Libro N° 4102. La Marca De Los Cuatro. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4102. La Marca De Los Cuatro. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © La Marca De Los
Cuatro. J. Figueroa Campos
Versión Original: © La Marca De Los Cuatro. J.
Figueroa Campos
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA MARCA DE LOS CUATRO
J. Figueroa Campos
Annotation
Décima y última aventura de Duke, de J. Figueroa Campos,
pseudónimo de José Mallorquí.
Duke, evidentemente, tenía una novia, Susana Cortiz, y
acaba casándose con ella en este número de la serie, pasando a dedicarle los
ratos de ocio que antes empleaba para perseguir criminales, sectas orientales y
científicos locos.
CAPÍTULO I
INVITACIÓN A LUNA DE MIEL
CAPÍTULO II
EN EL CASTILLO DE BARBA AZUL
CAPÍTULO III
CONVERSACIÓN CON LA SEÑORA DORCHESTER
CAPÍTULO IV
EL SILENCIO DE UN MECÁNICO
CAPÍTULO V
EL JUEZ DE PAZ DESCANSA EN PAZ
CAPÍTULO VI
CUATRO PUÑALES
CAPÍTULO VII
LA VIDA PASADA DE BARTLETT DORCHESTER
CAPÍTULO VIII
MANOS DE FUEGO
J. Figueroa Campos
LA MARCA DE
LOS CUATRO
Duke, 10
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1946, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Digitalización: Antonio González
Vilaplana
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
INVITACIÓN A LUNA DE MIEL
Susana Straley miró a su marido. Duke Straley miró a su
esposa. Los dos sonrieron.
—Estamos casados —dijo Duke.
Susana sonrió.
—¿No dices nada? —preguntó Duke.
—Nunca hubiera creído que los recién casados se portaran
tan estúpidamente —musitó Susana—. Parecemos dos pasmarotes.
—Deberíamos decir que por fin estamos solos.
Butler, el mayordomo de Duke, llamó a la puerta del salón.
—No estamos solos —suspiró Susana.
—Entra —ordenó Duke.
Butler entró en la estancia.
—Una señora desea verle, señor —dijo a Duke.
Éste hizo un gesto de disgusto.
—Debiste decirle que no estábamos en casa.
—Se lo dije, señor; pero la señora insiste en verle. Está
muy pálida y nerviosa.
—Insiste en que no estamos en casa.
—Debe de ser alguna periodista en busca de un reportaje
—dijo Susana.
—Si la señora me lo permite, le indicaré que no debe de
tratarse de una periodista —dijo Butler—. Usa zapatos de piel de lagarto,
monedero de la misma piel, un traje Balenciaga y un solitario que debe valer
veinte mil dólares. Ni en este país da el periodismo para tanto.
—A pesar de todo no estamos —insistió Duke—. Nos acabamos
de casar y tenemos derecho a estar solos. ¡Échala de casa!
—¿Y si no quiere salir?
—Agárrala por el cabello y sácala del vestíbulo aunque sea
a rastras —dijo Susana.
Butler le dirigió una mirada de ofendida dignidad.
—Perdón, señora —protestó—. Hay cosas que un caballero no
puede hacer con una dama... a menos que sea su esposa.
Duke sonrió como sólo lo sabe hacer Stan Laurel. Susana le
fulminó con la mirada.
—Será mejor que la entretengas un ratito —se apresuró a
aconsejar Duke—. Mientras hablas con ella saldremos por la puerta lateral y nos
iremos en el auto. Dile que estamos cambiando de ropa para marchar de viaje y
que tardaremos veinte minutos en poder recibirla. ¿Te ha dicho su nombre?
—Sí. Ofelia Dorchester.
Duke lanzó un silbido.
—¡Caray! —exclamó—. La última de los Barrio, de
California. La llaman Diamantes Dorchester. Cuatro millones en brillantes y
otras piedras preciosas.
—¿Es una de Barrio? —preguntó Susana—. ¿Los famosos de
Barrio del petróleo?
—Sí. Todos los de Barrio ganaron millones. Y todos
murieron de manera que Ofelia les heredara. Sin descendencia directa.
—¿Le digo que la recibirá? —preguntó Butler.
—No, no. Estoy recién casado. Hace dos horas que nos
unieron para siempre, y no quiero que una mujer, aunque sea una de Barrio,
empiece a separarnos.
—¿Estás seguro, Butler, de que viste un modelo Balenciaga?
—preguntó Susana.
—Si, señora. Se trata de un modelo que importó de San
Sebastián la casa Dorothea. Lo vi fotografiado en el Country—Life.
—Yo debía haberme casado con un modelo así —suspiró
Susana.
—Haz lo que te he dicho —ordenó Duke a su mayordomo—. Que
espere y, entretanto, nosotros escaparemos —suspirando, agregó—: Me habría
gustado pasar la luna de miel en mi casa.
Butler salió del salón.
—Me alegro de que no pasemos la luna de miel en esta casa.
Está tan llena de cables eléctricos, de trampas y de peligro, que sería como
vivir en un polvorín alumbrado con velas —comentó Susana.
—Sin embargo... ¿Adónde iremos?
—A Londres. Con todos sus bombardeos es un sitio más
seguro que esta casa.
—Susana... No pienso cambiar de vida —previno Duke.
—Ya lo sé —sonrió amargamente Susana—. Vivirás haciendo el
sabueso hasta que te mueras, y entonces subirás al cielo, echarás a San Pedro
de la puerta, y te dedicarás a investigar las culpas de los que vayan llegando
detrás de ti. Si hasta ahora entraban pocos en el Paraíso, en adelante entrarán
muchos menos, y puede que salgan unos cuantos de los que entraron disimulando
sus pecadillos.
—Vamos —dijo Duke, cogiendo del brazo a su mujer—.
Acabamos de casarnos y no es lógico que nos peleemos antes de una semana.
—Yo luciría mucho con un modelo Balenciaga. Hace furor...
—Te compraré tres; pero vamos. No hagas ruido. No nos vaya
a oír la señora de Barrio, quiero decir de Dorchester.
Salieron por la puerta lateral e inclinándose para que sus
cabezas quedaran bajo el nivel visual de las ventanas que daban al salón,
llegaron, conteniendo la risa, al auto de Duke, estacionado frente a la puerta
de la casa. Al poner el pie en el estribo, Duke lanzó una imprecación que
Susana no le conocía.
—¿Qué ocurre? —preguntó la muchacha.
Por toda respuesta, Duke señaló con el dedo índice de la
mano derecha la rueda delantera del auto y con el índice de la mano izquierda
la trasera. Las dos estaban desinfladas y las cubiertas completamente planas.
—¡Oh! —exclamó Susana—. ¡Qué horror! ¿Cómo ha podido
ocurrir?
—Si alguien tuviera la culpa de esto le daría en las
narices con tanta fuerza que se las sacaría por la nuca.
—La culpa es mía, señor Straley —dijo una voz de mujer
detrás de Duke y Susana.
Éstos se volvieron, descubriendo en el umbral de la puerta
de la casa a una mujer de unos cuarenta y cinco años, morena, de tez
ligeramente bronceada, de cuerpo muy esbelto y vestida con un traje que Susana
calificó en seguida de "una delicia".
—¿De usted? —preguntó Duke.
—Sí... Yo extraje el aire de los neumáticos. Lo hice antes
de entrar en la casa. Temí que mientras yo entraba usted saliera y me tomé la
libertad... Me disculpa, ¿verdad?
Por muy fea que sea una mujer deja de serlo en cuanto se
viste un modelo de Balenciaga. ¡Y más aquel modelo! Y mucho más en el caso de
la señora Dorchester, que a los cuarenta y cuatro años conservaba un sólido
recuerdo de la belleza de sus dieciocho primaveras.
—Creo que tendré que atenderla —sonrió Duke.
—Yo se lo agradeceré mucho —respondió la mujer—. No es
necesario que entremos en su casa.
Duke conectó el inflador automático de las cámaras a las
dos ruedas y puso en marcha el motor. Cuando los neumáticos tuvieron la
suficiente presión retiró los tubos de aire y abriendo la portezuela delantera
de su "Meteoro Special" de 120 caballos de fuerza, acomodóse frente
al volante. Susana se sentó a su lado y la señora Dorchester lo hizo junto a
ella. Aún sobraba espacio para otra persona, además de las que cabían en el
resto del vehículo. Éste era de fabricación especial y aparte de un sólido
blindaje que iba desde las cámaras hasta los cristales, poseía una serie de
detalles y características que lo alejaban de los autos corrientes tanto como
lo acercaban a los aviones ultramodernos. Su velocidad era desconocida, ya que
Duke aún no había llegado al límite. La gasolina entraba a presión y en cinco
segundos el auto alcanzaba los doscientos kilómetros por hora. En cuanto a los
frenos eran de una eficacia tan grande que el coche quedaba como si hubiese
echado raíces en el suelo. La emisora receptora de radio, la refrigeración y
calefacción, la pequeña nevera para conservar bebidas y comida, el emisor
receptor de ondas que frenaba automáticamente el coche si surgía ante él un
inesperado obstáculo, el aparato lanza—humos, para cubrir una posible fuga, y
las dos ametralladoras ocultas en el motor y que disparaban a través de dos
pequeños agujeros del radiador, controlados por el aparato emisor de ondas, no
eran más que unos pocos de los maravillosos detalles de aquel coche casi
único..
—¿Tiene que ir a algún sitio determinado, señora
Dorchester? —preguntó Duke.
—¿Por qué lo pregunta? —inquirió, suspicazmente, la mujer.
—Para llevarla a ese sitio —contestó Duke.
—Sí —musitó Ofelia Dorchester—. Debo ira un sitio... Vaya
hacia Broadway y luego siga hacia arriba. Ya le diré dónde ha de parar.
—Supongo que será dentro de los límites de Nueva York
—dijo Susana. Y agregó, lánguidamente—: Estamos en Luna de Miel.
—Mi castillo sería un lugar ideal para esa luna de miel
—indicó Ofelia.
—¿El castillo de Barba Azul? —preguntó Duke.
Ofelia Dorchester asintió.
—Es un hermoso castillo —dijo.
—Un trozo del romántico ayer transplantado en el prosaico
presente —musitó Duke, repitiendo la frase de un informador gráfico—. ¿Le
importa que vayamos de prisa?
—Hasta salir de Nueva York, no; pero, luego tendremos
necesidad de hablar —contestó la señora Dorchester—. Su atención se distraería.
Duke no respondió. A una suave presión de su pie, el motor
rugió con la misma fuerza que si dentro de él se agitaran ciento veinte
caballos de carne y hueso, luego arrancó suavemente; pero a los pocos segundos
avanzaba como una centella en dirección a Broadway. Una sirena como las usadas
por los autos patrulla de la policía actuaba como un invisible espolón que
abría ancho camino al potente vehículo. Susana cogió unos cigarrillos del
departamento donde se guardaban y ofreció uno a la señora Dorchester. Ésta la
rechazó con una triste sonrisa. Susana encendió uno en el encendedor eléctrico
del coche y lo colocó entre los labios de su marido. Luego encendió otro para
ella.
El "Meteoro Special" continuó calle arriba,
siempre con amplio espacio para él. Duke devolvía de cuando en cuando el saludo
a algún policía que acababa de reconocerle. Por fin las casas se fueron
haciendo más pequeñas, se transformaron luego en quintas y chalets y por fin en
granjas. Duke redujo la marcha del vehículo y sin mirar a la señora Dorchester,
preguntó:
—¿Qué le sucede? ¿Por qué tiene interés en que visitemos
su castillo? ¿Qué ocurre en él?
—Fantasmas —respondió la interpelada.
—¿De verdad? —preguntó Duke.
—Sí.
—Quiero decir que si son fantasmas de carne y hueso o sólo
son fantasmas de aire y niebla.
—Hasta ahora sólo han sido fantasmas en el sentido que se
da generalmente a la palabra. Pero temo que pronto sea algo más.
—Hable usted claro, señora —pidió Duke—. Me acabo de casar
y deseo dedicar los próximos días a disfrutar de mi boda. Sólo un motivo muy
grave me haría retrasar mi luna de miel, ¿Qué teme?
—Temo ser asesinada; pero eso no tiene importancia.
Susana miró, desconcertada, a la mujer.
—¿Qué considera usted importante, pues? —preguntó.
—Temo por mis hijas. No porque les amenace ningún peligro;
pero comprendo que después de mi muerte ellas pueden correr mis mismos riesgos.
—¿Y ésos riesgos proceden de las fantasmas? —preguntó
Duke.
—Sí.
—¿Cuántos fantasmas son?
—Cuatro.
—¿Cuatro fantasmas? Ignoraba que los fantasmas aparecieran
de cuatro en cuatro. ¿Por qué no nos cuenta su historia desde un principio?
—Detengámonos en la Posada del Emperador Guillermo. Este
coche va tan de prisa que llegaríamos demasiado pronto a casa. Allí no me
atrevo a hablar.
—Es lógico —dijo Susana—. ¡Estando tan rodeada de
fantasmas...!
La señora Dorchester pasó por alto la ironía de Susana.
Tal vez comprendió que la joven no podía sentirse muy satisfecha del camino que
seguía su luna de miel. Duke redujo la velocidad del coche hasta detenerlo
frente a una casa que se levantaba al borde de la carretera y cuya arquitectura
de tipo bávaro era acentuada por dos grandes robles que sombreaban el espacio
destinado a los clientes, una especie de plazoleta llena de mesas de madera
cubiertas con manteles de vivos colores. Dejando el auto en el punto de
aparcamiento, Duke descendió acompañado por su esposa y la señora Dorchester.
Fueron hacia una mesa y sentáronse ante ella. Acudió a atenderles un grueso
germano, que traía en su rubicundo rostro el buen humor que había extraído del
periódico que acababa de dejar sobre otra mesa.
Mediaba junio de 1940 y el calor era lo bastante fuerte
para que todos pidiesen cerveza fresca, rechazando las salchichas con mostaza y
pastas saladas que el posadero les ofreció. La parquedad de sus clientes le
borró un poco de su buen humor; pero al entregarle Duke cinco dólares indicando
que guardase el cambio y que no les molestara con su presencia, el posadero
recobró su bonachona sonrisa y regresó en busca del relato de lo que estaba
ocurriendo en Francia.
—Ya puede empezar, señora —dijo Duke.
—¿Conoce usted mi historia? —preguntó la señora
Dorchester.
—Lo que dice de usted el Quién es Quién y algo de lo que
han contado los periódicos —explicó Duke—. Se casó usted con Simón Warrick, que
puso en peligro su fortuna y de quien al fin se divorció casando por segunda
vez con Bartlett Dorchester. Su primer matrimonio no tuvo fruto alguno. El
segundo fue premiado con cinco hijas cuyos nombres son, permita que lo diga,
algo extraordinarios.
La señora Dorchester inclinó la cabeza.
—Fue capricho de mi esposo; pero usted ignora algo más.
Duke sonrió.
—No —dijo—. Referente a usted sé dos cosas más; pero no he
creído prudente desmentir a un tan famoso anuario como al Quién es Quién.
—¿Sabe lo de los otros dos? —preguntó Ofelia.
—Pedro Gonzaga y Renzo Coli, ¿no?
—Sí —musitó Ofelia.
Susana miró interrogadora a la mujer y a su marido.
—Al divorciarse de Warrick casó usted en secreto con Pedro
Gonzaga, riquísimo argentino. La noche de su boda Gonzaga fue asesinado. Eso
ocurrió en Buenos Aires y la Prensa fue prudente y discreta. Nadie se enteró de
nada. La policía argentina persiguió a Simón Warrick hasta la frontera. No pudo
alcanzarle y transmitió un informe reservado a la policía de Nueva York. Usted
marchó a Italia. Tenía diecinueve años y un corazón muy romántico. Conoció en
Venecia a Renzo Coli, fabricante de los automóviles Reco. La guerra le estaba
convirtiendo en millonario, y también en romántico. Se casaron y el cortejo
nupcial embarcó en una góndola. Llegaron al Palacio Giaccomini, adquirido por
el señor Coli. Usted entró en su cuarto para cambiar de ropa. Renzo pasó al
suyo. Aunque usted se desvistió y volvió a vestir con la lentitud forzada por
la costumbre y por los trajes de la época, estuvo lista antes que su marido.
Cansada de esperar llamó a la puerta del cuarto de su esposo. No obtuvo
respuesta. Entró en el aposento, seguida por algunos invitados y encontraron a
su marido con una daga española clavada en el corazón. La daga procedía de una
de las panoplias que adornaban el palacio. Faltaba un invitado. La policía
averiguó que Simón Warrick, bajo nombre supuesto, había entrado en Italia. Por
tratarse de la muerte de un industrial que desempeñaba un importante papel en
los suministros guerreros, la muerte se guardó secreta, por miedo a que la
gente la achacara a los espías austriacos. Se movilizó toda la policía y el servicio
de contraespionaje; pero Simón Warrick no pudo ser hallado. Pasaron dos años.
Usted seguía en Italia, al frente de la fábrica de su marido. Él la había
nombrado heredera absoluta de sus bienes, y entre los autos Reco y la carne
congelada argentina que le llegaba de los frigoríficos heredados de su segundo
marido hizo usted una gran fortuna, acrecentada por el petróleo de sus pozos y
los que iba heredando. Un día fue avisada por la policía de que había sido
hallado el cadáver de un hombre cuyas señas personales correspondían a las de
Simon Warrick. Le pidieron detalles complementarios. Usted los dio. Warrick
tenía una peca bajo la planta del pie izquierdo. Se examinó el pie izquierdo
del cadáver y apareció la peca. Luego usted identificó el cuerpo. Éste había
sido encontrado en una cloaca de Roma, medio devorado por las ratas. Presentaba
señales inconfundibles de haber muerto apuñalado por la espalda. ¿No ocurrió
así?
—Es cierto —asintió Ofelia—. Luego conocí a Bartlett...
—Él le compró la fábrica de automóviles Reco.
—Sí. La fábrica producía especialmente camiones para el
ejército. A principios del dieciocho se veía próximo el final de la guerra y se
temía que al llegar la paz los precios de venta de los autos bajaran
verticalmente. Bartlett Dorchester estaba en Roma y ofreció comprar mi fábrica.
Se la vendí en muy buenas condiciones. Por curiosidad le pregunté luego si
pensaba ampliarla. Me dijo que no. Agregó que esperaba una reacción alemana y
que entonces seria llegado el momento de sacar partido de la fábrica. No le
entendí; pero entonces se produjo la última ofensiva alemana. Pasaron varios
días y semanas y todos creíamos que los alemanes aún podrían ganar la guerra o,
por lo menos, alargarla un par de años más. Bartlett vendió, entonces la
fábrica Reco, con un beneficio de medio millón de dólares sobre lo que me había
pagado. La fábrica había recibido nuevos pedidos del Gobierno y quienes la
compraron creyeron haber hecho un buen negocio hasta que empezó la
contraofensiva aliada y todo se derrumbó.
—Y usted se casó con Bartlett Dorchester —dijo Duke.
—Si. Y hemos sido muy felices. A mi fortuna se unió la de
mis parientes, los Barrio. Todos se dedicaron al negocio del petróleo y a
medida que fueron muriendo sin herederos directos, los pozos pasaron a mi
poder. También recibí grandes sumas en concepto de seguros de vida. Todos mis
maridos tenían extendidos importantes seguros de vida.
—Es raro que la policía no haya sospechado nunca de usted,
señora —dijo Susana.
—¿Por qué? —preguntó la señora Dorchester—. ¿De qué iba a
sospechar?
—De que usted los hubiera asesinado.
La señora Dorchester sonrió despectivamente.
—¿Qué ventajas iba yo a obtener matándolos? —preguntó.
—Ninguna —se apresuró a decir Duke—. Aunque en la familia
Barrio no es nuevo que una mujer se haya dedicado a matar maridos.
La señora Barrio inclinó la cabeza.
—Es cierto —dijo—. Y por eso temo por mi vida. Hace unos
doscientos años, doña Ana de Barrio vivía en Méjico, en nuestro castillo. Se
casó cuatro veces y sus cuatro maridos murieron en circunstancias muy extrañas.
El virrey ordenó una investigación; pero el investigador fue asaltado por unos
bandoleros y murió. Envióse a otro investigador que pereció al volcarse la
barca en que cruzaba el lago. Por fin el virrey en persona acudió al castillo.
Como llevaba buena escolta no sufrió ningún accidente. Investigó. Era hombre
muy religioso y el hecho de que doña Ana de Barrio estuviese haciendo levantar
cuatro iglesias, en memoria de cada uno de sus cuatro maridos le causó un
efecto muy bueno. No pudo creer en la culpabilidad de ella y pasó una semana en
el castillo, antes de regresar a la ciudad de Méjico. Cada noche tuvo el mismo
sueño o pesadilla. Veía aparecer a los pies de su cama cuatro fantasmas, o
cuatro encapuchados. No les veía las caras; pero cada uno de ellos lucía sobre
el pecho un número. Uno, dos, tres y cuatro. Hasta la última noche, los
fantasmas no hablaron. Cuando lo hicieron fue para anunciar al virrey que los
días de doña Ana estaban contados. Sólo quedaban cuatro. Y cuando la marca se
cerrase, doña Ana moriría. Uno de los fantasmas trazó con un dedo, sobre la
madera de la cama, una raya. Al despertar el virrey vio en su cama una raya
trazada como con hierro candente. Aquel día debía regresar a Méjico; pero
decidió prolongar su estancia hasta ver en qué paraba aquel sueño.
"Durante el día observó que doña Ana estaba pálida y
ojerosa, como si no hubiese dormido. Al atardecer llegaron las campanas que se
habían fundido para las cuatro iglesias. Se dejaron al pie de los campanarios
respectivos y el virrey observó con el natural asombro que cada campana tenía
en su bronce una raya como trazada con fuego. Era una raya horizontal, exacta
en tamaño a la que había quedado grabada en el lecho del virrey. La misma raya
la vio reproducida el virrey en distintos puntos de la casa. En las paredes de
piedra, en la gran puerta de roble.
—¡Qué emocionante! —suspiró Susana—.
—Prosiga —invitó Duke.
Ofelia Dorchester continuó:
—Aquella noche el virrey no vio en sueños a los cuatro
fantasmas; pero a la mañana siguiente, al ir a ver la raya de su cama,
descubrió que durante la noche se había agregado otra vertical, ligeramente
inclinada hacia la derecha. El virrey examinó todos los puntos donde había
visto la marca y la encontró aumentada en una raya. Incluso en las campanas.
Doña Ana estuvo aquel día más pálida que el anterior y muy nerviosa. Daba
continuamente prisa a todos para que se subieran las campanas al campanario, y
se consagrasen las iglesias. Al tercer día la marca pareció aumentada en otra
raya vertical ligeramente inclinada a la izquierda. Doña Ana pasó el día en las
iglesias. Estaba demacradísima, no comió, y al llegar la noche hizo acudir a
uno de los cuatro sacerdotes que se debían hacer cargo de las iglesias. Antes
había extendido testamento a favor de sus hijos. Tenía uno de cada marido. El
sacerdote pasó con ella varias horas. Cuando el virrey se disponía a acostarse,
preguntándose si al día siguiente habría una cuarta marca, llamaron a su puerta
y entró doña Ana con el sacerdote. La visita era sorprendente y, mucho más la
confesión que hizo aquella mujer. Dijo que ella era, efectivamente, culpable de
la muerte de sus cuatro maridos, que estaba dispuesta a sufrir los rigores de
la justicia, pues el sacerdote con quien se había confesado no podía darle la
absolución en tanto que ella no se mostrara dispuesta a sufrir el castigo que
los hombres le destinaran. Se dijo dispuesta a marchar a Méjico e ingresar en
una prisión y sufrir luego, incluso, la pena de muerte. También confesó haber
hecho matar a los dos emisarios del virrey. Éste quedó muy aturdido y pidió a
doña Ana que volviese a su habitación y no saliera de ella, debiendo
considerarse arrestada. Doña Ana obedeció. Dos guardias quedaron junta a su
puerta. El virrey tardó en dormirse; pero al fin lo consiguió. Soñó otra vez
con los cuatro fantasmas y vio como el que lucía el número cuatro trazaba uno
línea con el dedo. Desaparecieron los cuatro fantasmas y despertó el virrey,
descubriendo que la marca había sido cerrada por una última línea. También vio
que en cada una de las líneas habíase agregado un número. Así.
Ofelia Dorchester se inclinó hacia el suelo y con el dedo
trazó esta figura:
—Inquieto por los extraordinarios sucesos, dirigióse a la
habitación de doña Ana y preguntó a los centinelas si había ocurrido algo. Le
dijeron que no. El virrey recorrió el castillo y encontró todas las marcas
completadas y numeradas. Por ser de noche no subió a los cuatro campanarios;
pero estaba seguro de que las campanas también estaban numeradas. Volvió al
cuarto de doña Ana y, empujado por un súbito presentimiento, llamó con los
nudillos a la puerta. Primero suavemente, luego con más energía; pero siempre
con el mismo resultado negativo en lo que se refiere a contestación. Como no
era lógico que una dama tuviese el sueño tan fuerte hizo que los centinelas
forzaran la puerta. Apenas entraron en el cuarto de la dueña del castillo,
alumbrado por una lamparilla de aceite, percibieron un denso olor a carne
quemada. Se acercaron al lecho en que parecía reposar tranquilamente doña Ana y
la encontraron muerta. Se había suicidado. Y no de una forma fácil. En el hogar
agonizaba un gran fuego en cuyas llamas se había calentado al rojo uno de las
atizadores. Con su punta la mujer se había marcado cuatro puntos en el pecho.
Era la misma marca que el virrey había visto. Un punto sobre el corazón, otro
sobre el seno derecho y otros dos sobre el estómago, luego, calentando también
al rojo el acero de una daga española, se la había hundido en el corazón, junto
al punto allí marcado.
—¡Vaya temple! —exclamó Susana—. Una cosa así no la hacen
ni los japoneses.
—Quiso purgar su pecado —explicó Ofelia Dorchester—. Todo
sufrimiento le parecía poco.
—¿Tiene eso algo que ver con lo que ocurre en su castillo?
—preguntó Duke.
—Desde hace una semana todas las noches se me aparecen los
cuatro fantasmas.
—¿Le dicen algo?
—Nada.
—¿Los ve en sueños?
—No. Estoy despierta.
—¿Y cómo es que los fantasmas que nacieron en Méjico se
han trasladado a Nueva York, a orillas del Hudson? —preguntó Susana.
—Vinieron con el castillo —respondió la señora Dorchester.
—El castillo en que habita la señora es el mismo que
habitaron durante varias generaciones los Barrio —explicó Duke a su esposa—.
Los fantasmas les molestaban tanto que al fin casi todos emigraron a
California, a raíz de la conquista de esa tierra, quedaron allí, hicieron
fortuna con las pieles, con el oro, con las frutas y luego con el petróleo. Se
decía de ellos que tenían un socio o sea un demonio que les informaba de lo que
debían hacer y sobre todo de las tierras que debían comprar y cómo debían explotarlas.
Cuando todos los Barrio se unieron para vender sus plantaciones de naranjos y
ciruelos y con su producto compraron la mayor extensión de tierras malas,
playas y otros terrenos inútiles, la gente se preguntó si estaban locos o su
socio les había indicado un negocio fabuloso. Resultó lo último, y cuando
empezaron a extraer petróleo el mundo quedó asombrado. Hoy toda esa riqueza
está en las manos de la señora Dorchester, aparte de unos cuantos pozos que
tienen unos primos. Al volver a América la señora —Duke indicó a Ofelia—,
sintió el capricho de traer a Nueva York el castillo o palacio de los Barrio.
Encargó a unos arquitectos que lo fuesen a buscar. Así lo hicieron y el
castillo piedra a piedra y todas numeradas se trasladó de Cuatro Iglesias a las
orillas del Hudson. El derribo y la reconstrucción costaron algo así como
millón y medio de dólares.
—Fue capricho de mi marido —explicó Ofelia—. Quería que
tuviéramos algo distinto y como poseíamos suficiente dinero para hacerlo...
—Eso es lo mismo que aquella película del fantasma que se
fue al Oeste —dijo Susana.
—Con la diferencia de que mi caso no es una película
—replicó la señora Dorchester.
Consultó su reloj y luego dijo:
—Debo volver a casa. Es muy tarde. Voy a pedirles un
favor. Pasen cuatro días conmigo. En mi castillo. Se van a celebrar fiestas
para celebrar el compromiso matrimonial de mis cuatro hijas mayores. Prima,
Secunda, Tercia y Quarta.
—¿Cómo? —gritó Susana—. Pero, ¿es que hay alguna mujer que
se haya dejado bautizar con esos nombres o es una broma...?
—Se llaman así —dijo Duke—. Y la quinta se llama Última.
Es la más pequeña.
—Sí —musitó la señora Dorchester, palideciendo sin motivo
aparente—. La mayor tiene diecinueve años, la siguiente dieciocho, las otras
dos son gemelas y tienen diecisiete años. Última tiene sólo cinco. Su
nacimiento fue muy difícil y los médicos que me asistieron afirmaron que no
podría tener ninguna hija más. Por eso la llamamos Última.
—Bien —sonrió Susana—. Hasta las cosas más extrañas
resultan lógicas una vez se han explicado; pero lo de pasar cuatro días de luna
de miel entre fantasmas...
—Es más divertido ene pasarlos con templando las cataratas
del Niágara —sonrió Duke—. Más emocionante.
—¿Acepta? — preguntó, anhelante, la señora Dorchester.
—Claro. Pero explíquenos algo más.
—Ahora no. Esta noche. En el castillo. No quiero que
Bartlett se entere de que he ido a visitarles.
—¿Cómo lo va a evitar?
—Diré que mi auto sufrió una avería y que ustedes me
recogieron. Al llegar mi castillo el auto de ustedes sufrió otra avería y
entonces yo les pedí que se quedaran a pasar la noche.
—Bien. Pero le prevengo, señora, que tal vez su relato no
convenza a todo el mundo.
Ofelia miró a Duke.
—¿Por qué dice eso? —preguntó.
—Porque en aquella loma que domina el río hay alguien que
se entretiene en mirar hacia aquí con ayuda de unos potentes prismáticos, en
cuyos cristales se refleja el sol poniente —dijo Duke indicando con un
movimiento de cabeza un montículo arbolado que se levantaba a más de
trescientos metros de la posada.
Sólo sus manos traicionaron la emoción que experimentaba
la señora Dorchester. Duke las vio contraerse bruscamente y luego, poco a poco,
ir cediendo su tensión.
—Puede que sean unos cristales tirados allí —sugirió.
—En tal caso alguien se entretiene en moverlos —respondió
Duke.
La señora Dorchester se llevó el puño derecho a los labios
y lo mordió hasta hacerlo sangrar. El dolor la serenó ligeramente; pero con voz
entrecortada murmuró:
—¡Dios mío! Ese hombre... Ya no sé qué hacer...
Si esperaba o temía que Duke le preguntara a quién se
refería, debió quedar defraudada, pues levantándose, el aventurero millonario
propuso:
—Marcharemos lo antes posible al castillo de Barba Azul.
CAPÍTULO II
EN EL CASTILLO DE BARBA AZUL
—¿Por qué le llaman castillo de Barba Azul? —preguntó
Susana a su marido, cuando estuvieron en la habitación que se les había
asignado.
—¿Te parece impropio el nombre? —preguntó a su vez Duke—.
La doña Ana aquella era una barba azul de primera clase. Cuatro maridos
asesinados no son grano de anís.
—Pues la doña Ofelia ésta también se trae lo suyo —rió
Susana—. Tres maridos muertos violentamente... Debe ser enfermedad familiar.
Hay familias que propagan la hemofilia. Otras dejan como herencia él cáncer o
la tuberculosis. Los Barrio padecen de viudedad triplicada o cuadruplicada. No
comprendo cómo hay hombres lo bastante bravos para quererse casar con esas
chicas numeradas.
—Cada chica vale diez millones —contestó Duke—. El día de
la boda los recibirán.
—¿Cómo es que estás tan enterado de la vida y milagros de
esa gente?
—Procuro saberlo todo. Al menos todo cuanto tiene algún
interés. La señora Dorchester les pagó a los editores del Quién es Quién en
América una fortunita a condición de que no citasen sus anteriores matrimonios.
Lo supe y me interesó averiguar qué pecadillos quería ocultar la buena señora.
Max Mehl me ayudó, mostrándome una serie de documentos privados. Si no te
importa, bajaremos en seguida al salón, quiero conocer más íntimamente a los
habitantes de este castillo.
—Para saber más de lo que sabes tendrás que hacerles la
autopsia —dijo Susana.
—En efecto. La señora Dorchester nos ha contado lo que ya
sabíamos o, mejor dicho, lo que ya sabia yo; pero nos ha dicho unas cuantas
mentiras y ha representado una comedia bastante buena.
—¿Cuándo?
—Cuando se mordió el puño. Cuando fingió no creer que nos
observaban con unos prismáticos. Cuando pronunció aquellas palabras que de
momento no decían nada; pero que más adelante dirán mucho.
—¡Caramba! —exclamó Susana—. ¡Qué sagaz! ¿Y qué comedia
representó? ¿Con qué objeto?
—Lo ignoro aún, pero... el cuarto marido peligra. Me
interesa mucho hablar con el señor Dorchester.
—¿Quién es el señor Dorchester? —preguntó Susana.
—Además del marido de Ofelia de Barrio es un técnico en
piedras preciosas, un audaz jugador de Bolsa y un lince para ciertos negocios.
Ganó mucho dinero durante la guerra y no hace mucho, a raíz de los disturbios
europeos de los años treinta y siete y treinta y ocho, olió la guerra y con
ayuda de un técnico que había ofrecido al Ejército un nuevo fusil automático
que fue considerado demasiado costoso para ser tenido en cuenta su fabricación,
fundó la fábrica de armas Dorchester y Babington. Dispone de mucho dinero y
está produciendo en serie ese nuevo rifle. Dicen que ya tiene casi un millón en
almacén y no quiere vender ni uno. Cuando los Estados Unidos se metan en la
guerra, él tendrá dos o tres millones de esos rifles. El Departamento de Guerra
se los comprará sin fijarse en el precio que él quiera pedir. Y si no los
compra el Gobierno los comprará Inglaterra.
—¡Es formidable¡ —exclamó Susana.
Sonriendo, Duke negó con la cabeza.
—No. Es demasiado burdo; pero le saldrá bien.
—No te entiendo.
—Mejor. Una esposa que entiende demasiado a su marido
resulta molesta. La mujer ha de parecer un poquitín tonta.
—¿Por qué? —preguntó, desafiadora, Susana.
—Porque así el marido puede lucir ante ella su superior
inteligencia. Las mujeres demasiado listas son insoportables. Con ellas el
hombre pierde la noción de su supremacía. Y al perder eso lo pierde todo.
¿Comprendes?
—Investigaré por mi cuenta —decidió Susana.
—Te expones a tropezar con un fantasma.
—Y el mismo fantasma se expone a tropezar con una bala —y
Susana mostró a su marido una pistola Colt automática del 45,
—Devuélveme eso —pidió Duke, alargando la mano hacia el
arma.
—No —y Susana retiró su mano—. Es mía. La cogí del coche.
Tú llevas la tuya bajo el brazo. La llevaste incluso en la iglesia, al
casarnos. ¿Temías que el sacerdote te pidiese la cartera?
Duke dejó de intentar coger el arma y Susana la metió en
su gran monedero de piel de cocodrilo.
—Lo bueno de los monederos de tamaño natural es que se
puede meter en ellos todo lo que hace falta. Hasta una ametralladora. Bajemos a
contemplar a Primera, Segunda, Tercera, Quarta y Quinta.
—Última —rectificó Duke.
Iban a salir del cuarto cuando se abrió bruscamente la
puerta y un joven entró en la estancia, cerrando tras él.
—¡Hola! —saludó Susana hundiendo lo mano en el monedero y
cerrándola en torno de la culata de la pistola—. ¿Le persiguen los fantasmas?
El joven lanzó un suspiro bastante fuerte, volvió a
respirar más acompasadamente y al fin preguntó:
—¿Es el señor Straley?
—Sí, él es —replicó Susana, señalando a su marido con la
pistola que había sacado—. Yo no soy más que su mujer. ¿Y usted quién es?
—Es Robert Ince Overton Tercero —dijo Duke—. El prometido
de Prima.
—¿Mas números? —preguntó Susana—. ¡Qué familia! Su árbol
genealógico parecerá la tabla de multiplicar.
—Es el actual presidente de la fábrica de automóviles R.
I. O. Su abuelo, Robert Ince Overton Primero la fundó. Su padre, Robert Ince
Overton Segundo la hizo grande, y él oscila entre hacerla mayor o hundirla.
¿Qué tal va ese auto que subirá por las paredes, cruzará ríos, caminará sobre
la vía del ferrocarril y trepará, incluso, a los árboles?
—No he venido a hablar de mi nuevo coche —respondió Ince—.
En la fábrica todo marcha bien, y si usted quisiera ayudarnos un poco,
marcharía mejor. Sólo el carburador nos falla. Su patente...
—Mi abogado es el más indicado para tratar de esos asuntos
—dijo Duke—. Yo estoy en luna de miel y... a usted no le gustaría que el día de
mañana vayan a hablarle de carburadores cuando por fin esté a solas con su
esposa. ¿Verdad?
—No —suspiró Ince—. No he venido a hablarle de
carburadores. Nuestro abogado está en tratos con el de usted y tiene que llegar
a un acuerdo porque sin su carburador nuestro "Rio 301" no sirve de
nada.
—¿Más números? —preguntó Susana.
—Es el número de un modelo de coche que la casa R. I. O.
va a lanzar con destino al Ejército —explicó Duke—. Cuando ellos empezaron a
diseñar el motor, tuve ocasión de examinar los planos y comprendí que el
carburador que habían proyectado no serviría de nada. Llegué a casa y en un par
de horas diseñé el único carburador posible para tan poderoso motor. Lo patenté
en doce tipos distintos y ahora obtendré los beneficios.
—¡Qué listo eres! —exclamó, burlonamente Susana.
Dirigiéndose a Ince, agregó—: Usted no sabe lo agradable que es para una mujer
tener un marido tan supremamente sabio. A veces he de contenerme para no caer a
sus pies y adorarlo como si fuese un becerro... de oro.
—Perdone, señora —pidió Ince—. No he venido a bromear.
Estoy en un apuro. Y no de carburadores, sino de corazón.
—El carburador es algo así como el corazón de un coche,
¿no? —preguntó Susana—. Por lo menos eso me dijeron cuando me enseñaron a
conducir. Claro que el coche en que aprendí era tan viejo que puede que ahora
el carburador ya no signifique nada.
—¿Qué le sucede, Ince? —preguntó Duke, observando
atentamente al joven.
Éste era alto, muy delgado, de aspecto enfermizo, con los
ojos saltones, un poco alocados, mejillas hundidas, frente amplia, coronada por
una revuelta masa de cabellos negros. Vestía pantalones de franela y chaqueta
de lana tejida a mano. Llevaba una camisa de hilo grueso y anudada al cuello y
con las puntas ocultas bajo era camisa una bufanda de seda multicolor a modo de
corbata de las llamadas Ascot o de plastrón. Era un atuendo muy deportivo
realzado por unos zapatos de piel de cerdo y suela de dos centímetros de
grueso. Resultaba simpático especialmente por su aspecto de niño perdido en el
bosque.
—Usted es detective...
—Por afición —dijo Susana.
—Ya lo sé —replicó Ince, sentándose en el sillón que le
ofrecía Duke—. ¡Es horrible! La van a matar. Lo sé.
—¿A quién van a matar? —preguntó Susana—. ¿A la madre o a
alguno de los números que tiene por hijas?
—Siga por donde había empezado, Ince —aconsejó Duke—. Hay
quien a los veinte años de casado se arrepiente de lo que ha hecho. Yo me he arrepentido
mucho antes.
—Es una ofensa proferida ante testigos —advirtió Susana,
amenazando a su esposo con la pistola—. Cuidado con lo que dices. Puedo
solicitar el divorcio por crueldad mental.
—Si quieres hacerlo guarda ese juguete —rió Duke—. Podría
acusarte de haberme amenazado ante testigos y obligarte a pagarme un millón.
—Quizá he venido a estorbarles —musitó Ince, con más
aspecto que nunca de niño perdido en una selva llena de ululantes lobos.
—En absoluto —dijo Susana—. Nos aburríamos de tan solos
como estábamos. Al fin y al cabo ya hace seis largas horas que nos hemos
casado.
Ince iba a levantarse; pero Duke le contuvo.
—No. No tome en serio lo que es sólo una broma. Cuénteme
para qué busca usted un detective.
—¿Me ayudará?
—Si puedo, sí.
—¿A qué ha venido a esta casa?
—No lo sé. Una avería...
—Su auto no tiene ninguna avería que usted no pueda
reparar en dos minutos y medio —declaró Robert Ince Overton.
—En mi tierra, cuando a un hombre le llaman tan claramente
mentiroso, suele ocurrir algo feo —murmuró Susana con la mirada perdida en el
techo—. Generalmente la comunidad ve reducido en uno el número de sus
habitantes masculinos; pero eso ocurre en California.
—He querido decir que usted se encuentra aquí por algún
motivo concreto —dijo Ince—. Perdone si le he ofendido.
—Está perdonado —dijo Susana—. ¿Por qué supone que estamos
aquí para algo más que para esperar que alguien nos repare la avería del coche?
—Vinieron con la señora Dorchester. Yo les vi llegar. Sé
que ella fue a buscarles para que eviten que a ellas les ocurra algo malo.
—Esas ellas deben de ser los cinco numeritos, ¿no?
—preguntó Susana.
—Sí —contestó Ince—. Les amenaza un grave peligro. Y no de
fuera, sino de dentro. Alguien de esta casa desea matarlas.
—¿A todas? —preguntó Duke.
—Sí.
—¿Con qué objeto? —preguntó Susana.
—Dinero.
—¿Dinero? —Susana fingió asombro—. ¿No sería mejor con una
daga española?
Ince estuvo punto de dejar caer sus ojos al suelo, tan
fuera de las órbitas los llegó a tener.
—¿Cómo sabe lo de las dagas? —preguntó temblorosamente.
—Somos los mejores detectives del mundo —sonrió Susana—.
Nuestro lema es: "Cuando la Policía no pueda ayudarle, acuda a nosotros y
quedará satisfecho".
—Pero eso de las dagas ha ocurrido hoy... Desaparecieron
cuando la señora se había marchado.
Duke miró burlón a su mujer. Ésta se hallaba ahora tan
desconcertada como Ince.
—¿Desaparecieron unas dagas? —preguntó Duke.
—Sí... Pero si ya saben...
—No importa. Usted cuéntenos lo que sepa —irónicamente,
agregó—: No haga demasiado caso de lo que dice mi esposa. Desciende de una
familia de brujas y hechiceros. Sus antepasados huyeron de España; pero sobre
todo de las hogueras de la Inquisición.
—¡Mentira! —gritó Susana—. No levantes calumnias contra
mis antepasados.
—Lo mejor será, señor Ince, que nos cuente su historia
desde un principio y exponga sus deseos y sus temores. Entretanto yo taparé la
boca a mi mujer.
Volviéndose hacia Susana, Duke agregó:
—Debes tener en cuenta que se trata de un asunto
importante.
Ince enmarañóse un poco más el cabello y al fin empezó:
—Prima y yo nos queremos. Nos casaremos dentro de un mes y
esta noche se ha de anunciar nuestra próxima boda. Desde que yo pedí la mano de
Prima, algo parece haberse estropeado en esta casa. No sé lo que es; pero ella
me dice que durante la noche se oyen alaridos terribles, golpes en las paredes
y se ven desfilar fantasmas. Cuatro fantasmas. Supongo que la señora Dorchester
les habrá hablado de los fantasmas.
Duke respondió con un afirmativo movimiento de cabeza.
—Las tres hermanas de mi novia también tienen novio y esta
noche y las próximas tres noches se irán anunciando los compromisos oficiales.
—Eso significa cuarenta millones a punto de pasar de unas
manos a otras —sugirió Duke.
—Sí. Alguien tiene interés en que esos millones se queden
donde están.
—¿Quién es ese alguien?
—No me atrevo a sugerirlo.
—¿El señor Dorchester? A él seguramente le harán falta en
su fábrica de fusiles ultrarrápidos.
—Ya le he dicho, señor Straley, que no me atrevo a acusar
a nadie —dijo Ince.
—¿Acaso la señora Dorchester? —siguió Duke—. Cuesta
trabajo creerlo, pero ¿quién sabe? Desembolsar cuarenta millones no es lo mismo
que dar cuarenta centavos a un limpiabotas; pero de eso a que haya pensado en
asesinar a sus propias hijas... ¿No le parece exagerada la sospecha?
—No sé —Ince escondió el rostro entre las manos—. No lo sé
—repitió—; pero indudablemente sólo dos personas pueden ser sospechosas.
—El señor Dorchester no me parece un Herodes capaz de
hacer degollar a sus propias hijas.
—Tal vez los señores Dorchester hayan pensado en expulsar
de este odioso mundo a los futuros maridos de sus hijas —sugirió Susana con la
expresión de máxima inocencia—. Yo no creo en el desinterés de los hombres
—suspiró—. Mi larga y atormentada vida me ha enseñado que todos ellos son unos
egoístas,
—Señora... —Ince se contuvo y con voz más suave de la
empleada al principio, agregó—: Le aseguro que no es el temor por mi vida el
que me ha hecho venir. No me inquieta mi suerte; pero aunque sea monstruoso,
tengo motivos para sospechar que alguien de esta casa desea la muerte de Prima
y de alguna más de sus hermanas.
—¿Qué motivos tiene para creer eso? —preguntó Duke.
—Definido, ninguno, pero... Anteayer Prima y yo salimos en
su coche. Todas las tardes íbamos a contemplar la puesta de sol tras las
montañas. A Prima le gusta que su coche marche a toda velocidad, sobre toda en
la subida del acantilado, Su coche es un Mercedes Benz y desarrolla una
velocidad terrible. Anteayer subimos hacia el acantilado, un punto en que la
carretera bordea un precipicio altísimo sobre el Hudson. Para abrir la
carretera hubo que ir colocando barrenos en la roca viva, y como si la carretera
hubiese ido directa a la cumbre, la pendiente habría sido excesiva, fue preciso
ir tallando la roca, y por lo tanto la carretera actual tiene a la izquierda el
abismo del río y a la derecha una pared rocosa. La anchura total de la
carretera es de nueve metros.
—La conozco —dijo Duke.
—Lo suponía; pero he querido describir el lugar para que
comprendiese lo que pudo haber pasado de no mediar una suerte increíble. Esa
carretera sólo es frecuentada por coches particulares. Sin embargo, anteayer,
cuando nos hallábamos a punto de alcanzar la cumbre del acantilado, apareció
ante nosotros un gran autobús de los que llevan pasajeros por la carretera del
rio. Luego supimos que lo había alquilado un grupo de amigos que deseaba
precisamente visitar aquel sitio. La aparición del autobús fue tan inesperada,
que Prima apenas tuvo tiempo de torcer a la derecha, pues seguía, como de
costumbre, el lado más próximo al precipicio. El brusco viraje terminó con la
rotura de la dirección y el auto pegó primero contra el autobús y luego de
rebote contra la pared de granito. Por fortuna Prima iba ya frenando y... nos
salvamos de una muerte segura.
—Es una avería poco corriente en esos coches —dijo Duke—;
pero perfectamente posible.
—No —dijo Ince—. Aun no he terminado. Unos metros más allá
en el punto en que la carretera tuerce en torno del saliente morro de la cumbre
del acantilado, había una furgoneta cargada de adoquines y losas de granito,
con las cuatro ruedas pinchadas y sin conductor. La habían abandonado en un
punto que permanece invisible hasta que el coche que llega de abajo empieza a
tomar el viraje. ¿Comprende ahora?
—Es preferible que usted me dé los problemas resueltos, si
ya lo están.
—Si Prima hubiese llegado a aquel punto con el coche a más
de cien por hora, hubiese tenido que torcer bruscamente a la izquierda,
entonces se hubiese roto la dirección y el auto habríase despeñado por el
precipicio.
—¿Qué motivos tiene para creer que alguien había previsto
que la dirección se rompería al llegar allí?
—El mismo que vertió ácido corrosivo en la dirección del
coche de Prima. Mientras no se violentara el volante, la dirección resistiría;
pero en cuanto se tomara una curva demasiado cerrada, se tenía que romper. Eso
ocurriría, forzosamente, al tomar la curva de la cumbre; mas por si acaso, se
dejó allá la furgoneta. A no ser por el autobús que nos obligó a desviarnos y
que actuó de barrera entre el coche y el abismo, la dirección no se hubiese
roto hasta llegar a lo alto de la carretera. Si la carrocería del autobús nos
desvió hacia el lado derecho la furgoneta nos habría desviado hacia la
izquierda. Hacia la muerte.
—¿Puedo ver el auto? —preguntó Duke—. Me gustaría examinar
la dirección y comprobar el ácido...
Ince movió negativamente la cabeza.
—Imposible —dijo—. El coche fue llevado a un garaje en
Martinsville. Yo regresé aquí con Prima en un auto que nos alquilaron. Mientras
estábamos aquí, riéndose Prima del peligro corrido, me llamaron del garaje para
explicarme lo ocurrido con la dirección. Contaron lo del ácido en el metal y
preguntaron si se trataba de una broma o de un accidente involuntario. Encargué
que no tocaran nada hasta que yo volviese. No dije nada a Prima y regresé al
garaje. Examiné la dirección y vi que el mecánico que me había telefoneado
tenía razón. Las huellas del ácido eran clarísimas. Encargué que lo dejara todo
tal como estaba y que no reparase la avería hasta que yo se lo mandara. Le
prometí volver al día siguiente. No sabía qué hacer. Todo era muy sospechoso;
pero quizá se tratase de un accidente casual. Ahora sé que no.
—¿Por qué lo sabe?
—En primer lugar, porque al volver a pasar por la
carretera vi que la furgoneta había desaparecido, y a juzgar por las huellas
dejadas en el asfalto, la debieron empujar hacia el mismo sitio donde esperaban
que cayéramos nosotros. Luego acabé de tener la seguridad cuando al pasar al
mediodía siguiente por el garaje encontré el coche de Prima perfectamente
reparado. Pregunté al mecánico por qué lo había hecho y me contestó que mi
novia se lo había ordenado. Le reprendí, diciéndole que no debía haberlo hecho y
le pedí las piezas de la rota dirección. Dijo que las había tirado al montón de
hierro viejo. Al decirle que se debía haber dejado aquella prueba para la
policía, pues a ella le competía analizar el hierro atacado por el ácido y
comprobar que se trataba o no de un atentado personal, el mecánico me miró como
si yo estuviera loco y preguntó qué quería decir con aquello del ácido y demás.
En fin, para no prolongar esta explicación, el hombre jura y perjura que él no
ha visto nunca una dirección atacada por ácido. Dice que la rotura de la
dirección del coche de Prima era natural y que no tenía nada de extraordinario.
—Muy curioso —musitó Duke—. Usted supone que el mecánico
recibió dinero o amenazas para que cerrase la boca y olvidara todo cuanto había
visto y dicho.
—Creo que recibió las dos cosas a la vez —dijo Ince—. Pero
yo vi la dirección corroída por el ácido. Vi la furgoneta. Estuve a punto de
matarme al mismo tiempo que mi novia y sé, por tanto, la verdad. Alguien de
esta casa oyó la conversación. Se puso en contacto con el mecánico y le hizo
callar. Ahora el hombre no hablará, pues se expondría a perder su empleo y
quizá a ir a la cárcel.
—¿Qué más?
—Esta tarde hemos ido a tirar al plato. Prima es muy
aficionada a ese deporte. Tiene su escopeta y su canana. Yo le fui a buscar
ambas cosas y al coger el cinturón canana advertí algo raro. De momento no supe
lo que era; pero después me fijé en que cuatro de los veinte cartuchos metidos
en la canana eran distintos de los otros. Los examiné con más detención. La
diferencia estribaba en que carecían de marca. Para el tiro al plato Prima y yo
utilizamos cartuchos Hunter de perdigón número siete. Aquellos cuatro cartuchos
no lucían marca alguna en el casquillo. Sin saber por qué los retiré y metí
cuatro cartuchos Hunter en su lugar. Cogí luego otro centenar de cartuchos y
bajé la escopeta de Prima y la de su hermana Secunda, que yo utilizo siempre.
Son dos armas idénticas. Pasamos una hora partiendo platos y al regresar del
campo de tiro yo me retrasé un poco, dejando que Prima fuera a tomar un cóctel
al el bar del polígono. Até la escopeta a un árbol, después de cargarla con dos
de los cartuchos sospechosos y luego sujeté un cordel a uno de los gatillos. Me
retiré a unos veinte metros, ocultándome detrás de unas rocas y tiré del
cordón. Se produjo una explosión terrible y cuando volví junto al árbol la
escopeta estaba reducida a partículas de hierro. Sólo quedaba la culata, aunque
astillada en su mitad más próxima al cañón. En el árbol habíase abierto un gran
boquete. Y estos son los otros dos cartuchos —agregó Ince, tendiendo a Duke dos
cartuchos de caza.
Duke los tomó y examinó con gran atención.
—Parecen legítimos —dijo.
—Pero a un cartucho de caza no se le supone con fuerza
bastante para desintegrar un cañón de buenísimo acero. Debieron de estallar los
dos cartuchos a la vez y estoy seguro de que están cargados con dinamita. Si
Prima llega a dispararlos, hubiera quedado destrozada.
—En efecto —admitió Duke.
Con un cortaplumas estaba arrancando el cartón del
cartucho y al fin dejó al descubierto una cápsula metálica en lugar de la carga
de perdigones, taco y pólvora que debía haber encontrado.
—¡Cuidado! —previno Ince—. Puede estallar.
Duke se encogió de hombros.
—No creo —dijo.
Siguió arrancando el cartón del cartucho y al fin quedó
enteramente al descubierto la cápsula. Era de acero y el extremo que tocaba al
fulminante tenía un agujerito que debía dar paso hacia el interior al fogonazo
del pistón, provocándose así el estallido de la carga interna. Duke
desatornilló aquella parte de la cápsula y vació sobre la palma de la mano su
contenido.
—Picrinita —dijo—. Un explosivo muy desagradable.
Peligroso de manejar. Si me permite, guardaré estos cartuchos.
Sin esperar la respuesta de Ince levantóse y metió en el
cajón de una mesita de noche los dos cartuchos.
—Ve con cuidado —dijo Susana—. No sea que confundas eso
con un cigarro y al ir a encenderlo volemos los dos.
Sonriendo Duke regresó junto a Ince.
—Prosiga —dijo.
—No quiero que continúen ocurriendo estas cosas —dijo—.
Necesito que alguien nos defienda. Su esposa lo ha dicho. Cuando uno no puede
confiar en la Policía acude a usted. Le daré lo que me pida. Diez mil
dólares...
Ince se contuvo ante la sonrisa de Duke.
—Ya sé que es poco —dijo—. Perdone. Aunque le ofreciera un
millón sería poquísimo para usted. Pero le ofreceré algo que estoy seguro le
interesará. Algo que usted no puede adquirir, con todo su dinero. Algo único en
el mundo.
—¿Qué? —preguntó, interesado, Duke.
—El retrato de la Marquesa de los Ciervos, original de
Goya. Costó cien mil dólares. Hemos recibido ofertas hasta de un millón. Si
usted salva la vida a Prima yo le entregaré ese cuadro.
—¡Caray! —exclamó Susana—. Acepta. Pero dile que firme un
documento.
—Acepto; pero ha de firmar un documento —sonrió Duke.
Robert Ince Overton sacó su pluma estilográfica y comenzó
a llenar una hoja en blanco con su angulosa escritura.
CAPÍTULO III
CONVERSACIÓN CON LA SEÑORA DORCHESTER
En el momento en que Duke recibía de mano de Ince la
promesa de cesión del cuadro, resonó, en toda la casa un horrible alarido que
se repitió otra vez con más fuerza y una tercera más débil. Mientras Susana e
Ince quedaban como sobrecogidos por aquel alarido ultraterreno, Duke se
precipitó a la puerta, la abrió y por el estrecho pasillo al que daban las
puertas de las distintas habitaciones del primer piso del castillo, llegó a la
escalinata de piedra que descendía al vestíbulo. Frente a la escalinata estaba
la habitación de la señora Dorchester, y Duke se metió en ella sin detenerse a
pedir permiso.
—¿Qué...? —preguntó buscando por toda partes el motivo de
aquel grito.
La temblorosa mano de la señora Dorchester se lo indicó.
Señalaba hacia la cortina de una de las ventanas y en ella
vio Duke una palabra que estaba escrita en llameantes letras:
"Morirás"
La palabra flameó todavía un momento y al fin apagóse.
Duke llegó hasta la cortina y la tanteó. Nada. Ninguna huella de fuego. Ni de
fósforo, a pesar de que la posibilidad de que se hubiera trazado aquella
palabra con pintura fosfórica quedaba descartada por la intensa rojez de las
letras, en nada parecida a la luminosidad del fósforo. Además, la habitación
estaba iluminada.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —repetía continuamente la señora
Dorchester—. ¡Es horrible!
—Explíqueme lo ocurrido —pidió Duke después de cerrar la
puerta—. ¿Qué ha visto?
—No sé... —respondió la alterada mujer—. No sé... Estaba
aquí... frente al tocador... De pronto, oí una especie de zumbido o de roce, o
no sé qué. Miré hacia la ventana, o sea al sitio de donde llegaba y vi que en
la tela de la cortina empezaba a arder una llama que se fue corriendo hasta
formar la palabra "morirás". Entonces lancé un grito... O dos... No
sé...
—Tres —dijo Duke—. Y muy fuertes.
—Es posible... Me asusté tanto...
Duke volvió a la cortina y la examinó con más detalle.
Luego miró a su alrededor, encogióse de hombros y fue hacia la puerta,
abriéndola y sonriendo al ver que Susana entraba en el cuarto dando trompicones
y cayendo al fin de rodillas.
—No se debe escuchar por la cerradura —reprendió Duke—. No
cuesta nada llamar y pedir permiso para entrar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Susana, incorporándose.
—Un susto. Cosa de los nervios...
—¡Mentira! —gritó Susana—. Un fantasma ha escrito...
Un ahogado sollozo interrumpió a la joven. La señora
Dorchester se apretaba la garganta con la mano y esta vez era indudable que no
fingía. Estaba aterrada. Verdaderamente aterrada.
—¡Vaya luna de miel! —musitó Susana al oído de Duke.
—Calla —recomendó éste.
Cerró la puerta y volvió al lado de la señora Dorchester.
—Debe decirnos toda la verdad, señora. Es indudable que
algo grave está ocurriendo en esta casa o castillo o lo que sea. Yo estoy
dispuesto a ayudarla a usted en lo posible; pero necesito su confianza. ¿Qué
misterio se oculta en esta casa? ¿Quién tiene interés en asesinar a sus hijas?
No sospecho de usted ni de su marido, porque los padres no suelen desear la
muerte de sus hijos. ¿Quién heredaría los diez millones que ha de recibir su
hija mayor en el día de su boda si su hija Prima llegara a morir antes de que
la boda se celebrase?
La señora Dorchester movió como atontada la cabeza.
—No... —musitó—. No.
—Debe decírmelo. Callando perjudica a sus hijas.
—Ellas heredan —murmuró la señora Dorchester—. Extendí el
testamento hace dieciséis años. Cuando heredé los principales pozos de
petróleo. Es un testamento irrevocable. Si una de mis hijas muere, su parte de
herencia va a aumentar la de sus hermanas.
—¿No figura Última en ese testamento?
—En otro similar, acoplado al mismo.
—¿Heredaría ella cincuenta millones si sus cuatro hermanas
muriesen?
—Sí.
Y la señora Dorchester dejó caer la cabeza.
—¿Y quién heredaría estos cincuenta millones si muriesen
las cinco?
—Volverían a mí.
—¿Y si muriese usted? ¿Heredaría su esposo?
—No. Sólo recibiría una renta vitalicia, de diez mil
dólares mensuales hasta su muerte.
—¿Por qué?
—Él tiene fortuna propia. Mi dinero se repartiría entre
los hospitales.
—¿Y si muriese usted antes que sus hijas? ¿Quién heredaría
el dinero? ¿Los hospitales?
La temblorosa mirada de Ofelia Dorchester se clavó un buen
rato en los ojos de Duke antes de que contestara con un hilo de voz:
—No... Iría a parar a ellas.
—¿Y su marido? ¿Tampoco recibiría nada?
—No.
—Me extraña mucho esa diferencia entre el marido y las
hijas. ¿A qué se debe?
—Él lo quiso así —replicó Ofelia.
—¿Con qué dinero ha montado su fábrica de armas?
—Con el suyo... —la señora Dorchester vaciló antes de
agregar—: Y con una parte del mío.
—¿Cuánto de usted y cuánto de él?
—Esas preguntas son... son... ¡Oh! Váyase. Por favor, no
me pregunte más.
—¿Quiere que me marche de esta casa? —preguntó Duke.
La señora Dorchester le miró angustiada
—Le ruego que no me atormente. Mi cerebro parece a punto
de estallar. Me va a ocurrir algo...
—Disculpe mi insistencia, señora. Lo hago por el bien de
usted, debe creerlo. Si usted lo desea me marcharé; pero el señor Robert Ince
Overton me ha suplicado que me quede. Y como pago de mis servicios me ha
ofrecido la más preciada obra de arte de su colección de pinturas. Una obra por
la cual yo daría tres cuartos de millón. Él me la ofrece para que defienda con
todas mis energías la vida de Prima Dorchester. De su hija.
Las pupilas de la mujer se humedecieron.
—Por lo menos ella ha encontrado un buen muchacho...
—musitó—. La hará feliz...
—¿Sabe que anteayer estuvieron a punto de morir los dos a
causa de un accidente de auto?
Ofelia miró vivamente a Duke.
—No —dijo—. No. ¡Estoy segura de que no!
—El coche en que iban resultó con la dirección rota. Un
milagro les salvó. Hoy alguien colocó entre los cartuchos que su hija iba a
disparar cuatro de ellos cargados con un potentísimo explosivo. Otro milagro la
salvó. Su novio hizo luego la prueba de los cartuchos y casi partió en dos un
árbol además de reducir a partículas la escopeta.
—¡Dios Santo! —gimió la mujer—. Es el castigo de mis
pecados. Del otro mundo y de este me llega la venganza.
Acercando los labios al oído de Duke, Susana preguntó:
—¿Por qué no habla de una vez esa mujer? Me pone
frenética.
—Teme decir demasiado —respondió Duke.
—Sí —dijo la señora Dorchester—. Si hablase... sería
horrible. No puedo. Que se cumpla mi destino. He hecho cuanto he podido. Hasta
hace poco creí que se trataba de un plan que podía desbaratar un buen
detective. Por eso le llamé a usted... Luego... —señaló hacia la cortina en que
habían aparecido las letras de fuego—. Luego he comprendido que espíritus
poderosos se agitan entre las sombras que nos rodean. Ellos me empujan desde el
otro mundo hacia las manos de los que en éste quieren mi desgracia.
—¿Hablaría si yo le demostrase que no existe intervención
alguna ultraterrena? —preguntó Duke.
—No. He sellado mis labios. Soy una de Barrio. Ni el fuego
ni el acero separados o juntos hundidos en mi carne me harían hablar.
—¿Ni la seguridad de que esta noche debe morir?
—Ni eso.
—Entonces, señora, ¿para qué me ha llamado? ¿Para qué me
arrancó de mi casa y me hizo venir a este castillo que tan mal pega a este
paisaje neoyorquino?
—Lo hice porque creí saber la verdad. Porque esperé que su
presencia fuera un freno... Pero veo que no lo va a ser. Todas son hijas mías
—siguió luego, como si estuviera muy lejos de allí—. A todas las quiero por
igual. Debo defenderlas. Ya que ha venido, hágame un favor...
—Usted dirá.
—En su auto... vaya a Nueva York y traiga... Haga venir a
un juez de paz que tenga atribuciones para casar a mis cuatro hijas esta noche.
No hay otro remedio.
—Le podemos llamar por teléfono —propuso Duke.
—El hilo telefónico está cortado —replicó pausadamente la
señora Dorchester—. Y sólo un coche a prueba de balas podría salir de esta casa
y volver.
—¿Cómo sabe que el hilo está cortado?
—Todas las noches quedamos incomunicados con Nueva York.
Alguien corta el hilo telefónico y luego, al amanecer, lo repara.
—No cabe duda de que esta es una casa de las más adecuadas
para que una joven desposada pase su primera noche de luna de miel —dijo Susana
a su marido—. Yo te acompañaré a buscar a ese buen sacerdote o juez de paz o
capitán de barco que tenga atribuciones para celebrar cuatro bodas.
—Vamos —dijo Duke, cogiendo del brazo a su mujer.
Antes de salir del cuarto recomendó a la señora
Dorchester:
—Sea prudente.
Abrió la puerta y ante ella, pero de espaldas, vio a un
hombre que estaba contemplando desde lo alto de la escalinata el vestíbulo que
estaba ya iluminado. Al oír el gemido de los goznes, el hombre se volvió. Era
alto, grueso, de expresión jovial y campechana. A Susana le recordó el actor de
cine Edward Arnold.
—Qué tal, señor Straley? —saludó el hombre tendiéndole la
mano con una cordialidad que no parecía fingida—. ¿Le gusta nuestro castillo?
Es un sitio ideal para las lunas de miel.
—Eso ya lo he advertido —dijo Susana—. Es un término medio
entre cementerio y manicomio.
La risa saltó a los labios y a los ojos del hombre.
—Buena comparación —dijo—. Locos y fantasmas. Bien, bien.
Aunque tengo el gusto de conocerle, ustedes no tienen el gusto o disgusto de
saber quién soy. Me llamo Bartlett Dorchester. Soy el marido de Ofelia y el
padre de Prima, Secunda, Tercia, Quarta y Última.
—Se debe de sentir usted una especie de Pitágoras —dijo
Susana.
—Sí —rió el señor Dorchester—. El padre de las
matemáticas. Soy un gran admirador suyo y de su filosofía de los números. Algún
día comprenderá que los hombres deben llamarse por números y no por nombres. Un
nombre y un apellido no son nada. En cambio una cifra es todo. Una patente
número 450.000 significa cien años de existencia en la Oficina de Patentes de
los Estados Unidos. Es algo definido. Exacto. El número uno representa la
Divinidad. Dios fue lo primero que existió y lo que siempre existirá. Nadie le
puede quitar el poder. Por eso llamar Prima a mi primera hija fue colocarla
bajo un poder insuperable.
—Conozco el sistema pitagórico —interrumpió Duke—. El dos
es el principio del mal, el tres la armonía perfecta y el cinco, o sea última,
es el matrimonio, porque se compone del dos y del tres o sea de par e impar.
—De todos mis invitados es usted el primero que sabe de
Pitágoras algo más aparte de que fue uno de los más sabios de Grecia. Es muy
grato para mí recibir en mi humilde castillo a un hombre inteligente.
—Gracias —dijo Duke—. ¿Qué tal van sus rifles Babington?
—Muy bien. Harán mucho ruido.
—Es defecto propio de todo buen rifle que no lleva
silenciador —dijo Duke.
De nuevo rió Dorchester.
—Sí... es cierto.
—¿Producen ustedes cartuchería? —preguntó Duke.
—Claro. Se van a necesitar muchas balas cuando empiece la
guerra en serio. Nosotros serviremos millones y más millones de cartuchos.
—A juzgar por lo poco que ríen los franceses que yo
conozco, para ellos la guerra es cosa ya muy seria —dijo Susana.
—¡Bah! —protestó Bartlett Dorchester—. Eso no es nada. Las
guerras modernas no serán nunca una cosa seria hasta que nosotros metamos baza.
Ahora lo discuten. Y no muy acaloradamente. Pero cuando el Tío Sam eche su
cuarto a espadas, verá como la cosa se anima. Cada soldado llevará una
ametralladora. Por cada dos soldados un tanque y una batería ligera. Por cada
diez soldados cinco aviones y una batería pesada, Así haremos la guerra cuando
nos cansemos de la comedia que están representando en Europa. Yo me preparo
para entonces. Los fusiles ametralladores Dorchester y Babington cantarán en
todos los campos de batalla, Los ingleses se quedarían ya con un millón si el
Departamento de Guerra no nos estuviera obstaculizando. Dicen que se trata de
un invento nacional que no se puede divulgar demasiado pronto. Temen que los
alemanes pesquen unos cuantos y se pongan a fabricarlos en serie.
—¿Qué clase de cartuchos fabrica usted ahora? —interrumpió
Duke.
—De guerra para nuestras rifles, del mismo calibre que el
Springfield; para armas cortas automáticas, o sea desde el calibre treinta y
dos hasta el cuarenta y cinco, y, además, para irnos acreditando como
fabricantes de buena cartuchería, hemos lanzado al mercado los mejores
cartuchos de caza.
—¿También producen cartuchos de caza? No lo sabía, Me
gustaría que me dijese su opinión acerca de unos cartuchos que me han traído de
Europa. Son algo raros. ¿Quiere acompañarme? Se los enseñaré.
Duke se dirigió a su cuarto seguido por el señor
Dorchester y por Susana. Fue hacia la mesita de noche en cuyo cajón había
dejado los cartuchos que le entregara Ince y lo abrió.
El cajón estaba vacío.
—¿Qué cartuchos son? —preguntó Bartlett.
—Ahora recuerdo que los dejé en Nueva York —dijo Duke—.
Estaba seguro de haberlos traído. Lo siento, pues eran muy curiosos.
—En cuanto los tenga enséñemelos. En Europa siempre
inventan cosas nuevas y a veces los europeos demuestran inteligencia.
—¿No es usted europeo, señor Dorchester?
—¡Oh, sí! Claro. Pero llevo tantos años en esta tierra que
me he acostumbrado a considerarme americano. Estoy nacionalizado aquí, ¿sabe?
—Lo ignoraba. ¿Quiere usted acompañarnos a Nueva York?
—¿A qué?
—A buscar a un amigo que desea asistir a la fiesta de esta
noche.
—No puedo. Yo soy aquel personaje del chiste. ¿Lo conoce?
Dos asistentes a una fiesta se encuentran en el bar de la casa. Uno dice:
"Es una fiesta horrible". "Horrible", replica el otro.
"Estoy harto. Me marcho. ¿Viene usted conmigo", sigue el primero. Y
el segundo contesta con expresión abatida: "No puedo. Soy el dueño de la
casa" —Bartlett Dorchester soltó una contagiosa carcajada—. Estas fiestas
me pudren, señor Straley; pero no me queda otro remedio que asistir a ellas.
Cuando las chicas se hayan casado podremos vivir tranquilos, unos años, hasta
que Última pesque novio. ¿No la conocen?
—No conocemos a ninguna de sus hijas —dijo Susana.
—Última es la más deliciosa. Una muñequita hecha de carne
y hueso. Más carne que hueso, desde luego. Vengan conmigo.
Los guió hacia el ala opuesta del edificio. Por el camino,
incapaz de permanecer callado ni un momento, explicó:
—Los antiguos sabían construir fuerte; pero no cómodo.
Nunca imaginé que un castillo fuera tan incómodo. Los pasillos son estrechos.
Aquellos hidalgos comían tan poco que con medio metro de anchura tenían de
sobra. Quise complacer a mi mujer y traje aquí el castillo de Barba Azul. Si
pudiera lo devolvería a Cuatro Iglesias, pero allí no lo querrían. Están muy
contentos de verse libres de los Cuatro.
—¿Se refiere a los fantasmas?
—Claro.
—¿Sabe que han desaparecido cinco dagas?
—Si. ¡Eh! No, no sabía nada de eso. ¿Quién las ha robado?
—Los fantasmas, quizá —dijo Susana.
—No. Los fantasmas no roban dagas, Y menos ésas. No eran
legítimas, ¿saben? Las hicieron para mí en Nueva York, copiando unos modelos de
la Sociedad Hispánica. Eso si, me costaron más que si hubiesen sido legitimas.
El que las hizo me aseguró que su acero era cien veces mejor que el toledano.
Habían llegado ante una puerta al otro lado de la cual se
oían unas risas apagadas por el grosor de la madera y la reciedumbre del muro.
Dorchester abrió la puerta y las risas aumentaron de tono.
—Esa es Última —dijo el hombre, señalando a una niña que
estaba jugando con dos jóvenes tan parecidas que Duke las identificó en
seguida.
—Supongo que son Tercia y Quarta —dijo Susana.
—Si —respondió el señor Dorchester—. De pequeñas, para
distinguirlas teníamos que bordarles un número en los trajes.
Habían cesado las risas y las dos mellizas miraban,
risueñas, a los recién llegados. Junto a ellas una niña de cinco años vacilaba
entre reír o fruncir el ceño.
—Última —dijo el señor Dorchester, cogiéndola en brazos—.
Te presento a una persona muy importante. El señor Duke Straley. Y ésta es
Susana, su esposa. Se han casado hoy y lo primero que han hecho ha sido venir a
saludarte.
—¿Qué tal? —preguntó Última con aguda vocecilla y
tendiendo una gordezuela mano a Duke.
—Muy bien.
—¿Qué tal, doña Susana? —preguntó la niña, tendiendo la
otra mano a la esposa de Duke.
—Encantada de conocerte, Última —rió Susana—. ¿Me dejas
que te coma a besos?
—No; porque me despeinarás, y no podré ir a la fiesta.
Tercia y Quarta se echaron a reír. El señor Dorchester
preguntó:
—¿Verdad que es deliciosa?
—Monísima —dijo Susana—. Todas son a cuál más bonita.
—Ellas se parecen a su madre —dijo Bartlett, señalando con
un ademán a las mellizas—. Pero ésta es igual que yo.
—¡Por Dios, papá! —exclamó Quarta—. Sería horrible que
última se pareciese a ti.
—No veo por qué ha de ser horrible —replicó el señor
Dorchester—. El que una hija se parezca a su padre no es ningún pecado.
—Desde luego, se parece a usted mucho más que ellas —dijo
Duke.
—¿Lo veis? —replicó Bartlett, volviéndose hacia las
mellizas—. Y eso lo dice el hombre que tiene fama de ser un fisonomista
formidable.
—Es cortesía —dijo Tercia.
—¿Por qué no vais en busca de vuestros novios? —preguntó
el señor Dorchester.
—Porque no han llegado aún, papá —contestó Tercia—.
Además, Última nos llamó. Ya sabes que la institutriz se marchó después de lo
ocurrido.
—Claro... —el dueño de la casa se pellizcó el labio
inferior—. ¡Qué contrariedad! ¡Asustarse de unas sombras...!
—Cuatro sombras que estuvieron a punto de estrangularla
—dijo Quarta. Luego agregó—: Supongo que podemos hablar de eso delante del
señor.
—Supongo que sí.
—¿Qué sucedió? —preguntó Susana—. ¿Quisieron estrangular a
una institutriz?
—Sí —replicó el señor Dorchester—. Era una institutriz
insoportable. Una inglesa de esas que parecen hechas con el mango de una escoba
y unas puntillas de sabe Dios cuándo. A veces yo hubiera querido ser fantasma
para estrangularla, y por lo visto ellos me oyeron y quisieron ahorrarme el
trabajo. La acorralaron entre los cuatro en un rincón, del pasillo que da a las
almenas. Ella les había oído llegar, y como estaba segura que en América no
puede haber fantasmas, echó mano a un Webly Scott del cuarenta y cuatro y salió
a plantarles cara. Ellos se rieron de ella y la mujer se ofendió, les soltó los
seis tiros del revólver y no consiguió más que estropear una pared. Entonces
los fantasmas le echaron mano al cuello y la sacudieron como si fuese una
gallina desplumada. Al fin, la dejaron medio ahogada y hecha una lástima.
Realmente no les guardo rencor por ello. Cuando volvió en sí, la institutriz
estaba con un ataque de nervios. Pasó dos días en cama bebiendo ron. Yo le dije
que ya había podido comprobar que también en América hay fantasmas. Ella
replicó que eran unos odiosos fantasmas mal educados. Ningún fantasma europeo
hubiese faltado al respeto a una señorita. Cosas así sólo pueden ocurrir en un
país salvaje. Creo que ayer escapó de madrugada.
—¡Pobre miss Hopkins! —rió Tercia.
—También tenía muy buenas cualidades.
—¿De veras disparó contra los fantasmas? —preguntó Duke.
—Sí —contestó el señor Dorchester—. De momento, al oír el
tiroteo creímos que nos había caído encima una división de paracaidistas
germanos. Yo me armé con uno de nuestros rifles automáticos y salí a probarlo;
pero no encontré más que a la señorita Hopkins abriendo y cerrando la boca como
un pez fuera del agua. No podía decir más que "plap, plap plap".
El señor Dorchester consultó su reloj de pulsera.
—Si han de marcharse háganlo en seguida —dijo—. Llegarán
tarde a la fiesta.
Duke y Susana se despidieron de las dos mellizas y de la
pequeña y luego se dirigieron hacia la escalinata. Cuando llegaban ante la
puerta del cuarto de Ofelia Dorchester una ahogada explosión resonó fuera del
castillo.
—¿Qué ha sido? —preguntó Susana—. ¿Los fantasmas?
—Tal vez.
Abrióse la puerta del cuarto de Ofelia y ésta fue hacia
ellos.
—¿Qué ha sido? —preguntó—. Esa explosión...
—Ahora lo averiguaremos —dijo Duke. — Quédate aquí,
Susana.
Sin esperar las protestas de su mujer, Duke descendió por
la escalinata y salió por la puerta principal. Del garaje donde había dejado su
coche salía una nube de humo. Duke entró en el amplio garaje y vio que del
interior de su coche seguía brotando humo. Fue hacia él y una simple ojeada le
permitió apreciar el daño causado por la explosión. El receptor transmisor de
radio había sido destruído con una pequeña carga de picrinita. Sin duda la
misma que había desaparecido del cajón de la mesita de noche.
—¿Qué ha pasado? —preguntó desde la puerta del garaje,
Robert Ince, esforzándose por ver quién estaba en él.
—Una avería en mi coche —explicó Duke.
—¡Ah! ¿Es usted, señor Straley? —Ince avanzó hacia el
millonario—. ¿Qué hicieron? ¡Oh! ¡Lástima de coche! ¿Está muy estropeado?
—La parte eléctrica, nada más. Conectaron unos hilos con
el reloj del cuadro y a las ocho en punto estalló una carga de picrinita en el
transmisor de radio. Quizá temieron que pudiésemos avisar a la policía.
—La señora Dorchester nos ha dicho lo que quiere hacer
—indicó Robert Ince Overton—. Usted debía ir a buscar a un juez de paz que nos
casara a todos esta noche, ¿verdad?
—Sí. Pero sin mi auto...
—Utilice el mío, o mejor aún, vea si las averías de su
auto son muy graves. Si pueden repararse en un garaje remólquelo con mi auto
hasta el que se encarga de reparar los autos de los Dorchester. Tiene buenos
mecánicos y elementos suficientes.
—Es una buena idea —admitió Duke. — ¿Quiere hacer el favor
de avisar a mi mujer? Iremos juntos. Usted quédese a velar por su novia.
Duke repasó atentamente el "Meteoro Special".
Con unos alambres de cobre y un poco de cinta aislante o esparadrapo podía
reparar las principales averías del auto; pero cuando regresó Ince, Duke
explicó:
—Hace falta un repaso de mecánico. A mí me faltan
elementos. Vamos, Susana. Siéntate en nuestro coche y ve guiando. Los frenos
funcionan y la dirección también. Yo iré en el auto del señor Ince. Te
remolcaré. Ayúdeme a atar una cuerda, Ince —pidió al joven—. Y dígame cuál es
su auto.
Ince señaló un R. I. O. modelo 1940.
—Aunque no se pueda comparar al suyo también es un buen
auto —dijo.
Ataron una cuerda a la trasera del R, I. O. y al
parachoques del "Meteoro". Duke se sentó al volante del auto de Ince
y después de recomendar vigilancia, salió del garaje remolcando al pesado
"Meteoro Special".
El castillo de Barba Azul recortaba su anacrónica silueta
hispano—mejicana en aquel paraje ribereño del yanqui—holandés Hudson. No era un
castillo bonito ni mucho menos. Carecía de la severa grandeza de las fortalezas
medievales y estaba completamente desplazado en aquel húmedo ambiente. En la
selva tropical o en las secas parameras mejicanas habría tenido otro aspecto.
Sus cuatro torres eran cuadradas y sus almenas eran más de adorno que de
utilidad. No era un castillo destinado a resistir los ataques de los piratas
británicos, holandeses o franceses, como los del golfo de Méjico. En realidad,
era una gran casa solariega a la cual se habían aplicado unas torres y unas
almenas. Duke se dijo que aquellas torres debían de ser más que guerreras una
especie de sostén de las paredes en caso de terremoto. El castillo tenía planta
baja y un piso, desde el cual se llegaba a las almenas. Las cuatro torres
tenían un piso más y se elevaban cuatro metros por encima de la almenada
azotea.
Tomando el camino del acantilado, Duke aceleró la marcha
del auto que conducía. Tras él oyó a Susana batallar por poner en marcha el
"Meteoro". No pudo conseguirlo con la batería; pero al fin lo logró
sin ella, gracias a la velocidad a que marchaba el R. I. O.
—¡Ya funcional —gritó.
—Ya lo sabía —replicó Duke—. ¡Páralo! No armes tanto
ruido.
Susana obedeció de mala gana. Los dos coches ascendieron
uno tras otro por la carretera del acantilado. Al llegar a la cumbre Duke
frenó, descendiendo del R. I. O. y acercóse al despeñadero. Susana se reunió
con él.
—¿Por aquí debían haber caído? —preguntó
—Sí.
—Se habrían llevado una desagradable impresión.
—¡Qué locuacidad!
—No.
—¿Puedo preguntarte en qué piensas?
—Sí.
—¿En qué piensas?
—No.
—¿No quieres contestar?
—No.
—A pesar de que te lo pregunto...
—Vamos. Todo esto es muy interesante; pero me interesa
mucho más hablar con el mecánico.
—Esta respuesta la escribiré en mi diario —dijo Susana—.
Pasarán los años y algún día nuestra hija querrá saber lo que hicieron y
dijeron sus padres en la primera noche de casados. Y leerá, horrorizada, que tú
preferiste hablar con un mecánico antes que contestar a mis preguntas.
—Susana... —Duke cerró los puños—. ¡Susana!
—No chilles, que ya te oigo.
—Susana —dijo en voz, baja Duke—. Debes tener en cuenta
una cosa muy importante. Esta noche va a ocurrir algo gravísimo.
—Ya lo sé. Eso mismo le dijo su madre a una amiga mía en
la mañana de su boda.
—No bromees. Te digo que es grave; no te engaño. Cuatro
personas corren riesgo de muerte en ese endiablado castillo.
—¿La señora Dorchester y sus hijas?
—Sí. Pero no todas las hijas. Sólo tres o cuatro. Si ha
ocurrido lo que imagino, son cuatro las que peligran. Si no ha ocurrido aún
sólo peligran tres.
—Entonces... ¿lo ves ya todo claro?
—Si y no. Es como ver un pez en el agua. Se ve claro pero
lo difícil es pescarlo sin caña, anzuelo ni cebo.
—Yo sospecho del señor Dorchester. Tiene cara de gangster.
Es de esos que se ríen, se ríen y mientras tanto te están apuntando con una
pistola por debajo de la mesa. Y cuando ya se han reído bastante disparan, te
matan y la cosa les hace tanta gracia que se desternillan de risa.
—Eso lo has visto en el cine. Esos tipos risueños sólo
existen en Hollywood. Son gangsters de guardarropía. Los de vedad son sucios,
desagradables, no saben reír y huelen pésimamente.
—No te creo.
—Pues siéntate otra vez frente al volante y sigamos hacia
el garaje. Tengo ganas de hablar con el mecánico que reparó el
"Mercedes".
CAPÍTULO IV
EL SILENCIO DE UN MECÁNICO
En la estación de servicio les recibió el encargado.
—¿Dónde encontraron ese trasatlántico? —preguntó,
señalando el "Meteoro Special"—. No había visto nunca una cosa así.
¿Son artistas de cine?
—Yo sí —dijo Susana. Señalando a Duke, agregó—: Él es mi
secretario, pero no lo diga a nadie. Si los periódicos se enterasen... Ya sabe
lo que le sucedió a Clarita Bow. Creyó que vivía en un país libre donde una
mujer puede tener los amantes que le dé la gana; pero alguien publicó su diario
en un periódico y toda la nación demostró a Clarita que una actriz de cine
puede ser muy mala en el cine; pero no tiene derecho a vivir su vida íntima
como a ella se le antoje. ¿Usted no encuentra eso muy mal? En otros países se
meten en la vida pública de uno; pero en cambio le dejan para él su vida
privada.
—Yo, señora, no entiendo... —replicó él.
—Pues yo se lo explicaré —dijo Susana al mecánico—. Mi
secretario le podría contar el caso de Johnnie Seis Dedos, ¿Le recuerda?
Siempre hacía de malo. Había intervenido en cien películas y había dado muerte
delante del público a cuarenta y tres guardias, a once agentes federales, a
siete mujeres, a treinta pistoleros rivales, a un sacerdote que le quería
enseñar el buen camino y hasta a un ciego que le pedía que le ayudase a cruzar
la calle. Lo mató para robarle cinco centavos. Y dijo con una sonrisa de chacal:
"Sí, hombre, sí. Te ayudaré a cruzar la calle y algo más". Y lo mandó
al cielo de un tiro en el vientre.
—Susana, hemos venido... —empezó Duke.
—Ya termino, ya —dijo Susana—. Además, a este simpático
joven le interesa mucho mi historia, ¿verdad?
El mecánico, que la escuchaba embobado, asintió con la
cabeza.
—¿Qué ocurrió? —preguntó luego.
—Un día se peleó con un amigo que jugaba al poker con
cartas marcadas. Como esto ya le había ocurrido doce veces en Hollywood, la
fuerza de la costumbre le hizo reaccionar como se reacciona en la pantalla.
Echó mano al revólver y pam, pam, pam, pam, pam, pam, le metió seis tiros en el
cuerpo. El amigo cayó hecho un guiñapo y Seis Dedos le dijo, como si el pobre
pudiera oírle: "Esto te enseñará a vivir decentemente". Se metió el
revólver en el bolsillo y luego se volvió hacia donde tenía que estar la
cámara. Al no verla quedó sorprendido, ¡Caray! Aquello no era una escena. ¿A
ver si había matado de verdad a su amigo? ¡Claro que lo había matado de verdad!
¡Pobre Seis Dedos! Se echó a llorar y llamó a la policía. Quiso explicar que se
había confundido, pero nadie quiso creerle. Su horrible cara apareció en todos
los periódicos. Nadie se extrañó de lo ocurrido. Hacía demasiado bien el malo
para que no fuese malo de veras. Lo condenaron a la silla eléctrica y al mismo
tiempo que lo quemaban a él quemaron todas sus películas. ¡Así terminó Johnnie
Seis Dedos! Le habían tolerado doscientos asesinatos en beneficio del público,
y una vez que mató por error o en beneficio suyo, en vez de ser comprensivos y
darle unas palmaditas en la espalda, aconsejándole que no volviera a ser malo
fuera del cine, lo condenaron a muerte.
—¡Qué horror! ¿Y todo ocurrió así?
—Tal como se lo cuento —aseguró Susana—. Fue una película
magnifica. Todos lloraron. Hasta el director de la cárcel tenia un nudo en la
garganta cuando en la escena final ordenó que diesen la corriente a la silla.
—Pero... ¿No ha dicho usted que fue verdad?
—Una película magnifica —dijo Susana, como abstraída en su
recuerdo—. La hicimos en mil novecientos dieciséis. ¡Qué joven era yo entonces!
¿Te acuerdas, Duke? Sólo veintiséis años. ¡Veintiséis divinas primaveras!
El mecánico miró estupefacto a Susana.
—¿Usted tenía veintiséis años el año dieciséis?
—Sí —susurró la joven—. Veintiséis años divinos, ingenuos,
llenos de ilusiones y anhelos. ¡No volverán!
—Pero... ¿Cuántos... tiene ahora?
Susana le dirigió una mirada de reproche.
—¡Por favor! —pidió—. No tengo ni uno más de los que
represento. Veintiuno. El artista, ha recibido de Dios el don de ser cada año
un año más joven. El arte no envejece. Los años de arte no pesan como losas de
granito. Son como pompas de jabón que la elevan a una hacia el cielo de mayo.
—Yo no recuerdo haberla visto nunca en el cine —dijo el
mecánico, que empezaba ya a sospechar que se burlaban de él.
—Será que no frecuentamos los mismos locales —replicó
Susana—. ¿Quiere contarme lo que le pasó a Mercedes?
—¿Qué Mercedes?
—La que perdió la dirección.
—¿Qué dirección? ¡Señora...!
—Señorita, simpático joven. Las actrices de cine, aunque
tengan nietos, son señoritas.
—¿Tiene usted nietos?
—¿A los veintiún años?
—Pero usted ha dicho que tenía cincuenta. Y luego habla de
una dirección que perdió Mercedes...
—No es que la perdiese —intervino Duke—. Es que se rompió.
—Miren, señores, si quieren burlarse de mí...
El mecánico se atragantó al ver que Duke se llevaba la
mano al sobaco y extraía de él una pistola del tamaño de un cañón de costa, por
lo menos.
—¡Eh...! Pero... ¿Es que van a atracar...me?
—¡Qué cosas tan graciosas dice este simpático joven!
—exclamó Susana—. Si le has de matar no le hagas sufrir mucho; pobrecito.
Simpatizo con él. Le das en el corazón y ni advertirá que ya no está vivo.
—¿Qué le pasó a aquel "Mercedes—Benz" que
reparaste el otro día? —preguntó Duke, adoptando una expresión muy de gangster
cinematográfico.
El mecánico se esforzaba tanto por tragar saliva que daba
la impresión de que trataba de tragarse una de las mangas de poner bencina.
—No le hagas sufrir más —aconsejó Susana—. ¿No ves que no
puede hablar? ¿Para qué sirve un hombre mudo? Es horrible. Toda su vida
moviendo las manos para hacerse entender. Es mejor que sufra durante un segundo
a que sufra durante treinta años.
—¡Señorita! —gritó el mecánico, lanzando el nombre como si
fuese una bala—. Si quieren dinero, en la caja hay doce dólares.
—Quiero saber qué averías tenía el
"Mercedes—Benz" de la señorita Dorchester —dijo Duke.
—Ni... ni... ninguna —logró decir el mecánico—. La rueda
derecha algo floja y una abolladura en el guardabarros izquierdo. Lo arreglé en
dos horas.
—Pues a ti te arreglaré en dos minutos si no dices en
seguida la verdad —amenazó Duke—. La poli anda con intenciones de cargarme a mí
el mochuelo, y si tú cantas el otro cuento de la dirección estropeada con
ácido, me van a enchiquerar por diez años. Mi socio dice que te dio mucha pasta
para que contases lo de la rueda floja...
—A mí nadie me ha dado nada —gimió el mecánico—. No sé
quién es su socio...
—Uno que vive en ese castillo de cartón piedra de los
Dorchester. ¿Vino o no vino?
—No.
—Di la verdad. ¿Te dieron pasta o no?
—No.
—Eso le va a costar la vida a Bobby "Pelos
Revueltos" —dijo Duke.
—¡No, pobre Bobby! —protestó Susana, comprendiendo lo que
perseguía su marido—. Estoy segura de que el untó bien a ese canario engrasado
—y Susana golpeó con el dedo el amarillo sobretodo del mecánico—. ¿No ves como
hasta sabiendo que estamos en el secreto se porta como si le hablara la
policía?
—¿Cuánto te dio Bob? —gritó Duke. Y dirigiéndose a Susana,
agregó—: Y tú habla cuando yo te lo mande. Estoy seguro de que Bob me ha
birlado parte de los tres billetes grandes que le di para que pusiese un bozal
a éste.
La estratagema fracasó.
—Nadie me ha dado nada —repitió el mecánico—. El coche de
la señorita Dorchester sólo tenía una rueda floja.
Duke cambió de táctica. Sacó un fajo de billetes y lo
agitó ante el rostro del mecánico.
—Tres mil pavos si dices la verdad. ¿Qué tenía el
"Mercedes"?
—Si quiere le diré que tenía la dirección rota; pero no es
verdad.
—Está bien —dijo Duke—. Veo que eres terco. Lo lamento por
ti más que por mí. Al fin y al cabo he despachado a tantos... Si te gusta rezar
puedes hacerlo. Dispones de un minuto.
—Apunta bien, Duke —aconsejó Susana—. No me gusta verles
patalear, morder la tierra, arañarla. ¡Oh, no! Es más agradable verles quedar
quietecitos, como en las películas.
La aparición de un coche en la carretera llevó al ánimo
del mecánico un rayo de esperanza. El auto llegaba a gran velocidad y sus faros
iluminaban de lleno la Estación de Servicio. Dando un salto de conejo asustado,
el mecánico se separó de Duke y corrió hacia el coche, agitando las manos y
pidiendo socorro.
Duke lanzó una furiosa imprecación. Todo había fallado.
Se oyó el gemir de los frenos del auto y, bruscamente, la
noche se llenó de lengüetadas de fuego. Pareció como si una legión de gusanos
de luz voladores se precipitara sobre el mecánico, al mismo tiempo que el
plof—plof de una ametralladora provista de silenciador se unía al siseo de las
balas trazadoras.
El mecánico se dobló hacia delante y cayó hecho un ovillo.
El que disparaba desde el auto parado dirigió el fuego de su ametralladora
hacia donde estaban Duke y Susana. Ésta se sintió tirada contra el
"Meteoro" por la recia mano de su marido, que la siguió al instante.
A la vez sonó una sorda explosión. Las balas trazadoras habían alcanzado el
surtidor de gasolina y sus llamas prendieron en la bencina, que empezó a
correr, inflamada, por el suelo, hacia el coche de Ince y el de Duke. Éste disparó
tres veces, a ciegas, a través de las humeantes lenguas de fuego, contra el
auto desde el que partían las ráfagas de ametralladora, y luego para salvar a
su coche dirigió sus tiros contra la cuerda que lo sujetaba al de Ince. Abrió
la portezuela y obligó a Susana a que se metiera dentro. Él hizo lo mismo,
quitó los frenos y dejó que el coche marchara hacia atrás por la pendiente que
llevaba a la carretera del acantilado. Hasta que el vehículo adquiriese más
velocidad no sería posible ponerlo en marcha.
El otro auto también se había puesto en marcha. Las llamas
del incendio de la Estación de Servicio iluminaron vagamente al ocupante del
vehículo. Duke y Susana vieron a un encapuchado cuya figura quedaba velada por
los pliegues de una larga y amplia túnica rojiza.
—Un fantasma —jadeó Susana—; pero muy modernizado. Usa
auto y ametralladora.
Duke fue a bajar el cristal de la ventanilla más próxima
para intentar un tiro contra el fantasma; pero como si éste leyera sus
intenciones, dirigió contra él la ametralladora y los tres cristales blindados
de aquel lado de la carrocería del "Meteoro Special" quedaron
marcados por el impacto de doce proyectiles que si no consiguieron atravesarlos
dejaron, en cambio, una clara huella de su paso.
El otro auto aceleró su velocidad y desapareció por el
mismo camino por donde había venido.
—¡Y este coche no se pone en marcha! —rugió Duke mientras
el "Meteoro" se alejaba lentamente del incendiado garaje y surtidor
de gasolina, frente al cual se estaba consumiendo también el R. I. O. de Ince.
—Cuando les cuente a mis hijas cómo pasó su madre su
primera noche de bodas van a sacar una penosa impresión de nuestro siglo veinte
—gimió Susana, desde su asiento—. Estoy segura de que ni la esposa de Atila
pasó tantos apuros como yo.
Duke, sin hacer caso de su mujer, abrió la portezuela y
corrió hacia donde yacía el cuerpo del mecánico. En seguida advirtió que estaba
muerto y que no podía decirle nada de lo que él había querido averiguar. Lo
arrastró hacia el centro de la carretera, lo más lejos posible de las llamas.
Iba a regresar hacia el auto cuando su mirada tropezó con una libreta caída en
el suelo, cerca de donde había estado el cadáver del mecánico. Duke la recogió
y volvió a la carrera hacia su auto. Ayudado por Susana logró hacerle dar la
vuelta y sentándose al volante lo dejó marchar poco a poco, por la
imperceptible pendiente, hacia la carretera que descendía desde lo alto del
acantilado.
De un departamento sacó una linterna eléctrica y pidió a
Susana que le alumbrase con ella. Cogió la libreta que había encontrado en el
suelo. Era de una caja de ahorros popular y estaba extendida a nombre de
Michael O'Connell. Contenía ingresos periódicos de cinco dólares y algunas
extracciones de veinte. Duke fue hojeándola hasta que llegó a la última
imposición. Al leer su importancia lanzó un silbido.
—¡Diez mil! —exclamó, tas él, Susana—. ¡No me extraña que
no quisiera hablar! ¡Menudo tapón le metieron en la boca!
—Además se la han precintado con plomo —dijo Duke.
—¡Pobre hombre —suspiró Susana—. Quizá hice mal en bromear
tanto con él.
Duke encogió los hombros.
—De todas maneras estaba sentenciado a muerte. Estamos
metidos en un juego de millones. Por mucho menos se roba y se asesina.
Susana bostezó.
—Dame un cigarrillo —pidió—. Estaba dispuesta a conservar
un aliento puro y limpio; pero entre tantos tiros, tantas explosiones, tantos
incendios y tanta sangre, ya no sé si me he casado con un caballero de Nueva
York o con uno de esos conductores de tanques que se pasean por Francia. Seguro
que ellos viven más tranquilos que nosotros. Tienen bombas, balas fuego y
sangre; pero al menos no tienen que vérselas con fantasmas espeluznantes.
La súbita puesta en marcha del motor del auto ahogó la
respuesta de Duke, que lanzó su "Meteoro Special" carretera abajo en
un intento que sabía inútil para alcanzar al coche fantasma con ametralladora.
CAPÍTULO V
EL JUEZ DE PAZ DESCANSA EN PAZ
—¿No te detienes en nuestro encantador castillo? —preguntó
Susana cuando el "Meteoro Special" se acercaba al castillo de Barba Azul.
—No vale la pena —gruñó Duke—. Si el fantasma venia de él
habrá tenido tiempo de volver a su sitio. Desde el momento en que se atrevió a
salir del castillo fue porque tenía medios de probar la coartada. Sin duda
todos están en sus habitaciones cambiando de ropa y esperando que suene la
campana que anuncia el comienzo de la cena. Y como la campana no sonará hasta
que lleguemos nosotros, le sobra tiempo a nuestro fantasma para
desenfantasmarse.
—Entonces nos vamos a casa, ¿no?
—Claro que no. Buscaremos a un juez de paz y lo llevaremos
al castillo para que case a todos los novios. Y también quiero telefonear a
Max. No debe perderse la diversión.
—Me gustaría ver la expresión de nuestro buen Max Mehl
cuando le expliques que andas cazando fantasmas en la noche de tu boda. Va a
creer que le gastas una broma.
—Eso temo —admitió Duke.
Sonrió ante lo cómico que a pesar de todo resultaba
aquello y con el brazo izquierdo atrajo hacia él a Susana. La besó en los
labios y musitó:
—A pesar de todo es divertido, ¿no?
—Mucho —replicó Susana. Y cuando terminó el beso, agregó—:
Dicen que algo así le decía el verdugo Sansón a una aristócrata francesa antes
de guillotinarla. "Al fin y al cabo, madame la duchese, esto es
divertido". Y la duquesa le contestó: "Lo creo, mi viejo Sansón; pero
resulta muy breve. Sobre todo para el que está debajo de la cuchilla. Usted, al
menos, puede ir repitiendo la diversión; pero los que sólo tenemos una
cabeza..." Y no dijo más porque en aquel momento se le terminó la cabeza a
la duquesa. Cuentan que Sansón lamentó mucho no poder guillotinarla de nuevo.
—Los que aman la vulgaridad perecerán en ella —dijo Duke—.
No esperes sucesos vulgares viviendo a mi lado.
—Es que al paso que vamos... quizá no viva lo suficiente
para llegar al amanecer. ¿Por qué le interesa tanto a la señora Dorchester
casar a todas sus hijas?
—¿No lo dijo?
—No recuerdo. Pero me imagino que ella teme que alguien
esté deseando que la herencia se acumule sobre una sola de las hijas, ¿no?
—Si. Para eso tiene que morir primero la madre, a fin de
que su herencia pase, íntegra, a las cinco hijas.
—Eso es —replicó Susana, apoyando la barbilla en el
respaldo del asiento delantero y lanzando hacia Duke una bocanada de aromático
humo—. Todo el dinero de la madre va a las hijas y éstas en vez de diez
millones pueden tener doce, trece o quince. Muere una hija y sus hermanas
heredan por partes iguales. Muere otra hermana y las dos supervivientes se
quedan forradas de millones. Muere la cuarta hermana y la última se tambalea
bajo el peso de tantos dólares. Y una vez muerta la última, el dinero pasa a poder
del padre, heredero legítimo de sus hijos, aunque no sea heredero legítimo de
su esposa. Es una lástima que ese simpático Dorchester sea padre de las hijas.
Haría un formidable sospechoso.
—Puede seguir siéndolo —dijo Duke—. Supón una serie de
infidelidades de la señora Dorchester. Es hermosa y debe de haberlo sido mucho
más. Un amor y nace Prima. Otro amor y nace Secunda. Otro amorío y nacen las
mellizas. En un postrer amor y nace Última. El señor Dorchester no tendría
escrúpulos en matar a unas hijas que él puede llamar del pecado.
Susana abrió la boca y con el índice de la mano derecha
comenzó a golpearse la dentadura.
—Eso está muy bien visto —dijo—. Me gusta. Si fuese verdad
se comprendería la indignación del buen hombre. Que su mujer le engañe alguna
vez es tolerable. Ni tú te enfadarías, ¿verdad?, si te hallaras en su caso.
—¡Oh, no! —replicó Duke—; no haría más que bañarte en
ácido hasta disolverte los huesos; pero lo haría sin enfadarme.
—¡Así me gusta! —exclamó Susana—. Y hasta me gustará que
alguna vez me pegues. El hombre que no se enfada nunca demuestra que no le
hacen mella las ofensas. Y aquel a quien no le hacen mella las ofensas
demuestra ser un indiferente, y los indiferentes no pueden sentir amor. Y debe
ser agradable que el hombre amado la degüelle a una y que luego, con el mismo
cuchillo, se arranque el corazón.
—Sí, es delicioso.
—Lo que un hombre no puede tolerar, Duke, es que su mujer
le traiga unas mellizas, por simpáticas que sean. Seguramente el jurado se
pondría de su parte.
—Sobre todo si lo componían mujeres. Un jurado de hombres
rara vez condena a una mujer que esté medio pasable. Sólo condena a las negras
y a las viejas y feas. Lo mismo, sólo que al revés, sucede con las mujeres. A
ellas no les importa enviar a la ahorca o a la cámara de gas letal, o a la
silla eléctrica a otra mujer. Y si es guapa y joven mejor. En cambio se
resisten a condenar a muerte a un hombre. Y para que veas lo muy superiores que
somos en bondad, a ellas no les importa que sea joven o viejo, guapo o feo. Una
vez vi cómo un jurado de mujeres en mayoría declaraba culpable de homicidio
involuntario a un hombre que había cortado la cabeza a su mujer. El juez se
escandalizó; pero el jurado es el jurado y sus fallos son los fallos del
pueblo, y la voz del pueblo es la voz de Dios. E] juez tuvo que sentenciar al
pobre decapitador a que pasara de tres a seis años en la penitenciaría del
Estado. Entonces, una de los miembros del jurado, que por cierto era bastante
bonita y lo hubiese sido más de no tener las piernas torcidas como los
paréntesis, se levantó y dijo que el penal del Estado era muy húmedo, y que
todo el mundo había podido oír cómo tosía el acusado. ¿No sería mejor que se
condenase al acusado a cumplir la condena en casa de ella? Al fin y al cabo era
una casa nada húmeda, soleada y limpia. El juez la miró por encima de sus
lentes y movió negativamente la cabeza. Luego dijo: "Sería una buena
solución, desde luego. Puede que el acusado se quedara sin tos; pero creo mucho
más posible que usted se quedara sin cabeza".
Duke sonrió a la vez que frenaba frente a una casita
blanca sobre cuya puerta se balanceaba un tablero en el cual se leía:
"Simeón Pollard. Justicie of the Peace". (Juez de Paz).
—Ya hemos llegado —dijo Duke, dejando el motor en marcha y
descendiendo del auto.
Susana le imitó y colgándose de su brazo, dijo:
—¿Te das cuenta de lo mucho que hablamos sin aburrirnos
aún? Estoy segura de que podré seguir contándote cosas interesantes durante
treinta años.
—¡Y yo también! —replicó Duke—. Y cuando tú no tengas nada
interesante que contarme, entonces empezaré yo a contarte cosas interesantes.
Será una vida divertidísima.
Duke llamó a la puerta de la casa. Un minuto después se
abrió aquella puerta, apareciendo una mujer de rostro bondadoso que sonrió al
ver a los que llamaban.
—¿Qué desean? —preguntó con una sonrisa destinada a
facilitar la demanda de los visitantes.
—Quisiéramos ver al señor juez de paz —dijo Duke—. Es para
algo urgente.
—Desde luego —sonrió la mujer—. En seguida saldrá.
—Ya estoy aquí —dijo campechanamente el juez de paz,
apareciendo en el umbral del comedor, luciendo sobre su pecho una blanca
servilleta—. En seguida terminaremos. Ustedes tienen prisa y yo deseo volver al
ataque de la mejor pierna de cordero asada que se come en el estado de Nueva
York. Pasen a mi despacho...
—Nosotros ya estamos casados, señor juez —dijo Duke.
Simeón Pollard echó hacia atrás la cabeza.
—Entonces... ¿a qué han venido? —refunfuñó.
—¿Puede acompañarnos a casa de la señora Dorchester? Se
trata de casar a cuatro de sus hijas.
—¿Cuatro? —el juez de paz frunció el ceño—. ¿Cuatro?
—repitió—. ¿Y son hijas de la señora Dorchester, del Castillo?
—Sí. ¿Es que le entraña?
—Me extraña que sean cuatro las que se van a casar.
—Tiene cinco hijas —dijo Susana—. Aunque es asombroso
casar cuatro de golpe; la cosa, no tiene tanto mérito si se piensa que cada
hija lleva diez millones en el bolsillo para comprarse medias y otras
chucherías.
—¡Ah! Si es así... —el juez sonrió—. Es que yo creí que
sólo tenía cuatro... Bueno, ya no sé lo que creía. No me hagan caso
—reflexionó—. Es un dolor desaprovechar un asado tan bueno —dijo—. ¿No pueden
esperar un poco?
—Si no es mucho... —dijo Duke.
—Entren en mi despacho —invitó el juez—. Lo hacemos servir
de salón de recibo.
—Si no le importa, señora Pollard, mi esposa les
acompañará para que usted le explique la manera de preparar ese asado —dijo
Duke—. Es una de mis debilidades...
Susana le fulminó con la mirada. En voz baja susurró:
—Esto lo pagarás caro. El primer asado que te prepare lo
sazonaré con arsénico.
Sonriendo como si hubiera dicho algo muy tierno,
recomendó:
—Cuidado, nenito, no vayas a abrir el cajón donde el señor
juez guarda el dinero. Y no leas el libro donde se anotan los matrimonios.
Volviéndose al juez, agregó:
—Mi marido es muy curioso y no se le puede dejar solo ni
un momento. Lo registra todo y...
—No se apure —replicó el jaez—. Tomaremos nuestras
precauciones.
Fue hacia la mesa y cogiendo el pesado libro, donde
anotaba los matrimonios celebradas se fue con él hacia el comedor, seguido por
Susana, que al llegar a la puerta del despacho se volvió y sacó la lengua,
burlonamente, a su marido, que fingió sacar la pistola.
En el comedor Susana sentóse junto al juez y alabó tanto
el cordero, que la esposa de Simeón Pollard insistió en que se llevara un trozo
en una fiambrera. Mientras lo iba a preparar, Susana exploró el terreno que
suponía interesaba a su marido.
—¿Ha usado siempre ese libro? —y señaló el de actas
matrimoniales.
—Si.
—¿Desde que empezó á casar gente?
—Sí —respondió el juez, por entre el asado.
—¿Cuál es la fecha de su primera boda?
—El veinticinco de diciembre de mil novecientos seis.
Nevaba y hacia frío; pero tanto a él como a ella les ardían las mejillas.
El juez sonrió bonachonamente.
—Los dos estaban asustados de lo que hacían. Muchas veces
me he preguntado qué fue de ellos.
—Quizá yo los conozca. Tengo muchos amigos en Nueva York.
He vivido tantos años allí...
—¿Y no ha perdido ese lindo acento de la costa del
Pacífico?
—¡Oh, no¡ Lo conservo porque me da atractivo. Ese acento
fue el que conquistó a mi marido. ¿Cuál día ha sido su última boda?
—Confío en que aún no he celebrado mi última boda —rió de
nuevo el juez Pollard—. Espero llenar este libro y otro más. Quizá case a sus
hijos, señora.
—Es posible —admitió Susana con una bella exhibición de
rubor que resultó malgastado por ir destinado al juez.
—Claro que sí —dijo el hombre.
Susana le atacó frontalmente, comprendiendo que los
flanqueos no la llevarían más que a dar vueltas en torno al astuto lugareño.
—Déjeme mirar las actas matrimoniales. Mi padre era juez
de paz y yo aprendí a leer en su libro de actas. Aunque no lo parezca yo soy
abogado.
—Pues si es abogado debiera saber que sólo un mandamiento
judicial le faculta para examinar este libro.
Susana lanzó un suspiro.
—Me aburro —dijo.
—Lea "El Paraíso Perdido", de Milton. Ahí tengo
una hermosa edición.
—La conozco. Mi padre también la tenía. La compró a un
vendedor ambulante que le dio el libro, un frasco de elixir para matar todos
los dolores y una sartén. Lo único que se conserva tal como se compró es el
"Paraíso".
—Es un gran libro —sentenció el juez.
—En casa lo usaban para que yo me sentara encima; pero
como no era bastante grande había que poner una almohada.
El juez Pollard terminó de cenar, dobló la servilleta, se
incorporó, hizo como si colocara en su sitio todos sus huesos y con el libro
bajo el brazo se encaminó a su despacho.
—¿Por qué le interesa tanto a su esposa mirar el registro
de matrimonios? —preguntó a Duke.
Éste rió como lo hace el hombre de mundo que se dirige a
otro hombre de mundo.
—Suspicacia femenina —dijo—. Un amigo nuestro, al saber
que veníamos aquí, nos encargó que diésemos cinco dólares al juez de paz que le
casó hace unos días. Estaba tan emocionado que no recordaba más que unos vagos
detalles que ni Susana ni yo hemos visto aquí ni en usted. Yo pensaba darle los
cinco dólares sin preocuparme de más. Pero Susana, mi esposa, quiere enterarse
antes de si usted los casó o no. Dice que seria inmoral que usted recibiera
cinco dólares por un trabajo que no ha hecho. Yo repliqué diciendo que tanto da
un juez como otro, pues al fin y al cabo todos hacen lo mismo y lo hacen bien.
El juez Pollard asintió con la cabeza.
—Es cierto —dijo—. El casar es muy fácil.
—Yo opino —siguió Duke—, que es mejor darle a usted los
cinco dólares y decir a mi amigo que los dimos al verdadero juez que le casó.
Él no se acuerda de nada. No podrá ir a preguntar y así vivirá feliz creyendo
haber cumplido su promesa. En cambio, si le devuelvo los cinco dólares, le
atormentaré innecesariamente con el remordimiento de no haber cumplido cómo
deseaba.
—¿Cómo se llamaba su amigo? —preguntó el juez.
Duke se lo dijo al oído.
Pollard echó hacia atrás la cabeza, reflexionó un rato y
al fin hizo un gesto negativo.
—No —dijo—. No he casado a ninguna pareja de ese nombre.
—¿Por qué no examina el libro? —preguntó Susana.
—Porque, gracias a Dios, aún conservo buena la memoria,
señora.
—¿Lo ves cómo ya hice bien en aconsejarte? —dijo Susana—.
Ahora le habrías dado quinientos dólares a un hombre que no tenía derecho a
ellos.
Pollard sonrió beatíficamente.
—Es cierto —dijo, rechazando el cebo que le tendían—.
Hubiese sido lamentable que me entregaran cinco mil dólares que no eran para
mí.
Duke y Susana sonrieron y el juez y su mujer les imitaron.
—Jill os acompañará —dijo la esposa del juez de paz—. A él
le gusta ir en auto, de noche, por los campos.
Jill resultó ser un zagalón todo piernas, de cabeza
minúscula, coronada por una llameante cabellera y con la mano cerquita de la
culata de un pistolón de la Guerra Civil.
—El guardián del Libro —susurró Susana al oído de Duke.
—Por tu culpa no lo pude ver —gruñó el aventurero.
—Ese juez tiene demasiadas conchas.
Salieron de la casa, y al ver el auto, Pollard lanzó un
silbido.
—¿Es un recuerdo de los campos de batalla? —preguntó
señalando las estrellas enarcadas por las balas en los cristales blindados.
—No. Son adornos —dijo Susana.
Entraron en el coche y el juez husmeó reciamente.
—Esto huele como nuestra trinchera en Flandes, cuando la
primera guerra. Estuve allí y gané una medalla.
—Lo creo —dijo Duke.
—Si tuviera fuerzas y menos dolor en las articulaciones,
también tomaría parte en ésta. En fin... —suspiró. Dando un empujón a su
compañero, le ordenó—: ¡Vete de mi lado, Jill del demonio! ¿Crees que necesito
un guardián que se duerme derecho?
—Estaba pensando en la otra guerra —gruñó el muchachote.
—Vete —repitió el juez—. El señor Straley es de confianza.
No necesito esa pistola que nunca ha disparado un tiro.
—¿Me conoce? —preguntó Duke, acelerando el motor.
—Por los periódicos. De momento no le reconocí; pero luego
sí. Le creía en viaje de novios.
—Lo estamos preparando —dijo Susana—; pero como nos gusta
mucho la alegría y la animación, haremos que se casen cuatro amigos nuestros y
nos acompañen; será más divertido.
—¿De dónde ha sacado usted ese humor, señora? —preguntó el
juez.
—De la pipa de mi padre.
—¿De una pipa?
—Sí. Mi padre era muy serio hasta que encendía su pipa.
Entonces se le iluminaba la cara y a cada chupada que daba se le reían más y
más los ojos. Entonces, entre bocanada de humo y chupada de pipa, nos contaba
cosas muy divertidas. Era un gran hombre. Un hombre honrado.
—¿Cómo se llaman las hijas de la señora Dorchester que se
van a casar? —preguntó el juez.
—Prima, Secunda, Tercia y Quarta Dorchester —dijo Duke—.
Sólo quedará soltera Última, que tiene cinco años.
El juez quedó pensativo.
—Hermoso coche —dijo al fin—. Muy cómodo.
—Y fuerte —dijo Duke, acelerando más—. Y seguro.
El juez quedó pensativo. Susana y Duke le oyeron musitar:
—Prima, Secunda, Tercia y Quarta... ¡Qué nombres!
El auto se detuvo al fin ante un garaje.
—¿Y la policía? —preguntó Susana.
—Está avisada —musitó Duke—. No tardará. Max no quería
creerlo.
Bajaron del coche a tiempo de ver a Ince que avanzaba
hacia ellos.
—¿Y mi auto? —preguntó.
—Se incendió a causa de la explosión de gasolina. Le
abonaré...
Ince atajó a Duke con un ademán.
—No hable de eso —ordenó—. Ni mencionarlo. Temí que no
llegasen nunca.
Les precedió en dirección a la entrada principal y luego
entró en el vestíbulo. Tres parejas aguardaban ya allí. Susana reconoció a las
mellizas y observó con interés a sus prometidos. Siempre había creído que las
mellizas debían de tener los mismos gustos; quizá porque suelen ir vestidas de
la misma forma; indudablemente, las mellizas Dorchester tenían gustos dispares.
El novio de Tercia era bajo y moreno. A Susana le recordó un zulú que había
visto retratado en un cromo de los que se dan en los paquetes de cigarrillos.
El novio de Quarta era bastante alto, rubio pajizo y muy frágil, al menos en
apariencia.
—Esta es Secunda —dijo Tercia, presentando a su hermana a
Duke y Susana—. El diablo de la familia.
Secunda dirigió una despectiva mirada a su hermana. Luego
miró a Duke y Susana y pronunció un casi imperceptible y desdeñoso:
—Encantada. Ahí vienen papá y Prima. El ángel de la casa.
El novio de Secunda era de estatura mediana, fuerte y
musculoso. Estrechó la mano de Duke y vaciló entre besar la de Susana o
estrecharla. Al fin optó por un término medio. La estrechó suavemente y se
inclinó hacia ella; pero sin llegar a treinta centímetros de la mano.
—¿Ya están de vuelta? —preguntó el señor Dorchester.
Se echó a reír y burlándose de sí mismo añadió:
—Claro que están de vuelta. Iré a avisar a mi esposa. Los
invitados están en el comedor. No esperan lo de la boda y se van a
escandalizar. Beban ustedes algo. Les aconsejo el jerez seco. Que se sepa, no
ha hecho jamás daño a nadie.
—Yo prefiero una copa de ginebra —dijo Susana.
—Yo otra— pidió Duke.
—Yo whisky —dijo el novio de Secunda.
Los otros tres hombres pidieron también whisky, que se
sirvió con la ginebra, en vasitos tallados. Las muchachas desdeñaron la oferta
de su padre y eligieron el jerez dulce. Bebieron todos y Susana comentó:
—¡Me ha abierto apetito, un... ¡Oh, Dios mío!
—¿Qué? —gritaron todos.
—¡El asado! ¡Pobre señora Pollard! Lo olvidé en su casa...
Buscó con la mirada al juez.
—¿Dónde está? —inquirió.
Todos movieron negativamente la cabeza en respuesta a la
pregunta de Susana; pero al fin, Prima indicó:
—Me pareció verle entrar en la biblioteca.
Susana corrió hacia el punto que indicaba la hija mayor de
los Dorchester y por segunda vez aquella noche, un grito de horror resonó en la
casa.
Duke fue el primero en llegar junto a su esposa. Tras él
llegaron los demás. Y todos vieron tendido de bruces sobre una mesita llena de
revistas al juez Pollard, que hubiese parecido que dormía apaciblemente si no
hubiera tenido en la espalda, hundida hasta los gavilanes, una daga española.
Duke buscó en seguida el libro de actas matrimoniales que
el juez Pollard había llevado allí para anotar el casamiento de las cuatro
jóvenes.
¡Había desaparecido!
El silencio que reinaba en la casa fue roto por la voz del
señor Dorchester, comentando:
—Es raro que Ofelia no haya bajado a ver qué ocurre.
Un trágico presagio llenó el corazón de Duke. Apartándose
del cadáver del juez Pollard, corrió hacia la escalinata, seguido por Susana
que jadeó:
—Cualquiera creería que los cadáveres se consideran regalo
de boda a juzgar por la profusión con que me los presentan.
CAPÍTULO VI
CUATRO PUÑALES
Duke trató de abrir la puerta del cuarto de la señora
Dorchester. No pudo. Estaba cerrado por dentro. Llamó imperiosamente. Nadie
contestó.
—¿Qué sucede? —preguntó, desde abajo, el señor Dorchester.
Duke se lanzó contra la puerta y esto decidió a Bartlett a
subir por la escalinata. El ruido atrajo a los invitados que estaban en el
salón. Se oyeron unos gritos de mujer, provocados indudablemente por la noticia
del asesinato del juez. Al fin se abrió la puerta de la habitación. Duke
examinó el pestillo que la había cerrado. Era como un picaporte facilísimo de
cerrar, pues bastaba sostenerlo con una pajita y cerrar la puerta y retirar
luego la paja, dejando que el picaporte cayese en su sitio.
Susana avanzó, anticipándose a su marido; pero no tardó ni
medio segundo en arrepentirse de ir sola y volviéndose cayó en brazos de Duke,
gritando:
—¡Otra!
Ofelia Dorchester estaba tendida en su cama. Tenía cuatro
dagas de gavilanes clavadas en el pecho. Una le atravesaba el corazón, otra el
seno derecho, y dos más el estómago, por debajo de las costillas.
Bartlett Dorchester, que había entrado también, se detuvo
y retrocedió, asustado de lo que veía.
—La marca de los cuatro... —murmuró. Luego:—¿No hay
esperanzas?
Duke le miró inquisitivamente.
—Ninguna. Una sola puñalada bastaba. La del corazón. Las
otras son de adorno.
El señor Dorchester pareció enflaquecer de golpe. Llevóse
la mano al cuello, como si se ahogara.
—Ellos se han vengado... —jadeó.
Se le veía descompuesto, desmoralizado, deshecho. Casi a
tientas llegó hasta la puerta. Entonces se volvió diciendo corno si pidiera
permiso:
—Voy con mi hija.
Arrastrando los pies marchó hacia el cuarto de Última
Dorchester. Duke le siguió con la mirada. Susana, junto a él, se esforzaba por
recobrar la serenidad.
—¿Cuándo terminarán de aparecer cadáveres? —preguntó.
—La serie no está completa —replicó Duke—. Las hijas han
heredado. Ahora ellas empiezan a correr peligro.
Salió del cuarto y desde lo alto de la escalinata ordenó a
Prima, Secunda y a las mellizas:
—Que ninguna de ustedes coma ni beba nada. Ni fume. Ni
salga del vestíbulo. Les prevengo que sus vidas están en peligro.
Ince y Sheridan, el novio de Secunda, fueron a reunirse
con Duke.
—¿Ha muerto? —preguntó el primero.
—Si.
Fueron a entrar, pero Duke los contuvo.
—Ahora no es posible —dijo—. Debemos esperar a la policía.
Y es mejor que ellas no lo vean. No ofrece un espectáculo grato.
Los dos hombres regresaron lentamente junto a sus novias.
Duke los vio cómo les hablaban y comprendió que se daba la noticia del
fallecimiento de la señora Dorchester. Las cuatro muchachas hicieron un
movimiento instintivo para lanzarse hacia el cuarto de su madre. Sus novios las
contuvieron. Cuando las cuatro empezaban a llorar a gritos y los invitados que
hasta entonces permanecieron inmóviles intentaron huir de la casa, las sirenas
de los autos de la policía sonaron, en enjambre, alrededor del viejo edificio,
imponiendo a todos silencio.
Un momento más tarde Max Mehl entraba en el castillo.
—¿Qué significa aquella historia, que me contaste de un
mecánico...? —empezó Max.
Duke le cogió del brazo y lo llevó hacia la biblioteca y
le señaló el cadáver del juez Pollard.
—¡Caramba! —exclamó Max—. ¿Quien es ése? De él no me
dijiste nada.
—Arriba hay otro, el de una señora con cuatro dagas como
esa hundidas en el cuerpo.
—¿Es que te han regalado una colección de cadáveres los
amigos del depósito? —preguntó Max—. Por suerte traemos al forense.
En este momento, casi simultáneos, se oyeron en el
vestíbulo dos sordos golpes. Duke y Max volvieron la cabeza. Las mellizas
estaban en el suelo, sin sentido.
—¿Dos muertos más? —preguntó Max, con fría indiferencia.
—¿Y desmayadas las dos a la vez? —preguntó Max incrédulo.
—No —contestó Duke—. Se deben de haber desmayado. Su madre
ha muerto.
—Los mellizos son seres muy extraños: Suelen reaccionar de
igual manera...
Sin lanzar ni un grito, Secunda giró sobre sí misma y
desplomóse junto a sus hermanas.
—Esa no es melliza —observó Max.
Duke le apartó de un empujón y se arrodilló junto a
Secunda. Le abrió los párpados y examinó la pupila.
—¡Pronto! ¡El forense! —gritó.
Llegó el forense y preguntó al ver a las tres muchachas:
—¿Muertas?
—Aún no —contestó Duke—. Envenenamiento con solución
líquida de arsénico.
El forense hizo un gesto de disgusto.
—¡Qué burdo! Arsénico en estos tiempos.
Abrió el maletín y mientras preparaba la jeringuilla de
inyecciones comentó dirigiéndose a Duke:
—No nos entretendremos en hervir la aguja ni la
jeringuilla. En ningún caso se ha infectado una inyección aplicada en estas
condiciones.
Cuando hubo terminado y las tres hermanas comenzaban a dar
señales de reacción, el forense agregó:
—Un lavado de estómago y quedarán nuevas.
Duke miró a Prima.
—Es raro que a usted no le haya ocurrido...
En el mismo instante en que decía esto se produjo en la
joven el colapso que, en sus hermanas, se había anticipado. Ince cayó de
rodillas junto a ella y, comenzó a abrazarla, llamándola por su nombre,
besándola en los labios, hasta que Duke y el forense ayudados por un par de
policías consiguieron apartarle de Prima. Entonces Ince se desasió y tiróse
contra la pared gritando y llorando hasta quedar, de pronto, inmóvil, con los
ojos casi colgándole fuera de las órbitas.
—Sálvela, Duke, y pídame lo que quiera —dijo.
—No tiene que ofrecer nada. Se salvará.
Dicho esto, y mientras el forense atendía a las cuatro
hermanas Dorchester, Duke fue hacia la mesa donde estaban las copas que se
habían utilizado por parte de las jóvenes. Susana se acercó a él.
—No puedo más —le dijo—. Esto no es una luna de miel, es
una degollación de los Santos Inocentes, ¿Quién falta por morir? Dame agua...
Duke le golpeó fuertemente la mano que Susana tendía hacia
un jarro de agua.
—No toques —dijo—. ¿Te fijaste quién sirvió el jerez
dulce?
—Sheridan, el novio de la segunda.
Duke tomó la botella de jerez dulce y vertiendo unas gotas
en la palma de la mano lo probó.
—Nada —comentó—. Es raro. Sin embargo...
Max aproximóse a Duke.
—¿Qué cosas se pueden tocar sin peligro en este
endemoniado castillo? —preguntó.
—La cabeza propia y nada más —replicó Duke—. Es curioso
que un vino que ha provocado cuatro colapsos y que se sabe que contenía
arsénico...
Duke interrumpióse. Su mirada acababa de clavarse en las
estrechas y altas copa que se utilizaban para el jerez. Cogió una de ellas y
observó que en el fondo se veía un líquido claro.
—¡Ya lo tenernos! —exclamó—. Una fuerte solución líquida
de arsénico, Max. Se vierte en cada una de las doce copas de jerez. Se sabe que
las muchachas sólo toman jerez. Los hombres prefieren licores fuertes. Y si
alguien que no deba morir pide jerez, no cuesta nada tirar el contenido
arsenical del mismo.
—Entonces el que sirvió el vino es culpable...
—No, Max. No se precipite. La cosa es más complicada que
todo esto. Hay que sacar mucha tierra antes de encontrar el cadáver. Tal vez al
asesino no le importaba que murieran diez o doce personas con tal de que entre
ellas estuviesen las que debían morir para su conveniencia.
El forense continuaba atendiendo a las cuatro hermanas.
Las tres menores estaban tratando de tragar los tubos de goma para el lavado de
estómago. La mayor aún no había vuelto en sí del colapso.
—¡Y pensar que tengo dos cadáveres esperando! —gruñó el
forense—: ¡Y tener que estar lavando estómagos, como un médico de pueblo! ¡Max!
Esto no es lo mío. A mí déme muertos, no gente viva.
Ince acudió junto a Duke.
—Por lo que más quiera, sálvela —pidió apasionadamente.
—Ya ve que el médico hace todo lo posible —indicó el
joven.
Ince enmarañóse los cabellos.
—Es que... —vaciló—. Prima y yo... estamos casados. Nos
casamos hace una semana. El mismo juez de paz que ha venido con usted... El que
vino...
—¿Cuánto le dio usted para que callara?
—Nada. ¿Por qué?
—¿No le dio dinero? —insistió Duke.
—No. Le pedí por favor que guardase el secreto, pues
nuestras respectivas familias se oponían a la boda.
—Era un hombre muy notable —musitó Duke—. Su asesino se
sentará en la silla eléctrica.
—Es lo menos que merece —dijo Ince.
Miró hacia Prima.
—Si ella muriese... No sé qué haría.
—No morirá. La llegada del forense con su instrumental ha
sido providencial para esas muchachas. Yo no habría podido hacer nada por
ellas.
Llegó Max Mehl junto a Duke.
—Todo en marcha —dijo—. Las ruedas de la Ley giran como si
estuviesen recién engrasadas. He pensado no retener a los invitados.
—Desde luego. La agresión ha partido del interior del
castillo. Los forasteros nada tienen que ver. Permítame, Max. Yo daré la orden.
Duke subió sobre una silla, anunciando con su poderosa
voz:
—Pueden marchar a sus casas todos aquellos que lo deseen y
se hallen en condiciones de hacerlo.
Se produjo una estampida hacia la puerta y Max miró,
alarmado, a su amigo.
—Quizá les has hecho demasiado fácil la fuga —indicó.
—No. El asesino no se puede marchar en tanto que todo no
esté aclarado.
—¿Por qué no se ha de poder marchar?
—Porque le es imprescindible probar su inocencia. Ya verás
como no huye.
Había terminado la fuga de los invitados y en la casa
reinaba un denso silencio. Proseguía el lavaje de estómagos y Susana colaboró
con el forense en aquel trabajo. Al terminar fue hacia Duke. Miróse un momento
en un espejo y suspiró:
—¡Horrible! Parezco esa novia destartalada que pintan como
contraste de la novia ideal. Represento la que no debo ser. Una novia ha de ser
risueña, alerta, coruscante; al menos, eso dicen los anuncios de los institutos
de belleza. Una novia ha de ser como una lechuga recién salida de la nevera
eléctrica. Y yo parezco una col hervida. ¿Verdad que no te casarías conmigo
ahora?
—Tal vez me casara contigo por buena y por dulce; pero por
bonita no, desde luego.
Susana propinó un violento puntapié contra la espinilla de
Duke.
—¿Y quién tiene la culpa de que yo parezca una bayeta
mojada? —preguntó casi furiosa—. Se supone que a una novia hay que llevarla a
un lugar florido, no a presenciar ejecuciones en masa, a sufrir
ametrallamientos, bombardeos y ataques con lanzallamas de bencina. Pero la
culpa es mía por casarme con un hombre que se imagina que Nueva York se
llenaría de criminales si no fuese por él. ¡Y así toda la vida! ¿Por qué no
procuras cambiar?
—Porque ni tú ni yo lo deseamos, Susi.
—¿Ahora ya se ha acabado todo?
—No. Falta la entrada del criminal.
Duke hablaba en voz alta, para que todos le oyesen, y por
eso todas las miradas se centraron en la puerta por la que apareció un abatido
señor Dorchester, seguido por tres policías cargados con una ametralladora de
mano, un corto rifle y un paquete.
—Le encontramos en el jardín jugando con este juguete
—dijo el policía que traía la ametralladora.
Ince fue al encuentro de Dorchester y amenazándole con el
puño contra los ojos gritó:
—Lo habría callado todo; menos eso que ha hecho de
pretender matar a Prima... y a las otras. ¡Asesino!
El señor Dorchester se dejó caer en un sillón y miró con
cansados ojos a todos.
—He perdido la última jugada —musitó—. Ya nada se puede
resolver. Todo quedó estropeado. Ella se fue... Y a mi tanto me da irme como
quedarme.
—¿Se reconoce culpable? —preguntó Max—. Tenga en cuenta
que todo cuanto diga de ahora en adelante podrá ser utilizado centra usted el
día del juicio.
—Ya lo sé —suspiró Bartlett—. Soy culpable... De todo.
CAPÍTULO VII
LA VIDA PASADA DE BARTLETT DORCHESTER
—¿Prefiere que se retiren las señoritas? —preguntó Max.
Bartlett le miró como si no le hubiese entendido. Luego,
de súbito:
—¡Oh, no, no! Es preferible que se queden. Al fin y al
cabo algún día lo han de saber...
—Usted no es Bartlett Dorchester —dijo Duke.
—No... no. Me llamo Simón Warrick. Fui el primero y último
marido de Ofelia.
—¿Nombre falso? —preguntó Max.
—Sí.
Prima, Secunda, Tercia y Quarta contemplaban, llenas de
horror, al hombre a quien tanto habían querido.
—¿No ha existido nunca un verdadero Bartlett Dorchester?
—preguntó Max.
—Murió —dijo Duke.
—Sí. Eso es... —Simón Warrick vaciló—. Yo le maté.
—¿Cómo? —preguntó Duke.
—Una cuchillada. Nos parecíamos... Ocupé su puesto. Prima
podría recordar algo; pero entonces sólo tenía tres años... Destruí el cadáver
y fui a vivir con Ofelia. Para las cuatro hijas de él... procuré ser un buen
padre; pero mi preferida es Última. La única mía.
—Mejor que empiece por el principio —indicó Duke—. Cuando
su primer matrimonio.
—Ofelia era muy joven, muy rica y dicen que yo era
bastante atractivo. Me aficioné al juego porque era afortunado en él. Y también
lo era con las mujeres. Ellas me previnieron a tiempo. No se pueden tener dos
suertes. O dejaría de ser afortunado en amor o en el juego. Falló el juego.
Pero yo estaba tan acostumbrado a ganar que seguí jugando. Como hubiera dicho
el verdadero Bartlett Dorchester: facilis descensus averni. El fácil camino del
Averno. Me arrastraban manos femeninas y Ofelia sufrió mucho. Al fin, en contra
de sus creencias, pidió el divorcio. Para ella fue muy doloroso. Los de su raza
no son como nosotros. Le dan importancia a cosas que parecen no tenerla. Pero
es sólo apariencia. Cuando uno aprende a mirarlas como ellos, ve que tienen
mucha importancia.
Warrick hablaba con penoso esfuerzo, como si no pudiera
sujetar las palabras y emplear las más adecuadas. De cuando en cuando se pasaba
una mano por la frente.
—Yo había caído muy bajo. En pleno infierno. Me ocurrió lo
que debe de sucederles a muchos que no se resignan a perder lo que no supieron
defender. Sólo le dan valor cuando lo ven en manos de otro. Por eso maté en
Buenos Aires a Pedro Gonzaga y en Venecia a Renzo Coli. En Roma maté a otro
hombre. La policía me cercaba y me tenía acorralado. Me convenía morir. Aquel
hombre, con quien sostuve una pelea limpia, se parecía algo a mí. Busqué una
característica muy definida y encontré una peca en la planta de un pie. Vi a
Ofelia y le pedí que me ayudase. Era tan buena que aceptó. Al identificar aquel
cadáver, la policía del mundo dejó de ocuparse de Simón Warrick. Pude vivir
tranquilo gracias a lo que me iba pasando Ofelia. Se volvió a casar y yo no
hice nada por perjudicar a su marido. Nacieron las niñas. Dorchester tenía la
manía de las matemáticas y las bautizó con esos nombres tan estrafalarios que
tan distintos son de ellas. Ofelia y su marido vivían en California. Bartlett
proyectaba diversos negocios... Él era un genio de las finanzas y de muchas
cosas... Pero, los genios enloquecen fácilmente. Bartlett tuvo un ataque de
locura y se pegó un tiro. La situación de Ofelia resultó muy embarazosa. Cuatro
maridos muertos violentamente era demasiado. Bartlett había muerto sin dejar
ninguna nota explicando que se mataba. Y aunque la hubiese dejado habría sido
lo mismo. Gonzaga, Coli y Dorchester. Tres maridos muertos. Tres seguros de
vida cuantiosísimos... Y además estaba yo de por medio. Se podía sospechar de
una connivencia entre ella y yo para acabar con los maridos que estorbaban.
Ofelia me pidió ayuda, y como yo la había recibido de ella, se la prometí.
Dorchester no tenía familia en América. Sólo un hermano viejísimo en Inglaterra
y una hermana también muy vieja. Los dos sin hijos. No se corría el riesgo de
que una excesiva familia descubriera la verdad. Por dejadez, los negocios de
Dorchester estaban en nombre de Ofelia. Ella era más rica y su presencia en la
dirección de la empresa daba confianza a los accionistas. Fue muy fácil que yo
ocupara su puesto, especialmente al trasladarnos a Nueva York. Aquí yo era un
desconocido.
Warrick hundióse más en su asiento y miró a las cuatro
muchachas.
—Me encariñé con esas criaturas —siguió—. Fue tan fácil
hacer de padre de ellas...
—¡Cállese! —ordenó la mayor. ¡Asesino! ¡Asesino de nuestro
propio padre!
—¡Sáquenlo de aquí! —pidió Secunda.
Las mellizas fueron las únicas que salieron en su defensa.
—Nosotras no tenemos derecho a juzgarle —dijo Tercia—. Ha
sido muy bueno y no tenemos queja de él.
—Si le llevan a la cárcel yo le iré a ver siempre que me
dejen hacerlo —aseguró Quarta.
Warrick se mordió el labio inferior para contener su
emoción.
—Gracias, pequeñas —musitó. Y dirigiéndose a las mayores,
dijo—: Y a vosotras también os doy las gracias. Vuestra repugnancia de ahora no
puede borrar el recuerdo de tantos años durante los cuales fuimos amigos. La
vida es cruel con todos y a todos nos reserva un poquitín de amargura. Yo
quisiera meter en mí toda esa amargura que algún día a de caer sobre vosotras.
—No lo puedo remediar —dijo Susana al oído de Duke—. Será
un asesino, pero es simpático.
—Esos hombres se valen de su simpatía —replicó Duke.
Susana le miró, intrigada.
—¿Por qué dices una cosa y sugieres otra? —preguntó—. Tu
acento no corresponde a tus palabras.
—Deja que siga hablando. Todo cuanto dice es interesante.
La confesión de un hombre así merece ser escuchada.
—La vida es fácil y tranquila —siguió Warrick—. Yo me iba
retirando de los negocios difíciles y me quedaba con aquellos en los cuales
sólo hacía falta un gerente bien vestido y que supiese sacar un puro tras otro
en beneficio de sus amigos. Pero un mal día me metí en el negocio de los rifles
de repetición Barbington. Allí he enterrado treinta millones. Y si la guerra no
estalla pronto, no sé cómo podremos salir... —interrumpiéndose, Warrick
sonrió—. Claro que ahora yo no debo preocuparme. Los demás lo arreglarán. Yo
estoy fuera de circulación... para siempre.
—¿Qué ocurría con la fábrica? —preguntó Duke.
—Un fusil automático cuesta diez dólares de fabricación.
Un millón de fusiles representan diez millones de dólares inmovilizados en
espera de que empiece la lucha. La actitud de esta nación ante los triunfos de
Alemania hace pensar que nunca se meterá en la guerra y, si fuese así, mis
rifles valdrían tanto como las escobas. Sin embargo yo tenía fe. Pero Ofelia se
negó a seguirme ayudando. Dijo que no pondría más de dos millones en mi
fábrica. Y una vez gastados lo mejor que se podía hacer era cerrarla. Yo no me
resigné. Entonces se me ocurrió un plan odioso. Si Ofelia moría... —la voz de
Bartlett se quebró. Con un esfuerzo siguió—: Si Ofelia moría antes que sus
hijas, toda su fortuna iba a engrosar la ya cuantiosa fortuna de ellas. Si
luego iban muriendo las... las niñas. Las que quedaran serían más ricas, pues
unas se heredaban a las otras. Por fin todo iría a parar a Última. Yo
administraría el dinero y salvaría la fábrica; pero era necesario obrar con
cautela. Utilicé un disfraz de carnaval y aparecí varias veces ante Ofelia.
Asusté a la institutriz inglesa, lancé alaridos y representé el papel de cuatro
fantasmas. Un día supe que Prima se había casado en secreto. Aquello destruía
mis planes. En caso de muerte de Prima, su marido era el heredero, no yo. Proyecté
matarlos a los dos y vertí, ácido en la dirección del coche de Prima. Al llegar
a lo alto del acantilado se despeñarían los dos. Falló el golpe y me costó
mucho dinero lograr que el mecánico guardase silencio y jurara perjurase que el
coche sólo padecía una desviación del volante, detalle sin importancia.
—¿Cuánto le dio? —preguntó Duke.
—Mucho. No recuerdo... Varios miles. El hombre prometió
callar. Ofelia, entretanto, sospechó algo de lo que yo tramaba. Temió por sus
hijas y acudió al señor Straley para que la defendiera y las defendiese. Yo la
espiaba. Como decía Bartlett. Bis, dat, qui primo dat. El que da primero da dos
veces. Yo iba dispuesto a dar primero. En la tarde de ayer cargué en la fábrica
unos cartuchos de caza con trinitrotolueno... ¡No, con picriquina! ¡Oh!
Picrinita. Sí. Eso fue. Los metí en la canana de Prima a fin de que al
disparar, aunque sólo fuera uno de ellos, la explosión destruyera su arma y la
matase. Su marido la salvó. Fue inteligente y agudo. Descubrió la diferencia de
cartuchos y evitó un crimen. Los entregó al Sr. Straley y luego yo pude
recuperarlos. Utilicé uno de ellos para volarle el aparato de radio del auto, a
fin de que no pudiera comunicar con Nueva York.
—¿Y lo de las letras de fuego? —preguntó Duke.
Warrick hizo un gesto vago.
—Es muy sencillo. Le explicaré más adelante. Creí que
volando el aparato de radio también volaría el coche del señor Straley: pero
resultó más fuerte de lo que yo esperaba y quedó en condiciones de funcionar
con sólo que se acoplaran unos alambres a los acumuladores. Le oí hablar con
Ince y comprendí que se dirigía a un sitio al cual no me interesaba que
llegase.
“Salí en pos de él y de su esposa en otro coche y armado
con uno de nuestros fusiles ametralladoras. Como ya era de noche lo cargué con
trazadoras a fin de poder corregir la puntería sin dificultades. Cuando llegué
estaban hablando con el mecánico y disparé contra ellos. El mecánico murió;
pero ellos se salvaron. No lo lamento. Volví a casa en espera del curso de los
acontecimientos... Bueno, ¿para qué prolongarlo más? Asesiné a Ofelia. Dejé en
su cuerpo la marca de los cuatro fantasmas. Luego, ya puesto a matar, maté al
juez Pollard, para evitar que pudiese contar a nadie que había casado a Prima y
su marido. Robé el libro y destruí la página en que estaba registrado el
matrimonió. También destruí el certificado que Prima había recibido. Hoy no
queda prueba legal alguna del matrimonio entre vosotros —dijo Warrick,
dirigiéndose a la mayor de las Dorchester—. En el caso de haber muerto tú,
Prima, tu esposo nada hubiese heredado. Todo habría revertido a tus hermanas.
El plan era bueno. El final resultaba apoteósico. Cuatro muertes simultáneas.
Tenía una solución líquida de arsénico, muy activo, y la repartí entre doce
copas —sonrió como burlándose de sí mismo—. Era la traca final. Nadie sabía
cuántos podían morir.
—¿Por qué utilizó arsénico en vez de ácido prúsico u otro
veneno fulminante? —preguntó Duke.
—Por dos motivos. El primero porque... Me interesaba que
se descubriera el cadáver de Ofelia antes de que sus hijas muriesen. Además, un
veneno fulminante habría puesto en guardia a las otras. Así, en cambio,
tuvieron tiempo más que bastante de beber el jerez en tanto ocurrían las cosas
que todos saben.
—¿Es esa la ametralladora con que mató al mecánico?
—preguntó Duke.
—Sí... Claro... No tengo otra. ¿Puedo fumar un cigarrillo?
Duke le tendió uno de los suyos. Warrick lo rechazó.
—Si me lo permiten prefiero uno de los míos.
Sacó una pitillera de oro y de ella un cigarrillo
emboquillado. Lo encendió cuidadosamente y aspiró todo el humo, golosamente,
como si no quisiera desperdiciar ni una voluta. Un penetrante olor a almendras
amargas se extendió por el vestíbulo. El forense, que regresaba de examinar el
cadáver del juez de paz, anunció con fingida indiferencia y muy seguro:
—Ese caballero se está suicidando con cianuro.
Max Mehl miró a Duke. Éste le devolvió la mirada. Susana
gimió:
—¡Dios mío! ¿Cuándo se terminarán los cadáveres?
Las cuatro hermanas apartaron horrorizadas la vista del
cuerpo de Simón Warrick. El cigarrillo se escapó de entre los labios y cayó
sobre el pecho del muerto. Duke lo retiró antes de que la brasa prendiera en la
camisa.
—¡Pobre! —musitó Quarta.
Su hermana mayor replicó furiosa:
—Debía haberse sentado en la silla eléctrica.
—No hable así —pidió Susana—. Al fin y al cabo ha sido un
hombre valiente.
—Le han dejado matarse —refunfuñó Ince.
Sheridan, Hubbard y Decker guardaron silencio, como si
quisieran permanecer ajenos a aquella cuestión.
—Ahora sólo falta una prueba —dijo Duke, a través de un
bostezo—. Ella nos dará la culpabilidad absoluta de Warrick.
—¿Qué mejor prueba que su declaración? —preguntó Sheridan.
—Es cierto —admitió Duke—. Realmente es una tontería hacer
esa prueba.
—No es ninguna tontería —dijo Max Mehl—. A mí me gusta
comprobar todas las cosas. No quiero dejar cabos sueltos.
—Como quiera, Max; pero no cuente conmigo para ese
trabajo. Estoy cansado, aburrido y deseando acostarme.
—Eso lo deseamos todos —bostezó Ince.
—Pues ayúdeme —indicó Max Mehl—. Quiero tender a Warrick
en el suelo y someterlo a la prueba... Bueno, ustedes no entienden de eso. La
explicación no les serviría de nada. Es una prueba muy interesante.
El cadáver quedó tendido en el suelo. Warrick parecía un
muñeco... un pelele de trapo con una extraña cara de porcelana opaca.
Max fue en busca de una lámpara de pie y enfocó la
pantalla sobre el cadáver, de forma que la luz diese de lleno en él.
—Que traigan la máquina —ordenó.
Protegiéndose la mano con un pañuelo, quitó la bombilla de
la lámpara y puso otra, cortando antes la corriente.
—Coloque usted las manos sobre el abdomen —indicó Max a
Ince—. Y usted, Sheridan, tenga la bondad de colocarse si otro lado y hacer lo
mismo.
—Es repugnante —dijo Ince.
—Acabemos de una vez —refunfuñó Sheridan.
—¡Oh, sí¡ —pidió Susana—. Acabemos de una vez con los
cadáveres. Tengan en cuenta que esta es mi noche de bodas.
—No la olvidará nunca, Susi —rió Max.
—Esto es más interesante que un viaje al Niágara..
Llegó un fotógrafo con la cámara preparada y la enfocó al
cadáver.
—Esténse quietos —ordenó—. Que nadie se mueva. Encienda la
luz, Max.
Duke apagó todas las luces del vestíbulo, excepto una
bastante apartada. El grupo reunido en torno al cadáver quedó envuelto en
sombras.
Oyóse un chasquido y un suave haz luminoso de un azul
pastel claro brotó de la lámpara. El rostro del muerto adquirió un horrible
colorido verdoso con rayitas índigo. Los labios pasaron de rojos a lívidos con
venillas rojillas. Y sobre el cadáver dos manos se inflamaron con fuertes
tintes de llama.
Dos gritos de horror brotaron de los labios de Ince y
Sheridan. Los dos se pusieron en pie y trataron de huir, alocados por lo que
estaban viendo. Al apartarse del haz luminoso, sus manos se fueron apagando.
Ince, trató de escapar hacia donde estaba Prima; pero dos brazaletes de acero
se cerraron en torno de sus muñecas. Sheridan tuvo, en cierto modo, más suerte.
Derribó a Max, cuando éste ya le tenía acogido y creyendo hallar la puerta de
escape se metió en la biblioteca, tropezando con el cadáver del juez Pollard.
Los policías corrían ya en pos de él. No quedaba ninguna
puerta para huir. Le sabían desarmado y deseaban cogerle vivo para sentarlo en
la silla eléctrica.
Sheridan no vaciló. Arrancó la daga hundida aún en la
espalda del juez Pollard y volviendo la hoja contra él se dejó caer hacia la
mesa, atravesándose el corazón de parte a parte.
—Yo he perdido ya la cuenta —gimió Susana—; pero a mí me
parecen demasiados muertos para mi primera noche de bodas.
CAPÍTULO VIII
MANOS DE FUEGO
—Ince podría contarlo todo si quisiera —dijo Duke—. Entre
él y Sheridan lo planearon todo. Casamiento secreto, y al llegar la hora de la
viudedad, recoger un montón de dólares. Un plan odioso y siniestro.
Ince miró desafiador a Duke. Sus saltones ojos parecían
mayores que nunca.
—Valía la pena de correr el riesgo —dijo.
—¿Y lo dice ahora? —preguntó Duke—. Debía fracasar. Y
hubiera fracasado antes a no ser por un hombre que si en algún tiempo cometió
errores, hoy los ha pagado cumplidamente.
Duke miró a Prima y a su hermana.
—Sé que no resulta agradable reconocer que se ha pecado de
ligereza y de ingratitud; pero no van a tener más remedio que hacerlo. Warrick
sabía la verdad. Conocía a los culpables de todo. Incluso de la muerte de
Ofelia, de la mujer a quien él más ha querido. Y por Ofelia, por las hijas de
Ofelia, aceptó todos los cargos que se le quisieron hacer. Pensó que él, hace
años, no vaciló en matar a un hombre. Y luego se regeneró. ¿Por qué no se
podían regenerar dos canallas que aún eran jóvenes? Olvidó que él no habría
sido capaz nunca de dejar que otro cargase con una culpa suya. Y murió pensando
que su sacrificio podía ser útil, por lo menos, a dos de las hijas de su mujer.
A las dos que le despreciaban.
Las dos hermanas mayores inclinaron la cabeza y
retrocedieron lentamente ante la acusadora mirada de Duke.
—Hizo lo humanamente posible para que yo no pronunciara
estas palabras —siguió.
—Si era inocente, ¿por qué le dejó que se matase?
—preguntó la mayor de las Dorchester.
—Era inútil —replicó Duke—. Había delitos que alguien
debía pagar. Él aceptó el precio de esos delitos. Nada le podía salvar de la
silla eléctrica o, en el peor de los casos, de treinta años de reclusión.
Cualquiera de ambas condenas es muerte. Él lo sabía y tomó una decisión muy
noble. Demasiado noble para quien debía apreciarla.
Prima Dorchester se mordió el labio inferior hasta hacerlo
sangrar.
—¿Quién mató a mamá? —preguntó—. No entiendo nada. ¿Esas
manos de fuego...?
—Ayer tarde su madre recibió un mensaje escrito en fuego
—dijo Duke—. El mensaje rezaba así: "Morirás". Fue escrito en la
cortina de una de las dos ventanas. Encendióse lentamente y lentamente se
apagó. Parecía un mensaje sobrenatural. Ella lo creyó así. Tenía motivos para
temer a los espíritus que vagan en las fronteras de este mundo como sombras
perdidas.
—¿Qué motivos? —preguntó Secunda.
—No vienen al caso. Era supersticiosa, como todos los
Barrio. Atribuía su buena suerte a poderes ultraterrenos. No comprendió que el
mensaje escrito en fuego en la cortina no era más que una muestra del fenómeno
llamado fluorescencia, es decir, el hecho de que ciertas substancias pueden
reflejar una luz y otras otra. Existe un producto químico, un tinte acrílico
llamado "Rodamina R". Si dicho tinte se aplica sobre una tela, a
simple vista no se advierte nada; pero si se proyecta sobre la tela un haz de
luz mercurial ya sea de lámpara de mercurio como de tubo de vapor mercurial, el
tinte emite unas radiaciones rojas, como llamas. Es un fenómeno parecido al de
la fosforescencia; pero de mayor intensidad.
"Ellos tiñeron la cortina del cuarto de Ofelia
Dorchester. Sus manos quedaron manchadas de tinte, que, por ser incoloro, no se
percibe más que bajo la luz de mercurio. Tenían una lámpara de esa clase y la
enfocaron hacia la ventana desde el jardín. Por eso Ofelia vio las palabras
escritas en fuego sobre una cortina que ardía sin consumirse. En aquel momento,
la pobre creyó que todo lo de los fantasmas era verdad. Había sospechado que su
marido pensaba matar a sus hijas para que Última lo heredara todo. Creyóse
seguida por él, cuando en realidad lo era por Sheridan. Fue enloqueciendo
paulatinamente. Y cuando todo estuvo preparado, Sheridan e Ince la mataron. No
era su primer crimen. Habían asesinado ya al mecánico de la estación de
servicio del acantilado. Ince fue muy listo al ir a verme y contar aquel cuento
de la dirección rota. Alguien pretendía matarlos a los dos. ¿Quién? Simón
Warrick, que había descubierto el doble matrimonio secreto y que por lo tanto
deseaba deshacerse no sólo de su hijastra, sino también del marido. De nada le
hubiera servido matar a la mujer si el marido heredaba la fortuna. Tenían que
morir juntos. A la vez. Pero a nadie, por valiente que sea, se le ocurre
meterse en un coche que se sabe con la dirección a punto de romperse. Una rueda
floja es menos grave, sobre todo con un buen conductor. Ince explicó a su mujer
que al coche se le había roto la dirección y dejó el vehículo en la estación de
servicio para que reparasen la ligera avería. Después, al día siguiente, pagó
la reparación y contó a Prima el cuento de que el mecánico se negaba a
reconocer que la dirección se había roto. Alguien le pagaba muy bien para que
callase. ¿Quién? El señor Warrick, desde luego. Yo hablé con el mecánico y vi
en seguida que decía la verdad: Él no había visto ninguna dirección mordida por
el ácido. Tan sólo una rueda floja.
"Ince, temiendo que el mecánico me dijese lo
suficiente para que yo descubriera la verdad, subió a otro coche, después de
coger la ametralladora que Warrick guardaba en esta casa, a fin de que las
culpas recayeran de nuevo sobre Warrick, y subió hacia el acantilado. Debido a
un esfuerzo fallido para hacer hablar al mecánico, éste huyó de nosotros y se
precipitó al encuentro del que, realmente, iba a matarle. Recibió diez balas en
el pecho y cayó muerto. Ince, disfrazado de fantasma, disparó contra nosotros,
incendió el depósito de gasolina del surtidor y huyó después de tirar junto al
cadáver del mecánico una libreta de caja de ahorros. La había encontrado en el
despachito del mecánico, y como para hacer ingresos no es preciso que vaya el
propio interesado, no le costó ningún esfuerzo ingresar diez mil dólares en la
cuenta del pobre hombre. La libreta era una prueba terrible contra él.
Demostraba que había sido sobornado por alguien para que ocultase que la
dirección había sido rota.
—Muy listo, señor Straley —dijo Ince.
—No pretendo ser más listo de lo que en realidad soy
—contestó Duke—. Usted ha abusado de la listeza. Le dije que la obra de su
padre y de su abuelo podía, en manos de usted, subir al cielo o hundirse en el
infierno. Su nuevo auto para el Ejército no se podrá fabricar. Carece usted de
dinero. Contaba con la herencia de su mujer. Estaba dispuesto a envenenarla sin
remordimiento alguno para hacerse con diez o con veinte millones. Por eso,
astutamente, procuró que ella fuera la última en beber; así sería la última en
morir. Aquella de las cuatro que muriese la última habría heredado, antes, la
fortuna de las demás. Sheridan sólo recibiría diez millones. Usted confiaba en
treinta o más. Legalmente, un segundo de diferencia en la muerte de dos
personas puede hacer cambiar de manos una herencia. Por eso, también, mataron
antes a la madre, para que las hijas heredasen a Ofelia.
—Ya le dije que estaba bien planeado —replicó Ince.
—Sí. Muy bien. Como lo de los cartuchos. Un día fue a la
fábrica de Warrick. Usted le dio alguna excusa; pero él comprendió que algo
anormal se ocultaba en aquellos cartuchos. Si Prima hubiese muerto a causa de
la explosión, usted habría ido a Sing—Sing y a su silla eléctrica. Pero ya que
no podía matar así a Prima, utilizó los cartuchos para engañarme a mí.
Representó el papel de hombre enamorado y dispuesto a todo por su amor. Y no
cabe duda de que ha logrado lo que se proponía. Prima está viva. Me debe usted
un cuadro de Goya.
—Puede irlo a retirar de mi casa, cuando quiera.
—No dejaré de hacerlo —prometió Duke—. Sólo le diré que la
"Rodamina R" es un tinte muy débil si se aplica en las manos.
Desaparece a las pocas horas. Lo olvidaron.
—Pero... —tartamudeó Ince, muy turbado.
—Identifiqué en seguida el tinte, y al tener las pruebas
necesarias de su culpabilidad, le vertí polvos de "Rodamina R" en los
bolsillos. A usted y a Sheridan. Esa fue la causa de su magnífica
fluorescencia. Si se hubiera limitado a escuchar en vez de responder y admitir
que eran ciertas todas mis suposiciones, no le podríamos detener. Y su amigo
aún estaría vivo. La conciencia actúa con una fuerza inmensa incluso en
aquellos que creen no tenerla.
—¿Por qué mataron al juez? —preguntó Max.
—En realidad para que no celebrase las bodas de las
mellizas; pero al ocultar el libro de actas en el cuarto de Warrick, dirigieron
hacia éste las sospechas. Él quería borrar toda huella de matrimonio legal. Por
eso destruía la hoja y el certificado, certificado que se había extendido por
duplicado.
Quarta Dorchester se volvió hacia sus hermanas mayores y
reprendió:
—¿Lo veis? Por haber ofendido a papá, ahora estáis sin
nadie que os quiera. Es vuestro castigo.
—No costará encontrar, en poder de Ince y en casa de
Sheridan, pruebas de la culpabilidad —dijo Duke, bostezando—. Me parece que ya
es hora de ir a dormir.
—Casi de levantarse —bostezó Max.
—¿Cómo obtuvieron la Rodamina y la lámpara? —preguntó
Ince.
—Las trajo el señor Mehl. Yo se lo encargué por teléfono
desde la casa del juez Pollard.
—¿Puedo fumar uno de esos cigarrillos? —preguntó Ince,
señalando el cadáver de Warrick.
—Eso después de pasar un rato en la silla eléctrica
—respondió Duke—. Prometí enviar a ella al asesino de Pollard.
Ince se encogió de hombros.
—Sólo se muere una vez —dijo—. Por muy largo que sea el
trance no dura más de dos minutos. Cuando quieran, señores.
Los policías lo sacaron hacia un coche que esperaba fuera.
Otros policías quedaron en la casa para retirar los cadáveres. Las hermanas
subieron a sus habitaciones. Última dormía apaciblemente, conservando el sueño
que vertió en su oído la última voz de su padre.
Susana bostezó y desperezóse.
—Estoy muerta —gimió—. ¡Qué noche de bodas!
Max retorció la espalda y rascóse la nuca con gran
energía.
—Estoy que no me tengo —resopló.
Dulce se pasó fuertemente las manos por el pecho, flexionó
las piernas y por fin se dirigió hacia la puerta. Susana siguió como si fuese a
la muerte, arrastrando los pies, caída la cabeza sobre el pecho, revuelto el
cabello y arrugado el traje. Max caminaba envarado. Dio un par de órdenes entre
otros tantos bostezos. Luego subió al coche de Duke y se tumbó en el asiento
trasero.
—Tendrán que empujar tus hombres —dijo Duke—. No llevo
corriente. Las baterías están desconectadas.
—¡Eh, vosotros! —llamó Max—. ¡Empujad!
Tres policías fueron empujando el "Meteoro",
hasta que le hicieron adquirir suficiente velocidad. Roncó el motor y el coche
marchó hacia la ciudad.
—Pero, ¿quién mató a Gonzaga y a Coli? —preguntó Max Mehl
intrigadísimo.
—Ella —contestó Duke—. Lo tomó como pasatiempo hasta que
se dio cuenta de que se estaba jugando la cabeza. Warrick cargaba con las
culpas. Él sólo mató al hombre con quien le confundieron. Y debió de ser cara a
cara.
—¡Pobre Warrick! —suspiró Susana—. Era simpático. Cuando
vea a Edward Arnold pensaré en él.
Duke bostezó estruendosamente. Max Mehl respondió con un
ronquido. Susana acurrucóse contra Duke y apoyó la cabeza en su hombro.
—Ahoya estoy bien —ronroneó.
Pero él estaba mal. Bostezando de nuevo, desvió el auto
hacia un camino lateral, lo detuvo bajo un frondoso nogal, paró el motor y
acomodándose lo mejor posible en el asiento delantero, de forma que Susana no
estuviese incómoda, bostezó con más fuerza.
—Es una hermosa noche de bodas —musitó Susana.
—No la olvidaremos jamás... —replicó Duke, adormilado ya.
—Debajo de un árbol, en un auto y con un jefe de policía
en el asunto posterior.
Duke no respondió. Con un destello de conciencia aún en
este mundo, Susana Cortiz de Straley ronroneó:
—Y... sin embargo... es hermoso... muy hermoso.
FIN
Digitalización: Antonio González Vilaplana
Publicación: Editorial Molino, noviembre de 1946

