Libro N° 4101. La Muerte Llama Tres Veces. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4101. La Muerte Llama Tres Veces. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © La Muerte Llama Tres
Veces. J. Figueroa Campos
Versión Original: © La Muerte Llama Tres Veces.
J. Figueroa Campos
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LA MUERTE LLAMA TRES VECES
J. Figueroa Campos
Annotation
Sexta aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo
de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una
curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley,
era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos,
ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y
otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras
trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros
héroes se había perdido.
Duke, en ese sentido, recuperaba el glamour de los
anteriores héroes, supuso un chorro de aire fresco ante tanto héroe español. En
sus persecuciones, empleaba un increible coche de 120 caballos provisto de una
estruendosa sirena que no tenía reparos en hacer sonar, pero, además, estaba
surtido de toda clase de gadgets tecnológicos al más puro estilo James Bond.
Evidentemente, tenía una novia, Susana Cortiz, y acabó desposándola en el
último número de la serie, el décimo, pasando a dedicarle a su mujer, los ratos
de ocio que antes empleaba para perseguir criminales, sectas orientales y
científicos locos.
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
J. Figueroa Campos
LA MUERTE LLAMA
TRES VECES
DUKE nº 6
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1944, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
EL REVOLVER DE JESSE JAMES
Los rascacielos de San Francisco son, sin duda alguna,
infinitamente más bonitos que los de Nueva York. Quizá no sean tan altos como
los que más, pero, en cambio, son infinitamente más blancos. La niebla de San
Francisco no se parece en nada a la de Nueva York. Es una niebla limpia, que
huele sólo a humedad, y no a fango, humo, azufre y carbones quemados, y que
sabe a basura cuando se mete por la boca y la nariz dentro del organismo del
que la aspira. Por ese motivo principal los rascacielos de San Francisco son
blancos, puros, conservando todo el primitivo color, sin esos chorretones que
suelen adornar los más claros edificios de la gran metrópoli del Hudson.
Si alguien hubiera escrito una carta a uno de los
inquilinos de cierto rascacielos de la ciudad, no hubiese necesitado escribir
la dirección completa: con sólo que debajo del nombre del inquilino hubiera
escrito: "Edificio Blamey-San Francisco", la carta hubiera llegado a
su destino, pues el Edificio Blamey era un rascacielos blanco, recién
terminado, y que poseía la suficiente altura para que fuese necesario indicar
la calle en que se levantaba y el número que ocupaba en ella. Todos los carteros
conocían el Edificio Blamey, ocupado por unas mil quinientas oficinas y, en su
parte superior, por la vivienda de Herman Blamey. Esta parte superior constaba
de tres pisos que se levantaban sobre una terraza o roof-garden.
Herman Blamey era famoso por sus millones ganados en
audaces operaciones financieras y por su colección de armas de fuego, sobre
todo de armas americanas, de las que poseía una colección como no podía
hallarse igual en ningún museo ni armería, y que estaba valorada en más de dos
millones, sobre todo por los ejemplares especiales que guardaba en ella.
En el momento en que llegamos a él, Herman Blamey estaba
mostrando a una joven y a su compañero uno de dichos ejemplares.
—Es la joya más bella de mi colección —decía, acercándola
a la luz que sobre ella proyectaba una lámpara de despacho de pantalla
movible—. En apariencia no es más que un simple revólver Colt, modelo de
Caballería, calibre cuarenta y cuatro. En cualquier tienda de antigüedades se
podrían comprar varias docenas de revólveres iguales a este por unos diez o
doce dólares cada uno. Serían iguales en todos sus detalles, excepto en esto.
El dedo índice de Blamey señaló una de las cachas de nogal
del revólver. En ella veíanse hábilmente talladas las iniciales "J.
J.".
—¿Comprendes, Christina, lo qué significan estas
iniciales?
—No —sonrió la muchacha, que vestía un elegante traje de
noche, un no menos elegante peinado, y un rostro delicioso—. No estoy muy
fuerte en cuestiones de armas.
—Significan un nombre famoso en el Oeste —siguió el señor
Blamey—. ¿Y tú, Hendrik? ¿No adivinas?
La pregunta iba dirigida al joven que acompañaba a
Christina Eberling y que físicamente tenía cierta semejanza con el famoso
financiero, sobre todo en la nariz, cuya aquilina curva era idéntica.
Hendrik Blamey, sobrino de Herman, hubiese podido
contestar afirmativamente a la pregunta de su tío, pues estaba bastante bien
informado de las adquisiciones de armas que éste realizaba; pero sabía también
cómo gozaba Herman Blamey asombrando a los que se sometían al martirio de
contemplar una colección de hierros viejos que sólo tenían belleza para el
millonario y para los otros locos como él. Por ello, tras una sonrisa que quizá
era la causa de que Christina Eberling se hubiese prometido a él, y que dejó al
descubierto una magnífica y blanca dentadura, Hendrik movió negativamente la
cabeza.
—No —dijo—. No adivino.
—Es un nombre que ahora ha vuelto a hacer famoso el cine y
que en mi infancia robaba los corazones de todos los muchachos. ¡Jesse James,
el proscrito, el ladrón de trenes, el salteador de ciudades y de Bancos!
—¡Jesse James! —exclamó Christina—. Hace sólo unos días vi
la película en technicolor... ¿Es ese el revólver que usó aquel famoso bandido?
—Sí —contestó Herman Blamey, muy satisfecho del efecto que
sus palabras habían producido—. Este es uno de los dos revólveres que Jesse
James usó más a menudo. Cuando Bob Ford le asesinó, este revólver y su
compañero estaban sobre una mesa cercana. Si Jesse lo hubiese llevado encima,
Bob Ford no se hubiera atrevido a matarle... ni aun por la espalda, como lo
hizo.
—Pero ¿cómo se prueba que haya pertenecido a Jesse James?
—preguntó Hendrik—. Esas iniciales pudo haberlas tallado cualquiera.
Nada agradaba tanto a Herman Blamey como discutir de un
asunto en el que estaba seguro de tener razón.
—No me creerás tan ingenuo como para haber aceptado a
tontas y a locas semejante afirmación. Ya sé que estas iniciales podrían haber
sido talladas por cualquiera incluso en la actualidad. O bien que podrían ser
las iniciales de un Jim Jones, o Jack Jarrolds, o cualquier otro nombre y
apellido que reuniera, como en el caso de Jesse James, dos jotas. No. Este
revólver perteneció, antes que a Jesse James, a Mick Karpis, ambulante de
Correos, que fue asesinado por James en el asalto al tren en Salomón City. Tengo
un certificado de la casa Colt, de Hartford, en el cual se indica que el Colt
número 253.498 figura entre los vendidos al Gobierno en el año mil ochocientos
setenta y cinco. El Gobierno, como se indica en este documento, que es copia
del original que se guarda en Washington, incluyó el revólver en el cupo que
entregó a los ambulantes de Correos para defenderse de los ya continuos ataques
de que eran víctimas —mientras hablaba, el millonario iba sacando de un sobre
de papel manila una serie de documentos escritos a máquina y de copias
fotográficas—. Este otro documento de la Dirección General de Correos certifica
que el revólver Colt número 253.498 fue entregado al ambulante de Correos
Michael Karpis. Cuando ese pobre joven fue asesinado por Jesse James, en el año
mil ochocientos setenta y seis, su revólver desapareció y, según declara
William Chadwell en su libro "Yo pertenecí a la banda de Jesse
James", Jesse recogió el revólver, después de matar a Karpis, y comentó
que se trataba de un arma excelente que podía serle de mucha utilidad. Chadwell
dice que su jefe guardó el revólver y que lo utilizó varias veces. Ya sé que a
pesar de todo estas pruebas podrían resultar dudosas; pero en el Museo del
Oeste, de Salt Lake City, se guardan varios proyectiles disparados por Jesse
James y que fueron extraídos de los cuerpos de sus víctimas. Por petición mía,
el jefe de la Policía Federal ha sometido dichos proyectiles a un minucioso
examen científico, y aquí tengo el certificado que extendió el Laboratorio
Federal de Investigaciones Criminales. Como podéis ver, se certifica que siete
de los veintiocho proyectiles examinados fueron, sin ningún género de dudas,
disparados con el revólver Colt 253.498 Es decir, con este revólver, también se
dice que otros tres proyectiles parecen haber sido disparados igualmente con la
misma arma; pero el mal estado en que se encuentran las marcas de las estrías
impide asegurar que correspondan a mi arma. Creo que no puedo decir que al
pagar diez mil dólares por él me hayan estafado.
—No, realmente parece ser legítimo —declaró Christina
Eberling, sonriendo a su tutor, que le administraba la escasa fortuna que sus
padres le habían dejado—. ¿A cuántos ha matado esa arma?
—Seguro que ha matado a tres hombres; pero es muy posible
que ocho o nueve más murieran a consecuencia de sus disparos.
Christina alargó la mano y cogió el revólver.
—Parece mentira que con esta arma se hayan cometido varios
crímenes —dijo—. Vista así parece casi inofensiva.
—Pero no levantes el percusor, pues está cargada y podría
dispararse sola —advirtió Herman.
Christina retiró el dedo que tenía apoyado en el gatillo y
examinó durante unos instantes el arma. Por fin la dejó sobre la mesa, encima
del sobre que contenía los documentos de "identidad" del revólver.
—La voy a colocar en el sitio de honor —declaró Herman
Blamey—. Es uno de los ejemplares únicos que poseo, y merece una urna de
cristal.
—Me extraña que no posea algún rifle o revólver de Buffalo
Bill —dijo Christina.
Blamey sonrió.
—No sólo poseo uno, sino tres —contestó—. Pero el tener
armas de Buffalo Bill Cody no es extraordinario. Dejó casi un centenar y
existen ejemplares en numerosas colecciones privadas y oficiales. Fíjate.
Guió a su pupila y a su sobrino hasta uno de les armarios
que ocupaban los lados del despacho y que estaban completamente llenos de
fusiles de distintos modelos. Señaló tres de ellos, bajo los cuales se veía una
placa de latón con el nombre del famoso explorador del Oeste.
—Un Sharps modelo mil ochocientos sesenta y siete, calibre
cincuenta. Otro Sharps, calibre cuarenta y cuatro ciento cinco y un Evans, de
treinta y cuatro tiros, modelo casi único.
Herman Blamey fue mostrando a la joven y a su sobrino los
restantes rifles, revólveres, derringers que completaban la colección de
peligrosas armas.
Fue nombrando las marcas de los rifles : Un Colt, con
cilindro exacto al de los revólveres; un Spencer; varios Henrys; algunos
Springfield; otro Evans, de veinte tiros; dos Ballard; un Bullard; una
colección completa de Remingtons; dos Phoenix; una serie interesantísima de
Winchesters, desde que la famosa armería adquirió las patentes Henry; algunos
Joslyn; varios Sharps, construidos en Richmond por los confederados, durante la
guerra de Secesión, y, por último, revólveres Lefaucheux, con cartuchos de chimenea,
utilizados en el Oeste, y algunos de los cuales al largo cañón agregaban una
bayoneta plegable.
Al cabo de una hora terminó el examen de las armas y
Blamey, después de consultar su reloj, anunció:
—Creo que, por hoy, os he dado ya bastante la lata con mi
manía. Podéis volver a la fiesta. Espero al señor Trollop —y comprendiendo que
Christina ignoraba a quién se refería, explicó, para ella:— Es mi cajero y jefe
de contabilidad —luego, dirigiéndose a su sobrino, agregó:— Parece ser que ha
averiguado la verdad acerca de nuestro desastre en la venta de las acciones
Pitter.
—¿De veras? —preguntó Hendrik, expresando un gran interés.
—Él dice que sí, y además asegura que podremos rehacernos
del fracaso. Es el primero que he tenido en mi carrera y siento un gran
resquemor al pensar que otro ha sido más listo que yo y ha adivinado mi juego.
Pero esto no interesa demasiado a Christina. Preferirá bailar contigo. Hasta
luego.
Blamey acompañó a los dos jóvenes hasta la puerta del
despacho y sonrió, complacido, al verlos alejarse. Sentía un gran cariño por
Christina y por su sobrino, el más cercano de sus parientes, y que figuraba en
lugar preeminente en su testamento. Hendrik ocupaba un importante puesto en las
oficinas de "H. Blamey", y aunque poseía un modesto capital heredado
de su padre, hermano de Herman, estaba destinado a ser, según todos los
pronósticos de los entendidos, uno de los primeros financieros de la nación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Christina a su novio, mientras
descendían a la terraza, donde tenía lugar la fiesta dada por Herman Blamey—.
¿A qué se refería al hablar de su desastre?
Hendrik vaciló un momento.
—Es un asunto un poco reservado, Christina —dijo—. No
debiera hablarte de él.
—Pero me hablarás, ¿verdad? —sonrió la joven.
Hendrik también sonrió.
—Claro —dijo—. Pero no debes repetir a nadie mis palabras.
Por lo menos mientras no se aclare ese misterio.
—Te lo prometo —aseguró la joven—. ¿Te perjudicaría si lo
hiciese?
—Perjudicarías a tío Herman, pues si llegara a saberse en
el mercado la suma exacta que ha perdido, su crédito se tambalearía.
—Pero, ¿qué es lo que ha sucedido?
—Tío Herman poseía diez mil acciones de la Pitter Minning
Company. Se trata de una sociedad minera que se fundó hace unos tres años y que
emitió veinticinco mil acciones. No parecía ser una Compañía muy importante, y
tuvo bastante dificultad en colocar todo el papel emitido. Tío Herman no se
interesó por ella hasta que supo que la Pitter sólo había podido vender quince
mil acciones, y eso aún gracias a grandes primas concedidas a los agentes de
Bolsa. Alguien habló con tío Herman y le dijo algo que le movió a comprar en
globo aquellas últimas diez mil acciones. Y no sólo eso, sino que intentó
adquirir, por lo menos, otras tres mil, a fin de tener una mayoría en el
Consejo de Accionistas. No lo logró y transcurrieron unos meses, mejor dicho,
un año y medio. De pronto empezó a circular el rumor de que la Pitter Minning
Company no podría pagar, en el próximo trimestre, los intereses de sus
acciones. Interrumpióse la negociación de sus valores en tanto que los
financieros estudiaban el asunto. Tío Herman, fue el mejor informado y, gracias
a alguna de sus tretas o sobornos, pudo averiguar que los de la Pitter habían
descubierto nuevos yacimientos de bauxita, para la fabricación de aluminio, y
que trataban de recuperar todo el papel emitido. Pero aún no tenían reunido el
capital necesario y tío Herman decidió aprovechar la oportunidad provocando un
pánico general en la Bolsa, mediante una fuerte baja. Un día determinado lanzó
a la venta, paulatinamente, todas sus acciones de la Pitter. Al quedar el
mercado saturado de un papel en el cual nadie tenía excesiva confianza, la
cotización bajó. Los de la Pitter trataron de contener la baja y compraron el
que pudieron, con el fin de que el capitalista con quien estaban en tratos para
aumentar el capital no se asustara. Pero el hombre, al ver que no sólo todos
rechazaban los Pitter en venta, sino que los demás accionistas se apresuraban a
vender los suyos, se negó a continuar las negociaciones con la empresa, y ésta,
encontrándose casi en descubierto, tuvo que reponer en venta los valores
adquiridos. Por entonces el mercado estaba ya saturado de Pitters, y la
cotización había bajado de ochenta dólares por acción a cincuenta. Tío Herman
siguió vendiendo a ese precio.
—Yo no entiendo mucho de negocios —dijo Christina—; por
eso no comprendo qué fines perseguía tío Herman vendiendo valores más baratos
de lo que le habían costado.
—Muy sencillo. Tío Herman pensaba desprenderse de todos
sus valores; y cuando los Pitter estuviesen a veinticinco o a menos, realizar
una operación audaz y comprar no diez mil, sino veinte a veintidós mil. De esa
forma adquiriría el dominio de la Pitter a tiempo de aprovecharse de la
publicación de la noticia de los nuevos descubrimientos de bauxita. Si los de
la Pitter Minning Company hubiesen dado la noticia a su debido tiempo, las
acciones habrían subido a cien o a ciento diez dólares; pero, una vez provocado
el pánico, todos los esfuerzos de la Compañía minera para evitar el hundimiento
de sus acciones fueron inútiles. Tío Herman había dado orden de que cuando los
valores llegaran a veinticinco, sus agentes compraran todos los existentes en
el mercado; pero, al ver que la baja era casi vertical, dio contraorden y dijo
que se comprase a veinte dólares. Y aquí estuvo su error, pues alguien, que
debía de estar bien enterado movilizó a una veintena de agentes y al llegar los
valores a veintitrés empezaron a comprar en masa, y en una mañana, antes de que
tío Hernian pudiera evitarlo, las Pitter desaparecieron en el mercado,
acaparadas por aquellos agentes. Cuando tío Herman quiso recobrar lo perdido
era ya tarde. En una mañana se habían adquirido paso de veinte mil acciones de
la Pitter y nadie pudo averiguar quién había sido el director de la audaz
operación. Luego se fueron confirmando las noticias de que los descubrimientos
de yacimientos de bauxita no eran falsos, y ahora las pocas Pitter que se
hallan en el mercado se pagan a ciento dos dólares. En cambio, el desconocido
que compró las veinte mil acciones pagó por ellas, como máximo, veinticinco
dólares.
—¿Y no se sabe quién es ese hombre? —preguntó Christina,
en el momento en que entraban en el salón donde se celebraba la fiesta.
—No. Hasta ahora no se ha podido averiguar si se trata de
un financiero, de una entidad bancaria, o, siquiera, si fue el Gobierno quien,
para cortar de raíz lo que podía provocar un pánico que se extiende a los demás
valores y causar un crack como el de mil novecientos veintinueve, envió a un
agente para que adquiriese aquellos valores de una Compañía cuyos productos son
tan necesarios para la industria bélica. El misterio sigue en pie; mas, por lo
visto, Trollop ha averiguado algo. Estoy deseando saber de qué se trata.
Acababan de cruzar el salón donde se celebraba el baile y
salían a la amplia terraza, en uno de cuyos lados se veía la piscina, que en
aquella fiesta no se utilizaba, cuando otra pareja avanzó hacia ellos.
—¡Oh, Susana! —exclamó Christina, corriendo hacia la
joven.
—¡Christina! —exclamó la llamada Susana, corriendo a besar
con la mejilla la mejilla de su amiga—. Creí que no te encontraría.
Luego, volviéndose hacia su compañero, dijo, dirigiéndose
a Christina Eberling:
—Christina, te presento a un buen amigo mío, el señor Duke
Straley.
—¡Duke! —exclamó Christina—. ¡El aventurero millonario!
—El mismo —siguió Susana Cortiz—. Me acaba de ayudar a
salvar a un cliente que se encontraba en un grave apuro. En pocos días ha
resuelto dos casos muy misteriosos. Dentro de una semana marchará a Nueva York.
—He oído hablar muchísimo de usted, señor Straley —dijo
Christina—. Han llegado hasta mí rumores de su fantástica intervención en el
asunto de los dragones. ¿Puede explicarme qué ocurrió en realidad?
—No puedo, pues se trata de un asunto muy reservado.
Además no fui yo el héroe principal.
Mientras hablaba, Duke fijaba en Hendrik una mirada de
curiosidad que al fin fue debidamente interpretada por Christina, que se
apresuró a hacer las presentaciones.
—Señor Straley, el señor Hendrik Blamey, mi novio.
Hendrik, te presento al señor Duke Straley.
—¿Es usted el famoso...? —empezó Hendrik.
—Sí, parece ser que soy famoso —sonrió Duke—. ¿Usted debe
de ser pariente del propietario de esta casa?
—Sí, mi tío es Herman Blamey, el famoso financiero.
Por un momento permanecieron apoyados en el parapeto de la
terraza. Al otro lado de la calle se veía el esqueleto de acero de un
rascacielos en construcción. Unos tablones de madera se destacaban de la oscura
masa de vigas de acero.
—¿Será más alto que éste? —preguntó Duke, señalando el
nuevo rascacielos.
—Unos diez pisos más —explicó Hendrik—. Tío Herman está
muy disgustado.
Un hombre alto que cruzaba por entre las parejas que
bailaban, provocó un ligero sobresalto en Christina. Dominando su emoción, dijo
apresuradamente:
—Hendrik, me muero de sed. ¿Quieres traerme un refresco?
Si es posible, que sea un chocolate batido.
—¿Otro para usted, señorita Cortiz? —preguntó Hendrik.
Christina hizo una rápida seña a Susana, que,
comprendiendo los deseos de su amiga, contestó:
—Se lo agradeceré, Hendrik.
Cuando éste se alejaba en dirección al bar, Duke fue a decir
algo, pero, en el mismo instante el hombre que había sido visto por Christina
llegaba ante ella.
—Buenas noches, señorita Eberling —saludó. Dirigió luego
una cortés inclinación de cabeza a Susana y otra a Duke, y continuó:— La he
buscado en vano hasta ahora.
—Estuve en el despacho de mi tutor, señor Hewit. Le
presento a mi amiga, la señorita Susana Cortiz. Susana, te presento al señor
Arnold Hewit. Señor Straley, el señor Hewit.
Los aludidos murmuraron las obligadas frases de cortesía,
y al cabo de un embarazoso silencio, Arnold Hewit propuso a Christina:
—¿Me concede este baile, señorita Eberling?
Christina contestó afirmativamente, y aceptando el brazo
de Arnold Hewit, marchó con él a la sala donde se bailaba. Duke Straley y
Susana Cortiz los siguieron.
—Parece que su amiga estaba deseando evitar que los dos
hombres se encontrasen —dijo Duke.
—Es usted muy sagaz —rió Susana—. No se engaña. Christina
opina que es mejor tener dos adoradores que ninguno. Pero lo malo de eso es que
a veces los dos adoradores se encuentran juntos y entonces la pobre no sabe
cómo salir del apuro.
—¿A cuál de ellos prefiere?
—A Hendrik. Es más joven y más atractivo; pero, en cambio
Hewit es mucho más rico.
—Parece que unos segundos de baile han sido suficientes
para cansarlos —indicó Duke—. Se marchan ya.
Christina Eberling abandonaba en aquel momento la sala,
del brazo de su pareja.
—Tal vez vayan hacia los lavabos —indicó Susana.
—Yo diría que discuten —observó Duke—. Hewit debe de haber
vislumbrado a Hendrik y sentirá celos. A veces el querer tomar demasiadas
seguridades es peor que no tomar ninguna.
*****
Herman Blamey abrió la puerta del pequeño ascensor.
—Por aquí podrás salir sin que nadie te vea —dijo—. Ve con
mucho cuidado con el dinero. Es casi un millón.
—No temas, Herman —sonrió el otro—. ¿Quién puede sospechar
que llevo una fortuna tan grande?
—¿Estás seguro de que no corres ningún riesgo? —preguntó
Herman—. Trabajas para gente peligrosa. Si por una indiscreción llegara a
saberse la verdad acerca de las joyas... el crédito de...
—¡Cuidado! —interrumpió el otro—. Las paredes tienen oídos
—luego, sonriendo, agregó:— Su Alteza Patrap Sing Bahanur, de Palwan, sabe que
no ha de temer nada de mí. ¿Qué beneficios obtendría descubriendo la verdad a
los habitantes del Principado de Palwan? Ningunos. Por eso no intentará nada
contra mí y me despedirá como a un buen amigo que le ha hecho un favor digno de
premio.
—¡Ojalá sea así! —declaré Herman—. Sentiría perder a un
colaborador tan excelente. Adiós, Clifton.
—Adiós, Herman. Cuando sepa de otro negocio bueno ya te
avisaré.
Cerróse la puerta del ascensor automático y Herman Blamey
volvió a su despacho, sonriendo muy contento. Acababa de realizar uno de los
mejores y más agradables negocios. Agradable desde el punto de vista del
coleccionador de antigüedades, y excelente desde el punto de vista del
financiero. Lo que Clifton Crounse le había entregado, a cambio de novecientos
cincuenta mil dólares, valía, por lo menos, dos millones.
Cuando el señor Trollop entró en el despacho de su jefe le
encontró sonriendo alegremente.
—¡Hola, Trollop! —saludó el señor Blamey—. ¿Es cierto que
ha averiguado la identidad del que nos jugó la mala pasada de las Pitter?
—Sí, señor Blamey —contestó el cajero—. Al fin lo he
podido averiguar.
—Entonces reconoceré que el día de hoy ha sido de mucha
suerte. ¿Quién es?
—Aquí tengo las pruebas —dijo Trollop—. Las he descubierto
al...
Los despachos modernos, y el de Herman Blamey lo era en
grado sumo, tienen, para ciertas ocasiones, un grave defecto. Están hechos de
forma que hasta ellos no pueda llegar ningún ruido del exterior. Tabiques de
corcho o de fibra de cristal los aíslan completamente, y en ellos se puede
trabajar sin estorbo alguno; pero... si los ruidos exteriores no llegaban al
despacho de Herman Blamey, tampoco les ruidos interiores podían atravesar la
barrera aisladora, y por ello absolutamente nadie oyó en la casa los cuatro
disparos que una mano enguantada hizo con el revólver de Jesse James. Dos de
aquellas pesadas balas alcanzaron a Herman Blamey y ambas le produjeron la
muerte. Las otras dos se hundieron con las mismas fatales consecuencias en el
cuerpo del cajero señor Trollop, que cayó de bruces al suelo, a pocos metros
del cadáver de su jefe.
Descorrióse lentamente la cortina desde detrás de la cual
habían partido los disparos y una figura humana inclinóse sobre la mesa, de
encima de la cual tomó los documentes dejados por Trollop. Los dejó a un lado y
colocó sobre ellos el revólver Colt número 253.498, que había cometido dos
nuevos asesinatos. Enseguida las enguantadas manos rebuscaron dentro de la
chaqueta de Herman Blamey hasta dar con un librito de notas y una niquelada
llave. A continuación aquellas manos descorrieron otra cortina, dejando al
descubierto una fuerte caja de caudales. Con ayuda de la anotación escrita en
una de las páginas del cuaderno, movieron el disco de la caja de caudales.
Luego, con la llave, acabaron de abrirla. Rebuscaron dentro de la caja durante
unos segundos y se oyó una exclamación de disgusto al no hallar algo que sin
duda suponían, estaba allí. Luego encontraron un estuche cuyo contenido hizo
comprender que era inútil buscar más. Las manos sacaron el estuche, cerraron la
caja de caudales, metieron estuche, documentos y revólver en un pequeño maletín
de cuero, y luego fueron hacia la chimenea, encima de cuya repisa se veía una
panoplia con armas antiguas, anteriores al invento de la pólvora. Una de
aquellas armas era una ballesta. Las manos la cogieron junto con un dardo. Unos
instantes después se oyó una vibración; luego, las manos volvieron a colocar la
ballesta en su sitio.
Habían transcurrido dos minutos justos desde que Herman
Blamey regresara a su despacho para recibir a Trollop, cuando las manos
aquellas, siempre protegidas por los guantes, cerraban la puerta del despacho
donde acababa de cometerse el doble crimen, y en el cual sólo quedaron los dos
cadáveres y la densa humareda producida el detonar de la pólvora negra de los
cartuchos del viejo revólver que había sido utilizado sesenta años antes por
Jesse James, el prescrito.
CAPÍTULO II
FIN DE FIESTA
Christina Eberling, salió de uno de los varios lavabos
instalados en la planta baja de la vivienda de Herman Blamey. Estaba muy pálida
y se advertía que hacía esfuerzos por serenarse. También se advertía que su
sonrisa no era natural, sino resultado de un esfuerzo por disimular una gran
emoción.
Arnold Hewit levantóse de su asiento y fue hacia la joven.
Advirtiendo lo descompuesto de su semblante, pregunto:
—¿Tanto la afecta el que le haya pedido de nuevo que sea
mi esposa?
Christina tardó unos instantes en responder.
—No, no es eso —dijo—. Es que... ¡Oh, no me pregunte nada
ahora!
—¿Por qué?
—Se lo ruego, Arnold.
—Como usted quiera, Christina. ¿Desea volver al salón?
—Sí... sí.
Cuando entraron de nuevo en la amplia estancia donde se
celebraba el baile, la orquesta daba los últimos compases y las parejas se
separaron.
Duke y Susana Cortiz vieron a Christina Eberling y a
Arnold Hewit cogidos del brazo, como si hubiesen terminado de bailar.
—¿Y el otro novio? —preguntó el famoso aventurero.
Como respondiendo a su llamada, Hendrik Blamey apareció
junto a ellos. Traía en las manos dos altos vasos de batido de chocolate. La
espuma había perdido parte de su consistencia y aparecía hundida en los vasos.
Era indudable que los refrescos habían estado bastantes minutos en manos del
joven.
—¡Oh! —exclamó Susana Cortiz—. Me había olvidado por
completo del refresco.
—No es usted la única, señorita —respondió Hendrik,
dirigiendo una mirada de disgusto hacia Hewit y Christina—. Alguien más parece
haberse olvidado de que me encargó un refresco.
Susana bebió el batido de chocolate y, maquinalmente, con
temblorosa mano, Hendrik se llevó a los labios el otro vaso y bebió lentamente
su contenido.
Duke le observaba con divertida atención. Por culpa de la
indiscreción de una muchacha dos hombres estaban odiándose. Iba a pensar que
las mujeres son un gran estorbo en la vida de los hombres cuando su mirada, al
fijarse un momento en Susana Cortiz, alteróse y se hizo más humana, a la vez
que una amplia sonrisa llenaba su rostro. No, indudablemente las mujeres no
eran un estorbo; lo malo en ellas era la endiablada complicación de su
carácter. Sacó uno de sus cigarrillos especiales, lo encendió y, a través del humo
de las primeras chupadas, vio como Hendrik Blamey seguía con dura mirada todos
los movimientos de su novia. Con ese deseo tan propio de los hombres de aliviar
a un compañero en sus penas de amor, Duke dijo, para distraer la atención de
Hendrik:
—He oído decir que su tío es un gran coleccionista de
armas de fuego.
—Sí —contestó, distraído, Hendrik—. Tiene muchas.
—Yo también colecciono algunas armas —explicó Duke,
mientras procuraba arrastrar a Susana y a Hendrik fuera de la sala—. Recibo los
más modernos catálogos de armas y elijo en ellos las armas que me parecen más
seguras.
—Mi tío se dedica a coleccionar armas antiguas y, sobre
todo, armas de fuego de las que se utilizaron en el Oeste. No hace mucho nos
enseñó un revólver que había pertenecido al famoso bandido Jesse James. Es su
última adquisición.
—¡Ah! Me gustaría mucho verlo —aseguró Duke.
—Si dice usted eso a mi tío le dará la mayor alegría de su
vida —sonrió débilmente Hendrik—. No hay nada que le agrade tanto como el
enseñar su colección. Más tarde podemos subir a su despacho y pedirle que le
enseñe sus armas predilectas.
—¿Por qué no, ahora? —preguntó Duke.
—Mi tío está conferenciando con su cajero. En cuanto el
señor Trollop se marche subiremos.
Habían llegado a la terraza y, señalando hacia una de las
iluminadas ventanas del segundo de los tres pisos que coronaban el rascacielos,
indicó:
—Ese es el despacho de mi tío.
Hendrik quedó callado un momento y luego, consultando su
reloj, dijo:
—Quizá ya se haya marchado. Preguntaremos a Williams, el
mayordomo, si Trollop se ha marchado ya.
Cruzando otras habitaciones semidesiertas, y evitando el
salón de baile, Hendrik guió a Duke y a Susana hasta el vestíbulo, del cual
partía una amplia escalera de roble que conducía a los pisos superiores. Un
hombre alto, muy grueso, de rostro entre majestuoso e inexpresivo, vestido de
negro y respondiendo en todos sus detalles al tipo clásico del mayordomo de
Hollywood, se paseaba lentamente por el vestíbulo. Duke, al fijarse en los ojos
de aquel hombre, se dijo que muy pocas cosas debían de escaparse a su sagaz
mirada.
—Hola, Williams —saludó Hendrik.
—Muy buenas noches, señorito Hendrik —replicó el mayordomo
con una inclinación que incluyó, también, a Susana y a Duke.
—¿Tiene visita mi tío? —preguntó Hendrik.
—Dos visitas —respondió Williams.
—¿Dos? Creí que sólo esperaba al señor Trollop.
Williams logró ese milagro propio de los buenos mayordomos
que es el expresar el encogimiento de hombros sin mover éstos ni ninguna otra
parte de su cuerpo. Con ello quería decir Williams que ignoraba si realmente su
amo esperaba a dos visitantes o a uno solo y, además, que no consideraba de su
incumbencia los asuntos del señor Blamey.
—¿Y están los dos arriba? —preguntó Hendrik.
—Ninguno de ellos ha salido por esta puerta —contestó,
cautamente, el mayordomo, agregando:— El señor Trollop utiliza a veces el
ascensor particular del señor Blamey.
—Entonces... es posible que ya se hayan marchado —observó
Hendrik—. Podemos subir y comprobarlo, señor Straley. No, Williams, no es
necesario que avise a mi tío.
Hendrik Blamey guió a Susana y a Duke escalera arriba y
después de recorrer un corto pasillo torció a la derecha y llegó por fin a una
amplia sala o vestíbulo, al fondo de la cual se veía la puerta del despacho del
dueño del rascacielos.
Ningún ruido llegaba desde el otro lado de la puerta; pero
esto no era de extrañar teniendo en cuenta la moderna construcción del
edificio. Hendrik llamó con los nudillos. Primero suavemente, luego con más
fuerza.
—Debe de haber salido —dijo, volviéndose hacia Duke y
Susana—. Tendremos que aguardar a que vuelva, pues la puerta tiene una
cerradura automática y cuando tío Herman sale siempre cierra de golpe. No se
desprende nunca de la llave y así puede dejar siempre aseguradas sus
colecciones de armas.
—¿Ha disparado recientemente su tío alguna de sus armas?
—preguntó, de súbito, Duke.
—¿Cómo? —preguntó Hendrik—. No... no ha disparado...
El rostro de Susana Cortiz iluminóse de pronto y, lanzando
una exclamación de alegría, la joven declaró:
—Ya sé. El señor Straley ha preguntado eso porque en el
aire se percibe un olor bastante pronunciado a pólvora quemada, semejante al
que llena las calles el día de la fiesta nacional.
—Es verdad —asintió Hendrik—. Huele a pólvora quemada.
Pero no creo que se haya disparado ningún arma. Hubiésemos oído...
Interumpióse y miró con expresión de susto a Duke. Éste
afirmó con la cabeza, diciendo:
—Aunque se hubiese hecho algún disparo no se habría oído.
Esta casa está hecha a prueba de ruidos.
Sin replicar, Hendrik aporreó fuertemente la puerta con
los puños, sin que, a pesar de la conmoción a que se veía sometida la puerta,
nadie, desde dentro, la abriese. A los golpes unió luego, el joven, la voz,
llamando:
—¡Tío Herman! ¡Tío Herman!
Silencio.
Al fin Hendrik se volvió hacia Duke y, con él rostro
demudado, preguntó:
—¿Qué puede haber ocurrido?
Duke se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea. Lo mejor sería abrir la puerta y
averiguar qué ha pasado.
—Sólo existen dos llaves —respondió Hendrik—. Una la
llevaba siempre mi tío colgada de la cadena de su reloj. La otra está guardada
en la caja de caudales de la oficina. Si mi tío está dentro no nos queda otro
remedio que buscar la otra llave... y tardaríamos, por lo menos, una hora en
tenerla aquí. Habría que llamar al señor Trollop y pedirle que fuese a recoger
la llave...
—¿No debe estar el señor Trollop dentro del despacho?
—preguntó Duke.
—Si estuviese hubiera contestado a las llamadas, a menos
que también él...
—¿Qué? —preguntó vivamente Duke.
—Quiero decir que también a él puede haberle ocurrido algo
—dijo Hendrik—. No comprendo este silencio.
De pronto su rostro se iluminó y atravesando el vestíbulo
fue hacia un teléfono de comunicación interior. Apretó uno de los botones
numerados y aguardó con el auricular junto al oído. Repitió varias veces la
llamada y su rostro volvió a ensombrecerse.
—No contesta —dijo, volviéndose a Duke.
—Creo que es preferible que bajemos de nuevo al salón
—indicó el aventurero—. Puede que esté por allí y se ría de nosotros cuando le
expliquemos nuestros temores.
Como el sediento que en medio del desierto descubre de
pronto un cercano oasis, Hendrik corrió hacia la escalera, seguido por Duke y
la señorita Cortiz.
Pero una rápida investigación por la planta baja, seguida
por un ansioso interrogatorio de los sirvientes y de los invitados, dio un
resultado negativo. Nadie había vista a Herman Blamey.
—¿Tienen una escalera bastante alta? —preguntó, de pronto,
Duke, dirigiéndose al mayordomo Williams.
—Perdón, señor —replicó el mayordomo—. ¿Ha pedido una
escalera?
—Sí —explicó Duke—. Para colocarla en la terraza y subir
hasta la ventana del despacho. Así podremos ver si hay alguien dentro del
despacho del señor Blamey, o si al salir se olvidó de apagar la luz.
Con su proverbial eficiencia, Williams replicó:
—No tenemos una escalera, tan alta; pero podemos pedirla
al conserje. Él tiene una...
—No pierda ni un momento —pidió Duke—. Los minutos pueden
ser valiosísimos.
Yendo al teléfono, Williams, con voz autoritaria, pidió
que se subiese enseguida la escalera más alta. Cinco minutos después, el
conserje y su ayudante apoyaban una escalera contra la pared, en la terraza, y
comprobaban que llegaba, justa, hasta la ventana del despacho de Herman Blamey.
La fiesta habíase interrumpido y todos les invitados se
hallaban congregados en la terraza, esperando la solución trágica o cómica de
aquel incidente.
—Subiré yo —dijo Hendrik Blamey—. Como familiar me
corresponde...
—Desde luego —interrumpió Duke—. Suba enseguida.
Con la torpeza de quien no está familiarizado a subir por
escaleras de mano, Hendrik fue subiendo lentamente hasta la ventana del
despacho. Los que le observaron advirtieron su evidente sobresalto y se
asombraron de la rapidez con que regresó al firme suelo de la terraza. Al
llegar allí se detuvo y apoyóse pesadamente en la escalera. Tardó unos segundos
en poder hablar y, cuando lo hizo, anunció:
—Están muertos... Los dos.
—¿Quiénes son esos dos? —preguntó Duke, que se mantenía
sereno en medio del desconcierto general.
—Mi tío y el señor Trollop —jadeó Hendrik.
—¿Cómo sabe que están muertos? —preguntó el millonario.
—Pues... Están caídos en el suelo, señor Straley. No se
mueven.
Sin esperar más explicaciones, Duke subió por la escalera
con la agilidad de un marinero y miró a través de los cristales. Sacando del
bolsillo un pañuelo protegió con él la mano derecha y empujó suavemente la
ventana. No necesitó repetir el esfuerzo para convencerse de que estaba bien
cerrada y sería imposible abrirla desde fuera. Por ello volvió a bajar, y
dirigiéndose a Williams, ordenó, en medio del silencio de todos:
—Señor Williams, tenga la bondad de llamar a la jefatura
de Policía, a la Brigada de Investigación Criminal. Dígales que creemos que al
señor Blamey le han asesinado.
Un murmullo de asombro y horror corrió por los labios de
todos los invitados. Dirigiéndose a ellos, Duke siguió:
—Aunque no tengo ninguna autoridad, creo, señores, que es
mejor que ninguno de ustedes abandone la casa hasta que la Policía se lo
permita.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó un indignado
banquero—. ¿Quién es usted para prohibirnos...?
—No soy nadie, señor Patek —replicó Duke, que conocía ya
al banquero—; pero conozco la forma de actuar de la Policía y sé que sus
primeras y más molestas investigaciones las realizarán cerca de aquellos que
hayan mostrado una innecesaria prisa por abandonar esta casa. Desde luego, es
usted muy libre de marcharse; pero después tendrá que explicar el por qué de su
afán de marcharse, a pesar de mi consejo.
—Está bien —gruñó Patek—. Me quedo. No creo que nadie
sospeche de mí como autor de un asesinato.
—No he hablado de sospechas —dijo Duke—. Sólo he dado un
consejo.
—¿Cómo entraremos en el despacho? —preguntó Hendrik.
—Habrá que forzar la cerradura —declaró Duke.
—¡Imposible! —exclamó Hendrik—. La puerta del despacho
está, prácticamente, blindada, y para abrirla haría falta una carga de
dinamita. Sin la llave es imposible entrar.
—No creo que la ventana resista mucho —dijo Susana Cortiz.
—Los cristales son a prueba de bala —dijo Duke—. El señor
Blamey estaba muy bien protegido. Sin duda concedía un gran valor a su
colección de armas.
—A veces guardaba grandes sumas en su caja de caudales
—indicó Hendrik—. Por cierto, que si quieren abrir hoy el despacho será
necesario empezar a dar los pasos convenientes para sacar la llave de la caja
de la oficina.
—¿Quién nos la puede dar? —preguntó Duke.
—Yo poseo la combinación, pues soy ayudante... quiero
decir que era ayudante del pobre señor Trollop.
—Entonces, ¿puede usted ir a buscarla? —preguntó Duke.
—No; yo solo no puedo abrir la caja pues aunque conozco la
combinación, no tengo la llave que la abre. Una de las llaves de la caja la
tenía mi tío, que la llevaba siempre encima. El señor Trollop llevaba la otra
llave y conocía también la combinación; pero no se separaba nunca de la llave y
supongo que la debe de tener encima. El tercer cajero, el señor Wingate, tiene
la tercera llave; pero no conoce la combinación. Le puedo llamar por teléfono y
citarle en algún sitio para que los dos juntos podamos abrir la caja y sacar de
ella la llave del despacho de mi pobre tío.
—Creo que es lo mejor. No creo que la Policía local se
ofenda porque hayamos dado este paso.
Arnold Hewit, que había escuchado esta conversación,
adelantóse por entre los grupos de curiosos y preguntó:
—¿Es que con el señor Blamey no reza la prohibición de
salir de la casa? ¿O es que ya sabe el señor Straley que el sobrino, y
seguramente heredero de Herman Blamey, es inocente de toda sospecha?
—Tiene usted razón —asintió Duke—. He estado a punto de
cometer una indiscreción. Señor Blamey: será preferible que aguardemos a la
Policía. Perderemos una hora más o tal vez dos; pero así nadie podrá acusarme
de haber dado facilidades a un posible culpable.
Un murmullo de protesta elevóse de entre los invitados a
la fiesta y, por fin, el mismo Hewit, declaró:
—Si trayendo la llave se ha de ganar tiempo, no tengo
inconveniente en que el soñar Blamey vaya a buscarla.
—La señorita Cortiz podrá ayudar al señor Blamey —dijo
Duke—. Es una de las más brillantes abogadas de California y no creo que nadie
sospeche de ella.
—Agradeceré la vigilancia de la señorita —dijo Hendrik.
—No es vigilancia, sino la presencia de un testigo que
puede serle beneficioso —sonrió Duke—. Avise enseguida al señor Wingate y
diríjase a la oficina de su tío.
Hendrik Blamey fue al teléfono más próximo y después de
buscar en el listín el número del teléfono de Wingate, lo marcó y tras un par
de minutos de conversación quedó citado con el otro y recogiendo su sombrero
iba a salir, acompañado por Susana Cortiz, cuando Duke le detuvo con esta
petición:
—Señor Blamey: sobre todos los aquí presentes va a recaer
dentro de poco la posible sospecha de un crimen. No le creo a usted culpable;
pero quisiera que todos se convenciesen de que no lleva usted encima nada
comprometedor, de lo que podría deshacerse al llegar a la calle. ¿Puedo
registrarle?
Hendrik Blamey vaciló unos segundos. Parecía a punto de
contestar negativamente; pero advirtiendo fija en él la ansiosa mirada de
Christina asintió al fin y permitió que Duke le registrase concienzudamente.
Luego, cuando, tras un resultado negativo, terminó el registro, salió de la
sala, y poco después, desde la terraza, se le vio cruzar la calle en dirección
a un taxi que se acababa de detener frente al edificio. Susana y él
desaparecieron dentro del vehículo, que se puso en marcha enseguida.
Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando se oyó,
cada vez más próximo, el quejido de las sirenas de los autos de la Policía. En
medio de un chillido de frenos apagóse la queja de las sirenas. Tres autos
acababan de detenerse frente al rascacielos, y de todos ellos salían varios
hombres, que corrieron hacia la puerta. Dos minutos después, Williams daba paso
a los representantes de la Ley.
Frente a ellos iba un amigo de Duke: el capitán Parker.
Estaba aún muy reciente el caso Pellton, que Duke resolviera con ayuda de sus
cuarenta jóvenes detectives. La colaboración entre Duke y Parker había sido muy
íntima, y el capitán de detectives, al ver a su colaborador, fue directamente a
él, preguntando:
—¿Qué tal, señor Straley? ¿Interviene usted ya en el caso?
—No —contestó Duke, estrechando la mano del capitán—. No
tengo nada que ver con el asunto. Me encontraba en la fiesta como simple
invitado.
—¿Dónde está la víctima? —preguntó Parker.
—En su despacho; pero no se apresure tanto. No se puede
entrar. La puerta está cerrada y hasta que llegue la llave no se podrá abrir.
Con la mayor brevedad, pero sin olvidar ninguno de los
datos esenciales, Duke explicó a Parker todo lo ocurrido.
—Quizá he hecho mal en hacer ir a buscar la llave
—terminó—; pero he creído que se ganaría tiempo. Además, el señor Blamey va
acompañado de la señorita Cortiz, y ya sabe que es una mujer valiente y
observadora.
—Ha hecho perfectamente —replicó Parker. Luego,
volviéndose hacia los agentes que le habían seguido, ordenó:
—Tomen los nombres y direcciones de todos los presentes.
Averigüen si alguno se ha marchado ya. Mientras no entremos en el despacho no
podemos hacer otra cosa.
Los detectives se apresuraron a sacar sus cuadernos de
notas y se distribuyeron equitativamente a los invitados. Mientras tanto,
Parker llevó a Duke hacia el parapeto de la terraza y preguntó:
—¿Sabe algo que pueda sernos útil?
Duke se encogió de hombros.
—No. Sé que se trata de un asesinato porque noté olor a
pólvora y no se ve ningún arma cerca de los dos cadáveres. Uno de los detalles
más importantes y sobre el cual llamo su atención es el de que fueron dos los
visitantes que recibió el señor Blamey, y a menos que otro cadáver se encuentre
en algún punto de la habitación, donde no sea posible verle desde la ventana,
sería muy conveniente averiguar la identidad de ese otro visitante que entró en
el despacho y a quien nadie vio salir.
—Preguntaré al mayordomo —dijo Parker—. Debe de conocer a
ese otro visitante.
Pero Williams movió negativamente la cabeza al ser
interrogado acerca de la identidad del otro visitante. No, no le había visto
nunca ni sabía su nombre. Al preguntarle Williams a quién debía anunciar, el
hombre replicó que el señor Blamey le esperaba. —¿Traía algo en la mano?
—preguntó Parker.
—Sí, señor —respondió el mayordomo—. Un paquete hecho con
un periódico.
—¿Y está seguro de no haberle visto salir?
—Estoy seguro de que no salió por la puerta principal
—contestó Williams—. Pero pudo hacerlo por el ascensor privado del señor
Blamey, único en la casa que llega hasta el último piso.
—Luego averiguaremos lo que se pueda acerca de ese
desconocido —gruñó Parker.
En aquel instante acercóse uno de los agentes anunciando
que se había terminado de tomar los nombres y direcciones de los invitados,
agregando que el forense y los del servicio antropométrico acababan de llegar y
ya se estaban impacientando. También los invitados, entre los cuales había
gente muy importante, se impacientaban y exigían que se les dejase marchar.
—Sólo son las once de la noche —refunfuñó Parker—. No
tienen derecho a impacientarse. Lógicamente la fiesta hubiera terminado a las
dos de la madrugada. Por cierto, ¿sabe usted, señor Straley, a qué obedece la
fiesta de hoy?
—Sólo sé que la señorita Cortiz fue invitada y que ella me
invitó a mí.
—Cada dos meses el señor Blamey daba una fiesta a sus
amigos —explicó Williams—. Así correspondía a las invitaciones que se le
hacían.
—Bien... Pero, ¿qué ocurre?
Del salón llegaba un murmullo que se iba convirtiendo en
griterío indignado. Parker, seguido de Duke, fue hacia allí, y uno de sus
agentes le explicó que los invitados se querían marchar.
—Un momento, por favor —pidió Parker, reconociendo, con
gran disgusto, a un buen número de personas importantes—. Les prometo que tan
pronto como sea posible les daré permiso para que se retiren. Ante todo
necesitamos entrar en el despacho y averiguar si se trata o no de un crimen.
Hasta entonces no podemos tomar ninguna decisión.
Varios hombres empezaron, a la vez, a protestar; pero en
aquel instante llegó Hendrik Blamey, seguido de Susana Cortiz. Yendo hacia
Duke, el sobrino de Herman Blamey anunció:
—Aquí traigo la llave...
—Désela al capitán Parker —indicó, Duke—. Capitán, le
presento al señor Hendrik Blamey, sobrino de una de las víctimas.
—Acompáñenos, señor Blamey —ordenó el policía—. Podrá
identificar los cadáveres. Pero absténgase de tocar nada. Usted también puede
acompañarnos, Straley. Supongo que estará deseando meter las narices en el
asunto.
—Se equivoca usted por completo, Parker. Si me lo permite
me retiraré en compañía de la señorita Cortiz.
—Ya sabe que no puedo dejarle salir antes que a los demás.
—Entonces le acompañaré. ¿Viene usted, Isabel?
—Encantada —aseguró la joven.
Subieron todos al piso donde estaba el despacho de Herman
Blamey, y con la llave traída por Hendrik abrieron la puerta.
Como para él aquel espectáculo no tenía nada de nuevo,
Duke paseó la mirada por la estancia. No se advertían señales de lucha y, a
juzgar por la expresión de las víctimas, el ataque debió de cogerlas
desprevenidas.
Parker examinó, sin tocarlos, diversos objetos y, al fin,
regresó junto a Hendrik, Duke y Susana Cortiz, y mientras el forense esperaba
que los fotógrafos impresionaran varias placas, a fin de conservar las pruebas
de cómo estaban loa cadáveres, preguntó al primero:
—¿Nota usted que falte algo en este despacho?
Hendrik negó con la cabeza.
—No.
Parker permaneció callado, aguardando el diagnóstico del
forense, que estaba arrodillado junto al cuerpo de Herman Blamey. Después de un
cuidadoso examen, anunció en voz alta:
—Está muerto. Hacía tiempo que no veía heridas de éstas.
Una bala de plomo disparada por un revólver de calibre cuarenta y cuatro o tal
vez... No, no es un cuarenta y cinco. Es un cuarenta y cuatro. Dos balas muy
bien disparadas. Alcanzaron el corazón y lo paralizaron por completo. Veamos el
otro cadáver.
El forense se trasladó junto al cuerpo de Trollop y sólo
necesitó un brevísimo examen para poder anunciar:
—Igual que el otro. Dos balas de plomo calibre cuarenta y
cuatro. Puedo agregar que se utilizaron cartuchos muy antiguos, de pólvora
negra, o sea con humo, y algo deteriorada, pues a pesar de la corta distancia a
que fueron hechos las disparos las balas no atravesaron de parte a parte los
cuerpos...
—¡El revólver! —exclamó, de pronto, Hendrik.
—¿Qué dice? —preguntó Parker—. ¿Dónde está el revólver?
—No está.
—¿Pues por qué dice...?
—Es que ahí encima de la mesa mi tío dejó un revólver Colt
calibre cuarenta y cuatro que había pertenecido a un famoso bandido. No está...
Duke apenas prestó atención a las palabras de Hendrik
Blamey. Su mirada habíase fijado en una panoplia de armas antiguas, colocada
sobre la chimenea. Había en ella una excelente colección de espadas, dagas,
puñales, hachas de guerra, mazas y una excelente ballesta de acero. Todas las
armas estaban perfectamente colocadas. Sólo la ballesta se veía ligeramente
torcida, y mientras a un lado tenía tres cortos dardos de acero, en el otro
sólo tenía dos.
Uno de los agentes del servicio antropométrico le pidió
que se apartara, y éste desvió su atención hacia el trabajo de los agentes, que
iban espolvoreando todos los puntos donde podía haber huellas dactilares.
*****
—¿Ha descubierto ya al asesino? —preguntó Susana,
acercándose a él.
—No —respondió Duke—. Ni pienso intentarlo. No quiero
estropear esta hermosa noche, dedicándome a un trabajo para el cual nadie me ha
llamado.
Estaban ya junto a la amplia ventana, a ambos lados de la
cual se veía, descorrida, una gruesa cortina de terciopelo oscuro.
—El asesino debió de disparar desde aquí —murmuró Duke,
señalando un punto donde la cortina aparecía muy ennegrecida—. Pero es
preferible que contemplemos la noche. Vea que hermosa es. Dentro de unos meses,
ese antipático rascacielos que están construyendo impedirá disfrutar del
panorama de que ahora gozamos.
—Ya lo está impidiendo —dijo Susana—. La mirada se fija,
aunque no se quiera, en les andamios y en las vigas de acero. ¿Cuándo podremos
marcharnos?
Al ser interrogado sobre ese punto, Parker replicó:
—Dentro de unos momentos. Como nadie sabe nada de nada, y
no es posible entretenerlos a todos hasta mañana, voy a permitir que todo el
mundo se retire. Vamos a tener mucho trabajo, pues el único que podía darnos
detalles completos acerca de los negocios del señor Blamey era el cajero, y
también ha muerto. El sobrino nos ha dicho algunas cosas importantes. Pero éste
no va a ser un caso brillante, sino uno de esos que dan tanto trabajo y que
sólo se resuelven después de mucho investigar pequeños datos y construir, al
fin, con ellos todo el edificio del crimen.
Una hora después, Duke y Susana Cortiz abandonaban el
edificio, seguidos por el resto de los invitados. Era la una y media de la
madrugada y la calle estaba desierta. Mientras casi todos los que salían iban
en busca de sus coches, Duke y su compañera marcharon a pie.
—¿Por qué no quiere intervenir? —preguntó la joven—. ¿No
desea la solución del misterio?
—La deseo; pero no me gusta entrometerme infantilmente en
los asuntos de la Policía. Parker se basta para resolver este caso. La cuestión
principal estriba en obtener datos y más datos y de la selección de todos ellos
llegar, al fin, a dar con la pista. La policía tiene a su disposición elementos
muy valiosos que acelerarán su trabajo. Yo, en cambio, no puedo, por mucho que
lo desee, averiguar quién era el visitante misterioso de quien nada se sabe.
Creo que Parker hallará sus huellas dactilares en algún punto del despacho y si
dichas huellas figuran en el archivo de la Policía, dentro de unas horas el
desconocido será conocido.
—¿De veras no sabe nada?
Duke sonrió ante la pregunta.
—Sé un sola cosa —contestó.
—¿Cuál? —inquirió, llena de ansiedad, Susana.
—Pues que no me hubiera extrañado que alguna de las dos
víctimas hubiese tenido un dardo clavado en el corazón.
—¿Un dardo?
—Sí, un dardo disparado con una ballesta. Posee la misma
potencia que una bala de revólver y es mucho más silencioso.
—¿Qué quiere decir con eso? —inquirió Susana.
—Pues que no hace mucho tiempo la ballesta que Herman
Blamey guardaba en su despacho ha sido disparada.
—¿Cómo lo ha descubierto?
—La ballesta estaba torcida y algo fuera del lugar donde,
según la marca grabada en la tela de la panoplia, ha estado durante muchos
años. Además, faltaba un dardo.
—Pero los dos muertos tenían balas de plomo y no dardos
emplumados.
—Pero falta el segundo visitante. ¿Y si él tuviese en el
cuerpo un dardo de acero?
—No —dijo Susana—. No parece natural. No responde a las
características del crimen. ¿De veras tiene mucha fuerza un dardo?
—Infinitamente mayor que una flecha disparada con arco. La
ballesta se tensa con un mecanismo especial, pues no podría hacerse como en el
arco, y el dardo puede recorrer una distancia muy larga y atravesar, incluso,
una coraza...
Duke, interrumpióse, sonrió, como ante una idea y, al fin,
murmuró:
—Sí... eso debió de ser...
—¿El qué? —preguntó Susana.
—Ya sé. Tengo que separarme de usted, Susana. Podría
correr algún peligro si me acompañase.
—¿Adónde va?
—A recoger el dardo que disparó el asesino. Creo que ya sé
dónde encontrarlo.
—Aunque usted se oponga le seguiré y correré los peligros
que quiere evitarme —aseguró Susana—. Dígame lo que vamos a hacer.
Duke sonrió, y mirando a su compañera dijo:
—Está bien; pero si ocurre algo no olvide que yo quise
evitarle un disgusto.
—¿Para qué ha servido el dardo? ¿Dónde está?
—Está, si mis cálculos no fallan, en lo alto del
rascacielos en construcción, hundido en uno de los tablones, y junto a él se
encuentra algo que antes estuvo en el despacho de Herman Blamey.
—No entiendo...
—Un dardo disparado por una ballesta tiene mucha fuerza y
no sería el primero que arrastra un fino cordel de seda o de algodón. Disparado
desde la ventana podría, sin ninguna dificultad, ir a hundirse en uno de los
tablones del edificio en construcción, tendiendo una comunicación entre el
antiguo rascacielos y el nuevo. Por el cordoncito así tendido no podría
deslizarse una persona, pero sí un maletín o cartera, que iría a posarse junto
al dardo. Luego el asesino y ladrón no necesitaba más que dejar caer el cordón,
que quedaría colgando, invisible, entre las vigas de acera.
—¿Y cree que encontrará eso? —preguntó Susana.
—No lo sé; pero voy a comprobar si en el nuevo rascacielos
hay un dardo clavado en uno de los tablones por los que circulan los albañiles.
Dando media vuelta, Duke y su compañera volvieron sobre
sus pasos, llegando, al cabo de unos minutos, ante el nuevo rascacielos, cuya
planta baja estaba defendida por una alta valla de madera. La única puerta que
había en aquel lado estaba cerrada; pero un cartel indicaba que en la parte
trasera, o sea en la otra calle, había otra entrada.
Después de un largo rodeo, los dos investigadores llegaron
ante la puerta por donde se entraban los materiales de construcción. Estaba
abierta y a poca distancia se veía una barraca, a través de cuya ventana
brillaba una luz.
—Ahí debe de estar el vigilante nocturno —dijo Duke—. Le
pediremos permiso para subir en el montacargas.
Cruzaron el enlodado camino bordeado de tablones, vigas,
sacos de cemento y herramientas y llegaron, al fin, ante la barraca. Duke llamó
con los nudillos, y al cabo de unos instantes, no recibiendo respuesta, empujó
la puerta.
Un grito de espanto brotó de los labios de Susana. En el
suelo de la barraca se veía, caído de bruces, a un hombre de cabellos blancos.
Del cinturón le pendía, enfundado, un revólver; mas era indudable que no había
tenido oportunidad de utilizarlo.
—¡Está muerto! —chilló Susana.
Su grito y el movimiento de Duke fueron interrumpidos por
dos secas y simultáneas órdenes de:
—¡Quietos! No se muevan.
Y para indicar que la orden no era dada sin elementos que
la reforzasen, tanto Duke como Susana sintieron, en sus riñones, el
desagradable contacto de los cañones de unos revólveres o pistolas.
—¿Hemos venido a estorbarles? —preguntó Duke.
—Sí —dijo uno de los hombres.
Unos segundos después, Duke y Susana sintieron contra su
boca la presión de unos algodones impregnados de éter. El sobresalto les hizo
aspirar el soporífero y casi a la vez se desplomaron junto al vigilante de la
construcción.
Los tres hombres que habían intervenido en el ataque
guardaron el frasco de éter, después de dejar sobre la nariz y la boca de los
tres caídos unos algodones bien empapados, y sin desprenderse de sus pistolas
fueron hacia el montacargas que conducía a lo alto del rascacielos en
construcción. La jaula estaba bajando, y cuando se detuvo un hombre salió de
ella. Llevaba el rostro cubierto por el ala del sombrero de fieltro,
encasquetado hasta las orejas y una bufanda arrollada a la cara, dejando al
descubierto sólo los ojos. Con una mano sostenía un maletín y con la otra un
tablón en cuyo centro veíase, clavado, un dardo de acero del que pendía un
trozo de cordel.
—Llevaos esto y destruidlo —dijo el desconocido—. Yo iré a
reunirme con vuestro jefe.
—En nuestro auto —dijo, secamente, uno de los tres
pistoleros.
—Claro —replicó el otro—. En vuestro auto. ¿Ha ocurrido
algo?
—Una pareja descubrió al vigilante. Los narcotizamos.
—¿Quiénes eran? —preguntó, alarmado, el otro.
—Unos novios. No han visto nada. No hay peligro.
El hombre pareció convencido y, entregando el tablón a los
tres cómplices, salió a la calle y dirigióse hacia un auto detenido a poca
distancia. Entró en él y la portezuela se cerró automáticamente; luego, sin
esperar ninguna orden, el chofer puso en marcha el vehículo y lo guió a través
del reducido tráfico.
En el interior del vehículo, el desconocido abrió el
maletín, dentro del cual se encontraba el revólver de Jesse James y los
documentos que trajera Trollop. A la luz de una pequeña linterna, el hombre
leyó los documentos y, al terminar, les prendió fuego con un encendedor,
dejando que se consumieran sobre el piso del auto, sin preocuparse de las
chamuscaduras que sufría la alfombra.
No llevaba el dinero que esperaba su cómplice; pero, en
cambio, tenía las joyas y no resultaría imposible obtener por ellas bastante
más de medio millón. El golpe había resultado doblemente bueno.
CAPÍTULO III
LLAMADA DE SOCORRO
Al volver en sí del apacible sueño en que les sumiera el
éter, Duke se encontró en un camastro bastante duro. Abrió los ojos y frente a
él vio al Capitán Parker.
—Hola, señor Straley —saludó el policía—. Realmente no
esperaba que volviéramos a vernos tan pronto. ¿Qué ha ocurrido?
—¿Y Susana? —preguntó Duke.
—A su lado. Aún está durmiendo. Y el vigilante del
rascacielos también. Les encontramos a los tres perfectamente dormidos. ¿Quién
les hizo la jugada? Supongo que todo se debe a que usted sabía algo que no
quiso decirme.
Duke movió negativamente la cabeza y después de asegurarse
de que Susana estaba viva, explicó brevemente su observación acerca de la
ballesta.
—De momento no le di importancia; pero luego pensé que el
dardo podía haber servido para lanzar un cable por el que se deslizase el
posible móvil del crimen, que de esa forma pudo ser trasladado a sitio seguro
sin que el criminal se viese agobiado por la presencia de tan comprometedor
detalle.
Parker escuchó atentamente el resto de la historia y
cuando Duke hubo terminado, comentó:
—Eso quiere decir que no hemos adelantado nada, pues ni
usted ni su amiga vieron a los hombres aquellos. Sólo sabemos que sus sospechas
de que el botín del asesino fuera trasladado por vía aérea hasta el rascacielos
en construcción no carecen de fundamento; pero con ellos sólo hemos comprobado
una cosa: que el asesino tiene cómplices y que tal vez todo sea cosa de una
banda. ¿Se decide a ayudarnos? Creo que el caso va adquiriendo importancia.
—Parece que sí —contestó Duke—; pero no me siento
interesado por él .Quizá más adelante...
—Oiga, Duke —interrumpió Parker—. Si quiere ayudarnos,
trabaje con nosotros. Ya sabe que se ahorrará quebraderos de cabeza y obtendrá
enseguida un sin fin de datos que, de otra manera, le sería imposible
conseguir. El asesinato de Herman Blamey armará mucho ruido. Los periodistas
están ya ensuciando montones de cuartillas para enterar a los lectores de toda
la nación de que el millonario Blamey ha sido asesinado. Se nos exigirá que
demos enseguida con el culpable, y si no lo conseguimos nos pondrán de vuelta y
media. Aunque a primera vista no parece haber muchas complicaciones, puede
surgir de pronto más de las convenientes. He tenido la oportunidad de trabajar
con usted y no quiero que el orgullo me impida detener a un asesino.
—Gracias, Parker —sonrió Duke, levantándose, vacilante,
del camastro—. Pero le repito lo que ya le he dicho: no deseo complicarme en
ningún nuevo caso. Quiero disfrutar de San Francisco. Desde que llegué no han
dejado de surgir complicaciones que me han impedido disfrutar de las bellezas
de esta hermosa ciudad.
—Entonces... ¿está decidido a no intervenir?
—Por completo. Nada me hará variar de opinión.
Como en aquel momento Susana Cortiz recobraba el
conocimiento, Duke fue hacia ella, y al cabo de media hora los dos abandonaban
la barraca que hacía las veces de hospital de urgencia para atender a los
albañiles heridos.
Parker les vio marchar, y tras unos momentos de reflexión
murmuró:
—De todas formas, tal vez no sea necesaria su ayuda. Es
posible que todo se resuelva rápida y fácilmente.
Pero el curso de los acontecimientos y el paso de las
horas y de los días no trajeron ningún alivio a las inquietudes y tareas del
capitán Parker. A los cuatro días de cometido el doble crimen, la Policía de
San Francisco veíase obligada a reconocer que si bien tenía numerosas pistas y
esperaba poder realizar en breve algunas detenciones, de momento no estaba en
condiciones de citar, siquiera, a ningún sospechoso.
*****
Al quinto día, Duke, que regresaba de una excursión por la
bahía y la isla de Alcatraz, recibió una llamada telefónica de Susana Cortiz.
—Venga enseguida —le dijo la joven—. Ocurre algo muy
importante.
—¿Qué ocurre?
—No se lo puedo decir por teléfono. Venga mi despacho. Es
muy grave.
Duke tomó un taxi y antes de media hora entraba en el
despacho de Susana Cortiz. El conserje del edificio le había anunciado por
teléfono, y la joven le aguardaba en la puerta de su minúsculo despacho. Éste
constaba de una reducida antesala y de un despacho algo mayor. Cuando Duke
entró en él, una mujer se encontraba sentada en uno de los no muy cómodas
sillones colocados ante la mesa de trabajo de la joven abogada.
—Buenas tardes, señorita Eberling —saludó Duke, al
reconocer a Christina—. No esperaba encontrarla.
—Susana se lo explicará todo —murmuró la joven, que
parecía muy alterada.
—¿Qué sucede? —preguntó Duke, sentándose en el otro
sillón, mientras Susana iba a instalarse al otro lado de la mesa.
—Un caso de chantaje —explicó la abogada—. Alguien trata
de arruinar a Christina aprovechando unas pruebas que parecen existir contra
ella.
—¿De qué la acusan esas pruebas? —preguntó Duke.
—De ser la asesina de su tutor —contestó Susana.
—¿De haber matado a Herman Blamey?
—Sí.
—¿Con qué objeto? —preguntó Duke—. ¿Heredaba usted algo de
él, señorita Eberling?
—Creí que no —contestó, con débil acento, la joven—. Pero
acabo de saber que para evitarse el pago de ciertos impuestos federales, mi
tutor tenía puestos a mi nombre diversos valores...
—Un momento —interrumpió Duke, mientras sacaba su
pitillera de platino—. ¿Cuánto dinero tiene usted?
—Me quedan sólo unos cinco mil dólares. Todo lo demás lo
he entregado...
—El chantajista le ha sacado ya casi todo la que tenía
—intervino Susana—. Herman Blamey, como otros muchos financieros, se hubiese
visto obligado a pagar, en impuestos, el noventa por ciento de sus ingresos o
beneficios. Como todos ellos, buscó la forma de parecer menos rico de lo que en
realidad era, y en el caso de Susana, puso a nombre de ella, como si se lo
hubiese vendido, el rascacielos Blamey, valorado en varios millones.
Legalmente, y lo he podido comprobar, Blamey era sólo el administrador de la finca,
y su propietaria legal es la señorita Eberling.
—Pero yo no sabía nada —sollozó Christina—. Creí tener
sólo cuarenta mil dólares, que en realidad me administraba yo misma. Al morir
mi tutor no pensé, ni por un instante, que su muerte me afectase en nada
material...
—Por favor, no siga — interrumpió Duke—. ¿Lo ha explicado
ya a la señorita Cortiz?
—Sí...
—Entonces ella me lo explicará mejor que usted. Mientras
ella habla conmigo, usted esfuércese por conservar la calma y la serenidad.
Descanse con todo su cuerpo y piense que desea dormir.
—¿Para qué?
—Para estar en condiciones de responder a mis preguntas.
Está muy alterada y semejante estado no es beneficioso. Además, de todo cuanto
me diga nerviosamente yo no podré sacar nada en limpio. Piense en algún momento
tranquilo de su vida, o en algún paisaje que la haya llenado de paz.
—No comprendo...
—No se moleste ni se esfuerce en comprender. Haga lo que
le he dicho. Repose... repose... repose.
Mientras hablaba, Duke había colocado la pitillera de
forma que se posara en ella un rayo de sol que le arrancaba un vivo destello.
La mirada de Christina se posó en aquel punto luminoso y, lentamente, su
expresión perdió la ansiedad que la había afectado durante todo el rato. Al fin
quedó plácidamente dormida, y Duke, volviéndose hacia Susana, declaró:
—Ya está. Por ahora está tranquila y nos dejará hablar...
—¿Hipnotizada? —preguntó la joven.
—Sí. Últimamente he estudiado bastante la ciencia del
hipnotismo y me ha asombrado lo poco que la Policía recurre a ella. Claro que
sólo se puede obtener un buen resultado si el paciente se muestra dispuesto a
dejarse hipnotizar, pues no se puede hipnotizar a nadie contra su voluntad.
Cuénteme el motivo de su llamada, empezando por el principio.
—Le advierto, señor Straley, que el asunto es bastante
complicado. Christina Eberling se encuentra entre dos espadas. Está enamorada
de Hendrik Blamey y le ama románticamente; pero al mismo tiempo Arnold Hewit
ejerce sobre ella una atracción de tipo físico contra la cual, instintivamente,
lucha Christina. Es algo que los hombres no pueden comprender, o que siempre
interpretan mal, confundiéndolo con ansias de tipo sexual. Christina cree que
lo que ella siente por Arnold Hewit no es puro y se resiste a dejarse ganar por
ese otro amor. Sin embargo, cuando los dos hombres entre quienes duda se hallan
presentes, no puede dejar de sentirse mucho más atraída por Hewit que por
Blamey. Pero, aun así, está decidida a casarse con ese último, pues cree que en
él hallará la felicidad. Hewit es un hombre enérgico, duro, de esos que marchan
rectos a la conquista de lo que apetecen. En cambio, Blamey es más suave, más
puro, menos violento.
—Blamey hará lo que su esposa quiera, y en cambio, Hewit
obligará a su mujer a portarse como a él le de la gana, ¿no es así? Ya ve que
conozco el tipo.
—Sí, eso es. Christina va de uno a otro y no sabe cómo
resolver el problema, que sólo en ella puede tener solución, pues según parece,
los dos hombres la aman por igual y ninguno se quiere dar por vencido. La noche
de la fiesta, los dos adoradores estuvieron presentes. Primero Christina estuvo
con Hendrik en el despacho de Herman Blamey, examinando las armas de la
colección, especialmente un revólver Colt que había pertenecido a un famoso
bandolero. Christina lo tocó, lo empuñó y consiguió repartir por todo él sus
huellas dactilares. ¿Comprende?
—Sí. El revólver sirvió luego para cometer el crimen.
—Exacto. Hendrik Blamey, en sus informes a la Policía,
explicó la desaparición del revólver. El capitán Parker, siguiendo esa pista,
ha podido comprobar, por los documentas que quedaron sobre la mesa de Herman
Blamey, que las cuatro balas encontradas en los cuerpos de las dos víctimas
fueron disparadas por aquel revólver. Según parece, Herman Blamey, al comprar
el revólver del bandido, obtuvo una serie de datos que demostraban que había
pertenecido realmente a Jesse James. Esas pruebas y datos demuestran ahora qué
arma fue la utilizada para el crimen.
—Continúe.
—Al día siguiente del asesinato de Blamey y de Trollop,
Christina recibió un mensaje en el que se le decía que era la heredera del
rascacielos Blamey, mejor dicho, la propietaria, y que el hecho de que todos
supieran que el rascacielos siempre había pertenecido a Herman Blamey no
impedía que, legalmente, ella fuese la propietaria. Además se agregaba en la
nota que existían algunas personas enteradas del disgusto que producía a Herman
Blamey el que ella no se acabase de decidir por un novio u otro. Si Christina
aceptaba a Hendrik, el rascacielos seguiría siendo suyo; pero si optaba por
Hewit, entonces Herman Blamey habíase declarado dispuesto a colocar el
rascacielos a nombre de su sobrino. Si todos esos datos se comunicaban a la
Policía y se reforzaban con la prueba del revólver que ella había tocado en el
despacho de su tutor, y en el cual se conservaban sus huellas dactilares, no
pasarían ni dos minutos antes de que todas las fuerzas policíacas de San
Francisco se lanzaran tras ella, que lo pasaría muy mal a menos que pudiese
probar una coartada bien firme.
—¿Y no puede probarla?
—No, pues cuando la vimos salir del salón, del brazo de
Hewit, para evitar el encuentro con Hendrik, marchó a uno de los lavabos de la
planta baja. Y como no se trataba de un lavabo como los de cualquier
establecimiento público, sino que estaba conectado con un dormitorio y un
salón, Christina, una vez dentro, y mientras Hewit la aguardaba fuera, subió
por la escalera de servicio al piso superior, dirigiéndose al despacho de su
tutor. Lo encontró abierto y fue la primera en descubrir el asesinato. Asustada
por las consecuencias que podía tener aquello, cerró la puerta, borró sus
huellas dactilares y bajó de nuevo al lavabo y salió de él como si no hubiera
hecho otra cosa que empolvarse la nariz, aunque en realidad expresaba bien
claramente el horror que la dominaba, si bien nosotros lo confundimos con la
turbación propia de una mujer que se encuentra, de súbito, con sus dos amores.
—¿Christina entró en el despacho a los pocos momentos de
cometido el crimen?
—Sí; pero no llegó a entrar. Sin embargo, tiene contra
ella un montón de pruebas muy graves. Al recibir la carta comprendió el peligro
que corría y no dudó en depositar los treinta y cinco mil dólares que se le
pedían para la no divulgación de su secreto. Creyó que entregando aquel dinero
no volverían a molestarla; pero dos días después recibió una nueva petición. Si
no entregaba quinientos mil dólares, el revólver iría a parar a manos de la
Policía. Arnold Hewit se enteró por ella de lo que sucedía y le propuso
prestarle esa suma... o convertirla en regalo de boda. Christina contestó
negativamente y declaró que prefería llegar a un acuerdo con los chantajistas,
ofreciéndoles pagarles la suma contra la entrega del arma. Siendo propietaria
de un rascacielos no tendría mucha dificultad en conseguir el dinero, sobre
todo si los chantajistas estaban dispuestos a esperar.
"Los chantajistas citaban a Christina a un piso de la
calle Diversey. Acompañada por Hewit, la joven fue allí, y un hombre, vestido
con una especie de dominó y una capucha que le cubría todo el rostro, les
recibió, preguntándoles si traían el dinero. Christina dijo que no, agregando
que no estaba dispuesta a entregar nada a menos de comprobar si los bandidos
aquellos poseían el revólver. El encapuchado hizo pasar a Christina y a Hewit
hasta otra habitación, donde, dentro de una urna de cristal, les mostró el
revólver. Arnold Hewit, que iba armado sacó su pistola y amenazando con ella al
encapuchado quiso recobrar el revólver; pero entonces se abrieron unas troneras
en las paredes y aparecieron dos fusiles ametralladores encañonados contra
Hewit y Christina, al mismo tiempo que el encapuchado advertía que, de no
soltar enseguida el revólver, Hewit caería acribillado a balazos, alguno de los
cuales podría herir a la propia Christina. Esta dice que, ante la amenaza,
Hewit entregó la pistola al encapuchado, que la guardó en un bolsillo, mientras
que, como si no hubiera ocurrido nada, seguía invitando a sus visitantes a que
examinaran el revólver.
"Christina dice que lo reconoció sin la menor duda y
prometió pagar el medio millón si le daban unos meses de tiempo. El encapuchado
replicó negativamente, advirtiendo que si el pago no se verificaba mañana, como
máximo, la Policía sería debidamente informada. Cuando salieron de la casa,
Arnold Hewit insistió en que Christina aceptara el dinero; pero ella le pidió
que la dejase reflexionar. Más tarde le dijo que pensaba decirme la verdad, a
fin de que usted y yo pudiéramos ayudarla. Hewit se opuso a ello, pero al fin
Christina me lo ha confesado todo. Mañana vence el plazo. Tiene que dejar el
medio millón en un determinado cubo de basuras en un callejón que se encuentra
entre las calles Fuller y Montana.
—La situación de la señorita. Eberling es un poco difícil
—comentó Duke—. Creo que lo mejor es interrogarla.
Volvióse hacia la joven, que parecía descansar
apaciblemente, y preguntóle:
—¿Sabía usted desde antes de recibir la noticia
oficialmente que su tutor había colocado a su nombre el rascacielos?
Tras una breve vacilación, Christina contestó:
—Sí, lo sabía.
—¡Pero si me dijo que no! —empezó Susana.
—Es una mentira muy lógica —replicó Duke—. No ha querido
darle la impresión de que puede ser culpable. Señorita Eberling: ¿quién le dijo
que el rascacielos figuraba como propiedad suya?
—Mi tutor, el señor Blamey. Me llamó un día para que
firmase unos documentos y me explicó que para ahorrarse el pago de unos
impuestos muy exagerados fingiríamos que me regalaba el edificio, que él
seguiría administrando. Me recomendó mucho que no le dijese a nadie.
—¿A quién la dijo usted?
—A nadie.
—¿Por qué le dijo a la señorita Cortiz que hasta recibir
la carta de los chantajistas no supo la verdad acerca del rascacielos?
—Porque quise parecer más inocente del delito... del
crimen.
—¿Mató usted a Herman Blamey y al señor Trollop?
—No.
—¿Por qué subió usted al despacho de su tutor la noche en
que fue asesinado?
—Hendrik y yo subimos a ver las armas...
—No, me refiero a luego. A cuando descubrió el crimen.
—El señor Blamey me había hablado aquella tarde de mis
relaciones con Arnold. Me dijo que debía decidirme por uno o por otro. Él me
aconsejó que me casara con Hendrik. Yo le dije que no estaba aún decidida.
Entonces el señor Blamey me dijo que si bien Arnold Hewit era un hombre
bastante rico, yo debía tener en cuenta que Hendrik, cuando él muriese, lo
sería mucho más. Yo repliqué que no influía en mí el dinero. Entonces el señor
Blamey me dijo que al día siguiente debería yo ir de nuevo a su despacho para arreglar
lo referente al rascacielos. Dijo que, no teniendo la seguridad de que yo fuese
a entrar en la familia, prefería arreglar ese detalle y poner el rascacielos a
nombre de otra persona de más confianza.
—¿Por qué subió a ver a su tutor?
—Para decirle que estaba dispuesta a casarme can Hendrik.
—¿Cómo llegó tan pronta a una decisión? ¿Ya no amaba a
Arnold Hewit?
—Sí; pero, estando en juego mi tranquilidad, preferí
romper con él.
—¿Por qué sigue relacionándose con él?
—Porque muerto mi tutor y siendo propietaria de un
edificio tan valioso, he sentido renacer mis dudas.
—Por lo menos es franca —refunfuñó Susana.
—Es la ventaja de los hipnotizados. Pierden la facultad de
pensar una cosa y decir otra. Señorita Eberling: ¿le interesa conservar el
rascacielos?
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque así seré rica y podré vivir con lujo. No me ha
faltado nunca nada; pero tampoco he podido adquirir todo cuanto he deseado.
—¿Dijo usted al señor Hewit que iba a subir a ver a su
tutor?
—No. Por eso utilicé el lavabo.
—¿Esperaba encontrar solo al señor Blamey?
—Sí, porque había olvidado que iba a recibir al señor
Trollop.
—¿Conoce el motivo de la visita, de dicho señor?
—Sí.
—¿Cuál era?
Christina explicó detalladamente lo hablado durante la
entrevista con Herman Blamey y más tarde su charla con Hendrik.
—¿No insinuó el señor Blamey quién era el autor de la
jugada de Bolsa?
—Sólo dijo que el señor Trollop se lo iba a decir.
—¿Recuerda si durante estos días la ha seguido alguien?
—No... Mas por tres veces me he cruzado con un hombre de
cara de rata que llevaba una trinchera demasiado grande.
—¿Cuándo le vio por última vez?
—Hace un momento, al entrar en esta casa.
Duke permaneció callado un momento y, por fin, descolgando
el teléfono, marcó el número de la jefatura. Al telefonista que contestó a su
llamada le pidió que le pusiera en comunicación con el capitán Parker.
—¿Qué hay, Straley? —preguntó el policía.
—Estoy dispuesto a colaborar con ustedes —dijo Duke.
—¿Quién ha despertado su interés?
—Alguien a quien deseo proteger. Sí aceptan las
condiciones que les pondré trabajaré con todas mis fuerzas para llegar a la
solución del caso Blamey. Para empezar le pediré un favor. ¿Puede prestarme un
agente listo, poco conocido por los delincuentes profesionales y capaz de
seguir, sin perderla, una pista?
—Terry Tedford es su hombre. ¿Para qué le quiere?
—Para que se dirija al domicilio de la señorita Cortiz y
observe sus alrededores hasta dar con un hombrecillo de cara de rata que viste
una trinchera demasiado grande para él.
—Ese es el "Gamba" —replicó Parker—. Un vendedor
de morfina y cocaína. Terry Tedford no le conoce, pero le enseñaremos su
fotografía.
—Le felicito por la rapidez con que me ha informado —dijo
Duke—. Le...
—¿Puede decirme, como compensación, a quién trata de
proteger? ¿A la señorita Cortiz?
—No, a Christina Eberling. Ha caído en manos de unos
chantajistas que quieren dejarla arruinada. Pero más tarde le daré mayores
datos. Lo que me importa ahora es que ese Terry Tedford siga al
"Gamba" y sin que ese buena pieza se de cuenta averigüe todo lo
posible. Los informes deberán dármelos a mí, no a la Policía, pues para ustedes
no servirían de nada. Si no le ve cerca del edificio, puede esperar a que salga
la señorita Eberling. Seguramente el "Gamba" la seguirá. ¿Pueden
enseñar a ese Tedford alguna foto de la señorita Eberling?
—Desde luego. También le enseñaremos unas cuantas de
usted, Straley, a fin de que pueda reconocerle. Espero verle esta noche o
mañana por la mañana. Poseo varios informes que le interesarán.
—Hasta mañana —replicó Duke.
Colgó el teléfono y encendió un cigarrillo. Cuando lo hubo
consumido inclinóse hacia Christina Eberling y le dijo:
—Dentro de dos minutos despertará usted. No recordará nada
de cuanto hemos hablado. ¿Me entiende? Además se sentirá mucho más tranquila.
—Si, señor. No recordaré absolutamente nada.
La joven volvió a recostarse contra su sillón y al cabo de
dos minutos estremecióse, abrió los ojos y, sonriendo con timidez, dijo:
—Perdonen que me haya dormido. Estaba cansada. Me
encuentro ya mejor.
—Como hemos comprendido que un poco de reposo no la
perjudicaría la hemos dejado dormir. Señorita Eberling, la señorita Cortiz me
ha explicado su caso. Ya que tiene tiempo hasta mañana, aguarde hasta entonces
y no haga nada. Ahora vuelva a su domicilio y no salga de allí para nada.
Aunque la llamen por teléfono, o se presenten con alguna nota mía, no haga
usted caso. Como máximo avise a la señorita Cortiz y ella le dirá lo que debe
hacer. Pero eso en el caso de que la Policía se presentase a detenerla.
—¿Podrá salvarme? —preguntó, con un reflejo de la antigua
ansiedad, la joven.
—Es usted inocente y he observado que casi siempre les
inocentes no tienen nada que temer de la justicia. Buenas tardes, señorita
Eberling. Antes de mañana sabrá lo que debe hacer.
Un poco desconcertada, Christina se puso en pie y murmuró:
—Buenas tardes...
Se la advertía dominada por la decepción. Sin duda había
esperado mucho más de la ayuda de Duke.
Éste la vio salir del despacho y, al volver junto a
Susana, declaró:
—No cabe duda de que las mujeres son una de las creaciones
más complicadas de Dios.
—Casi tanto como los hombres —sonrió Susana—. ¿Qué va
usted a hacer ahora?
—Esperaré noticias. Este despacho es uno de los lugares
más incómodos que he encontrado en mi vida. Se advierte que no ha intervenido
en él la mano del hombre. Sin duda no se podrían hallar dos sillones más
bonitos que éstos; pero tampoco se encontrarían otros que fuesen tan incómodos.
—La elegancia no es cómoda —replicó, un poco enfadada,
Susana.
—Por lo menos la elegancia femenina —corrigió Duke.
—Si la elegancia masculina tiene, en verano, algo de
cómoda, que baje Dios y lo diga.
Duke se echó a reír.
—Esta vez me ha dado un buen pisotón, Susana. Usted ha
ganado.
En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Susana
Cortiz descolgó el aparato y la voz del conserje del edificio llegó hasta ella.
—El señor Arnold Hewit sube hacia su despacho, señorita
—anunció el conserje.
—¡Oh! —exclamó Susana, colgando maquinalmente el aparato.
—¿Qué sucede? —preguntó Duke.
—El otro sube hacia aquí.
—¿Qué otro?
—Hewit. No comprendo...
—No se moleste en resolver el problema —sonrió Duke—.
Nuestro buen amigo le ahorrará este trabajo. Lamento que no sea otra clase de
hombre, pues entonces probaría con él si el hipnotismo le hacía soltar prenda.
Pero los hombres como Hewit no son huesos fáciles de roer.
Una seca llamada sonó en la puerta de la antesala.
—Ya está aquí —dijo Duke, poniéndose en pie.
CAPÍTULO IV
UN HOMBRE ENÉRGICO
—Buenas tardes, señor Straley —saludó Arnold Hewit—.
Buenas tardes, señorita Cortiz.
Sin aguardar a que le invitasen se sentó en uno de los
sillones, rechazó el cigarrillo que le ofrecía Duke y a su vez ofreció un
cigarro puro que fue también rechazado.
—No andaré con rodeos —dijo, enseguida—. Sé que la
señorita Eberling ha estado aquí. La seguí y la he visto salir. Supongo que les
ha contado lo que le ocurre.
—Sí, algo nos ha contado —dijo Susana.
—Christina me habló de que pensaba contratarla a usted.
¿Cuánto le ha ofrecido?
—No hemos hablada de precio —dijo, secamente, Susana.
—Parece que se ha ofendido usted. Hace mal, señorita
Cortiz. Si piensa dedicarse a los negocios, y al fin y al cabo lo de defender a
posibles culpables no es más que una variante dentro de los negocios, debe
acostumbrarse a actuar como comerciante, no como señorita tímida que merece
todos los respetos.
—El señor Hewit quiere decir que como mujer merece usted
todos los honores y respetos y suavidades —intervino Duke—. Pero como
batalladora fémina no ha de esperar mayores consideraciones que las que tendría
un hombre. ¿No es eso, señor Hewit?
—Sí. Me gusta llamarle pan al pan y vino al vino. Usted,
señorita Ortiz, ha abierto este despacho para ganar dinero, ¿no es cierto?
—Claro.
—Bien. Christina le ha pedido que la ayude a resolver el
asunto Blamey. En estos momentos no puede ofrecer más de unos pocos miles de
dólares. Yo, en cambio, ofrezco quince mil dólares para que aconseje a la
señorita Eberling que acepte mi dinero y pague el chantaje.
—Es usted sagaz, señor Hewit —dijo Duke—; pero un poco
demasiado enérgico. La fuerza bruta es siempre de admirar; pero yo siempre he
admirado más la sagacidad que la energía, o el vigor físico. La señorita
Eberling ha estado aquí, ha explicado algo de lo que le ocurrió, nos ha dicho
que habló con usted, que recibió ciertos consejos y que no sabía qué hacer.
Usted ofrece medio millón de dólares, con lo cual se separa de una buena parte
de su fortuna. Ante semejante desprendimiento, la señorita Eberling no podrá
por menos de casarse con usted, entregarle el rascacielos para que le
administre y haga con él lo que se le antoje. Creo que el edificio Blamey vale
bastante más de medio millón.
—Está usted emitiendo unas insinuaciones muy peligrosas,
señor Straley.
—Tal vez, señor Hewit, y antes de que terminemos de hablar
insinuaré cosas mucho peores.
—¿Por ejemplo...?
—Por ejemplo, que si se le pidiese una coartada para el
momento en que fue asesinado Herman Blamey, se vería usted muy apurado. ¿Cómo
ha podido justificarse ante la Policía?
—La señorita Eberling...
—No, señor Hewit; la señorita Eberling no puede probar que
usted permaneciese todo el tiempo a la puerta del lavabo. Ella sabe que al
entrar quedó usted allí, y que al salir le encontró; pero si usted no puede
probar que la señorita Eberling subiera o no al piso superior, pues no vio nada
de cuanto ella hizo mientras estuvo protegida por la puerta del lavabo, tampoco
ella pudo verle.
—¿Ha encontrado ya al verdadero culpable?
—Quizá le siga la pista más de cerca de lo que usted
imagina, señor Hewit.
—¿A mí?
—Al asesino.
—Veo que hace una diferenciación.
—Tal vez emplee dos nombres para referirme a una misma
cosa. Desde luego, señor Hewit, es usted un sospechoso ideal, y mientras no me
presente un testigo digno de crédito que demuestre que no se movió usted de la
puerta del lavabo, no podré librarme de la sospecha de que usted, ante el temor
de que Herman Blamey rectificara su cesión del rascacielos, y Christina
Eberling dejara de ser, además de atractiva, poseedora de un respetable número
de millones...
—¿No le extraña, señor Straley, que no le suelte unos
cuantos puñetazos para enseñarle a no hablar así?
—Señor Hewit, si usted hubiese hecho eso le creería un
impulsivo; pero al mismo tiempo le creería más culpable. Su serenidad me hace
pensar en su inocencia.
—Tengo el dinero suficiente para no sentirme demasiado
atraído por la inesperada fortuna de la que deseo sea mi mujer.
—Christina Eberling ama a otro hombre —intervino Susana
Cortiz.
—¡Mentira!
—No es mentira —dijo Duke—. La señorita Eberling no está
aún decidida a casarse con usted.
—Creo que hasta ahora ha hallado más apoyo en mí que en
ese idiota de Hendrik.
—¿Ha venido a decirnos eso?
—No; he venido a decirles que no deben fomentar falsas
esperanzas en Christina. Su situación es muy grave. Tiene en contra muchas
pruebas y cuanto antes las hagamos desaparecer, mejor para todos. Yo intenté
hacerlo...
—Con mucha torpeza, por cierto —comentó Duke.
—Tiene usted razón; pero he aprendido lo suficiente para
no repetir el error. Por eso no quiero exponer a Christina a que el revólver
vaya a parar a manos de la Policía.
—¿Y cree que si la señorita Cortiz y yo no le damos
esperanzas, la señorita Eberling preferirá aceptar el dinero que usted le
ofrece y recuperar el arma?
—Sí.
—¿En vez de prolongar la gestión y exponerse a perderlo
todo?
—Exacto.
—Pues bien, señor Hewit. Estoy seguro de que recuperaré el
revólver y se ahorrará usted medio millón, aunque tal vez corra el riesgo de
perder a la mujer con quien desea casarse, que, entonces, no tendrá nada que
agradecerle.
—¿Está usted dispuesto a luchar contra mí?
—No tengo intención de luchar contra usted ni contra
nadie, señor Hewit; pero la señorita Cortiz y yo hemos aceptado ayudar a la
señorita Eberling y lo haremos de la mejor manera posible. Además, si usted se
ahorra ese dinero, saldrá beneficiado, y, al mismo tiempo, si ella siente amor
por usted y algún día es su esposa, también saldrá beneficiada con ese ahorro.
—Mientras ese ahorro no la lleve al cadalso —rugió Hewit—.
Pero si llegara a ocurrir que por afán de lucimiento de usted ella tuviera que
sufrir las graves consecuencias de su aparente delito, le juro, señor Straley,
que usted no viviría para verlo.
—Ahorre amenazas, señor Hewit. Christina Eberling sólo
subiría al cadalso si fuera culpable, y, a juzgar por la inquietud que usted
demuestra, señor Hewit, empiezo a creer que usted se halla convencido de su
culpabilidad.
Estas palabras desconcertaron visiblemente a Hewit, que,
para salir de su embarazo, no halló mejor solución que levantarse y decir:
—Si no quieren ayudarme trabajaré sin ustedes; pero no
estoy dispuesto a que Christina tenga que arrepentirse de haber acudido al
famoso Duke Straley. Buenas tardes.
—Buenas tardes —sonrió Duke.
Cuando la puerta del despacho y la de la antesala se
hubieron cerrado, Duke se volvió hacia Susana y comentó:
—Los acontecimientos se precipitan. Es indudable que no me
va a quedar otro remedio que intervenir de lleno en el asunto. Muy interesante
la visita del amigo Hewit, ¿no?
—Sí. ¿De veras cree culpable a Christina?
—¿Él? —Duke se encogió de hombros—. Es muy posible que sí,
a menos que sea él el asesino. Los hombres como Hewit, producto de su propio
esfuerzo y capaces de salvar violentamente cuantos obstáculos se ofrecen a su
paso, son difíciles de comprender. Ni me asombraría que, seguro de que la
influencia que ejerce sobre Christina ha de obligar a la muchacha a casarse con
él, ha decidido que, además de hermosa, su mujer sea rica, y ha suprimido el
obstáculo que se oponía al logro de sus deseos, es decir, que él sea el asesino
de Herman Blamey. Ni me extrañaría que creyera a Christina culpable del delito
y considerase dicho delito como una cosa lógica y perdonable y que no influyese
en su amor, en su pasión o en su interés. Sea como sea, su coartada es muy
floja, y el único apoyo que tiene procede de Christina. Si ella subió, sin
entretenerse ni un segundo, al despacho de su tutor, entonces Hewit es
inocente; pues para hacer todo lo que hizo, o sea matar, robar, armar la
ballesta, dispararla, enviar al otro rascacielos el botín, colgar de nuevo la
ballesta y salir de la habitación, se necesitan, por lo menos, dos minutos y
medio o tres. Si Christina no se entretuvo, habría tenido que sorprender a
Hewit en pleno delito... a menos que lo hubiese cometido algo antes. Pero todas
estas preguntas sólo pueden ser contestadas por Parker. Él posee todas las
ventajas de la Policía. Ha podido interrogar a todos los testigos y sin duda,
habrá confrontado sus coartadas.
En aquel momento sonó el timbre del teléfono. Susana
contestó a la llamada y luego tendió el aparato a Duke.
—Es Terry Tedford —anunció.
—Dígame, Terry —dijo Duke, llevándose el teléfono al oído.
—¿Es usted el señor Straley? —preguntó la voz de un
hombre.
—Yo soy. ¿Ha averiguado algo?
—Muy poco. El "Gamba" ha seguido a la señorita
Eberling hasta su casa. En cuanto ella entró en el edificio, el
"Gamba" dirigióse a una cabina telefónica y marcó el número 0. 0.
setenta y ocho veinticuatro 0. 0. Siete, ocho, dos, cuatro. Habló con un tal
Denver Blackie. La conversación se desarrolló en voz tan baja que no pude oír
nada. El "Gamba" mantiene su vigilancia de la casa de la señorita
Eberling. ¿Qué hago?
—Siga vigilando al "Gamba". Telefonee dentro de
una hora. La señorita Cortiz le transmitirá mis órdenes.
Apenas Duke hubo colgado el teléfono, Susana le miró,
furiosa.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó—. ¿Es que habré de
permanecer aquí, sin moverme, esperando llamadas telefónicas?
—Claro —rió Duke—. No estoy dispuesto a exponerla a los
riesgos que corrió en nuestra primera aventura.
Descolgando el teléfono, Duke llamó al capitán Parker.
—Hola, Straley —saludó el policía—. ¿Qué ha averiguado
nuestro sagaz Terry Tedford?
—Amigo Parker, conozco lo bastante a la Policía para estar
convencido de que Terry Tedford ha cumplido todas sus órdenes y ha informado a
sus jefes de lo mismo que me ha comunicado a mí... o de algo más.
—Muy listo, Straley —replicó, irónico, Parker.
—Y creo también que de la misma forma que la Policía tiene
muchas ventajas sobre un investigador privado, en cambio se ve entorpecida por
muchas trabas. Hay cosas que usted, Parker, no puede hacer sin exponerse a la
degradación. En cambio, mi responsabilidad, en el mismo caso, sería mucho más
limitada. Por eso quería mi ayuda.
—¡Listísimo! —exclamó Parker—. Voy a solicitar para usted
el primer premio.
—¿Puede decirme a qué dirección corresponde el número 0.
0. siete mil ochocientos veinticuatro?
—Al cinco mil cuatrocientos treinta de la Avenida Calumet.
Un café de mala nota.
—Le felicito por la rapidez de la respuesta —rió Duke—. Si
no fuera porque le creo un hombre inteligentísimo, supondría que hace varios
minutos que ha pedido esa información a la central telefónica.
—Se equivocaría —replicó Parker—. En mis ratos de ocio he
aprendido de memoria todo el listín de teléfonos y no me cuesta nada recordar a
quién pertenece un número.
—Sobre todo si antes de que se lo pregunten ha tenido
tiempo de consultar el listín secreto que les proporciona la Compañía
Telefónica. De todas formas, Parker, muchas gracias. Supongo que no ha enviado
ya a sus agentes al café ése porque sospecha que se va a tratar de un trabajo
sucio y prefiere que las manchas caigan sobre mí antes que ensuciarle su lindo
terno.
—Me está asombrando su sagacidad, señor Straley. Por
cierto que si yo tuviese que darle un consejo recomendaría que llevase un arma
de fuego o dos. A veces por aquellos lugares suenan disparos.
—Gracias por el consejo. No suelo ir desarmado.
Duke colgó el teléfono y recomendó a Susana:
—No se mueva de aquí para nada. Tome nota de todas las
llamadas telefónicas.
Mientras decía esto, Duke sacó de una funda sobaquera una
pistola del mismo tipo de las Colts automáticas calibre 45, pero que en
realidad sólo era del calibre 22, o sea, casi un juguete.
—¿Desde cuándo emplea ese tipo de detonadora? —preguntó
Susana.
—Posee muchas ventajas —replicó Duke—. En primer lugar
puede matar tan eficazmente como una pistola mayor, el retroceso es nulo, el
alcance es el mismo que en las pistolas mayores, se puede disparar más de prisa
y con mejor puntería... Y lo importante, en ciertos casos, es disparar de prisa
y certeramente. Si falta eso, tanto da utilizar un cañón como una cerbatana de
esas que sirven para tirar guisantes.
Después de comprobar si el arma estaba cargada, Duke
volvió a guardarla y despidióse de Susana. Poco después subía a un taxi y daba
una dirección al chofer.
CAPÍTULO V
LUCHA Y VIOLENCIA
El café-bar estaba situado en la esquina que formaban las
calles Calumet y 85. Era un establecimiento sombrío, con unas cuantas mesas en
su interior. A un lado del edificio se levantaba una sucursal de las tiendas
Wolworth, donde todo se vendía a cinco y a diez centavos y que no debía de
llevar una vida muy próspera, pues pedía a gritos una nueva capa de pintura
roja. Al otro lado se encontraba un garaje, cuyos cristales también exigían
imperiosamente un buen lavado.
Duke entró en el café y pidió una jarra de cerveza. Era
enemigo de la acción directa, y le disgustaba tener que preguntar al
propietario del local dónde estaba Denver Blackie. Estaba seguro de que su
pregunta sería acogida con todas las reservas y, sin duda, con ninguna buena
voluntad. No obstante, ¿qué otra cosa podía hacer? No conocía a Denver ni al
"Gamba" y, por lo tanto, le sería imposible adivinar su identidad,
especialmente la de Denver, de quien sólo conocía el nombre, aunque a juzgar por
lo de "Blackie" cabía suponer que sería moreno o, al menos, vestiría
de negro.
Ya se disponía a hablar cuando desde una de las mesas
llegó la voz de su ocupante, solicitando:
—Otra ginebra, Jack.
Duke permaneció inmóvil, sin acusar la emoción que
aquellas palabras acababan de producirle. Era la misma voz que sonara a su
espalda la noche en que Susana y él fueron "eterizados". Aquel era
uno de los dos pistoleros.
Dejando sobre el mostrador la ya vacía jarra de cerveza,
Duke avanzó, lentamente, hacia el hombre. Éste era un tipo fornido, de nariz
aplastada, de cabellos rojo-ladrillo, cortados de forma que se elevasen como
cerdas de cepillos. Era, sin duda, un veterano pugilista que estaba viviendo
sus peores años.
El pelirrojo observó, suspicazmente, a Duke. Su hostilidad
era bien manifiesta y no se redujo cuando Duke, inclinándose hacia él, le
preguntó:
—¿Podría decirme dónde está Denver Blackie?
El hombre entornó les ojillos.
—¿Quién es Denver Blackie? —gruñó.
Duke se encogió de hombros.
—No le conozco. Acabo de llegar de Kansas, donde unos
amigos me dijeron que viniese aquí, a este bar, y preguntara por él. Dijeron
que era compañero suyo y que pagaría bien algunos informes que traigo para él.
Dicen que es muy espléndido.
Los ojillos del hombre se iluminaron.
—Conozco a un muchacho que conoce a Blackie. Déme esos
informes y yo se los pasaré a él para que los haga llegar a Blackie.
Duke sonrió astutamente.
—¿Tan idiota le parezco, amigo? —murmuró.
Los cabellos del antiguo pugilista parecieron ponerse
todos de punta. Enrojeció aún más y empezó a levantarse, como dispuesto a
replicar a puñetazos a la pregunta de Duke. Al fin se contuvo y, acabando de
ponerse en pie, gruñó:
—Sígame.
Duke tuvo la impresión de que el hombre no era tan bruto
como parecía y que no caía desprevenido en la trampa. Marchó en dirección a un
largo pasillo, al principio del cual se veía una cabina telefónica. Hacia el
centro desviáronse a la derecha y subieron por una estrecha escalera. Cuando
llegaron al primer piso torcieron hacia el fondo, deteniéndose el pelirrojo
ante una puerta, a la que llamó con los nudillos.
—¿Quién? —preguntó, secamente, una voz de hombre.
—Soy Red (Rojo) con un amigo —contestó el pugilista.
—Está bien —respondió la voz, al otro lado de la puerta.
Cuando ésta empezaba a abrirse, Red se hizo a un lado e
invitó a Duke a que entrase. En el mismo instante llegó de abajo la voz del
dueño del bar, llamando:
—¡Red! ¡Al teléfono!
Duke preguntóse si en el bar habría otro teléfono, pues no
había oído sonar el de la cabina de junto a la escalera.
Red había vacilado, como no sabiendo qué partido tomar.
—¡Larrigan, te llaman por teléfono! —repitió el dueño del
local.
Duke percibió claramente la presencia de un peligro.
—¡Baja a contestar, Red! —ordenó una voz desde dentro del
cuarto.
—¡Voy! —gritó el pelirrojo, marchando hacia la escalera.
Duke entró en la habitación, cuya puerta se cerró tras él.
La estancia estaba míseramente amueblada con una mesa de pino, un par de sillas
de alto respaldo y un sillón. Éste se encontraba frente a la mesa y, sentado en
él, hallábase un hombre vestido con gran elegancia, de facciones aquilinas,
cabello negro como la pez y aspecto de financiero. Su aspecto no se
diferenciaba en nada de los hombres de negocios que vivían en los barrios
comerciales de la ciudad. En aquella sórdida habitación, situada en el piso de
encima del bar, Denver Blackie estaba completamente desplazado.
¿Quién sería aquel hombre? Duke se hizo mentalmente la
pregunta mientras avanzaba hacia la mesa. ¿Un jefe de pistoleros? No le faltaba
energía para ello; pero su aspecto no era el de un hombre habituado a imponerse
por la violencia. Su fuerza estaba en su cerebro, en su inteligencia, y sus
negrísimos ojos lo acusaban claramente.
Duke comprendió que era inútil tratar de engañar a aquel
hombre. Estaba casi convencido de que Denver Blackie le conocía. Además aquel
hombre no estaba desde hacia mucho en aquella habitación. En el suelo, junto a
la mesa, sólo se veía un poco de ceniza del cigarrillo a medio fumar que
Blackie sostenía entre los dedos de la mano izquierda. ¿No sería aquello un
escenario dispuesto a toda prisa para tender una trampa?
Esperando que los acontecimientos aclarasen aquellos
puntos, Duke sentóse en la silla colocada frente a la mesa y clavó la mirada en
Denver Blackie. Su rostro era tan inexpresivo como el del otro.
—Iré recto al asunto —dijo—. Colocaré ante usted mi juego.
Represento a la señorita Eberling. Supongo que está ya enterado de que ella no
tiene los quinientos mil dólares que le piden por el revólver. La primera
petición de dinero la dejó ya arruinada. Está dispuesta a acudir a la Policía y
explicar toda la verdad. Ningún jurado compuesto por hombres la condenará.
Usted lo sabe.
Duke se interrumpió, dominado por la impresión de una
completa derrota. Los negrísimos ojos de Denver no habían acusado la menor
emoción. Cualquiera hubiese dicho que no había oído las palabras de Duke. Por
fin, con voz mortecina, declaró:
—No sé de qué me está usted hablando.
Duke percibió claramente la presencia de otro hombre en la
habitación, a pesar de que no había oído ningún ruido. Fue a volverse, pero era
ya demasiado tarde. El duro y helado cañón de una pistola acababa de apoyarse,
significativamente, en su nuca.
—Coloque las manos sobre la mesa —ordenó secamente Red
Larrigan. Luego agregó:— Si, es el tipo de quien hablaron, jefe.
Duke obedeció lentamente, y mientras colocaba las manos
tal como le había sido ordenado, se maldijo por lo estúpidamente que estaba
llevando aquel asunto. ¡Pensar que hubiera podido señalar, casi desde el
principio, al asesino y que, por afán de llegar más al fondo de la verdad, se
había expuesto a que todo fracasara!
Levantándose, Denver Blackie se inclinó hacia él, por
encima de la mesa, y tras un ligero cacheo alcanzó la pistola. Duke,
inmovilizado por el contacto de la pistola, no intentó el menor movimiento.
Denver extrajo la pistola y, volviendo a sentarse, sonrió sardónicamente.
—¿Para que le sirve este juguete, señor Straley?
—preguntó—. ¿Para cazar conejos?
—No; lo utilizo para cazar ratas y piojos —replicó Duke.
—Bien contestado —sonrió Denver, jugueteando con la
pistola.
—¿Lo arreglamos todo ahora, jefe? preguntó Red Larrigan,
mientras apretaba con más fuerza la pistola contra la nuca de Duke.
Era indudable que solicitaba permiso para apretar el
gatillo.
—No seas idiota —replicó Denver. Y dirigiéndose a Duke,
agregó:— He oído hablar mucho de usted, señor Straley, y, lo confieso, al saber
que iba a tenerle por enemigo no pude dejar de sentir un poco de miedo. Jamás
creí que fuese tan fácil cazarle. Ni un niño hubiese caído con más ingenuidad
que usted. El trabajo de seguir al "Gamba" debió haberlo encargado a
otro que a Terry Tedford. Aunque es nuevo en el Cuerpo, le tenemos ya fichado.
—¿Sabe quién me dio la dirección de ésta casa? —preguntó
Duke.
—El capitán Parker, sin duda —contestó Denver—. Pero no me
importa. El capitán no me conoce. Para él es muy nuevo el nombre de Denver
Blackie. Tan nuevo que hasta hoy no lo había conocido. Por eso cuando el
"Gamba" nos dijo que Terry Tedford le seguía esperamos pacientemente
que se presentase alguien preguntando por Denver Blackie. Cuando llegó ese
alguien supimos, enseguida, quién era. Luego unos informes complementarios nos
revelaron su identidad.
—¿Y qué piensa hacer conmigo? —preguntó Duke.
—Dudo entre seguir los consejos de Red o retenerle cautivo
hasta que no pueda estorbarnos, o sea, después de cobrar el rescate del
revólver.
—Christina Eberling no puede pagar la suma que le piden.
—Ya lo sabemos —contestó Denver—. Pero hay dos hombres muy
enamorados de ella, y cualquiera de los dos pagara el medio millón por salvar a
su amada.
—O tal vez paguen los dos el medio millón y ninguno
recupere el revólver —comentó Duke.
—Cierto. Todo dependerá de la listeza que demuestren. Como
no podrá usted perjudicarnos con sus declaraciones, puedo explicarle que
Hendrik Blamey ha recibido también una carta en la cual se le expone el riesgo
que está corriendo su novia. Si él puede reunir el medio millón quizá logre
quitarle las esperanzas a Arnold Hewit. Uno u otro pagará, pues los dos están
enamorados y el amor es lo mejor para nosotros en estas casos.
Blackie volvió a levantarse y guardó en un bolsillo la
pistola de Duke.
—Sígame —dijo—. Vamos a hacer un viajecito.
Red Larrigan apartóse de Duke y éste le vio guardar en el
bolsillo la pistola del 45 legítimo con que le había encañonado. Pero en
realidad Red no pensaba guardar el arma inactiva, sino protegerla de la vista
de los curiosos, y una vez dentro del bolsillo, siguió empuñándola, encañonando
la espalda del joven. El cañón del arma dibujábase contra la tela.
Salieron de la habitación. Denver Blackie iba delante,
camino de la escalera. Aunque su rostro permaneció inexpresivo, Duke sonrió,
divertido. Difícilmente se hubiese podido hacer nada mejor que aquello. Una de
las cosas que sabía hacer más bien Duke era caer. Como le había explicado su
maestro, ningún hombre corre peligro estando derecho. El peligro está en caer
mal. Por ello Duke practicó en la escuela de aviación los saltos de los
paracaidistas al chocar contra el suelo, estudió greco-romana, lucha libre y
jiu-jitsu, y, además, había tomado lecciones de un técnico de Hollywood,
encargado de enseñar a los actores la forma de caer por las escaleras de manera
que resultase aparatosa e inofensiva. De este último iba a poner en práctica
uno de los mejores trucos.
Habían descendido unos dos escalones cuando, al pisar el
tercero, Duke hizo como si se le enganchara el tacón del zapato y cayó hacia
delante, extendiendo los brazos como para protegerse. Al mismo tiempo doblóse
para dar más impulso a su cuerpo, de manera que salió disparado como por una
catapulta. Su cabeza chocó contra los riñones de Blackie, cuya cintura rodeó
con los brazos.
El grito del elegante Denver fue ahogado por la detonación
de la pistola de Red Larrigan. La bala pasó por el punto en que una fracción de
segundo antes había estado el cuerpo de Duke.
Una masa de carne humana fue a chocar contra el pie de la
escalera. El cuerpo de Blackie rebotó a causa del impacto, y luego quedó
inmóvil. Duke había caído sobre él, y aunque algo vacilante a causa de la
conmoción, no había sufrido daño alguno, y su mano derecha buscó, afanosa, en
el bolsillo de Blackie.
Red Larrigan vio el movimiento de Duke y empezó a lanzar
imprecaciones, mientras luchaba por sacar la pistola, cuyo percusor habíase
enganchado en el desgarrado bolsillo.
Cuando al fin logró soltarla era ya demasiado tarde. A
causa del violento tirón, la mano de Red salió violentamente del bolsillo,
empuñando siempre el arma. Antes de que pudiese apuntarse oyeron tres secas
detonaciones. Las pequeñas balas de pomo del 22 se hundieron en el brazo de
Red, que se encontró sin fuerzas para apretar el gatillo de su pistola.
Duke se puso en pie y anunció, burlonamente:
—Lamento no estar en condiciones de entregaros a la
Policía; pero todo llegará. Dile a Blackie, cuando despierte, que como colchón
es muy duro. Adiós.
Rápidamente se alejó de la escalera y al llegar al bar se
detuvo un momento junto al mostrador para pedir un vaso de agua. Bebió una
parte del contenido y en el resto mojó un pañuelo, con el que se humedeció uno
de sus magullados pómulos.
—¿Qué le ha sucedido? —preguntó, casi sin voz, el dueño
del bar.
Duke sonrió, burlón, y replicó:
—Me di contra una puerta abierta. ¿Comprende?
—Sí —tartamudeó el otro—. Claro... una puerta abierta...
—Por eso dentro de una hora la Policía vendrá a cerrar
todas las puertas de esta casa. Son muy peligrosas.
Con una nueva sonrisa, Duke salió de la taberna y,
deteniendo un taxi, se hizo conducir a la jefatura de Policía.
CAPÍTULO VI
LAS JOYAS DEL RAJAH DE PALWAN
—Seguro que se ha dado contra el filo de una puerta
—sonrió el capitán Parker cuando Duke entró en su despacho.
—Desde luego —respondió Duke, sentándose en uno de los
sillones colocados frente a la mesa del capitán—. Y todo por sus buenos
oficios. A los de usted y de su sagaz agente Terry Tedford. Dudo que exista
otro mejor... para hacer las cosas peor.
—¿Qué le ha ocurrido?
—Pues que su Terry Tedford siguió tan bien al
"Gamba" que el único que no se dio cuenta de su presencia fue el
propio Terry Tedford. Los demás lo vieron todo, le reconocieron, le tendieron
una deliciosa trampa en la cual caí yo de cuatro patas y por poco dejo el
pellejo.
—Me extraña mucho —comentó Parker, cuando Duke hubo
terminado de explicarle lo sucedido—. Terry es un muchacho que vale mucho y que
se ha destacado por la destreza con que ha seguido siempre las pistas más
difíciles. Desde luego, en nuestros ficheros no existe ningún Denver Blackie y
mucho temo no poder actuar contra él, a pesar de que no nos sería difícil dar
con su pista por medio del café donde ha ocurrido la lucha o del
"Gamba" o, incluso, de Red Larrigan.
—¿Se han complicado las cosas?
—Mucho. ¿Sospecha usted de alguien como autor del
asesinato de Herman Blamey?
—Sí.
—¿De quién?
—Es pronto para decir nada. Además, con las pruebas que
poseo no se le puede acusar ni detener. En cambio, Christina Eberling es una
sospechosa ideal. Creo que fue la primera en descubrir el asesinato. Iba a
hablar con su tutor; pero asustada cerró la puerta del despacho y volvió a
bajar, sin decir nada de su descubrimiento. Además, las huellas de sus dedos
están en el revólver que se utilizó para el crimen. ¿Qué harían ustedes si ese
revólver fuese a parar a sus manos?
—Detendríamos a la persona cuyas huellas apareciesen en él
—contestó Parker.
—Pues bien, para que eso no suceda, los verdaderos
culpables exigen medio millón a Christina Eberling.
—Y otro medio millón a su alteza Patrap Sing Bahanur, rajá
de Palwan, principado indio famoso por sus riquezas.
—¿Quién es ese rajá del cual hasta ahora no había oído
hablar?
—Es una barra de acero metida en el engranaje de la
Justicia —suspiró Parker—. Mientras él ande de por medio no podemos hacer nada.
—Explíquese mejor.
—Muy sencillo. Patrap Sing es un príncipe indio. Posee una
excelente cuadra de caballos que van a debutar en Santa Anita. Posee un par de
Rolls Royces, tiene un palacio en Beverly Hills, asiste a todas las fiestas que
dan los artistas de cine de Hollywood y, según ciertos rumores, posee un harén
bastante numeroso, aunque no fijo.
—¿Y ese tipo tiene algo que ver con la muerte de Herman
Blamey?
—Sí. Patrap Sing Bahanur salió de Palwan hace cuatro años.
Dijo que iba a darse una vueltecita por nuestra nación; pero le encontró gusto,
y como California es un Estado cálido, agradable, de cielo azul, con palmeras y
hasta desiertos, el rajá se encuentra, según dice, como en su casa. Por nada
del mundo quiere marcharse, y como lleva un tren de vida fabuloso, ha agotado
ya sus recursos en metálico. Necesita dinero y ha recurrido al expeditivo
sistema de vender una parte de las joyas de su tesoro. Posee las más notables
esmeraldas del mundo, y algunos de los brillantes más gruesos. En total, dicen
que en Palwan tiene algo así como treinta millones en joyas. Desde no sé
cuantas generaciones, los Sing Bahanur han ido aumentando ese tesoro. El pueblo
está orgulloso de sus joyas, y en los días de procesiones mira, embobado, las
piedras preciosas que adornan al rajá, a su caballo, a su elefante, a sus
mujeres, a sus criados, a sus ayudantes, oficiales y soldados de la guardia
personal. El pueblo pasa hambre y necesidades, pero se conforma sabiendo que en
el palacio del rajá, y defendido por dos cañones de oro que lanzan balas de
plata, existe un tesoro propio de las Mil y una Noches.
"Patrap Sing ha vendido ya una décima parte de ese
tesoro. Quizá sea algo menos. El valor de las joyas vendidas se eleva a unos
dos millones de dólares, y el príncipe obtuvo por ellas novecientos cincuenta
mil dólares. Fue Herman Blamey quien le dio esa suma.
—¿Y el rajá le hizo asesinar para que no le descubriese?
—Tal vez —replicó Parker—. Desde luego el buen pueblo de
Palwan, que suma unos doce millones de habitantes, se enfadaría mucho si
supiese que su soberano se había desprendido de una parte de la riqueza
nacional para invertirla en caprichos. Patrap Sing lo tuvo en cuenta, y cuando
por mediación de Clifton Crounse entró en tratos con Herman Blamey, que deseaba
adquirir las joyas para iniciar con ellas una colección, lo primero que dijo
fue que se le debía proporcionar, además del millón de dólares que pedía, una
copia exacta de las joyas. Es decir, una copia que ante los ojos de los
súbditos del rajá no se diferenciase en nada del original. Herman Blamey aceptó
la oferta, rebajó en cincuenta mil dólares el precio que iba a pagar, e
invirtió ese dinero en encargar la confección de un duplicado exacto de las
joyas. Se trataba de una copia maravillosa, montada en los mismos metales que
los originales, y sólo son falsas las piedras. Así, las esmeraldas, brillantes,
perlas, rubíes y ópalos son casi más hermosos que si fuesen legítimos. No creo
que aquellos pobres indios se dieran cuenta del cambiazo.
—Muy listo el principito.
—Sí, es astuto como una zorra; pero las cosas no le han
salido como él deseaba. Herman Blamey prometió entregar el dinero en el momento
en que recibiese las joyas. Y según parece, el móvil del crimen fue apoderarse
de aquel dinero; pero el asesino llegó tarde, y cuando hubo dado muerte a los
dos hombres se encontró con que la caja estaba vacía de dinero, aunque
enriquecida con dos millones en joyas. A falta de cosa mejor, el asesino robó
las piedras preciosas y se desembarazó de ellas por el medio que usted
descubrió; pero dos millones en joyas no son tan fáciles de utilizar como un
millón en billetes de Banco. Hay que venderlas, y existen pocos compradores
capaces de pagar su valor. Es preciso tallarlas de nuevo, dividir en varias las
más grandes, y aprovechar las valiosas monturas fundiéndolas. Es decir, que en
el mejor de los casos el ladrón sólo podría obtener un cuarto de millón o
trescientos mil dólares. Y aun eso dentro de muchos meses. Si el asesinato se
hubiese cometido una hora antes, el criminal hubiera encontrada casi un millón
en la caja de caudales de Herman Blamey.
—Entonces, ¿creen que ese es el motivo del crimen?
—Sí. Todo lo indica, Straley. Ellos esperaban un millón y
tratan de sacarle medio a la señorita Eberling y otro medio al rajá.
—¿Cómo piensan sacárselo a él?
—Ya le han enviado el ultimátum. En el despacho de Herman
Blamey encontramos muchas huellas dactilares. Unas de ellas del amigo Clifton
Crounse, que es un sujeto que vive un poco al margen de la ley, aunque hasta
ahora no se le ha podido acusar de nada grave. Al encontrarnos con aquellas
huellas, le buscamos y durante un par de horas le estuvimos diciendo que era el
asesino de Herman Blamey y que iba a colgar de la horca. Trajimos al mayordomo
Williams, que le reconoció como uno de los dos visitantes recibidos por Blamey
antes de su muerte. Ante semejantes pruebas contra él, Clifton Crounse acabó
cantando de plano. Nos dijo que actuando por cuenta del rajá de Palwan había
estado buscando comprador para las joyas que el indio deseaba vender. La mejor
de todas las ofertas era la de Herman Blamey, y, a él decidió vender el
príncipe indio sus joyas. Clifton Crounse debía recibir, como comisión,
cincuenta mil dólares. Se arregló todo, se sacaron las copias, y se fijó el día
de la entrega. Clifton fue a casa de Blamey, acompañado por el príncipe, que se
quedó en un auto, abajo. Entregó las joyas, recibió el dinero, despidióse de
Blamey y entregó el dinero a su jefe, recibiendo a cambio su comisión y
despidiéndose para siempre del rajá. O por lo menos hasta que hubiese más joyas
que vender. Pero intervinimos nosotros. Se descubrió todo y, casi al momento,
recibimos un aviso del Ministerio del Exterior, en el cual se nos recomendaba
la máxima reserva en aquel asunto.
—¿Por qué?
—Porque es imprescindible que la noticia no salga de entre
los pocos que la conocemos. Palwan está en la India, y la India forma parte del
Imperio Británico, y el Imperio Británico es aliado de les Estados Unidos. Por
lo tanto, a ninguno de los dos gobiernos le interesa que las locuras de Patrap
Sing lleguen a ser del dominio público y, mucho menos, que algún eco de ellas
llegue a Palwan. Es muy posible que si aquellos salvajes se enterasen de que su
soberano se había vendido alegremente una parte del sagrado tesoro, ocurriese
una sublevación cuyas consecuencias podrían ser muy graves en los delicados
momentos que vivimos, pues los disturbios podrían propagarse a toda la India.
—Entonces, ¿qué van a hacer?
—Aún no he terminado. Hace dos días, el rajá de Palwan
recibió un mensaje en el cual se le propone venderle por medio millón las joyas
legitimas, dejando así, para él, un beneficio neto de cuatrocientos mil
dólares. Patrap Sing, al darse cuenta de la importancia que su pequeño Estado
tiene, ha traspasado la comunicación a la Embajada inglesa, y el Gobierno
británico le ha contestado remitiéndole medio millón en dólares para que
recupere las joyas.
“También le propone una pensión de otro medio millón anual
a condición de que abdique en su hijo mayor. Como es natural, no quieren
exponerse a tener que ir comprando todo el tesoro de Palwan a medida que el
soberano lo vaya vendiendo.
—¿Y qué ha dicho el rajá?
—Ha contestado que necesita setecientos cincuenta mil
dólares al año y que le compren un palacio en la costa del Pacífico. Tiene la
sartén por el mango y lo aprovecha. Seguramente aceptarán su petición, y cuando
las joyas vuelvan a hallarse en Palwan, medio mundo respirará más tranquilo.
—Entonces... ¿se ha entrado en comunicación con los
poseedores de las joyas?
—Sí. Se les entregará el medio millón y, si es posible, se
les tenderá una emboscada donde mueran todos. Así pagarán su crimen y cerrarán
los labios para siempre. Si son listos y se escabullen, no nos preocupáremos
más de ellos.
—Entonces todas las pesquisas sobre el caso Blamey se
dirigen hacia el robo de las joyas, ¿no?
—Sí. ¿Qué otro móvil podía existir para el crimen?
—No sé —mintió Duke—. ¿Y lo de las acciones Pitter?
—Aquello no es ningún delito. Se trata de una jugada de
bolsa completamente legal. Blamey jugó y perdió. Otro se aprovechó de su
derrota y obtuvo un buen beneficio.
—¿Quién fue?
Parker encogióse de hombros.
—No hemos podido averiguarlo.
—¿No conocen al agente que realizó las compras?
—Sí; pero el hombre dice que tiene derecho legal a ocultar
el nombre de su cliente en tanto que no se compruebe que al comprar acciones de
la Pitter Minnings Company colaboró en un delito. Como hasta ahora no hemos
podido demostrar eso, el agente reserva el nombre de su cliente. Y como se
trata de un tipo muy cascarrabias, es mejor dejarlo y esperar el curso de los
acontecimientos.
—Pero ese detalle de la Pitter unido al de las joyas
indica que alguien muy cercano a Herman Blamey anda complicado en el crimen.
Parker negó con la cabeza.
—No —dijo—. Lo de las acciones de la Pitter es de muy
fácil explicación. Lo mismo que Blamey supo lo que iba a suceder pudo
averiguarlo otro financiero y hacer la jugada. En cuanto a lo de las joyas,
pudo saberse por indiscreción de Blamey, por indiscreción del príncipe, que en
cuanto tiene unas copas demás se convierte en un charlatán terrible.
—Pero de todas formas el asesino puede localizarse entre
los invitados a la fiesta de Blamey.
—No es imprescindible que el asesino, para llegar hasta el
despacho, estuviera entre los invitados, Straley. Piense que de la forma que
Clifton Crounse salió sin ser visto por nadie, por medio del ascensor
particular de Blamey, otro pudo subir por él y llegar hasta el despacho.
—El asesino entró en el despacho de Blamey mientras éste
se hallaba fuera despidiendo a ese Crounse —recordó Duke—. Se ocultó detrás de
una de las cortinas de la ventana y disparó sobre Blamey y Trollop. ¿Qué
necesidad tenía de disparar? ¿Por qué no limitarse a obligarles a que le
entregasen las joyas o el dinero? Si para los dos hombres hubiera sido un
desconocido, no le habría importado que le viesen la cara. Si mató a Blamey y a
Trollop fue porque le importaba mucho que no hablasen.
—Tal vez —admitió Parker—; pero si aquel hombre creía
encontrar en la caja de caudales un millón de dólares, es muy lógico suponer
que esperase resistencia por parte de los interesados, y que prefiriese
matarlos por sorpresa y pudiendo apuntar cuidadosamente, que hacerlo luego con
más probabilidades de fallar el tiro.
—Pero al menos habrá examinado las coartadas de los
invitados a la fiesta.
—Claro. Sólo hay dos personas que no tengan una coartada
sólida. Christina Eberling y Arnold Hewit. Todos los demás parecen tener
coartadas en abundancia; pero ya sabe usted lo que ocurre en esas fiestas. Los
que asisten a ellas son los mismos que han asistido la noche anterior a otra, y
la semana pasada a tres o cuatro más, y el mes anterior a quince o veinte, una
de las cuales se celebró, también, en casa de Blamey. Se archi-conocen, se ven
casi sin verse. Se saludan y hablan y al minuto no saben de qué han hablado, ni
si lo que comentaron con fulano lo comentaron media hora antes o en la fiesta
que se dio allí mismo el mes pasado. Las mujeres suelen estrenar, por lo menos,
un traje de noche cada mes; pero los hombres no. Ellos visten igual noche tras
noche. ¿Cómo va a poderse asegurar si el invitado que se bebió diez copas de
whisky se las bebió aquella noche o treinta días antes?. Lo único que saben es
que se las bebió allí. Por lo tanto, es casi imposible hacer caso de las
coartadas por muy probadas que estén.
—Si ya tiene el caso bien enfocado, no me necesitará para
nada.
—Sí, señor Straley. Le necesito, porque si por una parte
creo estar en posesión de la verdad, también admito que pueda haber algo más y
que usted enfoque mejor que yo sus sospechas. Lo que me interesa es la solución
del misterio. ¿Hacia dónde se dirigen sus sospechas?
—¿Quién se beneficiaba con la muerte de Herman Blamey?
—En primer lugar Christina Eberling, pues sin necesidad de
casarse se ha encontrado propietaria de un rascacielos valorado en cuatro
millones de dólares. Si se hubiera casado con Arnold Hewit, la fortuna no
hubiera ido a parar a sus manos.
—¿Quién más se beneficia?
—Hendrik Blamey se beneficia relativamente, pues a menos
que se case con Christina, pierde el rascacielos. Por lo demás, es el heredero
total de los bienes de su tío.
—¿Existía alguna posibilidad de que Herman Blamey le
desheredase?
—No. Tío y sobrino se llevaban perfectamente y Hendrik
Blamey ayudó a su tío en algunas de sus mejores operaciones de Bolsa. Gracias a
la ayuda de su tío, Hendrik Blamey tiene un pequeño capital y era el hombre de
confianza de Herman Blamey.
—¿Qué tal es su coartada?
—Buena. Dice que Christina le envió a buscar un refresco
de chocolate y que la señorita Cortiz también le pidió uno. Cuando estuvieron
preparados volvió a la sala y vio que usted y la señorita Cortiz bailaban y que
Christina Eberling había desaparecido. Aguardó un momento y en cuanto terminó
el baile le ofreció a Susana Cortiz el refresco y él se bebió el de Christina.
—Es verdad. Yo puedo apoyar su coartada. Luego salió con
Susana en busca de la llave del despacho, y dice Susana que no se apartó de
ella ni un momento. ¿Y respecto a lo de las Pitter?
—Hendrik poseía un centenar de acciones y su tío le obligó
a que las vendiera. Ha perdido casi seis mil dólares. De haber salido bien las
cosas, hubiera sido vicepresidente de la Pitter Minning Company.
—¿Se beneficia Arnold Hewit con la muerte de Blamey?
—Si tenía la seguridad de que Christina se casase con él,
se beneficiaba con la parte que le correspondería del rascacielos. La señorita
Eberling no es mujer de negocios y hubiera entregado a su marido la
administración del edificio. Esto significa manejar mensualmente más de cien
mil dólares de los alquileres de los despachos.
—¿Tiene fortuna propia Arnold Hewit?
—Sí. Casi unos dos millones.
—¿Cómo la hizo?
—Una parte la reunió contrabandeando alcohol en los
últimos tiempos de la prohibición, luego supo lanzarse a algunos negocios
arriesgados y de cada uno de ellos salió perfectamente. La audacia es su
principal característica.
—¿Está enamorado de Christina Eberling?
—Sí. No cabe duda de que siente un gran amor por ella.
¿Sospecha usted de él?
—Sí. Es mi sospechoso predilecto; pero desde que me ha
hablado de ese rajá empiezo a sentir ciertas dudas.
—Déjeme el rajá a mí y siga usted con los otros. Los
asuntos internacionales es preferible no rozarlos. ¿Quiere que le envíe a Terry
Tedford?
—Sí, envíelo; pero que antes pase por el estrecho de
Magallanes y regrese vía Nueva York... en velero.
Parker echóse a reír.
—Un error lo puede tener cualquiera.
—Prefiero que lo tenga cualquiera; pero que no pague yo
las consecuencias. ¿No piensa hacer nada contra Denver Blackie?
—Sí; pero a su debido tiempo.
Duke se puso en pie y, dirigiéndose a Parker, le dijo:
—Le deseo que cobre bien pronto el premio por recobrar las
joyas de Palwan, Parker.
—Pero... ¿qué está diciendo?
—¿He dicho algo? —sonrió Duke.
—Claro que ha dicho. ¿Cómo sabe...?
—Cuando un policía como usted se entretiene echándome
polvo a los ojos y desviándome hacia otras pistas, por fuerza he de creer que
quiere alejarme del dinero que se pueda ganar. Pero hace mal, Parker. Soy lo
bastante rico para no preocuparme por esos detalles. Aunque le hubiera ayudado
a resolver el misterio, habría dejado que el premio fuese para usted. Y lo haré
así si quiere solicitar mi ayuda en algún momento.
Levantándose, Duke tendió la mano a Parker y salió del
despacho de éste. Cuando llegó a la calle tomó un taxi y ordenó al chofer que
le condujese al edificio Blamey.
CAPÍTULO VII
LA PISTA DE LAS "PITTER MINNING COMPANY"
Hendrik Blamey le recibió en el despacho de su tío.
—Me alegro mucho de que haya usted venido, señor Straley
—dijo el joven—. Si me hubiese atrevido le habría pedido yo mismo que me
visitara.
—¿Con qué objeto? —preguntó Duke.
—Lea esto —replicó Hendrik, tendiendo a Duke un papel
escrito a máquina.
Duke tomó la nota y leyó:
"Señor Blamey: La muerte de su tío ha sido para usted
un inesperado y agradable acontecimiento. Toda la inmensa fortuna de Herman
Blamey pasa a sus manos, excepto el rascacielos, y aun éste, si es usted listo,
puede ser suyo. Su tío, con el antipatriótico objeto de ahorrarse impuestos y
parecer menos rico de lo que era, puso, a nombre de Christina Eberling el
Edificio Blamey. También puso a nombre de usted otros edificios, valores y
bienes que ahora pasarán a sus manos y le convertirán en hombre muy rico. Aparte
de eso está el resto de la herencia, y aunque de ella tendrá que cederle un
buen bocado al fisco, siempre le quedará lo bastante para que sea usted uno de
los hombres más ricos de California. Sabemos que está usted muy enamorado de
Christina Eberling, y sabemos también que le disgusta mucho el que ella se
lleve bonitamente un rascacielos que debiera ser de usted. Pues bien, para
demostrarle que somos buenos amigos suyos, vamos a ofrecerle una doble
oportunidad de recobrar el rascacielos. Usted ignora tal vez que la mano que
empuñó el revólver que mató a su tío fue la de Christina Eberling. Sí, ella es
la asesina, pues sus huellas dactilares se encuentran en el revólver Colt,
calibre 44 y número 253.498, que en tiempos pretéritos perteneció al famoso Jesse
James, cuyas iniciales figuran en las cachas. Si la Policía recibiese ese
revólver, «o lo encontrara en casa de Christina Eberling», la señorita Eberling
tendría que responder de unos cargos muy graves. Y le aseguramos que no podría
explicar por qué subió al despacho de Herman Blamey mientras, según todas las
apariencias, se encontraba en el lavabo. No pudiendo explicar eso, y no
pudiendo explicar tampoco el hecho de que sus huellas apareciesen en el
revolver que sirvió para cometer el crimen, iría a la cárcel o al patíbulo,
pues aunque usted dijese que las huellas quedaron cuando ella examinó, delante
de usted, el revólver, la palabra de un enamorado tiene muy poco valor, y la
Policía preferirá atenerse a las pruebas que le suministra el revólver con las
huellas dactilares. La señorita Eberling ha recibido una carta semejante a ésta
y el señor Hewit ha recibido otra. Ella sabe el peligro que corre y estamos
seguros de que dará algo más que las gracias al hombre que le entregue el
revólver Colt y un trapo untado de aceite para borrar con él todas las
desagradables huellas, después de lo cual el arma se convertirá en un objeto
inofensivo para Christina Eberling. Como usted ve, ese revólver vale mucho.
Significa, para el que lo consiga, la posibilidad de adquirir una mujer y un
rascacielos. Por consiguiente, el precio de quinientos mil dólares no es nada
exagerado. Estamos seguros de que usted, hombre de grandes recursos, sabrá
encontrar ese dinero antes que su rival, el señor Hewit. Tan pronto como lo
tenga recibirá instrucciones detalladas para su entrega. Creemos innecesario
advertirle que la intervención de la Policía no favorecerá en nada a la
señorita Eberling.
—¿Qué le parece? —preguntó Hendrik Blamey, cuando Duke
hubo terminado la lectura.
—Muy interesante —admitió Duke—. ¿Qué piensa usted hacer?
—¿Es verdad lo que se dice aquí? Me refiero a lo de que
Christina subió a este despacho.
—Sí, es verdad; pero no creo que tuviese intervención
directa en el crimen.
—No, claro que no. Jamás podría sospechar de ella. El
culpable debe de ser otro. Quizá Hewit.
—En la carta se dice de él que también recibirá una carta
semejante —advirtió Duke.
—Es una añagaza para hacernos creer que es inocente.
—¿Qué piensa usted hacer respecto a esa petición?
—preguntó Duke.
Hendrik Blamey miró con firme expresión a Duke.
—Pienso recuperar el revólver —dijo, sencillamente—.
Obtendré el medio millón y compraré con él la seguridad de Christina. Si ella
se decide, al fin, a olvidar a ese otro hombre, me sentiré feliz; pero si no
puede separarse de él y a pesar de todo lo prefiere a mí, no le exigiré que
lleve su reconocimiento hacia mí a extremos decisivos. Casado con ella y
sabiendo que no había dejado de amar a Hewit, no podría sentirme feliz.
—Sus palabras le honran, señor Blamey —aseguró Duke—. No
obstante, yo le aconsejaría que aguardase unos días antes de entregar el
dinero. La Policía sigue otras pistas y quizá se descubra pronto al verdadero
culpable.
—¿De quién sospechan? —preguntó, ansiosamente, Hendrik.
—No puedo decírselo, pues es un secreto; pero casi le
puedo asegurar que Christina Eberling no figura entre los sospechosos.
—Pero si apareciese el revólver y la Policía no lograra
dar con el culpable, seguramente el capitán Parker vería con mucho gusto la
posibilidad de cargar las culpas sobre las espaldas de Christina.
—Tal vez —admitió Duke—. Por eso he venido a verle. ¿Está
usted dispuesto a ayudarnos a dar con el criminal?
Con visible emoción, Hendrik Blamey replicó:
—Señor Straley, mi tío era para mí más que un padre.
Cuando quedé huérfano no sufrí ni la mitad de lo que he padecido desde el día
en que Herman Blamey perdió la vida. Yo no era nadie y gracias a él llegué a
ser algo. Seria peor que un lobo si olvidase lo que debo a aquel gran hombre
que fue Herman Blamey. Por eso estoy dispuesto a ayudarle en todo.
—¿Aunque su ayuda pudiera redundar en perjuicio de
Christina Eberling?
Hendrik vaciló. Al fin, tras un hondo suspiro, replicó:
—Si Christina fuese una criminal, yo no podría amarla y,
entonces, prestaría toda la ayuda que fuera necesaria para castigarla. Pero no
creo que ella sea culpable.
—No, no lo es. En realidad yo sospecho de alguien que
hasta ahora no ha aparecido en escena y de cuya identidad no tengo la menor
referencia.
—¿De quién? —preguntó, ansiosamente, Hendrik.
—Del hombre o mujer que descubrió el juego de su tío en el
asunto de las acciones de la Pitter. ¿Sabe usted quién es?
—No. Esa persona ha sabido rodearse del más impenetrable
de los secretos.
No se sabe, ni quizá se sepa nunca, quién es.
—¿Y no existe medio de seguir la pista a esas acciones?
—Es lo que intentaré con todas mis fuerzas —dijo Hendrik—.
Al fin y al cabo yo también salí perjudicado en la operación, y si es cierto
que al autor de la jugada se le puede acusar de asesinato, procuraré por todos
los medios dar con él.
—Una cosa más quisiera advertirle, señor Blamey: Si por
casualidad se decidiera a pagar los quinientos mil dólares, procure tomar nota
de la numeración de los billetes de Banco que entregue.
Hendrik sonrió tímidamente.
—Ya pensaba hacerlo —dijo—. He leído las suficientes
novelas detectivescas para saber lo que se hace en esos casos.
—Una pregunta más, señor Blamey. Según explicó usted el
día del crimen, al repetir las palabras del señor Hernian Blamey, Trollop, el
cajero, había descubierto la identidad del comprador de las acciones de la
Pitter.
—Es cierto.
—¿Y no se podría, investigando las mismas pistas que
siguió Trollop, dar con lo mismo que él descubrió?
Hendrik Blamey movió negativamente la cabeza.
—No —dijo—. Es decir, yo no he podido. En primer lugar,
Trollop no dejó ni en el despacho ni en su casa ningún dato que pudiera
guiarnos. Lo primero que hice fue ver de encontrar lo que él había hallado;
pero ni yo ni Wingate, el tercer cajero, pudimos descubrir nada.
—¿Sigue funcionando la oficina de su tío?
—Claro. Yo he quedado al frente de ella. Aunque no se ha
dado todavía lectura al testamento, sé que soy el heredero, y no he creído
necesario cerrar la oficina. El próximo lunes se hará el balance, a fin de
fijar con todo detalle el valor de la herencia. Mañana sábado, es el último día
de trabajo, y habré de arreglarlo todo para que los peritos contables puedan
terminar pronto.
—¿Qué piensa hacer con la colección de armas de su tío?
—¿Eh? Pues... No sé. Guardarla. Si a él le gustaba...
—¿A usted no le gustan las armas de fuego?
—Nunca he sentido afición por ellas. Tengo permiso de uso
de arma de fuego, pues a veces llevo grandes sumas encima; pero no me alegra
llevar encima una pistola.
—Bien, no le entretengo más. Seguramente tiene usted
trabajo.
—Un poco. He recibido una nota del Banco en la que se me
dice que mi tío retiró novecientos cincuenta mil dólares el mismo día en que
fue asesinado. No comprendo en qué pudo invertirlos. Creí que tal vez aquí
encontraría algún dato.
—Ojalá lo encuentre —deseó Duke—. Adiós.
—Adiós, señor Straley. Si me necesita para algo más,..
—Esté seguro de que acudiré a usted. ¿Podría bajar en el
ascensor particular?
—Desde luego.
Hendrik Blamey guió a Duke hasta el ascensor privado y
abrió la puerta con una llave que sacó de un llavero.
—¿Está siempre cerrado con llave? —preguntó Duke.
—Sí. Tanto esta puerta, como las otras de los restantes
pisos y de la planta baja y el sótano, sólo pueden abrirse con esta llave. Se
hizo así para que nadie más pudiera utilizar el ascensor.
—Entonces, ¿cómo saldré? —preguntó Duke.
—El salir es fácil —declaró Blamey—. Las puertas pueden
abrirse desde dentro.
—O sea que cualquier persona puede salir del ascensor;
pero ninguna podrá entrar en él.
—Así es.
Duke entró en la cabina del ascensor y pulsó el botón de
la planta baja. Mientras descendía rápidamente iba meditando sobre lo que le
había dicho Hendrik Blamey. Por fin se detuvo el ascensor y antes de salir Duke
comprobó el funcionamiento del mecanismo de la puerta. Ésta se cerraba con una
cerradura Yale, de seguridad. Podía abrirse desde dentro con sólo hacer girar
el tirador; pero en cambio, era imposible abrirla desde fuera, a menos que se
tuviese una llave.
Arreglándose el sombrero, Duke salió del ascensor, cerró
de golpe la puerta y dirigióse a una cabina telefónica. Allí marcó el número
del teléfono de Susana Cortiz, y cuando ésta respondió, le propuso:
—¿Quiere cenar conmigo esta noche?
Susana Cortiz estaba dispuesta a cenar y, además, a ir al
cine.
Pero antes de ir a reunirse con ella, Duke llamó a otro
número y sostuvo una larga conferencia que le hizo llegar con algún retraso a
la cita.
CAPÍTULO VIII
MEDIO MILLÓN POR UN REVÓLVER
La mañana del sábado transcurrió sin que, aparentemente,
ocurriese nada importante. Sin embargo, a primera hora de la tarde, Duke
recibió la visita de Hendrik Blamey y de Christina Eberling.
—Ya está arreglado todo —anunció Hendrik.
—Sí, ya hemos recuperado el revólver —dijo Christina—.
Gracias a Hendrik.
Duke no demostró la menor emoción.
—Déme todos los detalles —pidió.
Hendrik parecía algo turbado.
—Ya sé que no debía haberlo hecho —declaró—. He hecho el
juego a los chantajistas; pero no podía permitir que Christina corriese un
riesgo semejante. Ayer noche, a los pocos minutos de haberse marchado usted me
llamaron por teléfono. Una voz desconocida me dijo que la ayuda de usted no me
serviría de nada, y que si no quería exponer a Christina a un grave riesgo, lo
mejor que podía hacer era entregar el medio millón. Se me citó para hoy a la
una, en el cruce de la calle cincuenta y cinco con la Calumet. Se me dijo que a
la una en punto echase a andar en dirección al sur y que esperase. Yo contesté
afirmativamente.
—¿Y reunió el dinero? —preguntó Duke.
—Sí.
—¿Es usted tan rico que puede desprenderse de medio
millón?
—No. El dinero no era mío... —Hendrik parecía embarazado
por la presencia de Christina—. Me... me lo prestó un amigo a quien di ciertas
garantías. No es nada importante. Tan pronto como reciba la herencia podré
devolver el dinero.
—Además, yo he exigido que ese dinero salga de mi capital
—dijo Christina—. No se me había ocurrido que puedo hipotecar el rascacielos...
—Eso no, Christina —protestó Hendrik—. Voy a ser más rico
de lo que nunca creí y medio millón es un precio muy bajo para adquirir tu
felicidad.
Duke sonrió ante estas palabras. Iban bien dirigidas y
surtieron efecto en Christina, que, apretando la mano de Hendrik, murmuró:
—Eres muy bueno... y yo me he portado muy mal contigo.
—Siga explicando lo que ocurrió —dijo Duke.
—Pues... recogí el dinero de mi amigo, lo metí en un sobre
y fui a la oficina. Allí tomé nota de las numeraciones de los billetes, cosa
que me llevó mucho rato. Por suerte, todos eran billetes nuevos y de numeración
correlativa. A la una menos cuarto marché en dirección de la Calumet y
Cincuenta y cinco, llegando a tiempo. Eché a andar en la dirección indicada, y
al cabo de unos cinco minutos un taxi se detuvo junto a mí y el hombre que iba
dentro me indicó que subiese.
—¿Cómo era ese hombre?—preguntó Duke.
—No pude verle bien, pues llevaba unos grandes lentes
oscuros, el sombrero calado y una bufanda que le tapaba hasta por encima de la
nariz. Me preguntó si traía el dinero. Le dije que sí. Entonces sacó una caja
de cartón, de esas de guardar zapatos, y me la tendió, diciendo que dentro
estaba el revólver. La destapé y reconocí el viejo Colt. Entonces saqué el
sobre donde llevaba los billetes y lo entregué al hombre, que contó rápidamente
los billetes. Enseguida hizo una seña al chofer y el auto emprendió una marcha
bastante rápida, torcimos por varias calles y, de pronto, el auto se detuvo; el
hombre abrió la portezuela, saltó a tierra y desapareció dentro de un comercio.
El chofer del taxi me preguntó adónde deseaba ir. Le pedí que me llevara a casa
de Christina, y cuando llegué y quise pagar el importe de la carrera, el hombre
se echó a reír y dijo que ya había pagado bastante. Supongo que era cómplice de
la pandilla.
—¿Qué aspecto tenía ese chofer?
—Parecía una rata...
—Es el mismo que me seguía —dijo Christina.
—¿Le vio usted? —preguntó Duke.
—Sí. En aquel momento iba a salir de casa y me fijé en él.
—¿Traen el revólver? —preguntó Duke.
—Sí —respondió Hendrik—. Pero ya está libre de huellas.
—No importa —replicó Duke—. Permítame verlo.
Christina sacó el arma de su monedero y la tendió a Duke.
Éste examinó atentamente el revólver, sobre todo las cachas, y sin hacerlo
girar, miró, también el cilindro, en el cual sólo se veían dos balas intactas.
Los otros cuatro orificios estaban ocupados por cápsulas ya disparadas.
—¿Pueden prestármelo? —preguntó.
—Preferiría... —empezó Hendrik.
—Le advierto que mi hotel está vigilado por dos policías
—interrumpió Duke—. A una orden mía detendrán a quienes yo les diga, y la
persona en poder de la cual se encontrase el revólver se vería muy apurada para
explicar cómo lo había conseguido.
—Es una trampa... —jadeó Hendrik.
—No. Quiero ayudar a la señorita Eberling. Eso es todo.
—Tengo confianza en él, Hendrik —aseguró Christina—. Estoy
segura de que no nos traicionará.
Hendrik Blamey se encogió de hombros.
—Si ella tiene confianza en usted... yo también la tendré.
—Para demostrarlo déme una copia de la lista de los
números de los billetes —pidió Duke.
Hendrik sacó de un bolsillo interior unas hojas de papel,
eligió dos de ellas y las entregó a Duke.
—Aquí están todos los números —dijo.
Duke guardó la lista, acompañó a sus visitantes hasta la
puerta, y, en cuanto hubieron salido, se metió el revólver en el bolsillo y
salió del hotel, marchando en dirección a Jefatura.
Contra lo que esperaba, Parker no estaba allí, y su
ayudante aseguró repetidas veces no tener la menor idea de dónde se encontraba.
A pesar de estas seguridades, Duke quedó convencido de que el hombre mentía.
Por un momento pensó en regresar más tarde; pero necesitaba ver lo antes
posible a Parker y, al fin, se resignó a quedarse allí en espera de que el
capitán llegara.
Eran las ocho de la noche cuando al fin Parker, con el
rostro lleno de euforia, entró en su despacho.
—Hola, Duke —saludó—. ¿Qué le trae por aquí? ¿Ha oído ya
la noticia?
—¿Cuál?
—No, no puede saber nada, pues se lleva todo con el máximo
secreto.
—¿Han descubierto ya al culpable?
—Pronto. Esta noche se resolverá el misterio del caso
Blamey.
CAPÍTULO IX
MEDIO MILLÓN POR UN TESORO
—No debiera decirle nada —siguió Parker—; pero estoy
satisfecho, y el hombre satisfecho es propenso a hablar de más. Pero antes de
decirle nada explíqueme a qué ha venido.
Por toda respuesta, Duke tiró sobre la mesa de despacho el
pesado Colt y la lista de los billetes.
—Aquí tiene el arma que utilizó el asesino —dijo:— Y aquí
la lista de los billetes que se han pagado por ella.
—¿Quién? ¿Hewit?
—No, Hendrik Blamey.
Duke explicó a continuación su entrevista con Christina y
su novio.
—Los enamorados son imbéciles —dijo Parker—. Podían
haberse ahorrado el medio millón. Cualquier buen abogado hubiera anulado, por
mucho menos, las débiles pruebas que el arma ofrecía. Pagar medio millón por
este trasto me parece mucho cretinismo... O tal vez mucho amor. ¿Cree que
Hendrik Blamey lo haya hecho pensando en el rascacielos?
—Es posible —admitió Duke—. Cuando el dinero anda de por
medio, dudo siempre de las buenas intenciones de los hombres. Si un ser humano
ayuda a levantarse a un caído, creeré que es bueno, pues ningún beneficio le
espera de aquella acción. Pero si el caído fuese un millonario, y el que le
ayuda a levantarse ha tenido que atravesar un fangal, entonces empezaré a creer
que el mancharse los zapatos y acaso los pantalones por ayudar a un semejante
no ha sido hecho con todo el desinterés que a primera vista se supone. Ahora
cuénteme lo de usted.
—Pues, sencillamente, que esta noche tiene lugar el
rescate de las joyas. Por mediación de Crounse se ha entrado en contacto con
los ladrones. Esta noche entregarán las joyas a cambio de medio millón. Han
elegido un sitio muy solitario, y en el cual no es posible ocultarse. Lo han
hecho con el objeto de que no podamos tenderles una emboscada, y no saben, los
muy tontos, que se han metido en una trampa de la que no saldrá ninguno con
vida.
—¿Qué piensan hacer? —preguntó Duke.
—Ya está hecho. El lugar elegido por los ladrones y
asesinos es la tapia de una vieja iglesia de los tiempos de la dominación
española. Se trata de un muro blanco, que se levanta en medio de una plazoleta,
en las afueras de San Francisco. Cerca hay tres carreteras que permiten una
fácil huída. Además, el terreno es despejado y los que vayan a recoger el
dinero y dejar las joyas podrán comprobar si son vigilados o no.
—¿Y cómo podrán atacarles si tan bien han tomado sus
precauciones? —inquirió Duke.
—Porque esos tontos han olvidado que existen armas que
disparan, con toda precisión, desde más de mil metros. En realidad nos hemos
limitado a instalar cuatro ametralladoras pesadas en una casa situada a
ochocientos metros de las ruinas. Cuando se presenten a recoger el dinero y
dejar las joyas se encenderán unos reflectores, se iluminarán las ruinas y
ta-ta-ta-ta-tá, se acabaron los testigos molestos. Después sino necesitaremos
ir a ver lo que ha quedado.
—Me parece un poco violento —comentó Duke.
—Cuando están en posible juego las vidas de cientos de
miles de hombres, no podemos vacilar en sacrificar dos o tres que, en ningún
caso, serán vidas muy ejemplares.
—No opino yo igual; pero usted es el director de la orquestó.
—Y por ello le invito al concierto. ¿Quiere acompañarnos
esta noche?
—No siento ningún deseo especial de presenciar el
espectáculo —declaró Duke—; pero si cree que puede serme útil ver cómo
ametrallan a unos infelices...
—¿Infelices? Pues tienen, por lo menos, dos asesinatos
sobre la conciencia.
—¿A qué hora saldrán en dirección al escenario?
—A las once. La operación se ha de celebrar a la una; pero
conviene que lleguemos antes a la casa. Las ametralladoras están ya debidamente
instaladas, así como los reflectores. También están ya los agentes que han de
intervenir en la operación. Sólo faltamos nosotros y ciertos caballeros de las
embajadas.
—Entonces volveré más tarde. Voy a hablar con Terry
Tedford...
—Lo siento —interrumpió Parker—. Lo envié a Los Ángeles
para un asunto urgente. No volverá hasta el lunes por la mañana.
Duke dirigió una furiosa mirada a Parker. Éste se encogió
de hombros y luego declaró:
—Lo principal es resolver el asunto de las joyas de
Palwan. Lo otro no tendrá demasiada importancia.
—Parece mentira que el que habla así sea un policía,
Parker —replicó Duke—. Se está haciendo cómplice de un asesinato con el sólo
objeto de cobrar un premio.
—No, Duke. Usted puede opinar y obrar de acuerdo con su
moral; pero la mía es mucho más amplia que la de usted. No se limita a mi
propio ser, se extiende a problemas que afectan a muchas personas.
—Está bien. Hasta luego.
La siguiente visita de Duke, después de telefonear a
Susana asegurándole que no podría salir con ella, fue a Arnold Hewit.
—Lo siento mucho, señor Straley —dijo Hewit—. No podré
atenderle ni un minuto, pues he de marcharme.
—No quiero entretenerle —replicó Duke—; pero sí debo
aconsejarle que no se mueva de casa esta noche.
—¿Por qué?
—Porque corre usted un grave peligro.
Hewit se encogió de hombros.
—¿Por qué no he de salir?
—Porque no hay ya motivo.
—¿Sabe adónde voy?
—Sí.
Hewit se turbó levemente. Haciendo un esfuerzo sonrió
burlonamente y preguntó:
—¿Adónde?
—A recuperar un arma de fuego.
—Sí, a recuperarla antes que Hendrick Blamey.
—Es que Hendrik Blamey ya la tiene.
—¿De veras? —Hewit sonrió—. Entonces haré el viaje en
vano; pero no importa. Será un paseo agradable.
—Le aconsejo que desista de ir a ese lugar.
Hewit se puso muy serio.
—Óigame, Duke; no estoy dispuesto a que Christina suba al
cadalso por no haber pagado yo medio millón de dólares.
—Le aseguro que Christina no subirá a ese cadalso.
—¿Puede explicarme las razones que le asisten para afirmar
eso?
—Hewit, una de las condiciones del investigador es ver
mucho y hablar poco. Seque Christina no corre ningún riesgo y que si paga usted
ese medio millón cometerá una estupidez.
Arnold Hewit apretó las mandíbulas. La expresión de su
rostro sufrió varías alteraciones hasta llegar a la inexpresión. Al fin, con
contenido acento declaró:
—Duke: he leído lo que acerca de algunos de sus casos han
publicado los periódicos. Ha tenido suerte y ha resuelto algunos misterios muy
complicados. ¿Por qué? ¿Qué le movía a meterse a policía? ¿La necesidad de
ganar dinero? No. Es usted varias veces millonario y no necesita los premios
que podrían pagarle sus clientes agradecidos. Lo que usted codicia con todo su
afán, es la notoriedad. Desea la fama. Y aunque en un caso fracase y acabe
moviéndose en círculos, sin ir a ninguna parte, los periódicos habrán anunciado
ya lo bastante que el famoso aventurero millonario Duke Straley Pozoblanco
lucha por resolver tal o cual misterio. El público se enterará de su
existencia, se entusiasmará con las fotografías de su héroe, y eso le llenará a
usted de gozo.
"Durante sus expediciones a países extranjeros en
busca de cosas que nadie necesitaba, pero cuya consecución entrañaba un grave
peligro, los periódicos empezaron a hablar de usted. Cuando regresó, siguieron
utilizándole como material publicitario. Y cuando empezaba ya a marchitarse la
frescura de sus expediciones, empezó a dedicarse a descubrir misterios. Así
todos hablan de usted, y en menos de un mes que lleva en San Francisco, ha
resuelto ya dos y va hacia el tercero. Pero yo no pienso ayudarle, Duke. Amo a
Christina y no quiero que sirva de juguete a un tipo como usted. Sé que no me
profesa ninguna simpatía y que nada le gustaría tanto como que fuese Hendrik
Blamey quien pudiera ofrecer a Christina el arma que la acusa.
—Es usted un imbécil... —empezó Duke.
Su intención era descargar un potente puñetazo contra la
barbilla de Hewit; pero éste, acaso movido por el mismo pensamiento o
presintiendo la agresión, se hizo a un lado y en el momento en que el puño de
Duke se perdía en el vacío, Hewit disparó un feroz derechazo al plexo solar de
su adversario.
Duke sintió que todo su cuerpo quedaba vacío de oxígeno.
Abrió la boca en un inútil afán de reponer el aire perdido; pero la mano
izquierda de Hewit, convertida en poderoso puño, se la cerró de un terrible
golpe. Luego, perdida ya la noción de la realidad, Duke desplomóse como un saco
vacío y quedó tendido a los pies de Hewit.
Duke recobró el conocimiento exactamente a las diez y
media de la noche. Tenía en la boca un sabor endiablado y la lengua como un
estropajo. El menor movimiento hacía que en torno a su cabeza todo girase y se
desmoronara. Sentía en el vientre un vacío inmenso y en la nuca un dolor
semejante al que producirían cien o doscientos alfileres hundiéndose a la vez
en el cuero cabelludo.
Durante unas minutos continuó en el suelo, con los ojos
cerrados y tratando de recordar lo sucedido. Al fin lo consiguió, abrió los
ojos y encontróse en un pequeño dormitorio, tendido a los pies de la cama.
Apoyándose en ella se pudo incorporar. La luz de la
habitación estaba encendida y gracias a ella pudo ver que la puerta estaba
cerrada con llave, desde fuera. Aunque sólida, la puerta no parecía hecha para
resistir unos buenos empujones; pero Duke se sentía demasiado débil para
someter a su cabeza a las conmociones resultantes de unas cuantas cargas
violentas contra la puerta. Además, al otro lado de aquella puerta, habría
otras más sólidas...
Pesadamente, Duke se sentó en el borde de la cama. Aunque
las ideas empezaban ya a aclararse, persistía la debilidad, y una devoradora
sed que parecía insaciable.
Sin ninguna esperanza, Duke miró hacia la mesita de noche,
por si en ella había una jarra de agua. No vio la jarra; pero al instante
siguiente, y a pesar de su debilidad, saltó afanosamente hacia la mesita de
noche y, sobre todo, hacia el teléfono que en ella se veía.
Levantó enseguida Duke el auricular, temiendo, durante
toda la operación, que el aparato estuviese desconectado. Cuando al fin llegó a
su oído la señal de llamada, Duke sintió un infinito alivio. Marcó un número y,
al cabo de un momento, oyó la voz de Parker.
—Soy Duke Straley —dijo—. Oiga, Parker, estoy encerrado en
casa de Arnold Hewit. Venga a sacarme, si puede hacerlo, sin necesidad de una
orden judicial.
—¿Qué ha ocurrido?
—Venga y por el camino se lo explicaré todo.
*****
Al cabo de diez minutos el conserje del edificio donde
estaba instalado el domicilio de Hewit abría la puerta del piso a la Policía, y
Parker, guiado por las llamadas de Duke, puso enseguida en libertad a éste.
—No podemos perder un momento —dijo Parker—. Ya nos hemos
retrasado mucho.
Mientras bajaban en el ascensor, el policía, dominado por
la curiosidad, preguntó:
—¿Se pelearon usted y Hewit?
—Sí. Quise evitar que cometiese una locura y no me
comprendió.
—Quizá fue usted quien cometió la locura, Straley —replicó
Parker.
Salieron del edificio y en un rápido automóvil de patrulla
partieron hacia el Sur. El coche llevaba encendidas las luces indicadoras del
servicio que prestaba; pero, en cambio, su sirena permanecía muda. Pronto
dejaron atrás los últimos núcleos urbanos de la ciudad y el auto avanzó por
entre los campos y bosquecillos. Duke y Parker iban en silencio, abstraídos en
sus pensamientos. Un par de veces pareció Duke a punto de convertir en palabras
sus meditaciones; pero desistió antes de despegar les labios.
Por fin, cuando el luminoso reloj del cuadro de
instrumentos del auto marcaba las once y veinte minutos, el auto redujo la
marcha y se detuvo junto a un bosquecillo de laureles. El conductor apagó las
luces y Duke siguió a Parker por un sendero que serpenteaba entre los árboles.
Caminaron durante unos cuatro o cinco minutos y, por fin,
llegaron a un jardín muy descuidado, al fondo del cual levantábase una vieja
casa que, sin duda, fue construida en tiempo de los españoles o mejicanos.
Un hombre guardaba, con un rifle Remington en la mano, la
entrada de la casa. Al reconocer a Parker le saludó, haciéndose a un lado. La
marcha continuó por un vestíbulo bastante amplio, un pasillo lleno de polvo y
restos de muebles, y terminó en una terraza muy amplia. Duke observó,
enseguida, Unos bultos que identificó como ametralladoras Browning montadas
sobre sus trípodes. Había cuatro, y junto a cada una de ellas encontrábanse
tres hombres.
Parker dirigióse al lado derecho de la terraza y entró en
un cuarto que parecía el único habitable de la casa. Un grupo de hombres se
encontraba reunido allí. Gracias a la débil luz de las estrellas que penetraba
hasta la sala, Duke pudo ver vagamente a los hombres. Uno de ellos se cubría la
cabeza con un turbante, y Duke supuso que era Pratap Sing, rajá de Palwan. Por
el acento con que hablaban otros dos hombres los identificó como ingleses.
Parker cambió unas palabras con otro de los casi invisibles espectadores y
luego regresó junto a Duke.
—Voy a comprobar si todo está en orden —dijo—. ¿Me
acompaña?
Duke asintió con la cabeza y siguió a su compañero. Éste
acercóse a los sirvientes de las cuatro ametralladoras, se informó de si las
armas estaban cargadas y bien apuntadas y repitió a cada grupo:
—En cuanto se enciendan los reflectores empezad a disparar
y no terminéis hasta que no quede nadie en pie.
Luego subió con Duke a una pieza superior donde se
encontraban tres reflectores de marina. Los cables conductores de la
electricidad sembraban el suelo, y junto a cada uno de los reflectores se
encontraban dos hombres. Mientras Parker daba las instrucciones para el momento
de encender los reflectores, Duke dirigió la mirada hacia las ruinas de la
antigua iglesia española. Aquel templo había sido destruído por los indios en
un ataque a los colonos refugiados en su interior. Aquellos muros habían
presenciado terribles tragedias y pronto serían testigos de una más.
De San Francisco el viento trajo las campanadas de la
medianoche. Duke y Parker bajaron de nuevo a la terraza. No se podía fumar y
todos sentían unos deseos irresistibles de hacerlo.
A las doce y media el silencio era absoluto. Nadie hubiera
supuesto en las inmediaciones de las ruinas la presencia de casi medio centenar
de personas.
—Pronto empezarán a ocurrir cosas —dijo Parker—. Primero
llegará Clifton Crounse... Mire, ahí llega.
Una sombra acababa de aparecer contra el lienzo del muro
que quedaba en pie. Era la silueta de un hombre que avanzaba lentamente. En la
mano traía algo blanco. Lo depositó en el suelo y, después de permanecer
inmóvil unos segundos, se retiró por donde había llegado.
—Ha dejado un sobre que debiera contener dinero; pero que
sólo tiene papeles —explicó Parker.
Pasaron los minutos. Al fin dio la una. En el mismo
instante unas sombras avanzaron hacia el sobre dejado por Crounse. Por el otro
lado avanzó un hombre solo.
—Ya están todos —susurró Parker.
Lanzó un silbido y casi al instante la noche se llenó de
luz. Los potentes haces de los reflectores se proyectaron sobre las ruinas
descubriendo la presencia de cinco hombres. Al momento unióse al fuerte siseo
de los reflectores el tableteo de las cuatro ametralladoras.
Durante una fracción de segundo los cinco hombres
permanecieron en pie; luego, como segados por una invisible guadaña, se
desplomaron en medio de la nube de polvo que las balas arrancaban al viejo
muro. Las ametralladoras tabletearon unas décimas de segundo más; luego
callaron porque sus mensajes de muerte habían llegado ya a su destino.
—Vayamos a recoger lo que queda —indicó Parker.
Duke le siguió, junto con otros varios agentes. Durante
diez minutos caminaron entre zarzales y desniveles y, por fin, llegaron al pie
del muro, que seguía iluminado por los tres proyectores. Cinco cuerpos humanos
estaban caídos en montón. Cuando los cadáveres fueron apartados, Duke reconoció
a varios de ellos. Primero vio a Denver Blackie, cuya elegancia había sido
destrozada por la horrible muerte. Vio, también, a un hombre vestido con una
trinchera enorme y cuyo ratonil semblante expresaba asombro y miedo.
—¡El "Gamba"! —murmuró.
El tercer cuerpo que retiraron los agentes era el del
hombre que le había abierto la puerta del cuarto donde esperaba Denver Blackie.
El cuarto era Red Larrigan. Llevaba el brazo en cabestrillo, pero de su
bolsillo izquierdo asomaba la culata de un revólver.
Pero fue el quinto cuerpo el que provocó una exclamación
de horror en Duke.
—¡Arnold Hewit! —exclamó.
En aquel momento un quejido se escapó de los labios del
hombre.
—No está muerto —dijo Duke—. ¡Hay que llevarlo enseguida a
un hospital!
Parker vaciló.
—Tenemos que esperar la orden de los jefes —dijo—. Esto es
muy grave.
Al mismo tiempo inclinóse al suelo y recogió un maletín,
lo abrió y la luz de los reflectores proyectóse en la maravillosa colección de
joyas que se guardaban dentro de él.
—Por lo menos esto se ha salvado —dijo.
—Pero se hubiese podido evitar esta matanza —repuso Duke.
—Tarde o temprano todos hubiesen acabado igual o peor
—replicó Parker, encogiéndose de hombros—. Eran carne de horca. Los cinco.
CAPÍTULO X
LA TERCERA LLAMADA DE LA MUERTE
Caía la tarde del lunes y varias personas aguardaban, con
diversos grados de impaciencia, en la sala de espera del Hospital Christie,
instalado en los últimos pisos de un alto edificio de San Francisco.
Los que aguardaban eran: Christina Eberling, Hendrik
Blamey, Williams, el mayordomo; Clifton Crounse, Terry Tedford y Susana Cortiz.
Todos parecían bastante nerviosos, y el nerviosismo aumentó cuando llegaron
cuatro policías uniformados que se detuvieron, indecisos, a la entrada de la
sala.
—Aguarden aquí hasta que venga el capitán Parker —les dijo
Terry Tedford.
—No comprendo para qué nos han hecho venir —dijo
Christina—. Yo no deseo volver a ver jamás a Arnold Hewit.
—Piensa que tal vez lo hizo porque te amaba mucho —dijo
Hendrik—. Quizá tanto como yo.
Los ojos de Christina dijeron claramente que dudaba de que
pudiese existir un amor tan grande como aquel.
Williams era el único que en medio de aquel nerviosismo,
que se comunicaba incluso a los policías, permanecía tan indiferente como
durante sus horas de servicio.
Clifton Crounse fumaba nerviosamente cigarrillo tras
cigarrillo, y no parecía encontrar gusto más que a las primeras chupadas. Terry
Tedford respiraba, de cuando en cuando, profundamente y se secaba el sudor que
humedecía sus manos.
La sala de espera comunicaba con una terraza donde,
durante las horas de sol, paseaban los enfermos. Debido al calor, las grandes
puertas de cristales estaban abiertas, y desde la bahía llegaba un hálito
fresco que hacía oscilar levemente la lámpara.
De la calle, situada veintidós pisos más abajo, llegaba el
continuo rumor del tráfico nocturno.
Cuando ya parecía que la tensión iba a hacerse
insoportable, se abrió la puerta y entraron Duke, Parker y dos agentes, uno de
los cuales traía en la mano un cuaderno de taquigrafía.
—Ya hemos terminado —anunció el policía, yendo a sentarse
en un sofá. Luego, dirigiéndose a los cuatro policías, que habían llegado poco
antes, les dijo:— Descansen un momento. A las ocho relevarán a los que vigilan
al detenido.
—¿Para qué nos necesitaba? —preguntó Cristina—. Yo no
quiero ver a ese hombre.
—No ha sido necesario presentarle testigos —sonrió
duramente Parker—. Tenemos demasiadas pruebas contra él.
—Insisto, Parker, en que esas pruebas no me parecen muy
sólidas —intervino Duke.
Parker hizo un gesto de aburrimiento.
—Oiga, Straley, usted se resiste a admitir que por esta
vez sus sospechas iban desencaminadas. ¿Qué más quiere para convencerse de que
Hewit es culpable? Encontramos en su poder medio millón en billetes de Banco...
Y la numeración de esos billetes correspondía a la que el señor Blamey nos dio
como correspondiente a los billetes que entregó para recobrar el revólver que
sirvió para cometer el crimen.
—Pero Hewit dice que aquel dinero lo llevaba allí para
entregarlo a cambio del revólver. También él recibió una carta y unas
instrucciones...
—No sea ingenuo, Duke. La explicación de Hewit no puede
ser más estúpida —volvióse Parker hacia Christina y siguió:— Dice que en la
noche del viernes recibió una carta en la cual se le pedían quinientos mil
dólares a cambio del revólver, ya que usted de momento no podía pagarlos. El
sábado por la mañana recibió una llamada telefónica y en ella se le instruyó
para que retirase el dinero, lo llevara a la una de la madrugada del domingo a
las ruinas de San Cosme y lo dejara sobre una piedra blanca. Luego debía
retirarse y volver al cabo de un cuarto de hora a recoger el revólver, que ya
estaría allí. Hewit siguió al pie de la letra las instrucciones, hasta el punto
de que unas horas antes de salir hacia el punto fijado, recibió la visita del
señor Straley, a quien no sólo dejó sin sentido de un par de puñetazos, sino
que además lo encerró en un dormitorio, donde aún estaría, tal vez, si no
hubiera sido porque en la habitación había un teléfono que le permitió llamarme
en su ayuda.
—A pesar de todo yo creo en esa explicación —dijo Duke.
—Porque usted insiste siempre en opinar al revés que los
demás, Duke —gruñó Parker—. La prueba de los billetes es concluyente. Hewit fue
el hombre que entregó el revólver al señor Blamey y recibió, a cambio, los
quinientos mil dólares. Por la noche iba a recoger quinientos mil más cuando
cayó en la emboscada y se salvó por verdadero milagro.
—¿Puede explicarme cuándo mató a Herman Blamey? —preguntó
Duke.
—Mientras la señorita Eberling permanecía vacilante en el
lavabo, él subió y llevó a cabo el crimen. Es muy fácil.
—En ese caso también podría ser culpable el señor
Williams.
El asombro y la incredulidad se reflejaron en el rostro de
Williams.
—¿Qué dice? —tartamudeó.
—Que usted es un sospechoso ideal, Williams —replicó
Duke—. De usted no se ha sospechado porque su aspecto es el de la honorabilidad
hecha mayordomo. Sin embargo, estaba usted solo, estaba enterado de muchas de
las cosas que ocurrían en la casa. Pudo subir al despache de su jefe y cometer
el crimen.
—No diga tonterías, Duke —gruñó Parker—. Williams es
inocente.
—¿De veras? Pues entonces haremos recaer las sospechas
sobre la señorita Eberling. ¿Por qué no pudo ser ella la culpable? En su caso
existen motivos ya conocidos y una magnífica oportunidad. Mientras Hewit
esperaba pacientemente frente al lavabo, ella estaba asesinando a dos hombres.
Luego armó todo el tinglado del revólver para acumular tantas sospechas sobre
ella que la reacción natural fuese creerla inocente.
—¿Y lo de ayer noche lo preparó ella?
—¿Por qué no? Pudo valerse de sus cómplices para engañar a
sus dos adoradores, y aumentar en un millón y medio su fortuna. Su tutor pudo
haberla informado de muchas cosas.
—¡Tonterías! —estalló Parker—. ¿De quién más se puede
sospechar?
—De su agente Terry Tedford, que comunicó a Denver Blackie
mi identidad...
—¡Eh! —Terry Tedford parecía a punto de embestir a Duke.
—¡Quieto, Tedford! —ordenó Parker.
—¿No ve que todo son tonterías? El culpable está arriba y
pronto lamentara que las balas no fuesen más certeras y le ahorrasen todo lo
que le aguarda.
—También podría ser culpable el señor Blamey o, por
ejemplo, Clifton Crounse. Él sabía lo de las joyas, estuvo en el despacho de
Blamey, nadie le vio salir y tuvo tiempo de sobra para cometer el doble crimen.
Luego, de acuerdo con unos cómplices, trató de sacar a su jefe, el príncipe,
medio millón...
—Oiga, señor Straley —interrumpió Crounse—. No me gusta
esa clase de bromas.
—¿Por qué? Es que teme que saquemos a relucir algunos
puntos sucios de su vida. Usted ha dado unas explicaciones bastante confusas
acerca de lo que hizo la noche del crimen.
—Yo no maté a nadie. ¿Por qué tenía que hacerlo? En el
negocio ganaba lo suficiente para no enredarme en cosas peores.
—Entonces pasaremos al señor Blamey. Usted es un
sospechoso ideal.
Hendrik sonrió.
—Tal vez. Aceleré la muerte de mi tío para cobrar antes la
herencia. Es lo que suelen hacer con sus tíos todos les sobrinos.
—Ciertos sobrinos —corrigió Duke—. Usted es una de ellos.
Posee una inteligencia privilegiada, y en el caso de las Pitter vio usted la
posibilidad de hacerse rico a costa de su tío. Tan a costa, que retiró,
incluso, de la caja que tenía a su cargo la suma de quinientos cuarenta mil
dólares. Compró las acciones Pitter, que su tío vendía a la baja, con el propio
dinero de su tío.
—Entonces faltará a la caja más de medio millón —sonrió
Blamey—. Es curioso que esta mañana, al repasar mis cuentas, el perito contable
no ha advertido que faltase ni un solo centavo. Por lo visto era un hombre muy
distraído, o yo soy un genio de la contabilidad que se hacer desaparecer medio
millón... Bah, todo eso es una tontería. Perdone que me haya dejado arrastrar a
la discusión.
—Siga discutiendo y de un buen revolcón a ese tonto
—aconsejó Parker—. Si el perito contable no ha echado de menos el dinero que
usted dice fue sacado de la caja, eso quiere decir que no se sacó tal dinero,
Duke.
—Sí se sacó; pero fue repuesto el sábado a mediodía.
—¿Cómo? —preguntó Hendrik Blamey.
—Pidiéndolo prestado a un amigo. Siendo usted el heredero
de la fortuna Blamey, no hubo inconveniente en hacer el préstamo. El amigo le
hubiese prestado mucho más si usted hubiese querido. Luego fingió que entregaba
aquel dinero a los chantajistas y, lo que hizo en realidad, fue ingresarlo de
nuevo en la caja. Así, pasaba por ser el protector de Christina Eberling y, de
paso, justificaba el préstamo. Si no lo hubiera hecho así, la Policía quizá le
hubiese preguntado para qué necesitaba medio millón. Y usted no habría podido
decir que lo necesitaba para que al hacerse el balance no se echara de menos
esa cantidad en la caja que usted tenía a su cargo.
—¿Y cree que antes no se hubiera dado nadie cuenta de que
faltaba aquel dinero? —preguntó Hendrik.
—Trollop lo descubrió cuando menos lo esperaba usted.
Trollop era un hombre sagaz y no tardó en darse cuenta de que el descubrimiento
de la jugada de Bolsa que pensaba realizar Herman Blamey sólo podía proceder de
alguien conocedor de la trama. Ese alguien podía ser usted; pero le faltaba
capital. Sin duda se le ocurrió repasar las cuentas de la caja que tenía usted
a su cargo y se encontró con que faltaba, exactamente, la suma que se había
pagado por las acciones de la Pitter. Entonces reunió datos y obtuvo los
necesarios para acusarle ante su tío. Usted lo sospechó y comprendió las graves
consecuencias que podría tener para su persona el descubrimiento de aquella
traición. Se puso en contacto con Denver Blackie, que le había ayudado en la
operación de Bolsa, y enseguida trazó un plan tan ingenioso como despiadado.
Mientras Trollop trataba de reunir más datos, usted, enterado de que se iba a
hacer el negocio de las joyas indias, decidió matar dos pájaros de un tiro. La
compra de las joyas coincidió con el día en que Trollop completó sus pesquisas.
Usted esperaba que Trollop fuese a ver a su tío antes de la visita de Clifton
Crounse. Para sus intereses no fue así, y quizá a ello se debe que se descubra
su crimen, que de otra forma hubiera quedado encerrado en el mayor misterio.
—¡Si es broma, va durando ya demasiado! —gruñó Hendrik,
mirando furiosamente a Duke.
—Señor Parker —intervino Christina—. Exijo que se ponga
fin a lo que yo también considero broma muy pesada.
—No es una broma, señorita Eberling —replicó, secamente,
Parker—. Es una acusación en toda regla, y le prevengo, señor Blamey, que todo
cuanto diga podrá ser y será utilizado contra usted.
—¡Esto es una...!
—Una iniquidad, ya lo sé —replicó Parker—; pero más
iniquidad fue lo que usted hizo. Siga, Duke.
—En realidad empezaré —sonrió Duke—. Usted, Blamey, es
víctima de un complejo de inferioridad. Se sabe inteligente y astuto en los
negocios. Desde hace muchos años se ha considerado superior a todos, y sobre
todo a su tío. Pero él, con toda su inferioridad, supo hacerse rico, y usted,
en cambio, no pudo tener nunca lo suficiente para realizar una jugada de Bolsa
que de una vez le colocase entre los millonarios. Cuando llegó lo de la Pitter
vio el cielo abierto. En la caja que usted administraba había siempre un millón
de dólares en efectivo. Se destinaba a la compra al contado de las acciones que
fueran ofrecidas a cualquier hora del día. Tras algunas vacilaciones, decidió
tentar la fortuna. Cuando su tío empezó a vender acciones, usted puso en marcha
a un cómplice que, a su vez, distribuyó sus órdenes entre quince o veinte más.
Todos compraron acciones Pitter, y al terminar el día, aunque no arruinado, ni
mucho menos, Herman Blamey se encontró con que había perdido toda posibilidad
de control sobre la Pitter. Dicho control pasaba a usted. Sólo tenia que
esperar que las acciones de la Pitter volvieran a subir, cosa que debía ocurrir
muy en breve, y entonces obtener un préstamo sobre ellas, o vender una pequeña
parte y reponer el dinero en la caja. De momento, como su tío no sospechaba de
usted, no era probable que antes de fin de mes se revisara el contenido de la
caja. Pero ya he dicho que Trollop sospechó de usted y no tardó en reunir las
pruebas. Sin embargo, era un hombre poco capaz de disimular sus sentimientos, y
la brusquedad con que le trató en los días en que él estaba convencido de que
usted era un canalla lo descubrió. Wingate ha declarado que en los días
anteriores a su asesinato Trollop parecía enfadado ron usted.
—Eso no quiere decir nada —replicó Hendrik.
—Quizá no; pero seguiré explicando lo que he averiguado.
Usted comprendió que todo estaba descubierto, y comprendió, también, que
mientras no tuviese pruebas completas, Trollop no diría nada a su tío. Como
éste andaba en tratos para adquirir ciertas joyas, usted trazó su plan.
Asesinaría a su tío y a Trollop y luego, apoderándose de los novecientos
cincuenta mil dólares guardados en la caja del despacho de su tío, repondría
los quinientos cuarenta mil dólares sustraídos y borraría de esa forma toda
sospecha. Así, el día de la fiesta hizo subir a Susana al despacho de su tío
para hacerle tocar el arma que usted pensaba utilizar para el crimen. Era una
precaución más. Así, en último caso, podría hacer recaer las sospechas sobre su
novia, a quien defendería con sus declaraciones, aun sabiendo que de nada
servirían contra la prueba de las huellas dactilares.
"Bajó luego a la sala y procuró escabullirse con un
pretexto. Ninguno mejor que el de ir en busca de un refresco. Mientras le
batían el chocolate y la soda, usted subió corriendo, por la escalera de
servicio, al despacho de su tío. Lo halló vacío, pues en aquel momento el señor
Blamey estaba despidiendo al señor Crounse. Como llevaba guantes pudo empuñar
el revólver de Jesse James sin miedo a dejar en él ninguna huella dactilar. Se
escondió tras las cortinas de junto a la ventana y esperó. Regresó su tío, entró
el cajero Trollop y enseguida disparó usted sobre ellos, matándolos. Con ayuda
de la libreta donde su tío guardaba, escrita, la combinación, abrió la caja y
se encontró, en vez de casi un millón de dólares, con unas joyas que valían el
doble, pero no le servían de nada. Decepcionado metió en el maletín de las
joyas el revólver, para utilizarlo en un plan lleno de audacia, y con ayuda de
una ballesta tendió un cable entre la ventana del despacho y el rascacielos en
construcción.
"Por aquel cordelito dejó deslizarse el maletín, que
fue a parar a lo alto del rascacielos, luego cerró la ventana, colgó la
ballesta, salió del despacho, dejando entreabierta la puerta y salió con el
tiempo justo de ocultarse para dejar paso a Christina Eberling, que subía a
hablar con su tío. Regresó al salón, recogió los batidos de chocolate, sin que
el camarero que los preparó se hubiera dado cuenta de que había estado usted
fuera, y con ellos en la mano pasó por la terraza y aguardó a que terminase el baile.
Nadie le había visto subir. Nadie tenía ninguna prueba contra usted. Y usted,
en cambio, tenía una prueba más contra Christina Eberling.
"Su intención al ir en busca de la llave del despacho
de su tío fue, quizá, la de detenerse un momento y subir a buscar el maletín de
las joyas y de los documentos comprometedores; pero al ir con la señorita
Cortiz no pudo hacerlo. Más tarde, cuando yo pensé en el medio de que podían
haberse valido para trasladar lejos del despacho el botín, sus cómplices ya
estaban trabajando en su recuperación. No sólo del maletín, sino también del
tablón donde el dardo se había clavado, dejando una huella inconfundible. Yo
quise intervenir, pero lo hice muy torpemente y sus hombres me durmieron. Quizá
si usted hubiera sabido quién era aquella pareja de curiosos hubiera procurado
que no nos despertásemos.
—Todo eso es fácil de decir; pero difícil de probar —dijo
Christina con gran nerviosismo.
—No sea impaciente, señorita —sonrió Duke—. Usted recibió
un mensaje para que entregara treinta y cinco mil dólares si no quería que se
descubriese su posible culpabilidad. Entregó el dinero y confió en Hewit. Él se
dio cuenta de que estaba usted en peligro y se mostró dispuesto a pagar el
medio millón que los chantajistas exigían a cambio del revólver. También
Hendrik Blamey se escribió una carta y se dio prisa en comprar el revólver
antes de que se hiciera un balance general y se echasen de menos los quinientos
mil dólares.
"Como para salir adelante en aquel asunto había
necesitado la ayuda de Denver Blackie y de su pandilla, les cedió el negocio de
las piedras preciosas y el de robarle a Hewit el medio millón. Denver Blackie
era listo; pero no tanto como el señor Blamey, a pesar de su aspecto ingenuo.
El señor Blamey comprendió enseguida las repercusiones que podía tener lo de
las joyas y supuso, muy acertadamente, que la Policía no se conformaría con
recobrar las joyas, sino que además procuraría exterminar a los testigos que
pudieran descubrir las hazañas del príncipe indio. Con ayuda del mismo cómplice
que le ayudó en lo de buscar a los agentes de Bolsa que debían comprar las
acciones de la Pitter, y que es el cajero del Crédito Bancario, donde el señor
Hewit tiene todo su capital, obtuvo la numeración de los billetes que Hewit
retiró para pagar el chantaje. Entonces, Blamey, me dio aquella lista como si
fuese de los billetes que él había entregado. Si aquellos billetes se llegaban
a encontrar en poder de Hewit, todos supondrían que Hewit era el asesino y el
chantajista, y como carecía de coartada y, además, tenía muchos motivos para
desear la muerte de Arnold Hewit, nadie podría librarle de la cárcel o del
patíbulo.
"Ya sólo faltaba que la Policía terminase con los
cuatro cómplices de Blamey. Así éste se encontraría libre de toda sospecha y
disfrutando de una fortuna. Pero hubo un detalle que me hizo sospechar de usted
desde el primer momento, señor Blamey —siguió Duke—. Tal vez sin aquello no le
hubiera hecho seguir todos los pasos por el señor Terry Tedford y ahora no
podría presentar una completa serie de pruebas contra usted.
—¿Qué detalle fue ese? —preguntó, altivamente, Hendrik.
—Uno muy sencillo. Cuando llegó usted junto a nosotros con
los dos vasos de batido de chocolate, percibí un inconfundible olor a pólvora
negra quemada. Me incliné hacia usted y noté que sus ropas estaban impregnadas
de ese olor. Si hubiese sido olor de pólvora sin humo, quizá hubiera sospechado
algo malo; pero creí que tal vez había jugado usted con algún petardo. Luego,
al descubrirse el crimen, me olvidé de usted; pero lo recordé de nuevo al saber
qué clase de arma se había utilizado. Claro que no podía presentar un olor como
prueba de una culpabilidad. Por ello le hice seguir, y por ello, hoy, al
hacerse el recuento del dinero que guardaba usted en su caja, se han encontrado
todos los billetes que su amigo, el señor Leví, le prestó el sábado. ¿Puede explicarnos
esa prueba contra usted? Y hay otras, el cajero del Crédito...
Hendrik Blamey no esperó más. De un salto lanzóse hacia la
terraza, derribando de un puñetazo a Williams y de otro a Crounse, que trataba
de detenerle.
Una vez en la terraza quiso correr hacia el ascensor del
final, pero ante su camino aparecieron dos policías. Entonces, viéndose
acorralado, saltó hacia el parapeto de la terraza y encaramándose en él se
lanzó de cabeza a la calle, en una mortal zambullida.
Por tercera vez la muerte había cosechado, violentamente,
una nueva víctima.
Christina Eberling, horrorizada por el espectáculo, echóse
a llorar y se cubrió los ojos con las manos. Duke, acercándose a ella, apoyó
una mano en su espalda y le dijo suavemente:
—Señorita Eberling... Hewit tendrá un gran placer oyendo
como usted le pide perdón. Todos nos hemos equivocado un poco con ese hombre.
Creo que ha sido siempre el único que la ha merecido a usted. No le haga
esperar más la alegría que tanto anhela.
Como una sonámbula, Christina marchó hacia la escalera que
conducía al piso superior. Mientras tanto, los policías aguardaban junto al
ascensor la llegada de la cabina que debía conducirles a la calle, donde un
grupo de gente estaba ya congregado junto al destrozado cuerpo del asesino.
—¡Es horrible! —murmuró Susana, colgándose del brazo del
detective.
—Es la vida —sonrió Duke—. Christina va en busca de una
esperanza, esos hombres van en busca de un cadáver y esos dos vienen a esperar
una gran ilusión.
Y Duke señaló a una joven pareja de futuros padres que
estaban junto al despacho de recepción. La muchacha estaba muy pálida; pero no
tanto como su marido, que preguntaba, nerviosamente, a la sonriente enfermera,
si en aquella clínica se tenía todo dispuesto para que no ocurrieran accidentes
fatales a las madres y a los pequeñuelos que allí se asomaban al mundo.
—No tema, señor —replicó la enfermera—. El niño llegará
bien. Cada día nacen más de veinte y, hasta ahora, sólo han estado a punto de
morirse algunos papás.
—Si no fuese una tontería —murmuró Susana—, repetiría
también lo que usted ha dicho antes, o sea que así es la vida. Unos llegan,
otros se van y otros esperan a los que han de venir.
—Realmente es una tontería —asintió Duke—; pero siempre he
advertido que las únicas tonterías agradables son las que dicen las mujeres.
¿Vamos a cenar en el Jacques?
—¿Cenar? ¡Oh, no! ¡Qué horror! ¡Después de lo que he
visto! Prefiero ir a ver una película detectivesca.
FIN
Digitalización: Antonio González Vilaplana
Publicado por: Editorial Molino, noviembre de 1944

