Libro N° 4099. Los Diez Dragones De Confuncio. Figueroa Campos, J.
© Libro N° 4099. Los Diez Dragones De Confuncio. Figueroa Campos, J. Colección E.O. Agosto 26 de
2017.
Título
original: © Los Diez Dragones De
Confuncio. J. Figueroa Campos
Versión Original: © Los Diez Dragones De Confuncio.
J. Figueroa Campos
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LOS DIEZ DRAGONES DE CONFUNCIO
J. Figueroa Campos
Annotation
Cuarta aventura de Duke, de J. Figueroa Campos, pseudónimo
de José Mallorquí; trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una
curiosa mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley,
era un millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos,
ayudado, claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y
otros. El hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras
trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros
héroes se había perdido.
Duke, en ese sentido, recuperaba el glamour de los
anteriores héroes, supuso un chorro de aire fresco ante tanto héroe español. En
sus persecuciones, empleaba un increible coche de 120 caballos provisto de una
estruendosa sirena que no tenía reparos en hacer sonar, pero, además, estaba
surtido de toda clase de gadgets tecnológicos al más puro estilo James Bond.
Evidentemente, tenía una novia, Susana Cortiz, y acabó desposándola en el
último número de la serie, el décimo, pasando a dedicarle a su mujer, los ratos
de ocio que antes empleaba para perseguir criminales, sectas orientales y
científicos locos.
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
Duke de J. Figueroa Campos
J. Figueroa Campos
LOS DIEZ DRAGONES
DE CONFUCIO
DUKE nº 4
Autor: José Mallorquí como J.
Figueroa Campos
©1944, Editorial Molino
Colección: Hombres audaces
Digitalizado por: Antonio González
Vilaplana, 2003
Generado con: QualityEPUB v0.28
CAPÍTULO I
Una oleada de reporteros inundó la casa. Duke les vio
llegar y comprobó personalmente la gran verdad de que nada puede detener a la
Prensa. Ni timbres de alarma, ni ojos eléctricos, ni, seguramente, cables de alta
tensión.
Eran caballeros (Caballeros de la Prensa) y, por lo tanto,
no necesitaban pedir permiso para meterse donde se les antojara. Lo hacían y
luego, una vez dentro, uno de ellos chilló:
—Con su permiso, señor Straley.
Y se repartieron por el despacho de Duke, husmeándolo
todo, descubriendo enseguida dónde estaba el mejor whisky, vaciando en un par
de segundos otras tantas botellas y diciendo, al tirar los vacíos cascos:
—Gracias por el licor, señor Straley.
Bob Dennison y Elizabeth Straley miraban, horrorizados,
aquella nueva invasión de los bárbaros. Eran sólo quince hombres, unos
provistos de cuadernos de taquigrafía y otros armados de aparatos fotográficos.
Unos eran altos y delgados. Otros, bajos y enjutos; unos, rubios, y otros,
morenos; pero una cosa tenían todos de común: la mala educación, el sombrero en
la cabeza y la afición a sentarse en los lugares más inverosímiles.
—Buenos días —saludó, al fin, Duke.
—Buenos días, señor Straley —replicó el decano de los
invasores—. Ha sido usted muy amable recibiéndonos.
—Si ustedes lo creen así... —sonrió, irónico, Duke.
—Desde luego —replicó el periodista—. Es usted muy amable
y ya sabe que en nosotros tiene a unos amigos sinceros.
—Gracias, muchas gracias —siguió ironizando Duke—. Lamento
que se haya terminado el whisky. Si quieren cerveza, Butler les traerá unos
botes que debe de guardar en la nevera.
El movimiento instintivo de todos los periodistas recordó
a Betty el de una jauría de perros a la que se enseña un arenque ahumado. Todos
empezaron a husmear para ver de descubrir el sitio donde se encontraba la
envasada cerveza.
Sonriendo, Duke pulsó un timbre y llamó, por un micrófono
colocado sobre su mesa de despacho:
—Butler, trae todas las latas de cerveza que encuentres.
Cinco minutos después aparecía el majestuoso mayordomo de
los Straley. Traía una caja de cartón en uno de cuyos lados se leía:
"Cerveza en latas". Sobre la caja veíanse tres o cuatro abrelatas.
Durante los diez siguientes minutos los reporteros se
estuvieron peleando por arrebatárselos mutuamente y abrir con ellos las latas
que les habían correspondido en la lucha por su posesión. Cuando hubieron
terminado de beber cerveza echaron los vacíos casos en la caja y aseguraron que
la cerveza detrás del whisky es deliciosa.
—Ahora nos tiene que dar algo más —dijo el decano de los
reporteros, hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años, con los aladares
blanqueados y un irónico bigotillo muy mal recortado.
—Si quieren unas inyecciones de vitaminas... —sugirió
Duke—. Creo que a todos ustedes les convienen. También puedo examinar sus
pulmones o extirparles las amígdalas.
—No se trata de nada de eso, señor Straley —replicó el que
llevaba la voz cantante—. Lo que usted puede darnos, y nosotros deseamos, es
noticias. Noticias de interés para nuestros lectores.
—¿Quieren que les dé noticias? —preguntó Duke con genuino
asombro—. No he inventado nada, no he descubierto ningún nuevo cuerpo químico,
ni he resuelto ningún misterio. Creo que las noticias me las tendrán que dar
ustedes.
—¿Bromea usted, señor Straley? —preguntó el reportero.
—A veces bromeo más de la cuenta; pero en estos momentos
hablo muy en serio.
—Entonces... ¿Es que no ha leído los periódicos?
—He leído unos periódicos; los que se publicaron esta
mañana...
En aquel instante apareció Butler y, dirigiendo una
despectiva mirada a los periodistas, avanzó hacia su jefe y le entregó un
diario.
—La última edición, señor —anunció.
Y como formaba parte integrante de la casa y de la familia
Straley, se permitió agregar, acentuando su disgusto por la intromisión de
aquellos vándalos:
—Creo que en el periódico encontrará el motivo de este
allanamiento de su morada, señor.
—Vive usted muy retrasado, señor Straley —dijo, el Atila
del periodismo—. Nuestros lectores se asombrarán de que a los cinco minutos de
haberse puesto a la venta los números especiales, usted aun no los hubiera
leído.
—Generalmente sólo se publican extraordinarios para
anunciar una degollina de bandidos o de policías, o un crimen pasional. No me
interesa nada de eso.
—Pero lo que hoy se publica sólo le interesa a usted —dijo
un redactor del post.
—Si sólo le interesa a mi hermano, ¿a qué han venido
entonces ustedes? —preguntó, con deliciosa sonrisa, Betty.
—Por la sencilla razón de que todo cuanto se refiere a su
hermano, señorita, interesa a la nación entera —replicó el jefe de la banda.
—¿Por qué no leemos lo que dice el periódico? —preguntó
Bob Dennison, el amigo y futuro cuñado de Duke.
—No es necesario que lean nada —intervino el reportero
jefe—. Esas noticias ya son viejas. Se está tirando un nuevo número en el que
se dan los detalles de última hora.
—Y, por lo tanto, ustedes nos dirán lo que se publicará en
el tercer extraordinario, ¿no es así? —sonrió Betty.
—Desde luego.
—Y, a cambio, nosotros les diremos lo que se publicará en
la edición de las dos de la tarde.
—¡Magnífico, señorita! —aprobó el periodista—. Es usted la
primera mujer hermosa que también es inteligente. ¿Cuándo se casa con Dennison?
—Eso es noticia para la edición de las cinco de la tarde
—sonrió burlonamente Betty—. Vuelvan más tarde y podrán invadir mi tocador,
beberse la leche de almendras, el jugo de pepino y chupar los lápices de los
labios. Además podrán embadurnarse con rimmel.
—Ataca al hermano y deja a la hermana —advirtió otro
redactor—. Si tratas de ser más listo que ella sólo conseguirás demostrar que
eres más tonto.
—¡Formidable! —rió Betty. Y dirigiéndose al que acababa de
hablar, agregó:— Es usted el primer hombre que, además de ser periodista, es
inteligente. Le reservaré un frasco de jugo de rosas. Es una golosina
riquísima.
—Está bien, nos rendimos —gruñó el más viejo de los
periodistas, arrancando de manos de Duke el periódico que éste iba a abrir—. No
es necesario que lea nada. Así podremos hacer la interviú mucho más
emocionante.
—Está bien, empiecen a disparar. ¿A quién he matado?
—A Funimaro Goto.
—¡Eh!
—¡Estupendo! —gritó el reportero, mientras los fotógrafos
captaban en sus placas el asombro de Duke—. La muerte de Funimaro Goto ha
sorprendido a Duke Straley.
—¿Quién mató al viejo Goto? —inquirió Duke, muy serio.
—¿Quién le mató? —chilló uno de los reporteros, a la vez
que garabateaba en su cuaderno de taquigrafía—. ¡Magnífico!
—¿Quieren explicarse con un poco de cordura? —pidió Duke—.
No me gusta este juego.
—¿No estaba enterado de la muerte de Funimaro? —preguntó,
más serio, el portavoz de la Prensa.
—No.
—Pues murió hace tres días, en su isla próxima a Bali.
—Próxima a las Filipinas —corrigió Duke.
—¿Conoce usted la isla?
—Más que isla es un atolón.
—Un depósito de perlas, ¿no es así?
—Dicen que está lleno de las mejores perlas.
—Exacto, señor Straley. Funimaro Goto poseía la mejor
pesquería de perlas de todo Oriente. Nada de perlas de cultivo, sino legítimas,
gruesas como garbanzos remojados. Blancas, negras y encarnadas...
—Nacaradas nada más —corrigió Duke—. Por allí no se pescó
jamás ninguna perla negra, y las encarnadas están por descubrir.
—¿Las han buscado en el Mar Rojo? —preguntó el
periodista—. ¿No? Pues vayan a pescar ostras allí y verán como no miento al
decir que existen perlas encarnadas. Pero volvamos a lo nuestro. Hace tres días
Funimaro Goto dejó de existir. Hace cuarenta y ocho horas su cadáver fue
quemado y sus cenizas aventadas hacia el mar, al que tanto amaba y al que
deseaba volver para siempre. Hace veinticuatro horas, Pills y Barrow, de San
Francisco, abrieron el testamento del viejo Goto y descubrieron que, de acuerdo
con el testamento extendido hace dos años, legaba a su patria la suma de
ochenta millones de yens y toda su flota pesquera. Esto confirmaba el
testamento depositado en Tokio, en el cual se advertía que Funimaro Goto
dispondría de su isla a su conveniencia, y que todo intento de invalidar su
cesión, fuera a quien fuese, traería aparejado la anulación del testamento. Por
lo tanto nadie discutirá el derecho de Goto a legar su isla a su buen amigo
Duke Straley.
—¿A mí? —preguntó, sin inmutarse, Duke.
—Sí, señor Straley. Usted es el heredero de la mejor
pesquería de perlas del Pacífico. Funimaro Goto se la lega porque, según dice
en el testamento, usted es la única persona en el mundo que sabe ver la
belleza, y no sólo el valor, de las perlas. Eso lo comprobó Goto en los dos
meses que pasó usted en la isla de Puerto Lágrimas. ¿Puede explicarnos algo de
lo que hicieron los dos allí? ¿A qué fue usted a la isla?
—Pensaba ir al Japón, donde esperaba encontrar el jarrón
que me faltaba para completar mi colección de...
—Sí, sí, ya lo sabemos; pero usted no llegó al Japón.
—No, no llegué allí. Desde Manila pasé a Puerto Lágrimas,
donde Funimaro me recibió como a un amigo. Estuve dos meses con él y aprendí
todo lo referente a las perlas. Funimaro poseía la mejor biblioteca del mundo
sobre la materia, que a él tanto le interesaba. Casi todo eran originales
encuadernados por él. Para complacerme hizo copiar todos sus libros, que ya he
dicho que eran únicos, y me cedió una copia. Al volver a Nueva York traje
conmigo aquel tesoro inapreciable, que a Goto le costó algo así como cinco
millones de dólares.
Un silbido de asombro brotó de los labios de todos los periodistas.
—¡Cinco millones! —exclamó el portavoz—. ¡Qué barbaridad!
¿No exagera?
—Las copias que yo poseo son fotográficas, y para
obtenerse fue necesario hacer ir a Puerto Lágrimas, desde Tokio, Shangai,
Canton, Manila y Surabaya, un grupo de fotógrafos especializados, formado por
doscientos hombres y otras tantas cámaras. Además acudieron quinientos
especialistas en el revelado, positivado y ampliación fotográfica. Trabajaron
por turnos continuos, y necesitaron cuarenta días para reproducir la totalidad
del material. Si lo hubiesen copiado a mano y pintándolo, como en los originales,
la labor hubiera exigido un centenar de años.
—¡Esto es muy interesante! —declararon varios periodistas,
entusiasmados por la información que iban a poder ofrecer a sus lectores.
—¿Y posee usted todas las copias? —preguntó el reportero
principal.
—Todas. Llenan dos habitaciones y los negativos ocupan
cinco grandes cajas. Al volver a Nueva York, después de pasar algunos días en
San Francisco, empecé a reunir los datos complementarios que se encontraban en
nuestra patria. Pronto podré entregar a los editores el material necesario para
una enciclopedia perlífera.
—Pero ahora las cosas cambiarán, ¿no? —preguntó el
redactor del Post.
—¿En qué sentido? —inquirió Duke.
—En el de que irá usted a la isla de Puerto Lágrimas y se
dedicará a pescar perlas.
—No creo que sea ese el motivo por el cual Goto me ha
legado su isla. Hace bastantes años que apenas pescaba perlas, por temor a que
se agotara el lecho. Quizá anualmente vaya a pasar unos meses allí, para ir
sacando las perlas ya formadas y dejar las otras hasta que alcancen su completo
desarrollo.
—¿No habrá en la isla ningún tesoro escondido?
—No lo creo.
—¿Por qué, señor Straley, le nombró Goto heredero suyo?
¿Lo sabía usted?
—Funimaro Goto nunca me habló de que pensara legarme su
isla. Para mí ha sido una sorpresa.
—¿Agradable?
—Tal vez.
—El testamento exige que vaya usted a tornar posesión
inmediata de la isla. ¿Cuándo saldrá hacia allí?
—En cuanto tenga en mis manos el testamento y me convenza
de que todo no es una broma de ustedes.
—No es una broma —dijo uno de los reporteros, avanzando
hacia Duke—. Soy Carter, del Centinela, de San Francisco. En cuanto recibimos
la noticia me enviaron a interviuvarle. En el mismo avión especial viajaba el
señor Pills, de la notaría de Pills y Barrow. Lo tenemos fuera, encerrado en un
auto, para que no pudiese anticiparle las noticias del testamento. Ahora lo
soltarán y...
Carter fue interrumpido por la violenta apertura de la
puerta, en cuyo umbral apareció un enfurecido y humillado caballero de unos
sesenta años de edad, cuyo sombrero hongo mostraba claras señales del paso de
los bárbaros.
—¡Cuándo salga de aquí les haré encerrar en la cárcel!
—gritó, agitando contra los reporteros el paraguas que empuñaba con la mano
derecha.
Luego miró a su alrededor y reconociendo a Duke sin duda
por las numerosas fotografías que de él había publicado la prensa, preguntó:
—¿Puedo hablarle a solas, señor Straley?
—No lo intente —advirtió Duke—. Si a estos caballeros les
interesa averiguar lo que usted deba decirme echarán, incluso, la casa al suelo
para que no hallemos donde refugiarnos.
Jonás Pills quedó pensativo unos instantes.
—Realmente, no es necesario guardar secretos que ya se
conocen —suspiró, al fin—. Estos caballeros —y señaló a los periodistas—,
registraron mi cartera abrieron el testamento, lo copiaron y luego me dejaron
en su coche hasta que uno de ellos hizo seña de que me soltaran.
En los rostros de todos los reporteros se veía una
uniforme y beatífica sonrisa. Parecían niños incapaces de romper de un pelotazo
el cristal de una ventana.
—Según el testamento que el señor Funimaro Goto redactó
ante nuestros representantes, en la isla de Puerto Lágrimas, conocida también
por Tears Harbour, es usted heredero absoluto de la isla y de cuanto en ella se
encuentra. Además hereda también: dos goletas con motor auxiliar y un buque de
carga de mil quinientas toneladas, que actualmente se encuentra en el puerto de
San Francisco, cargando víveres y maquinaria para la isla. La carga es también
suya. En su testamento, Funimaro Goto advierte que no deberá usted vender la
isla a nadie.
—¿Eso es todo? —preguntó Duke.
—Eso es todo. El testamento está redactado debidamente, en
inglés y en japonés, a fin de que los testigos japoneses pudieran comprenderlo
sin dificultad alguna. Le he traído una copia jurada. El original se encuentra
en sitio seguro, debidamente registrado. Dentro de quince días el vapor de que
le he hablado parte hacia Puerto Lágrimas. Si desea usted embarcar... podrá
hacerlo en él. Si prefiere hacer el viaje en el Clipper...
—Iré en el buque —dijo Straley. Y volviéndose hacia los
reporteros explicó:— Será un viaje de bodas para mi hermana y para mi amigo
Dennison. Pueden publicarlo.
—¿No temen a los piratas? —preguntó un periodista—. Creo
que por allí aún abundan.
—El pabellón de Funimaro Goto es respetado por los piratas
del Mar de la China —explicó Duke—. Pueden decírselo a sus lectores.
—¿En cuánto valora usted la isla, señor Straley? —preguntó
el decano.
—En unos mil quinientos millones de libras esterlinas
—replicó Duke—. Claro que este cálculo es aproximado y en realidad su valor
debe de ascender a unos tres mil millones de libras.
—Y cada libra... vale cinco dólares, ¿no? —preguntó, sin
voz, el periodista más viejo.
—Algo más, pues actualmente el dólar está más alto que las
esterlinas.
—¿O sea que Funimaro Goto le ha legado quince mil millones
de dólares?
—Sin exagerar puedo decir que he heredado veinte mil
millones.
—¡Oh!
Durante cinco segundos, los periodistas quedaron corno
atontados por la magnitud de la suma. Luego, como galgos de carreras que ven
pasar ante sus hocicos la liebre mecánica, salieron disparados hacia la calle.
Duke, su hermana, Bob y el señor Pills se preguntaron cómo había sido posible
que no se llevaran por delante todo el marco de la puerta del despacho, contra
el cuál quedaron encajados unos instantes.
—¿Qué les ocurre? —preguntó el notario.
—Van a comunicar la noticia a todo el mundo —dijo Duke—.
No creo que sea cosa corriente heredar veinte mil millones.
—No, realmente no lo es —admitió el notario—. No creí que
ese atolón valiera tanto. Bien, señor Straley, me hospedaré en el Park Hotel,
donde me tendrá a su disposición hasta mañana por la mañana, que regresaré a
San Francisco.
—Si desea cobrar sus honorarios...
—Todo está pagado —sonrió Jonás Pills—. El señor Goto
depositó en nuestro poder diez mil dólares, después de pagar los gastos de
traslado a Puerto Lágrimas de nuestros representantes. Buenos días, señor
Straley. He tenido un gran placer en conocerle.
—El gusto ha sido mío, señor Pills —aseguró Duke.
—Lo creo, lo creo —rió el notario.
Y como si la magnitud de la herencia no hubiera cabido aún
en su cerebro, repitió varias veces, antes de llegar a la calle:
—¡Veinte mil millones! ¡Qué horror!
Duke le siguió con la mirada desde el umbral de la puerta
principal, y luego, entre su hermana y Bob, regresó al despacho.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó, extrañado, al ver al
periodista que se había presentado a sí mismo como Carter, del Centinela de San
Francisco, sentado en un sillón y fumando uno de los cigarrillos especiales de
Duke.
—Me he quedado a decirle algo —sonrió el periodista.
—Creí que por hoy los reporteros tenían manjar sobrado
—replicó muy serio, Duke.
—Ellos tal vez sí; pero yo tenía que decirle dos cosas.
—¿Cuál es la primera? —inquirió Duke.
—Pues llamarle embustero y decirle que en mi vida he
escuchado una mentira mayor que la de esos veinte mil millones de dólares.
Cuando el público empiece a reírse de los periódicos que la reproduzcan, se va
a ganar el odio de todos mis colegas. ¡Veinte mil millones! Creo que con una
cantidad así se podría comprar todo un continente.
Duke sonrió.
—Veo que es usted más sagaz que sus amigos —dijo.
—Eso creo —admitió, sin sonrojarse, Carter—. Pero no se si
ha obrado usted cuerdamente. Si quería deshacerse de mis compañeros, podía
haberlo hecho diciéndoles que si llegaban al Waldorf Astoria en diez minutos en
el comedor de Sert, hallarían una comida dispuesta para ellos. Lo de decirles
que la isla valía una montaña de dólares ha sido ingenioso; pero traerá malas
consecuencias.
—Tiene razón —admitió Duke, al cabo de unos segundos—. ¿Se
le ocurre alguna solución?
Carter sacó un cuaderno y arrancó de él una hoja llena de
números. Tendiéndola a Duke explicó:
—Estas son las matrículas de los cuatro coches en que han
llegado los periodistas. En estos instantes deben de andar a todo gas por
Broadway. Usted es amigo de Max Mehl, el jefe de Policía. Llámele enseguida y
dígale que ordene la detención, por los autos patrulla, de esos coches y que
cuando tengan a todos los reporteros detenidos, los lleven a un buen hotel
donde les servirán una opípara comida, al final de la cual usted les anunciará
la broma diciendo que se la ha gastado como venganza a su invasión de esta
casa...
Antes de que Carter terminara de hablar, Duke descolgó el
teléfono y marcó el número particular de Max, a quien retransmitió, casi al pie
de la letra, las instrucciones de Carter, terminando con la petición de que
llevara a los reporteros al Morocco, donde ya estaría dispuesta la comida.
Cuando Max hubo dado su conformidad, Duke colgó el teléfono y llamó al
restaurante El Morocco, en tanto que Betty, conectando la radio con la emisora
de la Policía, escuchaba el aviso continuamente repetido de detener a los
ocupantes de los cuatro autos, cuyas matrículas se anunciaban.
CAPÍTULO II
—¿Y usted no quiere disfrutar de la comilona que he
encargado? —preguntó Duke al colgar el teléfono.
Carter movió negativamente la cabeza.
—No, señor. Me conformaré con lo que tengan ustedes
dispuesto, aunque sean emparedados de salchicha de Franckfort.
—Es una bonita manera de invitarse a comer con nosotros
—dijo Betty.
—Es un honor para ustedes —rió Carter—. Al fin y al cabo
rechazo una comida, en El Morocco, y les prefiero a ustedes a ellos.
—Muchas gracias —dijo Bob—. Tenemos que estarle
reconocidos.
—Ve a advertir a Butler de que tenemos un invitado —dijo
Duke a su hermana.
Luego, volviéndose hacia Carter, preguntó:
—¿Qué necesita, de mí? ¿Información?
—No. Su ayuda y, a cambio de ella, la mía.
—¿Mi ayuda para qué?
—Para reconocer un collar de perlas. ¿Se considera usted
capaz de reconocer a simple vista un collar legítimo entre quince o veinte
falsos?
—Si los falsos están bien hechos es imposible
distinguirlos de los buenos.
—Pero usted podrá reconocer una perla legítima, aunque se
encuentre en una bandeja llena de imitaciones. Yo no sabría reconocer una perla
buena, porque no he visto ninguna, o por lo menos casi ninguna; pero tanto si
las legítimas son más bonitas como si son más feas, tiene que existir alguna
diferencia.
Duke movió negativamente la cabeza.
—No. Llevo unos años estudiando detenidamente las perlas y
sus imitaciones y puedo decirle que el mejor conocedor de perlas no sería capaz
de resolver con éxito el problema que usted expone. Si se tratara de las
antiguas falsificaciones, quizá fuera posible descubrir la verdad; pero en
nuestros días, la industria de las perlas de imitación se ha desarrollado de
tal forma, que las perlas imitadas resisten todas las pruebas de
identificación, excepto la de la aguja eléctrica que ilumina el interior de la perla
perforada. Si la perla está sin perforar, la solución exigiría quizá meses de
estudio, y puede que aun entonces el perito no fuera capaz de elegir la perla
legítima.
Carter pareció reflexionar sobre lo que Duke acababa de
decirle.
—Usted debe de referirse a perlas hechas a propósito para
engañar a un perito, ¿no.? Por ejemplo esos collares de perlas que se hacen
para que las propietarias de collares valorados en cien mil o más dólares
puedan hacer ver que los lucen, cuando, en realidad lo que llevan es una
imitación de la joya que guardan en la caja de caudales. Esos collares deben de
tener un valor muy grande y sólo pueden encargarse cuando han de ocupar el
sitio de otros propios de una emperatriz. ¿No es eso?
—Sí. Me refería a esos collares.
Carter respiró más aliviado.
—Pero las perlas a que yo me refiero son de otra clase
—siguió—. ¿Cree usted que podría reconocer un collar legítimo, colocado entre
veinte o treinta de los más baratos? De esos que se venden a diez centavos o a
un dólar como máximo.
—Eso es distinto —replicó Duke—. No tardaría ni medio
minuto en reconocerlo.
—¡Maravilloso! Es usted nuestra salvación. Sólo usted
podría sacarnos del apuro en que estamos. Si no fuera todo lo decente que dice
la fama, no le hubiera propuesto una empresa semejante. Otro podría dejarse
vencer por la tentación de darnos el cambiazo. Pero veo que su hermana viene a
anunciarnos que la comida está dispuesta. El licor y la cerveza me han abierto
el apetito.
En aquel momento, y cuando Betty se disponía a desconectar
la radio, se oyó este mensaje:
—¡Atención, Duke! ¡Atención, Duke! ¡Atención, Duke! ¡La
orden ha sido cumplida! ¡La orden ha sido cumplida! ¡Los presos marchan hacia
África! ¡Sí, los presos marchan a Marruecos! ¡Saludos de Max!
—Me alegro de que no haya fallado la solución —dijo
Carter—. Y ya que ha seguido mi consejo, ¿quiere seguirme haciendo caso y
encargar un avión ultra-rápido que nos conduzca a San Francisco en el menor
espacio posible de tiempo?
—¿Y qué debemos hacer en San Francisco? —preguntó Duke.
—Encontrar las perlas, impedir que le vuelen el
"Kiichiro Maru".
—¿Qué bicho es ese? —preguntó Bob.
—Supongo que debe de ser el barco que me ha legado
Funimaro Goto.
—Eso mismo, señor Straley. Hay quién tiene interés en
impedirle la llegada a Puerto Lágrimas. Yo puedo protegerle y al mismo tiempo
proteger a otra persona, ya que sus enemigos son los enemigos de ella.
—¿Y entre medio está el collar? —preguntó Betty.
—Sí, señorita. El collar es el lazo de unión entre ambos
motivos.
—No entiendo nada —declaró Betty.
—Es natural... —empezó Carter.
Cómo en aquel momento Duke estaba hablando con el
aeródromo, el periodista se interrumpió para advertir:
—Encargue un avión especial para dos pasajeros —dijo—. Son
los más rápidos.
—Pero somos cuatro —advirtió Betty.
Carter movió la cabeza.
—No, señorita. Usted y su novio deben quedarse en Nueva
York. Las personas con quiénes tenemos que habérnoslas, no vacilarían en
perjudicarla a usted y a su novio, si veían la posibilidad de imponerse con
ello a su hermano. Dichas personas no tienen agentes en Nueva York, pues sus
negocios sólo están relacionados con Oriente. Por lo tanto aquí no corre usted
peligro; pero una vez llegara a San Francisco... Piense lo peor y multiplíquelo
por diez. Entonces se aproximará un poco a lo que son capaces de hacer.
—¿Quiénes? —preguntó Bob Dennison.
—Nuestros enemigos.
—¿Y quiénes son nuestros enemigos? —preguntó Duke.
—Mientras atravesamos de extremo a extremo el continente,
tendremos tiempo de sobra para hablar de ello. Ahora me estoy cayendo de
debilidad.
***
El avión, había partida del aeródromo de Newark y volaba
hacia Chicago, desde donde descendería a Omaha, de allí a Cheyenne, luego a
Salt Lake City y por último a San Francisco, en total unas dos mil seiscientas
millas que el veloz aparato recorrería en unas diez horas.
En la cabina, a prueba de ruidos, estaban sentados Duke y
Carter. Éste explicaba su historia.
—No trabajo en el Centinela —dijo—. Trabajé en un tiempo y
en Nueva York, no se han enterado de que me expulsaron por haberle dicho al
editor lo que pensaba de él. No le dije ninguna mentira ni exageré ninguno de
sus defectos; pero lo peor que se le puede decir a un hombre es la verdad. Juró
que me cerraría las puertas de todos los periódicos decentes de la costa del
Pacífico, y demostró que la amenaza no era vana. Al fin tuve que entrar en una
revista de cobertera. ¿Sabe lo qué son?
Duke movió negativamente la cabeza.
—Es un negocio extendido por toda la nación. Existen en
las capitales más importantes y son un producto de nuestro sistema político. Yo
diría, también, que son una vergüenza; pero hasta hace poco me he ganado la
vida en ellas. Cuando un periodista empieza a rodar sólo tiene un temor; el de
acabar en una de esas revistas. Entonces está ya perdido y nunca más volverá a
levantar la cabeza. Pierde el honor y pierde el respeto de sus compañeros.
Cuando se encuentra con ellos, ve como todos le vuelven la espalda...
—Aun no me explicado qué clase de revistas son esas.
—¿Es usted lector de anuncios de colocaciones? —preguntó,
inesperadamente, Carter.
—Me distraigo mucho leyéndolos.
—Entonces habrá encontrado muchas veces un anuncio que
dice así: "Se necesitan periodistas" o "Faltan reporteros"
o, simplemente: "Se necesitan escritores". Se prometen buenos
ingresos y no es necesario emplear en el trabajo más horas de las que se tengan
libres, es decir, que se puede combinar dicho trabajo con otro cualquiera.
Claro que si se tiene un trabajo decente, nadie acepta eso. Es muy sospechoso
que en una ciudad, donde, por muchos que sean los periódicos, se pueden visitar
todas las redacciones en una mañana, y los del oficio están al corriente de las
vacantes que se producen, haya alguien que pida reporteros y de tantas
facilidades.
"Yo, cuando estuve al final de mis recursos, acudí a
una de esas redacciones. La puerta era de cristal esmerilado y en letras negras
se leía: “Pacific. La revista de los visitantes de San Francisco”.
"Entré en la redacción y vi sólo unas cinco o seis
mesas con máquinas de escribir. Junto a cada máquina se veía un teléfono y
abundante papel. Al fondo se hallaba una enorme mesa llena de periódicos del
día.
"Me recibió el director de la publicación y me
explicó lo que debía hacer. Me entregó un recorte de un periódico de la mañana
en el cual se relataba que el conocido productor cinematográfico, Mac Naylan
había sido detenido la noche anterior por escándalo público. La Policía lo
recogió en plena calle, borracho cono una cuba y se le acusó de haber ofendido
a varias señoritas que pasaron por allí de regreso de su trabajo. El Juez del
tribunal nocturno le reprendió muy duramente y después de multarle con cien dólares
le envió a su hotel.
"Si es usted un antiguo reportero ya sabe lo que debe
hacer —me dijo el hombre— La revista se vende a cincuenta centavos. Por cada
ejemplar que usted consiga vender recibirá veinticinco centavos.
—¿Y qué era lo que debía usted hacer? ¿Chantaje?
—Es una variedad del chantaje. Lo comprenderá enseguida.
Me senté ante una de las máquinas y después de reflexionar un momento empecé a
escribir algo así:
"La Policía de San Francisco ha sido víctima
involuntaria de un error, que ha lanzado una mancha sobre el buen nombre de una
persona tan conocida en los círculos de California, como el productor Mac
Naylan, que se hallaba en nuestra ciudad para asistir al estreno de su última
producción.
"En la noche del miércoles, cuando el señor Mac
Naylan se dirigía a pie al cine, disfrutando de nuestro delicioso clima, fue
abordado por un mendigo que le solicitó una limosna. El señor Mac Naylan, cuyos
buenos sentimientos son de todos conocidos, sucumbió a la petición que debía
resultarle tan gravosa, pues aquella misma noche, al abandonar el cine después
del formidable éxito de su película, el productor se dio cuenta que el
"mendigo" le había sustraído la cartera, que contenía mil quinientos
dólares.
"Mientras tanto, el ladrón invirtió en licor el
producto del robo, emborrachándose terriblemente y provocando un escándalo al
que puso fin la Policía deteniéndole y conduciéndole ante el juez del tribunal
nocturno. Por los documentos encontrados en la cartera, se supuso que el
detenido era el productor Mac Naylan, y el juez le condenó a una multa,
enviándole luego a su hotel acompañado por dos policías.
"Cuando el borracho llegó al hotel, el portero
descubrió a los policías el error cometido, diciendo que el productor señor Mac
Naylan había llegado bastante rato antes y se encontraba en sus habitaciones.
El detenido sólo podía ser un impostor.
"La policía presentó sus excusas al señor Naylan;
pero, desgraciadamente, uno de los reporteros que hacen información en el
tribunal nocturno, transmitió la noticia a su periódico, que la publicó al día
siguiente.
"El señor Naylan demostró su buena voluntad
absteniéndose de encausar al director del periódico y al juez del tribunal
nocturno, dando el incidente por terminado, sin exigir, siquiera, una
rectificación en el periódico. Su único comentario fue: "Son tantas las
cosas malas que me cargan, que una más no me perjudicará".
Carter interrumpióse un momento y sonrió como si en el
fondo se sintiera un poco orgulloso de su inventiva.
—Después de escribir el artículo —siguió—, lo entregué a
la linotipia y cuando estuvo compuesto hice sacar un par de copias y lo envié
al productor Mac Naylan, quien, encantado de la "justicia" que se le
hacía, me encargó mil ejemplares para distribuirlos entre sus amigos, a fin de
demostrarles la injusticia que, por una vez, habíase cometido con él.
"Esas son las revistas a que me refiero. En las
grandes ciudades siempre ocurren cosas que para ciertas personas son
importantes. Si un casado se olvida de que lo es y luego ocurre algo que lo
coloca ante la curiosidad del público, la revista local acude en su ayuda, da
una explicación falsa al incidente y el hombre, agradecido, compra cien o
doscientos ejemplares que demostrarán a su mujer, que todo ha sido una
calumnia, ya que una revista tan importante como la "Pacific",
defensora de las buenas costumbres, explica la verdad del incidente.
—Está visto que por mucho tiempo que uno viva siempre
ignora algo —dijo
Duke—. ¿Sigue trabajando para la revista?
—No. Lo dejé hace unos meses cuando conocí a Jerry.
—¿Un amigo?
—Una muchacha deliciosa; pero con un pasado no muy claro.
—¿En qué sentido, no es claro?
—En ninguno deshonesto. Es la muchacha más bonita y más
honrada que he conocido. Vivió mucho tiempo en China, de donde trajo bastantes
cosas; pero no nos precipitemos. Jerry vive en el Paraíso.
—¿El cielo?
—No, es una pensión donde el ser más normal era yo. Todos
los demás son gente muy extraña. Jerry es americana; pero se crió en China. Es
una muchacha distinta de las demás. Todos los que se han criado en Oriente se
diferencian mucho de nosotros.
—Usted está enamorado de ella, ¿verdad?
Carter sonrió.
—Sí —dijo, a. fin—. Cuántos la ven se enamoran de ella. Yo
no he sido distinto de los demás, pero ella se ha portado conmigo como con
todos. Quisiera poderle explicar mucho más; pero no puedo hacerlo hasta que
lleguemos al Paraíso. Sólo le diré lo que he averiguado por mí mismo.
El perfecto aislamiento de la cabina permitía que se
fumase en ella sin ningún peligro. Carter encendió uno de los cigarrillos
especiales de Duke, elaborados por éste mismo, mediante una mezcla de tabacos
sólo conocida por él, y lanzando hacia el bajo techo una bocanada de humo
siguió:
—Se que Jerry y su padre vivieron en Shanghai hasta el año
treinta y siete. Cuando los japoneses ocuparon la ciudad, el padre de Jerry
murió; pero la muchacha no echa las culpas a los japoneses, sino a cierto
Harper Barton, también en Shanghai, pero con las oficinas centrales en San
Francisco. No me ha dicho exactamente lo que ocurrió con Harper, sin embargo,
se que entre los dos existe un latente estado de guerra.
"Al quedar inutilizado Shanghai para sus operaciones,
Barton se trasladó a Singapur, adonde había ido, también, Jerry. Ésta, no se
entretuvo y con veinticuatro horas de anticipo tomó el Clipper y se vino a San
Francisco. Traía una caja con diez dragones de bronce, maravillosa joya u obra
de arte china. Harper Barton la siguió; pero al llegar a San Francisco
comprendió que había hecho tarde. Los dientes de los dragones habían
desaparecido.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Duke.
—No lo só. Jerry y Harper se vieron una vez en la calle y
yo fui involuntario testigo de su conversación. Barton exigía los dientes de
los dragones y Jerry le pedía a cambio, los documentos.
—¿Cuáles?
—No lo sé. Las palabras de ambos fueron estas: "Déme
los dientes de los dragones" y Jerry contestó: "Déme los
documentos". Barton pareció enfurecerse y dijo: "Pide usted
mucho". Jerry replicó: "Ofrezco mucho". Entonces Barton prometió
no detenerse ante nada con tal de apoderarse de aquellos dientes. Jerry
contestó que si cometía alguna tontería lo perdería todo, pues los dientes
estaban tan bien ocultos que ni ella misma podría dar con ellos. Eso
desconcertó a Harper Barton; pero luego debió de comprender el significado de
las palabras de la muchacha, pues preguntó: "¿Las ha mezclado con
otras?".
—¿Las? ¿En femenino?
—Sí. Quizá se refería a otra cosa. Jerry echóse a reír y
asintió con la cabeza. Dijo que ella recobraría los dientes y que entonces la
victoria sería suya. Entonces Harper Barton pronunció estas palabras: "Sé
que confía en Funimaro, mas yo cuidaré de que no pueda ayudarla, Jerry".
Después de esto se alejó y Jerry se quedó tan pálida que comprendí que Barton
la había herido en lo vivo.
—Todo eso es muy misterioso. ¿No sabe nada más?
—No. Pasó bastante tiempo y Jerry no fue molestada. En su
cuarto en una caja de ébano, guarda los diez dragones sin dientes, y la caja
está guardada, continuamente, por Kingoro, un japonés naturalizado americano,
que no habla ni tres palabras seguidas. Hace unos días Jerry me dijo que no
podía aguardar más y que si no tomaba una inmediata decisión se exponía a que
Barton se le anticipase. Me entregó un radiograma redactado en estos términos
—y Carter tendió a Duke un papel en el cual se leía:
"Conservo dragones en mi poder; pero escondí los
dientes. Venga enseguida, pues peligran. Harper anda cerca".
—¿A quién iba dirigido?
—A Funimaro Goto, a la isla de Puerto Lágrimas.
—¿Y qué ocurrió?
—La primera noticia que tuvimos de allí fue la de que
Funimaro Goto había muerto y estaba ya incinerado.
—Eso podría significar un asesinato, ¿no?
—Eso mismo dijo Jerry. Al saber que el japonés había
muerto aseguró que todo era obra de Barton y agregó, casi llorando, que los
dientes de los dragones estaban perdidos para siempre y que ella había sido una
loca. Luego Kingoro debió de hacer algunas investigaciones, pues ayer Jerry me
entregó dinero y un pasaje en el avión de Nueva York y me dijo que era muy
importante que me pusiera en comunicación con usted, pues era el único capaz de
reconocer unas perlas buenas de las malas. Sobre todo era usted el único que no
abusaría de su descubrimiento.
—Me ha contado usted muchas cosas; pero en realidad no me
ha dicho nada. Antes ha hablado de que pensaban volar el Kiichiro Maru. ¿Es
cierto?
—Sí. Kingoro lo averiguó. Hay interés en que el heredero
de Funimaro no llegue a Puerto Lágrimas.
—Sospecho que en medio de tantas complicaciones, yo soy
algo así como el campo de batalla, que no tiene nada que ver con ninguna de los
dos contendientes y, sin embargo, es el que sale peor librado.
Carter sonrió ante la broma.
—Sí —admitió—. Algo por el estilo. De todas maneras, la
trama es muy complicada y juegan de por medio intereses enormes. Harper Barton
es un hombre poderoso, tanto, que si deseara un arca del puente de la Puerta de
Oro se lo servirían en bandejas. Es un mal enemigo. Y es enemigo nuestro, mejor
dicho, es enemigo de Jerry. También es enemigo de usted, porque desea
apoderarse de la isla de Puerto Lágrimas.
—¿Por el valor de los lechos perlíferos?
—No. Nada de eso. La isla es una propiedad particular. Un
simple atolón que, en el mejor de los casos, no valdrá ni dos millones de
dólares, suponiendo que alguien fuera la bastante loco para llegar a pensar en
ofrecer tanto dinero.
—Sin embargo, la riqueza perlífera es enorme.
—Era enorme, señor Straley. Funimaro Goto la ha estado
explotando durante muchos años. Cuando usted le visitó, la explotación habíase
reducido al mínimo y Gota tenía proyectado interrumpirla totalmente en los
próximos diez años. ¿No cree usted que su proyecto era bueno?
—En efecto —admitió Duke—. De continuarse la explotación,
el lecho se habría agotada totalmente.
—Funimaro lo sabía y pensaba aprovechar los últimos años
de su existencia en completar sus estudios sobre perlas. Lo que ignoraba Goto
es que el gobierno de los Estados Unidos desea y necesita ese atolón. Está
próximo a las Filipinas; pero cuando se tomó posesión de ellas no se incluyó en
la lista de islas, ya que ni siquiera los españoles llegaron a ocuparla. Un
marino español naufragó una vez allí y estuvo unos meses en el atolón, hasta
que fue recogido por otra buque. En su informe, el náufrago bautizó al atolón
con el nombre de Puerto Lágrimas. Al cabo de poco tiempo, Funimaro debió de
leer la relación del marinero y, sin duda, encontró en ella algún dato que le
hizo sospechar la existencia de un riquísimo yacimiento perlífero. Marchó hacia
el atolón, tomó posesión de él en nombre de su patria; pero entonces el Japón
estaba dándoles la gran paliza a los rusos y no quiso complicar sus relaciones
con los Estados Unidos; por lo tanto, rechazó la oferta que le hacía Funimaro
Goto, replicando que el japonés podía ocupar por su cuenta el cinturón de
coral.
—¿Y no hicieron nada los Estados Unidos? —preguntó Duke.
—Ni ellos ni los holandeses quisieron declararse dueños de
un terreno sin ningún valor. Los holandeses estaban demasiado ahítos de carne
buena para molestarse en ocupar aquellos huesos mondos y lirondos que no valían
lo que un palmo de sus Indias. Los yanquis, por la vecindad del atolón,
hubieran querido, gustosamente, ocuparlo con el único y exclusivo objeto de que
no fuese a parar a manos de los japoneses; pero andaban demasiado atareados con
los insurrectos filipinos y lo que menos les interesaba era disgustar al Japón,
que podía perfectamente dedicarse a surtir de armas a los tagalos, prolongando
así, hasta sabe Dios cuándo, la insurrección.
Carter miró a Duke y sintióse muy satisfecho del interés
que el famoso aventurero demostraba.
—Pasó el tiempo —continuó—, y Funimaro quedó transformado
en el dueño y señor de Puerto Lágrimas. Era un Estado minúsculo, sin habitantes
fijos, sin ningún valor aparente, sin la suficiente extensión para instalar en
él una base naval; pero... llegamos a nuestros días. El Clipper vuela de
América a Singapur, hacen falta bases aeronavales, y Puerto Lágrimas ha cobrado
de pronto, un valor tan grande, que los Estados Unidos están dispuestos a pagar
una fortuna por esa laguna en el centro de un cinturón de corales. Harper
Barton es rico; pero a ningún millonario le disgustaría aumentar su fortuna en
veinticinco millones, suma que el Departamento de Guerra ofreció a Funimaro. Él
no la aceptó porque, como es natural, hubiera preferido ceder su isla al Japón.
Pero su nieto no tiene tantos escrúpulos ni tanto cariño a su patria. Se ha
educado en California, ha vivido siempre aquí y, por lo tanto, no desea más que
poder vender la isla y disfrutar de los millones.
—Pero la isla no le pertenece.
—No; pero si usted muriese, él podría invalidar el
testamento de su abuelo y demostrando que Funimaro Goto no le nombró para nada
en su última voluntad, podría reclamar la fortuna y la isla. Al fin, se
conformaría con ella, la cedería a Barton, que le pagaría diez o doce millones
y a su vez la vendería por lo máximo que pudiera obtener.
—¿Y los dientes de los dragones, los dragones de bronce y
las perlas?
—Eso se lo explicará Jerry cuando lleguemos al Paraíso. Lo
único que puedo decirle es que dichos dragones tienen un valor religioso que
puede transformarse en político. Los dragones son chinos y creo que simbolizan
la paz.
—No comprendo casi nada —sonrió Duke.
—Ya le he dicho que todo es muy complicado. Se trata de
una madeja muy enredada y sólo Jerry sabe donde está el cabo por el cual se
puede sacar el ovillo. En cuanto descendamos en el aeropuerto, marcharemos al
Paraíso.
—¿Qué lugar es ese?
—Una especie de pensión un tanto extraña. En un tiempo fue
una quinta de recreo mandada construir por un minero que había dado con un buen
yacimiento de oro. El hombre, en sus horas de soledad había leído muchas
novelas, y al construirse la casa hizo que la llenaran de pasadizos secretos.
La casa estaba junto a la playa, y durante muchos años estuvo aislada; luego se
fue poblando el lugar y como el minero, cansado de vivir allí se marchó a Nueva
York, el edificio pasó por diversas manos hasta llegar a las de mamá Higgins,
que la transformó en pensión un tanto estrafalaria. Allí se hospedan Jerry y
sus mejores amigos. Y también se hospedará usted. He anunciado ya su llegada y
le esperan como el señor John Smith. No olvide que para todo el mundo usted es
Smith.
—Un nombre muy conocido —sonrió Duke.
—En casa de Mamá Higgins siempre hay un John Smith. No le
extrañará.
De pronto se abrió la puertecita que comunicaba con el
departamento del piloto, y éste tendió a Duke una hoja de block. Era un mensaje
radiotelegráfico.
—¡No está mal! —exclamó Duke, después de leerlo y al mismo
tiempo que la tendía a Carter.
El periodista leyó el mensaje, que estaba redactado en los
siguientes términos:
"Mensaje transmitido por Morse luminosa desde avión
que acaba de adelantarnos: A Duke Straley, en su aparato: Acabamos de dejarte
atrás. Viajamos en bombardero de gran radio de acción que realiza viaje de
pruebas de velocidad desde Floyd Bennet a San Carlos, San Francisco. Llegaremos
tres a cuatro horas antes que tu mosquito. Nos hospedamos en Hotel Imperial.
Cuando quieras hacer viaje rápido, pide consejo a tu hermana y a tu cuñado.
Acabamos de casarnos y hacemos primer viaje de novios en este cuatrimotor.
Besos de Betty y Bob".
—Tiene usted una hermana muy lista, señor Straley —comentó
Carter.
—Y muy entrometida —replicó Duke, mientras por la
ventanilla observaba el enorme avión que, desarrollando toda su velocidad, que
bordearía los setecientos kilómetros por hora, les iba dejando atrás—. Hubiese
preferido que no se complicara en este asunto.
—Y yo también, señor Straley —replicó, sombriamente,
Carter—. Su hermana puede ser un arma que Barton puede utilizar contra usted.
—¿Dónde vive ese Barton?
—Tiene sus oficinas en el barrio comercial de San
Francisco; pero su domicilio particular es un misterio para todos. Allí tiene
su guarida y su cuartel general, y creo que sería más fácil asaltar la Casa de
la Moneda en Washington que llegar hasta Harper Barton.
CAPÍTULO III
La espesa niebla dificultó bastante el aterrizaje del
aparato. Al fin, después de tres intentos fallidos, el avión se posó en la
pista del aeropuerto de San Francisco. Paróse el motor, y la niebla, que habíase
disipado un poco en torno al aparato, volvió a cerrarse sobre él cuando la
hélice dejó de girar.
Duke Straley y Carter saltaron a la húmeda pista de
cemento, cambiaron un apretón de manos con el piloto y dirigiéronse a las
oficinas del aeropuerto.
—Señor Straley, tenemos un mensaje para usted —anunció el
encargado de la oficina, entregando a Duke una hoja de papel en la que se leía
escrito a máquina:
"Hemos llegado bien. Piloto trató de destrozar el
aparato en el aterrizaje pero no pudo conseguirlo, cosa que celebramos.
Aguardamos tu visita en el Imperial, habitación 120. No vayas a vernos hasta la
noche, pues no nos tenemos en pie. Abrazos, Betty".
—Se recibió hace un par de horas —explicó el empleado.
Duke le dio las gracias, y acompañado por el reportero
salieron del aeródromo, frente al cual vieron unos taxis. Tomaron uno de ellos
y Carter dio una dirección al chofer. Éste debía de ser un perito en el arte de
guiar a ciegas pues conducía sin vacilaciones su auto a través de la casi
sólida cortina de niebla, adivinando cuando debía desviarse para no chocar
contra otro auto o frenar para no echarse encima de algún transeúnte que
parecía un fantasma.
—Estoy deseando llegar a casa —dijo Carter, arreglándose
el cuello de la camisa—. El andar entre la niebla me hace sentirme como
indefenso ante un grave peligro.
Volvióse a mirar por la ventanilla trasera si les seguía
algún otro coche; pero la precaución era totalmente inútil, ya que el manto de
niebla que llenaba San Francisco era absolutamente impenetrable, y aunque los
relojes señalaban las once de la mañana, la visibilidad era tan nula como si
hubieran señalado las once de una noche en que el alumbrado público hubiera
sido cortado.
Siguiendo las calles poco frecuentadas, el chofer les fue
haciendo atravesar una parte de San Francisco, deteniéndose al fin ante una
casa apenas visible, que se levantaba al final de un jardincito que debía de
rodearla.
—Ya hemos llegado —suspiró Carter—. Le juro que a medida
que nos íbamos acercando temía cada vez más que nos dispararan una
ametralladora o nos echasen una bomba. Los hombres de Barton son capaces de
todo lo que él les ordene, y Barton es capaz de ordenar lo más increíble.
Descendieron del vehículo y Carter aconsejó:
—Entre enseguida. La puerta está abierta.
Luego, volviéndose hacia el taxista, le preguntó cuánto
importaba la carrera.
Duke se separó de él. Carter entregó un billete de a cinco
dólares, y mientras aguardaba el cambio encendió un cigarrillo.
Cuando llegó a la puerta de la casa, después de atravesar
el jardincito, que olía a tierra mojada, Duke se detuvo. ¿No había cometido una
ingenuidad dejándose llevar hasta allí por un hombre que era un completo
desconocido y que ni siquiera le había dado una explicación satisfactoria de
los motivos que le habían impulsado a trasladarse a Nueva York? Pero, no;
Carter le era simpático y ni por un momento había sospechado de él. Era un
amigo que deseaba ayudarle y, al mismo tiempo, ayudar a aquella Jerry, de quien,
sin duda, estaba enamorado.
El ruido del taxi, al ponerse de nuevo en marcha, le hizo
volver la cabeza. No vio la calle, ni el taxi ni a Carter. Todo quedaba oculto
por los jirones de amarillenta niebla que parecía brotar de la tierra. La casa
debía de estar muy cerca del mar, pues se oía el rumor del oleaje.
Un poco irritado por la no aparición de Carter, Duke
volvió sobre sus pasos para llamarlo, pues no sentía el menor deseo de entrar
solo en la casa. La posibilidad de que se le estuviera tendiendo una trampa
pasó de nuevo por el cerebro de Duke y, con la mano en la culata del revólver
que llevaba en el bolsillo derecho de la chaqueta, salió del jardincito y fue
hacia donde había visto por última vez a Carter.
Le vio, al fin, junto a la esquina, apoyado en un poste
telefónico, con el cigarrillo entre los labios. De pronto abrió la boca y
pareció escupir el cigarrillo.
—¿Por qué no viene? —preguntó en voz alta Duke.
Carter no replicó. De su garganta salió sólo un ronco
estertor que heló la sangre en las venas de Duke.
Éste corrió hacia el periodista y la pálida luz se reflejó
en el largo cuchillo que le atravesaba el cuello yendo a hundirse luego en la
madera del poste y en la sangre que le manchaba ya toda la camisa.
Duke no necesitó un examen más a fondo para convencerse de
que su compañero de viaje estaba muerto.
La serenidad que acompañaba siempre a Duke en los momentos
de mayor peligro le invadió. Su mano derecha empuñó velozmente el revólver de
gran calibre y reducido tamaño que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. El
cerebro le funcionaba con toda precisión.
Había visto morir a Carter. La muerte debía de haberse
producido en el momento en que Duke le vio soltar el cigarrillo.
Acercóse más al muerto y examinó el arma homicida. Era un
cuchillo de fuerte y pesada hoja, de empuñadura metálica, sencillo pero
terriblemente eficaz. Quizá un arma de lanzador de puñal.
La posibilidad de que a Carter le habían matado a
distancia, o sea tirando contra él el cuchillo desde unos diez o doce metros,
era admisible; pero no cabía duda alguna acerca de que semejante destreza
bordeaba lo maravilloso, ya que acertar a un blanco tan vago era empresa de un
genio. Por lo tanto, era más lógico suponer que el asesino no había lanzado el
arma, sino que había hundido con su propia mano el puñal en el cuello de
Carter. El que Duke no le hubiera visto no tenía nada de extraño, pues la niebla
podía haber protegido perfectamente al asesino.
Un rumor de pasos que se alejaban llegó a oídos del joven
millonario. Sin duda el que huía era el autor de aquel asesinato; pero el
perseguirlo era tan difícil, que Duke ni siquiera lo intentó.
Por cumplir un requisito que juzgaba completamente inútil,
Duke tomó el pulso de Carter. Como esperaba, el corazón había dejado de latir.
Comprendiendo que no podía hacer nada por el muerto, Duke
volvió a entrar en el jardín y fue a llamar a la puerta de la casa. Una mujer
apareció casi enseguida en el umbral.
—Buenas tardes —saludó Duke—. ¿Es este el lugar conocido
por El Paraíso?
—Soy Mamá Higgins —replicó la mujer—. ¿Quién es usted?
¿Qué desea?
—Me llamo John Smith —replicó Duke—. Venía con el señor
Carter...
—¡Ah! ¡Ya se! Entre, tenga la bondad. ¿Dónde está Carter?
—Fuera... en la calle... En fin, lamento tenerle que
comunicar que está muerto. Le asesinaron hace un momento.
Duke esperaba cualquier reacción menos la que tuvo aquella
sólida mujer.
Mamá Higgins le agarró de un brazo y, con una fuerza
impropia de una representante del sexo débil, le hizo entrar violentamente en
el pequeño vestíbulo de la casa, cerrando al mismo tiempo la puerta que, por el
interior, estaba forrada de acero y que tenía tantas cerraduras automáticas
como una caja de seguridad.
—¡Jerry! —llamó la señora Higgins.
Una joven —la más hermosa que Duke recordaba haber visto y
también la más exótica— apareció en el vestíbulo, en inmediata respuesta a la
llamada de la dueña.
—Jerry, este es el caballero a quien esperabas —dijo Mamá
Higgins—. Se llama John Smith. Hazle pasar al salón y averigua lo que puedas.
Dice que a Carter se lo han cargado afuera, junto a la puerta. Nosotros nos
encargaremos de él. Tú cuida de ese John Smith.
La mujer hablaba fríamente, sin ninguna emoción, como si
dirigiera las distintas fases de una importante batalla, y la noticia de la
muerte de Carter no tenía para ella más importancia que la de una inevitable
baja.
En cambio, Jerry parecía más afectada. La hermosa joven
poseía esa extraña expresión propia de quienes han vivido mucho tiempo en
Oriente y que, sin perder ninguno de sus rasgos característicos, adquieren, no
obstante, expresiones y gestos que los diferencian notablemente de los
occidentales. Jerry, sin tener nada de oriental, resultaba exótica, como si su
mesticismo espiritual tuviera algo de físico.
—¡Pobre Carter! —murmuró—. ¡Era un buen amigo! Ya le
previne que no debía unirse a mí. Son muchos los peligros que me rodean. Y lo
peor es que yo soy la que menos peligro corre.
De pronto se interrumpió, como si no se hubiera dado
cuenta hasta entonces de que no estaba sola. Mirando fijamente a Duke,
preguntó:
—Usted es el señor Straley, ¿verdad?
—Sí, señorita...
—Llámeme Jerry. Carter le habló de mí, ¿no es cierto?
—Temo que el pobre Carter no fuera muy explícito en sus
explicaciones acerca de usted. Me habló de que tenía usted diez dragones y de
que necesitaba un collar de perlas.
—Sí. El dragón necesita sus dientes de paz —murmuró
Jerry—. Entonces la felicidad volverá a la tierra.; pero si los dragones no
recuperan sus dientes, la guerra seguirá asolando el país más hermoso del
mundo.
—¿China? —preguntó Duke.
—Sí; pero todo eso no tiene importancia para usted. Sólo
Kingoro y yo sabemos dónde está el collar. Por eso no corro yo peligro; pues si
intentaran algo contra mí jamás lo recuperarían...
—¿Puede decirme qué tiene que ver el collar con los
dragones desdentados?
—El collar está hecho con los dientes de paz —murmuró
Jerry con la mirada perdida en algún punto lejano—. Yo lo escondí y yo no puedo
recuperarlo, porque no sabría reconocerlo.
En aquel instante Mamá Higgins entró en el salón, seguida
por un menudo japonés.
—Kingoro ha ocultado ya el cuerpo —anunció la mujer—. La
Policía no vendrá a molestarnos; pero el cerco se cierra cada vez más, Jerry.
Es necesario tomar una decisión.
—Esta noche recuperaremos el collar —dijo Jerry. Luego,
volviéndose hacia el japonés, agregó:— ¿Has advertido a los tuyos que vigilen
el Kiichiro Maru?
—Está perfectamente vigilado —replicó el japonés,
sorprendiendo a Duke por la pureza de su dicción—. Hemos colocado detectores
eléctricos, y si alguien intenta colocar un explosivo, la alarma sonará.
—¿Y las sospechas de que había algunos traidores entre la
tripulación? —inquirió la joven.
—Confirmadas. Había tres traidores; pero ya no están allí.
Nadie preguntó dónde estaban aquellos tres traidores; pero
Duke se imaginó un punto del fondo de la bahía y en él un triple espectáculo
nada agradable.
—¿Confesaron? —preguntó Mamá Higgins.
—Hablaron sin darse cuenta de que sus labios pronunciaban
terribles verdades. Sus ojos estaban fijos en oscilantes espejos y sus
cerebros, entorpecidos, dictaban palabras que eran condenas de muerte.
—¿Hipnotismo? —preguntó Duke.
Kingoro, volviéndose hacia él y acompañando sus palabras
de una profunda reverencia, contestó:
—En efecto, señor. Un simple experimento de hipnotismo.
Muy sencillo y muy eficaz.
Mientras hablaba, el japonés había sacado del bolsillo una
pitillera de metal muy brillante y se esforzó en abrirla. La luz se reflejaba
en ella y Duke tuvo apenas tiempo de dominarse antes de que aquellos destellos
durmieran sus sentidos. Con un violento esfuerzo de voluntad se impuso a la
trampa que le tendía Kingoro y, al cabo de un minuto, advirtió:
—No se esfuerce en hipnotizarme. He aprendido a dominar
mis sentidos.
—Pero hubo un momento en que la razón se alejaba con
pausado vuelo —sonrió Kingoro.
—En efecto —admitió Duke—. Y si no hubiera realizado su
intento tan enseguida de haber hablado del mismo, seguramente hubiese
triunfado. Es usted inteligente.
—Su buen juicio me honra y será recordado con orgullo por
mí y por mis descendientes.
—Dejaos de cortesías y pasemos a lo que importa —intervino
Mamá Higgins—. ¿Has averiguado algo, Kingoro?
—Una fuerte mano hundió el cuchillo en la garganta del
señor Carter —replicó el japonés—. Éste es el cuchillo.
Al decir esto, el oriental tiró sobre la mesa un largo y
fuerte cuchillo, que Duke reconoció como el que viera un momento antes hundido
en la garganta del infeliz periodista.
Mamá Higgins lo cogió y lo estuvo examinando unos
instantes.
—Alemán —comentó—. Cuchillo de caza. Pueden comprarse
miles de ellos en las armerías de California. No nos da ninguna pista.
—Y si alguna quedaba la habrán borrado con tanto tocarlo
—objetó Duke.
—Los bandidos modernos no dejan huellas dactilares
—replicó Jerry—. Y mucho menos los que luchan contra nosotros.
—Permítame examinarlo —pidió Duke.
Cogió el puñal de manos de Mamá Higgins y lo estuvo
estudiando unos minutos.
—Lo han afilado y agudizado aún más de lo normal —hizo
notar—. En un principio era de un solo filo. Ahora, en cambio, corta por ambos
lados como una navaja de afeitar. No haría falta ser muy fuerte para matar con
él a un hombre.
Kingoro arrebató suavemente el cuchillo y lo guardó ene un
bolsillo interior de su chaqueta, diciendo:
—Este mismo cuchillo hará justicia algún día.
—Lo importante, ahora, es decidir lo que debemos hacer
—dijo Mamá Higgins—. Todo está dispuesto, tenemos ya entre nosotros al hombre
que necesitamos. Si no damos el golpe pronto, nos exponemos a que ellos se nos
anticipen.
—No pueden hacerlo —declaró Jerry.
—Si Harper Barton sólo hubiera hecho en su vida las cosas
que podía hacer, no habría llegado a ser quien es. Creo que ha llegado el
momento de que se hable claro a este caballero.
—No soy hombre curioso; pero creo que la señora Higgins
tiene razón —dijo Duke—. Cuéntenme toda la verdad; pues si he venido hasta aquí
ha sido con el objeto de ver en qué terminaba este misterio. Desde el primer
momento decidí no hacer nada a menos que se me convenciera de que mi
intervención sería beneficiosa a algún fin honrado.
—Mi fin es completamente honrado. Quiero devolver la paz a
China.
Jerry pronunció estas palabras con tal sencillez que Duke
se dio cuenta, enseguida, de que eran verdad. ¿Sería aquella muchacha una
fanática patriota?
—¿Cómo quiere devolver esa paz? —preguntó Duke.
—Devolviendo a sus altares los diez dragones de Confucio.
—Le ruego que empiece por el principio, pues aunque usted
me suponga muy enterado de esas cosas, le aseguro que nunca he oído hablar de
esos dragones de Confucio.
Jerry se levantó.
—Acompáñeme —dijo a Duke.
Salió del salón, seguida por el aventurero. Kingoro y Mamá
Higgins quedaron allí.
La joven subió por una ancha escalera de roble y, al
llegar al primer rellano tanteó la pared hasta hallar lo que buscaba. Un
segundo después aparecía una puerta en el muro, y Jerry, entrando por ella,
hizo seña a Duke para que la siguiese.
El pasadizo era muy estrecho y apenas estuvo dentro de él,
Duke notó que la puerta se cerraba a su espalda y, al mismo tiempo, se
encendían una serie de lucecillas que iluminaban el pasadizo. Éste no era muy
largo, y después de doblar varios recodos, llegaron ante otra puerta, que Jerry
abrió, apagándose al mismo tiempo las luces.
La habitación donde entraron era muy reducida y debía de
estar aislada del resto de la casa, pues no se veía ninguna ventana ni otra
puerta. Una potente lámpara iluminaba el interior de la estancia, cuyo
mobiliario consistía en una mesita de acero y dos sillas del mismo metal. Sobre
la anexa se veía una gran caja de ébano. Yendo hacia ella, Jerry la abrió.
La luz reflejóse sobre la verdosa superficie de diez
monstruos. Estaban colocados en otros tantos departamentos de la caja y su
forma correspondía a la tan conocida de los dragones chinos.
—Estos fueron los que sirvieron de modelo a los demás
—murmuró Jerry—. Son los más antiguos que se conocen. Como obras de arte su
valor se cuenta por millones de dólares.
—Pero su valor espiritual es infinitamente mayor, ¿no?
—sonrió Duke.
—Sí —contestó Jerry—. Pero tal como están ahora no poseen
ningún valor. Les faltan los dientes.
En efecto, las abiertas bocas de los diez dragones
aparecían desdentadas. Cada una de aquellas bocas mostraba treinta cavidades
vacías.
—Sin los dientes, estos dragones no sirven de nada
—explicó Jerry.
—¿Y dónde están los dientes?
La joven vaciló.
—Están escondidos —dijo al fin—. Cuando salí de Singapur,
Barton me seguía de cerca. Necesitaba los diez dragones, porque el Japón está
dispuesto a pagar por ellos una fortuna. Si presenta estos dragones a los
chinos, todos depondrán las armas.
—¿Y usted no quiere que las depongan? —preguntó Duke.
—Si. Yo deseo que termine esa lucha que sólo perjudica a
China y, en cambio favorece a todos los enemigos de la Humanidad. Son muchas
las naciones interesadas en que China continúe peleando, agotándose en una
lucha estéril. Esas naciones ignoran la existencia de estos dragones, porque si
la supieran y creyesen en su poder no me habrían dejado llegar aquí. Barton lo
sabe pero no ha podido convencer a ningún Gobierno de que el valor de cada uno
de estos dragones es más grande que el del mayor acorazado. Se han reído de él
y, al fin, sólo le ha quedado un recurso: ofrecerlos al Japón. Ellos saben lo
que valen estos dragones y pagarán lo que se les pida. Por mucho que den,
siempre saldrán ganando. Sin embargo, yo no quiero venderlos, quiero darlos.
Por eso, viéndome rodeada de enemigos, tuve que escapar hacia aquí...
De pronto, la joven se interrumpió, lanzando una,
exclamación de angustia
—¡Dios mío! ¡Oh!
—¿Qué ocurre? —preguntó Duke.
Jerry había cogido uno de los dragones y lo estaba
examinando atentamente. Lo volvió varias veces en sus manos, lo miró
detalladamente, cogió los otros y, al fin, se dejó caer en una de las sillas,
murmurando:
—¡Barton ha vencido!
—¿Qué sucede? —preguntó Duke.
Jerry le miró con los ojos llenos de angustia.
—Me los han robado —dijo—. Estos no son los dragones
legítimos.
—¿Qué quiere decir?
Por toda repuesta, Jerry pasó un dedo por una de las
verdosas manchas de los monstruos. El dedo quedó sucio de verdín.
—Pintura —dijo—. Estos dragones son exactos a los
verdaderos. Se han hecho con un molde sacado de ellos; pero cualquiera puede
ver que no son antiguos.
Duke tomo uno de los pesados dragones y no necesitó un
examen a fondo para convencerse de la verdad de la afirmación de Jerry.
Aquellos dragones debían de haber sido fundidos una semana antes, y sus señales
de vejez eran postizas.
—Barton me ha vencido. Creí que el secreto estaba
asegurado y...
—Por favor, señorita Jerry; cuénteme todo el secreto
—pidió Duke—. Tal vez pueda ayudarla.
Jerry vaciló un momento.
—Tal vez —murmuró, al fin—. Barton posee enormes intereses
en China. Mi padre los poseía también. Hace tiempo pudo adquirir diez acciones
del Ferrocarril Chosan, uno de los principales de China. Cada una de dichas
acciones le costó cien mil dólares, y mi padre consideró que había hecho un
excelente negocio. Las acciones del ferrocarril son solamente cien. Cuarenta y
cinco están en manos japonesas y otras cuarenta y cinco en manos británicas.
Las diez restantes son las que pesan más en la balanza, pues del voto de su
poseedor depende si la dirección del ferrocarril pasa a manos inglesas o
japonesas. Mi padre, creyendo servir a sus intereses, siempre votó por la
dirección británica; pero rechazó ofertas de hasta diez millones por sus diez
acciones. Eso ocurrió cuando se vio la importancia que adquiría el ferrocarril
para el tráfico comercial con la China del interior. Ahora los ingleses pueden
comerciar tranquilamente por medio de él; pero si los directivos del Chosan
fueran japoneses, el comercio se interrumpiría y los ingleses deberían comprar
los productos que ahora reciben por el ferrocarril a la empresa Chosan. Esas
diez acciones fueron la única herencia que me legó mi padre. Y ahora están en
poder de Barton. Son acciones al portador y en los consejos de accionistas del
Chosan, sólo se exige su presentación. El que las presenta es su dueño, y nadie
discute su derecho al voto.
—Eso quiere decir que Barton es el dictador del Chosan.
—No ha intentado aún nada. El ferrocarril carece de
importancia para él. Inglaterra está dispuesta a pagar diez millones de dólares
por mis acciones. El Japón ofrece lo mismo; pero si aparecieran los diez
dragones y cesase la guerra, el valor se reduciría en mucho. Yo vendería esas
acciones a Inglaterra y entregaría los dragones a los sacerdotes chinos para
que predicaran el fin de la guerra, mostrándolos con sus dientes de paz. Barton
los vendería al Japón y obtendría una fortuna fabulosa.
—¿Y por qué no lo ha hecho usted? —preguntó Duke.
—Mi padre me lo prohibió. Los dragones le fueron confiados
por un alto sacerdote. Mi padre era incapaz de vender lo que era un depósito
sagrado. Poco antes de su muerte, le confiaron los dragones. Al morir, yo me
hice cargo de ellos y marché hacia Singapur. Los agentes de Barton, me
registraron el equipaje y no pudiendo encontrar los dragones, me robaron las
diez acciones del ferrocarril Chosan, que mi padre me pidió que vendiese a
Inglaterra. Aquello me sumió casi en la miseria, y gracias a la ayuda de unos
buenos amigos pude huir a San Francisco, anticipándome a Barton. Cuando llegué
a esta ciudad comprendí que debía quitar los dientes a los dragones y hacerlos,
así, inutilizables, pues de lo contrario, Barton acabaría por quitármelos. Por
lo tanto, así que llegué...
—Perdone, señorita Jerry. ¿Qué clase de dientes tenían
esos dragones?
—Cada uno de ellos tenía, en vez de dientes, treinta
perlas de Ceilán. Sin ellas los dragones no tienen valor, pues incitan a la
guerra. En cambio, cuando cada uno lleva en sus encías las treinta perlas, que
son símbolo de paz, ésta debe reinar en todo China.
—¡Ah! Ahora empiezo a comprender.
—En cuanto descendí del Clipper, entregué mi equipaje a
Mamá Higgins, que es de toda mi confianza, y, acompañada por Kingoro, fui a un
templo japonés, donde veneran una enorme estatua de Buda. Llevaba en mi bolso
las trescientas perlas y formé con ellas tres collares de cien perlas cada uno.
En cuanto estuvimos en el templo, Kingoro entretuvo al guardián y yo colgué del
cuello de Buda los tres collares.
—¿No resulta extraño ver una imagen así con tres collares
de perlas?
—No, porque aquella imagen está adornada ya con más de
cincuenta collares de perlas. Claro que todas son falsas; pero cuando quisimos
recobrar las nuestras nos encontramos con que no podíamos reconocerlas. Por eso
llamamos a Funimaro Goto. Él nos hubiera ayudado; pero Barton, que sabe lo que
nos ocurre, aunque no ha podido averiguar aún donde están las perlas, hizo
matar a Goto. Ahora sólo usted puede ayudarnos, aunque no teniendo los
dragones, de nada nos sirven las perlas.
—¿Cómo puede haber robado Barton los dragones? —preguntó
Duke.
—Hace un mes vino a esta casa un profesor que hace algunos
años había sido huésped de Mamá Higgins. Volvió a hospedarse aquí, y, ayer, se
marchó. No se nos ocurrió sospechar que fuese un enviado de Barton; pero
seguramente lo fue. Debió de encontrar el pasadizo y sustrajo los dragones,
devolviendo luego los duplicados. Esa es la única explicación algo lógica.
Mientras hablaba, Jerry abrió la puerta del pasadizo y
avanzó por él, seguida de Duke. Cuando llegó de nuevo a la escalera descendió
hacia donde esperaban Mamá Higgins y Kingoro.
—Hemos perdido —gimió la muchacha—. Barton se ha apoderado
de los dragones. Tiene dos triunfos contra nosotros.
La sorpresa de la mujer y del japonés fue interrumpida por
el timbre del teléfono. Mamá Higgins descolgó el auricular.
—¿Quién llama? —preguntó.
El asombro se reflejó en sus ojos. Volviéndose hacia Jerry
anunció:
—Es Harper Barton. Quiere hablar contigo.
Tras breve vacilación, Jerry fue al aparato, tomó el
auricular y preguntó:
—¿Qué quiere?
—...
—Sí, acabo de descubrir el robo.
—...
—No pretenderá que le felicite por su listeza.
—...
—Ya se que tiene todos los triunfos en la mano; pero le
falta el mejor.
—...
—¿Cómo? ¿Lo dice de veras?
—...
—Está bien. Esta noche se lo enviaremos.
—...
—No le extrañe que haya tomado tan pronto una decisión.
Perseguimos un fin semejante y sé darme cuenta de cuando estoy derrotada.
Adiós, Barton.
Jerry colgó el teléfono y, volviéndose hacia los demás
anunció:
—La lucha ha cesado, Barton y yo hemos firmado un
armisticio. Yo le entregaré las perlas y él me devolverá las acciones del
Chosan. Tiene los dragones y puede venderlos para que siga la guerra. Yo puedo
convertirlos en mensajeros de paz. Cuando esta noche le entregue las perlas, él
dará las diez acciones.
—¿Y si vendiera las perlas, señorita Jerry? —preguntó
Duke—. ¿No cree que saldría ganando?
—Las perlas no me pertenecen —replicó la joven—. Además,
debo devolver lo que se me ha prestado. Tengo que vender las acciones. Mañana
por la mañana llegará el representante británico, Esta noche iremos al templo
japonés, señor Straley. Indique usted cuáles, de los cincuenta collares de
perlas, son los legítimos. He intentado luchar contra Barton; pero es el más
fuerte.
—¿Dónde vive Barton? —preguntó Duke.
—Nadie la sabe —contestó Jerry—. No hemos podido
averiguarlo.
—¿Cuándo me necesitarán? —preguntó Duke.
—Esta noche a las once. Dentro de nueve horas.
—¿Y dónde hay que llevar las perlas?
—Barton telefoneará indicándonos dónde hay que llevarlas.
—Entonces, hasta las once, señorita Jerry. Voy a ver a mi
hermana. Se ha casado y aún no he podido felicitarla.
—Vigile y vaya con mucho cuidado, y sobre todo no repita a
nadie lo que sabe.
—No tema —sonrió Duke—. Si me necesitan estaré en el Hotel
Imperial.
CAPÍTULO IV
Bob y Betty escucharon atentamente el relato que les hizo
Duke de sus aventuras.
—Sospecho que te están utilizando como juguete —dijo
Betty—. En todo este asunto hay más niebla que en San Francisco.
—Yo opino que la cosa resulta confusa; pero la muchacha
dice la verdad —declaró Bob—. Recuerdo haber leído algo acerca de los diez
dragones de Confucio.
—Ese Barton es un enemigo peligroso —dijo Duke—. Me
gustaría hablar con él...
Interrumpiéndose bruscamente, Duke hizo seña a su cuñado
para que siguiera hablando.
—No se si te recibiría —replicó Bob, comprendiendo lo que
Duke deseaba—. Por lo que has contado de él es un enemigo...
Duke había llegado ya junto a la puerta de la habitación y
la abrió tan brusca e inesperadamente, que el hombre que estaba escuchando por
la cerradura cayó de bruces al suelo.
Duke le obligó a incorporarse y lo tenía cogido por las
solapas de su chaqueta, cuando se oyó un lejano a "¡plof!" y el
desconocido se estremeció violentamente, cayendo hacia delante, quedando
apoyado en el cuerpo de Duke.
Éste lo traspasó a Bob, y empuñando su revólver, salió al
corredor, dirigiéndose hacia la escalera.
No vio a nadie. Los ascensores estaban en la planta baja,
y el agresor había desaparecido tan completamente como si se hubiera esfumado.
Descolgando un teléfono que se encontraba en el pasillo, Duke ordenó:
—Señorita, haga que cierren las puertas del hotel. Se ha
cometido un crimen. El asesino tratará de huir...
Desde donde estaba podía ver la calle a través de una
ventana. En aquel momento un hombre salió del hotel por una de las puertas
laterales y subió a un auto, que llegó a marcha reducida y, enseguida,
adquiriendo velocidad, se alejó, desapareciendo en medio del tráfico.
—Ya es tarde —agregó, en respuesta a las excitadas
preguntas de la telefonista—. El asesino debe de haber huído. Diga que tomen
algunas precauciones por si estuviera en el hotel, que avisen a la Policía y
que suba el detective del hotel a la habitación mil doscientos siete.
Colgando el aparato, Duke volvió a la habitación. El
desconocido estaba tendido en un sofá y Duke no necesitó examinarlo más
atentamente para comprender que ya había muerto.
—Le dispararon son una pistola de aire comprimido —dijo
Bob—. Le hirieron con una flecha envenenada. Apenas tuvo tiempo de hablar.
—¿Qué dijo? —preguntó Duke—. La Policía no debe saber
nada.
—Toma.
Bob entregó a Duke una hoja de papel en la cual se leía:
"Sam. Él ha sido. Misión 83".
—Sam fue su asesino —explicó, innecesariamente, Bob—. Debe
vivir en la calle Misión.
—Seguro. Enviaron a éste y a su compañero para que nos
espiaran. Sam tendría orden de matar a su compañero si era sorprendido.
Duke se volvió hacia la puerta y dijo:
—Explicad lo que os parezca a la Policía. No digáis nada
de lo que dijo. Voy a averiguar algo en la calle Misión.
Por la escalera de servicio, Duke descendió hasta los
sótanos del Hotel Imperial y pudo comprobar las pocas precauciones que se
habían tomado para impedir la huída del asesino. Sin que nadie le cerrara el
paso salió a la calle y dirigióse a un importante comercio cercano, donde
compró una maleta de fibra, unas revistas y un plano de San Francisco. Al salir
del almacén dirigióse a otro donde se vendían máquinas de escribir y rotativas
para circulares. Adquirió en él un tubo de tinta de imprenta y guardándolo en
la maleta consultó el plano, localizó el emplazamiento de la calle Misión y en
un taxi dirigióse hasta el punto más próximo a ella.
El número 83 de la calle Misión era una muestra de lo
desagradable que puede ser una casa. Poseía todas las características de
fealdad que puede reunir un edificio. Junto a la puerta de entrada se leía:
"Pensión. Se alquilan habitaciones".
Duke subió hasta la puerta y llamó al timbre.
Transcurrieron dos minutos antes de que se abriera la puerta y apareciese una
mujer inconcebiblemente gruesa, que le miró de pies a cabeza y tardó casi otro
minuto en decidirse a preguntarle:
—¿Qué quiere?
Del interior de la casa emanaba un insoportable olor a col
hervida. Sin duda en aquel lugar, en cincuenta años, no se había comido otra
cosa que col hervida.
—¿Tiene una habitación económica? —preguntó Duke.
La suspicacia de la mujer se hizo evidente.
—¿Actor? —preguntó.
—No. Puedo pagarle por anticipado.
La mujer hizo un esfuerzo por sonreír.
—Tengo una habitación cerca del baño por cinco dólares a
la semana. Hay otra más arriba —se sonó con el delantal y agregó:— Está en el
último piso y sólo vale tres dólares.
Duke miró hacia arriba. El último piso era el quinto.
—¿Dónde está el baño? —preguntó.
—En el segundo.
—Enséñeme el baño. Quizá pueda ahorrarme dos dólares.
La mujer no hizo nada para dejarle pasar.
—¿Está sin trabajo? —preguntó.
—Estaba sin trabajo en Los Ángeles. Ahora ya lo tengo en
San Francisco.
—Está bien... entre.
Cuando estuvieron en el vestíbulo, al pie de la escalera,
la mujer preguntó:
—¿Puede pagar los cinco dólares?
Duke le mostró un billete de a diez.
Satisfecha, la mujer empezó a subir trabajosamente la
escalera. Resoplaba como una locomotora y al cabo de una eternidad llegó al
segundo piso. Deteniéndose junto a una puerta, dio unos golpes con los
nudillos.
—¡Dejadme tranquila! —replicó una estridente voz de mujer,
acompañada de un indicador chapoteo.
—Este es el cuarto de baño —explicó la patrona. Luego fue
hacia una habitación inmediata y abrió la puerta, explicando:— Esta es la
habitación de cinco dólares.
Duke la examinó indiferentemente. Contenía una cama de
madera demasiado grande para aquella habitación, una cómoda, un armario y un
par de sillas. No cabía nada más.
—No está mal —dijo—. Veamos la otra.
La patrona dirigió una mirada de disgusto a la escalera.
—El subir tan alto me mata —dijo—. Con tal de no tener que
subir hasta arriba, prefiero rebajarle ésta a cuatro dólares y medio.
—Conforme —replicó Duke—. Sólo estaré un par de semanas,
pues luego he de salir de viaje. Tenga.
Tendió a la mujer un billete de a cinco dólares.
—Acompáñeme a mi cuarto —dijo la patrona—. Le extenderé el
recibo y le daré el cambio.
Descendieron a la planta baja y la mujer hizo pasar a Duke
a una habitación amueblada al gusto de treinta años antes. De una caja de metal
sacó la patrona una mugrienta cartera y un saquito con monedas de níquel.
Entregó cincuenta centavos a cambio del billete y luego tendió a Duke una
libreta con tapas de hule.
—Firme en el registro —dijo.
Duke, antes de inscribirse, recorrió con la vista los
nombres de los inquilinos de la pensión. Halló un Sam Leighton, que llevaba
allí un mes y ocupaba la habitación 23: La de Duke era la 27.
—¿Es que no recuerda su nombre? —preguntó la patrona.
—Sí, claro —sonrió Duke—. John Smith, de Los Ángeles.
—He tenido muchos, inquilinos de Los Ángeles —comentó la
mujer—. Y casi todos se llamaban John Smith.
—Somos una familia muy numerosa. ¿Quién más está en mi
piso?
—Una mujer ocupa la habitación que da a la calle. Siga mi
consejo y no le diga nada. Es tan mala como parece —la mujer lanzó un ruidoso
suspiro, explicando:— No me gusta tener mujeres de su clase; pero los tiempos
son difíciles y en tanto que no de escándalos en mi casa... Lo que haga fuera,
no me importa.
Un camión que pasaba por la calle hizo retemblar la casa.
Cuando el ruido se hubo apagado, Duke preguntó:
—¿Quién más se encuentra en mi piso?
—Todos los inquilinos son gente tranquila. Llevan mucho
tiempo aquí.
—¿Y en el número veintitrés?
Los porcinos ojillos de la mujer brillarán suspicazmente.
—Un empleado de la Atlantic y Pacific —contestó, cerrando
luego la boca, como dispuesta a no dejarse arrancar ni una sola palabra más.
—Bien —sonrió Duke—. Subiré a mi cuarto.
La patrona le entregó dos llaves una de su habitación y
otra de la puerta de la calle. Duke subió al cuarto número 27, encerróse en él,
dejó la maleta sobre la cama y abriéndola, sacó una de las revistas compradas.
Con la cubierta hizo una pantalla que dirigía hacia el suelo toda la luz,
dejando en sombras el resto de la estancia y, sobre todo, el umbral de la
puerta.
Cogiendo el tubo de tinta de imprenta, Duke arrodillóse
junto al umbral y extendió en él una capa de unos treinta centímetros de ancho
que iba de quicio a quicio. Cuando hubo vaciado el tubo, lo envolvió en otra
hoja arrancada a la revista y lo guardó en el bolsillo, luego, sentándose y
apoyando los pies sobre la mesa, empezó a leer la trágica historia de dos
enamorados que eran demasiado jóvenes para casarse.
Cuando estaba en el punto más intrigante oyó el
inconfundible lamento de la escalera bajo el peso de la patrona. Escuchó
atentamente y la oyó avanzar por el pasillo hasta detenerse frente a una
habitación que Duke calculó sería la 23.
Al cabo de unos minutos, Duke se puso en pie, fue hacia la
puerta, saltó por encima de la gran mancha de tinta, y dejando la luz apagada y
su equipaje, salió al pasillo y sin hacer nada por disimular sus pasos,
descendió por la escalera y luego salió a la calle. Había anochecido ya, y uno
de los faroles del alumbrado público dirigía su luz sobre la escalera que daba
acceso a la casa.
Duke se ocultó en la puerta de un comercio ya cerrado y
aguardó.
Al cabo de un rato se abrió la puerta de la pensión y
aparecieron dos hombres. Uno de ellos era alto, el otro mucho más bajo. Vestían
de relativa etiqueta y Duke supuso que eran camareros o músicos, que marchaban
a su trabajo.
Transcurrieron cinco minutos más y de nuevo se abrió la
puerta. Esta vez apareció una mujer, ¿la del segundo piso con habitación que
daba a la calle? Quizá.
Transcurrieron veinte minutos antes de que se volviera a
abrir la puerta. Apareció otro hombre. Llevaba un maletín; pero no fue eso lo
que más interesó a Duke, sino las negras huellas que sus zapatos iban dejando
en los escalones y luego en el pavimento.
Dirigiendo un burlón saludo a la casa, Duke echó a andar
detrás del hombre que había recogido en las suelas de sus zapatos la tinta con
que él manchó el umbral de su habitación.
El desconocido caminaba apresuradamente, dirigiéndose
hacia las calles más transitadas. Cuando llegó a la calle Market, en dirección
a la estación terminal de los transbordadores, Duke le alcanzó y hundiéndole en
los riñones el revólver que llevaba, en el bolsillo de la americana, anunció:
—En Jefatura deseamos verle, amigo.
El hombre era tan rojo de cara como de pelo. En sus ojos
lucía un brillo salvaje.
—¡No he hecho nada! —gruñó—. No...
—Está bien, Sam, si no has estado en el Hotel Imperial
hace un par de horas, y puedes demostrarlo, nadie te molestará y podrás volver
aquí.
—Tengo que tornar el transbordador para Oakland...
—Sale uno cada hora. Si es necesario te traeremos en un
auto patrulla para que no pierdas el próximo.
Sacó una cadena del bolsillo e hizo entrechocar los
eslabones. Sam imaginó que se trataba de un par de esposas y decidió que era
preferible que no se las pusiera.
—Está bien, agente —replicó—. Le acompañaré. Puedo
demostrar que no he hecho nada malo. En cuanto lleguemos a la comisaría me
tendrán que dejar en libertad.
—No te llevo a la comisaría, sino a otro sitio donde no te
tendrán tantas consideraciones.
Sam Leighton sintió unas irresistibles tentaciones de
huir. Su cuerpo las acusó y Duke las interpretó debidamente.
—No seas loco —advirtió—. No me importaría lo más mínimo
que me dieras motivo para meterte unas balas en el cuerpo. Te has metido en un
mal asunto. Alguien a quien tú conoces ha liquidado a un federal, y tú has
matado a un cómplice tuyo. Nos interesa el pez gordo y te perdonaremos a ti;
pero has de confesar de plano.
—Por favor, no se precipite. Mi jefe puede pagarle mucho.
—Estás intentando un soborno y eso no te beneficiará, Sam.
Sigue adelante y procura que la gente no nos mire demasiado. Y no imagines que
ibas a poderte marchar fácilmente. Todas las estaciones estaban vigiladas y no
hubieses podido abandonar San Francisco. Una cosa es jugar con la policía local
y otra con la de Washington.
—¿Qué harán conmigo?
—Ya te he dicho que buscamos peces grandes. Los pececillos
como tú no nos interesan. ¿Quieres hablar ahora o después de pasar por cierto
sótano que tenemos para resolver en él los casos difíciles? De todas formas
hablarás.
—Hablaré ahora —replicó Sam.
—Entremos en ese bar. Puedes pagarme la bebida. Eso no es
soborno.
Una sonrisa iluminó el rostro del pelirrojo.
—Está bien, entremos —dijo.
Pasaron al interior de un bar y se sentaron en uno de los
departamentos, que eran como habitaciones sólo por un lado. Sam, se sentó a la
parte de dentro y Duke entre él y la salida, volviendo la espalda a la pista.
Sam encargó whisky con soda. Cuando lo trajeron pagó la
cuenta y bebió ansiosamente.
—¿Quién es vuestro jefe? —preguntó Duke.
—Harper Barton.
—¿Do él la orden de matar a Carter?
—Creo que sí.
—¿Te dio la orden de que mataras a tu compañero si
fracasaba en el intento de escuchar nuestra conversación?
—No me atrevo a contestar.
—Si tienes miedo no irás muy lejos...
—Menos lejos irá usted, amigo —replicó una voz, y, al
mismo tiempo Duke sintió en los riñones el inconfundible contacto de una
pistola automática.
El nuevo actor en aquella dramática comedia, ordenó:
—Amigo, coloque las manos sobre la mesa y no olvide que si
las mueve se quedará aquí hasta que venga a recogerle la ambulancia.
Duke obedeció enseguida, dejando que el otro le quitase el
revólver.
—Es usted muy listo, señor Straley —siguió el recién
llegado—. Pero en cuanto a listeza aún le falta por aprender. Nuestro jefe le
da cien vueltas.
—Eso creo.
—¿No es un federal? —preguntó Sam.
—¡Qué va a ser! Es un entrometido que apalea los millones
y que se ha jugado estúpidamente el cuello. Le seguimos desde casa de Mamá
Higgins y luego hasta el hotel, allí se nos fue de entre las manos; pero los
que vigilaban la pensión avisaron que había entrado allí. Cuando saliste le
seguimos sin que él se diera cuenta. Los demás volvieron a sus puestos y yo fui
detrás de vosotros. Vi como te detenía, Sam, y me hubiera muerto de risa ante
las tonterías que hizo.
Sam sonrió, diciendo:
—Cuando te vi, Tex, también yo estuve a punto de morirme
de risa. No se como no se dio cuenta. Y para arreglar las cosas me pidió que
entrásemos aquí.
—¿Están pagadas las bebidas?
—Sí, Tex.
—Pues, entonces, en marcha. El jefe nos espera. Vamos
señor Straley. Y no olvide que a nosotros no nos importa disparar.
—Tú debes de ser el del cuchillo, ¿no? —preguntó.
—Déjese de preguntas, señor.
—¿Cómo te las compusiste para llegarle al cuello a Carter?
Tuviste que saltar, ¿verdad?
—¡Vamos!
—Cuando vea a Barton le preguntaré por qué emplea enanos
en su banda. ¿O es un circo?
El llamado Tex tuvo que hacer un violento esfuerzo para no
disparar contra Duke. Éste había comprendido enseguida, que Tex era uno de esos
hombres pequeños que odian el serlo y mucho más, el que se les diga que lo son.
Lo había comprendido por el erguimiento con que andaba, por el traje a rayas
que vestía, por los altísimos tacones y gruesa suela de sus zapatos.
—Si sigue hablando, no respondo de lo que será de usted.
—Y si me matas yo no respondo de lo qué será de ti. Tu amo
me necesita vivo. Harás mal llevándome muerto.
Tex se contuvo con gran dificultad y ordenó:
—Vamos. Se hace tarde.
—Vamos, pues. No quiero hacer esperar a mis amigos.
Salieron del bar y Tex hizo seña a un taxi que pasaba por
allí, para que se detuviera.
—¿Taxi y todo? —preguntó Duke.
—Es más seguro —replicó Sam.
—Desde luego, es más seguro —sonrió Duke.
—Suba —ordenó Tex.
Duke se metió en el coche y sus dos aprehensores
sentáronse a ambos lados de él. Tex tenía su pistola y Sam el revólver de Duke.
Tex inclinóse hacia el conductor y le dio en voz baja una
dirección. Enseguida el taxi se puso en marcha y Duke soltó una carcajada.
CAPÍTULO V
—¿De qué ríe? —preguntó Sam.
—De algo muy divertido —replicó Duke, fijando la mirada en
los zapatos de Tex—. He visto suelas mucho más gruesas. En las zapaterías
ortopédicas. Creo, Tex, que deberías visitar uno de esos establecimientos.
Tex palideció intensamente y Duke notó contra su cuerpo la
tensión de los músculos del brazo derecho de Tex. Haciendo como si no lo
advirtiera, preguntó a Sam
—¿Dónde tiraste la pistola "Benjamín"? ¿No era
de esa marca?
Sam enrojeció aún más; pero no respondió.
—Las "Benjamín" son unas excelentes pistolas de
aire comprimido. Casi silenciosas y capaces de lanzar flechas de treinta gramos
de peso, que se pueden envenenar y son más eficaces que una automática provista
de silenciador. No comprendo cómo toleran su venta en cualquier armería. La
tiraste enseguida, ¿no? Seguramente en una cloaca. ¿Limpiaste bien las huellas
dactilares? Piensa que si la encuentra algún pocero la entregará a la Policía y
es posible que den contigo por medio de ellas o de la numeración de la pistola.
—No respondas, Sam —ordenó Tex.
Duke volvióse hacia él.
—Eres de Tejas, ¿no? Por eso te llaman Tex.
—No soy de Tejas —replicó Tex.
—Es raro. Tienes muy mal genio y todos los hombres que he
conocido con mal genio eran de Tejas.
—Soy de Idaho.
—No he estado nunca allí. Debe de ser un Estado de tres al
cuarto.
—Vale más que esto.
—Es una opinión que sólo he visto compartida por los demás
habitantes de Idaho, Tex. También hay quién opina que el mejor lugar del mundo
es Alaska, y los esquimales se entusiasman hablando del Círculo Ártico.
—El mejor lugar del mundo es Rio —declaró Tex—. Algún día
cuando liquidemos estos negocios, iré a pasar un año allí viviendo como un rey
hasta que se me termine la plata. Lástima que no pueda ir a Buenos Aires.
—Allí te espera la policía para hacerte pagar una vieja
deuda, ¿no es cierto, Tex?
—¿Cómo lo sabe? —gritó Tex, sin darse cuenta de que estaba
haciendo lo que Duke deseaba.
—Soy aficionado a las carreras de caballos, Tex. Me entero
de todos los escándalos y en "El Gráfico" de Buenos Aires, leí una
edificante información acerca de tus trampitas.
—Debía de ser de otro que se parecía mucho a mí.
—Tal vez. Era más bajito que tú. Claro que no llevaba
zapatos ortopédicos... No, no te enfades, Tex, creo que ya hemos llegado.
Tex cerró violentamente el puño izquierdo. Había pensado
hacer detener el auto unas cuantas casas más arriba.
—Baja, Sam, y vigila.
La casa ante la cual se habían detenido era un edificio de
tres pisos, construido con excelentes materiales y por un arquitecto que sabía
como deben hacerse las cosas bien hechas. A un lado de la puerta principal se
veía el número 18, pintado sobre un cristal iluminado. Un poste indicaba:
"Cabrillo Street", Duke sonrió burlonamente.
—Baje —ordenó en voz baja Tex.
—Paga antes el taxi —replicó Duke.
Y dirigiéndose al conductor agregó:
—¿No sabe, usted amigo, que lleva una celebridad en su
auto? Este amigo es Tex Milo, el famoso "Jockey" que fue expulsado de
la organización porque ganaba demasiadas carreras. Paga, Tex. Puedes bajar. Yo
seguiré en el taxi.
—¡Baje enseguida! —masculló Tex.
De pronto el taxista hizo sonar tres veces la bocina. En
el extremo de la calle apareció un policía.
—Noventa centavos —anunció el conductor—. Y no hagan
tonterías, pues ahí viene un policía.
—Paga y baja, Tex —ordenó Duke—. No creo que a Barton le
entusiasme la idea de que se cometa un asesinato frente a su casa.
El terror había blanqueado el rostro del antiguo
"jockey". Dirigiendo una mirada de odio a Duke, entregó un dólar al
chófer y bajó a reunirse con su compañero. Los dos marcharon hacia la casa,
mientras el taxi volvía a ponerse en marcha, deteniéndose sólo un momento para
explicar al policía que no ocurría nada de particular. Cuando hubieron
recorrido unos doscientos metros, Duke indicó al chófer que se detuviera, y
bajó del auto, entregando al conductor un billete de diez dólares.
—Gracias, amigo —dijo—. Ha corrido usted un buen peligro.
Aquellos dos tipos eran peligrosos.
—Ya lo sospeché —sonrió el taxista—. Me alegro de haberle
podido ayudar.
—Yo también. Adiós.
Duke entró en una farmacia, dirigiéndose a la cabina
telefónica, marcó el número del Hotel Imperial y pidió hablar con Betty. Fue
Bob quien se puso al aparato.
—Oye, Bob —dijo Duke—. Me dirijo al dieciocho de la calle
Cabrillo. Si a las nueve y cuarenta minutos llamas por teléfono allí y
preguntas por mí, me harás un favor. El número no lo encontrarás en la lista
telefónica, pues seguramente es número particular; pero tú ya sabes como
componértelas para conseguirlo.
—Desde luego —replicó Bob—; le pediré al policía que
tenemos aquí de guardia que lo consiga. Se han llevado ya al cadáver; pero nos
están molestando mucho, y más desde que saben que somos recién casados. Por
suerte el policía a quien han dejado aquí conoce a Max y está deseando que lo
trasladen a Nueva York.
—Prométele nuestra ayuda y consigue el número. Adiós.
Seguramente no nos veremos hasta mañana.
Duke colgó el teléfono y salió de la farmacia. Eran las
nueve y diez minutos.
A grandes zancadas volvió sobre sus pasos y a las nueve y
veinte estaba otra vez ante el número 18 de la calle Cabrillo. Un momento
después llamó a la puerta.
Transcurrieron unos segundos antes de que se abriera una
mirilla y al otro lado de la puerta sonara una exclamación de incredulidad.
Luego se cerró la mirilla y transcurrió otro minuto. Al fin se abrió la puerta
y apareció Sam, con la mano derecha significativamente hundida en el bolsillo
correspondiente.
—Hola, zanahoria —saludó Duke—. ¿Puedo entrar?
Sam se hizo a un lado y Duke penetró en el espacio
comprendido entre la puerta de la salle y la que daba al vestíbulo interior.
Fue hacia ésta, la abrió y encontróse en una amplia estancia, alfombrada
ricamente y oliendo a buen tabaco y a perfumes orientales. La decoración era
una mezcla oriental y occidental, pero combinada con buen gusto. Mientras Sam
cerraba la puerta del vestíbulo, Duke se acercó a un teléfono de comunicación
interior y tocó el auricular. Estaba caliente.
—¿Qué dijo Barton? —preguntó, mirando a Sam, que lo
observaba claramente asustado ante aquella sagacidad que a él le resultaba
inconcebible.
—Le espera. Tendré que registrarle...
—No llevo armas —dijo Duke—. Sin embargo puedes
registrarme si ello te ha de hacer feliz.
Sam corrió con las manos todo el cuerpo de Duke sin
encontrar ningún arma. Al fin dijo:
—Puede subir. Tex le aguarda en el primer piso.
Al decir esto, señaló una amplia escalera de mármol
blanco.
Duke subió por ella, deteniéndose varias veces a
contemplar los cuadros chinos y japoneses que adornaban las paredes. Eran casi
todos pinturas sobre seda, de una delicadeza y riqueza de colorido que
maravillaron a Duke. También se detuvo largo rato contemplando la colección de
porcelanas que el dueño de la casa tenía encerrada en una enorme vitrina de
laca.
—¿Le gusta? —preguntó una voz a su espalda.
Duke se volvió y llevóse la primera sorpresa real de
aquella noche y la segunda del día, después de la muerte de Carter.
—¿Es usted Barton? —preguntó, observando atentamente al
hombre que estaba ante él.
Era joven, elegante, casi atractivo. Se le hubiera podido
tomar por uno de tantos jóvenes habituados a la alegre vida de la ciudad; pero
su barbilla, demasiado firme y sus ojos demasiado duros, indicaban que Barton
no era un alegre vividor sino un hombre que sabía luchar.
—¿Y usted es Duke Straley? —preguntó a su vez el joven.
No había contestado a la pregunta, pero la que él hacía
indicaba que la suposición de Duke era acertada.
—Nunca hubiera supuesto que la muerte de mi amigo Funimaro
Goto fuera el motivo que nos acercara.
—Hubiese preferido que permaneciera usted en Nueva York,
Duke.
—Lo creo —sonrió el aventurero.
—No le tengo miedo —advirtió Barton—. Si ha interpretado
mis palabras en ese sentido...
—No, no creo que me tenga miedo. Noto en sus ojos y en sus
manos que se siente seguro de sí mismo. Lo único que no acaba de comprender es
por qué he venido. Si la supiera se sentiría más tranquilo.
—Le tengo en mis manos, Duke.
—Permítame que, sin ofenderle, dude de sus palabras. Es
usted demasiado inteligente para creer semejante cosa.
Barton sonrió. Vestía un traje de etiqueta y parecía
preparado para salir.
—¿No podemos hablar en otro sitio donde estemos más
cómodos? —siguió Duke tras una breve pausa.
Barton indicó con un ademán una puerta próxima. Duke entró
el primero y de pie detrás de un sillón de cuero vio a Tex, que empuñaba una
pistola provista de silenciador.
—Buenas noches, mi querido "jockey" —rió Duke.
Tex respondió con un gruñido.
—Ese muchacho vale un horror —declaró Duke, volviéndose
hacia Barton—. ¿Es necesario que esté presente en nuestra entrevista?
—No creo que nada lo impida.
Duke acercóse a la mesa y cogió un pesado marco de plata
colocado frente al sillón que debía de ocupar, generalmente, Barton. Antes de
que éste pudiera impedirlo, Duke lo volvió y contempló el bello rostro de
Jerry. La joven vestía a la moda china e incluso se había peinada como las
muchachas de Shanghai.
—¡Deje ese retrato! —ordenó Barton.
Duke lo dejó donde estaba antes y preguntó:
—¿Cree que Tex debe oír la que tenemos que hablar? Ese
retrato debió de costarle muy caro.
—Diez dólares —contestó Barton—. El fotógrafo era amigo
mío. No tuvo inconveniente en sacar una copia más para mí. Puedes retirarte,
Tex. Si te necesito ya te llamaré.
—Pero... Patrón, ese hombre es peligroso.
—Tu jefe también lo es, Tex —rió Duke—. A él no le hubiera
podido engañar tan bien como a ti.
Barton cortó con un imperioso ademán el gesto amenazador
del ciudadano de Idaho, que salió del despacho guardando la pesada pistola.
—Ha hecho bien —aprobó Duke—. No me gusta hablar delante
de gente estúpida. Y Tex no es, precisamente, un genio de la listeza. No
comprendo como un hombre tan poderoso como usted emplea a hombres corno Tex y
Sam.
—Porque sea fáciles de reponer —replicó Barton.
—Es verdad. Cuando cometen un error, un disparo a la
espalda con una flecha envenenada. Creo que hace usted bien. Los servidores
demasiado listos son peligrosos. Esta noche le explicaré a mi hermana lo
inteligente que es usted.
—Sospecho, señor Straley, que no verá usted a su hermana
esta noche.
—Sospecho, señor Barton, que comete usted un error. O tal
vez diga eso para hacerme hablar. Sí, eso es. Usted sabe que si he venido aquí
es porque creo poder salir de nuevo, y desea que le explique de qué medio me
valdré para ello.
—Ha avisado a la policía y si dentro de una hora no
comunica con jefatura, vendrán a buscarle, ¿no es así? ¿O tal vez tiene la casa
rodeada de policías?
—Perdemos el tiempo, señor Barton. Creo que es mejor que
hablemos claro. Y si usted no quiere hacerlo, a mí no me importa contarle una
linda historia. Escuche. Esta tarde asesinaron a un hombre. Se llamaba Carter y
su principal defecto era estar enamorado de la señorita Jerry.
Duke miró a Barton; pero éste no dio ninguna muestra de
que la sospecha de Duke fuera acertada.
—El señor Carter sabía muchas cosas. Había trabajado en
esas odiosas revistas que practican un deporte primo hermano del chantaje.
Quizá sabía algo de usted, tal vez sabía algo de otra persona; pero lo más
lógico es suponer que estaba locamente enamorado de Jerry y usted lo quitó de
en medio porque también está enamorado de Jerry. Pero aun le queda otro rival.
—Ése no es rival.
—Gracias, señor Barton, ahora empieza usted a hablar
inteligentemente. Kingoro no es rival, porque es japonés y Jerry es blanca.
Pero, ¿es realmente blanca?
—¿Qué quiere decir, Duke?
—Lo que he dicho.
—Jerry es de sangre occidental.
—Pero de alma oriental, Barton. Ha vivido lo bastante en
Oriente para que no sienta por los chinos o los japoneses la misma repulsión
que sentiría una muchacha habituada a vivir siempre entre blancos. Jerry ha
visto a más asiáticos que europeos a americanos. No siente repulsión por ellos,
y es muy posible que vea a Kingoro de una forma que ni usted ni yo, ni mucho
menos las demás muchachas, lo ven. Por lo tanto, Barton, entre usted y Jerry
aún se interpone un rival. Por lo menos un posible adversario, a quien tendrá
que hacer matar algún día.
—¿Es a eso a lo que ha venido?
—No, no he venido a azuzarle contra el bueno de Kingoro
que, si no me engaño, maneja el puñal mucho mejor que Tex. He venido a
explicarle una historia muy interesante. ¿Qué hora es?
—Las nueve y media —contestó Barton.
—Creí que era más tarde. Mejor. Así podremos seguir
hablando. Esta tarde, como decía, usted se libró de un rival. Kingoro echó el
cadáver al mar, y Tex no se lo impidió, porque usted le dijo que no lo hiciera.
Era muy conveniente deshacerse del cuerpo del delito. Cuando yo salí del
Paraíso, Tex, Sam y un tercero me siguieron hasta el hotel Imperial.
—Le esperaban cerca del Hotel Imperial —corrigió Barton.
—Es verdad. Olvidaba la comunicación que mi hermana envió
al aeropuerto. Muy sencillo y muy sagaz. Veo que es usted un buen enemigo.
Hacía tiempo que no luchaba con nadie realmente peligroso.
—Es un honor para mí que me conceda tanta importancia.
—No es más que justicia y reconocimiento de un hecho
innegable. Como le interesaba saber qué íbamos a hablar mi hermana y yo, sus
hombres habían recibido orden de enterarse de nuestra conversación. Uno de
ellos escuchó lo que pudo; pero hizo un ruidito que yo capté. Le pude
sorprender y lo iba a hacer entrar en mi cuarto, cuando el bueno de Sam,
siguiendo instrucciones suyas le disparó con una pistola de aire comprimido una
flechita envenenada y acabó con él; pero no lo bastante deprisa que pudiera
impedirle revelar el nombre de su asesino y la dirección de donde vivía.
—Muy interesante. Continúe.
—Fui a la calle Misión numero ochenta y tres y solicité de
la voluminosa patrona una habitación. De momento me tomó por lo que dije ser.
Me alquiló la habitación veintisiete y no hubiera sospechado nada si yo, en un
alarde de estupidez, no le hubiera preguntado quiénes ocupaban las habitaciones
del segundo piso, y, especialmente, quién estaba en la número veintitrés. Ya
sabía ya que Sam Leighton era el ocupante de dicha habitación; pero no le
conocía. ¿Le sigue interesando mi relato?
—Mucho. Cada vez me interesa más.
—Entonces seguiré. En cuanto la buena mujer oyó mi
pregunta cerró la concha y no volvió a decir ni una palabra. Yo subí a mi
cuarto, me encerré por dentro, lo oscurecí lo necesario para que no se viera el
manchurrón de tinta de imprenta que dispuse en el umbral de mi habitación.
Cuando oí que la patrona subía a comunicar a Sam que alguien así como un
policía andaba tras él, salí de mi cuarto, bajé a la calle y buscando un rincón
solitario y oscuro, esperé. Salieron varias personas y, al fin, apareció Sam. Le
reconocí por las manchas que sus pasos iban dejando en el suelo. Era indudable
que aquel pájaro había pasado por mi cuarto. Le seguí, notando que a mi vez era
seguido por Tex, que había acudido al lugar avisado por el inteligente Sam.
Éste se dirigió hacia los transbordadores de Oakland, con la sana intención de
hacerme embarcar en uno de ellos y aprovechar la niebla y la oscuridad para
darme un golpecito en la cabeza y echarme a las sucias aguas de la bahía. Para
él debió de resultar una sorpresa desagradable el que yo le detuviera antes de
llegar a la estación terminal de los transbordadores. Fingió creer que yo era
un policía y se dejó llevar donde quise. Detrás de nosotros, Tex se relamía los
labios de gusto pensando en mi asombro.
—¿De veras se los relamía? —preguntó Barton.
—Se lo aseguro. Lo vi por los espejos de varios comercios.
Entramos en un bar y Tex nos siguió, me dio el alto, me quitó mi revólver y
satisfecho como el cazador que ha tumbado un elefante, me trajo aquí para que
usted pudiera devorarme; pero... no se dio cuenta de que yo deseaba, sobre
todo, conocer la guarida del lobo feroz y que de antemano sabía cuales iban a
ser las reacciones de sus dos pistoleros. Los entretuve hablando, desvié su
atención de lo importante y Tex no se acordó de avisar al chófer para que se
detuviera a una prudente distancia de esta casa. Cómo no lo hizo el auto llegó
hasta aquí y entonces yo advertí al chófer lo que ocurría y como no podían
cometer un doble crimen a la puerta de su casa, tuvieron que dejarnos marchar.
Entonces yo comuniqué la dirección de esta casa a mi amigo el jefe de Policía
que, si no me engaño, va a llamarle de un momento a otro.
En aquel instante sonó el timbre del teléfono de encima de
la mesa de Barton. Éste descolgó el aparato y preguntó:
—¿Quién llama? No, se ha equivocado...
—Sí, jefe, estoy aquí —gritó Duke acercándose al
teléfono—. El señor Barton ha querido bromear.
La ira brilló en los ojos del dueño de la casa. Colgó el
teléfono y se puso en pie.
—No se excite, señor Barton —sonrió Duke—. No he venido a
causarle ningún daño, sino, simplemente, a hablar con usted lo más cordialmente
que nos sea posible. Si insiste usted en tomarse las cosas por el lado feo, no
lograremos nada práctico. Ahora ya sabe que no le he mentido. Que la Policía
está advertida de mi paradero y que si no aparezco o aparezco muy desfigurado,
usted tendrá que dar difíciles explicaciones de lo que ha ocurrido en esta
casa.
—No crea que ha triunfado, señor Straley.
—Llámeme Duke, como antes. Me gusta más. No creo haber
triunfado, por la sencilla razón de que no creo haber empezado a pelear. De
usted depende que peleemos o no. Usted, Barton, tiene intereses muy diversos.
Desea mi isla para venderla a los Estados Unidos, a fin de que la conviertan en
una base aeronaval. ¿Es verdad?
—Lo es.
—Mejor. Así podremos entendernos. Usted desea ésa isla y
piensa volarme junto con mi hermoso barco el Kiichiro Maru. Eso de destruir un
barco y los que van en él está muy mal. Creo que es preferible que no lo
intente y se olvide de que en el mundo existe esa isla de Puerto Lágrimas. He
tenido ya tiempo de legarla al Estado y si me mata no conseguirá más que
gastarse unos miles de dólares y tirarlos inútilmente por la ventana No quiero
causarle semejante perjuicio. Por lo tanto, olvide sus macabros proyectos.
—Están olvidados, señor Straley... digo, Duke. Es un buen
negocio que se pierde.
—Cuando se es tan rico como usted es muy agradable poder
decir tan sencillamente que se ha perdido un buen negocio y no dar a veinte
millones más importancia de la que cualquier habitante de esta ciudad le
concede a veinte centavos.
—Sé perder y tengo aún entre manos lo suficiente para
resarcirme de esa pérdida.
—En efecto. Posee usted los diez dragones desdentados. Es
un triunfo que debe de hacerle costado muy caro.
—Cincuenta mil dólares.
—Es barato. Le felicito. Pero los dragones, por si solos,
carecen de valor.
—Se engaña usted. Hay dos o tres gobiernos a los cuales
les interesa mucho que la paz no llegue a hacerse en China. Si esos dragones
desdentados aparecen allí, la lucha continuará.
—Pero otro gobierno le pagará muy bien esos dragones con
dientes.
—Exacto.
—Yo puedo ofrecerle los dientes de los dragones, o sea,
las trescientas perlas de Ceilán.
—De Malabar —corrigió Barton—. Soy un buen conocedor de
las perlas.
—No las he visto aún y no puedo discutir con usted.
Supongo que tiene razón. Esta noche le traeré las perlas y, a cambio de ellas
usted me entregará las diez acciones del Ferrocarril Chosan. ¿De acuerdo?
—La señorita Jerry era quien debía traerme esas perlas.
—Pero la señorita Jerry correría demasiado peligro en esta
casa. Creo que mejor que se las traiga yo.
—Bien, tráigalas usted.
—¿Podría enseñarme, antes, las acciones del ferrocarril?
No quisiera regalarle una fortuna en perlas y verme luego engañado.
La mirada de Barton se posó durante una décima de segundo
en el retrato de Jerry, volviendo enseguida al rostro de Duke.
—Tendrá que confiar en mi palabra —dijo.
—Está bien —replicó Duke, que había comprendido ya donde
se ocultaban las diez acciones.
—He tenido un gran placer en conocerle, señor Straley
—siguió Barton, levantándose.
Duke le miró fijamente.
—Es usted un hombre malo, Barton —dijo—. Hasta ahora,
todos los hombres malos a quienes he conocido han terminado muy mal. Usted
sigue su camino y presiento que su muerte no va a tener nada de agradable.
—Los dos amamos el peligro, señor Straley, y es muy
posible que los dos perezcamos en él. Buenas noches.
—Pero usted piensa que yo moriré, al menos, un año antes
que usted y yo temo que si realiza su proyecto no vivirá para ver el día de
mañana.
—Buenas noches, señor Straley.
Duke se puso en pie y encogióse de hombros.
—Buenas noches, Barton. Espero que volveremos a vernos
vivos.
Barton no respondió. Tenía las manos en los bolsillos y
sin retirarlas de allí acompañó a Duke hasta el vestíbulo, donde Sam le dirigió
una mirada de asombro, que Duke interpretó de esta manera:
—No esperabas verme bajar vivo, ¿verdad?
—Abre la puerta, Sam —ordenó Barton.
—Y aprovecha el momento para escapar de aquí, Sam —dijo
Duke—. Esta casa se llenará antes de muy poco, y si insistes en quedarte aquí
tú serás uno de ellos. Buenas noches, Barton, hasta las doce. Prepárame un poco
de té.
Harper Barton vio salir a Duke sin que la sonrisa
desapareciera de sus labios. Cuando la puerta se hubo cerrado volvió lentamente
la espalda a Sam y subió a su despacho. La red estaba bien tendida y los peces
no tardarían en caer en ella. Harper Barton estaba seguro de sí mismo.
Una vez en su despacho, contempló un momento el retrato de
Jerry y su rostro se humanizó durante unos segundos. Luego, asaltado por el
recuerdo de las palabras de Duke, murmuró:
—No... eso no es posible. Kingoro... Ni él puede estar
enamorado de ella ni ella de él.
Sentóse a la mesa y permaneció unos minutos pensativo. Al
fin, descolgó el teléfono y marcó un número que consultó en su cuaderno de
notas.
Una voz gutural contestó a la llamada.
—Póngame con A-Uno —pidió Barton.
Pasaron unos segundos y una voz preguntó en inglés:
—¿Qué desea, Barton?
—Acepto su oferta. Puede venir enseguida a buscarlos, si
tiene el dinero.
—¿Le va bien dentro de diez minutos?
—Perfectamente. Que venga solo.
—Irá solo pero no olvide a lo que se expone si juega
sucio.
—Lo sé.
—Buenas noches, Barton.
Éste colgó el aparato y levantándose fue a un extremo del
despacho y pulsó un oculto botón. Descorrióse una parte del muro y apareció la
sólida puerta de una enorme caja de caudales. Barton hizo girar el disco de la
combinación y, al fin, la puerta abrióse por sí sola, como movida por un oculto
motor eléctrico.
El interior de la caja estaba lleno de documentos y de
paquetes. En la parte inferior se veía una caja parecida a la que Duke viera en
la habitación secreta del Paraíso. Barton la sacó y la dejó sobre la mesa.
Cerró luego la caja de caudales y la ocultó. Destapó luego la otra caja y
contempló, pensativo, los diez dragones de bronce. Iba a cometer una canallada;
pero no era la primera ni siquiera la última.
Miró de nuevo el retrato de Jerry y murmuró:
—Las mujeres aman a los audaces. Yo lo soy. Mañana Jerry
se sentirá atraída por mi audacia sin límites.
Su soliloquio fue interrumpido por el zumbido del teléfono
de comunicación interior. Lo descolgó y oyó la voz de Sam que anunciaba:
—Hay alguien que dice que usted le está esperando desde
hace diez minutos.
—¿Viene solo?
—Trae una maleta.
—Hazle subir.
Rápidamente Barton se volvió hacia la repisa de la
chimenea que se hallaba a su espalda. Observó un momento la colocación de los
dos sillones y luego fue hacia la chimenea. Sobre ésta se veían dos cajas de
porcelana. Las destapó y dentro de cada una de las cajas se veían tres tubos de
acero en forma de cañoncitos de juguete. Los de una caja apuntaban a un sillón
y las de la otra al otro. Cada una de aquellas armas estaba conectada a un hilo
eléctrico. Si Barton apretaba con el pie el resorte que tenía a la derecha, los
cuatro cañoncitos de aquel lado dispararían acribillando el sillón del mismo
lado. Los otras cuatro se disparaban por la izquierda, y nadie que se sentara
en aquel sillón de aquel lado salvaría su vida.
Era una precaución que Barton nunca dejaba de tomar y que
en aquel momento completó con un revólver de corto cañón, calibre treinta y
ocho largo, que guardó en un bolsillo.
Apenas lo hubo hecho sonó una llamada a la puerta y Tex
hizo entrar al visitante. Éste dejó sobre el sillón de la izquierda la pesada
maleta que traía y se sentó en el sillón de la derecha.
—Veo que ya lo tiene todo dispuesto —dijo señalando con un
ademán la caja de las dragones.
—¿Trae el dinero?
El hombre abrió la maleta, que apareció llena de fajos de
billetes de a mil dólares. Empezó a sacarlos y los fue echando sobre la mesa,
junto a la caja. Cada fajo contenía cien mil dólares.
Al cabo de diez minutos la cuenta quedó conforme. El
nocturno visitante sustituyó en la maleta los billetes por los diez dragones de
bronce, y levantándose dijo:
—Esta vez gana usted una fortuna; pero si quiere un
consejo, no siga por este camino. Para una nación importante, la vida de un
hombre no tiene demasiado valor. Y mucho menos si ese hombre es un enemigo.
Usted ha sido considerado por nuestro gobierno como un enemigo y si no hubiera
aceptado nuestra oferta, mañana habría muerto y esta casa hubiese sido
incendiada.
—A pesar de todo, el fuego no hubiera destruido los
dragones, pues estaban bien guardados.
—Quizá; pero se ha expuesto mucho, y si otras naciones se
enteran de ésta venta... En fin, no veo su vida muy segura, Barton. Siga un
consejo y márchese a Europa. Aquí se le conoce demasiado.
—Buenas noches —replicó Barton.
—Buenas noches. Veo que no quiere darse cuenta de que se
ha metido en un juego muy peligroso. El pastel es más grande que su boca y no
podrá tragárselo de una vez. Sin embargo, nos ha hecho un favor, y si desea
trasladarse a nuestro país, será bien recibido y... bien vigilado. Buenas
noches.
—Adiós.
Nuevamente quedó solo Harper Barton. Acarició la montaña
de billetes que tenía sobre la mesa. Era una fortuna inmensa. Y que había
ganado muy fácilmente... Quizá demasiado fácilmente.
Pensó en Duke y sonrió. La suerte de aquel aventurero
millonario estaba echada. Y la de Kingoro también iba a ser decidida por si
había algo de verdad en lo de su amor por Jerry.
Dirigió una mirada al reloj. Eran casi las once. Pronto
comenzaría el acto final de aquel drama.
CAPÍTULO VI
Duke, Jerry y Kingoro abandonaron el Paraíso. Mamá Higgins
los despidió después de haberles asegurado que los alrededores estaban limpios
de espías. Subieron al taxi que habían avisado por teléfono y Kingoro ordenó:
—Avenida Grant. Ya le indicaré dónde debe detenerse.
El auto arrancó y sus tres ocupantes se acomodaron en el
interior.
Duke había explicado su visita a Barton.
—Ha sido usted muy valiente —dijo el japonés—. Para ver el
pez se ha puesto como cebo en el azuelo.
—Ese hombre es odioso —dijo Jerry—. Está lleno de orgullo
por su fuerza y no comprende que su destino está escrito ya.
—A cambio de las perlas dará las acciones —dijo Duke.
—Eso es lo importante —murmuró Jerry.
Parecía extrañamente abatida. Sin embargo, cuando bajó
para salir con el japonés y Duke, habíase puesto un traje de noche de último
modelo y el maquillaje de su rostro había sido cuidado hasta la exageración.
Mientras se dirigían hacia la Avenida Grant, Kingoro
tendió a Duke un paquete de goma de mascar.
—Tome — dijo—. Lo necesitará para que las perlas no se le
escapen al cortar los collares. Un pedazo en cada extremo de los hilos impedirá
que las perlas rueden por el suelo. El guardián del templo cree que los
collares sólo nos interesan como recuerdos curiosos. Recibirá cincuenta dólares
y se considerará bien pagado; pero debemos darnos prisa, pues es muy posible
que nos traicione.
Sacó luego una linterna de bolsillo y la entregó a Duke.
—La necesitará —dijo—. No creo que con la luz que hay allí
pueda reconocer las perlas legítimas.
El auto había llegado al fin a la Avenida Grant, y al cabo
de un momento, Kingoro ordenó al chofer:
—Pare ahí, junto a ese edificio coronado de dragones.
El auto se detuvo frente a una casa, cuyas tres cuartas
partes eran netamente modernas, de edificio de cemento armado cuyo remate, en
forma de tejadillos de pagoda, era copia de otros tejados de China a del Japón.
Los faroles del alumbrado público eran alargados, como fanales de papel, y sus
curvos remates estaban adornados con campanillas metálicas. Otros faroles eran
casi redondos y todos recordaban modelas orientales. En contraste con aquellas
muestras de arquitectura oriental, los luminosos Neón y la abundancia de
automóviles ponían una nota anacrónica, que era la característica más especial
del Barrio Chino de San Francisco.
—Aguarde aquí —ordenó Kingoro al conductor del taxi.
Luego se alejaran por una calle transversal, guiados por
Jerry, que caminaba nerviosamente.
Se adentraron por varias calles y callejas y, por fin,
llegaron ante un edificio que parecía arrancado a un pueblo japonés. La fachada
estaba llena de faroles rojos que emitían una vaga claridad, dando la impresión
de que el edificio estaba en llamas.
Un grupo formado por dos mujeres y cuatro hombres salía
comentando lo curiosa de aquel espectáculo. Era una pagoda destinada a que la
visitasen los turistas de la ciudad. En ella todo era falso; pero estaba
presentado con ingenio.
Un japonés, vestido con un largo kimono, les recibió con
una profunda reverencia.
—Ya sabes a qué venimos —dijo Kingoro, en inglés—. ¿Hay
alguien dentro?
—No, excelencia, no hay nadie —replicó, humildemente, el
guardián del templo.
Duke captó un gesto de disgusto en Kingoro. Éste hizo seña
a Duke para que le siguiese y pidió a Jerry:
—Tenga la bondad de quedarse con el guardián por si
alguien quisiera entrar.
Kingoro guió a Duke hasta una enorme imagen de Buda. Era
de porcelana dorada y, aunque estaba sentada, su tamaño era casi la mitad mayor
que el de un hombre de elevada estatura. Se hallaba rodeada de humeantes
pebeteros y ante ella se veían abundantes ofrendas.
—De prisa —insistió Kingoro, cuyo nerviosismo desmentía la
fama de impasibles de que gozan sus compatriotas.
Duke estaba mascando chiclé, y subiendo a la especie de
altar dispuesto frente a la imagen, pudo ver la enorme cantidad de collares de
perlas falsas que colgaban del cuello de la imagen. Eran todos collares
enormes, que por este solo detalle indicaban la calidad de sus perlas.
Con ayuda de la linterna, Duke examinó los collares. Las
perlas legítimas saltaron casi enseguida a su vista. Las perlas no eran muy
grandes, pero su oriente era maravilloso. Eran perlas de Malabar.
Inconfundibles, y en tal número, que Duke temió ser víctima de una alucinación.
—¡De prisa! —pidió Kingoro—. ¿Las ha encontrado?
Duke asintió con la cabeza. Cortó con un cuchillo el hilo
de una de los collares y aplicó un poco de chiclé a ambos extremos del collar,
para que las perlas no se perdieran, ya que era imposible hacerlo pasar por
encima de la cabeza del Buda.
Guardó el primer collar en el bolsillo e hizo lo mismo con
los otros dos, reuniéndose luego con Kingoro.
—¿Está seguro de que se trata de las perlas legítimas?
—preguntó el japonés.
—Compruébelo.
Duke depositó los tres collares sobre una mesita de laca y
enfocó sobre ellos el potente foco de la linterna. Aquellos reflejos eran
inconfundibles.
—Entonces salgamos —dijo Kingoro—. No estaré tranquilo
hasta que el asunto quede arreglado.
—Es usted muy fiel a la señorita Jerry.
Kingoro dirigió una rápida mirada a Duke.
—Sí, muy fiel —murmuró luego.
Reuniéronse con el guardián del templo y con Jerry, que
estaban entreteniendo a unos visitantes. Kingoro entregó a su compatriota un
billete muy doblado y luego los tres salieron de la pagoda, regresando al auto
y ordenando Duke:
—Al dieciocho de la calle Cabrillo; pero antes ya le diré
dónde debe detenerse.
Se puso en marcha el vehículo y Duke advirtió a Jerry:
—Usted no debe acompañarme. Quédese con Kingoro y deje el
asunto en mis manos. Es peligroso.
Jerry se encogió de hombros. El auto avanzaba velozmente,
alejándose del Barrio Chino, por la calle de Stockton. Lo avanzado de la hora
no impedía que la circulación fuera muy abundante, y Duke creyó observar en dos
ocasiones que un auto les seguía de bastante cerca. Cuando una reducción del
tráfico dejó solos a los dos coches, Duke hizo seña a Kingoro, señalando el
auto que les seguía. El japonés movió afirmativamente la cabeza. Duke le tendió
una de las dos pistolas que antes de ir al Paraíso había adquirido en una
tienda de préstamos.
Kingoro rechazó el arma y mostró el cuchillo que llevaba
en una funda, bajo el brazo.
Duke metió la pistola entre el asiento y la carrocería del
auto. En caso de necesidad la tendría a mano y...
El auto que les seguía aceleró la marcha, y adelantándose
a ellos se cruzó, de pronto, delante del taxi, obligando al chofer a una
violenta parada.
El otro vehículo, cuya carrocería estaba pintada de claro
quedaba perfectamente visible a la luz de los faros del taxi y de su interior
salieron cinco hombres, que corrieron hacia el coche. Duke y Kingoro saltaron
al suelo, uno por cada lado, y recibieron a los agresores con los puños
cerrados. Duke vio ante él a un hombretón de rostro simiesco contra el que
descargó toda la energía concentrada de sus músculos.
El impacto de un puño contra aquel rostro le hizo temer
haberse destrozado la mano; pero el hombretón se desplomó como un fardo y el
millonario comprendió que aún le quedaban energías para los otros.
El siguiente que llegó contra él debía de estar práctico
en el manejo de los puños, pues logró esquivar el primer golpe y, en cambio,
descargó un potente puñetazo contra la oreja izquierda de Duke. Éste, viendo
llegar el golpe, saltó a un lado, para aminorar la violencia del mismo, a pesar
de lo cual sintió que las luces bailaban ante sus ojos.
En aquel instante comprendió que su adversario llevaba los
puños protegidos por uno de esos desagradables artefactos de latón o de cobre
que protegen la mano del que los emplea y destrozan la cara del que los recibe.
Diciéndose que a tal señor tal honor, cuando el atacante
trató de completar su obra, Duke le acogió con un golpe de "sabate",
que honraba al boxeo francés, y que aplicado con demoledora furia al pecho,
arrancó el aliento al desconocido, lanzándolo hacia atrás como despedido por
una catapulta. Al volverse, Duke vio como Kingoro se libraba del tercero de sus
atacantes, en una magnífica demostración de las excelencias del jiu-jitsu.
Duke dominaba aquel tipo de lucha; pero ante Kingoro se
reconoció completamente inferior.
Iba a dirigirse hacia su compañero y hacia Jerry cuando el
gemido de una sirena le advirtió que la Policía llegaba al campo de batalla.
La reacción del japonés sorprendió enormemente a Duke pues
Kingoro, como si oyera llegar al diablo, echó a correr hacia una cercana
calleja y desapareció antes de que el auto se detuviera junto a los restos del
combate.
Tres policías descendieron. Uno de ellos iba armado de un
Remington, otro llevaba una ametralladora Thompson y el tercero empuñaba un
revólver de reglamento.
—¿Qué significa esto? —preguntó el policía del Remington.
—Nos han agredido —explicó Duke—. Detuvieron su auto
frente a nuestro taxi y se lanzaron sobre nosotros.
—¿Es verdad? —preguntó el policía, dirigiéndose al chofer
del taxi.
—Sí, ocurrió tal como dicen —contestó el taxista.
—Vosotros levantad a esos y ved lo que dicen —ordenó el
policía del rifle.
Sus dos compañeros consiguieron hacer incorporarse a los
vencidos. El empeño exigió casi diez minutos, pues los golpes habían sido muy
eficaces.
—¿Por qué habéis intentado atracar a ese hombre? —preguntó
el jefe de los policías.
El mejor vestido de los otros cinco entregó una tarjeta al
policía, explicando:
—Soy Thaddeus Kurt, de la joyería Kurt.
—¡Oh! Perdón, señor Kurt.
El llamado Kurt señaló a Duke, diciendo:
—Este hombre y otro compañero que parecía chino o japonés
entraron en mi joyería pistola en mano y se llevaron trescientas perlas que
acababa de recibir y estábamos seleccionando. Nos encerraron en un ropero y
huyeron; pero pudimos liberarnos y salimos detrás de ellos, alcanzándolos aquí.
Luchamos, pero nos vencieron... ¡Por fortuna llegaron ustedes a tiempo!
—¿Es verdad eso? —preguntó el policía, volviéndose a Duke.
—¡Es mentira! —replicó el joven—. Ese hombre no ha sido
nunca joyero.
—Regístrele, señor policía, y vea si encuentra en su poder
las perlas.
El policía de la ametralladora encañonaba
significativamente a Duke y éste tuvo que dejarse registrar. El policía del
revólver le quitó la pistola y las perlas.
—¿Son éstas? —preguntó al supuesto Kurt.
—Sí —contestó el hombre—. Son las mismas.
—Tendrá que acompañarnos a la comisaría —dijo el policía
del Remington, guardando los collares de perlas—. Allí se aclarará todo. Si es
un error lo lamentaré mucho; pero, no puedo hacer otra cosa.
Siempre apuntado por la ametralladora, Duke tuvo que
dirigirse hacia el taxi.
—Iremos en este coche —dijo el jefe de los dos policías—.
Tú —indicó al del revólver—, lleva el auto patrulla por delante. Nosotros
iremos detrás, y el señor Kurt puede seguirnos.
Duke estaba observando atentamente al que hablaba. En
aquellos momentos la luz de un farol le dio de lleno en el pecho y Duke pudo
leer la inscripción de la placa. Decía: Detective Sargento de Primera Clase.
Pero también decía, debajo: Cincinati, y estaban en San
Francisco.
Duke comprendió la trampa en que había caído; pero si la
placa había perdido todo su valor, la ametralladora que empuñaba el otro
policía seguía conservando toda su eficacia.
—¿Qué hacemos con la señora? —preguntó el tercer policía,
señalando a Jerry.
—No se nos ha dicho nada de ella —replicó el sargento—.
Llévala en tu auto y déjala en algún sitio alejado, donde haya pocos policías.
Al decir esto, el falso sargento guiñó un ojo, mientras
que el de la ametralladora empujaba a Duke con el cañón de su arma, obligándole
a subir al taxi mientras Jerry era llevada al coche de la Policía.
Los supuestas joyeros robados metiéronse en su auto y
siguieron al taxi cuando éste se puso en marcha.
Junto al chofer iba el "policía" de la
ametralladora que vigilaba a la vez a Duke y al taxista que, muy pálido,
obedecía las instrucciones que le daba su vecino.
El "sargento" había dejado a un lado el
Remington y empuñaba una Colt automática del 45.
—¿Un cigarrillo? —propuso Duke.
—Gracias —replicó el otro. Y riendo agregó:— No puedo
fumar estando de servicio.
—Ha sida una celada muy bien tendida —felicitó Duke—. ¿Es
idea suya, sargento de Cincinati?
El hombre se echó a reír otra vez.
—El jefe también colaboró en ella —se dignó conceder—.
Pero lo principal salió de mi cabeza.
—¿Me llevan a su casa?
—¿A qué casa?
—A la de Barton.
—No. Tenemos otro sitio mejor. Allí la Policía podría
encontrarle, y el patrón es lo bastante listo para no comprometerse tontamente.
Y no trate de enturbiarme el cerebro charlando por los codos como hizo con Sam
y Tex. Yo estoy hecho de otra madera.
Duke inclinó la cabeza como si se considerase metido en un
atolladero del que no veía medio de salir.
—¿Sabe que lleva una fortuna en perlas? —preguntó, al fin.
—Sí —contestó el sargento.
—Pero, ¿sabe cuánto valen?
—Supongo que mucho.
Duke sonrió tristemente.
—Estay seguro de que no acierta ni la tercera parte de su
valor.
—Un millón —rió el falso policía.
Duke soltó una despectiva carcajada.
—¡Un millón! Vendidas en diez millones esas perlas serían
una ganga que se disputarían todos los joyeros de Nueva York o de Londres. ¡Un
millón! Por veinticinco se pagaría sólo su valor exacto y por treinta su precio
de venta.
—¿Treinta millones? —repitió, casi sin voz, el sargento.
—Sí. Eso valdrían esas perlas si se expusieran en un
escaparate. Y vendidas al joyero más ladrón, proporcionarían quince millones en
el acto. ¿Creía que sólo valían cien dólares?
El falso policía, sacó los collares y se inclinó sobre
ellos. De pronto, la masa de perlas se transformó en un firmamento poblado de
nacientes y murientes estrellas, y bajo los efectos del terrible culatazo
recibido, el sargento de Cincinati, cayó a las pies de Duke, mientras que éste,
empuñando la pistola que había sacado de su escondite y utilizada para dejar
sin sentido al policía, amenazaba con ella al de la ametralladora.
—Déme la Thompson —ordenó.
El hombre le entregó el arma y Duke le descargó un salvaje
golpe en la sien con la pistola; luego, inclinándose hacia el chofer, anunció:
—No se asuste. No eran policías. Siga adelante, como si
nada hubiese ocurrido. Nos sigue otro coche, y si sospechan algo dispararán. Yo
me encargaré de ellos. Cuando oiga disparar la ametralladora, mantenga la misma
dirección; pero cuando termine, desvíese por la primera bocacalle que
encuentre.
—Bien, señor —replicó el chofer, más muerto que vivo.
Se había dado cuenta de que no se trataba de una detención
en regla y había temido, durante todo el tiempo, que le asesinaran para
sellarle los labios.
Entretanto, Duke había recuperado las perlas; y luego,
empuñando la Thompson, comprobó que el tambor estaba lleno de proyectiles.
Introdujo el primero de los cincuenta en la recámara del arma, que iba provista
de silenciador, y arrancando la mirilla trasera, indicó al conductor que
mantuviera una marcha recta, sin desviarse para nada, luego asomó el cañón de
la ametralladora y apretó el gatillo.
El arma pareció saltar en las manos de Duke. Oyóse un
uniforme "¡pof-pof-pof!" y el interior del coche se llenó de los
irrespirables vapores de la cordita, mientras el auto en que iban el joyero y
sus cómplices se desviaba del centro de arroyo, con los neumáticos delanteros y
el motor destrozados y en medio de un estridente chirrido que ahogó las sordas
detonaciones, fue a chocar contra una boca de riego, derribándola y haciendo
brotar del suelo un potente surtidor de agua que empujó a un lado el auto, volcándolo.
Duke dejó de disparar, y el taxista, siguiendo sus
instrucciones, desvióse por la primera bocacalle, en el mismo instante en que
uno de los ocupantes del otro coche salía del interior del mismo y comenzaba a
disparar sobre el taxi. La emoción y el temblor de sus manos impidieron que los
tiros fuesen buenos, y antes de que pudiera afinar la puntería, el taxi había
desaparecido.
—Diríjase a un callejón solitario y echaremos allí a estos
dos amigos —indicó Duke.
—¿No sería preferible llevarlos a la Policía? —preguntó el
chofer.
—Por mí los llevaría; pero pertenecen a una banda poderosa
y se expondría usted a alguna venganza. Haga lo que le digo.
El conductor buscó una calle mal alumbrada, cercana al
puerto, y Duke, sin ninguna consideración, lanzó sobre la acera a los dos
falsos policías, luego, al pasar junto a la bahía, tiró al mar el rifle y la
ametralladora, guardando la pistola automática del sargento y la que utilizó
para dominar a los dos hombres.
—¿Dónde debemos ir? —preguntó el chofer.
—Deténgase frente a alguna farmacia. Quiero telefonear.
Desde la cabina de una farmacia, abierta toda la noche,
Duke llamó al Paraíso. Éste no aparecía en la lista telefónica, pero en cambio
encontró el apellido Higgins.
—¿Mamá Higgins? —preguntó.
—Sí. ¿Quién llama?
—John Smith. ¿Ha llegado ya la señorita Jerry?
—Si. La trajo Kingoro. Está muy afectada.
—Dígale que conservo los dientes y que pronto tendrá lo
demás.
—¿Qué dientes?
—Los de los dragones. Todo ha salido bien. Buenas noches.
Duke colgó el teléfono antes de que la mujer pudiera
hacerle más preguntas, y regresando al taxi, ordenó:
—Lléveme a la entrada de la calle Cabrillo. Allí nos
separaremos, pues podría rondar por los alrededores algún amigo de los hombres
que hemos visto esta noche.
Recostándose en el asiento del auto, Duke dejó vagar sus
pensamientos. La lucha había sido breve. La más rápida de toda su vida. Y
también la más peligrosa. Iba acercándose el momento culminante y en él
necesitaría toda su presencia de ánimo y energía.
El chirrido de los gastados frenos del auto le arrancó de
sus meditaciones. El coche habíase detenido a la entrada de una calle. En lo
alto del farol que se levantaba en la esquina se veían dos rótulos formando
ángulo. Una de ellos era el de la calle Holmes. El otro, que apuntaba hacia la
otra, anunciaba: "Cabrillo Street".
Duke entregó un billete de cien dólares al taxista y le
estrechó la mano.
—Gracias por su colaboración —dijo.
Luego, respirando profundamente, echó a andar en dirección
a la casa número 18.
CAPÍTULO VII
Con una escena casi repetición de la que marcó su primera
visita a casa de Harper Barton, se abrió al fin la puerta, y Sam miró, lleno de
asombro, a Duke.
—¿Está tu jefe? —preguntó éste.
—Sí... le espera arriba —tartamudeó Sam.
—Bien. No te molestes en acompañarme. Conozco el camino.
Duke subió sin prisa la escalera de mármol, echó una
mirada a la vitrina de las porcelanas y, al volverse, se encontró ante la
pistola de Tex.
—Buenas noches, jockey —rió Duke—. ¿Siempre recibes así a
las visitas?
—El patrón dice que suelte las armas.
Duke sacó la pistola que había utilizado en el auto y la
tendió a Tex. Éste la fue a coger, y sin saber cómo encontróse en el suelo, sin
sentido, de resultas del golpe más salvaje que había recibido en su vida, que
había sido pródiga en tales caricias. Fue un golpe a la barbilla, descargado no
sólo con la fuerza del brazo de Duke, sino también con la dureza del acero de
la pistola.
Dejando a Tex en el suelo, Duke recogió la pistola del
antiguo jockey y con las dos en la mano fue hacia la puerta del despacho de
Barton. Entró en él llevando las dos armas bien a la vista y encontróse con el
dueño de la casa que, de pie al otro lado de la mesa, le apuntaba con una
pistola Remington.
—No es necesario que me amenace —sonrió Duke—. Le traigo
la pistola de su guardia de corps y también la mía. Tiene usted unos servidores
muy deficientes.
—Pero yo valgo más que ellos.
—Es posible que sí. ¿Le avisaron ya sus hombres lo
ocurrido?
—Sí.
—¿Maté a alguno?
—No.
—Me alegro. Podía haberlo hecho impunemente...
—¿Dónde está Jerry?
—¿No lo sabe? —preguntó Duke.
—No —replicó, ceñudamente Barton, sin dejar de apuntar a
Duke.
—¿Por qué no llama a su casa?
—Ya lo he hecho. No sabían nada. Han encontrado a Pollock
muerto de una cuchillada.
—¿Quién es Pollock?
—El que debía traerla aquí.
—¿El conductor del auto patrulla? —inquirió Duke.
—Sí. El auto fue hallado a unos quinientos metros de donde
le detuvieron. Pollock tenía una puñalada en el cuello.
—Quizá sea cosa de Tex.
—No lo es.
—Entonces casi juraría que nuestro amigo Kingoro tiene
algo que ver con ello.
—¡Le mataré por eso!
—Puede intentarlo pero antes deberá usted apresarle y, por
lo que he visto esta noche, es un hueso muy duro de roer.
—Tengo buenos dientes.
—A veces a uno se le caen los dientes, y entonces sólo le
quedan las manos.
—¿Quiere dejar sobre la mesa lo que lleva en sus manos?
Duke tiró sobre la mesa las dos pistolas.
—Siéntese —ordenó Barton, indicando uno de los sillones.
Duke se sentó en el otro, y al hacerlo percibió una leve y
burlona sonrisa en labios del dueño de la casa. Comprendió enseguida que estaba
colocado en una posición peligrosa.
Esta convicción se reforzó al ver cómo Barton dejaba su
pistola sobre la mesa, casi junto a las otras dos.
—¿Un cigarro? —invitó Barton, tendiendo a Duke una abierta
caja de cigarros.
Duke eligió cuidadosamente uno de ellos, lo encendió con
un cuidado aún mayor, y lanzando hacia el techo una columna de humo, declaró:
—Fuma usted buen tabaco.
—Y bebo mejor licor —sonrió Barton—. ¿Una copa de whisky
escocés legítimo, de más de cincuenta años?
—Encantado.
Sin perder de vista a Duke, Barton abrió un cajón y sacó
de él una botella de "Vat-69" y dos vasitos de cristal tallado. Los
llenó del dorado licor, y levantando su vaso, brindó.
—Por nuestro conocimiento.
—Por su suerte —replicó Duke.
Bebió el licor, y dejando el vaso sobre la mesa miró
fijamente a Barton.
—¿Por qué ha jugado usted sucio? —preguntó.
—Porque es usted un enemigo y lo seguirá siendo mientras
viva. No me gusta tener enemigos.
—Yo no tenía ningún interés especial en este asunto.
—Usted se encuentra en un lado de la barrera y yo en el
otro, Duke. Sería ingenuo que yo creyese que usted iba a perdonarme la muerte
de Carter.
—Usted no hizo matar a Carter, Barton.
El rostro de Barton se ensombreció.
—¿Por qué dice eso?
—Porque lo sé. Usted no podía hacer matar a Carter por una
razón muy sencilla: porque Carter era uno de sus hombres. Quizá el mejor de
todos ellos. Tan bueno, que aún ahora Jerry le sigue creyendo una víctima caída
en defensa de ella.
—¿En qué basa sus deducciones, señor Straley?
—Es usted un hombre muy curioso, Barton. Cuando se siente
seguro de sí mismo, me llama Duke. Cuando alguna de mis estocadas le llega a la
carne, entonces me llama "señor Straley". De esa manera puedo
adivinar perfectamente su estado de ánimo. Si no le quedase tan poco tiempo de
vida le aconsejaría que corrigiera ese defecto. Un hombre como usted no debería
tener esas debilidades.
—¿Cree que me queda poco de vida?
—Sí. Y aunque usted cree que a mi me queda mucha menos, se
engaña.
—Su vida depende de mí.
—Es posible; pero no me matará antes de oírme y cuando me
haya escuchado, tendrá menos deseos de matarme que ahora.
—¿Cómo ha averiguado lo de Carter?
—Podría decirle que lo sospeché desde el primer momento.
Pero le mentiría. Me tragué la farsa de Carter y fui un fácil juguete en sus
manos. Cuando me contó lo de la revista Pacific admiré su honradez al contarme
algo que yo podía haber interpretado contra él. Fue un rasgo de listeza que yo
confundí con la honradez.
"Cuando le asesinaron tuve la vaga impresión de que
algo rompía las leyes lógicas. Luego ocurrieron muchas cosas y olvidé el
incidente, sobre todo cuando todos admitieron que la muerte de Carter había
sido decretada por usted. Cuando fue descubierta la desaparición de los diez
dragones, Jerry y Mamá Higgins sospecharon de un huésped que se había marchado.
No, el autor del robo fue Carter. Teniendo un aliado semejante en el campo
enemigo, usted estaba bien informado de todo y podía burlarse de los esfuerzos de
Jerry y de Kingoro.
—Deduce usted muy bien, y porque se que no va a salir vivo
de esta casa, no me importa admitir que, por ahora, ha acertado en todo.
—Gracias, por su reconocimiento de mi sagacidad.
Continuaré explicándole la historia de Carter. Usted debió de conocerle cuando
se dedicaba al chantaje por medio de su revista Pacific. Quizá intentó sacarle
dinero y usted le convenció para que se uniera a usted.
—Un amigo mío tuvo un tropiezo con una manicura y el
escándalo fue muy grande. Acudí a Carter y logré que proporcionara a mi amigo
un montón de ejemplares de su revista para justificar la difamación que decía
cometieron con él. Como conocía a varios directores de periódicos, y sabía de
ellos cosas que a ninguno le convenía que se divulgaran, logró el triunfo de
que no sólo su revista, sino también tres periódicos locales declarasen que mi
amigo había sido víctima de una chantajista. A partir de entonces estuvimos en
muy buenas relaciones.
—Ha debido de lamentar mucho la muerte de Carter, ¿verdad?
Barton se encogió de hombros.
—Tal vez no. Como hace unas horas dijimos, es preferible
emplear servidores tontos. Los demasiado inteligentes resultan peligrosos.
—Eso fue, también, lo que durante unas horas me ha
engañado. Aunque sospechaba que Carter era un traidor, creía que usted era el
más interesado en deshacerse de él. Carter sabía demasiadas cosas de usted, y
como chantajista, hubiera sabido aprovecharlas muy bien, cosa que a usted no le
convenía.
—Tiene mucha razón. Viéndole tan inteligente, lamento, de
verás, que no me sea posible perdonarle la vida y, sobre todo, asociarle a mis
empresas.
—Tengo demasiado buen sentido para aceptar una oferta
semejante, Barton. Dicen los chinos que quien cabalga en un tigre no puede
desmontar cuando quiere. Sus empresas son un tigre terrible en el que usted
galopa, sabiendo que el final de la carrera está más o menos lejos; pero el
resultado sólo puede ser uno: Su tigre le devorará.
—Lamento que no pueda usted asistir al espectáculo.
—Lamenta usted equivocadamente, Barton. Todo hombre
inteligente comete errores. Y suele cometerlos cuando más seguro está de sí
mismo. Usted ha llegado a un grado de seguridad y confianza en sí mismo que le
perjudica enormemente. Y ahora, esa confianza va a ser su perdición.
Barton sonrió burlonamente.
—Siga hablando de Carter. En eso está más acertado que en
lo otro.
—Pues bien, seguiremos con el bueno de Carter. Durante el
viaje me sacó lo que pudo, me contó lo que quiso y logró hacerme creer que era
un hombre honrado a quien la desgracia, las envidias y la injusticia social
habían precipitado en el abismo del chantaje. Le creí porque son tantas las
cosas que ocurren en nuestro mundo, que la historia de Carter no resultaba más
increíble que cualquiera de tantas otras. Pero cuando al descender del taxi me
dijo qué entrase en el Paraíso mientras él se quedaba pagando la carrera, algo
me sonó a extraño. ¿Por qué no entrar juntos? Si no le hubieran asesinado,
habría sospechado mucho de él; pero al verle muerto creí que la mano de usted
había guiado el puñal. No se me ocurrió que resultaba raro que Carter se
hubiera apartado aún más de la casa, deteniéndose junto a aquel poste de
teléfonos. No se me ocurrió que había ido allí para comunicar con Tex y Sam, y
que una mano justiciera le cerró para siempre los labios. A los pocos minutos
de la muerte de Carter, usted fue enterado de ella y creyó conveniente cargar
con ella, ya que, en resumidas cuentas, Carter le había ayudado ya en todo lo
posible y su muerte saldaba el pago que usted le había prometido.
—Perfecto.
—Pero cometió usted un error muy grande al hacerme venir a
San Francisco. Creyó que Funimaro Goto era más peligroso que yo y se deshizo de
él. Hizo mal. Funimaro no estaba capacitado para luchar con usted. En cambio,
yo soy un enemigo muy peligroso.
—A quien ahora tengo a mi merced.
—A quien usted supone tener a su merced —corrigió Duke—.
Como todos los delincuentes famosos, usted ha llegado a creerse un superhombre.
Nada de cuanto usted haga puede fallar. No hay enemigo capaz de resistírsele.
Ni la Policía ni los detectives privados pueden con usted. Es un error pensar
así. Yo, desde que empecé a dedicarme a perseguir a los bandidos como usted, no
he dejado de considerar que cualquiera de mis enemigos podía ser mejor que yo.
Por eso, hasta ahora, he triunfado siempre.
—Hasta ahora.
—Sí, hasta ahora. Desde el primer instante comprendí que
era usted un enemigo digno de mí; pero también me di cuenta enseguida de cuál
era su punto débil.
—¿Cuál es?
—Sus cómplices. Ninguna cadena es más fuerte que su más
débil eslabón. Se ha acostumbrado a que los demás realicen los trabajos sucios
y le ocurre lo que a los famosos pistoleros de Chicago. Empezaban luchando en
persona, matando a sus enemigos, creando una fama de hombres duros y
peligrosos. Luego, a medida que iban acumulando millones, acumulaban grasa, les
iba disgustando cada vez más tener que seguir matando por su propia mano, y
dejaban que fueran otros los que se encargasen de los trabajos repugnantes. Y
al fin, sus propios hombres, dándose cuenta de que eran los más fuertes, los
mataban y ocupaban sus puestos. A usted no le ocurre eso, pues ninguno de sus
cómplices vale nada; pero, en cambio, lo que usted cree una barrera de acero
entre la ley y su persona, no es más que un muro de papel.
—¿Ha venido sólo a decirme todo eso? —preguntó Barton.
—No. He venido a traerle las perlas. Sus hombres llegaron
a quitármelas; pero luego, a su vez, se las dejaron arrebatar ingenuamente. Eso
le demuestra que ninguno de ellos está a la altura de Kingoro ni de mí.
—¿Kingoro? Sí, es peligroso como una serpiente de
cascabel.
—Sin cascabel —corrigió Duke—. Es un hombre extraño. Un
luchador formidable y un genio en el manejo del cuchillo. Él fue quien mató a
Carter.
Barton observó fijamente a Duke. Al fin, asintió con la
cabeza.
—Sí, sólo él pudo hacerlo.
—¿Cree que lo mató por celos? —preguntó Duke—. Kingoro es
el ángel guardián de Jerry. ¿Dónde lo conoció?
—En Shanghhai. Era criado del padre de Jerry.
—¿Criado?
—Una especie de secretario.
—¿Cuánto tiempo llevaba a su servicio?
—Un año y medio.
—Bien... Es un personaje muy interesante nuestro amigo
Kingoro. Quizá algún día tengamos que ocuparnos de él, A usted le ha
perjudicado mucho. Creo que eliminó a todos los hombres a quienes usted instaló
en mi barco.
—Sí. No se cómo descubrió su identidad. Eran mis mejores
servidores.
—De una manera muy sencilla. ¿Me permite sacar un
cigarrillo? El tabaco habano me resulta insípido. Prefiero mis cigarrillos.
Duke sacó una alargada pitillera de platino y la abrió,
ofreciéndola a Barton, que rechazó los cigarrillos.
—¿Cree que contienen opio? —preguntó Duke—. No, no
recurriría a un procedimiento tan ingenuo. Existen otros infinitamente mejores.
Mientras hablaba iba golpeando el cigarrillo sobre la
pitillera, haciendo que la luz se reflejara en el brillante metal y dirigiendo
diestramente el reflejo a los ojos de Barton.
—Sí —continuó con voz opaca—. Sí, Kingoro es un genio, un
verdadero genio, una maravilla de maravillas. Empleó contra sus hombres un
procedimiento muy original. Los reunió a todos en un salón y les empezó a
decir: "Dormíos, dormíos, dormid, así, dormid, duérmete, duérmete,
duérmete. Obedece. Yo te lo ordeno. Tu voluntad desaparece. Yo soy quien manda.
Obedece. Duérmete. Así. Es muy fácil. Déjate hundir en los abismos del sueño.
¡Así! ¡Duerme! Descansa. Descansa... Descansa... Reposa... Duerme... Duerme...
¡Ya estás dormido! Ya no tienes voluntad. Sólo yo la tengo. Debes obedecerme.
¿Contestarás a mis preguntas?
—Sí —contestó, trabajosamente, Barton—. Contestaré.
—¿Estás dormido? —preguntó Duke moviendo la pitillera ante
los ojos de Barton.
—Sí, estoy dormido —contestó éste.
Duke sonrió burlonamente.
—¿Qué harías si quisieras matarme? —preguntó.
—Si estuviera sentado en el sillón de la izquierda,
apretaría con el pie el botón que hay en el suelo, a mi izquierda. Entonces se dispararían
cuatro pistolas escondidas en una de las cajas de porcelana de la repisa de la
chimenea.
—Descansa —ordenó Duke.
Se puso en pie y fue a la chimenea. Barton quedó en su
silla, rígido como una imagen. Duke destapó una de las cajas y examinó el
ingenioso mecanismo, retiró luego los hilos eléctricos que debían inflamar la
pólvora y luego descargó cada una de las pistolitas. A continuación hizo lo
mismo con la otra caja. Dejándolo todo tal como estaba, dirigióse luego a la
mesa y descargó las tres pistolas que había encima de ella. Registró después
los cajones y encontró un revólver de gran calibre. También lo descargó, tirando
todas las balas al cesto de los papeles y ocultándose bajo unos trozos de
papel.
A continuación cogió el retrato de Jerry y abrió el marco
por la parte trasera. Dentro encontró diez acciones del ferrocarril de Chosan.
Estaban escritas en caracteres chinos y en inglés. Duke las guardó en un
bolsillo.
—¿Dónde tienes los dragones? —preguntó, luego.
—Ya no los tengo —respondió Barton.
—No me mientas —dijo Duke—. No puedes mentirme. Soy tu
dueño. Contesta la verdad.
—Los he vendido. En la caja de caudales tengo el dinero
que me han dado por ellos. La guerra en China continuará. Los dragones no
podrán hablar nunca de paz.
Duke ordenó al inconsciente Barton que le dijese dónde
estaba la caja de caudales y luego cómo abrirla. Anotó la combinación, y
después de asegurarse de que Barton no había mentido, volvió a cerrar la caja,
se sentó de nuevo frente a Barton, y sacando la pitillera repitió la operación
anterior.
—Y como Kingoro es un formidable hipnotizador, logró hacer
dormir a todos los hombres de la tripulación y, sin darse cuenta de lo que
hacían los culpables, confesaron de plano.
Duke dejó de golpear el cigarrillo, se lo llevó a los
labios y lo encendió.
—No creo en eso del hipnotismo —declaró Barton.
Duke le dirigió una sonrisa que para Barton resultó
incomprensible, pues no se había dado cuenta de que durante un cuarto de hora
había permanecido en trance hipnótico.
—He presenciado experimentos muy notables —declaró Duke—.
He visto a más de un hombre quedar dormido sin darse cuenta de lo que le
ocurría.
—No creo en ellos. He visto eso mismo en algunos
escenarios y opino que todo es mentira.
—Me extraña que hable así habiendo vivido en Oriente.
—Por eso puedo hablar. No hay que confundir los juegos de
manos, más o menos diestros, con la magia real.
—Es usted un incrédulo, Barton, y el incrédulo que lo es
porque sí, sin aducir razones definidas, es un idiota. Y perdone el
calificativo.
—A los que van a morir se les permite decir lo que quieran
—sonrió Barton.
—Gracias. No voy a entretenerle por más tiempo. Pensaba
cambiarle las perlas por las acciones del Chosan; pero desde el momento en que
ha vendido usted los dragones, no creo que tenga interés alguno en el cambio.
Barton palideció como un muerto.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, roncamente—. ¿Qué ha dicho?
—La verdad. Que no puedo ofrecerle las trescientas perlas
que forman la dentadura de los diez dragones por la sencilla razón de que no
posee usted los dragones y, por lo tanto, sin bocas los dientes son inútiles.
Por otra parte, la nación a la que usted ha vendido los dragones y que le ha
pagado treinta millones de dólares en fajos de cien billetes de mil cada uno,
debe de tenerlos tan bien guardados que sería inútil intentar recuperarlos. Me
extraña, sin embargo, que no haya ofrecido a esa misma nación las acciones del
Chosan.
—¿Cómo sabe que he vendido los dragones? —preguntó
roncamente Barton.
—Lo sospechaba nada más. Usted acaba de confirmarlo.
—¿Y cómo ha acercado en el precio?
—Disparé al azar y di en el blanco.
—¡No! —gritó Barton—. Usted lo ha averiguado por otro
medio.
—El mismo comprador me lo ha dicho. Y me ha dicho también
que no vivirás mucho tiempo.
—No llegarás a ver el día de mañana, Barton-dijo una voz
detrás de Duke.
Éste, sin volverse, dijo:
—Buenas noches, Kingoro. Tenga la bondad de entrar y
sentarse en ese sillón. El señor Barton tendrá mucho gusto en hablar con
nosotros. He observado que su charla es muy interesante y sustanciosa. Hablando
con él se aprende mucho.
El japonés entró lentamente en el despacho, después de
cerrar con llave la puerta. Empuñaba una pistola Luger de largo cañón y no
perdía de vista a Barton.
—Siéntese —insistió Duke—. Y guarde la pistola. Estamos
entre amigos.
Kingoro conservó la pistola.
—Barton —dijo—. Ha llegado el momento de ajustar cuentas.
Entregue los dragones.
—No podrá hacerlo porque los ha vendido a una nación que
no profesa ninguna simpatía a los japoneses —dijo Duke.
—¿Es verdad eso? —preguntó Kingoro.
—Desgraciadamente es verdad —suspiró el millonario—. Claro
que es muy posible que los chinos se hayan vuelto un poco incrédulos y no
hubieran hecho caso de los dragones; pero tal vez estén hartos de guerra y
hubieran acogido alegremente la oportunidad de volver a casa obedeciendo la
orden de los dioses.
Duke observó que la mano con que Kingoro empuñaba la
pistola temblaba ligeramente. El japonés estaba muy afectado.
—¿Sabes lo que te va a costar esa traición, Barton? —dijo
lentamente.
—Nada —replicó el dueño de la casa—. Deje esa pistola si
no quiere morir. Están los dos encañonados por ocho pistolas y sólo tengo que
desearlo y las ocho dispararán a la vez.
—No sea niño, Barton, sus amenazas no nos asustan —dijo
Duke—. ¿Cree que nos hubiéramos puesto tontamente en sus manos si no supiéramos
que tenemos todos, absolutamente todos los triunfos?
Los pies de Barton buscaron los dos resortes y los apretó.
Al no ocurrir nada le tocó la vez de palidecer intensamente.
—No intente ametrallarnos, Barton —declaró Duke—. Sus
cañoncitos son inofensivos.
—Pero... ¿cómo?
—¿Quiere saber cómo lo he hecho? Más tarde se lo
explicaré. Pensaba cambiarle las perlas por las acciones del Chosan. Creí que
vendería los dragones al Japón y que con ello terminaría la guerra. No lo ha
hecho y su traición le costará muy cara. Es usted un canalla tan grande, que
incluso, cuando con el mismo beneficio puede hacer dos cosas, prefiere elegir
la mala.
Duke sacó las perlas y dejó uno de los collares encima de
la mesa.
—Véalas. Son hermosas. Podrían haber ahorrado mucha
sangre; pero no ha podido ser. Uno de sus hombres creyó que valían treinta
millones y estaba dispuesto a hacerle traición. No valen tanto; pero ello no
impide que sean las más hermosas que he visto en mi vida.
Barton las examinó un momento.
—Sí —dijo—. Son muy hermosas. Le daré las diez acciones a
cambio de ellas.
—¿Qué acciones? —preguntó Duke—. ¿Estas? —y sacó las que
había retirado del marco del retrato de Jerry.
—¿Cómo las ha conseguido?
—Por un medio en el que usted no cree. Por lo tanto no se
lo explicaré. Lo único que diré es que también he abierto su caja de caudales,
cuya combinación es NUEVA YORK 1940. Una combinación muy ingeniosa.
Barton habíase echado hacia atrás, aterrado por lo que
estaba oyendo.
—Ya ve que no necesito su permiso para llevarme lo que es
de la señorita Jerry. Quizá algún día se haga un collar con estas perlas.
—Déjeme examinarlas.
Alargó la mano hacia el largo collar y cuando la tuvo casi
encima la dejó caer y empuñando la pistola Remington fue a disparar contra
Kingoro. Éste apretó tres veces el gatillo de su arma y las tres detonaciones
formaron una sola.
Barton miró lleno de asombro al japonés y luego se llevó
la mano derecha al pecho, donde tres rojos rosetones iban uniéndose hasta
formar uno mayor.
—¡Dios... mío! —jadeó.
Luego una dolorosa contracción desfiguró su rostro y
cayendo de bruces sobre la mesa resbaló de allí al suelo.
Kingoro le miró fríamente.
—Ha muerto como merecía —dijo.
Después se volvió hacia Duke y, apuntándole con la
pistola, le ordenó:
—Entrégueme las acciones y la pistola que guarda.
Duke tendió a Kingoro las diez acciones y luego se dejó
despojar de la pistola.
—Perdone mi comportamiento, señor Straley —dijo Kingoro,
en cuyos ojos brillaba una angustia inmensa—. Yo también he jugado y he
perdido.
—Lo creo, excelencia —contestó Duke.
—¿Me conoce? —preguntó el japonés.
—Creo recordar a cierto príncipe Kingoro Hiranuma. Hay
quien dice que todos los chinos y también todos los japoneses son iguales. Yo
opino lo contrario y creo hallar cierto parecido entre el príncipe Kingoro
Hiranuma y usted. Juraría que él era su padre, pues más tarde supe que un hijo
suyo había ido a estudiar en Oxford.
—Es verdad. Mi padre ha muerto y ahora soy el príncipe
Kingoro Hiranuma. Mi patria me confió una gran misión y me he demostrado
indigno de la confianza que pusieron en mí. Sólo me queda un recurso: ya que no
puedo entregar los diez dragones de Confucio, entregaré a mi patria el control
del ferrocarril de Chosan.
—Esas acciones pertenecen a Jerry.
El nipón fijó un momento la mirada en el retrato de la
joven. Duke comprendió que el amor por ella tenía también algo que ver en el
fracaso del noble japonés.
—Yo le pagaré lo que ella pensaba obtener —dijo, sacando
un libro de cheques y empezando a extender uno.
Cuando hubo terminado lo tendió a Duke y pidió:
—¿Quiere dárselo a Jerry? Dígale que es una falta muy
grave tomarme esta libertad; pero he perdido ya mi honor y no puedo detenerme
ante ningún obstáculo...
Duke dirigió una mirada al cheque. Era el más importante
que había visto en su vida. Veinte millones de dólares.
Se puso en pie y saludó con una inclinación de cabeza al
hombre a quien todos habían creído un simple ayuda de cámara.
—Ha sido un honor para mí el conocerle, excelencia —dijo.
Kingoro replicó con otra inclinación y estas palabras:
—El honor ha sido mío, señor. Lamento que nos separe
nuestra nacionalidad, porque dentro de una hora necesitaré un amigo.
—Lo comprendo, excelencia pero yo no podría ayudarle. Mi
mano temblaría. Nosotros somos débiles y no poseemos el valor de los hombres de
su raza.
—Lo sé; pero hubiera sido muy grato para mí que fuera
usted y no otro.
—¿Puedo serle útil en algo más, excelencia?
—No, gracias. Yo entregaré las acciones del ferrocarril a
quien debe hacerlas llegar a su destino. Luego lo mejor que puedo desear es que
mi recuerdo sea borrado de este mundo y que mis compatriotas no me maldigan.
Duke guardó en un bolsillo las perlas y, recogiendo su
pistola, dijo:
—Buenas noches, príncipe Hiranuma.
—Buenas noches, señor Straley.
Los dos hombres se saludaron con dos profundas reverencias
y Duke salió del despacho donde quedaba muerto Barton. Pero no era la trágica
muerte de Harper lo que más le impresionaba. Era el destino del japonés cuyo
sacrificio de dos años había resultado casi estéril y que, fiel cumplidor de
las leyes de honor de su patria, iba a hacerse justicia a sí mismo.
En el vestíbulo superior vio a Tex, tendido en el mismo
sitio donde había caído; luego, al llegar a la planta baja, vio a Sam caído
junto a la puerta. En la frente tenia una mancha rojiza en cuyo centro se veía
una flechita. Duke comprendió el medio de que se había valido Kingoro para
entrar en la casa: un disparo de cerbatana a través de la mirilla. Luego,
muerto Sam, el violentar la puerta no debió de resultar difícil.
Al llegar a la calle, Duke miró por última vez hacia la
ventana que debía de corresponder al despacho de Barton. Por si Kingoro le
miraba, le saludó como hubiera saludado un soldado a su general.
CAPÍTULO VIII
Jerry dejó el cheque sobre la mesa y murmuró:
—¡Pobre Kingoro! Nunca creí que fuese lo que usted dice,
señor Straley.
La joven estaba en la habitación que en el Hotel Imperial
ocupaban Bob Dennison y su mujer. Éstos se hallaban presentes y habían
escuchado llenos de emoción el relato de Duke.
—¿Y se matará? —preguntó al cabo de unos instantes Jerry.
—Su código de honor no le permite otra cosa —explicó
Duke—. Le dieron una orden y no supo cumplirla.
—Pero... no fue culpa suya...
—Si no se hubiera enamorado... tal vez hubiera tenido
fuerzas para conseguir los dragones por el mismo medio que utilizó Carter.
—Si me hubiese hablado de sus sentimientos... —musitó
Jerry.
—Hizo bien callando. Su corazón, señorita, no podía ser
para él. Si hubiera visto en usted alguna posibilidad de que llegara a amarle,
él le hubiera hablado.
—Quizá tenga razón. Así, al menos, habrá creído que tal
vez...
—Sí, la duda es una gran ayuda cuando se emprende un viaje
tan largo.
Duke se puso en pie y todos le imitaron.
—Bien, señorita Jerry. Por fin se ha resuelto el misterio
de los diez dragones de Confucio. Aquí tiene las perlas y le ruego que si algún
día desea desprenderse de ellas no deje de avisarme.
—No las venderé nunca. Volverán al sitio donde pertenecen.
Si no pueden ir en los dragones legítimos, irán en los otros que Barton me
dejó.
Jerry calló un momento y luego dijo
—Kingoro me salvó esta noche de las manos de Barton, y sin
embargo... ¡Pobre Barton! También él estaba enamorado de mí.
Guardando en el amplio bolso las perlas y el cheque del
japonés, Jerry salió de la habitación. Cuando la puerta se hubo cerrado tras
ella, Betty exclamó:
—¡Si parece que estaba enamorada de Barton!
—Es muy posible —replicó Duke—. Las mujeres sois muy
extrañas y vuestras reacciones han costado a los filósofos muchos quebraderos
de cabeza. Por fortuna Bob no tiene nada de filósofo.
Betty quedó pensativa y, al fin, murmuró:
—¿No crees que el príncipe Hiranuma se ha matado en
realidad por Jerry?
—Lo ha hecho por su patria.
—¡Oh, no! Estoy segura de que se ha suicidado porque
siendo japonés no se podía casar con Jerry.. ¡Qué hermoso debe de ser que un
hombre se suicide por una!
—Las mujeres siempre complicáis las cosas claras con
manchones de romanticismo —suspiró Bob.
—Eso es filosofar —advirtió Duke—. Si empiezas así
acabarás muy anal.
—¡Oh, no! Yo adoro a mi Bob —declaró Betty—. Pero a veces
me gustaría verle algo más apasionado.
Duke habíase acercado a la ventana. El sol intentaba en
vano perforar la niebla matinal que cubría San Francisco. Aquel había sido uno
de los más veloces casos en que había intervenido. Quizá ni siquiera fue suya
la solución. Había asistido más como espectador que como actor de tragedia.
Pero no lo lamentaba. Había conocido a un hombre, y esto solo ya era mucho en
el mundo actual.
Vio a Jerry cruzando la calle y pensó en los tres hombres
que la habían amado. En veinticuatro horas, los tres habían abandonado
violentamente este mundo.
Sacando su pitillera, Duke encendió un cigarrillo y lanzó
una bocanada de humo contra el cristal de la ventana. Por un momento el vidrio
quedó empañado. Cuando volvió a aclararse, Duke ya no estaba allí. Se dirigía
al despacho de recepción para alquilar una habitación donde conseguir el bien
ganado reposo.
FIN
Digitalizado por: Antonio González Vilaplana
Edición noviembre 2003
Publicado en: Editorial Molino, mayo 1944
Duke de J. Figueroa Campos
Duke, de J. Figueroa Campos (otro pseudónimo de José
Mallorquí), trataba el género policiaco y de aventuras, presentando una curiosa
mezcla del Jim Wallace, de Nick Carter, y de Doc Savage. Duke Straley, era un
millonario neoyorkino, que dedicaba su ocio a resolver entuertos, ayudado,
claro, por Elizabeth Straley, Bob Dennison, Susana Cortiz, Max Mehl y otros. El
hecho de que el personaje fuera extranjero, y de que sus aventuras
trancurrieran en los Estados Unidos, otorgaba cierto encanto que con otros héroes
se había perdido.
Duke, en ese sentido, recuperaba el glamour de los
anteriores héroes, supuso un chorro de aire fresco ante tanto héroe español. En
sus persecuciones, empleaba un increible coche de 120 caballos provisto de una
estruendosa sirena que no tenía reparos en hacer sonar, pero, además, estaba
surtido de toda clase de gadgets tecnológicos al más puro estilo James Bond.
Evidentemente, tenía una novia, Susana Cortiz, y acabó desposándola en el
último número de la serie, el décimo, pasando a dedicarle a su mujer, los ratos
de ocio que antes empleaba para perseguir criminales, sectas orientales y
científicos locos.

