Libro N° 4100. La Sentencia Del Doctor Muerte. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4100. La Sentencia Del Doctor Muerte. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © La Sentencia Del
Doctor Muerte. J. Figueroa Campos
Versión Original: © La Sentencia Del Doctor Muerte.
J. Figueroa Campos
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
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LA SENTENCIA DEL DOCTOR MUERTE
J. Figueroa Campos
Annotation
Octava aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo
de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una
curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley,
era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos,
ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y
otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras
trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros
héroes se había perdido.
CAPÍTULO I
EL ÚLTIMO PASO
CAPÍTULO II
EL PERIODISTA QUE NO LLEGÓ
CAPÍTULO III
UNAS ESPOSAS DE ACERO
CAPÍTULO IV
UN AGENTE FEDERAL MENOS
CAPÍTULO V
LA HISTORIA DE FÉLIX GARCÍA
CAPÍTULO VI
UNA TRAMPA
CAPÍTULO VII
LA PERSECUCIÓN
CAPÍTULO VIII
LA VÍCTIMA NÚMERO SEIS
CAPÍTULO IX
EL ATAQUE DEL DOCTOR "MUERTE"
CAPÍTULO X
HORAS DE DERROTA
CAPÍTULO XI
SIGUIENDO PISTAS
CAPÍTULO XII
PENÚLTIMO CAPÍTULO
CAPÍTULO XIII
LA CAZA FINAL
J. Figueroa Campos
LA SENTENCIA
DEL DOCTOR MUERTE
Duke, 8
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1946, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Digitalizado por: Antonio González
Vilaplana
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
EL ÚLTIMO PASO
DE TONY CORBIN
¿De veras crees que me conviene ver cómo terminan con ese
pobre hombre? —preguntó Susana Cortiz.
Duke se encogió de hombros y encendió uno de sus
cigarrillos especiales, elaborados por él mismo.
—No deja de ser un espectáculo —replicó a través de una
bocanada de humo.
—Muy desagradable.
—Si se vendiesen localidades para asistir a ese
espectáculo no se daría abasto ni con cinco millones de entradas.
—Yo no compraría ninguna.
—Pero Max Mehl nos ofrece dos e insiste en que, por lo
menos, vaya yo.
—¿Qué hizo Tony Corbin para que esta noche lo
electrocuten?
—Cambió unos tiros con unos policías federales y tuvo la
desgracia de acertar a uno de ellos en el lugar menos indicado: En el corazón.
Los otros dos policías que intervenían en la discusión consiguieron herirle en
una pierna y así pudieron detenerle. A su debido tiempo fue juzgado y condenado
y esta noche morirá a su vez. Es una historia muy vulgar.
—¿Y dices que Max Mehl insiste en que te halles presente
en el momento de aplicarle la alta tensión a Corbin?
—Eso pide.
—¿Por qué?
—No sé. Tal vez imaginó que te gustaría ver una ejecución.
—Max Mehl no es de esos. Si creyese que ver matar a un
hombre me podía interesar declararía que una mujer no debe presenciar tales
espectáculos y se negaría a enviar una invitación. Si lo hace es por dos motivos.
O bien porque así espera que el señor Duke Straley no se case con la señorita
Susana Cortiz, ya que ésta se horrorizará de las cosas que tiene que ver su
futuro marido y se dará prisa en huir lejos de él, o bien...
—¿Qué?
—O bien desea que tú estés allí para ser testigo de algo.
—Desde luego, quiere que sea testigo de los últimos
momentos que Tony Corbin pasará en este mundo, y su entrada en el otro.
—No. No te necesita sólo para eso. Quiere algo más.
—Sí, quiere algo más. Está en un apuro y desea que yo le
saque de él. Pero no se atreve a pedírmelo directamente.
—Pues entonces, lo mejor es que no te des por enterado y
declines la invitación.
—Eso sería demostrar miedo.
—¿Quién iba a saberlo?
—Yo. Y tú también.
—Pero es que a mí no me atrae la idea de ver cómo inyectan
cientos de voltios en un cuerpo humano. Me parece salvaje.
—Iré yo solo.
—No. Te acompañaré; pero sólo hasta Sing—Sing. No quiero
presenciar el espectáculo de la ejecución. Esperaré fuera.
—Como prefieras. Iremos en mi nuevo coche. Será el viaje
oficial de pruebas.
El nuevo coche de Duke era único en el mundo, aunque en
breve se produciría también para el Ejército y la Policía. Su motor era una
maravilla, y en las pruebas de velocidad, había superado todas las marcas
mundiales sin alcanzar el límite de su potencia. Usaba un nuevo tipo de
combustible gasificado que iba almacenado en un largo cilindro de acero
multicomprimido, de gran resistencia y de peso mínimo. En dicho cilindro cabía
el equivalente de dos mil litros de gasolina. El gas desarrollaba una elevadísima
presión que hubiese hecho estallar cualquier otro depósito. La carrocería del
coche era a prueba de balas y también lo era la cubierta del motor y los
cristales. Los neumáticos estaban llenos de una composición especial que
cerraba automáticamente los agujeros abiertos en la goma. También poseía un
equipo para lanzar cortinas de humo y, dentro, en escondites perfectamente
disimulados, había municiones, armas y una serie de secretos que debían
utilizarse en los momentos oportunos. Completaba el equipo una reducidísima
estación de radio emisora y receptora de onda extracorta, y una instalación
eléctrica que convertía el manejo del auto en un problema resuelto en todas sus
partes, dejando al conductor la única preocupación de manejar el volante, y aún
esto quedaba resuelto por una segunda emisora de ondas que eran emitidas
continuamente. Cuando dichas ondas chocaban con un objeto sólido situado a
menos de cinco metros regresaban al aparato emisor y actuaban, automáticamente
sobre los frenos, dejando el coche "clavado" en el punto donde se
encontraba, o bien actuaban sobre la dirección dirigiendo el coche a derecha o
izquierda.
El "Flecha" deslizóse silenciosamente por la
carretera que, bordeando el río Hudson, conducía a Ossinning, pueblo donde
estaba el presidio de Sing—Sing. El interior del vehículo completamente aislado
del exterior, estaba suavemente caldeado y, al mismo tiempo, reinaba en él un
silencio absoluto que no era interrumpido por Duke ni por Susana. El primero
tenía la mirada fija en la carretera, y de pronto, cuando ya faltaban pocos
kilómetros para llegar a su destino, su mano fue al botón del freno y lo apretó
suavemente. El pesado coche obedeció con plena docilidad, deteniéndose al borde
de la carretera, frente al policía que había levantado las enguantadas manos
ante él.
—Lo menos iba usted a ciento veinte —comentó el policía.
—Ciento cincuenta —replicó Duke—; pero tengo permiso...
—Ya lo sabemos —dijo una tercera voz, y de un camino
inmediato salió Max Mehl, seguido por un hombre vestido de gris oscuro.
El jefe de Policía de Nueva York trataba de sonreír, pero
fracasaba en el intento. Duke lo advirtió en seguida y comprendió que algo
grave estaba ocurriendo.
—Le estábamos esperando —dijo Max, tendiendo la mano a
Duke. Luego, volviéndose hacia el coche, saludó:— ¿Qué tal, señorita Cortiz?
—Muy mal —replicó Susana, bajando del coche—. El
espectáculo a que me ha invitado no me gusta nada.
—Eso que todavía no lo ha visto —replicó Max, siempre
esforzándose por parecer jovial y no consiguiéndolo—. Luego le parecerá
infinitamente peor —volviéndose de nueva hacia Duke, dijo:— Quiero hablar con
usted.
—¿Y para eso me ha esperado en plena carretera?
—Esta noche electrocutan a Corbin. El doctor
"Muerte" nos ha enviado una de sus recetas.
Duke miró, intrigado, al Jefe de Policía. Por una vez, Max
Mehl le decía algo que él ignoraba.
—¿Quién es el doctor "Muerte"?
En aquel momento otro hombre salió del camino y acercóse a
Max. Éste hizo las presentaciones. Volviéndose hacia el vestido de gris dijo:
—Ya conocéis a Duke Straley, ¿verdad?
Los dos hombres asintieron; Max siguió:
—Duke, te presento a los agentes federales Israel
Owen—Irish y John Pomeroy, encargadas de perseguir al doctor
"Muerte".
—Pero ¿quién es el doctor "Muerte"? —insistió
Duke, disgustado por aquella demostración de que había algo relacionado con el
hampa (el simple nombre de "Doctor Muerte" indicaba que su poseedor
pertenecía al mundo del crimen) que él no conocía.
—Es un hombre que se ha propuesto vengar a todas las
víctimas de los agentes federales. Él les llama víctimas. Nosotros los llamamos
criminales o, por lo menos, delincuentes peligrosos. Cada vez que los agentes
federales terminan con uno de esos hombres, el doctor "Muerte" envía
una receta a un agente federal. Esas recetas son tan sólo un papel en el cual
se ha trazado con tinta una calavera y dos fémures y escrito con letras
mayúsculas la receta, o sea, la palabra "Muerte". Hasta ahora ha
matado a tres agentes federales, a Henry Taylor, Thomas Story y John Potts. Los
tres murieron poco después de haber terminado con George Canning, el asesino de
los tres carteros; William Woallard, complicado en la trata de blancas, y
Francis Pengelley, el traficante en opio. Los tres canallas murieron haciendo
frente a los agentes federales, ya que sus delitos entraban de lleno en las que
corresponden a las atribuciones de la Policía Federal. A raíz de cada uno de
esos encuentros, en los cuales llevaron la peor parte los enemigos de la Ley,
el doctor "Muerte" actuó contra algún policía federal y dejó sobre su
víctima una de sus recetas, o sea el papel con la palabra "Muerte".
—¿Cómo no se ha dicho nada en los periódicos? —preguntó
Duke.
—La Oficina Federal de Investigación ordenó que se
guardara el máximo secreto sobre lo ocurrido, pues desde el primer momento se
comprendió que el autor de los crímenes cometería otros, pues se trataba de una
lucha entre los federales y el doctor "Muerte".
—¿Por qué se revela ahora ese secreto?
—No se ha revelado, Duke. Para la casi totalidad de los
habitantes del país sigue sin existir el doctor "Muerte"; pero hoy ha
enviado por primera vez una receta anticipada. Me la ha remitido a mí. Léela.
Max Mehl tendió a Duque un sobre. Mientras lo abría, Duke
comentó:
—Supongo que no estropearé ninguna huella dactilar,
¿verdad?
—Sólo había las del cartero —replicó el Jefe de Policía.
Del interior del sobre, Duke sacó un papel doblado.
Después de extenderlo se acercó a la luz de los faros de su coche y a la vez
que Susana, que estaba tras él, leyó:
—Veo que hace referencia a mi persona —comentó Duke,
devolviendo la carta del doctor "Muerte".
—Sí, y dice que esta noche, en la cámara de la muerte de
Sing—Sing, vengará a Corbin.
—Es un lugar muy adecuado para que actúe, el doctor
"Muerte" —dijo Susana—. Por fortuna yo no estaré presente cuando
ocurran esos horrores.
Max miró un momento a la joven; pero no hizo ningún
comentario. Duke prosiguió:
—Es curioso el clasificar de asesinato la ejecución de
Corbin.
—Ese doctor "Muerte" es un tipo muy original.
Demasiado original.
—¿Y qué tengo que ver yo con todo eso? —preguntó Duke.
—En su carta te menciona.
—¿Y qué?
—¿No te gustaría verle actuar en la cámara de la muerte de
Sing—Sing?
—¿Cree que el doctor "Muerte" descargará su
golpe en el lugar exacto donde se ejecute a Corbin? —preguntó Duke.
—Eso es lo que dice. En el mismo tiempo y en el mismo
lugar.
—El mismo lugar puede ser la cámara de la muerte,
cualquier otra dependencia del penal e incluso la población donde éste se
levanta.
—Es verdad —dijo Susana—, y eso no me gusta, pues veo que
no podré estar tranquila en ningún sitio como no sea en Nueva York.
—Yo estoy convencido de que el doctor "Muerte"
actuará en el lugar de la ejecución de Corbin —intervino Owen—Irish, uno de los
agentes federales.
—Lo mismo opina el jefe —dijo Pomeroy, el otro agente—.
Por eso debemos hallarnos presentes en el momento de la ejecución.
—Lo importante —dijo Max Mehl—, es que todos cuantos
estemos allí vigilemos atentamente para evitar que ese loco cumpla su amenaza
—volviéndose hacia Duke, agregó:— Por eso me interesaba que estuvieras presente
en la ejecución. Todos los testigos son gente de reconocida honradez. Ninguno
de ellos puede ser el Doctor "Muerte".
—¿Cómo llegó ese mensaje? —preguntó Duke.
—Por correo normal. Fue echada en Nueva York, anteayer.
Duke sacó un cigarrillo y lo encendió cuidadosamente.
—Si no nos damos prisa llegaremos tarde —dijo, al fin—.
¿Quiere subir en mi coche, Max?
—Sí. Estoy deseando ver que tal funciona.
El jefe de Policía se acomodó junto a Duke, en tanto que
Susana se instalaba en la parte trasera. Max Mehl observó con gran interés las
sencillas operaciones para la puesta en marcha del vehículo, al cual siguió,
con mucho menos rapidez, el otro coche donde iban los agentes.
—¿Está muy asustado, Max? —preguntó de pronto Duke.
Tras una breve vacilación, el Jefe de Policía replicó:
—Bastante.
—Nunca lo hubiese imaginado, ¿qué le asusta? ¿El hombre?
¿La muerte? O...
—¿Qué?
—¿Le asusta la forma de la muerte?
—Sí... eso es lo que más me asusta. Las armas blancas
siempre me han dado miedo. No me importa hacer frente a un diluvio de balas;
pero en cambio me aterra el que me hundan un cuchillo en la espalda.
—¿Cómo murieron Taylor, Story y Potts?
—Cada uno de ellos recibió una cuchillada en el vientre.
El asesino utilizó armas muy afiladas; pero... nunca me han gustado los
sistemas japoneses. El que a uno le rajen el abdomen me parece horrible.
—Corbin pertenecía a una banda, ¿no as así?
—Sí. La de Holandés Schultz.
—¿Qué ha sido de Schultz?
—No se sabe. Desapareció hace unos meses, a raíz de la
detención de Corbin. No se ha podido dar con él por más que se le ha buscado
por todo el país. No creo que tenga nada que ver con el doctor
"Muerte".
—Puede que no. Pero ya estamos llegando. Realmente me
parece que a ese doctor "Muerte" le va a costar mucho cumplir su
promesa. En cierto modo no tiene nada de fácil entrar en Sing—Sing. Claro que
basta un simple delito para poder atravesar esas puertas, aunque en tal caso no
es fácil salir.
El coche se había detenido frente a la férrea puerta del
penal, y dos policías acudieron junto a él, para averiguar la identidad de los
que llegaban. Al reconocer a Max Mehl, saludaron e hicieron seña para que se
abriese la puerta.
Pero una vez cruzada la primera barrera, el auto aún no
estaba dentro del penal. Ante él se ofrecía la barrera de otra reja de acero, a
la vez que la primera puerta se cerraba. Otros policías y guardianes del penal
se acercaron al coche y sometieron a los que llegaban a un minucioso
interrogatorio y a un más minucioso examen de sus invitaciones y documentos de
identidad. Cuando terminó el examen llegó el auto en que iban los agentes. Su
interrogatorio fue más breve, y luego todos juntos cruzaron la reja que les
separaba del patio del penal y, guiados por uno de los guardas, fueron hacia el
ángulo del patio donde estaba la llamada Casa de los Muertos, o sea la
construcción destinada a las celdas de los condenados a muerte, quienes pasaban
allí el tiempo que mediaba entre su condena y el momento de su ejecución. La
Casa de los Muertos comunicaba por medio de un largo pasadizo con la cámara de
la muerte, o sea la sala donde se encontraba la silla eléctrica.
Como siempre que se iba a ejecutar una sentencia, habíase
redoblado la guardia en el presidio, y desde lo alto de los muros los
proyectores eléctricos enviaban sus blancos haces hasta las ventanas de las
celdas y las puertas que daban al patio. Junto a los reflectores se encontraban
los guardianes armados con ametralladoras "Thompson" o rifles
automáticos. Cualquier intento de rebelión o evasión sería reprimido
enérgicamente.
El alcaide Lewis E. Lawes recibió a los testigos de la
ejecución en la antesala de la cámara de la muerte. Después de tantos años de
ejercer el cargo de alcaide del famoso penal, Lewis E. Lawes había conseguido
sobreponerse al nerviosismo que dominaba a quienes por primera vez en su vida
se acercaban a la estancia que era la meta forzosa de aquellos que se
obstinaban en vivir al margen de la Ley. Saludó cordialmente a los recién
llegados, recomendándoles luego:
—Procuren no hacer ningún movimiento ni hablar, cuando el
reo entre en la sala. En esos momentos, cualquier comentario o movimiento puede
afectar vivamente al hombre. Es mejor no hacerlo y procurar que la ejecución se
realice lo más de prisa posible. El sargento les indicará todo lo demás.
El alcaide salió de la estancia y el sargento, que se
sentaba ante una amplia mesa escritorio, pidió a los testigos:
—Si alguno de ustedes guarda una máquina fotográfica
deberá dejarla aquí.
Ni los testigos ni los periodistas que entraron un momento
después llevaban máquinas fotográficas. Sin embargo, el sargento hizo registrar
a los periodistas, ya que más de una vez éstos habían pasado subrepticiamente
minúsculas cámaras fotográficas con las cuales lograron impresionar
sensacionales fotografías de los últimos momentos de algún condenado. Dichas
máquinas podían ocultarse en lugares tan inverosímiles que el cacheo de los
periodistas se convertía en una operación larga y minuciosa. Duke y Susana
observaron atentamente el registro. Uno de los periodistas se acercó a Duke,
peguntando:
—¿No tiene nada sensacional para nosotros, señor Straley?
Duke lo observó un momento, replicando luego:
—¿No es usted Hugh Brice, del Herald?
—Tiene usted buena memoria, señor Straley —replicó Brice,
satisfecho de aquella muestra de interés del famoso aventurero millonario—. Nos
hemos visto varias veces, pero no creí que se hubiera fijado en mí.
—Me he fijado en usted y he leído casi todos sus
artículos. Me extraña verle aquí. No creí que fuera especialidad suya el
reportar las ejecuciones.
—No —respondió Brice, cuyo rostro se había ensombrecido—.
Pero Nedham, el agente a quien mató Corbin, fue compañero mío de Universidad.
Luego fuimos grandes amigos. He querido ver cómo muere su asesino.
—Creí que los periodistas no eran humanos —dijo Susana—.
Es casi la primera vez que veo a uno reaccionar como un ser normal.
Hugh Brice sonrió forzadamente.
—Nuestra profesión no es siempre agradable —dijo—. A veces
tenemos que portarnos como no nos enseñaron en la Universidad, por eso algunos
abandonan el periodismo y se dedican a cosas mejores; pero si todos los que
tenemos corazón y sentimientos nos retiráramos cediendo el campo a los
periodistas que carecen totalmente de escrúpulos, el periodismo se hundiría en
el fango y nosotros seriamos los principales culpables.
De pronto, bajando la voz, Brice preguntó a Duke:
—¿Cree que el doctor "Muerte" se atreverá a
hacer lo que ha prometido?
Duke miró al periodista, con la más perfecta expresión de
asombro.
—¿De quién me habla? No he entendido.
Brice volvió a sonreír.
—En la carta hablaba de usted. ¿Le ha pedido Max ayuda?
—No sé nada de nada; pero si usted me explica algo, tal
vez...
—Señor Straley —replicó Brice, siempre en voz baja—,
sabemos que existe el doctor "Muerte" y daríamos mucho por
descubrirlo. Hemos callado su existencia porque los federales nos lo pidieron,
pero poseemos muy buenos informes y estamos al tanto de todo lo que hace ese
hombre. En cuanto Max Mehl recibió la carta tuvimos copia de ella. No me
pregunte cómo lo conseguimos. Es un secreto profesional. Y desde el momento en
que usted ha venido con él...
—¿Qué?
—Eso quiere decir que el doctor "Muerte" va a
tener un nuevo enemigo.
—No he decidido nada. En realidad no sé nada de nada.
—¿No sabe nada del doctor "Muerte"?
—Prefiero no contestar —respondió Duke, sonriendo—. Así no
tengo que decirle ninguna mentira.
—La Oficina Federal de Investigación ha enviado a dos de
sus mejores hombres —siguió Hugh Brice—. Owen—Irish y Pomeroy son los agentes
que más laureles han ganado. Siempre trabajan juntos y hasta ahora nunca han
fracasado. El doctor "Muerte" tendrá mucho trabajo...
—¡Brice, ven un momento! —llamó él sargento encargado de
atender a los periodistas—. ¿Has visto a Henry Cox?
—No — respondió Brice.
—Si tarda mucho, el Sentinel se quedará sin reportaje de
la ejecución.
—Me extraña que no haya venido —dijo uno de los
periodistas—. Hablé con él esta tarde y dijo que por nada del mundo se perdería
esta ejecución. Es la que hace cincuenta en su carrera. Ha recorrido toda la
nación reportando ejecuciones. Era ya un especialista en la materia.
—Es verdad —asintió Hugh Brice—. Ha escrito un libro
titulado: "Los cincuenta hombres a los que he visto morir". Le
faltaba una ejecución para poder terminarlo. También a mi me dijo que ésta iba
a ser la última a que asistía. Estoy seguro de que vendrá.
El sonido de un timbre impuso un inmediato silencio en la
antesala. El sargento se puso en pie, recogiendo apresuradamente las
invitaciones de los testigos y periodistas. Guardó las tarjetas en un cajón y,
dirigiéndose a los demás, anunció:
—Ya pueden entrar en la cámara. Recuerden que no deben
hablar con el reo, ni gritar, ni moverse. Si alguno da ustedes no se siente con
fuerzas para asistir a la ejecución es preferible que no entre.
—Yo no entro —dijo Susana, volviéndose hacia Duke—. Para
cosas horribles ya vi bastantes en la última aventura.
—Será la primera vez que hay dos asientos vacíos en una
fiesta de esas —comentó un periodista.
Todos entraron en la cámara de la muerte y sólo Susana
quedó junto al sargento. Éste cerró con llave la puerta y, volviéndose hacia la
joven, explicó:
—No es fácil que por aquí escape el reo.
—¿No ha ocurrido nunca ninguna evasión?
—De todos los sitios consiguen huir algunos hombres; pero
de la casa de los muertos no ha escapado jamás nadie
—Sin embargo yo he visto películas en que lograban huir.
—Sería de otras cárceles, no de Sing—Sing. Esta puerta no
sería derribada ni con una carga de dinamita. Se necesitaría un cañón.
—Bastaría con la llave —replicó Susana..
—Pero la llave la tengo yo —contestó el sargento—, y para
conseguirla, el reo tendría que atravesar esa puerta. Y aun así no lograría
nada, porque la puerta sólo se abre por este lado.
—Pero si atravesaba la puerta...
—Quiero decir que aún teniendo la llave no podría huir,
porque desde el otro lado no se puede abrir. Ahora todos están encerrados ahí
dentro. Cuando suene el timbre abriré. Antes no. Y el timbre sólo puede hacerlo
sonar el alcaide.
—¿Es cierto que se apagan las luces cuando aplican la
corriente?
—No, señorita. La corriente para la ejecución llega por un
cable especial. Eso de que todas las luces de la cárcel se apagan en el momento
de la ejecución ocurría antes, no ahora.
—Me habría gustado ver lo que va ocurrir, pero al mismo
tiempo me horroriza la idea de ver como quitan la vida a un ser humano.
—Es usted un caso excepcional, señorita —dijo el
sargento—. En los lugares donde aún se ejecuta en público a los condenados,
dicen que son infinidad las mujeres que acuden a verlo. Más que hombres. En un
pueblo de Louisiana, donde iban a ahorcar a un negro...
Un timbre sonó opacamente en la antesala. El sargento
volvió la cabeza hacia la batería de timbres.
—Ahora sacan a Corbin de su celda —explicó.
También en la cámara de la muerte resonó débilmente la
señal. Los policías que montaban guardia junto a la férrea puerta opuesta a
aquella por la que habían entrado los testigos, volvieron levemente la cabeza,
como queriendo atravesar con la mirada la puerta que tenían al lado.
La atención de los testigos desvióse de la escalofriante
silla de madera en que dentro de unos minutos iba a sentarse Tony Corbin y se
clavó en la puerta por la cual iba a aparecer el condenado.
Duke observó a sus compañeros.
—Dentro de poco tendrán la garganta secó como el polvo
—pensó.
Su emoción era menor que la de algunos de los que por
primera vez iban a asistir, como testigos, a una ejecución, aunque era mayor
que la de aquellos que ya estaban habituados a aquellas experiencias. La cámara
de la muerte olía a desinfectante, y a Duke le recordó los depósitos de
cadáveres de los hospitales. ¿Cuántos hombres habían pagado allí con su vida
las vidas que sus manos quitaran?
—Luego se lo preguntaré al alcaide —pensó.
Gimió sordamente la puerta de acero al abrirse y por ella
entró el eco de las oraciones que en voz alta pronunciaba el sacerdote que
trataba de salvar el alma de Tony Corbin. Con aquel eco llegó el de unas recias
pisadas sobre un suelo de cemento. Todos los testigos hicieron un movimiento y
la atención de todos se centró en el oscuro rectángulo de la puerta. Por ella
iba a pasar Tony Corbin, cuyo último paseo terminaría en la silla eléctrica, en
la cual se sentaría para descansar eternamente.
Entró el sacerdote. Con temblorosas manos sostenía un
libro de oraciones. Detrás de él entró el alcaide de Sing—Sing. Y detrás de
éste, entre dos guardianes, llegaba el hombre cuya vida se agotaba por
segundos. Vestía pantalón y camisa negros. El pantalón estaba descosido desde
el tobillo hasta la rodilla de cada pierna, para facilitar la colocación de los
electrodos. La camisa estaba abierta por el cuello. A Tony Corbin le habían
cortado el pelo casi al rape para facilitar la función de la corriente eléctrica.
Por un instante Duke no pudo sustraerse a la emoción de
aquel momento. Su mirada fijóse en el condenado y trató de leer sus reacciones
ante aquel supremo instante de su vida.
Tony Corbin era joven. Aún no había cumplido los treinta
años. Había sido un hombre enjuto, musculoso y su epidermis había sido bien
curtida por el sol y el aire. Los meses pasados en la prisión le habían
blanqueado la piel y la inacción había recubierto de una ligera capa de grasa
sus huesos. Ya no era el hombre que había querido defender con otras vidas su
propia existencia. Su mirada estaba fija en un punto vago, tal vez ya en el
mundo cuya frontera estaba a punto de cruzar. Parecía no oír ni ver nada; pero
cuando después de cruzar la puerta se volvió, siguiendo al alcaide y quedó
frente a la silla eléctrica, junto a la cual acababa de colocarse el capellán,
Tony Corbin volvió a este mundo, a sus realidades, a la horrible verdad que le
esperaba, e instintivamente dio un paso atrás. El cigarrillo que humeaba entre
sus labios cayó al suelo. Las manos de los dos guardas que iban junto a él le
empujaron suavemente hacia delante. Tony Corbin resistió un brevísimo instante,
luego Duke vio como una neblina velaba sus ojos y comprendió que en aquel
preciso instante Tony Corbin había muerto. Todo lo que se hiciese luego sería
simple formulismo. La electricidad en alta tensión mataría la vida que aún
quedaba en aquel cuerpo. Nada más. El alma ya había huído de su envoltura
carnal.
Los guardas actuaron con la rapidez que da la mucha
práctica y el deseo de abreviar el suplicio moral del reo. Éste se dejó caer en
la silla y cuatro hombres procedieron a aplicarle los electrodos en los
tobillos y en las muñecas. Luego el cuerpo fue sujetado a la silla por una
recia correa, en tanto que el casquete metálico era colocado en la rapada
cabeza que en seguida fue cubierta con un negro capuchón.
El alcaide consultó el reloj. Eran las once en punto de la
noche. Había llegado el momento final. Volviéndose hacia la cabina donde se
encontraba el verdugo, el alcaide hizo una seña. Vibró la electricidad al
precipitarse por los alambres y el cuerpo sentado en la silla saltó hacia
delante. De no ser por la correa que le sujetaba habría caído al suelo. Durante
unos segundos la electricidad siguió precipitándose en el cuerpo. De los
electrodos se elevó un tenue vapor. ¿Era el humo de la carne quemada? No; era
sólo el vapor que brotaba de las húmedas esponjas colocadas en los electrodos.
Apagóse el chirrido de la electricidad y dos hombres se
acercaron a Tony Corbin. Eran los médicos encargados de confirmar la muerte.
Sobre el desnudo pecho que dejaba al descubierto la abierta camisa del
condenado aplicaron sus estetoscopios para captar los latidos del corazón.
Escucharon atentamente y luego, volviéndose hacia el alcaide, movieron
negativamente la cabeza.
Otra vez vibró la corriente en su destructora carrera.
Esta vez el cuerpo apenas se movió y unos segundos más tarde, cuando se apagó
el grifo de la electricidad, los dos médicos se acercaron nuevamente al reo y
le aplicaron los estetoscopios. Esta vez escucharon durante mucho más tiempo, y
por fin, el que debía de ser más importante anunció:
—Certifico la defunción de este hombre.
Casi en el mismo instante se oyó un grito de terror y una
voz anunció temblorosamente:
—¡Le han asesinado!
Olvidando a Tony Corbin, todos volviéronse hacia el que
había hablado. Era un periodista y señalaba a John Pomeroy. El agente federal
estaba caído sobre el respaldo del banco frontero al suyo. En la espalda, a la
altura del corazón, tenía hundido hasta la empuñadura un cuchillo cuya
triangular hoja asomaba por el pecho. El médico que había certificado la muerte
de Tony Corbin no necesitó usar mucho el estetoscopio para anunciar que el
agente federal John Pomeroy había muerto.
Más tarde, cuando se registraron los bolsillos de John
Pomeroy, se encontró esta nota:
"Hoja de un diario íntimo. Todo ha sido muy fácil.
Demasiado fácil, porque ahora casi no me siento orgulloso de lo que he logrado.
Todos miraban hacia Corbin. Pomeroy era el que más miraba. Y estaba tan ocupado
en ver que no sintió nada. Y antes de que se diera cuenta de lo que le estaba
ocurriendo, ya había muerto.
"Escogí bien el puñal. Los antiguos sabían hacerlos
mejores que ahora. Claro que entonces se mataba con eso y no con pistolas. ¡Qué
lástima haber tenido que dejar el cuchillo dentro del cuerpo de Pomeroy! Y
ahora tendré que comprar otro o robarlo como robé el puñal. Es más agradable
hundir un cuchillo que rajar un abdomen. Más limpio. Pero al matar a Pomeroy de
esa forma no pude disfrutar de su asombro como en el caso de los otros. No pude
ver su cara horrorizada. Sólo la espalda. Mientras le hundía el puñal tenía la
impresión de que una fuerza tremenda tiraba de la punta del arma hacia dentro
del cuerpo del agente.
"¡Mi hermano se sentirá satisfecho. Todos aquellos
que le mataron van muriendo. Ya faltan pocos para terminar la lista. Y nadie se
da cuenta de la verdad. Cuando termine con ellos publicaré este Diario. Lo
enseñaré a Max Mehl, al jefe de los Federales y a Duke Straley.
"¡Ja, ja, ja!
"Estaba allí, casi junto a Pomeroy, y no se dio
cuenta de nada. Absolutamente de nada. Si hubiese querido habría podido matarle
a. él. Pero debía matar a Pomeroy.
"¡Imbéciles! Se imaginan que mato para vengar a
Corbin, y no saben que vengo a mi pobre hermano.
"Si supieran la verdad no la creerían. Sing—Sing es
impenetrable, buscan al hombre que pudo burlarles y no comprenden que no buscan
por donde debieran hacerlo. Piensan que todo ocurre lógicamente y se resisten a
creer en lo ilógico, que sólo es ilógico porque todavía no se ha explicado lo
suficiente para convertirse en lógico y normal. Antes no se creía que el hombre
pudiese volar como no fuera con un globo. Ahora hay aeroplanos... No se... las
ideas empiezan a confundirse en mi cerebro. Voy a terminar... Debo evitar que
todo resulte confuso. Debo verlo claro y... No, no. Termino.
"Me gustaría matar a Duke Straley. Eso lo veo claro.
Pero veo claro que no debo matarle. Debo demostrar que soy más listo que él. Lo
soy. Pero no debo mezclarle en mi venganza. A menos que sea necesario. Si le
matara estropearía toda mi obra. Mi hermano se enfadaría.
CAPÍTULO II
EL PERIODISTA QUE NO LLEGÓ
Jamás, en sus largos años de experiencia, habíase
encontrado el alcaide de Sing—Sing en una situación como aquella. Amarrado en
la silla eléctrica, se encontraba un cadáver. Derrumbado sobre un banco se
hallaba otro cadáver. La presencia del primero era totalmente lógica. La del
seguido, por el contrario, era, no sólo ilógica, sino insultante. Sólo la Ley
tenía derecho a matar en aquel recinto, utilizando para ello el más moderno
sistema: la electricidad. A los demás les estaba formalmente prohibido.
Pasaron unos minutos sin que nadie supiese qué hacer.
Todos se miraban como esperando que a alguno se le ocurriera la idea genial que
debía resolver todo el problema planteado.
—El asesino está entre nosotros —dijo, al fin, Duke,
volviéndose hacia Max Mehl.
El Jefe de Policía se pasó una mano por la frente
abrillantada por el sudor. Aquella situación era la peor que recordaba. Miró a
los periodistas y los vio tan alterados como él; pero aquel estado de ánimo
pasaría tan pronto como saliesen de allí y pudieran transformar su emoción en
sensacionales artículos de Prensa: "Crimen frente a la silla
eléctrica".
Esta cabecera aparecería en infinitos periódicos. Y
aquellos periódicos explicarían que entre los testigos se encontraba el Jefe
Superior de Policía de la ciudad de Nueva York. Seguramente publicarían su
retrato y le pedirían a coro que se fuese al diablo y abandonara un cargo para
el cual no demostraba ninguna capacidad.
De pronto, las palabras de Duke Straley resonaron de nuevo
en sus oídos: "El asesino está entre nosotros". Sí, eso era. El
asesino estaba entre los presentes. A excepción del hombre que había muerto en
la silla eléctrica, todos los demás eran posibles culpables.
—¡Que nadie salga de aquí! —ordenó de pronto el Jefe de
Policía, y esta orden sonó extrañamente en sus propios oídos.
El alcaide volvióse hacia los guardas que estaban junto a
la silla eléctrica y dio una orden. En pocos minutos el cuerpo de Tony Corbin
fue colocado en una camilla y cubierto con una manta.
—¿Qué salidas existen? —preguntó Max al alcaide.
—Sólo hay tres —replicó éste—. La puerta por donde
entraron ustedes, que conduce a las celdas y la que utiliza el verdugo.
Como las dos primeras puertas estaban cerradas y no habían
sido abiertas, Max, Duke e Israel Owen—Irish dirigiéronse hacia la cabina desde
la cual el ejecutor de la Justicia daba paso a la electricidad. Apenas
apartaron la cortina de lona que ocultaba al verdugo, se dieron cuenta de que
las emociones y las sorpresas aún no habían terminado por aquella noche. Caído
en el suelo, al pie del cuadro de mandos, estaba el verdugo de la ciudad de
Nueva York, y la puerta de acero por la cual había entrado se hallaba
entreabierta, así como la otra puerta que al final de un breve pasillo
comunicaba con el patio.
—Ha huido por aquí —dijo roncamente el agente federal.
No dijo quién había huido, pero no era necesario decirlo,
ya que los otros dos hombres sabían perfectamente a quién se refería.
Owen—Irish siguió el pasadizo y abrió la puerta. Desde allí se abarcaba casi
todo el patio del penal; pero no se veía a nadie. Cerrando la puerta, el agente
federal regresó junto al Jefe y Duke.
—Habría que ordenar que no se permitiese la salida a nadie
—dijo—. Si el asesino escapó por aquí no es fácil que haya logrado abandonar
aún el presidio.
Volviendo a la cámara de la muerte, Max Mehl encargó al
alcaide que ordenase el cierre absoluto de las puertas y la más estricta
vigilancia. Utilizando un teléfono, Lewis J. Lawes dio las oportunas órdenes, y
a continuación ordenó también al sargento de la antesala que abriese la puerta,
tomando antes la precaución de cerrar con llave la puerta que comunicaba con el
patio.
Todos los testigos salieron de la cámara y pasaron a la
antesala, sentándose en las sillas y bancos allí dispuestos. En la cámara sólo
quedaron Max Mehl, Duke, el agente federal y los guardas que custodiaban el
cadáver de Corbin, así como otros que habían sacado al verdugo de su cabina y,
con ayuda de los médicos, estaban tratando de hacerlo volver en si, después de
certificar que sólo sufría los efectos de un recio golpe en la cabeza aplicado,
sin duda, con un saquillo de arena.
Al cabo de un momento de rebuscar por entre los bancos,
Owen—Irish señaló un montoncito de arena y poco más allá Duke encontró un
saquito vacío, dentro del cual aún quedaban muchos granos de arena.
John Pomeroy fue colocado también en una camilla y
cubierto con un abrigo. Luego Max y sus compañeros volvieren a la antesala. El
Jefe de Policía miró a los allí reunidos con una expresión distinta.
Seguramente el asesino no estaba entre ellos. Había huido ya. ¿Conseguirían
capturarle?
—Buen asunto para usted, señor Straley —dijo Hugh Brice—.
Ahora ya no podrán ocultar la existencia del doctor "Muerte".
—¡Cuánto me alegro de no haber estado presente! —dijo
Susana, cogiéndose del brazo de Duke—. ¿No sería preferible que nos marchásemos
lejos de Nueva York?
En aquel instante sonó el timbre del teléfono de encima de
la mesa escritorio y el sargento tuvo que detener con recia mano a los
periodistas que se lanzaban hacia el aparato.
—Esto no es para ustedes —dijo.
Llevándose el auricular al oído preguntó:
—¿Quién llama?
La voz de Flancis Graham, director del Herald, llegó hasta
el sargento, preguntando:
—¿Es verdad que han asesinado a John Pomeroy?
—¡Eh! —exclamó el sargento—. ¿Qué dice? —y en seguida
agregó:— Un momento. Hablará con el jefe
Dirigiéndose a Max Mehl, explicó:
—Graham, el director del Herald pregunta si es verdad que
han asesinado a Pomeroy. ¿Qué le digo?
Max Mehl volvióse, furioso, hacia Brice y preguntó:
—¿Cómo ha logrado comunicar la noticia?
El periodista movió negativamente la cabeza.
—Yo no he hablado con mi jefe —replicó—. Estaba deseando
hacerlo, pero no he podido acercarme a ningún teléfono.
Max Mehl tomó el teléfono y preguntó:
—Oiga, Graham, ¿qué historia es esa de que han matado a
Pomeroy?
—Hola, Max —replicó el director del Herald—. Por el
temblor de su voz veo que la cosa es cierta. Han hundido un puñal en la espalda
de John Pomeroy, agente federal, en ele mismo instante en que era electrocutado
Corbin. El doctor "Muerte" ha cumplido su amenaza. Ya no podremos
seguir ocultando la existencia de ese hombre. El público debe conocerla.
—¿Quién le ha dado la noticia?
—La acabo de recibir ahora —respondió Graham—. Se la voy a
leer. Escuche:
"A las once en punto de la noche, en el preciso
instante en que se cumplía la sentencia contra Tony Corbin, condenado a muerte
por haber matado a un agente federal, John Pomeroy, otro agente federal, ha
sido apuñalado en la misma cámara de la muerte de Sing—Sing, en presencia de
unos veinte testigos, por el doctor "Muerte".
“Este es el mensaje que acabo de recibir por un mensajero
especial. Uno de mis espías me ha comunicado que el director de la Gazzette ha
recibido un mensaje idéntico. ¿Es verdad?
—Claro que es verdad —respondió Max Mehl—. Pero le
agradeceré que no publique...
—Eso es imposible, Max —replicó Graham—. Se trata de la
noticia más sensacional del año. No publicarla seria como tirar cien mil
dólares. Sólo quería saber si el aviso mentía o no. Le prometo que seremos
suaves con usted. ¿Puede permitir a Brice que hable conmigo?
—No. Todavía no.
—¡El asesino dejó sin sentido al verdugo! —gritó Hugh
Brice, acercándose lo más posible al teléfono, antes de que Max Mehl pudiera
impedírselo.
Francis Graham se apresuró a colgar el teléfono y Max
miró, furioso, a Brice, quien trató de desarmarle, diciendo:
—Ahora ya es inevitable, Max. Se ha de saber todo y no
puede evitar que el público sea informado. ¿Qué piensa hacer con nosotros?
—Creo que ante todo debemos averiguar cuál de los testigos
o periodistas falta —dijo Owen—Irish.
—No falta nadie —declaró Brice—. Estamos todos los que
estábamos cuando entramos en la cámara. El único que falta es Pomeroy.
Duke y Susana se habían acercado a la mesa del sargento, y
el primero pidió:
—¿Quiere dejarme ver las invitaciones, sargento?
Éste miró interrogadoramente a Max Mehl, quien asintió
cansadamente con la cabeza. El sargento sacó del cajón en el que había guardado
todas las invitaciones y las tendió a Duke. Éste las cogió y, leyendo el nombre
escrito en la primera, preguntó:
—¿Quién es John McKerlie?
Uno de los que estaban sentados junto a la pared se
levantó, explicando:
—Yo soy. Me enviaron la tarjeta porque hace tiempo pedí
asistir a una ejecución; pero no volveré a hacerlo. Soy corredor de Bolsa. No
me gustan esos espectáculos.
—¿Dónde estaba sentado cuando ocurrió el crimen? —preguntó
Owen—Irish.
—Por fortuna estaba en el extremo opuesto al banco
—respondió el testigo—. No vi nada. No se nada.
—¿Quién estaba a su lado? —preguntó Duke.
—Este señor —y McKerlie, señaló a otro de los testigos.
—¿Quién es usted? —preguntó Duke.
—James Clepham —contestó el interrogado.
Duke examinó las tarjetas hasta encontrar la de Clepham.
La apartó a un lado, junto con la de McKerlie.
—¿Vio usted algo que nos pueda conducir al descubrimiento
del asesino? —inquirió el millonario.
—No vi nada —declaró Clepham—. Ni siquiera vi cómo mataban
a Corbin. Cerré los ojos y me tapé los oídos. Lo único que se es que el señor
McKerlie estaba a mi lado. No creo que él matase a nadie.
Duke fue examinando las invitaciones e interrogando a
aquellos cuyos nombres figuraban escritos en ellas. George Bignell, John James
Ridge, Frederick Jennings, Michael Courcy, Francis Whitney, Flowers Beckett,
Stephen Dillon, Thomas Pichards, George Byron, Winlac Edward Scott, William
Corke, Vernon Lanphier, James Henry Johnston, William Franklyn Peter. Después
de interrogar a este último, que no aportó ningún detalle importante a pesar de
haber estado junto a Pomeroy, Duke pronunció otro nombre:
—Henry Cox.
—No ha venido —dijo Hugh Brice—. Es el reportero que debía
escribir aquel libro...
—Sin embargo, su invitación está aquí —replicó Duke.
Había encontrado aquella invitación mucho antes; pero la
había ido guardando para el final.
—Ahí sólo están las invitaciones que entregaron los
testigos —dijo el sargento—. Si la invitación de Cox está entre ellas es que
Cox ha estado aquí, aunque yo no lo he visto ni recuerdo haber recibido su
invitación.
—¡Alguien ha utilizado esa invitación para entrar aquí!
—exclamó Max—. La invitación no puede haber llegado sola. Alguien la ha traído.
¿Quién?
—Henry Cox no ha estado aquí —afirmó Hugh Brice—. Estoy
seguro.
Israel Owen recorrió con la mirada a todos los allí
reunidos.
—No sobra nadie —murmuró Duke junto a él.
—Lo peor es que no recuerdo a nadie más —dijo el agente
federal—. Si me obligasen a jurarlo afirmaría que sólo están los que estaban.
¿Recuerda alguno de ustedes a alguien que ahora no esté aquí?
Todos movieron negativamente la cabeza.
—Sin embargo, la invitación está sellada por los agentes
de la primera puerta —declaró el sargento—. Eso quiere decir que alguien entró
gracias a esa invitación. Entró en la cárcel y luego entró en esta antesala...
—Y lo peor es que no existe el menor rastro de esa persona
—dijo Duke—. La única huella que nos queda de él es la muerte violenta de John
Pomeroy.
—Y la tarjeta —dijo Israel Owen—Irish.
—Si, la tarjeta —dijo Max Mehl—. Pero si ese hombre ha
llegado hasta aquí, forzosamente ha de estar aún en la prisión.
—Puede haber huido —dijo Susana.
—No —contestó Max—. Estoy seguro de que no ha podido huir,
—Si pudo entrar no veo por qué no ha de poder salir
—objetó Susana Cortiz.
—Para entrar necesitó utilizar la invitación de Henry Cox
—contestó Max—. Eso demuestra que no le era fácil entrar.
—Puede estar escondido debajo de alguno de los autos
—sugirió Duke.
—Sí, eso es posible —declaró Max—. Tal vez se ha ocultado
en algún coche para poder salir de Sing—Sing sin ser visto. Pero antes creo
preferible telefonear al periódico de Cox. Allí nos dirán qué ha sido de él.
Max fue a la mesa, descolgó el teléfono y marcó un número
que antes buscó en el listín telefónico. Su conversación con el director del
periódico fue muy breve. Cuando hubo colgado de nuevo el receptor, volvióse
hacia todos las que estaban allí y anunció:
—Henry Cox salió con tiempo suficiente para llegar a
Sing—Sing y presenciar la ejecución de Tony Corbin. En la Redacción no saben
nada de él.
—¿Qué piensa hacer con nosotros, Max? —preguntó Brice—. No
puede retenernos aquí hasta que se resuelva el misterio del doctor
"Muerte". Y si lo intenta será peor para usted y para todos. Tenemos
que advertir al público la existencia de ese loco.
—La Oficina Federal de Investigación puede retenerles el
tiempo que quiera —dijo Israel Owen—Irish.
—Pero no lo intentará —replicó Brice.
—¿Por qué no? —preguntó con violenta voz el agente
federal.
—Porque de hacerlo se jugaría a una sola carta todo el
prestigio que le hemos dado los periodistas.
El timbre del teléfono interrumpió la discusión. El
sargento respondió a la llamada y luego tendió el aparato a Max Mehl,
explicando:
—El director del Sentinel quiere hablar con usted.
Esta vez la conversación fue más prolongada. Al terminar,
el Jefe de Policía colgó cansadamente el teléfono, y explicó con fatigada voz:
—Henry Cox ha aparecido. Le encontraron dentro de su auto,
sin sentido y atado al volante por medio de unas esposas de acero.
—¿Dónde le encontraron? —preguntó Duke.
—En Pelham, lo bastante lejos de Sing—Sing para que no
haya podido llegar allí desde aquí a tiempo de ser descubierto ahora.
—Creo que el asunto es muy malo —dijo Duke.
—Es pésimo —admitió Max.
—Pero tenemos que hacer algo —declaró Israel Owen—Irish.
—Hacer algo es fácil —replicó Max—. Lo difícil es hacer lo
necesario para quedar un poco bien ante la opinión pública. Los periódicos van
a crucificarnos.
—Seremos todo lo blandos que nos permita la situación
—dijo Brice.
—Eso quiere decir que serán lo menos duros posible
—contestó Max—; pero de eso a lo que nos convendría...
—Más duros serán con la Oficina Federal de Investigación
—intervino Israel Owen—Irish.
—Especialmente si nos siguen impidiendo comunicar con
nuestros periódicos —declaró uno de los periodistas—. Se están interponiendo
entre nosotros y la más sensacional información.
Max Mehl lanzó un bufido de rabia.
—Les prevengo que aún no estoy seguro de que entre ustedes
no se encuentre un asesino. Les voy a tomar las huellas dactilares, y como las
de alguno de ustedes no concuerden con las de sus carnets de periodistas, les
prevengo que voy a ser muy duro.
Pero cuando a las tres de la mañana los periodistas
recibieron permiso para salir de Sing—Sing y volver a sus ocupaciones, los
demás testigos tardaron aún dos horas más en probar su personalidad y en poder
regresar a sus domicilios.
El interrogatorio del verdugo no echó ninguna luz sobre el
misterio. El ejecutor de la justicia recordaba haber dejado entreabierta la
puerta que daba al patio, aunque había cerrado con llave la entrada a la
cabina. Habituado a las exclamaciones de los testigos, después de la ejecución,
no había hecho ningún caso al oír los gritos de que alguien había muerto.
—Supuse que se referían al reo —dijo—. Me quité los
guantes de goma y me dispuse a esperar el permiso para salir de la cabina,
cuando de pronto sentí un terrible golpe en la cabeza. No recuerdo nada más. No
vi a nadie ni oí nada.
—Por fortuna no le mataron a usted también, Elliot
—replicó Max Mehl—. Era lo único que faltaba.
—Sin embargo, le fue de muy poco —observó Owen—. El golpe
con un saquillo de arena suele ser mortal.
—Tengo un cráneo muy duro —replicó el verdugo. Y en
seguida agregó:—Además, no sé de nadie que tenga sentimientos hostiles hacia
mí.
—Es cierto —dijo Max—. Los únicos que podrían alimentarlos
están bien muertos.
CAPÍTULO III
UNAS ESPOSAS DE ACERO
Max Mehl se pasó una mano por la frente y miró luego a
Duke Straley y a Susana Cortiz, que estaban sentados frente a él, en el salón
de la casa de Duke.
—Es un asunto podrido a más no poder —dijo Max—. Cuantas
más cosas se saben menos se entiende.
—¿Qué cuenta Henry Cox? —preguntó Duke—. ¿Le han
interrogado?
—Claro. Y lo que cuenta no tiene sentido.
—Tal vez tenga más del que parezca —dijo Duke—.
Explíquelo.
—Es muy breve. Cuando se dirigía a Sing—Sing su coche fue
detenido por un hombre que apareció en el centro de la carretera. Como el
periodista no llevaba nada de valor encima, no pensó ni remotamente que pudiera
tratarse de un asalto con intento de robo, Detuvo el coche y el hombre se
acercó, mostrándole un carnet de agente federal y pidiéndole que descendiera un
momento del coche para hablar con el jefe, que le aguardaba entre unos árboles.
Dice que el agente le explicó que se trataba de algo relacionado con la
ejecución de Corbin y el escondite de Holandés Schultz. Apenas volvió la
cabeza, Henry Cox sintió un golpe y cayó sin sentido.
—Supongo que eso no es todo, ¿verdad? —preguntó Duke.
—¿Por qué cree que no es todo?
—Porque sus ojos dicen claramente que se guarda lo mejor.
—Sí, aún no he dicho algo que parece descabellado,
imposible, fantástico.
—Después de lo ocurrido ayer noche en la cámara de la
muerte de Sing—Sing, nada puede resultar fantástico ni parecer imposible —dijo
Duke.
—Pues lo que voy a decirte es más fantástico aún. Como
buen periodista, Henry Cox tiene una memoria privilegiada. El golpe recibido en
la cabeza no se la ha hecho perder. Jura y perjura que el carnet que le enseñó
aquel agente estaba extendido a nombre de...
—¿De quien? —preguntó Duke—. No quiera tenernos más tiempo
en vilo.
—Es que Henry Cox afirma que el carnet que le fue mostrado
era el de John Pomeroy.
—El agente federal asesinado en la cámara de la muerte,
¿no?
—Claro.
—Eso puede ser una fantasía periodística de Henry Cox
—dijo Duke.
—Podría serlo si no hubiera un detalle terrible que lo
confirma. Ya sabes que las esposas de la Policía tienen un número de orden que
figura en ellas y en el registro de la Oficina Federal de Investigación. Las
esposas que sujetaban las manos de Henry Cox al volante del auto eran las de
John Pomeroy.
Duke pareció abismarse en el examen de las uñas de su mano
izquierda.
—Pero John Pomeroy ha muerto asesinado —dijo, al fin.
—Desde luego. Le asesinó el doctor "Muerte",
pero antes cerró todas las pesquisas, dejando la sospecha de que el propio
Pomeroy era culpable del asalto a Henry Cox.
—Eso no tiene sentido —dijo Duke.
—Ya se lo dije. Pero los hechos demuestran que Pomeroy
cometió...
—No sea loco, Max. Por ese camino no llegará a ninguna
parte. No sospeche de Pomeroy. Si sigue esa pista llegará inevitablemente a un
callejón sin salida. John Pomeroy no pudo detener a Cox. No tenía ningún motivo
para hacerlo. Carece de sentido. Lo tendría si, por ejemplo, el asesinado
hubiese sido Owen. Entonces se podría haber sospechado de Pomeroy; pero desde
el momento en que a Pomeroy lo asesinaron... ¿Por qué le asesinaron?
—No se descubre ningún motivo.
—No lo hay. Ese doctor "Muerte" no elige a sus
víctimas por un motivo determinado, sino por uno mucho más amplio. Mata agentes
federales. Lo extraño es que, pudiendo matarlos cómodamente, se tome tanto
trabajo como en el caso de Pomeroy. ¿Por qué le asesinó en Sing—Sing, pudiendo
haberlo hecho en cualquier otro lugar?
—Tal vez no pudo encontrar sitio mejor.
—Sí, Max. Desde el momento en que le pudo quitar su carnet
de identidad y sus esposas, también pudo matarle en otro sitio más cómodo. Si
no lo hizo fue porque sólo matándolo en Sing—Sing podía librarse de toda
sospecha.
—¿Quieres decir que el culpable tiene una coartada que le
sitúa muy lejos de Sing—Sing en el momento de cometerse el crimen?
—No sé. ¿Recuerdan los guardas de las puertas haber visto
a Cox?
—Afirman que ninguno de ellos selló la invitación de Henry
Cox, ni vio a éste.
—Si embargo, la invitación entró hasta la antesala de la
cámara de la muerte. Desde que entramos en la cámara hasta que salimos, Susana
afirma que nadie entró en la antesala donde estuvieron a solas el sargento y
ella. El sargento no entró en la cámara. No puede ser culpable. Sin embargo, la
explicación de la llegada de la tarjeta hasta allí es fácil. Cualquiera de los
testigos o periodistas la pudo entregar junto con la suya.
—¿Con qué objeto?
—Con el de desconcertar a la Policía.
—¿Y ese periodista o testigo sería el autor del crimen?
Duke se encogió de hombros.
—La más complicada máquina o motor resulta, estudiado a
fondo, de una sencillez infinita. Un motor de explosión parece, a simple vista,
algo así como un milagro. No obstante, el mecanismo es de una sencillez
infinita. Observando sólo los efectos, todo parece maravilloso. Viendo los
medios, todo resulta sencillísimo. Casi irritantemente sencillo. Lo mismo
ocurre con el caso del doctor "Muerte". Nos parece un fantasma que se
mueve sin dejar apenas rastro. Eso no puede ser. El doctor "Muerte"
es un hombre de carne y hueso, que no puede atravesar paredes. Estoy seguro de
que en la vida real, el doctor "Muerte" se llama como uno de los que
asistimos a la ejecución de Corbin —Duke sacó la lista de los testigos y
periodistas que se hallaban presentes en la cámara de la muerte y con un ademán
la abarcó por entero, explicando:— Estoy seguro de que es uno de estos hombres,
o bien usted, Owen, yo, el alcaide, los dos médicos, los guardas que se
hallaban presentes o el verdugo.
—El verdugo no pudo salir de su cabina y matar a Pomeroy
—protestó Max.
—Admito más que sea el verdugo antes que admitir que el
doctor "Muerte" pudiera entrar como un espíritu en aquel lugar. No
debe usted desviarse de ese camino ni debe dejar de sospechar de los que
estuvieron allí.
—Yo puedo dejar de sospechar de mí —dijo Max.
—Pues yo ni eso. ¿Por qué no puede usted ser ele doctor
"Muerte", Max?
—No diga tonterías, Duke. ¿Qué motivos tengo yo para
cometer esos crímenes?
—Los policías de los distintos Estados de la Unión odian
cordialmente a los policías federales que se entrometen en sus funciones y
cosechan los más verdes laureles. Aunque usted no quiera, resulta sospechoso.
—¿Y tú también?
—Yo también.
—Sería estúpido que yo sospechara de ti.
—Lo estúpido es desechar esas sospechas por un motivo de
simpatía.
—Entonces, ¿sospechas de ti?
Duke se encogió de hombros.
—No sé —dijo—. Sin embargo, se me ocurre algo. Déjame
reflexionar.
Sacando del bolsillo una pitillera de platino, Duke empezó
a hacerla girar entre sus manos en tanto que sus ojos se entornaban como si
estuviera enfrascado en profunda meditación. Max Mehl fijó con indiferencia su
mirada en la pitillera, sobre cuya brillante superficie se reflejaba
intermitentemente la luz de una lámpara de pie, enviando un par de destellos
por segundo.
Al cabo de unos minutos Duke volvió la cabeza hacia Max y
le vio inmóvil con la vista fija en la pitillera.
—¿Por qué no va a comprar el periódico de la noche?
—preguntó.
—Aún no ha salido ninguno —contestó con opaca voz el jefe
de Policía.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque quise comprarlo antes de entrar en esta casa.
—Vaya a comprarlo —invitó Duke—. Y compre también un
paquete de cigarrillos "Old Gold". Además, en la farmacia más
próxima, compre un biberón, una lata de leche en polvo y una botella de ricino.
Luego vuelva aquí.
Max Mehl se levantó lentamente y salió del salón.
—¿Qué significa todo eso? —preguntó Susana Cortiz.
—Aguarda —replicó Duke.
—Pero...
—No digas nada. Espera.
Transcurrieron casi quince minutos antes de que Max Mehl
regresara con el periódico en el bolsillo y un paquete en la mano.
—Siéntese —le ordenó Duke.
Max obedeció. El dueño de la casa volvió a hacer girar
entre sus dedos la pitillera y de pronto Max preguntó:
—¿Has pensado ya algo interesante?
Duke le miró sonriendo y preguntó:
—¿Tiene cigarrillos "Old Gold"?
—Nunca los he fumado.
—Entonces, ¿por qué tiene un paquete en el bolsillo?
—No tengo ningún paquete —replicó Max Mehl.
—¿Qué dice el periódico de la noche acerca del suceso de
ayer?
—No lo sé. Aun no ha salido.
—¿Por qué ha comprado un biberón, leche en polvo y ricino?
—Duke, estás...
Max Mehl se interrumpió al comienzo de su exclamación. Su
mano derecha acababa de tropezar con el periódico que llevaba en el bolsillo y
al sacarlo cayó al suelo un paquete de cigarrillos "Old Gold". El
jefe de Policía lo miró, asombrado, y al ir cogerlo vio el paquete de la
farmacia.
—¿Qué quiere decir esto? —preguntó.
Duke se echó a reír.
—Quiere decir que ha salido de esta casa, ha comprado el
periódico, un paquete de cigarrillos y, además, un biberón, un pote de leche y
una botella de aceite de ricino.
—¡Mentira! Yo no he salido de aquí para nada.
—Entonces lo compró antes, ¿no?
—El periódico no había salido...
De súbito Max empezó a comprender.
—¿Qué me has hecho hacer? —gritó.
—Le he hecho salir de casa, comprar el periódico, ir a la
farmacia y adquirir un paquete de los cigarrillos que usted no fuma. Todo eso
lo ha hecho en estado hipnótico. Y si hubiese querido le habría obligado a que
abofetease al policía de vigilancia en la calle. Puede informarse en los
distintos sitios donde ha estado. Hace un momento hubiese usted jurado que no
había hecho ninguna de esas cosas. Sin embargo, ya ve que las ha hecho sin
darse cuenta, obedeciendo mis órdenes, gracias al estado hipnótico en que se ha
encontrado sin sospecharlo.
—¿Lo hiciste con la pitillera?
—Sí. Y lo mismo pudo hacer con todos nosotros el doctor
"Muerte", aunque no creo que lo hiciera.
—Si no creías que fuese capaz de hacer eso, ¿por qué lo
has hecho? —gruñó Max Mehl—. Ahora voy a sospechar también de la única persona
de quien hasta ahora jamás habría sospechado.
—¿Encontraron algún rastro en Sing—Sing? —preguntó Duke,
sin hacer caso de la observación del jefe de Policía.
—Ninguno. Supongo que te refieres al rastro del asesino.
Ni huellas dactilares, ni ninguna otra huella. En el cuchillo no se encontró
nada que permitiera identificar a su dueño. Se trata de un arma antigua,
comprada a algún anticuario o robada de alguna colección particular. Es una
especie de estilete. Hace años vi otro parecido. Los cuchillos que se hacen
ahora no están ni con mucho a la altura de este tipo de armas. Con la que mató
a Pomeroy se podría atravesar una cota de mallas como si fuera una camiseta. El
saquillo de arena tampoco conserva ninguna huella. La arena es de la que se
encuentra en Long Island. Las "esposas" de Pomeroy sólo conservan las
huellas del que fue su dueño. Y en la invitación de Cox sólo hemos hallado
señales dactilares de Cox, del sargento y del escribiente que la llenó.
—El misterio reside, esencialmente, en la invitación, Max
—dijo Duke—. ¿Quién la robó? Examine las coartadas de todos los testigos y
periodistas. ¿Dónde estaban a la hora en que Cox fue atacado?
—Ya hemos empezado a investigar. Pero las coartadas
obtenidas hasta ahora son tan vagas como suelen serlo todas las coartadas
legítimas. Hay seis hombres que se prueban mutuamente las coartadas. Estaban
juntos por parejas.
—Esperemos que el doctor "Muerte" descargue otro
golpe —dijo Duke, levantándose—. Entonces sabremos mejor por dónde caminamos.
—¡Quiera Dios que si actúa de nuevo no escoja Nueva York
como campo de acción! —suplicó Max Mehl—. Otro golpe como el anterior, y todos
los periódicos pedirán a gritos mi cabellera. Por ahora me tratan con más
consideración de la que me atrevía a esperar.
—Es lógico. Al fin y al cabo les ha proporcionado material
para varios días.
—Quisiera poder ver las cosas con tu indiferencia —gruñó
Max.
—Sería la única forma de que al fin descubriera la verdad
—replicó Duke—. La pasión nos ciega siempre y nos impide ver las cosas tal como
son, haciendo que las tomemos por lo que parecen, Adiós, Max. Recuerde que no
debe tocar nada desde aquí a la puerta si no quiere exponerse a morir
electrocutado.
—No sé cómo puedes vivir en una casa como ésta —refunfuñó
Max—. Preferiría vivir en una casa embrujada.
Cuando Max Mehl hubo salido, Duke volvióse hacia Susana y
le dijo:
—Me interesaría mucho que fueses a un sitio al que
seguramente no querrás ir.
—¿A cuál? —preguntó la joven.
—A Washington.
—¿A qué?
—A averiguar todos los antecedentes de Henry Taylor,
Thomas Story, John Potts y John Pomeroy. Es decir, las cuatro víctimas del
doctor "Muerte".
—¿Y qué importancia tienen esos antecedentes? —preguntó
Susana.
—Pueden tener muchísima. Sospecho que hay algo de común
entre ellos. Si se averigua se sabrá por qué los ha ido matando el doctor
"Muerte". Y también sabremos a quiénes piensa seguir matando.
Pero al decir esto Duke no confesaba el verdadero motivo
por el cual deseaba que Susana se alejase. Muy pronto él iba a luchar sin
cuartel con el doctor "Muerte". En realidad la lucha ya había
empezado con el desafío lanzado por el misterioso asesino. En el primer
encuentro el doctor "Muerte" había resultado vencedor; pero el
principal motivo de su éxito se debía a que al lanzar el reto contra Duke
Straley, lo había hecho teniendo ya la victoria en la mano. En adelante el
doctor "Muerte" no podría vencer con tanta facilidad. Necesitaría
recurrir a todo su ingenio, que ya habíase demostrado a qué altura estaba. Y
ese ingenio podía aconsejar cuál era el punto más débil de Duke Straley.
¡Susana Cortiz! Por eso convenía enviarla lejos, encargarle un trabajo que tal
vez resultara innecesario; pero mientras lo llevaba a término, Duke podría
luchar a solas, libre de preocupaciones, con el más audaz asesino que había
conmovido la vida pública de la nación.
CAPÍTULO IV
UN AGENTE FEDERAL MENOS
Lockwood Baxter se sentía muy poco feliz. Había ganado
popularidad y creyó que dicha popularidad le iba a colocar muy alto en su
carrera. Durante más de dos años había intervenido en muchas operaciones con
sus compañeros. Era valiente y poseía una inteligencia privilegiada. Sus padres
le habían dejado una herencia lo bastante grande para que pudiera vivir sin
apuros económicos. La renta de aquel capitalito habíase ido acumulando porque
Lockwood Baxter tenía ya suficiente con lo que ganaba como agente federal.
Había estudiado la carrera de leyes y en el momento de
elegir su camino en la vida, una invitación de J. Edgar Hoover, el jefe de la
Oficina Federal de Investigación, le llevó a aceptar el cargo de agente
federal. Durante unos meses estuvo instruyéndose en la escuela de los
federales. Y aprendió a disparar y a meter la bala en el blanco. Sabía luchar y
vencer utilizando sólo las manos. Conocía todo el complicado mecanismo de las
investigaciones policíacas y era capaz de tomar e identificar unas huellas dactilares,
así como de realizar complicados análisis.
El dominio de las leyes le permitió enviar a la isla de
Alcatraz a varios de los más famosos contrabandistas de licores. Ni Al Capone
ni los demás podían ser acusados con pruebas de ningún delito de sangre.
Parecía que su astucia los había colocado por encima de la Justicia; pero todos
habían descuidado algo: el pago de los impuestos de la renta. ¿Quién iba a
imaginarse que un día el Gobierno les acusaría, precisamente, de no haber
pagado el tanto por ciento de los beneficios adquiridos robando, faltando a las
leyes y traficando con alcohol prohibido, estupefacientes y con la
prostitución? Un día aquellos contrabandistas, que vivían como príncipes, se
vieron sorprendidos par la visita de unos agentes recién nombrados que en lugar
de preguntarles cómo habían adquirido sus millones les pidieron las
comprobantes de los pagos a la hacienda pública. Existían unas leyes muy
inocentes y de tan fácil quebrantamiento que a nadie se le había ocurrido
cumplirlas. Un breve examen permitió a aquellos agentes demostrar que Al Capone
había ganado ocho millones de dólares, había gastado cinco o seis y no había
pagado ni un céntimo al fisco. Y Al Capone, el rey de los traficantes en
alcohol, fue condenado a diez años en el presidio de Alcatraz, no por haber
asesinado o mandado asesinar a casi un centenar de hombres (de esto no existía
prueba alguna), sino por haber defraudado a la Hacienda al no pagar su impuesto
sobre la renta (de lo cual existían múltiples pruebas). Y así ocurrió con los
otros. Los agentes federales terminaron con la mayoría de los reyes del crimen
y, pocos días antes, Lockwood Baxter había acompañado a San Francisco, para
encerrarlo en la vieja fortaleza de la isla de Alcatraz, a Frankie Fiazzi, el
último de los viejos traficantes de licores. Piazzi había logrado disimular sus
ingresos y parecía a salvo; pero Baxter consiguió descubrir sus libros de
contabilidad y reunir las pruebas suficientes para que le condenaran a diez
años más.
¡Y el premio de aquel último éxito había sido una
desagradable conversación con su jefe, que le había ido a esperar a Nueva York!
—Has tenido mucho éxito, Baxter. Muchos éxitos.
Esto lo había dicho el jefe después de estrecharle la
mano.
—Gracias. Hice lo posible por triunfar.
—Sí, ya lo sé. Muchos éxitos Y el que menos publicidad te
dio fue el caso de Bob Marty.
Si, el caso de Bob Marty no le dio mucha fama.
—Los periódicos han publicado muchas fotografías tuyas. Y
los del Oeste demasiadas.
—¿Por qué demasiadas?
—Los periódicos tienen que publicar algo —dijo Baxter,
queriendo quitar importancia a sus éxitos.
El jefe se había acariciado la barbilla y luego mirando
con preocupada expresión a Baxter replicó:
—Baxter, tú eres de esos agentes que se prestan idealmente
para que los periódicos publiquen fotografías suyas. Eres atractivo. Las
mujeres gustan de ver tu fotografía. Por eso los periódicos la publican. No te
pareces en nada al rudo policía ni al agente de rostro poco agradable y
expresión estúpida, que viste con pésimo gusto. Tú, además de ser un agente a
lo Hollywood, eres valiente. Sabes estar oportunamente en todos los conflictos
que te pueden dar popularidad. Te hemos visto retratado al lado de varios
cadáveres. Estabas junto al de Malty, entre Taylor, Story y otros. Tu cara es
tan conocida como la de Clark Gable.
—¿Es malo eso?
—Es peor. Ya no te podemos utilizar, porque sería como
utilizar a Clark Gable. Se te conoce demasiado. Eres un aviso para todos los
delincuentes. En cuanto te ven ya saben quién eres. Les federales debemos ser
hombres sin nombre y sin cara. Somos una entidad, no una personalidad. El
anónimo es nuestra mejor arma. Por eso necesito que dimitas. Dedícate a la
abogacía.
¡Dedicarse a abogado! ¡Qué horror! Sería como si a un
aviador de guerra le aconsejaran que se dedicase a conducir un taxi.
—Pero... yo esperaba... ¿No habría manera...? No quisiera
dimitir.
—No debiste aceptar el halago de la publicidad. Ahora ya
sólo nos servirías como instructor si quieres...
¡Instruir a otros novatos! Prepararlos para unas luchas en
las cuales él jamás intervendría. Renunciar a la fama...
—¡No! No puedo hacer eso.
Había dimitido. El jefe guardaba ahora su carnet, su placa
y su pistola.
—Lo siento de veras, Baxter —le había dicho, al final, el
jefe—. Mis órdenes vienen de muy arriba Tu cara te ha anulado como agente
federal. Lo lamento. Podría habértelo dicho por carta. Me hubiese ahorrado un
mal rato; pero creo que así es mejor. Era una cobardía.
Hasta el día siguiente no se daría estado oficial a su
cese en el cargo. El jefe le había entregado una pistola y un permiso especial
para uso de armas. Y le había ofrecido una recomendación para que ingresara en
el cuerpo de Policía uniformada.
Todo aquello era injusto. Demasiado injusto. No aceptaría
aquella compensación que lo era todo menos una compensación. Se dedicaría al
detectivismo privado y cosecharía tantos laureles que sus jefes se maldecirían
por la estupidez cometida al expulsarle. Sería un...
Lockwood Baxter interrumpió sus pensamientos. Un hombre
que hasta entonces había caminado ante él acababa de detenerse y se estaba
tambaleando como un borracho. Pero no estaba borracho, porque hasta entonces su
paso había sido enteramente normal. Más bien debía de estar enfermo.
El transeúnte empezó a buscar a tientas un punto donde
apoyarse para no caer. La calle estaba desierta. Sólo se encontraban en ella el
hombre y Baxter. Éste decidió acudir en auxilio del desconocido.
En cuatro zancadas estuvo junto a él, en el instante en
que parecía a punto de desplomarse. Con fuertes brazos lo sostuvo Baxter,
diciendo:
—Serénese, le llevaré...
El desconocido levantó la cabeza y miró a Baxter. Éste iba
a lanzar una exclamación de asombro; pero la que brotó de sus labios fue muy
distinta. El hombre, que ya no era un desconocido para Baxter, se fue
levantando en tanto que su mano derecha ejecutaba un corto movimiento. De la
garganta de Baxter salió un agónico estertor y al caer su cuerpo en tierra se
libró por sí mismo del acero hundido en su vientre.
Una vez en tierra, el agente federal comenzó a quejarse
débilmente. Luego sus quejidos se apagaron y el cuerpo quedó inmóvil. Los
labios se cerraron y Lockwood Baxter, el predilecto de los periodistas, se
llevó al más allá el secreto de la identidad del doctor "Muerte".
Cuando una hora más tarde un policía encontró en su ronda
el cadáver de Lockwood Baxter halló prendida en la ropa del interfecto una de
las trágicas recetas del doctor "Muerte".
"Extracto de un diario íntimo. Y van cinco. Ya faltan
muy pocos. Mi hermano ya debe sentir una paz infinita en su tumba. Él me legó
esta venganza. Yo la estoy cumpliendo. Lockwood Baxter ha muerto. Tenía una
cara hermosa. Pero mañana por la mañana, cuando publiquen su fotografía, ya no
se parecerá a un astro del cine. Estará horrible. Y a mí nunca me parecerá tan
hermoso como ahora, con los ojos vidriosos, la boca torcida, el cabello
desordenado y la ropa manchada de sangre. Hasta ahora siempre le habían retratado
de pie junto al cadáver de sus víctimas. Esta vez retratarán a otros junto a su
cuerpo. Esta vez será la víctima.
"Te faltan muy pocos. Dos más y todo habrá terminado.
Pero me gustaría agregar a otros. Este estúpido de Max Mehl, con su cara de
zanahoria, seria una víctima ideal. Le dedicarían una página entera en los
periódicos. Y a Duke también me gustaría hundirle un cuchillo en el corazón.
Creo que terminaré haciéndolo. Pero antes he de calmar a mi hermano. Sólo
cuando él repose en paz podré continuar en otros la justiciera obra que he
emprendido.
CAPÍTULO V
LA HISTORIA DE FÉLIX GARCÍA
La Jefatura local de la Oficina Federal de Investigación
silenció el hecho de que Lockwood Baxter había dejado de pertenecer a la
Policía Federal una hora antes de su muerte. Su familia recibió la pensión que
le correspondía y a Baxter se le enterró con los honores del agente muerto en
acto de servicio. Los periódicos, que poseían reserva abundante de fotos del
muerto las sacaron del archivo y llenaron las páginas centrales de la sección
gráfica con una historia en imágenes de la actuación de Lockwood Baxter en su
vida dentro de la organización policial.
Duke Straley estaba examinando una de aquellas fotografías
cuando Butler, su mayordomo, entró para anunciarle:
—Un extranjero desea verle, señor.
Duke levantó la vista de la fotografía que estaba
examinando.
—¿Qué clase de extranjero, Butler?
—Parece sudamericano. No habla inglés, sino español.
Parece que le urge mucho hablar con usted.
—Hazle pasar.
Butler salió del despacho para regresar un momento después
seguido de un hombre de estatura mediana, cabello negro, cara y manos
bronceadas por el sol. Vestía con sencillez, calzaba zapatos rojos y parecía
muy nervioso.
—¿Qué desea usted? —preguntó Duke, en español.
El hombre pareció súbitamente aliviado.
—Soy Félix García —respondió el hombre—. Llegué hace
quince días de Montevideo. Vine a buscar trabajo en Nueva York. Aproveché uno
de los cupos de Inmigración.
Duke sintió desaparecer todo el interés que por un momento
había sentido. Aquel hombre debía de ser uno de tantos inmigrantes que al no
hallar lo que imaginaron en su país de origen buscan la protección de los
compatriotas o de los poderosos que tienen fama de magnánimos.
—¿Le gusta mueva York? —preguntó Duke, por decir algo.
—No —respondió Félix García—. Es una ciudad horrible. Muy
dura con nosotros, los latinos. En una semana gasté todo el dinero que había
traído. No conozco el inglés y no pude encontrar trabajo. Quise aceptar uno
como peón de albañil; pero no me lo dieron porque no pertenecía a ninguna de
las asociaciones obreras de Nueva York. Me encontré casi sin un céntimo. Y
entonces fue cuando leí el anuncio.
—¿Qué anuncio? —preguntó Duke.
—El de "La Prensa". No conociendo el inglés no
podía leer otro periódico que ése, el único que se publica en mi idioma. Lo
compraba todos los días, con la esperanza de encontrar en él el anuncio de
algún empleo. Pero sólo pedían criadas. Nunca encontré nada para mí, es decir,
no lo encontré hasta hace exactamente una semana. Entonces encontré éste.
García tendió a Duke un recorte de periódico que sacó de
un bolsillo interior. El millonario la tomó, y leyó:
"Se desea: Hombre soltero, de cabellos negros, a ser
posible sudamericano o español, no brasileño ni portugués, que no conozca el
idioma inglés, que sepa, leer y escribir. Ha de tener la dentadura sana, sin
haber sufrido ninguna intervención quirúrgica ni dental. Deberá pasar el día
fuera de la ciudad. Buen sueldo. Se le utilizará para experimentos
psicológicos. Ningún riesgo físico. Acudir a la Plaza Madison (Madison Square)
a las doce del mediodía, llevando una flor blanca en la solapa".
—Es un anuncio muy curioso —comentó Duke—. ¿Acudió usted?
—Si. Había otros hombres en la plaza que también llevaban
una flor blanca en la solapa. Se paseaban esperando, y yo me sentía en
ridículo; pero como necesitaba un empleo no me marché. Otros, al cabo de un
rato, tiraron la flor y se fueron marchando. A las dos de la tarde yo era el
único que permanecía allí esperando. Entonces un viejo de blanca barbilla se
acercó al banco donde yo me había sentado y, sonriendo, dijo que yo era el
único que había tenido suficiente paciencia para esperar. Eso demostraba que yo
era el más indicado para sus experimentos.
—¿Recuerda exactamente las palabras que le dijo? —preguntó
Duke.
Félix García movió negativamente la cabeza.
—No. Recuerdo alguna palabra suelta y el sentido de todas
ellas; pero no las palabras exactas. Me dijo que el experimento que debía
realizar había empezado ya. Que yo era el único que respondía al tipo físico
que necesitaba, y que al esperar tanto rato, demostraba poseer paciencia. Me
preguntó después si reunía las condiciones físicas indicadas en el anuncio. Le
dije que sí. Le aseguré que ningún dentista había intervenido en mi boca, ni
ningún cirujano en mi cuerpo. Le dije que no tenía ni cicatrices ni señales
particulares, así como ninguna deformación. Todo esto pareció complacerle
mucho. Me llevó a un restaurante y nos sentamos a una mesa. Me hizo servir una
abundante y apetitosa comida aunque él no probó ni un sorbo de agua. Me explicó
un poco lo que deseaba de mí. Dijo que hacía experimentos con individuos de
distintos tipos raciales. Me aseguró que se trataba sólo de experimentos
mentales, a fin de fijar las reacciones de cada individuo ante idénticos
problemas y situaciones.
—¿En qué idioma le hablaba?
—En el mío —replicó García.
—¿Lo hablaba bien?
—Con mucho acento. Me dijo varias palabras en inglés, y
expresó su asombro ante el hecho de que a pesar de llevar ya bastantes días en
Nueva York no entendiese el inglés. Cuando hube terminado de comer anunció que
iba a empezar en seguida el experimento si yo aceptaba sus condiciones. Me
ofreció diez dólares diarios de sueldo, incluyendo, además, comida y cena. Me
preguntó si tenía reloj. Le dije que no. Pareció muy satisfecho. Me entregó un
bloc y un lápiz y me dijo que en aquel momento eran las tres en punto. Me
explicó que subiría con él a un coche cerrado y que yo debería ir anotando la
distancia recorrida por el coche. Para eso me debía servir el bloc. También
debía calcular el tiempo que iba transcurriendo.
Félix García sacó un paquete de cigarrillos de tabaco
negro y encendió con temblorosa mano uno de ellos. Dio tres o cuatro chupadas y
luego prosiguió:
—El coche era una especie de camioneta y yo entré en la
parte cerrada. Varias veces pensé que tal vez aquel viejo abrigaba malas
intenciones respecto a mí; pero luego pensé que yo no podía significar nada
para aquel hombre, ¿Qué ventajas le proporcionarla mi muerte? Decidí hacer lo
que me había encargado y de acuerdo con mis pulsaciones fui calculando los
minutos que iban transcurriendo. Creo que no me equivoqué en mucho al decir que
había transcurrido una hora y siete minutos. Luego por el ruido del motor de la
camioneta calculé que la velocidad era de unos cuarenta a sesenta kilómetros.
—¿No podía ver por dónde iba?
—No. La cabina en que me encontraba era totalmente
cerrada. No podía ver nada del exterior. Por fin nos detuvimos y el viejo abrió
la puerta. Al bajar del coche me encontré frente a una casa de ladrillos rojos
rodeada por un muro bastante alto que no permitía ver nada del exterior. Sólo
unos árboles muy altos y viejos.
—¿No sabe dónde está esa casa?
—Cerca de algún río, pues se oían no muy lejos las sirenas
de algunos barcos.
—Entonces podía tratarse del mar.
—No. Eran sirenas poco potentes. No tuve mucho tiempo de
mirar a mi alrededor. El viejo me hizo entrar en la casa y me guió hasta una
habitación muy amplia con cuatro ventanas cerradas con candados y cristales
esmerilados que impedían ver el exterior. El viejo me señaló una mesa que se
encontraba junto a una de las ventanas y encima de la cual había dos libretas
una de ellas encuadernada con piel negra. El hombre de la barba me entregó la
libreta más sencilla y me dijo que copiase en la otra todo cuanto estaba
escrito allí. En seguida salió de la habitación, prometiéndome volver dos horas
más tarde y llevándose el bloc en que yo había anotado el tiempo que había
transcurrido a mi juicio así como la distancia recorrida.
—¿Qué fue lo que le hizo copiar?
—No lo sé. Estaba escrito en inglés, y estuve llenando
hojas de la libreta sin saber lo que escribía en ellas. Al cabo de las dos
horas volvió el viejo y cogiendo la libreta leyó todo lo que yo había escrito.
Dijo que estaba muy bien, me entregó los diez dólares y me citó para el día
siguiente en la Plaza Madison.
—¿Cómo salió de aquella casa?
—En la misma camioneta en que había ido. Llegué a la Plaza
Madison cuando ya era de noche, bajé de la camioneta, y el viejo me entregó
cinco dólares más para que fuese a cenar a cualquier restaurante.
—¿Volvió usted a la Plaza Madison?
—¡Claro! Era un sueldo demasiado fabuloso para
despreciarlo. A las ocho de la mañana estaba allí y a las nueve llegó la
camioneta. Subí a ella y, como el día anterior, recibí la orden de anotar el
tiempo que iba transcurriendo y la distancia que a mi juicio se recorría. Antes
de subir, el viejo me dijo que iríamos por otro camino. Calculé veinte minutos
más que el día anterior y esto pareció sorprender mucho al viejo, que me
felicitó por mi sagacidad. Aquel día lo pasé entero en la habitación, recibiendo
permiso para asearme en un cuarto de baño próximo y comer en una habitación
adyacente, aunque se me encargó que fregase los platos. Todas las ventanas
estaban cerradas y tenían los cristales opacos; pero sigo creyendo que está
cerca del Hudson, pues durante todo el día se oye el mugido de las sirenas.
—¿Siempre ha estado copiando en la libreta?
Félix García vaciló.
—Siempre no —dijo, al fin—. Los primeros días copié sin
parar, luego delante del viejo estuve manejando por orden suya un cuchillo de
hoja muy larga, una pistola, un revólver y un rifle; luego me probé varios
trajes y el viejo me dijo que todos serían para mí.
—¿Y no le explicaba el motivo de aquel extraño
comportamiento?
—No—. Sólo decía que su experimento marchaba muy bien.
—Pero usted no estaba satisfecho, ¿verdad?
—No.
—¿Y por eso ha venido a verme?
—En efecto.
—¿Y por qué no ha acudido a la policía?
—Soy un extranjero. A nosotros no nos miran con simpatía.
Además tuve miedo de que me tomasen por loco.
—¿Cómo se le ocurrió acudir a mi?
—Leí su nombre en "La Prensa". Ayer noche leí
una información acerca de sus trabajos y leí también que era usted un poco de
nuestra raza. Además...
Al llegar aquí Félix García vaciló. Observándolo, Duke le
instó:
—Continúe. Le prometo ayudarle en cuanto me sea posible.
Es un favor que le debo como casi compatriota suyo.
—Pues... además en el cuaderno que he estado llenando he
escrito varias veces su nombre completo, o sea el de "Duke Straley".
Pensé que esto podía interesarle y, además, quise resolver este misterio, que
ya empieza a volverme loco.
—¿Y qué decía de mí? —preguntó Duke olvidando la
explicación de García respecto a su desconocimiento del inglés.
—Ya le he dicho que no sé hablar ni leer el inglés.
—Lo olvidé. ¿Puede decirme ahora qué quiere de mí?
Félix García se encogió de hombros.
—No sé —murmuró—. En realidad no sé nada. Pero no puedo
seguir así. Estoy temiendo constantemente que me asesinen para sabe Dios qué
fin.
—¿En qué motivos funda ese temor? —preguntó Duke—. ¿Es que
le tratan mal?
—No. Cada día recibo el jornal que se me prometió, y a
excepción del primer día no me ha faltado ni la comida ni la cena. Sin embargo,
me extraña que ahora no se me haga hacer nada. Ha habido día en que no he hecho
más que leer un libro sin ocuparme en nada más. Hoy he escrito de nuevo en la
libreta. Al salir, más pronto que de costumbre, he decidido venir a verle y
explicarle lo poco que sé.
—Realmente no parece saber usted mucho —replicó Duke—;
pero algo se podrá hacer. ¿A qué hora debe volver mañana a la Plaza Madison?
—A las nueve; pero seguramente no me recogerán hasta las
diez.
—Perfectamente. Mañana por la noche vuelva a verme y
entonces tal vez sepamos algo más.
—¿Qué hará usted?
—Ya lo verá. Entretanto no hable a nadie de esta
entrevista. Seria peligroso para usted y para mí.
"Extracto de un diario íntimo"
"Le ha ido a ver. Ya la esperaba; pero no lo deseaba.
No lo deseaba. Sin embargo no importa. Me gusta luchar con enemigos poderosos.
Duke lo es; pero no sabe nada. No puede saber nada. No, no puede saber nada en
absoluto. ¿Qué podría haberle dicho? Nada. Ni dónde va, ni quién es viejo de la
barba blanca. Me regocija pensar lo que haré con él. Va a necesitar mucha
pólvora. No. Utilizaré T. N T, y una vez eliminado Duke, todos los demás no me
asustan. Y él tampoco me asusta".
CAPÍTULO VI
UNA TRAMPA
Al quedar solo, Duke abismóse de nuevo en el examen de una
de las fotografías que publicaba el periódico. Por fin guardó la hoja gráfica y
salió de casa, advirtiendo a Butler:
—Volveré tarde.
En su auto dirigióse a la Jefatura de Policía y subió
directamente al despacho de Max Mehl. Éste se hallaba conversando con Owen, y
al ver a Duke, comentó:
—No te esperaba tan pronto.
—Se me han ocurrido algunas soluciones para terminar can
el doctor "Muerte" —dijo Duke—. Creo que ya sé quién va a ser la
próxima víctima.
—¿Quién? —preguntaron a la vez Owen y Mehl.
—Usted puede ser la próxima víctima, Owen —dijo Duke.
—Puede serlo cualquier agente federal —gruñó Owen—. Eso no
es ningún descubrimiento.
—Es que estoy casi seguro de que el asesinado será usted,
Owen —insistió Duke.
—¡Mala suerte! —replicó el agente federal, encogiéndose de
hombros—; sin embargo, dicen que hombre prevenido es difícil de cazar.
—Por muy prevenido que esté puede morir. El doctor
"Muerte" puede herirle a usted a traición, disparando sobre usted. No
necesita acercarse, como hizo con los otros. Cometió un grave error al asesinar
a Lockwood Baxter.
—¿Por qué cometió un error? —gruñó Max—. Si deseaba
crearme una situación comprometida, lo ha logrado plenamente. Estoy recibiendo
toda clase de insultos y se me aconseja que me dedique a criar gallinas en
lugar de seguir como jefe de Policía, para lo cual dicen que no he nacido.
Sonriendo Duke dejó sobre la mesa la doble hoja gráfica y
señalando una fotografía en la cual aparecían siete hombres, dos de ellos
armados con ametralladoras Thompson y los otros con carabinas de repetición.
—Aquí hay algunos conocidos —dijo Duke—. Escuche lo que
dice el pie de la fotografía:
"El agente federal Lockwood Baxter junto con los
demás agentes federales que dieron muerte al entonces enemigo público número
uno, Bob Marty".
“Usted figura entre ellos, Owen, y también está John
Pomeroy. ¿Quienes son los otros?
Owen se inclinó sobre la fotografía y explicó:
—Este es Taylor, este otro es Story. Aquí está John Potts.
Estos son Baxter, Pomeroy y yo y el último es Herbert Raban.
—O sea que de todos ellos sólo quedan dos vivos usted y
Raban —dijo Duke—. El primero empezando por la izquierda es Taylor, o sea el
primero a quien asesinó el doctor "Muerte", quien ha ido siguiendo
ese orden. Ahora le ha llegado el turno a usted, Owen.
Max se puso violentamente en pie y se inclinó sobre la
fotografía.
—¡Es verdad! —gritó—. ¡Y hasta que ha venido uno de fuera
a nadie se le ha ocurrido que el doctor "Muerte" puede estar vengando
a Bob Marty! Por lo visto estamos durmiendo.
—¿Cómo se le podía ocurrir a nadie una cosa así? —preguntó
Owen—. Parecía que el doctor "Muerte" era un loco; pero ahora su
locura ya tiene cierta explicación,
—Ya sabemos cómo va a actuar —dijo Max—. Owen, le rodearé
de agentes y no tardaremos en tener en nuestras manos a ese loco o lo que sea.
—No me interesan tantas precauciones —replicó Owen—. Si el
doctor "Muerte" quiere matarme lo intentará siguiendo el sistema
utilizado con los demás, o sea utilizando un cuchillo. Para matarme se tendrá
que acercar, y yo no dejaré a nadie que se acerque a mi persona a menos de tres
metros.
—A pesar de su seguridad en sí mismo, creo que el doctor
"Muerte" le asesinará, Owen —dijo Duke—. Por eso insisto en mi idea
que aun no le he expuesto.
—¿Qué idea es esa? —preguntó Max.
—La existencia del doctor "Muerte" ha dejado de
ser un secreto —siguió Duke—. Los periódicos la conocen y no dejarán de
publicar su próximo crimen. ¿No es así?
—Por desgracia es así —replicó Max.
—Bien. Cuando el señor Owen haya sido asesinado, la
Policía deberá intervenir activamente y lograr la cooperación de la Prensa.
—Tendremos demasiada cooperación de la Prensa y de los
reporteros.
—Tenga en cuenta, señor Straley, que yo aun no he muerto
—recordó Owen.
—Sin embargo, yo no apostaría ni un centavo por su vida.
Le creo inevitablemente muerto. Pero su muerte nos puede ser muy útil.
—Déjate de rodeos y explica tu plan —pidió el jefe de
Policía.
—Es inmensamente sencillo. Bastará lograr que los
reporteros informen al público que, por una vez, el doctor "Muerte"
ha descargado en vano su golpe.
—¿Y qué lograremos con eso? —preguntó Max.
—Mucho. Los periódicos anunciarán que Owen o Raban, si
fuese éste la víctima, no ha resultado muerto, sino tan sólo herido de mucha
gravedad.
—No se me ocurre el secreto que convierte eso en una gran
idea —dijo Owen.
Duke encogió furiosamente los hombros.
—Parece imposible que no vean claro —dijo—. El doctor
"Muerte" descarga un golpe. Mata a un agente federal, sea quien sea
ese agente. Una vez cometido el crimen se pierde en la oscuridad y nos deja
frente a un problema insoluble. ¿Cómo sacar a ese zorro de su cubil?
—Ahumándolo, si fuese realmente un zorro —dijo Max Mehl.
—Algo por el estilo debemos hacer. Tenernos que lograr
atraer al doctor "Muerte" a un lugar donde podamos cazarlo. Ese lugar
puede ser...
—¿Cuál? —preguntó Owen.
—La habitación de un hospital.
—¿Qué?
—Sí, la habitación de un hospital será un lugar magnífico
para cazarlo —continuó Duke—. Si el doctor "Muerte" lee los
periódicos después de cometido su crimen y se entera de que el agente federal a
quien apuñaló no ha muerto, su reacción sólo puede ser una: la de completar su
crimen. Forzosamente habrá de ir al hospital donde se diga que se encuentra el
herido, y una vez allí le apuñalará de nuevo. Si no la hace se expone a que el
herido descubra su identidad.
—Pero si no habrá herido —protestó Max Mehl.
—Lo importante es que el doctor "Muerte" crea
que existe ese herido y vaya al hospital a rematarlo. Para ello se deberá
contar con la complicidad de un médico. Los demás del hospital deben creer que
el herido existe. Se puede colocar a un agente federal en la cama y cubrirlo de
vendajes. El médico fingirá que le hace las curas, y todos creerán en la
existencia del herido. Si el doctor "Muerte", que puede ser un
médico, pues no hay que olvidar el caso de nuestra lucha contra Equis, investiga
en el hospital, conviene que todos los informes coincidan en el punto de que
hay un agente herido hospitalizado allí. También habrá vigilancia lo más
disimulada posible, a cargo de algunos agentes disfrazados de enfermeros. En la
habitación siempre habrá otro agente de vigilancia. Cuando el doctor
"Muerte" vaya a visitar a su paciente el lazo se cerrará en torno a
él.
—¿Y si no va? —preguntó Owen.
—Puede no ir —asintió Max Mehl.
—Estoy seguro de que irá. Hasta ahora, ha demostrado una
audacia sin límites. Ha asesinado a un hombre en plena cámara de la muerte,
delante de más de veinte testigos. Pudo haber elegido otro momento y otro lugar
y una oportunidad mejor. No lo hizo porque deseaba demostrarnos lo que era
capaz de hacer. En cuanto le demos una oportunidad de repetir su hazaña, la
aprovechará sin vacilar.
—Empiezo, a creer que tienes algo de razón —dijo Max Mehl.
—Pero no se puede hacer nada en tanto que el doctor
"Muerte" no cometa otro crimen —dijo Owen—. Y aún entonces depende
mucho de que lleguemos antes de que los reporteros hayan fotografiada el
cadáver.
—Es desagradable eso de estar esperando un nuevo cadáver
para utilizarlo como cebo contra el asesino —comentó Max Mehl.
—Lo importante es que el asesino sea detenido —dijo Duke,
en tanto que Owen salía del despacho, para regresar un momento después,
anunciando:
—El jefe le espera, Max. Ya ha terminado la conferencia
con Washington.
—Con tu permiso, Duke —dijo Max, tendiendo la mano al
millonario—. Explicaré al jefe de los federales tu idea y creo que la
aceptaremos, a menos que se nos ocurra algo mejor, cosa de la cual dudo mucho.
¿Aguardas aquí o te marchas?
—Me marcharé. Ya he dado mi idea y todavía es pronto para
ponerla en práctica.
—¿Y si el doctor "Muerte" no se presenta?
—preguntó Max—. ¿Qué hacemos con el herido?
—Bastará con matarlo oficialmente y enterrarlo con todos
los honores. Se puede decir que ha fallecido a consecuencia de la herida.
Mientras Max Mehl y Owen se dirigían al despacho donde
esperaba el jefe de la Policía Federal, Duke salió del despacho, y ya iba a
abandonar la Jefatura cuando un ordenanza le anunció:
—Señor Straley, han telefoneado de su casa diciendo que le
llaman urgentemente desde Washington. Si usted quiere pediremos que pongan aquí
la conferencia.
Duke asintió; unos segundos más tarde sonaba en sus oídos
la voz de Susana Cortiz.
—Oye, he descubierto algo sensacional —empezó,
atropelladamente.
—¡Calma! —pidió Duke—. Explícate mejor. ¿Qué es lo que has
descubierto?
—¡Ya sé por qué ha matado el doctor "Muerte" a
Lockwood Baxter!
—¿Es posible que lo sepas? —preguntó Duke.
—Sí —se apresuró a responder Susana—. Está clarísimo; pero
nadie lo ha comprendido antes que yo. He encontrado una fotografía en la cual
aparece Lockwood Baxter entre un grupo de agentes federales, y lo más asombroso
es que de los siete hombres que figuran en la foto, ya han muerto cinco. Y
todos por orden correlativo, de izquierda a derecha. El próximo será
Owen—Irish.
—No entiendo —dijo Duke con voz seria y rostro sonriente.
—Si, sí. Es muy sencillo y muy claro. Se trata de una foto
que hicieron cuando mataron a un tal Marty, que era enemigo público número uno.
Baxter fue uno de los que lo mataron y estaba retratado allí. Seguramente en
los periódicos de Nueva York estará esa foto. En Washington la han publicado
casi todos. ¿No llevas ninguno encima?
—Desde luego —replicó Duke.
Hizo como que hojeaba el periódico, oyendo entretanto la
enfurecida voz de Susana que repetía a la telefonista que no sólo estaba
comunicando, sino que pensaba estarlo mucho más, por lo cual, si alguien
esperaba, tendría que esperar muchísimo.
—¡Ya lo tengo! —exclamó al fin Duke—. ¡Es formidable!
¿Cómo es posible que se te haya ocurrido una idea tan magnifica? Ahora todo
está claro. Voy corriendo a decirlo a Max. No te muevas de Washington. Sigue
averiguando algo acerca de la vida de... (¿De quién podía encargarle un
escrutador examen?) ¡Ah, sí! Averigua todo cuanto puedas acerca de Bob Marty.
(Sin sospecharlo, Duke había encargado a Susana la única
investigación que podía conducir al aclaramiento de la verdad y al
desenmascaramiento del doctor "Muerte".)
—¿Del enemigo público número uno?
—Sí. Lleva las investigaciones hasta el máximo. ¡Si
supieses la idea que acabas de darme!
—¿De veras te sirve de algo eso?
—De muchísimo. Parece mentira que a ninguno de nosotros se
nos haya ocurrido. Voy volando a decirlo a Max y a los demás.
Con una amplia sonrisa, Duke colgó el receptor y salió de
Jefatura con paso lento. Mientras Susana estuviese haciendo descubrimientos, no
corría ningún riesgo.
Al llegar a este punto, Duke, que se había llevado la mano
al bolsillo, interrumpió sus pensamientos para sacar, muy despacio, un papel
que estaba seguro de no tener allí al entrar en el edificio. Lo sacó
cuidadosamente y vio que era un mensaje del doctor "Muerte" redactado
en los siguientes términos:
"Métase en sus asuntos y no quiera complicar su vida
y la de su novia. Para usted las dos valen mucho. Para mí no valen nada.
Absolutamente nada. Doctor "Muerte".
Duke permaneció inmóvil unos instantes. Aquella amenaza
del doctor "Muerte" no era una simple amenaza vana. Nadie mejor que
Duke sabía lo mucho que le había inquietado aquella admitida posibilidad de que
el doctor "Muerte" le atacara por su punto más débil: el corazón. ¿Y
aquel mensaje, el primero que el doctor "Muerte" enviaba escrito a
máquina? ¿Cómo había llegado a su poder?
—¿Malas noticias, señor Straley? —preguntó una voz detrás
del millonario.
Éste se volvió y al reconocer a Hugh Brice sonrió.
—No son buenas —dijo—; pero aún no son malas del todo.
¿Busca usted información?
—Sí. El doctor "Muerte" se está ganando una
popularidad increíble. Dicen que en Hollywood ya están preparando una
sensacional película acerca de sus hazañas.
—Puede que al fin alguno de los detectives que allí usan
para las películas nos descubra en diez minutos al terrible doctor.
—Hay quien dice que usted ya sabe quién es el doctor
"Muerte" — dijo Brice.
—¡Ojalá lo supiera! —replicó Duke—. De momento, no sé
nada. O casi nada. Pero puedo asegurar que al doctor "Muerte" le
queda muy poco tiempo para seguir con sus hazañas.
Hugh Brice miró burlonamente a Duke:
—Eso no es verdad —comentó.
—¿Por qué?
—Porque el doctor "Muerte" ha de dar aún mucha
guerra. No le vencerán fácilmente porque todas las ventajas están de su parte,
Él conoce a sus enemigos y está al tanto de sus movimientos. Él, en cambio, es
una incógnita para todos. Se mueve en las sombras.
—Pero tiene que salir de ellas para descargar sus golpes,
porque las sombras no son nada y necesitan adquirir consistencia para ser
eficaces.
—Entonces diremos que el doctor "Muerte" está a
punto de ser detenido.
—Puede decir que ya se sabe quién es —sonrió Duke.
—¿Quién es? —preguntó, afanosamente, Hugh Brice.
Duke Straley sonrió.
—A su debido tiempo lo sabrá. No sea usted impaciente. Tal
vez le interese que ese descubrimiento se realice lo más tarde posible.
—¿Por qué me ha de interesar?
Duke se encogió de hombros y con una sonrisa se despidió
del periodista, subiendo en su auto y alejándose velozmente.
Hugh Brice siguió con preocupada mirada el auto y por fin
entró en la Jefatura de Policía.
CAPÍTULO VII
LA PERSECUCIÓN
Duke Straley tenía la mirada fija a través del parabrisas
de su auto, en la figura de Félix García que aguardaba entre las palomas de la
plaza de Madison. Eran ya casi las diez y aun no había aparecido el hombre de
la barbilla blanca.
De vez en cuando Félix García miraba a su alrededor, como
buscando al hombre que le había prometida estar allí.
En uno de estos movimientos se detuvo a pocos pasos de él
una camioneta "Ford" de estilizada y metálica carrocería roja, por el
estilo de las que hacen los servicios de las perfumerías de lujo. Al volante se
sentaba un hombre de blanca barbilla que agitó una mano hacia García. Éste se
había vuelto al oír el gemido de los frenos y avanzó hacia el coche. Al mismo
tiempo, Duke puso en marcha el motor de su auto, disponiéndose a seguir a la
camioneta.
Entró en ésta y en seguida el conductor bajó, cerrando con
llave la doble portezuela trasera. Subió de nuevo al coche y éste comenzó a
avanzar
Por los movimientos del desconocido. Duke adivinó una
parte de la oculta verdad. Aquel hombre no tenía nada de viejo. Su barba y su
aspecto eran falsos.
Mientras ascendían hacia la parte alta de la ciudad, los
dos coches guardaban una prudente distancia que la camioneta no trataba de
superar. Esto parecía indicar que su conductor no se había dado cuenta de la
persecución de que era objeto. Por su parte, Duke no intentaba aproximarse más
a la roja camioneta. Sabía positivamente que podría alcanzarla en cuestión de
unos segundos, ya que la velocidad de aquel coche estaba muy por debajo de la
que podía desarrollar su "Flecha". Además, a Duke le interesaba especialmente
averiguar el escondite del doctor "Muerte", si el hombre de la barba
blanca era verdaderamente el misterioso doctor.
La velocidad que desarrollaba la camioneta era tan
reducida que estaba poniendo a prueba la solidez del "Flecha", que
construido para las grandes velocidades se resentía de aquel forzado avanzar a
marcha reducida. En algunos momentos la camioneta aceleraba su marcha, llegando
a los setenta kilómetros por hora; pero casi en seguida la reducía a cuarenta,
sin duda, como supuso Duke, para desconcertar a Félix García sobre la distancia
recorrida.
Salieron de Nueva York y por la carretera de Albany
avanzaron un buen rato, desviándose luego la camioneta hacia el suroeste y
siguiendo una complicada red de carreteras de segundo orden, desarrollando
siempre las distintas velocidades, aunque sin intentar nunca alejarse del negro
coche que la seguía, unas veces a doscientos metros y otras a cincuenta.
Duke empezó a sospechar que el conductor de la camioneta
habíase dado plena cuenta de la presencia del coche que le seguía. Sin duda el
hombre de la barba blanca, fuera o no el doctor "Muerte", sólo
trataba de ir buscando la oportunidad de despegarse de su seguidor, aunque no
intentaba hacerlo superándole en velocidad por haberse dado cuenta de que el
"Flecha" era infinitamente más veloz que la camioneta. Siendo así,
¿qué oportunidad buscaba aquel hombre? ¿Acaso el coincidir en un paso a nivel
pocos segundos antes del paso de un tren, que se interpondría entre él y su
perseguidor el tiempo suficiente para encontrar un escondite hasta el cual no
pudiera seguirle el veloz coche negro?
Consultando el reloj de su coche, Duke vio que faltaban
cinco minutos para las once. Llevaba una hora siguiendo a aquella camioneta que
no parecía ir a ninguna parte. Había anotado su número de matricula, por si
lograba escaparle gracias a alguna insospechada artimaña.
La camioneta había acelerado la marcha y seguía una
carretera de tercer orden, que discurría a través de húmedos bosques de pinos y
enebros. De cuando en cuando una recta de cincuenta, o sesenta metros; pero
generalmente curvas y más curvas que tenían que ser tomadas con mucho riesgo.
Duke tenía cada vez más fuerte la impresión de que el
conductor de la camioneta le estaba llevando a una trampa. Su mano derecha
había alcanzado una pistola automática de las que llevaba ocultas en el auto, y
la tenía dispuesta para su uso inmediato. No porque temiera los efectos de una
agresión, de la cual le protegía la blindada solidez de su coche, sino para
estar dispuesto a replicar a dicha agresión.
Cuando el reloj del cuadro de instrumentos marcó las once
menos treinta segundos, los dos coches desembocaron en una breve recta al final
de la cual ese veía un puente de madera, del tipo tan habitual en las
carreteras de segundo y tercer orden. Cuando la camioneta acababa de cruzar el
puente, Duke entraba en él, y en su reloj faltaban dos segundos para las once.
El "Flecha" estaba en el centro mismo del corto
puente cuando de pronto se elevó hacia el cielo un surtidor de tablas y maderas
destrozadas. El recio coche se vio levantado también, empujado por la potencia
del trinitrotolueno y lanzado luego al fondo del abismo
Lo último que vio Duke de la camioneta roja fue la burlona
sonrisa de su conductor antes de que, acelerando al máximo, desapareciese tras
una nube de polvo.
Luego Duke tuvo que dedicar toda su atención a salvarse de
la trampa en que había caído. El coche rodó por la pendiente hasta el río que
corría bajo el puente. La reciedumbre del "Flecha" había impedido que
su dueño sufriera daño alguno, ya que tanto la carrocería como los cristales
resistieron fácilmente la explosión y la caída. Pero el peligro inmediato era
el del agua. El coche había quedado volcado en el centro del río, cuyo caudal
había sido engrosado por las últimas lluvias. La profundidad pasaba en aquel
lugar del metro y medio, y el agua estaba ya entrando en el auto. Duke
consiguió abrir una de las portezuelas y salir al exterior, sumergiéndose en el
agua y ganando a nado la orilla.
La explosión había derrumbado todo un extremo del puente,
inutilizándolo para la función a que estaba destinado. Un examen de los restos
del puente le permitió descubrir en seguida en qué lugar había sido colocado el
explosivo. El hallazgo de algunas partículas metálicas permitió adivinar toda
la verdad del plan. El doctor "Muerte" (Ya no podía dejarse de
sospechar de él) había proyectado llevar a Duke a aquel sitio de forma que a
las once en punto su auto se encontrase sobre la carga de explosivo que se haría
detonar mediante un aparato de relojería, de forma que la explosión ocurriese a
la hora en punto fijada. Durante la hora que medió desde la salida de la Plaza
de Madison hasta allí, el doctor "Muerte" había ido acercándose al
lugar donde había colocado la trampa.
¿Quién era el doctor "Muerte"? ¿El hombre de la
barbilla blanca? ¿El llamado Félix García? Era muy posible que éste hubiese
sido el encargado de atraer a Duke en pos de la camioneta y hacia la trampa de
la que se había librado milagrosamente o, mejor aún, por la solidez de su
coche, que ahora estaba siendo invadido por las aguas del río.
Aquella noche Duke esperó en vano y sin esperanza, en la
Plaza de Madison. Félix García no apareció ni envió ningún aviso a casa de
Duke.
"Extracto de un diario íntimo".
"Todo estaba muy bien proyectado. Aun no comprendo
como no murió. He visto el coche medio volcado en el río. La explosión casi
arrancó las ruedas; pero más que un coche de turismo era un tanque. Más tarde
le vi en la Plaza de Madison. Esperaba. ¡Imbécil! ¿Qué podía esperar? Yo no
cometo dos veces el mismo error. Utilizando un silenciador Maxim hubiese podido
matarle; pero no lo he hecho porque ya no me estorba. Además, quiero que vea mi
próximo golpe. Será muy agradable ver como se asombra del doctor "Muerte".
Aun le reservó muchas sorpresas. En realidad habría lamentado que hoy muriese
en la voladura del puente. Es agradable la admiración de los entendidos. Y Duke
es el mejor crítico en la materia".
"Tendré que ir a Washington antes de que esa ridícula
Susana Cortiz descubra demasiadas cosas. Lo malo es que necesito una excusa
para ir allí. Si he de matarla utilizaré la pistola. Es lo menos que puedo
hacer en su consideración".
CAPÍTULO VIII
LA VÍCTIMA NÚMERO SEIS
Herbert Raban salió del hotel Cumberland, en el cual se
había instalado inmediatamente después de su llegada a Nueva York. Raban era un
agente de historial poco brillante. Poseía más voluntad que inteligencia. Era
una especie de perro de presa que mordía donde le indicaban que mordiese, y una
vez dada la primera dentellada permanecía aferrado a su presa sin soltarla para
nada. Se le utilizaba en aquellos casos que exigían sólo valor y energía sin
ninguna sutileza.
Había llegado a Nueva York cumpliendo órdenes de sus
jefes, para ponerse en contacto con Owen y con el jefe local. A la mañana
siguiente debía entrevistarse con éste último, con quien había hablado por
teléfono, recibiendo el aviso de que cuidara mucha su seguridad, pues corría un
grave peligro.
Después de la llamada de su jefe recibió otras dos
llamadas telefónicas; la de un tal Duke Straley y la de un periodista local.
Sabía algo de Duke Straley, no mucho; sólo que era multimillonario y aficionado
a investigar crímenes y resolver misterios.
—Estoy trabajando en el caso del doctor "Muerte"
—le había dicho el comunicante—. Estoy seguro de que ese misterioso hombre
tiene alguna relación con Bob Marty, el que fue enemigo público número uno. Me
interesa mucho hablar con usted. ¿Puede ir a mi casa?
Herbert Raban le había respondido afirmativamente. Podía
ir a casa del señor Straley y prometió estar en ella antes de media hora. El
sueldo de un agente federal es tan reducido que no permite tomar taxis, excepto
en los actos de servicio. Además a Raban le gustaba mucho caminar. Por eso iba
a pie a la dirección que el señor Straley le había dado.
Mientras caminaba iba pensando en la oferta de aquel
periodista. Los agentes federales deben huir de la publicidad, pero no tienen
formalmente prohibido conceder intervius. Sus declaraciones no comprometerían a
la organización. No diría nada que no se supiese ya. Seguramente se sabría
demasiado, pero no importaba. Al fin y al cabo lo realmente importante era que
lo dijese él, uno de los amenazados por el doctor "Muerte".
Al llegar a este punto, Herbert Raban se detuvo y dirigió
una inquieta mirada a su alrededor. De acuerdo con todas las suposiciones,
antes que él debía morir Israel Owen—Irish; pero este orden podía ser alterado.
El doctor "Muerte" no había dicho nunca que pensase matar por un
determinado orden a determinados agentes federales.
Reanudó la marcha. Era muy desagradable la impresión de
que de un momento a otro pudiera caer sobre él un loco armado con un cuchillo
y, tal como había hecho con los otros, le matase.
Faltaba poco para llegar a casa del señor Straley. ¿Qué
querría de él aquel multimillonario que entretenía sus ocios jugando a ser
detective?
Por fin llegó a la vista de la casa. Duke Straley vivía
bien. Jugaba a ser detective, pero vivía como un millonario.
De pronto, de entre las sombras, surgió la figura de un
hombre que avanzó hacia él. Llevaba la mano derecha tendida hacia delante.
Herbert Raban se detuvo y llevó la mano derecha a la culata de su pistola.
Luego, cuando el desconocido estuvo más cerca y la luz de uno de los faroles le
dio de lleno en el rostro, Herbert Raban retiró la mano de la culata de su Colt
automática y la tendió hacia la otra mano que avanzaba hacia él.
El grito de agonía llegó hasta Duke Straley en el momento
en que éste acababa de abrir el volumen tercero de la Enciclopedia Británica.
Tirando el libro sobre la alfombra, el joven se puso en pie y corrió hacia la
puerta a la vez que recogía una pistola de encima de una mesita.
Un brevísimo examen del cuadro de alarma le permitió
comprobar que no había nadie en las inmediaciones de la casa. Abriendo la
puerta, salió al exterior y llegó a la acera después de cruzar el jardín.
Deteniéndose un momento, escuchó unos lejanos y rápidos pasos que se perdieron
por una calle transversal. Cuando reanudó la marcha, Duke lo hizo en dirección
al cuerpo tendido en la acera, a unos veinticinco metros de la casa.
La luz del farol al pie del cual estaba el cuerpo daba de
lleno en su rostro y Duke comprendió en seguida cuál era la identidad de aquel
hombre. Cogiéndolo en brazos lo llevó velozmente a su casa.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó el atribulado Butler, a
quien los muchos años de servicio en aquella casa no habían logrado hacerle ver
como normales las anormalidades que allí sucedían.
—Abre el laboratorio —ordenó Duke.
Sobre una mesa de operaciones colocó el cuerpo de Herbert
Raban. Un brevísimo examen le indicó que ya no quedaba ninguna esperanza de
salvación. El cuchillo hundido en el pecho de Raban había atravesado el
corazón, a pesar de lo cual, Duke hizo un postrer esfuerzo. Sin perder tiempo
en desinfectar la aguja ni la epidermis, aplicó dos inyecciones al cuerpo de
Raban. Una de ellas intravenosa, sin que se produjera la reacción, en la cual
no confiaba Duke.
—Está muerto —dijo a Butler, que le observaba desde la
puerta.
—¿Quién le habrá matado, señor? —preguntó Butler.
—El doctor "Muerte". Estoy seguro.
Duke registró velozmente los bolsillos del abrigo de Raban
y, como esperaba, en uno de ellos encontró este mensaje.
Sr. Duke Straley
Aquí tiene la víctima número seis. La siete será Owen
Irish y la octava usted.
Doctor Muerte
Dejando el mensaje a un lado, Duke examinó el cuchillo que
había servido para matar a Herbert Raban. Era de larga y estrecha hoja,
parecido a un cuchillo de caza. Con ayuda de unos ganchos pasados por la cruz
lo extrajo, teniendo que recurrir a toda su fuerza, ya que el arma se había
incrustado en unos huesos, lo cual explicaba que el doctor "Muerte"
no lo hubiera podido arrancar.
Yendo hacia el tablero de mármol donde hacía los
experimentos científicos, Duke espolvoreó con diversos polvos la empuñadura del
cuchillo y luego, con un pulverizador de cobre, semejante a los que se utilizan
para los insecticidas líquidos, lanzó indirectamente sobre el cuchillo un
líquido amarillo que al posarse sobre la empuñadura se fue tornando azul en
algunos puntos. Esta operación la repitió Duke sobre el mensaje del doctor
"Muerte", pero la reacción azul sólo se produjo en los lugares donde
se habían posado sus manos, y como Duke conocía sobradamente el dibujo de sus
huellas dactilares, no necesitó más para comprender que en aquel punto el
doctor "Muerte" no había cometido ningún error. Quedaba sólo la vaga
posibilidad de que alguna de las huellas que habían quedado en la empuñadura
del cuchillo estuviese lo suficientemente bien conservada para permitir, en su
día, la identificación del culpable.
Cogiendo la máquina fotográfica especial, Duke fotografió
todas las huellas dactilares y mientras ponía a revelar las placas
impresionadas fue al teléfono y llamó a Max Mehl, a quien no pudo localizar
hasta la tercera llamada.
—¿Qué sucede? —preguntó, alarmado, el jefe de Policía.
—Han asesinado a Herbert Raban frente a mi casa. Lo ha
matado el doctor "Muerte".
La noticia, descargada con tanto ímpetu y tan sin
preparación, hizo vacilar a Mehl que tras un silencio consiguió preguntar:
—¿Estás seguro de que ha muerto?
—Venga a mi casa y cuando lo haya visto podremos decidir
si está totalmente muerto o no.
—¿Qué quieres decir?
—No pierda el tiempo y no diga nada a nadie.
Max Mehl no se entretuvo ni un instante más, y en menos de
veinte minutos llegó a casa de Duke, quien le guió hasta donde se encontraba el
cadáver del agente federal.
—¡Es espantoso! —murmuró el jefe de Policía—. Ese hombre
está rematadamente loco. Sólo así se concibe que cometa tantos crímenes.
—Diciendo que está loco no remediamos nada —interrumpió
Duke—. Creo que por primera vez hemos conseguido algo contra él. Al clavar el
cuchillo en el corazón de Raban lo hizo con tanta fuerza que el acero atravesó
parcialmente la columna vertebral. Al querer el doctor "Muerte"
arrancar el arma, no pudo hacerlo, por estar el cuchillo incrustado allí. Tuvo
que dejarlo, porque ya estaba yo abriendo la puerta. Sólo tuvo tiempo de borrar
con un pañuelo las huellas que había dejado su mano en la empuñadura del arma.
Pero... con las prisas sólo las borró parcialmente y dejó una huella completa
de su dedo meñique, otra huella casi completa del pulgar y dos huellas
parciales del índice y del corazón. Si alguna vez cogemos al doctor
"Muerte" esas huellas le llevarán a la silla eléctrica.
—¿De veras tienes fe en tu idea? —preguntó Max.
—¿Se refiere a la de dar sólo por herido a Raban?
—Sí. Me da miedo.
—Sería la única forma de atraerle a nosotros. Llame al
jefe de los federales y a Owen—Irish. Creo que lo conveniente sería limitar a
los menos posible el conocimiento de la realidad de lo que vamos a hacer.
Max Mehl fue al teléfono y marcó un número. Un momento
después hablaba con el jefe de los federales en Nueva York a quien dio cita
para lo antes posible en casa de Duke Straley, encargándole que fuera
acompañado de Israel Owen—Irish.
Los dos hombres llegaron media hora después, y cuando
entraron en el laboratorio de Duke, éste, después de saludarles, retiró la
sábana que cubría el cadáver de Herbert Raban.
Owen expresó con un profundo suspiro la emoción que debía
de haberle producido el espectáculo del cadáver de su compañero. El jefe de los
federales ni siquiera acusó así sus sentimientos. Si en vez de tratarse del
cuerpo de uno de sus hombres hubiera sido el de un famoso criminal, seguramente
habría sonreído. Siendo el muerto uno de sus agentes, sólo el silencio
expresaba su emoción.
—¿Ha sido el doctor "Muerte"? —preguntó.
Duke le tendió el mensaje. Antes de tomarlo, Arthur
Atchinson, el jefe de los federales, preguntó:
—¿No hay ninguna huella?
—Ninguna —respondió Duke—. Ya lo he comprobado. El papel
es de la clase más vulgar. Lo venden a miles de hojas en todas las papelerías.
Por esa parte es imposible seguirle el rastro. En cuanto a la tinta, es más
selecta, de la casa Conklin; pero tan popular, que anualmente se venden varios
millones de tinteros. Tampoco por ahí se puede averiguar nada. Lo único que nos
puede dar alguna pista es el cuchillo. En él hay unas huellas dactilares.
El interés de Arthur Atchinson aumentó ante esta noticia.
Examinó las copias fotográficas que ya había sacado Duke y, tendiéndolas a
Owen, le encargó:
—Averigüe si están en los archivos. Envíe telecopia a
Washington, al archivo general —volviéndose hacia Duke, agregó:— ¿Puede darnos
más copias fotográficas?
Duke le entregó tres copias más.
—Examine usted su archivo, Max —dijo Atchinson al jefe de
Policía—. Yo haré lo que pueda. Ahora estudiemos su plan, señor Straley. Usted
cree que si ahora comunicamos a los periódicos que Herbert Raban ha resultado
herido por el doctor "Muerte", éste no perderá ni un momento en ir al
hospital donde se encuentre Raban para matarle definitivamente. ¿No es cierto?
—Estoy casi seguro —replicó Duke.
El timbre del teléfono interrumpió a Duke.
—Es para usted, señor —dijo Butler—. De parte del señor
Brice.
Duke tomó el teléfono, preguntando de mala gana:
—¿Qué quiere, Brice?
—Que no entretenga tanto a Raban —replicó el reportero del
Herald—. Estamos a punto de meter en máquina el número y aún no tengo el
reportaje que me prometió.
—¡Ah! ¿Le prometió Raban un reportaje? —preguntó Duke a la
vez que con un ademán señalaba dos auriculares que colgaban a ambos lados de la
caja del teléfono. Max Mehl tomó uno y Atchinson el otro, pudiendo aún oír la
respuesta del reportero:
—Sí. Le telefoneé para ofrecerle cien dólares por cada
reportaje. Me dijo que antes de hablar conmigo tenía que hablar con usted.
—Me extraña mucho —replicó Duke—. Le encargué que no
dijese a nadie que yo le había telefoneado.
La mirada de Duke se tropezó con el asombro que reflejaban
los ojos de Max, Atchinson y Owen—Irish. Movió negativamente la cabeza y dedicó
de nuevo toda su atención a lo que decía Brice.
—Sin duda no debió de recordar su consejo. Cuando yo le
telefoneé ofreciéndole, ese dinero, él me dijo que aceptaba, siempre y cuando
no se tratase de nada comprometedor. Luego me dijo que iría al Herald tan
pronto como hubiera hablado con usted. Me explicó que usted le había
telefoneado citándole en su casa. Al ver que no llegaba me he tomado la
libertad de llamarle. Perdone si he hecho mal...
—Está usted perdonado, Brice, y para que lo comprenda, le
daré una noticia. Aguarde un momento, pues antes de dársela he de consultar a
otras personas.
Dejando el teléfono, Duke llevó con un ademán a los otros
hacia un rincón. Tras una breve conversación en voz baja, el joven escribió
unas notas en un papel y lo entregó a Atchinson, quien después de leerlo
asintió con la cabeza. Duke volvió al teléfono y después de comprobar que Brice
no se había apartado, le leyó la nota:
—"Esta noche, a las diez y media, cuando el agente
federal Herbert Raban se dirigía a entrevistarse con el señor Duke Straley, fue
agredido a traición por el doctor "Muerte", que le hirió con un
cuchillo, dejándole por muerto. La feliz casualidad de que el atentado se
cometiera cerca de la residencia del conocido millonario, permitió que el señor
Straley saliera de su casa y trasladase el agente federal a su laboratorio,
sometiéndole a una afortunada cura de urgencia que sin descartar toda
posibilidad de un fatal desenlace permite abrigar ciertas esperanzas, ya que
Herbert Raban aún vive y se confía hacerle recobrar el conocimiento a fin de
obtener por él alguna información acerca del misterioso doctor
"Muerte" que, como en los casos anteriores, dejó encima de su víctima
uno de sus mensajes".
—¿Adónde trasladarán al herido? —preguntó Brice.
—Eso no se puede decir —replicó Duke—. Es necesario
guardar la máxima reserva, para evitar acontecimientos desagradables.
—Muchas gracias por el informe —dijo Brice—. ¿Lo tienen
los demás periódicos?
—Aún no; pero lo tendrán a tiempo de publicarlo en la
tercera edición.
Colgando el aparato, Duke se volvió hacia los otros, que
también estaban colgando los auriculares.
—La suerte ya está echada —medio sonrió Atchinson—. Ahora
sólo falta llevar adelante la trama. ¿Quién hará el papel de Raban?
—Yo puedo hacerlo —dijo Owen.
Atchinson movió negativamente la cabeza.
—Tu estatura es casi doble que la de Raban. Ha de ser un
hombre de su misma estatura. El mejor seria... ¡Eso es!
Fue al teléfono y marcó un número, después de consultar el
listín. Tras un par de intermediaciones habló con quien deseaba.
—Oye, Guerin, soy Atchinson. Dirígete en seguida a casa de
Duke Straley. No pierdas ni un momento.
Dirigiéndose a loa otros declaró:
—Daniel Guerin representará a Herbert Raban. Tendremos que
vendarle la cara, pues aunque de tipo se parecen, físicamente no pueden ser más
distintos. En cuanto al cadáver de Raban, ¿qué podemos hacer con él?
—Pueden dejarlo en mi casa —propuso Duke—. No sería la
primera vez que he guardado un cadáver en la cámara frigorífica.
Una hora más tarde una ambulancia se detenía ante la casa
de Duke y dos enfermeros entraban con una camilla a recoger al herido. Un
momento después la ambulancia partía en dirección al Hospital General.
"Extracto de un diario íntimo"
"Ya ha caído otro. Tampoco fue difícil. No esperaba
que le llegase tan pronto su turno. No comprendo cómo he podido aguantar tanto
tiempo sin terminar con Raban. Cuando mi pobre hermano salió de la casa, ya muy
herido, pero aun vivo, levantó las manos, pidiendo que le permitiesen rendirse.
Y fue Raban quien le llenó el cuerpo de balas, matándolo como a un perro. ¡Qué
asombro expresó su rastro cuando le hundí el cuchillo en el corazón! Lo malo es
que la emoción duró muy poco. En seguida quedó muerto. Y ya no puedo matarle de
nuevo. Pero aun morirán otros. Ya lo he anunciado. Cuando pueda hundir el
cuchillo en el cuerpo de Duke, me sentiré muy feliz. Más feliz que nunca, a
pesar de que él nada tuvo que ver con el asesinato de mi pobre hermano".
CAPÍTULO IX
EL ATAQUE DEL DOCTOR "MUERTE"
Aparentemente no se había tomado ninguna precaución en el
Hospital General. En el vestíbulo bostezaba su aburrimiento un policía de
uniforme. Otro estaba tratando de convencerse de que la encargada del teléfono
era una mujer bonita. De haber conseguido su propósito hubiese podido matar el
tedio requebrándola; pero ni la más desbocada imaginación podía ver hermosura
en el caballuno rostro de la telefonista del hospital.
En el piso tercero, o sea, en aquel en que se encontraba
la habitación del falso Herbert Raban, había cinco agentes federales
distribuidos de la siguiente manera: Dos junto a la escalera principal, que
coincidía con el ascensor, y otros dos en la escalera de servicio donde también
coincidía el montacargas. Los cuatro agentes podían ver perfectamente la
habitación de Raban, aunque no podían verse entre ellos.
Aquella noche Israel Owen—Irish estaba de vigilancia en la
habitación de Raban, es decir, de Daniel Guerin. Éste mantenía el rostro
cubierto con abundantes vendajes y el doctor Robert Snell subía cada cuatro
horas, con su enfermera particular, a fingir unas delicadas curas, aunque en
realidad todo era una excusa para introducir en la habitación una comida que no
se hubiese considerado lógica en un herido de gravedad. Durante la mañana
estaba de guardia Atchinson. A pesar de haber transcurrido ya dos días, el
doctor "Muerte" no había dado ninguna señal de vida.
—No creo que venga —había dicho Owen a su jefe, al
relevarle en la vigilancia—. Debe de estar seguro de que hay mucha vigilancia,
y no querrá exponerse a que lo cacemos.
—Si mañana no ha comparecido diremos que Raban ha muerto a
causa de las heridas —dijo, abatido, Atchinson—. Cuídese bien, no vayamos a
tener otro asesinado.
Durante la noche el hospital cobraba una vida particular.
Sus luces se amortiguaban, los pasos de sus habitantes eran más ahogados, aún,
que durante el día. Si alguien hablaba en voz alta el eco corría por los
pasillos; por eso todos hablaban en susurros.
Los agentes de guardia en la escalera de servicio vieron
como un enfermero se detenía ante la puerta del cuarto de Raban y sin vacilar
llamaba con los nudillos. Después de un momento oyeron la voz de Owen que
preguntaba quien llamaba. A continuación la voz del enfermero explicó que iba
de parte del doctor Snell. Abrióse la puerta lo suficiente para que Owen
pudiese ver quién llamaba y luego se abrió totalmente. Un momento después se
abría de nuevo la puerta y Owen—Irish salía en dirección a los lavabos, cambiando
un saludo con los agentes de guardia junto a la escalera principal.
Pasaron unos minutos y la puerta del cuarto de Raban
volvió a abrirse, salió el enfermero, y cerró con llave, guardando ésta en el
bolsillo. A continuación los que estaban junto a la escalera de servicio le
vieron entrar en otra habitación. Cuando Israel Owen—Irish regresó secándose
las manos y fue a abrir la puerta, la encontró cerrada. Llamó con los nudillos
y nadie contestó. Uno de los agentes que estaban junto a la escalera, de
servicio se levantó y, acudiendo hacia él, le explicó:
—El enfermero se ha metido en ese cuarto —y señaló el que
había acogido al hombre de la blanca bata.
Owen—Irish fue hacia el cuarto y trató de abrirlo. Estaba
cerrado también y nadie respondió a las violentas llamadas del agente.
—¡He sido un loco! —gritó Owen—Irish.
Dando media vuelta, se precipitó contra la puerta del
cuarto de Raban y la hundió de un poderoso empujón. Entró en el cuarto seguido
por los otros cuatro agentes, que habían acudido el estruendo y los cinco se
detuvieron ante el espectáculo que les aguardaba. El cuerpo del falso Herbert
Raban aparecía casi caído en el suelo, y sobre el corazón se veían dos heridas,
una de ellas tapada aún por el cuchillo que la había causado. Un poco más abajo
y prendido con un alfiler se veía un mensaje redactado en los siguientes
términos:
Esta vez está muerto del todo. Lo he comprobado. El
próximo se llamará Owen.
Doctor Muerte
Junto a la cama, en el suelo, se veían las dos serpientes
de un estetoscopio con el cual el doctor "Muerte" había comprobado,
sin duda alguna, el silencio del corazón de su víctima.
"Extracto de un diario íntimo".
"¡Imbéciles! ¡Más que imbéciles! Eso es lo que sois
todos: una cuadrilla de supremos imbéciles. Ya os creíais en posesión de la
clave del misterio. Y ahora os encontráis con las manos vacías. Completamente
vacías. Aún os he de demostrar de lo que soy capaz. Entonces sí que, os
asombraréis".
CAPÍTULO X
HORAS DE DERROTA
Arthur Atchinson miró sombriamente a Duke.
—La idea fue suya —comentó—. Los resultados han sido
maravillosos. ¿Cómo explicamos al público la verdad? Decirle que el doctor
"Muerte" había conseguido asesinar a Raban era ya malo; pero tener
que contar que pusimos a Daniel Guerin como cebo en una ratonera y que el
doctor "Muerte" se comió el cebo y se marchó tranquilamente, sin que
la ratonera funcionase, es mucho peor.
—Cuando usted quiera le entregaré mi dimisión —dijo Owen,
escondiendo el rostro entre las manos—. Yo soy el principal culpable.
—Todos somos culpables, y usted, más que ninguno; pero el
reconocer las culpas no resuelve el misterio. Hemos de hacer algo. Su puesto,
Owen, ¡está en peligro, y yo perderé el mío en cuanto sepan en Washington lo
torpe que he sido. Los únicos que no perderán tanto serán el jefe de Policía de
Nueva York y el señor Straley. Él no perderá nada.
—Mi conciencia pierde muchísimo —dijo Duke—. En cuanto a
ustedes, les doy mi palabra que si pierden sus empleos, recibirán, hasta el día
de su muerte, el sueldo que les habría ido correspondiendo de haber permanecido
en el Cuerpo. Lo más difícil de recobrar será su prestigio. Pueden decir que la
idea fue mía.
—Eso aun sería peor —dijo Owen—. Se reirían de nosotros
por haber hecho caso a un detective de afición.
Duke hizo como si no hubiera oído la ofensa. Comprendía
cuál debía de ser el estado de ánimo de aquellos hombres.
—Si al menos pudieses recordar la cara del enfermero
—gruñó Atchinson dirigiéndose a Owen.
Éste movió negativamente la cabeza.
—No es posible —dijo—. Llevaba la parte inferior de la
cara tapada con esas máscaras que usan los operadores y la cabeza cubierta con
un casquete blanco. Lo único que recuerdo es que los ojos eran verdes. Y me
fijé en ellos precisamente por ese detalle. No había visto nunca a un hombre de
ojos tan verdes.
—¿Quiere explicarme cómo ocurrió la cosa, Owen? —preguntó
Duke.
Owen respiró profundamente, y luego, con monótona voz
empezó, después de mirar de reojo a su jefe y a Max Mehl, con quienes estaba en
el salón de la casa de Duke.
—Yo estaba hablando con Guerin, cuando sonaron unos golpes
en la puerta, pregunté quién llamaba y me contestaron que de parte del doctor
Snell. Entreabrí la puerta, empuñando mi pistola, y vi a un enfermero, quien me
dijo que el doctor Snell le enviaba para tomar la temperatura al herido. Pensé
que estaría enterado de la verdad y como necesitaba ir al lavabo le dije que
estuviera un rato con el enfermo hasta que yo volviese. Él insistió en que
terminaría en seguida y que no era necesario que yo me marchase; pero insistí y
salí de la habitación. Luego he pensado que le interesaba que me quedase para
poderme asesinar.
—Seguramente —dijo Duke.
—Fui al lavabo y no estuve allí ni cinco minutos. Cuando
volví a la habitación, la encontré cerrada, y uno de los agentes me dijo que el
enfermero había entrado en otro cuarto. Al encontrar cerrado el cuarto que me
indicaban empecé a temer lo que había ocurrido y me lancé contra la puerta de
Guerin. La eché abajo y al entrar vi que le habían clavado un cuchillo dos
veces en el corazón.
—¿Y qué encontraron en el otro cuarto? —preguntó Duke.
—Era una habitación desocupada —contestó Atchinson—. En el
suelo encontramos una bata blanca, un gorro también blanco y una máscara de las
de operador. El doctor "Muerte" debió de escapar por la ventana que
comunica con la escalera de incendios. Ese sistema de escaleras es muy útil
cuando hay un incendio; pero ha servido demasiadas veces para facilitar un
crimen.
—¿No se ha descubierto nada más? —preguntó Duke.
—Nada más.
—¿Cómo pudo entrar el doctor "Muerte" en el
hospital?
—Con una cuerda a cuyo extremo había atado un fuerte
gancho de hierro debió de hacer bajar la escalera basculante que le permitió
alcanzar la galería del primer piso. Una vez allí debió de subir hasta el
tercero y salió por una ventana, después de asegurarse de que nadie le veía.
Tanto le quisimos facilitar la entrada que no había ninguna guardia en la parte
trasera del hospital.
Max Mehl se puso en pie y paseó nerviosamente con las
manos a la espalda.
—La situación es la misma que después del asesinato de
Raban, con la agravante de que además han asesinado a otro agente federal. En
lugar de seis, tenemos ya siete asesinados. Si el doctor "Muerte"
hubiese sabido quién era en realidad el falso herido, nos habríamos ahorrado un
asesinato, ya que todo demuestra que ese misterioso doctor sólo mata a los que
intervinieron en la muerte de Bob Marty.
—Eso es lo que parece —dijo Duke—. Y eso es lo que él da a
entender en sus mensajes; pero también podría tratarse de un odio general
contra todos los agentes federales. En tal caso no debía importarle matar a
Guerin.
—Si no se han cometido indiscreciones, sólo seis personas
conocían la trampa —dijo Atchinson—. Los cuatro que estábamos allí, el doctor
Snell y su enfermera.
—Mi mayordomo también lo sabía; pero no importa —dijo
Duke—. Es la reserva personificada. Antes se habría dejado matar que decir ni
una palabra.
—Es indudable que ese loco creyó de buena fe lo que decían
los periódicos y decidió rematar a su víctima —refunfuñó Max Mehl—. Lo hicimos
todo tan bien que no pudo salir mejor.
—Se me ocurre una solución —dijo Owen—; pero no quiero
explicarla a nadie antes de ponerla en práctica. Al fin y al cabo la culpa
principal es mía.
—¿Qué piensas hacer? —gruñó Arthur Atchinson—. Si piensas
cargarnos con unos cuantos cadáveres más te aconsejo que no intentes nada. Ya
tenemos bastantes líos.
—Yo sé lo que debo hacer y lo haré antes de que me
expulsen del Cuerpo.
Cuando quedó solo, Duke dejóse caer en un sillón, y
pasándose una mano por la frente, murmuró:
—¡Sin embargo, el plan era perfecto! Si ha fallado ha sido
porque alguien se ha portado como un imbécil o alguien ha sido infinitamente
listo. Si al menos supiese de quién sospechar. El hallar las pruebas sería muy
fácil.
En aquel momento sonó el timbre de la puerta y casi al
instante se oyó la inconfundible voz de Susana Cortiz, que entró corriendo en
el salón y dejóse caer en un sillón, frente al de Duke.
—Ya he leído que el doctor "Muerte" os ha dado
otro disgusto —dijo—. Pero no debes preocuparte. Ya se quién es el doctor
"Muerte".
—¿Quién es? —preguntó, ansiosamente, Duke.
—El hermano de Bob Marty, que fue enemigo público número
uno.
—¿Y dónde está ese hermano? —preguntó Duke.
Susana se encogió de hombros y con una carcajada replicó:
—No lo sé; pero, a ti no te costará nada encontrarlo. Me
parece que ya he hecho bastante por ti.
Duke miró fijamente a la señorita Cortiz y luego, con voz
serena, casi demasiado serena para que fuera realmente serena, declaró:
—Susana, a veces me pareces encantadora; pero en estos
momentos te estrangularía con muchísimo gusto.
—Es una forma muy poco fina de agradecer mi ayuda. Si
supieses la de groserías que he tenido que aguantar de los distinguidos agentes
federales. Hubo uno que me invitó al cine y cuando estuvimos allí tuve que
recordarle que estábamos en un cine, no en mis habitaciones. ¿Y sabes lo que
respondió? Pues que por su parte estaba deseando conocer el color del papel de
mi dormitorio.
—¿Y qué pasó luego?
—Él no se enteró hasta más tarde, cuando lo hicieron
volver en sí en el botiquín del cine. Y eso que sólo le di con el bolso.
—¿Y qué llevabas en el bolso?
—Creo que un cenicero de cobre que pesaba dos kilos y que
compré en una de esas deliciosas tiendas de antigüedades de Washington.
—¿Y gracias a todo eso conseguiste averiguar que Bob Marty
tenia un hermano?
—Si. Gracias a las recomendaciones de diez policías
conseguí llegar a casa de un tal Fosco Buffarini, quien después de perderse en
consideraciones acerca de una tal Paulina Bonaparte que se dejó retratar
desnuda por un escultor muy famoso y que, según ese Fosco, es mi imagen
convertida en mármol, acabó por decirme que en una ocasión había oído decir a
Marty que tenía un hermano. También me dijo que Marty había reunido casi un
millón de dólares que nadie encontró y que deben de estar aún escondidos.
—Esa es una buena idea —admitió Duke—. ¿Qué más
averiguaste?
—Nada más. Tuve que cerrarle la boca a aquel Fosco con
ayuda de aquel cenicero y de otro igual que encontré en una tienda de
antigüedades. Fueron cuatro kilos de cobre, que cayeron sobre él desde una
altura de metro y pico. Cuando le dejé estaba echando sangre por la nariz y por
los oídos y creo que también la echaba por la boca, junto con algunos dientes
que se destrozó al pegar contra el bordillo de la mesa.
—Parece que has descubierto una buena arma —sonrió Duke—.
Es lamentable que no puedas utilizarla contra el doctor "Muerte".
—Cuando lo acorralemos yo me encargaré de él —dijo
Susana—. En Washington he aprendido mucho. ¿Cómo fue que no pescasteis al
doctor ese cuando fue a matar a Raban?
—Es que no mató a Raban, sino a otro agente, llamado
Guerin —replicó Duke, explicando a continuación, detalladamente, todo cuanto
había ocurrido.
Cuando terminó, Susana miró pensativamente a Duke y
declaró:
—Si yo fuese policía, ¿sabes de quién sospecharía en
primer lugar?
—¿De quién?
—De ti. Estuviste en la ejecución de Corbin, pudiste
cometer todos los demás asesinatos, especialmente el de Raban, y como odias
tanto a los antipáticos agentes federales, pudiste aprovechar la oportunidad
para matar a otro.
Sonriendo, Duke replicó ante el horror de Susana:
—En eso que has dicho hay mucha más verdad de la que tú
imaginas.
—¡Eh!
—Sin ¡eh! ¡Ah! ni ¡Oh! Has dado un martillazo a ciegas y
has pegado en un clavo; pero hay tantos clavos que es muy difícil decidir si
has acertado o no.
—Pero... ¿tú serias capaz de matar a tantas agentes
federales? —preguntó Susana.
—Yo soy capaz de matar a todos aquellos que ofenden a mi
prometida.
—¿Quién es tu prometida? —se apresuró a repicar Susana—.
¿La conozco?
—Ya sabes que eres tú.
Susana Cortiz se miró la mano libre de todo anillo y
comentó:
—No se nota en nada. Pero si tú lo dices imaginaré que
luzco un brillante de cincuenta quilates.
—Ya te lo hubiese comprado, de no ser por ese doctor
"Muerte" que ha complicado nuestra existencia. En cuanto capturemos
al doctor te compraré el anillo que prefieras.
Soltando una risa de felicidad, replicó:
—Si tuvieses sentido pedirías a Dios que el doctor
"Muerte" no se dejara capturar jamás. Tú no sabes lo que yo soy capaz
de pedir y escoger.
—Pero tú sí que sabes lo que quedará de mi fortuna según
lo que tú pidas. Si te gusta la idea de fregar los platos de la comida con los
dedos y los brazos y el cuello, cargados de brillantes, allá tú.
—Por esa cantidad de brillantes una mujer es capaz de
muchas cosas, Duke —replicó Susana—. Desde fregar los platos hasta ir al cine
con un agente federal.
—Pero si llevabas siempre el monedero de los dos ceniceros
acabarían por confundirte con el doctor "Muerte". Ya sabes que su
afición son los agentes federales.
Súbitamente seria, Susana preguntó:
—¿Y a ti no te ha amenazado?
—Un poco —sonrió Duke—; pero no te preocupes, chiquilla;
soy muy duro de pelar.
—Nunca lo serás tanto como yo deseo.
—Gracias, Susana. Un día de estos pondré en práctica el
método de hacer brillantes sintéticos y si da resultado tendrás el mayor del
mundo. ¿Quieres que vayamos juntos a cenar en algún restaurante?
—No. Prefiero comer los horrores que prepara Butler. Cada
camarero que se acercase a ti me parecería el doctor "Muerte". Y creo
que si alguno se acercaba con un cuchillo para cortar algo le tiraría un jarro
a la cabeza.
—A pesar de todo prefiero ir a un restaurante. El pobre
Butler no ha nacido para cocinero, y cada vez que trata de demostrar lo
contrario fracasa estrepitosamente. Además quiero pasar por el Hospital General
a recoger alguna información. Tú me ayudarás. —No suelto los ceniceros —declaró
Susana cogiendo el monedero—, y además agregaré una de esas pistolas tan
pesadas que tú tienes.
Cuando iban a salir, Butler aguardó a que Susana saliera
delante y entonces preguntó en voz baja a su amo:
—¿Tan malo soy como cocinero, señor?
—Eres mejor de lo que tú imaginas —replicó Duke—. Y cuando
estemos casados y no haya peligro, yo, seré el primero en pedirle a ella que
nos quedemos en casa; pero hoy necesito salir y me convenía disuadirla.
CAPÍTULO XI
SIGUIENDO PISTAS
—¿Qué se ha hecho de tu magnifico coche? —preguntó Susana,
cuando Duke sacó del garaje el dos plazas que casi nunca utilizaba.
—Lo voló el doctor "Muerte" sin tener en cuenta
que yo iba dentro —respondió Duke, y después de esto explicó brevemente lo
ocurrido, terminando:— Ahora está siendo reparado.
—Pero tú anotaste el número de la camioneta y sabrás ya...
—La matricula de aquella camioneta corresponde a una
motocicleta Harley, propiedad de un muchacho que jamás ha oído hablar del
doctor "Muerte" porque sólo piensa en carreras de esas en las cuales
se juega uno la vida. Ya lo esperaba. Hubiera sido una ingenuidad que el doctor
"Muerte" hubiese utilizado una matrícula legítima.
—Eso quiere decir una cosa —declaró Susana—. Y es que es
doctor "Muerte" debe de ser hombre de mucho dinero. ¿Hay algún
sospechoso rico?
—Sólo yo. Los demás no parecen gente de mucho dinero.
Además, debe de tener alquilada en algún sitio una casa bastante grande. Y
puede pagar diez dólares diarios a un infeliz, a menos que el infeliz a quien
me refiero fuese el doctor "Muerte" en persona.
—¿No se te ha ocurrido sospechar de Max?
—No. Aun no.
¿Y de los otros policías?
—Tampoco. De Atchinson sé muy poco y de Israel Owen—Irish
sólo sé que figuraba entre los que mataron a Bob Marty.
—Y entre los que mataron a Pomeroy.
—Por ahora aún no tiene sentido nada de eso. Nos falta
mucho que descubrir.
En el hospital encontraron a Arthur Atchinson, cuyo humor
no había mejorado lo más mínimo desde su reciente conversación con Duke.
—¿Viene a investigar, señor detective? —preguntó de mala
gana.
—Me gustaría examinar el lugar del crimen.
—No encontrará huellas dactilares ni de ninguna otra clase
—dijo Atchinson—. Antes que usted lo hemos examinado nosotros y creemos ser tan
buenos técnicos como el señor Duke.
En voz baja, y aprovechando un momento en que Atchinson se
había vuelto, Susana preguntó a Duke:
—¿Qué le pasa a ése? Tiene el genio de vinagre.
—En su lugar yo lo tendría de hiel —replicó Duke, también
en voz baja—. Tenemos que ayudarle porque está en un mal paso.
—Pueden subir y tocar lo que quieran —dijo Atchinson,
volviendo hacia ellos—. Si encuentran algo, será que tienen mejores ojos que
nosotros.
Duke sonrió ampliamente y replicó:
—Yo tenía un amigo que un día marchó a un bosque a buscar
setas. Le gustaban mucho y se había informado muy bien de dónde podía encontrar
más. Le indicaron aquel bosque diciéndole que estaba llenísimo de setas y que
se llevara, al menos, cuatro cestos, pues los llenaría de sobra. ¿Sabe lo que
le ocurrió? Pues que volvió de vacío.
—El chiste debe imponer que yo pregunte por qué volvió
así, ¿no? —dijo Atchinson.
—Claro. Mi pobre amigo volvió sin una seta porque estaba
convencido de que las setas colgaban de las ramas de los árboles y durante todo
el rato anduvo pisando setas, pero mirando a las copas de los pinos.
—¿Cuál es la moraleja de esa historia? —preguntó
Atchinson.
—Sólo ésta: Usted y sus agentes buscaron las setas en las
copas de los árboles. Yo espero encontrarlas entre las hojas caídas, en el
suelo.
—Pues que tenga mucha suerte.
—Gracias. Pero antes, ¿podría enseñarme la cuerda que
utilizó el doctor "Muerte"?
—¿Para qué quiere verla? —inquirió Atchinson.
—Para medir su largura.
Haciéndose seguir con un ademán, Atchinson entró en una
habitación cercana y de encima de la mesa cogió un rollo de cuerda y lo tendió
a Duke. Éste lo examinó atentamente.
—Es de seda —dijo—. ¿Por qué?
—Tal vez porque es más elegante —dijo Susana.
—La elegancia no cuenta cuando se trata de nuestro
"amigo" el doctor "Muerte" —replicó Duke—. Hay un motivo.
¿Por qué no emplear una cuerda de cáñamo?
—Se lo preguntaremos cuando lo tengamos detenido gracias a
sus ingeniosos trucos —replicó Atchinson.
—Veo que hoy está de pésimo humor —dijo Duke—. Mediré la
cuerda y subiré al tercer piso —sacando un metro metálico, Duke midió
rápidamente la cuerda—. Once metros —dijo—. Me parece mucha longitud. Y este
gancho es muy recio. Gracias por todo, Atchinson. Hasta la vista.
Cuando salieron, Susana comentó:
—A ése no le eres nada simpático.
—Ya te he dicho que no tiene motivos para sentir simpatía
hacia mí.
Subieron hasta el tercer piso y Duke entró en la
habitación donde se había cometido el crimen, la examinó detenidamente, abrió
la ventana, salió a las escalera de incendios, luego pasó al cuarto en el cual
se había visto entrar al enfermero, abrió también la ventana y examinó la
pequeña galería formada por la escala de incendios, que allí se comunicaba con
otros tres cuartos.
Durante más de una hora, Duke y Susana estuvieron
recorriendo habitaciones, subiendo al cuarto piso y al quinto, examinaron
tantas galerías que al fin Susana se declaró harta a más no poder, y además,
hambrienta.
—Vayamos a cenar —dijo Duke—. Creo que ya sé quién es el
asesino.
—¿Quién es?
—Sería una imprudencia decírtelo —replicó Duke—. Son
infinitos los sabios que aconsejan no confiar ningún secreto a una mujer a
menos que se desee que deje de ser secreto.
—Me parece que la mayoría de los sabios son unos imbéciles
—declaró Susana, frunciendo el ceño.
Salieron del hospital sin volver a ver a Atchinson y se
dirigieron al Stork, donde Duke encargó una abundante y apetitosa cena. Antes
de entrar había comprado el periódico y, distraídamente, lo abrió por la
primera página. Aparecía llena de fotografías relativas al apasionante suceso
acaecido en el hospital.
El examen del periódico fue interrumpido por la llegada de
Hugh Brice, que, sentándose junto a Duke, preguntó:
—¿Tiene algo que decirnos?
—Yo no, Brice. Le presento a la señorita Cortiz.
—Conocía su fama, señorita —dijo Brice—. ¿Cuándo
publicaremos la gran noticia?
—Cuando cacen al doctor "Muerte" —suspiró
Susana—. Es una forma como otra cualquiera de retrasar un acontecimiento.
—Nosotros ya sabemos toda la verdad —dijo Brice—. Y la
estamos ocultando para hacer un favor a la Oficina Federal de Investigación;
pero en cuanto lo soltemos va a haber un terremoto que hará tambalearse al jefe
de los federales y que, desde luego, terminará con el jefe local —bajando la
voz el periodista agregó:— No se concibe poner un cebo y dejar que el pez se lo
lleve sin morder el anzuelo.
—Lo más grave es que la idea fue mía —suspiró Duke.
—Eso no les valdrá de nada a los federales —dijo Brice.
—Oiga —interrumpió Duke—. Usted conoció a Bob Marty,
¿verdad?
—Le conocí en unas circunstancias bastante desagradables
—replicó Brice—. Estábamos en "Las Armas del León", una especie de
posada cercana a la frontera canadiense, cuando llegó Marty perseguido por una
jauría de federales. Se parapetó en la taberna y les estuvo haciendo frente,
tiro por tiro, hasta que se cansó del juego. Entonces nos reunió en un rincón y
asomó una bandera blanca atada al cañón de su ametralladora. Cuando callaron
los federales les dijo que iba a salir protegido por los clientes. Le estuvimos
sirviendo de parapeto hasta la frontera. Una vez allí nos dio las gracias y
escapó entre los árboles.
—¿Qué sabe usted de Marty?
—Puedo pedir su ficha al periódico.
—No. ¿Dónde nació?
Brice movió, negativamente la cabeza.
—Nadie lo sabe. Su nombre era falso. Nunca quiso decir
cuál era el verdadero. Se hacia llamar Bob Marty; pero se ha comprobado que el
nombre no era el suyo. Nunca quiso decir dónde había nacido, ni quiénes eran
sus padres ni si tenía o no hermanos.
—Tenía hermanos —dijo Duke.
Brice le miró fijamente.
—¿Quién lo ha dicho? —preguntó.
—Lo sé.
—Entonces... Ese doctor "Muerte" podría ser el
hermano de Marty.
—Podría serlo, desde luego. ¿A usted qué le parece?
—Que es una información magnífica.
—No se precipite. Aún no se ha comprobado nada. ¿Es cierto
que Marty tenía mucho dinero?
—Si. Sus robos pasaron de los dos millones de dólares.
Gastó mucho, pero debía de quedarle por lo menos un millón.
—¿Y qué fue de ese dinero?
—No se ha vuelto a saber de él. Se supone que lo escondió
en algún lugar donde aún debe estar escondido.
—A menos que lo legara a su hermano —sugirió Duke.
—Es una idea buena —admitió Brice—. El hermano recogería
el dinero y lo emplearía en ir vengándose de los que asesinaron... quiero decir
de los que mataron a Marty.
—Tarea que ya casi ha terminado. Falta Owen; pero ha
muerto Guerin.
—Si Owen sigue cometiendo indiscreciones como la de hoy,
no durará mucho.
—¿Qué indiscreción ha cometido? —preguntó Duke.
—¿No ha leído los periódicos?
Duke lo abrió de nuevo y el periodista señaló la
fotografía de Owen—Iris, al pie de la cual se leía:
"El agente Israel Owen—Irish, que ha desempeñado
importantísimo papel en la lucha contra el doctor "Muerte", abandona
cada noche nuestra ciudad en el expreso de Chicago, donde espera encontrar
nuevas pruebas y una firme pista que le conducirá a descubrir al
misterioso..."
Duke no siguió la lectura.
—¿A qué hora sale el expreso? —preguntó.
—Dentro de media hora —respondió Brice.
—¿Y quién ha dado esta noticia?
—Él mismo. Nos pidió que la publicáramos.
—¡O está loco o es muy listo! ¡Corramos!
Dejando sobre la mesa el pago de la cena encargada y no
consumida, Duke arrastró a Susana tras él y, subiendo en su coche, partió hacia
la estación, acompañados por Brice, que se instaló en el asiento posterior del
auto.
Éste, desafiando todas las leyes del tráfico, recorrió a
velocidad suicida las calles que le separaban de la estación, y en vez de
dirigirse a la puerta principal fue hacia la de carga y descarga.
Los faros del coche resbalaron sobre la roja carrocería de
una camioneta "Ford", detenida en un rincón del enorme patio de
descarga. Duke dirigió en seguida su coche hacia la camioneta y no necesitó
mucho tiempo para identificarla.
—El doctor "Muerte" está aquí —murmuró.
Empuñando una pistola acercóse a la camioneta y examinó su
interior. Estaba vacía. Si el doctor "Muerte" había llegado en ella
debía de estar lejos de allí. Sobre el asiento delantero Duke encontró, como
única huella, un periódico de la noche, en el cual se veía el retrato de
Owen—Irish, señalado en los ángulos por cuatro marcas azules.
*****
—De prisa —pidió Duke—. Vayamos al andén.
Cruzaron por entre los equipajes y mercancías amontonados
en la penumbra de los tinglados y almacenes y por fin desembocaron en los
grandes andenes, pasando gracias al carnet de periodista de Brice.
El tren para Chicago estaba en la vía segunda, y para
llegar a él tuvieron que recorrer casi cien metros.
Cuando desembocaban en el andén correspondiente, el drama
se desarrolló con vertiginosa rapidez.
Un hombre en quien Duke reconoció en seguida como el Félix
García que le visitó, se acercaba a Israel Owen—Irish, que estaba de espaldas a
él, pero que se volvió vivamente al oír los pasos del otro.
Duke aceleró la carrera. Ahora Owen—Irish le volvía la
espalda, impidiéndole ver a García.
Violentamente, cuatro detonaciones estallaron en el andén.
Fueron como cuatro trallazos de trágico significado.
Israel Owen—Irish se volvió ligeramente, y Duke le vio
empuñando una Colt automática del 45, y en el suelo, frente a él, el cuerpo de
Félix García, cuyo pecho estaba perforado por cuatro certeros balazos.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
Con el cañón de su arma, Owen señaló el cadáver. Junto a
éste se veía un paquete del cual salía la empuñadura de una daga, cuya hoja
triangular estaba medio hundida en el paquete que debía haberle servido de
funda.
—Me entregó el paquete —explicó Owen—. Dijo que me lo
enviaba Atchinson. En cuanto lo cogí y tiré de él vi la hoja del puñal. Yo
estaba ya prevenido y me anticipé. Creo que fue cuestión de unos segundos. De
no esperar ese ataque, me habría cogido por sorpresa.
—¿Lo esperaba? —preguntó Duke.
—Claro. Por eso hice anunciar mi marcha. Estaba seguro de
que el doctor "Muerte" trataría de matarme.
—¿Y cree que ése era el doctor "Muerte"?
—preguntó Duke.
—Creo que intentó asesinarme —replicó Owen.
Unos policías que habían acudido estaban registrando el
cadáver.
De un bolsillo uno de ellos extrajo un papel y, después de
examinarlo, lo tendió a Owen, quien a su vez, tras un rápido examen lo entregó
a Duke. Éste leyó:
"Tú eras el único que faltaba. A los demás los
perdono. No volveré a actuar.
Doctor Muerte".
—Sin duda pensaba colocárselo encima, ¿verdad? —dijo Duke,
con súbito buen humor.
—¡Encima de mi cadáver! —replicó Owen.
—Corro a dar la gran noticia —interrumpió Brice, marchando
hacia los teléfonos.
"Extracto de un diario íntimo"
"¡Se lo han creído! ¡Imbéciles! Siempre he creído que
son unos imbéciles muy por debajo de mí. Creen que he muerto. Les ha convencido
una semejanza física entre ese estúpido uruguayo y Bob. Todos los periódicos
cacarean la noticia. ¡El doctor "Muerte" ha muerto! Y publican
innumerables fotos de un cadáver que creen que es el mío. Duke también lo cree.
¡Cuánto me gustaría demostrarles que me he burlado de ellos! Pero quiero
descansar. Bob ya debe reposar en paz".
CAPÍTULO XII
PENÚLTIMO CAPÍTULO
—¿Crees que ese era el doctor "Muerte"?
—preguntó Susana.
Duke movió negativamente la cabeza.
—No lo era.
—Pero... parecías convencido.
—Lo parecía.
Estaban en casa de Duke, frente a una colección completa
de todos los periódicos de la mañana y los primeros de la tarde. Estos últimos
completaban la información de la muerte del misterioso doctor
"Muerte".
—¿Te has fijado en el parecido entre el muerto y Bob
Marty? —inquirió Susana.
—Sí. Y eso es lo que me hace creer que el doctor
"Muerte" sigue vivo y que la historia que me contó Félix era cierta.
Le eligieron por su parecido. Bob Marty tenía un tipo completamente latino. No
parecía norteamericano. El doctor "Muerte" es muy listo. No ha
querido desaparecer sin dejar atrás su cadáver. ¿Y qué cadáver mejor fue uno
parecido a Bob Marty? Así todo se explicaba. Un hermano o un pariente de Marty
tomaba a su cargo la tarea de vengar a la víctima de los federales.
—Pero todos los testigos afirman que ese hombre hizo todo
lo que cuenta Owen. Intentó acuchillarle.
—Eso se puede conseguir de diversas maneras: mediante el
hipnotismo, por ejemplo. Dominado por la fuerza hipnótica, aquel hombre pudo ir
adonde le ordenaba el doctor "Muerte", matar a la víctima señalada,
lo cual explica el detalle del retrato de Owen marcado con lápiz azul. Y como
no tenía orden de hacer nada más, después de cometer su crimen se hubiese
dejado matar.
—¿Crees de veras todo eso?
Duke sonrió ante la pregunta de Susana.
—Si no lo creyese no lo diría.
La joven movió, dudosa, la cabeza.
—Me parece que no dices todo lo que sientes.
—Escucha, Susana. Vas a hacerme un favor y a demostrar que
mi teoría del cebo no era falsa. Pero esta vez yo haré de trampa y te prometo
que no fallaré. Esta noche van a venir una colección de personas a quienes he
citado. Cuando entre una de esas personas, Butler te avisará por teléfono, tú
llamarás también por teléfono al cabo de unos diez minutos, ni antes ni
después, y me dirás:
"Rodger Hugdson" dice que está seguro. Sabe
quien es el verdadero hermano de Marty y lo dirá a cambio de diez mil
dólares".
“Puedes agregar que no se acepta ni un centavo menos.
—¿Quién es ese Hugdson?
—Fue un amigo de Marty. El doctor "Muerte" debe
de saberlo. Por poco que oiga comprenderá, temerá y actuará.
—No entiendo nada.
—Yo si. Es el general el que debe entender. Yo soy el
general. Si tú supieses todo lo que pienso hacer seguramente no querrías
ayudarme.
—Está bien, señor misterios. Haré, obedeceré y callaré. ¿Y
a quien vas a llamar?
—A todos los que estaban aquella noche viendo morir a Tony
Corbin.
*****
Max Mehl miró, irritado, a Duke.
—¿Por qué crees que el doctor "Muerte" no ha
muerto?
—Porque sé que no ha muerto.
—¡Bah! A vosotros los detectives geniales siempre os gusta
complicar las cosas. No estáis nunca conformes con la explicación lógica, con
la solución clara.
—El doctor "Muerte" que murió en la estación se
llamaba en realidad Félix García, era uruguayo y llegó hace un mes a Nueva
York.
—Esa explicación no se funda en ninguna base sólida. Las
huellas dactilares del muerto son las mismas que encontraste en la empuñadura
del cuchillo con que fue asesinado Raban, y luego se encontraron en el cuchillo
con que mataron a Guerin. Las mismas huellas estaban en la camioneta y en el
Diario del doctor "Muerte".
—¿Que diario?
—El que llegaba anotando todos sus crímenes.
—¿Por qué no pregunta en la Oficina de Inmigración si
registraron la entrada en la ciudad de un uruguayo llamado Félix García?
—propuso Duke.
Max, por toda respuesta, alcanzó el teléfono, marco un
número y después de dar su nombre pidió hablar con el capitán O'Keefe, a quien
expuso su deseo, agregando que en cuanto tuviese aquella información se la
comunicara a casa de Duke.
—Cuénteme ahora lo del Diario, y dónde lo encontraron.
—En primer lugar examinamos la camioneta que tú dijiste
era del doctor "Muerte" y comprobamos la coincidencia de las huellas
dactilares. Un examen del barro que había en los neumáticos permitió a los
agentes localizar el lugar de procedencia. Una vez allí costó poco averiguar,
gracias a los informes de los vecinos, la casa en la que entraba y salía la
camioneta. Era un edificio de ladrillo bastante bueno, muy amplio y en él
encontramos todas las pruebas que nos faltaban de la culpabilidad de aquel
hombre. Sus huellas estaban distribuidas desde la planta baja al primer piso,
en la cocina, en el dormitorio, en el Diario, en las plumas. Encontramos varios
trajes, dinero y, entre otras cosas, la funda de la daga que utilizó para matar
a Pomeroy.
—¿Se explica en el diario cómo se las compuso para matar a
Pomeroy?
—No da detalles; pero dice que lo consiguió sin que nadie
se diese cuenta.
—Eso ya lo sabíamos.
—También se encontró un carnet falsificado a nombre de
John Pomeroy.
El timbre del teléfono recordó a los dos hombres que aún
no se había recibido la respuesta del Departamento de Inmigración. Max
respondió a la llamada y después de escuchar un momento anunció a Duke:
—No hay ninguna ficha a nombre de Félix García; pero —y
aquí sonrió el Jefe—, me dice que el nombre le suena familiarmente. ¡En el
mundo hay cientos de miles de Garcías!
—Permítame —pidió Duke.
Tomó el teléfono y, después de presentarse, inquirió:
—¿No es cierto que todas las fichas llevan un número de
orden?
—Sí, desde luego —respondió O'Keefe.
—¿No podría ir reuniendo las fichas extendidas desde hace
un mes?
—Esas fichas están todas en un mismo fichero y parte de
otro, aunque agrupadas por orden alfabético.
—¿No se podrían colocar por orden de números?
—Sí; pero nos dará mucho trabajo. ¿Qué beneficio cree que
reportara eso?
—El descubrir que falta alguna ficha.
—¡Imposible!
—Véalo.
—Eres muy terco —sonrió Max.
—Sólo cuando sé que tengo razón. Explíqueme ahora las
otras cosas que descubrieron.
—Unos ojos verdes.
—¡Eh!
—Sí. Unos ojos de cristal para ser colocados encima de los
naturales y darles un aspecto distinto. ¿No te acuerdas del enfermero que
asesinó a Guerin?
—¿Explica en el diario los motivos que le impulsaron a
esos delitos?
—Da a entender que quería vengar a su hermano. Es una
explicación lógica.
—Sí. ¿Y dónde está el dinero?
—¿Qué dinero?
—El que le dejó su hermano. Se supone que Marty era muy
rico.
—Se encontraron once mil dólares.
—¿Así todo está resuelto?
—Todo, y por mi gusto ya está bien resuelto. Y por el de
los demás también. Atchinson pierde su puesto, y a Israel Oven—Irish, en atención
a que gracias a su idea y a que expuso su vida para llevarla a la práctica, se
le admitirá la dimisión. La muerte de Guerin no se perdona a nadie.
—¿Me permite un momento? —pidió Duke.
Descolgó el teléfono de encima de la mesa y rápidamente
marcó un número.
—¿Es usted, Atchinson? —pidió—. Gracias —y al cabo de un
momento, siguió:— Oiga, Atchinson, me ha dicho Max que le han expulsado del
Cuerpo. Sí, ya sé que la culpa no fue del todo suya; por eso quiero ayudarle.
¿Puede visitarme dentro de... sí, dentro de una hora? Gracias. Estoy seguro de
hacer mucho por usted.
Después de esto llamó a Owen—Irish y le hizo la misma
petición; pero citándolo para dentro de dos horas. Por último telefoneó a Hugh
Brice, a quien citó para tres horas después.
Cuando terminaba de hablar con Brice sonó de nuevo el
teléfono y Duke respondió a la llamada del Departamento de Inmigración. Después
de escuchar las palabras del capitán, inquirió:
—¿No puede haber otra explicación?... Bien, muchas
gracias.
Volviéndose hacia Max explicó:
—Falta una ficha que corresponde a la llegada del
"Santa Rosa" de Montevideo. Han desaparecido las huellas dactilares
impresas en ella, de un pasajero que entró en Nueva York hace un mes. Ahora
telefonearemos a la agencia del "Santa Rosa" y allí nos dirán el
nombre. Puede usted telefonear si quiere.
—No hace falta —suspiró Max—. Ya sabía que no podía ser
verdad que hubiéramos terminado con ese doctor "Muerte".
Duke dio de nuevo las gracias al capitán O'Keefe y luego
colgó el aparato, desconectando los timbres para, como explicó a Max, que no
les molestasen si volvían a sonar.
—Por su gusto el doctor "Muerte" no volvería a
actuar —siguió luego Duke—. Ya ha terminado su trabajo y no quiere seguir
atrayendo la atención de los federales, a quienes ha causado muchas más bajas
que ningún enemigo público. Ahora quiere vivir en paz y disfrutar de la
herencia de su hermano; pero no le dejaremos. Le obligaremos a que de de nuevo
la cara, y entonces lo cazaremos.
—¿Quieres que yo haga de cordero en esa nueva trampa?
—No. En esta caza no habrá cordero. Sólo habrá trampa.
Usted me ayudará porque la solución del misterio va a ser poco agradable y se
deberán tomar decisiones muy importantes y graves. Yo solo no me atrevería a
tomarlas.
*****
A las cinco de la tarde llegó Arthur Atchinson a casa de
Duke. A las cinco y cuarto entró Butler anunciando que la señorita Cortiz
deseaba comunicarle una noticia urgente.
—Dile que telefonee en otro momento —refunfuñó Duke.
—Es que se trata de un asunto muy importante —insistió
Butler—. Se refiere a lo del doctor...
—¡Está bien! —interrumpió vivamente Duke. Fue a descolgar
el teléfono de sobremesa, pero, conteniéndose, dijo:— Telefonearé desde el
vestíbulo. Con su permiso, Atchinson.
Y salió a telefonear, seguido por Butler, y dejando a
Arthur Atchinson frente a los auriculares conectados con el teléfono central.
A las seis y cuarto esta misma escena se repitió, punto
por punto, en el caso de Israel Owen—Irish.
A las siete y cuarto la escena se repitió por tercera vez
en el caso de Hugh Brice.
A las siete y media, después de la precipitada marcha de
Brice, Duke partía en su auto, acompañado por Max Mehl, en dirección a una de
las calles que discurren a la sombra del puente colgante de Brooklyn. A mitad
de camino se detuvo para recoger a un hombre que aguardaba impaciente, y que,
sin pronunciar ni una palabra, se sentó en la trasera del coche, acomodando
sobre sus piernas una ametralladora "Thompson" con su cargador
circular de cincuenta cartuchos del 45.
Aquellos tres hombres iban a la caza definitiva de la más
difícil presa que habían perseguido jamás.
Era un enemigo peligroso cuya zarpazo podía ser fatal,
aún, para alguno.
CAPÍTULO XIII
LA CAZA FINAL
Susana colgó el aparato, después de su tercera llamada y
consultando un número escrito en un trozo de papel que tenía ante ella lo
marcó.
—Oiga, ¿es usted, Hanns? ¿Conoce ya la dirección?
—Sí, señorita Cortiz. Rodger Hugdson tiene un bar, casi
taberna, en la calle Brisbean, en la Bowery. Es un local frecuentado por
marinos y cargadores...
—Gracias. Pase mañana por casa del señor Straley y él le
abonará el importe de este informe.
Susana colgó el teléfono, salió de la cabina y,
dirigiéndose a un puesto de periódicos y revistas, pidió una guía de Nueva
York. Cuando la tuvo la extendió y, dirigiéndose al vendedor, le pidió:
—Indíqueme dónde está la Bowery.
El dedo del vendedor se posó en un determinado punto del
azulado plano.
—¿Y la calle Brisbean?
El dedo vagó indeciso unos segundos y, por último, señaló
el emplazamiento de la calle. Susana marcó con tinta la calle, pidió unas
tijeras y recortó el trocito de plano donde estaba incluida y, guardándolo en
su bolso, dejó el resto del plano al asombrado vendedor.
En un taxi descendió hacia el arrabal, y una vez en sus
proximidades, y después de haber realizado en el trozo de mapa la calle donde
estaba en aquellos momentos, despidió el taxi y echó a andar en busca de la
calle Brisbean. Cuando la encontró asombróse de que en Nueva York, a la sombra
de los rascacielos, pudiera haber semejantes calles y semejantes casas y, lo
peor, semejantes personas, si es que podían llamarse personas a las que
transitaban por las calles.
A los cinco minutos ya se había arrepentido y, por
asociación de ideas, se acordó de los agentes federales que la habían asediado
en Washington.
A pesar del trozo de plano, Susana tardó casi una hora en
encontrar, por fin, la calle Brisbean. Olía a fango de río, a petróleo y a
cuerdas embreadas.
—¿Busca la taberna de Hugdson? —preguntó una voz junto a
Susana.
Ésta lanzó un ahogado chillido de sobresalto y volvióse
hacia el hombre que le había dirigido la pregunta. Al reconocerle se
tranquilizó un poco.
—¿Qué hace usted aquí, señor Owen?
—Duke me ha enviado a que le espere en la taberna de
Hugdson para cazar al doctor "Muerte", que él aún cree vivo. Ya opino
que se engaña.
—No sé —respondió Susana.
—¿Qué informes le consiguió usted?
—Las de un detective que lleva tiempo investigando para
nosotros el asunto.
Habían llegado ante una casa de oscura fachada y, de
pronto, Owen agarró fuertemente la muñeca de la joven, preguntando con voz
alterada:
—¿Quién les dio los informes?
Susana le miró, inquieta.
—¿Por qué me habla así?
—Hugdson no sabe nada. Nunca ha sabido nada.
—Lo sabe —dijo Susana con gran firmeza.
Owen la miró con extraña expresión.
—Entraremos en casa de Hugdson y usted le dirá que cuente
la verdad. Le entregaremos los diez mil dólares.
Susana se dejó empujar hacia la puerta de la casa ante la
cual se hallaba, y al abrir la puerta vio que se trataba de una taberna de
ínfima categoría. Volvióse hacia Owen y, al descubrir su dura expresión, sintió
un escalofrío. Estaba ya muy arrepentida de haber acudido a aquellos lugares.
De pronto sintió que el hombre que estaba tras ella se
estremecía, y, al momento, vióse sujetada por el brazo izquierdo del policía
federal. Al otro lado de la sala de la taberna acababan de aparecer tres
hombres. Duke, Max Mehl y Atchinson.
—No haga ninguna resistencia, Owen —pidió Atchinson—. Está
perdido.
Susana sintió junto a su oído una estridente carcajada. En
el mismo instante vio aparecer junto a su cadera derecha una mano armada con
una pistola.
Los pensamientos se sucedieron con centelleante rapidez.
Susana comprendió que, por una inexplicable realidad, aquel hombre a quien ella
siempre había creído un policía, y de quien sólo por humor había sospechado,
resultaba ser el Doctor "Muerte". Debía de haber escuchado la
conversación que ella había sostenido con Duke y por eso había ido allí para
evitar que Hugdson pudiera hablar. Por casualidad la había encontrado y sin
duda había pensado en matarla. Y ahora la iba a utilizar como escudo contra las
balas...
Duke comprendió las intenciones de Owen. Demasiado tarde,
no podía ya disparar sobre él con la plena seguridad de herirle sin herir a
Susana, que formaba con su cuerpo una barrera que si físicamente era débil
contra las balas, en cambio poseía una formidable fuerza moral.
Pero en todo esto apenas se habían invertido unas
fracciones de segundo. Susana golpeó con el codo la pistola que Owen estaba a
punto de disparar y cuyo disparo se produjo en el mismo instante, yendo la bala
a perderse lejos de donde estaban los cuatro hombres. Susana continuó actuando,
y girando sobre los tacones hacia la izquierda, empujó a Owen lejos de ella,
desasiéndose así de su brazo.
—¡Maldita mu...! —empezó Owen, queriendo dirigir contra
ella su pistola.
Arthur Atchinson estaba esperando aquel momento, y su
"Thompson" llenó de ecos de muerte la sala. Israel Owen—Irish pareció
partirse por la mitad y doblándose hacia delante cayó de cabeza, girando luego
sobre sí mismo y quedando inmóvil, bañado en su sangre.
También Duke y Max Mehl habían disparado sus pistolas
contra Owen, y el primero corrió hacia la mujer que buscaba en él refugio para
su angustia.
Temblando como bajo los efectos de un intensísimo frio,
Susana tartamudeaba contra el pecho de Duke palabras ininteligibles que al fin
silenciaron los labios del joven en tanto que sus brazos la estrechaban contra
su cuerpo, cual si quisieran prestarle su calor.
El cuerpo de Israel Owen—Irish estaba cubierto por un
trozo de manta que dejaba asomar los pies del cadáver. Susana, envuelta en el
abrigo de Duke, rehuía mirar aquel cuerpo, apretujándose contra un rincón. En
cambio los tres hombres tenían la mirada fija en lo que quedaba de Israel
Owen—Irish.
—Jamás lo hubiese creído —murmuró Atchinson—. Tiemblo ante
el descrédito que caerá sobre el Cuerpo de la Policía Federal.
—Owen fue siempre un buen policía que se debía de alegrar
mucho de que su hermano hubiese adoptado el falso nombre de Bob Marty —dijo
Duke—. El Destino quiso que en un momento trágico, los dos hermanos se
encontraran frente a frente y en la lucha cayera uno de ellos. Owen sabía que
ninguna de sus balas había acabado con Bob Marty; pero en cambio no sabía si le
había dado alguna de las que había tenido que disparar contra la casa donde se
encontraba acorralado su hermano.
—Pero, ¿cómo no explicó la verdad? —preguntó Atchinson.
—No podía hacerlo porque hubiese sido expulsado del
Cuerpo. Se trataba de uno de esos casos en que en una misma familia se dan los
dos extremos: el hombre fidelísimo cumplidor de la Ley y el hombre que es su
peor enemigo. He examinado la ficha de Owen y en toda ella no hay ni un punto
malo. En todo momento se demostró fiel cumplidor de su deber, valiente hasta la
temeridad, y nada hacía sospechar que fuese hermano de un delincuente.
"Bob y él se habían separado de muy pequeños. Se
parecían tan poco moral como físicamente. En el pueblo donde nació Owen, saben
que existía un hermano que a los dieciséis años se marchó de casa para no
volver más. No se pudo averiguar mucho más; pero gracias a algunos retratos que
tengo en mi poder se verá que el desaparecido Robert Owen pudo llegar a ser
físicamente Bob Marty.
"Cuando Bob comenzó a hacerse famoso, Owen se dio
cuenta de la verdad y evitó aquellos servicios en que pudiera tropezar frente a
frente con su hermano. No le fue difícil conseguir que otros le substituyeran,
porque todos estaban deseosos de una oportunidad para lucirse y ganar gloria;
pero un día el azar los enfrentó y aquél fue el último día de Robert
Owen—Irish.
"Viendo la fotografía de los agentes que terminaron
con Bob Marty, se advierte la emocionada expresión de Owen. No está satisfecho
como los demás agentes. Se advierte a simple vista que algo se ha roto dentro
de él.
"Israel Owen—Irish no puede ver en el cadáver del
enemigo público más que a su hermano, tal como le vio cuado era niño, cuando
necesitaba de él, cuando formaban juntos el complemento de su familia.
—¿Crees que se volvió loco? —preguntó Max.
—Sí. No fue una locura aparatosa, sino todo lo contrario.
Exteriormente siguió igual; pero el agente del gobierno ya no volvió a ser el
que era. En seis de sus compañeros veía a seis asesinos. Tal vez todo se
hubiese arreglado al fin, si Bob Marty, unos días antes de su muerte, dándose
cuenta de que estaba acorralado, no le hubiese enviado, por paquete postal, más
de un millón de dólares en billetes de Banco, tal vez con una carta en la cual
le dijese que no habiendo podido rehacer su vida le dejaba aquel dinero para
que él pudiera emplearlo a su gusto. Es quizá imposible saber lo que decía la
carta; pero es seguro que la hubo, porque es seguro que al día siguiente de
morir Marty recibió Owen un paquete postal de diez kilos, procedente de un
pueblecito situado muy cerca de aquel donde murió Bob.
—¿Y cree que por ese dinero se convirtió en un criminal?
—preguntó Atchinson.
—No fue por ese dinero, simplemente. El ver que su hermano
había pensado en él, que unas horas más tarde debía contribuir a su muerte, le
debió de trastornar profundamente. Aquel dinero le ofrecía la oportunidad de
vengar al muerto, a su hermano, no al enemigo público. Comenzó a asesinar.
Podía acercarse a las víctimas sin que éstas desconfiaran; pero al irse
repitiendo los crímenes siempre iguales temió que al fin se sospechase de él.
Buscó al infeliz García, un hombre que no sabía ni una palabra de inglés, que
podría copiar en un Diario lo que él escribiera a máquina, de forma que quedase
un testimonio escrito de la identidad del doctor "Muerte". Después le
hizo dejar huellas en las armas utilizadas por él y así planeó y realizó el
asesinato de Pomeroy, su obra maestra.
—Aun no comprendo cómo pudo hacerlo —dijo Max.
—De una forma muy sencilla. En primer lugar se apoderó de
la invitación de Henry Cox deteniéndolo con el carnet falsificado de John
Pomeroy y atándole luego con sus esposas. Una vez en su poder aquella
invitación, fue a Sing—Sing y por tratarse de un agente federal a quien todos
conocían, nadie se fijó en lo que hacía y pudo sellar la invitación en la
primera puerta y pasar al interior sin que le registrasen. Así no pudieron
hallar la daga que llevaba preparada. Una vez en la antecámara dejó que todos presentasen
sus invitaciones, y en un momento oportuno metió la de Cox entre las otras. Su
intención era, simplemente, dar la impresión de que aquella tarjeta había sido
utilizada por alguien para entrar allí. Es decir, alguien que de otra manera no
habría podido entrar en Sing—Sing. Él no necesitaba invitación ninguna. Su
interés estribaba, precisamente, en crear un fantasma que atrajera tras él las
investigaciones de la Policía. Lo consiguió. Cox no había estado en Sing—Sing.
Nadie le había visto; pero alguien a quien nadie recordaba había entrado allí,
había asesinado a Pomeroy en el momento en que todas las miradas estaban fijas
en la silla eléctrica donde moría Corbin. Luego, en el tumulto y desorden del
momento del descubrimiento del crimen dejó sin sentido al verdugo y limitóse a
abrir la puerta que comunicaba con el pasadizo que daba al patio. Así parecía
que el asesino había huido.
"Al cúmulo de ventajas, ya que nadie podía sospechar
de un agente federal, unía, esa tan hábilmente conseguida. Como dije un día, se
buscaban setas en los árboles, cuando lo lógico era sospechar de los que
estaban allí, no de aquel misterioso hombre a quien nadie había visto.
"Owen debió de descubrir que Félix García, el hombre
a quien él estaba preparando para que adoptase la personalidad del doctor
"Muerte" en el momento en que a él le conviniera, me había visitado,
y suponiendo mi reacción preparó una bomba de relojería y me guió hacia ella de
forma que llegase sobre la bomba en el segundo exacto en que fuera a estallar.
Me libré; pero no pude salvar a García, que desapareció para no reaparecer
hasta aquel odioso crimen de la estación.
—¿Y lo de Raban? —preguntó Max.
—¡Es tan claro! Era una oportunidad maravillosa para
demostrar su inocencia. Él sabía como nosotros quién era el falso Raban: es
decir, Guerin. Al asesinarlo demostraba una vez más su inocencia. ¿Cómo iba él
a matar a un hombre que adoptaba la personalidad de otro a quien sabía muerto y
que, por lo tanto, no podía perjudicarle en nada, ya que nada podía decir? Pero
fingiendo que el doctor "Muerte" se tragaba el engaño, se libraba de
toda sospecha.
—¿Cómo consiguió adoptar la personalidad del enfermero?
—Eso fue muy sencillo, y ello me dio la prueba de la
culpabilidad de Owen Por la ventana del cuarto de Guerin salió disfrazado de
enfermero, y con ayuda de una cuerda de seda con gancho pasó de una galería a
otra, enganchando la cuerda en un barrote de la galería de arriba. Un
movimiento soltó el gancho, y Owen pudo repetir la operación para pasar a otra
galería. De aquella galería pasó a un cuarto, se ajustó el traje de enfermero y
dirigióse al cuarto de Guerin, llamó, hizo como si hablase con Owen; para lo
cual sólo necesitó hablar quitándose la máscara, y luego volver a hacerlo con
la máscara puesta. Abrió la puerta como si fuese abierta desde dentro, entró en
el cuarto, cerró, asesinó a Guerin, volvió a salir como Owen, y desde el
lavabo, con ayuda de la cuerda, regresó al cuarto por las galerías, saltando de
una a otra, de lo cual aun quedaban huellas. Una vez en el cuarto se vistió la
bata de enfermero, salió a la vista de todos, entró en otro cuarto, y de allí,
con la cuerda, regresó al lavabo y del lavabo fue, como Owen, al cuarto a
descubrir el asesinato. Nadie pudo sospechar tampoco de él, aunque sí acusarle
de descuido.
"No quedando ya más que él como futura víctima del
doctor "Muerte", lo preparó todo para atentarse, utilizando a García,
a quien, disfrazado con su aspecto de viejo, mostró el retrato de Owen y le
encargó que le diese un paquete, dentro del cual iba, debidamente colocado, un
cuchillo. Félix García cumplió el encargo sin sospechar la trampa que le
tendían. Y murió a la vista de todos, ocupando en los periódicos el puesto del
doctor "Muerte".
—¿Y no cree que sería mejor que ese desgraciado sin
familia y sin que nadie le llore continuara pasando por el doctor
"Muerte"? —preguntó Atchinson.
Duke, le miró, extrañado.
—Pero... es la oportunidad de que usted pruebe que no fue
un descuidado en ningún momento, y que sólo...
—No — interrumpió Atchinson—. Eso no debe ser. Nosotros
sabemos que Owen fue un loco al que ningún tribunal hubiese condenado a pena
mayor que la de reclusión en un manicomio; pero el público no verá las cosas
del mismo modo. Para él Owen era un agente federal, hermano de un enemigo
público, o sea de un gran delincuente, que puesto de acuerdo con él le ayudó a
esquivar la acción de la justicia hasta que no pudo más y que después se
entregó a la tarea de ir matando a sus compañeros. Dejarían de confiar en los
agentes federales, que hasta ahora han sido sus héroes predilectos. Dirían que
son tan corrompidos como cualquier otros. Olvidarían sus heroísmos, sus
sacrificios, su brillante historial. Es mejor dejar creer que a Owen lo han
asesinado unos bandidos a quienes jamás conseguiremos detener.
—Pero si no se conoce la verdad usted perderá su puesto,
Atchinson —dijo Duke.
—Ya lo he perdido. Con este escándalo podría recuperarlo;
pero no quiero conseguir nada a cambio de tanto.
—¿Cómo lograste que Owen viniera aquí? —preguntó Max.
—Hice que delante de él se dijese que Susana me iba a
hablar del doctor "Muerte". Como Owen sabía que por medio de aquellos
auriculares de mi despacho se podía escuchar la conversación telefónica, al
quedar solo, escuchó y acudió aquí. Era la última prueba que necesitábamos, y
gracias a la inesperada actuación de Susana, aun salió mucho mejor.
La joven miró a su novio y apoyando de nuevo la cabeza
contra su pecho entornó los ojos.
—Yo me marcharé en el tren de la madrugada —dijo
Atchinson, levantándose—. Usted, Max, puede encargarse de explicar este asunto
como prefiera; pero no diga la verdad. Cuando en un medio glorioso se mezcla un
traidor, lo mejor es aniquilarlo y guardar el secreto.
—No le faltará lo necesario pasa vivir — prometió Duke.
—Sé hacer otras cosas además de disparar la ametralladora
—dijo Atchinson, con triste sonrisa—. Adiós y gracias.
Le vieron salir lentamente, deteniéndose un momento junto
al cadáver de Owen, siguiendo luego hacia delante, sin pronunciar ni una
palabra más.
—Eso le cuesta mucho —murmuró Max—. He conocido pocos
hombres que amaran más su profesión. ¡Y tenerla que dejar cuando puede vindicar
su actuación, explicar por qué traición pudo morir Guerin!
—Yo alabo su decisión —dijo Duke.
—Yo también; pero le veo como la última víctima del doctor
"Muerte".
—Lo es. Pero tengamos la seguridad de que en su retiro él
se sentirá tan orgulloso de sí mismo que por nada del mundo renunciaría a la
satisfacción que le produce ese acto.
—¿Por qué no renuncias tú también? —murmuró Susana—. Yo lo
preferiría.
—Me costaría tanto como renunciar a ti —respondió Duke.
Susana se sintió feliz.
—No renuncies —dijo—; pero no te expongas tanto.
—Hasta ahora tú te has expuesto más que yo —recordó Duke—.
Y por poco acabas tus días a manos del doctor "Muerte".
Al recordar el peligro corrido, Susana se estremeció y de
nuevo buscó calor y amparo entre los brazos del que pronto seria su marido.
En el suelo, bajo la manta, el cadáver del doctor
"Muerte" ponía una nota sombría a aquella felicidad que había estado
a punto de truncar para siempre.
FIN
Digitalizado por: Antonio González Vilaplana
Publicado por: Editorial Molino, marzo de 1946

