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Libro N° 4103. La Fórmula Hanzer. Figueroa Campos, J.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4103. La Fórmula Hanzer. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  La Fórmula Hanzer. J. Figueroa Campos

 

Versión Original: © La Fórmula Hanzer. J. Figueroa Campos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA FÓRMULA HANZER

J. Figueroa Campos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Annotation

 

Primera aventura de Duke, un joven millonario para quien la vida no ofrece atractivo mejor que el de oponer su inteligencia y su fortuna a la astucia y audacia de los enemigos de la Ley.

Duke Straley de Pozoblanco, famoso detective de Nueva York, al que acompañan Elizabeth “Betty” Straley, hermana de Duke; Bob Dennison, íntimo amigo de Duke y compañero de aventuras, novio y después marido de Betty; Susana Cortiz Graham, abogada, novia de Duke y posteriormente su esposa; Max Mehl, Jefe Superior de la Policía Metropolitana y otros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

EL TOQUE DE DIFUNTO DE MANOLI DOURAS

CAPÍTULO II

EL ÚLTIMO REPORTAJE DE DOROTHY LASALLE

CAPÍTULO III

LA VISITA DEL DIRECTOR

CAPÍTULO IV

MENSAJE DE MUERTE

CAPÍTULO V

PLAN DE CAMPAÑA

CAPÍTULO VI

LA PELÍCULA

CAPÍTULO VII

LA INFORMACIÓN DESAPARECE

CAPÍTULO VIII

LA CASA DE LONG ISLAND

CAPÍTULO IX

LA NOCHE

CAPÍTULO X

SOLUCIÓN INESPERADA

 

 

 

 

 

 

 

 

J. Figueroa Campos

LA FÓRMULA HANZER

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DUKE nº 1

Autor: José Mallorquí como J. Figueroa Campos

©1943, Editorial Molino

Colección: Hombres audaces

Generado con: QualityEPUB v0.28

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

EL TOQUE DE DIFUNTO DE MANOLI DOURAS

 

 

La noche, interminable, parecía llenarse con el ulular del vendaval que arrastraba densas nubes de finísima arena, casi polvo, arrojándolo contra la caravana acampada en la pista que atravesaba el Valle del Yaru.

El único alivio que las tinieblas habían traído a los miembros de la expedición fue el alejar a las nubes de mosquitos que se habían cebado en ellos durante la primera jornada, a través de la amplia llanura, cuyo único camino practicable era la pista que zigzagueaba por entre las arenas movedizas.

De vez en cuando, acentuábase el rugir del viento y la oscuridad se poblaba de sombras. Ninguno de los expedicionarios hubiera podido decir si se trataba de fanáticos tibetanos lanzándose al ataque contra los hombres blancos que habían cometido el sacrilegio. En la duda, cuando aquellas sombras poblaban la oscuridad, eran saludadas con disparos de rifle.

Los centinelas de la martirizada caravana estaban apostados tras los fardos de víveres y demás impedimenta, utilizándolos como barricadas para la lucha que había empezado al anochecer y que se recrudecería en cuanto amaneciese. Anaranjados fogonazos iluminaban fantasmagóricamente los alrededores inmediatos. A su luz, se hubiera podido leer en las lonas que cubrían los bultos, y escrito en grandes letras, estas palabras:

 

"EXPEDICIÓN CIENTÍFICA AL HIMALAYA — DUKE STRALEY".

 

Después de varias alarmas sin consecuencias, los centinelas se fueron acostumbrando a identificar las sombras y la noche continuó ya completamente tranquila, turbada sólo por las violentas ráfagas de aire que recorrían de extremo a extremo el valle del rio Yaru.

De cuando en cuando, algún hombre salía a asegurar la estabilidad de la tienda de campaña que le cobijaba, maldiciendo la arena que estaba «explorando» a la expedición, introduciéndose hasta en las latas de leche condensada. Era preciso proteger las armas con trapos, fundas y tapones de corcho, ya que hasta en el más recóndito de los escondrijos llegaba el maldito polvillo.

—Ni que nos lo enviase el Gran Lama —refunfuñó Bob Dennison, tensando una de las cuerdas del refugio de seda que compartía con Duke Straley.

—¿Qué dices? —preguntó su compañero.

—Digo que parece que este maldito polvo nos lo envía el Gran Lama.

Pero una ráfaga que llegaba en compañía de los aullidos de todos los diablos tibetanos ahogó las palabras de Dennison, mientras sacudía con fuerza incomparable la tienda, arrancando dos de los vientos. Esto produjo un aflojamiento en la tela, que aleteó con estampidos de arma de fuego, a la vez que una casi maciza columna de arena penetraba por un hueco, yendo a deshacerse contra la cabeza del jefe de la caravana, que salió disparado al exterior, maldiciendo al Tibet y a todos sus habitantes, y echando arena por la boca, las orejas y los ojos.

Bob Dennison también estaba ocupado en librarse de la finísima arena. Durante unos segundos, ninguno de los dos pudo ocuparse en otra cosa que en hacer lo posible por recobrar la visión y el habla.

Esta necesidad les impidió observar que el aire, introduciéndose en la tienda, la abombaba de tal forma que, al fin, ésta, con violento estallido de cuerdas, saltó volando, acompañada de las mantas y sacos de dormir de los dos amigos.

Cuando Straley y Bob se dieron cuenta de lo ocurrido, la tienda debía de estar ya en lo más alto de alguno de los picos del Himalaya.

Como era imposible permanecer al descubierto, los dos hombres recogieron los objetos que el vendaval no pudo llevarse, y fueron a buscar refugio detrás de uno de los fardos, entre un grupo de yacks de los que efectuaban el transporte. No era una vecindad muy agradable, y mucho menos bien oliente; pero no estaban en condiciones de elegir.

—Me gustaría saber por qué te he acompañado hasta aquí —casi sollozó Bob, dirigiendo una mirada de desesperación a Duke Straley.

—Me has preguntado eso ciento trece veces desde que salimos de Nueva York —gruñó Duke, disputándole al viento la posesión de una manta.

—Y mañana será peor, ¿verdad? —siguió Dennison.

—Sí, mañana nos freirán en manteca por haber injuriado a los dioses.

—¡Ya sabía yo que yendo contigo no podía ocurrirme nada bueno! —gimió desesperado Bob Dennison—. ¿Por que habré venido contigo?

—Van ciento catorce. Continúa. Antes de que te frían puedes preguntarme cien veces más por qué diablos se te ocurrió insistir en acompañarme, a pesar de que te juré que no volverías con vida a tu patria.

—Pero yo... ¡Oh, no estoy para bromas! ¿De veras crees que nos freirán?

—Estoy seguro. En el Tibet siempre terminan así los suplicios. Primero arrancan las dientes uno a uno, luego las uñas, también de una en una...

—¿No puedes hablar de cosas más alegres? ¿No es posible escapar?

—No —aseguró Straley—. No es posible. A estas horas, nuestros amables perseguidores se habrán instalado en la pista, delante de nosotros. Cuando queramos huir nos recibirán a tiros. Y como el camino sólo permite el paso de un par de personas...

—¿Por qué demonios, teniendo como tengo un rascacielos de treinta pisos, de los cuales no he visitado ni dos, he venido a este infierno que ni es mío ni me había preocupado nunca...?

—Ciento quince —interrumpió Duke Straley, bostezando—. Verdaderamente, Bob, tienes muy poco ingenio. En vez de preguntar estupideces que a nadie le importan, ¿por qué no ideas alguna forma de librarnos de la ratonera en que estamos metidos?

—Si te imaginas que voy a sacarte otra vez del apuro en que por tu tontería nos vemos...

Un ronquido que parecía hermano de los rugidos del huracán interrumpió a Bob Dennison. Inclinándose sobre Duke Straley comprobó que su compañero dormía como sólo él era capaz de hacerlo. El joven sintióse traicionado por aquella indiferencia de su amigo, y por ciento decimasexta vez se preguntó por qué diablos había ido al Himalaya, al valle del Bhong Chu, a buscar en uno de sus monasterios el jarrón que nueve siglos antes le fuera robado al emisario que el en aquella época nuevo emperador del Celeste Imperio enviaba a Occidente.

El amanecer encontró a la caravana medio enterrada. Los yacks, acostumbrados a las incomodidades, habíanse dejado cubrir por las oleadas de polvo y parecían no encontrar molesta su situación. Los pocos porteadores tibetanos tampoco mostraban disgusto por la arena que se les había metido hasta la carne; pero los blancos, que en su patria no dejaban pasar ni doce horas sin tomar un baño o una ducha, se rascaban furiosamente encontrando arena en cada uno de les poros de su cuerpo, en el cabello y en las largas barbas que poblaban sus rostros.

Robert Dennison, que se sentía poco menos que petrificado, se puso en pie, sacudió el salacot, se pasó la mano por entre los cabellos, sintiendo la misma impresión que si la pasara por papel de lija, y empezó a decir:

—Me gustaría saber por qué diablos...

El "ssssssss" de una bala blindada que casi le arrancó los cabellos le obligó a tirarse de bruces, al mismo tiempo que de la lejanía llegaba hasta el campamento la seca detonación de un máuser.

—Estamos cercados —comentó Duke Straley, asegurándose del buen funcionamiento de una pesada pistola automática del 45—. Por delante y por detrás los tibetanos, y por los lados las arenas movedizas. Ya me veo frito en manteca.

El doctor Parker llegó hasta ellos arrastrándose cautelosamente.

—Buenos días —saludó—. Por fin vamos a conseguir lo que deseábamos.

Dennison dirigió una mirada de asombro al doctor Parker.

—¿Desea usted que le frían como a una morcilla? —preguntó.

—¿Eh? ¿Qué dice? —preguntó el médico—. ¿De qué está usted hablando?

—Vale más que explique usted lo suyo —sonrió Duke—. Dennison se prepara para que lo frían en manteca de yack.

—¡Ah! —gruñó Parker, como si la posibilidad del freimiento no tuviese ninguna importancia—. Yo me refería al Everest. Por fin vamos a verlo. Fíjense, el aire se lleva la niebla y...

Antes de que el doctor terminase de hablar, el punto hacia donde señalaba quedó libre de nubes, y el Everest, o Diosa Madre de las Montañas, o Choma Lungma, o Chomo Uri, apareció en toda su majestad a los ojos de los expedicionarios que desde su llegada al Himalaya no habían soñado en otra cosa que en ver, aunque sólo fuera de lejos, al invencible coloso.

—Por lo menos no moriremos sin verlo —declaró el doctor Parker—. Voy a impresionar unas cuantas fotos con el teleobjetivo.

—Si en la cumbre ve alguna tienda no se imagine que es de algún explorador, será la nuestra —sonrió Duke.

—¡Bah! —refunfuñó Parker, corriendo a su albergue.

Un momento después regresó con una máquina fotográfica provista de un objetivo de una longitud tan desmesurada que parecía un telescopio. Entretanto, Duke Straley armó un telémetro de tijera, lo camufló con unos sacos, y asomando los lentes por encima de un fardo estudió el terreno frente a él.

—Están, exactamente, a medio kilómetro de nosotros —dijo, sin dejar de mirar y como si estuviese dando instrucciones al jefe de una batería—. El camino sigue recto durante unos cien metros, luego tuerce a la derecha, sorteando unas arenas movedizas, y continua hasta la posición de los tibetanos. Si fuese posible avanzar zigzagueando, podría intentarse un ataque frontal; pero en estas condiciones, y con un camino que no mide ni tres metros de ancho, no hay hombre en el mundo que sea capaz de desalojar a esos diablos. Por lo tanto, preparémonos para la fritada.

—¿No hay escape? —preguntó Dennison.

—No —contestó Duke, sin dejar de mirar por el telémetro—. No hay huída posible. Podría intentarse el suicidio atacando todos a la vez y dejándonos cazar como conejos, o metiéndonos en una de esas ciénagas de arena movediza...

Duke Straley no pudo terminar su comentario. Una sombra había borrado el campo visual del telémetro, a la vez que sonaban unos pasos precipitados sobre la crujiente arena.

Straley asomóse por encima de la barricada.

—¿Qué haces? —gritó inútilmente, pues ya Bob Dennison no podía oírle.

Las balas empezaron a hundirse junto a los pies de Bob, que, con los ojos desorbitados y el corazón poco menos que en la boca, corría hacia los tibetanos, llevando en cada mano una granada dispuesta para ser lanzada.

Siete u ocho fusiles enemigos habían entrado ya en acción, y era cosa de segundos que una de las balas que copiosamente disparaban truncara la carrera del joven.

Duke, conteniendo a duras penas sus deseos de correr detrás de su mejor, de su único amigo, empuñó la ametralladora Thompson que tenía junto a él. Con aquello era con lo único que podría ayudar a Bob en su carrera contra la muerte. Graduando el alza del arma, apuntó hacia la trinchera tibetana y apretó el gatillo.

Cuando la primera de las cien balas del calibre 45 que contenía el tambor del arma abandonaba el negro cañón, Bob Dennison, a unos setenta y cinco metros de la posición contraria, dio una vuelta sobre sí mismo y cayó de bruces en medio de una nube de polvo.

Ahogando un grito, Duke apretó con más fuerza su ametralladora y regó de balas las aspilleras por donde habían disparado los defensores de la otra barricada.

***

 

 

—Le daba por muerto —sonrió Duke, entornando los ojos mientras sorbía lentamente la limonada que acababan de servirle.

Luego comparó la desolación del valle del Yaru con el espectáculo tan distinto que ofrecía el Columbus Circle, o sea la confluencia de la Octava Avenida, la Calle 59, la Broadway y el Central Park. La fresca jugosidad de este último presentaba el máximo contraste con la sequedad de los arenales del Yaru.

—¿Y no le mataron? —preguntó Dorothy Lasalle, entusiasmada por el relato que el famoso Duke Straley le estaba haciendo, en exclusiva para la Prensa Unida, de su expedición al Himalaya.

Bob dirigió una temerosa mirada a la famosa periodista, cuyos artículos e informaciones eran publicados al mismo tiempo por cuatrocientos ochenta periódicos de la nación.

—Creo que no —sonrió la segunda mujer que completaba el cuarteto instalado en torno a una de las mesas de la terraza del Doalfy, famoso café restaurante de Columbus Circle.

Dorothy Lasalle sonrió también.

—Perdone, señorita Straley —dijo—. Es tan apasionante el relato de su hermano, que he estado viviendo con él todas sus aventuras desde el Valle del Bhong Chu. Tiene tal fuerza dramática que no voy a cambiar ni una letra.

Al decir esto, Dorothy Lasalle golpeó con el lápiz su cuaderno de taquigrafía.

—¿Continúo? —preguntó Duke.

La atención de Dorothy Lasalle volvió a fijarse en su cuaderno. Straley no necesitó que se le invitase a seguir. La expresión de la periodista indicaba su disposición para seguir copiando la historia.

—Los tibetanos se habían fortificado muy bien. Su barricada, levantada durante la noche, era de sacos de arena y les protegía perfectamente. Yo, mientras disparaba, me daba cuenta de la futilidad de mi esfuerzo, pues lo único que podía hacer era destripar algunos sacos, sin pretender alcanzar a los que se guarecían al otro lado de ellos.

"Al impacto de los proyectiles de la ametralladora, levantóse una nube de polvo que envolvió toda la trinchera, cegando a los de dentro. En el mismo instante en que yo me disponía a saltar fuera de nuestro parapeto para ver de recobrar el cuerpo de Bob, vi que éste se ponía en pie de un salto y desde setenta y cinco u ochenta metros lanzaba las dos granadas de mano con tal precisión que estallaron, en el preciso instante en que llegaban al suelo, al otro lado de la barricada de sacos terreros.

"Brotaron dos llamaradas y una nube de humo ascendió hacia el cielo. El parapeto tibetano casi se hundió y Bob, chillando como un maldito, cargó contra él.

Duke se interrumpió. Casi al instante, la señorita Lasalle levantó la cabeza.

—Lo que viene ahora no es para explicarlo en un periódico —siguió Duke—. Tendrá usted que suavizarlo, pues, de lo contrario, los niños van a huir de Bob como del mismo diablo. Las madres van a decir: "Si eres malo vendrá Bob Dennison..."

—¡Por favor! —suplicó Dennison.

—No hay favor que valga —rió Duke—. Fuiste un héroe y hay que decirlo. Mi amigo, señorita, saltó por encima de los restos de la posición cuando aún no se había disipado el humo de la cordita, y arrancando no sé de dónde un máuser, empezó a utilizarlo, a culatazos, contra los pocos que quedaban. A cada golpe gritaba: "¡Conque me queríais freír, ¿eh? ¡Pues tomad!"

—¡Por Dios! —gimió Bob.

Duke le miró con aparente enfado.

—¿Es verdad a no? ¿Vas a decirme que miento?

—Estaba loco —susurró el joven—. No me daba cuenta. Ya sabes que cuando me vi entre tantos cadáveres me desmayé.

Los ojos de la joven periodista se iluminaron.

—¿Se desmayó? —preguntó, como si esta noticia tuviera más importancia que todo lo demás.

—Sí, me desmayé —replicó Dennison.

—La emoción de la victoria, ¿verdad? —preguntó Dorothy Lasalle—. Con su esfuerzo había salvado usted a sus compañeros. El camino quedaba libre, el lazo estaba roto. ¿Mató a muchos?

Esta pregunta la hizo Dorothy con el mismo entusiasmo con que en los tiempos de la Prohibición se acogía una botella de whisky escocés legítimo.

—A juzgar por lo que quedaba cuando yo llegué, serían unos veinticinco —intervino Straley.

—¡Oh!

Y con los ojos relucientes, Dorothy Lasalle trazó una rápida serie de garabatos taquigráficos. Al terminar, preguntó:

—¿Y luego?

—Recogimos a Bob, cuya única herida era la emoción de la carrera entre las balas y su cercano contacto con la muerte, y reanudamos el camino hacia Campa Dzong, llegando antes de que nuestros perseguidores pudieran avisar a sus habitantes de que nos habíamos apoderado del jarrón. Estuvimos allí sólo el tiempo necesario para reponer algunos víveres y comprar unos cuantos caballos. Seis horas después seguimos nuestro rápido viaje hacia la frontera del Tibet. Cuando salvamos el puerto de Jalep, sentí un verdadero alivio.

—¡Y yo! —suspiró Bob—. Creo que fue entonces cuando recobré el sentido.

—Sí —replicó Duke—. Nos diste más de un mal rato.

—¿Estuvo todo el tiempo sin conocimiento? —preguntó Dorothy Lasalle.

—Sí, señorita. Una carrera de cuatrocientos metros viendo ante las narices los continuos fogonazos de los disparos enemigos no es cosa fácil. Se necesita una tensión nerviosa que puede llegar a ser fatal.

—Lo comprendo, señor Straley —aseguró la periodista—. Y haré lo posible por que nuestros lectores también lo comprendan.

—¿Desea algo más? —inquirió Straley.

—¿Tuvieron más incidentes? —inquirió la periodista.

—Una pequeña pelea con unos traficantes que iban a cambiar arroz por lana. Se empeñaron en que les cediésemos un par de caballos y la cosa terminó a tiros. Pero no hubo ningún muerto.

—Entonces... —y la señorita Lasalle rubricó sus palabras con un gesto despectivo.

¿Qué importancia podía tener para los lectores de las aventuras del famoso Duke Straley una lucha en la frontera tibetana en la cual no hubo ni un simple muerto?

—El viaje terminó felizmente. Tuvimos que burlar a los aduaneros chinos e ingleses, que nos hubieran dejado sin el jarrón. Por fin ayer llegamos a Nueva York. Ahora vamos a entregar la porcelana a Mungo Hagstrom.

—¿Y a cobrar el millón? —preguntó la periodista.

—Sí. El señor Hagstrom consigue una verdadera ganga.

Dorothy Lasalle pareció escandalizarse de que se considerara una ganga pagar un millón de dólares por un jarrón chino.

Sonriendo burlonamente, Duke sacó una libreta de gastadas tapas de cuero y, volviendo unas hojas, la tendió, abierta, a la periodista.

—Tenga, señorita Lasalle; anote, si quiere, los gastos de la expedición. Verá como no ha sido ningún buen negocio para mí.

Dorothy Lasalle estudió las detalladas cuentas de los gastos hechos por Duke Straley.

—¡Novecientos ochenta mil dólares! —exclamó—. ¿Es posible?

—Podría ofrecerle cuentas más detalladas. La expedición ha durado un año, y se ha compuesto de quince miembros. Tres de ellos murieron y en sus contratos se fijó una bonificación de cien mil dólares para la familia. Excepto el señor Dennison y yo, los demás cobraban sueldos muy importantes. Al lama que se prestó a facilitarnos la obra de arte tuvimos que pagarle cincuenta mil dólares.

—Es verdad —asintió Dorothy Lasalle—. Me olvidaba de que habían conseguido algo que se consideraba imposible. Por fin se va a poder leer el mensaje escrito en el jarrón.

—Nosotros ya lo hemos leído —sonrió Elizabeth Straley, la hermana de Duke—. No creo que con ello la historia del mundo cambie gran cosa.

—No; el público se sentirá defraudado. El mensaje sólo servirá para corregir ciertos errores respecto a las dinastías chinas. Se limita a una serie de alabanzas al emperador, a su padre, a su abuelo y a su bisabuelo, así como a la belleza de sus jardines, de sus palacios, de sus mujeres y de sus hijos. Por lo visto, esperaba que el emperador de Occidente le contestara reconociendo que Europa no valía un comino comparada con China. Y creo que el buen monarca estaba en lo cierto, pues en el año mil Europa no hubiera podido corresponder con un regalo que en mérito artístico pudiera equipararse con la porcelana que nos ocupa. Es algo único, de una delgadez de papel de fumar. En su superficie se ha pintado en oro toda la historia de China, a base de figurillas tan microscópicas que a simple vista parecen trazos de escritura. Es necesario el lente de aumento para poder ver los miles de dibujos que además de las letras cubren el jarrón. El artista que lo decoró no hizo otra cosa en toda su vida. Al terminar, para que no pudiese repetir su obra, el emperador le hizo quemar los ojos. Fíjese.

Mientras hablaba, Straley había colocado sobre la mesa una caja parecida a una sombrerera, aunque, en vez de ser de cartón o de piel, era de grueso acero pavonado. Duke hizo girar el disco que ocupaba el centro de la tapa, marcó una combinación y, empujada por unos resortes, la tapa se levantó lentamente.

—¿Es una caja de caudales? —preguntó Dorothy Lasalle, sacando de su bolsillo una máquina fotográfica, dispuesta para agregar a su reportaje escrito el reportaje gráfico.

—Sí. Ni una carga de nitroglicerina podría forzarla. La combinación es de veinte cifras, por lo cual ni en cien años de continuos ensayos sería posible acertarla. Al señor Hagstrom le costó ciento setenta y cinco mil dólares. Está dispuesta de forma que el jarrón encaje también dentro de ella que es imposible su rotura. Fíjese.

Dorothy Lasalle inclinóse para ver cómo, mediante otro resorte, Duke hacía salir del interior de la caja la famosa obra de arte, que se fue levantando, sostenida por unas abrazaderas de acero.

—¡Oh! —exclamó la periodista.

No era técnica en jarrones chinos. Había visto muchos en las casas que visitaba y en su fuero interno siempre había preferido las porcelanas comerciales. Le parecía mucho más linda una figurita de bailarina de ballet, que no aquellos cacharros llenos de monstruos enroscados, flores que no parecían flores y personajes con cara de palo y panza de globo. Sin embargo, lo que ahora contemplaba era algo único. Daba tal impresión de fragilidad que más bien parecía hecho de jirones de niebla y rayos de sol, que de arcilla. Aquella hermosa obra no era un objeto muerto, sino una materia viva, latente, como si uno de aquellos panzudos genios de feroces rostros se hubiera transformado en porcelana para sobrevivir al paso de los siglos.

—¡Es divino! —declaró, extasiada, Dorothy Lasalle.

—Lo es —intervino Betty Straley. No sé cuanto daría por conservar esta joya.

—Su creador acabó enamorado de ella —explicó Duke—. La empezó a los veinte años. Entonces trazó en oro los bordes. Era el trabajo más sencillo, pero exigía una meticulosidad inconcebible en nosotros. Una desviación milimétrica hubiera anulado toda la obra. Antes de lograr el caolín especial para este jarrón, se hicieron varios miles de experimentos. Se consiguieron jarrones maravillosos, pero todos con alguna levísima tara. Al fin, tal vez por casualidad, los alfareros imperiales presentaron éste, que fue entregado al primer decorador de la Corte. Al empezar su trabajo, el decorador tenía veinte años. Cuando terminó iba a cumplir los sesenta. Como debían privarle de la poca vista que le quedaba, el emperador, que estaba a punto de morir de viejo, le permitió que en un breve espacio que quedaba libre escribiera su historia y se despidiese de la obra de arte que no volvería a ver. Aquí es donde está la despedida.

Duke tendió a la periodista un magnífico y potente lente de aumento. Al aplicarlo a la porcelana, la mujer tuvo la impresión de que penetraba en un mundo de maravilla. Todos los puntitos y rayas que un momento antes no tenían sentido para ella se convirtieron en una legión de microscópicas figuras a las cuales no faltaba el menor detalle.

Con un lápiz, Duke señaló un punto del jarrón.

—Aquí es donde el decorador se despide de su obra. Teme que no pueda resistir la última cocción en el horno, y ruega a los espíritus divinos que no permitan a las llamas destruir su trabajo. Eso a pesar de saber que la única posibilidad que le quedaba de conservar la vista estaba en que el jarrón se rompiese. En las mismas llamas que fijaron el esmalte se enrojecieron los hierros que debían perforar los ojos del maravilloso artista.

—¿Puedo retratarlo? —preguntó Dorothy Lasalle, hablando en voz baja, como ante una imagen divina o frente a un cuadro de los grandes maestros de la pintura.

—Puede hacerla. También Bob quiere impresionar una cinta en colores. Si no fuera porque sólo tengo una palabra y prometí a Hagstrom traerle lo que deseaba, preferiría perder el dinero que he invertido en el viaje. Lo daría por bien empleado si con ello podía conservar esta maravilla.

Mientras impresionaba las veintitantas fotos que contenía la máquina, Dorothy siguió preguntando detalles acerca de la magnífica porcelana.

—El mensajero que la llevaba a Europa fue huésped del Gran Lama —explicó Duke Straley—. El emperador le había ordenado que no enseñara el jarrón a ninguna persona que no fuese el Emperador de Occidente. Pero el hombre quiso maravillar al Gran Lama y le mostró la obra de arte. El Gran Lama se enamoró tanto de ella que juró que no saldría de sus dominios. Entonces le explicó al mensajero que Europa estaba dividida en un sin fin de naciones que a su vez se dividían en minúsculos reinos, todos los cuales estaban en lucha continua. Ninguno de aquellos feroces guerreros sería capaz de admirar la sublime belleza del regalo imperial. Además no existía ningún Emperador de Occidente, sino un sin fin de reyezuelos cuyos dominios no tenían ni la mitad del tamaño de cualquiera de las provincias chinas. Total, que el mensajero se marchó sin el jarrón. El Gran Lama lo guardó para su recreo y antes de morir hizo que se levantara un templo destinado a albergar la joya.

—Reconozco que dijo usted verdad al asegurar que un millón de dólares era un precio de ganga. No creo que esto tenga precio.

—No lo tiene, en efecto.

Mientras hablaba, Duke Straley levantó la caja, que se hubiera podido tomar por una maravillosa maceta que daba por flor un jarrón de porcelana. Bob había dispuesto ya su máquina portátil. Graduó el objetivo multicolor y, apretando el botón del mecanismo, comenzó a impresionar tras Duke volvía lentamente la caja a fin de que quedaran fotografiados todos sus lados. La señorita Lasalle cargó de nuevo su aparato fotográfico e impresionó unas cuantas fotos más.

Betty Straley, con una de sus esculturales piernas cruzada sobre la otra y un cigarrillo perfumado con ámbar en una mano, observaba, más que a la porcelana que había tenido sobrado tiempo de mirar, a Bob Dennison, cuyos sentidos estaban fijos en la obtención de un documental gráfico de la obra de arte traída del centro del Himalaya para un multimillonario neoyorquino.

Aquel muchacho era un héroe, mucho más que su hermano. El mismo Duke lo reconocía: "Yo no me considero valiente. No sé lo que es miedo. Por lo tanto soy como el niño que al ver por primera vez el fuego quiere tomarlo con la mano. En cambia, Bob... Él sí conoce el miedo. Le he visto luchar con él y, casi temblando de espanto, vencerlo..." Otros fragmentos de conversaciones y recuerdos acudieron al cerebro de la joven. ¡Pobre Bob! Siempre convencido de que era un cobarde; y, no obstante...

Betty no hubiera podido identificar el sentido o instinto que la obligó, unos segundos antes de que la tragedia ocurriera, a mirar hacia dos individuos que, conversando animadamente, avanzaban por Broadway y se disponían a cruzar hacia el Central Park. El rostro del más alto, un hombretón de casi un metro ochenta y cinco de estatura, vestido con más lujo que buen gusto y adornado con excesiva profusión de brillantes, no le era totalmente desconocido. Mientras se esforzaba en recordar su identidad, Betty vio llegar, por la misma dirección de donde procedían los dos hombres, un coche de turismo que torció violentamente hacia la Calle 59.

Por una fracción de segundo, la joven temió que los dos transeúntes fueran atropellados. El espanto que se advertía en el rostro del más alto indicaba que también él temía lo mismo.

Pero el auto había reducido la marcha. Betty pudo ver con toda claridad a sus ocupantes: Dos en el asiento del conductor y otros dos en el de atrás. Uno de estos últimos inclinóse un momento. Al incorporarse de nuevo, sus manos empuñaban un negro fusil ametrallador.

Los paseantes que habían llamado la atención de Betty quisieron huir a su trágico destino. Pero las balas fueron infinitamente más rápidas que ellos y cortaron su huida con una barrera de acero y plomo, derrumbándolos, uno encima del otro, al pie de uno de los grandes faroles de Columbus Circle. Durante unos segundos, la ametralladora siguió cebándose en ellos, queriendo asegurar su muerte. La parte baja del farol se llenó de perforaciones.

Betty no hubiese podido decir si había transcurrido una hora a un segundo. Volvió un momento la vista hacia su hermano y le vio con el jarrón todavía en alto. Bob Dennison seguía con la cámara cinematográfica en las manos, y Dorothy Lasalle, la primera en reaccionar, estaba impresionando fotografías con toda la rapidez que le permitía el dispositivo automático de cambio de cinta.

La ametralladora entonaba aún su toque de muerte.

De súbito oyóse un metálico quejido, casi un chirrido. Era el rasgar del aire por una de las balas que había rebotado contra el granítico bordillo de la acera. Creció en intensidad y, de pronto, transformóse en un estallido de materia rota.

El jarrón, que Duke Straley estaba a punto de dejar sobre el velador, convirtióse en una lluvia de blancos fragmentos, casi reducidos a polvo por el impacto, contra ellos, del pesado proyectil.

Por primera vez en su vida, el rostro de Duke reflejó el horror más absoluto. Su mirada quedó fija en el lugar que poco antes había ocupado la inapreciable joya. Sólo encontró el vacío y unos restos de blanca y transparente porcelana.

Una décima de segundo había bastado para destruir la labor de ocho lustros de meticuloso trabajo, y los esfuerzos de todo un año de luchas y penalidades en las montañas del Tibet.

En aquel momento, cuando la gente se agolpaba en torno de los dos cadáveres tendidos al pie del farol, Elizabeth Straley recordó al hombre que yacía bañado en su propia sangre y en la de su compañero. El más alto, tan alto que en el hampa se le llamaba "Big" (grande), era extranjero, y por eso mismo se le llamaba también "Greek" (griego). Sí, era Big Greek, el famoso traficante de alcohol en los tiempos de la Prohibición. El hombre más rico de Norteamérica. El Estado le sacó varios millones en concepto de impuesto sobre la renta; pero aún le quedaban los suficientes para seguir llevando, a los seis o siete años de haber terminado la Ley Seca, una vida de lujo...

Betty cortó sus pensamientos. No, aquel hombre ya no llevaba una vida de lujo. Había muerto en la calle, como tantos otros que fueron eliminados por sus sicarios, cuando la ciudad ofrecía amplio campo de batalla a las hordas del crimen.

El toque de difuntos de Manoli Douras, alias Big Greek, fue entonado por una ametralladora Thompson y el silbido de sus balas. Ahora lo completaba el prolongado gemir de las sirenas de los autos patrulla que acudían al lugar del suceso.

Mas la Policía ya no podría ni devolver la vida a Manoli Deuras y el hombre que iba con él, ni reconstruir el jarrón chino. Eran tres cosas imposibles.

CAPÍTULO II

 

EL ÚLTIMO REPORTAJE DE DOROTHY LASALLE

 

 

Bob Dennison había asistido, como atontado, a los rápidos acontecimientos que acababan de sucederse. Sostenía, con temblorosa mano, su máquina cinematográfica. Hasta varios minutos después no se dio cuenta de que la película había seguido pasando, gastándose tontamente. Cuando quiso parar el mecanismo, vio que, terminada la película, éste había dejado de funcionar por sí solo. Guardó, pues, la máquina en su estuche y miró a su amigo.

Duke Straley tenía la dura expresión que sólo aparecía en los momentos en que le dominaba una furia incontenible.

—Bien —sonrió Betty, encendiendo otro cigarrillo—; la función ha terminado. No te ofendas, Duke, pero esto me recuerda una película cómica de los buenos tiempos del cine mudo. Un hombre quiere ganar el premio que se ofrece a aquel que presente, intacta y en una sola pieza, toda la ceniza de un cigarro puro. Fumando con mucho cuidado, consigue obtener la ceniza entera y marcha a cobrar el premio. Cae, tropieza, sufre cien mil accidentes, y la ceniza sin romperse. Por fin, cuando cree haberla salvado toda, el aire que se produce al abrir la puerta de la casa del donador del premio le desmorona el canutillo de ceniza. Lo mismo te ha ocurrido a ti. Atraviesas medio mundo cargado con el jarrito, y cuando estas a dos pasos de casa del hombre que lo espera con un cheque de un millón de dólares, vienen unos gangsters, te pulverizan el jarrón y te hacen perder tus dólares. No está mal, ¿verdad?

Duke Straley no replicó. Se había vuelto a sentar. Maquinalmente llevóse a los labios el vaso de limonada. Al encontrarlo vacío hizo seña al camarero para que le sirviese otra; pero el hombre estaba ocupado en observar lo que ocurría en la calle y no se dio cuenta de la llamada.

Straley hizo un gesto de disgusto y, cerrando la caja blindada, se dispuso a abandonar la terraza del café. En aquel instante regresó junto a ellos Dorothy Lasalle. Estaba arrebolada por la emoción:

—¡Es formidable! —exclamó, casi a gritos—. Han liquidado al Griego Douras. Va a ser lo más formidable que se ha publicado en los últimos años. Voy a telefonear que paren las máquinas y den la noticia en primera plana. Por sí sola va a hacer vender tres millones de ejemplares. Luego, esta noche, descubriremos a los asesinos y prometeremos para mañana información gráfica del crimen.

—¿Dibujos? —preguntó Duke.

Dorothy movió negativamente la cabeza.

—No; he impresionado siete u ocho fotografías de los ocupantes del auto. Si salen bien reproducidas me van a valer una fortuna. Es una lástima que el misterio esté ya resuelto.

—¿Por qué? —preguntó Bob.

—Porque hubiésemos podido preparar algo sensacional. Uniendo el hecho de que a causa del crimen ha sido destruido el jarrón, el señor Duke Straley hubiera podido intervenir en ayuda de la Policía para capturar a los culpables... El valor sentimental del jarrón roto...

—¿Y el valor artístico? —preguntó, con frío acento, Duke.

—¡También! —se apresuró a replicar Dorothy—. Todo eso tiene un gran interés para el público. Hoy los titulares se dedicarán a... —la periodista pareció meditar el texto de los titulares, y por fin recitó, con los ojos entornados:

—"Griego Douras da su último paseo". Sí, eso es. Douras fue el enemigo público numero uno. Sólo gracias a su astucia se libró de ir a la cárcel. Pero sus víctimas se han vengado. Ha muerto como mató. Quien a hierro mata, a hierro muere. Eso puede servir de cabecera. Esta noche daremos la información sobre usted, señor Straley. Los titulares serán: "Asesinos de Griego Douras identificados por periodista de Prensa Unida". Y debajo una foto de la pieza de porcelana indicando que el segundo crimen de los bandidos que mataron a Manoli Douras fue la destrucción...

Duke Straley se puso en pie, indignado.

—¡Señorita! La eliminación de ese griego podrá tener un gran interés para los cinco o seis millones de idiotas que leen sus periódicos; pero en ningún otro lugar del mundo se llorará su muerte ni se concederá el menor interés a que unos hundidos hayan matado a otro bandido. En cambio, la Humanidad entera llorará durante siglos la destrucción de una joya como la que acaba de perderse. El sustituir a Douras es cosa de horas; por desgracia para nuestro país, bandidos y pistoleros nos sobran a montones. En cambio, un jarrón como el que acaba de desaparecer no podrá ser repuesto jamás. Ha sido un crimen tan grande como lo hubiera sido destruir todas las obras de Velázquez, Rubens o Miguel Ángel.

—Le aseguro, señor Straley, que yo opino igual que usted —replicó, turbada, la periodista—. Pero tengo que vivir, y sólo puedo ganar dinero sirviendo a la gente lo que la gente exige. Si no aprovechara esta oportunidad, la aprovecharía otro. El público quiere esta clase de emociones...

—¡Pues eduquen al público! —rugió Duke Straley—. Hace cien años nadie pedía esos titulares estúpidos que aparecen ahora en las primeras páginas de nuestros periódicos. Ustedes, los periodistas modernos, son los que han acostumbrado al público a que exija esa bazofia. Han conseguido que, para despertar su interés por una obra de arte como era el jarrón, fuese necesario anteponer al mérito artístico el detalle de que un millonario iba a pagar un millón de dólares por él. Así, el público piensa: "¡Ah! ¿Vale un millón? Entonces es muy bueno".

—Le aseguro...

—No me asegure nada. Vuelva a refocilarse en la sangre y a pensar titulares que atraigan al público y aumenten la venta del periódico. Pero... —Duke se inclinó amenazador hacia la mujer, que retrocedió, asustada, ante la furiosa expresión del hombre—. Tenga en cuenta una cosa, señorita Lasalle: No estoy dispuesto a que publiquen ni una palabra de mi jarrón. Hable tanto como le de la gana de ese Douras y de sus asesinos; pero si explica mis aventuras en el Tibet, iré a su despacho y, aunque sea mujer, le juro que se me recordará con miedo. Al fin y al cabo, ¿qué interés pueden tener para los papanatas las aventuras de unos hombres que estaban dispuestos a dar su vida por rescatar para nuestra civilización una obra de arte? Es mucho más interesante averiguar el número de perforaciones que tenía el cuerpo de ese gangster y los estertores que dio en su agonía. Cuénteles todo eso y deje la historia del jarrón chino. Al fin y al cabo no interesaría a nadie, como no fuera por el hecho de que significa para mí una pérdida de un millón. El millón es lo interesante, cuando, no un millón, sino ni siquiera cien mil millones podrían devolver al mundo la joya que se ha perdido para siempre.

Duke Straley calló de pronto, mirando a la periodista como si quisiera decir muchas más cosas. Luego, comprendiendo lo inútil de sus palabras, movió la cabeza, diciendo

—Perdone, señorita. Estoy un poco nervioso. Buenos días.

—Buenos días —musitó Dorothy Lasalle.

Betty le dirigió una alegre sonrisa y fue a agarrarse del brazo de su hermano, dejando a Bob Dennison, que, turbado, permaneció un momento sin saber qué decir.

—Ejem... —carraspeó, mirando a Dorothy y pidiéndole perdón con lo ojos.

Luego movió las manos como si quisiera decir que aquello eran cosas de Duke. Ya se disponía a echar a correr, cuando la periodista lo cogió de un brazo y, entregándole la máquina fotográfica, le pidió:

—¿Quiere retratarme cerca de las cadáveres?

Dennison quiso decir que no; pero contestó que tendría mucho gusto en ayudar a la joven.

—Es para mi artículo —explicó la reportea—. Cobra valor si se presenta una foto de la autora.

—¡Ah! —dijo, casi sin voz, Bob—. Claro.

Impresionó un par de negativos y, poniendo la máquina en manos de la muchacha, echó a correr detrás de los dos hermanos.

Dorothy Lasalle le vio alejarse con una sonrisa en los labios. Era curioso el contraste que ofrecían aquellos hombres. Para uno, el famoso Duke Straley, más conocido por el simple nombre de Duke, no existía nada demasiado audaz. La palabra "imposible" no figuraba en su diccionario. El otro, en cambio, debía de estar en lucha constante con ese imposible.

Encogiéndose de hombros, Dorothy hizo unas cuantas preguntas más a los policías y retrató a los dos que habían acudido primero. Luego, despidiéndose con un alegre ademán de los agentes, entró en una farmacia y dirigióse a la cabina telefónica.

Nadie ha sabido explicar aún la causa de que en las farmacias norteamericanas se despachen las bebidas carbónicas y los helados. Sin embargo, así es. Frente al mostrador donde se expedían las aspirinas estaba el blanco tablero donde se vendían Cocas Colas y bloques de mantecado. Un hombre estaba acodado a ese mostrador, bebiendo, lentamente, con ayuda de una paja, una espumeante soda de chocolate.

Entusiasmada por la noticia que iba a dar, Dorothy Lasalle entró en la cabina sin fijarse en dos cosas: Primera, que el único cliente que había preferido permanecer allí a salir a regodearse con el espectáculo de los dos cadáveres estaba a menos de un metro de la cabina del teléfono. Y segunda, que el montante de cristal que quedaba encima de la puerta de la cabina estaba abierto y que, por lo tanto, su voz podría llegar, por allí, hasta los que estaban en el local.

Cuando el director del periódico contestó a la llamada de Dorothy, lo hizo con un gesto de aburrimiento. No esperaba ninguna noticia sensacional. Sin embargo, su gesto se fue animando a medida que la periodista, a toda velocidad, le exponía los acontecimientos de la última hora. Su entusiasmo llegó al máximo cuando Dorothy Lasalle anuncióle:

—Y creo haber reconocido a los que iban en el auto desde donde se hicieron los disparos sobre Douras.

—¿Alguna antigua banda enemiga? —preguntó el director.

—Aguarde a esta noche. Le llevaré la información para mañana. Va a ser algo grande. Irá acompañada de fotografías que demostrarán quiénes son los asesinos...

—Por lo menos dígame algo —suplicó el director.

—No, amiguito. Mi encargo fue interviuvar a Duke Straley. Tengo su interviú a la disposición de usted...

—¡Déjese de tonterías! ¿Para qué quiero yo ese interviú? Lo importante ahora es lo de Douras.

—Pues ya le he dado la noticia. Si quiere algo más, ofrezca de cinco mil dólares para arriba.

—¡Pero su obligación...! —empezó el director.

—Mi obligación era interviuvar a Duke. Lo he hecho. Luego hubo un asesinato y yo le he dado los detalles que pudiera haberle proporcionado cualquier otro de sus reporteros. No es obligación de una periodista plantarle cara a las balas y fijarse en quiénes están detrás de una ametralladora que dispara a toda velocidad. Si mi serenidad me ha permitido obtener fotografías y datos complementarios, merezco un premio. Pero no se preocupe: hay periódicos y revistas que me pagarán muy bien esos informes.

—Está bien, van los cinco mil dólares. Prepare la información para esta noche a las nueve, a fin de que pueda entrar en máquina. ¿Puede enviarnos los negativos?

—No, prefiero revelar yo misma las fotos. Es una emoción que no quiero perderme. A las ocho y media llegaré a la Redacción. Resérveme toda la primera plana.

Sonriendo, satisfecha de sí misma, Dorothy Lasalle salió de la cabina y dirigióse a la calle. Al llegar a la puerta de la farmacia, un cliente que se disponía a salir se hizo a un lado, cediéndole el paso.

La periodista casi no se fijó en aquel hombre. En todo el camino hasta su casa, no volvió ni una sola vez la cabeza. De haberlo hecho, hubiera podido ver al mismo hombre, siguiéndola a una distancia de veinte o veinticinco pasos.

Cuando entró en su domicilio, el hombre que la seguía acercóse a la puerta. Uno de los timbres correspondientes a los inquilinos aparecía señalado con una tarjeta de visita en la cual se leía: "Dorothy Lasalle — Prensa Unida". El espía copió el nombre y, encendiendo un cigarrillo, dirigióse a un salón de billares que se encontraba a poca distancia, entró en él, fue a la cabina telefónica y marcó un número.

Los jugadores que infestaban el ambiente con el humo de sus cigarrillos no se fijaron en el recién llegado. Aunque alguien hubiese querido escuchar sus palabras, le hubiera sido imposible oír nada, pues el desconocido habíase asegurado de que la puerta de la cabina estaba bien cerrada. Además, habló en voz muy baja.

Cuando terminó su conferencia, el hombre acercóse a una de las mesas y cogiendo un taco se dispuso a pasar el rato entrenándose en combinar una serie de difíciles carambolas.

Pero su atención se dividía entre la mesa cubierta de verde paño y la puerta de la casa donde vivía Dorothy Lasalle. Cada vez que se abría aquella puerta, la mirada del hombre, como atraída por un mágico imán, se fijaba en aquel punto a través de los turbios cristales del salón de billares.

***

 

 

Dorothy Lasalle terminó su reportaje. Casi veinte grandes cuartillas constituían la sensacional noticia. Varias veces había arrancado las cuartillas de la máquina, destruyendo lo escrito y comenzando de nuevo, hasta conseguir el artículo del que tan orgullosa se sentía.

Dejando en el cenicero, colmado de colillas, el último cigarrillo encendido, Dorothy se puso en pie, ordenó los papeles y sacó del ropero una bata blanca para preservarse el traje de las salpicaduras de los ácidos. Luego, entrando en otro cuartito sumido en completas tinieblas, encendió una roja lámpara, desenrolló el carrete de película y procedió a las primeras operaciones para el revelado del negativo.

La habitación estaba tan herméticamente cerrada, que la joven no oyó abrirse la puerta de su pisito ni se enteró de la entrada de dos hombres que, después de cerrar tras ellos la puerta, avanzaron hasta el centro del saloncito.

Mientras uno miraba a su alrededor, el otro acercóse a la máquina de escribir y empezó a leer las cuartillas.

Una dura sonrisa contrajo su cetrino rostro. Con pausados movimientos se guardó el reportaje en un bolsillo. En seguida procedió a examinar el contenido del cesto de los papeles, rescatando de él todos los borradores que Dorothy había desechado. Por último, comprobando que la cinta de la máquina era nueva, el hombre la retiró, guardándosela también en el bolsillo. Hecho esto, quitóse lentamente el guante de su mano derecha, conservando el de la izquierda. Hundiendo la mano en el bolsillo, sacó una pistola automática provista de una especie de prolongación. Un perito armero hubiese reconocido en aquello un silenciador Maxim.

Los dos hombres, que en todo aquel rato no habían cambiado una palabra, se miraron. A un gesto del primero, el segundo fue hacia la puerta del laboratorio fotográfico en el momento en que ésta se abría y Dorothy Lasalle, con el rostro iluminado por el entusiasmo, salía apresuradamente con más de un metro de película cinematográfica en la mano.

Su alegría borróse instantáneamente al ver a los intrusos. No tuvo necesidad de preguntarles quiénes eran. Los dos estaban reproducidos en las fotos impresionadas unas horas antes por la joven. Dejando caer al suelo la película, Dorothy retrocedió hacia el interior del laboratorio.

El pistolero entró con ella.

***

El hombre que vigilaba en la sala de billares fue el único que prestó atención a la salida de los dos visitantes de Dorothy Lasalle. Les vio alejarse sin prisas. Sonriendo burlonamente, enyesó la punta del taco y logró una maravillosa carambola por tres bandas, causando la admiración de los curiosos que desde hacía casi una hora observaban sus experimentos.

CAPÍTULO III

 

LA VISITA DEL DIRECTOR

 

 

Duke Straley ahogó una exclamación de incredulidad.

—¿Dice que ha muerto la señorita Lasalle? —preguntó, apretando con fuerza el auricular del teléfono.

La voz que llegaba del otro extremo del hilo aclaró la explicación.

—¿Asesinada? —siguió preguntando Duke Straley—. ¿Por qué?

Y cuando su comunicante le hubo expuesto los supuestos motivos para el crimen, Duke replicó:

—No, en absoluto. No tenla la menor idea. Si recordase algo le avisaría. Tal vez mi hermana...

En aquel momento abrióse la puerta del despacho particular de Duke y un imponente mayordomo anunció con voz potente:

—El director del Daily Graphic desea verle.

Haciendo seña al mayordomo para que aguardase, Straley siguió su conversación telefónica.

—Preguntaré a mi hermana y al señor Dennison. Si averiguo algo se lo comunicaré en seguida. Temo, sin embargo, que no pueda decirle nada.

Colgando el receptor, Duke volvióse hacia el mayordomo y preguntó:

—¿Está Bob en casa, Butler?

—Sí, señor; está con la señorita Elizabeth.

—Entréguele esto.

Duke Straley abrió un cuaderno de taquigrafía y trazó una serie de rápidos signos; luego arrancó la hoja y la tendió a Butler.

—Después haga pasar a ese caballero.

El mayordomo salió del despacho. Unes tres minutos más tarde volvió a llamar, anunciando al señor Blue Lifferkin. El director del Daily Graphic avanzó con la mano tendida cordialmente a Duke.

—Buenas noches, señor Straley. ¿Molesto?

Duke estrechó la mano de su visitante y le invitó a sentarse en uno de los sillones colocados al otro lado de su mesa escritorio.

—Siéntese. ¿Un cigarro?

Lifferkin aceptó el cigarro que le tendía el joven. Después de despuntarlo, lo encendió, aspirando el fragante aroma.

Duke Straley observó atentamente sus movimientos. Blue Lifferkin: el famoso director del Daily Graphic y una de las primeras figuras de la Prensa Unida, era un hombre recio, de aspecto enérgico, prototipo del director de periódicos que ha divulgado el cinematógrafo. Vestía un traje gris y un ligero abrigo de entretiempo, del mismo color.

Entretanto, a través del humo de su cigarro, el visitante observaba a Duke Straley. La figura de éste era familiar para el público. Sus hazañas en el mundo entero habían encontrado fácil eco en la prensa norteamericana, que calificaba al famoso millonario de "superhombre por excelencia" y de "héroe de la juventud moderna".

—Bien —dijo Straley.

Lifferkin pareció sobresaltare.

—Perdone —se excusó—. Estaba pensando en sus hazañas y me asombraba de que haya sido usted capaz de realizarlas. La última ha sido increíble.

—¿A qué debo el honor de su visita? —preguntó, con malhumorada brusquedad, Duke.

—¿Se ha enterado de la noticia? —preguntó Lifferkin.

—¿Qué noticia? El día de hoy parece pródigo en noticias. Supongo que se referirá al asesinato de Manoli Douras, pues no creo que a su periódico le interese la destrucción de una obra de arte.

—¿Su jarrón? —preguntó Lifferkin—. Sí, es algo muy doloroso, y la pérdida de esa maravilla es más de lamentar que la eliminación de un enemigo público de la sociedad. Pero no me refería ni a una cosa ni a la otra, aunque, desgraciadamente, tenemos que conceder más importancia al asesinato del gangster, ya que el último suceso del día está íntimamente relacionado con la muerte de Douras.

—¿De qué se trata? —preguntó Duke con visible disgusto.

—Han matado a nuestra redactora Dorothy Lasalle.

Duke miró fríamente a Lifferkin.

—¿Y qué? —preguntó.

—¿No le sorprende el hecho?

—Sí, me sorprende todo cuanto puede sorprenderme algo después de lo ocurrido este mediodía. ¿La han asesinado? ¿En la calle?

En aquel momento abrióse la puerta y Betty y Bob entraron en el despacho. Al ver a Lifferkin hicieron intención de retirarse.

—Entrad —dijo Duke—. Aquí, el señor Blue Lifferkin, director del Graphic. Señor Lifferkin, mi hermana y mi amigo Roberto Dennison.

Se cambiaron los saludos, y mientras Betty se sentaba frente al director, Bob lo hizo algo más lejos. Duke observaba atentamente la escena. Cuando todos se hubieron acomodado, explicó a su hermana y a Bob:

—Dice el señor que han matado a Dorothy Lasalle. La han acribillado en plena calle...

—Perdone —interrumpió Lifferkin—. La han matado en su casa, robándole su último reportaje y las fotografías impresionadas en el momento del crimen. La señorita Lasalle, que era una de nuestras mejores periodistas, me llamó poco después de cometido el asesinato de Douras, y me dijo que creía saber los nombres de los asesinos. En el momento de cometerse el crimen, ella tenía su cámara fotográfica entre las manos y tiró una serie de instantáneas. Creía que así sería fácil identificar a los criminales. Nuestros periódicos, al reproducir las fotos, prestarían a la Policía una excelente pista que seguir. No quiso decirme de quién sospechaba. Alguien, enterado de su descubrimiento, la ha asesinado, robándole todos los documentos que podían darnos una pista.

—¿No saben quién es el criminal? —preguntó, estremeciéndose, Betty Straley.

—No dejó la menor huella. Dispararon con silenciador. Nadie oyó nada. Por eso he venido a verle, señor Straley.

—¿Por qué me ha elegido a mí? —preguntó Duke.

—Usted, su hermana y el señor Dennison fueron también testigos del asesinato de Big Greek Douras. Los que mataron a Manoli destruyeron la porcelana de usted y luego asesinaron a nuestra reportera. En este asunto, el periódico desea, sobre todo, que se haga justicia y que los asesinos de Dorothy Lasalle purguen su culpa. Si a usted no le interesa la muerte de Douras ni la de la señorita Lasalle, tiene que interesarle la destrucción de su maravillosa joya china. Vénguese de los que la destruyeron y al mismo tiempo vengará los otros dos crímenes.

—Lo siento, señor Lifferkin; pero ni mi hermana, ni el señor Dennison ni yo tenemos la menor idea de quién haya podido ser el asesino.

Lifferkin sonrió benévolamente.

—Perdone que insista —dijo—. Es natural que no sepan quiénes mataron al Griego; pero pueden ayudar a la Policía. Seguramente se tiene ya una pista, si ustedes pueden reconocer alguna de las fotografías que les serán enseñadas...

—Le repito, señor Lifferkin, que no sabemos absolutamente nada —dijo, ya impaciente, Duke Straley—. En el momento en que se cometió la agresión, yo sólo veía lo que tenía en las manos. Mi hermana no miraba hacia ningún sitio, y el señor Dennison tenía también la vista fija en la pieza de porcelana.

Lifferkin volvióse hacia Elizabet Straley.

—¿De veras, señorita, no recuerda usted nada?

—No soy ninguna heroína —sonrió Betty—. Al oír los tiros sentí unos deseos locos de echar a correr. No lo hice porque mi hermano lo hubiera considerado una indignidad; pero las ganas las tuve. Por lo tanto, me quedé quieta, y no miré a ninguna parte.

—¿Y usted, señor Dennison?

Bob tragó saliva y confesó:

—Al oír los tiros cerré los ojos y no volví a abrirlos hasta que se terminaron.

—¿Bromea usted? —preguntó Lifferkin.

—No, no —aseguró Betty—. Aunque no lo crea, Bob es muy miedoso...

—No se burle de mi, señorita. Su última hazaña...

—No haga caso de sus hazañas. Son todas ellas accesos de miedo al miedo.

Lifferkin pareció dispuesto a ofenderse.

—He venido a solicitar una información, no a que se diviertan a mi costa —declaró, muy digno.

—Nadie se divierte a su costa —replicó Duke—; pero si tiene prisa no deseo retenerle más.

Blue Lifferkin se levantó. Betty, que le observaba por entre los entornados párpados, creyó notar en sus ojos un destello de alegría que se esforzaba en disimular.

—Perdone la molestia —dijo, dirigiéndose a Duke.

—Al contrario, perdone usted mi brusquedad. Estoy muy alterado por lo ocurrido con el jarrón.

—Lo comprendo, señor Straley. ¡Un millón de dólares...!

Saludando a los demás, Blue Lifferkin salió del despacho. Cuando la puerta se cerró tras él, Bob se levantó y acudió junto a la mesa.

—¿Quién es? —preguntó—. Ya he puesto el pote en el auto. Dejará un rastro perfecto.

—Bien. No se exactamente quién es. Puede que sea Blue Lifferkin... Aguardad un poco.

Duke descolgó el teléfono y marcó un número.

—Póngame con el jefe... Con Max Mehl —pidió al telefonista que contestó desde la central de la Jefatura Superior de Policía.

—¿De parte de quién? —preguntó el operador.

—De Duke Straley.

El famoso nombre obró como mágico talismán. Un momento después la voz de Max Mehl respondía desde otro teléfono.

—Dime, Duke. ¿En qué puedo servirte? Ya sé lo del jarrón...

—No se trata de pedir favores para mí —interrumpió Duke—. Al contrario, pienso hacerle a usted uno. Envíe un auto patrulla a casa. Ordene que se provean de un faro encarnado. Se consigue el mismo resultado tapando los faros normales con trapos rojos. Tanto da. Lo importante es que la luz sea roja. Cuando lleguen delante de casa verán un rastro verdoso. Síganlo y vean a dónde conduce. Si va a parar al edificio del Daily Graphic, no se molesten en entrar; habrá sido una falsa alarma. Pero si les lleva a otra parte, estarán cerca de la guarida de los asesinos de Douras y de la periodista. Supongo que ya sabrán lo que deben hacer.

—Un momento, Duke. ¿Qué significa eso? ¿Por qué hemos de seguir esa pista?

—Hace media hora me ha telefoneado una persona que, por su acento, por los gritos que daba de vez en cuando, y por el ruido que se oía a través del aparato, parecía ser lo que decía, o sea el director del Daily Graphic. Me comunicó la noticia del asesinato de la señorita Lasalle, y me preguntó si tenía alguna idea acerca de quiénes fueron los autores de la agresión a Douras. Le dije que no sabía nada. Aún estábamos hablando, cuando Butler, mi mayordomo, me anunció la llegada del director del Daily Graphic...

—¡Eh! —exclamó Max Mehl.

—Sí, por lo visto existen dos directores del mismo periódico y los dos se llaman Lifferkin. También mi visitante quería saber si yo tenía alguna idea acerca del autor o autores de los crímenes. Le contesté que no; pero antes avisé a Bob, encargándole que colocase un bidón de nuestra Fosforik, en la trasera del coche de Lifferkin segundo. Se trata de un barniz fosfórico que brilla al ser proyectada sobre él una luz roja. A sus hombres no les será difícil seguir la pista. Infórmese en el Graphic de si su director me ha telefoneado...

—¡Ahora mismo, Duke! Muy agradecido. Supongo que, como otras veces, nos ayudarás...

—No suponga tal cosa, Max. No quiero ayudarle, porque no se lo merece. Si estuviéramos en China, el emperador le haría cortar la cabeza por su incapacidad, demostrada al permitir que queden sueltos por la ciudad elementos tan peligrosos como los que hoy han destruido una obra de arte incomparable. Por consiguiente, no pienso ayudarles en nada... ¡Un momento! El individuo que nos ha visitado tiene una dentadura maravillosa. Ni entre los negros he visto nada igual. Tengo entendido que Blue Lifferkin masca tabaco. Aquellos dientes no son los de un hombre que tenga esa costumbre.

—¡Bravo, Duke! Blue Lifferkin tiene unos dientes que son una vergüenza. En mi vida he visto cosa más negra. ¿Tenía buen tipo ese que ha ido a verte?

—Ya he dicho que no pienso ayudarle, Max.

—Oye, Duke. No te pido que nos acompañes, ni que hagas nada; dime, sólo, si ese hombre era atractivo.

—Sí, lo era. Alto, ancho de hombros, cabello entrecano, una cicatriz en el dedo meñique...

—¿De la mano derecha?

—Sí.

—¡Maravilloso! No cabe duda. Es... Johnny "Dientes Blancos". Bien, muchacho, gracias por todo. Iré a verte dentro de un rato...

—No se moleste, Max, porque...

El corte de la comunicación cortó también la palabra en los labios de Duke. Colgando el auricular, volvióse hacia su hermana y su amigo. Como si temiera que fuesen a reprocharle algo, murmuró:

—Creo que ya estamos metidos en otro jaleo.

Betty lanzó hacia el techo una larga y delgada columna de humo. Con la risa brillando en sus ojos, preguntó:

—¿Lo crees, nada más? A veces me asombra tu optimismo. Estás metido en un lío que te va a costar muchos sudores. Y haces mal, hermanito; porque, tanto si te gusta como si no, yo también intervengo. La jugada que me hiciste la última vez no me la repites ahora.

—Fue por tu bien, Betty —aseguró Duke—. El mismo Bob...

—¡Por favor! —intervino Dennison—. A mí no me compliques en estos asuntos. Yo no creía que el Tibet fuera un sitio a propósito para una mujer joven y bonita. Hubiera sido un crimen exponerla a todo lo que nos expusimos nosotros...

—Gracias por lo de joven y bonita —rió Betty—. Nos conocemos desde hace unos catorce años, ¿verdad?

Bob asintió con la cabeza.

—Sí catorce años —continuó Betty—. Yo estaba robando peras y tú me dijiste que no debía hacerlo; que lo honrado era devolver las peras. Me convenciste y te entregué las peras. Apenas había vuelto la espalda llegó el dueño del huerto, y antes de que pudieras explicarle la verdad, te dio una soberana paliza, por ladrón de fruta. Fue tu primera quijotada.

—Lo recuerdo —aseguró Bob. Y sin darse cuenta de que lo decía en voz alta, pensó:— ¡Qué bonita estabas cuando volviste y de una pedrada dejaste sin sentido a aquel salvaje!

Una carcajada acogió sus palabras.

—Tienes buena memoria —rió Duke—. Aún recuerdo los aspavientos de mamá cuando supo que Isabelita había herido a un hombre.

—¡Pobre mamá! —suspiró Betty—. A veces creo que convertí su vida en un verdadero martirio. Y, sin embargo, los que la creían una española de tipo de comedia antigua se equivocaban. Hasta su muerte fue siempre una chiquilla. Sin su alegre carácter no hubiera podido sufrir tantas penalidades.

—Ella fue la verdadera creadora de nuestra fortuna —declaró Duke—. Papá se llevó la gloria de haber creado de la nada del imperio de la goma, de los neumáticos y de los productos del caucho. Pero él siempre confesó ante nosotros que fue la claridad de visión de mamá y su empuje lo que le hizo dar la cara.

Animado por el recuerdo de la inolvidable doña Isabel de Pozoblanco, duquesa de Pozoblanco, madre de Isabel y de Duke, Bob dijo:

—Recuerdo que, en una de las últimas fiestas que se dieron en esta casa, un financiero le decía a vuestro padre: "Amigo Straley; creo que el tener una mujer como la suya es una de las suertes más grandes que le pueden caber a un hombre. He leído mucho acerca de las españolas y creo que están muy por encima de nuestras mujeres". Y vuestro padre preguntó: "¿En qué sentido?" "En el de que no se entrometen en los asuntos de sus maridos", replicó el financiero. "Si yo tuviese todo el dinero que mi mujer me ha hecho perder, me retiraría a la vida privada. Se cree más lista que yo; insiste tanto en sus consejos, que al fin tengo que hacerle caso. El resultado es catastrófico. En cambio, la de usted..." Y vuestro padre, riendo como un loco, le dijo: "¿Quiere saber una verdad, amigo Sheridan? Pues sepa que en mi casa nunca se ha movido un alfiler sin el permiso de mi esposa. Ella es la dueña y tirana de mi hogar; pero tiene el buen sentido de contentarse con serlo, no lo pregona".

—Papá era así —suspiró Elizabeth—. Nunca se avergonzó de la influencia que mamá ejercía sobre él. ¿Qué contestó Sheridan?

—De momento se quedó mudo de asombro; pero después estrechó fuertemente la mano de vuestro padre y le dijo que le felicitaba de todo corazón, pues una mujer inteligente y que no se empeñe en demostrar que lo es, resulta tan raro como una mujer que no se maquille.

—Menos mal —rió Duke—. Generalmente, cuando alguien oía decir a papá que su mujer valía mucho más que él, se asombraba y demostraba a las claras que dudaba de su capacidad mental.

—Dejemos los asuntos de familia y volvamos a lo nuestro —dijo Betty—. En cuanto se trata de dejarme a un lado, acogéis con un entusiasmo muy sospechoso la menor oportunidad de desviar la conversación. Si a ti te pareció muy gracioso el embarcarme, narcotizada, en el yate de los Barrow, para que no os pudiese seguir a la India, a mí me pareció de pésimo gusto.

—Pues a los Barrow tampoco les gustó mucho —rió Duke—. Sólo a ti se te puede ocurrir romper a martillazos todas las brújulas de a bordo. Dicen que estuvieron un mes sin poder encontrar un puerto donde desembarcar.

—Ya les advertí que si no me volvían en seguida a San Francisco, yo me encargaría de que ellos no llegaran a Honolulu.

—Y lo conseguiste. La primera tierra que vieron fue la de Java.

—Sí. Aún me acuerdo del suspiro de alivio que dieron todos al verme desembarcar, jurando yo que no volvería a poner los pies en su asqueroso barco. Debieron de tener la sensación de que un fantasma malévolo abandonaba el cascarón de nuez a que ellos llaman yate.

—Pudiste provocar un naufragio. Dicen que sufrieron varias tempestades terribles...

—¡Bah! Aquello eran soplos de viento húmedo. Además, ¿quién les manda tener un capitán que no sabe guiarse por las estrellas?

—¿Y a ti quién te mandó tirar al agua los tres sextantes de a bordo?

—Así les demostré lo que soy capaz de hacer.

—Creo que los dejaste bien convencidos —aseguró Duke—. No se me volverá a ocurrir dejarte en manos ajenas.

—Entonces te ayudaré en este caso, ¿verdad? —preguntó Betty.

—¿En qué caso?

—En el de descubrir al autor de la destrucción de la obra de arte china.

—No pienso hacer nada de eso —replicó Duke.

—¿No has dicho...?

—He opinado que sospechaba haberme metido en otro jaleo; pero no toleraré que la cosa siga adelante. Allá la Policía con sus complicaciones.

—¿Y para eso obligaste al pobre Bob a que colocara el bidón de Fosforik en la trasera del auto del supuesto Lifferkin, para lo cual tuve yo que detenerme junto al chofer y dejarme decir barbaridades a fin de que el hombre se distrajera y no mirase hacia atrás? No, hermanito, no. Estás ya enredado en el asunto y no podrás desentenderte de él. Sería muy cómodo eso de que pretendieras morder el cebo sin tragarte el anzuelo. Has pretendido demostrarle al buen Max que con sólo el olor distingues al gato de la liebre. Has querido darle una lección de estrategia, y cuando nuestro buen amigo el Jefe superior de Policía se presente a darte las gracias efusivamente y a decirte que los pájaros volaron de la jaula antes de que llegaran sus agentes, tú te encogerás de hombros y le dirás a Max: "Lo siento, señor Mehl, otro día tendrá más suerte". No, hermanito, no. Si haces eso, Max Mehl se pondrá, con mucha razón, hecho un basilisco. Te llamará un montón de cosas malas, y...

—Un momento, Betty. ¿Por qué han de haber volado los pájaros?

—Por la sencilla razón de que una de las precauciones elementales que toma todo bandido cuando trata con un genio como tú, es la de interceptar su línea telefónica. Si sales al jardín, verás como los cordones presentan una lindísima conexión que habrá permitido a la banda enterarse de tu conferencia con el legítimo Blue Lifferkin y, por lo tanto, comprender que al hablar como lo hiciste con el falso, trataste de tender una trampa tan estúpida que a estas horas se estarán riendo a mandíbula batiente de las genialidades de mi simpático hermano, ¿verdad, señores?

—¿Qué estás diciendo? —preguntóle Duke.

Por toda respuesta, la joven señaló hacia la máquina de escribir, de tipo portátil, que ocupaba un lado de la amplia mesa de Duke, casi junto al sillón en que se había sentado Lifferkin.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Bob.

—¿No se dan cuenta, señores? Mi hermano y el tonto de Bob Dennison no ven el lindo micrófono que nos dejó el señor Lifferkin, alias "Dientes Blancos".

—¿Qué broma es esta? —preguntó, casi furioso, Duke.

Riendo estrepitosamente, Betty se puso en pie y de encima de la mesa, junto a la máquina, cogió una goma redonda, del tipo más usado para borrar escritura de máquina. Acercándose la goma a los labios, Betty inclinó la cabeza a un lado y empezó:

—Muy buenas noches, señores radioyentes. Transmitimos desde el despacho del famoso Duke Straley. Han oído ustedes el interesante programa con que les hemos obsequiado. No olviden, si tienen algún problema insoluble, que Duke Straley de Pozoblanco, el hombre más listo de la tierra, se lo resolverá. Sólo acepta encargos difíciles. Y ahora, en emisión particular para los señores jefes del atractivo "Dientes Blancos", les comunico que han hecho ustedes muy mal en herir el amor propio de Duke. Si no hubieran plantificado este lindo micrófono en su despacho, el genial Straley de Pozoblanco, por cuyas venas corre sangre de adalid del Oeste y de conquistador español, no les hubiera molestado, pues desea descansar de sus peripecias tibetanas. En cambio, ahora no parará hasta enviarles a la silla eléctrica. Cedo el micrófono a mi señor hermano.

Y volviéndose hacia Duke, Betty le entregó la goma, advirtiendo:

—Cuidado, hermanito. El hilo es tan fino que podría romperse y no te sería posible emitir uno de tus deliciosos gruñidos.

Duke descubrió, entonces, por vez primera, el finísimo hilo metálico que estaba conectado a la doble chapa que ocupaba el centro de la goma.

Bob se acercó también, y a su vez descubrió el hilo, que desde la mesa bajaba al suelo y por encima de la alfombra iba hasta la puerta del despacho.

Duke soltó una violenta imprecación. En seguida, con un cortaplumas, abrió la goma por los bordes y descubrió que la superficie era, en realidad, de fino metal pintado de gris, y que debajo aparecía el micrófono más diminuto que había visto hasta entonces. Del centro del mismo partía el finísimo hilo.

—Es una aleación de platino —dijo Bob, que había estado estudiando el alambre—. Muy resistente y tan fino como una hebra de seda. ¿Cómo lo has descubierto, Betty?

—No os lo debiera decir —sonrió la muchacha—. Pero me inspiráis una profunda compasión. Por lo tanto os descubriré un poco de mi capacidad investigadora. Aunque Duke no tiene el vicio de borrar lo que escribe, y casi siempre recurre al expeditivo sistema de tachar con la misma máquina, hace algunos años se compró una goma. Y aunque el novecientos noventa y nueve por mil de las gomas que se venden aquí son de la marca "Typerraser", él compró una "Typerruber", marca que se lanzó al mercado imitando descaradamente a. la "Typerraser" en forma y en otros detalles. Por eso, al fijarme hace un momento, en que la goma era una "Typerrase", comprendí que no era la de Duke, comencé a atar cabos sueltos y recordé la conexión que había descubierto en el jardín. Entonces vislumbré el hilo. No podía ser otra cosa que un micrófono colocado aquí para oír nuestras interesantes conversaciones.

—¿Por qué no avisaste en seguida? —preguntó Bob, mientras Duke iba siguiendo el hilo de platino.

—Porque lo más importante, que era la conferencia entre Duke y el legítimo Lifferkin, había sido ya oída antes de que yo descubriera el empalme conectado a nuestro teléfono. Creí mejor seguir la broma, ya que no se iba a hablar de nada importante.

Duke volvióse en aquel momento y gruñó:

—¿Te crees muy graciosa, Isabelita?

—Al contrario. Me creo muy tonta, porque pensé que tu reacción al descubrir la broma que te han gastado sería jurar que no ibas a concederte un segundo de reposo hasta acabar con los autores de esta ofensa...

—Haré lo que me parezca —gruñó Duke. Y luego, como si hablara para sí, prosiguió:— Claro, "Dientes Blancos" debió de conectar el hilo con el empalme telefónico y luego, conservando en la mano el micrófono, fue desenrollando el resto del alambre hasta llegar aquí. Apoyaría un momento la mano sobre la mesa y dejaría la falsa goma encima de ella. Pero... ¿Cómo supo que yo tenía una goma sobre la mesa?

—Misterio —replicó Betty—. Algún día lo sabremos. Lo cierto es que hizo el cambio con una limpieza maravillosa. Y ahora, si piensas decir algo más, desconecta el micrófono, pues nuestros radioyentes nos están escuchando aún.

Duke abrió la puerta del despacho, y siguiendo el rastro llegó a la ventana del salón, junto a la cual pasaba el cable del teléfono. Al mismo nivel de la ventana, veíase un empalme con la línea telefónica. Ese empalme estaba conectado con el finísimo hilo del micrófono. Duke deshizo las dos conexiones. Volviéndose hacia su hermana y su amigo fue a decir algo, pero le interrumpió la aparición de Butler, anunciando:

—Señor, un caballero desea verle.

—¿Quién es? —preguntó Betty.

—No ha querido dar su nombre. Dice que se trata de un asunto privado y muy urgente.

—¿Qué aspecto tiene?

—Bueno. Lleva dos pistolas encima. Parece entre asustado y furioso.

—Está bien, hazle pasar; pero adviértele que no solemos recibir a gente armada.

—Perfectamente, señor —replicó Butler. Y salió del salón.

—¿Quién será? —preguntó Bob.

—Alguien que vendrá a proponer algún trabajo difícil —dijo Betty—. De todas formas, lo mejor es recibirle.

CAPÍTULO IV

 

MENSAJE DE MUERTE

 

 

Un hombre alto, joven, de negra cabellera y oscuros ojos, vestido con discreta elegancia, entró en el despacho en cuanto Butler abrió la puerta. Detúvose un momento al ver a los acompañantes de Straley y vaciló.

—Entre usted —invitó Duke—. Y si puede decirme su nombre hablaremos con más intimidad.

El recién llegado miró significativamente a Betty y a Dennison.

—Mi hermana y un amigo —explicó Duke—. Pueden oír cuanto tenga usted que decirme.

—¿Presenciaron ellos el asesinato? —preguntó el hombre.

—¿A qué asesinato se refiere? —preguntó Duke—. Llevamos dos, uno de ellos doble.

—¿A quién más han matado? —preguntó el desconocido.

—Compre usted mañana el periódico y lo sabrá —replicó Duke—. No creo que sea ese el motivo de su visita, señor...

—Douras —contestó el visitante—. Alfred Douras.

—¿Pariente de Manoli Douras?

—Su hijo.

—Ignoraba que tuviese un hijo —comentó Duke.

—Puedo enseñarle documentos...

—No hace falta, señor Douras. Es usted el vivo retrato de su padre. ¿En qué puedo servirle?

—Señor Straley; he venido a verle porque durante mucho tiempo he seguido sus extraordinarias aventuras. Le he admirado sin conocerle personalmente. Sin embargo, nunca creí tener que venir a suplicar su ayuda.

—¿Corre usted algún peligro?

—¿Por qué lo pregunta?

Duke se encogió de hombros.

—No es propio de una persona que no tiene miedo ir de visita con dos pistolas encima.

Alfred Douras reflexionó antes de contestar.

—Sí —dijo, al fin—. Creo estar en un grave peligro.

—¿Teme que los asesinos de su padre quieran completar su obra?

—Estoy seguro de que lo intentarán. Por eso he recurrido a usted.

—¿Por qué?

—Se que es usted riquísimo; posee en sus manos el control mundial del caucho y, por lo tanto, aunque yo le ofreciese un millón de dólares, no lograría con ello despertar su interés. ¿No es cierto?

Duke encogióse de hombros.

—¿Puede, usted ofrecer un millón? —preguntó.

—Sí.

—Entonces... veremos. Este caso es parecido al del niño que, teniendo los bolsillos llenos de caramelos, ve que le ofrecen un nuevo bombón. Lo lógico sería que lo despreciase; pero es mucho más lógico que el niño tome la golosina, la desenvuelva y compruebe si tiene mejor aspecto que las suyas. Un millón, incluso para quien tiene más de cien, es siempre interesante. Supongo que su intención no será regalármelo, sino ofrecérmelo a cambio de algo. Desenvuelva ese algo. Si me interesa, tal vez acepte. Al fin y al cabo estoy ya más complicado en este asunto de lo que ya hubiera querido.

Los ojos de Douras se iluminaron.

—Bien —dijo—. Creo que podremos entendernos. En estos momentos, mi mayor deseo es conseguir su ayuda, para vengar a mi padre. Ya sé que la sociedad ha despreciado y perseguido al hombre cuyo apellido llevo. No trataré de justificarle, ni de condenarle. Era mi padre y hasta los lobos aman a sus padres. El mío no era, precisamente, un lobo. Sólo aprovechó unas circunstancias para hacerse rico. Él no creó la Ley Seca, ni inventó el contrabando de licores. Poseía un bar, y de público tuvo que convertirlo en clandestino. Una banda le ofrecía alcohol, y otra le amenazaba con la muerte si aceptaba aquel alcohol en vez del suyo. Durante varios meses, fue víctima de los desmanes de una y otra banda. El resultado fue que un día los jefes de las dos bandas murieron, y mi padre se convirtió en jefe único. Luego, poco a poco, el negocio pasó todo a sus manos...

—Conozco la historia de su padre, señor Douras —interrumpió Duke—. No simpatizo con la vida que vivió; pero tampoco puedo ver con buenas ojos la clase de muerte que le dieron.

—Yo tampoco acepté nunca con agrado su vida, señor Straley. Me eduqué en una Universidad, lejos de Nueva York, y bajo un nombre supuesto. Hasta que la Policía Federal intervino en los asuntos de mi padre, no me enteré de la verdad. Entonces su retrato fue publicado por todos los periódicos. Me dolió mucho saber que era un gangster. No es un descubrimiento agradable para quien ha creído a su padre el hombre más maravilloso del mundo.

Alfred Douras se interrumpió un momento. Encendió con mano temblorosa un cigarrillo y fumó unos segundos en meditativo silencio. Al fin prosiguió:

—Tal vez todo esto no les interese a ustedes, pero creo necesario explicarlo para que comprendan mi deseo de que usted, señor Straley, intervenga en la solución del misterio que rodea la muerte de mi padre. Desde que ingresé en la Universidad, tuve mi cuenta corriente. Yo suponía que se trataba de una simple cuenta de diez mil dólares, pero al ocurrir el escándalo de la detención de mi padre, averigüé que dicha cuenta corriente ascendía a un millón y pico de dólares. Entonces hubiera podido renegar de mi progenitor, pues no le necesitaba materialmente. Una muchacha con quien yo estaba comprometido me lo aconsejó: No quise hacerle caso y puse mi dinero a la disposición de quien me lo había dado. Fue un gesto que agradó mucho a mi padre; pero no tuvo necesidad de recurrir a mí. Era lo bastante rico para salir del apuro, pagar sus impuestos atrasados y conservar aún varios millones. Desde entonces vivimos unidos, ya que mi padre comenzó a dedicarse a operaciones legales. Al poco tiempo, no se cómo, conoció al profesor Hanzer.

—¿El famoso químico alemán? —preguntó Bob.

—Sí. El profesar estaba en camino de descubrir algo maravilloso. Un invento que revolucionaría el mundo. Necesitaba mucho dinero. Mi padre se lo proporcionó. Durante cinco años, el profesor estuvo trabajando sin descanso en su laboratorio. Mi padre buscó a dos miembros de su antigua banda y los puso de vigilancia, para que protegieran al profesor de toda mirada indiscreta. Al fin, hace algún tiempo, mi padre me dijo que los experimentos habían dado resultado, que en breve seríamos los hombres más ricos del mundo. Le pregunté de qué se trataba, y él se negó a decírmelo, alegando que el secreto no era sólo de él. Mi padre sólo dijo que la fórmula del invento estaba guardada donde ningún idiota la buscaría.

—¿Dijo esas mismas palabras? —preguntó Duke.

—Sí, lo recuerdo perfectamente. Me dijo: "Tengo ya la fórmula completa en mi poder y la he guardado en un sitio donde ningún idiota la buscará".

—Entonces, ¿ignora usted qué clase de fórmula es?

—Por completo —replicó Alfred Douras—. Lo único que sé es que se trata de algo que revolucionará alguna industria y que representará un ingreso anual de muchos millones. Mi padre no quiso decir más, y al profesor Hanzer, aunque venía a menudo a casa y hablaba conmigo de música y de pintura, era inútil preguntarle, pues nunca he visto a un hombre más reservado.

—El profesor Hanzer se especializó en investigaciones sobre la hulla y los carbones minerales —dijo Dennison.

—Sí, indudablemente era algo que tenía relación con la hulla, pues recibía muchos cargamentos de carbón mineral —replicó Alfred Douras—. Fuera lo que fuese, es un misterio. Y sin usted, temo que continúe siéndolo.

—¿Por qué?

—Porque al profesor Hanzer lo asesinaron al mismo tiempo que a mi padre.

—¿Era el hombre que iba con él?

—Sí. Por eso estoy seguro de qué alguien tenía interés en apoderarse de las muestras que llevaba Hanzer en su maletín.

—¿Qué maletín? —preguntó Bob.

—El que llevaba cuando le mataron —contestó Betty—. Recuerdo perfectamente que el acompañante del señor Douras llevaba un maletín negro en la mano.

—Sí, así era —asintió Alfred.

—¿Y dónde está ese maletín? —preguntó Duke.

—Ha desaparecido. Nadie ha podido dar noticia de él. Creo que lo robaron.

—¿Sospecha usted que el motivo del crimen no fue precisamente el deseo de saldar viejas rivalidades, sino el afán de apoderarse del contenido de aquel maletín?

—Creo que sí. La mayoría de los antiguos enemigos de mi padre no están ya en este mundo. Han ido cayendo al intentar seguir en su lucha contra la Ley. Mi padre ayudó a aquellos que desearon regenerarse y estoy casi seguro de que no tenía enemigos particulares. Si alguien deseó su muerte, no fue por odio, sino por beneficiarse de ella.

—¿Con el invento? —preguntó Duke.

—Sin duda alguna. Es la única explicación lógica.

—¿Quién hereda sus bienes?

—Yo. En la actualidad, su fortuna se reducía a algo más de medio millón. En los experimentos de Hanzer enterró algo así como siete millones.

—Eso quiere decir que opinaba que los beneficios que podía reportarle merecían exponer tal fortuna.

—Sí, señor Straley. Estoy convencido de que el invento es algo prodigioso.

—Y usted desea que yo encuentre esa misteriosa fórmula, ¿verdad?

—Sí. Deseo que la encuentre y, sobre todo, que vengue a mi padre. Sé que a usted no le ciega el dinero. Posee demasiado para dejarse ganar por una oferta material, por grande que sea. Sin embargo, se la haré. Aquí tiene este documento —Alfred Douras tendió una hoja de papel escrita a mano—. Es una cesión de un interés del cincuenta por ciento en los beneficios que reporte la fórmula si llega a ser descubierta. Y, como anticipo, la cantidad de medio millón. Aquí lo tiene.

Y Alfred depositó sobre la mesa cinco fajos de billetes de a mil dólares, con los precintos de la Casa de la Moneda.

—¿Cree que los asesinos han hallado la fórmula? —preguntó Elizabeth.

Alfred movió negativamente la cabeza.

—No, no lo creo. Tiene que estar muy bien escondida. Sólo pueden haber encontrado les resultados de los experimentos finales.

—¿Y el laboratorio de Hanzer? —preguntó Duke—. Tal vez allí quede algún documento...

—Ha sido incendiado —interrumpió Alfred—. Se ha querido borrar todo rastro.

—¿Quién lo incendió? —dijo Bob.

—Los mismos que asesinaron a mi padre.

—Por lo tanto no existe ninguna pista —dijo Duke.

—Ninguna. Nosotros tendremos que trabajar a ciegas. Ellos, en cambio, saben lo que deben buscar.

—Nos llevan ventaja.

—Y son hombres que no vacilan ante ningún obstáculo —recordó Alfred.

—Eso lo hace más interesante —sonrió Betty.

—Y más peligroso —se lamentó Bob.

—Por ello ofrezco lo que ofrezco —dijo Alfred—. Medio millón de anticipo es mucho; pero el cincuenta por ciento sobre los beneficios que produzca la fórmula es, sin duda alguna, muchísimo más. En el papel que le he entregado especifico que, en caso de que yo muera, heredará usted todos los derechos sobre la fórmula, señor Straley. Quería, además, extender un testamento hológrafo a su favor por la totalidad de mis bienes. No he podido hacerlo. Si me da papel, lo extenderé ahora.

—Un momento —interrumpió Duke—. Usted desea que yo intervenga en este asunto para vengar a su padre, recuperar la fórmula y ayudarle a crear la fortuna que sospecha se esconde detrás del invento. Me ha elegido porque tengo fama de resolver los problemas imposibles y, además, de que sólo me gustan las cosas difíciles y peligrosas.

—Exacto. Me mueven esos intereses que usted ha expuesto. Vengar a mi padre, encontrar la fórmula y explotarla en sociedad con usted.

—Bien, así nos entenderemos mejor. Antes de empezar las operaciones me gustaría registrar su casa. Tal vez la fórmula esté en algún sitio tan fácil de encontrar, que yo cometería un robo si aceptase ni un centavo suyo.

—Tenemos dos viviendas —interrumpió Alfred Douras—. Una en la ciudad y otra en Long Island.

—Entonces, puede estar en cualquiera de las dos...

—O en algún banco, a pesar de que mi padre no era aficionado a guardar documentos importantes en esos establecimientos. Lo mejor será que, por lo que pudiera sucederme, le nombre heredero de todos mis bienes. Sobre todo, de las dos casas.

—No lo creo necesario —comentó Duke.

—No importa. Así estaré más tranquilo. Déme papel y extenderé el testamento. Su amigo puede firmar como testigo.

—Como quiera —replicó Duke—. En esa mesita, junto a la ventana, encontrará papel y plumas.

Alfred se puso en pie y, acercándose a la mesita indicada pez Duke, sentóse frente a ella. Destapó su estilográfica y apoyando la cabeza en la mano izquierda descansó la pluma sobre el papel. Sin duda pensaba en cómo iniciar el testamento.

El silencio, en el despacho, era absoluto. Duke jugueteaba con uno de los fajos de billetes. Betty, fingiendo elegir un cigarrillo, observaba atentamente a Alfred Douras. Bob arrancaba hebras de lana a la tapicería del sillón en que se sentaba, al mismo tiempo que, de reojo, miraba a Betty.

De pronto el silencio fue quebrado por un chasquido metálico que parecía proceder de la amplia ventana, en cuyo cristal apareció un menudo y limpio orificio.

Duke y sus compañeros tardaron unas décimas de segundo en darse cuenta de lo ocurrido. Sólo cuando Alfred Douras, sin lanzar ni un grito, cayó de bruces sobre la mesa a que estaba sentado, comprendieron todos que por el menudo orificio de la ventana había entrado un mensaje de muerte.

CAPÍTULO V

 

PLAN DE CAMPAÑA

 

 

En el mismo instante en que Duke Straley se disponía a correr hacia Alfred Douras sonó insistentemente el timbre del teléfono.

Conteniendo con un ademán a su hermana y a Bob Dennison, Duke descolgó el auricular. Antes de que preguntase quién llamaba, una voz llegó hasta él por el hilo telefónico y le saludó burlonamente:

—Buenas noches, señor Duke.

—¿Quién llama? —preguntó el dueño de la casa.

—La banda de La Mano Negra. La invencible, la única Mano Negra.

—Déjese de tonterías y dígame lo que quiere —gruñó Straley—. ¿Es usted quien ha organizado esta serie de asesinatos?

—Yo mismo —contestó la voz—. No existe ninguna banda de tipo de folletín; pero andamos detrás de algo muy importante. Preferimos su neutralidad a tenerle por enemigo; pero eso no quiere decir que nos asuste usted.

La mano derecha de Duke cogió un lápiz y abrió el cuaderno de taquigrafía. Apenas apoyó el lápiz sobre el papel, llegó hasta él una violenta carcajada.

—No sea tonto —dijo la voz—. No pierda el tiempo encargando a sus compañeros que localicen esta llamada telefónica. Si vuelve a moverse cortaré la comunicación y seguirá la lucha sin cuartel.

Duke, sorprendido, soltó el lápiz y apartó el cuaderno.

—Así me gusta —dijo el que telefoneaba—. Ahora diga a su hermana y a su amigo que se estén quietos y no traten de deslizarse hacia la puerta.

—¿Nos ve usted? —preguntó Duke.

—Tal vez —replicó la voz.

—¿Ha descubierto el suero de la invisibilidad?

—No trate de ganar tiempo mientras idea alguna trampa para cazarme —dijo, con sorna, la voz del misterioso comunicante—. Óigame bien y siga mi consejo. Encima de su mesa tiene medio millón de dólares. Es un buen bocado. Guárdelo en su caja de caudales o donde quiera y no se mezcle en este asunto. Se ahorrará quebraderos de cabeza. Lo que acaba de ocurrir es una simple demostración de nuestro poder.

—¿No es usted solo? —interrumpió Duke.

—No se preocupe de si estoy solo o me acompaña una legión de hombres dispuestos a todo.

—Me gusta el melodrama —dijo Duke, sonriendo—. Continúe con sus cuentos de miedo.

Una divertida carcajada llegó hasta el oído de Duke, quien empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa. Al momento, la voz misteriosa ordenó:

—Interrumpa las señales Morse.

—¿Las oye? —preguntó Duke.

—Y las veo.

—Empieza usted a maravillarme.

—Oiga, Duke. Ahí va mi ultimátum: Guarde el dinero que ha recibido y absténgase de intervenir. En menos de doce horas han muerto cuatro personas. No quiera ser usted la quinta.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo.

—Me molestan esos consejos.

—¿Por qué? ¿Prefiere hechos más convincentes?

—Me gusta ver la cara de las personas con quienes discuto.

—Y a mi me molestan las chanzas.

—Entonces, ¿por qué está haciendo todas estas payasadas?

—¿Cree que lo son?

—Desde luego.

—¿Quiere que para demostrar mi fuerza le apague las luces de su despacho?

—Si es usted capaz de apagar sólo las luces de mi despacho, y no las del resto de la casa, creeré en esa fuerza.

—¡Bah!

—Ya sabía yo que era usted incapaz de hacer eso. Puede apagar las luces de toda la casa ordenando a uno de sus cómplices que corte uno de los hilos conductores del fluido eléctrico; pero lo bonito que sería apagar una sola luz, es incapaz de hacerlo. Por lo tanto, deje de hacer el fantasma y escuche ahora mi ultimátum, pues también yo se presentarlos: Apártese de mi camino. No se interponga en mis pasos. Haré lo que yo quiera, y si usted y sus pistoleros tratan de repetir el juego que han practicado hasta ahora, se van a arrepentir de haberme conocido.

—Muy bien, señor superhombre —replicó el otro, con acento tembloroso por la cólera—. Siga adelante. Veremos si dando palos de ciego logra alcanzarme. Mientras tanto voy a demostrarle...

La mirada de Duke se había clavado un instante en los ojos de Bob. Luego volvióse velozmente hacia el conmutador de la luz, que se encontraba a unos tres metros del joven. Éste captó en seguida el aviso y se lanzó hacia la llave al mismo tiempo que Straley saltaba de lado.

La oscuridad y el salto de Duke coincidieron con la repetición del chasquido metálico que precediera a la muerte de Alfred Douras. Elizabeth ocultóse detrás de su sillón.

La estancia quedó en completas tinieblas y sólo se oyó el leve arrastrar de un cuerpo por el suelo. Las dos amplias ventanas del despacho dejaban entrar una tenue claridad que poco a poco se fue haciendo suficiente para permitir ver los detalles de la habitación.

Betty vio como su hermano se acercaba a uno de los ventanales y oprimía el resorte que cerraba las persianas. Luego hizo lo mismo con el otro corriendo a continuación las pesadas cortinas de terciopelo. Cuando hubo terminado, ordenó:

—Encended las luces.

Dennison hizo girar la llave del interruptor y la luz volvió a inundar el despacho.

—Procurad no acercaros a las ventanas ni poneros frente a ellas —dijo Duke, que estaba en pie, sacudiéndose unas motas de polvo de su impecable traje.

Betty se levantó, saliendo de detrás del sillón que había utilizado como barricada.

—Esto se va poniendo movido —comentó, arreglando el desorden de su cabellera.

—Sí, ya estamos metidos del todo en otro jaleo —declaró Bob.

—Puedes retirarte, aún estás a tiempo —dijo Duke Straley, mientras colgaba el receptor telefónico.

—Ya sabes que no quiero retirarme —contestó Bob—. Soy lo bastante idiota para no hacerlo.

—Podemos repartir los beneficios —sonrió Duke.

—¡Bah! —replicó Bob—. Tengo más dinero del que puedo gastar. Vivo a tu costa en esta casa, o te acompaño por el mundo, y, mientras tanto, tengo un rascacielos a mi disposición y no lo visito ni una vez al año.

—Te gusta más viajar por el Tibet, ¿no es cierto?

—Es verdad —asintió Bob—. Mientras estuvimos corriendo nuestras últimas aventuras, no hacía más que preguntarme por qué diablos me había embarcado en ellas, y, en cambio, ahora casi lamento que hayan terminado.

Betty le dirigió una profunda mirada.

—Eres el verdadero aventurero —dijo—. Los más grandes fueron como tú, Bob. Eran gente de paz, de orden, de hogar, y, sin embargo, se lanzaban a la conquista de imperios. Luego, cuando terminaba la lucha, sabían construir naciones. Los hombres como mi hermano nunca han hecho nada bueno. Son batalladores hasta el fin; pero no crían moho. Siempre están rodando hasta que llegan al abismo en que se hunden definitivamente.

—Y, a todo esto, aún no nos hemos preocupado del amigo Douras hijo —interrumpió Duke.

Su comentario fue cortado por el lejano quejido de una sirena policíaca, que fue creciendo hasta hacerse ensordecedor. Por fin llegó hasta la casa. Después de un chirrido de frenos, la sirena se apagó lentamente. Un momento después, sin hacerse anunciar, Max Mehl, el enérgico jefe de la Policía Metropolitana, entraba en el despacho.

—Hola, Duke —saludó, avanzando hacia el centro de la estancia—. ¿Qué hacéis tan encerrados aquí? Hola, Betty. ¿Qué hay, Bob?

Sin esperar la respuesta a sus rápidos saludos, el policía, que vestía de paisano, aunque exudaba autoridad por todos los poros de su traje azul marino, tendió la mano a Duke. Después de cambiar un destructor apretón, empezó, con la rapidez de una ametralladora:

—Gracias por el aviso. Pero no conseguimos nada. El auto estaba vacío, frente a una casa cercana a la estación Grand Central. Registramos todo el edificio, y en el quinto piso encontramos un verdadero arsenal de armamento. Todo armas de la Policía, resultado del asalto a un depósito de Nassau County. Ni huellas dactilares visibles, aunque sigue el escrutinio, ni nada que permita identificar a los ocupantes...

Max Mehl se interrumpió un momento y, señalando hacia Alfred Douras, preguntó:

—¿Quién es ése? ¿Se puede hablar delante de él?

Soltando una nerviosa carcajada, Betty dijo:

—Desde luego, señor Mehl. Es de toda confianza. No repetirá a nadie lo que oiga.

—¿Seguro?

—Sí, capitán; está completamente muerto —dijo Bob.

Max Mehl estuvo a punto de tragarse el puro que había cogido de encima de la mesa de Duke.

—¿Cómo? —gritó—. ¿Que está muerto?

—Sí, un balazo en el corazón —dijo Duke—. Todavía no lo he examinado. Iba a llamarle a usted dentro de un momento.

Max Mehl miró a Straley como si se creyera víctima de una broma.

—Oye, Duke: te burlas, ¿verdad?

—Nada de eso, capitán; examínele usted mismo.

Max Mehl renunció a encender el cigarro y, dejándolo sobre la mesa, avanzó hacia el cadáver.

—¿Quién es? —preguntó, después de asegurarse por medio de un rápido examen de que el cuerpo carecía totalmente de vida.

—Alfred Douras, hijo de Manoli Douras. En diez horas han eliminado del mundo a toda la familia.

—¿Dónde lo habéis encontrado?

—Nos lo han matado a domicilio —dijo Betty, que se esforzaba por contener sus encabritados nervios.

Era la segunda vez en un día que se encontraba ante la muerte en su forma más violenta.

—Le han disparado cuando iba a hacer testamento a mi favor —explicó Duke.

—Pero... ¿y el asesino? ¿No habéis podido identificarlo?

—A juzgar por el impacto del proyectil, sospecho que se ha utilizado un arma de precisión, seguramente un rifle militar provisto de miras telescópicas. El disparo puede haberse hecho a mil o mil quinientas metros de distancia.

—¿Bromeas?

—No, Max. No se oyó detonación en ninguno de los dos casos.

—¿A quién más han matado? —la alarma se pintó en el semblante de Max Mehl.

—Querían eliminarme a mí. Me han estado entreteniendo un buen rato por medio de una charla telefónica hasta que han variado la posición del rifle y se han asegurado de que la bala me entraría en el corazón. Tuve la suerte de anticiparme en unos segundos a ellos. En realidad me salvé porque el jefe de los asesinos es terriblemente vanidoso. Ha leído muchos folletines y le gusta hacer de hombre invisible...

—¡Por favor, Duke! —interrumpió el Jefe de Policía—. Habla de manera que yo te pueda entender. Déjate de jeroglíficos y explícame las cosas desde el principio.

Straley procedió a explicar detalladamente lo ocurrido en aquella movida noche, incluyendo su conversación con Alfred Douras. Cuando terminó, Max Mehl acercóse a la mesa y, dirigiendo de vez en cuando temerosas miradas a la ventana, examinó el tablero del magnífico escritorio de caoba, en cuyo centro se veía un pequeño agujeró.

—¿Cómo estabas sentado? —preguntó Max, dirigiéndose a Duke.

—Pues de manera que mi corazón coincidía con el trayecto seguido por el proyectil.

Max Mehl abrió el cajón de la mesa y en un grueso libro de contabilidad vio reproducido el orificio que aparecía en la superficie del mueble. Sacando el libro lo volvió. En la parte inferior sólo se veía un pequeño abultamiento, señal de que la bala había quedado entre las páginas.

Abriendo el volumen, el policía no tardó en encontrar la bala. Era blindada, de unos veintiocho milímetros de largo y del calibre siete milímetros.

—Estabas en lo cierto, muchacho —comentó—. Es de rifle de precisión. Seguramente una "Springfield-Martin". Son armas reconstruidas para tiro en polígono. Suelen ir provistas de telescopio.

Max Mehl, cuya energía parecía bastante reducida, paseó por el cuarto, con las manos a la espalda.

—Todo esto es muy desagradable —dijo—. Los periódicos me van a poner de vuelta y media. No comprendo quién podía tener interés en liquidar al Griego y a su hijo.

—Tal vez la fórmula de Hanzer...

—No, eso no. Tiene que haber algo más. Viejas rivalidades. Cuando yo me hice cargo de mi puesto, me hablaron de que el Griego Douras había liquidado a toda una banda rival. Se deshizo tan bien de los cadáveres, que fue imposible cargarle las culpas, ya que sin cuerpo del delito no puede existir crimen. Fue la banda de Morella. Quedó solo Morella. Y juró vengarse. Tal vez... ¡Pero no, no! A Morella lo eliminaron hace tres años... y no dejó familia. ¿De veras estás dispuesto a ayudarnos, Duke?

El dueño de la casa movió negativamente la cabeza.

—No, Max, no pienso ayudarle. Su obligación es tener vigilada la ciudad. Toda esta serie de asesinatos llevan un sello característico: Gangsterismo. Usted cree que las antiguas bandas han sido deshechas. No estoy de acuerdo. Alguna de ellas subsiste, o ha sido formada con miembros de bandas disueltas. Averigüe qué pistoleros rondan por Manhattan.

—Hay varios, pero la mayoría se han reformado.

—No creo que ningún bandido se reforme totalmente. No operan porque no se les presentan trabajos que valgan la pena. Durante algún tiempo se dedicaron al secuestro. La Ley Lindbergh, con la amenaza de la silla eléctrica para el secuestrador y sus cómplices, los ha asustado. Ahora hay en juego algo que vale muchos millones. No sé lo que es; pero si ese Douras enterró una fortuna en los experimentos de Hanzer, lo hizo esperando recuperarlos con creces.

—¿Crees que alguien ha olido lo de la fórmula y quiere apoderarse de ella?

—Sí. Es indudable que Douras no podía explotar ese invento, pues los experimentos casi le arruinaron. No obstante, esta mañana iba a visitar a alguien para mostrarle los resultados de los trabajos. Si la fórmula estaba conseguida y los trabajos bien expuestos, podía encontrar fácilmente un capitalista a base de una comisión muy elevada.

—¿Y qué diablos pudo haber inventado ese alemán? —preguntó el jefe de Policía.

—Hace algunos años, el carbón sólo servía como gas o fuerza motriz —intervino Dennison—. Hoy día puede significar muchas cosas, pues la química que trata las materias sintéticas ha extraído de él un sin fin de elementos substitutivos de los productos naturales.

—¿Tienes alguna idea, Bob? —preguntó Max Mehl.

—No, ninguna. Sólo he querido decir que, tomando como base el carbón, es imposible imaginar lo que Hanzer puede haber descubierto. Es como si nos presentaran un bloque de mármol y nos preguntaran qué tipo de escultura podía salir de él.

—De todas formas es relativamente fácil sacar algunas conclusiones —dijo Betty—. Yo no entiendo mucho de química; pero tengo algunas ideas. Del carbón salen los brillantes, ¿no?

—Pueden salir —reconoció Bob.

—Quizá Hanzer inventó un diamante sintético. Tal vez con ello bajaran de precio los legítimos, y los sintéticos no valieran ni la centésima parte de los buenos, pero sería posible obtenerlos del tamaño y forma que se quisiera, y entonces adquirirían un gran valor industrial.

—Es posible —admitió Duke.

—También puede haberse descubierto una nueva materia plástica.

—Existen ya muchas —recordó Bob.

—Alguna fibra artificial.

—También existen muchas.

—Petróleo. Ya se que se consigue benzol: pero tal vez ese alemán haya descubierto la forma de producirlo más económicamente.

—O caucho sintético —comentó Bob—. A base de acetileno.

—No sería nada nuevo —decidió Duke.

—Dejémonos de cábalas. He de avisar que vengan a recoger esto —dijo Max Mehl, indicando el cadáver con un movimiento de cabeza.

Duke contuvo al jefe de Policía cuando éste se dirigía hacia el teléfono.

—¿No oís nada? —preguntó a su hermana y a Bob.

Todos guardaron silencio. Al cabo de unos instantes, Betty y Bob movieron negativamente la cabeza. Max Mehl dijo:

—No, no oigo nada.

—¡Calle! —indicó Duke.

Acercóse a la mesa y, cautelosamente, apoyó los dedos sobre ella. Una amplia sonrisa iluminó su rostro.

—Me va a deber un gran favor, amigo Max —dijo al fin, volviéndose hacia el policía—. Fíjese.

Cogió un cenicero de plancha de latón, y apartándose e indicando a los demás que le imitaran, tiró la bandeja de forma que chocase contra la horquilla del teléfono.

Una azul llamarada brotó del aparato. El cenicero salió despedido, cayendo a bastante distancia transformado en un objeto informe. Una tenue nube de humo flotó hasta el techo y toda la estancia retembló a efectos de una sorda explosión. El ambiente se llenó de olor a caucho quemado.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el policía, pálido como un muerto.

—Una cosa muy sencilla —replicó Duke con dureza—. Han conectado un cable de alta tensión al teléfono, y si llega usted a poner la mano encima del aparato hubiera muerto electrocutado.

Max Mehl tragó saliva.

—¿Y por qué me querían electrocutar? —preguntó.

—No era a usted, sino a mí —explicó Duke.

—¿Y por tu culpa he estado yo a punto de...?

Sin terminar la frase, Mehl sacó un gran pañuelo y secóse el copioso sudor que bañaba su frente.

—¡Diablo! —exclamó al fin—. Esos individuos no se detienen ante nada.

—No, son unos enemigos peligrosos. Pero han equivocado la estrategia. Si quieren luchar conmigo, tendrán que hacerlo de firme.

—Yo te apoyo, muchacho —aseguró Max—. No puedo perdonarles lo que han estado a punto de hacer conmigo.

—Está bien. Acepto su ayuda. Hoy es demasiado tarde para entrar en acción. Quienquiera que esté detrás de todo esto, persigue la fórmula de Hanzer. Esa fórmula sólo puede estar en dos sitios. En la residencia de Douras en Nueva York, o en la que tiene en Long Island. Necesito que, sin perder un segundo, ordene a sus hombres que vigilen las dos casas. Envíe veinticinco o treinta agentes a cada una de ellas. Sobre toda a la de Long Island.

—¿Crees que estará justificada la medida? —preguntó Max Mehl—. Yo no tengo autoridad en Long Island.

—Pero puede solicitar del jefe de allí que haga vigilar la casa de Manoli Douras, ¿no?

—Eso sí. Me debe algunos favores...

—Pues ha llegado el momento de recordar esa deuda. Como ha visto, Max, tenemos que luchar con gente implacable, que hiere sin preocuparse de las consecuencias que sus agresiones puedan tener para los inocentes. Aunque debamos tomar como campo de batalla la ciudad de Nueva York...

—Eso no, Duke —suplicó Max—. Ya se ha armado bastante ruido aquí. Si puede ser, desplaza el combate hacia Brooklyn, Queens o Long Island. Así, repartido entre todos, se verá menos.

—No se preocupe. Lucharé donde ellos quieran.

—En Long Island hay unos campos maravillosos —insistió Max—. Podéis utilizar hasta tanques. ¿No comprendes que los periódicos me van poner por los suelos?

—No me importa que le pongan por donde quieran. Si, como supongo, la fórmula se encuentra en la casa de Long Island, la pelea será allí. De lo contrario, si está en el alojamiento de Nueva York, tendremos que luchar aquí.

—Pues quiera Dios que esté en Long Island.

—Oiga, Max, advierta también a su colega de Long Island que mañana iremos nosotros a la casa de Douras.

—¿Será eso legal?

—Desde, luego. Soy el heredero de la fórmula. Legalmente tengo, por lo tanto, derecho a encontrarla y utilizarla en mi provecho con tal de que descubra a los asesinos de Manoli Douras.

En aquel preciso instante el edificio entero fue conmovido por un trueno ensordecedor. Todos se miraron, espantados, y hasta varios segundos después, cuando, apagados los ecos del trueno, la lluvia azotó los cristales de las ventanas, no comprendieron que una gran tempestad se desencadenaba sobre Nueva York.

CAPÍTULO VI

 

LA PELÍCULA

 

 

—La cena está servida, señorita —anunció Butler, que, como buen mayordomo, había considerado que la llegada de la Policía y el levantamiento del cadáver no tenían por qué alterar las normas de la casa.

Betty miró a su hermano y a Bob. Por vez primera en su vida comprendió la diferencia que existía entre ella y aquellos dos hombres, acostumbrados a ver de cerca la muerte.

Iba a decir que su estómago no estaba en condiciones de admitir el menor alimento y que esperaba que los de ellos opinaran igual, cuando, con profundo asombro, vio que Bob y Duke decían, casi a la vez:

—Bien, Butler; vamos en seguida.

Y Bob; el tímido, el frágil, el débil, agregó:

—Hacia tiempo que no tenía tanta hambre.

—¿De veras? —preguntó Betty—. ¿Vas a poder comer después de lo de esta noche?

Dennison miró a la joven y vaciló.

—Hombre... yo... Pues, sí, la verdad, tengo apetito.

—Sí, Betty; tenemos apetito —dijo Duke.

—Pero... pero... ¡Si aún huele a muerto!

Duke se echó a reír.

—¿Te acuerdas de aquella semana que pasamos cerca del Paso de Khyber? —preguntó a Bob—. ¡Allí sí que olía a muerto! ¿Cuántos acemileros nos mataron?

—Siete —contestó Dennison—. Pero no fue agradable. Desde entonces odio el "corned beef".

—Está bien —suspiró Betty—. Si he de ser una de vosotros, procuraré comer; pero... no estoy muy segura.

Apenas habían entrado en el espacioso comedor, cuyo mobiliario, de roble macizo, era de magnífico estilo Renacimiento español, Butler anunció:

—El señor Dubler desea verle, señor Straley.

—¿Dubler? —preguntó Duke—. ¿Qué querrá a estas horas?

—Seguramente vendrá a anunciar que se han quemado las oficinas de la Compañía —comentó Betty, echando una triste mirada a la humeante sopa.

—No suele venir hasta fin de mes para la firma de los estados de cuentas —meditó Duke.

—Hazle entrar y sabremos a qué viene —aconsejó Betty.

Thomas Dubler, gerente apoderado en las oficinas centrales de las fábricas de caucho y derivados que poseían los Straley, entró en el comedor con su paso rápido y silencioso. Era un hombre menudo, que parecía flotar dentro de su negro traje. Tenía la apariencia de un infeliz oficinista, de esos que vegetan en su empleo sin pasar, nunca, de una mísera medianía. Sin embargo, era uno de los hombres más inteligentes que trabajaban a las órdenes de Duke.

—¿Qué ocurre, señor Dubler? —preguntó Duke, después de invitar a su visitante a ocupar un sitio en la amplia mesa.

Dubler no rechazó la invitación. Ocupó el puesto que habitualmente se le reservaba, y cuando terminó la sopa anunció:

—No le traigo ninguna mala noticia.

—Ya lo he supuesto, Dubler —replicó Straley, mientras el mayordomo le servía el pescado—. Cuando trae malas noticias las da antes de cenar.

—Tampoco tengo nada bueno que decirle.

—También me lo figuro —sonrió Duke—. Cuando trae buenas noticias las reserva para el final de la cena. La noticia es intermedia. No llega a ser mala; pero está muy lejos de ser buena.

—Exacto, señor Straley. He sabido, por la Prensa, que estuvo presente cuando el asesinato de Douras. Lamento mucho lo del jarrón, he repasado su contrato con Hagstrom y le he conminado a que entregue antes de veinticuatro horas la cantidad que se comprometió a pagar.

—No querrá. No le entregamos el jarrón de porcelana...

—El contrato especificaba que el jarrón debía ser traído a los Estados Unidos y que Hagstrom lo retiraría en la Aduana. No lo hizo. Lo ocurrido luego es culpa suya por no haberse presentado a recoger la obra de arte de manos de los aduaneros. Si trata de esquivar el pago, le pondremos en un aprieto.

—Está bien —replicó, indiferente, Duke—. ¿Qué más?

—Hace tres días recibimos esta carta —y Dubler tendió a su jefe una carta escrita a máquina—. Es de M. Douras. Lea.

Al oír el nombre del asesinado, Duke cogió ávidamente el papel, leyendo en voz alta:

"Para tratar de un asunto de nuestra mutua conveniencia, pasaré por sus oficinas pasado mañana, acompañado de mi socio el profesor Emil Hanzer. Le ruego que en interés de usted y nuestro guarde la mayor reserva acerca de nuestra visita. Sería también, conveniente que pudiera asistir a nuestra conferencia alguno de sus químicos. Aprovecho esta ocasión para saludarle atentamente: M. Douras.

 

—Veo que la nota no va dirigida a nosotros —dijo Straley.

—No, señor —replicó Dubler—. Fue recibida por mi secretaria. El dador insistió mucho en entregármela personalmente.

—¿Y a qué podía obedecer esta carta? —preguntó Duke—. No puede ser más vaga.

—Opino lo mismo, señor Straley —admitió Dubler—. El nombre de Douras nos era completamente desconocido, ya que nadie lo asoció con el del antiguo y famoso contrabandista.

—Eso quiere decir que hablaron todos de la carta, ¿eh? —preguntó Betty.

—Desde luego, señorita —replicó Dubler—. Creyendo que era de algún bromista, hice averiguaciones entre varios de nuestros empleados, y creo haber cometido una gravísima indiscreción.

—¿En qué sentido? —preguntó Duke.

Dubler miró, extrañado, a su jefe.

—Pues... sin duda asesinaron a ese hombre porque se enteraron de que se dirigía a nuestras oficinas. Y sólo pudieron saberlo por alguno de los nuestros.

—¿Tiene idea de cuál podía ser el motivo de su visita? —preguntó Duke.

Dubler hizo un ademán de ignorancia.

—Ninguna, señor Straley. Es una carta propia de un hombre que teme algo. Por ello, al enterarme de que un tal Manoli Douras había sido asesinado casi junto a usted, creí que podía tratarse del mismo que nos había escrito.

—Sí, es el mismo —asintió Duke—; pero todo esto es muy raro —volvióse hacia Bob Dennison y preguntó:— ¿Se te ocurre algo?

—Observa que en su nota dice que le acompañará el profesor Hanzer —recordó Bob.

—¿Supones que podía tratarse del invento del alemán?

—Desde luego.

—¿Y para qué podía querer ver a nuestro gerente? —preguntó Betty.

—Para ofrecerle el invento —dijo Straley—. Es lo más lógico.

—Entonces ese invento sólo puede significar una cosa —murmuró Dennison—. ¿Te das cuenta, Duke?

—Sí. Carbón, cal, acetileno, butadieno: caucho sintético.

—¡Bah! —sonrió, algo despectivo, Dubler.

—No se ría —le respondió Duke—. Hace tiempo que tengo intención de convocar a nuestros químicos y lanzarlos al estudio de los cauchos sintéticos...

—He examinado algunos y siempre será superior el caucho natural... —empezó Dubler.

Bob le atajó en seguida.

—Unas cubiertas de buna, o sea el caucho sintético alemán, son infinitamente mejores que las mejores cubiertas de caucho natural.

—En algunos detalles —protestó Dubler.

—En todos —insistió Bob, ante la aprobadora mirada de su amigo—. Es de más fácil manejo; resiste más al desgaste, al calor; no es atacada por el petróleo, la bencina y los aceites.

—Pero las cubiertas y las neumáticos no lo son todo —protestó, débilmente Dubler—. Hay otros artículos.

—Es inútil que insista, Dubler —dijo Duke—. Es cierto que aún no se ha inventado ningún caucho sintético que reúna todas las buenas condiciones del natural; pero todos los cauchos artificiales son infinitamente superiores, en algún aspecto, al otro. Si llegara a descubrirse una goma sintética que reuniera las buenas cualidades de la buna, perbuna, butil, hycar, chemigum, neoprene y thiokal, las plantaciones de caucho deberían ser abandonadas.

—Pero nosotros poseemos grandes plantaciones... —empezó Dubler.

—Ya lo sé, y eso es lo que me preocupa —replicó Duke—. Casi las tres cuartas partes de nuestro capital están invertidas en plantaciones y en barcos para el transporte de caucho en bruto. Si un día esas plantaciones, que están a varios miles de kilómetros de nuestras fábricas, fueran destruidas o pasaran a otras manos, nos arruinaríamos.

—Eso es imposible...

—No lo es. ¿Dónde tenemos las plantaciones? En el Brasil, en el Congo, en las Indias holandesas, en la península Malaya. En todos esos lugares figuran como propiedad de extranjeros. Un conflicto armado, cualquier alteración en el orden de esos países, nos ciega las fuentes de suministro. En cambio, si pudiéramos instalar nuevas fábricas junto a la mina de donde sale el carbón, podríamos reírnos...

Duke se interrumpió al observar la expresión de horror que se pintaba en el semblante de Dubler.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—Tal vez... Pero, no; no es posible...

—¿Qué quiere decir? —preguntó Straley—. ¿Qué significa esa expresión?

—¿Usted recuerda que en nuestra última entrevista le hablé de la quiebra de la Compañía Holandesa de Caucho y Derivados...?

—Si, lo recuerdo. Me habló de que se nos presentaba una ocasión magnífica para hacernos con sus plantaciones. Recibió usted un informe confidencial acerca del buen estado en que se encontraban las tierras, los árboles y la maquinaria.

—Sí, señor. Se subastaban sobre un precio base de veinte millones de dólares. Yo ordené a nuestros agentes que ofrecieran hasta veinticinco, pues a última hora se incluyó la flota de vapores de carga.

—Pero la Rubber Miller ofrecía tanto como nosotros.

—Sí. Durante algún tiempo hemos luchado codo a codo. A las dos empresas nos interesaba obtener el mejor precio posible. Sin embargo, uno de nuestros confidentes nos ha comunicado que la Rubber Miller abandona la lucha y ha enviado ya orden cablegráfica a sus agentes para que se retiren de la contienda y nos cedan el campo. Al saberlo me he puesto en comunicación telefónica con nuestros hombres y les he ordenado que se retiren también de la subasta y que presenten, bajo otro nombre, una oferta de sólo veinte millones. Perderemos la fianza, pero ahorraremos varios millones.

—Muy bien hecho —sonrió Duke.

—Pero... —Dubler mostrábase preocupado—. Es muy extraño que la Miller abandone el campo de lucha.

—Será la primera vez que lo ha hecho —admitió Duke.

—Tiene que haber algún motivo. La Rubber Miller hace tiempo que ha planeado la construcción de nuevas fábricas. Lo ha ido retrasando por no tener una seguridad absoluta en el suministro de caucho. Sus plantaciones propias son escasas, y tiene que depender de la primera materia que se vende en el mercado, estando, así, a merced de la oscilación de precios. Si la oferta es baja, puede comprar y vender barato; pero si los precios del caucho son elevados...

—Tiene que comprar caro y, para conservar sus clientes, vender barato, ¿eh? —preguntó Betty.

—Sí, señorita. Eso o cerrar sus fábricas. Y le resulta, al fin y al cabo, menos ruinoso mantener las industrias. Nosotros hemos procurado que no pueda comprar casi nunca a la baja. Sólo cuando, debido a una superabundancia, ha sido imposible mantener los precios, hemos dejado que adquiriese todo el caucho que necesitaba. Mas si eso del caucho sintético fuera verdad... entonces...

—Entonces quizá la Rubber Miller haya recibido la fórmula de Douras y Hanzer. Por ello, viendo que puede obtenerse la goma al lado mismo de la fábrica, sin influencias climatológicas ni oscilaciones en el precio de la materia prima, decide cedernos el terreno en las plantaciones de caucho natural.

—Además —siguió, muy abatido, Dubler—, sé también, que ha ordenado la compra de los yacimientos carboníferos de Amarillo, en Tejas. El carbón de esas minas no es de la mejor calidad, pero sí muy abundante. Hasta ahora no se ha podido aprovechar por hallarse demasiado lejos de los centros industriales. Los gastos de transporte elevan de tal manera su precio, que no puede competir con los demás carbones. Pero si lo necesario para la fabricación del caucho sintético es el carbón y la cal, allí tienen materia para varios siglos. Eso explicaría que en el mismo día se desistiera de la compra de las plantaciones holandesas y se ordenase la adquisición de la cuenca carbonífera de Amarillo.

Duke se puso en pie.

—Lo mejor es que vayamos a ver a Miller, Bob —dijo a su amigo—. Hace tiempo me propuso unir nuestras empresas y terminar con la competencia que nos estábamos haciendo. Yo hubiera aceptado, pues Miller fue un buen amigo de mi padre. Dubler se opuso, y me convenció para que rechazase la oferta. Miller se disgustó bastante y desde entonces nos hemos enfriado. Vamos a visitarle.

—¿A estas horas? ¿Para qué? —preguntó Dubler.

—Para ofrecerle la unión de nuestras dos empresas.

—¿Qué dice? —preguntó, horrorizado, el gerente.

—Lo que oye, Dubler. Pienso ofrecer a Miller la unión de nuestras industrias. Si acepta, será señal de que no tiene la fórmula del caucho sintético, si es que realmente el invento de Hanzer resuelve ese problema. Si no acepta, quedará demostrado que nuestras sospechas son ciertas y que tiene en sus manos el medio de apoderarse de todo el mercado, dejándonos a nosotros con el lastre de las plantaciones.

En aquel instante, Butler entró en la estancia, anunciando:

—Un empleado de la United Druggists trae la película, señor Dennison.

—¿La película? —Bob ya no recordaba—. ¡Ah, sí! —exclamó, al fin—. Recuerdo que les encargué que la trajeran en cuanto estuviese revelada y obtenido el positivo. No me acordaba de que esos establecimientos están abiertos toda la noche.

Bob salió al vestíbulo, donde esperaba un muchacho vistiendo el uniforme de los conductores de los autos de reparto de la United Druggists. Su aspecto era el de una persona que acaba de pasar por una terrible prueba.

—¿Trae la película? —preguntó Bob.

El conductor asintió con la cabeza.

—¿Qué le ocurre?

—He estado a punto de estrellarme —replicó el joven—. Se me cruzó un camión delante, y aún no se cómo pude evitar el choque. Me desvié por la acera, rocé un farol y...

—Bien, bien —interrumpió Dennison—. Tome y vaya a beber un trago que le calme les nervios.

Robert tendió al repartidor un billete de cinco dólares y cogiendo el paquetito que le daba el chofer lo dejó sobre la mesa del vestíbulo. Acompañó hasta la puerta al muchacho y regresó luego al comedor, donde le esperaba Straley dispuesto para salir.

—¿Vamos? —preguntó Duke.

***

 

 

Una hora más tarde, los dos amigos regresaban a su casa. En el salón aguardaba aún Dubler, que había estado explicando a Betty los misterios de la elaboración del caucho, cosa que la joven conocía perfectamente, y que el mismo Dubler le había repetido un sin fin de veces.

Cuando entraron Bob y Duke, la muchacha lanzó un suspiro de alivio.

—¿Qué habéis averiguado? —les preguntó—. ¿Habéis visto a Miller?

—Sí —contestó Duke.

—¿Ha aceptado? —inquirió Dubler.

Straley movió la cabeza.

—Ni ha aceptado ni ha dejado de aceptar. Ha querido saber por qué le proponía la unión, y luego ha dicho que dentro de unos días podría contestarme.

—Eso significa que no le interesa —indicó Betty.

—Al contrario —replicó Duke—. Al decir yo que consideraba su actitud como de desinterés, insistió mucho en que en principio la proposición le parecía excelente; pero que tenía que consultar a algunos de sus socios, pues la Rubber Miller no es una empresa única.

—Eso es una excusa; en realidad, Miller controla las nueve décimas partes de las acciones —intervino, Dubler—. Nominalmente, su aportación cubre sólo el cuarenta y cinco, por ciento; pero es dueño real del otro cuarenta y cinco por ciento.

—Lo se; pero he fingido creer sus mentiras. Queriendo ser astuto, Miller, en realidad, me ha descubierto su juego. No tiene la fórmula; pero confía tenerla dentro de muy poco. Si no la consigue, aceptará, encantado, nuestra oferta.

—Por lo tanto, el misterio sigue en pie —sonrió Betty.

—Muy en pie —asintió Duke.

Bob, que había salido un momento del salón, regresó con un paquete en la mano.

—¿Qué traes ahí? —preguntó Betty.

—Lo que queda del jarrón —contestó el joven—. La película que impresioné un momento antes de que fuese destruido.

—¿Podrías pasarla? —preguntó Duke—. Tengo ganas de ver otra vez la malograda porcelana. Además...

—Desde luego —asintió Bob—. Por eso la he traído. Han sucedido tantas cosas desde esta mañana, que resulta casi increíble que sólo hayan transcurrido catorce horas desde que anularon en unos segundos nuestros esfuerzos de un año.

—Si no me necesitan me retiraré —anunció Dubler—. Sólo he esperado para saber les resultados de la entrevista con Miller.

—Puede marcharse, Dubler —asintió Duke—. Y no se olvide de dedicar toda su atención al caucho sintético.

Al quedarse solos los tres se miraron como si cada uno buscase en los otros la solución del inexplicable problema en que se debatían. Al fin Bob pulsó el timbre. Al entrar Butler le pidió:

—Diga a alguna de las doncellas que baje el proyector cinematográfico que tengo en mi habitación. Louise sabe dónde lo pongo.

—Louise no está ya en casa, señor —replicó Butler.

—¿No está? —preguntó Betty—. ¿Qué le ha ocurrido?

El mayordomo hizo un gesto de abatimiento.

—Ha abandonado el servicio de los señores.

—¿Por qué? —preguntó Duke—. Hace unas horas me pareció verla...

—Sí, señor. Se marchó a raíz de lo ocurrido con el teléfono.

—¿Qué ha pasado? —inquirió Betty.

—Louise tenía que telefonear a su novio. Lo fue retrasando, debido a que todos andábamos cerca del aparato que se encuentra en la cocina. Al fin se enteró de lo ocurrido con el teléfono del despacho. Supo que también el de la cocina debía de tener su carga de alta tensión, y al pensar que, de haberlo tocado, hubiera muerto electrocutada, le dio un ataque de nervios y dijo que... —Butler pidió perdón por lo que iba a decir, y prosiguió:— Dijo que no quería permanecer ni un minuto más en una casa donde ocurrían cosas tan extrañas; y donde una muchacha inocente podía morir electrocutada por sólo tocar un teléfono. Lo peor es que el resto de la servidumbre, excepto Charlotte, la cocinera, ha abandonado el edificio.

La consternación se pintó en todos los semblantes.

—De todas formas, yo puedo encontrar el proyector, señor Dennison — siguió Butler—. Creo recordar que está guardado en una caja, junto con la pantalla.

—Sí, Butler —replicó Bob—. No creo que le sea difícil encontrarlo.

Un cuarto de hora más tarde, la cámara cinematográfica quedaba colocada frente a una pantalla plegable dispuesta sobre una mesa.

El rollo de la película era muy pequeño, algo así como el doble de un carrete de cinta mecanográfica. Se apagaron las luces y comenzó la proyección. La película era en colores y reproducía fielmente la porcelana, que giró en la pantalla hasta que, de pronto, saltó hecha añicos. En aquel momento se vio, muy borrosamente, por quedar desenfocado, el auto de que partían las rojas llamaradas de los disparos de la ametralladora. Luego cambió el fondo y aparecieron, los cadáveres de Manoli Douras y Emil Hanzer. Junto a éste hallábase un negro maletín.

Veinte segundos antes de terminarse el rollo, vióse como un hombre se inclinaba a coger el maletín y desaparecía del campo visual, sin que ni por un solo momento fuera posible verle el rostro.

Cuando se encendieron las luces, Duke y Bob se miraron.

—El maletín desaparecido, ¿eh? —dijo Straley.

Bob asintió con la cabeza.

—¿Quién será ese hombre? —preguntó.

—¿Por qué no pasar otra vez la película? —sugirió Betty.

Bob contestó afirmativamente. Volvió a enrollar la cinta y la pasó de nuevo. Reapareció el jarrón, su destrucción y el robo del maletín; pero del autor del robo no pudo verse nada a pesar de que las últimas imágenes fueran pasadas muy lentamente. El hombre parecía haber adivinado que le estaba observando el ojo de la cámara tomavistas. La película permitía apreciar los detalles de su traje y de su figura; pero nada más.

—¡Si al menos hubiera vuelto la cabeza un solo momento! —suspiró Betty.

Coincidiendo con estas palabras, entró Butler, anunciando:

—El señor Mehl...

Antes de que pudiese terminar, el jefe de Policía entró en la habitación.

CAPÍTULO VII

 

LA INFORMACIÓN DESAPARECE

 

 

—Buenos días —saludó Max Mehl—. Las dos de la madrugada. Es una hora muy intempestiva; mas al pasar he visto luz y he querido deciros que... Pero ¿qué significa eso? ¿Os habéis estado entreteniendo proyectando películas? No me parece momento oportuno para...

—¿Qué ha averiguado, Max? —preguntó Duke, interrumpiendo los comentarios del policía.

El rostro de éste se animó.

—Hemos trabajado mucho y hemos ido muy lejos.

—¿Ha descubierto ya a los asesinos? —preguntó Betty.

—Aún no; sin embargo, andamos muy cerca de ellos. Es cuestión de horas...

—Oiga, Max: Con nosotros no tiene necesidad de utilizar las frases que dedica a los reporteros. Si no ha descubierto nada práctico, díganoslo con franqueza.

—Pues... —Max Mehl vaciló—. Hemos descubierto el arma con que se mató a Alfred Douras. Como supusimos, era un rifle "Springfield-Martin" reformado para convertirlo en arma de precisión. También hemos encontrado un potente catalejo, casi un telescopio, enfocado hacia las ventanas de tu despacho, Duke. Por medio de él pudieron ver todo cuanto ocurría en la casa. En mi vida había visto un catalejo tan potente.

—¿A qué distancia estaba el edificio desde donde nos vigilaban? —inquirió Duke.

—En línea recta, y calculada la distancia con ayuda del telémetro que encontramos...

—¿También un telémetro? —preguntó Betty.

—Sí, un aparato magnifico. De una precisión asombrosa. Con él pude medir casi al centímetro la distancia desde aquellas ventanas hasta éstas. Mil doscientos trece metros. El alza del fusil estaba graduada a mil doscientos.

—¿Era una casa de pisos? —preguntó Duke.

—Sí. Unos hombres alquilaron ayer tarde una habitación...

—¿Ayer tarde? —preguntó Betty.

—Sí —replicó Max Mehl—. Ayer ya pasó. Hoy estamos en el día de hoy... Quiero decir que, aunque vosotros no os hayáis acostado, han pasado las horas y... Bueno, ayer fue cuando mataron a Douras, ¿no?

—Sí, claro —asintió Betty.

—Pues, a las pocas horas de haber matado a Douras, unos individuos alquilaron la habitación, se trasladaron a ella con sus trastos, que iban metidos en grandes baúles de camarote, y dispusieron los fuegos artificiales.

"También hemos descubierto un par de líneas conectadas con vuestro teléfono y otra que debía de ir unida al micrófono. Hemos dado con los aparatos registradores.

—¿Y huellas dactilares?

—Ninguna. Llevaban guantes de goma. No hemos podido encontrar el menor rastro...

—¿Cómo saben que llevaban guantes de goma? —preguntó Betty.

—En primer lugar porque la ciencia de la fijación de las huellas dactilares ha adelantado ya tanto, que unos simples guantes de cuero no impiden que se marquen ciertas huellas. Sólo la goma es perfectamente imporosa. Además hemos encontrado una colilla en cuyo papel se veía un rastro de goma. Sin duda el que lo fumaba se distrajo y la brasa quemó el guante, quedando una fracción pegada en la colilla. Son dos detalles que coinciden; de todas formas no tienen demasiada importancia, ya que lo único verdaderamente importante es que no se ha encontrado ninguna huella dactilar. Tanto en el rifle como los tres cartuchos que quedaban en la recámara y los aparatos y baúles fueron limpiados con un trapo aceitado.

—¿Qué más ha descubierto? —preguntó Duke.

—Pues... que vuestro teléfono fue cortado y los hilos empalmados con unos cables de alta tensión que conducen energía eléctrica a una fábrica próxima.

—¿Es eso todo? —inquirió Betty.

—¿Te parece poco, chiquilla? —preguntó, indignado, Max Mehl.

—Es mucho —intervino Duke—; pero no resuelve nada. Creo que nosotros, sin casi movernos de aquí, hemos descubierto algo mucho mejor. ¿Recuerda que le dije que el profesor Hanzer llevaba un maletín?

—Sí, creo que me lo dijiste.

—¿Quiere presenciar el robo de aquel maletín?

—¿Cómo?

—Apaga las luces, Bob, y proyecta la película —indicó Duke.

Durante esta conversación, Bob Dennison había enrollado nuevamente la cinta, dejándola en condiciones de ser pasada otra vez. Mientras Max Mehl era llevado hasta uno de los sillones colocados frente a la pantallita, Bob tomó las últimas disposiciones. Después de hacer una seña a Duke, apagó las luces y sobre la pantalla proyectóse el haz multicolor de la cámara.

—¿Es que me queréis enseñar el jarrón? —preguntó Max Mehl.

—No se impaciente y fíjese en el fondo.

—Parece... —empezó Máx. De pronto se interrumpió, exclamando, en seguida:— ¡Columbus Circle!

En el mismo instante el jarrón saltó hecho pedazos y por unos segundos se vio el auto desde donde se hacían los disparos de ametralladora. El jefe de Policía lanzó una exclamación de gozo, que se acrecentó al ver el robo del maletín y que terminó en una queja al comprobar que la cinta terminaba en este punto.

—¿No hay más? —preguntó, defraudado.

—No hay más —contestó Bob, encendiendo la luz—. Mi cámara admite sólo unos pocos metros de cinta; no es uno de esos monstruos que usan en los estudios de Hollywood.

—¿Y por qué no usas una mayor? —preguntó Mehl—. Hubiera sido muy útil.

—Porque no tengo bastante fuerza para llevarla —replicó Bob, sonriendo.

—Pues al menos ¿por qué no enfocaste mejor? Ya que te ponías a impresionar una película, podías haberte fijado un poco más y habernos sacado bien a los del auto y al autor del robo...

—¿Y por qué no tenía usted diez o doce autos patrulla en Columbus Circle? —rugió Bob, ya serio—. ¿Le parece muy lógico tener desguarnecido por completo un sitio tan céntrico?

—Un poco de paz —rió Duke—. Lo importante es que, de momento, a pesar de haber descubierto el piso desde donde se disparó contra nosotros y de tener una prueba gráfica del robo del maletín, no hemos adelantado absolutamente nada.

—Tanto como eso no —protestó Mehl—. Tenemos el catalejo, el rifle y el telémetro, que pueden facilitarnos una pista. Son objetos poco corrientes y no ha de ser difícil averiguar quién los adquirió.

—¿Cuántos Springfield-Martin hay en este país? —preguntó Duke.

—Pues... —el rostro del jefe de Policía ensombrecióse—. Sí, es verdad, hay muchos. Tal vez las miras telescópicas...

—¿De qué fabricación era el lente conectado con las miras?

—Alemán. Zeiss.

—¿Sabe usted cuántos cientos de miles de lentes fabrica la casa Zeiss?

—Sí, muchos —suspiró Max—. Por ese lado no encontraremos nada.

—Y lo mismo ocurrirá con el catalejo y el telémetro. Estoy seguro de que también son de fabricación europea.

—Todo es alemán. Quizá sea una coincidencia...

—No, Max; no es ninguna coincidencia. Desde hace un sin fin de años, la persona que ha querido comprar un buen aparato óptico ha recurrido a las marcas alemanas, de la misma forma que si usted quiere comer buenas naranjas acude a las españolas, y si desea buena seda va al lapón. Si en vez de ser alemanes, los aparatos fueran chinos, entonces quizá se pudiera sacar algo en limpio.

—Por lo menos ampliaremos las fotos registradas en la cinta —dijo el policía—. Tal vez con ello se consigan algunos detalles que nos permitan identificar al autor del robo. Podemos transmitir copias por telefoto o por radio a todas las jefaturas del país, a fin de que sean examinadas por quienes puedan reconocer a ese hombre.

—Tampoco así habremos conseguido gran cosa —sonrió Duke—. Desde el momento en que la banda le eligió para que recogiese el maletín, hay que suponer que lo hizo porque estaba seguro de que sería difícil reconocerle y de que, aún en el caso de que se le pudiera reconocer, sería más difícil encontrarle.

—Entonces, ¿hemos de cruzarnos de brazos?

—No, nada de eso. Creo que debe hacerse cuanto usted ha dicho; pero creo, también, que será tiempo perdido. Nuestros últimos descubrimientos, aunque basados en pruebas totalmente circunstanciales, nos han convencido de que detrás de todo esto anda una fórmula que puede valer cientos de millones de dólares.

—¡Eh! —exclamó Max Mehl.

—Sí. No he exagerado.

—¿Sabes ya de qué trata la fórmula Hanzer?

—Sospecho que de caucho sintético.

En el rostro del policía se pintó la decepción.

—¡Ah! ¿Esa goma que no lo es?

—¡Ya lo creo que lo es! Sólo que, en vez de depender de la tierra y del árbol, depende de la mina y de la máquina.

—No entiendo nada —refunfuñó Mehl—. He oído hablar de caucho sintético; pero lo he creído siempre muy poco práctico.

—Pues no lo es, y si, como todo lo indica, ese invento representa un progreso fantástico sobre los demás, ello significaría, quizá, la ruina para mi casa.

Y Duke procedió a explicar todo lo descubierto.

Al terminar, Max Mehl se rascó la cabeza.

—Si realmente andan en juego tantos millones —dijo—, esos bandidos no se detendrán ante nada.

—Eso creo. Por lo tanto, mañana mismo nos trasladaremos a Long Island. ¿Ha hecho ya algo acerca de eso?

—Sí. He hablado con el jefe de Policía de allí y me ha prometido hacer vigilar la casa y permitiros registrarla a fondo. Es algo ilegal; pero te conocen y esperan que algún día, si te necesitan, les echarás una mano.

—Desde luego.

Mehl se puso en pie.

—Dame la película —pidió—. Haré sacar unas copias y te la devolveré mañana mismo. De momento dame el positivo y el negativo.

Bob guardó en su estuche el positivo y lo entregó, junto con el negativo, al jefe de Policía, que fue acompañado hasta la puerta de la calle por Duke Straley. Una vez en el umbral, y antes de que el jefe se dirigiera a su coche, Max comentó:

—A pesar de todo estoy seguro de...

Si en aquel momento Mehl o Duke hubieran levantado la cabeza, habrían descubierto, tal vez, un pequeño micrófono colgado de la lámpara que daba luz a la entrada de la casa. Y siguiendo el hilo que arrancaba del micrófono y marchaba unido al cable de la luz hasta el suelo, hubieran llegado hasta uno de los conductores subterráneos de líneas telefónicas. En aquel lugar había dos individuos que, con unos auriculares colocados en los oídos, iban tomando nota de la conversación entre Duke Straley y el jefe de Policía. Habían escrito ya:

"A pesar de todo, estoy seguro de que esta película nos revelará la identidad del que robó el maletín. Quizá si nuestros hombres fallan, podrá descubrir la verdad alguno de nuestros confidentes. El traje del individuo me ha parecido un poco particular". "También yo he observado ese detalle".

 

En este punto las voces se hicieron confusas hasta apagarse, indicio de que los dos hombres se alejaban del campo de captación del micrófono. Los escuchas se miraron y uno de ellos indicó un extraño aparato telefónico, compuesto de un auricular, un micrófono y un disco numerado. El aparato estaba conectado a una de las líneas telefónicas. Mientras uno de los escuchas seguía con los auriculares puestos, el otro marcó un número. Unos segundos más tarde habló en voz baja:

—Jefe; aquí Mike. Max Mehl lleva películas que pueden servir para una identificación. Creo que marcha hacia Jefatura. ¿Quiere oír lo que hemos captado?

—Sí —respondió una voz.

El hombre alcanzó su cuaderno y leyó claramente todas las palabras escritas en él.

—Muy bien —aprobó la voz—. Esperad un rato más. Si dentro de una hora no recibís orden en contra, abandonad el puesto. Ya sabéis dónde tenéis que ir.

—Sí, jefe.

—Guardad bien las notas. No habléis con nadie.

La comunicación fue cortada, y los dos hombres siguieron su espionaje.

Media hora más tarde, Max Mehl descendía de su auto frente a la Jefatura de Policía. Durante el trayecto, a pesar de las muchas preocupaciones que le embargaban, habíase medio adormilado. Por ello, al detenerse el coche, tardó unos segundos en darse cuenta de donde estaba. Al ver el familiar edificio donde tenía su cuartel general, Max abrió la portezuela, bajó del auto y avanzó con paso rápido hacia la entrada.

En aquel momento salía de Jefatura un guardia enteramente cubierto con un negro y brillante impermeable, pues seguía lloviendo. El hombre iba con la cabeza baja, abrochándose los botones. Por ello no pudo ver a tiempo a Max Mehl, con quien tropezó tan violentamente, que el jefe superior de Policía rodó por el suelo. Al incorporarse, llevaba el abrigo enteramente sucio de serrín.

El policía, deshaciéndose en temerosas excusas, le ayudó a sacudirse el serrín. Luego, como deseando huir de la cólera de Max, apresuró el paso y salió a la calle, perdiéndose entre la cortina de agua.

Refunfuñando contra los que no miran a dónde van, Max Mehl, llegó a su despacho. Un ordenanza de guardia se acercó a ayudarle a quitarse el abrigo.

—Coge el paquete que hay en el bolsillo derecho y llévalo al laboratorio —ordenó Mehl—. Di que preparen un proyector cinematográfico y que llamen a todos los agentes que se encuentren en el edificio.

El ordenanza obedeció y buscó primero en el bolsillo derecho del gabán. Luego buscó en el izquierdo. Por fin, volviéndose hacia Max Mehl, movió negativamente la cabeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó el jefe, que se disponía a sentarse a su mesa y alargaba ya la mano hacia uno de los teléfonos de comunicación interior.

—En su gabán no hay ningún paquete, señor —declaró el ordenanza.

Instintivamente, Max se llevó las manos a los bolsillos de la chaqueta, por si había guardado allí el paquetito del negativo y el positivo de la película. Pero antes de terminar la busca le asaltó una terrible sospecha.

Saltó casi hacia el abrigo y registró nerviosamente los bolsillos. Luego volvió, abatido, hacia su mesa.

—No haga nada de lo que le he dicho —dijo al ordenanza—. Que vengan los hombres que están de guardia a la entrada. Que los releven. Quiero hablar con ellos.

Unos minutos más tarde cuatro uniformados agentes se alineaban frente a la mesa del jefe. En sus rostros se leía cierta inquietud.

Max Mehl los observó atentamente. Al fin, preguntó:

—¿Han visto ustedes lo que ha ocurrido hace un momento, al entrar yo en el edificio?

Los cuatro asintieron con la cabeza.

—¿Qué han visto? —insistió Max.

—Le vimos tropezar —dijo el sargento—. Cayó usted al suelo, y yo me disponía a acudir en su ayuda, pero el guardia que tropezó con usted le estaba limpiando ya.

—¿Podría usted decirme quién era aquel agente?

—Pues... —el sargento vaciló—. Lo... siento, pero... no podría decirlo. Su aspecto era el de cualquiera de nosotros. No vi su cara.

—¿Y ustedes? —preguntó Max Mehl, dirigiéndose a los demás.

Los tres policías movieron negativamente la cabeza.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó el sargento.

Max Mehl, deseoso de no echar otra vez por tierra su prestigio, mintió.

—No, nada. Sólo quería saber quién era. Pueden retirarse.

Al quedar solo, Max decidió que ya había trabajado bastante, y, como era lo suficientemente listo para no tratar de perseguir una sombra impalpable, apagó las luces de su despacho, y entrando en un cuartito adyacente, se tendió en un amplio sofá. Cubrióse con su abrigo y no tardó en quedar dormido profundamente.

Entre tanto, en una casa no muy lejana a la jefatura de la Policía, un numeroso grupo de hombres contemplaba la proyección de la película. Al llegar al final, se paró la maquina, y la imagen del ladrón del maletín quedó borrosamente fija en la pantalla.

—¡Es Dandy O'Donnell! —exclamó, de pronto, uno de los espectadores.

La habitación seguía a oscuras. Desde uno de los rincones, una voz, la misma que había hablado con los escuchas, preguntó:

—¿Estás seguro?

—Seguro, jefe. Sólo Dandy O´Donnell es capaz de vestirse así.

—Eso no quiere decir que sea él —insistió la misteriosa voz.

—Sí —replicó el otro—. Estoy seguro. Le acompañé yo el día que se compró esa chaqueta.

—Yo también recuerdo que Dandy me dijo algo acerca de una chaqueta a cuadros grises —declaró otra voz.

—¿Sabéis donde puede encontrarse a Dandy? —inquirió el jefe.

—Sé donde vive —dijo el que había identificado al autor del robo del maletín.

—Entonces...

La luz de la habitación se encendió y todos se volvieron hacia el jefe, que empezó a dar órdenes rápidas y tajantes. Diez minutos después, un auto descendía por la Broadway. El tráfico era casi nulo, sólo los blancos carricoches de los lecheros avanzaban de casa en casa, descargando su mercancía.

CAPÍTULO VIII

 

LA CASA DE LONG ISLAND

 

 

Una densa niebla que ascendía del río llenaba el puente de Williamsburgh, sobre el Hudson, entre Manhattan y Brooklyn. Duke, su hermana y Bob, acomodados en el potente Hispano, conducción interior, tenían la impresión de atravesar una enorme esponja empapada en agua. Ésta chorreaba por todos los cristales del coche, que avanzaba a marcha reducida, cruzando continuamente junto a otros vehículos que se veían como formas vagas por entre la niebla.

La visibilidad era más escasa que si fuese de noche. Los mugidos de las bocinas y los claxons sonaban roncamente y sin cesar.

Cuando llegaron a Brooklyn la niebla aclaró un poco y el magnífico coche europeo avanzó a más velocidad. De cuando en cuando, Betty miraba por la mirilla trasera. La precaución era inútil, pues la niebla seguía siendo lo bastante espesa para impedir ver si les seguía algún otro coche.

Al cabo de una hora, tras de cruzar Brooklyn y Queens, pasaban por Nassau County. A las dos de la tarde entraban en Long Island. En todo el largo trayecto no dejó de llover ni un instante. Los campos estaban encharcados y convertidos en terribles barrizales. De los árboles, las primeras hojas de la primavera dejaban caer continuamente gruesas gotas.

—¡Qué desagradable es todo esto! —se quejó Betty—. Todo rezuma humedad.

—Si no fuese porque hace casi frío, uno se creería en el Brasil —comentó Bob.

—¿Te has fijado en el auto que acaba de cruzarse con el nuestro? — preguntó Duke.

—¿Eh? No, no me he fijado —replicó Bob Dennison—. ¿Qué ocurre con él?

—Primero nos ha alcanzado y por un momento ha ido a nuestra altura; luego lo he perdido de vista. Hace un instante ha vuelto a pasar en dirección contraria.

Aún no había acabado Duke de pronunciar estas palabras cuando oyóse el potente ronquido de un motor de automóvil, y Betty vio precipitarse contra ellos un automóvil cuya carrocería confundíase con la niebla. La joven reconoció, al momento, el coche. Era el mismo desde donde se había matado a Manoli Douras.

La joven apenas tuvo tiempo de gritar la alarma. El auto había llegado a su misma altura y una rápida serie de lenguas de fuego brotaron de la negra boca de una ametralladora Thompson. Los cristales de las ventanillas llenáronse de estrellas al impacto de las gruesas balas. Sobre la carrocería del Hispano resonó un repiqueteo semejante al choque del granizo contra una techumbre de hierro galvanizado. Pero ningún proyectil llegó al interior del coche. Duke se inclinó más sobre el volante y, acelerando la marcha, desvióse hacia la izquierda.

Los agresores no tuvieron tiempo de reaccionar. Sus gritos taladraron el blindaje del Hispano, llegando hasta Duke y sus compañeros. Luego el otro coche se encabritó al chocar contra uno de los árboles que bordeaban la carretera, y el vehículo saltó despedido al fondo de un encenagado campo, donde quedó volcado, con las ruedas dando sus postreras vueltas.

El Hispano siguió su marcha veloz. Los ocupantes del otro coche, saliendo de entre sus restos, abrieron el fuego de sus armas contra el auto que les había burlado. Alguna bala chocó aún contra la carrocería del vehículo, sin hacer más daño que las anteriores.

Mucha gente habíase extrañado de que Duke Straley, que siempre había dado pruebas de una gran sencillez, utilizara un auto tan llamativo. La explicación era la siguiente: sólo un coche de gran potencia era capaz de resistir él pesado blindaje de que iba provisto aquel.

—¿Os pasan muy a menudo cosas así? —preguntó Betty, temblando aún.

—No —contestó Bob—. Es la primera vez que comprobamos su eficacia. Teníamos nuestras dudas acerca de si los cristales resistirían.

Betty se abanicó el rostro con las manos.

—Estoy sudando —declaró.

En aquel momento el auto se detuvo frente a un edificio.

—Ya hemos llegado —anunció Duke—. Según el plano, esta es la casa de Manoli Douras.

Debía de serlo, pues un policía cubierto con un pesado y negro impermeable se acercó al coche.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó.

Duke contestó a la pregunta mostrando sus credenciales.

—Bien, señor —replicó el agente, saludando—. Pueden dejar el auto en el garaje. El señor Mehl les está esperando —luego, al ver las huellas de los impactos, preguntó:— ¿Les ha ocurrido algo?

—Nos han tiroteado —contestó Duke—. Menos mal que íbamos prevenidos.

El policía, sin disimular su asombro, les guió hasta el garaje, donde se encontraban ya otros dos coches de la policía de Long Island.

Enseguida pasaron a la casa, en cuyo salón amueblado con un lujo estrepitoso, esperaba Max Mehl, fumando un largo cigarro.

—Hola, Max —saludó Duke—. ¿Usted por aquí?

—Sí —gruñó Max—. Esta mañana a las nueve, fui a tu casa y Butler me dijo que ya habíais salido en esta dirección.

—¿Y cómo ha llegada usted antes que nosotros? —preguntó Betty—. ¿Ha venido en auto?

—No, en lancha motora. Es más cómodo.

—¿Tiene noticias? —preguntó Bob.

—Demasiadas —gruñó Max Mehl.

—¿Han identificado al autor del robo? —inquirió Duke.

—Sí; pero no he utilizado las películas.

—¿Cómo?

Todos miraron, asombrados, a Max.

—No las he utilizado —siguió el jefe de Policía—, por la sencilla razón de que anoche, al entrar en jefatura, me las robaron...

—¿Eh?

—Sí, de la manera más burda que os podéis imaginar. Un tropezón, caigo al suelo, me mancha de serrín, la persona que me ha hecho caer se desvive por limpiarme, y no sólo me quita el serrín, sino los dos rollos de cinta.

—¿Le robaron del bolsillo el positivo y el negativo? —preguntó Bob.

—Eso es —contestó Max—. Ya se que es indigno de un jefe de Policía dejarse robar así; pero es la verdad. El ratero vestía uniforme de guardia, y yo andaba un poco adormilado, pues no me fijé ni en su cara. Hasta unos minutos después de mi caída, cuando estaba ya en mi despacho, no me di cuenta de lo ocurrido.

—Entonces seguimos tan a oscuras como ayer.

—Casi. De todas formas hemos identificado al ladrón del maletín.

—¿Cómo?

—Sí. Esta mañana, al despertar, me he dado cuenta de que durante toda la noche mi cerebro había estado trabajando sobre lo mismo: ¿Quién podía ser el autor del robo? Y en cuanto he abierto los ojos su nombre ha acudido a mis labios. Sólo un bandido de los que conocemos es capaz de vestir una chaqueta a cuadros. Y ese bandido se llamaba Dandy O´Donnell. Lo de Dandy se lo pusieron por lo presumido que era.

—¿Que era? —preguntó Duke.

—Sí; ya no es. En cuanto he recordado su nombre he dado orden a mis agentes de que lo buscaran y me lo trajeran vivo. No ha podido ser.

—¿Han tenido que matarlo? —preguntó Betty.

—No, no ha sido necesario. Lo han encontrado en seguida; pero ya estaba muerto. Le habían asesinado esta madrugada, después de someterlo a un tormento tan terrible que... En fin, os aseguro que no era un espectáculo bonito.

—¿Y está usted seguro de que Dandy fue el autor del robo del maletín? —preguntó Duke.

—Segurísimo. En el ropero de su cuarto encontramos la chaqueta que llevaba ayer.

—¿Y cree usted que le dieron tormento? —siguió preguntando Duke.

—Soy lo bastante veterano en el Cuerpo para diferenciar un suicidio, un simple asesinato, y un asesinato complicado con tormento. Dandy estaba amordazado con una ancha cinta de esparadrapo. Se ve que le amordazaron dos veces, pues encontramos otro esparadrapo manchado de sangre que debió de ser el primero que se utilizó.

—Eso significaría que son dos las bandas que buscan la fórmula —sugirió Duke—. De lo contrario no se explica...

Straley interrumpióse, volviendo la cabeza. Esperaba encontrar a alguien detrás de él, pues había tenido esa sensación característica de cuando alguien nos mira a la espalda. Extrañado al no ver a nadie, siguió:

—Si no hay otra banda no se explica ese martirio a que sometieron a Dandy. Por cierto, Max, que hace un momento han intentado, otra vez, eliminarnos. El mismo auto que se utilizó para el asesinato de Douras nos ha alcanzado. Desde él se nos ha disparado todo un tambor de municiones de ametralladora. Menos mal que mi coche es blindado.

—Me alegro de que eso no les haya ocurrido en la ciudad —aseguró Max Mehl—. Por si eran pocos los asesinatos de ayer, que hoy llenan las páginas de los periódicos con cabeceras como ésta —y el jefe de Policía mostró un periódico de la mañana, en el cual, con grandes titulares, se leía: "Ola de sangre sobre la ciudad"—. Hemos empezado el día con la muerte de Dandy O´Donnell. Sólo habría faltado que os eliminaran a vosotros.

Nuevamente Duke volvió la cabeza.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Mehl—. ¿Estás nervioso?

—No; pero hace rato que tengo la impresión de que alguien me observa.

—Debe de ser la casa —replicó el jefe de Policía—. Tiene muy mala fama. Se dice que la banda de Morella fue eliminada en alguno de estos bosquecillos.

—¿Ya tenía Douras este edificio en tiempos de la Prohibición? —preguntó Duke.

—Sí —replicó Max Mehl—. La utilizó como almacén. Está cerca del mar, y aunque la Policía Federal vigilaba bastante, él lograba pasar el contrabando y almacenarlo aquí. Douras fue uno de los pocos que no se dedicaron exclusivamente a destilar licores con alcohol de madera o de patata. Trajo siempre cargamentos de Francia, España e Inglaterra. Esta casa la utilizó como depósito de las bebidas caras. La gente rica venía a beber buen champán o buen jerez o whisky legítimo.

—¿Y dicen que a los hombres de Morella los mataron en estos alrededores? —preguntó Bob, que en su adolescencia había seguido con apasionado interés las luchas entre gangsters rivales.

—Dicen que sí —explicó Max Mehl—. Se les vio venir hacia aquí se cree que a asaltar el depósito de alcohol de Douras. Morella era uno de aquellos gangsters que se dedicaban al pirateo, o sea, a robar el contrabando de los otros. Douras fue más listo que él, y detuvo a toda su gente. Eso se sabe casi seguro. Lo que no se ha podido comprobar es lo que hizo luego.

—Sea lo que sea, esta casa resulta muy desagradable —declaró Betty—. Parece como si la noche se hubiera metido dentro.

—Es antigua —replicó Max—. Fue construida hace unos sesenta años. Entonces se le tenía horror a la luz y se procuraba que hubiese la menor cantidad posible de ventanas. Y, además, esas ventanas se tapaban con cortinas.

—Podríamos echar una mirada al edificio —sugirió Bob—. A mí también me pone nervioso esta habitación. Parece que rondan por ella los fantasmas de todos sus antiguos habitantes.

—Es el ambiente. Hace tiempo que está cerrada y el aire envejece.

—Eso es, Max —reconoció Duke—. Se tiene la impresión de estar en una bodega cerrada durante mucho tiempo. Además la humedad de hoy no ayuda a aliviar esa sensación.

—Podemos subir al despacho de Manoli Douras —indicó Max—. Lógicamente, si la fórmula está aquí, tendrá que encontrarse en el despacho del dueño de la casa.

—¿Hay vigilancia? —preguntó Bob.

—Lo hemos registrado todo —replicó Max—. Desde la buhardilla hasta la bodega. No hemos encontrado a nadie. Tengo todas las entradas vigiladas y en la cocina hay seis o siete policías dispuestos a acudir donde sea necesario. Van bien armados.

Salieran del oscuro salón y encontráronse, de nuevo, en el lóbrego vestíbulo. Una serie de mochuelos, águilas, buitres y cabezas de ciervo disecados, parecían dispuestos a lanzarse, amenazadores, sobre los intrusos de su polvorienta paz.

—Te aseguro, Bob, que siento unos deseos locos de escapar de aquí —declaró Betty.

—No tengas miedo —dijo Dennison.

Por primera vez en su vida, quizá por el temor que demostraba la muchacha, sentíase valiente hasta la temeridad.

Subieron por una escalera de roble ennegrecido por los años. Apenas habían llegado al cuarto escalón percibieron, claramente, el rápido tecleteo de una máquina de escribir.

De momento ninguno de los cuatro dio importancia al ruido.

Les resultaba tan familiar como el tic-tac de un reloj. Mas, a medida que iban subiendo, el tecleteo se oía más patente y claro. Cuando faltaban unos seis escalones para llegar al primer piso, Max Mehl se detuvo y escuchó.

—Parece que llega del despacho —comentó, señalando una puerta que quedaba frente a la escalera.

—¿Quién será? —preguntó Duke.

—Tal vez alguno de los agentes —refunfuñó Max Mehl—. Estos de aquí no saben lo que es disciplina. Ordené que nadie tocase nada...

El tecleteo seguía.

El jefe superior de Policía continuó subiendo. Al llegar ante el despacho oyeron todos como se interrumpía el teclear. Durante un segundo, Max Mehl permaneció inmóvil; luego abrió bruscamente la puerta.

La amplia estancia, amueblada también al gusto de la época en que se construyó la casa, aparecía completamente vacía. Max y sus compañeros se detuvieron, indecisos, en el umbral; luego avanzaron a uno, buscando con los ojos al ocupante del cuarto.

No se le veía por ningún rincón. Sólo al cabo de unos minutos, Betty descubrió una máquina portátil, oculta bajo un montón de libros de contabilidad.

—Tal vez escribían con esto —indicó, señalando la máquina.

Max acudió junto a ella.

—No creo —dijo—. Esos volúmenes ya estaban ahí cuando registramos la casa. Están llenos de polvo y no presentan huellas de haber sido tocados.

—No cuesta nada probar —indicó Straley.

Él mismo retiró los libros, dejando al descubierto la máquina, encerrada dentro de su estuche.

—Fíjese, Max —señaló.

La tapa del estuche aparecía blanca de polvo. Por ningún lugar se veía la menor señal de que hubiera sido abierta. Con el mayor cuidado, Max hizo girar la llave que se encontraba en la cerradura del estuche y levantó la tapa. Una exclamación de asombro brotó de todos los labios. En el rodillo de la máquina se veía una hoja de papel escrita en sus dos terceras partes. Max la sacó del rodillo, y a la luz de la linterna que había encendido Duke, leyó, en voz alta:

"Sois completamente tontos. Vuestra vigilancia no conduce a nada. Además es tan inútil que no puede serlo más. Tenemos ya la fórmula. Dandy O'Donnell tuvo la bondad de decirnos dónde estaba. La hemos recogido de dentro de la caja de caudales, en la cual encontraréis algo que os convencerá de nuestra destreza. Para eso os damos las cifras de la combinación. Son 1-9-l-8-3-3. Como tal vez no sepáis encontrar la caja, os diremos que está oculta tras del estante de libros que se encuentra al otro lado de la mesa escritorio. Manoli Douras, con una ingenuidad infantil, creyó que nunca encontraríamos la caja ni sabríamos abrirla. Hemos hecho las dos cosas y, además, nos hemos llevado la fórmula, que no es, ni mucho menos, lo que vosotros os imagináis. Ahora, pues, adiós y que os divirtáis en este hermoso edificio donde rondan los duendes de varias generaciones de aristócratas. Hemos hecho amistad con un fantasma que nos ha ayudado mucho. Odia a la Policía y él es quien se ha encargado de escribir esta nota por orden de la Banda de las Mamo Negra".

 

Al terminar la lectura, Max Mehl lanzó un bufido.

—¡Cuando pesque a esos bromistas! —gruñó—. ¡Venirme a mí con cuentos de miedo!

—Antes me los contaron a mí —sonrió Duke.

—¿Crees que es el mismo de la llamada telefónica? —preguntó Mehl.

—Sin duda alguna. Lo de la Banda de la Mano Negra es propio de él.

—Supones que habrán encontrado la fórmula? —preguntó Bob.

—No —contestó Duke—. Si la tuvieran no dirían nada. Al contrario, procurarían demostrarnos que no la tienen a fin de que, durante unos cuantos días, perdiésemos el tiempo buscándola. Mientras tanto, ellos harían su negocio. No la han encontrado y quieren seguir buscando sin que les molestemos.

—Pero, ¿cómo ha podido escribirse...? —empezó Betty.

—Eso ya se sabrá —replicó Duke—. De momento sigamos su juego. Quieren que abramos la caja de caudales y no se pierde nada dándoles gusto.

Los cuatro se acercaron al estante indicado. Parecía formar parte de la librería, pero un cuidadoso examen permitió descubrir una ranura que señalaba el punto de unión.

—Es un truco muy viejo —declaró Bob—. He visto a cientos de estas estanterías movibles. Casi todas se abren dando vuelta a una moldura. Sin duda es ésta —y señaló una de ellas que representaba un ave de presa con las alas abiertas.

Estaba tallada en el roble y parecía fija; pero, con sólo tocarla, Duke percibió una leve vibración. Hizo girar el pájaro y toda la parte central de la biblioteca se abrió, dejando al descubierto una enorme caja de caudales de modelo algo anticuado. En el centro de la puerta de acero veíase un gran disco de combinación.

Rápidamente, Duke marcó las seis cifras. Luego, mediante el tirador de la puerta, abrió la caja.

Nuevamente una exclamación de asombro brotó de todas las bocas, excepto de la de Duke, que, sonriendo, enfocó la lámpara al interior de la caja de caudales, donde, cuidadosamente colocados, veíanse los gabanes de Straley, Bob y Max Mehl, así como sus sombreros y el abrigo de Betty, junto con su monedero. Colgando encima veíase una gran tarjeta en la cual se leía:

 

"Con los respetos de la Mano Negra. Es peligroso ir por la casa sin abrigo y sombrero. Hay muchas corrientes de aire".

 

—¡Pero si estaban en el salón! —exclamó Betty—. Recuerdo que al quitárnoslos los dejamos sobre una mesa.

—El mío estaba en el vestíbulo —gruñó Max.

—No podemos quejarnos de ellos —sonrió Duke—. Nos los han traído aquí.

—Pero ¿cómo? —preguntó la muchacha.

—De una manera muy sencilla —dijo Straley.

—No lo veo ya tan sencillo —refunfuñó el jefe de Policía—. Y no me gusta nada lo que sucede aquí. Ésta parece una casa de película de miedo.

—Tal vez exista, realmente, un fantasma —dijo Bob—. Ha escrito a máquina sin abrir el estuche, ha traído nuestros abrigos sin pasar por la puerta... Me recuerda algunas de las cosas maravillosas que nos hicieron ver los monjes tibetanos.

—¡Bah! —gruñó Max Mehl—. Esto no es el Tibet, ni toleraré nunca que en donde yo esté se burle nadie de mí.

—No es una burla —indicó Duke—. Se trata de algo más lógico. Quieren alterar nuestros nervios, hacernos marchar. Deben de tener la seguridad de que la fórmula se encuentra en algún sitio de esta casa y les corre prisa dar con ella antes de que la banda que mató a Dandy O'Donnell se presente en estos lugares y les libre batalla.

—Pero... si dicen que fueron ellos quienes mataron a Dandy —recordó Max.

—Lo dicen; pero no es verdad —replicó Duke.

—¡Vamos! —exclamó el jefe de Policía—. Tanto si han sido ellos como si no, lo han escrito y... ¿Dónde está el papel?

—Si se refiere a la nota que nos escribió el simpático fantasma, la dejó usted sobre la máquina de escribir —dijo Betty.

Max Mehl dirigióse hacia la máquina, que quedaba en una especie de hueco o capilla hundido en la pared. Una nueva imprecación soltada por el furioso jefe llegó hasta sus compañeros:

—¡Fijaos en esto! —rugió Max.

La máquina volvía a estar cerrada y sobre el estuche se amontonaban los mismos libros que en el momento de entrar los cuatro en el despacho.

—Veamos si ahora el fantasma ha escrito algo más —propuso Duke.

Se retiraron los libros y se destapó la máquina. En el rodillo veíase una hoja de papel; pero en blanco. Por más que buscaron les fue imposible encontrar la hoja escrita que leyeron unos minutos antes.

—¡Es insultante! —declaraba Max, pegando puntapiés a todos los objetos que se interponían a su paso—. ¡Voy a hacer registrar y...!

—Es inútil —interrumpió Duke—. No conseguiría nada.

—Pero... ¿he de tolerar esta estúpida burla?

—Si se pone usted nervioso les hará el juego —sonrió Straley.

—¿Cómo pueden haber hecho esto delante de nuestros ojos? —preguntó Betty, que no se apartaba de Bob.

—No lo han hecho delante de nuestros ojos, sino a nuestras espaldas —recordó Duke—. Estábamos mirando la caja de caudales y entretanto se llevaron el papel y pusieron en su lugar ese otro.

—Pero, ¿cómo?

—Ese es el misterio —sonrió Duke—. Si lo descubrimos, tendremos en nuestras manos a la banda que opera de forma tan humorística.

—Los pescaré a todos sin necesidad de descubrir ese misterio —aseguró Max—. Voy a hacer aumentar la guardia alrededor de la casa y pondré un centinela en cada cuarto.

—No es mala idea —admitió Duke—; pero si han podido hacer lo que han hecho habiendo cuatro personas en esta habitación, más podrán hacer si sólo hay una. Además, si sus hombres se enteran de lo que ha pasado, estarán tan nerviosos que no darán pie con bola y al menor ruido saldrán huyendo. Por lo tanto creo mejor no decir nada, aumentar la vigilancia y reunir a los policías en grupos repartidos por la planta baja y en las entradas de los corredores de los pisos y el desván.

—¿Crees que con eso conseguiremos algo?

—No, Max, no creo que se consiga gran cosa; pero evitaremos posibles accidentes.

—¿Eh? —el jefe de Policía había palidecido.

—Sí —continuó Duke—. Esa gente necesita encontrar la fórmula, y si para ello se ve obligada a deshacerse de algún guardia, no vacilará. Si los policías no les estorban, seguirán buscando hasta dar con el documento. Colocar a sus hombres repartidos por todas las habitaciones sería exponernos a un riesgo que no deben correr. A no ser que usted desee ver aumentar la racha de muertes.

Max Mehl se pasó una mano por la frente.

—No, no quiero más sangre —suspiró—. Salgamos de aquí. Empiezo ya a estar nervioso.

Dirigiendo inquietas miradas hacia atrás, Betty abandonó la primera el despacho. Bob, Duke y Max salieron detrás de ella.

CAPÍTULO IX

 

LA NOCHE

 

 

En el amplio comedor, los cuatro comensales sentíanse como sumidos en una niebla más densa que la reinante fuera de la casa. En la chimenea ardían unos gruesos trancos de encina. Debido a las condiciones atmosféricas, la chimenea tiraba mal y el humo invadía la estancia.

Ocupando sólo un extremo de la enorme mesa, y en torno a un candelabro de numerosos brazos, se agrupaban Betty, Max, Bob y Duke. Aquella islita de luz era lo único acogedor en la hosca habitación. Sobre el mantel había unas latas de sopa en conserva y otras de salmón, y corned beef. También se veía un hornillo de alcohol en el cual se estaba calentando el agua para el café.

—Menos mal que ya hemos terminado con el segundo registro —dijo el jefe de Policía—. Lo hemos hecho a fondo.

—Yo tengo polvo hasta en las uñas de los pies —quejóse Betty.

—Pues yo opino, Max, que todavía nos queda algo por ver. ¿Sospechas que existe alguna habitación secreta? —preguntó el jefe. .

—Estoy seguro de que la casa está llena de secretos —aseguró Duke—. Sin pasadizos, trampas y cosas por el estilo no se hubiera podido jugar con nosotros como lo hicieron al principio de la tarde.

—Ya lo sé —dijo Max, que estaba echando el café en el agua—. Pero he tenido a mis hombres golpeando las paredes y no se ha notado el menor sonido a hueco... Si hubiera pasadizos...

—Los hay, Max, no le quepa duda. No creerá usted en fantasmas. El salón y el despacho de Douras deben comunicar entre sí por medio de algún pasaje que desembocará, precisamente, junto a la máquina de escribir. Yo tuve la impresión de que alguien me observaba. Debía de ser verdad. En cuanto salimos de la sala, el espía entró, apoderóse de nuestros abrigos y los subió arriba, escondiéndolos en la caja de caudales mientras su jefe escribía a máquina. Luego, antes de que llegásemos al despacho, cerraron la máquina, colocaron sobre ella los libros, los rociaron con polvo recogido de algún sitio del edificio, y cerraron la entrada secreta en el momento en que nosotros entrábamos. Después, al estar de espaldas, volvieron a abrir la puerta, se llevaron la carta y completaron la jugada tapando la máquina y dejando de nuevo sobre ella los tomos.

—Ya lo has dicho antes —replicó Max—. Y te repito lo de entonces; si hubieran hecho todo eso los habríamos oído.

—Estábamos demasiado sorprendidos con el hallazgo de las ropas dentro de la caja. Aquel fue el momento que aprovecharon para su truco teatral.

—Una cosa me extrañó en ti, Duke —intervino Bob, que había estado ayudando a la preparación del café—. ¿No temiste que la caja encerrase alguna trampa para deshacerse de nosotros?

—No —replicó Duke—. Aunque tenemos que habérnoslas con asesinos, no les conviene que en esta casa se cometan demasiados crímenes. Se llenaría de Policía y acabarían descubriéndolos a todos.

—¿Sigues opinando que desean asustarnos y hacernos huir de aquí? —preguntó Betty.

—Sí. Sólo en último caso recurrirían a suprimirnos del mundo de los vivos.

—Lo que más me molesta es la lucha en la oscuridad. Prefiero ver a mis enemigos frente a frente.

—¿Qué le ha parecido la bodega? —preguntó, inesperadamente, Duke.

—Pues... ¿Qué quieres decir?

—Lo que he dicho. ¿Qué le parece la bodega?

—Pues una bodega. Igual que cualquier otra.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Duke Straley.

—Eso es. Ha dado usted en la llaga. La bodega de esta casa es igual que cualquier otra bodega, y eso no es lógico.

—¿Por qué? —inquirió Betty.

—Porque Manoli Douras era algo más que un hombre cualquiera. Era un contrabandista que almacenaba cantidades enormes de licor. Y en la bodega de este edificio se puede almacenar bastante; pero no lo que debía guardar Douras.

—Entonces... Claro; tiene que haber otra bodega —dijo Bob.

—Sí, tiene que existir otra bodega —replicó Duke—. Y no será pequeña, sino todo lo contrario. Ha de ser un lugar capaz de contener varios miles de cajas de botellas de champán, whisky o vino.

En aquel instante sonó una vigorosa llamada en la ventana del comedor. Betty lanzó un grito de espanto y Max llevó la mano a su pistola. Bob contuvo un estremecimiento. Duke fue el primero en reaccionar. Cuando sonó la segunda llamada contra el cristal, dirigióse a la ventana y descorriendo la cortina miró al exterior. Un momento después abría la ventana y ayudaba a entrar por ella a un hombre que venía chorreando de agua.

—Hola Duke —saludó el recién llegado, quitándose el empapado abrigo—. Me alegro de que tengáis fuego. Estoy muerto de frío.

Mientras hablaba, el visitante, que era un hombre alto, fuerte, de cabello y rostro juvenil, avanzó hacia la mesa. Cuando la luz de las velas del candelabro dio en su rostro, Betty lanzó un grito menos penetrante que el anterior.

—Hola, pequeña —replicó el recién llegado—. Estás muy linda. Perdona si te he asustado.

—Pero... ¿qué hace usted por aquí? —preguntó la joven.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Max.

—El señor Miller, propietario de la Rubber Miller —explicó Duke, que regresaba de cerrar la ventana—. Si me pregunta que hace aquí, le contestaré que lo ignoro.

—He venido a hablar contigo, Duke —replicó Miller, al mismo tiempo que dirigía un saludo a Bob.

—¿Por qué no ha entrado por la puerta? —inquirió, receloso, Max.

—Porque nadie ha contestado a mis llamadas —replicó Miller—. He empleado todos los medios de hacerme oír y ha sido lo mismo que si llamase a la puerta de un mausoleo... Por cierto que creo recordarle a usted...

—Es el señor Max Mehl, Jefe Superior de Policía de Nueva York —presentó Duke.

—Encantado... Al ver que ni llamando con el llamador, ni con los nudillos ni con los pies, me abrían la puerta, empecé a dar vueltas por la casa buscando alguna ventana iluminada. Pasé dos veces delante de ésta sin ver la luz. Ya desesperaba de poder entrar cuándo me pareció notar una leve claridad. Llamé y tuve más suerte que con la puerta. Claro que entretanto he permanecido casi media hora bajo la lluvia, y sin mentir, estoy calado hasta los huesos.

Max se había puesto en pie. En su rostro se pintaba la alarma.

—¿Dice que ha llamado y no le han contestado? —preguntó.

—Eso es, señor Mehl. Llamé con toda mi alma y nadie contestó. Ni ustedes.

—Esta habitación queda muy apartada de la entrada principal —explicó Duke—. Además, entre el viento y el azotar de la lluvia...

—¡Pero junto a la puerta tenía que haber dos hombres de guardia! —exclamó Max—. No creo que sean sordos...

Sin terminar su frase empuñó una larga linterna eléctrica y, precedido por el luminoso haz, abandonó la estancia. Duke le siguió.

Transcurrieron varios minutos. Al fin, cuando Betty y Bob se disponían a salir a averiguar qué podía retener tanto tiempo a Duke y Max, éstos regresaron.

El rostro del jefe de Policía indicaba claramente que ocurría algo grave. También Duke parecía presa de violenta agitación.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Betty, corriendo hacia su hermano.

—Narcotizados —casi rugió Max.

—¿Cómo? —preguntó Bob—. ¿A quién han narcotizado?

—A todos los hombres que vigilaban la casa —replicó Duke—. Alguien echó veronal u otro soporífero en el té, y ni uno puede tenerse derecho. Están dormidos por toda la casa. Me temo que a los que estaban de guardia fuera les habrá ocurrido lo mismo. ¿Le dio el alto algún policía, señor Miller?

Éste movió negativamente la cabeza.

—No, ninguno. Vine con los faros encendidos y llegué hasta aquí sin que nadie me detuviera.

—¿Y cómo se enteró de que el señor Straley estaba en este edificio? —preguntó Max, dirigiéndose a Miller.

—Por Dubler —replicó el industrial—. Llamé a la oficina y Dubler me dijo que estaban todos aquí. Vine porque se trata de un asunto urgente.

—Ya lo supongo —gruñó Max—. No se ofenda si hablo así; pero no resulta agradable que le narcoticen a uno a veintitantos policías en unos momentos en que hacen falta todos.

—Y además han cortado el teléfono —añadió Straley—. Estamos completamente incomunicados.

Miller, que observaba lleno de asombro cuanto ocurría, intervino:

—Si quieren que vaya en mi coche a buscar socorro, puedo hacerlo.

—Es inútil. No le dejarían pasar —dijo Duke—. Ya se les habrá ocurrido arreglar las cosas de forma que no podamos recurrir a la ayuda exterior. Ha sido una suerte que nos hayamos preparado nosotros la cena. Si llegamos a comer lo mismo que los otros, a estas horas la casa estaría a la completa disposición de los bandidos.

—¿Qué bandidos? —preguntó Miller.

Duke se volvió hacia él.

—Oiga, Miller —dijo—. Mi padre siempre habló de usted como de un hombre honrado. Lucharon utilizando todas las armas legales, pero sin recurrir nunca a violencias. Usted tiene en mis fábricas espías que le informan de nuestros trabajos y mejoras en la producción. Dubler se ha encargado, también, de colocar una serie de buenos agentes en su casa. Asimismo ha procurado que usted pague el caucho más caro que nosotros y le ha fastidiado todo lo posible. Usted, por su parte, ha hecho poco más o menos lo mismo; pero nunca ha recurrido a otras medidas que, incluso en el comercio, que tiene la manga muy ancha, se hubieran considerado vergonzosos. ¿Es verdad?

—He jugado todo lo limpio que me ha sido posible —replicó Miller.

—Lo creo. Hace tiempo me propuso usted unir nuestras empresas en una sola. Yo habría aceptado, pero Dubler no quiso. Creo que tenía razón, sobre todo mirando el asunto desde un punto de vista práctico. No era ningún buen negocio para mí unir nuestras casas. Sin embargo yo lo hubiera hecho. Anoche fui a verle y le propuse aceptar su oferta. ¿Por qué vaciló usted? La unión es ahora más ventajosa que antes. Usted se encuentra en peor situación. La de mis fábricas va viento en popa.

Miller, que estaba sentado en una butaca de roble, con los pies tendidos hacia la lumbre, contestó:

—Tienes razón, Duke. Por eso he venido a verte.

—¿Por qué? —preguntó Straley.

—Porque quiero aceptar tú oferta antes de que las ventajas estén todas de mi parte.

—¿Cómo? —preguntó Max.

—Escucha, muchacho —siguió Miller—. No interpretes mal mis palabras. Me dolería mucho que confundieras mis intenciones. Sólo gracias a mi capacidad y destreza he podido sostener la lucha contra vosotros. Un hombre menos hábil que yo hubiera sido derrotado. Sois más fuertes en todo. Sin embargo, la Rubber Miller sigue sosteniéndose y sus productos, a pesar de tenerse que vender más caros que los vuestros, tienen muchos compradores. Si yo tuviera vuestro dinero y vuestras reservas de materias primas, sería el amo del mercado mundial. Pero no es así. Yo vendo las cubiertas y neumáticos que usa la aristocracia, o sea los de unos cien mil autos en América y unos diez o veinte mil en el resto del mundo. Vosotros vendéis los que usa la gran masa de automovilistas. Nadie puede arrebataros ese mercado, porque tenéis la facilidad de poder vender más barato que yo.

"Ayer se me ofreció algo que podría alterar por completo la situación. Un hombre me visitó para ofrecerme un nuevo caucho sintético que, sin exageración de ninguna clase, es diez o veinte veces mejor que el natural. Esto lo dice un técnico en la materia. Imagínate un caucho al que se agreguen todas las cualidades del caucho natural y, al mismo tiempo, todas, absolutamente todas, las de los cauchos sintéticos. Más resistencia, menos desgaste, mayor facilidad de elaboración. No es atacado por el petróleo, ni por la bencina, ni por el calor, ni por los ácidos. Su resistencia es tan grande, que la cubierta puede hacerse sin tejido. Eso reduce el precio de coste, tanto por el ahorro de algodón como por el ahorro de tiempo. Y por si todas esas ventajas fueran pocas, la fabricación de ese caucho resultaría más barato que la del caucho natural.

—¿Quién le ha ofrecido ese producto? —inquirió Duke.

—Un momento —interrumpió Miller—. Me la ofreció un hombre que se presentó ante mí bajo el nombre de O'Donnell. Este mediodía los periódicos han comunicado su muerte.

—¿Y la fórmula?

—No la tengo. O'Donnell me presentó unas muestras de los distintos tipos de caucho que se pueden conseguir. Mis químicos las han sometido a toda clase de pruebas, incluso a las más destructoras. La fórmula me fue ofrecida por veinticinco millones. Yo acepté y O'Donnell me dijo que dentro de unos días podrían entregarme la fórmula. Después de tu visita de ayer noche, comprendí que también tú andabas detrás de ella y que, por lo tanto, O'Donnell no la tenía aún en su poder. Hice algunas investigaciones, y hoy, casi al mismo tiempo en que me enteraba del asesinato de O'Donnell, he recibido una visita. Un compañero del muerto. Estaba enterado de todo y me ha prometido entregarme la fórmula antes de dos días si yo mantenía en pie mi oferta. He aceptado su ofrecimiento. Luego, cuando después de llamar a Dubler, me disponía a venir aquí, he recibido otra visita. También un hombre que estaba al corriente del asunto y que ha prometido entregarme la fórmula antes de dos días si yo prometía pagar al contado los veinticinco millones.

Miller calló un momento y luego siguió:

—Es indudable que dos bandas andan detrás de la fórmula. En cuanto una de dichas bandas se apodere de ella, correrá a ofrecérmela. Si la compro, te arruino. Pero esa fórmula es legalmente tuya, ¿eh?

—Legalmente tal vez no lo sea —replicó Duke—. Alfred Douras, el hijo del hombre que pagó los experimentos que han permitido la realización del invento, me la legó; pero él ignoraba dónde estaba. También ignoraba para qué podía servir. Por lo tanto, yo sólo puedo presentar un documento en que me lega una fórmula imprecisa. Sin embargo, he llegado a la convicción moral de que la fórmula Hanzer es la misma que le fue ofrecida a usted. Y esa fórmula será mía en el momento que yo entregue a la Policía a los asesinos de Manoli Douras.

—Bien —asintió Miller—. Tienes razón. Creo que yo podría escudarme, legalmente, en el hecho de que se ignora por completo cuál es la fórmula Hanzer. Si yo adquiero una fórmula para la fabricación de caucho sintético, es muy difícil que nadie pueda probar que sea la que te legó Alfred Douras.

—Legalmente usted sería el dueño de ella —admitió Duke.

—Eso es. Tú sólo puedes reclamar la fórmula inventada por Hanzer, sea cual sea y sirva para lo que sirva. Pues bien, Hanzer, patentó hace unos días una nueva fórmula para la vulcanización del caucho. Esa fórmula es tuya. Puedes reclamarla cuando quieras. No tienes derecho a más.

—Moralmente sí —dijo Bob.

—Desde luego —admitió Miller—. Moralmente sí. Moralmente yo no puedo atenerme mi derecho legal de adquirir una fórmula que, moralmente, sé que pertenece a Duke Straley. Es, pues, una cuestión en que la moral se impone a los derechos legales. Vistas así las cosas, creo que, en bien de todos, debemos unirnos y comprar o encontrar esa fórmula antes de que vaya a parar a otras manos.

Duke Straley dirigió una profunda mirada a Miller. ¿Qué pensamientos se ocultaban detrás de aquellos ojos fríos? ¿Quería salvarse Miller de la ruina que le amenazaba? ¿Era él el autor del robo de la fórmula y deseaba obtener doce millones y además una participación en la gran empresa que se iba a fundar? ¿Obraba honradamente o era el cerebro organizador de toda la trama?

Duke deseó alejar estas sospechas, pero se aferraban de tal forma a su cerebro que no pudo vencerlas. La llegada de Miller no podía resultar menos explicable. Sin embargo, ¿no eran, a veces, las cosas inexplicables las más lógicas? Miller tenía fama de honrado. Si esa fama era cierta, su comportamiento resultaba lógico. Pero también era cierto que su empresa necesitaba urgentemente un suministro de caucho, mantenido y sin alteraciones de precio, que le permitiese competir con sus rivales, invadiendo el mercado de los precios bajos. Tal vez en un principio pensó obrar solo; pero luego, temiendo que le fueran cargados los asesinatos, pudo decidir, como más seguro, aceptar la oferta de unión de las dos fábricas...

En aquel instante, en un extremo de la casa sonaron una rápida serie de disparos. Eran de arma corta y el eco de sus estampidos hacía retemblar el edificio.

Duke y Max fueron las primeros en correr hacia la puerta. Ambos empuñaban sus pistolas automáticas. Miller se había puesto en pie y permanecía indeciso, en tanto que Betty se abrazaba a Bob, buscando protección junto a él.

Max llegó el primero a la puerta y al intentar abrirla se encontró con que no podía hacerlo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Duke.

—¡Nos han encerrado aquí! —exclamó Max, sacudiendo la puerta.

Ésta resistió fácilmente todos los embates sin dar la menor señal de debilidad. Uniendo sus esfuerzos, Duke y el jefe de Policía cargaron contra ella. La puerta resistió como si fuese de acero.

Entretanto seguía el tiroteo, al cual se unían terribles gritos.

—¡Pronto! —gritó Duke—. Disparemos contra la cerradura.

Fueron necesarios seis disparos para conseguir que la cerradura saltase, dejando, al fin, franco el paso. Cuando el policía y su amigo salieron del comedor, las detonaciones habían cesado. Al llegar al pasillo que comunicaba la cocina con la entrada de la bodega, notaron el aire cargado del acre olor a pólvora sin humo. El suelo estaba sembrado de casquillos vacíos, y las paredes desconchadas a causa del impacto de los proyectiles.

Lo único que no se veía era el menor rastro de ser viviente.

—Ha habido una buena batalla —comentó Duke.

—A juzgar por los disparos esto debiera estar lleno de cadáveres —refunfuñó Max.

—Tal vez sean cadáveres invisibles —sugirió Duke.

—¿De fantasmas que se pelearon con pistolas de verdad?

—Puede que en el otro mundo no existan pistolas etéreas.

—Déjate de tonterías, Duke. Aquí se han estado tiroteando seres de carne y hueso. ¿Dónde están? ¿Se hará esfumado?

—Observe los puntos desde donde se foguearon —indicó Duke—. Unos desde la cocina y otros desde la puerta que conduce a los sótanos.

—¿Y qué?

—Muy sencillo, que unos se replegaron por la cocina y otros por la bodega.

Sin esperar más, el jefe dirigióse a la cocina. El haz luminoso de su linterna reveló la presencia de los dormidos policías así como, desparramados por el suelo, una gran profusión de casquillos de pistola automática y revólver. En el aire flotaba el olor de la pólvora y el polvo arrancado a las paredes por el choque de los proyectiles.

—Nadie —comentó Max.

Fue hacia la puerta que daba al exterior. Estaba cerrada por dentro. Nadie podía haber salido por ella. Las ventanas estaban también cerradas por el interior.

—Bien, han volado —comentó Duke.

—Probemos el sótano —propuso Mehl.

Resbalando a causa de los casquillos, los dos hombres alcanzaron la puerta que conducía a la bodega. Bajaron precipitadamente por la estrecha escalera y un momento después llegaban al sótano. Estaba tan vacío como el resto de las habitaciones.

Ya se disponían a regresar arriba cuando, de pronto, Max tropezó con un objeto metálico. Duke inclinóse en seguida a recogerlo y a la luz de su linterna pudo ver que se trataba de una pistola automática.

—Una Remington —dijo—. Arma de lujo. Y en perfecto estado.

Olió el cañón y siguió:

—Disparada hace menos de cinco minutos. Aún está caliente y huele a pólvora recién quemada.

Retiró el cargador. Estaba completo. Abrió parcialmente la recámara. Una bala quedaba dentro.

—Muy significativo —comentó.

Max cogió la pistola y la sometió a un cuidadoso examen.

—Los números están borrados —dijo—. Pero el arma ha sido cuidada con mucho cariño.

Duke volvió a coger la pistola y la guardó en un bolsillo, empuñando nuevamente la suya.

—Es indudable que hace un momento alguien ha estado aquí; pero ¿dónde? —preguntó Max.

Sin contestar, Duke habíase acercado a una enorme estantería que en algún tiempo debió de guardar botellas de vino. Ahora estaba llena de telarañas. Con ayuda de la linterna, el joven estuvo examinando la estantería. El círculo de luz fue ascendiendo hasta llegar al techo.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Straley.

—Fíjese, Max —indicó en voz baja.

La luz de la linterna recorrió el techo. Por todas partes colgaban largas telarañas. Sólo un punto, precisamente el que estaba encima de la estantería, veíase casi limpio de ellas.

Silenciosamente, y señalando todos los detalles con el largo dedo de luz, Duke enfocó la linterna hacia la parte superior de la estantería. Parecía como si todas las telarañas que faltaban en el techo se hubieran acumulado allí.

—¿Comprende? —preguntó en voz baja Duke.

—Una puerta —susurró Max.

Straley asintió con la cabeza.

—Debían haber limpiado todo el techo. Al abrirse, la estantería sólo ha quitado la suciedad de esa parte.

—¿Qué hacemos? —preguntó Max.

—Abrir —replicó Duke.

—¿Cómo?

—Sabiendo dónde está la puerta no nos costará mucho... ¡Un momento! ¿Dónde ha encontrado usted la pistola?

—Creo que fue allí —y Max señaló el sitio donde había tropezado con el arma.

Duke lo examinó.

—Esto se encuentra, exactamente, a unos cuatro metros de la estantería que se puede alcanzar en tres saltos. Pero aquí cerca no hay nada. No se alcanza ninguna pared ni ninguna palanca. Sin embargo...

Obedeciendo a súbita inspiración, Duke enfocó hacia el techo la linterna. A cosa de treinta centímetros de su cabeza vio una vieja lámpara de gas de dos brazos y dos mecheros. Estaba parcialmente llena de telarañas; pero los brazos aparecían limpios.

—Ya está, Max, ya tenemos la llave —dijo—. ¡Muy ingenioso!

Entregando la linterna a su amigo, y antes de que éste pudiera preguntar nada, Duke alcanzó con las manos los brazos de la lámpara y tiró de ella. Oyóse un chirrido y toda la estantería giró sobre unos invisibles goznes, dejando al descubierto una amplia entrada subterránea.

—¡Magnífico! —exclamó Max.

Duke soltó la lámpara, que ascendió velozmente a la vez que la puerta se cerraba. Repitió un par de veces la operación, calculando el tiempo que transcurría antes de que la estantería volviese por entero a su sitio. Por fin, dijo:

—La cosa está bastante clara. Uno de los hombres que han intervenido en la lucha fue encargado de mantener abierta la puerta mientras sus compañeros escapaban de aquí. Luego, cuando le llegó el turno, soltó la lámpara y alcanzó la puerta. Con la prisa se le cayó la pistola; pero ya no tuvo tiempo de volver atrás a recogerla. De lo contrario se le hubiese cerrado la salida y debían de temer que sus contrarios les persiguiesen hasta aquí.

—Puede que tengas razón —admitió Max.

Duke seguía mirando a su alrededor.

—¿Qué buscas? —preguntó el policía.

—Eso —replicó Duke Straley, señalando un gran peso de báscula que se veía en un estante.

—¿Para qué lo quieres?

—¿Para qué se imagina usted que se encuentra aquí?

—No se; quizá porque ya no sirve...

—Al contrario; está aquí porque sir ve para algo. Fíjese en la lámpara. En su parte inferior tiene un gancho. Tal vez fuese destinado a colgar de él algún adorno. Yo creo que su utilidad es muy otra. Mientras vuelvo a abrir la puerta secreta, usted alcánceme el peso.

Duke volvió a colgarse de la lámpara y cuando la puerta estuvo completamente abierta, Max colgó el peso del gancho. La lámpara quedó baja.

—Lo destinaban a mantener abierta la entrada mientras cargaban las cajas de licor —dijo Straley—. Bajemos a ver qué se descubre.

Los dos hombres llegaron a la oscura entrada del subterráneo y empezaron a bajar. Max insistió en ir delante. Llevaba su linterna encendida. Duke le seguía a un par de metros de distancia, llevando la linterna apagada.

Sin tropiezo alguno llegaron a otra bodega cuyo techo debía de estar a unos cuatro metros por debajo del piso de la bodega superior. Era infinitamente más grande que la primera y estaba repleta de cajones que parecían llenos.

—Champán —indicó Duke, señalando una caja que lucía las marcas de una conocida cava francesa.

—Fíjate —señaló Max.

La luz de la linterna revelaba una serie de máquinas de embotellar champán. A un lado veíanse una gran cantidad de cestos, llenos de tapones. Duke cogió uno de ellos.

—Champán español —sonrió.

Y acercándose a otra de las cestas, donde se veía una gran cantidad de corchos nuevos, cogió uno de ellos y leyó el nombre de un famoso cosechero de champán de Reims. Un bonito y provechoso truco. Se compra champán español, se destapa, se repone el ácido carbónico y el vino que haya podido perderse, se vuelve a tapar con un corcho de marca francesa, se cambian las etiquetas, y se vende a veinte dólares botella. Y el público tan contento.

—Es verdad —asintió Max—. Aquí están las etiquetas francesas. Es, una estafa; pero menos odiosa que otras que se cometían entonces y que aún se siguen cometiendo. Por lo menos Douras daba al público un champán tan bueno como el francés. Otros, en cambio, daban vino endulzado y gaseado artificialmente. El novecientos noventa y nueve por mil de los bebedores de champán no saben distinguir el español del francés, no obstante.

—Por lo visto Douras conservaba gran parte de sus existencias de vino —comentó Duke.

Habían ido avanzando por la bodega, pasando entre enormes montones de cajas. El silencio reinante parecía hacerse cada vez más denso. De súbito, Duke, se detuvo frente a una de aquellas pilas de cajas.

—¿Qué puede ser eso? —preguntó, señalando un punto en que casi un centenar de cajas habían sido retiradas de la pila y colocadas a un lado. Al fondo se veía el sucio muro de la bodega.

—¿Otra puerta? —preguntó Max.

—Si fuera eso indicaría que se ha deseado que la encontrásemos.

Anticipándose a Mehl, Duke avanzó hasta la pared. Apenas apoyó la mano en su superficie, sintió que el muro cedía hacia dentro. Empujó con más fuerza y toda una sección de la pared abrióse, revelando una amplia entrada.

Una bocanada de fétido aire dio en el rostro de los dos hombres.

—Parece una tumba —gruñó Max, que estaba habituado a aquellos olores.

A pesar de su reconocida serenidad, Duke no pudo evitar una exclamación de horror ante el espectáculo que se ofreció a sus ojos, revelado por las dos linternas.

Caídos en distintas posturas, contra la pared del fondo, y bajo una apretada línea de impactos que recorría todo el muro, veíanse nueve esqueletos.

—¡La banda de Morella! —exclamó Max—. Eran nueve. ¡Qué idiotas fuimos no buscando los cadáveres en el único sitio donde lógicamente podían estar! ¡Hace diez años que están aquí!

Duke Straley agarró, de pronto, el brazo de su compañero.

—¡Vamos! —dijo—. Me acaba usted de dar la solución. En este caso ha habido más de un idiota, porque sólo hemos buscado donde lógicamente debían buscar los idiotas. Hemos despreciado los lugares reservados a la inteligencia. Ahora se dónde está la fórmula Hanzer. Tenía razón el viejo Douras. La escondió donde ningún idiota la buscaría. ¡Creo que empiezo a ver claro!

—Pues tienes mejor vista que yo —replicó Max.

Los dos amigos subieron de nuevo a la primera bodega y sin retirar el peso regresaron al comedor, donde les esperaban, impacientes, los otros.

—Explíqueles usted lo que hemos encontrado, Max —dijo Duke—. Yo voy a buscar la fórmula.

Y antes de que Max pudiera decirle nada, cogió de un brazo a Bob y lo arrastró tras él.

Unos minutos más tarde entraban en la biblioteca. Era una estancia enorme, con las paredes cubiertas de estantes llenos de libros.

—La solución de todo el misterio no puede ser más sencilla —dijo Duke cuando hubo cerrado la puerta.

—¿A qué te refieres?

—A lo que nos importa. A la fórmula. Ya se dónde encontrarla. El mismo Manoli Douras se lo dijo claramente a su hijo: "donde ningún idiota la buscará". Y este es el único sitio en que un idiota no buscaría. Las bibliotecas son los lugares menos frecuentados por los idiotas.

—Tal vez —asintió Bob—. Pero encontrar la fórmula entre tantos miles de libros será como buscar una aguja en un pajar.

—No lo creo yo así. Una sola mirada basta para comprender que Manoli era aficionado a la lectura ligera. Fíjate. Casi todos los estantes aparecen llenos de novelas de entretenimiento. Sólo allí se ven algunos volúmenes de obras antiguas. Ven.

Acercáronse a una de las estanterías y Duke eligió un pesado volumen.

-El Paraíso Perdido —anunció—. No creo que lo haya leído enteramente ninguno de nuestra generación. Es algo que ni los inteligentes leen. Por lo tanto la fórmula pudiera estar aquí.

El libro fue hojeado, sin revelar ningún secreto.

—Pasemos a Jerusalén Conquistada —siguió Duke—. Tampoco es lectura para idiotas.

Pero la famosa obra del Tasso tampoco reveló nada.

—Aquí tenemos una edición griega de la Ilíada de Homero.

Duke abrió el libro y apenas lo hubo hecho, de entre sus páginas cayó al suelo un abultado sobre.

—¡Oh! —gritó Bob—. ¡La...!

—No se muevan —ordenó en aquel instante una voz.

Los dos amigos levantaron la cabeza y encontráronse ante un viejo conocido.

—¿Usted por aquí, señor Blue Lifferkin, o Dientes Blancos?

—Yo mismo, Straley. Tenga la bondad de no moverse y de dejar que su amigo me entregue ese sobre.

—Oiga, Dientes Blancos, le compro la fórmula —declaró Duke—. Usted tendrá que repartir el botín con sus compañeros. Le tocará muy poco. Yo le pagaré mucho más. Dígame dónde están sus compinches y cuidaré de que no quede ninguno con vida. Así no...

—Pierde el tiempo, Straley —sonrió el hombre—. Entrégueme el sobre. ¡Y no se entretenga más!

—Dáselo, Bob —indicó Duke.

Dennison recogió el sobre y lo tendió a Dientes Blancos, que, sin dejar de encañonar con su pistola a los dos jóvenes, retrocedió hacia la puerta secreta por donde había entrado. En cuanto la puerta se cerró tras él, Bob y Duke salieron precipitadamente de la biblioteca. Duke seguía conservando en una mano el tomo de la Ilíada. Al pasar junto a un enorme jarrón de Sevres, escondió dentro el libro y siguió hacia el comedor.

—¡Pronto! —dijo a Max—. Bajemos al sótano. Usted, Miller, quédese con mi hermana.

Betty quiso protestar; pero Duke la atajó con un ademán.

Cuando salieron del comedor, Duke preguntó a Max:

—¿Sabe si los policías que vigilaban el edificio tenían alguna ametralladora?

—Creo que en los autos en que vinimos había dos.

—Pues vayamos antes al garaje. Antes de cinco minutos el infierno se va a soltar sobre esta casa.

CAPÍTULO X

 

SOLUCIÓN INESPERADA

 

 

Armados con un fusil ametrallador, que empuñaba firmemente Max Mehl, y con sus pistolas, los tres amigos corrieron hacia la bodega. Descendieron al primer sótano y por la entrada del segundo, que aún permanecía abierta, llegaran al amplio almacén de licores y vinos.

 

La oscuridad era absoluta, pero Duke insistió en que no se encendiera ninguna lámpara.

Avanzando junto a los cajones, llegaron, al cabo de casi media hora, al punto en que se abría la habitación que había servido de tumba a la banda de Morella. Un leve resplandor parecía salir de la fúnebre estancia.

—Cuidado —advirtió Duke—. Vayamos prevenidos.

Con las máximas precauciones siguieron avanzando. Straley descubrió de pronto una sombra que se recortaba contra la claridad que brotaba del aposento secreto. Con todo sigilo, guardó su pistola y flexionando los dedos, para darles la mayor elasticidad, saltó contra la sombra del centinela.

No se oyó ni un quejido. Un seco golpe al cuello dejó al hombre completamente anestesiado. Duke le depositó en el suelo. Luego, acompañado de sus dos amigos, avanzó hasta la entrada de la cámara.

El espectáculo ganaba, por sorprendente, a todos los presenciados hasta entonces. Alineados contra la pared, entre los restos de los nueve gangsters de Morella, veíanse ocho hombres, pálidos como la muerte. Frente a ellos, de espaldas a la puerta, un hombre achaparrado, casi deforme, les encañonaba con una Thompson. A su lado veíanse otros dos hombres armados con escopetas de caza con el cañón acortado hasta la mitad.

—...y ha llegado ya el momento —decía el de la ametralladora—. Hace diez años, todos vosotros ayudasteis a asesinar a mis muchachos, juré vengarme. Me arruinasteis, deshicisteis mi banda y tuve que huir como un animal acosado por una jauría furiosa. Douras no se sintió tranquilo hasta que tuvo la seguridad de mi muerte. No había oído hablar de la cirugía plástica. No supo que el cuerpo que hace tres años encontraron no era el mío, sino el de un infeliz a quien hice cambiar la cara, dejándola parecida a la mía.

—Pero nosotros no tuvimos ninguna culpa... — dijo uno de los que estaban contra la pared.

—Tú fuiste el principal culpable. Eras el lugarteniente de Douras. Y aunque no fuera más que por haber asesinado a Dandy, merecerías la muerte. Todos queríais encontrar la fórmula. Tú, para ti, y tus hombres para repartirla entre ellos y yo. Fueron tan ingenuos que pensaron que Morella podía perdonarles. Me han servido, han sido fáciles instrumentos en mis manos y ahora ellos mismos se han colocado donde están. Voy a enviarles al infierno, junto con su maldito jefe. Nunca os imaginasteis volver a oír aquí la voz de una ametralladora, ¿verdad? Pues escuchad.

Cuando el asesino se disponía a apretar el gatillo de su arma, Duke saltó sobre él. Por dos veces cayeron sus puños con destructora violencia contra la cabeza del bandido. Éste soltó la ametralladora y rodó por el suelo. Sus dos cómplices volviéronse hacia Duke. El primero fue derribado de un certero puñetazo a la barbilla; pero el segundo hubiera tenido tiempo de descargar la mortífera carga de plomo de su escopeta, si antes Bob Dennison no se hubiese lanzado contra sus piernas, derribándole con deportiva limpieza y ahogando la maligna sonrisa del pistolero, cuyos blancos dientes lo identificaban sin ninguna duda.

Los hombres que se alineaban contra la pared quisieron avanzar hacia la puerta; pero les contuvo la negra amenaza del fusil ametrallador de Max Mehl.

—Quietecitos, amigos —ordenó—. No esperaba encontrarme juntos a Morella y a la banda de Big Greek Douras. Es la primera vez que tigres y leones salen juntos de caza. Los resultados han sido muy lógicos.

***

 

 

El paso de las horas había devuelto el sentido a los policías, que, completamente despiertos, sobre todo a fuerza de beber café, vigilaban a los esposados gangsters. En el salón, Duke explicaba la solución del misterio.

—En seguida se vio que operaban dos bandas rivales —dijo, contemplando a Max, Bob, Miller y Betty—. El tormento a que sometieron a Dandy O'Donnell lo indicaba. Luego quedó más demostrado por la pelea que sostuvieron hace unas horas en esta misma casa. Era una típica lucha de gangsters. El conocimiento que demostraban del edificio y de sus secretos indicaba, también, que habían tenido alguna relación con Douras.

"Las tonterías aquellas de La Mano Negra me hicieron comprender que alguien medio loco era el jefe de una de las bandas. Al ver abierta la cámara donde fueron asesinados los hombres de Morella, tuve la convicción de que dicho gangster no había muerto y que debía de estar cerca. Arrastró a parte de los antiguos hombres de Douras para lanzarles contra el que fue su jefe, cegándolos con la promesa de la fórmula Hanzer, con la cual les dijo que todos ganarían millones.

—Pero el lugarteniente de Douras decidióse a obrar solo —intervino Max, que había tomado declaración a los detenidos—. Se separó de Morella con unos cuantos y al enterarse, por la película que me robaron, de que Dandy era quien había realizado el robo del maletín de Hanzer, le detuvo y le sometió a tormento hasta que el hombre confesó cuanto sabía, o sea que la Rubber Miller estaba dispuesta a pagar veinticinco millones por la fórmula.

—Morella, en cuanto Dientes Blancos le entregó la fórmula, decidió deshacerse de todos —siguió Duke—. Reunió a las dos bandas y les propuso repartirse los beneficios en vez de irse matando estúpidamente. Como Morella mostraba la fórmula, los otros se avinieron a razones. Entonces, el bandido, que está verdaderamente loco, los llevó al sótano donde hace diez años fueron asesinados nueve de sus hombres. Los alineó contra la pared, y ayudado por Dientes Blancos y otros dos cómplices, iba a matarlos cuando intervinimos.

—Morella odiaba con toda su alma a Douras —continuó Max—. Eso era sabido en toda la nación. Por ello el griego procuró en varias ocasiones eliminar a Morella. Éste, viéndose acorralado, buscó a un infeliz que se le parecía, le hizo alterar el rostro por medio de un cirujano y luego le asesinó. Douras, al saber su supuesta muerte, respiró más tranquilo, sin sospechar que el mismo Morella debía acabar con él y con su hijo.

"Pero Morella no sólo deseaba matar a Douras, sino apoderarse de la fórmula Hanzer, y vengarse también de los mismos hombres que habían intervenido en la destrucción de su banda y que luego le ayudaron a acabar con el griego.

—¿Y la fórmula? —preguntó Miller—. ¿Se ha encontrado?

—La tengo aquí — dijo Max Mehl, mostrando el sobre que había recuperado de manos de Morella.

Duke y Bob se echaron a reír.

—Eso no es más que un sobre con unos papeles llenos de números que no significan nada —dijo Duke—. Cuando fuimos a la biblioteca sabíamos que, desde alguno de los muchos escondites secretos, se nos estaba espiando. Por el camino preparamos el sobre y lo guardamos oculto. En el momento oportuno lo dejamos caer al suelo y apareció Dientes Blancos para quitárnoslo, muy satisfecho de que le diéramos el trabajo hecho.

—¿Entonces no era la fórmula? —preguntó Max.

—No —replicó Duke—. La fórmula es infinitamente más voluminosa. Ocupa todo un volumen, de la Ilíada de Homero. En vez de la famosa obra, el libro contiene los datos del invento, así como los croquis y planos para las plantas industriales que han de levantarse para su explotación. Manoli Douras describió muy claramente su escondite al decir que estaba donde ningún idiota la buscaría. Aún no se de ningún idiota que haya abierto la Ilíada de Homero.

—Pues es una novela muy interesante —declaró Max Mehl—. La leí cuando la publicaron y me gustó mucho.

A pesar de todos sus esfuerzos, nadie consiguió contener la risa. Al fin, Duke, dirigiéndose a Miller, dijo, para desviar la conversación:

—La oferta sigue en, pie, Miller. ¿Nos asociamos?

A pesar de lo que esto significaba, Miller contestó, y no refiriéndose precisamente a la oferta:

—Es lo más grande que he oído en mi vida.

—Sí, no está mal —asintió Max Mehl.

 

FIN

 

 

 

Digitalizado por: Antonio González Vilaplana

Publicado por: Editorial Molino, julio de 1943

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