Libro N° 4103. La Fórmula Hanzer. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4103. La Fórmula Hanzer. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © La Fórmula Hanzer. J.
Figueroa Campos
Versión Original: © La Fórmula Hanzer. J.
Figueroa Campos
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Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA FÓRMULA HANZER
J. Figueroa Campos
Annotation
Primera aventura de Duke, un joven millonario para quien
la vida no ofrece atractivo mejor que el de oponer su inteligencia y su fortuna
a la astucia y audacia de los enemigos de la Ley.
Duke Straley de Pozoblanco, famoso detective de Nueva
York, al que acompañan Elizabeth “Betty” Straley, hermana de Duke; Bob
Dennison, íntimo amigo de Duke y compañero de aventuras, novio y después marido
de Betty; Susana Cortiz Graham, abogada, novia de Duke y posteriormente su
esposa; Max Mehl, Jefe Superior de la Policía Metropolitana y otros.
CAPÍTULO I
EL TOQUE DE DIFUNTO DE MANOLI DOURAS
CAPÍTULO II
EL ÚLTIMO REPORTAJE DE DOROTHY LASALLE
CAPÍTULO III
LA VISITA DEL DIRECTOR
CAPÍTULO IV
MENSAJE DE MUERTE
CAPÍTULO V
PLAN DE CAMPAÑA
CAPÍTULO VI
LA PELÍCULA
CAPÍTULO VII
LA INFORMACIÓN DESAPARECE
CAPÍTULO VIII
LA CASA DE LONG ISLAND
CAPÍTULO IX
LA NOCHE
CAPÍTULO X
SOLUCIÓN INESPERADA
J. Figueroa Campos
LA FÓRMULA HANZER
DUKE nº 1
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1943, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
EL TOQUE DE DIFUNTO DE MANOLI DOURAS
La noche, interminable, parecía llenarse con el ulular del
vendaval que arrastraba densas nubes de finísima arena, casi polvo, arrojándolo
contra la caravana acampada en la pista que atravesaba el Valle del Yaru.
El único alivio que las tinieblas habían traído a los
miembros de la expedición fue el alejar a las nubes de mosquitos que se habían
cebado en ellos durante la primera jornada, a través de la amplia llanura, cuyo
único camino practicable era la pista que zigzagueaba por entre las arenas
movedizas.
De vez en cuando, acentuábase el rugir del viento y la
oscuridad se poblaba de sombras. Ninguno de los expedicionarios hubiera podido
decir si se trataba de fanáticos tibetanos lanzándose al ataque contra los
hombres blancos que habían cometido el sacrilegio. En la duda, cuando aquellas
sombras poblaban la oscuridad, eran saludadas con disparos de rifle.
Los centinelas de la martirizada caravana estaban
apostados tras los fardos de víveres y demás impedimenta, utilizándolos como
barricadas para la lucha que había empezado al anochecer y que se recrudecería
en cuanto amaneciese. Anaranjados fogonazos iluminaban fantasmagóricamente los
alrededores inmediatos. A su luz, se hubiera podido leer en las lonas que
cubrían los bultos, y escrito en grandes letras, estas palabras:
"EXPEDICIÓN CIENTÍFICA AL HIMALAYA — DUKE
STRALEY".
Después de varias alarmas sin consecuencias, los
centinelas se fueron acostumbrando a identificar las sombras y la noche
continuó ya completamente tranquila, turbada sólo por las violentas ráfagas de
aire que recorrían de extremo a extremo el valle del rio Yaru.
De cuando en cuando, algún hombre salía a asegurar la
estabilidad de la tienda de campaña que le cobijaba, maldiciendo la arena que
estaba «explorando» a la expedición, introduciéndose hasta en las latas de
leche condensada. Era preciso proteger las armas con trapos, fundas y tapones
de corcho, ya que hasta en el más recóndito de los escondrijos llegaba el
maldito polvillo.
—Ni que nos lo enviase el Gran Lama —refunfuñó Bob
Dennison, tensando una de las cuerdas del refugio de seda que compartía con
Duke Straley.
—¿Qué dices? —preguntó su compañero.
—Digo que parece que este maldito polvo nos lo envía el
Gran Lama.
Pero una ráfaga que llegaba en compañía de los aullidos de
todos los diablos tibetanos ahogó las palabras de Dennison, mientras sacudía
con fuerza incomparable la tienda, arrancando dos de los vientos. Esto produjo
un aflojamiento en la tela, que aleteó con estampidos de arma de fuego, a la
vez que una casi maciza columna de arena penetraba por un hueco, yendo a
deshacerse contra la cabeza del jefe de la caravana, que salió disparado al
exterior, maldiciendo al Tibet y a todos sus habitantes, y echando arena por la
boca, las orejas y los ojos.
Bob Dennison también estaba ocupado en librarse de la
finísima arena. Durante unos segundos, ninguno de los dos pudo ocuparse en otra
cosa que en hacer lo posible por recobrar la visión y el habla.
Esta necesidad les impidió observar que el aire,
introduciéndose en la tienda, la abombaba de tal forma que, al fin, ésta, con
violento estallido de cuerdas, saltó volando, acompañada de las mantas y sacos
de dormir de los dos amigos.
Cuando Straley y Bob se dieron cuenta de lo ocurrido, la
tienda debía de estar ya en lo más alto de alguno de los picos del Himalaya.
Como era imposible permanecer al descubierto, los dos
hombres recogieron los objetos que el vendaval no pudo llevarse, y fueron a
buscar refugio detrás de uno de los fardos, entre un grupo de yacks de los que
efectuaban el transporte. No era una vecindad muy agradable, y mucho menos bien
oliente; pero no estaban en condiciones de elegir.
—Me gustaría saber por qué te he acompañado hasta aquí
—casi sollozó Bob, dirigiendo una mirada de desesperación a Duke Straley.
—Me has preguntado eso ciento trece veces desde que
salimos de Nueva York —gruñó Duke, disputándole al viento la posesión de una
manta.
—Y mañana será peor, ¿verdad? —siguió Dennison.
—Sí, mañana nos freirán en manteca por haber injuriado a
los dioses.
—¡Ya sabía yo que yendo contigo no podía ocurrirme nada
bueno! —gimió desesperado Bob Dennison—. ¿Por que habré venido contigo?
—Van ciento catorce. Continúa. Antes de que te frían
puedes preguntarme cien veces más por qué diablos se te ocurrió insistir en
acompañarme, a pesar de que te juré que no volverías con vida a tu patria.
—Pero yo... ¡Oh, no estoy para bromas! ¿De veras crees que
nos freirán?
—Estoy seguro. En el Tibet siempre terminan así los
suplicios. Primero arrancan las dientes uno a uno, luego las uñas, también de
una en una...
—¿No puedes hablar de cosas más alegres? ¿No es posible
escapar?
—No —aseguró Straley—. No es posible. A estas horas,
nuestros amables perseguidores se habrán instalado en la pista, delante de
nosotros. Cuando queramos huir nos recibirán a tiros. Y como el camino sólo
permite el paso de un par de personas...
—¿Por qué demonios, teniendo como tengo un rascacielos de
treinta pisos, de los cuales no he visitado ni dos, he venido a este infierno
que ni es mío ni me había preocupado nunca...?
—Ciento quince —interrumpió Duke Straley, bostezando—.
Verdaderamente, Bob, tienes muy poco ingenio. En vez de preguntar estupideces
que a nadie le importan, ¿por qué no ideas alguna forma de librarnos de la
ratonera en que estamos metidos?
—Si te imaginas que voy a sacarte otra vez del apuro en
que por tu tontería nos vemos...
Un ronquido que parecía hermano de los rugidos del huracán
interrumpió a Bob Dennison. Inclinándose sobre Duke Straley comprobó que su
compañero dormía como sólo él era capaz de hacerlo. El joven sintióse
traicionado por aquella indiferencia de su amigo, y por ciento decimasexta vez
se preguntó por qué diablos había ido al Himalaya, al valle del Bhong Chu, a
buscar en uno de sus monasterios el jarrón que nueve siglos antes le fuera
robado al emisario que el en aquella época nuevo emperador del Celeste Imperio
enviaba a Occidente.
El amanecer encontró a la caravana medio enterrada. Los
yacks, acostumbrados a las incomodidades, habíanse dejado cubrir por las
oleadas de polvo y parecían no encontrar molesta su situación. Los pocos
porteadores tibetanos tampoco mostraban disgusto por la arena que se les había
metido hasta la carne; pero los blancos, que en su patria no dejaban pasar ni
doce horas sin tomar un baño o una ducha, se rascaban furiosamente encontrando
arena en cada uno de les poros de su cuerpo, en el cabello y en las largas
barbas que poblaban sus rostros.
Robert Dennison, que se sentía poco menos que petrificado,
se puso en pie, sacudió el salacot, se pasó la mano por entre los cabellos,
sintiendo la misma impresión que si la pasara por papel de lija, y empezó a
decir:
—Me gustaría saber por qué diablos...
El "ssssssss" de una bala blindada que casi le
arrancó los cabellos le obligó a tirarse de bruces, al mismo tiempo que de la
lejanía llegaba hasta el campamento la seca detonación de un máuser.
—Estamos cercados —comentó Duke Straley, asegurándose del
buen funcionamiento de una pesada pistola automática del 45—. Por delante y por
detrás los tibetanos, y por los lados las arenas movedizas. Ya me veo frito en
manteca.
El doctor Parker llegó hasta ellos arrastrándose
cautelosamente.
—Buenos días —saludó—. Por fin vamos a conseguir lo que
deseábamos.
Dennison dirigió una mirada de asombro al doctor Parker.
—¿Desea usted que le frían como a una morcilla? —preguntó.
—¿Eh? ¿Qué dice? —preguntó el médico—. ¿De qué está usted
hablando?
—Vale más que explique usted lo suyo —sonrió Duke—.
Dennison se prepara para que lo frían en manteca de yack.
—¡Ah! —gruñó Parker, como si la posibilidad del freimiento
no tuviese ninguna importancia—. Yo me refería al Everest. Por fin vamos a
verlo. Fíjense, el aire se lleva la niebla y...
Antes de que el doctor terminase de hablar, el punto hacia
donde señalaba quedó libre de nubes, y el Everest, o Diosa Madre de las
Montañas, o Choma Lungma, o Chomo Uri, apareció en toda su majestad a los ojos
de los expedicionarios que desde su llegada al Himalaya no habían soñado en
otra cosa que en ver, aunque sólo fuera de lejos, al invencible coloso.
—Por lo menos no moriremos sin verlo —declaró el doctor
Parker—. Voy a impresionar unas cuantas fotos con el teleobjetivo.
—Si en la cumbre ve alguna tienda no se imagine que es de
algún explorador, será la nuestra —sonrió Duke.
—¡Bah! —refunfuñó Parker, corriendo a su albergue.
Un momento después regresó con una máquina fotográfica
provista de un objetivo de una longitud tan desmesurada que parecía un
telescopio. Entretanto, Duke Straley armó un telémetro de tijera, lo camufló
con unos sacos, y asomando los lentes por encima de un fardo estudió el terreno
frente a él.
—Están, exactamente, a medio kilómetro de nosotros —dijo,
sin dejar de mirar y como si estuviese dando instrucciones al jefe de una
batería—. El camino sigue recto durante unos cien metros, luego tuerce a la
derecha, sorteando unas arenas movedizas, y continua hasta la posición de los
tibetanos. Si fuese posible avanzar zigzagueando, podría intentarse un ataque
frontal; pero en estas condiciones, y con un camino que no mide ni tres metros
de ancho, no hay hombre en el mundo que sea capaz de desalojar a esos diablos.
Por lo tanto, preparémonos para la fritada.
—¿No hay escape? —preguntó Dennison.
—No —contestó Duke, sin dejar de mirar por el telémetro—.
No hay huída posible. Podría intentarse el suicidio atacando todos a la vez y
dejándonos cazar como conejos, o metiéndonos en una de esas ciénagas de arena
movediza...
Duke Straley no pudo terminar su comentario. Una sombra
había borrado el campo visual del telémetro, a la vez que sonaban unos pasos
precipitados sobre la crujiente arena.
Straley asomóse por encima de la barricada.
—¿Qué haces? —gritó inútilmente, pues ya Bob Dennison no
podía oírle.
Las balas empezaron a hundirse junto a los pies de Bob,
que, con los ojos desorbitados y el corazón poco menos que en la boca, corría
hacia los tibetanos, llevando en cada mano una granada dispuesta para ser
lanzada.
Siete u ocho fusiles enemigos habían entrado ya en acción,
y era cosa de segundos que una de las balas que copiosamente disparaban
truncara la carrera del joven.
Duke, conteniendo a duras penas sus deseos de correr
detrás de su mejor, de su único amigo, empuñó la ametralladora Thompson que
tenía junto a él. Con aquello era con lo único que podría ayudar a Bob en su
carrera contra la muerte. Graduando el alza del arma, apuntó hacia la trinchera
tibetana y apretó el gatillo.
Cuando la primera de las cien balas del calibre 45 que
contenía el tambor del arma abandonaba el negro cañón, Bob Dennison, a unos
setenta y cinco metros de la posición contraria, dio una vuelta sobre sí mismo
y cayó de bruces en medio de una nube de polvo.
Ahogando un grito, Duke apretó con más fuerza su
ametralladora y regó de balas las aspilleras por donde habían disparado los
defensores de la otra barricada.
***
—Le daba por muerto —sonrió Duke, entornando los ojos
mientras sorbía lentamente la limonada que acababan de servirle.
Luego comparó la desolación del valle del Yaru con el
espectáculo tan distinto que ofrecía el Columbus Circle, o sea la confluencia
de la Octava Avenida, la Calle 59, la Broadway y el Central Park. La fresca
jugosidad de este último presentaba el máximo contraste con la sequedad de los
arenales del Yaru.
—¿Y no le mataron? —preguntó Dorothy Lasalle, entusiasmada
por el relato que el famoso Duke Straley le estaba haciendo, en exclusiva para
la Prensa Unida, de su expedición al Himalaya.
Bob dirigió una temerosa mirada a la famosa periodista,
cuyos artículos e informaciones eran publicados al mismo tiempo por
cuatrocientos ochenta periódicos de la nación.
—Creo que no —sonrió la segunda mujer que completaba el
cuarteto instalado en torno a una de las mesas de la terraza del Doalfy, famoso
café restaurante de Columbus Circle.
Dorothy Lasalle sonrió también.
—Perdone, señorita Straley —dijo—. Es tan apasionante el
relato de su hermano, que he estado viviendo con él todas sus aventuras desde
el Valle del Bhong Chu. Tiene tal fuerza dramática que no voy a cambiar ni una
letra.
Al decir esto, Dorothy Lasalle golpeó con el lápiz su
cuaderno de taquigrafía.
—¿Continúo? —preguntó Duke.
La atención de Dorothy Lasalle volvió a fijarse en su
cuaderno. Straley no necesitó que se le invitase a seguir. La expresión de la
periodista indicaba su disposición para seguir copiando la historia.
—Los tibetanos se habían fortificado muy bien. Su
barricada, levantada durante la noche, era de sacos de arena y les protegía
perfectamente. Yo, mientras disparaba, me daba cuenta de la futilidad de mi
esfuerzo, pues lo único que podía hacer era destripar algunos sacos, sin
pretender alcanzar a los que se guarecían al otro lado de ellos.
"Al impacto de los proyectiles de la ametralladora,
levantóse una nube de polvo que envolvió toda la trinchera, cegando a los de
dentro. En el mismo instante en que yo me disponía a saltar fuera de nuestro
parapeto para ver de recobrar el cuerpo de Bob, vi que éste se ponía en pie de
un salto y desde setenta y cinco u ochenta metros lanzaba las dos granadas de
mano con tal precisión que estallaron, en el preciso instante en que llegaban
al suelo, al otro lado de la barricada de sacos terreros.
"Brotaron dos llamaradas y una nube de humo ascendió
hacia el cielo. El parapeto tibetano casi se hundió y Bob, chillando como un
maldito, cargó contra él.
Duke se interrumpió. Casi al instante, la señorita Lasalle
levantó la cabeza.
—Lo que viene ahora no es para explicarlo en un periódico
—siguió Duke—. Tendrá usted que suavizarlo, pues, de lo contrario, los niños
van a huir de Bob como del mismo diablo. Las madres van a decir: "Si eres
malo vendrá Bob Dennison..."
—¡Por favor! —suplicó Dennison.
—No hay favor que valga —rió Duke—. Fuiste un héroe y hay
que decirlo. Mi amigo, señorita, saltó por encima de los restos de la posición
cuando aún no se había disipado el humo de la cordita, y arrancando no sé de
dónde un máuser, empezó a utilizarlo, a culatazos, contra los pocos que
quedaban. A cada golpe gritaba: "¡Conque me queríais freír, ¿eh? ¡Pues
tomad!"
—¡Por Dios! —gimió Bob.
Duke le miró con aparente enfado.
—¿Es verdad a no? ¿Vas a decirme que miento?
—Estaba loco —susurró el joven—. No me daba cuenta. Ya
sabes que cuando me vi entre tantos cadáveres me desmayé.
Los ojos de la joven periodista se iluminaron.
—¿Se desmayó? —preguntó, como si esta noticia tuviera más
importancia que todo lo demás.
—Sí, me desmayé —replicó Dennison.
—La emoción de la victoria, ¿verdad? —preguntó Dorothy
Lasalle—. Con su esfuerzo había salvado usted a sus compañeros. El camino
quedaba libre, el lazo estaba roto. ¿Mató a muchos?
Esta pregunta la hizo Dorothy con el mismo entusiasmo con
que en los tiempos de la Prohibición se acogía una botella de whisky escocés
legítimo.
—A juzgar por lo que quedaba cuando yo llegué, serían unos
veinticinco —intervino Straley.
—¡Oh!
Y con los ojos relucientes, Dorothy Lasalle trazó una
rápida serie de garabatos taquigráficos. Al terminar, preguntó:
—¿Y luego?
—Recogimos a Bob, cuya única herida era la emoción de la
carrera entre las balas y su cercano contacto con la muerte, y reanudamos el
camino hacia Campa Dzong, llegando antes de que nuestros perseguidores pudieran
avisar a sus habitantes de que nos habíamos apoderado del jarrón. Estuvimos
allí sólo el tiempo necesario para reponer algunos víveres y comprar unos cuantos
caballos. Seis horas después seguimos nuestro rápido viaje hacia la frontera
del Tibet. Cuando salvamos el puerto de Jalep, sentí un verdadero alivio.
—¡Y yo! —suspiró Bob—. Creo que fue entonces cuando
recobré el sentido.
—Sí —replicó Duke—. Nos diste más de un mal rato.
—¿Estuvo todo el tiempo sin conocimiento? —preguntó
Dorothy Lasalle.
—Sí, señorita. Una carrera de cuatrocientos metros viendo
ante las narices los continuos fogonazos de los disparos enemigos no es cosa
fácil. Se necesita una tensión nerviosa que puede llegar a ser fatal.
—Lo comprendo, señor Straley —aseguró la periodista—. Y
haré lo posible por que nuestros lectores también lo comprendan.
—¿Desea algo más? —inquirió Straley.
—¿Tuvieron más incidentes? —inquirió la periodista.
—Una pequeña pelea con unos traficantes que iban a cambiar
arroz por lana. Se empeñaron en que les cediésemos un par de caballos y la cosa
terminó a tiros. Pero no hubo ningún muerto.
—Entonces... —y la señorita Lasalle rubricó sus palabras
con un gesto despectivo.
¿Qué importancia podía tener para los lectores de las
aventuras del famoso Duke Straley una lucha en la frontera tibetana en la cual
no hubo ni un simple muerto?
—El viaje terminó felizmente. Tuvimos que burlar a los
aduaneros chinos e ingleses, que nos hubieran dejado sin el jarrón. Por fin
ayer llegamos a Nueva York. Ahora vamos a entregar la porcelana a Mungo
Hagstrom.
—¿Y a cobrar el millón? —preguntó la periodista.
—Sí. El señor Hagstrom consigue una verdadera ganga.
Dorothy Lasalle pareció escandalizarse de que se
considerara una ganga pagar un millón de dólares por un jarrón chino.
Sonriendo burlonamente, Duke sacó una libreta de gastadas
tapas de cuero y, volviendo unas hojas, la tendió, abierta, a la periodista.
—Tenga, señorita Lasalle; anote, si quiere, los gastos de
la expedición. Verá como no ha sido ningún buen negocio para mí.
Dorothy Lasalle estudió las detalladas cuentas de los
gastos hechos por Duke Straley.
—¡Novecientos ochenta mil dólares! —exclamó—. ¿Es posible?
—Podría ofrecerle cuentas más detalladas. La expedición ha
durado un año, y se ha compuesto de quince miembros. Tres de ellos murieron y
en sus contratos se fijó una bonificación de cien mil dólares para la familia.
Excepto el señor Dennison y yo, los demás cobraban sueldos muy importantes. Al
lama que se prestó a facilitarnos la obra de arte tuvimos que pagarle cincuenta
mil dólares.
—Es verdad —asintió Dorothy Lasalle—. Me olvidaba de que
habían conseguido algo que se consideraba imposible. Por fin se va a poder leer
el mensaje escrito en el jarrón.
—Nosotros ya lo hemos leído —sonrió Elizabeth Straley, la
hermana de Duke—. No creo que con ello la historia del mundo cambie gran cosa.
—No; el público se sentirá defraudado. El mensaje sólo
servirá para corregir ciertos errores respecto a las dinastías chinas. Se
limita a una serie de alabanzas al emperador, a su padre, a su abuelo y a su
bisabuelo, así como a la belleza de sus jardines, de sus palacios, de sus
mujeres y de sus hijos. Por lo visto, esperaba que el emperador de Occidente le
contestara reconociendo que Europa no valía un comino comparada con China. Y
creo que el buen monarca estaba en lo cierto, pues en el año mil Europa no hubiera
podido corresponder con un regalo que en mérito artístico pudiera equipararse
con la porcelana que nos ocupa. Es algo único, de una delgadez de papel de
fumar. En su superficie se ha pintado en oro toda la historia de China, a base
de figurillas tan microscópicas que a simple vista parecen trazos de escritura.
Es necesario el lente de aumento para poder ver los miles de dibujos que además
de las letras cubren el jarrón. El artista que lo decoró no hizo otra cosa en
toda su vida. Al terminar, para que no pudiese repetir su obra, el emperador le
hizo quemar los ojos. Fíjese.
Mientras hablaba, Straley había colocado sobre la mesa una
caja parecida a una sombrerera, aunque, en vez de ser de cartón o de piel, era
de grueso acero pavonado. Duke hizo girar el disco que ocupaba el centro de la
tapa, marcó una combinación y, empujada por unos resortes, la tapa se levantó
lentamente.
—¿Es una caja de caudales? —preguntó Dorothy Lasalle,
sacando de su bolsillo una máquina fotográfica, dispuesta para agregar a su
reportaje escrito el reportaje gráfico.
—Sí. Ni una carga de nitroglicerina podría forzarla. La
combinación es de veinte cifras, por lo cual ni en cien años de continuos
ensayos sería posible acertarla. Al señor Hagstrom le costó ciento setenta y
cinco mil dólares. Está dispuesta de forma que el jarrón encaje también dentro
de ella que es imposible su rotura. Fíjese.
Dorothy Lasalle inclinóse para ver cómo, mediante otro
resorte, Duke hacía salir del interior de la caja la famosa obra de arte, que
se fue levantando, sostenida por unas abrazaderas de acero.
—¡Oh! —exclamó la periodista.
No era técnica en jarrones chinos. Había visto muchos en
las casas que visitaba y en su fuero interno siempre había preferido las
porcelanas comerciales. Le parecía mucho más linda una figurita de bailarina de
ballet, que no aquellos cacharros llenos de monstruos enroscados, flores que no
parecían flores y personajes con cara de palo y panza de globo. Sin embargo, lo
que ahora contemplaba era algo único. Daba tal impresión de fragilidad que más
bien parecía hecho de jirones de niebla y rayos de sol, que de arcilla. Aquella
hermosa obra no era un objeto muerto, sino una materia viva, latente, como si
uno de aquellos panzudos genios de feroces rostros se hubiera transformado en
porcelana para sobrevivir al paso de los siglos.
—¡Es divino! —declaró, extasiada, Dorothy Lasalle.
—Lo es —intervino Betty Straley. No sé cuanto daría por
conservar esta joya.
—Su creador acabó enamorado de ella —explicó Duke—. La
empezó a los veinte años. Entonces trazó en oro los bordes. Era el trabajo más
sencillo, pero exigía una meticulosidad inconcebible en nosotros. Una
desviación milimétrica hubiera anulado toda la obra. Antes de lograr el caolín
especial para este jarrón, se hicieron varios miles de experimentos. Se
consiguieron jarrones maravillosos, pero todos con alguna levísima tara. Al
fin, tal vez por casualidad, los alfareros imperiales presentaron éste, que fue
entregado al primer decorador de la Corte. Al empezar su trabajo, el decorador
tenía veinte años. Cuando terminó iba a cumplir los sesenta. Como debían
privarle de la poca vista que le quedaba, el emperador, que estaba a punto de
morir de viejo, le permitió que en un breve espacio que quedaba libre
escribiera su historia y se despidiese de la obra de arte que no volvería a
ver. Aquí es donde está la despedida.
Duke tendió a la periodista un magnífico y potente lente
de aumento. Al aplicarlo a la porcelana, la mujer tuvo la impresión de que
penetraba en un mundo de maravilla. Todos los puntitos y rayas que un momento
antes no tenían sentido para ella se convirtieron en una legión de
microscópicas figuras a las cuales no faltaba el menor detalle.
Con un lápiz, Duke señaló un punto del jarrón.
—Aquí es donde el decorador se despide de su obra. Teme
que no pueda resistir la última cocción en el horno, y ruega a los espíritus
divinos que no permitan a las llamas destruir su trabajo. Eso a pesar de saber
que la única posibilidad que le quedaba de conservar la vista estaba en que el
jarrón se rompiese. En las mismas llamas que fijaron el esmalte se enrojecieron
los hierros que debían perforar los ojos del maravilloso artista.
—¿Puedo retratarlo? —preguntó Dorothy Lasalle, hablando en
voz baja, como ante una imagen divina o frente a un cuadro de los grandes
maestros de la pintura.
—Puede hacerla. También Bob quiere impresionar una cinta
en colores. Si no fuera porque sólo tengo una palabra y prometí a Hagstrom
traerle lo que deseaba, preferiría perder el dinero que he invertido en el
viaje. Lo daría por bien empleado si con ello podía conservar esta maravilla.
Mientras impresionaba las veintitantas fotos que contenía
la máquina, Dorothy siguió preguntando detalles acerca de la magnífica
porcelana.
—El mensajero que la llevaba a Europa fue huésped del Gran
Lama —explicó Duke Straley—. El emperador le había ordenado que no enseñara el
jarrón a ninguna persona que no fuese el Emperador de Occidente. Pero el hombre
quiso maravillar al Gran Lama y le mostró la obra de arte. El Gran Lama se
enamoró tanto de ella que juró que no saldría de sus dominios. Entonces le
explicó al mensajero que Europa estaba dividida en un sin fin de naciones que a
su vez se dividían en minúsculos reinos, todos los cuales estaban en lucha
continua. Ninguno de aquellos feroces guerreros sería capaz de admirar la
sublime belleza del regalo imperial. Además no existía ningún Emperador de
Occidente, sino un sin fin de reyezuelos cuyos dominios no tenían ni la mitad
del tamaño de cualquiera de las provincias chinas. Total, que el mensajero se
marchó sin el jarrón. El Gran Lama lo guardó para su recreo y antes de morir
hizo que se levantara un templo destinado a albergar la joya.
—Reconozco que dijo usted verdad al asegurar que un millón
de dólares era un precio de ganga. No creo que esto tenga precio.
—No lo tiene, en efecto.
Mientras hablaba, Duke Straley levantó la caja, que se
hubiera podido tomar por una maravillosa maceta que daba por flor un jarrón de
porcelana. Bob había dispuesto ya su máquina portátil. Graduó el objetivo
multicolor y, apretando el botón del mecanismo, comenzó a impresionar tras Duke
volvía lentamente la caja a fin de que quedaran fotografiados todos sus lados.
La señorita Lasalle cargó de nuevo su aparato fotográfico e impresionó unas
cuantas fotos más.
Betty Straley, con una de sus esculturales piernas cruzada
sobre la otra y un cigarrillo perfumado con ámbar en una mano, observaba, más
que a la porcelana que había tenido sobrado tiempo de mirar, a Bob Dennison,
cuyos sentidos estaban fijos en la obtención de un documental gráfico de la
obra de arte traída del centro del Himalaya para un multimillonario
neoyorquino.
Aquel muchacho era un héroe, mucho más que su hermano. El
mismo Duke lo reconocía: "Yo no me considero valiente. No sé lo que es
miedo. Por lo tanto soy como el niño que al ver por primera vez el fuego quiere
tomarlo con la mano. En cambia, Bob... Él sí conoce el miedo. Le he visto
luchar con él y, casi temblando de espanto, vencerlo..." Otros fragmentos
de conversaciones y recuerdos acudieron al cerebro de la joven. ¡Pobre Bob!
Siempre convencido de que era un cobarde; y, no obstante...
Betty no hubiera podido identificar el sentido o instinto
que la obligó, unos segundos antes de que la tragedia ocurriera, a mirar hacia
dos individuos que, conversando animadamente, avanzaban por Broadway y se
disponían a cruzar hacia el Central Park. El rostro del más alto, un hombretón
de casi un metro ochenta y cinco de estatura, vestido con más lujo que buen
gusto y adornado con excesiva profusión de brillantes, no le era totalmente
desconocido. Mientras se esforzaba en recordar su identidad, Betty vio llegar,
por la misma dirección de donde procedían los dos hombres, un coche de turismo
que torció violentamente hacia la Calle 59.
Por una fracción de segundo, la joven temió que los dos
transeúntes fueran atropellados. El espanto que se advertía en el rostro del
más alto indicaba que también él temía lo mismo.
Pero el auto había reducido la marcha. Betty pudo ver con
toda claridad a sus ocupantes: Dos en el asiento del conductor y otros dos en
el de atrás. Uno de estos últimos inclinóse un momento. Al incorporarse de
nuevo, sus manos empuñaban un negro fusil ametrallador.
Los paseantes que habían llamado la atención de Betty
quisieron huir a su trágico destino. Pero las balas fueron infinitamente más
rápidas que ellos y cortaron su huida con una barrera de acero y plomo,
derrumbándolos, uno encima del otro, al pie de uno de los grandes faroles de
Columbus Circle. Durante unos segundos, la ametralladora siguió cebándose en
ellos, queriendo asegurar su muerte. La parte baja del farol se llenó de
perforaciones.
Betty no hubiese podido decir si había transcurrido una
hora a un segundo. Volvió un momento la vista hacia su hermano y le vio con el
jarrón todavía en alto. Bob Dennison seguía con la cámara cinematográfica en
las manos, y Dorothy Lasalle, la primera en reaccionar, estaba impresionando
fotografías con toda la rapidez que le permitía el dispositivo automático de
cambio de cinta.
La ametralladora entonaba aún su toque de muerte.
De súbito oyóse un metálico quejido, casi un chirrido. Era
el rasgar del aire por una de las balas que había rebotado contra el granítico
bordillo de la acera. Creció en intensidad y, de pronto, transformóse en un
estallido de materia rota.
El jarrón, que Duke Straley estaba a punto de dejar sobre
el velador, convirtióse en una lluvia de blancos fragmentos, casi reducidos a
polvo por el impacto, contra ellos, del pesado proyectil.
Por primera vez en su vida, el rostro de Duke reflejó el
horror más absoluto. Su mirada quedó fija en el lugar que poco antes había
ocupado la inapreciable joya. Sólo encontró el vacío y unos restos de blanca y
transparente porcelana.
Una décima de segundo había bastado para destruir la labor
de ocho lustros de meticuloso trabajo, y los esfuerzos de todo un año de luchas
y penalidades en las montañas del Tibet.
En aquel momento, cuando la gente se agolpaba en torno de
los dos cadáveres tendidos al pie del farol, Elizabeth Straley recordó al
hombre que yacía bañado en su propia sangre y en la de su compañero. El más
alto, tan alto que en el hampa se le llamaba "Big" (grande), era
extranjero, y por eso mismo se le llamaba también "Greek" (griego).
Sí, era Big Greek, el famoso traficante de alcohol en los tiempos de la
Prohibición. El hombre más rico de Norteamérica. El Estado le sacó varios millones
en concepto de impuesto sobre la renta; pero aún le quedaban los suficientes
para seguir llevando, a los seis o siete años de haber terminado la Ley Seca,
una vida de lujo...
Betty cortó sus pensamientos. No, aquel hombre ya no
llevaba una vida de lujo. Había muerto en la calle, como tantos otros que
fueron eliminados por sus sicarios, cuando la ciudad ofrecía amplio campo de
batalla a las hordas del crimen.
El toque de difuntos de Manoli Douras, alias Big Greek,
fue entonado por una ametralladora Thompson y el silbido de sus balas. Ahora lo
completaba el prolongado gemir de las sirenas de los autos patrulla que acudían
al lugar del suceso.
Mas la Policía ya no podría ni devolver la vida a Manoli
Deuras y el hombre que iba con él, ni reconstruir el jarrón chino. Eran tres
cosas imposibles.
CAPÍTULO II
EL ÚLTIMO REPORTAJE DE DOROTHY LASALLE
Bob Dennison había asistido, como atontado, a los rápidos
acontecimientos que acababan de sucederse. Sostenía, con temblorosa mano, su
máquina cinematográfica. Hasta varios minutos después no se dio cuenta de que
la película había seguido pasando, gastándose tontamente. Cuando quiso parar el
mecanismo, vio que, terminada la película, éste había dejado de funcionar por
sí solo. Guardó, pues, la máquina en su estuche y miró a su amigo.
Duke Straley tenía la dura expresión que sólo aparecía en
los momentos en que le dominaba una furia incontenible.
—Bien —sonrió Betty, encendiendo otro cigarrillo—; la
función ha terminado. No te ofendas, Duke, pero esto me recuerda una película
cómica de los buenos tiempos del cine mudo. Un hombre quiere ganar el premio
que se ofrece a aquel que presente, intacta y en una sola pieza, toda la ceniza
de un cigarro puro. Fumando con mucho cuidado, consigue obtener la ceniza
entera y marcha a cobrar el premio. Cae, tropieza, sufre cien mil accidentes, y
la ceniza sin romperse. Por fin, cuando cree haberla salvado toda, el aire que
se produce al abrir la puerta de la casa del donador del premio le desmorona el
canutillo de ceniza. Lo mismo te ha ocurrido a ti. Atraviesas medio mundo
cargado con el jarrito, y cuando estas a dos pasos de casa del hombre que lo
espera con un cheque de un millón de dólares, vienen unos gangsters, te
pulverizan el jarrón y te hacen perder tus dólares. No está mal, ¿verdad?
Duke Straley no replicó. Se había vuelto a sentar.
Maquinalmente llevóse a los labios el vaso de limonada. Al encontrarlo vacío
hizo seña al camarero para que le sirviese otra; pero el hombre estaba ocupado
en observar lo que ocurría en la calle y no se dio cuenta de la llamada.
Straley hizo un gesto de disgusto y, cerrando la caja
blindada, se dispuso a abandonar la terraza del café. En aquel instante regresó
junto a ellos Dorothy Lasalle. Estaba arrebolada por la emoción:
—¡Es formidable! —exclamó, casi a gritos—. Han liquidado
al Griego Douras. Va a ser lo más formidable que se ha publicado en los últimos
años. Voy a telefonear que paren las máquinas y den la noticia en primera
plana. Por sí sola va a hacer vender tres millones de ejemplares. Luego, esta
noche, descubriremos a los asesinos y prometeremos para mañana información
gráfica del crimen.
—¿Dibujos? —preguntó Duke.
Dorothy movió negativamente la cabeza.
—No; he impresionado siete u ocho fotografías de los
ocupantes del auto. Si salen bien reproducidas me van a valer una fortuna. Es
una lástima que el misterio esté ya resuelto.
—¿Por qué? —preguntó Bob.
—Porque hubiésemos podido preparar algo sensacional.
Uniendo el hecho de que a causa del crimen ha sido destruido el jarrón, el
señor Duke Straley hubiera podido intervenir en ayuda de la Policía para
capturar a los culpables... El valor sentimental del jarrón roto...
—¿Y el valor artístico? —preguntó, con frío acento, Duke.
—¡También! —se apresuró a replicar Dorothy—. Todo eso
tiene un gran interés para el público. Hoy los titulares se dedicarán a... —la
periodista pareció meditar el texto de los titulares, y por fin recitó, con los
ojos entornados:
—"Griego Douras da su último paseo". Sí, eso es.
Douras fue el enemigo público numero uno. Sólo gracias a su astucia se libró de
ir a la cárcel. Pero sus víctimas se han vengado. Ha muerto como mató. Quien a
hierro mata, a hierro muere. Eso puede servir de cabecera. Esta noche daremos
la información sobre usted, señor Straley. Los titulares serán: "Asesinos
de Griego Douras identificados por periodista de Prensa Unida". Y debajo
una foto de la pieza de porcelana indicando que el segundo crimen de los
bandidos que mataron a Manoli Douras fue la destrucción...
Duke Straley se puso en pie, indignado.
—¡Señorita! La eliminación de ese griego podrá tener un
gran interés para los cinco o seis millones de idiotas que leen sus periódicos;
pero en ningún otro lugar del mundo se llorará su muerte ni se concederá el
menor interés a que unos hundidos hayan matado a otro bandido. En cambio, la
Humanidad entera llorará durante siglos la destrucción de una joya como la que
acaba de perderse. El sustituir a Douras es cosa de horas; por desgracia para
nuestro país, bandidos y pistoleros nos sobran a montones. En cambio, un jarrón
como el que acaba de desaparecer no podrá ser repuesto jamás. Ha sido un crimen
tan grande como lo hubiera sido destruir todas las obras de Velázquez, Rubens o
Miguel Ángel.
—Le aseguro, señor Straley, que yo opino igual que usted
—replicó, turbada, la periodista—. Pero tengo que vivir, y sólo puedo ganar
dinero sirviendo a la gente lo que la gente exige. Si no aprovechara esta
oportunidad, la aprovecharía otro. El público quiere esta clase de emociones...
—¡Pues eduquen al público! —rugió Duke Straley—. Hace cien
años nadie pedía esos titulares estúpidos que aparecen ahora en las primeras
páginas de nuestros periódicos. Ustedes, los periodistas modernos, son los que
han acostumbrado al público a que exija esa bazofia. Han conseguido que, para
despertar su interés por una obra de arte como era el jarrón, fuese necesario
anteponer al mérito artístico el detalle de que un millonario iba a pagar un
millón de dólares por él. Así, el público piensa: "¡Ah! ¿Vale un millón?
Entonces es muy bueno".
—Le aseguro...
—No me asegure nada. Vuelva a refocilarse en la sangre y a
pensar titulares que atraigan al público y aumenten la venta del periódico.
Pero... —Duke se inclinó amenazador hacia la mujer, que retrocedió, asustada,
ante la furiosa expresión del hombre—. Tenga en cuenta una cosa, señorita
Lasalle: No estoy dispuesto a que publiquen ni una palabra de mi jarrón. Hable
tanto como le de la gana de ese Douras y de sus asesinos; pero si explica mis
aventuras en el Tibet, iré a su despacho y, aunque sea mujer, le juro que se me
recordará con miedo. Al fin y al cabo, ¿qué interés pueden tener para los
papanatas las aventuras de unos hombres que estaban dispuestos a dar su vida
por rescatar para nuestra civilización una obra de arte? Es mucho más
interesante averiguar el número de perforaciones que tenía el cuerpo de ese
gangster y los estertores que dio en su agonía. Cuénteles todo eso y deje la
historia del jarrón chino. Al fin y al cabo no interesaría a nadie, como no
fuera por el hecho de que significa para mí una pérdida de un millón. El millón
es lo interesante, cuando, no un millón, sino ni siquiera cien mil millones
podrían devolver al mundo la joya que se ha perdido para siempre.
Duke Straley calló de pronto, mirando a la periodista como
si quisiera decir muchas más cosas. Luego, comprendiendo lo inútil de sus
palabras, movió la cabeza, diciendo
—Perdone, señorita. Estoy un poco nervioso. Buenos días.
—Buenos días —musitó Dorothy Lasalle.
Betty le dirigió una alegre sonrisa y fue a agarrarse del
brazo de su hermano, dejando a Bob Dennison, que, turbado, permaneció un
momento sin saber qué decir.
—Ejem... —carraspeó, mirando a Dorothy y pidiéndole perdón
con lo ojos.
Luego movió las manos como si quisiera decir que aquello
eran cosas de Duke. Ya se disponía a echar a correr, cuando la periodista lo
cogió de un brazo y, entregándole la máquina fotográfica, le pidió:
—¿Quiere retratarme cerca de las cadáveres?
Dennison quiso decir que no; pero contestó que tendría
mucho gusto en ayudar a la joven.
—Es para mi artículo —explicó la reportea—. Cobra valor si
se presenta una foto de la autora.
—¡Ah! —dijo, casi sin voz, Bob—. Claro.
Impresionó un par de negativos y, poniendo la máquina en
manos de la muchacha, echó a correr detrás de los dos hermanos.
Dorothy Lasalle le vio alejarse con una sonrisa en los
labios. Era curioso el contraste que ofrecían aquellos hombres. Para uno, el
famoso Duke Straley, más conocido por el simple nombre de Duke, no existía nada
demasiado audaz. La palabra "imposible" no figuraba en su
diccionario. El otro, en cambio, debía de estar en lucha constante con ese
imposible.
Encogiéndose de hombros, Dorothy hizo unas cuantas
preguntas más a los policías y retrató a los dos que habían acudido primero.
Luego, despidiéndose con un alegre ademán de los agentes, entró en una farmacia
y dirigióse a la cabina telefónica.
Nadie ha sabido explicar aún la causa de que en las
farmacias norteamericanas se despachen las bebidas carbónicas y los helados.
Sin embargo, así es. Frente al mostrador donde se expedían las aspirinas estaba
el blanco tablero donde se vendían Cocas Colas y bloques de mantecado. Un
hombre estaba acodado a ese mostrador, bebiendo, lentamente, con ayuda de una
paja, una espumeante soda de chocolate.
Entusiasmada por la noticia que iba a dar, Dorothy Lasalle
entró en la cabina sin fijarse en dos cosas: Primera, que el único cliente que
había preferido permanecer allí a salir a regodearse con el espectáculo de los
dos cadáveres estaba a menos de un metro de la cabina del teléfono. Y segunda,
que el montante de cristal que quedaba encima de la puerta de la cabina estaba
abierto y que, por lo tanto, su voz podría llegar, por allí, hasta los que
estaban en el local.
Cuando el director del periódico contestó a la llamada de
Dorothy, lo hizo con un gesto de aburrimiento. No esperaba ninguna noticia
sensacional. Sin embargo, su gesto se fue animando a medida que la periodista,
a toda velocidad, le exponía los acontecimientos de la última hora. Su
entusiasmo llegó al máximo cuando Dorothy Lasalle anuncióle:
—Y creo haber reconocido a los que iban en el auto desde
donde se hicieron los disparos sobre Douras.
—¿Alguna antigua banda enemiga? —preguntó el director.
—Aguarde a esta noche. Le llevaré la información para
mañana. Va a ser algo grande. Irá acompañada de fotografías que demostrarán
quiénes son los asesinos...
—Por lo menos dígame algo —suplicó el director.
—No, amiguito. Mi encargo fue interviuvar a Duke Straley.
Tengo su interviú a la disposición de usted...
—¡Déjese de tonterías! ¿Para qué quiero yo ese interviú?
Lo importante ahora es lo de Douras.
—Pues ya le he dado la noticia. Si quiere algo más,
ofrezca de cinco mil dólares para arriba.
—¡Pero su obligación...! —empezó el director.
—Mi obligación era interviuvar a Duke. Lo he hecho. Luego
hubo un asesinato y yo le he dado los detalles que pudiera haberle
proporcionado cualquier otro de sus reporteros. No es obligación de una
periodista plantarle cara a las balas y fijarse en quiénes están detrás de una
ametralladora que dispara a toda velocidad. Si mi serenidad me ha permitido
obtener fotografías y datos complementarios, merezco un premio. Pero no se
preocupe: hay periódicos y revistas que me pagarán muy bien esos informes.
—Está bien, van los cinco mil dólares. Prepare la
información para esta noche a las nueve, a fin de que pueda entrar en máquina.
¿Puede enviarnos los negativos?
—No, prefiero revelar yo misma las fotos. Es una emoción
que no quiero perderme. A las ocho y media llegaré a la Redacción. Resérveme
toda la primera plana.
Sonriendo, satisfecha de sí misma, Dorothy Lasalle salió
de la cabina y dirigióse a la calle. Al llegar a la puerta de la farmacia, un
cliente que se disponía a salir se hizo a un lado, cediéndole el paso.
La periodista casi no se fijó en aquel hombre. En todo el
camino hasta su casa, no volvió ni una sola vez la cabeza. De haberlo hecho,
hubiera podido ver al mismo hombre, siguiéndola a una distancia de veinte o
veinticinco pasos.
Cuando entró en su domicilio, el hombre que la seguía
acercóse a la puerta. Uno de los timbres correspondientes a los inquilinos
aparecía señalado con una tarjeta de visita en la cual se leía: "Dorothy
Lasalle — Prensa Unida". El espía copió el nombre y, encendiendo un
cigarrillo, dirigióse a un salón de billares que se encontraba a poca
distancia, entró en él, fue a la cabina telefónica y marcó un número.
Los jugadores que infestaban el ambiente con el humo de
sus cigarrillos no se fijaron en el recién llegado. Aunque alguien hubiese
querido escuchar sus palabras, le hubiera sido imposible oír nada, pues el
desconocido habíase asegurado de que la puerta de la cabina estaba bien
cerrada. Además, habló en voz muy baja.
Cuando terminó su conferencia, el hombre acercóse a una de
las mesas y cogiendo un taco se dispuso a pasar el rato entrenándose en
combinar una serie de difíciles carambolas.
Pero su atención se dividía entre la mesa cubierta de
verde paño y la puerta de la casa donde vivía Dorothy Lasalle. Cada vez que se
abría aquella puerta, la mirada del hombre, como atraída por un mágico imán, se
fijaba en aquel punto a través de los turbios cristales del salón de billares.
***
Dorothy Lasalle terminó su reportaje. Casi veinte grandes
cuartillas constituían la sensacional noticia. Varias veces había arrancado las
cuartillas de la máquina, destruyendo lo escrito y comenzando de nuevo, hasta
conseguir el artículo del que tan orgullosa se sentía.
Dejando en el cenicero, colmado de colillas, el último
cigarrillo encendido, Dorothy se puso en pie, ordenó los papeles y sacó del
ropero una bata blanca para preservarse el traje de las salpicaduras de los
ácidos. Luego, entrando en otro cuartito sumido en completas tinieblas,
encendió una roja lámpara, desenrolló el carrete de película y procedió a las
primeras operaciones para el revelado del negativo.
La habitación estaba tan herméticamente cerrada, que la
joven no oyó abrirse la puerta de su pisito ni se enteró de la entrada de dos
hombres que, después de cerrar tras ellos la puerta, avanzaron hasta el centro
del saloncito.
Mientras uno miraba a su alrededor, el otro acercóse a la
máquina de escribir y empezó a leer las cuartillas.
Una dura sonrisa contrajo su cetrino rostro. Con pausados
movimientos se guardó el reportaje en un bolsillo. En seguida procedió a
examinar el contenido del cesto de los papeles, rescatando de él todos los
borradores que Dorothy había desechado. Por último, comprobando que la cinta de
la máquina era nueva, el hombre la retiró, guardándosela también en el
bolsillo. Hecho esto, quitóse lentamente el guante de su mano derecha,
conservando el de la izquierda. Hundiendo la mano en el bolsillo, sacó una
pistola automática provista de una especie de prolongación. Un perito armero
hubiese reconocido en aquello un silenciador Maxim.
Los dos hombres, que en todo aquel rato no habían cambiado
una palabra, se miraron. A un gesto del primero, el segundo fue hacia la puerta
del laboratorio fotográfico en el momento en que ésta se abría y Dorothy
Lasalle, con el rostro iluminado por el entusiasmo, salía apresuradamente con
más de un metro de película cinematográfica en la mano.
Su alegría borróse instantáneamente al ver a los intrusos.
No tuvo necesidad de preguntarles quiénes eran. Los dos estaban reproducidos en
las fotos impresionadas unas horas antes por la joven. Dejando caer al suelo la
película, Dorothy retrocedió hacia el interior del laboratorio.
El pistolero entró con ella.
***
El hombre que vigilaba en la sala de billares fue el único
que prestó atención a la salida de los dos visitantes de Dorothy Lasalle. Les
vio alejarse sin prisas. Sonriendo burlonamente, enyesó la punta del taco y
logró una maravillosa carambola por tres bandas, causando la admiración de los
curiosos que desde hacía casi una hora observaban sus experimentos.
CAPÍTULO III
LA VISITA DEL DIRECTOR
Duke Straley ahogó una exclamación de incredulidad.
—¿Dice que ha muerto la señorita Lasalle? —preguntó,
apretando con fuerza el auricular del teléfono.
La voz que llegaba del otro extremo del hilo aclaró la
explicación.
—¿Asesinada? —siguió preguntando Duke Straley—. ¿Por qué?
Y cuando su comunicante le hubo expuesto los supuestos
motivos para el crimen, Duke replicó:
—No, en absoluto. No tenla la menor idea. Si recordase
algo le avisaría. Tal vez mi hermana...
En aquel momento abrióse la puerta del despacho particular
de Duke y un imponente mayordomo anunció con voz potente:
—El director del Daily Graphic desea verle.
Haciendo seña al mayordomo para que aguardase, Straley
siguió su conversación telefónica.
—Preguntaré a mi hermana y al señor Dennison. Si averiguo
algo se lo comunicaré en seguida. Temo, sin embargo, que no pueda decirle nada.
Colgando el receptor, Duke volvióse hacia el mayordomo y
preguntó:
—¿Está Bob en casa, Butler?
—Sí, señor; está con la señorita Elizabeth.
—Entréguele esto.
Duke Straley abrió un cuaderno de taquigrafía y trazó una
serie de rápidos signos; luego arrancó la hoja y la tendió a Butler.
—Después haga pasar a ese caballero.
El mayordomo salió del despacho. Unes tres minutos más
tarde volvió a llamar, anunciando al señor Blue Lifferkin. El director del
Daily Graphic avanzó con la mano tendida cordialmente a Duke.
—Buenas noches, señor Straley. ¿Molesto?
Duke estrechó la mano de su visitante y le invitó a
sentarse en uno de los sillones colocados al otro lado de su mesa escritorio.
—Siéntese. ¿Un cigarro?
Lifferkin aceptó el cigarro que le tendía el joven.
Después de despuntarlo, lo encendió, aspirando el fragante aroma.
Duke Straley observó atentamente sus movimientos. Blue
Lifferkin: el famoso director del Daily Graphic y una de las primeras figuras
de la Prensa Unida, era un hombre recio, de aspecto enérgico, prototipo del
director de periódicos que ha divulgado el cinematógrafo. Vestía un traje gris
y un ligero abrigo de entretiempo, del mismo color.
Entretanto, a través del humo de su cigarro, el visitante
observaba a Duke Straley. La figura de éste era familiar para el público. Sus
hazañas en el mundo entero habían encontrado fácil eco en la prensa
norteamericana, que calificaba al famoso millonario de "superhombre por
excelencia" y de "héroe de la juventud moderna".
—Bien —dijo Straley.
Lifferkin pareció sobresaltare.
—Perdone —se excusó—. Estaba pensando en sus hazañas y me
asombraba de que haya sido usted capaz de realizarlas. La última ha sido
increíble.
—¿A qué debo el honor de su visita? —preguntó, con
malhumorada brusquedad, Duke.
—¿Se ha enterado de la noticia? —preguntó Lifferkin.
—¿Qué noticia? El día de hoy parece pródigo en noticias.
Supongo que se referirá al asesinato de Manoli Douras, pues no creo que a su
periódico le interese la destrucción de una obra de arte.
—¿Su jarrón? —preguntó Lifferkin—. Sí, es algo muy
doloroso, y la pérdida de esa maravilla es más de lamentar que la eliminación
de un enemigo público de la sociedad. Pero no me refería ni a una cosa ni a la
otra, aunque, desgraciadamente, tenemos que conceder más importancia al
asesinato del gangster, ya que el último suceso del día está íntimamente
relacionado con la muerte de Douras.
—¿De qué se trata? —preguntó Duke con visible disgusto.
—Han matado a nuestra redactora Dorothy Lasalle.
Duke miró fríamente a Lifferkin.
—¿Y qué? —preguntó.
—¿No le sorprende el hecho?
—Sí, me sorprende todo cuanto puede sorprenderme algo
después de lo ocurrido este mediodía. ¿La han asesinado? ¿En la calle?
En aquel momento abrióse la puerta y Betty y Bob entraron
en el despacho. Al ver a Lifferkin hicieron intención de retirarse.
—Entrad —dijo Duke—. Aquí, el señor Blue Lifferkin,
director del Graphic. Señor Lifferkin, mi hermana y mi amigo Roberto Dennison.
Se cambiaron los saludos, y mientras Betty se sentaba
frente al director, Bob lo hizo algo más lejos. Duke observaba atentamente la
escena. Cuando todos se hubieron acomodado, explicó a su hermana y a Bob:
—Dice el señor que han matado a Dorothy Lasalle. La han
acribillado en plena calle...
—Perdone —interrumpió Lifferkin—. La han matado en su
casa, robándole su último reportaje y las fotografías impresionadas en el
momento del crimen. La señorita Lasalle, que era una de nuestras mejores
periodistas, me llamó poco después de cometido el asesinato de Douras, y me
dijo que creía saber los nombres de los asesinos. En el momento de cometerse el
crimen, ella tenía su cámara fotográfica entre las manos y tiró una serie de
instantáneas. Creía que así sería fácil identificar a los criminales. Nuestros
periódicos, al reproducir las fotos, prestarían a la Policía una excelente
pista que seguir. No quiso decirme de quién sospechaba. Alguien, enterado de su
descubrimiento, la ha asesinado, robándole todos los documentos que podían
darnos una pista.
—¿No saben quién es el criminal? —preguntó,
estremeciéndose, Betty Straley.
—No dejó la menor huella. Dispararon con silenciador.
Nadie oyó nada. Por eso he venido a verle, señor Straley.
—¿Por qué me ha elegido a mí? —preguntó Duke.
—Usted, su hermana y el señor Dennison fueron también
testigos del asesinato de Big Greek Douras. Los que mataron a Manoli
destruyeron la porcelana de usted y luego asesinaron a nuestra reportera. En
este asunto, el periódico desea, sobre todo, que se haga justicia y que los
asesinos de Dorothy Lasalle purguen su culpa. Si a usted no le interesa la
muerte de Douras ni la de la señorita Lasalle, tiene que interesarle la
destrucción de su maravillosa joya china. Vénguese de los que la destruyeron y
al mismo tiempo vengará los otros dos crímenes.
—Lo siento, señor Lifferkin; pero ni mi hermana, ni el
señor Dennison ni yo tenemos la menor idea de quién haya podido ser el asesino.
Lifferkin sonrió benévolamente.
—Perdone que insista —dijo—. Es natural que no sepan
quiénes mataron al Griego; pero pueden ayudar a la Policía. Seguramente se
tiene ya una pista, si ustedes pueden reconocer alguna de las fotografías que
les serán enseñadas...
—Le repito, señor Lifferkin, que no sabemos absolutamente
nada —dijo, ya impaciente, Duke Straley—. En el momento en que se cometió la
agresión, yo sólo veía lo que tenía en las manos. Mi hermana no miraba hacia
ningún sitio, y el señor Dennison tenía también la vista fija en la pieza de
porcelana.
Lifferkin volvióse hacia Elizabet Straley.
—¿De veras, señorita, no recuerda usted nada?
—No soy ninguna heroína —sonrió Betty—. Al oír los tiros
sentí unos deseos locos de echar a correr. No lo hice porque mi hermano lo
hubiera considerado una indignidad; pero las ganas las tuve. Por lo tanto, me
quedé quieta, y no miré a ninguna parte.
—¿Y usted, señor Dennison?
Bob tragó saliva y confesó:
—Al oír los tiros cerré los ojos y no volví a abrirlos
hasta que se terminaron.
—¿Bromea usted? —preguntó Lifferkin.
—No, no —aseguró Betty—. Aunque no lo crea, Bob es muy
miedoso...
—No se burle de mi, señorita. Su última hazaña...
—No haga caso de sus hazañas. Son todas ellas accesos de
miedo al miedo.
Lifferkin pareció dispuesto a ofenderse.
—He venido a solicitar una información, no a que se
diviertan a mi costa —declaró, muy digno.
—Nadie se divierte a su costa —replicó Duke—; pero si
tiene prisa no deseo retenerle más.
Blue Lifferkin se levantó. Betty, que le observaba por
entre los entornados párpados, creyó notar en sus ojos un destello de alegría
que se esforzaba en disimular.
—Perdone la molestia —dijo, dirigiéndose a Duke.
—Al contrario, perdone usted mi brusquedad. Estoy muy
alterado por lo ocurrido con el jarrón.
—Lo comprendo, señor Straley. ¡Un millón de dólares...!
Saludando a los demás, Blue Lifferkin salió del despacho.
Cuando la puerta se cerró tras él, Bob se levantó y acudió junto a la mesa.
—¿Quién es? —preguntó—. Ya he puesto el pote en el auto.
Dejará un rastro perfecto.
—Bien. No se exactamente quién es. Puede que sea Blue
Lifferkin... Aguardad un poco.
Duke descolgó el teléfono y marcó un número.
—Póngame con el jefe... Con Max Mehl —pidió al telefonista
que contestó desde la central de la Jefatura Superior de Policía.
—¿De parte de quién? —preguntó el operador.
—De Duke Straley.
El famoso nombre obró como mágico talismán. Un momento
después la voz de Max Mehl respondía desde otro teléfono.
—Dime, Duke. ¿En qué puedo servirte? Ya sé lo del
jarrón...
—No se trata de pedir favores para mí —interrumpió Duke—.
Al contrario, pienso hacerle a usted uno. Envíe un auto patrulla a casa. Ordene
que se provean de un faro encarnado. Se consigue el mismo resultado tapando los
faros normales con trapos rojos. Tanto da. Lo importante es que la luz sea
roja. Cuando lleguen delante de casa verán un rastro verdoso. Síganlo y vean a
dónde conduce. Si va a parar al edificio del Daily Graphic, no se molesten en
entrar; habrá sido una falsa alarma. Pero si les lleva a otra parte, estarán
cerca de la guarida de los asesinos de Douras y de la periodista. Supongo que
ya sabrán lo que deben hacer.
—Un momento, Duke. ¿Qué significa eso? ¿Por qué hemos de
seguir esa pista?
—Hace media hora me ha telefoneado una persona que, por su
acento, por los gritos que daba de vez en cuando, y por el ruido que se oía a
través del aparato, parecía ser lo que decía, o sea el director del Daily
Graphic. Me comunicó la noticia del asesinato de la señorita Lasalle, y me
preguntó si tenía alguna idea acerca de quiénes fueron los autores de la
agresión a Douras. Le dije que no sabía nada. Aún estábamos hablando, cuando
Butler, mi mayordomo, me anunció la llegada del director del Daily Graphic...
—¡Eh! —exclamó Max Mehl.
—Sí, por lo visto existen dos directores del mismo
periódico y los dos se llaman Lifferkin. También mi visitante quería saber si
yo tenía alguna idea acerca del autor o autores de los crímenes. Le contesté
que no; pero antes avisé a Bob, encargándole que colocase un bidón de nuestra
Fosforik, en la trasera del coche de Lifferkin segundo. Se trata de un barniz
fosfórico que brilla al ser proyectada sobre él una luz roja. A sus hombres no
les será difícil seguir la pista. Infórmese en el Graphic de si su director me
ha telefoneado...
—¡Ahora mismo, Duke! Muy agradecido. Supongo que, como
otras veces, nos ayudarás...
—No suponga tal cosa, Max. No quiero ayudarle, porque no
se lo merece. Si estuviéramos en China, el emperador le haría cortar la cabeza
por su incapacidad, demostrada al permitir que queden sueltos por la ciudad
elementos tan peligrosos como los que hoy han destruido una obra de arte
incomparable. Por consiguiente, no pienso ayudarles en nada... ¡Un momento! El
individuo que nos ha visitado tiene una dentadura maravillosa. Ni entre los
negros he visto nada igual. Tengo entendido que Blue Lifferkin masca tabaco.
Aquellos dientes no son los de un hombre que tenga esa costumbre.
—¡Bravo, Duke! Blue Lifferkin tiene unos dientes que son
una vergüenza. En mi vida he visto cosa más negra. ¿Tenía buen tipo ese que ha
ido a verte?
—Ya he dicho que no pienso ayudarle, Max.
—Oye, Duke. No te pido que nos acompañes, ni que hagas
nada; dime, sólo, si ese hombre era atractivo.
—Sí, lo era. Alto, ancho de hombros, cabello entrecano,
una cicatriz en el dedo meñique...
—¿De la mano derecha?
—Sí.
—¡Maravilloso! No cabe duda. Es... Johnny "Dientes
Blancos". Bien, muchacho, gracias por todo. Iré a verte dentro de un
rato...
—No se moleste, Max, porque...
El corte de la comunicación cortó también la palabra en
los labios de Duke. Colgando el auricular, volvióse hacia su hermana y su
amigo. Como si temiera que fuesen a reprocharle algo, murmuró:
—Creo que ya estamos metidos en otro jaleo.
Betty lanzó hacia el techo una larga y delgada columna de
humo. Con la risa brillando en sus ojos, preguntó:
—¿Lo crees, nada más? A veces me asombra tu optimismo.
Estás metido en un lío que te va a costar muchos sudores. Y haces mal,
hermanito; porque, tanto si te gusta como si no, yo también intervengo. La
jugada que me hiciste la última vez no me la repites ahora.
—Fue por tu bien, Betty —aseguró Duke—. El mismo Bob...
—¡Por favor! —intervino Dennison—. A mí no me compliques
en estos asuntos. Yo no creía que el Tibet fuera un sitio a propósito para una
mujer joven y bonita. Hubiera sido un crimen exponerla a todo lo que nos
expusimos nosotros...
—Gracias por lo de joven y bonita —rió Betty—. Nos
conocemos desde hace unos catorce años, ¿verdad?
Bob asintió con la cabeza.
—Sí catorce años —continuó Betty—. Yo estaba robando peras
y tú me dijiste que no debía hacerlo; que lo honrado era devolver las peras. Me
convenciste y te entregué las peras. Apenas había vuelto la espalda llegó el
dueño del huerto, y antes de que pudieras explicarle la verdad, te dio una
soberana paliza, por ladrón de fruta. Fue tu primera quijotada.
—Lo recuerdo —aseguró Bob. Y sin darse cuenta de que lo
decía en voz alta, pensó:— ¡Qué bonita estabas cuando volviste y de una pedrada
dejaste sin sentido a aquel salvaje!
Una carcajada acogió sus palabras.
—Tienes buena memoria —rió Duke—. Aún recuerdo los
aspavientos de mamá cuando supo que Isabelita había herido a un hombre.
—¡Pobre mamá! —suspiró Betty—. A veces creo que convertí
su vida en un verdadero martirio. Y, sin embargo, los que la creían una
española de tipo de comedia antigua se equivocaban. Hasta su muerte fue siempre
una chiquilla. Sin su alegre carácter no hubiera podido sufrir tantas
penalidades.
—Ella fue la verdadera creadora de nuestra fortuna
—declaró Duke—. Papá se llevó la gloria de haber creado de la nada del imperio
de la goma, de los neumáticos y de los productos del caucho. Pero él siempre
confesó ante nosotros que fue la claridad de visión de mamá y su empuje lo que
le hizo dar la cara.
Animado por el recuerdo de la inolvidable doña Isabel de
Pozoblanco, duquesa de Pozoblanco, madre de Isabel y de Duke, Bob dijo:
—Recuerdo que, en una de las últimas fiestas que se dieron
en esta casa, un financiero le decía a vuestro padre: "Amigo Straley; creo
que el tener una mujer como la suya es una de las suertes más grandes que le
pueden caber a un hombre. He leído mucho acerca de las españolas y creo que
están muy por encima de nuestras mujeres". Y vuestro padre preguntó:
"¿En qué sentido?" "En el de que no se entrometen en los asuntos
de sus maridos", replicó el financiero. "Si yo tuviese todo el dinero
que mi mujer me ha hecho perder, me retiraría a la vida privada. Se cree más
lista que yo; insiste tanto en sus consejos, que al fin tengo que hacerle caso.
El resultado es catastrófico. En cambio, la de usted..." Y vuestro padre,
riendo como un loco, le dijo: "¿Quiere saber una verdad, amigo Sheridan?
Pues sepa que en mi casa nunca se ha movido un alfiler sin el permiso de mi
esposa. Ella es la dueña y tirana de mi hogar; pero tiene el buen sentido de
contentarse con serlo, no lo pregona".
—Papá era así —suspiró Elizabeth—. Nunca se avergonzó de
la influencia que mamá ejercía sobre él. ¿Qué contestó Sheridan?
—De momento se quedó mudo de asombro; pero después
estrechó fuertemente la mano de vuestro padre y le dijo que le felicitaba de
todo corazón, pues una mujer inteligente y que no se empeñe en demostrar que lo
es, resulta tan raro como una mujer que no se maquille.
—Menos mal —rió Duke—. Generalmente, cuando alguien oía
decir a papá que su mujer valía mucho más que él, se asombraba y demostraba a
las claras que dudaba de su capacidad mental.
—Dejemos los asuntos de familia y volvamos a lo nuestro
—dijo Betty—. En cuanto se trata de dejarme a un lado, acogéis con un
entusiasmo muy sospechoso la menor oportunidad de desviar la conversación. Si a
ti te pareció muy gracioso el embarcarme, narcotizada, en el yate de los
Barrow, para que no os pudiese seguir a la India, a mí me pareció de pésimo
gusto.
—Pues a los Barrow tampoco les gustó mucho —rió Duke—.
Sólo a ti se te puede ocurrir romper a martillazos todas las brújulas de a
bordo. Dicen que estuvieron un mes sin poder encontrar un puerto donde
desembarcar.
—Ya les advertí que si no me volvían en seguida a San
Francisco, yo me encargaría de que ellos no llegaran a Honolulu.
—Y lo conseguiste. La primera tierra que vieron fue la de
Java.
—Sí. Aún me acuerdo del suspiro de alivio que dieron todos
al verme desembarcar, jurando yo que no volvería a poner los pies en su
asqueroso barco. Debieron de tener la sensación de que un fantasma malévolo
abandonaba el cascarón de nuez a que ellos llaman yate.
—Pudiste provocar un naufragio. Dicen que sufrieron varias
tempestades terribles...
—¡Bah! Aquello eran soplos de viento húmedo. Además,
¿quién les manda tener un capitán que no sabe guiarse por las estrellas?
—¿Y a ti quién te mandó tirar al agua los tres sextantes
de a bordo?
—Así les demostré lo que soy capaz de hacer.
—Creo que los dejaste bien convencidos —aseguró Duke—. No
se me volverá a ocurrir dejarte en manos ajenas.
—Entonces te ayudaré en este caso, ¿verdad? —preguntó
Betty.
—¿En qué caso?
—En el de descubrir al autor de la destrucción de la obra
de arte china.
—No pienso hacer nada de eso —replicó Duke.
—¿No has dicho...?
—He opinado que sospechaba haberme metido en otro jaleo;
pero no toleraré que la cosa siga adelante. Allá la Policía con sus
complicaciones.
—¿Y para eso obligaste al pobre Bob a que colocara el
bidón de Fosforik en la trasera del auto del supuesto Lifferkin, para lo cual
tuve yo que detenerme junto al chofer y dejarme decir barbaridades a fin de que
el hombre se distrajera y no mirase hacia atrás? No, hermanito, no. Estás ya
enredado en el asunto y no podrás desentenderte de él. Sería muy cómodo eso de
que pretendieras morder el cebo sin tragarte el anzuelo. Has pretendido
demostrarle al buen Max que con sólo el olor distingues al gato de la liebre.
Has querido darle una lección de estrategia, y cuando nuestro buen amigo el
Jefe superior de Policía se presente a darte las gracias efusivamente y a
decirte que los pájaros volaron de la jaula antes de que llegaran sus agentes,
tú te encogerás de hombros y le dirás a Max: "Lo siento, señor Mehl, otro
día tendrá más suerte". No, hermanito, no. Si haces eso, Max Mehl se
pondrá, con mucha razón, hecho un basilisco. Te llamará un montón de cosas
malas, y...
—Un momento, Betty. ¿Por qué han de haber volado los
pájaros?
—Por la sencilla razón de que una de las precauciones
elementales que toma todo bandido cuando trata con un genio como tú, es la de
interceptar su línea telefónica. Si sales al jardín, verás como los cordones
presentan una lindísima conexión que habrá permitido a la banda enterarse de tu
conferencia con el legítimo Blue Lifferkin y, por lo tanto, comprender que al
hablar como lo hiciste con el falso, trataste de tender una trampa tan estúpida
que a estas horas se estarán riendo a mandíbula batiente de las genialidades de
mi simpático hermano, ¿verdad, señores?
—¿Qué estás diciendo? —preguntóle Duke.
Por toda respuesta, la joven señaló hacia la máquina de
escribir, de tipo portátil, que ocupaba un lado de la amplia mesa de Duke, casi
junto al sillón en que se había sentado Lifferkin.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bob.
—¿No se dan cuenta, señores? Mi hermano y el tonto de Bob
Dennison no ven el lindo micrófono que nos dejó el señor Lifferkin, alias
"Dientes Blancos".
—¿Qué broma es esta? —preguntó, casi furioso, Duke.
Riendo estrepitosamente, Betty se puso en pie y de encima
de la mesa, junto a la máquina, cogió una goma redonda, del tipo más usado para
borrar escritura de máquina. Acercándose la goma a los labios, Betty inclinó la
cabeza a un lado y empezó:
—Muy buenas noches, señores radioyentes. Transmitimos
desde el despacho del famoso Duke Straley. Han oído ustedes el interesante
programa con que les hemos obsequiado. No olviden, si tienen algún problema
insoluble, que Duke Straley de Pozoblanco, el hombre más listo de la tierra, se
lo resolverá. Sólo acepta encargos difíciles. Y ahora, en emisión particular
para los señores jefes del atractivo "Dientes Blancos", les comunico
que han hecho ustedes muy mal en herir el amor propio de Duke. Si no hubieran
plantificado este lindo micrófono en su despacho, el genial Straley de
Pozoblanco, por cuyas venas corre sangre de adalid del Oeste y de conquistador
español, no les hubiera molestado, pues desea descansar de sus peripecias
tibetanas. En cambio, ahora no parará hasta enviarles a la silla eléctrica.
Cedo el micrófono a mi señor hermano.
Y volviéndose hacia Duke, Betty le entregó la goma,
advirtiendo:
—Cuidado, hermanito. El hilo es tan fino que podría
romperse y no te sería posible emitir uno de tus deliciosos gruñidos.
Duke descubrió, entonces, por vez primera, el finísimo
hilo metálico que estaba conectado a la doble chapa que ocupaba el centro de la
goma.
Bob se acercó también, y a su vez descubrió el hilo, que
desde la mesa bajaba al suelo y por encima de la alfombra iba hasta la puerta
del despacho.
Duke soltó una violenta imprecación. En seguida, con un
cortaplumas, abrió la goma por los bordes y descubrió que la superficie era, en
realidad, de fino metal pintado de gris, y que debajo aparecía el micrófono más
diminuto que había visto hasta entonces. Del centro del mismo partía el
finísimo hilo.
—Es una aleación de platino —dijo Bob, que había estado
estudiando el alambre—. Muy resistente y tan fino como una hebra de seda. ¿Cómo
lo has descubierto, Betty?
—No os lo debiera decir —sonrió la muchacha—. Pero me
inspiráis una profunda compasión. Por lo tanto os descubriré un poco de mi
capacidad investigadora. Aunque Duke no tiene el vicio de borrar lo que
escribe, y casi siempre recurre al expeditivo sistema de tachar con la misma
máquina, hace algunos años se compró una goma. Y aunque el novecientos noventa
y nueve por mil de las gomas que se venden aquí son de la marca
"Typerraser", él compró una "Typerruber", marca que se
lanzó al mercado imitando descaradamente a. la "Typerraser" en forma
y en otros detalles. Por eso, al fijarme hace un momento, en que la goma era
una "Typerrase", comprendí que no era la de Duke, comencé a atar
cabos sueltos y recordé la conexión que había descubierto en el jardín.
Entonces vislumbré el hilo. No podía ser otra cosa que un micrófono colocado
aquí para oír nuestras interesantes conversaciones.
—¿Por qué no avisaste en seguida? —preguntó Bob, mientras
Duke iba siguiendo el hilo de platino.
—Porque lo más importante, que era la conferencia entre
Duke y el legítimo Lifferkin, había sido ya oída antes de que yo descubriera el
empalme conectado a nuestro teléfono. Creí mejor seguir la broma, ya que no se
iba a hablar de nada importante.
Duke volvióse en aquel momento y gruñó:
—¿Te crees muy graciosa, Isabelita?
—Al contrario. Me creo muy tonta, porque pensé que tu
reacción al descubrir la broma que te han gastado sería jurar que no ibas a
concederte un segundo de reposo hasta acabar con los autores de esta ofensa...
—Haré lo que me parezca —gruñó Duke. Y luego, como si
hablara para sí, prosiguió:— Claro, "Dientes Blancos" debió de
conectar el hilo con el empalme telefónico y luego, conservando en la mano el
micrófono, fue desenrollando el resto del alambre hasta llegar aquí. Apoyaría
un momento la mano sobre la mesa y dejaría la falsa goma encima de ella.
Pero... ¿Cómo supo que yo tenía una goma sobre la mesa?
—Misterio —replicó Betty—. Algún día lo sabremos. Lo
cierto es que hizo el cambio con una limpieza maravillosa. Y ahora, si piensas
decir algo más, desconecta el micrófono, pues nuestros radioyentes nos están
escuchando aún.
Duke abrió la puerta del despacho, y siguiendo el rastro
llegó a la ventana del salón, junto a la cual pasaba el cable del teléfono. Al
mismo nivel de la ventana, veíase un empalme con la línea telefónica. Ese
empalme estaba conectado con el finísimo hilo del micrófono. Duke deshizo las
dos conexiones. Volviéndose hacia su hermana y su amigo fue a decir algo, pero
le interrumpió la aparición de Butler, anunciando:
—Señor, un caballero desea verle.
—¿Quién es? —preguntó Betty.
—No ha querido dar su nombre. Dice que se trata de un
asunto privado y muy urgente.
—¿Qué aspecto tiene?
—Bueno. Lleva dos pistolas encima. Parece entre asustado y
furioso.
—Está bien, hazle pasar; pero adviértele que no solemos
recibir a gente armada.
—Perfectamente, señor —replicó Butler. Y salió del salón.
—¿Quién será? —preguntó Bob.
—Alguien que vendrá a proponer algún trabajo difícil —dijo
Betty—. De todas formas, lo mejor es recibirle.
CAPÍTULO IV
MENSAJE DE MUERTE
Un hombre alto, joven, de negra cabellera y oscuros ojos,
vestido con discreta elegancia, entró en el despacho en cuanto Butler abrió la
puerta. Detúvose un momento al ver a los acompañantes de Straley y vaciló.
—Entre usted —invitó Duke—. Y si puede decirme su nombre
hablaremos con más intimidad.
El recién llegado miró significativamente a Betty y a
Dennison.
—Mi hermana y un amigo —explicó Duke—. Pueden oír cuanto
tenga usted que decirme.
—¿Presenciaron ellos el asesinato? —preguntó el hombre.
—¿A qué asesinato se refiere? —preguntó Duke—. Llevamos
dos, uno de ellos doble.
—¿A quién más han matado? —preguntó el desconocido.
—Compre usted mañana el periódico y lo sabrá —replicó
Duke—. No creo que sea ese el motivo de su visita, señor...
—Douras —contestó el visitante—. Alfred Douras.
—¿Pariente de Manoli Douras?
—Su hijo.
—Ignoraba que tuviese un hijo —comentó Duke.
—Puedo enseñarle documentos...
—No hace falta, señor Douras. Es usted el vivo retrato de
su padre. ¿En qué puedo servirle?
—Señor Straley; he venido a verle porque durante mucho
tiempo he seguido sus extraordinarias aventuras. Le he admirado sin conocerle
personalmente. Sin embargo, nunca creí tener que venir a suplicar su ayuda.
—¿Corre usted algún peligro?
—¿Por qué lo pregunta?
Duke se encogió de hombros.
—No es propio de una persona que no tiene miedo ir de
visita con dos pistolas encima.
Alfred Douras reflexionó antes de contestar.
—Sí —dijo, al fin—. Creo estar en un grave peligro.
—¿Teme que los asesinos de su padre quieran completar su
obra?
—Estoy seguro de que lo intentarán. Por eso he recurrido a
usted.
—¿Por qué?
—Se que es usted riquísimo; posee en sus manos el control
mundial del caucho y, por lo tanto, aunque yo le ofreciese un millón de
dólares, no lograría con ello despertar su interés. ¿No es cierto?
Duke encogióse de hombros.
—¿Puede, usted ofrecer un millón? —preguntó.
—Sí.
—Entonces... veremos. Este caso es parecido al del niño
que, teniendo los bolsillos llenos de caramelos, ve que le ofrecen un nuevo
bombón. Lo lógico sería que lo despreciase; pero es mucho más lógico que el
niño tome la golosina, la desenvuelva y compruebe si tiene mejor aspecto que
las suyas. Un millón, incluso para quien tiene más de cien, es siempre
interesante. Supongo que su intención no será regalármelo, sino ofrecérmelo a
cambio de algo. Desenvuelva ese algo. Si me interesa, tal vez acepte. Al fin y
al cabo estoy ya más complicado en este asunto de lo que ya hubiera querido.
Los ojos de Douras se iluminaron.
—Bien —dijo—. Creo que podremos entendernos. En estos
momentos, mi mayor deseo es conseguir su ayuda, para vengar a mi padre. Ya sé
que la sociedad ha despreciado y perseguido al hombre cuyo apellido llevo. No
trataré de justificarle, ni de condenarle. Era mi padre y hasta los lobos aman
a sus padres. El mío no era, precisamente, un lobo. Sólo aprovechó unas
circunstancias para hacerse rico. Él no creó la Ley Seca, ni inventó el
contrabando de licores. Poseía un bar, y de público tuvo que convertirlo en clandestino.
Una banda le ofrecía alcohol, y otra le amenazaba con la muerte si aceptaba
aquel alcohol en vez del suyo. Durante varios meses, fue víctima de los
desmanes de una y otra banda. El resultado fue que un día los jefes de las dos
bandas murieron, y mi padre se convirtió en jefe único. Luego, poco a poco, el
negocio pasó todo a sus manos...
—Conozco la historia de su padre, señor Douras
—interrumpió Duke—. No simpatizo con la vida que vivió; pero tampoco puedo ver
con buenas ojos la clase de muerte que le dieron.
—Yo tampoco acepté nunca con agrado su vida, señor
Straley. Me eduqué en una Universidad, lejos de Nueva York, y bajo un nombre
supuesto. Hasta que la Policía Federal intervino en los asuntos de mi padre, no
me enteré de la verdad. Entonces su retrato fue publicado por todos los
periódicos. Me dolió mucho saber que era un gangster. No es un descubrimiento
agradable para quien ha creído a su padre el hombre más maravilloso del mundo.
Alfred Douras se interrumpió un momento. Encendió con mano
temblorosa un cigarrillo y fumó unos segundos en meditativo silencio. Al fin
prosiguió:
—Tal vez todo esto no les interese a ustedes, pero creo
necesario explicarlo para que comprendan mi deseo de que usted, señor Straley,
intervenga en la solución del misterio que rodea la muerte de mi padre. Desde
que ingresé en la Universidad, tuve mi cuenta corriente. Yo suponía que se
trataba de una simple cuenta de diez mil dólares, pero al ocurrir el escándalo
de la detención de mi padre, averigüé que dicha cuenta corriente ascendía a un
millón y pico de dólares. Entonces hubiera podido renegar de mi progenitor,
pues no le necesitaba materialmente. Una muchacha con quien yo estaba
comprometido me lo aconsejó: No quise hacerle caso y puse mi dinero a la
disposición de quien me lo había dado. Fue un gesto que agradó mucho a mi
padre; pero no tuvo necesidad de recurrir a mí. Era lo bastante rico para salir
del apuro, pagar sus impuestos atrasados y conservar aún varios millones. Desde
entonces vivimos unidos, ya que mi padre comenzó a dedicarse a operaciones
legales. Al poco tiempo, no se cómo, conoció al profesor Hanzer.
—¿El famoso químico alemán? —preguntó Bob.
—Sí. El profesar estaba en camino de descubrir algo
maravilloso. Un invento que revolucionaría el mundo. Necesitaba mucho dinero.
Mi padre se lo proporcionó. Durante cinco años, el profesor estuvo trabajando
sin descanso en su laboratorio. Mi padre buscó a dos miembros de su antigua
banda y los puso de vigilancia, para que protegieran al profesor de toda mirada
indiscreta. Al fin, hace algún tiempo, mi padre me dijo que los experimentos
habían dado resultado, que en breve seríamos los hombres más ricos del mundo.
Le pregunté de qué se trataba, y él se negó a decírmelo, alegando que el
secreto no era sólo de él. Mi padre sólo dijo que la fórmula del invento estaba
guardada donde ningún idiota la buscaría.
—¿Dijo esas mismas palabras? —preguntó Duke.
—Sí, lo recuerdo perfectamente. Me dijo: "Tengo ya la
fórmula completa en mi poder y la he guardado en un sitio donde ningún idiota
la buscará".
—Entonces, ¿ignora usted qué clase de fórmula es?
—Por completo —replicó Alfred Douras—. Lo único que sé es
que se trata de algo que revolucionará alguna industria y que representará un
ingreso anual de muchos millones. Mi padre no quiso decir más, y al profesor
Hanzer, aunque venía a menudo a casa y hablaba conmigo de música y de pintura,
era inútil preguntarle, pues nunca he visto a un hombre más reservado.
—El profesor Hanzer se especializó en investigaciones
sobre la hulla y los carbones minerales —dijo Dennison.
—Sí, indudablemente era algo que tenía relación con la
hulla, pues recibía muchos cargamentos de carbón mineral —replicó Alfred
Douras—. Fuera lo que fuese, es un misterio. Y sin usted, temo que continúe
siéndolo.
—¿Por qué?
—Porque al profesor Hanzer lo asesinaron al mismo tiempo
que a mi padre.
—¿Era el hombre que iba con él?
—Sí. Por eso estoy seguro de qué alguien tenía interés en
apoderarse de las muestras que llevaba Hanzer en su maletín.
—¿Qué maletín? —preguntó Bob.
—El que llevaba cuando le mataron —contestó Betty—.
Recuerdo perfectamente que el acompañante del señor Douras llevaba un maletín
negro en la mano.
—Sí, así era —asintió Alfred.
—¿Y dónde está ese maletín? —preguntó Duke.
—Ha desaparecido. Nadie ha podido dar noticia de él. Creo
que lo robaron.
—¿Sospecha usted que el motivo del crimen no fue
precisamente el deseo de saldar viejas rivalidades, sino el afán de apoderarse
del contenido de aquel maletín?
—Creo que sí. La mayoría de los antiguos enemigos de mi
padre no están ya en este mundo. Han ido cayendo al intentar seguir en su lucha
contra la Ley. Mi padre ayudó a aquellos que desearon regenerarse y estoy casi
seguro de que no tenía enemigos particulares. Si alguien deseó su muerte, no
fue por odio, sino por beneficiarse de ella.
—¿Con el invento? —preguntó Duke.
—Sin duda alguna. Es la única explicación lógica.
—¿Quién hereda sus bienes?
—Yo. En la actualidad, su fortuna se reducía a algo más de
medio millón. En los experimentos de Hanzer enterró algo así como siete
millones.
—Eso quiere decir que opinaba que los beneficios que podía
reportarle merecían exponer tal fortuna.
—Sí, señor Straley. Estoy convencido de que el invento es
algo prodigioso.
—Y usted desea que yo encuentre esa misteriosa fórmula,
¿verdad?
—Sí. Deseo que la encuentre y, sobre todo, que vengue a mi
padre. Sé que a usted no le ciega el dinero. Posee demasiado para dejarse ganar
por una oferta material, por grande que sea. Sin embargo, se la haré. Aquí
tiene este documento —Alfred Douras tendió una hoja de papel escrita a mano—.
Es una cesión de un interés del cincuenta por ciento en los beneficios que
reporte la fórmula si llega a ser descubierta. Y, como anticipo, la cantidad de
medio millón. Aquí lo tiene.
Y Alfred depositó sobre la mesa cinco fajos de billetes de
a mil dólares, con los precintos de la Casa de la Moneda.
—¿Cree que los asesinos han hallado la fórmula? —preguntó
Elizabeth.
Alfred movió negativamente la cabeza.
—No, no lo creo. Tiene que estar muy bien escondida. Sólo
pueden haber encontrado les resultados de los experimentos finales.
—¿Y el laboratorio de Hanzer? —preguntó Duke—. Tal vez
allí quede algún documento...
—Ha sido incendiado —interrumpió Alfred—. Se ha querido
borrar todo rastro.
—¿Quién lo incendió? —dijo Bob.
—Los mismos que asesinaron a mi padre.
—Por lo tanto no existe ninguna pista —dijo Duke.
—Ninguna. Nosotros tendremos que trabajar a ciegas. Ellos,
en cambio, saben lo que deben buscar.
—Nos llevan ventaja.
—Y son hombres que no vacilan ante ningún obstáculo
—recordó Alfred.
—Eso lo hace más interesante —sonrió Betty.
—Y más peligroso —se lamentó Bob.
—Por ello ofrezco lo que ofrezco —dijo Alfred—. Medio
millón de anticipo es mucho; pero el cincuenta por ciento sobre los beneficios
que produzca la fórmula es, sin duda alguna, muchísimo más. En el papel que le
he entregado especifico que, en caso de que yo muera, heredará usted todos los
derechos sobre la fórmula, señor Straley. Quería, además, extender un
testamento hológrafo a su favor por la totalidad de mis bienes. No he podido
hacerlo. Si me da papel, lo extenderé ahora.
—Un momento —interrumpió Duke—. Usted desea que yo
intervenga en este asunto para vengar a su padre, recuperar la fórmula y
ayudarle a crear la fortuna que sospecha se esconde detrás del invento. Me ha
elegido porque tengo fama de resolver los problemas imposibles y, además, de
que sólo me gustan las cosas difíciles y peligrosas.
—Exacto. Me mueven esos intereses que usted ha expuesto.
Vengar a mi padre, encontrar la fórmula y explotarla en sociedad con usted.
—Bien, así nos entenderemos mejor. Antes de empezar las
operaciones me gustaría registrar su casa. Tal vez la fórmula esté en algún
sitio tan fácil de encontrar, que yo cometería un robo si aceptase ni un
centavo suyo.
—Tenemos dos viviendas —interrumpió Alfred Douras—. Una en
la ciudad y otra en Long Island.
—Entonces, puede estar en cualquiera de las dos...
—O en algún banco, a pesar de que mi padre no era
aficionado a guardar documentos importantes en esos establecimientos. Lo mejor
será que, por lo que pudiera sucederme, le nombre heredero de todos mis bienes.
Sobre todo, de las dos casas.
—No lo creo necesario —comentó Duke.
—No importa. Así estaré más tranquilo. Déme papel y
extenderé el testamento. Su amigo puede firmar como testigo.
—Como quiera —replicó Duke—. En esa mesita, junto a la
ventana, encontrará papel y plumas.
Alfred se puso en pie y, acercándose a la mesita indicada
pez Duke, sentóse frente a ella. Destapó su estilográfica y apoyando la cabeza
en la mano izquierda descansó la pluma sobre el papel. Sin duda pensaba en cómo
iniciar el testamento.
El silencio, en el despacho, era absoluto. Duke jugueteaba
con uno de los fajos de billetes. Betty, fingiendo elegir un cigarrillo,
observaba atentamente a Alfred Douras. Bob arrancaba hebras de lana a la
tapicería del sillón en que se sentaba, al mismo tiempo que, de reojo, miraba a
Betty.
De pronto el silencio fue quebrado por un chasquido
metálico que parecía proceder de la amplia ventana, en cuyo cristal apareció un
menudo y limpio orificio.
Duke y sus compañeros tardaron unas décimas de segundo en
darse cuenta de lo ocurrido. Sólo cuando Alfred Douras, sin lanzar ni un grito,
cayó de bruces sobre la mesa a que estaba sentado, comprendieron todos que por
el menudo orificio de la ventana había entrado un mensaje de muerte.
CAPÍTULO V
PLAN DE CAMPAÑA
En el mismo instante en que Duke Straley se disponía a
correr hacia Alfred Douras sonó insistentemente el timbre del teléfono.
Conteniendo con un ademán a su hermana y a Bob Dennison,
Duke descolgó el auricular. Antes de que preguntase quién llamaba, una voz
llegó hasta él por el hilo telefónico y le saludó burlonamente:
—Buenas noches, señor Duke.
—¿Quién llama? —preguntó el dueño de la casa.
—La banda de La Mano Negra. La invencible, la única Mano
Negra.
—Déjese de tonterías y dígame lo que quiere —gruñó
Straley—. ¿Es usted quien ha organizado esta serie de asesinatos?
—Yo mismo —contestó la voz—. No existe ninguna banda de
tipo de folletín; pero andamos detrás de algo muy importante. Preferimos su
neutralidad a tenerle por enemigo; pero eso no quiere decir que nos asuste
usted.
La mano derecha de Duke cogió un lápiz y abrió el cuaderno
de taquigrafía. Apenas apoyó el lápiz sobre el papel, llegó hasta él una
violenta carcajada.
—No sea tonto —dijo la voz—. No pierda el tiempo
encargando a sus compañeros que localicen esta llamada telefónica. Si vuelve a
moverse cortaré la comunicación y seguirá la lucha sin cuartel.
Duke, sorprendido, soltó el lápiz y apartó el cuaderno.
—Así me gusta —dijo el que telefoneaba—. Ahora diga a su
hermana y a su amigo que se estén quietos y no traten de deslizarse hacia la
puerta.
—¿Nos ve usted? —preguntó Duke.
—Tal vez —replicó la voz.
—¿Ha descubierto el suero de la invisibilidad?
—No trate de ganar tiempo mientras idea alguna trampa para
cazarme —dijo, con sorna, la voz del misterioso comunicante—. Óigame bien y
siga mi consejo. Encima de su mesa tiene medio millón de dólares. Es un buen
bocado. Guárdelo en su caja de caudales o donde quiera y no se mezcle en este
asunto. Se ahorrará quebraderos de cabeza. Lo que acaba de ocurrir es una
simple demostración de nuestro poder.
—¿No es usted solo? —interrumpió Duke.
—No se preocupe de si estoy solo o me acompaña una legión
de hombres dispuestos a todo.
—Me gusta el melodrama —dijo Duke, sonriendo—. Continúe
con sus cuentos de miedo.
Una divertida carcajada llegó hasta el oído de Duke, quien
empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa. Al momento, la voz misteriosa
ordenó:
—Interrumpa las señales Morse.
—¿Las oye? —preguntó Duke.
—Y las veo.
—Empieza usted a maravillarme.
—Oiga, Duke. Ahí va mi ultimátum: Guarde el dinero que ha
recibido y absténgase de intervenir. En menos de doce horas han muerto cuatro
personas. No quiera ser usted la quinta.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo.
—Me molestan esos consejos.
—¿Por qué? ¿Prefiere hechos más convincentes?
—Me gusta ver la cara de las personas con quienes discuto.
—Y a mi me molestan las chanzas.
—Entonces, ¿por qué está haciendo todas estas payasadas?
—¿Cree que lo son?
—Desde luego.
—¿Quiere que para demostrar mi fuerza le apague las luces
de su despacho?
—Si es usted capaz de apagar sólo las luces de mi
despacho, y no las del resto de la casa, creeré en esa fuerza.
—¡Bah!
—Ya sabía yo que era usted incapaz de hacer eso. Puede
apagar las luces de toda la casa ordenando a uno de sus cómplices que corte uno
de los hilos conductores del fluido eléctrico; pero lo bonito que sería apagar
una sola luz, es incapaz de hacerlo. Por lo tanto, deje de hacer el fantasma y
escuche ahora mi ultimátum, pues también yo se presentarlos: Apártese de mi
camino. No se interponga en mis pasos. Haré lo que yo quiera, y si usted y sus
pistoleros tratan de repetir el juego que han practicado hasta ahora, se van a
arrepentir de haberme conocido.
—Muy bien, señor superhombre —replicó el otro, con acento
tembloroso por la cólera—. Siga adelante. Veremos si dando palos de ciego logra
alcanzarme. Mientras tanto voy a demostrarle...
La mirada de Duke se había clavado un instante en los ojos
de Bob. Luego volvióse velozmente hacia el conmutador de la luz, que se
encontraba a unos tres metros del joven. Éste captó en seguida el aviso y se
lanzó hacia la llave al mismo tiempo que Straley saltaba de lado.
La oscuridad y el salto de Duke coincidieron con la
repetición del chasquido metálico que precediera a la muerte de Alfred Douras.
Elizabeth ocultóse detrás de su sillón.
La estancia quedó en completas tinieblas y sólo se oyó el
leve arrastrar de un cuerpo por el suelo. Las dos amplias ventanas del despacho
dejaban entrar una tenue claridad que poco a poco se fue haciendo suficiente
para permitir ver los detalles de la habitación.
Betty vio como su hermano se acercaba a uno de los
ventanales y oprimía el resorte que cerraba las persianas. Luego hizo lo mismo
con el otro corriendo a continuación las pesadas cortinas de terciopelo. Cuando
hubo terminado, ordenó:
—Encended las luces.
Dennison hizo girar la llave del interruptor y la luz
volvió a inundar el despacho.
—Procurad no acercaros a las ventanas ni poneros frente a
ellas —dijo Duke, que estaba en pie, sacudiéndose unas motas de polvo de su
impecable traje.
Betty se levantó, saliendo de detrás del sillón que había
utilizado como barricada.
—Esto se va poniendo movido —comentó, arreglando el
desorden de su cabellera.
—Sí, ya estamos metidos del todo en otro jaleo —declaró
Bob.
—Puedes retirarte, aún estás a tiempo —dijo Duke Straley,
mientras colgaba el receptor telefónico.
—Ya sabes que no quiero retirarme —contestó Bob—. Soy lo
bastante idiota para no hacerlo.
—Podemos repartir los beneficios —sonrió Duke.
—¡Bah! —replicó Bob—. Tengo más dinero del que puedo
gastar. Vivo a tu costa en esta casa, o te acompaño por el mundo, y, mientras
tanto, tengo un rascacielos a mi disposición y no lo visito ni una vez al año.
—Te gusta más viajar por el Tibet, ¿no es cierto?
—Es verdad —asintió Bob—. Mientras estuvimos corriendo
nuestras últimas aventuras, no hacía más que preguntarme por qué diablos me
había embarcado en ellas, y, en cambio, ahora casi lamento que hayan terminado.
Betty le dirigió una profunda mirada.
—Eres el verdadero aventurero —dijo—. Los más grandes
fueron como tú, Bob. Eran gente de paz, de orden, de hogar, y, sin embargo, se
lanzaban a la conquista de imperios. Luego, cuando terminaba la lucha, sabían
construir naciones. Los hombres como mi hermano nunca han hecho nada bueno. Son
batalladores hasta el fin; pero no crían moho. Siempre están rodando hasta que
llegan al abismo en que se hunden definitivamente.
—Y, a todo esto, aún no nos hemos preocupado del amigo
Douras hijo —interrumpió Duke.
Su comentario fue cortado por el lejano quejido de una
sirena policíaca, que fue creciendo hasta hacerse ensordecedor. Por fin llegó
hasta la casa. Después de un chirrido de frenos, la sirena se apagó lentamente.
Un momento después, sin hacerse anunciar, Max Mehl, el enérgico jefe de la
Policía Metropolitana, entraba en el despacho.
—Hola, Duke —saludó, avanzando hacia el centro de la
estancia—. ¿Qué hacéis tan encerrados aquí? Hola, Betty. ¿Qué hay, Bob?
Sin esperar la respuesta a sus rápidos saludos, el
policía, que vestía de paisano, aunque exudaba autoridad por todos los poros de
su traje azul marino, tendió la mano a Duke. Después de cambiar un destructor
apretón, empezó, con la rapidez de una ametralladora:
—Gracias por el aviso. Pero no conseguimos nada. El auto
estaba vacío, frente a una casa cercana a la estación Grand Central.
Registramos todo el edificio, y en el quinto piso encontramos un verdadero
arsenal de armamento. Todo armas de la Policía, resultado del asalto a un
depósito de Nassau County. Ni huellas dactilares visibles, aunque sigue el
escrutinio, ni nada que permita identificar a los ocupantes...
Max Mehl se interrumpió un momento y, señalando hacia
Alfred Douras, preguntó:
—¿Quién es ése? ¿Se puede hablar delante de él?
Soltando una nerviosa carcajada, Betty dijo:
—Desde luego, señor Mehl. Es de toda confianza. No
repetirá a nadie lo que oiga.
—¿Seguro?
—Sí, capitán; está completamente muerto —dijo Bob.
Max Mehl estuvo a punto de tragarse el puro que había
cogido de encima de la mesa de Duke.
—¿Cómo? —gritó—. ¿Que está muerto?
—Sí, un balazo en el corazón —dijo Duke—. Todavía no lo he
examinado. Iba a llamarle a usted dentro de un momento.
Max Mehl miró a Straley como si se creyera víctima de una
broma.
—Oye, Duke: te burlas, ¿verdad?
—Nada de eso, capitán; examínele usted mismo.
Max Mehl renunció a encender el cigarro y, dejándolo sobre
la mesa, avanzó hacia el cadáver.
—¿Quién es? —preguntó, después de asegurarse por medio de
un rápido examen de que el cuerpo carecía totalmente de vida.
—Alfred Douras, hijo de Manoli Douras. En diez horas han
eliminado del mundo a toda la familia.
—¿Dónde lo habéis encontrado?
—Nos lo han matado a domicilio —dijo Betty, que se
esforzaba por contener sus encabritados nervios.
Era la segunda vez en un día que se encontraba ante la
muerte en su forma más violenta.
—Le han disparado cuando iba a hacer testamento a mi favor
—explicó Duke.
—Pero... ¿y el asesino? ¿No habéis podido identificarlo?
—A juzgar por el impacto del proyectil, sospecho que se ha
utilizado un arma de precisión, seguramente un rifle militar provisto de miras
telescópicas. El disparo puede haberse hecho a mil o mil quinientas metros de
distancia.
—¿Bromeas?
—No, Max. No se oyó detonación en ninguno de los dos
casos.
—¿A quién más han matado? —la alarma se pintó en el
semblante de Max Mehl.
—Querían eliminarme a mí. Me han estado entreteniendo un
buen rato por medio de una charla telefónica hasta que han variado la posición
del rifle y se han asegurado de que la bala me entraría en el corazón. Tuve la
suerte de anticiparme en unos segundos a ellos. En realidad me salvé porque el
jefe de los asesinos es terriblemente vanidoso. Ha leído muchos folletines y le
gusta hacer de hombre invisible...
—¡Por favor, Duke! —interrumpió el Jefe de Policía—. Habla
de manera que yo te pueda entender. Déjate de jeroglíficos y explícame las
cosas desde el principio.
Straley procedió a explicar detalladamente lo ocurrido en
aquella movida noche, incluyendo su conversación con Alfred Douras. Cuando
terminó, Max Mehl acercóse a la mesa y, dirigiendo de vez en cuando temerosas
miradas a la ventana, examinó el tablero del magnífico escritorio de caoba, en
cuyo centro se veía un pequeño agujeró.
—¿Cómo estabas sentado? —preguntó Max, dirigiéndose a
Duke.
—Pues de manera que mi corazón coincidía con el trayecto
seguido por el proyectil.
Max Mehl abrió el cajón de la mesa y en un grueso libro de
contabilidad vio reproducido el orificio que aparecía en la superficie del
mueble. Sacando el libro lo volvió. En la parte inferior sólo se veía un
pequeño abultamiento, señal de que la bala había quedado entre las páginas.
Abriendo el volumen, el policía no tardó en encontrar la
bala. Era blindada, de unos veintiocho milímetros de largo y del calibre siete
milímetros.
—Estabas en lo cierto, muchacho —comentó—. Es de rifle de
precisión. Seguramente una "Springfield-Martin". Son armas
reconstruidas para tiro en polígono. Suelen ir provistas de telescopio.
Max Mehl, cuya energía parecía bastante reducida, paseó
por el cuarto, con las manos a la espalda.
—Todo esto es muy desagradable —dijo—. Los periódicos me
van a poner de vuelta y media. No comprendo quién podía tener interés en
liquidar al Griego y a su hijo.
—Tal vez la fórmula de Hanzer...
—No, eso no. Tiene que haber algo más. Viejas rivalidades.
Cuando yo me hice cargo de mi puesto, me hablaron de que el Griego Douras había
liquidado a toda una banda rival. Se deshizo tan bien de los cadáveres, que fue
imposible cargarle las culpas, ya que sin cuerpo del delito no puede existir
crimen. Fue la banda de Morella. Quedó solo Morella. Y juró vengarse. Tal
vez... ¡Pero no, no! A Morella lo eliminaron hace tres años... y no dejó
familia. ¿De veras estás dispuesto a ayudarnos, Duke?
El dueño de la casa movió negativamente la cabeza.
—No, Max, no pienso ayudarle. Su obligación es tener
vigilada la ciudad. Toda esta serie de asesinatos llevan un sello
característico: Gangsterismo. Usted cree que las antiguas bandas han sido
deshechas. No estoy de acuerdo. Alguna de ellas subsiste, o ha sido formada con
miembros de bandas disueltas. Averigüe qué pistoleros rondan por Manhattan.
—Hay varios, pero la mayoría se han reformado.
—No creo que ningún bandido se reforme totalmente. No
operan porque no se les presentan trabajos que valgan la pena. Durante algún
tiempo se dedicaron al secuestro. La Ley Lindbergh, con la amenaza de la silla
eléctrica para el secuestrador y sus cómplices, los ha asustado. Ahora hay en
juego algo que vale muchos millones. No sé lo que es; pero si ese Douras
enterró una fortuna en los experimentos de Hanzer, lo hizo esperando
recuperarlos con creces.
—¿Crees que alguien ha olido lo de la fórmula y quiere
apoderarse de ella?
—Sí. Es indudable que Douras no podía explotar ese
invento, pues los experimentos casi le arruinaron. No obstante, esta mañana iba
a visitar a alguien para mostrarle los resultados de los trabajos. Si la
fórmula estaba conseguida y los trabajos bien expuestos, podía encontrar
fácilmente un capitalista a base de una comisión muy elevada.
—¿Y qué diablos pudo haber inventado ese alemán? —preguntó
el jefe de Policía.
—Hace algunos años, el carbón sólo servía como gas o
fuerza motriz —intervino Dennison—. Hoy día puede significar muchas cosas, pues
la química que trata las materias sintéticas ha extraído de él un sin fin de
elementos substitutivos de los productos naturales.
—¿Tienes alguna idea, Bob? —preguntó Max Mehl.
—No, ninguna. Sólo he querido decir que, tomando como base
el carbón, es imposible imaginar lo que Hanzer puede haber descubierto. Es como
si nos presentaran un bloque de mármol y nos preguntaran qué tipo de escultura
podía salir de él.
—De todas formas es relativamente fácil sacar algunas
conclusiones —dijo Betty—. Yo no entiendo mucho de química; pero tengo algunas
ideas. Del carbón salen los brillantes, ¿no?
—Pueden salir —reconoció Bob.
—Quizá Hanzer inventó un diamante sintético. Tal vez con
ello bajaran de precio los legítimos, y los sintéticos no valieran ni la
centésima parte de los buenos, pero sería posible obtenerlos del tamaño y forma
que se quisiera, y entonces adquirirían un gran valor industrial.
—Es posible —admitió Duke.
—También puede haberse descubierto una nueva materia
plástica.
—Existen ya muchas —recordó Bob.
—Alguna fibra artificial.
—También existen muchas.
—Petróleo. Ya se que se consigue benzol: pero tal vez ese
alemán haya descubierto la forma de producirlo más económicamente.
—O caucho sintético —comentó Bob—. A base de acetileno.
—No sería nada nuevo —decidió Duke.
—Dejémonos de cábalas. He de avisar que vengan a recoger
esto —dijo Max Mehl, indicando el cadáver con un movimiento de cabeza.
Duke contuvo al jefe de Policía cuando éste se dirigía
hacia el teléfono.
—¿No oís nada? —preguntó a su hermana y a Bob.
Todos guardaron silencio. Al cabo de unos instantes, Betty
y Bob movieron negativamente la cabeza. Max Mehl dijo:
—No, no oigo nada.
—¡Calle! —indicó Duke.
Acercóse a la mesa y, cautelosamente, apoyó los dedos
sobre ella. Una amplia sonrisa iluminó su rostro.
—Me va a deber un gran favor, amigo Max —dijo al fin,
volviéndose hacia el policía—. Fíjese.
Cogió un cenicero de plancha de latón, y apartándose e
indicando a los demás que le imitaran, tiró la bandeja de forma que chocase
contra la horquilla del teléfono.
Una azul llamarada brotó del aparato. El cenicero salió
despedido, cayendo a bastante distancia transformado en un objeto informe. Una
tenue nube de humo flotó hasta el techo y toda la estancia retembló a efectos
de una sorda explosión. El ambiente se llenó de olor a caucho quemado.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el policía, pálido como un
muerto.
—Una cosa muy sencilla —replicó Duke con dureza—. Han
conectado un cable de alta tensión al teléfono, y si llega usted a poner la
mano encima del aparato hubiera muerto electrocutado.
Max Mehl tragó saliva.
—¿Y por qué me querían electrocutar? —preguntó.
—No era a usted, sino a mí —explicó Duke.
—¿Y por tu culpa he estado yo a punto de...?
Sin terminar la frase, Mehl sacó un gran pañuelo y secóse
el copioso sudor que bañaba su frente.
—¡Diablo! —exclamó al fin—. Esos individuos no se detienen
ante nada.
—No, son unos enemigos peligrosos. Pero han equivocado la
estrategia. Si quieren luchar conmigo, tendrán que hacerlo de firme.
—Yo te apoyo, muchacho —aseguró Max—. No puedo perdonarles
lo que han estado a punto de hacer conmigo.
—Está bien. Acepto su ayuda. Hoy es demasiado tarde para
entrar en acción. Quienquiera que esté detrás de todo esto, persigue la fórmula
de Hanzer. Esa fórmula sólo puede estar en dos sitios. En la residencia de
Douras en Nueva York, o en la que tiene en Long Island. Necesito que, sin
perder un segundo, ordene a sus hombres que vigilen las dos casas. Envíe
veinticinco o treinta agentes a cada una de ellas. Sobre toda a la de Long
Island.
—¿Crees que estará justificada la medida? —preguntó Max
Mehl—. Yo no tengo autoridad en Long Island.
—Pero puede solicitar del jefe de allí que haga vigilar la
casa de Manoli Douras, ¿no?
—Eso sí. Me debe algunos favores...
—Pues ha llegado el momento de recordar esa deuda. Como ha
visto, Max, tenemos que luchar con gente implacable, que hiere sin preocuparse
de las consecuencias que sus agresiones puedan tener para los inocentes. Aunque
debamos tomar como campo de batalla la ciudad de Nueva York...
—Eso no, Duke —suplicó Max—. Ya se ha armado bastante
ruido aquí. Si puede ser, desplaza el combate hacia Brooklyn, Queens o Long
Island. Así, repartido entre todos, se verá menos.
—No se preocupe. Lucharé donde ellos quieran.
—En Long Island hay unos campos maravillosos —insistió
Max—. Podéis utilizar hasta tanques. ¿No comprendes que los periódicos me van
poner por los suelos?
—No me importa que le pongan por donde quieran. Si, como
supongo, la fórmula se encuentra en la casa de Long Island, la pelea será allí.
De lo contrario, si está en el alojamiento de Nueva York, tendremos que luchar
aquí.
—Pues quiera Dios que esté en Long Island.
—Oiga, Max, advierta también a su colega de Long Island
que mañana iremos nosotros a la casa de Douras.
—¿Será eso legal?
—Desde, luego. Soy el heredero de la fórmula. Legalmente
tengo, por lo tanto, derecho a encontrarla y utilizarla en mi provecho con tal
de que descubra a los asesinos de Manoli Douras.
En aquel preciso instante el edificio entero fue conmovido
por un trueno ensordecedor. Todos se miraron, espantados, y hasta varios
segundos después, cuando, apagados los ecos del trueno, la lluvia azotó los
cristales de las ventanas, no comprendieron que una gran tempestad se
desencadenaba sobre Nueva York.
CAPÍTULO VI
LA PELÍCULA
—La cena está servida, señorita —anunció Butler, que, como
buen mayordomo, había considerado que la llegada de la Policía y el
levantamiento del cadáver no tenían por qué alterar las normas de la casa.
Betty miró a su hermano y a Bob. Por vez primera en su
vida comprendió la diferencia que existía entre ella y aquellos dos hombres,
acostumbrados a ver de cerca la muerte.
Iba a decir que su estómago no estaba en condiciones de
admitir el menor alimento y que esperaba que los de ellos opinaran igual,
cuando, con profundo asombro, vio que Bob y Duke decían, casi a la vez:
—Bien, Butler; vamos en seguida.
Y Bob; el tímido, el frágil, el débil, agregó:
—Hacia tiempo que no tenía tanta hambre.
—¿De veras? —preguntó Betty—. ¿Vas a poder comer después
de lo de esta noche?
Dennison miró a la joven y vaciló.
—Hombre... yo... Pues, sí, la verdad, tengo apetito.
—Sí, Betty; tenemos apetito —dijo Duke.
—Pero... pero... ¡Si aún huele a muerto!
Duke se echó a reír.
—¿Te acuerdas de aquella semana que pasamos cerca del Paso
de Khyber? —preguntó a Bob—. ¡Allí sí que olía a muerto! ¿Cuántos acemileros
nos mataron?
—Siete —contestó Dennison—. Pero no fue agradable. Desde
entonces odio el "corned beef".
—Está bien —suspiró Betty—. Si he de ser una de vosotros,
procuraré comer; pero... no estoy muy segura.
Apenas habían entrado en el espacioso comedor, cuyo
mobiliario, de roble macizo, era de magnífico estilo Renacimiento español,
Butler anunció:
—El señor Dubler desea verle, señor Straley.
—¿Dubler? —preguntó Duke—. ¿Qué querrá a estas horas?
—Seguramente vendrá a anunciar que se han quemado las
oficinas de la Compañía —comentó Betty, echando una triste mirada a la humeante
sopa.
—No suele venir hasta fin de mes para la firma de los
estados de cuentas —meditó Duke.
—Hazle entrar y sabremos a qué viene —aconsejó Betty.
Thomas Dubler, gerente apoderado en las oficinas centrales
de las fábricas de caucho y derivados que poseían los Straley, entró en el comedor
con su paso rápido y silencioso. Era un hombre menudo, que parecía flotar
dentro de su negro traje. Tenía la apariencia de un infeliz oficinista, de esos
que vegetan en su empleo sin pasar, nunca, de una mísera medianía. Sin embargo,
era uno de los hombres más inteligentes que trabajaban a las órdenes de Duke.
—¿Qué ocurre, señor Dubler? —preguntó Duke, después de
invitar a su visitante a ocupar un sitio en la amplia mesa.
Dubler no rechazó la invitación. Ocupó el puesto que
habitualmente se le reservaba, y cuando terminó la sopa anunció:
—No le traigo ninguna mala noticia.
—Ya lo he supuesto, Dubler —replicó Straley, mientras el
mayordomo le servía el pescado—. Cuando trae malas noticias las da antes de
cenar.
—Tampoco tengo nada bueno que decirle.
—También me lo figuro —sonrió Duke—. Cuando trae buenas
noticias las reserva para el final de la cena. La noticia es intermedia. No
llega a ser mala; pero está muy lejos de ser buena.
—Exacto, señor Straley. He sabido, por la Prensa, que
estuvo presente cuando el asesinato de Douras. Lamento mucho lo del jarrón, he
repasado su contrato con Hagstrom y le he conminado a que entregue antes de
veinticuatro horas la cantidad que se comprometió a pagar.
—No querrá. No le entregamos el jarrón de porcelana...
—El contrato especificaba que el jarrón debía ser traído a
los Estados Unidos y que Hagstrom lo retiraría en la Aduana. No lo hizo. Lo
ocurrido luego es culpa suya por no haberse presentado a recoger la obra de
arte de manos de los aduaneros. Si trata de esquivar el pago, le pondremos en
un aprieto.
—Está bien —replicó, indiferente, Duke—. ¿Qué más?
—Hace tres días recibimos esta carta —y Dubler tendió a su
jefe una carta escrita a máquina—. Es de M. Douras. Lea.
Al oír el nombre del asesinado, Duke cogió ávidamente el
papel, leyendo en voz alta:
"Para tratar de un asunto de nuestra mutua
conveniencia, pasaré por sus oficinas pasado mañana, acompañado de mi socio el
profesor Emil Hanzer. Le ruego que en interés de usted y nuestro guarde la
mayor reserva acerca de nuestra visita. Sería también, conveniente que pudiera
asistir a nuestra conferencia alguno de sus químicos. Aprovecho esta ocasión
para saludarle atentamente: M. Douras.
—Veo que la nota no va dirigida a nosotros —dijo Straley.
—No, señor —replicó Dubler—. Fue recibida por mi
secretaria. El dador insistió mucho en entregármela personalmente.
—¿Y a qué podía obedecer esta carta? —preguntó Duke—. No
puede ser más vaga.
—Opino lo mismo, señor Straley —admitió Dubler—. El nombre
de Douras nos era completamente desconocido, ya que nadie lo asoció con el del
antiguo y famoso contrabandista.
—Eso quiere decir que hablaron todos de la carta, ¿eh?
—preguntó Betty.
—Desde luego, señorita —replicó Dubler—. Creyendo que era
de algún bromista, hice averiguaciones entre varios de nuestros empleados, y
creo haber cometido una gravísima indiscreción.
—¿En qué sentido? —preguntó Duke.
Dubler miró, extrañado, a su jefe.
—Pues... sin duda asesinaron a ese hombre porque se
enteraron de que se dirigía a nuestras oficinas. Y sólo pudieron saberlo por
alguno de los nuestros.
—¿Tiene idea de cuál podía ser el motivo de su visita?
—preguntó Duke.
Dubler hizo un ademán de ignorancia.
—Ninguna, señor Straley. Es una carta propia de un hombre
que teme algo. Por ello, al enterarme de que un tal Manoli Douras había sido
asesinado casi junto a usted, creí que podía tratarse del mismo que nos había
escrito.
—Sí, es el mismo —asintió Duke—; pero todo esto es muy
raro —volvióse hacia Bob Dennison y preguntó:— ¿Se te ocurre algo?
—Observa que en su nota dice que le acompañará el profesor
Hanzer —recordó Bob.
—¿Supones que podía tratarse del invento del alemán?
—Desde luego.
—¿Y para qué podía querer ver a nuestro gerente? —preguntó
Betty.
—Para ofrecerle el invento —dijo Straley—. Es lo más
lógico.
—Entonces ese invento sólo puede significar una cosa
—murmuró Dennison—. ¿Te das cuenta, Duke?
—Sí. Carbón, cal, acetileno, butadieno: caucho sintético.
—¡Bah! —sonrió, algo despectivo, Dubler.
—No se ría —le respondió Duke—. Hace tiempo que tengo
intención de convocar a nuestros químicos y lanzarlos al estudio de los cauchos
sintéticos...
—He examinado algunos y siempre será superior el caucho
natural... —empezó Dubler.
Bob le atajó en seguida.
—Unas cubiertas de buna, o sea el caucho sintético alemán,
son infinitamente mejores que las mejores cubiertas de caucho natural.
—En algunos detalles —protestó Dubler.
—En todos —insistió Bob, ante la aprobadora mirada de su
amigo—. Es de más fácil manejo; resiste más al desgaste, al calor; no es
atacada por el petróleo, la bencina y los aceites.
—Pero las cubiertas y las neumáticos no lo son todo
—protestó, débilmente Dubler—. Hay otros artículos.
—Es inútil que insista, Dubler —dijo Duke—. Es cierto que
aún no se ha inventado ningún caucho sintético que reúna todas las buenas
condiciones del natural; pero todos los cauchos artificiales son infinitamente
superiores, en algún aspecto, al otro. Si llegara a descubrirse una goma
sintética que reuniera las buenas cualidades de la buna, perbuna, butil, hycar,
chemigum, neoprene y thiokal, las plantaciones de caucho deberían ser
abandonadas.
—Pero nosotros poseemos grandes plantaciones... —empezó
Dubler.
—Ya lo sé, y eso es lo que me preocupa —replicó Duke—.
Casi las tres cuartas partes de nuestro capital están invertidas en
plantaciones y en barcos para el transporte de caucho en bruto. Si un día esas
plantaciones, que están a varios miles de kilómetros de nuestras fábricas,
fueran destruidas o pasaran a otras manos, nos arruinaríamos.
—Eso es imposible...
—No lo es. ¿Dónde tenemos las plantaciones? En el Brasil,
en el Congo, en las Indias holandesas, en la península Malaya. En todos esos
lugares figuran como propiedad de extranjeros. Un conflicto armado, cualquier
alteración en el orden de esos países, nos ciega las fuentes de suministro. En
cambio, si pudiéramos instalar nuevas fábricas junto a la mina de donde sale el
carbón, podríamos reírnos...
Duke se interrumpió al observar la expresión de horror que
se pintaba en el semblante de Dubler.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Tal vez... Pero, no; no es posible...
—¿Qué quiere decir? —preguntó Straley—. ¿Qué significa esa
expresión?
—¿Usted recuerda que en nuestra última entrevista le hablé
de la quiebra de la Compañía Holandesa de Caucho y Derivados...?
—Si, lo recuerdo. Me habló de que se nos presentaba una
ocasión magnífica para hacernos con sus plantaciones. Recibió usted un informe
confidencial acerca del buen estado en que se encontraban las tierras, los
árboles y la maquinaria.
—Sí, señor. Se subastaban sobre un precio base de veinte
millones de dólares. Yo ordené a nuestros agentes que ofrecieran hasta
veinticinco, pues a última hora se incluyó la flota de vapores de carga.
—Pero la Rubber Miller ofrecía tanto como nosotros.
—Sí. Durante algún tiempo hemos luchado codo a codo. A las
dos empresas nos interesaba obtener el mejor precio posible. Sin embargo, uno
de nuestros confidentes nos ha comunicado que la Rubber Miller abandona la
lucha y ha enviado ya orden cablegráfica a sus agentes para que se retiren de
la contienda y nos cedan el campo. Al saberlo me he puesto en comunicación
telefónica con nuestros hombres y les he ordenado que se retiren también de la
subasta y que presenten, bajo otro nombre, una oferta de sólo veinte millones.
Perderemos la fianza, pero ahorraremos varios millones.
—Muy bien hecho —sonrió Duke.
—Pero... —Dubler mostrábase preocupado—. Es muy extraño
que la Miller abandone el campo de lucha.
—Será la primera vez que lo ha hecho —admitió Duke.
—Tiene que haber algún motivo. La Rubber Miller hace
tiempo que ha planeado la construcción de nuevas fábricas. Lo ha ido retrasando
por no tener una seguridad absoluta en el suministro de caucho. Sus
plantaciones propias son escasas, y tiene que depender de la primera materia
que se vende en el mercado, estando, así, a merced de la oscilación de precios.
Si la oferta es baja, puede comprar y vender barato; pero si los precios del
caucho son elevados...
—Tiene que comprar caro y, para conservar sus clientes,
vender barato, ¿eh? —preguntó Betty.
—Sí, señorita. Eso o cerrar sus fábricas. Y le resulta, al
fin y al cabo, menos ruinoso mantener las industrias. Nosotros hemos procurado
que no pueda comprar casi nunca a la baja. Sólo cuando, debido a una
superabundancia, ha sido imposible mantener los precios, hemos dejado que
adquiriese todo el caucho que necesitaba. Mas si eso del caucho sintético fuera
verdad... entonces...
—Entonces quizá la Rubber Miller haya recibido la fórmula
de Douras y Hanzer. Por ello, viendo que puede obtenerse la goma al lado mismo
de la fábrica, sin influencias climatológicas ni oscilaciones en el precio de
la materia prima, decide cedernos el terreno en las plantaciones de caucho
natural.
—Además —siguió, muy abatido, Dubler—, sé también, que ha
ordenado la compra de los yacimientos carboníferos de Amarillo, en Tejas. El
carbón de esas minas no es de la mejor calidad, pero sí muy abundante. Hasta
ahora no se ha podido aprovechar por hallarse demasiado lejos de los centros
industriales. Los gastos de transporte elevan de tal manera su precio, que no
puede competir con los demás carbones. Pero si lo necesario para la fabricación
del caucho sintético es el carbón y la cal, allí tienen materia para varios
siglos. Eso explicaría que en el mismo día se desistiera de la compra de las
plantaciones holandesas y se ordenase la adquisición de la cuenca carbonífera
de Amarillo.
Duke se puso en pie.
—Lo mejor es que vayamos a ver a Miller, Bob —dijo a su
amigo—. Hace tiempo me propuso unir nuestras empresas y terminar con la
competencia que nos estábamos haciendo. Yo hubiera aceptado, pues Miller fue un
buen amigo de mi padre. Dubler se opuso, y me convenció para que rechazase la
oferta. Miller se disgustó bastante y desde entonces nos hemos enfriado. Vamos
a visitarle.
—¿A estas horas? ¿Para qué? —preguntó Dubler.
—Para ofrecerle la unión de nuestras dos empresas.
—¿Qué dice? —preguntó, horrorizado, el gerente.
—Lo que oye, Dubler. Pienso ofrecer a Miller la unión de
nuestras industrias. Si acepta, será señal de que no tiene la fórmula del
caucho sintético, si es que realmente el invento de Hanzer resuelve ese
problema. Si no acepta, quedará demostrado que nuestras sospechas son ciertas y
que tiene en sus manos el medio de apoderarse de todo el mercado, dejándonos a
nosotros con el lastre de las plantaciones.
En aquel instante, Butler entró en la estancia,
anunciando:
—Un empleado de la United Druggists trae la película,
señor Dennison.
—¿La película? —Bob ya no recordaba—. ¡Ah, sí! —exclamó,
al fin—. Recuerdo que les encargué que la trajeran en cuanto estuviese revelada
y obtenido el positivo. No me acordaba de que esos establecimientos están
abiertos toda la noche.
Bob salió al vestíbulo, donde esperaba un muchacho
vistiendo el uniforme de los conductores de los autos de reparto de la United
Druggists. Su aspecto era el de una persona que acaba de pasar por una terrible
prueba.
—¿Trae la película? —preguntó Bob.
El conductor asintió con la cabeza.
—¿Qué le ocurre?
—He estado a punto de estrellarme —replicó el joven—. Se
me cruzó un camión delante, y aún no se cómo pude evitar el choque. Me desvié
por la acera, rocé un farol y...
—Bien, bien —interrumpió Dennison—. Tome y vaya a beber un
trago que le calme les nervios.
Robert tendió al repartidor un billete de cinco dólares y
cogiendo el paquetito que le daba el chofer lo dejó sobre la mesa del
vestíbulo. Acompañó hasta la puerta al muchacho y regresó luego al comedor,
donde le esperaba Straley dispuesto para salir.
—¿Vamos? —preguntó Duke.
***
Una hora más tarde, los dos amigos regresaban a su casa.
En el salón aguardaba aún Dubler, que había estado explicando a Betty los
misterios de la elaboración del caucho, cosa que la joven conocía
perfectamente, y que el mismo Dubler le había repetido un sin fin de veces.
Cuando entraron Bob y Duke, la muchacha lanzó un suspiro
de alivio.
—¿Qué habéis averiguado? —les preguntó—. ¿Habéis visto a
Miller?
—Sí —contestó Duke.
—¿Ha aceptado? —inquirió Dubler.
Straley movió la cabeza.
—Ni ha aceptado ni ha dejado de aceptar. Ha querido saber
por qué le proponía la unión, y luego ha dicho que dentro de unos días podría
contestarme.
—Eso significa que no le interesa —indicó Betty.
—Al contrario —replicó Duke—. Al decir yo que consideraba
su actitud como de desinterés, insistió mucho en que en principio la
proposición le parecía excelente; pero que tenía que consultar a algunos de sus
socios, pues la Rubber Miller no es una empresa única.
—Eso es una excusa; en realidad, Miller controla las nueve
décimas partes de las acciones —intervino, Dubler—. Nominalmente, su aportación
cubre sólo el cuarenta y cinco, por ciento; pero es dueño real del otro
cuarenta y cinco por ciento.
—Lo se; pero he fingido creer sus mentiras. Queriendo ser
astuto, Miller, en realidad, me ha descubierto su juego. No tiene la fórmula;
pero confía tenerla dentro de muy poco. Si no la consigue, aceptará, encantado,
nuestra oferta.
—Por lo tanto, el misterio sigue en pie —sonrió Betty.
—Muy en pie —asintió Duke.
Bob, que había salido un momento del salón, regresó con un
paquete en la mano.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Betty.
—Lo que queda del jarrón —contestó el joven—. La película
que impresioné un momento antes de que fuese destruido.
—¿Podrías pasarla? —preguntó Duke—. Tengo ganas de ver
otra vez la malograda porcelana. Además...
—Desde luego —asintió Bob—. Por eso la he traído. Han
sucedido tantas cosas desde esta mañana, que resulta casi increíble que sólo
hayan transcurrido catorce horas desde que anularon en unos segundos nuestros
esfuerzos de un año.
—Si no me necesitan me retiraré —anunció Dubler—. Sólo he
esperado para saber les resultados de la entrevista con Miller.
—Puede marcharse, Dubler —asintió Duke—. Y no se olvide de
dedicar toda su atención al caucho sintético.
Al quedarse solos los tres se miraron como si cada uno
buscase en los otros la solución del inexplicable problema en que se debatían.
Al fin Bob pulsó el timbre. Al entrar Butler le pidió:
—Diga a alguna de las doncellas que baje el proyector
cinematográfico que tengo en mi habitación. Louise sabe dónde lo pongo.
—Louise no está ya en casa, señor —replicó Butler.
—¿No está? —preguntó Betty—. ¿Qué le ha ocurrido?
El mayordomo hizo un gesto de abatimiento.
—Ha abandonado el servicio de los señores.
—¿Por qué? —preguntó Duke—. Hace unas horas me pareció
verla...
—Sí, señor. Se marchó a raíz de lo ocurrido con el
teléfono.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Betty.
—Louise tenía que telefonear a su novio. Lo fue
retrasando, debido a que todos andábamos cerca del aparato que se encuentra en
la cocina. Al fin se enteró de lo ocurrido con el teléfono del despacho. Supo
que también el de la cocina debía de tener su carga de alta tensión, y al
pensar que, de haberlo tocado, hubiera muerto electrocutada, le dio un ataque
de nervios y dijo que... —Butler pidió perdón por lo que iba a decir, y
prosiguió:— Dijo que no quería permanecer ni un minuto más en una casa donde ocurrían
cosas tan extrañas; y donde una muchacha inocente podía morir electrocutada por
sólo tocar un teléfono. Lo peor es que el resto de la servidumbre, excepto
Charlotte, la cocinera, ha abandonado el edificio.
La consternación se pintó en todos los semblantes.
—De todas formas, yo puedo encontrar el proyector, señor
Dennison — siguió Butler—. Creo recordar que está guardado en una caja, junto
con la pantalla.
—Sí, Butler —replicó Bob—. No creo que le sea difícil
encontrarlo.
Un cuarto de hora más tarde, la cámara cinematográfica
quedaba colocada frente a una pantalla plegable dispuesta sobre una mesa.
El rollo de la película era muy pequeño, algo así como el
doble de un carrete de cinta mecanográfica. Se apagaron las luces y comenzó la
proyección. La película era en colores y reproducía fielmente la porcelana, que
giró en la pantalla hasta que, de pronto, saltó hecha añicos. En aquel momento
se vio, muy borrosamente, por quedar desenfocado, el auto de que partían las
rojas llamaradas de los disparos de la ametralladora. Luego cambió el fondo y
aparecieron, los cadáveres de Manoli Douras y Emil Hanzer. Junto a éste
hallábase un negro maletín.
Veinte segundos antes de terminarse el rollo, vióse como
un hombre se inclinaba a coger el maletín y desaparecía del campo visual, sin
que ni por un solo momento fuera posible verle el rostro.
Cuando se encendieron las luces, Duke y Bob se miraron.
—El maletín desaparecido, ¿eh? —dijo Straley.
Bob asintió con la cabeza.
—¿Quién será ese hombre? —preguntó.
—¿Por qué no pasar otra vez la película? —sugirió Betty.
Bob contestó afirmativamente. Volvió a enrollar la cinta y
la pasó de nuevo. Reapareció el jarrón, su destrucción y el robo del maletín;
pero del autor del robo no pudo verse nada a pesar de que las últimas imágenes
fueran pasadas muy lentamente. El hombre parecía haber adivinado que le estaba
observando el ojo de la cámara tomavistas. La película permitía apreciar los
detalles de su traje y de su figura; pero nada más.
—¡Si al menos hubiera vuelto la cabeza un solo momento!
—suspiró Betty.
Coincidiendo con estas palabras, entró Butler, anunciando:
—El señor Mehl...
Antes de que pudiese terminar, el jefe de Policía entró en
la habitación.
CAPÍTULO VII
LA INFORMACIÓN DESAPARECE
—Buenos días —saludó Max Mehl—. Las dos de la madrugada.
Es una hora muy intempestiva; mas al pasar he visto luz y he querido deciros
que... Pero ¿qué significa eso? ¿Os habéis estado entreteniendo proyectando
películas? No me parece momento oportuno para...
—¿Qué ha averiguado, Max? —preguntó Duke, interrumpiendo
los comentarios del policía.
El rostro de éste se animó.
—Hemos trabajado mucho y hemos ido muy lejos.
—¿Ha descubierto ya a los asesinos? —preguntó Betty.
—Aún no; sin embargo, andamos muy cerca de ellos. Es
cuestión de horas...
—Oiga, Max: Con nosotros no tiene necesidad de utilizar
las frases que dedica a los reporteros. Si no ha descubierto nada práctico,
díganoslo con franqueza.
—Pues... —Max Mehl vaciló—. Hemos descubierto el arma con
que se mató a Alfred Douras. Como supusimos, era un rifle
"Springfield-Martin" reformado para convertirlo en arma de precisión.
También hemos encontrado un potente catalejo, casi un telescopio, enfocado
hacia las ventanas de tu despacho, Duke. Por medio de él pudieron ver todo
cuanto ocurría en la casa. En mi vida había visto un catalejo tan potente.
—¿A qué distancia estaba el edificio desde donde nos
vigilaban? —inquirió Duke.
—En línea recta, y calculada la distancia con ayuda del
telémetro que encontramos...
—¿También un telémetro? —preguntó Betty.
—Sí, un aparato magnifico. De una precisión asombrosa. Con
él pude medir casi al centímetro la distancia desde aquellas ventanas hasta
éstas. Mil doscientos trece metros. El alza del fusil estaba graduada a mil
doscientos.
—¿Era una casa de pisos? —preguntó Duke.
—Sí. Unos hombres alquilaron ayer tarde una habitación...
—¿Ayer tarde? —preguntó Betty.
—Sí —replicó Max Mehl—. Ayer ya pasó. Hoy estamos en el
día de hoy... Quiero decir que, aunque vosotros no os hayáis acostado, han
pasado las horas y... Bueno, ayer fue cuando mataron a Douras, ¿no?
—Sí, claro —asintió Betty.
—Pues, a las pocas horas de haber matado a Douras, unos
individuos alquilaron la habitación, se trasladaron a ella con sus trastos, que
iban metidos en grandes baúles de camarote, y dispusieron los fuegos
artificiales.
"También hemos descubierto un par de líneas
conectadas con vuestro teléfono y otra que debía de ir unida al micrófono.
Hemos dado con los aparatos registradores.
—¿Y huellas dactilares?
—Ninguna. Llevaban guantes de goma. No hemos podido
encontrar el menor rastro...
—¿Cómo saben que llevaban guantes de goma? —preguntó
Betty.
—En primer lugar porque la ciencia de la fijación de las
huellas dactilares ha adelantado ya tanto, que unos simples guantes de cuero no
impiden que se marquen ciertas huellas. Sólo la goma es perfectamente imporosa.
Además hemos encontrado una colilla en cuyo papel se veía un rastro de goma.
Sin duda el que lo fumaba se distrajo y la brasa quemó el guante, quedando una
fracción pegada en la colilla. Son dos detalles que coinciden; de todas formas
no tienen demasiada importancia, ya que lo único verdaderamente importante es
que no se ha encontrado ninguna huella dactilar. Tanto en el rifle como los
tres cartuchos que quedaban en la recámara y los aparatos y baúles fueron
limpiados con un trapo aceitado.
—¿Qué más ha descubierto? —preguntó Duke.
—Pues... que vuestro teléfono fue cortado y los hilos
empalmados con unos cables de alta tensión que conducen energía eléctrica a una
fábrica próxima.
—¿Es eso todo? —inquirió Betty.
—¿Te parece poco, chiquilla? —preguntó, indignado, Max
Mehl.
—Es mucho —intervino Duke—; pero no resuelve nada. Creo
que nosotros, sin casi movernos de aquí, hemos descubierto algo mucho mejor.
¿Recuerda que le dije que el profesor Hanzer llevaba un maletín?
—Sí, creo que me lo dijiste.
—¿Quiere presenciar el robo de aquel maletín?
—¿Cómo?
—Apaga las luces, Bob, y proyecta la película —indicó
Duke.
Durante esta conversación, Bob Dennison había enrollado
nuevamente la cinta, dejándola en condiciones de ser pasada otra vez. Mientras
Max Mehl era llevado hasta uno de los sillones colocados frente a la
pantallita, Bob tomó las últimas disposiciones. Después de hacer una seña a
Duke, apagó las luces y sobre la pantalla proyectóse el haz multicolor de la
cámara.
—¿Es que me queréis enseñar el jarrón? —preguntó Max Mehl.
—No se impaciente y fíjese en el fondo.
—Parece... —empezó Máx. De pronto se interrumpió,
exclamando, en seguida:— ¡Columbus Circle!
En el mismo instante el jarrón saltó hecho pedazos y por
unos segundos se vio el auto desde donde se hacían los disparos de
ametralladora. El jefe de Policía lanzó una exclamación de gozo, que se
acrecentó al ver el robo del maletín y que terminó en una queja al comprobar
que la cinta terminaba en este punto.
—¿No hay más? —preguntó, defraudado.
—No hay más —contestó Bob, encendiendo la luz—. Mi cámara
admite sólo unos pocos metros de cinta; no es uno de esos monstruos que usan en
los estudios de Hollywood.
—¿Y por qué no usas una mayor? —preguntó Mehl—. Hubiera
sido muy útil.
—Porque no tengo bastante fuerza para llevarla —replicó
Bob, sonriendo.
—Pues al menos ¿por qué no enfocaste mejor? Ya que te
ponías a impresionar una película, podías haberte fijado un poco más y habernos
sacado bien a los del auto y al autor del robo...
—¿Y por qué no tenía usted diez o doce autos patrulla en
Columbus Circle? —rugió Bob, ya serio—. ¿Le parece muy lógico tener
desguarnecido por completo un sitio tan céntrico?
—Un poco de paz —rió Duke—. Lo importante es que, de
momento, a pesar de haber descubierto el piso desde donde se disparó contra
nosotros y de tener una prueba gráfica del robo del maletín, no hemos
adelantado absolutamente nada.
—Tanto como eso no —protestó Mehl—. Tenemos el catalejo,
el rifle y el telémetro, que pueden facilitarnos una pista. Son objetos poco
corrientes y no ha de ser difícil averiguar quién los adquirió.
—¿Cuántos Springfield-Martin hay en este país? —preguntó
Duke.
—Pues... —el rostro del jefe de Policía ensombrecióse—.
Sí, es verdad, hay muchos. Tal vez las miras telescópicas...
—¿De qué fabricación era el lente conectado con las miras?
—Alemán. Zeiss.
—¿Sabe usted cuántos cientos de miles de lentes fabrica la
casa Zeiss?
—Sí, muchos —suspiró Max—. Por ese lado no encontraremos
nada.
—Y lo mismo ocurrirá con el catalejo y el telémetro. Estoy
seguro de que también son de fabricación europea.
—Todo es alemán. Quizá sea una coincidencia...
—No, Max; no es ninguna coincidencia. Desde hace un sin
fin de años, la persona que ha querido comprar un buen aparato óptico ha
recurrido a las marcas alemanas, de la misma forma que si usted quiere comer
buenas naranjas acude a las españolas, y si desea buena seda va al lapón. Si en
vez de ser alemanes, los aparatos fueran chinos, entonces quizá se pudiera
sacar algo en limpio.
—Por lo menos ampliaremos las fotos registradas en la
cinta —dijo el policía—. Tal vez con ello se consigan algunos detalles que nos
permitan identificar al autor del robo. Podemos transmitir copias por telefoto
o por radio a todas las jefaturas del país, a fin de que sean examinadas por
quienes puedan reconocer a ese hombre.
—Tampoco así habremos conseguido gran cosa —sonrió Duke—.
Desde el momento en que la banda le eligió para que recogiese el maletín, hay
que suponer que lo hizo porque estaba seguro de que sería difícil reconocerle y
de que, aún en el caso de que se le pudiera reconocer, sería más difícil
encontrarle.
—Entonces, ¿hemos de cruzarnos de brazos?
—No, nada de eso. Creo que debe hacerse cuanto usted ha
dicho; pero creo, también, que será tiempo perdido. Nuestros últimos
descubrimientos, aunque basados en pruebas totalmente circunstanciales, nos han
convencido de que detrás de todo esto anda una fórmula que puede valer cientos
de millones de dólares.
—¡Eh! —exclamó Max Mehl.
—Sí. No he exagerado.
—¿Sabes ya de qué trata la fórmula Hanzer?
—Sospecho que de caucho sintético.
En el rostro del policía se pintó la decepción.
—¡Ah! ¿Esa goma que no lo es?
—¡Ya lo creo que lo es! Sólo que, en vez de depender de la
tierra y del árbol, depende de la mina y de la máquina.
—No entiendo nada —refunfuñó Mehl—. He oído hablar de
caucho sintético; pero lo he creído siempre muy poco práctico.
—Pues no lo es, y si, como todo lo indica, ese invento
representa un progreso fantástico sobre los demás, ello significaría, quizá, la
ruina para mi casa.
Y Duke procedió a explicar todo lo descubierto.
Al terminar, Max Mehl se rascó la cabeza.
—Si realmente andan en juego tantos millones —dijo—, esos
bandidos no se detendrán ante nada.
—Eso creo. Por lo tanto, mañana mismo nos trasladaremos a
Long Island. ¿Ha hecho ya algo acerca de eso?
—Sí. He hablado con el jefe de Policía de allí y me ha
prometido hacer vigilar la casa y permitiros registrarla a fondo. Es algo
ilegal; pero te conocen y esperan que algún día, si te necesitan, les echarás
una mano.
—Desde luego.
Mehl se puso en pie.
—Dame la película —pidió—. Haré sacar unas copias y te la
devolveré mañana mismo. De momento dame el positivo y el negativo.
Bob guardó en su estuche el positivo y lo entregó, junto
con el negativo, al jefe de Policía, que fue acompañado hasta la puerta de la
calle por Duke Straley. Una vez en el umbral, y antes de que el jefe se
dirigiera a su coche, Max comentó:
—A pesar de todo estoy seguro de...
Si en aquel momento Mehl o Duke hubieran levantado la
cabeza, habrían descubierto, tal vez, un pequeño micrófono colgado de la
lámpara que daba luz a la entrada de la casa. Y siguiendo el hilo que arrancaba
del micrófono y marchaba unido al cable de la luz hasta el suelo, hubieran
llegado hasta uno de los conductores subterráneos de líneas telefónicas. En
aquel lugar había dos individuos que, con unos auriculares colocados en los
oídos, iban tomando nota de la conversación entre Duke Straley y el jefe de Policía.
Habían escrito ya:
"A pesar de todo, estoy seguro de que esta película
nos revelará la identidad del que robó el maletín. Quizá si nuestros hombres
fallan, podrá descubrir la verdad alguno de nuestros confidentes. El traje del
individuo me ha parecido un poco particular". "También yo he
observado ese detalle".
En este punto las voces se hicieron confusas hasta
apagarse, indicio de que los dos hombres se alejaban del campo de captación del
micrófono. Los escuchas se miraron y uno de ellos indicó un extraño aparato
telefónico, compuesto de un auricular, un micrófono y un disco numerado. El
aparato estaba conectado a una de las líneas telefónicas. Mientras uno de los
escuchas seguía con los auriculares puestos, el otro marcó un número. Unos
segundos más tarde habló en voz baja:
—Jefe; aquí Mike. Max Mehl lleva películas que pueden
servir para una identificación. Creo que marcha hacia Jefatura. ¿Quiere oír lo
que hemos captado?
—Sí —respondió una voz.
El hombre alcanzó su cuaderno y leyó claramente todas las
palabras escritas en él.
—Muy bien —aprobó la voz—. Esperad un rato más. Si dentro
de una hora no recibís orden en contra, abandonad el puesto. Ya sabéis dónde
tenéis que ir.
—Sí, jefe.
—Guardad bien las notas. No habléis con nadie.
La comunicación fue cortada, y los dos hombres siguieron
su espionaje.
Media hora más tarde, Max Mehl descendía de su auto frente
a la Jefatura de Policía. Durante el trayecto, a pesar de las muchas
preocupaciones que le embargaban, habíase medio adormilado. Por ello, al
detenerse el coche, tardó unos segundos en darse cuenta de donde estaba. Al ver
el familiar edificio donde tenía su cuartel general, Max abrió la portezuela,
bajó del auto y avanzó con paso rápido hacia la entrada.
En aquel momento salía de Jefatura un guardia enteramente
cubierto con un negro y brillante impermeable, pues seguía lloviendo. El hombre
iba con la cabeza baja, abrochándose los botones. Por ello no pudo ver a tiempo
a Max Mehl, con quien tropezó tan violentamente, que el jefe superior de
Policía rodó por el suelo. Al incorporarse, llevaba el abrigo enteramente sucio
de serrín.
El policía, deshaciéndose en temerosas excusas, le ayudó a
sacudirse el serrín. Luego, como deseando huir de la cólera de Max, apresuró el
paso y salió a la calle, perdiéndose entre la cortina de agua.
Refunfuñando contra los que no miran a dónde van, Max
Mehl, llegó a su despacho. Un ordenanza de guardia se acercó a ayudarle a
quitarse el abrigo.
—Coge el paquete que hay en el bolsillo derecho y llévalo
al laboratorio —ordenó Mehl—. Di que preparen un proyector cinematográfico y
que llamen a todos los agentes que se encuentren en el edificio.
El ordenanza obedeció y buscó primero en el bolsillo
derecho del gabán. Luego buscó en el izquierdo. Por fin, volviéndose hacia Max
Mehl, movió negativamente la cabeza.
—¿Qué ocurre? —preguntó el jefe, que se disponía a
sentarse a su mesa y alargaba ya la mano hacia uno de los teléfonos de
comunicación interior.
—En su gabán no hay ningún paquete, señor —declaró el
ordenanza.
Instintivamente, Max se llevó las manos a los bolsillos de
la chaqueta, por si había guardado allí el paquetito del negativo y el positivo
de la película. Pero antes de terminar la busca le asaltó una terrible
sospecha.
Saltó casi hacia el abrigo y registró nerviosamente los
bolsillos. Luego volvió, abatido, hacia su mesa.
—No haga nada de lo que le he dicho —dijo al ordenanza—.
Que vengan los hombres que están de guardia a la entrada. Que los releven.
Quiero hablar con ellos.
Unos minutos más tarde cuatro uniformados agentes se
alineaban frente a la mesa del jefe. En sus rostros se leía cierta inquietud.
Max Mehl los observó atentamente. Al fin, preguntó:
—¿Han visto ustedes lo que ha ocurrido hace un momento, al
entrar yo en el edificio?
Los cuatro asintieron con la cabeza.
—¿Qué han visto? —insistió Max.
—Le vimos tropezar —dijo el sargento—. Cayó usted al
suelo, y yo me disponía a acudir en su ayuda, pero el guardia que tropezó con
usted le estaba limpiando ya.
—¿Podría usted decirme quién era aquel agente?
—Pues... —el sargento vaciló—. Lo... siento, pero... no
podría decirlo. Su aspecto era el de cualquiera de nosotros. No vi su cara.
—¿Y ustedes? —preguntó Max Mehl, dirigiéndose a los demás.
Los tres policías movieron negativamente la cabeza.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó el sargento.
Max Mehl, deseoso de no echar otra vez por tierra su
prestigio, mintió.
—No, nada. Sólo quería saber quién era. Pueden retirarse.
Al quedar solo, Max decidió que ya había trabajado
bastante, y, como era lo suficientemente listo para no tratar de perseguir una
sombra impalpable, apagó las luces de su despacho, y entrando en un cuartito
adyacente, se tendió en un amplio sofá. Cubrióse con su abrigo y no tardó en
quedar dormido profundamente.
Entre tanto, en una casa no muy lejana a la jefatura de la
Policía, un numeroso grupo de hombres contemplaba la proyección de la película.
Al llegar al final, se paró la maquina, y la imagen del ladrón del maletín
quedó borrosamente fija en la pantalla.
—¡Es Dandy O'Donnell! —exclamó, de pronto, uno de los
espectadores.
La habitación seguía a oscuras. Desde uno de los rincones,
una voz, la misma que había hablado con los escuchas, preguntó:
—¿Estás seguro?
—Seguro, jefe. Sólo Dandy O´Donnell es capaz de vestirse
así.
—Eso no quiere decir que sea él —insistió la misteriosa
voz.
—Sí —replicó el otro—. Estoy seguro. Le acompañé yo el día
que se compró esa chaqueta.
—Yo también recuerdo que Dandy me dijo algo acerca de una
chaqueta a cuadros grises —declaró otra voz.
—¿Sabéis donde puede encontrarse a Dandy? —inquirió el
jefe.
—Sé donde vive —dijo el que había identificado al autor
del robo del maletín.
—Entonces...
La luz de la habitación se encendió y todos se volvieron
hacia el jefe, que empezó a dar órdenes rápidas y tajantes. Diez minutos
después, un auto descendía por la Broadway. El tráfico era casi nulo, sólo los
blancos carricoches de los lecheros avanzaban de casa en casa, descargando su
mercancía.
CAPÍTULO VIII
LA CASA DE LONG ISLAND
Una densa niebla que ascendía del río llenaba el puente de
Williamsburgh, sobre el Hudson, entre Manhattan y Brooklyn. Duke, su hermana y
Bob, acomodados en el potente Hispano, conducción interior, tenían la impresión
de atravesar una enorme esponja empapada en agua. Ésta chorreaba por todos los
cristales del coche, que avanzaba a marcha reducida, cruzando continuamente
junto a otros vehículos que se veían como formas vagas por entre la niebla.
La visibilidad era más escasa que si fuese de noche. Los
mugidos de las bocinas y los claxons sonaban roncamente y sin cesar.
Cuando llegaron a Brooklyn la niebla aclaró un poco y el
magnífico coche europeo avanzó a más velocidad. De cuando en cuando, Betty
miraba por la mirilla trasera. La precaución era inútil, pues la niebla seguía
siendo lo bastante espesa para impedir ver si les seguía algún otro coche.
Al cabo de una hora, tras de cruzar Brooklyn y Queens,
pasaban por Nassau County. A las dos de la tarde entraban en Long Island. En
todo el largo trayecto no dejó de llover ni un instante. Los campos estaban
encharcados y convertidos en terribles barrizales. De los árboles, las primeras
hojas de la primavera dejaban caer continuamente gruesas gotas.
—¡Qué desagradable es todo esto! —se quejó Betty—. Todo
rezuma humedad.
—Si no fuese porque hace casi frío, uno se creería en el
Brasil —comentó Bob.
—¿Te has fijado en el auto que acaba de cruzarse con el
nuestro? — preguntó Duke.
—¿Eh? No, no me he fijado —replicó Bob Dennison—. ¿Qué
ocurre con él?
—Primero nos ha alcanzado y por un momento ha ido a
nuestra altura; luego lo he perdido de vista. Hace un instante ha vuelto a
pasar en dirección contraria.
Aún no había acabado Duke de pronunciar estas palabras
cuando oyóse el potente ronquido de un motor de automóvil, y Betty vio
precipitarse contra ellos un automóvil cuya carrocería confundíase con la
niebla. La joven reconoció, al momento, el coche. Era el mismo desde donde se
había matado a Manoli Douras.
La joven apenas tuvo tiempo de gritar la alarma. El auto
había llegado a su misma altura y una rápida serie de lenguas de fuego brotaron
de la negra boca de una ametralladora Thompson. Los cristales de las
ventanillas llenáronse de estrellas al impacto de las gruesas balas. Sobre la
carrocería del Hispano resonó un repiqueteo semejante al choque del granizo
contra una techumbre de hierro galvanizado. Pero ningún proyectil llegó al
interior del coche. Duke se inclinó más sobre el volante y, acelerando la marcha,
desvióse hacia la izquierda.
Los agresores no tuvieron tiempo de reaccionar. Sus gritos
taladraron el blindaje del Hispano, llegando hasta Duke y sus compañeros. Luego
el otro coche se encabritó al chocar contra uno de los árboles que bordeaban la
carretera, y el vehículo saltó despedido al fondo de un encenagado campo, donde
quedó volcado, con las ruedas dando sus postreras vueltas.
El Hispano siguió su marcha veloz. Los ocupantes del otro
coche, saliendo de entre sus restos, abrieron el fuego de sus armas contra el
auto que les había burlado. Alguna bala chocó aún contra la carrocería del
vehículo, sin hacer más daño que las anteriores.
Mucha gente habíase extrañado de que Duke Straley, que
siempre había dado pruebas de una gran sencillez, utilizara un auto tan
llamativo. La explicación era la siguiente: sólo un coche de gran potencia era
capaz de resistir él pesado blindaje de que iba provisto aquel.
—¿Os pasan muy a menudo cosas así? —preguntó Betty,
temblando aún.
—No —contestó Bob—. Es la primera vez que comprobamos su
eficacia. Teníamos nuestras dudas acerca de si los cristales resistirían.
Betty se abanicó el rostro con las manos.
—Estoy sudando —declaró.
En aquel momento el auto se detuvo frente a un edificio.
—Ya hemos llegado —anunció Duke—. Según el plano, esta es
la casa de Manoli Douras.
Debía de serlo, pues un policía cubierto con un pesado y
negro impermeable se acercó al coche.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.
Duke contestó a la pregunta mostrando sus credenciales.
—Bien, señor —replicó el agente, saludando—. Pueden dejar
el auto en el garaje. El señor Mehl les está esperando —luego, al ver las
huellas de los impactos, preguntó:— ¿Les ha ocurrido algo?
—Nos han tiroteado —contestó Duke—. Menos mal que íbamos
prevenidos.
El policía, sin disimular su asombro, les guió hasta el
garaje, donde se encontraban ya otros dos coches de la policía de Long Island.
Enseguida pasaron a la casa, en cuyo salón amueblado con
un lujo estrepitoso, esperaba Max Mehl, fumando un largo cigarro.
—Hola, Max —saludó Duke—. ¿Usted por aquí?
—Sí —gruñó Max—. Esta mañana a las nueve, fui a tu casa y
Butler me dijo que ya habíais salido en esta dirección.
—¿Y cómo ha llegada usted antes que nosotros? —preguntó
Betty—. ¿Ha venido en auto?
—No, en lancha motora. Es más cómodo.
—¿Tiene noticias? —preguntó Bob.
—Demasiadas —gruñó Max Mehl.
—¿Han identificado al autor del robo? —inquirió Duke.
—Sí; pero no he utilizado las películas.
—¿Cómo?
Todos miraron, asombrados, a Max.
—No las he utilizado —siguió el jefe de Policía—, por la
sencilla razón de que anoche, al entrar en jefatura, me las robaron...
—¿Eh?
—Sí, de la manera más burda que os podéis imaginar. Un
tropezón, caigo al suelo, me mancha de serrín, la persona que me ha hecho caer
se desvive por limpiarme, y no sólo me quita el serrín, sino los dos rollos de
cinta.
—¿Le robaron del bolsillo el positivo y el negativo?
—preguntó Bob.
—Eso es —contestó Max—. Ya se que es indigno de un jefe de
Policía dejarse robar así; pero es la verdad. El ratero vestía uniforme de
guardia, y yo andaba un poco adormilado, pues no me fijé ni en su cara. Hasta
unos minutos después de mi caída, cuando estaba ya en mi despacho, no me di
cuenta de lo ocurrido.
—Entonces seguimos tan a oscuras como ayer.
—Casi. De todas formas hemos identificado al ladrón del
maletín.
—¿Cómo?
—Sí. Esta mañana, al despertar, me he dado cuenta de que
durante toda la noche mi cerebro había estado trabajando sobre lo mismo: ¿Quién
podía ser el autor del robo? Y en cuanto he abierto los ojos su nombre ha
acudido a mis labios. Sólo un bandido de los que conocemos es capaz de vestir
una chaqueta a cuadros. Y ese bandido se llamaba Dandy O´Donnell. Lo de Dandy
se lo pusieron por lo presumido que era.
—¿Que era? —preguntó Duke.
—Sí; ya no es. En cuanto he recordado su nombre he dado
orden a mis agentes de que lo buscaran y me lo trajeran vivo. No ha podido ser.
—¿Han tenido que matarlo? —preguntó Betty.
—No, no ha sido necesario. Lo han encontrado en seguida;
pero ya estaba muerto. Le habían asesinado esta madrugada, después de someterlo
a un tormento tan terrible que... En fin, os aseguro que no era un espectáculo
bonito.
—¿Y está usted seguro de que Dandy fue el autor del robo
del maletín? —preguntó Duke.
—Segurísimo. En el ropero de su cuarto encontramos la
chaqueta que llevaba ayer.
—¿Y cree usted que le dieron tormento? —siguió preguntando
Duke.
—Soy lo bastante veterano en el Cuerpo para diferenciar un
suicidio, un simple asesinato, y un asesinato complicado con tormento. Dandy
estaba amordazado con una ancha cinta de esparadrapo. Se ve que le amordazaron
dos veces, pues encontramos otro esparadrapo manchado de sangre que debió de
ser el primero que se utilizó.
—Eso significaría que son dos las bandas que buscan la
fórmula —sugirió Duke—. De lo contrario no se explica...
Straley interrumpióse, volviendo la cabeza. Esperaba
encontrar a alguien detrás de él, pues había tenido esa sensación
característica de cuando alguien nos mira a la espalda. Extrañado al no ver a
nadie, siguió:
—Si no hay otra banda no se explica ese martirio a que
sometieron a Dandy. Por cierto, Max, que hace un momento han intentado, otra
vez, eliminarnos. El mismo auto que se utilizó para el asesinato de Douras nos
ha alcanzado. Desde él se nos ha disparado todo un tambor de municiones de
ametralladora. Menos mal que mi coche es blindado.
—Me alegro de que eso no les haya ocurrido en la ciudad
—aseguró Max Mehl—. Por si eran pocos los asesinatos de ayer, que hoy llenan
las páginas de los periódicos con cabeceras como ésta —y el jefe de Policía
mostró un periódico de la mañana, en el cual, con grandes titulares, se leía:
"Ola de sangre sobre la ciudad"—. Hemos empezado el día con la muerte
de Dandy O´Donnell. Sólo habría faltado que os eliminaran a vosotros.
Nuevamente Duke volvió la cabeza.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Mehl—. ¿Estás nervioso?
—No; pero hace rato que tengo la impresión de que alguien
me observa.
—Debe de ser la casa —replicó el jefe de Policía—. Tiene
muy mala fama. Se dice que la banda de Morella fue eliminada en alguno de estos
bosquecillos.
—¿Ya tenía Douras este edificio en tiempos de la
Prohibición? —preguntó Duke.
—Sí —replicó Max Mehl—. La utilizó como almacén. Está
cerca del mar, y aunque la Policía Federal vigilaba bastante, él lograba pasar
el contrabando y almacenarlo aquí. Douras fue uno de los pocos que no se
dedicaron exclusivamente a destilar licores con alcohol de madera o de patata.
Trajo siempre cargamentos de Francia, España e Inglaterra. Esta casa la utilizó
como depósito de las bebidas caras. La gente rica venía a beber buen champán o
buen jerez o whisky legítimo.
—¿Y dicen que a los hombres de Morella los mataron en
estos alrededores? —preguntó Bob, que en su adolescencia había seguido con
apasionado interés las luchas entre gangsters rivales.
—Dicen que sí —explicó Max Mehl—. Se les vio venir hacia
aquí se cree que a asaltar el depósito de alcohol de Douras. Morella era uno de
aquellos gangsters que se dedicaban al pirateo, o sea, a robar el contrabando
de los otros. Douras fue más listo que él, y detuvo a toda su gente. Eso se
sabe casi seguro. Lo que no se ha podido comprobar es lo que hizo luego.
—Sea lo que sea, esta casa resulta muy desagradable
—declaró Betty—. Parece como si la noche se hubiera metido dentro.
—Es antigua —replicó Max—. Fue construida hace unos
sesenta años. Entonces se le tenía horror a la luz y se procuraba que hubiese
la menor cantidad posible de ventanas. Y, además, esas ventanas se tapaban con
cortinas.
—Podríamos echar una mirada al edificio —sugirió Bob—. A
mí también me pone nervioso esta habitación. Parece que rondan por ella los
fantasmas de todos sus antiguos habitantes.
—Es el ambiente. Hace tiempo que está cerrada y el aire
envejece.
—Eso es, Max —reconoció Duke—. Se tiene la impresión de
estar en una bodega cerrada durante mucho tiempo. Además la humedad de hoy no
ayuda a aliviar esa sensación.
—Podemos subir al despacho de Manoli Douras —indicó Max—.
Lógicamente, si la fórmula está aquí, tendrá que encontrarse en el despacho del
dueño de la casa.
—¿Hay vigilancia? —preguntó Bob.
—Lo hemos registrado todo —replicó Max—. Desde la
buhardilla hasta la bodega. No hemos encontrado a nadie. Tengo todas las
entradas vigiladas y en la cocina hay seis o siete policías dispuestos a acudir
donde sea necesario. Van bien armados.
Salieran del oscuro salón y encontráronse, de nuevo, en el
lóbrego vestíbulo. Una serie de mochuelos, águilas, buitres y cabezas de ciervo
disecados, parecían dispuestos a lanzarse, amenazadores, sobre los intrusos de
su polvorienta paz.
—Te aseguro, Bob, que siento unos deseos locos de escapar
de aquí —declaró Betty.
—No tengas miedo —dijo Dennison.
Por primera vez en su vida, quizá por el temor que
demostraba la muchacha, sentíase valiente hasta la temeridad.
Subieron por una escalera de roble ennegrecido por los
años. Apenas habían llegado al cuarto escalón percibieron, claramente, el
rápido tecleteo de una máquina de escribir.
De momento ninguno de los cuatro dio importancia al ruido.
Les resultaba tan familiar como el tic-tac de un reloj.
Mas, a medida que iban subiendo, el tecleteo se oía más patente y claro. Cuando
faltaban unos seis escalones para llegar al primer piso, Max Mehl se detuvo y
escuchó.
—Parece que llega del despacho —comentó, señalando una
puerta que quedaba frente a la escalera.
—¿Quién será? —preguntó Duke.
—Tal vez alguno de los agentes —refunfuñó Max Mehl—. Estos
de aquí no saben lo que es disciplina. Ordené que nadie tocase nada...
El tecleteo seguía.
El jefe superior de Policía continuó subiendo. Al llegar
ante el despacho oyeron todos como se interrumpía el teclear. Durante un
segundo, Max Mehl permaneció inmóvil; luego abrió bruscamente la puerta.
La amplia estancia, amueblada también al gusto de la época
en que se construyó la casa, aparecía completamente vacía. Max y sus compañeros
se detuvieron, indecisos, en el umbral; luego avanzaron a uno, buscando con los
ojos al ocupante del cuarto.
No se le veía por ningún rincón. Sólo al cabo de unos
minutos, Betty descubrió una máquina portátil, oculta bajo un montón de libros
de contabilidad.
—Tal vez escribían con esto —indicó, señalando la máquina.
Max acudió junto a ella.
—No creo —dijo—. Esos volúmenes ya estaban ahí cuando
registramos la casa. Están llenos de polvo y no presentan huellas de haber sido
tocados.
—No cuesta nada probar —indicó Straley.
Él mismo retiró los libros, dejando al descubierto la
máquina, encerrada dentro de su estuche.
—Fíjese, Max —señaló.
La tapa del estuche aparecía blanca de polvo. Por ningún
lugar se veía la menor señal de que hubiera sido abierta. Con el mayor cuidado,
Max hizo girar la llave que se encontraba en la cerradura del estuche y levantó
la tapa. Una exclamación de asombro brotó de todos los labios. En el rodillo de
la máquina se veía una hoja de papel escrita en sus dos terceras partes. Max la
sacó del rodillo, y a la luz de la linterna que había encendido Duke, leyó, en
voz alta:
"Sois completamente tontos. Vuestra vigilancia no
conduce a nada. Además es tan inútil que no puede serlo más. Tenemos ya la
fórmula. Dandy O'Donnell tuvo la bondad de decirnos dónde estaba. La hemos
recogido de dentro de la caja de caudales, en la cual encontraréis algo que os
convencerá de nuestra destreza. Para eso os damos las cifras de la combinación.
Son 1-9-l-8-3-3. Como tal vez no sepáis encontrar la caja, os diremos que está
oculta tras del estante de libros que se encuentra al otro lado de la mesa
escritorio. Manoli Douras, con una ingenuidad infantil, creyó que nunca
encontraríamos la caja ni sabríamos abrirla. Hemos hecho las dos cosas y,
además, nos hemos llevado la fórmula, que no es, ni mucho menos, lo que
vosotros os imagináis. Ahora, pues, adiós y que os divirtáis en este hermoso
edificio donde rondan los duendes de varias generaciones de aristócratas. Hemos
hecho amistad con un fantasma que nos ha ayudado mucho. Odia a la Policía y él
es quien se ha encargado de escribir esta nota por orden de la Banda de las
Mamo Negra".
Al terminar la lectura, Max Mehl lanzó un bufido.
—¡Cuando pesque a esos bromistas! —gruñó—. ¡Venirme a mí
con cuentos de miedo!
—Antes me los contaron a mí —sonrió Duke.
—¿Crees que es el mismo de la llamada telefónica?
—preguntó Mehl.
—Sin duda alguna. Lo de la Banda de la Mano Negra es
propio de él.
—Supones que habrán encontrado la fórmula? —preguntó Bob.
—No —contestó Duke—. Si la tuvieran no dirían nada. Al
contrario, procurarían demostrarnos que no la tienen a fin de que, durante unos
cuantos días, perdiésemos el tiempo buscándola. Mientras tanto, ellos harían su
negocio. No la han encontrado y quieren seguir buscando sin que les molestemos.
—Pero, ¿cómo ha podido escribirse...? —empezó Betty.
—Eso ya se sabrá —replicó Duke—. De momento sigamos su
juego. Quieren que abramos la caja de caudales y no se pierde nada dándoles
gusto.
Los cuatro se acercaron al estante indicado. Parecía
formar parte de la librería, pero un cuidadoso examen permitió descubrir una
ranura que señalaba el punto de unión.
—Es un truco muy viejo —declaró Bob—. He visto a cientos
de estas estanterías movibles. Casi todas se abren dando vuelta a una moldura.
Sin duda es ésta —y señaló una de ellas que representaba un ave de presa con
las alas abiertas.
Estaba tallada en el roble y parecía fija; pero, con sólo
tocarla, Duke percibió una leve vibración. Hizo girar el pájaro y toda la parte
central de la biblioteca se abrió, dejando al descubierto una enorme caja de
caudales de modelo algo anticuado. En el centro de la puerta de acero veíase un
gran disco de combinación.
Rápidamente, Duke marcó las seis cifras. Luego, mediante
el tirador de la puerta, abrió la caja.
Nuevamente una exclamación de asombro brotó de todas las
bocas, excepto de la de Duke, que, sonriendo, enfocó la lámpara al interior de
la caja de caudales, donde, cuidadosamente colocados, veíanse los gabanes de
Straley, Bob y Max Mehl, así como sus sombreros y el abrigo de Betty, junto con
su monedero. Colgando encima veíase una gran tarjeta en la cual se leía:
"Con los respetos de la Mano Negra. Es peligroso ir
por la casa sin abrigo y sombrero. Hay muchas corrientes de aire".
—¡Pero si estaban en el salón! —exclamó Betty—. Recuerdo
que al quitárnoslos los dejamos sobre una mesa.
—El mío estaba en el vestíbulo —gruñó Max.
—No podemos quejarnos de ellos —sonrió Duke—. Nos los han
traído aquí.
—Pero ¿cómo? —preguntó la muchacha.
—De una manera muy sencilla —dijo Straley.
—No lo veo ya tan sencillo —refunfuñó el jefe de Policía—.
Y no me gusta nada lo que sucede aquí. Ésta parece una casa de película de
miedo.
—Tal vez exista, realmente, un fantasma —dijo Bob—. Ha
escrito a máquina sin abrir el estuche, ha traído nuestros abrigos sin pasar
por la puerta... Me recuerda algunas de las cosas maravillosas que nos hicieron
ver los monjes tibetanos.
—¡Bah! —gruñó Max Mehl—. Esto no es el Tibet, ni toleraré
nunca que en donde yo esté se burle nadie de mí.
—No es una burla —indicó Duke—. Se trata de algo más
lógico. Quieren alterar nuestros nervios, hacernos marchar. Deben de tener la
seguridad de que la fórmula se encuentra en algún sitio de esta casa y les
corre prisa dar con ella antes de que la banda que mató a Dandy O'Donnell se
presente en estos lugares y les libre batalla.
—Pero... si dicen que fueron ellos quienes mataron a Dandy
—recordó Max.
—Lo dicen; pero no es verdad —replicó Duke.
—¡Vamos! —exclamó el jefe de Policía—. Tanto si han sido
ellos como si no, lo han escrito y... ¿Dónde está el papel?
—Si se refiere a la nota que nos escribió el simpático
fantasma, la dejó usted sobre la máquina de escribir —dijo Betty.
Max Mehl dirigióse hacia la máquina, que quedaba en una
especie de hueco o capilla hundido en la pared. Una nueva imprecación soltada
por el furioso jefe llegó hasta sus compañeros:
—¡Fijaos en esto! —rugió Max.
La máquina volvía a estar cerrada y sobre el estuche se
amontonaban los mismos libros que en el momento de entrar los cuatro en el
despacho.
—Veamos si ahora el fantasma ha escrito algo más —propuso
Duke.
Se retiraron los libros y se destapó la máquina. En el
rodillo veíase una hoja de papel; pero en blanco. Por más que buscaron les fue
imposible encontrar la hoja escrita que leyeron unos minutos antes.
—¡Es insultante! —declaraba Max, pegando puntapiés a todos
los objetos que se interponían a su paso—. ¡Voy a hacer registrar y...!
—Es inútil —interrumpió Duke—. No conseguiría nada.
—Pero... ¿he de tolerar esta estúpida burla?
—Si se pone usted nervioso les hará el juego —sonrió
Straley.
—¿Cómo pueden haber hecho esto delante de nuestros ojos?
—preguntó Betty, que no se apartaba de Bob.
—No lo han hecho delante de nuestros ojos, sino a nuestras
espaldas —recordó Duke—. Estábamos mirando la caja de caudales y entretanto se
llevaron el papel y pusieron en su lugar ese otro.
—Pero, ¿cómo?
—Ese es el misterio —sonrió Duke—. Si lo descubrimos,
tendremos en nuestras manos a la banda que opera de forma tan humorística.
—Los pescaré a todos sin necesidad de descubrir ese
misterio —aseguró Max—. Voy a hacer aumentar la guardia alrededor de la casa y
pondré un centinela en cada cuarto.
—No es mala idea —admitió Duke—; pero si han podido hacer
lo que han hecho habiendo cuatro personas en esta habitación, más podrán hacer
si sólo hay una. Además, si sus hombres se enteran de lo que ha pasado, estarán
tan nerviosos que no darán pie con bola y al menor ruido saldrán huyendo. Por
lo tanto creo mejor no decir nada, aumentar la vigilancia y reunir a los
policías en grupos repartidos por la planta baja y en las entradas de los
corredores de los pisos y el desván.
—¿Crees que con eso conseguiremos algo?
—No, Max, no creo que se consiga gran cosa; pero
evitaremos posibles accidentes.
—¿Eh? —el jefe de Policía había palidecido.
—Sí —continuó Duke—. Esa gente necesita encontrar la
fórmula, y si para ello se ve obligada a deshacerse de algún guardia, no
vacilará. Si los policías no les estorban, seguirán buscando hasta dar con el
documento. Colocar a sus hombres repartidos por todas las habitaciones sería
exponernos a un riesgo que no deben correr. A no ser que usted desee ver
aumentar la racha de muertes.
Max Mehl se pasó una mano por la frente.
—No, no quiero más sangre —suspiró—. Salgamos de aquí.
Empiezo ya a estar nervioso.
Dirigiendo inquietas miradas hacia atrás, Betty abandonó
la primera el despacho. Bob, Duke y Max salieron detrás de ella.
CAPÍTULO IX
LA NOCHE
En el amplio comedor, los cuatro comensales sentíanse como
sumidos en una niebla más densa que la reinante fuera de la casa. En la
chimenea ardían unos gruesos trancos de encina. Debido a las condiciones
atmosféricas, la chimenea tiraba mal y el humo invadía la estancia.
Ocupando sólo un extremo de la enorme mesa, y en torno a
un candelabro de numerosos brazos, se agrupaban Betty, Max, Bob y Duke. Aquella
islita de luz era lo único acogedor en la hosca habitación. Sobre el mantel
había unas latas de sopa en conserva y otras de salmón, y corned beef. También
se veía un hornillo de alcohol en el cual se estaba calentando el agua para el
café.
—Menos mal que ya hemos terminado con el segundo registro
—dijo el jefe de Policía—. Lo hemos hecho a fondo.
—Yo tengo polvo hasta en las uñas de los pies —quejóse
Betty.
—Pues yo opino, Max, que todavía nos queda algo por ver.
¿Sospechas que existe alguna habitación secreta? —preguntó el jefe. .
—Estoy seguro de que la casa está llena de secretos
—aseguró Duke—. Sin pasadizos, trampas y cosas por el estilo no se hubiera
podido jugar con nosotros como lo hicieron al principio de la tarde.
—Ya lo sé —dijo Max, que estaba echando el café en el
agua—. Pero he tenido a mis hombres golpeando las paredes y no se ha notado el
menor sonido a hueco... Si hubiera pasadizos...
—Los hay, Max, no le quepa duda. No creerá usted en
fantasmas. El salón y el despacho de Douras deben comunicar entre sí por medio
de algún pasaje que desembocará, precisamente, junto a la máquina de escribir.
Yo tuve la impresión de que alguien me observaba. Debía de ser verdad. En
cuanto salimos de la sala, el espía entró, apoderóse de nuestros abrigos y los
subió arriba, escondiéndolos en la caja de caudales mientras su jefe escribía a
máquina. Luego, antes de que llegásemos al despacho, cerraron la máquina,
colocaron sobre ella los libros, los rociaron con polvo recogido de algún sitio
del edificio, y cerraron la entrada secreta en el momento en que nosotros
entrábamos. Después, al estar de espaldas, volvieron a abrir la puerta, se
llevaron la carta y completaron la jugada tapando la máquina y dejando de nuevo
sobre ella los tomos.
—Ya lo has dicho antes —replicó Max—. Y te repito lo de
entonces; si hubieran hecho todo eso los habríamos oído.
—Estábamos demasiado sorprendidos con el hallazgo de las
ropas dentro de la caja. Aquel fue el momento que aprovecharon para su truco
teatral.
—Una cosa me extrañó en ti, Duke —intervino Bob, que había
estado ayudando a la preparación del café—. ¿No temiste que la caja encerrase
alguna trampa para deshacerse de nosotros?
—No —replicó Duke—. Aunque tenemos que habérnoslas con
asesinos, no les conviene que en esta casa se cometan demasiados crímenes. Se
llenaría de Policía y acabarían descubriéndolos a todos.
—¿Sigues opinando que desean asustarnos y hacernos huir de
aquí? —preguntó Betty.
—Sí. Sólo en último caso recurrirían a suprimirnos del
mundo de los vivos.
—Lo que más me molesta es la lucha en la oscuridad.
Prefiero ver a mis enemigos frente a frente.
—¿Qué le ha parecido la bodega? —preguntó,
inesperadamente, Duke.
—Pues... ¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho. ¿Qué le parece la bodega?
—Pues una bodega. Igual que cualquier otra.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Duke Straley.
—Eso es. Ha dado usted en la llaga. La bodega de esta casa
es igual que cualquier otra bodega, y eso no es lógico.
—¿Por qué? —inquirió Betty.
—Porque Manoli Douras era algo más que un hombre
cualquiera. Era un contrabandista que almacenaba cantidades enormes de licor. Y
en la bodega de este edificio se puede almacenar bastante; pero no lo que debía
guardar Douras.
—Entonces... Claro; tiene que haber otra bodega —dijo Bob.
—Sí, tiene que existir otra bodega —replicó Duke—. Y no
será pequeña, sino todo lo contrario. Ha de ser un lugar capaz de contener
varios miles de cajas de botellas de champán, whisky o vino.
En aquel instante sonó una vigorosa llamada en la ventana
del comedor. Betty lanzó un grito de espanto y Max llevó la mano a su pistola.
Bob contuvo un estremecimiento. Duke fue el primero en reaccionar. Cuando sonó
la segunda llamada contra el cristal, dirigióse a la ventana y descorriendo la
cortina miró al exterior. Un momento después abría la ventana y ayudaba a
entrar por ella a un hombre que venía chorreando de agua.
—Hola Duke —saludó el recién llegado, quitándose el
empapado abrigo—. Me alegro de que tengáis fuego. Estoy muerto de frío.
Mientras hablaba, el visitante, que era un hombre alto,
fuerte, de cabello y rostro juvenil, avanzó hacia la mesa. Cuando la luz de las
velas del candelabro dio en su rostro, Betty lanzó un grito menos penetrante
que el anterior.
—Hola, pequeña —replicó el recién llegado—. Estás muy
linda. Perdona si te he asustado.
—Pero... ¿qué hace usted por aquí? —preguntó la joven.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Max.
—El señor Miller, propietario de la Rubber Miller —explicó
Duke, que regresaba de cerrar la ventana—. Si me pregunta que hace aquí, le
contestaré que lo ignoro.
—He venido a hablar contigo, Duke —replicó Miller, al
mismo tiempo que dirigía un saludo a Bob.
—¿Por qué no ha entrado por la puerta? —inquirió,
receloso, Max.
—Porque nadie ha contestado a mis llamadas —replicó
Miller—. He empleado todos los medios de hacerme oír y ha sido lo mismo que si
llamase a la puerta de un mausoleo... Por cierto que creo recordarle a usted...
—Es el señor Max Mehl, Jefe Superior de Policía de Nueva
York —presentó Duke.
—Encantado... Al ver que ni llamando con el llamador, ni
con los nudillos ni con los pies, me abrían la puerta, empecé a dar vueltas por
la casa buscando alguna ventana iluminada. Pasé dos veces delante de ésta sin
ver la luz. Ya desesperaba de poder entrar cuándo me pareció notar una leve
claridad. Llamé y tuve más suerte que con la puerta. Claro que entretanto he
permanecido casi media hora bajo la lluvia, y sin mentir, estoy calado hasta
los huesos.
Max se había puesto en pie. En su rostro se pintaba la
alarma.
—¿Dice que ha llamado y no le han contestado? —preguntó.
—Eso es, señor Mehl. Llamé con toda mi alma y nadie
contestó. Ni ustedes.
—Esta habitación queda muy apartada de la entrada
principal —explicó Duke—. Además, entre el viento y el azotar de la lluvia...
—¡Pero junto a la puerta tenía que haber dos hombres de
guardia! —exclamó Max—. No creo que sean sordos...
Sin terminar su frase empuñó una larga linterna eléctrica
y, precedido por el luminoso haz, abandonó la estancia. Duke le siguió.
Transcurrieron varios minutos. Al fin, cuando Betty y Bob
se disponían a salir a averiguar qué podía retener tanto tiempo a Duke y Max,
éstos regresaron.
El rostro del jefe de Policía indicaba claramente que
ocurría algo grave. También Duke parecía presa de violenta agitación.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Betty, corriendo hacia su
hermano.
—Narcotizados —casi rugió Max.
—¿Cómo? —preguntó Bob—. ¿A quién han narcotizado?
—A todos los hombres que vigilaban la casa —replicó Duke—.
Alguien echó veronal u otro soporífero en el té, y ni uno puede tenerse
derecho. Están dormidos por toda la casa. Me temo que a los que estaban de
guardia fuera les habrá ocurrido lo mismo. ¿Le dio el alto algún policía, señor
Miller?
Éste movió negativamente la cabeza.
—No, ninguno. Vine con los faros encendidos y llegué hasta
aquí sin que nadie me detuviera.
—¿Y cómo se enteró de que el señor Straley estaba en este
edificio? —preguntó Max, dirigiéndose a Miller.
—Por Dubler —replicó el industrial—. Llamé a la oficina y
Dubler me dijo que estaban todos aquí. Vine porque se trata de un asunto
urgente.
—Ya lo supongo —gruñó Max—. No se ofenda si hablo así;
pero no resulta agradable que le narcoticen a uno a veintitantos policías en
unos momentos en que hacen falta todos.
—Y además han cortado el teléfono —añadió Straley—.
Estamos completamente incomunicados.
Miller, que observaba lleno de asombro cuanto ocurría,
intervino:
—Si quieren que vaya en mi coche a buscar socorro, puedo
hacerlo.
—Es inútil. No le dejarían pasar —dijo Duke—. Ya se les
habrá ocurrido arreglar las cosas de forma que no podamos recurrir a la ayuda
exterior. Ha sido una suerte que nos hayamos preparado nosotros la cena. Si
llegamos a comer lo mismo que los otros, a estas horas la casa estaría a la
completa disposición de los bandidos.
—¿Qué bandidos? —preguntó Miller.
Duke se volvió hacia él.
—Oiga, Miller —dijo—. Mi padre siempre habló de usted como
de un hombre honrado. Lucharon utilizando todas las armas legales, pero sin
recurrir nunca a violencias. Usted tiene en mis fábricas espías que le informan
de nuestros trabajos y mejoras en la producción. Dubler se ha encargado,
también, de colocar una serie de buenos agentes en su casa. Asimismo ha
procurado que usted pague el caucho más caro que nosotros y le ha fastidiado
todo lo posible. Usted, por su parte, ha hecho poco más o menos lo mismo; pero
nunca ha recurrido a otras medidas que, incluso en el comercio, que tiene la
manga muy ancha, se hubieran considerado vergonzosos. ¿Es verdad?
—He jugado todo lo limpio que me ha sido posible —replicó
Miller.
—Lo creo. Hace tiempo me propuso usted unir nuestras
empresas en una sola. Yo habría aceptado, pero Dubler no quiso. Creo que tenía
razón, sobre todo mirando el asunto desde un punto de vista práctico. No era
ningún buen negocio para mí unir nuestras casas. Sin embargo yo lo hubiera
hecho. Anoche fui a verle y le propuse aceptar su oferta. ¿Por qué vaciló
usted? La unión es ahora más ventajosa que antes. Usted se encuentra en peor
situación. La de mis fábricas va viento en popa.
Miller, que estaba sentado en una butaca de roble, con los
pies tendidos hacia la lumbre, contestó:
—Tienes razón, Duke. Por eso he venido a verte.
—¿Por qué? —preguntó Straley.
—Porque quiero aceptar tú oferta antes de que las ventajas
estén todas de mi parte.
—¿Cómo? —preguntó Max.
—Escucha, muchacho —siguió Miller—. No interpretes mal mis
palabras. Me dolería mucho que confundieras mis intenciones. Sólo gracias a mi
capacidad y destreza he podido sostener la lucha contra vosotros. Un hombre
menos hábil que yo hubiera sido derrotado. Sois más fuertes en todo. Sin
embargo, la Rubber Miller sigue sosteniéndose y sus productos, a pesar de
tenerse que vender más caros que los vuestros, tienen muchos compradores. Si yo
tuviera vuestro dinero y vuestras reservas de materias primas, sería el amo del
mercado mundial. Pero no es así. Yo vendo las cubiertas y neumáticos que usa la
aristocracia, o sea los de unos cien mil autos en América y unos diez o veinte
mil en el resto del mundo. Vosotros vendéis los que usa la gran masa de
automovilistas. Nadie puede arrebataros ese mercado, porque tenéis la facilidad
de poder vender más barato que yo.
"Ayer se me ofreció algo que podría alterar por
completo la situación. Un hombre me visitó para ofrecerme un nuevo caucho
sintético que, sin exageración de ninguna clase, es diez o veinte veces mejor
que el natural. Esto lo dice un técnico en la materia. Imagínate un caucho al
que se agreguen todas las cualidades del caucho natural y, al mismo tiempo,
todas, absolutamente todas, las de los cauchos sintéticos. Más resistencia,
menos desgaste, mayor facilidad de elaboración. No es atacado por el petróleo,
ni por la bencina, ni por el calor, ni por los ácidos. Su resistencia es tan
grande, que la cubierta puede hacerse sin tejido. Eso reduce el precio de
coste, tanto por el ahorro de algodón como por el ahorro de tiempo. Y por si
todas esas ventajas fueran pocas, la fabricación de ese caucho resultaría más
barato que la del caucho natural.
—¿Quién le ha ofrecido ese producto? —inquirió Duke.
—Un momento —interrumpió Miller—. Me la ofreció un hombre
que se presentó ante mí bajo el nombre de O'Donnell. Este mediodía los
periódicos han comunicado su muerte.
—¿Y la fórmula?
—No la tengo. O'Donnell me presentó unas muestras de los
distintos tipos de caucho que se pueden conseguir. Mis químicos las han
sometido a toda clase de pruebas, incluso a las más destructoras. La fórmula me
fue ofrecida por veinticinco millones. Yo acepté y O'Donnell me dijo que dentro
de unos días podrían entregarme la fórmula. Después de tu visita de ayer noche,
comprendí que también tú andabas detrás de ella y que, por lo tanto, O'Donnell
no la tenía aún en su poder. Hice algunas investigaciones, y hoy, casi al mismo
tiempo en que me enteraba del asesinato de O'Donnell, he recibido una visita.
Un compañero del muerto. Estaba enterado de todo y me ha prometido entregarme
la fórmula antes de dos días si yo mantenía en pie mi oferta. He aceptado su
ofrecimiento. Luego, cuando después de llamar a Dubler, me disponía a venir
aquí, he recibido otra visita. También un hombre que estaba al corriente del
asunto y que ha prometido entregarme la fórmula antes de dos días si yo
prometía pagar al contado los veinticinco millones.
Miller calló un momento y luego siguió:
—Es indudable que dos bandas andan detrás de la fórmula.
En cuanto una de dichas bandas se apodere de ella, correrá a ofrecérmela. Si la
compro, te arruino. Pero esa fórmula es legalmente tuya, ¿eh?
—Legalmente tal vez no lo sea —replicó Duke—. Alfred
Douras, el hijo del hombre que pagó los experimentos que han permitido la
realización del invento, me la legó; pero él ignoraba dónde estaba. También
ignoraba para qué podía servir. Por lo tanto, yo sólo puedo presentar un
documento en que me lega una fórmula imprecisa. Sin embargo, he llegado a la
convicción moral de que la fórmula Hanzer es la misma que le fue ofrecida a
usted. Y esa fórmula será mía en el momento que yo entregue a la Policía a los asesinos
de Manoli Douras.
—Bien —asintió Miller—. Tienes razón. Creo que yo podría
escudarme, legalmente, en el hecho de que se ignora por completo cuál es la
fórmula Hanzer. Si yo adquiero una fórmula para la fabricación de caucho
sintético, es muy difícil que nadie pueda probar que sea la que te legó Alfred
Douras.
—Legalmente usted sería el dueño de ella —admitió Duke.
—Eso es. Tú sólo puedes reclamar la fórmula inventada por
Hanzer, sea cual sea y sirva para lo que sirva. Pues bien, Hanzer, patentó hace
unos días una nueva fórmula para la vulcanización del caucho. Esa fórmula es
tuya. Puedes reclamarla cuando quieras. No tienes derecho a más.
—Moralmente sí —dijo Bob.
—Desde luego —admitió Miller—. Moralmente sí. Moralmente
yo no puedo atenerme mi derecho legal de adquirir una fórmula que, moralmente,
sé que pertenece a Duke Straley. Es, pues, una cuestión en que la moral se
impone a los derechos legales. Vistas así las cosas, creo que, en bien de
todos, debemos unirnos y comprar o encontrar esa fórmula antes de que vaya a
parar a otras manos.
Duke Straley dirigió una profunda mirada a Miller. ¿Qué
pensamientos se ocultaban detrás de aquellos ojos fríos? ¿Quería salvarse
Miller de la ruina que le amenazaba? ¿Era él el autor del robo de la fórmula y
deseaba obtener doce millones y además una participación en la gran empresa que
se iba a fundar? ¿Obraba honradamente o era el cerebro organizador de toda la
trama?
Duke deseó alejar estas sospechas, pero se aferraban de
tal forma a su cerebro que no pudo vencerlas. La llegada de Miller no podía
resultar menos explicable. Sin embargo, ¿no eran, a veces, las cosas
inexplicables las más lógicas? Miller tenía fama de honrado. Si esa fama era
cierta, su comportamiento resultaba lógico. Pero también era cierto que su
empresa necesitaba urgentemente un suministro de caucho, mantenido y sin
alteraciones de precio, que le permitiese competir con sus rivales, invadiendo
el mercado de los precios bajos. Tal vez en un principio pensó obrar solo; pero
luego, temiendo que le fueran cargados los asesinatos, pudo decidir, como más
seguro, aceptar la oferta de unión de las dos fábricas...
En aquel instante, en un extremo de la casa sonaron una
rápida serie de disparos. Eran de arma corta y el eco de sus estampidos hacía
retemblar el edificio.
Duke y Max fueron las primeros en correr hacia la puerta.
Ambos empuñaban sus pistolas automáticas. Miller se había puesto en pie y
permanecía indeciso, en tanto que Betty se abrazaba a Bob, buscando protección
junto a él.
Max llegó el primero a la puerta y al intentar abrirla se
encontró con que no podía hacerlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Duke.
—¡Nos han encerrado aquí! —exclamó Max, sacudiendo la
puerta.
Ésta resistió fácilmente todos los embates sin dar la
menor señal de debilidad. Uniendo sus esfuerzos, Duke y el jefe de Policía
cargaron contra ella. La puerta resistió como si fuese de acero.
Entretanto seguía el tiroteo, al cual se unían terribles
gritos.
—¡Pronto! —gritó Duke—. Disparemos contra la cerradura.
Fueron necesarios seis disparos para conseguir que la
cerradura saltase, dejando, al fin, franco el paso. Cuando el policía y su
amigo salieron del comedor, las detonaciones habían cesado. Al llegar al
pasillo que comunicaba la cocina con la entrada de la bodega, notaron el aire
cargado del acre olor a pólvora sin humo. El suelo estaba sembrado de
casquillos vacíos, y las paredes desconchadas a causa del impacto de los
proyectiles.
Lo único que no se veía era el menor rastro de ser
viviente.
—Ha habido una buena batalla —comentó Duke.
—A juzgar por los disparos esto debiera estar lleno de
cadáveres —refunfuñó Max.
—Tal vez sean cadáveres invisibles —sugirió Duke.
—¿De fantasmas que se pelearon con pistolas de verdad?
—Puede que en el otro mundo no existan pistolas etéreas.
—Déjate de tonterías, Duke. Aquí se han estado tiroteando
seres de carne y hueso. ¿Dónde están? ¿Se hará esfumado?
—Observe los puntos desde donde se foguearon —indicó
Duke—. Unos desde la cocina y otros desde la puerta que conduce a los sótanos.
—¿Y qué?
—Muy sencillo, que unos se replegaron por la cocina y
otros por la bodega.
Sin esperar más, el jefe dirigióse a la cocina. El haz
luminoso de su linterna reveló la presencia de los dormidos policías así como,
desparramados por el suelo, una gran profusión de casquillos de pistola
automática y revólver. En el aire flotaba el olor de la pólvora y el polvo
arrancado a las paredes por el choque de los proyectiles.
—Nadie —comentó Max.
Fue hacia la puerta que daba al exterior. Estaba cerrada
por dentro. Nadie podía haber salido por ella. Las ventanas estaban también
cerradas por el interior.
—Bien, han volado —comentó Duke.
—Probemos el sótano —propuso Mehl.
Resbalando a causa de los casquillos, los dos hombres
alcanzaron la puerta que conducía a la bodega. Bajaron precipitadamente por la
estrecha escalera y un momento después llegaban al sótano. Estaba tan vacío
como el resto de las habitaciones.
Ya se disponían a regresar arriba cuando, de pronto, Max
tropezó con un objeto metálico. Duke inclinóse en seguida a recogerlo y a la
luz de su linterna pudo ver que se trataba de una pistola automática.
—Una Remington —dijo—. Arma de lujo. Y en perfecto estado.
Olió el cañón y siguió:
—Disparada hace menos de cinco minutos. Aún está caliente
y huele a pólvora recién quemada.
Retiró el cargador. Estaba completo. Abrió parcialmente la
recámara. Una bala quedaba dentro.
—Muy significativo —comentó.
Max cogió la pistola y la sometió a un cuidadoso examen.
—Los números están borrados —dijo—. Pero el arma ha sido
cuidada con mucho cariño.
Duke volvió a coger la pistola y la guardó en un bolsillo,
empuñando nuevamente la suya.
—Es indudable que hace un momento alguien ha estado aquí;
pero ¿dónde? —preguntó Max.
Sin contestar, Duke habíase acercado a una enorme
estantería que en algún tiempo debió de guardar botellas de vino. Ahora estaba
llena de telarañas. Con ayuda de la linterna, el joven estuvo examinando la
estantería. El círculo de luz fue ascendiendo hasta llegar al techo.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Straley.
—Fíjese, Max —indicó en voz baja.
La luz de la linterna recorrió el techo. Por todas partes
colgaban largas telarañas. Sólo un punto, precisamente el que estaba encima de
la estantería, veíase casi limpio de ellas.
Silenciosamente, y señalando todos los detalles con el
largo dedo de luz, Duke enfocó la linterna hacia la parte superior de la
estantería. Parecía como si todas las telarañas que faltaban en el techo se
hubieran acumulado allí.
—¿Comprende? —preguntó en voz baja Duke.
—Una puerta —susurró Max.
Straley asintió con la cabeza.
—Debían haber limpiado todo el techo. Al abrirse, la
estantería sólo ha quitado la suciedad de esa parte.
—¿Qué hacemos? —preguntó Max.
—Abrir —replicó Duke.
—¿Cómo?
—Sabiendo dónde está la puerta no nos costará mucho... ¡Un
momento! ¿Dónde ha encontrado usted la pistola?
—Creo que fue allí —y Max señaló el sitio donde había
tropezado con el arma.
Duke lo examinó.
—Esto se encuentra, exactamente, a unos cuatro metros de
la estantería que se puede alcanzar en tres saltos. Pero aquí cerca no hay
nada. No se alcanza ninguna pared ni ninguna palanca. Sin embargo...
Obedeciendo a súbita inspiración, Duke enfocó hacia el
techo la linterna. A cosa de treinta centímetros de su cabeza vio una vieja
lámpara de gas de dos brazos y dos mecheros. Estaba parcialmente llena de
telarañas; pero los brazos aparecían limpios.
—Ya está, Max, ya tenemos la llave —dijo—. ¡Muy ingenioso!
Entregando la linterna a su amigo, y antes de que éste
pudiera preguntar nada, Duke alcanzó con las manos los brazos de la lámpara y
tiró de ella. Oyóse un chirrido y toda la estantería giró sobre unos invisibles
goznes, dejando al descubierto una amplia entrada subterránea.
—¡Magnífico! —exclamó Max.
Duke soltó la lámpara, que ascendió velozmente a la vez
que la puerta se cerraba. Repitió un par de veces la operación, calculando el
tiempo que transcurría antes de que la estantería volviese por entero a su
sitio. Por fin, dijo:
—La cosa está bastante clara. Uno de los hombres que han
intervenido en la lucha fue encargado de mantener abierta la puerta mientras
sus compañeros escapaban de aquí. Luego, cuando le llegó el turno, soltó la
lámpara y alcanzó la puerta. Con la prisa se le cayó la pistola; pero ya no
tuvo tiempo de volver atrás a recogerla. De lo contrario se le hubiese cerrado
la salida y debían de temer que sus contrarios les persiguiesen hasta aquí.
—Puede que tengas razón —admitió Max.
Duke seguía mirando a su alrededor.
—¿Qué buscas? —preguntó el policía.
—Eso —replicó Duke Straley, señalando un gran peso de
báscula que se veía en un estante.
—¿Para qué lo quieres?
—¿Para qué se imagina usted que se encuentra aquí?
—No se; quizá porque ya no sirve...
—Al contrario; está aquí porque sir ve para algo. Fíjese
en la lámpara. En su parte inferior tiene un gancho. Tal vez fuese destinado a
colgar de él algún adorno. Yo creo que su utilidad es muy otra. Mientras vuelvo
a abrir la puerta secreta, usted alcánceme el peso.
Duke volvió a colgarse de la lámpara y cuando la puerta
estuvo completamente abierta, Max colgó el peso del gancho. La lámpara quedó
baja.
—Lo destinaban a mantener abierta la entrada mientras
cargaban las cajas de licor —dijo Straley—. Bajemos a ver qué se descubre.
Los dos hombres llegaron a la oscura entrada del
subterráneo y empezaron a bajar. Max insistió en ir delante. Llevaba su
linterna encendida. Duke le seguía a un par de metros de distancia, llevando la
linterna apagada.
Sin tropiezo alguno llegaron a otra bodega cuyo techo
debía de estar a unos cuatro metros por debajo del piso de la bodega superior.
Era infinitamente más grande que la primera y estaba repleta de cajones que
parecían llenos.
—Champán —indicó Duke, señalando una caja que lucía las
marcas de una conocida cava francesa.
—Fíjate —señaló Max.
La luz de la linterna revelaba una serie de máquinas de
embotellar champán. A un lado veíanse una gran cantidad de cestos, llenos de
tapones. Duke cogió uno de ellos.
—Champán español —sonrió.
Y acercándose a otra de las cestas, donde se veía una gran
cantidad de corchos nuevos, cogió uno de ellos y leyó el nombre de un famoso
cosechero de champán de Reims. Un bonito y provechoso truco. Se compra champán
español, se destapa, se repone el ácido carbónico y el vino que haya podido
perderse, se vuelve a tapar con un corcho de marca francesa, se cambian las
etiquetas, y se vende a veinte dólares botella. Y el público tan contento.
—Es verdad —asintió Max—. Aquí están las etiquetas
francesas. Es, una estafa; pero menos odiosa que otras que se cometían entonces
y que aún se siguen cometiendo. Por lo menos Douras daba al público un champán
tan bueno como el francés. Otros, en cambio, daban vino endulzado y gaseado
artificialmente. El novecientos noventa y nueve por mil de los bebedores de
champán no saben distinguir el español del francés, no obstante.
—Por lo visto Douras conservaba gran parte de sus
existencias de vino —comentó Duke.
Habían ido avanzando por la bodega, pasando entre enormes
montones de cajas. El silencio reinante parecía hacerse cada vez más denso. De
súbito, Duke, se detuvo frente a una de aquellas pilas de cajas.
—¿Qué puede ser eso? —preguntó, señalando un punto en que
casi un centenar de cajas habían sido retiradas de la pila y colocadas a un
lado. Al fondo se veía el sucio muro de la bodega.
—¿Otra puerta? —preguntó Max.
—Si fuera eso indicaría que se ha deseado que la
encontrásemos.
Anticipándose a Mehl, Duke avanzó hasta la pared. Apenas
apoyó la mano en su superficie, sintió que el muro cedía hacia dentro. Empujó
con más fuerza y toda una sección de la pared abrióse, revelando una amplia
entrada.
Una bocanada de fétido aire dio en el rostro de los dos
hombres.
—Parece una tumba —gruñó Max, que estaba habituado a
aquellos olores.
A pesar de su reconocida serenidad, Duke no pudo evitar
una exclamación de horror ante el espectáculo que se ofreció a sus ojos,
revelado por las dos linternas.
Caídos en distintas posturas, contra la pared del fondo, y
bajo una apretada línea de impactos que recorría todo el muro, veíanse nueve
esqueletos.
—¡La banda de Morella! —exclamó Max—. Eran nueve. ¡Qué
idiotas fuimos no buscando los cadáveres en el único sitio donde lógicamente
podían estar! ¡Hace diez años que están aquí!
Duke Straley agarró, de pronto, el brazo de su compañero.
—¡Vamos! —dijo—. Me acaba usted de dar la solución. En
este caso ha habido más de un idiota, porque sólo hemos buscado donde
lógicamente debían buscar los idiotas. Hemos despreciado los lugares reservados
a la inteligencia. Ahora se dónde está la fórmula Hanzer. Tenía razón el viejo
Douras. La escondió donde ningún idiota la buscaría. ¡Creo que empiezo a ver
claro!
—Pues tienes mejor vista que yo —replicó Max.
Los dos amigos subieron de nuevo a la primera bodega y sin
retirar el peso regresaron al comedor, donde les esperaban, impacientes, los
otros.
—Explíqueles usted lo que hemos encontrado, Max —dijo
Duke—. Yo voy a buscar la fórmula.
Y antes de que Max pudiera decirle nada, cogió de un brazo
a Bob y lo arrastró tras él.
Unos minutos más tarde entraban en la biblioteca. Era una
estancia enorme, con las paredes cubiertas de estantes llenos de libros.
—La solución de todo el misterio no puede ser más sencilla
—dijo Duke cuando hubo cerrado la puerta.
—¿A qué te refieres?
—A lo que nos importa. A la fórmula. Ya se dónde
encontrarla. El mismo Manoli Douras se lo dijo claramente a su hijo:
"donde ningún idiota la buscará". Y este es el único sitio en que un
idiota no buscaría. Las bibliotecas son los lugares menos frecuentados por los
idiotas.
—Tal vez —asintió Bob—. Pero encontrar la fórmula entre
tantos miles de libros será como buscar una aguja en un pajar.
—No lo creo yo así. Una sola mirada basta para comprender
que Manoli era aficionado a la lectura ligera. Fíjate. Casi todos los estantes
aparecen llenos de novelas de entretenimiento. Sólo allí se ven algunos
volúmenes de obras antiguas. Ven.
Acercáronse a una de las estanterías y Duke eligió un
pesado volumen.
-El Paraíso Perdido —anunció—. No creo que lo haya leído
enteramente ninguno de nuestra generación. Es algo que ni los inteligentes
leen. Por lo tanto la fórmula pudiera estar aquí.
El libro fue hojeado, sin revelar ningún secreto.
—Pasemos a Jerusalén Conquistada —siguió Duke—. Tampoco es
lectura para idiotas.
Pero la famosa obra del Tasso tampoco reveló nada.
—Aquí tenemos una edición griega de la Ilíada de Homero.
Duke abrió el libro y apenas lo hubo hecho, de entre sus
páginas cayó al suelo un abultado sobre.
—¡Oh! —gritó Bob—. ¡La...!
—No se muevan —ordenó en aquel instante una voz.
Los dos amigos levantaron la cabeza y encontráronse ante
un viejo conocido.
—¿Usted por aquí, señor Blue Lifferkin, o Dientes Blancos?
—Yo mismo, Straley. Tenga la bondad de no moverse y de
dejar que su amigo me entregue ese sobre.
—Oiga, Dientes Blancos, le compro la fórmula —declaró
Duke—. Usted tendrá que repartir el botín con sus compañeros. Le tocará muy
poco. Yo le pagaré mucho más. Dígame dónde están sus compinches y cuidaré de
que no quede ninguno con vida. Así no...
—Pierde el tiempo, Straley —sonrió el hombre—. Entrégueme
el sobre. ¡Y no se entretenga más!
—Dáselo, Bob —indicó Duke.
Dennison recogió el sobre y lo tendió a Dientes Blancos,
que, sin dejar de encañonar con su pistola a los dos jóvenes, retrocedió hacia
la puerta secreta por donde había entrado. En cuanto la puerta se cerró tras
él, Bob y Duke salieron precipitadamente de la biblioteca. Duke seguía
conservando en una mano el tomo de la Ilíada. Al pasar junto a un enorme jarrón
de Sevres, escondió dentro el libro y siguió hacia el comedor.
—¡Pronto! —dijo a Max—. Bajemos al sótano. Usted, Miller,
quédese con mi hermana.
Betty quiso protestar; pero Duke la atajó con un ademán.
Cuando salieron del comedor, Duke preguntó a Max:
—¿Sabe si los policías que vigilaban el edificio tenían
alguna ametralladora?
—Creo que en los autos en que vinimos había dos.
—Pues vayamos antes al garaje. Antes de cinco minutos el
infierno se va a soltar sobre esta casa.
CAPÍTULO X
SOLUCIÓN INESPERADA
Armados con un fusil ametrallador, que empuñaba firmemente
Max Mehl, y con sus pistolas, los tres amigos corrieron hacia la bodega.
Descendieron al primer sótano y por la entrada del segundo, que aún permanecía
abierta, llegaran al amplio almacén de licores y vinos.
La oscuridad era absoluta, pero Duke insistió en que no se
encendiera ninguna lámpara.
Avanzando junto a los cajones, llegaron, al cabo de casi
media hora, al punto en que se abría la habitación que había servido de tumba a
la banda de Morella. Un leve resplandor parecía salir de la fúnebre estancia.
—Cuidado —advirtió Duke—. Vayamos prevenidos.
Con las máximas precauciones siguieron avanzando. Straley
descubrió de pronto una sombra que se recortaba contra la claridad que brotaba
del aposento secreto. Con todo sigilo, guardó su pistola y flexionando los
dedos, para darles la mayor elasticidad, saltó contra la sombra del centinela.
No se oyó ni un quejido. Un seco golpe al cuello dejó al
hombre completamente anestesiado. Duke le depositó en el suelo. Luego,
acompañado de sus dos amigos, avanzó hasta la entrada de la cámara.
El espectáculo ganaba, por sorprendente, a todos los
presenciados hasta entonces. Alineados contra la pared, entre los restos de los
nueve gangsters de Morella, veíanse ocho hombres, pálidos como la muerte.
Frente a ellos, de espaldas a la puerta, un hombre achaparrado, casi deforme,
les encañonaba con una Thompson. A su lado veíanse otros dos hombres armados
con escopetas de caza con el cañón acortado hasta la mitad.
—...y ha llegado ya el momento —decía el de la
ametralladora—. Hace diez años, todos vosotros ayudasteis a asesinar a mis
muchachos, juré vengarme. Me arruinasteis, deshicisteis mi banda y tuve que
huir como un animal acosado por una jauría furiosa. Douras no se sintió
tranquilo hasta que tuvo la seguridad de mi muerte. No había oído hablar de la
cirugía plástica. No supo que el cuerpo que hace tres años encontraron no era
el mío, sino el de un infeliz a quien hice cambiar la cara, dejándola parecida
a la mía.
—Pero nosotros no tuvimos ninguna culpa... — dijo uno de
los que estaban contra la pared.
—Tú fuiste el principal culpable. Eras el lugarteniente de
Douras. Y aunque no fuera más que por haber asesinado a Dandy, merecerías la
muerte. Todos queríais encontrar la fórmula. Tú, para ti, y tus hombres para
repartirla entre ellos y yo. Fueron tan ingenuos que pensaron que Morella podía
perdonarles. Me han servido, han sido fáciles instrumentos en mis manos y ahora
ellos mismos se han colocado donde están. Voy a enviarles al infierno, junto
con su maldito jefe. Nunca os imaginasteis volver a oír aquí la voz de una
ametralladora, ¿verdad? Pues escuchad.
Cuando el asesino se disponía a apretar el gatillo de su
arma, Duke saltó sobre él. Por dos veces cayeron sus puños con destructora
violencia contra la cabeza del bandido. Éste soltó la ametralladora y rodó por
el suelo. Sus dos cómplices volviéronse hacia Duke. El primero fue derribado de
un certero puñetazo a la barbilla; pero el segundo hubiera tenido tiempo de
descargar la mortífera carga de plomo de su escopeta, si antes Bob Dennison no
se hubiese lanzado contra sus piernas, derribándole con deportiva limpieza y
ahogando la maligna sonrisa del pistolero, cuyos blancos dientes lo
identificaban sin ninguna duda.
Los hombres que se alineaban contra la pared quisieron
avanzar hacia la puerta; pero les contuvo la negra amenaza del fusil
ametrallador de Max Mehl.
—Quietecitos, amigos —ordenó—. No esperaba encontrarme
juntos a Morella y a la banda de Big Greek Douras. Es la primera vez que tigres
y leones salen juntos de caza. Los resultados han sido muy lógicos.
***
El paso de las horas había devuelto el sentido a los
policías, que, completamente despiertos, sobre todo a fuerza de beber café,
vigilaban a los esposados gangsters. En el salón, Duke explicaba la solución
del misterio.
—En seguida se vio que operaban dos bandas rivales —dijo,
contemplando a Max, Bob, Miller y Betty—. El tormento a que sometieron a Dandy
O'Donnell lo indicaba. Luego quedó más demostrado por la pelea que sostuvieron
hace unas horas en esta misma casa. Era una típica lucha de gangsters. El
conocimiento que demostraban del edificio y de sus secretos indicaba, también,
que habían tenido alguna relación con Douras.
"Las tonterías aquellas de La Mano Negra me hicieron
comprender que alguien medio loco era el jefe de una de las bandas. Al ver
abierta la cámara donde fueron asesinados los hombres de Morella, tuve la
convicción de que dicho gangster no había muerto y que debía de estar cerca.
Arrastró a parte de los antiguos hombres de Douras para lanzarles contra el que
fue su jefe, cegándolos con la promesa de la fórmula Hanzer, con la cual les
dijo que todos ganarían millones.
—Pero el lugarteniente de Douras decidióse a obrar solo
—intervino Max, que había tomado declaración a los detenidos—. Se separó de
Morella con unos cuantos y al enterarse, por la película que me robaron, de que
Dandy era quien había realizado el robo del maletín de Hanzer, le detuvo y le
sometió a tormento hasta que el hombre confesó cuanto sabía, o sea que la
Rubber Miller estaba dispuesta a pagar veinticinco millones por la fórmula.
—Morella, en cuanto Dientes Blancos le entregó la fórmula,
decidió deshacerse de todos —siguió Duke—. Reunió a las dos bandas y les
propuso repartirse los beneficios en vez de irse matando estúpidamente. Como
Morella mostraba la fórmula, los otros se avinieron a razones. Entonces, el
bandido, que está verdaderamente loco, los llevó al sótano donde hace diez años
fueron asesinados nueve de sus hombres. Los alineó contra la pared, y ayudado
por Dientes Blancos y otros dos cómplices, iba a matarlos cuando intervinimos.
—Morella odiaba con toda su alma a Douras —continuó Max—.
Eso era sabido en toda la nación. Por ello el griego procuró en varias
ocasiones eliminar a Morella. Éste, viéndose acorralado, buscó a un infeliz que
se le parecía, le hizo alterar el rostro por medio de un cirujano y luego le
asesinó. Douras, al saber su supuesta muerte, respiró más tranquilo, sin
sospechar que el mismo Morella debía acabar con él y con su hijo.
"Pero Morella no sólo deseaba matar a Douras, sino
apoderarse de la fórmula Hanzer, y vengarse también de los mismos hombres que
habían intervenido en la destrucción de su banda y que luego le ayudaron a
acabar con el griego.
—¿Y la fórmula? —preguntó Miller—. ¿Se ha encontrado?
—La tengo aquí — dijo Max Mehl, mostrando el sobre que
había recuperado de manos de Morella.
Duke y Bob se echaron a reír.
—Eso no es más que un sobre con unos papeles llenos de
números que no significan nada —dijo Duke—. Cuando fuimos a la biblioteca
sabíamos que, desde alguno de los muchos escondites secretos, se nos estaba
espiando. Por el camino preparamos el sobre y lo guardamos oculto. En el
momento oportuno lo dejamos caer al suelo y apareció Dientes Blancos para
quitárnoslo, muy satisfecho de que le diéramos el trabajo hecho.
—¿Entonces no era la fórmula? —preguntó Max.
—No —replicó Duke—. La fórmula es infinitamente más
voluminosa. Ocupa todo un volumen, de la Ilíada de Homero. En vez de la famosa
obra, el libro contiene los datos del invento, así como los croquis y planos
para las plantas industriales que han de levantarse para su explotación. Manoli
Douras describió muy claramente su escondite al decir que estaba donde ningún
idiota la buscaría. Aún no se de ningún idiota que haya abierto la Ilíada de
Homero.
—Pues es una novela muy interesante —declaró Max Mehl—. La
leí cuando la publicaron y me gustó mucho.
A pesar de todos sus esfuerzos, nadie consiguió contener
la risa. Al fin, Duke, dirigiéndose a Miller, dijo, para desviar la
conversación:
—La oferta sigue en, pie, Miller. ¿Nos asociamos?
A pesar de lo que esto significaba, Miller contestó, y no
refiriéndose precisamente a la oferta:
—Es lo más grande que he oído en mi vida.
—Sí, no está mal —asintió Max Mehl.
FIN
Digitalizado por: Antonio González Vilaplana
Publicado por: Editorial Molino, julio de 1943

