Libro N° 4105. El Misterio De La Barba Roja. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4105. El Misterio De La Barba Roja. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © El Misterio De La
Barba Roja. J. Figueroa Campos
Versión Original: © El Misterio De La Barba
Roja. J. Figueroa Campos
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EL MISTERIO DE LA BARBA ROJA
J. Figueroa Campos
Annotation
Novena aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo
de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una
curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley,
era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos,
ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y
otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras
trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros
héroes se había perdido.
CAPÍTULO I
EL HOMBRE DE LA BARBA ROJA
CAPÍTULO II
EL SECRETO DEL MALETÍN
CAPÍTULO III
MISTERIO SIN SOLUCIÓN
CAPÍTULO IV
PETICIÓN DE AUXILIO
CAPÍTULO V
EL VIAJE
CAPÍTULO VI
UN ENCUENTRO EN EL CAMINO
CAPÍTULO VII
LA RECEPCIÓN DE LOS BLANE
CAPÍTULO VIII
EN LA CASA DEL MISTERIO
CAPÍTULO IX
UNA MUJER PELIGROSA
CAPÍTULO X
LOS PRISIONEROS
CAPÍTULO XI
EN LOS SÓTANOS
CAPÍTULO XII
LA POLICÍA FEDERAL
CAPÍTULO XIII
QUINCE DÍAS DESPUÉS
EPÍLOGO
EL DÍA DE LA BODA
J. Figueroa Campos
EL MISTERIO DE
LA BARBA ROJA
Duke, 9
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1946, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Digitalización: Antonio González
Vilaplana
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
EL HOMBRE DE LA BARBA ROJA
—Creo que en Boston estaremos tranquilos —dijo Duke,
acariciando la mano de su novia—. Dicen que es el lugar ideal para celebrar una
boda.
Susana Cortiz miró un momento a su novio.
—Estoy segura de que a ti las emociones te seguirán hasta
el Cielo, si es que Dios te admite en él.
—¿Por qué no ha de admitirme? —sonrió Duke—. No he hecho
daño a ninguna persona buena.
—Pero Dios no querrá en el Cielo a un hombre que es capaz
de descubrir una conspiración en el mismo Paraíso. Acabarías deteniendo a una
colección de ángeles y serafines que a espaldas del Señor estarían haciendo
cosas malas.
—Ya verás como en Boston no nos ocurre nada y viviremos
tranquilos hasta que llegue el momento de nuestra boda. Mi hermana y su marido
se reunirán con nosotros y tu familia también.
Susana movió dubitativamente la cabeza.
—Estoy segura de que en el momento en que el sacerdote te
preguntará si estás dispuesto a cargar para toda la vida con mi persona, oirás
la sirena de un auto patrulla y le dirás al cura que espere un momento en tanto
que tú resuelves el nuevo misterio.
—Si eso ocurriera seríamos los dos los que diríamos eso,
pues también tú recogerías el velo de tu traje y te echarías el ramo de novia
bajo el brazo para no alejarte demasiado de mí. Al fin y al cabo fuiste tú la
que me obligaste a meterme en una nueva aventura cuando yo estaba dispuesto a
regresar a mi casa.
Se habían detenido y estaban mirando hacia la terraza de
un pequeño café situado al otro lado de la calle. La terraza quedaba encerrada
dentro de una caja de cristales a través de la cual se veía a los pocos
clientes sentados a las mesas.
—¡Nunca esperé poder ver una barba tan hermosa! —dijo, al
fin, Susana.
Duke siguió la mirada de su novia y al fin tuvo que
admitir:
—Yo tampoco.
—Pero no es legítima —siguió Susana.
—No; pero es hermosa —asintió Duke.
—¿Por qué no usará barba del mismo color que las cejas?
—preguntó Susana.
—Ya la usa del mismo color que el cabello —replicó Duke—.
Debe de haberle costado mucho teñírselo del mismo color de la barba; pero las
cejas se le han resistido.
—A lo mejor usa peluca —sugirió Susana.
El hombre que atraía la atención de Duke y de Susana lucía
una pobladísima barba roja, casi del mismo tono que sus cabellos; pero la luz
que se proyectaba contra su rostro descubría que las cejas, aunque rubias, no
habían adquirido la intensa rojez de la barba y la cabellera. Estaba sentado
frente a una de las mesitas de la terraza y tenía frente a él un alto vaso de
limonada.
—Un hombre con barba roja debiera beber ron puro, no
limonada —dijo Susana—. Por lo menos así lo hacían los piratas, y ese tiene
todo el tipo del famoso Barbarroja.
El individuo de la roja barba tenía la musculatura de un
toro y el tamaño de una torre. Sin necesidad de la barba ya hubiera llamado la
atención en cualquier punto donde se encontrase. La roja barba era como una
gran bandera atada a un altísimo poste.
—Es muy sospechoso —sonrió Duke.
—Mucho —admitió maquinalmente Susana. Luego, volviéndose
hacia su novio, agregó:— Me gustaría descifrar ese misterio.
—Creí que sería yo quien echaría a correr detrás del auto
patrulla —dijo Duke.
—¡Bah! —refunfuñó Susana—. No estamos casándonos. De
delante del altar no huye ninguna novia.
—He visto algunas que lo han hecho.
—Si te refieres a Claudette Colbert, no olvides que se
trataba de una película, y que además echó a correr para reunirse con Clark
Gable. Eso ya también lo haría.
—Ya has empezado a hacerlo por un hombre con barba roja.
Mira, ya se levanta. Ha dejado un billete de veinte dólares y ha recogido una
maleta del suelo. Mejor dicho, es un maletín de piel de cerdo. A lo mejor lleva
en él una niña descuartizada.
—O un elefante picado —rió Susana—. De todas formas me
siento intrigada. ¿Por qué no le seguimos? No todos los días se encuentran
hombres con el cabello teñido de rojo, las cejas rubias, el cutis moreno y una
barba postiza.
—A lo mejor nos lleva hasta un antro de descuartizamiento
—sonrió Duke—. Es peligroso seguir a ciertos hombres.
—Yendo a tu lado no se corre ningún peligro. Es posible
que descubramos algún inesperado misterio en Boston, la ciudad puritana.
El de la barba roja había recogido el cambio en billetes
de un dólar y lo estaba guardando en una cartera; luego cogió un abrigo de pelo
de camello y echándoselo al brazo de forma que ocultase el maletín salió
lentamente a la calle y echó a andar sin aparente prisa.
Susana no esperó a que su compañero tomara una decisión y
echó a andar en pos de la barba roja. Duke la alcanzó en seguida y cogiéndola
del brazo le dijo al oído:
—No olvides que nos acabamos de meter en una peligrosa
aventura.
—Es lo que estaba deseando desde que llegamos a Boston.
Echo de menos los alaridos de los moribundos, el tableteo de las ametralladoras
y el misterio del doctor "Muerte".
—Ten en cuenta que aún podemos retirarnos de la lucha
—sonrió Duke—. Luego, cuando tengamos entre manos dos o tres cadáveres y un
misterio indescifrable, no podremos echarnos atrás, tendremos que seguir y tú
dirás llorando que fuiste una loca al seguir los pasos de ese hombre de la
barba roja.
—¿No has ido nunca en bicicleta? —preguntó Susana.
—No, siempre he tenido automóvil —replicó Duke.
—Para el caso es lo mismo —dijo la joven—. ¿No te ha
ocurrido nunca desear alcanzar a otro coche que iba muy delante de ti?
—Algunas veces. ¿Por qué?
—Porque en esos casos se siente el deseo de dejar atrás
aquel otro auto, se pisa el acelerador, se va cada vez más deprisa y cuando se
llega al nivel del auto perseguido, se siente una emoción muy grande; luego se
le pasa, se le deja atrás, y a medida que el otro queda más y más retrasado
desaparece la emoción. Se convence uno de que lleva el coche mejor e incluso se
piensa que no valía la pena de haberse esforzado por una cosa que de antemano
estaba decidida, pues en el rato que ha durado la persecución el otro coche no
se ha vuelto peor de lo que era.
—¿Y eso qué tiene que ver con la barba roja? —preguntó
Duke.
—Pues eso. Ahora seguimos a ese hombre, nos convenceremos
de que lleva barba para esconder una horrible desfiguración de la mandíbula
inferior, y podremos volver a casa diciéndonos que no valía la pena haber
seguido a un hombre que sólo parecía misterioso; pero qué no lo era.
—Quieres decir que lo único que conseguiremos será
convencernos de que nuestro coche es el mejor de los dos, ¿no?
—Algo así.
—Pues entonces vayamos al teatro "Emporium",
donde dan la quinientas sesenta—representaciónes de "Philadelphia
Story".
—¿Por qué?
—Porque ya de antemano sabemos que con todas sus barbas,
ese hombre no está a la altura de nosotros. Somos más listos que él.
—Si no me convenciera por mí misma, siempre me quedaría la
duda de si lo soy o no. Sigámosle.
—Bien, sigámosle. La realidad te defraudará. Siempre
ocurre lo mismo.
El hombre de la barba roja seguía caminando sin prisa, sin
volver ni un momento la cabeza, como si no pasara por su imaginación, ni
remotamente, la sospecha de que alguien pudiera seguirle los pasos.
—Si fuese a hacer algo malo, trataría de averiguar si le
seguían o no —dijo Duke—. De cuando en cuando lanzaría furtivas mirada, hacia
atrás.
—Yo sospecho de él —insistió Susana—. Sólo un hombre
sospechoso es capaz de ponerse una barba como esa; excepto en carnaval. Y ahora
no estamos en carnaval, ¿verdad?
—Creo que no —bostezó Duke—. Por lo menos yo no me
divierto lo más mínimo.
El hombre de la barba roja acababa de cruzar la calle y se
dirigía hacia la calle Adams. Consultó su reloj de pulsera y aminoró el paso.
Duke y Susana le imitaron. El primero dijo al cabo de unos minutos:
—Nos acercamos al "Emporium". ¿De veras no te
gustaría, conocer la historia de Philadelphia?
—No, porque ya he leído el argumento en una revista. No
concibo cómo la gente puede amontonarse en un teatro para seguir las reacciones
de una histérica que después de haberse divorciado de su marido acaba por
volverse a casar con él porque no encuentra otro mejor. Es una cosa inmoral y
además prueba la estupidez de esa mujer.
—Sin embargo lleva casi un año en Boston y trece o catorce
meses en Nueva York —objetó Duke.
—Si fuese una comedia selecta no habría durado tanto. La
selección es limitada. En cambio la estupidez no tiene límite. Además esa
comedia trata de demostrar que los ricos están medio locos. Eso agrada a la
masa, que se complace en su pobreza diciéndose que ella posee toda la
inteligencia y todas las perfecciones, cosa que en cambio los ricos, con todos
sus millones, no pueden lograr. Estoy segura de que esa comedia ha sido
patrocinada por el Gobierno. Trata de hacer ver al público que debe sentirse
feliz de ser pobre, porque si fuera rico como esa pobre histérica, sería tan
estúpido como ella. Luego, cuando salgan del teatro, todos mirarán con
conmiseración a los infelices que para ir a casa tienen que utilizar un
"Rolls—Royce" en vez de ir en un magnífico tranvía o poder pasear
bajo la niebla. Así todos están satisfechos. Los ricos, con su
"Rolls" y su esquizofrenia, y los pobres, satisfechísimos con su
pobreza y el verse libres de las taras mentales que padecen los desgraciados
millonarios. Es una sabia política; pero como yo soy rica no quiero aburrirme
contemplando las tonterías que se dicen en el escenario. Si el autor
consiguiese convencerme, acabaría tirando mis dos millones de dólares y yéndome
a vivir en un departamento de dos habitaciones, incluidas cocina, dormitorio,
salón, cuarto de baño, biblioteca, vestíbulo y despacho.
—Pues nuestro amigo debe ser muy pobre, porque acaba de
sacar del bolsillo una entrada que o mucho me equivoco, o es de las que se
utilizan para entrar en el "Emporium".
Susana no respondió. Toda su atención estaba fija en el
hombre de la barba roja, que, en efecto, había sacado un papel amarillento del
bolsillo y se dirigía algo más deprisa hacia la entrada del teatro, frente a la
cual se amontonaba una masa de personas ansiosas también de ver como una
millonaria pagaba el pecado terrible de serlo.
Cuando llegaron ante la iluminada marquesina del teatro
pudieron ver al hombre de la barba roja, que después de ceder al portero un
trozo de su entrada estaba dejando en custodia en el guardarropa su abrigo, su
sombrero y su maletín, dirigiéndose luego hacia la entrada de la platea.
En el mismo instante sonaron voces de disgusto y
decepción. En las taquillas de las localidades más económicas acababa de
aparecer el decepcionante cartelito que anunciaba el agotamiento de todas las
entradas. Lo mismo ocurrió un segundo después en las taquillas de preferencia y
anfiteatro. El "Emporium" había agotado toda su capacidad. Mañana
sería otro día.
—¡Es indignante! —exclamó Susana—. ¡Agotarse ahora las
localidades!
Duke la miró con fingido asombro.
—¿No te alegras? —preguntó—. ¿Es que vas a decirme que
deseabas asistir a las esquizofrénicas reacciones de la heroína de la comedia?
—¡Pues claro! —gritó Susana—. Los hombres nunca
comprendéis a las mujeres.
En aquel momento se acercó un hombre que preguntó en voz
baja:
—¿Necesitan dos entradas de platea?
—Claro que las necesitamos —replicó Susana—. Démelas.
El hombre sacó las localidades y las tendió a Susana,
quien, volviéndose hacia Duke, encargó:
—Págale.
Las entradas valían en taquilla tres dólares cada una;
pero teniendo en cuenta que la demanda superaba a la oferta, el precio había
aumentado hasta siete dólares cada una.
Cuando entraron en la platea se estaban amortiguando las
luces del teatro. Al mismo tiempo se amortiguaban las conversaciones. Los que
aún tenían algo que decir a los amigos que estaban detrás o delante de ellos se
apresuraban a terminarlo de cualquier manera y todas las miradas se fijaban en el
telón de terciopelo rojo, sobre el cual se proyectaba un luminoso arco de las
candilejas. El que debía tirar del telón esperó con oído atento hasta que
cesaron los más débiles murmullos. Entonces echó mano a la cuerda o al volante
y el telón dejó de interponerse entre el público y el primer cuadro de
"Philadelphia Story".
Susana dejó de interesarse por lo que iba a ocurrir ante
ella y buscó con la mirada a Barbarroja. Le vio sentado en una butaca junto al
pasillo, dando golpecitos con la punta de la mano a un inoportuno bostezo.
Cuando éste, debidamente castigado, volvió al interior, el hombre se pasó la
mano por la barbilla y la mano quedó muy sorprendida al encontrar una barba en
la cual no pensaba ya. Echóse hacia atrás como si temiera haberse equivocado de
barbilla, y luego, al recordar que la barba estaba allí por algún motivo
lógico, volvió a acariciarla suavemente.
Durante media hora, la actriz que representaba el papel
que tanta gloria había dado en Broadway a Katherine Hepburn, estuvo dando
rienda suelta a sus extraordinarios nervios y provocando las carcajadas del
público de las alturas y las sonrisas de los que estaban en la platea. Estos
últimos pensaban que el autor poseía tanta imaginación como aquel que había
hablado de lo caluroso que es el Polo Sur.
Terminó el acto, aplaudieron todos, se levantó tres veces
el telón y en seguida los espectadores comenzaron a toser y a salir disparados
hacia el bar y los lavabos. Barbarroja fue el último en levantarse. Durante un
par de minutos se dejó contemplar por todos los que sintieron interés por su
barba, y luego tomó el camino del bar. Susana lanzóse tras él, seguida por
Duke, algo retrasado. Durante unos minutos, Susana pudo seguirle sin dificultad
alguna, pero al fin su persecución se vio detenida por una simple puerta que ni
siquiera estaba cerrada; pero a través de la cual sólo entraban y salían
hombres. Desesperada, volvióse hacia Duke y señalándole la puerta en cuestión
le indicó que por allí había desaparecido Barbarroja. Duke se dispuso a
continuar la caza; pero en aquel momento el de la barba reapareció y con las
manos en los bolsillos dirigióse hacia el vestíbulo. Susana vaciló un instante.
Entre ella y Duke y Barbarroja se interpuso una masa de espectadores, a la cual
no era cosa de apartar a puñetazos. Por fin se aclaró la masa, el camino hacia
el vestíbulo quedó libre; pero cuando Susana y Duke llegaron a él, Barbarroja
había desaparecido.
—Se ha marchado —suspiró la joven.
Duke señaló hacia el guardarropa. En él se veía aún
colgado el abrigo de pelo de camello, el sombrero y el maletín.
—No te apures —replicó—. Volverá. Debe de haber salido en
busca de una limonada más fresca de las que sirven en el bar del teatro.
Volvieron a la sala atraídos por el timbre que anunciaba
lo inmediato de la reanudación del espectáculo. Los espectadores estaban
descargando sus pulmones de toda la tos que les era posible extraer. Susana
tenía la mirada fija en la butaca de Barbarroja y de pronto pegó tan fuerte
pellizco en el brazo de Duke, que éste casi lanzó un grito.
—Mira —le atajó Susana, señalando hacia la butaca.
En ésta acababa de sentarse un hombre que ni llevaba barba
roja ni tenía las cejas rubias ni el cabello colorado. Era, en resumen, un
hombre que no se parecía en nada al de la barba.
—Habrá ido a una peluquería —sugirió Duke—. Le habrán
afeitado y lavado la cabeza.
—Cuando vuelva le hará levantar —insistió Susana.
Pero Barbarroja no volvió para recuperar su puesto.
Terminó el acto, y el hombre permaneció sentado en su asiento. Susana encargó a
Duke la vigilancia de aquel sujeto y salió al vestíbulo para convencerse de si
el abrigo y el maletín continuaban allí. Al volver explicó a su novio que
todavía estaban en su sitio todas las prendas y equipaje de Barbarroja.
—No lo comprendo —dijo Susana—. En todo esto hoy un
profundo misterio.
Prosiguió la representación. Cuando faltaba poco para que
la pareja de divorciados se reconciliara definitivamente, Susana se levantó y
sin hacer caso de los que la miraban indignados salió al vestíbulo y colocóse
en un punto desde el cual dominaba el guardarropa y, especialmente, el abrigo,
el sombrero y el maletín de Barbarroja. Duke permaneció en la sala, siguiendo
las incidencias finales de la comedia, y, cuando se terminaron los aplausos y
las subidas y bajadas del telón, pegóse a la sombra del sustituto de Barbarroja
y le siguió hasta el guardarropa.
Con menos asombro del que podía esperarse vio cómo el
hombre entregaba un talón junto con medio dólar y recibía a cambio el abrigo de
pelo de camello, el sombrero y el maletín de Barbarroja. Con todo ello encima
tomó el camino de la calle.
Susana le miró triunfalmente y sus ojos dijeron:
—¿Lo ves? ¿No tenia yo razón al decir que en todo esto
había un gran misterio?
Duke replicó mentalmente:
—Desde luego hay un misterio, aunque tal vez no sea
demasiado grande. De todas formas seguiremos a ese hombre.
CAPÍTULO II
EL SECRETO DEL MALETÍN
Aquel hombre caminaba a buen paso y, al revés que
Barbarroja, dirigía de vez en cuando inquietas miradas a su espalda. Esto llenó
de placer a Susana y empezó a interesar a Duke.
—Lo dijiste y empiezo a creer que tenías razón —admitió
Duke.
—En ese maletín hay algo importante —aseguró Susana.
—Sin embargo, Barbarroja lo llevaba como si no hubiera en
él nada de valor.
—Tal vez entonces no había nada. ¿Sabes lo que sospecho?
—¿Qué?
—Pues que Barbarroja salió a la calle durante el primer
entreacto, dio a ese hombre su entrada y el talón del guardarropa. Luego se
marchó. La barba roja debía de llevarla como si fuese un clavel.
—¡Eh! —exclamó Duke.
—Si; quiero decir que llevaba la barba como un distintivo.
¿Sabes lo que hacen dos cuando sólo se conocen por carta y deciden encontrarse?
Pues uno dice al otro: "Lleve un clavel blanco en la solapa. Yo llevaré
otro". Así, en cuanto llegan al sitio donde se han citado, se conocen en
seguida por el clavel. Lo mismo debió de hacer Barbarroja. Le dijo a ese otro
que él llevaría una barba colorada. La cosa no pudo ser más sencilla.
Duke no contestó. El hombre del maletín había acelerado el
paso, como si tuviera prisa por salir de aquellas frecuentadas calles. Torció
por una menos iluminada y luego por otra completamente solitaria a excepción de
él y de sus seguidores. Éstos tuvieron que refugiarse en las sombras y hacer su
paso lo más silencioso que les fue posible, ya que el del maletín dirigía cada
vez más a menudo la vista hacia atrás.
Salieron de la calle y entraron en otra tan desierta como
la anterior.
—Esto se hace cada vez más interesante —declaró Susana.
Duke no la escuchaba. El hombre del maletín acababa de
detenerse. A la amarillenta luz de un viejo farol había visto cómo dos hombres
salían de un portal y avanzaban hacia él. La luz del farol se reflejaba en la
negra superficie de dos pistolas automáticas.
—¡Lo van a matar! —jadeó Susana.
—Sospecho que sólo quieren quitarle el maletín —replicó
Duke, desenfundando la Colt del 45 que llevaba bajo el sobaco.
El del maletín también debía de llevar una pistola en una
funda sobaquera, pues su mano derecha se ocultó un momento en el interior de la
chaqueta. Antes de que pudiera sacarla, la semioscuridad de la calle fue
perforada por cuatro anaranjados fogonazos. Sólo se oyeron cuatro
"plofs", indicadores de que los que disparaban lo hacían utilizando
en sus pistolas silenciadores "Maxims". El hombre contra quien iban
dirigidos los disparos, tambaleóse y doblándose hacia adelante cayó de cabeza
en el arroyo, quedando inmóvil como trágica prueba de la buena puntería de los
asesinos.
Éstos corrieron hacia él; pero cuando llegaron a cinco
metros de su víctima, Duke empezó a disparar. Uno de ellos llevóse la mano al
hombro y lanzó un grito de dolor, soltando su pistola. El otro inclinóse hacia
delante y la bala que Duke le disparó arrancóle el sombrero, descubriendo una
cabellera muy roja.
Ante semejante muestra de buena puntería, los dos hombres
vacilaron y en seguida, dándose cuenta de que estaban demasiado a la luz para
poder atacar a su misterioso adversario, que se mantenía en la oscuridad,
dieron media vuelta y echaron a correr. Duke disparó otras dos veces y los dos
hombres escaparon por otra calle.
Saliendo de su escondite, Duke se arrodilló junto al
hombre del maletín. Le puso la mano en el cuello, buscando algún latido del
pulso. No lo encontró. El desconocido estaba totalmente muerto. Sin perder un
segundo, Duke cogió el maletín y lo abrió. Aunque la luz era escasa, bastaba
para dejar ver que el maletín estaba lleno de billetes de Banco de veinte
dólares. A simple vista podía calcularse que había allí unos cien mil dólares.
Tendiendo el maletín a Susana, Duke buscó en los bolsillos
del muerto algún documento de identidad. No encontró ninguno. Como ya empezaban
a abrirse las ventanas, por las que asomaban rostros llenos de curiosidad, el
millonario corrió hacia donde estaba la pistola de uno de los asesinos, la
guardó en un bolsillo y regresando a la protección de las sombras arrastró tras
él a Susana a la vez que empezaban a oírse pasos que por lo recios debían de
pertenecer a la Ley.
En la avenida donde desembocaron, tomaron un taxi.
En la Avenida de Pensylvania lo dejaron y en la calle
Adams tomaron otro en el cual se hicieron conducir al hotel Ambassadors, donde
se hospedaban. Cuando entraron en la habitación de Duke, éste miró a su novia.
Susana estaba pálida como el papel y se retorcía nerviosamente las manos.
—No te suponía tan sagaz —comentó Duke.
—¡Es horrible! —musitó Susana—. ¿Por qué le asesinaron?
—Para quitarle una fortuna —replicó el millonario—. La
cosa está muy clara.
Acercándose a la mesa que ocupaba el centro de la salita,
apartó el jarrón que estaba en el centro, haciendo sitio para el maletín. Lo
abrió y sacó de su interior un fajo de billetes de a veinte dólares. Había
cincuenta y estaban sujetos con una faja de papel.
—Mil dólares —dijo Duke.
Los billetes eran nuevos y olían como sólo huelen los
billetes que no han pasado por las manos de los comerciantes y del público
recogiendo las manchas que para ellos guardan las manos de quienes los manejan.
Cogió otro fajo y comentó:
—Todos son de veinte dólares.
Hizo crujir una de ellos y agregó:
—Son legítimos.
—¿Por qué no habían de serlo? —preguntó Susana.
Duke se encogió de hombros.
—No sé —dijo—. Verdaderamente no hay motivo para que no lo
sean.
—Debe de tratarse de un rescate —siguió Susana—. Habrán
secuestrado a algún pariente de Barbarroja y pedirían cien mil dólares de
rescate. Le dirían a Barbarroja que llevase el dinero al teatro, a un teatro
tan lleno de gente que no fuera posible seguir la pista al que debiera recoger
el dinero. Barbarroja llevó el dinero, lo depositó en el guardarropa y luego,
en el lavabo de caballeros, entregó el talón del guardarropa a quien se lo
pidió. Y...
—¿Y qué? —preguntó Duke.
Susana le miró vacilante.
—No sé. Creo que algunas cosas no son de fácil
explicación. Porque una vez que Barbarroja salió del teatro, el otro no tenía
por qué quedarse.
—Claro —sonrió Duke—. Lo lógico hubiera sido que el otro
se hubiese marchado y que Barbarroja se quedara en el teatro.
—Tal vez fue a recoger al secuestrado —sugirió Susana—.
Eso ya sería más lógico. Claro: eso fue. Barbarroja corrió a salvar al
secuestrado, siguiendo las instrucciones que el otro le dio cuando se
encontraron en el lavabo. Barbarroja se dio mucha prisa, y como había
averiguado el camino que debía de seguir el otro, le esperó en aquella calle y
le mató. Así recuperó el dinero y se vengó.
—Es una buena explicación; pero quedan muchos puntos sin
explicar — contestó Duke.
Nuevamente examinó los billetes. Miró uno de ellos a
contraluz. Luego lo comparó con un billete del mismo valor que sacó de su
cartera.
—Lo único raro que hay en ellos es que sean tan nuevos
—dijo.
Metió de nuevo los billetes en el maletín, lo cerró y,
entrando en su dormitorio, lo escondió debajo de la cama. Volviendo a salir,
examinó la pistola que había recogido en la calle. Era una automática Colt del
45, tan nueva como los billetes de Banco del maletín. El número de fabricación
había sido borrado con meticuloso cuidado. El silenciador también era nuevo y
también tenía la numeración picada. El arma completa debía de costar unos
sesenta dólares. Examinando la superficie del arma junto a la luz de una
lámpara, vio que no había en ella ninguna huella dactilar completa. Apretando
el resorte que sostenía el cargador, dejó caer éste sobre un pañuelo y, como
esperaba, había en él bastantes huellas dactilares.
El timbre del teléfono interrumpió el examen que Duke
realizaba del arma. Descolando el aparato preguntó quién le llamaba.
—Señor Straley —le respondió la aflautada e inconfundible
voz del encargado del despacho de recepción—. El teniente Meredith de la
policía desea hablar con usted.
El teniente Meredith se puso al habla, y con el acento
propio de un policía que habla a quien tiene mucho que explicar y justificar,
anunció:
—Señor Straley, uno de los policías de patrulla asegura
que le vio entrar en la calle donde se cometió un crimen. ¿Podría bajar a
identificar el cadáver que tenemos en nuestro coche?
—No sé nada de lo que usted dice, teniente —replicó Duke—.
Debe de haber un error.
—Lo dudo mucho. El policía aseguró que le reconoció. Si lo
prefiere subiremos a su habitación; pero de todas formas, tendrá que bajar a
identificar el cadáver.
—Está bien, bajo en seguida —dijo Duke.
—¿Qué ocurre? —preguntó Susana.
—Creí que la policía de Boston era menos eficiente —dijo
Duke—. Creo que voy a dejarlo todo en sus manos.
—Me asombraría mucho que lo hicieras —replicó Susana—. No
sé por qué te has metido en este asunto.
Duke la miró arqueando las cejas, luego en vez de replicar
guardó la pistola en un cajón de la mesa y salió de la habitación, dirigiéndose
hacia los ascensores. Cuando al fin llegó a uno de ellos, el encargado se
excusó por la tardanza:
—Debieron de abrir una de las puertas y no podía bajar.
Descendieron a la planta baja y Duke cruzó el vestíbulo en
dirección al despacho de recepción. No se veía a nadie ante él ni tampoco en el
vestíbulo. Acercándose a grandes zancadas al mostrador asomóse y vio al otro
lado tendido en el suelo, con las manos y los pies atados y con una ancha tira
de esparadrapo que iba de oreja a oreja cerrando toda su boca, al conserje. El
hombre le miraba con ojos del tamaño de dos huevos y estaba deseando decir
algo. Duke no se entretuvo ni en desatarle ni siquiera en intentar arrancar el
esparadrapo. Sabía que para ello necesitaría mucho tiempo, más del que
disponía.
—Bajaré en seguida —dijo al asustado hombrecillo.
Corrió hacia el ascensor y se disponía a subir en él
cuando le detuvo el recuerdo de la explicación que antes había recibido acerca
de la posible causa de la tardanza del ascensor. Si abrían una puerta
cualquiera, el ascensor se quedaría parado a mitad de camino y él no podría
salir. Llamando con un ademán al encargado del ascensor, le indico:
—Coja bencina y humedezca bien el esparadrapo de su amigo.
Luego tire con cuidado. Si no lo hace así le arrancará toda la piel.
Dejando al hombre que tratase de comprender lo que había
oído, Duke emprendió a la carrera la subida hacia su cuarto. Subía los
escalones de tres en tres; pero de todas formas invirtió casi cinco minutos en
llegar a su piso. En seis zancadas salvó la distancia que le separaba de su
habitación. La puerta estaba entornada y cuando la empujó lo hizo empuñando su
pistola.
El espectáculo que vieron sus ojos le hizo comprender que
llegaba tarde. Susana estaba sentada en un sillón. Tenía una tira de
esparadrapo sobre la boca y sus manos estaban sujetas con otras tiras de
esparadrapo a los brazos del sillón. Sus piernas estaban también sujetas por
los tobillos a las patas del asiento.
Al ver a Duke, Susana movió negativamente la cabeza. El
millonario comprendió que llegaba demasiado tarde. Sin embargo, antes de
atender a su novia entró en su dormitorio y miró debajo de la cama.
¡El maletín había desaparecido!
Regresó a la salita y siguiendo la dirección de la mirada
de Susana abrió el cajón donde guardara la pistola. También ésta había
desaparecido.
Por la abierta ventana llegó el ronquido de un automóvil
al ponerse en marcha. Duke se asomó a la ventana y vio el coche que se apartaba
de la acera. No le hubiese sido nada difícil disparar las seis balas que le
quedaban en el cargador contra el auto. Lo hubiese alcanzado y seguramente
habría herido al conductor o a sus ocupantes; pero, ¿y si no era aquel el coche
en que huían los autores de aquella doble agresión? En la duda prefirió
abstenerse.
Volvió al dormitorio, y de su maleta sacó una botella de
bencina; con un algodón empapado humedeció el esparadrapo y lo fue arrancando
con gran cuidado. Luego hizo lo mismo con das muñecas y los tobillos. Mientras
hacía esto último, Susana le explicó:
—A los pocos minutos de marcharte abrieron la puerta y
entraron Barbarroja y otro. Barbarroja ya no llevaba la barba, pero empuñaba
una pistola con silenciador. Me aseguró que mi vida no le importaba lo más
mínimo y que me mataría si yo lanzaba el menor chillido. Estoy segura de que lo
hubiera hecho. En seguida, mientras Barbarroja me enseñaba su pistola, el otro
entró en el dormitorio y salió con la maleta, luego echaron una mirada a su
alrededor, y como si la hubieran olido encontraron la pistola. Barbarroja la
guardó y en seguida el otro me empezó a aplicar esparadrapo. Antes de marcharse
me encargaron que te dijese que no fueras tan entrometido y que podías darte
por satisfecho por haberte librado con tan poco daño del lío en que te habías
metido. Creo que tienen muchísima razón.
Duke miró de reojo a su novia, sonrió y por fin no dijo
nada. Pero su cerebro trabajaba vertiginosamente, aunque al cabo de varios
minutos el joven se vio obligado a reconocer.
—No entiendo gran cosa de lo ocurrido; tal vez porque hay
tantas explicaciones que ninguna me convence. Mañana hablaremos con el jefe de
Policía.
—Por favor, Duke. Yo fui quien complicó las cosas. Ahora
te pido que no las compliques tú. Deja que Barbarroja haga lo que quiera en
Boston. Nosotros debemos volver a Nueva York. Con tal de casarme, tanto me da
Boston como Manhattan.
—Está bien; pero de todas formas yo quiero hablar con el
jefe de Policía.
Susana lanzó un suspiro. Si ella hubiese llegado a
sospechar las complicaciones que iban a producirse por seguir a aquel hombre de
la barba roja, nunca habría pedido d su novio que se lanzara a aquella
aventura. Pero, ¿quién iba a sospechar que ocurrieran tantas cosas
emocionantes? Si por lo menos fuesen las últimas.
CAPÍTULO III
MISTERIO SIN SOLUCIÓN
El jefe de Policía de Boston no demostró ningún entusiasmo
al ver a Duke Straley.
—Desde luego, conozco sus buenas relaciones con mi colega
de Nueva York —admitió, y el admitirlo pareció costarle un esfuerzo—; pero todo
lo que me dice es muy vago. Ni siquiera he querido que los periodistas hablen
de ello.
—Pero el hombre asesinado...
—No hay ningún hombre asesinado —interrumpió el jefe.
—Usted perdone; en una de las calles de Boston, creo que
en la de Farrell, asesinaron a un hombre y...
El jefe de Policía movió, negativamente a cabeza.
—No, no. Hubo un tiroteo; pero no resultó nadie muerto.
Duke miró, suspicazmente, al jefe de Policía. ¿Se estaba
burlando de él? No parecía que fuese así; pero de todas formas podía
sospecharse...
—Un policía que estaba de guardia por aquellos lugares oyó
cuatro disparos de pistola y corrió a ver lo que ocurría —dijo el jefe—. Cuando
llegó al lugar encontró en el suelo varias cápsulas vacías y un poco de sangre;
pero ningún muerto.
—Había un muerto. Yo lo vi —aseguró Duke.
El jefe de Policía paseó sobre él una vaga mirada.
—Le creo —murmuró como si hablase a alguien a quien no
pudiese ver—. Es usted amigo del señor Mehl y goza de merecida fama. ¿Por qué
iba a decirme una mentira? Estoy seguro de que mataron a alguien; pero en ese
caso estoy seguro también de que los asesinos se llevaron el cadáver en un
coche, lo metieron en un molde dentro del cual echaron agua y cemento, y cuando
el cadáver quedó dentro de un sólido bloque lo tiraron en alta mar. Nunca más
lo veremos. El sistema fue muy utilizado en los tiempos de la Ley Seca; pero
aún se suele emplear cuando los gangsters quieren librarse de alguien sin dejar
atrás el molesto testimonio de su cadáver.
—¿Y lo que sucedió en mi hotel?
De nuevo el jefe de Policía le dirigió una acuosa mirada.
Luego acaricióse la barbilla y por último explicó:
—La gerencia del hotel nos ha asegurado que no ocurrió
nada.
—Pero... —empezó Duke.
El jefe le detuvo con un ademán.
—Es lógico —dijo—. Al hotel no le interesa publicidad
sobre un suceso semejante. Contra su declaración y la de la señorita Cortiz se
opondrá la declaración en masa de todos los empleados del hotel. No quieren que
se diga que allí pueden ocurrir sucesos como el que desgraciadamente ocurrió
ayer noche. Los huéspedes abandonarían el establecimiento. Nadie querría ir
allí a excepción de los amantes de las emociones fuertes. Usted no se
embarcaría en una barca que ya se hubiese hundido algunas veces. Usted tampoco
iría a un hotel donde se amordazase al encargado del registro, donde se
amordazase a una huésped y donde se robara una maleta llena de dinero a uno de
los clientes.
—Entonces, ¿van a dejar ese asunto sin resolver?— preguntó
Duke.
El jefe se encogió de hombros.
—¿Qué solución puede ofrecernos usted? —preguntó.
—Yo no soy la policía —replicó Duke.
—Es usted muy afortunado, se lo aseguro. Yo quisiera
hallarme en su puesto. Sabemos que se ha cometido un crimen y no tenemos el
cadáver. Sabemos que se ha robado una maleta, y a la declaración de dos
testigos se opone la de veinte que niegan que eso sea cierto. No hay pruebas
materiales. ¿Qué podemos hacer?
—Buscar a ese pelirrojo de quien le he hablado.
El jefe de Policía adoptó la resignada actitud del caballo
sobre el cual cargan demasiados bultos. Pulsó una clavija del teléfono de
altavoz y preguntó:
—¿Has encontrado ya las fichas que encargué?
—Sí, señor —replicó otra voz—. ¿Quiere que se las lleve?
—Sí.
Un momento más tarde entró un joven con un puñado de
fichas que entregó al jefe, saliendo en seguida. El jefe las pasó, sin mirarlas
a Duke, explicando:
—Estas son las fichas de todos los delincuentes de cabello
rojo que figuran en nuestro archivo. ¿Conoce a alguno?
Duke contempló veintisiete desagradables rostros y al fin
devolvió las fichas, declarando:
—No... no está. Claro que el cabello era teñido y la barba
postiza. Pero tal vez la descripción de su figura...
—No corresponde a ninguno de nuestros delincuentes
locales.
—Veo que no desea colaborar.
—No puedo hacerlo, señor Straley. No puedo. Nada me sería
tan grato como apresar a un asesino; pero sin el cuerpo del delito y sin
ninguna acusación concreta...
—Yo presento una acusación —interrumpió Duke—. Fui atacado
en...
—Un momento. Le robaron a usted un maletín con una
cantidad de billetes de veinte dólares que usted fija aproximadamente en cien
mil dólares; pero...
El jefe de Policía movió cansadamente la cabeza. Luego
prosiguió:
—Pero ese dinero no era suyo, señor. Usted lo robó antes.
—¿Cómo se atreve a decir una cosa semejante? —protestó
Duke.
Su interlocutor suspiró profundamente. Era la imagen del
cansancio absoluto.
—Perdone si he hablado así. Creo que usted nos hubiese
entregado aquel dinero; pero lo cierto es que usted no puede decir que le ha
sido robado ni un centavo. Lo que le quitaron pertenecía a otro. Y ese otro no
lo reclama por la sencilla razón de que esta muerto; pero no podemos decir que
esté muerto porque no tenemos su cadáver. Sin cuerpo del delito no hay delito.
Si no le han quitado nada que fuese suyo, no hay robo.
Sonó el zumbador del teléfono y la voz del telefonista
anunció:
—Ha vuelto Worsley, quiere hablar con usted.
—Que entre en seguida —replicó el jefe.
El agente Worsley parecía tan cansado, tan decepcionado,
tan harto de su oficio como el propio jefe. Un cigarrillo humeaba, como a
desgana, colgado de la comisura de los labios del agente. Éste dejóse caer en
un sillón y entornó el ojo izquierdo, dentro del cual se había metido un poco
de humo, Despegóse con mucho cuidado el cigarrillo, abrió el ojo y por fin
anunció:
—John Osman es el único que ha desaparecido.
Duke tuvo la impresión de que el jefe de Policía se
trocaba de perro pachón, viejo, comido por las pulgas y las moscas, en un fox
de pelo duro, dispuesto a ladrar saltar, luchar con el aire si era preciso e
imponer sus nervios y su ardiente sangre. Abandonó toda su indiferencia y
mirando a Worsley, comentó:
—Eso explicaría algunas cosas, ¿no?
—Muchas; tal vez demasiadas —replicó Worsley—. Ayer noche
salió de su casa y aún no ha vuelto. Llevaba una cartera de documentos y por la
mañana retiró cincuenta mil dólares de sus ocho Bancos.
—¿Para qué? — preguntó vivamente el jefe.
Worsley le miró como si le hubiese ofendido.
—Ya sabemos para qué quiere Osman el dinero. Por lo menos,
yo lo sé.
El jefe dirigió una dura mirada al agente, luego sonrió,
divertido.
—Claro —dijo—. Lo sabemos.
Abrió un cajón de su mesa y sacó de él un archivador,
dentro del cual había ordenadas alfabéticamente una colección de fotografías.
Del espacio reservado a la "O" sacó una y después de leer lo que
estaba escrito detrás la tendió a Duke, preguntando:
—¿Le conoce?
En la brillante cartulina Duke reconoció el rostro del
hombre del maletín, a quien había visto, por última vez, muerto en la calle
Farrell con el cuerpo lleno de plomo.
—Es el que mataron —dijo—. El que estuvo en el teatro y
retiró el maletín del guardarropa. ¿Quién era?
—Un famoso perista. Comerciaba con todo lo que se robaba
en Boston. Era tan listo que nunca pudimos reunir ninguna prueba contundente
contra él —explicó el jefe de Policía—. Abrigaba la esperanza de que algún día
le cogiéramos con las manos en da masa; pero esa esperanza ya ha pasado. Si
está muerto no podremos meterle en la cárcel. Los ladrones de la ciudad van a
sentir mucho su desaparición. Eso abre nuevas posibilidades de especulación.
Osman lo compraba todo. Desde un camión hasta un brillante. —¿Incluso dinero?
—preguntó Duke.
—Creo que ese era uno de sus mejores negocios. Es muy
corriente que los autores de un robo importante de dinero se encuentren con que
no pueden gastar el dinero robado porque la policía tiene la numeración de los
billetes y el pasarlos es demasiado peligroso. Se han dado casos en que los
ladrones de algún Banco se han visto obligados a quemar los billetes que
robaron porque les resultaban demasiado comprometedores. Lo mismo ocurre en los
casos de secuestro, cuando los que han de pagar el rescate lo hacen de acuerdo
con la policía, con billetes marcados. Esos billetes queman como plomo fundido.
Pero hay algunos, hombres, como Osman, que son la salvación de esos bandidos.
Por la mitad de su valor compran esos peligrosos billetes y los colocan en el
extranjero. Cuando la policía da la voz de alarma con relación a determinados
billetes de Banco, lo hace calculando que esos billetes se encuentran en el
país. Y de pronto, aparecen todos en Londres, París, Bruselas, La Haya o
Barcelona. Y allí nada saben de lo ocurrido en Boston, Nueva York o Chicago, y
si lo saben no les importa. Ellos poseen unos billetes por los cuales han
pagado libras esterlinas, francos, florines o pesetas, y el gobierno de los
Estados Unidos debe responder por su valor. Si acaso encargarán a sus
respectivas policías que busquen a los que pasaron los billetes; pero... ¿cómo
alcanzarlos allí si aquí no podemos dar con ellos? Lo mismo ocurre con los
autos robados y las joyas; pero, ¿qué saben de ello los policías de Berna o de
Madrid?
—Eso podría significar que aquellos billetes de veinte
dólares eran el pago de algún rescate o producto de un robo, ¿eh?
—Acaso —admitió el jefe de Policía.
Duke movió negativamente la cabeza.
—No lo creo —dijo—. Sospecho algo más sagaz; algo que
demostraría una formidable inteligencia. Por primera vez en su vida, Osman
habría sido víctima de sus propias trampas.
El jefe de Policía y Worsley escucharon atentamente a
Duke. Éste siguió:
—Osman debió de recibir la visita de Barbarroja o de
alguno de sus cómplices que le explicó una bonita historia. Habían secuestrado
a un chiquillo, o a un hombre o mujer, y habían pedido cien mil dólares
contando con que al pasar cuentas no les quedaría tanto. La familia los había
pagado y, aparentemente, la policía no había sido informada; pero... el rescate
había sido pagado en billetes de veinte dólares, nuevos y de numeración
correlativa. Esto hacia sospechar que por debajo mano la policía estaba bien informada
y esperaba, cazar a los secuestradores. Para éstos, de acuerdo con la Ley
Lindbergh, había la pena de muerte. Asegurar la vida bien valía reducir en algo
los cien mil dólares recibidos. El perista aceptó la historia como verídica. Si
tenía informadores en la policía éstos debieron de confirmarle la explicación
dada por los otros. Oficialmente no se sabía nada de aquel secuestro; pero bien
podía tratarse de algo conocido sólo por los altos jefes. Osman aceptó el
trato. Ofreció cincuenta mil por los cien mil. Los otros, como si estuviesen en
unas condiciones en que no cabía elegir, aceptaron. Se convino que uno de
ellos, disfrazado con una barba roja, iría al teatro Emporium y depositaria en
el guardarropa un maletín conteniendo los cien mil dólares. Luego, en el lavabo
de caballeros, entregaría el talón a Osman. Éste pediría el maletín, examinaría
el dinero y entregaría los cincuenta mil dólares en billetes no marcados,
sacados del Banco para aquella transacción. El negocio era magnífico para él.
—Pero en realidad aquellos cien mil dólares no procedían
de ningún secuestro ni de robo alguno —sonrió el jefe de Policía.
—Eran billetes legítimos —dijo Worsley.
—Exacto —replicó Duke—. Era una trampa. Era el queso que
mordió el ratón Osman y que le costó la vida. Porque el plan de los asesinos
era quedarse con los cincuenta mil de Osman, recuperar los cien mil legítimos y
hacer un negocio mucho mejor que el planeado por el perista. Sin embargo, debía
de tratarse de gente bien conocida por Osman. No bastaba con quitarle el
dinero; había que impedirle que se vengara. Un hombre como Osman ha de tener,
por fuerza, muy poderosos amigos en el reino del hampa. Si se veía robado y
engañado, se vengaría terriblemente. Al mismo tiempo, sólo hubiera hecho un
negocio así con gente a quien creyera de confianza. Por eso los autores del
plan tuvieron que matarle. Así recuperaban el dinero y se evitaban una
venganza.
Worsley bostezó ruidosamente.
—Una solución perfecta. Un caso resuelto; pero en
realidad, un misterio tan tenebroso ahora como ayer. Mientras no aparezca el
cadáver de Osman no podemos hacer nada, por muchas cosas que creamos haber
dilucidado. El misterio sigue siendo misterio. Y si algo pesa mi práctica de
tantos años, sigan mi consejo: olvídense de lo ocurrido, porque nunca más se
sabrá nada de ello. Si Osman está en el fondo del mar, dentro de un bloque de
cemento, allí permanecerá hasta que los ángeles bajen a partir el bloque para que
él pueda acudir al juicio Final. Dentro de veinte años sus herederos, si los
tiene, podrán solicitar que se le dé por oficialmente muerto. Y en cuanto a los
que le mataron, ya procurarán no volver a ponerse al alcance del señor Straley.
Y cómo yo he hecho ya todo lo que podía hacer y no he dormido en toda la noche,
voy a descabezar un sueño en cualquier rincón.
Worsley se puso en pie, ahogó un bostezo y saludó con un
fláccido ademán a su jefe y a Duke, salió de la oficina del jefe Superior de
Policía. Éste volvió a sumirse en su aspecto de perro pachón desengañado del
mundo y de la vida, y Duke, después de aguardar unos momentos, se encogió de
hombros y salió de la oficina sin que su propietario pareciese darse cuenta de
que se marchaba.
CAPÍTULO IV
PETICIÓN DE AUXILIO
Duke extendió sobre la mesa de su despacho en Nueva York
las cartas recibidas durante su ausencia. Las de algún interés eran sumamente
escasas. Susana se sentó en el sillón colocado frente a la mesa y cogió una de
las cartas. Cuando la hubo leído explicó:
—Un tal señor Blane te ofrece cincuenta mil dólares si le
obtienes las pruebas de la infidelidad de su mujer.
—Amos Blane me daría luego medio millón para que le
consiguiera el divorcio de la actriz de Hollywood con quien está deseando
casarse —replicó Duke, dejando las cartas que tenía entre las manos—. Parece
mentira lo que ciertos hombres hacen al llegar a cierta edad. Amos Blane está
casado con una mujer a la cual debe el haber subido de dependiente de un
comercio de ropas confeccionadas a propietario de los Establecimientos Blane,
es decir, de ganar un sueldo de sesenta dólares al mes a ganar cuatro o cinco
millones al año.
—¿Y ahora se quiere separar de ella? —preguntó Susana.
—Se imagina que ha llegado demasiado alto y que su mujer,
en cambio, ha permanecido demasiado bajo. No se da cuenta de que piensa con la
misma imbecilidad con que pensaría una estatua que despreciara al pedestal
sobre el que se encuentra. La señora Blane ha aceptado en la vida el papel de
pedestal, y su marido no comprende que si está muy alto es porque su pedestal
es altísimo y muy sólido. En su juventud, la señora Blane no fue, precisamente,
una mujer a quien se pudiera poner como ejemplo. De los dieciocho a los
veinticinco años se dedicó a hacer la felicidad de unos cuantos hombres sin
exigirles que se casaran con ella. Ellos agradecieron su desinterés aumentando
la cuenta corriente que ella tenía en su Banco. Un día conoció a Amos Blane y
se interesó por él. Escuchó sus fantásticos proyectos y ella, aunque más joven,
sugirió algunas alteraciones más prácticas. Amos se entusiasmó y Sarah le
ofreció veinte mil dólares para que realizara sus sueños. Él aceptó. Al poner
en práctica sus sueños, Amos Blane fracasó rotundamente. Olvidó sus consejos y
sólo fió en su inteligencia. La realidad le demostró que tenía mucha menos que
la que él imaginaba. Sarah, en vez de lamentarse por la pérdida de su dinero,
le dijo que aún le quedaba lo suficiente para repetir la prueba y le prestó
veinte mil más. En cuanto se vio con dinero, Amos olvidó nuevamente consejos e
indicaciones y en medio año liquidó los veinte mil dólares. Los
Establecimientos Blane se vieron al borde de la ruina; mejor dicho, estaban en
plena bancarrota. Sarah repasó sus cuentas y vio que aún le quedaban treinta
mil dólares. Entregó veinticinco mil a Amos y le animó a probar por tercera
vez. Amos, al verse nuevamente con dólares en su poder, puso en práctica sus
últimos sueños, mejoró el aspecto de sus almacenes y en tres meses volvió a
pasar de la opulencia a la ruina.
—¿Estaba Sarah enamorada de él? —preguntó Susana.
—Claro; pero él no lo comprendía y puede que ella tampoco.
Amos, que sabía que Sarah le había entregado lo último que poseía, llegó a
pensar en el suicidio como única solución. Es lo que suelen hacer los hombres
de poco nervio, Sarah lo comprendió y buscándole a tiempo le impidió cometer la
suprema locura, después vendió todo cuanto era superfluo en su vida, o sea
joyas, pieles, su automóvil, sus muebles y se casó con Blane. Luego, con los
últimos veinte mil dólares que pudo reunir tomó el timón del negocio y lo llevó
por tan buen camino que al año todo se había salvado, a los dos años lo
engrandecían y a los seis construían el rascacielos Blane. Aquel día Amos
entregó a su mujer un cheque por valor de seis millones. Estaba seguro de que
todo lo había ganado él y que pagaba muy generosamente la ayuda de su mujer.
Alguien me dijo que Sarah Blane lloró amargamente sobre aquel cheque. Sin
embargo, tuvo el buen sentido de no romperlo, de cobrarlo y de reforzar su
cuenta corriente. Su marido se sintió tan aliviado después de pagar aquel
dinero que, en seguida, empezó a tontear con Lora Moran, la actriz que acaba de
triunfar en...
—En "La Luna nos contempla" —dijo Susana,
sonriendo—. Es una buena película, bien trabajada y mejor dirigida.
—Amos Blane aportó el capital —siguió. Duke—. —El director
Larry Jaffray recibió una fortuna y la película costó otra fortuna aun mayor;
pero el éxito ha sido tan grande que creo que Blane aún ha ganado algún dinero.
Ahora se quiere casar con Lora Moran y me pide que le consiga el divorcio de su
mujer...
—Los hombres son unos sinvergüenzas —declaró Susana.
—Ciertos hombres, nada más —sonrió Duke—. Le contestaré
que como un favor especial le impediré que se case con la Moran y abandone a la
mujer a quien tanto debe.
—Él no te lo agradecerá.
Duke se encogió de hombros.
—Ya lo sé —dijo—. Es natural que no me lo agradezca. El
niño a quien le impiden comer una golosina que puede intoxicarle no agradece el
interés que se toman por él. Pero no es cosa de dejarle que pe envenene.
Examinemos las otras cartas. En ésta me piden quinientos dólares para una
operación quirúrgica. Les diré que envíen al enfermo a un hospital y que yo
abonaré los gastos. A lo mejor les doy un disgusto.
Una hora más tarde sonó el timbre de la puerta, y Butler
entró con dos cartas que el cartero acababa de traer. Una de ellas no era más
que una circular ofreciendo un nuevo tipo de aspirador de polvo Sin ninguno de
los defectos de los anteriores y con una serie tal de ventajas que parecía
imposible se pudiesen reunir en un solo aparato. Duke lo tendió a Susana,
diciendo:
—Puede que nos sirva para nuestro futuro hogar...
Susana no replicó. Estaba examinando el otro sobre y
tendiéndolo a Duke dijo:
—Juraría que esta letra es la del señor Blane.
—Sí, es suya —dijo—. Seguramente insistirá en su oferta.
Estaba a punto de tirar, disgustado, el sobre a la
papelera, cuando, cambiando de opinión, lo abrió y sacó el papel que iba
dentro. Al leer lo escrito su expresión cambió por completo. De disgustada se
trocó en llena de interés.
—Oye esto —dijo Susana. Y leyó lo siguiente:
"Señor Straley: Olvide lo que le pedí en mi carta
anterior. Fue una locura. No puedo telefonear. No puedo hacer nada, excepto
enviarle esta carta que no sé, siquiera, si llegará a sus manos. Estamos todos
en mi casa de Elmwood Lake. Mi mujer, mi hija y doce invitados. Están
ocurriendo cosas misteriosas. No sé si son fantasmas o seres de carne y hueso,
o si todo es una desagradable broma. Hemos querido marcharnos y los autos que
guardábamos en la orilla opuesta del lago fueron destrozados. Quise irme a pie
y me arrancaron de un tiro el sombrero cuando cruzaba el bosque. Al volver a
casa encontré una nota en mi despacho. Se me exigía que mis invitados, mi
familia y yo abandonáramos la finca y no dijésemos ni una palabra de lo que
sucedía. Mi hija y mi mujer serian las primeras víctimas de nuestra
indiscreción. No me gustan las amenazas y por medio de un chiquillo vagabundo
le envío esta carta. Venga a Elmwood y termine con esa gentuza; pero no de
publicidad al hecho. Cometí la estupidez de invitar a Lora Moran, y ella está
deseando el escándalo para exigirme una indemnización. Repito que he sido un
estúpido. Venga y le pagaré lo que me pida, por mucho que sea. No tengo tiempo
para darle más explicaciones. Las líneas telefónicas han sido cortadas. Amos
Blane".
—¡Sí que ha cambiado Amos Blane! —dijo Susana—. Por lo
visto ya está deseando verse libre de Lora Moran. Me muero de ganas de ir a ver
lo que sucede en el lago Elmwood. ¿Dónde está eso?
Duke extendió sobre la mesa un mapa de la parte Noreste de
los Estados Unidos, y con un lápiz señaló una manchita azul junto a la frontera
canadiense.
—Este es el lago —dijo—. El camino más breve está en ir en
avión hasta el campo de aviación de Wahoo, en el Canadá y luego, por un camino
de cuarto o quinto orden, descender hasta más allá de la frontera, cruzar en
lancha el lago y llegar a casa de los Blane. También se puede ir en auto desde
Nueva York; pero tardaríamos muchas horas.
—¿Yo también iré? —preguntó Susana.
El timbre del teléfono la interrumpió.
Duke cogió el receptor y en cuanto preguntó quién llamaba
le respondió una voz de mujer que preguntó ansiosamente:
—¿Es usted el señor Straley? ¿Duke Straley?
—Sí. ¿Quién llama?
—Ha recibido usted una carta de Amos Blane. No acuda a su
llamada. No vaya a Elmwood Lake.
—¿Por qué? —preguntó Duke, haciendo seña a Susana para que
descolgara uno de los auriculares complementarios y escuchase la conversación.
—No se lo puedo decir. Pero siga mi consejo. No vaya hoy a
Elmwood Lake. Ni mañana ni pasado. Vaya la semana próxima, si quiere. Entonces
no importará. Olvide lo que le dice Blane en su carta. Es mejor para usted y
para él, y también para su esposa y su hija, que se porte usted como si no
hubiese recibido esa carta.
—Lo siento, señorita; pero no me va a ser posible portarme
así. He recibido una carta y creo que acudiré a la cita. ¿Qué me sucederá si lo
hago?
—A usted, puede costarle la vida. A Blane le costará,
además de la vida, la muerte de su mujer y de su hija. No bromeamos.
—Emplea usted un tono impropio de una señorita —comentó
Duke.
—Los otros emplearán un tono muy distinto, señor Duke. No
tolerarán que se entrometa de nuevo en... —la mujer vaciló, como si de pronto
se diese cuenta de que había hablado excesivamente.
—¿Dónde no he de volver a entrometerme? —preguntó
suavemente Duke.
—En los asuntos que no le importan —replicó la mujer—.
Tiene demasiada afición a hacerlo y algún día se arrepentirá demasiado tarde.
—Perfectamente. Como nunca me he arrepentido de nada,
estoy deseando ver qué efecto me produce arrepentirme.
—¿Piensa ir a Elmwood?
—Claro.
—No lleve con usted a la señorita Cortiz. Las mujeres no
pueden resistir ciertas emociones. Adiós.
Oyóse un chasquido al otro extremo de la línea. La mujer
había cortado la comunicación. Duke colgó también el teléfono y acariciándose
la barbilla miró a Susana. Ésta le miró, también. Estaba inquieta.
—No vayas —dijo.
—Ya sabes que iré —replicó Duke—. Ahora más que nunca. Tú
no necesitas acompañarme.
—Pero te acompañaré.
—Cometerás una tontería.
—No mayor que la tuya.
—¿Te fijaste en lo que dijo acerca de que yo me había
entrometido otra vez en sus asuntos?
—No lo dijo claro.
—Pero lo dio a entender —replicó Duke—. —¿Qué misterio
debe haber en el Lago Elmwood?
—Un misterio que alguien trata de que no sea descubierto.
—Hoy es una fecha importante para esa pandilla —dijo
Duke—. Porque estoy seguro de que existe una pandilla. También estoy seguro de
que si yo pensara ir a Elmwood dentro de tres días, ellos se alegrarían y nadie
me impediría el paso.
—Lo que deben hacer en Elmwood debe de ser algo grave
—dijo Susana—. ¿Por qué no lo han hecho ya?
Duke la miró con exagerado asombro. Luego declaró:
—Has dado en el clavo, Susana.
—Si he dado en él ha sido porque no lo veía —replicó la
joven—. ¿Qué quieres decir?
—Todo el misterio y toda la explicación está en esa
pregunta. ¿Por qué no lo han hecho ya? ¿Por qué? Algo les faltaba que ya tienen
o van a tener. ¿Qué puede ser?
Duke y su novia se miraron en silencio. La respuesta a
aquella pregunta no tenía nada de fácil. Por fin, Duke decidió:
—Yendo a Elmwood lo sabré.
—Lo sabremos —rectificó Susana.
—Ya veremos —replicó Duke—. Antes quiero averiguar qué
clase de enemigos tenemos. No creo que se conformen con un simple aviso
telefónico. Harán algo más.
Duke iba a levantarse cuando nuevamente sonó el timbre de
su teléfono. Descolgando el aparato preguntó quién le llamaba. Una voz que le
resultó vagamente familiar preguntó:
—¿Es usted Duke Straley?
—Sí. ¿Quién me llama?
El otro hizo como si no hubiera escuchado la pregunta y
siguió:
—Me tienen acorralado y no puedo salir; pero usted sí
puede entrar. Le daré algo que ellos buscan. Estoy en la habitación mil
doscientos once del Hotel Bergson.
—¿Por qué no avisa a la policía? —preguntó Duke.
El otro respondió con una agria risa.
—Cuando hace demasiado calor no hay que acercarse al
fuego, sino al agua.
—¿La policía es fuego para usted? —preguntó Duke.
—Sí, lo es; por eso no la llamo. No pierda más tiempo y
venga en seguida. Son muchas las cosas que debo decirle.
Sin esperar la respuesta de Duke, el otro colgó el
teléfono, cortando así la comunicación.
Susana, que había escuchado la conversación, dijo:
—Me parece conocer esa voz. La he oído; pero no puedo
recordar dónde. Parece que también pide auxilio.
—Sí, lo pide en cierto modo. Sólo en cierto modo. Espera
poderse salvar antes de que yo llegue al Hotel. Por eso no me ha dicho su nombre.
No quiere descubrirse si sus planes salen bien. Si fracasan se pondrá en mis
manos.
—¿Vamos hacia el Bergson? — preguntó Susana, levantándose.
Duke asintió con la cabeza y dirigiéronse al garaje por un
pasillo interior. Una vez en el auto salieron por las puertas que se abrían
automáticamente y fueron hacia el Hotel Bergson. A unos quinientos metros de su
casa, Duke tuvo que frenar, obedeciendo a la orden de una señal luminosa.
Mientras esperaba la oportunidad de seguir adelante, un taxi se detuvo junto a
su coche y al reanudarse la circulación, una mano tiró desde dentro del taxi un
paquetito al interior del coche de Duke, provocando un chillido de Susana, que
cogiendo el paquete se disponía a tirarlo fuera cuando Duke la contuvo. Se
trataba sólo de una piedra en torno a la cual se había atado un papel.
Deteniendo el coche junto a la acera, Duke desató el papel y leyó:
"Señor Straley: Esto pudo haber sido un cartucho de
dinamita y ahora se encontraría usted hecho pedazos, como se encontrará si
insiste en ir a Elmwood. Piense en su matrimonio y en lo desgraciada que se
sentiría su novia si, en vez de acompañarle al altar, tuviese que acompañarle
al cementerio".
Duke guardó el mensaje y reanudó la marcha sin hacer
ningún comentario a pesar de que Susana se los pedía insistentemente con los
ojos.
Por fin el coche se detuvo junto a la acera opuesta al
Hotel Bergson y Duke y Susana descendieron, cruzando la calle en dirección al
Hotel. Cuando iban a entrar se cruzaron con una mujer que salía llevando en la
mano un pequeño maletín. Duke se fijó en ella porque era muy atractiva y
también porque advirtió la mirada de sorpresa que la mujer le dirigía, como si
le conociese y no hubiese esperado verle allí. Pero todo esto ocurrió en un
momento y al siguiente la mujer había subido a un auto que se alejó en seguida.
En el vestíbulo del Bergson no se advertía la presencia de
ninguno de los enemigos que amenazaban al ocupante del cuarto 1211. Duke y
Susana se dirigieron a los ascensores y entrando en uno de ellos subieron al
quinto piso, donde estaba la habitación que buscaban.
La puerta del 1211 estaba cerrada con llave y nadie
respondió a las llamadas de Duke. Éste miró a su alrededor y viendo a una
camarera que se disponía a entrar en una habitación, llevando bajo el brazo
unas toallas, la llamó. Cuando la mujer estuvo ante él, Duke sacó un billete de
diez dólares y agitándole suavemente, comentó:
—Me gustaría entrar en esta habitación —señaló la 1211—.
Nadie contesta. A lo mejor su ocupante está dormido.
La camarera tomó el billete, lo guardó sin rubor alguno
entre una media y la carne y luego explicó:
—Voy a entrar a cambiar las toallas de esta habitación. No
puedo impedir que ustedes me sigan; pero si tratan de llevarse algo chillaré.
¿Comprenden?
—Desde luego —sonrió Duke.
La camarera metió en la cerradura la llave maestra que
utilizaba para entrar en las habitaciones, y empujó la puerta, dio unos pasos
hacia adentro y de pronto, lanzando un chillido cuyo eco debió llegar hasta el
vestíbulo del Hotel, cayó hacia atrás como si fuese un poste. Duke la recibió
en sus brazos y en seguida la depositó en el suelo. Después entró en la
habitación seguido por una pálida y vacilante Susana.
En uno de los sillones de la estancia se hallaba sentado
un hombre en el centro de cuya frente se veía un negro agujero producido por
una bala del nueve corto. Un hilillo de sangre había resbalado, bordeando la
nariz, hasta la boca del muerto. En la estancia se advertía aún el irritante
olor de la pólvora quemada.
El espectáculo hubiera carecido de toda emoción para Duke,
si en aquel hombre, a pesar de su negra cabellera y negras cejas, no hubiese
reconocido a Barbarroja, o sea al hombre a quien habían seguido hasta el
teatro, en Boston, a quien luego habían visto asesinar a John Osman y a quien,
por último, Susana había visto en el Hotel, cuando fue a recuperar el maletín.
—¡Ya recuerdo! —exclamó ahogadamente, Susana—. Fue él
quien telefoneó.
Duke asintió con la cabeza. También él recordaba la voz de
Barbarroja, quien le había hablado por teléfono en Boston, fingiéndose policía,
para hacerle salir de la habitación.
Susana y Duke se miraron. La primera estaba muy pálida y
hacía difíciles esfuerzos para no mirar el desagradable cadáver; pero a su
pesar, poco a peco, su mirada volvía hacia aquel cuerpo tendido en el sillón.
Por fin Duke fue al teléfono y pidió al telefonista:
—Póngame en comunicación con la jefatura Superior de
Policía, con el señor Max Mehl.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó con temblorosa voz el
telefonista.
—Póngame la comunicación que le he pedido y escuche lo que
diré. Entonces lo sabrá.
—Pero...
—Está usted entorpeciendo la acción de la justicia
—interrumpió Duke—. Han asesinado a un huésped del hotel y cuanto antes llegue
la policía, mejor.
Oyóse una ahogada exclamación y medio minuto más tarde
Duke estaba hablando con Mar Mehl.
CAPÍTULO V
EL VIAJE
El Jefe de Policía se frotó lentamente las manos, después
miró a Duke y preguntó:
—¿Por qué lo han matado?
—Porque tenía un maletín con cien mil dólares en billetes
de veinte dólares —respondió Duke—. Una señorita fue la encargada de meterle
esa bala en el cerebro.
—¿Sabes quién es ese hombre? —preguntó Max, señalando el
cadáver.
—Aún no tengo tan buenas relaciones como usted —respondió
Duke.
—Es, o mejor dicho, era Louie Yerbie. Perteneció a la
banda de Mike Ferrara. Era algo así como su lugarteniente. Mike Ferrara
desapareció hace tiempo y no se ha vuelto a saber de él; pero se sospecha que
un cirujano plástico le alteró las facciones. Ganó bastante dinero en el
tráfico de alcohol y se retiró a tiempo. Cuando los federales empezaron a
buscar las cosquillas a los antiguos contrabandistas, acusándolos de no haber
pagado los impuestos de la renta, Mike Ferrara salió un día de su casa a la vista
de todo el mundo y se hundió en la noche. Cuando se quiso saber qué había hecho
de su dinero, se supo que lo había retirado todo unos días antes.
—¿Louie no pudo explicar nada?
—En absoluto. Fue detenido y sometido al tercer grado
durante una noche entera y sólo se pudo llegar a la conclusión de que si sabía
algo lo disimulaba muy bien. Se le vigiló durante un par de años y nunca se le
pudo acusar de que supiese lo que había sido de su jefe.
—En Boston asesinó a un tal Osman, perista muy famoso;
pero supo hacer desaparecer el cadáver tan bien que a Osman se le da por
desaparecido, no por muerto.
—Una de las especialidades de Mike Ferrara fue la de no
dejar nunca atrás un cadáver comprometedor. En su ficha se le supone posible
autor de muchísimos delitos; pero no hay pruebas materiales de ninguno de
ellos.
—Bien, ahora tengo que marcharme —dijo Duke—. ¿Puedo
hacerlo?
Max Mehl se pasó una mano por las mejillas y moviendo la
cabeza, comentó:
—Acabas de llegar a Nueva York y ya te has visto metido en
un lío. Lo peor es que también me has metido a mí en uno. ¿Cómo te las compones
para que siempre te ocurran cosas?
Duke señaló por encima del hombro, con el pulgar de la
mano derecha, a Susana, explicando:
—En todo este lío me ha metido ella, Max. Yo le aseguro
que no deseaba complicarme la vida y que sólo quería casarme en Boston. Me
marché de allí para no verme enredado en las consecuencias de lo que había
ocurrido, y las consecuencias me han seguido hasta aquí.
—¿Por qué no te marchaste más lejos? —suspiró Max.
El regreso de uno de los agentes que habían bajado a
interrogar a los empleados del hotel interrumpió la conversación.
—La mujer a quien dice el señor Straley que vio salir
cuando él entraba está hospedada en el hotel. Es la señora Mary McAllister.
Espera que llegue su marido. Salió diciendo que iba a la estación. Llegó esta
mañana con dos grandes baúles. Ocupa la habitación mil doscientos quince.
Duke dirigióse a la puerta, seguido por Susana y cogiendo
la llave maestra que aun estaba en la cerradura salió al pasillo y fue a la
habitación 1215, que estaba dos puertas más allá. Max también le siguió y al
ver que se disponía a abrir aquella puerta le previno:
—Está prohibido entrar en una habitación sin permiso de su
ocupante.
—Me equivoco de cuarto, nada más —replicó Duke.
La habitación de Mary McAllister estaba vacía. Los baúles
de que habían hablado los del hotel estaban en el mismo sitio donde debían
haber sido dejados por los mozos que los subieron. Estaban cerrados; pero Duke
no tardó más de dos minutos en abrir el primero de ellos. Era un baúl barato,
cuyas cerraduras no habían sido hechas para guardar objetos de valor. La hoja
de un cortaplumas las abrió fácilmente.
—Por lo visto la señora McAllister se dedicaba a recoger
adoquines y ropa vieja —comentó Duke, señalando el interior del baúl, donde,
envueltos en sacos viejos y retales de ropa, se veían una colección de
adoquines de granito, destinados, sin duda alguna, a dar peso al baúl.
Mientras Max emitía en voz baja algunas interjecciones,
Duke fue al teléfono y pidió:
—Tenga la bondad de decirme qué llamadas telefónicas hizo
la señora McAllister. Es información para la policía.
La telefonista consultó el registro de llamadas y al fin
dio dos números, explicando:
—Al primero llamó dos veces. Al otro sólo una.
Max Mehl, que había observado la anotación de los números,
comentó:
—El segundo es el tuyo, ¿no?
—Sí —respondió Duke, recordando la llamada de aquella
misteriosa mujer que le había prevenido no fuese a Elmwood.
—¿Y qué dijo? —preguntó Max.
—Que no viniera a ver a Yerbie —insistió Duke—. No le hice
caso y... ya ha visto lo ocurrido.
Max miró suspicazmente a su amigo.
—¿De veras ocurrió eso? —preguntó, al fin.
—Es una buena respuesta, ¿no? — preguntó a su vez Duke.
—Sí... es una buena respuesta —admitió Max—. Veamos a
quién corresponde el otro número.
Desde Jefatura le informaron que el número aquel
correspondía a un bar próximo a la casa de Duke. Una llamada a dicho
establecimiento reveló, de acuerdo con la explicación del azorado propietario,
que un hombre de aspecto juvenil, vestido de azul marino, con camisa gris perla
y corbata azul moteada de rojo había entrado en el local anunciando que
esperaba unas llamadas telefónicas. Tomó dos whiskys dobles con soda y dijo
llamarse Louie. Le había llamado las dos veces una mujer. La misma a juzgar por
su voz. Después de la segunda llamada, Louie había salido apresuradamente. El
propietario del bar no había oído nada de las conversaciones telefónicas.
Max recomendó al propietario del bar que no repitiese a
nadie lo que había dicho y, colgando el teléfono, explicó a Duke la
conversación.
—Es curioso que se hiciera llamar Louie —comentó Duke—.
Louie Yerbie, ¿no?
—Louie Yerbie ha muerto.
—Sí. Asesinado. Y dando su nombre, uno de los culpables de
su asesinato cerraba el paso a todas las pesquisas. Tal vez lo hizo como una
burla a la policía, sabiendo, de antemano que la llamada sería descubierta.
Bien, Max, si no me necesita para nada me marcharé.
—¿Qué piensas hacer?
—Descubrir un misterio que cada vez me interesa más.
—Para ti todo esto es un deporte, y para mi una molesta
obligación —refunfuñó Max Mehl—. Estoy seguro de que si tuvieses que hacerlo
por fuerza no te gustaría.
—Hay otras muchas cosas que me gustarían mucho menos si me
obligaran a hacerlas —replicó Duke, dirigiéndose hacia la puerta, seguido por
Susana.
Una vez en la calle fue hacia su auto y a gran velocidad
marchó hacia el aeropuerto La Guardia.
—Nunca creí que de una barba postiza resultaran tantas
complicaciones — dijo Susana.
—Estamos sólo al principio —replicó Duke—. Las
complicaciones aumentarán muy pronto.
—Si no fuésemos a Elmwood se terminarían aquí, ¿no?
—Seguramente; pero el pescador que no echa el anzuelo bien
cebado no coge ningún pez.
—Pues yo tengo la impresión de que estamos haciendo de
cebo y no me gusta nada la idea.
Duke le palmeó suavemente las manos.
—Lo mejor que puedes hacer es quedarte en Nueva York. En
mi casa no te ocurrirá nada. Además puedes ir comprando todo cuanto necesites
para el ajuar de novia.
Susana negó con la cabeza.
—No lo haría hasta que todo esté resuelto —dijo—. Cada vez
que comprase tela para un vestido me haría la pregunta de si no sería
preferible comprarla negra, para luto, en vez de blanca para traje de novia.
Duke sonrió; pero no replicó nada. Siguió por la carretera
que conducía al famoso aeropuerto y, de cuando en cuando, observaba por el
espejo retrovisor si les seguía algún coche.
En el aeródromo dejó su coche en un garaje especial, donde
permanecería hasta que regresaran y dirigióse al edificio donde se despachaban
los billetes.
—Dos pasajes para el avión del Canadá —pidió Duke en el
despacho de billetes.
—¿A donde van? —preguntó el empleado.
—Bajaremos en Wahoo —dijo Duke.
El hombre le miró sorprendido.
—Hacía tiempo que no iban tantos pasajeros a Wahoo —dijo.
—¿Qué quiere decir? — preguntó Duke.
—En estos días he despachado varios billetes para allí
—respondió el hombre—. Y hace un momento aquella señorita ha tomado uno.
El empleado indicó con un ademán a una mujer que estaba de
espaldas a Duke y Susana. Ésta susurró:
—¡Es ella! La que vimos salir del Hotel Bergson.
Duke le indicó que callara, tomó los billetes y preguntó:
—¿A qué hora sale el avión del Canadá?
—Dentro de cinco minutos —replicó el de los billetes,
devolviendo el cambio a Duke.
Éste guardó dinero y pasajes y dirigióse hacia donde
estaba la mujer, que en aquel mismo instante salía del aeródromo. Su mano
derecha sostenía un maletín.
En el centro del aeródromo el avión del Canadá estaba
calentando sus motores. Junto a la escalera que daba subida a la cabina, un
oficial consultaba, impaciente, su reloj.
Aprovechando que se había interpuesto entre ellos y el
aparato un camión cisterna, Duke aceleró el paso y alcanzó a la mujer. Su mano
derecha se cerró sobre el maletín, y con un fuerte tirón lo arrancó. La mujer
volvióse, lanzó un grito de espanto y echó a correr hacia la salida del
aeropuerto. Duke vaciló entre seguirla, disparar sobre ella o dirigirse al
avión. Al fin se decidió por lo primero y corrió hacia la mujer, en tanto que
tras él se acentuaba el ronquido de los motores del aparato de línea. Cuando
alcanzaban la salida el avión empezaba a correr por la ancha pista de cemento.
En el mismo instante un auto Lincoln, que llegaba a gran velocidad, frenaba el
tiempo justo para que la mujer pudiese subir en él y reanudara la marcha
perdiéndose tras un cerrado viraje que tomó sobre dos ruedas.
Duke miró a Susana y murmuró:
—He hecho el imbécil. Esa mujer no pensaba tomar el avión.
Uno de sus cómplices iba en él y ha sido quien ha emprendido el viaje.
—Pero el maletín... —murmuró la joven.
—Si no está vacío estará lleno de adoquines o ropa vieja
—dijo Duke.
Abrió las dos cerraduras y apareció el interior del
maletín, en el cual había una barra de hierro envuelta en periódicos y una hoja
de papel en la cual leyó:
"Esta es la última oportunidad, Duke Straley. No le
queremos ningún mal y se lo estamos demostrando; pero si insiste en molestarnos
nos veremos obligados a recurrir a medios más convincentes. No nos haga ser
malos".
—No les falta cierto sentido del humor —dijo Susana—.
Siempre me han gustado más los bandidos que saben gastar bromas. Ese final de
que no les obligues a ser malos vale un tesoro.
—¿Por qué no habrán puesto una bomba dentro del maletín?
—preguntó Duke—. Sabiendo que yo debía abrirlo les habría sido muy fácil
hacerlo. Al abrir el maletín tú y yo hubiésemos volado hechos pedazos.
—Ya dicen que no quieren ser malos —recordó Susana.
—Generalmente esa clase de hombres sólo no son malos
cuando el serlo representa para ellos un peligro —dijo Duke—. O una
inconveniencia.
—¿Harán todo eso por los cien mil dólares aquellos?
—preguntó Susana.
—Por cien mil dólares son capaces de hacer muchas cosas
—contestó Duke—. Además, no son cien mil dólares, sino ciento cincuenta mil,
pues Barbarroja debió de agregarles los que le pagó Osman.
—¿Nos marchamos a casa? —preguntó Susana.
—¿Por qué hemos de volver a casa?
—Ha fracasado el viaje, ¿no? Si el avión de transporte
escapó sin nosotros...
—Hay otros aviones, ¿no?
—Desde luego, pero...
Duke no aguardó a que Susana terminase de hablar. Regresó
al edificio donde estaban las oficinas y dirigiéndose al encargado de los
billetes preguntó:
—¿Puedo alquilar un avión?
El hombre le miró extrañado.
—¿Se fue sin usted el avión de línea?
—No, estoy volando en él —replicó Duke—. Pero mis zapatos
se han quedado en tierra.
—Es usted muy bromista —refunfuñó el hombre.
—Mucho —respondió Duke—. Tanto que voy a ir a ver al
director del aeródromo y le explicaré que usted ha recibido cinco billetes de
veinte dólares por el trabajo de hacer que yo me fijase en cierta mujer.
El empleado palideció intensamente y durante unos segundos
luchó, en vano, para poder hablar. Al fin tartamudeó:
—No sé lo que quiere decir.
—¿De veras? —rió Duke—. Pues fíjese...
Agarrando al hombre por la corbata lo atrajo hacia sí y le
obligó a quedar de bruces sobre el mostrador. Del bolsillo posterior del
pantalón le sacó la cartera y abriéndola extrajo de ella cuatro billetes de un
dólar, uno de cinco y otro de cien.
—Me equivoqué en los billetes; pero no en la suma —dijo—.
No obstante, cien dólares son muy pocos dólares para jugarse un empleo como el
suyo.
El empleado hacía inútiles esfuerzos por serenarse y al
fin lo consiguió en parte.
—No puede probar que he hecho nada malo —dijo.
—Susana —dijo Duke, volviéndose hacia su novia—. Telefonea
a la Jefatura Superior de Policía y dile a Max que ya hemos encontrado la pista
de Mary McAllister. Que venga al aeródromo La Guardia y que se haga cargo de...
—¿Qué pretende? —preguntó el empleado, cogiendo de un
brazo a Duke—. ¿Quién es esa Mary?
—Una mujer que hace un par de horas mató de un tiro a un
hombre.
El empleado se pasó los dedos entre el cuello de la camisa
y la carne. Su palidez se hizo lividez.
—Yo no sabía nada —dijo.
—Cuente lo que sepa y procuraré olvidar lo que ha hecho.
—Aquella mujer me dio cien dólares para que si alguien
pedía pasajes para Wahoo yo hiciese que se fijara en ella, sobre todo si era un
hombre.
—¿Y no le extrañó que una mujer diese cien dólares por tan
poca cosa?
—Es que ella me dijo que el hombre que pediría el pasaje
era un millonario a quien ella deseaba atraer. Insinuó que era una mujer fácil.
Yo lo creí y como es bastante corriente que algunas mujeres procuren conseguir
los asientos inmediatos a los de algún pasajero rico...
—Le haré el favor de creer que me dice la verdad
—respondió Duke—. Ahora vea de conseguirme un avión para ir a Wahoo.
El hombre movió negativamente la cabeza.
—¿No hay ninguno? —preguntó Duke.
—No, señor. Hasta mañana.
—Lo necesito hoy. ¿No hay ningún aparato particular que
pueda llevarme?
—No, señor. Hay dos aviadores que se dedican a llevar a
pasajeros que tienen prisa. Son dos taxistas aéreos; pero a uno se le ha muerto
la madre y el otro tiene a su mujer muy grave. Han salido hace un momento.
—¿Le han avisado por teléfono? —preguntó Duke.
—Sí.
—Pues entonces no habrá ocurrido nada. Volverán echando
maldiciones contra el bromista que los ha engañado. Ahora le doy tres minutos
para que me resuelva el problema de mi traslado inmediato a Wahoo. Si no se le
ocurre ninguna solución deberá atenerse a las consecuencias de su pecado.
—Sólo hay una solución —respondió el hombre.
—¿Cuál?
—El señor Lasham tiene un avión con cabina para cuatro
pasajeros. Lo quiere vender. Si usted puede comprárselo o bien si quiere que le
lleve en un viaje de pruebas...
—¿Dónde está ese Lasham? —preguntó Duke.
El empleado llamó a un ordenanza que estaba sentado en un
banco, leyendo una revista detectivesca.
—Acompaña a los señores al hangar donde el señor Lasham
tiene su avión.
El ordenanza guardó, malhumorado, la revista y guió a Duke
y a Susana hacia un pequeño hangar. Dentro de éste se veían tres aparatos
particulares. Uno de ellos, el mejor, era un Fokker de cinco plazas, junto al
cual se encontraba un joven vestido con unos pantalones de franela gris y un
suéter color de vino.
—Señor Lasham —dijo el ordenanza—. Este señor desea hablar
con usted.
Lasham miró interrogadoramente a Duke. Era muy alto, de
cabellos rizosos, expresión audaz y tenía el cutis muy bronceado.
—Creo que tiene usted en venta su avión —dijo Duke.
—Es un buen aparato —replicó Lasham, señalando con un
ademán el Fokker.
—¿Cuánto pide usted por él?
Lasham hizo un gesto vago.
—Es un magnífico avión —replicó—. Si quiere dar un paseo
por las nubes lo apreciará.
—¿Cuánto rato invertiría de aquí a Wahoo? —preguntó Duke.
—Pues... Desde el momento de despegar hasta el de
aterrizar se puede calcular que no pasaría más de hora y media. Seguramente
menos. El avión de línea invierte más tiempo.
—Si no tarda más de hora y media le compro el avión —dijo
Duke.
Lasham se apresuró a reunir a un par de mecánicos con
ayuda de los cuales sacó el avión a la pista de despegue. Una vez allí invitó a
Duke y a Susana a que subieran al aparato y en seguida, sentándose ante los
mandos, lanzó el aparato sobre la larga cinta de cemento, elevóse con
extraordinaria suavidad y después de trazar unos círculos partió rumbo al
Norte.
Durante unos quince minutos, Duke permaneció silencioso,
siguiendo con la mirada el terreno sobre el cual volaban. El sol se estaba ya
ocultando y no pasaría mucho rato antes de que empezara a anochecer.
—Es un buen avión, ¿eh? —preguntó el piloto.
—Lo parece —asintió Duke.
—Voy a sentir mucho separarme de él —siguió Lasham—. Pero
necesito dinero para comprar un Boeing, arreglarlo y tomar parte en una carrera
de velocidad y ganarme cincuenta mil dólares. Éste lo compré para una travesía
bastante larga y me llevé un segundo premio.
Prosiguió el vuelo y el sol terminó de ocultarse. El cielo
fue perdiendo su rojez crepuscular.
—Llegaremos de noche —dijo Lasham.
—Es natural —replicó Duke, cuya mirada estaba fija en el
cuadro de instrumentos.
De pronto Susana le vio sacar la pistola que llevaba
debajo el sobaco y con voz amenazadoramente pausada le oyó decir:
—Rectifique el rumbo, Lasham.
Las manos del piloto se crisparon sobre los mandos.
—No intente ninguna acrobacia —siguió Duke—. Sería la
última de su vida.
Los ojos de Lasham estaban fijo en el espejo retrovisor,
en el cual veía reflejada la negra pistola Colt que empuñaba Duke.
—¿Qué pretende? —inquirió al fin con forzada serenidad.
—Sólo pretendo que se dirija a Wahoo. Me disgustaría mucho
saltar a tierra en un aeródromo y encontrarme con que está a trescientos
kilómetros de Wahoo.
—¿Por qué dice eso? Me dirijo a Wahoo.
—Ha desviado demasiado el rumbo. Yo también sé pilotar
aviones y no tendría ninguna dificultad en conducir éste después de matarle y
tirarle en medio de cualquier bosque o pantano.
El piloto permaneció inmóvil, continuando el avión el
mismo rumbo que antes. Duke le ordenó al fin:
—Diríjase un poco hacia el Este.
Lasham obedeció. Su rostro tenía una inexpresiva rigidez.
—¿Se da cuenta de que ha estado a punto de cometer un
delito?
—Era sólo una broma —logró decir Lasham.
—¿Quién le dijo que era una broma?
—El que me avisó que usted y la señorita tomarían mi
avión...
—¿Quién le avisó?
—Un pasajero del avión de línea.
—¿Le conoce?
—No. Me dio mil dólares para que les llevase a Deux
Poissons en lugar de llevarles a Wahoo. Me aseguró que no se trataba de nada
delictivo.
—¿Quién le dijo al de los pasajes que nos recomendara a
usted?
—Se lo dije yo.
—Veo que lleva usted paracaídas —comentó Duke—. Esta es
una buena oportunidad para comprobar si funciona bien o mal. Ahora con la mano
derecha coloque el piloto automático, y luego, sin hacer nada más, ni tocar
nada, levántese del asiento y vaya hacia la puerta de salida. Córrala y salte.
Lasham obedeció en silencio a todas las instrucciones.
Cuando iba a la puerta, Duke le previno:
—En Wahoo encontrará su aparato. Los mil dólares que le
pagaron cubren el importe del viaje. Y no vuelva a salirse de la Ley. Todos los
caminos que se alejan de ella son malos y peligrosos.
Lasham corrió la portezuela y se lanzó de cabeza al vacío.
El paracaídas se abrió como un gran hongo blanco y el avión se alejó de él.
Duke cerró la portezuela y sentóse ante los mandos.
—¡Cuántas molestias se toman para evitar que llegues!
—dijo Susana—. Cada vez les entiendo menos. ¿Por qué no te matan? ¿No mataron a
Barbarroja?
—Barbarroja sabía algo que nosotros ignoramos —explicó
Duke, desconectando el piloto automático—. Por eso tuvieron que matarlo. En
cambio, por lo que a mí se refiere, sólo tratan de que no descubra lo que sabía
Louie Yerbie. Mientras no lo sepa, mi vida y la tuya no corren demasiado
peligro. En cuanto lo descubramos, tendremos que luchar por nuestra existencia
de la misma forma que luchó Yerbie.
—Es todo un misterio —suspiró Susana.
—Pero muy fácil de descubrir —replicó Duke—. Por eso se
toman tantas molestias para impedirnos que lleguemos a Elmwood.
—A lo mejor luego resulta que no es nada.
—Por nada no se mata a un hombre y se soborna a otros.
—Es verdad —suspiró, de nuevo, Susana—. Quisiera
asegurarme de que no hay ningún peligro; pero cada vez los veo mayores. Si
llegan a matarnos dirán que hicieron todo lo posible por evitarlo... Y tendrán
razón.
—Lo mejor que puedes hacer es quedarte en Wahoo —dijo
Duke.
—A una mujer no se atreverá ningún hombre a matarla
—replicó Susana—. No me pasará nada.
—Te olvidas de la señora McAllister —recordó Duke—. Las
mujeres no suelen tener escrúpulos cuando se trata de matar a otra mujer. Si no
me equivoco, estamos a punto de llegar. El avión de línea ha ido más de prisa
de lo que nos dijo Lasham.
—¿Qué habrá sido de él? —preguntó Susana—. ¿No exageraste
el castigo?
—Estará un par de días vagando por los bosques antes de
encontrar un lugar habitado. Así perderá las ganas de aceptar propuestas
ilegales. Mira, allí va el avión de línea. Ha despegado ya de Wahoo y continúa
su viaje. Creo que hemos llegado tarde. Si este avión fuese anfibio podríamos
intentar amarar en el lago; pero como no lo es tendremos que bajar en el
aeródromo. Míralo. Veremos si este aparato es tan excelente como decía su
dueño.
El aterrizaje se hizo con toda facilidad y las cualidades
del avión quedaran confirmadas.
CAPÍTULO VI
UN ENCUENTRO EN EL CAMINO
Después de encargar que el avión fuera bien cuidado y de
dejar cien dólares para ello, Duke dirigióse a las oficinas del aeropuerto de
Wahoo, preguntando cuántos viajeros habían llegado en el avión de línea.
—Uno —respondió el encargado del campo—. —Y me extrañó,
porque se nos había anunciado que llegarían tres.
—Nosotros somos los otros dos —respondió Duke—. Nos
entretuvimos y el avión salió sin nosotros. Tuvimos que alquilar el aparato que
he dejado en custodia. ¿Era un hombre el otro viajero?
—Sí. Se dirigía a Elmwood.
—Nosotros también vamos allí. Pensábamos hacer el viaje en
compañía del otro viajero.
—Últimamente han ido muchos viajeros a Elmwood —comentó el
del campo de aviación—. Hace una semana, poco más o menos, pasó hacia allí una
artista de cine muy famosa.
—¿Lora Moran? —preguntó Susana.
—Sí, ella misma.
—¿Verdad que nos podrá conseguir algún auto? —preguntó
Duke.
—Imposible —sonrió el hombre—. El único taxi que tenemos
aquí se lo llevó el otro viajero. Volverá dentro de unas seis o siete horas si
el conductor no se queda a dormir en cualquier granja, como suele hacer
siempre. Hasta mañana no espera que llegue ningún viajero...
—Pero usted tiene un auto —interrumpió Duke.
—Si, un Chevrolet...
—Que nuevo vale seiscientos noventa y cinco dólares, ¿no?
—No es un último modelo —dijo el hombre—. Me costó mucho
menos... Pero le tengo cariño.
Duke sacó su cartera y de ella setecientos dólares que
dejó frente al hombre, diciendo:
—Aquí tiene el valor de su auto. Me lo llevo y si quiere
molestarse en irlo a buscar al embarcadero de Elmwood, allí lo dejaré.
Medio atontado por el asombro, el dueño del Chevrolet
tendió a Duke la llave del auto y le guió hasta donde estaba el vehículo. Era
un Chevrolet modelo 1929, que en cualquier mercado de autos de segunda mano se
podría comprar por cien dólares. Sin embargo, en aquellos momentos no cabía
elección mejor. Duke comprobó que el depósito de gasolina estaba lleno y
sentándose al volante puso en marcha el motor, partiendo en la dirección que el
hasta entonces dueño del auto le indicó.
El camino de Elmwood Lake discurría por entre los espesos
árboles de la selva canadiense. No se trataba de una carretera asfaltada, ni
mucho menos, y en la época de las lluvias debía ser un barrizal intransitable.
Aún entonces, la humedad del bosque era tan grande que a medida que el camino
se adentraba por él, desaparecía el polvo y los neumáticos crujían sobre la
tierra húmeda.
Sobre la tierra se veían las huellas de otro auto que
debía de haber pasado muy poco antes por allí.
Transcurrió el tiempo. Pasó una hora y el paisaje era
siempre el mismo. Dos negras masas de árboles a ambos lados y, delante, una
oscura carretera. Al fin un gran tablero rectangular apareció iluminado por los
faros. Escrito con grandes letras blancas se leía:
"Atención. Frontera entre el Canadá y Los Estados
Unidos".
Ningún guarda vigilaba aquel punto. ¿Para qué, si no hacía
falta ni pasaporte para ir de un Estado a otro? Duke siguió adelante. Susana se
había abrigado lo mejor posible; pero era tanta la humedad, que le castañeaban
los dientes. Duke le ofreció su trinchera y tras una formularia protesta,
Susana la aceptó y envolvióse en ella.
A las dos horas habían recorrido sesenta kilómetros y Duke
calculó que debían de estar relativamente cerca del lago. La humedad iba en
aumento. En el camino aparecían continuamente pequeños charcos. Duke aminoró la
marcha, especialmente al llegar a un punto en que la carretera estaba bastante
estropeada.
De súbito, Duke se dio cuenta de que un hombre estaba de
pie en el estribo de su auto. Frenando, detuvo el coche y se volvió hacia el
que estaba junto a él. No hizo intención de sacar ningún arma, pues comprendió
que el otro tenía que haber previsto esta posibilidad. A la luz del cuadro de
instrumentos Straley vio el rostro del desconocido. No parecía un pistolero;
por lo menos no se parecía en nada a los pistoleros que ha popularizado el
cine. Si acaso se parecía a alguien era a Dick Powell cuando cantaba en las
películas musicales. Vestía como para pasearse por Broadway, y no como para
surgir de la espesura de un bosque casi canadiense.
—Me han enviado a que le avise —dijo con acento que Duke
juzgó aprendido en Harvard—. Lo he hecho con infinito placer, señor Straley.
—¿Sabían que iba a llegar? —preguntó el millonario—. Creí
que imaginarían que seria posible detenerme con sus trucos.
—Mis amigos y superiores tienen un gran concepto de su
inteligencia, señor Straley. Sólo han confiado en retrasar su llegada unos
minutos. Ya saben que no hay obstáculos bastante grandes para usted; pero el
tiempo invertido en salvar cada uno de esos obstáculos era muy importante.
Valía la pena ganarlo.
—Muchas gracias por el honor que me hacen sus palabras,
señor —dijo Duke—. No imaginé tener en frente a una colección de delincuentes
tan bien educada. Sobre todo, después de ver cómo habían puesto fin a la
carrera de Louie Yerbie.
—Fue muy lamentable tener que recurrir a semejantes
procedimientos —respondió el del estribo—; pero las circunstancias mandan. No
siempre podemos superarlas.
—¿Puede decirme a qué le han enviado? ¿A hacerme perder un
poco más de tiempo, acaso?
—No, señor. El tiempo que necesitábamos ya lo perdió
usted. Sólo he venido a prevenirle que no debe ir a Elmwood Lake. No se acerque
a Amos Blane ni a sus amigos. Es mejor para usted y para ellos.
—¿Y si no hago caso de su advertencia y sigo adelante?
El joven de rostro de cantante de revista musical se
contrajo en una dolorosa mueca.
—Entonces, señor Straley, me veré en la lamentable
necesidad de impedírselo por la fuerza. No deseamos recurrir a esos medios,
señor; pero si usted nos obliga a ello, la culpa será suya, no nuestra. A veces
uno se ve obligado a ser violento.
En su vida de aventuras, Duke había recibido muchos avisos
de enemigos suyos; pero jamás le había hablado nadie con aquel acento de
ansiedad por su seguridad personal.
—No tiene usted aspecto de resultar un enemigo peligroso
—sonrió Duke—. Ni siquiera va armado.
—Se equivoca usted —replicó el joven, poniendo en práctica
ante Duke el más veloz saque de pistola que éste había presenciado en su vida.
La mano que el joven agitaba al hablar estaba vacía y, de
súbito, como si hubiera nacido allí, apareció en ella una pistola del 7,65 cuyo
cañón apuntaba al rostro de Duke.
—Tengo una pistola y se me ha, ordenado que le mate si
pretende usted seguir adelante, señor Straley —aseguró el joven, dando a su
acento la expresión que debe de emplear el verdugo para explicar al reo que no
tiene más remedio que matarle porque así lo ordena la Ley, los jueces y la
seguridad de los ciudadanos.
Duke sonrió. Habíase visto en situaciones apuradas; pero
aquélla, a pesar del afeminado aspecto del joven, era de las más difíciles. Al
fin y al cabo, aunque tenga nombre de mujer, una pistola es la cosa menos
femenina del mundo. Y aquélla parecía un negro sabueso ansioso de que le
soltaran para morder sin contemplaciones.
—Perfectamente —suspiró Duke—. Tiene usted los triunfos en
la mano. ¿Puede decirme algo más acerca de este asunto?
—No hay nada más que decir, señor Straley —replicó el
pistolero—. Debe usted alejarse de aquí, no debe hablar con el señor Blane.
Dentro de tres días podrá hacerlo a su entera comodidad.
—Está bien, señor —respondió Duke—. Tendré que obedecer
sus órdenes. ¿Cuáles son?
—De media vuelta, regrese al Canadá y si quiere vuelva a
Nueva York en avión o a pie.
Duke se inclinó hacia delante, como para obedecer las
órdenes del pistolero. Éste siguió con el arma sus movimientos; pero cuando el
motor ya estaba en marcha, Susana lanzó el chillido más perfecto de toda su
vida, mientras que con temblorosa mano señalaba hacia adelante y repetía de
nuevo el chillido.
No hay ser humano capaz de resistir sin inmutarse un
chillido de una mujer. A pesar de su pistola y de su serenidad, el joven no fue
una excepción en la regla. Miró hacia donde señalaba Susana y Duke aprovechó la
oportunidad para lanzar hacia adelante el coche, con tal violencia que el joven
fue despedido hacia atrás, y le faltó muy poco para caer bajo las ruedas del
auto. Al mismo tiempo Duke apagó los faros, y el súbito tránsito a las
tinieblas hizo éstas mucho más densas.
Durante cien metros Duke marchó a toda la velocidad que
pudo extraer del viejo Chevrolet. Entretanto, sus ojos se fueron acostumbrando
a la oscuridad, lo cual fue una suerte, pues al final de los cien metros vio un
tronco cruzado en medio de la carretera, formando un obstáculo insalvable para
todo coche que no fuera un tanque.
En el momento en que frenaba, Duke oyó unos pasos que se
acercaban apresuradamente. Por su ligereza debían de pertenecer al joven de la
pistola, por lo cual saltando fuera del auto arrastró a Susana hacia detrás de
unos árboles, encargándole:
—No te muevas de aquí, ocurra lo que ocurra.
El muchacho del acento de Harvard debía de ser duro de
pelar. Por lo menos no era de los que abandonan la partida hasta haber agotado
todas las posibilidades de éxito.
De pronto los pasos cesaron. El joven debía de haberse
dado cuenta de que corría peligro si seguía haciendo ruido. El silencio se
extendió por el bosque hasta hacerse casi tangible; luego empezaron a oírse los
ruidos propios de aquellos lugares. La situación empezó a resultar aburrida
para Duke. Si continuaba acurrucado detrás de un árbol, con su pistola en la
mano, esperando a que el joven del acento universitario se moviese de detrás de
su otro árbol, podían pasar tantas horas como tardase en amanecer. Era
necesario hacer algo. Cogiendo una piedra que estaba junto a él, Duke la tiró
hacia el auto. Apenas chocó contra la carrocería del Chevrolet brillaron tres
fogonazos a unos cuarenta metros de distancia.
Duke respondió fulminantemente, y antes de que se hubiera
apagado el tercer fogonazo, su pistola, de mayor calibre y alcance que la del
otro, había empezado a disparar. Oyóse un grito de agonía, un quebrarse de
ramas, y luego el silencio más completo. Duke no cometió el error de lanzarse
bosque adentro para asegurarse de si su adversario estaba más o menos
gravemente herido. Por el contrario, fue hacia el tronco que obstruía el
camino, lo apartó y subió al coche al mismo tiempo que lo hacía Susana. En dos
minutos el vehículo estuvo corriendo por el camino libre. Unos cien metros más
adelante Duke encendió los faros, pudiendo ver entonces que el parabrisas
estaba astillado por tres balazos que habían entrado a través de la carrocería.
—¡Si llegamos a estar dentro! —exclamó Susana,
abanicándose con la mano.
—Era un chico peligroso —replicó Duke—. Espero que no
estará muy mal herido y que podrá defenderse de los lobos.
—¿Hay lobos? —preguntó Susana.
—Dicen que estos bosques están llenos de ellos —sonrió
Duke—. Has corrido el peligro de que alguno te lamiera la mano.
—Empiezas a desarrollar también un extraño sentido del
humor —replicó Susana.
Poco después, el auto desembocaba ante la brillante
extensión del lago Elmwood, en el cual se reflejaban las estrellas. Al final
del camino se veía la casa del embarcadero; pero en ningún lugar se advertía
presencia humana alguna. Tan sólo al pie del embarcadero se balanceaba una
larga y moderna lancha de motor.
—No parece que nos espere nadie —comentó Duke, deteniendo
el coche junto a la caseta.
—La lancha nos espera —dijo Susana.
—Pero no la que tú imaginas —replicó Duke.
Del departamento de las herramientas sacó una linterna
eléctrica y dirigióse a la caseta. Dentro de ella había tres pequeños
balandros. Unos montantes de madera permitían botarlos al agua. Duke examinó
cuidadosamente uno de ellos y por fin lo dejó deslizar hasta el lago, después
regresó a la gasolinera, la examinó también meticulosamente y al fin puso en
movimiento el motor. Con la ayuda de un cordel y unos hierros lo arregló todo
de forma que apenas había saltado fuera de la lancha, ésta se puso en marcha y
a creciente velocidad dirigióse hacia el centro del lago. Cogiendo de la mano a
Susana, Duke la condujo hasta el balandro, tendió la vela y un momento después
la pequeña embarcación se deslizaba por el surco dejado en el agua por la
gasolinera.
—¿Crees de veras que hemos ganado en el cambio? —preguntó,
sarcásticamente, Susana.
Duke la miró y, sonriendo, replicó:
—Tal vez a ti te hubiese gustado más la gasolinera. De
saberlo te hubiese reservado una plaza.
En aquel preciso momento el centro del lago se iluminó con
una alta llamarada que fue seguida por una gran detonación, cuyos ecos azotaron
violentamente el balandro.
—¿Qué es eso? —preguntó Susana, con estrangulada voz.
—Tu gasolinera —respondió Duke—. Ha sido cosa de esos
amigos nuestros que no quieren causarnos ningún daño.
—¿Sabías lo que iba a ocurrir? —preguntó Susana
—Sí. Al ponerse en marcha el motor se encendía una mecha
que debía hacer estallar la gasolina en un par de depósitos demasiado llenos.
Hubiera sido un accidente fortuito.
Susana tragó saliva y con voz imperceptible declaró:
—Creo que... que hubiera hecho mejor quedándome en casa.
Duke echóse a reír.
—Creo que no. Las emociones que estás disfrutando no las
olvidarás nunca.
—¡Ojalá no las olvide en cincuenta años, pero dudo que
viva más de dos horas! Alguna vez seremos menos listos que ellos, ¿no te
parece?
—Eso es lo que debemos evitar, y seguir, como hasta ahora,
siendo los más listos. En este balandro tardaremos bastante rato en cruzar el
lago; pero al menos es una embarcación segura.
—Sí, sí. Desde luego me es sumamente simpática. Pero,
¿estás seguro de que no lleva enganchado ningún torpedo?
—Podría ser; pero yo no lo he visto. El único peligro es
que hayan colocado minas submarinas frente a la casa de Amos Blane. Contra ese
peligro no voy prevenido.
—Roguemos a Dios que nuestros enemigos no hayan previsto
esa posibilidad —deseó Susana.
CAPÍTULO VII
LA RECEPCIÓN DE LOS BLANE
Los enemigos de Duke y Susana no habían podido encontrar
minas submarinas para colocarlas ante el embarcadero de los Blane. Por eso el
balandro llegó sin dificultad alguna hasta aquel punto y sus ocupantes saltaron
a tierra.
Eran las once de la noche. La casa de los Blane estaba
abundantemente iluminada. Sonaba una radio y entre los compases de la música se
escuchaban las explosiones del motor de gasolina de la dinamo que generaba la
luz eléctrica para el edificio.
—No parecen estar muy apurados —comentó Susana—. Y si lo
están, tratan de olvidarlo bailando. A lo mejor nos hemos equivocado de casa.
Sin responder, Duke dirigióse hacia la puerta principal.
Llamó a ella con el picaporte de cobre y casi al momento se abrió la puerta,
apareciendo un criado cuidadosamente vestido que preguntó, sin aparentar la
menor sorpresa:
—¿A quién anuncio?
—¿Es la casa del señor Blane? —preguntó Duke.
—Sí, señor —respondió el criado—. Es la casa del señor
Amos Blane. ¿A quién debo anunciar?
—El señor Blane me espera. Dígale que soy el señor
Straley.
Con un ademán, el criado invitó a Duke y a Susana a que
pasaran al vestíbulo y luego marchó por un largo pasillo. Apenas se apagaron
los pasos del criado se abrió otra puerta a un lado del vestíbulo y apareció
una mujer. Representaba unos cuarenta y cinco años y vestía con sobria
elegancia. Lucía algunas joyas de gran valor y su expresión era de inquietud.
En voz baja preguntó:
—¿Es usted el señor Straley?
—Sí —respondió Duke.
El rostro de la mujer se iluminó.
—¡Dios sea loado! —dijo en voz baja—. ¿No iban en la
gasolinera?
Duke negó con la cabeza.
—¿En qué han venido? —siguió preguntando la mujer.
—En un balandro...
—Adiós —interrumpió la dama, desapareciendo por donde
había llegado.
Susana miró a Duke y comentó:
—¡Es fantástico!
—Por lo menos parece fantástico —replicó Duke.
Abrióse otra puerta y, acompañada por los ecos de la
música de la radio, entró otra mujer. Ésta era mucho más joven que la primera,
vestía como sólo se viste en Hollywood y Duke se apresuró a saludarla:
—Buenas noches, señorita Moran.
La actriz sonrió complacida, aunque pretendió fingir que
se sorprendía.
—¿Cómo conoce mi nombre? —preguntó con su voz pastosa y
lánguida.
—He visto "La Luna nos contempla", señorita
—replicó Duke.
—Yo también la he visto —dijo Susana.
—¿Qué impresión les produjo? —preguntó Lora Moran,
adoptando la actitud de la niña que espera el comentario de su madre sobre el
tapetito que ha bordado como regalo de su santo.
—No sabría expresar la emoción que su trabajo me causó
—dijo Duke.
—Es la película mejor dirigida que he visto —comentó
Susana.
Lora Moran la miró como si acabara de escuchar una
herejía, en seguida olvidóse de ella y dedicó toda su atención a Duke. Al fin y
al cabo éste era mucho más inteligente, que su anodino acompañante.
—¿De veras le emocioné? —preguntó, pareciéndose cada vez
más a Marlene Dietrich.
—Muchísimo. En aquel momento en que usted sigue con la
mirada al hombre a quien ama...
Lora Moran vibraba de entusiasmo. Como había dicho a todos
los reporteros que la habían interviuado, nada le gustaba tanto como escuchar
las opiniones acerca de su arte, "especialmente cuando son adversas, pues
entonces es cuando más aprendo". Si alguien se hubiese atrevido a expresar
ante ella una opinión contraria o una crítica severa, Lora Moran habría hecho
una demostración de genuino ataque de nervios. Por fortuna para ella, todos le
aseguraban "verazmente" que era una gran actriz, cuyo único defecto consistía
tal vez en poner demasiada emoción en los personajes que creaba, produciendo
con ello grandes destrozos en los nervios de los espectadores.
—De resultas de aquel momento estuve enferma dos días
—aseguró Lora Moran, cuyo interés por aquel simpático e inteligente joven
creció enormemente.
—Lo creo —admitió Duke, sin hacer caso de las indignadas
miradas que le dirigía Susana—. El esfuerzo debió resultarle agotador.
—Lo fue. Y... ¿vienen ustedes invitados por el señor
Blane?
—Sí, señorita. Recibí una carta suya. No esperaba
encontrar esto tan animado.
—¿Por qué no había de estarlo? —preguntó Lora, con cierta
inquietud.
—Un lugar tan solitario y apartado del mundo se presta a
que ocurran cosas extrañas, ¿no le parece?
—No —respondió Lora Moran—. Aquí no ocurre nada anormal.
Es un sitio pacífico, tranquilo, como todos los que se encuentran lejos del
mundo y de sus ruidos.
—Hace poco voló una lancha gasolinera —dijo Duke—. ¿No
oyeron la explosión?
—No, no oímos nada —respondió, apresuradamente, Lora—.
¿Cómo ha dicho usted que se llamaba?
—Duke Straley. ¿No recuerda?
Los ojos de la actriz se abrieron de par en par. Esta vez
el asombro era legítimo, no de los que se imitan ante la cámara.
—¡Oh, señor Straley! No... no esperaba... Adiós. Hasta
luego.
Desapareció la actriz y Susana comentó:
—Si le enseñas una pistola no escapa más de prisa.
—Tal vez ha oído los pasos del criado que vuelve.
En efecto, por el pasillo volvían a oírse los posos del
criado que les había abierto la puerta. Al mismo tiempo se oían otros pasos de
hombre y uno de mujer, inconfundibles por el característico taconeo.
Duke había visto las suficientes fotografías de Amos Blane
para reconocerle en seguida. A su lado caminaba la dama que antes les había
hablado y tras ellos iba el criado. La mujer hizo como si nunca los hubiese
visto. Por su parte, Blane saludó a Duke con una breve inclinación de cabeza y
con voz contenida dijo:
—Buenas noches, señor Straley. Buenas noches, señorita.
—Es la señorita Cortiz, mi prometida —dijo Duke.
Amos Blane presentó a su esposa, Sarah Blane, y luego,
siempre con la misma voz contenida, agregó:
—Lamento mucho que se haya tomado la molestia de venir
hasta aquí. Ha sido una broma bastante pesada que le han gastado unos invitados
míos. Sin embargo, le abonaré cuanto me pida. Y lamento también que no pueda
quedarse esta noche en mi casa. No tenemos sitio disponible.
—¿Quiere eso decir que tendremos que marcharnos? —preguntó
Duke.
—Sí, señor Straley —dijo Sarah Blane—. Nuestros invitados
ocupan de sobra todas las habitaciones. Incluso los sofás están ocupados. Ha
llegado más gente de la que esperábamos.
—Puede cargarme todas esas molestias en la cuenta —dijo,
Amos Blane, cuyas manos denunciaban su gran nerviosismo.
—Creo que nos echan, Duke —sonrió Susana—. A una mofeta la
hubiesen recibido más alegremente.
—Le aseguro, señorita, que yo soy el primero en lamentar
este suceso —dijo Amos Blane—. Si pudiera hacer otra cosa la haría; pero no me
es posible.
Volviéndose hacia el criado que había asistido a toda la
conversación, Amos Blane encargó:
—Acompañe a la señorita y al señor al embarcadero. Buenas
noches, señor Straley.
Amos Blane saludó con otra inclinación de cabeza y su
esposa le imitó sin descubrir los sentimientos que antes, a la llegada de Duke
y Susana, había demostrado.
El criado, siempre impasible, fue hacia la puerta y desde
allí invitó a la pareja a que saliera. Los tres se dirigieron hacia el
embarcadero. Al llegar tuvieron tiempo de ver como acababa de hundirse en el
agua el balandro en que habían hecho la travesía.
—Parece que estamos en plena batalla naval —comentó,
burlona, Susana—. Es el segundo hundimiento de esta noche.
Duke miraba de reojo al criado. Al ver que llevaba la mano
derecha hacia el sobaco izquierdo, volvióse y descargó un seco y demoledor
puñetazo contra la mandíbula del hombre. Éste cayó como un saco. Straley le
registró, quitándole una pistola Remington del nueve corto, que guardó en un
bolsillo.
—Desde el primer momento me fue antipático —declaró
Susana, indicando al criado, a quien Duke estaba atando las manos con un
cordel—. Tiene cara de malo.
—Sus intenciones eran peores que su cara —replicó Duke—.
Será muy interesante hacerle hablar.
—No hablará —dijo tras ellos la voz de Amos Blane.
Susana y Duke volvieron la cabeza viendo, tras ellos, a
Amos que les encañonaba con una pistola Colt de marina, de cañón muy largo y
calibre nueve.
—Desate a ese hombre —ordenó Blane.
Duke le miró, desconcertado.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Ya ha oído todo cuanto quiero decir —dijo Blane—. Suelte
a ese hombre.
—¿Y si no lo hago? —preguntó Duke.
Blane vaciló. Luego, con voz quebrada, replicó:
—Por el amor de Dios, hágalo y márchese lejos de aquí. Se
lo ruego.
—Vine a ayudarle —recordó Duke.
—Ya lo sé; pero de la única forma que puede ayudarme es
marchándose. Su presencia en mi casa es un peligro para todos.
—Vinimos en un balandro —explicó Duke—. — El balandro
acaba de hundirse. Como no sea a nado no podremos regresar.
El criado estaba dando señales de recobrarse del golpe que
le había propinado Duke. Su reanimación reanimó también a Amos Blane, quien,
empuñando con más energía su pistola, ordenó de nuevo:
—¡Desate a ese hombre!
Duke se encogió de hombros y obedeció. El criado se puso
lentamente en pie, frotándose la barbilla, miró con vaguedad a Duke y luego
buscó su pistola.
—La tengo yo —explicó Duke.
—Devuélvasela —ordenó Blane. Y creyóse obligado a
explicar:— Vivimos en un lugar solitario y todas las precauciones son pocas.
Duke sacó la pistola, y la metió en la funda sobaquera del
hombre.
—Si me indican el camino que debo seguir me marcharé —dijo
luego—. Mejor dicho, nos marcharemos, pues supongo que la señorita Cortiz no se
podrá quedar tampoco.
—Creo que se le podría encontrar algún sitio —dijo el
criado, ya totalmente repuesto—. Si la señorita Moran quisiera cederle una
parte de su habitación... Hay en ella un sofá...
—Muchas gracias —se apresuró a decir Duke—. Les agradezco
mucho el favor. La señorita no va preparada para un paseo a través del bosque.
Si me indican el camino volveré adonde he dejado mi auto.
—Pero yo... —empezó Susana.
La mirada de Duke la obligó a rectificar:
—Yo no quisiera causar molestias.
—Estoy seguro de que se alegran haciéndote ese favor —dijo
Duke—. Quédate en su casa. Al fin y al cabo no sería correcto que siendo sólo
novios pasáramos la noche ahí juntos.
Amos Blane indicó a Duke el camino que bordeaba el lago y
éste aprovechó la oportunidad para decirle en voz muy baja:
—Las pistolas automáticas suelen necesitar el cargador
para servir de algo. No lo olvide.
Blane se turbó; pero no respondió nada. Duke se despidió
con un ademán de Susana y echó a andar por el oscuro sendero que conducía al
bosque. No tardó en llegar a éste y apenas estuvo entre los árboles sacó su
pistola. Cambió el cargador por otro completo y de cuando en cuando se fue
deteniendo para escuchar atentamente. No pensaba alejarse mucho de aquellos
lugares; pero aún era demasiado pronto para volver a la casa de los Blane.
De repente oyó un paso a su espalda y cuando quiso
volverse tropezó su espina dorsal con el cañón de una pistola, en tanto que una
voz desconocida le prevenía:
—Si se mueve disparo.
Duke obedeció la orden. Permaneció inmóvil, esperando. Una
mano le arrancó la pistola que empuñaba. Luego la voz ordenó:
—Vuélvase.
Cuando Duke iba a obedecer sonaron dos disparos casi
simultáneos y el hombre que le había dado el alto cayó contra él, obligándole a
saltar a un lado. El millonario había visto morir a los suficientes hombres
para no necesitar mayor examen del que estaba a sus pies. De aquella forma sólo
se caía cuando se recibía un balazo en la cabeza. Y aquél había recibido dos.
Duke se inclinó para recoger su pistola cuando una voz
dijo junto a él:
—No es necesario que lo examine, señor Straley. Está bien
muerto.
Duke recogió su Colt y explicó:
—Ya me di cuenta por como cayó. Sólo quería recuperar mi
pistola.
—Guárdela. Hay mucha humedad en el bosque. Hacía tiempo
que no me veía obligado a disparar así. Temí no acertarle. Sus intenciones eran
muy malas. Especialmente para usted.
—¿A quién le debo la vida? —preguntó Duke.
—A mí —respondió el otro, saliendo de entre los árboles.
Su mano derecha empuñaba aún la pistola con que había
disparado sobre el otro hombre. A la luz de las estrellas su rostro era
vagamente visible. A Duke no le resultó familiar.
—¿Nos hemos visto alguna vez? —preguntó.
—Yo a usted sí —respondió el otro.
—¿Y quién es usted?
—Creo que como prueba de agradecimiento hacia mí guardará
usted el secreto, ¿eh? Soy Mike Ferrara.
—¿El jefe de Louie Yerbie?
—Sí. Pero Louie Yerbie era un canalla. Si los otros no le
hubieran matado yo hubiese tenido que hacerlo. Cometió el error de traicionarme
y confiar en otros que nunca han jugado limpio. El resultado fue que le
mataron.
—Y le robaron ciento cincuenta mil dólares, ¿eh?
—Le robaron bastante más. Yo quiero recuperarlo.
—¿Ha venido a eso?
—Si.
—¿No le busca la policía?
—Sí; pero no conocen mi cara.
—¿Por qué asesinaron a Osman?
—Aquello fue cosa de Yerbie. Hizo doble negocio. Me
entregó cincuenta mil y se quedó con cien mil. El jugar sucio siempre resulta
perjudicial.
—¿Cuándo ha llegado?
—En un avión particular, poco antes que usted. De todas
formas ya tenía a un amigo vigilando esto.
—¿Qué ocurre en casa de Blane?
—De momento no se lo puedo decir. ¿Está allí su novia?
—Sí. Es lista y descubrirá algo.
Mike Ferrara avanzó hacia Duke. Guardando la pistola dijo,
al mismo tiempo que apoyaba una mano en el hombro del joven:
—Estoy metido en un asunto peligroso. Si se lo digo, usted
se ha de poner contra mí. A ninguno de los dos nos conviene eso. Es mejor que
no sepa nada y que permanezcamos unidos hasta el final. Yo recuperaré lo que
busco. Usted salvará a los Blane de un grave peligro. ¿Le parece bien?
—De momento sí —respondió Duke—; pero al final quizá
seamos enemigos.
—Al final cada uno marchará por su camino. No olvide que
esa gente está decidida a todo. No debió haber dejado a su novia allí. El
criado es de la banda y ahora le tiene a usted en sus manos, a no ser que su
novia le importe un comino.
—Mi novia me importa mucho —replicó Duke—. ¿Por qué no me
explica la verdad de lo que sucede?
Ferrara palmeó suavemente la espalda de Duke.
—Si yo no soy capaz de guardar un secreto, menos puedo
confiar en que lo guarde un extraño, ¿no? Lo único que le diré es que tienen en
sus manos a la hija de Blane y que gracias a eso le obligan a ceder en todo lo
que quieren.
CAPÍTULO VIII
EN LA CASA DEL MISTERIO
Susana entró de nuevo en casa de los Blane. Tuvo la
impresión de que entraba en una tumba o, por lo menos, en un lugar del que no
le resultaría nada fácil huir. En el vestíbulo encontró a la señora Blane, que
la miró angustiada y si no dijo nada debió de ser porque el criado de la
Remington bajo el sobaco no se apartaba de allí.
—La señorita Cortiz se quedará a pasar la noche en casa
—dijo el criado adoptando una actitud que no se parecía en nada a la que
lógicamente debe adoptar un criado.
—¿Por qué no se ha marchado? —preguntó con voz trémula
Sarah Blane.
Soltando una risita, el criado salió hacia el pasillo y
Susana quedó frente a los señores Blane.
—¡Es horrible! —exclamó Amos—. ¡Es horrible!
Dejó la descargada pistola encima de un sillón y salió por
la puerta que antes había utilizado Lora Moran. Su esposa acercóse a Susana y
cogiéndole las manos dijo en voz baja:
—Yo fui quien hundió el balandro. Quería que su novio se
quedase. ¿Por qué se ha marchado?
—Esté segura de que volverá —replicó Susana—. Y mientras
tanto yo haré todo lo posible por ayudarles. ¿Que les ocurre?
Oyéronse de nuevo los pasos del criado, o del dueño; y la
señora Blane dijo, apresuradamente:
—Esta noche procuraré hablar con usted. Ni yo misma sé lo
que ocurre.
El criado apareció en aquel momento y llamó con un ademán
a Susana.
—Le enseñaré su habitación —dijo.
Guió a Susana por el pasillo, luego a través de dos
habitaciones y por último la hizo pasar al interior de un salón. En él estaban
dos personas conocidas y una desconocida. Esta última era un hombre alto,
recio, de cabellos negros y rizados, ojos oscuros y manos grandes y fuertes.
Las otras dos personas eran la mujer a quien se conocía por el nombre de Mary
McAllister y el joven del acento universitario. El criado cerró la puerta tras
Susana y se apoyó de espaldas a ella.
—Hola —saludó la joven.
Mary McAllister movió ligeramente la cabeza. El joven que
se parecía a Dick Powell sonrió ampliamente. El tercer ocupante de la estancia
dijo:
—Siéntese, señorita Cortiz.
Ésta aceptó la invitación y dirigiéndose al pistolero
comentó:
—Creí que le habían dejado medio muerto en el bosque.
Dick Powell acentuó su sonrisa.
—No, señorita —replicó—. Las balas que me disparó su novio
pasaron muy cerca de mí y una de ellas me habría atravesado de no impedírselo
el tronco del árbol que me protegía. Un árbol muy amable, se lo aseguro.
—¿Y aquel grito?
—Me vi obligado a lanzarlo porque mi pistola me jugó la
mala pasada de encasquillarse en el momento menos oportuno. Lanzando aquel
grito hice creer a su novio que me había herido y supuse que no se entretendría
en rematarme. Eso hubiera sido impropio de él. Por cierto que me olvidaba de
felicitarla por su chillido. Me cogió tan de sorpresa que sus efectos
resultaron destructores para mí.
—Mi novio ni siquiera me dio las gracias por ello —dijo
Susana—. Y ahora, ¿pueden decirme para qué me necesitan?
—Para que se quede con nosotros algunos días —explicó el
más alto de los hombres—. Hicimos lo posible por impedir que vinieran ustedes.
Agotamos los medios de persuasión. Si les ocurre algo malo, ¿quiénes tendrán la
culpa?
—Ustedes —respondió Susana.
—Es una muchacha muy bromista —dijo la mujer.
—No tanto como usted —replicó Susana—. Aún no me distraigo
disparando tiros contra las cabezas de ciertos caballeros.
—¿Se refiere a Louie? —preguntó, indiferente, la mujer—.
Aquello no era un caballero. Era un cerdo.
—¡Cállate, Betty! —ordenó el que parecía el jefe.
—¿Cómo llegó usted antes que nosotros? —preguntó Susana al
joven pistolero.
—Bordeé el lago en bicicleta, mientras usted navegaba
plácidamente en el balandro —respondió el interpelado—. ¿No me pregunta por qué
me he lanzado a esta mala vida?
—No; pero le aconsejo que busque la influencia de Lora
Moran para ingresar en el cine. Haría usted un cantor de jazz magnífico
—Señorita Cortiz —dijo el jefe—. No perdamos más tiempo en
discusiones tontas. Usted se ha quedado aquí como rehén. Si su novio logra
burlar la vigilancia del hombre que le espera en el bosque, no intentará nada
malo contra nosotros porque supondrá que su vida corre un riesgo. Cuando
hayamos terminado nuestro trabajo nos marcharemos y ustedes quedarán en
libertad. No deseamos emplear violencias innecesarias; pero estamos dispuestos
a utilizar todas las violencias que sean precisas.
—No les entiendo —dijo Susana.
Por la abierta ventana de la estancia entró el eco de dos
disparos de pistola. Menos Susana todos sonrieron. La joven palideció
intensamente. No preguntó el significado de aquellos lejanos disparos, mas los
otros no perdieron la oportunidad de decírselo.
—El señor Straley debe haber sufrido un accidente —dijo
Betty. Y volviéndose hacia el que parecía jefe de todos, agregó:— El
"Rata" ha cumplido bien su obligación, Big Mac.
—Tal vez sea él quien ha tropezado con las balas de Duke
—sugirió Susana, luchando por aparentar una serenidad que no sentía.
Los demás sonrieron.
—El "Rata" se mueve con la cautela de un gato
—dijo el pistolero del bosque—. Una mosca hace más ruido que él. Y cuando
dispara sabe dar en el blanco aunque sea guiándose sólo por el ruido de la
respiración de su adversario.
—Pronto nos dirá si ha matado o no a Duke —declaró Big
Mac—. En cuanto llegue, bajaremos a prepararlo todo. En cuanto a usted,
señorita, la encerraremos en su habitación y si aprecia su vida no saldrá de
ella.
Betty sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno de
ellos. Lanzó una bocanada de humo hacia el pistolero y luego, con escalofriante
indiferencia, declaró:
—Big Mac, creo que te estás volviendo demasiado blando. Si
desde un principio hubieras hecho con los Blane y sus amigos lo que yo hice con
Louie, no tendrías que ir con tantas precauciones. Los muertos son los únicos
que no hablan.
—No hablan; pero envían a la silla eléctrica —replicó Big
Mac.
Betty se encogió desdeñosamente de hombros.
—Lo mismo se sienta uno en la silla eléctrica por un
asesinato que por veinte. Lo importante es hacer que los cadáveres
desaparezcan. Si no hay cadáveres no hay asesinato.
—Me recuerda usted a la hija de Drácula, señorita Betty
—dijo Susana.
Betty lanzó hacia ella una larga y estrecha bocanada de
humo y dijo:
—Antes de que nos separemos para siempre le demostraré que
soy bastante peor que la hija de Drácula.
—¡Cállate! —ordenó Big Mac.
Betty le miró, furiosa.
—No emplees ese tono conmigo, Mac. Ya sabes que sin mí no
hubieras recibido lo que necesitabas. Louie no te hubiera dejado entrar en su
cuarto como dejó entrar a su buena amiga Betty. Y el negocio que vas a hacer no
lo hubieses realizado sin mí.
—Betty, no olvides que el traidor sólo es necesario
mientras dura la traición —dijo Big Mac—. Cuando ésa ya ha pasado, no se le
necesita para nada. ¿Me entiendes?
—¿Me amenazas? —preguntó Betty, cuyos ojos llamearon de
ira.
—Sólo te prevengo, Betty —replicó el jefe—. Ya no te
necesito para nada y si te conservo a mi lado es porque soy agradecido con
quienes se han portado bien. Tú has trabajado perfectamente. No estropees tu
labor con exigencias fuera de lugar.
—¿Por qué no le pega un par de bofetadas? —preguntó Susana
a Big Mac—. A las mujeres suele gustarnos que el hombre se imponga por las
malas.
—¡Cállese, señorita! —aconsejó el pistolero—. Betty es un
animalito muy hermoso; pero muy peligroso.
—Los tigres son peligrosos, hermosos y sin embargo se los
doma a latigazos —dijo Susana.
—¡Cállese! —ordenó Big Mac.
—¿Conmigo se atreve? —preguntó Susana—. Si se imagina que
soy menos peligrosa que esa gata de Betty está en un error.
—Encierra a la señorita en su cuarto y además, átala bien
—ordenó Big Mac al que hacía las veces de criado.
Éste debía de esperar el encargo, pues en el mismo
instante una cuerda aprisionó los brazos de Susana, y antes de que la muchacha
pudiera resistir, se encontró sólidamente atada. Betty se levantó entonces de
su asiento y yendo hacia Susana, sin abandonar su dura sonrisa, le cruzó el
rostro de dos bofetadas que tiñeron de rojo las mejillas de la joven.
—No olvide que soy peligrosa —dijo luego, Betty.
—Y no olvide que estas dos bofetadas se las devolveré con
creces —replicó Susana.
Betty cogió entre los dedos el cigarrillo que estaba
fumando y se disponía a apagarlo contra la cara de Susana cuando Big Mac la
contuvo violentamente, ordenando:
—¡Basta ya de tonterías, Betty! Te gusta demasiado la
morfina y acabarás loca si antes no te llena alguien de plomo el cuerpo
—dirigiéndose luego al criado, Mac le ordenó:— Llévate a esa mujer.
Cuando Susana era arrastrada fuera de la estancia oyó que
Big Mac comentaba:
—Es raro que el "Rata" no haya venido ya.
CAPÍTULO IX
UNA MUJER PELIGROSA
—Si se está quieta, no le pasará nada, señorita —dijo el
criado, antes de salir del cuarto—; pero si se mueve mucho correrá el peligro
de morir estrangulada:
La amenaza no era vana. Susana estaba en una cama sobre un
colchón de lana, con las manos atadas a la espalda, los pies al extremo
inferior del lecho, en tanto que un lazo corredizo le rodeaba el cuello y
estaba sujeto a la cabecera. Al menor movimiento el lazo se cerraba en torno a
la garganta de la joven.
Ésta oyó cerrarse la puerta del cuarto, y quedó a
obscuras, pues la bombilla que colgaba del techo estaba fundida. El que la
había atado utilizó para ello una linterna eléctrica que se había llevado con
él, comentando que las tinieblas eran las más indicadas para que la joven no
viera la apurada situación en que se encontraba.
Apenas se cerró la puerta, Susana empezó a trabajar para
liberarse. Al ser tendida en la cama había escuchado el ruido de los muelles
del somier y calculó que debían ser de fleje de acero. Con los dedos comenzó a
hurgar en el colchón, arrancando hilillos de la tela y logrando, al cabo de más
de diez minutos, hacer un agujero por el que cabía casi una mano.
Susana descansó unos instantes. Le dolían las puntas de
los dedos y las uñas. Aun le quedaba mucho por hacer y debía cuidar de no
moverse demasiado, pues la cuerda que le ceñía el cuello la molestaba mucho.
Estaba segura de que a Duke no le había ocurrido nada. Mejor dicho, deseaba
estar segura de ello, porque la simple sospecha de que pudieran haberle
asesinado la habría hecho desesperar y abandonar la lucha.
Sólo podía trabajar con los dedos, pues sus manos estaban
atadas por las muñecas. Arqueando el cuerpo todo lo posible, y procurando tirar
más de los pies que del cuello, pues éste era su punto más débil, Susana
comenzó a sacar lana del colchón, hasta abrir un agujero en él y alcanzar, tras
infinitos esfuerzos la tela inferior. Entonces volvió a descansar. Tenía las
manos llenas de dolores y el trabajo apenas estaba empezado.
Al reanudarlo comenzó a deshilachar la tela inferior del
colchón. Al cabo de media hora había conseguido la primera parte de su intento:
abrir un agujero de parte a parte del colchón y alcanzar el somier que, como
había supuesto, era de fleje de acero, o sea formado por una serie de flejes
paralelos que iban de un extremo a otro del somier.
De nuevo tuvo que descansar para dejar que la sangre
circulara por sus doloridos miembros. Más tarde metió las manos a través del
agujero, apoyó lateralmente la cuerda que las sujetaba sobre uno de los flejes,
y comenzó a deslizar la cuerda arriba y abajo. Unas veces el fleje cortaba un
poco de cuerda y otras, las más, hería la carne; pero al cabo de diez minutos o
doce, una de las cuerdas saltó cortada y ocho minutos después Susana se
encontró con las manos enteramente libres. El desatarse la cuerda que la
ahogaba y la otra que le sujetaba los pies fue cuestión de pocos minutos,
aunque después de todo ello la joven encontróse tan agotada que necesitó un
cuarto de hora para recuperar sus fuerzas.
Mientras tanto se fue acostumbrando a las tinieblas. Al
fin pudo divisar en un lado del cuarto un estante con una colección de botellas
de distintos tamaños. Susana cogió una de dichas botellas, la destapó y vació
en el suelo, pues sabía que si bien una botella llena pesa más que una botella
vacía, en cambio se rompe con mucha más facilidad, y para lo que ella quería
utilizarla, le convenía que no se rompiese al primer golpe. Era muy posible que
tuviera que pegar a dos o tres, pues hasta que se hace la prueba no se sabe lo
dura que es una cabeza.
Una vez en posesión de la botella, Susana fue hacia la
puerta con la esperanza de que la hubieran dejado abierta. Estaba bien cerrada,
por lo cual la joven cogió una de las sillas que había en el cuarto y sentóse
en ella, esperando que alguien fuese a ver cómo seguía.
En la casa habían cesado ya todos los ruidos. No se oía la
radio. Tan sólo se escuchaba el lejano latir del motor de la dínamo. De pronto
Susana oyó unos pasos que se acercaban. Lo hacían sin ningún disimulo; por lo
tanto, debían de ser pasos enemigos.
Sintiendo que el corazón le latía en la garganta, Susana
notó que los pasos cesaban frente a su puerta, y luego oyó entrar una llave en
la cerradura.
Poniéndose en pie, apartó la silla y empuñó con fuerza la
botella.
—Dios mío, dame las fuerzas necesarias —pidió mentalmente.
Luego pensó que Dios no la ayudaría mucho en aquel trance,
pues sus intenciones no eran nada piadosas.
La puerta empezó a abrirse. La persona que se disponía a
entrar se detuvo un momento, sin duda para preparar la linterna. Luego la
puerta se abrió del todo y la persona que lo hizo adelantó una mano armada con
una pistola Luger de fino y largo cañón. Susana aprovechó el instante de
desconcierto del cerebro que gobernaba aquella pistola y descargó contra la
tapa de hueso que lo cubría un enérgico botellazo. Tan enérgico que la botella
se hizo pedazos; pero no sin haber cumplido su cometido, que fue el de derribar
completamente fría a Betty, cuyo cuerpo rebotó como si fuese un saco.
Susana se inclinó a recoger la pistola Luger. Al reconocer
a la mujer, recordó las dos bofetadas y el abortado intento de marcarle la cara
con la brasa del cigarrillo. De pronto sintióse infinitamente feliz. Tan feliz
que hasta sonrió y dijo:
—Yo también soy peligrosa.
Con las cuerdas que la habían atado, amarró a Betty a la
cama; pero de forma que no pudiese repetir su fuga. Para ello, sujetó ambas
manos con una cuerda que pasó por debajo de la cama y por último dejó una
almohada sobre la cara de Betty, con la vaga esperanza de que se ahogase,
aunque sin cargar su conciencia con un crimen. Si Betty moría asfixiada, la
culpa sería de la almohada, no de ella.
Provista de la pistola, Susana salió al pasillo. Cerró con
llave la puerta y echóse a buscar otras puertas que pudiera abrir con las
llaves que colgaban del llavero que había guardado la llave de su cárcel.
El silencio en la casa era absoluto y Susana empezó a
sentirse nerviosa a causa de él. Habría preferido algún ruido que indicara
presencias humanas.
Al llegar al final del pasillo, Susana oyó un ruido, y en
lugar de sentirse aliviada notó como si le pasearan por la espina dorsal un
bloque de hielo. Una puerta comenzó a abrirse con cautela, y la joven,
empuñando temblorosamente la pistola, se pegó a la pared, con el dedo en el
gatillo y la esperanza de que cada bala llegara a su destino si era preciso
disparar las que contenía el cargador de la excelente pistola germánica.
CAPÍTULO X
LOS PRISIONEROS
Al empujar la puerta, Duke y Ferrara vieron reflejada
contra el suelo la silueta de una mano armada con una pistola Luger. Los dos
dejaron de empujar y sus pistolas miraron a través de la madera de la puerta
hacia el cuerpo a que pertenecía aquella mano. Luego, antes de disparar,
vacilaron un instante. Mientras la pistola permaneciera inmóvil no era
peligrosa, pero si empezaba a moverse...
Duke resolvió el problema. Empujó con súbita violencia la
puerta y la hizo dar contra la mano que empuñaba la pistola, que salió
despedida contra la pared y de allí al suelo. Cuando Susana se lanzó a
recogerla casi dio de cabeza contra Duke. Los dos intentaban lo mismo.
—Hola —saludó Susana.
—Hola —sonrió Duke.
—Casi me has destrozado la mano —dijo la joven.
—Me diste un buen susto —declaró Duke.
—¿Quién es ese amigo que te acompaña?
—Un antiguo contrabandista de licores a quien se da por
desaparecido.
—¿Es aquel que era amigo de Barbarroja?
—Sí, Susana. Te presento al señor Mike Ferrara.
—Encantado, señorita —aseguró el antiguo contrabandista.
Susana aceptó con una inclinación de cabeza las palabras
de Mike, en tanto que Duke examinaba la pistola y comentaba:
—Esta no era tuya, ¿verdad?
—No, se la quité a Betty, una especie de torbellino
aficionado a pegar bofetadas a las personas que no pueden defenderse. Me quería
marcar la cara con un cigarrillo encendido. Al ver que no la dejaban se enfadó
tanto que al cabo de una hora y media, poco más o menos, se hizo con esta
pistola y trató de vaciarla en mi cuerpo.
—Pero no la vació, ¿verdad?
—No. Claro que no pero tuve que romperle una botella en la
cabeza.
Susana explicó lo que le había ocurrido y al terminar
comentó:
—¿Era para eso que hiciste que me quedase en esta casa?
—Claro —asintió Duke—. Era lógico que tú salieras del
apuro y estuvieses en condiciones de ayudarnos.
—Si no ando lista, Betty me deja hecha un colador —recordó
Susana—. Sus intenciones no podían ser peores. ¿Y tú de donde vienes? ¿Qué ha
sido del "Rata"? Mientras hablábamos sonaron dos disparos y todos
dijeron que el "Rata" debía de haberte matado.
—El señor Ferrara se le anticipó muy oportunamente
—explicó Duke—. Cuando veníamos hacia aquí vimos a unos hombres que iban hacia
el bosque. Seguramente habrán encontrado el cadáver del "Rata".
—Mientras ellos están fuera busquemos lo que necesitamos
—dijo el antiguo contrabandista.
Duke y él habían entrado en la casa por una de las
ventanas de la cocina, sin hallar ningún obstáculo hasta su encuentro con
Susana.
—Son muy descuidados —comentó Duke.
—Se creen seguros —replicó Ferrara—. Eso es lo peor que
puede ocurrirle a uno. Yo estoy muy práctico en esas cosas. ¿Dónde está esa
Betty?
—¿Para qué quiere saberlo? —preguntó Susana.
—Tenemos una cuenta pendiente —replicó Ferrara—. Era amiga
de Louie, y ella fue quien le asesinó y robó...
—¿Qué robó? —preguntó Duke al ver que Mike se interrumpía.
—Eso es cuenta mía —replicó el otro—. ¿Dónde está la
chica?
—Eso es cuenta mía —dijo Susana—. ¿No es verdad, Duke?
—Claro.
—Bien, no importa —respondió Mike Ferrara—. Continuemos
buscando. Ustedes vayan hacia arriba. Yo me encargaré de la planta baja.
—¿No me dijo que tenía a algún amigo centro de la casa?
—preguntó Duke.
Ferrara se encogió de hombros.
—Fue una mentira —dijo.
Duke sonrió y cogiendo del brazo a Susana la condujo hacia
las escaleras.
—Tenemos que encontrar a los dueños de la casa —dijo.
Dejando que Ferrara campara por sus respetos sin oposición
alguna, Duke y Susana subieron al primer piso. Probaron de abrir la primera
puerta que encontraron. Estaba cerrada. Duke fue haciendo experimentos con las
llaves que Susana le había quitado a Betty. Al fin una de ellas coincidió con
la cerradura y la puerta se abrió.
Sentada en su cama, con los ojos muy abiertos y sin
parecerse en nada a Marlene Dietrich, Lora Moran parecía esperar su última
hora. Al reconocer a Duke lanzó un gemido de alivio.
—Creí que se habría marchado —dijo con voz menos pastosa—.
¿Viene con usted la policía?
—Aún no —respondió Duke.
—Pero no se apure —dijo Susana—. Podrá contar a los
periodistas que ha vivido una emocionante aventura.
—¿Puede decirme dónde están las habitaciones de los
señores Blane? — pidió Duke.
Lora Moran saltó de la cama, en una exhibición de sus
maravillosas piernas, que Susana no encontró nada maravillosa, cubrióse con un
salto de cama estilo Hollywood, salió al pasillo y señaló dos habitaciones
contiguas:
—Esas son. La primera es la del señor Blane.
—¿Podría decirme ahora por qué se asustó al oír mi nombre
esta noche?
Lora Moran dudó un momento y al fin respondió con una
franqueza legítima.
—Aquellos hombres nos dijeron que si alguno de nosotros
hablaba con usted y decía lo que estaba sucediendo, le matarían.
—Gracias —contestó Duke—. Ya me imaginé que se trataba de
algo por el estilo. Vamos, Susana. En cuanto a usted, señorita Moran, es mejor
que no salga de su cuarto.
La puerta del cuarto del señor Blane se abrió a la tercera
prueba. Amos Blane les recibió bastante alterado, aunque haciendo heroicos
esfuerzos por disimularlo. Al ver a Duke no demostró la alegría de Lora Moran.
Tal vez porque él no era mujer. En cambio, Sarah Blane lanzó un gemido de
emoción al ver a Duke y a Susana. Corrió hacia ellos y preguntó, anhelante:
—¿Le han encontrado?
—¿A quién? —preguntó Susana.
—No seas indiscreta —recomendó el señor Blane, entrando en
el cuarto de su mujer.
Ésta le miró llena de angustia.
—Amos, es preciso que le contemos la verdad al Señor
Straley. Tú le querías encargar de la solución de los misterios de esta casa.
¿Por qué no lo haces?
—Entonces no había ocurrido lo que sucedió luego —dijo
Amos.
—Puede usted contarme o no lo que sucede —dijo Duke al
dueño de la casa—; pero independientemente de lo que usted me diga y pida, yo
trataré de resolver este misterio. Unos bandidos han asaltado esta casa y han
secuestrado a su hija, ¿no es así?
Amos Blane trató de fingir una serenidad que no sentía.
—No —dijo con temblorosa voz.
—¡Di que sí! —casi gritó su mujer—. Si tú no quieres
hablar hablaré yo. El señor Straley me oirá y hará lo que crea conveniente.
—Piensa en el peligro que haces correr a Amelia —advirtió
el señor Blane.
—El peligro se lo hacemos correr al no tomar ninguna
medida en su favor — replicó Sarah Blane.
—Bien... ya hablaré yo —dijo Amos.
—Dése prisa —recomendó Duke—. Los demás pueden volver de
un momento a otro y entonces no tendríamos tiempo para nada.
—Todos los años venimos a pasar algunos días en esta casa
—empezó Amos Blane—. Este año estuvimos ya aquí durante el verano; pero como
una amiga... —el señor Blane vaciló un momento antes de mentir:— una amiga
nuestra demostró interés por conocer esta casa vinimos a ella.
—Creo que es mejor decir toda la verdad —intervino la
señora Blane—. Al fin y al cabo estás arrepentido de tu locura, ¿no?
El señor Blane dijo que sí; pero a Susana le quedó la duda
de si era totalmente sincero. Al fin y al cabo, aunque la señora Blane había
sido una mujer muy atractiva, en la actualidad Lora Moran le daba cien vueltas.
—Se encaprichó de esa actriz de cine —siguió Sarah Blane—.
Incluso pensó en obtener el divorcio. Si nos trajo a Amelia y a mi fue para
cubrir las apariencias, especialmente en favor de esa Moran.
—En cuanto llegamos empezaron a ocurrir cosas extrañas
—dijo el señor Blane, deseando pasar por alto los detalles molestos para él—.
Vinieron once amigos nuestros y el servicio. La casa había sido cerrada en
septiembre, pero en seguida encontramos señales de uso reciente. Como no
echamos de menos nada, pensamos que tal vez algún cazador había entrado para
guarecerse de las últimas tempestades. Cuando quisimos telefonear nos
encontramos con que el teléfono había sido cortado. Luego un día descubrimos
que los autos en que habíamos venido estaban inutilizados.
—Eso fue después de que empezaran a ocurrir las cosas
extrañas —recordó Sarah—. El servicio nos abandonó en masa diciendo que habían
visto fantasmas. No sé si los vieron o no; pero lo cierto fue que se marcharon.
Los invitados y nosotros nos quedamos. Un día en que Amos cruzaba el bosque le
quitaron de un tiro el sombrero y al volver a casa encontró una nota
ordenándole que se marchase. Entonces esa mujer, la Moran, empezó a ponerse
difícil. Dijo que tratábamos de crearle dificultades y que nos pediría daños y
perjuicios si le destrozábamos los nervios. Incluso habló de encausarnos por
emplear contra ella crueldad mental. No sé lo que es.
—A todo eso no veíamos a nadie —siguió el señor Blane—.
Creímos que se trataba de una broma, y de pronto, un día me encontré con que
nos habían destrozado los autos.
—Antes te amenazaron con hacernos daño a Amelia y a mí
—intervino la señora Blane.
—Sí, es verdad —admitió su esposo—. Encontré algunas notas
amenazadoras en mi despacho. Después de pedirle ayuda a usted, aparecieron los
autores de todo aquello. Iban mandados por un joven de aspecto inofensivo; pero
que en seguida echaba mano a su pistola. Sus compañeros le llamaban Eddie. Nos
dijo que habíamos hecho mal no abandonando la casa y que, a pesar de lamentarlo
mucho, se veía obligado a retenernos aquí.
—¿Cómo se les presentó? —preguntó Duke.
—Una mañana, al bajar a desayunar, los encontramos a todos
en la planta baja. Eran ese Eddie, el que ustedes vieron haciendo de mayordomo
y otro muy menudo a quien llamaban el "Rata".
—Ese ya ha muerto —dijo Susana.
—Entre ellos hablaban mucho y se quejaban de lo mucho que
tardaban Big Mac y Betty —explicó la señora Blane—. Para obligarnos a no huir y
a que no intentáramos nada contra ellos, secuestraron a Amelia, nuestra hija.
Se la llevaron y cada día me dejan verla; pero no nos dejan hablar. No sé dónde
la tienen encerrada.
—¿Hay sótanos en la casa? —preguntó Duke.
—Si —contestó Amos—. Esta casa perteneció a un
contrabandista de licores que durante los años de la Ley Seca almacenó
cantidades enormes de licores en las bodegas que hay debajo de la casa. Lo
traía del Canadá en hidroaviones que amaraban en el lago y luego lo distribuía
entre sus clientes. Al terminar la Ley Seca dejó de interesarle la casa y me la
vendió muy barata.
—¿Y el criado? —preguntó, luego, Duke.
—Cuando secuestraron a mi hija —continuó Amos Blane—, se
desenmascararon. Hasta entonces habían estado escondidos en algún sitio,
seguramente en las bodegas. Entonces se instalaron en la planta baja y
obligaron a todo el mundo a que no nos moviésemos del primer piso. Uno de ellos
se vistió de criado para disimular si llegaba algún visitante inesperado, y
como ya sabían que le había enviado una carta a usted, me ordenaron, so pena de
matar a mi hija, que cuando llegaba usted le despidiera diciéndole que todo
había sido una broma. También dijeron a los invitados que si alguno de ellos
hablaba con usted moriría. Luego nos aseguraron que antes de una semana se
marcharían y que entonces podríamos hacer lo que nos diera la gana, incluso
denunciarles a la policía.
—¿Cuándo ha llegado Big Mac? —preguntó Duke.
—Hoy, poco antes que usted —respondió el señor Blane—.
Traía un maletín bastante pesado. En seguida pusieron en marcha otro motor de
gasolina para tener más electricidad.
—¿No han oído algo que les permita suponer a qué se
dedican?
Blane respondió negativamente a la pregunta de Duke.
—Lo único que les he oído decir varias veces es que se
harían ricos en un par de días.
—¿Han visto llegar algún equipaje? —preguntó Duke.
—No.
—Por favor, busquen a mi hija —pidió la señora Blane—.
Mientras esté en su poder no viviré tranquila.
Duke vaciló antes de decir lo que deseaba. Por fin pidió:
—No se muevan de aquí. Tú, Susana, hazles compañía y ve
abriendo las otras habitaciones. ¿Les encerraban todas las noches, señor Blane?
—Sí, todas las noches.
—Pues bien, ocurra lo que ocurra, no bajen. Creo que ya se
dónde está el misterio.
Dejando a Susana con el encargo de ir abriendo
habitaciones, Duke descendió a la planta baja. No se veía a nadie y el silencio
sólo era quebrado por el abrir de las puertas del primer piso. Duke dirigióse
hacia las cocinas, seguro de que por allí estaría la puerta que conducía a los
sótanos. Cruzó una puerta y de súbito presintió lo que iba a ocurrirle. Quiso
saltar hacia atrás, pero el saquito de arena le alcanzó de pleno en la cabeza,
borrándole la visión en medio de un estallido de luces multicolores.
CAPÍTULO XI
EN LOS SÓTANOS
Duke volvió lentamente en sí. Tuvo la impresión de que
subía penosamente desde el fondo de un hondísimo mar hacia una vaga claridad
que se iba haciendo más intensa a medida que se acercaba a ella. Cuando al fin
abrió los ojos, Duke se sorprendió de encontrarse en una media oscuridad nada
semejante a la luz que había entrevisto.
Se hallaba tendido sobre un montón de sacos que olían a
grasa de máquinas. No estaba atado, pero tampoco notaba contra su pecho el
contacto de su pistola.
—Me alegro de ver que no le maté del golpe, señor Straley
—dijo el joven pistolero.
—Hola, Eddie —replicó Duke—. Yo también me alegro de no
haberte matado en el bosque, a pesar de que hice todo cuanto me fue posible por
lograrlo.
—Es muy difícil disparar de noche y dar en el blanco
—replicó Eddie—. No debe mortificarse por ello. Al mejor tirador del mundo le
ocurriría lo mismo.
—No imaginé que tuvieras tan buenos músculos —siguió
Duke—. El golpe que me diste fue terrible.
—Cuestión de práctica, nada más —dijo, modestamente,
Eddie—. Cada día practico con un saquito de arena, rompiendo cocos. Es lo más
parecido a un cráneo humano.
—Un cráneo es menos duro, pero más fuerte —rectificó
Duke—. Sin embargo, se trata de un buen ejercicio.
—¿Fue usted quien mató al "Rata"? —preguntó
Eddie—. El jefe está muy enfadado.
—Claro que le maté yo —sonrió Duke—. Lo hice en legítima
defensa.
—Hemos tenido que encerrar a su novia —siguió Eddie—.
Betty la quería hacer pedazos. Está loca. Su novia, señor Straley, casi la mató
de un botellazo. No me gustan las mujeres tan violentas. En su lugar yo no me
casaría con una mujer que maneja así las botellas —Eddie se interrumpió con una
sonrisa, luego agregó:— Claro que usted no se casará con nadie, como no sea
"in articulo mortis". Le tenemos que matar.
—¿Por qué no lo habéis hecho ya? —preguntó Duke.
—Falta la orden del jefe —replicó Eddie—. Betty también
quería matarle, pero yo he aprendido que Big Mac siempre tiene razón y que por
lo tanto es mejor seguir sus indicaciones. Si él me dice que le mate, le
mataré; pero a lo mejor le tiene dispuesta otra muerte menos comprometedora. No
es prudente precipitarse.
—¿Por qué no me cuentas cómo descubristeis que yo estaba
en casa? — preguntó Duke.
—Encontramos al "Rata" con la cabeza destrozada
y en seguida supusimos que andaba usted por aquí. Volvimos sin hacer ruido, les
oímos hablar arriba y aguardamos a que bajase... pero ahí viene el jefe.
Big Mac se detuvo frente a Duke, le miró disgustado y al
fin gruñó:
—No podrá decir que no le haya dado oportunidades de
salvarse, señor Straley. Ahora me pone usted en la desagradable necesidad de
matarle. Si no hubiese descubierto lo que hacemos, no le hubiese hecho nada, en
contra de los deseos de mi gente y a pesar de haber matado al "Rata".
Aquello, al fin y al cabo, fue en defensa propia, aunque me extraña que el
"Rata" volviera la espalda. Las balas que usted le disparó le
entraron por detrás.
—Al ver que le había descubierto quiso huir —mintió Duke,
comprendiendo que sus enemigos no sabían nada de la presencia de Mike en la
casa.
Suponían que él había descubierto algo, cuando en realidad
debía de ser Mike quien lo había encontrado. No confiaba mucho en que Mike
Ferrara hiciese gran cosa por él; pero si él le denunciaba aún podría hacer
mucho menos.
—¡Quiero matarlo! —chilló en aquel instante Betty, cuyos
pasos sonaron en unos escalones de granito.
—No la dejes cometer ninguna locura —ordenó Big Mac a
Eddie.
Éste corrió al encuentro de Betty, pero ésta siguió
adelante, gritando:
—¡Sois unos cobardes! Os da miedo pegarle cuatro tiros
frente a frente. ¡Dejadme a mí! Yo le mataré. Tengo bastantes cuentas
pendientes que liquidar. ¡Y dejadme a su chica! Le devolveré el botellazo...
—¡Cállate ya! —ordenó Big Mac—. Debieras tener un poco más
de cuidado con la morfina.
Betty soltó una histérica carcajada.
—¡Siempre tenéis miedo de que descubra nuestro juego!
—exclamó—. ¿No comprendes que yo soy la más interesada en que no se sepa? Yo
recibiré un cuarto de millón, ¿verdad? Eso fue lo prometido.
—Te lo pagarán con plomo —dijo Duke—. ¿No comprendes que
tienen miedo de que descubras la trampa?
Big Mac se inclinó sobre Duke y le golpeó la boca con la
mano, manchándole de sangre los labios. A pesar del golpe que había recibido en
la cabeza, aun guardaba las suficientes energías para incorporarse de un brinco
y derribar de un cruzado de derecha al pesado Big Mac.
Eddie dio una nueva muestra de su capacidad combativa al
derribarle de nuevo de un golpe de porra en la cabeza, que hundió a Duke por
segunda vez en las tinieblas de la inconsciencia.
Sin embargo, en esta ocasión Duke había previsto el golpe
y se había prevenido en lo posible. El porrazo fue menos violento de lo que el
propio Eddie imaginaba, y al cabo de dos minutos la conciencia volvía al
dolorido Duke.
Éste permaneció tendido en el suelo, sin alterar su
postura, como si continuara lejos de este mundo. Big Mac debía de estarse
reponiendo de los efectos del golpe de Duke, pues hablaba con dificultad y de
cuando en cuando emitía un gruñido.
—Al fin tendremos que matarle —dijo.
—¡Mátalo de una vez! —pidió Betty—. Le tenéis ahí, hecho
un saco. Metedle unas balas en el cuerpo y así no tendréis que preocuparos más
por él.
—Ya sabéis que no me gusta dejar cadáveres detrás de mis
huellas — declaró Big Mac.
—Yo opino como Betty, jefe —dijo Eddie—. A ese Duke
tenemos que matarlo o exponernos a que sea él quien nos mate.
—No te molestes en darle consejos al jefe —dijo Betty—. Ya
pasaron los tiempos en que era capaz de cargar con una Thompson y barrer una
cuadrilla de rivales, como hizo el día de San Valentín con la banda de Moran.
Entonces era todo un hombre y yo me volvía loca por él. Recuerdo que después de
aquella faena brindó con una copa de champán llena hasta por encima del borde y
no derramó ni una gota. Le sobraba pulso; pero desde que Mike Ferrara nos
abandonó y Big empezó a ganar dinero sin necesidad de manejar la
ametralladora...
—¡Cállate, Betty! —ordenó Big Mac—. Y haces mal en
recordarme que tú fuiste testigo de la matanza de San Valentín.
—¿Es que tienes miedo al fantasma de Moran? —dijo Betty—.
Hace tiempo que lo cosieron a tiros los federales y lo dejaron tan deshecho que
no creo que se salvase ni el espíritu. Lo debieron destrozar al mismo tiempo
que el cuerpo. No sé dónde leí una poesía en la cual decían que a un guerrero
antiguo le habían partido el cuerpo y la sombra. Algo así debieron de hacer con
Moran.
—No hables ya más de eso —gruñó Big Mac—. Podrían oírte...
—Ya le he oído —dijo, de pronto, una voz de mujer.
Duke sintió un escalofrío. A Lora Moran se le había
fundido la pastosa voz que utilizaba para la pantalla. En aquellos momentos
hablaba con acento tan metálico como el de una sierra eléctrica. Moviendo
levemente la cabeza pudo verla de pie en el último escalón de la escalera que
bajaba, sin duda, de la cocina, sosteniendo, como lo habría hecho un hombre,
una ametralladora Thompson de tambor.
—Cuidado con ese juguete, señorita —previno Eddie—. Se
puede disparar y hace mucho ruido.
—¡Cállese! —ordenó la actriz—. Con usted aún no va nada.
Mis cuentas pendientes las tengo con ese hombre y esa mujer, ¿No os extrañó mi
apellido? ¿No os acordasteis de la niña que el año veintinueve lloraba junto al
ataúd de Michael Moran?
—¡Es su hija! —dijo Big Mac.
—Todos dijeron que al perder su banda, Moran perdió,
prácticamente, la vida —siguió la actriz—. Yo juré vengarle, y un hombre me ha
dado la oportunidad de conseguirlo. Os he oído hablar lo suficiente para saber
a quién debo...
Eddie repitió el saque de pistola que había puesto en
práctica frente a Duke en el bosque; pero sin duda su mano vaciló un momento
antes de disparar contra una mujer y dio tiempo a que Lora Moran apretara el
gatillo de la Thompson.
El rosario de balas levantó el polvo de las paredes de la
bodega antes de alcanzar a Betty que, lanzando un chillido de angustia, cayó
hacia adelante al mismo tiempo que de tres disparos Eddie conseguía derribar a
Lora. Ésta quedó de rodillas un momento. Su blanco traje se enrojeció con la
sangre que brotaba de tres heridas. Luego cayó también hacia delante. No había
sabido aprovechar la formidable arma que había tenido entre las manos.
—¡Diablo de mujeres! —refunfuñó Eddie—. ¿Quién iba a
imaginar que esa actriz fuera la hija de Moran? ¿De dónde debió sacar la
ametralladora?
—No lo sé. Lo cierto es que la tenía —Big Mac hablaba
trabajosamente—. Le fue de poco que no me alcanzase.
—¿Qué hacemos con Duke Straley? —preguntó Eddie.
—De momento átalo —replicó Mac—. Cierra la puerta del
sótano y así no podrá venir nadie en su auxilio. ¿Sabes si tienen la Minerva
preparada?
—Creo que sí. Pronto empezará a tirar.
—Fue una estupidez escoger este sitio —siguió diciendo
Mac, en tanto que Eddie ataba a Duke.
—Si hubiésemos estado solos, como esperábamos, todo habría
ido bien — replicó Eddie—. Aquí nadie nos habría buscado. Tampoco había que
temer la inesperada aparición de la policía. En Nueva York hubiese sido muy
expuesto.
—Desde luego. Tienes razón; pero todo ha ido de mal en
peor. No quería que se derramase sangre y esto parece una carnicería.
—La muerte de Betty es muy oportuna —dijo Eddie—. Una
parte menos. Y era de las más importantes.
—Por la muerte de Betty la policía no nos buscará
demasiado —dijo Big Mac—; pero la de Duke Straley no nos la perdonarán. Y si le
unimos la de todos los que nos han visto...
Eddie se sobresaltó.
—No pensarás matar a los catorce que hay arriba, además de
Duke y su novia, ¿verdad?
—¿Se te ocurre una solución mejor? Podríamos prender fuego
a la casa y dejar se quemaran todos. Se podría achacar a un accidente.
—La policía sospecharía la verdad. Y más si encontraba
cadáveres con balas en el cuerpo.
—Pues... se les puede hacer meter los pies en un cubo de
cemento y agua. Cuando el cemento sea duro como la piedra se les echa al lago.
Tardarán años en encontrarlos.
Eddie movió negativamente la cabeza.
—Yo no hago eso —dijo—. Prefiero matarlos a tiros. Y eso
tampoco me gusta. Los asesinatos a sangre fría me repugnan.
—Cierra con llave la puerta y vayamos a ver lo que está
haciendo Ollie.
Eddie cerró la puerta y luego, dirigióse hacia el fondo de
la bodega. Los dos hombres abrieron una puerta y desaparecieron tras ella.
Duke se incorporó en seguida y aflojó la tensión de las
muñecas. Las cuerdas que se las ataban quedaron flojas y en un momento se libró
de ellas. Después se inclinó sobre Betty y le quitó la Luger que llevaba en el
bolsillo de la chaqueta.
Aquella había sido una reina del hampa. Había brillado
entre pistoleros y contrabandistas en los tiempos dorados en que la Ley no se
atrevía a molestarlos. Cuando los norteamericanos, salvo raras excepciones,
sólo bebían vinos hechos con venenoso alcohol de madera, ella había bebido
champanes europeos, sin sospechar que un día tendría que morir de la misma
forma que habían muerto los hombres de Moran a quienes había visto ametrallar
en su garaje, el día de San Valentín, causando con ello uno de los más grandes
escándalos que se habían conocido. Diez años más tarde, la hija del jefe de
aquellos hombres debía vengarlos en ella con una ametralladora igual a la que
había utilizado entonces Big Mac. La venganza le había costado la vida y el
suceso produciría sensación cuando se conociera.
Entretanto Duke había oído lo suficiente para sospechar
una parte de la verdad. El nombre de Minerva y el recuerdo del contenido del
maletín de Osman significaban...
Asegurándose de que la puerta de la escalera estaba
cerrada, Duke quitó la llave que Eddie había dejado en la cerradura y la guardó
en el bolsillo. Después fue hacia la puerta por donde habían desaparecido Eddie
y Big Mac.
Cuando llegó junto a ella escuchó al otro lado dos
inconfundibles clic—clacs de la Minerva. Deteniéndose, Duke empuñó la Luger.
Comprobó que el cargador estaba lleno y que había una bala en la recámara.
Entonces hizo girar lentamente el tirador de la puerta y la empujó de golpe,
quedando frente a Ollie, o sea, el que había hecho las veces de criado, a Mac y
Eddie, cubriéndolos a todos con su pistola, pero especialmente a Eddie, a quien
ordenó:
—Tira lejos tu pistola, Eddie, y no intentes demostrarme
que sabes manejarla muy bien. Ya lo sé. Por muy rápido que seas, mi dedo lo
será más. Sácala con la punta de los dedos, ¿entiendes?
Eddie obedeció de mala gana; pero no intentó desobedecer
la orden. Su pistola fue a parar entre unas cajas de embalaje hechas astillas.
—Vosotros haced lo mismo —ordenó Duke a los otros dos.
Big Mack tiró su pistola al mismo sitio y Ollie hizo lo
mismo con un revólver Smith—Mágnum. Luego Duke recorrió con la mirada él
sótano.
—Muy bien dispuesto todo —dijo—. Se comprende que no os
pudierais marchar. Casi me pegaría por haber sido tan estúpido. A la derecha un
recipiente con ácidos decolorantes, a la izquierda un secadero eléctrico. Más
allá una prensa especial para papel. Y por último la máquina de imprimir. Lo
único que os faltaba eran las planchas que tenía Louie Yerbie, ¿verdad?
Ninguno de los tres respondió. El fracaso, cuando estaban
en el umbral del éxito, las enloquecía; pero la pistola que empuñaba Duke los
contenía.
—Muchas veces yo he pensado en eso mismo —siguió Duke—. Me
asombraba que a algún falsificador no se le ocurrida el sistema. Se coge un
billete de un dólar y se sumerge en la mezcla de ácidos decolorantes. El papel
queda tan blanco como antes de imprimirlo. Los ácidos son carísimos; por eso no
se pueden utilizar para volver blanco el papel viejo. Sale más a cuenta hacer
papel nuevo; pero en este caso, se pueden gastar impunemente diez centavos en
convertir un billete de un dólar en un trozo de papel blanco sobre el cual, una
vez secado y prensado, se pueden imprimir billetes de veinte dólares. Siempre
ha sido el papel lo que ha hecho fracasar a los falsificadores. El hacer unos
clisés de acero o de cobre para reproducir el billete es la cosa más fácil del
mundo. Cualquier buen grabador puede hacerlo; pero el papel se elabora con
procedimientos secretos. Es inconfundible y basta tocarlo, con los ojos
cerrados, para saber si es el que emplea el Estado o no; pero los billetes de
un dólar y los de veinte son de idéntico tamaño. Sólo varía el color de la
impresión. Y lo que hacían aquellos hombres era decolorar los billetes e
imprimir sobre ellos las planchas de veinte dolores. Un millón de billetes de
un dólar se convertía en veinte millones de dólares que serian pasados
velozmente, antes de que se descubriera la falsificación.
Duke comprendió otras muchas cosas.
Comprendió cuál era la parte que Ferrara desempeñaba en
aquel asunto. Él debía de haber sido el planeador de la falsificación.
La obtención de los ácidos no debió resultar nada difícil.
Se podían comprar en cualquier droguería sin necesidad de requisito alguno. No
era delictivo comprarlos. La dificultad principal era la obtención de billetes
de un dólar nuevos. Tenían que ser completamente nuevos y luego conseguir las
planchas. Éstas podían ser hechas por cualquier buen grabador; pero el que las
hiciera tenía que saber para qué se querían. No cabía engaño posible. El riesgo
era inmenso. El delito entraba dentro de los perseguidos por la Policía
Federal. Por consiguiente cada plancha de aquéllas debía valer una fortuna.
Acaso cien mil dólares o más. El grabador que las hizo debió de salir
apresuradamente de los Estados Unidos y refugiarse en un país donde pudiera
gastar su dinero sin ser molestado por la policía. Aquellas planchas las había
encargado Mike Ferrara, luego había hecho imprimir cinco mil billetes de un
dólar, transformándolos en cien mil dólares. Louie Yerbie, su hombre de
confianza, los había vendido a John Osman, diciéndole la verdad o bien diciendo
que se trataba de dinero de un secuestro, o sea, dinero peligroso. Pero Louie
tenía otros planes. Había seguido las instrucciones hasta el momento de cambiar
el dinero falso por los cincuenta mil dólares de Osman. Después, en compañía de
un cómplice, había atacado a Osman, asesinándolo. Su plan debía de ser cambiar
aquellos ciento cincuenta mil dólares por la misma suma en billetes de un dólar
y como sabía dónde estaban las planchas, apoderarse de ellas y realizar el
negocio por su cuenta, estafando a Ferrara, sin contar que unos viejos amigos
de su jefe se habían enterado por medio de Betty, en quien él tenía plena
confianza, del audaz proyecto y, asesinándole, le habían quitado las planchas.
Aquel golpe debía de haber sido preparado meticulosamente.
En los sótanos de aquella casa habían dispuesto una máquina automática de
imprimir que debía imprimir quinientos billetes por hora. Primero una cara y
luego la otra. Habían reunido los billetes de un dólar, los habían decolorado y
sólo faltaban las anheladas planchas para convertir cien mil dólares en dos
millones.
Aquellas planchas eran, también, las que buscaba Mike
Ferrara.
—¿No podríamos llegar a un acuerdo? —preguntó Big Mac a
Duke.
—No —respondió éste—. El asunto es demasiado grave para
dejarlo pasar. Se ha derramado mucha sangre y se ha cometido una grave
falsificación.
—¿Y si le decimos dónde está Amelia Blane? —preguntó
Eddie.
—Si no me lo decís y la niña muere, os sentaréis en la
silla eléctrica, de acuerdo con la Ley Lindbergh, que previene la pena de
muerte para los secuestradores.
—Si hubiésemos querido matarle habríamos podido hacerlo,
señor Straley — dijo Eddie—. No olvide eso.
—Si yo hubiera estado en el sitio por donde pasaron las
balas que tú me dirigiste, Eddie, ahora estaría muerto —sonrió Duke—. Y de
todas formas teníais proyectada mi muerte, ¿no es así?
—Yo le habría salvado —aseguró Eddie.
—Yo también te salvaré de la silla eléctrica por tu
intervención en la muerte de Lora Moran. Diré que obraste en defensa propia.
Sólo pasarás treinta años en la cárcel. Cuando salgas, si llegas a salir,
encontrarás el mundo muy cambiado.
De pronto, Duke advirtió que los tres hombres miraban más
allá de él, como si estuviesen viendo algo inesperado. Fue a volverse y le
contuvo la voz de Mike Ferrara.
—No, Duke, no se mueva —aconsejó el antiguo contrabandista
de alcohol—. Nuestra alianza ha terminado.
El cañón de la pistola de Mike se apoyó contra sus
riñones. Luego Mike le quitó la Luger y le obligó a ir a reunirse con Big Mac,
Eddie y Ollie. Mike Ferrara quedó ante ellos, comentando:
—¡Qué grupo tan delicioso! Mi cara ha cambiado, pero
vosotros seguís siendo tan canallas como cuando comíais el pan que yo os daba.
No me refiero a usted, señor Straley, sino a esos que le rodean. Ya di su
merecido al "Rata". Tenía una vieja cuenta pendiente con ella; pero
Lora Moran la resolvió por mí.
—¿Era ella su ayudante en la casa? —preguntó Duke.
—Desde luego. Ella imaginaba que yo también quería
vengarme de la banda de Ferrara. Nunca imaginó que yo era Ferrara. Tiene
gracia, ¿verdad? Ella quería vengar a su padre y no supuso que yo le hice
matar. Creyó que era su amigo.
—Si ahora estuviese viva tendría una buena oportunidad
para vengarse, Ferrara —dijo Duke en voz muy alta—. Si Lora Moran estuviese
viva te llenaría de balas el cuerpo.
—Sí, pero está muerta —respondió Mike—. Y los muertos son
muy inofensivos, por mucho que digan los supersticiosos. ¿Fuiste tú, Big Mac,
quien la mató? No, tú eres incapaz de matar a nadie.
Siempre lo has sido. A lo más que llegas es a que otros maten por ti. ¿Fuiste
tú, Ollie? No, tampoco. Ollie siempre usó revólver y a la chica la mataron con
pistola. Fuiste tú, Eddie, uno de mis mejores hombres hasta que nos separamos.
¡Cuánto he echado de menos tu cara de niño y tu destreza en el manejo de la
pistola! Si puedo os enviaré flores el día antes de que os ejecuten.
—Eso no lo harás, Mike Ferrara —dijo la voz de Lora Moran,
tras él.
Mike se volvió como un loco y sólo tuvo tiempo de tropezar
con una granizada de balas que lo empujaron hacia atrás, lo lanzaron contra la
Minerva y, al fin, casi lo partieron en dos. Por muy mal que hubiera quedado
Michael Moran después de muerto por los federales, Mike Ferrara quedaba
infinitamente peor. Cuarenta balas del 45 automático habían atravesado su
cuerpo.
Lanzando exclamaciones de horror, Mac, Ollie y Eddie
echaron a correr hacia la puerta del sótano, olvidándose de los billetes y de
todo cuanto quedaba allí. Duke se entretuvo unos segundos entre las cajas de
embalajes y luego corrió también tras ellos. Al pasar junto a Lora Moran se
detuvo un instante. La actriz estaba bien muerta. El postrer esfuerzo había
provocado una hemorragia interna. Las últimas balas contra Mike Ferrara debió
dispararlas en las contracciones de la agonía.
CAPÍTULO XII
LA POLICÍA FEDERAL
Duke subió de tres en tres los escalones. Ya no oía los
pasos de los fugitivos.
Sin duda estaban ya fuera de la casa. Al pasar por uno de
los rellanos de la escalera vio un armero lleno de rifles y carabinas de
repetición. Cogió un Harrington & Richardson y siguió escaleras arriba
hasta alcanzar la cocina. La encontró vacía. Antes de salir de la casa subió al
primer piso, llamando:
—¡Susana, Susana!
La voz de la joven le respondió de dentro de una de las
habitaciones.
—Estoy aquí.
Duke localizó en seguida la habitación y pidió:
—Quítate de delante de la puerta. Voy a disparar unos
tiros contra la cerradura.
—¡Ya puedes hacerlo! —replicó Susana.
Dos balas bastaron para hacer saltar la cerradura. Duke
pegó un puntapié a la puerta y al entrar en la habitación vio a Susana en
compañía de los Blane y de una muchacha de unos doce años que se parecía a los
dos, pero sobre todo al padre. Era Amelia Blane.
—Señor Blane —dijo Duke—. En la escalera de la bodega hay
un armero. Baje a buscar algunos rifles; ponga en libertad a sus huéspedes y
ármelos. Tenemos que cazar a los que han huido.
Estaba amaneciendo. Por la ventana entraban las primeras
luces del día junto con el húmedo perfume de los bosques y las explosiones de
un motor de gasolina.
—Huyen en una lancha —dijo Susana—. Hay niebla sobre el
lago. No se puede ver nada.
Duke asomó a la ventana, escuchó el plof plof de la lancha
y guiado por él hizo tres disparos de rifle. Desde el lago llegaron unos
gritos; pero después de lo ocurrido con Eddie en el bosque no podía asegurarse
que no se tratara de otra añagaza.
—Me parece que no les cazamos —suspiró el aventurero—. De
todas formas hay que poner en libertad a los otros.
Cuando Amos Blane bajó en busca de los rifles, Duke
explicó a Susana y a la señora Blane lo ocurrido con Lora Moran.
—¡Pobre muchacha! —murmuró Sarah Blane—. Creo que hemos
sido injustos con ella. Parecía una mujer sin alma... Amos se va a emocionar
mucho cuando lo sepa.
Duke salió de la habitación para buscar las llaves de las
otras y al fin las encontró en el salón en donde Susana había estado con Big
Mac y los otros. Con ellas abrió las habitaciones y ayudado por el señor Blane
distribuyó rifles de caza mayor a todos los hombres que se declararon con
ánimos para utilizarlos. En total eran siete, además de Duke y Susana, que
también pidió una carabina Colt Relámpago.
—Tendremos que ir en busca de las autoridades —dijo Duke—.
Abajo hay tres cadáveres y debe haber otro en el bosque.
—Yo iré, si quieren —dijo Amos Blane.
—En algún sitio debe de haber bicicletas —recordó Susana—.
Creo que el camino del bosque puede recorrerse en ellas con mucho más rapidez
que a pie.
Amelia Blane se dirigió al cobertizo donde estaban las
bicicletas que se utilizaban para las excursiones. Se sacaron tres y hubo que
hinchar los neumáticos. Una de las bicicletas tuvo que ser dejada de lado a
causa de un reventón que no podía repararse en seguida. Se eligió otra, y por
fin, tres hombres pudieron disponerse a marchar.
Cuando ya iban a hacerlo, se oyó el potente zumbido de un
motor y a través de jirones de niebla que aún se pegaban a las aguas del lago
Elmwood, vieron avanzar una gran lancha llevando a remolque una más pequeña. En
la primera iban tres policías federales de uniforme. Iban armados con una
ametralladora Thompson y con revólveres de reglamento. Junto a ellos veía a
Eddie, Ollie y Big Mack.
Todos corrieron al embarcadero, al cual llegaron los
policías y sus prisioneros.
—Los sorprendimos cuando iban a desembarcar —contó el que
sostenía la ametralladora, y en cuya manga lucía los galones de sargento—.
Oímos unos disparos de rifle y sospechamos que ocurría algo. Como ésta es la
única casa habitada en las orillas del lago los hemos traído aquí. ¿Qué han
hecho?
Todos los hombres se lanzaron hacia delante para explicar
al sargento lo que había sucedido. Tan sólo Duke se rezagó, llevando con él a
Susana, a quien dijo unas palabras al oído, después de lo cual la joven entró
en la casa, llevándose a la señora Blane y a su hija.
Apenas habían desaparecido, el sargento encañonó con la
ametralladora a todos los que estaban ante él y ordenó con agria voz:
—¡Suelten las armas y levanten las manos!
Algunos quisieron conocer el motivo de aquella orden; pero
el sargento se limitó a repetirla y todos, incluso Duke, soltaron sus rifles y
levantaron al cielo las manos.
—Dispara sobre ellos, Carruthers —gritó Big Mac,
abandonando su expresión de hombre acorralado y soltando una triunfal
carcajada—. ¡Que no quede ni uno! ¡Han caído en la trampa como unos solemnes
imbéciles!
Un disparo de pistola le cortó la voz. La ametralladora
que sostenía el sargento voló lejos de sus manos, alcanzada por el proyectil
del más potente revólver que se conoce: un Smith & Wesson Mágnum, que había
sido de Ollie y que Duke empuñaba ahora con amenazadora firmeza.
Otro de los falsos policías federales quiso desenfundar su
revólver; pero un segundo proyectil del Mágnum le arrancó un mordisco de carne
del brazo, obligando al hombre a lanzar los brazos hacia arriba, en señal de
abyecta rendición.
Big Mack fue el único que intentó huir hacia las lanchas;
pero un tercer disparo le destrozó la pierna izquierda, haciéndole caer al
suelo, donde permaneció quejándose lastimeramente.
—Ahora sí que es preciso ir a buscar a la policía, si es
que hay alguna legítima por aquí —dijo Duke.
Luego acercóse a Carruthers y dándole un ligero puntapié
en las botas le indicó:
—Si cuando salga de la cárcel vuelve a disfrazarse de
policía federal, no olvide que a unas polainas de color no corresponden, de
acuerdo con el Reglamento, botas negras. En cuanto lo advertí me di cuenta de
qué clase de policías federales eran ustedes. —Cometimos una locura al querer
tropezar con usted, señor Straley —dijo Eddie.
—Desde luego —admitió Duke, a la vez que saludaba a
Susana, que acababa de aparecer en una ventana con uno de los nuevos rifles
Springfield, que había sacado del armero para intervenir, si era necesario, en
la contienda—. Pero su error principal fue creer que podía salirles bien un
plan tan descabellado —prosiguió Duke—. El único que demostró ser inteligente
fue Louie Yerbie. Su plan era canallesco; pero inteligente. Hubiera ido
vendiendo los mismos dólares falsificados a distintos peristas, sin dejar nunca
que salieran al mercado. Los Bancos habrían advertido la falsificación y,
además, este tipo de billetes va a ser retirado de la circulación dentro de
unas semanas.
—Es una lástima que no se haya dedicado usted a nuestro
negocio —dijo Eddie—. Se habría hecho famoso.
—Sí —rió Duke—. Tal vez seria más famoso como enemigo
público número uno que como un defensor de la Ley.
—No olvide lo que me prometió —recordó Eddie.
—No lo olvido; pero lo que intentabais hacer ahora era tan
grave que ya no puedo interesarme por ti. Asesinar a todas estas personas con
el único objeto de recuperar las planchas para falsificar los billetes de Banco
era un crimen demasiado horrible. Debisteis haber aprovechado la oportunidad de
huir.
CAPÍTULO XIII
QUINCE DÍAS DESPUÉS
Max Mehl dirigió una satisfecha mirada a su alrededor. En
un sillón estaba sentado el jefe de Policía de Boston, en otro el agente
Worsley, y en un sofá estaban Duke y Susana.
—Todo el misterio ha sido ya resuelto —dijo separando las
manos que hasta entonces había tenido unidas por las yemas de los dedos.
—El de John Osman, no —dijo, con indiferencia, el jefe de
Boston.
—Prácticamente, sí —insistió Max Mehl—. Fue asesinado...
—No hay cadáver —dijeron a una, Worsley y su jefe.
—Pero sabemos que fue asesinado —insistió Max.
—No hay cadáver —insistieron los otros.
—Está bien —gruñó Max—. No hay cadáver; pero sabemos
positivamente que fue asesinado. ¿O es que le creéis vivo?
—Nosotros no creemos nada —dijo Worsley—. Louie Yerbie,
que podría habernos dicho si le asesinó o no, ha muerto. Y la que mató a Louie,
también, y tú, bandido, canalla y oportunista, te has encontrado por la gracia
del señor Straley con el caso más espectacular del año.
Max Mehl echó hacia atrás la cabeza. Verdaderamente se
sentía feliz.
—Si —dijo—. Ha sido muy espectacular. Hemos evitado una
falsificación de billetes de Banco, hemos recogido el cadáver de Mike Ferrara y
el de Betty, una mujer muy peligrosa, además hemos detenido a los restos de la
banda de Ferrara y hemos podido explicar el heroico comportamiento de una gran
actriz de Hollywood.
—Si, nosotros hemos hecho todo eso —rió Susana—. Pero,
¿usted qué ha hecho, Max?
El jefe de Policía sonrió de nuevo.
—Yo no he hecho nada más que recoger el cesto cuando
vosotros me lo habéis llenado.
—Eso es un... un plagio —declaró Worsley—. Pero al menos
no has podido quedarte con la gloria de descubrir el cadáver de Osman.
Una beatífica sonrisa se extendió por el rostro de Max
Mehl. En cuanto la vio, Worsley comprendió que había caído en la ratonera que
el otro había tenido abierta durante nodo el tiempo. Vio cómo Max Mehl abría el
cajón central de su mesa, sacaba una copia fotográfica de gran tamaño y la
tendía a su jefe, diciendo:
—Toma, tal vez conozcas esto.
El jefe de Boston tomó la cartulina, le dirigió una
indiferente o resignada ojeada y luego la tendió a Worsley, quien le imitó
punto por punto.
—¿Es o no el cadáver de Osman? —preguntó Max Mehl.
—Lo parece —dijo Worsley.
—Bien —sonrió Max, cada vez más satisfecho—. Anotaremos
que el inspector Worsley dice que le parece que se trata del cadáver del
perista John Osman, de Boston. Eso quiere decir que no está seguro de que sea
él, en efecto.
—¡Maldito tiburón! —gritó Worsley—. ¡Claro que es Osman!
—A mí no me importa anotar que tú has dicho...
—¡Ya lo sé que no te importa! —gruñó el inspector—.
¿Puedes decirme ahora donde encontraste esto? —Worsley golpeó con la mano la
fotografía.
—En un barco que llegó de Boston cargado de columnas de
cemento. Se dieron cuenta de que les sobraba una y uno de mis hombres, que
había oído hablar de la desaparición de Osman, pensó que una columna de cemento
es un lugar precioso para esconder un cadáver. Las hizo pesar, porque nosotros
no somos tan perezosos como vosotros, y mandó hacer pedazos la columna que pesó
menos que las otras. Dentro hemos encontrado esto.
—¿Y qué? —preguntó Worsley.
—Pues... —Max se volvió hacia su amigo y preguntó:— ¿Qué
te parece a ti, Duke?
—Pues yo no sé. Tal vez mi futura esposa. ¿Qué dices tú,
Susana?
—Pues yo digo que si las columnas venían de Boston, el
crimen se cometió allí.
—¡Es una magnífica respuesta, Duke! —exclamó Max—. Tienes
una mujer que vale un tesoro. No uno, sino dos. Sí, dos tesoros. ¿Y qué más,
señorita Cortiz?
—Pues siendo un crimen cometido en Boston, el aclararlo
corresponde a la Policía de allí, ¿verdad? —preguntó Susana.
Worsley pareció dispuesto a correr el albur.
—Claro —replicó Max Mehl—. Se trata de un habitante de
Boston, que ha llegado cadáver desde el puerto de Boston, en un barco de
matrícula de Boston. Por todas partes suena el nombre de Boston. A nosotros
sólo nos corresponde la gloria de haber encontrado el cadáver. Pudieron haberlo
encontrado en Boston, ¿no, Duke?
Duke replicó con una sonrisa.
—Pero el trabajo era demasiado grande para la Policía
bostoniana —siguió, implacable, Max—. Tuvimos que intervenir nosotros, que a
nuestro abrumador trabajo agregamos el de los bostonianos. ¿Quién te imaginas
tú que puede haber asesinado al pobre perista Osman?
—No sé —replicó Duke—. Tal vez Louie Yerbie.
—¿Louie Yerbie? —Max fingió reflexionar—. ¿Quién es Louie
Yerbie?
—¿No recuerda que le asesinaron?
—¡Ah, caramba! ¡Es verdad! ¡Le asesinaron! Él asesinó a
Osman, y a él lo asesino Betty. A Betty la mató Lora Moran y a Lora Moran la
mató Eddie. Bien, aquí tenéis la foto, queridos amigos de Boston. Veremos cómo
os las componéis para tomarle declaración a Louie Yerbie. Si necesitáis ayuda,
pedidla.
Worsley se puso lentamente en pie, y dando unas palmadas
en la espalda de Max Mehl, dijo:
—Algún día se te casará el señor Straley, y entonces
tendrás que resolver a solas tus misterios. Entonces hablaremos, Max. Entonces
hablaremos.
Él y su jefe salieron del despacho con la foto del cadáver
del perista. Max rió profundamente. Luego comentó:
—De todas formas el asunto de Osman es de los malos.
Tendrás que ir a Boston a decirles lo que viste, ¿no?
—Si puedo evitarlo, no iré —dijo Duke—. Quiero casarme.
—Y yo también —dijo Susana.
—Ya es hora —sonrió Max Mehl.
EPÍLOGO
EL DÍA DE LA BODA
En la popular iglesia católica de San Patricio se iba a
celebrar la boda.
Como se trataba de una boda muy popular, debido a la
importancia de los contrayentes, el templo estaba rebosante de público que se
extendía hasta muchos metros más allá de la iglesia.
Se había colocado una rica alfombra, regalo del novio a la
iglesia, desde el altar hasta el punto donde debían detenerse los autos.
Por aquella alfombra habían pasado los invitados.
Los fotógrafos habían impresionado abundantes placas de la
llegada de los importantes invitados a la boda. Luego había llegado el novio
acompañado del jefe superior de Policía de Nueva York, que debía actuar de
padrino.
Enseguida se telefoneó a la novia.
—Ya puede ir, señorita. El novio ha llegado.
Susana Cortiz bajó en busca de su auto en una doble masa
de olorosas flores que decoraban toda la escalera del hotel.
—¡Qué hermosa es!
Esto lo habían dicho todas las jóvenes que la vieron
pasar.
—¡Parece mayorcita!
Esto lo dijeron las solteronas que ya no eran jóvenes.
—¡Quién fuese el novio!
Esto lo pensaron el noventa y nueve por ciento de los
hombres, solteros y casados, que vieron pasar a Susana.
—Me recuerda el día de mi boda.
Esto lo pensó la novia.
—Que no vaya demasiado de prisa —dijo.
Esto lo pensó su marido.
—Me muero de vergüenza.
Esto lo dijo la novia.
—Es estupendo eso de casarse.
Esto lo pensó la novia.
—Que no vaya demasiado de prisa —dijo la novia,
refiriéndose al coche—. Van a creer que tengo prisa por llegar.
—De todas formas este coche no puede ir más despacio de lo
que va.
Esto lo pensó la novia.
—Debo de estar horrible.
Lo dijo la novia.
—No ha habido novia más bonita que yo.
Desde luego, lo pensó la novia.
—¿Dónde diablos he metido el anillo?
Esto lo dijo el novio en la iglesia, empezando a buscar
por todos los bolsillos.
—¡Sssst!
Esto fue una prudente censura del jefe de ceremonias,
porque Duke había hablado demasiado alto.
—¿Qué?
De nuevo Duke hablaba demasiado alto.
—¡Ssssssst!
El jefe de ceremonias.
—¿Qué?
Duke.
—Dice que no hables tan alto. Todo el mundo te mira.
Esto lo dijo el padrino.
—Es que no encuentro el anillo.
—Lo tengo yo —tranquilizó el padrino.
Un policía avanzó por entre la gente hacia Max Mehl.
—Le llaman urgentemente —explicó.
—¿Quién? —preguntó Max.
—Por teléfono.
—No puedo ir.
—Dicen que debe ir.
—¿Quién lo dice?
—Jefatura. Han encontrado un esqueleto sentado en un banco
de la Madison Square. Dicen que llevaba prendido un papelito con una
inscripción dirigida a usted y al señor Straley.
El novio y el padrino desaparecieron dentro de la
sacristía.
—¿Qué es eso del esqueleto sentado? —gritó Max.
Un comisario explicó lo ocurrido. En plena plaza de
Madison había aparecido un esqueleto sentado en un banco. Un minuto antes había
allí un hombre. Al minuto siguiente sólo un esqueleto vestido con las ropas de
aquel hombre y un sobre dirigido a Max Mehl y a Duke Straley. No lo habían
abierto.
—Iremos enseguida —dijo Max—. En cuanto casemos a Duke.
La marcha nupcial anunciando la llegada de la novia
precipitó al novio y al padrino al pie del altar.
—Es guapísima —dijo Duke a Max. Y luego:
—¿No será una broma eso del esqueleto?
—Yo creo que no. Desde luego has tenido mucho gusto.
—Siempre he sido hombre de gusto. Yo creo que se trata de
una broma.
***
Una hora más tarde toda la comitiva nupcial se detenía
ante las estatuas de la plaza Madison. Ésta se hallaba desierta, a excepción de
unas palomas, un par de obreros sin trabajo ni deseos de tenerlo, y el
inspector Worsley, de la Policía de Boston, que acudió al encuentro de los
novios con una bolsa de arroz que empezó a tirarles.
—¿Dónde está el esqueleto? —preguntó Max Mehl.
Worsley se echó a reír y comenzó a tirar arroz sobre los
novios.
—Es que no pude encontrar un sitio a propósito para
hacerlo —dijo—. Pensé que esta plaza iría muy bien.
Duke se echó a reír.
Max se echó a reír.
Susana también se echó a reír.
Y de pronto Worsley se encontró sentado en el suelo, con
la mandíbula dolorida y sin ningún deseo de reír.
FIN
Digitalización: Antonio González Vilaplana
Publicado por: Editorial Molino, junio de 1946

