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Libro N° 6002. Las Sandalias Del Pescador. West, Morris.

 


© Libro N° 6002. Las Sandalias  Del Pescador. West, Morris. Emancipación. Mayo 18 de 2019.

Título original: © The Shoes of the Fisherman

 

Versión Original: © Las Sandalias  Del Pescador. Morris  West

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro: http://www.LibrosTauro.com.ar

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAS SANDALIAS  DEL PESCADOR

Morris  West

 

 

                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA DEL AUTOR

 

Roma es una ciudad más antigua que la Igle­sia católica. Todo lo que puede suceder ha suce­dido allí y, sin duda, sucederá otra vez. Éste es un libro situado en una época de ficción, poblado por personajes de ficción, y en el cual no se pre­tende hacer referencia a persona viviente alguna, ya sea dentro de la Iglesia o fuera de ella.

No puedo pedir a mis amigos que acepten la responsabilidad de mis opiniones. De manera que aquellos que me ayudaron en este libro deberán permanecer en el anonimato.

A aquellos que me entregaron sus historias, a aquellos que pusieron su sabiduría a mi disposi­ción, a aquellos que me brindaron la caridad de la Fe, ofrezco mis sinceros agradecimientos.

También debo dar las gracias a «Penguin Books, Ltd.», por su autorización para incluir tres extrac­tos de las traducciones de Eurípides de Philip Ve­llacott (Alcestis, Iphigenia in Tauris, Hyppolytus).

Y también al reverendo padre Pedro González, O. P., por su pasaje de su tesis sobre Miguel de Unamuno, que ha sido incorporado sin comillas al contexto.

 

 

 

El Papa había muerto. El camarlengo lo había anunciado. El maestro de Ceremonias, los nota­rios, los médicos, lo habían consignado bajo su fir­ma para la eternidad. Su anillo estaba ya destro­zado, y rotos sus sellos. Las campanas habían sonado en la ciudad. El cuerpo pontifical había sido entregado a los embalsamadores para ofrecerlo de­corosamente a la veneración de los fieles. Ahora yacía entre velas blancas, en la Capilla Sixtina, y la Guardia Noble velaba sus restos bajo los frescos del Juicio Final de Miguel Ángel.

El Papa había muerto. Mañana, el clero de la Basílica reclamaría su cuerpo y lo expondría al pueblo en la capilla del Santísimo Sacramento. Al tercer día lo sepultarían, vestido con sus hábitos pontificios, con una mitra sobre la cabeza, un velo púrpura sobre el rostro y una manta de armiño rojo para que lo abrigase en la cripta. Las meda­llas y monedas que había acuñado serían sepul­tadas con él, para identificarlo ante quienquiera que lo exhumase mil años después. Lo encerra­rían dentro de tres urnas selladas: una de ciprés, una de plomo para protegerlo de la humedad y para que llevase su escudo de armas y el certifi­cado de su muerte; la última, de roble, para que su apariencia fuese la de otros hombres que bajan a la tumba en una caja de madera.

El Papa había muerto. Y orarían por él como por cualquier otro hombre: «No juzgues a tu sier­vo, oh, Señor... Líbralo de la muerte eterna.» Lue­go, lo descenderían dentro de la bóveda que quedaba bajo el altar mayor, donde, tal vez, y sólo tal vez, sus restos se desharían en polvo con el polvo de Pedro; y un albañil cerraría la bóveda con ladrillos y fijaría una placa de mármol con su nombre, su dignidad, la fecha de su nacimiento y la de su muerte.

El Papa había muerto. Lo llorarían con nueve días de misas y le darían nueve absoluciones; pues habiendo sido en vida más grande que otros hombres, su necesidad de ellas podría ser tam­bién mayor después de la muerte.

Entonces lo olvidarían, porque la Sede de Pe­dro estaba vacante, la vida de la Iglesia se hallaba en síncope y el Todopoderoso carecía de Vicario en este mundo atormentado.

La Sede de Pedro se hallaba vacante. De ma­nera que los cardenales del Sacro Colegio se trans­formaron en depositarios de la autoridad del Pes­cador, aunque no poseyeran facultades para ejer­cerla. El poder no residía en ellos, sino en Cristo, y nadie podía asumirlo sino mediante una trans­misión y elección legítimas.

La Sede de Pedro estaba vacante. De manera que acuñaron dos medallas, una para el camar­lengo, que ostentaba un gran paraguas sobre lla­ves cruzadas. Bajo el paraguas no había nadie, in­dicándose así incluso a los más ignorantes que la Silla de los Apóstoles estaba vacía y que todo lo que se hacía era sólo con carácter interino. La segunda medalla era la del gobernador del Concla­ve: aquel que debía reunir a los cardenales de la Iglesia y encerrarlos bajo llave dentro de las ha­bitaciones del Conclave, manteniéndolos allí hasta que hubiesen designado al nuevo Papa.

Cada moneda acuñada ahora en la Ciudad del Vaticano, cada estampilla emitida, llevaba las palabras sede vacante, que incluso los poco versados en latín, entendían como «mientras la Silla está vacante». El periódico del Vaticano llevaba la mis­ma leyenda en su portada, y mantendría su fran­ja negra de duelo hasta que se nombrase al nuevo Pontífice.

Todos los servicios informativos del mundo te­nían algún representante instalado ante el umbral de la oficina de Prensa del Vaticano; y desde to­dos los puntos cardinales acudían ancianos doble­gados por los años o las enfermedades, a vestir el escarlata de los príncipes y a sentarse en el Conclave, del que saldría un nuevo Papa.

Entre ellos estaban Carlin el americano, y Ra­hamani el sirio, y Hsin el chino, y Hanna el irlan­dés proveniente de Australia. Y estaban también Coucha de Brasil, y Da Costa de Portugal. Y Mo­rand de París, y Lavigne de Bruselas, y Lamberti­ni de Venecia, y Brabdon, de la ciudad de Londres. Había también un polaco y dos alemanes, y un ucraniano al cual nadie conocía porque su nom­bre había permanecido oculto en el pecho del úl­timo Papa, proclamándosele sólo algunos días an­tes de su muerte. En total eran ochenta y cinco hombres, el mayor de los cuales tenía noventa y dos años, y el menor, el ucraniano, cincuenta. A medida que llegaban a la ciudad, cada uno de ellos se presentaba y presentaba sus credenciales al fino y amable Valerio Rinaldi, cardenal camar­lengo.

Rinaldi les daba la bienvenida con una mano esbelta y seca y con una sonrisa de suave ironía. Administraba a cada uno de ellos el juramento de los miembros del Conclave: que comprendía y ob­servaría rigurosamente todas las reglas de la elec­ción, tal como estaban expresadas en la Constitu­ción Apostólica de 1945; que preservaría el secre­to de la elección bajo pena de una excomunión reservada, que no serviría con sus votos los inte­reses de poder secular alguno, que en caso de ser elegido Papa no renunciaría a los derechos tempo­rales de la Santa Sede que se considerasen necesa­rios a su independencia.

 

Nadie rehusó prestar este juramento; pero Ri­naldi, que tenía sentido del humor, se preguntó muchas veces por qué era necesario exigirlo... a menos que la Iglesia sintiese una saludable desconfianza de las virtudes de sus príncipes. Los an­cianos son, generalmente, muy susceptibles. De manera que al esbozar los términos de esta prome­sa, Valerio Rinaldi acentuaba levemente el conse­jo expresado por la Constitución Apostólica, que recomendaba que los procedimientos de la elec­ción se desarrollasen con «prudencia, caridad y calma singular».

Su cautela no era injustificada. La historia de las elecciones papales había sido tormentosa y, a veces, turbulenta. Cuando en el siglo XV se eligió a Dámaso el Español, hubo masacres en las igle­sias de la ciudad. León V sufrió prisión, torturas, y, finalmente, cayó asesinado por los teofilactos, de manera que durante casi un siglo la Iglesia se vio regida por títeres manejados por las mujeres teofilactas Teodora y Marozia. En el Conclave de 1623, ocho cardenales y cuarenta de sus ayudantes murieron de malaria, y en la elección del santo Pío X hubo escenas violentas y palabras duras.

A fin de cuentas, decidió Rinaldi, callando dis­cretamente sus conclusiones, era más prudente no confiar demasiado en el mal genio y las vanidades frustradas de los ancianos. Lo que le llevó una vez más al problema de alojar y alimentar a ochenta y cinco de ellos, con sus servidores y ayudantes, hasta el final de la elección. Seguramente algunos tendrían que instalarse en el recinto de la Guar­dia Suiza. Ninguno podría quedar muy lejos de baños y tocadores, y todos requerían un servicio mínimo de cocineros, barberos, cirujanos, médicos, ayudas de cámara, mandaderos, secretarios, cama­reros, carpinteros, fontaneros, bomberos ( ¡por si algún prelado exhausto se quedaba dormido con el cigarrillo en la mano! ). Y si, ¡Dios no lo permi­tiese!, algún cardenal se hallase preso o bajo al­guna acusación, habría que traerlo al Conclave y hacerle ejercitar sus funciones bajo una guardia militar.

Esta vez, sin embargo, ninguno se hallaba en prisión, excepto Krizanic, en Yugoslavia; pero se hallaba preso por la Fe, lo cual era muy diferente. Y el último Papa había organizado una eficiente ad­ministración, de manera que Valerio, cardenal Ri­naldi, incluso tuvo tiempo para reunirse con su colega Leone, del Santo Oficio, el cual era también decano del Sacro Colegio. Leone hacía honor a su nombre. Tenía una blanca melena leonina y un hu­mor gruñón. Y además era romano hasta la mé­dula de los huesos. Para él, Roma constituía el centro del mundo, y el centralismo era una doctri­na casi tan inmutable como la de la Trinidad y la de la Procesión del Espíritu Santo. Con su gran nariz aguileña y su mandíbula poderosa, parecía un senador surgido de los tiempos de Augusto, y sus ojos pálidos miraban al mundo con helada de­saprobación.

Toda innovación era para él el primer paso ha­cia la herejía, y ocupaba su lugar en el Santo Ofi­cio como un perro guardián, erizándose ante todo lo que le parecía desusado en la interpretación o la práctica de la doctrina. Uno de sus colegas fran­ceses había dicho, con más ingenio que caridad, «Leone huele a fuego». Pero era creencia general que el prelado pondría su propia mano sobre las llamas antes de estampar su firma bajo la menor desviación de lo que fuese ortodoxo.

Rinaldi lo respetaba, aunque jamás había logrado simpatizar con él, de manera que sus relaciones se habían limitado a las cortesías propias de su común oficio. Esta noche, sin embargo, el viejo león parecía de mejor talante y dispuesto a la charla. Sus ojos pálidos vigilantes se hallaban encendidos con momentánea diversión.

-Tengo ochenta y dos años, amigo mío, y he sepultado a tres Papas. Estoy comenzando a sen­tirme solo.

-Si no buscamos ahora a un hombre más joven, bien podrá enterrar a un cuarto dijo Rinaldi dulcemente.

Leone le lanzó una mirada bajo sus tupidas cejas:

-¿Qué quiere decir?

Rinaldi se encogió de hombros y extendió sus hermosas manos en un gesto muy romano.

-Lo que digo, simplemente. Somos todos de­masiado viejos. Entre nosotros no hay más de media docena de cardenales que puedan dar a la Iglesia lo que necesita en este momento: perso­nalidad, una política decisiva, tiempo y continui­dad para que esta política pueda fructificar.

-¿Cree usted pertenecer a esa media docena?

Rinaldi sonrió con sutil ironía.

-Sé que no. Cuando el nuevo Papa esté ele­gido, sea quien fuere, pienso ofrecerle mi renun­cia y pedir su autorización para retirarme a mi casa. Me ha costado quince años formar allí un jardín. Desearía algo de tiempo para gozarlo.

-¿Cree que tengo alguna posibilidad de ser elegido? -preguntó Leone abruptamente.

-Espero que no -dijo Rinaldi.

Leone echó atrás su melena y rió.

-No se preocupe. Ya sé que no la tengo. Ne­cesitan a alguien muy diferente; a alquien que... -vaciló, buscando la frase-, a alguien que emane compasión hacia las multitudes, que las vea como las vio Cristo, como ovejas sin pastor. No soy esa clase de hombre. Me gustaría serlo.

Leone alzó su cuerpo voluminoso de la silla y caminó hasta la gran mesa cubierta de libros, en­tre los cuales se erguía un antiguo globo terrá­queo. Hizo girar lentamente el globo sobre un eje de manera que los países apareciesen por turno bajo la luz.

-¡Mírelo, amigo mío! ¡El mundo, nuestra viña! Una vez lo colonizamos en nombre de Cristo. No siempre rectamente, no siempre con justicia o con sabiduría, pero allí estaba la Cruz, y allí es­taban los Sacramentos, y viviese el hombre cu­bierto de púrpura o de cadenas, tenía siempre la oportunidad de morir como hijo de Dios. ¿Y aho­ra...? Ahora nos batimos en retirada en todas partes. Hemos perdido la China, y Asia, y a los rusos. Pronto perderemos África, y luego, Sudaméri­ca. Usted lo sabe. Lo sé yo. Que hayamos perma­necido todos estos años sentados en Roma, vién­dolo suceder, da la medida de nuestro fracaso.

Detuvo el girar del globo con mano vacilante y luego se volvió, encarando a su visitante con una nueva pregunta:

-Si usted pudiese vivir otra vez su vida, Ri­naldi, ¿qué haría de ella?

Rinaldi alzó la vista con una sonrisa displicente que era parte de su encanto.

-Creo que volvería a hacer las mismas cosas. No porque me sienta muy orgulloso de ellas, sino porque son las únicas que puedo hacer bien. Me llevo bien con la gente porque nunca he podido experimentar sentimientos muy profundos respec­to a ella. Me imagino que eso me convierte en un diplomático nato. No me gusta disputar. Y aún menos me agrada verme implicado emocionalmen­te. Me gusta la soledad y el estudio. De manera que soy buen canonista, historiador aceptable y lin­güista adecuado. Nunca he tenido pasiones fuertes. Si se siente malicioso, puede decirme que no llevo sangre en las venas. De manera que he adqui­rido una reputación de correcto comportamiento sin haber tenido que esforzarme para obtenerla... En suma, he tenido una vida muy satisfactoria..., satisfactoria para mí, por supuesto. En qué forma la juzga el ángel que registra nuestros actos, es otra cosa.

-No se subestime, hombre -dijo Leone agriamente-. Usted ha hecho mucho más de lo que desea reconocer.

-Necesito tiempo y reflexión para poner mi alma en orden -dijo Rinaldi suavemente-. ¿Pue­do contar con su ayuda para renunciar?

-Por supuesto.

-Gracias. Y ahora supongamos que el inqui­sidor responde a su propia pregunta. ¿Qué haría usted si tuviese que comenzar otra vez?

-Lo he pensado a menudo -dijo Leone pau­sadamente-. Si no llegase a casarme, que es tal vez lo que necesitaría para humanizarme en parte, sería sacerdote campesino, con suficientes conoci­mientos de Teología para escuchar confesiones, y un latín que me bastase para decir la misa y las fórmulas sacramentales. Pero con corazón suficien­te para saber lo que muerde las entrañas de otros hombres y los hace sollozar de noche contra las almohadas. Me sentaría frente a mi iglesia en las tardes de verano y leería mi breviario y charlaría del tiempo y de las cosechas, y aprendería a ser amable con los pobres y humilde con los desdi­chados... ¿Sabe lo que soy ahora? Una enciclope­dia viva de dogma y controversia teológica. Puedo oler un error con más rapidez que un dominico. ¿Y qué significa todo esto? Nada. ¿A quién le preo­cupa la Teología, exceptuando a los teólogos? So­mos necesarios, pero menos importantes de lo que creemos. La Iglesia es Cristo... Cristo y los seres humanos. Y lo que los seres humanos quieren sa­ber es si hay o no hay un Dios, cuál es su relación con ellos y cómo pueden volver a Él cuando se ex­travían.

-Preguntas inmensas -dijo Rinaldi suavemen­te-, que no pueden ser respondidas por mentes pequeñas o incultas.

Leone sacudió obstinadamente su melena leo­nina.

-¡Para la gente, se reducen a cosas muy sen­cillas! ¿Por qué no puedo desear a la mujer de mi prójimo? ¿Quién ejecuta la venganza que a mí me está prohibida? ¿A quién le importa cuando estoy enfermo y fatigado, y agonizo en algún cuarto al final de la escalera? Puedo darles una respuesta de teólogo. Pero, ¿a quién creen sino al hombre que siente las respuestas de su corazón y lleva las ci­catrices de sus consecuencias en su propia carne? ¿Dónde están esos hombres? ¿Hay uno solo de ellos entre los que llevamos el capelo rojo? ¡Bah...! -Su boca severa tembló en una mueca confusa y extendió los brazos con burlona desespe­ración-. ¡Somos lo que somos, y Dios tiene que asumir la mitad de la responsabilidad, incluso por los teólogos...! Y ahora, dígame: ¿dónde buscamos a nuestro Papa?

-Esta vez -dijo Rinaldi con voz tersa- de­bemos elegirlo para el pueblo y no para nosotros.

-Habrá ochenta y cinco de nosotros en el Conclave. ¿Cuántos estarán de acuerdo en lo que es mejor para el pueblo?

Rinaldi bajó la vista hacia el dorso de sus cui­dados dedos. Dijo con suavidad:

-Si les enseñásemos primero al hombre, tal vez lograríamos ponerlos de acuerdo.

La respuesta de Leone fue corta y enfática.

-Tendría que comenzar por enseñármelo a mí.

-¿Y si usted aprobase mi elección?

-Entonces habría que formular otra. En ese caso se presentaría otro problema -añadió Leone categóricamente-. ¿Cuántos de nuestros herma­nos pensarían como nosotros?

La pregunta era más sutil de lo que parecía, y ambos lo sabían. En efecto, en ella estaba contenido el difícil problema de la elección, la para­doja del Papado. El hombre que llevaba el anillo del Pescador era Vicario de Cristo, representante del Todopoderoso. Su dominio era espiritual y universal. Era el siervo de todos los siervos de Dios, incluso de aquellos que no lo aceptaban.

Por otra parte, era obispo de Roma, metropoli­tano de una sede italiana. Por tradición histórica, los romanos reclamaban la prioridad a su presen­cia y a sus servicios. Confiaban en él para tener trabajo, para atraer al turismo y para afirmar su economía mediante las inversiones del Vaticano, y para la preservación de sus monumentos históri­cos y privilegios nacionales. Su Corte era italiana por sus características: la mayoría de los miembros de su casa y su administración eran italianos. Si no podía tratar con ellos familiarmente en su pro­pia lengua, se hallaba desamparado ante las in­trigas palaciegas y todo tipo de intereses parti­distas.

Hubo una época en la cual el punto de vista romano había tenido un aspecto curiosamente uni­versal. El numen del antiguo Imperio se aferraba aún a él, y el recuerdo de la Pax Romana no había desaparecido todavía  de la conciencia europea. Pero ese numen se desvanecía ya. La Roma Im­perial no había dominado jamás Rusia y Asia, y los latinos que conquistaron Sudamérica no llevaron allí la paz, sino la espada. Inglaterra se había rebelado largo tiempo atrás, así como antaño se rebeló contra las legiones romanas. De manera que había motivos fundados para una sucesión nueva, no italiana, al trono papal, así como había también razones fundadas para creer que un Papa ex­tranjero pudiera convertirse en un títere en ma­nos de sus ministros, o en una víctima del talento de aquéllos para la intriga.

La perpetuidad de la Iglesia era un artículo de Fe; pero su desmedro y sus corrupciones, y los obstáculos creados por las insensateces de sus miembros, eran parte del canon de la Historia. Ha­bía base para cierto cinismo. Pero una y otra vez, la misteriosa capacidad de autorrenovación de la Iglesia y del Papado confundía a los cínicos. Éstos tenían sus propias explicaciones. Los fieles lo atri­buían a la presencia del Espíritu Santo. En ambos casos subsistía un misterio incómodo: por qué el caos de la Historia se atenía en forma tan con­sistente al dogma, o por qué un Dios omnisciente elegía un método tan desordenado para conservar su posición en la mente de sus criaturas.

De manera que cada Conclave comenzaba con la invocación al Paráclito. El día en que habían de tapiarse las habitaciones, Rinaldi guió a los an­cianos y a sus servidores hasta la basílica de San Pedro. Luego llegó Leone, vestido con una casulla escarlata y acompañado por sus diáconos y subdiáconos, para dar comienzo a la misa del Espí­ritu Santo. Mientras observaba al oficiante, abru­mado por el peso de sus elaborados atavíos y mo­viéndose dificultosamente en el ritual del Sacri­ficio, Rinaldi sintió un aguijonazo de piedad y una súbita comprensión.

Estos jefes de la Iglesia..., y él con ellos, se hallaban todos en la misma galera. Eran hombres sin descendencia, que «se habían hecho eunucos por amor a Dios». Tiempo atrás habían dedicado sus vidas con mayor o menos sinceridad al servi­cio de un Dios oculto y a la propagación de un misterio indemostrable. A través de la temporali­dad de la Iglesia habían obtenido honores mayores, probablemente, que los que hubiesen obtenido en la vida seglar; pero todos ellos soportaban la carga común de la edad: facultades en decadencia, la soledad de la cumbre y el temor a la rendición final de cuentas que podía encontrarlos en banca­rrota.

Rinaldi pensó también en la estratagema que había planeado con Leone para presentar un can­didato desconocido aún a la mayoría de los votantes, y para promover su causa sin quebrantar la Constitución Apostólica, que todos habían jurado mantener. Se preguntó si su maniobra no sería una presunción, una tentativa de embaucamiento a esa Providencia que invocaban en aquellos preci­sos momentos. Pero si la Fe enseñaba que Dios había elegido al hombre como un libre instrumen­to de su plan divino, ¿en qué otra forma se podía actuar? Era imposible dejar que una ocasión tan trascendental como la elección de un Papa se de­sarrollase como un juego de azar. Se les recomendaba prudencia mediante la plegaria, una acción meditada, y luego, resignación y sumisión. Pero los planes más prudentes no bastaban para escapar a la sensación pavorosa de hallarse cami­nando descuidadamente, sin purificación, en terre­no sagrado.

El calor, el temblor de las velas, los cánticos del coro y el ritmo hipnótico del rito lo adormi­laron, y lanzó una mirada subrepticia a sus cole­gas para ver si alguno había observado su cabeceo.

Los cardenales se sentaban a ambos lados del santuario, como coros gemelos de ancianos arcán­geles, con sus pechos adornados por cruces de oro, los sellos principescos resplandecientes en sus ma­nos cruzadas, sus rostros señalados por la edad y la experiencia del poder.

Allí estaba Rahamani de Antioquía, con su bar­ba partida y sus cejas desiguales y sus ojos bri­llantes, casi místicos. Allí estaba Benedetti, redon­do como una tarta, con sus mejillas rosadas y sus cabellos que recordaban hilillos de caramelo. Be­nedetti dirigía el Banco del Vaticano. Junto a él se hallaba Potocki de Polonia, el del cráneo alto y calvo y la boca dolorosa y los ojos sabios, calculadores. Tatsue de Japón, sólo necesitaba la túnica azafranada para convertirse en una imagen budis­ta, y Hsien, el chino exiliado, se sentaba entre Ru­gambwa, el cardenal negro de Kenya, y Pallenberg, el enjuto asceta de Munich.

Los ojos astutos de Rinaldi recorrieron los sidales del coro, repitiéndose las virtudes o limita­ciones de los cardenales, aplicando a cada uno de ellos el marbete clásico de papábile, el que tiene hechuras de Papa. Teóricamente, todos los miem­bros del Conclave podían lucirlo. En la práctica, sólo unos pocos podían ser elegidos.

Para algunos, la edad era un obstáculo. A otros, se lo impedía el temperamento, talento o repu­tación. La nacionalidad era un problema vital. Era imposible elegir a un norteamericano sin que la Iglesia pareciese dividir aún más al Este y el Oeste. Un Papa negro podría parecer un símbolo espec­tacular de las nuevas naciones revolucionarias, así como un japonés podría ser un útil eslabón entre Asia y Europa. Pero los Príncipes de la Iglesia eran hombres viejos y desconfiaban de los gestos es­pectaculares, así como desconfiaban de los legados de la Historia. Un Papa alemán podía enajenar las simpatías de aquellos que sufrieron en la Se­gunda Guerra Mundial. Un francés, haría recordar los tiempos de Aviñón y de las rebeliones tramon­tanas. En las actuales circunstancias, un Papa ibé­rico significaría una indiscreción diplomática. Gon­falone, el milanés, tenía reputación de santo, pero se estaba convirtiendo en un recluso, lo que podía perjudicarle en un cargo tan público. Leone era un autócrata que bien podía confundir el fuego del fanatismo con la llama de la compasión.

El lector leía los Hechos de los Apóstoles. «En esos días, Pedro comenzó y dijo: Hombres, her­manos, el Señor nos encomendó que predicásemos a la gente y que diésemos testimonio de que Él es quien ha sido designado por Dios para ser el juez de los vivos y de los muertos...» El coro cantó «Veni, Sancte Spiritus... Ven, Espíritu Santo y llena el corazón de los fieles». Entonces, Leone co­menzó a leer con su voz fuerte y obstinada el Evan­gelio para el día del Conclave: «Aquel que no entra por la puerta en el redil, sino que trepa por otro camino, es un ladrón y un bandolero. Pero el que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.» Ri­naldi inclinó la cabeza entre sus manos y oró por que el hombre que ofrecía fuese en verdad un pas­tor, y por que el Conclave le entregase el cayado y el anillo.

Cuando la misa terminó, el celebrante se retiró a la sacristía para quitarse sus vestiduras, y los cardenales relajaron sus nervios en los sitiales. Al­gunos cuchichearon, dos cabeceaban, aún adormi­lados, y uno sorbió subrepticiamente una pizca de rapé. La parte siguiente de la ceremonia era sólo una formalidad, pero prometía ser una formalidad tediosa. Un prelado les leería una homilía en latín, acentuando una vez más la importancia de la elec­ción y su obligación moral de llevarla a cabo en forma ordenada y honesta. Tradicionalmente, se elegía a este prelado por la pureza de su latín, pero el camarlengo había hecho otros arreglos.

Un murmullo de sorpresa agitó a la asamblea al ver que Rinaldi abandonaba su lugar y camina­ba hasta el extremo alejado de los sitiales, por el costado del Evangelio en el altar. Rinaldi ofreció su mano a un cardenal alto y delgado y lo condujo hasta el púlpito. Cuando apareció allí en lo alto, recibiendo las luces de lleno en el rostro, sus her­manos vieron que era el más joven entre ellos. Te­nía el pelo negro, su barba cuadrada también era negra, y su mejilla izquierda estaba surcada por una larga cicatriz lívida. En su pecho, junto a la cruz, colgaba un icono pectoral que representaba una imagen bizantina de la Madonna y el Niño. Al persignarse, lo hizo de derecha a izquierda, a la manera eslava; pero cuando comenzó a hablar no lo hizo en latín, sino en un toscano puro y me­lodioso. A través de la nieve, Leone sonrió su seve­ra aprobación a Rinaldi, y luego, como sus cole­gas, ambos se entregaron a la sobria elocuencia del desconocido:

-Me llamo Cirilo Lakota, y he llegado último y mínimo a este Sacro Colegio. Hoy os hablo in­vitado por nuestro hermano el cardenal camarlen­go. Para la mayoría de vosotros soy un descono­cido, porque mi pueblo está disperso y he pasado los últimos diecisiete años en prisión. Si tengo algún derecho entre vosotros, algún mérito, que sea éste su fundamento: hablo por los extravia­dos, por aquellos que caminan en la oscuridad y en el valle de las sombras de la muerte. Por ellos y no por nosotros nos reunimos en este Cónclave. Por ellos y no por nosotros debemos elegir un Pontífice. El primer hombre que ostentó este títu­lo caminó junto a Cristo y fue crucificado como el Maestro. Aquellos que mejor han servido a la Iglesia y a los fieles han sido los que se hallaban más próximos a Cristo y a los demás seres huma­nos, que son la imagen de Cristo. Tenemos un gran poder en nuestras manos, hermanos míos. Pon­dremos un poder aún mayor en manos del hombre a quien elijamos, pero debemos usar ese poder como siervos y no como amos. Debemos recordar que somos lo que somos: sacerdotes, obispos, pas­tores, mediante un acto de dedicación a los seres humanos que son el rebaño de Cristo. Lo que po­seemos, incluso las ropas que llevamos, llega a nosotros por su caridad. La trama material de la Iglesia se alzó piedra a piedra, ofrenda a ofrenda de oro, por el sudor de los fieles, y nos la han en­tregado para que nuestras manos la administren. Son ellos quienes nos han educado para que poda­mos enseñarlos a ellos y a sus hijos. Son ellos quie­nes se humillan ante nuestro sacerdocio, como ante el Divino Sacerdocio de Cristo. Para ellos ejer­cemos los poderes sacramentales y sacrificiales que nos han sido concedidos en la unción y la impo­sición de las manos. Si en nuestras deliberaciones servimos a otra causa que no sea ésta, somos trai­dores. No se nos pide que estemos de acuerdo en lo que es mejor para la Iglesia, sino sólo que deli­beremos con caridad y humildad, y, finalmente, demos nuestra obediencia al hombre elegido por la mayoría. Se nos pide que actuemos con rapi­dez para que la Iglesia no quede sin su cabeza. Y en todo esto seremos lo que finalmente nuestro Pontífice declarará ser: siervos de los siervos de Dios. Y en estos momentos finales, seamos compla­cientes instrumentos en sus manos. Amén.

Fue dicho en forma tan simple, que podría ha­ber sido la formalidad acostumbrada, pero este hombre y su rostro marcado, y su voz poderosa, y sus manos deformadas y elocuentes, prestaban a las palabras una inesperada y conmovedora in­tensidad. Un largo silencio cubrió su retiro del púlpito y el regreso a su lugar. Leone movió su melena leonina aprobadoramente y Rinaldi susu­rró una callada plegaria de gracias. Luego, el maes­tro de Ceremonias se hizo cargo de los procedi­mientos y condujo a los cardenales y a sus ser­vidores, con su confesor, y su médico y su ciru­jano, y el arquitecto del Conclave, y los obreros del Conclave, fuera del recinto de la Basílica y den­tro de los confines del propio Vaticano.

En la Capilla Sixtina se les tomó juramento otra vez. Luego, Leone ordenó que tocaran las cam­panas, de manera que todos los que no pertene­ciesen al Conclave abandonaran de inmediato el área sellada. Los servidores condujeron a cada car­denal a sus habitaciones. Luego, el prefecto del maestro de Ceremonias y el arquitecto del Concla­ve comenzaron su inspección ritual del recinto ce­rrado. Avanzaron de habitación en habitación, descorriendo cortinas, iluminando rincones oscuros, abriendo armarios, hasta declarar que el lugar se hallaba libre de intrusos.

Se detuvieron en la entrada de la gran escali­nata de Pío X, y la Guardia Noble marchó fuera del recinto del Conclave, seguida por el mariscal del Conclave y sus ayudantes. Se cerró la gran puerta. El mariscal del Conclave dio vuelta a la llave en el exterior. En el interior, los maestros de Ceremonias dieron vuelta a sus propias llaves. El mariscal ordenó alzar su bandera sobre el Va­ticano, y desde aquel momento nadie podía entrar o salir, o hacer llegar mensaje alguno hasta que se eligiese y nombrase un nuevo Papa.

Solo en sus habitaciones, Cirilo, cardenal Lako­ta, comenzaba a vivir un purgatorio privado. Era éste un estado recurrente cuyos síntomas le eran familiares: sudor frío en el rostro y en las palmas, temblores en sus miembros, crispaciones en los nervios seccionados de su rostro, el horror de sen­tir que la habitación se estrechaba para aplastarlo. Dos veces se había visto tapiado en las literas de una prisión subterránea. Durante cuatro meses ha­bía soportado los terrores de la oscuridad, el frío, la soledad y el hambre, hasta que los pilares de su razón se habían derrumbado en el esfuerzo. En todos sus años de exilio siberiano, nada le había afectado tanto ni dejado tan profunda huella en su memoria. Nada lo había acercado más a la ab­juración y la apostasía.

Lo habían golpeado a menudo, pero los tejidos así dañados habían sanado con el tiempo. Lo ha­bían interrogado hasta que todos sus nervios pa­recían gritar y su mente caía en confusión miseri­cordiosa. De esto también había emergido más fuerte en su fe y en la razón, pero el horror del confinamiento solitario permanecería en él hasta su muerte. Kamenev había cumplido su promesa. «No podrá olvidarme jamás. Adondequiera que us­ted vaya, estaré yo. Y dondequiera que usted llegue a ser, yo seré parte de usted.» Aun aquí, en los confines neutrales de la Ciudad del Vaticano, en la habitación principesca bajo los frescos de Rafael, Kamenev, su atormentador insidioso, se hallaba a su lado. Sólo había una manera de escapar a él, la que había aprendido en las literas cerradas: la proyección del espíritu torturado hacia los brazos del Todopoderoso.

El cardenal cayó de rodillas, sepultó el rostro entre sus manos y trató de concentrar todas las facultades de su mente y cuerpo en una sencilla acción de abandono.

Sus labios no buscaron palabras, pero su volun­tad se aferró al lamento de Cristo en el Getse­maní. «Padre, si es posible, aparta de mí este cá­liz.»

Sabía que, finalmente, el cáliz se apartaría, pero debía soportar primero esa agonía. Las murallas lo estrechaban implacablemente. El cielo raso pesaba sobre él como una vestidura de plomo. La oscuri­dad oprimía sus ojos y se acurrucaba dentro de su cráneo. Cada músculo de su cuerpo se anudaba dolorosamente y sus dientes castañeteaban como en los rigores de la fiebre. Luego se sintió mortalmente helado, mortalmente tranquilo, y esperó pa­sivamente la luz que era el comienzo de la paz y de la comunión.

La luz era una especie de aurora vista desde una alta montaña, derramándose suavemente so­bre cada pliegue del terreno, de manera que todo el esquema de su historia se revelase de una vez. Allí estaba la ruta de su propio peregrinar, como una cinta escarlata que se extendía cuatro mil mi­llas desde Lvov, en Ucrania, a Nicolaievsk, en el mar de Ojotsk.

Cuando terminó la guerra contra los alemanes, y a pesar de su juventud, Cirilo Lakota fue desig­nado metropolitano de Lvov, sucesor del piadoso Andrew Szepticky, gran líder de los católicos ru­tenos. Poco después fue arrestado con otros seis obispos y deportado a las fronteras orientales de Siberia. Los otros seis murieron, y Lakota había quedado solo, pastor de un rebaño perdido y de­biendo llevar la cruz sobre sus hombros.

Había estado diecisiete años en prisión o en campamentos de trabajos forzados. Sólo una vez, durante ese tiempo, había podido decir misa con un poquitín de vino y una corteza de pan blanco. Sólo podía aferrarse a la doctrina, a las plegarias y las fórmulas sacramentales que su mente ateso­raba. Toda la fortaleza y la compasión que había gastado en sus compañeros de prisión tuvieron que salir de sí mismo y del pozo de la misericordia divina. Y, sin embargo, su cuerpo debilitado por la tortura había recuperado milagrosamente sus fuerzas en la esclavitud del trabajo en minas y en cuadrillas camineras, de modo que ni siquie­ra Kamenev pudo mofarse de él, demostrando, en cambio, su asombro ante esta supervivencia.

Porque Kamenev, su atormentador en los pri­meros interrogatorios, volvía siempre; y cada vez que aparecía había escalado un peldaño más en el orden marxista. Cada vez parecía un poco más cor­dial, como si poco a poco se dejase ganar por cierto respeto hacia su víctima.

Incluso desde la cima de la contemplación, La­kota podía ver a Kamenev: frío, sardónico, bus­cando en él los más pequeños vestigios de debili­dad, el menor indicio de rendición. Al comienzo había tenido que forzarse a orar por su carcelero. Luego habían llegado a una especie de helada fra­ternidad, mientras uno se elevaba y el otro parecía hundirse más profundamente en su camaradería con los esclavos siberianos. Finalmente, había sido Kamenev quien había organizado su fuga, infli­giéndole la ironía final de darle la identidad de un muerto.

-Quedará en libertad -le había dicho Kame­nev- porque le necesito libre. Pero siempre sera: usted mi deudor, porque maté a un hombre para darle su nombre. Algún día acudiré a usted para exigirle el pago. Y usted me pagará, cueste lo que cueste.

Parecía casi que el carcelero hubiese adoptado el manto de la profecía, porque Cirilo Lakota ha­bía escapado y se había dirigido a Roma, para descubrir allí que un Papa agonizante lo había hecho cardenal in pettore: cardenal, hombre del destino, soporte de la Madre Iglesia.

Hasta este punto el camino retrospectivo estaba claro. En sus tragedias podía discernir la promesa de gracias futuras. Por cada uno de los obispos que habían muerto por sus creencias, un hombre había muerto en sus brazos en el campamento, bendiciendo al Todopoderoso por la abso­lución final. Su rebaño disperso no perdería totalmente la Fe por la cual había sufrido. Algunos vivirían para propagar su credo y para mantener encendida esa luz pequeñita que algún día podría hacer arder mil antorchas. En la degradación de las cuadrillas camineras había visto cómo los hom­bres más extraños sostenían las dignidades huma­nas. Había bautizado a niños con un poco de agua sucia y los había visto morir incontaminados con la miseria del mundo.

Y él mismo había adquirido humildad y grati­tud y el valor para creer en una Omnipotencia que trabajaba una evolución gigantesca hacia el bien último. Había aprendido compasión y ternura y el significado de los llantos en la noche. Había aprendido a esperar que su persona pudiese ser para Kamenev, si no un instrumento de ilumina­ción, por lo menos uno de absolución final. Pero todo esto pertenecía al pasado, y el esquema de su vida tenía aún que desenvolverse más allá de Roma en un futuro insondable. Incluso la luz de la contemplación se detenía en Roma. Había ten­dido allí un velo, y el velo era el límite impuesto a la presciencia por un Dios misericordioso...

La luz cambiaba ahora; el paisaje de las este­pas se había convertido en un mar ondulante por el cual avanzaba hacia él una figura vestida con ropajes antiguos, el rostro resplandeciente, sus ma­nos horadadas tendidas hacia él en un saludo de bienvenida. Cirilo, cardenal Lakota, se echó atrás e intentó sumergirse en el mar iluminado, pero no había escapatoria. Cuando las manos lo tocaron y el rostro luminoso se inclinó para besarlo, se sin­tió desgarrado por una alegría y un dolor intole­rables. Luego penetró en ese momento de paz.

El sirviente destinado a su servicio entró en el cuarto y lo vio arrodillado como un cataléptico, con los brazos extendidos en actitud de crucifi­xión. Rinaldi, que recorría las habitaciones de los miembros del Conclave, llegó hasta él y trató en vano de despertarlo. Entonces Rinaldi también se alejó, estremecido y humilde, para consultar con Leone y sus colegas.

 

En su oficina, atestada y poco elegante, George Faber, el canoso decano de la Prensa romana, co­rresponsal en Italia del Monitor de Nueva York desde hacía quince años, escribía un artículo so­bre la época en que se desarrollaba la elección papal:

«...Fuera del pequeño recinto medieval del Va­ticano el mundo se halla en estado de crisis. Soplan vientos de cambios y se alzan tormentas de advertencia, ora en un lugar, ora en otro. La ca­rrera de armamentos entre los Estados Unidos y Rusia continúa sin atenuación. Todos los meses hay nuevas penetraciones hostiles en las altas órbitas del espacio. Hay hambre en la India y guerra de guerrillas en las penínsulas del sur de Asia. Hay truenos sobre África, y en las capitales de Suda­mérica flamean banderas revolucionarias desgarradas. Hay sangre en las arenas del norte de África, y en Europa la batalla por la supervivencia eco­nómica se libra tras las puertas cerradas de los Bancos y en las salas de juntas directivas. Muy alto sobre el Pacífico, los aviones vuelan para tomar muestras de la contaminación atmosférica causada por partículas atómicas letales. En China, los nue­vos dinastas luchan por llenar los estómagos de millones de hambrientos mientras sujetan sus men­tes a la rígida ortodoxia de la filosofía marxista. En los nebulosos valles del Himalaya, donde on­dean las banderas de las plegarias y los recolectores de té trabajan en las terrazas, hay correrías e incursiones desde el Tibet y Sinkiang. En las fron­teras de la Mongolia Exterior, la inquieta amistad de Rusia y China está tensa y a punto de romperse. Barcos patrulleros recorren las ciénagas de mangle y las ensenadas de Nueva Guinea, mientras las tribus montañesas tratan de proyectarse den­tro del siglo xx en un brinco gigantesco desde la Edad de Piedra.

»En todas partes el hombre ha tornado concien­cia de sí mismo como un animal de tránsito, y lu­cha desesperadamente por afirmar su derecho a lo mejor del mundo durante el breve período que habita en él. El nepalés acosado por sus demonios montañeses; el culi que gasta su corazón tirando del rickshaw; el israelí sitiado en todas sus fron­teras, todos y cada uno de ellos están reafirmando su derecho a una identidad; y todos tienen los oídos dispuestos para cualquier profeta que les prometa alguna.»

El periodista dejó de mecanografiar, encendió un cigarrillo y se echó atrás en su silla, meditando sobre la idea que acababa de expresar: «dere­cho a una identidad)). Curioso observar cómo todos debían reclamarlo, tarde o temprano. Curioso ver esa larga aceptación aparentemente ecuánime de la persona que parecemos ser, de la situación para la cual la vida parece habernos designado. Y súbitamente, esa identidad nos parece dudosa... Su pro­pia identidad, por ejemplo. George Faber, solte­rón, experto en asuntos italianos y en la política del Vaticano..., ¿por qué se había visto obligado, a estas alturas de su vida, a preguntarse quién era, quién había aceptado ser hasta ese momen­to? ¿Por qué esa agitada insatisfacción con su pro­pia supervivencia sin un suplemento permanente de su ser...? Una mujer, por supuesto. Siempre había habido mujeres en su vida, pero Chiara era algo nuevo, algo muy especial... Este pensamien­to lo perturbó. Intentó guardarlo otra vez, y se inclinó nuevamente sobre la máquina de escribir.

«En todas partes se clama por la supervivencia, pero como la ironía suprema de la creación es que el hombre debe morir inevitablemente, aque­llos que se esfuerzan por conquistar su mente o su músculo tienen que prometerle una extensión de su lapso en alguna apariencia de inmortalidad. El marxista le promete la unidad con los trabajadores. El nacionalista le entrega una bandera y una frontera, y una prolongación local de sí mismo. El demócrata le ofrece la libertad a través del sufra­gio, pero le advierte que tal vez deba morir para conservarla.

»Mas para el hombre y para todos los profe­tas que el hombre eleva, el enemigo último es el tiempo; y el tiempo es una dimensión relativa, li­mitada directamente por la capacidad del hombre para hacer uso de él. Las comunicaciones moder­nas, rápidas como el relámpago, han reducido a la nada el lapso entre un acto humano y sus conse­cuencias. Un disparo en Berlín puede hacer estallar al mundo en pocos minutos. Una plaga en las Filipinas puede infectar Australia en el día. El hombre que se tambalea en la cuerda en un circo de Berlín agoniza ante los ojos de Londres y Nue­va York.

»Así, en todo momento, el hombre se ve aco­sado por las consecuencias de sus propios pecados y los de sus semejantes. Y así también, cada profeta y cada erudito se ve acosado por el rápido transcurso del tiempo, sabiendo que deberán ren­dir cuentas por falsas predicciones y promesas que­brantadas, con celeridad hasta hoy desconocida en la Historia. Ésta es precisamente la causa de la crisis. Aquí nacen los vientos y las olas y se for­jan los truenos que, en una semana cualquiera, en un mes cualquiera, pueden rugir alrededor del mundo bajo un cielo oscurecido por hongos nu­bosos.

 

»Los hombres del Vaticano tienen conciencia del tiempo, aunque muchos de ellos han dejado de tenerla con la necesaria intensidad...»

¡Tiempo...! Su mente había adquirido una ví­vida conciencia de esta menguante dimensión de la existencia. Tenía más de cuarenta años. Durante un año había estado intentando activar la pe­tición de nulidad de Chiara ante la Sagrada Rota Romana, para librar a su amada de Corrado Cali­tri y poder casarse con ella. Pero el caso avanzaba con lentitud desesperante, y Faber, a pesar de ha­ber nacido católico, comenzó a sentir un amargo resentimiento contra el sistema impersonal de las Congregaciones romanas y la actitud de los an­cianos que las dirigían.

Continuó escribiendo en forma vívida, precisa, profesional:

«Como la mayoría de los ancianos, están habi­tuados a considerar el tiempo como un relámpago entre dos eternidades, y no como un quántum de tiempo concedido a cada individuo para madurar hacia la visión de su Dios.

»Les preocupa también la identidad del hom­bre, que están forzados a reafirmar como la identi­dad de hijo de Dios. Pero aquí se ven ante otro abismo: que a veces afirman su identidad sin com­prender su individualidad, y que tiene que crecer en el jardín en el cual se le plantó, sea el suelo dulce o amargo, sea el aire cordial o tempestuoso. Los hombres, como los árboles, crecen en formas diferentes, torcidos o rectos, según el clima que los ha alimentado. Pero mientras la savia fluya y las hojas germinen, no debería ponerse reparos a la forma del hombre o del árbol.

»Los hombres del Vaticano se preocupan tam­bién de la eternidad y de la inmortalidad. También ellos comprenden la necesidad que experimenta el hombre de una extensión de sí mismo que traspa­se el límite de los años efímeros. Afirman como artículo de fe la persistencia del alma en una eter­nidad de unión con el Creador, o de exilio de Su rostro. Van más lejos, prometen al hombre la con­servación de su identidad y la victoria final in­cluso sobre los terrores de la muerte física. Lo que a menudo dejan de comprender es que la inmortalidad debe comenzar en el tiempo, y que el hombre debe recibir los recursos físicos para so­brevivir, antes de que su espíritu pueda elevarse a desear algo más que la supervivencia física...»

Chiara había llegado a hacérsele tan necesaria como el respirar. Sin su juventud, su apasionamiento, le parecía que debería declinar rápidamen­te hacia la vejez y la desilusión. Hacía ya seis me­ses que era su amante, pero le atormentaba el temor de perderla en cualquier momento ante un hombre más joven, y de que la promesa de hijos y continuidad no se cumpliese jamás en él... Geor­ge Faber tenía amigos en el Vaticano. Tenía fácil acceso a renombrados hombres de la Iglesia, pero éstos se hallaban sujetos a la ley y al sistema, y no podían ayudarle. Faber escribió con vehemen­cia:

«Esos hombres viejos y cautos están atrapados en la paradoja de toda eminencia: mientras más se eleva un ser humano, más ve del mundo, pero menos capta los pequeños factores determinantes de la existencia humana: que un hombre sin zapatos puede morir de hambre porque no puede caminar hasta el lugar donde conseguir un empleo. Que un recaudador de impuestos que sufre del hí­gado puede hacer estallar una revolución. Que la hipertensión arterial puede sumir a un hombre no­ble en la melancolía y en la desesperación. Que una mujer puede venderse por dinero porque no puede darse a un hombre por amor. El peligro de todos los gobernantes está en que comienzan a creer que la Historia es el resultado de grandes generalidades y no la suma de millones de peque­ños detalles, tal como alcantarillados deficientes, la obsesión sexual y los mosquitos Anopheles...»

No era lo que había pensado escribir, sino una descripción de sus sentimientos personales ante el acontecimiento que se aproximaba... ¡Que quedase así entonces! ¡Si a los directores en Nueva York no les agradaba, que lo echasen al cesto...! Se abrió la puerta y entró Chiara. George la co­gió en sus brazos y la besó. Envió a la Iglesia v a su periódico y al marido de Chiara a un infierno especial, y luego la llevó a almorzar a la Via Veneto.

El primer día del Conclave los cardenales quedaban en libertad de reunirse y conversar discre­tamente, sondeando mutuamente sus prejuicios y cegueras y razones de interés privado. Por eso, Ri­naldi y Leone se movieron entre ellos a fin de prepararlos cuidadosamente para su proposición fi­nal. Una vez comenzada la votación, una vez que los cardenales tomasen partido por tal o cual candidato, sería mucho más difícil ponerlos de acuerdo.

No todas estas conversaciones mantuvieron el nivel de las verdades eternas. Muchas de ellas fueron simples y brutales, como la de Rinaldi con el norteamericano, mientras bebían una taza de café traído de los Estados Unidos y preparado por el sirviente personal de Su Eminencia, porque el café italiano le causaba indigestión.

Su Eminencia Charles Corbet Carlin, cardenalarzobispo de Nueva York, era un hombre alto y rubicundo, de modales expansivos y ojos astutos y pragmáticos. Expuso su problema descarnadamente, como un banquero que pone reparos a un sobregiro.

-No queremos un diplomático ni queremos un funcionario de la Curia que vea el mundo a través de un cristal romano. Un hombre que haya viajado, sí, pero alguien que haya sido rector y comprenda cuáles son nuestros problemas del mo­mento.

-Me interesaría escuchar de Su Eminencia la descripción de esos problemas -dijo Rinaldi con la máxima cortesía.

-Estamos perdiendo nuestro asidero sobre la gente -adujo Carlin categóricamente-. Estamos perdiendo su lealtad. Creo que gran parte de la culpa es nuestra.

Rinaldi se sorprendió. Carlin tenía la repu­tación de ser un magnífico banquero de la Madre Iglesia, y se le atribuía la convicción de que todos los males del mundo..podían solucionarse mediante un sistema escolar bien dotado y un sermón vi­vificante cada domingo. Escucharle hablar tan lla­namente de defectos que le atañían directamente resultaba al mismo tiempo reconfortante y pertur­bador.

Rinaldi preguntó:

-¿Por qué perdemos terreno?

-¿En los Estados Unidos? Por dos razones: prosperidad y respetabilidad. Ya no se nos persi­gue. Pagamos nuestro avance. Podemos lucir la Fe como una insignia rotaria... y con la misma falta de trascendencia. Cobramos nuestras cuotas como si fuésemos un club, gritamos más fuerte que los comunistas, y nuestra contribución al Dinero de Pedro es la mayor del mundo. Pero eso no bas­ta. Para muchos católicos, en todo esto no..., no hay corazón. Los jóvenes se alejan de nuestra influencia. No nos necesitan como debieran. No confían en nosotros como acostumbraban hacerlo. Y, en parte -terminó gravemente-, creo que la cul­pa es mía.

-Ninguno de nosotros tiene mucho derecho a sentirse orgulloso -dijo Rinaldi sosegadamente-. Piense en Francia... Piense en los hechos sangrien­tos ocurridos en Argelia. Y, sin embargo, se trata de un país con una mitad católica, y dirigido por católicos. ¿Dónde está nuestra autoridad en esta situación monstruosa? Una tercera parte de la po­blación del mundo vive en América del Sur, y, sin embargo, ¿qué influjo tenemos allí? ¿Qué impre­sión causamos a los ricos indiferentes y a los po­bres oprimidos, que no ven esperanza en Dios y menos aún en aquellos que lo representan? ¿Dón­de debemos comenzar a cambiar?

-He cometido errores -dijo Carlin, melancó­licamente-, Errores de importancia. Ni siquiera puedo comenzar a repararlos todos. Mi padre era un jardinero, un buen jardinero. Siempre decía que lo más que se podía hacer por un árbol era abo­narlo y podarlo una vez al año, y dejar el resto en manos de Dios. Siempre me enorgullecí de ser un hombre práctico, como lo fue él, ¿sabe? Construir la iglesia y luego la escuela. Instalar a las mon­jas y luego a los hermanos. Construir el seminario, preparar a los sacerdotes y mantener el ingreso de dinero. Lo demás quedaba en manos del Todopoderoso.

Sonrió por primera vez, y Rinaldi, al cual le había sido antipático durante muchos años, co­menzó a simpatizar con él.

Carlin continuó con singular acento:

- ¡Romanos e irlandeses! Nosotros somos grandes maquinadores y grandes constructores, pero perdemos de vista la esencia de las cosas con más rapidez que nadie. ¡Atengámonos al libro! ¡Abstenerse de carne los viernes, no dormir con la mujer del prójimo y dejar los misterios a los teó­logos! ¡No basta! ¡Que Dios nos ayude, pero no basta!

-Usted está pidiendo un santo. Dudo que tengamos muchos de ellos en nuestros registros en este momento.

-Un santo, no. -Carlin habló otra vez enfáti­camente-. Un hombre para los demás hombres y de los hombres, como lo era Sarto. Un hombre que pueda sangrar por ellos, y amonestarlos, y ha­cerles saber siempre que los ama. Un hombre que pueda romper el cerco de este jardín dorado y con­vertirse en otro Pedro.

-Lo crucificarían también, por supuesto res­pondió agriamenté Rinaldi.

-Tal vez es eso precisamente lo que necesi­tamos -dijo Su Eminencia de Nueva York.

Y entonces Rinaldi, el diplomático, juzgó opor­tuno hablar del ucraniano barbudo, Cirilo Lako­ta, como del hombre que tenía hechuras de Papa.

En una habitación algo más pequeña del Conclave, Leone discutía al mismo candidato con Hugh, cardenal Brandon, de Westminster. Siendo inglés, Brandon era un hombre sin ilusiones y de pocos entusiasmos. Frunció sus delgados labios grisáceos, jugueteó con su cruz pectoral y expre­só su política en italiano preciso, aunque pom­poso:

-Nosotros opinamos que un romano sigue siendo la mejor elección. Nos deja cierta libertad de acción, ¿comprende lo que quiero decir? No hay problemas de nuevas actitudes o de alineaciones políticas de nuevo cuño. No se producen disturbios en las relaciones entre el Vaticano y la República de Italia. El Papado seguiría siendo una barrera efectiva contra cualquier crecimiento del comunismo italiano. -El cardenal se permitió una chanza árida-: Podríamos seguir contando con la simpatía de los románticos ingleses por la román­tica Italia.

Leone, veterano de muchos sutiles debates, asin­tió con la cabeza y añadió, como al desgaire:

-¿Entonces no consideraría usted a nuestro recién llegado, al que nos habló esta mañana?

-Lo dudo. Como a todos, me pareció impre­sionante en el púlpito. Pero la elocuencia no nos indica absoluta idoneidad, ¿no cree? Y, además, subsiste el problema de los ritos. Ese hombre es ucraniano y pertenece al rito ruteno.

-Si fuese elegido, practicaría automáticamente el romano.

Su Eminencia de Westminster sonrió débilmente.

-La barba podría preocupar a algunos. Un as­pecto demasiado bizantino, ¿no le parece? No he­mos tenido un Papa con barba en mucho tiempo.

-Seguramente se la afeitaría.

-¿Continuaría usando su icono?

-Creo que también se le podría persuadir para que lo dejase.

-Y en ese caso tendríamos a un romano mode­lo. Entonces, ¿por qué no elegir directamente a un italiano? No puedo creer que desee usted algo diferente.

-Puede creer que lo deseo. Estoy dispuesto a afirmar en este momento que mi voto será para el ucraniano.

-Temo no poder prometerle el mío. Usted sabe..., ingleses y rusos... Históricamente no nos hemos entendido nunca... Nunca.

 

-Siempre, siempre -dijo Rahamani el sirio, con su hablar blando y cortés- buscamos al hom­bre que posea el único don necesario: el don de la cooperación con Dios. Incluso entre los hombres buenos, este don es escaso. La mayoría de nosotros pasamos la vida tratando de plegarnos a la voluntad de Dios, y aun así, a menudo debe do­blegarnos una gracia violenta. Los otros, los con­tados, se entregan a una especie de acto instintivo para ser instrumentos en las manos del Hacedor. Si este hombre nuevo es uno de ellos, entonces es a él a quien necesitamos.

-¿Y cómo podremos saberlo? -preguntó secamente Leone.

-Lo sometemos al juicio de Dios -dijo el si­rio-. Pedimos a Dios que lo juzgue, y esperamos con confianza el resultado.

-Sólo podemos votar en su elección. No hay otro camino.

-Hay otro camino, prescrito por la Constitu­ción Apostólica. El camino de la inspiración. Cual­quier miembro del Conclave puede proclamar pú­blicamente al hombre que cree debe ser elegido, confiando en que si éste es candidato aceptable para Dios, Él inspirará al resto de los miembros del Conclave a aprobarlo públicamente. Es un mé­todo válido de elección.

-Requiere valor... y mucha fe.

-Si nosotros, los jefes de la Iglesia, carecemos de fe, ¿qué esperanza queda para el resto de los hombres?

-Una censura justa -dijo el cardenal secre­tario del Sacro Colegio-. Es hora de abandonar mi solicitud de votos y de comenzar a orar.

A la mañana siguiente, muy temprano, los car­denales se reunieron en la Capilla Sixtina para la primera votación. Para cada uno de ellos había un trono, y sobre el trono, un dosel de seda. Los tro­nos estaban dispuestos junto a las murallas de la capilla, y ante cada asiento había una mesilla que llevaba el escudo de armas del cardenal y su nom­bre inscrito en latín. El altar de la capilla aparecía cubierto con un tapiz que ostentaba una imagen bordada del Espíritu Santo descendiendo sobre los primeros apóstoles. Ante el altar estaba situada una mesa grande, sobre la cual había un cáliz de oro y una bandejilla, también de oro. Junto a la mesa se veía una sencilla estufa redonda cuya chimenea se proyectaba a través de una ventana pe­queña que miraba a la Plaza de San Pedro.

Al efectuarse la votación, cada cardenal escri­biría el nombre de su candidato en el papel del voto, lo colocaría primeramente en la bandejilla de oro, y luego lo pondría dentro del cáliz, para significar que había ejecutado un acto sagrado. Después de que se contasen los votos, éstos se quemarían en la estufa, y el humo saldría por la chimenea hacia la Plaza de San Pedro. Para ele­gir Papa se requería una mayoría de dos tercios.

Si la mayoría no era concluyente, los votos se quemaban con paja mojada, lo que producía nu­barrones de humo oscuro. Sólo cuando la votación alcanzaba un resultado definitivo, los votos se que­maban sin paja, para que el humo blanco infor­mase a las multitudes expectantes que tenían un nuevo Papa. Era ésta una ceremonia arcaica y en­gorrosa para la edad de la Radio y la Televisión, pero servía para subrayar el dramatismo del mo­mento y la continuidad de dos mil años de histo­ria papal.

Una vez sentados los cardenales, el maestro de Ceremonias recorrió los tronos, entregando a cada votante un solo voto. Luego abandonó la capilla y echó llave a la puerta, dejando tras él a los prín­cipes le la Iglesia en la elección del sucesor de Pedro.

Éste era el momento que habían esperado Leo­ne y Rinaldi. Leone se levantó en su lugar, sacu­dió su blanca melena y se dirigió al Conclave:

-Hermanos míos, me alzo para hacer uso de un derecho acordado por la Constitución Apostó­lica. Proclamo ante ustedes mi convicción de que hay entre nosotros un hombre elegido ya por Dios para sentarse en la Silla de Pedro. Como el primero de los Apóstoles, ha sufrido prisión y torturas por la Fe, y la mano de Dios lo ha liberado de su cautiverio para que se nos uniese en este Conclave. Lo proclamo como mi candidato, y a él ofrez­co mi voto y obediencia: Cirilo, cardenal Lakota.

Hubo un instante de silencio absoluto, inte­rrumpido por el jadear ahogado de Lakota. Enton­ces Rahamani el sirio se levantó de su trono y dijo con firmeza:

-Yo también lo proclamo.

-También yo -dijo Carlin el americano. -Y yo -dijo Valerio Rinaldi.

Y luego, de dos en dos, de tres en tres, los an­cianos se incorporaron repitiendo esta proclama­ción, hasta que todos, excepto nueve, se hallaron de pie bajo los doseles, mientras Cirilo, cardenal Lakota, permanecía en su trono con el rostro tenso e inexpresivo.

Luego Rinaldi se levantó y se dirigió a los elec­tores:

-¿Hay aquí alguien que niegue la validez de esta elección, y que una mayoría superior a los dos tercios ha elegido a nuestro hermano Cirilo?

Nadie respondió.

-Sentaos, por favor -dijo Valerio Rinaldi.

Al sentarse, cada cardenal tiró de la cuerda que sujetaba su dosel, de modo que éste cayese y los cubriera. El único dosel que permaneció levantado fue el del trono de Cirilo, cardenal Lakota.

El camarlengo hizo sonar una campanilla de mano y avanzó para abrir la puerta. Inmediatamente entraron el secretario del Conclave, el maes­tro de Ceremonias y eI sacristán del Vaticano. Estos tres prelados, con Leone y Rinaldi, caminaron ceremoniosamente hasta el trono del ucraniano. Con voz firme, Leone le preguntó:

-Acceptasne electionem? ( ¿Aceptas la elec­ción?)

Todos los ojos se volvieron hacia el forastero alto y enjuto, hacia su rostro marcado y su barba oscura y sus ojos remotos y perseguidos por mil imágenes, Los segundos transcurrieron lentamente, y luego los cardenales le escucharon responder con voz opaca y muerta:

-Acepto... Miserere mei Deus... Acepto... ¡Que Dios se apiade de mí!

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO 1 PONT. MAX.

 

Ningún gobernante puede escapar al veredicto de la Historia, pero el gobernante que lleva un Diario se expone a maltratos posteriores... No me gustaría que me sucediese lo que al anciano Pío II, que hizo atribuir sus Memorias a su secretario, las hizo expurgar por sus parientes, y quinientos años después reaparecieron en ellas todas sus indiscre­ciones, restauradas por un par de literatas ameri­canas. Y, sin embargo, comprendo su dilema, que tiene que ser el dilema de todos los hombres que ocupan la Silla de Pedro. Un Papa sólo puede ha­blar libremente con Dios o consigo mismo: y el Pontífice que habla consigo mismo puede tornarse excéntrico, como lo ha demostrado la historia de algunos de mis predecesores.

Mi debilidad es el temor a la soledad y al ais­lamiento. De manera que necesitaré válvulas de escape: el Diario, por una parte, un compromiso entre mentirse a sí mismo sobre el papel y contar a la posteridad las realidades que es necesario ocultar a nuestra propia generación. Pero hay una dificultad, por supuesto. ¿Qué se hace con un Dia­rio papal? ¿Se lega a la biblioteca del Vaticano? ¿Se hace sepultar junto a uno en el triple ataúd? ¿O se subasta de antemano para la propagación de la Fe? Tal vez lo mejor es no comenzarlo. Pero, ¿en qué forma es posible asegurarse un vestigio de intimidad, de humor e incluso tal vez de cor­dura en esta noble prisión a la cual estoy condenado?

Hace veinticuatro horas mi elección hubiera pa­recido una fantasía. Incluso ahora no comprendo por qué la acepté. Podría haberla rechazado. No lo hice. ¿Por qué...?

Consideremos lo que soy: Cirilo I, obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice de la Igle­sia Universal, Patriaca del Oeste, Primado de Ita­lia, Arzobispo y Metropolitano de la provincia romana, soberano de la Ciudad-Estado del Vatica­no... ¡y gloriosamente reinante, por supuesto!

Pero esto es sólo el comienzo. El Anuario Pon­tificio publicará una lista de dos páginas de lo que me está reservado en concepto de abadías y prefecturas, y de lo que «protegeré» en concepto de órdenes, congregaciones y hermandades. El res­to de sus dos mil páginas será un verdadero ca­tastro de todos mis ministros y súbditos, mis ins­trumentos de gobierno, de educación y de disci­plina.

Por la naturaleza de mi cargo, debo ser poli­gloto, aunque el Espíritu Santo ha sido conmigo menos generoso en el don de las lenguas que con el primer hombre que ocupó mi lugar. Mi lengua natal es el ruso; mi lengua oficial es el latín de los escolásticos, una especie de lengua mandarina que se presume conserva mágicamente la más su­til definición de la verdad, como una abeja en ám­bar. Debo hablar italiano con mis colaboradores y conversar con todos en ese altisonante «nosotros», que sugiere un diálogo secreto entre Dios y yo, in­cluso en asuntos tan mundanos como el café que «nosotros» bebemos para el desayuno, y la gaso­lina que «nosotros» emplearemos en los automóvi­les del Vaticano.

Pero es la fórmula tradicional, y no debe dis­gustarme en exceso. El anciano Valerio Rinaldi me lo advirtió sin ambages al ofrecerme a la vez su lealtad y su renuncia una hora después de efec­tuada la elección, esta mañana. «No trate de cam­biar a los romanos, Santidad. No intente combatirlos ni convertirlos. Han manejado Papas durante los últimos mil novecientos años, y lo destruirán antes que usted pueda doblegarlos. Avance lentamente, hable con dulzura, guárdese sus opiniones, y, finalmente, serán cera entre sus manos.»

El cielo sabe que es muy prematuro hablar aún de éxito en la mutua acogida entre Roma y yo, pero Roma ya no es el mundo, y el resultado no me preocupa trascendentalmente..., de manera que puedo utilizar la experiencia de aquellos que me han jurado fidelidad como príncipes cardenales de la Iglesia. Hay algunos de ellos en los cuales ten­go gran confianza. Hay otros... Pero no debo juz­gar precipitadamente. No todos pueden ser como Rinaldi, un hombre sabio y benévolo, con sentido del humor y conciencia de sus propias limitacio­nes. Entretanto, debo tratar de sonreír y mante­ner el buen humor mientras encuentro mi camino en este dédalo que es el Vaticano... Y debo confiar mis pensamientos a un Diario antes de exponerlos a la Curia o al Consistorio.

Tengo una ventaja; por supuesto nadie sabe con certeza hacia dónde iré; ni siquiera lo sé yo. Soy el primer eslavo que ha ocupado el trono de San Pedro, y el primer Pontífice extranjero desde hace cuatro siglos y medio. La Curia me observará con cautela. Los cardenales pueden haberse sentido inspirados al elegirme, pero ya deben de estar pre­guntándose qué especie de tártaro han ungido, y en qué forma alteraré sus nombramientos y sus esferas de influencia. ¿Cómo pueden saber hasta qué punto siento temor y dudas de mí mismo? Espero que algunos de ellos se acuerden de orar por mí.

El Papado es el cargo más paradójico del mun­do; el más absoluto y, sin embargo, el más limi­tado; el más rico en rentas, pero el más pobre en ganancia personal. Lo instituyó un carpintero naza­reno que no tenía dónde reposar la cabeza, pero se halla rodeado de pompa y panoplia excesivas para este mundo hambriento. No reconoce fron­teras, pero está siempre sujeto a las intrigas na­cionales y a las presiones partidistas. El hombre que lo acepta afirma tener garantía divina contra el error, pero tiene menos seguridad de salvación que el más mísero de sus súbditos. De su cinto cuelgan las llaves del Reino, pero puede encon­trarse desterrado para siempre de la paz, de la elección y de la comunidad de los Santos. Si dice que no le tientan la autocracia y la ambición, es un embustero. Si no avanza a veces aterrorizado, ni ora a menudo en la oscuridad, entonces es un necio.

 

Lo sé ya..., o, por lo menos, estoy comenzando a saberlo. Fui elegido esta mañana, y esta noche estoy solo en el Monte de la Desolación. Aquel cuyo Vicario soy esconde Su rostro de mí. Aque­llos cuyo pastor debo ser no me conocen. El mun­do se extiende ante mis ojos como un mapa de campaña, y veo piras funerarias en cada fronte­ra. Hay ojos ciegos que miran a lo alto, y un caos de voces que invocan a lo desconocido...

« ¡Oh, Dios, dame luz para ver, y fortaleza para saber, y valor para soportar la servidumbre de los siervos de Dios...! »

Mi ayuda de cámara ha estado aquí hace un momento, para preparar mi dormitorio. Es un hombre melancólico, que se parece mucho a un guardián siberanio que noche tras noche me insul­taba llamándome perro ucraniano, y todas las ma­ñanas me tildaba de cura adúltero. Pero éste, en cambio, pregunta humildemente si Mi Santidad necesita algo. Luego se arrodilla y me pide que lo bendiga a él y a su familia. Muy confuso, se atreve a sugerir que si no estoy demasiado fati­gado, tal vez pueda dignarme aparecer otra vez ante la gente que aguarda aún en la Plaza de San Pedro.

Las multitudes me aclamaron esta mañana cuando se me condujo fuera para dar mi primera bendición a la ciudad y al mundo. Pero parece que mientras mi luz esté encendida, habrá siem­pre algunos que esperan Dios sabe qué señales de poder o benevolencia desde las habitaciones papales. ¿Cómo puedo decirles que nunca deben espe­rar demasiado de un hombre maduro que use pijamas de algodón listado? Pero esta noche es dife­rente. «En la Plaza hay una multitud de romanos y de turistas, y sería una cortesía... ¡Perdón, San­tidad, una gran condescendencia...! aparecer y darle una breve bendición...»

Condesciendo, y me reciben con nuevas olas de aclamaciones y estrépito de cornetas. Soy un Papa, su Padre, y me invitan a vivir largo tiempo. Los bendigo y les tiendo los brazos, y me aclaman otra vez, y mi corazón se detiene durante un mo­mento extraño, y me parece que mis brazos abar­can al mundo y que mis fuerzas no alcanzan a sos­tenerlo. Entonces mi ayuda de cámara... ¿o mi carcelero...? me hace retroceder, cierra las venta­nas y corre las cortinas, de manera que, al menos oficialmente, Su Santidad Cirilo I está en cama y dormido.

El nombre de mi ayuda de cámara es Gelasio, también nombre de un Papa. Es un buen muchacho, y me agrada ese minuto en su compañía. Ha­blamos durante algunos momentos, y luego me pregunta, tartamudeando y sonrojado, por mi nom­bre. Es el primero que ha osado preguntármelo, exceptuando al viejo Rinaldi, quien al anunciarle que deseaba mantener mi nombre bautismal, asin­tió sonriendo irónicamente y me dijo: «Hay noble­za en ese nombre, Santidad, y también desafío. Pero, por el amor de Dios, no permita que se lo traduzcan al italiano.»

Seguí su consejo, y expliqué a los cardenales, tal como ahora lo explico a mi ayuda de cámara, que conservé mi nombre porque perteneció al apóstol de los eslavos, al cual se atribuye la in­vención del moderno alfabeto cirílico y que fue defensor obstinado del derecho de su pueblo a guardar su propio idioma en la Fe. También les expliqué que prefería que mi nombre se emplease en su forma eslava, como testimonio de la univer­salidad de la Iglesia. No todos lo aprobaron, pues comprenden que los primeros actos de un hombre fijan el molde para los siguientes.

Sin embargo, ninguno opuso objeciones, a ex­cepción de Leone, el cual dirige el Santo Oficio y tiene la reputación de un moderno san Jerónimo, aunque no sé aún si la debe a su amor por la tradición y la vida espartana o a su carácter reconocidamente áspero. Leone preguntó mordazmente si un nombre eslavo no estaría fuera de lugar en el latín purísimo de las encíclicas papales. Aunque Leone fue el primero que me procla­mó en el Conclave, tuve que responderle suavemen­te que me interesaba más que la gente leyese mis encíclicas, no halagar a los latinistas; y que ha­biéndose transformado el ruso en la lengua canó­nica para los marxistas, no nos perjudicaría tener un pie puesto en el otro campo.

Aceptó el reproche con ecuanimidad, pero no creo que lo olvide fácilmente. Los hombres que sirven profesionalmente a Dios tienden a conside­rarlo un bien personal, vedado a los demás. Algu­nos de ellos también querrían transformar al Vica­rio de Dios en su bien personal. No digo que Leone sea uno de ellos, pero debo tener cuidado. Tendré que trabajar en forma diferente a la de mis prede­cesores, y no puedo someterme a los dictados de hombre alguno, por alto que esté colocado o por bueno que sea.

Nada de esto, por supuesto, es para los oídos de mi ayuda de cámara, quien se llevará a casa sólo un sencillo relato de santos misioneros y se sentirá un gran hombre por haber recibido las confidencias del Pontífice. El Osservatore Roinano repetirá mañana la misma historia, mas para él será «un símbolo de la solicitud paternal de Su Santidad por aquellos que se aferran, aunque de buena fe, a comuniones cismáticas...». Tendré que hacer algo, lo antes posible, respecto al Osservato­re Romano... Si mi voz ha de oírse en el mundo, debe oírsela en sus tonos auténticos.

Ya sé que se han suscitado interrogantes en torno a mi barba. He escuchado murmullos acerca de mi «aspecto demasiado bizantino». Los latinos son más sensibles que nosotros a tales costumbres, de manera que tal vez lo cortés sería explicarles que me rompieron la mandíbula durante los inte­rrogatorios, y que, sin la barba, mi rostro aparece algo desfigurado... Es un asunto baladí, pero ha habido cismas que comenzaron por nimiedades ma­yores.

Me gustaría saber lo que dijo Kamenev al co­nocer mi elección. No sé si tendrá humor para enviarme sus saludos.

Estoy cansado, terriblemente cansado, y tengo miedo. Mi misión es muy sencilla: mantener la pureza de la Fe y traer al rebaño a las ovejas dis­persas. Pero sólo puedo adivinar hasta qué extraña región puede esto conducirme... No nos dejes caer en la tentación, oh, Señor, sino líbranos del mal. Amén.

 

En el vestíbulo de mármol blanco del «Club de la Prensa Extranjera», George Faber estiró sus elegantes piernas y emitió su veredicto sobre la elección:

-Un obstáculo para el Este, una locura para el Oeste, un desastre para los romanos.

Una risa respetuosa recorrió la habitación. El hombre que había pasado tantos años a cargo de las noticias del Vaticano tenía derecho a hacer frases, aunque fuesen malas. Seguro de la atención de su público, Faber continuó con voz tranquila y aplomada:

-Míresele como se le mire, Cirilo I significa confusión política. Ha sido prisionero de los rusos durante diecisiete años, por lo que borramos de golpe cualquier esperanza de acercamiento entre el Vaticano y los soviéticos. Y Estados Unidos tam­bién está comprometido. Creo que podemos espe­rar un abandono progresivo de la política neutralista y una alineación gradual del Vaticano con el Oeste. Hemos vuelto a la alianza Pacelli-Spellman. Para Italia... -Y aquí extendió sus manos elo

cuentes, que abarcaban toda la península-. ¡Bah! ¿Qué sucederá ahora con el milagro de la recupe­ración italiana? Se hizo en cooperación con el Va­ticano: dinero del Vaticano, prestigio del Vaticano en el extranjero, ayuda del Vaticano a la emigra­ción, autoridad confesional de la Iglesia para contener el avance de la Izquierda. ¿Qué sucederá ahora? Si Cirilo I comienza a hacer nuevos nom­bramientos, los eslabones que unen al Vaticano y la República italiana pueden romperse fácilmente. Puede alterarse el delicado equilibrio entre estos dos poderes. -Su rostro se relajó, y se volvió a sus colegas con una sonrisa simpática y deprecatoria, la sonrisa del hacedor de reyes-. Por lo menos, ése es mi punto de vista, y a él me atendré. ¡Pue­den citar mis palabras indicando su origen, y si alguien me roba los titulares, entablaré la deman­da correspondiente!

Collins, del Times de Londres, se encogió de hombros quisquillosamente y regresó al bar con un alemán de Bonn.

-Faber es un charlatán, desde luego, pero no se equivoca del todo respecto a la situación ita­liana. Esta elección me ha dejado estupefacto. Por lo que he oído, la mayoría de los cardenales ita­lianos eran partidarios de ella, aunque ninguno lo dejó traslucir antes de comenzar el Conclave. La elección es un arma maravillosa para la Derecha o la Izquierda. En cuanto el Papa hable de asuntos italianos, pueden tildarlo de extranjero y echarle en cara su intromisión en asuntos de política local... Es lo que sucedió al holandés... ¿quién fue, Adriano VI? La evidencia histórica demuestra que fue un hombre prudente y un excelente adminis­trador, pero cuando murió, la Iglesia se hallaba en un estado aún más caótico que el anterior a su elección. Nunca me ha gustado el tipo de catoli­cismo barroco que los italianos entregan al mundo, pero en asuntos de Estado tienen gran valor polí­tico... como los irlandeses, si comprende usted lo que quiero decir.

-Para los reportajes gráficos, la barba resul­ta maravillosa -decía una morena de boca ávida, en el otro extremo del bar-. Y puede ser divertido presenciar algunas ceremonias griegas y rusas en el Vaticano. Con todos esos ropajes extraño., y esos hermosos iconos sobre el pecho... Podría lan­zarse la idea: ¡dijes colgantes para la moda de, invierno! Un ángulo interesante, ¿no le parece?

Estalló en una carcajada aguda y discordante.

-En esto hay un misterio -dijo Boucher, un francés con rostro de zorra-: ¡Un forastero, un desconocido, tras el Conclave más corto de la His­toria! Estuve conversando con Morand y con al­gunos de los nuestros. La impresión general era de desesperación, como si los cardenales viesen el fin del mundo y desearan a alguien muy especial para guiarlos hacia él. Podrían estar en lo cierto. Los chinos han ido a Moscú, y se dice que desean la guerra ahora, o producirán la división del mundo marxista. Y si consiguen su propósito, será el fin de toda política, y nosotros deberemos comenzar a recitar nuestras oraciones...

-Supe una noticia extraña esta mañana. - Feuchtwanger, el suizo, sorbió su café y habló en voz baja con el sueco Erikson-. Ayer llegó a Roma un correo de Moscú, vía Praga y Varsovia. Esta mañana, un funcionario de la Embajada So­viética visitó al cardenal Potocki. Por supuesto que nadie dice nada, pero es posible que Rusia desee algo de este hombre. Kamenev tiene problemas con los chinos, y siempre ha mirado más allá de sus narices...

- ¡Curioso! -terció Fedorov, el representante de la «Agencia Tass»-. ¡Muy curioso! Hoy se siente el influjo de Kamenev en todas partes, in­cluso aquí... Nómbresele o no, se siente su pre­sencia...

Beron, el checo, asintió prudentemente, pero no dijo nada. El gran Kamenev estaba fuera del alcance de su humilde pluma, y después de veinte años de supervivencia había aprendido que es pre­ferible el silencio de un año a la indiscreción de un instante.

El ruso continuó, con el tranquilo celo del or­todoxo:

-Hace meses escuché el rumor, entonces era sólo un rumor..., de que Kamenev había organizado la fuga de este hombre y que el Presidium pedía su cabeza. Ahora, aunque se nos ha dicho que no lo repitamos, el secreto ha dejado de serlo. Kamenev fue el autor de esa fuga. Y debe de estar riendo al ver en el trono apostólico a un hombre en cuyo rostro ha dejado sus señales.

-¿Y qué piensa de eso el Presidium? -pre­guntó cautamente el checo.

Fedorov se encogió de hombros y extendió sus rechonchos dedos sobre la mesa.

-Lo aprueban, por supuesto. ¿Por qué no ha­brían de hacerlo? Ellos también llevan la marca de Kamenev, el cual, además, es un genio. ¿Quién que no fuese Kamenev hubiera podido lograr lo que no lograron los planes quinquenales: hacer que floreciesen las llanuras siberianas? ¡Contemple su obra desde el Báltico hasta Bulgaria! Por pri­mera vez tenemos paz en las marcas occidentales. Incluso los polacos nos odian menos que antes. Estamos exportando granos. ¡Imagínese! El Presi­dium y el pueblo aprobarán todo lo que este hom­bre haga, créalo.

El checo asintió gravemente, y luego hizo otra pregunta:

-Esa marca de Kamenev que menciona usted, ¿qué es?

  El hombre de la «Tass» bebió de su vaso pen­sativamente, y luego dijo:

-Cierto que una vez Kamenev habló de esto. Yo no estuve presente, pero escuché ciertos comen­tarios al respecto. Dijo: «Cuando se ha destrozado a un hombre durante los interrogatorios, y se han diseminado sus partes sobre la mesa y se han vuelto a unir, sucede algo muy extraño. A ese hombre se le ama o se le odia por toda la vida. Y él también nos odiará o nos querrá en retribu­ción. ¡Es imposible conducir a un hombre o a un pueblo por los caminos del infierno sin desear compartir también el cielo con ellos! » Por eso nuestro pueblo lo quiere. ¡Lo tuvo en el potro du­rante tres años, y entonces le mostró de pronto un mundo nuevo! -Fedorov vació su copa de un tra­go y la golpeó sobre la mesa-. ¡Un gran hombre, el más grande que hemos tenido desde Pedro el Emperador!

-Y este Papa, este Cirilo, ¿qué clase de hom­bre será?

-No lo sé -dijo el ruso pensativamente-. Si Kamenev siente afecto por él, pueden suceder co­sas muy extrañas. Pueden suceder cosas muy ex­trañas a ambos.

Aún no había sido coronado, pero Cirilo el Papa había sentido ya el impacto del poder. Y la conmoción que le producía era mayor de lo que jamás había imaginado. En sus manos se hallaban ahora dos mil años de tiempo y toda la eternidad. Tenía por súbditos a quinientos millones de per­sonas, y sus tributos afluían en todas las monedas del mundo. Si caminaba, como lo hacía hoy, en los jardines del Vaticano, podía medir los confines de su reino en un día; pero sus estrechos domi­nios eran sólo una plaza fuerte desde la cual su poder se extendía hasta abarcar el planeta incli­nado.

Los hombres que lo habían elevado dependían ahora de su palabra. Podía gastar a voluntad o de­rrochar tontamente los tesoros de siglos que ha­bían puesto en sus manos. Su burocracia era más compleja, pero funcionaba con menos gasto que cualquier otra en el mundo. Los soldados de jugue­te que resguardaban su sagrada persona estaban respaldados por legiones de hombres que habían jurado servirlo con su talento, sus corazones, sus voluntades y todas sus vidas célibes. Otros hom­bres ejercían el poder por la voz tornadiza del su­fragio, por la presión de posiciones partidistas o por la tiranía de juntas militares. Sólo el Pontí­fice lo ejercía por delegación divina, y ninguno de sus súbditos osaba oponerse.

Pero la conciencia del poder era una cosa; su uso, otra muy diferente. Cualesquiera que fuesen sus planes para la Iglesia, cualesquiera fuesen los cambios que hiciera en el futuro, por el momen­to debía emplear los instrumentos de que dispo­nía y la organización que sus predecesores le ha­bían legado. Tenía que aprender tanto, con tanta rapidez, y, sin embargo, en los días anteriores a la coronación casi parecía que una conspiración le robara tiempo para pensar y planear. Había momentos en los cuales se sentía como un títere al cual se viste y se hace ensayar para la repre­sentación.

Los zapateros acudieron a tomar medidas para sus zapatos; los sastres, para coser sus sotanas blancas. Los joyeros le sometían diseños para su anillo y su cruz pectoral. Los heraldos le presenta­ban dibujos para su escudo de armas: llaves cru­zadas, por la misión de Pedro; un oso rampante sobre campo blanco; sobre él, la paloma del Pa­ráclito, y debajo, la divisa «Ex oriente lux... Una luz que viene del Oriente».

Cirilo lo aprobó a primera vista. Excitaba su imaginación y su sentido del humor. Se necesitaba tiempo para dar forma a un oso..., pero cuando alcanzaba su madurez era un ejemplar formidable. Con el Espíritu Santo para guiarlo, esperaba poder hacer mucho por la Iglesia. Y tal vez el Oriente ha­bía permanecido tanto tiempo en las sombras porque el Occidente había dado una forma muy local a un evangelio universal.

Los chambelanes lo llevaron de audiencia en audiencia: con la Prensa; con las familias nobles que reclamaban un lugar junto al trono pontificio; con prefectos y secretarios de congregaciones y tribunales y comisiones. La Congregación de Partes mantenía su mesa de trabajo cubierta de respuestas, en perfecto latín, a todas las cartas y telegra­mas de felicitación. La Secretaría de Estado le re­cordaba diariamente crisis y revoluciones y las in­trigas de las Embajadas.

A cada paso tropezaba políticamente con la His­toria, el protocolo y el ritual, y con la engorrosa metodología de la burocracia vaticana. Adondequie­ra que se volviese, había algún funcionario junto a él dirigiendo la atención de Su Santidad a esto o aquello: un cargo que llenar, una cortesía que cumplir, un talento que reclama urgentemente pre­eminencia.

La escenografía era grandiosa; la dirección de escena, diligente, pero tardó una semana en descubrir el título de la obra. Era una antigua come­dia romana, popular en otro tiempo, pero caída ahora hasta cierto punto en desgracia: su título era El manejo de los príncipes. El tema era muy simple: cómo dar poder absoluto a un hombre y limitar luego el uso que pudiese hacer de él. La técnica consistía en hacerlo sentirse tan impor­tante y mantenerlo tan ocupado con pomposas tri­vialidades, que no tuviese tiempo para idear una política o ponerla en ejecución.

Cuando Cirilo el ucraniano captó esta burla, rió secretamente y decidió burlarse también.

Así, dos días antes de su coronación convocó, sin aviso previo, una reunión privada de todos los cardenales en los salones Borgia del Vatica­no. Lo brusco de esta convocatoria estaba calcu­lado, como estaba calculado también su riesgo.

Todos los cardenales, excepto los de la Curia; abandonarían Roma el día siguiente de su corona­ción y regresarían a sus respectivos países. Cada uno de ellos sería un auxiliar bien dispuesto o un discreto obstáculo a la política papal. No se lle­gaba a ser príncipe de la Iglesia sin cierta ambi­ción y cierto gusto por el poder. No se envejecía en estos cargos sin cierto endurecimiento del co­razón y la voluntad. Eran más que súbditos estos hombres clave; eran también consejeros celosos de su sucesión apostólica y de la autonomía que ella les confería. Incluso el Papa debía avanzar con tiento entre ellos, sin forzar excesivamente su pru­dencia, su lealtad o su orgullo patrio.

Cuando Cirilo los vio sentados ante él, viejos y astutos, sagazmente expectantes, se descorazonó y se preguntó por centésima vez qué ofrecer a ellos o a la Iglesia. Y entonces, una vez más, pareció que las fuerzas renacían en él, e hizo la señal de la cruz, invocó al Espíritu Santo y se lanzó de lleno a los asuntos del Consistorio. No usó el «nosotros» de autoridad, sino que habló íntimamente, perso­nalmente, como ansioso por establecer una rela­ción de amistad:

-Hermanos míos, mis colaboradores en la cau­sa de Cristo... -Su voz era poderosa, pero curio­samente tierna, como si les suplicase fraternidad y comprensión-. Vosotros me habéis hecho lo que soy. Pero si lo que creemos es verdad, no habéis sido vosotros, sino Dios, quien me ha instalado en la Silla del Pescador. Noche y día me he pregun­tado qué puedo ofrecer a Dios y a su Iglesia..., tan poco es lo que tengo, ya lo veis. Soy un hom­bre devuelto a la vida, como Lázaro, y que ha retornado a Él por la mano de Dios. Todos vosotros sois hombres de vuestro tiempo. Habéis crecido en él, habéis cambiado con él, habéis contribuido a cambiarlo para bien o para mal. Es natural que cada uno de vosotros guarde celosamente ese lu­gar, y ese conocimiento, y esa autoridad que ha­béis ganado en el tiempo. Ahora, sin embargo, debo pediros que seáis generosos conmigo y que me cedáis lo que tenéis de conocimiento y expe­riencia en nombre de Dios. -Su voz tembló levemente y los ancianos creyeron por un momento que el Pontífice iba a llorar. Pero Cirilo se recobró y pareció crecer en estatura, mientras su voz ad­quiría mayor fuerza-. Por el contrario, yo no soy un hombre de mi tiempo..., porque he estado die­cisiete años en prisión, y el tiempo se ha deslizado junto a mí. Hay tanto del mundo que me resul­ta nuevo... Lo único que no es nuevo es el hombre, y a éste le conozco y le amo, porque he vivido mu­chos años con él en la sencilla intimidad de la supervivencia. Incluso la Iglesia me es descono­cida, pues tuve que prescindir durante tanto tiem­po de todo lo que en ella es innecesario, y aferrarme a lo que constituye su naturaleza y su esencia: el depósito de Fe, el sacrificio y los actos sacramentales.

El Pontífice sonrió por primera vez a los car­denales, percibiendo su inquietud y tratando de calmarla.

-Sé lo que estáis pensando: que vuestro Papa puede ser un innovador, un hombre ávido de cam­bios. No es así. Aunque es preciso hacer muchos cambios, debemos efectuarlos juntos. Sólo estoy intentando explicaros mi posición, para que po­dáis comprenderme y ayudarme. Me es imposible asirme con el mismo celo de otros al ritual y a las formas tradicionales de devoción, porque durante años me apoyé sólo en las plegarias más simples y en los elementos esenciales de los sacramentos. Sé bien, creedme, sé muy bien que hay seres para quienes el camino más recto es el más seguro. Quiero que ellos encuentren el máximo de liber­tad dentro de la Fe. No deseo cambiar la pro­longada tradición de un clero célibe. También yo soy célibe, como vosotros. Pero he visto mante­ner la Fe ante la persecución a sacerdotes casados, que la legaron a sus hijos como una joya envuelta en sedas. No puedo exaltarme por los le­galismos de los canonistas o las rivalidades de las congregaciones religiosas, porque he visto a mujeres violadas por sus carceleros y he traído al mundo a sus hijos con estas manos consagradas.

Sonrió una vez más y tendió hacia ellos sus manos deformadas, en un gesto de súplica.

-Tal vez no sea yo el hombre apropiado para vosotros, hermanos míos..., pero Dios me ha co­locado aquí, y tendréis que aceptarme por lo que soy.

Hubo una pausa prolongada, y luego Cirilo con­tinuó con mayor energía aún, sin suplicar ni pedir, sino exigiendo con todo el poder que brotaba de su persona:

-Os preguntáis adónde quiero conduciros, adónde quiero conducir a la Iglesia. Os lo diré. Quiero conduciros nuevamente hacia Dios, a tra­vés de los hombres. Comprendedlo así, compren­dedlo en vuestras mentes y en vuestros corazones, con obediente voluntad. Somos lo que somos para servir a Dios por medio del servicio al hombre. Si perdemos contacto con el ser humano, con hom­bres que lloran atormentados, en la oscuridad, pe­cadores, perdidos y confusos; con mujeres angus­tiadas y niños que sollozan, entonces nosotros tam­bién estaremos perdidos, porque habremos sido pastores negligentes que lo han hecho todo, excep­to lo que era necesario. -Se detuvo (alto, pálido y extraño, con su rostro marcado, sus manos defor­madas y su renegrida barba bizantina), se encaró con su auditorio y le lanzó, como un desafío, la pregunta latina de rigor-: Quid vobis videtur...? ( ¿Qué os parece?)

 

Había un ritual que regía este momento, así como había un ritual para cada acto de la vida vaticana. Los cardenales se quitarían sus capelos rojos e inclinarían la cabeza sumisamente, y luego esperarían a que se les despidiese para hacer o no hacer lo que se les había aconsejado. Una alo­cución papal rara vez se convertía en diálogo, pero esta vez imperaba una sensación de urgencia y casi de conflicto en la asamblea.

El cardenal Leone alzó su pesado cuerpo de la silla, agitó su blanca melena y se dirigió al Pon­tífice:

-Todos los que nos hallamos aquí hemos brindado el servicio de nuestra vida a Su Santidad y a la Iglesia. Pero no estaríamos cumpliendo con el propósito de este servicio si no ofreciésemos consejo cuando estimásemos que ese consejo era necesario.

-Es lo que os he pedido -dijo Cirilo mansamente-. Hable libremente, por favor.

Leone le dio las gracias con grave ademán y con­tinuó firmemente:

-Es muy prematuro aún medir el efecto de la elección de Su Santidad en el mundo, y especialmente sobre la Iglesia italiana y la romana. Mi in­tención no es irrespetuosa cuando digo que hasta que conozcamos esta reacción, hay que mostrar prudencia en las palabras públicas y los actos pú­blicos.

-No tengo nada que objetar a eso -dijo Cirilo con la misma mansedumbre-. Pero tampoco de­ben oponérseme objeciones cuando digo que deseo fervientemente que la voz de Cristo sea escu­chada por todos los hombres..., no otra voz, ni otro acento, sino mi voz. Un padre no habla a sus hijos a través de la máscara del actor. Habla sencillamente, libremente, y esto es lo que me propongo conseguir.

El viejo león se mantuvo firme y continuó obs­tinadamente:

-Hay que encarar realidades, Santidad. La voz cambiará, hágase lo que se haga. Saldrá de boca de un campesino, y de un académico inglés, y de un misionero alemán en el Pacífico. Será interpre­tada por la Prensa hostil u por algún teatral corresponsal de Televisión. Su Santidad sólo puede esperar que la primera voz sea la suya propia y que la primera grabación sea auténtica. Se per­mitió una sonrisa severa-. También nosotros so­mos sus voces, Santidad, y también nosotros ha­llaremos difícil interpretar la partitura sin de­fectos.

Leone se sentó en medio de un tenue susu­rro de aprobación.

Entonces Pallenberg, el alemán delgado y frío, se adelantó para presentar su propio problema:

-Su Santidad ha hablado de cambios. Es mi opinión y la de mis hermanos obispos que hay cier­tos cambios que debieron efectuarse hace largo tiempo. Somos un país dividido. Nuestra prospe­ridad es grande, y nuestro futuro, incierto. La po­blación católica se está alejando de la Iglesia porque nuestras mujeres deben casarse fuera de ella, puesto que nuestros hombres cayeron diezmados durante la guerra. Nuestros problemas al respec­to constituyen legión. Sólo podemos resolverlos en un nivel humano. Y, sin embargo, aquí en Roma los están resolviendo llonsignori que ni siquiera hablan nuestra lengua, que se rigen exclusivamen­te por los cánones y que no comprenden el sentido de nuestra Historia ni de nuestros problemas pre­sentes. Demoran las soluciones, ganan tiempo, cen­tralizan. Tratan los asuntos del alma como si fue­sen ingresos en el libro mayor. Nuestra carga es ya muy pesada; no podemos llevar también sobre nuestros hombros el peso de Roma. ¡Para mí y para mis hermanos, Appello ad Petruin..., apelo a Pedro!

Hubo un murmullo de sorpresa ante tanta cru­deza. Leone enrojeció encolerizado, y Rinaldi ocul­tó una sonrisa tras su pañuelo de seda.

Después de un momento, Cirilo el Papa habló otra vez. Su tono era siempre manso, pero esta vez empleó el plural de la realeza:

-Prometemos a nuestros hermanos alemanes que otorgaremos inmediata y total consideración a sus problemas específicos, y que conferenciare­mos privadamente con ellos antes de su regreso a su patria. Sin embargo, los instamos a demostrar paciencia y caridad hacia sus colegas de Roma. De­ben recordar también que a menudo se dejan de hacer las cosas por hábito y por tradición más que por falta de buena voluntad. -Se detuvo un ins­tante, permitiendo que el reproche hiciese su efec­to; luego rió brevemente-. He tenido mis propios problemas con otra burocracia. Incluso los hom­bres que me torturaban no carecían de buena vo­luntad. Deseaban construir un mundo nuevo en una generación, pero la burocracia los derrotaba una y otra vez. Veamos si podemos hallar más sacerdotes y menos burócratas..., menos funciona­rios y más almas sencillas que comprendan el co­razón humano.

Tocó ahora el turno al francés, el cual se ex­presó con la misma crudeza que Pallenberg.

-Todo lo que hacemos en Francia, todo lo que proponemos desde Francia, llega a Roma oscure­cido por las sombras de la Historia. Cada uno de nuestros proyectos, desde los sacerdotes obreros a los estudios sobre el desarrollo del dogma y la creación de una Prensa católica inteligente, se re­cibe aquí como si fuese una nueva rebelión tra­montana. No podemos trabajar libremente ni con cierta continuidad en un ambiente así. No pode­mos sentirnos apoyados por la fraternidad de la Iglesia si sobre todo lo que planeamos o propone­rnos se cierne una nube de censura. -El francés se volvió airadamente hacia sus hermanos y lanzó un desafío a los italianos-. También hay herejías aquí en Roma, y ésta es una de ellas: creer que unidad y uniformidad son términos idénticos, que la manera romana es la mejor para todos desde Hong Kong al Perú. Su Santidad ha expresado el deseo de hacer escuchar su voz con sus tonos au­ténticos. Nosotros también deseamos que nuestra voz se escuche sin distorsiones ante el trono de Pedro. Es necesario hacer algunos nombramien­tos, y que éstos recaigan en hombres que puedan representarnos y representar el clima en el cual vivimos con veracidad y comprensión.

Ése es un problema que también nos preocu­pa -dijo Cirilo cuidadosamente-. También noso­tros llevamos sobre nuestros hombros el peso de la Historia, de manera que no siempre podemos atender sólo a la simplicidad de un asunto sin con­siderar una complejidad de matices y de asocia­ciones históricas. -Se llevó una mano a la barba y sonrió-. Creo que esto ha sido también fuente de escándalo para algunos, aunque nuestro Maes­tro y los primeros apóstoles llevasen barba. No me gustaría pensar que la roca de Pedro pudiese tri­zarse por falta de una navaja. Quid vobis videtur?

En ese momento todos rieron y lo amaron. Sus cóleras recíprocas amainaron y escucharon con mayor humildad mientras los hombres de Suda­mérica exponían sus propios problemas: pueblos pobrísimos, escasez de sacerdotes preparados, aso­ciación histórica de la Iglesia con los ricos y los colonizadores, falta de fondos, la fuerza de la ideo­logía marxista que se alzaba como una antorcha para reunir a los desposeídos...

Hablaron luego los hombres del Este, quienes contaron que las fronteras se cerraban una a una a los ideales cristianos. Y que las antiguas bases misioneras se desplomaban, mientras la idea del paraíso terrenal se apoderaba de las mentes de los hombres, que necesitaban desesperadamente de él, puesto que tenían tan poco tiempo para gozarlo. Sus palabras constituían un brutal balance para hombres que debían rendir cuentas al Todopode­roso. Y cuando terminaron, la asamblea guardó si­lencio, esperando que Cirilo el Papa hiciese su síntesis final.

El Pontífice se alzó entonces, una figura extra­ñamente sola, como un Cristo de tríptico bizan­tino, y se encaró con su auditorio:

-Hay algunos -dijo solemnemente- que creen que hemos llegado a las postrimerías del mundo porque el hombre tiene ahora el poder de destruirse sobre la faz de la Tierra, y porque cada día es mayor el peligro de que así lo haga. Y, sin embargo, nosotros, hermanos míos, por la salva­ción del mundo no tenemos más ni menos que ofrecer de lo que teníamos al comienzo. Predica­mos a Cristo y a Cristo crucificado..., un verdade­ra obstáculo para los judíos; para los gentiles, una necedad. Ésta es la locura de la Fe, y si no la acep­tamos así, entonces estamos aceptando una ilusión. ¿Qué hacemos entonces? ¿Adónde vamos desde aquí? Creo que no hay más que un camino. Coge­mos la verdad como una lámpara y salimos como los primeros apóstoles a contar la buena nueva a quien quiera escucharnos. Si la Historia nos cierra el paso, la ignoramos. Si los sistemas nos inhiben, prescindimos de ellos. Si las dignidades nos opri­men, las apartamos. Y ahora tengo una misión que encomendar a aquellos que os alejaréis de Roma y a los que permaneceréis aquí, a la sombra de nuestros triunfos y de nuestros pecados: ¡Buscadme hombres! Hombres buenos que sepan lo que es amar a Dios y a sus criaturas. Encontradme hombres con fuego en el corazón y alas en los pies. ¡Enviádmelos! Y yo los enviaré a llevar amor a los que no lo tienen y esperanza a los que esperan en la oscuridad... ¡Id ahora en nombre de Dios!

Inmediatamente después del Consistorio, Potoc­ki, el cardenal de Polonia, solicitó una urgente au­diencia privada con el Papa. Ante su sorpresa, la respuesta llegó una hora más tarde, en forma de una invitación a cenar. Cuando llegó a las habita­ciones papales, encontró al nuevo Pontífice solo, sentado en un sillón y leyendo un pequeño volu­men encuadernado en un cuero desteñido. Cuando el cardenal se arrodilló ante él, Cirilo tendió una mano y lo hizo alzarse, sonriendo:

-Esta noche debemos ser hermanos que están juntos. La comida es mala, y no he tenido tiempo de reformar la cocina del Vaticano. Espero que su compañía me brinde una cena superior a la acos­tumbrada. -Señaló las páginas amarillentas del libro y rió suavemente-: Nuestro amigo Rinaldi es un humorista. Me hizo un regalo para celebrar mi elección. Un relato del reinado del holandés Adriano VI. ¿Sabe usted cómo llamaban a los car­denales que lo eligieron? Traidores a la sangre de Cristo, que entregaron el hermoso Vaticano a la furia extranjera y sometieron a la Iglesia y a Ita­lia en servidumbre ante los bárbaros. ¿Qué esta­rán diciendo de usted y de mí en este momento? -Cerró bruscamente el libro y se relajó otra vez en su sillón-. Es sólo el principio, pero me va tan mal y me siento tan solo... ¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío?

Potocki se sintió conmovido por la simpatía de su nuevo Amo, pero en él la cautela era un hábito arraigado, y se contentó con una formalidad:

-Esta mañana me entregaron una carta, Santi­dad. Me dicen que viene de Moscú. Y me pidieron que se la entregase directamente en propia mano.

Extrajo un abultado sobre sellado con cera gris y lo entregó a Cirilo, el cual lo sostuvo un mo­mento en sus manos y luego lo dejó sobre la mesa.

-Lo leeré más tarde, y si le concierne a usted también, le haré llamar. Y, ahora, dígame... -Se inclinó hacia delante en su silla, solicitando gravemente una confidencia-. Usted no habló hoy en el Consistorio, y sin embargo sus problemas son tan grandes como los de los demás. Deseo escu­charlos.

El rostro arrugado de Potocki se puso tenso y sus ojos se nublaron.

-Ante todo existe un temor privado, Santidad.

-Compártalo conmigo -dijo Cirilo suavemen­te-. Tengo tantos temores propios, que tal vez haga que me sienta mejor.

-La Historia tiende sus celadas para todos no­sotros -dijo el polaco gravemente-. Su Santidad lo sabe. La historia de la Iglesia rutena en Polo­nia es una historia amarga. No siempre hemos ac­tuado como hermanos en la Fe, sino como enemi­gos recíprocos. La época de las disensiones ya ha pasado, pero si Su Santidad la recordase demasia­do duramente, sería perjudicial para todos noso­tros. Nosotros los polacos somos latinos en nues­tro temperamento y lealtades. Hubo un tiempo en el cual la Iglesia polaca se prestaba a persecucio­nes de sus hermanos del rito ruteno. En esa épo­ca, usted y yo éramos jóvenes, pero es posible, y ambos lo sabemos, que muchos de los que murie­ron viviesen hoy si hubiéramos mantenido la uni­dad del espíritu en la unión de la Fe.

Potocki vaciló, y luego luchó torpemente con la próxima pregunta:

-No quiero parecer irrespetuoso, Santidad, pero debo preguntar con lealtad lo que otros pre­guntarán de mala fe: ¿Cuál es la actitud de Su Santidad hacia nosotros los polacos? ¿Qué opina de lo que estamos tratando de hacer?

Se produjo un largo silencio. Cirilo el Pontífice bajó la vista hasta sus manos roídas y luego se le­vantó bruscamente de su sillón y las puso sobre los hombros del otro obispo. Dijo dulcemente:

-Ambos hemos estado prisioneros. Ambos sa­bemos que cuando trataban de quebrantarnos no lo hacían a través de nuestros afectos, sino a tra­vés de los resentimientos ocultos en lo más profundo de nuestro ser. Cuando se hallaba en la os­curidad, temblando y aguardando la próxima se­sión con las luces, y el dolor, y las preguntas, ¿qué le tentaba más?

-Roma -dijo Potocki rudamente-, donde sa­bían tanto y parecían preocuparse tan poco.

Cirilo el Pontífice sonrió y asintió gravemente.

-Y a mí, la memoria del gran Andrew Szeptic­ki, metropolitano de Galitzia. Lo quería como a un padre. Me dolía amargamente lo que se le había hecho. Lo recordaba antes de morir, un cascarón paralizado, destrozado por el dolor, contemplando la destrucción de todo lo que había construido, de las escuelas, los seminarios, de la vieja cultura que se había esforzado tanto por conservar. Me opri­mía la futilidad de su esfuerzo, y me preguntaba si valdría la pena sacrificar tantas vidas, tantos espí­ritus nobles, para intentarlo otra vez... Eran días malos aquéllos y noches peores. 

Potocki enrojeció hasta la raíz del cabello. -Me avergüenzo, Santidad. No debía haber du­dado.

Cirilo se encogió de hombros y sonrió torcidamente.

¿Por qué no? Somos humanos. Usted camina en la cuerda floja en Polonia; yo lo hago en Roma. Ambos podemos resbalar, y necesitamos una red que nos reciba. Puede usted creer que si a veces carezco de entendimiento, no carezco de amor.

-Lo que hacemos en Varsovia -dijo Potocki­no siempre se comprende en Roma.

-Si usted necesita un intérprete -dijo Cirilovivamente-, envíeme uno. Prometo escucharlo siempre prontamente.

- ¡Habrá tantos, Santidad, y hablarán en tantos idiomas, con tantos matices distintos...! ¿Cómo podrá escucharlos a todos?

-Lo sé. -La figura delgada de Cirilo pareció encogerse de pronto, como bajo un gran peso-. Curioso. Profesamos y enseñamos que el Pontífice está a salvo de todo error fundamental por habi­tarlo el Espíritu Santo. Oro, pero no escucho el trueno en la montaña. Mis ojos no ven esplendo­res sobre las cumbres. Estoy colocado entre Dios y el hombre, pero sólo oigo al hombre y la voz de mi corazón.

El rostro duro del polaco se relajó por prime­ra vez, y extendió sus manos en un gesto tranqui­lo de voluntaria derrota.

-Escúchelo, Santidad. Cor ad cor loquitur. El corazón habla al corazón, y bien puede ser ése el diálogo de Dios con el hombre.

-Vamos a cenar -dijo Cirilo el Pontífice-, y perdone a mis monjas el exceso de salsas. Son criaturas muy buenas, pero tendré que encontrarles un libro de cocina adecuado.

Comieron tan mal como el Pontífice había va­ticinado y bebieron un vinillo muy flojo de los montes Albanos. Pero hablaron con más libertad, y entre ellos creció la cordialidad, y al llegar a la fruta, Cirilo el Pontífice dejó hablar su corazón respecto a otro asunto:

-Dentro de dos días seré coronado. No es cosa de importancia, probablemente, pero me perturba tanta ceremonia. El Maestro entró en Jerusalén cabalgando en un asno. Y a mí me llevarán sobre los hombros de algunos nobles, entre los abanicos de plumas de los emperadores romanos. Por todo el mundo hay hombres descalzos y con el estóma­go vacío. A mí me coronarán con oro, y millones de luces iluminarán mi triunfo. Me avergüenza que el sucesor del Carpintero reciba el trato de un rey. Me gustaría cambiar esto,

Potocki sonrió débilmente y sacudió la cabeza: -No le permitirán. hacerlo, Santidad.

-Lo sé. -Los dedos de Cirilo juguetearon con las migajas en su plato-. Pertenezco también a los romanos, y éstos deben tener su fiesta. No puedo caminar por la nave de san Pedro, porque no me verían, y aunque los visitantes no acudan a orar, sí acuden a ver al Pontífice. Un tratado me convierte en príncipe, me recuerdan, y un prínci­pe debe lucir corona.

-Lúzcala, Santidad -dijo Potocki con ácido humor-. Lúzcala por ese día y no se preocupe. !Muy pronto lo coronarán de espinas!

 

A una hora de distancia, en su villa de los mon­tes Albanos, Valerio, cardenal Rinaldi, daba otra comida. Sus invitados formaban una asamblea cu­riosa pero imponente, y Rinaldi los manejaba con la habilidad de un hombre que acaba de demostrarse un hacedor de reyes.

Allí estaban Leone y Semmering, el padre gene­ral de los jesuitas, al cual el vulgo llamaba el Papa negro. También estaban Goldoni, de la Secretaría de Estado, y Benedetti, el príncipe de las finanzas del Vaticano, y Orlando Campeggio, el hombre moreno y sagaz que dirigía el Osservatore Romanro. A los pies de la mesa, como una concesión a los místicos, se hallaba Rahamandi el sirio, suave, cortés y siempre sorprendente.

La cena estaba dispuesta en un mirador que dominaba un jardín clásico, donde antaño se elevaba un templo órfico, y desde el cual se contemplaban tierras labrantías y el lejano resplandor de Roma. El aire estaba templado, la noche se iluminaba con mil estrellas, y los solícitos servidores de Rinaldi habían logrado que todos esos hombres se sintie­sen a sus anchas en su mutua compañía.

Campeggio, el seglar, fumaba un cigarro y ha­blaba libremente, príncipe entre príncipes.

-Ante todo, parece que debemos presentar al Pontífice desde el punto de vista más aceptable. Lo he pensado largamente, y ustedes, seguramente han leído ya en la Prensa lo que hemos hecho. Hasta ahora el tema central ha sido «cautivo por la Fe». La reacción ha sido satisfactoria; se ha pro­ducido una ola de simpatía, una expresión de vivoafecto y de lealtad. Esto es sólo el comienzo, por supuesto, y no resuelve todos nuestros problemas. Nuestra idea siguiente era presentar al «Papa del pueblo». En esto probablemente necesitaremos ayuda, especialmente desde el punto de vista ita­liano. Afortunadamente, el Pontífice habla bien el italiano, y por tanto puede expresarse por sí mismo en las funciones públicas, y en sus contactos con el populacho... En esto necesitamos dirección y ayuda de los miembros de la Curia...

Campeggio era un hombre hábil, y se interrum­pió en este punto, dejando la proposición en ma­nos de los clérigos.

Fue Leone quien se hizo cargo de ella, con su habitual preocupación obstinada, mientras monda­ba una manzana y la cortaba con un cuchillo de plata.

-Las cosas no son tan simples como parecen -dijo-. Es verdad que tenemos que presentarlo, pero también tenemos que editarlo y comentarlo. Ustedes saben ya lo que sucedió hoy en el Consis­torio. -Señaló con la hoja del cuchillo a Rinaldi y a Rahamani-. Si se publica en forma descarnada y sin explicaciones lo que dijo el Pontífice, los que leyesen sus palabras podrían creer que el nuevo Papa está dispuesto a arrojar por la venta­na dos mil años de tradiciones. Yo comprendí su posición, todos la comprendimos, pero también comprendí que había aspectos en las cuales debía­mos protegerlo.

-¿Y cuáles son? -Semmering, el jesuita ma­gro y rubio, se inclinó hacia delante en su asiento.

-El Pontífice nos mostró su propio talón de Aquiles -dijo Leone firmemente-. Dijo que era un hombre que había quedado fuera del tiempo. Creo que deberemos recordarle continuamente cómo son nuestros tiempos y con qué instrumen­tos de trabajo contamos.

-¿Usted cree que el Papa no lo percibe? -pre­guntó otra vez el jesuita.

Leone frunció el ceño.

-No puedo decirlo con certeza. Aún no he co­menzado a comprender lo que tiene en la mente. Sólo sé que está pidiendo algo nuevo sin haber

tenido tiempo para examinar lo que en la Iglesia es viejo y permanente.

Si no recuerdo mal dijo el sirio mansamen­te-, nos pidió que le buscásemos hombres. Eso no es nuevo. Los hombres constituyen el fundamento de todo trabajo apostólico. ¿Cómo lo ex­presó? «Hombres con fuego en el corazón y alas en los pies.»

-Tenemos cuarenta mil hombres -dijo secamente el jesuita-, y todos están atados al Papa por solemnes votos de obediencia. Todos espe­ramos sus órdenes.

-No todos -dijo Rinaidi sin rencor-. Y debe­ríamos tener la honradez de confesarlo. Nosotros estamos habituados al cuartel general de la Iglesia, en el cual el nuevo Pontífice se mueve aún desma­ñadamente, con extrañeza. Aceptamos su inercia y sus ambiciones, y su burocracia, porque nos hemos criado en él, y hemos contribuido en parte a cons­truirlo. ¿Saben ustedes lo que me dijo ayer el Pontífice? -Se detuvo como un actor, esperando que la atención de todos se concentrara en lo que iba a decir-. Me dijo: «Celebré la misa una vez en diecisiete años. Viví donde cientos de miles de seres morirán sin haber visto un sacerdote o escu­chado la voz de Dios, y, sin embargo, aquí veo a cientos de sacerdotes timbrando documentos y marcando sus tarjetas en el reloj-control, como vulgares empleados...» Comprendo su punto de vista.

¿Qué desea que hagamos? -preguntó Bene­detti ácidamente-. ¿Que organicemos el Vaticano sobre la base de máquinas IBM y que enviemos a todos los sacerdotes a la labor misionera? No pue­de ser tan ingenuo.

-No me parece que sea ingenuo -dijo Leo­ne-. Al contrario. Pero creo que tal vez desestima con excesiva presteza lo que Roma significa para la Iglesia en cuanto a orden, disciplina y admi­nistración de la Fe.

Por primera vez terció en el debate Goldoni, el canoso y robusto secretario de Estado. Su dura voz romana restalló como varilla al fuego mientras daba su propia versión del nuevo Pontífice.

-Ha acudido a mí varias veces. No me hace llamar, sino que entra calladamente e interroga a mi personal y a mí. Me parece que comprende a fondo la política, especialmente la política mar­xista, pero que no le interesan las personalidades ni los detalles. A menudo usa una palabra: presio­nes. Pregunta cuáles son las presiones en cada país, cómo actúan sobre el pueblo y sobre aquellos que lo gobiernan. Cuando le pedí que se explicase, me dijo que Dios había plantado la Fe en los hombres, pero que la Iglesia tenía que construirse sobre los recursos humanos y materiales de cada país, y que para sobrevivir tenía que contrarrestar las presio­nes que sufría la mayoría humana. Y también me dijo algo más: que hemos centralizado en exceso, y que hemos tardado demasiado en preparar a aquellos que pueden mantener la universalidad de la Iglesia en la autonomía de una cultura nacional. Habló de vacíos creados por Roma, vacíos en cla­ses y países, y en cleros locales... No sé hasta qué punto puede estar bien inspirada su política, pero no se ciega ante los defectos de la existente.

-La escoba nueva -dijo Benedetti agriamen­te-. ¡Quiere barrer todas las habitaciones a la vez...! ¡Y también sabe interpretar un balance fi­nanciero! Se opone a que tengamos tanto en el Haber cuando existe tanta pobreza en Uruguay o entre los urdus. No sé si comprende que cuarenta años atrás el Vaticano estaba casi en bancarrota y que Gasparri tuvo que concertar empréstitos por diez mil libras esterlinas para financiar la elección papal. Por lo menos, ahora podernos pagar lo que necesitamos y movernos con cierta fuerza para el bien de la Iglesia.

-Cuando nos habló dijo Rahamani nuevamente-, no oí que mencionase el dinero. Me hizo recordar la misión de los primeros apóstoles, sin vales ni dinero para la ruta. Si comprendí bien, fue así como Cirilo llegó desde Siberia hasta Roma.

-Es posible -dijo Benedetti, malhumorado-. Pero, ¿ha examinado usted alguna vez las cuentas de viaje de un par de misioneros, o calculado el costo de la preparación de un profesor de semi­nario?

 

Bruscamente, Leone echó atrás su melena blan­ca y rió de manera que los pájaros nocturnos se agitaron en los cipreses y los ecos rodaron por los valles iluminados de estrellas.

-Ése es el problema. Lo elegimos en nombre de Dios, y ahora, de pronto, nos atemoriza. No ha formulado amenazas, no ha alterado nombramien­tos, nos ha pedido sólo lo que podamos ofrecer. Y, sin embargo, aquí estamos, midiéndole como conspiradores y disponiéndonos a combatirlo. ¿Qué nos ha hecho?

-Tal vez nos ha comprendido mejor de lo que desearíamos -dijo Semmering, el jesuita.

-Tal vez -dijo Valerio Rinaldi-, tal vez confía en nosotros más de lo que merecemos...

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...Es tarde, y la luna trepa en las alturas. La Plaza de San Pedro está vacía, pero el rumor de la ciudad aún llega hasta mi en la brisa noctur­na... Pasos huecos sobre las piedras, chirridos de neumáticos, el balido de una bocina, fragmentos de una canción lejana y el lento clop clop de algún caballo cansado. Esta noche estoy desvelado, y siento más que nunca mi soledad. Quiero salir por la Puerta Angélica y encontrar a mi pueblo mien­tras pasea o se sienta en los callejones del Trasté­vere, o se apiña en cuartos estrechos con sus temores y sus afectos. Necesito de él mucho más que él de mí.

Algún día, muy pronto, tendré que hacerlo. Ten­dré que zafarme de los lazos del protocolo y la precaución, y enfrentarme con mi ciudad para po­der verla yo y para que ella me vea, tal como realmente somos...

Recuerdo los cuentos de mi niñez: cómo el ca­lifa Harún se disfrazaba y salía cada noche para penetrar los corazones de sus súbditos. Recuerdo que Jesús se sentaba con recaudadores de impues­tos y mujeres públicas, y no comprendo por qué sus sucesores estuvieron tan dispuestos a aceptar el castigo de los príncipes: el de gobernar desde una habitación secreta y exhibirse como un semi­diós sólo con ocasión de festividades públicas...

El día ha sido muy largo, pero he aprendido algo acerca de mí mismo, y también de otros. Creo que cometí un error en el Consistorio. Cuando los hombres son viejos y poderosos, es preciso atraerlos por la razón y el cálculo, porque la savia del corazón se consume con la edad...

Cuando se está en el poder, no es conveniente mostrarse públicamente humilde, porque el que gobierna debe inspirar confianza por su energía y despliegue de resolución. Hay que mostrar el co­razón en privado, para que el hombre que lo vea sienta que ha recibido una confidencia...

Escribo como un cínico, y me avergüenzo. ¿Por qué? Tal vez porque me vi confrontado con hom­bres fuertes, decididos a doblegarme a sus opinio­nes...

Leone fue quien me irritó más. Esperaba hallar en él a un aliado, pero encontré un crítico. Me tienta la idea de designarlo para otro cargo y ale­jarlo de la posición de influencia que ahora ocupa. Pero siento que sería un error, y el comienzo de errores mayores. Si me rodeo de hombres débiles y condescendientes, privaré a la Iglesia de nobles servidores... y, finalmente, no tendré consejeros. Leone es un hombre formidable, y creo que a menudo sustentaremos opiniones contrarias. Pero no hay en él nada de intrigante. Me gustaría tenerlo por amigo, porque soy un hombre que necesita amistad, pero no creo que Leone pueda entregarse así...

Me gustaría mantener a Rinaldi a mi lado, pero creo que debo acceder a su petición de retiro. No creo que sea un hombre profundo, aunque sí es sutil y muy capaz. Me parece que se ha encarado a Dios sólo al final de su vida y que necesita li­bertad para ordenar las cuentas de su alma. Fun­damentalmente, ésa es la razón por la cual estoy aquí: mostrar a los hombres la escalera que los lleve a la unión con Dios. Si alguien tropieza por mi causa, seré yo quien responda de su caída...

La carta de Kamenev está abierta ante mí, y junto a ella yace su regalo para mi coronación: unos pocos granos de tierra rusa y un paquetito de semillas de girasol.

No sé si las semillas crecerán en Roma -me escribe-, pero si usted mezcla con ellas un poco de tierra rusa, tal vez florezcan el próximo verano. Recuerdo que, durante su interrogatorio, le pre­gunté qué añoraba más, y usted sonrió y me dijo que los girasoles de Ucrania. Le odié en aquel mo­mento porque también yo los añoraba, y ambos éramos exiliados en las tierras congeladas. Ahora usted sigue siendo un exiliado, y yo soy el primer hombre de Rusia.

¿Nos añora usted? A veces me lo pregunto. Me gustaría creerlo, porque yo lamento su ausencia. Usted y yo podríamos haber hecho grandes cosas juntos; pero usted estaba uncido a ese alocado sueño del más allá, mientras yo creía, y creo aún, que lo mejor que puede hacer el hombre es con­vertir la tierra estéril en fructífera, y a los hom­bres ignorantes, en sabios, y ver que los hijos de padres débiles crecen altos y erguidos entre los girasoles.

Sería cortés, supongo, felicitar a usted por su elección. Reciba, pues, mis felicitaciones, valgan lo que valieren. Siento curiosidad por saber lo que ese destino puede hacerle. Lo dejé partir porque no pude cambiarlo ni pude decidirme a degra­darlo más. Me avergonzaría verlo ahora corrompi­do por la eminencia.

Tal vez usted y yo nos necesitemos mutuamen­te. Usted no ha visto sino una mínima parte de ella, pero afirmo sinceramente que hemos traído a este país una prosperidad que no había cono­cido en sus siglos de existencia. Y, sin embargo, estamos rodeados de espadas. Los norteamericanos nos temen; los chinos nos miran con resentimien­to y quieren hacernos retroceder cincuenta años en nuestra historia. Dentro de nuestras fronteras tenemos fanáticos que no se satisfacen con pan, paz y trabajo para todos, sino que quieren conver­timos otra vez en místicos barbudos salidos de las páginas de Dostoievski.

Para usted, tal vez sea yo el Anticristo. Lo que yo creo, lo rechaza usted categóricamente. Pero, por el momento, yo soy Rusia y el guardián de su 'pueblo. Sé que en sus manos hay armas cuya fuer­za reconozco, aunque no puedo admitirlo públicamente. Sólo puedo esperar que no las vuelva usted contra su tierra natal ni las comprometa con una alianza en el Este o en el Occidente.

Cuando las semillas comiencen a germinar, re­cuerde a nuestra Madre Rusia y recuerde que me debe una vida. Cuando llegue el momento de exigir el pago, le enviaré un hombre que hablará de girasoles. Crea lo que  le diga, pero no trate con otros, ahora o despues. El Esnritu Santo no me protege, como a usted, y debo ser prudente con mis amigos. Desearía poder decir que usted lo es. Sa­ludos. Kamenev.

...He leído la carta una docena de veces, y no sé decidir si me lleva al umbral de la revelación o al borde del precipicio. Conozco a Kamenev tan íntimamente como él me conoce a mí, pero no he penetrado la esencia de su alma. Conozco la am­bición que lo impulsa, su deseo fanático de extraer lo bueno de la vida para pagar el envilecimiento al cual se sometió y sometió a otros durante tantos años...

He visto a veces cómo los campesinos recogen un puñado de tierra de alguna nueva labranza y lo saborean para saber si es dulce o amarga. Puedo imaginar a Kamenev haciendo lo mismo con la tierra de Rusia.

Sé en qué forma los fantasmas de la Historia amenazan a Kamenev y a su pueblo, porque com­prendo en qué forma me amenaza también a mí. No veo en Kamenev al Anticristo, ni siquiera a un archihereje. Ha comprendido y aceptado el dogma marxista como el instrumento más rápido y aguzado que se conoce para hacer estallar una revolu­ción social. Creo que lo abandonaría en cuanto viere que no cumplía este propósito. Me parece, aunque no puedo decirlo con certeza, que Kamenev está solicitando mi ayuda para conservar lo que ya ha logrado en favor de su pueblo, y para permitirle progresar pacíficamente hacia otras mutaciones.

Creo que al haberse elevado tan alto, Kamenev ha comenzado a respirar un aire más libre y a de­sear la misma suerte para el pueblo al cual ha aprendido a amar. Si esto es así, entonces debo ayudarlo...

Y, sin embargo, hay hechos que lo contradicen en todo momento. En todas las fronteras se produ­cen invasiones y correrías bajo la bandera de la hoz y la estrella. Todavía hay hombres que sufren hambre y torturas, y a los cuales se mantiene ale­jados del libre comercio de las ideas y de los ca­nales de la gracia.

La gran herejía del paraíso terrenal se extiende aún por el mundo como un cáncer, y Kamenev luce todavía su manto de sumo sacerdote. Y esto es lo que he jurado combatir, lo que he resistido ya con mi sangre...

Y, sin embargo, no puedo desestimar la extraña obra de Dios en las almas de los hombres más improbables, y creo discernir esta obra en el alma de Kamenev... Veo, aunque muy tenuemente, que nuestros destinos pueden estar ligados en el desig­nio divino... Lo que no puedo ver es cómo debo conducirme en la situación que existe entre noso­tros...

Kamenev solicita mi amistad, y yo le daría gus­toso mi corazón. Creo que pide una especie de tregua, pero no puedo concertar una tregua con el error, aun atribuyendo los más nobles móviles a aquellos que lo propagan. Sin embargo, no me atrevo a arriesgar a la Iglesia y a los fieles por una ilusión, porque sé que Kamenev podría traicio­narme, y que yo podría traicionarme a mí mismo y a la Iglesia.

¿Qué debo hacer?

Tal vez la respuesta esté en el girasol: la semi­lla debe morir antes que aparezcan los retoños; la flor debe crecer mientras los hombres pasan por su lado, sin advertir el milagro que se desarro­lla ante ellos.

Tal vez es esto lo que llaman «confiar en la mi­sericordia de Dios». Pero no podemos limitarnos a esperar, porque la naturaleza con la cual nos ha dotado Él nos impulsa a la acción. Debemos orar también, en la oscuridad y en la aridez, bajo un cielo ciego...

Mañana ofreceré la misa por Kamenev, y esta noche deberé orar pidiendo luz para Cirilo el Pon­tífice, cuyo corazón está inquieto y su alma vaga­bunda tiene sed de su tierra natal...

 

Para George Faber, la coronación de Cirilo I significaba tedio en todos sus prolongados deta­lles. Las ovaciones lo ensordecían, las luces le cau­saban dolor de cabeza, las sonoridades del coro deprimían su espíritu, y la procesión de prelados, sacerdotes, monjes, chambelanes y soldados de ju­guete constituían un desfile operístico que le pro­ducía resentimiento y no le divertía en absoluto. Las emanaciones de ochenta mil cuerpos hacinados como sardinas en todos los rincones de la Basílica le producían debilidad y náuseas.

Su artículo estaba ya preparado para la trans­misión: tres mil palabras ardientes sobre el es­pectáculo, el simbolismo y el esplendor religioso de esta festividad romana. Lo había visto todo an­tes, y la única razón para sufrir otra vez ese tedio era tal vez la vanidad de sentarse en el lugar de honor en el palco de la Prensa, magnífico dentro de su levita nueva, con la cinta de su última condecoración italiana prendida en el pecho.

Ahora estaba pagando su vanidad. Sus nalgas estaban comprimidas entre las amplias caderas de un alemán y los muslos angulares de Campeggio, y no había escapatoria alguna durante dos horas o más, hasta que la distinguida congregación saliese a la plaza a recibir la bendición del Papa recién coronado junto a los turistas a los ciudadanos más humildes de Roma.

Exasperado, Faber se encorvó flojamente en su asiento y trató de hallar una migaja de consuelo en lo que este Cirilo podría significar para Chiara y para sí mismo. Hasta ahora la Curia había man­tenido al Pontífice a cubierto. Había hecho pocas apariciones públicas, y no se había pronunciado sobre ningún asunto trascendental. Pero corría ya la voz de que el Papa era un innovador, un hombre cuya juventud y extracción diferente le permitían tener opiniones propias y el vigor para expresarlas en sus actos. Se hablaba de palabras duras en el Consistorio, y más de algún funcionario del Vati­cano hablaba de cambios no sólo en el personal, sino también en la totalidad de la organización central.

Si se efectuaban cambios, algunos de ellos po­drían afectar a la Sacra Rota, donde la peti­ción de nulidad para el matrimonio de Chiara dormía desde hacía dos años en los casilleros. Los italianos repetían una chanza mordaz sobre la la­bor de este cuerpo augusto: «Non c'é divorcio en Italia... No hay divorcio en Italia..., ¡y sólo los católicos pueden obtenerlo! » Como la mayor parte de los chistes italianos, éste tenía su aguijón. Ni la Iglesia ni el Estado admitían la posibilidad del di­vorcio, pero ambos aceptaban con aparente ecua­nimidad el concubinato en gran escala entre los ricos, y un número creciente de uniones irregula­res entre los pobres.

La Rota era por constitución un organismo cle­rical, pero gran parte de su labor recaía en manos de abogados seglares, especialistas en leyes canóni­cas, los cuales habían formado para su mutuo pro­vecho un sindicato tan rígido y exclusivo como otro cualquiera en el mundo, de manera que las causas matrimoniales encallaban en un callejón sin salida, sin que se tuviesen en cuenta las tragedias humanas que casi todas ellas escondían.

 

En teoría, la Rota debía juzgar igualmente a los que podían pagar y a los que no podían hacerlo. En la práctica, el solicitante que pagaba, o aquel con influencias o amistades romanas, podía esperar decisiones mucho más rápidas que sus her­manos de Fe más pobres. La ley era idéntica para todos, pero sus resoluciones llegaban con más ce­leridad a aquellos que podían costearse el mejor servicio de los abogados.

El chiste tenía también otro sentido. Era mu­cho más fácil obtener un decreto de nulidad si ambos cónyuges consentían en la primera petición. Si era necesario probar error, en el contrato, o conditio, o crimen, era más fácil hacerlo a dos vo­ces. Pero si sólo uno de los cónyuges presentaba la solicitud y el otro proporcionaba pruebas con­tradictorias, el caso estaba condenado a un lento avance y a un muy probable fracaso.

En estos casos, la Rota establecía una distin­ción muy clara, pero escasamente satisfactoria: que en el foro privado de la conciencia, y por tan­to de hecho, el contrato podría ser nulo, pero hasta que esto se probase en el foro externo, mediante pruebas documentales, los cónyuges debían consi­derarse casados, aunque no viviesen juntos. Si la parte agraviada conseguía el divorcio y se casaba fuera del país, la Iglesia excomulgaba y el Estado perseguía por bigamia.

En la práctica, pues, la situación más simple en Italia era el concubinato, puesto que era más có­modo estar condenado dentro de la Iglesia que fuera de ella, y se era más feliz amando en pecado que cumpliendo una sentencia en la cárcel de Regina Coeli.

Ésta era precisamente la situación de George Faber y Chiara Calitri.

Mientras contemplaba al nuevo Pontífice, al cual vestían sus acólitos frente al altar mayor, Fa­ber se preguntaba con amargura cuánto sabía o podría saber algún día el Papa de las tragedias ín­timas de sus súbditos, o de las cargas que sus creencias y lealtades echaban sobre sus hombros. Y se preguntaba también si no habría llegado el momento de abandonar la prudencia de toda una vida y romper lanzas, o su propia cabeza, en la causa más contenciosa de Roma: la reforma de la Sacra Rota.

Faber no era un hombre brillante ni valeroso. Su talento consistía en observar y en escribir cul­tos reportajes, además de poseer una habilidad casi teatral para congraciarse con la gente educada. En Roma, estas cosas constituían un talento valioso para un corresponsal. Pero ahora, al acer­carse al climaterio y a los años solitarios, el talento no le bastaba. George Faber estaba enamorado, y siendo nórdico y puritano en lugar de latino, necesitaba casarse a toda costa.

La Iglesia también deseaba su matrimonio, puesto que le preocupaba la salvación de su alma; pero prefería verlo condenado por rebeldía y con­tumacia que aparecer poniendo en duda el lazo sa­cramental que por revelación divina consideraba indisoluble.

De manera que, lo quisiese o no, su propio destino y el de Chiara se hallaba en las manos rígidas de los canonistas y en las palmas suaves y epice­nas de Corrado Calitri, ministro de la República. A menos que Calitri cediese, ambos permanecerían hasta el día del Juicio Final en el limbo de los fue­ra de la ley.

Al otro extremo de la nave, en el recinto reser­vado a los dignatarios de la República italiana, Fa­ber veía la esbelta figura patricia de su enemigo, su pecho cubierto de condecoraciones, su rostro pálido como una máscara de mármol.

Cinco años antes había sido un diputado joven espectacular, respaldado por dinero milanés y con una carrera ministerial en el futuro. Sus únicas desventajas eran su soltería y su afición a jovenci­tos alegres y a estetas en tránsito. Su boda con una heredera romana recién salida de un colegio de monjas le conquistó el Ministerio e hizo reír a su espalda a los chismosos de Roma. Dieciocho meses después, Chiara, su mujer, ingresaba en un hospital, víctima de una depresión nerviosa. Cuando se repuso, la separación del matrimonio Calitri era ya un hecho. El próximo paso fue presentar una solicitud de nulidad ante la Sacra Rota, y allí comenzó el tedioso diálogo con la tragicomedia:

«La solicitante, Chiara Calitri, alega, ante todo, defecto de intención -repusieron los abogados por ella-, por cuanto su marido llegó al matrimonio sin la total intención de cumplir con todos los términos del contrato respecto a cohabitación, procreación y relaciones sexuales normales.»

«Yo tuve cabal intención de cumplir con los términos del contrato... -Ésta era la réplica de Corrado Calitri-. Pero mi mujer carecía de volun­tad y de experiencia para ayudarme a cumplirlos. El estado matrimonial implica mutua asistencia; no recibí apoyo ni asistencia moral de mi esposa.»

«La demandante alega también que era condi­ción esencial del matrimonio que su marido fuese un hombre de hábitos sexuales normales.»

«Mi esposa sabía lo que yo era -decía Corrado Calitri al efecto-. No intenté ocultarle mi pasado. Gran parte de él era públicamente conocido. Mi esposa se casó conmigo a pesar de ello.»

« ¡Magnífico! -decían los oidores de la Rota-. Ambos fundamentos de la demanda serían sufi­cientes para obtener un decreto de nulidad, pero la simple declaración no constituye prueba. ¿Cómo piensa probar su caso la demandante? ¿Su esposo expresó ante ella u otros sus intenciones viciadas? ¿Se estableció explícitamente esa condición antes del contrato? ¿En qué ocasión? ¿En qué forma? ¿Oral o escrita? ¿Quién puede verificar esa condi­ción?»

De manera que las ruedas de la justicia canóni­ca se detuvieron inevitablemente y los abogados convencieron discretamente a Chiara de que era preferible suspender la causa mientras se busca­ban pruebas, en lugar de forzarla hasta una con­clusión desfavorable. Los hombres de la Rota man­tenían firmemente los principios dogmáticos y las disposiciones de la ley; Corrado Calitri continuó protectoramente casado y alegremente libre, mien­tras Chiara se encontraba atrapada como una rata en la trampa que su marido le había tendido. Toda la ciudad adivinó su próximo paso antes de que la joven lo hubiese dado. Chiara tenía veintiséis años, y a los seis meses era la amante de George Faber. Roma sonrió con su habitual cinismo ante esta unión y se volvió hacia los alegres escándalos de la colonia cinematográfica de Cinecittá.

Pero George Faber no era un amante satisfe­cho. Le escocía la conciencia y odiaba al hombre que lo obligaba a refregarla día tras día...

De pronto, el periodista se sintió mareado. Notó que el sudor le empapaba el rostro y las palmas de las manos, y luchó por recuperar su compostu­ra mientras el Papa subía los peldaños del altar, apoyándose en sus ayudantes.

Campeggio lanzó una ojeada astuta a su alterado colega, y luego se inclinó hacia delante y lo golpeó en el hombro:

-Tampoco a mí me gusta Calitri; pero no lo­grará vencerlo por ese camino.

Faber se irguió tiesamente y lo miró con ojos hostiles.

-¿Qué diablos quiere decir?

Campeggio se encogió de hombros y sonrió.

-No se enfade, amigo mío; es un secreto a vo­ces. Y aun si no lo fuera, lo lleva escrito en el ros­tro... Por supuesto que usted odia a Calitri, y no le culpo. Pero hay más de una manera para deso­llar a un gato.

-Me gustaría saber cuáles -dijo Faber con irritación.

-Invíteme a almorzar algún día, y se lo diré.

Y Faber tuvo que contentarse con estas pala­bras, pero la esperanza zumbaba en su mente como un abejorro mientras Cirilo el Pontífice en­tonaba la misa de Coronación y las voces del coro resonaban en la cúpula de la Basílica.

Rudolf Semmering, padre general de la Compañía de Jesús, permanecía rígido como un centine­la en su puesto de la nave y se entregaba a una meditación acerca de la coyuntura y su signifi­cado.

Una vida entera de disciplina en los ejercicios ignacianos le habían procurado la habilidad sufi­ciente para proyectarse fuera de los términos del tiempo y el espacio hacia una soledad de contemplación. No oía la música, ni el murmullo de la concurrencia, ni el sonoro latín de la ceremonia. Sus sentidos amortiguados rechazaban toda intru­sión. Una gran quietud lo circundaba mientras las facultades de su espíritu se concentraban sobre la esencia del momento: la relación entre el Creador y Sus criaturas, confirmadas y renovadas por el advenimiento de Su Vicario.

Aquí, en su símbolo, ceremonia y acto de sacri­ficio, se desplegaba la naturaleza del Cuerpo Mís­tico: Cristo el Dios-Hombre como Cabeza, con el Pontífice como Vicario, dando vida a todo este Cuerpo con Su presencia permanente y a través de la infusión del Paráclito. Aquí estaba todo el orden físico que Cristo había establecido como símbolo visible e instrumento visible de Su obra en la Humanidad: la iglesia, la jerarquía de Papa, obispos, sacerdotes y fieles, unidos en una Fe úni­ca por un sacrificio único y en un único sistema sacramental. Aquí estaba resumida toda la misión de la redención: el retorno del hombre a su Crea­dor mediante la gracia y las enseñanzas del Nuevo Testamento.

También aquí radicaba la oscuridad de un mis­terio monstruoso: por qué un Dios omnipotente había hecho instrumentos humanos capaces de re­belión, que podrían rechazar el designio divino, o destruirlo, o inhibir su avance; por qué el Todopoderoso permitía que aquellos a quienes había hecho a su imagen avanzasen a tientas hacia Él por un camino estrecho como el filo de una navaja, en diario peligro de perderse para siempre de Su rostro. Aquí estaba finalmente el misterio del ministerium, de esa servidumbre a la cual algunos hombres -él entre ellos- se sentían llamados, para asumir una mayor responsabilidad y un ries­go mayor, y para mostrar en ellos la imagen de la Deidad para la salvación de sus semejantes.

Y así llegó la mente de Semmering a la aplica­ción de todas estas meditaciones: lo que debía ha­cer él, personalmente, por el servicio del Pontífi­ce, de la Iglesia y de Cristo, a los cuales se hallaba unido por votos perpetuos. Era, por elección, el jefe de cuarenta mil hombres célibes sometidos a la voluntad del Pontífice en la misión que éste qui­siese señalarles. Bajo sus órdenes estaban algunas de las inteligencias más eminentes del mundo, al­gunos de los espíritus más inspirados, los especu­ladores más osados. Y su tarea no era sólo em­plearlos como instrumentos pasivos, sino ayudar a cada uno de ellos a crecer de acuerdo con su na­turaleza y su talento, y con el espíritu de Dios obrando dentro de él.

Tampoco era suficiente que presentase al Pon­tífice la sólida organización de la Compañía y es­perase sus órdenes para ponerla en movimiento. Como toda organización o individuo en la Iglesia, la Compañía de Jesús debía buscar y proponer nuevos caminos y nuevos esfuerzos para promover la misión divina. No podía entregarse al temor a lo nuevo o a la comodidad de los métodos tradicio­nales. La Iglesia no era un cuerpo estático. Era, según la parábola del Evangelio, un árbol cuya vida está implícita en una semilla diminuta, pero que debe fructificar y crecer año a año con forma diversa, mientras más y más pajarillos anidan en sus ramas.

Pero ni siquiera los árboles crecen siempre al mismo ritmo o con idéntica profusión de hojas y flores. Hay ocasiones en las cuales parece que la savia es más escasa, o el suelo menos nutritivo, y el jardinero debe acudir entonces para abrir la tie­rra e inyectar nuevo alimento en las raíces.

Hacía va tiempo que Rudolf Semmering estaba inquieto por los informes provenientes de todas partes del mundo y que hablaban de una disminu­ción de la influencia de su Compañía y de la Igle­sia. Eran muchos los estudiantes que abandonaban las prácticas religiosas durante sus primeros años universitarios. Los candidatos al sacerdocio y a las Órdenes religiosas disminuían. El impulso mi­sionero parecía carecer de vitalidad. Las prédicas desde el púlpito habían decaído hasta convertirse en una simple fórmula..., y todo esto mientras el mundo entero vivía bajo la sombra de la destruc­ción atómica, y los hombres preguntaban con voz cada vez más apremiante con qué objeto se los hizo y por qué debían concebir hijos para un fu­turo tan incierto.

En su primera época dentro de la Compañía, el padre Semmering había hecho estudios profundos de Historia, y toda su experiencia posterior había confirmado su creencia en el punto de vista cíclico y climático de ella. Sus años en la Iglesia le ha­bían enseñado que ésta crecía y cambiaba junto con el esquema humano, a pesar, o tal vez a cau­sa, de su perenne conformidad con el Ser Divino. Había períodos de mediocridad y períodos de decadencia. Había siglos de esplendor, cuando el ge­nio parecía surgir de calles y avenidas. Había épo­cas en las cuales el espíritu humano, largo tiempo abrumado por la existencia material, saltaba de su prisión y se lanzaba libre y ardiente a gritar por los tejados del mundo, de manera que los hombres escuchaban truenos provenientes de un cielo olvi­dado y veían una vez más los rastros esplendoro­sos de lo divino.

Al mirar hacia el altar mayor y ver al oficiante, que se movía con rigidez bajo veintisiete kilos de vestiduras doradas, Semmering se preguntó si esto podría ser el comienzo de una nueva época. Recor­dando la demanda del Papa de hombres con pies alados y corazones ardientes, se preguntó también si no debería ser ésa la primera ofrenda de su Compañía: un hombre que pudiese decir las ver­dades antiguas en formas nuevas y caminar como un nuevo apóstol en este mundo extraño surgido de un hongo nebuloso.

Y ese hombre lo tenía. Estaba seguro. Incluso dentro de la Compañía se le conocía poco, porque había pasado la mayor parte de su vida en lugares remotos, dedicado a proyectos que parecían tener poco en común con los asuntos del espíritu. Pero sabía que estaba preparado para que se le emplease en otra forma.

Concluida su meditación, el magro y metódico Rudolf Semmering sacó su cuadernillo de notas y escribió en él que debía enviar un cable a Yakar­ta. Luego, en la cúpula de la Basílica, las trompetas hicieron oír su charanga prolongada y melodiosa, y Semmering alzó la vista para ver cómo Cirilo el Pontítice levantaba sobre su cabeza el cuerpo de Dios, a quien representaba en la Tierra.

 

La noche de su coronación, Cirilo Lakota vistió la sotana negra y el sombrero de los sacerdotes romanos y cruzó solo la Puerta Angélica para ins­peccionar su nuevo obispado. Los guardianes de la puerta lo miraron apenas, habituados a la diaria procesión de Monsignori que entraban y salían del Vaticano. Cirilo sonrió para sí y ocultó su marcado rostro tras un pañuelo mientras apresuraba el paso por el Borgo Angélico hacia el castillo de Sant'An­gelo.

Eran las diez y algunos minutos. El aire estaba aún tibio y polvoriento, y las calles, bullentes de vehículos y transeúntes. El Pontífice avanzó libremente, excitado como colegial que escapa de su encierro.

En el puente de Sant'Angelo se detuvo y se in­clinó sobre el parapeto, contemplando las aguas grises del Tíber, que durante cinco mil años había reflejado las locuras de los emperadores, el desfi­le de Papas y príncipes, y las muertes y nacimien­tos de la Ciudad Eterna.

Era ahora su ciudad. Le pertenecía como sólo podía pertenecer al sucesor de Pedro. Sin el Papado, Roma podía morir otra vez y convertirse en una reliquia provincial, porque su acervo estaba en su historia, y la historia de la Iglesia era la mi­tad de la historia de Roma. Más aún, Cirilo el ruso era ahora obispo de los romanos, su pastor, su maestro, su monitor en las materias del espíritu.

Antaño eran los romanos quienes elegían al Papa. Aún hoy decían que el Papa les pertenecía, y, en cierto sentido, así éra. Estaba anclado en su sueño, confinado entre sus murallas hasta el día de su muerte. Los romanos tal vez llegasen a amarlo, como lo deseaba. Podrían llegar a odiarlo, como habían odiado a tantos de sus predecesores. Dirían chistes a su costa, como lo habían hecho por siglos, llamando figli di Papa, hijos del Papa, a los granujas de la ciudad y culpándolos por las limi­taciones de sus cardenales y de su clero. Y si se los provocaba suficientemente, incluso podrían tra­tar de asesinarlo y arrojar su cuerpo al Tíber. Pero les pertenecía, y ellos a él, aunque la mitad de los romanos no ponían jamás los pies en una iglesia, y muchos de ellos tenían tarjetas que probaban que eran hombres de Kamenev y no del Papa. La misión del Pontífice abarcaba al mundo entero, pero su hogar era éste, y como todo otro dueño de casa, debía mantener las mejores relaciones posi­bles con sus vecinos.

Cirilo cruzó el puente y penetró en la red de avenidas y callejones entre la calle del Espíritu Santo y la Via Zanardelli, y antes de cinco minu­tos la ciudad lo había engullido. A ambos lados se alzaban edificios grises, descascarillados y dañados por la intemperie. Una lámpara mortecina par­padeaba en el santuario de una Madonna polvo­rienta. Un gato que escarbaba en un montón de desperdicios se volvió hacia él y bufó. Una mujer embarazada se apoyaba en un portal, bajo el es­cudo de armas de algún príncipe olvidado. Un mu­chacho gritó al pasar desde su «Vespa» bulliciosa. Un par de prostitutas que chismorreaban bajo un farol callejero rieron al ver al sacerdote, y una de ellas hizo el ademán prescrito contra el mal de ojo. Un incidente trivial, pero que causó profunda impresión en Cirilo. Ya le habían hablado de esta antigua costumbre romana; pero era la primera vez que la veía. Los sacerdotes llevaban faldas. No eran hombres ni mujeres, sino criaturas extrañas que probablemente tenían mal'occhio. Más valía prevenir que lamentar, y los romanos tendían ha­cia ellos el índice y el meñique imitando los cuer­nos diabólicos.

Un momento después, Cirilo desembocó en una estrecha plaza en cuyo ángulo había un bar con mesitas en la acera. Una de las mesas estaba ocu­pada por un grupo familiar que comía pasteles y parloteaba en duro acento romano; la otra mesa estaba libre, de modo que Cirilo se sentó y pidió un espresso. El servicio era descuidado, y los demás clientes hicieron caso omiso de su presencia. Roma estaba llena de clérigos; uno más o uno menos, tenía poca importancia.

Mientras Cirilo sorbia su café amargo, un hom­brecillo marchito, con los zapatos rotos, se acercó a venderle un periódico. Cirilo hurgó en su sotana en busca de algunas moneditas, y en seguida re­cordó, sobresaltado, que había olvidado coger al­gún dinero. Ni siquiera podría pagar su café. Por un momento se sintió humillado e incómodo, pero luego vio lo absurdo de la situación y decidió sa­car partido de ella. Hizo una seña al camarero y le explicó su situación, dando vueltas a sus bolsi­llos para demostrar su buena fe. El hombre hizo una mueca malhumorada, y se alejó murmurando una imprecación contra los sacerdotes que chupan la sangre de los pobres.

Cirilo lo cogió por la manga y lo hizo volver.

-¡No, no, me ha entendido mal! Yo quiero pagar, y pagaré.

El vendedor de periódicos y la familia esperaron silenciosamente el comienzo de una agitada co­media romana.

- ¡Bah! -El camarero hizo un ademán de desprecio-. ¡De manera que quiere pagar! Pero, ¿cuándo y con qué? ¿Cómo sé quién es usted o de dónde viene?

-Si usted quiere -dijo Cirilo sonriendo-, pue­do dejarle mi nombre y mi dirección.

-¿De manera que tendré que trotar por toda Roma para cobrar cincuenta liras?

-Se las enviaré o se las traeré personalmente.

-Y, entretanto, ¿quién debe pagar? ¡Yo! ¿Cree que tengo dinero suficiente para pagar el café a todos los sacerdotes de Roma?

Rieron todos, y quedaron satisfechos. El padre de familia buscó en su bolsillo y echó expansivamente algunas monedas sobre la mesa.

-¡Déjeme pagar su café, padre! Y también el periódico.

-Gracias... Le estoy muy agradecido. Pero qui­siera pagárselo.

- ¡No es nada, padre, no es nada! -el pater familias agitó una mano tolerante-. Y disculpe usted a este Giorgio. Tiene problemas con su mu­jer.

Giorgio gruñó apesadumbrado y se echó las monedas al bolsillo.

-Mi madre quería que fuese sacerdote. Tal vez tenía razón.

-Los sacerdotes también tienen sus problemas -dijo Cirilo mansamente-. Incluso el Papa los tiene, me han dicho.

-¡El Papa! ese sí que es divertido!

El que hablaba era el vendedor de periódicos, que, por vender noticias, reclamaba su derecho a comentarlas.

-Esta vez sí que nos han aviado. ¡Un ruso en el Vaticano! ¡Ahí tienen ustedes una bonita histo­ria! -Extendió el periódico y apuntó dramáticamente a un retrato del Pontífice que cubría casi la mitad de la primera página-. Y ahora, díganme si no es un Papa extraño para los romanos. Miren ese rostro y esa... -Se interrumpió y contempló fijamente el semblante barbudo del recién llegado. Su voz se hizo un susurro-: Dio! Es igual a usted.

Los demás se inclinaron sobre su hombro, exa­minando el retrato.

-Extraño -dijo Giorgio-, muy extraño. Po­dría ser su doble.

-Soy el Papa -dijo Cirilo, y todos lo miraron boquiabiertos, como si fuese un fantasma.

-No lo creo -dijo Giorgio-. Se parece al Papa, seguro. Pero usted está sentado aquí, sin una lira en el bolsillo, bebiendo café, y ni siquiera es buen café.

-Es mejor que el que me dan en el Vaticano.

Y viendo su confusión y su apuro, pidió un lápiz y escribió sus nombres y sus direcciones en el reverso de una cuenta del bar.

-Les diré lo que voy a hacer. Enviaré una car­ta a cada uno de ustedes invitándolos a almorzar conmigo en el Vaticano. Y entonces les pagaré lo que les debo.

-¿No se está burlando de nosotros, padre? -preguntó el vendedor de periódicos ansiosamente.

-No, no me estoy burlando. Ya tendrán noti­cias mías.

Se puso en pie, dobló el periódico y se lo me­tió en el bolsillo de la sotana. Luego puso las manos sobre la cabeza del anciano y murmuró una bendición.

-Y ahora, dígale a todos que el Papa lo ha ben­decido. -Hizo la señal de la cruz sobre el pequeño grupo-. Y ustedes digan a sus amigos que me han visto y que no tenía dinero para pagar el café.

Todos lo miraron, estupefactos, y Cirilo se ale­jó, una figura delgada y oscura, pero curiosamen­te triunfante de este primer encuentro con su pueblo.

Era un triunfo insignificante, por supuesto, pero oró desesperadamente para que fuese presa­gio de otros mayores. Si la Creación y la Reden­ción tenían algún significado, este significado era una relación de amor entre el Hacedor y Sus cria­turas. Si así no fuese, toda la existencia se conver­tiría en una horrorosa ironía, indigna de la Omni­potencia. El amor es cosa del corazón. Su lenguaje es el lenguaje del corazón. Los gestos del amor son los gestos simples de las relaciones cotidia­nas, y no el ritual barroco del teatro eclesiástico. Las tragedias de amor son las tragedias de un camarero con los pies doloridos y a quien su mujer no comprende. El terror del amor es que el rostro del Amado está siempre oculto tras un velo, de manera que al alzar los ojos en busca de esperan­za, sólo vemos el rostro oficial de un sacerdote, o un Papa, o un político.

Una vez, y por un corto tiempo en la Tierra es­trecha, Dios mostró su rostro a los hombres en la persona de su Hijo, y éstos lo vieron como pastor amante, curando a los enfermos y alimentando a los hambrientos. Luego Dios se ocultó otra vez, de­jando a la Iglesia como una extensión de sí mismo a través de los siglos, y dejando también a sus vi­carios y a su sacerdocio para que fuesen otros Cristos para la multitud. Si desdeñaban el comer­cio con hombres sencillos y olvidaban el lenguaje del corazón, muy pronto se hallarían hablando en el desierto...

Las callejas se cerraron otra vez a su alrededor y se encontró deseando poder mirar tras sus puer­tas inexpresivas y sus ventanas ciegas, dentro de las vidas de sus habitantes. Sintió una curiosa y momentánea nostalgia por los campamentos y la prisión, donde había respirado el aliento de sus compañeros de sufrimientos y despertado en la noche con los balbuceos de sus sueños.

Se hallaba a medio camino, en una callejuela maloliente, cuando se encontró atrapado entre una puerta cerrada y un automóvil estacionado. En aquel momento se abrió la puerta y un hombre sa­lió por ella, haciéndolo vacilar contra el automóvil.

El hombre masculló una disculpa, y luego, vien­do la sotana, se detuvo. Dijo brevemente:

-Allá arriba se está muriendo un hombre. Tal vez usted pueda hacer por él más que yo...

-¿Quién es usted?

-Un médico. Nunca nos llaman a tiempo.

-¿Dónde está el hombre?

-En el segundo piso... Tenga cuidado. Es un enfermo infeccioso. Tuberculosis... Neumonía se­cundaria y neumotórax.

-¿No hay nadie cuidándolo?

-Sí, una mujer joven. Muy eficiente... Vale más que dos de nosotros en un momento así. Apre­súrese. No le doy más que una hora de vida.

Y, sin decir más, dio media vuelta y se alejó rápidamente por la calla ja, mientras sus pasos resonaban sobre los adoquines.

Cirilo el Pontífice empujó la puerta y entró. El edificio era uno de esos viejos palacios deteriorados, con el patio en desorden y una escalera que olía a repollo y a alimentos rancios. Los peldaños crujían bajo sus pies, y el pasamanos se notaba grasoso al tacto.

En el segundo rellano encontró a un grupo de personas apiñadas alrededor de una mujer que llo­raba. Le lanzaron una mirada inquieta, de soslayo, y, ante sus preguntas, uno de los hombres señaló con el pulgar hacia una puerta abierta.

-Está allí.

-¿Ha venido algún sacerdote?

EJ hombre se encogió de hombros y se volvió hacia otro lado; los sollozos de la mujer continuaron sin interrupción.

El apartamento constaba de un cuarto grande, mal ventilado, abarrotado de objetos como un baratillo y con un morboso olor a enfermo flotando en el ambiente. En un rincón estaba el gran lecho matrimonial, y en él yacía un hombre descarnado y encogido bajo un cobertor manchado. Estaba sin afeitar; su cabello ralo y húmedo se pegaba a la frente, y su cabeza se agitaba de lado a lado so­bre un montón de almohadas. Su respiración era entrecortada, dolorosa, con grandes estertores, y en las comisuras de la boca había una espuma sanguinolenta.

Junto a la cama se hallaba una joven, absur­damente elegante en tal lugar, que secaba el sudor de la frente del agonizante y limpiaba sus labios con una esponja de hilas.

Al entrar Cirilo, la mujer alzó la vista, y el Pontífice vio un rostro joven, curiosamente sere­no, y un par de ojos oscuros e interrogadores.

-Encontré al médico allá abajo -dijo Cirilo-. Pensó que tal vez yo podría ayudar en algo.

La muchacha sacudió la cabeza.

-Temo que no. Está en coma. No creo que dure mucho.

Su voz educada y sus modales tranquilos y pro­fesionales intrigaron al sacerdote. La interrogó otra vez con curiosidad:

-¿Es pariente suyo?

-No. La gente del barrio me conoce. Me lla­man cuando tienen algún problema.

-¿Es usted enfermera?

-Lo fui.

-¿Ha visto el enfermo a algún sacerdote? La muchacha sonrió por primera vez.

-Lo dudo. Su mujer es judía, y él tiene su tar­jeta del Partido Comunista. Los sacerdotes no son muy queridos en este barrio.

Una vez más, Cirilo el Pontífice comprendió cuán lejos estaba de ser un simple pastor. Los sacerdotes llevaban normalmente una pequeña cáp­sula con los óleos Sagrados para administrar los últimos sacramentos. Él no los tenía, y este hom­bre se moría ante sus ojos. Se acercó a la cama, y la muchacha le hizo sitio, repitiendo la adver­tencia del médico:

-Cuidado. Es muy contagioso.

Cirilo el Pontífice cogió la mano lacia y hú­meda entre las suyas, y luego se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja del agonizante. Comen­zó a repetir lenta y distintamente las palabras del acto de contrición. Cuando terminó, lo apremió suavemente:

-Si puede escucharme, oprima mi mano. Si no puede hacerlo, diga a Dios en su corazón que se arrepiente. Él lo aguarda con amor; basta un pensamiento para llegar hasta Él.

Repitió su exhortación una y otra vez, mien­tras la cabeza del hombre se agitaba inquieta y su respiración, cada vez más tenue, gorgoteaba en su garganta.

Finalmente, la muchacha dijo:

-Es inútil, padre. Está demasiado inconscien­te para escucharle.

Cirilo el Pontífice alzó su mano, y pronunció la absolución.

-Deinde ego te absolvo a peccatis tuis... Te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Luego se arrodilló junto al lecho y comenzó a orar apasionadamente por el alma de aquel pobre viajero que había comenzado su último y solitario peregrinaje mientras él, Cirilo, era coronado en la Basílica de San Pedro.

La pequeña tragedia terminó en menos de diez minutos, y el Pontífice recitó sus plegarias por aquel espíritu que había abandonado su envoltura, mientras la joven cerraba con delicadeza los ojos fijos y acomodaba decorosamente el cuerpo en la actitud de la muerte. Luego la mujer dijo con voz firme:

-Debemos partir, padre. No seremos bien aco­gidos ahora.

-Desearía ayudar a la familia -dijo Cirilo el Pontífice.

-Debemos salir de aquí. -La muchacha ha­blaba con resolución-. Saben entendérselas con la muerte. Sólo la vida los desconcierta.

Al salir del cuarto, dio, con brusquedad, la no­ticia al grupo.

-Está muerto. Si necesitan ayuda, llámenme.

Luego se volvió y descendió las escaleras, con Cirilo pisándole los talones. El agudo lamento fú­nebre de la mujer los persiguió como una maldi­ción.

Un minuto después, ambos se hallaban solos en la calle desierta. La joven hurgó en su bolso bus­cando un cigarrillo, y lo encendió con mano tem­blorosa. Luego apoyó la espalda contra su automó­vil y fumó silenciosamente algunos instantes. Des­pués dijo bruscamente:

-Trato de dominarme, pero nunca deja de conmoverme. ¡Está tan desamparada esta gente...!

-Cuando llega el fin, todos estamos desampa­rados -dijo Cirilo sobriamente-. ¿Por qué hace usted eso?

-Es una historia muy larga. No quisiera ha­blar de ella ahora. Me iré a casa... ¿Quiere que lo deje en alguna parte?

Cirilo estuvo a punto de rehusar; luego se dominó y preguntó:

-¿Dónde vive usted?

-Tengo un apartamento cerca del Palatino, de­trás del Foro Romano.

-Entonces iré con usted hasta el Foro. No lo he visto jamás de noche..., y me parece que usted necesita compañía.

La mujer le lanzó una mirada extraña, y des­pués abrió la portezuela del automóvil sin decir palabra.

-Vamos, pues. Para una noche tengo ya de sobra.

Condujo con velocidad y audacia hasta que sa­lieron al espacio libre en que se elevaba el Foro, helado y fantasmal bajo la luna que remontaba el cielo. La muchacha detuvo el automóvil. Ambos descendieron y caminaron hasta la balaustrada, más allá de la cual los pilares del Templo de Ve­nus se alzaban hacia las estrellas. En la forma con­cisa que parecía serle habitual, la mujer interro­gó, con cierto desafío:

-Usted no es italiano, ¿verdad?

-No, soy ruso.

-Y yo lo he visto antes, ¿no es así?

-Probablemente. Han publicado muchas fotografías mías ultimamente.

-¿Qué hace entonces en la Roma Vieja?

-Soy el obispo de la ciudad. Me pareció que por lo menos debía conocer su aspecto.

-Eso nos convierte a ambos en forasteros -dijo la muchacha enigmáticamente.

-¿De dónde viene usted?

-Nací en Alemania, soy ciudadana norteame­ricana, y vivo en Roma.

-¿Es católica?

-No sé lo que soy. Estoy tratando de descu­brirlo.

-¿De esta manera? -preguntó Cirilo suavemente.

-Es la única que conozco. He intentado ya to­das las otras. -Rió, y, por primera vez desde su encuentro, pareció relajar sus nervios-. Perdóne­me, me estoy comportando muy mal. Me llamo Ruth Lewin.

-Yo soy Cirilo Lakota.

-Lo sé. El Papa de las estepas.

-¿Así me llaman?

-Entre otras cosas... -Otra vez lo desafia­ba-. Estas historias que publican de usted, su es­tancia en prisión, su fuga, ¿son verídicas?

-Sí.

-Y ahora está otra vez dentro de una prisión.

-En cierto sentido; mas espero escapar de ella.

-En una u otra forma, todos estamos en pri­sión.

-Es verdad... Y aquellos que así lo comprenden son los que más sufren.

La muchacha permaneció silenciosa largo rato, mirando fijamente los mármoles caídos del Foro. Luego preguntó:

-¿Cree realmente que está representando a Dios?

-Sí.

-¿Y cómo se siente?

-Aterrorizado.

-¿Dios le habla? ¿Puede usted escucharlo? El Pontífice meditó un momento, y luego res­pondió gravemente:

-En cierto sentido, sí. El conocimiento de Dios, que Él reveló en el Antiguo y el Nuevo Testamen­to, impregna a la Iglesia. Está en las Escrituras y en la tradición transmitida desde la época de los Apóstoles y que nosotros llamamos depósito de Fe. Ésta es la lámpara que guía mis pies... En otro sentido, no. Oro pidiendo iluminación divi­na, pero debo obrar según el raciocinio humano. No puedo pedir milagros. En este momento, por ejemplo, me pregunto lo que debo hacer por la gente de esta ciudad..., lo que puedo hacer por usted. No tengo una respuesta inmediata. No ten­go un diálogo privado con Dios. Avanzo a tientas en la oscuridad, y espero que Su mano se extienda para guiarme.

-Es usted un hombre peculiar.

-Todos somos peculiares -dijo Cirilo, con una sonrisa-, ¿y por qué no, puesto que cada uno de nosotros es una chispa arrancada al ardiente mis­terio de la Divinidad?

Las próximas palabras de la muchacha tuvieron tan punzante sencillez, que conmovieron al Pon­tífice casi hasta las lágrimas.

-Necesito ayuda, pero no sé cómo ni dónde obtenerla.

Cirilo vaciló un momento, desgarrado entre la prudencia y los impulsos de un corazón vulnera­ble. Y entonces sintió en él una vez más el sutil despertar de su poder. Era el Pastor y no otro. Esta noche se había deslizado un alma de entre sus dedos; no osaba arriesgar otra.

-Lléveme a su casa -le dijo-. Prepáreme una taza de café, y luego cuéntemelo todo. Después podrá llevarme de regreso al Vaticano.

En un pequeño apartamento acurrucado bajo las sombras del Cerro Palatino, la mujer le contó su historia. La contó tranquilamente, gravemente, sin huellas de esa histeria que todos los confesores temen en sus relaciones con mujeres.

-Nací en Alemania hace treinta y cinco años. Mi familia era judía, y estábamos entonces en la época de los pogroms. Nos perseguían de un país a otro, hasta que finalmente tuvimos la oportuni­dad de entrar en España. Antes de que solicitá­semos visados, se nos advirtió que nos favorecería convertirnos al catolicismo..., de modo que mis pa­dres hicieron lo necesario y se transformaron en conversos: ¡moriscos sería tal vez la palabra me­jor! Adoptamos nuestra nueva identidad y nos ad­mitieron en España.

»Yo era una niña, pero me pareció que el nuevo país y la nueva religión abrían los brazos para reci­birme. Recuerdo la música, el colorido, las proce­siones de Semana Santa serpenteando por las ca­lles de Barcelona, mientras otras pequeñuelas como yo, con velos blancos y guirnaldas de flores en el cabello, lanzaban pétalos de rosas ante el sacerdote que llevaba la Custodia. Había vivido du­rante tanto tiempo en medio del temor y la incerti­dumbre, que me parecía hallarme de pronto en un país de hadas,

»Luego, a comienzos de 1941, nos dieron visados para los Estados Unidos. Las Organizaciones Católicas de Caridad se ocuparon de nosotros, y por su intermedio ingresé en un colegio de mon­jas. Por primera vez en mi vida me sentí totalmente segura y, lo que era curioso, totalmente ca­tólica.

»Mis padres no parecieron preocuparse. Tam­bién ellos habían llegado a puerto seguro, y tenían que reconstruir sus propias vidas. Durante algunos años fui serenamente feliz; entonces..., ¿cómo ex­plicarlo...?, mi mundo y mi yo comenzaron a par­tirse en dos. Era aún una niña, pero las mentes de los niños se abren con una facilidad que los adul­tos no sospechan.

»En Europa morían millones de judíos. Yo era judía, y me oprimía la idea de ser una renegada que había comprado la seguridad abjurando de su raza y de su religión. Y era católica, además, y mis creencias religiosas se identificaban con la época más libre y feliz de mi vida. Pero no podía acep­tar esta libertad y esta felicidad porque me parecían pagadas con sangre.

»Comencé a rebelarme contra las enseñanzas y la disciplina del convento, sabiendo siempre que en realidad me rebelaba contra mí misma. Cuando comencé a salir con muchachos, lo hacía siempre con los rebeldes, con los que rechazaban toda creencia religiosa. Tal vez fuese mejor no creer en nada que verse desgarrada entre dos lealta­des.

»Entonces, después de cierto tiempo, me ena­moré de un muchacho judío. Como aún era católi­ca, discutí el caso con el sacerdote de mi parroquia. Le pedí la dispensa habitual para casarme con una persona que no pertenecía a la religión católica. Pero ante mi sorpresa y vergüenza, el párroco me espetó una amarga filípica. Lo escu­ché hasta el fin, salí de la casa parroquial, y desde entonces no he vuelto a poner los pies en una iglesia. El párroco era un necio, y le cegaban los prejuicios. Lo odié durante algún tiempo, pero luego comprendí que me estaba odiando a mí misma.

»Mi matrimonio fue feliz. Mi marido no tenía creencias religiosas definidas ni tampoco parecía tenerlas yo; pero ambos poseíamos una raza y una herencia comunes y pudimos vivir en paz. Hicimos dinero y amigos. Creí haber logrado la continuidad que había faltado a mi vida desde el comienzo. Pertenecía a alguien, a un orden establecido, y, por fin, me pertenecía a mí misma.

»De pronto, sin causa aparente, sucedió algo ex­traño. Mi ánimo se hizo morboso y deprimido. Va­gaba desconsolada por la casa, con las lágrimas rodando por las mejillas, sumida en la más total de­sesperación. A veces estallaba en cóleras violentas ante la menor provocación. Incluso llegué a consi­derar el suicidio, convencida de que estaría mejor muerta que infligiendo tantos sufrimientos a mi marido y a mí misma.

»Finalmente, mi marido tomó el asunto en sus manos. Exigió que fuese a ver a un psiquiatra. Al principio me negué indignada, pero él me dijo lla­namente que me estaba destruyendo y estaba des­truyendo nuestro matrimonio. De manera que acep­té iniciar el tratamiento y comencé un ciclo de psi­coanálisis.

»El psicoanálisis es un camino extraño y aterrador, pero cuando se avanza por él, es imposible volver atrás. Vivir la vida es ya difícil. Revivirla, seguirla paso a paso en símbolo, fantasía y recuer­do, es una experiencia sobrecogedora. La persona que viaja con nosotros, el psicoanalista, adopta una multitud de identidades: padre, madre, marido, maestro..., incluso Dios.

»Cuanto más largo es el viaje, más difícil se hace el camino, porque cada paso nos acerca más al momento de revelación en el cual hay que enca­rarse de una vez y para siempre con aquello de lo cual hemos estado huyendo. Entonces tratamos re­petidamente de salirnos del camino o de volver atrás. Y siempre hay que avanzar. Tratamos de di­latar el momento, de ganar tiempo. Creamos nue­vas mentiras para engañarnos y engañar a nuestro guía, pero las mentiras caen destruidas una a una.

»Cuando me hallaba en la mitad del tratamien­to, mi marido murió en un accidente automovilís­tico. Fue una culpa más sobre mis hombros, que debí añadir a las anteriores. Ahora no podría res­tituirle jamás la felicidad que le había robado. Mi personalidad pareció desintegrarse ante el golpe. Me llevaron a un sanatorio, y el tratamiento reco­menzó. Lentamente comprendí la naturaleza de mi temor oculto. Sabía que cuando llegase al núcleo de mi ser, lo encontraría vacío. No sólo estaría sola, sino también hueca, porque había construido a Dios a mi imagen y luego lo había destruido, sin que hubiera nadie que pudiese ocupar su lugar. Téndría que vivir en un desierto, sin identidad, sin objeto, puesto que aun cuando hubiese un Dios, no podía aceptarlo porque no había pagado su pre­sencia.

»¿Le parece extraño? Para mí era un terror continuo. Pero cuando me hallé en el desierto, vacía y solitaria, me sentí tranquila. Incluso me sen­tí entera. Recuerdo la mañana que siguió a la cri­sis: miré por la ventana de mi cuarto y vi el sol que brillaba sobre el césped, muy verde. Me dije: "He visto lo peor que puede sucederme, y aún estoy aquí. El resto, sea lo que fuere, puedo soportarlo."

»Me dieron de alta un mes después. Puse orden en los asuntos de mi marido y vine a Roma. Tenia dinero, era libre, podía pensar en una vida nue­va. Incluso podía enamorarme otra vez... Lo inten­té; pero en el amor hay que entregarse, y yo no tenía nada que entregar.

»Entonces comencé a comprender algo. Si vivía para mí y conmigo, siempre estaría vacía, siem­pre estaría sola. Mis deudas con mi pueblo y mi pasado estaban aún impagadas. No podía acep­tar nada de la vida antes de comenzar a pagarlas.

»Esta noche me preguntó usted por qué pres­to este tipo de servicios. Es muy sencillo. Hay muchos judíos en Roma... Antiguas familias sefar­díes que vinieron de España en tiempos de la Inquisición, inmigrantes de Bolonia y de las ciu­dades lombardas. Aún forman un pueblo aparte. Muchos de ellos son pobres, como los que vio esta noche. Puedo darles algo. Sé que puedo. Pero, ¿qué me doy a mí misma? ¿Dónde estoy...? No tengo Dios, aunque lo necesito desesperadamente... Us­ted dice que lo representa... ¿Puede ayudarme...?

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO 1, PONT. MAX.

 

...Esta noche estoy acongojado. Me siento solo y perdido. Mi instalación en la Sede de Pedro está completa. Fui coronado con la triple tiara. Llevo en el dedo el anillo del Pescador. He impartido mí bendición a la ciudad y al mundo. Y a pesar de todo esto..., o tal vez a causa de todo esto, jamás me había sentido tan vacío, tan inadecuado. Soy el cordero dejado en el desierto con los pecados de todos a mi espalda...

Debo pedir a Rinaldi que me busque algún sa­bio sacerdote con quien confesarme cada día, no sólo por la absolución y la gracia sacramental, sino para purgar este espíritu mío acorralado y repri­mido. No creo que los fieles puedan comprender que el Vicario de Cristo necesita con frecuencia, más que ellos, del confesonario...

He visto morir a muchos hombres, pero el fin triste y solitario que presencié hoy en una vivien­da romana me aflige extrañamente. Las palabras de la mujer que lo vio aún resuenan en mis oídos: «Saben entendérselas con la muerte. Es la vida lo que los desconcierta.» Me parece que esta derrota es la medida de nuestro fracaso en el ministerio del Verbo.

Aquellos que más nos necesitan son los que se encorvan bajo el peso de la existencia, cuya vida es una lucha diaria por la mera subsistencia, que carecen de talento y oportunidades, que viven te­merosos de los funcionarios, de los recaudadores de impuestos y de los acreedores, de manera que no les quedan tiempo ni energías que dedicar al cuidado de sus almas. Sus vidas enteras se convierten en una rastrera desesperación... Si no fuese por la infinita sabiduría y la infinita misericor­dia de Dios, también yo desesperaría fácilmente.

El caso de la mujer Ruth Lewin me inspira ma­yores esperanzas. Mientras me hallaba en prisión y bajo el largo tormento de los interrogatorios, aprendí mucho acerca del intrincado funcionamien­to de la mente humana. Estoy convencido de que aquellos que se dedican al estudio de sus procesos y de sus debilidades pueden prestar grandes servicios al hombre y a la causa de su salvación... Como pastores de almas, no debemos mirar con suspicacia o con crítica precipitada esta ciencia naciente. Como cualquier otra ciencia, puede apli­carse a fines innobles. Es inevitable que quienes exploran la nebulosa región del alma cometan errores o lleguen a falsas conclusiones; mas toda inves­tigación honrada de la naturaleza del hombre es también una exploración del designio divino res­pecto a él.

La psique humana es el lugar de reunión del hombre y Dios. Me parece posible que algo del significado del misterio de la Gracia Divina pueda revelarse cuando comprendamos mejor el funcio­namiento de la mente subconsciente, donde los recuerdos y culpas ocultas, los impulsos reprimidos, germinan durante años v luego brotan en extraña floración... Dentro de la Iglesia debo alentar a hombres competentes para que profundicen en estos estudios y cooperen con quienes lo hacen fuera de ella, para el mejor empleo de sus descubri­mientos...

La mente enferma es un instrumento defectuoso en la gran sinfonía que es el diálogo de Dios con el hombre. Tal vez en esto podamos ver una revelación más completa del significado de la res­ponsabilidad humana y de la compasión de Dios hacia su criaturas. 0 podamos tal vez iluminar la diferencia entre la culpa formal y el verdadero es­tado del alma ante los ojos de Dios...

Es posible que escandalice a muchos al decir que en una mujer como Ruth Lewin veo, o creo ver, a un espíritu escogido. Lo que caracteriza a estos espíritus es su conciencia de que su lucha con la vida es en realidad una lucha con Dios...

La historia más extraña del Antiguo Testamen­to es la historia de Jacob, que luchó con el ángel y lo venció, obligándole a decir su nombre... Pero Jacob se alejó de la refriega cojeando.

También mi espíritu cojea. He sentido vacilar mi razón y los fundamentos de mi fe en los calabozos oscuros y bajo las luces y los implacables interrogatorios de Kamenev.

Creo aún. Me he entregado en forma aún más total al depósito de Fe, pero ya no me contento con decir: «Dios es así, el hombre es así», dete­niéndome aquí. Adondequiera que me vuelvo en este pináculo, me hallo cara a cara con el miste­rio. Creo en la armonía divina, que es resultado del eterno acto creador... Pero no siempre escu­cho esa armonía. Debo luchar con la cacofonía y la aparente discordancia de la partitura, sabiendo que no escucharé el gran acorde final hasta el día en que me muera y me una esperanzadamente a Dios...

Es esto lo que traté de explicar a Ruth, aunque, no sé si lo hice bien. No me decidí a ponerla frente a secas proposiciones teológicas. Su espí­ritu conturbado no estaba dispuesto para recibirlas.

Traté de hacerle ver que la crisis de desespera­ción casi total que aflige a muchas personas inte­ligentes y de espíritu noble es a menudo un acto providencial, destinado a hacerlas aceptar su pro­pia naturaleza con todas sus limitaciones e insu­ficiencias, y la conformidad de esa naturaleza con un designio divino cuyo bosquejo y finalidad no podemos captar plenamente.

Comprendo sus terrores, porque también los sufrí. Y esto sé que lo comprendió. Le aconsejé que fuese paciente consigo misma y con Dios, pues aunque no pudiese creer en Él, el Creador actuaba siempre a su manera y a su tiempo, misteriosos para nosotros.

Le dije que continuara la obra en que estaba empeñada, pero que no la considerase siempre como un pago de deudas. Ninguno de nosotros po­dría pagar sus deudas si no fuese por el acto de redención consumado por Cristo en la cruz.

Traté de hacerle comprender que rechazar la alegría de vivir es insultar a Aquel que nos la da y que nos concedió el don de la risa junto con el de las lágrimas...

Creo que debiera escribir estas cosas para otros, porque la enfermedad de la mente es un síntoma de nuestra época, y todos debemos tratar de cu­rarnos mutuamente. El hombre no está hecho para vivir solo. El propio Creador lo ha afirmado. So­mos miembros de un cuerpo. La cura de un miem­bro enfermo es función de todo el organismo...

He pedido a Ruth que me escriba, y que venga a verme alguna vez. No quiero que mi cargo me aparte del contacto directo con mi pueblo... Por ello creo que debo sentarme en el confesionario una hora a la semana, y administrar los Santos Sacra­mentos a los que acuden a San Pedro.

Estuve próximo a perder mi fe y mi alma cuando yacía desnudo y solitario en una mazmo­rra subterránea... Cuando me llevaron de regreso a las cabañas, el sonido de las conversaciones hu­manas, incluso el ruido de la cólera, la grosería y la blasfemia, fueron para mí una nueva promesa de salvación...

No sé si será ésta la forma en que el acto crea­dor se renueva día tras día: el Espíritu de Dios que alienta sobre las aguas oscuras del espíritu humano, infundiendo en él una vida cuya intensi­dad y diversidad sólo podemos adivinar...

In manos tuas, Domine... A tus manos, oh, Dios, encomiendo todas las almas atribuladas.

 

Transcurrieron seis semanas desde la corona­ción antes de que Faber combinase un almuerzo con Campeggio. Podría haberlo postergado aún más, si Chiara no le hubiese apremiado con lágri­mas y berrinches. Faber era un hombre expedito por naturaleza, pero su larga permanencia en Roma le había enseñado a desconfiar de los gestos gratuitos. Por supuesto, Campeggio era un colega distinguido, pero no un amigo, y Faber no veía mo­tivo alguno para que se preocupase del lecho o del matrimonio de Chiara Calitri.

De manera que en lontananza divisaba alguna combinazione, alguna proposición cuyo precio per­manecería oculto hasta el último minuto. Cuando se almorzaba con romanos, era necesario tener cu­chara larga y pulso firme, y George Faber aún se sentía estremecido por su disputa con Chiara.

La primavera maduraba lentamente hacia el verano. Las azaleas estallaban en mil colores en la Escala Española, y los floristas hacían buen nego­cio con las rosas nuevas de Rapallo. Los turistas de pies doloridos buscaban refugio en el English TeaRoom, y el tránsito giraba irritado alrededor del bote de mármol de Bernini en la Piazza.

Para envalentonarse, George Faber compró un clavel y lo prendió garbosamente en su ojal antes de cruzar la plaza y entrar en la Via Condotti. El restaurante que Campeggio había indicado para esta entrevista era un lugarcillo discreto, alejado de los centros habituales de reunión de periodis­tas y políticos... Asuntos de tal delicadeza -había dicho Campeggio- no debían exponerse a oídos indiscretos; aunque Faber no veía el objeto de tanto secreto, puesto que el asunto Calitri era a lugar común en Roma. Sin embargo, entraba en las reglas del juego que cada combinazione, cada progetto, debía aderezarse con algo de teatro. Por tanto, se sometió sin protestas excesivas.

Campeggio lo entretuvo durante media hora con una crónica vivaz y cómica del Vaticano, des­cribiendo la agitación en los palomares clericales al imponer el Papa su voluntad. Luego, con tacto de diplomático, dirigió la charla hacia Faber:

-Tal vez le agrade saber, amigo mío, que Su Santidad tiene una opinión favorable de sus ar­tículos. Me han dicho que está ansioso por esta­blecer contactos más directos con la Prensa. Se ha hablado de un almuerzo regular con los corres­ponsales más importantes, y su nombre, por supuesto, encabeza la lista.

-Me siento muy halagado -dijo Faber secamente-. Siempre tratamos de escribir honradamente, pero este hombre es un tema interesante por derecho propio.

-También Leone siente debilidad por usted, y se le considera favorablemente en la Secretaría de Estado... Ésas son fuentes y voces importantes, como bien sabe usted.

-Así es.

-Bien -dijo Campeggio con vivacidad-. En­tonces usted comprende la importancia de man­tener buenas relaciones, sin... digamos, sin incidentes molestos.

-Siempre lo he comprendido. Me interesa sa­ber por qué lo menciona ahora.

Campeggio frunció sus labios delgados y con templó el dorso de sus manos largas y bien cui­dadas. Dijo cuidadosamente:

-Lo menciono para explicar mi próxima pre­gunta. ¿Piensa usted instalar casa con Chiara Ca­litri?

Faber enrojeció y dijo acremente:

-Lo hemos discutido. Hasta ahora no hemos resuelto nada.

-Entonces, permítame aconsejarle encarecidamente que no lo haga en este momento... No me interprete mal. Su vida privada es asunto suyo.

-Difícilmente podría llamarla privada. En Roma todos conocen nuestra situación. Me imagino que los rumores habrán llegado al Vaticano hace ya tiempo.

Campeggio le ofreció una breve sonrisa.

-En tanto siga siendo rumor, el Vaticano re­serva su juicio y lo deja en manos de Dios. No hay infamia pública que dañe su causa ante la Rota.

-Por ahora no tenemos causa -dijo Faber bruscamente-. Todo está suspendido hasta que Chiara pueda proporcionar nuevas pruebas. Hasta el momento, no ha logrado hallarlas.

Campeggio asintió lentamente, y luego comenzó a dibujar un intrincado diseño sobre el blanco mantel.

-Personas que conocen el pensamiento de la Rota me han dicho que su mejor esperanza de un veredicto descansa en la intención viciada. En otras palabras, si usted puede probar que Calitri firmó el contrato matrimonial sin la intención ca­bal de cumplir todos sus términos, y esa intención incluye la fidelidad, entonces tienen ustedes posi­bilidad de una decisión favorable.

Faber se encogió lastimosamente de hombros.

-¿Cómo probar lo que hay en la mente de un hombre?

-De dos maneras: mediante su propia declara­ción jurada, o por el testimonio de quienes le es­cucharon expresar esa intención viciada.

-Ya buscamos por ese lado. No encontramos a nadie, y Calitri no testificará contra sí mismo.

-Si se le presiona lo suficiente, tal vez lo haga.

-¿Qué tipo de presión?

Por primera vez pareció Campeggio sentirse inseguro. Permaneció silencioso un instante, tra­zando largas líneas ondulantes con el extremo del tenedor. Finalmente, dijo con deliberación:

-Un hombre como Calitri, que ocupa un alto cargo y que lleva, digamos, una vida privada desu­sada, es muy vulnerable. Vulnerable a su partido y a la opinión pública. Vulnerable a los que han caído en desgracia ante él... No necesito decirle que el mundo que él habita es un mundo extraño, un mundo de amores raros y odios curiosos. Nada en él es permanente. El favorito de hoy es recha­zado mañana. Siempre hay corazones sangrantes dispuestos a contar su historia a quien sepa escu­charlos. Yo he escuchado algunas. Y cuando tenga ya suficientes, va usted a ver a Calitri.

-¿Yo a ver a Calitri?

-¿Quién si no? Usted publica noticias, ¿verdad?

-No ese tipo dé noticias.

-¿Pero conoce a muchos que lo hacen?

-Sí.

-Entonces no necesito decirle más.

-Eso es chantaje -dijo George Faber categó­ricamente.

-O justicia -repuso Orlando Campeggio-. Depende del punto de vista.

-Incluso si lográsemos arrancarle una decla­ración, Calitri podría sostener que hubo presión indebida, y el tribunal rechazaría el caso definiti­vamente.

-Ese es un riesgo que hay que correr. Si lo que está en juego lo merece, creo que debe usted arriesgarse... He de añadir que tal vez yo pueda proporcionarle alguna ayuda en su investigación.

-¿Por qué? -preguntó Faber mordazmente-. ¿Qué puede importarle lo que nos suceda a Chiara y a mí?

-Ya veo que se ha convertido usted en un ver­dadero romano -dijo Campeggio con helada iro­nía-. Pero su pregunta es muy justa. Siento sim­patía por usted. Creo que tanto usted como la joven merecen mejor suerte. No me gusta Calitri.

Nada me agradaría más que verlo caído. Eso es casi imposible; pero si su Chiara gana el pleito, le causará un gran daño.

-¿Por qué lo detesta así?

-Preferiría no responder a esa pregunta.

-Tenemos intereses comunes. Lo menos que podemos hacer es mostrarnos mutuamente sinceros.

El romano vaciló un momento, y luego exten­dió las manos en un ademán de derrota.

-¿Qué importancia tiene, por lo demás? En Roma no hay secretos. Tengo tres hijos. Uno de ellos trabaja con Calitri y ha..., digamos..., ha caído bajo su influencia. No culpo al muchacho. Ca­litri es un hombre fascinante y no tiene escrúpulos para servirse de su fascinación.

-¡Qué asunto tan asqueroso!

-Estamos en una ciudad asquerosa -dijo Or­lando Campeggio-. No soy yo quien debe decirlo, pero a menudo me he preguntado por qué la llaman la Ciudad de los Santos.

 

Mientras George Faber continuaba rumiando desdichadamente su diálogo con Campeggio, Chia­ra Calitri tomaba el sol en la playa de Fregene.

Chiara era una muchacha morena, flexible como una gata; y los jóvenes que vagaban por la playa silbaban y se pavoneaban para llamar su atención. A salvo tras sus gafas oscuras, Chiara los contem­plaba ir y venir, y se estiraba decorativamente so­bre su toalla de colores.

Se hallaba invadida por una sensación de solaz y bienestar. Era joven, y la admiración de los mu­chachos le decía que era hermosa. Era amada. George Faber se había hecho cargo desgarbadamente de las batallas de su amante. Chiara se sen­tía libre, más libre que nunca.

Era esta libertad lo que la intrigaba más que todo, y cada día tomaba mayor conciencia de ella, y ansiaba prolongarla más. Aquella mañana había llorado y gritado a George como una verdulera, porque éste parecía poco dispuesto a hablar con Campeggio. Y si George vacilaba nuevamente, volvería a disputar con él, porque desde este mo­mento ya no podría amar sin la libertad de ser ella misma.

Con Corrado Calitri se había sentido desgarrada, traída y llevada en todos sentidos como un papel al viento. Durante algún tiempo -período aterrador- le pareció que había dejado de existir como mujer. Ahora, por fin, había reunido todos sus fragmentos; pero ya no era la misma Chiara, sino una Chiara nueva, y nadie debía tener otra vez la facultad de destruirla.

Había elegido deliberadamente a un hombre mayor que ella, porque sería más tolerante, menos exigente. Los hombres mayores deseaban una vida más plácida. Ofrecían afecto además de pasión. Se movían con autoridad en un mundo más am­plio. Hacían que la mujer se sintiese menos vulne­rable...

Chiara se incorporó comenzó a juguetear con la arena tibia, filtrándola entre sus dedos para for­mar un montoncillo a sus pies. Sin saber por qué, pensó en un reloj de arena en el cual el tiempo se midiese inexorablemente con un hilillo de gra­nos de oro. Incluso durante su niñez, Chiara ha­bía sentido la obsesión del tiempo, y lo había buscado como ahora buscaba su libertad, gastándolo impetuosamente, como si al hacerlo pudiese traer el futuro al presente. Cuando estaba en su casa, clamaba por ir al colegio. En el colegio deseaba crecer. Crecida, deseó casarse. En el matrimonio, en el amargo fracaso de su matrimonio con Ca­litri, el tiempo se había detenido súbitamente, hasta que le pareció que estaría anclada eternamen­te en esta unión con un hombre que despreciaba su femineidad y la degradaba en toda ocasión.

De este terror en el tiempo estático había escapado finalmente hacia la histeria y la enfermedad. El futuro que había esperado tan ansiosamen­te se le hacía ahora intolerable. Ya no deseaba avanzar, sino retroceder hacia la oscura matriz de la dependencia.

Incluso aquí el tiempo era su enemigo. La vida era tiempo; una extensión insoportable de años sin amor. Las únicas maneras para ponerle fin eran morir o permanecer para siempre en ese retroceso. Pero en el hospital vigilaban las enfermera para alejar la muerte, mientras los médicos la traían lenta y pacientemente hacia otro encuentro con la vida. Chiara había luchado contra ellos, pero sabían ser inflexibles. La despojaron una a una de sus ilusiones, como si fuesen capas de su epider­mis hasta exponer sus nervios desnudos, haciéndo­la clamar contra su crueldad.

Y luego los médicos comenzaron a enseñarle una extraña alquimia: que el dolor podía trans­mutarse en bendición. Si lo soportaba el tiempo suficiente, comenzaba a disminuir. Si escapaba de él, la seguía, cada vez más monstruoso, como un perseguidor de pesadilla. Si luchaba contra él, fi­nalmente se establecería una tregua, no siempre en los términos más favorables ni en los más pruden­tes, pero sí en un tratado soportable.

Chiara había hecho ahora su propio tratado con la vida, y bajo sus términos vivía mejor de lo que había esperado. Su familia desaprobó su decisión, pero su generosidad le daba amor y cierto afecto. No podía casarse, pero tenía un hombre que la quería. La Iglesia la condenaba, mas en tan­to Chiara guardase decoro público, no pronunciaría pública censura contra ella.

La sociedad, como siempre paradójica, insinuó una mansa protesta, y luego la aceptó de bastante buen grado... No estaba totalmente libre, ni totalmente amada, ni totalmente protegida, pero tenía lo suficiente de estas cosas como para hacer so­portable la vida y el tiempo, porque ambos ofre­cían una promesa de superación.

Y, sin embargo, la respuesta no era total, y Chiara lo sabía. El tratado era menos favorable de lo que parecía. Había en él una trampa, una cláusula que, al invocarse, podría destruirlo todo.

Chiara contempló el agua vacía del mar Tirre­no y recordó las historias de su padre acerca de la vida extraña que se desarrollaba en sus profun­didades: árboles de coral; ballenas del tamaño de un barco; peces que agitaban las alas como pája­ros; joyas que crecían en el lodo de las ostras, y algas semejantes a los cabellos de princesitas ahogadas. Bajo la superficie iluminada del sol bullía un mundo misterioso, y a veces las aguas se abrían y engullían al viajero que se arriesgaba en ellas con demasiada osadía. A veces, pero no siempre... Los marineros más inesperados sobrevivían y llegaban a puerto seguro.

Precisamente aquí estaba el riesgo de su pro­pio contrato con la vida. Creía en Dios. Creía en lo que la Iglesia enseñaba acerca de Él. Conocía la pena de ruina eterna que se cernía sobre las cabezas de quienes desafiaban imprudentemente la cólera divina. Cada paso, cada minuto constituía un peligro inminente de condenación. En cualquier momento podría expirar el contrato... ¿Y enton­ces...?

Pero tampoco era éste todo el misterio. Había otros, y más profundos. ¿Por qué había sido ella y no otra quien debió sufrir la injusticia inicial de un falso contrato matrimonial? ¿Por qué había sido ella y no otra quien se había visto empujada a la confusión suicida de una depresión nerviosa, y a este asirse precipitadamente a cualquier ta­blilla para sobrevivir? ¿Por qué? ¿Por qué?

No bastaba decir, como el confesor parroquial, que Dios lo había dispuesto así para ella. Era Co­rrado quien, en primer lugar, lo había dispuesto de ese modo. ¿Transigía Dios con la injusticia y luego amenazaba con la condenación a aquellos que se marchitaban bajo su peso? Chiara sintió que el mar se alzaba y la envolvía otra vez en la confusión de su enfermedad.

No había cura para el pensamiento inoportuno que acudía de día o de noche, aguijoneando la carne como un viento helado. No podía abando­narse a él por temor a una nueva Iocura. No podía borrarlo sino por el ejercicio del amor y la pa­sión, lo cual parecía afirmar extrañamente lo que los predicadores le acusaban de negar: la realidad del amor y de la misericordia, y la mano que ayu­daba a la mayoría de los marineros desafortuna­dos para que escaparan a la condenación de las profundidades...

Chiara se estremeció en el aire tibio y se puso en pie, envolviéndose en la toalla. Un muchacho bronceado, con la apostura de un dios griego, sil­bó y la llamó, pero Chiara lo ignoró y se apresuró playa arriba, hacia el automóvil. ¿Qué sabían de la vida quienes se pavoneaban como emblemas fálicos al sol? George lo comprendía mejor... Geor­ge, querido George, maduro, inquieto, que com­prendía sus riesgos y que, por lo menos, trabajaba por librarla del peligro. Ansió el consuelo de sus brazos y el sueño que seguía al acto del amor...

 

Rudolf Semmering, padre general de la Com­pañía de Jesús, se sentó en el aeropuerto de Fiu­micino y aguardó al hombre que venía de Yakarta. Para quienes lo conocían bien, su vigilia tenía gran significación. Rudolf Semmering era un hombre eficiente, adaptado por naturaleza y por los ejerci­cios ascéticos al espíritu militar de Ignacio de Loyola. Para él, el tiempo era precioso, porque sólo en el tiempo es posible prepararse para la eter­nidad. Una pérdida de tiempo significaba entonces un derroche de los medios de salvación. Los asun­tos de su Orden eran complejos y apremiantes, y con facilidad hubiese podido enviar algún delegado a aguardar a ese oscuro miembro de la Com­pañía que se retrasaba ya treinta minutos.

Pero la ocasión parecía exigir algo más que una cortesía normal. El viajero era francés, forastero en Roma. Había vivido más de veinte años en el exilio: en China, en África, en la India y en las dis­persas islas de Indonesia. Era un mero sacerdote y un distinguido estudioso, a quien Rudolf Sem­mering había mantenido silencioso bajo su voto de obediencia.

Para un hombre de estudio, el silencio era peor que el exilio. El sacerdote había tenido libertad para trabajar, para mantener correspondencia con sus colegas del mundo entero, pero se le había pro­hibido publicar los resultados de sus investigacio­nes o enseñar en alguna tribuna pública. En la úl­tima década, Rudolf Semmering había interrogado varias veces a su conciencia por esta prohibición impuesta a una mente tan brillante. Pero siempre había llegado a confirmar su primera convicción: que este hombre era un espíritu escogido a quien la disciplina refinaría, y cuyas audaces especulacio­nes necesitaban un período de silencio para fundamentarse firmemente.

Semmering tenía el sentido de la Historia, y estaba convencido de que la efectividad de una idea dependía de las condiciones de la época en la cual hacía su primera aparición. Era demasiado tarde en la Historia para arriesgarse a otro asun­to Galileo o para quemar a otro Giordano Bruno. La Iglesia sufría aún las consecuencias de los des­dichados debates acerca del rito chino. Semmering temía menos a la herejía que a un clima intelec­tual que podría transformar en herejía algún nue­vo aspecto de la verdad. No carecía de compasión ni dejaba de comprender los sacrificios que exigía a una mente noble como ésta, pero, como todos los miembros de la Compañía, Jean Télémond había hecho voto de obediencia y se había sometido al exigírsele su cumplimiento.

Para Semmering, ésta era la prueba final del temple de un religioso, la evidencia final de su ca­pacidad para una labor piadosa desde una posición de responsabilidad. La prueba había concluido, y Semmering quería explicar su actitud a Télémond y ofrecerle el afecto que cada hijo tenía derecho a esperar de su padre espiritual. Pronto pediría a Télémond que caminase por una nueva ruta, no ya solitaria o inhibida, sino expuesto, como no lo ha­bía estado nunca, a las tentaciones de la influencia y a los ataques de intereses celosos. Télémond necesitaría ahora más apoyo que disciplina, y Sem­mering quería ofrecérselo con calor y generosi­dad.

También necesitaría diplomacia. Desde la épo­ca de Pacelli, los cardenales de la Curia y los obis­pos de la Iglesia habían temido la introducción de una eminencia gris en los consejos del Pontí­fice. Deseaban, y hasta ahora lo habían logrado, un regreso al orden natural de la Iglesia, por el cual los miembros de la Curia eran los consejeros del Papa, y los obispos sus colaboradores, reco­nociendo su primacía como sucesor de Pedro, pero manteniendo también su propia autonomía apos­tólica. Si la Compañía de Jesús aparecía inten­tando forzar un favorito en la Corte papal, des­pertaría inevitablemente suspicacia y hostilidad.

Y, sin embargo, el Pontífice había pedido hom­bres, y el problema estaba ahora en la manera de ofrecerle éste sin dar la impresión de una campaña en su favor... La voz del anunciador restalló en los amplificadores, confirmando la llegada del vuelo «BOAC» procedente de Yakarta, Rangún, Nueva Delhi, Karachi, Beirut. Rudolf Semmering se puso en pie, alisó su sotana y caminó hasta la puerta de la Aduana para recibir al exiliado.

Jean Télémond habría llamado la atención en cualquier parte. De seis pies de estatura, erguido, rostro delgado, cabello gris y ojos azules fríos y llenos de humor, llevaba sus atavíos religiosos como un uniforme militar, mientras el tinte ama­rillo que la malaria dejara en su tez y los surcos sobre su boca, de comisuras altas, hablaban de sus campañas en lugares exóticos. Saludó a su superior con respetuosa reserva, y luego se volvió hacia el mozo de cuerda, que luchaba con tres pe­sadas maletas.

-Cuidado con esas maletas. Hay media vida de trabajo en ellas.

Con leve encogimiento de hombros dijo a Sem­mering:

-Supuse que esto era un traslado. Traje conmigo todos mis papeles.

El padre general le dedicó una de sus escasas sonrisas.

-Y tenía razón, padre. Ha estado alejado dema­siado tiempo. Ahora lo necesitaremos aquí.

Una chispa de malicia brilló en los ojos azules de Télémond.

-Temí que quisieran arrastrarme ante la In­quisición.

Semmering rió.

-Aún no... Estamos muy satisfechos de tenerlo con nosotros, padre.

-Me alegro -dijo Télémond con curiosa sen­cillez-. Estos años han sido difíciles para mí. Rudolf Semmering se sobresaltó. No había esperado que fuese un hombre tan franco y de com­prensión tan rápida. Y al propio tiempo sintió un destello de satisfacción. Éste no era un sabio abs­traído, sino un hombre de mente resuelta y cora­zón fuerte. El silencio no lo había quebrantado, ni lo había domado el exilio. Estaba bien tener espí­ritu de obediencia, pero un hombre con la volun­tad quebrantada resultaba inútil a sí mismo y a la Iglesia.

Semmering respondió gravemente:

-Conozco su trabajo, y sé lo que ha sufrido. Tal vez le he hecho la vida más difícil de lo ne­cesario. Sólo le pido que crea que lo hice de bue­na fe.

-Nunca lo dudé -dijo Jean Télémond abs­traídamente-. Pero veinte años es mucho tiempo.

Permaneció silencioso un instante, observando las verdes planicies de Ostia, salpicadas de anti­guas ruinas y modernas excavaciones, y las ama­polas rojas que crecían entre las resquebrajadu­ras de las viejas piedras. De pronto dijo:

-¿Aún estoy bajo sospecha, padre?

-¿Sospecha de qué?

Télémond se encogió de hombros.

-De herejía, de rebelión, de modernismo ocul­to, qué sé yo. Usted nunca me lo explicó claramente.

-Traté de hacerlo -dijo Semmering suavemente-. Traté de explicarle que se trataba de un problema de prudencia, no de ortodoxia. El Santo Oficio examinó algunos de sus primeros trabajos y conferencias. Ni los condenó, ni los censuró. Opinaron, como yo, que usted necesitaba más tiem­po, más estudio, más maduración. Usted posee una gran autoridad. Deseábamos emplearla como me­jor favoreciera a la Fe.

-Es lo que creo -dijo Jean Télémond-. De otro modo, habría abandonado totalmente mi tra­bajo. -Vaciló un momento y luego preguntó-: ¿Cuál es mi posición ahora?

-Le hemos hecho regresar -dijo Semmering dulcemente-, porque lo valoramos y lo necesita­mos. Vamos a encomendarle una misión difícil y apremiante.

-Nunca he puesto condiciones, usted lo sabe. Nunca he tratado de negociar con Dios ni con la Compañía. Trabajé como mejor pude dentro de los límites que se me impusieron. Ahora..., ahora de­searía pedirle algo.

-Pídalo -dijo Rudolf Semmering.

-Creo -dijo Télémond cuidadosamente-, creo que he avanzado cuanto es posible avanzar en este camino solitario. Estimo que lo que he hecho necesita la prueba de discusiones y debates. Desearía comenzar a publicar para someter mi tesis a la crítica. Ésta es la única forma en la cual el conocimiento crece, la única forma en la cual se ensanchan los horizontes del espíritu... Nunca he pedido algo antes, pero en esto pido su apoyo, y el apoyo de la Compañía.

-Lo tiene -dijo Rudolf Semmering.

En los estrechos asientos del automóvil que los llevaba velozmente, los dos hombres se encararon, superior y subordinado, el hombre que debía obedecer y el que le exigía el cumplimiento de su voto.

El rostro de Télémond se encogió levemente y sus ojos azules se hicieron nebulosos. Dijo torpemente:

-No..., no esperaba tanto. Ésta es una verdade­ra bienvenida al hogar.

-Es aún más -dijo el padre general afectuo­samente-. Pero todavía hay riesgos.

-Siempre supe que los habría. ¿Qué desea que haga?

-Ante todo, deberá someterse a una prueba. Será dura, y deberá prepararse en menos de un mes.

-¿Qué tipo de prueba?

-El treinta y uno de julio es el día de San Ig­nacio de Loyola.

-Me ordené en semejante día.

-Eso es un buen presagio, pues, porque ese día Su Santidad visitará la Universidad Gregoria­na, que, como usted sabe, debe su iniciación a nues­tro fundador y a san Francisco de Borja... Quiero que pronuncie usted el discurso conmemorativo en presencia de Su Santidad, del profesorado y de los estudiantes.

-Que Dios me ayude -dijo Jean Télémond-. Que Dios ayude a mi temblorosa lengua.

Y mientras se dirigían hacia el clamor de la ciudad a través de la Puerta de San Paolo, escon­dió el rostro entre las manos y lloró.

 

Ruth Lewin estaba sentada bajo una sombrilla listada en la Via Veneto, bebiendo una aranciata y observando a las multitudes que se dispersaban de sus almuerzos hacia la siesta. El aire suave del verano levantaba su espíritu, y sentía que con un bostezo largo podría librarse de todo el peso del mundo. Incluso la ciudad parecía haber adquirido un nuevo rostro. El bullicio del tránsito sonaba amistosamente en sus oídos. La gente vestía me­jor que de costumbre. Los camareros se mostra­ban más corteses. Las miradas de los hombres la halagaban.

Su situación no había variado. Sus dudas y dilemas no estaban resueltos, pero su carga parecía más liviana y la llevaba de mejor ánimo. Le parecía que su larga convalecencia había terminado y que ahora podía tomar confiadamente su lugar en el comercio normal del mundo.

No todo era ilusión. Había sufrido durante de­masiado tiempo las peligrosas alternativas de eu­foria y depresión para engañarse respecto a su es­tado de salud espiritual. Pero los vaivenes eran ahora más cortos; las alturas, menos elevadas; los abismos, menos aterradores. El pulso de la vida recobraba su ritmo normal. La fiebre desa­parecía por fin, y su momento de crisis había sido su encuentro con Cirilo el Pontífice en una calle­juela romana.

Incluso ahora se iluminaba este recuerdo con una especie de extasiada admiración. Era tan ex­traño el aspecto del Papa... La cicatriz, la barba, el contraste entre su posición y su humilde vesti­menta... Pero cuando estuvo frente a frente con él en su propia casa, ante la trivialidad del café y las galletas, ya no la impresionó su rareza, sino su extraordinaria sencillez.

Desde su ruptura con la Iglesia, Ruth había sentido una profunda antipatía hacia las formas orales y las costumbres clericales. Este hombre no las cultivaba. Llevaba su Fe como una epidermis y expresaba sus convicciones con la suavidad de quien las ha adquirido a un precio que no deseaba exigir a otros. Sus palabras fluían espontáneas y vibrantes de sinceridad:

«...Toda la vida es un misterio; pero la respues­ta a ese misterio está fuera de nosotros, no den­tro. No podemos quitarnos capa tras capa de nues­tra piel, como si fuésemos cebollas, esperando que al quitar la última capa descubramos la verdadera cebolla. Al final no queda nada. El misterio de la cebolla sigue sin explicación, porque, como el hombre, es el producto de un eterno acto crea­dor... Yo represento a Dios, pero no puedo decirle nada más. ¿No comprende? Eso es precisamen­te lo que debo enseñar: ¡un misterio! La gente que exige una explicación absoluta de la Creación, pide lo imposible. ¿Ha pensado alguna vez que al pedir el conocimiento de toda explicación co­mete un acto de orgullo? Somos limitados. ¿Cómo podemos abarcar la eternidad...?»

En boca de otros, estas palabras hubiesen sonado secas y pomposas; pero en Cirilo surgían con cierto poder de curación, porque no provenían de un libro, sino de las profundidades de su co­razón. No le reprochó su abandono de la Fe bau­tismal, sino que había hablado bondadosamente de esa Fe, como si fuese, de por sí, una especie de gracia.

-No hay dos personas que lleguen a Dios por el mismo camino. Hay muy pocos que llegan a Él sin tropezar y caer. Hay semillas que crecen largo tiempo en la oscuridad antes de echar sus retoños al sol... Hay otras que salen a la luz de una vez, en un solo día... Usted está ahora en la oscuridad, mas si desea la luz, ésta llegará a su debido tiem­po... ¿Comprende? El alma humana encuentra ba­rreras que debe salvar, y no siempre es posible salvarlas de un solo salto. Lo importante es la dirección en que viaja el alma. Si se aleja de sí misma, entonces llegará finalmente a Dios. Si se vuelve hacia sí misma, inicia el camino del suici­dio, porque nada somos sin Dios... Por tanto, todo lo que la impulsa hacia un crecimiento exterior: servir, amar, los intereses sencillos del mundo, todo eso puede ser un paso hacia Dios...

Perturbada como se hallaba aquella noche, Ruth no pudo captar el significado total de lo que Cirilo le dijo. Pero las palabras permanecieron impresas en su memoria, y cada día encontró en ellas nuevo sentido y nueva aplicación. Si ahora po­día permanecer tranquilamente al sol, observando los coqueteos y las insensateces de la ciudad, sin juzgarlos ni juzgarse, era debido a ese Cirilo cuya misión podía impulsarlo a juzgar, pero que, sin embargo, rehusaba pronunciar un veredicto.

¡Amor...! Una palabra camaleónica, y Ruth ha­bía conocido de sus variaciones y matices más de lo que podía admitir sin ruborizarse.

Toda gran ciudad tiene su cuota de lisiados, vagos y seres extraños que soportan la vida como pueden y agradecen cualquier alivio temporal de su miseria solitaria. Aquí, en Roma, el reino de los mendigos de amor era una región misteriosa y po­liglota, y Ruth la había recorrido casi en su tota­lidad.

Había sido un viaje traicionero para una viuda de treinta y cinco años, con dinero en el Banco y un corazón vacío. Sobre su pecho habían sollozado muchachos desconsolados que lloraban por sus madres. A su puerta habían golpeado maridos des­carriados y turistas en busca de placeres. Hom­bres de nobles apellidos le habían confiado sus exóticos afectos. La hermandad secreta femeni­na le había brindado el acceso a sus misterios sá­licos. Finalmente, había emergido, estremecida e insatisfecha, sabiendo que tampoco había lugar para ella en el mundo de los seres extraños.

¡Amor...! Aquí, en la Via Veneto, noche tras noche lo vendían por entregas hermosas muchachas que tiraban de la correa de sus poodles. En los clubs y bares, cualquier mujer con acento ex­tranjero podía comprarlo por una sonrisa y el co­queteo de un pañuelo de encaje... Pero, ¿dónde y cómo encontrar la persona en quien derrochar este ser que acababa de descubrir en sí misma, tan frá­gil y súbitamente tan precioso?

Milagrosamente se habían unido otra vez los fragmentos de Humpty Dumpty y éste se hallaba suavemente sobre la muralla, sonriendo y batien­do palmas ante la concurrencia. Pero si volvía a caer y la goma se despegaba..., ¿quién podía pe­gar de nuevo su cascarilla? ¡Oh, pequeño espíritu blanco y vagabundo, por favor, por favor, continúa de una pieza!

En el bullicio del tránsito, Ruth escuchó pro­nunciar su nombre.

- ¡Ruth Lewin! ¿Dónde te habías escondido?

Ruth alzó la vista y vio ante ella a George Fa­ber, con sus cabellos grises, y gallardo como un galán romano.

 

En su estudio privado, Cirilo el Pontífice se hallaba conferenciando con dos de sus ministros más importantes: el cardenal Goldoni, su Secre­tario de Estado, y el cardenal Clemente Platino, prefecto de la Congregación para la Propagación de la Fe. El propósito de su reunión consistía en un balance prolongado de los asuntos de la Igle­sia, Santa, Universal y Apostólica. El estudio era un cuarto grande, desprovisto de ornamentos, con la excepción de un crucifijo de madera tallada tras el pupitre del Pontífice, y en la pared opues­ta, una caja llena de mapas que señalaban la dis­tribución de las comunidades católicas a través del mundo.

En otro ambiente y con otras vestimentas, ha­brían parecido un trío de hombres de negocios in­ternacionales: el Pontífice, moreno, barbudo y exó­tico; el Secretario de Estado, canoso, rechoncho y de ruda elocuencia; Platino, alto, de cutis aceitu­nado, cortés y con una nariz aguileña heredada de algún antepasado español.

Pero en este lugar y en ese momento se halla­ban dedicados, hasta el límite de sus respectivos talentos, a una locura que prometía escasos bene­ficios a cualquier negocio: la preparación de todos los hombres para la muerte y para la unión con un Dios invisible. Su charla versó sobre una multitud de temas: dinero, política, tratados militares, acuerdos económicos, personalidades en los altos cargos del mundo entero; pero la esencia de la discusión era siempre la misma: cómo difundir por el mundo el conocimiento de Cristo, sus en­señanzas y la sociedad que Él había establecido para conservarla y diseminarla.

Para ellos, cada problema -cómo se casaba un hombre, cómo se le educaba, cuánto se le pagaba, su lealtad nacional- era, en el fondo, una cuestión teológica. Se referían al Creador, y a las criatu­ras, y a la eterna relación entre ellos. Todo lo que se hacía en la dimensión del tiempo tenía sus raíces y su prolongación en la eternidad.

Cuando el Secretario de Estado designaba un embajador para Austria o un cónsul para Uru­guay, su función consistía en mantener una rela­ción oficial con el Gobierno, de modo que, en un clima de armonía entre la Iglesia y el Estado, las almas pudiesen avanzar más fácilmente hacia el co­nocimiento y la práctica de una verdad salvadora.

Cuando Platino designaba tal o cual congrega­ción misionera para internarse en las junglas del Amazonas, lo hacía con el total convencimiento de que estaba obedeciendo un claro mandato de Cristo: llevar el Evangelio de esperanza a quienes vivían en la oscuridad y en la sombra de la muerte.

Pero este punto de vista traía consigo una secuela de problemas. Los hombres que ejecutaban una misión sagrada descuidaban a menudo su as­pecto humano. Los hombres que hablaban en tér­minos de eternidad tendían a mirar esperanzadamente hacia el futuro y a dejar que el presente escapara de entre sus manos. Aquellos a quienes sos­tenían los dos mil años de estructura de la Iglesia, se hallaban protegidos con excesiva blandura de las consecuencias de sus propios errores. Con tanta tradición tras ellos, a menudo se mostraban quisquillosos y suspicaces ante nuevas modalida­des de la acción cristiana.

Pero, a pesar de todo, hombres como Platino y Goldoni eran plenamente conscientes del mundo en que vivían, y sabían que para efectuar el tra­bajo de Dios, tenían que reconciliarse con lo que el hombre había hecho para sí mismo o de sí mis­mo. Y esto era lo que Platino acentuaba ahora. Su dedo largo y moreno señaló un lugar en el sudeste de Asia.

-...Por ejemplo, Santidad, aquí está Tailandia. Constitucionalmente es una monarquía. De hecho, es una dictadura militar. La religión del Estado es el budismo. Todos los varones de la familia real y todos los dignatarios del reino adoptan en algún período de su vida la túnica azafranada y pasan algún tiempo en un monasterio. Tenemos allí al­gunas escuelas, dirigidas por monjas y sacerdotes dedicados a la enseñanza. Se les permite impartir instrucción religiosa, pero no dentro de las horas de escuela. Los que desean recibir instrucción en la Fe deben acudir a la escuela fuera de estas ho­ras. Ésta es nuestra primera dificultad. Hay otra. Los nombramientos gubernativos, necesarios para todo cargo de cierta importancia, sólo se conceden a los budistas. Oficialmente, por supuesto, esta dis­criminación no existe, pero en la práctica, sí. El país está subdesarrollado. La mayor parte del co­mercio se halla en manos de los chinos, de manera que quien se hace cristiano debe renunciar prác­ticamente a toda esperanza de progreso social o económico... El temperamento del pueblo, condi­cionado también por la creencia budista, resiste a los cambios y recela de la influencia exterior...

»Por otra parte, entre los hombres jóvenes se hace evidente un creciente conflicto interior. Cada día se hallan en contacto más estrecho con la ci­vilización occidental a través de la ayuda mili­tar y económica de los Estados Unidos, pero en­cuentran pocas oportunidades y escasas posibili­dades de trabajo. Una estadística, que creo fidedigna, afirma que el veinticinco por ciento de los estudiantes varones de los últimos cursos son adic­tos a la heroína antes de abandonar el colegio. Ya ve usted el problema. ¿Cómo actuamos para pe­netrar realmente la mente y el corazón del pue­blo?

-¿Cómo resumiría usted la labor que ahora estamos desarrollando allí? -preguntó gravemente el Pontífice.

-Básicamente, como una labor de educación y caridad. En el aspecto humano, estamos ayudando a elevar el nivel de alfabetización. Tenemos hos­pitales que sirven de centros de entrenamiento. Poseemos un hogar para la rehabilitación de las muchachas que hemos sacado de los prostíbulos... Servimos a la comunidad. Exponemos nuestra fe a los que pasan por nuestras manos. Sin embargo, el número de conversiones es pequeño, y no he­mos penetrado con eficacia la mente y el corazón del país.

-Nuestra posición en Japón es peor -dijo Gol­dini con su habitual energía-. Tenemos un concordato que nos asegura condiciones de trabajo mucho más efectivas que las que tenemos en Tai­landia, pero tampoco allí hemos logrado traspasar realmente la barrera.

-Y, sin embargo, lo hicimos una vez -dijo Ci­rilo, con una sonrisa-. Comenzó con un hombre, san Francisco Javier. Los descendientes de sus conversos aún permanecen allí: los antiguos cris­tianos de Nagasaki y Nara. ¿Por qué fracasamos ahora? Tenemos el mismo mensaje. Dispensamos la misma gracia que dispensaba la Iglesia de las catacumbas. ¿Por qué fracasamos? -Se alzó de la silla y se detuvo junto al mapa, señalando un país tras otro y midiendo los fracasos y retiradas de la Iglesia-. Miren África. Mis predecesores proclamaron constantemente la necesidad de una rá­pida preparación del clero nativo: hombres iden­tificados con su propio pueblo, que comprendiesen sus símbolos y sus especiales necesidades. Se ha hecho demasiado poco y demasiado lentamente. Ahora el continente avanza hacia una federación de naciones africanas independientes, y nosotros perdimos nuestra oportunidad... Aquí en Brasil hay una fabulosa expansión industrial y una inmen­sa población de campesinos que viven en la pobre­za más agobiante. ¿Y a quién vuelven sus ojos los campesinos como campeones de su causa? Hacia los comunistas. ¿No predicamos nosotros la jus­ticia? ¿No debiéramos estar preparados a morir por ella, como por cualquier otro artículo de Fe? Les pregunto una vez más. ¿Dónde está nuestro fallo?

Goldoni dejó escapar un silencioso suspiro de alivio y esperó la respuesta de su colega. Después de todo, el ministro de Estado tenía que hacer frente a las situaciones tal como se le presenta­ban, con los diplomáticos y políticos de que dis­ponía: buenos o malos, paganos o cristianos. Pla­tino, por el contrario, estaba directamente encar­gado de la difusión de la Fe cristiana a través del mundo. Su autoridad era inmensa, y dentro de la Iglesia se le llamaba «el Papa rojo», así como al padre general de los Jesuitas se lo denominaba «el Papa negro».

Platino no respondió directamente, sino que co­gió del escritorio dos fotografías, que tendió al Pontífice. Una de ellas mostraba a un papú de cabello rizado, con camisa blanca, un laplap blan­co y un crucifijo al cuello. La otra era la imagen de un nativo de las montañas de Nueva Guinea, con un tocado de plumas de ave del paraíso en la ca­beza y un colmillo de cerdo atravesado en la na­riz.

Mientras el Pontífice examinaba ambas fotografías, Platino se las explicaba cuidadosamente:

-Tal vez estos dos hombres respondan a la pregunta de Su Santidad. Ambos provienen de la misma isla, Nueva Guinea, lugar pequeño, de escasa importancia económica, pero que políticamen­te puede transformarse en el eje de la federación de islas del Pacífico Sur. Dentro de dos años, o de cinco como máximo, Nueva Guinea será un país independiente. Este hombre... -señaló la fotogra­fía del nativo que llevaba el crucifijo- es un mu­chacho de las misiones. Maestro en una de nues­tras escuelas católicas de la costa. Ha residido toda su vida en la misión. Habla inglés y pidgin y motu. Enseña catecismo, y ha sido propuesto como candidato al sacerdocio... Este otro es un jefe tribal de las montañas: tiene veinte mil hom­bres bajo su mando. No habla inglés, comprende el pidgin, pero habla sólo su dialecto montañés. Aquí lleva un atavío ceremonial. Se mantiene ape­gado a sus antiguas creencias paganas... Pero cuando se otorgue la independencia a su país, él será probablemente uno de los cabecillas, mientras que nuestro muchacho de las misiones no tendrá influencia alguna.

-Explíqueme por qué -dijo Cirilo el Pontí­fice.

-Lo he meditado mucho, Santidad -dijo Pla­tino deliberadamente-. He orado mucho. Aún no sé si estoy en lo cierto, pero esto es lo que creo. Con nuestro muchacho de las misiones -y en cierto sentido- hemos tenido un éxito admirable. Educamos a un ser humano bueno. Lo iniciamos en la ruta de la salvación. Vive castamente, trata a todos con justicia y es, en sí mismo, un ejemplo de vida piadosa. Si llega a sacerdote, enseñará la Palabra de Dios y dispensará los sacramentos a aquellos con quienes tenga contacto. En él, y en otros como él, la Iglesia cumple con su misión primordial: la santificación de las almas humanas individuales... Pero en otro sentido hemos fraca­sado, porque en este muchacho..., ¿cómo decirlo...?, hemos limitado la pertinencia de la Fe... En la misión creamos para él un mundo pequeño y seguro. Un mundo cristiano, sí, pero que se ha apartado del mundo más vasto que es aún la viña del Señor. Le hemos hecho un individuo apolítico, y el hombre, por naturaleza, es un individuo po­lítico y social que tiene un alma imperecedera... Lo hemos dejado en gran parte sin preparación para el diálogo que deberá sostener durante su vida con el resto de, sus semejantes en carne y hueso... Miren a nuestro amigo, el del colmillo en la nariz. Es un hombre poderoso porque prac­tica la poligamia, y cada esposa aporta un peda­zo de tierra y la cultiva para él. Se aferra a sus antiguas creencias porque son su medio de comu­nión con la tribu. Es su mediador con los espíri­tus, así como es su mediador con hombres de otras lenguas. Comprende las leyes tribales y la justicia tribal. En medio de las dificultades y confusión que seguirán a la concesión de la indepen­dencia, hablará con más autoridad y más propie­dad que nuestro muchacho de las misiones, por que no ha estado divorciado de las realidades de la existencia social... Su Santidad habló de Bra­sil y de Sudamérica. Hay una analogía entre am­bas situaciones. La Iglesia tiene que tratar con el hombre en las circunstancias en que éste vive. Si está hambriento, debemos alimentarlo; si se lo oprime, debemos defenderlo para que por lo menos tenga un mínimo de libertad que le permita poner orden en su alma. No podemos predicar desde el púlpito: «No robarás», y luego permane­cer inactivos cuando se cometen injusticias polí­ticas o sociales contra aquellos que se sientan a escuchar nuestras prédicas... Vemos un extraño ejemplo en Polonia, donde, para sobrevivir, la Igle­sia ha debido entrar en activas conversaciones con elementos que le son útiles. Allí la Iglesia tuvo que demostrar su pertinencia, y lo hizo. Y vive con más fuerza precisamente por esa razón, aunque vive más dolorosamente.

Platino calló y se enjugó la frente con su pa­ñuelo.

-Disculpe, Santidad, si hablo aún más enérgicamente. Todos hemos visto el progreso logrado bajo su predecesor hacia un aumento de la unidad en­tre las diversas comunidades cristianas. Nuestro trabajo en este campo ha comenzado recientemen­te, pero me parece que cuando hemos estado a la defensiva, cuando hemos retrocedido estrechando la Fe contra nosotros como si pudiese manci­llarse al contacto con el mundo, entonces hemos fracasado. Donde la hemos alzado como un tes­timonio, donde hemos afirmado con osadía que el Evangelio no es ajeno a situación humana al­guna ni a acto humano alguno, allí hemos triun­fado.

-Usted lo afirma -dijo Cirilo el Pontífice ca­tegóricamente-. Yo lo afirmo, como lo hacen nues­tros hermanos obispos dispersos por el mundo, pero la afirmación no llega a la gente con la mis­ma claridad ni con los mismos frutos; ni siquiera llega a mis romanos aquí. ¿Por qué?

-Creo -dijo el Secretario de Estado bruscamente- que el mundo se está educando con más rapidez que la Iglesia. Digámoslo de otra manera. Saber que es preciso ejecutar un acto de Fe y un acto de contrición no es suficiente para fun­dar una sociedad cristiana o crear un clima reli­gioso. Los hombres se han visto proyectados a una nueva y aterradora dimensión de la existencia du­rante los últimos veinte años... El gráfico de la ciencia humana desde la invención de la rueda hasta el motor de combustión interna muestra una lenta ascensión. Abarca..., digamos..., cinco, diez, quince mil años. Desde el motor de combustión interna hasta este momento, la línea sube casi ver­ticalmente, apuntando a la Luna... Tempora mu­tantur... -citó torcidamente-. «Los tiempos cam­bian, y el hombre cambia con ellos.» Si nuestra mi­sión tiene algún significado, quiere decir que cada expansión de la mente humana debe ser una am­pliación de la capacidad del hombre para conocer, amar y servir a Dios.

-Creo que debería enviarlos a ambos a una gira misional -dijo Cirilo el Pontífice, con una sonrisa. Cruzó el cuarto hasta su mesa de trabajo y se sentó frente a ellos. Pareció reunir sus fuerzas un instante, y luego, mansa y casi humildemente, explicó su propia posición-: Ya saben us­tedes que soy un hombre impaciente. Desde que ocupo el Trono de Pedro he temido obrar con de­masiada precipitación y dañar así a la Iglesia, que me ha sido entregada... He tratado de ser pruden­te, de contenerme; también he comprendido que un hombre no puede cambiar el mundo en el lapso de su vida. El símbolo de la Cruz es un símbolo del aparente fracaso y el aparente desatino del propio Dios... Pero mi misión es la de enseñar y dirigir, y he decidido ahora dónde quiero comenzar... Lo que ustedes me han dicho confirma mi decisión. Les estoy agradecido. Deseo pedirles que oren por mí.

Los dos cardenales permanecieron silenciosos en sus asientos, esperando que el Pontífice con­tinuara. Sorprendidos, lo vieron mover la cabeza.

-Sean pacientes conmigo. Necesito tiempo y oración antes de definirme. Vayan en nombre de Dios.

 

-Supongo -dijo George Faber, con su habi­tual desasosiego-, supongo que te estarás pregun­tando por qué te cuento todo esto respecto a Chia­ra y a mí.

Ruth Lewin rió y se encogió de hombros.

-Así son las cosas en Roma: todo el mundo tiene alguna historia que contar. Y, generalmente, los desconocidos escuchan mejor.

-Pero nosotros no somos dos desconocidos. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado? Por lo menos media docena. Quizá más. En casa de los An­tonelli, en la de Herman Sleider y...

-Acepto que no somos desconocidos. Continúa desde ese punto.

-Me sentía deprimido, y me alegra mucho verte.

-Gracias, amable señor.

-Y no le cuento la historia de mi vida a to­das las muchachas que encuentro en las esqui­nas.

-No creo que en Roma importe mucho si uno la cuenta o no. La gente siempre la conoce..., ¡en diferentes versiones, por supuesto!

Faber sonrió, y durante un instante pareció un chico confuso.

-Nunca he escuchado tu historia, Ruth.

La muchacha consideró la pregunta con una sonrisa.

-Nunca la he contado. Y no pertenezco al gru­po que circula en los cócteles.

-¿A cuál perteneces?

-Eso me he preguntado muchas veces.

-¿Tienes muchos amigos aquí?

-Algunos. A veces me invitan a cenar. Los visito cuando deseo hacerlo. Trabajo un poco entre los necesitados de la Vieja Roma. En cuanto al resto... Mi arrangio. Me las arreglo en una u otra forma.

-¿Eres feliz?

Una vez más esquivó la respuesta.

-¿Lo es alguien? ¿Lo eres tú?

-Mi vida es un lío -dijo George Faber, sin ambages.

-No es ésa tu reputación.

Faber alzó la vista vivamente, sin saber si la muchacha se burlaba. Tenía un limitado sentido del humor, y las bromas lo amoscaban.

-¿Y cuál es mi reputación?

-Llevas la vida más ordenada de Roma..., y tienes una hermosa amante para completarla.

-No es así como lo veo yo. Quiero casarme. Y parece que sólo podré hacerlo enredándome en chantajes, sucias maniobras políticas y un rami­llete de muchachos alegres y de lesbianas.

-¿Crees que vale la pena correr ese riesgo?

Nublóse el rostro macizo y bien parecido de Faber, y se pasó una mano nerviosa sobre los grises cabellos.

-Me imagino que sí. En realidad no he tenido tiempo para pensarlo.

-Eso quiere decir que no estás seguro.

-No, no lo estoy.

Como si quisiese distraer la atención de la joven, Faber indicó al camarero que trajera otra taza de té. Luego encendió un cigarrillo y miró me­lancólicamente la fachada de la tienda, al otro lado de la calzada. A pesar de su despego, Ruth Lewin sintió compasión por él. Ya no era joven, aunque, seguramente, la mayoría de las mujeres lo conside­rarían atractivo. Había hecho una carrera satis­factoria y logrado un nombre respetable en el ofi­cio. Ahora se le pedía que arriesgara ambas cosas por una muchacha que, al verse libre, podría can­sarse de él y volverse hacia amores más jóvenes. Ruth abandonó su tono malicioso y lo interrogó con mayor bondad.

-¿Qué desea Chiara?

-Libertad a todo precio.

-¿Incluso al precio de tu carrera?

-Tampoco lo sé con certeza.

-¿No crees que deberías preguntárselo?

-Eso es lo que me preocupa... Ni siquiera yo mismo sé con claridad cuáles son los riesgos. Sólo sé que por una parte hay elementos de chantaje, y que seré yo el chantajista... No me entiendas mal. He estado en el juego durante mucho tiempo. Sé que todos los periodistas se ven tentados en algún momento a usar de su posición en provecho propio. La experiencia me dice que quienes lo ha­cen, terminan siempre perdiendo. Nunca me he de­dicado a los escándalos, de lo que me enorgullezco bastante... Por otro lado, estoy luchando por algo y por alguien que me son muy caros.

-Si vas a luchar contra Corrado Calitri -dijo Ruth Lewin gravemente-te aseguro que la lucha será dura.

Faber la miró sorprendido.

-¿Conoces entonces a Calitri?

-Conozco a alguna gente a quien él conoce. Juegan muy sucio cuando se los hiere.

Faber vaciló un momento, y luego, frente a frente le formuló la siguiente pregunta:

-¿Me ayudarías a conocer a alguna de esa gente?

-No.

Su respuesta fue definitiva.

-¿Por qué no?

-Viví en esa pequeña Arcadia durante cierto tiempo. No me gusta. No quiero volver allí. Por otra parte, tú eres periodista. Tienes tus propios contactos.

-No muchos en quienes pueda confiar. ¿Estarías dispuesta a darme ciertos nombres, alguna información?

Ante su sorpresa, Ruth estalló en carcajadas, y luego, viendo su desazón, posó una mano conciliadora sobre su muñeca.

-¡Pobre George! No debería reírme de ti. Pero... no sé..., realmente no sé...

-¿Qué?

-Tú y Chiara. ¿Estáis seguros de que podréis llegar al fin de la lucha, ganéis o perdáis? Ya sa­bes que si pierdes, te destrozarán, y tus fragmen­tos irán a parar a los leones, como los de los cris­tianos primitivos. La Iglesia no querrá saber nada de ninguno de los dos. No te recibirán en el Vati­cano ni en el Quirinal. ¿Estáis ambos dispuestos a soportarlo? ¿Tanto quieres a Chiara? ¿Tanto te quiere ella?

Faber se encogió de hombros y extendió las manos en un romano gesto de perplejidad.

- ¡Bah! En Roma todos hablan de amor. Todos juegan al amor a su manera. También he jugado yo, pero ahora es ya muy tarde en la vida para seguir jugando. No quiero equivocarme.

-Me gustaría ayudarte -dijo Ruth sosegadamente-; pero se trata de tu vida y de tu muchacha... Tengo que irme; se está haciendo tarde.

-¿Me permites llevarte hasta tu casa?

-Prefiero que no lo hagas. Tomaré un taxi.

-¿Puedo verte otra vez?

-¿Por qué, George?

Faber enrojeció, incómodo.

-Ha sido agradable conversar contigo. Tengo la esperanza de que decidas ayudarme. Y si sigo adelante con este asunto de Calitri, necesitaré ha­blar con alguien en quien pueda confiar.

-¿Por qué crees que puedes confiar en mí?

-Tú misma dijiste que no perteneces a esos círculos de chismosos. Y debo agregar que eres una joven muy madura.

-¿No puedes aplicarme otro calificativo?

De nuevo resurgió en el hombre aquel su hu­mor poco frecuente:

-Dame tiempo, y tal vez piense otros.

-Si lo haces, y cuando lo hagas, puedes lla­marme. Mi nombre figura en la guía de teléfonos.

Con estos términos imprecisos se separaron. Mientras Ruth Lewin se dirigía hacia su casa en medio del bullicioso tránsito vespertino, recordó que también para ella era ya tarde, y sintió otra vez esa piedad traicionera por George Faber y por su confuso corazón de hombre maduro.

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

Ha pasado una hora desde la medianoche... El comienzo de un nuevo día. Día importante para mí, porque por primera vez me dirigiré a toda la Iglesia. Ayer, entrada la noche, llamé a mi confe­sor para purgar mi alma de los pecados del día y purificarme para la tarea que debo iniciar.

Luego le rogué que permaneciera un rato a mi lado y me ayudase en la misa que deseaba celebrar inmediatamente antes de la medianoche... Es ex­traña la variedad que puede encontrar el sacerdo­te en el ofrecimiento del Sacrificio. A veces uno se siente seco e inconmovible, debe hacer un esfuer­zo de voluntad para concentrarse en el rito fami­liar y en la sobrecogedora significación del acto de la consagración. Otras veces parece que uno se halla fuera de sí mismo y «en el espíritu», como dice san Juan. Se tiene conciencia de Dios. Y uno se siente al mismo tiempo humillado y exaltado, temeroso y feliz...

Esta noche también fue diferente. Empecé de una nueva forma la naturaleza de mi cargo. Y cuando en la elevación alcé la Hostia sobre mi cabeza, vi el sentido real del «nosotros» con el cual se han dirigido habitualmente los Pontífices al mundo. No soy «yo» quien habla o escribe, es la Iglesia a tra­vés de mí, y Cristo a través de mí y de la Iglesia...

Yo soy yo, sí. Pero si hablo sólo de mí mismo, y por mí mismo, no soy nada. Soy como las cam­panas al viento, cuyo sonido cambia con cada bri­sa... Pero el Verbo no puede cambiar. El Verbo es inmutable... «En el comienzo hubo el Verbo, y el Verbo estuvo en Dios, y el Verbo era Dios.» Pero, en otro sentido, el Verbo debe renovarse en mí como el acto redentor de la Crucifixión se renueva en las manos de cada sacerdote al decir misa. Soy el instrumento a través del cual debe soplar la voz del Espíritu para que el hombre pueda escucharla en la modalidad de su propia época...

El papel ante mí está en blanco; las plumas, dispuestas. ¿Está dispuesto Cirilo? Oro por que así sea. ¿Qué debe escribir? ¿Cómo, y a quién?

Mi tema es la educación, la preparación del hombre para que ocupe su lugar en este mundo y en el otro. Mi carta será un examen de la función educacional de la Iglesia, de su misión de guiar el alma humana desde las sombras de la ignorancia, desde as servidumbres de la carne, hacia la luz y la libertad de hijos de Dios...

¿Cómo escribiré? Con cuanta sencillez pueda, porque la verdad más profunda es la que se expo­ne más simplemente. Debo escribir con el cora­zón... cor ad cor loquitur. Y debo escribir en mi propia lengua, porque así es como mejor habla el hombre de Dios, y a Dios. Después los latinistas tomarán mis palabras y las endurecerán en esas formas antiguas que las conservarán para los ana­les permanentes de la Iglesia. Luego vendrán los traductores, que las volcarán en cien otras lenguas en las cuales debe predicarse la Palabra de Dios... El mundo es una torre de Babel de voces contra­dictorias, pero dentro de la Iglesia debe existir siempre «la unidad del espíritu dentro de los la­zos de la Fe».

Fuera de la Iglesia también existe una unidad que olvidamos con excesiva frecuencia. La unidad de los hombres que sufren juntos una existencia común, gozan con alegrías comunes y comparten los mismos pesares, confusiones y tentaciones...

Recuerdo algo que los pastores olvidamos muy a menudo. El testimonio del alma, de Tertuliano... «Hombre es un nombre que pertenece a todas las naciones sobre la Tierra. En ellos todo es un alma a través de muchas lenguas. Cada país tiene su propia lengua, pero los temas de los cuales sin en­señanzas habla el alma, son los mismos en todas partes.»

Hay otra razón por la cual deseo también es­cribir en ruso. Quiero que Kamenev vea mi carta tal como salió de mi mano. Deseo que a través de ella escuche los tonos de mi voz, para que sepa que mi afecto está con él y con el pueblo entre el cual nací. Si fuese posible, me gustaría que reci­biera mi manuscrito; pero sería difícil hacerlo lle­gar a sus manos, y no puedo arriesgarme a com­prometerlo.

¿A quién escribiré...? A la Iglesia toda, a mis hermanos obispos, a todos los sacerdotes y mon­jes y monjas, a todos los fieles, sin los cuales nues­tro ministerio carece de significado. Debo mos­trarles que su misión no es sólo enseñar, sino edu­carse mutuamente con amor e indulgencia, dando cada uno de su fortaleza al débil, de su conoci­miento, al ignorante, de su caridad, a todos...

¿Y qué sucederá después que haya escrito? Debo comenzar a actuar a través de la administra­ción de la Iglesia para que se efectúen reformas donde sea necesario y para que la inercia de una organización vasta y dispersa no obstruya el camino de la intención divina. Debo tener paciencia y tolerancia, y debo comprender que no tengo de­recho a exigir a Dios un éxito visible en todo lo que intente. Soy el jardinero. Planto la semilla y la riego, sabiendo que la muerte puede llevarme antes de que pueda ver el capullo o la flor. Es tarde y debo comenzar...

«Cirilo, siervo de los siervos de Dios, a los obis­pos y hermanos de todas las Iglesias, paz y bendi­ción apostólica...»

 

La llegada al hogar de Jean Télémond, S. J. trans­currió en un ambiente seco y monótono que desmentía la cordialidad de la acogida de su superior.

El cuartel general de la Compañía de Jesús, que ocupaba el número 5 del Borgo Santo Spirito, era un gran edificio gris, helado como cuartel militar, que se cobijaba a la sombra de la cúpula de San Pedro. Sus muebles eran escasos, funcionales y sin belleza aparente. El único ser que saludó al recién llegado fue el hermano portero, un gris y áspero veterano que por haber visto ir y venir a tantos miembros, daba poca importancia a éste.

Triste y con carácter de provisionalidad, el as­pecto general del lugar era el de un refugio de hombres entrenados para despojarse de las como­didades y los afectos humanos y convertirse en soldados de Cristo. Incluso los emblemas religiosos eran feos y producidos en serie, como meros re­cordatorios de la vida interior que ningún símbolo podía expresar adecuadamente.

Después de haber orado juntos, el padre gene­ral condujo a Télémond a su cuarto, una celda pequeña, enjalbegada y provista de una cama, un reclinatorio, un crucifijo, un escritorio y un conjunto de estantes para libros. Sus polvorientas ven­tanas daban a un patio frío y desierto, incluso bajo el sol de verano. Jean Télémond había vivido en condiciones más duras que la mayoría de sus her­manos y en lugares menos acogedores, mas esta primera mirada a la Casa Central lo sumió en una profunda depresión espiritual. Se sintió solitario y desnudo, y extrañamente temeroso. El padre ge­neral le entregó el horario de la casa, prometió presentarlo a sus colegas a la hora de la cena, y luego lo dejó entregado a sus propios recursos.

Sólo tardó algunos minutos en desempaquetar sus escasas pertenencias personales, y en seguida se dedicó a distribuir sobre la mesa notas, manus­critos y voluminosos archivos que representaban el trabajo de su vida. Ahora que había llegado el mo­mento de rendir cuentas y presentarlo al mundo, le pareció pequeño e insignificante.

Durante veinte años había trabajado como pa­leontólogo en China, en África, en América, en la lejana India, investigando la geografía del cambio, la historia de la vida registrada en la corteza te­rrestre. Eminentes hombres de ciencia fueron sus colegas y colaboradores. Había sobrevivido a gue­rras y revoluciones, a enfermedades y a la soledad. Hubo de soportar la peligrosa dicotomía entre su función como científico y su vida como sacerdote de una religión. ¿Con qué fin?

Durante años había arraigado en él la convic­ción de que el único propósito inteligible de tanto esfuerzo y sacrificio era exponer la vasta concor­dancia de la Creación, la convergencia última de lo espiritual y lo físico que señalaría la consumación eterna de un eterno Impulso creador. Meditó mu­chas veces sobre el significado del antiguo prover­bio: «Dios escribe recto con líneas torcidas», y estaba convencido hasta la médula de que el vector final de todas las diversas fuerzas de la Creación era una flecha que apuntaba directamente a una divinidad personal.

Muchos habían intentado antes que él esta jus­tificación de Dios ante el hombre. Sus resultados y sus fracasos eran los hitos del pensamiento hu­mano: Platón, san Agustín, Alberto Magno, Tomás de Aquino... Cada uno de ellos había añadido otra etapa al viaje de la razón sin apoyos; cada uno de ellos elevó otro tanto al hombre sobre la jungla que lo producía.

Para Télémond este proyecto adquiría otra for­ma: trazar, basándose en el texto de la tierra vi­viente, el viaje desde la no vida a la vida, de la vida a la conciencia, de la conciencia a la unidad final de la Creación con su Creador.

Télémond creía que el estudio del pasado era la clave para el esquema del futuro. La justifica­ción del pasado y del presente estaba en el maña­na que emergería de ellos. No podía creer en un Creador exclusivamente pródigo, ni en una Crea­ción difusa, accidental, carente de objetivo. Como raíz de todos sus pensamientos y -creía Télé­mond- como raíz de toda aspiración humana, existía un deseo instintivo de unidad y de armo­nía en el Cosmos. Si los hombres abandonaban su esperanza de alcanzarla, se condenaban al suici­dio o a la locura.

De que la armonía existía, estaba convencido más allá de toda duda. Que podía ser demostra­da, lo creía también..., pero con otro tipo de cer­tidumbre. Había esbozado el esquema, mas aún no estaba completo. Creía haber captado sus líneas generales, y, sin embargo, el problema consistía en explicarlas en términos inteligibles y aceptables. Una exposición de tal grandiosidad requería nue­vas palabras, nuevos niveles de pensamiento, nue­vas analogías y una nueva audacia en la especu­lación.

Hacía ya demasiado tiempo que el pensamiento occidental tendía a apartarse del conocimiento uni­ficado del mundo. Incluso en 1. Iglesia, el pensa­miento espiral de los padres orientales, los tradi­cionales gnosis cristianos, se había visto oscurecido por la tradición nominalista y racionalista de los teólogos occidentales. La esperanza de superviven­cia del mundo habría de estribar, ahora o nunca, en un salto fuera de los límites de la mera lógica hacia el reconocimiento de nuevas y más audaces modalidades de comunión.

Pero el terror de este primer momento en Roma radicó en que, bajo el impacto de la ciudad bulli­ciosa y pendenciera -en la cual se codeaban a cada paso presente y pasado-, Télémond sintió que su convicción parecía debilitarse. Roma estaba tan segura de sí misma, era tan sofisticada, tan escéptica, tan convencida de que todo lo que había sucedido y podía suceder había sido ya pasado y juzgado sin apelación, que su propia voz tendría que sonar parva e insignificante.

Hacía mucho tiempo que Télémond había es­crito desde una cabaña en las márgenes del desier­to de Gobi: «Comprendo ahora lo poco que brinda al hombre el mero viajar. A menos que el espí­ritu se expanda con la explosión de espacio a su alrededor, regresa el mismo que partió.» Aquí, en la casa matriz de la Compañía, donde todas las estancias parecían iguales, donde todos vestían la misma sotana negra y asistían a los mismos ejer­cicios piadosos y comían en la misma mesa, no supo si realmente había cambiado y si la expan­sión que creyó haber alcanzado no era sólo una amarga ilusión.

Con ademán de impaciencia guardó los últimos manuscritos en el escritorio, cerró la puerta de su celda tras ellos y salió a contemplar la ciudad que; tan vívidamente lo amenazaba.

Tras algunos minutos de andar se encontró ante el amplio panorama de la calle de la Conciliación y a plena vista de la Piazza de San Pedro. El esbelto dedo del obelisco señalaba al cielo, y, a ambos lados, las columnatas de Bernini retrocedían hasta la cúpula de la Basílica, iluminada por el sol. La súbita majestad de esta visión: la elevada cúpula, las gigantescas figuras de piedra, la empinada masa de columnas y pilastras, todo ello le opri­mió, y se sintió ebrio ante el violento choque con el sol y el espacio.

Instintivamente bajó sus ojos hacia el aspecto humano: el vagabundear de los turistas de la tar­de; los cocheros que chismorreaban junto a las cabezas de sus caballos; los mercaderes con sus cajitas de rosarios; los autobuses y los automóvi­les; los tenues chorros de agua de las fuentes. Una vez más funcionaron los engranajes de la memo­ria, y Télémond recordó lo que había escrito des­pués de su primera visión del Gran Cañón del Co­lorado. «Quedo insensible o terriblemente pertur­bado ante la visión de grandezas naturales, e in­cluso de algún artefacto espectacular abandonado por sus hacedores. En cuanto el hombre aparece, me siento reconfortado, porque el hombre es el único eslabón trascendente entre el orden físico y el espiritual. Sin el hombre, el Universo es un erial gimiente contemplado por una Deidad invi­sible...» Si el hombre abandonara incluso el es­plendor sin edad de la Piazza de San Pedro, éste decaería y se pudriría hasta convertirse en refu­gio de cabras, donde las raíces de los árboles cre­cerían entre las piedras y los animales beberían en los tazones enlodados de las fuentes.

Con nuevos bríos, Télémond caminó a través de la Piazza hacia la entrada de la Basílica, detenién­dose a mirar hacia las habitaciones papales y a preguntarse cómo sería el hombre que las ocupa­ba. Pronto se hallarían frente a frente, y Jean Té­lémond tendría que justificar el trabajo de su vida ante el hombre que debía perpetuar la vida de toda la Iglesia. Circulaban ya muchos rumores respecto al nuevo Pontífice y su desafío a los reaccionarios y a los tradicionalistas extremados del Vaticano. Había algunos que veían en él al impulsor de un segundo renacimiento dentro de la Iglesia, un esla­bón nuevo e inesperado entre el Oeste lógico y el Este iluminado.

Si los rumores eran verídicos, entonces había alguna esperanza de que Jean Télémond se libera­ra finalmente de su exilio. Si no lo eran...

En el extremo opuesto de la Piazza se hallaba el palacio del Santo Oficio, donde los Mastines de Dios guardaban el Depósito de Fe. Allí conocían ya a Jean Télémond. Cuando un sacerdote era some­tido a sus escrutinios, ya no lo olvidaban más, y todo lo que escribía debía pasar por sus manos an­tes de publicarse. Todavía estaba allí el cardenal Leone, el de la melena blanca, los ojos fríos y el humor incierto. Era un secreto a voces que Leone no simpatizaba con el padre general de los jesuitas, y que favorecía las opiniones y modalidades de las órdenes más antiguas de la Iglesia. Télémond no pudo comprender los motivos que habían impul­sado a Semmering a arriesgarse a disgustar al vie­jo león trayendo de regreso a Roma a un hombre de opiniones sospechosas.

Tanto dentro como fuera de la Iglesia existían consideraciones de política. Había mentes investi­gadoras y mentes reacias; tradicionalistas ence­guecidos e innovadores demasiado ansiosos; hom­bres que sacrificaban el orden al crecimiento, y otros que buscaban cambios con tanta osadía, que los atajaban por siglos. Había pietistas obstinados y feroces ascéticos; administradores y apóstoles..., y que Dios asistiese al desdichado que se dejara coger entre las ruedas del molino.

Sólo había un refugio, una decisión, que Télé­mond había adoptado hacía mucho tiempo. El hombre sólo puede caminar por la senda que ve a sus pies o por aquella que le señala su legítimo superior. Más allá de eso, se halla en manos de Dios... Y el alcance de esas manos es más gene­roso, y su contacto, más tranquilizador que los de las manos de cualquier hombre.

A pesar de la tibieza del ambiente, Télémond se estremeció y apresuró sus pasos hacia el inte­rior de la Basílica. Sin mirar a derecha ni a iz­quierda, cruzó la nave sonora hacia el santuario, y se arrodilló durante largo rato, orando en la tum­ba de Pedro.

 

En las heladas horas entre la medianoche y el alba, George Faber permanecía despierto, luchando con su nueva situación. A su lado, saciada y tranquila, Chiara dormía como un niño. En todos aquellos meses de amor, nunca había experimen­tado una pasión tan tumultuosa, un abandono se­mejante al de esa noche. Todos sus sentidos se exacerbaron, todas las emociones surgieron y se apagaron en una culminación de unión tan inten­sa, que la propia muerte pareció hallarse a sólo un suspiro de distancia. Jamás se había sentido tan hombre. Nunca se mostró Chiara tan genero­samente, mujer. Nunca había sucedido tan rápidamente la palabra a las efusiones de ternura y a los transportes del deseo... Nunca en su vida se había sentido tan súbitamente abrumado por la tristeza del después.

En cuanto terminaron de hacer el amor, Chiara dejó escapar un leve suspiro de satisfacción, ente­rró el rostro en la almohada y se quedó dormida. Fue como si lo hubiese abandonado sin previo avi­so y sin despedida para embarcarse en un viaje privado; como si habiendo alcanzado los límites del amor, se le dejase solitario para hacer frente a la oscuridad y los terrores de la noche sin fin.

Los terrores fueron más reales de lo que lo ha­bían sido jamás. Alguna vez, en alguna forma, era preciso pagar un placer de tal intensidad. Y sabía, sin género de duda alguno, que sería él quien pa­garía. Lo que aquella noche sintió fue un floreci­miento primaveral que podría no repetirse, porque su vida se acercaba al fin del verano, al fin de la cosecha, y el recaudador esperaba en la puerta para reclamar su parte.

Para Chiara, la vida era aún su deudora. El pago se había demorado en exceso, y su cuerpo estaba ávido del tributo. Para él, que había traspa­sado ya la línea de los cuarenta años, el caso era muy distinto. Sabía dónde se ocultaban los rótulos con los precios. Conocía la necesidad que seguía a la viva satisfacción del acto de unión: el ansia de continuidad, la necesidad de hijos nacidos de la semilla derrochada en la lujuria o el amor, la ne­cesidad de un puerto tranquilo y de una mañana de sol tras las tormentas de la noche.

Mientras George meditaba así, Chiara se agitó y se volvió hacia él en busca de su tibieza. Era un gesto ejecutado en sueños, pero más elocuente que las palabras. Hasta su matrimonio con Calitri, Chiara había estado siempre protegida: por pa­dres ricos y afectuosos, por monjas cariñosas, por las tradiciones de su clase. Al fracasar su matri­monio, Chiara encontró otro refugio, y ahora acu­día a reposar contra su pecho buscando olvido en­tre sus experimentados brazos. Mientras George la sujetase en ellos con fuerza, protectoramente, Chiara permanecería a su lado. Pero en cuanto sus brazos aflojaran o su valor disminuyese, se desli­zaría hacia otro refugio.

Lo extraño era que Chiara no veía la injusticia de este trato. Había dado a George su cuerpo, su reputación; ¿qué más podía pedirle? Y si George se lo hubiese dicho, no habría comprendido. Casada y madre, Chiara llegaría finalmente a la madu­rez, pero en su posición actual sería siempre la mujer-niña, en parte encantada con la aventura, en parte temerosa de sus consecuencias, pero sin comprender que la deuda de amor no se pagaba totalmente con la moneda de su carne.

Para la mujer, el delirio amoroso de aquella noche, magnífico, agotador y maravilloso, había sido también una especie de fuga; y George era demasiado viejo, demasiado sabio o demasiado calculador para acompañarla. Instintivamente se volvió, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él, preguntándose al hacerlo por qué la milagrosa unidad de la carne debía durar tan breve tiempo, y por qué, finalmente, los amantes permanecen tan a menudo y durante tanto tiempo como islas en un mar oscuro. La mano inerte de Chiara se atravesa­ba sobre su cuerpo, sus cabellos rozaban sus la­bios, su perfume lo rodeaba. Pero el sueño no acudía, y George repasó una y otra vez la charla que ambos habían mantenido mientras cenaban, cuando repitió a Chiara el consejo de Campeggio, y le explicó adónde podría llevar a ambos este consejo...

Chiara lo había escuchado atentamente, con la barbilla apoyada en las manos, sus ojos oscuros brillantes de ansiedad, intrigada por la perspectiva de una conspiración.

- ¡Por supuesto, querido! Es tan sencillo... ¿Por qué no lo pensamos antes? Tiene que haber muchas personas en Roma que se sientan felices de proporcionar pruebas contra Corrado. Lo úni­co que debemos hacer es encontrarlas.

-¿Conoces a alguna de ellas, Chiara?

-En realidad, no. Corrado siempre fue discre­to conmigo. Pero si hablamos con diversas perso­nas, seguramente llegaremos a conseguir una lista de nombres.

-Eso es justamente lo que no debemos hacer -dijo Faber firmemente-. No hay que hablar con nadie. Si llega a saberse lo que estamos haciendo, será el fin. ¿No comprendes? Estamos en medio de una conspiración.

-George, querido, no seas tan melodramático. Sólo estamos intentando que me hagan justicia. Y eso seguramente no puede llamarse conspira­ción, ¿verdad?

-Tiene mucha semejanza. Y para la Iglesia y la ley civil significa casi lo mismo. Sólo hay dos co­sas que podemos hacer: emplear un investigador profesional o conducir yo mismo la investigación. Si usamos un detective, me costará más de lo que puedo pagar, y al final podría traicionarme ante tu marido. Si lo hago personalmente... me comprometo hasta el cuello.

Chiara lo miró con ojos muy abiertos e inocen­tes.

-¿Tienes miedo, George?

-Sí.

-¿De mi marido?

-De su influencia, sí.

-¿Quieres casarte conmigo, amor mío?

-Bien lo sabes. Pero cuando nos casemos ten­dremos que vivir. Si pierdo mi reputación en Roma, ya no podré trabajar más aquí. Tendríamos que regresar a los Estados Unidos.

-No me importaría... Y, además, ¿has pensa­do en mi propia reputación? Y no te la he echado en cara, ¿no es así?

- ¡Por favor, Chiara! Trata de comprender que éste no es un problema de moral, es un problema de autoridad, de situación profesional..., del pres­tigio del cual vivo. Si se me tilda de chantajista..., ¿dónde podré comenzar otra vez? Estamos cara a cara con los dos niveles de conducta, mi amor. Puedes dormir con quien quieras, puedes hacer millones explotando a los pobres. Pero si das un cheque sin fondos por diez dólares o infringes el código de ética profesional, estás muerto y sepul­tado sin apelación. Así es el mundo. Haz lo que quieras, coge lo que quieras, pero si tropiezas..., ¡que Dios te ayude! Y a eso es a lo que tendre­mos que enfrentarnos.., juntos.

-Si yo no tengo miedo, George, ¿por qué ha­brías de tenerlo tú?

-Necesito estar seguro de que sabes lo que se halla en juego.

-Ignoro si sabes realmente lo que está en jue­go para mí. Las mujeres necesitamos el matrimo­nio, George. Necesitamos tener un hogar e hijos, y un hombre que nos pertenezca. Lo que tenemos es maravilloso, pero no basta. Y si tú no luchas por nuestro matrimonio, George, ¿qué puedo ha­cer yo?

Allí estaba el desafío que lo había llevado a los brazos de Chiara; un desafío a su virilidad, un desafío a la única locura en la cual no había caído jamás: la de considerar que el amor bien valía un mundo. Pero George Faber era un hombre de su propio mundo. Se conocía demasiado bien para creer que podía vivir sin ese mundo. Había hecho el gesto heroico, sí, había lanzado su gorra contra los molinos de viento, pero cuando llegara el mo­mento de atacarlos con lanza y espada, ¿cuál sería su aspecto? ¿El del caballero de la armadura res­plandeciente con una prenda de su dama en el yelmo...? ¿O un Quijote envejecido sobre un rocín flaco, objeto de mofa para hombres y ángeles?

 

Valerio, cardenal Rinaldi, se hallaba sentado en la terraza de su villa y veía declinar el día hacia el mar. Los pliegues de la tierra ostentaban mil som­bras purpúreas, los cerros mostraban destellos de oro y bronce, y los tejados de la aldea y de la granja brillaban bermejos en el resplandor del atardecer. Una leve brisa acariciaba la tierra, lle­vando el perfume de lilas y rosas y el aroma del heno recién cortado. Risas infantiles provenientes del jardín inferior recordaron al cardenal que en­tre los mármoles órficos jugaba la hijita de su sobrina.

Era ésta la hora más hermosa: la hora entre el día y la oscuridad, cuando el ojo descansaba de la dureza del sol y el espíritu no caía aún en la melancolía del crepúsculo. Las cigarras permane­cían quietas, y los grillos no comenzaban aún su lastimero chirriar. Rinaldi cogió el libro que yacía en su regazo y comenzó a leer los retorcidos caracteres griegos que escondían las mágicas palabras de Eurípides:

 

¡Oh ese tranquilo jardín en el mar del Oeste

donde las hijas de la tarde cantan

bajo el manzano dorado;

donde el marino audaz al vagar

descubre que el Dios del Océano ha obstruido

su sendero hacia el Oeste sobre el irreal púrpura!

¡Donde el colosal Atlas vive para guardar

las solemnes fronteras del cielo!

Donde las fuentes palaciegas de Zeus su ambrosía divina manan.

 ¡Mientras la tierra sagrada reúne sus frutos de sabores exóticos

para bendecir la fiesta inmortal con generosa abundancia!

 

Rinaldi era un hombre afortunado, y lo sabía. Eran pocos los que llegaban a la eminencia y so­brevivían a ella con el corazón sano y buena diges­tión, para gozar del jardín tranquilo en el cual cantaban las hijas de la tarde. Pocos en su profe­sión podían escuchar voces de niños en su propio huerto, verlos apretujarse sobre sus rodillas pi­diendo cuentos, darles un beso y la bendición de un viejo sacerdote al enviarlos al lecho.

Rinaldi conoció a algunos que murieron prema­turamente. Otros sobrevivían dolorosamente, con ojos nublados, o miembros temblorosos, o lentos cánceres, mantenidos por la caridad de la Iglesia. Algunos llegaban a la senilidad o a la pobreza de bienes y de espíritu. Pero él se sentaba aquí, en el esplendor de un día que declinaba, próspero, independiente, el último de los principescos carde­nales de la Iglesia. Tenía pocos remordimientos, porque el remordimiento siempre le había pareci­do una vanidad ajena a su naturaleza. Estaba pre­parado para su retiro; y preparado también por su mente inquisitiva y estudiosa, y una diversidad de amistades e intereses. No temía a la muerte, porque en el curso normal de la vida aún estaba lejos, y porque había vivido una vida ordenada, invirtiendo sus talentos como mejor supo en el servicio de la Iglesia.

Y, sin embargo, a veces, en la hora crepuscu­lar, en las noches desveladas de los ancianos, o cuando observaba a los campesinos inclinados so­bre los labrantíos de su pertenencia, acudía a su mente una pregunta punzante: ¿por qué tengo tan­to? ¿Por qué he recibido tanto, cuando otros tie­nen tan poco? ¿O es ésta una ironía divina que sólo comprenderemos en la eternidad?

El viejo Eurípides había hecho la misma pre­gunta, y su respuesta no había sido mejor:

 

Vagan sobre las olas, visitan ciudades extrañas

buscando un mundo de riquezas,

todos igualmente seguros de lograrlas; pero

la visión de un hombre pierde el momento afortunado,

 otro encuentra la fortuna en su regazo.

 

Y había aún otra pregunta. ¿Qué hacía uno con estos frutos de la vida? ¿Tirarlos, como el herma­no Francisco, y recorrer el mundo entonando ala­banzas a la Señora Pobreza? Ya era demasiado tarde para eso. La gracia del abandono había pa­sado junto a él, si es que alguna vez le había sido realmente ofrecida. Ahora estaba uncido a la ca­rrera que había forjado.

No era codicioso ni pródigo. Estaba educando a los hijos de su hermana y a un par de estudiantes necesitados, que serían sacerdotes. Cuando mu­riese, la mitad de su fortuna pasaría a su familia; la otra mitad, a la Iglesia. El Pontífice había apro­bado sus disposiciones. ¿Qué podía reprocharse entonces? Nada, aparentemente, excepto cierta me­diocridad de espíritu, la necesidad de su naturale­za de obtener lo mejor de ambos mundos. Y, sin embargo, Dios los había hecho a ambos, al visible y al invisible, para habitación y beneficio del hom­bre. Y también había hecho al hombre, y estaba en la naturaleza de Su misericordia el no exigir más que una justa retribución de los talentos que ha­bía concedido a cada ser.

Sabiamente, Valerio Rinaldi no se regocijaba libremente en su buena fortuna. Pero no podía llo­rar, porque no tenía motivos. De manera que suspiró levemente mientras las sombras se cernían sobre la Tierra y continuó leyendo la historia de Hipólito, el hijo de Teseo:

 

¡Penetrar en las tinieblas! ¡Dejadme morir,

 y pasar al mundo bajo tierra, en la triste oscuridad!

Desde que tú, la más querida, no estás ya a mi lado.

Y la muerte que has dado es más cruel que la muerte

que te ha tragado.

 

Cuando llegó, por fin, el crepúsculo, Rinaldi ce­rró su libro y entró para recitar las oraciones ves­pertinas con los miembros de su casa, y prepararse luego para cenar con el cardenal Leone.

El inquisidor de blancos cabellos pareció tan áspero y gruñón como de costumbre, pero se sua­vizó instantáneamente al entrar las niñas. Y cuando éstas inclinaron las tres cabecitas morenas para recibir su bendición, sus ojos se nublaron y sus manos temblaron al posarlas sobre sus frentes. Cuando las chiquitinas retrocedieron respetuosamente, las atrajo hacia él y habló con la gravedad de un abuelo sobre sus lecciones y sus muñecas, y del trascendental acontecimiento que significaba una visita al zoológico. Rinaldi sonrió secretamen­te al ver domesticado al león con tanta facilidad. Se sorprendió aún más cuando el hombre que cus­todiaba tantos misterios armó torpemente un rompecabezas y rogó que dejasen a las niñas con él hasta terminarlo.

Cuando, finalmente, las chicas abandonaron la habitación y se anunció la cena, Leone parecía cu­riosamente sumiso. Dijo gravemente:

-Usted es un hombre afortunado, Rinaldi. Esto es algo que debería agradecer a Dios todos los días de su vida.

-Lo agradezco profundamente -dijo Rinal­di-. Me perturba haber hecho tan poco para me­recer mi felicidad.

-Goce de ella, amigo mío. Es la más pura que conocerá jamás. -Y luego añadió unas palabras conmovedoras-. Cuando estaba en el seminario, uno de mis viejos maestros decía que cada sacerdote debería recibir un niño a quien criar durante cinco años. Entonces no comprendí lo que quería decir. Ahora sí.

-¿Tiene usted parientes? -preguntó Rinaldi.

-Ninguno. Antes pensaba que los sacerdotes no los necesitábamos. Esa es una ilusión, por supuesto... Uno se siente tan solitario con sotana como sin ella. -Gruñó y esbozó una sonrisa triste-. ¡Bah! Todos nos ponemos sentimentales cuando nos hacemos viejos.

Cenaron solos, como convenía a dos príncipes, hombres cargados con los más pesados secretos de la Iglesia. Los servía un sirviente anciano, que se retiraba luego de cada plato, para que los cardena­les pudieran conversar libremente. Leone parecía curiosamente conmovido por su encuentro con las niñas, y mientras pinchaba abstraídamente el pescado con el tenedor, volvió otra vez a los proble­mas de la vida célibe.

-Usted sabe que todos los años coleccionamos algunos casos en el Santo Oficio; sacerdotes que tienen líos con mujeres, turbias relaciones entre maestros y alumnos y protestas por insinuaciones de sacerdotes en el confesionario. Es inevitable, por supuesto. En todos los cestos hay manzanas po­dridas, pero a medida que envejezco, me siento menos seguro de la forma en que hay que tra­tarlas.

Rinaldi asintió con la cabeza. También había prestado servicios como comisionado del Santo Oficio, y estaba al corriente de sus diversas deli­beraciones.

Leone continuó:

-En este momento tenemos un caso muy la­mentable, que afecta a un sacerdote romano y a una joven de su congregación. Las pruebas son asaz concluyentes. La muchacha está encinta, y hay posibilidades de escándalo público. Me sentí obli­gado a poner este asunto en conocimiento del Pa­dre Santo.

-¿Cómo lo tomó?

-Con más calma de la que yo esperaba. El sacerdote en cuestión ha quedado suspendido de sus funciones, por supuesto; pero Su Santidad ha ordenado que se le someta a un examen médico y psiquiátrico antes de adoptar la decisión definiti­va... Un paso desusado.

-¿Está usted en desacuerdo con él? -preguntó Rinaldi inquisidoramente.

-Tal como se me planteó la situación -dijo Leone pensativamente-, no me encontré facultado para opinar contrariamente. Su Santidad indicó que, hiciese lo que hiciese un sacerdote, era siem­pre un alma extraviada que necesitaba ayuda; que castigar no era suficiente; que debíamos ayudar a ese hombre para que enmendase su falta y su vida. Continuó diciendo que la investigación mo­derna había demostrado que muchas aberraciones sexuales tenían su origen en alguna enfermedad real de la mente, y que la vida célibe planteaba problemas especialísimos a los seres de tenden­cias psicóticas... Las disposiciones de los cánones sobre este punto son cautas, pero no prohibitivas, por supuesto. Un sacerdote puede buscar o recibir tratamiento psiquiátrico sólo en casos graves y con la autorización del obispo. Sobre esta mate­ria, la autoridad del Padre Santo es suprema.

-Aún no me ha dicho si estuvo usted de acuer­do con la decisión de Su Santidad -dijo Rinaldi con su voz suave e irónica.

Leone rió.

-Lo sé, lo sé. Tengo una mala reputación. Para la Iglesia en general aún soy el Gran Inquisidor, dispuesto a purgar el error en el potro y el fue­go... Pero no es así. En estas materias siempre me veo en un dilema. ¡Tengo que cuidar tanto de no dañar la disciplina...! Y siempre me veo desgarrado entre la compasión y mi deber de cumplir con la ley... Conocí a ese sacerdote. Es una criatura atribulada, desolada. Podemos quebrantarlo con una palabra, y con esa misma palabra lanzarlo por el camino de la condenación. Por otra parte, están la mujer y el niño que ha de nacer.

-¿Qué dijo Su Santidad acerca de ello?

-Quiere que el niño sea pupilo de la Iglesia. Quiere que la muchacha reciba una dote y un empleo. Y aquí está otra vez el problema del pre­cedente. Pero admiro la actitud del Padre Santo, aunque no sé si puedo estar totalmente de acuerdo con ella. Tiene el corazón blando... El peligro es­triba en que sea demasiado blando para el bien de la Iglesia.

-Ha sufrido más que nosotros. Tal vez tenga más derecho que nosotros a confiar en su corazón

-Lo sé. Desearía que confiase algo más en mí

-Sé que confía en usted. -Rinaldi estableció este punto con firmeza-. Sé que siente gran respeto por usted. ¿Ha actuado de alguna forma el contra suya?

-Aún no. Creo que la verdadera prueba está todavía por llegar.

-¿Qué quiere decir?

Leone miró astutamente a su anfitrión.

-No me diga que no lo ha oído. El padre ge­neral de los jesuitas ha traído de regreso a Roma a ese Télémond. Y ha dispuesto que hable en pre­sencia del Papa durante la festividad de San Ig­nacio de Loyola.

-Lo sé. Estoy invitado a asistir. No creo que signifique mucho. Télémond es un distinguido hombre de ciencia. Me parece natural que Semme­ring desee rehabilitarlo y proporcionarle un ma­yor campo de acción dentro de la Iglesia.

-Creo que es un paso calculado -dijo Leone categóricamente-. Semmering y yo no nos tene­mos gran simpatía. Sabe que las opiniones de Té­lémond aún se contemplan con sospecha.

-¡Vamos, vamos, mi querido amigo! Ha teni­do veinte años para revisarlas, lo que no demues­tra precisamente un espíritu rebelde. ¿No se sometió cuando se le impuso silencio? Ni siquiera el Santo Oficio puede negarle la oportunidad de plantear nuevamente su posición.

-La ocasión es demasiado pública. Demasiado simbólica, si usted quiere. Creo que Semmering ha cometido una indiscreción.

-¿Qué es lo que teme realmente, amigo mío? ¿Una victoria de los jesuitas?

Leone gruñó y sacudió su blanca melena.

-Bien sabe que no es así. Los jesuitas llevan a cabo la obra de Dios, como lo hacemos nosotros, a su manera.

-Entonces, ¿qué?

-¿Conoce a Jean Télémond?

-No.

-Yo sí. Es un hombre encantador y, creo, de singular espiritualidad. Me parece que puede cau­sar una impresión favorable al Padre Santo. Creo que es lo que espera Semmering.

-¿Y eso le parece pernicioso?

-Podría serlo. Si obtiene la protección del Pontífice, tendrá mayor libertad para promulgar sus opiniones.

-Siempre estará allí el Santo Oficio para di­rigirlas.

-Es más difícil actuar contra un hombre que se halla bajo la protección papal.

-Creo que está usted basándose en dos premi­sas que no tienen fundamento: que Télémond lo­grará la protección papal, y que usted tendrá que actuar contra él.

-Debemos estar preparados para lo que pue­da suceder.

-¿No hay ningún medio más sencillo? ¿Por qué no hablarlo ahora con el Padre Santo?

-¿Y qué puedo decirle? ¿Que desconfío de su prudencia, y que debe confiar más en mí?

-Ya veo que resultaría difícil -rió Rinaldi, y pulsó el timbre para que les trajesen el plato si­guiente-. Le daré un consejo. Tranquilícese. Goce de la cena y deje que el asunto se desenvuelva por sí solo. Ni siquiera el Santo Oficio puede obrar con tanto beneficio para la Iglesia como el Espíri­tu Santo...

Leone sonrió amargamente y se dedicó al asado.

-Me estoy haciendo viejo, amigo mío, viejo y testarudo. No me puedo acostumbrar a la idea de que un muchacho de cincuenta años lleve la triple corona.

Rinaldi se encogió de hombros con ademán muy romano.

-Creo que la tiara le cae perfectamente. Y en la Fe no hay nada que prescriba que la Iglesia debe ser una gerontocracia, un gobierno de ancia­nos. Ahora tengo tiempo para pensar, y me he convencido de que no siempre la edad nos hace más sabios.

-No me interprete mal. Veo lo bueno que este hombre nos trae. Avanza como un verdadero pas­tor entre su rebaño. Visita hospitales y prisiones. El domingo pasado, por increíble que parezca, es­cuchó tres sermones en tres diferentes iglesias romanas... para saber qué tipo de prédicas se pro­nuncian en nuestros púlpitos.

-¿Obtuvo una buena impresión?

-No -dijo Leone con acre humor-. Y no se reservó su opinión. Habló de «retórica pomposa» y de «vaga devoción». Creo que oiremos algo al respecto en la encíclica que está preparando ahora.

-¿Está terminada ya?

-Aún no. Sé que está trabajando en la primera versión rusa... Tal vez nos llevemos algunas sorpresas... -Rió tristemente-. Yo ya he tenido al­gunas. Su Santidad desaprueba el tono de ciertas proclamas del Santo Oficio. Opina que son dema­siado secas, demasiado duras. Quiere que nos abs­tengamos de la condenación expresa, especialmen­te de personas, y que adoptemos un tono más bien de amonestación y advertencia.

-¿Explicó por qué?

-Con toda claridad. Dijo que debíamos permi­tir cierta libertad de movimientos a los hombres de buena voluntad, aun cuando estén en un error. Debemos señalar el error, pero no debemos cometer la injusticia respecto a las intenciones de quie­nes lo cometen.

Rinaldi se permitió una breve sonrisa.

-Ahora veo por qué le preocupa Jean Télé­mond.

Leone desestimó la chanza y gruñó:

-Me siento inclinado a convenir con Benedet­ti. Este hombre es un reformador. Quiere barrer todas las estancias al mismo tiempo. Creo que ha hablado de una reforma de la Rota, de cambios en la enseñanza de los seminarios, e incluso de co­misiones separadas que representen a las diversas iglesias nacionales en Roma.

-Eso podría ser un paso muy conveniente -dijo Rinaldi, meditabundo-. Creo que todos en Roma sabemos que hemos centralizado en exceso.

Vivimos tiempos convulsionados, y si hay otra guerra, entonces las Iglesias del mundo estarán mucho más aisladas de lo que lo han estado jamás. Cuanto antes puedan desarrollar una vida local vigorosa, mejor para la Fe.

-Si hay otra guerra, amigo mío..., puede muy bien ser el fin del mundo.

-Gracias a Dios, las cosas parecen más tran­quilas por el momento.

Leone sacudió la cabeza.

-Esta calma es engañosa, creo yo. La presión sube, y me parece que antes de finalizar el año veremos una crisis. Goldoni me lo decía ayer. Está preparando un informe especial para el Pontífice.

-Me gustaría saber -dijo Rinaldi suavemen­te- qué aspecto adquiere la crisis para un hombre que ha vivido durante diecisiete años a la sombra de la muerte.

 

Para Cirilo el Pontífice la crisis adquiría una va­riedad de aspectos.

La vio primero en microcosmos, en el campo de batalla de su propia alma. En el nivel más bajo, el nivel en el cual había vivido en la litera de la pri­sión, existía el simple impulso de la supervivencia: el esfuerzo desesperado por aferrarse a ese débil destello de vida que, una vez extinguido, no volve­ría a encenderse jamás. Sólo había una infusión de vida en el frágil recipiente del cuerpo. Y si ese recipiente se quebraba, no se reharía hasta el día de la última restauración, de manera que con la infusión de la vida iba también infundido el ins­tinto de conservarla a toda costa contra lo que la amenazase, o pareciera amenazarla, desde dentro o desde fuera.

Cada animal contiene en sí mismo un mecanis­mo de supervivencia. Sólo el hombre, el último y el más noble miembro del reino animal, comprende, aunque oscuramente, que el mecanismo falla finalmente y que tarde o temprano debe ejecutar un acto consciente de abandono del don de la vida en manos del Creador, que se lo ha dado inicialmente. Éste es el acto para el cual la vida es una preparación; rehusarlo es incurrir en la rebelión última, de la cual no hay retractación.

Y, sin embargo, cada día de la vida de todos los hombres es una serie de pequeñas rebeliones con­tra el temor a la muerte, o de victorias esporádi­cas de esperanzas en lo invisible. Incluso Cirilo, Vicario de Dios en la Tierra, no podía retroceder ante la lucha diaria. El impulso de supervivencia tomaba muchas formas: el amor al poder, que daba al hombre la ilusión de inmortalidad; el temor a la oposición, que podía limitar esta ilusión; el deseo de amistad para afianzar el cuerpo débil y el espíritu vacilante; el instinto de acción que reafirmaba la potencia del hombre contra las cir­cunstancias amenazantes; el deseo de poseer lo que finalmente habrá de abandonar; la cobardía que lo empuja hacia el aislamiento, como si así pudiese cerrar todas las brechas contra la invasión última de la muerte. Incluso para el Pontífice, de quien se presumía mayor proximidad a Dios, no había garantías de victoria sobre sí mismo. Cada día traía su cuota de claudicaciones, de las cuales era necesario arrepentirse para purgarlas en el tri­bunal de las penitencias.

Pero, ¿qué sería de otros hombres menos ins­pirados, mucho más vulnerables, mucho más opri­midos por el terror a la extinción corporal? Sobre ellos, las presiones de la existencia se acumulaban con dureza día a día, provocando una tensión casi insoportable. Para ellos, Cirilo tendría que hallar en sí mismo fortaleza que prestarles y caridad que darles, para evitar que se derrumbasen sin remedio bajo su carga, o se volviesen y se despedazaran unos a otros en una guerra salvaje, que los aniqui­laría con mayor rapidez que la muerte misericor­diosa de la cual escapaban.

Éste era el otro aspecto de la crisis que Cirilo leía en cada informe que aparecía sobre su mesa de trabajo, en cada periódico y en cada boletín que caía bajo sus ojos.

Cuando se lanzaba un hombre en su cápsula hacia una nueva dimensión de espacio y tiempo, el mundo se regocijaba como si debiese regresar con una promesa de eternidad en el bolsillo.

Cuando se anunciaba un nuevo programa de ar­mamento, parecía que quienes lo propiciaban es­cribían con una mano un nuevo beneficio en el mercado de valores, mientras con la otra inscri­bían su propio epitafio.

Cada trabajo económico traía ventajas a sus signatarios, y cierta injusticia a los excluidos.

Las poblaciones de Oriente y de África estalla­ban en nuevas magnitudes y, sin embargo, los hombres confiaban en islas de color o de raza, como si por derecho divino hubiesen sido elegidos para un paraíso terrenal.

Cada nueva victoria sobre la enfermedad agota­ba proporcionalmente los decrecientes recursos del planeta. Cada avance científico era otro parche en la raída capa con que el hombre protegía su cuerpo del viento helado de la disolución.

Y, sin embargo... Sin embargo, ésta era la na­turaleza del hombre. Éste era el método histórico de su progreso: pasos sobre la cuerda floja hacia un destino percibido vagamente, pero sentido con profundidad. La Iglesia estaba en el mundo, aunque no pertenecía a él, y su función consistía en mantener la verdad en alto, como una lámpara para iluminar la playa lejana a la cual llegaría fi­nalmente el hombre.

De modo que Cirilo el Pontífice, cogido como todos sus semejantes en el dilema humano, se ha­llaba sentado ante su escritorio y buscaba en las palabras formales de su Secretario de Estado las sombras de la inminente tormenta.

«El eje de la situación actual es China. Los informes dignos de mayor crédito indican que el programa agrícola ha fracasado otra vez, y que la cosecha de este verano será escasa, lo que signifi­cará inevitablemente que se produzca una presión militar hacia las zonas arroceras del Asia sudo­riental después de los próximos monzones. Se es­tán activando ya los entrenamientos militares, y to­dos los días recibimos informes acerca de medidas represivas contra elementos desafectos al régimen. Nuestra propia gente está sufriendo nuevas cam

pañas de vigilancia y de abierta persecución.

»En Estados Unidos, la recesión económica ha amainado, pero ello se debe en gran medida a un aumento en el programa de armamentos militares. Nuestras fuentes en los Estados Unidos nos infor­man que cualquier nueva expansión china hacia Birmania, Indochina o Siam crearía un inmediato peligro de guerra...

»En Bonn y en París se habla ahora de que Francia y Alemania participarán en un programa conjunto para el desarrollo de armas atómicas. Ésta es una consecuencia lógica de su posición de miembros principales del bloque europeo, pero re­sulta evidente que será considerada una abierta amenaza para Alemania Oriental y Moscú...

»Hemos esperado durante algún tiempo que el temor ruso a los chinos redundara en un mejoramiento de las relaciones de Rusia con el Occiden­te, pero esta situación introduce un elemento nue­vo y contradictorio.

»Parecería oportuno que Su Santidad, clara y oportunamente, hiciese algún comentario acerca de los peligros de esta nueva carrera de armamen­tos, que encuentra su justificación en el fortaleci­miento de la alianza occidental contra el comu­nismo.

»Es difícil imaginar cómo hacerlo, pero si pudiésemos ponernos en contacto con el Presidium, en el Kremlin, e introducirnos como elemento me­diador en las relaciones entre Oriente y Occiden­te, el momento actual sería el más indicado. Des­graciadamente, nuestra oposición a las doctrinas del comunismo es fácilmente interpretable como una alianza política con el Occidente. Hemos im­partido instrucciones a nuestros legados y nuncios en todo el mundo, recomendándoles acentuar, tan­to en público como en sus conversaciones con per­sonalidades políticas, los peligros de la actual si­tuación.

»Como Su Santidad sabe, ahora mantenemos relaciones cordiales con representantes de la Igle­sia Ortodoxa y con miembros eminentes de otras organizaciones cristianas. Podemos esperar confia­damente su cooperación en esta materia. Sin em­bargo, la creación de un clima moral queda siem­pre rezagado tras la creación de un clima político, y debemos afrontar el hecho de que los próximos seis o doce meses pueden llevar al mundo hasta el umbral de otra guerra...

»En África...»

Cirilo el Pontífice dejó el informe y se cubrió los fatigados ojos con las palmas de las manos. Ésta era la lucha por la supervivencia humana en el macrocosmos. Los chinos querían una escudilla de arroz. Los rusos, mantener las comodidades de la civilización, con las cuales comenzaban a familiarizarse. Era preciso mantener trabajando a cien­to ochenta millones de americanos, so pena de que la precaria economía de consumo se derrumbara. Francia y Alemania, despojadas de sus colonias, tenían que mantener su influencia en la comuni­dad europea de naciones.

«Lo que tenemos lo guardamos, porque es nues­tro, porque lo hemos ganado. Todo lo que nos hace crecer es bueno. Todo lo que nos disminuye es un1 amenaza... La ley de la jungla... Supervi­vencia de los más aptos... No hay moral en la polí­tica...»

Pero reducida a sus términos esenciales, la supervivencia, incluso de los individuos, no era nun­ca una ecuación simple. La definición de derechos y deberes había ocupado a los teólogos y juristas durante los dos mil años del ministerio cristiano, y durante miles de años anteriores. Una cosa era establecer la ley, pero aplicarla, hacer que los diversos millones que formaban la Humanidad la viesen con los mismos ojos, reconocerla como de­creto divino..., todo ello era aparentemente una imposibilidad absoluta. Pero existía la promesa. «Si se me exalta, Yo atraeré todas las cosas a mí.» Y sin la promesa no quedaba asidero para la ra­zón en el Universo. Si uno no creía que la órbita giratoria de la Tierra se mantenía a salvo por la continuidad de un acto creador, haría bien en desesperar y desear su disolución en el fuego, para hacer lugar a otro mundo mejor.

Una vez más, su memoria se deslizó, por una tangente, hacia la conversación que había manteni­do diez años antes con Kamenev.

«La diferencia entre usted y yo, Cirilo, estriba en que yo estoy dedicado a lo posible, mientras usted está dedicado a una insensatez... "Dios desea que todos los hombres se salven y lleguen al co­nocimiento de la verdad." Eso es lo que usted pre­dica, ¿verdad? Pero usted sabe que eso es una locura... No sucede así. No sucederá. No puede suceder. ¿Qué es su cielo sino una zanahoria para hacer trotar al burro? ¿Qué es su infierno sino un montón de desperdicios donde van a parar todos sus fracasos..., fracasos de Dios, amigo mío? Y us­ted dice que Dios es omnipotente. ¿Y después? ¿Viene usted conmigo a la búsqueda del pequeño posible, o va tras el gran imposible...? Sé lo que quiere decirme: Dios lo hace todo posible. ¿No comprende? En este momento yo soy Dios para usted, porque ni siquiera puede moverse de esa silla sin que yo lo ordene... ¡Tome! Dios le hace un pequeño obsequio. Un cigarrillo...»

Y Cirilo recordaba que había aceptado el ciga­rrillo y se lo había fumado, agradecido, mientras su mente fatigada luchaba con la paradoja que Kamenev le había sometido: ¿La pequeña ganan­cia o la gran pérdida? ¿Cuál? ¿La sabiduría limi­tada o la locura monstruosa? Había elegido la locura, y lo habían confinado nuevamente a los tra­jes listados, al hambre y a la soledad, para extir­parla de él.

Y ahora la paradoja había dado un vuelco. Ka­menev se encontraba en una situación imposible de resolver, mientras Cirilo, el prisionero abyecto, representaba a Dios, para quien todas las cosas eran posibles.

Durante largo rato consideró Cirilo el gigantes­co humor de la situación. Luego alzó el auricular del teléfono y llamó a Goldoni en la Secretaría de Estado.

-Estoy leyendo su informe. Me ha impresionado grandemente. Le estoy muy agradecido. Y tam­bién, muy preocupado. Y ahora, dígame algo... Si yo deseara enviar un mensaje al Primer Ministro ruso, un mensaje privado, ¿cómo podría hacerlo?

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...He sido afortunado al mantener cierto senti­do del humor, o me hubiese visto abrumado hasta la locura por las consecuencias de mis actos más triviales. Cuando un hombre de mi posición hace la pregunta más insignificante, todo el Vaticano se agita como nido de pájaros. Si hago el menor mo­vimiento, se diría que estoy intentando remover los cimientos del mundo. Sólo puedo hacer lo que me parece bueno, pero siempre hay veinte perso­nas con otras tantas razones para justificar mi inmovilidad... Y sería un necio si no escuchase al menos sus opiniones.

Cuando propuse a Goldoni mi deseo de hacer un recorrido pastoral por toda Italia y observar in situ los problemas de mi clero local, aquél quedó horrorizado. No se había hecho nada semejante en siglos. Crearía dificultades con el Gobierno italia­no. Suscitaría sabe Dios qué problemas de proto­colo y de logística y de ceremonia local. Me recor­dó que yo era un príncipe y que al requerir mi presencia honores principescos, impondría privaciones a regiones pobres y arruinadas. Sobre este punto tuve que mostrarme firme y decirle que ante todo soy pastor, sucesor de un pescador eje­cutado como criminal común en la Ciudad de los Emperadores. Aun así, todavía no hemos conveni­do cómo y cuándo haré este viaje; pero estoy deci­dido a efectuarlo pronto. También quiero hacer otros viajes. Quiero cruzar las fronteras de Europa y los océanos del mundo para ver a mi pueblo: dónde y cómo vive, y las cargas que soporta en su jornada hacia la eternidad... Sé que éste es un proyecto de difícil ejecución. Implica oposición de los Gobiernos, un riesgo para mí y para la admi­nistración de la Santa Sede... Pero creo que resta­blecería como ningún otro acto la misión apostóli­ca del Pontífice... Por el momento, sin embargo, tengo un asunto más apremiante que resolver: es­tablecer y mantener contacto personal con Ka­menev.

Inmediatamente después de mi llamada telefó­nica, Goldoni acudió apresuradamente, desde la Secretaría de Estado, para hablarme. Es un hom­bre hábil, con mucha práctica en la diplomacia, y respeto grandemente su opinión. Su primer conse­jo fue negativo. No podía imaginar una base posi­ble de comunicación con aquellos que predican una herejía atea y que se dedican a una activa per­secución de los fieles... Agregó también que todos los miembros del Partido comunista quedan auto­máticamente excomulgados por la Iglesia. No pude dejar de decirle que en el siglo xx, la excomunión era un arma sin filo y posiblemente muy anticua­da... Entonces me advirtió muy sensatamente que incluso un diálogo privado con el Kremlin podría constituir una afrenta diplomática a los Gobiernos occidentales.

No pude rebatirlo, pero me obsesiona el convencimiento de que la misión primordial de la Iglesia es pastoral y no diplomática. Enseñé a Gol­doni la carta que me escribió Kamenev, y com­prendió mi ansiedad por iniciar algún tipo de con­versación. Sin embargo, Goldoni me hizo otra ad­vertencia: cualquier paso que yo dé puede ser in­terpretado como señal de debilidad y convertirme en arma propagandística de los comunistas...

Desde luego, Goldoni tiene razón; pero no creo que la tenga totalmente. La verdad tiene su propia virtud; la buena acción tiene su propia virtud, y no podemos desestimar jamás el poder fructifica­dor del Todopoderoso...

Nunca he creído que todos los que llegan a Roma tengan que llegar a ella por la Via de Canos­sa. Creo que éste ha sido uno de nuestros errores históricos. El buen pastor busca las ovejas perdi­das y las lleva a casa sobre sus hombros. No pide que regresen arrastrándose, con el rabo entre las piernas y llenas de remordimientos, y con un cor­dón de penitente alrededor del cuello... Fue san Agustín quien dijo: «Se requiere una mente grande para construir una herejía.» Y hay mentes no­bles y espíritus nobles que no reciben el don de la Fe y para quienes la salvación llega mediante la gracia gratuita de Dios. Con todos ellos debemos tratar con paciencia, tolerancia y caridad frater­nal, sintiéndonos siempre humildes al considerar la misericordia gratuita de Dios respecto a noso­tros. Para ellos debemos ejercer en forma especial el ministerium de la Fe y no insistir con excesiva dureza en su magistratura.

Así, Goldoni y yo llegamos, finalmente, a un compromiso. Trataríamos de hacer llegar un men­saje a Kamenev, para decirle que he recibido su carta y que mis sentimientos hacia él y hacia su pueblo son en extremo cordiales. El problema, por supuesto, estaba en la forma de hacer llegar el mensaje, pero, con su sutileza habitual, Goldoni propuso una solución bastante graciosa. Un diplo­mático sudamericano que tiene contactos sociales con el Kremlin buscará una oportunidad para ha­blar en un cóctel con el Primer Ministro y decirle que un amigo suyo desearía hablar más del cultivo de los girasoles... Así, ni él ni yo nos veremos com­prometidos, y Kamenev deberá dar el próximo paso. Dios sabe adónde conducirá ese paso, pero debo orar y aguardar esperanzado...

Es curioso, pero me perturba más profundamente un caso del Santo Oficio que me ha dado a conocer Leone: un sacerdote acusado de hacer re­querimientos en el confesionario, y que ahora está en peligro de verse citado en un juicio civil de supuesta paternidad... Este tipo de escándalos es es­porádico en la Iglesia, desde luego, pero me angus­tia el espectáculo de un alma presa de una enfer­medad mortal.

Hay hombres que jamás deben ser sacerdotes. El sistema de preparación en los seminarios está dispuesto para filtrar los candidatos inadecuados, pero siempre hay algunos que se deslizan a través de la red. Hay algunos cuya única esperanza de una vida fructífera y normal radica en el matrimonio, mas la disciplina de la Iglesia occidental impone a todos los sacerdotes un celibato per­petuo.

Mis facultades de Pontífice me permiten dispen­sar a este desdichado de su votos y permitirle contraer matrimonio. Mi corazón me impulsa a hacerlo, pero no me atrevo. Sería crear un precedente que podría dañar irreparablemente la disciplina clerical y una tradición que tiene sus raíces en las enseñanzas de Cristo acerca del estado de virgini­dad consagrada.

Tengo el poder de hacerlo, sí, mas debo usarlo para construir y no para demoler lo que ha sido confiado a mis manos. Sé que puedo estar aumen­tando el peligro de condenación para esa alma des­dichada. Quiero obrar hacia ella con suma miseri­cordia, pero no me atrevo a poner en peligro a diez mil almas por una sola...

Las llaves del Reino están en mis manos, mas no las poseo totalmente. Me han sido confiadas se­gún la ley... Hay ocasiones, y ésta es una de ellas, en las cuales desearía poder cargar sobre mis hom­bros los pecados del mundo y ofrecer mi vida en expiación por ellos. Pero sé que soy sólo un hom­bre, y que la expiación se consumó ya en el Calvario. A través de la Iglesia distribuyo los frutos de la redención. No puedo cambiar el pacto de Dios con el hombre, que gobierna esta distribu­ción...

Es tarde, y mi carta a la Iglesia aún está incon­clusa. Esta noche trabajo sobre el texto «Una ge­neración escogida, un sacerdocio real». El sacer­dote es sólo un hombre, y tenemos algunos breves años para prepararlo para la carga de la realeza... A aquellos que se tambalean bajo su peso, debe­mos extender el amor maternal de la Iglesia. Para ellos debemos invocar la protección de la Virgen, Madre de todos los hombres...

La noche está tibia. El verano llega, pero hay seres que caminan en un invierno perpetuo, perdi­dos y solitarios... Quiera Dios que no frustre yo sus esperanzas, puesto que he sentido el invierno en mis huesos y he llorado de noche, pidiendo amor, en una prisión sin amor…

 

La princesa María Catarina Daría Poliziano era una mujercilla canosa que admitía setenta y cinco años y que estaba dispuesta a demandar a quien tuviese la osadía de dudar de sus cuentas.

Sus cabellos ralos y su piel arrugada, su nariz pronunciadamente aguileña y sus ojos negros de ágata le daban el aspecto de un águila momificada extraída de alguna tumba antigua. Pero la prin­cesa MaríaRina distaba mucho de hallarse muer­ta, y era, por el contrario, una anciana imponente.

Mantenía un apartamento en Roma, que ocu­paba rara vez porque «todos los romanos comien­zan a parecer vendedores viajeros»; una villa en Fiésole, donde se congregaba habitualmente su Cor­te; propiedades en Sicilia, haciendas en los Abru­zos y campos de remolacha y arroz en la Romaña y en el valle del Po. Su hacienda, iniciada por su pa­dre y acrecentada por la afortunada muerte de dos maridos, abarcaba los más suculentos valores ita­lianos, y la princesa negociaba con ellos con inna­ta habilidad.

Su dedo huesudo agitaba todo budín político al norte del Lacio, y los susurros de poder que no comenzaban en sus salones circulaban allí, inevi­tablemente, antes de convertirse en vientos influ­yentes. Una invitación a su mesa era un dictamen de ejecución o una promesa de ascenso. Y más de algún político temerario que había desafiado sus iras se vio privado de fondos, favor y votos en la siguiente elección.

Su vestimenta era anticuada; sus modales, más tiránicos que reales. Bebía whisky escocés y fuma­ba cigarrillos egipcios en una larga boquilla. Su lengua era afilada; su memoria, peligrosa; su dis­creción, inesperada. Despreciaba a los viejos y bus­caba a los jóvenes como un vampiro excéntrico y caprichoso que podía pagar generosamente la san­gre joven. En los jardines de su villa, entre las fuentes y los cipreses y las avenidas de mármoles pulidos por la intemperie, parecía realmente que el tiempo se hubiese detenido ante su voz vieja e im­periosa.

Su lugar favorito era una glorieta emparrada, sobre la cual colgaban racimos de uvas que madu­raban frente a una pequeña fuente, donde algunos lánguidos cisnes cortejaban, sobre el agua cantari­na, a una Leda antiquísima. En otra época, la prin­cesa MaríaRina había sido cortejada también aquí; ahora negociaba con los legados de su juventud: poder, dinero y prestigio. Una vez al mes, el arzo­bispo de Florencia acudía a beber con ella una taza de café. Una vez a la semana acudía alguien del Quirinal y la informaba privadamente por encargo del Primer Ministro. Allí donde los joven­citos de antaño se inclinaban sobre su pequeña mano, ahora los banqueros y los corredores, de valores acudían, reacios, a rendirle homenaje y en­tregarle el tributo de alguna confidencia.

Aquella mañana de verano se hallaba allí, en la glorieta, espetando un duro sermón a un minis­tro de la República: su sobrino Corrado Calitri.

- ¡Eres un estúpido, muchacho! Llegas a un punto, y crees que es el fin del viaje. Y quieres sentarte a jugar con las florecillas. Atractivo, segu­ramente, pero eso no es política.

El rostro pálido de Calitri enrojeció, y su mano dejó la taza ruidosamente sobre el platillo.

-Escucha, tía. Sabes bien que eso no es verdad. Cumplo con mi cometido, y lo hago bien. Pre­cisamente ayer el Primer Ministro tuvo la gentile­za de decir que...

-¡Tuvo la gentileza de decir...! -La voz cas­cada de la anciana trasuntaba su desprecio-. ¿Por qué debe importarte lo que diga? ¿Y qué es la alabanza, sino desayuno para el prisionero antes de cortarle la cabeza? Me decepcionas, Corrado. Eres un niño. No ves más allá de tus narices.

-¿Qué esperas que vea, tía?

-¡El futuro! -dijo enérgicamente la prince­sa-. Dentro de doce meses tendremos elecciones. ¿Estás preparado?

-Desde luego. Tengo los fondos. Mis partida­rios trabajan día y noche, incluso ahora. No creo que quepa duda acerca de mi reelección... Creo que el partido obtendrá una mayoría algo reduci­da. Tendremos que abrirnos algo más en coalición con la izquierda, pero, aun así, tengo asegurado un lugar en el Gabinete.

-¿Y ése es el fin de la historia?

Sus oscuros ojos de ágata lo traspasaban y sus delgados labios temblaban en una sonrisa de com­pasión.

Calitri se agitó, inquieto, en la silla.

-¿Ves otro final, tía?

-Si. -Sus manos viejas se tendieron a través de la mesa y se aferraron como garras a sus mu­ñecas-. Tienes doce meses aún para planearlo, pero si tus planes son eficaces, puedes dirigir el país. -Corrado Calitri la miró, estupefacto, y la princesa lanzó una aguda carcajada-. Nunca su­bestimes a tu vieja tía, muchacho. Cuando tengas mi edad sabrás preverlo todo; te digo, sin lugar a dudas, que puedes dirigir la República...

-¿Realmente lo crees así?

La voz de Calitri era casi un suspiro.

-Nunca cuento fábulas, muchacho..., y dejé de escucharlas hace mucho tiempo. Hoy, en el al­muerzo, conocerás a algunas personas que te di­rán cómo puedes conseguirlo. Necesitaremos algo de... -frotó el índice y el pulgar en ese gesto internacional que significaba dinero-, pero eso no será problema. Quiero hablarte de otro cosa. Hay que pagar otro precio también, y ése sólo puedes pagarlo tú.

Corrado Calitri miró astutamente a su parienta.

-¿Y cuál es ese precio, tía?

La princesa lo observó con ojos salientes y ra­paces, y se lo dijo:

-Tendrás que ordenar tu vida, y hacerlo rápi­damente. Líbrate de ese grupo de alcahuetes y jo­vencitos disolutos que te rodean. Apresura en las Cortes ese asunto de tu matrimonio. Líbrate de Chiara. No te conviene. Y cásate otra vez, con ra­pidez y discreción. Encontraré a una mujer que pueda manejarte. Necesitas una mujer fuerte, no una colegiala romántica.

- ¡No lo haré! -Corrado Calitri explotó en sú­bita cólera-. No permitiré que me vendan y me compren como si fuese una mercancía.

Se levantó de la silla y comenzó a pasearse agi­tadamente por el sendero adoquinado que unía la glorieta con la fuente, mientras la vieja princesa lo observaba con ojos tranquilos y calculadores.

Cuando la cólera de su sobrino amainó, avanzó hasta su lado, enlazó su brazo con el de Calitri y lo guió lentamente en un paseo por las plantaciones de la villa. Ahora era una mujer diferente. No intentó fastidiarlo ni provocarlo, sino que habló gra­vemente, con suavidad, como si fuese su hijo:

-...Te diré que ya no escucho fábulas, ni siquiera acerca de mi propia persona. Sé lo que soy, Corrado: una mujer marchita con el rostro pintado y un pasado que se remonta a millones de años... Pero he vivido, hijo. He vivido cada minuto de cada hora. He succionado la naranja hasta de­jarla seca, y luego he escupido las semillas. Así es que escúchame, por favor... Sé que no eres como los demás hombres. Siempre fuiste diferente, desde tu niñez... Al observarte, pensaba entonces que tratabas de borrar el mundo y pintarlo nuevo y limpio otra vez. Creo que yo hubiera podido cam­biar ese mundo para ti, pero tu padre nunca me dejó acercarme a su casa... -Rió con risa breve y amarga-. Opinaba que yo era una influencia co­rruptora. Tu padre era un hombre recto, no tenía sentido del humor. Nunca comprendí lo que tu madre encontraba en él.

-Desdicha -dijo Corrado Calitri duramente-. Desdicha y soledad, y nada de amor. Odié a aquel hombre desde el fondo de mi corazón.

-Pero no puedes seguir huyendo de él -dijo la anciana suavemente-. Está muerto, y en sus orejas crecen margaritas. Sé lo que buscas: el amor que él no te dio. Sé que lo encuentras a veces, pero no dura. Conozco los peligros que ace­chan a quien busca con desesperación y sin caute­la. -Sus manos delgadas oprimieron su brazo-. Tienes enemigos, ¿verdad?

-¿Quién no los tiene en una labor como la mía?

-¿Han intentado alguna vez hacerte víctima de un chantaje?

-Un par de veces.

-Entonces sabes de qué estoy hablando. Los enemigos se hacen más numerosos y más fuertes..., más fuertes de lo que imaginas. Toma a Campeg­gio, por ejemplo...

-¡Campeggio! Jamás le he hecho daño.

-Tienes a su hijo -dijo MaríaRina gravemente.

-De manera que ésa es la historia. -Calitri echó atrás su cabeza patricia y rió, ahuyentando a los pajarillos en los olivos-. El muchacho trabaja conmigo. Me gusta. Tiene talento, y simpatía y...

-¿Y belleza?

-También belleza, si lo quieres. Pero no para mí. ¿Crees que quiero enemistarme con Campeg­gio y con el Vaticano?

-Ya lo has hecho -dijo la princesa MaríaRina-. Y sin el Vaticano no puedes dirigir el país en la próxima elección. ¿Comprendes ahora lo que quiero decir?

Corrado guardó silencio largo rato, mas pareció reconcentrarse. Su rostro juvenil se cubrió de sur­cos. Sus ojos se nublaron con súbita emoción. Fi­nalmente, dijo con dulzura:

-La vida es muy larga, tía. Triste también, a veces, y solitaria.

-¿Te parece que no lo sé, hijo? ¿Crees que no me sentí triste y sola cuando murió Louis? ¿Crees que no supe lo que significaba ser una mujer ma­dura, rica y capaz de comprar lo que no podía ob­tener por amor? Y lo intenté durante breve tiem­po. ¿Te escandalizo?

-No. Lo comprendo.

-Luego desperté, como debes despertar tú. No puedes levantarte cada mañana temiendo perder lo que, además, nunca ha sido tuyo. No puedes es­perar y pesar los riesgos de chantaje. No puedes regir tu vida según los caprichos de algún chico bien parecido. ¡No! Un día tienes que decirte a ti mismo: ¿Qué tengo que sea realmente mío? ¿Cómo puedo aprovecharlo mejor? Cuando co­mienzas a enumerar, ves que hay bastante. E in­cluso puede haber un poco de amor.

-¿En el matrimonio? -preguntó Corrado con tosca ironía.

-Dentro o fuera de él. No importa mucho. Para ti... -su índice esquelético lo hirió como un puñal-, para ti es necesario el matrimonio. Muy necesario.

-Ya probé una vez, ¿recuerdas?

-Con una chicuela que aún jugaba con sus muñecas.

-¿Y ahora?

-Primero -dijo la anciana con energía-, de­bemos sacarte del lío en que estás metido, y para ello tendrás que hacer tu primer pago.

-¿Cuánto? -preguntó Corrado Calitri.

-En dinero, nada. En orgullo..., mucho, tal vez. Tendrás que presentarte ante la Rota y modi­ficar todo tu testimonio anterior.

-¿Qué hago para que me crean?

La princesa MaríaRina rió otra vez.

-Te arrepientes. Habrá regocijo en el cielo y en el Vaticano cuando acudas a reparar la grave injusticia que has cometido contra una joven ino­cente. Y como estarás enmendando todos tus errores, te recibirán alegremente en el rebaño.

-No puedo hacerlo -dijo Corrado Calitri pe­sadamente-. Es una hipocresía monstruosa.

-No necesita serlo -dijo la princesa-. Y aun siéndolo, El Quirinal bien vale una misa, ¿no es así?

A pesar de sí mismo, Calitri sonrió y puso una mano afectuosa en la mejilla de la anciana.

-A veces, tía, creo que desciendes directamente de los Borgia.

-Efectivamente -dijo la princesa-, pero por línea torcida. Y ahora... ¿Harás lo que te pido?

-Tendré que pensarlo.

-Te doy treinta minutos, hijo. Esa gente que­rrá conocer tu respuesta y la mía durante el al­muerzo.

 

En el tercer piso de un ruinoso edificio, a esca­sa distancia del Panteón, Ruth Lewin se hallaba atrapada en otro de los dramas cotidianos de la Roma Vieja. Desde el Ángelus de la tarde hasta cerca de la medianoche había estado trabajando junto a una esposa de veinte años, ayudándole a dar a luz su primer hijo. Durante las últimas dos horas habían estado también allí el médico, un joven macilento que parecía demasiado envuelto en el drama para su propio bien o el de la paciente.

Cuando, finalmente, con la ayuda del fórceps sa­caron el rorro a la luz, vieron que era un mons­truo; un pequeño ser deforme y gemebundo, con cabeza humana y cuerpo de pingüino, con los pies y las manos unidos directamente al tronco.

Ruth Lewin lo miró horrorizada, y el joven médico juró frenéticamente:

- ¡Por Cristo! ¡Por el cielo! ¡Mírelo!

Ruth Lewin tartamudeó con desamparo: -Pero, ¿por qué? ¿Cuál fue la causa? ¿Qué...? - ¡Cállese! -dijo el médico con rudeza-. Cállese y deme agua y una toalla.

Ruth hizo mecánicamente lo que se le pedía y contempló fascinada cómo el doctor envolvía el cuerpo deforme y luego vertía algunas gotas de agua sobre su cabeza y murmuraba las palabras rituales: «Te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»

Ruth Lewin encontró de nuevo su voz.

-¿Qué sucederá ahora?

-Eso es asunto mío. Ocúpese en asear a la madre.

Indignada y próxima a las lágrimas, Ruth se dedicó a su humilde tarea, lavando aquel joven cuerpo desgarrado y reconfortando a la mujer mientras volvía, gimiendo, a la conciencia. Cuando finalmente terminó, y la joven madre yacía aseada y compuesta sobre los almohadones, Ruth Le­win alzó la vista.

-¿Y ahora, doctor?

El médico se hallaba en pie junto a la mesa, dándole la espalda y ocupado con el envoltorio que cubría el rorro. Volvió un rostro pétreo hacia ella y dijo:

-Está muerto. Haga venir al padre.

Ruth abrió la boca para hacer una pregunta, pero no emitió sonido alguno. Escrutó el semblante del médico en busca de una respuesta, pero sus jóvenes ojos brillaban inexpresivos como guijarros, mientras repetía la orden:

-Por favor, llame al padre.

Ruth Lewin fue a la puerta e hizo señas a un muchacho alto y musculoso que bebía un vaso de vino y charlaba con los vecinos en el rellano.

-¿Quiere entrar, por favor?

El muchacho se acercó a ella, perplejo, con los vecinos pisándole los talones. Ruth lo hizo en­trar y cerró la puerta en las narices de los ros­tros curiosos.

El doctor se dirigió con el rorro muy envuelto entre sus brazos.

-Tengo malas noticias para usted, amigo. El niño nació muerto.

El muchacho lo miró estúpidamente.

-¿Muerto?

-Sucede a veces. Y no sabemos con certeza por qué. Su mujer está bien. Podrá tener otros hijos.

El joven se acercó, atontado, al lecho, y se in­clinó, murmurando algo a la mujer, pálida y cons­ciente a medias.

-Vamos -dijo de pronto el médico-. Quiero dejar esto en el hospital general.

Y, dirigiéndose al muchacho:

-Tengo que llevarme el cuerpo. Es la ley. Por la mañana volveré a ver a su mujer, y traeré el certificado de defunción.

Ni el joven ni su esposa parecieron oírle, y el médico salió, con el patético bultito, seguido por Ruth Lewin, como acompañante fúnebre procesio­nal. El grupo del rellano los observó silenciosamente al pasar, y luego se apretujaron en la puer­ta de la habitación, murmurando excitadamente.

Cuando llegaron a la calle, el doctor dejó el cuerpo del niño en el asiento posterior de su au­tomóvil y cerró violentamente la puerta. Luego miró a Ruth Lewin y le dijo bruscamente:

-No haga preguntas. Entregaré el cadáver en el hospital general. Daré un informe.

-¿No habrá autopsia?

-No. Y si la hubiese, no descubrirán nada. El niño murió por asfixia...

De pronto pareció extinguirse su sangre fría; su cuerpo comenzó a temblar, y su joven rostro se crispó en una mueca de intolerable dolor. Y, en el frenesí de su desesperación, suplicó a Ruth:

-No me deje ahora. No me deje, por Dios. Ven­ga al hospital, y luego..., luego iremos a alguna parte. A alguna parte sana. Creo que si me quedo solo esta noche, enloqueceré.

-Por supuesto que lo acompañaré. Pero usted no tiene la culpa. Usted, como médico, sabe que estas cosas suceden todos los días.

- ¡Lo sé! ¡Oh, sí, lo sé! -Trató de sonreír, pero sólo logró un rictus de agonía-. Y le diré algo que usted no sabe. En las próximas ocho semanas debo atender veinte nacimientos, y por lo menos la mitad de esos niños serán semejantes a éste.

- ¡Oh, Dios! -exclamó Ruth Lewin en voz muy baja-. ¡Oh, Dios Todopoderoso! ¿Por qué...?

En casa de Ruth, tranquila bajo las sombras animadas del Palatino, el médico le explicó por qué. Se lo dijo salvajemente, con brutalidad, como si la paradoja del arte curativo, su semi-promesa de continuidad, su derrota última ante la muerte, fuesen demasiado para él.

-...Es una idea absurda..., pero la farmacolo­gía parece siempre acudir con el elixir de la vida en una mano y una redoma de veneno en la otra... Hay antibióticos que curan a algunos y matan a otros. Hubo aquella droga francesa que hizo her­vir los cerebros de los hombres. Y la talidomida, que brindaba sueño y luego creó monstruos en las entrañas de las madres. Ahora hay otra droga. Sa­lió al mercado hace unos doce meses; una fórmu­la combinada para evitar las náuseas en el em­barazo y reducir el peligro de toxemia... Tres me­ses atrás comenzamos a recibir de Alemania las primeras advertencias respecto a deformaciones producidas por la droga... Parece que será un caso semejante al de la talidomida, pero ahora es­tán tratando de silenciarlo. -Se estiró en su silla, imagen de la fatiga, el desaliento y la desespera­ción-. Antes solía creer que era una especie de apóstol médico. Compraba medicinas de mi bol­sillo a los pacientes más pobres. Fui yo quien ad­quirió esa maldita droga para la muchacha de hoy y para todas las demás del pueblo.

-¿Hay alguna esperanza de que el resto de los nacimientos sean diferentes?

-Algunos serán normales. Pero otros... -Extendió sus manos en una súplica apasionada-. ¿Qué debo hacer? No puedo asesinarlos a todos.

-Ante todo, no vuelva a emplear esa palabra. Esta noche no vi nada. No escuché nada.

-Pero lo sabe, ¿no es así?

-Sólo sé esto: que no debe culparse y que no ha de volver a actuar como si fuese Dios. Hay algo de locura en eso.

-Sí, locura. -El médico se pasó una mano temblorosa por el pelo-. Lo de esta noche fue una locura, y sin embargo... ¿De qué dispone esa gente para hacer frente a una situación así? ¿Sabe lo que habrían dicho si hubiesen visto ese feto? Mal occhio! El mal de ojo. Alguien miró a la ma­dre y la maldijo mientras el niño estaba en sus entrañas. Usted no se imagina el poder de la su­perstición en la mente de esa pobre gente. ¿Qué habrían hecho con el niño? Algunos, muy pocos, lo hubieran cuidado. Otros lo hubiesen sofocado o tratado de lanzarlo al río. Algunos pocos lo habrían vendido a mendigos profesionales, que obtendrían provecho de su deformidad. ¿Y qué será de los demás que deben nacer? ¿Qué hago con ellos? Santo cielo, ¿qué puedo hacer?

De pronto le sacudieron sollozos cansados y profundos, y Ruth Lewin corrió hacia él, le ro­deó con sus brazos y le confortó con palabras suaves e impotentes. Cuando, finalmente, se cal­mó, Ruth le hizo tenderse en su propia cama, le cubrió con una manta y permaneció a su lado, te­niendo su mano hasta que cayó en un sueño mi­sericordioso. Y entonces se halló sola, sola en las horas dolorosas, enfrentada con el misterio últi­mo de la vida y con el maldito enredo que era el mundo.

Había visto nacer un monstruo como resultado de un acto de caridad y de curación. Había visto cometer un asesinato en nombre de la misericor­dia, y su corazón aprobaba, en parte, la acción. Aquí estaba, en pequeño, la gran tragedia del hom­bre, el helado misterio de su existencia y de su destino.

Frente a aquel lastimoso embrión, ¿cómo po­día decirse que los engranajes de la Creación no se salían de su sitio, reduciéndolo todo a una mons­truosa confusión? ¿Cómo hablar de omnipotencia y omnisciencia y de una bondad siempre presen­te? ¿Cómo encontrar un alma o un espíritu en esa criatura débil, gimiente, con forma de pez, que nadaba ciegamente desde el fluido del útero para enfrentarse con la luz del día?

¿Dónde estaban ahora los cimientos de la Fe, y la esperanza, y el amor? ¿Dónde encontrar un vestigio de cordura en eso matrimonio de vícti­mas de la civilización, enfermas, lisiadas e impo­tentes? Si no existían, entonces era tiempo de abandonarlo todo y partir. La salida era fácil, y Ruth había estado ya muy cerca de ella. Era im­posible errar indefinidamente, enloquecidamente, a través de una sala de espejos, sintiéndose confundida, desquiciada, carente de objetivo y atena­zada por el miedo. Si no existía una solución para esa discordia, más valía enviar los músicos a casa. Pero si la había, tenía que llegar pronto, antes de que los nervios destrozados gritasen el horror de la ruina.

El cansancio de la vigilia se le incrustó en los huesos, y se tendió en la cama junto al hombre dormido. Pero el contacto de su cuerpo la pertur­bó, y cuando el joven, en sueños, se volvió hacia ella, Ruth se levantó y fue a la cocina a prepararse una taza de café.

Recordó una noche anterior con otro hombre en aquella misma casa, y cómo por un momento había vislumbrado un destello de luz. Se preguntó lo que aquel hombre habría visto en lo sucedido esta noche, y cuál habría sido su respuesta para el horror que aún estaba por llegar. Y entonces surgió en ella una idea súbita, fría y vivificante. El hombre había dicho que ésta era su ciudad. La había reclamado como propia. Se había calificado de pastor y siervo de este pueblo

Ruth Lewin permanecía aún despierta cuando el gris del alba reptó sobre el Cerro Palatino. Y an­tes de que la ciudad se desperezase, escribió una carta pidiendo una audiencia privada a Cirilo el Pontífice.

 

La carta de Cirilo a la Iglesia estaba terminada, y el manuscrito ruso, en manos de los traducto­res. Ahora que ya estaba hecho, Cirilo se sentía extrañamente vacío, oprimido por una sensación de futilidad y frustración.

Mientras escribía, se había sentido poseído más que nunca por el poder de la palabra, por la con­vicción de su inevitable fructificación en el cora­zón de los hombres buenos. Pero ahora se enfren­taba al hecho descarnado de que sin la gracia de Dios, y sin hombres que cooperaran con la gracia de Dios, la semilla podría yacer fértil, pero sin dar frutos, durante cien años. Entre los millones de creyentes que profesaban obediencia a la Pala­bra, y a su autoridad como predicador supremo, ¿cuántos habría que se sintiesen impulsados a darle cabal cumplimiento?

Veía con claridad meridiana lo que sucedería con su carta. Dentro de algunos meses se leería en todos los púlpitos católicos del mundo. Recibiría comunicaciones de obispos que expresarían su leal­tad a sus consejos y prometerían ejecutarlos en la medida de su capacidad. Pero entre la promesa y el cumplimiento había cien obstáculos: falta de hombres, falta de dinero, falta de visión y, a veces, de valor, y el resentimiento natural del hombre que se halla en el umbral de la acción y que se pregunta por qué se le pide que haga tantos ladri­llos con tan poca paja.

Lo más que podía esperar era que allá o acullá la Palabra tomase cuerpo en el alma de algún hom­bre, iluminase sus ojos de visión y lo lanzara en busca de un divino imposible. En cuanto a sí mis­mo, Cirilo sabía que no podía dejar de predicar, de enseñar, de impulsar a la acción, y de aguardar, vacío de todo menos de esperanza, confiado en la promesa del Paráclito.

Oyó un golpe dado en su puerta, y el maestro de Cámara entró a preguntar si Su Santidad esta­ba dispuesto a comenzar las audiencias de la ma­ñana. Cirilo recorrió rápidamente la lista, y vio que el primer nombre era el de Ruth Lewin.

Su carta lo había perturbado profundamente, porque le había llegado en un momento de tenta­ción: la tentación de sumergirse en los aspectos políticos de la Iglesia y de desafiar mediante un despliegue de poder a aquellos hombres que, como Leone, no ocultaban su desacuerdo con el Pontífi­ce. Había algunos, lo sabía, que consideraban su encíclica como una novedad. Opinaban que era de­masiado personal, demasiado específica. Criticaba demasiado abiertamente la política anterior. Pedía nuevas modalidades en el adiestramiento del clero v en la dirección de la educación misional. Encon­trándose en la cima, le era fácil, demasiado fácil imponer su autoridad y acallar las críticas con un llamamiento a la obediencia religiosa.

La carta de Ruth Lewin le recordó que el ver­dadero campo de batalla estaba en otra parte: en cuartos desiertos y corazones solitarios, entre gente que no conocía la Teología, pero que conocía íntimamente, con aterradora intimidad, los proble­mas de vivir y morir. Ruth Lewin representaba un contacto con esa gente. Si podía hacer que la Fe fuese eficaz en ella, entonces, cualquiera que fuese la obra de su Pontificado, no habría fracasado to­talmente.

Cuando Ruth Lewin compareció ante él, Cirilo la saludó cordialmente y abordó el tema sin preám­bulos.

-La hice llamar con la mayor rapidez posible, porque sé que debe de estar sufriendo mucho.

-Lo agradezco, Santidad -dijo Ruth, con su habitual franqueza-. No tengo derecho a moles­tarle, pero éste es un asunto espantoso.

-¿Para usted? -preguntó Cirilo curiosamente. -Para mí significa ponerlo todo en duda. Pero quiero hablarle, ante todo, de los otros.

-¿Qué otros?

-De las mujeres que darán a luz esos hijos. La mayoría de ellas, creo yo, no están preparadas para lo que sucederá.

El rostro delgado de Cirilo se nubló, y en la cicatriz que lo cruzaba palpitó un nervio.

-¿Qué desea que haga yo?

-Nosotros... Es decir, las madres necesitan ayuda. Necesitan algún lugar donde dejar esos ni­ños si no son capaces de cuidarlos personalmente. Esos niños necesitan que se los cuide. Se me dice que seguramente vivirán poco, pero necesitan cui­dados especiales..., ternura especial...

-¿Usted cree que la Iglesia puede dárselos?

-Tiene que dárselos -dijo Ruth categóricamente-. Si cree en lo que enseña.

Se ruborizó, comprendiendo que había cometi­do una imprudencia, y luego se apresuró a expli­carse:

-Soy mujer, Santidad. La otra noche me pre­gunté qué haría, qué sentiría, si fuese la madre de un niño así. No lo sé. No creo que pudiera com­portarme decentemente.

Cirilo el Papa sonrió tristemente su aproba­ción.

-Creo que se subestima. Usted posee más va­lor del que cree... Dígame. ¿Cuántos de esos naci­mientos se esperan en Roma?

-Alrededor de veinte en los próximos dos me­ses. Puede haber muchos más.

El Pontífice guardó silencio un instante, pensa­tivo. Luego sonrió con un mohín torcido y juvenil.

- ¡Bien! Veamos cuál es mi autoridad en la Iglesia.

Cogió el teléfono y marcó el número del secre­tario de la Sagrada Congregación de lo Religioso.

Explicó con vivacidad la situación, y luego pre­guntó:

-¿Cuáles de nuestras monjas enfermeras de Roma están mejor equipadas para cuidar a esos niños?

Desde el otro extremo de la línea se escuchó un rumor indescifrable, y Ruth Lewin vio que la boca del Pontífice se contraía de cólera, mientras decía enfáticamente: «Sé que es difícil. Todo es difícil. Pero ésta es una labor de caridad apremiante, y debe hacerse. Si se necesita dinero, lo proporcionaremos. Usted se encargará de encontrar el lugar y las enfermeras necesarias. Quiero que todo quede dispuesto dentro de veinticuatro horas.»

Colgó con violencia el auricular, y dijo irritadamente:

-Esta gente vive en un mundo propio. Hay que hacerlos brincar hacia la realidad... En todo caso, puede usted dar por sentado que proporcionare­mos cuidados y hospitalización a los que lo nece­siten. Se la informará por teléfono y por carta de los detalles. Luego haré publicar un anuncio en el Osservatore, que circulará también en la Prensa romana.

-Quedo muy agradecida a Su Santidad.

-Y yo le quedo también muy agradecido, jo­vencita. Y ahora, ¿qué puedo hacer por usted?

-No lo sé -dijo Ruth Lewin desoladamente-. Me lo he preguntado mientras venía hacia el Vati­cano. ¿Por qué suceden estas cosas? ¿Por qué per­mite un Dios que estas cosas sucedan?

-Si pudiese decírselo -dijo Cirilo el Pontífi­ce-, sería Dios mismo. No lo sé, aunque a veces desearía saberlo. No debe usted creer que el mis­terio de la Fe es más simple para mí que para usted. El Acto de Fe es un acto de aceptación..., no una explicación. Le relataré una historia acerca de mí... Cuando me hicieron prisionero en Rusia, los tiempos eran malos. Había mucha tortura, mucha crueldad. Una noche trajeron de regreso a mi cabaña a un hombre que había sufrido el trato más brutal que yo había conocido. Agonizaba, y gritaba una y otra vez que alguien lo matara para poner fin a tanto sufrimiento. Le digo sinceramente que me sentí tentado. Es horroroso presenciar tanto dolor. Degrada y aterra a quienes lo ven, pero no pueden hacer nada por aliviarlo. Por eso puedo comprender, aunque no perdonar, lo que hizo su amigo el médico. A veces nos parece que dispen­samos una misericordia divina con el don de la muerte. Pero no somos divinos, no podemos dis­pensar la vida ni la muerte.

Por un momento pareció sumirse en una con­templación interior.

Ruth sugirió suavemente:

-¿Cuál fue el final de la historia, Santidad?

-El hombre murió en mis brazos. Me gustaría poder decirle que murió piadosamente, pero no tengo medio de saberlo. No pude penetrar a través de su dolor hasta las fuentes de su voluntad. Mu­rió, simplemente, y tuve que encomendarlo a Dios... Ésa es la única respuesta que puedo darle.

-Es un salto en la oscuridad -dijo Ruth Le­win gravemente-. No sé si podré darlo.

-¿Le es más fácil permanecer donde está?

-Más difícil, creo.

-Pero usted ya ha dado un salto en la oscu­ridad.

-No comprendo.

-No pudo perdonar ese asesinato, incluso de un recién nacido monstruoso.

-No totalmente, no.

-Y ha acudido a mí buscando ayuda, no para usted, sino para esos niños.

- ¡Me sentí tan impotente...! Necesitaba a al­guien que pudiese actuar...

-Tal vez -dijo Cirilo suavemente-, tal vez ése es el significado del dolor: que desafía nuestra arrogante posesión de la vida; que nos confronta con nuestra propia debilidad y nos hace percibir, aunque sea débilmente, el poder sustentador de Dios.

-Ojalá pudiese creerlo. Pero, ¿cómo ver a Dios en un rorro humano que parece un pez?

-No es un misterio nuevo, Ruth. Es uno muy antiguo. ¿Cómo ver a Dios en un criminal agoni­zante clavado en una horca?

-No basta decirlo -dijo Ruth Lewin con du­reza-. Tiene que haber amor en alguna parte. Tie­ne que haberlo.

-Verdad... Tiene que haber algo de amor. Si el misterio del dolor no es un misterio de amor, en­tonces todo esto... -sus manos deformadas abar­caron el cuarto ornamentado y toda la Ciudad Santa tras él-, entonces todo esto es un contrasentido histórico. Y mi misión es la misión de un charlatán.

Su rudeza sorprendió a Ruth. Lo contempló fi­jamente un instante, fascinada por el contraste en­tre su rostro torcido, curiosamente burlón, y la formalidad religiosa de sus atavíos. Luego dijo:

-¿Su Santidad cree realmente eso?

-Sí.

-¿Por qué, entonces, no puedo creerlo yo?

-Me parece que sí lo cree -dijo Cirilo el Pon­tífice dulcemente-. Por eso está aquí y quiso verme. Por eso actúa usted dentro de un contexto de Fe, aunque todavía lucha con Dios.

-Si sólo pudiese saber que soy amada..., que soy digna de ser amada...

-Eso es algo que usted no exige de quien quie­re... ¿Por qué debe exigirlo de sí misma?

-Su Santidad es demasiado inteligente para mí.

- ¡No! No soy un hombre inteligente. La com­prendo mejor de lo que usted cree, Ruth Lewin, porque he recorrido el mismo camino que usted recorre ahora. Le contaré otra historia, y luego de­beré despedirla, porque hay mucha gente esperando verme... Mi fuga de Rusia fue preparada, usted lo sabe. Me liberaron de la prisión y me enviaron a un hospital porque había estado muy enfermo durante cierto tiempo. Los médicos me trataban bien, y me cuidaron solícitamente. Después de diecisiete años de sufrimientos, resultó una experien­cia curiosa. Fue como si me hubiese transformado de la noche a la mañana en otro ser humano. Esta­ba aseado y bien alimentado. Tenía libros para leer, y tiempo, y una cierta libertad. Y todo esto me deleitaba. Me enorgullecía de mi apariencia de­cente... Tardé algún tiempo en comprender que me estaban sometiendo a una nueva tentación. Me sentía querido otra vez. Deseaba que me quisieran. Aguardaba con ansias la llegada de la enfermera, su sonrisa, sus cuidados. Luego llegó el momento en que comprendí que lo que Kamenev, mi ator­mentados, no había logrado, lo estaba haciendo yo. Estaba pidiendo una experiencia de amor. A pe­sar de mi sacerdocio, de mi obediencia, me sentía tentado por la atracción de una simple comunión humana... ¿Comprende lo que estoy tratando de decir?

-Sí, lo comprendo. Es lo que siento todos los días.

-Entonces comprenderá algo más. Que recibir y exigir es sólo una cara de la medalla del amor. Dar es la otra cara, y sólo en ella se demuestra la calidad del cuño. Si yo recibía, no hubiera tenido nada que dar. Si daba, el dar renovaba mi provi­sión, y era esto lo que me había mantenido entero durante diecisiete años de prisión...

-¿Y el pago del amor?

-Usted es parte de él -dijo Cirilo el Pontífice suavemente-. Usted y esos niños a quienes amaremos juntos, y aquellos a quienes llegue yo de vez en cuando en la Iglesia, porque mi voz resue­na en sus corazones... También ahora me siento solo a menudo, como usted. Pero sentirse solo no significa que no se es amado, sino que se está aprendiendo el valor del amor, y que éste toma muchas formas, y que a veces es difícil de recono­cer. -Se levantó y alzó ambas manos-. Y ahora debo despedirme, pero nos veremos otra vez.

Ruth había rechazado por mucho tiempo la autoridad que el Pontífice representaba, pero do­bló la rodilla y posó sus labios sobre el anillo del Pescador, y escuchó con gratitud las palabras de la bendición:

-Benedictio Dei omnipotentes descendat, Patris et Filii et Spiritus Sancti, super te et maneat semper...

Para Cirilo el Pontífice fue una ironía sorpren­dente que su encíclica sobre la educación cristia­na causara mucha menos agitación que su declara­ción en el Osservatore Romano respecto a las víc­timas de la nueva droga. Todos los corresponsales en Roma cablegrafiaron el texto completo de la publicación en el Osservatore, que en Europa y en América se interpretó como una orden clara del Papa para poner los recursos médicos y sociales de la Iglesia a disposición de las madres y niños afectados por la medicina letal.

Durante una semana, el escritorio del Pontífice estuvo cubierto de cartas y telegramas de obispos y de dirigentes laicos, alabando su acción como una demostración oportuna de la caridad de la Iglesia. El cardenal Platino escribió expansivamente:

«...Me parece que Su Santidad ha mostrado en forma muy especial la relevancia de la misión de la Iglesia en todo acto o circunstancia de la vida humana. Es posible que el pronunciamiento de Su Santidad señale el camino a un método misional de gran importancia: la reintroducción de la IgIe­sia en la vida pública y privada a través de la ca­ridad práctica. Históricamente hablando, este mé­todo ha sido el comienzo de la actividad evangéli­ca más permanente, y es, en realidad, una copia fiel de la obra del Maestro, el cual, en las palabras del Evangelio, va curando a los enfermos y hacien­do el bien...»

Otro hombre se hubiese sentido halagado por tan espontánea respuesta a una acción ejecutiva, pero Cirilo Lakota estaba preocupado por aque­llos aspectos del problema que la Prensa desesti­maba o convertía en un drama falso.

Día y noche lo perseguía la imagen de una mu­jer esperando durante nueve meses de terror e incertidumbre el nacimiento de un monstruo; la del médico apremiado a intervenir antes del momento trágico; la del propio niña, y lo que sería de él cuando llegase a la madurez. Para todos estos seres, la caridad de la Iglesia sólo podía ser, en el mejor de los casos, un apéndice; y en el peor, una indeseada prolongación del dolor y la desespera­ción.

La misión de la Iglesia hacia todos estos seres no estaba en esta dispensación de bondad. Su mi­sión era confrontarlos con los hechos descarnados de la existencia, con todos sus riesgos y todo su espanto, y también con el hecho de que esa exis­tencia implicaba una relación precisa con el Crea­dor, que les había dado el ser. La Iglesia no podía cambiar esta relación. No podía eliminar una sola de sus consecuencias. Su única función era la de interpretarlas a la luz de la razón y de la revela­ción, y dispensar la gracia que podía hacer efecti­va esta relación.

En teoría, los miles de sacerdotes que bullían por las calles de Roma con sotanas y sombreros negros, eran intérpretes oficiales de la doctrina, dispensadores oficiales de la gracia, y pastores re­bosantes de compasión por su rebaño. En la prác­tica, eran escasos los que poseían el talento o la comprensión necesarios para participar realmente en estas tragedias íntimas de la Humanidad.

Era como si la simbiosis de la Iglesia fallara en cierto punto y la vida de los hombres divergiese desde allí de las vidas del clero. Era como si la interpretación de Dios ante el hombre se convir­tiese en un ejercicio didáctico y las realidades de la gracia de Dios se borraran tras las realidades del dolor y la pérdida.

En la metodología de la Iglesia, el sacerdote estaba siempre al alcance de sus feligreses. Si no recurrían a él, era por negligencia o falta de Fe. Éste era, por lo menos, el texto de muchos sermo­nes dominicales, pero la brecha se había produci­do porque el clero ya no compartía la tragedia de su pueblo; aún más, estaba protegido de ella por su sotana y su educación...

¡Educación! Cirilo regresó a ella por este des­vío, viendo con más claridad que nunca que el fruto de su misión ante el mundo no podría juz­garse jamás por apariencias o aclamaciones, sino sólo por su florecimiento en el corazón secreto del individuo.

Aunque sepultado bajo un rimero de felicitacio­nes, lo cierto es que había cartas más inquietantes, como la del cardenal Pallenberg, en Alemania:

«...Con el mayor respeto, por tanto, ruego a Su Santidad que emprenda la revisión de la presente constitución y el método de trabajo de la Sacra Rota. Su Santidad sabe ya que, debido a nues­tras especiales circunstancias en Alemania, cada año referimos una gran cantidad de casos ma­trimoniales a Roma. Muchos de éstos han sido demorados tres o cuatro años, con la consiguiente angustia y con grave riesgo espiritual para las partes implicadas. Creo yo, y creen mis hermanos obispos, que hay necesidad de pronta reforma en esta materia, ya sea concediendo mayores facultades a los tribunales provinciales o aumentando el número de funcionarios de la Rota, e instituyendo un método más rápido de examen. Sugerimos que en lugar de traducir todos los documentos al latín, procedimiento lento y costoso, éstos se presenten y sean estudiados en el original vernáculo...»

A primera vista, la Sacra Rota estaba a kiló­metros de distancia de un infanticidio en un sór­dido tercer piso. Y, sin embargo, las causas que llegaban a los lentos archivos de este augusto cuer­po no eran menos dramas de amor y pasión. La Sacra Rota era el último tribunal de apelaciones para los casos maritales dentro de la Iglesia, y cada caso marital era una historia de amor o de caren­cia de amor, y de una relación humana, defectuo­sa o no, que debía ser medida junto a la divina.

Para el teólogo y el canonista, la función de la Rota era muy simple. Tenía que decidir si un ma­trimonio era o no válido según la ley moral y las prescripciones de los cánones. Para muchos, den­tro de la Iglesia, este punto de vista parecía excesi­vamente simple. La Rota cuidaba minuciosamente de que se hiciera justicia. No le importaba que pa­reciera hacerse. Sus métodos eran anticuados y, a menudo, dilatorios. Cada documento y cada depo­sición debía traducirse al latín. El personal de clérigos y seglares, absurdamente poco numerosos, veíase incapaz de manipular ese inmenso volumen de trabajo con cierta agilidad. El hombre menos comprensivo no podía dejar de adivinar las angus­tias que esta lentitud deparaba a quienes apelaban al tribunal.

Cirilo el Pontífice comprendía el problema más claramente que otros, pero ya había aprendido que para efectuar una reforma en Roma había que pre­pararse lentamente y actuar con energía en el mo­mento indicado; de otra manera, terminaría dispu­tando con la burocracia, lo que equivalía a disputar consigo mismo.

Hizo una anotación en su calendario, para dis­cutir el asunto con Rinaldi, el cual, habiéndose apartado de la política de la Iglesia, tal vez podría aconsejarle cómo derrotarla.

De Rugambwa, el cardenal negro de Kenya, ha­bía una carta aún más apremiante:

«...Los acontecimientos en África se producen con rapidez que no parecía posible hace dos años. Creo que dentro de los próximos doce meses vere­mos un sanguinario levantamiento de negros con­tra blancos en Sudáfrica. Ésta es una consecuencia casi inevitable de las brutales medidas represivas adoptadas por el Gobierno sudafricano bajo la divisa del "Apartheid", y por los métodos feudales arcaicos de los portugueses. Si esta revolución tie­ne éxito -y con el apoyo de otras naciones africa­nas hay razones para creer que lo tendrá-, posi­blemente traerá el fin del Cristianismo durante cien años en el África del Sur. Estamos preparando catequistas con la mayor rapidez, pero no pode­mos preparar un número ni siquiera mínimo de sacerdotes nativos en el tiempo de que dispone­mos. Sé que esto puede parecer una sugerencia revolucionaria, pero me pregunto si no debemos considerar muy seriamente un nuevo programa de preparación en el cual el idioma local y no el latín sea la base de la enseñanza, y en el que toda la li­turgia se celebre en lengua vernácula. Si se apro­bara esta medida, sería posible preparar a un sacerdote nativo en casi la mitad del tiempo que se necesita ahora para adiestrarlos de acuerdo con el sistema impuesto por el Concilio de Trento.

»Comprendo perfectamente que esto significaría un clero menos instruido que el de otras tie­rras, pero el problema estriba en decidir si tendre­mos esos sacerdotes para predicar la Palabra y dis­pensar los Sacramentos válida y religiosamente, o si no tendremos sacerdotes. Su Santidad com­prenderá que hablo de medidas desesperadas para una época desesperada, y que...»

Una vez más Cirilo se encontró ante el tema de su carta, la educación de los ministros de la Pala­bra. Una vez más se vio encarando la X intangible que dominaba todo el pensamiento de la Iglesia; la infusión del Espíritu Santo, que provee lo que falta en el hombre para mantener vivo el Cuerpo Místico. ¿Hasta qué punto era legítimo poner la Palabra y los Sacramentos en manos de hombres parcialmente instruidos, confiando en que el Pa­ráclito supliría lo que faltase? ¿Y quién sino el Pontífice podría decir cuál instrucción era parcial y cuál suficiente? ¿Obraba más débilmente el Es­píritu Santo ahora, en el siglo xx, que en la Igle­sia primitiva, cuando doce pescadores recibieron el Depósito de Fe y la misión de predicarlo a todas las naciones...?

Fuera, el día moría. Las campanas de la ciudad tañían su vano llamamiento a la meditación y al retiro. Pero la ciudad estaba llena de otros soni­dos, y tocó a Cirilo el Pontífice reunir junto a él a los miembros de su casa para las vísperas y un re­cordatorio del Dios oculto.

 

-Ha hecho un trabajo muy concienzudo, amigo mío -Campeggio dejó la hoja mecanografiada y miró a George Faber con nuevo respeto-. Éste es el informe más completo que he visto respecto a Corrado Calitri y sus amigos.

Faber se encogió de hombros en gesto que indi­caba profunda desdicha.

-Me inicio como cronista de crímenes. Tengo habilidad para este tipo de cosas... Pero no me siento muy orgulloso.

-El amor es asunto caro, ¿no es así?

Campeggio sonrió al decirlo, pero no había hu­mor en sus ojos oscuros y astutos.

-Iba a hablarle de eso. La información conte­nida en ese documento me costó mil dólares. Pro­bablemente necesitaré gastar mucho más.

-¿En qué?

-En obtener una declaración oficiosa firmada por una o más personas de las mencionadas en el expediente.

-¿Tiene usted alguna idea de lo que costará?

-No. Pero, por lo que he averiguado hasta aho­ra, varios de ellos están escasos de dinero. Yo solo no puedo aportar otros mil dólares. Quiero saber si usted está dispuesto a poner más.

Campeggio guardó silencio algunos instantes, con los ojos fijos en el desordenado escritorio de Faber. Finalmente, dijo con deliberación:

-Yo no discutiría la proposición en esos tér­minos.

-¿Qué quiere decir?

-Desde el punto de vista de la Rota y de la ley civil, podría constituir soborno de testigos.

-Ya lo pensé.

-Ya lo sé. Usted es un hombre honesto, dema­siado honesto para su propia comodidad, o para la mía. Mirémoslo desde otro ángulo. ¿Cómo se propone abordar a sus presuntos testigos?

-He señalado tres nombres en el documento. Cada uno de ellos experimenta una abierta animo­sidad contra Calitri. Uno es un actor que no ha desempeñado ningún papel de importancia durante doce meses. Otro es un pintor Calitri le financió una exposición, y luego lo dejó entregado a su pro­pia suerte. La tercera es una mujer. Me dicen que es escritora, aunque jamás he visto publicada obra suya alguna. Los dos hombres pasan siempre el verano en Positano. La mujer tiene una casa en Is­chia. Me propongo ir al Sur durante las vacaciones de verano y tratar de establecer rápidamente contacto con cada uno de ellos.

-¿Llevará a Chiara?

-No. Quiere ir, pero no me parece muy diplo­mático. Además, necesito..., necesito probarme le­jos de ella.

-En eso, probablemente tiene razón. -Los as­tutos ojos de Campeggio escrutaron su rostro-. ¿Cree usted que alguno de nosotros se conoce a sí mismo antes de llegar a la edad madura...? Y, aho­ra, dígame otra cosa. ¿Por qué cree que sus testi­gos pedirán dinero?

-Así es el mundo- dijo George Faber torcidamente-. Nadie desea con sinceridad verse perse­guido por amor a la justicia. Todos quieren obte­ner algún beneficio en el proceso.

-Usted es católico, Faber. ¿Cómo se siente en conciencia respecto a esta transacción?

Faber enrojeció.

-Mi conciencia ya está comprometida. Estoy con Chiara; no puedo permitirme el lujo de tener escrúpulos.

Campeggio asintió agriamente.

-Un punto de vista muy nórdico. Probablemen­te más honesto que el mío.

-¿Y cuál es el suyo?

-¿Sobre el dinero? Estoy dispuesto a darle otros mil dólares. Pero no quiero saber lo que hará con ellos.

El frío humor de Faber hizo una de sus poco frecuentes apariciones.

-¿Y eso deja limpia su conciencia?

-Soy casuista -dijo Campeggio, con una leve sonrisa-. Puedo hacer distinciones tan sutiles como las de los jesuitas. Me acomoda permanecer en la duda. Pero si desea la verdad... -Se puso en pie y comenzó a pasearse por la oficina de Fa­ber-. Si quiere saber la verdad, estoy sumido en la mayor confusión. Creo que Chiara tiene a la jus­ticia de su parte. Creo que usted tiene derecho a intentar que esa justicia se haga efectiva. Creo también que la justicia está de mi parte cuando trato de alejar a mi hijo de la influencia de Cali­tri. Tengo ciertas dudas respecto a los medios, de manera que no deseo examinarlos con demasiada prisa. Por eso estoy cooperando con usted, pero dejo que el peso de la decisión legal y moral recai­ga sobre sus hombros... Una treta muy latina...

-Por lo menos ha sido franco conmigo -dijo Faber, con curiosa sencillez-. Se lo agradezco.

Campeggio dejó de pasearse y miró a Faber, derrumbado sobre su silla y vagamente encogido tras el escritorio.

-Usted es un hombre de corazón blando, ami­go mío. Merece un amor más sencillo.

-Es culpa mía más que de Chiara... Debo tra­bajar el doble para poder tomarme esas vacacio­nes. Me preocupa el dinero. Temo que no pueda controlar las consecuencias de lo que estamos haciendo.

-¿Y Chiara?

-Es joven. La han herido. Se halla en una si­tuación muy incómoda para una mujer... De ma­nera que quiere divertirse... No la culpo. Pero no tengo resistencia para cinco noches semanales en la «Cábala» o el «Papagayo».

-¿A qué se dedica mientras usted trabaja?

Faber dejó escapar una sonrisa breve y triste.

-¿Qué hace cualquier señora joven en Roma...? Almuerzos, desfiles de modas, cócteles...

Campeggio rió.

-Lo sé. Lo sé. Nuestras mujeres son buenas amantes y buenas madres. Como esposas, incluso extraoficiales, les falta algo. Sus maridos las mo­lestan y malcrían a sus hijos.

Por un momento, Faber pareció perderse en una contemplación interior. Dijo abstraídamente:

-Aún nos queremos... Pero siento que ambos estamos comenzando a calcular. Cuando Chiara acudió a mí, estaba casi totalmente quebrantada. Y parecía que yo era capaz de darle todo lo que necesitaba. Ahora ha regresado a la normalidad, y soy yo quien la necesita.

-¿Lo comprende ella?

-Acertada pregunta... Por naturaleza, Chiara es impulsiva y generosa, pero su vida con Calitri la ha cambiado. Es como si... -buscó torpemen­te las palabras-, como si creyese que los hom­bres tienen una deuda especial para con ella.

-¿Y usted no está seguro de podérsela pagar totalmente?

-No, no estoy seguro.

-Entonces, si yo fuese usted -dijo Campeggio enfáticamente-, cortaría ahora mismo. Dígale adiós, llore en su almohada, y olvide todo este asunto.

-Estoy enamorado de Chiara -dijo Faber sim­plemente-. Estoy dispuesto a pagar cualquier precio por retenerla.

-Entonces vamos los dos en la misma galera, ¿no es así?

-¿Qué quiere decir?

Campeggio se resistió un instante, y luego ex­plicó sus palabras con claridad:

-Al comienzo, la posesión parece siempre el triunfo fundamental del amor. Usted tiene ahora a su Chiara, pero no puede ser totalmente feliz hasta que la posea por contrato legal. Cree que en­tonces se sentirá seguro. Coge la rosa y la coloca en un vaso en el salón, pero pronto sus colores se marchitan, y la posesión de esa flor desfalleciente deja de tener importancia. Cuando llegan los hijos, constituyen otro tipo de posesión. Dependen totalmente de nosotros. Y los sujetamos a nuestro lado mediante su necesidad de sustento y de seguridad. Al crecer, esos lazos se debilitan, y vemos que ya no los poseemos como antes. Yo quiero tener a mi hijo. Quiero que sea la imagen y la continuación de mí mismo. Me digo que lo que hago es por su propio bien, pero sé, en lo profundo de mi cora­zón, que lo hago también por mi propia satisfac­ción. No puedo soportar que se aleje de mí y se entregue a otro, hombre o mujer, a quien conside­ro menos digno... Pero finalmente se irá, para bien o para mal... Míreme ahora. Soy el hombre de confianza del Vaticano. Como director del Osser­vatore soy el portavoz de la Iglesia. Tengo una reputación de integridad, y creo haberla ganado. Y, sin embargo, hoy estoy comenzando a comprometerme. ¡No por usted! ¡No piense que le estoy culpando! Por mi hijo, a quien perderé de todos modos, y por mí, porque aún no he comenzado a reconciliarme con la vejez y la soledad...

George Faber se alzó pesadamente de su silla y se enfrentó con su colega. Por primera vez pareció adquirir fuerzas y dignidad desusadas. Dijo, con voz sin inflexiones:

-No tengo derecho a atarlo a ningún trato. Su posición es más delicada que la mía. Le dejo en libertad para retirar su ofrecimiento.

-Gracias -dijo, simplemente, Orlando Cam­peggio-. Pero no puedo retirarme ya. Estoy com­prometido..., debido a lo que quiero y a lo que soy.

-¿Y qué es usted? ¿Qué soy yo?

-Deberíamos haber sido amigos -dijo Orlando Campeggio con helada ironía-. Nos hemos co­nocido durante largo tiempo. Pero perdimos la oportunidad. De manera que temo que ambos sea­mos sólo conspiradores... ¡Y ni siquiera muy buenos!

 

Diez días antes de la festividad de San Ignacio de Loyola, Jean Télémond recibió una carta de Su Eminencia el cardenal Rinaldi:

 

Querido reverendo padre:

Esta no es una comunicación oficial, sino per­sonal. Poco antes de su llegada a Roma, el Padre Santo me permitió separarme de mis funciones, y ahora vivo retirado en el campo. Sin embargo, es­toy invitado en la próxima semana a escuchar su disertación ante los alumnos y la facultad de la Universidad Gregoriana. Antes de ese día, desearía vivamente tener la oportunidad de conocerle y de conversar con usted.

Sé ya mucho, probablemente más de lo que us­ted imagina, de su personalidad y su trabajo. Opi­no que usted es un hombre favorecido por Dios con lo que sólo puedo llamar la gracia de la entrega.

Esta gracia es un don escaso. Yo carezco de ella, pero tal vez por esta razón la percibo más intensamente en otros. Y comprendo también que para el que la recibe es con más frecuencia cruz que consolación.

Creo que su regreso a Roma puede constituir un acontecimiento de gran importancia para la Igle­sia. Sé que para usted es decisivo. Me gustaría, por tanto, ofrecerle mi amistad, mi apoyo, y tal vez mi consejo en sus futuras actividades.

Si le acomoda, tal vez quiera usted tener la gen­tileza de visitarme el próximo lunes y pasar la tar­de conmigo. Me hará usted un gran favor, y espero sinceramente poder serle de alguna utilidad.

Fraternalmente suyo en Jesucristo,

VALERIO RINALDI

Cardenal Sacerdote.

 

Era un aliento principesco, para un hombre en crisis, y conmovió profundamente a Télémond. Le recordó, cuando más necesitaba recordarlo, que a pesar de su Fe monolítica, la Iglesia era morada de diversos espíritus, entre los cuales reinaba aún la virtud de la fraternidad y la compasión.

En la sociedad bulliciosa, gregaria y clerical de Roma, Télémond se sentía un ser aparte. Sus con­versaciones le irritaban. Su ruda ortodoxia lo perturbaba como si le estuviesen reprochando sus veinte años de soledad entre los misterios de la Creación. La melancolía del climaterio lo opri­mía. Por una parte, temía el momento en el cual tendría que presentar la especulación de su vida a la luz pública. Por otra, se encontró aproximán­dose a aquel instante con una especie de cálculo que hacía parecer fútiles y casi culpables los ries­gos que había soportado en carne y espíritu.

Y ahora, de pronto, una mano se tendía hacia él, y una voz le hablaba con acento de rara com­prensión y dulzura. No había carecido de amistad en su vida. Su trabajo no había necesitado de pro­tección o de aliento. Pero nadie había visto con tanta claridad lo que significaba realmente. Un riesgo, una entrega a la vida, al conocimiento y a la Fe, con completa convicción de que cada minu­to de existencia, cada extensión de conocimiento, cada acto de Fe, era un paso en la misma direc­ción, hacia el hombre criatura de Dios y el hombre hecho a imagen de Dios.

Lo que más lo perturbó en Roma fue comprobar que, dentro de la Iglesia, algunas personas con­sideraban su trabajo como una arrogancia. Pero un hombre arrogante no habría podido embarcarse en un viaje así, ni arriesgar tanto en esa entrega total a la búsqueda de la verdad.

No temía el error desde que su experiencia le había enseñado que el conocimiento se corrige a sí mismo y que una investigación bien conducida puede llevar al hombre cerca de las playas de la revelación, aunque sus contornos permanezcan eternamente escondidos de su vista.

Había una actitud ortodoxa que era en sí mis­ma una herejía: que exponer la verdad como ha­bía sido expuesta una y otra vez en cada siglo de la Iglesia, era desplegarla para siempre en su total significación. Y, sin embargo, la historia de la Igle­sia era la historia de una revelación inmutable que se desenvolvía en mayores y mayores complejida­des a medida que las mentes humanas se abrían para captarla más cabalmente. La historia del pro­greso espiritual del individuo era la historia de su propia preparación para cooperar con mayor vo­luntad, con más conciencia y con más agradeci­miento con la gracia de Dios.

Para Jean Télémond, la carta de Valerio Rinaldi tuvo visos de tal gracia. La aceptó agradecido, y accedió a visitar al cardenal en su retiro campestre.

Ambos se sintieron en seguida a sus anchas. Rinaldi mostró a su huésped los lugares más agra­dables de la villa, y repitió su historia desde la primera tumba etrusca, en el huerto, hasta el tem­plo órfico, cuyo piso aparecía descubierto en el jardín hundido. Télémond se sintió cautivado por la cortesía y la benevolencia de su anfitrión, y se abrió a él como no lo había hecho durante mucho tiempo, de manera que el anciano vio a través de los ojos de su visitante paisajes exóticos y un des­file de historias nuevas y extrañas.

Cuando terminaron su ronda, ambos sacerdotes se sentaron junto a la pileta de mármol, y bebieron té inglés, y observaron la corpulenta carpa que ra­moneaba lánguidamente entre los lirios acuáticos. Y entonces, con gentileza y penetración, Rinaldi comenzó a sondear la mente de Jean Télémond.

-Roma es una ciudad camaleónica. Adquiere diversos matices para cada visitante. ¿Cómo se le aparece a usted, padre?

Jean Télémond meditó un instante la pregunta, y luego respondió francamente:

-Me siento incómodo. El idioma me es extra­ño. Soy un galo entre romanos, un provinciano en­tre metropolitanos. Regresé seguro de haber apren­dido mucho en veinte años. Ahora siento que he olvidado algo; tal vez alguna forma esencial de expresarme. No sé lo que es, pero su falta me inquieta.

Rinaldi dejó su taza y se enjugó las delicadas manos con una servilleta de hilo. Su rostro patri­cio, surcado de arrugas, se suavizó.

-Creo que usted se califica con demasiada hu­mildad, padre. Hace ya mucho que las Galias fue una provincia de Roma, y creo que somos noso­tros quienes hemos perdido el arte de la comunica­ción... No niego que tenga usted un problema, pero me inclino a interpretarlo en forma dife­rente.

Los rasgos enjutos y disciplinados de Télémond se distendieron en una sonrisa.

-Me agradaría mucho escuchar la interpreta­ción de Su Eminencia.

El viejo cardenal agitó una mano elocuente, de modo que el sol brilló en el anillo de esmeralda de su rango.

-Hay algunos, amigo mío, que llevan la Iglesia como un guante. Yo, por ejemplo. Soy un hombre hecho para crecer cómodamente dentro de un or­den establecido. Comprendo la organización, sé en qué puntos es rígida y en cuáles puede ser flexi­ble... En esto no hay mérito ni virtud especial. En el fondo, es cuestión de temperamento y de apti­tud. No tiene nada que ver con la fe, la esperanza o la caridad. Hay algunos que nacen para ser bue­nos servidores del Estado. Hay otros que tienen aptitudes para el gobierno de la Iglesia... Es un talento, si usted quiere, pero un talento que tiene sus propias tentaciones, y yo he sucumbido a al­gunas en el curso de mi vida...

Bajó la vista hacia la lagunilla de lirios, donde nadaban pececillos dorados y rojos, y las flores esparcían sus pétalos cremosos bajo el sol de la tarde. Télémond esperó mientras el viejo príncipe reunía el resto de sus pensamientos.

-Hay otros, amigo mío, que llevan la Iglesia como un cilicio. No creen menos. Aman tal vez más y con mayor intensidad; pero se mueven incómodos dentro de la disciplina, como usted. Para ellos la obediencia es un sacrificio diario, mientras que para mí y para otros como yo es una adapta­ción, a menudo muy satisfactoria, a las circunstan­cias. ¿Comprende lo que quiero decir?

-Comprendo, pero creo que Su Eminencia se subestima para demostrarme su bondad.

- ¡No, no! -La respuesta de Rinaldi fue rápi­da y enfática-. Soy demasiado viejo para ofrecer cumplidos vanos. Me he juzgado a mí mismo, y sé cuánto me falta... En este momento usted se siente atribulado...

-Muy atribulado, Eminencia -dijo Télémond suavemente-. Vine a Roma por obediencia, pero aquí no hallaré paz. Lo sé.

-Usted no ha nacido para la paz, amigo mío. Esto es lo primero que debe aceptar. No la hallará probablemente hasta el día en que muera. Cada uno de nosotros lleva su propia cruz, usted lo sabe, hecha y adaptada a sus hombros reacios. ¿Sabe usted cuál es la mía?

-No.

-Ser rico, y estar satisfecho y sentir mi vida completa, y saber en el crepúsculo de mi vida que no lo merezco, y que cuando se me llame a juicio tendré que depender totalmente de la misericordia de Dios y de los méritos de otros más dignos.

Télémond permaneció silencioso largo rato, conmovido y humillado por este atisbo de una agonía íntima y privada. Finalmente, preguntó con voz sosegada:

-¿Y mi cruz, Eminencia?

-Su cruz, hijo mío... -La voz del anciano ad­quirió nueva tibieza y profunda compasión-. Su cruz es estar siempre dividido entre la Fe que po­see, la obediencia que ha jurado y su búsqueda personal de un conocimiento más profundo de Dios a través del Universo que Él creó. Usted cree que no hay conflicto entre ambos, y, sin embargo, us­ted está en conflicto consigo mismo un día tras otro. No puede abjurar del Acto de Fe sin una ca­tástrofe personal. No puede abandonar la búsque da sin traicionarse fatalmente y traicionar su pro­pia integridad. ¿Tengo razón, padre?

-Sí, Eminencia, tiene razón; pero eso no basta. Usted me muestra la cruz, pero no me muestra cómo llevarla.

-La ha llevado durante veinte años sin mí. -Y ahora me tambaleo bajo su peso. Créame, me tambaleo... ¡Y ahora tengo una nueva carga: Roma!

-¿Quiere alejarse de aquí?

-Sí. Pero me avergonzaría irme.

-¿Por qué?

-Porque espero que éste sea para mí el mo­mento de la definición. Creo que he callado lo su­ficiente como para que mi pensamiento haya to­mado forma. Siento que tengo el deber de expo­nerlo al debate y a la crítica. Esta exposición me parece un deber tan evidente como mis años de estudio y de exploración.

-Entonces debe cumplir con su deber -dijo Rinaldi mansamente.

-Y ése es otro problema, Eminencia -dijo Té­lémond con un destello de humor-. No soy publicista. No sé presentarme bien. No sé cómo acomo­darme al ambiente de este lugar.

-Entonces desestímelo -dijo Rinaldi con du­reza-. Usted llega armado con un corazón recto a una visión personal de la verdad. Armadura sufi­ciente para cualquier hombre.

Télémond frunció el ceño y sacudió la cabeza. -Dudo de mi valor, Eminencia.

-Podría decirle que confiara en Dios. -Lo hago, pero...

Se interrumpió y miró sin ver más allá de los límites del jardín clásico.

Rinaldi lo apremió suavemente. -Continúe, hijo.

- ¡Estoy asustado, terriblemente asustado!

-¿De qué?

-De que llegue un momento en el cual este conflicto interior me parta en dos y me destruya totalmente. No puedo expresarlo de una manera

más adecuada. Me faltan las palabras. Sólo puedo esperar que Su Eminencia me comprenda.

Valerio, cardenal Rinaldi, se puso en pie y posó sus manos sobre los hombros agobiados del jesuita.

-¡Comprendo, hijo mío, créame! Siento por usted lo que he sentido por muy pocos hombres en mi vida. Pase lo que pase después de su alocu­ción la próxima semana, quiero que me cuente en­tre sus amigos. Ya le dije que me haría un favor permitiéndome ayudarle. Lo digo con más energía aún. Usted puede brindarme la oportunidad de ga­nar algún mérito para mí mismo... -Reapareció su habitual buen humor, y se echó a reír-. Es una tradición romana, padre. Pintores, poetas y filóso­fos necesitan un protector que los resguarde de la Inquisición. ¡Y tal vez yo sea el último de ellos!

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...Toda esta semana me ha acosado lo que sólo puedo llamar una tentación de oscuridad. Jamás, desde mis tiempos del calabozo, me he sentido tan oprimido por la absurda insensatez del mundo, por la esterilidad de la lucha del hombre por la supervivencia, por la estupidez aparente de cualquier in­tento de cambiar la naturaleza humana o lograr un mejoramiento colectivo de la condición del hombre.

Razonar con la tentación era sencillamente crear otro absurdo. Razonar conmigo mismo era invitar a nuevas confusiones. Un espíritu burlón parecía habitarme. Cada vez que me contemplaba, veía un bufón, con gorro y campanillas, encaramado en una cumbre y agitando su varita estúpida ante los huracanes. Cuando oraba, mi espíritu per­manecía árido. Las palabras sonaban a fórmulas mágicas de antiguas hechicerías y carecían de vir­tud, de recompensa. Era una especie de agonía que creí no volver a experimentar, pero tal vez me hi­rió más profundamente que en el pasado.

En mi confusión, acudí a una meditación sobre la pasión y la muerte del Maestro. Comencé a com­prender débilmente el significado de la agonía en el jardín de Getsemaní, cuando los tormentos de Su espíritu humano se comunicaron con tanta in­tensidad a Su cuerpo, que su mecanismo comenzó a quebrantarse y Cristo sufrió, como sufre el en­fermo de leucemia, el sudor sangriento que es an­ticipo de la muerte.

Durante un instante vislumbré también el sig­nificado de Su último clamor desolado en la Cruz: «,..Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» En aquel instante, creo que Cristo vio, como lo veo yo ahora, la absurda insensatez de un mun­do enloquecido que estallaba en pedazos en un vuelo tangencial desde su centro.

En aquel momento, su propia vida y muerte tienen que haberle parecido una gigantesca futile­za, tal como aparecen ante mis ojos mi vida y mi esfuerzo como Vicario de Cristo. Y, sin embargo, el Maestro lo soportó, y yo debo hacer lo mismo. Si Él, el DiosHombre, podía sufrir sin el consuelo de la Divinidad, ¿rehusaré yo la copa que Sus ma­nos me ofrecen...?

Me aferré al pensamiento con una especie de terror, para que no se me escapara y me dejase eternamente presa de la oscuridad y la desespera­ción. Luego, poco a poco, la oscuridad se disipó, y me hallé estremecido, casi enfermo físicamente, pero convencido en absoluto de la cordura esen­cial de la Fe. Sin embargo, había algo que veía claramente: el problema en que se encuentran quienes no tienen Dios para infundir significado a la monstruosa necedad de todo el esfuerzo hu­mano.

Para el creyente, la vida es un misterio doloro­so, aceptable sólo por una parcial revelación del designio divino. Para el no creyente (y hay cientos de millones de seres a quienes la gracia de la Fe no ha alcanzado), tiene que adquirir a veces visos de locura, siempre amenazante, y a veces insopor­table. Tal vez sea éste el sentido de lo que soy y de lo que me ha sucedido; que siendo pobre en todo lo demás, puedo ofrecer al mundo el amor de un corazón comprensivo...

Hoy llegó una segunda carta de Kamenev. Fué entregada en París al cardenal arzobispo, y llegó mis manos por medio de un mensajero especial. Es más hermética que la primera, pero percibo en ella un aprecio mayor:

Tengo su mensaje, y se lo agradezco. Los girasoles brotan ahora en la Madre Rusia, pero antes de que florezcan otra vez, es probable que nos necesitemos mutuamente.

Su mensaje me dice que usted confía en mí, pero debo ser honesto y decirle que no debe confiar en lo que yo haga ni en lo que se le informe que digo. Usted sabe que vivimos en ambientes muy diversos. Usted goza de una obediencia y una lealtad imposibles de obtener en mi esfera de ac­ción. Sólo puedo sobrevivir comprendiendo lo que es posible, pero cediendo a una presión para evitar otra mayor.

Dentro de doce meses, o tal vez antes, llegaremos al borde de la guerra. Yo quiero la paz. Sé que no podremos obtenerla mediante negociaciones de conveniencia unilateral. Por otra parte, no puedo dictar términos ni siquiera a mi propio pueblo. Es­toy cogido en la corriente de la Historia. Puedo vadearla, pero no puedo cambiar la dirección del agua.

Creo que usted comprende lo que intento decir. Le pido, si puede, que interprete con la mayor claridad posible al Presidente de los Estados Uni­dos. He estado con él. Lo respeto. En un trato privado confiaría en él, pero en el dominio de la política sufre presiones, tal como yo, y tal vez más que yo, porque su mandato es más corto, y la influencia de la opinión pública es más fuerte. Si usted puede comunicarse con él, le ruego lo haga, pero secretamente y con la mayor discreción. Sabe muy bien que yo me vería obligado a repudiar violentamente cualquier sugerencia de que existe algún conducto privado de conversaciones entre ambos.

No puedo sugerirle todavía ningún método seguro para que pueda usted escribirme. De vez en cuando, sin embargo, recibirá usted una petición para una audiencia privada de un hombre llamado George Wilhelm Forster. Puede hablarle francamente, pero no ponga nada por escrito. Si logra comunicarse con el Presidente de los Estados Uni­dos, refiérase a él como Robert. Resulta absurdo, ¿no es así?, que para discutir la supervivencia de la raza humana debamos recurrir a estas tretas infantiles.

Usted tiene la fortuna de poder orar. Yo estoy limitado a la acción, y si acierto a medias la mi­tad del tiempo, puedo considerarme afortunado.

Vuelvo a repetir mi advertencia. Usted cree que ocupa el lugar de Dios. Yo ocupo el mío propio, y el suelo es resbaladizo. No confíe en mí más de lo que yo mismo puedo confiar. El martirio ha pasado de moda en mi mundo. Saludos.

KAMENEV.

 

Ningún hombre permanece incólume bajo la ex­periencia del poder. A algunos los pervierte la ti­ranía. A otros, los corrompe el halago y la propia complacencia. Algunos, muy pocos, adquieren sa­biduría al comprender las consecuencias de la ac­ción ejecutiva. Creo que esto es lo que ha sucedido con Kamenev.

Nunca fue un hombre burdo. Cuando lo cono­cí, se había entregado al cinismo, pero esta entre­ga no fue nunca completa. Lo demostró su acción respecto a mí. Yo diría que en su pensamiento no hay un campo realmente espiritual o religioso. Ha aceptado demasiado totalmente una concepción materialista del hombre y del Universo. Sin em­bargo, creo que, dentro de los límites de su propia lógica, ha llegado a una comprensión de la digni­dad del hombre, y a sentir cierta obligación de preservarla en lo posible. No creo que se rija por sanciones morales tal como nosotros las entende­mos en el sentido espiritual. Pero comprende que en el orden social necesita de cierta moral prác­tica, que también es esencial a la supervivencia de la civilización tal como la conocemos.

Creo que lo que Kamenev trata de decirme es lo siguiente: que puedo confiar en que actuará lógicamente dentro de su propio sistema de pen­samiento, pero que no debo esperar que obre den­tro del mío. Por mi parte, no debo olvidar que mientras el hombre está limitado por los canales de la gracia estipulados y puestos a su alcance por el acto redentor de Cristo, Dios no tiene esa limitación, y que ulteriormente la lógica de Ka­menev puede verse convertida en lógica divina. In­cluso en el orden humano, la carta de Kamenev tiene una importancia histórica. El hombre que personifica en sus funciones la herejía marxista, que ha tratado de extirpar la Fe violentamente de la tierra rusa, ahora se vuelve hacia el Papado para que éste le proporcione una vía de comuni­cación libre y secreta con el resto del mundo.

Veo claramente que Kamenev no me ofrece nada: no habla de abrir las puertas de Rusia a la Fe, no promete suavizar la opresión ni la persecu­ción de los fieles. El cardenal Goldoni me ha hecho notar que en este preciso momento nuestros seminarios y escuelas en Polonia, Hungría y Ale­mania Oriental se hallan a punto de cerrar, debido a las brutales contribuciones que se les han im­puesto recientemente. Goldoni me pregunta qué se propone ofrecer Kamenev a la Iglesia o a los Estados Unidos como primera cuota en aras de la paz...

A primera vista, no ofrece nada. Incluso podría acusársele, con cierto fundamento, de intentar em­plearme en su propio beneficio. Debo pesar cuida­dosamente esta interpretación. Y, sin embargo, me aferro a la profunda convicción de que existe un designio divino en esta relación entre nosotros, y que no debemos permitir que se transforme en una maniobra política...

Es un hecho histórico que cuando el poder temporal de la Iglesia fue mayor, su vida espiri­tual llegó a su nivel más bajo. Es peligroso leer revelación divina en cada párrafo de la Historia, pero no puedo dejar de sentir que cuando seamos, como el Maestro, pobres en temporalidad, proba­blemente seremos ricos en vida divina.

Esta coyuntura me exige prudencia y oración... Normalmente deberíamos comunicarnos con el Go­bierno de los Estados Unidos a través de nuestra Secretaría de. Estado. En esta oportunidad no nos atrevemos a hacerlo. Por tanto, he enviado un ca­blegrama al cardenal arzobispo de Nueva York pi­diéndole que venga a Roma con la mayor celeridad posible, para ponerlo al tanto de la situación y ordenarle que se comunique directamente con el Presidente de los Estados Unidos. Una vez que haya hablado con el cardenal Carlin, comenzare­mos a caminar todos sobre huevos. Si el más leve indicio de este asunto se filtra hacia la Prensa americana, esta débil esperanza de paz puede per­derse para siempre... Mañana ofreceré la misa como un ruego por resultados favorables...

Esta mañana celebraré la primera de una se­rie de conferencias con la Congregación de lo Re­ligioso y con los jefes de las principales órdenes religiosas. El propósito de estas conferencias es determinar cómo pueden estas organizaciones adaptarse mejor a las cambiantes condiciones del mundo y participar más activamente y con mayor flexibilidad en la misión de la Iglesia ante las almas de los hombres.

Todo esto entraña muchos problemas, y no los resolveremos todos en el acto. Cada Orden preser­va celosamente su tradición y su esfera de influen­cia dentro de la Iglesia. Muy a menudo, la tradi­ción es un obstáculo al esfuerzo apostólico. Los sistemas de enseñanza y preparación difieren. El «espíritu de la Orden», esa modalidad de pensa­miento y acción que le confiere su carácter espe­cífico, tiende con demasiada frecuencia a endure­cerse en el «método de la Orden», de manera que reacciona con excesiva lentitud y obstinación ante las exigencias de los tiempos.

Y también hay otro problema. El ritmo de re­clutamiento de nuevos miembros se ha hecho peli­grosamente lento, porque muchos espíritus bien dispuestos se, encuentran limitados y constreñidos en demasía por una constitución arcaica e incluso por una forma de vestimenta y de vida que los aparta rígidamente de la época en que viven...

Una vez más me veo encarando el problema fundamental de mi pontificado: cómo traducir la Palabra en acción cristiana; cómo raspar la capa exterior de la Historia para que la veta de la Fe primitiva se revele en toda su riqueza. Cuando los hombres están verdaderamente unidos con Dios, poco importa qué vestidos llevan, qué ejer­cicios devotos practican, qué constitución los rige. La obediencia religiosa debería dejar libre al hom­bre, con la libertad de los hijos de Dios. La tradi­ción debería ser una lámpara para sus pasos que iluminara la senda hacia el futuro. Renunciar al mundo no es abandonarlo, sino restituirle en Cris­to la belleza de su diseño primero...; heredamos el pasado, pero estamos entregados al presente y al futuro.

Creo que es hora de hacer investigaciones más profundas y dar definiciones más claras de la fun­ción de los seglares en la vida de la Iglesia. El anticlericalismo es un síntoma de insatisfacción en los fieles. Porque es un hecho que la rebelión contra la doctrina de la Iglesia es menos común que la deserción gradual de un clima religioso que parece hallarse en contradicción irreconciliable con el mundo en el cual los hombres deben vivir. Aquellos cuyas aspiraciones exceden las dimensio­nes de la mentalidad del pastor local, desaparecen gradualmente de los bancos parroquiales y se alejan en busca de sustitutos y verdades parciales, lo que generalmente no les trae paz ni felicidad, pero sí cierta sensación de casi sagrada integridad. El número de estos casos ha aumentado hasta el pun­to de constituir una especie de posición recono­cida dentro de la Iglesia; situación ambigua, pero radicalmente diferente de aquellas cuyo oscuran­tismo intenta erradicar de la conciencia del hom­bre la noción de la existencia humana dependiente de Dios...

En este mundo nuestro, cuando los hombres se acercan rápidamente a la Luna, la dimensión del tiempo parece estrecharse diariamente, y me preocupa que no podamos adaptarnos con mayor rapidez al cambio...

Dentro de un par de semanas comenzará la temporada de vacaciones en Europa. Es tradición que el Pontífice abandone el Vaticano y pase las vacaciones en Castelgandolfo. A pesar de mi im­paciencia, siento que espero con agrado el cambio. Me dará tiempo para pensar, para sintetizar por mí mismo las mil impresiones diversas de estos primeros meses de Pontificado.

No me he atrevido a mencionarlo al Secretario de Estado, pero creo que aprovecharé la oportuni­dad para viajar un poco, privadamente, por la campiña... Necesitaré un buen chófer. Sería muy molesto para mí y para el Gobierno italiano si tuviésemos algún accidente en la carretera: ¡bonito cuadro presentaría el Pontífice, descubierto en medio de alguna carretera, discutiendo con algún ca­mionero italiano...! Desearía un compañero agra­dable para mis vacaciones, pero aún no he tenido tiempo para cultivar ninguna verdadera amistad. Mi aislamiento es aún mayor porque soy más joven que los miembros de la Curia, y, con la ayu­da de Dios, no quiero convertirme en un anciano prematuramente.

Ahora comprendo por qué algunos de mis pre­decesores cayeron en el nepotismo y se rodearon de parientes, y por qué otros cultivaron favoritos en el Vaticano. No es bueno para el hombre estar totalmente solo...

Kamenev es casado y tiene un hijo y una hija. Me agradaría creer que su unión es feliz... Si no lo es, debe de sentirse mucho más aislado que yo. Yo nunca he lamentado mi celibato, pero envidio a aquellos cuyo trabajo en la Iglesia transcurre en­tre niños...

Un súbito pensamiento lóbrego. Si hay otra gue­rra, ¿qué será de los pequeños? Son los herederos de nuestros errores, y, ¿cuál será su suerte en el vasto horror de un Armagedón atómico?

¡No debe producirse..., no debe!

 

En su apartamento de soltero en Parioli, Co­rrado Calitri, ministro de la República, conferen­ciaba con sus abogados. El principal de ellos, Pe­rosi, era un hombre alto y enjuto de maneras ári­das y académicas. Su ayudante tenía un rostro redondo de «budín» y una sonrisa deprecativa. En un extremo alejado de la habitación, la princesa MaríaRina permanecía en su asiento, tensa y retraída, observándoles con ojos velados y rapaces.

Perosi juntó los extremos de sus dedos como un obispo dispuesto a iniciar un salmo, y resumió la situación:

-...Si he comprendido bien, su conciencia lo ha atormentado durante algún tiempo. Ha pedido consejo a un confesor, y éste le ha indicado que su deber le obliga a cambiar la declaración que usted presentó referente a su matrimonio.

El semblante pálido de Calitri no traslucía emo­ción alguna, y su voz era inexpresiva.

-Ésa es mi posición, si.

-Quiero que dejemos claramente establecida nuestra situación. La petición de nulidad de su mujer se acogió a los términos del Canon 1.086, que establece dos cosas: primera, el consentimien­to interno de la mente se presume siempre de acuerdo con las palabras o signos que se emplean en la celebración del matrimonio; segunda, si una de las partes, o ambas, por un acto positivo de la voluntad, excluyen el propio matrimonio, o el de­recho al acto conyugal o cualquier propiedad esen­cial del matrimonio, el contrato matrimonial es nulo. -Movió sus papeles y continuó con voz pro­fesional-: La primera parte del Canon no nos concierne directamente. Simplemente expresa una presunción de la ley que puede ser rebatida por una prueba contraria. La demanda de su mujer se basa en la segunda parte. Afirma que usted excluyó deliberadamente de su consentimiento el derecho de la esposa al acto conyugal, y que usted no aceptó el contrato como inquebrantable, sino como una forma de terapia que podría omitirse si la terapia fracasaba. Si esa demanda pudiese com­probarse, el matrimonio sería declarado nulo. ¿Comprende?

-Lo he comprendido siempre.

-Pero usted negó bajo juramento, en una de­claración escrita, que su intención haya estado vi­ciada.

-Sí, lo negué.

-Ahora, sin embargo, está dispuesto a admitir que su declaración era falsa y que, por tanto, cons­tituía un perjurio.

-Sí. Comprendo que he cometido una grave injusticia y quiero repararla. Deseo que Chiara quede libre.

-¿Está dispuesto a hacer otra declaración ju­rada admitiendo el perjurio y la intención viciada?

-Sí.

-Hasta aquí vamos bien. Esto nos dará una base para reiniciar la causa ante la Rota -Perosi oprimió sus pálidos labios y frunció el ceño-. Des­graciadamente, no bastará para obtener un decre­to de nulidad.

-¿Por qué no?

-Por una cuestión de procedimiento contenida en el Canon 1.971, y por comentarios al código, fe

chados en marzo de 1929, julio de 1933 y julio de 1942. La parte de un matrimonio que es causa cul­pable de la nulidad se halla privada de sus dere­chos a impugnar el contrato. No puede fundamen­tar su posición ante el tribunal.

-¿Qué solución nos queda?

-Necesitamos uno o más testigos que puedan declarar que usted les expresó clara y explícitamente sus intenciones viciadas antes de que el ma­trimonio se efectuase.

La voz gastada y enérgica de la princesa terció en la conversación.

-Creo que puede usted dar por sentado que tal testimonio puede encontrarse.

-Entonces -dijo el abogado Perosi- creo que tenemos un caso bien fundamentado, y que po­demos aguardar con cierta confianza un resultado favorable.

Se echó atrás en su silla y comenzó a ordenar sus papeles. Como si ésta fuese la señal estipulada, el abogado auxiliar añadió un comentario a la dis­cusión:

-Con el respeto debido a mi colega, quisiera hacer dos sugerencias. Sería conveniente contar con una carta de su confesor, indicando que usted actúa según sus consejos al tratar de reparar la injusticia cometida. Y también ayudaría que usted escribiese una carta amistosa a su mujer, recono­ciendo su falta y pidiéndole perdón... Ninguno de estos documentos tendría valor como prueba, pero podrían..., digamos..., podrían ayudar a crear el ambiente...

-Haré lo que usted sugiere -dijo Calitri con la misma voz descolorida-. Ahora desearía hacerle algunas preguntas. Reconozco una falta, reco­nozco un perjurio. Por otra parte, debo proteger mi reputación y mi posición pública.

-Todas las deliberaciones de la Rota y las de­claraciones que ante ella se hacen están amparadas por el más riguroso secreto. No necesita in­quietarse en tal sentido.

-Perfectamente. ¿Cuánto cree usted que tar­dará todo esto?

Perosi consideró la pregunta por un momento.-No demasiado. Nada puede hacerse durante el período de vacaciones, por supuesto, pero si todas las deposiciones se hallan en nuestras ma­nos a fines de agosto, podríamos preparar la tra­ducción en dos semanas. Luego, en vista de su posición y de la larga suspensión de la causa, creo que obtendríamos que el caso se viese rápidamen­te... Unos dos meses. Y tal vez menos aún.

-Le estoy agradecido -dijo Corrado Calitri-. Tendré preparados los papeles a fines de agosto.

Perosi y su colega se inclinaron antes de salir.

-Siempre a las órdenes del ministro.

-Buenos días, señores, y gracias.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, la princesa echó atrás su cabeza de pájaro y rió.

-Ya lo ves. Te lo dije, ¿no es así? Simple como pelar guisantes. Por supuesto que tendremos que encontrar un confesor. Hay un Monsignore encan­tador y muy comprensivo que me asiste en Floren­cia. Sí, creo que es el indicado. Es inteligente, cul­tivado y lleno de celo, a su manera, por supuesto. Hablaré con él y concertaré la entrevista... Y aho­ra, sonríe. Dentro de dos meses serás libre; y un año después dirigirás el país.

-Lo sé, tia, lo sé.

-¡Ah! Otra cosa. Tu carta a Chiara. No nece­sitas mostrarte excesivamente humilde. Dignidad, reserva; deseo de reparar, sí. Pero nada comprometedor. No confío en esa muchacha. Nunca lo hice.

Calitri se encogió de hombros con indiferen­cia.

-Es una niña, tía. No hay maldad en ella.

-Los niños crecen..., y en toda mujer hay maldad cuando no obtiene lo que desea.

-Por lo que he oído, lo está obteniendo. -Con el decano de la Prensa extranjera. ¿Cómo se llama ese hombre?

-George Faber. Representa uno de los perió­dicos neoyorquinos.

-El más grande -dijo la anciana princesa con energía-. Y no puedes desprenderte de él como de un resfriado. Ahora eres demasiado vulnera­ble, hijo. Tienes contra ti al Osservatore, y a Chiara en el lecho de la Prensa americana. No puedes permitir que esa situación se prolongue.

-No puedo cambiarla.

-¿Por qué no?

-El hijo de Campeggio trabaja para mí. Me tiene simpatía, y no se la tiene a su padre. Chiara se casará probablemente con ese Faber en cuanto obtenga el decreto de nulidad. No puedo hacer nada para variar estas dos situaciones.

-Creo que puedes. -La princesa le observó fijamente con ojos astutos y legañosos-. Conside­ra, ante todo, al joven Campeggio. ¿Sabes lo que haría yo?

-Me gustaría oírlo.

-Asciéndelo. Hazlo subir con la mayor rapidez posible. Prométele algo aún mejor después de la elección. Átalo a ti por la amistad y la confianza. Su padre te odiará, pero el muchacho te adorará, y no creo que Campeggio luche contra su propio hijo... Y en cuanto a Chiara y a su amigo america­no, déjamelos a mí.

-¿Qué te propones hacer?

La vieja princesa dejó escapar su aguda risa de pájaro y sacudió la cabeza.

-No tienes talento para tratar a las mujeres, Corrado. Quédate tranquilo, y deja a Chiara en mis manos.

Calitri tendió sus manos elocuentes en un ges­to de resignación.

-Como quieras, tía. Te la dejaré.

-No lo lamentarás.

-Seguiré tu consejo, tía.

-Sé que lo seguirás. Y ahora, dame un beso y anímate. Cenarás conmigo mañana. Quiero que co­nozcas a algunas personas del Vaticano. Ahora que has vuelto al seno de la Iglesia, pueden comenzar a serte de utilidad.

Corrado Calitri besó la ajada mejilla de la an­ciana y la contempló alejarse, admirándose de que aquel cuerpo tan frágil albergase tanta vitalidad, y preguntándose si él tenía la suficiente para man­tener el trato que había hecho con los que lo apo­yaban.

Durante toda su vida había hecho tratos así. Y siempre pagó el precio con la misma moneda: otro pedazo de sí mismo. Cada defección lo dejaba menos seguro de su identidad, y sabía que al fin se encontraría totalmente vacío y que las arañas hilarían su tela en la cavidad de su corazón.

La depresión cayó sobre él como una nube. Se sirvió una copa de licor, y la llevó al asiento de la ventana desde el cual podía bajar la vista hasta la ciudad y ver el vuelo de las palomas sobre sus antiquísimos tejados. El cargo de Primer Ministro tal vez valiese una misa, pero nada, nada valía la condenación a una vida huera.

Era verdad que había hecho un contrato. Sería el Caballero Blanco sin miedo y sin tacha, y los democratacristianos le dejarían que los encabeza­ra en el poder. Pero en este contrato había espa­cio para una nota al pie, y la princesa MaríaRina la había deletreado... Confianza y amistad... ¡Y tal vez más aún! En el trato amargo que había acep­tado hubo de pronto un pequeño destello de dul­zura.

Cogió el teléfono, marcó el número de su ofi­cina, y pidió al joven Campeggio que trajese la correspondencia a su apartamento.

 

 

A las diez y media de una mañana sin nubes aterrizó en el aeropuerto de Fiumicino el cardenal arzobispo de Nueva York, Charles Corbet Carlin. Un funcionario de la Secretaría de Estado lo reci­bió al pie de la escalerilla y lo guió rápidamente a través de las oficinas de Aduanas e Inmigración, instalándolo finalmente en un automóvil del Va­ticano. Una hora y media después, Carlin se halla­ba reunido con Cirilo el Pontífice y con Goldoni, el Secretario de Estado.

Carlin era, por naturaleza, un hombre conclu­yente, y comprendía los usos del poder. En segui­da apreció los cambios que algunos meses de pon­tificado habían producido en el Papa. No había perdido nada de su encanto ni de su cordialidad instantánea e intuitiva, pero parecía haber alcan­zado una nueva dimensión de autoridad. Su ros­tro marcado parecía más enjuto; su voz era más enérgica; sus maneras revelaban apremio y preo­cupación. Sin embargo, comenzó la discusión en forma característica, con una sonrisa y una expli­cación:

-Agradezco a Su Eminencia que haya acudido con tanta prontitud. Sé cuán atareado está. Qui­se haber sido más explícito, pero no podía confiar la información ni siquiera a un cable cifrado.

Luego, en frases firmes y enfáticas, explicó el motivo de su llamada y enseñó a Carlin el texto de ambas cartas.

El americano las recorrió con ojo astuto y cal­culador, y luego las dio al Pontífice.

-Comprendo la preocupación de Su Santidad. Pero confieso que comprendo menos lo que Ka­menev espera ganar con esta maniobra.

Goldoni se permitió una débil sonrisa.

-La reacción de Su Eminencia es la mía... ¡Una maniobra! Pero Su Santidad adopta otra ac­titud.

Cirilo extendió sobre la mesa sus manos defor­madas y se explicó con sencillez:

-Quiero que ustedes comprendan, ante todo, que yo conozco a ese hombre. Lo conozco más íntimamente de lo que les conozco a ustedes. Du­rante largo tiempo fue quien me interrogaba en la prisión. Ambos hemos ejercido una gran influen­cia mutua. Fue él quien organizó mi fuga de Rusia. Estoy profundamente convencido de que ésta no es una maniobra política, sino una auténtica peti­ción de ayuda en las crisis que nos envolverán muy pronto.

Carlin asintió pensativamente.

-Su Santidad puede tener razón. Sería insensa­to descartar su experiencia con este hombre y su íntimo conocimiento de la situación rusa. Por otra parte, y lo digo con respeto, nosotros hemos teni­do una experiencia diferente con Kamenev y con los soviéticos.

-Cuando usted dice «nosotros», ¿se refiere a la Iglesia o a los Estados Unidos?

-A ambos -dijo Carlin categóricamente-. En lo que se refiere a la Iglesia, el Secretario de Es­tado puede confirmar mis palabras. Aún hay persecución activa en los países satélites. En Rusia ha sido extinguida totalmente la Fe. Nuestros herma­nos obispos que estuvieron presos con Su Santidad han muerto. Las fronteras soviéticas están cerra­das a la Fe. No veo posibilidad alguna de que se abran en nuestra época.

Goldoni expresó su asentimiento:

-Ya he expuesto claramente este punto de vista a Su Santidad.

-Yo, yo -dijo Cirilo el Pontífice-, no estoy en desacuerdo con él... Hábleme ahora del punto de vista americano.

-A primera vista -dijo Carlin-, esto me parece una nueva versión de las reuniones en la cumbre. Todos recordamos los argumentos que las apoyaban... «Evitemos los peldaños inferiores, y que los jefes hablen con libertad, familiarmente, de nuestros problemas. Omitamos los detalles y lleguemos a los postulados fundamentales que nos dividen...» Tuvimos esas reuniones. Siempre fueron un fracaso. A fin de cuentas, toda discusión naufragaba en los detalles. La buena voluntad que podía existir antes de las reuniones disminuía, si no desaparecía por completo. En el fondo, como usted sabe, los peldaños inferiores de gobierno son más decisivos que los superiores, porque, bajo nuestro sistema y el sistema ruso, el jefe está siempre sujeto a las presiones de consejos admi­nistrativos y políticos que vienen de abajo. Ningún hombre puede mantener por sí solo el peso de una decisión en asuntos de trascendencia universal. -Sonrió ampliamente al Pontífice-. Incluso en la Iglesia tenemos la misma situación. Su Santidad es el Vicario de Cristo. Pero la efectividad de sus decisiones se ve limitada por la cooperación y la obediencia de los dignatarios locales.

Cirilo el Pontífice alzó las cartas de su escri­torio y las enseñó a sus dos consejeros.

-¿Qué me aconsejan, entonces, que haga con ellas? ¿Desestimarlas?

Carlin eludió la pregunta.

-¿Qué desea Kamenev que haga Su Santidad? -Me parece que lo expresa con claridad. Me pide que comunique el contenido de estas cartas alPresidente de los Estados Unidos, y que le haga llegar también mi propia interpretación de su pen­samiento y sus intenciones.

-¿Cuál es el pensamiento de Kamenev, San­tidad? ¿Cuáles son sus intenciones?

-Permítanme citarles otra vez lo que dice la carta. «Dentro de doce meses, o tal vez antes, lle­garemos al borde de la guerra. Yo quisiera la paz. Sé que no podremos obtenerla mediante negocia­ciones de conveniencia unilateral. Por otra parte, no puedo dictar sus términos ni siquiera a mi pro­pio pueblo. Estoy cogido en la corriente de la His­toria. Puedo vadearla, pero no puedo cambiar la dirección del agua... Creo que usted comprende lo que intento decir. Le pido, si puede, que la trans­mita con la mayor claridad posible al Presidente de los Estados Unidos...» Conociendo a este hom­bre, el mensaje me parece bastante claro. Antes de que la crisis se transforme en inevitable, quiere establecer una base para futuras negociaciones que permitan preservar la paz.

-Pero, ¿qué base? -preguntó Goldoni-. Su Santidad tiene que admitir que Kamenev no es muy explícito.

-Planteémoslo de otra manera -dijo Carlin, con su habitual pragmatismo-. Yo regreso a los Estados Unidos. Llamo a Washington y pido una audiencia privada con el Presidente. Le muestro estas cartas. Le digo: «La Santa Sede estima que Kamenev desea entablar conversaciones secretas para evitar la crisis que todos sabemos inminente. El Papa será el intermediario en estas conversa­ciones...» ¿Qué creen ustedes que haría o diría en­tonces el Presidente de los Estados Unidos? ¿Qué haría Su Santidad, de hallarse en su lugar?

El rostro marcado de Cirilo dibujó una sonrisa de genuina diversión.

-Diría: «Hablar no cuesta nada. En tanto los hombres puedan comunicarse, aunque lo hagan in­termitentemente, hay esperanzas de paz. Pero si ce­rramos todas las puertas, cortamos todos los ca­bles, construimos murallas cada vez más altas, en­tonces cada nación es una isla que prepara secre­tamente la destrucción común.»

Bruscamente, Carlin opuso objeciones al argu­mento.

-Hay una falta de lógica, Santidad. Perdóne­me, pero debo hacérsela notar. Hablar, siempre cuesta algo, especialmente este tipo de charla. Los parlamentos secretos son peligrosos, porque cuando salen a la luz, como lo hacen inevitablemente, los que tomaron parte en ellos pueden negarlo. Y esas conversaciones se convierten entonces en armas para las maniobras políticas.

- ¡Recuerde! -añadió Goldoni, asaltado por una nueva idea-. Ya no hay dos grandes poten­cias en el mundo. Están Rusia y los Estados Uni­dos. Está el bloque europeo. Está China, y están las naciones no comprometidas de Asia, África y las Américas. No se trata sólo de la carrera de ar­mamentos. Está también la carrera por alimentar a los hambrientos, y la carrera para alinear a grandes masas humanas con una u otra ideolo­gía. No podemos adoptar una actitud excesivamen­te simplista ante este mundo tan complejo.

-Vacilo al decirlo, Santidad -dijo Carlin gra­vemente-, pero no me gustaría ver a la Santa Sede comprometida al ofrecerse como intermedia­ria en discusiones bilaterales y probablemente abortivas... Personalmente, desconfío de una tre­gua con el oso ruso, por hábilmente que éste dance.

-El oso está en el escudo de armas papal -dijo Cirilo ácidamente-. ¿También desconfía de él allí?

-Permítame contestar a esa pregunta con otra. ¿Su Santidad puede confiar totalmente en sí mis­mo en este asunto? Esto no es doctrina, ni dogma. Es asunto de Estado. Su Santidad está expuesto al error tanto como nosotros.

Carlin se había mostrado peligrosamente fran­co, y lo sabía. Ser cardenal arzobispo de Nueva York significaba una posición privilegiada en la Iglesia, gran influencia, y el dominio sobre dine­ros y recursos vitales para la economía del Vati­cano. Pero en la constitución de la Fe, el sucesor de Pedro era soberano, y en su historia, más de un cardenal príncipe había sido despojado de su título con una palabra del Pontífice ultrajado. Charles Corbet Carlin se echó atrás en su silla y aguardó, no sin cierta inquietud, la respuesta papal.

Ante su sorpresa, ésta llegó en un tono controlado y con sincera humildad.

-Todo lo que usted me dice es verdad. En realidad, es un reflejo de mi propio pensamiento al respecto. Le agradezco que haya decidido hablarme francamente, sin tratar de doblegarme con palabras diplomáticas. Tampoco yo deseo doblegarlo. No quiero forzarle a actuar contra su prudencia. Esto no es asunto de Fe o de moral, es un asunto de convicción personal, y me gustaría poder com­partir la mía con ustedes... Almorcemos primero, y luego deseo mostrarles algo. Lo han visto antes, pero espero que hoy pueda tener otro significado ante sus ojos.

Y viendo la duda y la sorpresa en los rostros de sus cardenales, Cirilo rió ingenuamente:

-No, no hay conspiraciones ni sutileza a la manera de los Borgia. He aprendido algo en Italia. No hay que discutir materias de importancia con el estómago vacío. Creo que Goldoni reconocerá que por lo menos he reforzado la cocina del Vaticano.

Vamos, descansemos un rato.

Comieron sencillamente, pero bien, en las habitaciones privadas de Cirilo. Discurrieron acerca de los hombres y los asuntos, y de las mil intimi­dades de la sociedad jerárquica a la cual pertene­cían. Parecían miembros de un club internacional exclusivo, cuyos socios estuviesen dispersos por los cuatro puntos cardinales, pero cuyos asuntos fuesen conocimiento común en todas las lenguas.

Cuando terminaron de comer y el Vaticano recayó en la somnolencia de la siesta, Cirilo se puso una sotana negra y condujo a sus huéspedes a la Basílica de San Pedro. Los turistas eran escasos, y nadie se fijó en tres sacerdotes de mediana edad detenidos ante los confesonarios próximos a la sacristía. Cirilo se­ñaló un confesionario, que ostentaba sobre su puertecilla la lacónica leyenda «Polaco y ruso». -Una vez por semana vengo aquí y permanezco dos horas en el confesionario, para escuchar la confesión de quienes acudan a él. Me gustaría es­cucharlas también en italiano, pero no domino los dialectos... Ustedes saben lo que sucede en el ejer­cicio de este ministerio. Los buenos acuden, los malos se mantienen alejados; pero de vez en cuando llega algún alma angustiada, alguien que nece­sita una cooperación especial del confesor para hacerlo regresar a Dios... Y es siempre una lotería, en la que se aventura el momento, el hombre y la fertilidad de la palabra que uno arranca de su propio corazón. Y, sin embargo, aquí, en estos ca­joncillos sofocantes, se halla todo el sentido de la Fe: el diálogo privado del hombre con su Creador, y yo entre ellos, como siervo del hombre y de Dios. Ahí, rodeado por el olor a embutido y a repollo, soy aquello para lo cual fui ordenado: un oportu­nista sublime, un pescador de hombres, sin saber lo que cazaré en mis redes, o si llegaré a cazar algo... Y, ahora, vengan por aquí.

Indicó a un asistente que los acompañara. Lue­go cogió del brazo a ambos cardenales y los hizo cruzar hasta los peldaños que llevaban al confesio­nario de San Pedro, frente al gran altar de Ber­nini. Descendieron los peldaños. El asistente quitó el cerrojo a la reja de bronce que protegía la esta­tua arrodillada del Papa Pío VI. Cuando los sacer­dotes penetraron en el nicho, cerró la puerta tras ellos y se retiró a respetuosa distancia. Cirilo con­dujo a sus dos consejeros al espacio en que se abría un agujero oscuro que llevaba a las grutas del Vaticano. Entonces se volvió hacia ellos. Su voz se hizo un murmullo que resonó suavemente en el recinto.

-Dicen que allá abajo está la tumba de Pedro el Pescador. Siempre que siento temor, o que me hallo en medio de las sombras, acudo aquí a orar y le preguntó qué puedo hacer yo, su heredero. También él era un oportunista, ustedes lo saben bien. El Maestro le dio las llaves del Reino. El Espíritu Santo le dio el don de la sabiduría y de las lenguas. Y luego debió plantar la semilla del Evangelio dondequiera que hubiese tierra para re­cibirla, aunque seguía siendo un pescador y un forastero en el Imperio Romano... No tenía mé­todo. No tenía templo. No tenía libros, sino el Evangelio viviente. Estaba condicionado por los tiempos en los cuales vivía, pero no podía permitir que las condiciones le limitasen... Tampoco puedo permitirlo yo. ¿Recuerdan ustedes la historia de Pablo, cuando llegó a la ciudad de Atenas entre los filósofos y retóricos, y vio el altar al Dios desco­nocido? ¿Recuerdan lo que hizo? Gritó con voz tonante: « ¡Hombres, hermanos! ¡Lo que ustedes adoran sin conocer, lo predico yo! » ¿No les parece que Pablo también era un oportunista? No razona con el momento. No apela a un sistema o a una historia. Aventura su persona y su misión en una palabra lanzada a la muchedumbre arremolinada.

 ¿No lo lo comprenden?    Éste es el sentido de la Fe. Éste es el riesgo de creer.

Volvió su rostro luminoso hacia Carlin, sin intentar imponerse, sino razonando con él.

-Antes de que Su Eminencia acudiera a verme, me hallaba en las sombras. Me veía como un insensato que gritaba una locura a un mundo indiferente. ¡Así sea! Eso es lo que predicamos: insensatez trascendente, y confiamos en que finalmente sea lógica divina...

Bruscamente, Cirilo relajó su tensión y les sonrió con picardía.

-En prisión aprendí a jugar, y descubrí que, a fin de cuentas, el hombre que ganaba siempre era aquel que no se cubría en sus apuestas. Sé bien lo que ustedes están pensando. Que quiero dirigir la barca de Pedro según sople el viento en sus calzas papales. Pero si el viento es el aliento de Dios y sus manos agitan el agua..., ¿hay forma mejor de hacerlo? ¡Respóndame! ¡Hay forma me­jor de hacerlo?

En el estrecho recinto, Goldoni se movió inquieto sobre sus pies.

Carlin permaneció obstinado e inconmovible como la Roca de Plymouth. Dijo con voz sin infle­xiones:

-Ésta es tal vez la Fe que mueve montañas, Santidad. Lamento que no me haya sido concedida en la misma medida. Estoy limitado a trabajar de acuerdo con la prudencia normal. No puedo convenir en que los asuntos de la Iglesia sean administrados por inspiración personal.

Cirilo el Pontífice sonreía aún cuando respon­dió:

-Ustedes me eligieron por inspiración, Emi­nencia. ¿Cree usted que el Espíritu Santo me ha abandonado?

Carlin no se dejó amilanar, e insistió obstinadamente en su tesis.

-No he dicho tal cosa, Santidad. Pero sí diré esto: Nadie tiene estatura suficiente para conver­tirse en el hombre universal. Usted desea serlo todo para todos los hombres, pero jamás podrá lo­grarlo cabalmente. Usted es ruso, yo soy america­no. Usted me pide que arriesgue por ese Kamenev más de lo que arriesgaría por mi propio hermano si fuese Presidente de los Estados Unidos. No pue­do hacerlo.

-Entonces -dijo Cirilo con inesperada manse­dumbre- no le pediré que lo haga. No le pediré que arriesgue cosa alguna. Simplemente le daré una orden. Se presentará usted ante el Presidente de los Estados Unidos. Le ofrecerá estas cartas, y una que le escribiré yo. Si se consulta mi opinión, puede usted decir lo que desee, como sacerdote particular y como americano, pero no intentará interpretar mi pensamiento ni el de Kamenev. De esta forma espero que se sienta usted en libertad de cumplir con su deber para con la Iglesia y con su patria.

Carlin se ruborizó. Dijo desmañadamente:

-Su Santidad ha sido generoso conmigo.

-Generoso, no; lógico. Si creo que el Espíritu Santo puede obrar a través de mí y a través de Kamenev, ¿por qué no habría de obrar a través del Presidente de los Estados Unidos? Nunca es prudente descartar la Omnipotencia. Además añadió suavemente-, usted puede serme más útil en la oposición. Así garantizará la buena fe de la Santa Sede hacia los Estados Unidos de América... Me parece que tal vez ahora debiéramos orar juntos. No se espera de nosotros que estemos de acuerdo en lo que consideramos prudente, sino sólo que nuestras voluntades se hallen dedicadas al servicio del mismo Dios.

 

Al acercarse el fin del mes de julio y comenzar el éxodo veraniego desde Roma, Ruth Lewin se encontró atrapada una vez más en el drama cíclico de la angustia mental.

El proceso era siempre el mismo: profunda me­lancolía, sensación de soledad, sentimiento de de­sarraigo, como si la hubiesen depositado súbitamente en un planeta desconocido donde su pasado no tenía significado, su futuro era un interro­gante, y toda comunicación degeneraba en un ga­limatías.

La peor de estas sensaciones era la melanco­lía. Como síntoma, Ruth estaba habituada a ella, y, sin embargo, no podía disiparla por medio del ra­ciocinio, ni ahuyentándola. La melancolía la im­pulsaba a deshacerse en llanto. Cuando las lágri­mas mermaban, se sentía vacía e incapaz de expe­rimentar el placer más simple. Cuando se miraba en el espejo, se encontraba vieja y estragada. Cuando caminaba por la ciudad, era una forastera, un objeto de mofa para los transeúntes.

Estaba segura de que su angustia mental re­sultaba evidente para todos. Era alemana de na­cimiento, judía de raza, americana de adopción y exiliada en el país del sol. Pedía creer, y al propio tiempo se negaba a hacerlo. Necesitaba amor, v se sabía impotente para expresarlo. Deseaba de­sesperadamente la vida, pero la perseguía la atrac­ción insidiosa de la muerte. Era todo y nada. Ha­bía momentos en los cuales se acurrucaba desam­parada en su departamento, como un animal en­fermo, temerosa de la salud estruendosa de su casta.

Todas sus relaciones parecían fallarle en el mismo momento. Se movía como una extraña entre sus protegidos de la Roma Vieja. Hacía costosas llamadas telefónicas a amigos de los Estados Uni­dos. Cuando éstos no respondían, quedaba deso­lada. Cuando lo hacían con superficial agradeci­miento, sentía que se había puesto en ridículo. La oprimía la perspectiva del verano, cuando Roma quedaba desierta y el calor colgaba como palio de plomo sobre las callejuelas y la vida perezosa de las piazzas.

Por la noche yacía desvelada, con los senos do­loridos, atormentada por el fuego de su carne. Cuando se drogaba para dormir, soñaba con su esposo muerto, y despertaba sollozando en un lecho vacío. El joven médico con quien trabajaba acudía a visitarla, pero también él se hallaba sumido en sus propios problemas, y Ruth era demasiado or­gullosa para revelarle los propios. La amaba, decía, pero sus exigencias eran demasiado rudas, y cuando Ruth se apartaba de su lado, se aburría rápidamente, de manera que al fin dejó de visi­tarla, y Ruth se culpó por su abandono.

Un par de veces probó la antigua receta para las viudas desdichadas de Roma. Se sentó en un bar y trató de beber hasta ahogar sus escrúpulos. Pero después de tres copas, se sintió mal, y cuando la abordaron, se encolerizó brusca e irrazonablemente.

La experiencia fue saludable. La hizo aferrarse con una especie de desesperación a los últimos vestigios de su razón. Le dio un poco más de paciencia para soportar la enfermedad que ella sa­bía pasajera, aunque no osaba aguardar dema­siado tiempo su curación. Cada pequeña crisis agotaba sus reservas y la acercaba más al estan­te de las medicinas, donde la botella de barbitú­ricos se burlaba de ella con su ilusión de olvido.

Entonces, un día pesado y amenazante, la espe­ranza irrumpió otra vez en su vida. Había desper­tado tarde, y se vestía desganadamente, cuando sonó el teléfono. Era George Faber. Le dijo que Chiara estaba fuera de la ciudad. Se sentía soli­tario y deprimido. Le gustaría llevarla a cenar a alguna parte. Ruth vaciló un instante, y luego aceptó.

El incidente no duró más de dos minutos, pero la arrancó de su depresión y la instaló en un mun­do casi normal. Concertó apresuradamente una cita con su peluquero. Se compró un nuevo vesti­do de cóctel, que le costó el doble de lo que podía gastar. Compró flores alegres para su apartamento y una botella de whisky escocés para Faber; y cuando éste llegó a buscarla a las ocho, estaba tan nerviosa como una debutante el día de su primera invitación.

«George parece más viejo -pensó Ruth-; algo encorvado, y un poco más canoso que en su último encuentro.» Pero estaba elegantísimo, como siem­pre, con un clavel en el ojal, una sonrisa cautivadora y un ramillete de violetas de Nemi para el tocador de Ruth, a la cual besó la mano a la ma­nera romana, diciendo luego, tristemente, mien­tras la joven preparaba las bebidas:

-Debo ir al Sur por el asunto Calitri. Chiara detesta Roma en el verano, y los Antonelli le han pedido que pase con ellos un mes en Venecia. Al­quilaron una casa en el Lido... Espero reunirme después con ellos. Entretanto... -dejó escapar una risita confusa-, he perdido el hábito de vivir solo... Y tú me dijiste que podía llamarte.

-Me alegro de que lo hayas hecho, George. Tampoco a mí me gusta vivir sola.

-¿No estás ofendida?

-¿Por qué había de estarlo? Una salida noctur­na con el decano de la Prensa extranjera es un acontecimiento para cualquier muchacha. Aquí tie­nes tu whisky.

Brindaron recíprocamente, y luego iniciaron los primeros tanteos hacia una conversación.

-¿Dónde te gustaría cenar, Ruth? ¿Tienes al­guna preferencia?

-Estoy en sus manos, mi buen señor.

-¿Te gustaría que fuese un lugar alegre, o uno tranquilo?

-Alegre, por favor. Mi vida ha sido demasiado tranquila últimamente.

-Perfecto. Dime, ¿te gustaría ser romana o tu­rista?

-Romana, creo.

-Magnífico. Conozco un lugar en el Trastéve­re. Está abarrotado, hay mucho bullicio, pero la comida es excelente. Hay un guitarrista, uno o dos pianistas, y un individuo que dibuja retratos en el mantel.

-Suena tentador.

-Antes me gustaba mucho, pero hace tiempo que no voy allí. A Chiara no le agrada ese tipo de cosas. -Se ruborizó, y jugueteó nerviosamente con su copa-. Lo siento. Fue un mal principio.

-Hagamos un trato, George.

Faber le lanzó una mirada rápida y avergon­zada.

-¿Qué clase de trato?

-Esta noche nada estará mal. Diremos lo que sintamos, haremos lo que queramos, y luego lo ol­vidaremos. Sin lazos, sin promesas, sin disculpas... Necesito que sea así.

-También yo, Ruth. ¿Te parece que es una deslealtad?

Ruth se inclinó hacia él, y puso un dedo admonitor sobre sus labios.

-¡Nada de segundas intenciones, recuerda! -Lo intentaré... Háblame de ti. ¿Qué has es­tado haciendo?

-Trabajando. Trabajando con Miss Juden y preguntándome por qué lo hago.

-¿No lo sabes?

-A veces. En otras ocasiones no tiene sentido.

Se levantó e hizo funcionar el tocadiscos, y el cuarto se llenó con los tonos almibarados de un cantante napolitano. Ruth Lewin rió:

-Sensiblería judaica, ¿no crees?

Faber sonrió y se tendió en su silla, relajándo­se por primera vez.

-¿Quién ve ahora segundas intenciones? Me gusta la sensiblería.

-Es mi naturaleza yiddish. Sale a luz cuando me descuido.

-¿Te preocupa?

-Ocasionalmente.

-¿Por qué?

-Ésa es una historia muy larga, y no es éste el momento apropiado. Termina tu whisky, Geor­ge. Y después llévame a pasear y conviérteme en romana por esta noche.

En el umbral del apartamento, George la besó ligeramente en los labios, y ambos salieron del brazo y dejaron atrás los mármoles fantasmales del Foro. Entonces, rindiéndose al espíritu caprichoso que los impulsaba, detuvieron una carrozza y se dejaron llevar, con las manos enlazadas, por el fatigado caballo, cuyos cascos resonaban sobre el Puente del Palatino y en las populosas avenidas del Trastévere.

El restaurante se llamaba «'o Cavallucio». Se entraba en él por una antigua puerta de encina ta­chonada de clavos enmohecidos. Su muestra osten­taba un brioso potro tallado burdamente en la gas­tada piedra del dintel y cubierto de cal. El interior era un inmenso sótano abovedado, en el cual col­gaban faroles polvorientos que iluminaban las pe­sadas mesas del refectorio. La clientela estaba for­mada en su mayoría por familias del barrio, y el espíritu del lugar era de benevolente tiranía.

El propietario, un hombrecillo regordete con delantal blanco, los instaló en un rincón oscuro, colocó una botella de vino negro y otra de blanco frente a ellos, y anunció la política de la casa con una sonrisa fulgurante:

- ¡Todo el vino que sean capaces de beber! Buen vino, pero sin rótulos de fantasía. Sólo dos clases de pasta. Dos guisos principales: pollo asado y cocido de ternera en Marsala. ¡Y, después, to­dos ustedes quedan en manos de Dios!

Tal como Faber había prometido, había un gui­tarrista: un muchacho moreno con un pañuelo rojo al cuello y una jarrita de latón atada a la cin­tura para recibir las monedas. Había también un poeta barbudo vestido de dril azul, con sandalias hechas en casa y una camisa de arpillera, que se ganaba honestamente la vida burlándose de los co­mensales con versos improvisados en dialecto romano. El resto de la diversión la proporcionaban los propios clientes y algún ronco coro ocasional solicitado por el guitarrista. La pasta se servía en grandes tazones de madera, y un camarero desca­rado les ató inmensas servilletas al cuello, para proteger de la salsa sus nobles pechos.

Ruth Lewin gozaba con estas novedades. Y Fa­ber, arrancado a su ambiente normal, parecía diez años menor y demostraba un ingenio insospe­chado.

Deleitó a Ruth con sus comentarios sobre intri­gas romanas y chismes del Vaticano, y ésta se en­contró hablando libremente de la ruta larga y tor­tuosa que la había traído finalmente a la Ciudad Eterna. Alentada por la comprensión de Faber, expuso sus problemas con la franqueza que sólo ha­bía empleado ante el psiquiatra, y se sorprendió al descubrir que ya no se avergonzaba de ellos. Por el contrario, parecieron definirse con más claridad, y el terror que una vez le provocaron disminuyó má­gicamente.

-...En el fondo, para mí todo se reducía a una cuestión de seguridad y a la necesidad de echar alguna raíz en un mundo que había cambiado con rapidez excesiva para mi entendimiento infantil. Nunca pude hacerlo. En mi vida, todo, personas, la Iglesia, la felicidad de que gocé (porque conocí mo­mentos de gran felicidad), todo parecía adquirir una calidad inestable. Descubrí que no podía creer en la permanencia de la relación más simple. Mis momentos peores fueron aquellos en que me hallé dudando de la realidad de todo lo que me había sucedido. Era algo así como haber vivido un sue­ño..., y como si yo, que lo soñaba, fuera también un sueño. ¿Te parece muy extraño, George?

-No, extraño, no. Triste, sí, pero más bien reconfortante.

-¿Por qué dices eso?

Faber bebió pensativamente, y luego le dirigió una mirada larga y penetrante por encima del bor­de de la copa.

-Seguramente porque Chiara es el polo opues­to. A pesar de todo lo que le ha sucedido, parece estar completamente segura de lo que quiere en la vida, y de cómo lo obtendrá. Hay una sola manera de ser feliz: su manera. Hay una sola forma de es­tar entretenido o contento: la forma que ella aprendió. Su matrimonio con Calitri le causó una horrible conmoción, pero, básicamente, no cambió su actitud ante la vida... Creo que, al fin, tal vez seas tú más afortunada que ella.

-Me gustaría poderlo creer.

-Me parece que debes creerlo. Tal vez no seas feliz todavía. Tal vez nunca te sientas totalmente a salvo. Pero eres más flexible, estás más capacitada para comprender las mil formas en las cuales vive, sufre y piensa la gente.

-A menudo me he preguntado si eso es una ventaja..., o si es simplemente otra ilusión mía. ¿Sabes? Tengo siempre el mismo sueño. Hablo con alguien. Pero ese alguien no responde. Tiendo la mano hacia alguien. No me ve. Estoy aguardando a alguien. Pasa de largo junto a mí. Me convenzo de que no existo en absoluto.

-Existes, te doy mi palabra -dijo Faber con una sonrisa apesadumbrada-. Existes, y me pareces muy perturbadora.

-¿Por qué perturbadora?

Antes de que Faber pudiese responder, el poeta barbudo se instaló junto a ellos y declamó una lar­ga jerigonza que provocó grandes carcajadas entre los asistentes. George Faber rió también, y le en­tregó un billete de Banco como recompensa. El poeta añadió otra copla que provocó otro estallido de risas, y luego retrocedió inclinándose como un cortesano.

-¿Qué dijo? No comprendí mucho de su dia­lecto.

-Dijo que no éramos tan jóvenes como para ser solteros, pero que no éramos tan viejos como para no parecer amantes. Preguntó si tu marido sabía lo que hacías, y si el rorro se parecería a él o a mí. Cuando le di el dinero, dijo que yo tenía dinero suficiente para no preocuparme, pero que si quería conservarte sería mejor que nos casára­mos en Ciudad de México.

Ruth Lewin se ruborizó.

-Un poeta algo molesto, pero me gusta, George.

-También a mí. Ojalá pudiera permitirme pro­tegerlo.

Permanecieron silenciosos unos instantes, escu­chando, momentáneamente felices, el bullicio y la música suave y melancólica de la guitarra. Luego, Faber preguntó con aparente despreocupación:

-¿Qué harás durante el verano?

-No lo sé. En este momento sólo sé que me asusta. Creo que acabaré por adherirme a alguna de esas giras CIT. A veces resultan muy aburridas, pero, por lo menos, no se está sola.

-¿No considerarías la posibilidad de pasar al­gunos días conmigo? Primero, Positano; luego, Ischia.

Ruth no soslayó la pregunta, sino que le hizo frente con su franqueza habitual.

-¿En qué términos, George?

-Los mismos que esta noche. Sin lazos, sin promesas, sin disculpas.

-¿Y Chiara?

George se encogió de hombros y respondió con cierto desasosiego:

-Yo no me inmiscuiré en lo que hace en Venecia. No creo que Chiara se inmiscuya en lo que hago yo. ¿Y qué tendría de malo? Estaré trabajando por Chiara. Tú y yo somos personas adultas. Me gustaría que lo pensaras.

Ruth sonrió y lo rechazó suavemente.

-No debo pensarlo, George. Tienes dificultades suficientes con las cosas de la mujer que tienes. Dudo mucho de que también pudieras cargar con las mías. -Tendió sus manos y cogió la de Geor­ge entre sus palmas-. Tienes ante ti una dura pelea, pero no puedes ganarla si te divides en dos. Y yo tampoco puedo dividirme... Por favor, no te enfades conmigo. Me conozco demasiado.

George se sintió instantáneamente compungido.

-Lo siento. Comprendo que lo que dije sonó bastante crudo, pero no fue ésa mi intención.

-Sé que no, y si intento decirte cuánto te lo agradezco, lloraré. ¿Me llevas a casa ahora?

El cochero que los había traído los esperaba aún, paciente y comprensivo, en la oscura callejue­la. Despertó al caballo, que dormitaba, y lo animó a iniciar el largo trayecto a casa: el puente Mar­gherita, la Villa Borghese, la Piazza del Quirinale, y, descendiendo junto al Coliseo, hasta la calle de San Gregorio. Ruth Lewin apoyó la cabeza en el hombro de George Faber y dormitó intermitentemente, mientras su acompañante escuchaba el clopclop del viejo jamelgo e interrogaba su cora­zón atormentado.

Cuando llegaron al apartamento de Ruth Lewin, George la ayudó a descender y la estrechó un momento contra su pecho en la sombra del portal. -¿Puedo subir un instante?

-Si quieres...

Ruth estaba demasiado adormilada para protes­tar, y demasiado ansiosa por proteger lo que quedaba de aquella noche. Preparó café, y ambos se sentaron a escuchar música, esperando que el otro rompiese el peligroso hechizo. Impulsivamente, George Faber la cogió en sus brazos y la besó, y Ruth se aferró a él en un abrazo largo y apasionado. Luego, George la apartó un poco y suplicó sin reservas:

-Quiero quedarme contigo, Ruth. Por favor, por favor, deja que me quede.

-Yo también quiero que te quedes, George. Lo deseo más que nada en el mundo... Pero voy a en­viarte a tu casa.

-No me atormentes, Ruth. Tú no eres así. Por Dios, Ruth, no me atormentes.

Todas las ansias de años surgieron en Ruth y la impulsaron a rendirse, pero apartó a George y su­plicó a su vez:

-Vete a casa, George. No puedo tenerte así. Me falta fortaleza. Por la mañana despertarías y te sentirías culpable respecto a Chiara. Me darías las gracias y desaparecerías rápidamente. Y porque te sentirías desleal, no volvería a verte. Y quiero verte. Podría enamorarme de ti si me lo permitiera, pero no quiero la mitad de un corazón y la mitad de un hombre... ¡Vete, por favor!

George se sacudió como quien despierta de un sueño.

-Volveré; lo sabes.

-Lo sé.

-¿No me odias?

¿Cómo puedo odiarte? Pero no quiero que te odies a ti mismo por mi causa.

-Si Chiara y yo fracasamos...

Ruth le cerró los labios con un leve beso final.

- ¡No lo digas, George! Lo sabrás muy pronto... Tal vez demasiado pronto para nosotros dos.

Bajó con él hasta el portal, lo miró trepar a la carrozza, y aguardó hasta que el ruido de cascos se desvaneció en el murmullo de la ciudad. Luego se fue a la cama, y, por primera vez en muchos me­ses, durmió sin soñar.

 

En el aula magna de la Universidad Gregoriana, Jean Télémond estaba cara a cara con su público.

Su discurso estaba ante él, en la tribuna, tradu­cido a un latín impecable por un miembro de la Compañía. Estaba erguido, sus manos no tembla­ban, su mente se hallaba despejada. Ahora que ha­bía llegado el momento de crisis, se sentía extrañamente tranquilo, e incluso alborozado por esta entrega final y decidida del trabajo de una vida al riesgo del juicio abierto.

Toda la autoridad de la Iglesia se hallaba aquí, sintetizada en la persona del Pontífice, que se sen­taba entre el padre general y el cardenal Leone, delgado, moreno y curiosamente juvenil. Aquí esta­ban reunidos los cerebros más brillantes de la Igle­sia: seis cardenales de la Curia; teólogos y filóso­fos, vestidos con sus diversos hábitos, de jesuitas, dominicos, franciscanos y de la antiquísima Orden de San Benito. El futuro de la Iglesia estaba aquí: en los estudiantes de rostros limpios y ansiosos, escogidos en todos los países del mundo para es­tudiar en el centro de la Cristiandad. La diversi­dad de la Iglesia estaba aquí también, expresada en sí mismo, el exiliado, el buscador solitario que, sin embargo, vestía la túnica negra de la fraterni­dad y compartía el ministerio de los siervos de la Palabra.

Aguardó un instante, concentrándose. Luego, hizo la señal de la cruz, pronunció la introducción dedicada al Pontífice y a la Curia, y luego comen­zó su discurso:

-Me ha traído a este lugar un viaje de veinte años. Por tanto, debo pediros paciencia mientras me explico y explico los motivos que me impulsaron a este largo y a veces doloroso peregrinar. Soy hombre, y soy sacerdote. Me convertí en sacerdote porque creía que la relación primaria y la única perfectamente reconfortante era aquella entre el Creador y las criaturas, y porque deseaba afianzar esta relación en forma especial mediante una vida de servicio. Pero jamás he dejado de ser hombre, y como hombre, me he encontrado comprometido sin apelación con el mundo en el cual vivo.

»Mi convicción más profunda como hombre, convicción confirmada por toda mi experiencia, es la de que soy una persona. Yo que pienso, yo que siento, yo que temo, yo que conozco y yo que creo, soy una unidad. Pero la unidad de mi yo es parte de una unidad mayor. Yo soy diferente del mundo, pero pertenezco a él porque he emanado de su crecimiento, tal como el mundo ha emanado de la unidad de Dios como resultado de un solo acto creador.

»Por tanto, yo, unidad, estoy destinado a parti­cipar de la unidad del mundo, así como estoy des­tinado a participar de la unidad de Dios. No puedo verme aislado de la Creación, así como tampoco puedo aislarme del Creador sin destruirme.

»Desde el momento en que esta convicción se hizo evidente para mí, otra le siguió por inevitable consecuencia. Si Dios es uno, y el mundo es un re­sultado de su acto eterno, y yo soy una persona individual nacida de esta compleja unidad, enton­ces todo conocimiento de mí mismo, de la Crea­ción, del Creador, es un solo conocimiento. Que yo no tenga todo el conocimiento, que se me aparezca en forma fragmentaria y diversificada, sólo signifi­ca que soy finito, limitado por el espacio y el tiem­po y la capacidad de mi cerebro.

»Cada descubrimiento que hago apunta en la misma dirección. Por contradictorios que parezcan los fragmentos de conocimiento, nunca pueden con­tradecirse verdaderamente. He dedicado una vida a una pequeña rama de la ciencia, la Paleontolo­gía. Pero estoy entregado a todas las ciencias, Bio­logía, Física, Química de las materias inorgánicas, a la Filosofía, y a la Teología, porque todas son ramas de un mismo árbol que crece hacia el mis­mo sol. Por tanto, jamás arriesgaremos demasiado si nos aventuramos en exceso en busca de la verdad, ya que cada paso hacia delante es un paso ha­cia la unidad: del hombre con el hombre, del hom­bre con el Universo, del Universo con Dios...

Télémond alzó la vista, tratando de leer en los rostros de su auditorio alguna reacción ante sus palabras. Pero no había nada que leer. Sus herma­nos querían escuchar toda su tesis antes de defi­nirse en un veredicto. Télémond regresó a sus papeles y continuó:

-Hoy quiero compartir con vosotros una parte del viaje que he hecho durante los últimos vein­te años. Pero, antes de comenzar, hay dos cosas que deseo decir. Ésta es la primera: Una explora­ción es un viaje muy especial. No se desarrolla como un viaje de Roma a París. No se puede pedir llegar a tiempo y con todo el equipaje intacto. Se avanza lentamente, con los ojos y la mente abier­tos. Cuando las montañas son demasiado altas para coronarlas, se las rodea y se intenta medirlas desde la planicie. Cuando la selva es muy tupida, hay que abrirse paso en ella, y no lamentar de­masiado el trabajo ni la frustración que causa.

»La segunda cosa es ésta: Cuando se comienza a tomar nota del viaje, de los nuevos contornos, las nuevas plantas, de todo lo que es extraño y misterioso, a menudo el vocabulario resulta inade­cuado. Inevitablemente, la narración será un mal reflejo de la realidad. Si encontráis este defecto en mis notas, entonces os pido que lo soportéis y no permitáis que os disuada de la contemplación de extraños paisajes que llevan impreso, sin em­bargo, el dedo creador de Dios.

»Y ahora, para comenzar...

Se detuvo, acomodó su sotana sobre los delga­dos hombros y alzó el semblante, surcado de plie­gues, hacia sus hermanos, en una especie de de­safío.

-Quiero que vengáis conmigo, no como teólo­gos ni filósofos, sino como hombres de ciencia, como hombres cuyo conocimiento comienza vien­do. Lo que quiero que veáis es el hombre: un ser especial que existe en un ambiente visible, en un punto determinable del tiempo y del espacio.

»Examinémoslo primero en el espacio. El uni­verso que habita es inmenso, galáctico. Se extiende más allá de la Luna y el Sol, en una inmensidad de dimensión que nuestras matemáticas sólo pueden expresar con una extensión indefinida de ceros.

»Miremos al hombre en el tiempo. Existe aho­ra, en este momento, pero su pasado retrocede hasta un punto en el cual lo perdemos en una nebulo­sa. Su futuro se prolonga más allá de nuestra con­cepción de cualquier circunstancia posible.

»Mirad al hombre en su número, y os encontra­réis tratando de contar los granos de arena de una playa sin límites.

»Miradlo en escala y proporción, y lo veis por una parte como un enano minúsculo en un univer­so aparentemente ilimitado. Medidlo en otra esca­la, y lo halláis controlando parcialmente la inmen­sidad en la cual vive...

Sus oyentes más escépticos -y había algunos que estaban inclinados a dudar de él- se encon­traron atrapados y transportados por la poderosa corriente de su elocuencia. Su apasionada convic­ción se expresaba en cada pliegue de su rostro curtido, en cada ademán de sus manos delgadas y expresivas.

Rudolf Semmering, el hombre severo y disci­plinado, se encontró aprobando con la cabeza el noble tenor de sus palabras. El cardenal Rinaldi sonrió con su sonrisa fina e irónica, y se preguntó qué opinarían los pedantes de este valeroso intru­so en sus dominios privados. Incluso Leone, el viejo perro guardián de la Fe, apoyó su mejilla rugosa en la mano y rindió un reticente tributo al coraje de aquel espíritu sospechoso.

En Cirilo el Pontífice creció, rápida como planta de prestidigitador, la convicción de que éste era el hombre que requería; un hombre totalmen­te entregado al riesgo de vivir y de saber, pero anclado como roca azotada por el mar a la Fe en una unidad planeada por la inteligencia divina. Tal vez las olas lo zahiriesen, y los vientos azota­ran su espíritu, pero permanecería inconmovible ante sus embates. Se descubrió de pronto murmu­rando un mensaje en apoyo del orador: « ¡Conti­núe! No tema. Su corazón está bien inspirado y late al unísono con el mío... No importa que las palabras tropiecen y que las notas tiemblen. La visión es clara, la voluntad señala con rectitud y veracidad hacia el Centro. ¡Continúe...! »

Télémond se hallaba ya de lleno en el tema, exponiendo ante sus auditores su visión de la ma­teria: lo material del Universo, que se expresaba en tantas apariencias diferentes, y, finalmente, en la apariencia del hombre.

-... ¡Dios hizo al hombre del polvo de la tie­rra! La imagen bíblica expresa adecuadamente la creencia más primitiva del hombre, confirmada por los experimentos científicos más avanzados, que la materia de la cual está formado es capaz de infinita reducción a partículas infinitamente pequeñas... En un punto determinado de esta re­ducción, la visión que el hombre tiene de sí mis­mo se hace nebulosa. Necesita gafas, luego un microscopio, y luego todo un equipo de instru­mentos que suplementen su vista menguante. Por un momento se pierde en la diversidad: moléculas, átomos, electrones, neutrones, protones... ¡Tantos y tan diferentes! Y luego, súbitamente, todos vuel­ven a unirse. El Universo, desde la nebulosa más distante hasta la estructura atómica más simple, es un todo, un sistema, un cuanto de energía: en otras palabras, una unidad. Pero... Y ya debo pe­diros que aceptéis y atesoréis y meditéis este «pero» trascendental... Pero este Universo no es un todo estático, sino que está en constante estado de cambio y de transformación. Está en estado de génesis..., en estado de devenir, en estado de evolución. Y éste es el problema que os pido afron­téis ahora conmigo. El Universo está evolucionan do, y el hombre evoluciona con él... ¿Hacia qué...?

Ahora estaban con él. Críticos o cautivos de su idea, todos estaban con él. Los veía inclinarse hacia delante en sus banquillos, atentos. Sentía su interés proyectado hacia él como una ola. Se concentró una vez más y comenzó a esbozar con pinceladas rápidas la imagen de un cosmos en movimiento, reordenándose, diversificándose, pre­parándose para el advenimiento de la vida, para la llegada de la conciencia, para el advenimiento de la primera especie subhumana y para el adveni miento final del hombre.

Ahora marchaba por su propio terreno, y los arrastraba con él desde el confuso telón de fondo de un mundo que cristalizaba hasta el momento en el cual se produjo el cambio de la no vida a la vida, cuando la primera megalomolécula se convir­tió en microorganismo y las primeras formas de vida aparecieron en el planeta.

Télémond les hizo ver cómo las formas primi­tivas de vida se extendieron en una vasta red alre­dedor de la superficie del Globo en movimiento; cómo algunas conjunciones desaparecieron rápi­damente porque estaban adaptadas en forma excesivamente específica a una época y a una condición del avance evolutivo; cómo otras sobrevivieron, transformándose, haciéndose más com­plejas, para garantizar su propia resistencia.

Les mostró también los primeros esquemas de una ley fundamental de la Naturaleza: la forma de vida excesivamente especializada era la que primero perecía. El cambio era el precio de la supervivencia.

No retrocedió ante las consecuencias de su pen­samiento. Cogió a sus oyentes por el cuello y los forzó a afrontar con él esas consecuencias.

-...Incluso en esa etapa primitiva de la cade­na evolutiva nos hallamos cara a cara con el hecho brutal de la competencia biológica. La lucha por la vida es incesante. Va acompañada siempre por muerte y destrucción, y por violencia de una u otra naturaleza... Os preguntaréis, como me lo he preguntado mil veces, si esta lucha se transfie­re necesariamente a los dominios del hombre en una etapa posterior de la Historia. A primera vista, la respuesta es sí. Pero me opongo a una apli­cación tan burda y total del esquema biológico. El hombre no vive ahora en el mismo nivel que ocu­paba cuando hizo su primera aparición sobre el Planeta. Ha atravesado niveles sucesivos de exis­tencia; y es mi opinión, apoyada por pruebas con­siderables, que la evolución del hombre está se­ñalada por un esfuerzo para encontrar otros medios menos brutales y menos destructores de competir por la vida.

Se inclinó hacia sus hermanos y los desafió con el pensamiento que él sabía estaba ya en sus mentes:

-Podéis preguntaros por qué no invoco en este momento una intervención divina en el esquema de la evolución humana. No lo hago, porque debe­mos seguir la senda exploratoria que nos hemos impuesto. Nos estamos limitando sólo a lo que vemos. Y todo lo que vemos en este momento es el hombre emergiendo como fenómeno en un uni­verso cambiante. Si lo que vemos nos perturba, debemos soportar esa perturbación y no buscarle una respuesta excesivamente fácil. Y lo digo aunque el hombre no ha aparecido aún bajo nuestros ojos indagadores. Nos hemos adelantado a su en­cuentro. Ahora debemos retroceder.

Télémond pudo palpar casi el relajamiento de la tensión ambiental. Lanzó una mirada rápida a la primera fila de su público. Leone sacudía su blan­ca cabeza y susurraba un comentario al cardenal sentado a su izquierda. Rinaldi sonreía, y alzó una mano en un ademán casi imperceptible de aliento. Cirilo el Pontífice permanecía erguido en su silla, con su rostro marcado en perfecta inmovilidad y sus ojos oscuros brillantes de interés.

Suavemente, Télémond los condujo de regreso a la corriente principal de su relato. Les mostró las formas primitivas de la vida reproduciéndose, multiplicándose, uniéndose y volviendo a unirse, tanteando, ingeniosa, pero indiferentemente, su camino hacia la estabilidad y la permanencia. Dibu­jó para ellos el árbol de la vida, y mostró cómo echaba ramas, y, sin embargo, crecía hacia lo alto; cómo ciertos vástagos morían y caían a tierra; cómo ciertas ramas dejaban de crecer; pero cómo siempre el impulso principal del crecimiento tendía a subir hacia el gran cerebro superior y del organismo complejo y el mecanismo de supervi­vencia más flexible. Les habló también de las pri­meras especies subhumanas: del humanoide, pre­ludio del ser humano, y, finalmente, llegó al hom­bre.

Entonces, bruscamente, les planteó un rom­pecabezas.

-...Desde donde nos hallamos ahora vemos una continuidad, una unidad en el proceso evolutivo. Pero si observamos atentamente, vemos que la lí­nea de avance no siempre constituye un trazo fir­me y definido. En algunos lugares es una línea de puntos, o quebrada. No podemos decir en qué punto del tiempo comenzó la vida. Pero sabemos que comenzó. Sabemos que el pterodáctilo existió. Hemos encontrado sus huesos en la tierra. Pero cuándo y a través de qué mutaciones llegó a ser, no está totalmente claro para nosotros. Lo vemos primero como plural..., muchos pterodáctilos. Pero, ¿hubo una pareja inicial o fueron siempre muchos? No lo sabemos... Así también con el hom­bre; cuando lo encontramos en la Tierra, son mu­chos hombres. Hablando como científico, no tene­mos constancia de la aparición del hombre como pareja única. En los archivos históricos, escritos sobre la arcilla primaria, los hombres se hacen presentes. No digo que apareciesen de repente, así como el pterodáctilo no apareció súbitamente. Todas las evidencias señalan hacia un lento emer­ger de la especie, pero, en cierto punto de la His­toria, el hombre está allí, y con el hombre hay también algo más... Conciencia... El hombre es un fenómeno muy especial. Es un ser que sabe, y tam­bién es un ser que sabe que sabe. Hemos llegado, ya lo veis, a un momento muy especial de la His­toria. Existe una criatura que sabe que sabe...

»Y ahora, amigos míos, quiero que consideréis mi pregunta sólo como científicos, sólo como tes­tigos de la evidencia visible. ¿Cómo emergió este fenómeno especial?

»Retrocedamos por un instante. Consideremos todos esos fenómenos que le precedieron, muchos de los cuales aún coexisten con él, desde el microorganismo hasta el simio humanoide. Todos ellos tienen algo en común: el impulso, la búsqueda, la necesidad de adaptarse para sobrevivir. Empleando un término gastado y poco preciso, es el ins­tinto para hacer esas cosas, para participar en esas combinaciones, en esas asociaciones, lo que los capacitará para seguir la línea de su propia con­tinuidad. Prefiero elegir una palabra diferente a instinto. Prefiero decir que este impulso, esta capacidad, es una forma primitiva, pero en evolución, de aquellos que culminan en el hombre: la conciencia...

Los había traído otra vez a una crisis, y Télé­mond lo sabía. Por primera vez se sintió verdade­ramente incapaz de desplegar ante ellos el alcance y la sutileza de su pensamiento. Luchaba contra el tiempo, y contra la mera limitación semántica y el poder retórico para llevarlos a una visión nueva pero siempre armoniosa de la Naturaleza y del origen de la Humanidad. Sin embargo, continuó resueltamente desarrollando para ellos su propia visión del esquema cósmico: la energía primaria, la vida primitiva, la conciencia primitiva, evolucio­nando todas y convergiendo en el primer punto fo­cal de la Historia: el hombre. Y los llevó aún más lejos con un audaz salto dentro del terreno que les era propio, mostrándoles todas las líneas del de­sarrollo humano en su convergencia hacia la uni­dad final, la unidad del hombre con su Creador.

Télémond sintió ahora con mayor intensidad que antes el cambio en el estado anímico de su auditorio. Algunos parecían espantados, otros, du­dosos, y otros se habían definido en completa hos­tilidad a su pensamiento.

Pero cuando llegó al final de su peroración, supo que había dado lo mejor de sí, y que a pesar de su ocasional vaguedad, o sus ocasionales especu­laciones arriesgadas, su discurso había sido la expresión fiel de su propia posición intelectual. Ya no podía hacer si no someterse al juicio y esperar valerosamente el resultado. Humildemente, pero con profunda emoción, llegó a su síntesis final.

-No os pido que estéis de acuerdo conmigo. Mis actuales conclusiones no quedan libres de reconsideración o de nuevo desarrollo, pero de esto estoy totalmente convencido: el primer acto crea­dor de Dios estuvo dirigido a la realización, no a la destrucción. Si el Universo no se halla centrado en el hombre, si el hombre como centro del Uni­verso no se halla centrado en el Creador, entonces el Cosmos es una blasfemia sin sentido. No está distante el día en el cual los hombres comprendan que incluso en términos biológicos sólo tienen una posibilidad: el suicidio, o un acto de adora­ción.

Sus manos se estremecían y su voz temblaba cuando leyó las palabras de Pablo a los Colosen­ses:

-«En Él todas las cosas creadas adquirieron su ser, celestiales y terrenas, visibles e invisibles... Todas fueron creadas a través de Él y en Él; Él tiene precedencia sobre todo, y en Él todo subsis­te... Fue la voluntad de Dios que toda perfección habitase en Él, y a través de Él traer otra vez to­das las cosas, en la Tierra o en el Cielo, a la unión con Él, reconciliándose con ellas a través de su sangre vertida en la cruz.»

Télémond no escuchó los aplausos atronadores que saludaron su descenso del púlpito. Mientras se arrodillaba para rendir homenaje al Pontífice y dejaba el texto en sus manos, sólo escuchó la bendición y la invitación (¿no era una orden?) que la siguió:

-Usted es un hombre temerario, Jean Télé­mond. El tiempo dirá si tiene o no tiene razón, pero en este momento yo le necesito. Todos le ne­cesitamos.

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETASDE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...Ayer conocí a un hombre íntegro. Es una experiencia desusada, pero siempre noble y enalte­cedora. Cuesta tanto ser un ser humano completo, que hay muy pocos que posean el esclarecimiento o el valor necesarios para pagar el precio requeri­do... Para serlo hay que abandonar totalmente la búsqueda de la seguridad, y tender los brazos al riesgo de vivir. Hay que abrazar el mundo como un amante, sin esperar una fácil retribución de ese amor. Hay que aceptar la duda y la oscuridad como precio del conocimiento. Hay que tener una voluntad obstinada en el conflicto, pero siempre dispuesta a la aceptación total de todas las conse­cuencias de vivir y morir.

Así veo yo a Jean Télémond. Por eso he decidi­do atraerlo a mi lado, pedirle su amistad, para em­plearlo como mejor pueda en el trabajo de la Igle­sia... Leone lo observa con inquietud. Me lo ha dicho francamente. Hace notar, y con toda razón, lo que es ambiguo y oscuro en su sistema de pensa­miento, y lo que el anciano cardenal llama peligro­sa impetuosidad en algunas de sus especulaciones. Leone exige otro examen completo de los escritos de Télémond por el Santo Oficio antes de que se le permita enseñar públicamente o publicar sus trabajos.

No estoy en desacuerdo con Leone. Mi temeri­dad no llega hasta aventurar el depósito de Fe, que, después de todo, es el testamento del nuevo convenio de Cristo con el hombre. Preservarlo intacto es la esencia de mi misión. Y ésta es la tarea que recae sobre Leone en la Iglesia...

 

Por otra parte, no temo a Jean Télémond. Un hombre que está centrado como él en Dios, que ha aceptado veinte años de silencio, ha aceptado ya todos los riesgos, incluso el de estar equivocado. Lo dijo hoy claramente, y creo en sus palabras... Tampoco temo a su obra; no tengo los conoci­mientos ni el tiempo suficientes para juzgar con veracidad su valor último. Por eso tengo conseje­ros y expertos versados en Ciencias, Teología y Fi­losofía para ayudarme...

Más aún, creo que el error honesto es un paso hacia un mayor esclarecimiento de la verdad, ya que expone a debate y a definiciones más claras las materias que de otra manera permanecerían oscuras e indefinidas en las enseñanzas de la Igle­sia. En un sentido muy especial, la Iglesia tam­bién está evolucionando hacia una superior com­prensión, hacia una conciencia más profunda de la vida divina en su seno.

La Iglesia es una familia. Como toda familia, tiene sus hombres de hogar y sus aventureros. Tie­ne críticos y conformistas; hombres celosos de sus tradiciones más triviales; hombres que desean im­pulsarla hacia el porvenir, como lámpara para un futuro glorioso. De todos ellos soy el padre co­mún... Cuando los aventureros retornan trayéndo­se cicatrices y el cansancio del viaje hasta alguna nueva frontera, de sus irrupciones de éxito o falli­das contra las murallas de la ignorancia, debo re­cibirlos con la caridad de Cristo y protegerlos con dulzura contra aquellos que han tenido mejor suer­te porque han arriesgado menos. He pedido al pa­dre general de los jesuitas que envíe a Jean Télé­mond a Castelgandolfo, para que me acompañe durante el verano. Confío en que aprenderemos a ser amigos, y oro por que así sea. Creo que Télé­mond puede enriquecer mi espíritu. Y, por mi parte, yo podré infundir valor y un respiro en su largo y solitario peregrinar...

Curiosamente, este hombre me ha infundido también valor. Durante algún tiempo he estado envuelto en un constante debate con el cardenal secretario de la Congregación de Ritos sobre el problema de la introducción de la liturgia vernácula y un sistema vernáculo de enseñanza en los seminarios y las iglesias de los países misionales. Esto significaría inevitablemente una declinación del lenguaje litúrgico latino en muchas regiones del mundo. También implicaría un inmenso trabajo de traducción y comentario, de manera que las obras de los padres de la Iglesia pueden quedar al alcance de los seminaristas en su propia lengua.

La Congregación de Ritos considera que las desventajas del cambio superan ampliamente a sus méritos. Señalan que esta decisión contradiría las conclusiones del Concilio de Trento, y los pronun­ciamientos de Concilios y Pontífices posteriores. Afirman que la estabilidad y uniformidad de nues­tra organización depende en gran parte del empleo de un idioma común en la definición de la doctri­na, en la preparación de los maestros y en la cele­bración de la liturgia.

Personalmente, opino que nuestro primer deber es predicar la Palabra de Dios y dispensar la gra­cia de los Sacramentos, y que todo lo que obstacu­lice estos propósitos, debe apartarse de nuestro camino.

Sin embargo, sé que la situación no es tan sen­cilla. Por ejemplo, hay una curiosa divergencia de opiniones en la pequeña comunidad cristiana de Japón. Los obispos japoneses quieren conservar el sistema latino. Debido a su posición singular y ais­lada, tienden a mostrarse temerosos ante cualquier cambio. Por otra parte, los sacerdotes misioneros que trabajan en ese país informan que su labor es más difícil cuando no se emplea el idioma ver­náculo.

En África, el nativo cardenal Rugambwa desea emplear el sistema vernáculo. Comprende sus ries­gos y problemas, pero, a pesar de todo, opina que debe intentarse. Rugambwa es un hombre piadoso y de esclarecida inteligencia, y respeto en extre­mo su opinión.

En último término, la decisión recae en mis manos, pero la he diferido porque he sentido intensamente la complejidad del problema y el pe­ligro histórico de que los grupos pequeños y aisla­dos de cristianos puedan verse separados del desarrollo cotidiano de la vida de la Iglesia por una falta de comunicación común. No estamos cons­truyendo sólo para hoy, sino para mañana y para la eternidad...

Sin embargo, al escuchar a Jean Télémond me sentí alentado a dar un paso decisivo. He decidido escribir a aquellos obispos que deseen introducir el sistema vernáculo y pedirles que propongan un plan definido para su empleo. Si sus planes pare­cen factibles, y si al mismo tiempo puede prepa­rarse en la forma tradicional a un número selecto de sacerdotes, estoy dispuesto a permitir que se pruebe el nuevo sistema... Seguramente hallaré una fuerte oposición en la Congregación de Ritos, y en muchos obispos de la Iglesia, pero hay que hacer algo para romper el estancamiento que inhi­be nuestras obras apostólicas, para que la Fe pue­da comenzar a surgir con más libertad en las na­ciones nacientes.

Todas esas naciones están orgullosas de su nue­va identidad, y hay que hacerles ver que pueden crecer dentro y con la Fe hacia un legítimo mejo­ramiento social y económico. Aún no somos un solo mundo, ni lo seremos en mucho tiempo, pero Dios es uno, y el Evangelio es uno, y debe repetirse en todas las lenguas que se hablan bajo el cie­lo... Ésa era la modalidad de la Iglesia primitiva. Ésa, la visión que Télémond renovó en sí: la uni­dad del espíritu en los lazos de la Fe y en la diver­sidad de todo conocimiento y de todas las len­guas...

Hoy concedí las últimas audiencias antes de las vacaciones de verano. Entre aquellos a quienes re­cibí privadamente estaba cierto Corrado Calitri, ministro de la República. Había recibido ya a la mayoría de los miembros del Gabinete italiano, pero no conocía a este hombre. La circunstancia era desusada, y hablé de esto al maestro de Cá­mara.

Éste me dijo que Calitri era un hombre de ha­bilidad poco común, que se había elevado meteóri­camente dentro del Partido democratacristiano. Incluso se ha hablado de que posiblemente dirija el país después de las próximas elecciones.

El maestro de Cámara me contó también que la vida privada de Calitri había dado bastante que hablar durante largo tiempo, y que estaba comprometido en un caso matrimonial que considera ac­tualmente la Sagrada Rota. Parece, sin embargo, que ahora Calitri está haciendo serios esfuerzos para reformarse, y que ha puesto su persona y sus asuntos espirituales en manos de un confesor.

Por supuesto que ni Calitri ni yo nos referimos a estas materias. Una audiencia es asunto de Es­tado, y no tiene nada que ver con la relación espi­ritual de un pastor y de su pueblo.

A pesar de todo, sentí curiosidad por este hom­bre, y por un instante estuve tentado de pedir los autos de su caso. Finalmente, decidí no hacerlo. Si llega al poder, tendremos relaciones diplomáticas, y es preferible que no se vean complicadas por conocimientos privados de mi parte. Y también es preferible que yo no intervenga con demasiada minuciosidad en las variadas funciones de los tri­bunales y congregaciones. Mi tiempo es muy limi­tado. Mis energías son limitadas, y actualmente es­tán tan agotadas, que me alegraré de hacer el equi­paje y salir de aquí hacia la comparativa serenidad del campo.

Veo claramente el contorno de un gran proble­ma personal para todo hombre que ostente la dig­nidad de Papa: la presión de los asuntos a su car­go y las exigencias de tanta gente pueden empo­brecerlo hasta tal punto, que no le dejen tiempo ni voluntad para regular los asuntos de su alma. Anhelo soledad y sosiego para dedicarlos a la con­templación... « ¡Mirad los lirios del campo..., no trabajan, ni se afanan! » ¡Afortunados aquellos que tienen tiempo para aspirar el perfume de las flores y dormitar a mediodía bajo los naranjos...!

 

George Faber abandonó Roma en las primeras horas de una mañana de domingo. Salió por la Puerta Lateranense y descendió por la Via Apia ha­cia la Autostrada que llevaba hacia el Sur.

Ante él tenía cinco horas de viaje. Terracina, Formia, Nápoles, y luego el serpenteante camino peninsular a Castellammare, Sorrento, Amalfi y Positano. No llevaba prisa. El aire de la mañana era fresco aún, y el tránsito, muy intenso, y Faber no deseaba arriesgar su vida además de su repu­tación.

En Terracina lo detuvieron dos muchachas in­glesas que recorrían la costa confiando en la bue­na voluntad de los automovilistas. Durante una hora le resultó agradable su compañía, pero al lle­gar a Nápoles, se alegró de librarse de ellas. Su risueña seguridad respecto al mundo y sus costum­bres le hicieron sentirse abuelo.

El calor del día pesaba ahora sobre él: una opresión seca y polvorienta que hacía danzar el aire y llenaba la nariz con el hedor amoniacado de la ciudad antigua y abarrotada. Giró hacia la calle Caracciolo, y se sentó un rato en un café de los muelles, bebiendo café helado y meditando acerca de lo que haría al llegar a Positano. Tenía que visitar a dos personas: Sylvio Pellico, artista; y Theo Respighi, actor ocasional; ambos, según los informes reunidos por Faber, habían tenido rela­ciones infortunadas con Corrado Calitri.

Hacía semanas que George pensaba en la mejor manera de abordarlos. Había vivido en Italia el tiempo suficiente para conocer la afición italiana al drama y a la intriga. Pero su temperamento nórdico se rebelaba contra el espectáculo de un co­rresponsal americano jugando al detective latino de impermeable y fieltro negro. Finalmente había decidido iniciar la conversación con sencilla fran­queza.

«He sabido que usted conoció a Corrado Cali­tri... Estoy enamorado de su mujer y quiero ca­sarme con ella. Me parece que usted puede pro­porcionarme algunas pruebas contra él. Estoy dis­puesto a pagarlas bien...»

Durante mucho tiempo había rehusado razonar más profundamente. Pero ahora, a tres horas de Roma, y a mayor distancia aún de Chiara, estaba dispuesto a hacer frente a todos los interrogantes. Si todo fracasaba, se habría demostrado a sí mis­mo lo que era capaz de hacer. Habría demostrado a Chiara que estaba dispuesto a arriesgar su ca­rrera por ella. Podría exigir toma y daca en el amor. ¿Y si eso también fracasaba? Finalmente estaba comenzando a creer que podría sobrevivir a ese fracaso. La mejor cura para el amor era en­friarlo un poco y dejar que el hombre pudiese comparar a una mujer con otra, y el tormento de un amor unilateral, con la fría paz de no amar en absoluto.

No podía hacer rebotar un corazón ya maduro de un amorío en otro, como si fuese una pelota de goma; pero era levemente reconfortante pensar en Ruth Lewin y en su negativa a comprometer el co­razón de George o el suyo propio en un nuevo do­lor sin promesa de seguridad.

Ruth era más sabia que Chiara. George lo sa­bía. Su prueba había sido más dura, y la había superado mejor. Pero el amor era una palabra arco iris que tal vez señalase hacia una oculta olla de oro, o tal vez no. George pagó su bebida, salió al crudo sol e inició la última etapa de su viaje hacia la incertidumbre.

La bahía de Nápoles era un espejo plano oleoso, quebrado sólo por la estela de los vapores de ex­cursión y la espuma de las alicafi, que zarandea­ban su carga de turistas a cincuenta millas por hora hacia las islas serenas de Capri e Ischia. La cima del Vesubio se divisaba vagamente en una nube de polvo y calor. El stucco pintado de las ca­sas aldeanas se descascarillaba al sol. La tierra gris de los cultivos estaba reseca, y los campesinos caminaban arriba y abajo entre las hileras de to­mates como figuras de un paisaje medieval. Había olor a polvo y a estiércol, a tomates podridos y a naranjas frescas. Las bocinas sonaban en todas las curvas, y las carretas de madera rodaban rui­dosamente sobre los adoquines. De vez en cuando llegaban oleadas de música, mezclada con gritos de niños y el ocasional taco de algún campesino atrapado en el denso tránsito veraniego.

George Faber se encontró conduciendo con ra­pidez y libertad, entonando una canción sin melo­día. En la escarpada espiral de la carretera de Amalfi, un automóvil deportivo que corría velozmente casi lo lanzó fuera del camino, y Faber maldijo en voz alta y alegremente, empleando el dialecto romano. Al llegar a Positano, el puebleci­llo raído y espectacular que trepaba en forma abrupta y escalonada desde el agua hasta la cum­bre del cerro, Faber se sentía dueño de sí mismo, y la sensación era tan embriagadora como el vino crudo de las montañas de Sorrento.

Dejó el automóvil en un garaje, cargó su male­ta y bajó por una calleja escarpada y estrecha a la plaza de la ciudad. Media hora más tarde, después de un baño y de haberse puesto pantalones de al­godón y una camisa marinera listada, se hallaba bajo un toldo, bebiendo un «Carpano» y preparán­dose para su encuentro con Sylvio Pellico.

La galería del artista era un túnel largo y helado que se extendía desde la calle hasta un patio sembrado de chatarra y de fragmentos de antiguos mármoles. Sus cuadros colgaban en las murallas del túnel; abstracciones ostentosas, algunos retra­tos en el estilo de Modigliani, y una cantidad de paisajes baratos para embaucar al turista senti­mental. Era fácil ver por qué Corrado Calitri lo había abandonado con tanta rapidez. Más difícil era comprender por qué lo había protegido algu­na vez.

El pintor era un joven alto y de rostro delgado, con una barba desordenada; vestía blusa de algo­dón, desteñidos pantalones de tela burda y zapatos de lona muy gastados. Se hallaba tendido sobre dos sillas en la entrada del túnel, y dormitaba al sol con un sombrero de paja echado sobre los ojos.

Cuando George Faber se detuvo a examinar los cuadros, se animó inmediatamente y se presentó a sí mismo y su trabajo con un floreo.

-Sylvio Pellico, señor, a sus órdenes. ¿Le gus­tan mis cuadros? Algunos de ellos han sido exhibi­dos en Roma.

-Lo sé -dijo George Faber-. Estuve en la exposición.

- ¡Ah! Entonces usted es un connaisseur. ¡No trataré de tentarle con esta basura! -Descartó los paisajes con un ademán de su flaca mano-. Ésos no tienen valor. Sólo sirven para comer.

-Lo sé, lo sé. Todos tenemos que comer. ¿Le va bien esta temporada?

- ¡Bah...! Ya sabe usted cómo son las cosas. Todos miran, nadie quiere comprar. Ayer vendí dos cuadros pequeños a una americana. El día an­terior, ninguno. Y el día anterior a ése... -Se inte­rrumpió y examinó a George Faber con ojo comer­cial-. ¿Usted no es italiano, signore?

-No. Soy americano.

-Pero habla un italiano espléndido. -Gracias... Y, dígame, ¿quién patrocinó su exposición en Roma?

-Un hombre muy importante. Un ministro de la República. Y muy buen crítico, además. Tal vez conozca su nombre. Se llama Calitri.

-Sí, conozco su nombre -dijo George Faber-.

 

 

Me gustaría hablarle de Calitri.

-¿Por qué? -inclinó hacia un lado su enma­rañada cabeza, como un papagayo amistoso-. ¿Lo envió él a verme?

-No. Se trata de un asunto personal. Pensé que usted podría ayudarme. Me agradaría pagar esa ayuda. ¿Le interesa?

-¿A quién no le interesa el dinero? Siéntese; permítame prepararle una taza de café.

-No, gracias. No le entretendré mucho.

Pellico desempolvó una de las sillas, y ambos se sentaron cara a cara bajo la estrecha arcada.

Faber explicó su posición y lo que deseaba, y luego hizo su oferta:

-...Quinientos dólares americanos por una de­claración jurada referente al matrimonio de Cali­tri, escrita en los términos que yo le dictaré.

Echándose atrás en su silla, encendió un ciga­rrillo y esperó, mientras el artista sostenía su ros­tro cobrizo en las manos y pensaba largamente. Luego, Pellico levantó la cabeza y dijo:

-Le agradecería un cigarrillo americano. Faber le entregó el paquete, y luego se inclinó hacia él con un encendedor.

Pellico fumó algunos minutos, y luego comenzó a hablar.

-Soy un hombre pobre, señor. Además, no soy un buen pintor, de manera que seguramente seré pobre mucho tiempo. Para alguien como yo, qui­nientos dólares es una fortuna; pero temo que no podré hacer lo que usted me pide.

-¿Por qué no?

-Por varias razones.

-¿Tiene miedo a Calitri?

-Un poco. Usted ha vivido en este país, sabe cómo funciona. Cuando se es pobre, se está siem­pre algo fuera de la ley, y no conviene enemistarse con la gente importante. Pero ésa no es la única razón.

-Dígame otra.

El delgado rostro se arrugó, y la cabeza del pin­tor pareció embutirse más entre sus hombros. Se explicó con singular sencillez:

-Comprendo lo que esto significa para usted, señor. Cuando un hombre está enamorado, ¡eh...! Hielo en el corazón y fuego en las entrañas... Se pierde temporalmente todo orgullo. Cuando el amor se desvanece, el orgullo vuelve. A menudo es lo único que queda... Yo no soy como usted... Soy, si lo quiere, más como Calitri. Calitri fue bondadoso conmigo en una época... Le tuve un gran afecto. No creo que pueda traicionarle por dinero.

-Pero él le traicionó a usted, ¿no es así? Le proporcionó una exposición y después le aban­donó.

- ¡No! -Las delgadas manos se hicieron súbi­tamente elocuentes-. No. No debe entenderlo así. Por el contrario, Calitri fue muy honrado conmi­go. Me dijo que todo hombre tenía derecho a una prueba de su talento. Si el talento no existía, más le valía olvidarlo... Pues bien, me brindó la prue­ba. Fracasé. No le culpo.

-¿Cuánto cobraría por culpado? ¿Mil dólares?

Pellico se levantó y se sacudió las manos. A pe­sar de su desaliño, pareció investido de una curio­sa dignidad. Señaló las murallas grises del túnel.

-Por veinte dólares, señor, puede usted comprar mis visiones. No son grandes visiones, lo sé. Son lo mejor que tengo. Yo no me vendo. Ni por mil dólares, ni por diez mil. Lo siento.

Mientras se alejaba por la calle empedrada, George Faber, el puritano nórdico, se permitió una sensación de vergüenza. Su rostro ardía, sus ma­nos estaban húmedas. Sintió un resentimiento sú­bito e irrazonable contra Chiara, que tomaba el sol en Venecia, a quinientas millas de distancia. Se dirigió a un bar, pidió un whisky doble y co­menzó a leer el historial de su próximo contacto: Theo Respighi.

Respighi era un italo-americano nacido en Ná­poles y trasladado a Nueva York durante su infan­cia. Era un actor mediocre que representaba papeles cortos en televisión, papeles cortos en Ho­llywood, y luego regresaba a Italia para represen­tar papeles cortos en episodios bíblicos y neceda­des seudoclásicas. En Hollywood había provocado algunos escándalos de poca importancia: conducción en estado de ebriedad, un par de divorcios, un romance breve y turbulento con una estrella que comenzaba a brillar. En Roma se había unido al grupo bravucón que vivía de esperanzas y oca­sionales producciones, y de la protección de los libertinos romanos. En suma, Faber vio en él a un personaje dudoso, que seguramente respondería cordialmente al crujido de los billetes de Banco.

Aquella misma noche atrapó a Respighi en un bar, junto a los acantilados, donde bebía con tres muchachos muy alegres y una francesa marchita que hablaba italiano con acento genovés. Tardó una hora en apartarlo de sus compañeros, y otra, en librarlo de los efectos del alcohol con comida y café muy fuerte. Pero, aun así, cuando lo tuvo relativamente sobrio, se halló ante un cascarón musculoso y hueco, que tendía nerviosamente la mano hacia la botella de aguardiente cada vez que la apartaba de sus largos cabellos rubios. Faber sofocó la voz vacilante de su conciencia y explicó otra vez su proposición:

-...Mil dólares por una declaración firmada. Sin compromisos ni problemas. Todo lo que se presenta ante la Rota se mantiene en estricto se­creto. Nadie, y Calitri menos que nadie, sabrá jamás quién prestó ese testimonio.

- ¡Idiotas! -dijo el rubio categóricamente-. No trate de engañarme, Faber. En Roma no exis­ten los secretos. No me importa si se trata de la Iglesia o de Cinecittá. Tarde o temprano, Calitri llegará a saberlo. ¿Y qué me sucederá entonces?

-Tendrá mil dólares más, y Calitri no podrá hacerle daño.

-¿Lo cree? Mire, encanto, usted sabe cómo se hacen las películas en este país. El dinero viene de todas partes. La nómina de los capitalistas se extiende de Nápoles a Milán, y de allí hasta aquí. Y también tenemos aquí una lista negra, como en Hollywood. El que figura en esa lista es hombre muerto. Y no quiero morir por esos cochinos mil dólares.

-No ha ganado una suma así durante seis me­ses -le dijo Faber-. Me consta, porque me informé.

-¿Y qué? Así sucede en este oficio. Se pasa un poco de hambre, luego se come, y se come bien. Ahora, si usted me hablase de diez mil dólares, entonces tal vez comenzara a considerarlo. Con esa suma podría irme a los Estados Unidos y aguardar hasta que se me presentara una oportu­nidad decente... ¡Vamos, encanto! ¿Qué quiere ob­tener? ¿Un gran amor o un paquete de rosetas de maíz?

-Dos mil -dijo Faber.

-No.

-No puedo ofrecerle más.

- ¡Migajas! Puedo ganármelas levantando el auricular del teléfono y diciéndole a Calitri que usted anda tras su pellejo... Le propongo otra cosa. Deme mil dólares, y no haré esa llamada.

-Váyase al diablo.

George Faber empujó su silla hacia atrás y sa­lió del bar. La risa del mocetón lo persiguió como una burla hasta la calle oscurecida.

 

-Mientras más vivo -decía Jean Télémond pensativamente-, más claramente comprendo la profunda vena de pesimismo que tiñe la mayor parte del pensamiento contemporáneo, incluyendo el pensamiento de muchos dentro de la Iglesia... Nacimiento, crecimiento, decadencia. El esquema cíclico de la vida es tan evidente que oscurece el esquema subyacente, el del crecimiento constante, y, digámoslo burdamente, el esquema del progreso humano. Para mucha gente, la rueda de la vida gira simplemente sobre su propio eje; no parece dirigirse a parte alguna.

-Y usted, Jean, ¿cree que se dirige a alguna parte?

-Más que eso, Santidad. Creo que tiene que dirigirse a alguna parte.

Se habían quitado las sotanas, y estaban senta­dos cómodamente a la sombra de un pequeño ar­busto, con una hilera de fresas silvestres tras ellos, y al frente el agua lisa y brillante del lago Nemi. Jean Télémond chupaba su pipa con fruición, y Cirilo lanzaba guijarros al agua. El aire vibraba con el grito estridente de las cigarras, y en las rocas y los troncos tomaban el sol las lagartijas pardas.

Los dos sacerdotes se habían entregado hacía ya tiempo a la placidez bucólica y al bienestar de la mutua compañía. Por la mañana trabajaban se­paradamente: Cirilo, en su escritorio, mantenién­dose al tanto de los despachos diarios desde Roma; Télémond, en el jardín, ordenando sus papeles para el escrutinio del Santo Oficio. Por la tarde paseaban en automóvil por el campo, con Télé­mond al volante, explorando los valles y las mese­tas, y los pueblos minúsculos que se aferraban a los riscos desde hacía quinientos años o más. Al caer la noche, cenaban juntos, luego leían o juga­ban a los naipes hasta la hora de Compline y de las últimas plegarias del día.

Era una temporada beneficiosa para ambos: para Cirilo, un respiro del peso de su ministerio; para Télémond, un verdadero regreso del exilio a la compañía de un espíritu comprensivo y autén­ticamente afectuoso. El jesuita no necesitaba me­dir sus palabras. No temía exponer sus pensamien­tos más profundos. Por su parte, Cirilo se sinceró totalmente con Télémond, y encontró un curioso solaz en compartir su carga personal.

Lanzó otro guijarro al agua, y observó cómo las ondas se abrían en abanico hacia la playa más dis­tante, perdiéndose finalmente en los reflejos del sol. Luego hizo otra pregunta:

-¿Ha sido pesimista, alguna vez, Jean? ¿Nun­ca se ha sentido atrapado en el eterno girar de la rueda de la vida?

-A veces, Santidad. Cuando me hallaba en Chi­na, por ejemplo, en el valle estéril de los grandes ríos. Allí había monasterios. Lugares inmensos que sólo podían haber sido construidos por grandes hombres, hombres visionarios, para desafiar el vacío en que vivían... En alguna forma, pensé enton­ces, Dios ha tenido que estar con ellos. Pero cuando entré allí y vi a los hombres que los habitaban ahora: opacos, sin inspiración, y a veces casi estú­pidos, me invadió la melancolía... Cuando regresé a Occidente y leí los periódicos y hablé con otros hombres de ciencia, me sobrecogió la ceguera con la cual parecemos estar atrayendo nuestra propia destrucción. A veces se hacía imposible creer que el hombre estaba creciendo realmente del lodo ha­cia un destino divino...

Cirilo asintió con la cabeza, meditabundo. Reco­gió una varilla e hizo cosquillas a una lagartija dormida, que se perdió apresuradamente entre las hojas.

-Conozco ese sentimiento, Jean. Lo experimen­to a veces hasta en la Iglesia. Aguardo y oro por el gran movimiento, el gran hombre que nos volverá otra vez a la vida...

Jean Télémond nada dijo. Fumó plácidamente su pipa, esperando que el Pontífice terminara su pensamiento.

-...Un hombre como san Francisco de Asís, por ejemplo. ¿Qué significa, efectivamente, san Francisco de Asís...? Un rompimiento total con el esquema de la Historia... Un hombre nacido fuera de su tiempo. Un revivir súbito e inexplicado del espíritu primitivo de la Cristiandad. La obra que él comenzó continúa... Pero no es lo mismo. La revolución concluyó. Los revolucionarios se trans­formaron en conformistas. Los hermanitos del Po­verello agitan sus alcancías en la plaza del ferrocarril o comercian con bienes raíces en beneficio de la Orden. -Rió calladamente-. Por supuesto que ésa no es la historia completa. También ense­ñan, predican, ejecutan la obra de Dios como me­jor saben, pero ya no es una revolución, y me parece que ahora necesitamos una.

-Tal vez Su Santidad sea el revolucionario -dijo Jean Télémond, con una chispa de malicia en sus agudos ojos.

-Lo he pensado, Jean. Créame, lo he pensado. Pero creo que ni siquiera usted puede comprender hasta qué punto estoy limitado por la organiza­ción que es mi herencia, por las actitudes históri­cas que me constriñen. Me es difícil actuar direc­tamente. Necesito instrumentos adecuados para mis manos. Aún me queda vida, sí, para presenciar grandes cambios, pues todavía soy joven. Pero se­rán otros los que tendrán que efectuarlos por mí...

Usted, por ejemplo.

-¿Yo, Santidad? -Télémond volvió su rostro sorprendido hacia el Pontífice-. Mi campo de ac­ción es más limitado que el suyo.

-¿Lo será? -preguntó Cirilo en tono inquisi­tivo-. ¿Ha pensado usted alguna vez que la Revo­lución rusa, y el actual poderío de la Unión Sovié­tica, se construyeron sobre la obra de Karl Marx, que pasó gran parte de su vida en el «Museo Bri­tánico» y que ahora se halla sepultado en Inglate­rra? No existe cosa más explosiva en el mundo

que una idea.

Jean Télémond rió, y golpeó su pipa contra un tronco para vaciarla.

-¿No cree que eso depende más bien del San­to Oficio? Debo someterme todavía a su escrutinio.

Cirilo le dirigió una mirada larga y grave, y luego lo interrogó otra vez.

-Y si el Santo Oficio se pronuncia contra us­ted, Jean, ¿qué hará entonces?

Télémond se encogió de hombros. -Someterme después a otro examen, supongo. Espero tener energías para hacerlo.

-¿Por qué lo dice?

-En parte, porque tengo miedo; en parte, porque..., porque mi salud no es buena. He vivido con dureza durante largo tiempo. Me han dicho que el estado de mi corazón deja bastante que desear.

-Lamento saberlo, Jean. Debe cuidarse. Me preocuparé de que lo haga.

-¿Puedo hacerle una pregunta, Santidad?

-Por supuesto.

-Usted me ha honrado con su amistad. A los ojos de muchos, aunque no de los míos, esto sig­nifica que usted aprueba mi trabajo. ¿Qué hará usted si el Santo Oficio lo considera deficiente?

Ante su sorpresa, Cirilo echó atrás la cabeza y rió de todo corazón.

-Jean, Jean. Habla como un verdadero jesui­ta. ¿Qué haré? Seré siempre su amigo, y oraré para que tenga salud y valor para continuar con sus investigaciones.

-Pero, ¿y si muero antes de haberlas concluido?

-¿Le preocupa ese pensamiento?

-A veces... Créame, Santidad, que cualquiera que sea el resultado, he tratado de prepararme para recibirlo. Pero estoy convencido de que hay una verdad en mis investigaciones... No quiero verla perdida o silenciada.

-No será silenciada, Jean. Se lo prometo.

-Perdón, Santidad, he dicho más de lo que de­biera.

-¿Por qué disculparse, Jean? Usted me ha mostrado su corazón. Para un hombre solitario como yo, ése es un privilegio... Valor ahora. ¿Quién sabe? Es posible que lleguemos a verlo como doc­tor de la Iglesia. Y ahora, si esto no ofende a sus ojos jesuitas, el Papa de Roma nadará un rato.

Cuando Cirilo se quitó la camisa y se dispuso a zambullirse, Jean Télémond vio las señales del lá­tigo en sus espaldas y se avergonzó de su propia cobardía.

 

Dos días después, un correo de Washington en­tregó al Pontífice una carta privada del presidente de los Estados Unidos:

...Leí con vivo interés la carta de Su Santidad y las copias de las dos cartas del Primer Ministro de la URSS que puso en mis manos el cardenal Carlin. Convengo en que es necesario mantener un estricto silencio sobre esta situación.

Permítame decir, ante todo, que estoy profun­damente agradecido por su información respecto a su relación personal con Kamenev, y las opinio­nes de Su Santidad sobre el carácter y las inten­ciones del Primer Ministro. También me impresio­nó el franco desacuerdo del cardenal Carlin. Sé que no hubiese hablado tan libremente sin la auto­rización de Su Santidad, y esto me alienta a mos­trarme igualmente franco con usted.

Debo decir que tengo grandes dudas respecto al valor de conversaciones privadas a este nivel. Por otra parte, me complacerá continuarlas mien­tras parezca haber la menor esperanza de impedir la explosiva crisis que parece inevitable en los pró­ximos seis o doce meses. Estamos atrapados en la corriente de la Historia. Podemos vadearla, pero no podemos cambiar la dirección del agua. Lo úni­co que podría hacerlo es una acción de tal magni­tud y riesgo, que ninguno de nosotros debería es­tar autorizado para intentarla.

Por ejemplo, no puedo comprometer a mi país en un desarme unilateral. No podría abandonar nuestro clamor por la reunificación de Alemania. Me gustaría mucho salir de Quemoy y Matsu, pero no podernos entregarlos sin una grave pérdida de prestigio e influencia en el sudoeste de Asia. Com­prendo que Kamenev tema a los chinos, pero no puede abandonar una alianza que garantiza un só­lido bloque comunista desde Alemania Oriental hasta las Kuriles, por molesta y peligrosa que esta alianza le resulte.

Lo más que podemos esperar es que la situa­ción pueda mantenerse estática, y dé lugar a ne­gociaciones y a la evolución histórica. Debemos evitar a toda costa una colisión franca, que cau­saría inevitablemente una guerra atómica catastró­fica.

Si la correspondencia secreta con Kamenev pue­de servir algún propósito, estoy dispuesto a arries­garme, y acepto agradecido la mediación de Su Santidad. Haga usted llegar mi pensamiento a Ka­menev, y hágale saber el contenido de mi carta. Kamenev sabe que no puedo actuar solo, como tampoco puede hacerlo él. Ambos vivimos bajo la sombra del mismo peligro.

No pertenezco a la Fe de Su Santidad, pero me encomiendo a sus plegarias y a las plegarias de toda la Cristiandad. Llevamos sobre nuestros hom­bros el destino del mundo, y si Dios no nos sos­tiene, caeremos inevitablemente, abrumados por la carga...

Cuando leyó la carta, Cirilo exhaló un suspiro de alivio. No era más de lo que había esperado, pero tampoco era menos. Las nubes de la tormenta se cernían aún sólidas y amenazadoras sobre el mundo, pero en ellas había una resquebrajadura diminuta, y era posible comenzar a adivinar el sol que brillaba tras ellas. El problema estribaba aho­ra en agrandar esa brecha, y el Pontífice se pre­guntó en qué forma podría cooperar con más efi­cacia a ese fin.

De una cosa estaba seguro: sería un error que el Vaticano asumiera la actitud de negociador, que propusiese fundamentos para un acuerdo. Tam­bién la Iglesia llevaba una carga histórica sobre sus hombros. Políticamente, se recelaba de ella; pero ese mismo recelo era una indicación de su tarea: reformar, no el método, sino los principios de una sociedad humana capaz de sobrevivir, capaz de ordenarse a sí misma de acuerdo con los términos de un plan establecido por Dios. La Igle­sia debía ser maestra, no forjadora de tratados. Su tarea no consistía en gobernar a los hombres en el orden material, sino adiestrarlos para que éstos se gobernasen de acuerdo con los principios de la ley natural. Tenía que aceptar el hecho de que el resultado final, si era posible hablar sin cinismo de un fin, debía ser siempre una aproximación, una etapa en un crecimiento evolutivo.

Fue este pensamiento el que lo trajo una vez más al jardín de Castelgandolfo, donde Jean Té­lémond, diligente y absorto, hacía anotaciones en sus papeles bajo la sombra de una vieja encina.

-Usted se sienta aquí, mi querido Jean, escri­biendo sus visiones de un mundo que se perfec­ciona a sí mismo, mientras yo me convierto en una especie de operador telefónico entre dos hom­bres, cada uno de los cuales puede volarnos en partículas infinitesimales oprimiendo un botón... Ahí tiene un bonito dilema. ¿Le dice su ciencia cómo resolverlo? ¿Qué haría usted si se encon­trara en mi lugar?

-Rezar -dijo Jean Télémond con una sonrisa maliciosa.

-Lo hago, Jean... Lo hago todo el día, para ser más preciso. Pero la plegaria no basta; también tengo que actuar. Antes de llegar a este lugar, us­ted tuvo que ser explorador. Dígame ahora: ¿cuál es mi próximo movimiento?

-En esta situación, no me parece que deba moverse, sino sentarse a esperar el momento apro­piado.

-¿Le parece suficiente?

-En el sentido más amplio, no. Creo que la Iglesia ha perdido la iniciativa que le corresponde en el mundo de hoy.

-Estoy de acuerdo. Me gustaría creer que en mi Pontificado podemos recuperar algo de ella. ¿Tiene algunas ideas al respecto?

-Algunas -dijo Télémond con energía-. Toda mi vida ha sido un viaje. Uno de los primeros de­beres de un viajero es aprender a adaptarse al lugar y al tiempo en los cuales vive. Tiene que comer alimentos extraños, aprender a no rubori­zarse entre gente que no tiene nada privado, a bus­car el bien que subsiste en las sociedades más bur­das y primitivas. Cada individuo, cada organiza­ción, tiene que mantener una conversación con el resto del mundo. No puede hablar siempre en ne­gativas y contradicciones.

-¿Cree que nosotros lo hemos hecho?

-No siempre, Santidad. Pero últimamente lo hemos hecho con excesiva frecuencia. Cuando digo nosotros, me refiero a toda la Iglesia, incluyendo a pastores y fieles. Hemos ocultado la lámpara de la Fe bajo una cubierta, en lugar de alzarla para que ilumine el mundo.

-Continúe, Jean. Muéstreme cómo la exhibiría usted.

-Éste es un mundo plural, Santidad. Podemos desear que sea uno en la Fe, la Esperanza y la Caridad. Pero no lo es. Hay muchas esperanzas, ex­trañas variedades de amor. Pero éste es el mundo en el cual vivimos. Si queremos participar en el drama de la acción de Dios en él, entonces debe­mos comenzar con palabras que todos comprenda­mos. Justicia, por ejemplo. Eso lo comprende­mos... Pero cuando los negros de los Estados Uni­dos buscan justicia y la ciudadanía total, ¿somos nosotros quienes los encabezamos? ¿O los que apoyamos con mayor energía sus legítimas deman­das? Bien sabe que no. En Australia está prohi­bido el ingreso de inmigrantes de color. Muchos australianos consideran que ésta es una afrenta ala dignidad humana. ¿Apoyamos sus protestas? Los archivos demuestran que no lo hacemos. En principio, sí; pero en la práctica, no. Afirmamos que el culi chino tiene derecho al trabajo y a la subsistencia, pero no fuimos nosotros quienes lo condujimos hacia estos objetivos. Fueron los hom­bres de la Larga Marcha. Si oponemos objeciones al precio que asignan a la escudilla de arroz, somos tan culpables nosotros como ellos... Si queremos participar otra vez en el diálogo humano, enton­ces debemos buscar cualquier terreno común de entendimiento, que es lo que Su Santidad está ha­ciendo con Kamenev: el terreno de la fraternidad humana y de las legítimas esperanzas de la Huma­nidad toda... He pensado a menudo en ese pasaje del Evangelio en el cual Cristo alzó la moneda del tributo y proclamó: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.» ¿A qué César? ¿Ha pensado Su Santidad en esto...? A un asesino, un adúltero, un pederasta... Pero Cristo no prohi­bió el diálogo de la Iglesia con un hombre tal. Por el contrario, lo expresó como un deber...

-Pero lo que me ha mostrado, Jean, no es la decisión de un hombre. Es la decisión de toda la Iglesia: Papa, pastores y quinientos millones de fieles.

-Así es, Santidad, pero, ¿qué ha sucedido? Los fieles están indecisos sólo porque les falta escla­recimiento y una dirección vigorosa. Comprenden mejor que nosotros lo que es el peligro. Nosotros estamos protegidos por la organización. Ellos sólo tienen el manto de Dios para protegerse. Luchan día a día con todos los dilemas humanos: naci­miento, pasión, muerte, y el acto de amor... Pero si no escuchan trompetas, si no ven en alto la cruz de un cruzado... -Se encogió de hombros y se interrumpió-: Perdón, Santidad. Me estoy poniendo excesivamente quejumbroso.

-Por el contrario, Jean. Usted me es muy útil. Me alegro de tenerle conmigo.

En aquel momento se acercó un sirviente que traía café y agua helada, y una carta recibida mi­nutos antes en la verja. Cirilo la abrió y leyó el mensaje, breve y poco ceremonioso:

 

«Soy un hombre que cultiva girasoles. Me gus­taría visitarle mañana a las diez treinta de la ma­ñana.»

Estaba firmado: «George Wilhelm Forster.»

Forster resultó sorprendente en más de un sen­tido. Su aspecto era el de un bávaro vestido por un sastre italiano. Llevaba toscos zapatos alema­nes y gafas muy gruesas, pero su traje, su camisa y su corbata eran de «Brioni», y en su mano pequeña y regordeta brillaba una sortija de oro cuyo sello alcanzaba el tamaño de media avellana. Sus modales eran deferentes, pero vagamente irónicos, como si se burlase de sí mismo y de lo que representaba. A pesar de su nombre alemán, habla­ba ruso con un marcado acento georgiano.

Cuando Cirilo lo recibió en su estudio, hincó un rodilla y besó el anillo papal; luego se sentó muy erguido en la silla, equilibrando su sombrero de Panamá sobre las rodillas, tal como un emplea­dillo a quien se entrevista para darle un empleo. Sus primeras palabras también fueron una sorpresa.

-Creo que Su Santidad ha recibido una carta de Robert.

Cirilo alzó la vista vivamente y vislumbró una leve sonrisa en los labios llenos.

-No hay misterios, Santidad. Basta llevar cuen­ta del tiempo. El tiempo es muy importante en mi trabajo. Supe cuándo regresó al Vaticano la carta de Kamenev. Supe cuándo regresó a Nueva York el cardenal Carlin. Me dijeron la fecha y la dura­ción de su entrevista con Robert. Desde ese mo­mento era fácil deducir que la carta de Robert llegaría a manos de Su Santidad en Castelgan­dolfo.

Ahora fue Cirilo quien debió sonreír. Aprobó con la cabeza y preguntó:

-¿Usted vive en Roma?

-Tengo habitaciones allí. Pero como usted supondrá, viajo mucho... Hay mucho movimiento en el negocio de semillas de girasol.

-Así lo imagino.

-¿Puedo ver la carta de Robert?

-Por supuesto.

Cirilo le entregó el documento por encima de la mesa. Forster lo leyó cuidadosamente durante algunos instantes, y luego lo devolvió.

-Puedo entregarle una copia si lo desea -dijo Cirilo-. Como usted ve, el Presidente no se opo­ne a que Kamenev lea la carta.

-No necesitaré copia. Tengo memoria fotográ­fica, lo que significa una fortuna en mi oficio. Veré a Kamenev dentro de una semana. Recibirá una transcripción exacta de la carta y de mi con­versación con usted.

-¿Está usted facultado para hablar por Ka­menev?

-Hasta cierto punto, si.

Ante el asombro de Cirilo, Forster citó de inmediato el pasaje de la segunda carta de Ka­menev.

«De vez en cuando... recibirá una petición de audiencia de un hombre llamado George Wilhelm Forster. Puede hablarle libremente, pero no pon­ga nada por escrito. Si logra comunicarse con el Presidente de los Estados Unidos, refiérase a él como Robert. Resulta absurdo, ¿no es así?, que para discutir la supervivencia de la raza humana debamos recurrir a estas tretas infantiles.»

Cirilo se echó a reír.

-Una hazaña impresionante. Pero, dígame, si usted sabe de quién estamos hablando, ¿por qué debemos referirnos al Presidente como Robert?

George Wilhelm Forster se explicó con satisfacción.

-Puede llamarlo una treta mnemotécnica. Na­die puede impedirse del todo hablar en sueños, o cometer deslices verbales en un interrogatorio... De manera que practicamos este tipo de subter­fugio. Y resulta, además. Aún no me han cogido.

-Espero que no le cojan ahora.

-También yo, Santidad. Este cambio de cartas puede traer consecuencias prolongadas.

-Me gustaría poder adivinarlas.

-Robert las ha señalado ya en su carta. -Citó otra vez-: «Una acción de tal magnitud y peligro que a ninguno de nosotros debiera permitírsele intentarla.»

-La proposición se contradice -dijo Cirilo mansamente-. Tanto Kamenev como el Presidente..., disculpe, Robert..., señalan la necesidad de tal acción, pero al mismo tiempo ambos afirman que no son ellos quienes la ejecutarán.

-¿Tal vez busquen un tercer hombre, Santidad?

-¿Quién?

-Usted.

-Si yo pudiese prometerlo, amigo mío, créa­me que sería el hombre más feliz del mundo. Pero tal como dijo una vez nuestro compatriota Sta­lin: «¿Cuántas Divisiones tiene el Papa?»

-No es problema de Divisiones, Santidad, y usted lo sabe. En el fondo es un problema de influencia y de autoridad moral. Kamenev cree que usted posee o llegará a poseer esa autoridad... -Sonrió, y añadió como una idea propia-: Por lo que he sabido, diría que Su Santidad tiene en el mundo una estatura mayor de la que cree.

Cirilo consideró la idea por unos instantes, y luego se pronunció firmemente:

-Hay algo que usted debe comprender, amigo mío. Repítalo claramente a Kamenev, así como yo lo he transmitido directamente hacia el otro lado del Atlántico. Sé cuán pequeñas son nuestras esperanzas de paz. Estoy dispuesto a hacer lo que sea moralmente recto y humanamente posible para conservarla, pero no permitiré que mi perso­na ni la Iglesia se vean empleadas como instru­mentos para beneficiar a uno u otro lado. ¿Me comprende?

-Perfectamente. He estado aguardando que Su Santidad lo dijese. ¿Puedo hacerle ahora una pre­gunta?

-Hágalo, se lo ruego.

-Si fuese posible, y pareciese conveniente, ¿Su Santidad estaría dispuesto a ir a algún lugar que no sea Roma? ¿Estaría dispuesto a emplear un medio de comunicación que no fuese la Radio del Vaticano y los púlpitos de las iglesias católicas?

-¿Qué lugar?

-No soy quien debe sugerirlo. Someto mi proposición en líneas generales.

-Entonces responderé con una generalización. Si puedo hablar libremente y mis palabras son re­petidas honestamente, iré a cualquier parte y haré cualquier cosa por ayudar al mundo a respirar libremente, aunque sea por breve tiempo.

-Informaré de sus palabras, Santidad. Lo re­petiré con alegría. Y ahora hay un pequeño pro­blema de orden práctico. Si no recuerdo mal, el maestro de Cámara tiene una lista de quiénes pue­den obtener prestamente una audiencia con Su Santidad. Desearía que mi nombre se añadiese a esa lista.

-Ya está en ella. Será bien recibido en todo momento... Y ahora, yo también tengo un mensaje para Kamenev. Ante todo, le dirá que no estoy negociando, que no estoy suplicando, que no es­toy estableciendo condiciones en el libre paso de estas conversaciones a través de mí. Soy realista. Sé hasta qué punto está limitado Kamenev por lo que cree y por el sistema del que es súbdito, como yo lo soy del mío. Habiéndole dicho eso, dígale de mi parte que mi pueblo sufre en Hungría, y en Polonia, y en Alemania Oriental, y en el Báltico. Lo que pueda hacer por aliviarles la carga, por poco que sea, lo consideraré un favor personal, y lo recordaré con gratitud y en mis oraciones.

-Se lo diré -dijo George Wilhelm Forster-. ¿Puedo retirarme ahora?

-Vaya con Dios -dijo Cirilo el Pontífice.

Acompañó al extraño hombrecillo hasta la verja del jardín y lo observó alejarse en su vehículo hacia el mundo brillante y hostil que se extendía en la distancia.

 

La princesa MaríaRina era un general fogueado, y había planeado la campaña de su sobrino con cuidado excepcional. Ante todo, lo había reconciliado con la Iglesia, sin lo cual no podía su­bir al Poder ni comenzar a gobernar adecuadamente. Luego había aislado a Chiara durante un mes de su amante americano. La había colocado en medio de agradables diversiones, rodeada de hombres jóvenes, entre los cuales seguramente ha­bría alguno cuyo ardor la sedujese hacia un nuevo afecto. La princesa MaríaRina estaba ahora pre­parada para su próxima maniobra.

Acompañada por Perosi y con la carta de Cali­tri en su bolso, se hizo conducir a Venecia, arrancó a Chiara de la playa y la llevó apresuradamente a un tranquilo restaurante de Murano. Luego aña­dió un brusco comentario a la carta de Calitri:

-...Ya lo ves, hija; ahora todo será muy sen­cillo. Corrado ha recuperado el seso. Ha tranqui­lizado su conciencia, y dentro de dos meses quedarás libre.

Chiara estaba aún estremecida y feliz ante tales noticias, y dispuesta a confiar en el mundo en­tero.

-No comprendo. ¿Por qué? ¿Qué le impulsó a hacerlo?

La anciana princesa descartó la pregunta con un ademán.

-Está madurando. Durante mucho tiempo se sintió herido y amargado. Ahora piensa mejor... El resto no es cosa que necesite preocuparte...

-¿Y si cambia de opinión?

-No cambiará, te lo prometo. Sus nuevas de­claraciones se hallan ya en manos de Perosi, aquí presente. Los documentos definitivos estarán pre­parados para la presentación en la Rota en cuan­to terminen las vacaciones. Lo que sigue es sólo una fórmula... Como verás por esta carta, Corrado está dispuesto a ser generoso. Quiere pagarte una cantidad considerable como finiquito. Naturalmen­te, con la condición de que no harás otras demandas.

No deseo pedir nada. Sólo quiero mi libertad.

-Lo sé, lo sé. Y eres una muchacha razonable. Pero hay un par de asuntos que debemos conside­rar. Perosi te los explicará.

La maniobra había sido tan hábil, que Chiara se encontró totalmente desarmada. Sólo atinó a permanecer en su asiento, mirando a la princesa y a Perosi, mientras el abogado se explicaba con afable formalidad:

-Usted comprende, signora, que su marido es una figura. Me parece que usted reconocerá que sería injusto, después de su generoso rasgo, expo­nerlo a comentarios y a cierta notoriedad.

-Por supuesto. Yo tampoco lo deseo.

-Bien. Entonces nos comprendemos. Una vez que el asunto haya concluido, debemos dejar que muera calladamente. Sin publicidad. Sin declara­ciones a los periódicos ni actos precipitados de su parte.

-¿Qué clase de actos? No comprendo.

-Se refiere al proyectado matrimonio, queri­da -dijo la princesa MaríaRina dulcemente-. Sería muy, pero muy inconveniente que tú o Corrado os precipitarais hacia una apresurada unión en cuanto se dicte el decreto de nulidad.

-Sí, ya lo veo.

-Lo que nos trae el problema siguiente -dijo Perosi, midiendo cuidadosamente sus palabras-. Su actual relación con un corresponsal americano. Creo que su nombre es George Faber.

Chiara enrojeció, y súbitamente montó en có­lera.

-Eso es asunto mío. No afecta a nadie más que a mí.

-Por el contrario, mi querida señora. Espero convencerla de que es asunto de todos. La suma que usted recibirá como finiquito no podrá ser percibida si usted se casa con Faber... o con cual­quier otro, dentro de seis meses.

-Entonces no quiero ese dinero,

-Yo no decidiría tan precipitadamente, hija. Es mucho dinero. Y además... -Extendió su zarpa esquelética y aprisionó la mano de Chiara. Y además, supongo que no querrás equivocarte otra vez. Ya has sufrido bastante. No me gustaría verte herida otra vez. Tómate tiempo, hija. Diviér­tete. Aún eres joven. El mundo está lleno de hom­bres atrayentes. Goza un poco de la vida. No te ates antes de echar una mirada a lo que se ofrece en el mercado matrimonial. Y hay otra cosa... In­cluso si quisieras casarte con Faber, tal vez encontrarías ciertas dificultades.

-¿Qué clase de dificultades?

Chiara estaba asustada ahora, y sus interlocu­tores podían leer el miedo en sus ojos. Perosi apro­vechó hábilmente la ventaja:

-Ustedes son católicos, de manera que segu­ramente desean casarse por la Iglesia.

-Por supuesto, pero...

-En ese caso, ambos se encontrarían en segui­da en conflicto con la ley canónica. Si puedo de­cirlo francamente, ustedes han estado viviendo en pecado. Sería un problema delicado decir si, en los términos de la ley canónica, esta situación ha constituido «concubinato público y notorio». Mi opinión es afirmativa. En este caso se aplica un principio: que un culpable no puede gozar de los frutos de su culpa. En la ley canónica, esto se llama crimen, y es un impedimento que invalida el matrimonio. Sería necesario pedir una dispensa a la Iglesia. Y debo decirle que no hay seguridad alguna de que esa dispensa se otorgue.

La anciana princesa dio el toque final:

-Y tú no quieres ese tipo de complicaciones, ¿verdad? Mereces algo mejor. Lo que tú has pa­sado basta para toda una vida... Lo comprendes, ¿verdad?

Chiara lo comprendía con toda claridad. Vio que la habían atrapado, bloqueado, y que no la dejarían ir sin luchar. Y también comprendió algo más. Algo que la avergonzó y excitó al mismo tiempo. Que deseaba esta solución. Que deseaba librarse de un afecto que se había agriado. Que deseaba estar libre y enlazar sus manos y jugar a juegos de amor con el joven Pietro Antonelli, mientras la luna brillaba y las mandolinas toca­ban una música suave en alguna góndola del Gran Canal.

 

Al día siguiente de su encuentro con Theo Res­pighi, George Faber regresó a Nápoles. Su digni­dad había sufrido bastante en manos de un hom­bre con demasiado honor, y de otro con muy poco. Se sentía irritado y sórdido. Apenas podía soportar su imagen en el espejo al afeitarse. Aún aparecía allí el rostro de un gran corresponsal, pero tras ese rostro se ocultaba un hombre vacío que m siquiera tenía coraje suficiente para pecar con au­dacia.

Ansiaba, con desesperación, algo de tranquili­dad y el olvido en el amor. Trató de telefonear a Chiara en Venecia, pero nunca la encontró en casa, y como ella no lo llamó a su vez, se sintió invadido por una amarga cólera. Su imaginación se desbocó pintándole una Chiara despreocupada y coqueta, mientras él hacía por ella este viaje sombrío e inquietante hasta el vacío centro de su propio ser.

Aún tenía que entrevistar a una persona: Ali­cia de Nogara, escritora de Ischia. Pero debía re­cuperar su compostura antes de hablar con ella. Pasó un día en Nápoles buscando algún ejemplar de las obras de esa mujer, y, finalmente, halló un volumen breve y muy caro, La isla secreta. Se sentó en los jardines, tratando de leerlo, pero pronto abandonó su tentativa, desalentado por su prosa florida y sus recatadas insinuaciones de amor pervertido entre doncellas. Finalmente, lo dejó para obtener información que le permitiese entablar un diálogo, y luego lo regaló a un pillete andrajoso, que lo empeñaría por el valor de un bizcocho.

Regresó al hotel, y llamó a Ruth Lewin. Pero la sirvienta de Ruth le dijo que su señora estaba de vacaciones y no regresaría hasta dentro de varios días. George renunció a sus llamadas con disgus­to, y en súbita reacción decidió divertirse. Si Chia­ra podía jugar, también lo haría él. Partió hacia Capri en una escapada de soltero, para pasar allí tres días. Nadó durante el día, flirteó esporádicamente por las tardes, bebió mucho más de lo con­veniente y terminó con una noche fracasada en la cama de una viuda alemana. Más disgustado que nunca consigo mismo, a la mañana siguiente pre­paró sus maletas y se dirigió a Ischia.

La villa de Alicia de Nogara era una dispersa estructura seudomorisca situada en la ladera oriental de Epomeo, con una vista espectacular de sol y te­rrazas de viñedos y agua azul. Abrió la puerta una muchacha pálida y de busto plano, vestida con una blusa gitana y pantalones de seda, que condujo a George hasta el jardín en que la gran escritora trabajaba, en una glorieta de parras. La primera impresión que producía era de asombro. Estaba ataviada como una sibila, con ropas transparen­tes y flotantes, pero su rostro era el de una mu­chacha marchita, y sus ojos brillaban de humor. Escribía con una pluma de ganso en papel grue­so y caro. Al aproximarse George, la escritora se levantó y tendió su mano delgada y fría para que éste la besara.

Todo parecía tan estilizado, de carácter tan tea­tral, que George casi rió en voz alta. Pero cuando miró otra vez aquellos ojos luminosos e inteligen­tes, lo pensó mejor. Se presentó ceremoniosamen­te, se sentó en la silla que le ofrecían, y trató de ordenar sus pensamientos. La pálida muchacha revoloteaba, protectora, junto a su ama.

Faber dijo desmañadamente:

-He venido a verla por un asunto delicado. Alicia de Nogara hizo un ademán imperioso de despedida:

-Vete, Paula. Puedes traernos café dentro de media hora.

La muchacha pálida se alejó desconsolada, y la sibila comenzó a interrogar a su visitante:

-Usted está bastante preocupado, ¿verdad? Lo siento. Soy muy sensible a las emanaciones. Tran­quilícese ante todo. Mire la tierra y el mar. Míreme si lo desea. Soy muy serena, porque he aprendido a flotar en el aire con sus movimientos. Así debe­ríamos vivir, así deberíamos amar. Flotando en el aire, en la dirección que éste lleve. Usted ha es­tado enamorado, ¿no es así...? Muchas veces, diría. Y no siempre con felicidad.

-Estoy enamorado ahora -dijo George Fa­ber-. Y por eso vine a verla.

- ¡Qué extraño! Solamente ayer le decía yo a Paula que aunque mis libros no eran extensamente leídos, llegarían a los corazones comprensivos. Me parece que usted tiene un corazón comprensivo. ¿No es así?

-Así lo espero. Creo que usted conoce a un hombre llamado Corrado Calitri.

-¿Corrado? Sí, lo conozco mucho. Un muchacho muy inteligente. Algo pervertido, me temo, pero brillante. La gente dice que también yo soy una pervertida. Usted ha leído mis libros, supon­go. ¿Lo cree usted?

-Estoy seguro de que no lo es -dijo George Faber.

-Ya veo que usted tiene un corazón compren­sivo. La perversión es algo diferente. Perversión es destruir lo que se ama. Yo quiero protegerlo, ali­mentarlo. Por eso Corrado está condenado. Nun­ca podrá ser feliz. Se lo dije muchas veces... An­tes de su matrimonio, después de su separación.

-Precisamente de esto quería hablarle. Del ma­trimonio de Calitri.

-Por supuesto. Lo sabía. Me lo decían las ema­naciones. Usted está enamorado de la mujer de Corrado.

-¿Cómo lo supo?

-Soy mujer. Y no una mujer corriente. ¡Oh, no! Mujer sáfica, me llaman, pero prefiero decir que soy una mujer integral, una guardiana de los profundos misterios de nuestro sexo... De mane­ra que usted está enamorado de la mujer de Co­rrado.

-Quiero casarme con ella.

La sibila se inclinó hacia él, apoyando su pe­queño rostro en las manos y fijándolo con sus ojos azules y centelleantes.

-Matrimonio. No creo que deba permitirle que desperdicie su vida en un matrimonio, pero supon­go que tendrá que aprender por propia experien­cia... Muy bien, lo firmaré.

Cogió la pluma y firmó el documento con un floreo.

-Ya está. ¿Eso es todo?

-Creo que necesitamos un testigo.

- ¡Paula!

La muchacha pálida se aproximó velozmente. Puso su firma al pie del papel, y George Faber lo dobló y se lo puso en el bolsillo. Estaba hecho. Se había ensuciado para hacerlo, pero ya estaba hecho. Permitió que las mujeres le brindaran el ri­tual del café y una charla aburrida e interminable

Se esforzó por mostrarse amable. Rió con sus chanzas patéticas al despedirse, y se inclinó como un cortesano sobre la mano de la sibila.

Mientras el taxi avanzaba hacia el puerto aba­rrotado, mientras se apoyaba contra la barandilla del vapor lacustre que lo llevaba de regreso a Ná­poles, sentía arder y crujir el documento contra su pecho. La sombría farsa había concluido, y po­día comenzar otra vez a ser hombre.

Cuando regresó a Roma, encontró la carta de Chiara en que le comunicaba que su marido había decidido cooperar con su petición y que se había enamorado de otro hombre. Finita la commedia! Rompió el papel en mil fragmentos, y luego procedió a embriagarse, brutalmente, sistemáticamente.

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIASSECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...He tenido unas vacaciones maravillosas, las primeras en más de veinte años. Me siento descansado, renovado. Me sostiene una amistad que crece día a día en calor y profundidad. Nunca tuve hermanos, y mi única hermana murió en la infan­cia. De manera que el lazo fraternal que me une a Jean Télémond se me ha hecho muy preciso. Nuestras vidas están llenas de contrastes. Yo me hallo en la cúspide de la Iglesia; él permanece bajo la rígida férula de su Orden. Yo pasé dieci­siete años en prisión; él ha viajado veinte años por los rincones más apartados de la Tierra. Y, sin embargo, nos comprendemos perfectamente. Nues­tra comunión es rápida e intuitiva. Ambos esta­mos envueltos en esa esperanza resplandeciente de unidad y de crecimiento común hacia Dios, prin­cipio, centro y fin...

Mucho hemos hablado durante estos días de las simientes de verdad que yacen bajo los errores más diversos. Para el Islam, Dios es uno, y éste ya es un avance desde el paganismo hacia la idea de un Creador espiritual único. Es el comienzo de un universo centrado en Dios. El budismo ha degene­rado en una serie de fórmulas estériles, pero el có­digo budista, aunque establece pocas exigencias morales, conduce a la cooperación, a la no vio­lencia, a un diálogo cortés entre mucha gente. El comunismo ha suprimido el Dios personal, pero en su tesis está implícita la idea de la fraternidad de los hombres...

Mi predecesor inmediato alentó el desarrollo del espíritu ecuménico en la Cristiandad, la explo­ración y la confirmación de bases comunes, de creencias y acción. Jean Télémond y yo hemos conversado mucho acerca de la posibilidad de que la idea cristiana comience a penetrar las grandes re­ligiones no cristianas. Si podremos, por ejemplo, penetrar en el Islam, que se está expandiendo tan rápidamente a través de las naciones nuevas de África y a través de Indonesia. Un sueño, tal vez, pero quizá también una oportunidad para otro ex­perimento audaz como el de los Padres Blancos.

¡El gesto sublime! ¡El acto que cambia el cur­so de la Historia! Me pregunto si tendré oportu­nidad de ejecutarlo... El gesto de Gregorio el Grande, o de Pío V. ¿Quién sabe? Es un problema de circunstancia histórica y la disposición de un hombre para cooperar con Dios y en el momento...

Desde la visita de George Wilhelm Forster he tratado de pensar con las mentes de Kamenev y del Presidente de los Estados Unidos. Creo que es cierto que los hombres que llegan al poder tienen ciertas actitudes comunes. No siempre son las ac­titudes acertadas, pero por lo menos proporcionan una base de entendimiento. El hombre en el poder comienza a ver con mayor alcance. Si no está co­rrompido, sus pasiones tienden a disminuir con los años y la responsabilidad. Busca, ya que no la permanencia, por lo menos un desarrollo pacífico del sistema que ha ayudado a crear. Por una parte, es vulnerable a las tentaciones del orgullo. Por otra, no puede menos de sentirse humilde ante la magnitud y la complejidad del problema humano.. Comprende el sentido de lo contingente y la mu­tua dependencia...

Creo que es una ventaja que el Papado haya perdido lentamente su poder temporal. Da a la Iglesia la oportunidad de hablar más libremente y despertando menos sospechas de interés material que en otra época. Debo continuar construyendo su autoridad moral, que tiene cierta analogía con la influencia política de naciones pequeñas como Suecia y Suiza, e incluso Israel.

He dado instrucciones a la Secretaría de Estado para que aliente las visitas al Vaticano de representantes de todas las naciones y todos los cre­dos. Son valiosas como útil cortesía diplomática, y pueden llegar a convertirse en el comienzo de una amistad fructífera y comprensiva...

Esta semana almorzó conmigo el cardenal Ri­naldi. Me gusta este hombre. Hablé con él de la posible reforma de la Sagrada Rota y me propor­cionó datos valiosos sobre sus métodos y persona­lidades. Con sus modales siempre suaves, me hizo también un reproche. Me dijo que el cardenal Leo­ne sentía que yo no confiaba suficientemente en él. Me señaló que a pesar de su vigor, Leone era un anciano que había merecido bien de la Iglesia, y que tal vez yo debiese concederle alguna mues­tra de simpatía y reconocimiento. Me cuesta sim­patizar con Leone; es tan terriblemente romano... Pero estoy de acuerdo con Rinaldi. He escrito a Leone una carta amable, agradeciéndole su labor y pidiéndole que me visite a mi regreso a Roma. También le he pedido su consejo privado respecto al nombramiento de un nuevo cardenal para rem­plazar al inglés Brandon, que murió hace dos días. Brandon fue uno de los que votaron contra mí en el conclave, y nuestras relaciones fueron siempre distantes y formales. Pero era un hombre apostó­lico, y siempre es lamentable la desaparición de un trabajador de la viña. Ayer dije una misa espe­cial por el descanso de su alma.

Las noticias de Polonia y Hungría son malas. Las nuevas leyes impositivas han hecho cerrar sus puertas a varias escuelas y seminarios. Potocki está enfermo en Varsovia. Me informan de que se restablecerá. Pero su mal es grave, y tendré que pensar en algún hombre que pueda ayudarle y hacerse cargo más tarde de sus funciones como pri­mado de Polonia. Potocki es un hombre de visión política y profunda vida espiritual. No será fácil encontrarle un sustituto...

El primer volumen de Jean Télémond, El pro­greso del hombre, está preparado para la publica­ción. Constituye la parte crucial de su obra, sobre la cual descansa todo el resto. Jean está impacien­te por someterla cuanto antes al Santo Oficio. Y por él, yo también estoy ansioso. He pedido al cardenal Leone que nombre a los encargados de examinar el libro, y que me informen con la mayor rapidez posible. Sugerí que aquéllos no fuesen los mismos que hicieron el primer examen. Tendremos entonces dos grupos de opiniones y no habrá resa­bios de una obra anterior muchísimo menos com­pleta. Me alegra poder decir que Jean está tran­quilo. Parece sentirse bien, aunque noto que se fatiga fácilmente y que a menudo le falta el aliento después de algún pequeño esfuerzo. Le he ordenado que se someta a un reconocimiento por el mé­dico del Vaticano en cuanto regresemos a Roma...

Deseo mantenerlo a mi lado, pero Jean teme hacerme un flaco servicio. La jerarquía y la Curia recelan y temen a una eminencia gris en el Vati­cano. El cardenal Rinaldi repitió su invitación para que Jean trabajase en su villa. La idea agrada a Jean, de manera que seguramente tendré que de­jarlo partir. Por lo menos, no nos hallaremos a gran distancia, y tendré el placer de su compañía en la cena de los domingos. Ahora que lo he en­contrado, detesto la idea de dejarlo ir...

¡Aprendí tanto a su lado durante nuestros via­jes por la campiña italiana...! Lo que más me impresionó fue el contraste entre la riqueza atrin­cherada y la abrumadora pobreza en la cual vive aún tanta gente. Éste es el motivo de la fuerza y la atracción del comunismo en Italia. Se necesitará mucho tiempo, más del que se me concederá, para equilibrar la balanza. Sin embargo, he pensado en un gesto que puede convertirse en un símbolo de lo que se necesita.

La Congregación de Ritos me ha informado de que están a punto de proceder a la beatificación de dos nuevos siervos de Dios. Es un proceso largo y costoso, y las ceremonias que le ponen fin son también muy caras. Me dicen que el costo total será de cincuenta mil dólares americanos. Tal vez se me acuse de disminuir el esplendor de la vida litúrgica de la Iglesia, pero he decidido reducir la ceremonia a una sencilla fórmula y dedicar los fon­dos disponibles al establecimiento de obras de ca­ridad. Me preocuparé de que se dé amplia publi­cidad a mis razones, para que la gente comprenda que el servicio de los siervos de Dios es más im­portante que su glorificación.

Curiosamente, en este momento me viene a la memoria la mujer Ruth Lewin, y la obra que lleva a cabo ella, y otros como ella, sin aliento y sin ayuda espiritual aparente, en diversos lugares del mundo. Recuerdo también las palabras del Maes­tro: incluso un vaso de agua dado en su nombre es un obsequio que a Él se le hace. Mil velas en San Pedro nada significan junto a un hombre po­bre que da gracias a Dios porque siente agradeci­miento hacia uno de sus semejantes...

Adondequiera que me vuelvo, me encuentro atraído irresistiblemente hacia el pensamiento pri­mitivo de la Iglesia, .y no puedo creer que se me esté conduciendo hacia el error. No poseo una ins­piración privada. Estoy en la Iglesia, a ella perte­nezco, y si mi corazón late al unísono con el pulso de la Iglesia, no puedo estar muy equivocado... «Júzgame, oh, Dios, y distingue mi causa de aque­lla de los indignos.»

 

El verano declinaba. Los primeros colores del otoño aparecían sobre la Tierra. Había un escozor en el aire, y pronto los vientos fríos comenzarían a soplar desde las estepas, descendiendo por las montañas alpinas. Pero las multitudes endomingadas de la Villa Borghese cortejaban aún la tibieza del sol y desfilaban alegremente entre los vendedo­res de dulces y los mercaderes de novedades, mien­tras sus hijos observaban boquiabiertos las correrías de Polichinela.

Ruth Lewin estaba entre ellos, niñera de una criatura afecta de espasmos, que balanceaba la ca­beza y babeaba, y a quien Ruth había traído desde su sórdida vivienda para que respirase el aire puro. Estaban sentados en un banco, mirando a un vio­linista y su mono bailarín, mientras el niño se ati­borraba de caramelos y balanceaba su cabeza gro­tesca, en feliz ignorancia de su infortunio.

A pesar del patetismo de su misión, Ruth Lewin se sentía tranquila y contenta. Su mal había desa­parecido. Había regresado descansada de las vaca­ciones. Finalmente, había echado pie a tierra. Después de años de confusión, su mente estaba des­pejada. Ruth sabía lo que era y lo que tenía de­recho a ser. No era una conversión, sino una llegada. Si no se sentía realizada, por lo menos ya no huía. Si no se sentía colmada, por lo menos podía aguardar algo mejor.

Era judía. Había heredado una raza y una his­toria. Estaba dispuesta a aceptarlas, no como una carga, sino como un enriquecimiento. Comprendía ahora que jamás las había rechazado verdaderamente, sino que se había visto forzada a la fuga por las circunstancias de su niñez. La fuga no era una culpa, sino una cuita, y había sobrevivido a ella, como sus antepasados habían sobrevivido a los cautiverios, a las dispersiones y al baldón de los ghettos europeos. Por el simple hecho de su supervivencia, por el acto semiconsciente de aceptación, había conquistado el derecho a ser lo que quería ser, a creer lo que necesitaba creer para desarro­llarse en la forma que su naturaleza dictaba.

Comprendía también otra cosa: que la alegría es un don que se acepta con agradecimiento y sin intentar pagarlo, así como no se intenta pagar la luz del sol ni el canto de los pajarillos. Se tienden las manos agradecidas para recibir ese don, y lue­go se alza el don para compartirlo. Pago es una palabra demasiado burda para designar un desem­bolso así. Las flores crecen de los ojos de los muer­tos, pero no llevamos un cadáver sobre los hom­bros el resto de nuestras vidas por el hecho de co­ger esas flores. Nacen niños lisiados y deformes, pero negarles la belleza y el amor como penitencia personal es una paradoja monstruosa. La duda pesa sobre todos los espíritus que buscan, pero cuando la duda se resuelve, no hay que aferrarse a ella en una orgía de auto-tormento.

Ruth ya no tenía dudas. Había penetrado en la Fe cristiana de su infancia. La había convertido en un refugio, y luego se había alejado de ella en medio del terror y la confusión. Ahora ya no era un refugio, sino un ambiente en el cual quería vi­vir y crecer. Como el sol, como el canto de los pá­jaros y las flores, era gratuito. No tenía derecho alguno a él, pero tampoco tenía razones para rehusarlo. Todos tienen derecho a dormir en su pro­pia almohada, dura, blanda o áspera, porque sin sueño no hay vida; y la muerte no paga las deu­das: sólo las liquida.

Así, simplemente, aquella mañana de domingo regresó Ruth al hogar.

Para el viajero que se mece en un océano azo­tado por los vientos, el regreso a casa adquiere ca­racteres dramáticos, es un momento de revelación y de conquista. Pero cuando ese momento llega, generalmente es un acontecimiento vulgar. No hay banderas ni trompetas. Se llega, se camina por una calle muy conocida, se ven rostros conocidos en los umbrales, y se siente que tal vez el desfile de los acontecimientos, el paso del tiempo, eran sólo una ilusión.

El niño, con dedos pringosos, tiró del brazo de Ruth pidiendo que lo llevase al retrete. Ruth rió la ironía en voz alta. Ésta era finalmente la forma real de la vida: una sucesión de cosas sencillas: narices moqueantes y ropas sucias, huevos con to­cino para el desayuno, algunas lágrimas, y, cernién­dose sobre todo esto, la majestad de la mera exis­tencia. Condujo al niño de la mano y lo llevó a través del césped, entre risas y tropezones, para desabrocharle los pantalones...

Cuando llegó a casa, había oscuridad, y el oto­ño helado se enseñoreaba de la ciudad. Se bañó, se cambió de ropas, preparó su cena, porque la sirvienta había salido, colocó un grupo de discos en el tocadiscos y se instaló para una agradable cena hogareña.

No hacía tanto tiempo que la perspectiva de una noche solitaria la hubiera llevado a la desespera­ción. Ahora, en paz consigo misma, se alegraba. No se bastaba a sí misma, pero la vida, con sus peque­ños servicios y sus ásperos encuentros ocasionales, podría bastarle ahora. Ya no era una extraña. Tenía su propio dominio al donar, y tarde o tem­prano podría llegar también la época de recibir. Podía comulgar consigo misma, porque se había descubierto. Era una, era real. Era Ruth Lewin, viuda, judía de nacimiento, cristiana por adopción. Tenía edad suficiente para comprender, y aún tenía juventud suficiente para amar, si el amor lle­gaba. Para un día, para una mujer nueva, era su­ficiente.

Entonces sonó el timbre, y cuando abrió la puerta vio a George Faber, ebrio y mascullante, que permanecía en lo alto de la escalera. Su cami­sa estaba arrugada, sus ropas sucias, su cabello en desorden, y no se había afeitado desde hacía va­rios días.

Ruth tardó casi una hora en volverlo a la so­briedad con café muy fuerte, y en entender su his­toria. Desde que Chiara lo abandonó, estuvo be­biendo continuamente. No había trabajado. Su oficina funcionaba gracias a la bondad de sus co­legas, que enviaban artículos, respondían sus ca­blegramas y ocultaban su situación a Nueva York.

Para un hombre tan fino y puntilloso, era una caída lamentable. Para alguien tan prominente en Roma, pronto la tragedia podría resultar irreme­diable. Pero George Faber no parecía capaz de ayu­darse. Se despreciaba intensamente. Barbotó la historia de su virilidad ofendida. Se abandonó a lágrimas de autocompasión. La ambición lo había abandonado, y parecía haber perdido todo asidero para recuperar su dignidad.

Se sometió como un niño cuando Ruth le or­denó darse un baño y lo acomodó luego en su pro­pia cama para que durmiese los efectos de la be­bida. Mientras George dormía, agitado y murmu­rando, Ruth vació sus bolsillos, hizo un paquete con sus ropas manchadas y luego se dirigió al apar­tamento de George en busca de otro traje, ropa limpia y una navaja de afeitar. George dormía aún cuando la joven regresó, y Ruth se instaló para otra vigilia, examinando críticamente su propio pa­pel en el drama de George Faber.

En aquel momento era muy fácil presentarse como Nuestra Señora del Socorro, con los ungüen­tos y la tela adhesiva para curar su orgullo herido. Sería peligrosamente fácil envolver su amor como una caja de caramelos y ofrecérselo para una dis­tracción ante el amor perdido. Por su propio bien, y por el de George, no debía hacerlo. El amor era una respuesta mínima cuando los pilares de la dignidad de un hombre vacilaban y el techo se de­rrumbaba sobre su cabeza. Tarde o temprano ten­dría que salir de los escombros sobre sus propios pies, y la mejor prescripción del amor era dejar que lo hiciera.

Cuando George bajó a desayunar, demacrado pero presentable, Ruth se lo dijo rudamente.

-Esto tiene que terminar, George, ¡y en segui­da! Te has puesto en ridículo por una mujer. No eres el primero, ni serás el último. Pero no puedes destruirte por Chiara ni por nadie.

- ¡Destruirme! -Inició un ademán de derro­ta-. ¿No comprendes? Eso es lo que he descu­bierto. No hay nada que destruir. No hay yo. Sólo un manojo de buenos modales y de hábitos perio­dísticos... Chiara supo verlo. Por eso se fue.

-En mi opinión, Chiara es una zorra egoísta. Has tenido suerte al librarte de ella.

George se obstinaba en compadecerse. Sacudió la cabeza.

-Campeggio tenía razón. Soy demasiado blan­do. Un golpe, y me deshago.

-Hay un momento en el cual todos nos deshacemos, George. La verdadera prueba llega cuando debemos rehacernos.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Que me sacuda el polvo, me ponga una flor en el ojal y vuelva a mis actividades como si nada hubiese sucedido?

-¡Precisamente, George!

- ¡Sensiblería! -Le lanzó la palabra con furio­so sarcasmo-. ¡Sensiblería yiddish judaica! ¡Sa­lida directamente de Brooklyn y de Mar jorie Mor­ningstar! Roma se está riendo a carcajadas de Chiara y de mí. ¡Si crees que puedo incorporarme y dejar que me lancen cocos para divertirse...!

-Creo que debes hacerlo.

-No lo haré.

- ¡Muy bien! ¿Cuál es la alternativa? ¿Embria­garte todos los días con el dinero que tus amigos ganan para ti?

-¿Por qué diablos debe importarte lo que haga?

Ruth estuvo a punto de decir «Te quiero», pero se dominó y le dio una respuesta brutal:

-¡No me importa, George! ¡Tú viniste a mi. ¡No fui yo quien fue a ti! ¡Te he aseado y te he hecho parecer hombre otra vez! Pero si no quie­res ser hombre, es asunto tuyo.

-¡Pero si no soy hombre, querida! Chiara me lo demostró. Dos semanas de ausencia, y comenzó a besarse en el Lido con otro. Lo arriesgué todo por ella, y me puso los cuernos. ¿Soy un hombre, entonces?

-¿Serías más hombre por beber como un cerdo?

Lo había silenciado finalmente, y ahora co­menzó a razonar con él.

-Escucha, George, la vida de un hombre es asunto suyo. Me gustaría convertirte en asunto mío, pero no lo haré hasta que me digas con cla­ridad, cuando estés sobrio, que lo deseas. No voy a compadecerte, porque no puedo arriesgarme a hacerlo. Te pusiste en ridículo. ¡Admítelo! Por lo menos podrás soportarlo con más dignidad que los cuernos. ¿Crees que no me he sentido como te sientes ahora? Me he sentido así, y por mucho más tiempo. Finalmente maduré. Ahora soy una mujer madura, George. Un poco tarde, pero lo soy. Y tú tienes que madurar.

-¡Me siento tan endiabladamente solo...! -dijo George patéticamente.

-También yo. Y yo también recorrí los bares, George. Si no hubiese tenido el estómago tan sen­sible, ahora sería una ebria perdida. No es ésa la respuesta, George, créeme.

-¿Cuál es la respuesta?

-Una camisa limpia y una flor en el ojal.

-¿Y nada más?

- ¡Oh, sí! Pero eso vendrá después. Inténtalo, por favor.

-¿Me ayudarás?

-¿Cómo?

-No lo sé con certeza. Tal vez... -y por pri­mera vez sonrió tristemente-, tal vez dejándome lucirte en el ojal.

-Si es por amor propio, George, sí.

-¿Qué quieres decir?

-Sabes que también soy algo romana. Pierdes una mujer, debes encontrar otra. Es la única forma de librarse de los cuernos.

-No quise decir eso.

-Lo sé, querido; pero yo sí quiero decirlo. En cuanto puedas decirme que estoy tratando de pro­tegerte materialmente, o de convertirme en una segunda Chiara, dejaré de serte útil. De manera que conviérteme en flor para el ojal. Lúceme para demostrar a la ciudad que George Faber vuelve a la lucha. ¿Trato hecho?

-Trato hecho... Gracias, Ruth.

-Prego, signore. -Le sirvió otra taza de café y le preguntó suavemente-: ¿Qué otra cosa te preocupa, George?

Faber vaciló un instante y luego se lo dijo. -Tengo miedo de Calitri.

-¿Crees que sabe lo que hiciste?

-Creo que podría llegar a saberlo. El hombre que entrevisté en Positano me amenazó con decír­selo. Si pudiera conseguir dinero haciéndolo, ya se lo hubiera contado.

-Pero no has tenido noticias de Calitri.

-No. Pero podría estar haciendo tiempo.

-¿Para qué?

-Para vengarse.

-¿En qué forma?

-No lo sé. Pero estoy en una posición delica­da. Cometí una acción criminal. Calitri podría lle­varme a los tribunales si quisiera.

Ruth respondió resueltamente.

-Si sucede, también sabrás sobrellevarlo, Geor­ge.

-No me quedará otro remedio... Entretanto, creo que debería decírselo a Campeggio.

-¿Está comprometido en esto?

-Abiertamente, no; pero me prestó el dinero. No oculta su enemistad hacia Calitri... Y Calitri podría adivinar fácilmente nuestra conexión. Como servidor del Vaticano, Campeggio es aún más vul­nerable que yo.

-Entonces debes decírselo... Pero, George...

-¿Sí?

- ¡Pase lo que pase, recuerda la camisa lim­pia y la flor en el ojal!

George la miró largamente, interrogativamente, y luego dijo con dulzura:

-Te importa, ¿no es así?

-Mucho.

-¿Por qué?

-Pregúntame dentro de un mes y te lo diré... Ahora vete a tu oficina y comienza a trabajar... Déjame tu llave y te asearé el apartamento. Parece una cochiquera.

Cuando se separaron, George la besó en la meji­lla, y Ruth le miró mientras caminaba calle abajo hacia su primer encuentro con la realidad. Era demasiado pronto para saber si recuperaría su dignidad íntima, pero Ruth sabía que ella había mantenido la suya, y este conocimiento era fuen­te de fortaleza. Subió, se puso un vestido nuevo, y media hora más tarde estaba arrodillada en el con­fesionario del ábside de la basílica de San Pedro.

-Nos ha derrotado -dijo Campeggio-. En nuestro propio juego, y obteniendo beneficios.

-Aún no comprendo por qué lo hizo -dijo George Faber.

Estaban sentados en el mismo restaurante donde habían tramado la conspiración. Campeggio di­bujaba el mismo diseño sobre el mantel, y George Faber, severo y perplejo, trataba de ordenar el rompecabezas.

Campeggio interrumpió sus trazos y alzó la vista. Dijo, con voz sin inflexiones:

-Supe que había estado fuera de la circula­ción.

-Anduve de parranda.

-Entonces se ha perdido el comienzo de una buena historia. Están aderezando a Calitri para que dirija el país después de las próximas eleccio­nes. La princesa María Poliziano dirige la campaña entre bastidores.

- ¡Dios mío! -exclamó George Faber-. ¡Eso era! ¡Tan simple!

-Simple y complicado. Calitri necesita las sim­patías de la Iglesia. Se ha dado discreta publicidad a su retorno al confesionario. El paso siguiente, por supuesto, es la regularización de su matrimonio.

-¿Y usted cree que lo logrará?

-Ciertamente. La Rota, como cualquier otro tribunal, sólo puede basarse en las pruebas que se le presenten. No puede juzgar el foro interno de la conciencia.

- ¡Astuto el bastardo! -dijo George Faber apa­sionadamente.

-Como usted dice, astuto el bastardo. También se ha mostrado astuto conmigo. Ha ascendido a mi hijo. Y éste cree que el sol, la luna y las estrellas brillan desde el trasero de Calitri.

-Lo siento.

Campeggio se encogió de hombros.

-Usted tiene sus problemas.

-Sobreviviré. ¡Así lo espero! Estoy aguardando que Calitri actúe contra mí en cualquier mo­mento. Me gustaría imaginar lo que puede hacer.

-Si imaginamos lo peor -dijo Campeggio, pen­sativo-, podría hacerlo juzgar, presentando una acusación criminal, y expulsarlo luego del país. Personalmente, no creo que lo haga. Puede perder mucho en un escándalo público sobre su causa ma­trimonial. Si imaginamos lo mejor, que tampoco resulta tentador, podría hacerle la situación tan di­fícil, que usted tendría que irse de todas maneras. Es imposible actuar como corresponsal si no se está en relaciones normales con los hombres que originan las noticias. Y también podría molestarlo con una infinidad de detalles legales.

-Es lo que he pensado. Pero hay una posibili­dad de que Calitri no sepa nada de mis activida­des. Nuestro borrachín de Positano puede haber estado fanfarroneando.

-Es verdad. Pero no podrá usted saberlo hasta que el caso haya salido de manos de la Sagrada Rota. Aunque Calitri lo sepa, no hará nada hasta que la causa concluya.

-De manera que no me queda más que es­perar.

-¿Puedo hacerle una pregunta, Faber?

-Por supuesto.

-¿Ha mencionado usted nuestra conexión a al­guien?

-Pues, sí. A Chiara y a otra amiga. ¿Por qué me lo pregunta?

-Porque, en ese caso, creo que no puedo espe­rar. Tengo que hacer algo.

-¿Qué, por Dios?

-Tengo que renunciar al Osservatore. Ya le dije que yo era hombre de confianza en el Vati­cano. No podría comprometerme ni comprometer a quienes en mí confían continuando mi labor bajo una amenaza constante de verme descubierto.

-Pero es posible que nadie lo descubra.

Campeggio sonrió, y sacudió la cabeza.

-Incluso así, no puedo reconciliarme con una conciencia inquieta. Ya no soy un hombre de confianza, porque ya no puedo confiar en mí mismo. El único problema es cómo hacerlo... ¿Con una declaración completa al Pontífice o pretextando vejez v enfermedad?

-Si usted hace una declaración -dijo George Faber-, me arruina más rápidamente de lo que puede hacerlo Calitri. Debo moverme en el Vati­cano tanto como en el Quirinal.

-Lo sé. Tiene suficientes problemas sin mí. De manera que esto es lo que me propongo hacer. Es­peraré a que la Rota entregue su decisión en el caso Calitri. Si Calitri no actúa contra usted, iré al Padre Santo y le ofreceré mi renuncia, dicién­dole simplemente que lo hago por consejo médico. Por el contrario, si Calitri lo ataca, entonces expli­caré todo lo sucedido. Así, tal vez ambos podamos salvar algo del desastre. -Guardó silencio un mo­mento, y luego añadió en tono más cordial-: Lo siento, Faber. Más de lo que puedo expresar. Usted perdió a su Chiara; yo perdí a mi hijo. Y ambos hemos perdido algo más importante.

-Lo sé -dijo Faber melancólicamente-. Yo debería hacer lo mismo que usted. Preparar calla­damente mis maletas y marcharme a casa. Pero he vivido aquí durante quince años. Me subleva la idea de verme trasplantado por un hijo de perra como Calitri.

Campeggio agitó una mano y citó suavemente:-Che 1'uomo il suo destino fugge di raro...¡Raramente el hombre escapa a su destino! Y usted y yo nacimos para un destino inquieto. No lu­che demasiado contra él. Siempre debemos conser­var algo de dignidad para la salida.

 

En su oficina del Borgo Santo Spirito número cinco, Rudolf Semmering, padre general de los je­suitas, hablaba con su subordinado Jean Télémond. En sus manos había cartas que contenían los informes de los médicos del Vaticano. Las tendió a Télémond.

-¿Sabe usted lo que dicen, padre?

-Sí.

-Sus cardiografías muestran que usted sufrió ya uno o, posiblemente, dos ataques cardíacos.

-Así es. Tuve un ataque leve en la India hace dos años, y otro mientras estaba en las Célebes en enero pasado. Me han dicho que puedo sufrir otro en cualquier momento.

-¿Por qué no escribió para decirme que había estado tan enfermo?

-No parecía valer la pena. No se podía hacer nada.

-Le hubiésemos destinado a una vida más fá­cil.

-Me sentía feliz con mi trabajo. Deseaba con­tinuar en él.

El padre general frunció el ceño y dijo con fir­meza:

-Era un asunto de regla y obediencia, padre. Debería habérmelo dicho.

-Lo siento. No lo consideré desde ese punto de vista. Debería haberlo hecho.

Las facciones severas del padre general se dis­tendieron, y continuó con mayor suavidad:

-¿Sabe lo que esto significa, padre? Que está usted a las puertas de la muerte. Dios puede lla­marlo sin aviso en cualquier momento.

-Lo he sabido durante meses.

-¿Está preparado para ese momento?

Jean Télémond nada dijo, y el padre general continuó sosegadamente:

-Usted comprende, padre, que éste es el senti­do esencial de mi ministerio: el cuidado de las almas que me han confiado la Compañía y la Igle­sia. Con razón o sin ella, he echado cargas sobre sus hombros. Ahora quiero ayudarlo cuanto pueda.

-Le estoy muy agradecido, padre -dijo Jean Télémond-. No sé con certeza cómo responder a su pregunta. ¿Está el hombre alguna vez verdade­ramente preparado para la muerte? Lo dudo. Lo más que puedo decir es esto: He tratado de vivir una vida lógica como hombre y como sacerdote. He tratado de desarrollar mis habilidades para ha­cerlas útiles al mundo y a Dios. He tratado de ser un buen ministro de la Palabra y de la gracia de los Sacramentos. No lo he logrado siempre, pero creo que mis fracasos han sido honorables. No temo partir... No creo que Dios quiera que alguno de nosotros quede fuera de sus manos.

El rostro arrugado de Semmering se contrajo en una sonrisa de sincero afecto.

-Bien. Me alegro mucho por usted, padre... Espero que podamos tenerlo aún mucho tiempo con nosotros. Quiero decir que me impresionó profun­damente su alocución en la Gregoriana. No sé si concuerdo con todas sus opiniones. Hubo ciertas proposiciones que me inquietaron, y que aún me inquietan. Pero de usted sí estoy seguro. Dígame otra cosa. ¿Hasta qué punto sostiene usted lo que expuso entonces, y en sus otras obras?

Télémond consideró la pregunta cuidadosamen­te, y luego respondió:

-Desde un punto de vista científico, padre, lo explicaría así. Los experimentos y los descubri­mientos llevan, por cierta línea, hasta cierto punto de llegada... Hasta ese punto está uno científicamente seguro, porque los descubrimientos han sido documentados, y la lógica se ha probado mediante los experimentos... Más allá del punto de llegada, la línea se proyecta infinitamente lejos. Y uno la sigue por hipótesis y por etapas especulativas... Se presume que la lógica continuará demostrándo­se eficaz, como lo hizo antes... No se puede estar totalmente seguro, por supuesto, hasta que la ló­gica de la especulación se ha comparado con la lógica del descubrimiento... Así, y siempre desde el punto de vista científico, hay que mantener lamente abierta. Creo que lo he hecho... Como filó­sofo, tal vez estoy menos preparado, pero creo que el conocimiento no puede contradecirse a sí mis­mo. Se desarrolla en planos sucesivos, de manera que lo que vemos primero como símbolo puede agrandarse en otro plano hasta una realidad que resulta diferente para nuestros ojos mal habitua­dos. También trata uno de mantener la mente abierta a nuevas modalidades de pensamiento y de conocimiento... Se comprende que el lenguaje es, en el mejor de los casos, un instrumento limitado para expresar nuestros conceptos en expansión. Como teólogo, creo en la validez de la razón como instrumento para adquirir un conocimiento limi­tado del Creador. También creo, por un acto de Fe, en la validez de la revelación divina, expresada en el depósito de Fe... De una cosa estoy seguro, como lo estoy de mi propia existencia: de que no hay conflicto posible de conocimiento en ningún plano, una vez que el conocimiento se aprehende totalmente... Recuerdo el antiguo proverbio espa­ñol: «Dios escribe recto con líneas torcidas», pero el factor final es una flecha que lleva directamente al Todopoderoso. Ésta es la razón por la cual he tratado de vivir en forma completa, en y con el mundo, y no separado de él. El acto redentor es estéril sin la cooperación del hombre... Pero el hombre, tal como es, en el mundo que habita... -Se interrumpió con un encogimiento de hombros deprecativo-. Disculpe, padre. No pretendí darle una conferencia.

-Fue una buena conferencia, padre -dijo Ru­dolf Semmering-. Pero quiero que agregue algo a ella. Por su voto, usted es un hijo de la obediencia, de una obediencia en actos formales, de voluntad sumisa y humilde intelecto. ¿Ha conformado, los términos de su voto con los términos de su búsque­da personal?

-No lo sé -dijo Télémond lentamente-. No sé si podré saberlo hasta que se me someta a la prueba final. El cardenal Rinaldi lo expresó claramente cuando dijo que ésta era una cruz que yo nací para llevar. Admito que a menudo su peso me oprime. Pero sí, estoy seguro de que no puede haber conflicto entre lo que busco y lo que creo. Desearía poder expresarlo con mayor claridad.

-¿Hay algo en lo que pueda ayudarle yo aho­ra, padre?

Télémond sacudió la cabeza.

-Me parece que no. Si lo hubiese, créame que se lo pediría. En este momento creo que temo más a este dilema que a la muerte.

-¿No cree haber sido temerario?

-No, no lo creo. He tenido que arriesgar mu­cho, porque toda exploración es un riesgo. Pero, ¿temerario? No. Frente al misterio de un universo ordenado, sólo se puede ser humilde. Frente a la muerte, como lo estoy yo, sólo se puede ser verí­dico... -Un nuevo pensamiento pareció asaltarlo. Se detuvo un instante para sopesarlo, y luego dijo francamente-: Pero hay un problema en nuestras relaciones con la Iglesia; no con la Fe, comprenda, sino con el cuerpo humano de la Iglesia. El pro­blema es éste. Hay algunos creyentes que son tan ignorantes del mundo real como ciertos incrédulos lo son del mundo de la Fe. «Dios es grande y terri­ble», dicen. Pero el mundo también es grande y terrible, y somos herejes si lo ignoramos o lo nega­mos. Somos como los antiguos maniqueos que afir­maban que la materia es mala, y la carne, corrom­pida. Esto no es verdad. No es el mundo lo co­rrompido, ni la carne. Es la voluntad del hombre, desgarrada entre Dios y el Yo. Éste es el sentido de la Caída.

-Una de las cosas que me inquietaron en su alocución fue que usted no mencionó la Caída. Sé que eso preocupará al Santo Oficio.

-No la mencioné -dijo Jean Télémond vigo­rosamente- porque no creo que tenga un lugar en el orden fenomenológico, sino sólo en el orden es­piritual y moral.

-El Santo Oficio dirá que usted confundió ambos -insistió Rudolf Semmering.

-Jamás ha habido esa confusión en mi mente. Puede haberlo en mis expresiones.

-Lo juzgarán según sus expresiones.

-En ese terreno, estoy sometido a juicio. -Será juzgado, y muy pronto. Espero que encuentre paciencia para soportar el veredicto.

-Yo también lo espero -dijo Jean Télémond fervientemente-. A veces me siento tan fatigado...

-No tengo miedo por usted -dijo Rudolf Sem­mering, con una sonrisa-. Y Su Santidad habla con mucha cordialidad de usted, y quiere que per­manezca en el Vaticano, como usted sabe.

-Lo sé. Me gustaría estar con él. Es un gran hombre, y un hombre afectuoso, pero hasta pasar esta prueba no quiero comprometerlo de ningún modo. El cardenal Rinaldi me ha invitado a tra­bajar en su villa mientras el Santo Oficio examina mi obra. ¿Tengo autorización para ello?

-Por supuesto. Quiero que se sienta lo más li­bre y cómodo que sea posible. Creo que lo merece.

Los ojos de Jean Télémond estaban nublados. Se oprimió las manos para evitar que temblaran.

-Le estoy muy agradecido, padre, a usted y a la Compañía.

-Y nosotros le estamos agradecidos a usted. -Semmering se puso en pie, rodeó su mesa de trabajo y puso una mano amistosa sobre el hom­bro de su subordinado-. Extraña fraternidad esta de la Fe y de la Compañía. Somos muchas mentes y muchos caracteres. Pero caminamos por una sen­da común, y necesitamos también una común ca­ridad.

Jean Télémond pareció retirarse de pronto a un mundo privado. Dijo abstraídamente:

-Vivimos en un mundo nuevo. Pero no lo sa­bemos. En la masa humana están fermentando ideas profundas. Con toda su fragilidad, el hombre está sometido a monstruosas tensiones políticas, económicas y mecánicas. He visto máquinas que hacen cálculos incomprensibles para la mente de Einstein... Hay quienes temen que estamos esta­llando en un nuevo caos. No me atrevo a conside­rarlo. No lo creo. Creo, sé, que esto es sólo una época de preparación para algo infinitamente ma­ravilloso en el designio de Dios para sus criaturas. Deseo ardientemente, deseo intensamente poder hallarme aquí para verlo.

-¿Por qué esperar? -dijo Rudolf Semmering con desusada suavidad-Cuando parta, irá hacia Dios. En Él y a través de Él verá la realización. Espere en paz, padre.

-¿El juicio? -preguntó Jean Télémond con torcida sonrisa.

-A Dios -dijo Semmering-. Estará en Sus manos.

 

Inmediatamente después de su regreso de Cas­telgandolfo, Cirilo el Pontífice se vio constreñido por la presión de nuevos y diversos asuntos.

El Instituto de Obras de Religión había prepa­rado su informe anual de los recursos financieros del Papado. Era un documento largo y complejo, y Cirilo tuvo que estudiarlo con cuidado y concen­tración. Sus reacciones fueron mixtas. Por una parte, tenía que elogiar el trabajo y la inteligencia de aquellos que habían convertido el Estado Papal y el Banco del Vaticano en instituciones estables y solventes, cuyas operaciones se extendían por el mundo entero. Ésta era la naturaleza de su admi­ración. Cinco cardenales y un personal financiero en extremo competentes administraban los bienes temporales de la Iglesia. Compraban y vendían en los mercados de valores del mundo. Invertían en bienes raíces y hoteles y servicios de utilidad pú­blica, y de sus esfuerzos dependía la estabilidad de la Santa Fe como institución temporal, que debía alimentar, vestir, albergar y hospitalizar a sus miembros para que éstos tuviesen libertad para trabajar con referencia a la eternidad.

Pero Cirilo tenía ironía suficiente para ver la disparidad entre la eficiencia de una operación fi­nanciera y la duda que se cernía sobre tantas obras para la salvación de las almas humanas. Costaba dinero preparar a un sacerdote y mantener a una hermana enfermera. Costaba dinero construir escuelas, orfanatos y hogares de ancianos. Pero todo el dinero del mundo no podía comprar un espíri­tu bien dispuesto ni infundir el amor a Dios en un alma negligente.

Al terminar el documento y las conferencias finales, llegó a una resolución. Sus administradores habían actuado bien. Los dejaría estar, pero él debería concentrar todo su tiempo y toda su energía en la función primordial de la Iglesia: lle­var a los hombres el conocimiento de su relación con el Creador. Un hombre centrado en Dios podía sentarse con los pies desnudos bajo un árbol y encender el mundo. Un mercader con un millón de oro y montañas de valores y bonos, podía abando­nar el planeta sin que nadie lo llorase o recordara.

Había problemas en España. El clero joven se rebelaba contra lo que consideraba la actitud ar­caica de ciertos prelados mayores. El problema te­nía dos aspectos. Debía mantenerse la autoridad pastoral y preservarse al mismo tiempo el celo y el espíritu apostólico de los españoles más jóvenes.

Después de una semana de discusiones con sus consejeros, Cirilo decidió una doble medida: Una carta secreta al Primado y a los obispos de Espa­ña, instándoles a adaptarse con mayor liberalidad a los tiempos cambiantes, y una carta abierta al clero y a los seglares, aprobando las buenas obras ejecutadas, pero apremiándoles a cumplir con el deber de obediencia a los dignatarios locales. En el mejor de los casos, era sólo un compromiso, y Cirilo lo sabía. Pero la Iglesia era una sociedad hu­mana tanto como divina, y su desarrollo, el resul­tado de controles y balances, de conflictos y retro­cesos, de desacuerdos y de lento esclarecimiento.

En Inglaterra había que nombrar un nuevo car­denal para suceder a Brandon. El nombramiento planteaba una clara alternativa. ¿Político o misio­nero? ¿Un hombre de calidad y reputación que mantuviese la dignidad de la Iglesia y el lugar que ésta había conquistado en el orden establecido? ¿O un evangelista curtido, que comprendiera el fermento de un país industrial súper-poblado y la desilusión de una sociedad antaño imperial, y su menguante confianza en una religión social y hu­manitaria?

La elección, a primera vista, era simple. Pero dados el temperamento de los ingleses, su recelo histórico hacia Roma, su curiosa reacción hacia los despertares religiosos, no era tan sencilla como parecía.

El cardenal Leone lo resumió diestramente:

-Parker, en Liverpool, es el típico obispo mi­sionero. Su labor entre las clases trabajadoras y los inmigrantes irlandeses ha sido bastante espec­tacular. Por otra parte, a menudo es excesivamente franco, y se le ha acusado de ser una tea política. No lo creo. Es un hombre impaciente. Tal vez de­masiado impaciente para los flemáticos ingleses. Ellison, en Gales, está en muy buenas relaciones con el medio. Es un hombre culto, inteligente y comprende el arte de lo posible. La ventaja que tiene para nosotros es que puede preparar una si­tuación en la cual hombres más apostólicos puedan trabajar con mayor libertad.

-¿De cuánto tiempo disponemos -preguntó Cirilo- antes de que sea necesario hacer el nuevo nombramiento?

-Dos meses, diría yo, tres como máximo. Ingla­terra necesita un capelo rojo.

-Si Su Eminencia debiera decidir, ¿a quién elegiría?

-Elegiría a Ellison.

-Me inclino a pensar como usted. Hagamos lo siguiente. Diferiremos la decisión por espacio de un mes. Durante este tiempo me gustaría que us­ted hiciera otra encuesta de opiniones entre la Cu­ria y la jerarquía inglesa. Y después de eso, decidi­remos.

Cirilo examinó luego los despachos de Polonia. El cardenal Potocki tenía una neumonía y estaba gravemente enfermo. Si moría, se presentarían dos problemas inmediatos. Potocki era muy amado por el pueblo y muy temido por el Gobierno, contra el cual se había resistido obstinadamente durante dieciséis años. Su funeral bien podría ser ocasión de manifestaciones espontáneas que el Gobierno podría usar como acción provocativa contra la po­blación católica. Igualmente importante era el pro­blema de su sucesor. Era preciso designarlo para que estuviese preparado a asumir sus funciones en cuanto muriese el viejo luchador. El sucesor ten­dría que conocer su nombramiento, pero éste de­bía mantenerse secreto para impedir que las auto­ridades actuaran contra él antes de la muerte de Potocki. Un emisario secreto tendría que ir desde el Vaticano hasta Varsovia, y presentar allí el de­creto papal de sucesión...

Así, uno a uno, desfilaron los países del mun­do, y el recuerdo de las vacaciones veraniegas se desvaneció más y más en su memoria. Finalmente, hacia fines de setiembre, llegó una carta del carde­nal Morand, desde París.

Al Ilustre Predecesor de Su Santidad se le su­girió que una visita papal al santuario de Nuestra Señora de Lourdes podría tener un efecto espec­tacular sobre la vida de la Iglesia en Francia. En esa época hubo varios obstáculos para el proyecto: la salud del Padre Santo, la guerra en Argelia y el clima político de la Francia metropolitana.

Esos obstáculos no existen ahora. Se me ha informado de que el Gobierno francés miraría con mucho agrado una visita papal, y se sentiría dichoso de dar la bienvenida a Su Santidad en París, después de su visita a Lourdes.

No necesito decir qué felicidad constituiría para el clero y los fieles tener al Vicario de Cristo en suelo francés después de tanto tiempo.

Si Su Santidad estuviese dispuesto a conside­rar esta idea, me agradaría sugerir que la época más apropiada sería la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, el 11 de febrero, del año próximo. El Gobierno francés aprueba de todo corazón esa fecha.

Permítaseme suplicar humildemente a SuSan­tidad que considere nuestra petición y el bien que puede emanar de ella, no sólo para la Francia ca­tólica, sino para el mundo entero. Constituiría una ocasión histórica: el primer viaje de un Papa a esta tierra en más de un siglo. Los ojos del mundo se concentrarían en la persona de Su Santidad, y du­rante algún tiempo habría disponible un púlpito público y universal...

 

La carta excitó al Pontífice. Aquí estaba el gesto histórico, aguardando que se ejecutase. Después de su primera salida de Roma, seguirán otras casi inevitablemente. En el mundo convergente del si­glo xx la misión apostólica de la Iglesia debía reafirmarse en forma sorprendente.

Inmediatamente y sin consulta, respondió a Mo­rand de su puño y letra:

...Estamos encantados con la proposición de Su Eminencia de una visita a Francia en febrero del año próximo. No dudamos de que algunas voces dentro de la Iglesia se opondrán a él, pero, perso­nalmente, estamos favorablemente dispuestos. Dis­cutiremos el asunto, lo más pronto posible, con el cardenal Goldoni, y luego, con los miembros de la Curia.

Entretanto, Su Eminencia puede considerar esta carta como nuestra autorización personal para iniciar discusiones preliminares con las autorida­des francesas correspondientes. Sugerimos que no se haga ningún anuncio público hasta que se con­cluyan todas las formalidades.

A Su Eminencia y a nuestros hermanos obis­pos, al clero y al pueblo de Francia, enviamos, desde un corazón henchido, nuestra bendición apostó­lica...

 

El Pontífice sonrió al sellar la carta, y la hizo enviar. Goldoni y la Curia estarían llenos de dudas y de los temores consiguientes. Invocarían la His­toria y el protocolo, la logística y los efectos polí­ticos. Pero Cirilo el Pontífice era un hombre ele­gido para reinar en nombre de Dios, y en nombre de Dios reinaría. Si se le abrían puertas, las atra­vesaría sin esperar a que lo condujeran de la mano, como a un reyezuelo...

La idea de un Papa peripatético se había hecho extraña a la Iglesia con el transcurrir del tiempo. Había muchos que veían en ella una sucesión de peligros: para la dignidad papal, pues un hombre que hacía sus maletas y volaba alrededor del mun­do podía parecer demasiado humano; para su au­toridad, puesto que tendría que hablar extempore sobre muchos temas, sin estudio y sin consejo; para el orden y la disciplina, ya que la Corte Vati­cana necesitaba siempre una mano firme que la mantuviese unida; para la estabilidad, puesto que el viaje aéreo moderno constituía un riesgo cons­tante; y perder un Papa y elegir otro era asunto caro, por no decir peligroso... Además, el mundo estaba lleno de fanáticos que podrían afrentar a la augusta persona del Vicario de Cristo, e incluso amenazar su vida.

Pero los que evitaban los riesgos no escribían la Historia. El Evangelio había sido predicado siempre por hombres que tenían a la muerte como compañera de todos los días... Sobre todo, Cirilo Lakota era un oportunista de corazón inquieto. Si el viaje era posible, lo haría, descontando todo lo que no fuese un beneficio en almas...

De Kamenev, que pasaba sus vacaciones en el mar Negro, llegó una carta por intermedio del om­nipresente George Wilhelm Forster. Era más larga y menos apremiante que las anteriores, y expresa­ba claramente sus pensamientos acerca de la crisis que se aproximaba:

...Por fin estoy en conversaciones privadas con el otro lado del Atlántico. Le agradezco sus buenos oficios más de lo que puedo expresar.

He estado descansando algún tiempo, meditando el programa para el año próximo y preguntán­dome al mismo tiempo cuál es mi posición en este momento, en mi vida pública y privada. Mi carre­ra está en su apogeo. No puedo subir más. Me quedan tal vez cinco años más de autoridad y activi­dad; después comenzará el inevitable declinar, y debo estar preparado para aceptarlo.

Sé que he servido bien a mi patria. Me gustaría servirla mejor. Para ese mejoramiento es necesario tener paz. Estoy dispuesto a ir muy lejos para man­tenerla, pero usted debe comprender que quiero ir más lejos de lo que me permitirá el Partido o el Presidium.

Por tanto, permítame primero esbozar la situa­ción como yo la veo. Usted puede seguir mi tesis en un mapamundi infantil. China está en mala si­tuación. Eso significa que seiscientos millones de personas están en mala situación. Las cosechas de este año han sido peligrosamente escasas. Hay ver­dadera hambre en muchas regiones. Hemos reci­bido informes, difíciles de confirmar debido a la censura, de que han estallado brotes de peste bu­bónica a lo largo de nuestras fronteras con China. Lo hemos considerado seriamente, y hemos ins­talado cordones sanitarios en todos los puestos fronterizos de los límites con China.

El desarrollo industrial chino es lento. Lo he­mos retrasado algo deliberadamente retirando mu­chos de nuestros expertos y de nuestros equipos de construcción, porque no queremos que China crez­ca con demasiada rapidez bajo el régimen actual.

Los jefes chinos actuales son hombres viejos. Están sujetos a crecientes presiones de sus subor­dinados. Si la crisis económica empeora, los cabecillas se verán obligados a actuar, e inevitablemen­te montarán movimientos militares en dirección a Corea del Sur y Birmania, en la frontera nordeste de la India. Al mismo tiempo, nos pedirán que les proporcionemos un frente que desvíe la atención mundial, renovando nuestra presión en Berlín y urgiendo una solución al problema de la Alemania Oriental, incluso hasta llegar a la intervención ar­reada.

Una vez hechos estos movimientos, los Estados Unidos tendrán que disponerse a combatirnos.

¿Hay alguna solución para esta situación de tanto peligro? Me parece que sí. Pero no debemos creer con demasiada ingenuidad en su eficacia. Ga­nemos, ante todo, un poco de tiempo, para prose­guir con mayor confianza en busca de una solución a largo plazo.

El primer remedio, y el más evidente, es el de­sarme. Lo hemos estado debatiendo durante años y no estamos más cerca de un acuerdo. Creo que aún es imposible, porque la opinión pública y del Partido puede excitarse rápidamente por el resul­tado. Sé que no puedo arriesgar un paso decisivo, y que tampoco puede hacerlo mi opositor. De manera que deberemos descartarlo por el momento.

El segundo remedio podría ser la admisión de China en las Naciones Unidas. Pero esto resulta complicado a causa de la ficción de las dos Chinas y la existencia de un seudo-gobierno armado en Formosa. Otra vez nos vemos mezclados en una situación altamente política, que puede complicar fácilmente mediante lemas y actitudes preparadas.

Es mi opinión que con alguna preparación y un mínimo de buena voluntad, puede encontrarse el remedio en otra parte. Si las miserias de China se expusiesen libremente al mundo, no como un es­pectáculo político, sino como una tragedia huma­na, y si los Estados Unidos y las naciones occiden­tales ofreciesen reanudar las relaciones comerciales normales con China exportando alimentos y per­mitiendo el libre paso de los artículos esenciales, entonces podremos, por lo menos, diferir la crisis. Por supuesto que China tendría que estar dispues­ta a aceptar este gesto, y lograr que lo esté es un problema delicado. Por nuestra parte, nosotros tendríamos que hacer sentir nuestra influencia respaldando la oferta occidental, y tendríamos que hacer alguna proposición propia.

¿Hasta dónde podemos ir? 0, más correctamen­te, ¿hasta dónde puedo ir yo con alguna esperanza de apoyo del Partido y del país? Debo ser sincero con usted. No debo prometer más de lo que puedo cumplir.

Creo que éste es mi límite. No volveríamos a presionar en Berlín y dejaríamos de lado por el momento el problema de Alemania Oriental, mien­tras llegamos a algún acuerdo menos rígido. Inte­rrumpiríamos las pruebas nucleares a cambio de la seguridad de que los Estados Unidos también las suspenderían. Reabriríamos inmediatamente, con una fórmula de compromiso más práctica, el pro­blema del desarme nuclear, y yo agregaría mi propia autoridad personal a cualquier esfuerzo por llegar a un acuerdo dentro de un lapso razonable.

No sé si los americanos estimarán que esto es suficiente, pero es lo más que puedo asegurar en cualquier negociación. Aun así, tanto nosotros como los Estados Unidos necesitamos un clima muy favorable para lograr un acuerdo. No hay de­masiado tiempo para prepararlo.

Casi puedo escucharle preguntándose hasta dónde puede confiar en mí ahora. No puedo hacer un juramento, porque no tengo nada por lo cual ju­rar, pero lo que he escrito es la verdad. Cómo me comporte a la luz pública, cómo me conduzca durante las negociaciones, es asunto diferente. Pero éste es el trato que propongo, e incluso si los ame­ricanos lo obstaculizan un poco, podremos llegar a un acuerdo y dar al mundo lo que necesita deses­peradamente en este momento: tiempo para com­parar el valor de la paz con lo que puede suceder si la perdemos.

Espero que su salud sea buena. La mía es bas­tante firme, pero a veces debo recordar bruscamente el paso de los años. Mi hijo ha terminado su período de entrenamiento, y ha sido admitido como piloto de bombarderos en nuestra Fuerza Aérea. Si estalla la guerra, será una de las primeras víctimas. Éste es un pensamiento helado que me ronda mientras duermo. Creo que esto es lo que me salva de la corrupción última del poder. ¿Qué deseo para él? En otras épocas, los reyes asesinaban a sus hijos para evitar que fuesen sus rivales..., y cuando se sentían solos, siempre podían procrear otro. Ahora es diferente. Hay quienes di­cen que nos hemos hecho más blandos; yo prefiero pensar que hemos aprendido algo.

He pensado ahora en su petición para aliviar algunas de las cargas que pesan sobre su rebaño en Hungría, Polonia y las regiones bálticas. Tam­bién en esto debo ser sincero, y no prometer más de lo que puedo hacer. No puedo dar una orden directa, ni invertir abruptamente una política tra­dicional del Partido en la cual, además, estoy directamente comprometido. Sin embargo, en la pró­xima semana habrá una reunión de primeros mi­nistros de las naciones fronterizas, que se cele­brará en Moscú. Les propondré que preparen el ambiente para lo que espero sea una discusión del problema chino entre nosotros y los Estados Uni­dos.

Espero que su cardenal Podocki se recupere. Es un peligro para nosotros, pero tal como están las cosas, prefiero tenerlo vivo que muerto. Lo admiro casi tanto como le admiro a usted.

Una cosa más, y tal vez la más importante. Si hemos de negociar según las líneas que he sugeri­do, necesitamos llegar a algún acuerdo antes de mediados de marzo del año próximo. Si los chinos inician preparativos militares, lo harán a comien­zos de abril. Y una vez comiencen, nos veremos en duros aprietos.

Leí una copia de su carta a la Iglesia respecto a la educación. Me pareció excelente, incluso con­movedora, pero nosotros hemos hecho mucho más que la Iglesia durante cuarenta años. Se diría que ustedes tienen menos que perder que nosotros. Perdóneme la ironía. Es difícil perder los malos hábi­tos. Ayúdenos si puede. Saludos. KAMENEV.

 

Cirilo el Pontífice permaneció largo rato pon­derando la carta. Luego se dirigió a su capilla pri­vada y se arrodilló en oración durante casi una hora. Aquella misma noche, después de la cena, convocó a Goldoni desde la Secretaría de Estado, y estuvo hablando con él hasta después de la me­dianoche.

 

-Usted es un estorbo para mí, señor Faber -dijo Corrado Calitri amablemente-. Me imagino que también será un estorbo para Chiara. Chiara es muy joven. Ahora que la Sagrada Rota la ha declarado libre para casarse, me imagino que encontrará rápidamente un nuevo marido. La pre­sencia de un amante de ciertos años podría difi­cultarle las cosas.

Calitri estaba sentado en una silla alta, tallada, tras un hermoso escritorio, esbelto, pálido y peligroso como un príncipe medieval. Sus labios sonreían, pero sus ojos eran fríos. Esperó que George Faber hablara, y como éste no respondió, continuó con la misma voz sedosa:

-¿Sabe usted, señor Faber, que según los tér­minos del Concordato, la decisión de la Sagrada Rota tiene también efecto en la ley civil?

-Sí, lo sé.

-Legalmente, por tanto, su tentativa de sobor­nar a un testigo es un delito ante las leyes de la República.

-Sería muy difícil probar el soborno. No hubo dinero de por medio. No hubo testigos. Theo Res­pighi es un personaje de mala reputación.

-¿No cree que su testimonio le daría a usted una mala reputación?

-Tal vez. Pero usted tampoco saldría bien pa­rado.

-Lo sé, señor Faber.

-De manera que llegamos a un mate ahogado. Yo no puedo atacarle. Usted no puede atacarme.

Calitri eligió un cigarrillo de una caja de ala­bastro, lo encendió y se echó atrás en su silla, contemplando los anillos de humo que subían hacia el techo artesonado de su oficina. Sus ojos os­curos brillaron con malicioso regocijo.

-¿Mate ahogado? Creo más bien que se trata de un jaque mate. Tengo que vencer, ¿ve usted? Ningún Gobierno y, por supuesto, ningún partido político, puede apoyar una situación en la cual un corresponsal de la Prensa extranjera puede deter­minar la carrera de uno de sus ministros.

A su pesar, Faber rió secamente:

-¿Cree probable que eso suceda?

-Después de lo que usted ha hecho, señor Fa­ber, puede suceder cualquier cosa. Desconfío de usted. Dudo de si alguna vez podrá usted volver a confiar en usted mismo. No fue un espectáculo edificante, ¿no es así? El decano de la Prensa ex­tranjera tratando de sobornar a un actor venido a menos para conculcar la ley..., ¡y todo porque deseaba acostarse legalmente con una muchacha! ¡Usted está desacreditado, amigo mío! Una pala­bra mía bastaría para que no se le recibiese más en las oficinas del Gobierno ni en las congregacio­nes del Vaticano. Su nombre desaparecerá de to­das las listas de invitados de Italia. Vea usted: yo nunca he ocultado lo que soy. La gente me ha acep­tado así, tal como el país me aceptará otra vez en la próxima elección... De manera que es un jaque mate. La partida ha terminado. Debería usted pre­parar su equipaje y marcharse a casa.

-¿Eso quiere decir que se me expulsa del país?

-No del todo. La expulsión es un acto oficial de la Administración. Hasta este momento esta­mos hablando... extraoficialmente. Simplemente le estoy aconsejando que se marche.

-¿De cuánto tiempo dispongo?

-¿Cuánto necesita para acomodar su situación en el periódico?

-No lo sé. Un mes, dos meses.

Calitri sonrió:

-Dos meses, entonces. Sesenta días a contar desde esta fecha. -Rió levemente-. Notará, señor Faber, que soy más generoso que lo que usted hu­biese sido conmigo.

-¿Puedo irme ahora?

-Espere un momento. Usted me interesa mu­cho. Dígame, ¿estaba enamorado de Chiara?

-Sí.

-¿Sufrió mucho cuando ella lo abandonó?

-Sí.

-Curioso -dijo Calitri, con humor sardóni­co-. Siempre creí que Chiara sería mejor amante que esposa. Usted era demasiado viejo para ella, por supuesto. Tál vez poco potente. ¿O demasiado puritano? Sí, creo que ésa es la respuesta. Hay que ser audaz en el amor, Faber. En cualquier clase de amor que uno elija... A propósito, Faber, ¿Campeg­gio es amigo suyo?

-Colega solamente -dijo Faber, con voz sin inflexión.

-¿Alguna vez le ha prestado usted dinero?

-Nunca.

-¿Y él a usted?

-No.

-Curioso. Campeggio libró un cheque de seis­cientas mil liras, mil dólares americanos, que fue depositado en su cuenta corriente, Faber.

-Ésa fue una transacción comercial. ¿Cómo diablos lo supo?

-Soy director del Banco, señor Faber. Me gus­ta cumplir escrupulosamente con mis deberes... Tiene usted dos meses. ¿Por qué no se toma unas vacaciones y goza de nuestro hermoso país...? Y ahora puede irse.

Enfermo de cólera y humillación, George Faber salió al pálido sol del otoño. Entró en una cabina telefónica y llamó a Orlando Campeggio. Luego detuvo un taxi y se hizo conducir al apartamento de Ruth Lewin.

Ruth le sirvió aguardiente y café, y escuchó sin comentarios su relato de la breve e ignominiosa entrevista con Corrado Calitri. Cuando George terminó de hablar, Ruth permaneció silenciosa un momento y luego preguntó sosegadamente:

-¿Y ahora, George? ¿Qué vas a hacer?

-Irme a los Estados Unidos, supongo. Aunque después de quince años en Roma me cuesta pensar en Nueva York como mi hogar.

-¿Tendrás problemas con el periódico?

-No lo creo. Aceptarán cualquier explicación que quiera darles. Me darán algún cargo de impor­tancia en la oficina central.

-De manera que tu carrera no ha terminado, ¿verdad?

-Mi carrera, no. Sólo una forma de vida que deseaba y me gustaba.

-Pero no significa el fin del mundo.

George lanzó una mirada extraña e interrogadora.

-No. Pero es el fin de George Faber.

-¿Por qué?

-Porque ya no existe. Es sólo un nombre y un traje.

-¿Así te sientes, George?

-Así soy, querida. Lo supe en cuanto me senté en la oficina de Calitri esta mañana. No era nada, un hombre de paja. No creía en nada, no deseaba nada, no tenía con qué luchar, no tenía por qué luchar. Lo curioso es que me siento muy tranquilo.

-Conozco esa calma, George -le dijo Ruth gra­vemente-. Es la señal de alarma. La calma antes de la tempestad. Luego comienzas a odiarte y a despreciarte, y a sentirte vacío, solo e inadecuado. Luego comienzas a huir, y huyes hasta que chocas con una pared, o caes de un acantilado, o terminas en el arroyo con la cabeza entre las manos. Lo sé. He estado allí.

-Entonces no debes encontrarte cerca cuando me suceda.

-No debe suceder, George. No permitiré que suceda.

-¡Aléjate, mujer! -le dijo con súbita dure­za-. ¡Aléjate y no vuelvas! Has tenido tus propias tormentas. Ahora mereces algo mejor. He sido un imbecil; soy yo quien debe pagar.

- ¡No, George! -Ruth tendió sus manos apre­miantes y lo obligó a volverse hacia ella-. Eso es algo que también aprendí. No se puede pagar lo que uno ha hecho, porque es imposible cambiar las consecuencias, que se prolongan indefinidamente. Las cuentas aumentan por interés compuesto, hasta que finalmente uno queda deshecho y en ban­carrota. No necesitamos pagar, George. Lo que ne­cesitamos es perdón... Dices que eres un hombre de paja. ¡Que así sea! Puedes quemar al hom­bre de paja y destruirlo. 0 puedes vivir con él y, ¿quién sabe?, al final tal vez llegues a tomarle sim­patía. Yo siempre se la he tenido, George. Más aún, he aprendido a amarlo.

-¡Me gustaría poder hacerlo, qué diablos! -dijo George Faber sombríamente-. ¡Pero creo que es un presumido pomposo, hueco y cobarde!

-Aun así lo quiero.

-Pero no puedes vivir con él durante los pró­ximos veinte años, y luego llegar a despreciarlo como él se desprecia.

-No me ha pedido aún que viva con él.

-Ni lo hará.

-Entonces se lo pediré yo; él es un hombre de paja, yo soy una mujer de paja. No tengo amor propio, George. Tampoco tengo compasión. Pero me siento endiabladamente feliz de estar viva... No es año bisiesto, pero, de todas maneras, te pido que te cases conmigo. No soy tan mal partido en­tre las viudas. No tengo hijos. Físicamente, aún no estoy tan mal. Tengo dinero... ¿Qué me dices, George?

-Me gustaría decir sí, pero no me atrevo.

-¿Qué significan tus palabras, George? ¿Una lucha o una rendición?

Por un momento fue otra vez el inquieto Geor­ge de antes, pasándose las manos por el cabello gris, burlándose y compadeciéndose de sí mismo.

-No es lo que debe decir un hombre en un caso así, pero, ¿podrías esperar un poco? ¿Podrías darme tiempo para entrenarme para la lucha?

-¿Cómo, George?

No respondió directamente, sino que se explicó, vacilante:

-Es difícil de explicar... No quiero perderte... Tampoco quiero apoyarme demasiado en ti. Con Chiara estuve tratando de aferrarme a la juventud, y no me quedaba bastante. No quiero acudir a ti vacío como estoy ahora. Quiero tener también algo que dar... Si pudiésemos ser amigos durante algún tiempo... Caminar de la mano... Pasear por la Villa Borghese... Beber y bailar un poco, y regresar aquí cuando estemos cansados. Contigo no quiero ser lo que no soy, pero aún no estoy seguro de lo que soy. Los próximos dos meses serán extraños. Toda la ciudad se reirá de mí. Tendré que encontrar algo de dignidad.

-¿Y después, George?

-Después, tal vez podamos volver juntos a los Estados Unidos. ¿Puedes darme el tiempo que te pido?

-Tal vez sea más largo, George -le advirtió Ruth dulcemente-. No te sientas demasiado im­paciente.

-¿Qué quieres decir?

Pero cuando Ruth se explicó, no supo con cer­teza si George la había comprendido.

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...El día de hoy ha sido largo y penoso. Esta ma­ñana me visitó Orlando Campeggio, director del Osservatore, para ofrecerme su renuncia. Me contó una historia sórdida y complicada de una conspi­ración para introducir una declaración obtenida por medio de soborno en un caso matrimonial ante la Sagrada Rota. Campeggio me dijo que había to­mado parte en esa conspiración.

La tentativa fracasó, pero me chocó profundamente esta revelación de las vidas enmarañadas de personas cuya edad y educación deberían inspirarlos mejor. No tuve más alternativa que aceptar la renuncia de Campeggio. Sin embargo, tuve que elo­giar su sinceridad, y le dije que no perdería sus derechos a una pensión. Comprendo perfectamen­te los motivos que le llevaron a este abuso de confianza, pero no puedo perdonar su acto.

Cuando Campeggio salió, pedí inmediatamente el expediente del caso Calitri, y lo estudié cuida­dosamente con un funcionario de la Rota. No ten­go ninguna duda de que, de acuerdo con las pruebas presentadas, la Rota actuó apropiadamente al dictar decreto de nulidad. Pero había otro aspecto de la situación; Corrado Calitri, un hombre po­deroso e influyente en Italia, ha vivido largo tiem­po en peligro mortal para su alma. No me cabe duda de que su testimonio en este caso inspira recelo, pero la Sagrada Rota sólo puede juzgar sobre el foro externo. El alma de un hombre sólo puede juzgarse en el tribunal del confesionario.

De manera que me encuentro en una posición curiosa. Como ministro de la República, Calitri no está sujeto a mi autoridad. Nuestra relación en el orden temporal está definida por tratados y limi­tada por la diplomacia. Si disputamos, puedo cau­sar grave daño a la Iglesia y a Italia, especialmen­te porque no soy italiano. Pero en el orden espi­ritual, Calitri está subordinado a mí. Como obispo de Roma, soy su pastor. Y no sólo estoy autorizado, sino que estoy obligado a intervenir en los asuntos de su alma, si puedo hacerlo. Por tanto, le he pedido que me visite cuando le sea conveniente, y espero poder ofrecerle mis servicios pastorales para la regularización de su conciencia.

He recibido una carta breve pero optimista de Ruth Lewin. Me dice que finalmente ha resuelto su posición, y que ha decidido regresar a la práctica de la Fe católica. Tiene la bondad de decir que me debe el esclarecimiento y el coraje para dar este paso. Sé que esto es sólo una parte de la verdad, y que en el mejor de los casos sólo soy un instru­mento de la gracia divina.

Pero me reconforta pensar que habiendo aban­donado los rígidos confines de mi cargo, se me per­mitiese establecer contacto con ella y cooperar en el restablecimiento de la paz en su alma...

Una vez más me ha sido dado ver nítidamente que el verdadero campo de batalla de la Iglesia no está en la política, la diplomacia, las finanzas o la expansión material. Está en el paisaje secreto del espíritu individual. Para penetrar en este lugar oculto, el pastor necesita tacto y comprensión, y la gracia especial otorgada por el Sacramento de las órdenes Sacerdotales. Si no quiero fracasar con Corrado Calitri, y es muy fácil fracasar con quienes están moldeados en forma diferente a los demás hombres, entonces debo orar y medi­tar cuidadosamente antes de nuestra entrevista. Si fracaso, si se aleja de mí con enemistad, habré creado un nuevo problema, puesto que tendré que tratar con él de asuntos públicos durante mucho tiempo.

El Presidente de los Estados Unidos ha recibido la carta de Kamenev y mi comentario a ella. Su respuesta está ante mis ojos mientras escribo:

 

...A primera vista, Kamenev parece ofrecer una base posible para una solución a corto plazo de nuestro problema. Creo que debemos obtener con­diciones más favorables que las que él ofrece. Es un regateador experimentado, y no lo ofrece todo a la vez. No puedo decir cuánto más necesitamos hasta someter el proyecto a estudio y escuchar las opiniones de mis consejeros.

Sin embargo, puede usted decirle a Kamenev que estoy dispuesto a abrir las negociaciones en este punto, pero que, en mi opinión, éstas deberían iniciarse a nivel diplomático. Y que debe ser él quien las inicie. Si Kamenev está dispuesto a coo­perar de este modo, entonces, como Su Santidad, creo que haremos algún progreso.

También yo estoy preocupado por el clima polí­tico en el cual comiencen estas negociaciones. Siempre es de esperar que haya algunas escaramu­zas y algo de propaganda. Nosotros tenemos que emplearla tanto como los rusos. Sin embargo, no debe permitirse que sobrepase un límite que ofrez­ca peligros. Necesitaremos un ambiente de mode­ración y de buena voluntad no sólo en nuestras ne­gociaciones, sino también en nuestras conversacio­nes con los miembros del bloque europeo y los representantes de las naciones no comprometidas. En un acuerdo como éste hay tantos factores limi­tantes, que ya es difícil mantener la calma y el con­trol sin provocaciones calculadas.

Convengo, en líneas generales, con la opinión de Kamenev respecto a la situación política y militar. La confirman ampliamente mis propios colaboradores, quienes también admiten que si la situación no se ha resuelto a fines del próximo marzo, la cri­sis sobrevendrá.

Me he enterado con vivo interés de que Su San­tidad está considerando un viaje a Francia a co­mienzos del próximo febrero. Éste sería un acon­tecimiento notable, y me pregunto, como lo pre­gunto a Su Santidad, si no sería posible emplearlo para beneficio del mundo entero.

Comprendo perfectamente que la Santa Sede no puede y no desea entrar en negociaciones polí­ticas directas o indirectas con las grandes poten­cias. Pero en esta ocasión podría sintetizar las es­peranzas de paz y de solución razonada de nuestras diferencias que alientan los hombres, lo que inme­diatamente crearía el clima que necesitamos.

Sé que no será fácil. Probablemente, la Santa Sede tendrá que hablar por los países donde ha su­frido las mayores injusticias; pero una ocasión his­tórica requiere magnanimidad histórica. No sé si Kamenev tendría en la mente algo así cuando le escribió por primera vez. Pero yo sí lo tengo.

Con todo respeto desearía hacer una insinua­ción. Desgraciadamente, las iglesias de la Cristian­dad aún están divididas. Sin embargo, durante mu­cho tiempo ha habido señales de un creciente deseo de reunión. Si fuera posible asociar a otras or­ganizaciones cristianas a la petición de paz de Su Santidad, la ventaja sería aún mayor.

Sé que el viaje aún no está decidido. Comprendo las razones poderosas y prudentes de esta dila­ción. Sólo puedo decir que espero y deseo que Su Santidad, finalmente, decida ir a Lourdes...

 

Goldoni ha visto la carta; sé que está desgarrado entre la excitación del proyecto y un deseo pru­dente de considerar las posibles consecuencias an­tes de tomar una decisión definitiva.

Sugirió modestamente que tal vez yo desease discutir este asunto con los miembros de la Curia. Me inclino a pensar como él. Mi autoridad es ab­soluta, pero el sentido común indica que, en un asunto tan trascendental, debo escuchar a conse­jeros experimentados e inteligentes. También creo que debo llamar al cardenal Pallenberg, de Alemania, y a Morand, de París, para que participen en la discusión. Hemos decidido finalmente designar cardenal arzobispo de Westminster al arzobispo Ellison. Ésta podría ser una ocasión propicia para llamarle y ofrecerle el capelo rojo...

Jean Télémond vino ayer a cenar conmigo. Se le ve más flaco y bastante fatigado. Pero me dice que se siente bien y que trabaja regularmente. Es feliz en casa del cardenal Rinaldi, y ambos se han hecho muy amigos. Estoy un poco celoso de la suerte de Rinaldi, porque echo de menos a Jean, cuya visión del mundo podría ayudar en la resolu­ción de los problemas planteados. Rinaldi me en­vió una breve nota de puño y letra, agrade­ciéndome mi bondad hacia Leone. Debo admitir que no fue tanto bondad como un gesto calculado. Sin embargo, no pasó inadvertido, y me alegro.

Sé que Jean aún está preocupado por el veredic­to del Santo Oficio sobre su primer libro. Sin em­bargo, es imposible apresurar un examen de esa naturaleza, y le he pedido que tenga paciencia. El cardenal Leone ha prometido adelantarme una opi­nión provisional a fines de octubre. He observado que está considerando este caso con extrema mo­deración, y que despliega cuidadosa buena volun­tad hacia Jean Télémond. Sin embargo, afirma ca­tegóricamente que no debemos designarlo para car­go alguno de enseñanza o prédica antes de conocer las conclusiones del Santo Oficio.

Creo que tiene razón, pero desearía poder aprender a apreciarlo. Tengo relaciones fáciles y cordiales con otros miembros de la Curia, pero entre Leone y yo siempre hay una especie de in­hibición, de inquietud. Es culpa mía, tanto como suya. Aún me molesta su rigidez romana...

George Wilhelm Forster acudió a verme, y le entregué la réplica del Presidente de los Estados Unidos. Forster es un hombrecillo singular, que vive una vida peligrosa con aparente ecuanimidad y buen humor. Cuando lo interrogué sobre su persona, me dijo que su madre era letona, y su padre, georgiano. Estudió en Leipzig y en Moscú, y adoptó su nombre alemán por motivos profesio­nales. Es miembro practicante de la Iglesia Ortodoxa rusa. Cuando le pregunté cómo conciliaba la conciencia con sus servicios a un Estado sin Dios, me devolvió limpiamente la pregunta:

«¿No es lo que usted está tratando de hacer, Santidad? ¿Servir a la Madre Rusia como mejor puede? Los sistemas pasan, pero la tierra queda, y estamos atados a ella por una especie de cordón umbilical... Kamenev me comprende. Yo le com­prendo a él. Ninguno de los dos exige demasiado del otro... Y Dios nos comprende a todos mejor que nosotros mismos.»

Esta idea me ha acompañado todo el día, mez­clada con pensamientos acerca de la crisis inmi­nente, de Jean Télémond, del peregrinaje a Lour­des y del extraño convenio de Corrado Calitri. Mi propio entendimiento vacila a menudo. Pero si Dios comprende, entonces aún tenemos espe­ranza... Cuando el poeta escribe, la pluma no ne­cesita comprender el verso. Esté el cacharro entero o roto, siempre es testimonio de la pericia del alfarero...

 

En la última semana de octubre, el cardenal Leone entregó al Pontífice, en audiencia privada, el juicio del Santo Oficio acerca del libro de Jean Télémond. El anciano, incómodo y alterado, se esforzó por explicar la naturaleza y la forma del documento:

-Ha habido un problema de tiempo, Santidad, y el problema de las circunstancias especiales de la vida del padre Jean Télémond y de la amistad particular con que le honra Su Santidad. Con re­ferencia al factor tiempo, los Padres de la Sagra­da Congregación del Santo Oficio han preferido emitir una opinión provisional de su obra más que un juicio formal. Su opinión es breve, pero está acompañada por un comentario que establece ciertas proposiciones básicas para toda la tesis. Con respecto a la persona de Jean Télémond, los comisionados han hecho notar especialmente la evidente espiritualidad del hombre y su espíritu sumiso como hijo de la Iglesia y como miembro del clero regular. No lo censuran, ni recomiendan un proceso canónico.

Cirilo asintió y dijo sosegadamente:

-Agradecería a Su Eminencia que me leyese esa opinión provisional. -Leone alzó vivamente la vista, pero los ojos del Pontífice estaban velados y su rostro aparecía inexpresivo como una máscara. Leone leyó cuidadosamente el texto latino:

-«Los Eminentísimos y Reverendísimos Padres de la Congregación Sagrada Suprema del Santo Oficio, actuando según instrucciones de Su Santi­dad Cirilo I, Supremo Pontífice, transmitidas por el Secretario de la dicha Sagrada Congregación, han examinado diligentemente un trabajo manus­crito del reverendo padre Jean Télémond, de la Compañía de Jesús, y titulado El progreso del hombre. Hacen notar que este trabajo fue someti­do voluntariamente y con espíritu de obediencia religiosa por el autor, y recomiendan que mientras este espíritu se mantenga, no debe censurársele ni instruírsele proceso según los cánones. Reconocen la intención honesta del autor y la contribución que ha hecho a la investigación científica, espe­cialmente en el campo de la paleontología. Es su opinión, sin embargo, que el trabajo antes citado adolece de ambigüedades e incluso de graves errores en materias filosóficas y teológicas, que ofen­den la doctrina católica. A esta opinión se ha adjuntado una lista completa de las proposiciones objetables en forma de extractos de la obra, y comentarios de los Eminentísimos y Reverendísi­mos Padres de la Sagrada Congregación del Santo Oficio. Los principales puntos objetables son los siguientes:

»Uno: La tentativa del autor de aplicar los términos y conceptos de la teoría evolucionista a los campos de la Metafísica y la Teología es im­propia.

»Dos: El concepto de unión creativa expresado en dicho trabajo parece convertir a la Creación divina en una consumación del ser absoluto más que en el efecto de una causalidad eficiente. Al­gunas de las expresiones empleadas llevan al lec­tor a pensar que el autor cree que la Creación es, en cierto sentido, una acción necesaria en contraste con el concepto teológico clásico de la Creación como acto de la libertad absoluta y perfecta de Dios.

»Tres: El concepto de unidad, de acción uni­ficante, estrictamente vinculada a la teoría evolu­cionista de Jean Teiémond, se extiende y aplica más de una vez incluso al orden sobrenatural. Como consecuencia, parece atribuirse a Cristo una tercera naturaleza, ni humana ni divina, sino cós­mica.

»Cuatro: En la tesis del autor, la distinción y diferencia entre el orden natural y sobrenatural no es clara, y es difícil ver cómo puede salvar lógicamente la naturaleza gratuita del orden sobrenatu­ral, y, por tanto, de la gracia.

»Los Reverendísimos Padres no han deseado tomar al pie de la letra lo que el autor ha escrito sobre estos puntos; pues de hacerlo, se verían for­zados a considerar algunas de las conclusiones del autor como herejía real y verdadera. Comprenden las dificultades semánticas implícitas en la expre­sión de un pensamiento nuevo y original, y desean conceder que el pensamiento del autor puede estar aún en una fase problemática.

»Sin embargo, los Reverendísimos Padres opi­nan fundamentalmente que el reverendo padre Sean Télémond debe revisar su obra, y las siguien­tes que dependan de este primer volumen, para ponerla en conformidad con la doctrina tradicio­nal de la Iglesia. Entretanto, debe prohibírsele en­señar, predicar, publicar o diseminar en cualquier otra forma las dudosas opiniones anotadas por los Padres de la Sagrada Congregación.

»Dado en Roma, el día veinte de octubre, en el primer año del Pontificado de Su Santidad Cirilo I, gloriosamente reinante.»

Leone terminó de leer, dejó el documento sobre la mesa de Cirilo y esperó en silencio.

-Veinte años -dijo Cirilo en voz baja-. Vein­te años destruidos de golpe. ¿Cómo le afectará?

-Lo siento, Santidad. No podíamos hacer otra cosa. Yo no tuve participación en esto. Los encar­gados de examinar la obra fueron nombrados por Su Santidad.

-Lo sabemos -las palabras de Cirilo eran es­tudiadamente formales-. Cuenta usted con nues­tro agradecimiento, Eminencia. Puede hacer llegar nuestra gratitud, y nuestro aprecio también, a los Reverendos Padres de la Sagrada Congregación. .

-Lo haré, Santidad. Entretanto, ¿en qué forma anunciaremos esta noticia al padre Télémond?

-Se lo diremos personalmente. Su Eminencia tiene nuestro permiso para retirarse.

El viejo león no se movió, obstinado y vale­roso.

-Éste es un dolor para Su Santidad. Lo sé, y desearía poder compartirlo. Pero ni mis colegas ni yo podríamos haber emitido un veredicto dife­rente. Su Santidad seguramente lo sabe.

-Lo sabemos. Nuestro dolor es nuestro y per­sonal. Y ahora desearíamos estar solo.

Sabía que su respuesta era brutal, pero no pudo evitarla. Vio alejarse al viejo cardenal, orgulloso y erguido, y luego se dejó caer en la silla, tras su escritorio, contemplando fijamente el docu­mento.

Estaban atrapados, Jean Télémond y él mismo. Ambos habían llegado al mismo tiempo, y súbitamente, al momento de la decisión. Para el Pontí­fice el camino era claro. Como custodio del depósito de Fe, no podía aceptar el error ni el riesgo de su diseminación. Si el peso del juicio quebran­taba a Jean Télémond, tendría que apartarse y verlo destruido antes que permitir una sola des­viación de la verdad transmitida por Cristo a los Apóstoles, y por los Apóstoles a la Iglesia vi­viente.

Para Jean Télémond, y Cirilo lo sabía, el pro­blema sería mucho mayor. Se sometería, sí. Do­blegaría obedientemente su voluntad a la Fe. Pero, ¿qué sería de su intelecto, ese instrumento sutilmente templado y de vasto alcance que había lu­chado tanto tiempo con el misterio cósmico? ¿Cómo soportaría el esfuerzo inmenso que se le impondría? Y su morada, ese cuerpo debilitado y ese corazón palpitante, incierto. ¿Cómo sopor­taría la batalla que dentro de poco se libraría en él?

Cirilo el Pontífice inclinó la cabeza entre las manos y oró un instante con desesperación por sí mismo y por el hombre que se había convertido en su hermano. Luego levantó el auricular del te­léfono y pidió que lo pusieran en comunicación con el cardenal Rinaldi, en su villa.

El anciano acudió al teléfono casi en seguida. Cirilo le preguntó:

-¿Dónde está el padre Télémond?

-En el jardín, Santidad. ¿Desea hablar con él?

-No, con usted, Eminencia... ¿Cómo está hoy el padre?

-No muy bien, creo. Pasó una mala noche. Parece fatigado. ¿Ha sucedido algo?

-Acabo de recibir el veredicto del Santo Ofi­cio.

-¡Oh...! ¿Bueno o malo?

-No muy bueno. Han suavizado en lo posible sus objeciones, pero éstas subsisten.

-¿Son válidas, Santidad?

-La mayoría de ellas, me parece.

-¿Su Santidad desea que lo comunique a Jean?

-No. Desearía decírselo personalmente. ¿Pue­de instalarlo en un automóvil y enviarlo al Vati­cano?

-Por supuesto... Creo que sería conveniente prepararlo un poco.

-Si puede hacerlo, se lo agradeceré.

-¿Cómo se siente, Santidad?

-Preocupado por Jean.

-Trate de no atormentarse demasiado. Jean está mejor preparado de lo que él cree.

-Así lo espero. Cuando regrese, cuídelo.

-Lo haré, Santidad. Siento gran afecto por él.

-Lo sé. Y se lo agradezco.

-¿Quién entregó el veredicto?

-Leone.

-¿Estaba muy alterado?

-Creo que sí. Nunca he podido comprenderlo bien.

-¿Quiere usted que lo llame por teléfono?

-Si lo desea... ¿Cuánto tardará Jean en llegar aquí?

-Una hora, diría yo.

-Que venga hasta la Puerta Angélica. Daré las órdenes pertinentes para que lo conduzcan direc­tamente a mi habitación.

-Así lo haré, Santidad... Créame, lo siento profundamente.

Cuando Jean Télémond entró en la sala, ergui­do y marcial, Cirilo se adelantó a recibirlo con las manos extendidas. Cuando Télémond hubo besado el anillo del Pescador, Cirilo lo hizo alzarse y lo condujo a una silla junto a su escritorio. Dijo afec­tuosamente:

-Tendré que dalle una mala noticia, Jean.

-¿El veredicto?

-Sí.

-Lo imaginaba. ¿Puedo verlo, por favor?

Cirilo le entregó el papel por encima del escri­torio, y lo observó atentamente mientras leía. Su rostro, bien delineado, pareció encogerse ante el choque, y en su frente y en sus labios aparecie­ron pequeñas gotas de sudor. Cuando hubo termi­nado, dejó el documento sobre el escritorio y miró al Pontífice con ojos llenos de dolor y perplejidad. Dijo con voz vacilante:

-Es peor de lo que pensé... Han tratado de mostrarse bondadosos, pero es muy malo...

-No es definitivo, Jean; usted lo sabe. En parte parece ser problema de semántica. No ha ha­bido censura. Simplemente piden una revisión.

Télémond pareció recogerse en sí mismo. Sus manos temblaban. Sacudió la cabeza.

-No hay tiempo... Veinte años de trabajo dependen de ese volumen. Es la base de toda la es­tructura. Sin él, lo demás no resiste un análisis.

Cirilo se acercó a él rápidamente y puso sus manos en los hombros estremecidos de Télémond.

-No todo es error, Jean. Los padres no di­cen que lo sea. Simplemente objetan algunas proposiciones. Es sólo eso lo que debe esclarecer...

-No hay tiempo... Cada noche oigo que golpean a mi puerta. Me están llamando, Santidad, y de pronto mi obra ha quedado deshecha. ¿Qué debo hacer?

-Sabe lo que debe hacer, Jean. Éste es el mo­mento que temíamos. Estoy a su lado. Soy su amigo, su hermano. Pero el momento es suyo.

-¿Desea que me someta?

-Tiene que hacerlo, Jean; lo sabe.

Cirilo pudo sentir en las yemas de sus dedos la lucha que destrozaba a Télémond en cuerpo y espíritu. Sintió el temblor de nervios y múscu­los, la humedad del sudor. Sintió el dolor de un hombre en tormento mortal. Luego el temblor dis­minuyó.

Lentamente Jean Télémond alzó un rostro estragado por el dolor. Con una voz que parecía arrancada de su ser, dijo al fin:

-Está bien. Me someto... ¿Y ahora qué? Me someto, pero no veo luz. Estoy sordo a toda la ar­monía que solía escuchar. ¿Dónde está ahora? Es­toy perdido, abandonado... Me someto, pero, ¿adónde voy ahora?

-Quédese conmigo, Jean. Déjeme compartir esa oscuridad. Somos amigos..., hermanos. Ésta es la hora del vinagre y la hiel. Déjeme beberlos con usted.

Por un instante pareció que Télémond accedería. Pero, con un gran esfuerzo, se dominó otra vez. Se alzó de la silla y encaró al Pontífice, dema­crado, convulsionado, pero siempre un hombre ín­tegro.

- ¡No, Santidad! ¡Se lo agradezco, pero no! Todos debemos beber solos la hiel y el vinagre. Ahora desearía irme.

-Iré a verlo mañana, Jean.

-Necesito más tiempo, Santidad.

-¿Me telefoneará?

-Sólo cuando esté preparado, Santidad... Sólo cuando vea luz. Ahora todo está oscuro para mí. Me siento abandonado en un desierto. ¡Veinte años al sumidero!

-No totalmente, Jean. Apóyese en eso, se lo ruego. No totalmente.

-Tal vez no tiene importancia.

-Todo tiene importancia, Jean. Lo bueno y lo malo. Todo tiene importancia. Valor, Jean.

-¿Valor? ¿Sabe lo único que tengo en este momento? Un pequeño latido en mi interior que vacila y pulsa y me dice que mañana tal vez esté muerto... Lo he dicho, Santidad. Me someto. Déjeme ir, por favor.

-Jean, mi afecto es profundo -dijo Cirilo el Pontífice-. Le quiero como no he querido jamás a otra persona en toda mi vida. Si pudiese evitarle este dolor llevándolo yo, lo haría gozosamente.

-Lo sé -dijo Jean Télémond sencillamente-. Lo agradezco más de lo que puedo decir. Pero aun con amor, el hombre debe morir solo. Y he sabido siempre que esto sería diez veces peor que morir.

Cuando la puerta se cerró tras él, Cirilo el Pon­tífice golpeó con los puños sobre el escritorio y sollozó de cólera ante su propia impotencia.

Ni al día siguiente, ni al otro, recibió noticias de Jean Télémond. Sólo podía imaginar lo que es­taría sufriendo. A pesar de su autoridad como Pastor Supremo, éste era un drama, un diálogo muy íntimo, en el cual no osaba intervenir.

Además, se hallaba abrumado de trabajo, de asuntos de la Secretaría de Estado, de la Congre­gación para los asuntos de la Iglesia Oriental, de la Congregación de Ritos... Cada tribunal y cada comisión de Roma parecían exigir su atención si­multáneamente. Tuvo que obligarse a vivir esos días con férrea disciplina, y por la noche, su mesa de trabajo estaba cubierta de papeles, y su alma clamaba por el consuelo de la oración y la so­ledad.

Pero no pudo quitarse a Télémond de la men­te, y en la mañana del cuarto día, un día dedi­cado a audiencias privadas y semiprivadas, el Pon­tífice llamó al cardenal Rinaldi en su villa.

El informe de Rinaldi fue poco reconfortante:

-Está sufriendo mucho, Santidad. No cabe duda de su sumisión, pero no sé aún cuánto llegará a costarle.

-¿Cómo está de salud?

-Regular. He hecho venir al médico dos veces. Su presión sanguínea es peligrosamente alta, pero esto, por supuesto, es el resultado de la tensión y la tatiga. Es poco lo que se puede hacer.

-¿Siempre se siente feliz a su lado?

-Más feliz que en cualquier otra parte, me parece. Tiene toda la soledad que desea y, curiosamente, creo que las pequeñas le hacen bien.

-¿En qué emplea su tiempo?

-Por la mañana dice misa, y luego camina un poco por el campo. A mediodía va a nuestra igle­sia parroquial y lee su oficio solo. Después del almuerzo, descansa, aunque no creo que duerma. Por la tarde pasea por el jardín. Conversa con las niñas cuando regresan a casa. Por la noche juga­mos al ajedrez.

-¿No trabaja?

-No. Está sumido en la mayor perplejidad... Ayer vino Semmering a verlo. Hablaron largo rato. Y después, Jean pareció más tranquilo

-¿Cree usted que le gustaría que yo le visi­tara?

Rinaldi vaciló un momento.

-No lo creo, Santidad. Siente gran afecto por usted, habla de usted con ternura y gratitud. Pero estima, creo yo, que no debe hacer descender su persona o su ministerio hasta su propio problema personal. Usted sabe que Jean es muy valeroso y muy noble.

-¿Sabe que yo le quiero mucho?

-Lo sabe. Me lo ha dicho. Pero la única forma en que puede corresponder a ese amor es conser­vando su propia dignidad. Su Santidad debe com­prenderlo.

-Lo comprendo. Y, Valerio... -Era la prime­ra vez que Cirilo empleaba el nombre de pila del cardenal-. Le estoy muy agradecido.

-Y yo a usted, Santidad. Me ha dado paz y la oportunidad de compartir mi vida con un gran hombre.

-Si empeora, ¿me avisará inmediatamente?

-Inmediatamente, se lo prometo.

-Dios le bendiga, Valerio.

Colgó el auricular y permaneció un momento sentado, reuniendo sus energías para las forma­lidades de la mañana. Ni siquiera en Jean Télé­mond podía emplear más que parte de sí mismo.

 

Pertenecía a Dios, y, a través de Dios, a la Igle­sia. Ningún hombre tenía caudal suficiente para soportar un gasto constante de cuerpo y espíritu. Y, sin embargo, tenía que continuar gastando y confiando en que el Todopoderoso renovase los fondos.

La lista de las audiencias estaba sobre su es­critorio. Al levantarla, vio que el primer nombre era el de Corrado Calitri. Pulsó el timbre. Se abrió la puerta de la sala de audiencias y el maestro de Cámara introdujo al ministro de la República ante su presencia.

Una vez terminadas las formalidades, Cirilo despidió al maestro de Cámara y rogó a Calitri se sentase. Notó el dominio del hombre, sus ojos inteligentes, la seguridad con la cual se movía en un ambiente de autoridad. Éste era un hombre na­cido para la eminencia. Se le debía tratar con sin­ceridad. Había que respetar su inteligencia, y tam­bién su amor propio. Cirilo se sentó y habló sose­gadamente a su visitante:

-Estoy anclado en este lugar, amigo mío. No puedo moverme con la libertad de otro, de ma­nera que debí pedirle que viniese a visitarme.

-Me siento muy honrado, Santidad -dijo Ca­litri formalmente.

-Tendré que rogarle que sea paciente conmigo y que no me guarde rencor. Creo que con el tiempo se sentará usted en el Quirinal; yo estaré aquí en el Vaticano, y entre ambos regiremos Roma.

-Hay que recorrer un largo camino antes de llegar allí, Santidad -dijo Calitri con una breve sonrisa-. La política es asunto arriesgado.

-Por tanto -dijo Cirilo suavemente-, haga­mos caso omiso de la política. Soy sacerdote y soy su obispo. Quiero hablarle de usted mismo.

Vio que Calitri se ponía rígido, revelando el golpe, y observó el súbito enrojecimiento de sus me­jillas. Continuó apresuradamente:

-El director del Osservatore Romano renun­ció hace algunos días. Creo que usted conoce el motivo.

-Sí, lo conozco.

-Todo esto me preocupó hasta el punto de pe­dir el expediente de su caso ante la Sagrada Rota. Lo examiné cuidadosamente. Debo decirle que el proceso está totalmente en orden, y que el decreto de nulidad emitido estaba perfectamente justificado por las pruebas.

El alivio de Calitri fue evidente.

-Me alegro de escucharle, Santidad. Hice mal al intentar ese matrimonio. No me siento muy or­gulloso de mi papel, pero me alegro de que se haya hecho justicia.

Cirilo el Pontífice dijo, con voz sin inflexiones:

-Había otra cosa en el expediente que me in­teresó más que el proceso legal. Era la evidencia de un profundo dilema espiritual en su alma. -Ca­litri abrió la boca para hablar, pero el Pontífice lo detuvo levantando una mano-. ¡No, por favor! Déjeme terminar. No le pedí que viniese para acusarle. Usted es mi hijo en Cristo; quiero ayu­darle. Usted tiene un problema especial, y muy difícil. Me gustaría poder ayudar a darle solu­ción.

Calitri enrojeció otra vez, y luego se encogió de hombros irónicamente.

-Somos lo que somos, Santidad... Tenemos que pactar con la vida como mejor podamos. Y creo que el expediente demuestra que he inten­tado mejorar los términos de mi pacto.

-Pero el problema subsiste, ¿no es así?

-Sí. Uno trata de buscar sustitutos, sublima­ciones. Algunos resultan, otros no. No todos estamos preparados para una vida de crucifixión, Santidad. Tal vez debiéramos estarlo, pero no lo estamos. -Rió breve y secamente-. Y tal vez sea mejor así; de otra manera, podría suceder que la mitad del mundo se encerrara en los monasterios y la otra mitad se lanzase a algún precipicio.

Ante su sorpresa, Cirilo recibió la ironía con una sonrisa de buen humor.

-Por extraño que parezca, no estoy en desa­cuerdo con usted. En una u otra forma, todos de­bemos reconciliarnos con nosotros mismos tal como somos, y con el mundo tal como es. Y nun­ca he creído que debamos hacerlo destruyéndonos... 0, lo que es más importante, destruyendo a otros. ¿Puedo hacerle una pregunta, hijo mío?

-Tal vez no pueda responderla, Santidad.

-Ese problema suyo, lo que lo impulsa, ¿cómo se lo ha definido usted?

Ante su sorpresa, Calitri no esquivó la pregun­ta. Respondió francamente:

-Lo definí hace mucho tiempo, Santidad. Es un problema de amor. Hay muchas variedades de amor, y yo, lo digo sin vergüenza, tengo suscepti­bilidad y capacidad para una variedad muy es­pecial. -Continuó apresuradamente-: Algunas personas quieren a los niños, otras los consideran unos pequeños monstruos. ¡No las culpamos, las aceptamos como son! La mayoría de los hombres pueden amar a las mujeres, pero, aun así, tam­poco pueden amar a todas las mujeres. A mí me atraen los hombres. ¿Por qué debería avergonzarme de ello?

-No debería avergonzarse -dijo Cirilo el Pon­tífice-. Sólo cuando su amor se hace destructivo, como lo ha sido en el pasado, y puede serlo para el hijo de Campeggio. Un hombre promiscuo no es un amante sincero. Está demasiado concentrado en sí mismo. Le falta recorrer un largo cami­no para llegar a la madurez. ¿Comprende lo que intento decir?

-Lo comprendo. Y también comprendo que no se llega a la madurez de un salto. Creo que estoy comenzando a llegar a ella.

-¿Sinceramente?

-¿Quién de nosotros es totalmente sincero consigo mismo, Santidad? También eso requiere una vida entera de práctica. Digamos que tal vez estoy comenzando a ser sincero. Pero la política no es la mejor escuela, ni tampoco el mundo.

-¿Está enfadado conmigo, amigo mío? -pre­guntó Cirilo el Pontífice con una sonrisa.

-No, Santidad, no enfadado. Pero no puede usted esperar que me someta como una colegiala en su primera confesión.

-No lo espero, pero tarde o temprano tendrá usted que someterse. No a mí, sino a Dios.

-También eso requiere tiempo.

-¿Quién de nosotros puede prometerse tiem­po? ¿Es tan segura su jornada? ¿O la mía? Calitri guardó silencio.

-¿Meditará usted en lo que le he dicho?

-Sí, Santidad.

-¿Y no me guardará rencor?

-Trataré de no guardarle rencor, Santidad.

-Gracias. Antes de que parta, me gustaría de­cirle que aquí, en este mismo lugar, estuve y sufrí con un hombre a quien quiero como a mi vida. Lo quiero. Lo quiero en espíritu y en la carne. No me avergüenzo, porque el amor es el sentimiento más noble de la Humanidad... ¿Lee usted el Nuevo Testamento?

-Hace mucho tiempo que no lo leo.

-Entonces debería usted leer la descripción de la Última cena, donde Juan el Apóstol se sen­tó a la diestra del Maestro, apoyó la cabeza en su pecho, y todos los demás se admiraron y dijeron: «Ved cómo lo ama.» -El Pontífice se puso en pie y dijo vivamente-: Usted es un hombre muy ocupado. Le he quitado mucho tiempo. Dis­cúlpeme, por favor.

Calitri también se levantó, y se sintió empeque­ñecido por la figura elevada y autoritaria del Pon­tífice. Dijo con cierto humor:

-Su Santidad corrió un gran riesgo al llamarme aquí.

-Éste es un cargo arriesgado -dijo Cirilo con voz sin inflexión-. Pero poca gente lo comprende... Además, su propio riesgo es mayor. Le ruego que no lo subestime.

Pulsó el timbre, y devolvió el visitante a las manos experimentadas del maestro de Cámara.

Cuando Corrado Calitri cruzó la verja de bron­ce y salió al sol pálido que brillaba sobre la Plaza de San Pedro, la princesa MaríaRina lo esperaba en el automóvil. Al verlo, lo interrogó con ansie­dad y penetración:

-Y bien, hijo, ¿cómo te fue? ¿Nada de pro­blemas, espero? ¿Os habéis entendido? ¿Habló del veredicto? ¿Sobre política? Este tipo de cosas es muy importante, ya lo sabes. Tendrás que convivir con ese hombre durante mucho tiempo.

-¡Por el cielo, tía! -dijo Corrado Calitri con irritación-, ¡cállate y déjame pensar!

 

A las once en punto de aquella misma noche sonó el teléfono en las habitaciones privadas de Cirilo. El cardenal Rinaldi estaba al aparato. Pa­recía muy afectado. Jean Télémond había sufrido un ataque cardíaco, y los médicos esperaban otro en cualquier instante. No quedaban esperanzas de salvarlo. Rinaldi le había administrado ya los úl­timos Sacramentos, y había llamado al padre ge­neral de los jesuitas. Cirilo colgó violentamente el auricular y ordenó que dispusieran su automóvil para dentro de cinco minutos, con una escolta de policías italianos.

Mientras se vestía apresuradamente para la visita, a sus labios acudían plegarias, sencillas, in­fantiles. No debía ser. No podía ser. Dios tenía que mostrarse más bondadoso con Jean Télémond, que había arriesgado tanto durante tanto tiempo.

- ¡Por favor, por favor, manténlo un poco aún! Manténlo hasta que yo pueda llegar e infundirle paz. ¡Lo quiero! ¡Lo necesito! ¡No te lo lleves tan bruscamente!

Mientras el gran automóvil rugía a través de la ciudad nocturna, con el estandarte del Vaticano flameando y los policías abriéndole camino con sus sirenas, Cirilo el Pontífice cerró los ojos y pasó las cuentas de su rosario, concentrando todos los recursos de su espíritu en una sola súplica por la vida y el alma de Jean Télémond.

Se ofreció en su lugar como prenda, como víc­tima, si fuese necesario. Y aún, mientras oraba, debía luchar contra un resentimiento culpable al ver que el hombre que amaba iba a serle arreba­tado súbitamente. La oscuridad que había sopor­tado Jean Télémond, parecía haber descendido aho­ra sobre Cirilo, de manera que incluso cuando des­garraba su voluntad para forzarla a la sumisión, su corazón clamaba amargamente por la suspen­sión de este juicio.

Pero cuando Rinaldi lo recibió en la puerta de la villa, con el rostro grisáceo y conmovido, supo que su petición no había sido escuchada. Jean Té­lémond, el viajero inquieto, se había embarcado ya paró su último viaje.

-Decae rápidamente, Santidad -dijo Valerio Rinaldi-. El doctor está con él. No pasará la noche.

Condujo al Pontífice a una antigua habitación, donde el médico y el padre general de los jesui­tas bajaban la vista hacia Jean Télémond, y las velas ardían por el espíritu que abandonaba el mundo. Télémond yacía, fláccido e inconsciente, sus manos descansaban sobre el cobertor blanco, su rostro estaba encogido, y sus ojos cerrados se hundían profundamente en las órbitas.

Cirilo se arrodilló junto al lecho y trató de lla­marlo a la conciencia.

-¡Jean! ¿Puede oírme? Soy yo, Cirilo. Vine en cuanto pude. Estoy aquí, sosteniendo su mano. ¡Jean, hermano mío, hábleme si puede!

No hubo señales de inteligencia en Jean Télé­mond. Sus manos seguían lacias, sus párpados, ce­rrados contra la luz de los candelabros. De sus la­bios cianóticos brotaba sólo el respirar superficial y estertóreo de los moribundos.

Cirilo el Pontífice apoyó la cabeza en el pecho de su amigo y sollozó como no había sollozado desde sus noches de locura en el calabozo tapiado. Rinaldi y Semmering lo observaban, conmovi­dos pero impotentes, y Semmering, inconsciente de la triquiñuela del destino, murmuró las pala­bras del Evangelio: «Ved cómo lo ama.»

Luego, cuando los sollozos se consumieron, Ri­naldi posó su vieja mano sobre el hombro sagrado y lo incorporó dulcemente:

-¡Déjelo ir, Santidad! Está en paz. Es lo me­jor que podemos desearle. ¡Déjelo ir!

 

A la mañana siguiente, muy temprano, el carde­nal Leone se presentó en las habitaciones papales. Debió esperar alrededor de veinte minutos, y lue­go se le condujo al estudio del Pontífice. Cirilo se hallaba sentado tras su escritorio, delgado, remo­to, con la boca y los ojos fatigados después de su vigilia, de toda una noche. Su actitud era tensa y distante. Parecía como si hablar constituyera para él un enorme esfuerzo.

-Habíamos pedido que se nos dejase solos. ¿Hay algo especial que pueda hacer por Su Emi­nencia?

El rostro áspero de Leone se contrajo ante el desaire, pero se dominó y dijo:

-Vine para ofrecer a Su Santidad mis condo­lencias por la muerte del padre Télémond. Supe la noticia por mi amigo Rinaldi. Pensé que a Su Santidad le agradaría saber que esta mañana ofre­cí una misa por el descanso de su alma.

Los ojos de Cirilo se suavizaron un poco, pero se atuvo al lenguaje formal.

-Damos las gracias a Su Eminencia. Ha sido una gran pérdida personal para nosotros.

-Me siento culpable de ella -dijo Leone-. Como si, en cierto sentido, fuese yo el responsable de su muerte.

-No hay motivos para sentirlo así, Eminencia. El padre Télémond estaba enfermo desde hacía algún tiempo, y el veredicto del Santo Oficio fue un choque emocional muy fuerte. Pero ni usted ni los Eminentes Padres podrían haber actuado de otro modo. Debería apartar esa idea de su mente.

-No puedo apartarla, Santidad -dijo Leone, con su habitual energía-. Debo hacer una confe­sión.

-Entonces debería hacerla a su confesor. Leone sacudió su blanca melena, y alzó su vie­ja cabeza en respuesta al desafío.

-Usted es sacerdote, Santidad. Soy un alma atribulada. Exijo confesarme con usted. ¿Me re­chaza?

Por un instante pareció que el Pontífice dejaría estallar su indignación. Luego, lentamente, sus ras­gos se distendieron y su boca se curvó en una sonrisa cansada.

-Tiene razón, Eminencia. ¿Cuál es su confe­sión?

-Estuve celoso de Jean Télémond, Santidad. Hice lo que debía, pero, al hacerlo, mi intención era mala.

Cirilo el Pontífice miró al anciano con ojos perplejos.

-¿Por qué estaba celoso de él?

-A causa de usted, Santidad. Porque yo ne­cesitaba pero no podía tener lo que usted le dio desde su primer encuentro: intimidad, confianza, afecto, un lugar en sus deliberaciones privadas. Soy un hombre viejo. He servido largo tiempo a la Iglesia. Creí que merecía mejor suerte. Estaba equivocado. Nadie merece más que el salario prometido al obrero de la viña... Me arrepiento. ¿Me absolverá ahora Su Santidad?

Mientras el Pontífice avanzaba hacia él, Leone se arrodilló dificultosamente e inclinó su blanca cabeza bajo las palabras de la absolución. Termi­nadas éstas, Leone preguntó:

-¿Y la penitencia, Santidad?

-Mañana dirá misa por un hombre que ha perdido un amigo y aún no se resigna del todo a la voluntad de Dios.

-Lo haré.

Las fuertes manos de Cirilo se tendieron hacia el anciano y lo alzaron, de manera que ambos que­daron frente a frente, sacerdote y penitente, Papa y cardenal, sumidos en un momento maravilloso de comprensión.

-También yo he pecado, Eminencia -dijo Ci­rilo-. Lo mantuve alejado de mí porque no podía tolerar su oposición a mis proyectos. Y también obré mal respecto a Jean Télémond, porque me afe­rré demasiado a él; y cuando llegó el momento de dejarlo ir en manos de Dios, no pude hacerlo sin amargura. Hoy me siento vacío y muy atribulado. Me alegro de que haya venido.

-¿Puedo decirle algo, Santidad?

-Por supuesto.

-He visto a tres hombres ocupando esta ha­bitación; usted será el último que vea. Cada uno de ellos llegó a su vez al momento en el cual se halla usted; el momento de la soledad. Debo decirle que no hay remedio, ni puede escaparse de él. No puede retirarse de aquí, como lo ha hecho Rinaldi, y como espero que me permitirá usted

nacer muy pronto. Usted estara aquí hasta el dia de su muerte. Mientras más viva, mayor será su soledad. Empleará a este hombre o a aquél en la labor de la Iglesia, pero cuando la tarea esté cum­plida, o cuando el hombre se haya demostrado incapaz de ejecutarla, entonces lo dejará ir y encon­trará otro. Usted desea amor. Lo necesita como lo necesito yo, aunque soy viejo. Tal vez lo obtenga por corto tiempo, pero lo perderá, porque un hom­bre noble no puede entregarse a un afecto desigual. Y un hombre burdo no le satisfará. Quiéralo o no, está condenado a un solitario peregrinaje. Desde el día de su elección hasta el día de su muerte. Éste es un Calvario, Santidad, y usted está co­menzando a subirlo. Sólo Dios puede acompañarle todo el camino, porque se hizo carne para subir por esa misma senda... Desearía poder decirle algo muy diferente. No puedo.

-Lo sé -dijo Cirilo sombríamente-. Lo sien­to en la médula de los huesos. Creo que me he negado a admitirlo desde el día de mi elección. Cuando anoche murió Jean Télémond, con él mu­rió una parte de mi ser.

-Si morimos para nosotros mismos -dijo el viejo león-, finalmente llegamos a vivir en Dios. Pero es un largo y lento agonizar. Lo sé, ¡créame! Usted es un hombre joven. Aún tendrá que apren­der lo que significa ser viejo. -Se detuvo un ins­tante, se recuperó y luego preguntó-: Y ahora que nos comprendemos, Santidad, ¿puedo pedirle un favor?

-¿Cuál, Eminencia?

-Me gustaría que me permitiera retirarme, como Rinaldi.

Cirilo el Pontífice meditó un instante, y luego sacudió la cabeza.

-No, no puedo dejarlo ir todavía.

-Me pide mucho, Santidad.

-Espero que se muestre generoso conmigo. Us­ted no está hecho para descansar bucólicamente ni para marchitarse en un jardín conventual... Hay leones en las calles, allá afuera, y necesitamos leo­nes para combatirlos. Quédese conmigo algún tiempo más.

-Sólo puedo quedarme si Su Santidad confía en mí.

-Confío en usted, se lo prometo.

-No debe halagarme, Santidad.

-No lo halago, Eminencia -dijo Cirilo gravemente-. Usted tiene mucho coraje, y quiero que me lo ceda por algún tiempo... Porque en este mo­mento tengo miedo, mucho miedo.

Su miedo era tangible, familiar y poderosamente amenazante. Era el mismo que había sufri­do a manos de Kamenev, y había llegado a él por el mismo proceso... Meses de interrogar su mente. Crisis recurrentes de dolor. Revelaciones súbitas y espectaculares de las complejidades de la existencia, junto a las cuales las solas proposi­ciones de la Fe parecían lastimosamente inade­cuadas.

Si la presión se mantenía lo bastante, el delica­do mecanismo de la reflexión y de la decisión fa­llaba como un motor excesivamente cargado. To­dos los procesos de la personalidad parecían caer en síncope, y uno quedaba confuso e irresoluto, e incluso agradecido a la voluntad más fuerte que lo dominaba.

Durante esos primeros meses de su Pontificado, día a día había debido poner en duda sus mo­tivos y capacidades. Se había visto forzado a me­dir sus convicciones personales contra la experien­cia acumulada de la burocracia y la jerarquía. Se sentía como el hombre que empuja una roca cerro arriba. Sólo para que ruede sobre él cada tres pa­sos.

Entonces, cuando el avance parecía más fácil, había debido hacer frente a una necesidad profun­da y largamente escondida en su ser: la necesidad de amor que lo había llevado a aferrarse con tales ansias a la amistad de Jean Télémond, que su desprendimiento de religioso se había visto destrui­do casi totalmente. Los fundamentos de su confianza en sí mismo se habían debilitado aún más al permitirse un resentimiento contra Leone. No fue él quien dio el primer paso hacia la reconciliación, sino el viejo cardenal. No fue él quien ayuda­ra a Jean Télémond a encontrar la conformidad en que necesitaba morir, sino Rinaldi y Rudolf Semmering.

Si había fracasado tan horriblemente en esas sencillas relaciones, ¿cómo podría confiar en sí mismo y en sus convicciones con respecto a las complejas exigencias de la jefatura de la Iglesia Universal

Así, aun después de diecisiete años de sufri­miento por la Fe, todo parecía vacilar nuevamen­te, y Cirilo vio cuán fácil resultaría desprenderse del peso de la acción. Bastaba con dejarse estar, con permitir que el sistema de la Iglesia actuase por él. No necesitaba decidir nada. Bastaba sim­plemente con que propusiera y sugiriera, y tra­bajara de acuerdo con las opiniones facilitadas por la Secretaría de Estado y por todos los cuer­pos administrativos, grandes o pequeños, dentro de la Iglesia.

Era un método legítimo de gobierno. Y también seguro. Se asentaba firmemente sobre la sabiduría colectiva de la Iglesia, y podía justificarse como un acto de humildad por parte de un jefe que se ha sentido deficiente. Preservaría la integridad de la Iglesia y la dignidad de su ministerio contra las consecuencias de su propia incapacidad. Pero en lo más íntimo de su ser, profunda como las raíces de la vida misma, estaba la convicción de que la misión para la cual se le había llamado era muy otra. Tenía que demostrar en sí mismo la facul­tad de renovación que era uno de los signos de la Iglesia viviente. Ahora su problema era que no podía ya raciocinar esa convicción. Su temor era el de estar viviendo una ilusión de amor propio, de autoengaño y de orgullo destructivo.

Diariamente se acumulaban las pruebas contra él. EL problema de su visita a Francia y su inter­vención en la discusión política de las naciones estaba sometiéndose ya a encuesta entre los carde­nales y primados de la Iglesia. Diariamente llega­ban sus opiniones a su escritorio, y Cirilo veía con preocupación cuán inmensamente diferían de la suya propia.

El cardenal Carlin escribía desde Nueva York.

«Hasta ahora, el Presidente de los Estados Uni­dos ha manifestado su alegría por lo que Su San­tidad ha hecho para ayudar a la iniciación de las negociaciones con la Unión Soviética. Sin embar­go, ahora que esas conversaciones se han iniciado a nivel diplomático, se teme que la Santa Sede pueda tratar de obrar sobre ellas empleando su influencia en el bloque europeo de naciones, cu­yos intereses divergen en ciertos puntos importantes de los intereses americanos. Desde este punto de vista, la visita que Su Santidad se propone ha­cer a Francia puede tomar un cariz diferente del que se pretende.»

El arzobispo Ellison, que aún no había reci­bido su capelo rojo, hizo el siguiente frío comen­tario.

«Su Santidad debe tener en cuenta que la República de Francia fue la oponente más encarni­zada a la participación de Inglaterra en la comu­nidad europea de naciones. Si Su Santidad va a Francia, será inevitablemente invitado a visitar Bélgica y Alemania. Podrá parecer a muchos in­gleses que Francia está tratando de emplear la Santa Sede, como lo ha hecho antes, para forta­lecer su posición en Europa a costa de la nues­tra...»

Platino, «el Papa Rojo», tenía otro punto de vista:

«Estoy convencido, como lo está Su Santidad, de que, tarde o temprano, el Vicario de Cristo deberá aprovechar los modernos medios de transporte para recorrer personalmente el mundo. Me pregun­to, sin embargo, si el primer gesto en este sentido no debiera estar libre de asociaciones históricas. ¿ No sería tal vez mejor planear en un futuro más lejano una visita, digamos, a Sudamérica o a las Filipinas, para que el trabajo misional de la Igle­sia recibiera un ímpetu que en este momento ne­cesita imperiosamente?»

Desde Polonia, donde Potocki agonizaba y su sucesor había sido nombrado ya secretamente, llegó una advertencia aún más directa. La comu­nicó verbalmente el emisario que había llevado el nombramiento pontificio al nuevo cardenal:

«Existe el sentimiento, que se ha hecho sen­tir fuertemente, de que Kamenev, a quien se co­noce como un político sutil y despiadado, está tratando de crear una situación en la cual la Santa Sede pueda mencionarse como cooperado­ra del Kremlin. El efecto de tal interpretación en­tre los católicos tras el telón de acero puede ser desastroso.»

Por otra parte, estaba ahí la última carta de Kamenev, la cual, si tenía algún significado, era el de un cambio sorprendente en el rígido pensa­miento marxista, y un cambio aún más profundo en su propia persona. El hombre no es un ani­mal estático. La sociedad no es estática, y tam­poco lo es la Iglesia. Ya fuese en el sentido de Jean Télémond o en algún otro, todos ellos evolu­cionan, desprendiéndose de adherencias históricas, desarrollando nuevas actitudes y potencialidades, avanzando a tientas, consciente o instintivamente, hacia la promesa de más luz y de una vida más plena. Todos necesitan tiempo, tiempo y el fermen­to de la divinidad obrando sobre la masa humana. Cada indicio de bien es una evidencia del fermen­to de Dios en su propia creación... Kamenev escri­bía:

«...De manera que gracias a sus buenos oficios, hemos podido comenzar una negociación con los Estados Unidos a nivel diplomático, con algunas esperanzas de éxito. Habrá palabras duras, y las discusiones serán arduas, pero nos queda muy poco tiempo, y de esto al menos todos estamos convencidos.

»Me interesa su proyecto de visitar Francia en los primeros días de febrero. Estoy de acuerdo, aunque el Partido pediría mi cabeza si lo supiera, en que usted puede hacer mucho por preparar un clima apropiado a nuestras conversaciones.

»Me interesará aún más leer lo que usted ha­brá de decir. Inevitablemente, deberá hablar de los derechos y deberes entre naciones. ¿Cómo se referirá usted a los derechos de Rusia, donde sufrió tanto y donde su Iglesia está extirpada? ¿Cómo se referirá a los derechos de China, donde sus obispos y sacerdotes están en la cárcel?

»Perdóneme. Soy un bromista incurable, pero esta vez me río de mí mismo. Si algún hombre pudiera convencerme de que hay un Dios, usted, Ci­rilo Lakota, sería ese hombre. Pero para mí el cielo sigue estando vacío, y debo conspirar y planear, y mentir y regatear, y cerrar los ojos al terror y la violencia, para que mi hijo y un millón de otros hijos puedan crecer y reproducirse sin cáncer en las entrañas o un monstruo en la cuna debido a la radiación atómica.

»La ironía está en que todo lo que hago puede resultar una locura y apresurar lo que estoy tra­tando de impedir. Usted es más afortunado. Cree que descansa en la providencia de Dios. A veces deseo, y lo deseo terriblemente, poder crecer con usted. Pero el hombre lleva su destino escrito en la palma de la mano, y la mía presenta caracteres diferentes. A menudo me avergüenza lo que le hice; desearía probarle que tiene alguna razón para estar orgulloso de lo que hizo por mí. Si logramos paz, aunque sea durante un año, a usted deberemos parte de ella.

»Piense alguna vez con bondad en mí. Suyo, KAMENEV.»

Eran todas voces muy diversas. Pero en sus di­ferentes acentos expresaban la esperanza común de que, viviendo bajo la sombra de un hongo ne­buloso, el hombre pudiese aún sobrevivir en paz para cumplir un plan divino respecto a él.

Cirilo debía escucharlas todas. Podría esperar que, al final, el conflicto de estas opiniones se resolviese en armonía, pero sabía que esa espe­ranza era una ilusión.

No podía, sin grave riesgo, salirse de la esfera de acción fijada por mandato divino. Pero, dentro de esa esfera de acción, su autoridad era supre­ma. El gobierno recaía sobre sus propios hom­bros, y no sobre otros. Y sería él quien debería decidir en definitiva... Pero conociendo su debili­dad, retrocedía ante la decisión.

La promesa divina le garantizaba sólo dos cosas: que al hallarse en el lugar del Pescador, no erraría en materias de doctrina, y que cualesquie­ra que fuesen sus desatinos, la Iglesia sobrevivi­ría... En lo demás estaba entregado a sus propios recursos. Podía aumentar la gloria de la Iglesia o disminuirla terriblemente. Y esta perspectiva lo aterraba.

Tenía libertad para actuar, pero nada se le prometía respecto a la consecuencia de sus actos. Se le ordenaba orar, pero debía orar en la oscuridad y no podía conocer la forma que adoptaría la respuesta...

Aún se debatía en este dilema cuando el pa­dre general de los jesuitas telefoneó para soli­citar una audiencia. Tenía muchos asuntos que tratar con el Pontífice, dijo, pero podrían esperar hasta el día fijado para las audiencias ordinarias. Esta vez deseaba comunicar al Padre Santo la esencia de su última conversación con Jean Télé­mond.

-Cuando fui a verlo, Santidad, lo encontré sumido en profunda confusión -comenzó Semme­ring-. Nunca había visto a un hombre más conmo­cionado. Me costó mucho calmarlo. Pero estoy convencido de lo siguiente: la sumisión que expre­só a Su Santidad era firme y sincera, y cuando murió lo hizo en paz...

-Me alegro de saberlo, padre. Sabía que el padre Télémond estaba sufriendo. Deseaba com­partir ese sufrimiento, pero él sintió que debía alejarse de mí.

-No se alejó, Santidad -dijo Semmering gra­vemente-. En su mente llevaba clavada la idea de que debía cargar su propia cruz y, lograr su propia salvación. Me dio un mensaje para usted.

-¿Qué mensaje?

-Me dijo que no creía haber podido eje­cutar ese acto final y necesario de Fe sin usted. Dijo que cuando llegó el momento, se le presentó como el riesgo más grande de su vida. Un peligro para su integridad y su razón. En sus propias palabras, fue casi como si se estuviese lanzado a la demencia. Me dijo que lo único que le dio coraje suficiente para aceptar su cruz fue saber que Su Santidad lo había hecho antes que él, sin retroce­der ante riesgo alguno de especulación o de auto­ridad... Desearía poder transmitir a Su Santidad la intensidad con la cual se expresó. -Sonrió severa y contenidamente-. He aprendido a ser muy escéptico ante los despliegues de fervor y senti­miento religiosos, Santidad, pero creo firmemente que en esta lucha del padre Télémond, presencié la batalla verdadera de un alma consigo misma y con los poderes de la oscuridad. Me sentí ennoble­cido por la victoria.

Cirilo se sintió muy conmovido.

-Le agradezco que me lo haya dicho, padre. También yo estoy haciendo frente a una crisis. Es­toy seguro de que Jean lo habría comprendido. Espero que ahora esté intercediendo por mí ante el Todopoderoso.

-De eso estoy seguro, Santidad. En cierto sen­tido, su muerte fue una especie de martirio. Lo sobrellevó con valor... -Vaciló un instante, y lue­go continuó-: Hay otra cosa, Santidad. Antes de morir, el padre Télémond me dijo que usted le había prometido que su obra no se perdería ni se prohibiría. Esto, por supuesto, antes del veredic­to del Santo Oficio. Todos los manuscritos del pa­dre Télémond se hallan en mis manos. Desearía que Su Santidad me indicara lo que desea hacer con ellos.

Cirilo asintió pensativamente con la cabeza:

-He estado pensando en eso. Debo convenir con la conclusión del Santo Oficio en el sentido de que la obra de Jean necesita revisión. Es mi opinión personal que en ella hay mucho de valor. Desearía someterla a un nuevo estudio, y posiblemente publicarla después con anotaciones y co­mentarios. Creo que la Compañía de Jesús está admirablemente preparada para cumplir con esta labor.

-Seríamos felices de hacerlo, Santidad.

-Bien. Ahora desearía hacerle una pregunta... Usted es teólogo y superior religioso. ¿Hasta qué punto estuvo justificado Jean al arriesgarse como lo hizo?

-Lo he pensado mucho, Santidad -dijo Rudolf Semmering-. Es una pregunta que he debi­do hacerme muchas veces, no sólo respecto al pa­dre Télémond, sino respecto a muchos otros hom­bres de mentes brillantes de la Compañía.

-¿Y la conclusión, padre?

-Si un hombre está concentrado en sí mis­mo, el menor riesgo es excesivo para él, porque tanto el éxito como el fracaso pueden destruirlo. Si está concentrado en Dios, no hay riesgo exce­sivamente grande, porque el éxito está siempre garantizado: la unión invicta del Creador y la cria­tura, junto a la cual el resto no tiene significado.

-Estoy de acuerdo con usted, padre -dijo Ci­rilo el Pontífice-. Pero usted ha desestimado otro riesgo, el que estoy considerando yo ahora: que en cualquier momento hasta el de su muerte, el hombre puede separarse de Dios. Incluso yo, que soy su Vicario.

-¿Qué puedo decir, Santidad? -preguntó Ru­dolf Semmering-. Tengo que admitirlo. Desde el día que comenzamos a razonar hasta el día de nuestra muerte, estamos en peligro de condena­ción. Todos nosotros. Es el precio de la existencia. Su Santidad debe pagarlo igual que nosotros. Pude juzgar a Jean Télémond, porque era mi subordi­nado. Pero a usted no puedo juzgarlo, Santidad.

-Entonces, rece, padre..., y haga que recen to­dos sus hermanos, porque el Papa camina por la cuerda floja.

 

La reunión de la Curia romana que Cirilo ha­bía convocado para discutir la situación interna­cional y su proyectada visita a Francia se fijó para la primera semana de noviembre. Estuvo precedi­da por una semana de discusiones privadas en las cuales se pidió a cada cardenal que examinara con el Pontífice las opiniones personales de ambos.

Cirilo no intentó influir sobre ellos, sino que se limitó a exponer su pensamiento y a otorgarles la confianza que merecían como sus consejeros. Los cardenales aún estaban divididos. Había algu­nos, los menos, que opinaban como el Pontífice; muchos que dudaban; algunos, abiertamente hostiles. Los temores del Papa no eran menores, y aún esperaba que, al reunirse en asamblea, la Cu­ria encontrase una voz común para aconsejarles.

Para asesorar a la Curia en sus deliberaciones, el Pontífice había llamado al cardenal Morand, de París, a Pallenberg, de Alemania, a Ellison, de Londres, a Charles Corbet Carlin, de Nueva York. El cardenal Rugambwa estaba también en Roma casualmente, porque había volado desde África a conferenciar con la Congregación de Ritos respecto a las nuevas sugerencias litúrgicas.

El lugar de la reunión sería la Capilla Sixtina. Cirilo la había elegido porque albergaba los recuer­dos de su propia elección y los de otras que allá se habían efectuado. El Pontífice pasó la noche en vela, orando y pidiendo preparación para expre­sar sus pensamientos a la Curia y recibir de ella la expresión clara y concertada del sentir de la Igle­sia.

Ya no estaba confuso, pero sí atemorizado, sa­biendo cuánto dependía del resultado. La propo­sición que Semmering le había presentado era devastadoramente simple: un hombre concentrado en Dios no tenía nada que temer. Pero aún le inquietaba saber que se había visto separado con facilidad de ese centro para extraviarse en el ego­tismo. No era la enormidad del acto lo que le in­quietaba, sino saber que las pequeñas caídas po­dían ser sintomáticas de debilidades mayores ocul­tas en él.

De manera que cuando el cardenal camarlen­go le condujo a la capilla y se arrodilló para en­tonar una invocación al Espíritu Santo, se encon­tró orando con vívida intensidad para que el mo­mento no lo hallase mal preparado. Terminada su plegaria, se alzó para dirigirse a los cardena­les:

-Os hemos convocado aquí, hermanos y con­sejeros míos, para compartir con vosotros un mo­mento de decisión en la vida de la Iglesia. Todos vosotros sabéis que en la primavera del próximo año puede producirse una crisis política que trae­rá al mundo más cerca de la guerra de lo que ha estado desde 1939. Queremos exponeros la forma de esa crisis. Queremos exponeros también ciertas proposiciones que se nos han hecho y que pueden ayudar a minimizar esa crisis.

»No tenemos la ingenuidad de creer que lo que podamos hacer en el orden material cambiará en forma efectiva la peligrosa situación militar y po­lítica que existe hoy. El dominio temporal de la Santa Sede se ha reducido a un fragmento de Roma, y creemos que así es mejor, porque no nos sentiremos tentados a usar los instrumentos de intervención creados por el hombre cuando debe­ríamos estar empleando aquellos que nos propor­ciona Dios.

»Creemos, sí, y lo creemos con firme convic­ción, que nuestra misión es la de cambiar el cur­so de la Historia estableciendo el reino de Cristo en los corazones de los hombres, para que puedan establecer ellos un orden temporal basado firmemente en la verdad, la justicia, la caridad y la ley moral.

»Ésta es la misión recibida de Cristo. No po­demos revocarla. No debemos retroceder ante nin­guna de sus consecuencias. No osamos descuidar oportunidad alguna de cumplirla, por peligrosa que la oportunidad sea.

»Ante todo permitidme exponeros la forma de la crisis.

Con pinceladas rápidas y decididas la esbozó ante ellos: el mundo convulsionado mientras diri­gía la vista a un hombre sentado en el pináculo, con las naciones extendidas abajo y la amenaza atómica cerniéndose sobre ellas.

Nadie  estuvo en desacuerdo. ¿Cómo podrían estarlo? Cada uno de los cardenales había visto la misma situación desde su propio punto de vista.

El Pontífice les leyó luego las cartas de Kame­nev y las del Presidente de los Estados Unidos. Les leyó sus propios comentarios y su propia valora­ción de los caracteres e intenciones de ambos hombres. Luego continuó:

-Puede pareceros, hermanos míos, que en la intervención que ya hemos efectuado hay un gran elemento de riesgo. Lo admitimos, está claramente definido incluso en las cartas de Kamenev y del Presidente de los Estados Unidos. Como Supremo Pontífice, reconocemos ese riesgo, pero debemos aceptarlo, o dejar escapar de nuestras manos una posible oportunidad para servir la causa de la paz en una época peligrosa.

»Comprendemos, como lo comprende cada uno de vosotros, que no podemos contar totalmente con la sinceridad o las protestas de amistad de los hombres que ocupan un cargo público, aunque sean miembros de la Iglesia. Estos hombres están sujetos siempre a la presión de influencias, de opi­nión, y a las acciones de otros sobre los cuales no tienen control alguno. Pero en tanto destelle una luz de esperanza, debemos tratar de mantenerla encendida y protegerla de los rudos vientos de las circunstancias.

»Siempre hemos creído, como convicción per­sonal, que nuestra conexión con el Primer Ministro de Rusia, que data de diecisiete años, época de nuestro primer encarcelamiento por la Fe, tenía un elemento de divina providencia que algún día podría emplear Dios para bien de Kamenev o nues­tro, o para bien del mundo. A pesar de todos los peligros y dudas, ésta sigue siendo mi convicción.

»Todos sabéis que hemos recibido una invita­ción del cardenal arzobispo de París para visitar el santuario de Nuestra Señora de Lourdes en el día de su festividad, el once de febrero del próximo año. El Gobierno de Francia ha añadido una in­vitación para una visita oficial a París al regreso de Lourdes. No necesitamos exponeros los riesgos de una y otra especie que tal paso histórico en­trañaría. Sin embargo, estamos dispuestos a darlo. Y al hacerlo, indudablemente recibiríamos otras invitaciones para visitar diversos países del mun­do. Estaremos dispuestos a aceptarlas también, a medida que el tiempo y las circunstancias lo per­mitan. Aún somos lo bastante jóvenes, gracias a Dios, y la velocidad de los transportes nos permi­te hacerlo sin una interrupción demasiado grande o desastrosa del trabajo de la Santa Sede.

»Hemos dicho que estamos dispuestos a hacerlo. Antes de tomar una decisión definitiva, estamos ansiosos de escuchar vuestra opinión como hermanos nuestros y consejeros. Señalamos que si deci­dimos hacer esta primera visita, deberá ejecutarse un trabajo inmenso en muy poco tiempo, para pre­parar a la opinión pública y asegurar en lo posible una actitud amistosa de nuestros hermanos de otras comuniones dentro de la Cristiandad. No deseamos despertar animosidades históricas. Deseamos ir en caridad para mostrarnos como pastor y proclamar la hermandad de los hombres sin ex­cepciones de nación, raza o credo, en la Paternidad de un Dios.

»Si decidimos salir así al mundo, a este mundo nuevo, tan diferente del antiguo, entonces no desea­mos insistir en sutilezas de protocolo y ceremonia. Ésos son asuntos de Corte, y si bien somos prín­cipe por el protocolo, somos todavía sacerdote y pastor por la unción y la imposición de las manos.

»¿Qué más podemos deciros? Estos primeros meses de nuestro Pontificado han estado llenos de problemas y de trabajo. Hemos aprendido más de lo que hubiésemos creído posible acerca de la na­turaleza de nuestro cargo, de los problemas de la Santa Madre Iglesia y su batalla constante para convertir el cuerpo humano en recipiente apropiado para la Vida Divina que ella infunde. Hemos cometido errores. Indudablemente cometeremos otros, pero os pedimos, hermanos de la misión pas­toral, que nos perdonéis y oréis por nosotros. La semana pasada sufrimos una dolorosa pérdida per­sonal por la muerte de nuestro querido amigo el padre Jean Télémond, de la Compañía de Jesús. Os rogamos que recéis por él, y os suplicamos que oréis por nosotros, colocados en está tormentosa eminencia entre Dios y el hombre.

»El problema está ante vosotros, queridos her­manos. ¿Saldremos de Roma y viajaremos como los primeros apóstoles para enfrentarnos al si­glo xx, o permaneceremos en casa, aquí en Roma, dejando que nuestros hermanos obispos cuiden sus viñas a su manera? ¿Dejaremos que el mundo se preocupe de sus propios asuntos, o como Su­premo Pontífice arriesgaremos nuestra dignidad mundana para descender a la plaza del mercado y proclamar al Dios desconocido...?

»Quid vobis videtur...? ¿Qué os parece?

Se sentó en el trono dispuesto para él, y aguar­dó. El silencio pendía sobre la asamblea como una nube. Vio que los ancianos se miraban como si intercambiasen pensamientos que ya habían dis­cutido privadamente. Entonces, lentamente, el car­denal Leone, patriarca entre los patriarcas de la Iglesia, se levantó y se puso cara a cara con la asamblea.

-No repetiré para vosotros, hermanos, las cien o más razones a favor o en contra de este proyec­to. Su Santidad las conoce tanto como nosotros. No enumeraré los peligros, porque están presentes en la mente del Pontífice con tanta nitidez como en las nuestras. Hay algunas entre nosotros (yo en­tre ellos, lo digo francamente), que tienen serias dudas en cuanto a la prudencia de una visita pa­pal a Francia, o a cualquier otra parte. Hay otros, lo sé, que ven esta visita como un gesto oportuno y eficaz. ¿Quién tiene la razón Sólo Dios puede decidir el resultado, y la Historia dar un veredic­to. No creo que ninguno de nosotros desee aumen­tar la carga que lleva Su Santidad intentando influir en uno u otro sentido.

»La posición es muy simple. La autoridad del Padre Santo es suprema en este asunto. Ahora o más tarde tendrá que decidir lo que hará. Votemos a favor o en contra; él decidirá...

Durante un momento permaneció valeroso v de­safiante, y luego lanzó las palabras finales a la Cu­ria como un reto:

-Placetne, f ratres... ? ¿Qué decís, hermanos míos? ¿Os place o no?

Hubo un instante de vacilación, ¡y luego los cardenales se descubrieron uno a uno y un murmullo de asentimiento recorrió la asamblea!

-Placet... Nos place. Estamos de acuerdo.

Esto era algo que Cirilo no había esperado. Constituía más que una formalidad. Era un voto de confianza. Un gesto preparado por Leone y por la Curia, para afirmar su lealtad y reconfortarlo en su hora de prueba.

Y era aún más: una ironía semejante al puña­do de lino que quemaron bajo sus narices antes de la Coronación para que recordara siempre su mortalidad. Era una entrega de la Iglesia, no a sus manos, sino al Espíritu Santo, que a pesar de los errores del Pontífice, la mantendría entera y viva hasta el día del Juicio.

Ahora todo lo que había heredado, todo lo que había deseado secretamente en su cargo, se halla­ba en sus manos: autoridad, dignidad, libertad de decisión, poder para atar y desatar... Y debía co­menzar a pagarlo... De manera que sólo le quedaba murmurar las palabras rituales de despedida y permitir la partida de sus consejeros.

Uno a uno, los cardenales se aproximaron y se arrodillaron ante él y besaron su anillo como sím­bolo de fidelidad. Uno a uno salieron. Y cuando la puerta se cerró tras el último de ellos, el Pontífice se alzó de su trono y se arrodilló en el peldaño del altar, ante el tabernáculo.

Sobre él se elevaba el esplendor grandioso del Juicio Final de Miguel Ángel. Frente a él estaba la puertecilla dorada tras la cual habitaba el Dios oculto. Llevaba sobre sus hombros el peso de la cruz. El largo calvario iba a comenzar. Estaba solo, como lo estaría desde aquel momento y durante todos los días de su vida...

 

FRAGMENTO DE LAS MEMORIAS SECRETAS DE CIRILO I, PONT. MAX.

 

...Estoy tranquilo, porque el momento de la decisión llegó y pasó, y no puedo rescindir la elección que hice. Pero la calma, en el mejor de los casos, es una tregua: incierta, en pie de guerra, peligrosa para quien descansa confiadamente en ella.

Al día siguiente, o al otro, comenzará otra vez el choque de las almas, la batalla de mí mismo contra mí mismo, del hombre con su ambiente... y con Dios, cuyo llamamiento al amor es siempre, extrañamente, un llamamiento a sangrientos con­flictos.

El misterio del mal es el más profundo de los misterios. Es el misterio del primer acto creador, cuando Dios dio existencia al alma humana, hecha a su propia imagen, y la puso frente a una aterradora elección: centrarse en sí misma, o centrarse en Él, sin quien no podría subsistir... El misterio se renueva diariamente en mí, como lo hace en cada hombre nacido de mujer.

¿Adónde voy? ¿Hacia dónde me vuelvo? Se me llama como a Moisés para que interceda por mi pueblo en lo alto de la montaña. No puedo descen­der hasta que me desciendan muerto. No puedo ascender hasta que Dios decida llamarme a su lado. Lo más que puedo esperar de mis hermanos en la Iglesia es que sostengan mis brazos cuando ésta intercesión de toda una vida me agote... Y aquí toma forma otro misterio: que yo, a quien se le pide que dé tanto, me encuentre tan pobre en las cosas que son de Dios...

«Perdónanos nuestras deudas, como perdona­mos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de todo mal. Amén.»

 

 

 

 

 

 

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