Libros Más Recientes

Emancipación N° 1051. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1050. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1049. VER CANAL EMANCIPACIÓN

PODCAST REVISTA

ACTUALIDAD

📰 ACTUALIDAD

Ciencia, actualidad, educación y análisis

Cargando noticias...

Libro N° 4104. El Misterio De Los Diez Secuestros. Figueroa Campos, J.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4104. El Misterio De Los Diez Secuestros. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  El Misterio De Los Diez Secuestros. J. Figueroa Campos

 

Versión Original: © El Misterio De Los Diez Secuestros. J. Figueroa Campos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/03/el-misterio-de-los-diez-secuestros-j.html#more

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://cdn.marcosbl.com/libreria/libros/15326_libro.jpg

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MISTERIO DE LOS DIEZ SECUESTROS

J. Figueroa Campos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Annotation

 

Tercera aventura de Duke, un joven millonario para quien la vida no ofrece atractivo mejor que el de oponer su inteligencia y su fortuna a la astucia y audacia de los enemigos de la Ley.

Duke Straley de Pozoblanco, famoso detective de Nueva York, al que acompañan Elizabeth “Betty” Straley, hermana de Duke; Bob Dennison, íntimo amigo de Duke y compañero de aventuras, novio y después marido de Betty; Susana Cortiz Graham, abogada, novia de Duke y posteriormente su esposa; Max Mehl, Jefe Superior de la Policía Metropolitana y otros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. Figueroa Campos

EL MISTERIO DE

LOS DIEZ SECUESTROS

DUKE nº 3

Autor: José Mallorquí como J. Figueroa Campos

©1944, Editorial Molino

Colección: Hombres audaces

Digitalizado por: Antonio González Vilaplana

Generado con: QualityEPUB v0.28

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

Si no fuera tan grave creería que se trata de una broma que se me quiere gastar —gruñó Max Mehl, mordiendo, más que fumando, un largo cigarro puro—. Al principio tomé la actuación de esta banda por un intento aislado. Nunca pensé que llegase a adquirir las proporciones que tiene actualmente.

—Van diez secuestros, ¿eh? —preguntó Duke, lanzando hacia el techo una columna de oloroso humo arrancado a su cigarrillo.

—Diez justos, y no creo que la cosa termine aquí. Y lo peor es que el público casi simpatiza con los secuestradores.

—Es natural. Es un delito de nuevo estilo. Sin derramamiento de sangre, sin crueldad...

—A mí me resulta un secuestrador simpático —declaró Betty Straley, la hermana de Duke.

—¿Por qué cree que se trata sólo de un secuestrador? —preguntó Max Mehl—. ¿No pueden ser varios?

—Una cosa tan delicada sólo puede ocurrírsele a un hombre inteligente.

—¿Y qué?

—Pues que los hombres inteligentes trabajan solos. No quieren cómplices peligrosos.

—Muy bien raciocinado —declaró Bob Dennison.

—Lo que a mí me interesa es descubrir al secuestrador —dijo Max—. Se me había llenado de alabanzas con la solución del misterio del Aire Líquido, y ahora que todo el mundo estaba contento y satisfecho ha venido eso de los secuestros a enredar las cosas. Y todo por culpa de Alvin Weston. Su caso fue extraordinario —admitió Bob.

—Desde luego no se parece en nada a los secuestros corrientes —declaró Duke.

—Un secuestrador que es capaz de portarse como ése en el caso de Weston, está destinado a hacerse simpático —sonrió Betty.

El secuestro de Alvin Weston, el famoso financiero había conmovido a toda la ciudad. Weston fue visto entrar en una cabina telefónica en la estación Pensylvania. Su secretario aguardó frente a dicha cabina a que su jefe terminara la conferencia telefónica, y cuando al fin, extrañado por la tardanza, fue a la cabina, se encontró con que estaba vacía y que en la parte inferior de la misma veíase un boquete abierto en la pared. Dicho boquete comunicaba con otra cabina instalada al otro lado del tabique y por la cual debía de haber salido Alvin Weston y su secuestrador.

La noticia circuló por la ciudad como la llama por un reguero de pólvora. El secuestro reunía todas las características necesarias para hacer de él una noticia de primera plana. Y no para un día solo, sino para varios.

A la noticia del rapto siguió la de que el secuestrador exigía a la familia de Weston un millón de dólares por el rescate. Era la máxima suma exigida por aquel audaz delincuente.

Pero si todo esto era sensacional, aun faltaba la nota culminante de todo el caso. Y ésta llegó cuando una mañana el conductor de una de las ambulancias del Medical Center fue detenido, pistola en mano, por un enmascarado y obligado a entregar su vehículo a su agresor. Media hora más tarde la ambulancia era abandonada a cincuenta metros del Medical Center, donde se recibió un aviso telefónico indicando que la ambulancia estaba a pocos metros del famoso hospital, y que dentro de ella se encontraba Alvin Weston, con necesidad urgente de una operación en el apéndice. Horas más tarde se daba a la nación la noticia de que el multimillonario salvó su vida por verdadero milagro, pues de haberse retrasado una hora más la operación, su suerte hubiera estado sellada. Lo más curioso era que el secuestrador, después de anunciar a Alvin que de no operarse en seguida podía morir, le puso en libertad sin recibir ni un centavo del rescate, aunque haciéndole prometer que tan pronto como estuviera restablecido pagaría el millón de dólares.

Y Alvin Weston, ante el asombro general, anunció, tres días después, que había pagado el millón a su generoso secuestrador.

—El comportamiento de Weston aun ha complicado más las cosas —gruñó Max—. Ese secuestrador se está convirtiendo en un bandido generoso a quien incluso sus víctimas respetan. Tenemos ya un nuevo Dick Turpin que roba a los ricos para favorecer a los pobres. —¿Favorece a los pobres? —preguntó Betty.

—Por ahora no se sabe que haga nada de eso; pero no tardaremos en saberlo. No me negaréis que ese hombre se porta de una manera muy rara.

—Sus víctimas aseguran que durante su cautiverio han sido tratadas a cuerpo de rey —dijo Bob.

—Con toda clase de miramientos y comodidades —intervino Max—. Sus menores deseos son satisfechos. Y en el caso de Carruthers, por ejemplo, su comentario al ser raptado fue lamentarse de no poder asistir al estreno de "Oro Negro". Pues bien, unas horas después dos hombres se presentaban, en las oficinas de la Super-Films y pistola en mano se llevaban los rollos de la película, y aquella noche Carruthers pudo asistir cómodamente a la proyección de "Oro Negro" en la sala especial de ese bandido.

—Sospecho que dentro de poco serán legión los millonarios que se dejarán raptar —dijo Duke—. O por lo menos que desearán ser raptados. Vale la pena pagar un millón por las emociones, distracciones y publicidad que reporta el caer en manos de ese secuestrador. ¿Cómo se llama?

—Firma con una "X". Nadie sabe su nombre.

—¿Y los secuestrados? ¿No han podido dar ninguna indicación que permita averiguar su identidad?

Max Mehl respondió negativamente a la pregunta de Duke.

—No. Todos han dicho lo mismo: Que no conocen ni han visto nunca a su secuestrador. Siempre que durante el secuestro se presentó ante ellos lo hizo enmascarado, mejor dicho, cubierto con un capuz que le ocultaba no sólo el rostro, sino incluso la cabeza, y que, además, velaba su voz haciéndola irreconocible.

—¿Tiene una lista de los secuestrados? —preguntó Duke.

—Sí —gruñó el jefe de Policía—. Toma. Ahí están los nombres de todos los secuestrados y las cantidades que han pagado.

Duke tomó el papel que le tendía Max y leyó:

Curtis Banning ............................, 500.000 dólares

Lewis Hoge ................................., 500.000 "

Thorne Warwick ......................, 1.500.000 "

Irving Carruthers ......................, 1.500.000 "

Andrew Pollard ..........................., 750.000 "

Joseph MeCune ........................, 2.000.000 "

Jonathan Shaw ............................, 600.000 "

Víctor Newcomb ......................, 1.000.000 "

Richard Porter .........................., 1.000.000 "

Alviu Weston ..........................., 1.000.000 "

___________

9.350.000 "

—Casi nueve millones y medio —comentó Duke—. Una bonita suma.

—¡Y tan bonita! —exclamó Max—. Un negocio como no habrá otro. A este paso en menos de mes y medio ganará diez millones.

—Veo que Joseph McCune es el más cargado en la lista. ¿Sabe por qué le exigió dos millones?

—McCune no ha querido decirlo. Se ha limitado a asegurar que le habían sido exigidos con justicia y que no lamentaba haberlos pagado.

—Es el presidente de la Asociación de Banqueros, ¿no es cierto? —preguntó Bob Dennison.

—Sí. Un gran financiero. Actualmente es consejero del Gobierno para los asuntos de economía internacional.

—Ya lo leí —intervino Duke—. Por cierto que me extrañó un poco que un hombre de tan grandes intereses aceptara un cargo que sólo ha de producirle molestias.

—No parece sentir ya ningún interés por los negocios particulares —declaró Max—. El pago de su secuestro le ha dejado sin más bienes personales que unos ciento cincuenta mil dólares y su sueldo de consejero económico que ascenderá a unos ciento cincuenta mil al año.

—Su secuestro precedió a su nombramiento, ¿verdad? —preguntó Bob.

—Sí y no. Joseph McCune fue avisado, por el presidente, de que se le había elegido para aquel cargo. Le preguntó si aceptaba, y McCune contestó afirmativamente. Entonces se dispuso que dos días más tarde se hiciera público el anuncio de la elección de McCune para tal cargo; pero al ser secuestrado aquella misma noche, se retrasó la noticia hasta que McCune fue liberado.

—¿Y no puede existir alguna relación entre el secuestro de McCune y ese nombramiento? —preguntó Dennison.

Max movió la cabeza.

—McCune ha asegurado que no. El hecho de que se le exigiera un rescate tan grande hace pensar en que el secuestrador estaba enterado de la importancia adquirida por McCune.

—¿Y no contribuyó el Gobierno al pago de la suma exigida? —preguntó Bob.

—No —explicó Max—. McCune se opuso. Rechazó toda ayuda y limitóse a explicar que la demanda estaba justificada.

—O sea que se negó a facilitar ningún dato contra su secuestrador.

—Exacto, Duke.

—¿Y los demás?

—Todos, sin excepción, han hecho lo mismo. Han contestado con vaguedades, han asegurado no conocer a su raptor, ignorar por qué se les ha secuestrado... En muchas cosas se han mostrado en desacuerdo. Especialmente en la descripción del secuestrador. Según unos es alto, fuerte, de potente voz. Otros lo describen bajo, débil, con voz apagada. Estoy seguro de que todos han visto al mismo hombre y de que, por algún motivo, lo describen también todos de distinta manera.

—¿Qué motivo puede ser ese? ¿Acaso miedo?

—Quizá; sin embargo en algo están de acuerdo todos. Dicen que han sido tratados a cuerpo de rey, que se les han servido los mejores alimentos, que se ha tenido con ellos toda clase de atenciones, que sus gustos han sido satisfechos en lo posible y, a veces, hasta en lo imposible.

—No obstante si a ese hombre se le detuviera se le enviaría al patíbulo, ¿no es cierto? —preguntó Dennison.

—Desde luego —replicó Max—. La Ley Lindbergh condena a muerte al secuestrador.

—Pero si las victimas niegan haber sido raptadas no se podrá condenar a ese hombre —sugirió Duke.

—¿Y por qué han de declarar semejante cosa? —preguntó Max.

Straley se encogió de hombros.

—No sé; pero es muy raro que diez caballeros a quienes se ha despojado, como mínimo, de medio millón y que en cinco casos han pagado uno entero, hablen bien del hombre que les ha librado de ese peso.

—Sí, es un mal asunto que, precisamente, tenía que caer sobre mí —gruñó Max—. Siendo tan grande esta nación, han tenido que elegir Nueva York para realizar una serie de secuestros que son ya un escándalo.

—Tal vez las cosas se arreglen pronto —dijo Duke—. ¿Ha interrogado a todos los secuestrados?

—Sí, he hecho el tonto con ellos; he dejado que se rieran de mí, que me contasen las mentiras que se les ocurriesen y al despedirme he tenido que sonreír como si, en efecto, creyera todos sus cuentos chinos.

—¿Y ahora quiere que le ayude? —preguntó Duke.

—Desde luego. Necesito que me resuelvas este misterio, que envíes a la silla eléctrica al secuestrador y que le hagas ir acompañado de sus diez víctimas. A veces pienso que todo será una comedia para ahorrarse el pago de los impuestos fiscales.

—No es mala idea —sonrió Duke—. En este mundo tan lleno de bajezas, una cosa así no sólo es posible, sino lógica. Me gustaría hablar con esos secuestrados tan originales.

—No les sacarías nada.

—¿Qué antecedentes tienen?

—Buenos. Cuando un hombre puede firmar un cheque por un millón de dólares sin que la gente se extrañe, es que es decente. Casi todos son banqueros o agentes de Bolsa.

—¿Banqueros? ¿No es una coincidencia un poco rara?

—Quizá lo sea. ¿Por qué?

—No sé. Déjeme pensar. El asunto me interesa mucho; pero no debo negarle que mis simpatías van hacia el hombre que ha sido capaz de sacarles nueve millones a diez banqueros. Casi estoy por creer en la existencia del bandido generoso.

—¿También tú? —gimió Max—. Sólo faltaba eso. Las simpatías del público y hasta de los jueces van hacia el secuestrador; pero al mismo tiempo que le proclaman un hombre notable, los periódicos atacan a la Policía porque no sabe detenerlo. Por lo visto quisieran que se le detuviese, que todos se deshicieran en alabanzas hacia él, que lo proclamasen un bienhechor de la Humanidad, un justiciero, un mártir de sus ideales, y cargado de todas estas alabanzas y laureles se sentara en la silla eléctrica, recibiera unas cuantas descargas y luego, durante años y más años, al hablar de él se criticase a la sociedad por su cruel injusticia. Porque si le consideran simpático y bueno, lo menos que podrían hacer sería aceptar alegremente que burle a la justicia. Pero no, nos critican por no dar con él, dicen que nuestro servicio es el peor del mundo, que Scotland Yard, con menos gente y medios, trabaja infinitamente mejor. Te aseguro, Duke, que nada me gustaría tanto como verme raptado por ese tipo y permanecer en su dorada cárcel durante un año o más, olvidado del mundo, sin tener que trabajar por quienes no lo agradecen.

En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Betty descolgó el aparato y preguntó:

—¿Quién llama?

Escuchó la respuesta y, volviéndose hacia Max, anunció:

—Para usted, jefe. Le llaman de su cuartel general. Parece que el enemigo está a punto de coparlo, pues el que habla tiembla como un azogado.

—Alguna mala noticia —suspiró Max—. Si se tratase de que me iban a dar alguna gratificación o de que el Presidente deseaba verme para felicitarme, esos alcornoques que trabajan a mis órdenes tardarían un siglo en localizarme, aunque a cada uno de ellos les hubiese dicho que venía aquí; pero en cuanto se trata de darme un disgusto, dan conmigo en dos segundos.

Max Mehl alcanzó el teléfono, casi ladrando preguntó para qué le necesitaban y, a juzgar por el horror que expresó su rostro, la noticia debía de ser realmente mala.

—¿Cuándo ha ocurrido? —gruñó—. ¿Hace media hora? ¿Y seguro, que es "X"? ¿Cómo? ¿Que dejó una nota pidiendo un millón? Perfectamente. Voy hacia allá. ¿No hay ninguna pista? ¿Un coche matrícula Washington...? ¿Le siguen? ¡Cómo! ¿Dice que fueron ametrallados...? Avisen a la Policía Federal. El asunto pasa a sus manos. En cuanto salga de los límites de Nueva York nosotros no podemos hacer nada contra el secuestrador.

Max Mehl colgó el teléfono y volvióse hacia Duke.

—Ya está —gruñó—. Ya ha dado el tropiezo.

—¿Quién ha tropezado? ¿El misterioso señor "X"?

—Sí. Ha raptado a un niño, al hijo de los Harwood.

—No deja de ser raro que un hombre que se había especializado en el secuestro de millonarios se dedique de pronto al de niños —comentó Betty.

—Pero lo cierto es que lo ha hecho, y no es eso sólo, sino que, además, ha cometido un doble asesinato.

—¿Ha matado al niño? —preguntó, muy pálido, Duke.

—Primero mató a la institutriz del chiquillo. Parece ser que el pequeño Harwood estaba en su cuarto de jugar y el secuestrador entró por el jardín y le amordazó. Luego dejó sobre la mesa una nota avisando a los padres que su hijo quedaba secuestrado y que si deseaban verle nuevamente con vida, debían pagar un millón y no decir ni una palabra a la Policía. La firma era la de siempre: una "X". Hasta aquí todo le salió bien al secuestrador. Saltó por la ventana y corrió hacia el auto que le aguardaba frente a la casa; pero antes de que terminase de cruzar el jardín, la institutriz regresó al cuarto de jugar, vio la nota, corrió a la ventana y comenzó a pedir socorro. Entonces el secuestrador disparó contra ella matándola. El disparo atrajo al policía de guardia, quien tomó el número de matrícula del coche y dio la alarma. Un auto patrulla, avisado por radio, descubrió el coche del secuestrador y se lanzó tras él. Se cambiaron unos disparos y, al fin, del auto del secuestrador cayó o fue lanzado a la carretera el pequeño Harwood, en el momento en que los policías disparaban. El pequeño fue alcanzado por una de las balas y resultó muerto. Al mismo tiempo, los del otro coche comenzaron a disparar con una ametralladora e inutilizaron el auto de la Policía, pudiendo huir antes de que la alarma pudiera ser dada por completo.

—Bien, es muy triste; pero con ello se termina la aureola de bondad del secuestrador señor "X". De ahora en adelante sólo será un asesino más, un enemigo público a quien se podrá perseguir con toda la saña que el caso requiere. ¿No está contento, Max?

—No, no lo estoy. Si hasta ahora había resultado imposible cazarlo, de ahora en adelante aun será más difícil. Ya puedes imaginar cómo se guardará. Si quieres acompañarme...

—No, no tengo interés en ver cadáveres —rió Duke—. Si sabe algo procure informarme de ello.

Bufando como un toro, Max Mehl salió de casa de Duke y, en el auto que aguardaba a la puerta, marchó precedido por un largo y erizante gemido de sirena.

—¿Qué te parece? —preguntó Betty a su hermano.

Éste se encogió de hombros.

—A primera vista parece una cosa muy sencilla y clara. Sin embargo, y juzgando sólo por los detalles proporcionados por Max, hay un truncamiento de la unidad de acción. Este secuestro es distinto de los otros y no sería la primera vez que alguien se aprovecha de una fama para hacer una jugada un poco sucia. Voy a llamar por teléfono a Joseph McCune. Hubo un tiempo en que, al encontrarnos, McCune me daba unas palmadas en la espalda y me ofrecía un puro. Fue compañero de estudios de papá.

—Hubo amistad entre los dos hasta aquel desagradable asunto de la quiebra —recordó Betty.

—Sí, fue muy desagradable. Sobre todo para McCune...

Súbitamente Duke volvióse hacia su hermana y preguntó:

—¿No recuerdas?

—¿Qué debo recordar?

—Lo que acabas de decir. Es una clave.

—No te entiendo... ¿Qué significa eso de que es una clave? ¿Qué es una clave?

—No importa. Adiós. Voy a una gestión. Marchaos al cine o a pasear por el Parque Central como hacen los enamorados de verdad. Vosotros parecéis dos pasmados. Después de lo ocurrido en casa de aquel loco que se disponía a disolver en ácido a Betty, ya deberíais haberos dado cuenta de que estáis enamorados, y en vez de eso... Bueno, adiós.

Y dejando a Bob en una situación apuradísima, sin saber qué hacer con sus manos, y mucho menos con sus ojos, Duke salió de casa y en su coche se dirigió a la biblioteca.

—Déme la colección del New York Times del mes de junio del año veinticinco —pidió Duke a la bibliotecaria que atendía a los lectores de la biblioteca.

La joven llenó por sí misma uno de los boletos de pedido, en vez de pedirle a Duke que fuera él quien lo llenase, como ordena el reglamento, y anticipando la demanda a las ciento y pico que la precedían, logró que, cinco minutos después, Duke tuviera ante sí los cuatro gruesos volúmenes que guardaban todo el papel impreso en el mes de junio de 1925 por el New York Times.

El día ocho de aquel mes se iniciaba el proceso por la quiebra del Banco Wyman. El proceso duró ocho días y los acusados Curtis Banning, Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Víctor Newcomb, Alvin Weston, Richard Porter, Andrew Pollard, Jonathan Shaw y Joseph McCune quedaron absueltos libremente de las cargas de malversación de fondos que pesaban sobre ellos. El Banco Wyman era de regular importancia y su activo ascendía a nueve millones trescientos cincuenta mil dólares. La causa de la quiebra era la inversión de casi toda esta suma en un proyecto de irrigación que en el último momento, debido a un obstáculo que debiera haber sido previsto pero que, debido a su aparente insignificancia no fue tenido en cuenta, fracasó estrepitosamente. Los esfuerzos de todos los directivos del Banco Wyman fueron infructuosos y en el juicio se les reconoció su buena fe y su equivocación al lanzarse a un negocio que sólo podía ser un fracaso. Salieron absueltos y limpios de toda mancha. Nadie les acusó nunca más y la quiebra del Banco Wyman pasó a ser una de tantas en las cuales sólo pierde, realmente, el que, fiándose de la solidez de la Banca, deposita en ella su fortuna o, simplemente, sus ahorros.

Duke apartó a un lado el volumen que reunía los diez números entre los cuales estaba el del día correspondiente a la sentencia del Tribunal. Su mirada se fijó en la lista de los diez nombres de los secuestrados por "X", y en las cantidades abonadas por su rescate. Todos los que allí aparecían figuraban entre los principales financieros norteamericanos. Varios Bancos tenían en aquella lista a sus directores, y un par de empresas de importancia mundial estaban representadas por sus propietarios.

Lo más curioso era que las sumas mayores no correspondían, exactamente, a los hombres más ricos. Joseph McCune, por ejemplo, no podía compararse en importancia de capital a Lewis Hoge, cuyos automóviles circulaban por las cinco partes del mundo. Sin embargo, el rescate pagado por Hoge se elevaba a medio millón, siendo así que hubiera podido pagar fácilmente, siete u ocho. En cambio Joseph McCune, el menos rico de todos, habíase arruinado casi al pagar los dos millones. Lo mismo podía decirse de Víctor Newcomb, cuyas posibilidades económicas eran relativamente escasas y que después de abonar un millón no debió conservar más allá de otro medio.

—Hay algo que no sabemos —murmuró Duke—. Algo que al aclararse asombrará a todo el mundo.

Dominado por una súbita idea, el joven, volvió a abrir el volumen correspondiente al proceso. Repasó los detalles del mismo y no encontró en ningún punto un ataque demasiado violento contra los acusados. Los perdidosos en la quiebra aceptaban también la buena fe de los diez jefes del Banco Wyman.

—¡Muy raro! —gruñó Duke.

Salió de la sala de lectura y entró en una de las cabinas telefónicas. Depositó un níquel en la ranura y marcó un número.

—¿El Daily Graphic? —preguntó.

—Sí —replicó una voz femenina con acento de mascar chiclé.

—Póngame con Blue Lifferkin.

—¿De parte de quién?

—De su madre.

—¿Es usted su madre?

—Sí, pero él no lo sabe.

—Oiga... Si tiene ganas de broma...

—Póngame con Blue y no pierda el tiempo. Si quiere saber para qué le llamo escuche nuestra conversación. De todas formas lo hará.

La telefonista debió de darse por vencida, pues un momento después la inconfundible voz de Blue Lifferkin preguntó furiosamente:

—¿Quién llama?

—Soy Duke. Oye Blue: necesito algún dato acerca de los secuestrados por "X". Supongo que no te habrás dado cuenta, pero haz el favor de no enredar ahora las cosas sacando a relucir lo que te diré. Hace unos años todos los secuestrados por "X" estuvieron complicados en la quiebra de un Banco. La suma perdida por el Banco asciende exactamente a nueve millones trescientos cincuenta mil dólares. O sea, lo mismo que han pagado a "X" todos los secuestrados por él.

—¡Es verdad! —exclamó Blue Lifferkin—. ¡Va a ser una noticia...!

—No será ninguna noticia, Blue —interrumpió Duke—. No te he llamado para proporcionarte un éxito editorial ni mucho menos. Si me ayudas, más adelante te daré alguna buena noticia; pero de momento esto ha de quedar entre nosotros.

—¿Qué quieres?

—Que averigües si de la quiebra del Banco Wyman salió alguien especialmente perjudicado. Ha de ser alguien que se creyera víctima de una injusticia.

—No recuerdo —contestó, en seguida, Blue Lifferkin—. Yo seguí todo el proceso y fue muy apacible. Los perdidosos fueron muchísimos, pero nadie perdió cantidades muy elevadas. No hubo suicidios ni cosa por el estilo. Por cierto que hace algún tiempo se resucitó el proyecto de irrigación. Pasados los tiempos de la depresión, los campesinos fundaron otro Banco para ver de levantar una presa que retuviera el agua que durante el invierno y la primavera se pierde tontamente. Creo que no han podido hacer nada práctico por faltarles algo así como siete u ocho millones de dólares.

—¿Es seguro eso?

—Desde luego.

—Consigue más detalles. Averigua quién dirige el Banco ese. Entérate de si tiene alguna relación cuan cualquiera de los clientes del Banco Wyman.

—Te llamaré en cuanto lo sepa. No creo que necesite mucho tiempo para enterarme. ¿Algo más?

—No, de momento nada más. Adiós.

—Adiós.

—Duke salió de la cabina y dio unos pasos hacia la puerta; pero antes de salir de la biblioteca volvió a la cabina y llamó a Max Mehl.

—¿Qué se ha averiguado? —preguntó.

—Que el secuestrador ha huído —replicó el jefe de Policía—. Que tiene dos asesinatos sobre la conciencia...

—¿Es seguro que se trataba del mismo?

—Desde luego. La nota está escrita con la misma máquina. El papel es también el mismo. Todo concuerda.

—¿Todo? —preguntó, significativamente, Duke.

—Todo menos la forma de realizarse el secuestro. Es muchísimo más tosco. Si no fuese porque no me conviene complicar más las cosas, creería que la identidad de "X" ha sido suplantada. Pero la nota...

—Desde luego. Aguarde a que los acontecimientos sigan su curso. ¿No confían detener al fugitivo?

—Hemos encontrado el auto en que escapó. Pero en un estado que no permite la menor pesquisa. Se trata de un auto robado y, al destruirlo, el bandido ese lo roció con tanta gasolina que no conserva ni una sola huella. El fuego se las comió todas.

—¡Hum! ¿Trabaja con ustedes la Policía Federal?

—Sí. Tienen la esperanza de encontrar alguna pista entre los restos del coche. Perderán unas cuantas horas ensuciándose de pintura derretida y cuero carbonizado. Pero eso a ellos les gusta mucho. Dicen que es investigación moderna y científica. ¡Bah!

Max Mehl no sentía ningún cariño ni admiración por la Policía Federal. Como todos los que pertenecían a las fuerzas de orden público de los Estados, dolíale la intromisión en sus asuntos de los miembros de la Policía Federal y procuraba poner en su camino la mayor cantidad posible de obstáculos.

—Bien, Max. Si averigua algo, más avíseme. Estaré en casa.

Duke abandonó definitivamente la biblioteca y regresó a su domicilio.

—¿Está mi hermana? —preguntó a Butler.

—No, señor. La señorita y el señor Dennison aun no han vuelto. Pero el señor... —Butler se interrumpió para echar una mirada al cuaderno de notas colocado junto al teléfono—. El señor McCune ha llamado tres veces desde Washington...

—¿Quién?

—El señor Joseph McCune.

—¿Qué dijo?

—Que volvería a llamar dentro de media hora. Cada vez dijo lo mismo. La última llamada sonó hace dieciséis minutos.

—¿No explicó para qué llamaba?

—No, señor. Sólo dijo que tenía mucho interés en hablar con usted y que volvería a llamar.

—Bien... Estaré en mi despacho.

En aquel momento sonó el timbre de la puerta. Duke marchó hacia su despacho y, unos minutos más tarde, Butler le anunciaba:

—Una señora desea verle.

—¿Qué señora? —gruñó Duke.

—La señora Appeldorf, propietaria de un comercio de embutidos en Mayer Circle. Dice que se trata de un asunto muy grave. Que la han amenazado de muerte.

—¿La conoce?

—No, señor. Pero su aspecto es de persona decente. Es una mujer gruesa, vestida anticuadamente...

—Hágala entrar. Seguramente se tratará de una fantasía.

La señora Appeldorf era bastante más alta de lo que su amplio volumen la hacía parecer. Su rostro pertenecía a ese tipo entre bondadoso y estúpido que es tan corriente entre ciertas clases sociales. Parecía una campesina asombrada de hallarse en una ciudad tan grande.

—¿En qué puedo servirla? —preguntó Duke.

—¡Se trata de algo horrible, señor Straley! —exclamó la mujer—. Yo soy la señora Appeldorf. Soy viuda. Por eso me ocurren las cosas que me ocurren. Si viviera mi marido... Él si que era un hombre fuerte y enérgico. Si a él le hubieran dicho y hecho las cosas que me han dicho y me han hecho a mí... No, no las hubiera tolerado. Le aseguro que no las hubiese tolerado. Siempre decía: "Yo soy un hombre tranquilo. Pero que nadie intente..." Bueno, perdone, señor. A usted no le interesará lo que decía mi esposo, ¿verdad? De todas formas era un hombre muy notable. Murió hace un año y medio. Me dejó un seguro de vida por cincuenta mil dólares y a Mitinos...

—¿Y qué le ha ocurrido a Mitinos? —preguntó Duke, entre divertido y molesto por la premiosidad con que se explicaba aquella mujer.

—¡Oh! ¿Cómo lo ha adivinado?

La mujer parecía desconcertada por tanta perspicacia.

—No lo he adivinado. Lo he supuesto. Pero no importa. Tenga la bondad de continuar.

—Bien... Mi marido murió y yo cobré los cincuenta mil dólares. Entonces pensé que si me quedaba en casa no haría más que pensar en mi pobre esposo, pues todo me recordaría su ausencia. Por eso me decidí a comprar una tienda e instalar en ella un comercio de embutidos. He tenido mucha suerte. Pero hace una semana... Sí, fue hace una semana... Pues se presentaron dos hombres y me dijeron que yo necesitaba protección. Que la tienda corría peligro. Yo les contesté que la tienda no corría ningún peligro, pues nadie es capaz de hacer daño a una pobre mujer. Ellos se echaron a reír y me aseguraron que son muchas las personas capaces de hacer algo más que daño a una mujer. "Nosotros la protegeremos contra esas personas", me dijeron. Les contesté que no quería protección de nadie y que se marchasen si no querían que llamase a un policía para que se los llevara a la cárcel. Hicieron unas cuantas muecas, como si quisieran asustarme; pero yo no me dejo asustar por unos chiquillos y cogiendo una escoba les eché a escobazos a la calle.

"Al otro día salí de compras y al volver me encontré con que delante de la tienda había mucha gente y policías. Entré y me dijeron que Roberto, el dependiente que tomé para que me ayudase, se había matado al caerle encima una lata de diez kilos de salchichas en manteca. El pobre tenía toda la cabeza destrozada. Yo lo sentí mucho, pues Roberto me era muy útil; pero se necesita ser muy tonto para que le caiga a uno en la cabeza, desde tres metros de altura, una lata de salchichas...

—Claro —suspiró Duke, muy aburrido por la charla de la mujer.

Para distraerse, conectó el aparato de rayos X acoplado al sillón en que se sentaba la señora Appeldorf y se entretuvo unos instantes estudiando su esqueleto; luego, temiendo no poder contener la risa ante el espectáculo de un esqueleto hablando de aquella forma, cortó la corriente y la señora Appeldorf volvió a aparecer en el sillón.

—Esta mañana —siguió la mujer, ignorante de cuanto había sucedido—, en cuanto abrí la tienda, entraron dos hombres y me presentaron unas placas diciendo que pertenecían al Ayuntamiento. Me preguntaron si había sacado la licencia de Mitinos...

—Un momento. ¿Quién es Mitinos?

—¿Eh? ¿No lo sabe? Pues es mi gato. Un hermoso gato de Angora. Le quiero como se puede querer a un hijo.

—¿Y no ha sacado licencia para tenerlo?

—No, señor. No. Yo creí que no era necesario. Aquellos dos hombres me dijeron que era imprescindible. Entonces yo dije que la pagaría; pero me contestaron que ellos no podían cobrar nada, que debían llevarse el gato y que yo fuese a recogerlo y a pagar la multa y la licencia. Y se llevaron al pobre Mitinos.

—¿Qué más ocurrió?

—Al cabo de media hora recibí una nota en la cual se me decía que si no pagaba dos mil dólares no volvería a ver a Mitinos y que, además, recibiría la visita de unos jóvenes muy desagradables que destrozarían toda la tienda hasta dejarla convertida en un desierto. Entonces yo hablé con unos vecinos, quienes me explicaron que si quería trabajar en paz no me quedaría más remedio que...

En aquel instante sonó el timbre del teléfono. Duke vaciló un momento y, por fin, llevóse el auricular al oído.

—Conferencia de Washington —informó la chillona voz de la telefonista.

Oyéronse unos ruidos y, por fin, después de sonar varias voces femeninas más, una voz de hombre preguntó:

—¿Hablo con el señor Straley?

—Yo mismo. ¿Quién llama?

—Soy Joseph McCune. Le llamo desde la Oficina de Comercio de Washington. Me interesa mucho hablar con usted. Se trata de un asunto grave. Temo que me quede muy poco de vida. Me hace falta su protección y su inteligencia. No me interrumpa. Tome un avión y venga en seguida a la capital. No hable con nadie ni diga a nadie a qué viene. Jason Valman, mi hombre de confianza, le aguardará en el aeródromo para acompañarle a mi despacho. En el Grand Hotel le han sido reservadas unas habitaciones a nombre de Dion O'Mara. ¿Me ha entendido?

—No del todo. ¿Para qué he de ir a verle?

—Se trata de algo relacionado con los secuestros. Quiero contarle toda la verdad. No me importa pagar lo que usted me pida. He extendido ya un cheque a su nombre por veinticinco mil dólares. Ha sido entregado a su Banco. Es para cubrir los primeros gastos. ¿Vendrá?

—Desde luego. No creo que esta noche me sea posible tomar ningún avión. Llegaré mañana, a las diez de la mañana.

—Perfectamente. Irá directamente a mi despacho. Tenemos que hablar mucho. Adiós, señor Straley.

—Adiós —replicó Duke, sin mencionar ningún nombre.

Colgó el aparato y, volviéndose hacia la señora Appeldorf, preguntó:

—¿Qué le dijeron sus vecinos?

—Pues que si quería conservar mi tienda tenía que pagar para que me protegiesen. Yo pregunté de quién me debían proteger, y me contestaron que de los mismos a quienes yo pagaría. Me costó mucha entender que si no pagaba el seguro, la Compañía aseguradora me destrozaría la tienda. Ahora tendré que pagar los dos mil dólares para que me devuelvan a Mitinos. No se qué hacer, pues me han amenazado de muerte si aviso a la Policía. Como usted no es un policía he pensado que me podría aconsejar.

—No creo poder hacer mucho por usted, señora —sonrió Duke—. Si aprecia a su gato, pague los dos mil dólares, y si no quiere gastarse ese dinero en el animal, cómprese una escopeta de caza, cárguela de perdigones gruesos y en cuanto aparezcan esos jóvenes desagradables dispare sobre ellos.

—¿Usted cree que eso podría ser una solución? —preguntó la mujer, levantándose.

—Quizá. Buenas tardes, señora Appeldorf.

—¿Cuánto le debo por la consulta?

—No tiene importancia; si quiere envíeme unas cuantas salchichas buenas. Procuraré ser cliente de usted.

Repitiendo efusivamente las gracias, la vendedora de embutidos abandonó el despacho de Duke, mientras éste repasaba la lista de los diez secuestradores y empezaba a sacar conclusiones muy interesantes.

CAPÍTULO II

 

 

Duke abandonó su domicilio a primeras horas de la mañana siguiente marchando en dirección al aeródromo. Llevaba una maleta ligera, de lona, llena con lo indispensable para pasar unos días en la capital.

Varias veces se aseguró de si podría empuñar fácilmente la pistola que guardaba en una funda sobaquera y, por fin, a pesar de que la primavera había llegado esplendorosa y el día era casi de verano, Duke levantó los cristales de las ventanillas del auto, privándose así de la agradable brisa originada por la marcha del vehículo.

Pero esto no resultó tan ilógico y descabellado como alguno pudo suponer, pues, apenas había dejado atrás el Hudson, Duke vióse alcanzado por un auto que hasta entonces le había seguido a una distancia regular y cuyos ocupantes, al llegar junto al coche de Duke, levantaron las dos ametralladoras y las pistolas que hasta entonces llevaron ocultas y abrieron el fuego sobre Duke Straley.

Éste inclinó la cabeza, como si temiera que las balas pudieran atravesar los blindados cristales y la acerada carrocería a prueba de toda clase de proyectiles y, sacando un revólver guardado en la bolsa de los guantes, hundió el cañón del arma en una pequeña ranura del costado de la portezuela. El cañón hundióse como si en vez de atravesar el acero tuviera que perforar una masa blanda y, un segundo después, Duke hacía seis disparos a través de aquella segura tronera.

Al mismo tiempo aceleró la marcha y por medio del espejo retrovisor pudo ver como el auto atacante se despistaba, daba varias vueltas de campana y, por fin, quedaba en medio de un charco de agua con las ruedas aun girando velozmente.

Seguro de que ya no volvería a ser atacado, Duke bajó los cristales de la portezuela. No quería que nadie se extrañara al verlos astillados. Asomó luego la cabeza para ver si las balas habían dejado alguna huella sobre el blindaje del coche. Sólo vio algunas desconchaduras que seguramente nadie atribuiría a impactos de ametralladora.

Siguió Duke hacia el aeródromo con el pensamiento ocupado por la señora Appeldorf. Había sido un tonto no comprendiendo antes que todo cuanto había dicho aquella mujer fue una sarta de mentiras, una excusa para hallarse presente cuando se celebrara la conferencia entre McCune y él. ¿Qué podía haber averiguado la falsa señora Appeldorf? Desde luego que llegaría aquel día, a las diez, a Washington. Lo que no podía saber la señora Appeldorf era que había hablado con Joseph McCune, pues él no mencionó su nombre; pero, desde el momento en que ella había procurado estar presente, era que sabía, de antemano, que McCune le telefonearía. Eso significaba la existencia de una importante banda con ramificaciones en Washington y Nueva York.

Al llegar al aeródromo, Duke había decidido ya interrumpir sus cábalas que no conducían a nada práctico y dejar para el momento oportuno la solución de aquel misterio.

El potente cuatrimotor estaba a punto de despegar. Todos los pasajeros se encontraban ya a bordo y Duke ocupó su asiento pocos minutos antes de que las portezuelas fuesen cerradas y se diera la señal de partida, tras la cual el avión deslizóse por la cinta de cemento que servía para el despegue de los aparatos pesados, y remontóse sobre los árboles que bordeaban el aeródromo. El viaje fue muy corto y, a las diez y cinco minutos de la mañana, el cuatrimotor se posaba en el aeródromo de Washington. En cuanto Duke saltó a tierra, un hombre alto, vestido de negro, de rostro simpático y sonrisa fácil, avanzó hacia él con la mano extendida.

—¿Es el señor O'Mara? —preguntó significativamente.

Duke, antes de responder, miró interrogadoramente al hombre.

—Soy Jason Valman —se presentó el otro—. Me envía el señor McCune. ¿Ha tenido buen viaje, señor O'Mara?

—Excelente. Me despidieron con fuegos artificiales. Veremos cómo me reciben aquí.

—¿No lleva más equipaje? —preguntó Valman.

—No. Creo que con esto tendré bastante. ¿Despertará sospechas en El Grand Hotel?

—En Washington nadie se asombra de nada —replicó Valman, llevando a Duke hacia la salida del aeropuerto—. Sin embargo, yo no soy de aquí y me permito extrañarme de las palabras que ha pronunciado usted.

—¿De cuáles?

—Lo referente a los fuegos artificiales con que le despidieron. ¿Ha querido significar que atentaron contra su vida... a tiros?

—Algo por el estilo. Me despidieron con fuego de ametralladoras.

Jason Valman frunció el ceño.

—No sé —murmuró—. No estoy tranquilo. El señor McCune corre peligro y se empeña en no protegerse. Casi a la fuerza he conseguido que acepte un guardia de corps.

—¿Un protector armado?

—Sí. Él le explicará. Me ha pedido que no le diga nada hasta que él hable con usted.

Una brillante limosina negra aguardaba a la salida del aeródromo. Antes de subir a ella, Duke golpeó con los nudillos la carrocería, respondiendo el eco mate del acero sólido.

—Blindaje a toda prueba —sonrió Valman—. El presidente obligó al jefe a que lo aceptara.

Los dos hombres se acomodaron en el interior del sólido coche. El chofer debía de haber recibido ya instrucciones, pues dirigióse en seguida hacia donde estaban la mayoría de los edificios de las oficinas del Gobierno. Valman, fumaba un excelente habano y por su parte Duke tenía entre los labios uno de sus largos cigarrillos.

—Por la puerta lateral, Jerry —ordenó de pronto Valman al chofer.

Éste asintió con la cabeza, y al llegar a la enorme explanada que se extendía frente a un alto edificio, torció a un lado, yendo a detenerse frente a una puerta flanqueada de altas columnas de a granito. La puerta era de brillante bronce, y entrando por ella, y precedido por Valman, Duke subió al primer piso, desembocando en una amplia sala circular, de la cual irradiaban unos diez pasillos que conducían a numerosas dependencias.

Valman guió a su compañero por uno de aquellos corredores, y casi al mismo tiempo se abrió una puerta al final del pasillo, apareciendo un hombre en quien Duke reconoció a McCune. Su aspecto era de gran nerviosismo y el cabello se le pegaba a las húmedas sienes. Detrás de él salió un hombre algo más bajo, de fría mirada y elástico caminar. Era Pete Martel, en un tiempo famoso pistolero de Chicago, que amparándose en la falta de pruebas existentes contra él, al hundirse la Ley Seca, se dedicó con bastante éxito a la protección de la vida de los personajes políticos de alguna importancia. Dos de ellos fueron salvados por la rapidez con que Martel supo empuñar su pistola y por la precisión con que la disparó. Sin duda debía de ser el guardia de corps de McCune.

Detrás de Martel iba otro hombre, en quien Duke reconoció, también, a un famoso tirador de pistola. Odile Methven, uno de los primeros policías pertenecientes al cuerpo federal, que abandonó debido a una dolencia crónica.

—¿Qué hace Methven aquí? —preguntó Duke a Valman.

—Completa la protección de McCune.

Duke seguía mirando al financiero, que después de haberle saludado con un ademán aceleraba el paso. De pronto abrióse una de las puertas que daban al pasillo y salió por ella un hombre menudo, muy delgado, pero vestido con elegancia. Su panamá valía, por sí solo, unos sesenta dólares. En la mano llevaba una cartera de negocios, y con voz que resonó en todo el corredor llamó:

—¡Señor McCune! Ha olvidado estas notas.

El financiero volvióse hacia el que le llamaba, y Martel y Methven se adelantaron un poco antes de volverse hacia el que había llamado a McCune.

El hombrecillo siguió adelantándose hacia McCune, y de pronto, cuando se hallaba a unos tres metros de él, tiró la cartera al suelo y su mano derecha apareció armada de una pistola con la que disparó cuatro veces, apuntando al vientre de su víctima. McCune lanzó un gemido de agonía y, lentamente, doblóse hacia adelante y cayó de bruces al suelo.

El último disparo del asesino encontró eco en el arma de Martel, que contra su prestigio de veloz tirador tardó unos segundos en sobreponerse al asombro que debía de haberle causado lo inesperado del ataque.

Odile Methven también empuñó, al mismo tiempo, su pistola y unió sus disparos a los de Martel.

Cuando McCune cayó tendido en el suelo, su asesino empezaba a desplomarse cosido a balazos. Valman corrió junto a su jefe y trató de reanimarle; pero Duke, que asistía con fingida impasibilidad al terrible drama que se estaba desarrollando, comprendió que nada podía ya devolver a este mundo a Joseph McCune. Por eso su mirada posóse más atentamente en el asesino del financiero. El criminal llevaba doce balazos en el cuerpo; pero antes de rendir su vida aun tuvo fuerzas para incorporarse sobre un codo, y después de dirigir una mirada llena de odio a Martel murmurar con gutural acento:

—Me has traicionado...

Martel levantó su pistola y, con los ojos llenos de odio y ansias de matar, se dispuso a apretar una vez más el gatillo del arma; pero en el mismo instante una bocanada de sangre ahogó la vida del matador de McCune, sus músculos se aflojaron y su cabeza chocó violentamente contra el mármol del suelo.

Como adivinando que alguien había sido testigo de la escena, Martel se volvió hacia Duke. Sus miradas se cruzaron y parecieron vibrar como si hubiesen chocado dos hojas de acero. El antiguo pistolero, con los ojos llenos de ansias de matar, apretó fuertemente la culata del arma. Duke comprendió que si hacía el menor movimiento, Martel le mataría sin vacilación, pues toda su alma vibraba de anhelos asesinos.

Durante un minuto, los dos hombres permanecieron mirándose, hasta que, por fin, Martel bajó los ojos y haciendo un esfuerzo se arrodilló junto a McCune. Methven, que había sido testigo de la escena, acercóse a Duke y preguntó:

—¿Quién es usted?

—Un testigo del crimen —replicó Duke—. Mejor dicho, un testigo, de dos muertes.

—¿Qué quiere decir con eso? —rugió Martel, que habiendo oído las palabras de Duke habíase puesto en pie y de un violento manotazo obligó a Duke a volverse hacia él.

Con un veloz movimiento del brazo, Duke se libró de Martel, lanzándolo a dos metros de distancia.

—No haga tonterías, pistolerito —ordenó—. Si quiere asustar a alguien busque a otro. Los perros ladradores nunca me han dado miedo.

—Yo le demostraré que no soy...

Martel iba a decir que no era un perro ladrador, pero el puño derecho de Duke le cerró la boca y estuvo a punto de cortarle la lengua. Al mismo tiempo, de un golpe con la mano izquierda, Duke enviaba la pistola de Pete Martel a chocar contra la pared.

En cuanto el pistolero se recobró de los efectos del golpe, buscó afanosamente su arma; pero en el instante en que se disponía a cogerla, Valman le interrumpió bruscamente ordenando:

—Estate quieto, Pete. Es amigo mío... Es amigo nuestro.

Martel pareció luchar unos segundos con la orden recibida y su deseo de vengar la ofensa. Duke comprendió que acababa de ganarse un enemigo para toda la vida.

Mientras tanto, la confusión en el pasillo había aumentado. Llegaron unos enfermeros cargados con una camilla, en la cual colocaron a Joseph McCune. Pero cuando se lo llevaron, Duke comprendió perfectamente que para el financiero no había posibilidad de salvación. En realidad, estaba ya muerto, y si algún soplo de vida quedaba en él era insuficiente para mantenerlo en este mundo.

El pasillo comenzó a llenarse de periodistas que parecían haber llegado atraídos, desde muy lejos, por el olor de la sangre o de la pólvora quemada. Llegaban corriendo, procurando anticiparse a la Policía para obtener la información necesaria antes de que, debido a la importancia política del muerto, se pudiera poner alguna traba a su actuación en el suceso.

—¡Es Lawford! —exclamó uno de los periodistas, inclinándose sobre el asesino—. ¡Lo han acribillado!

—¿Quién era Lawford? —preguntó Duke a uno de les reporteros.

—Fue uno de los secretarios de McCune. Lo despidió porque había vendido sus descubrimientos...

Duke recordó lo ocurrido. Aunque los periódicos procuraron no dar mucha publicidad al suceso, se supo que McCune había despedido a su secretario Lawford por haber informado éste a un grupo de financieros de cierta operación que iba a emprender el Gobierno para incautarse de una compañía de transportes. Las acciones de dicha compañía estaban muy altas, pero la intervención del Gobierno las reduciría a la cotización normal, o sea a la par. Tres días antes de que se hiciera pública la disposición, los financieros desprendiéronse de todas las acciones que poseían, traspasándolas a un gran número de particulares, quienes fueron los perjudicados por la medida del Gobierno, pues en menos de dos días vieron descender a cien dólares las acciones por las que habían pagado ciento veinte. Lawford fue considerado responsable de dicha traición, y sólo la imposibilidad de obtener pruebas exactas contra él hizo que su castigo no fuera más duro. Sin embargo, debió de considerarlo excesivo ya que no había vacilado en tomar una resolución tan grave.

—¿Qué piensa usted hacer? —preguntó Valman, acercándose a Duke.

Éste se encogió de hombros.

—Sospecho que mi intervención ya no es necesaria. Permaneceré en Washington hasta mañana por la mañana.

—¿En el Grand Hotel?

—Desde luego.

—Bien; más tarde iré a verle, señor Straley. Lamento que haya llegado demasiado tarde.

Duke cambió un apretón de manos con Jason Valman y abandonó el edificio. Ni los cadáveres, ni las manchas de sangre sobre el piso de mármol, ni el humo de la pólvora, ni los reporteros ladrando en demanda de información eran cosas nuevas para él.

Subiendo a un taxi libre, Duke ordenó al chofer:

—Al Grand Hotel.

Luego, una vez dentro del vehículo, murmuró para sí:

—La aventura ha terminado.

Pero la aventura no había terminado. Faltaba aún verter mucha sangre; debían ocurrir muchas cosas, y Duke vería más de una vez su vida en peligro a manos de los hombres que habían entregado a Lawford la pistola asesina.

CAPÍTULO III

 

 

La agudeza de comprensión, la claridad de juicio y la rapidez con que sabía tomar sus decisiones, eran los factores más importantes en la carrera de Duke como investigador. Durante el trayecto hasta el hotel el joven intentó, en vano, explicarse lógicamente lo sucedido. Fracasó la lógica y fracasaron las cualidades clarividentes de Duke. Sólo comprendió, claramente, que estaba arañando una dura superficie bajo la cual se agitaba un problema bastante más profundo de lo que a simple vista parecía. Los periódicos y la Policía explicarían muy lógicamente el asesinato de McCune. Un hombre despechado, lleno de odio contra el jefe que tan injusto había sido con él, empuñaba un arma y vengaba su despido.

Sí, hasta aquí todo era lógico. Si el problema de la muerte del financiero se abordaba desde el momento en que Lawford fue despedido, la explicación de su muerte era muy clara. Mas si se pensaba en el Banco Wyman, en que McCune había sido secuestrado poco tiempo antes, en que había pagado dos millones, en que había rechazado puestos más ventajosos para aceptar un cargo lleno de responsabilidad y, como luego había resultado, de peligros. McCune le había llamado. ¿Para qué? ¿Qué motivo impulsó al financiero a llamar a Washington al hijo de su amigo?

La llegada al hotel interrumpió las reflexiones de Duke. Pagó el taxi y entrando en el vestíbulo fue al despacho de recepción.

—Creo que se reservó una habitación a mi nombre —dijo.

—¿Cómo se llama usted, señor? —preguntó el encargado.

—Duke Straley...

—Sí, señor O'Mara —contestó, sonriendo, el encargado—. El señor McCune hizo reservar una habitación para usted.

Mientras hablaba el hombre, sacó de un estante de debajo del mostrador una fotografía que tendió á Duke.

—Es usted —dijo—. Una excelente fotografía, señor O'Mara.

—¿A qué viene todo eso? —preguntó Duke.

El encargado sonrió.

—El señor McCune es muy precavido. Nos dijo que era muy importante que nos aseguráramos de que era realmente usted a quien entregábamos la llave de la habitación... y esto.

El empleado tendió a Duke un sobre en el cual se veía escrito el nombre de "Dion O'Mara".

El joven vaciló un momento ante aquel mensaje que parecía llegar del más allá.

—¿Dijo algo el señor McCune cuando les entregó eso? —preguntó.

—Nos encargó que se lo entregásemos a usted, sólo a usted —y sonriendo significativamente, el encargado del despacho de recepción agregó:— Es el tercer O'Mara que se presenta a reclamarlo.

—¿El sobre?

—Sí, señor. Sin la precaución de la fotografía lo hubiéramos entregado ya hace varias horas.

Duke permaneció unos instantes acodado al mostrador, golpeándolo con el sobre. Por último anunció:

—El señor McCune ha sido asesinado hace unos veinticinco minutos.

El encargado del despacho de recepción palideció intensamente.

—¿Muerto? —preguntó, casi sin voz.

—Por completo. Varios disparos al vientre. El asesino fue un antiguo secretario suyo.

—¡Qué horror!

—¿No le dijo nada acerca de si su muerte debía influir en la entrega de este mensaje?

—No, señor. Sólo insistió en que nos aseguráramos de que era entregado a usted.

—Bien... ¿Dice que tres hombres han venido a recoger este sobre?

—Sí, señor. Se presentaron diciendo que eran el señor Dion O'Mara y que el señor McCune les había reservado habitación. Pidieron la llave y las cartas que hubiera para ellos. Los tres dijeron lo mismo.

—¡Muy curioso! ¿Reconoció a alguno de eses hombres?

El encargado movió negativamente la cabeza.

—Si vuelve a ver a alguno de ellos rondando por aquí, avíseme.

—No dejaré de hacerlo. ¿Quiere que le suban el equipaje a su habitación?

—Sólo traigo está maleta —sonrió Duke.

Uno de los botones del hotel acudió a un aviso del encargado, y cogiendo la maleta de Duke y la llave de la habitación, dirigióse al ascensor. Un momento después llegaban al tercer piso y el botones guiaba a Duke hasta su habitación, retirándose con una generosa propina.

Al quedar solo, Duke sacó el sobre recibido y lo abrió. Esperaba encontrar alguna misiva importante, alguna aclaración de aquel misterio más presentido que reconocido. Pero contra sus esperanzas, Duke no encontró otra cosa que una hoja de papel en blanco, doblada en cuatro, y dentro de ella un amarillo recibo de la consigna de la Union Depot.

Duke examinó atentamente el documento. No contenía ninguna indicación. Sólo las instrucciones impresas, un extracto del reglamento y, escrito en lápiz, "Un paquete". Nada más. El portador de aquel volante podía recoger el paquete; pero nadie sabía cuál era su contenido ni, siquiera, quién lo había depositado en la consigna.

Durante varios minutos, Duke estuvo examinando el documento, como pidiendo cuál era el secreto que encerraba. Pero el amarillo volante permaneció mudo y, por fin, Duke lo guardó en un bolsillo.

Se lavó las manos y la cara, cambió de camisa, y después de asegurarse una vez más de que su pistola estaba cargada, Duke sentóse a fumar uno de sus largos y perfumados cigarrillos en espera de que alguna nueva idea le aclarase aquel jeroglífico que, por momentos, se iba haciendo más complicado.

Una suave llamada a la puerta le hizo ponerse en pie e ir a abrir. Prudentemente, su mano derecha estaba apoyada en la culata de su arma. Era uno de los botones. Traía una bandeja con whisky, seltz, hielo y un vaso.

Guiñando un ojo dijo:

—Traigo el whisky, señor.

—¡Ah! Pase.

Entró el botones, cerró la puerta Duke, y volviéndose hacia el recién llegado preguntó:

—¿Qué sucede?

—Seguramente me vigilan —susurró el botones, comenzando a destapar la botella—. El señor McCune hizo dejar un periódico aquí. Alguien se lo ha llevado. No se qué periódico era; pero me enteraré dentro de unos minutos. ¿Le interesa saberlo?

—Desde luego. Cuente con veinticinco dólares.

—Gracias. Ahora saldré del hotel para preguntar qué periódico era.

—¿Quién lo ha robado?

—También lo sabré ahora. Dentro de cuatro minutos llame al despacho de recepción y encargue que le compren el "Cosmopolitan". En el puesto del hotel se ha terminado. Yo lo iré a buscar y sabré qué periódico era el que se dejó aquí.

El botones terminó de destapar la botella de licor, sirvió un vaso, y aceptando veinticinco centavos de propina salió de la habitación haciendo saltar la moneda y silbando suavemente.

Duke vació en el lavabo el contenido del vaso, no queriendo exponerse a tragar un posible veneno, y consultando el reloj, aguardó a que transcurriesen los cuatro minutos. Entonces descolgó el teléfono y llamó al despacho.

—Hágame subir el "Cosmopolitan" —pidió—. Lo antes posible.

El encargado prometió enviarlo en seguida, y Duke, lleno de curiosidad, asomóse a la ventana, desde la cual se dominaba la calle. Al cabo de un minuto y medio (sin duda el tiempo necesario para comprobar que en el puesto de periódicos del hotel se había terminado la popular revista) el botones que había subido el licor salió a la calle y comenzó a cruzar el arroyo. Al mismo tiempo, la atención de Duke fijóse en un auto que llegaba con velocidad reducida. Estaba a punto de desviar su atención del coche, cuando una ligera maniobra que realizó el conductor despertó las sospechas de Duke; sospechas que se confirmaron cuando una serie de detonaciones quebraron la calma de la calle. Varias llamaradas brotaron de una de las ventanillas del auto. El empleado del hotel, que se encontraba a unos dos metros del vehículo, doblóse hacía delante, llevándose las manos al vientre, y después de permanecer unos segundos así, cayó de bruces mientras el auto se alejaba a toda velocidad.

Pasado el primer momento de sorpresa, numeroso público comenzó a arremolinarse en torno al caído, cuya inmovilidad era un claro indicio de su trágica suerte.

Duke volvió lentamente al centro de la estancia. ¿Qué serie de complicaciones iban surgiendo en torno a la muerte de McCune? ¿Qué importancia podía tener el asunto aquel...?

Tomando una súbita decisión, recogió el sombrero y salió del cuarto, bajó la escalera sin aguardar el ascensor y llegando al vestíbulo lo cruzó en dirección a la calle. No hizo ningún caso de la gente congregada en torno a la víctima del salvaje atentado y siguió calle adelante, hacia un importante puesto de periódicos.

—Déme un ejemplar de cada uno de los periódicos que se publican en Washington —pidió al propietario del puesto.

El hombre movió negativamente la cabeza.

—No me queda ninguno —dijo—. Hace un momento los he vendido todos a uno que necesitaba papel.

—¿Todos? —preguntó Duke.

—Sí, todos.

—¿No pidió alguno especial?

—No, señor. Dijo que le diera todos los periódicos de hoy, pues necesitaba envolver no se qué.

—¿Sólo se llevó periódicos de hoy?

—Y unos cuantos que me quedaban de ayer. Dijo que no tenía bastantes y que para envolver tanto daba que fuesen del día como no.

—Claro... Desde luego... ¿Puede decirme qué otros puestos de periódicos hay por, aquí?

—En la próxima parada de autobuses hay otro puesto...

Duke se despidió del vendedor y siguió su camino en la dirección indicada. Iba a doblar la esquina cuando su mirada fue atraída por una mujer que avanzaba con paso rápido y que dirigía nerviosas miradas a todas partes. De pronto, al pasar junto a un coche estacionado junto al bordillo de la acera, la mujer se detuvo y lanzó un chillido. Un hombre acababa de salir de un portal y con la mano significativamente hundida en el bolsillo derecho de la americana se había interpuesto en el camino de la mujer, a quien estaba empujando hacia el auto.

La mirada de la desconocida fijóse de pronto en Duke y sus ojos se iluminaron llenos de esperanza, enviando una petición de socorro, que captada por el joven, le puso en veloz movimiento. En cuatro zancadas cruzó la calle, y pistola en mano precipitóse contra el agresor de la desconocida.

El otro vaciló un momento y, por fin, protegiéndose detrás de la mujer saltó dentro del auto, que se alejó velozmente.

—¡Gracias, señor Straley! —dijo la mujer, cogiendo del brazo a Duke—. He pasado un momento terrible. Creí que todo se iba a hundir en el último instante.

Duke había pensado en disparar contra los fugitivos, pero el coche había doblado en seguida por una calle transversal y era ya demasiado tarde para intentar nada contra él.

—¿Me conoce usted? —preguntó, innecesariamente, Duke, pues era indudable que la mujer le conocía.

—Sí. Le buscaba...

—¿De parte de quién?

—De Joseph McCune.

—¿Sabía mi dirección?

—La he leído en el periódico.

—¿Cómo?

—Sí, en el anuncio. Joseph me indicó que acudiera a verle a la dirección que se indicaría en el periódico.

—Un momento. ¿Sabe usted lo que le ha ocurrida al señor McCune?

La mujer vaciló.

—Sí —dijo al fin—. Lo sé; por eso es aún más importante que hablemos... Pero no en la calle. Podemos entrar en ese bar...

Señaló uno que se encontraba en la otra acera. Duke la tomó del brazo y la condujo al otro lado de la calle, entrando en un bar poco concurrido.

—Pasemos a un reservado —pidió la mujer.

Un camarero les guió a uno de los reservados interiores.

—Dos whiskys con soda —encargó la mujer—. ¿O prefiere usted otra cosa, señor O'Mara?

—Pueden servir los whiskys —replicó Duke.

El camarero salió, cambiando una rápida mirada con la mujer. Al hacer esto una sonrisa apareció en sus labios y fue captada por Duke. Cuando volvió la vista hacia la mujer, halló un rostro indiferente e inexpresivo.

—Me ha hablado usted de un periódico —recordó Duke.

—Sí, el "Chronicle" de hoy...

—Un momento. No he tenido aún el gusto de saber su nombre.

—Sheila Price. Luego le explicaré mi intervención en este asunto.

—Cuénteme antes lo del periódico.

Sheila abrió su monedero y sacó de él un recorte, tendiéndolo a Duke. Enmarcado con lápiz rojo, Duke leyó el siguiente anuncio:

 

"Perdido cartera conteniendo documentos de interés sólo personal. Interesa devolución. Gratificaré cien dólares. Dirigirse a Dion O'Mara. Grand Hotel".

 

—¿Ha encontrado usted esa cartera que yo no he perdido? —sonrió Duke.

—No —sonrió, también, Sheila—. Ese anuncio era sólo para indicarme su dirección. McCune no pudo decirme exactamente dónde se instalaría usted. No tenía confianza en nadie. Por eso recurrió al anuncio. Me dijo que comprara hoy el "Chronicle" y...

La llegada del camarero interrumpió a la mujer. Mientras el hombre colocaba sobre la mesa los dos vasos llenos de licor y seltz, ni Duke ni la mujer dijeron nada. El primero observó cómo el camarero colocaba ante él el vaso que estaba más hacia el centro de la bandeja.

—¿Qué le dijo el señor McCune? —preguntó Duke en cuanto el camarero hubo salido.

—Me dijo que comprase el periódico y que leyera en la sección de anuncios lo referente a Dion O'Mara, que fuese a la dirección que allí se indicaba y que recogiera del señor O'Mara el sobre que él habría enviado allí.

—¿Adónde?

—Al hotel en que se hospedaría usted bajo el nombre de Dion O'Mara.

—¿Le dijo qué contendría el sobre?

—Sí. La indicación de dónde se encontraban unos documentos que en modo alguno debían ir a parar a manos de la Policía.

—¿Qué documentos?

—Se trata de un secreto muy grave que podría manchar para siempre el nombre del señor McCune... de Joseph.

—¿No le dio el señor McCune nada que me permitiese identificarla como persona de su confianza?

—No. Dijo que explicándole yo todo esto usted quedaría convencido.

—Lo siento mucho, señorita; pero sin darme más pruebas no puedo entregarle el sobre. Aunque reconozco que todo indica que es usted persona de confianza.

—¿Conoce a Jason Valman? —preguntó Sheila.

—Sí.

—¿Tiene confianza en él?

—Se que el señor McCune se la tenía.

—Si él me identificara como persona de confianza...

—Si el señor Valman viene personalmente y me demuestra que usted era amiga de McCune, le entregaré el sobre.

—¿Quiere que le llame por teléfono y le cite aquí? —preguntó Sheila.

—Será un placer.

Sheila Price se levantó y saliendo del reservado fue al teléfono instalado en el pasillo. Cuando empezó a oírse el girar del disco del aparato, Duke, velozmente, cambió los vasos de licor. Sacó un librito lleno de hojas de papel secante de diversos colores y sumergió el extremo de una de ellas en el licor destinado para Sheila. El papel secante varió de rojo a azul. Entonces Duke sumergió el secante en el whisky colocado frente al asiento de la mujer, y con otra sonrisa observó que el secante adquiría un tono amarillento sucio. Volviendo las hojas del librito, eligió otra hoja de papel secante y la sumergió en el licor de Sheila. Después de examinar unos segundos las reacciones verificadas en el papel, Duke supo exactamente qué narcótico se había vertido en la mezcla de whisky y seltz destinada a él y que ahora estaba frente a Sheila Price.

Cuando ésta volvió, apenas pudo contener su sonrisa al ver que Duke había bebido ya la mitad del licor.

—A su salud —dijo Sheila llevándose el vaso a los labios y apurándolo de un largo trago.

Esta vez fue Duke quien casi no pudo contener la sonrisa. Dentro de cinco minutos alguien quedaría dormido. Pero ese alguien no sería el que pensaba Sheila Price.

—He hablado con Valman —dijo la mujer—.Vendrá antes de un cuarto de hora.

—Perdone mi desconfianza —sonrió Duke—. Han ocurrido tantas cosas y tan graves, que un exceso de precauciones nunca es despreciable. No deseo otra cosa que poder volver a Nueva York y dejar este asunto en manos de la Policía.

—No, la Policía no debe intervenir —declaró Sheila—. Hay un grave misterio en la vida...

Sus palabras fueron interrumpidas, por un bostezo de Duke. Éste dio a sus ojos una expresión de vaguedad y vacilación, como esforzándose por vencer un súbito sueño.

—Hay muchos misterios en la vida de los hombres famosos —siguió Sheila, como si no advirtiese la somnolencia de Duke—. Seguramente usted tiene secretos que nadie ha averiguado. Cosas de juventud, usted habrá sido un hombre que habrá conquistado muchos corazones femeninos...

Con sonrisa vaga y los ojos casi cerrados, Duke asentía a todo. Parecía como si las palabras de la mujer aumentasen su sopor.

—Muchos cora... ¡Aaah! —esta vez fue Sheila Price quien bostezó—. Muchos corazones... claro...

Desapareció todo el aparente sopor del rostro de Duke, quien dirigió una divertida mirada a su compañera. Ésta, demasiado tarde, comprendió la realidad. Se dio cuenta de que había caído en su misma trampa, y quiso levantarse, pedir socorro.

Una invisible tenaza cerróse en torno de su garganta. Sólo a costa de un desesperado esfuerzo, pudo Sheila ponerse en pie. Pero cuando buscó el timbre para llamar al camarero, su mano tanteó sólo el vacío y, por fin, con un gemido se desplomó sobre la mesa.

Duke se puso en pie. Registró cuidadosamente el monedero de Sheila sin encontrar nada de interés en él. Por fin, dejándolo sobre la mesa salió del reservado, cerrando la puerta con llave y guardando ésta en el bolsillo. Recorrió el pasillo, cruzó el salón, y después de guiñar un ojo al camarero que le había servido el whisky narcotizado, salió a la calle, regresando hacia el hotel.

CAPÍTULO IV

 

 

El encargado del despacho de recepción acudió al encuentro de Duke así que éste entró de nuevo en el hotel.

—Un accidente terrible —exclamó—. No me explico... Usted le vio poco antes de morir, ¿verdad?

—Sí, entró en mi cuarto. ¿Ha muerto?

—Sí, señor Straley.

—¿Ha preguntado alguien por mí?

—El señor Valman telefoneó hace un momento. Pidió que en cuanto volviera usted le llamase a este número.

Duke tomó el papel que le tendía el encargado y, después de leer el número, entró en una de las cabinas telefónicas y un momento después hablaba con Valman.

—Óigame, señor. Straley, ¿puede decirme qué sucede? —preguntó Valman—. Hace un momento que llamó una mujer diciendo una sarta de tonterías acerca de usted y de mí. ¿Llamó por orden de usted?

—No. Parece ser que hay alguien que tiene interés en dormirme o en acabar conmigo.

—¿Otro atentado? —inquirió Valman.

—Sólo un intento de narcotizamiento.

—Quizá convenga que acelere la salida de Washington. Si hay algo que quiera usted hacer, puede encargármelo a mí...

—No tengo absolutamente nada que hacer —replicó Duke, comprendiendo la insinuación que vibraba en las palabras de Valman y no queriendo dejar en otras manos la solución de un misterio que empezaba a apasionarle.

—McCune me dijo que le enviaría unas instrucciones. ¿Las ha recibido?

—Sí. Por eso tengo que esperar en Washington.

—Si desea que le acompañe...

—Gracias. Puedo trabajar solo.

Duke cortó la comunicación, y en el momento en que salía de la cabina telefónica encontróse frente a Bob Dennison y a Betty Straley.

—¡Eh! —exclamó—. ¿Qué hacéis aquí?

—Venimos en pos de la aventura —sonrió Betty—. Te fuiste sin decirnos nada y nos costó horrores dar contigo. Hemos venido en el mismo avión que... ¡Ah, no, todavía no! Adivínalo.

—No estoy para adivinanzas —gruñó Duke—. Desde que salí de casa se ha atentado una vez contra mi vida, luego se intentó narcotizarme, faltó poco para que un pistolero me soltase un tiro. Y además, he presenciado el asesinato de un pobre muchacho y el de Joseph McCune.

—¿McCune? —Betty palideció—. ¡Oh! Víctor Newcomb, otro de los secuestrados, viajó con nosotros. Le dijimos que veníamos a ver a McCune y él nos dijo que venía a Washington a ver a un tal Dion O'Mara, para quien traía una cartera...

—¡Eh! ¿Qué dices? ¿Qué cartera?

—No sé. Sólo nos dijo eso. Y se rió mucho...

—Por cierto que al separarse de nosotros nos dijo que nos veríamos pronto —declaró Bob—. No comprendo...

—Ni yo comprendo nada —gruñó Duke—. Todo es un misterio y no veo la forma ni la manera de resolverlo. ¿Dónde está Newcomb?

—No lo sé. Al descender del avión dirigióse a un puesto de periódicos y compró uno.

—¿Cuál?

—Creo que el "Chronicle".

Duke lanzó un bufido.

—No me gusta debatirme entre tantas tinieblas. En cuanto comamos, empezaremos a trabajar de veras.

—Subamos a tu habitación —pidió Betty—. He de cambiarme de ropa.

Mientras Betty, en el dormitorio, se cambiaba de ropa, Duke y Bob sentáronse en el saloncito adyacente. Ninguno de los dos pronunció ninguna palabra. Parecían preocupados por sus respectivos problemas. En el momento en que Betty salía del cuarto llamaron a la puerta. La joven fue en persona a abrir. Un hombre con aspecto de obrero manual entró, vacilante, en la habitación. En la mano traía un periódico.

—Vengo por el anuncio, señor O'Mara —dijo.

—¿Qué anuncio? —preguntó Duke.

—El suyo en el "Chronicle".

—¡Ah! Es verdad. ¿Ha encontrado la cartera?

—Creo que sí.

—Siéntese —invitó Duke.

El visitante vaciló unos segundos y, por fin, tímidamente, sentóse en el borde de un sillón. Tendió a Duke el periódico y luego, abriendo la caja donde llevaba la comida, sacó una cartera y la tendió a Duke. Luego, dejando la caja en el suelo, explicó:

—Yo la encontré tal como está. No sé si falta algo. Estuve a punto de echarla a un buzón de correos para que ellos se la enviaran; pero me figuré que podía usted necesitar los documentos...

Duke había abierto la cartera. Dentro de ella había una serie de documentos de identidad a nombre de Dion O'Mara.

—¿Qué te parece? —preguntó Duke, mostrando las documentos a Betty.

—¡Increíble! —exclamó la joven.

—¿Qué es lo increíble? —preguntó el visitante—. ¿Falta algo?

—No, nada. Muchas gracias. ¿Dónde encontró la cartera?

—Cerca de aquí. En la calle. La recogí creyendo que habría dinero dentro. Pero sólo encontré esos documentos. Y como había leído el anuncio...

—Muchas gracias —interrumpió Duke—. Tenga diez dólares por el trabajo.

El hombre aceptó los billetes de Banco que le tendía Duke, y saludando a todos salió de la habitación.

—Más misterio —dijo Betty—. Aparece una cartera con la documentación de un personaje imaginario.

—Un personaje a quien tenía que ver Víctor Newcomb —recordó Duke.

—¡Es verdad! —exclamó Betty—. Me olvidaba de nuestro compañero de viaje. Entonces... ésta sería la cartera... Pero Víctor Newcomb debía de saber que era para ti. Habló de que volveríamos a vernos...

—Tenemos que ponernos en comunicación con él —dijo Duke—. ¿No sabéis dónde pensaba hospedarse?

—No —contestó Bob—. No dimos importancia a su venida... Seguramente preguntando en los hoteles más importantes sabremos si se hospeda... ¿Qué hora es? —preguntó, de pronto, mirando a su alrededor.

—¿Qué buscas? —preguntó Betty.

—El reloj.

—¿Qué reloj? —inquirió Duke.

—Ese que suena. ¿No lo oyes?

Durante varios segundos todos escucharon.

—Sí, parece que se oye el tictac de un, reloj —dijo al fin Betty—. ¿Dónde estará?

—En esta habitación no hay más relojes que los nuestros —dijo Duke.

—¡Mira! —indicó Betty—. Nuestro amigo, el de la cartera, se ha dejado la caja de la comida.

La hermana de Duke señalaba la caja metálica que había traído el hombre y que se dejó olvidada junto al sillón en que se sentó.

Betty levantó la caja, y acercándola al oído escuchó atentamente.

—Está aquí dentro —dijo.

—¿El qué? —preguntó Duke.

—El reloj —sonrió Betty—. El buen hombre debía de llevar un despertador... —de pronto, asaltada por una terrible sospecha desorbitó los ojos y muy pálida tendió la caja a su hermano.

—Sí, sospecho que nuestro amigo nos ha dejado una bomba o algo por el estilo —refunfuñó Duke, tomando la caja—. ¿Qué hacemos con ella? Una bomba no se puede tirar por la ventana y olvidarse de ella.

—Abre la caja —propuso Bob.

—Puede existir una conexión que al abrirse la caja provoque el estallido de los explosivos —objetó Duke.

—¡Por favor, haz algo, no te estés ahí plantado! —gritó Betty—. Déjala en la habitación y marchémonos...

—No. Aguarda.

Duke golpeó con las uñas la caja.

—Acero —anunció.

Examinó el cierre.

—Muy fuerte —dijo—. Seguramente la caja debe de estar llena de dinamita o de algo por el estilo, en cartuchos de cartón o en saquitos. La metralla será proporcionada por las paredes de la caja. Acero, cierre de seguridad. Es una verdadera bomba. Pero no cierra herméticamente... ¡Corre, Betty, llena de agua la bañera!

—¿Caliente o fría? —tartamudeó la joven, corriendo a obedecer a su hermano.

En unos cinco minutos hubo en la bañera una cantidad de agua suficiente para cubrir la caja. Duke sumergió el explosivo dentro de la bañera y aguardó unos cuantos minutos. Por fin volvió a sacar la caja, que pesaba mucho más. La marcha del reloj había cesado.

—Creo que ya pasó el peligro —dijo—. Bob, trae una palanqueta.

Como no había semejante instrumento a mano, Bob trajo un fuerte cuchillo con el que Duke no tardó en abrir la caja. Estaba llena de agua, y debajo de unos pedazos de pan muy mojado encontraron unos saquitos de explosivo junto a un reloj despertador parado y unido al cual se veía un dispositivo para que a las tres en punto de la tarde reventase la caja. Faltaban cinco minutos justos para el momento de la explosión, que además debía ser provocada por un resorte que se disparaba también al abrir la caja. Afortunadamente, el agua caliente, al disolver parte del explosivo, había atacado la maquinaria del reloj, deteniéndolo a las tres menos siete minutos.

—¡Qué horror! —gimió Betty,

—¿No querías emociones? —preguntó

—Pero no creí que nos las tuviera preparadas tan pronto —suspiró Betty.

En el mismo instante en que la joven decía esto, sonó el timbre del teléfono. Duke contestó a la llamada.

—¿Quién?

—Señor O'Mara, el señor Methven desea hablarle.

—¿Odile Methven?

—Sí, señor.

—¿Cuántas personas le acompañan?

—Nadie, señor O'Mara. Está completamente solo.

—Tenga la bondad de decirle que suba.

Odile Methven entró sonriendo tristemente.

—Buenas tardes —saludó.

—Si trae bombas déjelas en la puerta —dijo Betty.

—¿Bombas? ¿Qué quiere decir? —Methven no comprendía.

—El visitante que le precedió nos dejó como regalo una bomba destinada a volar medio hotel —dijo Duke.

Methven inclinó la cabeza.

—Corre usted peligro, señor Straley —dijo—. Son muchas las personas que intentarán deshacerse de usted, pues estorba unos planes muy importantes.

—¿En qué sentido son importantes?

—No lo sé. Me doy cuenta de que hay intereses muy elevados, porque no se detienen ante ningún crimen. Mataron a McCune, a un empleado de este hotel, a quien el mismo McCune encargó que colocara en esta habitación un ejemplar del "Chronicle", con el anuncio de la cartera y, por último, han asesinado a Víctor Newcomb.

—¡Eh! —exclamaron lados a una.

—Sí —continuó Methven—. En cuanto bajó del avión, el señor Newcomb llamó a casa del señor McCune. Su esposa contestó a la llamada y le dio la noticia de la desgracia. El señor Newcomb prometió dirigirse directamente a casa de la señora McCune. Subió a un taxi, y hace un momento hemos sabido por la Policía Federal que se había encontrado el taxi abandonado y a Víctor Newcomb con el corazón destrozado por una puñalada. Al parecer el móvil del crimen fue el robo, pues no se encontró sobre él nada de valor.

—¿Quién conducía el taxi? —preguntó Duke.

—El vehículo fue robado esta mañana. Su propietario denunció el hecho a la Policía; pero hasta hace una hora no dieron el aviso radiofónico para que los auto-patrullas buscaran al taxi robado.

—¿Por qué no lo hicieron hasta esa hora?

—Si preguntamos la causa nos dirán que no se dio antes el aviso porque hasta hace una hora no le llegó el turno; pero hay algo más. Si reunimos las pruebas necesarias el jefe de Policía tendrá que comparecer ante el Tribunal Supremo.

—Usted perteneció a los federales, ¿no? —preguntó Duke.

—Sí. Fui de los primeros. Pero el servicio es muy duro, sobre todo lo fue al principio. La salud se me resintió y tuve que salir del cuerpo, pero sigo cobrando la pensión y trabajando para ellos.

—¿Y qué explicación encuentra para las últimos sucesos?

Odile Methven vaciló un momento.

—Visto superficialmente, nada tiene explicación —dijo—. Pero en cuanto podamos ahondar, encontraremos muchas cosas que explicarán todo este misterio. Yo apreciaba mucho a McCune. Él tenía confianza en mí, pero hasta el último momento no se dio cuenta de que yo era su único amigo. Y aunque parezca mentira, a ese único amigo suyo fue a quien menos confianza otorgó.

—¿Quién poseyó su confianza? —preguntó Duke.

—Creo que nadie obtuvo la completa confianza de McCune. Sin embargo, los últimos días de su vida habló de Newcomb como del hombre en quien más podía confiar. También habló como hombres de confianza de varios de los que, como él, fueron secuestrados por ese misterioso "X".

—Newcomb era uno de ellos —dijo Bob.

—Sí, y su muerte aclara una nebulosa más. Mejor dicho, aumenta lo vago del caso. Alguien, sea "X" o quien sea, tiene un interés principalísimo en que la confusión continúe aumentando. Es uno de esos casos en que los árboles no nos permiten ver el bosque. —Tal vez si intentáramos aclarar un poco las cosas pudiéramos ver con más precisión —dijo Duke—. Empecemos por el principio. Mejor dicho, señor Methven, empiece usted.

—¿Por qué yo?

—Porque de nosotros no puede dudar; en cambio, nosotros tenemos motivos para dudar de todo el mundo.

Odile Methven sonrió ampliamente.

—Tiene razón. Desgraciadamente, no es mucho lo que se. En primer lugar, tenemos los secuestros de "X". McCune fue uno de los secuestrados y el que más pagó su rescate. ¿Han observado el detalle curioso de que los diez secuestrados y la suma pagada entre todos está en íntima relación con cierto Banco?

—Banco Wyman—dijo Duke.

—Exacto. La señora McCune fue una de las primeras que se dio cuenta de ese detalle. Habló de él a su marido, quien se sonrió, pero no dijo ni si la coincidencia era extraña o lógica.

—Hasta el momento en que los diez miembros del consejo directivo del Banco Wyman fueron raptados y puestos en libertad después de pagar los rescates exigidos, la actuación de "X" es casi simpática. De pronto, cuando ha acabado con los del Banco Wyman, comete un rapto salvaje, llega al asesinato y, a juzgar por lo que está ocurriendo, sigue metido en ello.

—Es verdad, señor Straley, y eso es lo que más me desconcierta. ¿A qué matar ahora a McCune si ya no podía dar más de sí?

—Quizá por eso. No pudiendo sacarle ni un centavo más, el secuestrador, dejándose llevar por el odio, pudo cometer un crimen que había retrasado por no matar la gallina de los huevos de oro antes de que hubiera terminado su puesta. Quizá el hecho de que fuera McCune el que mayor contribución pagase, explica el odio de su raptor.

Odile Methven inclinó la cabeza, y jugueteando con su sombrero replicó:

—El señor McCune era un hombre de gran espíritu cívico. Nunca he comprendido qué le hizo doblegarse a la petición de su raptor.

—Veo que seguimos aumentando las tinieblas de este misterio —sonrió Betty—. Un gran acierto del general en jefe de las fuerzas enemigas ha sido el saber sembrar la desconfianza entre nosotros. De esa forma no podemos confiar en el señor Methven, a pesar de que parece un hombre honradísimo.

—Lo soy, pero reconozco que no pueden confiar en mí. ¿Pueden confiar en la señora McCune?

—Me gustaría hablar con ella —replicó, evasivamente, Duke.

—Ella desea hacerlo con usted. Quiere decirle algo muy importante que no me ha querido explicar.

—En marcha, pues. Quizá sea conveniente que Bob y tú os quedéis aquí, Betty. Encargad habitaciones, pero que uno de vosotros permanezca continuamente aquí por si llegara algún aviso.

Antes de que Betty y Bob pudieran protestar, Duke había salido, empujando ante él a Odile Methven.

—Le recomiendo que juegue limpio —dijo—. Voy armado y no vacilaré en tirar si sospecho que es usted un traidor.

Methven no demostró por entonces que fuera ningún traidor, y media hora más tarde llegaban a casa de la señora McCune. Ésta era una mujer enérgica, que sabía dominar su dolor, ocultándolo tras una máscara de impasibilidad que era traicionada por un leve temblor más perceptible en las comisuras de la boca.

—Buenas tardes, señor Straley —saludó a Duke—. Le agradezco que haya venido.

Volvióse hacia Methven y pidió:

—Tenga la bondad de esperar fuera, Odile. Se lo ruego.

El antiguo federal abandonó la estancia y la viuda y Duke quedaron frente a frente.

—No es necesario que me dé usted el pésame —sonrió la señora McCune—. Estoy segura de que lamenta la muerte de mi marido. Era un hombre bueno que sólo una vez, y contra su voluntad, hizo daño a alguien. Fue cuando lo del Banco Wyman. Desde entonces fue siempre prudente en sus operaciones financieras; pero, como entonces, cometió el error de confiar en los que le aseguraron ser amigos suyos. Desgraciadamente, fueron muy pocos los amigos de verdad que tuvo. Yo fui una amiga más, además de su esposa. No fui desinteresada, porque cambiaba mi amistad por el cariño que él me tenía. Los demás fueron menos desinteresados. A los favores de él correspondían con agradecimientos de palabra y sin ninguna acción práctica. Y ahora han sido sus amigos quienes lo han asesinado.

—¿Sospecha usted de alguien?

—No, no puedo sospechar de nadie. Su asesino material ha muerto. Pero hace un momento, al leer las primeras informaciones periodísticas acerca de su muerte, Methven ha encontrado una grave contradicción que no puede ser casual, puesto que se repite en todos los periódicos. Al repetir las últimas palabras de Lawford, todos los periódicos escriben: "Me han traicionado". Dicen que Lawford pronunció estas palabras antes de caer muerto. ¿Es verdad, señor Straley?

—¿Qué cree usted qué dijo? —preguntó, a su vez, Duke.

—Odile me ha asegurado que Lawford, antes de morir, exclamó, mirando a Martel: "Me has traicionado".

—¿Sería importante esa variación? —preguntó Duke.

—Sí, lo sería porque eso demostraría que Martel estaba en connivencia con el asesino...

—A quien mató.

—Sí, le mató para cerrar la boca a un testigo peligroso.

—¿No tiene confianza en él?

—No; un lobo, aunque se vista con la piel de un cordero, siempre es un lobo. Martel es uno de los lobos más crueles. Se fingió amigo de Joseph, y a pesar de que sabía, como todos, que Lawford había sido despedido, al verle avanzar hacia mi esposo no le defendió a tiempo.

—También yo he sospechado de Martel. Oí las palabras de Lawford y, de momento, creí que había querido decir, realmente, que le habían traicionado.

—Para el caso es lo mismo. Le traicionaron; pero sus palabras demuestran que alguien le prometió una ayuda que luego le fue negada. Quizá le aseguraron que después del crimen le dejarían escapar.

—Quizá. ¿Sospecha de alguien más?

—Sí. De Treva Malloy

—¿Quién es esa mujer?

—La secretaria de Joseph. Ella es quien sabe toda la verdad. Hace unos días, mi esposo le entregó veinticinco mil dólares que acababa de cobrar y le pidió que los impusiera en su cuenta corriente. Treva Malloy fue al Banco, pero en vez de imponer la cantidad en la cuenta de mi esposo abrió una cuenta a su propio nombre y se quedó con ese dinero.

—¿Cómo reaccionó su marido ante semejante robo? —preguntó Duke.

—De la manera más lamentable. Tanto, que si yo no hubiera tenido absoluta fe en él, estaría creyendo que Treva fue algo más que su secretaria.

—¿Por qué no lo cree?

—Porque aun en el caso de que lo hubiera sido, mi marido nunca habría tolerado semejante robo.

—Pero lo toleró. ¿Por qué?

—Por miedo. Por miedo a un peligro mucho mayor que la misma muerte.

—¿Qué peligro?

—Treva Malloy puede revelárselo.

—Pero su marido debía de tener documentos en su poder...

La señora McCune movió negativamente la cabeza.

—No. Cuando abandonamos Nueva York, Joseph destruyó muchas cosas. Aquí sólo trajo lo imprescindible. He registrado su mesa de trabajo. No hay nada. Si quiere comprobarlo...

Durante unos veinte minutos, Duke estuvo registrando los nueve cajones de la amplia mesa de trabajo de Joseph McCune. No encontró absolutamente nada.

—Jason Valman debe de saber algo —dijo Duke.

—Jason es un traidor. Es el peor de todos los lobos con piel de cordero —la ira enrojecía el rastro de la mujer—. Era un falso amigo. Hasta el último momento Joseph confió en él. Los resultados ya los hemos visto.

—¿Y Martel?

—Es cómplice de Valman. Si alguien me hubiera dicho que Martel había asesinado a Joseph por orden de Valman no me hubiera extrañado nada.

—Bien —murmuró Duke—. No nos queda más remedio que salir de dudas averiguando lo que su marido tenía que decirme. Pero antes de marcharme le ruego conteste a una pregunta. ¿Cuál era la situación económica de su marido y cuál es la de usted ahora?

—Aunque en un tiempo mi esposo fue muy rico, al morir no poseía más allá de doscientos cincuenta mil dólares. Sin embargo, su seguro de vida ascendía a un millón de dólares. No tenemos hijos. Ya soy la única beneficiaria. Además, hace tiempo que me reservó para mis gastos particulares un cuarto de millón.

—Perfectamente. Su esposo dejó un mensaje para mí. Mejor dicho, dejó dos. Uno de ellos debía entregármelo Víctor Newcomb; pero le han asesinado antes de que pudiese llegar a mí. Ignoramos, pues, lo que Newcomb debía decirme. Ahora sólo nos queda por averiguar qué hay en el mensaje que el señor McCune dejó para mí.

—Descubra la verdad, señor Straley, y si en el asesinato de mi esposo colaboró alguien más que Lawford, llévelo ante la justicia.

Duke estrechó la suave mano de la señora McCune y, después de despedirse de Methven y rechazar su oferta de acompañarle, salió a la calle y tomó un taxi, ordenando al chófer que le condujese al Union Depot.

CAPÍTULO V

 

 

Las palabras de la señora McCune habían acentuado el interés de Duke por lo que pudiera contener el paquete dejado en la consigna. ¿Resolvería aquello el misterio de la vida y la muerte de McCune?

Esperaba que sí. El paquete, o lo que fuera, tenía que ser de gran importancia, pues sólo así se justificaba el interés que por poseerlo demostraban los misteriosos enemigos que se agitaban en la sombra.

Duke indicó al chófer que se detuviera lo más cerca posible de la consigna y, al llegar a la estación, el conductor guió el auto hacia un amplio y desierto patio.

Desde hacía un rato llovía copiosamente, y Duke, al saltar del vehículo tuvo que correr para refugiarse bajo la marquesina que protegía la entrada a la consigna que se hallaba a unos seis metros de donde se encontraba Duke. Éste se detuvo un momento a arreglarse el sombrero y en el mismo instante presintió un movimiento detrás de él. Volvióse velozmente y el tener la mano izquierda levantada le salvó de las peores consecuencias que pudo haber tenido el golpe que uno de los des hombres que se precipitaban sobre él le descargó. Duke sintió que el brazo le estallaba en mil pedazos al recibir el impacto de la cachiporra de goma.

Duke cayó al suelo para librarse del segundo ataque, y su mano derecha buscó la culata de su pistola. Cuando el hombre de la cachiporra fue a caer sobre él, Duke le frenó de un balazo en el hombro derecho.

El segundo atacante, al ver la reacción de Duke, comprendió que era necesario emplear algo más contundente que una porra de goma, y con asombrosa agilidad pero no muy buena puntería, empuñó un pesado revólver y una bala de plomo rebotó en el pavimento, a unos centímetros de la cabeza de Duke, quien disparó de nuevo, repitiendo la exhibición de antes, o sea inutilizando el brazo derecho de su segundo atacante.

En cuanto el segundo pistolero hubo dejado caer su arma y comenzó a chillar, agarrándose el inutilizado brazo, Duke se puso en pie y avanzó hacia sus dos enemigos, pero al mismo tiempo una imperiosa voz ordenó:

—Suelte el arma, amigo. Le tengo encañonado.

Volvióse y se encontró frente a dos policías cubiertos por negros y brillantes impermeables sobre los cuales resbalaban las gotas de agua. Uno de ellos empuñaba un revólver de reglamento. El otro lo estaba buscando y, un momento después, Duke se encontró frente a dos armas cuyos negros ojos le miraban nada tranquilizadoramente.

—¡Suelte la pistola! —repitió el policía que antes había hablado.

—¿Por qué he de soltarla? —preguntó Duke.

—¿Le parece poco motivo el andar disparando sobre personas que no se metían con usted?

—¿Cómo? ¿Dice que esos dos pistoleros no se metían conmigo?

Al hablar, Duke había vuelto la cabeza hacia donde debían estar sus dos agresores y, con gran asombro, encontró vacío el lugar. Los dos hombres se habían esfumado. Volviéndose hacia los policías vio que estaban más cerca de él y que el segundo habíase colocado de forma que le cerraba la huída.

—Tiene que acompañarnos a la Comisaría —siguió diciendo el que llevaba la voz cantante.

—¿Por qué no buscan a los dos bandidos que me atacaron?

—Les asustó usted demasiado. A estas horas deben de encontrarse en el otro extremo de la ciudad. No tiene nada de extraño. Pero le va a costar a usted mucho convencer al comisario de que todo fue una broma.

—¿Qué broma?

—La de disparar sobre dos pacíficos transeúntes... ¡Quieto! ¡Déme la pistola!

Duke entregó el arma. Era inútil resistir y con ello sólo complicaría las cosas. Sin embargo le parecía demasiado casual la presencia allí, tan oportunamente, de dos policías.

En otro taxi marcharon los tres a la jefatura Superior de Policía. Duke seguía meditando sobre la aparición de los policías, su ceguera en lo referente al ataque de los dos pistoleros...

Iluminado por una súbita comprensión de lo que estaba ocurriendo, Duke se quitó el sombrero y, aprovechando un momento de distracción de los policías, guardó entre la badana interior y el fieltro el volante de la consigna. Lo hizo a tiempo, pues un momento después el auto llegaba al edificio donde se albergaba el cuartel general de la Policía de Washington. Los dos policías empujaron a Duke hacia el interior hasta llegar frente al jefe supremo.

—Siéntese, señor Straley —gruñó el jefe, señalando un sillón frente a la mesa—. Tenemos que hablar.

—Veo que me conoce.

—Aquí conocemos a todo el mundo... y esta es Washington, no Nueva York.

—¿De veras? —sonrió Duke.

—De veras. Téngalo muy presente. Aquí no está un Max Mehl dispuesto a proteger a su amigo. No tengo nada que agradecerle a Max y, por lo tanto, no tengo tampoco obligación de hacerle ningún favor. Ha disparado usted sobre dos personas que no le molestaban.

—Perdone. Si quiere hacer que su médico me examine el brazo izquierdo verá la huella dejada en él por la caricia de uno de esos inofensivos pistoleros contra quienes tuve que disparar.

—En cuanto encontremos a esos testigos comprobaremos si dice usted verdad, Straley, pero le advierto que tenemos muy malas referencias de usted. Se hallaba a pocos metros de Joseph McCune cuando le asesinaron; se ha instalado en un hotel utilizando un nombre supuesto; un empleado del hotel en que usted se hospeda ha sido muerto hace unas horas, después de haber hablado con usted... Por lo tanto, ya que no se le puede acusar con pruebas, permanecerá aquí hasta la hora de salida del tren y volverá a Nueva York. Puede contarle a Max Mehl lo terribles que somos.

Duke había dejado el sombrero sobre la mesa y, con las yemas de los dedos, timbaleaba sobre la madera, junto al escondite del volante.

—¿Le habéis registrado? —preguntó, de súbito, el jefe a los dos policías.

Estos contestaron negativamente.

—Pues registradle y tomad nota de todo lo que encontréis.

Allí mismo, Duke fue sometido a un concienzudo cacheo, y todo cuanto llevaba encima quedó sobre la mesa. Con la mirada más que con las manos, el jefe superior de Policía registró cuanto iba siendo colocado allí. Por fin cogió la cartera y empezó a buscar dentro de ella.

—Los cañones los suelo llevar en el bolsillo superior de la chaqueta —advirtió Duke, burlonamente—. En la cartera sólo llevo el auto, la cama...

—¡Cállese! —gruñó el jefe, continuando la busca por los departamentos de la cartera.

Por un momento la mirada de Duke se posó sobre el sombrero. Sin duda allí estaba lo que necesitaba el jefe.

—Si me dice lo que busca podré decirle dónde está —sonrió Duke.

El policía tiró sobre la mesa la cartera y al mismo tiempo se abrió la puerta del despacho. Duke volvió la cabeza y en el umbral vio aparecer la figura de Pete Martel.

—Hola, jefe —saludó el antiguo pistolero—. Me han dicho que el señor Straley se encontraba detenido.

—¡Hum! —gruñó el policía—. Sí, está detenido hasta que salga un tren que se lo lleve a Nueva York.

—¿Qué acusación existe contra él?

—Disparó sobre un par de tipos.

—¿Están aquí esos tipos? —preguntó Martel.

—Huyeron.

—¿No hay acusación?

—Los policías esos lo vieron.

—Pero las víctimas no se han presentado, ¿verdad?

—No.

—Entonces nada impide que el señor Straley salga bajo fianza.

—Está bien, que salga —gruñó el jefe—. Tengo ya bastantes preocupaciones sin necesidad de que venga a molestarme uno de sus abogados.

A Duke le fue devuelto todo cuanto llevaba encima, excepto la pistola.

—No, no podemos permitir que ande usted por la ciudad convertido en un peligro para todos los ciudadanos decentes —declaró el jefe—. Cuando marche a Nueva York se la devolveremos.

Duke y Martel salieron juntos a la calle.

—Gracias por haberme sacado de este apuro —dijo Duke.

El antiguo pistolero le dirigió una fría mirada.

—Subamos a mi coche —propuso—. Le llevaré donde quiera.

—Gracias, puedo tomar un taxi. Le he molestado ya bastante. Parece estar usted en muy buenas relaciones con la Policía.

—No es molestia el acompañarle, señor Straley —replicó Martel—. Es un placer del que no permitiré que se me prive.

Duke miró, sonriente, al antiguo pistolero.

—Bien, subamos a su auto —dijo—. Si ha de significar un placer tan grande...

—Sí, un gran placer.

Martel abrió la portezuela de su auto y en el momento en que Duke iba a entrar en él sintió que una pistola se apoyaba contra sus riñones.

—No es necesario —dijo la voz de Martel—. Le han registrado en jefatura. No lleva encima el volante.

—¿Qué ocurre?—preguntó Duke.

—Nada, suba.

Duke acabó de entrar en el interior del auto, seguido por Martel. El chófer apareció un segundo después y, a juzgar por sus movimientos, debía de estar guardando la pistola con que un momento antes había acariciado los riñones de Duke.

—¿Es un secuestro? —preguntó éste.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Martel.

—¿Con lo del secuestro? Pues que estando en el orden del día los secuestros no me extrañaría que también a mí me hicieran víctima de uno de ellos. Por aquí debe de andar el misterioso señor "X".

—No se preocupe de esas cosas, Straley. Usted ha venido aquí creyéndose muy listo, y no se ha dado cuenta de que nosotros damos lecciones de listeza, no las tomamos.

—Ignoraba que fueran tan inteligentes.

—Pues ya lo sabe. Si busca bronca se encontrará con las manos llenas a rebosar. Tendrá bronca para el resto de su vida. Por lo tanto no haga más tonterías, entrégueme el volante que McCune dejó para usted, y salga de la ciudad alegrándose de poder hacerlo con la piel intacta.

—¿Qué volante es ese por el que tanto se interesan ustedes? —preguntó Duke.

—No siga por ese camino. No le conducirá a ninguna parte. No nos interesa perjudicarle; pero se ha metido usted en un juego que no es el suyo.

—¿De quién es?

—Nuestro.

—¿Y está prohibido intervenir?

—Lo está.

—Entonces...

—Entonces dénos el volante para recoger el paquete de la consigna, márchese a Nueva York y diga a todos sus amigos que ha estado a las puertas de la muerte.

—¿Y si me niego?

—Entonces le mataremos.

En las palabras de Martel había tal firmeza que Duke comprendió que se hallaba, como nunca, bordeando la muerte.

—Bien, me rindo —sonrió—. Ante tan convincentes razonamientos no me queda otro remedio que ceder.

—¿Dónde está el volante?

—En Correos.

—¡Eh!

—Sí, viendo lo mucho que les interesaba apoderarse de él lo metí en un sobre dirigido a mí mismo y lo tiré al buzón. Mañana lo recibiré en la lista de Correos...

El golpe alcanzó matemáticamente a Duke, derribándole de bruces antes de que tuviera tiempo de defenderse. Por unos momentos conservó aún la noción de las cosas y oyó ordenar a Martel:

—A casa. De prisa.

La última noción que tuvo Duke de las cosas fue notar que el auto aumentaba la velocidad de su marcha y que los dos hombres que iban en él reían alegremente. Luego todo fueron tinieblas girando velozmente en torno a él. Por fin hasta las tinieblas desaparecieron y Duke sintióse hundido en un vacío total e impalpable.

CAPÍTULO VI

 

 

La luz del alba filtrábase por entre las persianas cuando Duke abrió los ojos y preguntóse con qué clase de locomotora había tropezado su cabeza. Después contempló una pared cubierta por un sucio y desgarrado papel. Luego descubrió una silla de alto y recto respaldo y, por último, comenzó a buscar el emplazamiento de los motores que armaban todo aquel ruido. Hasta varios minutos más tarde no comprendió que el origen de aquel tumulto estaba dentro de su cerebro.

Con un doloroso esfuerzo, Duke se levantó y, después de unos instantes de permanecer apoyado en la pared, comenzó a comprender que estaba en la prisión que Martel le había destinado. Cerró los ojos y escuchó el zumbido que resonaba en su cabeza. Al fin, cuando fue reduciendo su ritmo, volvió a abrir los ojos y buscó el sombrero. Lo descubrió tirado a los pies de la cama sobre la cual le habían dejado.

Sentándose y sintiendo que al inclinarse el mundo huía bajo sus pies, Duke alcanzó el sombrero y buscó entre la badana y el fieltro. Un doloroso suspiro de alivio escapó de sus labios cuando sus dedos tropezaron con el papel.

En aquellos momentos la posesión del resguardo de la consigna era lo único que salvaguardaba su vida. Si Martel llegaba a apoderarse del ansiado documento, no tardaría ni un minuto en deshacerse de Duke. El antiguo pistolero no podía dejar con vida a aquel enemigo.

Duke desgarró con las uñas la tela del cuello de la camisa y por la abertura introdujo el resguardo debidamente doblado. Luego se anudó la corbata y respiró más tranquilo.

Sentóse en la cama y se preguntó a qué obedecería aquel interés por apoderarse del resguardo. ¿Qué podía haber en el paquete que McCune dejó para el hombre cuya ayuda solicitó? Forzosamente tenía que ser algo valiosísimo, pues sólo así se comprendían los riesgos que estaban corriendo aquellos hombres, que no se detenían ni ante el crimen para lograr lo que deseaban.

Como respondiendo a sus reflexiones abrióse la puerta y entró Martel seguido del camarero que sirvió el whisky narcotizado, de acuerdo con la indicación de Sheila Price.

—¿Ha despertado, Straley? —preguntó Martel.

Duke contestó con un gruñido inarticulado, moviendo la cabeza como si dentro de ella siguiera hirviendo un infierno.

—Mi amigo le golpeó demasiado fuerte —continuó Martel—. Creyó que no había dicha la verdad y se precipitó. Supongo que ha tenido tiempo de reflexionar y de convencerse de que le conviene decirnos la pura verdad. ¿Dónde está el volante de la consigna?

—En Correos...

Martel lanzó un fuerte puñetazo a la mandíbula de Duke. Éste retrocedió ante el puño, que sólo le rozó la mandíbula, cayendo, al fin, de espaldas en la cama. El pistolero comenzó a inclinarse sobre Duke, dispuesto a agarrarle de las solapas y repetir el puñetazo; pero no se dio cuenta de que su primer golpe había perdido toda su fuerza por el camino y su asombro se reflejó claramente en sus ojos cuando los pies de Duke le alcanzaron con formidable presión en el estómago, lanzándole como a un bólido al otro extremo de la estancia, haciéndole chocar contra la pared de donde rebotó contra el camarero, a quien, instintivamente, se agarró para no caer al suelo.

Durante unos segundos los dos hombres lucharon por sostenerse en pie. Este breve espacio de tiempo bastó a Duke para sus fines. Saltando de la cama se precipitó sobre los dos hombres y de un formidable derechazo dejó a Martel sin sentido para varios segundos.

Aunque su ataque fue rápido, el camarero tuvo tiempo de saltar hacia atrás y agarrando una silla levantarla en alto para destrozar la cabeza de Duke.

Éste se anticipó a la acción de su adversario lanzándose de cabeza contra el estómago del camarero, y aunque al chocar su dolorida cabeza contra la carne del otro, sintió como si le hundieran en el cerebro mil agujas, Duke logró lo que se había propuesto, o sea dejar sin aliento a su contrario.

En efecto, el camarero, con la boca abierta y el rostro convertido en una máscara de agonía, estaba sentado en el suelo, luchando por captar un poco de aire para sus pulmones. Al fin consiguió llevar hasta ellos el oxígeno vital; pero, entonces, un puntapié disparado por Duke contra su mandíbula, le derribó sin sentido sobre el sucio suelo.

Duke contempló unos momentos su obra y sintióse muy satisfecho de ella.

Las cosas habían salido infinitamente mejor de lo que esperaba. No sabía si admirarse a sí mismo o si sentir un profundo desprecio por la estupidez demostrada por sus adversarios.

Arrodillóse, por fin, junto a Martel y registró concienzudamente sus bolsillos. Ante todo se incautó de una pesada y bien equilibrada pistola calibre 45. Las cachas del arma, de fuerte roble, parecían hechas para adherirse a la mano que la empuñase. Apretando el resorte que dejaba suelto el cargador, Duke comprobó, con cierto pesar, que sólo contenía cinco cartuchos más uno en la recámara de la pistola.

Guardando ésta Duke siguió registrando los bolsillos. Se apoderó de una cartera más llena de documentos que de dinero y asimismo guardó varias cartas y papeles que halló en los restantes bolsillos.

El camarero no llevaba encima otra arma que una cachiporra de cuero que debía de estar llena de arena. La tiró bajo la cama y, después de convencerse de que el hombre no tenía en su poder nada más de importancia, salió del cuarto, cerró con llave y al llegar a la calle vio el coche de Martel detenido frente a la casa. Duke se entretuvo un momento en arreglar de tal forma el motor que sólo mediante un desmontaje completo podría volver a funcionar, luego tomó un taxi y ordenó al chófer que le condujese al Union Depot.

El momento no podía ser más oportuno. Él se encontraba en libertad bajo fianza, y ningún policía le pondría obstáculo alguno. Martel y su compinche estaban encerrados y tardarían un rato en poder ser peligrosos. Quedaban los demás miembros de la banda; pero a aquellas horas no era creíble que anduviesen por la ciudad.

El coche le dejó en el mismo sitio donde, el día antes, hiriera a los dos pistoleros. Antes de bajar, Duke se aseguró de que no había nadie por allí.

Pagó el taxi con uno de los billetes contenidos en la cartera de Martel y velozmente entró en la estación, dirigiéndose a la cercana consigna. En el momento en que iba a torcer para dirigirse al amplio mostrador de la consigna, Duke se detuvo en seco y echóse hacia atrás, estando a punto de caer. Frente al mostrador, hablando animadamente con uno de los empleados, veíase una mujer alta, bien formada, atractiva, de unos treinta y tres a treinta y cinco años.

—Sí, le digo que yo misma acompañé al señor McCune hasta aquí —decía la mujer—. Él depositó el paquete mientras yo compraba unos periódicos. Después de su muerte se perdió el resguardo y...

—Lo siento, señorita; pero sin el resguardo no podemos entregar nada.

—Soy la señorita Trena Malloy, la secretaria del señor McCune. El paquete es mío. El señor McCune lo depositó aquí...

—Ya lo sé, señorita; pero sin el resguardo no es posible entregar ningún paquete depositado aquí. El reglamento lo prohíbe. Son leyes federales y...

—¡Déjese de leyes federales! Le pagaré lo que usted me pida; tengo que marcharme y no puedo perder ese paquete. No contiene nada de valor. Son sólo cosas particulares. No podía dejarlo en el hotel y le pedí al señor McCune que lo dejase en la consigna...

—Lo siento, señorita; pero yo no puedo hacer nada. Si quiere usted hablar con el jefe... Vendrá a las nueve de la mañana.

—Pero yo lo necesito ahora.

—Pues ahora es imposible entregarlo, señorita. Yo no puedo aceptar esa responsabilidad.

—Llamaré a la Policía.

—Si viene la Policía y se hace responsable de lo que ocurra, yo entregaré el paquete; pero mientras tanto no quiero exponerme a ir a la cárcel.

Durante cinco minutos Treva Malloy hizo lo posible y hasta lo imposible por convencer al terco empleado, que, con una firmeza que contrastaba con sus vacilaciones, insistió en que no podía hacer nada.

Por fin la secretaria de McCune se separó del mostrador con un brusco ¡Está bien! y dirigióse a una de las numerosas cabinas telefónicas de la estación. Duke supuso que iba a llamar a la Policía y, recordando su aventura de la tarde anterior, decidió actuar lo más deprisa posible a fin de no exponerse nuevamente al mal genio y a la enemistad del jefe superior.

Mientras Treva Malloy intentaba convencer al empleado de la consigna, Duke había sacado de su escondite el resguardo, desdoblándolo y guardándolo en un bolsillo. Luego, con firme paso, como si tuviera mucha prisa, dirigióse a la consigna y tiró el resguardo sobre el mostrador.

El empleado lo cogió, consultó el número, dirigióse a una estantería y de uno de sus departamentos sacó un pesado paquete de medio metro de largo por treinta centímetros de ancho y grueso. El paquete estaba formado con papel de embalaje y atado con cordel muy fuerte. Además estaba sellado en cada uno de los numerosísimos nudos.

—Pesa mucho —comentó el empleado—. ¿De qué está lleno?

—De oro —rió Duke, dejando un dólar sobre el mostrador y alejándose de la consigna a tiempo de evitar ser descubierto por Treva Malloy, que en aquel instante salía de la cabina telefónica, regresando hacia la consigna para reanudar su discusión con el empleado.

Duke dirigióse a uno de los establecimientos situados en el enorme vestíbulo de la estación. Estaba especializado en la venta de maletas, maletines y baúles.

—Quisiera un maletín, donde cupiese este paquete —explicó Duke a la empleada que acudió a atenderle.

No fue difícil encontrar un maletín de piel de cerdo donde el paquete encajaba como si lo hubieran hecho a medida. Duke pagó los diez dólares que le fueron pedidos por el maletín, lo cerró con llave, guardando ésta, y en una etiqueta que le proporcionó la misma empleada escribió su nombre y dirección, agregando que debía entregarse a la señorita Betty Straley. Después buscó a uno de los mandaderos de la estación y entregándole el maletín le ordenó que lo llevase al Grand Hotel.

Cuando el fornido hombretón salió cargado con el pequeño maletín, Duke sonrió levemente. Empezaba a comprender muchas cosas; pero necesitaba urgentemente examinar ciertos documentos encontrados en poder de Martel. Sentóse en uno de los bancos de la estación y comenzó a examinar los papeles. La mayoría carecían de importancia; pero al fin uno de ellos le obligó a lanzar un silbido de asombro. Los siguientes le hicieron desorbitar los ojos y, por fin, el último le obligó a ponerse en pie y a dirigirse casi a la carrera hacia la consigna. ¡Necesitaba hablar en seguida con Treva Malloy!

Cuando llegó a la vista de la consigna, la secretaria estaba chillando y gesticulando como si le interesara atraer la atención de todos cuantos aguardaban por allí. El empleado seguía empleando los mismos argumentos y la misma firmeza de antes.

—No puede ser... Aguarde al jefe... Sin una orden judicial no puedo hacer nada... No quiero comprometerme... Espere al jefe...

La discusión continuaba cada vez más acaloradamente, y de cuando en cuando Treva Malloy volvía la vista hacia la puerta, lo cual hizo comprender a Duke que estaba esperando a los policías, que acudirían con los documentos necesarios para registrar la consigna. Duke comprendió, también, que su presencia estaba de más allí.

Abandonando la estación, Duke tuvo el tiempo justo de meterse en un taxi que arrancó al mismo tiempo que un enorme autocar lleno de policías deteníase frente al edificio.

Veinte minutos después, el taxi que conducía a Duke deteníase frente a otro edificio de imponente aspecto. Era la central telefónica de Washington.

—Necesito ocho conferencias con Nueva York —indicó a la empleada que acudió a atenderle—. Es muy importante que hable con los abonados. Como las conferencias serán un poco largas, quisiera asegurarme el poder hablar con todos ellos.

—Redacte unos telefonemas, y mientras usted celebra la primera conferencia se avisará a los demás.

—Bien. Me parece una buena idea. Llame primero a Curtis Banning, y mientras hablo con él remita este telefonema a los siguientes señores: Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Andrew Pollard, Jonathan Shaw, Richard Porter y Alvin Weston. El telefonema ha de estar redactado así:

 

"Urgente hablen conmigo asunto McCune. Telefoneo dentro de breves instantes. Duke Straley".

 

La telefonista tomó nota del mensaje, dispuso la primera conferencia y, durante dos horas, Duke estuvo hablando por teléfono con los ocho secuestrados supervivientes. Cuando hubo terminado salió de la cabina y pidió hablar con un número de la ciudad. Un momento después Betty contestaba a su llamada.

—¿Has recibido el maletín? —preguntó Duke.

—Sí; he intentado abrirlo, pero no puedo. ¿Qué hay dentro?

—Algo muy importante. No lo entregues a nadie. Escóndelo donde sea muy difícil encontrarlo. Y aunque la Policía te exija que lo entregues no lo hagas. Sólo yo debo abrirlo. Si alguien intenta conseguirlo por la violencia, no vaciles en disparar sobre él.

—¿Dónde has estado desde ayer? —preguntó Betty.

—En la cárcel, secuestrado, y varias veces a punto de morir. Me estoy divirtiendo muchísimo.

—Lo celebro. Procura no tropezar con alguna de las balas que tan profusamente se utilizan en este caso. ¿Podemos ayudarte en algo?

—No moviéndoos del hotel y no dejando que nadie llegue cerca del maletín.

—¿Estás a punto de resolver el misterio?

—Está casi resuelto; pero necesito la ayuda de Methven. Telefonea a la señora McCune y pregunta por Odile Methven. Pídele que se reúna conmigo, tomando toda clase de precauciones, en casa de la secretaria de McCune. De la señorita Treva Malloy. Dile que vaya armado, pues seguramente habrá lucha. Dile también que tendremos que habérnoslas con asesinos y secuestradores y que en bien de todos conviene acabar con ellos.

—Perfectamente-replicó Betty.

En cuanto su hermano cortó la comunicación, Betty abrió el listín de teléfonos y buscó el nombre de Joseph McCune. Empleó en el trabajo varios minutos hasta que al fin Duke le recordó que McCune habíase instalado en Washington pocos meses antes, o sea después de la publicación de aquella guía telefónica.

La joven recurrió entonces al servicio de informaciones y después de una breve espera recibió el informe que necesitaba; pero aquellos minutos perdidos debían tener una gran importancia. Cuando la señora McCune se puso al aparato y supo el motivo de la llamada de Betty, contestó con esta descorazonadora información:

—El señor Methven ha salido hace unos cinco minutos.

—¿Sabe dónde ha ido o dónde puedo comunicar con él?

—No. ¿Se trata de algo urgente?

—Sí, es urgentísimo que vaya a casa de la señorita Treva Malloy. Mi hermano se dirige hacia allí. Dice que tendrá que luchar contra los secuestradores... que necesita ayuda...

—Será imposible —gimió la señora McCune—. El señor Methven no volverá hasta dentro de una hora. En cuanto llegue le daré el aviso.

Betty colgó el teléfono. Su mirada se fijó en el maletín de piel de cordero. Recordó las recomendaciones de su hermano. No debían dejar de defender aquel maletín. Sin embargo, no pudiendo Methven acudir en socorro de Duke, ¿no debía pasar por alto las órdenes de su hermano y, por lo menos enviar a Bob en su ayuda?

Una voz masculina la libró de sus vacilaciones y dudas.

—Buenos días, señorita Straley. Le aconsejo que no se mueva, pues, de lo contrario, a pesar de que me disgusta mucho disparar sobre una mujer me veré obligado a violentar mis buenos sentimientos y apretar el gatillo de esta pistola.

Betty levantó la cabeza y vio frente a ella, sonriente y burlón a Jason Valman, empuñando una pistola provista de silenciador. En los ojos del hombre, Betty leyó su sentencia de muerte.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—El paquete que su hermano le envió. Mejor dicho, ese maletín de piel de cerdo que veo sobre aquel sofá.

La mirada de Betty recorrió, ansiosamente la habitación.

—No busque a ese amigo suyo —dijo Valman—. He tenido el placer de probar en él la eficacia de esta pistola. Sus efectos han correspondido al prestigio de que disfruta y su discreción ha colmado todas mis esperanzas, pues a pesar de hallarse en la habitación inmediata, usted no ha oído nada. Ahora, señorita Straley, entrégueme el maletín.

Con ojos desorbitados por la angustia, Betty tartamudeó

—¿Le ha matado?

—¿A quien? ¿A su amigo? —Valman se echó a reír—. Sí —continuó—. Le he matado. Comprendo que el cometer un crimen es, moralmente, muy feo; pero prácticamente es muy útil. Por lo tanto... ¡Quieta!

Pero Betty no pensaba ya en su seguridad ni en su vida. Mentalmente veía el cuerpo de Bob Dennison, eternamente inmóvil, y por eso, no importándole ya nada en la vida, tampoco le importaba su existencia. Su mano derecha alcanzó un pesado cenicero de alabastro y lo lanzó con toda sus fuerzas contra Valman, en el mismo instante en que éste apretaba el gatillo de su pistola.

Oyóse una ahogada detonación, semejante a una tos apagada, y Betty sintió un choque en el cuerpo. Comprendió que había sido herida...

CAPÍTULO VII

 

 

Duke Straley descendió del taxi a un centenar de metros del domicilio de Treva Malloy. Pagó el importe de la carrera, utilizando el dinero de Martel y al alejarse en dirección a su destino, vio su imagen reflejada en el enorme espejo de un escaparate. No pudo contener una sonrisa. Su traje estaba sucio y arrugado, la camisa veíase desgarrada y con manchitas de sangre. Y su rastro mostraba una áspera barba que estuvo a punto de hacerse quitar en una próxima barbería. El recuerdo de que Methven estaba citado en el campo de batalla, le hizo desechar la idea. No quería que el antiguo federal llegase a casa de Treva Malloy antes que él.

La secretaria vivía en un magnífico edificio en el que se alquilaban pisos amueblados. Duke vaciló unes segundos. Por fin pasando frente a la puerta dirigió una mirada al interior. En el vestíbulo se veía una cabina protegida por un mostrador. Acodado a dicho mostrador hallábase un hombre de aspecto enérgico. Duke se detuvo un momento y encendiendo un cigarrillo dejó vagar su mirada por el vestíbulo y, especialmente la fijó en el imponente conserje.

Su capacidad para saber juzgar a simple vista el carácter de las personas indicó a Duke que el conserje pertenecía a la clase de los insobornables. En aquellos momentos el joven necesitaba, por el contrario, alguien que se dejara sobornar fácilmente.

Tirando al suelo la cerilla utilizada para encender el cigarrillo y haciendo luego lo mismo con éste, Duke siguió adelante y, pasando a la otra acera leyó el nombre del edificio "Las Armas de Gratham". Después de esto, Duke buscó una inspiración. Cuando estaba a punto de darse par vencido, pasó frente a él un pesado autobús de la Línea de Mount Vernon. Duke lo Siguió con la mirada y le vio detenerse frente a una estación de término, en la que descendieron bastantes personas. Casi saltando de alegría, el joven entró en una farmacia y corrió a la cabina telefónica. Buscó en el listín el número de Las Armas de Gratham y en cuanto lo hubo marcado oyó una voz que contestaba, deferentemente:

—Aquí las Armas de Gratham. Enrie Wax al habla.

—Buenos días, señor Wax. Acabo de llegar de Vernon con mi madre. Está impedida y no quiero causarle molestias innecesarias. Estamos en la estación del autobús. Un amigo nos ha recomendado Las Armas de Gratham para que nos hospedásemos en ella durante el mes que vamos a pasar visitando la capital. Desde luego mi madre quisiera conocer algunos detalles del hospedaje, quiere saber si podremos encargar la comida sin necesidad de tener que comer en el restaurante, y, sobre todo, si por las mañanas se nos subirá el desayuno...

—Tenemos servicio de restaurante para los inquilinos —declaró el señor Enrie Wax—. Puede asegurar a su señora madre que en ningún otro sitio estará mejor atendida...

—Lo creo, lo creo —interrumpió Duke—. Pero mi madre quisiera hablar personalmente con usted para conocer esos detalles.

—Puede usted explicarle lo que le he dicho...

—Sería inútil, señor Wax. Mi madre es una persona que siempre desea saber algo más. Perderíamos mucho tiempo, pues en cuanto yo le explicara que podemos comer en nuestras habitaciones querría saber que clase de inquilinos hay en la casa, y si la vecindad es tranquila.

—Puedo decirle que,..

—No, es inútil. Si le digo que los inquilinos son decentes querrá saber si hay niños, y luego si hay agua caliente durante la noche. Lo mejor sería, señor Wax, que viniera usted a la estación y hablase con ella.

—¡Imposible, señor! No puedo dejar mi despacho. Si su madre tiene la bondad de venir...

—Mi madre no quiere moverse de la estación hasta saber adonde va. Me ha dicho que en cuanto yo consiga, el hospedaje ideal tomará un taxi e irá directamente al sitio elegido. Pero antes quiere saber adonde va. Por eso si usted hablara personalmente con ella podría explicarle todo cuanto ella desee saber.

El señor Wax dirigió una mirada al tablero donde estaban las llaves de las habitaciones y pisos libres. Había muchas más de lo que convenía para la buena marcha del edificio. Y como la buena marcha de Las Armas de Gratham significaba, también, la buena marcha de los asuntos particulares del señor Wax, la perspectiva de un cliente para un mes no podía ser más agradable. Por ello insistió:

—¿Por qué no se pone su señora madre al aparato? Podré explicarle...

—Mi madre, señor Wax, le tiene horror al teléfono. Nunca lo ha utilizado y ha prometido morir sin valerse de él. Dice que así nos demostrará a todos que el teléfono es una cosa inútil y una complicación que nos hemos creado.

—Pero... Yo no puedo abandonar el despacho. Lo tengo prohibido...

—Está bien —replicó, secamente, Duke—. Telefonearé a otro sitio donde tengan más interés en servirnos. Buenos días, señor Wax.

—¡Un momento! —gimió el conserje—. Está bien. Iré en seguida.

—Muchas gracias, señor Wax. Le aguardamos en la sala de espera.

Duke colgó el teléfono y salió de la farmacia, aguardando en la puerta hasta ver al señor Wax salir por la amplia puerta de las "Las Armas de Gratham".

En cuanto el conserje estuvo a veinte pasos del edificio, Duke cruzó la acera y entró en el vestíbulo. En el despachito se veía a un viejo de lacios y grises bigotes. Iba En mangas de camisa y con chaleco a rayas negras y amarillas. Llevaba la cabeza cubierta por una sucia gorra y Duke comprendió que era el encargado del montacargas.

—Hola —saludó el joven—. Usted no es el señor Wax, ¿verdad?

El viejo pareció ofenderse de que Duke pudiera no estar seguro de que él no era el relamido señor Wax.

—No, no tengo ese disgusto —declaró.

—De acuerdo —sonrió Duke—. Necesito dos favores de usted. Pagaré por anticipado el primero.

Al decir esto, Duke sacó la cartera de Martel y dejó sobre la mesa cuatro billetes de cinco dólares. La práctica le había mostrado que siempre hacen más efecto cuatro billetes de cinco dólares que uno de veinte.

Les ojillos del viejo se iluminaron. Sin embargo, preguntó cautamente:

—¿Qué quiere?

—Ante todo deseo saber en que piso vive la señorita Treva Malloy.

—¡Hum! ¿Y para eso paga veinte dólares?

—Para eso sólo no, desde luego. Es el principio de un breve interrogatorio. ¿En qué piso vive?

—En el décimo, habitaciones mil diez.

—Gracias. ¿Qué visitas recibe la señorita Malloy?

La suspicacia del viejo aumentaba.

—¿Por qué me pregunta eso? —gruñó.

—Porque es muy importante.

—Lo siento, pero no me gusta eso.

Y el viejo rechazó los veinte dólares.

—Soy un amigo de la señorita Malloy —advirtió Duke—. No quiero causarle ningún daño. Al contrario, deseo protegerla de algunos de sus enemigos. El señor McCune solía venir aquí, ¿verdad?

—Sí —gruñó el viejo—. Pero ya está muerto.

—También vinieron, en distintas ocasiones, ciertos desconocidos, ¿no?

—Sí. Vinieron algún tiempo a casa de la señorita Malloy. Pero Wax no lo sabe.

—No, porque vinieron de noche, ¿verdad?

—Sí. Pero si cree que la señorita Malloy...

—La señorita Malloy es muy decente y yo no creo nada malo de ella. Aquellas personas, o, mejor dicho, aquellos hombres, eran amigos del señor McCune. Pero hay otras tres personas que me interesa saber si visitaron frecuentemente esta casa. Una de ellas se llama Jason Valman. ¿Ha estado aquí?

—Sí, muy a menudo. Demasiado a menudo.

—¿Y quién más?

—Ese pistolero llamado Martel. Un día se pelearon él y Valman.

—¿Quién más? —preguntó Duke.

—El jefe de Policía. Ha venido varias veces en los últimos días. Me gustaría saber qué tenía que hacer aquí el hombre ese.

—Lo sabrá a su debido tiempo. ¿Quién más ha estado en el piso de la señorita Malloy?

—Prefiero no decirlo.

—Piense que tengo otros veinte dólares para usted si contesta a mis preguntas. Y si no se da prisa volverá Wax y no podremos seguir hablando.

—¿Por qué ofrece tanto dinero por esas tonterías? —preguntó el viejo.

—Porque soy un excéntrico —rió Duke, sacando un billete de veinte dólares y partiéndolo en dos pedazos, uno de los cuales tendió a su interlocutor, agregando:— Cuando termine de decirme lo que me interesa le daré la otra mitad y sólo tendrá que unir las dos partes con papel transparente para que los veinte dólares sean tan legítimos como antes de dividirlos.

—¿Quiere saber quién era la otra persona que visitaba a la señorita Malloy?

—Sí. ¿Quién era?

—Lawford, el asesino del señor McCune. Vino varias veces.

—¿Con Pete Martel?

—Sí. Eran muy amigos. Cuando leí que Martel lo había matado, empecé a pensar...

—No se preocupe por eso. Lo importante ahora es que me lleve al piso de la señorita Malloy.

—No puedo dejar el puesto.

—El señor Wax no tardará en volver. No quiero que nos vea juntos y supongo que a usted le interesará, también, que no se entere de que hemos hablado.

—Claro —gruñó el conserje suplente, guardando la otra mitad de los veinte dólares.

—¿Dónde puedo esconderme? ¿No sería buen sitio el montacargas?

—Sí, Wax nunca va allí.

—Y luego podríamos subir en él hasta el décimo piso ¿no?

El viejo vaciló.

—Puedo aumentar la oferta en diez dólares más —advirtió Duke—. Y dése prisa pues no nos queda mucho tiempo.

—Siga hacia el fondo por ese pasillo y cuando llegue al montacargas métase en él —gruñó el viejo.

Duke marchó corriendo por el pasillo y casi al momento el indignado Enrie Wax regresó de su inútil paseo.

—¿Qué le ha pasado a Wax? —preguntó el viejo, cuando se hubo reunido con Duke—. Habla de que le han gastado una broma.

—Algo así le ha ocurrido —sonrió Duke—. Pero no se preocupe. Usted diga a todo el mundo que no sabe nada. Yo afirmaré que entré por la escalera de escape.

¿Qué quiere que haga?

—Lléveme hasta el piso de la señorita Malloy y llame a la puerta. Seguramente ella preguntará quien llama. Usted conteste diciendo que sube un paquete que envía el señor Valman, ¿entendido?

El hombre no acabó de entender aquello hasta que Duke puso en su mano otro billete de banco. Entonces aseguró que lo entendía todo perfectamente, aunque exigió que se le asegurase que la señorita Malloy no iba a sufrir daño alguno.

—No tenga miedo —declaró Duke—. No le pasará nada malo.

El montacargas se detuvo en el décimo piso y los dos hombres salieron de él, recorriendo hasta la mitad el largo pasillo y deteniéndose, al fin, ante la puerta marcada con el número 1010. Duke pulsó el timbre. Transcurrieron varios segundos y hasta un minuto sin que nadie respondiera a la llamada.

—Tal vez haya salido —susurró el viejo.

Pero Duke tenía la impresión clarísima de que al otro lado de la puerta existía una presencia humana. Por eso, al cabo de un minuto y medio de espera volvió a llamar al timbre.

—¿Quién llama? —preguntó una voz que Duke recordaba perfectamente—. ¿Por qué no se ha hecho anunciar desde la portería?

—Soy Jules, señorita Malloy —replicó el viejo—. Le subo un paquete que me ha entregado el señor Valman. Dijo que era muy importante...

Oyóse el descorrer del cerrojo y la puerta empezó a abrirse. Por la ranura apareció el rostro de Treva Malloy.

Sin dar tiempo a la mujer para que pudiese reaccionar, Duke dio un violento empujón a la puerta, echando hacia adentro a la secretaria de McCune.

—¿Quién es usted...? —empezó la mujer.

En vez de contestar, Duke cerró la puerta y avanzó hacia Treva Malloy. Encontrábanse en un pequeño vestíbulo. Detrás de la secretaria se veía el saloncito y a la derecha de Duke se abría un corto pasillo que debía de conducir a los dormitorios. Contra lo que Duke esperaba, Treva Malloy, en vez de retroceder hacia el salón, lanzóse, de pronto, por el corredor, burlando a Duke y desconcertándole el tiempo suficiente para que, al alcanzarla por fin en uno de las dormitorios, la encontrase empuñando un revólver de largo cañón, de un modelo que hubiera hecho las delicias de Billy el Niño o de cualquier otro pistolero del antiguo Oeste. El arma, viejo Colt del 45, modelo fronterizo, estaba sólidamente sostenido por la mano femenina. El hecho de que el negro cañón no oscilase ni un milímetro convenció a Duke de la firmeza y valentía de la mujer que tenía enfrente. Si aquella arma llegaba a dispararse, la bala no erraría el blanco.

—Bien, señor listo, tenga la bondad de dar media vuelta y salir por donde ha venido —ordenó, secamente, Treva Malloy.

Al pronunciar estas palabras, la secretaria levantó el gatillo del revólver y el ligero chasquido de los muelles del mecanismo resonó con amenazadora intensidad en el silencio de la estancia.

—Guarde ese cañón, señorita Malloy —aconsejó Duke—. He venido a ayudarla, no a hacerle daño.

—¿Ha venido a hacerme un favor? —sonrió duramente Treva.

—Sí, a eso.

—Pues no me gustan los favores que empiezan por echar la puerta por la cara de quien va a abrir. Le advierto que si es usted inteligente seguirá mi consejo y saldrá de aquí antes de que le mate.

—¿Otro crimen? —sonrió Duke—. ¿Confía en Lawrence, el indigno jefe de policía?

—Confío en los derechos que me dan nuestras leyes —replicó Treva—. Nadie le ha invitado a mi casa y si disparo contra usted y le mato, todos creerán que he obrado en defensa propia.

—Podrían creer que ha sido su esposo quien me ha matado, señora Valman.

El mencionar este hecho, descubierto gracias a la lectura del certificado de Jason Valman y Treva Malloy que había encontrado entre los documentos de Martel, estuvo a punto de ser el último error cometido por Duke Straley. Su mirada, fija en los desorbitados ojos de Treva Malloy le hizo comprender la serie de pensamientos que se sucedían en el cerebro de la mujer que tenía delante. Primero, expresaron asombro infinito, producido por ver que alguien poseía un secreto que Treva debía de creer bien guardado. Luego el asombro fue sucedido por un odio infinito y un ansia de matar. A continuación ese odio fue contenido por el temor de las consecuencias que podía acarrear el matar al hombre que sabía la verdad. Por último, los ojos de Treva Malloy indicaron claramente que la mujer se daba cuenta de que si mataba a Duke no podrían acusarla de nada, puesto que podría alegar defensa propia contra un hombre que no debió de ser policía desde el momento en que, para entrar había recurrido a la ayuda de Jules. Sí, el encargado del montacargas podría declarar a su favor...

Duke vio como los nudillos de la mano derecha de Treva blanqueaban con el esfuerzo que la mujer hacía por disparar el arma y dirigir la bala a un punto vital. Y comprendió que si alguna vez había estado a punto de perder la vida, era aquel momento en que Treva Malloy, dominada por un odio cegador, se disponía a atravesarle el corazón de un balazo.

CAPÍTULO VIII

 

 

Durante una fracción de segundo, Betty no comprendió lo ocurrido. Había sentido la herida, el choque de la bala, la vacilación de sus piernas a efectos del golpe contra su pecho y, sin embargo todas estas sensaciones fueron fugaces, la resistencia retornaba a sus músculos y sólo continuaba sintiendo un ligero dolor en el pecho.

Al bajar la vista hacia el suelo Betty comprendió lo ocurrido. Su mirada tropezó con el mármol de la mesita colocada entre Valman y ella. En la piedra veíase una fuerte desconchadura que sólo podía haber sido producida por el impacto de un proyectil de grueso calibre. Ello indicaba que o bien la bala llegó de rebote, ya casi sin fuerza, o fue una esquirla de mármol la que chocó contra su pecho.

Después de esto, la reacción inmediata de la joven fue mirar hacia Valman, extrañada de que en los segundos transcurridos, el hombre no hubiese repetido el disparo. Le vio sentado en el suelo, atontado por el choque del cenicero, que había abierto una profunda herida en su frente. Continuaba empuñando la pistola y Betty comprendió que no tardaría en poderse incorporar.

Dos pensamientos se apoderaron de Betty. Salvar el contenido del maletín y correr junto a Robert Dennison. Obedeciendo en seguida a este impulso, precipitóse hacia el maletín, lo cogió y huyó hacia el pasillo, en el momento en que Valman, algo recobrado de su atontamiento, trataba de ponerse en pie y no pudiendo conseguirlo a tiempo, disparaba de nuevo contra Betty; pero ésta había salido ya al pasillo.

La habitación de Bob era la inmediata y Betty empujó la puerta al mismo tiempo que veía avanzar contra ella, por el corredor, al hombre que el día antes les visitara para entregar la cartera de Newcomb y dejar su caja con la bomba.

Una vez dentro de la habitación de Bob, Betty empujó hacia la puerta un pesado sillón que debía ofrecer una débil barrera; luego buscó con la mirada a Dennison.

Un sollozo de alegría brotó de sus labios al verle apoyado contra la pared del lavabo, con un vaso de whisky en la mano.

—¡Oh, Bob, qué miedo he pasado...! —empezó Betty, abrazando al joven.

Pero la esperanza se trocó en espanto al notar la mortal palidez que invadía el rostro de Bob.

—Me hirió en el costado —musitó Bob—. No tuve tiempo... disparó enseguida.

Una nueva detonación ahogada por el silenciador, resonó en la puerta. La cerradura saltó entre trozos de madera astillada, y sólo el sillón se opuso a la entrada de Valman y de su compañero.

—¡Encerrémonos en el lavabo! —susurró Betty—. Pidamos socorro por la ventana... por el teléfono...

Cediendo al empuje de Valman y su cómplice, el sillón empezó a apartarse de la puerta.

—Dame mi pistola —susurró Bob—. La tengo en el bolsillo posterior del pantalón... no tengo fuerzas para sacarla...

Sollozando nerviosamente, mordiéndose los labios y luchando por conservar los ojos libres del velo de las lágrimas, Betty luchó por sacar el arma. Las décimas de segundo se le antojaban minutos eternos. Temía que sus atacantes lograran introducirse en la habitación antes de que ella pudiera entregar a Bob su única defensa.

Al fin, rasgando el forro del bolsillo, Betty arrancó de él la pistola, una pequeña nueve corto que puso, ansiosamente, en la mano de Bob.

En el mismo instante la puerta de la habitación abrióse con gran violencia y Valman apareció en el umbral. Una cruel sonrisa curvaba sus labios.

—Entra y cierra la puerta —ordenó a su compañero.

Los dos empuñaban pistolas provistas de silenciador.

—Vuélvase, señorita Straley...

Bob empuñaba con todas sus débiles fuerzas la pistola que Betty había puesto en su mano. Tenía una noción bastante clara de las cosas; pero un velo de niebla enturbiaba sus ojos, no permitiéndole ver más que dos sombras vagas, una de las cuales estaba hablando...

—Apártate, Betty —susurró al oído de la joven—. Vale más... que te dejes caer al suelo.

Betty comprendió las intenciones de Bob. En los próximos segundos se iban a poner en juego sus vidas; pero no podía hacerse otra cosa. Era necesario correr aquel riesgo, pues tanto a Valman como a su cómplice les interesaba, ante todo, apoderarse del maletín y cerrar para siempre los labios de los posibles testigos de sus delitos.

—No me gusta disparar por la espalda contra una joven tan valiente, señorita —siguió Valman—. Vuélvase...

Betty se dejó caer al suelo, de rodillas, y sobre su cabeza la pistola de Bob habló ocho veces, hasta agotar el contenido de su cargador.

Junto a la puerta sonaron dos blandas detonaciones, ahogadas por el imperioso ladrido de la pistola de Bob.

La estancia se llenó de los acres vapores de la pólvora sin humo. Betty tosió, con la garganta irritada, y abrazóse con fuerza a las piernas de Bob. Sólo cuando oyó caer junto a ella la pistola, levantó la cabeza y vio que una mortal palidez se extendía por las facciones de Bob.

Poniéndose en pie lo ayudó a ir hasta el sofá, y sólo entonces se dio cuenta de que la carrera de Valman y de su compañero había terminado para siempre. Estaban caídos el uno sobre el otro y, en un último y desesperado esfuerzo, Valman había intentado alcanzar la puerta y huir al pasillo. Pero las balas disparadas ciegamente por Bob, fueron más rápidas.

La joven después de dejar a Bob tendido sobre el sofá, hizo intención de alcanzar el teléfono para pedir socorro. Mas no hacía falta. Las detonaciones habían atraído hacia allí a todos los clientes del hotel que se encontraban en aquel piso y entre ellos no podía faltar un médico que al entrar arrodillóse junto a los dos cadáveres.

—¡No! —chilló, histéricamente, Betty—. ¡Déjelos! ¡Ellos no importan! Cure a Bob... cúrele a él.

Casi detrás del médico, otro hombre entró en la habitación. Era Odile Methven.

Iba a preguntar qué había ocurrido; pero la visión de los dos cuerpos tendidos en el umbral de la puerta le indicó que ya no tenía que preocuparse por seguir a Jason Valman, cuyas hazañas habían terminado para siempre.

Acercóse a Betty y preguntó, suavemente:

—¿Está herido el señor Dennison? —y comprendiendo que la joven no le conocía, agregó:— Soy Odile Methven... un amigo de su hermano.

—¡Oh! —Betty se puso en pie—. ¡Pronto! Mi hermano le espera... En casa de la secretaria del señor McCune. Dice que vaya solo y bien armado...

En seguida, volviéndose a arrodillarse junto a Bob, preguntó al doctor:

—¿Vivirá?

—Desde luego, señorita. Tendremos que practicar una transfusión de sangre, pues lo más grave que padece es la fuerte hemorragia sufrida...

—¡Utilice la mía! —rogó Betty—. No quiero que le den otra sangre.

—No todas las sangres sirven para una transfusión —advirtió el doctor—. Podemos fijar el grupo sanguíneo a que pertenecen los dos...

—¡No se preocupe! —rió Betty—. ¡Sirve! Lo sé... mi hermano me ha analizado la sangre... Pertenezco al grupo universal... Mi sangre sirve para todos...

Y riendo y sollozando a la vez, inclinóse al oído de Bob y murmuró:

—Sí... sirve para todos... sirve para ti...

Odile Methven respiró hondo y yendo hacia la puerta obligó a salir al pasillo a todos los curiosos, luego llamó a uno de los empleados del hotel y lo estacionó frente a la habitación.

—Que nadie entre —ordenó—. La Policía Federal no tardará en llegar.

CAPÍTULO IX

 

 

En su juventud y sin saber exactamente por que lo hacía, Duke había aprendido el llamado boxeo francés. El "coup de sabate", o golpe dado con el pie, le había servido, en diversas ocasiones, para imponerse a adversarios mucho más fuertes que él y que luchaban sin atender a ninguna regla. Pero hasta aquel momento, a Duke no se le ocurrió que la técnica de boxeo francesa pudiera servirle para desarmar a un enemigo a quien no deseaba causar ningún daño pero que, por estar armado y dispuesto a emplear sus armas, resultaba muy peligroso.

En el momento en que Treva Malloy se disponía a disparar el viejo revólver, Duke echóse hacia la izquierda, cayó sobre esa mano y al mismo tiempo que todo su cuerpo giraba, descargaba un seco puntapié con el pie derecho a la mano de Treva, enviando el revólver sobre la cama describiendo un corto arco.

La secretaria tardó un segundo en comprender lo ocurrido, y cuando su cerebro transmitió la orden de que debía recuperar el revólver, éste se encontraba ya en manos de Duke.

Pero la capacidad de lucha no se había agotado en Treva Malloy. Con una energía inverosímil, precipitóse sobre Duke, ciega a todo lo que no fuese su odio. Pero Duke habíase enfrentado con enemigos mucho más peligrosos que aquella mujer. Sus fuertes manos se cerraron en torno de las muñecas de la mujer, que se debatió como fiera cogida en una trampa.

—No sea loca —recomendó Duke—. Serénese. Soy su amigo. He venido a contarle toda la verdad de la que usted cree saber una gran parte y sin embargo sólo conoce un poquitín.

Pero Treva Malloy no quería escuchar. Toda su fuerza nerviosa, y todo su instinto se concentraba en librarse de aquel hombre en quien veía a un despiadado enemigo.

—Usted sabe la verdad de lo que hicieron con Joseph McCune. Usted fue cómplice de ellos en la terrible traición que cometieron contra él. ¿No se ha arrepentido infinitas veces de haber sido instrumento colaborador en la muerte de su jefe?

—Yo... —cierta lucidez apareció en los desorbitados ojos de Treva. Las palabras de Duke parecieron calmarla un poco. Cesó parcialmente el convulsivo temblor que la agitaba y nuevamente repitió:— Yo... No, no creí que lo asesinaran... Nunca hablamos de que debía morir...

—Oígame, señorita Malloy. Usted puede aún salvarse y comenzar una nueva vida lejos de aquí. Deje que su marido, Martel, Lawrence y los demás miembros de la banda paguen sus culpas como se merecen. Usted es inocente de lo peor de este caso. Y lo otro... —Duke sonrió levemente—, lo otro nunca se sabrá. Puede estar segura de ello.

—Pero... —había renacido la esperanza en los ojos de Treva—. Yo no puedo acusar a mi marido.

—No, no necesitamos que usted le acuse. Martel se encargará de hacerlo.

—Yo no quiero causarle ningún daño —musitó Treva.

 

—¿Cree que Valman se merece la fidelidad que usted le demuestra? ¿No comprende que ha sido usted un juguete en manos de esos canallas? La han utilizado para sus fines, y cuando han temido que usted, con sus declaraciones, pudiera hundir el negocio más fantástico y más loco de este siglo, han recurrido a una nueva canallada. Han jugado con sus sentimientos. Valman se ha casado con usted para cerrarle la boca. La esposa no puede declarar nunca contra el esposo. Para eso la necesitaban. Para eso Valman la ha cortejado, la ha hablado de amor, ha jugado con su corazón, y mientras usted creía estar viviendo unos momentos de romántica felicidad, no ha hecho más que servir de muñeco a esos bandidos.

Estas palabras fueron para Treva Malloy como un balazo en la frente. Cesó hasta la última partícula de resistencia. Dejó resbalar las manos hasta el regazo y miró a Duke como la condenada que va a apoyar la cabeza en el tajo,

—Perdone —murmuró Duke—. No quisiera haberle causado este dolor. Comprendo lo que sufre,..

—No... no lo puede comprender... —murmuró Treva, con la mirada perdida en un punto vago—. No, no puede comprenderlo —rió amargamente—. Sí, han jugado conmigo. Y yo lo comprendí desde el primer momento; pero me resultaba demasiado doloroso convencerme de que en sus manos yo no era más que un simple instrumento... Prefería cerrar los ojos y creer en el amor... El amor de una solterona que se aferra a la felicidad que se imagina. Es siempre más agradable creer que nos aman. Perdone, señor Straley. Debe de reírse usted de mí.

—No; la comprendo y la admiro. Por eso he venido a tenderle una mano para salvarla de ese naufragio de su vida. Pude ser usted testigo de la acusación. La intervención de usted sólo está relacionada con la causa de todos estos sucesos, y ese origen no será mencionado en el proceso. Además, Jason Valman está casado dos veces. Su primera mujer aún vive...

Un dolor más agudo que los anteriores reflejóse en los ojos de Treva Malloy.

—Sí, señorita —siguió Duke—. Esa era el arma que Martel sostenía sobre la cabeza de Valman. En poder de ese pistolero encontré el certificado del matrimonio de usted con Valman, el de Valman con otra mujer y un certificado según el cual la primera esposa de Valman, afirma no haberse separado legalmente de su esposo.

—¿Por qué lo hizo?

—Ya le he dicho que, ante todo, lo hizo para que usted no pudiera echarse atrás y descubriese la verdadera identidad del misterioso "X". Por su parte, a Martel le interesaba tener agarrado a Valman con pruebas que en un momento dado, por sí solas, pudieran conducirle a la cárcel. La bigamia es un delito y, una vez detenido por él, Valman se hubiera visto complicado muy gravemente.

—Ha conseguido ya el paquete que McCune le dejó, ¿verdad?

—Sí.

—¿Y lo ha abierto?

—No; pero me imagino lo que hay dentro. Mejor dicho, estoy casi seguro. Por eso no he querido romper los sellos.

—¿Y descubrirá toda la horrible verdad?

—No. Ya le he dicho que no quiero hacer sufrir innecesariamente a los inocentes. Si las víctimas quieren que se descubra todo, lo haré; pero sé que a todos les interesa que se guarde silencio y se cumplan los deseos de McCune.

—Yo le traicioné.

—Lo sé. Obtuvo de él veinticinco mil dólares; pero no fueron para usted.

—No; me permitieron comprar una felicidad falsa.

—¿Los entregó a Valman?

—Sí, para él y para Martel. Los necesitaba para ir a Nueva York, para contratar a unos pistoleros, para raptar a un niño y, luego, para asesinarle a usted pero entonces yo no lo sabía.

—¿Por qué no acudió a la Policía al enterarse del asesinato del pobre niño y de su institutriz?

—No tuve valor. Valman me dijo que había sido un accidente irremediable. Además, él no tomó parte en ello. Fue Martel quien disparó.

—¿Y usted escribió la nota?

Treva Malloy inclinó la cabeza.

—Sí, fui yo. Ese es mi peor pecado. No merezco perdón.

—Todos necesitamos que nos perdonen algo malo. ¿Sabía usted que pensaban asesinar a McCune?

—No, eso nunca lo supe. Sólo cuando vi que Martel había matado a Lawford comprendí la terrible conspiración.

—Se prometió protección a Lawford, ¿verdad?

—Sí. Oí algunas de sus conversaciones; pero no adiviné que pensasen matar al señor McCune. Hablaron de venganza. Lawford deseaba vengarse de su antiguo jefe. Valman y Lawrence, el policía, le prometieron ayudarle a escapar.

—Y luego fue Martel, el hombre de confianza de Valman, quien asesinó a Lawford. Par eso, antes de morir, Lawford le acusó de haberle traicionado.

—Sí. No he podido olvidar el horror que me produjo ver muerto a Lawford. No era un mal muchacho. Había en él un fondo de honradez que ellos destruyeron. Le inyectaron veneno contra McCune y él les hizo el juego. En fin, todo está perdido. Ni siquiera me queda el honor. Y, sin embargo, yo no ambicionaba riqueza ni poderío; no sentía odio contra nadie. Sólo anhelé la felicidad, y por conseguirla fui un instrumento en manos de quien sólo para ese fin me necesitaba. Y ahora he caído en una trampa y no podré salir de ella.

—Al contrario, puede usted salir perfectamente. Tengo algunas influencias y, bien manejadas, podrán valerle la libertad. Luego no tiene usted más que irse a otro lugar del país...

—Sí, hablaré; por lo menos haré algún bien...

Treva Malloy se había puesto en pie y para no caer tuvo que apoyarse en Duke.

—Ayúdeme a tenderme en la cama —pidió, casi sin voz—. El corazón... Écheme cuarenta gotas de esa medicina... en un vaso de agua... Es para el corazón...

Duke ayudó a Treva Malloy, que estaba mortalmente lívida, a tenderse en el lecho y luego fue al lavabo, regresando con un vaso lleno en una tercera parte de agua. Destapó el frasco, cuyo tapón iba unido a cuentagotas. Antes de echar la medicina en el agua olió el frasco. Llegó hasta él un fuerte perfume a alcanfor. Contó las cuarenta gotas y tendió el vaso a Treva.

La cenicienta lividez de ésta habíase acentuado aún más. En los minutos transcurridos desde que Duke entrara en el piso, la secretaria parecía haber envejecido veinte años. El maquillaje de sus mejillas y labios se destacaba horriblemente sobre la epidermis.

Treva miró un momento a Duke y, por fin, bebió la medicina, estremeciéndose como si se tratara de un líquido amargo o helado.

—Gracias —murmuró, dirigiéndose a Duke—. Ellos le temían mucho. Enviaron a una cómplice a su casa para que se enterase de cuándo iba usted a venir hacia aquí. Yo les avisé de que McCune trataba de hablarle. Por eso enviaron a aquella mujer...

—Me engañó por completo. Su historia del gato y de los bandidos tenía muchos visos de verosimilitud. Hasta que me dispuse a marchar hacia el aeródromo no comprendí que se trataba de una trampa. Si llego a pensarlo más tarde y cojo otro auto...

—Sí, querían matarle, impedir que usted interviniera. Intentaron por todos los medios posibles evitar que conociera la verdad exacta. Por eso han matado a tanta gente.

Treva Malloy hablaba como quien se sabe irremisiblemente condenado.

—Ahora la suerte ya está echada —continuó—. Ya no puedo volverme atrás. Me es imposible retroceder; pero si es usted tan valiente como ellos aseguran,

 

voy a proporcionarle la oportunidad de librar a McCune de toda mancha. Yo jugué limpio con él hasta que Valman intervino. Entonces fue el amor el que me venció. Pero quiero reparar un poco mi culpa. ¿Qué hora es?

—Son las cuatro y cinco de la tardé.

—Tenemos tiempo... Mejor dicho, usted tiene tiempo. Llame al café Atenas. Ya lo conoce. Sheila Price, la muchacha de Martel, trató de narcotizarle. El dueño es Raúl Poydras, un griego. Se pondrá al aparato. Yo le hablaré.

Duke vaciló un momento.

—No tenga miedo —sonrió tristemente Treva—. Quiero reparar algunas de mis faltas. Además... los que van a morir no mienten... No suelen mentir.

Duke la miró alarmado.

—Sí —prosiguió Treva—. La medicina del corazón... Un veneno... Hace tiempo que temía la llegada de este instante y no quería hallarme desprevenida. Pero no importa... No, no puede hacer nada... No podemos volver atrás. Llame al Atenas antes de que me falle la voz.

Duke marcó el número que indicó Treva y cuando oyó la señal de llamada pasó el aparato a la mujer.

—Por favor, ayúdeme a incorporarme en la cama —pidió Treva Malloy.

Duke la ayudó a que se incorporara y recostase contra unos almohadones.

—Oye, Poydras —empezó Treva en voz baja—. Escúchame bien y obra en seguida. Duke Straley está en mi casa. Sí, me ha encerrado en mi dormitorio. No se ha dado cuenta de que el teléfono está aquí. Ha venido con el paquete y con los documentos que robó a Valman. Venid en seguida... antes de que huya. Tengo mi revólver y si trata de entrar dispararé sobre él; pero vale más que vengáis vosotros...

La voz de la secretaria apagóse lentamente. El teléfono resbaló de sus manos y cayó sobre el lecho. Duke lo colgó de la horquilla del aparato.

—Se acaba —susurró Trova—. Vendrán todos en seguida. No pueden dejarle escapar. Vendrán a matarle. Luche con ellos y... haga lo posible por que Valman no tenga que sentarse en la silla eléctrica. La muerte de un balazo le resultará menos terrible... A pesar de todo... le quiero.

Duke apretó fuertemente las manos de la mujer sobre cuyos ojos la muerte echaba un vidrioso manto. Por lo menos, ella estaba ya fuera del alcance de la justicia humana.

—Que Dios tenga piedad de su alma —musitó Duke, cerrando los párpados de la muerta.

CAPÍTULO X

 

 

Duke presenció, desde la ventana, la llegada de Martel, Poydras y John Lawrence. Bajaron sin prisas del auto y penetraron en Las Armas de Gratham. Duke apartóse de la ventana y pasó revista de su armamento. Una pistola con seis cartuchos y un viejo revólver con otros seis. No era mucho; pero sí suficiente si sabía administrar su fuego.

Fue hacia el vestíbulo, empuñando la pesada pistola y oyó el zumbido del motor del ascensor. La cabina se detuvo al fin en el décimo piso. Duke se hizo a un lado, pegándose a la pared.

Oyó pasos en el corredor y luego el ruido de una llave penetrando en la cerradura. Pete Martel entró el primero y cuando Duke le hundió en los riñones el cañón del arma, el pistolero volvióse, sonriendo con inconcebible indiferencia.

—Temí que se hubiera marchado, Straley —dijo—. Hubiera sido muy lamentable... para los dos. El conserje me aseguró que durante todo el rato no había subido nadie aquí. ¿Lo ha comprado?

—Le he engañado, Martel; pero no estoy para conversaciones amables. Levante los brazos y no se moleste en bajarlos hasta que llegue la Policía Federal.

Martel negóse a obedecer.

—No —dijo—. No levantaré las manos. ¿Para qué? Sé que usted no va a disparar sobre mí si no hago nada contra usted. Es la ventaja que tenemos los bandidos cuando tratamos con personas decentes.

—No me causaría ningún remordimiento de conciencia el matarle —declaró Duke.

—Quizá; pero es usted incapaz de asesinarme. Avéngase a razones, Straley. No se trata de una lucha entre buenos y malos. Nosotros hemos luchado malos contra malos. Usted puede quedarse al margen. ¿Quiere un millón? Podemos dárselo. Entréguenos el paquete...

Hasta este momento no recordó Duke la existencia de la escalera de escape para caso de incendio. Cuando Lawrence disparó desde la ventana, Duke sólo pudo salvarse echándose de bruces al suelo y, al ir a incorporarse, Martel y Poydras le encañonaban con sus armas; pero Duke sabía que no deseaban matarle. Sólo Lawrence podía tener interés en cerrar la boca a aquel peligroso testigo.

—No se muevan —ordenó Duke, apuntando a Martel y Poydras, que también le encañonaban—. Aunque disparen sobre mí no podrán evitar que yo dispare una vez, y usted, Martel, me acompañará al otro mundo. Además, si me matan no podrán encontrar nunca el paquete que McCune depositó en la consigna.

—Está bien —gruñó Martel—. Hablemos. Parece que ya se pone en razón. Exponga sus condiciones.

—No puedo hacerlo hasta que sus dos amigos dejen las armas —advirtió Duke—. Diga a Lawrence que entre en el salón y deje sobre la mesa su pistola. Y ustedes hagan lo mismo.

A una orden del pistolero, los otros dos obedecieron, y tres pistolas quedaron sobre la mesa.

—Ahora hablemos —dijo Martel—. ¿Dónde está Treva?

—Ha muerto. Se envenenó al ver que todo estaba perdido.

Martel no evidenció ningún pesar.

—Más vale así —dijo—. Era un estorbo.

—Supongo que Valman también debe de serlo, ¿verdad?

—También lo es; pero a su debido tiempo acabaremos con él. Hablemos ahora de las condiciones en que nos deja el paquete.

—No hay condiciones. Entréguense a la Policía Federal para que ella decida lo que debe hacerse con unos caballeros tan despreciables como ustedes.

—Por lo visto sigue dispuesto a luchar y a no avenirse a razones.

—Soy un luchador y lo seré siempre.

—Peor para usted...

Martel inició un movimiento hacia la mesa donde estaban las pistolas y, contra su voluntad, Duke le siguió con la mirada ordenando:

—¡Quieto!

Pero el ataque no debía partir de Martel, sino de Poydras. El griego levantó, de pronto, la mano derecha, en la cual, misteriosamente, había aparecido un cuchillo y, con un veloz movimiento, lanzó el acero hacia el pecho de Duke.

No había tiempo para esquivar el arma. Aunque se lanzara al suelo, Duke no podía evitar que el cuchillo se hundiera en su cuerpo y, para los efectos inmediatos, tanto daba, que el puñal se clavase en su corazón como que le atravesara la garganta. Por eso fue sólo el instinto el que le salvó. En el momento en que el cuchillo huía de la mano de Poydras, Duke hizo un movimiento con la mano que empuñaba la pistola y el cañón de ésta chocó contra el acero del puñal, desviando a éste a un lado.

La lucha se desencadenó en seguida, llena de feroz salvajismo. Poydras, después de lanzar el cuchillo, precipitóse sobre la mesa y, empuñando una de las pistolas, comenzó a disparar contra Duke. Su precipitación, fue lo único que impidió que sus disparos llegaran a destino y antes de que pudiera corregir la puntería, un disparo de Duke puso fin a su ansia combativa.

Pero aun quedaban otros dos enemigos que se jugaban el todo por el todo en aquella partida. Martel había sacado otra pistola y su disparo hubiera sido muchísimo más certero que los de Poydras si desde la ventana alguien no se hubiese anticipado.

El pistolero soltó su arma y en sus ojos pintóse el infinito asombro que le invadía y que sólo quedó borrado por las sombras de la muerte.

Lawrence permaneció un momento indeciso, y sólo cuando la voz de Odile Methven le ordenó que soltase el arma y se entregara, comprendió que para él no había ya salvación posible.

El cristal de la ventana fue hecho añicos por varios balazos, cayendo sobre Methven, que con otro disparo acabó con la vergonzosa carrera de John Lawrence.

—Muchas gracias, Methven —declaró Duke, yendo al encuentro del antiguo federal—. Ha llegado a tiempo.

—Sí, este tiroteo no me lo he perdido.

—¿Ha habido algún otro? —inquirió Duke.

—Sí. Su amigo Dennison ha terminado con Valman y con otro compinche. Está herido de gravedad; pero, según parece, una transfusión de sangre lo pondrá como nuevo. Parece que ha faltado muy poco para que Valman se apoderara del paquete.

—Era un hombre muy astuto —comentó Duke—. Él era el cerebro director de la banda. Ahora ya todo se ha aclarado. Podemos decir y demostrar que Valman ha sido el misterioso "X", el secuestrador, el asesino. Entre los documentos que le quité a Martel hay pruebas suficientes para cerrar el caso.

—Pero la verdad es otra, ¿eh? —preguntó Methven.

—Sí, la verdad es tan distinta que si se llega a saber...

—¿Se sabrá?

—Quizá fuese mejor que no se supiera —sonrió Duke.

—Creo que sería infinitamente mejor.

—Entonces pida a la señora McCune que esta noche, a las diez, acuda a mi hotel. Creo que por entonces ya estará todo arreglado, ¿eh?

—¿Se refiere a esto? —preguntó Odile Methven, señalando los cuerpos allí tendidos.

—Sí. Además, en el dormitorio está Treva Malloy. Se suicidó. Queda Sheila Price.

—Por la cuenta que le tiene no abrirá la boca —dijo, Methven—. Además... no sabe nada. No tuvieron confianza en ella.

—Siento mucho tener que echar las culpas sobre la pobre Treva. Pero con ello se hará un bien a todos.

—Desde luego. Ella escribió las notas de los secuestros. Se comprobará que la letra corresponde a su máquina portátil. Su casamiento con Valman acabará de aclarar las cosas. De todas formas procuraremos que no se sea cruel con su memoria. Podemos incluso insinuar que fue Valman quien utilizó la máquina de su mujer.

—Arréglelo como quiera, Methven. El caso es suyo. Usted lo ha resuelto.

Gracias por la mentira.

—No lo es, puesto que le debo la vida. Y no olvide que esta noche necesito que la señora McCune acuda a mi casa. Creo que debe aclararse todo. Tal vez conviniera que usted se hallara presente.

—No. La señora McCune no podría olvidar que yo sé la verdad. Es preferible que ustedes lo arreglen solos.

CAPÍTULO XI

 

 

El saloncito de la habitación de Duke Straley, en el Grand Hotel, se encontraba lleno a rebosar. A un lado estaba Betty Straley, que de cuando en cuando entraba en el dormitorio donde se hallaba Bob. Luego, formando círculo, había ocho hombres y Duke. Todos fumaban nerviosamente y dirigían continuas miradas a la puerta.

—No creo que tarde —dijo Duke, acariciando el paquete que tenía frente a él. Era el mismo que había retirado de la consigna y por el cual habían luchado y muerto tantos hombres—. Debemos esperarla, ¿no es cierto? —siguió Duke.

—¿Usted lo cree mejor? —preguntó uno de los hombres.

—Sí, señor Banning —contestó Duke—. Si no sabe la verdad, debe saberla. Creo que es preferible así.

***

Pasaron unos minutos sin que nadie volviera a pronunciar una sola palabra y el silencio se vio, por fin, quebrado por el estridente sonido del timbre del teléfono. Duke alcanzó el aparato.

—Acaba de llegar la señora McCune —anunció el encargado del despacho de recepción.

—Bien, muchas gracias.

Duke colgó el teléfono y, volviéndose hacia los demás, explicó:

—La señora McCune va a subir. Ustedes no la conocen, ¿verdad?

—No, sólo Víctor la conocía —replicó Lewis Hoge.

Al entrar en, la habitación, la señora McCune miró, extrañada, a sus numerosos ocupantes.

—Buenas noches, señora —saludó Duke, yendo al encuentro de la recién llegada—. Permítame que le presente a los señores Curtis Banning, Lewis Hoge, Thorne Warwick, Irving Carruthers, Andrew Pollard, Jonathan Shaw, Richard Porter y Alvin Weston.

—Tengo mucho gusto en conocerles personalmente —murmuró la viuda—. En realidad les conocía ya por las fotografías que de ustedes publicaron los periódicos... cuando los secuestros.

—Siéntese, señora McCune —invitó Duke, acercando un sillón.

—¿Para qué me necesita? —preguntó la mujer, después de acomodarse en la butaca.

—Para la solución definitiva del caso que nos ha estado intrigando durante tantos días —explicó Duke.

—¿No está ya resuelto? —preguntó, débilmente, la señora McCune.

—Sí, nominalmente lo está; pero hay algo que debemos aclarar nosotros. Lo considero un deber. Quizá en su cerebro han germinado sospechas terribles, señora, y ha llegado el momento de borrar esas sospechas para siempre y dejar bien fijada la verdad.

—¿Cuál es esa verdad? —preguntó, débilmente, la señora McCune.

—Es una verdad antigua. Por ello debemos empezar por el principio y llegar al momento actual a su debido tiempo. Hace bastantes años, el mil novecientos veinticinco, exactamente, el Banco Wyman finanzó un proyecto de irrigación del Valle de Trenton. Era una empresa muy atrevida que debía convertir unas tierras sin ningún valor en un vergel inapreciable. Cuando el agua que se perdía tontamente fuese embalsada, aquellas tierras se podrían regar y valorizar al máximo. El Banco Wyman., fundado por los caballeros aquí presentes y, además, por el señor Newcomb y el señor McCune, lanzóse a la lucha e invirtió sumas enormes. Todos estaban tan seguros del éxito, que no vacilaron en arriesgar el capital entero del Banco. Sabían que tan pronto como pudieran lanzar las acciones, el público se pelearía por comprarlas. Estábamos entonces en el tiempo en que todo el mundo jugaba a la Bolsa y nadaba en dinero. Por lo tanto, la emisión de aquellas acciones no podía fracasar. Pero fracasó por un obstáculo imprevisto que impidió que se constituyera la Sociedad explotadora. Fueron inútiles todos los gastos hechos e, inevitablemente, el Banco Wyman quebró. Todos sus dirigentes fueron procesados y el jurado los reconoció inocentes de todo delito.

"Los diez directores propietarios del Banco marcharon por distintos caminos y, como eran inteligentes y honrados, no tardaron en hacer fortuna. Unos más, y otros menos; pero todos se convirtieron en hombres ricos.

"Alguna vez, por sus negocios, se encontraban, cambiaban unas palabras, prometían verse más a menudo; pero dejaban pasar el tiempo sin que la vieja amistad se reanudase por completo.

"Así llegó el momento en que otra Sociedad, formada por agricultores y pequeños hacendados, pensó en resucitar el proyecto de irrigación del Valle Trenton. Se reunieron unos millones; pero no hubo bastante. Hacían falta nueve más. Se decidió, una vez más, abandonar ese beneficioso proyecto; pero, un día, el presidente de la Sociedad recibió el aviso de que antes de cuatro meses tendría los nueve millones que necesitaba.

Duke calló un momento, recorrió con la mirada todo el círculo formado frente a él y prosiguió.

—Ahora viene lo importante. Es decir, la causa de todos los males que se siguieron. El señor McCune fue el autor de la comunicación al presidente de la Sociedad. Su idea era reunir a los antiguos miembros del Banco Wyman y pedirles que contribuyeran al pago de los nueve millones que se necesitaban para financiar la empresa. Visitó al señor Banning y ese caballero no quiso entregar los quinientos mil dólares que le habían sido asignados por McCune como parte de la que se hizo responsable cuando la quiebra. El señor Banning ha confesado que entre otras razones le movió a negarse el hecho de que si pagaba aquel dinero todo el mundo creería que la quiebra no fue tan honorable como se reconoció en el Tribunal. ¿No es cierto, señor Banning?

Curtis Banning asintió con la cabeza.

—Sí —dijo—. Así ocurrió.

—Si el señor McCune hubiera tenido el capital suficiente, hubiera entregado los nueve millones; pero sólo tenía algo más de dos y por ello se le ocurrió el descabellado proyecto de convertirse en secuestrador.

—¡Eh!

La señora McCune se había puesto en pie.

—Sí, es verdad, señora —dijo Duke—. Usted lo sospechaba; pero ni aun ahora quiere reconocer esa realidad que se le antoja tan terrible. Su marido no visitó a ninguno más de sus compañeros; pero unos días después disfrazado, enmascarado, no se exactamente cómo, secuestró al señor Banning y lo retuvo en su propia casa durante unos días, hasta que Banning, convencido de que las intenciones de su antiguo amigo eran honradas, le entregó medio millón.

—¡No es posible! —gimió la Señora McCune.

—Lo es. Su esposo continuó sus operaciones de secuestro y una tras otro fue raptando a todos sus amigos. Si ellos se hubiesen negado a pagar las sumas que él les asignó, les habría dejado en libertad; pero el tiempo que pasaron juntos, sus charlas, sus reflexiones, todo influyó en convencerles de que debían reparar el mal que, involuntariamente, causaron. Por eso todos pagaron las sumas exigidas y ninguno denunció la verdad.

—Pero mi esposo también fue secuestrado —dijo la señora McCune.

—Sí, él mismo se secuestró. Lo hizo para que no se sospechara de él y, al mismo tiempo, para justificar legalmente su desembolso de dos millones.

—Me resisto a creerlo —insistió la viuda.

Duke se puso en pie y, sacando un cortaplumas, lo abrió y comenzó a cortar los cordeles del paquete que tenía delante.

—Creo que aquí está la verdad y las pruebas —dijo—. No lo he abierto porque necesitaba que hubiera testigos, y no podía encontrarlos mejores que los mismos hombres que pagaron esa fortuna.

Duke empezó a desenvolver el paquete. Debajo del papel apareció una fuerte caja de cartón, también cuidadosamente atada. Luego, cuando los cordeles cayeron, cortados, y Duke levantó la tapa de la caja, Betty y la señora McCune lanzaron un grito de asombro al verla llena de billetes de Banco de a mil y quinientos dólares.

—¿Qué es eso? —preguntó la señora McCune.

—Creo que son nueve millones trescientos cincuenta dólares —replicó Duke—. De todas formas aquí tenemos una carta que debe de ser del propio señor McCune.

Duke abrió el sobre que acababa de encontrar en la caja y sacó de él una hoja de papel escrita a máquina. Iba dirigida a él:

—"Amigo Straley —leyó en voz alta:— Cuando usted lea esta casta seguramente no perteneceré ya a este mundo. He cometido una terrible locura y comprendo que debo pagarla. La vida será poco precio. Lo siento, sobre todo, por mi esposa. Yo soy el misterioso secuestrador "X". He secuestrado a mis amigos, y ellos lo saben. Lo hice con un fin elevado y todo iba bien. Pero acaba de ocurrir algo terrible. Alguna de las personas que están a mi alrededor ha descubierto mi delito. Hoy he sabido de un rapto en el que han muerto una mujer y un niño. Ese secuestro me será achacado, porque la nota dejada en el lugar está escrita con la misma máquina que ya utilicé para redactar las anteriores notas. Esas notas las tiene la Policía y cuando las compare me acusará a mí. Hasta ahora yo tenía las manos limpias y mis amigos me hubieran apoyado; pero si me creen un criminal todos se volverán contra mí. Sospecho de mi secretaria, pero no tengo pruebas contra ella. Se que intervienen varias personas y que andan detrás de los millones que se encuentran en mi poder. Por eso he dispuesto ocultarlos en un paquete y dejarlos en la consigna para que usted, amigo mío, los recupere y, de acuerdo con las personas a quienes nombro, hagan de ellos el mejor uso que crean conveniente. Me encuentro en una situación en que me es imposible recurrir a la Policía, pues para acusar a los demás he de empezar por acusarme a mí mismo y hundirme en la vergüenza. No puedo hacerlo y sólo deseo que llegue usted a tiempo para explicarle de palabra todo esto. Si antes, como temo, me matan, el señor Newcomb se pondrá en contacto con usted para disponer de este dinero. He tomado un sin fin de precauciones y confío en que usted sabrá vencer a esos delincuentes que han utilizado mi locura para su beneficio. Hable con mis amigos y tomen la decisión más honrada".

“Como pueden ver, la carta está escrita muy nerviosamente, casi con incoherencia. Pero de ella se deduce que Valman, Martel y sus cómplices se enteraron de la locura del señor McCune y decidieron apoderarse de unos millones que él no podía reclamar. Cuando supieron que había recurrido a mí, pensaron en matarme. Al fracasarles el golpe utilizaron a Lawford para asesinar a McCune y luego a uno de sus hombres para asesinar a Newcomb, que venía a verme para explicarme toda la realidad. Como les interesaba mucho que yo no me enterase del texto del anuncio por medio del cual McCune indicaba a Newcomb mi dirección, se apoderaron del periódico en el cual estaba señalado el anuncio, y que el señor McCune dejó en esta habitación. Después mataron al botones que iba a proporcionarme otro ejemplar y sólo por medio de Sheila Price, y siempre creyendo que me inutilizaría con el narcótico, me descubrieron la verdad. Al escapar de sus manos, enviaron al asesino de Newcomb con la cartera que había arrebatado a su víctima. En dicha cartera estaban los documentos del falso O'Mara, y debía ser una contraseña. El hombre aquel entregó la cartera y al salir dejó una bomba que debía acabar con todos los que nos hallábamos aquí. Fracasó aquel ataque y lo que siguió después ya lo saben. Legalmente, el misterioso secuestrador "X" ha muerto. Se ha comprobado que fue Martel quien asesinó al niño y a la institutriz. Si ustedes quieren, descubriremos la verdad; pero estoy seguro de que preferirán que este dinero vaya a parar al sitio a que estaba destinado, y dejarán que Joseph McCune continúe siendo para todos un hombre intachable.

Siguió un largo silencio y, por fin, Curtis Banning se levantó, diciendo con voz quebrada:

—Creo que todos estamos de acuerdo en que las obras del Valle Trenton sigan adelante. Ya lo convinimos con McCune y no es ahora el momento más oportuno para introducir variaciones. Si alguien no está conforme puede exigir que se le devuelva su dinero.

Nadie se movió y, pasados unos segundos, Duke prosiguió:

—Desgraciadamente en este caso ha habido víctimas. Una de ellas ha sido el botones que fue muerto frente al hotel. Su familia queda desamparada. Yo estoy dispuesto a entregarle los veinticinco mil dólares que por anticipado me pagó el señor McCune. Creo, señora McCune, que usted puede contribuir a ese fondo benéfico.

—Desde luego —replicó la viuda—. Todo esto es horrible; pero mis sospechas, durante mucho tiempo, han sido muchísimo peores. Mañana le enviaré un cheque.

La reunión había terminado. Lentamente fueron saliendo los asistentes a ella. Todos cambiaron un fuerte apretón de manos con Duke. Por fin, éste quedó solo, y, sentándose en un sillón, encendió uno de sus perfumados cigarrillos.

—¿Ya ha terminado el caso? —preguntó Betty, saliendo del dormitorio.

—Sí, ahora podremos descansar. En cuanto tu novio esté curado os casaré y nos iremos a pasar la luna de miel a Oriente.

El timbre del teléfono cortó la respuesta de Betty.

—Conferencia de Nueva York —anunció la telefonista.

—¿Quién? —preguntó Duke.

—Soy yo —contestó la voz de Max Mehl—. Ven en Seguida. Está ocurriendo algo espantoso. Déjalo todo y ven a ayudarme. Si no obramos con rapidez va a suceder algo increíble.

—Tendrá que aguardar a que vuelva de Oriente —advirtió Duke.

—¿Estás loco? ¿Qué se te ha perdido en Oriente?

—El viaje de boda de mi hermana y de Bob.

—Oye, diles que lo retrasen. Para casarse siempre hay tiempo; pero un misterio como el de ahora no se presenta más que una vez cada cien años. ¡Y ha tenido que suceder en el momento en que yo soy jefe de policía de aquí!

 

FIN

 

 

 

Digitalizado por: Antonio González Vilaplana

Pubicado por: Editorial Molino, enero 1944

Related Posts

Libros del 4001 al 5000 5585994840318496095
- Navigation - Archive Status