Libro N° 4104. El Misterio De Los Diez Secuestros. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4104. El Misterio De Los Diez Secuestros. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © El Misterio De Los
Diez Secuestros. J. Figueroa Campos
Versión Original: © El Misterio De Los Diez Secuestros.
J. Figueroa Campos
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EL MISTERIO DE LOS DIEZ SECUESTROS
J. Figueroa Campos
Annotation
Tercera aventura de Duke, un joven millonario para quien
la vida no ofrece atractivo mejor que el de oponer su inteligencia y su fortuna
a la astucia y audacia de los enemigos de la Ley.
Duke Straley de Pozoblanco, famoso detective de Nueva
York, al que acompañan Elizabeth “Betty” Straley, hermana de Duke; Bob
Dennison, íntimo amigo de Duke y compañero de aventuras, novio y después marido
de Betty; Susana Cortiz Graham, abogada, novia de Duke y posteriormente su
esposa; Max Mehl, Jefe Superior de la Policía Metropolitana y otros.
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
J. Figueroa Campos
EL MISTERIO DE
LOS DIEZ SECUESTROS
DUKE nº 3
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1944, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Digitalizado por: Antonio González
Vilaplana
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
Si no fuera tan grave creería que se trata de una broma
que se me quiere gastar —gruñó Max Mehl, mordiendo, más que fumando, un largo cigarro
puro—. Al principio tomé la actuación de esta banda por un intento aislado.
Nunca pensé que llegase a adquirir las proporciones que tiene actualmente.
—Van diez secuestros, ¿eh? —preguntó Duke, lanzando hacia
el techo una columna de oloroso humo arrancado a su cigarrillo.
—Diez justos, y no creo que la cosa termine aquí. Y lo
peor es que el público casi simpatiza con los secuestradores.
—Es natural. Es un delito de nuevo estilo. Sin
derramamiento de sangre, sin crueldad...
—A mí me resulta un secuestrador simpático —declaró Betty
Straley, la hermana de Duke.
—¿Por qué cree que se trata sólo de un secuestrador?
—preguntó Max Mehl—. ¿No pueden ser varios?
—Una cosa tan delicada sólo puede ocurrírsele a un hombre
inteligente.
—¿Y qué?
—Pues que los hombres inteligentes trabajan solos. No
quieren cómplices peligrosos.
—Muy bien raciocinado —declaró Bob Dennison.
—Lo que a mí me interesa es descubrir al secuestrador
—dijo Max—. Se me había llenado de alabanzas con la solución del misterio del
Aire Líquido, y ahora que todo el mundo estaba contento y satisfecho ha venido
eso de los secuestros a enredar las cosas. Y todo por culpa de Alvin Weston. Su
caso fue extraordinario —admitió Bob.
—Desde luego no se parece en nada a los secuestros
corrientes —declaró Duke.
—Un secuestrador que es capaz de portarse como ése en el
caso de Weston, está destinado a hacerse simpático —sonrió Betty.
El secuestro de Alvin Weston, el famoso financiero había
conmovido a toda la ciudad. Weston fue visto entrar en una cabina telefónica en
la estación Pensylvania. Su secretario aguardó frente a dicha cabina a que su
jefe terminara la conferencia telefónica, y cuando al fin, extrañado por la
tardanza, fue a la cabina, se encontró con que estaba vacía y que en la parte
inferior de la misma veíase un boquete abierto en la pared. Dicho boquete
comunicaba con otra cabina instalada al otro lado del tabique y por la cual
debía de haber salido Alvin Weston y su secuestrador.
La noticia circuló por la ciudad como la llama por un
reguero de pólvora. El secuestro reunía todas las características necesarias
para hacer de él una noticia de primera plana. Y no para un día solo, sino para
varios.
A la noticia del rapto siguió la de que el secuestrador
exigía a la familia de Weston un millón de dólares por el rescate. Era la
máxima suma exigida por aquel audaz delincuente.
Pero si todo esto era sensacional, aun faltaba la nota
culminante de todo el caso. Y ésta llegó cuando una mañana el conductor de una
de las ambulancias del Medical Center fue detenido, pistola en mano, por un
enmascarado y obligado a entregar su vehículo a su agresor. Media hora más
tarde la ambulancia era abandonada a cincuenta metros del Medical Center, donde
se recibió un aviso telefónico indicando que la ambulancia estaba a pocos
metros del famoso hospital, y que dentro de ella se encontraba Alvin Weston,
con necesidad urgente de una operación en el apéndice. Horas más tarde se daba
a la nación la noticia de que el multimillonario salvó su vida por verdadero
milagro, pues de haberse retrasado una hora más la operación, su suerte hubiera
estado sellada. Lo más curioso era que el secuestrador, después de anunciar a
Alvin que de no operarse en seguida podía morir, le puso en libertad sin
recibir ni un centavo del rescate, aunque haciéndole prometer que tan pronto
como estuviera restablecido pagaría el millón de dólares.
Y Alvin Weston, ante el asombro general, anunció, tres
días después, que había pagado el millón a su generoso secuestrador.
—El comportamiento de Weston aun ha complicado más las
cosas —gruñó Max—. Ese secuestrador se está convirtiendo en un bandido generoso
a quien incluso sus víctimas respetan. Tenemos ya un nuevo Dick Turpin que roba
a los ricos para favorecer a los pobres. —¿Favorece a los pobres? —preguntó
Betty.
—Por ahora no se sabe que haga nada de eso; pero no
tardaremos en saberlo. No me negaréis que ese hombre se porta de una manera muy
rara.
—Sus víctimas aseguran que durante su cautiverio han sido
tratadas a cuerpo de rey —dijo Bob.
—Con toda clase de miramientos y comodidades —intervino
Max—. Sus menores deseos son satisfechos. Y en el caso de Carruthers, por
ejemplo, su comentario al ser raptado fue lamentarse de no poder asistir al
estreno de "Oro Negro". Pues bien, unas horas después dos hombres se
presentaban, en las oficinas de la Super-Films y pistola en mano se llevaban
los rollos de la película, y aquella noche Carruthers pudo asistir cómodamente
a la proyección de "Oro Negro" en la sala especial de ese bandido.
—Sospecho que dentro de poco serán legión los millonarios
que se dejarán raptar —dijo Duke—. O por lo menos que desearán ser raptados.
Vale la pena pagar un millón por las emociones, distracciones y publicidad que
reporta el caer en manos de ese secuestrador. ¿Cómo se llama?
—Firma con una "X". Nadie sabe su nombre.
—¿Y los secuestrados? ¿No han podido dar ninguna
indicación que permita averiguar su identidad?
Max Mehl respondió negativamente a la pregunta de Duke.
—No. Todos han dicho lo mismo: Que no conocen ni han visto
nunca a su secuestrador. Siempre que durante el secuestro se presentó ante
ellos lo hizo enmascarado, mejor dicho, cubierto con un capuz que le ocultaba
no sólo el rostro, sino incluso la cabeza, y que, además, velaba su voz
haciéndola irreconocible.
—¿Tiene una lista de los secuestrados? —preguntó Duke.
—Sí —gruñó el jefe de Policía—. Toma. Ahí están los
nombres de todos los secuestrados y las cantidades que han pagado.
Duke tomó el papel que le tendía Max y leyó:
Curtis Banning ............................, 500.000
dólares
Lewis Hoge ................................., 500.000
"
Thorne Warwick ......................, 1.500.000 "
Irving Carruthers ......................, 1.500.000 "
Andrew Pollard ..........................., 750.000 "
Joseph MeCune ........................, 2.000.000 "
Jonathan Shaw ............................, 600.000 "
Víctor Newcomb ......................, 1.000.000 "
Richard Porter .........................., 1.000.000
"
Alviu Weston ..........................., 1.000.000 "
___________
9.350.000 "
—Casi nueve millones y medio —comentó Duke—. Una bonita
suma.
—¡Y tan bonita! —exclamó Max—. Un negocio como no habrá
otro. A este paso en menos de mes y medio ganará diez millones.
—Veo que Joseph McCune es el más cargado en la lista.
¿Sabe por qué le exigió dos millones?
—McCune no ha querido decirlo. Se ha limitado a asegurar
que le habían sido exigidos con justicia y que no lamentaba haberlos pagado.
—Es el presidente de la Asociación de Banqueros, ¿no es
cierto? —preguntó Bob Dennison.
—Sí. Un gran financiero. Actualmente es consejero del
Gobierno para los asuntos de economía internacional.
—Ya lo leí —intervino Duke—. Por cierto que me extrañó un
poco que un hombre de tan grandes intereses aceptara un cargo que sólo ha de
producirle molestias.
—No parece sentir ya ningún interés por los negocios
particulares —declaró Max—. El pago de su secuestro le ha dejado sin más bienes
personales que unos ciento cincuenta mil dólares y su sueldo de consejero
económico que ascenderá a unos ciento cincuenta mil al año.
—Su secuestro precedió a su nombramiento, ¿verdad?
—preguntó Bob.
—Sí y no. Joseph McCune fue avisado, por el presidente, de
que se le había elegido para aquel cargo. Le preguntó si aceptaba, y McCune
contestó afirmativamente. Entonces se dispuso que dos días más tarde se hiciera
público el anuncio de la elección de McCune para tal cargo; pero al ser
secuestrado aquella misma noche, se retrasó la noticia hasta que McCune fue
liberado.
—¿Y no puede existir alguna relación entre el secuestro de
McCune y ese nombramiento? —preguntó Dennison.
Max movió la cabeza.
—McCune ha asegurado que no. El hecho de que se le
exigiera un rescate tan grande hace pensar en que el secuestrador estaba
enterado de la importancia adquirida por McCune.
—¿Y no contribuyó el Gobierno al pago de la suma exigida?
—preguntó Bob.
—No —explicó Max—. McCune se opuso. Rechazó toda ayuda y
limitóse a explicar que la demanda estaba justificada.
—O sea que se negó a facilitar ningún dato contra su
secuestrador.
—Exacto, Duke.
—¿Y los demás?
—Todos, sin excepción, han hecho lo mismo. Han contestado
con vaguedades, han asegurado no conocer a su raptor, ignorar por qué se les ha
secuestrado... En muchas cosas se han mostrado en desacuerdo. Especialmente en
la descripción del secuestrador. Según unos es alto, fuerte, de potente voz.
Otros lo describen bajo, débil, con voz apagada. Estoy seguro de que todos han
visto al mismo hombre y de que, por algún motivo, lo describen también todos de
distinta manera.
—¿Qué motivo puede ser ese? ¿Acaso miedo?
—Quizá; sin embargo en algo están de acuerdo todos. Dicen
que han sido tratados a cuerpo de rey, que se les han servido los mejores
alimentos, que se ha tenido con ellos toda clase de atenciones, que sus gustos
han sido satisfechos en lo posible y, a veces, hasta en lo imposible.
—No obstante si a ese hombre se le detuviera se le
enviaría al patíbulo, ¿no es cierto? —preguntó Dennison.
—Desde luego —replicó Max—. La Ley Lindbergh condena a
muerte al secuestrador.
—Pero si las victimas niegan haber sido raptadas no se
podrá condenar a ese hombre —sugirió Duke.
—¿Y por qué han de declarar semejante cosa? —preguntó Max.
Straley se encogió de hombros.
—No sé; pero es muy raro que diez caballeros a quienes se
ha despojado, como mínimo, de medio millón y que en cinco casos han pagado uno
entero, hablen bien del hombre que les ha librado de ese peso.
—Sí, es un mal asunto que, precisamente, tenía que caer
sobre mí —gruñó Max—. Siendo tan grande esta nación, han tenido que elegir
Nueva York para realizar una serie de secuestros que son ya un escándalo.
—Tal vez las cosas se arreglen pronto —dijo Duke—. ¿Ha
interrogado a todos los secuestrados?
—Sí, he hecho el tonto con ellos; he dejado que se rieran
de mí, que me contasen las mentiras que se les ocurriesen y al despedirme he
tenido que sonreír como si, en efecto, creyera todos sus cuentos chinos.
—¿Y ahora quiere que le ayude? —preguntó Duke.
—Desde luego. Necesito que me resuelvas este misterio, que
envíes a la silla eléctrica al secuestrador y que le hagas ir acompañado de sus
diez víctimas. A veces pienso que todo será una comedia para ahorrarse el pago
de los impuestos fiscales.
—No es mala idea —sonrió Duke—. En este mundo tan lleno de
bajezas, una cosa así no sólo es posible, sino lógica. Me gustaría hablar con
esos secuestrados tan originales.
—No les sacarías nada.
—¿Qué antecedentes tienen?
—Buenos. Cuando un hombre puede firmar un cheque por un
millón de dólares sin que la gente se extrañe, es que es decente. Casi todos
son banqueros o agentes de Bolsa.
—¿Banqueros? ¿No es una coincidencia un poco rara?
—Quizá lo sea. ¿Por qué?
—No sé. Déjeme pensar. El asunto me interesa mucho; pero
no debo negarle que mis simpatías van hacia el hombre que ha sido capaz de
sacarles nueve millones a diez banqueros. Casi estoy por creer en la existencia
del bandido generoso.
—¿También tú? —gimió Max—. Sólo faltaba eso. Las simpatías
del público y hasta de los jueces van hacia el secuestrador; pero al mismo
tiempo que le proclaman un hombre notable, los periódicos atacan a la Policía
porque no sabe detenerlo. Por lo visto quisieran que se le detuviese, que todos
se deshicieran en alabanzas hacia él, que lo proclamasen un bienhechor de la
Humanidad, un justiciero, un mártir de sus ideales, y cargado de todas estas
alabanzas y laureles se sentara en la silla eléctrica, recibiera unas cuantas
descargas y luego, durante años y más años, al hablar de él se criticase a la
sociedad por su cruel injusticia. Porque si le consideran simpático y bueno, lo
menos que podrían hacer sería aceptar alegremente que burle a la justicia. Pero
no, nos critican por no dar con él, dicen que nuestro servicio es el peor del
mundo, que Scotland Yard, con menos gente y medios, trabaja infinitamente
mejor. Te aseguro, Duke, que nada me gustaría tanto como verme raptado por ese
tipo y permanecer en su dorada cárcel durante un año o más, olvidado del mundo,
sin tener que trabajar por quienes no lo agradecen.
En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Betty
descolgó el aparato y preguntó:
—¿Quién llama?
Escuchó la respuesta y, volviéndose hacia Max, anunció:
—Para usted, jefe. Le llaman de su cuartel general. Parece
que el enemigo está a punto de coparlo, pues el que habla tiembla como un
azogado.
—Alguna mala noticia —suspiró Max—. Si se tratase de que
me iban a dar alguna gratificación o de que el Presidente deseaba verme para
felicitarme, esos alcornoques que trabajan a mis órdenes tardarían un siglo en
localizarme, aunque a cada uno de ellos les hubiese dicho que venía aquí; pero
en cuanto se trata de darme un disgusto, dan conmigo en dos segundos.
Max Mehl alcanzó el teléfono, casi ladrando preguntó para
qué le necesitaban y, a juzgar por el horror que expresó su rostro, la noticia
debía de ser realmente mala.
—¿Cuándo ha ocurrido? —gruñó—. ¿Hace media hora? ¿Y
seguro, que es "X"? ¿Cómo? ¿Que dejó una nota pidiendo un millón?
Perfectamente. Voy hacia allá. ¿No hay ninguna pista? ¿Un coche matrícula
Washington...? ¿Le siguen? ¡Cómo! ¿Dice que fueron ametrallados...? Avisen a la
Policía Federal. El asunto pasa a sus manos. En cuanto salga de los límites de
Nueva York nosotros no podemos hacer nada contra el secuestrador.
Max Mehl colgó el teléfono y volvióse hacia Duke.
—Ya está —gruñó—. Ya ha dado el tropiezo.
—¿Quién ha tropezado? ¿El misterioso señor "X"?
—Sí. Ha raptado a un niño, al hijo de los Harwood.
—No deja de ser raro que un hombre que se había
especializado en el secuestro de millonarios se dedique de pronto al de niños
—comentó Betty.
—Pero lo cierto es que lo ha hecho, y no es eso sólo, sino
que, además, ha cometido un doble asesinato.
—¿Ha matado al niño? —preguntó, muy pálido, Duke.
—Primero mató a la institutriz del chiquillo. Parece ser
que el pequeño Harwood estaba en su cuarto de jugar y el secuestrador entró por
el jardín y le amordazó. Luego dejó sobre la mesa una nota avisando a los
padres que su hijo quedaba secuestrado y que si deseaban verle nuevamente con
vida, debían pagar un millón y no decir ni una palabra a la Policía. La firma
era la de siempre: una "X". Hasta aquí todo le salió bien al
secuestrador. Saltó por la ventana y corrió hacia el auto que le aguardaba
frente a la casa; pero antes de que terminase de cruzar el jardín, la
institutriz regresó al cuarto de jugar, vio la nota, corrió a la ventana y
comenzó a pedir socorro. Entonces el secuestrador disparó contra ella
matándola. El disparo atrajo al policía de guardia, quien tomó el número de
matrícula del coche y dio la alarma. Un auto patrulla, avisado por radio,
descubrió el coche del secuestrador y se lanzó tras él. Se cambiaron unos
disparos y, al fin, del auto del secuestrador cayó o fue lanzado a la carretera
el pequeño Harwood, en el momento en que los policías disparaban. El pequeño
fue alcanzado por una de las balas y resultó muerto. Al mismo tiempo, los del
otro coche comenzaron a disparar con una ametralladora e inutilizaron el auto
de la Policía, pudiendo huir antes de que la alarma pudiera ser dada por
completo.
—Bien, es muy triste; pero con ello se termina la aureola
de bondad del secuestrador señor "X". De ahora en adelante sólo será
un asesino más, un enemigo público a quien se podrá perseguir con toda la saña
que el caso requiere. ¿No está contento, Max?
—No, no lo estoy. Si hasta ahora había resultado imposible
cazarlo, de ahora en adelante aun será más difícil. Ya puedes imaginar cómo se
guardará. Si quieres acompañarme...
—No, no tengo interés en ver cadáveres —rió Duke—. Si sabe
algo procure informarme de ello.
Bufando como un toro, Max Mehl salió de casa de Duke y, en
el auto que aguardaba a la puerta, marchó precedido por un largo y erizante
gemido de sirena.
—¿Qué te parece? —preguntó Betty a su hermano.
Éste se encogió de hombros.
—A primera vista parece una cosa muy sencilla y clara. Sin
embargo, y juzgando sólo por los detalles proporcionados por Max, hay un
truncamiento de la unidad de acción. Este secuestro es distinto de los otros y
no sería la primera vez que alguien se aprovecha de una fama para hacer una
jugada un poco sucia. Voy a llamar por teléfono a Joseph McCune. Hubo un tiempo
en que, al encontrarnos, McCune me daba unas palmadas en la espalda y me
ofrecía un puro. Fue compañero de estudios de papá.
—Hubo amistad entre los dos hasta aquel desagradable
asunto de la quiebra —recordó Betty.
—Sí, fue muy desagradable. Sobre todo para McCune...
Súbitamente Duke volvióse hacia su hermana y preguntó:
—¿No recuerdas?
—¿Qué debo recordar?
—Lo que acabas de decir. Es una clave.
—No te entiendo... ¿Qué significa eso de que es una clave?
¿Qué es una clave?
—No importa. Adiós. Voy a una gestión. Marchaos al cine o
a pasear por el Parque Central como hacen los enamorados de verdad. Vosotros
parecéis dos pasmados. Después de lo ocurrido en casa de aquel loco que se
disponía a disolver en ácido a Betty, ya deberíais haberos dado cuenta de que
estáis enamorados, y en vez de eso... Bueno, adiós.
Y dejando a Bob en una situación apuradísima, sin saber
qué hacer con sus manos, y mucho menos con sus ojos, Duke salió de casa y en su
coche se dirigió a la biblioteca.
—Déme la colección del New York Times del mes de junio del
año veinticinco —pidió Duke a la bibliotecaria que atendía a los lectores de la
biblioteca.
La joven llenó por sí misma uno de los boletos de pedido,
en vez de pedirle a Duke que fuera él quien lo llenase, como ordena el
reglamento, y anticipando la demanda a las ciento y pico que la precedían,
logró que, cinco minutos después, Duke tuviera ante sí los cuatro gruesos
volúmenes que guardaban todo el papel impreso en el mes de junio de 1925 por el
New York Times.
El día ocho de aquel mes se iniciaba el proceso por la
quiebra del Banco Wyman. El proceso duró ocho días y los acusados Curtis
Banning, Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Víctor Newcomb, Alvin
Weston, Richard Porter, Andrew Pollard, Jonathan Shaw y Joseph McCune quedaron
absueltos libremente de las cargas de malversación de fondos que pesaban sobre
ellos. El Banco Wyman era de regular importancia y su activo ascendía a nueve
millones trescientos cincuenta mil dólares. La causa de la quiebra era la
inversión de casi toda esta suma en un proyecto de irrigación que en el último
momento, debido a un obstáculo que debiera haber sido previsto pero que, debido
a su aparente insignificancia no fue tenido en cuenta, fracasó
estrepitosamente. Los esfuerzos de todos los directivos del Banco Wyman fueron
infructuosos y en el juicio se les reconoció su buena fe y su equivocación al
lanzarse a un negocio que sólo podía ser un fracaso. Salieron absueltos y
limpios de toda mancha. Nadie les acusó nunca más y la quiebra del Banco Wyman
pasó a ser una de tantas en las cuales sólo pierde, realmente, el que, fiándose
de la solidez de la Banca, deposita en ella su fortuna o, simplemente, sus
ahorros.
Duke apartó a un lado el volumen que reunía los diez
números entre los cuales estaba el del día correspondiente a la sentencia del
Tribunal. Su mirada se fijó en la lista de los diez nombres de los secuestrados
por "X", y en las cantidades abonadas por su rescate. Todos los que
allí aparecían figuraban entre los principales financieros norteamericanos.
Varios Bancos tenían en aquella lista a sus directores, y un par de empresas de
importancia mundial estaban representadas por sus propietarios.
Lo más curioso era que las sumas mayores no correspondían,
exactamente, a los hombres más ricos. Joseph McCune, por ejemplo, no podía
compararse en importancia de capital a Lewis Hoge, cuyos automóviles circulaban
por las cinco partes del mundo. Sin embargo, el rescate pagado por Hoge se
elevaba a medio millón, siendo así que hubiera podido pagar fácilmente, siete u
ocho. En cambio Joseph McCune, el menos rico de todos, habíase arruinado casi
al pagar los dos millones. Lo mismo podía decirse de Víctor Newcomb, cuyas
posibilidades económicas eran relativamente escasas y que después de abonar un
millón no debió conservar más allá de otro medio.
—Hay algo que no sabemos —murmuró Duke—. Algo que al
aclararse asombrará a todo el mundo.
Dominado por una súbita idea, el joven, volvió a abrir el
volumen correspondiente al proceso. Repasó los detalles del mismo y no encontró
en ningún punto un ataque demasiado violento contra los acusados. Los
perdidosos en la quiebra aceptaban también la buena fe de los diez jefes del
Banco Wyman.
—¡Muy raro! —gruñó Duke.
Salió de la sala de lectura y entró en una de las cabinas
telefónicas. Depositó un níquel en la ranura y marcó un número.
—¿El Daily Graphic? —preguntó.
—Sí —replicó una voz femenina con acento de mascar chiclé.
—Póngame con Blue Lifferkin.
—¿De parte de quién?
—De su madre.
—¿Es usted su madre?
—Sí, pero él no lo sabe.
—Oiga... Si tiene ganas de broma...
—Póngame con Blue y no pierda el tiempo. Si quiere saber
para qué le llamo escuche nuestra conversación. De todas formas lo hará.
La telefonista debió de darse por vencida, pues un momento
después la inconfundible voz de Blue Lifferkin preguntó furiosamente:
—¿Quién llama?
—Soy Duke. Oye Blue: necesito algún dato acerca de los
secuestrados por "X". Supongo que no te habrás dado cuenta, pero haz
el favor de no enredar ahora las cosas sacando a relucir lo que te diré. Hace
unos años todos los secuestrados por "X" estuvieron complicados en la
quiebra de un Banco. La suma perdida por el Banco asciende exactamente a nueve
millones trescientos cincuenta mil dólares. O sea, lo mismo que han pagado a
"X" todos los secuestrados por él.
—¡Es verdad! —exclamó Blue Lifferkin—. ¡Va a ser una
noticia...!
—No será ninguna noticia, Blue —interrumpió Duke—. No te
he llamado para proporcionarte un éxito editorial ni mucho menos. Si me ayudas,
más adelante te daré alguna buena noticia; pero de momento esto ha de quedar
entre nosotros.
—¿Qué quieres?
—Que averigües si de la quiebra del Banco Wyman salió
alguien especialmente perjudicado. Ha de ser alguien que se creyera víctima de
una injusticia.
—No recuerdo —contestó, en seguida, Blue Lifferkin—. Yo
seguí todo el proceso y fue muy apacible. Los perdidosos fueron muchísimos,
pero nadie perdió cantidades muy elevadas. No hubo suicidios ni cosa por el
estilo. Por cierto que hace algún tiempo se resucitó el proyecto de irrigación.
Pasados los tiempos de la depresión, los campesinos fundaron otro Banco para
ver de levantar una presa que retuviera el agua que durante el invierno y la
primavera se pierde tontamente. Creo que no han podido hacer nada práctico por
faltarles algo así como siete u ocho millones de dólares.
—¿Es seguro eso?
—Desde luego.
—Consigue más detalles. Averigua quién dirige el Banco
ese. Entérate de si tiene alguna relación cuan cualquiera de los clientes del
Banco Wyman.
—Te llamaré en cuanto lo sepa. No creo que necesite mucho
tiempo para enterarme. ¿Algo más?
—No, de momento nada más. Adiós.
—Adiós.
—Duke salió de la cabina y dio unos pasos hacia la puerta;
pero antes de salir de la biblioteca volvió a la cabina y llamó a Max Mehl.
—¿Qué se ha averiguado? —preguntó.
—Que el secuestrador ha huído —replicó el jefe de
Policía—. Que tiene dos asesinatos sobre la conciencia...
—¿Es seguro que se trataba del mismo?
—Desde luego. La nota está escrita con la misma máquina.
El papel es también el mismo. Todo concuerda.
—¿Todo? —preguntó, significativamente, Duke.
—Todo menos la forma de realizarse el secuestro. Es
muchísimo más tosco. Si no fuese porque no me conviene complicar más las cosas,
creería que la identidad de "X" ha sido suplantada. Pero la nota...
—Desde luego. Aguarde a que los acontecimientos sigan su
curso. ¿No confían detener al fugitivo?
—Hemos encontrado el auto en que escapó. Pero en un estado
que no permite la menor pesquisa. Se trata de un auto robado y, al destruirlo,
el bandido ese lo roció con tanta gasolina que no conserva ni una sola huella.
El fuego se las comió todas.
—¡Hum! ¿Trabaja con ustedes la Policía Federal?
—Sí. Tienen la esperanza de encontrar alguna pista entre
los restos del coche. Perderán unas cuantas horas ensuciándose de pintura
derretida y cuero carbonizado. Pero eso a ellos les gusta mucho. Dicen que es
investigación moderna y científica. ¡Bah!
Max Mehl no sentía ningún cariño ni admiración por la
Policía Federal. Como todos los que pertenecían a las fuerzas de orden público
de los Estados, dolíale la intromisión en sus asuntos de los miembros de la
Policía Federal y procuraba poner en su camino la mayor cantidad posible de
obstáculos.
—Bien, Max. Si averigua algo, más avíseme. Estaré en casa.
Duke abandonó definitivamente la biblioteca y regresó a su
domicilio.
—¿Está mi hermana? —preguntó a Butler.
—No, señor. La señorita y el señor Dennison aun no han
vuelto. Pero el señor... —Butler se interrumpió para echar una mirada al
cuaderno de notas colocado junto al teléfono—. El señor McCune ha llamado tres
veces desde Washington...
—¿Quién?
—El señor Joseph McCune.
—¿Qué dijo?
—Que volvería a llamar dentro de media hora. Cada vez dijo
lo mismo. La última llamada sonó hace dieciséis minutos.
—¿No explicó para qué llamaba?
—No, señor. Sólo dijo que tenía mucho interés en hablar
con usted y que volvería a llamar.
—Bien... Estaré en mi despacho.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Duke marchó
hacia su despacho y, unos minutos más tarde, Butler le anunciaba:
—Una señora desea verle.
—¿Qué señora? —gruñó Duke.
—La señora Appeldorf, propietaria de un comercio de
embutidos en Mayer Circle. Dice que se trata de un asunto muy grave. Que la han
amenazado de muerte.
—¿La conoce?
—No, señor. Pero su aspecto es de persona decente. Es una
mujer gruesa, vestida anticuadamente...
—Hágala entrar. Seguramente se tratará de una fantasía.
La señora Appeldorf era bastante más alta de lo que su
amplio volumen la hacía parecer. Su rostro pertenecía a ese tipo entre
bondadoso y estúpido que es tan corriente entre ciertas clases sociales.
Parecía una campesina asombrada de hallarse en una ciudad tan grande.
—¿En qué puedo servirla? —preguntó Duke.
—¡Se trata de algo horrible, señor Straley! —exclamó la
mujer—. Yo soy la señora Appeldorf. Soy viuda. Por eso me ocurren las cosas que
me ocurren. Si viviera mi marido... Él si que era un hombre fuerte y enérgico.
Si a él le hubieran dicho y hecho las cosas que me han dicho y me han hecho a
mí... No, no las hubiera tolerado. Le aseguro que no las hubiese tolerado.
Siempre decía: "Yo soy un hombre tranquilo. Pero que nadie
intente..." Bueno, perdone, señor. A usted no le interesará lo que decía
mi esposo, ¿verdad? De todas formas era un hombre muy notable. Murió hace un
año y medio. Me dejó un seguro de vida por cincuenta mil dólares y a Mitinos...
—¿Y qué le ha ocurrido a Mitinos? —preguntó Duke, entre
divertido y molesto por la premiosidad con que se explicaba aquella mujer.
—¡Oh! ¿Cómo lo ha adivinado?
La mujer parecía desconcertada por tanta perspicacia.
—No lo he adivinado. Lo he supuesto. Pero no importa.
Tenga la bondad de continuar.
—Bien... Mi marido murió y yo cobré los cincuenta mil
dólares. Entonces pensé que si me quedaba en casa no haría más que pensar en mi
pobre esposo, pues todo me recordaría su ausencia. Por eso me decidí a comprar
una tienda e instalar en ella un comercio de embutidos. He tenido mucha suerte.
Pero hace una semana... Sí, fue hace una semana... Pues se presentaron dos
hombres y me dijeron que yo necesitaba protección. Que la tienda corría
peligro. Yo les contesté que la tienda no corría ningún peligro, pues nadie es
capaz de hacer daño a una pobre mujer. Ellos se echaron a reír y me aseguraron
que son muchas las personas capaces de hacer algo más que daño a una mujer.
"Nosotros la protegeremos contra esas personas", me dijeron. Les
contesté que no quería protección de nadie y que se marchasen si no querían que
llamase a un policía para que se los llevara a la cárcel. Hicieron unas cuantas
muecas, como si quisieran asustarme; pero yo no me dejo asustar por unos
chiquillos y cogiendo una escoba les eché a escobazos a la calle.
"Al otro día salí de compras y al volver me encontré
con que delante de la tienda había mucha gente y policías. Entré y me dijeron
que Roberto, el dependiente que tomé para que me ayudase, se había matado al
caerle encima una lata de diez kilos de salchichas en manteca. El pobre tenía
toda la cabeza destrozada. Yo lo sentí mucho, pues Roberto me era muy útil;
pero se necesita ser muy tonto para que le caiga a uno en la cabeza, desde tres
metros de altura, una lata de salchichas...
—Claro —suspiró Duke, muy aburrido por la charla de la
mujer.
Para distraerse, conectó el aparato de rayos X acoplado al
sillón en que se sentaba la señora Appeldorf y se entretuvo unos instantes
estudiando su esqueleto; luego, temiendo no poder contener la risa ante el
espectáculo de un esqueleto hablando de aquella forma, cortó la corriente y la
señora Appeldorf volvió a aparecer en el sillón.
—Esta mañana —siguió la mujer, ignorante de cuanto había
sucedido—, en cuanto abrí la tienda, entraron dos hombres y me presentaron unas
placas diciendo que pertenecían al Ayuntamiento. Me preguntaron si había sacado
la licencia de Mitinos...
—Un momento. ¿Quién es Mitinos?
—¿Eh? ¿No lo sabe? Pues es mi gato. Un hermoso gato de
Angora. Le quiero como se puede querer a un hijo.
—¿Y no ha sacado licencia para tenerlo?
—No, señor. No. Yo creí que no era necesario. Aquellos dos
hombres me dijeron que era imprescindible. Entonces yo dije que la pagaría;
pero me contestaron que ellos no podían cobrar nada, que debían llevarse el
gato y que yo fuese a recogerlo y a pagar la multa y la licencia. Y se llevaron
al pobre Mitinos.
—¿Qué más ocurrió?
—Al cabo de media hora recibí una nota en la cual se me
decía que si no pagaba dos mil dólares no volvería a ver a Mitinos y que,
además, recibiría la visita de unos jóvenes muy desagradables que destrozarían
toda la tienda hasta dejarla convertida en un desierto. Entonces yo hablé con
unos vecinos, quienes me explicaron que si quería trabajar en paz no me
quedaría más remedio que...
En aquel instante sonó el timbre del teléfono. Duke vaciló
un momento y, por fin, llevóse el auricular al oído.
—Conferencia de Washington —informó la chillona voz de la
telefonista.
Oyéronse unos ruidos y, por fin, después de sonar varias
voces femeninas más, una voz de hombre preguntó:
—¿Hablo con el señor Straley?
—Yo mismo. ¿Quién llama?
—Soy Joseph McCune. Le llamo desde la Oficina de Comercio
de Washington. Me interesa mucho hablar con usted. Se trata de un asunto grave.
Temo que me quede muy poco de vida. Me hace falta su protección y su
inteligencia. No me interrumpa. Tome un avión y venga en seguida a la capital.
No hable con nadie ni diga a nadie a qué viene. Jason Valman, mi hombre de
confianza, le aguardará en el aeródromo para acompañarle a mi despacho. En el
Grand Hotel le han sido reservadas unas habitaciones a nombre de Dion O'Mara.
¿Me ha entendido?
—No del todo. ¿Para qué he de ir a verle?
—Se trata de algo relacionado con los secuestros. Quiero
contarle toda la verdad. No me importa pagar lo que usted me pida. He extendido
ya un cheque a su nombre por veinticinco mil dólares. Ha sido entregado a su
Banco. Es para cubrir los primeros gastos. ¿Vendrá?
—Desde luego. No creo que esta noche me sea posible tomar
ningún avión. Llegaré mañana, a las diez de la mañana.
—Perfectamente. Irá directamente a mi despacho. Tenemos
que hablar mucho. Adiós, señor Straley.
—Adiós —replicó Duke, sin mencionar ningún nombre.
Colgó el aparato y, volviéndose hacia la señora Appeldorf,
preguntó:
—¿Qué le dijeron sus vecinos?
—Pues que si quería conservar mi tienda tenía que pagar
para que me protegiesen. Yo pregunté de quién me debían proteger, y me
contestaron que de los mismos a quienes yo pagaría. Me costó mucha entender que
si no pagaba el seguro, la Compañía aseguradora me destrozaría la tienda. Ahora
tendré que pagar los dos mil dólares para que me devuelvan a Mitinos. No se qué
hacer, pues me han amenazado de muerte si aviso a la Policía. Como usted no es
un policía he pensado que me podría aconsejar.
—No creo poder hacer mucho por usted, señora —sonrió
Duke—. Si aprecia a su gato, pague los dos mil dólares, y si no quiere gastarse
ese dinero en el animal, cómprese una escopeta de caza, cárguela de perdigones
gruesos y en cuanto aparezcan esos jóvenes desagradables dispare sobre ellos.
—¿Usted cree que eso podría ser una solución? —preguntó la
mujer, levantándose.
—Quizá. Buenas tardes, señora Appeldorf.
—¿Cuánto le debo por la consulta?
—No tiene importancia; si quiere envíeme unas cuantas
salchichas buenas. Procuraré ser cliente de usted.
Repitiendo efusivamente las gracias, la vendedora de
embutidos abandonó el despacho de Duke, mientras éste repasaba la lista de los
diez secuestradores y empezaba a sacar conclusiones muy interesantes.
CAPÍTULO II
Duke abandonó su domicilio a primeras horas de la mañana
siguiente marchando en dirección al aeródromo. Llevaba una maleta ligera, de
lona, llena con lo indispensable para pasar unos días en la capital.
Varias veces se aseguró de si podría empuñar fácilmente la
pistola que guardaba en una funda sobaquera y, por fin, a pesar de que la
primavera había llegado esplendorosa y el día era casi de verano, Duke levantó
los cristales de las ventanillas del auto, privándose así de la agradable brisa
originada por la marcha del vehículo.
Pero esto no resultó tan ilógico y descabellado como
alguno pudo suponer, pues, apenas había dejado atrás el Hudson, Duke vióse
alcanzado por un auto que hasta entonces le había seguido a una distancia
regular y cuyos ocupantes, al llegar junto al coche de Duke, levantaron las dos
ametralladoras y las pistolas que hasta entonces llevaron ocultas y abrieron el
fuego sobre Duke Straley.
Éste inclinó la cabeza, como si temiera que las balas
pudieran atravesar los blindados cristales y la acerada carrocería a prueba de
toda clase de proyectiles y, sacando un revólver guardado en la bolsa de los
guantes, hundió el cañón del arma en una pequeña ranura del costado de la
portezuela. El cañón hundióse como si en vez de atravesar el acero tuviera que
perforar una masa blanda y, un segundo después, Duke hacía seis disparos a
través de aquella segura tronera.
Al mismo tiempo aceleró la marcha y por medio del espejo
retrovisor pudo ver como el auto atacante se despistaba, daba varias vueltas de
campana y, por fin, quedaba en medio de un charco de agua con las ruedas aun
girando velozmente.
Seguro de que ya no volvería a ser atacado, Duke bajó los
cristales de la portezuela. No quería que nadie se extrañara al verlos
astillados. Asomó luego la cabeza para ver si las balas habían dejado alguna
huella sobre el blindaje del coche. Sólo vio algunas desconchaduras que
seguramente nadie atribuiría a impactos de ametralladora.
Siguió Duke hacia el aeródromo con el pensamiento ocupado
por la señora Appeldorf. Había sido un tonto no comprendiendo antes que todo
cuanto había dicho aquella mujer fue una sarta de mentiras, una excusa para
hallarse presente cuando se celebrara la conferencia entre McCune y él. ¿Qué
podía haber averiguado la falsa señora Appeldorf? Desde luego que llegaría
aquel día, a las diez, a Washington. Lo que no podía saber la señora Appeldorf
era que había hablado con Joseph McCune, pues él no mencionó su nombre; pero,
desde el momento en que ella había procurado estar presente, era que sabía, de
antemano, que McCune le telefonearía. Eso significaba la existencia de una
importante banda con ramificaciones en Washington y Nueva York.
Al llegar al aeródromo, Duke había decidido ya interrumpir
sus cábalas que no conducían a nada práctico y dejar para el momento oportuno
la solución de aquel misterio.
El potente cuatrimotor estaba a punto de despegar. Todos
los pasajeros se encontraban ya a bordo y Duke ocupó su asiento pocos minutos
antes de que las portezuelas fuesen cerradas y se diera la señal de partida,
tras la cual el avión deslizóse por la cinta de cemento que servía para el
despegue de los aparatos pesados, y remontóse sobre los árboles que bordeaban
el aeródromo. El viaje fue muy corto y, a las diez y cinco minutos de la
mañana, el cuatrimotor se posaba en el aeródromo de Washington. En cuanto Duke
saltó a tierra, un hombre alto, vestido de negro, de rostro simpático y sonrisa
fácil, avanzó hacia él con la mano extendida.
—¿Es el señor O'Mara? —preguntó significativamente.
Duke, antes de responder, miró interrogadoramente al
hombre.
—Soy Jason Valman —se presentó el otro—. Me envía el señor
McCune. ¿Ha tenido buen viaje, señor O'Mara?
—Excelente. Me despidieron con fuegos artificiales.
Veremos cómo me reciben aquí.
—¿No lleva más equipaje? —preguntó Valman.
—No. Creo que con esto tendré bastante. ¿Despertará
sospechas en El Grand Hotel?
—En Washington nadie se asombra de nada —replicó Valman,
llevando a Duke hacia la salida del aeropuerto—. Sin embargo, yo no soy de aquí
y me permito extrañarme de las palabras que ha pronunciado usted.
—¿De cuáles?
—Lo referente a los fuegos artificiales con que le
despidieron. ¿Ha querido significar que atentaron contra su vida... a tiros?
—Algo por el estilo. Me despidieron con fuego de
ametralladoras.
Jason Valman frunció el ceño.
—No sé —murmuró—. No estoy tranquilo. El señor McCune
corre peligro y se empeña en no protegerse. Casi a la fuerza he conseguido que
acepte un guardia de corps.
—¿Un protector armado?
—Sí. Él le explicará. Me ha pedido que no le diga nada
hasta que él hable con usted.
Una brillante limosina negra aguardaba a la salida del
aeródromo. Antes de subir a ella, Duke golpeó con los nudillos la carrocería,
respondiendo el eco mate del acero sólido.
—Blindaje a toda prueba —sonrió Valman—. El presidente
obligó al jefe a que lo aceptara.
Los dos hombres se acomodaron en el interior del sólido
coche. El chofer debía de haber recibido ya instrucciones, pues dirigióse en
seguida hacia donde estaban la mayoría de los edificios de las oficinas del
Gobierno. Valman, fumaba un excelente habano y por su parte Duke tenía entre
los labios uno de sus largos cigarrillos.
—Por la puerta lateral, Jerry —ordenó de pronto Valman al
chofer.
Éste asintió con la cabeza, y al llegar a la enorme
explanada que se extendía frente a un alto edificio, torció a un lado, yendo a
detenerse frente a una puerta flanqueada de altas columnas de a granito. La
puerta era de brillante bronce, y entrando por ella, y precedido por Valman,
Duke subió al primer piso, desembocando en una amplia sala circular, de la cual
irradiaban unos diez pasillos que conducían a numerosas dependencias.
Valman guió a su compañero por uno de aquellos corredores,
y casi al mismo tiempo se abrió una puerta al final del pasillo, apareciendo un
hombre en quien Duke reconoció a McCune. Su aspecto era de gran nerviosismo y
el cabello se le pegaba a las húmedas sienes. Detrás de él salió un hombre algo
más bajo, de fría mirada y elástico caminar. Era Pete Martel, en un tiempo
famoso pistolero de Chicago, que amparándose en la falta de pruebas existentes
contra él, al hundirse la Ley Seca, se dedicó con bastante éxito a la
protección de la vida de los personajes políticos de alguna importancia. Dos de
ellos fueron salvados por la rapidez con que Martel supo empuñar su pistola y
por la precisión con que la disparó. Sin duda debía de ser el guardia de corps
de McCune.
Detrás de Martel iba otro hombre, en quien Duke reconoció,
también, a un famoso tirador de pistola. Odile Methven, uno de los primeros
policías pertenecientes al cuerpo federal, que abandonó debido a una dolencia
crónica.
—¿Qué hace Methven aquí? —preguntó Duke a Valman.
—Completa la protección de McCune.
Duke seguía mirando al financiero, que después de haberle
saludado con un ademán aceleraba el paso. De pronto abrióse una de las puertas
que daban al pasillo y salió por ella un hombre menudo, muy delgado, pero
vestido con elegancia. Su panamá valía, por sí solo, unos sesenta dólares. En
la mano llevaba una cartera de negocios, y con voz que resonó en todo el
corredor llamó:
—¡Señor McCune! Ha olvidado estas notas.
El financiero volvióse hacia el que le llamaba, y Martel y
Methven se adelantaron un poco antes de volverse hacia el que había llamado a
McCune.
El hombrecillo siguió adelantándose hacia McCune, y de
pronto, cuando se hallaba a unos tres metros de él, tiró la cartera al suelo y
su mano derecha apareció armada de una pistola con la que disparó cuatro veces,
apuntando al vientre de su víctima. McCune lanzó un gemido de agonía y,
lentamente, doblóse hacia adelante y cayó de bruces al suelo.
El último disparo del asesino encontró eco en el arma de
Martel, que contra su prestigio de veloz tirador tardó unos segundos en
sobreponerse al asombro que debía de haberle causado lo inesperado del ataque.
Odile Methven también empuñó, al mismo tiempo, su pistola
y unió sus disparos a los de Martel.
Cuando McCune cayó tendido en el suelo, su asesino
empezaba a desplomarse cosido a balazos. Valman corrió junto a su jefe y trató
de reanimarle; pero Duke, que asistía con fingida impasibilidad al terrible
drama que se estaba desarrollando, comprendió que nada podía ya devolver a este
mundo a Joseph McCune. Por eso su mirada posóse más atentamente en el asesino
del financiero. El criminal llevaba doce balazos en el cuerpo; pero antes de
rendir su vida aun tuvo fuerzas para incorporarse sobre un codo, y después de
dirigir una mirada llena de odio a Martel murmurar con gutural acento:
—Me has traicionado...
Martel levantó su pistola y, con los ojos llenos de odio y
ansias de matar, se dispuso a apretar una vez más el gatillo del arma; pero en
el mismo instante una bocanada de sangre ahogó la vida del matador de McCune,
sus músculos se aflojaron y su cabeza chocó violentamente contra el mármol del
suelo.
Como adivinando que alguien había sido testigo de la
escena, Martel se volvió hacia Duke. Sus miradas se cruzaron y parecieron
vibrar como si hubiesen chocado dos hojas de acero. El antiguo pistolero, con
los ojos llenos de ansias de matar, apretó fuertemente la culata del arma. Duke
comprendió que si hacía el menor movimiento, Martel le mataría sin vacilación,
pues toda su alma vibraba de anhelos asesinos.
Durante un minuto, los dos hombres permanecieron
mirándose, hasta que, por fin, Martel bajó los ojos y haciendo un esfuerzo se
arrodilló junto a McCune. Methven, que había sido testigo de la escena,
acercóse a Duke y preguntó:
—¿Quién es usted?
—Un testigo del crimen —replicó Duke—. Mejor dicho, un
testigo, de dos muertes.
—¿Qué quiere decir con eso? —rugió Martel, que habiendo
oído las palabras de Duke habíase puesto en pie y de un violento manotazo
obligó a Duke a volverse hacia él.
Con un veloz movimiento del brazo, Duke se libró de
Martel, lanzándolo a dos metros de distancia.
—No haga tonterías, pistolerito —ordenó—. Si quiere
asustar a alguien busque a otro. Los perros ladradores nunca me han dado miedo.
—Yo le demostraré que no soy...
Martel iba a decir que no era un perro ladrador, pero el
puño derecho de Duke le cerró la boca y estuvo a punto de cortarle la lengua.
Al mismo tiempo, de un golpe con la mano izquierda, Duke enviaba la pistola de
Pete Martel a chocar contra la pared.
En cuanto el pistolero se recobró de los efectos del
golpe, buscó afanosamente su arma; pero en el instante en que se disponía a
cogerla, Valman le interrumpió bruscamente ordenando:
—Estate quieto, Pete. Es amigo mío... Es amigo nuestro.
Martel pareció luchar unos segundos con la orden recibida
y su deseo de vengar la ofensa. Duke comprendió que acababa de ganarse un
enemigo para toda la vida.
Mientras tanto, la confusión en el pasillo había
aumentado. Llegaron unos enfermeros cargados con una camilla, en la cual
colocaron a Joseph McCune. Pero cuando se lo llevaron, Duke comprendió
perfectamente que para el financiero no había posibilidad de salvación. En
realidad, estaba ya muerto, y si algún soplo de vida quedaba en él era
insuficiente para mantenerlo en este mundo.
El pasillo comenzó a llenarse de periodistas que parecían
haber llegado atraídos, desde muy lejos, por el olor de la sangre o de la
pólvora quemada. Llegaban corriendo, procurando anticiparse a la Policía para
obtener la información necesaria antes de que, debido a la importancia política
del muerto, se pudiera poner alguna traba a su actuación en el suceso.
—¡Es Lawford! —exclamó uno de los periodistas,
inclinándose sobre el asesino—. ¡Lo han acribillado!
—¿Quién era Lawford? —preguntó Duke a uno de les
reporteros.
—Fue uno de los secretarios de McCune. Lo despidió porque
había vendido sus descubrimientos...
Duke recordó lo ocurrido. Aunque los periódicos procuraron
no dar mucha publicidad al suceso, se supo que McCune había despedido a su
secretario Lawford por haber informado éste a un grupo de financieros de cierta
operación que iba a emprender el Gobierno para incautarse de una compañía de
transportes. Las acciones de dicha compañía estaban muy altas, pero la
intervención del Gobierno las reduciría a la cotización normal, o sea a la par.
Tres días antes de que se hiciera pública la disposición, los financieros
desprendiéronse de todas las acciones que poseían, traspasándolas a un gran
número de particulares, quienes fueron los perjudicados por la medida del
Gobierno, pues en menos de dos días vieron descender a cien dólares las
acciones por las que habían pagado ciento veinte. Lawford fue considerado
responsable de dicha traición, y sólo la imposibilidad de obtener pruebas
exactas contra él hizo que su castigo no fuera más duro. Sin embargo, debió de
considerarlo excesivo ya que no había vacilado en tomar una resolución tan
grave.
—¿Qué piensa usted hacer? —preguntó Valman, acercándose a
Duke.
Éste se encogió de hombros.
—Sospecho que mi intervención ya no es necesaria.
Permaneceré en Washington hasta mañana por la mañana.
—¿En el Grand Hotel?
—Desde luego.
—Bien; más tarde iré a verle, señor Straley. Lamento que
haya llegado demasiado tarde.
Duke cambió un apretón de manos con Jason Valman y
abandonó el edificio. Ni los cadáveres, ni las manchas de sangre sobre el piso
de mármol, ni el humo de la pólvora, ni los reporteros ladrando en demanda de
información eran cosas nuevas para él.
Subiendo a un taxi libre, Duke ordenó al chofer:
—Al Grand Hotel.
Luego, una vez dentro del vehículo, murmuró para sí:
—La aventura ha terminado.
Pero la aventura no había terminado. Faltaba aún verter
mucha sangre; debían ocurrir muchas cosas, y Duke vería más de una vez su vida
en peligro a manos de los hombres que habían entregado a Lawford la pistola
asesina.
CAPÍTULO III
La agudeza de comprensión, la claridad de juicio y la
rapidez con que sabía tomar sus decisiones, eran los factores más importantes
en la carrera de Duke como investigador. Durante el trayecto hasta el hotel el
joven intentó, en vano, explicarse lógicamente lo sucedido. Fracasó la lógica y
fracasaron las cualidades clarividentes de Duke. Sólo comprendió, claramente,
que estaba arañando una dura superficie bajo la cual se agitaba un problema
bastante más profundo de lo que a simple vista parecía. Los periódicos y la
Policía explicarían muy lógicamente el asesinato de McCune. Un hombre
despechado, lleno de odio contra el jefe que tan injusto había sido con él,
empuñaba un arma y vengaba su despido.
Sí, hasta aquí todo era lógico. Si el problema de la
muerte del financiero se abordaba desde el momento en que Lawford fue
despedido, la explicación de su muerte era muy clara. Mas si se pensaba en el
Banco Wyman, en que McCune había sido secuestrado poco tiempo antes, en que
había pagado dos millones, en que había rechazado puestos más ventajosos para
aceptar un cargo lleno de responsabilidad y, como luego había resultado, de
peligros. McCune le había llamado. ¿Para qué? ¿Qué motivo impulsó al financiero
a llamar a Washington al hijo de su amigo?
La llegada al hotel interrumpió las reflexiones de Duke.
Pagó el taxi y entrando en el vestíbulo fue al despacho de recepción.
—Creo que se reservó una habitación a mi nombre —dijo.
—¿Cómo se llama usted, señor? —preguntó el encargado.
—Duke Straley...
—Sí, señor O'Mara —contestó, sonriendo, el encargado—. El
señor McCune hizo reservar una habitación para usted.
Mientras hablaba el hombre, sacó de un estante de debajo
del mostrador una fotografía que tendió á Duke.
—Es usted —dijo—. Una excelente fotografía, señor O'Mara.
—¿A qué viene todo eso? —preguntó Duke.
El encargado sonrió.
—El señor McCune es muy precavido. Nos dijo que era muy
importante que nos aseguráramos de que era realmente usted a quien entregábamos
la llave de la habitación... y esto.
El empleado tendió a Duke un sobre en el cual se veía
escrito el nombre de "Dion O'Mara".
El joven vaciló un momento ante aquel mensaje que parecía
llegar del más allá.
—¿Dijo algo el señor McCune cuando les entregó eso?
—preguntó.
—Nos encargó que se lo entregásemos a usted, sólo a usted
—y sonriendo significativamente, el encargado del despacho de recepción
agregó:— Es el tercer O'Mara que se presenta a reclamarlo.
—¿El sobre?
—Sí, señor. Sin la precaución de la fotografía lo
hubiéramos entregado ya hace varias horas.
Duke permaneció unos instantes acodado al mostrador,
golpeándolo con el sobre. Por último anunció:
—El señor McCune ha sido asesinado hace unos veinticinco
minutos.
El encargado del despacho de recepción palideció
intensamente.
—¿Muerto? —preguntó, casi sin voz.
—Por completo. Varios disparos al vientre. El asesino fue
un antiguo secretario suyo.
—¡Qué horror!
—¿No le dijo nada acerca de si su muerte debía influir en
la entrega de este mensaje?
—No, señor. Sólo insistió en que nos aseguráramos de que
era entregado a usted.
—Bien... ¿Dice que tres hombres han venido a recoger este
sobre?
—Sí, señor. Se presentaron diciendo que eran el señor Dion
O'Mara y que el señor McCune les había reservado habitación. Pidieron la llave
y las cartas que hubiera para ellos. Los tres dijeron lo mismo.
—¡Muy curioso! ¿Reconoció a alguno de eses hombres?
El encargado movió negativamente la cabeza.
—Si vuelve a ver a alguno de ellos rondando por aquí,
avíseme.
—No dejaré de hacerlo. ¿Quiere que le suban el equipaje a
su habitación?
—Sólo traigo está maleta —sonrió Duke.
Uno de los botones del hotel acudió a un aviso del
encargado, y cogiendo la maleta de Duke y la llave de la habitación, dirigióse
al ascensor. Un momento después llegaban al tercer piso y el botones guiaba a
Duke hasta su habitación, retirándose con una generosa propina.
Al quedar solo, Duke sacó el sobre recibido y lo abrió.
Esperaba encontrar alguna misiva importante, alguna aclaración de aquel
misterio más presentido que reconocido. Pero contra sus esperanzas, Duke no
encontró otra cosa que una hoja de papel en blanco, doblada en cuatro, y dentro
de ella un amarillo recibo de la consigna de la Union Depot.
Duke examinó atentamente el documento. No contenía ninguna
indicación. Sólo las instrucciones impresas, un extracto del reglamento y,
escrito en lápiz, "Un paquete". Nada más. El portador de aquel
volante podía recoger el paquete; pero nadie sabía cuál era su contenido ni,
siquiera, quién lo había depositado en la consigna.
Durante varios minutos, Duke estuvo examinando el
documento, como pidiendo cuál era el secreto que encerraba. Pero el amarillo
volante permaneció mudo y, por fin, Duke lo guardó en un bolsillo.
Se lavó las manos y la cara, cambió de camisa, y después
de asegurarse una vez más de que su pistola estaba cargada, Duke sentóse a
fumar uno de sus largos y perfumados cigarrillos en espera de que alguna nueva
idea le aclarase aquel jeroglífico que, por momentos, se iba haciendo más
complicado.
Una suave llamada a la puerta le hizo ponerse en pie e ir
a abrir. Prudentemente, su mano derecha estaba apoyada en la culata de su arma.
Era uno de los botones. Traía una bandeja con whisky, seltz, hielo y un vaso.
Guiñando un ojo dijo:
—Traigo el whisky, señor.
—¡Ah! Pase.
Entró el botones, cerró la puerta Duke, y volviéndose
hacia el recién llegado preguntó:
—¿Qué sucede?
—Seguramente me vigilan —susurró el botones, comenzando a
destapar la botella—. El señor McCune hizo dejar un periódico aquí. Alguien se
lo ha llevado. No se qué periódico era; pero me enteraré dentro de unos
minutos. ¿Le interesa saberlo?
—Desde luego. Cuente con veinticinco dólares.
—Gracias. Ahora saldré del hotel para preguntar qué
periódico era.
—¿Quién lo ha robado?
—También lo sabré ahora. Dentro de cuatro minutos llame al
despacho de recepción y encargue que le compren el "Cosmopolitan". En
el puesto del hotel se ha terminado. Yo lo iré a buscar y sabré qué periódico
era el que se dejó aquí.
El botones terminó de destapar la botella de licor, sirvió
un vaso, y aceptando veinticinco centavos de propina salió de la habitación
haciendo saltar la moneda y silbando suavemente.
Duke vació en el lavabo el contenido del vaso, no
queriendo exponerse a tragar un posible veneno, y consultando el reloj, aguardó
a que transcurriesen los cuatro minutos. Entonces descolgó el teléfono y llamó
al despacho.
—Hágame subir el "Cosmopolitan" —pidió—. Lo
antes posible.
El encargado prometió enviarlo en seguida, y Duke, lleno
de curiosidad, asomóse a la ventana, desde la cual se dominaba la calle. Al
cabo de un minuto y medio (sin duda el tiempo necesario para comprobar que en
el puesto de periódicos del hotel se había terminado la popular revista) el
botones que había subido el licor salió a la calle y comenzó a cruzar el
arroyo. Al mismo tiempo, la atención de Duke fijóse en un auto que llegaba con
velocidad reducida. Estaba a punto de desviar su atención del coche, cuando una
ligera maniobra que realizó el conductor despertó las sospechas de Duke;
sospechas que se confirmaron cuando una serie de detonaciones quebraron la
calma de la calle. Varias llamaradas brotaron de una de las ventanillas del
auto. El empleado del hotel, que se encontraba a unos dos metros del vehículo,
doblóse hacía delante, llevándose las manos al vientre, y después de permanecer
unos segundos así, cayó de bruces mientras el auto se alejaba a toda velocidad.
Pasado el primer momento de sorpresa, numeroso público
comenzó a arremolinarse en torno al caído, cuya inmovilidad era un claro
indicio de su trágica suerte.
Duke volvió lentamente al centro de la estancia. ¿Qué
serie de complicaciones iban surgiendo en torno a la muerte de McCune? ¿Qué
importancia podía tener el asunto aquel...?
Tomando una súbita decisión, recogió el sombrero y salió
del cuarto, bajó la escalera sin aguardar el ascensor y llegando al vestíbulo
lo cruzó en dirección a la calle. No hizo ningún caso de la gente congregada en
torno a la víctima del salvaje atentado y siguió calle adelante, hacia un
importante puesto de periódicos.
—Déme un ejemplar de cada uno de los periódicos que se
publican en Washington —pidió al propietario del puesto.
El hombre movió negativamente la cabeza.
—No me queda ninguno —dijo—. Hace un momento los he
vendido todos a uno que necesitaba papel.
—¿Todos? —preguntó Duke.
—Sí, todos.
—¿No pidió alguno especial?
—No, señor. Dijo que le diera todos los periódicos de hoy,
pues necesitaba envolver no se qué.
—¿Sólo se llevó periódicos de hoy?
—Y unos cuantos que me quedaban de ayer. Dijo que no tenía
bastantes y que para envolver tanto daba que fuesen del día como no.
—Claro... Desde luego... ¿Puede decirme qué otros puestos
de periódicos hay por, aquí?
—En la próxima parada de autobuses hay otro puesto...
Duke se despidió del vendedor y siguió su camino en la
dirección indicada. Iba a doblar la esquina cuando su mirada fue atraída por
una mujer que avanzaba con paso rápido y que dirigía nerviosas miradas a todas
partes. De pronto, al pasar junto a un coche estacionado junto al bordillo de
la acera, la mujer se detuvo y lanzó un chillido. Un hombre acababa de salir de
un portal y con la mano significativamente hundida en el bolsillo derecho de la
americana se había interpuesto en el camino de la mujer, a quien estaba
empujando hacia el auto.
La mirada de la desconocida fijóse de pronto en Duke y sus
ojos se iluminaron llenos de esperanza, enviando una petición de socorro, que
captada por el joven, le puso en veloz movimiento. En cuatro zancadas cruzó la
calle, y pistola en mano precipitóse contra el agresor de la desconocida.
El otro vaciló un momento y, por fin, protegiéndose detrás
de la mujer saltó dentro del auto, que se alejó velozmente.
—¡Gracias, señor Straley! —dijo la mujer, cogiendo del
brazo a Duke—. He pasado un momento terrible. Creí que todo se iba a hundir en
el último instante.
Duke había pensado en disparar contra los fugitivos, pero
el coche había doblado en seguida por una calle transversal y era ya demasiado
tarde para intentar nada contra él.
—¿Me conoce usted? —preguntó, innecesariamente, Duke, pues
era indudable que la mujer le conocía.
—Sí. Le buscaba...
—¿De parte de quién?
—De Joseph McCune.
—¿Sabía mi dirección?
—La he leído en el periódico.
—¿Cómo?
—Sí, en el anuncio. Joseph me indicó que acudiera a verle
a la dirección que se indicaría en el periódico.
—Un momento. ¿Sabe usted lo que le ha ocurrida al señor
McCune?
La mujer vaciló.
—Sí —dijo al fin—. Lo sé; por eso es aún más importante
que hablemos... Pero no en la calle. Podemos entrar en ese bar...
Señaló uno que se encontraba en la otra acera. Duke la
tomó del brazo y la condujo al otro lado de la calle, entrando en un bar poco
concurrido.
—Pasemos a un reservado —pidió la mujer.
Un camarero les guió a uno de los reservados interiores.
—Dos whiskys con soda —encargó la mujer—. ¿O prefiere
usted otra cosa, señor O'Mara?
—Pueden servir los whiskys —replicó Duke.
El camarero salió, cambiando una rápida mirada con la
mujer. Al hacer esto una sonrisa apareció en sus labios y fue captada por Duke.
Cuando volvió la vista hacia la mujer, halló un rostro indiferente e
inexpresivo.
—Me ha hablado usted de un periódico —recordó Duke.
—Sí, el "Chronicle" de hoy...
—Un momento. No he tenido aún el gusto de saber su nombre.
—Sheila Price. Luego le explicaré mi intervención en este
asunto.
—Cuénteme antes lo del periódico.
Sheila abrió su monedero y sacó de él un recorte,
tendiéndolo a Duke. Enmarcado con lápiz rojo, Duke leyó el siguiente anuncio:
"Perdido cartera conteniendo documentos de interés
sólo personal. Interesa devolución. Gratificaré cien dólares. Dirigirse a Dion O'Mara.
Grand Hotel".
—¿Ha encontrado usted esa cartera que yo no he perdido?
—sonrió Duke.
—No —sonrió, también, Sheila—. Ese anuncio era sólo para
indicarme su dirección. McCune no pudo decirme exactamente dónde se instalaría
usted. No tenía confianza en nadie. Por eso recurrió al anuncio. Me dijo que
comprara hoy el "Chronicle" y...
La llegada del camarero interrumpió a la mujer. Mientras
el hombre colocaba sobre la mesa los dos vasos llenos de licor y seltz, ni Duke
ni la mujer dijeron nada. El primero observó cómo el camarero colocaba ante él
el vaso que estaba más hacia el centro de la bandeja.
—¿Qué le dijo el señor McCune? —preguntó Duke en cuanto el
camarero hubo salido.
—Me dijo que comprase el periódico y que leyera en la
sección de anuncios lo referente a Dion O'Mara, que fuese a la dirección que
allí se indicaba y que recogiera del señor O'Mara el sobre que él habría
enviado allí.
—¿Adónde?
—Al hotel en que se hospedaría usted bajo el nombre de
Dion O'Mara.
—¿Le dijo qué contendría el sobre?
—Sí. La indicación de dónde se encontraban unos documentos
que en modo alguno debían ir a parar a manos de la Policía.
—¿Qué documentos?
—Se trata de un secreto muy grave que podría manchar para
siempre el nombre del señor McCune... de Joseph.
—¿No le dio el señor McCune nada que me permitiese
identificarla como persona de su confianza?
—No. Dijo que explicándole yo todo esto usted quedaría
convencido.
—Lo siento mucho, señorita; pero sin darme más pruebas no
puedo entregarle el sobre. Aunque reconozco que todo indica que es usted
persona de confianza.
—¿Conoce a Jason Valman? —preguntó Sheila.
—Sí.
—¿Tiene confianza en él?
—Se que el señor McCune se la tenía.
—Si él me identificara como persona de confianza...
—Si el señor Valman viene personalmente y me demuestra que
usted era amiga de McCune, le entregaré el sobre.
—¿Quiere que le llame por teléfono y le cite aquí?
—preguntó Sheila.
—Será un placer.
Sheila Price se levantó y saliendo del reservado fue al
teléfono instalado en el pasillo. Cuando empezó a oírse el girar del disco del
aparato, Duke, velozmente, cambió los vasos de licor. Sacó un librito lleno de
hojas de papel secante de diversos colores y sumergió el extremo de una de
ellas en el licor destinado para Sheila. El papel secante varió de rojo a azul.
Entonces Duke sumergió el secante en el whisky colocado frente al asiento de la
mujer, y con otra sonrisa observó que el secante adquiría un tono amarillento
sucio. Volviendo las hojas del librito, eligió otra hoja de papel secante y la
sumergió en el licor de Sheila. Después de examinar unos segundos las
reacciones verificadas en el papel, Duke supo exactamente qué narcótico se
había vertido en la mezcla de whisky y seltz destinada a él y que ahora estaba
frente a Sheila Price.
Cuando ésta volvió, apenas pudo contener su sonrisa al ver
que Duke había bebido ya la mitad del licor.
—A su salud —dijo Sheila llevándose el vaso a los labios y
apurándolo de un largo trago.
Esta vez fue Duke quien casi no pudo contener la sonrisa.
Dentro de cinco minutos alguien quedaría dormido. Pero ese alguien no sería el
que pensaba Sheila Price.
—He hablado con Valman —dijo la mujer—.Vendrá antes de un
cuarto de hora.
—Perdone mi desconfianza —sonrió Duke—. Han ocurrido
tantas cosas y tan graves, que un exceso de precauciones nunca es despreciable.
No deseo otra cosa que poder volver a Nueva York y dejar este asunto en manos
de la Policía.
—No, la Policía no debe intervenir —declaró Sheila—. Hay
un grave misterio en la vida...
Sus palabras fueron interrumpidas, por un bostezo de Duke.
Éste dio a sus ojos una expresión de vaguedad y vacilación, como esforzándose
por vencer un súbito sueño.
—Hay muchos misterios en la vida de los hombres famosos
—siguió Sheila, como si no advirtiese la somnolencia de Duke—. Seguramente
usted tiene secretos que nadie ha averiguado. Cosas de juventud, usted habrá
sido un hombre que habrá conquistado muchos corazones femeninos...
Con sonrisa vaga y los ojos casi cerrados, Duke asentía a
todo. Parecía como si las palabras de la mujer aumentasen su sopor.
—Muchos cora... ¡Aaah! —esta vez fue Sheila Price quien
bostezó—. Muchos corazones... claro...
Desapareció todo el aparente sopor del rostro de Duke,
quien dirigió una divertida mirada a su compañera. Ésta, demasiado tarde,
comprendió la realidad. Se dio cuenta de que había caído en su misma trampa, y
quiso levantarse, pedir socorro.
Una invisible tenaza cerróse en torno de su garganta. Sólo
a costa de un desesperado esfuerzo, pudo Sheila ponerse en pie. Pero cuando
buscó el timbre para llamar al camarero, su mano tanteó sólo el vacío y, por
fin, con un gemido se desplomó sobre la mesa.
Duke se puso en pie. Registró cuidadosamente el monedero
de Sheila sin encontrar nada de interés en él. Por fin, dejándolo sobre la mesa
salió del reservado, cerrando la puerta con llave y guardando ésta en el
bolsillo. Recorrió el pasillo, cruzó el salón, y después de guiñar un ojo al
camarero que le había servido el whisky narcotizado, salió a la calle,
regresando hacia el hotel.
CAPÍTULO IV
El encargado del despacho de recepción acudió al encuentro
de Duke así que éste entró de nuevo en el hotel.
—Un accidente terrible —exclamó—. No me explico... Usted
le vio poco antes de morir, ¿verdad?
—Sí, entró en mi cuarto. ¿Ha muerto?
—Sí, señor Straley.
—¿Ha preguntado alguien por mí?
—El señor Valman telefoneó hace un momento. Pidió que en
cuanto volviera usted le llamase a este número.
Duke tomó el papel que le tendía el encargado y, después
de leer el número, entró en una de las cabinas telefónicas y un momento después
hablaba con Valman.
—Óigame, señor. Straley, ¿puede decirme qué sucede?
—preguntó Valman—. Hace un momento que llamó una mujer diciendo una sarta de
tonterías acerca de usted y de mí. ¿Llamó por orden de usted?
—No. Parece ser que hay alguien que tiene interés en
dormirme o en acabar conmigo.
—¿Otro atentado? —inquirió Valman.
—Sólo un intento de narcotizamiento.
—Quizá convenga que acelere la salida de Washington. Si
hay algo que quiera usted hacer, puede encargármelo a mí...
—No tengo absolutamente nada que hacer —replicó Duke,
comprendiendo la insinuación que vibraba en las palabras de Valman y no
queriendo dejar en otras manos la solución de un misterio que empezaba a
apasionarle.
—McCune me dijo que le enviaría unas instrucciones. ¿Las
ha recibido?
—Sí. Por eso tengo que esperar en Washington.
—Si desea que le acompañe...
—Gracias. Puedo trabajar solo.
Duke cortó la comunicación, y en el momento en que salía
de la cabina telefónica encontróse frente a Bob Dennison y a Betty Straley.
—¡Eh! —exclamó—. ¿Qué hacéis aquí?
—Venimos en pos de la aventura —sonrió Betty—. Te fuiste
sin decirnos nada y nos costó horrores dar contigo. Hemos venido en el mismo
avión que... ¡Ah, no, todavía no! Adivínalo.
—No estoy para adivinanzas —gruñó Duke—. Desde que salí de
casa se ha atentado una vez contra mi vida, luego se intentó narcotizarme,
faltó poco para que un pistolero me soltase un tiro. Y además, he presenciado
el asesinato de un pobre muchacho y el de Joseph McCune.
—¿McCune? —Betty palideció—. ¡Oh! Víctor Newcomb, otro de
los secuestrados, viajó con nosotros. Le dijimos que veníamos a ver a McCune y
él nos dijo que venía a Washington a ver a un tal Dion O'Mara, para quien traía
una cartera...
—¡Eh! ¿Qué dices? ¿Qué cartera?
—No sé. Sólo nos dijo eso. Y se rió mucho...
—Por cierto que al separarse de nosotros nos dijo que nos
veríamos pronto —declaró Bob—. No comprendo...
—Ni yo comprendo nada —gruñó Duke—. Todo es un misterio y
no veo la forma ni la manera de resolverlo. ¿Dónde está Newcomb?
—No lo sé. Al descender del avión dirigióse a un puesto de
periódicos y compró uno.
—¿Cuál?
—Creo que el "Chronicle".
Duke lanzó un bufido.
—No me gusta debatirme entre tantas tinieblas. En cuanto
comamos, empezaremos a trabajar de veras.
—Subamos a tu habitación —pidió Betty—. He de cambiarme de
ropa.
Mientras Betty, en el dormitorio, se cambiaba de ropa,
Duke y Bob sentáronse en el saloncito adyacente. Ninguno de los dos pronunció
ninguna palabra. Parecían preocupados por sus respectivos problemas. En el
momento en que Betty salía del cuarto llamaron a la puerta. La joven fue en
persona a abrir. Un hombre con aspecto de obrero manual entró, vacilante, en la
habitación. En la mano traía un periódico.
—Vengo por el anuncio, señor O'Mara —dijo.
—¿Qué anuncio? —preguntó Duke.
—El suyo en el "Chronicle".
—¡Ah! Es verdad. ¿Ha encontrado la cartera?
—Creo que sí.
—Siéntese —invitó Duke.
El visitante vaciló unos segundos y, por fin, tímidamente,
sentóse en el borde de un sillón. Tendió a Duke el periódico y luego, abriendo
la caja donde llevaba la comida, sacó una cartera y la tendió a Duke. Luego,
dejando la caja en el suelo, explicó:
—Yo la encontré tal como está. No sé si falta algo. Estuve
a punto de echarla a un buzón de correos para que ellos se la enviaran; pero me
figuré que podía usted necesitar los documentos...
Duke había abierto la cartera. Dentro de ella había una
serie de documentos de identidad a nombre de Dion O'Mara.
—¿Qué te parece? —preguntó Duke, mostrando las documentos
a Betty.
—¡Increíble! —exclamó la joven.
—¿Qué es lo increíble? —preguntó el visitante—. ¿Falta
algo?
—No, nada. Muchas gracias. ¿Dónde encontró la cartera?
—Cerca de aquí. En la calle. La recogí creyendo que habría
dinero dentro. Pero sólo encontré esos documentos. Y como había leído el
anuncio...
—Muchas gracias —interrumpió Duke—. Tenga diez dólares por
el trabajo.
El hombre aceptó los billetes de Banco que le tendía Duke,
y saludando a todos salió de la habitación.
—Más misterio —dijo Betty—. Aparece una cartera con la
documentación de un personaje imaginario.
—Un personaje a quien tenía que ver Víctor Newcomb
—recordó Duke.
—¡Es verdad! —exclamó Betty—. Me olvidaba de nuestro
compañero de viaje. Entonces... ésta sería la cartera... Pero Víctor Newcomb
debía de saber que era para ti. Habló de que volveríamos a vernos...
—Tenemos que ponernos en comunicación con él —dijo Duke—.
¿No sabéis dónde pensaba hospedarse?
—No —contestó Bob—. No dimos importancia a su venida...
Seguramente preguntando en los hoteles más importantes sabremos si se
hospeda... ¿Qué hora es? —preguntó, de pronto, mirando a su alrededor.
—¿Qué buscas? —preguntó Betty.
—El reloj.
—¿Qué reloj? —inquirió Duke.
—Ese que suena. ¿No lo oyes?
Durante varios segundos todos escucharon.
—Sí, parece que se oye el tictac de un, reloj —dijo al fin
Betty—. ¿Dónde estará?
—En esta habitación no hay más relojes que los nuestros
—dijo Duke.
—¡Mira! —indicó Betty—. Nuestro amigo, el de la cartera,
se ha dejado la caja de la comida.
La hermana de Duke señalaba la caja metálica que había
traído el hombre y que se dejó olvidada junto al sillón en que se sentó.
Betty levantó la caja, y acercándola al oído escuchó
atentamente.
—Está aquí dentro —dijo.
—¿El qué? —preguntó Duke.
—El reloj —sonrió Betty—. El buen hombre debía de llevar
un despertador... —de pronto, asaltada por una terrible sospecha desorbitó los
ojos y muy pálida tendió la caja a su hermano.
—Sí, sospecho que nuestro amigo nos ha dejado una bomba o
algo por el estilo —refunfuñó Duke, tomando la caja—. ¿Qué hacemos con ella?
Una bomba no se puede tirar por la ventana y olvidarse de ella.
—Abre la caja —propuso Bob.
—Puede existir una conexión que al abrirse la caja
provoque el estallido de los explosivos —objetó Duke.
—¡Por favor, haz algo, no te estés ahí plantado! —gritó
Betty—. Déjala en la habitación y marchémonos...
—No. Aguarda.
Duke golpeó con las uñas la caja.
—Acero —anunció.
Examinó el cierre.
—Muy fuerte —dijo—. Seguramente la caja debe de estar
llena de dinamita o de algo por el estilo, en cartuchos de cartón o en
saquitos. La metralla será proporcionada por las paredes de la caja. Acero,
cierre de seguridad. Es una verdadera bomba. Pero no cierra herméticamente...
¡Corre, Betty, llena de agua la bañera!
—¿Caliente o fría? —tartamudeó la joven, corriendo a
obedecer a su hermano.
En unos cinco minutos hubo en la bañera una cantidad de
agua suficiente para cubrir la caja. Duke sumergió el explosivo dentro de la
bañera y aguardó unos cuantos minutos. Por fin volvió a sacar la caja, que
pesaba mucho más. La marcha del reloj había cesado.
—Creo que ya pasó el peligro —dijo—. Bob, trae una
palanqueta.
Como no había semejante instrumento a mano, Bob trajo un
fuerte cuchillo con el que Duke no tardó en abrir la caja. Estaba llena de
agua, y debajo de unos pedazos de pan muy mojado encontraron unos saquitos de
explosivo junto a un reloj despertador parado y unido al cual se veía un
dispositivo para que a las tres en punto de la tarde reventase la caja.
Faltaban cinco minutos justos para el momento de la explosión, que además debía
ser provocada por un resorte que se disparaba también al abrir la caja. Afortunadamente,
el agua caliente, al disolver parte del explosivo, había atacado la maquinaria
del reloj, deteniéndolo a las tres menos siete minutos.
—¡Qué horror! —gimió Betty,
—¿No querías emociones? —preguntó
—Pero no creí que nos las tuviera preparadas tan pronto
—suspiró Betty.
En el mismo instante en que la joven decía esto, sonó el
timbre del teléfono. Duke contestó a la llamada.
—¿Quién?
—Señor O'Mara, el señor Methven desea hablarle.
—¿Odile Methven?
—Sí, señor.
—¿Cuántas personas le acompañan?
—Nadie, señor O'Mara. Está completamente solo.
—Tenga la bondad de decirle que suba.
Odile Methven entró sonriendo tristemente.
—Buenas tardes —saludó.
—Si trae bombas déjelas en la puerta —dijo Betty.
—¿Bombas? ¿Qué quiere decir? —Methven no comprendía.
—El visitante que le precedió nos dejó como regalo una
bomba destinada a volar medio hotel —dijo Duke.
Methven inclinó la cabeza.
—Corre usted peligro, señor Straley —dijo—. Son muchas las
personas que intentarán deshacerse de usted, pues estorba unos planes muy
importantes.
—¿En qué sentido son importantes?
—No lo sé. Me doy cuenta de que hay intereses muy
elevados, porque no se detienen ante ningún crimen. Mataron a McCune, a un
empleado de este hotel, a quien el mismo McCune encargó que colocara en esta
habitación un ejemplar del "Chronicle", con el anuncio de la cartera
y, por último, han asesinado a Víctor Newcomb.
—¡Eh! —exclamaron lados a una.
—Sí —continuó Methven—. En cuanto bajó del avión, el señor
Newcomb llamó a casa del señor McCune. Su esposa contestó a la llamada y le dio
la noticia de la desgracia. El señor Newcomb prometió dirigirse directamente a
casa de la señora McCune. Subió a un taxi, y hace un momento hemos sabido por
la Policía Federal que se había encontrado el taxi abandonado y a Víctor
Newcomb con el corazón destrozado por una puñalada. Al parecer el móvil del
crimen fue el robo, pues no se encontró sobre él nada de valor.
—¿Quién conducía el taxi? —preguntó Duke.
—El vehículo fue robado esta mañana. Su propietario
denunció el hecho a la Policía; pero hasta hace una hora no dieron el aviso
radiofónico para que los auto-patrullas buscaran al taxi robado.
—¿Por qué no lo hicieron hasta esa hora?
—Si preguntamos la causa nos dirán que no se dio antes el
aviso porque hasta hace una hora no le llegó el turno; pero hay algo más. Si
reunimos las pruebas necesarias el jefe de Policía tendrá que comparecer ante
el Tribunal Supremo.
—Usted perteneció a los federales, ¿no? —preguntó Duke.
—Sí. Fui de los primeros. Pero el servicio es muy duro,
sobre todo lo fue al principio. La salud se me resintió y tuve que salir del
cuerpo, pero sigo cobrando la pensión y trabajando para ellos.
—¿Y qué explicación encuentra para las últimos sucesos?
Odile Methven vaciló un momento.
—Visto superficialmente, nada tiene explicación —dijo—.
Pero en cuanto podamos ahondar, encontraremos muchas cosas que explicarán todo
este misterio. Yo apreciaba mucho a McCune. Él tenía confianza en mí, pero
hasta el último momento no se dio cuenta de que yo era su único amigo. Y aunque
parezca mentira, a ese único amigo suyo fue a quien menos confianza otorgó.
—¿Quién poseyó su confianza? —preguntó Duke.
—Creo que nadie obtuvo la completa confianza de McCune.
Sin embargo, los últimos días de su vida habló de Newcomb como del hombre en
quien más podía confiar. También habló como hombres de confianza de varios de
los que, como él, fueron secuestrados por ese misterioso "X".
—Newcomb era uno de ellos —dijo Bob.
—Sí, y su muerte aclara una nebulosa más. Mejor dicho,
aumenta lo vago del caso. Alguien, sea "X" o quien sea, tiene un
interés principalísimo en que la confusión continúe aumentando. Es uno de esos
casos en que los árboles no nos permiten ver el bosque. —Tal vez si
intentáramos aclarar un poco las cosas pudiéramos ver con más precisión —dijo
Duke—. Empecemos por el principio. Mejor dicho, señor Methven, empiece usted.
—¿Por qué yo?
—Porque de nosotros no puede dudar; en cambio, nosotros
tenemos motivos para dudar de todo el mundo.
Odile Methven sonrió ampliamente.
—Tiene razón. Desgraciadamente, no es mucho lo que se. En
primer lugar, tenemos los secuestros de "X". McCune fue uno de los
secuestrados y el que más pagó su rescate. ¿Han observado el detalle curioso de
que los diez secuestrados y la suma pagada entre todos está en íntima relación
con cierto Banco?
—Banco Wyman—dijo Duke.
—Exacto. La señora McCune fue una de las primeras que se
dio cuenta de ese detalle. Habló de él a su marido, quien se sonrió, pero no
dijo ni si la coincidencia era extraña o lógica.
—Hasta el momento en que los diez miembros del consejo
directivo del Banco Wyman fueron raptados y puestos en libertad después de
pagar los rescates exigidos, la actuación de "X" es casi simpática.
De pronto, cuando ha acabado con los del Banco Wyman, comete un rapto salvaje,
llega al asesinato y, a juzgar por lo que está ocurriendo, sigue metido en
ello.
—Es verdad, señor Straley, y eso es lo que más me
desconcierta. ¿A qué matar ahora a McCune si ya no podía dar más de sí?
—Quizá por eso. No pudiendo sacarle ni un centavo más, el
secuestrador, dejándose llevar por el odio, pudo cometer un crimen que había
retrasado por no matar la gallina de los huevos de oro antes de que hubiera
terminado su puesta. Quizá el hecho de que fuera McCune el que mayor
contribución pagase, explica el odio de su raptor.
Odile Methven inclinó la cabeza, y jugueteando con su
sombrero replicó:
—El señor McCune era un hombre de gran espíritu cívico.
Nunca he comprendido qué le hizo doblegarse a la petición de su raptor.
—Veo que seguimos aumentando las tinieblas de este
misterio —sonrió Betty—. Un gran acierto del general en jefe de las fuerzas
enemigas ha sido el saber sembrar la desconfianza entre nosotros. De esa forma
no podemos confiar en el señor Methven, a pesar de que parece un hombre
honradísimo.
—Lo soy, pero reconozco que no pueden confiar en mí.
¿Pueden confiar en la señora McCune?
—Me gustaría hablar con ella —replicó, evasivamente, Duke.
—Ella desea hacerlo con usted. Quiere decirle algo muy
importante que no me ha querido explicar.
—En marcha, pues. Quizá sea conveniente que Bob y tú os
quedéis aquí, Betty. Encargad habitaciones, pero que uno de vosotros permanezca
continuamente aquí por si llegara algún aviso.
Antes de que Betty y Bob pudieran protestar, Duke había
salido, empujando ante él a Odile Methven.
—Le recomiendo que juegue limpio —dijo—. Voy armado y no
vacilaré en tirar si sospecho que es usted un traidor.
Methven no demostró por entonces que fuera ningún traidor,
y media hora más tarde llegaban a casa de la señora McCune. Ésta era una mujer
enérgica, que sabía dominar su dolor, ocultándolo tras una máscara de
impasibilidad que era traicionada por un leve temblor más perceptible en las
comisuras de la boca.
—Buenas tardes, señor Straley —saludó a Duke—. Le
agradezco que haya venido.
Volvióse hacia Methven y pidió:
—Tenga la bondad de esperar fuera, Odile. Se lo ruego.
El antiguo federal abandonó la estancia y la viuda y Duke
quedaron frente a frente.
—No es necesario que me dé usted el pésame —sonrió la
señora McCune—. Estoy segura de que lamenta la muerte de mi marido. Era un
hombre bueno que sólo una vez, y contra su voluntad, hizo daño a alguien. Fue
cuando lo del Banco Wyman. Desde entonces fue siempre prudente en sus
operaciones financieras; pero, como entonces, cometió el error de confiar en
los que le aseguraron ser amigos suyos. Desgraciadamente, fueron muy pocos los
amigos de verdad que tuvo. Yo fui una amiga más, además de su esposa. No fui desinteresada,
porque cambiaba mi amistad por el cariño que él me tenía. Los demás fueron
menos desinteresados. A los favores de él correspondían con agradecimientos de
palabra y sin ninguna acción práctica. Y ahora han sido sus amigos quienes lo
han asesinado.
—¿Sospecha usted de alguien?
—No, no puedo sospechar de nadie. Su asesino material ha
muerto. Pero hace un momento, al leer las primeras informaciones periodísticas
acerca de su muerte, Methven ha encontrado una grave contradicción que no puede
ser casual, puesto que se repite en todos los periódicos. Al repetir las
últimas palabras de Lawford, todos los periódicos escriben: "Me han
traicionado". Dicen que Lawford pronunció estas palabras antes de caer
muerto. ¿Es verdad, señor Straley?
—¿Qué cree usted qué dijo? —preguntó, a su vez, Duke.
—Odile me ha asegurado que Lawford, antes de morir,
exclamó, mirando a Martel: "Me has traicionado".
—¿Sería importante esa variación? —preguntó Duke.
—Sí, lo sería porque eso demostraría que Martel estaba en
connivencia con el asesino...
—A quien mató.
—Sí, le mató para cerrar la boca a un testigo peligroso.
—¿No tiene confianza en él?
—No; un lobo, aunque se vista con la piel de un cordero,
siempre es un lobo. Martel es uno de los lobos más crueles. Se fingió amigo de
Joseph, y a pesar de que sabía, como todos, que Lawford había sido despedido,
al verle avanzar hacia mi esposo no le defendió a tiempo.
—También yo he sospechado de Martel. Oí las palabras de
Lawford y, de momento, creí que había querido decir, realmente, que le habían
traicionado.
—Para el caso es lo mismo. Le traicionaron; pero sus
palabras demuestran que alguien le prometió una ayuda que luego le fue negada.
Quizá le aseguraron que después del crimen le dejarían escapar.
—Quizá. ¿Sospecha de alguien más?
—Sí. De Treva Malloy
—¿Quién es esa mujer?
—La secretaria de Joseph. Ella es quien sabe toda la
verdad. Hace unos días, mi esposo le entregó veinticinco mil dólares que
acababa de cobrar y le pidió que los impusiera en su cuenta corriente. Treva
Malloy fue al Banco, pero en vez de imponer la cantidad en la cuenta de mi
esposo abrió una cuenta a su propio nombre y se quedó con ese dinero.
—¿Cómo reaccionó su marido ante semejante robo? —preguntó
Duke.
—De la manera más lamentable. Tanto, que si yo no hubiera
tenido absoluta fe en él, estaría creyendo que Treva fue algo más que su
secretaria.
—¿Por qué no lo cree?
—Porque aun en el caso de que lo hubiera sido, mi marido
nunca habría tolerado semejante robo.
—Pero lo toleró. ¿Por qué?
—Por miedo. Por miedo a un peligro mucho mayor que la
misma muerte.
—¿Qué peligro?
—Treva Malloy puede revelárselo.
—Pero su marido debía de tener documentos en su poder...
La señora McCune movió negativamente la cabeza.
—No. Cuando abandonamos Nueva York, Joseph destruyó muchas
cosas. Aquí sólo trajo lo imprescindible. He registrado su mesa de trabajo. No
hay nada. Si quiere comprobarlo...
Durante unos veinte minutos, Duke estuvo registrando los
nueve cajones de la amplia mesa de trabajo de Joseph McCune. No encontró
absolutamente nada.
—Jason Valman debe de saber algo —dijo Duke.
—Jason es un traidor. Es el peor de todos los lobos con
piel de cordero —la ira enrojecía el rastro de la mujer—. Era un falso amigo.
Hasta el último momento Joseph confió en él. Los resultados ya los hemos visto.
—¿Y Martel?
—Es cómplice de Valman. Si alguien me hubiera dicho que
Martel había asesinado a Joseph por orden de Valman no me hubiera extrañado
nada.
—Bien —murmuró Duke—. No nos queda más remedio que salir
de dudas averiguando lo que su marido tenía que decirme. Pero antes de
marcharme le ruego conteste a una pregunta. ¿Cuál era la situación económica de
su marido y cuál es la de usted ahora?
—Aunque en un tiempo mi esposo fue muy rico, al morir no
poseía más allá de doscientos cincuenta mil dólares. Sin embargo, su seguro de
vida ascendía a un millón de dólares. No tenemos hijos. Ya soy la única
beneficiaria. Además, hace tiempo que me reservó para mis gastos particulares
un cuarto de millón.
—Perfectamente. Su esposo dejó un mensaje para mí. Mejor
dicho, dejó dos. Uno de ellos debía entregármelo Víctor Newcomb; pero le han
asesinado antes de que pudiese llegar a mí. Ignoramos, pues, lo que Newcomb
debía decirme. Ahora sólo nos queda por averiguar qué hay en el mensaje que el
señor McCune dejó para mí.
—Descubra la verdad, señor Straley, y si en el asesinato
de mi esposo colaboró alguien más que Lawford, llévelo ante la justicia.
Duke estrechó la suave mano de la señora McCune y, después
de despedirse de Methven y rechazar su oferta de acompañarle, salió a la calle
y tomó un taxi, ordenando al chófer que le condujese al Union Depot.
CAPÍTULO V
Las palabras de la señora McCune habían acentuado el
interés de Duke por lo que pudiera contener el paquete dejado en la consigna.
¿Resolvería aquello el misterio de la vida y la muerte de McCune?
Esperaba que sí. El paquete, o lo que fuera, tenía que ser
de gran importancia, pues sólo así se justificaba el interés que por poseerlo
demostraban los misteriosos enemigos que se agitaban en la sombra.
Duke indicó al chófer que se detuviera lo más cerca
posible de la consigna y, al llegar a la estación, el conductor guió el auto
hacia un amplio y desierto patio.
Desde hacía un rato llovía copiosamente, y Duke, al saltar
del vehículo tuvo que correr para refugiarse bajo la marquesina que protegía la
entrada a la consigna que se hallaba a unos seis metros de donde se encontraba
Duke. Éste se detuvo un momento a arreglarse el sombrero y en el mismo instante
presintió un movimiento detrás de él. Volvióse velozmente y el tener la mano
izquierda levantada le salvó de las peores consecuencias que pudo haber tenido
el golpe que uno de los des hombres que se precipitaban sobre él le descargó.
Duke sintió que el brazo le estallaba en mil pedazos al recibir el impacto de
la cachiporra de goma.
Duke cayó al suelo para librarse del segundo ataque, y su
mano derecha buscó la culata de su pistola. Cuando el hombre de la cachiporra
fue a caer sobre él, Duke le frenó de un balazo en el hombro derecho.
El segundo atacante, al ver la reacción de Duke,
comprendió que era necesario emplear algo más contundente que una porra de
goma, y con asombrosa agilidad pero no muy buena puntería, empuñó un pesado
revólver y una bala de plomo rebotó en el pavimento, a unos centímetros de la
cabeza de Duke, quien disparó de nuevo, repitiendo la exhibición de antes, o
sea inutilizando el brazo derecho de su segundo atacante.
En cuanto el segundo pistolero hubo dejado caer su arma y
comenzó a chillar, agarrándose el inutilizado brazo, Duke se puso en pie y
avanzó hacia sus dos enemigos, pero al mismo tiempo una imperiosa voz ordenó:
—Suelte el arma, amigo. Le tengo encañonado.
Volvióse y se encontró frente a dos policías cubiertos por
negros y brillantes impermeables sobre los cuales resbalaban las gotas de agua.
Uno de ellos empuñaba un revólver de reglamento. El otro lo estaba buscando y,
un momento después, Duke se encontró frente a dos armas cuyos negros ojos le
miraban nada tranquilizadoramente.
—¡Suelte la pistola! —repitió el policía que antes había
hablado.
—¿Por qué he de soltarla? —preguntó Duke.
—¿Le parece poco motivo el andar disparando sobre personas
que no se metían con usted?
—¿Cómo? ¿Dice que esos dos pistoleros no se metían
conmigo?
Al hablar, Duke había vuelto la cabeza hacia donde debían
estar sus dos agresores y, con gran asombro, encontró vacío el lugar. Los dos
hombres se habían esfumado. Volviéndose hacia los policías vio que estaban más
cerca de él y que el segundo habíase colocado de forma que le cerraba la huída.
—Tiene que acompañarnos a la Comisaría —siguió diciendo el
que llevaba la voz cantante.
—¿Por qué no buscan a los dos bandidos que me atacaron?
—Les asustó usted demasiado. A estas horas deben de
encontrarse en el otro extremo de la ciudad. No tiene nada de extraño. Pero le
va a costar a usted mucho convencer al comisario de que todo fue una broma.
—¿Qué broma?
—La de disparar sobre dos pacíficos transeúntes...
¡Quieto! ¡Déme la pistola!
Duke entregó el arma. Era inútil resistir y con ello sólo
complicaría las cosas. Sin embargo le parecía demasiado casual la presencia
allí, tan oportunamente, de dos policías.
En otro taxi marcharon los tres a la jefatura Superior de
Policía. Duke seguía meditando sobre la aparición de los policías, su ceguera
en lo referente al ataque de los dos pistoleros...
Iluminado por una súbita comprensión de lo que estaba
ocurriendo, Duke se quitó el sombrero y, aprovechando un momento de distracción
de los policías, guardó entre la badana interior y el fieltro el volante de la
consigna. Lo hizo a tiempo, pues un momento después el auto llegaba al edificio
donde se albergaba el cuartel general de la Policía de Washington. Los dos
policías empujaron a Duke hacia el interior hasta llegar frente al jefe
supremo.
—Siéntese, señor Straley —gruñó el jefe, señalando un
sillón frente a la mesa—. Tenemos que hablar.
—Veo que me conoce.
—Aquí conocemos a todo el mundo... y esta es Washington,
no Nueva York.
—¿De veras? —sonrió Duke.
—De veras. Téngalo muy presente. Aquí no está un Max Mehl
dispuesto a proteger a su amigo. No tengo nada que agradecerle a Max y, por lo
tanto, no tengo tampoco obligación de hacerle ningún favor. Ha disparado usted
sobre dos personas que no le molestaban.
—Perdone. Si quiere hacer que su médico me examine el
brazo izquierdo verá la huella dejada en él por la caricia de uno de esos
inofensivos pistoleros contra quienes tuve que disparar.
—En cuanto encontremos a esos testigos comprobaremos si
dice usted verdad, Straley, pero le advierto que tenemos muy malas referencias
de usted. Se hallaba a pocos metros de Joseph McCune cuando le asesinaron; se
ha instalado en un hotel utilizando un nombre supuesto; un empleado del hotel
en que usted se hospeda ha sido muerto hace unas horas, después de haber
hablado con usted... Por lo tanto, ya que no se le puede acusar con pruebas,
permanecerá aquí hasta la hora de salida del tren y volverá a Nueva York. Puede
contarle a Max Mehl lo terribles que somos.
Duke había dejado el sombrero sobre la mesa y, con las
yemas de los dedos, timbaleaba sobre la madera, junto al escondite del volante.
—¿Le habéis registrado? —preguntó, de súbito, el jefe a
los dos policías.
Estos contestaron negativamente.
—Pues registradle y tomad nota de todo lo que encontréis.
Allí mismo, Duke fue sometido a un concienzudo cacheo, y
todo cuanto llevaba encima quedó sobre la mesa. Con la mirada más que con las
manos, el jefe superior de Policía registró cuanto iba siendo colocado allí.
Por fin cogió la cartera y empezó a buscar dentro de ella.
—Los cañones los suelo llevar en el bolsillo superior de
la chaqueta —advirtió Duke, burlonamente—. En la cartera sólo llevo el auto, la
cama...
—¡Cállese! —gruñó el jefe, continuando la busca por los
departamentos de la cartera.
Por un momento la mirada de Duke se posó sobre el
sombrero. Sin duda allí estaba lo que necesitaba el jefe.
—Si me dice lo que busca podré decirle dónde está —sonrió
Duke.
El policía tiró sobre la mesa la cartera y al mismo tiempo
se abrió la puerta del despacho. Duke volvió la cabeza y en el umbral vio
aparecer la figura de Pete Martel.
—Hola, jefe —saludó el antiguo pistolero—. Me han dicho
que el señor Straley se encontraba detenido.
—¡Hum! —gruñó el policía—. Sí, está detenido hasta que
salga un tren que se lo lleve a Nueva York.
—¿Qué acusación existe contra él?
—Disparó sobre un par de tipos.
—¿Están aquí esos tipos? —preguntó Martel.
—Huyeron.
—¿No hay acusación?
—Los policías esos lo vieron.
—Pero las víctimas no se han presentado, ¿verdad?
—No.
—Entonces nada impide que el señor Straley salga bajo
fianza.
—Está bien, que salga —gruñó el jefe—. Tengo ya bastantes
preocupaciones sin necesidad de que venga a molestarme uno de sus abogados.
A Duke le fue devuelto todo cuanto llevaba encima, excepto
la pistola.
—No, no podemos permitir que ande usted por la ciudad
convertido en un peligro para todos los ciudadanos decentes —declaró el jefe—.
Cuando marche a Nueva York se la devolveremos.
Duke y Martel salieron juntos a la calle.
—Gracias por haberme sacado de este apuro —dijo Duke.
El antiguo pistolero le dirigió una fría mirada.
—Subamos a mi coche —propuso—. Le llevaré donde quiera.
—Gracias, puedo tomar un taxi. Le he molestado ya
bastante. Parece estar usted en muy buenas relaciones con la Policía.
—No es molestia el acompañarle, señor Straley —replicó
Martel—. Es un placer del que no permitiré que se me prive.
Duke miró, sonriente, al antiguo pistolero.
—Bien, subamos a su auto —dijo—. Si ha de significar un
placer tan grande...
—Sí, un gran placer.
Martel abrió la portezuela de su auto y en el momento en
que Duke iba a entrar en él sintió que una pistola se apoyaba contra sus
riñones.
—No es necesario —dijo la voz de Martel—. Le han
registrado en jefatura. No lleva encima el volante.
—¿Qué ocurre?—preguntó Duke.
—Nada, suba.
Duke acabó de entrar en el interior del auto, seguido por
Martel. El chófer apareció un segundo después y, a juzgar por sus movimientos,
debía de estar guardando la pistola con que un momento antes había acariciado
los riñones de Duke.
—¿Es un secuestro? —preguntó éste.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Martel.
—¿Con lo del secuestro? Pues que estando en el orden del
día los secuestros no me extrañaría que también a mí me hicieran víctima de uno
de ellos. Por aquí debe de andar el misterioso señor "X".
—No se preocupe de esas cosas, Straley. Usted ha venido
aquí creyéndose muy listo, y no se ha dado cuenta de que nosotros damos
lecciones de listeza, no las tomamos.
—Ignoraba que fueran tan inteligentes.
—Pues ya lo sabe. Si busca bronca se encontrará con las
manos llenas a rebosar. Tendrá bronca para el resto de su vida. Por lo tanto no
haga más tonterías, entrégueme el volante que McCune dejó para usted, y salga
de la ciudad alegrándose de poder hacerlo con la piel intacta.
—¿Qué volante es ese por el que tanto se interesan
ustedes? —preguntó Duke.
—No siga por ese camino. No le conducirá a ninguna parte.
No nos interesa perjudicarle; pero se ha metido usted en un juego que no es el
suyo.
—¿De quién es?
—Nuestro.
—¿Y está prohibido intervenir?
—Lo está.
—Entonces...
—Entonces dénos el volante para recoger el paquete de la
consigna, márchese a Nueva York y diga a todos sus amigos que ha estado a las
puertas de la muerte.
—¿Y si me niego?
—Entonces le mataremos.
En las palabras de Martel había tal firmeza que Duke
comprendió que se hallaba, como nunca, bordeando la muerte.
—Bien, me rindo —sonrió—. Ante tan convincentes
razonamientos no me queda otro remedio que ceder.
—¿Dónde está el volante?
—En Correos.
—¡Eh!
—Sí, viendo lo mucho que les interesaba apoderarse de él
lo metí en un sobre dirigido a mí mismo y lo tiré al buzón. Mañana lo recibiré
en la lista de Correos...
El golpe alcanzó matemáticamente a Duke, derribándole de
bruces antes de que tuviera tiempo de defenderse. Por unos momentos conservó
aún la noción de las cosas y oyó ordenar a Martel:
—A casa. De prisa.
La última noción que tuvo Duke de las cosas fue notar que
el auto aumentaba la velocidad de su marcha y que los dos hombres que iban en
él reían alegremente. Luego todo fueron tinieblas girando velozmente en torno a
él. Por fin hasta las tinieblas desaparecieron y Duke sintióse hundido en un
vacío total e impalpable.
CAPÍTULO VI
La luz del alba filtrábase por entre las persianas cuando
Duke abrió los ojos y preguntóse con qué clase de locomotora había tropezado su
cabeza. Después contempló una pared cubierta por un sucio y desgarrado papel.
Luego descubrió una silla de alto y recto respaldo y, por último, comenzó a
buscar el emplazamiento de los motores que armaban todo aquel ruido. Hasta
varios minutos más tarde no comprendió que el origen de aquel tumulto estaba
dentro de su cerebro.
Con un doloroso esfuerzo, Duke se levantó y, después de
unos instantes de permanecer apoyado en la pared, comenzó a comprender que
estaba en la prisión que Martel le había destinado. Cerró los ojos y escuchó el
zumbido que resonaba en su cabeza. Al fin, cuando fue reduciendo su ritmo,
volvió a abrir los ojos y buscó el sombrero. Lo descubrió tirado a los pies de
la cama sobre la cual le habían dejado.
Sentándose y sintiendo que al inclinarse el mundo huía
bajo sus pies, Duke alcanzó el sombrero y buscó entre la badana y el fieltro.
Un doloroso suspiro de alivio escapó de sus labios cuando sus dedos tropezaron
con el papel.
En aquellos momentos la posesión del resguardo de la
consigna era lo único que salvaguardaba su vida. Si Martel llegaba a apoderarse
del ansiado documento, no tardaría ni un minuto en deshacerse de Duke. El
antiguo pistolero no podía dejar con vida a aquel enemigo.
Duke desgarró con las uñas la tela del cuello de la camisa
y por la abertura introdujo el resguardo debidamente doblado. Luego se anudó la
corbata y respiró más tranquilo.
Sentóse en la cama y se preguntó a qué obedecería aquel
interés por apoderarse del resguardo. ¿Qué podía haber en el paquete que McCune
dejó para el hombre cuya ayuda solicitó? Forzosamente tenía que ser algo
valiosísimo, pues sólo así se comprendían los riesgos que estaban corriendo
aquellos hombres, que no se detenían ni ante el crimen para lograr lo que
deseaban.
Como respondiendo a sus reflexiones abrióse la puerta y
entró Martel seguido del camarero que sirvió el whisky narcotizado, de acuerdo
con la indicación de Sheila Price.
—¿Ha despertado, Straley? —preguntó Martel.
Duke contestó con un gruñido inarticulado, moviendo la
cabeza como si dentro de ella siguiera hirviendo un infierno.
—Mi amigo le golpeó demasiado fuerte —continuó Martel—.
Creyó que no había dicha la verdad y se precipitó. Supongo que ha tenido tiempo
de reflexionar y de convencerse de que le conviene decirnos la pura verdad.
¿Dónde está el volante de la consigna?
—En Correos...
Martel lanzó un fuerte puñetazo a la mandíbula de Duke.
Éste retrocedió ante el puño, que sólo le rozó la mandíbula, cayendo, al fin,
de espaldas en la cama. El pistolero comenzó a inclinarse sobre Duke, dispuesto
a agarrarle de las solapas y repetir el puñetazo; pero no se dio cuenta de que
su primer golpe había perdido toda su fuerza por el camino y su asombro se
reflejó claramente en sus ojos cuando los pies de Duke le alcanzaron con
formidable presión en el estómago, lanzándole como a un bólido al otro extremo
de la estancia, haciéndole chocar contra la pared de donde rebotó contra el
camarero, a quien, instintivamente, se agarró para no caer al suelo.
Durante unos segundos los dos hombres lucharon por
sostenerse en pie. Este breve espacio de tiempo bastó a Duke para sus fines.
Saltando de la cama se precipitó sobre los dos hombres y de un formidable
derechazo dejó a Martel sin sentido para varios segundos.
Aunque su ataque fue rápido, el camarero tuvo tiempo de
saltar hacia atrás y agarrando una silla levantarla en alto para destrozar la
cabeza de Duke.
Éste se anticipó a la acción de su adversario lanzándose
de cabeza contra el estómago del camarero, y aunque al chocar su dolorida
cabeza contra la carne del otro, sintió como si le hundieran en el cerebro mil
agujas, Duke logró lo que se había propuesto, o sea dejar sin aliento a su
contrario.
En efecto, el camarero, con la boca abierta y el rostro
convertido en una máscara de agonía, estaba sentado en el suelo, luchando por
captar un poco de aire para sus pulmones. Al fin consiguió llevar hasta ellos
el oxígeno vital; pero, entonces, un puntapié disparado por Duke contra su
mandíbula, le derribó sin sentido sobre el sucio suelo.
Duke contempló unos momentos su obra y sintióse muy
satisfecho de ella.
Las cosas habían salido infinitamente mejor de lo que
esperaba. No sabía si admirarse a sí mismo o si sentir un profundo desprecio
por la estupidez demostrada por sus adversarios.
Arrodillóse, por fin, junto a Martel y registró
concienzudamente sus bolsillos. Ante todo se incautó de una pesada y bien
equilibrada pistola calibre 45. Las cachas del arma, de fuerte roble, parecían
hechas para adherirse a la mano que la empuñase. Apretando el resorte que
dejaba suelto el cargador, Duke comprobó, con cierto pesar, que sólo contenía
cinco cartuchos más uno en la recámara de la pistola.
Guardando ésta Duke siguió registrando los bolsillos. Se
apoderó de una cartera más llena de documentos que de dinero y asimismo guardó
varias cartas y papeles que halló en los restantes bolsillos.
El camarero no llevaba encima otra arma que una cachiporra
de cuero que debía de estar llena de arena. La tiró bajo la cama y, después de
convencerse de que el hombre no tenía en su poder nada más de importancia,
salió del cuarto, cerró con llave y al llegar a la calle vio el coche de Martel
detenido frente a la casa. Duke se entretuvo un momento en arreglar de tal
forma el motor que sólo mediante un desmontaje completo podría volver a
funcionar, luego tomó un taxi y ordenó al chófer que le condujese al Union
Depot.
El momento no podía ser más oportuno. Él se encontraba en
libertad bajo fianza, y ningún policía le pondría obstáculo alguno. Martel y su
compinche estaban encerrados y tardarían un rato en poder ser peligrosos.
Quedaban los demás miembros de la banda; pero a aquellas horas no era creíble
que anduviesen por la ciudad.
El coche le dejó en el mismo sitio donde, el día antes, hiriera
a los dos pistoleros. Antes de bajar, Duke se aseguró de que no había nadie por
allí.
Pagó el taxi con uno de los billetes contenidos en la
cartera de Martel y velozmente entró en la estación, dirigiéndose a la cercana
consigna. En el momento en que iba a torcer para dirigirse al amplio mostrador
de la consigna, Duke se detuvo en seco y echóse hacia atrás, estando a punto de
caer. Frente al mostrador, hablando animadamente con uno de los empleados,
veíase una mujer alta, bien formada, atractiva, de unos treinta y tres a
treinta y cinco años.
—Sí, le digo que yo misma acompañé al señor McCune hasta
aquí —decía la mujer—. Él depositó el paquete mientras yo compraba unos
periódicos. Después de su muerte se perdió el resguardo y...
—Lo siento, señorita; pero sin el resguardo no podemos
entregar nada.
—Soy la señorita Trena Malloy, la secretaria del señor
McCune. El paquete es mío. El señor McCune lo depositó aquí...
—Ya lo sé, señorita; pero sin el resguardo no es posible
entregar ningún paquete depositado aquí. El reglamento lo prohíbe. Son leyes
federales y...
—¡Déjese de leyes federales! Le pagaré lo que usted me
pida; tengo que marcharme y no puedo perder ese paquete. No contiene nada de
valor. Son sólo cosas particulares. No podía dejarlo en el hotel y le pedí al
señor McCune que lo dejase en la consigna...
—Lo siento, señorita; pero yo no puedo hacer nada. Si
quiere usted hablar con el jefe... Vendrá a las nueve de la mañana.
—Pero yo lo necesito ahora.
—Pues ahora es imposible entregarlo, señorita. Yo no puedo
aceptar esa responsabilidad.
—Llamaré a la Policía.
—Si viene la Policía y se hace responsable de lo que
ocurra, yo entregaré el paquete; pero mientras tanto no quiero exponerme a ir a
la cárcel.
Durante cinco minutos Treva Malloy hizo lo posible y hasta
lo imposible por convencer al terco empleado, que, con una firmeza que
contrastaba con sus vacilaciones, insistió en que no podía hacer nada.
Por fin la secretaria de McCune se separó del mostrador
con un brusco ¡Está bien! y dirigióse a una de las numerosas cabinas
telefónicas de la estación. Duke supuso que iba a llamar a la Policía y,
recordando su aventura de la tarde anterior, decidió actuar lo más deprisa
posible a fin de no exponerse nuevamente al mal genio y a la enemistad del jefe
superior.
Mientras Treva Malloy intentaba convencer al empleado de
la consigna, Duke había sacado de su escondite el resguardo, desdoblándolo y
guardándolo en un bolsillo. Luego, con firme paso, como si tuviera mucha prisa,
dirigióse a la consigna y tiró el resguardo sobre el mostrador.
El empleado lo cogió, consultó el número, dirigióse a una
estantería y de uno de sus departamentos sacó un pesado paquete de medio metro
de largo por treinta centímetros de ancho y grueso. El paquete estaba formado
con papel de embalaje y atado con cordel muy fuerte. Además estaba sellado en
cada uno de los numerosísimos nudos.
—Pesa mucho —comentó el empleado—. ¿De qué está lleno?
—De oro —rió Duke, dejando un dólar sobre el mostrador y
alejándose de la consigna a tiempo de evitar ser descubierto por Treva Malloy,
que en aquel instante salía de la cabina telefónica, regresando hacia la
consigna para reanudar su discusión con el empleado.
Duke dirigióse a uno de los establecimientos situados en
el enorme vestíbulo de la estación. Estaba especializado en la venta de
maletas, maletines y baúles.
—Quisiera un maletín, donde cupiese este paquete —explicó
Duke a la empleada que acudió a atenderle.
No fue difícil encontrar un maletín de piel de cerdo donde
el paquete encajaba como si lo hubieran hecho a medida. Duke pagó los diez
dólares que le fueron pedidos por el maletín, lo cerró con llave, guardando
ésta, y en una etiqueta que le proporcionó la misma empleada escribió su nombre
y dirección, agregando que debía entregarse a la señorita Betty Straley.
Después buscó a uno de los mandaderos de la estación y entregándole el maletín
le ordenó que lo llevase al Grand Hotel.
Cuando el fornido hombretón salió cargado con el pequeño
maletín, Duke sonrió levemente. Empezaba a comprender muchas cosas; pero
necesitaba urgentemente examinar ciertos documentos encontrados en poder de
Martel. Sentóse en uno de los bancos de la estación y comenzó a examinar los
papeles. La mayoría carecían de importancia; pero al fin uno de ellos le obligó
a lanzar un silbido de asombro. Los siguientes le hicieron desorbitar los ojos
y, por fin, el último le obligó a ponerse en pie y a dirigirse casi a la
carrera hacia la consigna. ¡Necesitaba hablar en seguida con Treva Malloy!
Cuando llegó a la vista de la consigna, la secretaria
estaba chillando y gesticulando como si le interesara atraer la atención de
todos cuantos aguardaban por allí. El empleado seguía empleando los mismos
argumentos y la misma firmeza de antes.
—No puede ser... Aguarde al jefe... Sin una orden judicial
no puedo hacer nada... No quiero comprometerme... Espere al jefe...
La discusión continuaba cada vez más acaloradamente, y de
cuando en cuando Treva Malloy volvía la vista hacia la puerta, lo cual hizo
comprender a Duke que estaba esperando a los policías, que acudirían con los
documentos necesarios para registrar la consigna. Duke comprendió, también, que
su presencia estaba de más allí.
Abandonando la estación, Duke tuvo el tiempo justo de
meterse en un taxi que arrancó al mismo tiempo que un enorme autocar lleno de
policías deteníase frente al edificio.
Veinte minutos después, el taxi que conducía a Duke
deteníase frente a otro edificio de imponente aspecto. Era la central
telefónica de Washington.
—Necesito ocho conferencias con Nueva York —indicó a la
empleada que acudió a atenderle—. Es muy importante que hable con los abonados.
Como las conferencias serán un poco largas, quisiera asegurarme el poder hablar
con todos ellos.
—Redacte unos telefonemas, y mientras usted celebra la
primera conferencia se avisará a los demás.
—Bien. Me parece una buena idea. Llame primero a Curtis
Banning, y mientras hablo con él remita este telefonema a los siguientes
señores: Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Andrew Pollard,
Jonathan Shaw, Richard Porter y Alvin Weston. El telefonema ha de estar
redactado así:
"Urgente hablen conmigo asunto McCune. Telefoneo
dentro de breves instantes. Duke Straley".
La telefonista tomó nota del mensaje, dispuso la primera
conferencia y, durante dos horas, Duke estuvo hablando por teléfono con los
ocho secuestrados supervivientes. Cuando hubo terminado salió de la cabina y
pidió hablar con un número de la ciudad. Un momento después Betty contestaba a
su llamada.
—¿Has recibido el maletín? —preguntó Duke.
—Sí; he intentado abrirlo, pero no puedo. ¿Qué hay dentro?
—Algo muy importante. No lo entregues a nadie. Escóndelo
donde sea muy difícil encontrarlo. Y aunque la Policía te exija que lo
entregues no lo hagas. Sólo yo debo abrirlo. Si alguien intenta conseguirlo por
la violencia, no vaciles en disparar sobre él.
—¿Dónde has estado desde ayer? —preguntó Betty.
—En la cárcel, secuestrado, y varias veces a punto de
morir. Me estoy divirtiendo muchísimo.
—Lo celebro. Procura no tropezar con alguna de las balas
que tan profusamente se utilizan en este caso. ¿Podemos ayudarte en algo?
—No moviéndoos del hotel y no dejando que nadie llegue
cerca del maletín.
—¿Estás a punto de resolver el misterio?
—Está casi resuelto; pero necesito la ayuda de Methven.
Telefonea a la señora McCune y pregunta por Odile Methven. Pídele que se reúna
conmigo, tomando toda clase de precauciones, en casa de la secretaria de
McCune. De la señorita Treva Malloy. Dile que vaya armado, pues seguramente
habrá lucha. Dile también que tendremos que habérnoslas con asesinos y
secuestradores y que en bien de todos conviene acabar con ellos.
—Perfectamente-replicó Betty.
En cuanto su hermano cortó la comunicación, Betty abrió el
listín de teléfonos y buscó el nombre de Joseph McCune. Empleó en el trabajo
varios minutos hasta que al fin Duke le recordó que McCune habíase instalado en
Washington pocos meses antes, o sea después de la publicación de aquella guía
telefónica.
La joven recurrió entonces al servicio de informaciones y
después de una breve espera recibió el informe que necesitaba; pero aquellos
minutos perdidos debían tener una gran importancia. Cuando la señora McCune se
puso al aparato y supo el motivo de la llamada de Betty, contestó con esta
descorazonadora información:
—El señor Methven ha salido hace unos cinco minutos.
—¿Sabe dónde ha ido o dónde puedo comunicar con él?
—No. ¿Se trata de algo urgente?
—Sí, es urgentísimo que vaya a casa de la señorita Treva
Malloy. Mi hermano se dirige hacia allí. Dice que tendrá que luchar contra los
secuestradores... que necesita ayuda...
—Será imposible —gimió la señora McCune—. El señor Methven
no volverá hasta dentro de una hora. En cuanto llegue le daré el aviso.
Betty colgó el teléfono. Su mirada se fijó en el maletín
de piel de cordero. Recordó las recomendaciones de su hermano. No debían dejar
de defender aquel maletín. Sin embargo, no pudiendo Methven acudir en socorro
de Duke, ¿no debía pasar por alto las órdenes de su hermano y, por lo menos
enviar a Bob en su ayuda?
Una voz masculina la libró de sus vacilaciones y dudas.
—Buenos días, señorita Straley. Le aconsejo que no se
mueva, pues, de lo contrario, a pesar de que me disgusta mucho disparar sobre
una mujer me veré obligado a violentar mis buenos sentimientos y apretar el
gatillo de esta pistola.
Betty levantó la cabeza y vio frente a ella, sonriente y
burlón a Jason Valman, empuñando una pistola provista de silenciador. En los
ojos del hombre, Betty leyó su sentencia de muerte.
—¿Qué quiere? —preguntó.
—El paquete que su hermano le envió. Mejor dicho, ese
maletín de piel de cerdo que veo sobre aquel sofá.
La mirada de Betty recorrió, ansiosamente la habitación.
—No busque a ese amigo suyo —dijo Valman—. He tenido el
placer de probar en él la eficacia de esta pistola. Sus efectos han
correspondido al prestigio de que disfruta y su discreción ha colmado todas mis
esperanzas, pues a pesar de hallarse en la habitación inmediata, usted no ha
oído nada. Ahora, señorita Straley, entrégueme el maletín.
Con ojos desorbitados por la angustia, Betty tartamudeó
—¿Le ha matado?
—¿A quien? ¿A su amigo? —Valman se echó a reír—. Sí
—continuó—. Le he matado. Comprendo que el cometer un crimen es, moralmente,
muy feo; pero prácticamente es muy útil. Por lo tanto... ¡Quieta!
Pero Betty no pensaba ya en su seguridad ni en su vida.
Mentalmente veía el cuerpo de Bob Dennison, eternamente inmóvil, y por eso, no
importándole ya nada en la vida, tampoco le importaba su existencia. Su mano
derecha alcanzó un pesado cenicero de alabastro y lo lanzó con toda sus fuerzas
contra Valman, en el mismo instante en que éste apretaba el gatillo de su
pistola.
Oyóse una ahogada detonación, semejante a una tos apagada,
y Betty sintió un choque en el cuerpo. Comprendió que había sido herida...
CAPÍTULO VII
Duke Straley descendió del taxi a un centenar de metros
del domicilio de Treva Malloy. Pagó el importe de la carrera, utilizando el
dinero de Martel y al alejarse en dirección a su destino, vio su imagen
reflejada en el enorme espejo de un escaparate. No pudo contener una sonrisa.
Su traje estaba sucio y arrugado, la camisa veíase desgarrada y con manchitas
de sangre. Y su rastro mostraba una áspera barba que estuvo a punto de hacerse
quitar en una próxima barbería. El recuerdo de que Methven estaba citado en el
campo de batalla, le hizo desechar la idea. No quería que el antiguo federal
llegase a casa de Treva Malloy antes que él.
La secretaria vivía en un magnífico edificio en el que se
alquilaban pisos amueblados. Duke vaciló unes segundos. Por fin pasando frente
a la puerta dirigió una mirada al interior. En el vestíbulo se veía una cabina
protegida por un mostrador. Acodado a dicho mostrador hallábase un hombre de
aspecto enérgico. Duke se detuvo un momento y encendiendo un cigarrillo dejó
vagar su mirada por el vestíbulo y, especialmente la fijó en el imponente
conserje.
Su capacidad para saber juzgar a simple vista el carácter
de las personas indicó a Duke que el conserje pertenecía a la clase de los
insobornables. En aquellos momentos el joven necesitaba, por el contrario,
alguien que se dejara sobornar fácilmente.
Tirando al suelo la cerilla utilizada para encender el
cigarrillo y haciendo luego lo mismo con éste, Duke siguió adelante y, pasando
a la otra acera leyó el nombre del edificio "Las Armas de Gratham".
Después de esto, Duke buscó una inspiración. Cuando estaba a punto de darse par
vencido, pasó frente a él un pesado autobús de la Línea de Mount Vernon. Duke
lo Siguió con la mirada y le vio detenerse frente a una estación de término, en
la que descendieron bastantes personas. Casi saltando de alegría, el joven
entró en una farmacia y corrió a la cabina telefónica. Buscó en el listín el
número de Las Armas de Gratham y en cuanto lo hubo marcado oyó una voz que
contestaba, deferentemente:
—Aquí las Armas de Gratham. Enrie Wax al habla.
—Buenos días, señor Wax. Acabo de llegar de Vernon con mi
madre. Está impedida y no quiero causarle molestias innecesarias. Estamos en la
estación del autobús. Un amigo nos ha recomendado Las Armas de Gratham para que
nos hospedásemos en ella durante el mes que vamos a pasar visitando la capital.
Desde luego mi madre quisiera conocer algunos detalles del hospedaje, quiere
saber si podremos encargar la comida sin necesidad de tener que comer en el
restaurante, y, sobre todo, si por las mañanas se nos subirá el desayuno...
—Tenemos servicio de restaurante para los inquilinos
—declaró el señor Enrie Wax—. Puede asegurar a su señora madre que en ningún
otro sitio estará mejor atendida...
—Lo creo, lo creo —interrumpió Duke—. Pero mi madre
quisiera hablar personalmente con usted para conocer esos detalles.
—Puede usted explicarle lo que le he dicho...
—Sería inútil, señor Wax. Mi madre es una persona que
siempre desea saber algo más. Perderíamos mucho tiempo, pues en cuanto yo le
explicara que podemos comer en nuestras habitaciones querría saber que clase de
inquilinos hay en la casa, y si la vecindad es tranquila.
—Puedo decirle que,..
—No, es inútil. Si le digo que los inquilinos son decentes
querrá saber si hay niños, y luego si hay agua caliente durante la noche. Lo
mejor sería, señor Wax, que viniera usted a la estación y hablase con ella.
—¡Imposible, señor! No puedo dejar mi despacho. Si su
madre tiene la bondad de venir...
—Mi madre no quiere moverse de la estación hasta saber
adonde va. Me ha dicho que en cuanto yo consiga, el hospedaje ideal tomará un
taxi e irá directamente al sitio elegido. Pero antes quiere saber adonde va.
Por eso si usted hablara personalmente con ella podría explicarle todo cuanto
ella desee saber.
El señor Wax dirigió una mirada al tablero donde estaban
las llaves de las habitaciones y pisos libres. Había muchas más de lo que
convenía para la buena marcha del edificio. Y como la buena marcha de Las Armas
de Gratham significaba, también, la buena marcha de los asuntos particulares
del señor Wax, la perspectiva de un cliente para un mes no podía ser más
agradable. Por ello insistió:
—¿Por qué no se pone su señora madre al aparato? Podré
explicarle...
—Mi madre, señor Wax, le tiene horror al teléfono. Nunca
lo ha utilizado y ha prometido morir sin valerse de él. Dice que así nos
demostrará a todos que el teléfono es una cosa inútil y una complicación que
nos hemos creado.
—Pero... Yo no puedo abandonar el despacho. Lo tengo
prohibido...
—Está bien —replicó, secamente, Duke—. Telefonearé a otro
sitio donde tengan más interés en servirnos. Buenos días, señor Wax.
—¡Un momento! —gimió el conserje—. Está bien. Iré en
seguida.
—Muchas gracias, señor Wax. Le aguardamos en la sala de
espera.
Duke colgó el teléfono y salió de la farmacia, aguardando
en la puerta hasta ver al señor Wax salir por la amplia puerta de las "Las
Armas de Gratham".
En cuanto el conserje estuvo a veinte pasos del edificio,
Duke cruzó la acera y entró en el vestíbulo. En el despachito se veía a un
viejo de lacios y grises bigotes. Iba En mangas de camisa y con chaleco a rayas
negras y amarillas. Llevaba la cabeza cubierta por una sucia gorra y Duke
comprendió que era el encargado del montacargas.
—Hola —saludó el joven—. Usted no es el señor Wax,
¿verdad?
El viejo pareció ofenderse de que Duke pudiera no estar
seguro de que él no era el relamido señor Wax.
—No, no tengo ese disgusto —declaró.
—De acuerdo —sonrió Duke—. Necesito dos favores de usted.
Pagaré por anticipado el primero.
Al decir esto, Duke sacó la cartera de Martel y dejó sobre
la mesa cuatro billetes de cinco dólares. La práctica le había mostrado que
siempre hacen más efecto cuatro billetes de cinco dólares que uno de veinte.
Les ojillos del viejo se iluminaron. Sin embargo, preguntó
cautamente:
—¿Qué quiere?
—Ante todo deseo saber en que piso vive la señorita Treva
Malloy.
—¡Hum! ¿Y para eso paga veinte dólares?
—Para eso sólo no, desde luego. Es el principio de un
breve interrogatorio. ¿En qué piso vive?
—En el décimo, habitaciones mil diez.
—Gracias. ¿Qué visitas recibe la señorita Malloy?
La suspicacia del viejo aumentaba.
—¿Por qué me pregunta eso? —gruñó.
—Porque es muy importante.
—Lo siento, pero no me gusta eso.
Y el viejo rechazó los veinte dólares.
—Soy un amigo de la señorita Malloy —advirtió Duke—. No
quiero causarle ningún daño. Al contrario, deseo protegerla de algunos de sus
enemigos. El señor McCune solía venir aquí, ¿verdad?
—Sí —gruñó el viejo—. Pero ya está muerto.
—También vinieron, en distintas ocasiones, ciertos
desconocidos, ¿no?
—Sí. Vinieron algún tiempo a casa de la señorita Malloy.
Pero Wax no lo sabe.
—No, porque vinieron de noche, ¿verdad?
—Sí. Pero si cree que la señorita Malloy...
—La señorita Malloy es muy decente y yo no creo nada malo
de ella. Aquellas personas, o, mejor dicho, aquellos hombres, eran amigos del
señor McCune. Pero hay otras tres personas que me interesa saber si visitaron
frecuentemente esta casa. Una de ellas se llama Jason Valman. ¿Ha estado aquí?
—Sí, muy a menudo. Demasiado a menudo.
—¿Y quién más?
—Ese pistolero llamado Martel. Un día se pelearon él y
Valman.
—¿Quién más? —preguntó Duke.
—El jefe de Policía. Ha venido varias veces en los últimos
días. Me gustaría saber qué tenía que hacer aquí el hombre ese.
—Lo sabrá a su debido tiempo. ¿Quién más ha estado en el
piso de la señorita Malloy?
—Prefiero no decirlo.
—Piense que tengo otros veinte dólares para usted si
contesta a mis preguntas. Y si no se da prisa volverá Wax y no podremos seguir
hablando.
—¿Por qué ofrece tanto dinero por esas tonterías?
—preguntó el viejo.
—Porque soy un excéntrico —rió Duke, sacando un billete de
veinte dólares y partiéndolo en dos pedazos, uno de los cuales tendió a su
interlocutor, agregando:— Cuando termine de decirme lo que me interesa le daré
la otra mitad y sólo tendrá que unir las dos partes con papel transparente para
que los veinte dólares sean tan legítimos como antes de dividirlos.
—¿Quiere saber quién era la otra persona que visitaba a la
señorita Malloy?
—Sí. ¿Quién era?
—Lawford, el asesino del señor McCune. Vino varias veces.
—¿Con Pete Martel?
—Sí. Eran muy amigos. Cuando leí que Martel lo había
matado, empecé a pensar...
—No se preocupe por eso. Lo importante ahora es que me
lleve al piso de la señorita Malloy.
—No puedo dejar el puesto.
—El señor Wax no tardará en volver. No quiero que nos vea
juntos y supongo que a usted le interesará, también, que no se entere de que
hemos hablado.
—Claro —gruñó el conserje suplente, guardando la otra
mitad de los veinte dólares.
—¿Dónde puedo esconderme? ¿No sería buen sitio el
montacargas?
—Sí, Wax nunca va allí.
—Y luego podríamos subir en él hasta el décimo piso ¿no?
El viejo vaciló.
—Puedo aumentar la oferta en diez dólares más —advirtió
Duke—. Y dése prisa pues no nos queda mucho tiempo.
—Siga hacia el fondo por ese pasillo y cuando llegue al
montacargas métase en él —gruñó el viejo.
Duke marchó corriendo por el pasillo y casi al momento el
indignado Enrie Wax regresó de su inútil paseo.
—¿Qué le ha pasado a Wax? —preguntó el viejo, cuando se
hubo reunido con Duke—. Habla de que le han gastado una broma.
—Algo así le ha ocurrido —sonrió Duke—. Pero no se
preocupe. Usted diga a todo el mundo que no sabe nada. Yo afirmaré que entré
por la escalera de escape.
¿Qué quiere que haga?
—Lléveme hasta el piso de la señorita Malloy y llame a la
puerta. Seguramente ella preguntará quien llama. Usted conteste diciendo que
sube un paquete que envía el señor Valman, ¿entendido?
El hombre no acabó de entender aquello hasta que Duke puso
en su mano otro billete de banco. Entonces aseguró que lo entendía todo
perfectamente, aunque exigió que se le asegurase que la señorita Malloy no iba
a sufrir daño alguno.
—No tenga miedo —declaró Duke—. No le pasará nada malo.
El montacargas se detuvo en el décimo piso y los dos
hombres salieron de él, recorriendo hasta la mitad el largo pasillo y
deteniéndose, al fin, ante la puerta marcada con el número 1010. Duke pulsó el
timbre. Transcurrieron varios segundos y hasta un minuto sin que nadie
respondiera a la llamada.
—Tal vez haya salido —susurró el viejo.
Pero Duke tenía la impresión clarísima de que al otro lado
de la puerta existía una presencia humana. Por eso, al cabo de un minuto y
medio de espera volvió a llamar al timbre.
—¿Quién llama? —preguntó una voz que Duke recordaba
perfectamente—. ¿Por qué no se ha hecho anunciar desde la portería?
—Soy Jules, señorita Malloy —replicó el viejo—. Le subo un
paquete que me ha entregado el señor Valman. Dijo que era muy importante...
Oyóse el descorrer del cerrojo y la puerta empezó a
abrirse. Por la ranura apareció el rostro de Treva Malloy.
Sin dar tiempo a la mujer para que pudiese reaccionar,
Duke dio un violento empujón a la puerta, echando hacia adentro a la secretaria
de McCune.
—¿Quién es usted...? —empezó la mujer.
En vez de contestar, Duke cerró la puerta y avanzó hacia
Treva Malloy. Encontrábanse en un pequeño vestíbulo. Detrás de la secretaria se
veía el saloncito y a la derecha de Duke se abría un corto pasillo que debía de
conducir a los dormitorios. Contra lo que Duke esperaba, Treva Malloy, en vez
de retroceder hacia el salón, lanzóse, de pronto, por el corredor, burlando a
Duke y desconcertándole el tiempo suficiente para que, al alcanzarla por fin en
uno de las dormitorios, la encontrase empuñando un revólver de largo cañón, de
un modelo que hubiera hecho las delicias de Billy el Niño o de cualquier otro
pistolero del antiguo Oeste. El arma, viejo Colt del 45, modelo fronterizo,
estaba sólidamente sostenido por la mano femenina. El hecho de que el negro
cañón no oscilase ni un milímetro convenció a Duke de la firmeza y valentía de
la mujer que tenía enfrente. Si aquella arma llegaba a dispararse, la bala no
erraría el blanco.
—Bien, señor listo, tenga la bondad de dar media vuelta y
salir por donde ha venido —ordenó, secamente, Treva Malloy.
Al pronunciar estas palabras, la secretaria levantó el
gatillo del revólver y el ligero chasquido de los muelles del mecanismo resonó
con amenazadora intensidad en el silencio de la estancia.
—Guarde ese cañón, señorita Malloy —aconsejó Duke—. He
venido a ayudarla, no a hacerle daño.
—¿Ha venido a hacerme un favor? —sonrió duramente Treva.
—Sí, a eso.
—Pues no me gustan los favores que empiezan por echar la
puerta por la cara de quien va a abrir. Le advierto que si es usted inteligente
seguirá mi consejo y saldrá de aquí antes de que le mate.
—¿Otro crimen? —sonrió Duke—. ¿Confía en Lawrence, el
indigno jefe de policía?
—Confío en los derechos que me dan nuestras leyes —replicó
Treva—. Nadie le ha invitado a mi casa y si disparo contra usted y le mato,
todos creerán que he obrado en defensa propia.
—Podrían creer que ha sido su esposo quien me ha matado,
señora Valman.
El mencionar este hecho, descubierto gracias a la lectura
del certificado de Jason Valman y Treva Malloy que había encontrado entre los
documentos de Martel, estuvo a punto de ser el último error cometido por Duke
Straley. Su mirada, fija en los desorbitados ojos de Treva Malloy le hizo
comprender la serie de pensamientos que se sucedían en el cerebro de la mujer
que tenía delante. Primero, expresaron asombro infinito, producido por ver que
alguien poseía un secreto que Treva debía de creer bien guardado. Luego el
asombro fue sucedido por un odio infinito y un ansia de matar. A continuación
ese odio fue contenido por el temor de las consecuencias que podía acarrear el
matar al hombre que sabía la verdad. Por último, los ojos de Treva Malloy
indicaron claramente que la mujer se daba cuenta de que si mataba a Duke no
podrían acusarla de nada, puesto que podría alegar defensa propia contra un
hombre que no debió de ser policía desde el momento en que, para entrar había
recurrido a la ayuda de Jules. Sí, el encargado del montacargas podría declarar
a su favor...
Duke vio como los nudillos de la mano derecha de Treva
blanqueaban con el esfuerzo que la mujer hacía por disparar el arma y dirigir
la bala a un punto vital. Y comprendió que si alguna vez había estado a punto
de perder la vida, era aquel momento en que Treva Malloy, dominada por un odio
cegador, se disponía a atravesarle el corazón de un balazo.
CAPÍTULO VIII
Durante una fracción de segundo, Betty no comprendió lo
ocurrido. Había sentido la herida, el choque de la bala, la vacilación de sus
piernas a efectos del golpe contra su pecho y, sin embargo todas estas
sensaciones fueron fugaces, la resistencia retornaba a sus músculos y sólo
continuaba sintiendo un ligero dolor en el pecho.
Al bajar la vista hacia el suelo Betty comprendió lo
ocurrido. Su mirada tropezó con el mármol de la mesita colocada entre Valman y
ella. En la piedra veíase una fuerte desconchadura que sólo podía haber sido
producida por el impacto de un proyectil de grueso calibre. Ello indicaba que o
bien la bala llegó de rebote, ya casi sin fuerza, o fue una esquirla de mármol
la que chocó contra su pecho.
Después de esto, la reacción inmediata de la joven fue
mirar hacia Valman, extrañada de que en los segundos transcurridos, el hombre
no hubiese repetido el disparo. Le vio sentado en el suelo, atontado por el
choque del cenicero, que había abierto una profunda herida en su frente.
Continuaba empuñando la pistola y Betty comprendió que no tardaría en poderse
incorporar.
Dos pensamientos se apoderaron de Betty. Salvar el
contenido del maletín y correr junto a Robert Dennison. Obedeciendo en seguida
a este impulso, precipitóse hacia el maletín, lo cogió y huyó hacia el pasillo,
en el momento en que Valman, algo recobrado de su atontamiento, trataba de
ponerse en pie y no pudiendo conseguirlo a tiempo, disparaba de nuevo contra
Betty; pero ésta había salido ya al pasillo.
La habitación de Bob era la inmediata y Betty empujó la
puerta al mismo tiempo que veía avanzar contra ella, por el corredor, al hombre
que el día antes les visitara para entregar la cartera de Newcomb y dejar su
caja con la bomba.
Una vez dentro de la habitación de Bob, Betty empujó hacia
la puerta un pesado sillón que debía ofrecer una débil barrera; luego buscó con
la mirada a Dennison.
Un sollozo de alegría brotó de sus labios al verle apoyado
contra la pared del lavabo, con un vaso de whisky en la mano.
—¡Oh, Bob, qué miedo he pasado...! —empezó Betty,
abrazando al joven.
Pero la esperanza se trocó en espanto al notar la mortal
palidez que invadía el rostro de Bob.
—Me hirió en el costado —musitó Bob—. No tuve tiempo...
disparó enseguida.
Una nueva detonación ahogada por el silenciador, resonó en
la puerta. La cerradura saltó entre trozos de madera astillada, y sólo el
sillón se opuso a la entrada de Valman y de su compañero.
—¡Encerrémonos en el lavabo! —susurró Betty—. Pidamos
socorro por la ventana... por el teléfono...
Cediendo al empuje de Valman y su cómplice, el sillón
empezó a apartarse de la puerta.
—Dame mi pistola —susurró Bob—. La tengo en el bolsillo
posterior del pantalón... no tengo fuerzas para sacarla...
Sollozando nerviosamente, mordiéndose los labios y
luchando por conservar los ojos libres del velo de las lágrimas, Betty luchó
por sacar el arma. Las décimas de segundo se le antojaban minutos eternos.
Temía que sus atacantes lograran introducirse en la habitación antes de que
ella pudiera entregar a Bob su única defensa.
Al fin, rasgando el forro del bolsillo, Betty arrancó de
él la pistola, una pequeña nueve corto que puso, ansiosamente, en la mano de
Bob.
En el mismo instante la puerta de la habitación abrióse
con gran violencia y Valman apareció en el umbral. Una cruel sonrisa curvaba
sus labios.
—Entra y cierra la puerta —ordenó a su compañero.
Los dos empuñaban pistolas provistas de silenciador.
—Vuélvase, señorita Straley...
Bob empuñaba con todas sus débiles fuerzas la pistola que
Betty había puesto en su mano. Tenía una noción bastante clara de las cosas;
pero un velo de niebla enturbiaba sus ojos, no permitiéndole ver más que dos
sombras vagas, una de las cuales estaba hablando...
—Apártate, Betty —susurró al oído de la joven—. Vale
más... que te dejes caer al suelo.
Betty comprendió las intenciones de Bob. En los próximos
segundos se iban a poner en juego sus vidas; pero no podía hacerse otra cosa.
Era necesario correr aquel riesgo, pues tanto a Valman como a su cómplice les
interesaba, ante todo, apoderarse del maletín y cerrar para siempre los labios
de los posibles testigos de sus delitos.
—No me gusta disparar por la espalda contra una joven tan
valiente, señorita —siguió Valman—. Vuélvase...
Betty se dejó caer al suelo, de rodillas, y sobre su
cabeza la pistola de Bob habló ocho veces, hasta agotar el contenido de su
cargador.
Junto a la puerta sonaron dos blandas detonaciones,
ahogadas por el imperioso ladrido de la pistola de Bob.
La estancia se llenó de los acres vapores de la pólvora
sin humo. Betty tosió, con la garganta irritada, y abrazóse con fuerza a las
piernas de Bob. Sólo cuando oyó caer junto a ella la pistola, levantó la cabeza
y vio que una mortal palidez se extendía por las facciones de Bob.
Poniéndose en pie lo ayudó a ir hasta el sofá, y sólo
entonces se dio cuenta de que la carrera de Valman y de su compañero había
terminado para siempre. Estaban caídos el uno sobre el otro y, en un último y
desesperado esfuerzo, Valman había intentado alcanzar la puerta y huir al
pasillo. Pero las balas disparadas ciegamente por Bob, fueron más rápidas.
La joven después de dejar a Bob tendido sobre el sofá,
hizo intención de alcanzar el teléfono para pedir socorro. Mas no hacía falta.
Las detonaciones habían atraído hacia allí a todos los clientes del hotel que
se encontraban en aquel piso y entre ellos no podía faltar un médico que al
entrar arrodillóse junto a los dos cadáveres.
—¡No! —chilló, histéricamente, Betty—. ¡Déjelos! ¡Ellos no
importan! Cure a Bob... cúrele a él.
Casi detrás del médico, otro hombre entró en la
habitación. Era Odile Methven.
Iba a preguntar qué había ocurrido; pero la visión de los
dos cuerpos tendidos en el umbral de la puerta le indicó que ya no tenía que
preocuparse por seguir a Jason Valman, cuyas hazañas habían terminado para
siempre.
Acercóse a Betty y preguntó, suavemente:
—¿Está herido el señor Dennison? —y comprendiendo que la
joven no le conocía, agregó:— Soy Odile Methven... un amigo de su hermano.
—¡Oh! —Betty se puso en pie—. ¡Pronto! Mi hermano le
espera... En casa de la secretaria del señor McCune. Dice que vaya solo y bien
armado...
En seguida, volviéndose a arrodillarse junto a Bob,
preguntó al doctor:
—¿Vivirá?
—Desde luego, señorita. Tendremos que practicar una
transfusión de sangre, pues lo más grave que padece es la fuerte hemorragia
sufrida...
—¡Utilice la mía! —rogó Betty—. No quiero que le den otra
sangre.
—No todas las sangres sirven para una transfusión
—advirtió el doctor—. Podemos fijar el grupo sanguíneo a que pertenecen los
dos...
—¡No se preocupe! —rió Betty—. ¡Sirve! Lo sé... mi hermano
me ha analizado la sangre... Pertenezco al grupo universal... Mi sangre sirve
para todos...
Y riendo y sollozando a la vez, inclinóse al oído de Bob y
murmuró:
—Sí... sirve para todos... sirve para ti...
Odile Methven respiró hondo y yendo hacia la puerta obligó
a salir al pasillo a todos los curiosos, luego llamó a uno de los empleados del
hotel y lo estacionó frente a la habitación.
—Que nadie entre —ordenó—. La Policía Federal no tardará
en llegar.
CAPÍTULO IX
En su juventud y sin saber exactamente por que lo hacía,
Duke había aprendido el llamado boxeo francés. El "coup de sabate", o
golpe dado con el pie, le había servido, en diversas ocasiones, para imponerse
a adversarios mucho más fuertes que él y que luchaban sin atender a ninguna
regla. Pero hasta aquel momento, a Duke no se le ocurrió que la técnica de
boxeo francesa pudiera servirle para desarmar a un enemigo a quien no deseaba
causar ningún daño pero que, por estar armado y dispuesto a emplear sus armas,
resultaba muy peligroso.
En el momento en que Treva Malloy se disponía a disparar
el viejo revólver, Duke echóse hacia la izquierda, cayó sobre esa mano y al
mismo tiempo que todo su cuerpo giraba, descargaba un seco puntapié con el pie
derecho a la mano de Treva, enviando el revólver sobre la cama describiendo un
corto arco.
La secretaria tardó un segundo en comprender lo ocurrido,
y cuando su cerebro transmitió la orden de que debía recuperar el revólver,
éste se encontraba ya en manos de Duke.
Pero la capacidad de lucha no se había agotado en Treva
Malloy. Con una energía inverosímil, precipitóse sobre Duke, ciega a todo lo
que no fuese su odio. Pero Duke habíase enfrentado con enemigos mucho más
peligrosos que aquella mujer. Sus fuertes manos se cerraron en torno de las
muñecas de la mujer, que se debatió como fiera cogida en una trampa.
—No sea loca —recomendó Duke—. Serénese. Soy su amigo. He
venido a contarle toda la verdad de la que usted cree saber una gran parte y
sin embargo sólo conoce un poquitín.
Pero Treva Malloy no quería escuchar. Toda su fuerza
nerviosa, y todo su instinto se concentraba en librarse de aquel hombre en
quien veía a un despiadado enemigo.
—Usted sabe la verdad de lo que hicieron con Joseph
McCune. Usted fue cómplice de ellos en la terrible traición que cometieron
contra él. ¿No se ha arrepentido infinitas veces de haber sido instrumento
colaborador en la muerte de su jefe?
—Yo... —cierta lucidez apareció en los desorbitados ojos
de Treva. Las palabras de Duke parecieron calmarla un poco. Cesó parcialmente
el convulsivo temblor que la agitaba y nuevamente repitió:— Yo... No, no creí
que lo asesinaran... Nunca hablamos de que debía morir...
—Oígame, señorita Malloy. Usted puede aún salvarse y
comenzar una nueva vida lejos de aquí. Deje que su marido, Martel, Lawrence y
los demás miembros de la banda paguen sus culpas como se merecen. Usted es
inocente de lo peor de este caso. Y lo otro... —Duke sonrió levemente—, lo otro
nunca se sabrá. Puede estar segura de ello.
—Pero... —había renacido la esperanza en los ojos de
Treva—. Yo no puedo acusar a mi marido.
—No, no necesitamos que usted le acuse. Martel se
encargará de hacerlo.
—Yo no quiero causarle ningún daño —musitó Treva.
—¿Cree que Valman se merece la fidelidad que usted le
demuestra? ¿No comprende que ha sido usted un juguete en manos de esos
canallas? La han utilizado para sus fines, y cuando han temido que usted, con
sus declaraciones, pudiera hundir el negocio más fantástico y más loco de este
siglo, han recurrido a una nueva canallada. Han jugado con sus sentimientos.
Valman se ha casado con usted para cerrarle la boca. La esposa no puede
declarar nunca contra el esposo. Para eso la necesitaban. Para eso Valman la ha
cortejado, la ha hablado de amor, ha jugado con su corazón, y mientras usted
creía estar viviendo unos momentos de romántica felicidad, no ha hecho más que
servir de muñeco a esos bandidos.
Estas palabras fueron para Treva Malloy como un balazo en
la frente. Cesó hasta la última partícula de resistencia. Dejó resbalar las
manos hasta el regazo y miró a Duke como la condenada que va a apoyar la cabeza
en el tajo,
—Perdone —murmuró Duke—. No quisiera haberle causado este
dolor. Comprendo lo que sufre,..
—No... no lo puede comprender... —murmuró Treva, con la
mirada perdida en un punto vago—. No, no puede comprenderlo —rió amargamente—.
Sí, han jugado conmigo. Y yo lo comprendí desde el primer momento; pero me
resultaba demasiado doloroso convencerme de que en sus manos yo no era más que
un simple instrumento... Prefería cerrar los ojos y creer en el amor... El amor
de una solterona que se aferra a la felicidad que se imagina. Es siempre más
agradable creer que nos aman. Perdone, señor Straley. Debe de reírse usted de
mí.
—No; la comprendo y la admiro. Por eso he venido a
tenderle una mano para salvarla de ese naufragio de su vida. Pude ser usted
testigo de la acusación. La intervención de usted sólo está relacionada con la
causa de todos estos sucesos, y ese origen no será mencionado en el proceso.
Además, Jason Valman está casado dos veces. Su primera mujer aún vive...
Un dolor más agudo que los anteriores reflejóse en los
ojos de Treva Malloy.
—Sí, señorita —siguió Duke—. Esa era el arma que Martel
sostenía sobre la cabeza de Valman. En poder de ese pistolero encontré el
certificado del matrimonio de usted con Valman, el de Valman con otra mujer y
un certificado según el cual la primera esposa de Valman, afirma no haberse
separado legalmente de su esposo.
—¿Por qué lo hizo?
—Ya le he dicho que, ante todo, lo hizo para que usted no
pudiera echarse atrás y descubriese la verdadera identidad del misterioso
"X". Por su parte, a Martel le interesaba tener agarrado a Valman con
pruebas que en un momento dado, por sí solas, pudieran conducirle a la cárcel.
La bigamia es un delito y, una vez detenido por él, Valman se hubiera visto
complicado muy gravemente.
—Ha conseguido ya el paquete que McCune le dejó, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y lo ha abierto?
—No; pero me imagino lo que hay dentro. Mejor dicho, estoy
casi seguro. Por eso no he querido romper los sellos.
—¿Y descubrirá toda la horrible verdad?
—No. Ya le he dicho que no quiero hacer sufrir
innecesariamente a los inocentes. Si las víctimas quieren que se descubra todo,
lo haré; pero sé que a todos les interesa que se guarde silencio y se cumplan
los deseos de McCune.
—Yo le traicioné.
—Lo sé. Obtuvo de él veinticinco mil dólares; pero no
fueron para usted.
—No; me permitieron comprar una felicidad falsa.
—¿Los entregó a Valman?
—Sí, para él y para Martel. Los necesitaba para ir a Nueva
York, para contratar a unos pistoleros, para raptar a un niño y, luego, para
asesinarle a usted pero entonces yo no lo sabía.
—¿Por qué no acudió a la Policía al enterarse del
asesinato del pobre niño y de su institutriz?
—No tuve valor. Valman me dijo que había sido un accidente
irremediable. Además, él no tomó parte en ello. Fue Martel quien disparó.
—¿Y usted escribió la nota?
Treva Malloy inclinó la cabeza.
—Sí, fui yo. Ese es mi peor pecado. No merezco perdón.
—Todos necesitamos que nos perdonen algo malo. ¿Sabía
usted que pensaban asesinar a McCune?
—No, eso nunca lo supe. Sólo cuando vi que Martel había
matado a Lawford comprendí la terrible conspiración.
—Se prometió protección a Lawford, ¿verdad?
—Sí. Oí algunas de sus conversaciones; pero no adiviné que
pensasen matar al señor McCune. Hablaron de venganza. Lawford deseaba vengarse
de su antiguo jefe. Valman y Lawrence, el policía, le prometieron ayudarle a
escapar.
—Y luego fue Martel, el hombre de confianza de Valman,
quien asesinó a Lawford. Par eso, antes de morir, Lawford le acusó de haberle
traicionado.
—Sí. No he podido olvidar el horror que me produjo ver
muerto a Lawford. No era un mal muchacho. Había en él un fondo de honradez que
ellos destruyeron. Le inyectaron veneno contra McCune y él les hizo el juego.
En fin, todo está perdido. Ni siquiera me queda el honor. Y, sin embargo, yo no
ambicionaba riqueza ni poderío; no sentía odio contra nadie. Sólo anhelé la
felicidad, y por conseguirla fui un instrumento en manos de quien sólo para ese
fin me necesitaba. Y ahora he caído en una trampa y no podré salir de ella.
—Al contrario, puede usted salir perfectamente. Tengo
algunas influencias y, bien manejadas, podrán valerle la libertad. Luego no
tiene usted más que irse a otro lugar del país...
—Sí, hablaré; por lo menos haré algún bien...
Treva Malloy se había puesto en pie y para no caer tuvo
que apoyarse en Duke.
—Ayúdeme a tenderme en la cama —pidió, casi sin voz—. El
corazón... Écheme cuarenta gotas de esa medicina... en un vaso de agua... Es
para el corazón...
Duke ayudó a Treva Malloy, que estaba mortalmente lívida,
a tenderse en el lecho y luego fue al lavabo, regresando con un vaso lleno en
una tercera parte de agua. Destapó el frasco, cuyo tapón iba unido a
cuentagotas. Antes de echar la medicina en el agua olió el frasco. Llegó hasta
él un fuerte perfume a alcanfor. Contó las cuarenta gotas y tendió el vaso a
Treva.
La cenicienta lividez de ésta habíase acentuado aún más.
En los minutos transcurridos desde que Duke entrara en el piso, la secretaria
parecía haber envejecido veinte años. El maquillaje de sus mejillas y labios se
destacaba horriblemente sobre la epidermis.
Treva miró un momento a Duke y, por fin, bebió la
medicina, estremeciéndose como si se tratara de un líquido amargo o helado.
—Gracias —murmuró, dirigiéndose a Duke—. Ellos le temían
mucho. Enviaron a una cómplice a su casa para que se enterase de cuándo iba
usted a venir hacia aquí. Yo les avisé de que McCune trataba de hablarle. Por
eso enviaron a aquella mujer...
—Me engañó por completo. Su historia del gato y de los
bandidos tenía muchos visos de verosimilitud. Hasta que me dispuse a marchar
hacia el aeródromo no comprendí que se trataba de una trampa. Si llego a
pensarlo más tarde y cojo otro auto...
—Sí, querían matarle, impedir que usted interviniera.
Intentaron por todos los medios posibles evitar que conociera la verdad exacta.
Por eso han matado a tanta gente.
Treva Malloy hablaba como quien se sabe irremisiblemente
condenado.
—Ahora la suerte ya está echada —continuó—. Ya no puedo
volverme atrás. Me es imposible retroceder; pero si es usted tan valiente como
ellos aseguran,
voy a proporcionarle la oportunidad de librar a McCune de
toda mancha. Yo jugué limpio con él hasta que Valman intervino. Entonces fue el
amor el que me venció. Pero quiero reparar un poco mi culpa. ¿Qué hora es?
—Son las cuatro y cinco de la tardé.
—Tenemos tiempo... Mejor dicho, usted tiene tiempo. Llame
al café Atenas. Ya lo conoce. Sheila Price, la muchacha de Martel, trató de
narcotizarle. El dueño es Raúl Poydras, un griego. Se pondrá al aparato. Yo le
hablaré.
Duke vaciló un momento.
—No tenga miedo —sonrió tristemente Treva—. Quiero reparar
algunas de mis faltas. Además... los que van a morir no mienten... No suelen
mentir.
Duke la miró alarmado.
—Sí —prosiguió Treva—. La medicina del corazón... Un
veneno... Hace tiempo que temía la llegada de este instante y no quería
hallarme desprevenida. Pero no importa... No, no puede hacer nada... No podemos
volver atrás. Llame al Atenas antes de que me falle la voz.
Duke marcó el número que indicó Treva y cuando oyó la
señal de llamada pasó el aparato a la mujer.
—Por favor, ayúdeme a incorporarme en la cama —pidió Treva
Malloy.
Duke la ayudó a que se incorporara y recostase contra unos
almohadones.
—Oye, Poydras —empezó Treva en voz baja—. Escúchame bien y
obra en seguida. Duke Straley está en mi casa. Sí, me ha encerrado en mi
dormitorio. No se ha dado cuenta de que el teléfono está aquí. Ha venido con el
paquete y con los documentos que robó a Valman. Venid en seguida... antes de
que huya. Tengo mi revólver y si trata de entrar dispararé sobre él; pero vale
más que vengáis vosotros...
La voz de la secretaria apagóse lentamente. El teléfono
resbaló de sus manos y cayó sobre el lecho. Duke lo colgó de la horquilla del
aparato.
—Se acaba —susurró Trova—. Vendrán todos en seguida. No
pueden dejarle escapar. Vendrán a matarle. Luche con ellos y... haga lo posible
por que Valman no tenga que sentarse en la silla eléctrica. La muerte de un
balazo le resultará menos terrible... A pesar de todo... le quiero.
Duke apretó fuertemente las manos de la mujer sobre cuyos
ojos la muerte echaba un vidrioso manto. Por lo menos, ella estaba ya fuera del
alcance de la justicia humana.
—Que Dios tenga piedad de su alma —musitó Duke, cerrando
los párpados de la muerta.
CAPÍTULO X
Duke presenció, desde la ventana, la llegada de Martel,
Poydras y John Lawrence. Bajaron sin prisas del auto y penetraron en Las Armas
de Gratham. Duke apartóse de la ventana y pasó revista de su armamento. Una
pistola con seis cartuchos y un viejo revólver con otros seis. No era mucho;
pero sí suficiente si sabía administrar su fuego.
Fue hacia el vestíbulo, empuñando la pesada pistola y oyó
el zumbido del motor del ascensor. La cabina se detuvo al fin en el décimo
piso. Duke se hizo a un lado, pegándose a la pared.
Oyó pasos en el corredor y luego el ruido de una llave
penetrando en la cerradura. Pete Martel entró el primero y cuando Duke le
hundió en los riñones el cañón del arma, el pistolero volvióse, sonriendo con
inconcebible indiferencia.
—Temí que se hubiera marchado, Straley —dijo—. Hubiera
sido muy lamentable... para los dos. El conserje me aseguró que durante todo el
rato no había subido nadie aquí. ¿Lo ha comprado?
—Le he engañado, Martel; pero no estoy para conversaciones
amables. Levante los brazos y no se moleste en bajarlos hasta que llegue la
Policía Federal.
Martel negóse a obedecer.
—No —dijo—. No levantaré las manos. ¿Para qué? Sé que
usted no va a disparar sobre mí si no hago nada contra usted. Es la ventaja que
tenemos los bandidos cuando tratamos con personas decentes.
—No me causaría ningún remordimiento de conciencia el
matarle —declaró Duke.
—Quizá; pero es usted incapaz de asesinarme. Avéngase a
razones, Straley. No se trata de una lucha entre buenos y malos. Nosotros hemos
luchado malos contra malos. Usted puede quedarse al margen. ¿Quiere un millón?
Podemos dárselo. Entréguenos el paquete...
Hasta este momento no recordó Duke la existencia de la
escalera de escape para caso de incendio. Cuando Lawrence disparó desde la
ventana, Duke sólo pudo salvarse echándose de bruces al suelo y, al ir a
incorporarse, Martel y Poydras le encañonaban con sus armas; pero Duke sabía
que no deseaban matarle. Sólo Lawrence podía tener interés en cerrar la boca a
aquel peligroso testigo.
—No se muevan —ordenó Duke, apuntando a Martel y Poydras,
que también le encañonaban—. Aunque disparen sobre mí no podrán evitar que yo
dispare una vez, y usted, Martel, me acompañará al otro mundo. Además, si me
matan no podrán encontrar nunca el paquete que McCune depositó en la consigna.
—Está bien —gruñó Martel—. Hablemos. Parece que ya se pone
en razón. Exponga sus condiciones.
—No puedo hacerlo hasta que sus dos amigos dejen las armas
—advirtió Duke—. Diga a Lawrence que entre en el salón y deje sobre la mesa su
pistola. Y ustedes hagan lo mismo.
A una orden del pistolero, los otros dos obedecieron, y
tres pistolas quedaron sobre la mesa.
—Ahora hablemos —dijo Martel—. ¿Dónde está Treva?
—Ha muerto. Se envenenó al ver que todo estaba perdido.
Martel no evidenció ningún pesar.
—Más vale así —dijo—. Era un estorbo.
—Supongo que Valman también debe de serlo, ¿verdad?
—También lo es; pero a su debido tiempo acabaremos con él.
Hablemos ahora de las condiciones en que nos deja el paquete.
—No hay condiciones. Entréguense a la Policía Federal para
que ella decida lo que debe hacerse con unos caballeros tan despreciables como
ustedes.
—Por lo visto sigue dispuesto a luchar y a no avenirse a
razones.
—Soy un luchador y lo seré siempre.
—Peor para usted...
Martel inició un movimiento hacia la mesa donde estaban
las pistolas y, contra su voluntad, Duke le siguió con la mirada ordenando:
—¡Quieto!
Pero el ataque no debía partir de Martel, sino de Poydras.
El griego levantó, de pronto, la mano derecha, en la cual, misteriosamente,
había aparecido un cuchillo y, con un veloz movimiento, lanzó el acero hacia el
pecho de Duke.
No había tiempo para esquivar el arma. Aunque se lanzara
al suelo, Duke no podía evitar que el cuchillo se hundiera en su cuerpo y, para
los efectos inmediatos, tanto daba, que el puñal se clavase en su corazón como
que le atravesara la garganta. Por eso fue sólo el instinto el que le salvó. En
el momento en que el cuchillo huía de la mano de Poydras, Duke hizo un
movimiento con la mano que empuñaba la pistola y el cañón de ésta chocó contra
el acero del puñal, desviando a éste a un lado.
La lucha se desencadenó en seguida, llena de feroz
salvajismo. Poydras, después de lanzar el cuchillo, precipitóse sobre la mesa
y, empuñando una de las pistolas, comenzó a disparar contra Duke. Su
precipitación, fue lo único que impidió que sus disparos llegaran a destino y
antes de que pudiera corregir la puntería, un disparo de Duke puso fin a su
ansia combativa.
Pero aun quedaban otros dos enemigos que se jugaban el
todo por el todo en aquella partida. Martel había sacado otra pistola y su
disparo hubiera sido muchísimo más certero que los de Poydras si desde la
ventana alguien no se hubiese anticipado.
El pistolero soltó su arma y en sus ojos pintóse el
infinito asombro que le invadía y que sólo quedó borrado por las sombras de la
muerte.
Lawrence permaneció un momento indeciso, y sólo cuando la
voz de Odile Methven le ordenó que soltase el arma y se entregara, comprendió
que para él no había ya salvación posible.
El cristal de la ventana fue hecho añicos por varios
balazos, cayendo sobre Methven, que con otro disparo acabó con la vergonzosa
carrera de John Lawrence.
—Muchas gracias, Methven —declaró Duke, yendo al encuentro
del antiguo federal—. Ha llegado a tiempo.
—Sí, este tiroteo no me lo he perdido.
—¿Ha habido algún otro? —inquirió Duke.
—Sí. Su amigo Dennison ha terminado con Valman y con otro
compinche. Está herido de gravedad; pero, según parece, una transfusión de
sangre lo pondrá como nuevo. Parece que ha faltado muy poco para que Valman se
apoderara del paquete.
—Era un hombre muy astuto —comentó Duke—. Él era el
cerebro director de la banda. Ahora ya todo se ha aclarado. Podemos decir y
demostrar que Valman ha sido el misterioso "X", el secuestrador, el
asesino. Entre los documentos que le quité a Martel hay pruebas suficientes
para cerrar el caso.
—Pero la verdad es otra, ¿eh? —preguntó Methven.
—Sí, la verdad es tan distinta que si se llega a saber...
—¿Se sabrá?
—Quizá fuese mejor que no se supiera —sonrió Duke.
—Creo que sería infinitamente mejor.
—Entonces pida a la señora McCune que esta noche, a las
diez, acuda a mi hotel. Creo que por entonces ya estará todo arreglado, ¿eh?
—¿Se refiere a esto? —preguntó Odile Methven, señalando
los cuerpos allí tendidos.
—Sí. Además, en el dormitorio está Treva Malloy. Se
suicidó. Queda Sheila Price.
—Por la cuenta que le tiene no abrirá la boca —dijo,
Methven—. Además... no sabe nada. No tuvieron confianza en ella.
—Siento mucho tener que echar las culpas sobre la pobre
Treva. Pero con ello se hará un bien a todos.
—Desde luego. Ella escribió las notas de los secuestros.
Se comprobará que la letra corresponde a su máquina portátil. Su casamiento con
Valman acabará de aclarar las cosas. De todas formas procuraremos que no se sea
cruel con su memoria. Podemos incluso insinuar que fue Valman quien utilizó la
máquina de su mujer.
—Arréglelo como quiera, Methven. El caso es suyo. Usted lo
ha resuelto.
Gracias por la mentira.
—No lo es, puesto que le debo la vida. Y no olvide que
esta noche necesito que la señora McCune acuda a mi casa. Creo que debe
aclararse todo. Tal vez conviniera que usted se hallara presente.
—No. La señora McCune no podría olvidar que yo sé la
verdad. Es preferible que ustedes lo arreglen solos.
CAPÍTULO XI
El saloncito de la habitación de Duke Straley, en el Grand
Hotel, se encontraba lleno a rebosar. A un lado estaba Betty Straley, que de
cuando en cuando entraba en el dormitorio donde se hallaba Bob. Luego, formando
círculo, había ocho hombres y Duke. Todos fumaban nerviosamente y dirigían
continuas miradas a la puerta.
—No creo que tarde —dijo Duke, acariciando el paquete que
tenía frente a él. Era el mismo que había retirado de la consigna y por el cual
habían luchado y muerto tantos hombres—. Debemos esperarla, ¿no es cierto?
—siguió Duke.
—¿Usted lo cree mejor? —preguntó uno de los hombres.
—Sí, señor Banning —contestó Duke—. Si no sabe la verdad,
debe saberla. Creo que es preferible así.
***
Pasaron unos minutos sin que nadie volviera a pronunciar
una sola palabra y el silencio se vio, por fin, quebrado por el estridente
sonido del timbre del teléfono. Duke alcanzó el aparato.
—Acaba de llegar la señora McCune —anunció el encargado
del despacho de recepción.
—Bien, muchas gracias.
Duke colgó el teléfono y, volviéndose hacia los demás,
explicó:
—La señora McCune va a subir. Ustedes no la conocen,
¿verdad?
—No, sólo Víctor la conocía —replicó Lewis Hoge.
Al entrar en, la habitación, la señora McCune miró,
extrañada, a sus numerosos ocupantes.
—Buenas noches, señora —saludó Duke, yendo al encuentro de
la recién llegada—. Permítame que le presente a los señores Curtis Banning,
Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Andrew Pollard, Jonathan Shaw,
Richard Porter y Alvin Weston.
—Tengo mucho gusto en conocerles personalmente —murmuró la
viuda—. En realidad les conocía ya por las fotografías que de ustedes
publicaron los periódicos... cuando los secuestros.
—Siéntese, señora McCune —invitó Duke, acercando un
sillón.
—¿Para qué me necesita? —preguntó la mujer, después de
acomodarse en la butaca.
—Para la solución definitiva del caso que nos ha estado
intrigando durante tantos días —explicó Duke.
—¿No está ya resuelto? —preguntó, débilmente, la señora
McCune.
—Sí, nominalmente lo está; pero hay algo que debemos
aclarar nosotros. Lo considero un deber. Quizá en su cerebro han germinado
sospechas terribles, señora, y ha llegado el momento de borrar esas sospechas
para siempre y dejar bien fijada la verdad.
—¿Cuál es esa verdad? —preguntó, débilmente, la señora
McCune.
—Es una verdad antigua. Por ello debemos empezar por el
principio y llegar al momento actual a su debido tiempo. Hace bastantes años,
el mil novecientos veinticinco, exactamente, el Banco Wyman finanzó un proyecto
de irrigación del Valle de Trenton. Era una empresa muy atrevida que debía
convertir unas tierras sin ningún valor en un vergel inapreciable. Cuando el
agua que se perdía tontamente fuese embalsada, aquellas tierras se podrían
regar y valorizar al máximo. El Banco Wyman., fundado por los caballeros aquí
presentes y, además, por el señor Newcomb y el señor McCune, lanzóse a la lucha
e invirtió sumas enormes. Todos estaban tan seguros del éxito, que no vacilaron
en arriesgar el capital entero del Banco. Sabían que tan pronto como pudieran
lanzar las acciones, el público se pelearía por comprarlas. Estábamos entonces
en el tiempo en que todo el mundo jugaba a la Bolsa y nadaba en dinero. Por lo
tanto, la emisión de aquellas acciones no podía fracasar. Pero fracasó por un
obstáculo imprevisto que impidió que se constituyera la Sociedad explotadora.
Fueron inútiles todos los gastos hechos e, inevitablemente, el Banco Wyman
quebró. Todos sus dirigentes fueron procesados y el jurado los reconoció
inocentes de todo delito.
"Los diez directores propietarios del Banco marcharon
por distintos caminos y, como eran inteligentes y honrados, no tardaron en
hacer fortuna. Unos más, y otros menos; pero todos se convirtieron en hombres
ricos.
"Alguna vez, por sus negocios, se encontraban,
cambiaban unas palabras, prometían verse más a menudo; pero dejaban pasar el
tiempo sin que la vieja amistad se reanudase por completo.
"Así llegó el momento en que otra Sociedad, formada
por agricultores y pequeños hacendados, pensó en resucitar el proyecto de
irrigación del Valle Trenton. Se reunieron unos millones; pero no hubo
bastante. Hacían falta nueve más. Se decidió, una vez más, abandonar ese
beneficioso proyecto; pero, un día, el presidente de la Sociedad recibió el
aviso de que antes de cuatro meses tendría los nueve millones que necesitaba.
Duke calló un momento, recorrió con la mirada todo el
círculo formado frente a él y prosiguió.
—Ahora viene lo importante. Es decir, la causa de todos
los males que se siguieron. El señor McCune fue el autor de la comunicación al
presidente de la Sociedad. Su idea era reunir a los antiguos miembros del Banco
Wyman y pedirles que contribuyeran al pago de los nueve millones que se
necesitaban para financiar la empresa. Visitó al señor Banning y ese caballero
no quiso entregar los quinientos mil dólares que le habían sido asignados por
McCune como parte de la que se hizo responsable cuando la quiebra. El señor
Banning ha confesado que entre otras razones le movió a negarse el hecho de que
si pagaba aquel dinero todo el mundo creería que la quiebra no fue tan
honorable como se reconoció en el Tribunal. ¿No es cierto, señor Banning?
Curtis Banning asintió con la cabeza.
—Sí —dijo—. Así ocurrió.
—Si el señor McCune hubiera tenido el capital suficiente,
hubiera entregado los nueve millones; pero sólo tenía algo más de dos y por
ello se le ocurrió el descabellado proyecto de convertirse en secuestrador.
—¡Eh!
La señora McCune se había puesto en pie.
—Sí, es verdad, señora —dijo Duke—. Usted lo sospechaba;
pero ni aun ahora quiere reconocer esa realidad que se le antoja tan terrible.
Su marido no visitó a ninguno más de sus compañeros; pero unos días después
disfrazado, enmascarado, no se exactamente cómo, secuestró al señor Banning y
lo retuvo en su propia casa durante unos días, hasta que Banning, convencido de
que las intenciones de su antiguo amigo eran honradas, le entregó medio millón.
—¡No es posible! —gimió la Señora McCune.
—Lo es. Su esposo continuó sus operaciones de secuestro y
una tras otro fue raptando a todos sus amigos. Si ellos se hubiesen negado a
pagar las sumas que él les asignó, les habría dejado en libertad; pero el
tiempo que pasaron juntos, sus charlas, sus reflexiones, todo influyó en
convencerles de que debían reparar el mal que, involuntariamente, causaron. Por
eso todos pagaron las sumas exigidas y ninguno denunció la verdad.
—Pero mi esposo también fue secuestrado —dijo la señora
McCune.
—Sí, él mismo se secuestró. Lo hizo para que no se
sospechara de él y, al mismo tiempo, para justificar legalmente su desembolso
de dos millones.
—Me resisto a creerlo —insistió la viuda.
Duke se puso en pie y, sacando un cortaplumas, lo abrió y
comenzó a cortar los cordeles del paquete que tenía delante.
—Creo que aquí está la verdad y las pruebas —dijo—. No lo
he abierto porque necesitaba que hubiera testigos, y no podía encontrarlos
mejores que los mismos hombres que pagaron esa fortuna.
Duke empezó a desenvolver el paquete. Debajo del papel
apareció una fuerte caja de cartón, también cuidadosamente atada. Luego, cuando
los cordeles cayeron, cortados, y Duke levantó la tapa de la caja, Betty y la
señora McCune lanzaron un grito de asombro al verla llena de billetes de Banco
de a mil y quinientos dólares.
—¿Qué es eso? —preguntó la señora McCune.
—Creo que son nueve millones trescientos cincuenta dólares
—replicó Duke—. De todas formas aquí tenemos una carta que debe de ser del
propio señor McCune.
Duke abrió el sobre que acababa de encontrar en la caja y
sacó de él una hoja de papel escrita a máquina. Iba dirigida a él:
—"Amigo Straley —leyó en voz alta:— Cuando usted lea
esta casta seguramente no perteneceré ya a este mundo. He cometido una terrible
locura y comprendo que debo pagarla. La vida será poco precio. Lo siento, sobre
todo, por mi esposa. Yo soy el misterioso secuestrador "X". He
secuestrado a mis amigos, y ellos lo saben. Lo hice con un fin elevado y todo
iba bien. Pero acaba de ocurrir algo terrible. Alguna de las personas que están
a mi alrededor ha descubierto mi delito. Hoy he sabido de un rapto en el que han
muerto una mujer y un niño. Ese secuestro me será achacado, porque la nota
dejada en el lugar está escrita con la misma máquina que ya utilicé para
redactar las anteriores notas. Esas notas las tiene la Policía y cuando las
compare me acusará a mí. Hasta ahora yo tenía las manos limpias y mis amigos me
hubieran apoyado; pero si me creen un criminal todos se volverán contra mí.
Sospecho de mi secretaria, pero no tengo pruebas contra ella. Se que
intervienen varias personas y que andan detrás de los millones que se
encuentran en mi poder. Por eso he dispuesto ocultarlos en un paquete y
dejarlos en la consigna para que usted, amigo mío, los recupere y, de acuerdo
con las personas a quienes nombro, hagan de ellos el mejor uso que crean
conveniente. Me encuentro en una situación en que me es imposible recurrir a la
Policía, pues para acusar a los demás he de empezar por acusarme a mí mismo y
hundirme en la vergüenza. No puedo hacerlo y sólo deseo que llegue usted a
tiempo para explicarle de palabra todo esto. Si antes, como temo, me matan, el
señor Newcomb se pondrá en contacto con usted para disponer de este dinero. He
tomado un sin fin de precauciones y confío en que usted sabrá vencer a esos
delincuentes que han utilizado mi locura para su beneficio. Hable con mis
amigos y tomen la decisión más honrada".
“Como pueden ver, la carta está escrita muy nerviosamente,
casi con incoherencia. Pero de ella se deduce que Valman, Martel y sus
cómplices se enteraron de la locura del señor McCune y decidieron apoderarse de
unos millones que él no podía reclamar. Cuando supieron que había recurrido a
mí, pensaron en matarme. Al fracasarles el golpe utilizaron a Lawford para
asesinar a McCune y luego a uno de sus hombres para asesinar a Newcomb, que
venía a verme para explicarme toda la realidad. Como les interesaba mucho que
yo no me enterase del texto del anuncio por medio del cual McCune indicaba a
Newcomb mi dirección, se apoderaron del periódico en el cual estaba señalado el
anuncio, y que el señor McCune dejó en esta habitación. Después mataron al
botones que iba a proporcionarme otro ejemplar y sólo por medio de Sheila
Price, y siempre creyendo que me inutilizaría con el narcótico, me descubrieron
la verdad. Al escapar de sus manos, enviaron al asesino de Newcomb con la
cartera que había arrebatado a su víctima. En dicha cartera estaban los
documentos del falso O'Mara, y debía ser una contraseña. El hombre aquel
entregó la cartera y al salir dejó una bomba que debía acabar con todos los que
nos hallábamos aquí. Fracasó aquel ataque y lo que siguió después ya lo saben.
Legalmente, el misterioso secuestrador "X" ha muerto. Se ha
comprobado que fue Martel quien asesinó al niño y a la institutriz. Si ustedes
quieren, descubriremos la verdad; pero estoy seguro de que preferirán que este
dinero vaya a parar al sitio a que estaba destinado, y dejarán que Joseph
McCune continúe siendo para todos un hombre intachable.
Siguió un largo silencio y, por fin, Curtis Banning se
levantó, diciendo con voz quebrada:
—Creo que todos estamos de acuerdo en que las obras del
Valle Trenton sigan adelante. Ya lo convinimos con McCune y no es ahora el
momento más oportuno para introducir variaciones. Si alguien no está conforme
puede exigir que se le devuelva su dinero.
Nadie se movió y, pasados unos segundos, Duke prosiguió:
—Desgraciadamente en este caso ha habido víctimas. Una de
ellas ha sido el botones que fue muerto frente al hotel. Su familia queda
desamparada. Yo estoy dispuesto a entregarle los veinticinco mil dólares que
por anticipado me pagó el señor McCune. Creo, señora McCune, que usted puede
contribuir a ese fondo benéfico.
—Desde luego —replicó la viuda—. Todo esto es horrible;
pero mis sospechas, durante mucho tiempo, han sido muchísimo peores. Mañana le
enviaré un cheque.
La reunión había terminado. Lentamente fueron saliendo los
asistentes a ella. Todos cambiaron un fuerte apretón de manos con Duke. Por
fin, éste quedó solo, y, sentándose en un sillón, encendió uno de sus
perfumados cigarrillos.
—¿Ya ha terminado el caso? —preguntó Betty, saliendo del
dormitorio.
—Sí, ahora podremos descansar. En cuanto tu novio esté
curado os casaré y nos iremos a pasar la luna de miel a Oriente.
El timbre del teléfono cortó la respuesta de Betty.
—Conferencia de Nueva York —anunció la telefonista.
—¿Quién? —preguntó Duke.
—Soy yo —contestó la voz de Max Mehl—. Ven en Seguida.
Está ocurriendo algo espantoso. Déjalo todo y ven a ayudarme. Si no obramos con
rapidez va a suceder algo increíble.
—Tendrá que aguardar a que vuelva de Oriente —advirtió
Duke.
—¿Estás loco? ¿Qué se te ha perdido en Oriente?
—El viaje de boda de mi hermana y de Bob.
—Oye, diles que lo retrasen. Para casarse siempre hay
tiempo; pero un misterio como el de ahora no se presenta más que una vez cada
cien años. ¡Y ha tenido que suceder en el momento en que yo soy jefe de policía
de aquí!
FIN
Digitalizado por: Antonio González Vilaplana
Pubicado por: Editorial Molino, enero 1944

