Libros Más Recientes

Emancipación N° 1051. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1050. VER CANAL EMANCIPACIÓN

Emancipación N° 1049. VER CANAL EMANCIPACIÓN

PODCAST REVISTA

Libro N° 4101. La Muerte Llama Tres Veces. Figueroa Campos, J.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4101. La Muerte Llama Tres Veces. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de 2017.

Título original: ©  La Muerte Llama Tres Veces. J. Figueroa Campos

 

Versión Original: © La Muerte Llama Tres Veces. J. Figueroa Campos

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/03/la-muerte-llama-tres-veces-j-figueroa.html#more

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://libros-gratis.com/wp-content/uploads/2016/07/la-muerte-llama-tres-veces-jose-mallorqui-j-figueroa-campos.jpeg

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MUERTE LLAMA TRES VECES

J. Figueroa Campos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Annotation

 

Sexta aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley, era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos, ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros héroes se había perdido.

Duke, en ese sentido, recuperaba el glamour de los anteriores héroes, supuso un chorro de aire fresco ante tanto héroe español. En sus persecuciones, empleaba un increible coche de 120 caballos provisto de una estruendosa sirena que no tenía reparos en hacer sonar, pero, además, estaba surtido de toda clase de gadgets tecnológicos al más puro estilo James Bond. Evidentemente, tenía una novia, Susana Cortiz, y acabó desposándola en el último número de la serie, el décimo, pasando a dedicarle a su mujer, los ratos de ocio que antes empleaba para perseguir criminales, sectas orientales y científicos locos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. Figueroa Campos

LA MUERTE LLAMA

TRES VECES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DUKE nº 6

Autor: José Mallorquí como J. Figueroa Campos

©1944, Editorial Molino

Colección: Hombres audaces

Generado con: QualityEPUB v0.28

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

EL REVOLVER DE JESSE JAMES

Los rascacielos de San Francisco son, sin duda alguna, infinitamente más bonitos que los de Nueva York. Quizá no sean tan altos como los que más, pero, en cambio, son infinitamente más blancos. La niebla de San Francisco no se parece en nada a la de Nueva York. Es una niebla limpia, que huele sólo a humedad, y no a fango, humo, azufre y carbones quemados, y que sabe a basura cuando se mete por la boca y la nariz dentro del organismo del que la aspira. Por ese motivo principal los rascacielos de San Francisco son blancos, puros, conservando todo el primitivo color, sin esos chorretones que suelen adornar los más claros edificios de la gran metrópoli del Hudson.

Si alguien hubiera escrito una carta a uno de los inquilinos de cierto rascacielos de la ciudad, no hubiese necesitado escribir la dirección completa: con sólo que debajo del nombre del inquilino hubiera escrito: "Edificio Blamey-San Francisco", la carta hubiera llegado a su destino, pues el Edificio Blamey era un rascacielos blanco, recién terminado, y que poseía la suficiente altura para que fuese necesario indicar la calle en que se levantaba y el número que ocupaba en ella. Todos los carteros conocían el Edificio Blamey, ocupado por unas mil quinientas oficinas y, en su parte superior, por la vivienda de Herman Blamey. Esta parte superior constaba de tres pisos que se levantaban sobre una terraza o roof-garden.

Herman Blamey era famoso por sus millones ganados en audaces operaciones financieras y por su colección de armas de fuego, sobre todo de armas americanas, de las que poseía una colección como no podía hallarse igual en ningún museo ni armería, y que estaba valorada en más de dos millones, sobre todo por los ejemplares especiales que guardaba en ella.

En el momento en que llegamos a él, Herman Blamey estaba mostrando a una joven y a su compañero uno de dichos ejemplares.

—Es la joya más bella de mi colección —decía, acercándola a la luz que sobre ella proyectaba una lámpara de despacho de pantalla movible—. En apariencia no es más que un simple revólver Colt, modelo de Caballería, calibre cuarenta y cuatro. En cualquier tienda de antigüedades se podrían comprar varias docenas de revólveres iguales a este por unos diez o doce dólares cada uno. Serían iguales en todos sus detalles, excepto en esto.

El dedo índice de Blamey señaló una de las cachas de nogal del revólver. En ella veíanse hábilmente talladas las iniciales "J. J.".

—¿Comprendes, Christina, lo qué significan estas iniciales?

—No —sonrió la muchacha, que vestía un elegante traje de noche, un no menos elegante peinado, y un rostro delicioso—. No estoy muy fuerte en cuestiones de armas.

—Significan un nombre famoso en el Oeste —siguió el señor Blamey—. ¿Y tú, Hendrik? ¿No adivinas?

La pregunta iba dirigida al joven que acompañaba a Christina Eberling y que físicamente tenía cierta semejanza con el famoso financiero, sobre todo en la nariz, cuya aquilina curva era idéntica.

Hendrik Blamey, sobrino de Herman, hubiese podido contestar afirmativamente a la pregunta de su tío, pues estaba bastante bien informado de las adquisiciones de armas que éste realizaba; pero sabía también cómo gozaba Herman Blamey asombrando a los que se sometían al martirio de contemplar una colección de hierros viejos que sólo tenían belleza para el millonario y para los otros locos como él. Por ello, tras una sonrisa que quizá era la causa de que Christina Eberling se hubiese prometido a él, y que dejó al descubierto una magnífica y blanca dentadura, Hendrik movió negativamente la cabeza.

—No —dijo—. No adivino.

—Es un nombre que ahora ha vuelto a hacer famoso el cine y que en mi infancia robaba los corazones de todos los muchachos. ¡Jesse James, el proscrito, el ladrón de trenes, el salteador de ciudades y de Bancos!

—¡Jesse James! —exclamó Christina—. Hace sólo unos días vi la película en technicolor... ¿Es ese el revólver que usó aquel famoso bandido?

—Sí —contestó Herman Blamey, muy satisfecho del efecto que sus palabras habían producido—. Este es uno de los dos revólveres que Jesse James usó más a menudo. Cuando Bob Ford le asesinó, este revólver y su compañero estaban sobre una mesa cercana. Si Jesse lo hubiese llevado encima, Bob Ford no se hubiera atrevido a matarle... ni aun por la espalda, como lo hizo.

—Pero ¿cómo se prueba que haya pertenecido a Jesse James? —preguntó Hendrik—. Esas iniciales pudo haberlas tallado cualquiera.

Nada agradaba tanto a Herman Blamey como discutir de un asunto en el que estaba seguro de tener razón.

—No me creerás tan ingenuo como para haber aceptado a tontas y a locas semejante afirmación. Ya sé que estas iniciales podrían haber sido talladas por cualquiera incluso en la actualidad. O bien que podrían ser las iniciales de un Jim Jones, o Jack Jarrolds, o cualquier otro nombre y apellido que reuniera, como en el caso de Jesse James, dos jotas. No. Este revólver perteneció, antes que a Jesse James, a Mick Karpis, ambulante de Correos, que fue asesinado por James en el asalto al tren en Salomón City. Tengo un certificado de la casa Colt, de Hartford, en el cual se indica que el Colt número 253.498 figura entre los vendidos al Gobierno en el año mil ochocientos setenta y cinco. El Gobierno, como se indica en este documento, que es copia del original que se guarda en Washington, incluyó el revólver en el cupo que entregó a los ambulantes de Correos para defenderse de los ya continuos ataques de que eran víctimas —mientras hablaba, el millonario iba sacando de un sobre de papel manila una serie de documentos escritos a máquina y de copias fotográficas—. Este otro documento de la Dirección General de Correos certifica que el revólver Colt número 253.498 fue entregado al ambulante de Correos Michael Karpis. Cuando ese pobre joven fue asesinado por Jesse James, en el año mil ochocientos setenta y seis, su revólver desapareció y, según declara William Chadwell en su libro "Yo pertenecí a la banda de Jesse James", Jesse recogió el revólver, después de matar a Karpis, y comentó que se trataba de un arma excelente que podía serle de mucha utilidad. Chadwell dice que su jefe guardó el revólver y que lo utilizó varias veces. Ya sé que a pesar de todo estas pruebas podrían resultar dudosas; pero en el Museo del Oeste, de Salt Lake City, se guardan varios proyectiles disparados por Jesse James y que fueron extraídos de los cuerpos de sus víctimas. Por petición mía, el jefe de la Policía Federal ha sometido dichos proyectiles a un minucioso examen científico, y aquí tengo el certificado que extendió el Laboratorio Federal de Investigaciones Criminales. Como podéis ver, se certifica que siete de los veintiocho proyectiles examinados fueron, sin ningún género de dudas, disparados con el revólver Colt 253.498 Es decir, con este revólver, también se dice que otros tres proyectiles parecen haber sido disparados igualmente con la misma arma; pero el mal estado en que se encuentran las marcas de las estrías impide asegurar que correspondan a mi arma. Creo que no puedo decir que al pagar diez mil dólares por él me hayan estafado.

—No, realmente parece ser legítimo —declaró Christina Eberling, sonriendo a su tutor, que le administraba la escasa fortuna que sus padres le habían dejado—. ¿A cuántos ha matado esa arma?

—Seguro que ha matado a tres hombres; pero es muy posible que ocho o nueve más murieran a consecuencia de sus disparos.

Christina alargó la mano y cogió el revólver.

—Parece mentira que con esta arma se hayan cometido varios crímenes —dijo—. Vista así parece casi inofensiva.

—Pero no levantes el percusor, pues está cargada y podría dispararse sola —advirtió Herman.

Christina retiró el dedo que tenía apoyado en el gatillo y examinó durante unos instantes el arma. Por fin la dejó sobre la mesa, encima del sobre que contenía los documentos de "identidad" del revólver.

—La voy a colocar en el sitio de honor —declaró Herman Blamey—. Es uno de los ejemplares únicos que poseo, y merece una urna de cristal.

—Me extraña que no posea algún rifle o revólver de Buffalo Bill —dijo Christina.

Blamey sonrió.

—No sólo poseo uno, sino tres —contestó—. Pero el tener armas de Buffalo Bill Cody no es extraordinario. Dejó casi un centenar y existen ejemplares en numerosas colecciones privadas y oficiales. Fíjate.

Guió a su pupila y a su sobrino hasta uno de les armarios que ocupaban los lados del despacho y que estaban completamente llenos de fusiles de distintos modelos. Señaló tres de ellos, bajo los cuales se veía una placa de latón con el nombre del famoso explorador del Oeste.

—Un Sharps modelo mil ochocientos sesenta y siete, calibre cincuenta. Otro Sharps, calibre cuarenta y cuatro ciento cinco y un Evans, de treinta y cuatro tiros, modelo casi único.

Herman Blamey fue mostrando a la joven y a su sobrino los restantes rifles, revólveres, derringers que completaban la colección de peligrosas armas.

Fue nombrando las marcas de los rifles : Un Colt, con cilindro exacto al de los revólveres; un Spencer; varios Henrys; algunos Springfield; otro Evans, de veinte tiros; dos Ballard; un Bullard; una colección completa de Remingtons; dos Phoenix; una serie interesantísima de Winchesters, desde que la famosa armería adquirió las patentes Henry; algunos Joslyn; varios Sharps, construidos en Richmond por los confederados, durante la guerra de Secesión, y, por último, revólveres Lefaucheux, con cartuchos de chimenea, utilizados en el Oeste, y algunos de los cuales al largo cañón agregaban una bayoneta plegable.

Al cabo de una hora terminó el examen de las armas y Blamey, después de consultar su reloj, anunció:

—Creo que, por hoy, os he dado ya bastante la lata con mi manía. Podéis volver a la fiesta. Espero al señor Trollop —y comprendiendo que Christina ignoraba a quién se refería, explicó, para ella:— Es mi cajero y jefe de contabilidad —luego, dirigiéndose a su sobrino, agregó:— Parece ser que ha averiguado la verdad acerca de nuestro desastre en la venta de las acciones Pitter.

—¿De veras? —preguntó Hendrik, expresando un gran interés.

—Él dice que sí, y además asegura que podremos rehacernos del fracaso. Es el primero que he tenido en mi carrera y siento un gran resquemor al pensar que otro ha sido más listo que yo y ha adivinado mi juego. Pero esto no interesa demasiado a Christina. Preferirá bailar contigo. Hasta luego.

Blamey acompañó a los dos jóvenes hasta la puerta del despacho y sonrió, complacido, al verlos alejarse. Sentía un gran cariño por Christina y por su sobrino, el más cercano de sus parientes, y que figuraba en lugar preeminente en su testamento. Hendrik ocupaba un importante puesto en las oficinas de "H. Blamey", y aunque poseía un modesto capital heredado de su padre, hermano de Herman, estaba destinado a ser, según todos los pronósticos de los entendidos, uno de los primeros financieros de la nación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Christina a su novio, mientras descendían a la terraza, donde tenía lugar la fiesta dada por Herman Blamey—. ¿A qué se refería al hablar de su desastre?

Hendrik vaciló un momento.

—Es un asunto un poco reservado, Christina —dijo—. No debiera hablarte de él.

—Pero me hablarás, ¿verdad? —sonrió la joven.

Hendrik también sonrió.

—Claro —dijo—. Pero no debes repetir a nadie mis palabras. Por lo menos mientras no se aclare ese misterio.

—Te lo prometo —aseguró la joven—. ¿Te perjudicaría si lo hiciese?

—Perjudicarías a tío Herman, pues si llegara a saberse en el mercado la suma exacta que ha perdido, su crédito se tambalearía.

—Pero, ¿qué es lo que ha sucedido?

—Tío Herman poseía diez mil acciones de la Pitter Minning Company. Se trata de una sociedad minera que se fundó hace unos tres años y que emitió veinticinco mil acciones. No parecía ser una Compañía muy importante, y tuvo bastante dificultad en colocar todo el papel emitido. Tío Herman no se interesó por ella hasta que supo que la Pitter sólo había podido vender quince mil acciones, y eso aún gracias a grandes primas concedidas a los agentes de Bolsa. Alguien habló con tío Herman y le dijo algo que le movió a comprar en globo aquellas últimas diez mil acciones. Y no sólo eso, sino que intentó adquirir, por lo menos, otras tres mil, a fin de tener una mayoría en el Consejo de Accionistas. No lo logró y transcurrieron unos meses, mejor dicho, un año y medio. De pronto empezó a circular el rumor de que la Pitter Minning Company no podría pagar, en el próximo trimestre, los intereses de sus acciones. Interrumpióse la negociación de sus valores en tanto que los financieros estudiaban el asunto. Tío Herman, fue el mejor informado y, gracias a alguna de sus tretas o sobornos, pudo averiguar que los de la Pitter habían descubierto nuevos yacimientos de bauxita, para la fabricación de aluminio, y que trataban de recuperar todo el papel emitido. Pero aún no tenían reunido el capital necesario y tío Herman decidió aprovechar la oportunidad provocando un pánico general en la Bolsa, mediante una fuerte baja. Un día determinado lanzó a la venta, paulatinamente, todas sus acciones de la Pitter. Al quedar el mercado saturado de un papel en el cual nadie tenía excesiva confianza, la cotización bajó. Los de la Pitter trataron de contener la baja y compraron el que pudieron, con el fin de que el capitalista con quien estaban en tratos para aumentar el capital no se asustara. Pero el hombre, al ver que no sólo todos rechazaban los Pitter en venta, sino que los demás accionistas se apresuraban a vender los suyos, se negó a continuar las negociaciones con la empresa, y ésta, encontrándose casi en descubierto, tuvo que reponer en venta los valores adquiridos. Por entonces el mercado estaba ya saturado de Pitters, y la cotización había bajado de ochenta dólares por acción a cincuenta. Tío Herman siguió vendiendo a ese precio.

—Yo no entiendo mucho de negocios —dijo Christina—; por eso no comprendo qué fines perseguía tío Herman vendiendo valores más baratos de lo que le habían costado.

—Muy sencillo. Tío Herman pensaba desprenderse de todos sus valores; y cuando los Pitter estuviesen a veinticinco o a menos, realizar una operación audaz y comprar no diez mil, sino veinte a veintidós mil. De esa forma adquiriría el dominio de la Pitter a tiempo de aprovecharse de la publicación de la noticia de los nuevos descubrimientos de bauxita. Si los de la Pitter Minning Company hubiesen dado la noticia a su debido tiempo, las acciones habrían subido a cien o a ciento diez dólares; pero, una vez provocado el pánico, todos los esfuerzos de la Compañía minera para evitar el hundimiento de sus acciones fueron inútiles. Tío Herman había dado orden de que cuando los valores llegaran a veinticinco, sus agentes compraran todos los existentes en el mercado; pero, al ver que la baja era casi vertical, dio contraorden y dijo que se comprase a veinte dólares. Y aquí estuvo su error, pues alguien, que debía de estar bien enterado movilizó a una veintena de agentes y al llegar los valores a veintitrés empezaron a comprar en masa, y en una mañana, antes de que tío Hernian pudiera evitarlo, las Pitter desaparecieron en el mercado, acaparadas por aquellos agentes. Cuando tío Herman quiso recobrar lo perdido era ya tarde. En una mañana se habían adquirido paso de veinte mil acciones de la Pitter y nadie pudo averiguar quién había sido el director de la audaz operación. Luego se fueron confirmando las noticias de que los descubrimientos de yacimientos de bauxita no eran falsos, y ahora las pocas Pitter que se hallan en el mercado se pagan a ciento dos dólares. En cambio, el desconocido que compró las veinte mil acciones pagó por ellas, como máximo, veinticinco dólares.

—¿Y no se sabe quién es ese hombre? —preguntó Christina, en el momento en que entraban en el salón donde se celebraba la fiesta.

—No. Hasta ahora no se ha podido averiguar si se trata de un financiero, de una entidad bancaria, o, siquiera, si fue el Gobierno quien, para cortar de raíz lo que podía provocar un pánico que se extiende a los demás valores y causar un crack como el de mil novecientos veintinueve, envió a un agente para que adquiriese aquellos valores de una Compañía cuyos productos son tan necesarios para la industria bélica. El misterio sigue en pie; mas, por lo visto, Trollop ha averiguado algo. Estoy deseando saber de qué se trata.

Acababan de cruzar el salón donde se celebraba el baile y salían a la amplia terraza, en uno de cuyos lados se veía la piscina, que en aquella fiesta no se utilizaba, cuando otra pareja avanzó hacia ellos.

—¡Oh, Susana! —exclamó Christina, corriendo hacia la joven.

—¡Christina! —exclamó la llamada Susana, corriendo a besar con la mejilla la mejilla de su amiga—. Creí que no te encontraría.

Luego, volviéndose hacia su compañero, dijo, dirigiéndose a Christina Eberling:

—Christina, te presento a un buen amigo mío, el señor Duke Straley.

—¡Duke! —exclamó Christina—. ¡El aventurero millonario!

—El mismo —siguió Susana Cortiz—. Me acaba de ayudar a salvar a un cliente que se encontraba en un grave apuro. En pocos días ha resuelto dos casos muy misteriosos. Dentro de una semana marchará a Nueva York.

—He oído hablar muchísimo de usted, señor Straley —dijo Christina—. Han llegado hasta mí rumores de su fantástica intervención en el asunto de los dragones. ¿Puede explicarme qué ocurrió en realidad?

—No puedo, pues se trata de un asunto muy reservado. Además no fui yo el héroe principal.

Mientras hablaba, Duke fijaba en Hendrik una mirada de curiosidad que al fin fue debidamente interpretada por Christina, que se apresuró a hacer las presentaciones.

—Señor Straley, el señor Hendrik Blamey, mi novio. Hendrik, te presento al señor Duke Straley.

—¿Es usted el famoso...? —empezó Hendrik.

—Sí, parece ser que soy famoso —sonrió Duke—. ¿Usted debe de ser pariente del propietario de esta casa?

—Sí, mi tío es Herman Blamey, el famoso financiero.

Por un momento permanecieron apoyados en el parapeto de la terraza. Al otro lado de la calle se veía el esqueleto de acero de un rascacielos en construcción. Unos tablones de madera se destacaban de la oscura masa de vigas de acero.

—¿Será más alto que éste? —preguntó Duke, señalando el nuevo rascacielos.

—Unos diez pisos más —explicó Hendrik—. Tío Herman está muy disgustado.

Un hombre alto que cruzaba por entre las parejas que bailaban, provocó un ligero sobresalto en Christina. Dominando su emoción, dijo apresuradamente:

—Hendrik, me muero de sed. ¿Quieres traerme un refresco? Si es posible, que sea un chocolate batido.

—¿Otro para usted, señorita Cortiz? —preguntó Hendrik.

Christina hizo una rápida seña a Susana, que, comprendiendo los deseos de su amiga, contestó:

—Se lo agradeceré, Hendrik.

Cuando éste se alejaba en dirección al bar, Duke fue a decir algo, pero, en el mismo instante el hombre que había sido visto por Christina llegaba ante ella.

—Buenas noches, señorita Eberling —saludó. Dirigió luego una cortés inclinación de cabeza a Susana y otra a Duke, y continuó:— La he buscado en vano hasta ahora.

—Estuve en el despacho de mi tutor, señor Hewit. Le presento a mi amiga, la señorita Susana Cortiz. Susana, te presento al señor Arnold Hewit. Señor Straley, el señor Hewit.

Los aludidos murmuraron las obligadas frases de cortesía, y al cabo de un embarazoso silencio, Arnold Hewit propuso a Christina:

—¿Me concede este baile, señorita Eberling?

Christina contestó afirmativamente, y aceptando el brazo de Arnold Hewit, marchó con él a la sala donde se bailaba. Duke Straley y Susana Cortiz los siguieron.

—Parece que su amiga estaba deseando evitar que los dos hombres se encontrasen —dijo Duke.

—Es usted muy sagaz —rió Susana—. No se engaña. Christina opina que es mejor tener dos adoradores que ninguno. Pero lo malo de eso es que a veces los dos adoradores se encuentran juntos y entonces la pobre no sabe cómo salir del apuro.

—¿A cuál de ellos prefiere?

—A Hendrik. Es más joven y más atractivo; pero, en cambio Hewit es mucho más rico.

—Parece que unos segundos de baile han sido suficientes para cansarlos —indicó Duke—. Se marchan ya.

Christina Eberling abandonaba en aquel momento la sala, del brazo de su pareja.

—Tal vez vayan hacia los lavabos —indicó Susana.

—Yo diría que discuten —observó Duke—. Hewit debe de haber vislumbrado a Hendrik y sentirá celos. A veces el querer tomar demasiadas seguridades es peor que no tomar ninguna.

 

*****

 

Herman Blamey abrió la puerta del pequeño ascensor.

—Por aquí podrás salir sin que nadie te vea —dijo—. Ve con mucho cuidado con el dinero. Es casi un millón.

—No temas, Herman —sonrió el otro—. ¿Quién puede sospechar que llevo una fortuna tan grande?

—¿Estás seguro de que no corres ningún riesgo? —preguntó Herman—. Trabajas para gente peligrosa. Si por una indiscreción llegara a saberse la verdad acerca de las joyas... el crédito de...

—¡Cuidado! —interrumpió el otro—. Las paredes tienen oídos —luego, sonriendo, agregó:— Su Alteza Patrap Sing Bahanur, de Palwan, sabe que no ha de temer nada de mí. ¿Qué beneficios obtendría descubriendo la verdad a los habitantes del Principado de Palwan? Ningunos. Por eso no intentará nada contra mí y me despedirá como a un buen amigo que le ha hecho un favor digno de premio.

—¡Ojalá sea así! —declaré Herman—. Sentiría perder a un colaborador tan excelente. Adiós, Clifton.

—Adiós, Herman. Cuando sepa de otro negocio bueno ya te avisaré.

Cerróse la puerta del ascensor automático y Herman Blamey volvió a su despacho, sonriendo muy contento. Acababa de realizar uno de los mejores y más agradables negocios. Agradable desde el punto de vista del coleccionador de antigüedades, y excelente desde el punto de vista del financiero. Lo que Clifton Crounse le había entregado, a cambio de novecientos cincuenta mil dólares, valía, por lo menos, dos millones.

Cuando el señor Trollop entró en el despacho de su jefe le encontró sonriendo alegremente.

—¡Hola, Trollop! —saludó el señor Blamey—. ¿Es cierto que ha averiguado la identidad del que nos jugó la mala pasada de las Pitter?

—Sí, señor Blamey —contestó el cajero—. Al fin lo he podido averiguar.

—Entonces reconoceré que el día de hoy ha sido de mucha suerte. ¿Quién es?

—Aquí tengo las pruebas —dijo Trollop—. Las he descubierto al...

Los despachos modernos, y el de Herman Blamey lo era en grado sumo, tienen, para ciertas ocasiones, un grave defecto. Están hechos de forma que hasta ellos no pueda llegar ningún ruido del exterior. Tabiques de corcho o de fibra de cristal los aíslan completamente, y en ellos se puede trabajar sin estorbo alguno; pero... si los ruidos exteriores no llegaban al despacho de Herman Blamey, tampoco les ruidos interiores podían atravesar la barrera aisladora, y por ello absolutamente nadie oyó en la casa los cuatro disparos que una mano enguantada hizo con el revólver de Jesse James. Dos de aquellas pesadas balas alcanzaron a Herman Blamey y ambas le produjeron la muerte. Las otras dos se hundieron con las mismas fatales consecuencias en el cuerpo del cajero señor Trollop, que cayó de bruces al suelo, a pocos metros del cadáver de su jefe.

Descorrióse lentamente la cortina desde detrás de la cual habían partido los disparos y una figura humana inclinóse sobre la mesa, de encima de la cual tomó los documentes dejados por Trollop. Los dejó a un lado y colocó sobre ellos el revólver Colt número 253.498, que había cometido dos nuevos asesinatos. Enseguida las enguantadas manos rebuscaron dentro de la chaqueta de Herman Blamey hasta dar con un librito de notas y una niquelada llave. A continuación aquellas manos descorrieron otra cortina, dejando al descubierto una fuerte caja de caudales. Con ayuda de la anotación escrita en una de las páginas del cuaderno, movieron el disco de la caja de caudales. Luego, con la llave, acabaron de abrirla. Rebuscaron dentro de la caja durante unos segundos y se oyó una exclamación de disgusto al no hallar algo que sin duda suponían, estaba allí. Luego encontraron un estuche cuyo contenido hizo comprender que era inútil buscar más. Las manos sacaron el estuche, cerraron la caja de caudales, metieron estuche, documentos y revólver en un pequeño maletín de cuero, y luego fueron hacia la chimenea, encima de cuya repisa se veía una panoplia con armas antiguas, anteriores al invento de la pólvora. Una de aquellas armas era una ballesta. Las manos la cogieron junto con un dardo. Unos instantes después se oyó una vibración; luego, las manos volvieron a colocar la ballesta en su sitio.

Habían transcurrido dos minutos justos desde que Herman Blamey regresara a su despacho para recibir a Trollop, cuando las manos aquellas, siempre protegidas por los guantes, cerraban la puerta del despacho donde acababa de cometerse el doble crimen, y en el cual sólo quedaron los dos cadáveres y la densa humareda producida el detonar de la pólvora negra de los cartuchos del viejo revólver que había sido utilizado sesenta años antes por Jesse James, el prescrito.

 

CAPÍTULO II

FIN DE FIESTA

Christina Eberling, salió de uno de los varios lavabos instalados en la planta baja de la vivienda de Herman Blamey. Estaba muy pálida y se advertía que hacía esfuerzos por serenarse. También se advertía que su sonrisa no era natural, sino resultado de un esfuerzo por disimular una gran emoción.

Arnold Hewit levantóse de su asiento y fue hacia la joven. Advirtiendo lo descompuesto de su semblante, pregunto:

—¿Tanto la afecta el que le haya pedido de nuevo que sea mi esposa?

Christina tardó unos instantes en responder.

—No, no es eso —dijo—. Es que... ¡Oh, no me pregunte nada ahora!

—¿Por qué?

—Se lo ruego, Arnold.

—Como usted quiera, Christina. ¿Desea volver al salón?

—Sí... sí.

Cuando entraron de nuevo en la amplia estancia donde se celebraba el baile, la orquesta daba los últimos compases y las parejas se separaron.

Duke y Susana Cortiz vieron a Christina Eberling y a Arnold Hewit cogidos del brazo, como si hubiesen terminado de bailar.

—¿Y el otro novio? —preguntó el famoso aventurero.

Como respondiendo a su llamada, Hendrik Blamey apareció junto a ellos. Traía en las manos dos altos vasos de batido de chocolate. La espuma había perdido parte de su consistencia y aparecía hundida en los vasos. Era indudable que los refrescos habían estado bastantes minutos en manos del joven.

—¡Oh! —exclamó Susana Cortiz—. Me había olvidado por completo del refresco.

—No es usted la única, señorita —respondió Hendrik, dirigiendo una mirada de disgusto hacia Hewit y Christina—. Alguien más parece haberse olvidado de que me encargó un refresco.

Susana bebió el batido de chocolate y, maquinalmente, con temblorosa mano, Hendrik se llevó a los labios el otro vaso y bebió lentamente su contenido.

Duke le observaba con divertida atención. Por culpa de la indiscreción de una muchacha dos hombres estaban odiándose. Iba a pensar que las mujeres son un gran estorbo en la vida de los hombres cuando su mirada, al fijarse un momento en Susana Cortiz, alteróse y se hizo más humana, a la vez que una amplia sonrisa llenaba su rostro. No, indudablemente las mujeres no eran un estorbo; lo malo en ellas era la endiablada complicación de su carácter. Sacó uno de sus cigarrillos especiales, lo encendió y, a través del humo de las primeras chupadas, vio como Hendrik Blamey seguía con dura mirada todos los movimientos de su novia. Con ese deseo tan propio de los hombres de aliviar a un compañero en sus penas de amor, Duke dijo, para distraer la atención de Hendrik:

—He oído decir que su tío es un gran coleccionista de armas de fuego.

—Sí —contestó, distraído, Hendrik—. Tiene muchas.

—Yo también colecciono algunas armas —explicó Duke, mientras procuraba arrastrar a Susana y a Hendrik fuera de la sala—. Recibo los más modernos catálogos de armas y elijo en ellos las armas que me parecen más seguras.

—Mi tío se dedica a coleccionar armas antiguas y, sobre todo, armas de fuego de las que se utilizaron en el Oeste. No hace mucho nos enseñó un revólver que había pertenecido al famoso bandido Jesse James. Es su última adquisición.

—¡Ah! Me gustaría mucho verlo —aseguró Duke.

—Si dice usted eso a mi tío le dará la mayor alegría de su vida —sonrió débilmente Hendrik—. No hay nada que le agrade tanto como el enseñar su colección. Más tarde podemos subir a su despacho y pedirle que le enseñe sus armas predilectas.

—¿Por qué no, ahora? —preguntó Duke.

—Mi tío está conferenciando con su cajero. En cuanto el señor Trollop se marche subiremos.

Habían llegado a la terraza y, señalando hacia una de las iluminadas ventanas del segundo de los tres pisos que coronaban el rascacielos, indicó:

—Ese es el despacho de mi tío.

Hendrik quedó callado un momento y luego, consultando su reloj, dijo:

—Quizá ya se haya marchado. Preguntaremos a Williams, el mayordomo, si Trollop se ha marchado ya.

Cruzando otras habitaciones semidesiertas, y evitando el salón de baile, Hendrik guió a Duke y a Susana hasta el vestíbulo, del cual partía una amplia escalera de roble que conducía a los pisos superiores. Un hombre alto, muy grueso, de rostro entre majestuoso e inexpresivo, vestido de negro y respondiendo en todos sus detalles al tipo clásico del mayordomo de Hollywood, se paseaba lentamente por el vestíbulo. Duke, al fijarse en los ojos de aquel hombre, se dijo que muy pocas cosas debían de escaparse a su sagaz mirada.

—Hola, Williams —saludó Hendrik.

—Muy buenas noches, señorito Hendrik —replicó el mayordomo con una inclinación que incluyó, también, a Susana y a Duke.

—¿Tiene visita mi tío? —preguntó Hendrik.

—Dos visitas —respondió Williams.

—¿Dos? Creí que sólo esperaba al señor Trollop.

Williams logró ese milagro propio de los buenos mayordomos que es el expresar el encogimiento de hombros sin mover éstos ni ninguna otra parte de su cuerpo. Con ello quería decir Williams que ignoraba si realmente su amo esperaba a dos visitantes o a uno solo y, además, que no consideraba de su incumbencia los asuntos del señor Blamey.

—¿Y están los dos arriba? —preguntó Hendrik.

—Ninguno de ellos ha salido por esta puerta —contestó, cautamente, el mayordomo, agregando:— El señor Trollop utiliza a veces el ascensor particular del señor Blamey.

—Entonces... es posible que ya se hayan marchado —observó Hendrik—. Podemos subir y comprobarlo, señor Straley. No, Williams, no es necesario que avise a mi tío.

Hendrik Blamey guió a Susana y a Duke escalera arriba y después de recorrer un corto pasillo torció a la derecha y llegó por fin a una amplia sala o vestíbulo, al fondo de la cual se veía la puerta del despacho del dueño del rascacielos.

Ningún ruido llegaba desde el otro lado de la puerta; pero esto no era de extrañar teniendo en cuenta la moderna construcción del edificio. Hendrik llamó con los nudillos. Primero suavemente, luego con más fuerza.

—Debe de haber salido —dijo, volviéndose hacia Duke y Susana—. Tendremos que aguardar a que vuelva, pues la puerta tiene una cerradura automática y cuando tío Herman sale siempre cierra de golpe. No se desprende nunca de la llave y así puede dejar siempre aseguradas sus colecciones de armas.

—¿Ha disparado recientemente su tío alguna de sus armas? —preguntó, de súbito, Duke.

—¿Cómo? —preguntó Hendrik—. No... no ha disparado...

El rostro de Susana Cortiz iluminóse de pronto y, lanzando una exclamación de alegría, la joven declaró:

—Ya sé. El señor Straley ha preguntado eso porque en el aire se percibe un olor bastante pronunciado a pólvora quemada, semejante al que llena las calles el día de la fiesta nacional.

—Es verdad —asintió Hendrik—. Huele a pólvora quemada. Pero no creo que se haya disparado ningún arma. Hubiésemos oído...

Interumpióse y miró con expresión de susto a Duke. Éste afirmó con la cabeza, diciendo:

—Aunque se hubiese hecho algún disparo no se habría oído. Esta casa está hecha a prueba de ruidos.

Sin replicar, Hendrik aporreó fuertemente la puerta con los puños, sin que, a pesar de la conmoción a que se veía sometida la puerta, nadie, desde dentro, la abriese. A los golpes unió luego, el joven, la voz, llamando:

—¡Tío Herman! ¡Tío Herman!

Silencio.

Al fin Hendrik se volvió hacia Duke y, con él rostro demudado, preguntó:

—¿Qué puede haber ocurrido?

Duke se encogió de hombros.

—No tengo la menor idea. Lo mejor sería abrir la puerta y averiguar qué ha pasado.

—Sólo existen dos llaves —respondió Hendrik—. Una la llevaba siempre mi tío colgada de la cadena de su reloj. La otra está guardada en la caja de caudales de la oficina. Si mi tío está dentro no nos queda otro remedio que buscar la otra llave... y tardaríamos, por lo menos, una hora en tenerla aquí. Habría que llamar al señor Trollop y pedirle que fuese a recoger la llave...

—¿No debe estar el señor Trollop dentro del despacho? —preguntó Duke.

—Si estuviese hubiera contestado a las llamadas, a menos que también él...

—¿Qué? —preguntó vivamente Duke.

—Quiero decir que también a él puede haberle ocurrido algo —dijo Hendrik—. No comprendo este silencio.

De pronto su rostro se iluminó y atravesando el vestíbulo fue hacia un teléfono de comunicación interior. Apretó uno de los botones numerados y aguardó con el auricular junto al oído. Repitió varias veces la llamada y su rostro volvió a ensombrecerse.

—No contesta —dijo, volviéndose a Duke.

—Creo que es preferible que bajemos de nuevo al salón —indicó el aventurero—. Puede que esté por allí y se ría de nosotros cuando le expliquemos nuestros temores.

Como el sediento que en medio del desierto descubre de pronto un cercano oasis, Hendrik corrió hacia la escalera, seguido por Duke y la señorita Cortiz.

Pero una rápida investigación por la planta baja, seguida por un ansioso interrogatorio de los sirvientes y de los invitados, dio un resultado negativo. Nadie había vista a Herman Blamey.

—¿Tienen una escalera bastante alta? —preguntó, de pronto, Duke, dirigiéndose al mayordomo Williams.

—Perdón, señor —replicó el mayordomo—. ¿Ha pedido una escalera?

—Sí —explicó Duke—. Para colocarla en la terraza y subir hasta la ventana del despacho. Así podremos ver si hay alguien dentro del despacho del señor Blamey, o si al salir se olvidó de apagar la luz.

Con su proverbial eficiencia, Williams replicó:

—No tenemos una escalera, tan alta; pero podemos pedirla al conserje. Él tiene una...

—No pierda ni un momento —pidió Duke—. Los minutos pueden ser valiosísimos.

Yendo al teléfono, Williams, con voz autoritaria, pidió que se subiese enseguida la escalera más alta. Cinco minutos después, el conserje y su ayudante apoyaban una escalera contra la pared, en la terraza, y comprobaban que llegaba, justa, hasta la ventana del despacho de Herman Blamey.

La fiesta habíase interrumpido y todos les invitados se hallaban congregados en la terraza, esperando la solución trágica o cómica de aquel incidente.

—Subiré yo —dijo Hendrik Blamey—. Como familiar me corresponde...

—Desde luego —interrumpió Duke—. Suba enseguida.

Con la torpeza de quien no está familiarizado a subir por escaleras de mano, Hendrik fue subiendo lentamente hasta la ventana del despacho. Los que le observaron advirtieron su evidente sobresalto y se asombraron de la rapidez con que regresó al firme suelo de la terraza. Al llegar allí se detuvo y apoyóse pesadamente en la escalera. Tardó unos segundos en poder hablar y, cuando lo hizo, anunció:

—Están muertos... Los dos.

—¿Quiénes son esos dos? —preguntó Duke, que se mantenía sereno en medio del desconcierto general.

—Mi tío y el señor Trollop —jadeó Hendrik.

—¿Cómo sabe que están muertos? —preguntó el millonario.

—Pues... Están caídos en el suelo, señor Straley. No se mueven.

Sin esperar más explicaciones, Duke subió por la escalera con la agilidad de un marinero y miró a través de los cristales. Sacando del bolsillo un pañuelo protegió con él la mano derecha y empujó suavemente la ventana. No necesitó repetir el esfuerzo para convencerse de que estaba bien cerrada y sería imposible abrirla desde fuera. Por ello volvió a bajar, y dirigiéndose a Williams, ordenó, en medio del silencio de todos:

—Señor Williams, tenga la bondad de llamar a la jefatura de Policía, a la Brigada de Investigación Criminal. Dígales que creemos que al señor Blamey le han asesinado.

Un murmullo de asombro y horror corrió por los labios de todos los invitados. Dirigiéndose a ellos, Duke siguió:

—Aunque no tengo ninguna autoridad, creo, señores, que es mejor que ninguno de ustedes abandone la casa hasta que la Policía se lo permita.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó un indignado banquero—. ¿Quién es usted para prohibirnos...?

—No soy nadie, señor Patek —replicó Duke, que conocía ya al banquero—; pero conozco la forma de actuar de la Policía y sé que sus primeras y más molestas investigaciones las realizarán cerca de aquellos que hayan mostrado una innecesaria prisa por abandonar esta casa. Desde luego, es usted muy libre de marcharse; pero después tendrá que explicar el por qué de su afán de marcharse, a pesar de mi consejo.

—Está bien —gruñó Patek—. Me quedo. No creo que nadie sospeche de mí como autor de un asesinato.

—No he hablado de sospechas —dijo Duke—. Sólo he dado un consejo.

—¿Cómo entraremos en el despacho? —preguntó Hendrik.

—Habrá que forzar la cerradura —declaró Duke.

—¡Imposible! —exclamó Hendrik—. La puerta del despacho está, prácticamente, blindada, y para abrirla haría falta una carga de dinamita. Sin la llave es imposible entrar.

—No creo que la ventana resista mucho —dijo Susana Cortiz.

—Los cristales son a prueba de bala —dijo Duke—. El señor Blamey estaba muy bien protegido. Sin duda concedía un gran valor a su colección de armas.

—A veces guardaba grandes sumas en su caja de caudales —indicó Hendrik—. Por cierto, que si quieren abrir hoy el despacho será necesario empezar a dar los pasos convenientes para sacar la llave de la caja de la oficina.

—¿Quién nos la puede dar? —preguntó Duke.

—Yo poseo la combinación, pues soy ayudante... quiero decir que era ayudante del pobre señor Trollop.

—Entonces, ¿puede usted ir a buscarla? —preguntó Duke.

—No; yo solo no puedo abrir la caja pues aunque conozco la combinación, no tengo la llave que la abre. Una de las llaves de la caja la tenía mi tío, que la llevaba siempre encima. El señor Trollop llevaba la otra llave y conocía también la combinación; pero no se separaba nunca de la llave y supongo que la debe de tener encima. El tercer cajero, el señor Wingate, tiene la tercera llave; pero no conoce la combinación. Le puedo llamar por teléfono y citarle en algún sitio para que los dos juntos podamos abrir la caja y sacar de ella la llave del despacho de mi pobre tío.

—Creo que es lo mejor. No creo que la Policía local se ofenda porque hayamos dado este paso.

Arnold Hewit, que había escuchado esta conversación, adelantóse por entre los grupos de curiosos y preguntó:

—¿Es que con el señor Blamey no reza la prohibición de salir de la casa? ¿O es que ya sabe el señor Straley que el sobrino, y seguramente heredero de Herman Blamey, es inocente de toda sospecha?

—Tiene usted razón —asintió Duke—. He estado a punto de cometer una indiscreción. Señor Blamey: será preferible que aguardemos a la Policía. Perderemos una hora más o tal vez dos; pero así nadie podrá acusarme de haber dado facilidades a un posible culpable.

Un murmullo de protesta elevóse de entre los invitados a la fiesta y, por fin, el mismo Hewit, declaró:

—Si trayendo la llave se ha de ganar tiempo, no tengo inconveniente en que el soñar Blamey vaya a buscarla.

—La señorita Cortiz podrá ayudar al señor Blamey —dijo Duke—. Es una de las más brillantes abogadas de California y no creo que nadie sospeche de ella.

—Agradeceré la vigilancia de la señorita —dijo Hendrik.

—No es vigilancia, sino la presencia de un testigo que puede serle beneficioso —sonrió Duke—. Avise enseguida al señor Wingate y diríjase a la oficina de su tío.

Hendrik Blamey fue al teléfono más próximo y después de buscar en el listín el número del teléfono de Wingate, lo marcó y tras un par de minutos de conversación quedó citado con el otro y recogiendo su sombrero iba a salir, acompañado por Susana Cortiz, cuando Duke le detuvo con esta petición:

—Señor Blamey: sobre todos los aquí presentes va a recaer dentro de poco la posible sospecha de un crimen. No le creo a usted culpable; pero quisiera que todos se convenciesen de que no lleva usted encima nada comprometedor, de lo que podría deshacerse al llegar a la calle. ¿Puedo registrarle?

Hendrik Blamey vaciló unos segundos. Parecía a punto de contestar negativamente; pero advirtiendo fija en él la ansiosa mirada de Christina asintió al fin y permitió que Duke le registrase concienzudamente. Luego, cuando, tras un resultado negativo, terminó el registro, salió de la sala, y poco después, desde la terraza, se le vio cruzar la calle en dirección a un taxi que se acababa de detener frente al edificio. Susana y él desaparecieron dentro del vehículo, que se puso en marcha enseguida.

Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando se oyó, cada vez más próximo, el quejido de las sirenas de los autos de la Policía. En medio de un chillido de frenos apagóse la queja de las sirenas. Tres autos acababan de detenerse frente al rascacielos, y de todos ellos salían varios hombres, que corrieron hacia la puerta. Dos minutos después, Williams daba paso a los representantes de la Ley.

Frente a ellos iba un amigo de Duke: el capitán Parker. Estaba aún muy reciente el caso Pellton, que Duke resolviera con ayuda de sus cuarenta jóvenes detectives. La colaboración entre Duke y Parker había sido muy íntima, y el capitán de detectives, al ver a su colaborador, fue directamente a él, preguntando:

—¿Qué tal, señor Straley? ¿Interviene usted ya en el caso?

—No —contestó Duke, estrechando la mano del capitán—. No tengo nada que ver con el asunto. Me encontraba en la fiesta como simple invitado.

—¿Dónde está la víctima? —preguntó Parker.

—En su despacho; pero no se apresure tanto. No se puede entrar. La puerta está cerrada y hasta que llegue la llave no se podrá abrir.

Con la mayor brevedad, pero sin olvidar ninguno de los datos esenciales, Duke explicó a Parker todo lo ocurrido.

—Quizá he hecho mal en hacer ir a buscar la llave —terminó—; pero he creído que se ganaría tiempo. Además, el señor Blamey va acompañado de la señorita Cortiz, y ya sabe que es una mujer valiente y observadora.

—Ha hecho perfectamente —replicó Parker. Luego, volviéndose hacia los agentes que le habían seguido, ordenó:

—Tomen los nombres y direcciones de todos los presentes. Averigüen si alguno se ha marchado ya. Mientras no entremos en el despacho no podemos hacer otra cosa.

Los detectives se apresuraron a sacar sus cuadernos de notas y se distribuyeron equitativamente a los invitados. Mientras tanto, Parker llevó a Duke hacia el parapeto de la terraza y preguntó:

—¿Sabe algo que pueda sernos útil?

Duke se encogió de hombros.

—No. Sé que se trata de un asesinato porque noté olor a pólvora y no se ve ningún arma cerca de los dos cadáveres. Uno de los detalles más importantes y sobre el cual llamo su atención es el de que fueron dos los visitantes que recibió el señor Blamey, y a menos que otro cadáver se encuentre en algún punto de la habitación, donde no sea posible verle desde la ventana, sería muy conveniente averiguar la identidad de ese otro visitante que entró en el despacho y a quien nadie vio salir.

—Preguntaré al mayordomo —dijo Parker—. Debe de conocer a ese otro visitante.

Pero Williams movió negativamente la cabeza al ser interrogado acerca de la identidad del otro visitante. No, no le había visto nunca ni sabía su nombre. Al preguntarle Williams a quién debía anunciar, el hombre replicó que el señor Blamey le esperaba. —¿Traía algo en la mano? —preguntó Parker.

—Sí, señor —respondió el mayordomo—. Un paquete hecho con un periódico.

—¿Y está seguro de no haberle visto salir?

—Estoy seguro de que no salió por la puerta principal —contestó Williams—. Pero pudo hacerlo por el ascensor privado del señor Blamey, único en la casa que llega hasta el último piso.

—Luego averiguaremos lo que se pueda acerca de ese desconocido —gruñó Parker.

En aquel instante acercóse uno de los agentes anunciando que se había terminado de tomar los nombres y direcciones de los invitados, agregando que el forense y los del servicio antropométrico acababan de llegar y ya se estaban impacientando. También los invitados, entre los cuales había gente muy importante, se impacientaban y exigían que se les dejase marchar.

—Sólo son las once de la noche —refunfuñó Parker—. No tienen derecho a impacientarse. Lógicamente la fiesta hubiera terminado a las dos de la madrugada. Por cierto, ¿sabe usted, señor Straley, a qué obedece la fiesta de hoy?

—Sólo sé que la señorita Cortiz fue invitada y que ella me invitó a mí.

—Cada dos meses el señor Blamey daba una fiesta a sus amigos —explicó Williams—. Así correspondía a las invitaciones que se le hacían.

—Bien... Pero, ¿qué ocurre?

Del salón llegaba un murmullo que se iba convirtiendo en griterío indignado. Parker, seguido de Duke, fue hacia allí, y uno de sus agentes le explicó que los invitados se querían marchar.

—Un momento, por favor —pidió Parker, reconociendo, con gran disgusto, a un buen número de personas importantes—. Les prometo que tan pronto como sea posible les daré permiso para que se retiren. Ante todo necesitamos entrar en el despacho y averiguar si se trata o no de un crimen. Hasta entonces no podemos tomar ninguna decisión.

Varios hombres empezaron, a la vez, a protestar; pero en aquel instante llegó Hendrik Blamey, seguido de Susana Cortiz. Yendo hacia Duke, el sobrino de Herman Blamey anunció:

—Aquí traigo la llave...

—Désela al capitán Parker —indicó, Duke—. Capitán, le presento al señor Hendrik Blamey, sobrino de una de las víctimas.

—Acompáñenos, señor Blamey —ordenó el policía—. Podrá identificar los cadáveres. Pero absténgase de tocar nada. Usted también puede acompañarnos, Straley. Supongo que estará deseando meter las narices en el asunto.

—Se equivoca usted por completo, Parker. Si me lo permite me retiraré en compañía de la señorita Cortiz.

—Ya sabe que no puedo dejarle salir antes que a los demás.

—Entonces le acompañaré. ¿Viene usted, Isabel?

—Encantada —aseguró la joven.

Subieron todos al piso donde estaba el despacho de Herman Blamey, y con la llave traída por Hendrik abrieron la puerta.

Como para él aquel espectáculo no tenía nada de nuevo, Duke paseó la mirada por la estancia. No se advertían señales de lucha y, a juzgar por la expresión de las víctimas, el ataque debió de cogerlas desprevenidas.

Parker examinó, sin tocarlos, diversos objetos y, al fin, regresó junto a Hendrik, Duke y Susana Cortiz, y mientras el forense esperaba que los fotógrafos impresionaran varias placas, a fin de conservar las pruebas de cómo estaban loa cadáveres, preguntó al primero:

—¿Nota usted que falte algo en este despacho?

Hendrik negó con la cabeza.

—No.

Parker permaneció callado, aguardando el diagnóstico del forense, que estaba arrodillado junto al cuerpo de Herman Blamey. Después de un cuidadoso examen, anunció en voz alta:

—Está muerto. Hacía tiempo que no veía heridas de éstas. Una bala de plomo disparada por un revólver de calibre cuarenta y cuatro o tal vez... No, no es un cuarenta y cinco. Es un cuarenta y cuatro. Dos balas muy bien disparadas. Alcanzaron el corazón y lo paralizaron por completo. Veamos el otro cadáver.

El forense se trasladó junto al cuerpo de Trollop y sólo necesitó un brevísimo examen para poder anunciar:

—Igual que el otro. Dos balas de plomo calibre cuarenta y cuatro. Puedo agregar que se utilizaron cartuchos muy antiguos, de pólvora negra, o sea con humo, y algo deteriorada, pues a pesar de la corta distancia a que fueron hechos las disparos las balas no atravesaron de parte a parte los cuerpos...

—¡El revólver! —exclamó, de pronto, Hendrik.

—¿Qué dice? —preguntó Parker—. ¿Dónde está el revólver?

—No está.

—¿Pues por qué dice...?

—Es que ahí encima de la mesa mi tío dejó un revólver Colt calibre cuarenta y cuatro que había pertenecido a un famoso bandido. No está...

Duke apenas prestó atención a las palabras de Hendrik Blamey. Su mirada habíase fijado en una panoplia de armas antiguas, colocada sobre la chimenea. Había en ella una excelente colección de espadas, dagas, puñales, hachas de guerra, mazas y una excelente ballesta de acero. Todas las armas estaban perfectamente colocadas. Sólo la ballesta se veía ligeramente torcida, y mientras a un lado tenía tres cortos dardos de acero, en el otro sólo tenía dos.

Uno de los agentes del servicio antropométrico le pidió que se apartara, y éste desvió su atención hacia el trabajo de los agentes, que iban espolvoreando todos los puntos donde podía haber huellas dactilares.

 

*****

 

—¿Ha descubierto ya al asesino? —preguntó Susana, acercándose a él.

—No —respondió Duke—. Ni pienso intentarlo. No quiero estropear esta hermosa noche, dedicándome a un trabajo para el cual nadie me ha llamado.

Estaban ya junto a la amplia ventana, a ambos lados de la cual se veía, descorrida, una gruesa cortina de terciopelo oscuro.

—El asesino debió de disparar desde aquí —murmuró Duke, señalando un punto donde la cortina aparecía muy ennegrecida—. Pero es preferible que contemplemos la noche. Vea que hermosa es. Dentro de unos meses, ese antipático rascacielos que están construyendo impedirá disfrutar del panorama de que ahora gozamos.

—Ya lo está impidiendo —dijo Susana—. La mirada se fija, aunque no se quiera, en les andamios y en las vigas de acero. ¿Cuándo podremos marcharnos?

Al ser interrogado sobre ese punto, Parker replicó:

—Dentro de unos momentos. Como nadie sabe nada de nada, y no es posible entretenerlos a todos hasta mañana, voy a permitir que todo el mundo se retire. Vamos a tener mucho trabajo, pues el único que podía darnos detalles completos acerca de los negocios del señor Blamey era el cajero, y también ha muerto. El sobrino nos ha dicho algunas cosas importantes. Pero éste no va a ser un caso brillante, sino uno de esos que dan tanto trabajo y que sólo se resuelven después de mucho investigar pequeños datos y construir, al fin, con ellos todo el edificio del crimen.

Una hora después, Duke y Susana Cortiz abandonaban el edificio, seguidos por el resto de los invitados. Era la una y media de la madrugada y la calle estaba desierta. Mientras casi todos los que salían iban en busca de sus coches, Duke y su compañera marcharon a pie.

—¿Por qué no quiere intervenir? —preguntó la joven—. ¿No desea la solución del misterio?

—La deseo; pero no me gusta entrometerme infantilmente en los asuntos de la Policía. Parker se basta para resolver este caso. La cuestión principal estriba en obtener datos y más datos y de la selección de todos ellos llegar, al fin, a dar con la pista. La policía tiene a su disposición elementos muy valiosos que acelerarán su trabajo. Yo, en cambio, no puedo, por mucho que lo desee, averiguar quién era el visitante misterioso de quien nada se sabe. Creo que Parker hallará sus huellas dactilares en algún punto del despacho y si dichas huellas figuran en el archivo de la Policía, dentro de unas horas el desconocido será conocido.

—¿De veras no sabe nada?

Duke sonrió ante la pregunta.

—Sé un sola cosa —contestó.

—¿Cuál? —inquirió, llena de ansiedad, Susana.

—Pues que no me hubiera extrañado que alguna de las dos víctimas hubiese tenido un dardo clavado en el corazón.

—¿Un dardo?

—Sí, un dardo disparado con una ballesta. Posee la misma potencia que una bala de revólver y es mucho más silencioso.

—¿Qué quiere decir con eso? —inquirió Susana.

—Pues que no hace mucho tiempo la ballesta que Herman Blamey guardaba en su despacho ha sido disparada.

—¿Cómo lo ha descubierto?

—La ballesta estaba torcida y algo fuera del lugar donde, según la marca grabada en la tela de la panoplia, ha estado durante muchos años. Además, faltaba un dardo.

—Pero los dos muertos tenían balas de plomo y no dardos emplumados.

—Pero falta el segundo visitante. ¿Y si él tuviese en el cuerpo un dardo de acero?

—No —dijo Susana—. No parece natural. No responde a las características del crimen. ¿De veras tiene mucha fuerza un dardo?

—Infinitamente mayor que una flecha disparada con arco. La ballesta se tensa con un mecanismo especial, pues no podría hacerse como en el arco, y el dardo puede recorrer una distancia muy larga y atravesar, incluso, una coraza...

Duke, interrumpióse, sonrió, como ante una idea y, al fin, murmuró:

—Sí... eso debió de ser...

—¿El qué? —preguntó Susana.

—Ya sé. Tengo que separarme de usted, Susana. Podría correr algún peligro si me acompañase.

—¿Adónde va?

—A recoger el dardo que disparó el asesino. Creo que ya sé dónde encontrarlo.

—Aunque usted se oponga le seguiré y correré los peligros que quiere evitarme —aseguró Susana—. Dígame lo que vamos a hacer.

Duke sonrió, y mirando a su compañera dijo:

—Está bien; pero si ocurre algo no olvide que yo quise evitarle un disgusto.

—¿Para qué ha servido el dardo? ¿Dónde está?

—Está, si mis cálculos no fallan, en lo alto del rascacielos en construcción, hundido en uno de los tablones, y junto a él se encuentra algo que antes estuvo en el despacho de Herman Blamey.

—No entiendo...

—Un dardo disparado por una ballesta tiene mucha fuerza y no sería el primero que arrastra un fino cordel de seda o de algodón. Disparado desde la ventana podría, sin ninguna dificultad, ir a hundirse en uno de los tablones del edificio en construcción, tendiendo una comunicación entre el antiguo rascacielos y el nuevo. Por el cordoncito así tendido no podría deslizarse una persona, pero sí un maletín o cartera, que iría a posarse junto al dardo. Luego el asesino y ladrón no necesitaba más que dejar caer el cordón, que quedaría colgando, invisible, entre las vigas de acera.

—¿Y cree que encontrará eso? —preguntó Susana.

—No lo sé; pero voy a comprobar si en el nuevo rascacielos hay un dardo clavado en uno de los tablones por los que circulan los albañiles.

Dando media vuelta, Duke y su compañera volvieron sobre sus pasos, llegando, al cabo de unos minutos, ante el nuevo rascacielos, cuya planta baja estaba defendida por una alta valla de madera. La única puerta que había en aquel lado estaba cerrada; pero un cartel indicaba que en la parte trasera, o sea en la otra calle, había otra entrada.

Después de un largo rodeo, los dos investigadores llegaron ante la puerta por donde se entraban los materiales de construcción. Estaba abierta y a poca distancia se veía una barraca, a través de cuya ventana brillaba una luz.

—Ahí debe de estar el vigilante nocturno —dijo Duke—. Le pediremos permiso para subir en el montacargas.

Cruzaron el enlodado camino bordeado de tablones, vigas, sacos de cemento y herramientas y llegaron, al fin, ante la barraca. Duke llamó con los nudillos, y al cabo de unos instantes, no recibiendo respuesta, empujó la puerta.

Un grito de espanto brotó de los labios de Susana. En el suelo de la barraca se veía, caído de bruces, a un hombre de cabellos blancos. Del cinturón le pendía, enfundado, un revólver; mas era indudable que no había tenido oportunidad de utilizarlo.

—¡Está muerto! —chilló Susana.

Su grito y el movimiento de Duke fueron interrumpidos por dos secas y simultáneas órdenes de:

—¡Quietos! No se muevan.

Y para indicar que la orden no era dada sin elementos que la reforzasen, tanto Duke como Susana sintieron, en sus riñones, el desagradable contacto de los cañones de unos revólveres o pistolas.

—¿Hemos venido a estorbarles? —preguntó Duke.

—Sí —dijo uno de los hombres.

Unos segundos después, Duke y Susana sintieron contra su boca la presión de unos algodones impregnados de éter. El sobresalto les hizo aspirar el soporífero y casi a la vez se desplomaron junto al vigilante de la construcción.

Los tres hombres que habían intervenido en el ataque guardaron el frasco de éter, después de dejar sobre la nariz y la boca de los tres caídos unos algodones bien empapados, y sin desprenderse de sus pistolas fueron hacia el montacargas que conducía a lo alto del rascacielos en construcción. La jaula estaba bajando, y cuando se detuvo un hombre salió de ella. Llevaba el rostro cubierto por el ala del sombrero de fieltro, encasquetado hasta las orejas y una bufanda arrollada a la cara, dejando al descubierto sólo los ojos. Con una mano sostenía un maletín y con la otra un tablón en cuyo centro veíase, clavado, un dardo de acero del que pendía un trozo de cordel.

—Llevaos esto y destruidlo —dijo el desconocido—. Yo iré a reunirme con vuestro jefe.

—En nuestro auto —dijo, secamente, uno de los tres pistoleros.

—Claro —replicó el otro—. En vuestro auto. ¿Ha ocurrido algo?

—Una pareja descubrió al vigilante. Los narcotizamos.

—¿Quiénes eran? —preguntó, alarmado, el otro.

—Unos novios. No han visto nada. No hay peligro.

El hombre pareció convencido y, entregando el tablón a los tres cómplices, salió a la calle y dirigióse hacia un auto detenido a poca distancia. Entró en él y la portezuela se cerró automáticamente; luego, sin esperar ninguna orden, el chofer puso en marcha el vehículo y lo guió a través del reducido tráfico.

En el interior del vehículo, el desconocido abrió el maletín, dentro del cual se encontraba el revólver de Jesse James y los documentos que trajera Trollop. A la luz de una pequeña linterna, el hombre leyó los documentos y, al terminar, les prendió fuego con un encendedor, dejando que se consumieran sobre el piso del auto, sin preocuparse de las chamuscaduras que sufría la alfombra.

No llevaba el dinero que esperaba su cómplice; pero, en cambio, tenía las joyas y no resultaría imposible obtener por ellas bastante más de medio millón. El golpe había resultado doblemente bueno.

 

CAPÍTULO III

LLAMADA DE SOCORRO

Al volver en sí del apacible sueño en que les sumiera el éter, Duke se encontró en un camastro bastante duro. Abrió los ojos y frente a él vio al Capitán Parker.

—Hola, señor Straley —saludó el policía—. Realmente no esperaba que volviéramos a vernos tan pronto. ¿Qué ha ocurrido?

—¿Y Susana? —preguntó Duke.

—A su lado. Aún está durmiendo. Y el vigilante del rascacielos también. Les encontramos a los tres perfectamente dormidos. ¿Quién les hizo la jugada? Supongo que todo se debe a que usted sabía algo que no quiso decirme.

Duke movió negativamente la cabeza y después de asegurarse de que Susana estaba viva, explicó brevemente su observación acerca de la ballesta.

—De momento no le di importancia; pero luego pensé que el dardo podía haber servido para lanzar un cable por el que se deslizase el posible móvil del crimen, que de esa forma pudo ser trasladado a sitio seguro sin que el criminal se viese agobiado por la presencia de tan comprometedor detalle.

Parker escuchó atentamente el resto de la historia y cuando Duke hubo terminado, comentó:

—Eso quiere decir que no hemos adelantado nada, pues ni usted ni su amiga vieron a los hombres aquellos. Sólo sabemos que sus sospechas de que el botín del asesino fuera trasladado por vía aérea hasta el rascacielos en construcción no carecen de fundamento; pero con ellos sólo hemos comprobado una cosa: que el asesino tiene cómplices y que tal vez todo sea cosa de una banda. ¿Se decide a ayudarnos? Creo que el caso va adquiriendo importancia.

—Parece que sí —contestó Duke—; pero no me siento interesado por él .Quizá más adelante...

—Oiga, Duke —interrumpió Parker—. Si quiere ayudarnos, trabaje con nosotros. Ya sabe que se ahorrará quebraderos de cabeza y obtendrá enseguida un sin fin de datos que, de otra manera, le sería imposible conseguir. El asesinato de Herman Blamey armará mucho ruido. Los periodistas están ya ensuciando montones de cuartillas para enterar a los lectores de toda la nación de que el millonario Blamey ha sido asesinado. Se nos exigirá que demos enseguida con el culpable, y si no lo conseguimos nos pondrán de vuelta y media. Aunque a primera vista no parece haber muchas complicaciones, puede surgir de pronto más de las convenientes. He tenido la oportunidad de trabajar con usted y no quiero que el orgullo me impida detener a un asesino.

—Gracias, Parker —sonrió Duke, levantándose, vacilante, del camastro—. Pero le repito lo que ya le he dicho: no deseo complicarme en ningún nuevo caso. Quiero disfrutar de San Francisco. Desde que llegué no han dejado de surgir complicaciones que me han impedido disfrutar de las bellezas de esta hermosa ciudad.

—Entonces... ¿está decidido a no intervenir?

—Por completo. Nada me hará variar de opinión.

Como en aquel momento Susana Cortiz recobraba el conocimiento, Duke fue hacia ella, y al cabo de media hora los dos abandonaban la barraca que hacía las veces de hospital de urgencia para atender a los albañiles heridos.

Parker les vio marchar, y tras unos momentos de reflexión murmuró:

—De todas formas, tal vez no sea necesaria su ayuda. Es posible que todo se resuelva rápida y fácilmente.

Pero el curso de los acontecimientos y el paso de las horas y de los días no trajeron ningún alivio a las inquietudes y tareas del capitán Parker. A los cuatro días de cometido el doble crimen, la Policía de San Francisco veíase obligada a reconocer que si bien tenía numerosas pistas y esperaba poder realizar en breve algunas detenciones, de momento no estaba en condiciones de citar, siquiera, a ningún sospechoso.

 

*****

 

Al quinto día, Duke, que regresaba de una excursión por la bahía y la isla de Alcatraz, recibió una llamada telefónica de Susana Cortiz.

—Venga enseguida —le dijo la joven—. Ocurre algo muy importante.

—¿Qué ocurre?

—No se lo puedo decir por teléfono. Venga mi despacho. Es muy grave.

Duke tomó un taxi y antes de media hora entraba en el despacho de Susana Cortiz. El conserje del edificio le había anunciado por teléfono, y la joven le aguardaba en la puerta de su minúsculo despacho. Éste constaba de una reducida antesala y de un despacho algo mayor. Cuando Duke entró en él, una mujer se encontraba sentada en uno de los no muy cómodas sillones colocados ante la mesa de trabajo de la joven abogada.

—Buenas tardes, señorita Eberling —saludó Duke, al reconocer a Christina—. No esperaba encontrarla.

—Susana se lo explicará todo —murmuró la joven, que parecía muy alterada.

—¿Qué sucede? —preguntó Duke, sentándose en el otro sillón, mientras Susana iba a instalarse al otro lado de la mesa.

—Un caso de chantaje —explicó la abogada—. Alguien trata de arruinar a Christina aprovechando unas pruebas que parecen existir contra ella.

—¿De qué la acusan esas pruebas? —preguntó Duke.

—De ser la asesina de su tutor —contestó Susana.

—¿De haber matado a Herman Blamey?

—Sí.

—¿Con qué objeto? —preguntó Duke—. ¿Heredaba usted algo de él, señorita Eberling?

—Creí que no —contestó, con débil acento, la joven—. Pero acabo de saber que para evitarse el pago de ciertos impuestos federales, mi tutor tenía puestos a mi nombre diversos valores...

—Un momento —interrumpió Duke, mientras sacaba su pitillera de platino—. ¿Cuánto dinero tiene usted?

—Me quedan sólo unos cinco mil dólares. Todo lo demás lo he entregado...

—El chantajista le ha sacado ya casi todo la que tenía —intervino Susana—. Herman Blamey, como otros muchos financieros, se hubiese visto obligado a pagar, en impuestos, el noventa por ciento de sus ingresos o beneficios. Como todos ellos, buscó la forma de parecer menos rico de lo que en realidad era, y en el caso de Susana, puso a nombre de ella, como si se lo hubiese vendido, el rascacielos Blamey, valorado en varios millones. Legalmente, y lo he podido comprobar, Blamey era sólo el administrador de la finca, y su propietaria legal es la señorita Eberling.

—Pero yo no sabía nada —sollozó Christina—. Creí tener sólo cuarenta mil dólares, que en realidad me administraba yo misma. Al morir mi tutor no pensé, ni por un instante, que su muerte me afectase en nada material...

—Por favor, no siga — interrumpió Duke—. ¿Lo ha explicado ya a la señorita Cortiz?

—Sí...

—Entonces ella me lo explicará mejor que usted. Mientras ella habla conmigo, usted esfuércese por conservar la calma y la serenidad. Descanse con todo su cuerpo y piense que desea dormir.

—¿Para qué?

—Para estar en condiciones de responder a mis preguntas. Está muy alterada y semejante estado no es beneficioso. Además, de todo cuanto me diga nerviosamente yo no podré sacar nada en limpio. Piense en algún momento tranquilo de su vida, o en algún paisaje que la haya llenado de paz.

—No comprendo...

—No se moleste ni se esfuerce en comprender. Haga lo que le he dicho. Repose... repose... repose.

Mientras hablaba, Duke había colocado la pitillera de forma que se posara en ella un rayo de sol que le arrancaba un vivo destello. La mirada de Christina se posó en aquel punto luminoso y, lentamente, su expresión perdió la ansiedad que la había afectado durante todo el rato. Al fin quedó plácidamente dormida, y Duke, volviéndose hacia Susana, declaró:

—Ya está. Por ahora está tranquila y nos dejará hablar...

—¿Hipnotizada? —preguntó la joven.

—Sí. Últimamente he estudiado bastante la ciencia del hipnotismo y me ha asombrado lo poco que la Policía recurre a ella. Claro que sólo se puede obtener un buen resultado si el paciente se muestra dispuesto a dejarse hipnotizar, pues no se puede hipnotizar a nadie contra su voluntad. Cuénteme el motivo de su llamada, empezando por el principio.

—Le advierto, señor Straley, que el asunto es bastante complicado. Christina Eberling se encuentra entre dos espadas. Está enamorada de Hendrik Blamey y le ama románticamente; pero al mismo tiempo Arnold Hewit ejerce sobre ella una atracción de tipo físico contra la cual, instintivamente, lucha Christina. Es algo que los hombres no pueden comprender, o que siempre interpretan mal, confundiéndolo con ansias de tipo sexual. Christina cree que lo que ella siente por Arnold Hewit no es puro y se resiste a dejarse ganar por ese otro amor. Sin embargo, cuando los dos hombres entre quienes duda se hallan presentes, no puede dejar de sentirse mucho más atraída por Hewit que por Blamey. Pero, aun así, está decidida a casarse con ese último, pues cree que en él hallará la felicidad. Hewit es un hombre enérgico, duro, de esos que marchan rectos a la conquista de lo que apetecen. En cambio, Blamey es más suave, más puro, menos violento.

—Blamey hará lo que su esposa quiera, y en cambio, Hewit obligará a su mujer a portarse como a él le de la gana, ¿no es así? Ya ve que conozco el tipo.

—Sí, eso es. Christina va de uno a otro y no sabe cómo resolver el problema, que sólo en ella puede tener solución, pues según parece, los dos hombres la aman por igual y ninguno se quiere dar por vencido. La noche de la fiesta, los dos adoradores estuvieron presentes. Primero Christina estuvo con Hendrik en el despacho de Herman Blamey, examinando las armas de la colección, especialmente un revólver Colt que había pertenecido a un famoso bandolero. Christina lo tocó, lo empuñó y consiguió repartir por todo él sus huellas dactilares. ¿Comprende?

—Sí. El revólver sirvió luego para cometer el crimen.

—Exacto. Hendrik Blamey, en sus informes a la Policía, explicó la desaparición del revólver. El capitán Parker, siguiendo esa pista, ha podido comprobar, por los documentas que quedaron sobre la mesa de Herman Blamey, que las cuatro balas encontradas en los cuerpos de las dos víctimas fueron disparadas por aquel revólver. Según parece, Herman Blamey, al comprar el revólver del bandido, obtuvo una serie de datos que demostraban que había pertenecido realmente a Jesse James. Esas pruebas y datos demuestran ahora qué arma fue la utilizada para el crimen.

—Continúe.

—Al día siguiente del asesinato de Blamey y de Trollop, Christina recibió un mensaje en el que se le decía que era la heredera del rascacielos Blamey, mejor dicho, la propietaria, y que el hecho de que todos supieran que el rascacielos siempre había pertenecido a Herman Blamey no impedía que, legalmente, ella fuese la propietaria. Además se agregaba en la nota que existían algunas personas enteradas del disgusto que producía a Herman Blamey el que ella no se acabase de decidir por un novio u otro. Si Christina aceptaba a Hendrik, el rascacielos seguiría siendo suyo; pero si optaba por Hewit, entonces Herman Blamey habíase declarado dispuesto a colocar el rascacielos a nombre de su sobrino. Si todos esos datos se comunicaban a la Policía y se reforzaban con la prueba del revólver que ella había tocado en el despacho de su tutor, y en el cual se conservaban sus huellas dactilares, no pasarían ni dos minutos antes de que todas las fuerzas policíacas de San Francisco se lanzaran tras ella, que lo pasaría muy mal a menos que pudiese probar una coartada bien firme.

—¿Y no puede probarla?

—No, pues cuando la vimos salir del salón, del brazo de Hewit, para evitar el encuentro con Hendrik, marchó a uno de los lavabos de la planta baja. Y como no se trataba de un lavabo como los de cualquier establecimiento público, sino que estaba conectado con un dormitorio y un salón, Christina, una vez dentro, y mientras Hewit la aguardaba fuera, subió por la escalera de servicio al piso superior, dirigiéndose al despacho de su tutor. Lo encontró abierto y fue la primera en descubrir el asesinato. Asustada por las consecuencias que podía tener aquello, cerró la puerta, borró sus huellas dactilares y bajó de nuevo al lavabo y salió de él como si no hubiera hecho otra cosa que empolvarse la nariz, aunque en realidad expresaba bien claramente el horror que la dominaba, si bien nosotros lo confundimos con la turbación propia de una mujer que se encuentra, de súbito, con sus dos amores.

—¿Christina entró en el despacho a los pocos momentos de cometido el crimen?

—Sí; pero no llegó a entrar. Sin embargo, tiene contra ella un montón de pruebas muy graves. Al recibir la carta comprendió el peligro que corría y no dudó en depositar los treinta y cinco mil dólares que se le pedían para la no divulgación de su secreto. Creyó que entregando aquel dinero no volverían a molestarla; pero dos días después recibió una nueva petición. Si no entregaba quinientos mil dólares, el revólver iría a parar a manos de la Policía. Arnold Hewit se enteró por ella de lo que sucedía y le propuso prestarle esa suma... o convertirla en regalo de boda. Christina contestó negativamente y declaró que prefería llegar a un acuerdo con los chantajistas, ofreciéndoles pagarles la suma contra la entrega del arma. Siendo propietaria de un rascacielos no tendría mucha dificultad en conseguir el dinero, sobre todo si los chantajistas estaban dispuestos a esperar.

"Los chantajistas citaban a Christina a un piso de la calle Diversey. Acompañada por Hewit, la joven fue allí, y un hombre, vestido con una especie de dominó y una capucha que le cubría todo el rostro, les recibió, preguntándoles si traían el dinero. Christina dijo que no, agregando que no estaba dispuesta a entregar nada a menos de comprobar si los bandidos aquellos poseían el revólver. El encapuchado hizo pasar a Christina y a Hewit hasta otra habitación, donde, dentro de una urna de cristal, les mostró el revólver. Arnold Hewit, que iba armado sacó su pistola y amenazando con ella al encapuchado quiso recobrar el revólver; pero entonces se abrieron unas troneras en las paredes y aparecieron dos fusiles ametralladores encañonados contra Hewit y Christina, al mismo tiempo que el encapuchado advertía que, de no soltar enseguida el revólver, Hewit caería acribillado a balazos, alguno de los cuales podría herir a la propia Christina. Esta dice que, ante la amenaza, Hewit entregó la pistola al encapuchado, que la guardó en un bolsillo, mientras que, como si no hubiera ocurrido nada, seguía invitando a sus visitantes a que examinaran el revólver.

"Christina dice que lo reconoció sin la menor duda y prometió pagar el medio millón si le daban unos meses de tiempo. El encapuchado replicó negativamente, advirtiendo que si el pago no se verificaba mañana, como máximo, la Policía sería debidamente informada. Cuando salieron de la casa, Arnold Hewit insistió en que Christina aceptara el dinero; pero ella le pidió que la dejase reflexionar. Más tarde le dijo que pensaba decirme la verdad, a fin de que usted y yo pudiéramos ayudarla. Hewit se opuso a ello, pero al fin Christina me lo ha confesado todo. Mañana vence el plazo. Tiene que dejar el medio millón en un determinado cubo de basuras en un callejón que se encuentra entre las calles Fuller y Montana.

—La situación de la señorita. Eberling es un poco difícil —comentó Duke—. Creo que lo mejor es interrogarla.

Volvióse hacia la joven, que parecía descansar apaciblemente, y preguntóle:

—¿Sabía usted desde antes de recibir la noticia oficialmente que su tutor había colocado a su nombre el rascacielos?

Tras una breve vacilación, Christina contestó:

—Sí, lo sabía.

—¡Pero si me dijo que no! —empezó Susana.

—Es una mentira muy lógica —replicó Duke—. No ha querido darle la impresión de que puede ser culpable. Señorita Eberling: ¿quién le dijo que el rascacielos figuraba como propiedad suya?

—Mi tutor, el señor Blamey. Me llamó un día para que firmase unos documentos y me explicó que para ahorrarse el pago de unos impuestos muy exagerados fingiríamos que me regalaba el edificio, que él seguiría administrando. Me recomendó mucho que no le dijese a nadie.

—¿A quién la dijo usted?

—A nadie.

—¿Por qué le dijo a la señorita Cortiz que hasta recibir la carta de los chantajistas no supo la verdad acerca del rascacielos?

—Porque quise parecer más inocente del delito... del crimen.

—¿Mató usted a Herman Blamey y al señor Trollop?

—No.

—¿Por qué subió usted al despacho de su tutor la noche en que fue asesinado?

—Hendrik y yo subimos a ver las armas...

—No, me refiero a luego. A cuando descubrió el crimen.

—El señor Blamey me había hablado aquella tarde de mis relaciones con Arnold. Me dijo que debía decidirme por uno o por otro. Él me aconsejó que me casara con Hendrik. Yo le dije que no estaba aún decidida. Entonces el señor Blamey me dijo que si bien Arnold Hewit era un hombre bastante rico, yo debía tener en cuenta que Hendrik, cuando él muriese, lo sería mucho más. Yo repliqué que no influía en mí el dinero. Entonces el señor Blamey me dijo que al día siguiente debería yo ir de nuevo a su despacho para arreglar lo referente al rascacielos. Dijo que, no teniendo la seguridad de que yo fuese a entrar en la familia, prefería arreglar ese detalle y poner el rascacielos a nombre de otra persona de más confianza.

—¿Por qué subió a ver a su tutor?

—Para decirle que estaba dispuesta a casarme can Hendrik.

—¿Cómo llegó tan pronta a una decisión? ¿Ya no amaba a Arnold Hewit?

—Sí; pero, estando en juego mi tranquilidad, preferí romper con él.

—¿Por qué sigue relacionándose con él?

—Porque muerto mi tutor y siendo propietaria de un edificio tan valioso, he sentido renacer mis dudas.

—Por lo menos es franca —refunfuñó Susana.

—Es la ventaja de los hipnotizados. Pierden la facultad de pensar una cosa y decir otra. Señorita Eberling: ¿le interesa conservar el rascacielos?

—Mucho.

—¿Por qué?

—Porque así seré rica y podré vivir con lujo. No me ha faltado nunca nada; pero tampoco he podido adquirir todo cuanto he deseado.

—¿Dijo usted al señor Hewit que iba a subir a ver a su tutor?

—No. Por eso utilicé el lavabo.

—¿Esperaba encontrar solo al señor Blamey?

—Sí, porque había olvidado que iba a recibir al señor Trollop.

—¿Conoce el motivo de la visita, de dicho señor?

—Sí.

—¿Cuál era?

Christina explicó detalladamente lo hablado durante la entrevista con Herman Blamey y más tarde su charla con Hendrik.

—¿No insinuó el señor Blamey quién era el autor de la jugada de Bolsa?

—Sólo dijo que el señor Trollop se lo iba a decir.

—¿Recuerda si durante estos días la ha seguido alguien?

—No... Mas por tres veces me he cruzado con un hombre de cara de rata que llevaba una trinchera demasiado grande.

—¿Cuándo le vio por última vez?

—Hace un momento, al entrar en esta casa.

Duke permaneció callado un momento y, por fin, descolgando el teléfono, marcó el número de la jefatura. Al telefonista que contestó a su llamada le pidió que le pusiera en comunicación con el capitán Parker.

—¿Qué hay, Straley? —preguntó el policía.

—Estoy dispuesto a colaborar con ustedes —dijo Duke.

—¿Quién ha despertado su interés?

—Alguien a quien deseo proteger. Sí aceptan las condiciones que les pondré trabajaré con todas mis fuerzas para llegar a la solución del caso Blamey. Para empezar le pediré un favor. ¿Puede prestarme un agente listo, poco conocido por los delincuentes profesionales y capaz de seguir, sin perderla, una pista?

—Terry Tedford es su hombre. ¿Para qué le quiere?

—Para que se dirija al domicilio de la señorita Cortiz y observe sus alrededores hasta dar con un hombrecillo de cara de rata que viste una trinchera demasiado grande para él.

—Ese es el "Gamba" —replicó Parker—. Un vendedor de morfina y cocaína. Terry Tedford no le conoce, pero le enseñaremos su fotografía.

—Le felicito por la rapidez con que me ha informado —dijo Duke—. Le...

—¿Puede decirme, como compensación, a quién trata de proteger? ¿A la señorita Cortiz?

—No, a Christina Eberling. Ha caído en manos de unos chantajistas que quieren dejarla arruinada. Pero más tarde le daré mayores datos. Lo que me importa ahora es que ese Terry Tedford siga al "Gamba" y sin que ese buena pieza se de cuenta averigüe todo lo posible. Los informes deberán dármelos a mí, no a la Policía, pues para ustedes no servirían de nada. Si no le ve cerca del edificio, puede esperar a que salga la señorita Eberling. Seguramente el "Gamba" la seguirá. ¿Pueden enseñar a ese Tedford alguna foto de la señorita Eberling?

—Desde luego. También le enseñaremos unas cuantas de usted, Straley, a fin de que pueda reconocerle. Espero verle esta noche o mañana por la mañana. Poseo varios informes que le interesarán.

—Hasta mañana —replicó Duke.

Colgó el teléfono y encendió un cigarrillo. Cuando lo hubo consumido inclinóse hacia Christina Eberling y le dijo:

—Dentro de dos minutos despertará usted. No recordará nada de cuanto hemos hablado. ¿Me entiende? Además se sentirá mucho más tranquila.

—Si, señor. No recordaré absolutamente nada.

La joven volvió a recostarse contra su sillón y al cabo de dos minutos estremecióse, abrió los ojos y, sonriendo con timidez, dijo:

—Perdonen que me haya dormido. Estaba cansada. Me encuentro ya mejor.

—Como hemos comprendido que un poco de reposo no la perjudicaría la hemos dejado dormir. Señorita Eberling, la señorita Cortiz me ha explicado su caso. Ya que tiene tiempo hasta mañana, aguarde hasta entonces y no haga nada. Ahora vuelva a su domicilio y no salga de allí para nada. Aunque la llamen por teléfono, o se presenten con alguna nota mía, no haga usted caso. Como máximo avise a la señorita Cortiz y ella le dirá lo que debe hacer. Pero eso en el caso de que la Policía se presentase a detenerla.

—¿Podrá salvarme? —preguntó, con un reflejo de la antigua ansiedad, la joven.

—Es usted inocente y he observado que casi siempre les inocentes no tienen nada que temer de la justicia. Buenas tardes, señorita Eberling. Antes de mañana sabrá lo que debe hacer.

Un poco desconcertada, Christina se puso en pie y murmuró:

—Buenas tardes...

Se la advertía dominada por la decepción. Sin duda había esperado mucho más de la ayuda de Duke.

Éste la vio salir del despacho y, al volver junto a Susana, declaró:

—No cabe duda de que las mujeres son una de las creaciones más complicadas de Dios.

—Casi tanto como los hombres —sonrió Susana—. ¿Qué va usted a hacer ahora?

—Esperaré noticias. Este despacho es uno de los lugares más incómodos que he encontrado en mi vida. Se advierte que no ha intervenido en él la mano del hombre. Sin duda no se podrían hallar dos sillones más bonitos que éstos; pero tampoco se encontrarían otros que fuesen tan incómodos.

—La elegancia no es cómoda —replicó, un poco enfadada, Susana.

—Por lo menos la elegancia femenina —corrigió Duke.

—Si la elegancia masculina tiene, en verano, algo de cómoda, que baje Dios y lo diga.

Duke se echó a reír.

—Esta vez me ha dado un buen pisotón, Susana. Usted ha ganado.

En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Susana Cortiz descolgó el aparato y la voz del conserje del edificio llegó hasta ella.

—El señor Arnold Hewit sube hacia su despacho, señorita —anunció el conserje.

—¡Oh! —exclamó Susana, colgando maquinalmente el aparato.

—¿Qué sucede? —preguntó Duke.

—El otro sube hacia aquí.

—¿Qué otro?

—Hewit. No comprendo...

—No se moleste en resolver el problema —sonrió Duke—. Nuestro buen amigo le ahorrará este trabajo. Lamento que no sea otra clase de hombre, pues entonces probaría con él si el hipnotismo le hacía soltar prenda. Pero los hombres como Hewit no son huesos fáciles de roer.

Una seca llamada sonó en la puerta de la antesala.

—Ya está aquí —dijo Duke, poniéndose en pie.

 

CAPÍTULO IV

UN HOMBRE ENÉRGICO

—Buenas tardes, señor Straley —saludó Arnold Hewit—. Buenas tardes, señorita Cortiz.

Sin aguardar a que le invitasen se sentó en uno de los sillones, rechazó el cigarrillo que le ofrecía Duke y a su vez ofreció un cigarro puro que fue también rechazado.

—No andaré con rodeos —dijo, enseguida—. Sé que la señorita Eberling ha estado aquí. La seguí y la he visto salir. Supongo que les ha contado lo que le ocurre.

—Sí, algo nos ha contado —dijo Susana.

—Christina me habló de que pensaba contratarla a usted. ¿Cuánto le ha ofrecido?

—No hemos hablada de precio —dijo, secamente, Susana.

—Parece que se ha ofendido usted. Hace mal, señorita Cortiz. Si piensa dedicarse a los negocios, y al fin y al cabo lo de defender a posibles culpables no es más que una variante dentro de los negocios, debe acostumbrarse a actuar como comerciante, no como señorita tímida que merece todos los respetos.

—El señor Hewit quiere decir que como mujer merece usted todos los honores y respetos y suavidades —intervino Duke—. Pero como batalladora fémina no ha de esperar mayores consideraciones que las que tendría un hombre. ¿No es eso, señor Hewit?

—Sí. Me gusta llamarle pan al pan y vino al vino. Usted, señorita Ortiz, ha abierto este despacho para ganar dinero, ¿no es cierto?

—Claro.

—Bien. Christina le ha pedido que la ayude a resolver el asunto Blamey. En estos momentos no puede ofrecer más de unos pocos miles de dólares. Yo, en cambio, ofrezco quince mil dólares para que aconseje a la señorita Eberling que acepte mi dinero y pague el chantaje.

—Es usted sagaz, señor Hewit —dijo Duke—; pero un poco demasiado enérgico. La fuerza bruta es siempre de admirar; pero yo siempre he admirado más la sagacidad que la energía, o el vigor físico. La señorita Eberling ha estado aquí, ha explicado algo de lo que le ocurrió, nos ha dicho que habló con usted, que recibió ciertos consejos y que no sabía qué hacer. Usted ofrece medio millón de dólares, con lo cual se separa de una buena parte de su fortuna. Ante semejante desprendimiento, la señorita Eberling no podrá por menos de casarse con usted, entregarle el rascacielos para que le administre y haga con él lo que se le antoje. Creo que el edificio Blamey vale bastante más de medio millón.

—Está usted emitiendo unas insinuaciones muy peligrosas, señor Straley.

—Tal vez, señor Hewit, y antes de que terminemos de hablar insinuaré cosas mucho peores.

—¿Por ejemplo...?

—Por ejemplo, que si se le pidiese una coartada para el momento en que fue asesinado Herman Blamey, se vería usted muy apurado. ¿Cómo ha podido justificarse ante la Policía?

—La señorita Eberling...

—No, señor Hewit; la señorita Eberling no puede probar que usted permaneciese todo el tiempo a la puerta del lavabo. Ella sabe que al entrar quedó usted allí, y que al salir le encontró; pero si usted no puede probar que la señorita Eberling subiera o no al piso superior, pues no vio nada de cuanto ella hizo mientras estuvo protegida por la puerta del lavabo, tampoco ella pudo verle.

—¿Ha encontrado ya al verdadero culpable?

—Quizá le siga la pista más de cerca de lo que usted imagina, señor Hewit.

—¿A mí?

—Al asesino.

—Veo que hace una diferenciación.

—Tal vez emplee dos nombres para referirme a una misma cosa. Desde luego, señor Hewit, es usted un sospechoso ideal, y mientras no me presente un testigo digno de crédito que demuestre que no se movió usted de la puerta del lavabo, no podré librarme de la sospecha de que usted, ante el temor de que Herman Blamey rectificara su cesión del rascacielos, y Christina Eberling dejara de ser, además de atractiva, poseedora de un respetable número de millones...

—¿No le extraña, señor Straley, que no le suelte unos cuantos puñetazos para enseñarle a no hablar así?

—Señor Hewit, si usted hubiese hecho eso le creería un impulsivo; pero al mismo tiempo le creería más culpable. Su serenidad me hace pensar en su inocencia.

—Tengo el dinero suficiente para no sentirme demasiado atraído por la inesperada fortuna de la que deseo sea mi mujer.

—Christina Eberling ama a otro hombre —intervino Susana Cortiz.

—¡Mentira!

—No es mentira —dijo Duke—. La señorita Eberling no está aún decidida a casarse con usted.

—Creo que hasta ahora ha hallado más apoyo en mí que en ese idiota de Hendrik.

—¿Ha venido a decirnos eso?

—No; he venido a decirles que no deben fomentar falsas esperanzas en Christina. Su situación es muy grave. Tiene en contra muchas pruebas y cuanto antes las hagamos desaparecer, mejor para todos. Yo intenté hacerlo...

—Con mucha torpeza, por cierto —comentó Duke.

—Tiene usted razón; pero he aprendido lo suficiente para no repetir el error. Por eso no quiero exponer a Christina a que el revólver vaya a parar a manos de la Policía.

—¿Y cree que si la señorita Cortiz y yo no le damos esperanzas, la señorita Eberling preferirá aceptar el dinero que usted le ofrece y recuperar el arma?

—Sí.

—¿En vez de prolongar la gestión y exponerse a perderlo todo?

—Exacto.

—Pues bien, señor Hewit. Estoy seguro de que recuperaré el revólver y se ahorrará usted medio millón, aunque tal vez corra el riesgo de perder a la mujer con quien desea casarse, que, entonces, no tendrá nada que agradecerle.

—¿Está usted dispuesto a luchar contra mí?

—No tengo intención de luchar contra usted ni contra nadie, señor Hewit; pero la señorita Cortiz y yo hemos aceptado ayudar a la señorita Eberling y lo haremos de la mejor manera posible. Además, si usted se ahorra ese dinero, saldrá beneficiado, y, al mismo tiempo, si ella siente amor por usted y algún día es su esposa, también saldrá beneficiada con ese ahorro.

—Mientras ese ahorro no la lleve al cadalso —rugió Hewit—. Pero si llegara a ocurrir que por afán de lucimiento de usted ella tuviera que sufrir las graves consecuencias de su aparente delito, le juro, señor Straley, que usted no viviría para verlo.

—Ahorre amenazas, señor Hewit. Christina Eberling sólo subiría al cadalso si fuera culpable, y, a juzgar por la inquietud que usted demuestra, señor Hewit, empiezo a creer que usted se halla convencido de su culpabilidad.

Estas palabras desconcertaron visiblemente a Hewit, que, para salir de su embarazo, no halló mejor solución que levantarse y decir:

—Si no quieren ayudarme trabajaré sin ustedes; pero no estoy dispuesto a que Christina tenga que arrepentirse de haber acudido al famoso Duke Straley. Buenas tardes.

—Buenas tardes —sonrió Duke.

Cuando la puerta del despacho y la de la antesala se hubieron cerrado, Duke se volvió hacia Susana y comentó:

—Los acontecimientos se precipitan. Es indudable que no me va a quedar otro remedio que intervenir de lleno en el asunto. Muy interesante la visita del amigo Hewit, ¿no?

—Sí. ¿De veras cree culpable a Christina?

—¿Él? —Duke se encogió de hombros—. Es muy posible que sí, a menos que sea él el asesino. Los hombres como Hewit, producto de su propio esfuerzo y capaces de salvar violentamente cuantos obstáculos se ofrecen a su paso, son difíciles de comprender. Ni me asombraría que, seguro de que la influencia que ejerce sobre Christina ha de obligar a la muchacha a casarse con él, ha decidido que, además de hermosa, su mujer sea rica, y ha suprimido el obstáculo que se oponía al logro de sus deseos, es decir, que él sea el asesino de Herman Blamey. Ni me extrañaría que creyera a Christina culpable del delito y considerase dicho delito como una cosa lógica y perdonable y que no influyese en su amor, en su pasión o en su interés. Sea como sea, su coartada es muy floja, y el único apoyo que tiene procede de Christina. Si ella subió, sin entretenerse ni un segundo, al despacho de su tutor, entonces Hewit es inocente; pues para hacer todo lo que hizo, o sea matar, robar, armar la ballesta, dispararla, enviar al otro rascacielos el botín, colgar de nuevo la ballesta y salir de la habitación, se necesitan, por lo menos, dos minutos y medio o tres. Si Christina no se entretuvo, habría tenido que sorprender a Hewit en pleno delito... a menos que lo hubiese cometido algo antes. Pero todas estas preguntas sólo pueden ser contestadas por Parker. Él posee todas las ventajas de la Policía. Ha podido interrogar a todos los testigos y sin duda, habrá confrontado sus coartadas.

En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Susana contestó a la llamada y luego tendió el aparato a Duke.

—Es Terry Tedford —anunció.

—Dígame, Terry —dijo Duke, llevándose el teléfono al oído.

—¿Es usted el señor Straley? —preguntó la voz de un hombre.

—Yo soy. ¿Ha averiguado algo?

—Muy poco. El "Gamba" ha seguido a la señorita Eberling hasta su casa. En cuanto ella entró en el edificio, el "Gamba" dirigióse a una cabina telefónica y marcó el número 0. 0. setenta y ocho veinticuatro 0. 0. Siete, ocho, dos, cuatro. Habló con un tal Denver Blackie. La conversación se desarrolló en voz tan baja que no pude oír nada. El "Gamba" mantiene su vigilancia de la casa de la señorita Eberling. ¿Qué hago?

—Siga vigilando al "Gamba". Telefonee dentro de una hora. La señorita Cortiz le transmitirá mis órdenes.

Apenas Duke hubo colgado el teléfono, Susana le miró, furiosa.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó—. ¿Es que habré de permanecer aquí, sin moverme, esperando llamadas telefónicas?

—Claro —rió Duke—. No estoy dispuesto a exponerla a los riesgos que corrió en nuestra primera aventura.

Descolgando el teléfono, Duke llamó al capitán Parker.

—Hola, Straley —saludó el policía—. ¿Qué ha averiguado nuestro sagaz Terry Tedford?

—Amigo Parker, conozco lo bastante a la Policía para estar convencido de que Terry Tedford ha cumplido todas sus órdenes y ha informado a sus jefes de lo mismo que me ha comunicado a mí... o de algo más.

—Muy listo, Straley —replicó, irónico, Parker.

—Y creo también que de la misma forma que la Policía tiene muchas ventajas sobre un investigador privado, en cambio se ve entorpecida por muchas trabas. Hay cosas que usted, Parker, no puede hacer sin exponerse a la degradación. En cambio, mi responsabilidad, en el mismo caso, sería mucho más limitada. Por eso quería mi ayuda.

—¡Listísimo! —exclamó Parker—. Voy a solicitar para usted el primer premio.

—¿Puede decirme a qué dirección corresponde el número 0. 0. siete mil ochocientos veinticuatro?

—Al cinco mil cuatrocientos treinta de la Avenida Calumet. Un café de mala nota.

—Le felicito por la rapidez de la respuesta —rió Duke—. Si no fuera porque le creo un hombre inteligentísimo, supondría que hace varios minutos que ha pedido esa información a la central telefónica.

—Se equivocaría —replicó Parker—. En mis ratos de ocio he aprendido de memoria todo el listín de teléfonos y no me cuesta nada recordar a quién pertenece un número.

—Sobre todo si antes de que se lo pregunten ha tenido tiempo de consultar el listín secreto que les proporciona la Compañía Telefónica. De todas formas, Parker, muchas gracias. Supongo que no ha enviado ya a sus agentes al café ése porque sospecha que se va a tratar de un trabajo sucio y prefiere que las manchas caigan sobre mí antes que ensuciarle su lindo terno.

—Me está asombrando su sagacidad, señor Straley. Por cierto que si yo tuviese que darle un consejo recomendaría que llevase un arma de fuego o dos. A veces por aquellos lugares suenan disparos.

—Gracias por el consejo. No suelo ir desarmado.

Duke colgó el teléfono y recomendó a Susana:

—No se mueva de aquí para nada. Tome nota de todas las llamadas telefónicas.

Mientras decía esto, Duke sacó de una funda sobaquera una pistola del mismo tipo de las Colts automáticas calibre 45, pero que en realidad sólo era del calibre 22, o sea, casi un juguete.

—¿Desde cuándo emplea ese tipo de detonadora? —preguntó Susana.

—Posee muchas ventajas —replicó Duke—. En primer lugar puede matar tan eficazmente como una pistola mayor, el retroceso es nulo, el alcance es el mismo que en las pistolas mayores, se puede disparar más de prisa y con mejor puntería... Y lo importante, en ciertos casos, es disparar de prisa y certeramente. Si falta eso, tanto da utilizar un cañón como una cerbatana de esas que sirven para tirar guisantes.

Después de comprobar si el arma estaba cargada, Duke volvió a guardarla y despidióse de Susana. Poco después subía a un taxi y daba una dirección al chofer.

 

CAPÍTULO V

LUCHA Y VIOLENCIA

El café-bar estaba situado en la esquina que formaban las calles Calumet y 85. Era un establecimiento sombrío, con unas cuantas mesas en su interior. A un lado del edificio se levantaba una sucursal de las tiendas Wolworth, donde todo se vendía a cinco y a diez centavos y que no debía de llevar una vida muy próspera, pues pedía a gritos una nueva capa de pintura roja. Al otro lado se encontraba un garaje, cuyos cristales también exigían imperiosamente un buen lavado.

Duke entró en el café y pidió una jarra de cerveza. Era enemigo de la acción directa, y le disgustaba tener que preguntar al propietario del local dónde estaba Denver Blackie. Estaba seguro de que su pregunta sería acogida con todas las reservas y, sin duda, con ninguna buena voluntad. No obstante, ¿qué otra cosa podía hacer? No conocía a Denver ni al "Gamba" y, por lo tanto, le sería imposible adivinar su identidad, especialmente la de Denver, de quien sólo conocía el nombre, aunque a juzgar por lo de "Blackie" cabía suponer que sería moreno o, al menos, vestiría de negro.

Ya se disponía a hablar cuando desde una de las mesas llegó la voz de su ocupante, solicitando:

—Otra ginebra, Jack.

Duke permaneció inmóvil, sin acusar la emoción que aquellas palabras acababan de producirle. Era la misma voz que sonara a su espalda la noche en que Susana y él fueron "eterizados". Aquel era uno de los dos pistoleros.

Dejando sobre el mostrador la ya vacía jarra de cerveza, Duke avanzó, lentamente, hacia el hombre. Éste era un tipo fornido, de nariz aplastada, de cabellos rojo-ladrillo, cortados de forma que se elevasen como cerdas de cepillos. Era, sin duda, un veterano pugilista que estaba viviendo sus peores años.

El pelirrojo observó, suspicazmente, a Duke. Su hostilidad era bien manifiesta y no se redujo cuando Duke, inclinándose hacia él, le preguntó:

—¿Podría decirme dónde está Denver Blackie?

El hombre entornó les ojillos.

—¿Quién es Denver Blackie? —gruñó.

Duke se encogió de hombros.

—No le conozco. Acabo de llegar de Kansas, donde unos amigos me dijeron que viniese aquí, a este bar, y preguntara por él. Dijeron que era compañero suyo y que pagaría bien algunos informes que traigo para él. Dicen que es muy espléndido.

Los ojillos del hombre se iluminaron.

—Conozco a un muchacho que conoce a Blackie. Déme esos informes y yo se los pasaré a él para que los haga llegar a Blackie.

Duke sonrió astutamente.

—¿Tan idiota le parezco, amigo? —murmuró.

Los cabellos del antiguo pugilista parecieron ponerse todos de punta. Enrojeció aún más y empezó a levantarse, como dispuesto a replicar a puñetazos a la pregunta de Duke. Al fin se contuvo y, acabando de ponerse en pie, gruñó:

—Sígame.

Duke tuvo la impresión de que el hombre no era tan bruto como parecía y que no caía desprevenido en la trampa. Marchó en dirección a un largo pasillo, al principio del cual se veía una cabina telefónica. Hacia el centro desviáronse a la derecha y subieron por una estrecha escalera. Cuando llegaron al primer piso torcieron hacia el fondo, deteniéndose el pelirrojo ante una puerta, a la que llamó con los nudillos.

—¿Quién? —preguntó, secamente, una voz de hombre.

—Soy Red (Rojo) con un amigo —contestó el pugilista.

—Está bien —respondió la voz, al otro lado de la puerta.

Cuando ésta empezaba a abrirse, Red se hizo a un lado e invitó a Duke a que entrase. En el mismo instante llegó de abajo la voz del dueño del bar, llamando:

—¡Red! ¡Al teléfono!

Duke preguntóse si en el bar habría otro teléfono, pues no había oído sonar el de la cabina de junto a la escalera.

Red había vacilado, como no sabiendo qué partido tomar.

—¡Larrigan, te llaman por teléfono! —repitió el dueño del local.

Duke percibió claramente la presencia de un peligro.

—¡Baja a contestar, Red! —ordenó una voz desde dentro del cuarto.

—¡Voy! —gritó el pelirrojo, marchando hacia la escalera.

Duke entró en la habitación, cuya puerta se cerró tras él. La estancia estaba míseramente amueblada con una mesa de pino, un par de sillas de alto respaldo y un sillón. Éste se encontraba frente a la mesa y, sentado en él, hallábase un hombre vestido con gran elegancia, de facciones aquilinas, cabello negro como la pez y aspecto de financiero. Su aspecto no se diferenciaba en nada de los hombres de negocios que vivían en los barrios comerciales de la ciudad. En aquella sórdida habitación, situada en el piso de encima del bar, Denver Blackie estaba completamente desplazado.

¿Quién sería aquel hombre? Duke se hizo mentalmente la pregunta mientras avanzaba hacia la mesa. ¿Un jefe de pistoleros? No le faltaba energía para ello; pero su aspecto no era el de un hombre habituado a imponerse por la violencia. Su fuerza estaba en su cerebro, en su inteligencia, y sus negrísimos ojos lo acusaban claramente.

Duke comprendió que era inútil tratar de engañar a aquel hombre. Estaba casi convencido de que Denver Blackie le conocía. Además aquel hombre no estaba desde hacia mucho en aquella habitación. En el suelo, junto a la mesa, sólo se veía un poco de ceniza del cigarrillo a medio fumar que Blackie sostenía entre los dedos de la mano izquierda. ¿No sería aquello un escenario dispuesto a toda prisa para tender una trampa?

Esperando que los acontecimientos aclarasen aquellos puntos, Duke sentóse en la silla colocada frente a la mesa y clavó la mirada en Denver Blackie. Su rostro era tan inexpresivo como el del otro.

—Iré recto al asunto —dijo—. Colocaré ante usted mi juego. Represento a la señorita Eberling. Supongo que está ya enterado de que ella no tiene los quinientos mil dólares que le piden por el revólver. La primera petición de dinero la dejó ya arruinada. Está dispuesta a acudir a la Policía y explicar toda la verdad. Ningún jurado compuesto por hombres la condenará. Usted lo sabe.

Duke se interrumpió, dominado por la impresión de una completa derrota. Los negrísimos ojos de Denver no habían acusado la menor emoción. Cualquiera hubiese dicho que no había oído las palabras de Duke. Por fin, con voz mortecina, declaró:

—No sé de qué me está usted hablando.

Duke percibió claramente la presencia de otro hombre en la habitación, a pesar de que no había oído ningún ruido. Fue a volverse, pero era ya demasiado tarde. El duro y helado cañón de una pistola acababa de apoyarse, significativamente, en su nuca.

—Coloque las manos sobre la mesa —ordenó secamente Red Larrigan. Luego agregó:— Si, es el tipo de quien hablaron, jefe.

Duke obedeció lentamente, y mientras colocaba las manos tal como le había sido ordenado, se maldijo por lo estúpidamente que estaba llevando aquel asunto. ¡Pensar que hubiera podido señalar, casi desde el principio, al asesino y que, por afán de llegar más al fondo de la verdad, se había expuesto a que todo fracasara!

Levantándose, Denver Blackie se inclinó hacia él, por encima de la mesa, y tras un ligero cacheo alcanzó la pistola. Duke, inmovilizado por el contacto de la pistola, no intentó el menor movimiento. Denver extrajo la pistola y, volviendo a sentarse, sonrió sardónicamente.

—¿Para que le sirve este juguete, señor Straley? —preguntó—. ¿Para cazar conejos?

—No; lo utilizo para cazar ratas y piojos —replicó Duke.

—Bien contestado —sonrió Denver, jugueteando con la pistola.

—¿Lo arreglamos todo ahora, jefe? preguntó Red Larrigan, mientras apretaba con más fuerza la pistola contra la nuca de Duke.

Era indudable que solicitaba permiso para apretar el gatillo.

—No seas idiota —replicó Denver. Y dirigiéndose a Duke, agregó:— He oído hablar mucho de usted, señor Straley, y, lo confieso, al saber que iba a tenerle por enemigo no pude dejar de sentir un poco de miedo. Jamás creí que fuese tan fácil cazarle. Ni un niño hubiese caído con más ingenuidad que usted. El trabajo de seguir al "Gamba" debió haberlo encargado a otro que a Terry Tedford. Aunque es nuevo en el Cuerpo, le tenemos ya fichado.

—¿Sabe quién me dio la dirección de ésta casa? —preguntó Duke.

—El capitán Parker, sin duda —contestó Denver—. Pero no me importa. El capitán no me conoce. Para él es muy nuevo el nombre de Denver Blackie. Tan nuevo que hasta hoy no lo había conocido. Por eso cuando el "Gamba" nos dijo que Terry Tedford le seguía esperamos pacientemente que se presentase alguien preguntando por Denver Blackie. Cuando llegó ese alguien supimos, enseguida, quién era. Luego unos informes complementarios nos revelaron su identidad.

—¿Y qué piensa hacer conmigo? —preguntó Duke.

—Dudo entre seguir los consejos de Red o retenerle cautivo hasta que no pueda estorbarnos, o sea, después de cobrar el rescate del revólver.

—Christina Eberling no puede pagar la suma que le piden.

—Ya lo sabemos —contestó Denver—. Pero hay dos hombres muy enamorados de ella, y cualquiera de los dos pagara el medio millón por salvar a su amada.

—O tal vez paguen los dos el medio millón y ninguno recupere el revólver —comentó Duke.

—Cierto. Todo dependerá de la listeza que demuestren. Como no podrá usted perjudicarnos con sus declaraciones, puedo explicarle que Hendrik Blamey ha recibido también una carta en la cual se le expone el riesgo que está corriendo su novia. Si él puede reunir el medio millón quizá logre quitarle las esperanzas a Arnold Hewit. Uno u otro pagará, pues los dos están enamorados y el amor es lo mejor para nosotros en estas casos.

Blackie volvió a levantarse y guardó en un bolsillo la pistola de Duke.

—Sígame —dijo—. Vamos a hacer un viajecito.

Red Larrigan apartóse de Duke y éste le vio guardar en el bolsillo la pistola del 45 legítimo con que le había encañonado. Pero en realidad Red no pensaba guardar el arma inactiva, sino protegerla de la vista de los curiosos, y una vez dentro del bolsillo, siguió empuñándola, encañonando la espalda del joven. El cañón del arma dibujábase contra la tela.

Salieron de la habitación. Denver Blackie iba delante, camino de la escalera. Aunque su rostro permaneció inexpresivo, Duke sonrió, divertido. Difícilmente se hubiese podido hacer nada mejor que aquello. Una de las cosas que sabía hacer más bien Duke era caer. Como le había explicado su maestro, ningún hombre corre peligro estando derecho. El peligro está en caer mal. Por ello Duke practicó en la escuela de aviación los saltos de los paracaidistas al chocar contra el suelo, estudió greco-romana, lucha libre y jiu-jitsu, y, además, había tomado lecciones de un técnico de Hollywood, encargado de enseñar a los actores la forma de caer por las escaleras de manera que resultase aparatosa e inofensiva. De este último iba a poner en práctica uno de los mejores trucos.

Habían descendido unos dos escalones cuando, al pisar el tercero, Duke hizo como si se le enganchara el tacón del zapato y cayó hacia delante, extendiendo los brazos como para protegerse. Al mismo tiempo doblóse para dar más impulso a su cuerpo, de manera que salió disparado como por una catapulta. Su cabeza chocó contra los riñones de Blackie, cuya cintura rodeó con los brazos.

El grito del elegante Denver fue ahogado por la detonación de la pistola de Red Larrigan. La bala pasó por el punto en que una fracción de segundo antes había estado el cuerpo de Duke.

Una masa de carne humana fue a chocar contra el pie de la escalera. El cuerpo de Blackie rebotó a causa del impacto, y luego quedó inmóvil. Duke había caído sobre él, y aunque algo vacilante a causa de la conmoción, no había sufrido daño alguno, y su mano derecha buscó, afanosa, en el bolsillo de Blackie.

Red Larrigan vio el movimiento de Duke y empezó a lanzar imprecaciones, mientras luchaba por sacar la pistola, cuyo percusor habíase enganchado en el desgarrado bolsillo.

Cuando al fin logró soltarla era ya demasiado tarde. A causa del violento tirón, la mano de Red salió violentamente del bolsillo, empuñando siempre el arma. Antes de que pudiese apuntarse oyeron tres secas detonaciones. Las pequeñas balas de pomo del 22 se hundieron en el brazo de Red, que se encontró sin fuerzas para apretar el gatillo de su pistola.

Duke se puso en pie y anunció, burlonamente:

—Lamento no estar en condiciones de entregaros a la Policía; pero todo llegará. Dile a Blackie, cuando despierte, que como colchón es muy duro. Adiós.

Rápidamente se alejó de la escalera y al llegar al bar se detuvo un momento junto al mostrador para pedir un vaso de agua. Bebió una parte del contenido y en el resto mojó un pañuelo, con el que se humedeció uno de sus magullados pómulos.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó, casi sin voz, el dueño del bar.

Duke sonrió, burlón, y replicó:

—Me di contra una puerta abierta. ¿Comprende?

—Sí —tartamudeó el otro—. Claro... una puerta abierta...

—Por eso dentro de una hora la Policía vendrá a cerrar todas las puertas de esta casa. Son muy peligrosas.

Con una nueva sonrisa, Duke salió de la taberna y, deteniendo un taxi, se hizo conducir a la jefatura de Policía.

 

CAPÍTULO VI

LAS JOYAS DEL RAJAH DE PALWAN

—Seguro que se ha dado contra el filo de una puerta —sonrió el capitán Parker cuando Duke entró en su despacho.

—Desde luego —respondió Duke, sentándose en uno de los sillones colocados frente a la mesa del capitán—. Y todo por sus buenos oficios. A los de usted y de su sagaz agente Terry Tedford. Dudo que exista otro mejor... para hacer las cosas peor.

—¿Qué le ha ocurrido?

—Pues que su Terry Tedford siguió tan bien al "Gamba" que el único que no se dio cuenta de su presencia fue el propio Terry Tedford. Los demás lo vieron todo, le reconocieron, le tendieron una deliciosa trampa en la cual caí yo de cuatro patas y por poco dejo el pellejo.

—Me extraña mucho —comentó Parker, cuando Duke hubo terminado de explicarle lo sucedido—. Terry es un muchacho que vale mucho y que se ha destacado por la destreza con que ha seguido siempre las pistas más difíciles. Desde luego, en nuestros ficheros no existe ningún Denver Blackie y mucho temo no poder actuar contra él, a pesar de que no nos sería difícil dar con su pista por medio del café donde ha ocurrido la lucha o del "Gamba" o, incluso, de Red Larrigan.

—¿Se han complicado las cosas?

—Mucho. ¿Sospecha usted de alguien como autor del asesinato de Herman Blamey?

—Sí.

—¿De quién?

—Es pronto para decir nada. Además, con las pruebas que poseo no se le puede acusar ni detener. En cambio, Christina Eberling es una sospechosa ideal. Creo que fue la primera en descubrir el asesinato. Iba a hablar con su tutor; pero asustada cerró la puerta del despacho y volvió a bajar, sin decir nada de su descubrimiento. Además, las huellas de sus dedos están en el revólver que se utilizó para el crimen. ¿Qué harían ustedes si ese revólver fuese a parar a sus manos?

—Detendríamos a la persona cuyas huellas apareciesen en él —contestó Parker.

—Pues bien, para que eso no suceda, los verdaderos culpables exigen medio millón a Christina Eberling.

—Y otro medio millón a su alteza Patrap Sing Bahanur, rajá de Palwan, principado indio famoso por sus riquezas.

—¿Quién es ese rajá del cual hasta ahora no había oído hablar?

—Es una barra de acero metida en el engranaje de la Justicia —suspiró Parker—. Mientras él ande de por medio no podemos hacer nada.

—Explíquese mejor.

—Muy sencillo. Patrap Sing es un príncipe indio. Posee una excelente cuadra de caballos que van a debutar en Santa Anita. Posee un par de Rolls Royces, tiene un palacio en Beverly Hills, asiste a todas las fiestas que dan los artistas de cine de Hollywood y, según ciertos rumores, posee un harén bastante numeroso, aunque no fijo.

—¿Y ese tipo tiene algo que ver con la muerte de Herman Blamey?

—Sí. Patrap Sing Bahanur salió de Palwan hace cuatro años. Dijo que iba a darse una vueltecita por nuestra nación; pero le encontró gusto, y como California es un Estado cálido, agradable, de cielo azul, con palmeras y hasta desiertos, el rajá se encuentra, según dice, como en su casa. Por nada del mundo quiere marcharse, y como lleva un tren de vida fabuloso, ha agotado ya sus recursos en metálico. Necesita dinero y ha recurrido al expeditivo sistema de vender una parte de las joyas de su tesoro. Posee las más notables esmeraldas del mundo, y algunos de los brillantes más gruesos. En total, dicen que en Palwan tiene algo así como treinta millones en joyas. Desde no sé cuantas generaciones, los Sing Bahanur han ido aumentando ese tesoro. El pueblo está orgulloso de sus joyas, y en los días de procesiones mira, embobado, las piedras preciosas que adornan al rajá, a su caballo, a su elefante, a sus mujeres, a sus criados, a sus ayudantes, oficiales y soldados de la guardia personal. El pueblo pasa hambre y necesidades, pero se conforma sabiendo que en el palacio del rajá, y defendido por dos cañones de oro que lanzan balas de plata, existe un tesoro propio de las Mil y una Noches.

"Patrap Sing ha vendido ya una décima parte de ese tesoro. Quizá sea algo menos. El valor de las joyas vendidas se eleva a unos dos millones de dólares, y el príncipe obtuvo por ellas novecientos cincuenta mil dólares. Fue Herman Blamey quien le dio esa suma.

—¿Y el rajá le hizo asesinar para que no le descubriese?

—Tal vez —replicó Parker—. Desde luego el buen pueblo de Palwan, que suma unos doce millones de habitantes, se enfadaría mucho si supiese que su soberano se había desprendido de una parte de la riqueza nacional para invertirla en caprichos. Patrap Sing lo tuvo en cuenta, y cuando por mediación de Clifton Crounse entró en tratos con Herman Blamey, que deseaba adquirir las joyas para iniciar con ellas una colección, lo primero que dijo fue que se le debía proporcionar, además del millón de dólares que pedía, una copia exacta de las joyas. Es decir, una copia que ante los ojos de los súbditos del rajá no se diferenciase en nada del original. Herman Blamey aceptó la oferta, rebajó en cincuenta mil dólares el precio que iba a pagar, e invirtió ese dinero en encargar la confección de un duplicado exacto de las joyas. Se trataba de una copia maravillosa, montada en los mismos metales que los originales, y sólo son falsas las piedras. Así, las esmeraldas, brillantes, perlas, rubíes y ópalos son casi más hermosos que si fuesen legítimos. No creo que aquellos pobres indios se dieran cuenta del cambiazo.

—Muy listo el principito.

—Sí, es astuto como una zorra; pero las cosas no le han salido como él deseaba. Herman Blamey prometió entregar el dinero en el momento en que recibiese las joyas. Y según parece, el móvil del crimen fue apoderarse de aquel dinero; pero el asesino llegó tarde, y cuando hubo dado muerte a los dos hombres se encontró con que la caja estaba vacía de dinero, aunque enriquecida con dos millones en joyas. A falta de cosa mejor, el asesino robó las piedras preciosas y se desembarazó de ellas por el medio que usted descubrió; pero dos millones en joyas no son tan fáciles de utilizar como un millón en billetes de Banco. Hay que venderlas, y existen pocos compradores capaces de pagar su valor. Es preciso tallarlas de nuevo, dividir en varias las más grandes, y aprovechar las valiosas monturas fundiéndolas. Es decir, que en el mejor de los casos el ladrón sólo podría obtener un cuarto de millón o trescientos mil dólares. Y aun eso dentro de muchos meses. Si el asesinato se hubiese cometido una hora antes, el criminal hubiera encontrada casi un millón en la caja de caudales de Herman Blamey.

—Entonces, ¿creen que ese es el motivo del crimen?

—Sí. Todo lo indica, Straley. Ellos esperaban un millón y tratan de sacarle medio a la señorita Eberling y otro medio al rajá.

—¿Cómo piensan sacárselo a él?

—Ya le han enviado el ultimátum. En el despacho de Herman Blamey encontramos muchas huellas dactilares. Unas de ellas del amigo Clifton Crounse, que es un sujeto que vive un poco al margen de la ley, aunque hasta ahora no se le ha podido acusar de nada grave. Al encontrarnos con aquellas huellas, le buscamos y durante un par de horas le estuvimos diciendo que era el asesino de Herman Blamey y que iba a colgar de la horca. Trajimos al mayordomo Williams, que le reconoció como uno de los dos visitantes recibidos por Blamey antes de su muerte. Ante semejantes pruebas contra él, Clifton Crounse acabó cantando de plano. Nos dijo que actuando por cuenta del rajá de Palwan había estado buscando comprador para las joyas que el indio deseaba vender. La mejor de todas las ofertas era la de Herman Blamey, y, a él decidió vender el príncipe indio sus joyas. Clifton Crounse debía recibir, como comisión, cincuenta mil dólares. Se arregló todo, se sacaron las copias, y se fijó el día de la entrega. Clifton fue a casa de Blamey, acompañado por el príncipe, que se quedó en un auto, abajo. Entregó las joyas, recibió el dinero, despidióse de Blamey y entregó el dinero a su jefe, recibiendo a cambio su comisión y despidiéndose para siempre del rajá. O por lo menos hasta que hubiese más joyas que vender. Pero intervinimos nosotros. Se descubrió todo y, casi al momento, recibimos un aviso del Ministerio del Exterior, en el cual se nos recomendaba la máxima reserva en aquel asunto.

—¿Por qué?

—Porque es imprescindible que la noticia no salga de entre los pocos que la conocemos. Palwan está en la India, y la India forma parte del Imperio Británico, y el Imperio Británico es aliado de les Estados Unidos. Por lo tanto, a ninguno de los dos gobiernos le interesa que las locuras de Patrap Sing lleguen a ser del dominio público y, mucho menos, que algún eco de ellas llegue a Palwan. Es muy posible que si aquellos salvajes se enterasen de que su soberano se había vendido alegremente una parte del sagrado tesoro, ocurriese una sublevación cuyas consecuencias podrían ser muy graves en los delicados momentos que vivimos, pues los disturbios podrían propagarse a toda la India.

—Entonces, ¿qué van a hacer?

—Aún no he terminado. Hace dos días, el rajá de Palwan recibió un mensaje en el cual se le propone venderle por medio millón las joyas legitimas, dejando así, para él, un beneficio neto de cuatrocientos mil dólares. Patrap Sing, al darse cuenta de la importancia que su pequeño Estado tiene, ha traspasado la comunicación a la Embajada inglesa, y el Gobierno británico le ha contestado remitiéndole medio millón en dólares para que recupere las joyas.

“También le propone una pensión de otro medio millón anual a condición de que abdique en su hijo mayor. Como es natural, no quieren exponerse a tener que ir comprando todo el tesoro de Palwan a medida que el soberano lo vaya vendiendo.

—¿Y qué ha dicho el rajá?

—Ha contestado que necesita setecientos cincuenta mil dólares al año y que le compren un palacio en la costa del Pacífico. Tiene la sartén por el mango y lo aprovecha. Seguramente aceptarán su petición, y cuando las joyas vuelvan a hallarse en Palwan, medio mundo respirará más tranquilo.

—Entonces... ¿se ha entrado en comunicación con los poseedores de las joyas?

—Sí. Se les entregará el medio millón y, si es posible, se les tenderá una emboscada donde mueran todos. Así pagarán su crimen y cerrarán los labios para siempre. Si son listos y se escabullen, no nos preocupáremos más de ellos.

—Entonces todas las pesquisas sobre el caso Blamey se dirigen hacia el robo de las joyas, ¿no?

—Sí. ¿Qué otro móvil podía existir para el crimen?

—No sé —mintió Duke—. ¿Y lo de las acciones Pitter?

—Aquello no es ningún delito. Se trata de una jugada de bolsa completamente legal. Blamey jugó y perdió. Otro se aprovechó de su derrota y obtuvo un buen beneficio.

—¿Quién fue?

Parker encogióse de hombros.

—No hemos podido averiguarlo.

—¿No conocen al agente que realizó las compras?

—Sí; pero el hombre dice que tiene derecho legal a ocultar el nombre de su cliente en tanto que no se compruebe que al comprar acciones de la Pitter Minnings Company colaboró en un delito. Como hasta ahora no hemos podido demostrar eso, el agente reserva el nombre de su cliente. Y como se trata de un tipo muy cascarrabias, es mejor dejarlo y esperar el curso de los acontecimientos.

—Pero ese detalle de la Pitter unido al de las joyas indica que alguien muy cercano a Herman Blamey anda complicado en el crimen.

Parker negó con la cabeza.

—No —dijo—. Lo de las acciones de la Pitter es de muy fácil explicación. Lo mismo que Blamey supo lo que iba a suceder pudo averiguarlo otro financiero y hacer la jugada. En cuanto a lo de las joyas, pudo saberse por indiscreción de Blamey, por indiscreción del príncipe, que en cuanto tiene unas copas demás se convierte en un charlatán terrible.

—Pero de todas formas el asesino puede localizarse entre los invitados a la fiesta de Blamey.

—No es imprescindible que el asesino, para llegar hasta el despacho, estuviera entre los invitados, Straley. Piense que de la forma que Clifton Crounse salió sin ser visto por nadie, por medio del ascensor particular de Blamey, otro pudo subir por él y llegar hasta el despacho.

—El asesino entró en el despacho de Blamey mientras éste se hallaba fuera despidiendo a ese Crounse —recordó Duke—. Se ocultó detrás de una de las cortinas de la ventana y disparó sobre Blamey y Trollop. ¿Qué necesidad tenía de disparar? ¿Por qué no limitarse a obligarles a que le entregasen las joyas o el dinero? Si para los dos hombres hubiera sido un desconocido, no le habría importado que le viesen la cara. Si mató a Blamey y a Trollop fue porque le importaba mucho que no hablasen.

—Tal vez —admitió Parker—; pero si aquel hombre creía encontrar en la caja de caudales un millón de dólares, es muy lógico suponer que esperase resistencia por parte de los interesados, y que prefiriese matarlos por sorpresa y pudiendo apuntar cuidadosamente, que hacerlo luego con más probabilidades de fallar el tiro.

—Pero al menos habrá examinado las coartadas de los invitados a la fiesta.

—Claro. Sólo hay dos personas que no tengan una coartada sólida. Christina Eberling y Arnold Hewit. Todos los demás parecen tener coartadas en abundancia; pero ya sabe usted lo que ocurre en esas fiestas. Los que asisten a ellas son los mismos que han asistido la noche anterior a otra, y la semana pasada a tres o cuatro más, y el mes anterior a quince o veinte, una de las cuales se celebró, también, en casa de Blamey. Se archi-conocen, se ven casi sin verse. Se saludan y hablan y al minuto no saben de qué han hablado, ni si lo que comentaron con fulano lo comentaron media hora antes o en la fiesta que se dio allí mismo el mes pasado. Las mujeres suelen estrenar, por lo menos, un traje de noche cada mes; pero los hombres no. Ellos visten igual noche tras noche. ¿Cómo va a poderse asegurar si el invitado que se bebió diez copas de whisky se las bebió aquella noche o treinta días antes?. Lo único que saben es que se las bebió allí. Por lo tanto, es casi imposible hacer caso de las coartadas por muy probadas que estén.

—Si ya tiene el caso bien enfocado, no me necesitará para nada.

—Sí, señor Straley. Le necesito, porque si por una parte creo estar en posesión de la verdad, también admito que pueda haber algo más y que usted enfoque mejor que yo sus sospechas. Lo que me interesa es la solución del misterio. ¿Hacia dónde se dirigen sus sospechas?

—¿Quién se beneficiaba con la muerte de Herman Blamey?

—En primer lugar Christina Eberling, pues sin necesidad de casarse se ha encontrado propietaria de un rascacielos valorado en cuatro millones de dólares. Si se hubiera casado con Arnold Hewit, la fortuna no hubiera ido a parar a sus manos.

—¿Quién más se beneficia?

—Hendrik Blamey se beneficia relativamente, pues a menos que se case con Christina, pierde el rascacielos. Por lo demás, es el heredero total de los bienes de su tío.

—¿Existía alguna posibilidad de que Herman Blamey le desheredase?

—No. Tío y sobrino se llevaban perfectamente y Hendrik Blamey ayudó a su tío en algunas de sus mejores operaciones de Bolsa. Gracias a la ayuda de su tío, Hendrik Blamey tiene un pequeño capital y era el hombre de confianza de Herman Blamey.

—¿Qué tal es su coartada?

—Buena. Dice que Christina le envió a buscar un refresco de chocolate y que la señorita Cortiz también le pidió uno. Cuando estuvieron preparados volvió a la sala y vio que usted y la señorita Cortiz bailaban y que Christina Eberling había desaparecido. Aguardó un momento y en cuanto terminó el baile le ofreció a Susana Cortiz el refresco y él se bebió el de Christina.

—Es verdad. Yo puedo apoyar su coartada. Luego salió con Susana en busca de la llave del despacho, y dice Susana que no se apartó de ella ni un momento. ¿Y respecto a lo de las Pitter?

—Hendrik poseía un centenar de acciones y su tío le obligó a que las vendiera. Ha perdido casi seis mil dólares. De haber salido bien las cosas, hubiera sido vicepresidente de la Pitter Minning Company.

—¿Se beneficia Arnold Hewit con la muerte de Blamey?

—Si tenía la seguridad de que Christina se casase con él, se beneficiaba con la parte que le correspondería del rascacielos. La señorita Eberling no es mujer de negocios y hubiera entregado a su marido la administración del edificio. Esto significa manejar mensualmente más de cien mil dólares de los alquileres de los despachos.

—¿Tiene fortuna propia Arnold Hewit?

—Sí. Casi unos dos millones.

—¿Cómo la hizo?

—Una parte la reunió contrabandeando alcohol en los últimos tiempos de la prohibición, luego supo lanzarse a algunos negocios arriesgados y de cada uno de ellos salió perfectamente. La audacia es su principal característica.

—¿Está enamorado de Christina Eberling?

—Sí. No cabe duda de que siente un gran amor por ella. ¿Sospecha usted de él?

—Sí. Es mi sospechoso predilecto; pero desde que me ha hablado de ese rajá empiezo a sentir ciertas dudas.

—Déjeme el rajá a mí y siga usted con los otros. Los asuntos internacionales es preferible no rozarlos. ¿Quiere que le envíe a Terry Tedford?

—Sí, envíelo; pero que antes pase por el estrecho de Magallanes y regrese vía Nueva York... en velero.

Parker echóse a reír.

—Un error lo puede tener cualquiera.

—Prefiero que lo tenga cualquiera; pero que no pague yo las consecuencias. ¿No piensa hacer nada contra Denver Blackie?

—Sí; pero a su debido tiempo.

Duke se puso en pie y, dirigiéndose a Parker, le dijo:

—Le deseo que cobre bien pronto el premio por recobrar las joyas de Palwan, Parker.

—Pero... ¿qué está diciendo?

—¿He dicho algo? —sonrió Duke.

—Claro que ha dicho. ¿Cómo sabe...?

—Cuando un policía como usted se entretiene echándome polvo a los ojos y desviándome hacia otras pistas, por fuerza he de creer que quiere alejarme del dinero que se pueda ganar. Pero hace mal, Parker. Soy lo bastante rico para no preocuparme por esos detalles. Aunque le hubiera ayudado a resolver el misterio, habría dejado que el premio fuese para usted. Y lo haré así si quiere solicitar mi ayuda en algún momento.

Levantándose, Duke tendió la mano a Parker y salió del despacho de éste. Cuando llegó a la calle tomó un taxi y ordenó al chofer que le condujese al edificio Blamey.

 

CAPÍTULO VII

LA PISTA DE LAS "PITTER MINNING COMPANY"

Hendrik Blamey le recibió en el despacho de su tío.

—Me alegro mucho de que haya usted venido, señor Straley —dijo el joven—. Si me hubiese atrevido le habría pedido yo mismo que me visitara.

—¿Con qué objeto? —preguntó Duke.

—Lea esto —replicó Hendrik, tendiendo a Duke un papel escrito a máquina.

Duke tomó la nota y leyó:

 

"Señor Blamey: La muerte de su tío ha sido para usted un inesperado y agradable acontecimiento. Toda la inmensa fortuna de Herman Blamey pasa a sus manos, excepto el rascacielos, y aun éste, si es usted listo, puede ser suyo. Su tío, con el antipatriótico objeto de ahorrarse impuestos y parecer menos rico de lo que era, puso, a nombre de Christina Eberling el Edificio Blamey. También puso a nombre de usted otros edificios, valores y bienes que ahora pasarán a sus manos y le convertirán en hombre muy rico. Aparte de eso está el resto de la herencia, y aunque de ella tendrá que cederle un buen bocado al fisco, siempre le quedará lo bastante para que sea usted uno de los hombres más ricos de California. Sabemos que está usted muy enamorado de Christina Eberling, y sabemos también que le disgusta mucho el que ella se lleve bonitamente un rascacielos que debiera ser de usted. Pues bien, para demostrarle que somos buenos amigos suyos, vamos a ofrecerle una doble oportunidad de recobrar el rascacielos. Usted ignora tal vez que la mano que empuñó el revólver que mató a su tío fue la de Christina Eberling. Sí, ella es la asesina, pues sus huellas dactilares se encuentran en el revólver Colt, calibre 44 y número 253.498, que en tiempos pretéritos perteneció al famoso Jesse James, cuyas iniciales figuran en las cachas. Si la Policía recibiese ese revólver, «o lo encontrara en casa de Christina Eberling», la señorita Eberling tendría que responder de unos cargos muy graves. Y le aseguramos que no podría explicar por qué subió al despacho de Herman Blamey mientras, según todas las apariencias, se encontraba en el lavabo. No pudiendo explicar eso, y no pudiendo explicar tampoco el hecho de que sus huellas apareciesen en el revolver que sirvió para cometer el crimen, iría a la cárcel o al patíbulo, pues aunque usted dijese que las huellas quedaron cuando ella examinó, delante de usted, el revólver, la palabra de un enamorado tiene muy poco valor, y la Policía preferirá atenerse a las pruebas que le suministra el revólver con las huellas dactilares. La señorita Eberling ha recibido una carta semejante a ésta y el señor Hewit ha recibido otra. Ella sabe el peligro que corre y estamos seguros de que dará algo más que las gracias al hombre que le entregue el revólver Colt y un trapo untado de aceite para borrar con él todas las desagradables huellas, después de lo cual el arma se convertirá en un objeto inofensivo para Christina Eberling. Como usted ve, ese revólver vale mucho. Significa, para el que lo consiga, la posibilidad de adquirir una mujer y un rascacielos. Por consiguiente, el precio de quinientos mil dólares no es nada exagerado. Estamos seguros de que usted, hombre de grandes recursos, sabrá encontrar ese dinero antes que su rival, el señor Hewit. Tan pronto como lo tenga recibirá instrucciones detalladas para su entrega. Creemos innecesario advertirle que la intervención de la Policía no favorecerá en nada a la señorita Eberling.

 

—¿Qué le parece? —preguntó Hendrik Blamey, cuando Duke hubo terminado la lectura.

—Muy interesante —admitió Duke—. ¿Qué piensa usted hacer?

—¿Es verdad lo que se dice aquí? Me refiero a lo de que Christina subió a este despacho.

—Sí, es verdad; pero no creo que tuviese intervención directa en el crimen.

—No, claro que no. Jamás podría sospechar de ella. El culpable debe de ser otro. Quizá Hewit.

—En la carta se dice de él que también recibirá una carta semejante —advirtió Duke.

—Es una añagaza para hacernos creer que es inocente.

—¿Qué piensa usted hacer respecto a esa petición? —preguntó Duke.

Hendrik Blamey miró con firme expresión a Duke.

—Pienso recuperar el revólver —dijo, sencillamente—. Obtendré el medio millón y compraré con él la seguridad de Christina. Si ella se decide, al fin, a olvidar a ese otro hombre, me sentiré feliz; pero si no puede separarse de él y a pesar de todo lo prefiere a mí, no le exigiré que lleve su reconocimiento hacia mí a extremos decisivos. Casado con ella y sabiendo que no había dejado de amar a Hewit, no podría sentirme feliz.

—Sus palabras le honran, señor Blamey —aseguró Duke—. No obstante, yo le aconsejaría que aguardase unos días antes de entregar el dinero. La Policía sigue otras pistas y quizá se descubra pronto al verdadero culpable.

—¿De quién sospechan? —preguntó, ansiosamente, Hendrik.

—No puedo decírselo, pues es un secreto; pero casi le puedo asegurar que Christina Eberling no figura entre los sospechosos.

—Pero si apareciese el revólver y la Policía no lograra dar con el culpable, seguramente el capitán Parker vería con mucho gusto la posibilidad de cargar las culpas sobre las espaldas de Christina.

—Tal vez —admitió Duke—. Por eso he venido a verle. ¿Está usted dispuesto a ayudarnos a dar con el criminal?

Con visible emoción, Hendrik Blamey replicó:

—Señor Straley, mi tío era para mí más que un padre. Cuando quedé huérfano no sufrí ni la mitad de lo que he padecido desde el día en que Herman Blamey perdió la vida. Yo no era nadie y gracias a él llegué a ser algo. Seria peor que un lobo si olvidase lo que debo a aquel gran hombre que fue Herman Blamey. Por eso estoy dispuesto a ayudarle en todo.

—¿Aunque su ayuda pudiera redundar en perjuicio de Christina Eberling?

Hendrik vaciló. Al fin, tras un hondo suspiro, replicó:

—Si Christina fuese una criminal, yo no podría amarla y, entonces, prestaría toda la ayuda que fuera necesaria para castigarla. Pero no creo que ella sea culpable.

—No, no lo es. En realidad yo sospecho de alguien que hasta ahora no ha aparecido en escena y de cuya identidad no tengo la menor referencia.

—¿De quién? —preguntó, ansiosamente, Hendrik.

—Del hombre o mujer que descubrió el juego de su tío en el asunto de las acciones de la Pitter. ¿Sabe usted quién es?

—No. Esa persona ha sabido rodearse del más impenetrable de los secretos.

No se sabe, ni quizá se sepa nunca, quién es.

—¿Y no existe medio de seguir la pista a esas acciones?

—Es lo que intentaré con todas mis fuerzas —dijo Hendrik—. Al fin y al cabo yo también salí perjudicado en la operación, y si es cierto que al autor de la jugada se le puede acusar de asesinato, procuraré por todos los medios dar con él.

—Una cosa más quisiera advertirle, señor Blamey: Si por casualidad se decidiera a pagar los quinientos mil dólares, procure tomar nota de la numeración de los billetes de Banco que entregue.

Hendrik sonrió tímidamente.

—Ya pensaba hacerlo —dijo—. He leído las suficientes novelas detectivescas para saber lo que se hace en esos casos.

—Una pregunta más, señor Blamey. Según explicó usted el día del crimen, al repetir las palabras del señor Hernian Blamey, Trollop, el cajero, había descubierto la identidad del comprador de las acciones de la Pitter.

—Es cierto.

—¿Y no se podría, investigando las mismas pistas que siguió Trollop, dar con lo mismo que él descubrió?

Hendrik Blamey movió negativamente la cabeza.

—No —dijo—. Es decir, yo no he podido. En primer lugar, Trollop no dejó ni en el despacho ni en su casa ningún dato que pudiera guiarnos. Lo primero que hice fue ver de encontrar lo que él había hallado; pero ni yo ni Wingate, el tercer cajero, pudimos descubrir nada.

—¿Sigue funcionando la oficina de su tío?

—Claro. Yo he quedado al frente de ella. Aunque no se ha dado todavía lectura al testamento, sé que soy el heredero, y no he creído necesario cerrar la oficina. El próximo lunes se hará el balance, a fin de fijar con todo detalle el valor de la herencia. Mañana sábado, es el último día de trabajo, y habré de arreglarlo todo para que los peritos contables puedan terminar pronto.

—¿Qué piensa hacer con la colección de armas de su tío?

—¿Eh? Pues... No sé. Guardarla. Si a él le gustaba...

—¿A usted no le gustan las armas de fuego?

—Nunca he sentido afición por ellas. Tengo permiso de uso de arma de fuego, pues a veces llevo grandes sumas encima; pero no me alegra llevar encima una pistola.

—Bien, no le entretengo más. Seguramente tiene usted trabajo.

—Un poco. He recibido una nota del Banco en la que se me dice que mi tío retiró novecientos cincuenta mil dólares el mismo día en que fue asesinado. No comprendo en qué pudo invertirlos. Creí que tal vez aquí encontraría algún dato.

—Ojalá lo encuentre —deseó Duke—. Adiós.

—Adiós, señor Straley. Si me necesita para algo más,..

—Esté seguro de que acudiré a usted. ¿Podría bajar en el ascensor particular?

—Desde luego.

Hendrik Blamey guió a Duke hasta el ascensor privado y abrió la puerta con una llave que sacó de un llavero.

—¿Está siempre cerrado con llave? —preguntó Duke.

—Sí. Tanto esta puerta, como las otras de los restantes pisos y de la planta baja y el sótano, sólo pueden abrirse con esta llave. Se hizo así para que nadie más pudiera utilizar el ascensor.

—Entonces, ¿cómo saldré? —preguntó Duke.

—El salir es fácil —declaró Blamey—. Las puertas pueden abrirse desde dentro.

—O sea que cualquier persona puede salir del ascensor; pero ninguna podrá entrar en él.

—Así es.

Duke entró en la cabina del ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Mientras descendía rápidamente iba meditando sobre lo que le había dicho Hendrik Blamey. Por fin se detuvo el ascensor y antes de salir Duke comprobó el funcionamiento del mecanismo de la puerta. Ésta se cerraba con una cerradura Yale, de seguridad. Podía abrirse desde dentro con sólo hacer girar el tirador; pero en cambio, era imposible abrirla desde fuera, a menos que se tuviese una llave.

Arreglándose el sombrero, Duke salió del ascensor, cerró de golpe la puerta y dirigióse a una cabina telefónica. Allí marcó el número del teléfono de Susana Cortiz, y cuando ésta respondió, le propuso:

—¿Quiere cenar conmigo esta noche?

Susana Cortiz estaba dispuesta a cenar y, además, a ir al cine.

Pero antes de ir a reunirse con ella, Duke llamó a otro número y sostuvo una larga conferencia que le hizo llegar con algún retraso a la cita.

 

CAPÍTULO VIII

MEDIO MILLÓN POR UN REVÓLVER

La mañana del sábado transcurrió sin que, aparentemente, ocurriese nada importante. Sin embargo, a primera hora de la tarde, Duke recibió la visita de Hendrik Blamey y de Christina Eberling.

—Ya está arreglado todo —anunció Hendrik.

—Sí, ya hemos recuperado el revólver —dijo Christina—. Gracias a Hendrik.

Duke no demostró la menor emoción.

—Déme todos los detalles —pidió.

Hendrik parecía algo turbado.

—Ya sé que no debía haberlo hecho —declaró—. He hecho el juego a los chantajistas; pero no podía permitir que Christina corriese un riesgo semejante. Ayer noche, a los pocos minutos de haberse marchado usted me llamaron por teléfono. Una voz desconocida me dijo que la ayuda de usted no me serviría de nada, y que si no quería exponer a Christina a un grave riesgo, lo mejor que podía hacer era entregar el medio millón. Se me citó para hoy a la una, en el cruce de la calle cincuenta y cinco con la Calumet. Se me dijo que a la una en punto echase a andar en dirección al sur y que esperase. Yo contesté afirmativamente.

—¿Y reunió el dinero? —preguntó Duke.

—Sí.

—¿Es usted tan rico que puede desprenderse de medio millón?

—No. El dinero no era mío... —Hendrik parecía embarazado por la presencia de Christina—. Me... me lo prestó un amigo a quien di ciertas garantías. No es nada importante. Tan pronto como reciba la herencia podré devolver el dinero.

—Además, yo he exigido que ese dinero salga de mi capital —dijo Christina—. No se me había ocurrido que puedo hipotecar el rascacielos...

—Eso no, Christina —protestó Hendrik—. Voy a ser más rico de lo que nunca creí y medio millón es un precio muy bajo para adquirir tu felicidad.

Duke sonrió ante estas palabras. Iban bien dirigidas y surtieron efecto en Christina, que, apretando la mano de Hendrik, murmuró:

—Eres muy bueno... y yo me he portado muy mal contigo.

—Siga explicando lo que ocurrió —dijo Duke.

—Pues... recogí el dinero de mi amigo, lo metí en un sobre y fui a la oficina. Allí tomé nota de las numeraciones de los billetes, cosa que me llevó mucho rato. Por suerte, todos eran billetes nuevos y de numeración correlativa. A la una menos cuarto marché en dirección de la Calumet y Cincuenta y cinco, llegando a tiempo. Eché a andar en la dirección indicada, y al cabo de unos cinco minutos un taxi se detuvo junto a mí y el hombre que iba dentro me indicó que subiese.

—¿Cómo era ese hombre?—preguntó Duke.

—No pude verle bien, pues llevaba unos grandes lentes oscuros, el sombrero calado y una bufanda que le tapaba hasta por encima de la nariz. Me preguntó si traía el dinero. Le dije que sí. Entonces sacó una caja de cartón, de esas de guardar zapatos, y me la tendió, diciendo que dentro estaba el revólver. La destapé y reconocí el viejo Colt. Entonces saqué el sobre donde llevaba los billetes y lo entregué al hombre, que contó rápidamente los billetes. Enseguida hizo una seña al chofer y el auto emprendió una marcha bastante rápida, torcimos por varias calles y, de pronto, el auto se detuvo; el hombre abrió la portezuela, saltó a tierra y desapareció dentro de un comercio. El chofer del taxi me preguntó adónde deseaba ir. Le pedí que me llevara a casa de Christina, y cuando llegué y quise pagar el importe de la carrera, el hombre se echó a reír y dijo que ya había pagado bastante. Supongo que era cómplice de la pandilla.

—¿Qué aspecto tenía ese chofer?

—Parecía una rata...

—Es el mismo que me seguía —dijo Christina.

—¿Le vio usted? —preguntó Duke.

—Sí. En aquel momento iba a salir de casa y me fijé en él.

—¿Traen el revólver? —preguntó Duke.

—Sí —respondió Hendrik—. Pero ya está libre de huellas.

—No importa —replicó Duke—. Permítame verlo.

Christina sacó el arma de su monedero y la tendió a Duke. Éste examinó atentamente el revólver, sobre todo las cachas, y sin hacerlo girar, miró, también el cilindro, en el cual sólo se veían dos balas intactas. Los otros cuatro orificios estaban ocupados por cápsulas ya disparadas.

—¿Pueden prestármelo? —preguntó.

—Preferiría... —empezó Hendrik.

—Le advierto que mi hotel está vigilado por dos policías —interrumpió Duke—. A una orden mía detendrán a quienes yo les diga, y la persona en poder de la cual se encontrase el revólver se vería muy apurada para explicar cómo lo había conseguido.

—Es una trampa... —jadeó Hendrik.

—No. Quiero ayudar a la señorita Eberling. Eso es todo.

—Tengo confianza en él, Hendrik —aseguró Christina—. Estoy segura de que no nos traicionará.

Hendrik Blamey se encogió de hombros.

—Si ella tiene confianza en usted... yo también la tendré.

—Para demostrarlo déme una copia de la lista de los números de los billetes —pidió Duke.

Hendrik sacó de un bolsillo interior unas hojas de papel, eligió dos de ellas y las entregó a Duke.

—Aquí están todos los números —dijo.

Duke guardó la lista, acompañó a sus visitantes hasta la puerta, y, en cuanto hubieron salido, se metió el revólver en el bolsillo y salió del hotel, marchando en dirección a Jefatura.

Contra lo que esperaba, Parker no estaba allí, y su ayudante aseguró repetidas veces no tener la menor idea de dónde se encontraba. A pesar de estas seguridades, Duke quedó convencido de que el hombre mentía. Por un momento pensó en regresar más tarde; pero necesitaba ver lo antes posible a Parker y, al fin, se resignó a quedarse allí en espera de que el capitán llegara.

Eran las ocho de la noche cuando al fin Parker, con el rostro lleno de euforia, entró en su despacho.

—Hola, Duke —saludó—. ¿Qué le trae por aquí? ¿Ha oído ya la noticia?

—¿Cuál?

—No, no puede saber nada, pues se lleva todo con el máximo secreto.

—¿Han descubierto ya al culpable?

—Pronto. Esta noche se resolverá el misterio del caso Blamey.

 

CAPÍTULO IX

MEDIO MILLÓN POR UN TESORO

—No debiera decirle nada —siguió Parker—; pero estoy satisfecho, y el hombre satisfecho es propenso a hablar de más. Pero antes de decirle nada explíqueme a qué ha venido.

Por toda respuesta, Duke tiró sobre la mesa de despacho el pesado Colt y la lista de los billetes.

—Aquí tiene el arma que utilizó el asesino —dijo:— Y aquí la lista de los billetes que se han pagado por ella.

—¿Quién? ¿Hewit?

—No, Hendrik Blamey.

Duke explicó a continuación su entrevista con Christina y su novio.

—Los enamorados son imbéciles —dijo Parker—. Podían haberse ahorrado el medio millón. Cualquier buen abogado hubiera anulado, por mucho menos, las débiles pruebas que el arma ofrecía. Pagar medio millón por este trasto me parece mucho cretinismo... O tal vez mucho amor. ¿Cree que Hendrik Blamey lo haya hecho pensando en el rascacielos?

—Es posible —admitió Duke—. Cuando el dinero anda de por medio, dudo siempre de las buenas intenciones de los hombres. Si un ser humano ayuda a levantarse a un caído, creeré que es bueno, pues ningún beneficio le espera de aquella acción. Pero si el caído fuese un millonario, y el que le ayuda a levantarse ha tenido que atravesar un fangal, entonces empezaré a creer que el mancharse los zapatos y acaso los pantalones por ayudar a un semejante no ha sido hecho con todo el desinterés que a primera vista se supone. Ahora cuénteme lo de usted.

—Pues, sencillamente, que esta noche tiene lugar el rescate de las joyas. Por mediación de Crounse se ha entrado en contacto con los ladrones. Esta noche entregarán las joyas a cambio de medio millón. Han elegido un sitio muy solitario, y en el cual no es posible ocultarse. Lo han hecho con el objeto de que no podamos tenderles una emboscada, y no saben, los muy tontos, que se han metido en una trampa de la que no saldrá ninguno con vida.

—¿Qué piensan hacer? —preguntó Duke.

—Ya está hecho. El lugar elegido por los ladrones y asesinos es la tapia de una vieja iglesia de los tiempos de la dominación española. Se trata de un muro blanco, que se levanta en medio de una plazoleta, en las afueras de San Francisco. Cerca hay tres carreteras que permiten una fácil huída. Además, el terreno es despejado y los que vayan a recoger el dinero y dejar las joyas podrán comprobar si son vigilados o no.

—¿Y cómo podrán atacarles si tan bien han tomado sus precauciones? —inquirió Duke.

—Porque esos tontos han olvidado que existen armas que disparan, con toda precisión, desde más de mil metros. En realidad nos hemos limitado a instalar cuatro ametralladoras pesadas en una casa situada a ochocientos metros de las ruinas. Cuando se presenten a recoger el dinero y dejar las joyas se encenderán unos reflectores, se iluminarán las ruinas y ta-ta-ta-ta-tá, se acabaron los testigos molestos. Después sino necesitaremos ir a ver lo que ha quedado.

—Me parece un poco violento —comentó Duke.

—Cuando están en posible juego las vidas de cientos de miles de hombres, no podemos vacilar en sacrificar dos o tres que, en ningún caso, serán vidas muy ejemplares.

—No opino yo igual; pero usted es el director de la orquestó.

—Y por ello le invito al concierto. ¿Quiere acompañarnos esta noche?

—No siento ningún deseo especial de presenciar el espectáculo —declaró Duke—; pero si cree que puede serme útil ver cómo ametrallan a unos infelices...

—¿Infelices? Pues tienen, por lo menos, dos asesinatos sobre la conciencia.

—¿A qué hora saldrán en dirección al escenario?

—A las once. La operación se ha de celebrar a la una; pero conviene que lleguemos antes a la casa. Las ametralladoras están ya debidamente instaladas, así como los reflectores. También están ya los agentes que han de intervenir en la operación. Sólo faltamos nosotros y ciertos caballeros de las embajadas.

—Entonces volveré más tarde. Voy a hablar con Terry Tedford...

—Lo siento —interrumpió Parker—. Lo envié a Los Ángeles para un asunto urgente. No volverá hasta el lunes por la mañana.

Duke dirigió una furiosa mirada a Parker. Éste se encogió de hombros y luego declaró:

—Lo principal es resolver el asunto de las joyas de Palwan. Lo otro no tendrá demasiada importancia.

—Parece mentira que el que habla así sea un policía, Parker —replicó Duke—. Se está haciendo cómplice de un asesinato con el sólo objeto de cobrar un premio.

—No, Duke. Usted puede opinar y obrar de acuerdo con su moral; pero la mía es mucho más amplia que la de usted. No se limita a mi propio ser, se extiende a problemas que afectan a muchas personas.

—Está bien. Hasta luego.

La siguiente visita de Duke, después de telefonear a Susana asegurándole que no podría salir con ella, fue a Arnold Hewit.

—Lo siento mucho, señor Straley —dijo Hewit—. No podré atenderle ni un minuto, pues he de marcharme.

—No quiero entretenerle —replicó Duke—; pero sí debo aconsejarle que no se mueva de casa esta noche.

—¿Por qué?

—Porque corre usted un grave peligro.

Hewit se encogió de hombros.

—¿Por qué no he de salir?

—Porque no hay ya motivo.

—¿Sabe adónde voy?

—Sí.

Hewit se turbó levemente. Haciendo un esfuerzo sonrió burlonamente y preguntó:

—¿Adónde?

—A recuperar un arma de fuego.

—Sí, a recuperarla antes que Hendrick Blamey.

—Es que Hendrik Blamey ya la tiene.

—¿De veras? —Hewit sonrió—. Entonces haré el viaje en vano; pero no importa. Será un paseo agradable.

—Le aconsejo que desista de ir a ese lugar.

Hewit se puso muy serio.

—Óigame, Duke; no estoy dispuesto a que Christina suba al cadalso por no haber pagado yo medio millón de dólares.

—Le aseguro que Christina no subirá a ese cadalso.

—¿Puede explicarme las razones que le asisten para afirmar eso?

—Hewit, una de las condiciones del investigador es ver mucho y hablar poco. Seque Christina no corre ningún riesgo y que si paga usted ese medio millón cometerá una estupidez.

Arnold Hewit apretó las mandíbulas. La expresión de su rostro sufrió varías alteraciones hasta llegar a la inexpresión. Al fin, con contenido acento declaró:

—Duke: he leído lo que acerca de algunos de sus casos han publicado los periódicos. Ha tenido suerte y ha resuelto algunos misterios muy complicados. ¿Por qué? ¿Qué le movía a meterse a policía? ¿La necesidad de ganar dinero? No. Es usted varias veces millonario y no necesita los premios que podrían pagarle sus clientes agradecidos. Lo que usted codicia con todo su afán, es la notoriedad. Desea la fama. Y aunque en un caso fracase y acabe moviéndose en círculos, sin ir a ninguna parte, los periódicos habrán anunciado ya lo bastante que el famoso aventurero millonario Duke Straley Pozoblanco lucha por resolver tal o cual misterio. El público se enterará de su existencia, se entusiasmará con las fotografías de su héroe, y eso le llenará a usted de gozo.

"Durante sus expediciones a países extranjeros en busca de cosas que nadie necesitaba, pero cuya consecución entrañaba un grave peligro, los periódicos empezaron a hablar de usted. Cuando regresó, siguieron utilizándole como material publicitario. Y cuando empezaba ya a marchitarse la frescura de sus expediciones, empezó a dedicarse a descubrir misterios. Así todos hablan de usted, y en menos de un mes que lleva en San Francisco, ha resuelto ya dos y va hacia el tercero. Pero yo no pienso ayudarle, Duke. Amo a Christina y no quiero que sirva de juguete a un tipo como usted. Sé que no me profesa ninguna simpatía y que nada le gustaría tanto como que fuese Hendrik Blamey quien pudiera ofrecer a Christina el arma que la acusa.

—Es usted un imbécil... —empezó Duke.

Su intención era descargar un potente puñetazo contra la barbilla de Hewit; pero éste, acaso movido por el mismo pensamiento o presintiendo la agresión, se hizo a un lado y en el momento en que el puño de Duke se perdía en el vacío, Hewit disparó un feroz derechazo al plexo solar de su adversario.

Duke sintió que todo su cuerpo quedaba vacío de oxígeno. Abrió la boca en un inútil afán de reponer el aire perdido; pero la mano izquierda de Hewit, convertida en poderoso puño, se la cerró de un terrible golpe. Luego, perdida ya la noción de la realidad, Duke desplomóse como un saco vacío y quedó tendido a los pies de Hewit.

Duke recobró el conocimiento exactamente a las diez y media de la noche. Tenía en la boca un sabor endiablado y la lengua como un estropajo. El menor movimiento hacía que en torno a su cabeza todo girase y se desmoronara. Sentía en el vientre un vacío inmenso y en la nuca un dolor semejante al que producirían cien o doscientos alfileres hundiéndose a la vez en el cuero cabelludo.

Durante unas minutos continuó en el suelo, con los ojos cerrados y tratando de recordar lo sucedido. Al fin lo consiguió, abrió los ojos y encontróse en un pequeño dormitorio, tendido a los pies de la cama.

Apoyándose en ella se pudo incorporar. La luz de la habitación estaba encendida y gracias a ella pudo ver que la puerta estaba cerrada con llave, desde fuera. Aunque sólida, la puerta no parecía hecha para resistir unos buenos empujones; pero Duke se sentía demasiado débil para someter a su cabeza a las conmociones resultantes de unas cuantas cargas violentas contra la puerta. Además, al otro lado de aquella puerta, habría otras más sólidas...

Pesadamente, Duke se sentó en el borde de la cama. Aunque las ideas empezaban ya a aclararse, persistía la debilidad, y una devoradora sed que parecía insaciable.

Sin ninguna esperanza, Duke miró hacia la mesita de noche, por si en ella había una jarra de agua. No vio la jarra; pero al instante siguiente, y a pesar de su debilidad, saltó afanosamente hacia la mesita de noche y, sobre todo, hacia el teléfono que en ella se veía.

Levantó enseguida Duke el auricular, temiendo, durante toda la operación, que el aparato estuviese desconectado. Cuando al fin llegó a su oído la señal de llamada, Duke sintió un infinito alivio. Marcó un número y, al cabo de un momento, oyó la voz de Parker.

—Soy Duke Straley —dijo—. Oiga, Parker, estoy encerrado en casa de Arnold Hewit. Venga a sacarme, si puede hacerlo, sin necesidad de una orden judicial.

—¿Qué ha ocurrido?

—Venga y por el camino se lo explicaré todo.

 

*****

 

Al cabo de diez minutos el conserje del edificio donde estaba instalado el domicilio de Hewit abría la puerta del piso a la Policía, y Parker, guiado por las llamadas de Duke, puso enseguida en libertad a éste.

—No podemos perder un momento —dijo Parker—. Ya nos hemos retrasado mucho.

Mientras bajaban en el ascensor, el policía, dominado por la curiosidad, preguntó:

—¿Se pelearon usted y Hewit?

—Sí. Quise evitar que cometiese una locura y no me comprendió.

—Quizá fue usted quien cometió la locura, Straley —replicó Parker.

Salieron del edificio y en un rápido automóvil de patrulla partieron hacia el Sur. El coche llevaba encendidas las luces indicadoras del servicio que prestaba; pero, en cambio, su sirena permanecía muda. Pronto dejaron atrás los últimos núcleos urbanos de la ciudad y el auto avanzó por entre los campos y bosquecillos. Duke y Parker iban en silencio, abstraídos en sus pensamientos. Un par de veces pareció Duke a punto de convertir en palabras sus meditaciones; pero desistió antes de despegar les labios.

Por fin, cuando el luminoso reloj del cuadro de instrumentos del auto marcaba las once y veinte minutos, el auto redujo la marcha y se detuvo junto a un bosquecillo de laureles. El conductor apagó las luces y Duke siguió a Parker por un sendero que serpenteaba entre los árboles.

Caminaron durante unos cuatro o cinco minutos y, por fin, llegaron a un jardín muy descuidado, al fondo del cual levantábase una vieja casa que, sin duda, fue construida en tiempo de los españoles o mejicanos.

Un hombre guardaba, con un rifle Remington en la mano, la entrada de la casa. Al reconocer a Parker le saludó, haciéndose a un lado. La marcha continuó por un vestíbulo bastante amplio, un pasillo lleno de polvo y restos de muebles, y terminó en una terraza muy amplia. Duke observó, enseguida, Unos bultos que identificó como ametralladoras Browning montadas sobre sus trípodes. Había cuatro, y junto a cada una de ellas encontrábanse tres hombres.

Parker dirigióse al lado derecho de la terraza y entró en un cuarto que parecía el único habitable de la casa. Un grupo de hombres se encontraba reunido allí. Gracias a la débil luz de las estrellas que penetraba hasta la sala, Duke pudo ver vagamente a los hombres. Uno de ellos se cubría la cabeza con un turbante, y Duke supuso que era Pratap Sing, rajá de Palwan. Por el acento con que hablaban otros dos hombres los identificó como ingleses. Parker cambió unas palabras con otro de los casi invisibles espectadores y luego regresó junto a Duke.

—Voy a comprobar si todo está en orden —dijo—. ¿Me acompaña?

Duke asintió con la cabeza y siguió a su compañero. Éste acercóse a los sirvientes de las cuatro ametralladoras, se informó de si las armas estaban cargadas y bien apuntadas y repitió a cada grupo:

—En cuanto se enciendan los reflectores empezad a disparar y no terminéis hasta que no quede nadie en pie.

Luego subió con Duke a una pieza superior donde se encontraban tres reflectores de marina. Los cables conductores de la electricidad sembraban el suelo, y junto a cada uno de los reflectores se encontraban dos hombres. Mientras Parker daba las instrucciones para el momento de encender los reflectores, Duke dirigió la mirada hacia las ruinas de la antigua iglesia española. Aquel templo había sido destruído por los indios en un ataque a los colonos refugiados en su interior. Aquellos muros habían presenciado terribles tragedias y pronto serían testigos de una más.

De San Francisco el viento trajo las campanadas de la medianoche. Duke y Parker bajaron de nuevo a la terraza. No se podía fumar y todos sentían unos deseos irresistibles de hacerlo.

A las doce y media el silencio era absoluto. Nadie hubiera supuesto en las inmediaciones de las ruinas la presencia de casi medio centenar de personas.

—Pronto empezarán a ocurrir cosas —dijo Parker—. Primero llegará Clifton Crounse... Mire, ahí llega.

Una sombra acababa de aparecer contra el lienzo del muro que quedaba en pie. Era la silueta de un hombre que avanzaba lentamente. En la mano traía algo blanco. Lo depositó en el suelo y, después de permanecer inmóvil unos segundos, se retiró por donde había llegado.

—Ha dejado un sobre que debiera contener dinero; pero que sólo tiene papeles —explicó Parker.

Pasaron los minutos. Al fin dio la una. En el mismo instante unas sombras avanzaron hacia el sobre dejado por Crounse. Por el otro lado avanzó un hombre solo.

—Ya están todos —susurró Parker.

Lanzó un silbido y casi al instante la noche se llenó de luz. Los potentes haces de los reflectores se proyectaron sobre las ruinas descubriendo la presencia de cinco hombres. Al momento unióse al fuerte siseo de los reflectores el tableteo de las cuatro ametralladoras.

Durante una fracción de segundo los cinco hombres permanecieron en pie; luego, como segados por una invisible guadaña, se desplomaron en medio de la nube de polvo que las balas arrancaban al viejo muro. Las ametralladoras tabletearon unas décimas de segundo más; luego callaron porque sus mensajes de muerte habían llegado ya a su destino.

—Vayamos a recoger lo que queda —indicó Parker.

Duke le siguió, junto con otros varios agentes. Durante diez minutos caminaron entre zarzales y desniveles y, por fin, llegaron al pie del muro, que seguía iluminado por los tres proyectores. Cinco cuerpos humanos estaban caídos en montón. Cuando los cadáveres fueron apartados, Duke reconoció a varios de ellos. Primero vio a Denver Blackie, cuya elegancia había sido destrozada por la horrible muerte. Vio, también, a un hombre vestido con una trinchera enorme y cuyo ratonil semblante expresaba asombro y miedo.

—¡El "Gamba"! —murmuró.

El tercer cuerpo que retiraron los agentes era el del hombre que le había abierto la puerta del cuarto donde esperaba Denver Blackie. El cuarto era Red Larrigan. Llevaba el brazo en cabestrillo, pero de su bolsillo izquierdo asomaba la culata de un revólver.

Pero fue el quinto cuerpo el que provocó una exclamación de horror en Duke.

—¡Arnold Hewit! —exclamó.

En aquel momento un quejido se escapó de los labios del hombre.

—No está muerto —dijo Duke—. ¡Hay que llevarlo enseguida a un hospital!

Parker vaciló.

—Tenemos que esperar la orden de los jefes —dijo—. Esto es muy grave.

Al mismo tiempo inclinóse al suelo y recogió un maletín, lo abrió y la luz de los reflectores proyectóse en la maravillosa colección de joyas que se guardaban dentro de él.

—Por lo menos esto se ha salvado —dijo.

—Pero se hubiese podido evitar esta matanza —repuso Duke.

—Tarde o temprano todos hubiesen acabado igual o peor —replicó Parker, encogiéndose de hombros—. Eran carne de horca. Los cinco.

 

CAPÍTULO X

LA TERCERA LLAMADA DE LA MUERTE

Caía la tarde del lunes y varias personas aguardaban, con diversos grados de impaciencia, en la sala de espera del Hospital Christie, instalado en los últimos pisos de un alto edificio de San Francisco.

Los que aguardaban eran: Christina Eberling, Hendrik Blamey, Williams, el mayordomo; Clifton Crounse, Terry Tedford y Susana Cortiz. Todos parecían bastante nerviosos, y el nerviosismo aumentó cuando llegaron cuatro policías uniformados que se detuvieron, indecisos, a la entrada de la sala.

—Aguarden aquí hasta que venga el capitán Parker —les dijo Terry Tedford.

—No comprendo para qué nos han hecho venir —dijo Christina—. Yo no deseo volver a ver jamás a Arnold Hewit.

—Piensa que tal vez lo hizo porque te amaba mucho —dijo Hendrik—. Quizá tanto como yo.

Los ojos de Christina dijeron claramente que dudaba de que pudiese existir un amor tan grande como aquel.

Williams era el único que en medio de aquel nerviosismo, que se comunicaba incluso a los policías, permanecía tan indiferente como durante sus horas de servicio.

Clifton Crounse fumaba nerviosamente cigarrillo tras cigarrillo, y no parecía encontrar gusto más que a las primeras chupadas. Terry Tedford respiraba, de cuando en cuando, profundamente y se secaba el sudor que humedecía sus manos.

La sala de espera comunicaba con una terraza donde, durante las horas de sol, paseaban los enfermos. Debido al calor, las grandes puertas de cristales estaban abiertas, y desde la bahía llegaba un hálito fresco que hacía oscilar levemente la lámpara.

De la calle, situada veintidós pisos más abajo, llegaba el continuo rumor del tráfico nocturno.

Cuando ya parecía que la tensión iba a hacerse insoportable, se abrió la puerta y entraron Duke, Parker y dos agentes, uno de los cuales traía en la mano un cuaderno de taquigrafía.

—Ya hemos terminado —anunció el policía, yendo a sentarse en un sofá. Luego, dirigiéndose a los cuatro policías, que habían llegado poco antes, les dijo:— Descansen un momento. A las ocho relevarán a los que vigilan al detenido.

—¿Para qué nos necesitaba? —preguntó Cristina—. Yo no quiero ver a ese hombre.

—No ha sido necesario presentarle testigos —sonrió duramente Parker—. Tenemos demasiadas pruebas contra él.

—Insisto, Parker, en que esas pruebas no me parecen muy sólidas —intervino Duke.

Parker hizo un gesto de aburrimiento.

—Oiga, Straley, usted se resiste a admitir que por esta vez sus sospechas iban desencaminadas. ¿Qué más quiere para convencerse de que Hewit es culpable? Encontramos en su poder medio millón en billetes de Banco... Y la numeración de esos billetes correspondía a la que el señor Blamey nos dio como correspondiente a los billetes que entregó para recobrar el revólver que sirvió para cometer el crimen.

—Pero Hewit dice que aquel dinero lo llevaba allí para entregarlo a cambio del revólver. También él recibió una carta y unas instrucciones...

—No sea ingenuo, Duke. La explicación de Hewit no puede ser más estúpida —volvióse Parker hacia Christina y siguió:— Dice que en la noche del viernes recibió una carta en la cual se le pedían quinientos mil dólares a cambio del revólver, ya que usted de momento no podía pagarlos. El sábado por la mañana recibió una llamada telefónica y en ella se le instruyó para que retirase el dinero, lo llevara a la una de la madrugada del domingo a las ruinas de San Cosme y lo dejara sobre una piedra blanca. Luego debía retirarse y volver al cabo de un cuarto de hora a recoger el revólver, que ya estaría allí. Hewit siguió al pie de la letra las instrucciones, hasta el punto de que unas horas antes de salir hacia el punto fijado, recibió la visita del señor Straley, a quien no sólo dejó sin sentido de un par de puñetazos, sino que además lo encerró en un dormitorio, donde aún estaría, tal vez, si no hubiera sido porque en la habitación había un teléfono que le permitió llamarme en su ayuda.

—A pesar de todo yo creo en esa explicación —dijo Duke.

—Porque usted insiste siempre en opinar al revés que los demás, Duke —gruñó Parker—. La prueba de los billetes es concluyente. Hewit fue el hombre que entregó el revólver al señor Blamey y recibió, a cambio, los quinientos mil dólares. Por la noche iba a recoger quinientos mil más cuando cayó en la emboscada y se salvó por verdadero milagro.

—¿Puede explicarme cuándo mató a Herman Blamey? —preguntó Duke.

—Mientras la señorita Eberling permanecía vacilante en el lavabo, él subió y llevó a cabo el crimen. Es muy fácil.

—En ese caso también podría ser culpable el señor Williams.

El asombro y la incredulidad se reflejaron en el rostro de Williams.

—¿Qué dice? —tartamudeó.

—Que usted es un sospechoso ideal, Williams —replicó Duke—. De usted no se ha sospechado porque su aspecto es el de la honorabilidad hecha mayordomo. Sin embargo, estaba usted solo, estaba enterado de muchas de las cosas que ocurrían en la casa. Pudo subir al despache de su jefe y cometer el crimen.

—No diga tonterías, Duke —gruñó Parker—. Williams es inocente.

—¿De veras? Pues entonces haremos recaer las sospechas sobre la señorita Eberling. ¿Por qué no pudo ser ella la culpable? En su caso existen motivos ya conocidos y una magnífica oportunidad. Mientras Hewit esperaba pacientemente frente al lavabo, ella estaba asesinando a dos hombres. Luego armó todo el tinglado del revólver para acumular tantas sospechas sobre ella que la reacción natural fuese creerla inocente.

—¿Y lo de ayer noche lo preparó ella?

—¿Por qué no? Pudo valerse de sus cómplices para engañar a sus dos adoradores, y aumentar en un millón y medio su fortuna. Su tutor pudo haberla informado de muchas cosas.

—¡Tonterías! —estalló Parker—. ¿De quién más se puede sospechar?

—De su agente Terry Tedford, que comunicó a Denver Blackie mi identidad...

—¡Eh! —Terry Tedford parecía a punto de embestir a Duke.

—¡Quieto, Tedford! —ordenó Parker.

—¿No ve que todo son tonterías? El culpable está arriba y pronto lamentara que las balas no fuesen más certeras y le ahorrasen todo lo que le aguarda.

—También podría ser culpable el señor Blamey o, por ejemplo, Clifton Crounse. Él sabía lo de las joyas, estuvo en el despacho de Blamey, nadie le vio salir y tuvo tiempo de sobra para cometer el doble crimen. Luego, de acuerdo con unos cómplices, trató de sacar a su jefe, el príncipe, medio millón...

—Oiga, señor Straley —interrumpió Crounse—. No me gusta esa clase de bromas.

—¿Por qué? Es que teme que saquemos a relucir algunos puntos sucios de su vida. Usted ha dado unas explicaciones bastante confusas acerca de lo que hizo la noche del crimen.

—Yo no maté a nadie. ¿Por qué tenía que hacerlo? En el negocio ganaba lo suficiente para no enredarme en cosas peores.

—Entonces pasaremos al señor Blamey. Usted es un sospechoso ideal.

Hendrik sonrió.

—Tal vez. Aceleré la muerte de mi tío para cobrar antes la herencia. Es lo que suelen hacer con sus tíos todos les sobrinos.

—Ciertos sobrinos —corrigió Duke—. Usted es una de ellos. Posee una inteligencia privilegiada, y en el caso de las Pitter vio usted la posibilidad de hacerse rico a costa de su tío. Tan a costa, que retiró, incluso, de la caja que tenía a su cargo la suma de quinientos cuarenta mil dólares. Compró las acciones Pitter, que su tío vendía a la baja, con el propio dinero de su tío.

—Entonces faltará a la caja más de medio millón —sonrió Blamey—. Es curioso que esta mañana, al repasar mis cuentas, el perito contable no ha advertido que faltase ni un solo centavo. Por lo visto era un hombre muy distraído, o yo soy un genio de la contabilidad que se hacer desaparecer medio millón... Bah, todo eso es una tontería. Perdone que me haya dejado arrastrar a la discusión.

—Siga discutiendo y de un buen revolcón a ese tonto —aconsejó Parker—. Si el perito contable no ha echado de menos el dinero que usted dice fue sacado de la caja, eso quiere decir que no se sacó tal dinero, Duke.

—Sí se sacó; pero fue repuesto el sábado a mediodía.

—¿Cómo? —preguntó Hendrik Blamey.

—Pidiéndolo prestado a un amigo. Siendo usted el heredero de la fortuna Blamey, no hubo inconveniente en hacer el préstamo. El amigo le hubiese prestado mucho más si usted hubiese querido. Luego fingió que entregaba aquel dinero a los chantajistas y, lo que hizo en realidad, fue ingresarlo de nuevo en la caja. Así, pasaba por ser el protector de Christina Eberling y, de paso, justificaba el préstamo. Si no lo hubiera hecho así, la Policía quizá le hubiese preguntado para qué necesitaba medio millón. Y usted no habría podido decir que lo necesitaba para que al hacerse el balance no se echara de menos esa cantidad en la caja que usted tenía a su cargo.

—¿Y cree que antes no se hubiera dado nadie cuenta de que faltaba aquel dinero? —preguntó Hendrik.

—Trollop lo descubrió cuando menos lo esperaba usted. Trollop era un hombre sagaz y no tardó en darse cuenta de que el descubrimiento de la jugada de Bolsa que pensaba realizar Herman Blamey sólo podía proceder de alguien conocedor de la trama. Ese alguien podía ser usted; pero le faltaba capital. Sin duda se le ocurrió repasar las cuentas de la caja que tenía usted a su cargo y se encontró con que faltaba, exactamente, la suma que se había pagado por las acciones de la Pitter. Entonces reunió datos y obtuvo los necesarios para acusarle ante su tío. Usted lo sospechó y comprendió las graves consecuencias que podría tener para su persona el descubrimiento de aquella traición. Se puso en contacto con Denver Blackie, que le había ayudado en la operación de Bolsa, y enseguida trazó un plan tan ingenioso como despiadado. Mientras Trollop trataba de reunir más datos, usted, enterado de que se iba a hacer el negocio de las joyas indias, decidió matar dos pájaros de un tiro. La compra de las joyas coincidió con el día en que Trollop completó sus pesquisas. Usted esperaba que Trollop fuese a ver a su tío antes de la visita de Clifton Crounse. Para sus intereses no fue así, y quizá a ello se debe que se descubra su crimen, que de otra forma hubiera quedado encerrado en el mayor misterio.

—¡Si es broma, va durando ya demasiado! —gruñó Hendrik, mirando furiosamente a Duke.

—Señor Parker —intervino Christina—. Exijo que se ponga fin a lo que yo también considero broma muy pesada.

—No es una broma, señorita Eberling —replicó, secamente, Parker—. Es una acusación en toda regla, y le prevengo, señor Blamey, que todo cuanto diga podrá ser y será utilizado contra usted.

—¡Esto es una...!

—Una iniquidad, ya lo sé —replicó Parker—; pero más iniquidad fue lo que usted hizo. Siga, Duke.

—En realidad empezaré —sonrió Duke—. Usted, Blamey, es víctima de un complejo de inferioridad. Se sabe inteligente y astuto en los negocios. Desde hace muchos años se ha considerado superior a todos, y sobre todo a su tío. Pero él, con toda su inferioridad, supo hacerse rico, y usted, en cambio, no pudo tener nunca lo suficiente para realizar una jugada de Bolsa que de una vez le colocase entre los millonarios. Cuando llegó lo de la Pitter vio el cielo abierto. En la caja que usted administraba había siempre un millón de dólares en efectivo. Se destinaba a la compra al contado de las acciones que fueran ofrecidas a cualquier hora del día. Tras algunas vacilaciones, decidió tentar la fortuna. Cuando su tío empezó a vender acciones, usted puso en marcha a un cómplice que, a su vez, distribuyó sus órdenes entre quince o veinte más. Todos compraron acciones Pitter, y al terminar el día, aunque no arruinado, ni mucho menos, Herman Blamey se encontró con que había perdido toda posibilidad de control sobre la Pitter. Dicho control pasaba a usted. Sólo tenia que esperar que las acciones de la Pitter volvieran a subir, cosa que debía ocurrir muy en breve, y entonces obtener un préstamo sobre ellas, o vender una pequeña parte y reponer el dinero en la caja. De momento, como su tío no sospechaba de usted, no era probable que antes de fin de mes se revisara el contenido de la caja. Pero ya he dicho que Trollop sospechó de usted y no tardó en reunir las pruebas. Sin embargo, era un hombre poco capaz de disimular sus sentimientos, y la brusquedad con que le trató en los días en que él estaba convencido de que usted era un canalla lo descubrió. Wingate ha declarado que en los días anteriores a su asesinato Trollop parecía enfadado ron usted.

—Eso no quiere decir nada —replicó Hendrik.

—Quizá no; pero seguiré explicando lo que he averiguado. Usted comprendió que todo estaba descubierto, y comprendió, también, que mientras no tuviese pruebas completas, Trollop no diría nada a su tío. Como éste andaba en tratos para adquirir ciertas joyas, usted trazó su plan. Asesinaría a su tío y a Trollop y luego, apoderándose de los novecientos cincuenta mil dólares guardados en la caja del despacho de su tío, repondría los quinientos cuarenta mil dólares sustraídos y borraría de esa forma toda sospecha. Así, el día de la fiesta hizo subir a Susana al despacho de su tío para hacerle tocar el arma que usted pensaba utilizar para el crimen. Era una precaución más. Así, en último caso, podría hacer recaer las sospechas sobre su novia, a quien defendería con sus declaraciones, aun sabiendo que de nada servirían contra la prueba de las huellas dactilares.

"Bajó luego a la sala y procuró escabullirse con un pretexto. Ninguno mejor que el de ir en busca de un refresco. Mientras le batían el chocolate y la soda, usted subió corriendo, por la escalera de servicio, al despacho de su tío. Lo halló vacío, pues en aquel momento el señor Blamey estaba despidiendo al señor Crounse. Como llevaba guantes pudo empuñar el revólver de Jesse James sin miedo a dejar en él ninguna huella dactilar. Se escondió tras las cortinas de junto a la ventana y esperó. Regresó su tío, entró el cajero Trollop y enseguida disparó usted sobre ellos, matándolos. Con ayuda de la libreta donde su tío guardaba, escrita, la combinación, abrió la caja y se encontró, en vez de casi un millón de dólares, con unas joyas que valían el doble, pero no le servían de nada. Decepcionado metió en el maletín de las joyas el revólver, para utilizarlo en un plan lleno de audacia, y con ayuda de una ballesta tendió un cable entre la ventana del despacho y el rascacielos en construcción.

"Por aquel cordelito dejó deslizarse el maletín, que fue a parar a lo alto del rascacielos, luego cerró la ventana, colgó la ballesta, salió del despacho, dejando entreabierta la puerta y salió con el tiempo justo de ocultarse para dejar paso a Christina Eberling, que subía a hablar con su tío. Regresó al salón, recogió los batidos de chocolate, sin que el camarero que los preparó se hubiera dado cuenta de que había estado usted fuera, y con ellos en la mano pasó por la terraza y aguardó a que terminase el baile. Nadie le había visto subir. Nadie tenía ninguna prueba contra usted. Y usted, en cambio, tenía una prueba más contra Christina Eberling.

"Su intención al ir en busca de la llave del despacho de su tío fue, quizá, la de detenerse un momento y subir a buscar el maletín de las joyas y de los documentos comprometedores; pero al ir con la señorita Cortiz no pudo hacerlo. Más tarde, cuando yo pensé en el medio de que podían haberse valido para trasladar lejos del despacho el botín, sus cómplices ya estaban trabajando en su recuperación. No sólo del maletín, sino también del tablón donde el dardo se había clavado, dejando una huella inconfundible. Yo quise intervenir, pero lo hice muy torpemente y sus hombres me durmieron. Quizá si usted hubiera sabido quién era aquella pareja de curiosos hubiera procurado que no nos despertásemos.

—Todo eso es fácil de decir; pero difícil de probar —dijo Christina con gran nerviosismo.

—No sea impaciente, señorita —sonrió Duke—. Usted recibió un mensaje para que entregara treinta y cinco mil dólares si no quería que se descubriese su posible culpabilidad. Entregó el dinero y confió en Hewit. Él se dio cuenta de que estaba usted en peligro y se mostró dispuesto a pagar el medio millón que los chantajistas exigían a cambio del revólver. También Hendrik Blamey se escribió una carta y se dio prisa en comprar el revólver antes de que se hiciera un balance general y se echasen de menos los quinientos mil dólares.

"Como para salir adelante en aquel asunto había necesitado la ayuda de Denver Blackie y de su pandilla, les cedió el negocio de las piedras preciosas y el de robarle a Hewit el medio millón. Denver Blackie era listo; pero no tanto como el señor Blamey, a pesar de su aspecto ingenuo. El señor Blamey comprendió enseguida las repercusiones que podía tener lo de las joyas y supuso, muy acertadamente, que la Policía no se conformaría con recobrar las joyas, sino que además procuraría exterminar a los testigos que pudieran descubrir las hazañas del príncipe indio. Con ayuda del mismo cómplice que le ayudó en lo de buscar a los agentes de Bolsa que debían comprar las acciones de la Pitter, y que es el cajero del Crédito Bancario, donde el señor Hewit tiene todo su capital, obtuvo la numeración de los billetes que Hewit retiró para pagar el chantaje. Entonces, Blamey, me dio aquella lista como si fuese de los billetes que él había entregado. Si aquellos billetes se llegaban a encontrar en poder de Hewit, todos supondrían que Hewit era el asesino y el chantajista, y como carecía de coartada y, además, tenía muchos motivos para desear la muerte de Arnold Hewit, nadie podría librarle de la cárcel o del patíbulo.

"Ya sólo faltaba que la Policía terminase con los cuatro cómplices de Blamey. Así éste se encontraría libre de toda sospecha y disfrutando de una fortuna. Pero hubo un detalle que me hizo sospechar de usted desde el primer momento, señor Blamey —siguió Duke—. Tal vez sin aquello no le hubiera hecho seguir todos los pasos por el señor Terry Tedford y ahora no podría presentar una completa serie de pruebas contra usted.

—¿Qué detalle fue ese? —preguntó, altivamente, Hendrik.

—Uno muy sencillo. Cuando llegó usted junto a nosotros con los dos vasos de batido de chocolate, percibí un inconfundible olor a pólvora negra quemada. Me incliné hacia usted y noté que sus ropas estaban impregnadas de ese olor. Si hubiese sido olor de pólvora sin humo, quizá hubiera sospechado algo malo; pero creí que tal vez había jugado usted con algún petardo. Luego, al descubrirse el crimen, me olvidé de usted; pero lo recordé de nuevo al saber qué clase de arma se había utilizado. Claro que no podía presentar un olor como prueba de una culpabilidad. Por ello le hice seguir, y por ello, hoy, al hacerse el recuento del dinero que guardaba usted en su caja, se han encontrado todos los billetes que su amigo, el señor Leví, le prestó el sábado. ¿Puede explicarnos esa prueba contra usted? Y hay otras, el cajero del Crédito...

Hendrik Blamey no esperó más. De un salto lanzóse hacia la terraza, derribando de un puñetazo a Williams y de otro a Crounse, que trataba de detenerle.

Una vez en la terraza quiso correr hacia el ascensor del final, pero ante su camino aparecieron dos policías. Entonces, viéndose acorralado, saltó hacia el parapeto de la terraza y encaramándose en él se lanzó de cabeza a la calle, en una mortal zambullida.

Por tercera vez la muerte había cosechado, violentamente, una nueva víctima.

Christina Eberling, horrorizada por el espectáculo, echóse a llorar y se cubrió los ojos con las manos. Duke, acercándose a ella, apoyó una mano en su espalda y le dijo suavemente:

—Señorita Eberling... Hewit tendrá un gran placer oyendo como usted le pide perdón. Todos nos hemos equivocado un poco con ese hombre. Creo que ha sido siempre el único que la ha merecido a usted. No le haga esperar más la alegría que tanto anhela.

Como una sonámbula, Christina marchó hacia la escalera que conducía al piso superior. Mientras tanto, los policías aguardaban junto al ascensor la llegada de la cabina que debía conducirles a la calle, donde un grupo de gente estaba ya congregado junto al destrozado cuerpo del asesino.

—¡Es horrible! —murmuró Susana, colgándose del brazo del detective.

—Es la vida —sonrió Duke—. Christina va en busca de una esperanza, esos hombres van en busca de un cadáver y esos dos vienen a esperar una gran ilusión.

Y Duke señaló a una joven pareja de futuros padres que estaban junto al despacho de recepción. La muchacha estaba muy pálida; pero no tanto como su marido, que preguntaba, nerviosamente, a la sonriente enfermera, si en aquella clínica se tenía todo dispuesto para que no ocurrieran accidentes fatales a las madres y a los pequeñuelos que allí se asomaban al mundo.

—No tema, señor —replicó la enfermera—. El niño llegará bien. Cada día nacen más de veinte y, hasta ahora, sólo han estado a punto de morirse algunos papás.

—Si no fuese una tontería —murmuró Susana—, repetiría también lo que usted ha dicho antes, o sea que así es la vida. Unos llegan, otros se van y otros esperan a los que han de venir.

—Realmente es una tontería —asintió Duke—; pero siempre he advertido que las únicas tonterías agradables son las que dicen las mujeres. ¿Vamos a cenar en el Jacques?

—¿Cenar? ¡Oh, no! ¡Qué horror! ¡Después de lo que he visto! Prefiero ir a ver una película detectivesca.

 

FIN

 

 

 

Digitalización: Antonio González Vilaplana

Publicado por: Editorial Molino, noviembre de 1944

Related Posts

Libros del 4001 al 5000 4589585895061094268
- Navigation - Archive Status