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Libro N° 4105. El Misterio De La Barba Roja. Figueroa Campos, J.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4105. El Misterio De La Barba Roja. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  El Misterio De La Barba Roja. J. Figueroa Campos

 

Versión Original: © El Misterio De La Barba Roja. J. Figueroa Campos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/03/el-misterio-de-la-barba-roja-j-figueroa.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL MISTERIO DE LA BARBA ROJA

J. Figueroa Campos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Annotation

 

 

Novena aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley, era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos, ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros héroes se había perdido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

EL HOMBRE DE LA BARBA ROJA

CAPÍTULO II

EL SECRETO DEL MALETÍN

CAPÍTULO III

MISTERIO SIN SOLUCIÓN

CAPÍTULO IV

PETICIÓN DE AUXILIO

CAPÍTULO V

EL VIAJE

CAPÍTULO VI

UN ENCUENTRO EN EL CAMINO

CAPÍTULO VII

LA RECEPCIÓN DE LOS BLANE

CAPÍTULO VIII

EN LA CASA DEL MISTERIO

CAPÍTULO IX

UNA MUJER PELIGROSA

CAPÍTULO X

LOS PRISIONEROS

CAPÍTULO XI

EN LOS SÓTANOS

CAPÍTULO XII

LA POLICÍA FEDERAL

CAPÍTULO XIII

QUINCE DÍAS DESPUÉS

EPÍLOGO

EL DÍA DE LA BODA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. Figueroa Campos

EL MISTERIO DE

LA BARBA ROJA

Duke, 9

Autor: José Mallorquí como J. Figueroa Campos

©1946, Editorial Molino

Colección: Hombres audaces

Digitalización: Antonio González Vilaplana

Generado con: QualityEPUB v0.28

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

EL HOMBRE DE LA BARBA ROJA

 

 

—Creo que en Boston estaremos tranquilos —dijo Duke, acariciando la mano de su novia—. Dicen que es el lugar ideal para celebrar una boda.

Susana Cortiz miró un momento a su novio.

—Estoy segura de que a ti las emociones te seguirán hasta el Cielo, si es que Dios te admite en él.

—¿Por qué no ha de admitirme? —sonrió Duke—. No he hecho daño a ninguna persona buena.

—Pero Dios no querrá en el Cielo a un hombre que es capaz de descubrir una conspiración en el mismo Paraíso. Acabarías deteniendo a una colección de ángeles y serafines que a espaldas del Señor estarían haciendo cosas malas.

—Ya verás como en Boston no nos ocurre nada y viviremos tranquilos hasta que llegue el momento de nuestra boda. Mi hermana y su marido se reunirán con nosotros y tu familia también.

Susana movió dubitativamente la cabeza.

—Estoy segura de que en el momento en que el sacerdote te preguntará si estás dispuesto a cargar para toda la vida con mi persona, oirás la sirena de un auto patrulla y le dirás al cura que espere un momento en tanto que tú resuelves el nuevo misterio.

—Si eso ocurriera seríamos los dos los que diríamos eso, pues también tú recogerías el velo de tu traje y te echarías el ramo de novia bajo el brazo para no alejarte demasiado de mí. Al fin y al cabo fuiste tú la que me obligaste a meterme en una nueva aventura cuando yo estaba dispuesto a regresar a mi casa.

Se habían detenido y estaban mirando hacia la terraza de un pequeño café situado al otro lado de la calle. La terraza quedaba encerrada dentro de una caja de cristales a través de la cual se veía a los pocos clientes sentados a las mesas.

—¡Nunca esperé poder ver una barba tan hermosa! —dijo, al fin, Susana.

Duke siguió la mirada de su novia y al fin tuvo que admitir:

—Yo tampoco.

—Pero no es legítima —siguió Susana.

—No; pero es hermosa —asintió Duke.

—¿Por qué no usará barba del mismo color que las cejas? —preguntó Susana.

—Ya la usa del mismo color que el cabello —replicó Duke—. Debe de haberle costado mucho teñírselo del mismo color de la barba; pero las cejas se le han resistido.

—A lo mejor usa peluca —sugirió Susana.

El hombre que atraía la atención de Duke y de Susana lucía una pobladísima barba roja, casi del mismo tono que sus cabellos; pero la luz que se proyectaba contra su rostro descubría que las cejas, aunque rubias, no habían adquirido la intensa rojez de la barba y la cabellera. Estaba sentado frente a una de las mesitas de la terraza y tenía frente a él un alto vaso de limonada.

—Un hombre con barba roja debiera beber ron puro, no limonada —dijo Susana—. Por lo menos así lo hacían los piratas, y ese tiene todo el tipo del famoso Barbarroja.

El individuo de la roja barba tenía la musculatura de un toro y el tamaño de una torre. Sin necesidad de la barba ya hubiera llamado la atención en cualquier punto donde se encontrase. La roja barba era como una gran bandera atada a un altísimo poste.

—Es muy sospechoso —sonrió Duke.

—Mucho —admitió maquinalmente Susana. Luego, volviéndose hacia su novio, agregó:— Me gustaría descifrar ese misterio.

—Creí que sería yo quien echaría a correr detrás del auto patrulla —dijo Duke.

—¡Bah! —refunfuñó Susana—. No estamos casándonos. De delante del altar no huye ninguna novia.

—He visto algunas que lo han hecho.

—Si te refieres a Claudette Colbert, no olvides que se trataba de una película, y que además echó a correr para reunirse con Clark Gable. Eso ya también lo haría.

—Ya has empezado a hacerlo por un hombre con barba roja. Mira, ya se levanta. Ha dejado un billete de veinte dólares y ha recogido una maleta del suelo. Mejor dicho, es un maletín de piel de cerdo. A lo mejor lleva en él una niña descuartizada.

—O un elefante picado —rió Susana—. De todas formas me siento intrigada. ¿Por qué no le seguimos? No todos los días se encuentran hombres con el cabello teñido de rojo, las cejas rubias, el cutis moreno y una barba postiza.

—A lo mejor nos lleva hasta un antro de descuartizamiento —sonrió Duke—. Es peligroso seguir a ciertos hombres.

—Yendo a tu lado no se corre ningún peligro. Es posible que descubramos algún inesperado misterio en Boston, la ciudad puritana.

El de la barba roja había recogido el cambio en billetes de un dólar y lo estaba guardando en una cartera; luego cogió un abrigo de pelo de camello y echándoselo al brazo de forma que ocultase el maletín salió lentamente a la calle y echó a andar sin aparente prisa.

Susana no esperó a que su compañero tomara una decisión y echó a andar en pos de la barba roja. Duke la alcanzó en seguida y cogiéndola del brazo le dijo al oído:

—No olvides que nos acabamos de meter en una peligrosa aventura.

—Es lo que estaba deseando desde que llegamos a Boston. Echo de menos los alaridos de los moribundos, el tableteo de las ametralladoras y el misterio del doctor "Muerte".

—Ten en cuenta que aún podemos retirarnos de la lucha —sonrió Duke—. Luego, cuando tengamos entre manos dos o tres cadáveres y un misterio indescifrable, no podremos echarnos atrás, tendremos que seguir y tú dirás llorando que fuiste una loca al seguir los pasos de ese hombre de la barba roja.

—¿No has ido nunca en bicicleta? —preguntó Susana.

—No, siempre he tenido automóvil —replicó Duke.

—Para el caso es lo mismo —dijo la joven—. ¿No te ha ocurrido nunca desear alcanzar a otro coche que iba muy delante de ti?

—Algunas veces. ¿Por qué?

—Porque en esos casos se siente el deseo de dejar atrás aquel otro auto, se pisa el acelerador, se va cada vez más deprisa y cuando se llega al nivel del auto perseguido, se siente una emoción muy grande; luego se le pasa, se le deja atrás, y a medida que el otro queda más y más retrasado desaparece la emoción. Se convence uno de que lleva el coche mejor e incluso se piensa que no valía la pena de haberse esforzado por una cosa que de antemano estaba decidida, pues en el rato que ha durado la persecución el otro coche no se ha vuelto peor de lo que era.

—¿Y eso qué tiene que ver con la barba roja? —preguntó Duke.

—Pues eso. Ahora seguimos a ese hombre, nos convenceremos de que lleva barba para esconder una horrible desfiguración de la mandíbula inferior, y podremos volver a casa diciéndonos que no valía la pena haber seguido a un hombre que sólo parecía misterioso; pero qué no lo era.

—Quieres decir que lo único que conseguiremos será convencernos de que nuestro coche es el mejor de los dos, ¿no?

—Algo así.

—Pues entonces vayamos al teatro "Emporium", donde dan la quinientas sesenta—representaciónes de "Philadelphia Story".

—¿Por qué?

—Porque ya de antemano sabemos que con todas sus barbas, ese hombre no está a la altura de nosotros. Somos más listos que él.

—Si no me convenciera por mí misma, siempre me quedaría la duda de si lo soy o no. Sigámosle.

—Bien, sigámosle. La realidad te defraudará. Siempre ocurre lo mismo.

El hombre de la barba roja seguía caminando sin prisa, sin volver ni un momento la cabeza, como si no pasara por su imaginación, ni remotamente, la sospecha de que alguien pudiera seguirle los pasos.

—Si fuese a hacer algo malo, trataría de averiguar si le seguían o no —dijo Duke—. De cuando en cuando lanzaría furtivas mirada, hacia atrás.

—Yo sospecho de él —insistió Susana—. Sólo un hombre sospechoso es capaz de ponerse una barba como esa; excepto en carnaval. Y ahora no estamos en carnaval, ¿verdad?

—Creo que no —bostezó Duke—. Por lo menos yo no me divierto lo más mínimo.

El hombre de la barba roja acababa de cruzar la calle y se dirigía hacia la calle Adams. Consultó su reloj de pulsera y aminoró el paso. Duke y Susana le imitaron. El primero dijo al cabo de unos minutos:

—Nos acercamos al "Emporium". ¿De veras no te gustaría, conocer la historia de Philadelphia?

—No, porque ya he leído el argumento en una revista. No concibo cómo la gente puede amontonarse en un teatro para seguir las reacciones de una histérica que después de haberse divorciado de su marido acaba por volverse a casar con él porque no encuentra otro mejor. Es una cosa inmoral y además prueba la estupidez de esa mujer.

—Sin embargo lleva casi un año en Boston y trece o catorce meses en Nueva York —objetó Duke.

—Si fuese una comedia selecta no habría durado tanto. La selección es limitada. En cambio la estupidez no tiene límite. Además esa comedia trata de demostrar que los ricos están medio locos. Eso agrada a la masa, que se complace en su pobreza diciéndose que ella posee toda la inteligencia y todas las perfecciones, cosa que en cambio los ricos, con todos sus millones, no pueden lograr. Estoy segura de que esa comedia ha sido patrocinada por el Gobierno. Trata de hacer ver al público que debe sentirse feliz de ser pobre, porque si fuera rico como esa pobre histérica, sería tan estúpido como ella. Luego, cuando salgan del teatro, todos mirarán con conmiseración a los infelices que para ir a casa tienen que utilizar un "Rolls—Royce" en vez de ir en un magnífico tranvía o poder pasear bajo la niebla. Así todos están satisfechos. Los ricos, con su "Rolls" y su esquizofrenia, y los pobres, satisfechísimos con su pobreza y el verse libres de las taras mentales que padecen los desgraciados millonarios. Es una sabia política; pero como yo soy rica no quiero aburrirme contemplando las tonterías que se dicen en el escenario. Si el autor consiguiese convencerme, acabaría tirando mis dos millones de dólares y yéndome a vivir en un departamento de dos habitaciones, incluidas cocina, dormitorio, salón, cuarto de baño, biblioteca, vestíbulo y despacho.

—Pues nuestro amigo debe ser muy pobre, porque acaba de sacar del bolsillo una entrada que o mucho me equivoco, o es de las que se utilizan para entrar en el "Emporium".

Susana no respondió. Toda su atención estaba fija en el hombre de la barba roja, que, en efecto, había sacado un papel amarillento del bolsillo y se dirigía algo más deprisa hacia la entrada del teatro, frente a la cual se amontonaba una masa de personas ansiosas también de ver como una millonaria pagaba el pecado terrible de serlo.

Cuando llegaron ante la iluminada marquesina del teatro pudieron ver al hombre de la barba roja, que después de ceder al portero un trozo de su entrada estaba dejando en custodia en el guardarropa su abrigo, su sombrero y su maletín, dirigiéndose luego hacia la entrada de la platea.

En el mismo instante sonaron voces de disgusto y decepción. En las taquillas de las localidades más económicas acababa de aparecer el decepcionante cartelito que anunciaba el agotamiento de todas las entradas. Lo mismo ocurrió un segundo después en las taquillas de preferencia y anfiteatro. El "Emporium" había agotado toda su capacidad. Mañana sería otro día.

—¡Es indignante! —exclamó Susana—. ¡Agotarse ahora las localidades!

Duke la miró con fingido asombro.

—¿No te alegras? —preguntó—. ¿Es que vas a decirme que deseabas asistir a las esquizofrénicas reacciones de la heroína de la comedia?

—¡Pues claro! —gritó Susana—. Los hombres nunca comprendéis a las mujeres.

En aquel momento se acercó un hombre que preguntó en voz baja:

—¿Necesitan dos entradas de platea?

—Claro que las necesitamos —replicó Susana—. Démelas.

El hombre sacó las localidades y las tendió a Susana, quien, volviéndose hacia Duke, encargó:

—Págale.

Las entradas valían en taquilla tres dólares cada una; pero teniendo en cuenta que la demanda superaba a la oferta, el precio había aumentado hasta siete dólares cada una.

Cuando entraron en la platea se estaban amortiguando las luces del teatro. Al mismo tiempo se amortiguaban las conversaciones. Los que aún tenían algo que decir a los amigos que estaban detrás o delante de ellos se apresuraban a terminarlo de cualquier manera y todas las miradas se fijaban en el telón de terciopelo rojo, sobre el cual se proyectaba un luminoso arco de las candilejas. El que debía tirar del telón esperó con oído atento hasta que cesaron los más débiles murmullos. Entonces echó mano a la cuerda o al volante y el telón dejó de interponerse entre el público y el primer cuadro de "Philadelphia Story".

Susana dejó de interesarse por lo que iba a ocurrir ante ella y buscó con la mirada a Barbarroja. Le vio sentado en una butaca junto al pasillo, dando golpecitos con la punta de la mano a un inoportuno bostezo. Cuando éste, debidamente castigado, volvió al interior, el hombre se pasó la mano por la barbilla y la mano quedó muy sorprendida al encontrar una barba en la cual no pensaba ya. Echóse hacia atrás como si temiera haberse equivocado de barbilla, y luego, al recordar que la barba estaba allí por algún motivo lógico, volvió a acariciarla suavemente.

Durante media hora, la actriz que representaba el papel que tanta gloria había dado en Broadway a Katherine Hepburn, estuvo dando rienda suelta a sus extraordinarios nervios y provocando las carcajadas del público de las alturas y las sonrisas de los que estaban en la platea. Estos últimos pensaban que el autor poseía tanta imaginación como aquel que había hablado de lo caluroso que es el Polo Sur.

Terminó el acto, aplaudieron todos, se levantó tres veces el telón y en seguida los espectadores comenzaron a toser y a salir disparados hacia el bar y los lavabos. Barbarroja fue el último en levantarse. Durante un par de minutos se dejó contemplar por todos los que sintieron interés por su barba, y luego tomó el camino del bar. Susana lanzóse tras él, seguida por Duke, algo retrasado. Durante unos minutos, Susana pudo seguirle sin dificultad alguna, pero al fin su persecución se vio detenida por una simple puerta que ni siquiera estaba cerrada; pero a través de la cual sólo entraban y salían hombres. Desesperada, volvióse hacia Duke y señalándole la puerta en cuestión le indicó que por allí había desaparecido Barbarroja. Duke se dispuso a continuar la caza; pero en aquel momento el de la barba reapareció y con las manos en los bolsillos dirigióse hacia el vestíbulo. Susana vaciló un instante. Entre ella y Duke y Barbarroja se interpuso una masa de espectadores, a la cual no era cosa de apartar a puñetazos. Por fin se aclaró la masa, el camino hacia el vestíbulo quedó libre; pero cuando Susana y Duke llegaron a él, Barbarroja había desaparecido.

—Se ha marchado —suspiró la joven.

Duke señaló hacia el guardarropa. En él se veía aún colgado el abrigo de pelo de camello, el sombrero y el maletín.

—No te apures —replicó—. Volverá. Debe de haber salido en busca de una limonada más fresca de las que sirven en el bar del teatro.

Volvieron a la sala atraídos por el timbre que anunciaba lo inmediato de la reanudación del espectáculo. Los espectadores estaban descargando sus pulmones de toda la tos que les era posible extraer. Susana tenía la mirada fija en la butaca de Barbarroja y de pronto pegó tan fuerte pellizco en el brazo de Duke, que éste casi lanzó un grito.

—Mira —le atajó Susana, señalando hacia la butaca.

En ésta acababa de sentarse un hombre que ni llevaba barba roja ni tenía las cejas rubias ni el cabello colorado. Era, en resumen, un hombre que no se parecía en nada al de la barba.

—Habrá ido a una peluquería —sugirió Duke—. Le habrán afeitado y lavado la cabeza.

—Cuando vuelva le hará levantar —insistió Susana.

Pero Barbarroja no volvió para recuperar su puesto. Terminó el acto, y el hombre permaneció sentado en su asiento. Susana encargó a Duke la vigilancia de aquel sujeto y salió al vestíbulo para convencerse de si el abrigo y el maletín continuaban allí. Al volver explicó a su novio que todavía estaban en su sitio todas las prendas y equipaje de Barbarroja.

—No lo comprendo —dijo Susana—. En todo esto hoy un profundo misterio.

Prosiguió la representación. Cuando faltaba poco para que la pareja de divorciados se reconciliara definitivamente, Susana se levantó y sin hacer caso de los que la miraban indignados salió al vestíbulo y colocóse en un punto desde el cual dominaba el guardarropa y, especialmente, el abrigo, el sombrero y el maletín de Barbarroja. Duke permaneció en la sala, siguiendo las incidencias finales de la comedia, y, cuando se terminaron los aplausos y las subidas y bajadas del telón, pegóse a la sombra del sustituto de Barbarroja y le siguió hasta el guardarropa.

Con menos asombro del que podía esperarse vio cómo el hombre entregaba un talón junto con medio dólar y recibía a cambio el abrigo de pelo de camello, el sombrero y el maletín de Barbarroja. Con todo ello encima tomó el camino de la calle.

Susana le miró triunfalmente y sus ojos dijeron:

—¿Lo ves? ¿No tenia yo razón al decir que en todo esto había un gran misterio?

Duke replicó mentalmente:

—Desde luego hay un misterio, aunque tal vez no sea demasiado grande. De todas formas seguiremos a ese hombre.

CAPÍTULO II

 

EL SECRETO DEL MALETÍN

 

 

Aquel hombre caminaba a buen paso y, al revés que Barbarroja, dirigía de vez en cuando inquietas miradas a su espalda. Esto llenó de placer a Susana y empezó a interesar a Duke.

—Lo dijiste y empiezo a creer que tenías razón —admitió Duke.

—En ese maletín hay algo importante —aseguró Susana.

—Sin embargo, Barbarroja lo llevaba como si no hubiera en él nada de valor.

—Tal vez entonces no había nada. ¿Sabes lo que sospecho?

—¿Qué?

—Pues que Barbarroja salió a la calle durante el primer entreacto, dio a ese hombre su entrada y el talón del guardarropa. Luego se marchó. La barba roja debía de llevarla como si fuese un clavel.

—¡Eh! —exclamó Duke.

—Si; quiero decir que llevaba la barba como un distintivo. ¿Sabes lo que hacen dos cuando sólo se conocen por carta y deciden encontrarse? Pues uno dice al otro: "Lleve un clavel blanco en la solapa. Yo llevaré otro". Así, en cuanto llegan al sitio donde se han citado, se conocen en seguida por el clavel. Lo mismo debió de hacer Barbarroja. Le dijo a ese otro que él llevaría una barba colorada. La cosa no pudo ser más sencilla.

Duke no contestó. El hombre del maletín había acelerado el paso, como si tuviera prisa por salir de aquellas frecuentadas calles. Torció por una menos iluminada y luego por otra completamente solitaria a excepción de él y de sus seguidores. Éstos tuvieron que refugiarse en las sombras y hacer su paso lo más silencioso que les fue posible, ya que el del maletín dirigía cada vez más a menudo la vista hacia atrás.

Salieron de la calle y entraron en otra tan desierta como la anterior.

—Esto se hace cada vez más interesante —declaró Susana.

Duke no la escuchaba. El hombre del maletín acababa de detenerse. A la amarillenta luz de un viejo farol había visto cómo dos hombres salían de un portal y avanzaban hacia él. La luz del farol se reflejaba en la negra superficie de dos pistolas automáticas.

—¡Lo van a matar! —jadeó Susana.

—Sospecho que sólo quieren quitarle el maletín —replicó Duke, desenfundando la Colt del 45 que llevaba bajo el sobaco.

El del maletín también debía de llevar una pistola en una funda sobaquera, pues su mano derecha se ocultó un momento en el interior de la chaqueta. Antes de que pudiera sacarla, la semioscuridad de la calle fue perforada por cuatro anaranjados fogonazos. Sólo se oyeron cuatro "plofs", indicadores de que los que disparaban lo hacían utilizando en sus pistolas silenciadores "Maxims". El hombre contra quien iban dirigidos los disparos, tambaleóse y doblándose hacia adelante cayó de cabeza en el arroyo, quedando inmóvil como trágica prueba de la buena puntería de los asesinos.

Éstos corrieron hacia él; pero cuando llegaron a cinco metros de su víctima, Duke empezó a disparar. Uno de ellos llevóse la mano al hombro y lanzó un grito de dolor, soltando su pistola. El otro inclinóse hacia delante y la bala que Duke le disparó arrancóle el sombrero, descubriendo una cabellera muy roja.

Ante semejante muestra de buena puntería, los dos hombres vacilaron y en seguida, dándose cuenta de que estaban demasiado a la luz para poder atacar a su misterioso adversario, que se mantenía en la oscuridad, dieron media vuelta y echaron a correr. Duke disparó otras dos veces y los dos hombres escaparon por otra calle.

Saliendo de su escondite, Duke se arrodilló junto al hombre del maletín. Le puso la mano en el cuello, buscando algún latido del pulso. No lo encontró. El desconocido estaba totalmente muerto. Sin perder un segundo, Duke cogió el maletín y lo abrió. Aunque la luz era escasa, bastaba para dejar ver que el maletín estaba lleno de billetes de Banco de veinte dólares. A simple vista podía calcularse que había allí unos cien mil dólares.

Tendiendo el maletín a Susana, Duke buscó en los bolsillos del muerto algún documento de identidad. No encontró ninguno. Como ya empezaban a abrirse las ventanas, por las que asomaban rostros llenos de curiosidad, el millonario corrió hacia donde estaba la pistola de uno de los asesinos, la guardó en un bolsillo y regresando a la protección de las sombras arrastró tras él a Susana a la vez que empezaban a oírse pasos que por lo recios debían de pertenecer a la Ley.

En la avenida donde desembocaron, tomaron un taxi.

En la Avenida de Pensylvania lo dejaron y en la calle Adams tomaron otro en el cual se hicieron conducir al hotel Ambassadors, donde se hospedaban. Cuando entraron en la habitación de Duke, éste miró a su novia. Susana estaba pálida como el papel y se retorcía nerviosamente las manos.

—No te suponía tan sagaz —comentó Duke.

—¡Es horrible! —musitó Susana—. ¿Por qué le asesinaron?

—Para quitarle una fortuna —replicó el millonario—. La cosa está muy clara.

Acercándose a la mesa que ocupaba el centro de la salita, apartó el jarrón que estaba en el centro, haciendo sitio para el maletín. Lo abrió y sacó de su interior un fajo de billetes de a veinte dólares. Había cincuenta y estaban sujetos con una faja de papel.

—Mil dólares —dijo Duke.

Los billetes eran nuevos y olían como sólo huelen los billetes que no han pasado por las manos de los comerciantes y del público recogiendo las manchas que para ellos guardan las manos de quienes los manejan.

Cogió otro fajo y comentó:

—Todos son de veinte dólares.

Hizo crujir una de ellos y agregó:

—Son legítimos.

—¿Por qué no habían de serlo? —preguntó Susana.

Duke se encogió de hombros.

—No sé —dijo—. Verdaderamente no hay motivo para que no lo sean.

—Debe de tratarse de un rescate —siguió Susana—. Habrán secuestrado a algún pariente de Barbarroja y pedirían cien mil dólares de rescate. Le dirían a Barbarroja que llevase el dinero al teatro, a un teatro tan lleno de gente que no fuera posible seguir la pista al que debiera recoger el dinero. Barbarroja llevó el dinero, lo depositó en el guardarropa y luego, en el lavabo de caballeros, entregó el talón del guardarropa a quien se lo pidió. Y...

—¿Y qué? —preguntó Duke.

Susana le miró vacilante.

—No sé. Creo que algunas cosas no son de fácil explicación. Porque una vez que Barbarroja salió del teatro, el otro no tenía por qué quedarse.

—Claro —sonrió Duke—. Lo lógico hubiera sido que el otro se hubiese marchado y que Barbarroja se quedara en el teatro.

—Tal vez fue a recoger al secuestrado —sugirió Susana—. Eso ya sería más lógico. Claro: eso fue. Barbarroja corrió a salvar al secuestrado, siguiendo las instrucciones que el otro le dio cuando se encontraron en el lavabo. Barbarroja se dio mucha prisa, y como había averiguado el camino que debía de seguir el otro, le esperó en aquella calle y le mató. Así recuperó el dinero y se vengó.

—Es una buena explicación; pero quedan muchos puntos sin explicar — contestó Duke.

Nuevamente examinó los billetes. Miró uno de ellos a contraluz. Luego lo comparó con un billete del mismo valor que sacó de su cartera.

—Lo único raro que hay en ellos es que sean tan nuevos —dijo.

Metió de nuevo los billetes en el maletín, lo cerró y, entrando en su dormitorio, lo escondió debajo de la cama. Volviendo a salir, examinó la pistola que había recogido en la calle. Era una automática Colt del 45, tan nueva como los billetes de Banco del maletín. El número de fabricación había sido borrado con meticuloso cuidado. El silenciador también era nuevo y también tenía la numeración picada. El arma completa debía de costar unos sesenta dólares. Examinando la superficie del arma junto a la luz de una lámpara, vio que no había en ella ninguna huella dactilar completa. Apretando el resorte que sostenía el cargador, dejó caer éste sobre un pañuelo y, como esperaba, había en él bastantes huellas dactilares.

El timbre del teléfono interrumpió el examen que Duke realizaba del arma. Descolando el aparato preguntó quién le llamaba.

—Señor Straley —le respondió la aflautada e inconfundible voz del encargado del despacho de recepción—. El teniente Meredith de la policía desea hablar con usted.

El teniente Meredith se puso al habla, y con el acento propio de un policía que habla a quien tiene mucho que explicar y justificar, anunció:

—Señor Straley, uno de los policías de patrulla asegura que le vio entrar en la calle donde se cometió un crimen. ¿Podría bajar a identificar el cadáver que tenemos en nuestro coche?

—No sé nada de lo que usted dice, teniente —replicó Duke—. Debe de haber un error.

—Lo dudo mucho. El policía aseguró que le reconoció. Si lo prefiere subiremos a su habitación; pero de todas formas, tendrá que bajar a identificar el cadáver.

—Está bien, bajo en seguida —dijo Duke.

—¿Qué ocurre? —preguntó Susana.

—Creí que la policía de Boston era menos eficiente —dijo Duke—. Creo que voy a dejarlo todo en sus manos.

—Me asombraría mucho que lo hicieras —replicó Susana—. No sé por qué te has metido en este asunto.

Duke la miró arqueando las cejas, luego en vez de replicar guardó la pistola en un cajón de la mesa y salió de la habitación, dirigiéndose hacia los ascensores. Cuando al fin llegó a uno de ellos, el encargado se excusó por la tardanza:

—Debieron de abrir una de las puertas y no podía bajar.

Descendieron a la planta baja y Duke cruzó el vestíbulo en dirección al despacho de recepción. No se veía a nadie ante él ni tampoco en el vestíbulo. Acercándose a grandes zancadas al mostrador asomóse y vio al otro lado tendido en el suelo, con las manos y los pies atados y con una ancha tira de esparadrapo que iba de oreja a oreja cerrando toda su boca, al conserje. El hombre le miraba con ojos del tamaño de dos huevos y estaba deseando decir algo. Duke no se entretuvo ni en desatarle ni siquiera en intentar arrancar el esparadrapo. Sabía que para ello necesitaría mucho tiempo, más del que disponía.

—Bajaré en seguida —dijo al asustado hombrecillo.

Corrió hacia el ascensor y se disponía a subir en él cuando le detuvo el recuerdo de la explicación que antes había recibido acerca de la posible causa de la tardanza del ascensor. Si abrían una puerta cualquiera, el ascensor se quedaría parado a mitad de camino y él no podría salir. Llamando con un ademán al encargado del ascensor, le indico:

—Coja bencina y humedezca bien el esparadrapo de su amigo. Luego tire con cuidado. Si no lo hace así le arrancará toda la piel.

Dejando al hombre que tratase de comprender lo que había oído, Duke emprendió a la carrera la subida hacia su cuarto. Subía los escalones de tres en tres; pero de todas formas invirtió casi cinco minutos en llegar a su piso. En seis zancadas salvó la distancia que le separaba de su habitación. La puerta estaba entornada y cuando la empujó lo hizo empuñando su pistola.

El espectáculo que vieron sus ojos le hizo comprender que llegaba tarde. Susana estaba sentada en un sillón. Tenía una tira de esparadrapo sobre la boca y sus manos estaban sujetas con otras tiras de esparadrapo a los brazos del sillón. Sus piernas estaban también sujetas por los tobillos a las patas del asiento.

Al ver a Duke, Susana movió negativamente la cabeza. El millonario comprendió que llegaba demasiado tarde. Sin embargo, antes de atender a su novia entró en su dormitorio y miró debajo de la cama.

¡El maletín había desaparecido!

Regresó a la salita y siguiendo la dirección de la mirada de Susana abrió el cajón donde guardara la pistola. También ésta había desaparecido.

Por la abierta ventana llegó el ronquido de un automóvil al ponerse en marcha. Duke se asomó a la ventana y vio el coche que se apartaba de la acera. No le hubiese sido nada difícil disparar las seis balas que le quedaban en el cargador contra el auto. Lo hubiese alcanzado y seguramente habría herido al conductor o a sus ocupantes; pero, ¿y si no era aquel el coche en que huían los autores de aquella doble agresión? En la duda prefirió abstenerse.

Volvió al dormitorio, y de su maleta sacó una botella de bencina; con un algodón empapado humedeció el esparadrapo y lo fue arrancando con gran cuidado. Luego hizo lo mismo con das muñecas y los tobillos. Mientras hacía esto último, Susana le explicó:

—A los pocos minutos de marcharte abrieron la puerta y entraron Barbarroja y otro. Barbarroja ya no llevaba la barba, pero empuñaba una pistola con silenciador. Me aseguró que mi vida no le importaba lo más mínimo y que me mataría si yo lanzaba el menor chillido. Estoy segura de que lo hubiera hecho. En seguida, mientras Barbarroja me enseñaba su pistola, el otro entró en el dormitorio y salió con la maleta, luego echaron una mirada a su alrededor, y como si la hubieran olido encontraron la pistola. Barbarroja la guardó y en seguida el otro me empezó a aplicar esparadrapo. Antes de marcharse me encargaron que te dijese que no fueras tan entrometido y que podías darte por satisfecho por haberte librado con tan poco daño del lío en que te habías metido. Creo que tienen muchísima razón.

Duke miró de reojo a su novia, sonrió y por fin no dijo nada. Pero su cerebro trabajaba vertiginosamente, aunque al cabo de varios minutos el joven se vio obligado a reconocer.

—No entiendo gran cosa de lo ocurrido; tal vez porque hay tantas explicaciones que ninguna me convence. Mañana hablaremos con el jefe de Policía.

—Por favor, Duke. Yo fui quien complicó las cosas. Ahora te pido que no las compliques tú. Deja que Barbarroja haga lo que quiera en Boston. Nosotros debemos volver a Nueva York. Con tal de casarme, tanto me da Boston como Manhattan.

—Está bien; pero de todas formas yo quiero hablar con el jefe de Policía.

Susana lanzó un suspiro. Si ella hubiese llegado a sospechar las complicaciones que iban a producirse por seguir a aquel hombre de la barba roja, nunca habría pedido d su novio que se lanzara a aquella aventura. Pero, ¿quién iba a sospechar que ocurrieran tantas cosas emocionantes? Si por lo menos fuesen las últimas.

CAPÍTULO III

 

MISTERIO SIN SOLUCIÓN

 

 

El jefe de Policía de Boston no demostró ningún entusiasmo al ver a Duke Straley.

—Desde luego, conozco sus buenas relaciones con mi colega de Nueva York —admitió, y el admitirlo pareció costarle un esfuerzo—; pero todo lo que me dice es muy vago. Ni siquiera he querido que los periodistas hablen de ello.

—Pero el hombre asesinado...

—No hay ningún hombre asesinado —interrumpió el jefe.

—Usted perdone; en una de las calles de Boston, creo que en la de Farrell, asesinaron a un hombre y...

El jefe de Policía movió, negativamente a cabeza.

—No, no. Hubo un tiroteo; pero no resultó nadie muerto.

Duke miró, suspicazmente, al jefe de Policía. ¿Se estaba burlando de él? No parecía que fuese así; pero de todas formas podía sospecharse...

—Un policía que estaba de guardia por aquellos lugares oyó cuatro disparos de pistola y corrió a ver lo que ocurría —dijo el jefe—. Cuando llegó al lugar encontró en el suelo varias cápsulas vacías y un poco de sangre; pero ningún muerto.

—Había un muerto. Yo lo vi —aseguró Duke.

El jefe de Policía paseó sobre él una vaga mirada.

—Le creo —murmuró como si hablase a alguien a quien no pudiese ver—. Es usted amigo del señor Mehl y goza de merecida fama. ¿Por qué iba a decirme una mentira? Estoy seguro de que mataron a alguien; pero en ese caso estoy seguro también de que los asesinos se llevaron el cadáver en un coche, lo metieron en un molde dentro del cual echaron agua y cemento, y cuando el cadáver quedó dentro de un sólido bloque lo tiraron en alta mar. Nunca más lo veremos. El sistema fue muy utilizado en los tiempos de la Ley Seca; pero aún se suele emplear cuando los gangsters quieren librarse de alguien sin dejar atrás el molesto testimonio de su cadáver.

—¿Y lo que sucedió en mi hotel?

De nuevo el jefe de Policía le dirigió una acuosa mirada. Luego acaricióse la barbilla y por último explicó:

—La gerencia del hotel nos ha asegurado que no ocurrió nada.

—Pero... —empezó Duke.

El jefe le detuvo con un ademán.

—Es lógico —dijo—. Al hotel no le interesa publicidad sobre un suceso semejante. Contra su declaración y la de la señorita Cortiz se opondrá la declaración en masa de todos los empleados del hotel. No quieren que se diga que allí pueden ocurrir sucesos como el que desgraciadamente ocurrió ayer noche. Los huéspedes abandonarían el establecimiento. Nadie querría ir allí a excepción de los amantes de las emociones fuertes. Usted no se embarcaría en una barca que ya se hubiese hundido algunas veces. Usted tampoco iría a un hotel donde se amordazase al encargado del registro, donde se amordazase a una huésped y donde se robara una maleta llena de dinero a uno de los clientes.

—Entonces, ¿van a dejar ese asunto sin resolver?— preguntó Duke.

El jefe se encogió de hombros.

—¿Qué solución puede ofrecernos usted? —preguntó.

—Yo no soy la policía —replicó Duke.

—Es usted muy afortunado, se lo aseguro. Yo quisiera hallarme en su puesto. Sabemos que se ha cometido un crimen y no tenemos el cadáver. Sabemos que se ha robado una maleta, y a la declaración de dos testigos se opone la de veinte que niegan que eso sea cierto. No hay pruebas materiales. ¿Qué podemos hacer?

—Buscar a ese pelirrojo de quien le he hablado.

El jefe de Policía adoptó la resignada actitud del caballo sobre el cual cargan demasiados bultos. Pulsó una clavija del teléfono de altavoz y preguntó:

—¿Has encontrado ya las fichas que encargué?

—Sí, señor —replicó otra voz—. ¿Quiere que se las lleve?

—Sí.

Un momento más tarde entró un joven con un puñado de fichas que entregó al jefe, saliendo en seguida. El jefe las pasó, sin mirarlas a Duke, explicando:

—Estas son las fichas de todos los delincuentes de cabello rojo que figuran en nuestro archivo. ¿Conoce a alguno?

Duke contempló veintisiete desagradables rostros y al fin devolvió las fichas, declarando:

—No... no está. Claro que el cabello era teñido y la barba postiza. Pero tal vez la descripción de su figura...

—No corresponde a ninguno de nuestros delincuentes locales.

—Veo que no desea colaborar.

—No puedo hacerlo, señor Straley. No puedo. Nada me sería tan grato como apresar a un asesino; pero sin el cuerpo del delito y sin ninguna acusación concreta...

—Yo presento una acusación —interrumpió Duke—. Fui atacado en...

—Un momento. Le robaron a usted un maletín con una cantidad de billetes de veinte dólares que usted fija aproximadamente en cien mil dólares; pero...

El jefe de Policía movió cansadamente la cabeza. Luego prosiguió:

—Pero ese dinero no era suyo, señor. Usted lo robó antes.

—¿Cómo se atreve a decir una cosa semejante? —protestó Duke.

Su interlocutor suspiró profundamente. Era la imagen del cansancio absoluto.

—Perdone si he hablado así. Creo que usted nos hubiese entregado aquel dinero; pero lo cierto es que usted no puede decir que le ha sido robado ni un centavo. Lo que le quitaron pertenecía a otro. Y ese otro no lo reclama por la sencilla razón de que esta muerto; pero no podemos decir que esté muerto porque no tenemos su cadáver. Sin cuerpo del delito no hay delito. Si no le han quitado nada que fuese suyo, no hay robo.

Sonó el zumbador del teléfono y la voz del telefonista anunció:

—Ha vuelto Worsley, quiere hablar con usted.

—Que entre en seguida —replicó el jefe.

El agente Worsley parecía tan cansado, tan decepcionado, tan harto de su oficio como el propio jefe. Un cigarrillo humeaba, como a desgana, colgado de la comisura de los labios del agente. Éste dejóse caer en un sillón y entornó el ojo izquierdo, dentro del cual se había metido un poco de humo, Despegóse con mucho cuidado el cigarrillo, abrió el ojo y por fin anunció:

—John Osman es el único que ha desaparecido.

Duke tuvo la impresión de que el jefe de Policía se trocaba de perro pachón, viejo, comido por las pulgas y las moscas, en un fox de pelo duro, dispuesto a ladrar saltar, luchar con el aire si era preciso e imponer sus nervios y su ardiente sangre. Abandonó toda su indiferencia y mirando a Worsley, comentó:

—Eso explicaría algunas cosas, ¿no?

—Muchas; tal vez demasiadas —replicó Worsley—. Ayer noche salió de su casa y aún no ha vuelto. Llevaba una cartera de documentos y por la mañana retiró cincuenta mil dólares de sus ocho Bancos.

—¿Para qué? — preguntó vivamente el jefe.

Worsley le miró como si le hubiese ofendido.

—Ya sabemos para qué quiere Osman el dinero. Por lo menos, yo lo sé.

El jefe dirigió una dura mirada al agente, luego sonrió, divertido.

—Claro —dijo—. Lo sabemos.

Abrió un cajón de su mesa y sacó de él un archivador, dentro del cual había ordenadas alfabéticamente una colección de fotografías. Del espacio reservado a la "O" sacó una y después de leer lo que estaba escrito detrás la tendió a Duke, preguntando:

—¿Le conoce?

En la brillante cartulina Duke reconoció el rostro del hombre del maletín, a quien había visto, por última vez, muerto en la calle Farrell con el cuerpo lleno de plomo.

—Es el que mataron —dijo—. El que estuvo en el teatro y retiró el maletín del guardarropa. ¿Quién era?

—Un famoso perista. Comerciaba con todo lo que se robaba en Boston. Era tan listo que nunca pudimos reunir ninguna prueba contundente contra él —explicó el jefe de Policía—. Abrigaba la esperanza de que algún día le cogiéramos con las manos en da masa; pero esa esperanza ya ha pasado. Si está muerto no podremos meterle en la cárcel. Los ladrones de la ciudad van a sentir mucho su desaparición. Eso abre nuevas posibilidades de especulación. Osman lo compraba todo. Desde un camión hasta un brillante. —¿Incluso dinero? —preguntó Duke.

—Creo que ese era uno de sus mejores negocios. Es muy corriente que los autores de un robo importante de dinero se encuentren con que no pueden gastar el dinero robado porque la policía tiene la numeración de los billetes y el pasarlos es demasiado peligroso. Se han dado casos en que los ladrones de algún Banco se han visto obligados a quemar los billetes que robaron porque les resultaban demasiado comprometedores. Lo mismo ocurre en los casos de secuestro, cuando los que han de pagar el rescate lo hacen de acuerdo con la policía, con billetes marcados. Esos billetes queman como plomo fundido. Pero hay algunos, hombres, como Osman, que son la salvación de esos bandidos. Por la mitad de su valor compran esos peligrosos billetes y los colocan en el extranjero. Cuando la policía da la voz de alarma con relación a determinados billetes de Banco, lo hace calculando que esos billetes se encuentran en el país. Y de pronto, aparecen todos en Londres, París, Bruselas, La Haya o Barcelona. Y allí nada saben de lo ocurrido en Boston, Nueva York o Chicago, y si lo saben no les importa. Ellos poseen unos billetes por los cuales han pagado libras esterlinas, francos, florines o pesetas, y el gobierno de los Estados Unidos debe responder por su valor. Si acaso encargarán a sus respectivas policías que busquen a los que pasaron los billetes; pero... ¿cómo alcanzarlos allí si aquí no podemos dar con ellos? Lo mismo ocurre con los autos robados y las joyas; pero, ¿qué saben de ello los policías de Berna o de Madrid?

—Eso podría significar que aquellos billetes de veinte dólares eran el pago de algún rescate o producto de un robo, ¿eh?

—Acaso —admitió el jefe de Policía.

Duke movió negativamente la cabeza.

—No lo creo —dijo—. Sospecho algo más sagaz; algo que demostraría una formidable inteligencia. Por primera vez en su vida, Osman habría sido víctima de sus propias trampas.

El jefe de Policía y Worsley escucharon atentamente a Duke. Éste siguió:

—Osman debió de recibir la visita de Barbarroja o de alguno de sus cómplices que le explicó una bonita historia. Habían secuestrado a un chiquillo, o a un hombre o mujer, y habían pedido cien mil dólares contando con que al pasar cuentas no les quedaría tanto. La familia los había pagado y, aparentemente, la policía no había sido informada; pero... el rescate había sido pagado en billetes de veinte dólares, nuevos y de numeración correlativa. Esto hacia sospechar que por debajo mano la policía estaba bien informada y esperaba, cazar a los secuestradores. Para éstos, de acuerdo con la Ley Lindbergh, había la pena de muerte. Asegurar la vida bien valía reducir en algo los cien mil dólares recibidos. El perista aceptó la historia como verídica. Si tenía informadores en la policía éstos debieron de confirmarle la explicación dada por los otros. Oficialmente no se sabía nada de aquel secuestro; pero bien podía tratarse de algo conocido sólo por los altos jefes. Osman aceptó el trato. Ofreció cincuenta mil por los cien mil. Los otros, como si estuviesen en unas condiciones en que no cabía elegir, aceptaron. Se convino que uno de ellos, disfrazado con una barba roja, iría al teatro Emporium y depositaria en el guardarropa un maletín conteniendo los cien mil dólares. Luego, en el lavabo de caballeros, entregaría el talón a Osman. Éste pediría el maletín, examinaría el dinero y entregaría los cincuenta mil dólares en billetes no marcados, sacados del Banco para aquella transacción. El negocio era magnífico para él.

—Pero en realidad aquellos cien mil dólares no procedían de ningún secuestro ni de robo alguno —sonrió el jefe de Policía.

—Eran billetes legítimos —dijo Worsley.

—Exacto —replicó Duke—. Era una trampa. Era el queso que mordió el ratón Osman y que le costó la vida. Porque el plan de los asesinos era quedarse con los cincuenta mil de Osman, recuperar los cien mil legítimos y hacer un negocio mucho mejor que el planeado por el perista. Sin embargo, debía de tratarse de gente bien conocida por Osman. No bastaba con quitarle el dinero; había que impedirle que se vengara. Un hombre como Osman ha de tener, por fuerza, muy poderosos amigos en el reino del hampa. Si se veía robado y engañado, se vengaría terriblemente. Al mismo tiempo, sólo hubiera hecho un negocio así con gente a quien creyera de confianza. Por eso los autores del plan tuvieron que matarle. Así recuperaban el dinero y se evitaban una venganza.

Worsley bostezó ruidosamente.

—Una solución perfecta. Un caso resuelto; pero en realidad, un misterio tan tenebroso ahora como ayer. Mientras no aparezca el cadáver de Osman no podemos hacer nada, por muchas cosas que creamos haber dilucidado. El misterio sigue siendo misterio. Y si algo pesa mi práctica de tantos años, sigan mi consejo: olvídense de lo ocurrido, porque nunca más se sabrá nada de ello. Si Osman está en el fondo del mar, dentro de un bloque de cemento, allí permanecerá hasta que los ángeles bajen a partir el bloque para que él pueda acudir al juicio Final. Dentro de veinte años sus herederos, si los tiene, podrán solicitar que se le dé por oficialmente muerto. Y en cuanto a los que le mataron, ya procurarán no volver a ponerse al alcance del señor Straley. Y cómo yo he hecho ya todo lo que podía hacer y no he dormido en toda la noche, voy a descabezar un sueño en cualquier rincón.

Worsley se puso en pie, ahogó un bostezo y saludó con un fláccido ademán a su jefe y a Duke, salió de la oficina del jefe Superior de Policía. Éste volvió a sumirse en su aspecto de perro pachón desengañado del mundo y de la vida, y Duke, después de aguardar unos momentos, se encogió de hombros y salió de la oficina sin que su propietario pareciese darse cuenta de que se marchaba.

CAPÍTULO IV

 

PETICIÓN DE AUXILIO

 

 

Duke extendió sobre la mesa de su despacho en Nueva York las cartas recibidas durante su ausencia. Las de algún interés eran sumamente escasas. Susana se sentó en el sillón colocado frente a la mesa y cogió una de las cartas. Cuando la hubo leído explicó:

—Un tal señor Blane te ofrece cincuenta mil dólares si le obtienes las pruebas de la infidelidad de su mujer.

—Amos Blane me daría luego medio millón para que le consiguiera el divorcio de la actriz de Hollywood con quien está deseando casarse —replicó Duke, dejando las cartas que tenía entre las manos—. Parece mentira lo que ciertos hombres hacen al llegar a cierta edad. Amos Blane está casado con una mujer a la cual debe el haber subido de dependiente de un comercio de ropas confeccionadas a propietario de los Establecimientos Blane, es decir, de ganar un sueldo de sesenta dólares al mes a ganar cuatro o cinco millones al año.

—¿Y ahora se quiere separar de ella? —preguntó Susana.

—Se imagina que ha llegado demasiado alto y que su mujer, en cambio, ha permanecido demasiado bajo. No se da cuenta de que piensa con la misma imbecilidad con que pensaría una estatua que despreciara al pedestal sobre el que se encuentra. La señora Blane ha aceptado en la vida el papel de pedestal, y su marido no comprende que si está muy alto es porque su pedestal es altísimo y muy sólido. En su juventud, la señora Blane no fue, precisamente, una mujer a quien se pudiera poner como ejemplo. De los dieciocho a los veinticinco años se dedicó a hacer la felicidad de unos cuantos hombres sin exigirles que se casaran con ella. Ellos agradecieron su desinterés aumentando la cuenta corriente que ella tenía en su Banco. Un día conoció a Amos Blane y se interesó por él. Escuchó sus fantásticos proyectos y ella, aunque más joven, sugirió algunas alteraciones más prácticas. Amos se entusiasmó y Sarah le ofreció veinte mil dólares para que realizara sus sueños. Él aceptó. Al poner en práctica sus sueños, Amos Blane fracasó rotundamente. Olvidó sus consejos y sólo fió en su inteligencia. La realidad le demostró que tenía mucha menos que la que él imaginaba. Sarah, en vez de lamentarse por la pérdida de su dinero, le dijo que aún le quedaba lo suficiente para repetir la prueba y le prestó veinte mil más. En cuanto se vio con dinero, Amos olvidó nuevamente consejos e indicaciones y en medio año liquidó los veinte mil dólares. Los Establecimientos Blane se vieron al borde de la ruina; mejor dicho, estaban en plena bancarrota. Sarah repasó sus cuentas y vio que aún le quedaban treinta mil dólares. Entregó veinticinco mil a Amos y le animó a probar por tercera vez. Amos, al verse nuevamente con dólares en su poder, puso en práctica sus últimos sueños, mejoró el aspecto de sus almacenes y en tres meses volvió a pasar de la opulencia a la ruina.

—¿Estaba Sarah enamorada de él? —preguntó Susana.

—Claro; pero él no lo comprendía y puede que ella tampoco. Amos, que sabía que Sarah le había entregado lo último que poseía, llegó a pensar en el suicidio como única solución. Es lo que suelen hacer los hombres de poco nervio, Sarah lo comprendió y buscándole a tiempo le impidió cometer la suprema locura, después vendió todo cuanto era superfluo en su vida, o sea joyas, pieles, su automóvil, sus muebles y se casó con Blane. Luego, con los últimos veinte mil dólares que pudo reunir tomó el timón del negocio y lo llevó por tan buen camino que al año todo se había salvado, a los dos años lo engrandecían y a los seis construían el rascacielos Blane. Aquel día Amos entregó a su mujer un cheque por valor de seis millones. Estaba seguro de que todo lo había ganado él y que pagaba muy generosamente la ayuda de su mujer. Alguien me dijo que Sarah Blane lloró amargamente sobre aquel cheque. Sin embargo, tuvo el buen sentido de no romperlo, de cobrarlo y de reforzar su cuenta corriente. Su marido se sintió tan aliviado después de pagar aquel dinero que, en seguida, empezó a tontear con Lora Moran, la actriz que acaba de triunfar en...

—En "La Luna nos contempla" —dijo Susana, sonriendo—. Es una buena película, bien trabajada y mejor dirigida.

—Amos Blane aportó el capital —siguió. Duke—. —El director Larry Jaffray recibió una fortuna y la película costó otra fortuna aun mayor; pero el éxito ha sido tan grande que creo que Blane aún ha ganado algún dinero. Ahora se quiere casar con Lora Moran y me pide que le consiga el divorcio de su mujer...

—Los hombres son unos sinvergüenzas —declaró Susana.

—Ciertos hombres, nada más —sonrió Duke—. Le contestaré que como un favor especial le impediré que se case con la Moran y abandone a la mujer a quien tanto debe.

—Él no te lo agradecerá.

Duke se encogió de hombros.

—Ya lo sé —dijo—. Es natural que no me lo agradezca. El niño a quien le impiden comer una golosina que puede intoxicarle no agradece el interés que se toman por él. Pero no es cosa de dejarle que pe envenene. Examinemos las otras cartas. En ésta me piden quinientos dólares para una operación quirúrgica. Les diré que envíen al enfermo a un hospital y que yo abonaré los gastos. A lo mejor les doy un disgusto.

Una hora más tarde sonó el timbre de la puerta, y Butler entró con dos cartas que el cartero acababa de traer. Una de ellas no era más que una circular ofreciendo un nuevo tipo de aspirador de polvo Sin ninguno de los defectos de los anteriores y con una serie tal de ventajas que parecía imposible se pudiesen reunir en un solo aparato. Duke lo tendió a Susana, diciendo:

—Puede que nos sirva para nuestro futuro hogar...

Susana no replicó. Estaba examinando el otro sobre y tendiéndolo a Duke dijo:

—Juraría que esta letra es la del señor Blane.

—Sí, es suya —dijo—. Seguramente insistirá en su oferta.

Estaba a punto de tirar, disgustado, el sobre a la papelera, cuando, cambiando de opinión, lo abrió y sacó el papel que iba dentro. Al leer lo escrito su expresión cambió por completo. De disgustada se trocó en llena de interés.

—Oye esto —dijo Susana. Y leyó lo siguiente:

"Señor Straley: Olvide lo que le pedí en mi carta anterior. Fue una locura. No puedo telefonear. No puedo hacer nada, excepto enviarle esta carta que no sé, siquiera, si llegará a sus manos. Estamos todos en mi casa de Elmwood Lake. Mi mujer, mi hija y doce invitados. Están ocurriendo cosas misteriosas. No sé si son fantasmas o seres de carne y hueso, o si todo es una desagradable broma. Hemos querido marcharnos y los autos que guardábamos en la orilla opuesta del lago fueron destrozados. Quise irme a pie y me arrancaron de un tiro el sombrero cuando cruzaba el bosque. Al volver a casa encontré una nota en mi despacho. Se me exigía que mis invitados, mi familia y yo abandonáramos la finca y no dijésemos ni una palabra de lo que sucedía. Mi hija y mi mujer serian las primeras víctimas de nuestra indiscreción. No me gustan las amenazas y por medio de un chiquillo vagabundo le envío esta carta. Venga a Elmwood y termine con esa gentuza; pero no de publicidad al hecho. Cometí la estupidez de invitar a Lora Moran, y ella está deseando el escándalo para exigirme una indemnización. Repito que he sido un estúpido. Venga y le pagaré lo que me pida, por mucho que sea. No tengo tiempo para darle más explicaciones. Las líneas telefónicas han sido cortadas. Amos Blane".

 

—¡Sí que ha cambiado Amos Blane! —dijo Susana—. Por lo visto ya está deseando verse libre de Lora Moran. Me muero de ganas de ir a ver lo que sucede en el lago Elmwood. ¿Dónde está eso?

Duke extendió sobre la mesa un mapa de la parte Noreste de los Estados Unidos, y con un lápiz señaló una manchita azul junto a la frontera canadiense.

—Este es el lago —dijo—. El camino más breve está en ir en avión hasta el campo de aviación de Wahoo, en el Canadá y luego, por un camino de cuarto o quinto orden, descender hasta más allá de la frontera, cruzar en lancha el lago y llegar a casa de los Blane. También se puede ir en auto desde Nueva York; pero tardaríamos muchas horas.

—¿Yo también iré? —preguntó Susana.

El timbre del teléfono la interrumpió.

Duke cogió el receptor y en cuanto preguntó quién llamaba le respondió una voz de mujer que preguntó ansiosamente:

—¿Es usted el señor Straley? ¿Duke Straley?

—Sí. ¿Quién llama?

—Ha recibido usted una carta de Amos Blane. No acuda a su llamada. No vaya a Elmwood Lake.

—¿Por qué? —preguntó Duke, haciendo seña a Susana para que descolgara uno de los auriculares complementarios y escuchase la conversación.

—No se lo puedo decir. Pero siga mi consejo. No vaya hoy a Elmwood Lake. Ni mañana ni pasado. Vaya la semana próxima, si quiere. Entonces no importará. Olvide lo que le dice Blane en su carta. Es mejor para usted y para él, y también para su esposa y su hija, que se porte usted como si no hubiese recibido esa carta.

—Lo siento, señorita; pero no me va a ser posible portarme así. He recibido una carta y creo que acudiré a la cita. ¿Qué me sucederá si lo hago?

—A usted, puede costarle la vida. A Blane le costará, además de la vida, la muerte de su mujer y de su hija. No bromeamos.

—Emplea usted un tono impropio de una señorita —comentó Duke.

—Los otros emplearán un tono muy distinto, señor Duke. No tolerarán que se entrometa de nuevo en... —la mujer vaciló, como si de pronto se diese cuenta de que había hablado excesivamente.

—¿Dónde no he de volver a entrometerme? —preguntó suavemente Duke.

—En los asuntos que no le importan —replicó la mujer—. Tiene demasiada afición a hacerlo y algún día se arrepentirá demasiado tarde.

—Perfectamente. Como nunca me he arrepentido de nada, estoy deseando ver qué efecto me produce arrepentirme.

—¿Piensa ir a Elmwood?

—Claro.

—No lleve con usted a la señorita Cortiz. Las mujeres no pueden resistir ciertas emociones. Adiós.

Oyóse un chasquido al otro extremo de la línea. La mujer había cortado la comunicación. Duke colgó también el teléfono y acariciándose la barbilla miró a Susana. Ésta le miró, también. Estaba inquieta.

—No vayas —dijo.

—Ya sabes que iré —replicó Duke—. Ahora más que nunca. Tú no necesitas acompañarme.

—Pero te acompañaré.

—Cometerás una tontería.

—No mayor que la tuya.

—¿Te fijaste en lo que dijo acerca de que yo me había entrometido otra vez en sus asuntos?

—No lo dijo claro.

—Pero lo dio a entender —replicó Duke—. —¿Qué misterio debe haber en el Lago Elmwood?

—Un misterio que alguien trata de que no sea descubierto.

—Hoy es una fecha importante para esa pandilla —dijo Duke—. Porque estoy seguro de que existe una pandilla. También estoy seguro de que si yo pensara ir a Elmwood dentro de tres días, ellos se alegrarían y nadie me impediría el paso.

—Lo que deben hacer en Elmwood debe de ser algo grave —dijo Susana—. ¿Por qué no lo han hecho ya?

Duke la miró con exagerado asombro. Luego declaró:

—Has dado en el clavo, Susana.

—Si he dado en él ha sido porque no lo veía —replicó la joven—. ¿Qué quieres decir?

—Todo el misterio y toda la explicación está en esa pregunta. ¿Por qué no lo han hecho ya? ¿Por qué? Algo les faltaba que ya tienen o van a tener. ¿Qué puede ser?

Duke y su novia se miraron en silencio. La respuesta a aquella pregunta no tenía nada de fácil. Por fin, Duke decidió:

—Yendo a Elmwood lo sabré.

—Lo sabremos —rectificó Susana.

—Ya veremos —replicó Duke—. Antes quiero averiguar qué clase de enemigos tenemos. No creo que se conformen con un simple aviso telefónico. Harán algo más.

Duke iba a levantarse cuando nuevamente sonó el timbre de su teléfono. Descolgando el aparato preguntó quién le llamaba. Una voz que le resultó vagamente familiar preguntó:

—¿Es usted Duke Straley?

—Sí. ¿Quién me llama?

El otro hizo como si no hubiera escuchado la pregunta y siguió:

—Me tienen acorralado y no puedo salir; pero usted sí puede entrar. Le daré algo que ellos buscan. Estoy en la habitación mil doscientos once del Hotel Bergson.

—¿Por qué no avisa a la policía? —preguntó Duke.

El otro respondió con una agria risa.

—Cuando hace demasiado calor no hay que acercarse al fuego, sino al agua.

—¿La policía es fuego para usted? —preguntó Duke.

—Sí, lo es; por eso no la llamo. No pierda más tiempo y venga en seguida. Son muchas las cosas que debo decirle.

Sin esperar la respuesta de Duke, el otro colgó el teléfono, cortando así la comunicación.

Susana, que había escuchado la conversación, dijo:

—Me parece conocer esa voz. La he oído; pero no puedo recordar dónde. Parece que también pide auxilio.

—Sí, lo pide en cierto modo. Sólo en cierto modo. Espera poderse salvar antes de que yo llegue al Hotel. Por eso no me ha dicho su nombre. No quiere descubrirse si sus planes salen bien. Si fracasan se pondrá en mis manos.

—¿Vamos hacia el Bergson? — preguntó Susana, levantándose.

Duke asintió con la cabeza y dirigiéronse al garaje por un pasillo interior. Una vez en el auto salieron por las puertas que se abrían automáticamente y fueron hacia el Hotel Bergson. A unos quinientos metros de su casa, Duke tuvo que frenar, obedeciendo a la orden de una señal luminosa. Mientras esperaba la oportunidad de seguir adelante, un taxi se detuvo junto a su coche y al reanudarse la circulación, una mano tiró desde dentro del taxi un paquetito al interior del coche de Duke, provocando un chillido de Susana, que cogiendo el paquete se disponía a tirarlo fuera cuando Duke la contuvo. Se trataba sólo de una piedra en torno a la cual se había atado un papel. Deteniendo el coche junto a la acera, Duke desató el papel y leyó:

"Señor Straley: Esto pudo haber sido un cartucho de dinamita y ahora se encontraría usted hecho pedazos, como se encontrará si insiste en ir a Elmwood. Piense en su matrimonio y en lo desgraciada que se sentiría su novia si, en vez de acompañarle al altar, tuviese que acompañarle al cementerio".

 

Duke guardó el mensaje y reanudó la marcha sin hacer ningún comentario a pesar de que Susana se los pedía insistentemente con los ojos.

Por fin el coche se detuvo junto a la acera opuesta al Hotel Bergson y Duke y Susana descendieron, cruzando la calle en dirección al Hotel. Cuando iban a entrar se cruzaron con una mujer que salía llevando en la mano un pequeño maletín. Duke se fijó en ella porque era muy atractiva y también porque advirtió la mirada de sorpresa que la mujer le dirigía, como si le conociese y no hubiese esperado verle allí. Pero todo esto ocurrió en un momento y al siguiente la mujer había subido a un auto que se alejó en seguida.

En el vestíbulo del Bergson no se advertía la presencia de ninguno de los enemigos que amenazaban al ocupante del cuarto 1211. Duke y Susana se dirigieron a los ascensores y entrando en uno de ellos subieron al quinto piso, donde estaba la habitación que buscaban.

La puerta del 1211 estaba cerrada con llave y nadie respondió a las llamadas de Duke. Éste miró a su alrededor y viendo a una camarera que se disponía a entrar en una habitación, llevando bajo el brazo unas toallas, la llamó. Cuando la mujer estuvo ante él, Duke sacó un billete de diez dólares y agitándole suavemente, comentó:

—Me gustaría entrar en esta habitación —señaló la 1211—. Nadie contesta. A lo mejor su ocupante está dormido.

La camarera tomó el billete, lo guardó sin rubor alguno entre una media y la carne y luego explicó:

—Voy a entrar a cambiar las toallas de esta habitación. No puedo impedir que ustedes me sigan; pero si tratan de llevarse algo chillaré. ¿Comprenden?

—Desde luego —sonrió Duke.

La camarera metió en la cerradura la llave maestra que utilizaba para entrar en las habitaciones, y empujó la puerta, dio unos pasos hacia adentro y de pronto, lanzando un chillido cuyo eco debió llegar hasta el vestíbulo del Hotel, cayó hacia atrás como si fuese un poste. Duke la recibió en sus brazos y en seguida la depositó en el suelo. Después entró en la habitación seguido por una pálida y vacilante Susana.

En uno de los sillones de la estancia se hallaba sentado un hombre en el centro de cuya frente se veía un negro agujero producido por una bala del nueve corto. Un hilillo de sangre había resbalado, bordeando la nariz, hasta la boca del muerto. En la estancia se advertía aún el irritante olor de la pólvora quemada.

El espectáculo hubiera carecido de toda emoción para Duke, si en aquel hombre, a pesar de su negra cabellera y negras cejas, no hubiese reconocido a Barbarroja, o sea al hombre a quien habían seguido hasta el teatro, en Boston, a quien luego habían visto asesinar a John Osman y a quien, por último, Susana había visto en el Hotel, cuando fue a recuperar el maletín.

—¡Ya recuerdo! —exclamó ahogadamente, Susana—. Fue él quien telefoneó.

Duke asintió con la cabeza. También él recordaba la voz de Barbarroja, quien le había hablado por teléfono en Boston, fingiéndose policía, para hacerle salir de la habitación.

Susana y Duke se miraron. La primera estaba muy pálida y hacía difíciles esfuerzos para no mirar el desagradable cadáver; pero a su pesar, poco a peco, su mirada volvía hacia aquel cuerpo tendido en el sillón.

Por fin Duke fue al teléfono y pidió al telefonista:

—Póngame en comunicación con la jefatura Superior de Policía, con el señor Max Mehl.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó con temblorosa voz el telefonista.

—Póngame la comunicación que le he pedido y escuche lo que diré. Entonces lo sabrá.

—Pero...

—Está usted entorpeciendo la acción de la justicia —interrumpió Duke—. Han asesinado a un huésped del hotel y cuanto antes llegue la policía, mejor.

Oyóse una ahogada exclamación y medio minuto más tarde Duke estaba hablando con Mar Mehl.

CAPÍTULO V

 

EL VIAJE

 

 

El Jefe de Policía se frotó lentamente las manos, después miró a Duke y preguntó:

—¿Por qué lo han matado?

—Porque tenía un maletín con cien mil dólares en billetes de veinte dólares —respondió Duke—. Una señorita fue la encargada de meterle esa bala en el cerebro.

—¿Sabes quién es ese hombre? —preguntó Max, señalando el cadáver.

—Aún no tengo tan buenas relaciones como usted —respondió Duke.

—Es, o mejor dicho, era Louie Yerbie. Perteneció a la banda de Mike Ferrara. Era algo así como su lugarteniente. Mike Ferrara desapareció hace tiempo y no se ha vuelto a saber de él; pero se sospecha que un cirujano plástico le alteró las facciones. Ganó bastante dinero en el tráfico de alcohol y se retiró a tiempo. Cuando los federales empezaron a buscar las cosquillas a los antiguos contrabandistas, acusándolos de no haber pagado los impuestos de la renta, Mike Ferrara salió un día de su casa a la vista de todo el mundo y se hundió en la noche. Cuando se quiso saber qué había hecho de su dinero, se supo que lo había retirado todo unos días antes.

—¿Louie no pudo explicar nada?

—En absoluto. Fue detenido y sometido al tercer grado durante una noche entera y sólo se pudo llegar a la conclusión de que si sabía algo lo disimulaba muy bien. Se le vigiló durante un par de años y nunca se le pudo acusar de que supiese lo que había sido de su jefe.

—En Boston asesinó a un tal Osman, perista muy famoso; pero supo hacer desaparecer el cadáver tan bien que a Osman se le da por desaparecido, no por muerto.

—Una de las especialidades de Mike Ferrara fue la de no dejar nunca atrás un cadáver comprometedor. En su ficha se le supone posible autor de muchísimos delitos; pero no hay pruebas materiales de ninguno de ellos.

—Bien, ahora tengo que marcharme —dijo Duke—. ¿Puedo hacerlo?

Max Mehl se pasó una mano por las mejillas y moviendo la cabeza, comentó:

—Acabas de llegar a Nueva York y ya te has visto metido en un lío. Lo peor es que también me has metido a mí en uno. ¿Cómo te las compones para que siempre te ocurran cosas?

Duke señaló por encima del hombro, con el pulgar de la mano derecha, a Susana, explicando:

—En todo este lío me ha metido ella, Max. Yo le aseguro que no deseaba complicarme la vida y que sólo quería casarme en Boston. Me marché de allí para no verme enredado en las consecuencias de lo que había ocurrido, y las consecuencias me han seguido hasta aquí.

—¿Por qué no te marchaste más lejos? —suspiró Max.

El regreso de uno de los agentes que habían bajado a interrogar a los empleados del hotel interrumpió la conversación.

—La mujer a quien dice el señor Straley que vio salir cuando él entraba está hospedada en el hotel. Es la señora Mary McAllister. Espera que llegue su marido. Salió diciendo que iba a la estación. Llegó esta mañana con dos grandes baúles. Ocupa la habitación mil doscientos quince.

Duke dirigióse a la puerta, seguido por Susana y cogiendo la llave maestra que aun estaba en la cerradura salió al pasillo y fue a la habitación 1215, que estaba dos puertas más allá. Max también le siguió y al ver que se disponía a abrir aquella puerta le previno:

—Está prohibido entrar en una habitación sin permiso de su ocupante.

—Me equivoco de cuarto, nada más —replicó Duke.

La habitación de Mary McAllister estaba vacía. Los baúles de que habían hablado los del hotel estaban en el mismo sitio donde debían haber sido dejados por los mozos que los subieron. Estaban cerrados; pero Duke no tardó más de dos minutos en abrir el primero de ellos. Era un baúl barato, cuyas cerraduras no habían sido hechas para guardar objetos de valor. La hoja de un cortaplumas las abrió fácilmente.

—Por lo visto la señora McAllister se dedicaba a recoger adoquines y ropa vieja —comentó Duke, señalando el interior del baúl, donde, envueltos en sacos viejos y retales de ropa, se veían una colección de adoquines de granito, destinados, sin duda alguna, a dar peso al baúl.

Mientras Max emitía en voz baja algunas interjecciones, Duke fue al teléfono y pidió:

—Tenga la bondad de decirme qué llamadas telefónicas hizo la señora McAllister. Es información para la policía.

La telefonista consultó el registro de llamadas y al fin dio dos números, explicando:

—Al primero llamó dos veces. Al otro sólo una.

Max Mehl, que había observado la anotación de los números, comentó:

—El segundo es el tuyo, ¿no?

—Sí —respondió Duke, recordando la llamada de aquella misteriosa mujer que le había prevenido no fuese a Elmwood.

—¿Y qué dijo? —preguntó Max.

—Que no viniera a ver a Yerbie —insistió Duke—. No le hice caso y... ya ha visto lo ocurrido.

Max miró suspicazmente a su amigo.

—¿De veras ocurrió eso? —preguntó, al fin.

—Es una buena respuesta, ¿no? — preguntó a su vez Duke.

—Sí... es una buena respuesta —admitió Max—. Veamos a quién corresponde el otro número.

Desde Jefatura le informaron que el número aquel correspondía a un bar próximo a la casa de Duke. Una llamada a dicho establecimiento reveló, de acuerdo con la explicación del azorado propietario, que un hombre de aspecto juvenil, vestido de azul marino, con camisa gris perla y corbata azul moteada de rojo había entrado en el local anunciando que esperaba unas llamadas telefónicas. Tomó dos whiskys dobles con soda y dijo llamarse Louie. Le había llamado las dos veces una mujer. La misma a juzgar por su voz. Después de la segunda llamada, Louie había salido apresuradamente. El propietario del bar no había oído nada de las conversaciones telefónicas.

Max recomendó al propietario del bar que no repitiese a nadie lo que había dicho y, colgando el teléfono, explicó a Duke la conversación.

—Es curioso que se hiciera llamar Louie —comentó Duke—. Louie Yerbie, ¿no?

—Louie Yerbie ha muerto.

—Sí. Asesinado. Y dando su nombre, uno de los culpables de su asesinato cerraba el paso a todas las pesquisas. Tal vez lo hizo como una burla a la policía, sabiendo, de antemano que la llamada sería descubierta. Bien, Max, si no me necesita para nada me marcharé.

—¿Qué piensas hacer?

—Descubrir un misterio que cada vez me interesa más.

—Para ti todo esto es un deporte, y para mi una molesta obligación —refunfuñó Max Mehl—. Estoy seguro de que si tuvieses que hacerlo por fuerza no te gustaría.

—Hay otras muchas cosas que me gustarían mucho menos si me obligaran a hacerlas —replicó Duke, dirigiéndose hacia la puerta, seguido por Susana.

Una vez en la calle fue hacia su auto y a gran velocidad marchó hacia el aeropuerto La Guardia.

—Nunca creí que de una barba postiza resultaran tantas complicaciones — dijo Susana.

—Estamos sólo al principio —replicó Duke—. Las complicaciones aumentarán muy pronto.

—Si no fuésemos a Elmwood se terminarían aquí, ¿no?

—Seguramente; pero el pescador que no echa el anzuelo bien cebado no coge ningún pez.

—Pues yo tengo la impresión de que estamos haciendo de cebo y no me gusta nada la idea.

Duke le palmeó suavemente las manos.

—Lo mejor que puedes hacer es quedarte en Nueva York. En mi casa no te ocurrirá nada. Además puedes ir comprando todo cuanto necesites para el ajuar de novia.

Susana negó con la cabeza.

—No lo haría hasta que todo esté resuelto —dijo—. Cada vez que comprase tela para un vestido me haría la pregunta de si no sería preferible comprarla negra, para luto, en vez de blanca para traje de novia.

Duke sonrió; pero no replicó nada. Siguió por la carretera que conducía al famoso aeropuerto y, de cuando en cuando, observaba por el espejo retrovisor si les seguía algún coche.

En el aeródromo dejó su coche en un garaje especial, donde permanecería hasta que regresaran y dirigióse al edificio donde se despachaban los billetes.

—Dos pasajes para el avión del Canadá —pidió Duke en el despacho de billetes.

—¿A donde van? —preguntó el empleado.

—Bajaremos en Wahoo —dijo Duke.

El hombre le miró sorprendido.

—Hacía tiempo que no iban tantos pasajeros a Wahoo —dijo.

—¿Qué quiere decir? — preguntó Duke.

—En estos días he despachado varios billetes para allí —respondió el hombre—. Y hace un momento aquella señorita ha tomado uno.

El empleado indicó con un ademán a una mujer que estaba de espaldas a Duke y Susana. Ésta susurró:

—¡Es ella! La que vimos salir del Hotel Bergson.

Duke le indicó que callara, tomó los billetes y preguntó:

—¿A qué hora sale el avión del Canadá?

—Dentro de cinco minutos —replicó el de los billetes, devolviendo el cambio a Duke.

Éste guardó dinero y pasajes y dirigióse hacia donde estaba la mujer, que en aquel mismo instante salía del aeródromo. Su mano derecha sostenía un maletín.

En el centro del aeródromo el avión del Canadá estaba calentando sus motores. Junto a la escalera que daba subida a la cabina, un oficial consultaba, impaciente, su reloj.

Aprovechando que se había interpuesto entre ellos y el aparato un camión cisterna, Duke aceleró el paso y alcanzó a la mujer. Su mano derecha se cerró sobre el maletín, y con un fuerte tirón lo arrancó. La mujer volvióse, lanzó un grito de espanto y echó a correr hacia la salida del aeropuerto. Duke vaciló entre seguirla, disparar sobre ella o dirigirse al avión. Al fin se decidió por lo primero y corrió hacia la mujer, en tanto que tras él se acentuaba el ronquido de los motores del aparato de línea. Cuando alcanzaban la salida el avión empezaba a correr por la ancha pista de cemento. En el mismo instante un auto Lincoln, que llegaba a gran velocidad, frenaba el tiempo justo para que la mujer pudiese subir en él y reanudara la marcha perdiéndose tras un cerrado viraje que tomó sobre dos ruedas.

Duke miró a Susana y murmuró:

—He hecho el imbécil. Esa mujer no pensaba tomar el avión. Uno de sus cómplices iba en él y ha sido quien ha emprendido el viaje.

—Pero el maletín... —murmuró la joven.

—Si no está vacío estará lleno de adoquines o ropa vieja —dijo Duke.

Abrió las dos cerraduras y apareció el interior del maletín, en el cual había una barra de hierro envuelta en periódicos y una hoja de papel en la cual leyó:

"Esta es la última oportunidad, Duke Straley. No le queremos ningún mal y se lo estamos demostrando; pero si insiste en molestarnos nos veremos obligados a recurrir a medios más convincentes. No nos haga ser malos".

 

—No les falta cierto sentido del humor —dijo Susana—. Siempre me han gustado más los bandidos que saben gastar bromas. Ese final de que no les obligues a ser malos vale un tesoro.

—¿Por qué no habrán puesto una bomba dentro del maletín? —preguntó Duke—. Sabiendo que yo debía abrirlo les habría sido muy fácil hacerlo. Al abrir el maletín tú y yo hubiésemos volado hechos pedazos.

—Ya dicen que no quieren ser malos —recordó Susana.

—Generalmente esa clase de hombres sólo no son malos cuando el serlo representa para ellos un peligro —dijo Duke—. O una inconveniencia.

—¿Harán todo eso por los cien mil dólares aquellos? —preguntó Susana.

—Por cien mil dólares son capaces de hacer muchas cosas —contestó Duke—. Además, no son cien mil dólares, sino ciento cincuenta mil, pues Barbarroja debió de agregarles los que le pagó Osman.

—¿Nos marchamos a casa? —preguntó Susana.

—¿Por qué hemos de volver a casa?

—Ha fracasado el viaje, ¿no? Si el avión de transporte escapó sin nosotros...

—Hay otros aviones, ¿no?

—Desde luego, pero...

Duke no aguardó a que Susana terminase de hablar. Regresó al edificio donde estaban las oficinas y dirigiéndose al encargado de los billetes preguntó:

—¿Puedo alquilar un avión?

El hombre le miró extrañado.

—¿Se fue sin usted el avión de línea?

—No, estoy volando en él —replicó Duke—. Pero mis zapatos se han quedado en tierra.

—Es usted muy bromista —refunfuñó el hombre.

—Mucho —respondió Duke—. Tanto que voy a ir a ver al director del aeródromo y le explicaré que usted ha recibido cinco billetes de veinte dólares por el trabajo de hacer que yo me fijase en cierta mujer.

El empleado palideció intensamente y durante unos segundos luchó, en vano, para poder hablar. Al fin tartamudeó:

—No sé lo que quiere decir.

—¿De veras? —rió Duke—. Pues fíjese...

Agarrando al hombre por la corbata lo atrajo hacia sí y le obligó a quedar de bruces sobre el mostrador. Del bolsillo posterior del pantalón le sacó la cartera y abriéndola extrajo de ella cuatro billetes de un dólar, uno de cinco y otro de cien.

—Me equivoqué en los billetes; pero no en la suma —dijo—. No obstante, cien dólares son muy pocos dólares para jugarse un empleo como el suyo.

El empleado hacía inútiles esfuerzos por serenarse y al fin lo consiguió en parte.

—No puede probar que he hecho nada malo —dijo.

—Susana —dijo Duke, volviéndose hacia su novia—. Telefonea a la Jefatura Superior de Policía y dile a Max que ya hemos encontrado la pista de Mary McAllister. Que venga al aeródromo La Guardia y que se haga cargo de...

—¿Qué pretende? —preguntó el empleado, cogiendo de un brazo a Duke—. ¿Quién es esa Mary?

—Una mujer que hace un par de horas mató de un tiro a un hombre.

El empleado se pasó los dedos entre el cuello de la camisa y la carne. Su palidez se hizo lividez.

—Yo no sabía nada —dijo.

—Cuente lo que sepa y procuraré olvidar lo que ha hecho.

—Aquella mujer me dio cien dólares para que si alguien pedía pasajes para Wahoo yo hiciese que se fijara en ella, sobre todo si era un hombre.

—¿Y no le extrañó que una mujer diese cien dólares por tan poca cosa?

—Es que ella me dijo que el hombre que pediría el pasaje era un millonario a quien ella deseaba atraer. Insinuó que era una mujer fácil. Yo lo creí y como es bastante corriente que algunas mujeres procuren conseguir los asientos inmediatos a los de algún pasajero rico...

—Le haré el favor de creer que me dice la verdad —respondió Duke—. Ahora vea de conseguirme un avión para ir a Wahoo.

El hombre movió negativamente la cabeza.

—¿No hay ninguno? —preguntó Duke.

—No, señor. Hasta mañana.

—Lo necesito hoy. ¿No hay ningún aparato particular que pueda llevarme?

—No, señor. Hay dos aviadores que se dedican a llevar a pasajeros que tienen prisa. Son dos taxistas aéreos; pero a uno se le ha muerto la madre y el otro tiene a su mujer muy grave. Han salido hace un momento.

—¿Le han avisado por teléfono? —preguntó Duke.

—Sí.

—Pues entonces no habrá ocurrido nada. Volverán echando maldiciones contra el bromista que los ha engañado. Ahora le doy tres minutos para que me resuelva el problema de mi traslado inmediato a Wahoo. Si no se le ocurre ninguna solución deberá atenerse a las consecuencias de su pecado.

—Sólo hay una solución —respondió el hombre.

—¿Cuál?

—El señor Lasham tiene un avión con cabina para cuatro pasajeros. Lo quiere vender. Si usted puede comprárselo o bien si quiere que le lleve en un viaje de pruebas...

—¿Dónde está ese Lasham? —preguntó Duke.

El empleado llamó a un ordenanza que estaba sentado en un banco, leyendo una revista detectivesca.

—Acompaña a los señores al hangar donde el señor Lasham tiene su avión.

El ordenanza guardó, malhumorado, la revista y guió a Duke y a Susana hacia un pequeño hangar. Dentro de éste se veían tres aparatos particulares. Uno de ellos, el mejor, era un Fokker de cinco plazas, junto al cual se encontraba un joven vestido con unos pantalones de franela gris y un suéter color de vino.

—Señor Lasham —dijo el ordenanza—. Este señor desea hablar con usted.

Lasham miró interrogadoramente a Duke. Era muy alto, de cabellos rizosos, expresión audaz y tenía el cutis muy bronceado.

—Creo que tiene usted en venta su avión —dijo Duke.

—Es un buen aparato —replicó Lasham, señalando con un ademán el Fokker.

—¿Cuánto pide usted por él?

Lasham hizo un gesto vago.

—Es un magnífico avión —replicó—. Si quiere dar un paseo por las nubes lo apreciará.

—¿Cuánto rato invertiría de aquí a Wahoo? —preguntó Duke.

—Pues... Desde el momento de despegar hasta el de aterrizar se puede calcular que no pasaría más de hora y media. Seguramente menos. El avión de línea invierte más tiempo.

—Si no tarda más de hora y media le compro el avión —dijo Duke.

Lasham se apresuró a reunir a un par de mecánicos con ayuda de los cuales sacó el avión a la pista de despegue. Una vez allí invitó a Duke y a Susana a que subieran al aparato y en seguida, sentándose ante los mandos, lanzó el aparato sobre la larga cinta de cemento, elevóse con extraordinaria suavidad y después de trazar unos círculos partió rumbo al Norte.

Durante unos quince minutos, Duke permaneció silencioso, siguiendo con la mirada el terreno sobre el cual volaban. El sol se estaba ya ocultando y no pasaría mucho rato antes de que empezara a anochecer.

—Es un buen avión, ¿eh? —preguntó el piloto.

—Lo parece —asintió Duke.

—Voy a sentir mucho separarme de él —siguió Lasham—. Pero necesito dinero para comprar un Boeing, arreglarlo y tomar parte en una carrera de velocidad y ganarme cincuenta mil dólares. Éste lo compré para una travesía bastante larga y me llevé un segundo premio.

Prosiguió el vuelo y el sol terminó de ocultarse. El cielo fue perdiendo su rojez crepuscular.

—Llegaremos de noche —dijo Lasham.

—Es natural —replicó Duke, cuya mirada estaba fija en el cuadro de instrumentos.

De pronto Susana le vio sacar la pistola que llevaba debajo el sobaco y con voz amenazadoramente pausada le oyó decir:

—Rectifique el rumbo, Lasham.

Las manos del piloto se crisparon sobre los mandos.

—No intente ninguna acrobacia —siguió Duke—. Sería la última de su vida.

Los ojos de Lasham estaban fijo en el espejo retrovisor, en el cual veía reflejada la negra pistola Colt que empuñaba Duke.

—¿Qué pretende? —inquirió al fin con forzada serenidad.

—Sólo pretendo que se dirija a Wahoo. Me disgustaría mucho saltar a tierra en un aeródromo y encontrarme con que está a trescientos kilómetros de Wahoo.

—¿Por qué dice eso? Me dirijo a Wahoo.

—Ha desviado demasiado el rumbo. Yo también sé pilotar aviones y no tendría ninguna dificultad en conducir éste después de matarle y tirarle en medio de cualquier bosque o pantano.

El piloto permaneció inmóvil, continuando el avión el mismo rumbo que antes. Duke le ordenó al fin:

—Diríjase un poco hacia el Este.

Lasham obedeció. Su rostro tenía una inexpresiva rigidez.

—¿Se da cuenta de que ha estado a punto de cometer un delito?

—Era sólo una broma —logró decir Lasham.

—¿Quién le dijo que era una broma?

—El que me avisó que usted y la señorita tomarían mi avión...

—¿Quién le avisó?

—Un pasajero del avión de línea.

—¿Le conoce?

—No. Me dio mil dólares para que les llevase a Deux Poissons en lugar de llevarles a Wahoo. Me aseguró que no se trataba de nada delictivo.

—¿Quién le dijo al de los pasajes que nos recomendara a usted?

—Se lo dije yo.

—Veo que lleva usted paracaídas —comentó Duke—. Esta es una buena oportunidad para comprobar si funciona bien o mal. Ahora con la mano derecha coloque el piloto automático, y luego, sin hacer nada más, ni tocar nada, levántese del asiento y vaya hacia la puerta de salida. Córrala y salte.

Lasham obedeció en silencio a todas las instrucciones. Cuando iba a la puerta, Duke le previno:

—En Wahoo encontrará su aparato. Los mil dólares que le pagaron cubren el importe del viaje. Y no vuelva a salirse de la Ley. Todos los caminos que se alejan de ella son malos y peligrosos.

Lasham corrió la portezuela y se lanzó de cabeza al vacío. El paracaídas se abrió como un gran hongo blanco y el avión se alejó de él. Duke cerró la portezuela y sentóse ante los mandos.

—¡Cuántas molestias se toman para evitar que llegues! —dijo Susana—. Cada vez les entiendo menos. ¿Por qué no te matan? ¿No mataron a Barbarroja?

—Barbarroja sabía algo que nosotros ignoramos —explicó Duke, desconectando el piloto automático—. Por eso tuvieron que matarlo. En cambio, por lo que a mí se refiere, sólo tratan de que no descubra lo que sabía Louie Yerbie. Mientras no lo sepa, mi vida y la tuya no corren demasiado peligro. En cuanto lo descubramos, tendremos que luchar por nuestra existencia de la misma forma que luchó Yerbie.

—Es todo un misterio —suspiró Susana.

—Pero muy fácil de descubrir —replicó Duke—. Por eso se toman tantas molestias para impedirnos que lleguemos a Elmwood.

—A lo mejor luego resulta que no es nada.

—Por nada no se mata a un hombre y se soborna a otros.

—Es verdad —suspiró, de nuevo, Susana—. Quisiera asegurarme de que no hay ningún peligro; pero cada vez los veo mayores. Si llegan a matarnos dirán que hicieron todo lo posible por evitarlo... Y tendrán razón.

—Lo mejor que puedes hacer es quedarte en Wahoo —dijo Duke.

—A una mujer no se atreverá ningún hombre a matarla —replicó Susana—. No me pasará nada.

—Te olvidas de la señora McAllister —recordó Duke—. Las mujeres no suelen tener escrúpulos cuando se trata de matar a otra mujer. Si no me equivoco, estamos a punto de llegar. El avión de línea ha ido más de prisa de lo que nos dijo Lasham.

—¿Qué habrá sido de él? —preguntó Susana—. ¿No exageraste el castigo?

—Estará un par de días vagando por los bosques antes de encontrar un lugar habitado. Así perderá las ganas de aceptar propuestas ilegales. Mira, allí va el avión de línea. Ha despegado ya de Wahoo y continúa su viaje. Creo que hemos llegado tarde. Si este avión fuese anfibio podríamos intentar amarar en el lago; pero como no lo es tendremos que bajar en el aeródromo. Míralo. Veremos si este aparato es tan excelente como decía su dueño.

El aterrizaje se hizo con toda facilidad y las cualidades del avión quedaran confirmadas.

CAPÍTULO VI

 

UN ENCUENTRO EN EL CAMINO

 

 

Después de encargar que el avión fuera bien cuidado y de dejar cien dólares para ello, Duke dirigióse a las oficinas del aeropuerto de Wahoo, preguntando cuántos viajeros habían llegado en el avión de línea.

—Uno —respondió el encargado del campo—. —Y me extrañó, porque se nos había anunciado que llegarían tres.

—Nosotros somos los otros dos —respondió Duke—. Nos entretuvimos y el avión salió sin nosotros. Tuvimos que alquilar el aparato que he dejado en custodia. ¿Era un hombre el otro viajero?

—Sí. Se dirigía a Elmwood.

—Nosotros también vamos allí. Pensábamos hacer el viaje en compañía del otro viajero.

—Últimamente han ido muchos viajeros a Elmwood —comentó el del campo de aviación—. Hace una semana, poco más o menos, pasó hacia allí una artista de cine muy famosa.

—¿Lora Moran? —preguntó Susana.

—Sí, ella misma.

—¿Verdad que nos podrá conseguir algún auto? —preguntó Duke.

—Imposible —sonrió el hombre—. El único taxi que tenemos aquí se lo llevó el otro viajero. Volverá dentro de unas seis o siete horas si el conductor no se queda a dormir en cualquier granja, como suele hacer siempre. Hasta mañana no espera que llegue ningún viajero...

—Pero usted tiene un auto —interrumpió Duke.

—Si, un Chevrolet...

—Que nuevo vale seiscientos noventa y cinco dólares, ¿no?

—No es un último modelo —dijo el hombre—. Me costó mucho menos... Pero le tengo cariño.

Duke sacó su cartera y de ella setecientos dólares que dejó frente al hombre, diciendo:

—Aquí tiene el valor de su auto. Me lo llevo y si quiere molestarse en irlo a buscar al embarcadero de Elmwood, allí lo dejaré.

Medio atontado por el asombro, el dueño del Chevrolet tendió a Duke la llave del auto y le guió hasta donde estaba el vehículo. Era un Chevrolet modelo 1929, que en cualquier mercado de autos de segunda mano se podría comprar por cien dólares. Sin embargo, en aquellos momentos no cabía elección mejor. Duke comprobó que el depósito de gasolina estaba lleno y sentándose al volante puso en marcha el motor, partiendo en la dirección que el hasta entonces dueño del auto le indicó.

El camino de Elmwood Lake discurría por entre los espesos árboles de la selva canadiense. No se trataba de una carretera asfaltada, ni mucho menos, y en la época de las lluvias debía ser un barrizal intransitable. Aún entonces, la humedad del bosque era tan grande que a medida que el camino se adentraba por él, desaparecía el polvo y los neumáticos crujían sobre la tierra húmeda.

Sobre la tierra se veían las huellas de otro auto que debía de haber pasado muy poco antes por allí.

Transcurrió el tiempo. Pasó una hora y el paisaje era siempre el mismo. Dos negras masas de árboles a ambos lados y, delante, una oscura carretera. Al fin un gran tablero rectangular apareció iluminado por los faros. Escrito con grandes letras blancas se leía:

 

"Atención. Frontera entre el Canadá y Los Estados Unidos".

 

Ningún guarda vigilaba aquel punto. ¿Para qué, si no hacía falta ni pasaporte para ir de un Estado a otro? Duke siguió adelante. Susana se había abrigado lo mejor posible; pero era tanta la humedad, que le castañeaban los dientes. Duke le ofreció su trinchera y tras una formularia protesta, Susana la aceptó y envolvióse en ella.

A las dos horas habían recorrido sesenta kilómetros y Duke calculó que debían de estar relativamente cerca del lago. La humedad iba en aumento. En el camino aparecían continuamente pequeños charcos. Duke aminoró la marcha, especialmente al llegar a un punto en que la carretera estaba bastante estropeada.

De súbito, Duke se dio cuenta de que un hombre estaba de pie en el estribo de su auto. Frenando, detuvo el coche y se volvió hacia el que estaba junto a él. No hizo intención de sacar ningún arma, pues comprendió que el otro tenía que haber previsto esta posibilidad. A la luz del cuadro de instrumentos Straley vio el rostro del desconocido. No parecía un pistolero; por lo menos no se parecía en nada a los pistoleros que ha popularizado el cine. Si acaso se parecía a alguien era a Dick Powell cuando cantaba en las películas musicales. Vestía como para pasearse por Broadway, y no como para surgir de la espesura de un bosque casi canadiense.

—Me han enviado a que le avise —dijo con acento que Duke juzgó aprendido en Harvard—. Lo he hecho con infinito placer, señor Straley.

—¿Sabían que iba a llegar? —preguntó el millonario—. Creí que imaginarían que seria posible detenerme con sus trucos.

—Mis amigos y superiores tienen un gran concepto de su inteligencia, señor Straley. Sólo han confiado en retrasar su llegada unos minutos. Ya saben que no hay obstáculos bastante grandes para usted; pero el tiempo invertido en salvar cada uno de esos obstáculos era muy importante. Valía la pena ganarlo.

—Muchas gracias por el honor que me hacen sus palabras, señor —dijo Duke—. No imaginé tener en frente a una colección de delincuentes tan bien educada. Sobre todo, después de ver cómo habían puesto fin a la carrera de Louie Yerbie.

—Fue muy lamentable tener que recurrir a semejantes procedimientos —respondió el del estribo—; pero las circunstancias mandan. No siempre podemos superarlas.

—¿Puede decirme a qué le han enviado? ¿A hacerme perder un poco más de tiempo, acaso?

—No, señor. El tiempo que necesitábamos ya lo perdió usted. Sólo he venido a prevenirle que no debe ir a Elmwood Lake. No se acerque a Amos Blane ni a sus amigos. Es mejor para usted y para ellos.

—¿Y si no hago caso de su advertencia y sigo adelante?

El joven de rostro de cantante de revista musical se contrajo en una dolorosa mueca.

—Entonces, señor Straley, me veré en la lamentable necesidad de impedírselo por la fuerza. No deseamos recurrir a esos medios, señor; pero si usted nos obliga a ello, la culpa será suya, no nuestra. A veces uno se ve obligado a ser violento.

En su vida de aventuras, Duke había recibido muchos avisos de enemigos suyos; pero jamás le había hablado nadie con aquel acento de ansiedad por su seguridad personal.

—No tiene usted aspecto de resultar un enemigo peligroso —sonrió Duke—. Ni siquiera va armado.

—Se equivoca usted —replicó el joven, poniendo en práctica ante Duke el más veloz saque de pistola que éste había presenciado en su vida.

La mano que el joven agitaba al hablar estaba vacía y, de súbito, como si hubiera nacido allí, apareció en ella una pistola del 7,65 cuyo cañón apuntaba al rostro de Duke.

—Tengo una pistola y se me ha, ordenado que le mate si pretende usted seguir adelante, señor Straley —aseguró el joven, dando a su acento la expresión que debe de emplear el verdugo para explicar al reo que no tiene más remedio que matarle porque así lo ordena la Ley, los jueces y la seguridad de los ciudadanos.

Duke sonrió. Habíase visto en situaciones apuradas; pero aquélla, a pesar del afeminado aspecto del joven, era de las más difíciles. Al fin y al cabo, aunque tenga nombre de mujer, una pistola es la cosa menos femenina del mundo. Y aquélla parecía un negro sabueso ansioso de que le soltaran para morder sin contemplaciones.

—Perfectamente —suspiró Duke—. Tiene usted los triunfos en la mano. ¿Puede decirme algo más acerca de este asunto?

—No hay nada más que decir, señor Straley —replicó el pistolero—. Debe usted alejarse de aquí, no debe hablar con el señor Blane. Dentro de tres días podrá hacerlo a su entera comodidad.

—Está bien, señor —respondió Duke—. Tendré que obedecer sus órdenes. ¿Cuáles son?

—De media vuelta, regrese al Canadá y si quiere vuelva a Nueva York en avión o a pie.

Duke se inclinó hacia delante, como para obedecer las órdenes del pistolero. Éste siguió con el arma sus movimientos; pero cuando el motor ya estaba en marcha, Susana lanzó el chillido más perfecto de toda su vida, mientras que con temblorosa mano señalaba hacia adelante y repetía de nuevo el chillido.

No hay ser humano capaz de resistir sin inmutarse un chillido de una mujer. A pesar de su pistola y de su serenidad, el joven no fue una excepción en la regla. Miró hacia donde señalaba Susana y Duke aprovechó la oportunidad para lanzar hacia adelante el coche, con tal violencia que el joven fue despedido hacia atrás, y le faltó muy poco para caer bajo las ruedas del auto. Al mismo tiempo Duke apagó los faros, y el súbito tránsito a las tinieblas hizo éstas mucho más densas.

Durante cien metros Duke marchó a toda la velocidad que pudo extraer del viejo Chevrolet. Entretanto, sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad, lo cual fue una suerte, pues al final de los cien metros vio un tronco cruzado en medio de la carretera, formando un obstáculo insalvable para todo coche que no fuera un tanque.

En el momento en que frenaba, Duke oyó unos pasos que se acercaban apresuradamente. Por su ligereza debían de pertenecer al joven de la pistola, por lo cual saltando fuera del auto arrastró a Susana hacia detrás de unos árboles, encargándole:

—No te muevas de aquí, ocurra lo que ocurra.

El muchacho del acento de Harvard debía de ser duro de pelar. Por lo menos no era de los que abandonan la partida hasta haber agotado todas las posibilidades de éxito.

De pronto los pasos cesaron. El joven debía de haberse dado cuenta de que corría peligro si seguía haciendo ruido. El silencio se extendió por el bosque hasta hacerse casi tangible; luego empezaron a oírse los ruidos propios de aquellos lugares. La situación empezó a resultar aburrida para Duke. Si continuaba acurrucado detrás de un árbol, con su pistola en la mano, esperando a que el joven del acento universitario se moviese de detrás de su otro árbol, podían pasar tantas horas como tardase en amanecer. Era necesario hacer algo. Cogiendo una piedra que estaba junto a él, Duke la tiró hacia el auto. Apenas chocó contra la carrocería del Chevrolet brillaron tres fogonazos a unos cuarenta metros de distancia.

Duke respondió fulminantemente, y antes de que se hubiera apagado el tercer fogonazo, su pistola, de mayor calibre y alcance que la del otro, había empezado a disparar. Oyóse un grito de agonía, un quebrarse de ramas, y luego el silencio más completo. Duke no cometió el error de lanzarse bosque adentro para asegurarse de si su adversario estaba más o menos gravemente herido. Por el contrario, fue hacia el tronco que obstruía el camino, lo apartó y subió al coche al mismo tiempo que lo hacía Susana. En dos minutos el vehículo estuvo corriendo por el camino libre. Unos cien metros más adelante Duke encendió los faros, pudiendo ver entonces que el parabrisas estaba astillado por tres balazos que habían entrado a través de la carrocería.

—¡Si llegamos a estar dentro! —exclamó Susana, abanicándose con la mano.

—Era un chico peligroso —replicó Duke—. Espero que no estará muy mal herido y que podrá defenderse de los lobos.

—¿Hay lobos? —preguntó Susana.

—Dicen que estos bosques están llenos de ellos —sonrió Duke—. Has corrido el peligro de que alguno te lamiera la mano.

—Empiezas a desarrollar también un extraño sentido del humor —replicó Susana.

Poco después, el auto desembocaba ante la brillante extensión del lago Elmwood, en el cual se reflejaban las estrellas. Al final del camino se veía la casa del embarcadero; pero en ningún lugar se advertía presencia humana alguna. Tan sólo al pie del embarcadero se balanceaba una larga y moderna lancha de motor.

—No parece que nos espere nadie —comentó Duke, deteniendo el coche junto a la caseta.

—La lancha nos espera —dijo Susana.

—Pero no la que tú imaginas —replicó Duke.

Del departamento de las herramientas sacó una linterna eléctrica y dirigióse a la caseta. Dentro de ella había tres pequeños balandros. Unos montantes de madera permitían botarlos al agua. Duke examinó cuidadosamente uno de ellos y por fin lo dejó deslizar hasta el lago, después regresó a la gasolinera, la examinó también meticulosamente y al fin puso en movimiento el motor. Con la ayuda de un cordel y unos hierros lo arregló todo de forma que apenas había saltado fuera de la lancha, ésta se puso en marcha y a creciente velocidad dirigióse hacia el centro del lago. Cogiendo de la mano a Susana, Duke la condujo hasta el balandro, tendió la vela y un momento después la pequeña embarcación se deslizaba por el surco dejado en el agua por la gasolinera.

—¿Crees de veras que hemos ganado en el cambio? —preguntó, sarcásticamente, Susana.

Duke la miró y, sonriendo, replicó:

—Tal vez a ti te hubiese gustado más la gasolinera. De saberlo te hubiese reservado una plaza.

En aquel preciso momento el centro del lago se iluminó con una alta llamarada que fue seguida por una gran detonación, cuyos ecos azotaron violentamente el balandro.

—¿Qué es eso? —preguntó Susana, con estrangulada voz.

—Tu gasolinera —respondió Duke—. Ha sido cosa de esos amigos nuestros que no quieren causarnos ningún daño.

—¿Sabías lo que iba a ocurrir? —preguntó Susana

—Sí. Al ponerse en marcha el motor se encendía una mecha que debía hacer estallar la gasolina en un par de depósitos demasiado llenos. Hubiera sido un accidente fortuito.

Susana tragó saliva y con voz imperceptible declaró:

—Creo que... que hubiera hecho mejor quedándome en casa.

Duke echóse a reír.

—Creo que no. Las emociones que estás disfrutando no las olvidarás nunca.

—¡Ojalá no las olvide en cincuenta años, pero dudo que viva más de dos horas! Alguna vez seremos menos listos que ellos, ¿no te parece?

—Eso es lo que debemos evitar, y seguir, como hasta ahora, siendo los más listos. En este balandro tardaremos bastante rato en cruzar el lago; pero al menos es una embarcación segura.

—Sí, sí. Desde luego me es sumamente simpática. Pero, ¿estás seguro de que no lleva enganchado ningún torpedo?

—Podría ser; pero yo no lo he visto. El único peligro es que hayan colocado minas submarinas frente a la casa de Amos Blane. Contra ese peligro no voy prevenido.

—Roguemos a Dios que nuestros enemigos no hayan previsto esa posibilidad —deseó Susana.

CAPÍTULO VII

 

LA RECEPCIÓN DE LOS BLANE

 

 

Los enemigos de Duke y Susana no habían podido encontrar minas submarinas para colocarlas ante el embarcadero de los Blane. Por eso el balandro llegó sin dificultad alguna hasta aquel punto y sus ocupantes saltaron a tierra.

Eran las once de la noche. La casa de los Blane estaba abundantemente iluminada. Sonaba una radio y entre los compases de la música se escuchaban las explosiones del motor de gasolina de la dinamo que generaba la luz eléctrica para el edificio.

—No parecen estar muy apurados —comentó Susana—. Y si lo están, tratan de olvidarlo bailando. A lo mejor nos hemos equivocado de casa.

Sin responder, Duke dirigióse hacia la puerta principal. Llamó a ella con el picaporte de cobre y casi al momento se abrió la puerta, apareciendo un criado cuidadosamente vestido que preguntó, sin aparentar la menor sorpresa:

—¿A quién anuncio?

—¿Es la casa del señor Blane? —preguntó Duke.

—Sí, señor —respondió el criado—. Es la casa del señor Amos Blane. ¿A quién debo anunciar?

—El señor Blane me espera. Dígale que soy el señor Straley.

Con un ademán, el criado invitó a Duke y a Susana a que pasaran al vestíbulo y luego marchó por un largo pasillo. Apenas se apagaron los pasos del criado se abrió otra puerta a un lado del vestíbulo y apareció una mujer. Representaba unos cuarenta y cinco años y vestía con sobria elegancia. Lucía algunas joyas de gran valor y su expresión era de inquietud. En voz baja preguntó:

—¿Es usted el señor Straley?

—Sí —respondió Duke.

El rostro de la mujer se iluminó.

—¡Dios sea loado! —dijo en voz baja—. ¿No iban en la gasolinera?

Duke negó con la cabeza.

—¿En qué han venido? —siguió preguntando la mujer.

—En un balandro...

—Adiós —interrumpió la dama, desapareciendo por donde había llegado.

Susana miró a Duke y comentó:

—¡Es fantástico!

—Por lo menos parece fantástico —replicó Duke.

Abrióse otra puerta y, acompañada por los ecos de la música de la radio, entró otra mujer. Ésta era mucho más joven que la primera, vestía como sólo se viste en Hollywood y Duke se apresuró a saludarla:

—Buenas noches, señorita Moran.

La actriz sonrió complacida, aunque pretendió fingir que se sorprendía.

—¿Cómo conoce mi nombre? —preguntó con su voz pastosa y lánguida.

—He visto "La Luna nos contempla", señorita —replicó Duke.

—Yo también la he visto —dijo Susana.

—¿Qué impresión les produjo? —preguntó Lora Moran, adoptando la actitud de la niña que espera el comentario de su madre sobre el tapetito que ha bordado como regalo de su santo.

—No sabría expresar la emoción que su trabajo me causó —dijo Duke.

—Es la película mejor dirigida que he visto —comentó Susana.

Lora Moran la miró como si acabara de escuchar una herejía, en seguida olvidóse de ella y dedicó toda su atención a Duke. Al fin y al cabo éste era mucho más inteligente, que su anodino acompañante.

—¿De veras le emocioné? —preguntó, pareciéndose cada vez más a Marlene Dietrich.

—Muchísimo. En aquel momento en que usted sigue con la mirada al hombre a quien ama...

Lora Moran vibraba de entusiasmo. Como había dicho a todos los reporteros que la habían interviuado, nada le gustaba tanto como escuchar las opiniones acerca de su arte, "especialmente cuando son adversas, pues entonces es cuando más aprendo". Si alguien se hubiese atrevido a expresar ante ella una opinión contraria o una crítica severa, Lora Moran habría hecho una demostración de genuino ataque de nervios. Por fortuna para ella, todos le aseguraban "verazmente" que era una gran actriz, cuyo único defecto consistía tal vez en poner demasiada emoción en los personajes que creaba, produciendo con ello grandes destrozos en los nervios de los espectadores.

—De resultas de aquel momento estuve enferma dos días —aseguró Lora Moran, cuyo interés por aquel simpático e inteligente joven creció enormemente.

—Lo creo —admitió Duke, sin hacer caso de las indignadas miradas que le dirigía Susana—. El esfuerzo debió resultarle agotador.

—Lo fue. Y... ¿vienen ustedes invitados por el señor Blane?

—Sí, señorita. Recibí una carta suya. No esperaba encontrar esto tan animado.

—¿Por qué no había de estarlo? —preguntó Lora, con cierta inquietud.

—Un lugar tan solitario y apartado del mundo se presta a que ocurran cosas extrañas, ¿no le parece?

—No —respondió Lora Moran—. Aquí no ocurre nada anormal. Es un sitio pacífico, tranquilo, como todos los que se encuentran lejos del mundo y de sus ruidos.

—Hace poco voló una lancha gasolinera —dijo Duke—. ¿No oyeron la explosión?

—No, no oímos nada —respondió, apresuradamente, Lora—. ¿Cómo ha dicho usted que se llamaba?

—Duke Straley. ¿No recuerda?

Los ojos de la actriz se abrieron de par en par. Esta vez el asombro era legítimo, no de los que se imitan ante la cámara.

—¡Oh, señor Straley! No... no esperaba... Adiós. Hasta luego.

Desapareció la actriz y Susana comentó:

—Si le enseñas una pistola no escapa más de prisa.

—Tal vez ha oído los pasos del criado que vuelve.

En efecto, por el pasillo volvían a oírse los posos del criado que les había abierto la puerta. Al mismo tiempo se oían otros pasos de hombre y uno de mujer, inconfundibles por el característico taconeo.

Duke había visto las suficientes fotografías de Amos Blane para reconocerle en seguida. A su lado caminaba la dama que antes les había hablado y tras ellos iba el criado. La mujer hizo como si nunca los hubiese visto. Por su parte, Blane saludó a Duke con una breve inclinación de cabeza y con voz contenida dijo:

—Buenas noches, señor Straley. Buenas noches, señorita.

—Es la señorita Cortiz, mi prometida —dijo Duke.

Amos Blane presentó a su esposa, Sarah Blane, y luego, siempre con la misma voz contenida, agregó:

—Lamento mucho que se haya tomado la molestia de venir hasta aquí. Ha sido una broma bastante pesada que le han gastado unos invitados míos. Sin embargo, le abonaré cuanto me pida. Y lamento también que no pueda quedarse esta noche en mi casa. No tenemos sitio disponible.

—¿Quiere eso decir que tendremos que marcharnos? —preguntó Duke.

—Sí, señor Straley —dijo Sarah Blane—. Nuestros invitados ocupan de sobra todas las habitaciones. Incluso los sofás están ocupados. Ha llegado más gente de la que esperábamos.

—Puede cargarme todas esas molestias en la cuenta —dijo, Amos Blane, cuyas manos denunciaban su gran nerviosismo.

—Creo que nos echan, Duke —sonrió Susana—. A una mofeta la hubiesen recibido más alegremente.

—Le aseguro, señorita, que yo soy el primero en lamentar este suceso —dijo Amos Blane—. Si pudiera hacer otra cosa la haría; pero no me es posible.

Volviéndose hacia el criado que había asistido a toda la conversación, Amos Blane encargó:

—Acompañe a la señorita y al señor al embarcadero. Buenas noches, señor Straley.

Amos Blane saludó con otra inclinación de cabeza y su esposa le imitó sin descubrir los sentimientos que antes, a la llegada de Duke y Susana, había demostrado.

El criado, siempre impasible, fue hacia la puerta y desde allí invitó a la pareja a que saliera. Los tres se dirigieron hacia el embarcadero. Al llegar tuvieron tiempo de ver como acababa de hundirse en el agua el balandro en que habían hecho la travesía.

—Parece que estamos en plena batalla naval —comentó, burlona, Susana—. Es el segundo hundimiento de esta noche.

Duke miraba de reojo al criado. Al ver que llevaba la mano derecha hacia el sobaco izquierdo, volvióse y descargó un seco y demoledor puñetazo contra la mandíbula del hombre. Éste cayó como un saco. Straley le registró, quitándole una pistola Remington del nueve corto, que guardó en un bolsillo.

—Desde el primer momento me fue antipático —declaró Susana, indicando al criado, a quien Duke estaba atando las manos con un cordel—. Tiene cara de malo.

—Sus intenciones eran peores que su cara —replicó Duke—. Será muy interesante hacerle hablar.

—No hablará —dijo tras ellos la voz de Amos Blane.

Susana y Duke volvieron la cabeza viendo, tras ellos, a Amos que les encañonaba con una pistola Colt de marina, de cañón muy largo y calibre nueve.

—Desate a ese hombre —ordenó Blane.

Duke le miró, desconcertado.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

—Ya ha oído todo cuanto quiero decir —dijo Blane—. Suelte a ese hombre.

—¿Y si no lo hago? —preguntó Duke.

Blane vaciló. Luego, con voz quebrada, replicó:

—Por el amor de Dios, hágalo y márchese lejos de aquí. Se lo ruego.

—Vine a ayudarle —recordó Duke.

—Ya lo sé; pero de la única forma que puede ayudarme es marchándose. Su presencia en mi casa es un peligro para todos.

—Vinimos en un balandro —explicó Duke—. — El balandro acaba de hundirse. Como no sea a nado no podremos regresar.

El criado estaba dando señales de recobrarse del golpe que le había propinado Duke. Su reanimación reanimó también a Amos Blane, quien, empuñando con más energía su pistola, ordenó de nuevo:

—¡Desate a ese hombre!

Duke se encogió de hombros y obedeció. El criado se puso lentamente en pie, frotándose la barbilla, miró con vaguedad a Duke y luego buscó su pistola.

—La tengo yo —explicó Duke.

—Devuélvasela —ordenó Blane. Y creyóse obligado a explicar:— Vivimos en un lugar solitario y todas las precauciones son pocas.

Duke sacó la pistola, y la metió en la funda sobaquera del hombre.

—Si me indican el camino que debo seguir me marcharé —dijo luego—. Mejor dicho, nos marcharemos, pues supongo que la señorita Cortiz no se podrá quedar tampoco.

—Creo que se le podría encontrar algún sitio —dijo el criado, ya totalmente repuesto—. Si la señorita Moran quisiera cederle una parte de su habitación... Hay en ella un sofá...

—Muchas gracias —se apresuró a decir Duke—. Les agradezco mucho el favor. La señorita no va preparada para un paseo a través del bosque. Si me indican el camino volveré adonde he dejado mi auto.

—Pero yo... —empezó Susana.

La mirada de Duke la obligó a rectificar:

—Yo no quisiera causar molestias.

—Estoy seguro de que se alegran haciéndote ese favor —dijo Duke—. Quédate en su casa. Al fin y al cabo no sería correcto que siendo sólo novios pasáramos la noche ahí juntos.

Amos Blane indicó a Duke el camino que bordeaba el lago y éste aprovechó la oportunidad para decirle en voz muy baja:

—Las pistolas automáticas suelen necesitar el cargador para servir de algo. No lo olvide.

Blane se turbó; pero no respondió nada. Duke se despidió con un ademán de Susana y echó a andar por el oscuro sendero que conducía al bosque. No tardó en llegar a éste y apenas estuvo entre los árboles sacó su pistola. Cambió el cargador por otro completo y de cuando en cuando se fue deteniendo para escuchar atentamente. No pensaba alejarse mucho de aquellos lugares; pero aún era demasiado pronto para volver a la casa de los Blane.

De repente oyó un paso a su espalda y cuando quiso volverse tropezó su espina dorsal con el cañón de una pistola, en tanto que una voz desconocida le prevenía:

—Si se mueve disparo.

Duke obedeció la orden. Permaneció inmóvil, esperando. Una mano le arrancó la pistola que empuñaba. Luego la voz ordenó:

—Vuélvase.

Cuando Duke iba a obedecer sonaron dos disparos casi simultáneos y el hombre que le había dado el alto cayó contra él, obligándole a saltar a un lado. El millonario había visto morir a los suficientes hombres para no necesitar mayor examen del que estaba a sus pies. De aquella forma sólo se caía cuando se recibía un balazo en la cabeza. Y aquél había recibido dos.

Duke se inclinó para recoger su pistola cuando una voz dijo junto a él:

—No es necesario que lo examine, señor Straley. Está bien muerto.

Duke recogió su Colt y explicó:

—Ya me di cuenta por como cayó. Sólo quería recuperar mi pistola.

—Guárdela. Hay mucha humedad en el bosque. Hacía tiempo que no me veía obligado a disparar así. Temí no acertarle. Sus intenciones eran muy malas. Especialmente para usted.

—¿A quién le debo la vida? —preguntó Duke.

—A mí —respondió el otro, saliendo de entre los árboles.

Su mano derecha empuñaba aún la pistola con que había disparado sobre el otro hombre. A la luz de las estrellas su rostro era vagamente visible. A Duke no le resultó familiar.

—¿Nos hemos visto alguna vez? —preguntó.

—Yo a usted sí —respondió el otro.

—¿Y quién es usted?

—Creo que como prueba de agradecimiento hacia mí guardará usted el secreto, ¿eh? Soy Mike Ferrara.

—¿El jefe de Louie Yerbie?

—Sí. Pero Louie Yerbie era un canalla. Si los otros no le hubieran matado yo hubiese tenido que hacerlo. Cometió el error de traicionarme y confiar en otros que nunca han jugado limpio. El resultado fue que le mataron.

—Y le robaron ciento cincuenta mil dólares, ¿eh?

—Le robaron bastante más. Yo quiero recuperarlo.

—¿Ha venido a eso?

—Si.

—¿No le busca la policía?

—Sí; pero no conocen mi cara.

—¿Por qué asesinaron a Osman?

—Aquello fue cosa de Yerbie. Hizo doble negocio. Me entregó cincuenta mil y se quedó con cien mil. El jugar sucio siempre resulta perjudicial.

—¿Cuándo ha llegado?

—En un avión particular, poco antes que usted. De todas formas ya tenía a un amigo vigilando esto.

—¿Qué ocurre en casa de Blane?

—De momento no se lo puedo decir. ¿Está allí su novia?

—Sí. Es lista y descubrirá algo.

Mike Ferrara avanzó hacia Duke. Guardando la pistola dijo, al mismo tiempo que apoyaba una mano en el hombro del joven:

—Estoy metido en un asunto peligroso. Si se lo digo, usted se ha de poner contra mí. A ninguno de los dos nos conviene eso. Es mejor que no sepa nada y que permanezcamos unidos hasta el final. Yo recuperaré lo que busco. Usted salvará a los Blane de un grave peligro. ¿Le parece bien?

—De momento sí —respondió Duke—; pero al final quizá seamos enemigos.

—Al final cada uno marchará por su camino. No olvide que esa gente está decidida a todo. No debió haber dejado a su novia allí. El criado es de la banda y ahora le tiene a usted en sus manos, a no ser que su novia le importe un comino.

—Mi novia me importa mucho —replicó Duke—. ¿Por qué no me explica la verdad de lo que sucede?

Ferrara palmeó suavemente la espalda de Duke.

—Si yo no soy capaz de guardar un secreto, menos puedo confiar en que lo guarde un extraño, ¿no? Lo único que le diré es que tienen en sus manos a la hija de Blane y que gracias a eso le obligan a ceder en todo lo que quieren.

CAPÍTULO VIII

 

EN LA CASA DEL MISTERIO

 

 

Susana entró de nuevo en casa de los Blane. Tuvo la impresión de que entraba en una tumba o, por lo menos, en un lugar del que no le resultaría nada fácil huir. En el vestíbulo encontró a la señora Blane, que la miró angustiada y si no dijo nada debió de ser porque el criado de la Remington bajo el sobaco no se apartaba de allí.

—La señorita Cortiz se quedará a pasar la noche en casa —dijo el criado adoptando una actitud que no se parecía en nada a la que lógicamente debe adoptar un criado.

—¿Por qué no se ha marchado? —preguntó con voz trémula Sarah Blane.

Soltando una risita, el criado salió hacia el pasillo y Susana quedó frente a los señores Blane.

—¡Es horrible! —exclamó Amos—. ¡Es horrible!

Dejó la descargada pistola encima de un sillón y salió por la puerta que antes había utilizado Lora Moran. Su esposa acercóse a Susana y cogiéndole las manos dijo en voz baja:

—Yo fui quien hundió el balandro. Quería que su novio se quedase. ¿Por qué se ha marchado?

—Esté segura de que volverá —replicó Susana—. Y mientras tanto yo haré todo lo posible por ayudarles. ¿Que les ocurre?

Oyéronse de nuevo los pasos del criado, o del dueño; y la señora Blane dijo, apresuradamente:

—Esta noche procuraré hablar con usted. Ni yo misma sé lo que ocurre.

El criado apareció en aquel momento y llamó con un ademán a Susana.

—Le enseñaré su habitación —dijo.

Guió a Susana por el pasillo, luego a través de dos habitaciones y por último la hizo pasar al interior de un salón. En él estaban dos personas conocidas y una desconocida. Esta última era un hombre alto, recio, de cabellos negros y rizados, ojos oscuros y manos grandes y fuertes. Las otras dos personas eran la mujer a quien se conocía por el nombre de Mary McAllister y el joven del acento universitario. El criado cerró la puerta tras Susana y se apoyó de espaldas a ella.

—Hola —saludó la joven.

Mary McAllister movió ligeramente la cabeza. El joven que se parecía a Dick Powell sonrió ampliamente. El tercer ocupante de la estancia dijo:

—Siéntese, señorita Cortiz.

Ésta aceptó la invitación y dirigiéndose al pistolero comentó:

—Creí que le habían dejado medio muerto en el bosque.

Dick Powell acentuó su sonrisa.

—No, señorita —replicó—. Las balas que me disparó su novio pasaron muy cerca de mí y una de ellas me habría atravesado de no impedírselo el tronco del árbol que me protegía. Un árbol muy amable, se lo aseguro.

—¿Y aquel grito?

—Me vi obligado a lanzarlo porque mi pistola me jugó la mala pasada de encasquillarse en el momento menos oportuno. Lanzando aquel grito hice creer a su novio que me había herido y supuse que no se entretendría en rematarme. Eso hubiera sido impropio de él. Por cierto que me olvidaba de felicitarla por su chillido. Me cogió tan de sorpresa que sus efectos resultaron destructores para mí.

—Mi novio ni siquiera me dio las gracias por ello —dijo Susana—. Y ahora, ¿pueden decirme para qué me necesitan?

—Para que se quede con nosotros algunos días —explicó el más alto de los hombres—. Hicimos lo posible por impedir que vinieran ustedes. Agotamos los medios de persuasión. Si les ocurre algo malo, ¿quiénes tendrán la culpa?

—Ustedes —respondió Susana.

—Es una muchacha muy bromista —dijo la mujer.

—No tanto como usted —replicó Susana—. Aún no me distraigo disparando tiros contra las cabezas de ciertos caballeros.

—¿Se refiere a Louie? —preguntó, indiferente, la mujer—. Aquello no era un caballero. Era un cerdo.

—¡Cállate, Betty! —ordenó el que parecía el jefe.

—¿Cómo llegó usted antes que nosotros? —preguntó Susana al joven pistolero.

—Bordeé el lago en bicicleta, mientras usted navegaba plácidamente en el balandro —respondió el interpelado—. ¿No me pregunta por qué me he lanzado a esta mala vida?

—No; pero le aconsejo que busque la influencia de Lora Moran para ingresar en el cine. Haría usted un cantor de jazz magnífico

—Señorita Cortiz —dijo el jefe—. No perdamos más tiempo en discusiones tontas. Usted se ha quedado aquí como rehén. Si su novio logra burlar la vigilancia del hombre que le espera en el bosque, no intentará nada malo contra nosotros porque supondrá que su vida corre un riesgo. Cuando hayamos terminado nuestro trabajo nos marcharemos y ustedes quedarán en libertad. No deseamos emplear violencias innecesarias; pero estamos dispuestos a utilizar todas las violencias que sean precisas.

—No les entiendo —dijo Susana.

Por la abierta ventana de la estancia entró el eco de dos disparos de pistola. Menos Susana todos sonrieron. La joven palideció intensamente. No preguntó el significado de aquellos lejanos disparos, mas los otros no perdieron la oportunidad de decírselo.

—El señor Straley debe haber sufrido un accidente —dijo Betty. Y volviéndose hacia el que parecía jefe de todos, agregó:— El "Rata" ha cumplido bien su obligación, Big Mac.

—Tal vez sea él quien ha tropezado con las balas de Duke —sugirió Susana, luchando por aparentar una serenidad que no sentía.

Los demás sonrieron.

—El "Rata" se mueve con la cautela de un gato —dijo el pistolero del bosque—. Una mosca hace más ruido que él. Y cuando dispara sabe dar en el blanco aunque sea guiándose sólo por el ruido de la respiración de su adversario.

—Pronto nos dirá si ha matado o no a Duke —declaró Big Mac—. En cuanto llegue, bajaremos a prepararlo todo. En cuanto a usted, señorita, la encerraremos en su habitación y si aprecia su vida no saldrá de ella.

Betty sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno de ellos. Lanzó una bocanada de humo hacia el pistolero y luego, con escalofriante indiferencia, declaró:

—Big Mac, creo que te estás volviendo demasiado blando. Si desde un principio hubieras hecho con los Blane y sus amigos lo que yo hice con Louie, no tendrías que ir con tantas precauciones. Los muertos son los únicos que no hablan.

—No hablan; pero envían a la silla eléctrica —replicó Big Mac.

Betty se encogió desdeñosamente de hombros.

—Lo mismo se sienta uno en la silla eléctrica por un asesinato que por veinte. Lo importante es hacer que los cadáveres desaparezcan. Si no hay cadáveres no hay asesinato.

—Me recuerda usted a la hija de Drácula, señorita Betty —dijo Susana.

Betty lanzó hacia ella una larga y estrecha bocanada de humo y dijo:

—Antes de que nos separemos para siempre le demostraré que soy bastante peor que la hija de Drácula.

—¡Cállate! —ordenó Big Mac.

Betty le miró, furiosa.

—No emplees ese tono conmigo, Mac. Ya sabes que sin mí no hubieras recibido lo que necesitabas. Louie no te hubiera dejado entrar en su cuarto como dejó entrar a su buena amiga Betty. Y el negocio que vas a hacer no lo hubieses realizado sin mí.

—Betty, no olvides que el traidor sólo es necesario mientras dura la traición —dijo Big Mac—. Cuando ésa ya ha pasado, no se le necesita para nada. ¿Me entiendes?

—¿Me amenazas? —preguntó Betty, cuyos ojos llamearon de ira.

—Sólo te prevengo, Betty —replicó el jefe—. Ya no te necesito para nada y si te conservo a mi lado es porque soy agradecido con quienes se han portado bien. Tú has trabajado perfectamente. No estropees tu labor con exigencias fuera de lugar.

—¿Por qué no le pega un par de bofetadas? —preguntó Susana a Big Mac—. A las mujeres suele gustarnos que el hombre se imponga por las malas.

—¡Cállese, señorita! —aconsejó el pistolero—. Betty es un animalito muy hermoso; pero muy peligroso.

—Los tigres son peligrosos, hermosos y sin embargo se los doma a latigazos —dijo Susana.

—¡Cállese! —ordenó Big Mac.

—¿Conmigo se atreve? —preguntó Susana—. Si se imagina que soy menos peligrosa que esa gata de Betty está en un error.

—Encierra a la señorita en su cuarto y además, átala bien —ordenó Big Mac al que hacía las veces de criado.

Éste debía de esperar el encargo, pues en el mismo instante una cuerda aprisionó los brazos de Susana, y antes de que la muchacha pudiera resistir, se encontró sólidamente atada. Betty se levantó entonces de su asiento y yendo hacia Susana, sin abandonar su dura sonrisa, le cruzó el rostro de dos bofetadas que tiñeron de rojo las mejillas de la joven.

—No olvide que soy peligrosa —dijo luego, Betty.

—Y no olvide que estas dos bofetadas se las devolveré con creces —replicó Susana.

Betty cogió entre los dedos el cigarrillo que estaba fumando y se disponía a apagarlo contra la cara de Susana cuando Big Mac la contuvo violentamente, ordenando:

—¡Basta ya de tonterías, Betty! Te gusta demasiado la morfina y acabarás loca si antes no te llena alguien de plomo el cuerpo —dirigiéndose luego al criado, Mac le ordenó:— Llévate a esa mujer.

Cuando Susana era arrastrada fuera de la estancia oyó que Big Mac comentaba:

—Es raro que el "Rata" no haya venido ya.

CAPÍTULO IX

 

UNA MUJER PELIGROSA

 

 

—Si se está quieta, no le pasará nada, señorita —dijo el criado, antes de salir del cuarto—; pero si se mueve mucho correrá el peligro de morir estrangulada:

La amenaza no era vana. Susana estaba en una cama sobre un colchón de lana, con las manos atadas a la espalda, los pies al extremo inferior del lecho, en tanto que un lazo corredizo le rodeaba el cuello y estaba sujeto a la cabecera. Al menor movimiento el lazo se cerraba en torno a la garganta de la joven.

Ésta oyó cerrarse la puerta del cuarto, y quedó a obscuras, pues la bombilla que colgaba del techo estaba fundida. El que la había atado utilizó para ello una linterna eléctrica que se había llevado con él, comentando que las tinieblas eran las más indicadas para que la joven no viera la apurada situación en que se encontraba.

Apenas se cerró la puerta, Susana empezó a trabajar para liberarse. Al ser tendida en la cama había escuchado el ruido de los muelles del somier y calculó que debían ser de fleje de acero. Con los dedos comenzó a hurgar en el colchón, arrancando hilillos de la tela y logrando, al cabo de más de diez minutos, hacer un agujero por el que cabía casi una mano.

Susana descansó unos instantes. Le dolían las puntas de los dedos y las uñas. Aun le quedaba mucho por hacer y debía cuidar de no moverse demasiado, pues la cuerda que le ceñía el cuello la molestaba mucho. Estaba segura de que a Duke no le había ocurrido nada. Mejor dicho, deseaba estar segura de ello, porque la simple sospecha de que pudieran haberle asesinado la habría hecho desesperar y abandonar la lucha.

Sólo podía trabajar con los dedos, pues sus manos estaban atadas por las muñecas. Arqueando el cuerpo todo lo posible, y procurando tirar más de los pies que del cuello, pues éste era su punto más débil, Susana comenzó a sacar lana del colchón, hasta abrir un agujero en él y alcanzar, tras infinitos esfuerzos la tela inferior. Entonces volvió a descansar. Tenía las manos llenas de dolores y el trabajo apenas estaba empezado.

Al reanudarlo comenzó a deshilachar la tela inferior del colchón. Al cabo de media hora había conseguido la primera parte de su intento: abrir un agujero de parte a parte del colchón y alcanzar el somier que, como había supuesto, era de fleje de acero, o sea formado por una serie de flejes paralelos que iban de un extremo a otro del somier.

De nuevo tuvo que descansar para dejar que la sangre circulara por sus doloridos miembros. Más tarde metió las manos a través del agujero, apoyó lateralmente la cuerda que las sujetaba sobre uno de los flejes, y comenzó a deslizar la cuerda arriba y abajo. Unas veces el fleje cortaba un poco de cuerda y otras, las más, hería la carne; pero al cabo de diez minutos o doce, una de las cuerdas saltó cortada y ocho minutos después Susana se encontró con las manos enteramente libres. El desatarse la cuerda que la ahogaba y la otra que le sujetaba los pies fue cuestión de pocos minutos, aunque después de todo ello la joven encontróse tan agotada que necesitó un cuarto de hora para recuperar sus fuerzas.

Mientras tanto se fue acostumbrando a las tinieblas. Al fin pudo divisar en un lado del cuarto un estante con una colección de botellas de distintos tamaños. Susana cogió una de dichas botellas, la destapó y vació en el suelo, pues sabía que si bien una botella llena pesa más que una botella vacía, en cambio se rompe con mucha más facilidad, y para lo que ella quería utilizarla, le convenía que no se rompiese al primer golpe. Era muy posible que tuviera que pegar a dos o tres, pues hasta que se hace la prueba no se sabe lo dura que es una cabeza.

Una vez en posesión de la botella, Susana fue hacia la puerta con la esperanza de que la hubieran dejado abierta. Estaba bien cerrada, por lo cual la joven cogió una de las sillas que había en el cuarto y sentóse en ella, esperando que alguien fuese a ver cómo seguía.

En la casa habían cesado ya todos los ruidos. No se oía la radio. Tan sólo se escuchaba el lejano latir del motor de la dínamo. De pronto Susana oyó unos pasos que se acercaban. Lo hacían sin ningún disimulo; por lo tanto, debían de ser pasos enemigos.

Sintiendo que el corazón le latía en la garganta, Susana notó que los pasos cesaban frente a su puerta, y luego oyó entrar una llave en la cerradura.

Poniéndose en pie, apartó la silla y empuñó con fuerza la botella.

—Dios mío, dame las fuerzas necesarias —pidió mentalmente.

Luego pensó que Dios no la ayudaría mucho en aquel trance, pues sus intenciones no eran nada piadosas.

La puerta empezó a abrirse. La persona que se disponía a entrar se detuvo un momento, sin duda para preparar la linterna. Luego la puerta se abrió del todo y la persona que lo hizo adelantó una mano armada con una pistola Luger de fino y largo cañón. Susana aprovechó el instante de desconcierto del cerebro que gobernaba aquella pistola y descargó contra la tapa de hueso que lo cubría un enérgico botellazo. Tan enérgico que la botella se hizo pedazos; pero no sin haber cumplido su cometido, que fue el de derribar completamente fría a Betty, cuyo cuerpo rebotó como si fuese un saco.

Susana se inclinó a recoger la pistola Luger. Al reconocer a la mujer, recordó las dos bofetadas y el abortado intento de marcarle la cara con la brasa del cigarrillo. De pronto sintióse infinitamente feliz. Tan feliz que hasta sonrió y dijo:

—Yo también soy peligrosa.

Con las cuerdas que la habían atado, amarró a Betty a la cama; pero de forma que no pudiese repetir su fuga. Para ello, sujetó ambas manos con una cuerda que pasó por debajo de la cama y por último dejó una almohada sobre la cara de Betty, con la vaga esperanza de que se ahogase, aunque sin cargar su conciencia con un crimen. Si Betty moría asfixiada, la culpa sería de la almohada, no de ella.

Provista de la pistola, Susana salió al pasillo. Cerró con llave la puerta y echóse a buscar otras puertas que pudiera abrir con las llaves que colgaban del llavero que había guardado la llave de su cárcel.

El silencio en la casa era absoluto y Susana empezó a sentirse nerviosa a causa de él. Habría preferido algún ruido que indicara presencias humanas.

Al llegar al final del pasillo, Susana oyó un ruido, y en lugar de sentirse aliviada notó como si le pasearan por la espina dorsal un bloque de hielo. Una puerta comenzó a abrirse con cautela, y la joven, empuñando temblorosamente la pistola, se pegó a la pared, con el dedo en el gatillo y la esperanza de que cada bala llegara a su destino si era preciso disparar las que contenía el cargador de la excelente pistola germánica.

CAPÍTULO X

 

LOS PRISIONEROS

 

 

Al empujar la puerta, Duke y Ferrara vieron reflejada contra el suelo la silueta de una mano armada con una pistola Luger. Los dos dejaron de empujar y sus pistolas miraron a través de la madera de la puerta hacia el cuerpo a que pertenecía aquella mano. Luego, antes de disparar, vacilaron un instante. Mientras la pistola permaneciera inmóvil no era peligrosa, pero si empezaba a moverse...

Duke resolvió el problema. Empujó con súbita violencia la puerta y la hizo dar contra la mano que empuñaba la pistola, que salió despedida contra la pared y de allí al suelo. Cuando Susana se lanzó a recogerla casi dio de cabeza contra Duke. Los dos intentaban lo mismo.

—Hola —saludó Susana.

—Hola —sonrió Duke.

—Casi me has destrozado la mano —dijo la joven.

—Me diste un buen susto —declaró Duke.

—¿Quién es ese amigo que te acompaña?

—Un antiguo contrabandista de licores a quien se da por desaparecido.

—¿Es aquel que era amigo de Barbarroja?

—Sí, Susana. Te presento al señor Mike Ferrara.

—Encantado, señorita —aseguró el antiguo contrabandista.

Susana aceptó con una inclinación de cabeza las palabras de Mike, en tanto que Duke examinaba la pistola y comentaba:

—Esta no era tuya, ¿verdad?

—No, se la quité a Betty, una especie de torbellino aficionado a pegar bofetadas a las personas que no pueden defenderse. Me quería marcar la cara con un cigarrillo encendido. Al ver que no la dejaban se enfadó tanto que al cabo de una hora y media, poco más o menos, se hizo con esta pistola y trató de vaciarla en mi cuerpo.

—Pero no la vació, ¿verdad?

—No. Claro que no pero tuve que romperle una botella en la cabeza.

Susana explicó lo que le había ocurrido y al terminar comentó:

—¿Era para eso que hiciste que me quedase en esta casa?

—Claro —asintió Duke—. Era lógico que tú salieras del apuro y estuvieses en condiciones de ayudarnos.

—Si no ando lista, Betty me deja hecha un colador —recordó Susana—. Sus intenciones no podían ser peores. ¿Y tú de donde vienes? ¿Qué ha sido del "Rata"? Mientras hablábamos sonaron dos disparos y todos dijeron que el "Rata" debía de haberte matado.

—El señor Ferrara se le anticipó muy oportunamente —explicó Duke—. Cuando veníamos hacia aquí vimos a unos hombres que iban hacia el bosque. Seguramente habrán encontrado el cadáver del "Rata".

—Mientras ellos están fuera busquemos lo que necesitamos —dijo el antiguo contrabandista.

Duke y él habían entrado en la casa por una de las ventanas de la cocina, sin hallar ningún obstáculo hasta su encuentro con Susana.

—Son muy descuidados —comentó Duke.

—Se creen seguros —replicó Ferrara—. Eso es lo peor que puede ocurrirle a uno. Yo estoy muy práctico en esas cosas. ¿Dónde está esa Betty?

—¿Para qué quiere saberlo? —preguntó Susana.

—Tenemos una cuenta pendiente —replicó Ferrara—. Era amiga de Louie, y ella fue quien le asesinó y robó...

—¿Qué robó? —preguntó Duke al ver que Mike se interrumpía.

—Eso es cuenta mía —replicó el otro—. ¿Dónde está la chica?

—Eso es cuenta mía —dijo Susana—. ¿No es verdad, Duke?

—Claro.

—Bien, no importa —respondió Mike Ferrara—. Continuemos buscando. Ustedes vayan hacia arriba. Yo me encargaré de la planta baja.

—¿No me dijo que tenía a algún amigo centro de la casa? —preguntó Duke.

Ferrara se encogió de hombros.

—Fue una mentira —dijo.

Duke sonrió y cogiendo del brazo a Susana la condujo hacia las escaleras.

—Tenemos que encontrar a los dueños de la casa —dijo.

Dejando que Ferrara campara por sus respetos sin oposición alguna, Duke y Susana subieron al primer piso. Probaron de abrir la primera puerta que encontraron. Estaba cerrada. Duke fue haciendo experimentos con las llaves que Susana le había quitado a Betty. Al fin una de ellas coincidió con la cerradura y la puerta se abrió.

Sentada en su cama, con los ojos muy abiertos y sin parecerse en nada a Marlene Dietrich, Lora Moran parecía esperar su última hora. Al reconocer a Duke lanzó un gemido de alivio.

—Creí que se habría marchado —dijo con voz menos pastosa—. ¿Viene con usted la policía?

—Aún no —respondió Duke.

—Pero no se apure —dijo Susana—. Podrá contar a los periodistas que ha vivido una emocionante aventura.

—¿Puede decirme dónde están las habitaciones de los señores Blane? — pidió Duke.

Lora Moran saltó de la cama, en una exhibición de sus maravillosas piernas, que Susana no encontró nada maravillosa, cubrióse con un salto de cama estilo Hollywood, salió al pasillo y señaló dos habitaciones contiguas:

—Esas son. La primera es la del señor Blane.

—¿Podría decirme ahora por qué se asustó al oír mi nombre esta noche?

Lora Moran dudó un momento y al fin respondió con una franqueza legítima.

—Aquellos hombres nos dijeron que si alguno de nosotros hablaba con usted y decía lo que estaba sucediendo, le matarían.

—Gracias —contestó Duke—. Ya me imaginé que se trataba de algo por el estilo. Vamos, Susana. En cuanto a usted, señorita Moran, es mejor que no salga de su cuarto.

La puerta del cuarto del señor Blane se abrió a la tercera prueba. Amos Blane les recibió bastante alterado, aunque haciendo heroicos esfuerzos por disimularlo. Al ver a Duke no demostró la alegría de Lora Moran. Tal vez porque él no era mujer. En cambio, Sarah Blane lanzó un gemido de emoción al ver a Duke y a Susana. Corrió hacia ellos y preguntó, anhelante:

—¿Le han encontrado?

—¿A quién? —preguntó Susana.

—No seas indiscreta —recomendó el señor Blane, entrando en el cuarto de su mujer.

Ésta le miró llena de angustia.

—Amos, es preciso que le contemos la verdad al Señor Straley. Tú le querías encargar de la solución de los misterios de esta casa. ¿Por qué no lo haces?

—Entonces no había ocurrido lo que sucedió luego —dijo Amos.

—Puede usted contarme o no lo que sucede —dijo Duke al dueño de la casa—; pero independientemente de lo que usted me diga y pida, yo trataré de resolver este misterio. Unos bandidos han asaltado esta casa y han secuestrado a su hija, ¿no es así?

Amos Blane trató de fingir una serenidad que no sentía.

—No —dijo con temblorosa voz.

—¡Di que sí! —casi gritó su mujer—. Si tú no quieres hablar hablaré yo. El señor Straley me oirá y hará lo que crea conveniente.

—Piensa en el peligro que haces correr a Amelia —advirtió el señor Blane.

—El peligro se lo hacemos correr al no tomar ninguna medida en su favor — replicó Sarah Blane.

—Bien... ya hablaré yo —dijo Amos.

—Dése prisa —recomendó Duke—. Los demás pueden volver de un momento a otro y entonces no tendríamos tiempo para nada.

—Todos los años venimos a pasar algunos días en esta casa —empezó Amos Blane—. Este año estuvimos ya aquí durante el verano; pero como una amiga... —el señor Blane vaciló un momento antes de mentir:— una amiga nuestra demostró interés por conocer esta casa vinimos a ella.

—Creo que es mejor decir toda la verdad —intervino la señora Blane—. Al fin y al cabo estás arrepentido de tu locura, ¿no?

El señor Blane dijo que sí; pero a Susana le quedó la duda de si era totalmente sincero. Al fin y al cabo, aunque la señora Blane había sido una mujer muy atractiva, en la actualidad Lora Moran le daba cien vueltas.

—Se encaprichó de esa actriz de cine —siguió Sarah Blane—. Incluso pensó en obtener el divorcio. Si nos trajo a Amelia y a mi fue para cubrir las apariencias, especialmente en favor de esa Moran.

—En cuanto llegamos empezaron a ocurrir cosas extrañas —dijo el señor Blane, deseando pasar por alto los detalles molestos para él—. Vinieron once amigos nuestros y el servicio. La casa había sido cerrada en septiembre, pero en seguida encontramos señales de uso reciente. Como no echamos de menos nada, pensamos que tal vez algún cazador había entrado para guarecerse de las últimas tempestades. Cuando quisimos telefonear nos encontramos con que el teléfono había sido cortado. Luego un día descubrimos que los autos en que habíamos venido estaban inutilizados.

—Eso fue después de que empezaran a ocurrir las cosas extrañas —recordó Sarah—. El servicio nos abandonó en masa diciendo que habían visto fantasmas. No sé si los vieron o no; pero lo cierto fue que se marcharon. Los invitados y nosotros nos quedamos. Un día en que Amos cruzaba el bosque le quitaron de un tiro el sombrero y al volver a casa encontró una nota ordenándole que se marchase. Entonces esa mujer, la Moran, empezó a ponerse difícil. Dijo que tratábamos de crearle dificultades y que nos pediría daños y perjuicios si le destrozábamos los nervios. Incluso habló de encausarnos por emplear contra ella crueldad mental. No sé lo que es.

—A todo eso no veíamos a nadie —siguió el señor Blane—. Creímos que se trataba de una broma, y de pronto, un día me encontré con que nos habían destrozado los autos.

—Antes te amenazaron con hacernos daño a Amelia y a mí —intervino la señora Blane.

—Sí, es verdad —admitió su esposo—. Encontré algunas notas amenazadoras en mi despacho. Después de pedirle ayuda a usted, aparecieron los autores de todo aquello. Iban mandados por un joven de aspecto inofensivo; pero que en seguida echaba mano a su pistola. Sus compañeros le llamaban Eddie. Nos dijo que habíamos hecho mal no abandonando la casa y que, a pesar de lamentarlo mucho, se veía obligado a retenernos aquí.

—¿Cómo se les presentó? —preguntó Duke.

—Una mañana, al bajar a desayunar, los encontramos a todos en la planta baja. Eran ese Eddie, el que ustedes vieron haciendo de mayordomo y otro muy menudo a quien llamaban el "Rata".

—Ese ya ha muerto —dijo Susana.

—Entre ellos hablaban mucho y se quejaban de lo mucho que tardaban Big Mac y Betty —explicó la señora Blane—. Para obligarnos a no huir y a que no intentáramos nada contra ellos, secuestraron a Amelia, nuestra hija. Se la llevaron y cada día me dejan verla; pero no nos dejan hablar. No sé dónde la tienen encerrada.

—¿Hay sótanos en la casa? —preguntó Duke.

—Si —contestó Amos—. Esta casa perteneció a un contrabandista de licores que durante los años de la Ley Seca almacenó cantidades enormes de licores en las bodegas que hay debajo de la casa. Lo traía del Canadá en hidroaviones que amaraban en el lago y luego lo distribuía entre sus clientes. Al terminar la Ley Seca dejó de interesarle la casa y me la vendió muy barata.

—¿Y el criado? —preguntó, luego, Duke.

—Cuando secuestraron a mi hija —continuó Amos Blane—, se desenmascararon. Hasta entonces habían estado escondidos en algún sitio, seguramente en las bodegas. Entonces se instalaron en la planta baja y obligaron a todo el mundo a que no nos moviésemos del primer piso. Uno de ellos se vistió de criado para disimular si llegaba algún visitante inesperado, y como ya sabían que le había enviado una carta a usted, me ordenaron, so pena de matar a mi hija, que cuando llegaba usted le despidiera diciéndole que todo había sido una broma. También dijeron a los invitados que si alguno de ellos hablaba con usted moriría. Luego nos aseguraron que antes de una semana se marcharían y que entonces podríamos hacer lo que nos diera la gana, incluso denunciarles a la policía.

—¿Cuándo ha llegado Big Mac? —preguntó Duke.

—Hoy, poco antes que usted —respondió el señor Blane—. Traía un maletín bastante pesado. En seguida pusieron en marcha otro motor de gasolina para tener más electricidad.

—¿No han oído algo que les permita suponer a qué se dedican?

Blane respondió negativamente a la pregunta de Duke.

—Lo único que les he oído decir varias veces es que se harían ricos en un par de días.

—¿Han visto llegar algún equipaje? —preguntó Duke.

—No.

—Por favor, busquen a mi hija —pidió la señora Blane—. Mientras esté en su poder no viviré tranquila.

Duke vaciló antes de decir lo que deseaba. Por fin pidió:

—No se muevan de aquí. Tú, Susana, hazles compañía y ve abriendo las otras habitaciones. ¿Les encerraban todas las noches, señor Blane?

—Sí, todas las noches.

—Pues bien, ocurra lo que ocurra, no bajen. Creo que ya se dónde está el misterio.

Dejando a Susana con el encargo de ir abriendo habitaciones, Duke descendió a la planta baja. No se veía a nadie y el silencio sólo era quebrado por el abrir de las puertas del primer piso. Duke dirigióse hacia las cocinas, seguro de que por allí estaría la puerta que conducía a los sótanos. Cruzó una puerta y de súbito presintió lo que iba a ocurrirle. Quiso saltar hacia atrás, pero el saquito de arena le alcanzó de pleno en la cabeza, borrándole la visión en medio de un estallido de luces multicolores.

CAPÍTULO XI

 

EN LOS SÓTANOS

 

 

Duke volvió lentamente en sí. Tuvo la impresión de que subía penosamente desde el fondo de un hondísimo mar hacia una vaga claridad que se iba haciendo más intensa a medida que se acercaba a ella. Cuando al fin abrió los ojos, Duke se sorprendió de encontrarse en una media oscuridad nada semejante a la luz que había entrevisto.

Se hallaba tendido sobre un montón de sacos que olían a grasa de máquinas. No estaba atado, pero tampoco notaba contra su pecho el contacto de su pistola.

—Me alegro de ver que no le maté del golpe, señor Straley —dijo el joven pistolero.

—Hola, Eddie —replicó Duke—. Yo también me alegro de no haberte matado en el bosque, a pesar de que hice todo cuanto me fue posible por lograrlo.

—Es muy difícil disparar de noche y dar en el blanco —replicó Eddie—. No debe mortificarse por ello. Al mejor tirador del mundo le ocurriría lo mismo.

—No imaginé que tuvieras tan buenos músculos —siguió Duke—. El golpe que me diste fue terrible.

—Cuestión de práctica, nada más —dijo, modestamente, Eddie—. Cada día practico con un saquito de arena, rompiendo cocos. Es lo más parecido a un cráneo humano.

—Un cráneo es menos duro, pero más fuerte —rectificó Duke—. Sin embargo, se trata de un buen ejercicio.

—¿Fue usted quien mató al "Rata"? —preguntó Eddie—. El jefe está muy enfadado.

—Claro que le maté yo —sonrió Duke—. Lo hice en legítima defensa.

—Hemos tenido que encerrar a su novia —siguió Eddie—. Betty la quería hacer pedazos. Está loca. Su novia, señor Straley, casi la mató de un botellazo. No me gustan las mujeres tan violentas. En su lugar yo no me casaría con una mujer que maneja así las botellas —Eddie se interrumpió con una sonrisa, luego agregó:— Claro que usted no se casará con nadie, como no sea "in articulo mortis". Le tenemos que matar.

—¿Por qué no lo habéis hecho ya? —preguntó Duke.

—Falta la orden del jefe —replicó Eddie—. Betty también quería matarle, pero yo he aprendido que Big Mac siempre tiene razón y que por lo tanto es mejor seguir sus indicaciones. Si él me dice que le mate, le mataré; pero a lo mejor le tiene dispuesta otra muerte menos comprometedora. No es prudente precipitarse.

—¿Por qué no me cuentas cómo descubristeis que yo estaba en casa? — preguntó Duke.

—Encontramos al "Rata" con la cabeza destrozada y en seguida supusimos que andaba usted por aquí. Volvimos sin hacer ruido, les oímos hablar arriba y aguardamos a que bajase... pero ahí viene el jefe.

Big Mac se detuvo frente a Duke, le miró disgustado y al fin gruñó:

—No podrá decir que no le haya dado oportunidades de salvarse, señor Straley. Ahora me pone usted en la desagradable necesidad de matarle. Si no hubiese descubierto lo que hacemos, no le hubiese hecho nada, en contra de los deseos de mi gente y a pesar de haber matado al "Rata". Aquello, al fin y al cabo, fue en defensa propia, aunque me extraña que el "Rata" volviera la espalda. Las balas que usted le disparó le entraron por detrás.

—Al ver que le había descubierto quiso huir —mintió Duke, comprendiendo que sus enemigos no sabían nada de la presencia de Mike en la casa.

Suponían que él había descubierto algo, cuando en realidad debía de ser Mike quien lo había encontrado. No confiaba mucho en que Mike Ferrara hiciese gran cosa por él; pero si él le denunciaba aún podría hacer mucho menos.

—¡Quiero matarlo! —chilló en aquel instante Betty, cuyos pasos sonaron en unos escalones de granito.

—No la dejes cometer ninguna locura —ordenó Big Mac a Eddie.

Éste corrió al encuentro de Betty, pero ésta siguió adelante, gritando:

—¡Sois unos cobardes! Os da miedo pegarle cuatro tiros frente a frente. ¡Dejadme a mí! Yo le mataré. Tengo bastantes cuentas pendientes que liquidar. ¡Y dejadme a su chica! Le devolveré el botellazo...

—¡Cállate ya! —ordenó Big Mac—. Debieras tener un poco más de cuidado con la morfina.

Betty soltó una histérica carcajada.

—¡Siempre tenéis miedo de que descubra nuestro juego! —exclamó—. ¿No comprendes que yo soy la más interesada en que no se sepa? Yo recibiré un cuarto de millón, ¿verdad? Eso fue lo prometido.

—Te lo pagarán con plomo —dijo Duke—. ¿No comprendes que tienen miedo de que descubras la trampa?

Big Mac se inclinó sobre Duke y le golpeó la boca con la mano, manchándole de sangre los labios. A pesar del golpe que había recibido en la cabeza, aun guardaba las suficientes energías para incorporarse de un brinco y derribar de un cruzado de derecha al pesado Big Mac.

Eddie dio una nueva muestra de su capacidad combativa al derribarle de nuevo de un golpe de porra en la cabeza, que hundió a Duke por segunda vez en las tinieblas de la inconsciencia.

Sin embargo, en esta ocasión Duke había previsto el golpe y se había prevenido en lo posible. El porrazo fue menos violento de lo que el propio Eddie imaginaba, y al cabo de dos minutos la conciencia volvía al dolorido Duke.

Éste permaneció tendido en el suelo, sin alterar su postura, como si continuara lejos de este mundo. Big Mac debía de estarse reponiendo de los efectos del golpe de Duke, pues hablaba con dificultad y de cuando en cuando emitía un gruñido.

—Al fin tendremos que matarle —dijo.

—¡Mátalo de una vez! —pidió Betty—. Le tenéis ahí, hecho un saco. Metedle unas balas en el cuerpo y así no tendréis que preocuparos más por él.

—Ya sabéis que no me gusta dejar cadáveres detrás de mis huellas — declaró Big Mac.

—Yo opino como Betty, jefe —dijo Eddie—. A ese Duke tenemos que matarlo o exponernos a que sea él quien nos mate.

—No te molestes en darle consejos al jefe —dijo Betty—. Ya pasaron los tiempos en que era capaz de cargar con una Thompson y barrer una cuadrilla de rivales, como hizo el día de San Valentín con la banda de Moran. Entonces era todo un hombre y yo me volvía loca por él. Recuerdo que después de aquella faena brindó con una copa de champán llena hasta por encima del borde y no derramó ni una gota. Le sobraba pulso; pero desde que Mike Ferrara nos abandonó y Big empezó a ganar dinero sin necesidad de manejar la ametralladora...

—¡Cállate, Betty! —ordenó Big Mac—. Y haces mal en recordarme que tú fuiste testigo de la matanza de San Valentín.

—¿Es que tienes miedo al fantasma de Moran? —dijo Betty—. Hace tiempo que lo cosieron a tiros los federales y lo dejaron tan deshecho que no creo que se salvase ni el espíritu. Lo debieron destrozar al mismo tiempo que el cuerpo. No sé dónde leí una poesía en la cual decían que a un guerrero antiguo le habían partido el cuerpo y la sombra. Algo así debieron de hacer con Moran.

—No hables ya más de eso —gruñó Big Mac—. Podrían oírte...

—Ya le he oído —dijo, de pronto, una voz de mujer.

Duke sintió un escalofrío. A Lora Moran se le había fundido la pastosa voz que utilizaba para la pantalla. En aquellos momentos hablaba con acento tan metálico como el de una sierra eléctrica. Moviendo levemente la cabeza pudo verla de pie en el último escalón de la escalera que bajaba, sin duda, de la cocina, sosteniendo, como lo habría hecho un hombre, una ametralladora Thompson de tambor.

—Cuidado con ese juguete, señorita —previno Eddie—. Se puede disparar y hace mucho ruido.

—¡Cállese! —ordenó la actriz—. Con usted aún no va nada. Mis cuentas pendientes las tengo con ese hombre y esa mujer, ¿No os extrañó mi apellido? ¿No os acordasteis de la niña que el año veintinueve lloraba junto al ataúd de Michael Moran?

—¡Es su hija! —dijo Big Mac.

—Todos dijeron que al perder su banda, Moran perdió, prácticamente, la vida —siguió la actriz—. Yo juré vengarle, y un hombre me ha dado la oportunidad de conseguirlo. Os he oído hablar lo suficiente para saber a quién debo...

Eddie repitió el saque de pistola que había puesto en práctica frente a Duke en el bosque; pero sin duda su mano vaciló un momento antes de disparar contra una mujer y dio tiempo a que Lora Moran apretara el gatillo de la Thompson.

El rosario de balas levantó el polvo de las paredes de la bodega antes de alcanzar a Betty que, lanzando un chillido de angustia, cayó hacia adelante al mismo tiempo que de tres disparos Eddie conseguía derribar a Lora. Ésta quedó de rodillas un momento. Su blanco traje se enrojeció con la sangre que brotaba de tres heridas. Luego cayó también hacia delante. No había sabido aprovechar la formidable arma que había tenido entre las manos.

—¡Diablo de mujeres! —refunfuñó Eddie—. ¿Quién iba a imaginar que esa actriz fuera la hija de Moran? ¿De dónde debió sacar la ametralladora?

—No lo sé. Lo cierto es que la tenía —Big Mac hablaba trabajosamente—. Le fue de poco que no me alcanzase.

—¿Qué hacemos con Duke Straley? —preguntó Eddie.

—De momento átalo —replicó Mac—. Cierra la puerta del sótano y así no podrá venir nadie en su auxilio. ¿Sabes si tienen la Minerva preparada?

—Creo que sí. Pronto empezará a tirar.

—Fue una estupidez escoger este sitio —siguió diciendo Mac, en tanto que Eddie ataba a Duke.

—Si hubiésemos estado solos, como esperábamos, todo habría ido bien — replicó Eddie—. Aquí nadie nos habría buscado. Tampoco había que temer la inesperada aparición de la policía. En Nueva York hubiese sido muy expuesto.

—Desde luego. Tienes razón; pero todo ha ido de mal en peor. No quería que se derramase sangre y esto parece una carnicería.

—La muerte de Betty es muy oportuna —dijo Eddie—. Una parte menos. Y era de las más importantes.

—Por la muerte de Betty la policía no nos buscará demasiado —dijo Big Mac—; pero la de Duke Straley no nos la perdonarán. Y si le unimos la de todos los que nos han visto...

Eddie se sobresaltó.

—No pensarás matar a los catorce que hay arriba, además de Duke y su novia, ¿verdad?

—¿Se te ocurre una solución mejor? Podríamos prender fuego a la casa y dejar se quemaran todos. Se podría achacar a un accidente.

—La policía sospecharía la verdad. Y más si encontraba cadáveres con balas en el cuerpo.

—Pues... se les puede hacer meter los pies en un cubo de cemento y agua. Cuando el cemento sea duro como la piedra se les echa al lago. Tardarán años en encontrarlos.

Eddie movió negativamente la cabeza.

—Yo no hago eso —dijo—. Prefiero matarlos a tiros. Y eso tampoco me gusta. Los asesinatos a sangre fría me repugnan.

—Cierra con llave la puerta y vayamos a ver lo que está haciendo Ollie.

Eddie cerró la puerta y luego, dirigióse hacia el fondo de la bodega. Los dos hombres abrieron una puerta y desaparecieron tras ella.

Duke se incorporó en seguida y aflojó la tensión de las muñecas. Las cuerdas que se las ataban quedaron flojas y en un momento se libró de ellas. Después se inclinó sobre Betty y le quitó la Luger que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

Aquella había sido una reina del hampa. Había brillado entre pistoleros y contrabandistas en los tiempos dorados en que la Ley no se atrevía a molestarlos. Cuando los norteamericanos, salvo raras excepciones, sólo bebían vinos hechos con venenoso alcohol de madera, ella había bebido champanes europeos, sin sospechar que un día tendría que morir de la misma forma que habían muerto los hombres de Moran a quienes había visto ametrallar en su garaje, el día de San Valentín, causando con ello uno de los más grandes escándalos que se habían conocido. Diez años más tarde, la hija del jefe de aquellos hombres debía vengarlos en ella con una ametralladora igual a la que había utilizado entonces Big Mac. La venganza le había costado la vida y el suceso produciría sensación cuando se conociera.

Entretanto Duke había oído lo suficiente para sospechar una parte de la verdad. El nombre de Minerva y el recuerdo del contenido del maletín de Osman significaban...

Asegurándose de que la puerta de la escalera estaba cerrada, Duke quitó la llave que Eddie había dejado en la cerradura y la guardó en el bolsillo. Después fue hacia la puerta por donde habían desaparecido Eddie y Big Mac.

Cuando llegó junto a ella escuchó al otro lado dos inconfundibles clic—clacs de la Minerva. Deteniéndose, Duke empuñó la Luger. Comprobó que el cargador estaba lleno y que había una bala en la recámara. Entonces hizo girar lentamente el tirador de la puerta y la empujó de golpe, quedando frente a Ollie, o sea, el que había hecho las veces de criado, a Mac y Eddie, cubriéndolos a todos con su pistola, pero especialmente a Eddie, a quien ordenó:

—Tira lejos tu pistola, Eddie, y no intentes demostrarme que sabes manejarla muy bien. Ya lo sé. Por muy rápido que seas, mi dedo lo será más. Sácala con la punta de los dedos, ¿entiendes?

Eddie obedeció de mala gana; pero no intentó desobedecer la orden. Su pistola fue a parar entre unas cajas de embalaje hechas astillas.

—Vosotros haced lo mismo —ordenó Duke a los otros dos.

Big Mack tiró su pistola al mismo sitio y Ollie hizo lo mismo con un revólver Smith—Mágnum. Luego Duke recorrió con la mirada él sótano.

—Muy bien dispuesto todo —dijo—. Se comprende que no os pudierais marchar. Casi me pegaría por haber sido tan estúpido. A la derecha un recipiente con ácidos decolorantes, a la izquierda un secadero eléctrico. Más allá una prensa especial para papel. Y por último la máquina de imprimir. Lo único que os faltaba eran las planchas que tenía Louie Yerbie, ¿verdad?

Ninguno de los tres respondió. El fracaso, cuando estaban en el umbral del éxito, las enloquecía; pero la pistola que empuñaba Duke los contenía.

—Muchas veces yo he pensado en eso mismo —siguió Duke—. Me asombraba que a algún falsificador no se le ocurrida el sistema. Se coge un billete de un dólar y se sumerge en la mezcla de ácidos decolorantes. El papel queda tan blanco como antes de imprimirlo. Los ácidos son carísimos; por eso no se pueden utilizar para volver blanco el papel viejo. Sale más a cuenta hacer papel nuevo; pero en este caso, se pueden gastar impunemente diez centavos en convertir un billete de un dólar en un trozo de papel blanco sobre el cual, una vez secado y prensado, se pueden imprimir billetes de veinte dólares. Siempre ha sido el papel lo que ha hecho fracasar a los falsificadores. El hacer unos clisés de acero o de cobre para reproducir el billete es la cosa más fácil del mundo. Cualquier buen grabador puede hacerlo; pero el papel se elabora con procedimientos secretos. Es inconfundible y basta tocarlo, con los ojos cerrados, para saber si es el que emplea el Estado o no; pero los billetes de un dólar y los de veinte son de idéntico tamaño. Sólo varía el color de la impresión. Y lo que hacían aquellos hombres era decolorar los billetes e imprimir sobre ellos las planchas de veinte dolores. Un millón de billetes de un dólar se convertía en veinte millones de dólares que serian pasados velozmente, antes de que se descubriera la falsificación.

Duke comprendió otras muchas cosas.

Comprendió cuál era la parte que Ferrara desempeñaba en aquel asunto. Él debía de haber sido el planeador de la falsificación.

La obtención de los ácidos no debió resultar nada difícil. Se podían comprar en cualquier droguería sin necesidad de requisito alguno. No era delictivo comprarlos. La dificultad principal era la obtención de billetes de un dólar nuevos. Tenían que ser completamente nuevos y luego conseguir las planchas. Éstas podían ser hechas por cualquier buen grabador; pero el que las hiciera tenía que saber para qué se querían. No cabía engaño posible. El riesgo era inmenso. El delito entraba dentro de los perseguidos por la Policía Federal. Por consiguiente cada plancha de aquéllas debía valer una fortuna. Acaso cien mil dólares o más. El grabador que las hizo debió de salir apresuradamente de los Estados Unidos y refugiarse en un país donde pudiera gastar su dinero sin ser molestado por la policía. Aquellas planchas las había encargado Mike Ferrara, luego había hecho imprimir cinco mil billetes de un dólar, transformándolos en cien mil dólares. Louie Yerbie, su hombre de confianza, los había vendido a John Osman, diciéndole la verdad o bien diciendo que se trataba de dinero de un secuestro, o sea, dinero peligroso. Pero Louie tenía otros planes. Había seguido las instrucciones hasta el momento de cambiar el dinero falso por los cincuenta mil dólares de Osman. Después, en compañía de un cómplice, había atacado a Osman, asesinándolo. Su plan debía de ser cambiar aquellos ciento cincuenta mil dólares por la misma suma en billetes de un dólar y como sabía dónde estaban las planchas, apoderarse de ellas y realizar el negocio por su cuenta, estafando a Ferrara, sin contar que unos viejos amigos de su jefe se habían enterado por medio de Betty, en quien él tenía plena confianza, del audaz proyecto y, asesinándole, le habían quitado las planchas.

Aquel golpe debía de haber sido preparado meticulosamente. En los sótanos de aquella casa habían dispuesto una máquina automática de imprimir que debía imprimir quinientos billetes por hora. Primero una cara y luego la otra. Habían reunido los billetes de un dólar, los habían decolorado y sólo faltaban las anheladas planchas para convertir cien mil dólares en dos millones.

Aquellas planchas eran, también, las que buscaba Mike Ferrara.

—¿No podríamos llegar a un acuerdo? —preguntó Big Mac a Duke.

—No —respondió éste—. El asunto es demasiado grave para dejarlo pasar. Se ha derramado mucha sangre y se ha cometido una grave falsificación.

—¿Y si le decimos dónde está Amelia Blane? —preguntó Eddie.

—Si no me lo decís y la niña muere, os sentaréis en la silla eléctrica, de acuerdo con la Ley Lindbergh, que previene la pena de muerte para los secuestradores.

—Si hubiésemos querido matarle habríamos podido hacerlo, señor Straley — dijo Eddie—. No olvide eso.

—Si yo hubiera estado en el sitio por donde pasaron las balas que tú me dirigiste, Eddie, ahora estaría muerto —sonrió Duke—. Y de todas formas teníais proyectada mi muerte, ¿no es así?

—Yo le habría salvado —aseguró Eddie.

—Yo también te salvaré de la silla eléctrica por tu intervención en la muerte de Lora Moran. Diré que obraste en defensa propia. Sólo pasarás treinta años en la cárcel. Cuando salgas, si llegas a salir, encontrarás el mundo muy cambiado.

De pronto, Duke advirtió que los tres hombres miraban más allá de él, como si estuviesen viendo algo inesperado. Fue a volverse y le contuvo la voz de Mike Ferrara.

—No, Duke, no se mueva —aconsejó el antiguo contrabandista de alcohol—. Nuestra alianza ha terminado.

El cañón de la pistola de Mike se apoyó contra sus riñones. Luego Mike le quitó la Luger y le obligó a ir a reunirse con Big Mac, Eddie y Ollie. Mike Ferrara quedó ante ellos, comentando:

—¡Qué grupo tan delicioso! Mi cara ha cambiado, pero vosotros seguís siendo tan canallas como cuando comíais el pan que yo os daba. No me refiero a usted, señor Straley, sino a esos que le rodean. Ya di su merecido al "Rata". Tenía una vieja cuenta pendiente con ella; pero Lora Moran la resolvió por mí.

—¿Era ella su ayudante en la casa? —preguntó Duke.

—Desde luego. Ella imaginaba que yo también quería vengarme de la banda de Ferrara. Nunca imaginó que yo era Ferrara. Tiene gracia, ¿verdad? Ella quería vengar a su padre y no supuso que yo le hice matar. Creyó que era su amigo.

—Si ahora estuviese viva tendría una buena oportunidad para vengarse, Ferrara —dijo Duke en voz muy alta—. Si Lora Moran estuviese viva te llenaría de balas el cuerpo.

—Sí, pero está muerta —respondió Mike—. Y los muertos son muy inofensivos, por mucho que digan los supersticiosos. ¿Fuiste tú, Big Mac,

 

quien la mató? No, tú eres incapaz de matar a nadie. Siempre lo has sido. A lo más que llegas es a que otros maten por ti. ¿Fuiste tú, Ollie? No, tampoco. Ollie siempre usó revólver y a la chica la mataron con pistola. Fuiste tú, Eddie, uno de mis mejores hombres hasta que nos separamos. ¡Cuánto he echado de menos tu cara de niño y tu destreza en el manejo de la pistola! Si puedo os enviaré flores el día antes de que os ejecuten.

—Eso no lo harás, Mike Ferrara —dijo la voz de Lora Moran, tras él.

Mike se volvió como un loco y sólo tuvo tiempo de tropezar con una granizada de balas que lo empujaron hacia atrás, lo lanzaron contra la Minerva y, al fin, casi lo partieron en dos. Por muy mal que hubiera quedado Michael Moran después de muerto por los federales, Mike Ferrara quedaba infinitamente peor. Cuarenta balas del 45 automático habían atravesado su cuerpo.

Lanzando exclamaciones de horror, Mac, Ollie y Eddie echaron a correr hacia la puerta del sótano, olvidándose de los billetes y de todo cuanto quedaba allí. Duke se entretuvo unos segundos entre las cajas de embalajes y luego corrió también tras ellos. Al pasar junto a Lora Moran se detuvo un instante. La actriz estaba bien muerta. El postrer esfuerzo había provocado una hemorragia interna. Las últimas balas contra Mike Ferrara debió dispararlas en las contracciones de la agonía.

CAPÍTULO XII

 

LA POLICÍA FEDERAL

 

 

Duke subió de tres en tres los escalones. Ya no oía los pasos de los fugitivos.

Sin duda estaban ya fuera de la casa. Al pasar por uno de los rellanos de la escalera vio un armero lleno de rifles y carabinas de repetición. Cogió un Harrington & Richardson y siguió escaleras arriba hasta alcanzar la cocina. La encontró vacía. Antes de salir de la casa subió al primer piso, llamando:

—¡Susana, Susana!

La voz de la joven le respondió de dentro de una de las habitaciones.

—Estoy aquí.

Duke localizó en seguida la habitación y pidió:

—Quítate de delante de la puerta. Voy a disparar unos tiros contra la cerradura.

—¡Ya puedes hacerlo! —replicó Susana.

Dos balas bastaron para hacer saltar la cerradura. Duke pegó un puntapié a la puerta y al entrar en la habitación vio a Susana en compañía de los Blane y de una muchacha de unos doce años que se parecía a los dos, pero sobre todo al padre. Era Amelia Blane.

—Señor Blane —dijo Duke—. En la escalera de la bodega hay un armero. Baje a buscar algunos rifles; ponga en libertad a sus huéspedes y ármelos. Tenemos que cazar a los que han huido.

Estaba amaneciendo. Por la ventana entraban las primeras luces del día junto con el húmedo perfume de los bosques y las explosiones de un motor de gasolina.

—Huyen en una lancha —dijo Susana—. Hay niebla sobre el lago. No se puede ver nada.

Duke asomó a la ventana, escuchó el plof plof de la lancha y guiado por él hizo tres disparos de rifle. Desde el lago llegaron unos gritos; pero después de lo ocurrido con Eddie en el bosque no podía asegurarse que no se tratara de otra añagaza.

—Me parece que no les cazamos —suspiró el aventurero—. De todas formas hay que poner en libertad a los otros.

Cuando Amos Blane bajó en busca de los rifles, Duke explicó a Susana y a la señora Blane lo ocurrido con Lora Moran.

—¡Pobre muchacha! —murmuró Sarah Blane—. Creo que hemos sido injustos con ella. Parecía una mujer sin alma... Amos se va a emocionar mucho cuando lo sepa.

Duke salió de la habitación para buscar las llaves de las otras y al fin las encontró en el salón en donde Susana había estado con Big Mac y los otros. Con ellas abrió las habitaciones y ayudado por el señor Blane distribuyó rifles de caza mayor a todos los hombres que se declararon con ánimos para utilizarlos. En total eran siete, además de Duke y Susana, que también pidió una carabina Colt Relámpago.

—Tendremos que ir en busca de las autoridades —dijo Duke—. Abajo hay tres cadáveres y debe haber otro en el bosque.

—Yo iré, si quieren —dijo Amos Blane.

—En algún sitio debe de haber bicicletas —recordó Susana—. Creo que el camino del bosque puede recorrerse en ellas con mucho más rapidez que a pie.

Amelia Blane se dirigió al cobertizo donde estaban las bicicletas que se utilizaban para las excursiones. Se sacaron tres y hubo que hinchar los neumáticos. Una de las bicicletas tuvo que ser dejada de lado a causa de un reventón que no podía repararse en seguida. Se eligió otra, y por fin, tres hombres pudieron disponerse a marchar.

Cuando ya iban a hacerlo, se oyó el potente zumbido de un motor y a través de jirones de niebla que aún se pegaban a las aguas del lago Elmwood, vieron avanzar una gran lancha llevando a remolque una más pequeña. En la primera iban tres policías federales de uniforme. Iban armados con una ametralladora Thompson y con revólveres de reglamento. Junto a ellos veía a Eddie, Ollie y Big Mack.

Todos corrieron al embarcadero, al cual llegaron los policías y sus prisioneros.

—Los sorprendimos cuando iban a desembarcar —contó el que sostenía la ametralladora, y en cuya manga lucía los galones de sargento—. Oímos unos disparos de rifle y sospechamos que ocurría algo. Como ésta es la única casa habitada en las orillas del lago los hemos traído aquí. ¿Qué han hecho?

Todos los hombres se lanzaron hacia delante para explicar al sargento lo que había sucedido. Tan sólo Duke se rezagó, llevando con él a Susana, a quien dijo unas palabras al oído, después de lo cual la joven entró en la casa, llevándose a la señora Blane y a su hija.

Apenas habían desaparecido, el sargento encañonó con la ametralladora a todos los que estaban ante él y ordenó con agria voz:

—¡Suelten las armas y levanten las manos!

Algunos quisieron conocer el motivo de aquella orden; pero el sargento se limitó a repetirla y todos, incluso Duke, soltaron sus rifles y levantaron al cielo las manos.

—Dispara sobre ellos, Carruthers —gritó Big Mac, abandonando su expresión de hombre acorralado y soltando una triunfal carcajada—. ¡Que no quede ni uno! ¡Han caído en la trampa como unos solemnes imbéciles!

Un disparo de pistola le cortó la voz. La ametralladora que sostenía el sargento voló lejos de sus manos, alcanzada por el proyectil del más potente revólver que se conoce: un Smith & Wesson Mágnum, que había sido de Ollie y que Duke empuñaba ahora con amenazadora firmeza.

Otro de los falsos policías federales quiso desenfundar su revólver; pero un segundo proyectil del Mágnum le arrancó un mordisco de carne del brazo, obligando al hombre a lanzar los brazos hacia arriba, en señal de abyecta rendición.

Big Mack fue el único que intentó huir hacia las lanchas; pero un tercer disparo le destrozó la pierna izquierda, haciéndole caer al suelo, donde permaneció quejándose lastimeramente.

—Ahora sí que es preciso ir a buscar a la policía, si es que hay alguna legítima por aquí —dijo Duke.

Luego acercóse a Carruthers y dándole un ligero puntapié en las botas le indicó:

—Si cuando salga de la cárcel vuelve a disfrazarse de policía federal, no olvide que a unas polainas de color no corresponden, de acuerdo con el Reglamento, botas negras. En cuanto lo advertí me di cuenta de qué clase de policías federales eran ustedes. —Cometimos una locura al querer tropezar con usted, señor Straley —dijo Eddie.

—Desde luego —admitió Duke, a la vez que saludaba a Susana, que acababa de aparecer en una ventana con uno de los nuevos rifles Springfield, que había sacado del armero para intervenir, si era necesario, en la contienda—. Pero su error principal fue creer que podía salirles bien un plan tan descabellado —prosiguió Duke—. El único que demostró ser inteligente fue Louie Yerbie. Su plan era canallesco; pero inteligente. Hubiera ido vendiendo los mismos dólares falsificados a distintos peristas, sin dejar nunca que salieran al mercado. Los Bancos habrían advertido la falsificación y, además, este tipo de billetes va a ser retirado de la circulación dentro de unas semanas.

—Es una lástima que no se haya dedicado usted a nuestro negocio —dijo Eddie—. Se habría hecho famoso.

—Sí —rió Duke—. Tal vez seria más famoso como enemigo público número uno que como un defensor de la Ley.

—No olvide lo que me prometió —recordó Eddie.

—No lo olvido; pero lo que intentabais hacer ahora era tan grave que ya no puedo interesarme por ti. Asesinar a todas estas personas con el único objeto de recuperar las planchas para falsificar los billetes de Banco era un crimen demasiado horrible. Debisteis haber aprovechado la oportunidad de huir.

CAPÍTULO XIII

 

QUINCE DÍAS DESPUÉS

 

 

Max Mehl dirigió una satisfecha mirada a su alrededor. En un sillón estaba sentado el jefe de Policía de Boston, en otro el agente Worsley, y en un sofá estaban Duke y Susana.

—Todo el misterio ha sido ya resuelto —dijo separando las manos que hasta entonces había tenido unidas por las yemas de los dedos.

—El de John Osman, no —dijo, con indiferencia, el jefe de Boston.

—Prácticamente, sí —insistió Max Mehl—. Fue asesinado...

—No hay cadáver —dijeron a una, Worsley y su jefe.

—Pero sabemos que fue asesinado —insistió Max.

—No hay cadáver —insistieron los otros.

—Está bien —gruñó Max—. No hay cadáver; pero sabemos positivamente que fue asesinado. ¿O es que le creéis vivo?

—Nosotros no creemos nada —dijo Worsley—. Louie Yerbie, que podría habernos dicho si le asesinó o no, ha muerto. Y la que mató a Louie, también, y tú, bandido, canalla y oportunista, te has encontrado por la gracia del señor Straley con el caso más espectacular del año.

Max Mehl echó hacia atrás la cabeza. Verdaderamente se sentía feliz.

—Si —dijo—. Ha sido muy espectacular. Hemos evitado una falsificación de billetes de Banco, hemos recogido el cadáver de Mike Ferrara y el de Betty, una mujer muy peligrosa, además hemos detenido a los restos de la banda de Ferrara y hemos podido explicar el heroico comportamiento de una gran actriz de Hollywood.

—Si, nosotros hemos hecho todo eso —rió Susana—. Pero, ¿usted qué ha hecho, Max?

El jefe de Policía sonrió de nuevo.

—Yo no he hecho nada más que recoger el cesto cuando vosotros me lo habéis llenado.

—Eso es un... un plagio —declaró Worsley—. Pero al menos no has podido quedarte con la gloria de descubrir el cadáver de Osman.

Una beatífica sonrisa se extendió por el rostro de Max Mehl. En cuanto la vio, Worsley comprendió que había caído en la ratonera que el otro había tenido abierta durante nodo el tiempo. Vio cómo Max Mehl abría el cajón central de su mesa, sacaba una copia fotográfica de gran tamaño y la tendía a su jefe, diciendo:

—Toma, tal vez conozcas esto.

El jefe de Boston tomó la cartulina, le dirigió una indiferente o resignada ojeada y luego la tendió a Worsley, quien le imitó punto por punto.

—¿Es o no el cadáver de Osman? —preguntó Max Mehl.

—Lo parece —dijo Worsley.

—Bien —sonrió Max, cada vez más satisfecho—. Anotaremos que el inspector Worsley dice que le parece que se trata del cadáver del perista John Osman, de Boston. Eso quiere decir que no está seguro de que sea él, en efecto.

—¡Maldito tiburón! —gritó Worsley—. ¡Claro que es Osman!

—A mí no me importa anotar que tú has dicho...

—¡Ya lo sé que no te importa! —gruñó el inspector—. ¿Puedes decirme ahora donde encontraste esto? —Worsley golpeó con la mano la fotografía.

—En un barco que llegó de Boston cargado de columnas de cemento. Se dieron cuenta de que les sobraba una y uno de mis hombres, que había oído hablar de la desaparición de Osman, pensó que una columna de cemento es un lugar precioso para esconder un cadáver. Las hizo pesar, porque nosotros no somos tan perezosos como vosotros, y mandó hacer pedazos la columna que pesó menos que las otras. Dentro hemos encontrado esto.

—¿Y qué? —preguntó Worsley.

—Pues... —Max se volvió hacia su amigo y preguntó:— ¿Qué te parece a ti, Duke?

—Pues yo no sé. Tal vez mi futura esposa. ¿Qué dices tú, Susana?

—Pues yo digo que si las columnas venían de Boston, el crimen se cometió allí.

—¡Es una magnífica respuesta, Duke! —exclamó Max—. Tienes una mujer que vale un tesoro. No uno, sino dos. Sí, dos tesoros. ¿Y qué más, señorita Cortiz?

—Pues siendo un crimen cometido en Boston, el aclararlo corresponde a la Policía de allí, ¿verdad? —preguntó Susana.

Worsley pareció dispuesto a correr el albur.

—Claro —replicó Max Mehl—. Se trata de un habitante de Boston, que ha llegado cadáver desde el puerto de Boston, en un barco de matrícula de Boston. Por todas partes suena el nombre de Boston. A nosotros sólo nos corresponde la gloria de haber encontrado el cadáver. Pudieron haberlo encontrado en Boston, ¿no, Duke?

Duke replicó con una sonrisa.

—Pero el trabajo era demasiado grande para la Policía bostoniana —siguió, implacable, Max—. Tuvimos que intervenir nosotros, que a nuestro abrumador trabajo agregamos el de los bostonianos. ¿Quién te imaginas tú que puede haber asesinado al pobre perista Osman?

—No sé —replicó Duke—. Tal vez Louie Yerbie.

—¿Louie Yerbie? —Max fingió reflexionar—. ¿Quién es Louie Yerbie?

—¿No recuerda que le asesinaron?

—¡Ah, caramba! ¡Es verdad! ¡Le asesinaron! Él asesinó a Osman, y a él lo asesino Betty. A Betty la mató Lora Moran y a Lora Moran la mató Eddie. Bien, aquí tenéis la foto, queridos amigos de Boston. Veremos cómo os las componéis para tomarle declaración a Louie Yerbie. Si necesitáis ayuda, pedidla.

Worsley se puso lentamente en pie, y dando unas palmadas en la espalda de Max Mehl, dijo:

—Algún día se te casará el señor Straley, y entonces tendrás que resolver a solas tus misterios. Entonces hablaremos, Max. Entonces hablaremos.

Él y su jefe salieron del despacho con la foto del cadáver del perista. Max rió profundamente. Luego comentó:

—De todas formas el asunto de Osman es de los malos. Tendrás que ir a Boston a decirles lo que viste, ¿no?

—Si puedo evitarlo, no iré —dijo Duke—. Quiero casarme.

—Y yo también —dijo Susana.

—Ya es hora —sonrió Max Mehl.

EPÍLOGO

 

EL DÍA DE LA BODA

 

 

En la popular iglesia católica de San Patricio se iba a celebrar la boda.

Como se trataba de una boda muy popular, debido a la importancia de los contrayentes, el templo estaba rebosante de público que se extendía hasta muchos metros más allá de la iglesia.

Se había colocado una rica alfombra, regalo del novio a la iglesia, desde el altar hasta el punto donde debían detenerse los autos.

Por aquella alfombra habían pasado los invitados.

Los fotógrafos habían impresionado abundantes placas de la llegada de los importantes invitados a la boda. Luego había llegado el novio acompañado del jefe superior de Policía de Nueva York, que debía actuar de padrino.

Enseguida se telefoneó a la novia.

—Ya puede ir, señorita. El novio ha llegado.

Susana Cortiz bajó en busca de su auto en una doble masa de olorosas flores que decoraban toda la escalera del hotel.

—¡Qué hermosa es!

Esto lo habían dicho todas las jóvenes que la vieron pasar.

—¡Parece mayorcita!

Esto lo dijeron las solteronas que ya no eran jóvenes.

—¡Quién fuese el novio!

Esto lo pensaron el noventa y nueve por ciento de los hombres, solteros y casados, que vieron pasar a Susana.

—Me recuerda el día de mi boda.

Esto lo pensó la novia.

—Que no vaya demasiado de prisa —dijo.

Esto lo pensó su marido.

—Me muero de vergüenza.

Esto lo dijo la novia.

—Es estupendo eso de casarse.

Esto lo pensó la novia.

—Que no vaya demasiado de prisa —dijo la novia, refiriéndose al coche—. Van a creer que tengo prisa por llegar.

—De todas formas este coche no puede ir más despacio de lo que va.

Esto lo pensó la novia.

—Debo de estar horrible.

Lo dijo la novia.

—No ha habido novia más bonita que yo.

Desde luego, lo pensó la novia.

—¿Dónde diablos he metido el anillo?

Esto lo dijo el novio en la iglesia, empezando a buscar por todos los bolsillos.

—¡Sssst!

Esto fue una prudente censura del jefe de ceremonias, porque Duke había hablado demasiado alto.

—¿Qué?

De nuevo Duke hablaba demasiado alto.

—¡Ssssssst!

El jefe de ceremonias.

—¿Qué?

Duke.

—Dice que no hables tan alto. Todo el mundo te mira.

Esto lo dijo el padrino.

—Es que no encuentro el anillo.

—Lo tengo yo —tranquilizó el padrino.

Un policía avanzó por entre la gente hacia Max Mehl.

—Le llaman urgentemente —explicó.

—¿Quién? —preguntó Max.

—Por teléfono.

—No puedo ir.

—Dicen que debe ir.

—¿Quién lo dice?

—Jefatura. Han encontrado un esqueleto sentado en un banco de la Madison Square. Dicen que llevaba prendido un papelito con una inscripción dirigida a usted y al señor Straley.

El novio y el padrino desaparecieron dentro de la sacristía.

—¿Qué es eso del esqueleto sentado? —gritó Max.

Un comisario explicó lo ocurrido. En plena plaza de Madison había aparecido un esqueleto sentado en un banco. Un minuto antes había allí un hombre. Al minuto siguiente sólo un esqueleto vestido con las ropas de aquel hombre y un sobre dirigido a Max Mehl y a Duke Straley. No lo habían abierto.

—Iremos enseguida —dijo Max—. En cuanto casemos a Duke.

La marcha nupcial anunciando la llegada de la novia precipitó al novio y al padrino al pie del altar.

—Es guapísima —dijo Duke a Max. Y luego:

—¿No será una broma eso del esqueleto?

—Yo creo que no. Desde luego has tenido mucho gusto.

—Siempre he sido hombre de gusto. Yo creo que se trata de una broma.

***

 

 

Una hora más tarde toda la comitiva nupcial se detenía ante las estatuas de la plaza Madison. Ésta se hallaba desierta, a excepción de unas palomas, un par de obreros sin trabajo ni deseos de tenerlo, y el inspector Worsley, de la Policía de Boston, que acudió al encuentro de los novios con una bolsa de arroz que empezó a tirarles.

—¿Dónde está el esqueleto? —preguntó Max Mehl.

Worsley se echó a reír y comenzó a tirar arroz sobre los novios.

—Es que no pude encontrar un sitio a propósito para hacerlo —dijo—. Pensé que esta plaza iría muy bien.

Duke se echó a reír.

Max se echó a reír.

Susana también se echó a reír.

Y de pronto Worsley se encontró sentado en el suelo, con la mandíbula dolorida y sin ningún deseo de reír.

 

FIN

 

 

 

Digitalización: Antonio González Vilaplana

Publicado por: Editorial Molino, junio de 1946

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