Libro N° 4106. La Muerte De La Tierra. Rosny, J. H.
© Libro N° 4106. La Muerte De La Tierra. Rosny, J. H. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.
Título
original: © La mort de la Terre
Versión Original: © La Muerte De La Tierra. J.
H. Rosny
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LA MUERTE DE LA TIERRA
J. H. Rosny
Sinopsis
LA MUERTE DE LA TIERRA
LOS XIPÉHUZ
LIBRO PRIMERO
LIBRO SEGUNDO
EL CATACLISMO
I. SÍNTOMAS
II. LA LLUVIA ASTRAL
III. APARICIÓN DEL AGUA ROJA
IV. HACIA EL IARAZE
LA MUERTE DE LA TIERRA
I. PALABRAS A TRAVÉS DE LA EXTENSIÓN
II. HACIA LAS TIERRAS ROJAS
III. EL PLANETA HOMICIDA
IV. EN LA TIERRA PROFUNDA
V. EN EL FONDO DEL ABISMO
VI. LOS FERROMAGNETALES
VII. EL AGUA MADRE DE LA VIDA
VIII. Y SOLO SOBREVIVIERON LAS TIERRAS ROJAS
IX. EL AGUA FUGITIVA
X. EL TEMBLOR
XI. LOS FUGITIVOS
XII. HACIA LOS OASIS ECUATORIALES
XIII. EL ALTO
XIV. LA EUTANASIA
XV. DESAPARICIÓN DEL ENCLAVE
XVI. EN LA NOCHE ETERNA
Notes
J.-H. ROSNY AINÉ
La muerte de la Tierra
Traducción de Antonio Ribera Jordá
Edhasa
Sinopsis
J.-H. Rosny es uno de los más grandes estilistas franceses
de la época moderna. Miembro de la Academia Goncourt, dejó una obra
verdaderamente imponente por su volumen y diversidad. Especializado en relatos
fantásticos, sorprendió al mundo con obras magistrales, como «LA MUERTE DE LA
TIERRA», que hoy presentamos al público de habla hispana, y en la que ofrece
una alucinante imagen del fin del mundo. Pero lo verdaderamente sorprendente es
la fecha en que fueron escritos estos relatos de Anticipación Científica. «La MUERTE
DE LA TIERRA» lleva fecha de 1912; en cuanto a «LOS XIPEHUZ», obra maestra de
la Fantasía Científica, data de… 1880! Por ello podemos considerar a J.-H.
Rosny Ainé, con todos los honores, como uno de los grandes precursores de la
literatura de Fantasía Científica moderna, pudiéndosele colocar dignamente al
lado del gran Heriberto Jorge Wells.
Con esta obra de J. H. Rosny Ainé, Colección Nebulae
empieza a ofrecer a nuestro público una serie de obras clásicas de la Fantasía
Científica, debidas a la pluma de grandes maestros europeos y americanos.
Título Original: La mort de la Terre
Traductor: Ribera Jordá, Antonio
Autor: Rosny Ainé, J.-H.
©1961, Edhasa
Colección: Nebulae 1ª época, 74
ISBN: 5705547533428
Generado con: QualityEbook v0.62
LA MUERTE DE LA TIERRA
EL hombre captó hasta la fuerza
misteriosa que junta los átomos.
Este frenesí anunció la muerte
de la tierra.
(1912)
LOS XIPÉHUZ
LIBRO PRIMERO
I. LAS FORMAS
FUE mil años antes de la gran civilización de donde
surgieron más tarde Nínive, Babilonia y Ecbatana.
La tribu nómada del Pjehou, con sus asnos, sus caballos y
su ganado atravesaba la selva bravía de Kzour, hacia el crepúsculo, entre la
capa de rayos de luz oblicuos.
Todos estaban cansados, callaban buscando un bello claro
donde la tribu pudiese encender el fuego sagrado, hacer la comida de la noche,
dormir al abrigo de los animales, detrás de la doble rampa de las hogueras
rojas.
Las nubes palidecieron, las comarcas ilusorias vagaron a
los cuatro horizontes, los dioses nocturnos soplaron el canto arrullador y la
tribu continuaba andando. Un explorador reapareció al galope, anunciando el
claro y el agua diáfana y pura.
La tribu dio tres grandes gritos, todos avivaron el paso,
sonaron risas pueriles; los caballos y los asnos, tan acostumbrados a reconocer
la proximidad de la parada, después de la vuelta de los corredores y las
aclamaciones de los nómadas, levantaban orgullosos el cuello.
El claro apareció. La fuente encantadora se abría camino
entre musgos y arbustos. Una gran fantasmagoría se presentó a los nómadas.
Era al principio un gran círculo de conos azulados,
translúcidos, la punta en alto y cada uno del volumen más o menos de la mitad
de un hombre. Algunas rayas claras, algunas circunvoluciones oscuras se
esparcían por toda la superficie; todos tenían en la base una estrella
deslumbradora.
Más lejos, igualmente extraños, unos estratos se erguían
verticalmente, bastante parecidos a la corteza del abedul y veteados con
elipses multicolores. Había además, aquí y allá, unas Formas casi cilíndricas y
no obstante variadas, unas delgadas y altas, las otras bajas y rechonchas,
todas de color bronceado, punteadas de verde, poseyendo todas, como los
estratos, los característicos puntos de azul.
La tribu miraba, sorprendida. Un temor supersticioso
inmovilizaba a los más valientes, que aumentó cuando las Formas se pusieron a
ondular en las sombras grises del claro. Y de repente, mientras las estrellas
temblaban y vacilaban, los conos se alargaron, los cilindros y los estratos
chisporrotearon como el agua tirada sobre una llama, mientras todos avanzaban
hacia los nómadas con una velocidad acelerada.
La tribu, presa por el hechizo de este espectáculo, no se
movía en absoluto y continuaba mirando. Las Formas se acercaron. El choque fue
espantoso. Guerreros, mujeres, niños, en racimos, se desplomaban en el suelo de
la selva, como heridos misteriosamente por el poder del rayo. Entonces, a los
supervivientes, el tenebroso terror rindió la fuerza, las alas de la huida
ágil. Y las Formas, al principio en masa, ordenadas en hileras, se esparcieron
alrededor de la tribu, persiguiendo despiadadamente a los fugitivos. El
horrendo ataque, empero, no era infalible: mataba a unos y aturdía a otros,
nunca hería. Algunas gotas rojas brotaban de la nariz, de los ojos, de las
orejas de los agonizantes, pero los otros, indemnes, no tardaban en levantarse,
para continuar la carrera fantástica, entre la palidez crepuscular.
Cualquiera que fuere la naturaleza de las Formas, obraban
de la misma manera que los seres, de ninguna manera en forma de elementos,
teniendo como los seres la inconstancia y la diversidad en el paso, escogiendo
evidentemente a sus víctimas sin confundir a los nómadas con las plantas ni con
los animales.
Pronto los más veloces se dieron cuenta de que ya no les
perseguían. Agotados, destrozados, no se atrevían a volverse hacia el prodigio.
A lo lejos, entre los troncos inundados de sombra, continuaba la persecución
resplandeciente. Y las Formas, de preferencia, perseguían, destrozaban a los
guerreros, aunque a menudo despreciaban a los débiles, a la mujer y al niño.
Así, a distancia, en la noche oscura, la escena era más
sobrenatural, más aplastante para los cerebros bárbaros. Los guerreros iban a
comenzar de nuevo la huida. Una observación capital les obligó a pararse: ésta
era que, fuesen cuales fuesen los fugitivos, las Formas abandonaban la
persecución a partir de un límite fijo. Y, por cansada e impotente que
estuviese la víctima, aunque estuviese desvanecida, desde que esta frontera
ideal se había franqueado, cualquier peligro cesaba de repente.
Esta tranquilizadora observación, ya confirmada por más de
cincuenta hechos, aplacó los nervios frenéticos de los fugitivos. Se atrevieron
a esperar a sus compañeros, sus mujeres y sus pobres niños escapados de la
matanza. Incluso uno de ellos, su héroe, atontado al principio, asustado por
esta aventura tan sobrehumana, encontró el aliento de su gran alma, encendió
una hoguera e hizo sonar el cuerno de búfalo para guiar a los fugitivos.
Entonces llegaron los desdichados de uno en uno. Muchos de
ellos, lisiados, se arrastraban con las manos. Unas mujeres-madres, con la
indomable fuerza maternal, habían guardado, reunido y transportado entre
aquella hosca refriega, el fruto de sus entrañas. Y muchos asnos, caballos y
bueyes, reaparecieron, menos enloquecidos que los hombres.
Noche lúgubre, pasada en silencio, sin sueño, en que los
guerreros sentían temblar continuamente sus vértebras. Pero vino la aurora, se
insinuó pálida a través del gran follaje, después la sinfonía del amanecer con
todos sus colores, los pájaros haciendo resonar sus trinos, exhortando a la
vida, para rechazar los terrores de las Tinieblas.
El Héroe, el jefe natural, juntando a la multitud en
grupos, comenzó a enumerar a la tribu. La mitad de los guerreros, doscientos,
faltó a la llamada. Mucho menores eran las pérdidas de las mujeres y casi nula
la de los niños.
Cuando esta enumeración fue terminada, cuando se hubieron
juntado las bestias de carga (pocas faltaban, por la superioridad del instinto
sobre la razón durante los desastres), el Héroe dispuso la tribu según el
arreglo acostumbrado, después, ordenando a todos que esperaran, solo, pálido,
se dirigió hacia el claro. Nadie, ni de lejos, se atrevió a seguirlo.
Y dirigiéndose adonde los árboles se espaciaban
ampliamente, sobrepasó ligeramente el límite observado la víspera y miró.
A lo lejos, en la fresca transparencia de la mañana,
manaba la hermosa fuente; en sus bordes, reunida, la banda fantástica de las
Formas resplandecía. Su color había variado. Los Conos eran más compactos, su
tinte turquesa había verdecido, los Cilindros se nublaban de violeta y los
Estratos se parecían al cobre virgen. Pero en todos, la estrella apuntaba sus
rayos que, incluso a la luz del día, deslumbraban.
La metamorfosis se extendía a los contornos de las
fantasmagóricas Entidades: unos conos tenían tendencia a ensancharse en
cilindros, unos cilindros se desplegaban, mientras que unos estratos se
curvaban parcialmente.
Pero, como la víspera, de pronto las Formas empezaron a
ondular, sus Estrellas se pusieron a palpitar; el Héroe, lentamente, pasó de
nuevo la frontera de la Salvación.
II. EXPEDICIÓN HIERATICA
La tribu de Pjehou se detuvo a la puerta del gran
Tabernáculo nómada, donde sólo entraban los jefes. En el fondo lleno de astros,
bajo la imagen masculina del Sol, se erguían los tres grandes sacerdotes. Más
abajo de ellos, en las gradas doradas, los doce sacrificadores inferiores.
El Héroe se adelantó y refirió con detalle el terrible
viaje a través del bosque de Kzour, que los sacerdotes escuchaban, muy graves,
asombrados, sintiendo que menguaba su poder ante aquella aventura inconcebible.
El gran sacerdote supremo exigió que la tribu ofreciese al
Sol doce toros, siete onagros y tres caballos sementales. Reconoció a las
Formas los atributos divinos, y después de los sacrificios, propuso una
expedición hierática.
Todos los sacerdotes, todos los jefes de la nación
zahelal, tenían que asistir a ella.
Y unos mensajeros recorrieron los montes y las llanuras, a
cien leguas alrededor del lugar donde se elevó más tarde la Ecbatana de los
magos. Por doquier la tenebrosa historia erizaba los pelos de los hombres, y en
todas partes los jefes obedecían prontamente la llamada sacerdotal.
Una mañana de octubre, el Varón atravesó las nubes, inundó
el Tabernáculo, alcanzó el altar donde humeaba un corazón sangrante de toro.
Los grandes sacerdotes, los sacrificadores, cincuenta jefes de tribu, lanzaron
el grito triunfal. Cien mil nómadas, fuera, pisando el rocío fresco, repitieron
el clamor, volviendo sus cabezas curtidas hacia la prodigiosa selva de Kzour,
que temblaba blandamente. El presagio era favorable.
Entonces, con los sacerdotes en cabeza, todo un pueblo
anduvo a través del bosque. Por la tarde, hacia las tres, el héroe de Pjehou
detuvo a la multitud. El gran claro requemado por el otoño, con su musgo oculto
bajo una gruesa capa de hojas secas, se extendía con majestad; en los bordes
del manantial, los sacerdotes se apercibieron de lo qué iban a adorar y
apaciguar, las Formas. Eran agradables a la vista y bajo la sombra de los
árboles, con sus matices temblorosos, el fuego puro de sus estrellas, su evolución
tranquila al borde del manantial.
—¡Es necesario —dijo el gran sacerdote supremo— ofrecer
aquí el sacrificio, para que sepan que nos sometemos a su poder!
Todos los ancianos se inclinaron. Entretanto, una voz se
elevó. Era Yushik, de la tribu de Nim, un joven que se ocupaba en contar los
astros, pálido y vigilante profeta, que empezaba a tener fama y renombre, el
cual pidió con audacia que se aproximasen a las Formas.
Pero los ancianos, que habían encanecido en el arte de las
sabias palabras, triunfaron: el altar fue construido, la víctima conducida a
él... —un deslumbrante semental, soberbio servidor del hombre—. Entonces, en el
silencio, mientras el pueblo se prosternaba, el cuchillo de cobre encontró el
noble corazón del animal. Un gran lamento se elevó. Y el gran sacerdote dijo:
—¿Estáis aplacados, oh dioses?
Allá abajo, entre los troncos silenciosos, las Formas
continuaban circulando y relucían, dando preferencia a los lugares en que el
sol se deslizaba en ondas más densas.
—¡Sí, sí —gritaba el entusiasta—, están aplacados!
Y cogiendo el corazón caliente del caballo, sin que el
gran sacerdote, curioso, pronunciara una palabra, Yushik se lanzó hacia el
claro. Unos fanáticos, lanzando grandes aullidos, le siguieron. Lentamente las
Formas ondulaban, apretujándose, rasando el suelo; después, de repente,
precipitándose sobre los más temerarios, se produjo una lamentable hecatombe,
que asustó a las cincuenta tribus. Seis o siete fugitivos, con grandes
esfuerzos, perseguidos con encarnizamiento, pudieron alcanzar el límite. Los restantes
habían perecido y Yushik con ellos.
—¡Son unos dioses inexorables! — dijo solemnemente el
supremo sacerdote.
Después se reunió un consejo, el venerable consejo de los
sacerdotes, los ancianos y los jefes.
Decidieron trazar, más allá del límite de Salvación, un
recinto de estacas, y obligar, para determinar este recinto, a unos esclavos
que se expusiesen al ataque de las Formas, sucesivamente sobre todo el
contorno.
Y así se hizo. Bajo amenaza de muerte, unos esclavos
entraron en el recinto. Muy pocos de ellos perecieron, sin embargo, por las
grandes precauciones tomadas. La frontera quedó firmemente establecida, hecha
visible a todos por su contorno de estacas.
Así terminó felizmente la expedición hierática, y los
Zahelals se creyeron protegidos contra el sutil enemigo.
III. LAS TINIEBLAS
Pero el sistema preventivo preconizado por el consejo
pronto resultó ser impotente. En la primavera siguiente, las tribus Hertoth y
Nazzum, pasando cerca de la empalizada sin desconfianza, un poco en desorden,
fueron cruelmente asaltadas y diezmadas por las Formas.
Los jefes que escaparon a la matanza explicaron al gran
consejo Zahelal, que las Formas eran ahora mucho más numerosas que el otoño
pasado. Sin embargo, como anteriormente, limitaban su persecución, pero las
fronteras se habían ensanchado.
Estas noticias llenaron de consternación al pueblo: hubo
gran aflicción y se ofrecieron grandes sacrificios. Después el consejo resolvió
destruir la selva de Kzour con el fuego.
A pesar de todos los esfuerzos, no se pudieron incendiar
más que las orillas.
Entonces, los sacerdotes, con gran desesperación,
consagraron la selva, prohibiendo a cualquiera de entrar allí. Y así pasaron
varios veranos.
Una noche de octubre, el campamento de la tribu Zulf, que
estaba dormida a diez tiros de arco de la selva fatal, fue invadida por las
Formas. Trescientos guerreros más perdieron la vida.
Desde este día una historia siniestra, envolvente,
misteriosa, se esparció de tribu en tribu, murmurada a todas las orejas, al
caer la tarde, en las largas noches astrales de la Mesopotamia. El hombre iba a
perecer. El OTRO, ampliando su dominio en la selva, en las llanuras,
indestructible, día tras día, devoraría la raza acobardada. Y la confianza,
temerosa y negra, se metía en los pobres cerebros y a todos les quitaba la
fuerza de luchar, el brillante optimismo de las razas jóvenes. El hombre
errante, soñando en estas cosas, no se atrevía a disfrutar de los suntuosos
pastos natales y buscaba con la mirada abrumada, el paso de las constelaciones.
Fue el milenio de los pueblos jóvenes, y ya sentían la frialdad del fin del
mundo o quizá la resignación del piel roja de las praderas indias.
Y con esta angustia, los más meditabundos, llegaron a un
culto amargo, un culto de muerte que predicaban fríos profetas; era el culto de
las Tinieblas más poderosas que los Astros, unas Tinieblas que tenían que
tragar y devorar, la Santa Luz y el fuego resplandeciente.
Por todas partes, en los contornos de las soledades; se
encontraban inmóviles y adelgazadas unas siluetas de iluminados, de los hombres
del silencio, que, por períodos, se esparcían entre las tribus, y contaban sus
espantosas pesadillas, el Crepúsculo de la Gran Noche Cerrada que se
aproximaba, del sol agonizante.
IV. BAKHOUN
Ahora bien: por esta época, vivía un hombre
extraordinario, llamado Bakhoûn, descendiente de la tribu de Ptuh y hermano del
primer gran sacerdote de los Zahelals. Desde muy joven había dejado la vida
nómada, escogiendo una bella soledad, entre cuatro colinas, en un minúsculo y
risueño valle por el que discurría una fuente de agua clara y cristalina. Unos
grandes peñascos le hacían las veces de tienda fija, de morada ciclópea. La
paciencia y la ayuda de bueyes y caballos, le habían creado, junto con la regularidad
de las cosechas, una riqueza incalculable. Con sus cuatro mujeres y sus treinta
hijos, vivía allí una vida de Edén.
Bakhoûn profesaba unas ideas singulares, y hubiera sido
lapidado, a no ser por el respeto de los Zahelals hacia su hermano mayor el
gran sacerdote supremo.
Primero, afirmaba que la vida sedentaria era preferible a
la vida nómada, pues reservaba las fuerzas del hombre en provecho del espíritu.
Segundo, pensaba que el Sol, la Luna y las Estrellas no
eran dioses, sino unas masas luminosas.
Tercero, decía que el hombre no tiene que creer más que en
las cosas probadas por la Medida.
Los Zahelals le atribuyeron unos poderes mágicos, y aun
los más temerarios, a veces, se atrevían a consultarle, y nunca se
arrepintieron. Aseguraban que había ayudado muchas veces a las tribus
desgraciadas, distribuyéndoles toda clase de víveres.
Mas en la hora negra, cuando se presentó la melancólica
alternativa de abandonar las comarcas o ser destruidas por las divinidades
inexorables, las tribus pensaron en Bakhoûn, y los mismos sacerdotes, después
de grandes luchas de orgullo, le enviaron una delegación formada por tres de
los más considerables de su orden.
Bakhoûn prestó la más ansiosa atención a sus relatos,
haciéndoselos repetir, formulándoles precisas y numerosas preguntas. Pidió que
le dejaran dos días para meditar. Cuando este tiempo hubo pasado les anunció
sencillamente que iba a consagrarse por completo al estudio de las Formas.
Las tribus se sintieron algo decepcionadas, pues esperaban
que Bakhoûn podría librar al país por brujería. Sin embargo, los jefes se
mostraron contentos de su decisión y esperaron con ello grandes cosas.
Entonces, Bakhoûn se instaló en los alrededores de la
selva de Kzour, retirándose a la hora del descanso, y durante todo el día
observaba, montado sobre el más rápido caballo semental de Caldea. En seguida
estuvo convencido de la superioridad del espléndido animal sobre las más ágiles
de las Formas, pudiendo comenzar su estudio audaz y minucioso de los enemigos
del Hombre, este estudio al cual debemos el gran libro pre-cuneiforme de
sesenta tablas, el más hermoso libro lapidario que las edades nómadas hayan
legado a las razas modernas.
Es justamente en este libro, admirable por su paciente
observación y su sobriedad, donde se halla constancia de un sistema de vida
absolutamente distinto de nuestro reino animal y vegetal, sistema que Bakhoûn
asegura humildemente no haber podido analizar más que en su apariencia más
grosera y más exterior. Es imposible que el Hombre no se estremezca leyendo
esta monografía de seres que Bakhoûn llama los Xipéhuz, estos detalles
desinteresados que no han sido llevados nunca a lo maravilloso sistemático, que
el viejo escriba revela acerca de sus actos, su modo de avanzar, de combatir y
de generación, los cuales demuestran que la raza humana ha estado al borde de
la Nada, que la tierra ha estado a punto de convertirse en el patrimonio de un
Reino del cual hemos perdido hasta la concepción.
Es preciso leer la maravillosa traducción del señor
Dessault, sus descubrimientos inesperados sobre la lingüística «preasiria»,
descubrimientos más admirados desgraciadamente en el extranjero —en Inglaterra
y Alemania— que en su propia patria. El ilustre sabio se ha dignado poner a
nuestra disposición los pasajes más sobresalientes de la preciosa obra, y estos
pasajes, que nosotros ofrecemos a continuación al público, quizás inspirarán el
deseo de examinar las soberbias traducciones del Maestro1.
V. EXTRACTO DEL LIBRO DE BAKHOUN
Los Xipéhuz son evidentemente unos seres Vivientes. Todos
sus pasos indican la voluntad, el capricho, la asociación, la independencia
parcial que permiten distinguir al Ser animal de la planta o de la cosa inerte.
Aunque su manera de progresión no pueda ser definida por comparación —es un
simple modo de deslizarse sobre la tierra— es fácil de ver que lo dirigen a su
gusto. Se les ve pararse bruscamente, volverse, lanzarse a la persecución los
unos de los otros, pasearse a pares, tres a la vez, manifestar unas
preferencias que les harán dejar a un compañero para ir a lo lejos y juntarse
con otro. No tienen la facultad de subirse a los árboles, pero logran matar a
los pájaros atrayéndolos por medios no descubiertos todavía. Se les ve cercar
animales silvestres o esperarles detrás de un zarzal; no dejan nunca de
matarlos y luego consumirlos. Se puede poner por regla que matan a todos los
animales indistintamente, si pueden alcanzarlos, y todo esto sin motivo
aparente, pues no los utilizan en absoluto, reduciéndolos únicamente a ceniza.
Su manera de destruir no exige una hoguera; el punto
incandescente que tienen en su base es suficiente para esta operación. Se
reúnen de diez a veinte, en círculo, alrededor de los grandes animales muertos,
entonces hacen converger sus rayos sobre el cadáver. Para los animales pequeños
—los pájaros, por ejemplo— los rayos de un solo Xipéhuz son suficientes para la
incineración. Hay que darse cuenta que el calor que pueden producir no es en
absoluto instantáneo y violento. Yo he recibido a menudo en la mano las
radiaciones de un Xipéhuz y la piel no empezaba a calentarse hasta después de
algún tiempo.
No sé si es necesario decir que los Xipéhuz son de
diferentes formas, ya que todos pueden transformarse sucesivamente en conos,
cilindros y estratos, y todo esto en un solo día. Su color varía continuamente,
lo que creo se puede atribuir en general a las metamorfosis de la luz desde la
mañana hasta la noche y desde la noche a la mañana. Sin embargo algunas
variaciones de matices parece son debidas al capricho de los individuos y
especialmente a sus pasiones, si se me permite decirlo, pudiendo constituir así
verdaderas expresiones de la fisonomía, las más sencillas de las cuales me han
sido imposibles de determinar, a pesar de un estudio ardiente, pudiendo
aventurar únicamente algunas hipótesis. Así, no he podido distinguir nunca un
matiz furioso de un matiz dulce, lo que hubiera sido el primer descubrimiento
de este género.
He dicho sus pasiones. Anteriormente he observado ya sus
preferencias, lo que denominaría sus amistades. También tienen sus odios. Tal
Xipéhuz se aleja constantemente de tal otro y recíprocamente. Sus cóleras
parecen violentas. Chocan entre ellos con movimientos idénticos a los que se
observan cuando atacan a los grandes animales o al hombre, y son estos combates
los que me han enseñado que no eran en absoluto inmortales, como en principio
estaba dispuesto a creer, pues dos o tres veces he visto a unos Xipéhuz
sucumbir en estos encuentros, es decir, caer, condensarse, petrificarse. He
conservado precisamente algunos de estos extraordinarios cadáveres2, y quizá
más tarde podrán servir para conocer la naturaleza de estos Xipéhuz. Son unos
cristales amarillentos, dispuestos irregularmente y estriados con unos hilos
azules.
Del hecho de que los Xipéhuz no eran en absoluto
inmortales deduje que tal vez sería posible combatirlos y vencerlos, y desde
entonces he empezado la serie de experiencias bélicas de las cuales se hablará
más tarde.
Como los Xipéhuz resplandecen lo suficiente para ser
apercibidos a través de las espesuras y hasta detrás de los grandes troncos
—una gran aureola se desprende de ellos en todos los sentidos y advierte su
proximidad—, he podido arriesgarme, en la selva, confiando en la velocidad de
mi corcel.
Una vez allí, he tratado de descubrir si es que se
construían moradas, pero confieso haber fracasado en esta indagación. Para
vivir, no mueven ni piedras ni plantas, y parecen rehuir cualquier especie de
industria tangible y visible, única industria apreciable a la observación
humana. Por consecuencia no tienen ninguna clase de armas, de acuerdo con el
sentido atribuido por nosotros a esta palabra. También es cierto que no pueden
matar a distancia: cualquier animal que haya podido huir sin sufrir el contacto
inmediato de un Xipéhuz, ha escapado infaliblemente, y de esto he sido
testimonio infinidad de veces.
Como ya había observado la desgraciada tribu de Pjehou,
ellos no pueden franquear ciertas barreras ideales: así, pues, su acción queda
limitada. Pero estos límites han ido en aumento siempre, de año en año y de mes
en mes. Así, pues, he tenido que indagar la causa de ello.
Ahora bien, esta causa no parece ser otra que un fenómeno
de crecimiento colectivo, y, como la mayor parte de las cosas xipéhuzes, es
incomprensible a la inteligencia del hombre. He aquí la ley en dos palabras:
los límites de la acción xipéhuz se ensanchan proporcionalmente al número de
individuos, es decir, que así que hay procreación de nuevos seres, hay
extensión de fronteras; pero mientras el número permanezca invariable, ningún
individuo es capaz de franquear el medio habitado atribuido —por la fuerza de
las cosas (?)— al conjunto de la raza. Esta regla deja entrever una correlación
más íntima entre la masa y el individuo que la correlación similar observada
entre los hombres y los animales. Más tarde se ha visto la recíproca de esta
ley, ya que desde que los Xipéhuz han empezado a disminuir, sus fronteras se
han estrechado proporcionalmente.
Del fenómeno de la procreación en sí, tengo poco que
decir, pero este poco es característico. En principio esta proporción se
produjo cuatro veces al año, un poco antes de los equinoccios y los solsticios
y solamente durante las noches muy puras. Los Xipéhuz se reunían en grupos de
tres, y estos grupos acababan por no formar más que uno solo, estrechamente
amalgamado y dispuesto en una elipse muy larga. Permanecen así toda la noche, y
por la mañana hasta la completa salida del Sol. Cuando se separan, se ven subir
unas formas vagas, vaporosas y enormes.
Estas formas se condensan lentamente, achicándose, y se
transforman al cabo de diez días en conos del color del ámbar,
considerablemente más grandes todavía que los Xipéhuz adultos. Son necesarios
dos meses y algunos días para que alcancen el máximo desarrollo, es decir, su
máximo encogimiento. Al cabo de este tiempo se vuelven parecidos a los otros
seres de su reino, de colores y formas variables según la hora, el tiempo y el
capricho individual. Algunos días después de su desarrollo o encogimiento integral,
las fronteras de acción se ensanchan. Era, naturalmente, un poco antes de este
momento temible en que yo apretaba los flancos de mi buen Kouath, a fin de ir a
establecer mi campamento más lejos.
Que los Xipéhuz tengan sentidos, es lo que no es posible
afirmar. Poseen ciertamente unos aparatos que les sirven en su lugar.
La facilidad con que perciben a grandes distancias la
presencia de los animales, pero sobre todo la del hombre, anuncia evidentemente
que sus órganos de investigación valen tanto como nuestros ojos. Yo no les he
visto nunca confundir un vegetal con un animal, hasta en circunstancias en que
yo habría podido cometer este error, equivocado por la luz bajo las ramas, el
color del objeto o su posición. La circunstancia de agruparse hasta veinte para
consumir un animal grande, cuando uno solo se ocupa de la calcinación de un
pájaro, demuestra una comprensión correcta de las proporciones, y esta
inteligencia aparece más perfecta si se observa que se juntan diez, doce, o
quince, siempre de acuerdo con el volumen relativo del cadáver. Un argumento
todavía mejor a favor de la existencia de órganos análogos a nuestros sentidos,
o de su inteligencia, es la forma en que ellos actuaban al atacar a nuestras
tribus, ya que se ocupaban poco o casi nada de nuestras mujeres y niños,
mientras que perseguían despiadadamente a los guerreros.
Ahora —la pregunta más importante.— ¿tienen un lenguaje? A
esto puedo contestar sin el menor titubeo: «Sí, tienen un lenguaje.» Y este
lenguaje se compone de signos entre los cuales he podido descifrar algunos.
Supongamos, por ejemplo, que un Xipéhuz desea hablar a
otro. Para esto le es suficiente dirigir los rayos de su estrella hacia su
compañero, lo que es captado al instante. El llamado, si anda, se detiene,
esperando. El que habla, entonces, traza rápidamente, en la superficie misma de
su interlocutor —y no importa de qué lado— una serie de caracteres, cortos y
luminosos, por medio de un juego de centelleo desprendido siempre de la base;
estos caracteres se quedan un instante fijos, después se borran.
El interlocutor, después de una breve pausa, responde.
Antes de emprender cualquier acción de combate o de
emboscada, he visto siempre a los Xipéhuz emplear los caracteres siguientes:
Cuando se trataba de mí —y esto era a menudo, pues han
hecho todo lo que han podido para exterminarnos al valiente Kouath y a mí—, los
signos
han sido cambiados invariablemente, —entre otros—, como la
palabra o la frase
dada aquí encima.
El signo de llamada ordinario era
y hacía acudir al
individuo que lo recibía. Cuando los Xipéhuz estaban invitados a una reunión
general, yo no he dejado nunca de observar una señal de esta forma
que representaba la triple apariencia de estos seres.
Los Xipéhuz tienen además unos signos más complicados,
refiriéndose no sólo a acciones similares a las nuestras, sino a un orden de
cosas completamente extraordinario y del que no he podido descifrar nada. No
puede haber la menor duda respecto a su facultad de poder cambiar ideas de un
orden abstracto, probablemente equivalentes a las ideas humanas, ya que pueden
permanecer durante mucho tiempo inmóviles no haciendo otra cosa que conversar,
lo que indica verdaderas acumulaciones de pensamientos.
Mi larga estancia cerca de ellos había terminado, a pesar
de las metamorfosis (cuyas leyes varían para cada uno, poco sin duda, pero con
características suficientes para un espía terco), por hacerme conocer varios
Xipéhuz de una manera bastante íntima, por revelarme particularidades sobre
diferencias individuales..., diríase sobre los caracteres. He conocido a
algunos taciturnos, que no trazaban casi nunca una palabra; otros expansivos,
que escribían verdaderos discursos; otros atentos, otros habladores que
hablaban juntos, interrumpiéndose unos a otros. A algunos les gustaba retirarse
para vivir solitarios; otros buscaban evidentemente la sociedad; otros,
feroces, acosaban constantemente las fieras y los pájaros, y algunos, más
misericordiosos, perdonaban a los animales y les dejaban vivir en paz. ¿Todo
esto no abre a la imaginación una gigantesca cantera? ¿No lleva hasta imaginar
diversidad de aptitudes, inteligencia y fuerzas análogas a las de la raza
humana?
Ellos practican la educación. ¡Cuántas veces he observado
a un viejo Xipéhuz, sentado en medio de numerosos jóvenes, centelleando signos
que aquéllos le repetían uno después del otro, y que les hacía empezar de nuevo
cuando la repetición era imperfecta!
Estas lecciones eran a mis ojos maravillosas, y de todo lo
que concierna a los Xipéhuz, no hay nada que haya cautivado tanto mi atención,
nada que me haya preocupado más en las noches de insomnio. Me parecía que era
allí, en este amanecer de la raza, donde el velo del misterio podía
entreabrirse, allí donde alguna idea simple, primitiva, surgiría quizás, y
esclarecería para mí un rincón de aquellas profundas tinieblas. No, nada me ha
desanimado; durante años he asistido a esta educación, de la que he intentado
interpretaciones innumerables. ¡Cuántas veces he creído captar como un fugitivo
resplandor de la naturaleza esencial de los Xipéhuz, un resplandor
extrasensible, una pura abstracción y que, ¡ay de mí!, mis pobres facultades
ahogadas en la carne no llegarán nunca a percibir!
He dicho antes que había creído durante mucho tiempo que
los Xipéhuz eran inmortales. Habiendo sido destruida esta creencia en vista de
muertes violentas que siguieron a algunos encuentros entre Xipéhuz, me sentí
naturalmente tentado a investigar su punto vulnerable y me dediqué cada día,
desde entonces, a encontrar medios destructivos, ya que los Xipéhuz crecían en
número de tal forma, que después de haber desbordado la selva de Kzour por el
sur, este y oeste, empezaron a invadir las llanuras del lado de levante. ¡Oh,
dioses! En pocos ciclos hubiesen desposeído al hombre de su morada terrestre.
Entonces me armé de una honda, y cuando un Xipéhuz salía
de la selva y lo tenía a mi alcance, le apuntaba y le lanzaba una piedra. No
obtuve ningún resultado, aunque hubiese alcanzado al conjunto de individuos
apuntados en todas las partes de su superficie, hasta en el mismo punto
luminoso. Parecían de una insensibilidad perfecta a mis tiros, y ninguno de
entre ellos se volvió nunca para evitar uno de mis proyectiles. Después de un
mes de pruebas me fue preciso confesar que la honda no podía nada contra ellos,
y entonces abandoné esta arma.
Tomé el arco. A las primeras flechas que lancé, descubrí
entre los Xipéhuz un sentimiento muy vivo de miedo, pues dudaban, se mantenían
fuera de mi alcance, me esquivaban tanto como podían. Durante ocho días, probé
en vano de alcanzar a uno. El octavo día una partida de Xipéhuz, llevada creo
yo por su ardor cinegético, pasó bastante cerca de mí persiguiendo una bonita
gacela. Lancé precipitadamente algunas flechas, sin ningún efecto aparente, y
la partida se dispersó: yo les perseguía y gastaba mis municiones. No hube
tirado la última flecha que todos volvieron con gran rapidez, de diferentes
lados, me cercaron por tres cuartos y hubiese perdido la vida a no ser por la
prodigiosa velocidad del servicial Kouath.
Esta aventura me dejó lleno de incertidumbre y de
esperanzas; pasé toda la semana inerte, perdido en la vaga profundidad de mis
meditaciones, en un problema excesivamente apasionante, sutil, propio para
hacer huir el sueño, ya que al mismo tiempo me llenaba de sufrimiento y de
placer. ¿Por qué los Xipéhuz temían mis flechas? ¿Por qué, por otra parte,
entre el gran número de proyectiles con los cuales había alcanzado a los que
iban de caza, ninguno había producido efecto? Lo que yo sabía de la inteligencia
de mis enemigos no permitía la hipótesis de un terror sin causa. Por el
contrario, todo me inducía a suponer que la flecha, lanzada en unas condiciones
particulares, tenía que ser contra ellos un arma temible. ¿Pero cuáles eran
estas condiciones? ¿Cuál era el punto vulnerable de los Xipéhuz? Y bruscamente
me vino el pensamiento de que había de ser la estrella lo que había que
alcanzar. En un minuto tuve la certidumbre apasionada, ciega... Después se
apoderó de mí la duda. Con la honda ¿no había apuntado varias veces hasta tocar
este punto? ¿Por qué la flecha sería más dichosa que la piedra?...
Después, vino la noche, el inconmensurable abismo, con sus
lámparas maravillosas esparcidas por encima de la tierra. Y yo, con la cabeza
entre las manos, soñaba, con el corazón en tinieblas como la noche.
Un león se puso a rugir, unos chacales pasaron por la
llanura, v de nuevo la lucecita de la esperanza me iluminó. Acababa de pensar
que el guijarro de la honda era relativamente grueso ¡y la estrella de los
Xipéhuz tan pequeña! Quizá, para mejor maniobrar, era preciso ir profundo,
atravesarla con una punta aguda y ¡entonces el terror delante de la flecha se
comprendería!
Entre tanto, Vega giraba lentamente en torno al Polo, la
aurora estaba ya muy próxima y la laxitud, durante algunas horas, adormecía en
mi cráneo el mundo del espíritu.
Algunos días más tarde, armado con el arco, me fui
constantemente en persecución de los Xipéhuz, penetrando en su recinto todo lo
que la prudencia permitía. Pero todos evitaron mi ataque quedándose lejos,
fuera de mi alcance. No se podía pensar en tenderles una emboscada: su método
de percepción les permitía adivinar mi presencia a través de los obstáculos.
Hacia el final del quinto día se produjo un acontecimiento
que por sí solo probaba que los Xipéhuz son seres falibles y que pueden llegar
a perfeccionarse como el hombre. Aquella noche, al llegar el crepúsculo, un
Xipéhuz se aproximó deliberadamente hacia mí, con aquella velocidad
continuamente acelerada que da más efectividad a su ataque. Sorprendido, con el
corazón palpitante, tendí el arco. El, acercándose cada vez más, parecía una
columna de turquesa en la noche naciente, casi llegaba a mi alcance. Luego,
cuando me aprestaba a lanzar la flecha, vi con estupefacción que él se volvía y
escondía su estrella sin cesar de acercarse hacia mí. No tuve más tiempo que el
preciso para poner al galope a Kouath, para escabullirme del ataque de aquel
temible adversario.
Esta sencilla maniobra, en la cual ningún Xipéhuz había
podido pensar anteriormente, además de demostrar, una vez más, la invención
personal, la individualidad entre el enemigo, sugería dos ideas: la primera,
que había razonado acertadamente en cuanto a la vulnerabilidad de la estrella
xipéhuza; la segunda, menos estimulante, era que la misma táctica, si fuese
adoptada por todos, haría mi tarea extraordinariamente ardua, quizá imposible.
De todas maneras, después de haber hecho tanto para
conocer la verdad, sentí crecer mi valor delante del obstáculo y llegué a
esperar de mi espíritu la sutileza necesaria para derribarlo3.
VI. SEGUNDO PERIODO DEL LIBRO DE BAKHOUN
Regresé a mi soledad. Anakhre, tercer hijo de mi mujer
Tepaï, era un poderoso constructor de armas. Le ordené que cortara una rama del
árbol de Waham, y tallara un arco de alcance extraordinario. Tomó una rama dura
como el hierro y el arco que salió de ella era cuatro veces más poderoso que el
del pastor Zankann, el arquero que se consideraba el más fuerte de las mil
tribus. Ningún hombre por fuerte que fuera lo habría podido tender. Pero yo
había imaginado un artificio y como Anakhre trabajó según mis indicaciones,
resultó que aquel arco inmenso podía ser tendido incluso por una mujer.
Además, yo había sido siempre muy experto para lanzar el
dardo y la flecha y en pocos días aprendí a conocer tan perfectamente el arma
construida por mi hijo Anakhre, que no fallé ningún blanco, aunque fuera menudo
como una mosca o tan rápido como un halcón.
Terminado todo esto, volví hacia Kzour, montado en mi
Kouath de ojos llameantes y empecé de nuevo a dar vueltas alrededor de los
enemigos del hombre.
Para inspirarles confianza tiré muchas flechas con mi arco
habitual, cada vez que alguna de sus partidas se aproximaba a la frontera.
Muchas de mis flechas caían cerca de ellos; así aprendieron a conocer el
alcance exacto del arma y por ello se creyeron en absoluto fuera de peligro a
unas distancias fijas. Sin embargo les quedaba una desconfianza que los hacía
ir de un lado a otro y los volvía temerosos mientras no permanecían al abrigo
de la selva, y les hacía ocultar sus estrellas a mi vista.
A fuerza de paciencia se fue desvaneciendo su inquietud y,
a la sexta mañana, una multitud vino a colocarse delante de mí, bajo un gran
árbol a tres tiros de arco corriente.
En seguida me apresuré a mandar una nube de flechas
inútiles. Entonces su vigilancia se adormeció cada vez más y sus maneras se
volvieron tan libres como en los primeros tiempos de mi estancia allí.
Era la hora decisiva. Mi pecho palpitaba de tal manera,
que en principio me sentía sin fuerzas. Esperé paciente, ya que todo el
formidable porvenir dependía de una sola flecha. Si ésta fallaba y no llegaba
al blanco deseado, probablemente los Xipéhuz ya no se prestarían más a mi
experimento, y entonces, ¿cómo saber si los Xipéhuz son accesibles a los golpes
del hombre?
Sin embargo, poco a poco mi voluntad triunfaba, hizo
acallar mi pecho, volvió suaves y fuertes los miembros y las pupilas
tranquilas. Entonces, lentamente, levanté el arco de Anakhre. Allí a lo lejos
un gran cono esmeralda se sostenía inmóvil a la sombra del árbol y su estrella
reluciente se volvía hacia mí. El arco enorme se tendió; silbando partió la
flecha por el espacio... y el Xipéhuz, alcanzado, cayó, condensándose y
petrificándose.
Al mismo instante un grito sonoro de triunfo escapó de mi
pecho. Tendí los brazos en éxtasis y di las gracias al Único.
¡Así, pues, eran vulnerables a las armas humanas estos
espantosos Xipéhuz! ¡Se podía tener la esperanza de destruirlos!
Ahora, sin miedo ya, dejaba latir mi pecho, dejaba resonar
la música jubilosa, yo que tanto había desesperado del futuro de mi raza, yo
que bajo el curso de las constelaciones y el cristal azul del abismo, había
calculado tan a menudo que en dos siglos el vasto mundo sentiría crujir sus
límites ante la invasión xipéhuza.
Y sin embargo, cuando vino la noche adorada, la noche
pensativa, una sombra cayó sobre mi beatitud: el temor de que el hombre y el
Xipéhuz no pudieran coexistir, ya que la destrucción de uno tenía que ser la
terrible condición para la vida del otro.
LIBRO SEGUNDO
VII
1. TERCER PERIODO DEL LIBRO DE BAKOUN
LOS sacerdotes, los ancianos y los jefes completamente
maravillados han escuchado mi relato; hasta en lo más hondo de las soledades
los corredores han ido a repetir la gran nueva. El gran Consejo ha ordenado a
los guerreros que se reunieran en la sexta luna del año 22649 en la llanura de
Mehour-Asar, y los profetas han predicado la guerra sagrada. Más de cien mil
guerreros Zahelals han acudido al lugar; un gran número de combatientes de
razas extranjeras, Dzoums, Shars, Khaldes, atraídos por el renombre, han
acudido a ofrecerse a la gran nación.
Kzour ha sido cercado por una décupla hilera de arqueros,
pero las flechas todas han fracasado ante la táctica Xipéhuza, y un gran número
de guerreros imprudentes han perecido.
Entonces, durante varias semanas, un gran terror
prevaleció entre los hombres...
El tercer día de la octava luna, armado con un cuchillo de
punta afilada, he anunciado a los innumerables pueblos que iba solo a combatir
a los Xipéhuz en la esperanza de destruir la desconfianza que empezaba a nacer
en contra de la verdad de mi relato.
Mis lujos Loûm, Demja, Anakhre, se han opuesto
violentamente a mi proyecto y han querido ocupar mi sitio. Y Loûm ha dicho: «Tú
no puedes ir, morirías. Entonces creerían que los Xipéhuz son invulnerables y
que la raza humana perecerá.»
Demja, Anakhre y muchos otros jefes habían dicho las
mismas palabras, por lo que me dieron a comprender que tenían razón y opté por
retirarme.
Entonces Loûm, apoderándose de mi cuchillo con mango de
cuerno, pasó la frontera mortal y en seguida los Xipéhuz acudieron. Uno de
ellos, más rápido que los otros, iba a su encuentro, pero Loûm, más ágil que el
leopardo, se apartó, dio la vuelta al Xipéhuz, y entonces, de un gran salto, lo
alcanzó, clavándole la punta aguda del cuchillo.
Los pueblos tan inmóviles vieron desmoronarse,
condensarse, petrificarse al adversario
Cien mil voces se alzaron en la mañana azul, cuando ya de
vuelta Loûm atravesaba la frontera y su nombre glorioso circulaba a través de
los ejércitos.
2. PRIMERA BATALLA
En el mundo corría el año 22649, era el séptimo día de la
octava luna.
Los cuernos retumbaron al alba; los pesados martillos
golpearon las campanas de bronce para anunciar la gran batalla. Cien búfalos
negros, doscientos caballos sementales fueron inmolados por los sacerdotes y
mis cincuenta hijos conmigo rogábamos al Único.
El planeta del sol se había tragado la aurora roja, los
jefes galoparon al frente de los ejércitos, el estruendo del ataque se
ensanchaba con la carrera impetuosa de los cien mil combatientes.
La tribu de Nazzum fue la primera en atacar y el combate
fue formidable. Impotentes al principio, segados por los golpes misteriosos,
los guerreros pronto conocieron el arte de alcanzar a los Xipéhuz y
aniquilarlos. Entonces todas las naciones, Zahelals, Dzoums, Sahrs, Khaldes.
Xisoastres, Pjarvanns, amenazadoras como los océanos, invadieron la llanura y
el bosque, cercando por doquier a sus silenciosos adversarios.
Durante mucho tiempo la batalla fue un caos; los
mensajeros comunicaban constantemente a los sacerdotes que los hombres perecían
a centenares, pero que su muerte era vengada.
En el momento más culminante vino mi hijo Sourdar, el de
los pies ágiles, para decirme que por cada Xipéhuz abatido perecían doce de los
nuestros. Yo tenía el alma negra y el corazón sin fuerzas, luego mis labios
murmuraron.
—¡Que sea todo como quiera el único Padre!
Y recordando el número de los guerreros, que daba un total
de ciento cuarenta mil, y sabiendo que los Xipéhuz se elevaban a un total de
unos cuatro mil, más o menos, pensé que más de un tercio de este gran ejército
perecería pero que la tierra sería para el hombre. También podía darse el caso
de que el ejército no fuera suficiente:
—¡Sin embargo, es una victoria! — me decía yo tristemente.
Pero mientras pensaba estas cosas, he aquí que el clamor
de la batalla hizo temblar más fuerte toda la selva; después, grandes masas de
guerreros reaparecieron y, dando todos unos gritos de angustia, huyeron hacia
la frontera de la Salvación.
Entonces vi a los Xipéhuz desembocar en la linde del
bosque, no separados unos de otros, como por la mañana, sino unidos en grupos
de unos veinte de ellos, en círculo, con sus fuegos vueltos al interior de los
grupos.
En esta posición avanzaban invulnerables sobre nuestros
guerreros impotentes y los destrozaban espantosamente.
Era el desastre.
Los combatientes más osados sólo pensaban en huir. Por lo
tanto, a pesar del luto que pesaba en mi alma, observé pacientemente las
peripecias fatales, con la esperanza de encontrar en el fondo mismo de tanto
infortunio algún remedio, ya que a menudo el veneno y el antídoto se encuentran
juntos.
El destino me recompensó esta confianza en la reflexión
con dos descubrimientos. Primeramente me di cuenta que en los lugares en que
nuestras tribus se hallaban en grandes multitudes y los Xipéhuz en poco número,
aquella matanza que en principio era incalculable, se aminoraba a medida que
los golpes del enemigo iban a menos; muchos de los caídos se levantaban después
de un breve desvanecimiento. En cuanto a los más robustos, acababan por
resistir completamente al choque, procurando huir después de repetidos ataques.
Como el mismo fenómeno se renovaba en diferentes puntos del campo de batalla,
acabé por creer que los Xipéhuz se fatigaban, que su poder de destrucción no
sobrepasaba un cierto límite.
La segunda observación, que completaba felizmente la
primera, me la proporcionó un grupo de Khaldes. Esta pobre gente, rodeada por
todas partes por el enemigo, al perder la confianza en sus cortos cuchillos,
arrancaron arbustos e hicieron con ellos unas mazas con ayuda de las cuales
probaron de abrirse paso. Fue para mí una gran sorpresa ver que su intento
salía bien. Vi a los Xipéhuz, por docenas, perder el equilibrio bajo los
golpes; aproximadamente la mitad de los Khaldes se escaparon por el boquete hecho
de aquella manera, pero cosa singular, los que en lugar de los arbustos se
sirvieron de instrumentos de bronce (como sucedió con algún jefe), éstos se
mataron ellos mismos al matar al enemigo. Hay que darse cuenta, sin embargo,
que los golpes de maza no hacían un daño sensible a los Xipéhuz, ya que los que
habían caído se levantaban de nuevo rápidamente y reemprendían la persecución.
No es que considere en menos mi doble descubrimiento, de una gran importancia
para las luchas futuras.
Sin embargo, el desastre continuaba. La tierra retumbaba
con la huida de los vencidos; antes de la noche no quedaban en los límites de
los Xipéhuzes nada más que nuestros muertos y algunos centenares de
combatientes subidos en los árboles. Para estos últimos la suerte fue
horrorosa, ya que los Xipéhuz los quemaron vivos concentrando mil fuegos en las
ramas que les protegían. Sus gritos desgarradores resonaron durante varias
horas bajo el gran firmamento.
3. BAKHOUN ELEGIDO
Al día siguiente, los pueblos hicieron el recuento de los
supervivientes. Encontraron que la batalla costaba alrededor de nueve mil
hombres: un cálculo aproximado dio la pérdida de seiscientos Xipéhuz. De manera
que la muerte de cada enemigo había costado quince existencias humanas.
La desesperación se asentó en los corazones de los
guerreros, muchos de ellos clamaban contra los jefes y hablaban de abandonar
una empresa tan horrorosa. Entonces, entre los murmullos, me adelanté al centro
del campo y me puse a reprochar en voz alta a los guerreros la falta de ánimo
de sus almas. Les pregunté si era preferible dejar perecer a todos los hombres
o sacrificar sólo una parte de ellos; les demostré que en diez años la comarca
zahelal estaría invadida por las Formas y dentro de veinte años los países de
Khaldes, Sahrs, Pjarvanns y Xisoastres quedarían arrasados: luego, al ver que
podía despertarles aún su conciencia, les hice reconocer que ya una sexta parte
del terrible territorio había vuelto al dominio de los hombres, pues el enemigo
había sido rechazado en tres partes distintas, haciéndole regresar a la selva.
Por último, les comuniqué mis observaciones, les hice comprender que los
Xipéhuz no eran infatigables, que unas mazas de madera podían derribarles y
obligarles a descubrir su punto vulnerable.
Un gran silencio reinaba en toda la llanura y la esperanza
volvía al corazón de los innumerables guerreros que me escuchaban. Y para
aumentar la confianza, describí unos aparatos de manera que yo había imaginado,
propios tanto para el ataque como para la defensa. El entusiasmo renació, los
pueblos aplaudieron mi idea y los jefes pusieron su mando a mi disposición.
4. METAMORFOSIS DEL ARMAMENTO
En los días siguientes hice derribar gran número de
árboles y di el modelo de ligeras barreras portátiles. He aquí su descripción
aproximada: un armazón de seis codos de largo y dos de ancho, unido por un
enrejado a un armazón interior de la anchura de un codo sobre un largo de
cinco. Seis hombres (dos portadores, dos guerreros armados con gruesas lanzas
de madera, de punta roma, otros dos igualmente armados de lanzas de madera,
pero con unas puntas metálicas muy finas y provistos por otra parte de arcos y flechas)
podían quedarse allí tranquilamente, circular por la selva, protegida contra
los ataques inmediatos de los Xipéhuz. Al llegar al alcance del enemigo, los
guerreros provistos de lanzas obtusas, tenían que atacar y hacer girar al
enemigo hasta obligarle a descubrirse y los arqueros tenían que apuntar a las
estrellas, ya sea con la lanza o el arco según se presentara la eventualidad.
Como la estatura media de los Xipéhuz alcanzaba un poco
más allá de un codo y medio, dispuse unas barreras de manera que los armazones
exteriores no pudieran sobrepasar, durante la marcha, una altura de un codo y
cuarto por encima del suelo y para esto era necesario inclinar un poco los
soportes que las unían al armazón interior llevado a manos por el hombre. Como
por otra parte los Xipéhuz no saben saltar los obstáculos abruptos ni avanzar
como no sea de pie, la barrera concebida así era suficiente para protegerles
contra sus ataques inmediatos.
Seguramente los Xipéhuz harían esfuerzos para quemar las
nuevas armas y en más de un caso podrían conseguirlo, pero como sus fuegos no
tienen eficacia fuera del alcance de las flechas, tendrían que descubrirse para
emprender esta calcinación. Por otra parte, al no ser ésta instantánea, se
podría evitar en gran parte por medio de maniobras de desplazamiento rápido.
5. LA SEGUNDA BATALLA
En el año 22649 del mundo, el décimoprimer día de la
octava luna, fue librada la segunda batalla contra los Xipéhuz y en esta
ocasión los jefes me entregaron el mando supremo. Entonces dividí a los pueblos
en tres ejércitos. Un poco antes de la aurora he lanzado contra Kzour cuarenta
mil guerreros armados según el sistema de barreras. Este ataque ha sido menos
confuso que el del séptimo día. Las tribus han entrado despacio en la selva, en
pequeños grupos dispuestos con mucho orden y el encuentro ha empezado. Toda la
ventaja ha sido para los hombres durante la primera hora, habiendo sido
completamente derrotados los Xipéhuz por la nueva táctica. Más de cien Formas
han perecido, apenas vengadas por la muerte de una docena de guerreros. Pero
pasada la primera sorpresa, los Xipéhuz se apresuraron a quemar las barreras,
cosa que pudieron conseguir en algunos casos. Pero una maniobra mucho más
peligrosa ha sido la que adoptaron hacia la cuarta hora del día; aprovechando
su velocidad, unos grupos de Xipéhuz, apretados los unos contra los otros,
llegaron a las barreras y consiguieron derribarlas. En esta operación
perecieron un gran número de hombres, hasta tal punto que esta momentánea
ventaja del enemigo desalentó a una parte de nuestro ejército.
Hacia la hora quinta, las tribus Zahelales de Khemar, Djoh
y una parte de los Xisoastres v Rahrs iniciaron la desbandada. Queriendo evitar
una catástrofe, despaché a unos enlaces protegidos por fuertes barreras, para
anunciarles que les mandaba refuerzos. Al mismo tiempo, dispuse el segundo
ejército para el nuevo ataque; pero de antemano di nuevas instrucciones,
indicándoles que las barreras tenían que mantenerse en grupos tan densos como
lo permitiera la circulación por la selva, dispuestos en cuadros compactos, así
que aparecieran una cantidad un poco importante de Xipéhuz sin abandonar por
esto la ofensiva.
Dicho esto di la señal; al cabo de poco tiempo tuve la
suerte de ver que la victoria volvía de nuevo a los pueblos unidos. En fin,
hacia la mitad del día hicimos un recuento, aproximado y constatamos que
nuestras pérdidas ascendían a un total de dos mil de nuestros hombres y en
cuanto a los Xipéhuz unos trescientos, lo que dio a conocer de una manera
efectiva el progreso alcanzado y llenó las almas de mayor confianza.
No obstante, la proporción varió ligeramente con
desventaja para nosotros hacia las catorce horas; los pueblos perdieron
entonces cuatro mil individuos y los Xipéhuz quinientos.
Entonces fue cuando lancé el tercer cuerpo: la batalla
alcanzó su mayor intensidad, el entusiasmo de los guerreros crecía a cada
minuto hasta la hora en que el sol iba a ponerse por Occidente.
Entonces, aproximadamente, los Xipéhuz reemprendieron la
ofensiva al norte de Kzour: un retroceso de Dzoums y Pjarvanns me hizo concebir
inquietudes. Por otra parte, juzgando que la noche sería más favorable para el
enemigo que para nosotros, hice poner fin a la batalla. La vuelta de las tropas
se hizo victoriosamente, con calma; gran parte de la noche se pasó celebrando
nuestros éxitos, que eran considerables; ochocientos Xipéhuz habían sucumbido,
su radio de acción se había reducido a unos dos tercios de Kzour. Es verdad que
nosotros habíamos dejado siete mil de los nuestros en la selva, pero estas
pérdidas eran muy inferiores proporcionalmente en comparación al resultado de
las de la primera batalla. Así, lleno de esperanza, podía atreverme a concebir
el plan de un ataque más decisivo contra los dos mil seiscientos Xipéhuz
existentes todavía.
6. LA EXTERMINACIÓN
En el año 22649 del mundo, el día quince de la octava
luna.
Cuando el astro rojo se ponía sobre las colinas
orientales, los pueblos estaban alineados para la batalla delante de Kzour.
Con el alma henchida de esperanza, acabé de hablar con los
jefes y los cuernos sonaron, los pesados martillos golpearon sobre el bronce y
el primer ejército avanzó contra la selva.
Las barreras ya eran más fuertes, un poco más grandes y
encerraban a doce hombres en lugar de seis, salvo un tercio que habían sido
construidas según la idea antigua.
Los primeros momentos del combate fueron favorables;
después de la hora tercera, cuatrocientos Xipéhuz fueron exterminados y por
nuestra parte sólo había dos mil bajas. Animado por estas buenas noticias,
lancé el segundo cuerpo de ejército. El encarnizamiento de una y otra parte
llegó a ser espantoso; nuestros combatientes se acostumbraban ya al triunfo,
mientras los antagonistas desplegaban el tesón de un noble reino. De la hora
cuarta a la octava, no sacrificamos menos de diez mil vidas, pero los Xipéhuz lo
pagaron con mil de su parte, pues creo que mil solamente quedaban en las
profundidades de Kzour.
En este momento comprendí que el hombre tendría la
posesión del mundo y mis últimas inquietudes se apaciguaron.
Sin embargo, a la hora novena hubo una gran sombra sobre
nuestra victoria. En este momento, los Xipéhuz no se dejaban ver más que en
grandes grupos en los claros, escondiendo sus estrellas y llegaba a ser casi
imposible derribarlos. Animados por la batalla, muchos de los nuestros se
arrojaban sobre las masas y, entonces, con una evolución muy rápida, una parte
de los Xipéhuz se destacaba, envolviendo y matando a los temerarios.
Un millar pereció así, sin pérdida sensible para el
enemigo; y viendo esto, algunos Pjarvanns creyeron que todo había terminado.
Cundió un pánico que puso más de diez mil hombres en fuga y un gran número
cometió la imprudencia de abandonar las barreras para ir más rápidos, lo que
les costó muy caro. Un centenar de Xipéhuz, lanzados en su persecución,
derrotaron a más de dos mil Pjarvanns y Zahelals; el miedo empezó a extenderse
en todas nuestras líneas.
Cuando los enlaces me trajeron esta funesta noticia,
comprendí que la jornada estaría perdida si yo no conquistaba de nuevo las
posiciones perdidas con alguna rápida maniobra.
Inmediatamente hice dar a los jefes del tercer ejército la
orden de ataque, y les anuncié que yo tomaría el mando. Entonces llevé
rápidamente estas reservas en la dirección que venían los fugitivos. Nos
encontramos en seguida cara a cara con los Xipéhuz que les perseguían.
Arrastrados por el ardor de su matanza no pudieron rehacerse bastante rápidos y
en pocos instantes les tendí una emboscada de la que escaparon muy pocos y la
exclamación de júbilo por la victoria conseguida llenó de valor a los nuestros.
Desde entonces no me costó nada reformar el ataque;
nuestra maniobra se limitaba constantemente a separar una sección de grupos
enemigos, luego envolver estos segmentos y aniquilarlos.
Así, pues, viendo lo desfavorable que resultaba esta
táctica, los Xipéhuz empezaron de nuevo la lucha contra nosotros en pequeños
grupos. Uno de los dos reinos no podía existir sin la destrucción del otro, y
la matanza aumentó espantosamente. Pero cualquier duda sobre el resultado final
desaparecía de las almas más pusilánimes.
Hacia la hora catorce, apenas si quedaban quinientos
Xipéhuz contra más de cien mil hombres y el pequeño número de antagonistas
quedaba cada vez más encerrado en fronteras estrechas, una sexta parte
aproximadamente de la selva de Kzour, lo que facilitaba enormemente nuestras
maniobras.
No obstante, el crepúsculo daba una luz rojiza a través de
los árboles y temiendo la emboscada entre las sombras, interrumpí el combate.
La inmensidad de la victoria ensanchaba todas las almas;
los jefes hablaban de ofrecerme toda la soberanía de los pueblos. Entonces les
aconsejé que no se deben confiar nunca los destinos de tantos hombres a una
pobre criatura débil, pero sí hay que adorar al Único y tomar como jefe
terrestre la sabiduría.
7. ULTIMO PERIODO DEL LIBRO DE BAKHOUN
La tierra pertenece a los hombres. Dos días de combate han
exterminado a los Xipéhuz; todo el dominio ocupado por los últimos doscientos
ha sido arrasado; cada árbol, cada planta o tallo de hierbas derribado. Ayudado
por mis hijos Loûm, Azah y Simhô he terminado de escribir la historia en unas
tablas de granito para el conocimiento de los pueblos futuros.
Y aquí estoy, solo, en una noche pálida, en la linde de
Kzour. Una media luna de cobre se sostiene hacia poniente. Los leones rugen a
las estrellas. El río corre lentamente entre los sauces; su voz eterna da
cuenta del tiempo que pasa, la melancolía de las cosas que perecen. Y yo
escondí la frente entre las manos y de mi corazón surgió una queja. Y ahora que
los Xipéhuz han sucumbido, mi alma los encuentra a faltar y sólo pido al Único
que me diga ¡cuál ha sido la fatalidad que ha permitido que el esplendor de la
vida haya sido mancillado por las tinieblas de la muerte!
EL CATACLISMO
I. SÍNTOMAS
EN la llanura de Tornadres, desde hacía algunas semanas,
la naturaleza palpitaba, equívoca, angustiosa, con todo su delicado organismo
vegetal recorrido por electricidad intermitente, por signos simbólicos de un
gran acontecimiento material. Las bestias libres entre los pastos y los
castaños, se mostraban con menos vivos deseos de huir de los peligros
cotidianos. Parecía como si quisiesen aproximarse al hombre, erraban cerca de
las moradas. Después tomaron un partido extraordinario propio para asustar a
cualquiera; emigraron y se hundieron hacia el valle del Iaraze.
Al comenzar las noches, entre la penumbra silvestre y la
maleza, se produjo un drama entre fieras nerviosas que dejaban sus guaridas a
paso furtivo, con ciertas pausas y una melancolía por tener que huir de la
tierra natal. La oscura y resonante voz de los lobos alternaba con el gruñido
sordo de los jabalíes y los suspiros de las bestias rumiantes. Por todas partes
se deslizaban, aunque generalmente hacia el Sud-Oeste, unas siluetas
cenicientas que andaban sobre los campos de labor, bajo un cielo libre; grandes
cráneos astados, organismos de tapir con patas cortas y unas bestias muy
menudas, carnívoras y herbívoras, liebres, topos, conejos, zorros y ardillas
era el conjunto de animales que se encontraban por todas partes.
Los batracios siguieron, los reptiles, los insectos
ápteros y vino una semana en que la punta Sud-Oeste estuvo toda inundada de una
fauna inferior, un populacho vermicular, viscoso, desde la silueta de ranas que
saltaban hasta las babosas y los caracoles, los élitros maravillosos del cárabo
y desde los crustáceos inquietantes que viven bajo la piedra en las eternas
tinieblas, hasta los gusanos, la sanguijuela y las larvas.
Pronto no viviría aquí más que el animal alado. El pájaro
lleno de malestar, como colgado en las ramas, saludaba aún al crepúsculo con un
canto mucho más bajo, y a menudo dejaba el territorio una parte del día. Los
cuervos y las lechuzas celebraban grandes asambleas, los vencejos se reunían
como para las partidas otoñales, las urracas se agitaban y chillaban.
El misterioso espanto se esparció a los esclavos: a las
ovejas, la vaca, el caballo y hasta al perro. Así, pues, con resignación de
siervos, esperaban confiados la salvación por parte del hombre y permanecían en
la meseta de Tornadres; sólo los gatos habían huido desde los primeros días,
volviendo a su libertad salvaje.
Noche tras noche una confusa tristeza, una asfixia del
alma crecía entre los habitantes de las casas y los propietarios del dominio de
la Corne. La presencia confusa de un cataclismo se dejaba sentir y sin embargo
la topografía de Tornadres lo desmentía. Alejado de los países volcánicos y del
Océano, insumergible —apenas había algún riachuelo— de estructura compacta,
¿dónde podía estar la amenaza? Sin embargo, se presentía, toda eléctrica, al
enderezarse las ramitas y las briznas de hierba durante las horas matinales, en
las actitudes singulares de la hoja, en los efluvios sutiles y sofocantes, en
las fosforescencias que no eran habituales, en un tormento de la carne, en
aquella noche, que hacía levantar los párpados y condenaba al insomnio, en el
aspecto extraordinario de las bestias de labranza, que se ponían rígidas, con
los ollares abiertos y temblorosos, y que volvían la cabeza hacia el
Septentrión.
II. LA LLUVIA ASTRAL
UNA noche, en la Corne, Severo y su mujer acababan de
cenar, junto a la ventana entornada. Una tercera parte del disco lunar erraba
cerca del Cénit, pálido y lleno de gracia, por encima de las vastas
perspectivas, y una ascensión de vapores decoraba la frontera occidental. Un
turbio hechizo, un ardor del sistema nervioso, atormentado por oscuras
conmociones, les mantenía silenciosos, empapándolos de una estética particular,
de una admiración inquieta por los esplendores nocturnos. Una vibración
armoniosa surgía de los árboles del jardín; por la verja de la avenida, en el
fondo, se distinguía un maravilloso y confuso espectáculo formado por los
trigales del Tornadres, las pálidas moradas, el misterio de las luces humanas
desperdigadas y el vago campanario de la iglesia rústica.
Los amos de la Corne se emocionaban, ante todo esto,
turbados por el temblor de sus fibras, mas cuando estos temblores se hicieron
más fuertes, la mujer dejó caer el racimo de uva que desgranaba y gimió:
—¡Dios mío! ¿Es que esto se va a eternizar?
El la contempló, con un gran deseo de infundirle aliento,
pero él también tenía el alma blanda y entenebrecida ante una fuerza
imponderable.
Severo Lestang era uno de estos graves sabios que buscan
lentamente el secreto de las cosas, trabajando sin impaciencia para escudriñar
la naturaleza, y que saben desinteresarse de la gloria.
Pero además do sabio era hombre, un hombre de pupilas
dulces y valientes, con la voluntad de vivir su vida al propio tiempo que
desarrollaba sus facultades. Lucía, su esposa, era una celta nerviosa de las
montañas, algo sombría, empero. Bajo la protección tranquila y atenta de su
marido, ella era como ciertas flores infinitamente frágiles que viven en los
remansos de los grandes ríos, entre grandes hojas umbrosas.
Severo dijo:
—Si tú quieres nos iremos mañana.
—Sí... por favor.
Ella se refugió a su lado, murmurando:
—Es que, sabes... diríase que ya no nos sostenemos sobre
el suelo... que, especialmente por la noche, algo nos toma y nos arrebata...
¿Ves? Ya no me atrevo a andar de prisa, pues me siento arrastrada por mis
propios pasos... y subo la escalera sin esfuerzo, pero con el miedo continuo de
caerme.
—Te engañas, Lucía; es una ilusión nerviosa...
Severo sonreía, estrechándola fuertemente contra su pecho,
con una sorda inquietud, pues él también había percibido aquella ligereza que
escapaba a todo análisis. Hacía un momento, antes del crepúsculo, él también
había querido avivar el paso para llegar a la Corne, pero sus pasos se
alargaron, y transformados en saltos, lo impelieron con una velocidad
terrorífica. Perdió el equilibrio y le costó conservar la posición vertical,
con una sensación de ataxia en la planta de los pies. Y disminuyó la marcha,
sujetándose sólidamente al terruño, buscando las gruesas glebas que se pegaban
a sus pies.
—¿Tú crees que es una ilusión? — preguntó ella.
—Estoy seguro, Lucía.
Ella le miró mientras él le rozaba sus hermosos cabellos.
De pronto, ella le notó nervioso, tanto como ella, electrizado de angustia.
Había dejado de ser su refugio para convertirse en una pobre criatura frágil
ante las potencias enigmáticas.
Entonces ella aún palideció más mientras sus dientes
entrechocaban.
—Con el café te sentirás bien — dijo él.
—Tal vez.
Ambos sentían la mentira de sus palabras, la pobreza de
cualquier cordial, de cualquier remedio humano, contra lo incognoscible que se
aproximaba, contra aquella vasta metamorfosis de fenómenos que ya no
participaba de la vida terrestre, que turbaba anticipadamente, desde hacía
semanas, la fauna y la flora, la bestia y la planta.
Sí, ellos se daban cuenta de aquella mentira, no se
atrevían a mirarse, por el temor instintivo de comunicarse sus presentimientos,
de redoblar su angustia por la inducción nerviosa.
Durante largo rato escucharon en ellos mismos, así como en
su carne, la resonancia sorda y confusa del misterio.
Una doméstica les trajo el café, miedosa; ellos la vieron
alejarse, vacilante, sin atreverse a interrogar a aquel azoramiento semejante
al suyo:
—¿Has visto cómo andaba Marta? — preguntó Lucía.
El no respondió, sorprendido ante la cucharilla de plata
que acababa de recoger. Ella, apercibiéndose de su mirada fija, miró a su vez,
exclamando:
—¡Es verde!
En efecto, la cucharilla era verde, de un palidísimo
resplandor esmeraldino, y no tardaban en observar el mismo tinte en las
restantes cucharas, y en todos los objetos de plata.
—¡Ah, Dios mío! — exclamó la joven.
Levantando el dedo, se puso a recitar en voz baja, en un
penoso cuchicheo:
Cuando la Plata verdeará,
el Agua Roja próxima estará,
devorando Estrellas y Luna...
Estas palabras, antigua y vaga profecía que los campesinos
de la meseta de Tornadres se transmitían de generación en generación, hicieron
estremecer a Severo. Para ambos evocaban una impresión de tinieblas y
fatalidad, incolora, insonora, más allá de todo antropomorfismo. ¿De dónde
venía a aquellos pobres rústicos aquel oráculo que tan grave significado
cobraba en aquellos momentos? ¿Qué ciencia, qué observaciones de remotos
tiempos, qué recuerdos de cataclismo simbolizaba? Y Severo sintió el inmenso deseo
de hallarse lejos de Tornadres, el remordimiento de no haber obedecido al
seguro instinto del animal, de haberse atrevido a seguir la pobre lógica
cerebral ante las advertencias de la Naturaleza.
—¿Quieres que nos vayamos esta noche? — preguntó con ardor
a Lucía.
—¡Nunca me atreveré a irme de casa antes de que vuelva la
mañana!
El pensó que podía ser tan peligroso aventurarse en la
noche como quedarse en la Corne; pero se resignó, caviloso. Grandes lamentos
interrumpieron su meditación, unos relinchos febriles, un piafar sordo
producido por los caballos que pugnaban por franquear la puerta del establo. El
perro aullaba y los clamores se extendieron por la meseta de Tornadres,
repetidos por otras bestias, por rumiantes aterrorizados, por asnos que
sollozaban. Al propio tiempo surgió en el cielo un resplandor verdoso. Y pasó
una estrella errante muy grande, y que dejaba una estela resplandeciente.
—¡Mira! — señaló Lucía.
Otros meteoritos surgieron, al principio aislados y luego
en pequeños grupos, todos ellos con largas estelas, con núcleos poderosos, de
milagrosa belleza.
—Es la noche del 10 de agosto —dijo Severo— y las lluvias
de estrellas aumentarán... hasta aquí no hay nada de anormal...
Mas Lucía preguntó:
—Pero, ¿por qué se bajan nuestras lámparas?
Las lámparas, en efecto, bajaban sus llamas; una densidad
eléctrica superior envolvía las cosas, un terror, no de muerte, sino de vida
exasperada, de dilatación sobrenatural, hasta tal punto que Severo y Lucía
tenían que sujetarse a los muebles para pesar más, para percibir el contacto de
la materia sólida. Una atracción extraña los levantaba, les quitaba el sentido
del equilibrio. Se sentían en una atmósfera nueva, en la cual el éter actuaba
con una potencia viva, en la que algo orgánico —de un orgánico extraterrestre—
turbaba todas sus gotas de sangre, orientaba todas sus moléculas, se introducía
hasta lo más profundo de los huesos, y hacía que se erizasen poco a poco todos
los pelos y todos los cabellos.
Por otra parte, como Severo había predicho, la lluvia de
estrellas aumentó. Toda la concavidad del firmamento estaba llena de bólidos.
Poco a poco se mezcló a ellos un fenómeno desconocido, persistente, creciente:
unas voces. Unas voces ligeras, lejanas, musicales; una sinfonía de cuerda en
la profundidad celeste, un cuchicheo a veces casi humano, que hacía pensar en
la armonía de las esferas del viejo Pitágoras.
—¡Son almas! — murmuró ella.
—No — dijo él—, son fuerzas.
Pero, ya fuesen almas o fuerzas, eran la misma incógnita,
la misma amenaza hermética, la presión de un acontecimiento prodigioso, el más
negro temor humano: lo informe y lo imprevisible. Y las voces se seguían
oyendo, sobre el murmullo de las cosas, terriblemente dulces, esenciales,
sutiles, devolviendo a Lucia a la humildad de la infancia, al culto, a la
plegaria
—Padre nuestro que estás en los cielos...
El no se atrevía ni a sonreír; los latidos de su corazón,
multiplicados, parecían romperle las arterias. Su espíritu masculino, sin
embargo, mas curioso por la causa que el de la mujer, trataba de adivinar qué
magnetismo, que polaridades extraterrestres actuaban en aquel rincón del globo
y si ocurría lo mismo en el valle del Iaraze.
Pero fuera de la meseta, desde el comienzo del fenómeno —y
aquel mismo día el propio Severo había bajado hasta el río— nadie había notado
síntomas de algo desconocido. Las bestias y los hombres vivían allí tranquilos.
La vida conservaba su forma normal. Sin embargo... ¿qué correlaciones entre el
cielo y la meseta, qué ciclo de fenómenos —pues la profecía de los campesinos
de Tornadres parecía implicar un ciclo— qué ciclo regulaba aquel» gran drama?
Ocurrió una peripecia, un asalto triunfal de las bestias
contra la vieja puerta del establo. Los tres caballos de la Corne aparecieron
saltando, con la boca cubierta de espuma blanca, bajo los rayos pálidos de la
luna baja en el horizonte.
—¡Ven aquí, Clarín! — articuló Severo.
Uno de los caballos se aproximó, seguido por los otros.
Jamás se vio escena tan fantasmagórica como la de las tres largas cabezas
recortándose entre la sombra y los rayos lunares, ante la ventana, con sus
grandes ojos convexos, husmeando a Lucia y Severo, visiblemente inquisitivos,
con un retorno de vaga confianza en el amo, con una turbia idea del poder de
aquel que les alimentaba. Luego, no se supo porque, tal vez por un súbito
aumento en el número de meteoritos, de pronto surgió el terror absoluto en el fondo
de las grandes pupilas, los ollares se hicieron más cavernosos y, enloquecidos
por el pánico, apartándose bruscamente de la ventana, los caballos huyeron
relinchando.
—¡Oh, cómo saltan! — dijo Lucía.
Verdaderamente, corrían a una velocidad formidable, dando
enormes saltos. De pronto, el más impetuoso, al encontrarse en el fondo del
jardín ante la alta verja de hierro, se elevó como un pegaso, franqueando el
obstáculo.
—¡Mira, mira! —gritó Lucía—. El tampoco pesa...
—¡Ni los otros! — replicó él, involuntariamente.
En efecto, las otras dos sombras se elevaban, sin rozar
siquiera los barrotes, franqueándolos a más de cuatro metros de altura. Sus
siluetas ágiles, que corrían vertiginosamente a campo traviesa, disminuían, se
evaporaban, desaparecían. En el mismo instante, un criado apareció, solo,
tímido, atreviéndose apenas a avanzar con un andar asustado de niño.
Severo sintió una compasión infinita por el pobre diablo,
comprendiendo que todos, en la Corne, debían de estar encerrados, víctimas del
mismo terror creciente que se apoderaba de los amos.
—¡Déjalo, Víctor! —le dijo—. Ya los encontraremos.
Víctor se aproximó, sujetándose a los árboles, y luego al
muro y a los postigos. Preguntó: —¿Es cierto, señor, que vendrá el «agua
roja»...?
Severo vaciló, conservando el pudor de su intelecto y de
su duda a pesar de la fantasmagoría de los acontecimientos, pero Lucía no pudo
callarse:
—¡Sí, Víctor!
Se hizo un silencio negro. La sensación de algo
sobrehumano igualaba a aquellos tres seres; no obstante, Severo seguía
escrutando, preguntándose acerca de las relaciones del fenómeno con los
meteoritos.
Contemplaba la lluvia creciente de estrellas, el centelleo
de suprema belleza en las profundidades de lo Imponderable. Una nueva
observación le inquietaba: el triste fragmento de luna, casi tocando el
horizonte, no podía dar aquella luz que persistía en el paisaje. Y contempló la
desaparición del satélite, cuya convexidad se hundió por Occidente.
Algunos minutos después ya había desaparecido, pero el
resplandor que bañaba la meseta de Tornadres persistía, como si hubiese emanado
del Cénit, apenas inclinado hacia el Septentrión, como lo indicaba su sombra.
¿Indicaba aquello que el prodigio venía del Cénit? Severo levantó hacia él su
rostro.
En el Cénit un resplandor de amatista, una claridad
lenticular, se desplegaba finamente, como una nube en flecha con un máximo de
esplendor hacia el Norte. Y Severo pensó que aquellas cosas hubieran sido muy
dulces de contemplar sin los horribles escalofríos de la carne, sin la amenaza
sepulcral ni el presentimiento de muerte que caía sobre la Tierra.
III. APARICIÓN DEL AGUA ROJA
—¡MIRAD! — dijo Lucía.
A su vez ella distinguió el resplandor. Se mostraba más
impresionada que Lestang, y lo señalaba con el dedo. Víctor, asiéndose a la
ventana por la parte de fuera, temblaba de fiebre, como si estuviese ebrio, y
volvía en sí con suspiros y escalofríos de horror.
La claridad, en lo alto, se hacía mayor. Simultáneamente,
el cuchicheo de voces estelares se extinguía, y un silencio enorme se abatía
sobre la meseta de Tornadres. Luego, delicada al principio, una luz inferior
pareció responder a la otra, unas ligeras franjas flotaron sobre la copa de los
árboles, sobre todas las plantas. Era algo encantador y terrible a la vez.
Aquellas tres personas, tan distintas entre sí,
experimentaron una impresión casi idéntica de cirios funerarios, de hoguera, de
incendio inmenso que iba a devorar a Tornadres y a todos sus habitantes.
Lucía jadeaba, medio consciente; dejó escapar una gran
queja:
—¡Oh, tengo sed!
Severo se volvió hacia ella; la ternura de su corazón, el
amor que sentía por la celta montañesa, le prestaron fuerzas.
Luchó contra aquel deseo de no moverse, de terminar allí
su existencia, en la ventana, asiéndose al alféizar. Bamboleándose, fue en
busca de un vaso de agua. Y seguía interrogándose, sorprendiéndose, de que la
atmósfera fuese fresca, casi fría, a pesar de aquel sutil incendio del cielo y
de la tierra.
Trajo el agua con infinitas dificultades; el cristal y su
mano eran tan ligeros, que no tenía la sensación de sostener algo: estrechaba
con toda su fuerza el pie de la copa.
Por el camino, vertió la mitad del líquido.
Lucía bebió un sorbo, pero lo escupió con náuseas:
—¡Es como polvo de hierro!... ¡Es como si fuese herrumbre!
El probó el agua y la rechazó a su vez: era metálica,
polvorienta. Ambos se miraron largamente, con desesperación. Alzáronse los
velos del recuerdo, los largos años dichosos, la hora en que se entrevieron por
primera vez en el Espacio, la llamada de sus fibras, que en seguida se amaron,
los períodos de adoración fina e incansable. (¡Oh, qué largas, altas, inmensas,
entretejidas de divinidad, aquellas horas que revivían bajo el pórtico del
pasado!) Y sus miradas se abrazaron, en una mutua piedad infinita, ¿Era aquéllo
de verdad la agonía? ¿Tendrían que abandonar así su joven vida, morir en la
sofocación, la sed, bajo aquella repugnante impresión de ingravidez, de no
contacto con la materia?
El, Severo, rebosante de fuerza vital, se negaba a
admitirlo, a pesar de todo; la curiosidad subsistía en su cráneo a través del
toque de muertos, y volvía a despertar su atención por todo lo exterior. Entre
tanto, el drama maravilloso y lamentable proseguía, se desarrollaba, como una
ópera de sutiles fuegos de artificio, de San Telmos colosales encendidos en las
profundidades del paisaje: surgieron al principio, en las copas de los grandes
árboles unas llamaradas finas, como lenguas de fuego que, ascendiendo por la
gama infinita del espectro, se multiplicaron, temblaron en cada ramita, en cada
punta de hoja, para extenderse luego a las vegetaciones bajas, a los arbustos,
al rastrojo y a la hierba.
Así, pronto todas las aristas vegetales tuvieron su luz,
que se alzaba hacia el cielo.
Por encima de aquellos resplandores de ensueño, de aquel
paisaje-brasero, los pájaros erraban a bandadas. Por fin se decidían a huir.
Seres super-eléctricos, habían resistido largo tiempo a aquellos fenómenos, que
sin duda eran menos hostiles para ellos que para los organismos de los animales
terrestres. Y así, cuervos que emitían roncos graznidos, bandadas infinitas y
dispersas de gorriones, de jilgueros, de currucas, de pinzones, enjambres
inteligentes de vencejos y golondrinas en formación de viaje, aves de rapiña
solitarias o en parejas, todos se dirigían hacia el Sur, con rumores excitados,
con gritos, casi con palabras.
Severo cada vez se sorprendía más de que aquellas llamas
innumerables no se confundiesen entre sí ni diesen calor sensible, y también de
verlas tan erguidas, alargándose en finas laminillas, levantando pequeñas
torres, monumentos góticos con millares de flechas rutilantes. Un grito ronco
le interrumpió, emitido por Lucía:
—¡Sujétame..., sujétame..., me llevan!
Vio a su compañera delirante, lívida, agazapada, mientras
su pecho se alzaba en el fatigoso esfuerzo de respirar. Su propio corazón
desfalleció: sintió una desesperación absoluta, mientras abrazaba aún a Lucía
con gesto maquinal. Tiritando, ella contemplaba el brillo de la meseta,
mientras murmuraba palabras confusas:
—Es el otro mundo, Severo... es el mundo inmaterial... la
Tierra va a morir...
—No, no —susurraba él, a pesar de que sabía cuan vanas
eran las palabras—. Es una Fuerza... el magnetismo... una transformación de
movimiento...
Se oyó una palabra pronunciada en voz baja. Era Víctor,
que abría los ojos, hipnotizado:
—¡El Agua Roja!
Severo se asomó por la ventana y, a menos de veinte grados
al Norte, vio un gran rectángulo color de herrumbre, de bordes irregulares,
como si comunicase con abismos de azufre.
Poco a poco se aclaraba, transparente como una onda,
auténtico lago que se extendía al Norte, recorrido por ondulaciones parecidas a
un oleaje, de un rojo más pálido.
Y alrededor del lago encarnado, y por todo el cielo,
ascendían unas tinieblas verdes, unas tinieblas de esmeralda clara primero, y
que iban volviéndose azules, luego negras, hasta convertirse en una profunda
sombra de jade sobre la extremidad meridional.
Las estrellas habían desaparecido. Únicamente quedaba
aquel cielo de agua roja, de agua verde, de gema verde y de tinieblas de jade.
¿Qué era aquéllo? ¿De dónde provenía? ¿Y por qué ejercía
aquella enorme influencia en el Tornadres, qué poder de inducción misteriosa,
qué afinidades rondaban por el firmamento? Cuestiones eran éstas que asediaban
el cerebro de Severo, pero no lo salvaban del mismo estupor que abrumaba a
Lucía y a Víctor ante la rústica predicción cumplida. El ya no dudaba de la
llegada de la muerte, rápida, como tampoco dudaba de que el corazón que tan
terriblemente le galopaba en el pecho estallaría y se extinguiría para siempre...
Entre tanto, con su rostro agonizante vuelto hacia el cielo, con una
conmovedora solemnidad, Lucía se puso a recitar:
Cuando la Plata verdeará,
el Agua Roja próxima estará,
devorando Estrellas y Luna
Y lanzando un pesado suspiro, resignada, se dejó caer
sobre el alféizar, rígida y con los párpados cerrados.
IV. HACIA EL IARAZE
INMÓVIL de momento, sin fuerzas, Severo terminó yendo en
busca de su mujer. ¿Estaba muerta, había desaparecido para siempre? Una risa
negra, la risa de un destino sin salida, acudió a sus labios, y la palabra
«jamás» circuló por su cerebro de una manera irónica, aquel «jamás» que, para
su propia existencia, él no osaba poner más allá de la hora siguiente. Luego su
abrazo se exasperó, enfermizo. Estrechó a la pobre mujer contra su pecho...
Entonces, súbita, extraña, deliciosa, una sensación de alivio recorrió todas
sus fibras: ¡Se apoyaba en el suelo, el peso había vuelto!
¡Cómo!, debió de decirle el hado, ¿no había podido llegar
teóricamente a la idea de añadir un peso al suyo para recuperar la seguridad
material?...
Reanimado, solidificado, a pesar de la presión que sentía
en el pecho, lo inundó una oleada de valor y esperanza, acrecida aún más por
las consecuencias de aquel hecho, por la facilidad singular con que sostenía a
Lucía entre sus brazos como si fuese una niña. Luego, con sobresalto, su
memoria volvió a la catástrofe olvidada bajo el impacto de la feliz emoción:
¿Habría muerto Lucía? La auscultó, escuchó con su oído sobre el pecho de la
joven: el rumor importuno de sus propias arterias le impedía oír. No obstante,
ella no estaba rígida, pero sí pálida, con los párpados abiertos sobre los ojos
inmóviles.
—¡Lucía! ¡Amor mío!
Un suspiro, un débil movimiento de cabeza. Discernió un
levísimo hálito. ¡La vida! Aquello reforzó su voluntad, la resolución deshacer
lo imposible por salvarla.
Meditó unos minutos y luego se encogió de hombros. ¿De qué
servía calcular? Había que actuar como las bestias brutas, como el último de
les seres organizados, huir en derechura, hasta las orillas del Iaraze. Y sin
dudar más, tomando el camino más directo, se encaramó a la ventana y franqueó
el alféizar, gritando a Víctor:
—Toma un objeto pesado. Suelta al perro y ve a avisar a
tus compañeros. Fíjate como yo llevo mi carga. Que todos se pongan a salvo.
Tendremos tiempo. ¿Has comprendido?
—Sí, señor.
Y Severo se puso en salvo, caminando rápidamente y con
paso seguro, pero sintiéndose oprimido, con su respiración sibilante, turbado
por la electricidad exterior, que era más viva y enervante. Saliendo por la
puerta del jardín, se encontró en pleno campo. En su majestad prodigiosa, el
lago rojo parecía ensancharse hasta los abismos estelares. Su gloria, con
orillas de aguamarina, con dulzuras de vitrales, delicada y resplandeciente,
terminaba en encajes, en cenizas anaranjadas, en formas arborescentes, invadía
casi el cénit. No se veía ni una estrella. Aquí y allá, una fina línea
serpentina, una línea de fuego, corría del extremo Norte al extremo Sur. Sobre
la tierra, en la superficie plana de la meseta de Tornadres, el incendio
proseguía por doquier, el incendio taciturno, el incendio sin calor y sin
combustión.
Los cirios colosales de los grandes árboles, los pábilos
infinitos de las bajas gramíneas, las ascensiones de largas estelas, los
grandes arcos polícromos interminablemente devorados por las fuerzas que se
neutralizaban, interminablemente descompuestos, llenaban el Espacio de una vida
de espanto y belleza. Severo avanzaba sobre aquel resplandor, corría, cerrando
a intervalos los ojos cuando tenía que franquear zonas demasiado llameantes. De
los cabellos de Lucía brotaba un torrente de chispas que deslumbraban al hombre
y lo cegaban. El instinto los guiaba hacia el Sudoeste. A veces, una casa de
labor aparecía para servirle de jalón, pero él no se fiaba del todo, pues la
transfiguración del paisaje hacía que las apariencias fuesen enormemente
inseguras.
Llegó un momento en que se creyó extraviado: ante él, en
una ciénaga, se alzaban cañas como espadas vengadoras, unos sauces con hojas de
pálida esmeralda, unas luciérnagas que corrían perpetuamente por las ondas, un
olor fosforoso, ozonado, sofocante. Sentía bajo sus pies la tierra blanda, la
atracción confusa de las aguas estancadas. Trató en vano de orientarse, a pesar
de que sabía que era aquél el marjal de las Cilleuses, a menos de quinientos
metros de la línea de la meseta.
Siguió el borde del marjal durante diez minutos, para
hallarse de nuevo en el punto de partida. ¿Se quedaría allí miserablemente,
perdiendo de este modo su gran esfuerzo?
—¡Vamos, Severo!
Tomó nuevamente impulso, tratando de reconocer algo que le
sirviese de guía, algún aspecto conocido, debilitándose durante la búsqueda,
convencido de que una hora más que pasase en Tornadres significaría el desmayo,
la muerte en pleno campo.
Súbitamente realizó un descubrimiento: un pequeño
promontorio agudo, el único del marjal, por el que pudo deducir la dirección
que debía tomar. A partir de entonces, pareció que le naciesen alas y se lanzó
en línea recta, terminando por hallar un senderuelo bien conocido, que ya no
abandonó. Nunca hubiera podido calcular el tiempo que caminó por él, tal vez
media hora, tal vez diez minutos, o solamente cinco. Mas de pronto se detuvo,
abrumado por el estupor, ante una sima negra, paralela al Tornadres incendiado,
un abismo nocturno que se abría a sus pies y del cual le separaba un margen
fosforescente, la ladera de la meseta
—¡La cuesta, la cuesta!
Repitió la palabra; lleno de vigor inició el descenso,
recorriendo con serenidad una senda sinuosa. ¡Empezó a experimentar un
bienestar físico, una inducción decreciente, mientras las luces se hacían más
raras, dulces como fuegos fatuos, el aire ligeramente húmedo y tibio, más
respirable! En cambio, el peso de Lucía se hizo muy duro. Le rompía los brazos,
disminuía su velocidad. Cayó, hubiera rodado por el declive si no se hubiese
interpuesto un arbusto. Reanudó luego la carrera, con pecho jadeante, mientras
el indomable instinto galvanizaba sus nervios. Por último, con inmensa alegría,
oyó fluir al Iaraze, percibió por todos sus poros la proximidad de la
salvación. ¡Unos pasos más! El peligro ya no podía alcanzarle en aquel lugar en
que, reducida al mínimo la influencia misteriosa, remaba ya la antigua y
bondadosa naturaleza terrestre, propicia al hombre.
Y no se detuvo, sudoroso, arisco, lleno de poder. Por
último había llegado al valle, al río que sollozaba en las tinieblas. Con un
gran grito, un júbilo violento y doloroso, se dejó caer. Con Lucía sobre sus
rodillas, volvió un minuto la cabeza hacia atrás, hacia allá arriba,
irresistiblemente. Vaga, una luminosidad erraba por la cuesta, más viva hacia
los bordes de la meseta; era todo cuanto podía percibir del vasto incendio:
apenas el resplandor de los mares nocturnos en la época de las fecundaciones.
Mas el firmamento, sobre todo, le sorprendió; el Agua habia desaparecido,
quedaba únicamente un color rojo, una especie de aurora boreal, en la cual
continuaba cayendo, maravillosa y abundante, la lluvia de los bólidos.
—¿Cómo es posible? —se preguntó—. ¿Por qué esta diferencia
entre Tornadres y el Iaraze?
Finalmente, se inclinó sobre Lucía, viéndola todavía
pálida, inmóvil, pero su aliento era perceptible, un aliento más propio del
sueño que del desmayo. La llamó muy fuerte:
—¡Lucía, Lucía!
Ella se estremeció, moviendo suavemente la cabeza. El
sintió una alegría infinita en la oscuridad y, con sollozos de dicha, la
abrazó, siguió llamándola, le murmuró frases de ternura. Por último abrió los
párpados y la mirada de la joven, llena de Sueño, llena de Tinieblas, se posó
sobre Severo:
—¡Ah! —exclamó éste—. ¡Finalmente hemos vencido... el
Tornadres no ha podido devorarte!
De pie, con los brazos en cruz, sintió el deseo de volver
solo allá arriba, a la punta sudoeste, para hacer la historia del cataclismo...
Y lo prometió...
En aquel momento se elevaron voces en la pendiente, se
oyeron ladridos. Comprendiendo que eran los servidores de la Corne, Lucía y
Severo les esperaron, mientras se abrazaban, en una beatitud tan grande, que
las lágrimas corrían por sus mejillas.
NOTA. — M. Severo Lestang publicó efectivamente (en las
ediciones Germer-Bailliére) la historia del cataclismo de Tornadres. Durante
siete días el Agua fue visible en la meseta, durante siete días prosiguió el
incendio sin calor ni combustión. Esto es lo que testificó, además de M.
Lestang y los habitantes de la meseta, una comisión de sabios que llegó al
lugar de autos el último día del fenómeno. Hubo que deplorar la muerte de
algunas personas, si bien relativamente pocas; la mayoría naturales del país
que huyeron de sus casas a principios de la noche del l0 de agosto. En cuanto a
las conclusiones del examen científico, preciso es reconocer que son todas
negativas; no existe ninguna teoría plausible El único hecho interesante y que
mas adelante puede conducir a algún descubrimiento, es el siguiente: La meseta
de Tornadres reposa sobre una masa rocosa de unos 150 000 000 000 de metros
cúbicos, que es evidentemente de origen estelar Se trata, sin duda, de un
BÓLIDO COLOSAL caído cerca del valle del Iaraze en tiempos prehistóricos.
LA MUERTE DE LA TIERRA
I. PALABRAS A TRAVÉS DE LA EXTENSIÓN
EL terrible viento del Norte había enmudecido. Su voz
iracunda llenaba el oasis, desde hacía quince días, de temor y tristeza. Fue
necesario levantar los quiebra-huracanes y las sierras de sílice elástico. Por
último, el oasis empezó a entibiarse.
Targ, el custodio del Gran Planetario, experimentó una de
aquellas alegrías súbitas que iluminaban la vida de los hombres, en los tiempos
divinos del Agua. ¡Qué hermosas eran todavía las plantas! Retrotraían a Targ a
épocas pretéritas, en que los océanos cubrían las tres cuartas partes del
mundo, en que el hombre crecía entre fuentes, ríos, arroyos, lagos y pantanos.
¡Qué frescor animaba las innumerables generaciones de bestias y vegetales! La
vida pululaba hasta en lo más profundo de los mares. Había praderas y selvas de
algas como había bosques de árboles y sábanas de hierba. Un futuro inmenso se
abría ante todos los seres; el hombre presentía apenas los lejanos
descendientes que temblarían esperando el fin del mundo. ¿Hubiera podido
imaginar que la agonía duraría más de cien milenios?
Targ alzó los ojos al cielo por el que jamás cruzarían las
nubes. La mañana todavía era fresca, pero, al mediodía, el oasis sería
abrasador.
—¡La cosecha se acerca! — murmuró el custodio.
El color de su tez era bistre, sus ojos y sus cabellos tan
negros como la antracita. Como todos los Últimos Hombres, tenía el pecho muy
ancho, pero el abdomen muy encogido. Sus manos eran finas, su quijada pequeña,
sus miembros revelaban más agilidad que fuerza. Una vestidura de fibras
minerales, tan suave y cálida como las antiguas lanas, se adaptaba exactamente
a su cuerpo; de su ser se desprendía una gracia resignada, un encanto temeroso
subrayado por las mejillas chupadas y el fuego pensativo de sus pupilas.
Se entretenía contemplando un campo de altos cereales,
unos rectángulos de árboles, cada uno de los cuales mostraba tantos frutos como
hojas, y dijo:
—¡Edades sagradas, albas prodigiosas en que las plantas
cubrían al joven planeta!
Como el Gran Planetario estaba en los confines del oasis y
del desierto, Targ podía distinguir un siniestro paisaje de granitos, de
sílices y de metales, una llanura desolada que se extendía hasta los
contrafuertes de las montañas desnudas, sin glaciares, sin fuentes, sin una
brizna de hierba ni una placa de liquen. En aquel desierto de muerte, el oasis,
con sus plantaciones rectilíneas y sus poblados metálicos, no era más que una
mancha miserable.
Targ sintió el peso de la vasta soledad y de los montes
implacables; levantó melancólicamente la cabeza hacia la caracola del Gran
Planetario. Aquella caracola desplegaba una corola azufrada hacia la escotadura
de las montañas. Hecha de arcum y sensible como una retina, únicamente recibía
los ritmos del espacio, emitidos por los oasis y, según cual fuese su
regulación, extinguía aquellos a los que el custodio no debía responder.
Targ lo amaba como el emblema de las raras aventuras que
aún eran posibles a la criatura humana; en sus tristezas se volvía hacia ella,
esperando que de su interior surgiesen el aliento o la esperanza.
Una voz le sobresaltó. Con una débil sonrisa, vio ascender
hacia la plataforma a una joven de rítmica silueta. Llevaba sueltos sus
cabellos, que parecían un haz de tinieblas; su busto ondulaba, tan flexible
como el tallo de los esbeltos cereales. El custodio la contempló con amor. Su
hermana Arva era la única criatura junto a la cual hallaba de nuevo aquellos
minutos súbitos, imprevistos y encantadores, en los que parecía que, en el
fondo del misterio, algunas energías velaban aún para la salvación de los hombres.
Ella exclamó, con una risa contenida:
—¡El tiempo es hermoso, Targ... las plantas están
contentas!
La joven aspiró el perfume consolador que surgía de la
carne verde de las hojas: el negro fuego de sus ojos palpitaba. Tres pájaros
planearon por encima de los árboles y se posaron en el borde de la plataforma.
Tenían la talla de los antiguos cóndores, formas tan puras como las de los
bellos cuerpos femeninos, e inmensas alas argentinas, glaseadas de amatista,
cuyas puntas emitían un resplandor violeta. Tenían la cabeza grande, el pico
muy corto, muy blando y rojo como unos labios; y la expresión de sus ojos
recordaba la expresión humana. Uno de ellos, alzando la cabeza, dejó oír sones
articulados; Targ tomó la mano de Arva con inquietud.
—¿Has oído? ¡La tierra se agita!...
A pesar de que, desde hacía mucho tiempo, ningún oasis
había sucumbido a consecuencia de los movimientos sísmicos, cuya amplitud había
disminuido considerablemente desde la época siniestra en que aniquilaron la
potencia humana, Arva compartía la inquietud de su hermano.
Mas una idea caprichosa cruzó por su mente, y dijo:
—¿Quién sabe si después de haber causado tanto daño a
nuestros semejantes, los terremotos nos serán favorables?
—¿Y cómo? — preguntó Targ con indulgencia.
—¡Haciendo reaparecer una parte de las aguas!
El había soñado con frecuencia en que aquello pudiese
producirse, sin haberlo dicho a nadie, pues semejante idea hubiera parecido
estúpida y casi blasfema a una humanidad decaída, cuyos terrores evocaban
unánimemente alzamientos planetarios.
—¡De modo que tú también piensas en esto! —exclamó él con
exaltación—. ¡No lo digas a nadie! ¡Los ofenderás hasta el fondo del alma!
—No podía decirlo a nadie más que a ti.
Por todas partes surgían bandadas blancas le pájaros: los
que se habían acercado a Targ y Arva piaban con impaciencia. El joven les
habló, empleando una sintaxis particular. Pues a medida que se desarrollaba su
inteligencia, aquellas aves se iniciaron al lenguaje... un lenguaje que sólo
admitía términos concretos y frases-imagen.
Su idea del porvenir continuaba siendo oscura y breve, su
previsión, instintiva. Desde que el hombre ya no se servía de ellas como
alimento, vivían felices, incapaces de concebir su propia muerte y todavía menos
el fin de su especie.
En el oasis vivían unas mil doscientas aves, cuya
presencia proporcionaba una gran dulzura y era muy útil. El hombre, que no
había podido reconquistar el instinto, perdido durante las eras de su poderío,
se veía sometido, en las condiciones en que entonces se hallaba, a fenómenos
que no podían señalar los aparatos heredados de sus antepasados, a pesar de su
extremada sensibilidad, pero que preveían las aves. Si éstas hubiesen
desaparecido, último vestigio de la vida animal, una desolación aún más amarga
se hubiera abatido sobre las almas.
—¡El peligro no es inmediato! — murmuró Targ.
Un rumor recorrió el oasis; surgían hombres en las
inmediaciones de los poblados y de los trigales. Un individuo rechoncho, cuyo
cráneo macizo parecía puesto directamente sobre el torso, apareció al pie del
Gran Planetario. Abría desmesuradamente unos ojos pobres, en una cara color de
yodo; sus manos, planas y rectangulares, oscilaban al extremo de sus cortos
brazos.
—¡Veremos el fin del mundo! —gruñó—. Seremos la última
generación de los hombres.
Detrás suyo resonó una risa cavernosa. Dane, el
centenario, se mostró con su bisnieto y una mujer de ojos rasgados y cabellos
de bronce, que andaba con la misma ligereza que los pájaros.
—No, no lo veremos —afirmó—. La muerte de los hombres será
lenta... El agua disminuirá hasta que no queden más que algunas familias en
torno a un pozo. Y así, aún será más terrible.
—¡Veremos el fin del mundo! — repitió obstinadamente el
hombrecillo rechoncho.
—¡Tanto mejor! —exclamó el bisnieto de Dane—. ¡Que la
tierra se beba hoy mismo las últimas fuentes!
Su cara sinuosa, estrechísima, mostraba una tristeza sin
límites; él mismo se sorprendía de no haber puesto fin a su existencia.
—¡Quién sabe si aún queda una esperanza! — murmuró el
anciano.
El corazón de Targ palpitaba; bajó hacia el centenario una
mirada en la que titilaba la juventud.
Cuando habló, su voz era fuerte:
—¡Oh, padre!... — exclamó.
El rostro del anciano ya se había inmovilizado. Se hundió
de nuevo en aquel sueño taciturno, que lo hacía semejante a un bloque de
basalto: Targ se guardó sus pensamientos.
La multitud aumentaba en los confines del desierto y del
oasis. Algunos planeadores se elevaron; procedían del Centro. Era aquélla la
época en que el trabajo apenas solicitaba la atención del hombre: bastaba con
esperar el tiempo de las cosechas. No sobrevivía ningún insecto, ningún
microbio. Encerrados en estrechos dominios, fuera de los cuales era imposible
cualquier vida «protoplasmática», los antepasados habían librado una lucha
eficaz contra los parásitos. Incluso los organismos microscópicos no pudieron
mantenerse, privados de aquel imprevisto resultante de las aglomeraciones
densas, de los grandes espacios, de las transformaciones y de los
desplazamientos perpetuos.
Por otra parte, dueños de la distribución del agua, los
hombres disponían de un poder irresistible contra los seres que querían
destruir. La ausencia de los antiguos animales domésticos y salvajes, vehículos
incesantes de epidemias, había contribuido a adelantar la hora del triunfo. A
la sazón el hombre, las aves y las plantas se hallaban para siempre a cubierto
de las enfermedades infecciosas.
No por ello su vida era más larga. Al desaparecer multitud
de microbios benéficos junto con los otros, las dolencias propias de la máquina
humana se desarrollaron, y surgieron enfermedades nuevas, enfermedades que
hubiera podido creerse causadas por «microbios minerales». A consecuencia de
ello, el hombre volvió a hallar en su interior a enemigos análogos a aquéllos
que lo amenazaban en el exterior y, si bien el matrimonio era un privilegio
reservado a los más aptos, el organismo raras veces alcanzaba una edad
avanzada.
Pronto varios centenares de hombres se encontraron
reunidos en torno al Gran Planetario. Apenas se podía hablar de tumulto; la
tradición de la desgracia se transmitía desde hacía demasiadas generaciones
para no haber agotado aquellas reservas de espanto y dolor que son el precio
que hay que pagar por las grandes alegrías y las vastas esperanzas. Los Últimos
Hombres tenían una sensibilidad limitada y una imaginación nula.
Sin embargo, la multitud estaba inquieta; algunos rostros
se crispaban; todos experimentaron alivio cuando un cuadragenario, saltando de
una Motriz, gritó:
—Los aparatos sísmicos aún no señalan nada... El temblor
será débil.
—¿De qué nos inquietamos? —exclamó la mujer de ojos
rasgados—. ¿Qué podemos hacer y prever? ¡Todas las medidas están tomadas desde
los siglos de los siglos! ¡Nos hallamos a la merced de lo desconocido! ¡Es una
necedad tratar de informarse de lo inevitable!
—No, Helé —respondió el cuadragenario—. No es una necedad;
es la vida. Mientras los hombres tengan la fuerza de inquietarse, sus días
todavía tendrán algo de dulzura. Después, podrá decirse que han muerto desde el
mismo momento de nacer.
—¡Que así sea! —dijo el bisnieto de Dane, riendo
burlonamente—. Nuestras alegrías miserables y nuestras débiles tristezas, valen
menos que la muerte.
El cuadragenario movió la cabeza. Como Targ y su hermana,
tenía todavía un futuro en su alma y fuerza en su amplio pecho. Cuando su
mirada clara se cruzó con los frescos ojos de Arva, una fina emoción aceleró su
aliento.
Entre tanto, otros grupos se reunían en los diversos
sectores de la periferia. Gracias a los ondíferos, dispuestos de mil en mil
metros, aquellos grupos se comunicaban libremente.
Se podían oír, a voluntad, los rumores de un distrito e
incluso de toda la población. Esta comunión condensaba el alma de las
multitudes y obraba como un enérgico estimulante. Y se produjo una especie de
exaltación cuando un mensaje del oasis de las Tierras Rojas vibró en la
caracola del Gran Planetario, para repercutir de ondífero en ondífero.
Comunicaba que, allá, no solamente las aves sino también los sismógrafos
anunciaban trastornos subterráneos. Esta confirmación del peligro hizo que los
grupos se estrechasen.
Manó, el cuadragenario, había subido a la plataforma; Targ
y Arva estaban pálidos. Al ver a la joven temblorosa, el recién llegado
murmuró:
—La propia angostura de los oasis y su pequeño número
deben tranquilizarnos. La probabilidad de que se encuentren en las zonas
peligrosas es remotísima.
—¡Su propia situación les salvó en otros tiempos! —asintió
Targ—. Ello demuestra que no estamos en una zona peligrosa.
El bisnieto de Dane, que había oído estas palabras, dejó
escapar su risa lúgubre:
—¡Como si las zonas no variasen de período en período! Por
otra parte... ¿No puede bastar una débil sacudida, pero en el punto preciso,
para agotar los manantiales?
Se alejó, lleno de una melancólica ironía. Targ, Arva y
Manó se estremecieron. Permanecieron taciturnos durante un minuto, hasta que el
cuadragenario prosiguió:
—Las zonas varían con una lentitud extremada. Desde hace
doscientos años, las sacudidas más fuertes han tenido lugar en pleno desierto.
Sus repercusiones no han alterado las fuentes. Solamente las Tierras Rojas, la
Devastación y la Occidental se encuentran en la vecindad de las regiones
peligrosas...
Contemplaba a Arva con una dulce admiración, en la que
nacía la flor del amor. Viudo desde hacía tres años, sufría a causa de su
soledad. A pesar de la rebelión de sus energías y su ternura, se había
resignado a ella. Las leyes fijaban con rigor el número de uniones y
nacimientos.
Pero desde hacía unas semanas, el Consejo de los Quince
había inscrito a Manó entre aquellos que podían formar de nuevo una familia: la
salud de sus hijos justificaba este favor. Y mientras la imagen de Arva se
metamorfoseaba en el alma de Manó, la leyenda oscura, una vez más, se bañó de
luz.
—¡Mezclemos la esperanza a nuestras inquietudes!
—exclamó—. ¿Es que incluso en las maravillosas épocas del Agua, la muerte de
cada hombre no significaba para él el fin del mundo? ¡Los que viven en estos
momentos en la Tierra corren muchos menos riesgos, individualmente, que
nuestros antecesores de antes de la era radiactiva!
Hablaba con fervor, pues siempre había rechazado aquella
resignación lúgubre que hacía estragos entre sus semejantes. Sin duda, debido a
un atavismo demasiado largo, sólo podía huir de ella por intermitencia. No
obstante, había conocido más que otro cualquiera la alegría de vivir el
rutilante minuto que fugazmente pasa.
Arva lo escuchaba con favor, pero Targ no podía concebir
que alguien pudiese negligir el futuro de la especie. Sí, como Manó, a veces
también se sentía bruscamente presa de la voluptuosidad fugitiva, mezclaba
siempre con ella aquel gran sueño del Tiempo que había guiado a sus
antepasados.
—No puedo desentenderme de nuestra descendencia — replicó.
Y abarcando con un gesto la inmensa soledad, añadió:
—¡Qué bella sería la existencia si nuestro reino ocupase
estos horribles desiertos! ¿No habéis pensado alguna vez que aquí hubieron
mares, lagos, ríos... plantas innumerables y, antes del período radiactivo,
selvas vírgenes? ¡Ah, Manó, selvas vírgenes!... ¡Y ahora, una vida oscura
devora nuestro antiguo patrimonio!...
Manó se encogió de hombros con resignación:
—Es malo pensar en eso, porque, fuera de los oasis, la
Tierra es tan inhabitable para nosotros, o tal vez más, que Júpiter o Saturno.
Un rumor les interrumpió; todas las cabezas se irguieron,
atentas: una nueva bandada de aves llegaba. Llegaban para anunciar que allá, a
la sombra de las rocas, una joven desvanecida iba a ser presa de los
ferromagnetales. Y mientras dos planeadores se elevaban sobre el desierto, las
gentes pensaban en los extraños seres magnéticos que se multiplicaban sobre la
faz del planeta mientras la Humanidad declinaba. Transcurrieron largos minutos;
los planeadores reaparecieron: uno de ellos transportaba un cuerpo inerte, en
el cual todos reconocieron a Elma la Nómada. Era una muchacha singular,
huérfana y poco querida, pues tenía instintos vagabundos... Su carácter huraño
desconcertaba a sus semejantes. En determinados días, nada podía impedirle que
emprendiese la huida a través de las soledades...
La depositaron sobre la plataforma del Planetario; su
cara, medio tapada por sus largos cabellos negros, estaba lívida, pero sembrada
de puntos escarlata.
—¡Está muerta! —declaró Manó—. ¡Los Otros han bebido su
vida!
—¡Pobrecilla Elma! — exclamó Targ, contemplándola con
piedad. A pesar de su actitud pasiva, la multitud murmuraba colérica contra los
ferromagnetales.
Pero los resonadores, que clamaban frases estruendosas,
atrajeron la atención de todos.
«Los sismógrafos registran una sacudida brusca en la zona
de las Tierras Rojas...»
—¡Ah, ah! — gritó el hombre rechoncho con voz quejumbrosa.
Ningún eco le respondió. Todos los rostros estaban vueltos
hacia el Gran Planetario. La multitud esperaba, en una impaciencia temblorosa.
—¡Nada! —exclamó Manó tras dos minutos de espera—. Si las Tierras
Rojas hubiesen sido alcanzadas, ya lo sabríamos...
Una llamada estridente le interrumpió. Y la caracola del
Gran Planetario clamó:
«Inmensa sacudida... El oasis entero se levanta...
Catas...»
Luego sonidos confusos, un sordo entrechocar... y
silencio...
Todos esperaron, hipnotizados, durante más de un minuto. A
continuación la muchedumbre respiró profundamente; los menos emotivos se
agitaron.
—¡Es un gran desastre! — anunció el viejo Dane.
Nadie lo dudaba. Las Tierras Rojas poseían diez
planetarios de gran radio de acción, orientables en todos sentidos. Para que
los diez hubiesen enmudecido, hacía falta que hubiesen sido arrancados de cuajo
o que la consternación de los habitantes fuese extraordinaria.
Targ, orientando el transmisor, lanzó una llamada
prolongada. No hubo respuesta. Un pesado horror se abatió sobre las almas. No
era la ardiente inquietud de los hombres de antaño, sino una angustia lenta,
cansada, disolvente. Estrechos vínculos unían a las Altas Fuentes con las
Tierras Rojas. Desde hacía cinco mil años, ambos oasis sostenían relaciones
continuadas, ya fuese gracias a los resonadores o mediante frecuentes visitas,
en planeadores o en motrices. Treinta estaciones intermedias, provistas de planetarios,
jalonaban la ruta, de una longitud de mil setecientos kilómetros, que unía a
ambos pueblos.
—¡Hay que esperar! —exclamó Targ asomándose a la
plataforma—. Si el pánico les impide responder, no tardarán en recuperar su
sangre fría.
Pero nadie creía que los hombres de las Tierras Rojas
fuesen capaces de perder la cabeza hasta tal punto; su raza aún era menos
emotiva que la de las Altas Fuentes: capaz de sentir tristeza, ya no lo era de
sentir espanto.
Targ, leyendo la incredulidad en todas las caras,
continuó:
—Si sus aparatos están destruidos, antes de un cuarto de
hora sus mensajeros pueden alcanzar las primeras estaciones intermedias...
—A menos —objetó Helé— que los planeadores no hayan
recibido daño... En cuanto a las motrices, no es probable que consigan
franquear, al menos por el momento, un recinto reducido a escombros.
Entre tanto, toda la población se dirigía hacia la zona
meridional. En algunos minutos, los planeadores y las motrices vertieron
millares de hombres y mujeres hacia el Gran Planetario. El rumor crecía, como
un largo soplo interrumpido por silencios. Y los miembros del Consejo de los
Quince, que interpretaban las leyes y juzgaban unánimes los actos, se reunieron
sobre la plataforma. Entre ellos se reconocía el rostro triangular, los ásperos
cabellos blancos como la sal de la vieja Bamar, y la cabeza llena de
protuberancias de Omal, su marido, cuyos setenta años de vida no habían podido
descolorir su barba leonada. Eran feos, pero venerables, y su autoridad era
grande, pues habían tenido una descendencia sin tara.
Bamar, después de asegurarse de que el Planetario estaba
bien orientado, envió a su ves algunas ondas. Ante el silencio del receptor, su
semblante se ensombreció aún más.
—¡Hasta ahora, la Devastación está a salvo! —murmuró
Omal—. Y los sismógrafos no anuncian ninguna sacudida en las otras zonas
humanas.
De pronto, un susurro de llamada resonó, estridente, y,
mientras la multitud se alzaba, hipnótica, se oyó gruñir al Gran Planetario:
«Desde la primera estación intermedia de las Tierras
Rojas. Dos poderosas sacudidas han levantado el oasis. El número de muertos y
heridos es considerable; las cosechas han sido destruidas; las aguas parecen
estar amenazadas. Despegan planeadores hacia las Altas Fuentes...»
Fue un verdadero alud. Los hombres, los planeadores y las
motrices surgían torrencialmente. Una excitación desconocida desde hacía siglos
agitaba las almas resignadas: la compasión, el temor y la inquietud
rejuvenecieron a aquella multitud del Ultimo Siglo.
El Consejo de los Quince deliberaba mientras Targ,
tembloroso, respondía al mensaje de las Tierras Rojas y anunciaba la próxima
partida de una delegación.
En las horas trágicas, los tres oasis hermanos —Tierras
Rojas, Altas Fuentes, la Devastación— se prestaban mutuamente socorro. Omal,
que tenía un conocimiento perfecto de la tradición, declaró:
—Tenemos provisiones para cinco años. Una cuarta parte
puede ser reclamada por las Tierras Rojas... Estamos obligados asimismo a dar
acogida a dos mil refugiados, si ello es inevitable. Pero éstos no tendrán más
que raciones reducidas y no podrán reproducirse. Nosotros también tendremos que
limitar la natalidad, pues es necesario devolver nuestra población a la cifra
tradicional, antes de quince años
El Consejo aprobó esta mención de las leyes: luego Bamar
gritó, volviéndose hacia la muchedumbre:
—El Consejo va a designar aquellos que partirán hacia las
Tierras Rojas. No serán más de nueve. Enviaremos a otros cuando conozcamos las
necesidades de nuestros hermanos.
—Yo pido ser uno de ellos — suplicó el custodio.
—¡Yo también! — añadió Arva con vivacidad.
Los ojos de Manó brillaron:
—Si el Consejo lo permite, yo también quisiera figurar
entre los delegados.
Omal le dirigió una mirada favorable. El también había
conocido en otros tiempos, como ellos, aquellos movimientos espontáneos, tan
raros entre los Últimos Hombres.
Aparte de Amat, un frágil adolescente, la multitud
esperaba con pasividad la decisión del Consejo. Sometido a las reglas
milenarias, acostumbrado a una existencia monótona, turbada únicamente por los
meteoros, aquel pueblo había perdido el deseo de la iniciativa. Resignado,
paciente, dotado de un gran valor pasivo, nada le llamaba a la aventura. Los
desiertos enormes que le circundaban, vacíos de cualquier recurso humano,
pesaban tanto sobre sus actos como sobre sus pensamientos.
—Nada se opone a la partida de Targ, de Arva y de Manó —
observó la vieja Bamar—. Pero el camino es largo para Amat. Que el Consejo
decida.
Mientras el Consejo deliberaba, Targ contemplaba la
siniestra extensión. Un dolor amargo le abrumaba. El desastre de las Tierras
Rojas pesaba sobre él de una manera más agobiante que sobre sus hermanos. Las
esperanzas de éstos se limitaban a desear que la decadencia final fuese lo más
lenta posible, mientras que él se obstinaba en soñar en felices metamorfosis.
Mas las circunstancias confirmaban amargamente la Tradición.
II. HACIA LAS TIERRAS ROJAS
LOS nueve planeadores volaban hacia las Tierras Rojas.
Apenas se separaban de las dos rutas que, desde hacía cien siglos, seguían las
motrices. Los antepasados habían construido grandes refugios de hierro virgen,
con resonador planetario, y numerosas estaciones intermedias, menos
importantes. Las dos rutas estaban bien conservadas. Como las motrices pasaban
raramente por ellas y sus ruedas estaban provistas de fibras minerales muy
elásticas; y como los hombres de ambos oasis, por otra parte, sabían utilizar
todavía parcialmente las enormes energías que habían captado sus ascendientes,
el mantenimiento de la pista exigía más vigilancia que trabajo. Los
ferromagnetales apenas aparecían por allí y sólo causaban desperfectos
insignificantes; un peatón hubiera podido seguir aquella ruta durante toda una
jornada sin experimentar apenas influencias nocivas; pero no hubiera sido
prudente hacer paradas demasiado largas y mucho menos dormirse: eran numerosos
los enfermos que, como Elma, habían perdido allí todos sus glóbulos rojos para
morir de anemia.
Los Nueve no corrían ningún peligro: cada uno de ellos
gobernaba un planeador ligero que, por otra parte, hubiera podido transportar a
cuatro hombres. Incluso en el caso de que dos terceras partes de los aparatos
sufriesen un accidente, la expedición no quedaría comprometida.
Dotados de una elasticidad casi perfecta, los planeadores
estaban construidos para resistir a los choques más violentos y para capear el
huracán.
Manó se había situado en cabeza. Targ y Arva volaban casi
en conserva. La agitación del joven no cesaba de aumentar. Y la historia de las
grandes catástrofes, fielmente transmitidas de generación en generación, no se
apartaba de su recuerdo.
Desde hacía quinientos siglos, los hombres sólo ocupaban,
en el planeta, unos cuantos islotes irrisorios. La sombra de la decadencia
precedía con mucha antelación a las catástrofes. En épocas antiquísimas,
durante los primeros siglos de la era radiactiva, se señaló ya la disminución
de las aguas; muchos sabios predijeron que la Humanidad perecería víctima de la
sequía. ¿Pero qué efecto podían producir tales predicciones en el ánimo de unos
pueblos que veían sus montañas cubiertas de glaciares, ríos innumerables que
regaban las llanuras y mares inmensos que asaltaban sus continentes? Sin
embargo, el agua disminuía lentamente, de un modo progresivo, absorbida por la
tierra y volatilizada en el firmamento (1). Luego vinieron las grandes
catástrofes. Se produjeron extraordinarias modificaciones del suelo; a veces,
en un solo día los terremotos destruyeron a diez o veinte ciudades y a
centenares de aldeas; se formaron nuevas cadenas montañosas, dos veces más
altas que los antiguos macizos de los Alpes, los Andes o el Himalaya; el agua
se agotaba de siglo en siglo. Estos enormes fenómenos aún habían de agravarse
más. En la superficie del sol se observaron metamorfosis que, según leyes mal
elucidadas, repercutieron en nuestro pobre planeta. Hubo un lamentable encadenamiento
de catástrofes: por una parte, levantaron las altas montañas hasta veinticinco
y treinta mil metros, mientras por otra parte, hacían desaparecer inmensas
cantidades de agua.
Se sabía que, al principio de aquellas revoluciones
siderales la población humana había alcanzado la cifra de veintitrés mil
millones de individuos. Esta masa disponía de energías desmesuradas, que sacaba
de los proto-átomos (como se hacía aún, aunque de manera imperfecta) y apenas
se inquietaba por la desaparición de las aguas, hasta tal punto había
perfeccionado los cultivos y la nutrición artificial. Incluso se jactaba de que
pronto viviría de productos orgánicos elaborados por los químicos. Muchas veces,
aquel viejo sueño pareció realizarse: pero cada vez, extrañas enfermedades o
una rápida degeneración diezmaron los grupos sometidos a los experimentos. Hubo
que limitarse a los alimentos que eran el sustento del hombre desde los
primeros tiempos. A decir verdad, aquellos alimentos sufrieron sutiles
metamorfosis, debidas por partes iguales a la cría y la agricultura y a las
manipulaciones de los sabios. Para la subsistencia humana bastaron raciones
reducidas; a consecuencia de ellas, los órganos digestivos acusaron, en menos
de cien siglos, una disminución notable, mientras que el aparato respiratorio
se desarrollaba en razón directa de la rarefacción de la atmósfera.
Desaparecieron las últimas bestias salvajes; los animales
comestibles, por comparación con sus antepasados, eran verdaderos zoófitos,
unas masas ovoides y repugnantes, con miembros transformados en simples muñones
y con mandíbulas atrofiadas a consecuencia de ingerir alimentos pastosos.
Solamente algunas especies de aves escaparon a la degeneración, adquiriendo un
maravilloso desarrollo intelectual.
Su dulzura, su belleza y su encanto crecían de época en
época. Prestaban servicios imprevistos, a causa de su instinto, más delicado
que el de sus dueños, y estos servicios se apreciaban particularmente en los
laboratorios.
Los hombres de aquella época poderosa conocieron una
existencia inquieta. La poesía magnífica y misteriosa había muerto. Ya no
existía la vida salvaje, ni siquiera aquellas inmensas extensiones casi libres:
los bosques, las praderas, los marjales, las estepas, los campos del período
radiactivo. El suicidio terminó siendo el flagelo más temible de la especie.
En quince milenios, la población terrestre descendió de
veintitrés a cuatro mil millones de almas; los mares, sumidos en los abismos,
sólo ocupaban una cuarta parte de la superficie; los grandes ríos y lagos
habían desaparecido; los montes pululaban, inmensos y fúnebres. Así reaparecía
el planeta salvaje... ¡pero desnudo!
(1) En las altas regiones atmosféricas, el vapor de agua
fue siempre descompuesto por los rayos ultravioleta en oxígeno e hidrógeno:
este último huía al espacio interestelar. (N. del A.)
Entre tanto, el hombre luchaba desesperadamente. Se había
jactado, para el caso de que el agua faltase, de fabricarse la que le hiciese
falta para los usos domésticos y agrícolas; pero los materiales útiles se
hacían cada vez más raros, o se hallaban a profundidades que hacían ridícula su
explotación. Hubo que aplicarse a los procedimientos de conservación, a medios
ingeniosos para disminuir el desagüe y para sacar el máximo rendimiento del
fluido vital.
Los animales domésticos sucumbieron, incapaces de
acostumbrarse a las nuevas condiciones: en vano se intentó crear especies más
rústicas; una degeneración doscientas veces milenaria había agotado la energía
evolutiva. Solamente los pájaros y las plantas resistían. Estas adoptaron de
nuevo algunas formas ancestrales; aquéllos se adaptaron al medio: muchos de
ellos, volviendo a la vida salvaje, construyeron sus nidos en alturas en las
que el hombre ya no podía perseguirles porque en ellas la rarefacción del aire,
si bien insignificante, acompañaba a la del agua. Se convirtieron en aves de
presa, desplegando una astucia tan refinada, que fue imposible oponérseles. En
cuanto a las aves que se quedaron a vivir entre los antepasados, su suerte fue
espantosa al principio. Se trató de envilecerlas, convirtiéndolas en animales
comestibles. Pero su conciencia era ya demasiado lúcida; lucharon ferozmente
por escapar a su suerte. Se produjeron escenas tan terribles como aquellos
episodios de los tiempos primitivos en que el hombre devoraba al hombre, o en
que pueblos enteros eran reducidos a la servidumbre. El horror se adueñó de las
almas; poco a poco, el hombre dejó de maltratar a sus compañeros del planeta y
a cebarse en ellos.
Por otra parte, los fenómenos sísmicos continuaban
modificando las tierras y destruyendo las ciudades. Después de treinta mil años
de luchas, los hombres comprendieron que el mineral, vencido durante millones
de años por la planta y la bestia, tomaba su revancha definitiva. Hubo un
período de desesperación que hizo disminuir el número de habitantes del globo a
trescientos millones de hombres, mientras los mares se reducían a un décimo de
la superficie terrestre. Tres o cuatro mil años de respiro hicieron concebir
cierto optimismo. La Humanidad emprendió prodigiosas obras de preservación: la
lucha contra las aves cesó; los hombres se limitaron a impedir que siguiesen
multiplicándose, y se obtuvo de ellas preciosos servicios.
Luego continuaron las catástrofes. Las tierras habitables
se redujeron aún más. Treinta mil años antes del fin, tuvieron lugar las
supremas modificaciones: la Humanidad se encontró reducida a algunos territorios
diseminados por el planeta, que volvía a ser vasto y formidable como en las
primeras épocas. Fuera de los oasis, era ya imposible procurarse el agua
necesaria para la vida.
Después, se produjo una calma relativa. Aunque el agua que
proporcionaban los pozos excavados en el abismo hubiese seguido disminuyendo,
que la población se haya reducido una tercera parte, que dos oasis hayan tenido
que ser abandonados, la Humanidad se mantiene, y sin duda se mantendrá aún
durante cincuenta o cien mil años más... Su industria ha disminuido
inmensamente. El hombre de los oasis sólo puede emplear una pequeñísima parte
de las energías que utilizaba nuestra especie en su lozanía. Los aparatos de
comunicación y de trabajo se han hecho menos complicados; desde hace muchos
milenios, ha sido necesario renunciar a los espiraloides que transportaban a
nuestros antepasados por encima de los desiertos, con una velocidad diez veces
superior a la de nuestros planeadores.
El hombre vive en un estado de resignación dulce, triste y
muy pasivo. El espíritu creador se ha extinguido; solamente reaparece por
atavismo en algunos individuos. De selección en selección, la raza ha adquirido
un espíritu de obediencia automática, y por lo tanto perfecta, a las leyes que
ya son inmutables. La pasión es rara, el crimen inexistente. Ha nacido una
especie de religión, sin culto, sin liturgia: el temor y el respeto ante el
mineral. Los Últimos Hombres atribuyen al planeta una voluntad lenta e
irresistible. Favorable de momento a los reinos que nacen en ella, la tierra
les deja adquirir una gran potencia. La hora misteriosa en que ella los condena
es también la misma en que favorece a los reinos nuevos.
Actualmente, sus energías oscuras favorecen el reino
ferromagnético. No es que pueda decirse que los ferromagnetales hayan
participado en nuestra destrucción; a lo más, han contribuido al
aniquilamiento, fatal de todos modos, de las aves salvajes. Aunque su aparición
se remonte a una época lejana, los nuevos seres apenas han evolucionado. Sus
movimientos son de una sorprendente lentitud; los más ágiles no pueden recorrer
ni un decámetro por hora; y las defensas de hierro virgen que rodean a los
oasis, cubiertas de placas de bismuto, son para ellos un obstáculo
infranqueable. Les haría falta, para resultarnos inmediatamente nocivos, dar un
salto evolutivo sin relación alguna con su desarrollo anterior.
Empezó a observarse la existencia del reino ferromagnético
al final de la época radiactiva. Eran curiosas manchas violetas que aparecían
sobre los hierros humanos, es decir, en los hierros y los compuestos férricos
modificados por el uso industrial. El fenómeno sólo apareció en los productos
que se habían empleado muchas veces: jamás se descubrieron manchas
ferro-magnéticas en hierros salvajes. Por lo tanto, el nuevo reino no hubiera
podido nacer sin el concurso humano. Este hecho capital fue causa de gran preocupación
para nuestros antepasados. Quizá nosotros nos hallamos en una situación análoga
respecto a una vida anterior que, en su decadencia, permitió la eclosión de la
vida protoplasmática.
Sea lo que fuere, la Humanidad constató enseguida la
existencia de los ferromagnetales. Cuando los sabios hubieron descrito sus
manifestaciones rudimentarias, ya no se dudó de que se trataba de seres
organizados. Su composición es singular. Únicamente admite una sola substancia:
el hierro. Si otros cuerpos, en pequeñísimas cantidades, aparecen a veces
mezclados al hierro, tienen sólo el carácter de impurezas, perjudiciales al
desarrollo ferromagnético; el organismo se desprende de ellas a menos que esté
muy debilitado o sufra alguna enfermedad misteriosa. La estructura del hierro,
en estado viviente, es muy variada: hierro fibroso, hierro granulado, hierro
blando, hierro duro, etc. El conjunto es plástico y no trae aparejado ningún
líquido. Pero lo que caracteriza sobre todo a los nuevos organismos, es una
extremada complicación y una inestabilidad continua de su estado magnético.
Dicha inestabilidad y dicha complicación son tales, que incluso los
investigadores más tercos han debido renunciar a aplicarles, no tan sólo leyes,
ni siquiera reglas aproximadas. Posiblemente ésta es la manifestación dominante
de la vida ferromagnética. Cuando una conciencia superior se revele en el nuevo
reino, yo creo que reflejará especialmente este extraño fenómeno o, más bien,
será su coronación. Entre tanto, si la conciencia de los ferromagnetales
existe, es aún de grado elemental. Se encuentran en el período dominado por los
afanes de multiplicación. Sin embargo, ya han experimentado algunas
transformaciones importantes. Los autores de la época radiactiva nos hacen ver
que cada individuo está compuesto de tres grupos, en cada uno de los cuales
existe una marcada tendencia hacia la forma helicoide. En aquella época no
podían recorrer más de cinco o seis centímetros cada veinticuatro horas; cuando
se deformaban sus aglomeraciones, tardaban varias semanas en reformarlas.
Actualmente, como se sabe, son capaces de recorrer dos metros por hora. Además,
muestran aglomeraciones de tres, cinco, siete e incluso nueve grupos, cuya forma
reviste una gran variedad. Un grupo, compuesto de un número considerable de
corpúsculos ferromagnéticos, no puede subsistir solitario: es necesario que se
vea completado por dos, cuatro, seis u ocho grupos diversos. Una serie de
grupos comporta, evidentemente, series energéticas, sin que pueda decirse de
qué manera. A partir de la aglomeración septenaria, el ferromagnetal decae si
se le suprime uno de los grupos.
En cambio, una serie ternaria puede reformarse con ayuda
de un solo grupo, y una serie quinquenaria con ayuda de tres grupos. La
reconstitución de una serie mutilada es muy parecida a la génesis de los
ferromagnetales; esta génesis guarda para el hombre un carácter profundamente
enigmático. Se opera a distancia. Cuando nace un ferromagnetal, se constata
invariablemente la presencia de muchos otros. Según las especies, la formación
de un individuo requiere de seis horas a diez días; parece exclusivamente debida
a fenómenos de inducción. La reconstitución de un ferromagnetal lesionado se
opera con ayuda de procedimientos análogos.
Actualmente, la presencia de los ferromagnetales resulta
casi inofensiva. Sin duda la situación sería muy distinta si la Humanidad se
extinguiese.
Al mismo tiempo que trataban de luchar contra los
ferromagnetales, nuestros antepasados buscaron algún método para convertir su
actividad en ventajosa para nuestra especie. Nada parecía oponerse, por
ejemplo, a que la substancia de los ferromagnetales sirviese para usos
industriales. Si así fuese, bastaría con proteger las máquinas (lo que ya
parece haber sido realizado en otros tiempos con poco gasto) de una manera
análoga al modo como nosotros preservamos nuestros oasis... Esta solución, en
apariencia elegante, fue intentada. Los antiguos anales refieren que se vio
condenada al fracaso. El hierro transformado por la nueva vida se muestra
refractario a cualquier uso humano. Su estructura y su magnetismo tan variados
hacen de el una substancia que no se presta a ninguna combinación ni a ningún
trabajo orientado. Sin duda, esta estructura parece uniformizarse y el
magnetismo desaparece al aproximarse a la temperatura de fusión (y, a fortiori,
durante la propia fusión), pero cuando se deja enfriar al metal, las
propiedades dañinas reaparecen.
Por otra parte, el hombre no puede permanecer largo tiempo
en regiones ferromagnéticas de alguna importancia. En pocas horas, experimenta
síntomas de anemia. Transcurrido un día y una noche, se encuentra en un estado
de debilidad extrema. No tarda en desvanecerse; si no recibe pronto socorro,
sucumbe.
Así perecieron muchos.
No se ignoran las causas inmediatas de estos hechos: la
proximidad de los ferromagnetales tiende a suprimir nuestros glóbulos rojos.
Nuestros hematíes, casi reducidos al estado de hemoglobina pura, se acumulan en
la superficie de la epidermis para ser atraídos en seguida hacia los
ferromagnetales, que los descomponen y al parecer los asimilan.
Diversas causas pueden contrarrestar o retardar este
fenómeno. Basta con andar para no tener nada que temer; con mayor motivo, basta
con circular en motriz. Si se lleva un traje de fibras de bismuto, se puede
resistir la influencia enemiga al menos durante dos días; ésta se debilita si
uno se tiende con la cabeza apuntando al norte; se atenúa espontáneamente
cuando el sol está cerca del meridiano.
Desde luego, cuando el número de ferromagnetales decrece,
el fenómeno es proporcionalmente menos intenso, hasta llegar un momento en que
se anula, pues el organismo humano no se deja atacar sin oponer resistencia.
Por último, la acción ferromagnética empieza por disminuir según la curva de
las distancias, para hacerse insensible a más de diez metros.
Se comprende que la desaparición de los ferromagnetales
pareciese necesaria a nuestros antepasados. Estos emprendieron la lucha con
método. Durante la época en que se iniciaron las grandes catástrofes, esta
lucha exigió cuantiosos sacrificios, ya que se había producido una selección
entre los ferromagnetales y hubo que apelar a inmensas energías para refrenar
su pululación.
Los cambios en la estructura del planeta que luego se
produjeron resultaron ventajosos para el nuevo reino; en compensación, su
presencia se hacía menos inquietante, pues la cantidad de metal necesario para
la industria disminuía periódicamente y los desordenes sísmicos hacían aflorar,
en grandes masas, minerales de hierro nativo, intangible para los invasores.
Así, la lucha contra éstos fue disminuyendo hasta que se hizo negligible. ¿Qué
importaba el peligro orgánico ante el inmenso peligro sideral?
En la actualidad, los ferromagnetales apenas nos causan
inquietud. Con nuestros recintos de hematita roja, de limonita o de hierro
espático, revestidos de bismuto, nos creemos inexpugnables. Pero si una
revolución improbable devolviese el agua a la superficie, el nuevo reino
opondría obstáculos incalculables al desarrollo humano, o al menos a un
progreso de cierta envergadura.
Targ contempló largamente la llanura: por doquier percibía
el tinte violáceo y las formas sinusoidales particulares de los aglomerados
ferromagnéticos.
—Sí —murmuró—, si la Humanidad volvía a adquirir cierta
envergadura, habría que comenzar de nuevo la obra de nuestros antepasados.
Habría que destruir al enemigo o utilizarlo. Temo que su destrucción sea
imposible: un nuevo reino debe llevar en sí mismo los elementos del triunfo,
capaces de desafiar las previsiones y las energías de un reino envejecido. Mas,
por otra parte, ¿por qué no podríamos hallar un método que permitiese coexistir
a los dos reinos, ayudándose incluso mutuamente? Sí, ¿por qué no..., ya que el
mundo ferromagnético procede de nuestra industria? ¿No indica esto una profunda
compatibilidad?
Luego, alzando los ojos hacia los grandes picos de
Occidente, prosiguió:
—¡Cuan ridículos son mis sueños! Sin embargo... quién
sabe. ¿No me ayudan a vivir? ¿No me infunden algo de esta joven dicha que ha
huido para siempre del alma de los hombres?
Se irguió con un brusco sobresalto: a lo lejos, en la
ensenada formada por el monte de las Sombras, tres grandes planeadores blancos
acababan de aparecer.
III. EL PLANETA HOMICIDA
LOS planeadores parecieron rozar el Diente de Púrpura,
inclinado sobre el abismo; una sombra anaranjada les rodeaba; luego se
platearon bajo los rayos del sol cenital.
—¡Los mensajeros de las Tierras Rojas! — gritó Manó.
No revelaba nada nuevo a sus compañeros de ruta: sus
palabras no eran más que un grito de llamada. Las dos escuadrillas apresuraron
su marcha; al poco tiempo, las masas pálidas se abatieron hacia la larga pluma
esmeralda de las Altas Fuentes. Resonaron gritos de salutación, seguidos de un
silencio; todos tenían el corazón oprimido; no se oía más que el ligero susurro
de las turbinas y el roce de las plumas. Todos sentían la fuerza cruel de
aquellos desiertos que parecían surcar como unos amos.
Finalmente, Targ preguntó con voz temerosa:
—¿Se conoce la importancia del desastre?
—No —respondió un piloto de semblante bistre—. No la
sabremos hasta dentro de muchas horas. Sabemos solamente que el número de
muertos y heridos es considerable. ¡Pero esto no es nada! Lo peor es que
tenemos la pérdida de muchas fuentes.
Inclinó la cabeza con una amargura tranquila:
—No solamente la cosecha se ha perdido sino que han
desaparecido muchas provisiones. Sin embargo, si no hay otra sacudida, con
ayuda de las Altas Fuentes y de la Devastación, podremos vivir durante algunos
años... Provisionalmente, la raza dejará de reproducirse y tal vez no tendremos
que sacrificar a nadie.
Durante un momento aún, las escuadrillas volaron en
conserva; luego el piloto de semblante bistre cambió de rumbo, y los de las
Tierras Rojas se alejaron.
Pasaron entre los imponentes picachos, por encima de
precipicios y a lo largo de una ladera que, en otro tiempo tal vez estuvo
cubierta de pastos; en la actualidad, los ferromagnetales se multiplicaban en
ella.
—¡Lo que prueba —se dijo Targ— que esta ladera es rica en
ruinas humanas!
De nuevo planearon sobre los valles y las colinas;
transcurridas las dos terceras partes del día, se encontraban a trescientos
kilómetros de las Tierras Rojas.
—¡Todavía falta una hora! — exclame Manó.
Targ escrutó el espacio con su telescopio; distinguió,
imprecisos aún, el oasis y la zona escarlata a la cual el mismo debía su
nombre. El espíritu de aventura, adormecido desde el encuentro con los grandes
planeadores, se despertó en el corazón del joven; aceleró la velocidad de su
máquina para adelantar a Manó.
Los pájaros giraban en bandadas sobre la zona roja; muchos
de ellos se adelantaron al encuentro de la escuadrilla. A cincuenta kilómetros
del oasis, afluyeron en gran número; sus melopeas confirmaban el desastre y
predijeron inminentes temblores. Targ, con el corazón oprimido, escuchaba y
miraba sin poder articular palabra.
La tierra desértica parecía haber sufrido la mordedura de
un prodigioso arado; a medida que se aproximaban a él, el oasis mostraba sus
viviendas humildes, su recinto dislocado, las cosechas casi tragadas por la
tierra, mientras unas miserables hormigas humanas pululaban entre los
escombros...
De pronto un inmenso clamor rasgó la atmósfera; el vuelo
de las aves se quebró extrañamente; un terrible estremecimiento sacudió la
llanura.
¡El planeta homicida consumaba su obra!
Solamente Targ y Arva lanzaron un grito de pena y de
horror. Los otros aviadores continuaron su ruta, con la tranquila tristeza de
los Últimos Hombres... El oasis estaba ante ellos, Resonaban en él siniestros
gemidos. Se veían correr, trepar o jadear lamentables criaturas; otras
permanecían inmóviles, alcanzadas por la muerte; a veces, una cabeza
ensangrentada parecía salir del suelo. El espectáculo se hacía más espantoso a
medida que se discernían mejor los detalles.
Los Nueve planearon inseguros. Pero el vuelo de las aves
que momentáneamente se había visto agitado febrilmente por el espanto, se
armonizaba; no había que temer de momento ningún otro accidente; se podía
aterrizar.
Algunos miembros del Gran Consejo recibieron a los
delegados de las Altas Fuentes. Las palabras cambiadas fueron raras y rápidas.
Como el nuevo desastre exigía todas las energías disponibles, los Nueve se
mezclaron con los salvadores.
Las quejas les parecieron de momento intolerables. Los
adultos perdían su fatalismo a causa de sus atroces heridas; los gritos de los
niños eran como el alma estridente y salvaje del Dolor...
Finalmente, los anestésicos aportaron su bienhechora
ayuda. El ardiente sufrimiento se hundió en el fondo de la inconsciencia. Sólo
se oían ya gritos aislados, el clamor de los que yacían enterrados entre las
ruinas.
Uno de estos clamores atrajo a Targ. Era una voz que
expresaba espanto, no dolor; poseía un encanto enigmático y fresco. Al joven le
costó mucho situarla... Por último descubrió una cavidad por la que pudo oírla
más distintamente. Se alzaban ante el custodio grandes bloques, que él se puso
a separar con prudencia. Tenía que interrumpir constantemente su trabajo ante
las amenazas sordas del mineral: se formaban bruscamente agujeros, se producían
corrimientos de piedras o se oían sospechosas vibraciones.
Los gemidos se habían acallado; la tensión nerviosa y la
fatiga cubrían de sudor las sienes de Targ...
De pronto, todo pareció perdido; un lienzo de pared se
desmoronaba. El custodio, sintiéndose a merced del mineral, inclinó la cabeza y
esperó... Un bloque le pasó rozando; él aceptó el destino; pero el silencio y
la inmovilidad reinaron de nuevo.
Levantando la mirada, vio que una gran cavidad, casi una
caverna, se había abierto hacia la izquierda: en la penumbra yacía una forma
humana. El joven retiró penosamente la ruina viviente y se alejó de los
escombros en el mismo instante en que un nuevo hundimiento hacía impracticable
aquel paso largo y angosto.
Era una mujer joven, casi una niña, vestida con el tejido
elástico y plateado de las Tierras Rojas. Antes que otra cosa, su cabellera
impresionó al salvador. Era de aquella especie luminosa, que el atavismo
producía apenas una vez por siglo entre las hijas de los hombres.
Resplandeciente como los metales preciosos, fresca como el agua que surgía de
las fuentes profundas, parecía un tejido de amor, un símbolo de la gracia que
había adornado a la mujer a través de las edades.
El corazón de Targ se dilató, mientras un tumulto heroico
resonaba en su cráneo, y entrevió acciones magnánimas, gloriosas, que ya no se
realizaban jamás entre los Últimos Hombres... Y mientras admiraba la flor
bermeja de los labios, la línea delicada de las mejillas y su pulpa nacarada,
se abrieron dos ojos que tenían el color de la mañana, cuando el sol es vasto y
un dulce hálito corre por las soledades...
IV. EN LA TIERRA PROFUNDA
ERA después del crepúsculo. Las constelaciones avivaban
sus llamas finas. El oasis, taciturno, ocultaba su angustia y sus dolores. Y
Targ paseaba su alma febril junto al recinto.
La hora era terrible para los Últimos Hombres.
Sucesivamente, los planetarios habían anunciado inmensos desastres. La
Devastación estaba destruida; en las Dos Ecuatoriales, en la Gran Depresión, en
las Arenas Azules, las aguas habían desaparecido; su nivel decrecía en las
Altas Fuentes; el Oasis Claro y el Valle de Azufre anunciaban temblores
ruinosos o escapes rápidos del precioso líquido.
El desastre alcanzaba a toda la Humanidad.
Targ franqueó el recinto en ruinas, para salir al desierto
mudo y terrible.
La luna, casi llena, hacía invisibles las estrellas más
débiles; iluminaba los granitos rojos y las pilas violetas de los
ferromagnetales: una fosforescencia pálida ondulaba a intervalos, signo
misterioso de la actividad de los nuevos seres.
El joven avanzaba en la soledad, sin prestar atención a su
fúnebre grandeza.
Una imagen brillante dominaba el desconsuelo de la
catástrofe. Llevaba consigo como un «doble» de la cabellera bermeja; la
estrella Vega palpitaba como una pupila azul. El amor se convertía en la
esencia misma de su vida; y esta vida era más intensa, más profunda,
prodigiosa. Le revelaba, en su plenitud, aquel mundo de belleza que había
presentido, y para el cual valía más morir que vivir para el melancólico ideal
de los Últimos Hombres. A intervalos, como un nombre que se hubiese vuelto
sagrado, el nombre de aquélla que había retirado de entre los escombros acudía
a sus labios:
—¡Ere!
En el sobrecogedor silencio, el silencio del desierto
eterno, comparable al que reinaba en el gran éter en el que vacilaban los
astros, Targ seguía avanzando. El aire tenía la misma inmovilidad que el
granito; el tiempo parecía muerto, el espacio figuraba otro espacio distinto al
de los hombres, un espacio inexorable, glacial, lleno de lúgubres espejismos.
Sin embargo, allí existía una vida, abominable por ser la
que sucedería a la vida humana, solapada, terrorífica, incognoscible. Por dos
veces, Targ se detuvo para ver moverse las formas fosforescentes. La noche no
las adormecía. Se desplazaban con fines misteriosos; su modo de deslizarse
sobre el suelo no se explicaba por la presencia de ningún órgano. Mas pronto
dejaron de inspirarle interés. La imagen de Ere lo dominaba; existía una
relación confusa entre aquella marcha en la soledad y el heroísmo despertado en
su alma. Buscaba confusamente la aventura, la aventura imposible, la aventura
quimérica: el descubrimiento del Agua.
Únicamente el Agua podía darle a Ere. Todas las leyes de
los hombres le separaban de ella. El día anterior, todavía hubiera podido soñar
en convertirla en su esposa: bastaba para ello que una hija de las Altas
Fuentes fuese acogida a cambio en las Tierras Rojas. Después de la catástrofe,
el cambio era imposible. Las Altas Fuentes recibirían desterrados, mas para
condenarlos al celibato. La ley era inexorable; Targ la aceptaba como una
necesidad superior...
La luna era clara; desplegaba su disco de nácar y plata
sobre las colinas occidentales. Hipnotizado, Targ se dirigió hacia ella. Así
llegó a un terreno rocoso, que guardaba las huellas del desastre: muchas rocas
estaban tumbadas, otras agrietadas; por doquier la tierra silícea mostraba
resquebrajaduras.
—Diríase —murmuró el joven— que la sacudida ha alcanzado
aquí su mayor violencia... ¿Por qué?
Su ensueño se alejó un poco, pues aquel lugar excitaba su
curiosidad.
—¿Por qué? —volvió a preguntarse—. Sí... ¿Por qué?
Se detenía a cada momento para examinar las rocas y
también por prudencia; aquel suelo convulsionado debía de estar lleno de
asechanzas. Una extraña exaltación se apoderó de él. Se puso a soñar que si
existía un camino que condujese al Agua, había muchas probabilidades de que se
ocultase en aquellos parajes tan profundamente trastornados. Después de
encender la «radiatriz», de la que no se separaba jamás durante sus viajes, se
introdujo por hendiduras o corredores: todos se estrechaban rápidamente o terminaban
en callejones sin salida.
Finalmente se encontró frente a una hendidura mediocre,
abierta en la base de un peñasco alto y de gran tamaño, que los temblores
apenas habían afectado. Bastaba con examinar la grieta, que en algunos sitios
brillaba como el cristal, para comprender que era reciente. Targ se disponía a
alejarse, pues no creyó que valiese la pena penetrar por ella. Pero un
centelleo le atrajo. ¿Por qué no explorarla? Si era poco profunda, sólo tendría
que dar algunos pasos.
Resultó ser más larga de lo que había supuesto. Sin
embargo, después de una treintena de pasos empezó a estrecharse; Targ no tardó
en creer que no podría continuar. Se detuvo y examinó escrupulosamente los
detalles de los muros. El paso no era del todo imposible, pero hacía falta
escalar. El custodio apenas vaciló y se metió por un orificio, de un diámetro
muy poco superior al de un cuerpo humano. El paso, sinuoso y sembrado de agudos
pedruscos, todavía se hizo más estrecho; Targ se preguntó si le sería posible
retroceder.
Estaba como encajado en la tierra profunda, cautivo del
mineral, cosita infinitamente débil que la caída de un solo bloque podía
reducir a partículas. Pero la fiebre de la aventura empezada palpitaba en él:
si abandonaba la empresa antes de que ésta se hiciese totalmente imposible, se
detestaría para despreciarse luego. Continuó.
Con los miembros bañados de sudor, avanzó largo rato por
las entrañas de la roca. Por último, sintió un desfallecimiento. Los latidos de
su corazón, que hacían como un gran rumor de alas, se debilitaron. Sólo sentía
una insignificante palpitación; el valor y la esperanza cayeron como fardos.
Cuando el corazón adquirió de nuevo un poco de fuerza, Targ se sintió ridículo
por haberse metido en una aventura tan primitiva.
—¿No habré sido un loco?
Y empezó a arrastrarse hacia atrás. Entonces una
desesperación atroz le abrumó; la imagen de Ere se dibujó con tal nitidez y
vida, que parecía acompañarle en la fisura.
—Mi locura aún valdrá más que la horrible prudencia de mis
semejantes... ¡Adelante!
Recomenzó la aventura; se jugó salvajemente la vida,
resuelto a no detenerse más que ante lo infranqueable.
El azar pareció mostrarse favorable a su audacia; la
hendidura se ensanchó y se encontró en un alto corredor de basalto cuya bóveda
parecía sostenida por columnas de antracita. Una viva alegría se apoderó de él,
y echó a correr; todo parecía posible.
Pero la piedra está tan llena de enigmas como en otro
tiempo lo estuviera la selva virgen. El corredor terminó de pronto. Targ se
encontró ante una muralla tenebrosa, de la cual la radiatriz apenas arrancaba
algunos reflejos... No obstante, él siguió explorando las paredes. Y terminó
por descubrir, a tres metros de altura, la boca de otra hendidura.
Era una hendidura algo sinuosa, inclinada unos cuarenta
grados sobre la horizontal, lo bastante amplia para admitir a un hombre. El
custodio la examinó con una mezcla de alegría y decepción. Si bien daba nuevos
vuelos a su quimérica esperanza, pues indicaba que el camino no se había
cerrado definitivamente, por otro lado se manifestaba desalentadora, pues
ascendía hacia lo alto.
—Si no vuelve a descender, hay más probabilidades de que
me lleve a la superficie que al subsuelo — gruñó el explorador.
Hizo un gesto de despreocupación y reto, un gesto que le
era extraño, como a todos los hombres actuales, y que repetía algún gesto
ancestral. Luego, inició el intento de escalar la pared.
Esta era casi vertical y lisa. Pero Targ había llevado
consigo la escala de fibras de arcum, que los aviadores no olvidaban jamás. La
sacó cuidadosamente de su saco de herramientas. Después de haber servido
durante muchas generaciones, era tan suave y sólida como en los primeros días.
Desenrolló su fina y ligera estructura y, asiéndola por el centro, le imprimió
el debido impulso, en un movimiento que ejecutaba a la perfección. Los ganchos
con que terminaba la escala se prendieron sin dificultad en el basalto. En
algunos segundos, el explorador alcanzó la grieta.
No pudo contener un grito de descontento. Pues si bien la
hendidura era perfectamente practicable, en cambio, se elevaba en una pendiente
fortísima. ¡Tantos esfuerzos para nada! Sin embargo, después de recoger la
escala, Targ se introdujo por la fisura. Los primeros pasos resultaron muy
difíciles. Luego el terreno se allanó, apareció un corredor por el que varios
hombres hubieran podido avanzar de frente. Por desgracia, la pendiente
continuaba ascendiendo. El custodio calculó que debía de hallarse a unos quince
metros por debajo del nivel de la llanura exterior; aquel viaje subterráneo se
convertía en una ascensión...
Avanzaba hacia el desenlace, fuese cual fuese, dominado
por una tranquila amargura y reprochándose aquella loca aventura: ¿Qué había
hecho para terminar realizando un descubrimiento que sobrepasaría en
importancia a todo cuanto habían hallado los hombres desde hacía centenares de
siglos? ¿Bastaría con que tuviese un carácter quimérico, un alma más rebelde
que los demás, para triunfar allí donde el esfuerzo colectivo, apoyado por un
utillaje admirable, había fracasado? ¿Una tentativa como la suya no requería
una resignación y una paciencia absolutas?...
Distraído, no se apercibió de que la cuesta se hacía más
suave. Se había vuelto horizontal cuando se despabiló, con un gran sobresalto:
¡A algunos pasos de él, la galería comenzaba a descender!...
Descendía regularmente, en una longitud superior a un
kilómetro; ancha, más profunda en el centro, que en los bordes, la marcha por
ella resultaba generalmente cómoda, interrumpida apenas por algún bloque o
alguna fisura. Sin duda, en una época lejana, por allí había circulado un curso
de agua subterráneo.
Poco a poco, los derrubios se fueron acumulando, y entre
ellos había algunos que parecían recientes. Por último el paso pareció cerrarse
de nuevo.
—La galería no terminaba aquí —se dijo el joven—. La han
interrumpido los movimientos de la corteza terrestre, pero... ¿cuándo? ¿Ayer...
hace mil años... hacen cien mil años?
No se detuvo para examinar las materias derrumbadas, entre
las cuales hubiera reconocido las trazas de convulsiones recientes. Toda su
perspicacia se concentraba en el descubrimiento de un paso. No tardó en
distinguir una fisura. Estrecha y alta, dura, erizada, desagradable, no le
engañó, sin embargo: consiguió descubrir de nuevo su galería. Esta continuaba
descendiendo, cada vez más espaciosa; por último, su anchura media sobrepasaba
los cien metros.
Las últimas dudas de Targ se disiparon: un verdadero río
subterráneo había discurrido antaño por aquellos parajes. A priori esta
convicción era alentadora. Pero a poco que reflexionase, inquietaba al
habitante del oasis. Del hecho que antaño hubiese abundado allí el agua, no
debía deducirse que ésta estuviese próxima. ¡Al contrario! Todas las fuentes y
manantiales actualmente utilizados se encontraban lejos de los parajes por
donde había manado el fluido vital... Esto era casi una ley.
Tres veces más, la galería pareció terminar en un callejón
sin salida; pero cada vez, Targ encontró un paso. Sin embargo, por último
terminó. Un agujero inmenso, un precipicio apareció ante los ojos del hombre.
Cansado y triste, éste se sentó sobre la piedra. Fue un
momento más terrible que cuando reptaba, allá arriba, en una galería que
parecía ahogarlo. Cualquier nueva tentativa no sería más que una amarga locura.
¡Había que regresar! Pero su corazón se rebeló contra este pensamiento. Se alzó
el alma de la aventura, acrecentada por el sorprendente viaje que él acababa de
realizar. La sima ya no le asustaba.
—¿Y cuando tengamos que morir?—exclamó.
Y se introdujo entre las puntas de granito.
Abandonándose a sus rápidas inspiraciones, consiguió
descender por milagro a una profundidad de treinta metros, cuando hizo un falso
movimiento y perdió el equilibrio.
—¡Es el fin! — suspiró.
Y se desplomó en el vacío.
V. EN EL FONDO DEL ABISMO
UN choque le detuvo. No el choque rígido de la caída sobre
el granito, sino un choque elástico, pero lo bastante violento para aturdirlo.
Cuando recuperó el conocimiento, se encontró suspendido en la penumbra y,
palpándose, descubrió que su saco de herramientas se había enganchado en un
saliente. Las correas de la mochila, sujetas a su torso, lo retenían: hechas,
como la escala, de fibras de arcum, sabía que no cederían. En cambio, la
mochila podía desprenderse del saliente.
Targ se sentía extrañamente tranquilo. Calculó sin prisas
sus probabilidades de pérdida y de salvación: la mochila abrazaba el saliente
cerca del punto de fijación de los atalajes, de forma que la presa era buena.
El explorador palpó la pared rocosa. En torno al saliente, su mano encontró
superficies ásperas, y luego el vacío; sus pies hallaron, hacia la izquierda,
un punto de apoyo que tras un ligero examen a tientas, le pareció que era una
pequeña plataforma. Asiéndose por una parte al saliente y apuntalándose por la
otra en la plataforma, pudo prescindir de cualquier otro sistema.
Cuando hubo elegido la posición que le pareció más cómoda,
consiguió desenganchar la mochila. Al tener mayor libertad de movimientos,
asestó en todas direcciones los rayos de su radiatriz. La plataforma era lo
bastante ancha para permitir que en ella un hombre se pusiese de pie e incluso
realizase algunos pequeños movimientos. Encima de su cabeza, una ranura de la
roca permitía fijar los ganchos de la escala; luego la ascensión parecía
practicable, hasta el punto desde donde había caído el habitante del oasis. Por
debajo se abría la boca del abismo, con sus murallas verticales.
—Puedo subir —se dijo el joven—. Pero el descenso es
imposible...
No pensaba en que acababa de escapar de la muerte:
únicamente el despecho del esfuerzo realizado en vano agitaba su alma. Lanzando
un largo suspiro, soltó el saliente y, sujetándose a las asperezas, consiguió
instalarse sobre la plataforma. Sus sienes zumbaban, un torpor dominaba a sus
miembros y a su cerebro; su desaliento era tan profundo, que se sentía sucumbir
poco a poco a la atracción vertiginosa del abismo. Cuando se reanimó, paseó
instintivamente los dedos por la muralla granítica y de nuevo se dio cuenta que
ésta se hundía, aproximadamente a la mitad de su estatura. Inclinándose, lanzó
una débil exclamación: la plataforma se hallaba situada a la entrada de una
cavidad, que a los rayos de la radiatriz pareció ser considerable.
Rió silenciosamente. ¡Si tenía que terminar sucumbiendo,
al menos habría vivido una aventura que en verdad valía la pena de haberse
intentado!
Después de asegurarse de que no le faltaba ninguna
herramienta y sobre todo del buen estado de la escala de arcum, se introdujo
por la caverna. Esta desplegaba una bóveda de cristal de roca y de gemas. A
cada movimiento de la lámpara surgían destellos, misteriosos y fantásticos. Las
innumerables almas de los cristales despertaban a la luz: era un crepúsculo
subterráneo, deslumbrador y furtivo, un granizo infinitesimal de resplandores
escarlata, anaranjados, narciso, jacinto o sinople. Targ veía en ello un reflejo
de la vida mineral, de aquella vida vasta y minúscula, amenazadora y profunda,
que decía la última palabra con los hombres y que diría un día la última
palabra con el reino ferromagnético.
En aquel momento, él no la temía. Sin embargo, consideraba
la caverna con el respeto que los Últimos Hombres sentían por las existencias
sordas que después de haber presidido los Orígenes, conservan intactas sus
formas y sus energías.
Un vago misticismo surgió en él, que ya no era el
misticismo sin esperanza de los amargados habitantes de los oasis, sino el
misticismo que antaño conducía a los corazones atrevidos. Si bien seguía
desconfiando ante las asechanzas de la tierra, poseía al menos aquella fe que
sucede a los esfuerzos felices y que transporta al futuro las victorias del
pasado.
Después de la caverna comenzaba un corredor de pendiente
caprichosa. Tuvo aún que arrastrarse muchas veces para franquear estrechos
pasadizos. Luego el corredor continuó; la cuesta se hizo tan empinada, que Targ
temió que desembocaría en un nuevo abismo. Pero la pendiente se suavizó,
haciéndose casi tan cómoda como un camino. Y el custodio descendió con
seguridad, hasta que reaparecieron las trampas. Sin que la galería disminuyese
de altura ni de anchura, se cerró. Ante él se alzaba un muro de gneis, que brillaba
burlonamente bajo los rayos de la lámpara. En vano Targ lo sondeó en todos
sentidos; no consiguió distinguir ninguna fisura suficientemente ancha.
—¡Es el fin lógico de la aventura! —gimió—. El abismo, que
se ha burlado de los esfuerzos, del genio y de los aparatos de toda la
Humanidad, no podía mostrarse favorable a una bestezuela solitaria...
Se sentó, sintiendo redoblar en él la fatiga y la
tristeza. ¡El camino sería muy difícil, a partir de entonces! Abatido por la
derrota, ¿tendría las fuerzas necesarias para regresar?
Permaneció por mucho tiempo allí, abrumado por la angustia
y sin decidirse a emprender la retirada. A intervalos, asestaba su lámpara
sobre la muralla descolorida... Por fin se levantó. Pero entonces, presa de una
especie de furor, introdujo sus puños en las menores fisuras, tiró con
desesperación de los salientes...
Su corazón empezó a palpitar: algo se había movido.
Algo se había movido. Un lienzo de pared oscilaba. Con un
sordo jadeo, y apelando a todo su vigor, Targ atacó la piedra. Esta basculó;
estuvo a punto de aplastar al hombre al caer; apareció un orificio triangular:
¡La aventura aún no había terminado!
Jadeante, lleno de desconfianza, Targ penetró en la roca,
inclinado al principio para erguirse luego, pues la fisura se agrandaba a cada
paso. Y siguió avanzando presa de una especie de sonambulismo, esperando
encontrar nuevos obstáculos, cuando le pareció entrever otro abismo.
No se equivocaba. La fisura se abría sobre el vacío; pero,
hacia la derecha una masa inclinada se destacaba enorme. Para alcanzarla, Targ
tuvo que asomarse al exterior e izarse a fuerza de puños.
La pendiente era practicable. Cuando el custodio hubo
recorrido unos veinte metros, se apoderó de él una extraña sensación y,
descubriendo su hidroscopio, lo tendió hacia el abismo. Entonces sintió
positivamente como la palidez y el frío se extendían por su rostro...
En la atmósfera subterránea flotaba un vapor invisible aun
a la luz. ¡Había encontrado el agua!
Targ lanzó un clamor de triunfo; tuvo que sentarse,
paralizado por la sorpresa y la alegría de la victoria. Luego se apoderó
nuevamente de él la incertidumbre. Sin duda allí estaba el fluido vital, pronto
lo vería; pero la decepción sería tanto más insoportable si sólo encontraba un
insignificante manantial o una pequeña capa líquida. Con pasos lentos, lleno de
temor, el custodio prosiguió el descenso... Las pruebas se multiplicaron; a
intervalos se distinguía una reverberación...
Y bruscamente, mientras Targ contorneaba un saliente
vertical, el agua se reveló a sus ojos.
VI. LOS FERROMAGNETALES
DOS horas antes del alba, Targ se hallaba de vuelta en la
llanura, al borde de la grieta por donde había iniciado su viaje al país de las
sombras. Terriblemente fatigado, contemplaba en el fondo del horizonte la luna
escarlata, semejante a un horno redondo a punto de extinguirse. Por último
desapareció. En la noche inmensa, las estrellas se reanimaron.
Entonces el custodio quiso continuar su marcha. Sus
piernas parecían de piedra, sus hombros se hundían dolorosamente y, por todo su
cuerpo, corría una languidez tan grande, que se dejó caer sobre un bloque...
Con los párpados medio cerrados, revivió las horas que acababa de pasar en los
abismos. El regreso había sido espantoso. A pesar del cuidado que tuvo en dejar
señales de su paso, se extravió. Luego, ya agotado por los esfuerzos
precedentes, estuvo a punto de desvanecerse. El tiempo parecía de una amplitud
inconmensurable; Targ era como un minero que hubiese pasado muchos meses en el
interior de la tierra cruel...
Sin embargo, helo aquí de vuelta a la superficie en la que
aún vivían sus hermanos, y he aquí a los astros que, en el curso de las edades,
exaltaron los sueños del hombre; pronto el alba divina reaparecería sobre la
inmensa extensión.
—¡La aurora! —balbuceó el joven—. ¡El día!
Extendió los brazos hacia el oriente, con un gesto de
éxtasis; luego cerró los ojos y, sin darse cuenta, se tendió sobre el suelo.
Un rojo resplandor le despertó. Alzando con dificultad los
párpados, distinguió en el fondo del horizonte el globo inmenso del sol.
—¡Vamos... de pie! — se dijo.
Pero un torpor invisible le mantenía pegado al suelo; sus
pensamientos flotaban embotados, la fatiga le aconsejaba la renuncia. Iba a
dormirse de nuevo, cuando sintió un ligero picor por toda la epidermis. Y vio
sobre su mano, al lado de los rasguños que se había causado con las piedras,
unos puntos rojos característicos.
—Los ferromagnetales —murmuró—. ¡Están bebiendo mi vida!
En su lasitud, la aventura apenas le espantó.
Era como algo lejano, extraño, casi simbólico. No
solamente no experimentaba ningún sufrimiento, sino que aquella sensación
incluso resultaba agradable; era una especie de vértigo, una embriaguez ligera
y lenta que debía parecerse a la eutanasia... De pronto, las imágenes de Ere y
Arva cruzaron por su memoria, seguidas por un rebrote de energías.
—¡No quiero morir! —gimió—. ¡No, no quiero!
Revivió oscuramente su lucha, su sufrimiento, su victoria.
Allá, en las Tierras Rojas, la vida le atraía, fresca y hechicera. No, no
quería perecer; todavía quería ver por mucho tiempo las auroras y los
crepúsculos; quería combatir también contra las fuerzas misteriosas.
Y, apelando a su dormida voluntad, con un esfuerzo
terrible, trató de incorporarse.
VII. EL AGUA MADRE DE LA VIDA
POR la mañana, Arva no sospechó la ausencia de Targ. La
víspera había trabajado con exceso: sin duda, abrumado de fatiga, prolongaba su
descanso. Sin embargo, tras dos horas de espera, empezó a sorprenderse. Y
terminó llamando a la puerta de la estancia que el custodio había elegido. Sólo
le respondió el silencio. ¿Y si hubiese salido cuando ella aún dormía? Siguió
llamando y luego oprimió el conmutador de la puerta: ésta, enrollándose,
descubrió una estancia vacía.
La joven entró en ella y vio que todo estaba ordenadamente
dispuesto: el lecho de arcum, alzado y apoyado en el muro; los objetos de
tocador, intactos; nada anunciaba la presencia reciente de un hombre. Una
extraña aprensión oprimió el corazón de la visitante.
Fue en busca de Manó, y ambos interrogaron a las aves y a
los hombres, sin obtener ninguna respuesta útil. Aquello era anormal, y tal vez
inquietante, pues el oasis, tras el terremoto, seguía lleno de trampas. Targ
podía haber caído en una fisura o haberse visto sorprendido por un hundimiento.
—Más bien creo que habrá salido temprano —dijo el
optimista Manó—. Como es un hombre ordenado, primero habrá arreglado su
habitación... ¡Vamos en su busca!
Arva seguía ansiosa. Las comunicaciones se habían vuelto
muy inseguras y muchos ondíferos se habían desmoronado; por lo tanto, era
difícil buscar en tales condiciones.
Alrededor del mediodía, Arva erraba tristemente entre los
escombros, en los límites del oasis y el desierto, cuando un enjambre de
pájaros apareció, lanzando largos gritos: ¡Habían encontrado a Targ!
Ella sólo tuvo que trepar sobre el muro para verle venir,
todavía lejos y con paso incierto...
Su traje estaba desgarrado, en el cuello tenía cortes, así
como en la cara y las manos; todo su cuerpo expresaba la fatiga; únicamente la
mirada conservaba su frescor.
—¿De dónde vienes? — exclamó Arva.
El respondió:
—Vengo de la tierra profunda.
Pero no quiso decir más.
El rumor de su regreso se difundió, y sus compañeros de
viaje fueron a reunirse con él. Cuando uno de ellos le reprochó que había
retrasado su partida, él contestó:
—No me lo reproches, pues traigo grandes noticias.
Esta respuesta sorprendió y chocó a los que le escuchaban.
¿Cómo era posible que un hombre trajese noticias que ya no fuesen conocidas por
sus semejantes? Semejantes palabras podían haber tenido sentido en otros
tiempos, cuando la tierra era desconocida y estaba llena de recursos, cuando el
acaso aún no había abandonado a los seres vivientes, y los pueblos o los
individuos se enfrentaban con sus diversos destinos. Pero a la sazón, cuando el
planeta ya estaba agotado, los hombres ya no podían luchar entre ellos y todo
estaba resuelto de antemano por leyes inflexibles, cuando nadie podía prever
los peligros antes que las aves y los instrumentos, aquéllas eran palabras
vacías.
—¡Grandes noticias! —repitió desdeñosamente el que había
hecho los reproches—. ¿Te has vuelto loco, custodio?
—¡Pronto veréis si me he vuelto loco! Vamos ante el
Consejo de las Tierras Rojas.
—Tú le has hecho esperar.
Targ no respondió. Volviéndose hacia su hermana, le dijo:
—Vete en busca de la que salvé ayer... Su presencia es
necesaria.
El Gran Consejo de las Tierras Rojas estaba reunido en el
centro del oasis. No estaba completo, pues muchos de sus miembros habían
perecido en el desastre. Nada anunciaba el dolor, y apenas la resignación, en
la actitud de los supervivientes. La fatalidad habitaba en ellos, y estaba
presente en sus almas como la vida misma.
Acogieron a los Nueve con una calma casi inerte. Y Cimor,
que presidía, dijo con voz uniforme:
—Nos aportáis el socorro de las Altas Fuentes y las Altas
Fuentes también han sido alcanzadas. El fin de los hombres parece muy
próximo... En los oasis no saben siquiera cuáles podrán socorrer a los demás...
—Ni siquiera deben socorrerse—añadió Rem el primer jefe de
las Aguas—. La ley lo impide. Es justo, cuando las aguas se han agotado, que la
solidaridad desaparezca. Cada oasis se enfrentará con su suerte.
Avanzando ante los Nueve, Targ afirmó:
—Las aguas pueden reaparecer.
Rem lo consideró con un tranquilo desdén:
—Todo puede reaparecer, joven. Pero han desaparecido.
Entonces el custodio, después de haber entrevisto en el
fondo de la sala la cabellera luminosa, prosiguió con un temblor en la voz:
—Las aguas reaparecerán para las Tierras Rojas.
Una apacible reprobación se mostró en algunas caras; todo
el mundo guardó silencio.
—Reaparecerán —gritó Targ con vehemencia—. Y puedo
decirlo, porque las he visto.
Esta vez, una débil emoción suscitada por la única imagen
que aún podía agitar a los Últimos Hombres, la imagen del agua brotando
impetuosa, pasó de uno a otro. Y el tono de la voz de Targ, por su vehemencia y
sinceridad, casi hizo nacer una esperanza. Pero la duda no tardó en surgir de
nuevo. Aquellos ojos demasiado brillantes, los rasguños, las ropas desgarradas,
daban pie a la desconfianza: aunque raros, los dementes todavía no habían
desaparecido de la faz del planeta.
Cimor hizo una leve seña. Algunos hombres rodearon
lentamente al custodio. El vio aquel movimiento y comprendió su significado.
Sin inmutarse, abrió su caja de herramientas, sacó de ella su pequeño aparato
cromográfico y, desenrollando una hoja, hizo aparecer a la vista de todos las
pruebas que había tomado en las entrañas de la tierra. Eran unas imágenes tan
precisas como la misma realidad. Así que los más próximos las vieron, las
exclamaciones se sucedieron. Un verdadero pasmo, casi una exaltación, se apoderó
de los presentes. Pues todos habían reconocido el fluido temible y sagrado.
Manó, más impresionable que los restantes, clamó con voz
estentórea. El grito, repetido por los ondíferos, resonó en el exterior; una
rápida muchedumbre rodeó la sala; el único delirio que aún podía agitar a los
Últimos Hombres embriagó a la masa.
Targ se transfiguró, convirtiéndose casi en un dios; las
almas, semejantes a las almas antiguas, elevaban hacia él un entusiasmo
místico; las caras se animaban, los ojos melancólicos se llenaban de fuego, una
esperanza desmesurada rompía el largo atavismo de la resignación. Y los propios
miembros del Gran Consejo, perdidos en el ser colectivo, se abandonaban al
tumulto.
Solamente Targ podía imponer el silencio. Indicó con un
gesto a la multitud que quería hablar; las voces se acallaron, el oleaje de
cabezas se calmó; una atención ardiente dilataba todos los rostros.
El custodio, volviéndose hacia aquel rubio resplandor que
Ere mezclaba a las oscuras cabelleras, declaró:
—Pueblo de las Tierras Rojas, el agua que he descubierto
se encuentra en vuestro territorio: os pertenece por tanto. Pero la ley humana
me concede un derecho sobre ella; antes de cedérosla, reclamo mi privilegio.
—¡Serás el primero entre nosotros! —dijo Cimor—. Esta es
la regla.
—No es esto lo que quiero — respondió suavemente el
custodio.
Indicando a la multitud que le abriese paso se dirigió
hacia Ere. Cuando estuvo junto a ella, se inclinó y dijo con voz ardiente:
—Pongo las aguas entre tus manos, señora de mi destino...
¡Sólo tú puedes otorgarme mi recompensa!
Ella escuchaba, sorprendida y palpitante. Pues ya no se
escuchaban palabras como aquéllas. En otro momento, apenas las hubiera
comprendido. Pero en medio de la exaltación de todos los corazones, y con la
visión mágica de las fuentes subterráneas, todo su ser se turbó, y la emoción
magnífica que agitaba al custodio se reflejó en el rostro nacarado de la
virgen.
VIII. Y SOLO SOBREVIVIERON LAS TIERRAS ROJAS
EN los años que siguieron, la tierra sólo se vio sacudida
por débiles temblores. Pero la última catástrofe había bastado para herir de
muerte a los oasis. Los que vieron desaparecer toda su agua no habían
conseguido recuperarla. En las Altas Fuentes, el agua disminuyó durante
dieciocho meses, para terminar desapareciendo en los insondables abismos. Sólo
las Tierras Rojas abrigaron grandes esperanzas. El lago subterráneo descubierto
por Targ proporcionaba un agua abundante y menos impura que la de las fuentes
desaparecidas. No solamente bastaba para la subsistencia de los supervivientes,
sino para la del pequeño grupo que consiguió salvarse en la Devastación y a
muchos habitantes de las Altas Fuentes, acogidos como refugiados.
Hasta aquí llegaban las posibilidades de socorro. Una
herencia de cincuenta milenios había adaptado a los Últimos Hombres a las leyes
inexorables, y éstos aceptaban sin protestar los decretos del Hado. Por lo
tanto, no estalló una guerra; apenas si algunos individuos trataron de ablandar
las duras leyes y acudieron suplicantes a las Tierras Rojas. No se podía hacer
otra cosa sino rechazarlos: la piedad hubiera sido una suprema injusticia y una
prevaricación.
A medida que se agotaban las provisiones, cada oasis
designaba a los habitantes que debían morir. Se sacrificaban primero a los
viejos, luego a los niños, salvo un pequeño número de ellos que se conservaron,
en la hipótesis de un cambio posible del planeta; luego se sacrificaban a todos
aquellos que presentaban taras orgánicas u otras imperfecciones y a los
enfermos.
La eutanasia era de una dulzura extremada. Así que los
condenados habían absorbido los maravillosos venenos, todo temor desaparecía en
ellos. Despiertos, estaban en un éxtasis permanente; su sueño era profundo como
la muerte. La idea de la nada les embelesaba, su júbilo iba en aumento hasta el
torpor final.
Muchos adelantaban la hora de la muerte. Poco a poco,
aquello fue un contagio. En los oasis ecuatoriales, no se esperó a que las
provisiones tocasen a su fin; quedaba aún agua en algunos depósitos cuando los
últimos habitantes desaparecieron.
Hicieron falta cuatro años para aniquilar al pueblo de las
Altas Fuentes.
Entonces los oasis cayeron en poder del desierto inmenso,
y los ferromagnetales ocuparon el lugar de los hombres.
Tras el descubrimiento de Targ, las Tierras Rojas
prosperaron. Se había reconstruido el oasis hacia el este, en un territorio
cuya escasez en ferromagnetales hacía fácil su destrucción. Las construcciones,
la roturación, la captación de las aguas se hicieron en seis meses. Si la
primera cosecha fue buena, la segunda fue maravillosa.
A pesar de la muerte sucesiva de las otras comunidades,
los hombres del Oasis Rojo vivían en una especie de esperanza. ¿No eran ellos
el pueblo elegido, aquél en favor del cual, por primera vez desde hacía cien
siglos, se había hecho una excepción a la ley implacable? Targ alimentaba aquel
estado de espíritu. Su influencia era grande; poseía la atracción de los
triunfadores y su prestigio mítico.
No obstante, a quien más impresionó su victoria fue a él
mismo. Veía en ella una oscura recompensa y, más aún, una confirmación de su
fe. Su espíritu de aventura se desplegaba; tuvo aspiraciones casi comparables a
las de sus heroicos antepasados. Y el amor que le inspiraban Ere y los dos
hijos que ésta le dio se mezclaba con ensueños que no se atrevía a confiar a
nadie, con excepción de su mujer o de su hermana, pues sabía que eran
incomprensibles para los Últimos Hombres.
Manó ignoraba todas estas fiebres. Su vida seguía siendo
simple y directa. Apenas soñaba en el pasado, y menos aún en el futuro.
Saboreaba la dulzura uniforme de los días; vivía junto a su esposa, Arva, una
existencia tan despreocupada como la de las aves plateadas que todas las
mañanas planeaban en grupos sobre el oasis. Como sus primeros hijos, a causa de
su bella estructura corporal, se hallaron entre los emigrantes acogidos en las
Tierras Rojas, apenas si una melancolía fugitiva se apoderaba de él al pensar
en la ruina de las Altas Fuentes.
En cambio, aquella ruina atormentaba a Targ: muchas veces
su planeador le condujo hasta el oasis natal. Buscaba el agua con tesón,
alejándose de las rutas protectoras y visitando terribles extensiones en las
cuales los ferromagnetales conocían la lozanía propia de todos los reinos
jóvenes. Con algunos hombres del oasis sondeó cien abismos. Aunque estas
búsquedas no diesen fruto, Targ no se desalentaba, enseñando que hay que
merecer los descubrimientos gracias a esfuerzos obstinados.
IX. EL AGUA FUGITIVA
UN día que regresaba de las soledades, Targ, desde lo alto
de su planeador, distinguió una multitud cerca del gran depósito. Con ayuda de
su telescopio, discernió a los jefes de las Aguas y a los miembros del Gran
Consejo; algunos mineros salían de los pozos de captación. Un grupo de pájaros
fue al encuentro del planeador; por ellos, Targ supo que el manantial inspiraba
serias inquietudes. Cuando aterrizó, pronto se vio rodeado por una muchedumbre
temblorosa, que depositaba en él su confianza. Sus huesos se helaron cuando oyó
decir a Manó:
—Las aguas han bajado.
Todas las voces confirmaban la triste noticia. Interrogó a
Rem, el primer jefe de las aguas, quien respondió:
—El nivel ha sido comprobado en el mismo borde de la capa
líquida. El descenso es de seis metros.
Entre todos, el semblante de Rem permanecía inmóvil. La
alegría, la tristeza, el temor, el deseo no aparecían jamás en sus labios fríos
ni en sus ojos semejantes a dos fragmentos de bronce, cuya esclerótica apenas
se veía. Su ciencia profesional era perfecta: poseía toda la tradición de los
descubridores de fuentes.
—La capa no es inmutable — observó Targ.
—¡Exacto! Pero las diferencias de nivel normales no suelen
ir más allá de dos metros. Nunca han sido tan bruscas...
—¿Ya estáis seguros de si lo son ahora?
—Sí. Se han comprobado los registradores: su marcha es
normal. Esta mañana todavía no revelaban nada. El descenso ha comenzado hacia
mediodía, para seguir al ritmo de más de un metro y medio por hora...
Su ojo mineral permanecía fijo; su mano no mostraba un
gesto; apenas si se le veía mover los labios. Los ojos de Targ palpitaban como
su corazón.
—Según los buceadores —dijo Rem— no se ha formado ninguna
nueva hendidura en el fondo del lago. Por lo tanto, el mal viene de las
fuentes. Se pueden sentar tres hipótesis principales: las fuentes están
obstruidas, están desviadas de su camino, o se han agotado. Conservamos una
esperanza.
La palabra esperanza cayó de su boca como un bloque de
hielo.
Targ preguntó aún:
—¿Están llenos los depósitos?
Rem casi hizo un gesto:
—Sí, siguen llenos. Y he dado orden de excavar depósitos
suplementarios. Antes de una hora, todas nuestras energías habrán entrado en
acción.
Sucedió como había anunciado Rem. Las poderosas máquinas
de las Tierras Rojas horadaron el granito. Hasta que surgió la primera
estrella, una especie de estupor reinó sobre el oasis.
Targ descendió bajo tierra. Gracias a las galerías
dispuestas por los mineros, a la sazón el acceso era rápido y sin peligro. Al
resplandor de los faros, el custodio contempló el lugar subterráneo que él
había sido el primero en hollar. Lo estudió febrilmente. Dos fuentes
alimentaban el lago. La primera desembocaba a veintisiete metros de
profundidad, la segunda a veinticuatro metros.
Los buceadores habían podido penetrar en una de las dos
resurgencias, pero durante muy poco trecho; la otra resultó ser demasiado
estrecha.
Para obtener algunos informes complementarios, se
intentaron algunos trabajos de excavación en las rocas; pero un hundimiento
hizo nacer grandes temores. ¿No habría podido aquel movimiento determinar
fisuras, por las que se perderían las aguas?
Agre, el anciano más venerable del Gran Consejo, había
dicho:
—Estas aguas nos han sido dadas por el Desastre; sin él,
nos hubieran sido para siempre inaccesibles. Quizá ha abierto igualmente su
ruta actual. No ejecutemos trabajos inciertos. Basta con haber llevado a buen
fin los que eran indispensables...
Comprendiendo la sabiduría que encerraban estas palabras,
todos se resignaron al misterio.
* * *
A finales del Crepúsculo, el nivel descendió más
lentamente; una oleada de esperanza recorrió el oasis. Pero ni los jefes de las
aguas ni Targ compartían esta confianza: si la pérdida se atenuaba, ello quería
decir que el nivel había descendido por debajo de las mayores fisuras de
desagüe. El agua contenida entonces en el lago podía descender a cuatro metros
y, si las fuentes permanecían inaccesibles, ésta sería, junto con la que
contenían los depósitos, toda el agua poseída por los Últimos Hombres.
Durante toda la noche, las máquinas de las Tierras Rojas
excavaron los nuevos depósitos; también durante toda la noche, el agua, madre
de la vida, no cesó de perderse en los abismos del planeta. Por la mañana, el
nivel había descendido a ocho metros, pero ya se habían dispuesto dos nuevos
depósitos, que recibieron rápidamente su provisión, absorbiendo tres mil metros
cúbicos de líquido.
Esto hizo descender aún más el nivel, y se vio aparecer el
orificio de la primera resurgencia. Targ penetró por ella antes que nadie y se
apercibió de que el suelo había sufrido transformaciones recientes. Se habían
formado muchas grietas, y masas de pórfido obstruían el paso; de momento había
que renunciar a definir el alcance del desastre.
Transcurrió una segunda jornada, fúnebre, A las cinco, las
pérdidas por filtración subterránea y el agua que se había destinado a llenar
otro depósito, hicieron descender el nivel a la altura de la segunda
resurgencia, cuyo orificio de salida había desaparecido por completo.
A partir de aquel momento, las pérdidas cesaron; se hizo
casi inútil apresurar la construcción de nuevos depósitos. No por ello Rem dejó
de proseguir su tarea hasta terminarla: y durante seis días, los hombres y las
máquinas del oasis trabajaron.
Al finalizar el sexto día, Targ, molido y con el corazón
febril, meditaba ante su morada. El oasis se hallaba envuelto por unas
tinieblas plateadas. Se veía Júpiter; una media luna aguda hendía el éter: sin
duda, el gran planeta también creaba reinos que, después de haber conocido el
frescor de la juventud y el vigor de la madurez, morían de penuria y angustia.
Ere se acercó a él. En un rayo de luna, su gran cabellera
esparcía una luz dulce y tibia. Atrayéndola hacia él, Targ le murmuró:
—A tu lado, había hallado nuevamente la vida de los
tiempos antiguos... Tú eras el sueño de las génesis... Sólo con sentir tu
presencia, yo creía en los días innumerables. Y ahora, Ere, si no conseguimos
descubrir las fuentes, o si no descubrimos ningunas aguas nuevas, dentro de
diez años los Últimos Hombres habrán desaparecido del planeta.
X. EL TEMBLOR
PASARON seis estaciones. Los jefes de las Aguas hicieron
abrir inmensas galerías tratando de descubrir las fuentes. Todo fracasó. A
veces aparecían fisuras ilusorias o simas impenetrables ante las que se
estrellaban todos los esfuerzos. A medida que transcurrían los meses, la
esperanza disminuía en las almas. El largo atavismo de la resignación hacía
presa nuevamente en ellas; su pasividad incluso pareció acentuarse, a la manera
como se agravan, tras una momentánea mejoría, las enfermedades crónicas. Incluso
la fe más leve les abandonó. La muerte ya tendía su garra hacia aquellas
apagadas existencias.
Cuando llegó la época en que el Gran Consejo decretó las
primeras eutanasias, había ya más vivientes dispuestos a desaparecer de lo que
permitía la ley.
Solamente Targ, Arva y Ere no aceptaban el triste sino;
pero Manó se desalentaba. Ello no quería decir que se hubiese vuelto previsor.
No pensaba más que antes en el mañana; pero la fatalidad se hizo presente para
él. Cuando las eutanasias comenzaron, le dominó un sentido tan agudo de la
desaparición, que todas las energías le abandonaron. La sombra y la luz le
fueron igualmente enemigas. Vivió a partir de entonces en una espera fúnebre y
blanda; su amor por Arva había desaparecido lo mismo que el amor por su propia
persona; no sentía ningún interés por sus hijos, convencido de que la eutanasia
pronto se los llevaría. Y la palabra se le había hecho odiosa; ya no escuchaba,
permaneciendo taciturno y embotado durante días enteros. Casi todos los
habitantes de las Tierras Rojas llevaban una existencia análoga.
Ningún esfuerzo estimulaba su lamentable energía, pues el
trabajo se había vuelto casi inútil. Fuera de algunos macizos de plantas,
cuidadas para procurarse simientes frescas, todos los cultivos habían
desaparecido. El agua de los depósitos no exigía ningún cuidado: estaba al
abrigo de la evaporación y purificada por aparatos casi perfectos. En cuanto a
los depósitos propiamente dichos, bastaba someterlos diariamente a una
inspección, facilitada por los indicadores automáticos. Así, nada conseguía
sacudir la monotonía de los Últimos Hombres. Los que más se libraban del
marasmo general eran los individuos menos emotivos, que no habían querido a
nadie y apenas habían sentido amor por ellos mismos. Estos, perfectamente
adaptados a las leyes milenarias, mostraban una perseverancia monótona,
extraños a todas las alegrías y a todas las penas. Los dominaba la inercia, la
cual los sostendría contra la depresión excesiva y contra las resoluciones
bruscas; eran los productos perfectos de una especie condenada.
Por el contrario, Targ y Arva se mantenían gracias a una
emotividad superior. Rebelados contra lo evidente, alzaban ante el formidable
planeta las llamitas de sus pequeñas vidas ardientes, llenas de amor y de
esperanza, palpitantes con los vastos deseos que habían hecho vivir a la
animalidad durante cien mil siglos.
El custodio no había abandonado ninguna de sus
exploraciones; tenía siempre listos una serie de planeadores y de motrices; ni
siquiera permitía que se deteriorasen los principales planetarios y cuidaba de
los aparatos sísmicos.
Una noche, a su regreso de un viaje a la Devastación, Targ
permanecía desvelado. A través del metal transparente de su ventana, brillaba
una constelación que, en el tiempo de las Fábulas, se llamaba el Can. Entre sus
estrellas se contaba una de un brillo extraordinario un sol inmensamente mayor
que el nuestro. Targ elevó hacia aquella estrella su deseo inextinguible. Y
pensó en lo que había visto hacia la mitad de la jornada, mientras planeaba
cerca del suelo.
Se hallaba sobre una llanura excesivamente melancólica, en
la que se alzaban apenas algunos peñascos solitarios. Los ferromagnetales
dibujaban por todas partes sus aglomeraciones violetas. Apenas se fijaba en
ellas cuando, por el sur, en una superficie de un amarillo claro, distinguió
una raza que aun no conocía. Parecía producir individuos de gran talla, formado
cada uno de ellos por dieciocho grupos. Algunos alcanzaban una longitud total
de tres metros. Targ calculó que la masa de los más poderosos no debía de ser
inferior a los cuarenta kilos. Estos se desplazaban más fácilmente que los más
rápidos ferromagnetales hasta entonces producidos; a decir verdad, su velocidad
alcanzaba medio kilómetro por hora,
—Es espantoso —murmuró el custodio—. Temo que seríamos
vencidos, si penetrasen en el oasis. La menor solución de continuidad en la
muralla nos haría correr un peligro mortal.
Se estremeció; una inquieta ternura le llevó a las
estancias vecinas. Bajo el resplandor anaranjado de un radiante, contempló la
sorprendente cabellera luminosa de Ere y la cara fresca de los niños. Se le
partía el corazón. Al verlos vivir, no podía concebir el fin de los hombres.
¡En ellos existía la juventud, el poder misterioso de las generaciones, llenas
de savia! ¿Y todo tendría que desaparecer? ¡Que aquello sucediese a una raza
caquéctica, lentamente comida por la decadencia, sería lógico... pero ellos,
pero aquellas carnes tan hermosas y tan nuevas como las de los hombres de antes
de la era radiactiva!...
Cuando regresaba, soñador, una sacudida ligera agitó el
suelo. Apenas lo notó cuando la calma inmensa cayó de nuevo sobre el oasis.
Pero Targ estaba lleno de desconfianza. Esperó un momento, prestando oído
atentamente. Todo permanecía en paz; las masas grisáceas del poblado, que se
perfilaban sobre el resplandor pulverulento de las estrellas, parecían
inmutables, y en el cielo, implacablemente puro, el Águila, Pegaso, Perseo, el
Sagitario, inscribían en el cuadrante del infinito los minutos pasajeros.
—¿Me habré engañado? —pensó el custodio—. ¿O bien el
temblor habrá sido de verdad insignificante?
Se encogió de hombros con un leve estremecimiento. ¿Cómo
se atrevía a pensar que un temblor de tierra pudiese ser insignificante? ¡El
más ínfimo estaba lleno del más amenazador misterio!
Preocupado, fue a consultar los sismógrafos. El aparato I
había registrado la fina sacudida... un trazo ligero que apenas tenía un
milímetro. El aparato II no anunciaba ninguna continuación del fenómeno.
Targ se dirigió a la morada de las aves; sólo se
conservaban allí unas veinte de ellas. A su llegada, todas dormían; apenas
levantaron la cabeza cuando el custodio iluminó la estancia. Ello quería decir
que el temblor casi no las había afectado, durante un breve instante, y no
preveían que tuviese repetición.
Sin embargo, Targ se creyó obligado a dar aviso al jefe de
los vigilantes. Aquel hombre, personaje inerte y de reflejos tardos, no se
había dado cuenta de nada.
—Voy a hacer mi ronda —declaró—. Comprobaremos de hora en
hora los niveles.
Estas palabras tranquilizaron a Targ.
XI. LOS FUGITIVOS
TARG dormía aún, cuando le tocaron en el hombro. Al abrir
los ojos vio a su hermana Arva, muy pálida, que le miraba. Era señal de mal
agüero; él se levantó de un salto.
—¿Qué ocurre?
—Cosas espantosas —respondió la joven—. ¡Cómo tú sabes,
esta noche se ha producido un temblor de tierra, pues eres tú mismo quien lo ha
señalado!
—Sí... una sacudida ligerísima.
—Tan ligera que nadie, excepto tú, la ha notado... Pero
sus consecuencias han sido terribles. ¡El agua del gran depósito ha
desaparecido! Y el depósito del sur tiene grandes fisuras.
Targ se había puesto tan pálido como Arva. Con voz ronca,
dijo:
—¿No han comprobado los niveles?
—Sí. Hasta esta mañana, los niveles no han variado. Pero
precisamente esta mañana, el gran depósito se ha hundido bruscamente. En diez
minutos se ha perdido toda el agua. En el depósito del sur las fisuras se han
declarado hace media hora. Todo lo más, se podrá salvar una tercera parte del
contenido.
Targ tenía la cabeza baja y los hombros hundidos; parecía
un hombre a punto de desmoronarse. Lleno de horror, murmuró:
—¿Será esto, al fin, la muerte de los hombres?
La catástrofe era completa. Como se habían agotado, para
atender a las necesidades del oasis, todos los depósitos de granito, excepto
los que acababan de ser víctimas del accidente, sólo quedaba el agua guardada
en los recipientes de arcum. Esta serviría para calmar la sed de quinientas o
seiscientas criaturas humanas durante un año.
El Gran Consejo se reunió.
Fue una asamblea glacial y casi taciturna. Los hombres que
la formaban, con excepción de Targ, habían alcanzado un estado de resignación
completa. Apenas hubo deliberación: sólo la lectura de las leyes y un cálculo
basado en cifras inflexibles. Así, las resoluciones adoptadas fueron sencillas,
netas, despiadadas.
Rem, gran jefe de las Aguas, las resumió así:
—La población de las Tierras Rojas asciende todavía a
siete mil habitantes. Seis mil de ellos deben someterse hoy mismo a la
eutanasia. Quinientos morirán antes del fin del mes. El número de los restantes
decrecerá de semana en semana. De manera que cincuenta humanos puedan
mantenerse hasta finales del quinto año... Si entonces no se descubren nuevas
aguas, ello significará el fin de los hombres.
La asamblea escuchaba, impasible. Era vana cualquier
reflexión; una fatalidad inconmensurable envolvía las almas. Y Rem aun añadió:
—Los hombres y las mujeres que pasen de cuarenta años no
deben sobrevivir. Con excepción de cincuenta, todos aceptarán la eutanasia hoy
mismo. En cuanto a los niños, de cada diez familias, nueve no los conservarán;
las otras sólo se quedarán con uno. La elección de los adultos está fijada de
antemano: no tendremos más que consultar las listas médicas.
Una débil emoción recorrió la asamblea. Luego, las cabezas
se inclinaron, en señal de sumisión, y la multitud del exterior, a la cual los
ondíferos habían comunicado la deliberación, guardó silencio. Apenas una leve
melancolía ensombrecía los semblantes más jóvenes...
Pero Targ no se resignaba. Corrió hacia su morada, en la
que Arva y Ere ye le esperaban, temblorosas y abrazando a sus hijos. La emoción
las embargaba, una emoción joven y tenaz, origen de la antigua vida y de vastos
futuros.
Cerca de ellas, Manó soñaba despierto. La inquietud de las
mujeres apenas le sorprendió durante un minuto. El fatalismo pesaba sobre sus
hombros como una roca.
A la vista de Targ, Arva gritó:
—¡No quiero!... ¡No quiero! No moriremos así.
—Tienes razón —replicó Targ—. Plantaremos cara al
infortunio.
Manó salió de su torpor para decir:
—¿Y qué haréis? La muerte está más próxima que si
tuviésemos cien años de vida.
—¡No importa! —gritó Targ—. ¡Partiremos!
—La Tierra está vacía para los hombres —añadió Manó—. Os
matará en el dolor. Aquí, al menos, el fin será dulce.
Targ ya no le escuchaba. La urgencia de la acción lo
absorbía: había que huir antes de mediodía, hora fijada para el sacrificio.
Después de visitar con Arva los planeadores y las
motrices, escogió los que deseaba, luego repartió entre los aparatos la
provisión de agua y los víveres que tenía en reserva, mientras Arva almacenaba
la energía. Su trabajo pronto estuvo terminado. Antes de las nueve, ya estaban
listos para la partida.
Encontró a Manó sumido en su acostumbrado torpor y a Ere
que ya había reunido las vestiduras útiles.
—Manó —dijo, tocando el hombro de su cuñado— nos vamos.
¡Acompáñanos!
Manó se encogió lentamente de hombros.
—¡No quiero perecer en el Desierto! — declaró.
Arva se lanzó sobre él y lo abrazó con toda su ternura; un
poco de su antiguo amor calentó el corazón del hombre. Pero inmediatamente
volvió a caer en manos de lo inevitable, y dijo:
—¡No quiero!
Todos le suplicaron... largo tiempo. Targ incluso intentó
llevárselo a la fuerza; Manó resistió con el poder invencible de la inercia.
Como la hora se acercaba, se descargó el cuarto planeador
de sus provisiones y, tras una plegaria suprema, Targ dio la señal de partida.
Los aviones se elevaron hacia el sol; Arva dirigió una larga mirada hacia la
mansión en la cual su compañero esperaba la eutanasia y luego, sacudida por los
sollozos, surcó las soledades ilimitadas.
XII. HACIA LOS OASIS ECUATORIALES
TARG se dirigió hacia los oasis ecuatoriales: los otros
sólo encerraban la muerte.
En el curso de sus exploraciones, había visitado la
Desolación, las Altas Fuentes, la Gran Depresión, las Arenas Azules, el Oasis
Claro y el Valle de Azufre: contenían aún algunos alimentos, pero ni gota de
agua. Solamente en los dos Ecuatoriales se conservaban pequeñas reservas. El
más próximo, el Ecuatorial de las Dunas, distante cuatro mil quinientos
kilómetros, podría alcanzarse a la mañana del día siguiente.
El viaje fue espantoso. Arva no dejaba de pensar en la
muerte de Manó. Cuando el sol estuvo en lo alto de su trayectoria, ella lanzó
un gran grito fúnebre. ¡Era la hora de la eutanasia! ¡Ya no volvería a ver
jamás al hombre con quien había vivido la tierna aventura!
El Desierto prolongaba su inmensa extensión. Para los ojos
humanos, la tierra estaba espantosamente muerta. No obstante, crecía en ella la
otra vida, para la que habían llegado los tiempos del génesis. Se la veía
pulular en llanos y colinas, temible e incomprensible. A veces, Targ la
execraba; otras veces, una temerosa simpatía nacía en su alma. ¿No existía una
analogía misteriosa, e incluso una oscura fraternidad, entre aquellos seres y
los hombres? Ciertamente, los dos reinos estaban menos distantes entre sí que
lejos estaba cada uno de ellos del mineral inerte. ¡Quién sabe si sus
conciencias, a la larga, no se hubieran comprendido!
Al pensar en ello, Targ suspiró. Y los planeadores
continuaron surcando el oxígeno azul hacia una incógnita tan terrible que, sólo
al pensar en ella, los viajeros sintieron su carne transida por un escalofrío.
Para prevenir posibles sorpresas, decidieron hacer alto
antes del crepúsculo. Targ eligió una colina dominada por una altiplanicie. En
ella los ferromagnetales parecían raros y pertenecían a especies fáciles de
ahuyentar. Sobre la misma meseta había una roca de pórfido verde, con propicias
cavidades. Los planeadores aterrizaron, y ellos los aseguraron con cuerdas de
arcum. Sin embargo, hechos de substancias selectas y de una extremada
resistencia, eran prácticamente invulnerables.
Descubrieron que el peñasco y sus cercanías apenas
constituían la morada de algunos grupos ferromagnéticos de la talla más
pequeña. En un cuarto de hora estos fueron expulsados y se pudo organizar el
campamento.
Después de una comida compuesta de gluten concentrado e
hidrocarburos esenciales, los fugitivos esperaron el fin del día. ¿Cuántas
otras criaturas, semejantes a ellos, habían conocido pruebas análogas en el
océano inmenso de las edades? Cuando las familias erraban solitarias, con las
mazas de madera y los frágiles utensilios de piedra, hubo noches en que algunos
seres humanos, perdidos en el espacio hostil, temblaban de hambre, de frío, de
espanto, ante la proximidad de los leones o de las aguas desencadenadas. Más
tarde, unos náufragos clamaron en islotes desiertos o bajo las rocas de un río
homicida; hubo viajeros que se perdieron en el seno de las selvas carnívoras o
en medio de las ciénagas. ¡Innumerables fueron los dramas de la angustia!...
Pero todos aquellos desdichados se hallaban ante una vida ilimitada. ¡Targ y
sus compañeros no apercibían nada más que la muerte!
—Sin embargo —se decía el custodio mirando los hijos de
Ere y los hijos de Arva—, ¡este grupo insignificante contiene toda la energía
necesaria para rehacer una humanidad!... Lanzó un gemido. Las estrellas del
polo giraban en su pista estrecha; los ferromagnetales cubrían de
fosforescencias la llanura; Targ v Arva permanecieron largo tiempo sumidos en
sus tristes ensueños, junto a la familia dormida.
A la mañana siguiente llegaron al Ecuatorial de las Dunas.
Este se extendía en el seno do un desierto formado de arenas, pero que los
milenios habían endurecido. El aterrizaje heló el corazón de los recién
llegados: los cadáveres de los últimos que se habían entregado a la eutanasia,
permanecían allí sin sepultura. Muchos ecuatoriales habían preferido morir al
aire libre, v se les veía entre las ruinas, inmóviles en su terrible sueño. El
aire seco e infinitamente puro les había momificado. Podrían permanecer así
durante un tiempo interminable, como testigos supremos del fin de los hombres.
Un espectáculo más amenazador distrajo la tristeza de los
fugitivos: allí pululaban los ferromagnetales. Por todas partes se veían sus
colonias violetas; muchos de ellos eran de gran talla.
—¡En marcha! — dijo Targ con vivacidad e inquietud.
No fue necesario insistir. Arva y Ere, dándose cuenta del
peligro, se llevaron a los pequeños, mientras Targ estudiaba el lugar. El oasis
sólo había sufrido insignificantes desperfectos. Apenas si los huracanes habían
dislocado algunas viviendas, o habían derribado planetarios y ondíferos; la
mayoría de las máquinas y de los generadores de energía debían de hallarse
intactos. Pero los depósitos de arcum eran lo que más preocupaba al custodio.
Había dos de ellos, cuyo emplazamiento conocía. Cuando por fin los encontró, de
momento no se atrevió ni a tocarlos; el temor hacía palpitar a su corazón.
Decidiéndose al fin, gritó, con una especie de pasmo:
—¡Intactos!. . Tenemos agua para dos años. Ahora,
busquemos el refugio.
Tras un largo recorrido, eligió una lengua de tierra
próxima al lado oeste del recinto. Allí los ferromagnetales eran poco
numerosos: en pocos días se podría construir una barrera protectora. Dos
moradas se ofrecían a ellos, espaciosas, y que habían sido respetadas por los
meteoros.
Targ y Arva recorrieron la más grande de las dos. Los
muebles y los instrumentos se veían sólidos, apenas cubiertos por un fino
polvillo; por todas partes se sentía una especie de presencia sutil. Al entrar
en una de las estancias, una profunda melancolía se apoderó de los visitantes:
sobre el lecho de arcum, dos seres humanos aparecían tendidos uno al lado del
otro. Durante mucho tiempo Targ y Arva contemplaron aquellas formas apacibles,
en las que había habitado la vida y que se habían estremecido de alegría y
dolor...
Para otros, aquéllo hubiera sido una lección de
resignación; pero ellos, llenos de amargura y de horror, se dispusieron a la
lucha, afirmándose en su determinación.
Hicieron desaparecer a los cadáveres y, después de haber
dejado allí a Ere con los niños, expulsaron a algunos grupos de
ferromagnetales. Luego hicieron su primera colación en la nueva tierra.
—¡Valor! —murmuró Targ—. Hubo un instante, en lo profundo
de la Eternidad, en que sólo existió una pareja humana; toda nuestra especie
desciende de ella. Nosotros somos más fuertes que aquella primera pareja. Pues
si ésta hubiese perecido, la Humanidad entera hubiera perecido. Ahora, muchos
pueden morir sin que se destruya toda esperanza.
—Sí —suspiró Ere—. Pero entonces, las aguas recubrían la
tierra.
Targ la contempló con una ternura sin límites.
—¿No hemos hallado ya las aguas una primera vez? — dijo en
voz baja.
Permaneció inmóvil, con ojos que parecían cegados por el
ensueño interior. Pero despertándose de nuevo, dijo:
—Mientras vosotras arregláis la casa, yo voy a examinar
nuestros recursos.
Recorrió el oasis en todos sentidos, evaluó las
provisiones dejadas por los ecuatoriales y se aseguró acerca del funcionamiento
de los generadores de energía, de las máquinas, de los planeadores, de los
planetarios y de los ondíferos. Tenía a su disposición el tesoro industrial de
los Últimos Hombres, dispuesto a secundar todos los renacimientos. Por otra
parte, Targ se había traído de las Tierras Bajas sus libros técnicos y los
anales, ricos en ideas
La presencia de los ferromagnetales, empero, le
inquietaba. En un distrito determinado se acumulaban masas temibles: bastaba
con detenerse unos cuantos minutos, para notar su sordo trabajo.
—Si tenemos una descendencia —pensó el custodio— la lucha
será formidable.
Así llegó hasta la extremidad sur del Oasis Ecuatorial.
Se detuvo como hipnotizado: en un campo en el que antes
habían crecido los cereales, acababa de distinguir aquellos ferromagnetales de
gran talla que había descubierto en la soledad, cerca de las Altas Fuentes. Una
mano invisible oprimió su corazón. Un hálito frío le rozó la nuca.
XIII. EL ALTO
LAS estaciones se fueron sumiendo en el abismo eterno.
Targ y los suyos continuaban viviendo. El amplio mundo les envolvía con su
amenaza. Antaño, cuando habitaban en las Tierras Rojas, ya experimentaban la
melancolía de aquellos desiertos en los que se anunciaba el fin de los hombres.
Mas, después de todo, millares de semejantes suyos ocupaban con ellos el
refugio supremo. A la sazón, concebían una desdicha más completa; no eran más
que una traza minúscula de la antigua vida. De un polo al otro, en todas las
llanuras, en todas las montañas, cada parcela del planeta era su enemigo, con
excepción de aquel otro oasis en el que la eutanasia devoraba a unos seres que
ya habían abandonado irremisiblemente la esperanza.
Habían rodeado el terreno elegido con una muralla
protectora, consolidando los depósitos de agua, reuniendo y abrigando las
provisiones, y Targ partía a menudo en descubierta, con Ere o Arva a través de
la extensión desértica. Mientras buscaba el agua creadora, reunía todas las
materias hidrogenadas que podía encontrar. Estas eran raras; el hidrógeno,
desprendido en masas inmensas en los tiempos del poderío humano y también
cuando se quiso reemplazar al agua de la naturaleza por un agua industrial,
casi había desaparecido por completo. Según los anales, la mayor parte se había
descompuesto en protoátomos para dispersarse por los espacios interplanetarios.
La parte restante había sido arrastrada, por reacciones mal definidas, a
profundidades inaccesibles.
Sin embargo, Targ recogía suficientes substancias útiles
para aumentar sensiblemente la provisión de agua. Pero todo esto no pasaba de
ser simples expedientes.
Los ferromagnetales, sobre todo, preocupaban a Targ. Estos
prosperaban a ojos vistas, debido a la existencia, a poca profundidad bajo el
oasis, de una reserva considerable de hierros humanos. El suelo y la llanura
circundante recubría una ciudad muerta. Los ferromagnetales atraían el hierro
subterráneo a una distancia tanto mayor cuanto más considerable fuese su propia
talla. Los últimos que habían venido, los terciarios, como les llamaba Targ,
podían extraer hierro que se hallaba a una profundidad superior a los ocho
metros, contando con que tuviesen el tiempo necesario. Por ende, los
desplazamientos del metal terminaban por abrir brechas en la tierra, por las
cuales podían introducirse los terciarios. Los restantes ferromagnetales
producían efectos análogos, pero incomparablemente más débiles. Además, no
descendían nunca a profundidades mayores de dos o tres metros. Para los
terciarios, Targ no tardó en constatar que apenas había límites para su
penetración: descendían todo cuanto les permitían las fisuras.
Hubo que adoptar medidas especiales para impedirles que
minasen el terreno sobre el cual habitaban las dos familias. Las máquinas
excavaron galerías bajo la muralla, con paredes revestidas de arcum y de placas
de bismuto. Con pilares de cemento granítico, asentados sobre la roca virgen,
se aseguró la solidez de las bóvedas. Aquella enorme obra duró muchos meses:
los poderosos generadores de energía, las máquinas flexibles y sutiles,
permitieron ejecutarla sin fatiga. Según los cálculos de Targ y de Arva, debía
resistir durante treinta años a todos los ataques de los terciarios, y esto en
la hipótesis de que la multiplicación de los ferromagnetales fuese muy intensa.
XIV. LA EUTANASIA
ASÍ transcurrieron tres años. Gracias al complemento
representado por los cuerpos hidrogenados, la provisión, de agua apenas había
disminuido. Las provisiones sólidas continuaban siendo abundantes y aun se
encontraban en grandes cantidades en los otros oasis. Pero no se consiguió
descubrir la menor traza de manantial, a pesar de que Arva y Targ sondearon el
Desierto, infatigablemente y a distancias enormes.
La suerte de las Tierras Rojas turbaba el ánimo de los
refugiados. A menudo, uno u otro de ellos había lanzado una llamada con el Gran
Planetario. Nadie respondió. Targ y su hermana llegaron muchas veces en sus
viajes hasta el oasis. A causa de las leyes inexorables, no se atrevían a
aterrizar, limitándose a planear en lo alto. Ningún habitante se dignaba
apercibirse de su presencia. Y vieron que la eutanasia iba cumpliendo su obra.
Habían muerto muchos más de los que exigían las leyes. Hacia el trigésimo mes
apenas si quedaban una veintena de habitantes.
* * *
Una mañana de otoño, Arva y Targ partieron de viaje. Se
proponían seguir la doble ruta que unía desde épocas inmemoriales el Ecuatorial
de las Dunas con las Tierras Rojas. En un momento determinado, Targ se
desviaría hacia una región que, durante un crucero anterior, le había
impresionado. Acampada en una de las estaciones intermedias, Arva le esperaría.
Podrían hablar y comunicarse con facilidad, pues Targ se llevaría un ondífero
móvil, que podía recibir y transmitir la voz humana a más de mil kilómetros. Como
en sus precedentes exploraciones, mantendrían la comunicación con Ere y los
niños, pues todos los planetarios del oasis y de las estaciones intermedias se
mantenían en buen estado.
Ningún peligro amenazaba a Ere, con excepción de aquellos
que dominan desde tan arriba la energía humana, que no le harían correr más
riesgos que a Targ y Arva. Los niños habían crecido; su inteligencia, precoz
como la de todos los Últimos Hombres, apenas difería de la que poseían los
adultos. Los dos mayores —un hijo de Manó y una hija del custodio— manejaban
perfectamente las energías y los aparatos. Para oponerse a los ciegos avances
de los ferromagnetales, valían tanto como hombres. Un atavismo seguro les
aconsejaba. No obstante, la víspera Targ había consagrado muchas horas a
inspeccionar el enclave familiar y los alrededores. Todo era normal.
Antes de la partida, las dos familias se reunieron junto a
los planeadores. Como siempre que se iniciaba un viaje importante, hubo un
minuto de gran emoción. Bajo la luz horizontal, aquel pequeño grupo encerraba
toda la esperanza humana, toda la voluntad de vivir, toda la vieja energía de
los mares, de los bosques, de las praderas y de las ciudades. Allá, en las
Tierras Rojas, los que aún alentaban no eran más que fantasmas. Y Targ envolvió
a su progenie y a la progenie de Arva con una larga mirada de amor. La claridad
de las razas rubias había pasado de Ere a su hija. Las dos testas vestidas de
oro casi se tocaban. ¡Qué frescor emanaba de ellas!... ¡Qué leyendas profundas
y tiernas!
Los otros, a pesar de su tez bistre y sus ojos de
antracita, también mostraban una singular juventud... la mirada ardiente de
Targ o la aptitud para la dicha de Manó.
¡Ah — exclamó él—, qué duro es tener que dejaros! ¡Pero
mayor sería el peligro si partiésemos juntos!
Todos sabían bien, incluso los niños, que la salvación
estaba allá fuera, en algún rincón misterioso de los desiertos. Sabían también
que el oasis, el centro de su existencia, no podía ser abandonado en ningún
instante. Por otra parte, ¿no se comunicaban muchas veces al día por la voz de
los planetarios?
—¡Vámonos! — dijo Targ finalmente.
El estremecimiento sutil de las energías se dejó oir en
las alas de los planeadores. Estos se elevaron, disminuyendo de tamaño en la
mañana de nácar y zafiro. Ere los vio desaparecer en el horizonte. Dejó escapar
un suspiro. Cuando Arva y Targ no estaban con ella, la fatalidad parecía
hacerse más pesada. La joven atisbó el oasis con mirada temerosa, mientras el
menor ademán de los pequeños desvelaba su inquietud. ¡Qué extraño! Su miedo
evocaba peligros que ya no eran de este mundo. No temía al mineral ni a los
ferromagnetales, sino que temía ver surgir a hombres desconocidos, a hombres
procedentes del fondo de la inmensidad inhabitable... Y aquella extraña
reaparición del antiguo instinto la hacía sonreír a veces, pero, en otras
ocasiones, le provocaba un estremecimiento, sobre todo cuando la noche tendía
sus ondas negras sobre el Ecuatorial de las Dunas.
Targ y su compañera surcaban vertiginosamente el océano
aéreo. Ambos amaban la velocidad. Tantos viajes no habían podido extinguir en
ellos el placer de desafiar al espacio. El sombrío planeta se mostraba como
vencido. Veían avanzar sus llanuras siniestras, sus ásperas rocas, y los montes
parecían precipitarse a su encuentro para aniquilarlos. Pero con un leve gesto,
triunfaban de los abismos y de las cumbres formidables. Espantosas, flexibles y
sumisas, las energías cantaban en voz baja su himno: franqueando el monte, los
ligeros planeadores volvían a descender hacia los desiertos por los que, vagos,
tardos, pesados, evolucionaban los ferromagnetales. ¡Cuan lastimosos e
irrisorios parecían! Pero Targ y Arva conocían su fuerza secreta. Eran ellos
los vencedores. Disponían del tiempo, el cual se extendía ante ellos; las cosas
coincidían con su voluntad oscura; un día, sus descendientes producirían
pensamientos admirables y manejarían energías maravillosas...
Targ y Arva resolvieron empezar yendo hasta las Tierras
Rojas. Su alma ansiaba visitar el último asilo de sus semejantes, presa de un
deseo apasionado en el que se mezclaban el temor, la angustia, un amor profundo
y la pena. Mientras hubiese allí hombres, subsistiría quién sabe qué promesa
sutil y tierna. Cuando por último hubiesen desaparecido, el planeta parecería
más lúgubre aún, los desiertos más repelentes y más inmensos.
Tras una corta noche pasada en una de las estaciones
intermedias, los viajeros sostuvieron, mediante el planetario, una conversación
con Ere y los niños; menos para tranquilizarse que para reunirse con su familia
a través del espacio. Luego continuaron hacia el oasis, al que llegaron antes
de mediodía.
El oasis parecía no haber variado. Tal como lo dejaron,
así se perfilaba en el campo visual de sus oculares. Las viviendas de arcum
reverberaban al sol, se veían las plataformas de los ondíferos, los hangares de
las motrices y de los planeadores, los transformadores de energía, las máquinas
colosales o delicadas, los aparatos que antaño extraían el agua de las entrañas
del subsuelo y los campos donde habían crecido las últimas plantas... Por
doquier se conservaba la imagen del poderío y la inteligencia humanas. Bastaba
una señal para desencadenar fuerzas incalculables, que serían inmediatamente
domeñadas para realizar ingentes labores. ¡Todos aquellos recursos eran tan
inútiles como la palpitación de un rayo de luz en el éter infinito! La
impotencia del hombre residía en su propia estructura: nacido con el agua, con
ella se desvanecía.
Durante algunos minutos, los planeadores se cernieron
sobre el oasis. Este parecía desierto. Ningún hombre, ninguna mujer, ningún
niño se mostraba en el umbral de las viviendas, en los caminos o en los campos
incultos. Y aquella soledad helaba las almas de ambos hermanos.
—¿Habrán muerto todos? — murmuró Arva.
—Es posible — respondió Targ.
Los planeadores descendieron, hasta rozar el techo de las
cesas y las plataformas de los planetarios. Reinaba allí el silencio y la
inmovilidad de una necrópolis. El aire, calmado, ni siquiera levantaba el
polvo; solamente las bandadas de ferromagnetales se movían con lentitud.
Targ se decidió a posarse en una plataforma e hizo vibrar
el transmisor de un ondífero; una poderosa llamada se repitió de caracola en
caracola.
—¡Unos hombres! — gritó súbitamente Arva.
Targ se elevó de nuevo. Vio a dos personas a la puerta de
una casa y, durante algunos minutos, vaciló antes de interpelarlas. Aunque los
habitantes del oasis no constituían más que un lamentable grupo, Targ veneraba
en ellos a su especie y respetaba la ley, que llevaba grabada en todas y cada
una de sus fibras; le parecía tan profunda como la vida misma, temible y
tutelar, infinitamente sabia e inviolable. Y como lo había desterrado para
siempre de las Tierras Rojas, él se inclinaba ante ella.
Así su voz tembló un poco al dirigirse a los que acababan
de aparecer.
—¿Cuántos viven aún en el oasis?
Los dos hombres elevaron hacia él unos semblantes pálidos,
que expresaban una extraña serenidad. Luego uno de ellos respondió:
—Todavía somos cinco... ¡Esta noche llegará la liberación!
El corazón del custodio se oprimió. En las miradas que se
cruzaban con la suya reconoció el brumoso resplandor de la eutanasia.
—¿Podemos descender? —preguntó humildemente—. La ley nos
ha exilado.
—¡La ley ha terminado! —murmuró el segundo hombre—.
Desapareció en el momento en que nosotros aceptamos la gran curación...
Al rumor de estas voces otros tres seres vivientes se
mostraron. Eran dos hombres y una mujer joven. Todos ellos contemplaron
extasiados los planeadores.
Entonces Targ y Arva aterrizaron.
Reinó un breve silencio. El custodio examinó ávidamente a
los últimos de sus semejantes. En ellos ya residía la muerte; ningún remedio
podía luchar contra los venenos deliciosos de la eutanasia.
La mujer, jovencísima, era con mucho la más pálida de los
cinco. El día anterior aún llevaba en sí el futuro; en aquel momento, parecía
más vieja que una centenaria. Y Targ exclamó :
—¿Por qué habéis querido morir? ¿Significa esto que se ha
agotado el agua?
—¡Qué nos importa el agua! —susurró la joven—. ¿Por qué
habríamos de vivir? ¿Por qué han vivido nuestros antepasados? Una locura
inconcebible les ha hecho resistir, durante milenios, los decretos de la
naturaleza. Han querido perpetuarse en un mundo que ya no era suyo. Aceptaron
una existencia abyecta... únicamente para no desaparecer. ¿Cómo es posible que
hayamos seguido su lamentable ejemplo?... ¡Es tan dulce morir!
Ella hablaba con voz lenta y pura. Sus palabras causaban
un daño incalculable a Targ. Todos sus átomos se insurgían contra semejante
resignación. Y la dicha apacible que resplandecía en el rostro de los
agonizantes le resultaba incomprensible.
Sin embargo, guardó silencio. ¿Con qué derecho intentaría
introducir la más ligera amargura en su fin, ya que este fin era completamente
inevitable?... La joven entornó los párpados. Su débil exaltación se extinguía,
su aliento se hacía más espaciado a cada segundo y, apoyándose en un umbral de
arcum, repitió:
—¡Es tan dulce morir!
Y uno de los hombres murmuró:
—La liberación está próxima.
Luego, todos esperaron. La joven se había tendido en el
suelo; apenas respiraba. Una creciente palidez invadió sus mejillas. Luego
volvió a abrir un momento los ojos para mirar a Targ y Arva con una compasiva
ternura.
—Aún habita en vosotros la locura del sufrimiento —
balbuceó.
Alzó la mano, para dejarla caer lentamente. Sus labios
temblaron. Una última onda agitó su carne. Por último sus miembros se
distendieron y ella se extinguió tan dulcemente como una estrellita en la parte
baja del horizonte.
Sus cuatro compañeros la contemplaron con una dichosa
tranquilidad.
Uno de ellos murmuró:
—La vida nunca fue deseable... ni siquiera en el tiempo en
que la Tierra quería el poder del hombre...
Mudos de horror, Targ y Arva permanecieron inmóviles mucho
tiempo. Luego envolvieron piadosamente a la que, hasta el último instante,
representó el Futuro en las Tierras Rojas. Pero no tuvieron valor para quedarse
con sus compañeros. La certeza absoluta de su muerte les llenaba de espanto.
—¡Vámonos, Arva! — dijo Targ con voz queda.
—Hoy — dijo el custodio mientras su planeador volaba en
conserva con el de Arva —hoy somos, verdaderamente, nosotros y los nuestros, la
sola, la última esperanza de la especie humana.
Su compañera volvió hacia él su cara bañada en llanto.
—A pesar de todo —balbuceó— era un gran consuelo saber que
aún vivía alguien en las Tierras Rojas. ¡Cuántas veces esta idea me ha
alentado!... Pero, ahora... ahora...
Con un gesto abarcó la extensión implacable y las pesadas
montañas de Occidente. Lanzó un grito desesperado:
—¡Todo ha terminado, hermano mío!
El también había inclinado la cabeza. Pero reaccionando
contra el dolor, exclamó, con ojos centelleantes:
—Sólo la muerte destruirá mi esperanza...
Durante muchas horas los planeadores siguieron la línea de
las rutas. Cuando apareció la comarca que atraía a Targ, disminuyeron si
velocidad. Arva eligió la estación intermedia en la que debía esperar. Después
de oir por el planetario las voces de Ere y los niños, el custodio se lanzó
solo hacia las soledades. Ya conocía la región, grosso modo, en un área que se
extendía hasta 1.200 kilómetros a ambos lados de las rutas.
Cuanto más avanzaba, más caótica se hacía la región.
Surgió una cadena de montañas y luego, nuevamente, la llanura desgarrada. De
pronto, Targ se encontró volando por lugares desconocidos. Muchas veces
descendió hasta el nivel del suelo; una especie de vértigo le impulsaba a
cubrir nuevas etapas.
Una inmensa muralla rojiza le cerró el horizonte. El
aviador la franqueó y empezó a volar sobre el abismo, en el que se abrían simas
tenebrosas, cuya profundidad era imposible de adivinar. Por doquier era visible
la huella de inmensas convulsiones; montañas enteras se habían hundido,
mientras otras se inclinaban, a punto de abatirse en el vacío insondable. El
planeador describió largas parábolas sobre aquel paisaje impresionante. La
mayoría de las simas eran tan amplias que los aviones hubieran podido descender
a ellas por docenas.
Targ encendió su faro e inició la exploración al azar.
Principió por penetrar en una hendidura abierta en la base del acantilado; la
luz parecía disolverse para alcanzar el fondo, que resultó no tener salida.
Una segunda sima le pareció propicia a la aventura. Muchas
galerías se hundían en la tierra; Targ la exploró sin el menor provecho.
El tercer viaje fue vertiginoso. El planeador descendió
más de dos mil metros antes de tocar tierra. El fondo de aquel gigantesco
orificio formaba un trapecio, cuyo lado más pequeño medía dos hectómetros. Por
todas partes se abrían las bocas de las cavernas. Necesitó una hora para
recorrerlas. Con excepción de dos, todas se terminaban en paredes lisas.
Aquellas dos, en cambio, tenían numerosas fisuras, pero eran demasiado
estrechas para permitir el paso de un hombre.
—¡No importa! — murmuró Targ en el momento en que se
disponía a abandonar la segunda caverna—. Volveré.
De pronto, experimentó aquella impresión extraña que había
sentido diez años antes, la noche del gran desastre. Sacando rápidamente su
higróscopo, examinó la aguja y lanzó un grito de triunfo: había vapor de agua
en la caverna.
XV. DESAPARICIÓN DEL ENCLAVE
DURANTE mucho tiempo Targ avanzó en la penumbra. Todos sus
pensamientos se dispersaban, y una alegría desmesurada llenaba su carne. Cuando
consiguió poner orden en sus ideas, se dijo:
—De momento, no hay nada que hacer. Para alcanzar el agua
misteriosa hay que descubrir alguna entrada en otro sitio que no sea el fondo
de la sima, o abrirse paso hasta ella: es una cuestión de tiempo o de trabajo.
En el primer caso, la presencia de Arva me sería infinitamente útil. En el
segundo, habría que ir a buscar los aparatos necesarios al Ecuatorial de las
Dunas para captar la energía y hendir el granito.
Mientras se hacía estas reflexiones, el joven montó en el
aparato. Al poco tiempo el planeador empezó a describir las curvas helicoidales
que debían llevarlo a la superficie. A los dos minutos salió de la sima e
inmediatamente, orientando su ondífero móvil, el custodio lanzó una llamada.
Nada le respondió.
Sorprendido, aumentó la intensidad de las ondas. El
receptor continuó mudo. Una ligera ansiedad se apoderó de Targ; lanzó entonces
la llamada circular que, sucesivamente, se esparcía en todas direcciones.
Como el silencio persistía, comenzó a temer que hubiese
ocurrido algo desagradable. Tres hipótesis eran probables: que hubiese ocurrido
un accidente, que Arva hubiese abandonado el refugio o, por último, que se
hubiese quedado dormida.
Antes de lanzar una última llamada, el explorador
determinó su posición actual con una exactitud minuciosa. Luego dio a las ondas
el máximo de intensidad. Chocarían con las caracolas receptoras con tal fuerza
que, incluso dormida, Arva tenía que oírlas... Pero esta vez tampoco obtuvo
respuesta.
¿Habría que suponer, pues, que la joven había abandonado
el refugio? Desde luego, no se hubiera resuelto a ello sin un motivo grave. De
todas maneras, tenía que buscarla.
Se embarcó de nuevo y partió a toda velocidad.
En menos de tres horas cubrió mil kilómetros. La estación
se precisó en el ocular del aparato óptico aéreo. ¡Estaba desierta! A su
alrededor, Targ no distinguió a nadie. ¿Se habría alejado Arva de allí? Pero,
¿a dónde? ¿Y por qué? No debía de estar lejos, pues su planeador continuaba
amarrado en el suelo...
Los últimos minutos le parecieron de una lentitud
intolerable; hubiera dicho que la veloz navecilla apenas avanzaba; una niebla
cubría los ojos del joven.
Por último llegó al refugio. Targ lo abordó por el centro,
amarró el aparato y se precipitó al interior. Un gemido se escapó de su pecho.
En el otro lado de la ruta, apoyada en el talud vertical —que la había hecho
invisible— yacía Arva. Estaba tan pálida como la mujer que, poco tiempo antes,
en las Tierras Rojas, había sucumbido bajo la eutanasia. Horrorizado, Targ vio
pulular a los ferromagnetales —terciarios de la talla más grande— en torno al
cuerpo de su hermana...
En dos gestos, Targ sujetó su escala de arcum; luego,
descendiendo junto a la joven, se la echó al hombro y trepó por la escalerilla.
Arva ni siquiera se había movido; permanecía inerte y
Targ, arrodillado a su lado, trató de descubrir la palpitación del corazón. En
vano. La misteriosa energía que ritma el curso de la existencia parecía haberse
desvanecido...
Con manos temblorosas, el custodio acercó el higroscopio a
los labios de la joven. El delicado instrumento registró lo que el oído no
había podido descubrir: ¡Arva no había muerto!
Pero su desvanecimiento era tan profundo, tan grande su
debilidad, que podía morir de un momento a otro.
La causa del mal era evidente; éste era debido, sino
únicamente, al menos en su mayor parte, a la acción de los ferromagnetales. La
singular palidez de Arva revelaba una pérdida excesiva de hemoglobina.
Afortunadamente, Targ no viajaba nunca sin llevar consigo
los instrumentos, los estimulantes y los remedios tradicionales. Con algunos
minutos de intervalo inyectó dos dosis de un potente cordial. El corazón se
puso a latir de nueva, aunque con extraordinaria debilidad; los labios de Arva
murmuraron:
—Los niños... la tierra...
Luego se hundió en un sueño profundo que Targ sabía que no
podía ni debía combatir, sueño fatal y saludable durante el cual, de tres en
tres horas, debería inyectar algunos miligramos de «hierro orgánico». Y harían
falta al menos veintidós horas para que Arva se despertarse por breves
instantes. ¡No importaba! Su más grave inquietud había desaparecido. El
custodio, que conocía el perfecto estado de salud de su hermana, no temía
ningún desenlace fatal. Sin embargo, no podía dominar su nerviosismo. Aquel accidente
era inexplicable. ¿Qué hacía Arva tendida al pie del talud? ¿Había sufrido una
caída, ella que era tan vigilante y cuidadosa? Era posible... pero no probable.
¿Qué hacer? ¿Quedarse allí hasta que ella hubiese
recuperado sus fuerzas? Al menos harían falta dos semanas para que estuviese
completamente restablecida. Era preferible continuar el viaje hacia el
Ecuatorial de las Dunas. En el fondo, no había prisa alguna. La aventura que
había emprendido Targ no era de aquellas cuya solución depende de algunos días.
Se dirigió al gran planetario y lanzó las ondas de
llamada. Como le había sucedido al salir del abismo, no recibió ninguna
respuesta. De pronto, una emoción terrible hizo presa en él. Repitió las
señales, dándoles el máximo de intensidad. Y se hizo evidente que Ere y los
niños se hallaban, por alguna causa enigmática, en la imposibilidad de oírle o
en la incapacidad de responderle. Los dos términos de la alternativa eran
igualmente amenazadores. No había duda de que existía una relación entre el
accidente sobrevenido a Arva y el silencio del planetario.
Un temor intolerable corroía el pecho del joven... Las
rodillas le temblaban y se vio obligado a apoyarse en el soporte del gran
planetario, incapaz de tomar una decisión. Por último se alejó, sombrío y
resuelto, examinó con atención ansiosa todos los órganos de su planeador,
sujetó a Arva en el mayor de los asientos y se elevó.
Fue un viaje lamentable. Sólo hizo una parada, hacia el
crepúsculo, para intentar otra llamada. Al no recibir tampoco respuesta
envolvió cuidadosamente a Arva con una manta de sílice lanoso y le inyectó una
dosis del cordial, más elevada que las primeras. Sumida en una profunda
modorra, apenas si ella se estremeció débilmente.
Durante toda la noche el planeador surcó las tinieblas
estrelladas. Como el frío era demasiado intenso, Targ contorneó el Monte
Esqueleto. Dos horas antes del amanecer, aparecieron las constelaciones
australes. El viajero, con corazón palpitante, contempló la cruz trazada sobre
el Sur y aquel astro brillante, el más próximo vecino del Sol, cuya luz sólo
tarda tres años para llegar a la Tierra. Qué hermoso debía de ser aquel cielo,
cuando los jóvenes seres humanos lo contemplaban a través del follaje de los árboles,
y aun más cuando las nubes plateadas mezclaban su promesa de fecundidad a las
pequeñas luciérnagas del infinito. ¡Pero nunca más existirían nubes!
Un fino resplandor perlino tiñó el levante, luego el Sol
mostró su disco enorme. El Ecuatorial de las Dunas estaba próximo. A través del
objetivo del telescopio aéreo, Targ distinguía a veces, en la escotadura que
formaban las dunas, el recinto de bismuto y las mansiones de arcum que la
mañana teñía de ámbar... Arva seguía dormida y una nueva dosis de estimulante
no consiguió despertarla. Sin embargo, su palidez era menos lívida; las
arterias temblaban débilmente; su tez ya no tenía aquella «rigidez translúcida»
que hacía pensar en la muerte.
—¡Está fuera de peligro! — afirmó Targ en voz alta.
Y esta certidumbre alivió su pesar.
Toda su atención se concentró en el oasis. Trató de
distinguir el enclave familiar. Dos mamelones lo ocultaban aún. Por último
apareció y, en su emoción, Targ imprimió una súbita torsión a los mandos del
aparato, el cual efectuó un brusco picado, como un pájaro herido.
El enclave entero, con sus casas, sus hangares y sus
máquinas, había desaparecido.
XVI. EN LA NOCHE ETERNA
EL planeador no estaba más que a veinte metros del suelo.
Lanzado a toda velocidad iba a caer a pico y estrellarse, cuando Targ,
instintivamente, lo enderezó. Entonces, trazando una leve parábola elegante,
continuó su vuelo hasta las inmediaciones del enclave. Al aterrizar, el
custodio permaneció inmóvil, paralizado por el dolor, ante una fosa enorme y
caótica: allí yacían, en las tinieblas de la tierra, los seres que amaba más
que a sí mismo.
Durante largo tiempo, los pensamientos se agitaron en
desorden en el cerebro del pobre hombre. No pensaba en las causas del
cataclismo; sólo distinguía su ferocidad oscura, relacionándolo confusamente
con todas las desdichas de aquel triste septenario. Las imágenes desfilaban al
azar. Le parecía ver constantemente a los suyos, tal como los había dejado la
víspera. Luego, aquellas siluetas tranquilas desaparecían en un horror sin
nombre... El suelo se abría, y él los veía hundirse, con los rostros llenos de espanto,
llamando a aquél en quien habían depositado su confianza y que, tal vez en
aquella misma hora de su muerte, creía vencer a la fatalidad.
Cuando por fin fue capaz de reflexionar, el Ultimo Hombre
trató de representarse la catástrofe. ¿Había sido un nuevo terremoto
planetario? ¡No! Ningún sismógrafo había registrado el menor movimiento. Por
otra parte, con excepción de algunas hectáreas del oasis y del desierto,
solamente el enclave resultó alcanzado. El desastre se relacionaba con lo
sucedido anteriormente: el subsuelo, fracturado, se había hundido. Así, la
desdicha que arruinaba las supremas esperanzas, no era una gran convulsión de
la naturaleza, sino un accidente infinitesimal, a la escala de las débiles
criaturas que se había tragado.
A pesar de ello, Targ creyó adivinar en lo sucedido la
acción de la misma voluntad cósmica que había condenado a los oasis...
Su dolor no le dejó inactivo. Empezó a registrar las
ruinas. No consiguió descubrir en ellas el menor vestigio de obra humana.
Acumuladores de energía, máquinas perforadoras, excavadoras, cultivadoras,
trituradoras, planeadores, motrices, casas, desaparecían entre una masa informe
de rocas y piedras. ¿Dónde estaban enterrados Ere y los niños? Sus cálculos
sólo le permitían una grosera aproximación, tal vez engañosa: había que obrar
al azar.
En el Norte, Targ reunió los aparatos útiles para quitar
los escombros y para excavar. Luego, después de condensar la energía
protoatómica, atacó la inmensa fosa. Durante una hora las máquinas roncaron.
Los crics levantaban los bloques y los apartaban automáticamente: los
paraboloides de cobalto quitaban el cascote y, sucesivamente, los pisones,
mediante choques lentos e irresistibles, equilibraban las paredes. Cuando la
trinchera hubo alcanzado una longitud de veinte metros, apareció un planeador,
luego un gran planetario con su soporte de granito y sus accesorios, luego una
casa de arcum.
Su emplazamiento precisaba los cálculos de Targ.
Suponiendo que la catástrofe hubiese sorprendido a su familia cerca de su
morada, había que excavar hacia el oeste. Si Ere o los niños habían podido
llegar hasta el planetario que comunicaba el Ecuatorial de las Dunas con las
Tierras Rojas (como permitía suponerlo el accidente de Arva), había que dirigir
las búsquedas hacia el sudoeste.
El custodio estableció aparatos en las proximidades de los
dos sitios probables y continuó el trabajo. «Humanizadas» por el esfuerzo
incalculable de las generaciones, las grandes máquinas tenían el poder de los
elementos y la delicadeza de unas manos finas. Alzaban las rocas, amasaban la
tierra y las piedras menudas sin sacudidas. Bastaba ejercer ligeras presiones
para orientarlas, acelerarlas, retardarlas o detenerlas. Representaban, entre
las manos del Ultimo Hombre, un poder que no poseía, en las eras primitivas,
toda una tribu, todo un pueblo...
Un techo de arcum apareció. Estaba aplastado, deformado y,
aquí y allá, un bloque lo había hundido. Pero unas señales inconfundibles le
permitieron reconocerlo. Había albergado, desde que tomaron tierra en el
Ecuatorial de las Dunas, todas las ternuras, los sueños y las esperanzas de la
suprema familia humana... Targ paró las máquinas-herramienta que empezaban a
levantarlo, y lo contempló con espanto y dulzura. ¿Qué enigma ocultaría? ¿Qué
drama iba a revelar a aquel desdichado, molido de cansancio y de tristeza?
Durante unos interminables minutos, el custodio vaciló
antes de reanudar su tarea. Por último, ensanchando uno de los desgarrones, se
deslizó al interior de la vivienda.
La habitación en que se hallaba estaba vacía. La obstruían
algunos bloques, que habían arrancado un lienzo de pared, derribándola en
parte. Una mesa estaba hecha pedazos, y algunas jarras de aluminio blando
estaban aplastadas bajo las piedras.
Aquel espectáculo poseía el carácter indiferente de las
destrucciones materiales. Pero sugería escenas más emotivas. Targ, tembloroso,
pasó a la estancia contigua; estaba vacía y asolada como la primera. Así visitó
sucesivamente la casa, hasta el último rincón. Y cuando se encontró en la
primera pieza, a unos pasos de la puerta de entrada, su angustia se tiñó de
estupefacción.
—Aunque, después de todo... —susurró—, es muy natural que
a la primera señal de peligro, hayan huido todos al exterior...
Trató de imaginarse la manera cómo se había producido el
primer choque y también cómo Ere había podido representarse el peligro. Sólo se
le ocurrieron sensaciones e ideas contradictorias. Una sola impresión le
dominaba con fuerza: que el instinto debió de conducir a su familia hacia el
planetario de las Tierras Rojas. Por lo tanto, hacia allí era lógico dirigirse.
¿Pero cómo? ¿Había llegado Ere al Gran Planetario, o había sucumbido por el
camino? Las palabras que Arva había balbuceado acudieron de nuevo a la memoria
del custodio. A la luz de lo sucedido, cobraban un sentido. Ere o uno de los
niños, tal vez todos, habían conseguido llegar hasta allí. Era casi seguro.
Había que reanudar el trabajo lo antes posible, lo que no le impediría iniciar
una galería de comunicación.
Una vez adoptada esta resolución, Targ alzó la puerta de
entrada, e intentó una exploración rápida. Pero los bloques y los escombros le
oponían un obstáculo infranqueable. Volvió a salir por el techo y puso
nuevamente en movimiento las máquinas del sudoeste. Luego preparó los aparatos
del norte e inició con ellos la abertura de la galería. Se ocupó también de
Arva, cuyo letargo adquiría poco a poco la apariencia del sueño normal.
Luego esperó, vigilante, con los ojos puestos en las
dóciles ruedas. A veces rectificaba su trabajo con un ademán furtivo; a veces
detenía un pico, una lámina, una hélice, una turbina, para examinar el terreno.
Por último distinguió, torcida y abollada, la alta columna del planetario y la
caracola rutilante. A partir de entonces, no cesó de dirigir la energía. Sólo
funcionaban los órganos sutiles que, según el caso, levantaban la piedra gruesa
o recogían el menudo cascote.
Y lanzó una queja, fúnebre como un grito de agonía...
Acababa de aparecer un resplandor, aquel resplandor flexible y lleno de vida
que había, percibido el día del desastre, entre las ruinas de las Tierras
Rojas. Un frío glacial se instaló en su corazón; castañetearon los dientes. Con
los ojos llenos de lágrimas, hizo más lentos todos los movimientos, dejando
actuar únicamente las manos de metal, más hábiles y delicadas que las manos del
hombre.
Luego lo detuvo todo, y estrechó contra su pecho, con
roncos sollozos, aquel cuerpo que había amado tan apasionadamente...
De momento, una oleada de esperanza atravesó su dolor. Le
pareció que Ere todavía no estaba fría del todo. Febrilmente, puso el
higroscopio sobre los labios exangües...
Ella había desaparecido en la noche eterna.
La contempló durante mucho tiempo. Ella le había revelado
la poesía de las épocas antiguas; unos sueños de una juventud extraordinaria
transfiguraban el sombrío planeta; Ere era el amor, en lo que éste tiene de más
vasto, de más puro y de casi eterno. Y cuando la tenía entre sus brazos, le
parecía ver revivir una raza nueva e innumerable.
—¡Ere! ¡Ere! —murmuró—. ¡Ere, frescor del mundo! ¡Ere,
último sueño de los hombres!
Luego su alma se tensó. Depositando un ósculo amargo y
salvaje sobre los cabellos de la compañera de su vida, se puso de nuevo al
trabajo.
Sucesivamente, los fue reuniendo a todos. El mineral se
había mostrado menos cruel con ellos que con la joven, ahorrándoles la muerte
lenta, el desmenuzamiento intolerable de las energías. Los bloques habían
hundido los cráneos, abierto los corazones, aplastado los torsos...
Entonces, Targ se dejó caer al suelo y lloró
inconteniblemente. El dolor lo inundaba, inmenso como el mundo. Se arrepentía
amargamente de haber luchado contra la fatalidad inexorable. Y las palabras
pronunciadas por la moribunda de las Tierras Rojas, resonaban a través de su
pena como el cristal de la eternidad...
Una mano se posó en su hombro. Sobresaltado, se incorporó.
Vio entonces a Arva, inclinada sobre él, lívida y tambaleante. Estaba tan
abrumada por el dolor que las lágrimas ya no acudían a sus ojos: pero toda la
desesperación de que eran capaces las débiles criaturas dilataba sus pupilas.
Con una voz desprovista de timbre, murmuraba:
—¡Hay que morir! ¡Hay que morir!
Sus ojos se penetraron. Se habían querido profundamente en
todos y cada uno de sus días, a través de toda la realidad y de todos los
sueños. Las mismas esperanzas les habían sido apasionadamente comunes y, en la
miseria infinita en que se hallaban, su sufrimiento era aún fraternal.
¡Hay que morir! — repitió él como un eco.
Luego se abrazaron y, por última vez, dos corazones
humanos palpitaron el uno junto al otro.
Entonces, en silencio, ella se llevó a los labios el tubo
de iridio que no la abandonaba jamás... Como la dosis era masiva y la debilidad
de Arva extremada, la eutanasia requirió pocos minutos.
—La muerte, la muerte —balbuceaba la agonizante—. ¡Oh!
¿Cómo hemos podido temerla?
Sus ojos se oscurecieron, una feliz laxitud distendió sus
labios, y su pensamiento ya se había desvanecido por completo cuando su pecho
exhaló el último aliento.
Y no quedó más que un solo hombre sobre la faz de la
Tierra.
Sentado en un bloque de pórfido, permaneció hundido en su
tristeza y en su ensueño. Rehacía, una vez más, el gran viaje hacia el origen
de los tiempos, que tan ardientemente había exaltado su alma... Y, primero,
entrevió nuevamente el mar primitivo, tibio aún, en el que pululaba la vida,
inconsciente e insensible. Luego vinieron las criaturas ciegas y sordas,
poseedoras de una extraordinaria energía y de una fecundidad sin límites. La
visión nació, la luz divina creó sus templos minúsculos; los seres nacidos del
Sol conocieron la existencia. Y aparecieron las tierras firmes. Los habitantes
del agua proliferaron en ellas, vagos, confusos, y taciturnos. Durante tres mil
siglos, crearon las formas sutiles. Los insectos, los batracios y los reptiles
conocieron las selvas de helechos gigantes, la pululación de los cálamos y de
las sagitarias. Cuando los árboles avanzaron sus torsos magníficos,
simultáneamente aparecieron inmensos reptiles. Los dinosaurios tenían la talla
de los cedros, los pterodáctilos se cernían sobre los formidables pantanos. En
aquellas edades nacieron, enclenques, entumecidos y estúpidos, los primeros
mamíferos. Erraban furtivamente, tan pequeños, que hubieran hecho falta cien
mil para igualar el peso de un iguanodonte. Durante interminables milenios su
existencia permaneció imperceptible y casi irrisoria. Sin embargo, seguían
creciendo. Por último llegó su hora, la hora en que todas sus especies se
irguieron con fuerza arrolladora en todas las praderas, en todos los oquedales
penumbrosos. Fueron ellos, entonces, los colosos El dinoterio, el elefante
antiguo, los rinocerontes acorazados como los viejos robles, los hipopótamos de
vientres insaciables, el uro, el auroc el maquerodonte, el león gigante y el
león amarillo, el tigre de dientes de sable, el oso de las cavernas y la
ballena, tan voluminosa como varios diplodocus juntos, y el cachalote de boca
cavernosa, aspiraron las energías dispersas.
Luego, el planeta dejó medrar al hombre: su reino fue el
más feroz, el más poderoso... y el último. El fue el destructor prodigioso de
la vida. Murieron bosques y selvas con sus huéspedes innumerables; todas las
bestias fueron exterminadas o envilecidas. Y hubo un tiempo en que incluso las
energías sutiles y los minerales oscuros parecieron estar esclavizados; el
vencedor captó incluso la fuerza misteriosa que mantiene unidos a los átomos.
—Este mismo frenesí anunciaba la muerte de la tierra...
¡La muerte de la tierra para nuestro Reino! — murmuró suavemente Targ. Un
estremecimiento sacudió su dolor. Pensó que lo que aún subsistía de su carne se
había transmitido, ininterrumpidamente, desde los orígenes. Algo que había
vivido en los mares primitivos, en el limo naciente, en los pantanos, en las
selvas, en el seno de las praderas y en las ciudades innumerables de los
hombres, no se había interrumpido nunca hasta llegar a él... ¡Y él era el único
ser humano que palpitaba sobre la faz, de nuevo inmensa, de la tierra!
Caía la noche. El firmamento mostró sus mágicas luces, que
habían contemplado los ojos de trillones de hombres. ¡Sólo quedaban dos ojos
para verlos!... Targ nombró a las estrellas que había preferido entre todas,
luego vio elevarse aún el astro ruinoso, el astro horadado, argentino y
legendario, hacia el cual alzó sus manos tristes...
Lanzó un último sollozo; la muerte entró en su corazón y,
renunciando a la eutanasia, salió de entre las ruinas y fue a extenderse en el
oasis, entre los ferromagnetales.
Luego, humildemente, algunas partículas de la última vida
humana penetraron en la Vida Nueva.
FIN
notes
Notas a pie de página
1 Les Précurseurs de Ninive, por B. Dessault, edición
in-8.° hecha por Calmann-Lévy. En interés del lector, he convertido el extracto
del libro de Bakhoûn, que doy a continuación, al lenguaje científico moderno.
(N. del A.)
2 El Kensington Museum, de Londres, y el señor Dessault
mismo, poseen algunos restos minerales, parecidos en todo a los descritos por
Bakhoûn. cuyo análisis químico ha sido impotente para descomponer y combinar
con otras sustancias y que en consecuencia no pueden entrar en ninguna
nomenclatura de los cuerpos conocidos. (N. del A.)
3 En los capítulos siguientes, en que el estilo es
generalmente narrativo, me ajusto más a la traducción del señor Dessault, a
pesar de no ceñirme a la fatigosa división en versículos ni a las repeticiones
inútiles (N del A.)

