándome
si hablaba en serio, dije: —No, me temo que no.
—La
cara... ¡La cara! Se habría perdido la cara, ¡y es a la cara a lo que los
hombres están acostumbrados a obedecer! —Su mano me aferró el brazo en la
oscuridad.— Les dije que no serviría. Luego vino uno y sugirió que podía
sustituirse la cabeza entera. Sería aún más fácil, dijo, porque quedarían
intactas las complejas conexiones neurales que controlan el habla y la vista.
Prometí que si tenía éxito le daría un palatinado.
—Me
da la impresión de que... —empecé.
Tifón
se rió una vez más: —Habría sido mejor quitar primero la cabeza original. Sí,
es lo mismo que siempre pensé yo. Pero la técnica de montar las conexiones
neurales era difícil, y él descubrió que la mejor manera (todo esto con sujetos
experimentales que yo le proporcionaba) consistía en transferir quirúrgicamente
sólo las funciones voluntarias. Hecho eso, las involuntarias se transferirían
por sí mismas, en un momento u otro. Entonces podría extirparse la cabeza
original. Quedaría una cicatriz, claro, pero fácil de cubrir con una camisa.
—Pero
¿salió algo mal? —Yo ya me había apartado de él todo lo que podía en la
estrechez del bote. —Sobre todo fue cuestión de tiempo. —El terrible vigor de
la voz, que había sido implacable, ahora pareció menguar.— Piatón era esclavo
mío... No el más corpulento, pero sí el más fuerte de todos. Le hicimos
pruebas. Nunca se me ocurrió que alguien con la fuerza de él pudiera también
ser fuerte en aferrarse a la acción del corazón.
—Entiendo
—dije, aunque en realidad no entendía nada.
—Era
además un período muy confuso. Mis astrónomos me habían dicho que la actividad
de este sol decaería lentamente. Demasiado lentamente, en verdad, como para que
el cambio pudiera advertirse en el curso de una vida humana. Se equivocaron. A
lo largo de pocos años el calor del mundo descendió en casi dos milésimas, y
luego se estabilizó. Fracasaron las cosechas, y hubo hambrunas y disturbios.
Tendría que haberme marchado entonces.
—¿Por
qué no lo hiciste?
—Me
pareció que hacía falta una mano firme. Sólo puede haber una mano firme, sea la
del gobernante o la de otro...
»Luego
había aparecido un hacedor de milagros. No era realmente un alborotador, por
más que algunos de mis ministros dijeran que sí. Yo me había retirado aquí
hasta que se completara el tratamiento, y como parecía que ese hombre
ahuyentaba los males y las deformidades, ordené que me lo trajeran.
—El
Conciliador —dije, y un momento después me habría cortado las venas por haber
abierto la boca. —Sí, ése era uno de sus nombres. ¿Sabes dónde está ahora?
—Hace
muchas quilíadas que murió. —Ysin embargo sigue aquí, ¿no es cierto?
Ese
comentario me sobresaltó tanto que miré la bolsita que me colgaba del cuello
para ver si emitía luz celeste.
En
ese momento, la nave en que íbamos levantó la proa y empezó a subir. Alrededor,
el quejido del aire se transformó en el bramido de un torbellino.
XXVI
Los ojos del mundo
Quizá
la luz gobernaba el bote; bastó que alrededor hubiera un fogonazo para que se
detuviese. Si en la falda de la montaña yo había sufrido el frío, eso no era
nada comparado con lo que sentía ahora. No soplaba viento, pero hacía más frío
que en el más crudo de los inviernos que yo recordara, y el esfuerzo de
sentarme me mareó.
Tifón
bajó de un salto: —Hacía muchísimo tiempo que no venía aquí. Bien, da gusto
volver a casa. Estábamos en una cámara vacía excavada en la roca viva, un lugar
grande como una sala de baile. En el extremo opuesto dos ventanas circulares
dejaban entrar la luz; Tifón fue rápidamente hacia ellas. Estaban separadas por
unos cien pasos, y cada una tenía alrededor de diez codos de ancho. Lo seguí
hasta que noté que sus pies descalzos dejaban visibles huellas oscuras. Por las
ventanas había entrado nieve y se había acumulado en el suelo de piedra. Caí de
rodillas, ahuequé las manos y me llené la boca.
Nunca
he probado nada más delicioso. En el acto, el calor de la lengua pareció
fundirla en néctar; sentí realmente que podía quedarme toda la vida allí, de
rodillas, devorando nieve. Tifón se volvió, y al verme se echó a reír.
—Me
había olvidado de lo sediento que estabas. Adelante. Tenemos tiempo de sobra.
Lo que quería enseñarte puede esperar.
Como
antes, la boca de Piatón también se movió, y me pareció captar una expresión de
simpatía en esa cara idiota. Eso me hizo volver en mí, posiblemente sólo porque
ya había tragado varios bocados de nieve derretida. Después de tragar una vez
más me quedé donde estaba, juntando un nuevo puñado, pero dije: —Me has
mencionado a Piatón. ¿Por qué no puede hablar?
—El
pobre individuo no sabe cómo respirar —dijo Tifón. Vi que en ese momento tenía
una erección, que atendía con una mano—. Ya te he dicho que yo controlo todas
las funciones voluntarias; y pronto controlaré también las involuntarias. Así
que aunque el pobre Piatón pueda mover aún la lengua y moldear los labios, es
como un músico que aprieta las llaves del instrumento pero no puede soplar.
Cuando te hayas saciado de nieve dímelo, y te enseñaré dónde conseguir algo de
comida.
Volví
a llenarme la boca y tragué. —Suficiente. Sí, tengo mucha hambre.
—Bien
—dijo él, y se apartó de las ventanas para ir a una pared lateral de la cámara.
Al acercarme descubrí que por lo menos no era (como yo había pensado) una pared
de piedra. Parecía en cambio una especie de cristal, o de grueso vidrio
ahumado; a través de él se veían panes y muchos platos extraños, tan quietos y
perfectos como en una pintura.
—Llevas
un talismán de poder —me dijo Tifón—. Tendrás que dármelo para que yo pueda
abrir la despensa.
—Me
temo que no te comprendo. ¿Quieres mi espada?
—Quiero
eso que llevas en el cuello—dijo él, y tendió la mano.
Di
un paso atrás. —No tiene ningún poder. —Entonces no pierdes nada. Dámelo.
—Mientras Tifón hablaba, la cabeza de Piatón se movía casi imperceptiblemente
de un lado a otro.
—Es
sólo una curiosidad —dije yo—. En una época pensé que tenía mucho poder, pero
cuando intenté revivir a una mujer hermosa que agonizaba no tuvo efecto, y ayer
no pudo recuperar al niño que viajaba conmigo. ¿Cómo supiste que lo tenía?
—Os
estuve observando, claro. Subí lo bastante alto como para veros bien. Cuando mi
anillo mató al niño y tú fuiste hacia él, vi el fuego sagrado. Si no quieres,
en realidad no tienes que ponérmela en la mano... Simplemente haz lo que te
diga.
—Entonces
podrías habernos prevenido —dije yo. —¿Y por qué? En ese momento vosotros no
erais nada para mí. ¿Quieres comer o no?
Saqué
la gema. Después de todo Dorcas y Jonas la habían visto, y yo había oído que en
grandes ocasiones las Peregrinas la exhibían en un ostensorio. En la palma de
mi mano parecía un trozo de cristal azul, sin nada de fuego.
Tifón
se inclinó a mirarla con curiosidad. —Poco impresionante. Ahora arrodíllate. Me
arrodillé.
—Repite
conmigo: por todo lo que este talismán representa, juro que a cambio de la
comida que reciba seré criatura de aquel que llaman Tifón, rindiéndole...
Se
estaba cerrando una trampa al lado de la cual la red de Decumano parecía un
intento precoz y primitivo. Ésta era tan sutil que yo apenas la notaba, y sin
embargo sentía que los hilos eran todos de acero tensado.
—...
todo cuanto tenga y todo cuanto yo sea, lo que poseo ahora y lo que poseeré en
días por venir, viviendo y muriendo según se le antoje.
—He
roto juramentos otras veces —dije—. Si hiciera éste, lo rompería.
—Entonces
hazlo —dijo él—. No es más que una fórmula que debemos seguir. Hazlo, y yo
puedo librarte en cuanto acabes de comer.
En
vez de obedecerle, me levanté. —Dijiste que amabas la verdad. Ahora ya
comprendo por qué... Es la verdad lo que ata a los hombres. —Guardé la Garra.
De
no haberlo hecho, un momento después se habría perdido para siempre. Tifón me
agarró, sujetándome los brazos a los lados para que no pudiera sacar Terminus Est, y corrió conmigo hasta una de las ventanas. Yo luchaba, pero
como lucha un cachorro en las manos de un hombre fuerte.
El
tamaño de la ventana era tal que cuando nos acercamos no parecía en absoluto
una ventana; era como si una parte del mundo exterior se hubiera introducido en
el recinto, una parte que no consistía en los campos y árboles de la base de la
montaña, que era lo que yo había esperado, sino en una mera extensión, un
fragmento del cielo. La pared de roca de la cámara, de menos de un codo de
espesor, retrocedió flotando en el ángulo de mi visión como la borrosa línea
que vemos al nadar con los ojos abiertos, y que es la divisoria entre el
agua y el aire.
Luego
estuve afuera. Ahora Tifón me sostenía por los tobillos pero, fuese por el
grosor de mis botas o por el pánico, durante un momento sentí que nada me
sostenía. Estaba de espaldas a la masa de la montaña. La Garra, en su blanda
bolsa, me colgaba bajo la cabeza, retenida por la barbilla. Recuerdo haber
sentido un miedo repentino, absurdo, de que TerminusEst resbalara y saliera de la vaina.
Levanté
el cuerpo con los músculos del abdomen, como un gimnasta colgado de la barra
por los pies. Tifón me soltó un tobillo para darme un puñetazo en la boca, de
modo que caí de nuevo hacia atrás. Grité, e intenté limpiarme de los ojos la
sangre que me chorreaba de los labios.
La
tentación de sacar la espada, volver a incorporarme y descargar un golpe era
casi demasiado fuerte para resistirla. Pero sabía que no podía hacerlo sin
darle a Tifón tiempo de sobra para advertir lo que yo intentaba y dejarme caer.
Aunque yo tuviera éxito, moriría.
—Y
ahora te recomiendo... —la voz de Tifón me llegaba de arriba, aparentemente
lejana en esa inmensidad dorada— que pidas a tu talismán toda la ayuda que
pueda proporcionarte.
Hizo
una pausa, y cada momento parecía la Eternidad misma.
—¿Te
puede ayudar? Conseguí gritar: —No. —¿Comprendes dónde estás?
—Me
di cuenta. En la cara. La montaña autarca. —Es mi cara... ¿Te habías dado
cuenta? Yo era el autarca. Yo, que ahora vuelvo. Estás en mis ojos, y lo que
tienes a tu espalda es el iris de mi ojo derecho. ¿Comprendes? Eres una
lágrima, una sola lágrima negra que yo lloro. Dentro de un instante puedo
dejarte caer para que me manches la túnica. ¿Quién puede salvarte, Portador del
Talismán?
—Tú.
Tifón. —¿Solamente yo? —Solamente Tifón.
Me
subió, y yo me aferré a él como una vez el niño se había aferrado a mí, hasta
que estuvimos bien adentro de la gran cámara que era la cavidad craneana de la
montaña.
—Ahora
—dijo— haremos un intento más. Has de venir de nuevo al ojo conmigo, y esta vez
voluntariamente. Tal vez te resulte más fácil si vamos al izquierdo en lugar
del derecho.
Me
tomó del brazo. Se podría decir, supongo, que fui por voluntad propia, porque
lo acompañé caminando; pero creo que en mi vida he caminado con menos ganas. Si
algo me impedía negarme, era el recuerdo de la humillación reciente. No paramos
hasta llegar al borde mismo del ojo. Debajo teníamos un océano de nubes
ondulantes, azul de sombras donde no estaba rosado por el sol.
—Autarca
—le dije—, ¿cómo es que estamos aquí, cuando la nave en que viajamos se hundió
en un túnel tan largo?
Tifón
desechó la pregunta encogiéndose de hombros. —¿Por qué la gravedad tendría que
servir a Urth, cuando puede servir a Tifón? Y sin embargo Urth es bella. ¡Mira!
Estás viendo el manto del mundo. ¿No es hermoso?
—Muy
hermoso —coincidí.
—Puede
ser tu manto. Te he dicho que yo era autarca de muchos mundos. Volveré a ser
autarca, y esta vez de muchos más. Este mundo, el más antiguo de todos, lo tomé
por capital. Fue un error, pues cuando vino el desastre tardé demasiado en
marcharme. Para cuando hubiera huido, esa huida ya no era posible: los que
habían recibido de mí el control de las naves capaces de alcanzar las
estrellas, habían escapado en ellas, y me encontré sitiado en esta montaña. No
volveré a equivocarme así. Mi capital estará en otro sitio, y este mundo te lo
daré a ti, para que lo gobiernes como administrador mío.
—No
he hecho nada —dije yo— para merecer tan encumbrada posición.
—Nadie,
ni siquiera tú, Portador del Talismán, puede exigirme que justifique mis actos.
Calla y contempla tu imperio.
Abajo,
a lo lejos, mientras él hablaba se había levantado un viento. Las nubes
bulleron, azotadas, se juntaron como soldados en filas ceñidas y avanzaron
rumbo al este. Debajo de ellas vi las montañas, y las llanuras costeras, y más
allá de las llanuras la tenue línea azul del mar.
—¡Mira!
—Tifón señaló con la mano, y en ese momento un alfilerazo de luz apareció en
las montañas del nordeste.— Alguien ha usado allí un arma de gran energía
—dijo——. Tal vez el señor de esta época, tal vez sus enemigos. Quienquiera que
haya sido, ahora se ha revelado su emplazamiento, y será destruido muy pronto.
Los ejércitos de esta época son débiles. Nuestros golpes los dispersarán como a
paja en la cosecha.
—¿Cómo
puedes saber todas esas cosas? —pregunté—. Hasta que mi hijo y yo llegamos a
ti, estabas como muerto.
—Sí.
Pero he vivido casi un día y enviado mi pensamiento a lugares lejanos. Ahora
hay en el mar poderes capaces de gobernar. Ellos serán siervos nuestros, y las
hordas del norte son suyas.
—Y
la gente de Nessus, ¿qué? —Yo estaba helado hasta los huesos; me temblaban las
piernas.
—Nessus
será nuestra capital, si lo deseas. De tu trono de Nessus me enviarás como
tributo bellas mujeres y niños, artefactos y libros antiguos, y todas las cosas
buenas que produce este mundo de Urth.
Volvió
a señalar. Vi los jardines de la Casa Absoluta como un manto verde y oro
tendido sobre un prado, y más allá la Muralla de Nessus, y la poderosa ciudad
misma, la Ciudad Imperecedera, esparciéndose en tantos cientos de leguas que hasta las torres de la Ciudadela se perdían en esa inacabable
extensión de techos y calles serpenteantes.
—No
hay ninguna montaña tan alta —dije—. Aunque ésta fuera la más grande del mundo,
y se alzara sobre la corona de la segunda, ningún hombre podría ver tan lejos
como yo veo ahora.
Tifón
me tomó por el hombro. —Esta montaña es todo lo alta que yo quiera. ¿Has
olvidado de quién tiene la cara?
No
pude dejar de mirarlo.
—Necio
—dijo—. Tú ves por mis ojos. Ahora saca el talismán. Te tomaré juramento sobre
él.
Saqué
la Garra—por última vez, pensé—de la bolsa de cuero que le había cosido Dorcas.
En ese momento hubo abajo, a lo lejos, un leve movimiento. La vista del mundo
desde la ventana de la cámara seguía siendo inconcebiblemente grandiosa, pero
era sólo lo que un hombre podría discernir desde un pico muy alto: el azul
plato de Urth. Entre las nubes de abajo vislumbré la falda de la montaña, con
muchos edificios rectangulares, el circular en el centro, y los catafractos.
Lentamente éstos iban apartando las caras del sol y volviéndolas hacia arriba,
hacia nosotros.
—Me
rinden honor —dijo Tifón. La boca de Piatón también se movía, aunque no al
mismo tiempo. Esta vez le presté atención.
—Antes
estuviste en el otro ojo —le dije a Tifón— y no te honraron. Saludan a la
Garra. Autarca, ¿qué pasará con el Sol Nuevo, si al fin llega? ¿También serás
enemigo de él, como fuiste enemigo del Conciliador?
Jura,
y créeme, que cuando llegue seré su señor, y él mi más abyecto esclavo.
Entonces
lancé el golpe.
Si
se aplasta de cierta forma una nariz con el talón de la mano, el hueso
astillado se hunde en el cerebro. Hay que ser muy rápido, sin embargo, porque
al ver el golpe un hombre puede levantar las manos y protegerse la cara sin
necesidad de pensarlo. No fui tan rápido como Tifón, pero la cara que las manos
se alzaron a defender fue la suya. Yo golpeé a Piatón, y sentí el pequeño pero
terrible crujido que es el sello de la muerte. El corazón que durante tantas
quilíadas no le había servido, dejó de latir.
Un
momento después, empujé con el pie el cuerpo de Tifón al precipicio.
XXVII
Por altos senderos
El
bote flotante no me obedecía, porque yo no conocía la palabra necesaria. (He
pensado muchas veces que esa palabra tenía que haber estado entre las cosas que
Piatón había intentado decirme, como me había dicho que le quitara la vida; y
ojalá le hubiese prestado atención antes.) Al final me vi obligado a
descolgarme desde el ojo derecho de la montaña Autarca: el peor descenso de mi
vida. En este prolongado relato de mis aventuras, he dicho a menudo que yo
nunca olvido nada; pero de aquello he olvidado gran parte, porque estaba tan
exhausto que me movía como en sueños. Cuando al fin me tambaleé entrando en la
ciudad silenciosa y cerrada que se levantaba entre los pies de los catafractos,
me pareció que ya era casi de noche, y me eché junto a un muro que me protegía
del viento.
Hay
una belleza terrible en las montañas, aun cuando lo ponen a uno cerca de la
muerte; en realidad creo que es entonces cuando se hace más evidente, y que los
cazadores que entran en las montañas bien vestidos y bien alimentados y salen
bien alimentados y bien vestidos pocas veces las ven. Allí el mundo entero
puede parecer una pila natural de agua clara, quieta y fría como el hielo.
Aquel
día bajé hasta muy lejos, y encontré altas planicies que se extendían muchas
leguas, planicies llenas de hierba tierna y de flores como nunca se ven en
alturas menores, flores pequeñas y rápidas en abrirse, más perfectas y puras de
lo que las rosas pueden ser nunca.
Con
mediana frecuencia esas planicies estaban bordeadas de riscos. Más de una vez
pensé que ya no podría seguir hacia el norte y tendría que volver sobre mis
pasos; pero siempre encontraba un camino, por arriba o por abajo, y así seguía
adelante. No vi soldados ni a pie ni a caballo por debajo de mí, y aunque en
cierto modo fuera un alivio —pues había temido que la patrulla del arconte
siguiera aún tras mis pasos—, también era inquietante, porque mostraba que me
había alejado de las rutas por las que el ejército recibía suministros.
El
recuerdo del alzabo volvía para hostigarme; era posible que en las montañas
hubiera muchos más de su especie. Además, no podía sentirme seguro de que
estuviera realmente muerto. ¿Quién sabía qué poder de recuperación poseía
semejante criatura? Aunque a la luz del día lograba olvidarlo, expulsándolo,
por así decir, de mi conciencia con preocupaciones sobre la presencia o
ausencia de soldados, y las mil imágenes encantadoras de picos y cataratas y
valles que me asediaban la vista, el recuerdo regresaba por la noche, cuando
arrebujado en la manta y la capa y ardiendo de fiebre, creía oír el mullido
golpeteo de sus pies, el roce de sus garras.
Si,
como suele decirse, el orden del mundo sigue un plan (lo mismo da si concebido
antes de su creación o desarrollado durante los billones de eones de su
existencia por la lógica inexorable del orden y el crecimiento), todas las
cosas han de contener, tanto la representación en miniatura de glorias más
altas, como el dibujo ampliado de cuestiones menores. Para desviar mi atención
circular del recuerdo del horror del alzabo, yo a veces intentaba fijarla en
esa faceta de su naturaleza que le permite incorporar memorias y deseos de los
seres humanos a los suyos. El paralelo en cuestiones menores no me parecía
importante. El alzabo podía compararse a ciertos insectos que se cubren el
cuerpo con ramitas y trozos de hierba para que sus enemigos no los descubran.
Visto desde cierto ángulo, no hay engaño: las ramitas, los fragmentos de hojas
están allí y son reales. Y sin embargo dentro está el insecto. Así ocurría con
el alzabo. Cuando, hablando por la boca de la criatura, Becan me dijo que
quería que su mujer y su hijo se reunieran con él, creía estar describiendo sus
propios deseos; con todo, esos deseos servirían para alimentar al alzabo, que
estaba dentro, y cuyas necesidades y conciencia se ocultaban detrás de la voz
de Becan.
De
manera nada sorprendente, el problema de correlacionar el alzabo con cierta
verdad superior era más arduo; pero al fin decidí que podía compararse a la
absorción por el mundo material de pensamientos y actos de seres humanos que,
aunque ya no vivos, lo han marcado tanto con actividades que en el sentido más
amplio podemos llamar obras de arte, sean edificios, canciones, batallas o
exploraciones, que puede decirse que aún después de que desaparecen siguen
viviendo por algún tiempo. Fue exactamente de esa manera que la niña Severa le
sugirió al alzabo que moviera la mesa para alcanzar así el desván de la casa de
Casdoe, aunque la niña Severa ya no estaba.
Entonces
yo contaba con Thecla como consejera, y aunque tuviese pocas esperanzas cuando
la invoqué, y ella pocos consejos que darme, de todos modos la habían prevenido
muchas veces contra los peligros de la montaña, y me impulsó a subir y seguir
adelante, y a descender, siempre hacia tierras más bajas y cálidas, con la
primera luz.
Ya
no estaba hambriento, porque el hambre es algo que desaparece cuando uno no
come. Apareció la debilidad en cambio, trayendo consigo una límpida claridad
mental. Luego, la tarde del segundo día después de descolgarme de la pupila del
ojo derecho, llegué al refugio de un pastor, una especie de panal de piedra, y
allí encontré una olla de cocina y cierta cantidad de maíz molido.
A
sólo una docena de pasos corría un manantial, pero no había combustible. Pasé
el atardecer recogiendo nidos abandonados en una pared rocosa que había a media
legua, y por la noche encendí fuego utilizando TerminusEst como piedra de
chispa, y herví el tosco alimento (que a causa de la altitud me costó mucho
cocer) y me lo comí. Fue, creo, una de las mejores cenas de mi vida, y tuvo un
esquivo pero inconfundible sabor a miel, como si los granos secos hubieran
conservado el néctar de la planta igual que el centro de ciertas piedras
conserva la sal de mares que sólo la propia Urth recuerda.
Estaba
decidido a pagar por lo que había comido, y hurgué en mi alforja buscando algo
al menos de igual valor para dejárselo al pastor. El libro marrón de Thecla no
podía cederlo; me calmé la conciencia recordándome que, de todos modos, era
improbable que el pastor supiera leer. Tampoco iba a entregar mi piedra de
afilar, tanto porque me recordaba el hombre verde como porque habría sido un
regalo de mal gusto allí, donde entre la hierba joven abundaban piedras casi
igual de buenas. No tenía dinero, pues le había dejado hasta la última moneda a
Dorcas. Al fin di con el mantón rojo que habíamos encontrado en el barro de la
ciudad de piedra, largo tiempo antes de llegar a Thrax. Estaba manchado y era
demasiado fino como para calentar mucho, pero esperaba que las borlas y el
color brillante agradaran al que me había alimentado.
Nunca
he comprendido del todo cómo llegó adonde lo encontramos, ni si el extraño
individuo que nos había llamado para poder tener ese breve lapso de vida
renovada lo había dejado atrás deliberada o accidentalmente cuando la lluvia
volvió a disolverle el cuerpo en el polvo que durante tanto tiempo había sido.
La antigua hermandad de sacerdotisas posee, fuera de toda duda, poderes que
rara vez o nunca usa, y no es absurdo suponer que entre ellos está el de
despertar de ese modo a los muertos. En ese caso, el hombre puede haberlas
llamado tal como nos llamó a nosotros, y acaso se haya dejado el mantón por
accidente.
Sin
embargo, hasta en ese caso puede haberse servido a una autoridad superior. Es
de este modo como la mayoría de los sabios explican la aparente paradoja de que
aunque elegimos libremente hacer esto o lo otro, cometer un crimen o robar por
altruismo la sagrada distinción del Empíreo, el Increado siempre domina el
conjunto y lo sirven por igual (es decir, totalmente) los que obedecen y los
que se rebelan.
No
sólo eso. Algunos, cuyos argumentos he leído en el libro marrón y discutido
varias veces con Thecla, han señalado que palpitando en la Presencia moran
multitud de seres que aunque en apariencia diminutos —en realidad infinitamente
pequeños—, por comparación son correspondientemente vastos a los ojos de los
hombres, para quienes su señor es tan gigantesco que resulta invisible. (Este
tamaño ilimitado lo vuelve diminuto, de modo que la relación que tenemos con él
es como la de quienes caminan por un continente pero sólo ven bosques,
pantanos, colinas de arena y cosas así, y aunque quizá sientan algunas
piedrecitas en los zapatos, nunca reflexionan que la tierra que toda la vida
han pasado por alto está allí, andando con ellos.)
Hay
también otros sabios que dudando de la existencia del poder al que sirven esos
seres, a quienes se puede llamar amschaspandas, afirman no obstante la
existencia de éstos. Estas aseveraciones se basan no en testimonios humanos
—que abundan y a los cuales sumo el mío, pues vi un ser semejante en el libro
de espejos de las salas del padre Inire— sino y ante todo en una teoría
irrefutable, pues dicen que si el universo no fue creado (de lo cual, por
razones no enteramente filosóficas, consideran conveniente descreer), tiene que
haber existido siempre hasta el día de hoy. Y si esto es así, el tiempo se
extiende sin fin detrás del día presente, y en ese océano ilimitado de tiempo
necesariamente habrá de pasar todo lo concebible. Seres como los amschaspandas son
concebibles, puesto que ellos, y muchos otros, los han concebido. Pero si
alguna vez entraron en la existencia criaturas tan poderosas, ¿cómo habrían de
ser destruidas? Por lo tanto aún existen.
Así
pues, por la paradójica naturaleza del conocimiento, se comprende que aunque
pueda dudarse de la existencia del Ylem, la fuente primordial de todas las
cosas, no se puede dudar de la de sus sirvientes.
Y
si tales seres existen sin duda, ¿no será posible que interfieran (si es lícito
llamarlo interferencia) en nuestros asuntos mediante accidentes como la capa
roja que yo dejé en el refugio? Interferir en la economía de un hormiguero no
requiere poder ilimitado: un niño puede removerlo con un palo. No conozco
pensamiento más terrible. (El de la propia muerte, que popularmente se
considera tan horroroso que es inconcebible, no me perturba mucho; tal vez a
causa de la perfección de mi memoria, es en mi vida en lo que no puedo pensar.)
No
obstante, hay otra explicación: puede ser que todos los que buscan servir a la
Teofanía, y quizás incluso los que alegan servirla, estén, por mucho que nos
parezca que difieren y de hecho libren una especie de guerra mutua, ligados
como las marionetas del niño y el hombre que una vez vi en un sueño y que
aunque parecían combatir entre sí, en realidad estaban controladas por un
individuo invisible que manejaba los hilos de ambas. Si éste es el caso,
entonces tal vez el chamán que vimos fuera amigo y aliado de esas sacerdotisas
cuya civilización tanto se extiende en la misma tierra en donde él, en
primitivo salvajismo, una vez ofreció un sacrificio con litúrgica rigidez de
crótalos y tambores en el pequeño templo de la ciudad de piedra.
Con
la última luz del día siguiente a haber dormido en el refugio del pastor,
llegué al lago llamado Diuturna. Era ese lago, creo, y no el mar, lo que había
visto en el horizonte antes de que Tifón me encadenara la mente; siempre y
cuando, por cierto, el encuentro con Tifón y Piatón no haya sido una visión o
un sueño, del cual necesariamente desperté en el lugar donde lo había empezado.
No obstante, el lago Diuturna es en sí casi un mar, suficientemente vasto como
para que la mente no pueda comprenderlo; y al fin y al cabo es la mente la que
crea las resonancias que convoca esa palabra: sin la mente sólo hay una
fracción de Urth cubierta de agua salobre. Aunque esta agua se encuentra a una
altitud sustancialmente mayor que la del mar, empleé la mayor parte de la tarde
en descender hasta la orilla.
La
caminata fue una experiencia notable que todavía atesoro, quizá la más hermosa
que recuerdo —bien que hoy guarde en la mente las experiencias de tantos
hombres y mujeres—, pues mientras bajaba iba atravesando el año. Al dejar el
refugio, tenía por encima, por detrás y a la derecha grandes campos de nieve y
hielo, en los cuales despuntaban peñascos aún más fríos que ellos, peñascos
demasiado barridos por el viento para retener la nieve, que esparciéndose caía
y se fundía en los tiernos prados de hierba que yo pisaba, la hierba de los
primeros días de primavera. A medida que avanzaba, la hierba se volvía más basta, y de un verde más viril. Los sonidos de los insectos, de los que
rara vez soy consciente salvo si los he oído alguna vez, se reanudaron con un
ruido que me hacía pensar en la afinación de las cuerdas en el Salón Azul antes
de que empezara la cantilena, un ruido que a veces oía acostado en mi camastro,
cerca de la puerta abierta del dormitorio de los aprendices.
Empezaron
a aparecer arbustos, que pese a su aspecto de fibrosa resistencia no habían
podido soportar las alturas donde vivían los pastos tiernos; pero al
examinarlos con cuidado descubrí que no eran arbustos, sino plantas que yo
conocía como árboles imponentes, atrofiados allí por la brevedad del verano y
la ferocidad del invierno, y que el maltrato partía a menudo transformándolos
en troncos cercenados, adustos. En uno de esos árboles enanos encontré un
zorzal en el nido, el primer pájaro que veía en bastante tiempo, aparte de las
aves rapaces de las cumbres. Una legua más y oí el chillido de los cobayos, que
tenían sus nidos entre los crestones rocosos, y que asomaban moteadas cabezas
de agudos ojos negros avisando a sus parientes que yo me acercaba.
Una
legua más y un conejo huyó de mí a los saltos, temeroso del remolineante astara
que yo no poseía. Para entonces yo estaba bajando rápidamente, y tomé
conciencia de la mucha fuerza que había perdido, no sólo por hambre o
enfermedad, sino por la inconsistencia del aire. Era como si hubiera padecido
un segundo mal, del cual no me enteré hasta que el regreso de los árboles y los
verdaderos arbustos trajo el remedio.
A
esas alturas el lago ya no era una línea de azul brumoso; lo veía como una
extensión grande y monótona de agua acerada, moteada de barcas hechas —según me
enteraría más tarde— sobre todo de cañas, con un pueblecito perfecto al final
de la bahía, apenas a la derecha de mi trayectoria de entonces.
Así
como no me había percatado de mi debilidad, hasta que no vi las barcas y las
curvas esquinas de los techos de paja de la aldea, tampoco me di cuenta de lo
sólo que había estado desde la muerte del niño. Creo que era más que simple
soledad. Nunca había tenido tal necesidad de compañía, a menos que fuera la
compañía de alguien que considerase un amigo. En verdad, rara vez he deseado
conversar con desconocidos o ver caras extrañas. Creo más bien que, en cierto
modo, estando solo había tenido la sensación de perder la individualidad; para
el zorzal y el conejo yo no había sido Severian, sino el Hombre. Si a muchos
les gusta estar totalmente solos, y sobre todo estar solos en lugares
desiertos, es, creo, porque les complace desempeñar ese papel. Pero yo quería
ser de nuevo una persona particular, y por eso necesitaba el espejo de otras,
que me mostrarían que no era igual que ellas.
XXVIII
La cena del atamán
Anochecía
casi cuando llegué a las primeras casas. El sol desplegaba un sendero de oro
rojo sobre el lago, un sendero que parecía prolongar la calle de la aldea hasta
el margen del mundo, para que caminando por él se pudiera salir al más vasto
universo. Pero la propia aldea, por pequeña y pobre que la viese al llegar, era
suficiente para mí, que tanto había andado por lugares altos y lejanos.
No
había posada, y ya que ninguno de los que espiaban desde los antepechos parecía
muy deseoso de dejarme entrar, pregunté por la casa del atamán, aparté de un
empujón a la mujer gorda que abrió la puerta y me puse cómodo. Guando el atamán
llegó a ver quién se había nombrado huésped suyo, yo ya había sacado la piedra
rota y el aceite y estaba atareado con la hoja de TerminusEst mientras me calentaba ante el fuego. Él empezó por
inclinarse, pero tanta curiosidad tenía que
mientras se inclinaba no resistió la tentación de levantar los ojos, de modo que a mí me costó
contener la risa, cosa que habría sido fatal para mis planes.
—Bienvenido
sea el optimate —dijo el atamán, hinchando las mejillas arrugadas—. Muy
bienvenido. Mi pobre casa, todo nuestro pobre pueblo, está a su disposición.
—No
soy un optimate —le dije—. Soy el Gran Maestro Severian, de la Orden de los
Buscadores de la Verdad y la Penitencia, comúnmente llamada gremio de los
torturadores. Has de dirigirte a mí, Atamán, como Maestro. He tenido un viaje difícil y, si me proporcionas
buena cena y lecho tolerable, es improbable que deba molestaros mucho más, a ti
o a tu gente, hasta mañana por la mañana.
—Tendrá
mi propia cama —se apresuró a decir—. Ytoda la comida que podamos ofrecer.
—Aquí
tenéis sin duda pescado fresco y aves de agua. Comeré ambas cosas. Y también
arroz silvestre. —Recordé que una vez, discutiendo las relaciones de nuestro
gremio con los otros de la Ciudadela, el maestro Gurloes me había dicho que una
de las maneras más fáciles de dominar a un hombre es pedirle algo que no pueda
proporcionar.— Miel, pan fresco y mantequilla serán suficientes, además de la
verdura y la ensalada: como en esto no tengo predilecciones, dejaré que me
sorprendas. Que sea algo bueno y que no haya comido nunca, así tendré una
historia que llevar a la Casa Absoluta.
Mientras
yo hablaba los ojos del atamán
se habían vuelto cada vez más redondos, y a la mención de la Casa Absoluta, que
indudablemente en su aldea era apenas un lejanísimo rumor, parecieron salírsele
de las órbitas. Intentó murmurar algo sobre el ganado (presumiblemente que a
esa altura no alcanzaba a proporcionar mantequilla), pero yo lo despedí con una
seña y luego lo agarré del pescuezo por no haber cerrado la puerta.
Cuando
se marchó, me arriesgué a quitarme las botas. Nunca conviene aflojarse delante
de los prisioneros (y ahora él y su aldea eran míos, pensé, aunque no
estuvieran recluidos), pero tenía la certeza de que nadie se atrevería a entrar
en la habitación hasta que hubiera alguna comida lista. Acabé de limpiar y
aceitar TerminusEst y le pasé
la piedra de amolar lo suficiente para restaurarle los filos.
Hecho
esto, saqué mi otro tesoro (aunque en realidad no era mío) de su bolsa y lo
examiné a la luz del punzante fuego del atamán. Desde que había abandonado
Thrax, ya no me oprimía el pecho como un dedo de hierro; durante el vagabundeo
por las montañas, en ocasiones había llegado a olvidar durante horas que la
llevaba encima, y una o dos veces, al recordarla finalmente, la había aferrado
con terror pensando que la había perdido. En la habitación cuadrada y de techo
bajo del atamán, donde las redondeadas piedras de las paredes parecían
calentarse las panzas como burgueses, no relumbraba como en la choza del
muchacho tuerto; pero tampoco estaba tan inerte como cuando se la había
mostrado a Tifón. Ahora parecía relucir, y casi habría podido imaginar que su
energía se reflejaba en mi rostro. En el centro, la marca con forma de media
luna nunca había sido tan nítida, y aunque estaba oscuro, emitía un punto
luminoso como una estrella.
Por
fin guardé la gema, algo avergonzado de haber jugado con algo tan significativo
como si fuera una chuchería. Saqué el libro marrón, y de haber podido lo habría
leído; pero aunque al parecer ya no tenía fiebre, aún estaba muy fatigado, y al
parpadeo del fuego las intrincadas y anticuadas letras bailaban en las páginas
y pronto me vencieron los ojos, de modo que la historia que estaba leyendo
parecía a veces un mero sinsentido, y otras referirse a mis propias
preocupaciones: viajes inacabables, la crueldad de las muchedumbres, ríos
teñidos de sangre. Una vez creí leer el nombre de Agia, pero cuando volví a
fijarme era la palabra agua: «.,. Un rastro de agua que se perdía a los saltos
retorciéndose entre las columnas del caparazón...».
La
página se presentaba luminosa pero indescifrable, como el reflejo de un espejo
visto en un estanque sereno. Cerré el libro y lo devolví a la alforja, dudando
de haber visto alguna de las palabras que un instante atrás había leído. Sin
duda Agia debía de haberse escapado por el techo de paja de la casa de Casdoe.
Ciertamente era retorcida, porque había hecho pasar la ejecución de Agilus por
un asesinato. Se dice que la gran tortuga que según el mito sostiene el mundo y
por ende corporiza la galaxia, sin cuyo orden turbulento seríamos un solitario
vagabundo del espacio, reveló en otro tiempo la Norma Universal, perdida desde
entonces, por la cual siempre se podría estar seguro de actuar correctamente.
El caparazón representaba el cuenco del cielo; el plastrón, las llanuras de
todos los mundos. Las columnas del caparazón serían entonces los ejércitos del
Teologúmenon, terrible y centelleante...
Sin
embargo, yo dudaba de haber leído algo de esto, y cuando volví a sacar el libro
no encontré la página por mucho que lo intenté. Aunque sabía que la confusión
se debía simplemente a la fatiga, el hambre y la luz, sentí el miedo que en
muchas ocasiones de mi vida me ha invadido cuando algún incidente nimio me
alerta sobre una incipiente locura. Contemplando el fuego, me parecía más
posible de lo que hubiera querido creer que algún día, a causa tal vez de un
golpe en la cabeza, o por algún motivo imperceptible, mi imaginación y mi razón
pudieran intercambiar sus lugares, tal como dos amigos que ocupan cada día los
mismos asientos de un parque público, deciden al fin cambiarlos por ganas de
novedad. Entonces vería los fantasmas de mi mente como en la realidad, y sólo
percibiría la gente y las cosas del mundo real de ese modo tenue en que
vislumbramos nuestros miedos y ambiciones. Incluidos en este punto de mi
relato, estos pensamientos han de parecer premonitorios; sólo puedo excusarlos
diciendo que atormentado como estoy por mis recuerdos, he meditado de la misma
manera muy a menudo.
Un
débil golpe a la puerta terminó con mi morboso ensueño. Me puse las botas y
exclamé: —¡Adelante!
Una
persona que se cuidó mucho de no mostrarse a mi vista, aunque estoy bastante
seguro de que era el atamán, empujó la puerta; y entró una joven con una
bandeja de metal cargada de platos. Sólo cuando la hubo apoyado me di cuenta de
que estaba totalmente desnuda, salvo por lo que al principio tomé por joyas
toscas, y sólo cuando se inclinó, llevándose las manos a la cabeza a la manera
norteña, vi que las bandas tenuemente brillantes que llevaba en las muñecas, y
que me habían parecido brazaletes, eran grillos de acero blando unidos por una
larga cadena.
—Su
cena, Gran Maestro —dijo, y retrocedió hacia la puerta hasta que vi cómo la
carne de los muslos redondos se achataba contra la madera. Con una mano intentó
levantar el cerrojo; pero, aunque oí el leve traqueteo, la puerta no cedió. Era
obvio que el que la había hecho entrar en la habitación mantenía la puerta
cerrada desde afuera.
—Tiene
un olor delicioso —dije yo—. ¿Lo has cocinado tú?
—Algunas
cosas. El pescado y los buñuelos.
Me
levanté, y apoyando TerminusEst contra
la tosca mampostería de la pared para no asustar a la muchacha, fui a examinar
la comida: un pato joven cortado en cuartos y asado, el pescado que ella había
dicho, los buñuelos (que resultarían ser de harina de anea con mejillones
molidos), patatas cocidas a la brasa y una ensalada de setas y legumbres.
—Nada
de pan —dije—. Nada de miel ni de mantequilla. Esto se va a saber.
—Esperábamos,
Gran Maestro, que los buñuelos fueran aceptables.
—Comprendo
que no es culpa tuya.
Había
pasado mucho tiempo desde que yaciera con Cyriaca, y había intentado no mirar a
esa esclava, pero de pronto lo hice. El largo pelo negro le caía hasta la
cintura y la piel era casi del color de la bandeja que sostenía en las manos;
pero tenía el talle esbelto, algo bastante raro en las mujeres autóctonas, y el
rostro pícaro y hasta un poco afilado. Con toda su hermosa piel y sus pecas,
Agia tenía mejillas mucho más anchas.
—Gracias,
Gran Maestro. Él quiere que me quede aquí a servirle mientras come. Si usted no
lo desea, ha de decirle que abra la puerta y me deje salir.
—Le
diré dije levantando la voz—que se aleje de la puerta y deje de oír lo que
conversamos. Supongo que hablas de tu amo, ¿verdad? Del atamán de este lugar.
—Sí,
de Zambdas. —¿Y tú cómo te llamas? —Pía, Gran Maestro. —¿Y cuántos años tienes,
Pía?
Me
lo dijo, y sonreí al descubrir que tenía exactamente la misma edad que yo.
—Ahora
tienes que servirme, Pía. Me sentaré aquí, frente al fuego, donde estaba antes
de que entraras, y ya puedes traerme la comida. ¿Alguna vez has atendido una
mesa?
—Oh,
sí, Gran Maestro. Sirvo todas las comidas. —Entonces has de saber lo que haces.
¿Qué recomiendas primero? ¿El pescado?
La
muchacha asintió.
—Pues
tráeme eso, y el vino, y algunos de tus buñuelos. ¿Tú has comido?
Pía
sacudió tanto la cabeza que el pelo negro le danzó alrededor.
—Oh,
no, pero no estaría bien que comiera con usted.
—Sin
embargo, noto que puedo contar bastantes costillas.
—Si
lo hiciera me pegarían, Gran Maestro.
—No
mientras yo esté aquí, al menos. Pero no te obligaré. De todos modos, quiero
asegurarme de que no han puesto en ninguno de estos platos algo que no le daría
a mi perro, si todavía lo tuviera.
Creo
que el medio más apropiado sería el vino. Si se parece a la mayoría de los
vinos del campo, será áspero pero dulce. —Llené hasta la mitad la copa de
piedra y se la di.— Bébete esto, y si no te desplomas de un ataque, yo también
probaré una gota.
Tuvo
cierta dificultad en tragarlo, pero al fin lo consiguió y con ojos acuosos me
devolvió la copa. Entonces me serví un poco y lo bebí, encontrándolo
exactamente tan malo como esperaba.
Luego
la hice sentarse a mi lado y comer uno de los pescados que ella misma había
freído en aceite. Cuando lo hubo acabado, comí yo también un par. Eran tan
superiores al vino como la delicada cara de ella a la del viejo atamán:
recogidos ese día, estaba seguro, y en aguas mucho más frías y limpias que las
de la barrosa margen inferior del Gyoll, de donde venía el pescado al que yo me
había acostumbrado en la Ciudadela.
—¿Siempre
encadenan a los esclavos aquí? —le pregunté mientras dividíamos los buñuelos—.
¿O tú has sido especialmente díscola, Pía?
Soy
del pueblo del lago —dijo ella, como si con eso me respondiera, como sin duda
habría sido el caso si yo hubiera conocido la situación local.
—Yo
habría dicho que el pueblo del lago es éste. —Hice un gesto abarcando la casa
del atamán y la aldea en general.
—Oh,
no. Éste es el pueblo de la costa. Nuestro pueblo vive en el lago, en las
islas. Pero a veces el viento empuja las islas hasta aquí, y Zambdas teme que
yo vea mi casa y me escape nadando. La cadena es pesada, ya ve usted lo larga
que es, y no me la puedo quitar. Y con el peso me ahogaría.
—A
menos que encontraras un tronco que soportara el peso mientras tú te impulsas
con los pies. Fingió que no me había oído. —¿Querría un poco de pato, Gran
Maestro?
—Sí,
pero no hasta que tú lo hayas probado, y antes de hacerlo quiero que me cuentes
más sobre esas islas. ¿Dijiste que el viento las empuja hacia aquí? Confieso
que nunca oí hablar de islas empujadas por el viento.
Pía
miraba ávidamente el pato, que en aquella parte del mundo tenía que ser una
delicadeza.
—He
oído que hay islas que no se mueven. Ha de ser muy fastidioso, supongo, y yo
nunca he visto ninguna. Nuestras islas viajan de un lugar a otro, y a veces
ponemos velas en los árboles para que vayan más rápido. Pero no navegan muy
bien en el viento, porque no tienen el fondo listo, como el de los barcos, sino
bobo como el fondo de las bañeras, y a veces se dan vuelta.
—Algún
día quiero conocer tus islas, Pía. También quiero hacerte volver a ellas, ya
que se diría que es adonde tú quieres ir. Como le debo algo a un hombre que se
llamaba casi como tú, intentaré hacerlo antes de marcharme. Mientras tanto, te
conviene fortalecerte con un poco de este pato.
Tomó
un trozo, y después de haber tragado unos bocados se puso a arrancar tiras que
me daba en la boca con los dedos. Estaba muy bueno, tan caliente que aún
humeaba e imbuido de un delicado sabor que recordaba al perejil, proveniente
acaso de alguna planta acuática de la que esas aves se alimentaban; pero
también era fuerte y algo grasoso, y después de acabar la mayor parte de un
muslo comí unos pocos bocados de ensalada para limpiarme el paladar.
Creo
que luego comí algo más de pato, y entonces me llamó la atención un movimiento
en el fuego. Un fragmento de madera casi consumida e incandescente había caído
de los leños a las cenizas que había bajo la parrilla, pero en vez de quedarse
allí, apagándose hasta ennegrecer, pareció avivarse, y en seguida se transformó
en Roche, Roche con el feroz pelo rojo convertido en verdaderas llamas, Roche
con una antorcha en la mano, como cuando éramos muchachos e íbamos a nadar a la
cisterna, debajo del Torreón de la Campana.
Tan
extraordinario resultaba verlo allí, reducido a un micromorfo resplandeciente,
que me volví hacia Pía para señalárselo. Al parecer ella no había visto nada;
pero subido a su hombro, no más alto que mi pulgar, medio escondido por el
ondulante pelo negro, estaba Drotte. Cuando intenté contárselo a ella, me oí
hablar en una nueva lengua, siseando, gruñendo y chasqueando. Nada de esto me
produjo miedo, sólo un desapegado asombro. Comprendía que lo que estaba
hablando no era lenguaje humano, y observaba la horrorizada expresión del
rostro de Pía como si estuviera contemplando una pintura antigua en la galería
del viejo Rudisind, en la Ciudadela; sin embargo, no podía transformar mis
ruidos en palabras, ni tampoco frenarlos. Pía lanzó un grito.
La
puerta se abrió de golpe. Hacía tanto que estaba cerrada, que yo casi había
olvidado que no se le podía echar llave; el caso es que ahora estaba abierta, y
en el umbral había dos figuras. Al abrirse la puerta habían sido hombres,
hombres con las caras reemplazadas por retazos de piel tan suave como la del
lomo de las nutrias, pero hombres de todos modos. Un instante más tarde se
habían vuelto plantas, altos tallos de viridiana de los cuales brotaban las
afiladísimas hojas del averno, de extraños ángulos. Entre ellas se escondían
arañas: negras, blandas, de muchas patas. Traté de levantarme de la silla, y
saltaron hacia mí arrastrando hilos de gasa que brillaron a la luz del fuego.
Sólo tuve tiempo de ver y recordar la cara de Pía, con los ojos dilatados y la
delicada boca helada en un círculo de horror, antes de que una Peregrina con
pico de acero se encorvara para arrancarme la Garra del cuello.
XXIX
La barca del atamán
Después
de aquello estuve encerrado a oscuras durante lo que más tarde supe que había
sido toda la noche y la mayor parte de la mañana siguiente. Pero aunque el
lugar era oscuro, al principio no lo fue para mí, pues mis alucinaciones no
necesitaban vela alguna. Todavía puedo recordarlas, como puedo recordar todo;
pero no te aburriré con el catálogo entero de fantasmas, mi remoto lector,
aunque describirlos sería harto fácil. Lo que no es fácil es la tarea de
expresar mis sentimientos respecto a ellos.
Me
habría aliviado mucho creer que en cierto modo estaban todos contenidos en la
droga que había tragado (que no era otra cosa, como me figuré entonces y supe
más tarde, cuando pude interrogar a los que atendían a los heridos del ejército
del Autarca, que las setas picadas de la ensalada), del mismo modo que los
pensamientos de Thecla y la personalidad de Thecla, reconfortantes unas veces y
otras perturbadores, estaban contenidos en el fragmento de su carne que yo
había comido en el banquete de Vodalus. Pero yo sabía que eso no era posible,
que todas las cosas que estaba viendo, algunas divertidas, otras horribles y
terroríficas, otras meramente grotescas, eran productos de mi propia mente. O
de la de Thecla, que ahora era parte de la mía.
O
mejor, como empecé a comprender allí a oscuras mientras miraba un desfile de
mujeres de la corte —exultantes inmensamente altas y con una enhiesta gracia de
porcelanas costosas, la tez maquillada con polvo de perlas o diamantes y los
ojos agrandados, como los de Thecla, por la aplicación en la infancia de
minúsculas dosis de ciertos venenos—, productos mentales que existían ahora en
la combinación de las mentes que habían sido de ella y mía.
Severian,
el aprendiz que yo había sido, el joven que había nadado bajo el Torreón de la
Campana, y que una vez había estado a punto de ahogarse en el Gyoll, que en
días de verano había vagado por la necrópolis en ruinas, que en el nadir de la
desesperación le había entregado a la Chateleine Thecla el cuchillo robado,
había desaparecido.
No
estaba muerto. ¿Por qué había pensado que toda vida debía terminar en la
muerte, y nunca en algo distinto? No estaba muerto: se había desvanecido como
se desvanece una nota sola, para no reaparecer nunca, cuando se vuelve parte
indistinta e inseparable de una melodía improvisada. Aquel joven Severian había
odiado la muerte, y por la piedad del Increado, piedad (como sabiamente se dice
en muchos lugares) que nos confunde y nos destruye, no murió.
Las
mujeres giraban unos largos cuellos para mirarme. Las caras ovaladas eran
perfectas, simétricas, inexpresivas pero depravadas; y de repente comprendí que
no eran —o al menos no eran ya— las cortesanas de la Casa Absoluta: se habían
convertido en cortesanas de la Casa Azur.
El
desfile de esas mujeres seductoras e inhumanas continuó cierto tiempo, según la
impresión que yo tenía, y a cada latido de mi corazón (del cual fui consciente
en ese momento como pocas veces antes o después, tanto que era como si un
tambor me vibrara en el pecho) invertían los papeles sin cambiar el menor
detalle de su apariencia. Así como a veces, en sueños, he sabido que cierta
figura era en realidad alguien a quien no se parecía en nada, al instante supe
que esas mujeres eran los ornamentos de la presencia autarquial, y que al día
siguiente serían vendidas por una noche a cambio de un puñado de oricretas.
Durante
todo ese lapso, y durante todos los períodos mucho más largos que lo
precedieron y siguieron, estuve muy incómodo. Las telarañas, que gradualmente
empecé a reconocer como redes de pesca, no habían sido retiradas; pero también
me habían atado con cuerdas, de modo que tenía un brazo fuertemente apretado
contra el flanco, y el otro doblado de tal modo que los dedos, que pronto se
durmieron, me tocaban casi la cara. Durante la acción más intensa de la droga
había perdido la continencia, y ahora tenía los pantalones empapados de orina,
fría y pestilente. Cuanto menos violentas se hacían las alucinaciones y más
largos los intervalos entre una y otra, más me afligía mi desgraciada
situación, y empecé a tener miedo de lo que me ocurriría cuando al fin me sacaran
de la barraca sin ventanas en donde me habían tirado. Supuse que, a través de
algún estafeta, el atamán se había enterado de que yo no era quien fingía ser,
y también, sin duda, de que escapaba de la justicia del arconte; pues yo
descontaba que de ningún otro modo se habría atrevido a tratarme así. En tales
circunstancias, sólo me quedaba preguntarme si dispondría de mí él mismo
(indudablemente por tedio, en semejante lugar), me entregaría a un emarca menor
o me devolvería a Thrax. Decidí quitarme yo mismo la vida si se me concedía la
oportunidad, pero eso parecía tan improbable que en mi desesperación me preparé
para matarme en seguida.
Por
fin se abrió la puerta. La luz, aunque sólo era la de una sombría habitación en
esa casa de muros gruesos, me cegó. Dos hombres me arrastraron como si fuera un
saco de grano. Tenían barbas tupidas, por lo que supongo que eran los mismos
que al irrumpir ante Pía y yo me habían dado
la impresión de tener pellejos de animales en vez de caras. Me pusieron de pie,
pero las piernas no me sostenían, y se vieron obligados a desatarme y quitarme
las redes que me habían apresado después de que fracasaran las de Tifón. Cuando
al fin pude mantenerme en pie, me dieron un tazón de agua y una tira de pescado
salado.
Al cabo de un rato entró el atamán. Aunque aparentara la
misma solemnidad que sin duda acostumbraba exhibir cuando dirigía los asuntos
de la aldea, no pudo evitar que le temblara la voz. Yo no podía entender por
qué seguía teniéndome miedo, pero obviamente era así. Como yo no tenía nada que
perder y todo que ganar en el intento, le ordené que me liberara.
—Eso no puedo hacerlo, Gran Maestro —dijo—. Actúo bajo
instrucciones.
—¿Puedo preguntar quién se ha atrevido a decirte que
actuaras de este modo con el representante de tu Autarca?
Se aclaró la garganta. —Instrucciones del castillo.
Anoche mi ave mensajera llevó el zafiro, y esta mañana vino otra ave, con una
señal que significa que debemos trasladarlo allí.
Al principio supuse que estaba hablando del castillo de
Acies, donde estaba el cuartel general de uno de los escuadrones de dimarchi,
pero un momento después comprendí que era sumamente improbable que fuera tan
específico, estando al menos a dos docenas de leguas de las fortificaciones de
Thrax.
—¿Qué castillo es ése? —dije—. ¿Y prescriben tus
instrucciones que me limpie antes de presentarme allí? ¿Yque me haga lavar la
ropa?
—Supongo que podría hacerse —dijo, vacilante; luego, a
uno de los hombres—: ¿Cómo está el viento? El interrogado encogió un solo
hombro, gesto que si bien para mí no significaba nada, pareció transmitir
información al atamán.
—De acuerdo —dijo éste—. No podemos dejarlo en libertad,
pero le lavaremos la ropa y le daremos algo de comer, si lo desea. —Iba ya a
salir cuando se volvió con una expresión casi de disculpa.— El castillo está
cerca, Gran Maestro; el Autarca, lejos. Usted comprende. En el pasado hemos
tenido grandes dificultades, pero ahora hay paz.
Yo habría discutido, pero no me dio la oportunidad. La
puerta se cerró tras él.
Vestida ahora con una bata raída, al poco rato entró Pía.
Tuve que someterme a la indignidad de que me desnudara y me lavara ella; pero
pude aprovechar el proceso para cuchichearle, y le pedí que se ocupase de que
enviaran mi espada adonde yo estuviera; pues esperaba escapar, aunque tuviese
que confesarme al amo del misterioso castillo y ofrecerle unir nuestras
fuerzas. Así como había hecho caso omiso de la sugerencia de que un tronco
podía mantener a flote el peso de su cadena, ahora no dio indicio alguno de
haberme oído; pero alrededor de una guardia más tarde, cuando, de nuevo
vestido, se me hizo desfilar hasta una barca para edificación de la aldea, ella
corrió tras la procesión acunando TerminusEst en los brazos. El atamán, al
parecer, había querido conservar un arma tan magnífica, y regañó a la muchacha;
pero mientras me arrastraban a bordo yo pude advertirle que en cuanto llegara
al castillo informaría a quien me recibiera de la existencia de mi espada, y al
final se rindió.
La embarcación era de una clase que yo no había visto
nunca. Por la forma podría haber sido un jabeque, afilado en los extremos,
ancho en el centro, con una larga popa colgante y una proa más larga todavía.
Pero el casco chato estaba hecho de gavillas de cañas resistentes sujetas como
mimbres. Como en un casco tan frágil no tenía cabida un mástil convencional, en
lugar de él había un artilugio triangular de palos. La angosta base del
triángulo iba de banda a banda; los largos
lados isósceles sostenían un bloque utilizado, en el momento en que el atamán y
yo subimos a bordo, para izar una verga oblicua que desplegó una vela de hilo
con rayas anchas. Ahora el atamán llevaba mi espada, pero justo cuando arrojaban
la amarra, Pía saltó en la barca con un tintineo de cadenas.
El
atamán se puso furioso y le pegó, pero no es cosa fácil aferrar la vela de una
embarcación así y hacerla virar con golpes de timón, de modo que al fin, a
pesar de que la envió llorando a la proa, permitió que se quedase. Aunque creía
saber la razón, me arriesgué a preguntarle por qué la muchacha quería ir con
nosotros.
—Cuando
no estoy yo en casa, mi mujer la maltrata —me contestó—. Le pega y la tiene
todo el día fregando. Es bueno para la chica, naturalmente, y de ese modo se
alegra cuando me ve volver. Pero prefiere venir conmigo, y no la culpo.
—Yo
tampoco—dije, intentado apartar la cara de su aliento agrio—. Además, así verá
el castillo, que me figuro que no habrá visto nunca.
—Ha
visto los muros cientos de veces. Es del pueblo del lago, los que no tienen
tierra. El viento los empuja por ahí y lo ven todo.
Si
a ellos los empujaba el viento, a nosotros también. Un aire puro como el
espíritu llenaba la vela rayada, hacía que incluso ese ancho casco escorase, y
nos propulsó sobre el agua hasta que la aldea desapareció bajo la línea del
horizonte; aunque los picos de las montañas siguieron viéndose, como si se
elevaran del agua misma.
XXX
Natrio
Tan
primitivamente armados estaban esos pescadores de la orilla del lago —tanto más
primitivamente, por cierto, que los verdaderos primitivos autóctonos que yo
había visto en Thrax—, que tardé cierto tiempo en comprender que tenían alguna
arma. Había a bordo más que los necesarios para ocuparse del timón y la vela,
pero al principio supuse que estaban allí como simples remeros, o para elevar
el prestigio del atamán cuando me presentara a su señor en el castillo. En los
cintos llevaban cuchillos de hoja recta y angosta como los que en todas partes
usan los pescadores, y adelante habían almacenado un haz de arpones con
lengüetas, pero no les hice mucho caso. No fue hasta que una de las islas que
yo estaba tan deseoso de ver se hizo visible, y noté que uno de los hombres
pasaba los dedos por un garrote bordeado de dientes de animal, que comprendí
que los habían llevado como guardias, y que en verdad había de qué defenderse.
La
pequeña isla en sí no parecía fuera de lo común hasta que uno reparaba en que
realmente se movía. Era baja y muy verde, con una choza diminuta (construida
con cañas, como nuestra barca, y con techo del mismo material) en el punto más
alto. Había unos pocos sauces, y amarrada en la orilla, una barca larga y
angosta hecha asimismo de cañas. Cuando nos acercamos más advertí que también
la isla era de cañas, pero vivas. Los tallos le daban su verdor característico;
las raíces entrelazadas habían formado la suerte de balsa que era la base.
Sobre esa comprimida maraña viviente se había acumulado tierra, o la habían
acumulado los habitantes. Los árboles que habían brotado allí esparcían sus
raíces por las aguas del lago. Había una pequeña franja de hortalizas.
Como
el atamán y todos los que iban a bordo, salvo Pía, miraban la isla con el
entrecejo fruncido, yo la consideré favorablemente; y viéndola como la veía yo
entonces, un lunar verde contra el frío y aparentemente infinito azul del
rostro del Diuturna y el azul más hondo, más cálido pero realmente infinito del
cielo coronado por el sol y rociado de estrellas, era fácil amarla. Si hubiera
mirado ese paisaje como se puede mirar un cuadro, me habría parecido más
densamente simbólico —la línea plana del horizonte dividiendo la tela en
mitades iguales, la mota de verdor con los árboles verdes y la choza marrón—
que esas pinturas que los críticos suelen desdeñar por su simbolismo. ¿Quién,
de todos modos, habría podido decir qué significaba? Es imposible, pienso, que
todos los símbolos que vemos en los paisajes naturales estén allí solamente
porque nosotros los vemos. Nadie vacila en tachar de locos a los solipsistas
sinceramente convencidos de que el mundo existe únicamente porque ellos lo
observan y de que edificios, montañas, e incluso nosotros mismos (con quienes
han hablado hace apenas un momento), todo se desvanece cuando ellos giran la
cabeza. ¿No es igualmente de locos creer que el significado de esos objetos se
desvanece del mismo modo? Si Thecla había simbolizado un amor del cual yo me
sentía indigno, como ahora sé que ocurría, ¿desaparecía su fuerza simbólica
cuando yo cerraba tras de mí la puerta de su celda? Sería como decir que la
escritura de este libro, en la cual he trabajado durante tantas guardias, se
desvanecerá en una bruma de bermellón cuando lo cierre por última vez y lo
despache a la biblioteca eterna conservada por el viejo Ultan.
La
gran cuestión, pues, que yo meditaba mientras con ojos vehementes miraba la
isla flotante y me rozaba contra las ataduras y maldecía al atamán con todo el
corazón, es la de determinar qué significan esos símbolos en y por sí mismos.
Somos como niños que miran un párrafo impreso y ven una serpiente en la
penúltima letra y una espada en la última.
Ignoro
qué mensaje se me dirigió en la pequeña choza hogareña y su jardín verde
suspendido entre dos infinitos. Pero el significado que yo leí fue de libertad
y de hogar, y sentí entonces un deseo de libertad, de la libertad de errar a
voluntad por los mundos inferiores y superiores, llevando conmigo los consuelos
necesarios, tan grande como no había sentido nunca: ni cuando estuve preso en
la antecámara de la Casa Absoluta ni cuando fui cliente de los torturadores de
la Vieja Ciudadela.
Entonces,
justo en el momento en que más deseaba ser libre y estábamos tan cerca de la
isla como lo permitía nuestro curso, de la choza salieron dos hombres y un niño
de unos quince años. Se quedaron un momento ante la puerta, mirándonos como si
estuvieran midiendo la barca y la tripulación. Además del atamán había a bordo
cinco aldeanos, y parecía claro que los isleños no podían contra nosotros, pero
zarparon en su endeble embarcación, los hombres remando en pos de nosotros
mientras el chico aparejaba una tosca vela de estera.
El
atamán, que de vez en cuando se volvía a mirarlos, estaba sentado junto a mí
con TerminusEst sobre los
muslos. A cada momento daba la impresión de que estaba a punto de dejarla a un
lado e ir a la popa a hablar con el timonel, o adelante a conversar con los que
se habían acomodado en la proa. Yo tenía las manos atadas delante del cuerpo, y
me hubiera llevado sólo un instante desenvainar la hoja el ancho de un pulgar y cortar las cuerdas, pero la
ocasión no se presentó.
Una segunda isla apareció a la vista, y se nos unió otra
barca, ésta con dos hombres. Ahora la ventaja era menor, y el atamán llamó a
uno de sus aldeanos, y llevando mi espada dio uno o dos pasos hacia popa.
Abrieron una caja de metal escondida bajo la plataforma del timonel y sacaron
un tipo de arma que yo no había visto nunca, un arco hecho con dos arcos finos
atados, cada cual con su propia cuerda, a un artilugio que los mantenía
separados casi medio palmo. Las cuerdas también estaban unidas en los centros,
y la ligadura servía de disparador a cierto proyectil.
Mientras yo miraba el curioso artilugio, Pía se me acercó
más.
—Me están vigilando —susurró—. Ahora no puedo desatarlo.
Pero a lo mejor... —Miró significativamente las barcas que seguían a la
nuestra.
—¿Atacarán?
—No a menos que se les unan más. Sólo tienen arpones y
pathos. —Viendo mi gesto de incomprensión, añadió:— Garrotes con dientes... Uno
de éstos también tiene uno.
El aldeano que el atamán había llamado estaba sacando de
la caja algo que parecía un trapo enrollado. Lo desenvolvió en la tapa de la
caja, descubriendo varios trozos de metal gris plata, de aspecto oleoso.
—Balas de poder—dijo Pía. El tono era de miedo. —¿Crees
que vendrán más de los tuyos?
—Si pasamos por otras islas. Si uno o dos siguen a una
barca de tierra firme, todos hacen lo mismo para repartirse lo que se pueda
sacar. Pero pronto se verá de nuevo la costa... —Bajo la raída bata, los pechos
se alzaron cuando el aldeano se secó la mano en la chaqueta, tomó uno de los
proyectiles plateados y lo colocó en el tirador del doble arco.
—Es sólo como una piedra pesada... —empecé a decir. El
hombre estiró las cuerdas hasta su oreja y las soltó, lanzando el silbante
proyectil por entre los dos finos arcos. Pía se había asustado tanto que en
parte yo esperaba que la bala se transformara durante el vuelo, volviéndose
quizás una de esas arañas que a medias creía aún haber visto cuando, drogado,
me habían echado encima las redes de pesca.
No ocurrió nada semejante. El proyectil voló —una raya
brillante—por encima del agua y cayó en el lago a una docena de pasos de la
proa de la barca más cercana.
Durante el lapso de una respiración no pasó nada más.
Luego hubo una detonación aguda, una bola de fuego y un géiser de vapor. Algo
oscuro, aparentemente el mismo misil, todavía intacto e impelido por la
explosión que había causado, fue lanzado al aire sólo para volver a caer, esta
vez entre las dos barcas que nos perseguían. Siguió una nueva explosión, apenas
menos intensa que la primera, y uno de los botes quedó casi hundido. El otro
viró para huir. Vino una tercera explosión, y una cuarta, pero el proyectil,
cualesquiera que fuesen sus otros poderes, parecía incapaz de rastrear las
barcas como las nótulas de Hethor nos habían rastreado a Jonas y a mí. Cada
estallido lo llevaba más lejos, y después del cuarto al parecer se agotó. Las
dos barcas perseguidoras se pusieron fuera de alcance, pero el mero coraje de
emprender la caza me despertó admiración.
—Las balas de poder sacan fuego del agua —me dijo Pía.
Asentí. —Ya veo. —Yo movía los pies debajo del asiento,
tratando de encontrar una base segura entre las gavillas de cañas.
Nadar con las manos atadas, incluso a la espalda, no es
muy difícil; Drotte, Roche, Eata y yo practicábamos natación con los pulgares
pegados a las nalgas, y yo sabía que maniatado como estaba por delante, podía permanecer largo tiempo a flote si era preciso;
pero me preocupaba Pía, y le dije que se colocara lo más adelante posible.
—Pero
entonces no podré desatarlo.
—Mientras
nos estén vigilando no podrás nunca —susurré—. Ve adelante. Si la barca se
rompe, agárrate a un haz de cañas. Seguirán flotando. No discutas.
Los
hombres de la proa no la molestaron, y ella no se detuvo hasta el lugar donde
un cable de juncos trenzados formaba la roda del velero. Tomé aliento y salté
por la borda.
De
haberlo deseado habría podido zambullirme sin rizar casi el agua, pero en
cambio me apreté las rodillas contra el pecho para salpicar todo lo posible, y
gracias al peso de las botas me hundí mucho más que si hubiese estado desnudo.
Justamente era eso lo que me preocupaba; después de que el arquero del atamán
disparara su misil, antes de la explosión había habido una clara pausa. Sabía
que, además de empaparlos a ambos, tenía que haber mojado todos los proyectiles
que había en el trapo aceitado; pero no estaba seguro de que se apagasen antes
de que saliera a la superficie.
El
agua estaba fría y se hizo más fría a medida que yo bajaba. Abriendo los ojos,
vi un maravilloso color cobalto que se iba oscureciendo mientras giraba a mi
alrededor. Sentí una pavorosa urgencia de sacudirme las botas; pero así hubiera
vuelto a flote en seguida, y opté por llenarme la mente con el prodigio del
color y el recuerdo de los cadáveres indestructibles que había visto en las
montañas de desechos alrededor de las minas de Saltus: cadáveres hundiéndose
por siempre en el abismo azul del tiempo.
Lentamente
me volví sin esfuerzo hasta que alcancé a distinguir el casco azul de la barca
del atamán suspendido más arriba. Por un momento la mancha marrón y yo
parecimos congelados en nuestras posiciones; yo estaba debajo de ella como
están los muertos bajo un ave carroñera que parece flotar con las alas llenas
de viento sólo un poco más cerca que las estrellas inmóviles.
Luego,
con los pulmones a punto de estallar, empecé a subir.
Como
una señal oí la primera explosión, un estampido opaco y distante. Nadé hacia
arriba como las ranas, oyendo otra explosión y otra, cada cual más aguda que la
anterior.
Cuando
mi cabeza rompió el agua, vi que la proa de la barca se había abierto y los
haces de cañas se esparcían como pajas de escoba. A la izquierda, una explosión
secundaria me ensordeció un momento y me salpicó la cara con un rocío punzante
como granizo. El arquero forcejeaba no lejos de mí, pero el atamán (aferrando
aún, me regocijó descubrir, TerminusEst), Pía
y los otros se abrazaban a los restos de la popa, que gracias a la estabilidad
de las cañas se mantenía aún a flote, aunque con el extremo inferior debajo del
agua. Me roí con los dientes las cuerdas de las muñecas hasta que dos de los
isleños me ayudaron a subir a su embarcación, y uno de ellos me liberó de un
tajo.
XXXI
El pueblo del lago
Pasé
la noche con Pía en una de las islas flotantes, donde yo, que tantas veces
había entrado en Thecla estando ella desencadenada pero presa, entré en Pía
mientras estaba encadenada pero libre. Después ella descansó en mi pecho y
lloró de alegría; no tanto la alegría que obtuvo de mí, pienso, como la de la
libertad, aunque entre sus parientes isleños, que no tenían más metal que el
que conseguían comerciando o saqueando a los de la costa, no hubiera un herrero
capaz de romper los grillos.
He
oído decir a hombres que han conocido muchas mujeres que al fin llegan a
descubrir semejanzas en la manera de amar de algunas, y por primera vez mi
experiencia me decía que era cierto, pues, con esa boca hambrienta y ese cuerpo
dúctil, Pía me recordó a Dorcas. Pero en cierta medida también era falso;
Dorcas y Pía eran parecidas en el amor como a veces son parecidos los rostros
de las hermanas, pero yo nunca las habría confundido.
Al
llegar a la isla yo había estado demasiado exhausto como para poder apreciar
sus maravillas, y el anochecer había sido inminente. Incluso ahora, todo lo que
recuerdo es que arrastramos la barquita hasta la orilla y entramos en una choza
donde uno de nuestros salvadores encendió una pequeña fogata con madera de
resaca y aceitó Terminus Est, que los isleños le habían arrebatado al atamán
prisionero. ¡Pero cuando Urth volvió de nuevo el rostro hacia el sol, fue
extraordinario apoyar una mano en el gracioso tronco del sauce y sentir que la
isla entera se mecía bajo mis pies!
Nuestros
anfitriones nos prepararon pescado para el desayuno; no habíamos acabado cuando
llegó un bote con otros dos isleños que traían más pescado y unas raíces que yo
no había probado nunca. Los asamos en las brasas y los comimos calientes. Más
que a cualquier otra cosa, se me ocurre, sabían a castañas. Llegaron tres botes
más, luego una isla con cuatro árboles y unas velas cuadradas combadas por el
viento y aparejadas en las ramas de cada uno, de modo que vista de lejos
parecía una flotilla. El capitán era un hombre mayor, lo más cercano a un jefe
que tenían los isleños. Se llamaba Llibio. Cuando Pía me lo presentó, me abrazó
como los padres abrazan a los hijos, algo que nadie me había hecho antes.
Cuando
nos separamos, todos los demás, Pía incluida, se alejaron para permitirnos
hablar en privado si no subíamos la voz; algunos fueron a la choza y el resto
(en total unos diez) al otro lado de la isla.
—He
oído que eres un gran luchador, y matador de hombres —empezó Llibio.
Le
respondí que efectivamente era matador de hombres, pero no grande.
—Sí,
así son las cosas. Todo hombre lucha hacia atrás... para matar a otros. Pero su
victoria no estriba en matar a otros sino en matar ciertas partes de sí mismo.
Para
demostrar que lo comprendía, dije:
—Has
de haber matado las peores partes de tu ser. Tu gente te ama.
—Ni
siquiera en eso se puede confiar. —Hizo una pausa, observando el agua.— Somos
pobres y pocos, y alguna gente ha escuchado a otro en estos años... —Meneó la
cabeza.
—He
viajado mucho, y he observado que generalmente los pobres son más juiciosos y
virtuosos que los ricos.
Sonrió. —Eres amable. Pero nuestra gente es tan juiciosa
y virtuosa que está preparada para morir. Nunca hemos sido muy numerosos, y el
invierno pasado perecieron muchos cuando se heló buena parte del agua.
—No había pensado en lo difícil que ha de ser el invierno
para tu gente, sin lana ni pieles. Pero ahora que me lo señalas, tiene que ser
muy duro.
El anciano sacudió la cabeza. —Nos engrasamos, lo cual
ayuda mucho, y las focas nos dan mejores capotes que los que usan en la costa.
Pero cuando llega el hielo las islas no pueden moverse, y los de la costa no
necesitan botes para llegar, y entonces nos atacan con todo su poder. En el
verano los combatimos cuando vienen a llevarse nuestra pesca. Pero en el
invierno ellos llegan por el hielo en busca de esclavos, y nos matan.
Entonces pensé en la Garra, que el atamán me había
arrebatado y había enviado al castillo, y dije: —Los de tierra firme obedecen
al señor del castillo. Tal vez si ustedes hicieran la paz con él, les ordenaría
que dejaran de atacarlos.
—En una época, cuando yo era joven, estas rencillas se
llevaban dos o tres vidas al año. Luego llegó el constructor del castillo.
¿Conoces la historia? Negué con la cabeza.
—Venía del sur, de donde según me cuentan también vienes
tú. Tenía muchas cosas que los de la costa necesitaban, como plata y telas, y
muchas herramientas bien forjadas. Bajo su dirección ellos edificaron el
castillo. Eran los padres y abuelos de los que ahora son el pueblo de la costa.
Trabajaron para él con las herramientas, y como había prometido, les permitió
conservarlas cuando se acabó el trabajo, y les dio muchas cosas más. Mientras
trabajaban, el padre de mi madre fue a verlos y les preguntó si no se daban
cuenta de que estaban poniéndose un señor por encima, pues el constructor del
castillo podía hacer con ellos lo que se le antojara y luego retirarse detrás
de los fuertes muros que ellos habían construido, donde nadie podría
alcanzarlo. Ellos se rieron del padre de mi madre y dijeron que eran muchos, lo
cual era cierto, y el constructor del castillo uno solo, lo cual también era
cierto.
Le pregunté si alguna vez había visto al constructor, y
en ese caso, cómo era.
—Una vez. Estaba sobre una roca hablando con gente de la
costa cuando yo pasé en mi barca. Puedo decirte que era un hombre bajito, un
hombre que si hubieras estado allí, no te habría llegado más arriba del hombro.
Ningún hombre así inspira miedo. —Llibio volvió a callar, los opacos ojos
puestos no en el agua sino en tiempos muy pasados.— Y sin embargo el miedo
llegó. Se completó la muralla exterior, y los de la costa volvieron a su caza,
su pesca y sus rebaños. Luego el principal de ellos vino a nosotros y dijo que
les habíamos robado animales y niños, y que si no se los devolvíamos nos
destruirían.
Llibio me miró a la cara y me agarró la mano con una de
las suyas, dura como madera. En ese momento, viéndolo, vi también los años
desvanecidos. En aquel entonces tienen que haber parecido harto sombríos,
aunque el futuro que habían generado—el futuro en donde yo estaba sentado con
él, la espada sobre el regazo, oyendo su historia—era más sombrío aún de lo que
él pudiera haber imaginado. Con todo, había alegría para él en esos años; había
sido un joven fuerte, y aunque tal vez no estuviera pensándolo, sus ojos
recordaban.
—Les dijimos que nosotros no devorábamos niños ni
necesitábamos esclavos ni teníamos pasto para los animales. Quizá ya entonces
sabían que no habíamos sido nosotros, porque no vinieron a hacernos la guerra.
Pero cada vez que nuestras islas se acercaban a la costa, por las noches
escuchábamos los gemidos de sus mujeres.
»En esos tiempos, el día siguiente a la luna llena era
día de mercado, y algunos de nosotros íbamos a la costa por sal y cuchillos.
Cuando llegó el siguiente día de mercado, vimos que los de la costa sabían a
dónde habían ido a parar sus niños y sus animales, y murmuraban entre ellos.
Entonces les preguntamos por qué no iban al castillo y lo tomaban por asalto,
pues eran muchos. Pero en vez de eso agarraron a nuestros niños, y a hombres y
mujeres de todas las edades, y los encadenaron fuera de las casas para que los
raptaran en lugar de su gente; y hasta los arrastraron a los portones y allí
los dejaron atados.
Me atreví a preguntar cuánto hacía que pasaban esas
cosas.
—Muchos años... Desde que yo era joven, ya te he dicho. A
veces los de la costa lucharon. Más a menudo no. En dos ocasiones vinieron
guerreros sureños, enviados por la orgullosa gente de las casas altas de la
costa sur. Mientras estuvieron aquí no hubo lucha, pero no sé qué se decía
entonces en el castillo. Una vez que estuvo acabado, nadie volvió a ver al
constructor.
Aguardó a que yo hablara. Yo tenía la sensación, que he
tenido muchas veces hablando con ancianos, de que las palabras que él decía y
las que yo oía eran muy diferentes, de que en sus frases había un tropel de
indicios, claves e implicaciones tan invisibles para mí como su aliento, como
si el Tiempo fuese una especie de espíritu blanco que se interponía entre
nosotros y con las mangas colgantes borraba lo que él decía antes de que yo
llegara a oírlo.
Por fin arriesgué: —Tal vez haya muerto.
—Ahora vive allí un gigante malvado, pero nadie lo ha
visto.
A duras penas pude reprimir una sonrisa. —De todos modos,
yo diría que esa presencia tiene que impedir en gran medida que los de la costa ataquen el lugar.
—Hace cinco años se lanzaron sobre él de noche como
pececillos sobre un muerto. Incendiaron el castillo y mataron a los que
encontraron.
—Entonces ¿siguen en guerra con vosotros sólo por
costumbre?
Llibio sacudió la cabeza.
—Este año, después de que se fundió la nieve, volvió la
gente del castillo. Traían las manos llenas de regalos: riquezas, y las
extrañas armas que tú volviste contra los de la costa. También vinieron otros,
pero si son sirvientes o amos es algo que los del lago no sabemos.
—¿Del norte o del sur?
—Del cielo—dijo él, y señaló hacia donde las tenues
estrellas colgaban empañadas por la majestad del sol; pensando sin embargo que
sólo quería decir que los visitantes habían llegado en naves voladoras, yo no
indagué más.
Todo el día continuaron llegando los habitantes del lago.
Muchos venían en barcas como la que había seguido a la del atamán; pero otros
prefirieron acercar sus islas para unirse a la de Llibio, y al fin nos hallamos
en medio de un continente flotante. En ningún momento me pidieron directamente
que comandara un ataque contra el castillo. Sin embargo, a medida que pasaba el
día me fui dando cuenta de que lo deseaban, y que estaban convencidos de que en
efecto los guiaría. En los libros, creo, estas cosas se hacen convencionalmente
con discursos feroces; a veces la realidad es distinta. Ellos admiraban mi
altura y mi espada, y Pía les había dicho que era representante del Autarca y
que me habían enviado a liberarlos. Llibio dijo:
—Aunque los que más sufrimos somos nosotros, los de la
costa fueron capaces de apropiarse del castillo. Ellos son más fuertes en la
guerra, pero no todo lo que quemaron lo han reconstruido, y no tuvieron un jefe
del sur.
Interrogué
a él y a otros sobre las tierras vecinas al castillo, y les dije que no
atacaríamos hasta que la noche dificultara a los centinelas advertir que nos
acercábamos. Aunque no lo expresé, también quería esperar a que la oscuridad
impidiera apuntar bien; si el amo del castillo le había dado balas de poder al
atamán, era probable que hubiese guardado para él armas mucho más efectivas.
Cuando
zarpamos, yo iba a la cabeza de unos cien guerreros, aunque la mayoría sólo
tenía lanzas con punta de omóplato de foca, pachos o cuchillos. Inflaría mi
amor propio escribir que yo había consentido guiar ese pequeño ejército por
sentido de la responsabilidad e interés en su difícil situación, pero no sería
cierto. Tampoco fui por miedo a lo que pudiesen hacerme si me negaba, aunque
sospechaba que si no lo hacía con diplomacia, simulando dilaciones o ver algún
beneficio en que los isleños no combatieran, podía llegar a costarme caro.
La
verdad es que sentía una coerción más fuerte que la de ellos. Llibio llevaba
alrededor del cuello un pez tallado en un diente; y cuando le pregunté qué era
me contestó que era Oannes, y lo tapó con la mano para que yo no lo profanara
con los ojos, pues sabía que yo no creía en Oannes, seguramente el dios—pez de
ese pueblo.
Yo
no creía, pero tenía la sensación de saber todo lo que importaba sobre Oannes.
Sabía que debía vivir en las profundidades más oscuras del lago, pero que en
las tormentas se lo había visto saltar entre las olas. Sabía que era el pastor
de lo profundo, que llenaba las redes de los isleños, y que los asesinos no
podían hacerse al agua sin miedo a que Oannes se apareciera por la borda, con
los ojos como grandes lunas, a dar vuelta la barca.
Yo
no creía en Oannes ni le tenía miedo. Pero sabía, pensé, cuál era su origen;
sabía que en el universo hay una potencia que lo penetra todo, y de la cual
cada una de las otras es una sombra. Sabía que en último análisis mi concepción
de esa potencia era tan risible (y tan seria) como Oannes. Sabía que a ella
pertenecía la Garra, y sentía que únicamente de la Garra sabía eso, únicamente
de la Garra entre todos los altares y vestiduras del mundo. La había tenido
muchas veces en la mano, la había alzado por encima de mí en la Víncula, había
tocado con ella al ulano del Autarca, y a la chica enferma de la choza de
Thrax. Había poseído el infinito, y había esgrimido su poder; ya no estaba
seguro de que fuera a devolvérsela mansamente a las Peregrinas, si es que algún
día las encontraba, pero sabía con certeza que no la perdería mansamente a
manos de algún otro.
Además,
me parecía que en cierto modo había sido elegido para ostentar —aunque sólo
fuera por un breve lapso— ese poder. Las Peregrinas lo habían perdido por culpa
de una irresponsabilidad mía: permitir que Agia incitara al conductor a correr
una carrera; de modo que había sido mi deber cuidarlo, y usarlo, y acaso
devolverlo, y sin duda lo era rescatarlo de las manos, manos monstruosas por
todo lo que sabía, en las que había caído ahora debido a mi negligencia.
No
había pensado, cuando empecé este relato de mi vida, revelar ninguno de los
secretos de nuestro gremio que el maestro Palaemon y el maestro Gurloes me
impartieron justo antes de ser ascendido, en la fiesta de Sacra Katharine, al
grado de oficial. Pero ahora diré uno, porque sin conocerlo es imposible
comprender lo que hice esa noche en el lago Diuturna. Y el secreto es
simplemente que los torturadores obedecemos. En todo el empinado orden del
cuerpo político, la pirámide de vidas inmensamente más alta que cualquier torre
material, más alta que el Torreón de la Campana, más alta que el monte Tifón,
la pirámide que se extiende desde el Autarca sentado en el Trono del Fénix
hasta el más humilde empleado que desentierra cosas para el mercader más infame
—una criatura inferior al último de los mendigos—, nosotros somos la única
piedra sólida. Nadie obedece realmente a menos que por obediencia haga lo
impensable; nadie hace lo impensable salvo nosotros.
¿Cómo
podía rehusar al Increado lo que voluntariamente le había dado al Autarca
cuando decapité a Katharine?
XXXII
Hacia el castillo
Las
otras islas se habían separado, y aunque entre ellas se movían las barcas y las
velas iban totalmente desplegadas contra las ramas, no pude sino sentir que
estábamos inmóviles bajo las nubes presurosas, y que nuestro movimiento sólo
era la última ilusión de una tierra que se ahogaba.
Muchas
de las islas flotantes que yo había visto aquel día permanecían en la
retaguardia como refugios de mujeres y niños. Quedaba media docena, y yo iba en
lo mas alto de la de Llibio, la mayor de las seis. Además del anciano y de mí,
transportaba siete combatientes. Las otras islas llevaban cuatro o cinco cada
una. Además de las islas teníamos treinta barcas, cada una con dos o tres
tripulantes.
Yo
no me engañaba pensando que nuestros cien hombres, con sus cuchillos y arpones,
constituyeran una fuerza formidable; un puñado de dimarchi de Abdiesus los
habrían dispersado como paja suelta. Pero eran mis seguidores, y conducir
hombres a la batalla es un sentimiento incomparable.
En
las aguas del lago no se veía un solo destello, salvo la verde luz refleja que
derramaba la miríada de hojas del Bosque de Lune, a unas cincuenta mil leguas
de distancia. Esas aguas me hacían pensar en el acero pulido y aceitado. El
débil viento las movía en largas olas sin espuma, como colinas de metal.
Al
cabo de un rato una nube oscureció la luna, y me pregunté brevemente si la
gente del lago no perdería el rumbo en la oscuridad. Sin embargo, y por la
forma en que manejaban sus veleros habría podido ser una noche de luna llena, y
aunque a menudo barcas e islas se acercaban mucho, ni por un momento en todo
ese viaje advertí el menor peligro de que dos de ellas chocaran.
Ser
transportado de esa forma, a oscuras y bajo las estrellas, en medio de mi
propio archipiélago, sin otro ruido que el murmullo del viento y el chapoteo de
los remos que se alzaban y caían con la regularidad de un tictac, sin sentir
más movimiento que el que transmitía la suave hinchazón de las olas, podría
haber sido calmante y hasta soporífero, pues, por más que antes de partir yo
había dormido un poco, aún estaba cansado; pero el frescor del aire nocturno y
la idea de lo que íbamos a hacer me mantenían despierto.
Ni
Llibio ni ningún otro isleño había podido darme más que una vaguísima
información sobre el interior del castillo que íbamos a asaltar. Había un
edificio principal y una muralla. No tenía idea de si el edificio principal era
una verdadera defensa; es decir, una torre fortificada lo suficientemente alta
como para dominar la muralla. Tampoco sabía si además del principal había otros
edificios (una atalaya, por ejemplo), ni si la muralla estaba reforzada con
torres y torretas, ni cuántos defensores podía tener. El castillo había sido
construido en dos o tres años con trabajo nativo; por lo tanto no podía ser tan
formidable como, digamos, el de Acies; pero un lugar con la cuarta parte de la
solidez de Acies nos habría resultado inexpugnable.
Yo
tenía aguda conciencia de lo poco idóneo que era para guiar una expedición así.
En mi vida había visto siquiera una batalla, y mucho menos participado en ella.
Mis conocimientos de arquitectura militar provenían de mi crianza en la
Ciudadela y de paseos ocasionales entre las fortificaciones de Thrax, y lo que
sabía —o creía saber— de táctica estaba entresacado de lecturas esporádicas.
Recordé cuánto había jugado de chico en la necrópolis, librando allí
escaramuzas imaginarias con espadas de madera, y la idea casi me puso
físicamente enfermo. No porque temiera mucho por mi vida, sino porque sabía que
un error mío podía traer la muerte a la mayoría de aquellos hombres inocentes e
ignorantes que buscaban a un guía en mí.
Brevemente
volvió a brillar la luna, cruzada por las siluetas negras de una bandada de
cigüeñas. Vi, en el horizonte, la línea de la costa como una banda de noche más
oscura. Una nueva masa de nubes apagó la luz, y me cayó una gota de agua en la
cara. Me hizo sentir alegre de repente, sin saber por qué; la razón, sin duda,
era que inconscientemente había recordado la lluvia que caía en la noche de mi
pelea con el alzabo. A lo mejor también pensaba en el agua helada que vomitaba
la boca de la mina de los hombres—mono.
Pero
dejando aparte asociaciones casuales, ciertamente la lluvia podía ser una
bendición. No teníamos arcos, y si a los de nuestros enemigos se les mo jaban
las cuerdas, tanto mejor para nosotros. Sin duda, así les sería imposible usar
las balas de poder que había disparado el arquero del atamán. Además, la lluvia
favorecería un ataque por sorpresa, y ya hacía rato que yo había resuelto que
sólo por sorpresa podíamos tener esperanzas de atacar con éxito.
Estaba
absorto en mis planes cuando las nubes se abrieron de nuevo y vi que
navegábamos paralelamente a la costa, que se elevaba en acantilados a nuestra
derecha. Adelante, una península de rocas aún más altas se incrustaba en el
lago, y fui hasta la punta de la isla a preguntarle al hombre destacado allí si
era sobre ella donde estaba el castillo. El hombre sacudió la cabeza y dijo:
—Vamos a virar.
Eso
hicimos. Aflojamos todas las velas y volvimos a atarlas sobre otras ramas. Por un lado de la isla bajamos al agua unas
orzas cargadas con piedras, mientras tres hombres se esforzaban con la caña
para torcer el timón. De pronto tuve la idea de que, muy astutamente, Llibio
debía de haber ordenado la recalada para hurtarnos a la vista de algún
observador que pudiera estar vigilando el lago. Si era así, cuando ya no
quedara la península entre el castillo y nuestra pequeña flota, seguiríamos estando en peligro de que nos
viesen. También se me ocurrió que si el constructor del castillo no había
elegido el alto espolón rocoso que ahora íbamos bordeando, y que parecía casi
invulnerable, tal vez fuese porque había encontrado un lugar todavía más
seguro.
Luego bordeamos la punta y avistamos nuestro destino a no
más de cuatro cadenas costa abajo: una prominencia de roca más alta aún y más
abrupta, con una muralla en la cumbre y un torreón que parecía tener la
imposible forma de un hongo.
Me costó creer lo que estaba viendo. Desde la gran
columna central cónica, que sin duda era una torre redonda de piedra nativa, se
abría una estructura metálica que parecía una lente, de un diámetro diez veces
mayor, y en apariencia tan sólida como la torre misma.
Por toda nuestra isla, en las barcas y en las otras
islas, los hombres murmuraban y señalaban. Al parecer, aquella cosa increíble
era tan nueva para ellos como para mí.
La brumosa luz de la luna, beso de hermana en el rostro
de la moribunda hermana mayor, brillaba en la cara superior del enorme disco.
Debajo de él, en la sombra espesa, relucían chispas de luz anaranjada. Se
movían, planeando hacia arriba o hacia abajo, aunque el movimiento era tan
lento que sólo lo advertí después de estar un rato mirándolas. Al fin una se
elevó hasta parecer que se situaba inmediatamente debajo del disco y se
desvaneció, y un momento antes de que alcanzáramos la orilla aparecieron dos
más en el mismo punto.
A la sombra del acantilado había una playa minúscula. No
obstante, la isla de Llibio varó antes de que la alcanzáramos, y tuve que
saltar de nuevo al agua, esta vez sosteniendo TerminusEst por encima de la cabeza. Afortunadamente no
había oleaje, y aunque la lluvia seguía amenazando, no había llegado aún. Ayudé
a algunos hombres a arrastrar sus barcas hasta los guijarros mientras otros,
con cabos de fibra, amarraban las islas a peñascos.
Después de mi viaje por las montañas, la senda estrecha y
traicionera habría sido fácil si no hubiera tenido que trepar a oscuras. Tal
como era el caso, hubiese preferido descender desde la ciudad enterrada hasta
la casa de Casdoe, aunque la distancia fuera cinco veces mayor.
Cuando llegamos arriba todavía estábamos a cierta
distancia de la muralla, que nos ocultaba un bosquecillo de abetos dispersos.
Reuní a los isleños a mi alrededor y les pregunté —pregunta retórica— si sabían
de dónde había venido la nave voladora que había sobre el castillo. Y cuando me
hubieron asegurado que no, les expliqué que yo sí lo sabía (y era verdad, pues,
aunque yo nunca había visto ninguna, Dorcas me había alertado sobre ellas), y
que en vista de su presencia era mejor que yo fuese a explorar la situación
antes de proceder al asalto.
Aunque nadie dijo nada, percibí un sentimiento de
impotencia. Estaban convencidos de haber encontrado un héroe que los guiase, y
ahora iban a perderlo antes de que empezara la batalla.
—Intentaré entrar —les dije—. Si es posible volveré de
nuevo aquí, y os dejaré abiertas todas las puertas que pueda.
—Pero supongamos que no pudieras volver —preguntó
Llibio—. ¿Cómo sabremos que ha llegado el momento de sacar los cuchillos?
—Haré
alguna señal dije, y me devané los sesos pensando qué señal podría hacer
encerrado en esa torre negra—. En una noche como ésta han de haber encendido
fuegos. Mostraré un tizón por una ventana, y lo dejaré caer para que veáis la
estela. Si no hago ninguna señal y no consigo volver, podéis dar por sentado
que me han hecho prisionero: atacad cuando despunte el primer rayo en las
montañas.
Al
poco rato estaba en la puerta del castillo, aporreando un gran aldabón de
hierro con forma de cabeza humana (por lo que pude determinar con los dedos)
contra una plancha del mismo metal empotrada en roble.
No
hubo respuesta. Después de haber esperado por espacio de una docena de
respiraciones, volví a golpear. Oí cómo dentro se despertaban los ecos, pero no
había sonido de voces. Las espantosas caras que había entrevisto en el jardín
del autarca me llenaron la mente, y esperé temiendo el ruido de un disparo,
aunque sabía que si los hieródulos optaban por dispararme —y de ellos venían en
última instancia todas las armas de energía—, probablemente no oiría nada. El
aire estaba tan quieto que era como si la atmósfera esperase conmigo.
Por
fin se oyeron pasos, tan rápidos y ligeros que yo habría dicho que eran las
pisadas de un niño. Una voz vagamente familiar gritó:
—¿Quién
es? ¿Qué quiere?
Y
yo respondí: —El maestro Severian, de la Orden de los Buscadores de la Verdad y
la Penitencia. Vengo como brazo del Autarca, cuya justicia es pan de sus
súbditos.
—¡Vaya,
tú! —exclamó el doctor Tales, y abrió de golpe el portal.
Por
un momento no pude hacer otra cosa que mirarlo.
—Dime,
¿qué quiere el Autarca de nosotros? La última vez que te vi, ibas a la Ciudad
de los Cuchillos Curvos. ¿Llegaste al fin?
—El
Autarca quería saber por qué un vasallo de usted había retenido a un sirviente
suyo. Me refiero a mí. Esto pone la cuestión bajo una luz ligeramente distinta.
—¡En
efecto! ¡En efecto! También desde nuestro punto de vista, ¿comprendes? No sabía
que el misterioso visitante de Murene eras tú. Estoy seguro de que el pobre
Calveros tampoco. Entra y conversaremos.
Entré,
y el doctor cerró detrás de mí el pesado portón y colocó una pesada barra de
hierro.
—En
realidad no hay mucho que conversar —dije—, pero podríamos empezar por una
valiosa gema que me arrebataron por la fuerza, y que según me informaron, le ha
sido enviada a usted.
Mientras
seguía hablando, sin embargo, mi atención pasó de las palabras que estaba
pronunciando a la vasta mole de la nave de los hieródulos, que de aquel lado de
la muralla tenía directamente sobre la cabeza. Levantar los ojos hacia ella me
dio la misma sensación de trastorno que he tenido a veces mirando a través de
la doble curva de una lente de aumento; la convexa cara inferior de esa nave
parecía algo ajeno no sólo al mundo de los humanos sino a todo el mundo
visible.
—Ah,
sí —dijo el doctor Tales—. Creo que Calveros tiene la chuchería. O en todo caso
la tenía y la ha tirado por ahí. Estoy seguro de que te la devolverá.
Del
interior de la torre circular que parecía (aunque era imposible) sostener la
nave, llegó débilmente un sonido solitario y terrible que podría haber sido el
aullido de un lobo. Yo no había vuelto a oír nada semejante desde que abandoné
la Torre Matachina; pero sabía qué era, y le dije al doctor Talos: —Aquí tienen
prisioneros.
Asintió.
—Sí. Me temo que hoy he estado tan atareado que entre una cosa y otra olvidé
alimentar a esas pobres criaturas. —Hizo un gesto indefinido hacia la nave.—
Espero que no tengas reparos en conocer cacógenos, ¿eh, Severian? Me temo que
si quieres pedirle la joya a Calveros, no tendrás más remedio. Él está allí
dentro, hablándoles.
Dije
que no tenía reparos, aunque temo que al decirlo temblé por dentro.
El
doctor sonrió, y por encima de la barba roja se vio la brillante hilera de
dientes afilados que yo recordaba tan bien.
—Espléndido.
Siempre has sido una persona maravillosamente desprejuiciada. Si me permites
decirlo así, supongo que tu adiestramiento te enseñó a tomar a la gente tal
como es.
XXXIII
Ossipago, Barbatus y Famulimus
Como
es usual en esas torres de piedra, no había ninguna entrada a nivel del suelo.
Una escalera recta, angosta, pronunciada y sin barandas llevaba hasta una
puerta igualmente angosta, unos diez codos por encima del pavimento del patio.
Esa puerta ya estaba abierta, y me encantó ver que el doctor Talos no la
cerraba tras nosotros. Recorrimos un breve pasillo que sin duda no era más
ancho que el muro de la torre, y desembocamos en una estancia que (como
cualquiera de las que vi allí dentro) parecía ocupar toda el área disponible en
ese nivel. Estaba repleta de máquinas en apariencia al menos tan antiguas como
las que teníamos en casa en la Torre Matachina, pero cuyos usos escapaban a mis
conjeturas. Desde un costado de esa sala una escalera estrecha subía al piso de
arriba, y en el costado opuesto un oscuro hueco de escalera daba acceso al
lugar, fuera lo que fuese, donde aullaba confinado el prisionero, pues se oía
flotar la voz que salía de esa negra boca.
—Se
ha vuelto loco —dije, e incliné la cabeza hacia el sonido.
El
doctor Talos asintió. —La mayoría está igual. Al menos, la mayoría de los que
examiné. Les administro caldos de elébora, pero no diré que parezca servirles
de mucho.
—En
el tercer nivel de nuestra mazmorra teníamos clientes así, porque nos obligaban
a retenerlos por cuestiones legales; nos los habían entregado, ¿sabe?, y nadie con autoridad nos autorizaba a
ponerlos en libertad.
El doctor me estaba guiando hacia la escalera ascendente.
—Comprendo la dificultad de tu posición.
—A su tiempo morían —continué, obstinado—. Por las
consecuencias de las torturas o por otras causas. Era realmente un despropósito
mantenerlos allí.
—Supongo que sí. Cuidado con el gancho de ese cachivache.
Quiere agarrarte la capa.
—Entonces ¿por qué no los suelta? Usted, evidentemente,
no es un depositario de la ley en el sentido en que lo éramos nosotros.
—Para las representaciones, imagino. Para eso tiene
Calveros casi toda esta basura. —Con un pie en el primer escalón, el doctor
Talos se volvió a mirarme. Ahora recuerda que has de comportarte. No les gusta
que los llamen cacógenos, ¿sabes? Llámalos como se te ocurra esta vez decir que
se llaman, y no aludas al fango. De hecho, no hables de nada desagradable. El
pobre Calveros ha trabajado muchísimo para enmendar las cosas con ellos después
de perder la cabeza en la Casa Absoluta. Si llegas a estropear todo justo antes
de que se vayan, lo destrozarás.
Prometí ser lo más diplomático posible.
Como la nave estaba apoyada sobre la torre, yo había
supuesto que Calveros y los tripulantes se hallarían en la estancia más alta.
Me equivoqué. Mientras subíamos al piso siguiente oí un murmullo de voces,
luego el tono profundo del gigante que como tantas veces cuando había viajado
con él, sonaba como el lejano derrumbe de una pared ruinosa.
En esa sala también había máquinas. Pero aunque tal vez
fueran tan viejas como las de abajo, éstas daban la impresión de estar en
condiciones de funcionar; y, además, de mantener unas con otras una relación
lógica pero impenetrable, como los dispositivos de la sala de Tifón. Calveros y
sus huéspedes estaban en el lado opuesto de la cámara, donde la cabeza del
gigante, tres veces mayor que la de un hombre común, sobresalía entre la masa
de cristal y metal como la de un tiranosaurio entre las hojas más altas de un
bosque. Mientras iba hacia ellos vi, bajo una resplandeciente campana de
cristal, lo que quedaba de una muchacha que podría haber sido hermana de Pía.
Le habían abierto el abdomen con una hoja afilada, y quitado parte de las
vísceras para colocarlas alrededor del cuerpo. Parecía estar en las primeras
fases de la descomposición, aunque todavía movía los labios. Cuando pasé por
delante se le abrieron los ojos, luego volvieron a cerrarse.
—¡Visitas! —exclamó el doctor Talos—. ¿A que no sabes
quién?
El gigante volvió lentamente la cabeza, pero me miró,
pensé, con tan poco entendimiento como la primera mañana en Nessus, cuando el
doctor Talos lo había despertado.
—A Calveros lo conoces —siguió el doctor hablándome a
mí—, pero debo presentarte a nuestros huéspedes.
Tres hombres, o lo que parecían hombres, se levantaron
graciosamente. De haber sido un verdadero ser humano, uno habría sido bajo y
robusto. Los otros dos eran una buena cabeza más altos que yo, altos como
exultantes. Las máscaras que llevaban los tres les daban aspecto de hombres
refinados de edad mediana, atentos y aplomados; pero me di cuenta de que los
ojos que miraban por las ranuras de las máscaras de los más altos eran mucho
más grandes que los humanos, y que la figura baja no tenía ojos, de modo que
allí sólo se veía oscuridad. Los tres llevaban túnicas blancas.
—¡Sus Señorías! He aquí un gran amigo nuestro, el maestro
Severian, de los torturadores. Maestro Severian, permíteme presentarte a los
honorables hieródulos Ossipago, Barbatus y Famulimus. Es la labor de estos nobles personajes inculcar sabiduría a la raza
humana..., representada aquí por Calveros, y ahora por ti.
El
ser que el doctor Talos había presentado como Famulimus habló. La voz habría
podido ser totalmente humana, excepto porque era más resonante y más musical
que cualquier voz verdaderamente humana que yo hubiera oído, con lo que sentí
que bien podría haber estado escuchando las palabras de un instrumento de
cuerdas llamado a la vida.
—Bienvenido
—cantó—. No hay para nosotros alegría mayor que saludarlo, Severian. Se inclina
usted saludándonos cortésmente, pero nosotros nos hincamos ante usted de
rodillas. —Yen verdad se arrodilló brevemente, y también los otros dos.
No
podría haber dicho o hecho nada que me dejara más atónito, y estaba demasiado
sorprendido como para ofrecer alguna réplica.
El
otro cacógeno alto, Barbatus, habló como hubiera hecho un cortesano para llenar
el silencio de una incómoda brecha en la conversación. La voz era más grave que
la de Famulimus, y parecía tener un dejo militar.
—Sea
usted bienvenido... Muy bienvenido, como ha dicho mi querido amigo y todos
nosotros hemos intentado manifestar. Pero sus amigos de usted han de permanecer
fuera mientras estemos aquí. Por supuesto que lo sabe. Lo menciono solamente
como cuestión de forma.
El
tercer cacógeno, en un tono tan grave que más que oírlo uno lo sentía, murmuró:
—No
tiene ninguna importancia. —Y como si temiera que le viese las ranuras vacías
de la máscara, se volvió y simuló mirar por la estrecha ventana que tenía
detrás.
—Tal
vez no importe, entonces —dijo Barbatus—. A fin de cuentas, Ossipago es el que
sabe.
—¿O
sea que tienes amigos aquí? —susurró el doctor Talos. Una de sus peculiaridades
era que rara vez le hablaba a un grupo, como la mayoría de la gente, sino que
se dirigía a un solo individuo, como si estuviera con él a solas, o bien
peroraba como ante una asamblea multitudinaria.
—Me
han escoltado algunos isleños —dije, intentando pintar las cosas lo mejor
posible—. Ustedes habrán oído hablar de ellos. Viven en el lago, en masas de
cañas flotantes.
—¡Se
han levantado contra ti! —le dijo el doctor Talos al gigante—. Te advertí que
iba a pasar. —Se precipitó a la ventana, por la cual parecía estar mirando el
ser llamado Ossipago, y apartándolo con el hombro atisbó la noche. Luego,
volviéndose hacia el cacógeno, se arrodilló, le tomó la mano y la besó. La mano
era simplemente un guante de algún pintado material flexible que imitaba la
carne, con algo dentro que no era una mano.
—Nos
ayudará, Señoría, ¿verdad? Seguro que a bordo de la nave hay fantasinos. Con
que pongamos en el muro una hilera de horrores, tendremos un siglo de
seguridad.
Con
su lenta voz, Calveros dijo: —Severian será el vencedor. ¿Por qué si no se han
arrodillado ante él? Aunque él es probable que muera, y nosotros no. Usted ya
los conoce, doctor. El saqueo puede diseminar el conocimiento.
El
doctor Tales se volvió hacia él, furioso. —¿Lo diseminó antes? ¡Te estoy
preguntando! —¿Quién puede decirlo, doctor?
—Tú
sabes que no. ¡Son los mismos brutos ignorantes y supersticiosos que han sido
siempre! —Volvió a girar.— Contéstenme, nobles hieródulos. Si alguien lo sabe,
tienen que ser ustedes.
Famulimus
hizo un ademán, y nunca fui más consciente que en ese momento de la verdad que
había bajo la máscara, porque ningún brazo humano podría haber hecho un
movimiento así, y era un movimiento sin
significado, que no transmitía acuerdo ni desacuerdo, ni irritación ni
consuelo.
—No hablaré de todas las cosas que ya sabe —dijo—. Que
los que usted teme han aprendido a vencerlo. Tal vez sea cierto que todavía son
simples; no obstante, llevándose algo a casa es probable que consigan hacerse
sabios.
Se dirigía al doctor, pero yo no pude refrenarme más y
dije: —¿Puedo preguntar de qué está hablando, sieur?
—Hablo de ustedes, de todos ustedes, Severian. No puede
ser pernicioso, ahora, que yo hable.
Barbatus intervino: —Sólo si no lo hace con demasiada
soltura.
—Hay una señal que usan en cierto mundo, donde a veces
nuestra nave exhausta encuentra por fin descanso. Es una serpiente con cabezas
en las dos puntas. Una cabeza está muerta... La otra la muerde.
Sin apartarse de la ventana, Ossipago dijo:—Eso es este
mundo, pienso yo.
—Seguro que la Cumana podría revelar su origen. De todos
modos, no importa que lo sepan. Me comprenderán más claramente. La cabeza viva
representa la destrucción. La cabeza que no vive, la construcción. Aquélla se
alimenta de ésta; y al alimentarse nutre a su comida. Un niño podría pensar que
si la primera muriese, la criatura muerta, constructiva, triunfaría, y haría
que la gemela se le pareciese. La verdad es que pronto se arruinarían las dos.
Barbatus dijo: —Como demasiado a menudo, mi buen amigo es
menos que claro. ¿Acaso han podido seguirlo?
—¡Yo no! —anunció iracundo el doctor Talos. Alejándose
como disgustado, se apresuró a bajar la escalera.
—Eso no importa —me dijo Barbatus—, mientras entienda el
amo.
Hizo una pausa, como esperando a que Calveros lo
contradijera, y luego continuó, dirigiéndose todavía a mí:
—Nuestro deseo, ¿ve usted?, es llevar progreso a su raza,
no adoctrinarla.
—¿Llevar progreso a los de la costa? —pregunté. Todo ese
tiempo las aguas del lago habían estado murmurando su lamento nocturno a través
de la ventana. La voz de Ossipago pareció mezclarse con ese murmullo cuando
dijo: —A todos ustedes... —¡Entonces es cierto! Lo que han sospechado tantos
sabios. Nos están guiando. Ustedes nos observan, y a lo largo de las edades de
su historia, que no han de parecerles más que días, nos fueron sacando de la
barbarie. —En mi entusiasmo extraje el libro marrón, algo húmedo todavía por la
mojadura de esa mañana, pese al envoltorio de seda aceitada.— Déjenme
mostrarles lo que dice aquí: «El hombre, que no es sabio, es empero objeto de
la sabiduría. Si la sabiduría lo considera objeto adecuado, ¿será cosa sabia en
él alumbrarse con su propia necedad?». Algo por el estilo.
—Se equivoca —me dijo Barbatus—. Para nosotros las edades
son eones. Mi amigo y yo tratamos con su raza desde hace menos tiempo que el
que usted tiene vivido.
—Estas cosas viven sólo una docena de años, como los
perros dijo Calveros. El tono decía más que las palabras que transcribo, pues
cada una caía como una piedra en una cisterna muy honda.
Dije: —No puede ser.
—Ustedes son la obra para la que vivimos—explicó
Famulimus—. Ese hombre que llama usted Calveros vive para aprender. Cuidamos de
que amontone saber del pasado; hechos sólidos como semillas que lo hagan
poderoso. A su hora morirá a manos de gentes que no acumulan, pero morirá con
un leve provecho para todos ustedes. Piense en un árbol que hiende una roca.
Junta agua, el calor vivificante del sol... y toda la materia de la vida en
beneficio propio. Llegado el momento muere y se pudre para alimentar la tierra,
que sus mismas raíces han hecho con el material de la piedra. Desaparecida su
sombra, germinan nuevas semillas; donde se alzó, al cabo de un tiempo florece
un bosque.
El doctor Tales emergió de nuevo por la escalera,
aplaudiendo lenta y despectivamente.
—Entonces ¿ustedes les dejaron estas máquinas? —pregunté.
Mientras hablaba, tenía conciencia de que a mis espaldas, en algún sitio, había
una mujer eviscerada murmurando bajo un cristal, algo que en otro tiempo no
habría molestado en absoluto al torturador Severian.
Barbatus dijo: —No. Éstas las encontró él, o se las
construyó. Famulimus ha dicho que él deseaba aprender, y que nos encargamos de
que lo consiguiera, no que le hayamos enseñado. Nosotros no le enseñamos nada a
nadie, y sólo comerciamos artefactos demasiado complejos como para que la gente
de usted pueda duplicarlos.
—Estos monstruos, estos horrores, no hacen nada por
nosotros. Tú ya los has visto... Ya sabes lo que son. Cuando mi pobre paciente
se enfureció con ellos en el teatro de la Casa Absoluta, casi lo matan con sus
pistolas.
El gigante se movió en la gran silla.
—No hace falta que finja simpatía, doctor. Le sienta mal.
Hacerme el tonto mientras ellos miraban... —Los inmensos hombros se levantaron
y cayeron.En verdad, no tendría que haberme desenfrenado. Ahora han aceptado
olvidar.
Barbatus dijo: —Usted sabe que esa noche habríamos podido
matar fácilmente a su creador. Lo quemamos apenas lo suficiente para que dejara
de atacarnos.
Entonces recordé lo que el gigante me había dicho al
separarnos en el bosque, más allá de los jardines del Autarca: que él era el
amo del doctor. Ahora, sin detenerme a pensarlo, agarré la mano del doctor. La
piel parecía tan tibia y viva como la mía, aunque curiosamente seca. Al cabo de
un momento se soltó.
—¿Qué es usted? —le pregunté, y como no contestaba, me
volví hacia los seres que se hacían llamar Famulimus y Barbatus—. Una vez,
sieurs, conocí a un hombre que sólo en parte era carne humana...
En vez de replicar miraron al gigante, y aunque yo sabía
que esas caras eran solamente máscaras, sentí la fuerza con que exigían una
respuesta. —Un homúnculo —gruñó Calveros.
XXXIV
Máscaras
Mientras
Calveros hablaba llegó la lluvia, una lluvia fría que azotó las rudas piedras
grises del castillo con un millón de puños helados. Me senté, apretando TerminusEst con las rodillas para que
dejaran de temblarme.
—Ya
cuando los isleños me hablaron de un hombrecito que había pagado la
construcción de este castillo —dije con todo el aplomo que pude reunirdeduje
que estaban hablando del doctor. Pero ellos dijeron que usted, el gigante,
había llegado después. —El hombrecito era yo. El doctor vino después.
Un
cacógeno mostró por la ventana una chorreante cara de pesadilla, y luego
desapareció. Quizá le transmitió algún mensaje a Ossipago, si bien yo no oí
nada. Ossipago habló sin volverse.
—El
crecimiento tiene sus desventajas, aunque es el único método de que dispone su
especie para reponer la fuerza de la juventud.
El
doctor Talos se levantó de un salto. —¡Los venceremos! Él mismo se ha puesto en
mis manos. —Me vi obligado —dijo Calveros—. No había nadie más. Creé a mi
propio médico.
Intentando
aún recobrar mi equilibrio mental, yo pasaba la mirada de uno a otro; ninguno
de los dos había cambiado de aspecto ni de maneras.
—Pero
él le pega —dije—. Yo lo he visto.
—Una
vez oí cómo se confesaba a la mujer pequeña. Usted destruyó a otra mujer a
quien amaba. Ysin embargo era esclavo de ella.
El
doctor Talos dijo: —Yo tengo que levantarlo, ¿te das cuenta? Tiene que hacer
ejercicio, y eso es parte de mi trabajo. Me dicen que el Autarca, cuya salud es
la dicha de sus súbditos, tiene en su dormitorio un isócrono, regalo de un
autarca de más allá del borde del mundo. Quizá sea el amo de estos caballeros.
No lo sé. El caso es que teme encontrarse con una daga en la garganta y no deja
que se le acerque nadie cuando duerme, de modo que el artefacto cuenta las
guardias durante la noche. Al amanecer lo despierta. ¿Cómo es entonces que el
señor de la Mancomunidad permite que una mera máquina perturbe su sueño?
Calveros, como te ha dicho, me creó para que fuera su médico. Hace ya un tiempo
que me conoces, Severian. ¿Dirías que padezco gravemente el infame vicio de la
falsa modestia?
Me
las arreglé para sonreír mientras negaba con la cabeza.
—Entonces
he de decirte que no soy responsable de mis virtudes, en tanto tales.
Sagazmente Calveros hizo de mí todo lo que no es él, como contrapeso a sus
deficiencias. Por ejemplo: no me gusta el dinero. Para el paciente, esto es
algo magnífico en un médico. Y soy leal a todos mis amigos, porque el primero
es él.
—Aun
así —dije yo— siempre me ha asombrado que él no lo matara. —En la sala hacía
tanto frío que me abrigué más con la capa, aunque estaba seguro de que esa
calma engañosa no podía durar mucho.
El
gigante dijo: —Usted tiene que saber por qué mantengo la calma. Usted me ha
visto perderla. Tenerlos a ellos sentados allí, mirándome como si fuera un oso
encadenado...
El
doctor Talos le tocó la mano; había en el gesto algo femenino.
—Son
las glándulas, Severian. El sistema endocrino y la tiroides. Hay que manejarlo
todo con gran cuidado, de otro modo crecería con demasiada rápidez. Y luego he
de vigilar que el peso no le rompa los huesos, y un centenar de cosas más.
—El
cerebro —rugió el gigante—. El cerebro es lo peor de todo, y lo mejor.
—¿Lo
ayudó la Garra? —pregunté—. Si no, tal vez lo ayude si la manejo yo. En poco
tiempo ha hecho para mí más cosas que en muchos años para las Peregrinas.
Como
la cara de Calveros no daba señas de comprensión, el doctor Talos dijo: —Habla
de la gema que enviaron los pescadores. Se supone que obra curas milagrosas.
Al
oír eso Ossipago volvió por fin la cara hacia nosotros.
—Qué
interesante. ¿La tiene usted aquí? ¿Podemos verla?
La
mirada del doctor se movió ansiosamente de la inexpresiva máscara del cacógeno
a la cara de Calveros, y de ésta a la otra, mientras decía:
—Por
favor, sus señorías, no es nada. Un fragmento de corindón.
Desde
que yo había entrado en ese nivel de la torre, ninguno de los cacógenos se
había desplazado más de un codo; ahora Ossipago cruzó hasta mi silla con cortos
pasos de pato. Tuve que haber retrocedido, porque dijo:
—No
tiene que temerme, aunque hacemos mucho mal a los de su clase. Quiero saber
sobre esa Garra, que según nos dice el homúnculo es sólo un espécimen mineral.
Al
oírle decir eso temí que él y sus compañeros le quitaran la Garra a Calveros y
se la llevaran a su hogar más allá del vacío, pero razoné que no podían hacerlo
a menos que lo obligaran a mostrarla, y que entonces yo tendría la posibilidad
de apoderarme de ella, lo que en caso contrario podría no ocurrir. Así pues, le
conté a Ossipago todo lo que había logrado la Garra mientras había estado en mi
custodia: le hablé del ulano de la carretera, y de los hombresmono, y de todos
los ejemplos de su poder que aquí ya he referido. A medida que hablaba, la cara
del gigante se iba poniendo más rígida, y la del doctor, me pareció, más
ansiosa.
Cuando
acabé, Ossipago dijo:
—Y
ahora debemos ver la maravilla en sí. Tráiganla, por favor. —Y Calveros se
levantó y cruzó a zancadas la vasta estancia, haciendo que con su tamaño las
máquinas parecieran meros juguetes, y al fin abrió el cajón de una mesita de
tablero blanco y sacó la gema. Yo nunca la había visto tan apagada como en la
mano de él; habría podido ser un trozo de vidrio azul.
El
cacógeno la recibió y la sostuvo levantando el guante pintado, aunque no alzó
la cara para mirarla como hubiera hecho un hombre. Allí pareció captar la luz
de las lámparas amarillas que brotaba de arriba, y en esa luz despidió un
relampagueo azul.
—Muy
hermosa—dijo Ossipago—. Y muy interesante, si bien no puede haber realizado las
hazañas que se le atribuyen.
—Obviamente
—cantó Famulimus, e hizo otro de esos ademanes que tanto me recordaban las
estatuas de los jardines del Autarca.
—Es
mía —le dije—. La gente de la costa me la quitó por la fuerza. ¿Puede
devolvérmela?
—Si
es suya—dijo Barbatus—, ¿de dónde la sacó? Inicié la labor de describir mi
encuentro con Agia y la destrucción del altar de las Peregrinas, pero me cortó
en seco.
—Pura
especulación. Ni usted vio esta joya en el altar, ni sintió la mano de la mujer
que se la daba, si es que realmente lo hizo. ¿De dónde la
sacó?
—La
encontré en un compartimiento de mi alforja. —Me pareció que no había nada más
que decir. Barbatus se volvió como si se sintiera decepcionado.
—Yusted...
—Miró hacia Calveros.— La joya la tiene ahora Ossipago, que la obtuvo de usted.
¿Usted de dónde la sacó?
—Ya
me ha visto —gruñó Calveros—. Del cajón de esa mesa.
El
cacógeno asintió moviéndose la máscara con las manos.
—Comprenderá
pues, Severian, que el reclamo de él es tan bueno como el suyo.
—Pero
la gema es mía y no de él.
—No
es tarea nuestra mediar entre ustedes; deben zanjarlo cuando nos marchemos.
Pero por curiosidad, que atormenta aun a criaturas tan raras como ustedes nos
creen..., ¿la conservará usted, Calveros?
El
gigante sacudió la cabeza. —Yo no tendría en mi laboratorio tamaño monumento a
la superstición. —Entonces no tendría que ser difícil concretar un acuerdo
—declaró Barbatus—. Severian, ¿le gustaría ver cómo despega nuestra nave?
Calveros siempre viene a vernos partir, y aunque él no es de los que se
extasían con vistas artificiales o naturales, yo opinaría que es algo digno de
verse. —Se volvió, ajustándose la túnica blanca.
—Venerables
hieródulos —le dije—. Me agradaría muchísimo verlo, pero antes de que partan
quiero hacerles una pregunta. Cuando llegué, dijeron que no había para ustedes
alegría mayor que saludarme, y se arrodillaron. ¿Fue eso lo que quisieron
decir, o algo similar? ¿No me tomaron por otro?
No
bien el cacógeno había hablado de partir, Calveros y el doctor Talos se habían
puesto de pie. Ahora, aunque Famulimus se quedó para escuchar mis preguntas,
los otros habían empezado a salir; Barbatus iba subiendo la escalera que
llevaba al nivel de arriba, seguido no muy de lejos por Ossipago, que aún
llevaba la Garra.
Yo
también eché a caminar, porque temía que me separaran de ella, y Famulimus
caminó conmigo.
—Aunque
ahora no haya pasado nuestra prueba, no quise decir menos de lo que le dije.
—La voz era como la música de un pájaro fabuloso, un puente tendido sobre el
abismo hacia un bosque inalcanzable.— Cuán a menudo hemos tomado consejo,
Ilustre. Cuán a menudo cada cual ha hecho la voluntad del otro. Creo que conoce
usted a las mujeres del agua. ¿Hemos de ser Ossipago, el valeroso Barbatus, y
yo menos sabios que ellas?
Tomé
aliento. —No sé qué quiere decir. Pero de algún modo siento que aunque usted y
los suyos sean horrorosos, son buenos. Y que las ondinas no, por más que sean
tan adorables, y tan monstruosas, que apenas puedo mirarlas.
—¿Es
el mundo entero una guerra entre buenos y malos? ¿Nunca se le ha ocurrido que
acaso haya algo más?
No
lo había pensado, y no pude hacer otra cosa que mirarlo.
—Y
tendrá usted la gentileza de tolerar mi apariencia. ¿Puedo quitarme la máscara
sin ofenderlo? Los dos sabemos de qué se trata y me está apremiando. Calveros
va delante y no nos verá.
—Si
lo desea, Señoría —dije—. ¿Pero no le parece...? Con un rápido aleteo de una
mano, como si lo aliviara, Famulimus retiró el disfraz. La cara revelada no era
una cara, solamente ojos en una capa de putrescencia. Luego la mano volvió a
moverse como antes, y también eso cayó. Debajo había una extraña, serena
belleza, la que yo había visto grabada en las caras de las estatuas móviles en
los jardines de la Casa Absoluta, pero distinta de ellas como la cara de una
mujer viva es distinta de su máscara mortuoria. —¿Nunca pensó, Severian, que
quien se pone una máscara podría ponerse otra? —pregunto—. Pero yo, que tenía
dos, no tengo tres. Ya no nos separará ninguna falsedad, lo juro. Toque,
Ilustre... Ponga los dedos en mi cara.
Yo tenía miedo, pero ella me tomó la mano y se la llevó a
la mejilla. La sensación era de frescura y de vida, exactamente lo contrario
que el calor seco de la piel del doctor.
—Todas las máscaras monstruosas que nos ha visto usar no
son sino sus conciudadanos de Urth. Insecto, lamprea, o bien leproso moribundo.
Son todos hermanos suyos, aunque quizá le repugne.
Ya estábamos cerca del nivel más alto de la torre,
pisando a veces madera chamuscada: las ruinas de la conflagración desatada por
Calveros y el médico. Cuando retiré la mano, Famulimus se puso de nuevo la
máscara.
—¿Por qué lo hacen? —pregunté.
—Para que su gente nos odie y nos tema. Si no lo
hiciéramos, ¿cuánto tiempo tolerarían los hombres corrientes un reinado que no
fuera el nuestro? No querríamos robar a los suyos su propio gobierno;
protegiendo a su especie de nosotros, ¿no mantiene el Autarca el Trono del
Fénix?
Me sentí como a veces me había sentido en las montañas
cuando, al despertar de un sueño, me incorporaba asombrado, miraba alrededor y
veía la luna verde clavada en el cielo con un pino, y los rostros ceñudos y
solemnes de las montañas bajo sus diademas rotas, en vez de las soñadas paredes
del estudio del maestro Palaemon, o nuestro refectorio, o la galería de celdas
donde me sentaba en la mesa del guardia ante la puerta de Thecla. Me las
arreglé para decir: —¿Entonces por qué se me ha mostrado?
Yella respondió: —Aunque usted nos vea, nosotros no lo
veremos más. Nuestra amistad comienza y acaba aquí, me temo. Llámelo regalo de
bienvenida de unos amigos que se marchan.
Entonces el doctor, que iba adelante, abrió una puerta, y
el tamborileo de la lluvia se transformó en bramido, y sentí que el aire helado
pero vivo de fuera invadía el frío aire de muerte de la torre. Calveros tuvo
que agacharse y girar los hombros para cruzar el umbral, y me sorprendió darme
cuenta de que con el tiempo sería incapaz de hacerlo, por muchos cuidados que
recibiera del doctor Talos: habría que ensanchar la puerta, y también la
escalera, quizá, pues si llegaba a caerse seguramente se mataría. Entonces
comprendí qué era lo que me había intrigado antes: la razón de las grandes
salas y los techos altos de ésta, su torre. Y me pregunté cómo serían las
bóvedas en la roca donde confinaba a sus hambrientos prisioneros.
XXXV
La señal
Aunque de abajo había parecido que la nave descansaba en
la estructura de la propia torre, no era así. Más bien era como si flotase
media cadena o más por encima de nosotros: demasiado alto para ofrecer mucho
abrigo contra los latigazos de la lluvia, que daban a la suave curva del casco
un brillo de nácar negro. Mirándola, no pude abstenerme de especular sobre las
velas que semejante embarcación podría desplegar para embolsar los vientos que
soplaban entre los mundos; y entonces, justo cuando me preguntaba si la
tripulación no iba a asomarse a espiarnos, uno de los tritones, los extraños y
misteriosos seres que por un rato habían andado por debajo del casco, salió de
pronto con la cabeza estirada como una ardilla, envuelto en luz anaranjada y
aferrado al casco con manos y pies, por más que estaba mojado como una piedra
del río y pulido como la hoja de Terniinus Est. Llevaba una de esas máscaras que he
descrito varias veces, pero ahora yo sabía que era una máscara. Al ver a
Ossipago, Barbatus y Famulimus, se detuvo, y un momento después, desde algún
lugar de arriba, lanzaron una fina línea anaranjada y brillante que parecía un
hilo de luz.
—Debemos irnos —le dijo Ossipago a Calveros, y le entregó
la Garra—. Piense bien en todas las cosas que no le hemos dicho, y recuerde lo
que no se le ha mostrado.
—Lo haré —dijo Calveros, con la voz más lúgubre que le
haya oído.
Entonces Ossipago tomó la línea y se deslizó hacia arriba
hasta bordear la curva del casco y perderse de vista. Aunque en cierto modo
pareció que no se deslizaba hacia arriba sino hacia abajo, como si la nave
misma fuera un mundo y atrajera con ciega avidez todo lo que le pertenecía,
como hace Urth; o quizá sólo fuera que Ossipago se había vuelto más leve que
nuestro aire, igual que un marinero que se zambulle en el mar desde el barco, y
luego sube a la superficie como había subido yo después de saltar de la barca
del atamán.
Como fuera, Barbatus y Famulimus lo siguieron. Famulimus
agitó la mano hasta que el bulto del casco la ocultó; sin duda el doctor y
Calveros pensaron que se despedía de ellos; pero yo sabía que me había saludado
a mí. Una sábana de lluvia me dio en la cara, cegándome a pesar de la capucha.
Lentamente al principio, luego cada vez más rápido, la
nave se elevó y retrocedió, desapareciendo en lo alto no al norte o al sur o al
este o al oeste, sino menguando en una dirección que, cuando ya no estuvo, me
fue imposible señalar.
Calveros se volvió hacia mí. —Usted los oyó.
Sin entender, dije: —Sí, hablé con ellos. El doctor Talos
me invitó al abrirme la puerta del muro.
—No me dijeron nada. No me han mostrado nada. —Haber
visto la nave —repliqué— y haber hablado con ellos... No puede decirse que no
sea nada.
—Me llevan hacia adelante. Siempre adelante. Me llevan
como un buey al matadero.
Fue hasta la almena y contempló la vasta extensión del
lago; batido por la lluvia parecía un mar de leche. Los merlones estaban a
varios palmos por encima de mí, pero Calveros se apoyó en ellos como en una
barandilla, y en su puño cerrado vi el resplandor azul de la Garra. El doctor
Talos me tiró de la capa, murmurando que nos convenía entrar y protegernos de
la tormenta, pero yo no quería moverme.
—Empezó
mucho antes de que usted naciera. Al principio me ayudaron, aunque sólo
preguntando cosas, sugiriendo ideas. Ahora sólo apuntan. Ahora sólo insinúan lo
suficiente como para decirme que algo se puede hacer. Esta noche ni siquiera
hubo eso.
Queriendo
urgirlo a que dejara de tomar a los isleños para sus experimentos, pero sin
saber cómo, dije que había visto los proyectiles explosivos, que indudablemente
eran muy maravillosos, un invento estupendo.
—Natrio—dijo,
y se volvió para enfrentarme, con la enorme cabeza alzada al cielo oscuro—.
Usted no sabe nada. El natrio es una mera sustancia elemental que el mar
produce con una profusión inagotable. ¿Piensa que si fuera más que un simple
juguete se lo habría dado a los pescadores? No, mi gran obra soy yo. ¡Y yo soy
mi única gran obra!
El
doctor Talos susurró: —Mira alrededor... ¿No reconoces esto? ¡Es tal como él
dice!
—¿De
qué me habla? —susurré yo a mi vez.
—El
castillo. El lago. El hombre sabio. Acabo de pensarlo. Así como los hechos
vitales del pasado proyectan su sombra sobre las edades venideras, ahora, por
ejemplo, cuando el sol se dirige a la oscuridad, nuestras sombras se precipitan
al pasado para perturbar los sueños de los hombres.
—Usted
está loco —dije—. O bromea.
—¿Loco?
—rugió Calveros—. El que está loco es usted.
Usted, con sus fantasías teúrgicas. ¡Cómo estarán riéndose de
nosotros! Nos consideran bárbaros... A mí, que he trabajado durante tres vidas.
Extendió
el brazo y abrió el puño. Ahora la Garra fulguraba para Calveros. Alargué la
mano, y él, con un movimiento súbito, la tiró al aire. ¡Cómo relampagueó en la
oscuridad barrida por la lluvia! Fue como si la misma Skuld, la brillante,
hubiera caído del cielo nocturno.
Oí,
entonces, el alarido de la gente del lago, que esperaba al pie de los muros. Yo
no había hecho ninguna señal; pero la señal había sido dada por el único hecho,
salvo acaso un ataque contra mi persona, que habría podido inducirme a darla.
TerminusEst salió de la vaina mientras el grito de batalla seguía llegando
con el viento. La levanté para golpear pero, antes de que pudiera acabar con el
gigante, el doctor Talos se interpuso de un salto. Pensé que el arma que
esgrimía para defenderse era sólo el bastón; de no haber tenido el corazón roto
por la pérdida de la Garra, verlo lanzar estocadas me habría dado risa. Mi hoja
resonó contra acero, y aunque el arma de él retrocedió, pudo contener el golpe.
Antes de que pudiera recobrarme, Calveros pasó corriendo y me estrelló contra
el parapeto.
No
alcancé a eludir el ataque del doctor, pero creo que mi capa fulígena lo
engañó, y aunque la punta me rozó las costillas, fue a golpear en la piedra. Lo
aporreé con el mango y retrocedió bamboleándose. No veía a Calveros por ningún
lado. Al fin comprendí que en realidad había cargado contra la puerta que yo
tenía detrás, y que me había golpeado mientras pasaba, como un hombre absorto
en otras cosas apaga una vela antes de dejar el cuarto.
El
doctor estaba tendido en el pavimento de piedra que era el techo de la torre;
piedras que al sol eran simplemente grises, tal vez, pero ahora parecían de un
negro anegado en lluvia. Aún se le veían la barba y el pelo rojos, por lo que
advertí que estaba boca abajo y tenía la cabeza torcida hacia un lado. Yo no
tenía la impresión de haberle dado tan fuerte, aunque, según me han dicho a
veces, puede que yo sea más fuerte de lo que creo. No obstante sentí que, por
debajo de sus ínfulas de gallito, el doctor Talos era más débil de lo que
cualquiera salvo Calveros habría imaginado. En ese momento lo podría haber
matado con mucha facilidad: bastaba con balancear
TerminusEst para que la esquina de la hoja se le
hundiera en el cráneo.
En cambio recogí su arma, la tenue vara de plata que se
le había caído. Era una hoja de un solo filo y el ancho de mi índice, muy
puntiaguda, como correspondía a la espada de un cirujano. Al cabo de un momento
me di cuenta de que la empuñadura era el mango del bastón del doctor, que yo
había visto tan a menudo; era un bastón espada, como la espada que Vodalus
había sacado una vez en nuestra necrópolis, y allí, bajo la lluvia, sonreí
pensando que el doctor la había llevado durante tantas leguas sin que yo, con
la mía colgada tan trabajosamente, tuviera la menor idea. Con la estocada, la
punta se había destrozado contra las piedras; arrojé la hoja rota por encima
del parapeto, como Calveros había arrojado la Garra, y bajé a su torre a
matarlo.
Mientras subíamos la escalera, el diálogo con Famulimus
me había absorbido demasiado como para prestar mucha atención a las salas por
donde pasábamos. A la más alta la recordaba únicamente como un lugar donde todo
estaba cubierto por telas escarlatas. Ahora veía globos rojos, lámparas que
ardían sin llama como las flores plateadas que brotaban del techo en la amplia
estancia donde había conocido a los tres seres que ya no podía llamar
cacógenos. Esos globos descansaban en pedestales de marfil, finos y ligeros en
apariencia como huesos de pájaros, que se alzaban de un suelo que no era suelo
sino un mar de telas, todas rojas, aunque de variados tonos y texturas. Sobre
la estancia se extendía un dosel sostenido por atlantes. Era escarlata, pero
tenía cosido un centenar de láminas de plata, tan lustradas que eran espejos
casi tan perfectos como las armaduras de los pretorianos.
Había bajado ya casi todo el tramo de escalera cuando
comprendí que lo que estaba viendo no era más que la alcoba del gigante, con la
cama cinco veces mayor que una normal al nivel del suelo, y las colchas cereza
y carmín desparramadas sobre una alfombra carmesí. En eso vi una cara entre las
cobijas retorcidas. Levanté la espada y la cara desapareció, pero abandoné la
escalera para apartar una tela aterciopelada. El catamita que había debajo (si
es que era un catamita) se incorporó y me enfrentó con la desfachatez que a
veces muestran los niños. Por cierto que era un chiquillo, aunque casi tan alto
como yo, un niño desnudo tan gordo que la floja barriga le oscurecía los
minúsculos órganos generativos. Los brazos eran como cojines rosados atados con
cuerdas de oro, y en las orejas perforadas llevaba pendientes dorados con
campanas diminutas. También tenía dorado el pelo; desde abajo de los rizos me
miraba con los anchos ojos azules de un infante.
Grande como era Calveros, yo nunca había podido creer que
practicase la pederastia en el sentido habitual del término, aunque bien podía
ser que esperase hacerlo cuando el tamaño del niño fuera todavía mayor. Claro
que, de la misma forma que controlaba su propio crecimiento, permitiéndose sólo
el necesario para salvar la montaña de su cuerpo de la rapacidad de los años,
acaso hubiera acelerado el de ese pobre chico todo lo posible dentro de sus
conocimientos antroposóficos. Digo esto porque parecía seguro que no lo tenía
bajo su control sino desde tiempo después de que Dorcas y yo nos separásemos de
él y el doctor Talos.
(Dejé a ese niño donde lo había encontrado, y hasta hoy
no tengo idea de lo que habrá sido de él. Es harto probable que haya muerto;
pero también es posible que los hombres del lago lo hayan salvado y alimentado
o que, habiéndolo encontrado un tioy po después, lo haya protegido el atamán.)
No bien llegué al piso de abajo, lo que vi borró todos
mis pensamientos sobre el niño. La habitación estaba envuelta en brumas (lo cual, estoy seguro, no había sido
así cuando la había cruzado antes), tal como la otra lo estaba en telas rojas;
era un vapor viviente que hervía como yo habría podido imaginarme que hervía el
logos turbulento al salir de la boca del Pancreador. Mientras lo miraba, un
hombre de niebla, blanco como un gusano de sepulcro, se plantó ante mí
blandiendo una lanza con púas. Yo no había comprendido aún que era un mero
fantasma, cuando el filo de mi espada le atravesó la muñeca como habría podido
penetrar una columna de humo. El hombre en seguida empezó a encogerse, como si
la niebla se desmoronara sobre sí misma, hasta que quedó por debajo de mi
cintura.
Avancé
unos pasos, internándome en la fría, turbia blancura. Entonces, saltando sobre
esa superficie, de la propia niebla se formó, como el hombre, una criatura
horrorosa. He visto que algunos enanos tienen la cabeza y el torso de tamaño
normal o más grande, pero las extremidades, aunque musculosas, como de niño;
aquello era lo contrario: brazos y piernas más grandes que los míos salían de
un cuerpo retorcido y atrofiado.
El
antienano blandía un estoque, y abriendo la boca en un grito mudo, clavó el
arma en el cuello del hombre sin hacer el menor caso a la lanza, que se le
clavó en el pecho.
Entonces
oí una risa, y aunque rara vez lo había oído alegre, supe quién era.
—¡Calveros!
—grité.
La
cabeza surgió de la niebla, igual que las cumbres que yo había visto al
amanecer.
XXXVI
El combate en la muralla
—He
aquí un enemigo de verdad —dije—, con un arma de verdad. —Me adentré en la
bruma, tanteando con la hoja de la espada.
—También
ve enemigos de verdad en mi cámara de nubes —gruñó Calveros, la voz totalmente
serena—. Excepto
que están afuera, en la muralla.
El primero era uno de sus amigos; el segundo, uno de mis adversarios.
Mientras
hablaba se dispersó la bruma, y lo vi cerca del centro de la sala, sentado en
una silla enorme. Cuando me volví hacia él, se levantó, y agarrándola por el
respaldo, me la arrojó como podría haber arrojado un cesto. Erró por menos de
un palmo.
—Ahora
intentará matarme —dijo—. Y todo por un hechizo ridículo. Tendría que haberlo
matado aquella noche en que durmió en mi cama.
Yo
habría podido decir lo mismo, pero no me molesté en responder. Estaba claro que
haciéndose el indefenso esperaba inducirme a un ataque imprudente, y aunque al
parecer estaba desarmado seguía siendo el doble de alto que yo, y según
calculaba fundadamente, tres o cuatro veces más fuerte. También tenía
conciencia, a medida que me acercaba, de que estábamos representando la escena
de las marionetas que yo había visto en sueños la noche que él acababa de
recordarme, y de que en aquel sueño el gigante de madera estaba armado con una
porra. El retrocedía paso a paso mientras yo avanzaba; y sin embargo parecía
siempre listo a trabar combate.
De repente, cuando habíamos recorrido unas tres cuartas
partes de la sala alejándonos de la escalera, dio media vuelta y echó a correr.
Fue pasmoso, como ver un árbol corriendo.
También fue muy rápido. Desgarbado como era, cubría dos
zancadas con cada paso, y llegó a la pared —donde por ventana había apenas una
ranura, igual a aquella por donde había mirado Ossipago— mucho antes que yo.
Por un instante no entendí qué se proponía. El ventanuco
era demasiado angosto para su cuerpo. Hundió en él las dos grandes manos, y oí
un ruido de piedra molida contra piedra.
Justo a tiempo adiviné, y me las arreglé para retroceder
unos pasos. Un momento después él sostenía un mojado bloque de piedra, sacado
del muro. Lo alzó por encima de su cabeza y me lo tiró.
Mientras yo lo esquivaba de un salto, arrancó otro, y
luego otro más. Al tercero tuve que rodar desesperadamente, aferrando todavía
la espada, para evitar el cuarto, y las piedras empezaron a llegar más y más
rápido mientras la falta de las anteriores iba debilitando la estructura del
muro. Por la más pura casualidad, al rodar me acerqué a un pequeño cofre que
había en el suelo, un objeto no más grande que el que utilizaría un ama de casa
modesta para guardar sus anillos.
El cofre tenía unas perillas de adorno, y algo de su
forma me recordó a las que el maestro Gurloes había ajustado en el tormento de
Thecla. Antes de que Calveros pudiera lanzar otra piedra, recogí el cofre e
hice girar una de las perillas. En seguida la bruma disipada volvió a brotar
hirviendo del suelo, alcanzando rápidamente el nivel de mi cabeza y cegándome
en un mar de blancura.
—Lo ha encontrado—dijo Calveros en su tono lento y
profundo—. Tendría que haberlo apagado. Ahora no lo veo, pero usted tampoco me
ve a mí.
Me callé porque sabía que él tenía un bloque ya preparado
y esperaba el sonido de mi voz. Después de respirar una docena de veces, empecé
a aproximarme en silencio. Estaba seguro de que, por astuto que fuete, él no
podía caminar sin que yo lo oyera. Había dado cuatro pasos cuando la piedra se
estrelló contra el suelo a mis espaldas, y oí que arrancaba otra del muro.
Estavez fue excesivo; hubo un ruido ensordecedor y
comprendí que una parte entera del muro, por encima de la ventana, tenía que
haberse desplomado. Fugazmente me atreví a pensar que lo había matado; pero en
seguida empezó a disiparse la bruma, que por el agujero en la pared escapaba
hacia la lluvia y la noche, y lo vi todavía de pie junto al abismo.
Debía de haber soltado la piedra que acababa de arrancar
cuando se derrumbó la pared; tenía las manos vacías. Me lancé hacia él
esperando atacarlo antes de que se diera cuenta. Una vez más fue demasiado
rápido. Lo vi aferrarse a lo que quedaba de muro y saltar afuera, y cuando
llegué a la abertura ya estaba bastante más abajo. Lo que había hecho parecía
imposible; pero cuando miré mejor la parte de la torre alumbrada por las luces
de la sala, vi que los bloques eran desparejos y estaban encajados sin mortero,
por lo que a veces había grietas considerables entre uno y otro, y que con la
altura el muro se sesgaba hacia adentro.
Estuve tentado de extraer TerminusEst y seguirlo, pero me
habría vuelto completamente vulnerable, ya que sin duda Calveros llegaría al
suelo antes que yo. Le tiré el cofre y pronto lo perdí de vista en la lluvia.
Sin otra alternativa, volví a tientas a la escalera y bajé al nivel que había
visto al entrar en el castillo. En aquel momento había estado en silencio,
deshabitado salvo por sus antiguos mecanismos. Ahora era un pandemónium. Arriba
y debajo y a través de las máquinas
hormigueaban docenas de seres espantosos semejantes a la cosa espectral cuyo
fantasma había visto en la sala que Calveros llamaba cámara de nubes. Como
Tifón, algunos tenían dos cabezas; otros tenían cuatro brazos; muchos sufrían
la maldición de unas extremidades desproporcionadas: piernas el doble de largas
que los cuerpos, brazos más gruesos que los muslos. Todos tenían armas, y por
lo que pude juzgar, estaban locos, pues se atizaban unos a otros tan
generosamente como los isleños que luchaban contra ellos. Me acordé entonces de
lo que me había dicho Calveros: que el patio de abajo estaba lleno de amigos
míos y sus adversarios. Ciertamente no se había equivocado; esas criaturas lo
habrían atacado con sólo verlo, del mismo modo que se atacaban entre sí.
Corté
a tres antes de llegar a la puerta, y mientras avanzaba pude reagrupar a los
hombres del lago que habían entrado por mí en la torre, diciéndoles que el
enemigo que buscábamos estaba fuera. Cuando vi cuánto temían a los lunáticos
monstruos que seguían brotando de la escalera a oscuras (y a quienes no
alcanzaban a reconocer como lo que indudablemente eran, las ruinas de sus hijos
y sus hermanos), me sorprendió que se hubiesen atrevido incluso a entrar en el.
castillo. De todos modos fue espléndido ver cómo los animaba mi presencia; me
dejaron tomar el mando, pero supe por sus miradas que me seguirían adonde los
llevase. Fue la primera vez, creo, que entendí realmente el placer que debía
haberle dado su cargo al maestro Gurloes; hasta entonces yo sólo había supuesto
que ese placer consistía en una mera celebración de la habilidad para imponer
su voluntad a otros. También entendí por qué tantos cortesanos jóvenes
abandonaban a sus novias, mis amigas en la vida que yo vivía como Thecla, para
aceptar misiones en oscuros regimientos.
La
lluvia había amainado, aunque seguía cayendo en láminas plateadas. En los
escalones había cadáveres de hombres, y muchos más de las criaturas del
gigante; por miedo a caerme si los pisaba, me vi obligado a apartar a varios
con el pie. Abajo, en la muralla, el combate aún era intenso, pero ninguna de
las criaturas de allí subía a atacarnos, y los del lago conservaban la escalera
contra los que habíamos dejado atrás en la torre. No vi rastro alguno de
Calveros.
El
combate, he descubierto, aunque emocionante porque lo pone a uno fuera de sí,
es de difícil descripción. Y cuando termina, lo que uno recuerda mejor —porque
mientras dura, la mente está demasiado ocupada y no registra mucho— no son los
tajos y las fintas sino los hiatos entre los encuentros. En la muralla del
castillo de Calveros intercambié golpes frenéticos con los monstruos que él
había forjado, pero ahora no podría decir cuándo luché bien y cuándo mal.
La
oscuridad y la lluvia propiciaban el estilo de combate salvaje que me imponía
el diseño de Termiuus Est. No sólo la esgrima formal sino cualquier juego de
lanza o espada que se le parezca requieren buena luz, porque cada antagonista
ha de ver el arma del otro. Allí apenas había luz. Por lo demás, las criaturas
de Calveros poseían un coraje suicida que no les prestaba gran favor.
Intentaban saltar por encima o pasar por debajo de mis mandobles, y en general
las alcanzaba con el primer revés. En cada uno de esos combates fragmentarios
tomaban cierta parte los isleños, y en un caso despacharon efectivamente a mi
adversario. En los demás lo distraían, o lo herían antes de que yo lo
enfrentara. Ninguno de esos lances fue satisfactorio en el sentido en que lo es
una ejecución bien realizada.
Después
del cuarto no hubo más, aunque por todas partes había enemigos muertos o
agonizantes. Reuní a los isleños a mi alrededor. Estábamos todos en ese estado eufórico que acompaña a la victoria,
y ellos tenían todo el deseo de atacar a cualquier gigante, por enorme que
fuese; pero hasta los que habían estado en el patio mientras caían las piedras
juraron no haber visto a ninguno. Cuando ya empezaba a pensar que eran ciegos,
y sin duda ellos se disponían a creer que me había vuelto loco, la luna vino a
salvarnos.
Qué extraño es. Todo el mundo busca conocimiento en el
cielo, bien estudiando la influencia de las constelaciones en los
acontecimientos, bien, como Calveros, intentando arrebatárselo a los que los
ignorantes llaman cacógenos, bien solamente, en el caso de granjeros,
pescadores y otros así, para encontrar indicios del clima; y sin embargo nadie
busca allí ayuda inmediata, aunque a menudo la recibe, como yo aquella noche.
No fue más que una brecha entre las nubes. La lluvia, que
ahora era intermitente, no había parado del todo; pero por un breve lapso la
luz de la luna menguante (alta ahora en el cielo, y aunque apenas más que medio
llena, muy reluciente) cayó sobre el patio del gigante, igual que en el nivel
onírico de la Casa Absoluta la luz de una de las luminarias más grandes del
odeo solía caer sobre el escenario. Las piedras lisas, húmedas del pavimento
rielaron como charcos de agua oscura y tranquila; y en ellas vi reflejada una
visión tan fantástica que hoy me pregunto si mientras duró —lo que no fue
mucho— pude hacer algo más que mirarla.
Porque Calveros estaba cayendo sobre nosotros; pero caía
lentamente.
XXXVII
Terminus Est
Hay en el libro marrón dibujos de ángeles que se lanzan
sobre Urth en esa posición, la cabeza echada hacia atrás, el cuerpo inclinado
de modo que la cara y la parte superior del pecho están al mismo nivel. Puedo
imaginarme el asombro y el horror de ver bajar de esa forma al gran ser que vi
una vez en el libro de la Segunda Casa; pero no creo que habría podido ser más
espantoso que la caída de Calveros. Cuando ahora pienso en él, es así como lo
recuerdo. Tenía la cara resuelta, y alzaba una maza coronada por una esfera
fosforescente.
Nos dispersamos como gorriones cuando en el crepúsculo se
presenta la lechuza. Sentí el viento de su resuello en la espalda y me volví
cuando estaba posándose en el suelo, apoyando la mano libre y rebotando sobre
ella para enderezarse como hacen los acróbatas; tenía puesto un cinturón que yo
nunca le había visto, una gruesa banda de ristras de prismas metálicos. Nunca
descubrí, sin embargo, cómo se las había ingeniado para entrar de nuevo en la
torre a buscar la maza y el cinturón mientras yo me lo imaginaba bajando por el
muro; tal vez en algún lugar hubiera una ventana más grande que las que yo
conocía, o incluso una puerta que diera acceso a cierta estructura destruida
cuando la gente del lago quemó el castillo. Hasta es posible que simplemente
metiera la mano por una ventana.
Pero, ah, ese silencio mientras bajaba flotando, la
gracia con que se apoyó en esa mano, él, que era más alto que las chozas de los
pobres, y cómo se enderezó de un salto. La mejor manera de describir el
silencio es no decir nada... Pero ¡qué elegancia!
Giré pues con la capa detrás ondeando al viento y la
espada, como tantas veces la he empuñado, alzada para el golpe; y entonces supe
lo que nunca me había tomado el trabajo de pensar: por qué mi destino me había
enviado a vagar por medio continente, enfrentándome con peligros que venían del
fuego y de las profundidades de Urth, del agua y ahora del aire, esgrimiendo
siempre esa arma tan grande y tan pesada que luchar con un hombre cualquiera
era como cortar lirios con un hacha. Calveros me vio y levantó la maza; el
extremo brillaba con un color blancoamarillento; pienso que era una suerte de
saludo.
Cinco o seis de los hombres del lago lo rodearon con
lanzas y garrotes dentados, pero no se le acercaron. Era como si fuese el
centro de un círculo hermético. Cuando empezamos a aproximarnos, él y yo,
descubrí el motivo: me atenazaba un terror que no podía comprender ni dominar.
No era miedo de él o de la muerte, sino simplemente miedo. Sentí que los pelos de la cabeza se me
movían como bajo la mano de un fantasma, algo que había oído pero siempre había
desdeñado como una exageración, una figura de lenguaje que creció hasta
convertirse en una mentira. Las rodillas, débiles, me temblaban tanto que me
alegró la oscuridad, pues no se las veía. Pero nos acercamos.
Por el tamaño de la maza y del brazo que había detrás yo
estaba convencido de que nunca sobreviviría a un golpe; no me quedaba otra cosa
que esquivarlo y retroceder. Calveros, del mismo modo, no podría soportar un
golpe de TerminusEst
porque, aunque
era bastante grande y fuerte como para soportar una armadura gruesa como una
barda de destriero, no llevaba ninguna, y una hoja tan pesada, un filo tan
fino, fácilmente capaz de abrir un hombre en dos hasta la cintura, podía
herirlo de muerte de un solo tajo.
Él lo sabía, de modo que nos amenazamos, como hacen los
actores en escena, con golpes sibilantes pero sin llegar realmente a trabar
combate. Como el terror no me abandonaba, tenía la impresión de que si no
echaba a correr me iba a estallar el corazón. Oí un canturreo, y mirando la
cúspide de la maza, cuyo pálido nimbo la hacía por cierto muy fácil de mirar,
me di cuenta de que provenía de allí. El arma toda vibraba con esa nota aguda,
invariable, como una copa de vino tañida con un cuchillo e inmovilizada en
tiempo cristalino.
No hay duda de que el hallazgo me distrajo, aunque sólo
fuera un momento. En vez de apuntar al flanco, la maza se descargó hacia abajo
como un martillo sobre la estaca de una tienda de campaña. Me hice a un lado
justo a tiempo, y la luminosa cabeza canturreante me pasó relumbrando junto a
la cara y se estrelló a mis pies en la piedra, que crujió y se hizo añicos como
una vasija de barro. Una astilla me abrió un lado de la frente, y sentí correr
la sangre.
Calveros lo advirtió, y los ojos opacos se le iluminaron
de triunfo. A partir de entonces cada golpe se estrelló en una piedra, y cada
piedra se hizo añicos. Yo tenía que saltar cada vez más atrás, y no tardé en
encontrarme con la espalda contra la muralla. Mientras retrocedía bordeándola,
el gigante empuñaba su arma con más ventaja que nunca, blandiéndola
horizontalmente y castigando la pared una y otra vez. Algunos fragmentos de
piedra, afilados como dardos, llegaron a alcanzarme, y muy pronto me chorreó sangre
sobre los ojos, y tuve el pecho y los brazos teñidos de escarlata.
Mientras esquivaba lo que acaso fuera el centésimo
mazazo, mi talón tropezó con algo que casi me hizo caer. Era el peldaño
inferior de una escalera que trepaba por el muro. Subí, obteniendo una pequeña
ventaja con la altura, pero no la suficiente como para que yo frenase mi
retirada. A lo largo del parapeto había una pasarela. Me vi obligado a
retroceder por ella paso a paso. Ahora sí que habría echado a correr si me
hubiese atrevido, pero recordé con qué rapidez se había movido el gigante
cuando lo había sorprendido en la cámara de nubes, y sabía que me alcanzaría de
un salto, lo mismo que yo, de niño, había alcanzado a las ratas de la mazmorra
de nuestra torre para quebrarles el espinazo con un palo.
Pero no todas las circunstancias favorecían a Calveros.
Algo blanco destelló entre los dos, luego una flecha con punta de hueso se
clavó en un enorme brazo como una púa de iléspilo en el pescuezo de un toro.
Ahora los hombres del lago estaban suficientemente lejos de la maza cantora
como para que el terror que despertaba no les impidiera disparar sus armas.
Calveros titubeó un momento, dando un paso atrás para quitarse la flecha. Una
más le acertó, rasguñándole la cara.
Entonces tuve esperanzas y di un salto adelante, y al
saltar perdí pie en una piedra rota y resbaladiza. Estuve a punto de caer por
el borde, pero a último momento me aferré al parapeto... a tiempo de ver bajar
la cabeza luminosa de la maza del gigante. Instintivamente levanté TerminusEst
para defenderme del golpe.
Hubo un alarido tal como si los espectros de todos los
hombres y mujeres que la hoja había matado se hubiesen reunido en la muralla;
después, una explosión ensordecedora.
Por un momento quedé atónito. Pero también estaba atónito
Calveros, y los hombres del lago, roto el hechizo de la maza, se abalanzaban
hacia él por los dos lados de la pasarela. Puede que el acero de la hoja, que
tenía una frecuencia natural propia, y como yo había observado a menudo,
tintineaba con milagrosa dulzura si uno lo golpeaba con el dedo, fuera excesivo
para el mecanismo que daba ese extraño poder a la maza del gigante. Es posible
simplemente que el filo, más agudo que el de un bisturí y duro como la
obsidiana, penetrara la cabeza de la maza. Fuera como fuese, la maza había
desaparecido, y yo sólo tenía en las manos la empuñadura de la espada, de la
que emergía menos de un codo de metal destrozado. El mercurio que tanto tiempo
había trabajado en la oscuridad, se derramaba ahora en lágrimas plateadas.
No había podido levantarme cuando los hombres del lago ya
saltaban por encima de mí. Una lanza se hundió en el pecho de gigante, y un
garrote le dio en la cara. Ante un manotazo suyo, dos guerreros del lago
cayeron del muro entre alaridos. Otros se echaron sobre él en seguida, pero se
los sacó de encima. Yo conseguí ponerme en pie, todavía entendiendo a medias lo
que había pasado.
Calveros estuvo un instante balanceándose sobre el
parapeto; después saltó. Es indudable que el cinturón lo ayudaba mucho, pero la
fortaleza de sus piernas tiene que haber sido enorme. Lenta, pesadamente, se
arqueó cada vez más hacia fuera, cada vez más hacia abajo. Tres que se habían
agarrado a él demasiado tiempo cayeron y murieron entre las rocas del
promontorio.
Al fin cayó él también, enormemente, como si fuera —solo
y en sí mismo— una especie de nave. Hubo una erupción en el lago, blanca como
la leche, que en seguida se cerró sobre él. Algo que se contorsionaba como una
serpiente y a veces reflejaba la luz brotó del agua y subió al cielo, hasta que
se perdió entre las lóbregas nubes; seguro que era el cinturón. Pero aunque los
isleños esperaron con las lanzas preparadas, la cabeza de Calveros no volvió a
aparecer entre las olas.
XXXVIII
La Garra
Esa
noche los hombres del lago saquearon el castillo; no me sumé a ellos, ni dormí
dentro de los muros. En el centro del bosquecito de pinos donde habíamos
celebrado consejo, encontré un lugar tan protegido por las ramas que la
alfombra de agujas caídas aún estaba seca. Allí, una vez limpias y vendadas mis
heridas, me acosté. A mi lado yacía la empuñadura de la espada que había sido
mía, y antes, del maestro Palaemon, de modo que esa noche dormí con algo
muerto; pero no me trajo sueños.
Me
desperté con la fragancia de los pinos en la nariz. Urth ya había vuelto casi
todo su rostro al sol. Me dolía el cuerpo, y los cortes que me habían hecho las
astillas de piedra voladoras me picaban y ardían, pero no había conocido un día
más cálido desde que había dejado Thrax por el camino alas tierras altas. Salí
del bosquecito y vi el lago Diuturna que centelleaba al sol y hierba joven que
crecía entre las piedras.
Me
senté en una roca salediza, con la muralla del castillo de Calveros a mis
espaldas y la extensión azul del lago a mis pies, y por última vez extraje el
muñón de la arruinada hoja que había sido TerminusEst de la hermosa
empuñadura de plata y ónix. Una espada es su hoja, y TerminusEst ya no existe;
pero durante el resto del viaje llevé conmigo esa empuñadura, si bien quemé la
vaina de piel humana. Algún día la empuñadura sostendrá otra hoja, aunque no
pueda ser tan perfecta ni sea mía.
Besé
lo que quedaba de la hoja y la arrojé al agua. Luego empecé a buscar entre las
rocas. Sólo tenía una vaga idea de la dirección en que Calveros había tirado la
Garra, pero sabía que era hacia el lago, y aunque había visto a la gema pasar
por encima de la muralla, pensaba que ni siquiera un brazo como aquél habría
podido enviar un objeto tan pequeño lejos de la orilla.
En
seguida descubrí, no obstante, que si de verdad había caído en el lago estaba
irremisiblemente perdida, pues el agua tenía en todas partes muchas anas de
profundidad. Con todo, seguía siendo posible que no hubiese llegado al lago y
estuviese metida en una grieta donde no se viera su fulgor.
Así
que busqué, temeroso de pedirles ayuda a los hombres del lago, y temeroso
también de suspender la búsqueda para descansar o comer y que la recogiera
algún otro. Llegó la noche, y el chillido del somorgujo al morir la luz, y los
hombres del lago me ofrecieron llevarme a sus islas, pero me negué. Tenían
miedo de que aparecieran los de la costa, o de que ya estuvieran organizando un
ataque para vengar a Calveros (no me atreví a confiarles la sospecha de que no
estaba muerto, de que seguía vivo bajo las aguas del lago), y al final tuve que
apremiarlos para que me dejaran solo, gateando todavía entre las afiladas rocas
del promontorio.
Por
fin me sentí demasiado exhausto para seguir la búsqueda a oscuras y me instalé
a esperar el día sobre una laja en declive. De vez en cuando creía ver un azul
que fulguraba en alguna grieta cercana o abajo, en el agua; pero cuando
alargaba la mano para aferrarlo o intentaba levantarme para ir a mirar desde el
borde de la roca, me despertaba sobresaltado, y descubría que había sido un
sueño.
Cien
veces me pregunté si mientras yo dormía bajo los pinos algún otro no habría
encontrado la gema, y cien veces me maldije. Cien veces, también, recordé cuánto mejor sería para ella que alguien
la encontrara y que no se perdiera para siempre.
Así como la carne matada en verano atrae a las moscas, la
corte atrae a sabios, filósofos y a cosmistas espurios que se quedan allí
mientras sus bolsillos y su ingenio los mantienen, con la esperanza (al
principio) de una cita con el Autarca y (más tarde) de obtener un cargo
tutorial en alguna familia encumbrada. A los dieciséis años más o menos, Thecla
se sintió atraída, como pienso que a menudo les pasa a las jóvenes, por las
conferencias de esa gente sobre teogonía, teodicea y cosas semejantes, y recuerdo
una en especial en la que una efeba exponía como verdad definitiva el antiguo
sofisma de la existencia de tres Adonai, el de la ciudad (o del pueblo), el de
los poetas y el de los filósofos. El razonamiento era que desde el principio de
la conciencia humana (si alguna vez hubo tal principio), ha habido en las tres
categorías un gran número de personas que se han afanado por penetrar en el
secreto de lo divino. Si lo divino no existiera, se habrían dado cuenta hace
mucho; si existe, es imposible que la propia Verdad los guíe mal. Pero las
creencias del populacho, las visiones de los rapsodas y las teorías de los
metafísicos han divergido tanto que pocos de ellos pueden comprender siquiera
lo que dicen los otros, y quien no sepa nada de estas ideas bien puede creer
que no hay entre ellas la menor relación.
¿No será acaso, preguntaba ella (y ni siquiera ahora
estoy seguro de poder contestar), que en vez de viajar al mismo destino por
tres caminos, como siempre se ha supuesto, en realidad estén viajando a
destinos muy diferentes? Al fin y al cabo, cuando en la vida corriente vemos
tres caminos que parten de un mismo cruce no damos por sentado que los tres
conducen a la misma meta.
Esta sugerencia me pareció (y me parece) tan racional
como repelente, y para mí representa todos los tejidos argumentales
monomaníacos, tan cerradamente urdidos que ni el objeto más ínfimo, ni una
chispa de luz, pueden escapar a la red en donde pueden caer las mentes humanas,
siempre que en un tema sea imposible recurrir a los hechos.
La realidad de la Garra era pues inconmensurable. No
había cantidad de dinero, ni acumulación alguna de archipiélagos o imperios que
se le pudiera aproximar en valor, así como la multiplicación indefinida de la
distancia horizontal no puede servir para igualar la vertical. Si, como creía
yo, provenía de fuera del universo, esa luz cuyo tenue brillo yo había visto
tantas veces, era en cierto sentido la única que teníamos. Si se la destruía,
quedaríamos a tientas en la oscuridad.
Yo pensaba que en los días en que la había tenido la
había valorado mucho, pero sentado allí, en esa laja inclinada sobre las
anochecidas aguas del lago Diuturna, me di cuenta de lo necio que había sido al
llevarla conmigo, en todos mis salvajes enredos y mis locas aventuras, hasta
acabar por perderla. Poco antes del alba juré quitarme la vida si no la
encontraba antes de que la oscuridad volviese.
No sé si habría cumplido o no el voto. He amado la vida
desde que tengo recuerdos. (Fue, creo, el amor a la vida lo que me dio la
habilidad que pueda tener en mi arte, porque no soportaba ver extinguirse la
llama que yo tanto estimaba si no era con perfección.) Sin duda amaba mi propia
vida, mezclada ahora con la de Thecla, tanto como otras. De haber roto el
juramento, no habría sido la primera vez.
No me hizo falta. Hacia media mañana de uno de los días
más placenteros que he conocido, cuando el sol era una caricia tibia y el
chapoteo del agua una música amable, encontré la gema; o lo que quedaba de
ella.
Se había hecho trizas en las rocas; había pedazos bastante grandes como para adornar un anillo tetrárquico y
astillas no mayores que las partículas brillantes que vemos en la mica, pero
nada más. Llorando, junté los fragmentos uno por uno, y cuando comprendí que
estaban tan inertes como las joyas que diariamente extraen los mineros, los
adornos saqueados a muertos de tiempos lejanos, los llevé al lago y los tiré al
agua.
Tres
veces bajé hasta el borde del agua con pequeños montones de astillas azuladas
en la palma de la mano, y cada vez volví a buscar más al lugar donde había
encontrado la gema rota; y al cabo de la tercera algo encontré, incrustado
entre dos piedras, de modo que finalmente tuve que ir al bosquecito a buscar
unas ramas para soltarlo y pescarlo, algo que no era una gema pero irradiaba
una intensa luz blanca, como una estrella.
Lo
saqué con más curiosidad que reverencia. Era tan distinto del tesoro que yo
había buscado en el promontorio —o al menos tan distinto de los trocitos que
había encontrado—, que hasta que lo tuve en la mano casi no se me ocurrió que
pudiera haber entre ellos alguna relación. No sé decir cómo es posible que un
objeto negro dé luz, pero éste la daba. Podría haber sido una talla en
azabache, tan negro era y tan intensamente bruñido; pero relucía: una garra
larga como la última articulación de mi meñique, cruelmente curva y puntiaguda,
la realidad de ese centro oscuro del corazón de la gema, que no ha sido quizá
más que un engarce, una píxide o lipsanoteca.
Largo
rato estuve arrodillado de espaldas al castillo, con la mirada que iba y volvía
entre ese raro tesoro reluciente y las olas, mientras trataba de aprehender su
significado. Viéndola así, sin la cubierta de zafiro, sentí profundamente un
efecto que no había notado en otro tiempo, aun antes de que me la arrebataran
en la casa del atamán. Cada vez que la miraba, parecía que se me borraba el
pensamiento. No como con el vino o ciertas drogas, que incapacitan la mente en
ese sentido, sino reemplazándolo por un estado más alto que no sé denominar.
Una y otra vez sentía que entraba en ese estado, y me elevaba siempre más hasta
que temía no volver nunca al modo de conciencia que llamo normalidad; y una y
otra vez me arrancaba de él. Cuando emergía, sentía que había obtenido una
inexpresable percepción de inmensas realidades.
Por
último, tras una larga serie de audaces avances y temerosos retrocesos, llegué
a comprender que nunca alcanzaría un conocimiento real de la cosa pequeña que
tenía en la mano, y con ese pensamiento (porque era un pensamiento) entré en un
tercer estado, una obediencia feliz a no sabía qué, una obediencia irreflexiva
porque ya no había nada sobre qué reflexionar, y sin la menor sombra de
rebelión. Ese estado duró todo ese día y gran parte del siguiente, hasta que me
hube adentrado mucho en las colinas.
Aquí
me interrumpo, lector, tras haberte llevado de fortaleza a fortaleza: desde la
amurallada ciudad de Thrax, que domina el Acis superior, hasta el castillo del
gigante, que domina la costa meridional del remoto lago Diuturna. Thrax fue
para mí la puerta a las montañas indómitas. Del mismo modo, esta torre
solitaria resultaría ser una puerta: el verdadero umbral de la guerra, de la
cual había ocurrido allí una mera y aislada escaramuza. Desde aquel momento hasta ahora, esa guerra ha absorbido mi atención casi sin tregua.
Aquí
me interrumpo. Si no deseas lanzarte a la lucha a mi lado, lector, no te
censuro. No es una lucha fácil.
Apéndice
Nota sobre la administración provincial La breve relación que hace Severian de su carrera en Thrax es la
mejor (aunque no la única) evidencia que tenemos sobre los asuntos de gobierno
en la era de la Mancomunidad, tal como se daban fuera de los brillantes
pasillos de la Casa Absoluta y las rebosantes calles de Nessus. Está claro que
nuestras distinciones entre ramas legislativa, ejecutiva y judicial no son
aplicables: no cabe duda de que administradores como Abdiesus se reirían de la
noción de que las leyes deben ser hechas por un grupo de personas, aplicadas
por otro y juzgadas por un tercero. Considerarían que semejante sistema es
impracticable, como por cierto se está demostrando.
En
el período de los manuscritos, arcontes y tetrarcas son elegidos por el
Autarca, que como representante del pueblo tiene en sus manos todo el poder.
(Véase, no obstante, la observación que sobre este punto hace Famulimus a
Severian.) Se espera de estos oficiales que hagan valer las órdenes del Autarca
y administren justicia en concordancia con los usos heredados de las
poblaciones que gobiernan. También están autorizados para hacer leyes
locales—válidas únicamente en el área gobernada por el legislador y sólo por el
término de su mandato— e imponerlas bajo amenaza de muerte. Como en la Casa
Absoluta o en la Ciudadela, en Thrax parece desconocerse la prisión por tiempo
determinado, nuestra forma más común de castigo. Se mantiene a los prisioneros
en la Vincula en espera de la tortura o la ejecución, o como rehenes para la
buena conducta de amigos y familiares.
Según
muestra claramente el manuscrito, la supervisión de la Vincula («la casa de las
cadenas») es sólo uno de los deberes del lictor («el que ata»). Este oficial es
el
principal subordinado del arconte
en la administración de justicia criminal. En ciertas ocasiones ceremoniales
desfila delante de su señor llevando una espada desnuda, poderoso recordatorio
de la autoridad del arconte. Durante las sesiones del tribunal, se le exige que
permanezca de pie (como Severian se lamenta) a la izquierda del banco. Lleva a
cabo personalmente las ejecuciones y otros actos mayores de castigo judicial, y
supervisa la actividad de los clavígeros («los de las llaves»).
Esos
clavígeros no sólo son los guardias de la Vincula sino que actúan además como
policía de investigación, función para la que cuentan con la ventaja de poder
arrancar a sus prisioneros información por la fuerza. Las llaves que portan
parecen lo bastante grandes como para ser utilizadas como porras, y son así
tanto sus herramientas como sus emblemas de autoridad.
Los
dimarchi («los que combaten de dos maneras») son tanto la policía uniformada
como las tropas del arconte. No obstante, el título no parece referirse a esta
doble función, sino a un equipo y un entrenamiento que les permite desempeñarse
como caballería o infantería según las necesidades. Sus filas están integradas,
al parecer, por soldados profesionales, veteranos de las campañas del norte y
no nativos de la zona.
La
propia Thrax es, claramente, una ciudad fortaleza. De un lugar tal no podría
esperarse que resistiera más de un día, a lo sumo, contra el enemigo ascio;
parece más bien ideada para rechazar las incursiones de bandoleros y rebeldes
de los exultantes y armígeros locales. (El marido de Cyriaca, que debía de
haber sido una persona casi desconocida en la Casa Absoluta, en las cercanías
de Thrax tiene claramente alguna importancia, y hasta representa algún
peligro.) Si bien parece prohibirse a exultantes y armígeros que mantengan
ejércitos privados, no hay duda de que muchos de sus seguidores, se los llame
monteros, lacayos o como sea, son en lo fundamental combatientes.
Presumiblemente son esenciales para proteger las villas de saqueadores y cobrar
los impuestos, pero en caso de disturbios pueden convertirse en poderosa fuente
de peligros para gentes como Abdiesus. En ocasión de un conflicto así, la
ciudad fortificada, montada sobre las nacientes del río, le daría a este
personaje una ventaja casi insalvable.
La
ruta escogida por Severian para su fuga indica hasta qué grado puede vigilarse
el egreso de la ciudad. La propia fortaleza del arconte, el castillo de Acies
(«el campamento armado de la punta») defiende el extremo norte del valle.
Parece ser totalmente independiente del palacio situado en la ciudad
propiamente dicha. El extremo sur está cerrado por el Capulus («la guarda de la
espada»), aparentemente un intrincado muro fortificado, imitación a pequeña
escala de la Muralla de Nessus. Hasta las cimas de los acantilados están
protegidas por fuertes con muros entre ellos. Puesto que cuenta con una
provisión inagotable de agua limpia, la ciudad parece capaz de soportar un
prolongado asedio de cualquier fuerza que no disponga de armamento pesado.
Índice
I Señor de la Casa de las
Cadenas
VI La biblioteca de la
Ciudadela
VIII En lo alto del
acantilado
XIX El cuento del niño
llamado Rana
XX El círculo de los
hechiceros
XXXIII Ossipago, Barbatus y
Famulimus
XXXVI El combate en la
muralla

